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Colonidad del Poder, Eurocentrismo y América Latina
Marcelo Arbulo
Instituto de Formación Docente “María Orticochea”
Profesorado de Historia 1ero F
Prof. Ernesto Rafael Borges Sampallo Centi
2 de noviembre 2024
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Introducción
El propósito de este trabajo es determinar la influencia de Europa, tanto en América
como en el resto del mundo. El eurocentrismo y su participación en la configuración de la
historia y la identidad de América Latina, no solo las relaciones de poder, sino también las
percepciones culturales y sociales que persisten hasta hoy. Como el, eurocentrismo ha
distorsionado las realidades locales. Desde el “descubrimiento” y posterior proceso de
colonización tanto económica como cultural; se extendió a la redefinición de identidades y la
reestructuración de las relaciones intersubjetivas, creando un sistema de clasificación que ha
influido en la manera en que se entiende el conocimiento, la cultura y la política en la región. En
este contexto, la construcción del Estado-nación y la búsqueda de una identidad nacional han
sido profundamente afectadas por esta lógica eurocéntrica, que sigue permeando las
estructuras sociales y las narrativas históricas. Estudiar y reflexionar sobre el impacto del
eurocentrismo en América Latina es fundamental para comprender los desafíos actuales que
enfrenta la región en su búsqueda por la justicia social, la equidad y la autodeterminación
cultural.
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¿Cómo define el autor la Colonidad del poder?
Las nuevas identidades se formaron en base a la idea de raza y se asociaron a la
naturaleza de los roles dentro de una estructura global de control de trabajo. Raza y trabajo se
encuentran estrechamente ligados y se refuerzan mutuamente. De esta manera se impuso una
división de trabajo sistemática, los negros pasaron a ser esclavos, los indios pasaron a formar
parte de la servidumbre con algunas excepciones para los que formaban parte de la nobleza
que se les permitía participar en algunos oficios. Solo los españoles y los portugueses podían
recibir salario, ser agricultores, artesanos o productores independientes. Desde el S. XVIII, el
estrato social se extendió y muchos de los mestizos comenzaron a participar de los oficios y
actividades de los ibéricos (que no eran nobles), por tener algunas habilidades especiales o
talentos. Esta es una nueva forma de dominación/ explotación basada en la raza e inferioridad,
de la que se valían los auto considerados “superiores”, es decir, los conquistadores. esta es la
colonidad del poder ligada al control del trabajo llevado a cabo de manera exitosa por una raza
sobre otra, debido a la naturalidad con la que se fue asociada. (Quijano A., 2000, pp. 123-124).
Esa colonidad del control de trabajo fue lo que determinó la distribución del capitalismo
mundial dominado por los que tenían el control del trabajo asalariado como también de los
productos, convirtiendo, tanto Europa como lo europeo como el centro del mundo capitalista.
Esta articulación colonial se originó sobre las razas colonizadas de América (indios, negros,
mestizos), y luego se extendió a las razas colonizadas del resto del mundo (oliváceos y
amarillos). (Quijano A., 2000, p. 125-126).
Europa no solo era el centro del mercado mundial capitalista, sino que pudo imponer su
dominio sobre todas las regiones y poblaciones del planeta incorporándolas a su “sistema-
mundo” que definió un patrón de poder especifico. Este proceso condujo a una reidentificación
histórica de esas regiones, a las que Europa les asignó nuevas identidades geo culturales,
estableciendo así categorías como África, Asia y Oceanía. La colonialidad de este nuevo patrón
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de poder fue fundamental en la creación de estas identidades, aunque también influyeron
factores como el desarrollo político y cultural de cada región. Por ejemplo, la categoría de
Oriente se construyó como el "Otro" de Occidente, considerado inferior, pero no se aplicaron
equivalentes para indios o negros. Esta omisión revela que el racismo y la clasificación social
universales también moldearon estas identidades, evidenciando la complejidad y jerarquía de la
colonialidad. (Quijano A., 2000, p. 126).
La forma en que se elaboró intelectualmente el proceso de modernidad, trajo como
consecuencia una visión de cómo producir conocimiento que se encuentra ligada a la noción de
poder moderno, capitalista y eurocentrado. El eurocentrismo comenzó en Europa Occidental
antes de mediados del [Link], aunque algunas de sus raíces son aún más antiguas: Esta
perspectiva de conocimiento se hizo mundialmente hegemónica, colonizando y
sobreponiéndose a las demás diferentes o ya existentes. (Quijano A., 2000, pp. 131-132).
Al conquistar y colonizar América, los ibéricos encontraron diversos pueblos con sus
propias identidades y culturas, como aztecas e incas. Sin embargo 300 años más tarde, todos
estos grupos fueron reducidos a una sola identidad, "indios". Esta nueva identidad era racial,
colonial y negativa, al igual que los africanos traídos como esclavos fueron agrupados como
"negros". Ese resultado de la historia del poder colonial tuvo dos implicaciones decisivas: el
despojo de las identidades históricas propias y singulares de esos pueblos y la imposición de
esa nueva identidad racial, colonial, en la que no eran más que razas inferiores con capacidad
solo para producir culturas inferiores. En este sentido, todo lo no europeo era el pasado y, por
consiguiente, lo primitivo. El conocimiento y la modernidad son europeos. (Quijano A., 2000, p.
133).
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¿Cómo se relaciona el eurocentrismo con América Latina?
La idea de raza en América surgió como una forma de legitimar las relaciones de
dominación establecidas por la conquista. Con la consolidación de Europa como nueva
identidad tras la conquista de América y la expansión del colonialismo, se desarrolló una
perspectiva eurocéntrica de conocimiento y con ella la elaboración teórica de la idea de raza.
que naturalizó estas relaciones de poder entre europeos y no-europeos. Esto promovió la
noción de superioridad/inferioridad entre grupos, convirtiendo la raza en un criterio fundamental
para clasificar la población mundial y determinar su lugar en la estructura de poder. Así, la raza
se consolidó como un instrumento duradero de dominación social, afectando incluso las
relaciones de género y la percepción de los pueblos dominados. (Quijano A., 2000, p. 123).
La perspectiva eurocéntrica en la historia latinoamericana actúa como un espejo
distorsionado. Aunque hay elementos europeos en la identidad latinoamericana, las diferencias
son profundas. Al mirar este espejo, la imagen reflejada es parcial y engañosa, lo que lleva a
aceptar una visión de nosotros mismos que no corresponde a nuestra realidad. Un claro
ejemplo de la distorsión eurocéntrica en América Latina es la historia de la cuestión nacional,
que se refiere al problema del moderno Estado-nación en la región. Esta problemática surge de
la dificultad para construir una identidad nacional coherente y un Estado que refleje las
realidades diversas y complejas de los países latinoamericanos. La influencia de modelos
europeos y la imposición de estructuras externas han llevado a confusiones y errores en la
configuración de las naciones, afectando su desarrollo y capacidad para enfrentar sus propios
desafíos. (Quijano A., 2000, p. 136).
El proceso de homogeneización en los Estados-nación del Cono Sur latinoamericano no
se logró mediante la descolonización o la democratización de las relaciones sociales, sino a
través de la eliminación masiva de sectores de la población, como indígenas, negros y
mestizos. Esta exclusión impidió que la democracia y el Estado-nación fueran firmes y
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sostenibles. Por lo tanto, la historia política de estos países, especialmente desde finales de los
años 60 hasta la actualidad, debe entenderse en función de estas dinámicas de exclusión y
desigualdad. (Quijano A., 2000, p. 140).
En el resto países latinoamericanos, la trayectoria hacia un Estado-nación eurocéntrico
fue imposible de culminar. Tras la derrota de movimientos como el de Tupac Amaru y Haití,
solo México y Bolivia experimentaron un avance significativo en la descolonización social a
través de procesos revolucionarios, aunque estos fueron eventualmente reprimidos. A inicios
del siglo XIX, más del 90% de la población de estos países era negra, indígena o mestiza, pero
durante la formación de los nuevos Estados, se les negó la participación en decisiones políticas
y sociales. La minoría blanca que asumió el control, liberada de las restricciones de la Corona
Española, impuso nuevos tributos sobre los indígenas y mantuvo la esclavitud de los negros, al
tiempo que expandió su propiedad sobre tierras previamente reservadas para los indígenas. En
Brasil, los negros eran considerados esclavos y muchos indígenas eran vistos como
extranjeros, lo que reforzó la exclusión en el nuevo orden estatal. (Quijano A., 2000, pp. 140-
141).
El proceso de independencia en América Latina no logró descolonizar la sociedad, por
lo que no se tradujo en el desarrollo de Estados-nación modernos, sino en una rearticulación de
la colonialidad del poder. Durante casi 200 años, los países han intentado nacionalizar sus
sociedades y Estados, pero ninguno ha logrado una plena nacionalización ni un genuino
Estado-nación. La homogeneización de la población según el modelo eurocéntrico solo podría
haberse conseguido mediante una democratización radical que incluyera la descolonización de
las relaciones sociales y políticas entre grupos europeos y no europeos. Sin embargo, la
estructura de poder ha permanecido centrada en el eje colonial, y la construcción de la nación y
el Estado-nación ha sido en gran medida en contra de la mayoría de la población,
especialmente de indígenas, negros y mestizos. La colonialidad del poder sigue dominando en
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gran parte de América Latina, obstaculizando la democracia y la construcción de una verdadera
ciudadanía. (Quijano A., 2000, pp. 142-143).
3. ¿Cuál es y qué caracteriza el nuevo patrón de poder mundial?
La globalización actual representa la culminación de un proceso iniciado con la
constitución de América y el surgimiento del capitalismo colonial y eurocéntrico como nuevo
patrón de poder mundial. Un eje fundamental de este patrón es la clasificación social basada
en la idea de raza, que refleja la experiencia de dominación colonial y se ha integrado en las
dimensiones del poder global, incluyendo su racionalidad eurocéntrica. Este enfoque, aunque
originado en el colonialismo, ha demostrado ser más duradero y estable que el propio
colonialismo. Así, el patrón de poder hegemónico contemporáneo contiene un elemento de
colonialidad, y el objetivo es explorar las implicaciones de esta colonialidad en la historia de
América Latina. América se configuró como el primer espacio y tiempo de un nuevo patrón de
poder global, constituyéndose, así como la primera identidad de la modernidad. Este proceso
histórico se sustentó en dos ejes fundamentales. Primero, la codificación de las diferencias
entre conquistadores y conquistados a través de la idea de raza, que estableció una supuesta
inferioridad biológica de los conquistados, convirtiéndose en la base de las relaciones de
dominación. Esta clasificación racial se aplicó a la población de América y, posteriormente, al
mundo. Segundo, se articuló el control del trabajo y sus recursos en torno al capital y al
mercado mundial. Estos dos elementos fueron esenciales para la configuración del nuevo
patrón de poder. (Quijano A., 2000, p. 122).
Por otro lado, la constitución histórica de América, todas las formas de control y
explotación del trabajo, como la esclavitud, la servidumbre, la pequeña producción mercantil y
el salario, se organizaron en torno a la relación capital-salario y al mercado mundial. Estas
formas no eran meras extensiones de sus antecedentes, sino que eran nuevas y se
establecieron intencionadamente para producir mercancías para el mercado global. Estaban
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interconectadas entre sí y con el capital, formando un patrón global de control del trabajo que
dependía estructuralmente del nuevo sistema de poder. Cada forma de trabajo desarrolló
características específicas y, juntas, configuraron una original estructura de relaciones de
producción que constituyó el capitalismo mundial. Esta organización marcó un cambio
significativo en la historia del control de recursos y producción. (Quijano A., 2000, p. 123).
Europa, como centro del capitalismo mundial, no solo controló el mercado global, sino
que también impuso su dominio colonial sobre diversas regiones, reidentificando históricamente
a las poblaciones bajo un nuevo sistema-mundo. Este proceso generó nuevas identidades
geoculturales para África, Asia y Oceanía, con la colonialidad del poder desempeñando un
papel central. Sin embargo, la variabilidad en el desarrollo político y cultural de cada región
influyó en cómo se establecieron estas identidades.
La dominación europea llevó a la creación de un orden cultural global, donde se
articularon diversas historias y recursos culturales en torno a la hegemonía occidental. Los
colonizadores expropiaron elementos culturales útiles para el capitalismo y reprimieron las
formas de conocimiento y expresión de los pueblos colonizados, con un impacto más profundo
en América y África que en Asia. Además, forzaron a los colonizados a aprender aspectos de la
cultura dominante, especialmente en áreas que facilitaran la dominación.
Este complejo proceso resultó en una colonización de las perspectivas cognitivas y
culturales y religiosas, por la cual, los dominados debían de aprender la cultura de los
dominadores, alterando las formas en que las poblaciones interpretaron y dieron sentido a su
experiencia y su mundo. (Quijano A., 2000, pp. 126-127).
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Conclusión
La relación entre eurocentrismo y la construcción de identidades en América Latina ha
sido fundamental para entender las dinámicas de poder en la región. Al asociar raza y trabajo,
se establecieron jerarquías que despojaron a diversas culturas de sus identidades históricas,
reduciéndolas a categorías raciales que perpetuaron una narrativa de inferioridad.
Esta visión eurocéntrica no solo se manifestó en el ámbito económico, sino que también
afectó profundamente la producción de conocimiento y cultura. Las formas de saber de los
pueblos colonizados fueron sistemáticamente deslegitimadas, lo que dejó un legado que aún se
siente en las relaciones sociales y políticas actuales.
En el contexto de la globalización, estas estructuras de poder continúan
reproduciéndose, reafirmando la hegemonía de la perspectiva eurocéntrica en la interpretación
del mundo. Esto nos invita a reflexionar sobre en qué medida esas raíces afectaron en
“nuestras” costumbres. Hasta qué punto lo nuestro es nuestro y no un proceso de constante
herencia histórica, donde se mezcla una identidad propia de una América oculta, con la
influencia que conllevó en todos los aspectos el hecho de ser “descubiertos”.
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Referencias
Quijano A. [Link] del Poder, Eurocentrismo y América Latina. La colonidad
del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas. Ed.
Clacso.