100% encontró este documento útil (1 voto)
1K vistas457 páginas

3 b62d707f

Elspeth, una joven que vive en un mundo oscuro y neblinoso, se enfrenta a sus propios demonios internos, representados por un espíritu llamado el Tormento que la protege pero también amenaza con controlarla. Su vida cambia al conocer a un misterioso bandido, sobrino del rey, quien ha sido acusado de traición, y juntos deben reunir doce Cartas de la Providencia para curar su reino de la magia oscura. A medida que su misión avanza, la atracción entre ellos crece, pero Elspeth debe confrontar el peligro de perder el control sobre su propia mente y los secretos que guarda.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
1K vistas457 páginas

3 b62d707f

Elspeth, una joven que vive en un mundo oscuro y neblinoso, se enfrenta a sus propios demonios internos, representados por un espíritu llamado el Tormento que la protege pero también amenaza con controlarla. Su vida cambia al conocer a un misterioso bandido, sobrino del rey, quien ha sido acusado de traición, y juntos deben reunir doce Cartas de la Providencia para curar su reino de la magia oscura. A medida que su misión avanza, la atracción entre ellos crece, pero Elspeth debe confrontar el peligro de perder el control sobre su propia mente y los secretos que guarda.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Elspeth necesita a un monstruo. Y el monstruo podría ser ella.

La joven necesita más que suerte para estar a salvo en el siniestro mundo
rodeado de neblina al que llama hogar. Necesita a un monstruo. Ella lo llama
el Tormento, un antiguo y perturbado espíritu atrapado en su cabeza. La
protege. Guarda sus secretos.
Pero todo tiene un precio, especialmente la magia.
Cuando conoce a un misterioso salteador de caminos en el bosque, su vida
da un drástico giro. El bandido resulta ser el sobrino del rey… y ha sido
acusado de alta traición. Arrastrada a un mundo de sombras y engaños,
Elspeth emprende una peligrosa misión: curar al reino de la magia oscura
que lo está infectando.
El joven y Elspeth tienen hasta el solsticio para reunir doce Cartas de la
Providencia, la clave para la cura. Pero a medida que avanza su misión y su
innegable atracción se vuelve más intensa, se verá obligada a hacer frente a
su secreto más oscuro: el Tormento está, de un modo lento y tenebroso,
empezando a controlar su mente. Y puede que Elspeth no tenga modo
alguno de evitarlo.

1
Rachel Gillig

Una ventana a la oscuridad

El Rey Pastor
1

2
Título original: One Dark Window
Rachel Gillig, 2022
Traducción: Patricia Enríquez Espejo, 2025

Revisión: 1.0

03/07/2025

3
Para esas chicas reservadas con historias en la
cabeza.
Por sus sueños… y sus tormentos.

4
5
CAPÍTULO I

L a primera vez que los galenos vinieron a casa, yo


tenía nueve años.
Mi tío y sus hombres no se encontraban allí. Mi prima
Ione y sus hermanos armaban barullo jugando en la

6
cocina, así que mi tía no oyó que llamaban a la puerta. De
pronto, el primer hombre con toga blanca estaba plantado
en el salón.
No tuvo tiempo de esconderme. Yo estaba dormida,
descansando como un gato junto a la ventana. Cuando
me sacudió para despertarme, su voz estaba teñida de
miedo.
—Ve al bosque —me susurró mientras me abría la
ventana y me empujaba con delicadeza a través del
marco, hacia el suelo.
No caí sobre la cálida hierba veraniega. Me golpeé la
cabeza contra una piedra y parpadeé. Las náuseas me
provocaron un mareo que me hizo ver manchas oscuras.
Sentía la cabeza cubierta por algo cálido, rojo y pegajoso.
Los escuché dentro de la casa, con sus pasos firmes
cargados de malas intenciones.
«Levanta —dijo la voz en mi cabeza—. Levántate,
Elspeth».
Me levanté tambaleándome, desesperada por llegar
hasta la línea de árboles que quedaba justo al final del
jardín. La neblina me envolvió y, a pesar de que no
llevaba mi amuleto en el bolsillo, corrí hacia la arboleda.
Sin embargo, el dolor en la cabeza era demasiado
intenso.
Volví a caerme. La sangre me resbalaba por el cuello.
«¡Van a atraparme! —chillé hacia mi mente mientras
sucumbía al miedo—. Van a matarme».
«Nadie te hará daño, niña —gruñó él dentro de mi
cabeza—. Ahora ¡levántate!».
Lo intenté con todas mis fuerzas. Pero el golpe había
sido muy intenso y, después de dar cinco pasos
desesperados en los que tuve tan cerca la linde del
bosque que casi pude olerlo, me desplomé sobre la tierra
en un desmayo frío e inerte.
Ahora sé que lo que me sucedió después no fue un
sueño. No podía haberlo sido. Nadie sueña cuando se
desmaya. No soñé con nada en absoluto. Pero no sé de

7
qué otro modo describirlo.
En el sueño, la neblina me cubría por completo, densa
y oscura. Me hallaba en el jardín de mi tía, igual que hacía
un momento. Podía ver y oír…, olía el aire, sentía la tierra
debajo de la cabeza… Pero era incapaz de moverme.
—Ayuda —exclamé con un hilo de voz—. Ayúdame.
Unos pasos resonaron en mi mente, pesados y
apremiantes. Las lágrimas me resbalaron por las mejillas.
Me encogí, pero no podía ver nada. Tenía la visión
borrosa, como si estuviera abriendo los ojos bajo el agua.
Un dolor agudo y violento me recorrió los brazos y, de
repente, mis venas pasaron a ser negras como la tinta.
Grité. Grité tanto que el mundo a mi alrededor
desapareció. Comencé a perder la visión, hasta que todo
fue oscuridad.
Me desperté bajo un aliso, cobijada por la neblina y por
la exuberante vegetación del bosque. El dolor que había
sentido en las venas había desaparecido. De algún modo,
pese a haberme abierto la cabeza, conseguí llegar hasta
la línea de árboles. Me había librado de los galenos.
Sobreviviría.
Inspiré para llenarme los pulmones de aire y dejé
escapar un sollozo de felicidad mientras mi mente seguía
lidiando con la oleada de pánico, que amenazaba con
sobrepasarme.
No fue hasta que me senté cuando sentí el dolor en las
manos. Bajé la mirada hacia ellas. Tenía las palmas
cubiertas de arañazos y hechas jirones, con los dedos
empapados en sangre justo donde empezaban las uñas
que, además de estar llenas de tierra, se me habían
partido. A mi alrededor, el terreno estaba removido y la
hierba, revuelta. Algo o alguien la había aplastado.
Algo o alguien me había ayudado a arrastrarme hasta
un lugar seguro a través de la neblina.
Nunca me confesó cómo movió mi cuerpo, cómo
consiguió salvarme ese día. Sigue siendo uno de sus
muchos secretos, de esos que no se mencionan, que

8
permanecen sin más en la oscuridad que pastoreamos.
Pese a todo, esa fue la primera vez que dejé de temer
al Tormento, a la voz en mi cabeza, a la criatura de
extraños ojos amarillos y voz aterciopelada e inquietante.
Han pasado once años desde entonces, y ya no le temo
en absoluto.
A pesar de que debería hacerlo.

Esa mañana recorrí el sendero del bosque para reunirme


con Ione en la ciudad.
Unas nubes grises oscurecían mi camino, y la tierra
estaba resbaladiza, cubierta de musgo. El bosque se
aferraba a su agua, densa y húmeda, como si quisiera
retar al inevitable cambio de estación. Solo los
esporádicos cornejos creaban un contraste con ese brillo
esmeralda; sus tonos rojos anaranjados resplandecían
entre la neblina, fieros y orgullosos.
Los pájaros salieron revoloteando de un seto,
sobresaltados por mis andares torpes, y alzaron el vuelo
en desbandada. La neblina era tan densa que sus alas
parecían removerla. Me coloqué la capucha sobre la
cabeza y silbé una melodía. Era una de sus canciones,
una de las muchas que la criatura tarareaba en los
rincones más oscuros de mi mente. Una melodía antigua,
lúgubre y suave en ese estruendo silencioso. Sonaba
agradablemente en mis oídos y, cuando las últimas notas
salieron de mis labios hacia el sendero, lamenté oírlas
marcharse.
Me refugié en el fondo de mi mente… Quería sentir la
oscuridad. Al no recibir respuesta, seguí mi camino.
Cuando mi ruta se volvió demasiado embarrada, me
adentré en el bosque. Una zarza cargada de moras
negras y jugosas me retrasó. Antes de comérmelas,

9
saqué del bolsillo mi amuleto, la pata de un cuervo, y la
retorcí. La neblina que se extendía por el borde del
camino se aferraba a mí.
Las hormigas acabaron atrapadas en el jugo pegajoso
con el que me había manchado los dedos. Me las quité de
encima, y un intenso sabor ácido me quemó la lengua
cuando accidentalmente ingerí un par de ellas. Me limpié
los dedos en el vestido, cuya lana negra era tan oscura
que ocultó por completo las manchas.
Ione me estaba esperando al final del camino, justo al
otro lado de los árboles. Nos abrazamos y ella me tomó
del brazo mientras me escudriñaba el rostro bajo la
sombra de la capucha.
—No te habrás salido del sendero, ¿verdad, Bess?
—Solo un momento —respondí, y miré hacia las calles
que quedaban frente a nosotras.
Nos encontrábamos en el límite de Blunder, la red de
tiendas y calles adoquinadas que me infundía más temor
que cualquier bosque oscuro. Sus habitantes iban de un
lado para otro, y los ruidos, tanto humanos como
animales, suponían un gran estruendo para mis oídos
después de haber pasado tantas semanas en mi hogar en
el bosque. Un carruaje pasó a toda prisa por delante de
nosotras, y los cascos de los caballos repiquetearon
contra la vieja calle de piedra. Un hombre vertió agua
sucia desde su ventana, tres pisos por encima del suelo, y
me salpicó un poco el bajo del vestido negro. Los niños
lloraban. Las mujeres gritaban y se inquietaban. Los
comerciantes vociferaban para anunciar su mercancía y,
en alguna parte, una campana repicaba. Era el pregonero
de Blunder, que proclamaba la detención de tres
bandidos.
Contuve el aliento y seguí a Ione calle arriba.
Ralentizamos el paso para echar un vistazo en los puestos
de los comerciantes y acariciar las nuevas telas que
acababan de sacar de los escaparates de las tiendas. Ione
pagó un penique por una bobina de cinta rosa y le dedicó

10
al vendedor una sonrisa con la que dejó al descubierto el
pequeño hueco entre sus paletas. Verla así me
enterneció. Sentía un gran cariño por Ione, mi prima de
cabello rubio como el sol.
Mi prima y yo éramos muy distintas. Ella era sincera,
real. Se le reflejaban las emociones en el rostro, mientras
que yo ocultaba las mías detrás de una compostura bien
estudiada. Mi prima vivía con intensidad. Declaraba en
voz alta sus deseos, sus temores y todo lo demás,
dándole así gracias a la vida. Adondequiera que fuese, su
naturalidad atraía tanto a personas como a animales.
Hasta los árboles parecían inclinarse en su dirección.
Todos la querían. Y ella les devolvía ese amor. Aunque eso
pudiera perjudicarla.
Ione no fingía. Simplemente existía.
La envidiaba por ello. Yo era un animalillo asustado,
rara vez sosegado. Necesitaba a Ione, su escudo de
calidez y calma, sobre todo en días como aquel, el de mi
cumpleaños, cuando visitaba la casa de mi padre.
Muy lejos, en lo más recóndito de mi mente, reverberó
el lento rechinar de unos dientes. Apreté los míos y cerré
los puños, pero no sirvió de nada. No había forma de
controlar sus idas y venidas. Un chico me empujó para
pasar por mi lado y dejó la mirada suspendida sobre mi
rostro más tiempo de lo normal. Le dediqué una sonrisa
forzada y me di la vuelta para pasarme con premura una
mano por los músculos tensos de la frente hasta sentir
que dejaba mi expresión impasible. Era un truco que
llevaba años perfeccionando delante del espejo: me
moldeaba el rostro como si fuera arcilla hasta que
adoptaba el aspecto ambiguo y recatado de alguien sin
nada que esconder.
Sentí cómo la criatura contemplaba a Ione a través de
mis ojos. Cuando habló, su voz fue tan viscosa como el
aceite: «Muchacha rubia, dulce e inmaculada. Muchacha
rubia y llana. Muchacha rubia, siempre subestimada.
Muchacha rubia, jamás serás soberana».

11
«Shhh», le dije, dándole la espalda a mi prima.
Ione no sabía lo que me había hecho la infección. Al
menos, no conocía su alcance. Nadie lo sabía. Ni siquiera
mi tía Opal, quien me había acogido cuando deliraba a
causa de la fiebre. Por la noche, cuando me subía la
temperatura, amortiguaba el marco de la puerta con un
tejido de lana y mantenía las ventanas cerradas para que
no despertara a los otros niños con mi llanto. Me había
administrado medicación para dormir y me había cubierto
las venas urticantes con un emplasto. Me había leído esos
libros que en el pasado mi tía había compartido con mi
madre. Me había querido a pesar de lo que entrañaba
darle cobijo a una niña que se había contagiado de la
fiebre.
Cuando por fin abandoné mi dormitorio, mi tío y mis
primos se habían quedado mirándome en busca de algún
signo de magia, de cualquier cosa que pudiera delatarme.
Sin embargo, mi tía se había mantenido firme. Sí,
había contraído esa fiebre que tanto se temía en Blunder,
pero eso era todo. La infección no me había
proporcionado magia. Ni los Espino ni la nueva familia de
mi padre serían condenados por relacionarse conmigo,
siempre y cuando mi infección siguiera siendo un secreto.
Y yo continuaría con mi vida.
Así se cuentan las mejores mentiras: con la dosis
suficiente de verdad como para que resulten
convincentes. Pasado un tiempo, hasta yo misma
comencé a creer que la mentira era verdad, que no
contaba con magia. Al fin y al cabo, no presentaba
ninguno de los síntomas mágicos que a menudo
acompañaban a la infección. No había desarrollado
nuevas habilidades ni experimentado extrañas
sensaciones. Crecí con el iluso convencimiento de que
sería la única niña en sobrevivir a la infección sin ser
contagiada por la magia.
Pero esa era una época que intentaba no recordar…
Una época de inocencia. Antes de las cartas de la

12
Providencia.
Antes del Tormento.
La voz de la criatura se extinguió hasta desaparecer, y
la silenciosa sombra de su presencia se deslizó de nuevo
hacia la oscuridad. Volví a ser dueña de mi mente, y el
clamor de la ciudad invadió una vez más mis oídos
mientras seguía a Ione a través de los puestos de los
mercaderes hasta la calle del mercado.
Unos ecos agudos nos recibieron al doblar la siguiente
esquina. Alguien gritaba. Giré el cuello con brusquedad.
Ione me agarró.
—Destreros —me dijo.
—O puede que Orithe Sauce y sus galenos —repliqué,
al tiempo que aceleraba el paso y ojeaba las calles en
busca de togas blancas.
Sonó otro grito, cuyas notas escalofriantes me erizaron
el vello de la nuca. Giré la cabeza hacia la atestada plaza
de adoquines, pero Ione tiró de mí. Lo único que vi antes
de que doblásemos otra esquina fue a una mujer con la
boca abierta en un lamento ahogado; se había subido las
mangas de la capa para dejar a la vista sus venas, negras
como la tinta.
Un momento después, la mujer desapareció detrás de
cuatro hombres vestidos con capas negras: los destreros,
los soldados de élite del rey. Los gritos nos siguieron
mientras nos apresurábamos a recorrer las calles
serpenteantes de Blunder. Para cuando llegamos a la
verja delantera de la casa Bonetero, Ione y yo estábamos
sin aliento.
La casa de mi padre era la más alta de su calle. Me
quedé plantada en la puerta, con los gritos aún
reverberando en mi mente. Ione, que tenía las mejillas
sonrosadas después del camino cuesta arriba, le dedicó
una sonrisa al guardia.
Las gran puerta de madera se abrió y reveló un amplio
patio de ladrillo.
Entramos, Ione delante de mí. En el centro del patio,

13
rodeado de arenisca, crecía un antiguo bonetero que
había plantado mi bisabuelo. A diferencia del bonetero
carmesí de nuestro estandarte, el árbol del patio seguía
aferrándose a su color verde intenso, con sus delgadas
ramas cargadas de hojas cerosas. Extendí la mano para
tocar una de ellas, con mucho cuidado de no rozar el
borde dentado. No era un árbol alto y regio, pero sí que
era antiguo y… elegante.
Al lado del bonetero, todavía pequeño y poco maduro,
había un mostajo.
En la zona norte del patio se hallaban los establos y,
en la sur, la armería. No nos dirigimos a ninguno de esos
lugares, sino que seguimos recto. Cuando llegamos a los
escalones de piedra de la entrada de la casa, respiré
hondo y controlé de nuevo mi expresión mientras llamaba
tres veces a la gran puerta de roble.
Nos recibió Balian, el mayordomo de mi padre.
—Buenas tardes —dijo, y entrecerró sus ojos marrones
al cruzar su mirada con la mía. Al igual que el resto de los
criados de mi padre, hacía mucho tiempo que había
aprendido a andarse con ojo en presencia de la hija
mayor de los Bonetero.
Había pasado un año desde mi última visita. Aun así,
los tonos apagados de la casa me resultaban familiares.
Los tapices y las alfombras seguían intactos. Balian
prendió una vela, e Ione y yo lo seguimos más allá de la
oscura escalera color cereza con una barandilla larga y
sinuosa. Traté de no pensar en cuánto me gustaba
deslizarme por esa barandilla de niña, ni en que la casa
seguía igual desde entonces.
Traté de no pensar en nada.
Balian abrió la puerta redondeada que daba al salón.
Pude oler la chimenea antes de sentirla. El exquisito
aroma a cedro me hizo cosquillas en la nariz. En el
interior, mi madrastra, Nerium, y mis medio hermanas,
las gemelas Nya y Dimia, se levantaron de sus mullidas
sillas.

14
Las gemelas tuvieron la decencia de sonreír, y unos
hoyuelos idénticos aparecieron en sus mejillas
redondeadas. Vi las facciones de mi padre reflejadas en
sus rostros, sobre todo porque su madre, Nerium, no tenía
un semblante propenso a las sonrisas auténticas. Mi
madrastra me miró por encima de su delicada nariz
mientras enroscaba la punta de su cabello blanco hasta la
cintura en sus dedos delgados y nudosos.
Tenía el aspecto de un hermoso buitre, acomodada
sobre su silla favorita. Me observó con esos penetrantes
ojos azules, como si estuviera considerando si merecería
la pena perder el tiempo conmigo.
Ione entró primero en la estancia y me ocultó de la
vista de Nerium.
Abracé a Nya y a Dimia, y ellas tuvieron mucho
cuidado de no acercar demasiado sus cuerpos al mío.
Cuando Balian cerró la puerta, Ione y yo ocupamos
nuestros asientos en las sillas elegantemente tapizadas
dispuestas cerca del fuego, siendo yo quien se sentó en la
más próxima a la chimenea.
Todo era tan rutinario que parecía ensayado.
Un jarrón lleno de flores de iris de un color violeta
intenso se hallaba sobre la mesita situada al lado de mi
silla. Pasé los dedos por los pétalos, con cuidado de no
dañarlos. En el salón siempre había flores de iris.
—Qué flor tan deslucida —comentó Nerium, y me
observó con los ojos entrecerrados antes de fijarlos en las
flores—. No entiendo qué le ve tu padre.
Se me hizo un nudo en el estómago. Como ocurría con
la mayoría de las cosas que me decía Nerium, había una
cierta malicia en sus palabras delicadas y bien escogidas.
Mi padre siempre tenía flores de iris en casa por una
razón muy sencilla.
Iris era el nombre de mi madre.
—A mí me parecen preciosas —intervino Ione, que me
dedicó una sonrisa para a continuación lanzarle una
mirada cargada de ponzoña a mi madrastra.

15
Dimia, que a menudo rompía a reír cuando no tenía ni
idea de lo que sucedía, soltó una risita nerviosa.
—Tienes buen aspecto —dijo, y se inclinó hacia Ione—.
¿Este vestido es nuevo?
Al otro lado de la chimenea, sentí los ojos de Nya
clavados en mí, como si yo fuera un libro que le hubieran
ordenado no leer. Cuando le devolví la mirada, la joven la
apartó con un gesto cauteloso.
Mis medio hermanas no me querían. O, si lo hacían,
habían perdido la práctica hacía mucho. Dimia y Nya
habían nacido siete años después que yo y, a sus trece
años, eran idénticas en casi todos los aspectos. Hubieran
sido indistinguibles de no ser por la pálida marca de
nacimiento que tenía Nya bajo la oreja izquierda. Durante
toda mi vida me habían dedicado las mismas miradas de
prudente curiosidad y habían reservado su dulzura la una
para la otra.
Intercambié unas palabras vacías con Dimia. El calor
de la chimenea no me afectaba en absoluto. Mi media
hermana me contó que habían sido invitadas a celebrar el
Equinoccio en Stone, el castillo del rey.
—Adoro el Equinoccio —dijo Dimia, en un tono más alto
que el que estaban empleando su madre y su hermana.
La joven tomó una galleta de mantequilla de la mesa
auxiliar; había un aire soñador en sus ojos azules. Cuando
volvió a hablar, las migas de la galleta salieron
despedidas de sus labios.
—La música…, los bailes…, ¡los juegos!
—No todos los juegos son agradables —comentó Nya
mientras le limpiaba a su gemela una miga de la
comisura del labio—. ¿Recuerdas lo que sucedió el año
pasado?
Nerium ensanchó las fosas nasales. Ione frunció el
ceño. Dimia jugueteó con el dobladillo de su manga.
Las miré sin comprender. Yo no lo recordaba, ya que no
había acudido a esa fiesta.
—Al príncipe heredero Hauth le gusta jugar a verdad o

16
mentira con su carta del Cáliz —explicó Nerium, sin
molestarse en mirarme—. Se desató una pelea entre él y
uno de los destreros. Creo que fue Jespyr Tejo. No
entiendo por qué el rey cuenta con una mujer a su
servicio. Soy incapaz de comprender…
«Tu padre se acerca».
De un modo tan repentino que me hizo dar un
respingo, la voz del Tormento emergió de la oscuridad. La
criatura se colocó detrás de mis ojos, apremiante. «¿No lo
ves?».
Permanecí completamente inmóvil y cerré los
párpados. Allí, en la oscuridad, el brillo de una luz de un
azul regio no dejaba de aumentar de intensidad: una
carta de la Providencia, la del Pozo. Parecía un faro del
color de un zafiro que flotaba sobre el suelo. Sin duda
estaba guardada en el bolsillo de mi padre. Como el resto
de las cartas de la Providencia, el Pozo era del tamaño de
una carta al uso, no mucho más grande que mi puño.
Estaba rebordeada por un terciopelo muy antiguo.
Era ese terciopelo el que desprendía luz. Una luz que
solo yo podía ver. O, mejor dicho, una luz que solo podía
ver la criatura de mi mente.
La carta del Pozo había formado parte de la dote de mi
madre, y valía tanto oro como la casa Bonetero en su
totalidad. Era una de las doce cartas que componían la
baraja de la Providencia. Tal y como se relataba en
nuestro antiguo texto, El viejo libro de los Alisos, esas
cartas no solo eran el mayor tesoro de Blunder, sino
también el único modo legal de practicar magia.
Cualquiera podía usarlas; solo necesitaba tocarlas e
imbuirles su voluntad. Había que despejar la mente,
sostener la carta en la mano y darle tres toques para
disponer de su magia. A partir de ahí, la carta podía
llevarse encima o guardarse en cualquier sitio, y la magia
seguiría activa. Si se le daban otros tres toques o la
utilizaba otra persona, el flujo de la magia se detendría.
No obstante, si se abusaba del uso de una carta, las

17
consecuencias eran funestas.
Las cartas de la Providencia eran increíblemente
excepcionales; su número era limitado. De niña tan solo
había podido verlas de pasada.
Y en toda mi vida solo había tocado una.
Me estremecí al recordar el tacto del terciopelo. La luz
azul de la carta del Pozo de mi padre adquirió más
intensidad. Cuando la puerta se abrió, la luz se coló en el
salón, un faro deslumbrante que procedía del bolsillo del
pecho de su jubón.
Erik Bonetero. Señor de uno de los linajes más
antiguos de Blunder. Alto, severo, temible. Lo más
doloroso de todo era que en el pasado había sido el
capitán de los hombres cuyo propósito era cazar a
aquellos que poseían magia… como yo.
Era un destrero hasta el tuétano.
Pero para mí era mucho más que un soldado. Era mi
padre. Como todos los Bonetero que lo habían precedido,
era un hombre de pocas palabras. Cuando se decidía a
hablar, su voz era profunda y afilada, como las rocas
dentadas ocultas bajo un puente levadizo. Su cabello
contaba con vetas plateadas, y lo llevaba sujeto en la
nuca con una tira de cuero. Al igual que Nerium, su
mandíbula no era demasiado propensa a las sonrisas
amables. Sin embargo, cuando dirigió la mirada hacia mí,
sus cortantes ojos azules se suavizaron.
—Elspeth —me dijo. Sacó la mano de detrás de la
espalda. Allí, de una delicadeza dolorosa en su puño
encallecido, se hallaba un ramo de flores silvestres.
Milenramas—. Feliz cumpleaños.
Sentí una opresión en el pecho. Incluso después de
todo ese tiempo, de la muerte de mi madre y de mi
infección, mi padre siempre me regalaba milenramas el
día de mi cumpleaños. «Más bonita que la milenrama»,
me decía cuando era niña.
Me levanté del asiento y me acerqué a él. La luz azul
de su bolsillo me deslumbraba. Cuando me colocó las

18
milenramas en la mano, el olor a bosque me subió por la
nariz. Debía de haberlas recogido esa misma mañana.
Intenté no mirarlo a los ojos durante demasiado rato.
Con eso solo conseguiría incomodarnos a los dos.
—Gracias.
—Íbamos a reunirnos contigo en el comedor —le dijo
mi madrastra a su esposo con un hilo de voz—. ¿Sucede
algo?
La expresión de mi padre no revelaba nada.
—Estoy saludando a mi hija en mi propia casa, Nerium.
¿Te parece bien?
Mi madrastra cerró bruscamente la boca. Ione se
cubrió la suya con la mano para ocultar una sonrisa
burlona.
Estuve a punto de sonreír yo también. Me causaba
más satisfacción de la que debería escuchar a mi padre
dar la cara por mí. No obstante, más intenso que lo que
tiraba de la comisura de mis labios hacia arriba, era el
dolor sordo y antiguo, anidado en mi pecho, que me
recordaba lo que se interponía entre nosotros.
No siempre había dado la cara por mí.
Balian asomó su cabeza calva en el salón.
—La cena está lista, milord. Pato asado.
Mi padre asintió con decisión.
—¿Pasamos al comedor?
Mis medio hermanas abandonaron el salón, seguidas
de mi padre. Ione fue la siguiente en salir, y yo fui justo
detrás de ella.
Nerium me abordó en la puerta y me hundió sus dedos
finos en el brazo.
—Tu padre quiere que este año acudas al Equinoccio
con nosotros —me susurró, siseando—. Algo que, por
supuesto, no harás.
Bajé la mirada hacia su mano sobre mi brazo.
—¿Y eso por qué, Nerium?
La mujer entornó sus ojos azules.
—La última vez, si no recuerdo mal, te pusiste en

19
evidencia con ese chico, cuya madre, para que lo sepas,
ha venido aquí en más de una ocasión con la esperanza
de conocerte.
Hice una mueca. Casi había olvidado lo de Alyx.
Habían pasado años desde aquello.
—Podrías haberle dicho dónde vivo realmente.
—¿Y dejar que la gente pregunte por qué tu padre te
mandó a vivir allí? —Las arrugas de alrededor de sus
labios se marcaron aún más—. Tenemos un acuerdo que
nos favorece a todos, Elspeth. Tú permaneces alejada de
la corte, a tu aire y lejos de nuestra vista, y tu padre paga
a los Espino, una buena suma debo añadir, para que se
encarguen de ti.
«Encargarse de mí». Como si fuera un caballo del
establo de mi tío. Liberé mi brazo. Había perdido el
apetito. Miré por encima del hombro de mi madrastra en
busca de Ione, pero mi prima ya había entrado en el gran
comedor.
—De pronto se me han quitado las ganas de comer
pato —dije entre dientes. Me aparté de mi madrastra y, al
salir, me golpeé contra la puerta—. Seguro que no te
importará excusarme.
Casi pude oír la sonrisa de Nerium en su voz delicada y
cruel:
—Como hago siempre.
Mantuve la compostura hasta que abandoné la casa
Bonetero. Solo cuando las puertas de entrada se cerraron
detrás de mí, me permití llorar.
Con la cabeza gacha y los ojos anegados en lágrimas,
recorrí a paso ligero todo el camino hacia la vieja iglesia,
en lo más alto de la ciudad, y no les di un respiro a mis
pulmones oprimidos hasta que estuve sola en las calles
vacías.
Me puse de rodillas y tosí. La rabia y el dolor me
golpeaban con fuerza el pecho.
El Tormento se retorció en la oscuridad, como un lobo
que pisoteara la hierba antes de tumbarse sobre ella. «Es

20
una pena que hayamos tenido que marcharnos —dijo—.
Estaba disfrutando mucho de esa conversación
conmovedora con la querida Nerium».
Seguí caminando. Pateé una piedra con la punta de la
bota hasta que desapareció entre la hierba alta que crecía
entre el sendero y el río. «No tardarás en volver a verla».
«¿Y volverás a salir corriendo con el rabo entre las
piernas?».
«¿Pretendías que me quedara después de eso?», le
espeté.
«Sí. Porque huir es exactamente lo que ella quiere que
hagas, querida».
«Es más fácil así…, evitándoles. —Solté un suspiro.
Huir. Es mi naturaleza. Además —añadí con la voz
apagada—, si de verdad mi padre hubiera deseado mi
compañía, no me habría abandonado hace once años. Eso
ya lo sabes… ¿Por qué me provocas así?».
Su risa resbaló por mí como el agua por las paredes de
una caverna; resonó para luego desaparecer en un
silencio vacío. «Porque, querida mía, esa es mi
naturaleza».
Me senté junto al río y me deleité con el sonido
agradable que producía el agua al correr. Jugueteé con las
milenramas, arrancándoles los diminutos pétalos
amarillos uno a uno. Luego, le compré una manzana y
una cuña de queso curado a un vendedor ambulante y
permanecí cerca del agua hasta que la luz de detrás de la
neblina estuvo muy baja en el cielo. Había tenido la
pequeña esperanza de que Ione se marcharía de la casa
de mi padre antes de tiempo para seguirme, que tal vez
recorreríamos juntas el camino de vuelta por el bosque.
Sin embargo, la campana repicó siete veces y mi prima
no apareció.
Me recogí el cabello en una trenza gruesa, me sacudí
la tierra del trasero y lancé una última ojeada camino
arriba, hacia la ciudad, antes de coger la pata de cuervo
que llevaba en el bolsillo y adentrarme en el bosque.

21
CAPÍTULO 2

T odo comenzó la noche de la gran tormenta. El


viento abrió los postigos de mi ventana, y los nítidos
destellos de unos rayos proyectaron sombras grotescas
en el suelo de mi dormitorio. Las escaleras crujieron

22
cuando mi padre las subió de puntillas y los gritos de mi
criada, que huía, resonaron por los pasillos. Cuando mi
padre llegó a la puerta de mi dormitorio, me encontró
inmóvil, delirando, con las venas oscuras como las raíces
de un árbol. Me levantó de mi estrecha cama infantil y me
metió en un carruaje.
Me desperté dos días más tarde en el bosque, al
cuidado de mi tía Opal.
Una vez que me bajó la fiebre, comencé a despertarme
todos los días al amanecer para inspeccionarme el cuerpo
en busca de cualquier signo de magia. Pero la magia
nunca llegó.
Todas las noches rezaba antes de dormir por que todo
hubiera sido un grave error y mi padre no tardara en
volver a llevarme a casa.
Sentía los ojos de todos sobre mí. Los criados se
apresuraban a poner distancia y mi tío entornaba la
mirada y se limitaba a aguardar. Incluso los caballos se
alejaban de mí, ya que, de algún modo, eran capaces de
percibir mi infección, ese leve brote de magia en mi
sangre joven.
Cuando habían pasado cuatro meses desde mi llegada
al bosque, mi tío y seis hombres más cruzaron la verja de
la casa con sus caballos empapados en sudor. La espada
de mi tío estaba cubierta de sangre. Oculté mi cuerpo
desgarbado en la oscuridad del establo y los contemplé.
Sentí curiosidad al ver que mi tío esbozaba una sonrisa
triunfal. Llamó a Jedha, el maestro de armas, y hablaron
en voz baja y apresurada antes de volver a la casa.
Yo permanecí entre las sombras y los seguí a través
del vestíbulo hasta la biblioteca de caoba, cuyas puertas
de madera se encontraban ligeramente entornadas. No
recuerdo qué fue lo que se dijeron el uno al otro, cómo
había conseguido mi tío arrebatarle la carta de la
Providencia a los bandidos. Solo me acuerdo de que
ambos se hallaban desbordados de emoción.
Aguardé hasta que se marcharon. Mi tío fue lo

23
bastante idiota como para no guardar la carta bajo llave,
y yo me dirigí al centro de la sala.
En la parte superior de la carta había dos palabras
escritas: «El Tormento». Me quedé boquiabierta, con mis
ojos de niña abiertos como platos. Conocía lo suficiente El
viejo libro de los Alisos como para saber que de esa carta
de la Providencia en particular solo existían dos
ejemplares, y que su magia era formidable y aterradora.
Al usarla, su portador adquiría el poder de comunicarse
con las mentes de otras personas. Pero, si la usaba
durante un tiempo prolongado, la carta le revelaría sus
temores más oscuros.
No obstante, no fue la reputación de la carta la que me
cautivó, sino el monstruo. Me incliné sobre la mesa,
incapaz de apartar la mirada de la criatura aterradora
representada en el anverso de la carta. Su pelaje era
áspero y le cubría las extremidades, descendiendo por la
columna encorvada hasta llegar a la punta erizada de su
cola. Sus dedos grises, sin pelo, eran espeluznantemente
largos, y acababan en unas garras enormes y
despiadadas. Su rostro no era el de un hombre ni el de
una bestia, sino que pertenecía a algo intermedio. Me
acerqué más a la carta, atraída por la mueca de la
criatura, cuyos dientes afilados asomaban bajo un labio
curvo.
Sus ojos me atraparon. Amarillos, tan resplandecientes
como una antorcha, con unas pupilas alargadas, como de
gato. La criatura me devolvió la mirada, inmóvil, sin
parpadear y, pese a que estaba hecha de tinta y papel,
sentí que me estaba observando con tanta atención como
yo a ella.
Intentar explicar qué sucedió a continuación fue como
tratar de arreglar un espejo hecho pedazos. Aunque
pudiera recolocar algunas piezas, seguían existiendo
grietas en mi memoria. De lo único de lo que estaba
segura era del tacto del terciopelo color burdeos, de la
increíble suavidad de los bordes de la carta del Tormento

24
a medida que pasaba el dedo por encima.
Recuerdo el olor a sal y el dolor intenso que lo siguió.
Debí de caerme o desmayarme, porque, cuando me
desperté en el suelo de la biblioteca, fuera todo estaba
oscuro. Tenía el vello de la nuca erizado y, cuando me
senté, de algún modo fui consciente de que ya no estaba
sola en la estancia.
Fue entonces cuando lo oí por primera vez, el sonido
del entrechocar de esas garras largas e implacables.
Clic. Clic. Clic.
Salté hasta ponerme en pie y busqué al intruso en la
biblioteca. Sin embargo, no había nadie. No fue hasta que
se repitió ese sonido cuando me di cuenta de que la sala
estaba vacía.
El intruso se hallaba en mi mente.
—¿Hola? —llamé, con la voz entrecortada.
El tono que usó era el de un hombre, un siseo y un
ronroneo, aceite y bilis, siniestro y dulce, que reverberó
en la oscuridad de mi mente. «Hola».
Grité y salí corriendo de la biblioteca. Pero no había
forma de huir de lo que había hecho.
De repente, todo quedó amargamente claro: la
infección sí había hecho mella en mí. Tenía magia. Una
magia extraña y terrible. Con un toque había bastado.
Solo había tenido que apoyar el dedo sobre el terciopelo
para absorber algo que se hallaba en el interior de la
carta del Tormento de mi tío. Con tocarla una sola vez, su
poder había anidado en los rincones de mi mente y había
quedado atrapado allí.
Al principio, creí haber absorbido la propia carta, su
magia. Pero, a pesar de todos mis esfuerzos, no podía
comunicarme con las mentes de los demás. Solo podía
hablar con esa voz, la del monstruo, la del Tormento. Me
leí de principio a fin El viejo libro de los Alisos en busca de
respuestas, hasta que me lo aprendí de memoria. En la
descripción de la carta del Tormento, el Rey Pastor
hablaba de hacer realidad los mayores temores de una

25
persona, de cosas inquietantes y aterradoras. Esperé
sentir miedo, tener sueños, tener pesadillas. Pero no
sucedió nada de eso. Apretaba bien la mandíbula para
evitar gritar cada vez que entraba a una estancia oscura,
segura de que la criatura desgarraría el silencio con un
chillido aterrador, pero el Tormento estuvo callado. No me
atormentó.
No dijo nada en absoluto hasta el día en el que
llegaron los galenos, cuando me salvó la vida.
Después de aquello, me familiaricé con los sonidos que
profería con sus idas y venidas. Era un ser enigmático,
con muchos secretos. Lo más raro era que contaba con
magia propia. Bajo su mirada, las cartas de la Providencia
resplandecían como una antorcha, con unos colores
únicos que procedían del terciopelo de sus rebordes. Con
él atrapado en mi mente, yo también podía ver las cartas.
Y, cuando le pedía ayuda, me volvía más fuerte: podía
correr más rápido durante más tiempo, y mis sentidos se
aguzaban.
En ocasiones, la criatura permanecía latente, como si
estuviera dormida. Otras, parecía apoderarse por
completo de mis pensamientos. Cuando hablaba, su voz
suave y espeluznante pronunciaba acertijos sonoros, a
veces para citar El viejo libro de los Alisos y otras
simplemente para provocarme.
No obstante, sin importar cuántas veces se lo
preguntara, jamás me contaba quién era o cómo había
acabado en la carta del Tormento.
Once años juntos.
Once años, y nunca se lo había contado a nadie.

No solía caminar por el sendero del bosque por la noche,


y mucho menos sola. Eché un vistazo hacia atrás por

26
encima del hombro, de nuevo con la esperanza de que
Ione me diera alcance, de que pudiéramos enfrentarnos a
la oscuridad juntas, cogidas del brazo.
Sin embargo, lo único que se movió en el límite del
bosque fue un búho blanco. Contemplé cómo alzaba el
vuelo desde un matorral, y me sorprendí por lo rápido que
volvía a descender. La noche caía sobre los árboles, y con
ella llegaban los sonidos de los animales, de esas
criaturas a las que la oscuridad envalentonaba. El
Tormento se removió en el fondo de mi consciencia, lo
que hizo que me estremeciera a pesar del aire templado.
Crucé los brazos contra el pecho y aceleré el paso.
Solo me quedaban por recorrer un par de metros del
sendero para ver las antorchas de la verja de la casa de
mi tío dándome la bienvenida a mi hogar.
Pero, antes de doblar el segundo recodo, los
salteadores de caminos se me echaron encima.
Salieron de entre la neblina como animales de presa.
Dos de ellos llevaban una capa larga y oscura, además de
una máscara que les cubría todo el rostro menos los ojos.
El primero me agarró de la capucha y me colocó la otra
mano sobre la boca para sofocar el grito que ya había
abandonado mis labios. El segundo desenvainó una daga
con la empuñadura de marfil pálido que llevaba en el
cinturón y me apoyó la punta sobre el pecho.
—No hagas ruido y no tendré que usarla —me
amenazó con voz grave—. ¿Entendido?
No dije nada, completamente aterrada. Había recorrido
ese bosque durante casi la mitad de mi vida. Ni siquiera
un perro me había salido jamás al paso, y mucho menos
unos bandidos, tan cerca como estaba de la propiedad de
mi tío. O bien eran demasiado atrevidos, o bien estaban
desesperados.
Me adentré en la oscuridad de mi mente en busca del
Tormento. La criatura reptó hacia delante con un siseo,
alterada por mi miedo, despierta y presente detrás de mis
ojos.

27
Asentí en dirección al bandido, con cuidado de no
mover su daga.
El hombre dio un paso atrás.
—¿Cómo te llamas?
«Miéntele», me susurró el Tormento.
Solté un suspiro entrecortado. El primer bandido aún
me tenía agarrada por la capucha.
—J-J-Jayne. Jayne Milenrama.
—¿Y adónde te diriges, Jayne?
«Dile que no tienes nada de valor».
«¿Para que quieran que les pague en carne? No,
gracias».
La rabia comenzó a hervir detrás de mi miedo. La ira
del Tormento sabía a metal en mi lengua.
—Tra… trabajo al servicio de sir Espino —logré decir, y
recé para que la notoriedad del apellido de mi tío los
asustara.
No obstante, cuando el bandido que estaba detrás de
mí soltó una carcajada, supe que había dicho lo que no
debía.
—Entonces, estarás al corriente de lo de sus cartas —
declaró—. Dinos dónde las guarda y te dejaremos ir.
Erguí la columna y cerré los puños. El castigo por robar
cartas de la Providencia era una muerte lenta, horripilante
y pública.
Lo que significaba que esos hombres no eran unos
vulgares salteadores de caminos.
—Solo soy una criada —mentí—. No sé nada.
—Seguro que sí —dijo él mientras me tiraba de la
capucha hasta que el broche del cierre me presionó la
garganta—, Dínoslo.
«Déjame salir». El Tormento volvió a hablar; su voz se
deslizó por entre sus dientes apretados.
«Cierra el pico y déjame pensar», estallé, con la
mirada aún clavada en la daga.
—¿Hola? —dijo el bandido a mi espalda, tirándome de
nuevo de la capucha—. ¿Me oyes? ¿Estás bien de la

28
cabeza?
—Espera —le advirtió el que blandía la daga. No podía
verle el rostro con la máscara, pero su mirada me
mantenía clavada en el sitio. Cuando dio un paso hacia
mí, me encogí. Su capa desprendía un aroma a clavos y
humo de cedro.
—Regístrale los bolsillos —ordenó.
Unos dedos indiscretos me recorrieron los costados,
me rodearon la cintura y bajaron por mi falda. Apreté la
mandíbula y mantuve la cabeza alta. El Tormento
permanecía callado, marcando un ritmo abrupto con las
garras.
Clic. Clic. Clic.
—Nada —dijo el bandido que me había cacheado.
No obstante, el otro no parecía convencido. Lo que
fuera que viera en mi mirada, lo que fuera que
sospechara, era suficiente para que siguiese
apuntándome justo por encima del corazón con su daga.
—Mira en sus mangas —dijo.
«Ayúdame —grité hacia mi mente—. ¡Ahora!».
El Tormento rompió a reír con un cruel siseo de
serpiente. Un calor ardiente me recorrió los brazos. Me
encorvé hacia delante con las venas en llamas, y solté un
grito ahogado cuando la fuerza del Tormento me corrió
por la sangre.
El hombre que estaba a mi espalda dio un paso atrás.
—¿Qué le sucede?
El salteador de caminos que blandía la daga me miró
con los ojos muy abiertos y bajó el cuchillo. Fue solo un
instante…, pero con eso bastó.
Los músculos me ardían con la fuerza del Tormento.
Golpeé al bandido en el pecho, lo que hizo que se le
escapara la daga de la mano y acabara cayendo de
espaldas sobre el sendero. Se golpeó la cabeza contra la
tierra justo cuando el bandido situado detrás de mí fue a
desenvainar su espada.
No obstante, los reflejos del Tormento fueron más

29
rápidos. Antes de que el hombre pudiera sacar la espada
de su vaina, le agarré la muñeca, hundiéndole las uñas en
la piel.
—No volváis por aquí —le dije con una voz que no me
pertenecía del todo.
A continuación, haciendo uso de toda la fuerza del
Tormento, lo saqué del camino y lo empujé hacia la
neblina.
Unas ramas se partieron cuando el salteador de
caminos cayó en el suelo del bosque. Soltó una maldición
que reverberó en el aire húmedo del verano. No me
quedé a verlo levantarse. Eché a correr… Me dirigí a toda
velocidad a la casa de mi tío.
«Más rápido», pedí por encima del martilleo de mi
propio corazón.
Tenía las piernas doloridas por el esfuerzo. Daba unas
zancadas tan rápidas y decididas que mis talones apenas
tocaban el suelo. Cuando llegué a la luz amarilla de las
antorchas, me lancé contra el muro de ladrillo contiguo a
la verja de mi tío y me obligué a respirar larga y
profundamente.
Eché un vistazo por encima del hombro hacia el
camino. Casi esperaba ver a los bandidos dándome caza.
Sin embargo, todo lo que pude discernir en la oscuridad
fueron los árboles y la neblina.
El Tormento y yo volvíamos a estar solos.
Seguían ardiéndome los brazos, incluso cuando logré
controlar mi respiración agitada. Me arremangué y
contemplé el río de magia negro como la tinta que me
corría por las venas, que se extendía desde el pliegue del
codo hasta la muñeca. Tenía el mismo aspecto que
aquella noche, hacía once años, cuando la fiebre se había
apoderado de mí.
Tenía el mismo aspecto que cada vez que el Tormento
me ayudaba.
Aguardé a que la tinta desapareciera mientras
apretaba los dientes contra el calor ardiente. «¿Crees que

30
se han dado cuenta de que estoy infectada?».
«Son ladrones de cartas. Si te denunciaran, se
delatarían a sí mismos».
Pasado un momento, el calor desapareció, aunque un
escozor fantasma seguía recorriéndome los brazos. Me
apoyé contra el muro de ladrillo y solté un suspiro
tembloroso. «¿Por qué siempre tiene que quemar?»,
pregunté.
Pero el Tormento ya había comenzado a desvanecerse
en el abismo oscuro de mi mente. «Mi magia viaja —dijo
—. Mi magia quema. Mi magia calma. Mi magia aterra.
Eres joven, aunque no demasiado osada. Yo soy
inquebrantable… y con quinientos años a la espalda».

31
CAPÍTULO 3

E l mensajero llegó cuando estábamos sentados


alrededor de la mesa del desayuno. Mis primos más
pequeños se peleaban por unas galletas recién hechas
mientras Ione y yo nos bebíamos nuestro té. Cuando el
mayordomo entró en el comedor, mi prima se levantó a
toda prisa; sus ojos color avellana brillaban mientras abría
el sobre.
—¡Sííííííííí! —exclamó a través del hueco de sus

32
dientes. Mi tía agitó el cuchillo de untar en el aire. Ione le
entregó la carta con las mejillas sonrosadas, dando
saltitos. Su madre leyó un par de segundos antes de que
mi tío, que esperaba impaciente en el otro extremo de la
mesa, exigiera saber más.
—¿Y bien?
—Nos han invitado a acudir a Stone para el Equinoccio
—respondió mi tía arrugando la nariz.
Ione soltó un chillido triunfal y mi tío se retorció los
bigotes canosos, esbozando una sonrisa. Crucé las manos
sobre el regazo e intenté pensar en una excusa para no
acudir a la celebración del rey.
—No te alegres tanto —declaró mi tía, que le entregó
la carta a su esposo—. Todavía vamos con retraso en el
pago de los impuestos del año pasado, y el rey Serbal
siempre reclama cada penique que se le debe. —Se
retorció las manos en la falda—, En la ciudad se dice que
esta ha sido la peor cosecha que ha habido en el reino en
siglos.
Al otro lado de la mesa, mis primos se peleaban por la
última salchicha, blandiendo los cubiertos de plata como
si fueran armas de guerra.
—¿Por qué ha sido tan mala la cosecha? —preguntó
Lyn—. ¿Ha sido por la neblina?
—¿A quién le importa la cosecha? —declaró Ione—, ¡Es
el Equinoccio! —Se giró hacia su padre, eufórica—.
¿Asistiremos, padre? Por favor, di que iremos.
Mi tío untó su pan con mermelada de fresa y gruñó
mientras comía.
—Sí, Ione —respondió—. Asistiremos.
Mi prima soltó un grito de alegría, sofocado por mi tía,
que se había atragantado con el té.
—¿Ah, sí?
Mí tío le dio otro bocado a su tostada y se levantó de la
mesa. Cuando regresó un momento después, una intensa
luz burdeos brillaba en su bolsillo. Introdujo una mano en
la chaqueta y sacó una carta de la Providencia de su

33
interior. Recorrió el reborde burdeos con los dedos y luego
la dejó sobre la mesa para acabar por completo con mi
calma matutina.
Me quedé helada. Bajé la mirada hacia la carta del
Tormento…, la misma que había tocado hacía once años.
—Ahí tienes nuestros impuestos —dijo mi tío—. Esto
vale más de lo que debemos.
El único sonido de la estancia fue el chirrido que
hicieron las sillas contra el suelo cuando mi tía y mis
primos se levantaron para inclinarse sobre la mesa y verla
mejor.
—¿Eso es…? —susurró Ione.
—La carta del Tormento —declaró mi tía. Miró a su
esposo completamente lívida—. Los reyes de Blunder
llevan buscando esa carta desde mucho antes de que yo
naciera, Tyrn. ¿Cómo diantres la has conseguido?
—Se la arrebaté a un bandido en el bosque hace años.
—¿Y no se te ocurrió contármelo entonces?
Mi tío le dedicó a su esposa una mirada de hastío.
—He estado reservándola. —Posó los ojos en Ione—.
Para tiempos difíciles.
Mi tío, orondo y canoso, tomó asiento en la cabecera
de la mesa, como siempre. Pero había algo extraño en su
mirada… Su sonrisa transmitía algo que no le había visto
antes. Algo falso.
A pesar de las preguntas de mi tía, no dio más detalles
sobre cómo había obtenido la carta del Tormento, ni
tampoco mencionó la sangre que yo había visto en su
espada el día en el que la había traído a casa. Me apoyé
contra el respaldo de la silla y lo contemplé. Sentí un
escalofrío al pensar que sabía mucho menos de lo que
creía sobre el hombre que presidía la mesa.
—¿Qué es esa cosa? —preguntó mi primo Aldrich, que
se inclinó más sobre la carta. Entornó los ojos para ver
mejor a la criatura retratada en ella, y su rostro se arrugó.
—Es un monstruo —susurró Lyn, que extendió la mano
para tocarla.

34
—¡No! —gritó Aldrich apartando la mano de su
hermano—. Es muy antigua. La romperás.
Mi tío resopló.
—¿Vuestra madre no os ha leído suficientes veces El
viejo libro?
Al ver que mis primos guardaban silencio, mi tío tomó
la carta y la sujetó entre el pulgar y el dedo índice de
ambas manos.
Cuando hizo el amago de partirla por la mitad, me oí a
mí misma soltar un grito ahogado.
Pero la carta no se rompió.
Mi tío volvió a depositarla sobre la mesa. El material
estaba envejecido, pero no tenía ni una arruga.
—Las cartas de la Providencia no pueden destruirse —
les explicó a sus hijos—. Fueron creadas con una magia
antigua.
Lyn se inclinó hacia delante y pegó la cara a la de su
hermano. Aunque solo le sacaba un año, a Lyn le gustaba
jugar a ser el maestro y que Aldrich fuera su alumno
díscolo.
—Se refiere a la magia del Rey Pastor.
Aldrich lo apartó de un manotazo.
Mi tía habló con voz ronca, como gastada por el uso.
—Una magia que le otorgó el Ánima del Bosque y que
luego él empleó para crear las cartas de la Providencia.
—«Le otorgó» —masculló mi tío—. Más bien lo infectó
con ella.
El Tormento apretó la mandíbula y el rechinar de sus
dientes resonó en mi cabeza. «Un corazón de oro puede
acabar podrido. Lo que escribió, lo que hizo, todo en vano
ha sido. Sus cartas son armas, su reino es cruel. Pastor de
la inconsciencia, rey de los necios es».
Ione acarició el terciopelo burdeos que rodeaba la
carta del Tormento. Me hizo encogerme al recordar la
sensación de ese mismo tejido bajo mi piel.
—Debe de tener un gran valor para el rey Serbal —
declaró mi prima.

35
Mi tío desvió la mirada hacia su hija.
—Sí que lo tiene, hija mía —le confirmó, y su sonrisa ya
no era fingida, pero sí igual de inquietante—. Cuento con
ello.

El ejemplar de mi tía de El viejo libro de los Alisos, el que


había compartido con mi madre, se hallaba sobre un
montón de libros en el suelo de la sala de estar. Lo tomé
entre las manos y el tacto de su desgastada cubierta
enseguida me resultó familiar. El libro olía a cuero
antiguo, y su encuadernación era endeble como
consecuencia del uso y del paso del tiempo. En la
contraportada se encontraba la firma de mi tía, en la que
usaba el apellido que en el pasado había compartido con
mi madre, el que ostentaba antes de que su padre firmara
un contrato de matrimonio con Tyrn Espino.
«Opal Mostajo». Y junto a él, escrito con la letra florida
de mi madre, estaba su nombre: «Iris Mostajo».
Pasé las páginas amarillentas. Al igual que mis primos,
yo también había sentido curiosidad por las cartas de la
Providencia de niña. Por la magia. Mi madre me dejaba
subirme a su regazo mientras me leía su ejemplar de El
viejo libro de los Alisos. Ella misma había hecho dibujos
en los márgenes con tinta verde; representaciones
garabateadas de árboles, doncellas y monstruos. Cuando
me leía, su cabello oscuro le caía sobre el hombro y yo
envolvía el meñique en él, perdida en el arrullo del
lenguaje extraño y sobrecogedor del libro.
Un equinoccio de primavera, mi madre y yo fuimos a
visitar a la tía Opal. Ione y yo nos sentamos sobre una
alfombra de borreguillo, acurrucadas como gatitos, con
los ojos muy abiertos mientras mi madre y mi tía
respondían a nuestras preguntas sobre el singular libro

36
del Rey Pastor.
—¿Por qué el Rey Pastor hizo las cartas de la
Providencia? —les pregunté—. ¿Cómo las creó?
Mi tía se bajó las gafas de leer y me contempló con
una solemnidad de la que rara vez hacía gala.
—Para responderte a eso —me dijo—, primero tenemos
que fijarnos en el Ánima del Bosque.
A pesar del fuego crepitante, me estremecí. La
descripción que daba el Rey Pastor del Ánima del Bosque
era de esas que hacían que mi imaginación infantil se
desbordara de terror. Una deidad atemporal que olía a
magia, a sal, invisible en la neblina.
—Hace mucho tiempo —comenzó mi tía—, antes de
que existieran las cartas de la Providencia, el Ánima del
Bosque era nuestra deidad. El pueblo de Blunder recorría
los bosques en su busca, siguiendo el olor a sal. Le pedían
bendiciones y dones. Le rendían culto a sus bosques y
adoptaban los nombres de los árboles como propios. Se
trataba de una magia antigua, de una religión ancestral.
—Su expresión pasó a ser sombría—. Debido a la
veneración que este le había profesado, el Ánima del
Bosque le concedió al Rey Pastor una magia peculiar y
poderosa. Él quiso compartirla con su reino, y por eso
creó las doce cartas de la Providencia. —Entonces, la voz
de mi tía fue solemne—: Pero todo tiene un precio. Por
cada una de las cartas, el Rey Pastor tuvo que entregarle
algo al Ánima del Bosque.
—¿Como su alma? —preguntó Ione mientras se mordía
las uñas.
Mi tía asintió.
—Pero, al final, quien salió perdiendo fue el Ánima del
Bosque. Con las cartas de la Providencia del Rey Pastor, la
gente comenzó a tener la magia al alcance de su mano.
No tenían que acudir al bosque y suplicar que el Ánima
los bendijese. Una vez que dejó de ser venerada, el Ánima
se volvió vengativa y traicionera. —Hizo una pausa y
apretó los labios—. Por eso creó la neblina, para atraer a

37
la gente de vuelta al bosque.
Yo era joven, pero incluso entonces sabía que debía
tener cuidado con la neblina.
—Quienes se internan en ella pierden el rumbo y, a
menudo, también la cabeza —añadió mi madre—. La
neblina se extiende, aislándonos de los reinos vecinos. Y,
lo que es peor, los niños que pasan demasiado tiempo en
ella terminaban contrayendo una fiebre con la que se les
oscurecen las venas. Los que sobreviven a la fiebre
suelen presentar dones mágicos como los que el Ánima
confería antes, solo que más indómitos, más peligrosos.
—Le tembló la voz y se llevó una mano a la garganta—.
Pero esos niños acaban sufriendo una degeneración con
el paso del tiempo. Algunos desarrollan deformidades
corporales, otros trastornos mentales. Muy pocos llegan a
la vida adulta.
Ione y yo nos habíamos quedado inmóviles, absortas
en la historia. Éramos demasiado jóvenes como para
comprender los peligros del mundo que habitábamos con
tanta inocencia.
—Con la intención de levantar la neblina —dijo mi tía
—, el Rey Pastor se adentró en lo más profundo del
bosque para negociar una vez más con el Ánima. Al
regresar, escribió esto. —Y procedió a darle unos
golpecitos a El viejo libro de los Alisos que tenía en su
regazo—. Escribió sobre los peligros de la magia y sobre
cómo protegerse en la neblina por medio de un amuleto.
—Mi tía hizo una pausa para aportarle dramatismo a sus
palabras—. Y, en la última página, el Rey Pastor indicó
cómo destruir la neblina.
—¡Léelo! —pedimos Ione y yo al unísono.
Mi tía se aclaró la garganta y se volvió a colocar bien
las gafas:

Cuando las sombras se alargan, los días se acortan


y el Ánima se fortalece, las doce se invocan.

38
A la Baraja llaman y ella las reclama.
Reúnenos, dicen, y la oscuridad será olvidada.

En el árbol que da nombre al rey, con la sangre negra y


salada,
las doce se unirán y la enfermedad será sanada.

Desterrarán la neblina desde la montaña hasta el mar.


Nuevos comienzos, nuevos finales…

Pero su precio has de pagar.

Solté un chillido. El inquietante ritmo era como seda en


mis oídos. Ione y yo nos miramos de reojo la una a la otra,
con los labios curvados mientras disfrutábamos de la
deliciosa oscuridad que emanaba de las palabras del Rey
Pastor.
—Las cartas. La neblina. La sangre —continuó mi
madre, en voz tan suave que parecía un susurro—.
Entrelazadas se hallan en un delicado equilibrio, como la
tela de una araña. Reúne las doce cartas de la
Providencia con sangre negra y salada, y la infección
sanarás. Así Blunder libre de la neblina quedará.
—Pero el Rey Pastor no acabó con la neblina ni curó la
infección —añadió mi tía con gravedad—. El Ánima lo
engañó, solo le dijo cómo levantar la neblina después de
que él le entregara los Alisos Gemelos. Y, sin esa última
carta, el Rey Pastor no podía completar la baraja. Y por
eso nunca pudo disipar la neblina. Ningún rey ha podido
desde entonces.
—Y ningún rey podrá —musitó mi madre—. No hasta
que alguien encuentre la carta de los Alisos Gemelos y
reúna toda la baraja. Hasta entonces…
Ione y yo compartimos una mirada sombría.
—La neblina seguirá extendiéndose.

39
Encontré a mi tía en el jardín, un lugar que su esposo rara
vez visitaba, canturreando para sí misma. Prefería estar
allí, entre la vegetación, alejada del ruido de la casa. El
cabello áspero y rubio le caía por la espalda en unos rizos
despeinados. Tenía tierra debajo de las uñas y patas de
gallo en el borde de los ojos. Opal Espino no era tan
refinada o delicada como el resto de las damas de
Blunder. Eso hacía que ella y mi tío, un hombre de pocos
escrúpulos, cuyo deseo de ser alguien importante en
Blunder lo hacía gastar más dinero del que ganaba,
fueran, sin duda, una pareja mal avenida.
Yo adoraba la belleza salvaje de mi tía. La veía en Ione.
Algunos días incluso llegaba a vislumbrar la sombra del
rostro de mi madre en sus facciones.
Cogí una hoja de menta y la trituré con las muelas. Los
pájaros del jardín, al sentir que me aproximaba,
guardaron silencio. Mi tía se dio la vuelta y sonrió,
alentándome a que me acercara a su colección de
hierbas.
—Estoy preparando una infusión —me dijo.
Miré el musgo que había mezclado con una sustancia
blanquecina en el fondo del mortero. Cuando me incliné
para verlo mejor, el aroma a matricaria me subió por la
nariz.
—¿Qué es esto otro?
—Corteza de sauce blanco —me respondió—. Para el
dolor de cabeza.
Me senté sobre la hierba junto a ella.
—Sobre lo de la celebración del Equinoccio —le dije—.
No creo que deba acudir.
Opal resopló y volvió a inclinarse sobre su trabajo para
golpear con el mortero la hierba, las semillas y la piedra.
—¿Ah, no?

40
Aldrich y Lyn atravesaron corriendo el jardín, gritando y
blandiendo espadas de madera. Un momento después, se
habían marchado, y surcaban el patio en su campaña
despiadada. Cuando se hubieron esfumado, bajé la voz:
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que
estuve en la corte. Además —murmuré—, Nerium
detestaría verme allí.
—Razón de más para que vayas —masculló ella
mientras agarraba con fuerza el mortero—. Ese joven se
alegrará mucho de verte… El que te escribe cartas.
¿Cómo se llamaba…? ¿Alyc?
Resoplé. El segundo hijo de lord Laburno, el que tenía
los ojos del color de las piedras de río. El chico que se
había sentado a mi lado en la mesa del rey y me había
hecho reír cuando tenía diecisiete años…, la última vez
que había asistido a la celebración del Equinoccio.
El chico al que había besado como una tonta solo
porque estaba aburrida.
—Alyx. Alyx Laburno.
Mi tía me miró con una sonrisa asomando en la
comisura de los labios.
—Y ya no nos gusta ese Alyx, ¿no?
Agité la mano en el aire en un gesto desdeñoso.
—Tal vez nunca me gustó. Tal vez solo… estaba ahí.
Mi tía sacudió la cabeza y chasqueó la lengua. Pero la
sonrisa en sus labios no hizo sino ensancharse.
—No siempre será así. Vivir como una ermitaña en
casa de su tío no es lo ideal para una jovencita.
«La vieja bruja tiene razón».
Di un respingo y decapité sin querer una flor cercana.
Mi tía no se percató. Sacó un sobre de su delantal.
Cuando me lo entregó, la tierra que tenía en la mano
había dejado una huella.
No obstante, eso carecía de importancia. Conocía esa
letra. Era la de mi padre. Y sabía qué era lo que iba a
pedirme, igual que hacía cada año cuando el rey abría su
castillo para el Equinoccio.

41
—Se está esforzando, Elspeth —me dijo mi tía,
contemplándome.
Pasé el pulgar por la carta, lo que hizo que la caligrafía
descuidada de mi padre se emborronara. No solo deseaba
evitarlo a él, a mi madrastra y a mis medio hermanas.
Existía otro motivo por el que no quería acudir a la corte,
a la celebración del Equinoccio o a la ciudad.
La degeneración. Así era como el Rey Pastor la había
llamado en El viejo libro de los Alisos. La enfermedad de
la mente y del cuerpo que traía consigo la infección.
Después de la fiebre, la infección otorgaba un extraño
poder, unos dones mágicos. Sin embargo, todo tenía un
precio. Para algunos, ese precio era evidente; sufrían un
deterioro lento y agonizante que les drenaba la fuerza
vital.
Para otros, como yo, suponía una losa desconocida e
invisible que podía caer en cualquier momento. Y me
parecía imprudente rodearme de desconocidos sabiendo
que, en el instante más inesperado, la degeneración
podía activarse en mi sangre. Podría acabar haciendo algo
horrible delante del rey y sus galenos y destreros, lo que
provocaría que acabaran llevándome a rastras a las
mazmorras. O tal vez enfermara y, sin importar lo mucho
que intentara ocultarlo, terminara consumiéndome hasta
desaparecer.
Como le había pasado a mi madre.
Aparté la mirada de mi tía y acaricié con los dedos los
pétalos violeta de una flor de iris.
—Creo que sería mejor para todos que me quedara
aquí.
Mi tía suspiró y habló con delicadeza mientras me
acariciaba la mejilla.
—Nunca lograré entender lo que ha supuesto para ti —
me dijo—. Solo quiero que sepas que hay gente que te
quiere y que siempre tendrás un hogar aquí, conmigo.
Pero no debes dejar que una fiebre que padeciste hace
once años te impida vivir tu vida, Elspeth. Eres joven.

42
Tienes toda la vida por delante. —Arrugó la nariz y volvió
a fijar la mirada en su trabajo—. Si no lo haces por ti,
hazlo por mí. Pagaría lo que fuera por ver a Nerium
Bonetero contrariada.

La noche anterior a nuestro viaje al castillo del rey para el


Equinoccio, tuve un sueño.
No había soñado nada desde que había tocado la carta
del Tormento. A pesar de sus muchos defectos, la criatura
no me molestaba durante mis horas de descanso.
No sabía qué hacía él mientras yo dormía, y no
respondía a mis preguntas cuando lo interrogaba al
respecto. Antes solía pensar que él también dormía. No
obstante, después de tantos años juntos, había llegado a
la conclusión de que no dormía en absoluto. Simplemente
se retiraba a una parte de mi mente a la que yo no tenía
acceso. Allí permanecía callado y, cuando me iba a
dormir, deambulaba libremente, sin la molestia, sin el
estruendo de mis pensamientos.
Era como si, por una vez, fuese yo quien me adentrase
en su interior.
En mi sueño, estaba en una habitación antigua
cubierta de enredaderas. La madera del techo se había
podrido, y los rayos de luz entraban por entre el dosel de
vegetación. Por encima de mí, los pájaros cantaban. Era
un día de verano cálido y puro, a pesar de la piedra fría y
desgastada que me rodeaba.
No lograba recordar cómo había entrado en esa
habitación. El sueño, como todos los sueños, carecía de
un principio y de un final. En el centro de la estancia se
erigía una roca, tan ancha y alta como una mesa. Sentado
sobre ella había un hombre con una armadura dorada que
hacía mucho que había perdido su lustre. Era anciano,

43
mayor que mi padre, siniestro y severo. Cargaba con el
peso de su armadura sin tambalearse, con una fuerza
inquebrantable. En la cadera llevaba una espada antigua
y oxidada, con unas ramas retorcidas talladas en la
empuñadura, que la hacían parecer un cayado.
Perdido en sus pensamientos, tenía la cabeza apoyada
en sus guanteletes, y no llegó a verme.
Aguardé a que levantara la mirada, arrastrando los
pies por el suelo cubierto de hojas.
Cuando por fin me vio, solté un grito ahogado al
reconocer la agudeza de sus ojos amarillos,
sobrenaturales y felinos, con los iris dilatados y las
pupilas estrechas.
Guardó silencio durante unos segundos. Me percaté de
que lo había pillado por sorpresa, de que me había colado
en un momento, en un lugar, que el Tormento no había
tenido la intención de mostrarme.
La habitación desapareció y el trino de los pájaros se
convirtió en silencio. Los árboles se vieron sustituidos por
estanterías altas atestadas de libros, tomos y pergaminos.
Un robusto escritorio tallado con madera de cerezo
reemplazó a la roca.
Me hallaba en la biblioteca de mi tío, respirando
entrecortadamente.
El hombre y su armadura habían desaparecido. En su
lugar se encontraba una criatura, más animal que
hombre. Un áspero pelaje negro le nacía de la espina
dorsal. Se encorvó sobre la mesa. La longitud que
alcanzaban sus dedos hacía imposible discernir dónde
terminaba la carne y dónde empezaba la garra. Agitaba
amenazadoramente su cola peluda y larga, como un gato
furioso, y retorcía sus orejas puntiagudas hacia mí.
Lo contemplé. La fascinación y el temor me formaron
un nudo en el estómago.
Entornó sus ojos amarillos.
—¿Has venido a espiarme?
Vacilé, sin saber cómo responderle. Podía darme

44
cuenta de que estaba enfadado. Sin embargo, yo no era
responsable del contenido de mis sueños. Inspiré para
aunar el coraje necesario.
—¿Quién era ese hombre de la armadura?
La criatura arrastró una garra por la mesa y arañó la
madera. Sus labios oscuros y finos se curvaron hacia
arriba.
—Me temo que alguien que murió hace mucho tiempo.
Permanecí en el centro de la alfombra de borrego de
mi tío; su textura tan familiar fría bajo mis pies descalzos.
Era tan extraño oír una voz y nunca poder ver la cara que
se ocultaba detrás de ella… Escudriñé sus facciones, su
boca oscura y sus dientes pequeños y afilados. Criatura,
Tormento, hombre… Fuera lo que fuese, sin duda estaba
destinado a martirizar a la gente, a ser lo bastante
aterrador como para ponerle los pelos de punta a
cualquiera.
A medida que los contornos de la biblioteca
comenzaban a desaparecer, le espeté:
—Él también tenía los ojos amarillos.
El Tormento chasqueó la lengua y sonrió. Se sentó
sobre el escritorio de mi tío y me miró desde arriba con
esos mismos ojos dorados.
—¿Te gustaría escuchar una historia? —me susurró.
Sus palabras tenían eco. El sueño comenzaba a
desvanecerse. Asentí y la biblioteca a mi alrededor se vio
engullida por la oscuridad.
Lo único que quedó fue la voz del Tormento, sedosa e
infinita.
—Había una vez una joven —murmuró— perspicaz y
bondadosa que largo tiempo estuvo en el bosque,
escondida entre las sombras. Había también un rey, un
pastor por su cayado, que reinaba sobre la magia y
escribió el viejo libro en el pasado. Los dos estaban muy
unidos, así que en uno se fundieron: la joven, el rey… y el
monstruo en el que se convirtieron.

45
CAPÍTULO 4

E l rey Serbal moraba en Stone, el castillo situado


justo a las afueras de la ciudad, rodeado por colinas
sin árboles, perfectas para la agricultura. No sabía decir si
las colinas eran hermosas. No podía verlas. Nadie podía.

46
La neblina era demasiado espesa.
Como si hubiera sido hilada con lana de oveja, mágica
y con olor a sal, la neblina cubría todo Blunder de gris. En
el bosque su densidad era mayor. Cada año se expandía
más, dejando a Blunder aislado del mundo exterior
mientras se deslizaba por los campos y las granjas. Si la
baraja de cartas de la Providencia no llegaba a
completarse en mi generación, incluso la ciudad, incluso
los senderos y lugares de residencia acabarían atrapados
en sus garras.
Y el Ánima del Bosque vagaría libremente.
Sin embargo, las familias de Blunder habían aprendido
hacía mucho a mantenerse a salvo de la neblina.
Recorrían en masa el camino que atravesaba las grandes
puertas de hierro hacia las tierras del rey, espoleados por
la promesa del Equinoccio, una oportunidad para cenar en
la mesa del monarca. Algunos llegaban en carruaje, pero
la mayoría viajaba a pie, tal y como dictaba la tradición.
Me agarré del brazo de Ione y mantuve la otra mano
sobre el broche de mi capa.
A mi lado, mi prima me inundaba los oídos con un
parloteo animado:
—¿Qué crees que le dará el rey Serbal a mi padre a
cambio de la carta del Tormento? ¿Más cartas? ¿Oro?
¿Tierras? ¿Un puesto honorífico en su corte?
El Rey Pastor había creado setenta y ocho cartas de la
Providencia, en orden descendente. Había doce Caballos
Negros, propiedad exclusiva de la guardia de élite del rey,
los destreros. Once Huevos de Oro. Diez Profetas. Nueve
Águilas Blancas. Ocho Doncellas. Siete Cálices. Seis
Pozos. Cinco Puertas de Hierro. Cuatro Guadañas. Tres
Espejos. Dos Tormentos. Y solo una carta de los Alisos
Gemelos.
Contar con una de las dos únicas cartas del Tormento
era algo increíblemente excepcional. Lo que significaba
que, a pesar de que los reyes de Blunder habían estado
buscándolas durante décadas, mi tío había decidido

47
mantener en secreto durante once años que estaba en
posesión de una de ellas.
Volví la cabeza un momento para mirar a mi tío, que
caminaba al ritmo de sus hijos, charlando. Su gesto era
jovial. Se había recortado la barba y su cuello de seda era
más elegante que los que solía lucir.
—Sospecho que tu padre ha tenido tiempo de sobra
para decidir lo que le pedirá al rey a cambio de la carta
del Tormento —respondí en un tono sombrío.
La voz de la criatura se coló en mi mente, como el
viento silbando a través de una ventana. «Las semillas
del espino son pocas. Sus ramas marchitas se han
quedado sin hojas. No pierdas de vista al que roba y
negocia. Venderá tu alma para aliviar la carga que él
soporta».
Ione se colocó el cabello rubio detrás de la oreja.
—Padre me ha pedido que lo acompañe cuando le
presente la carta del Tormento al rey.
Aparté la vista de mi tío.
—¿Qué? ¿Por qué?
Mi prima arrugó los labios y los llevó a un lado y al
otro, algo que hacía siempre que no tenía claro qué decir.
—Quiere presentarme al príncipe Hauth.
Resoplé.
—Parece más un castigo que una recompensa.
Ione siempre había sido generosa con su risa, una de
las muchas cosas que adoraba de ella. Me hacía sentir
que era mucho más graciosa de lo que era en realidad.
Sin embargo, esta vez no se rio. Arrugó el ceño, y su
mirada color avellana se volvió distante.
Muy despacio, comencé a entenderlo todo.
—Espera, ¿es que mi tío va a intercambiar la carta del
Tormento… por la oportunidad de un acercamiento entre
el príncipe heredero y tú?
Mi prima se encogió de hombros y le dio una patada a
una piedra suelta del camino.
—¿Tan malo sería eso?

48
Parpadeé.
—¿Cómo no iba a serlo? —Bajé la voz y miré por
encima de mi hombro al recordar a quién pertenecía el
castillo en el que me estaba adentrando—. Ese hombre es
un salvaje. Ambos príncipes lo son.
—¿Cómo lo sabes? —me espetó Ione—, ¿Los conoces?
—Son destreros —repliqué, con más rabia en la voz de
la que pretendía—. Han sido entrenados para ser unos
hombres violentos y temibles.
—No todos ellos. No hace mucho que tu padre era su
capitán.
Se me tensaron los músculos de la mandíbula.
—Además —continuó mi prima—, tal vez Hauth sea un
rey Serbal distinto a los que le han precedido.
El Tormento gruñó ante el nombre de Serbal y arrastró
las garras a lo largo de mi mente. Lo mandé callar.
—¿Y qué te hace pensar eso? —le pregunté a Ione.
—Es tan magnético, tan intuitivo… Un verdadero líder.
Tal vez, bajo su mando, los destreros acaben convertidos
en un símbolo de protección, y no de opresión. Quizás
acabe siendo un rey que no haga daño a los contagiados
por la infección, sino que los deje recuperarse. Un rey
generoso, y no uno que infunda temor. Un mejor rey
Serbal.
Me rechinaron los dientes. Cuando hablé, mi tono no
fue amable.
—Ese Hauth Serbal no existe, Ione. Es una fantasía de
tu imaginación.
Mi prima se soltó de mi brazo.
—Si todos fueran tan desconfiados como tú, Bess,
Blunder no cambiaría nunca.
Solté una carcajada vacía.
—Es mejor ser desconfiada que una ilusa.
A Ione se le enrojecieron las mejillas, y una rabia poco
habitual en ella le encendió la mirada.
—Tener esperanza no me convierte en una ilusa,
Elspeth —dijo.

49
Abrí la boca para añadir algo, pero Ione se marchó
hecha una furia. Me dejó sola, con sus palabras
escociéndome igual que la picadura de una avispa.
Recorrí el resto del camino sin compañía, sin dejar de
desear que mi estancia en el castillo del rey se acabara
cuanto antes.

Cruzamos el puente levadizo justo cuando el cielo


comenzaba a oscurecerse. Aldrich y Lyn lanzaron piedras
al foso y armaron un alegre alboroto, hasta que mi tía les
tiró de las orejas y los metió en el castillo con el resto de
nosotros.
Evité a Ione y, arrastrando los pies, me acerqué a mi
padre y a mis medio hermanas, que estaban reunidos con
otras familias de Blunder. A la mayoría de los allí
presentes no los había visto desde hacía años, pero los
reconocía por las insignias de los árboles que llevaban
cosidas en sus túnicas y vestidos. Bonetero, Espino,
Enebro, Aulaga, Fresno, etcétera. Esa era la tradición de
nuestro reino, adoptar el nombre de los árboles; un
antiguo homenaje al Ánima del Bosque.
Nya y Dimia, con el bonetero bordado en sus vestidos
de seda azul, se hallaban junto a la chimenea y me
saludaron con la mano. Nerium estaba con ellas. Cuando
me vio, los ojos, cuyos contornos tenía enrojecidos, se le
salieron de las órbitas. Mi tía estaba en lo cierto. Era
satisfactorio verla contrariada.
Cuando mi padre se me acercó, me tensé. Caminaba
como un roble, firme, y le sacaba una cabeza de altura a
los hombres que nos rodeaban. Su túnica era carmesí,
como un bonetero. Me miró desde arriba con sus ojos
azules, con sus emociones tan escondidas que bien
podrían no haber existido.

50
—No estaba seguro de que fueras a venir.
Tomé mi amuleto, la pata de cuervo que tenía en el
bolsillo, y la acaricié distraídamente. Un tic nervioso del
que apenas era consciente.
—Han pasado tres años desde la última vez que estuve
en Stone —dije. Levanté la mirada hacia el techo
abovedado del castillo—. Es más frío de lo que recordaba.
Mi padre se detuvo. Bajó la mirada hacia mi rostro,
solo para apartarla un segundo después.
—Tienes buen aspecto.
No dije nada; tan solo miré sus ojos, esperando que
volviera a fijar su mirada en mí, a sabiendas de que no lo
haría.
Se pasó la palma de la mano por la mandíbula para
rozar sus callos con el vello duro de su barba sin afeitar.
—No será tan animado como otros Equinoccios —me
comentó—. La cosecha no ha sido buena.
Asentí.
—Cada día que pasa la neblina parece más densa.
Mi padre echó un vistazo por detrás de mí hacia la
multitud.
—El rey está impaciente por obtener las últimas dos
cartas. Y está dispuesto a pagar generosamente por ellas.
Me encogí al recordar mi conversación con Ione.
El Tormento se arrastró por mi mente. «Tiempos
desesperados», dijo.
«Ninguna carta vale lo suficiente como para soportar
una presentación formal con el príncipe Hauth».
«Y lo dice la chica que habla con el monstruo en su
cabeza. No es que tengas exactamente madera de
princesa, ¿no crees, querida?».
Lo ignoré.
—Dile al lacayo que envíe tu baúl a los aposentos de
los Bonetero. Tendrás tu propia alcoba con nosotros. —
Hizo una pausa—. Es decir, a no ser que desees alojarte
con los Espino.
Tal vez lo hubiera hecho si Ione y yo no hubiéramos

51
discutido hacía menos de una hora. Además, no
importaba donde durmiera. La celebración del Equinoccio
nada tenía qué ver con descansar.
—Gracias —le dije.
Mi padre vio a alguien entre la multitud y se apresuró a
apoyar la mano sobre mi hombro.
—Me alegro de verte, Elspeth.
Un segundo después se había ido, y avanzaba por
entre la multitud en dirección a la gran escalera. Lo
contemplé alejarse y lancé una última mirada hacia la
puerta antes de que los guardias la cerraran. Los últimos
destellos de la grisácea luz del día desaparecían tras las
amenazantes nubes nocturnas.

Miré mi reflejo en una ventana de camino al gran


comedor. Estaba pálida, con los pómulos demasiado
marcados y los ojos oscuros insondables, infinitos.
Arrugué la cara hacia la mujer del cristal y suspiré,
decidida a mantener las conversaciones más triviales que
pudiera y a irme pronto a la cama.
No había dado más de tres pasos en el vestíbulo
cuando me percaté de que hubiese sido mejor
esconderme en mi dormitorio de manera indefinida. Alyx
Laburno, resplandeciente y vestido con el color de su
casa, el amarillo, se encontraba en la entrada del
comedor. Su cabello castaño estaba impecablemente
peinado a un lado, salvo por un par de mechones
revueltos en la coronilla, donde se le formaba un remolino
indomable. Cuando sus ojos de un castaño ceniza se
encontraron con los míos, esbozó una sonrisa tan amplia
que pude verle todos los dientes.
—Mierda —mascullé.
El Tormento gruñó.

52
—Elspeth —dijo Alyx, que se apresuró a acercarse—.
Creía haberos visto antes, pero temí haberlo soñado
después de tanto desearlo.
Por suerte, el castillo Laburno se encontraba en el
extremo opuesto de Blunder a la casa Espino. Las
posibilidades de encontrarme con Alyx, siquiera en la
ciudad, eran escasas. Tal vez por eso había acabado
arrimándome a él en una parte tranquila del jardín del rey
cuando tenía diecisiete años… Porque nunca tendría que
volver a verlo.
Pero eso solo habría sido posible si hubiera evitado
acudir al Equinoccio.
Eludí su abrazo y, en su lugar, le ofrecí una mano.
—Hola, Alyx.
Me recorrió el rostro con la mirada. Cuando me acarició
la mano con los labios, la retiré y sentí un nudo de
remordimiento e incomodidad en el estómago, al que
siguió una pizca de repulsión. Lo dejé atrás para acceder
al gran comedor.
—Deberíamos entrar.
Alyx, de pies rápidos, me alcanzó en un segundo.
—Sería un gran honor si os sentarais a mi lado,
señorita Bonetero.
—Debo sentarme con mi padre —respondí sin mirarlo.
—¿Debería pedir su permiso para que os sentarais
conmigo?
El Tormento maldijo en voz baja.
«Por los árboles, cuánto lo odio».
«Es considerado. —La culpa me reconcomía—, Y yo me
he portado fatal con él».
«No veo ningún problema en eso».
El comedor, largo y retumbante, irradiaba color. Las
largas mesas exhibían una cubertería de plata
resplandeciente y un sinfín de velas. Detrás de la mesa
del rey, fuera del alcance de la luz de las velas, conté
ocho destreros. Cada uno llevaba una carta del Caballo
Negro en el bolsillo.

53
Me había llevado once años de práctica mantener una
expresión neutra. Las palmas de las manos comenzaron a
sudarme. Nerium pasó por delante de mí entre la
multitud. La seguí, alejándome de Alyx, de los colores y
de las luces procedentes de las cartas de la Providencia
guardadas en bolsillos y faltriqueras que brillaban a mi
alrededor. El color amarillo del Huevo de Oro. El turquesa
del Cáliz. El blanco intenso del Águila Blanca. El gris del
Profeta. El rojo de la Guadaña. Y el más oscuro de todos,
el del Caballo Negro.
El Tormento se removió incómodo y reptó a través de
mi mente. «Ver colores no puede hacerte daño —
murmuró—. En cambio, los destreros y ese chico
insufrible…».
Me lancé hacia el primer asiento libre que encontré.
—En otra ocasión —declaré, y miré a Alyx por encima
de mi hombro.
La decepción hizo que su sonrisa flaqueara. Me dedicó
una breve reverencia y desapareció en la larga mesa.
Apreté la mandíbula y me froté los ojos con las palmas
de las manos. No me percaté de que la gente a mi
alrededor se había puesto en pie para brindar por el rey
hasta que una mano me tomó del codo y tiró de mí hacia
arriba.
—¡Por el Equinoccio! —exclamó la multitud, y el
entrechocar de las copas llenó el comedor.
Alcé mi propio cáliz y me uní al brindis del chico que
tenía al lado, el que me había hecho ponerme en pie. Vi
una nariz con un montón de pecas bajo unos curiosos ojos
grisáceos.
—Gracias —le dije.
El chico volvió a servirse vino, y luego me sirvió a mí.
—¿Os encontráis bien, señorita?
Le di un gran sorbo a mi copa. Cuando volví a levantar
la vista, el chico me contemplaba.
—Nunca he estado mejor —respondí.
Él siguió mi ejemplo y le dio un gran sorbo al vino.

54
Cuando sonrió, me entraron ganas de devolverle la
sonrisa. La vitalidad de esos peculiares ojos era
contagiosa.
—No os conozco —le dije.
Era más alto que yo, aunque sin duda también más
joven. Al decirme su nombre, hundió los hombros y se
acercó más a mí, como si fuera un secreto.
—Me llamo Emory —confesó—. Emory Tejo.
Me atraganté con el vino que aún tenía en el fondo de
la garganta. Al otro lado de la mesa, mis medio hermanas
me observaron con gestos idénticos de curiosidad.
Probablemente se estuvieran preguntando, igual que yo,
cómo había logrado procurarme un asiento junto al
sobrino más joven del rey.
—Yo me llamo Elspeth —le dije con los labios
apretados.
Emory le dio otro sorbo a su vino.
—¿De qué familia procedéis?
—De los Bonetero.
—Elspeth Bonetero —me dijo, y desplazó la mirada a lo
largo de la mesa para luego volver a posarla en mí—.
Elspeth Bonetero. Suena bien.
Los criados sirvieron el primer plato, una sopa de
verano, y la calma cayó sobre la sala mientras las familias
más poderosas de Blunder se deleitaban en poder comer
en la mesa del rey. Sin embargo, yo había perdido el
apetito. Contemplé la comida y no fui capaz de tocarla. El
vino comenzaba a revolverme el estómago.
—Opino lo mismo —declaró Emory Tejo mientras
apartaba su cuenco y le daba otro gran sorbo a su copa—,
¿Para qué llenarse el estómago con el caldo?
La persona que se sentaba al otro lado de Emory le
asestó un codazo, y el chico se dio la vuelta para
escuchar unas palabras pronunciadas en un tono bajo y
seco. Vi un mechón de cabello castaño iluminado por el
resplandor rojo como la sangre de una carta de la
Guadaña.

55
No tuve que fijarme demasiado para saber de quién se
trataba. Solo había cuatro Guadañas en Blunder, y
pertenecían en exclusiva a la familia Serbal. El príncipe
Renelm Serbal, segundo en la línea de sucesión al trono,
se hallaba sentado al otro lado de Emory, susurrándole a
su primo algo al oído que yo no pude oír.
El chico le dio la espalda al príncipe y vació su copa,
tras lo cual torció los labios en una sonrisa ladeada.
—Mis disculpas —me dijo—. Suelo ser mucho más
agradable. El Equinoccio provoca… un extraño efecto en
mí. Me estabais hablando sobre vos.
¿Eso hacía? No podía concentrarme. El vino daba
vueltas en mi estómago vacío. Me sentía mareada,
cansada, y el alcohol estaba nublándome los
pensamientos. Me sobrevino una oleada de náuseas, que
de algún modo empeoró debido al clamor que había
estallado en la sala. Tan acuciante era la necesidad que
sentía de salir corriendo de allí que acabé agarrándome a
la silla.
Me obligué a parpadear. Casi me había olvidado por
completo del chico que tenía al lado.
—Lo siento —le dije—. No me encuentro muy bien esta
noche.
—¿Estáis indispuesta?
—No, solo… solo necesito tomar el aire.
La silla de Emory chirrió contra el suelo de piedra.
Cuando el sobrino del rey me ofreció su brazo, retrocedí.
—No es necesario.
Emory volvió a sonreír. Tenía los labios y los dientes
manchados de morado.
—Tranquila, Bonetero. Hasta yo me doy cuenta de que
no queréis estar aquí.
Me tomó del brazo. Esta vez, le permití que me
levantara de forma lenta y vacilante.
Emory y yo avanzamos a contracorriente por entre una
marea de criados que transportaban el segundo plato
sobre bandejas de plata. Lo seguí hasta que salimos del

56
gran comedor y llegamos a la escalera. No había nadie a
nuestro alrededor. Ni cartas de la Providencia ni destreros.
Me agarré al pasamanos de la escalera y respiré hondo.
Mi cuerpo comenzó a relajarse despacio.
No me percaté de que Emory había robado una jarra
de vino hasta que me la pasó.
—¿Queréis un poco más? —me ofreció.
La rechacé con un gesto de la mano. Emory le dio un
buen trago. El vino le resbaló por la barbilla y cayó sobre
su cuello verde de terciopelo hermosamente bordado. Se
secó la boca con la manga y me sonrió; había un cierto
aire ausente en su mirada grisácea.
—Estáis increíblemente pálida —comentó, y me ofreció
una vez más la jarra de vino.
La rechacé con un gesto por segunda vez y mi mano
rozó la suya.
—Gradas por vuestra ayuda —le dije—, Pero desde
aquí ya puedo ir yo sola.
Por un momento, Emory guardó silencio y bajó la
mirada al punto en el que mis dedos le habían rozado el
dorso de la mano. Cuando habló, su voz sonó irregular.
—Os acompañaré a donde tengáis que ir. Conozco este
castillo mejor que las ratas.
Comencé a subir los peldaños.
—Encontraré el camino.
Me alcanzó a mitad de las escaleras y acortó la
distancia entre ambos, rápido como una serpiente. El
aliento le olía a vino.
—Bonetero —dijo, y la palabra salió de entre sus
dientes como si fuera un siseo. Alargó una mano hacia mí
y me agarró del brazo.
Retrocedí hasta que tuve la columna vertebral contra
el pasamanos. El gran comedor se extendía debajo de mí.
Miré por detrás del hombro y el pánico me llenó la
garganta de bilis. Si me caía, si el chico me empujaba por
encima del pasamanos, ¿me mataría la caída?
«No creo que te matase —dijo el Tormento—, Solo

57
acabarías lisiada. Te romperías algo».
«¿Qué está haciendo?», exclamé.
Contemplé el rostro de Emory e intenté pensar en
cómo librarme de ese chico extraño y voluble. Cuando me
encogí, soltó una carcajada. El eco de unas risas
entrecortadas nos llegó desde la estancia de abajo.
—Hay algo raro en vos, Bonetero.
Me agarró con más fuerza el brazo y bajó la otra mano
a mi muñeca. Tenía la palma húmeda cuando la apoyó
contra mi piel desnuda.
—Os veo, Elspeth Bonetero. —Su voz sonaba cerca y
lejos al mismo tiempo, como si hablara bajo el agua—.
Veo a una hermosa doncella con el cabello negro y largo y
los ojos oscuros como el carbón. Veo una mirada amarilla
entrecerrada de odio. Veo oscuridad y sombras. —Torció
los labios en una sonrisa inquietante—. Y veo tus dedos
largos y pálidos cubiertos de sangre.
Me quedé de piedra, inmovilizada por el miedo y por la
forma en la que el chico me agarraba. Intenté zafarme de
él. Cuando no me soltó, levanté la otra mano y solté un
siseo.
Lo abofeteé con fuerza.
En la mejilla ya enrojecida de Emory apareció la marca
oscura de mi mano. Me desplacé para alejarme de él,
para huir, pero me sujetaba del brazo con tal fuerza que
grité de dolor.
Sin embargo, antes de que pudiera pedir ayuda hacia
la oscuridad de mi mente, donde habitaba el Tormento, oí
pasos en el rellano. Un momento después, Emory me
liberó el brazo al ser empujado con mucha fuerza
escaleras abajo por alguien que llevaba una capa negra.
Me tambaleé y corrí escaleras arriba, pero acabé
tropezándome con el vestido.
Cuando bajé la vista, Emory estaba tirado al pie de la
escalera. Un hombre alto se cernía sobre él. No oí las
palabras que intercambiaron, ya que la voz de Emory se
veía interrumpida por unos incontrolables ataques de risa.

58
No obstante, el tono bajo y comedido del recién llegado
bastó para tranquilizar al chico.
El hombre levantó a Emory del suelo y le indicó con la
mano que tomara la dirección por la que habíamos
venido.
El chico caminó con dificultad, agotado de repente, y
regresó al gran comedor. Me froté el brazo y observé
cómo se marchaba, aunque Emory no dirigió los ojos
hacia mí ni una vez, como si ya me hubiera olvidado.
Para cuando el hombre se me acercó, ya me había
puesto en pie.
—Siento lo de mi hermano, señorita —me dijo, al
tiempo que bajaba la mirada—. Su comportamiento es
inexcusable.
Me quedé allí, rígida, contemplando al hombre alto de
capa oscura.
—Elm, mi primo, me ha informado de que Emory había
estado bebiendo. He venido para asegurarme de que todo
iba bien.
Ante mi silencio, el hombre levantó la vista y me
contempló por primera vez. Al igual que su hermano
pequeño, tenía los ojos grises, que resaltaban sobre su
suave tez cobriza. Siguió observándome por encima de
esa nariz larga y formidable, escudriñándome el rostro
con la mirada.
Se me cortó la respiración y un escalofrío me subió por
la columna. Era indudablemente atractivo, ese hombre
que permanecía allí plantado como si fuera una de las
estatuas del jardín de su tío: frío y firme como una piedra.
No se presentó. No hacía falta. Sabía quién era.
Ravyn Tejo. El sobrino mayor del rey. El sucesor de mi
padre. El capitán de los destreros.
Creí que me derretía bajo su mirada, pero no aparté los
ojos; intentaba aparentar un valor que no tenía.
—No os he visto en el gran comedor —le dije—. Es
decir…, me refiero a que… —Solté el aire por la nariz—.
No os había visto antes.

59
—Ni yo a vos —me dijo—. ¿A qué casa pertenecéis?
El Tormento respondió con un siseo. Me enderecé, y el
bonetero que llevaba bordado en las mangas de mi
vestido me delató.
—Bonetero —declaré, dando un paso hacia atrás—. Mi
padre es…
—Sé quién es vuestro padre. —Ravyn entornó la
mirada—. Y también sé que Erik tiene solo dos hijas que
viven con él en la casa Bonetero. ¿Por qué no vivís con
vuestra familia, señorita Bonetero?
Me remetí un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.
—No creo que eso sea asunto vuestro.
Si le sorprendió mi descaro, el capitán de los destreros
no lo demostró. Aun así, palidecí por la imprudencia que
había cometido cuando recordé, con una punzada de
terror, con quien estaba hablando, lo peligrosa que era
esa persona.
—Disculpadme —le dije—. Estoy muy cansada.
—Por supuesto. —Ravyn subió las escaleras. De su
capa negra emanaba un fuerte olor al mundo del otro
lado de los muros del castillo: a cedro y a clavo, a humo y
a lana húmeda—. Os acompañaré a vuestros aposentos.
Tomó una antorcha de la pared y me guio por una serie
de largos pasillos. Sobre las paredes colgaban los
imponentes tapices del rey Serbal, tejidos con exquisitos
colores, que rendían homenaje a las cartas de la
Providencia. Pasé los dedos por el gris del Profeta, que
representaba a un anciano envuelto en una capa larga
con capucha. Lo sentí áspero bajo mi tacto.
Tres puertas después de haber dejado atrás ese tapiz,
nos detuvimos, con la antorcha titilando entre los dos.
—Los aposentos de sir Bonetero —me informó Ravyn
con voz sedosa.
Debería haberle agradecido la caballerosidad que me
había dispensado. No obstante, sentía el vino amargo en
el estómago, y el incidente en la escalera me había
dejado exhausta. Trasteé con el cerrojo y se me enganchó

60
la manga en el pomo de la puerta.
—Permitidme —me dijo él, y la abrió por mí.
Me encogí y entré en la estancia. Estaba deseando
cerrar los ojos y olvidar todo ese día.
—Gracias.
El capitán de los destreros asintió; la luz de la antorcha
proyectaba sombras severas sobre su rostro.
—No me he presentado. Soy Ravyn Tejo.
Hasta el sonido de su nombre hizo que el estómago se
me cerrara.
—Lo sé.
Mantuvo el rostro impasible, sin dedicarme una sonrisa
ni una reverencia. Se limitó a echarme un último vistazo y
se dio la vuelta para dirigirse con su antorcha hacia la
oscuridad del pasillo. Sus últimas palabras fueron:
—Que durmáis bien, señorita Bonetero.
Sucumbí en cuestión de segundos. Cerré los ojos y cedí
al cansancio, dejando atrás los pensamientos sobre los
hermanos Tejo para sustituirlos por la dicha oscura del
sueño.
Aun así, mientras caía en la inconsciencia, no pude
evitar preguntarme cómo era posible que hubieran
avisado a Ravyn Tejo de los malos modales de Emory, y
que hubiera acudido a controlar a su hermano, cuando él
no estaba cerca del gran comedor esa noche.

61
CAPÍTULO 5

L a luz del sol me atravesó los párpados. Al abrirlos,


me recibió un grito ahogado, y encontré cuatro ojos
clavados en mí.
Dimia y Nya estaban sentadas una a cada lado de mi

62
cama, observándome como buitres.
Me senté. Tenía un fuerte dolor de cabeza.
—¿Qué hora es?
—Casi mediodía —dijo Nya.
Dimia, que era considerablemente menos delicada que
su hermana, se acercó tanto a mí que pude verle los
puntos negros de la barbilla.
—Te vimos abandonar el comedor con Emory Tejo.
La miré parpadeando.
—¿Hay alguna pregunta que quieras hacerme, Dimia?
La puerta se abrió de golpe. Me incorporé más en la
cama y entorné los ojos mientras Nerium entraba en el
dormitorio.
—Por fin se despierta la princesa durmiente —dijo con
una sonrisa perturbadora al tiempo que arrastraba las
uñas por el marco de la puerta. Cuando desplazó su
mirada altiva hacia sus hijas, aún sentadas a ambos lados
de mi cama, su sonrisa se desvaneció—. ¿De qué estáis
hablando?
—De Emory Tejo —respondió Dimia. Pestañeó—, Es
tremendamente guapo.
Nerium soltó una risa nerviosa.
—No es el tipo de compañía que debería tener una
joven sofisticada. —Fijó su mirada en mí—. Hasta tú
harías bien en evitarlo, Elspeth.
Me levanté de la cama.
—Tus consejos siempre son de mucha ayuda, Nerium.
—Me acerqué a la jofaina y me eché agua en la cara. Si la
habían calentado, había tenido que ser hacía muchas
horas. Ahora estaba tan helada que dolía—. Y, para
vuestra información, Emory Tejo es un verdadero cerdo.
Mis medio hermanas fruncieron el ceño y adoptaron
idénticas expresiones de curiosa diversión. Hasta Nerium
se inclinó hacia delante, deseosa de enterarse de algún
chismorreo.
—Ese chico no está bien del todo —comentó Nya. Se
remetió un mechón de pelo rubio detrás de la oreja—.

63
Cuando no está recluido en sus aposentos por haber
contraído alguna enfermedad, está borracho como una
cuba y dice cosas rarísimas. —Se acercó a mí y, con la
voz teñida de un entusiasmo mal disimulado, prosiguió—:
¿A ti te dijo algo… extraño?
La risa melosa del Tormento se adhirió a los rincones
de mi mente.
Me estremecí y sentí frío, no solo por efecto del agua.
«El chico mencionó la mirada amarilla. ¿Cómo es posible
que supiera lo de tus ojos? ¿Crees que…?».
«¿Qué sabe que hay un monstruo de quinientos años
que acecha en los rincones más oscuros de tu mente?».
«Eso es imposible. —Tiré hacia abajo del dobladillo del
camisón—. Aun así…, había algo muy inquietante en él».
Veía que la confusión comenzaba a aflorar en los
rostros de mis medio hermanas, como a menudo sucedía
cuando la conversación en el interior de mi cabeza se
alargaba demasiado. Distraída, me pasé una mano por el
pelo y me encogí de hombros, exhibiendo un desinterés
que no sentía.
—Estaba borracho —comenté—. Ni siquiera fue capaz
de subir las escaleras.
—Da gracias —dijo Nya—. Es muy patoso. No recuerdo
una cena en la casa Bonetero en la que no rompiera algo.
—Eso fue hace siglos —apostilló su madre—. Lleva casi
dos años viviendo aquí.
Enarqué una ceja.
—¿Los Tejo han enviado a Emory a vivir aquí en Stone
con el rey? ¿Por qué?
Nerium me miró igual que miraba a su perro cuando se
meaba en la alfombra: con gran disgusto.
—Para que el príncipe Renelm controle su odioso
temperamento, por supuesto.
En ese momento recordé la luz roja que la noche
anterior había visto brillar en el asiento contiguo al de
Emory. La carta de la Guadaña del príncipe Renelm. Una
carta reservada a la realeza. Con ella, el príncipe tenía el

64
poder de controlar a quien quisiera, de la forma que
eligiera.
Antes de poder controlar la mueca que se formaba en
mi rostro, mi padre abrió la puerta del dormitorio,
sorprendiéndonos a las cuatro. Carraspeó.
—¿Te encuentras mejor, Elspeth?
Era una sensación extraña que los cuatro estuvieran
en mi dormitorio al mismo tiempo. Empezaba a
arrepentirme de no haberme alojado con los Espino.
—Mucho mejor —mentí.
—Te has perdido el desayuno, pero, cuando los
hombres salgamos a cazar, hay programado un paseo por
los jardines.
Sentí piedras en el estómago al pensar en recorrer ese
jardín con una horda de mujeres de Blunder. Cuando mi
padre cerró la puerta, mis medio hermanas se
apresuraron a volver a su dormitorio, pegado al mío, para
sumirse en la tarea de escoger un vestido.
Yo me decanté por uno gris de un lino delicado, no
demasiado grueso ni aparatoso. Me coloqué un lazo gris a
juego en el cabello, que me trencé formando una corona
alrededor de la cabeza. Era el conjunto perfecto para un
día cálido de finales de verano, con un color tan similar a
la neblina que me sentía casi invisible.
Cuando bajé al gran comedor, me asomé por el
pasamanos para echar un vistazo a la estancia inferior.
Un montón de mujeres socializaban entre ellas,
disfrutando las unas de la compañía de las otras, pero no
divisé ni a Ione ni a mi tía.
Mi madrastra y mis medio hermanas no tardaron en
abandonarme, sin molestarse en ofrecerme compañía o
presentarme a alguien. Delante de mí, abrieron una de las
puertas que daba al exterior y todas la cruzamos, para
ser guiadas hasta el jardín por unos criados vestidos de
morado. La calidez del verano flotaba sobre la neblina
como si fuera vapor.
Merodeé sin rumbo por la periferia de la multitud. Mis

65
zapatos no contaban con esos tacones que estaban de
moda, y di gracias por lo silenciosos que eran mis pasos.
Dejé una mano suspendida sobre la vegetación del jardín
para pasar los dedos por los delicados pétalos y tallos de
las flores del rey.
Escuché a las mujeres que tenía cerca. La cadencia y
el ritmo de la conversación me arrullaron. Más adelante,
el color gris de dos cartas del Profeta resplandecía entre
la multitud. Y, un poco más allá, distinguí la embaucadora
luz rosa de la carta de la Doncella.
«Ten cautela ante el rubor —recitó el Tormento
mientras olisqueaba el aire—. Ten cautela ante el rosal.
Ten cautela ante la belleza divina, pues no tiene rival».
Empecé a echar de menos el sonido de la voz de Ione
en mis oídos. Comencé a buscar su cabello rubio entre la
gente, ansiosa por solucionar nuestras diferencias. Tal vez
mi prima estuviese en lo cierto y yo fuera demasiado
desconfiada, demasiado introvertida, demasiado ajena a
la noción de esperanza. Admiraba la disposición con la
que ella aceptaba los cambios, lo mucho que anhelaba
ver desaparecer las viejas y crueles costumbres de
Blunder. Si el mundo llegaba a cambiar alguna vez, si se
llegaba a cuidar de los contagiados en lugar de darles
caza como a animales, sería gracias a la labor y el
corazón de alguien como Ione.
No obstante, sin importar cuánto me esforzara en
buscarla, no lograba encontrarla.
En cambio, me topé con mi tía. Se había detenido a un
lado del camino para admirar el esplendor de las flores
del rey. Apoyé una mano en su espalda y ella me abrazó
de todo corazón.
Permanecí un rato entre sus brazos. Olía a romero y a
tierra cálida, blanda y húmeda. No le conté lo de mi pelea
con Ione. En su lugar, caminamos por entre la marea de
mujeres con los brazos entrelazados y hablando en voz
baja.
—¿Qué puedes contarme sobre Emory Tejo, tía?

66
Movió las cejas de arriba abajo en mi dirección.
—Es un poco joven para ti, ¿no, querida?
El Tormento soltó una carcajada cortante.
—No me refería a eso. —Bajé la voz y la arrastré hasta
una parte más tranquila del sendero—. ¿Crees que
alguien, aparte de mí, ha sobrevivido a la fiebre y ha
pasado de la infancia? —El estómago me dio un vuelco—.
¿Sin ser descubierto?
Fuera lo que fuese lo que mi tía esperaba que le
preguntara, no tenía nada que ver con eso. Las líneas de
su rostro se tensaron y, al hablar, le salió un hilo de voz.
—No lo sé, Elspeth. Lo dudo.
—Seguramente habrá alguien más que…
—Los destreros y los galenos traen aquí, a Stone, a
todos los niños contagiados. A las mazmorras. Y ya
sabemos qué es lo que ocurre en esas mazmorras.
Me estremecí.
—Me temo que es la ley.
—Sí, pero yo sigo aquí —susurré—. Mi padre era
destrero del rey, y él no me entregó cuando padecí la
fiebre. Seguramente otros padres hayan hecho lo mismo.
—Lo han intentado. Pero, aunque la infección fue
horrible para ti, Elspeth, no fue algo permanente. No
posees magia ni nada que te ponga en evidencia y que
haga que los destreros puedan localizarte. Otros no tienen
tanta suerte.
Aparté la mirada. Pero, antes de que pudiera añadir
nada, alguien se nos acercó por detrás. Cuando me di la
vuelta, una luz rosa cayó sobre mis ojos. Me tropecé con
mi tía y ambas chocamos contra un seto alto.
Ione, iluminada por la intensa luz rosa de la Doncella,
me miró desde arriba.
Mi tía se apartó del seto, se puso en pie y se sacudió la
falda.
—Cielo santo, Elspeth. —Tiró de mí para levantarme y
comenzó a retirarme las hojas que se me habían
enganchado en el pelo, pero yo la aparté con la mano. En

67
lo único en lo que podía pensar era en la carta rosa que
mi prima llevaba en el bolsillo.
Y en todo lo que implicaba su magia.
En la oscuridad, el Tormento comenzó a merodear,
alerta, pendiente. «Interesante —ronroneó—. ¿Un
obsequio del rey Serbal a cambio de la carta del Tormento
de tu tío?».
«No —logré decir. Mi mente no dejaba de dar vueltas y
de sucumbir al pánico—. La carta de la Doncella no tiene
ningún valor en comparación con la del Tormento».
«Entonces, quizás la carta de la Doncella es
simplemente parte de una recompensa mucho más
generosa».
Recorrí el rostro de Ione con la mirada. Sus facciones
seguían siendo las mismas de siempre. Su rostro no había
cambiado con la belleza que prometía la carta. Sentí un
ligero alivio. «No la está usando».
«Aún», replicó el Tormento.
Ione frunció el ceño.
—¿Elspeth?
La multitud comenzó a empujarnos. Podía oír las risitas
de quienes nos habían visto caer, de las mujeres de
Blunder que pasaban por mi lado y me miraban de
soslayo.
Contemplé a mi prima. Dirigí los ojos hacia la luz rosa
de su bolsillo y luego hacia su cara.
—¿Dónde has estado? —le pregunté con dureza—. Te
he estado buscando.
La luz rosa que irradiaba la carta de la Doncella de
Ione casi hizo que fuera imposible que viera cómo mi
prima se ruborizaba. Pero lo vi.
—En ninguna parte —replicó—. Solo he estado
paseando por el castillo.
Era una mala excusa, pero eso no suavizó el golpe.
Ione me estaba ocultando algo. Cuando la mirada de mi
prima se cruzó con la mía, estuve segura de que podía
ver en mi rostro lo dolida que me sentía.

68
No obstante, eso solo pareció servir para que frunciera
más el ceño. Independientemente de lo que hubiese
sucedido desde nuestra discusión el día anterior, seguía
estando enfadada conmigo.
—Vamos —dijo mi tía—, sigamos caminando. Estamos
bloqueando el camino.
No dije nada. De repente, en un ataque de rabia,
alargué una mano y agarré a Ione de la manga para tirar
de ella y sacarla del sendero.
—Bess, ¿qué…?
—Quiero hablar, Ione —le dije mientras nos alejábamos
por el camino de gravilla que atravesaba la rosaleda. Le
lancé a mi tía una mirada de soslayo—. Enseguida
volvemos.
Tras doblar una esquina, las dos acabamos escondidas
detrás de un seto. El aire olía a rosas marchitas, tan
fragrantés que casi lograban enmascarar el hedor de su
propia decadencia. Ione se zafó de mí. Incluso bañada por
la luz rosa de la Doncella, pude discernir que se le habían
enrojecido las mejillas.
—¿A ti qué te pasa, Bess?
—¿A mí, Ione? ¿Y a ti qué? ¿«Paseando por el castillo»?
—¿Qué pasa con eso?
—Que es mentira. —Me mordí el labio—. Te han
presentado al príncipe Hauth, ¿no es así?
Mi prima se puso a la defensiva.
—Ya te lo había dicho, ¿no?
—Nunca me dijiste que te entregarían una carta de la
Doncella.
Ione se quedó de piedra. Abrió mucho los ojos y me
escudriñó el rostro.
—¿Cómo sabes lo de la carta?
Apreté la mandíbula.
—¿Te la dio él? ¿Hauth Serbal?
Ione frunció el ceño.
—No entiendo por qué odias tanto a los Serbal,
Elspeth. Hauth cuenta con un legado de quinientos años

69
de antigüedad. Necesita apoyo y comprensión, no ese
resentimiento ciego. —Su voz, que solía ser muy dulce, se
había endurecido—, ¿O es que solo piensas en ti misma?
El Tormento acechó entre las sombras de mi mente y
susurró: «Rojas, siempre rojas son las bayas del serbal; su
tierra oscurecida por la sangre mortal. No hay agua ni
paño que su mancha pueda frenar. Reclamará a una
doncella para su corazón asfixiar».
Se me encogió el estómago, y mi enfado con mi prima
se transformó en desesperación. Alargué una mano hacia
ella y clavé mis ojos en los suyos.
—No sé qué es lo que ha intercambiado mi tío por la
carta del Tormento, pero, por favor, Ione, te suplico que
no uses la Doncella. —Se me cerró la garganta—. Y si
Hauth Serbal te pide que te cases con él, no debes
aceptar.
Contemplé cómo Ione curvaba los labios hacia abajo,
cómo sus ojos color avellana se anegaban en lágrimas y
un mapa de líneas finas aparecía alrededor de ellos.
—Me pides demasiado, Elspeth. Y todo siempre en tu
beneficio.
Sacudí la cabeza con vehemencia.
—¿Es que no lo entiendes? Eres perfecta, Ione. Tal y
como eres. Con el hueco entre los dientes; con tu voz
demasiado estruendosa por las mañanas; con las líneas
que se te forman junto a los ojos cada vez que sonríes. La
Doncella te arrebatará todas esas cosas. —Apreté la
mandíbula para contener el nudo que me subía por la
garganta—. Los Serbal te ofrecen esa carta como si se
tratara de un regalo, pero lo hacen para controlarte, Ione.
Para distraerte. Para que estés en deuda con ellos. Por
favor, no se lo permitas.
A mi prima las lágrimas le caían por el rostro. Pero no
se las secó; dejó que le bajaran por las mejillas y le
resbalaran por las comisuras de la boca. Cuando habló, su
voz fue entrecortada:
—¿Me quieres, Elspeth? —inquirió.

70
Algo se me partió dentro del pecho.
—Más que a nada.
Ione tomó aire de forma trémula, dos veces. Luego,
despacio, como impulsada por una fuerza invisible, la
mirada de mi prima adquirió fuerza, dureza.
Aun así, le tembló la voz al decir:
—Entonces déjame tomar mis propias decisiones.
Apartó su mano de la mía y, con unos pasos tan ligeros
que apenas pude oírlos, desapareció sin mirar atrás,
dejándome sola, desamparada, entre las rosas casi
marchitas.

Me sentía tan completamente vacía que apenas noté las


espinas que se me clavaron en las palmas de las manos
mientras abandonaba el camino. Me adentré en el jardín y
caminé hasta que eché a correr. Me dio igual salirme del
sendero y acabar en la neblina. Corrí hasta que el corazón
amenazó con estallarme. Entonces, en la base de un viejo
álamo con las ramas caídas, en la linde del bosque, lloré.
Me senté junto al árbol y pasé los dedos por la tierra
húmeda en la que la vegetación había comenzado a
pudrirse. Con la otra mano retorcía mi amuleto. Me sequé
los ojos con el dorso y las lágrimas provocaron que me
escociera la piel allí donde me habían cortado las espinas.
«Ella es mejor de lo que este miserable reino merece. Si
hace un uso demasiado prolongado de la Doncella, todo
eso desaparecerá. Pasará a ser una persona fría…,
desalmada. Dejará de ser Ione».
Tomé una ramita de entre la vegetación y la partí
varias veces, hasta que los pedazos fueron demasiado
pequeños como para sostenerlos en la mano.
El Tormento hizo entrechocar sus garras. «La Doncella
no es solo una carta de vanidad. La magia no está hecha

71
para eso».
«Sí que lo es si solo la usa para impresionar a un
príncipe», repliqué, con la voz cargada de ponzoña.
El Tormento rio por lo bajo. «Qué carta tan
incomprendida la de la Doncella».
Me levanté sin decir nada, embargada por el bochorno
y la pena.
«Al final —continuó la criatura—, no importa cómo y
para qué se empleen las cartas. Todo tiene un precio,
nada es seguro. La magia siempre conlleva un coste».
«Deja de repetir eso —le espeté, y lancé al suelo los
trozos de la ramita partida—. Por una vez, cállate y
déjame…».
—¿Señorita Bonetero?
La voz grave detrás de mí fue como un puñetazo en el
estómago. Me di la vuelta.
Ravyn Tejo me contemplaba con sus ojos grises,
ladeando la cabeza. Tenía el aspecto de un grajo: severo,
inteligente, gallardo.
No obstante, no miré el rostro del capitán mucho
tiempo. Estaba demasiado embelesada con el color, con
la luz, que irradiaba su bolsillo. Era más oscuro que el de
la Doncella, pero igual de intenso. El miedo anidó en mi
pecho y comencé a quedarme sin aire. Ya había visto
antes ese tono en el terciopelo de una carta.
Burdeos. Un rojo intenso como la sangre.
La segunda carta del Tormento.

72
CAPÍTULO 6

R avyn cambió el peso de una pierna a la otra.


Cuando lo hizo, me percaté del juego de cuchillos
que llevaba prendido del cinturón.
—¿Qué os ha pasado en las manos, señorita Bonetero?

73
—me preguntó.
Cuando logré hablar, lo hice entre dientes.
—Estaba admirando las rosas.
Un hilo invisible tiró de la comisura de los labios de
Ravyn hacia arriba. Se me acercó.
—¿Me permitís? —inquirió, y señaló mis manos.
Me había quedado de piedra, inmovilizada. Me tomó la
mano izquierda y la giró para examinarme la palma. El
capitán tenía la piel encallecida, pero su tacto era
agradable. Me cubrió la mano con la suya con gentileza.
No tocó los cortes que me habían hecho las espinas de las
rosas, sino que se limitó a observarlos.
Hizo lo mismo con mi otra mano. Cuando hubo
terminado, desplazó la mirada hacia mi rostro.
—Disculpadme, señorita Bonetero, pero debo
preguntaros algo.
Aparté la mano y se me cerró la garganta.
—¿Sí?
—¿Qué hacíais hace quince días sola en el sendero del
bosque al caer la noche?
La conmoción de haber descubierto la carta del
Tormento en su bolsillo desapareció por completo, y un
terror frío y nauseabundo ocupó su lugar. Percibí con todo
lujo de detalles el sonido de los insectos y el batir de las
alas de un búho. Contemplé el rostro de Ravyn Tejo, tal
vez de verdad por primera vez… y no pude reconocerlo.
Pero los bandidos llevaban máscaras.
Bajé la mirada hacia su cinturón. Y ahí estaba, clara
como el agua. La empuñadura de marfil…, la daga con la
que me había apuntado al pecho.
«Es él —jadeé—. Ataqué al maldito capitán de los
destreros».
Las garras del Tormento arañaron la oscuridad, y se le
erizó el vello de la columna. «Déjame salir», siseó.
Frente a mí, Ravyn Tejo mantenía la calma, con los
brazos cruzados sobre el pecho en una postura que
estaba lejos de ser amenazadora. No se comportaba

74
como el hombre peligroso con el que me había
encontrado en el bosque, pero lo era.
Y yo le había atacado. Había atacado a un destrero. Un
crimen castigado con la muerte.
«Él merodeaba por el sendero del bosque en busca de
cartas —dijo el Tormento—. Un crimen que también se
castiga con la muerte».
«Un crimen que solo yo presencié». Di varios pasos
atrás.
—Debéis haberme confundido con otra persona,
capitán. Sé bien que no debo recorrer el sendero del
bosque cuando ha anochecido.
Ravyn enarcó sus cejas oscuras.
—Vuestro rostro no es fácil de olvidar, señorita
Bonetero. —Cuando me hizo la pregunta de nuevo, su voz
transmitió una cierta amenaza—. ¿Qué hacíais en el
sendero del bosque?
Volví a mirar hacia la daga prendida de su cinturón,
pero él no hizo ademán de cogerla. Simplemente me
observó con su mirada severa. No parecía nada
conmovido por el pánico que me atenazaba la garganta.
Di otro paso atrás. «Va a detenerme —dije—. O peor,
me matará para mantener su segundo trabajo en
secreto».
A mi alrededor, la neblina era espesa, y el olor a sal se
hallaba suspendido sobre el aire denso. Ya no oía a las
mujeres en el jardín. Ni siquiera podía discernir en qué
dirección se encontraba el castillo. Pero contaba con mi
amuleto. Podía mantener a raya al Ánima del Bosque.
Podía estar escondida el tiempo suficiente como para
concebir un plan.
Enfrentarme cara a cara con el capitán de los destreros
por segunda vez no era una opción.
—Lo siento muchísimo, capitán —dije mientras
retrocedía hacia la neblina—. Mi familia me está
esperando. —«Ayúdame a escapar —supliqué hacia la
oscuridad de mi mente—. Ahora».

75
Me escabullí del capitán de los destreros y me adentré
en la neblina, densa y hermética.
Nos engulló de inmediato, al Tormento y a mí, y el
capitán y el bosque desaparecieron detrás de nosotros. El
corazón me latía desbocado y me temblaban las manos.
No obstante, si podía perderme en la neblina, tendría una
oportunidad de perder de vista también a Ravyn Tejo.
«Nos sigue», declaró el Tormento.
Me recogí la falda y doblé a la izquierda. Había entrado
en un campo en el que se cosechaba trigo. Parte de la
siembra se había dejado abandonada y se echaba a
perder sobre la tierra endurecida. Los tallos en el suelo
me hacían resbalarme, pero no me tropecé.
Como un ave de presa, el capitán también había
atravesado la neblina y alargaba sus fuertes brazos para
darme alcance. Titubeé y se me enredaron los pies, pero
los reflejos del Tormento eran rápidos. Antes de que
Ravyn pudiera atraparme, ya me había escabullido, con el
corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
—¡Deteneos! —me gritó a través de la neblina—. ¡No
os haré daño! ¡Aguardad un momento!
En la distancia, oí a los sabuesos. Me desvié, pero al
tropezarme me había desorientado, por lo que había
acabado perdida. Aun así, era más rápida que el capitán.
Iba a lograr escapar…, sobreviviría. Solo necesitaba…
El olor a sal me subió por la nariz, como si alguien me
hubiera salpicado la cara con agua helada del mar. La
sentí en las orejas, en los ojos, en las fosas nasales, en el
paladar. Empecé a toser y jadeé desesperada en busca de
aire. De repente, mi mente y mi cuerpo se habían visto
invadidos por algo inconcebible para mí.
«Esperad, Elspeth Bonetero —me pidió una voz grave
en mi cabeza—. No os haré daño».
Grité.
Se me enganchó el pie en un pedazo de tierra
levantado y me caí, vencida por la gravedad y el sonido
de la voz de Ravyn Tejo dentro de mi cabeza. Me tapé los

76
oídos con las manos y volví a gritar. El terror me atravesó
como las espinas de una zarza.
El capitán se abalanzó sobre mí en una ráfaga de color
burdeos. Se echó al suelo, a mi lado, y se apresuró a
taparme la boca con la mano.
—¡Silencio! —me dijo sin aliento—. O nos oirán.
El aullido de los perros sonó más cerca. Pude percibir
el atronador ruido que proferían unos jinetes a caballo;
sus escandalosas carcajadas retumbaban de manera
inquietante a través de la neblina. Se trataba del rey y de
sus hombres, que regresaban de la caza.
Me temblaron los dedos y sentí que me ardían los
brazos a medida que la fuerza del Tormento me recorría.
De un manotazo, aparté la mano de Ravyn de mi boca y
me levanté bruscamente, lista para volver a echar a
correr por la neblina.
Sin embargo, el capitán de los destreros me agarró de
la pierna y volví a caer sobre la tierra endurecida.
—¡Soltadme! —grité. La fuerza del Tormento me
tensaba los músculos. Me retorcí y empecé a asestarle
patadas al capitán en el pecho y la cara.
El eco de las voces sonaba más cerca que antes.
—¡Ya basta! —dijo Ravyn entre dientes, enfadado, con
la nariz sangrando y la mandíbula roja—. Si hacéis un solo
ruido más, acabaremos muertos.
Los gruñidos de los perros y los relinchos nerviosos de
los corceles me llegaban con claridad. Casi podía
entender lo que decían los hombres a caballo. Si hubiera
querido llamarlos, sin duda me habrían oído.
«Quieta —siseó el Tormento, anticipándose—. El rey no
es nuestro amigo».
Las venas me ardían, y aún tenía el olor de la sal en la
nariz. Llevaba la manga desgarrada y algunos mechones
sueltos a causa del forcejeo, con la trenza deshecha a lo
largo de la espalda. Retorcí una y otra vez la pata de
cuervo que llevaba en el bolsillo.
Ravyn observaba mi brazo. Bajé la mirada y contuve la

77
respiración mientras intentaba cubrirme con los jirones de
la manga la piel que quedaba a la vista. Pero era
demasiado tarde. Ya me había visto las venas, oscuras y
retorcidas.
Cuando alargó una mano para tocarme el brazo, me
aparté con brusquedad.
—No voy a haceros daño —repitió—. En cambio, vos…
—Se limpió la nariz ensangrentada con la manga y se
encogió—. Joder. —Se pellizcó el puente de la nariz—. Ya
van dos veces que me habéis dado una paliza y después
habéis salido corriendo.
Dudaba que fuera la primera en romperle esa nariz
prominente y picuda al capitán. Era un blanco muy fácil. Y
no sentía ningún remordimiento. No veía a un joven
atractivo con la mirada salvaje y la nariz ensangrentada.
Lo único que veía era a un destrero.
—Habéis usado la carta del Tormento conmigo —le
espeté—. Salid de mi cabeza.
Ravyn extrajo la luz burdeos de su bolsillo y sostuvo la
carta en la mano para que yo la viera. Su Tormento era
idéntico al de mi tío, con el monstruo en el anverso igual
de aterrador. El capitán entornó la mirada hacia mí y le
dio tres toques a la carta con el dedo índice para luego
volver a guardársela en el bolsillo.
—Ya está —dijo—. He dejado de usarla.
Estaba demasiado quieto…, demasiado serio como
para que yo pudiera interpretar su gesto. Y no iba a
confiar en un hombre que me resultaba impredecible.
Ravyn volvió a concentrarse en mi brazo. Cuando bajé la
mirada hacia la manga desgarrada, ambos lo
contemplamos, pálido salvo por el río de tinta que me
corría por las venas.
La magia de la infección, negra como la noche.
El Tormento observó a Ravyn Tejo a través de mis ojos.
Su voz sonó viscosa y desconfiada: «¿Qué tipo de criatura
será él? —preguntó—. De piedra su máscara es. ¿Un
capitán? ¿Un bandido? ¿O una bestia aún por conocer?».

78
Los ecos en la neblina comenzaron a desvanecerse; el
rey y sus hombres seguían avanzando y se alejaban.
Al principio, el capitán no dijo nada. Tenía la mirada
gris perdida en la oscuridad que serpenteaba por mi
brazo. Aguardé, inmóvil. Cuando al fin habló, su voz fue
comedida.
—¿Por esto es por lo que habéis huido?
Nadie hablaba sobre la infección. Era como la sombra
oscura de la muerte, que vagaba por Blunder y
aguardaba justo detrás de la linde del bosque. Todos la
temían. Y el rey Serbal avivaba ese miedo por medio de
los galenos y los destreros. Los vecinos se volvían unos
contra otros ante cualquier signo de fiebre. Y con tanta
inquietud, con tanto temor, el odio siempre acababa
surgiendo.
Lo detectaba en los ojos de los demás, en sus voces. El
pueblo de Blunder detestaba a quienes se habían
contagiado de la infección casi tanto como a la
enfermedad en sí misma. Eso los mantenía en un estado
de vigilancia perpetua, con la mirada cansada y ansiosa y
los labios apretados.
Sin embargo, mientras contemplaba el rostro de Ravyn
Tejo, cuyos ojos recorrían mis venas oscuras, no detecté
miedo ni resentimiento. Solo preocupación. Preocupación
y asombro.
Había dado por hecho que sacaría los grilletes, que
atravesaría el campo conmigo a rastras y me encerraría
en una celda. Pero la quietud de su cuerpo junto al mío
bastó para acallar esos pensamientos, aunque fuera por
un instante.
Hasta el Tormento aguardaba en silencio.
—¿Y ahora qué? —le pregunté.
Parpadeó y volvió a fijar la mirada en mi rostro.
—¿Qué creéis que sucederá a continuación, señorita
Bonetero?
Mi aprensión regresó tan rápido como se había
apaciguado. Se me tensaron los hombros.

79
—No pienso acabar en una celda. Tendréis que
matarme para llevarme allí.
—No voy a mataros —me dijo mientras se ponía en pie
—. Ni siquiera voy a deteneros. Pero debemos volver
dentro.
Cuando me ofreció una mano, la rechacé. Retorcí la
pata de cuervo en mi bolsillo y contemplé fijamente al
capitán de los destreros, tratando de descubrir cuál era la
trampa.
—¿Qué habéis oído? —le pregunté mientras le
escudriñaba el rostro.
Ravyn se alisó la camisa y se sacudió la tierra de las
rodillas.
—¿Oído?
—Habéis usado la carta del Tormento conmigo. ¿Qué
habéis oído dentro de mi mente?
Levantó la vista. Tal vez fuera una pregunta demasiado
directa. Por el modo en el que frunció el ceño, supe que
no lo había comprendido.
Pero esa fue toda la respuesta que necesité. No había
descubierto a la criatura de mi cabeza.
—Nada —me confesó—. Solo un ligero sonido…, como
un golpeteo o un chasquido. ¿Por qué lo preguntáis?
La risa del Tormento retumbó, retorcida, y sus garras
marcaron su ritmo incesante. Clic, clic, clic.
—Mi mente solo me pertenece a mí —le dije con
frialdad—. No os he dado permiso para entrar en ella.
—No tenía tiempo de pedíroslo —replicó—. No cuando
ibais a lanzaros de cabeza delante de mi tío, media
docena de destreros y todos los caballeros del rey. —Dio
un paso en la neblina, en dirección norte. Al ver que no
me movía para seguirlo, se dio la vuelta y me miró con
esos indescifrables ojos grises.
—Ya os lo he dicho —repetí—. No pienso ir a las
mazmorras.
—Ni yo tampoco, Elspeth Bonetero.
Cuando seguí sin moverme, cruzó los brazos y habló

80
con dureza:
—No estáis en peligro. Tenéis mi palabra. Vuestra
infección no me preocupa. Solo deseo entender el don
que poseéis. Y no tengo ninguna intención de hablar de
ello en mitad del campo.
Me levanté despacio del suelo, arqueando la espalda
como un gato, sin apartar ni un segundo la mirada del
capitán.
—Os ahorraré las molestias —le dije—. No cuento con
ningún tipo de magia.
No llamaría sonrisa al modo en el que torció los labios,
pero tal vez fuera el gesto más parecido que podía
adoptar después de los golpes que le había asestado en
la cara.
—Sois una buena mentirosa —me dijo, y después se
giró de nuevo hacia la neblina—. Encajaréis a la
perfección.
«Así que se trata de una bestia aún por conocer»,
murmuró el Tormento.
Apreté la mandíbula sin apenas dar crédito a que yo,
Elspeth Bonetero, estuviera siguiendo por voluntad propia
al capitán de los destreros hacia el castillo del rey.
—Os acompañaré —le dije— siempre y cuando no
atravesemos el jardín. —Pensé en Ione—. Quiero evitar a
las mujeres y a sus cartas de la Providencia.
—Tomaremos la entrada este. —Y entonces, como sí
acabara de oírme bien, giró la cabeza—. ¿Cómo sabéis
que hay cartas de la Providencia en el jardín?

81
CAPÍTULO 7

E ncontramos una soga vieja que habían dejado allí


los granjeros y que nos guio a través de la neblina
de vuelta a Stone. Sentía espasmos en las piernas, listas
para echar a correr ante cualquier señal de peligro. Sin
embargo, el capitán caminaba con paso firme.
Las maleza cubría los muros del lado este de Stone.
Me temblaron las manos cuando nos topamos con una
puerta redondeada de madera cubierta de telas de araña.

82
Ravyn sacó una pequeña llave de latón que llevaba en el
cinto. Oí el chasquido de la cerradura y, un momento
después, el capitán abrió la puerta de un tirón, lo que
provocó que se desprendieran las enredaderas y el polvo.
Ravyn la mantuvo abierta para que yo pasara, con los
ojos grises fijos en mi rostro.
—Después de vos —me indicó.
Me quedé atrás, como un animal receloso de una
trampa.
—Será mejor que no nos entretengamos. —Señaló
hacia el interior—. Id vos delante.
Eché un vistazo al pasillo oscuro frente a mí.
—¿Adónde conduce?
El capitán de los destreros se pasó una mano por la
frente y habló en voz baja, teñida de impaciencia:
—Señorita Bonetero, no tenéis nada que temer de mí.
«Qué curioso que lo diga el hombre que podría haberte
atravesado el corazón en el sendero del bosque».
Se me cortó la respiración al entrar en el tenebroso
pasillo. Despacio, mis ojos comenzaron a adaptarse a la
oscuridad.
—Por aquí —me indicó Ravyn tras cerrar la puerta. Me
guio en una serie de giros y desvíos por un laberinto de
pasillos altos y habitaciones sin señalizar.
Llegamos a una escalera de piedra que descendía
hacia la negrura. La voz del Tormento me llegó a los
oídos: «En el frío y la oscuridad, la piedra no envejece. La
luz no llega donde las sombras oscurecen. Al final de las
escaleras, atados o a punta de espada, van los niños
enfermos a arder en la vieja atalaya».
Me estremecí. Las mazmorras del rey y los rumores de
lo que allí sucedía hacía mucho que me obsesionaban.
Miré hacia abajo por la escalera; esas sombras largas y
tortuosas parecieron intentar agarrarme con unos dedos
crueles y retorcidos.
No me percaté de que había dejado de andar hasta
que Ravyn carraspeó y se detuvo un par de pasos por

83
delante. Debió de ver el terror reflejado en mi rostro, ya
que, durante un momento, la dureza de sus ojos se
suavizó. Su mirada descendió por la escalera.
—Nunca os llevaré ahí abajo, señorita Bonetero. Tenéis
mi palabra.
Después de eso, volvió a girarse, y no me dejó otra
opción que seguirlo. Me condujo por otro pasillo con una
larga galería de los antiguos reyes Serbal. Doblamos a la
izquierda hacia un pasillo para el servicio, mal iluminado.
Desde allí, bajamos un par de escalones que nos
condujeron a una puerta hecha de una madera tan oscura
que fui incapaz de averiguar su origen. Lo único que la
diferenciaba de las demás eran los dos ciervos tallados en
ella, justo debajo del marco.
Ravyn buscaba otra llave, pero su capa era tan oscura
sobre su espalda ancha que robaba la poca luz que nos
rodeaba. En contraste con la helada sombra de la
mazmorra, sentía el calor que emanaba de él. De repente,
fui muy consciente de lo cerca que estábamos, de la
forma de sus omóplatos, de los callos de esos dedos que
buscaban la llave correcta. Su capa olía a neblina y a
clavo.
Percibir esa calidez me pareció algo demasiado íntimo.
Intenté alejarme un poco, pero no había a dónde ir. Ravyn
tomó otra llave, larga y de hierro, y la colocó en la
cerradura, con lo que logró abrir la puerta con los ciervos
tallados. Cuando volvió la cabeza para mirarme, tuve la
certeza de que sabía que lo había estado observando.
Abrió la puerta de un empujón y me adentré en el
interior de la estancia.
Un momento después, estaba pegada contra la pared
de piedra, y el clamor de los ladridos de los perros me
retumbaba en los oídos. Dos sabuesos con los dientes
blancos y afilados me gruñían. Se habían levantado de su
cama de heno al detectar a una intrusa.
En la negrura, el Tormento siseó y sacó sus garras.
Pero, antes de que los perros pudieran tirárseme encima,

84
Ravyn los apartó, arrastrándolos por el collar y dándoles
órdenes severas.
Los sabuesos retrocedieron hasta su heno sin quitarme
sus desconfiados ojos de encima.
—No son agresivos —dijo Ravyn—, Apenas ladran, los
muy vagos. No sé qué mosca les ha picado.
Me aparté de la pared.
—No suelo gustarles a los animales —murmuré, con el
corazón latiéndome a toda prisa mientras analizaba mi
entorno.
La estancia parecía un sótano abandonado. No había
ventanas ni luz natural. En la pared más alejada, una
pequeña chimenea iluminaba la habitación. Cerca de ella
había una vieja mesa redonda rodeada de sillas dispares.
Una estantería recorría la pared sur con viejos tomos
cuyos contenidos seguramente eran más antiguos que la
propia habitación.
«Bueno, no son las mazmorras».
«No estés tan segura —dijo el Tormento—. Existen
distintos tipos de jaula».
Ignoré el tono cortante de sus palabras y me acerqué a
la mesa, atenta a los perros.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
El capitán se pasó los dedos por el pelo. La tensión le
hacía arrugar los ojos.
—Esperad aquí. Volveré enseguida.
Se apresuró hacia la puerta. No me molesté en
intentar escuchar el chasquido de la cerradura. Sabía que
me había encerrado. Me acerqué a la estantería en busca
de algo, cualquier cosa, que pudiera convertir en un
arma. Los perros me observaban y gruñían con recelo,
pero no se movieron de sus camas.
«Ahora nos toca esperar».
El Tormento hizo entrechocar sus uñas en una
cacofonía horrible. «Sabe que estás infectada. Y sabe, en
cierta medida, que estás al corriente de las cartas de la
Providencia que hay en el castillo».

85
No había sido mi intención revelarle nada al capitán de
los destreros cuando estábamos a solas en la neblina.
Pero, en cuanto había mencionado lo de las cartas de la
Providencia, Ravyn había aguzado el oído. Desde ese
momento, yo había cerrado el pico, pero ya era
demasiado tarde.
Di unos golpecitos nerviosos con el pie contra el suelo,
a un ritmo caótico.
Sin embargo, el Tormento permanecía impasible ante
mi desasosiego, y su voz sonó casi perezosa.
«Supongamos que le confiesas sin más que puedes ver
las cartas de la Providencia. O, más bien, que yo puedo
verlas».
Dejé de toquetear uno de los tomos cubiertos de polvo
de la estantería.
«No seas idiota».
«Tal vez te sorprenda».
«Eso ya lo ha hecho —dije, y miré hacia la puerta
mientras intentaba distinguir pasos—. No todas las
sorpresas son buenas».
El Tormento rompió a reír, como si hubiera entendido
un chiste que yo no había pillado.
«Hazme caso, va a poner a prueba tu magia. —
Entrechocó sus garras—. O, siendo más exactos, pondrá a
prueba la mía».
Solté un gemido contra mi manga y me retiré a una
silla de madera. En la estancia no había ningún arma. Si
me topara con algún peligro, solo podría contar con el
arma que tenía dentro de mi cabeza.
Volvieron a oírse unos pasos en los escalones de
piedra, seguidos del ruido de una llave. Los perros
levantaron las orejas y yo me preparé.
Tres personas entraron en el sótano. Ravyn Tejo, un
desconocido y una joven. Por la forma de la mandíbula
firme de esta última, su cabello corto y oscuro y su
cuerpo esbelto que, en lugar de en un vestido sofocante,
iba enfundado en una túnica con elegantes ribetes, supe

86
exactamente de quién se trataba.
Jespyr Tejo, la hermana pequeña de Ravyn y la única
mujer destrera.
Formaban una fila irregular delante de mí y me
miraban con cautela. El hombre que se hallaba entre los
hermanos Tejo era mayor, con una túnica lisa y la barba
sin recortar. Me quedé contemplándolo, incapaz de
ubicarlo.
Entonces me percaté del pequeño sauce bordado con
hilo blanco sobre el pecho de su túnica.
Me levanté de la silla de un salto.
—¿Habéis traído a un galeno? —exclamé—. Hubiera
sido más fácil que me atravesarais con vuestra daga.
—Tranquila —dijo Ravyn con voz suave—. Solo
queremos haceros unas preguntas. No va a denunciaros.
¿No es cierto, Filick?
—Estoy obligado a obedecer al capitán —declaró el
hombre. Le guiñó el ojo a Ravyn y se acercó a la mesa
con precaución, como si yo fuera una yegua salvaje y
asustadiza. Tomó la silla que quedaba a mi derecha y se
sentó.
—Me llamo Filick Sauce. ¿Cuál es vuestro nombre?
Le lancé a Ravyn una mirada rebosante de odio. Había
logrado evitar a los galenos durante toda mi vida. Esta
vez, no tenía donde esconderme.
Volví a sentarme en la silla y enderecé la espalda con
una audacia que no sentía.
—Elspeth Bonetero —dije en un tono frío.
—¿Qué edad tenéis, Elspeth?
—Veinte años.
El galeno se inclinó hacia delante mientras me
observaba.
—¿Qué edad teníais cuando contrajisteis la infección?
—Nueve.
—Ya veo. ¿Y qué habilidades mágicas os otorgó la
enfermedad?
Intenté no alterarme mientras sopesaba mis opciones.

87
Si mentía y decía que no tenía magia, no me dejarían
marcharme. Seguía siendo testigo de que el capitán de
los destreros ejercía de bandido en la sombra.
«Querida mía, ¿y qué estaría buscando, vestido de
negro de pies a cabeza en el sendero del bosque?».
Una chispa se prendió en mi mente. Existía un modo
de mentir y decir la verdad al mismo tiempo.
Así es como se cuentan las mejores mentiras…, con un
atisbo de verdad.
Respiré hondo una vez, y luego otra. Despacio, relajé
los músculos del rostro, la tensión de la mandíbula, el
entrecejo fruncido. Al coger aire por tercera vez, mi rostro
se había vuelto inescrutable.
—Mi magia me muestra las cartas de la Providencia —
declaré.
El galeno enarcó tanto las cejas que le desaparecieron
bajo el nacimiento del pelo. Jespyr se quedó boquiabierta.
A su lado, Ravyn se inclinó hacia mí y, por un instante, la
conmoción tiró abajo esa máscara de piedra que le cubría
el rostro.
Filick volvió a mirarme con atención.
—¿A qué os referís con que «os las muestra»?
«Este galeno no es muy avispado que digamos».
—Cada carta posee un color, como una seña mágica —
expliqué—, que corresponde al borde de terciopelo de la
carta. Un Caballo Negro es negro. Un Pozo es azul. Una
Doncella es rosa, etcétera.
—¿Y podéis ver esos colores? —inquirió Ravyn—,
¿Incluso a través de la neblina?
Solté el aire.
—Sí.
Jespyr dejó escapar una carcajada rápida y triunfal.
—Brillante. Es justo lo que necesitamos para encontrar
las…
—Esperad un momento —la interrumpió Filick—. Si la
señorita Bonetero está diciendo la verdad…, y lleva once
años en posesión de esa magia…, seguro que habrá

88
sufrido las consecuencias. —Se le endureció el ceño—. La
magia de la infección es degenerativa. Todo tiene un
precio.
Mantuve el rostro impasible.
—Soy muy consciente de que la magia tiene un precio,
galeno. —Bajé la voz—. Pero aún no he descubierto el
alcance de mi deuda. No he sufrido ninguna
degeneración.
Llamaron a la puerta. Tres golpes, seguidos de un
cuarto y de un quinto un segundo después. Ravyn acudió
a abrir. No me percaté de la brillante luz que se colaba
por el ojo de la cerradura, de ese rojo intenso como un
rubí de la carta de la Guadaña que de pronto estaba en el
interior de la estancia.
El príncipe Renelm Serbal se adentró en el sótano, con
las botas aún manchadas de barro de la cacería. Me miró;
sus ojos eran de un verde resplandeciente.
—¿Quién diantres es esta?
—Elspeth Bonetero —respondió Jespyr.
—La hija de Erik —añadió Ravyn, que le dedicó a su
primo una mirada cargada de significado.
El príncipe me escudriñó. Me recordaba a un zorro, con
su salvaje cabello rojizo y esos ojos brillantes e
inteligentes.
—Soy Renelm —declaró, y entornó la mirada—. Pero
podéis llamarme Elm.
Sabía quién era. Siempre lo había sabido. Renelm y su
hermano mayor, Hauth, eran de esos príncipes salidos de
las páginas de un cuento. Atractivos, listos, solteros. Solo
que, en la versión del cuento del Tormento, no solo eran
los queridos príncipes del reino.
También eran sus villanos.
La criatura gruñó detrás de mis ojos mientras
contemplaba a Elm con las garras arqueadas. «Rojas,
siempre rojas son las bayas del serbal; su tierra
oscurecida por la sangre mortal. Hombre con carta roja
nunca es de fiar. —La voz salía deslizándose de la bestia,

89
como una niebla venenosa que me embotaba la mente—.
No habrá paz mientras viva un Serbal».
Los músculos de mi garganta no cedieron ante el
escalofrío que las palabras del Tormento me habían hecho
sentir. La criatura les profesaba a los Serbal un odio
infinito y vengativo. Y yo conocía la razón. El rey Serbal, al
igual que sus predecesores, había empleado la antigua
sabiduría de El viejo libro de los Alisos para infundir, cómo
no, miedo a la magia. Había corrompido nuestro antiguo
texto. Lo había profanado para convertirlo en un arma con
la que controlar Blunder. Igual que había hecho con la
Guadaña.
La carta roja. Solo existían cuatro en todo el reino. Y
siempre habían estado en manos de los Serbal.
Gracias a ellas, ostentaban un poder de persuasión
insuperable. Tras tres toques a la Guadaña, una persona
hacía cualquier cosa que le pidiera un Serbal. Si Elm me
dijera que saltara a la pata coja sobre un acantilado, yo
acabaría haciéndolo encantada, y no porque la Guadaña
me moviera las piernas, sino porque provocaría en mí el
deseo de saltar.
Contemplé la luz roja que emanaba del bolsillo del
príncipe, sin estar segura de si lo que ardía en mi interior
era la animadversión del Tormento o la mía propia.
Elm era más alto y delgado que Ravyn. Cuando me
puse en pie, tuve que levantar la barbilla para mirarlo a la
cara.
—Encantada de conoceros, milord —dije entre dientes
—. Soy Elspeth Bonetero.
Una sonrisa picara apareció en las comisuras de los
labios de Elm.
—Bonetero, ¿eh? —declaró—, ¿No sois Jayne
Milenrama?
El estómago me dio un vuelco. Deslicé los ojos hacia
Ravyn. Pero el capitán tenía de pronto la vista clavada en
sus botas. El cuello y la mandíbula se le habían enrojecido
ligeramente.

90
Di un paso atrás al recordar al segundo bandido, esos
dedos que tiraron con fuerza de mi capucha, las notas
hostiles que había en su voz mientras se abalanzaba
sobre mí. Mi rabia no hizo sino crecer al darme cuenta de
que estaba en una habitación con unos hombres extraños
y peligrosos que habían tratado de hacerme daño hacía
menos de tres semanas.
Volví a dejarme caer en la silla y me crucé de brazos.
Si hubiera tenido más agallas, habría escupido a los pies
del príncipe.
—Menuda familia tenéis —le dije a Ravyn,
fulminándolo con la mirada—. Un ataque de los dos fue
suficiente para mí. Decidle al príncipe que coja su
Guadaña y se marche por donde ha venido o no diré ni
pío.

91
CAPITULO 8

M e metí la mano en el bolsillo en busca de mi


amuleto. Filick, Elm y Jespyr abandonaron el
sótano uno a uno. Ravyn los siguió fuera, donde
intercambiaron unas palabras que no pude escuchar.
Tal vez, después de todo, iban a dejar que me matara.
El Tormento se agitó detrás de mis ojos, vigilando la
puerta.
En aquella sala sin ventanas, no tenía ni idea de qué

92
hora era. Me hundí en la silla, cansada. Un momento
después, Ravyn volvió a entrar en la habitación. Solo que
ahora su bolsillo rebosaba luz.
Me senté mejor, con la espalda erguida y los ojos muy
abiertos. Ahí llevaba guardadas algunas cartas de la
Providencia. El Tormento había estado en lo cierto…, iba a
ponerme a prueba.
El capitán se sentó a mi lado. Su rostro era una
máscara de austeridad. Se introdujo la mano a tal
velocidad en el bolsillo que no lo vi moverse. Dejó un
Águila Blanca sobre la mesa. Me froté los ojos. Estaba
más cansada de lo que creía, ya que, por un segundo, me
pareció que la luz que procedía de las cartas que Ravyn
llevaba en el bolsillo se hubiera extinguido.
El Águila Blanca representaba a un ave sobrevolando
un campo de trigo, con los ojos anaranjados y las garras
negras y afiladas. Por un lado estaba escrita la palabra
«valor». En la otra cara, aparecía la imagen invertida y se
leía «miedo».
Contemplé la carta y luego clavé la mirada en el
capitán.
—¿Para qué es esto?
—¿Qué es lo que veis? —me preguntó—. ¿Qué color?
Me crucé de brazos.
—¿Acaso no he demostrado hace un momento que
podía ver la Guadaña en el bolsillo de vuestro primo?
—Mucha gente sabe que Elm lleva siempre encima su
Guadaña —replicó Ravyn—. Puede haber sido pura suerte.
—Yo no consideraría suerte nada de lo que ha pasado
hoy, capitán.
Y ahí estaba de nuevo, esa curvatura en la comisura
de los labios, ese asomo de sonrisa. Carraspeó y repitió:
—¿Qué color?
—Blanco.
Se llevó la mano al otro bolsillo y sacó un pañuelo de
seda negro.
—Decidme, señorita Bonetero, ¿podéis ver los colores

93
con los ojos cerrados?
Se me aceleró el pulso.
—Sí.
—Bien. —Se envolvió los nudillos con el pañuelo—.
¿Accederíais a vendaros los ojos?
Me mantuve en silencio. Ravyn aguardó, con el rostro
inescrutable mientras me observaba. Cuando asentí, se
puso en pie con el pañuelo de seda en la mano.
Tamborileé con las uñas sobre la mesa y comencé a
cerrar los párpados.
A pesar del modo en el que sus dedos encallecidos se
enganchaban en el tejido, el tacto de Ravyn era suave.
Me remetió los mechones de cabello suelto detrás de las
orejas. Luego, pasó el pañuelo dos veces alrededor de mis
ojos y lo ató con un buen nudo en la nuca.
No veía nada, ya que el tejido era opaco. Parpadeé e
inspiré, siendo consciente de que no existía ningún
pañuelo lo suficientemente grueso en el mundo que
ocultara el color de las cartas de la Providencia de la vista
del Tormento.
Oí a Ravyn mover su silla hacia atrás.
—¿Continuamos? —inquirió.
Lo de antes no había sido a causa de mi cansancio…
Los colores estridentes de su bolsillo volvieron a brillar. No
fue hasta que Ravyn dejó la siguiente carta sobre la mesa
cuando logré vislumbrar el color exacto.
Negro.
Incluso tras la oscuridad de la venda, distinguía ese
tono. Negro como mis ojos, como mi magia.
—El Caballo Negro.
Narrado como si fuera un cuento de terror, El viejo
libro de los Alisos relataba la historia de la baraja de las
doce cartas de la Providencia: la magia que poseían,
cómo usarlas y las consecuencias derivadas de abusar de
ellas.
El Caballo Negro convertía a su portador en un
maestro del combate. El Huevo Dorado garantizaba una

94
gran riqueza. El Profeta permitía vislumbrar el futuro. El
Águila Blanca aportaba valentía. La Doncella
proporcionaba una gran belleza. El Cáliz transformaba
cualquier líquido en suero de la verdad. El Pozo ayudaba a
reconocer a los enemigos. La Puerta de Hierro infundía
una agradable serenidad, sin importar a qué adversidad
se enfrentase su portador. La Guadaña otorgaba el poder
de controlar a otros. El Espejo concedía invisibilidad.
El Tormento permitía a quien usaba la carta entrar en
la mente de otros. Los Alisos Gemelos podían
comunicarse con la entidad más antigua de Blunder, el
Ánima del Bosque.
No obstante, igual que la hoja de una espada contaba
con dos filos, todas las cartas de la Providencia tenían dos
caras. La magia conllevaba un precio. Si se hacía uso de
ellas durante un tiempo prolongado, el Caballo Negro
podía debilitar a su portador. El Huevo de Oro lo abocaba
a una absoluta avaricia. El valor del Águila Blanca se veía
reemplazado por el miedo. La clarividencia del Profeta
impedía que quien la usaba pudiera hacer algo por
cambiar el futuro. El suero de la verdad del Cáliz se
transformaba en veneno. La belleza de la Doncella
endurecía el corazón de quien la empleaba. El portador
del Pozo acababa siendo traicionado por un amigo. La
Puerta de Hierro robaba años de vida. La Guadaña
causaba un gran dolor físico. El Espejo levantaba el velo
entre mundos, lo que conllevaba ver fantasmas. El
Tormento revelaba los temores más profundos de cada
cual.
Y los Alisos Gemelos…, nadie sabía qué sucedía si se
usaba esa carta durante demasiado tiempo. No había
registros de que alguien lo hubiera hecho.
Un momento después, la oscuridad del Caballo Negro
desapareció y otra carta ocupó la mesa.
Rosa. Un brillante color rosa claro.
Me retorcí en la silla.
—La Doncella —declaré—. He visto un par de esas

95
rondando por ahí en este Equinoccio.
—¿Ah, sí?
Suspiré.
—Por desgracia.
—Parecéis no aprobar su uso.
Una punzada de dolor me atenazó el estómago. El
rostro afilado de Ione apareció en mi mente.
—Mi opinión es irrelevante.
La risa del capitán le retumbó en el pecho. El tono rosa
de la Doncella desapareció y fue sustituido por un
turquesa pálido, el color del mar.
—El Cáliz.
Ravyn sacó otra.
Una luz intensa y gris flotó por la estancia.
—El Profeta.
La luz gris del Profeta parpadeó durante un momento.
—Decidme, señorita Bonetero, ¿vos tenéis alguna
carta?
Me mordisqueé el labio inferior.
—No.
—Pero vivís con vuestro tío. Seguro que él sí que posee
alguna.
Me removí en mi sitio.
—Eso parecíais pensar cuando me tendisteis una
emboscada en el sendero.
No sabía si Ravyn Tejo sentía algún remordimiento.
Exhibía una calma experta, y su tono no transmitía más
que un modesto interés. Aun así, se apresuró a cambiar
de tema.
—¿Cuántas personas están al corriente de vuestra
infección? —me preguntó.
Me mordí la lengua y me retiré la venda de los ojos.
Ravyn estaba sentado en su silla contemplándome.
Busqué señales de hostilidad en su gesto, pero no
encontré más que una curiosidad cautelosa.
—¿Cómo sé que no los detendréis por haberme
protegido? —inquirí.

96
—Supongo que no podéis saberlo —respondió él—.
Pero, como habéis podido comprobar, no os he detenido a
vos, a una mujer muy contagiada de magia. —Ante mi
silencio, ladeó la cabeza como un ave—. Simplemente
intento comprender el alcance de vuestra condición.
Hice rechinar las muelas.
—¿Para qué? ¿Por qué no me habéis detenido?
—Porque no habéis hecho nada malo. —Hizo una
pausa—. Y porque vuestra habilidad es extremadamente
útil.
—¿Que no he hecho nada malo? —Enarqué las cejas—.
He incumplido la ley…, y además gravemente.
No obstante, Ravyn se limitó a negar con la cabeza.
—No todo el mundo lo ve de ese modo.
—Vuestro tío sí, y eso es lo único que importa.
El capitán de los destreros me miró y, por un instante,
sus ojos grises descendieron hasta mi boca.
—Me gustaría continuar, señorita Bonetero. —Señaló el
pañuelo que descansaba de forma despreocupada sobre
mi frente—. Si no os importa.
Tras soltar un suspiro altivo, volví a taparme los ojos.
Una luz dorada inundó la estancia.
—El Huevo de Oro. —Cuando oí que la siguiente carta
golpeaba la madera, parpadeé contra la oscuridad de la
venda, esperando—. Adelante, continuad —dije.
—Ya he colocado una carta sobre la mesa —respondió
Ravyn con calma.
—No veo ninguna carta.
—¿No veis ningún color?
El Tormento se revolvió, y su susurro me hizo cosquillas
en la oreja. «No hay ninguna carta. Es un truco».
—No hay ningún color —insistí—. No puede haber
ninguna carta.
—Os aseguro que sí la hay.
Me quité la venda de la cara de un tirón y un pequeño
grito ahogado escapó de mis labios al contemplar la
imagen de unos árboles ancestrales unidos por un

97
terciopelo verde bosque. La carta de los Alisos Gemelos.
El Tormento y yo nos dimos cuenta de la verdad al
mismo tiempo. La risa me atravesó la garganta.
—No contiene magia —dije—. Es solo papel y
terciopelo. Es falsa.
Ravyn sonrió, y una sombra apareció bajo su llamativa
nariz.
—¿Estáis segura?
—Completamente, capitán.
Cuando se guardó la carta falsa en el bolsillo, las otras
se removieron y sus tonos titilaron. Pude vislumbrar la
familiar luz burdeos entre el montón de colores. Entorné
la mirada.
—Corren muchos rumores sobre las dos cartas del
Tormento —dije con voz cortante—. Pero nadie parece
saber que el rey tiene ya una en su poder. Una que su
capitán usa con total libertad.
Ravyn no dijo nada. Cuando el silencio entre ambos se
volvió demasiado tenso, tamborileé con las uñas sobre la
mesa.
—¿Entonces? ¿He pasado vuestra prueba?
El capitán se reclinó en su silla, sin apartar los ojos
grises de mi rostro.
—Sí parece que podéis ver las cartas de la Providencia.
Y habéis conseguido ocultarles vuestra infección tanto a
los galenos como a los destreros, a pesar de ser la hija de
uno. —Volvió a ladear la cabeza—. ¿Quién más está al
corriente de vuestra habilidad para ver las cartas?
Me puse tensa.
—Nadie.
Ravyn enarcó las cejas.
—¿Otra mentira, señorita Bonetero?
—¡No! —Me incliné hacia delante y le escudriñé el
rostro—. Lo juro. Mi familia cree que solo me contagié de
la fiebre.
No dijo nada, para poner a prueba mi fortaleza con su
silencio. Mantuvo la mandíbula firme, como si fuera de

98
piedra.
Cuanto más tiempo permanecía callado, más
aumentaba mi rabia.
«Sean cuales sean sus motivos —le dije al Tormento—,
sigue siendo un destrero. Sigue siendo un salvaje que
caza a niños contagiados y envía a sus familias a la
tumba. Un paso en falso y, sin duda, hará lo mismo
conmigo».
«Pues hazte indispensable, entonces —ronroneó el
Tormento para provocarme—. Adelante, hazle una oferta.
A ver qué está dispuesto a dar».
Me levanté de una forma tan brusca que mi silla cayó
hacia atrás.
Desde el rincón, los perros aullaron, y Ravyn se llevó
una mano al cinturón, con la mirada alerta.
—¿Qué sucede?
—Sé que queréis las cartas de la Providencia —le dije;
las palabras salían a toda prisa de mi boca—. También sé
que no queréis que el rey se entere. De lo contrario, no os
habríais molestado en disfrazaros en el sendero del
bosque. —Templé la voz—. Os ayudaré a encontrar las
cartas. No le diré a nadie que os dedicáis a asaltar
caminos con el príncipe. Y vos, a cambio, guardaréis mi
secreto. Pero necesito algo más.
Ravyn cruzó los brazos y volvió a escudriñarme.
—Me temo que la decisión de qué hacer con vuestra
magia no es solo mía.
Levanté la barbilla. Hasta reclinado tranquilamente en
su asiento, Ravyn Tejo me aterraba.
El silencio se alargó, hasta que el capitán me preguntó
al fin:
—¿Qué queréis exactamente, señorita Bonetero?
Me temblaron los dedos.
—Quiero que dejéis en paz a mi familia. No los
castiguéis por ocultar mi infección.
Asintió despacio.
—Si eso es lo que deseáis…

99
—Y no volváis a casa de mi tío —añadí—. No posee
ninguna carta que vos no me hayáis mostrado hoy.
—Creía que no sabíais nada de las cartas de vuestro
tío.
Parpadeé.
—No iba a explicarle cómo robar a mi propia familia a
un hombre que me apuntaba al pecho con un cuchillo.
—Muy valiente por vuestra parte. —Ravyn cambió de
postura sobre la silla—. ¿Algo más?
«Te dará lo que sea con tal de contar con tu magia —
murmuró el Tormento—. Pídele alguna extravagancia».
«¿Cómo un procedimiento mágico para extraerme un
parásito de la cabeza?». Mantuve el gesto neutro y los
ojos fijos en el capitán de los destreros.
—Una última cosa.
—¿Sí?
Apoyé las manos contra la mesa y me incliné hacia
delante sin apartar la mirada de la suya.
—Debéis jurarme que, sin importar lo que suceda,
jamás volveréis a usar la carta del Tormento conmigo,
capitán.

100
CAPÍTULO 9

R avyn me acompañó hasta la escalera.


Era la noche del Equinoccio. Pronto comenzaría
el banquete, seguido de las celebraciones en la corte:
bailes, juegos y todo tipo de desenfrenos motivados por el

101
vino del rey.
—Debo hablar con los demás. Seguro que seréis capaz
de encontrar el camino de vuelta hacia vuestros
aposentos —dijo mientras se giraba para marcharse.
Entonces, como si hubiera olvidado algo, volvió a mirarme
y su voz sonó menos tensa—: Os veré en la cena, señorita
Bonetero.
«¿Una amenaza o una promesa?», dijo el Tormento en
mi cabeza.
Observé cómo el capitán recorría el pasillo a paso
ligero. «No se fía de mí».
«Le has vetado el acceso a tu mente. Si antes no creía
que estuvieses ocultando algo, ahora sin duda lo hace».
«Sí que estoy ocultando algo —dije, jugueteando con
el dobladillo de mi manga rasgada mientras subía las
escaleras—. A ti».
El pasillo estaba atestado. Los criados entraban en las
habitaciones con bandejas de vino. Los hombres se
reunían en las puertas riendo y fumando. Me mantuve
alejada de ellos y rocé el tapiz gris del Profeta. Tan
repentinas fueron las ganas que sentí de regresar a la
casa Espino, de distanciarme de todo y de todos, que me
llevé una mano al estómago.
Cuando abrí la puerta de nuestros aposentos, me
encontré a Nya en el salón.
—¡Por todos los cielos! —chilló. La doncella que la
atendía tenía los nudillos blancos de tanto apretarle un
corsé muy rígido—. Cierra la puerta. ¿Quieres que todo el
mundo me vea en paños menores?
La ignoré y me dirigí a mi habitación. Cerré la puerta
de un portazo. Me senté encima de la cama y los últimos
rayos de luz gris se desvanecieron en la oscuridad. Había
estado encerrada durante horas en ese sótano bajo el
castillo. Había perdido la mayor parte del día por culpa de
Ravyn Tejo. El capitán de los destreros era un hombre
extraño. Había llegado a creer que alguien con su puesto
sería menos sosegado, más brusco…, más cruel.

102
Me alegraba de haberme equivocado.
Aun así, su sosiego era, en cierto modo, sombrío. Podía
verlo reflejado en su expresión, en el frío control de sus
facciones. Él, igual que yo, había aprendido a mantener
un gesto impasible, a ocultar sus pensamientos bajo una
máscara de control y templanza.
Lo que significaba que, como yo, tenía cosas que
ocultar.
¿Por qué si no iban su primo y él a acechar en el
sendero del bosque, cuando tenían a su disposición a los
poderosos destreros? Si el Tormento estaba en lo cierto,
ese era el motivo por el que el capitán quería mi magia.
Le intrigaba.
«Oscuro y severo es el capitán de los destreros. Con
ojos grises y atentos, lo contempla todo desde los tejos.
Sus alas son amplias y su pico afilado. Apresúrate,
escóndete, o tu corazón acabará desgajado».
Dimia abrió la puerta sin llamar, con el cabello aún
húmedo después del baño. Cuando me vio, apretó los
labios formando una línea fina.
—¿Dónde te habías metido? Estás hecha un desastre.
—Estaba en el jardín.
—Todos estábamos en el jardín —comentó Nya, que
siguió a su gemela al interior de mi habitación. El corsé le
aflautaba ligeramente la voz—. Tú eres la única que ha
vuelto con el vestido manchado de tierra y zarzas en el
pelo.
—Daos prisa —les llegó la voz de Nerium desde la otra
estancia—. Nos esperan en el piso de abajo antes de la
octava campanada.
Me retiré una ramita del pelo.
—¿Sabíais que a Ione le han entregado una carta de la
Doncella?
Mis medio hermanas giraron la cabeza hacia mí con
brusquedad.
—¿Cómo que le han entregado una? —inquirió Nya.
Dimia se lanzó a la cama, haciendo que sonaran los

103
muelles del colchón.
—¿Quién se la ha dado?
—¿Cuánto ha costado?
—¿Ha cambiado mucho su aspecto?
Fui hacia el aseo mientras me quitaba el vestido sucio.
—Lo único que sé —dije— es que la llevaba encima
esta mañana durante el recorrido del jardín. ¿No os ha
dicho nada al respecto?
Dimia hizo un mohín.
—A mí nadie me dice nada.
Nya abrió la puerta del aseo con mi vestido verde
oscuro en la mano. Me lo entregó mientras lo examinaba.
—Está bastante bien confeccionado —comentó—.
Aunque el color es un poco oscuro para el Equinoccio. ¿Te
lo ha regalado padre?
—No —respondí; me pasé una toalla húmeda por la
piel antes de aceptar el vestido—. Mi tío.
Nya enarcó las cejas.
—Es más generoso de lo que imaginaba si te consigue
vestidos nuevos y ha gastado la mitad de su fortuna en
una carta de la Doncella. ¿Quién diría que vivir en el
bosque es tan rentable?
—No lo es —intervino Nerium, que entró en mi
habitación sin esforzarse lo más mínimo en ocultar el
hecho de que había estado escuchando detrás de la
puerta—. Lo que significa que ha pedido dinero prestado.
O que ha llegado a un trato y ha entregado a cambio algo
de gran valor.
La risa del Tormento me pilló por sorpresa.
—Toma —me dijo Nya, que me entregó un peine de
púas finas—. Coge esto. Tienes el pelo más enredado que
el nido de un pájaro.
Había un gran espejo plateado en la zona común. Una
vez que me hube vestido, me acerqué a él, parpadeando
ante la mujer que veía en el reflejo. Apenas me reconocía
a mí misma en ese vestido de un verde intenso. Dimia se
colocó a mi lado y se pellizcó las mejillas.

104
—Anoche, Alyx Laburno me preguntó por ti.
Me llevé una mano al rostro.
—No le habrás dicho nada, ¿no?
Nya frunció el ceño y formó una línea tensa con la
boca.
—No entiendo por qué lo rechazas así —me espetó—.
Es agradable y considerado…, demasiado bueno para ti.
—Eso es cierto —dije sin remordimientos.
Nerium apareció detrás de nosotras. Atusó a sus hijas
y les pellizcó las mejillas hasta que a ambas se les
sonrojaron.
—Ya han sonado las campanas. —Me miró rápidamente
de arriba abajo—. Espero que esta noche no hagas nada
que nos avergüence, Elspeth.
Se me ocurrían un par de cosas que podrían
avergonzar a mi madrastra. Como, por ejemplo, que el
capitán de los destreros me persiguiera por la neblina.
«Y que dejaras a dicho capitán inconsciente», dijo el
Tormento.
Torcí el labio, pero no sonreí.
Mi padre nos esperaba en el pasillo para
acompañarnos, junto con el resto de los hombres. Llevaba
puesta su túnica de un intenso rojo carmesí. Le tendió
una mano a Nerium. Las gemelas los siguieron, agarradas
del brazo, y me dejaron a mí atrás; una sombra junto a su
brillante bonetero rojo.
Nos adentramos en el pasillo y nos dirigimos hacia el
gran comedor. Eché un vistazo alrededor en busca de
Ione y su luz rosa, pero vi muy pocas cartas. Los colores
que emanaban de tres centinelas destreros inundaban la
estancia: un Huevo de Oro, un Cáliz y una Guadaña. No
obstante, no había ninguna carta de la Doncella.
Cuando el encargado de anunciar a los invitados
pronunció el apellido Bonetero, mi padre y Nerium fueron
los primeros en dar un paso adelante, seguidos de mis
medio hermanas y, por último, de mí. La multitud se giró
para observarnos. El calor me arreboló las mejillas y

105
apreté los puños contra el vestido, decidida a no sentirme
tan apartada como ellos pretendían.
El príncipe Elm Serbal se hallaba al pie de la
escalinata. La luz roja de su Guadaña nos iluminaba el
camino.
Su sonrisa no se le reflejó en los ojos.
—Erik —saludó, extendiendo una mano—. Es una
lástima que no nos viéramos en la cacería. Bienvenido al
Equinoccio.
—Alteza. —Mi padre se inclinó en una profunda
reverencia—. Gracias por invitarnos.
—Siempre es un placer contar con vos y vuestras hijas.
Dimia soltó una risita y Nya le asestó un codazo.
Ambas agacharon sus cuellos de cisne.
Elm les dedicó un leve asentimiento y arrugó la nariz
pecosa como si hubiese olido algo podrido. Entonces,
dirigió su mirada hacia mí.
—Esta debe de ser vuestra hija de vuestro primer
matrimonio.
Mi padre miró hacia atrás, como si acabara de recordar
mi presencia.
—Elspeth lleva años sin venir al Equinoccio —dijo
mientras me hacía señas para que me acercase al frente
—, Elspeth, seguro que recuerdas al príncipe Renelm.
Hice una reverencia. Cuando Elm alargó la mano a
modo de saludo, nuestros dedos se rozaron, fríos e
indiferentes.
—Bienvenida de nuevo a Stone, señorita Bonetero —
me dijo con una mirada picara—. ¿Me permitís
acompañaros a vuestra mesa?
«No se debe confiar en los Serbal. Se aferran con
desesperación a sus Guadañas, hambrientos de poder…,
de control —declaró el Tormento en mitad del barullo—.
Ten cautela».
Me puse tensa y bajé la mirada hacia la carta roja que
Elm guardaba en el bolsillo. Aun así, lo agarré del brazo, y
la tela de nuestras mangas se entremezcló. Solo era dos

106
años mayor que yo, de la misma edad que Ione. Sus ojos
verdes contrastaban con su tez aceitunada y, cuando la
luz se reflejó en su cabello grueso y desaliñado, este se
volvió del mismo color que las guirnaldas que colgaban
de los arcos del gran comedor para el Equinoccio: de unos
brillantes tonos otoñales.
No cabía duda de que era atractivo. Sin embargo, la
luz roja de su Guadaña proyectaba unas sombras
extrañas sobre sus facciones. Aparté la mirada, inquieta.
Nos deslizamos por la estancia con la segunda familia
de mi padre detrás de nosotros y la gente abriéndonos
paso. Con las velas y las antorchas encendidas, el gran
comedor desprendía luz, lo que permitía apreciar los
elegantes trajes de las casas de Blunder, con los árboles
que les otorgaban sus apellidos bordados en el pecho de
los vestidos y las túnicas.
Busqué a Ione y a los Espino, pero no los vi; la multitud
era tan densa como la neblina.
Un criado pasó junto a nosotros con una bandeja de
plata cargada de copas rebosantes. Elm tomó dos y me
entregó una con brusquedad, lo que hizo que se
derramara un poco de vino a nuestros pies. La tomé con
ambas manos, feliz de no tener que seguir tocándolo a él.
El príncipe le dio un buen sorbo a su copa y recorrió la
estancia con sus ojos verdes.
—Debéis de ser muy especial —me dijo en voz baja
mientras saludaba con la cabeza a los miembros de la
corte de su padre con los que nos cruzábamos—. No es
habitual que Ravyn deje entrar a alguien en su círculo de
confianza.
—¿Confianza?
—Habéis pasado horas los dos solos. —Una tensa
sonrisa apareció en su boca—. Además, insiste en que vos
y vuestra magia sois, de algún modo, útiles.
Contemplé al segundo hijo del rey mientras se me
formaba un nudo en el estómago. Con cuánta facilidad se
ponía esa máscara de cordialidad…, de simpatía. Pero en

107
su voz detectaba la desaprobación, la duda. Las olía en él
como si fueran humo.
Di un paso atrás. Desconfiaba del príncipe igual que él
lo hacía de mí. Pero, antes de poder marcharme de su
lado, un hombre alto, atractivo y corpulento se nos
acercó. Todos tenían los ojos puestos en él.
—Hermano —saludó el príncipe heredero Hauth Serbal
mientras desplazaba la mirada de Elm a mí—. ¿Quién es
esta hermosa criatura?
Si mi opinión sobre Elm era mala, la que tenía sobre
Hauth era aún peor. El príncipe heredero era un salvaje.
Envuelto por la luz roja de su carta de la Guadaña, Hauth
no tenía escrúpulos a la hora de manipular a otros para
que cumplieran sus órdenes, sobre todo a quienes
desobedecían las leyes de Blunder.
Había llegado a oír que le gustaba ejecutar a los
criminales empleando su Guadaña, que los obligaba a
hacer cosas horribles en contra de su voluntad. A menudo
congregaba a una gran multitud a las afueras de la ciudad
y, después de darle tres toques a su carta, enviaba a los
acusados, sin ningún amuleto, a morir entre la neblina,
entregados a la sal y al hambre voraz del Ánima del
Bosque.
Solo estar a su lado me puso la piel de gallina.
Hauth bajó los ojos hacia mí. Era más corpulento que
su hermano, con unos músculos prominentes bajo su
túnica dorada. Tenía la tez aceitunada y los ojos verdes
característicos de los Serbal. No obstante, mientras que la
mirada de Elm era penetrante y astuta, la de Hauth era
descarada y agresiva.
—¿Sois la hija mayor de Erik?
—Es un placer conoceros, alteza —respondí bajando la
cabeza.
—¿No nos hemos visto antes?
Elm dejó escapar el aire entre los dientes.
—De ahí la presentación, hermano.
Hauth se acercó, me tomó la mano y me la besó.

108
—Más vale tarde que nunca.
Su hermano pequeño fingió una arcada.
—Suficiente —dijo, y me apartó del príncipe heredero
antes de que este pudiera decir algo más. Sentía los ojos
de Hauth clavados en mi espalda, pero no me di la vuelta.
Tenía la piel erizada como consecuencia de su tacto—.
Necesito otra copa —masculló Elm, y me abandonó sin
siquiera mirarme—. No os alejéis demasiado, Bonetero.
Encontré a mi tía junto a una bandeja de comida.
Dio un respingo cuando le toqué el hombro, y luego
me envolvió en un gran abrazo. Cuando se apartó, me
miró de arriba abajo con los ojos abiertos como platos.
—¡Estás preciosa!
Escudriñé a la multitud que la rodeaba. Detecté las
características riñas de mis primos pequeños, que corrían
por la estancia y de cuyas bocas abiertas volaban migas
de pan.
—¿Dónde está Ione? —inquirí—. Hemos… discutido.
Quiero arreglar las cosas.
Las arrugas de la frente de mi tía se acentuaron. Las
lágrimas le humedecieron los ojos. Se frotó la nariz.
—Ione está por ahí con su padre y con el rey. Ay,
Elspeth. —Se llevó una manga a los ojos—. Tu tío es un
hombre testarudo.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué quiere el rey de Ione?
Cuando mi tía habló, se le entrecortó la voz.
—Tu tío le ha entregado la carta del Tormento al rey y
ha llegado a un acuerdo…, sin consultármelo.
Oímos un entrechocar de cubiertos que se acercaba a
nosotras. Mis primos pasaron corriendo y riéndose con
malicia.
—¡Benditos sean los árboles! —exclamó mi tía—. ¿Es
que ninguno de mis hijos está bien de la cabeza? —Se
estremeció y corrió tras ellos por entre la multitud.
Contemplé cómo se alejaba, con el estómago revuelto.
Una campana repicó en la cabecera de la mesa y la

109
estancia comenzó a llenarse. Permanecí donde estaba,
con los brazos cruzados sobre el pecho. El vestido se
ceñía bien a mi figura y, por un momento, me quedé
completamente inmóvil, envuelta en el suave tejido y
absorta en mis pensamientos.
Alguien me dio un golpecito en el hombro.
—Estáis preciosa, Elspeth.
Solté un gemido al reconocer la voz: Alyx.
Cuando me di la vuelta, lo vi allí de pie, luciendo otra
túnica de un amarillo intenso, con una amplia sonrisa y
los ojos expectantes.
—Acabo de pedirle permiso a vuestro padre para que
os sentéis con mis padres y conmigo —comentó—. Ha
dado su consentimiento. —Hizo una pausa—. Si estáis de
acuerdo, claro.
«Sé que nadie va a preguntarme qué es lo que yo
quiero —declaró el Tormento, sarcástico hasta el tuétano
—, Pero, por si sentías curiosidad, la respuesta es no. No,
no estoy nada de acuerdo».
«Menuda sorpresa», mascullé.
—Escuchad, Alyx…
—Mi madre está deseando conoceros. Le ha hablado
mucho de vos…
No escuché el resto. Por encima del hombro de Alyx,
divisé a alguien entre la multitud. Ravyn Tejo se hallaba a
unos pasos de distancia, con las manos en la espalda,
hablando con otros dos destreros. Se había cambiado la
túnica desde la última vez que lo había visto. Ya no
llevaba el cinturón con los cuchillos alrededor de la
cintura, sino que lo había sustituido por la empuñadura
dorada de una larga espada ceremonial. Su túnica era de
color azul oscuro, con un ribete dorado y, a pesar de que
estuve buscando el burdeos de la carta del Tormento, de
sus bolsillos no emanaba ninguna luz. No llevaba cartas
encima.
Hacía solo una hora que nos habíamos despedido. Sin
embargo, no podía evitar sentir que cada vez que veía a

110
Ravyn Tejo estaba ante un hombre distinto.
Atraído por mi mirada, giró la cabeza. Clavó sus ojos
en los míos y los desplazó un instante hacia mi vestido,
antes de percatarse de la presencia de Alyx. Por un breve
segundo, me pareció ver que elevaba la comisura de los
labios.
Alyx seguía hablando cuando Ravyn se nos acercó.
—Y yo… Ah, disculpadme, capitán Tejo —dijo el joven
con una inclinación de cabeza—. No os había visto.
Ravyn le devolvió el saludo.
—¿Estáis disfrutando del Equinoccio, Laburno?
—Sí, mucho. Estaba invitando a la señorita Bonetero a
acompañarnos a mi familia y a mí durante el banquete.
El capitán volvió a fijar sus ojos en mí. Ahí estaba de
nuevo…, esa sonrisa picara casi imperceptible.
—¿Y vos estáis disfrutando del Equinoccio, señorita
Bonetero? —me preguntó.
—Todo lo posible —respondí, en un tono de voz más
débil de lo que me habría gustado. Entonces, por
despecho, añadí—: Aunque hay demasiados destreros
presentes para mi gusto.
Ravyn enarcó una ceja.
—¿Tenéis algo contra los destreros, señorita Bonetero?
—No en contra de todos. —Le escudriñé el rostro.
Cuando me percaté del moratón que le oscurecía el
pómulo, donde le había pegado antes, una pequeña
sonrisa se deslizó por mi boca—. Pero sí de muchos.
Alyx nos miró a uno y a otro.
—Bueno, deberíamos tomar asiento ya, Elspeth. Mis
padres…
Posé una mano sobre su brazo.
—Sois un encanto, Alyx, pero ya les había prometido a
los Tejo que me sentaría con ellos esta noche. ¿No es así,
capitán?
Alyx se detuvo. Ravyn se pasó una mano por la
mandíbula para ocultar su gesto.
—Así es.

111
El joven Laburno me tomó de la mano y la atrapó bajo
su brazo.
—Cuento con el permiso de vuestro padre, Elspeth.
—Pero no con el mío —dije, con más contundencia esta
vez—. Si nos disculpáis…
Parecía que Alyx iba a protestar. Abrió la boca y enarcó
una ceja. Sin embargo, la mirada glacial que le dedicó
Ravyn bastó para sofocar cualquier chispa de ira que
estuviera prendiendo en él. Me soltó de la mano, me miró
entre enfadado y dolido, y se perdió entre la multitud.
Con los brazos cruzados, el capitán contempló cómo se
alejaba.
—No es la victoria que esperaba el pobre Laburno.
—No —coincidí, y me froté la mano mientras la culpa
me reconcomía—. Alyx es demasiado bueno. Lo he
tratado peor de lo que se merece.
—Es con los buenos con quienes hay que andarse con
ojo —declaró Ravyn.
Levanté la mirada hacia él.
—¿Y qué hay de vos, capitán? ¿Sois demasiado bueno
también?
Cuando me miró, algo que no supe interpretar
iluminaba su mirada gris.
—No, señorita Bonetero —me dijo—. No soy nada
bueno.
La campana volvió a sonar, esta vez con más
insistencia. La multitud se desplazó hacia las mesas del
centro de la estancia, iluminadas por las velas. Todos se
apresuraron a ocupar su lugar. Yo me quedé atrás, sin
tener claro cuál era el mío.
—Mi familia está por allí —me dijo Ravyn, que señaló
hacia la mesa—. Si lo de sentaros conmigo iba en serio.
Lo contemplé y respondí en un tono más frío de lo que
pretendía.
—Supongo que no tengo muchas opciones.
El capitán se encogió de hombros.
—Podríais sentaros con Jespyr. Es más fácil entablar

112
conversación con ella. O, si lo preferís, Elm está justo ahí.
—Preferiría volver a jugármela con Emory —repliqué—.
¿O se encuentra indispuesto?
Algo cruzó el afilado rostro de Ravyn. Un momento
después, ese gesto desapareció y fue sustituido por su
habitual serenidad fría.
—Mi hermano no acudirá a la velada de esta noche. —
Me tendió un brazo—. ¿Vamos?
Me condujo en silencio hasta nuestros asientos.
Acabamos muy cerca de la cabecera de la mesa, donde
aguardamos con todos los demás la llegada del rey
Serbal. Sentía mi mano cálida contra la manga de la
túnica de Ravyn; me puse tensa, sin tener claro cuándo
debía soltarlo.
Los destreros se alineaban en la pared frente a
nosotros, a la sombra de sus Caballos Negros.
—Cuántos destreros —mascullé.
—Me temo que así es como se hacen las cosas en el
hogar de mi tío.
—También es el vuestro, ¿no?
—Mi deber requiere que permanezca aquí, con el rey
—declaró él con expresión solemne—. Pero este no es mi
hogar. La propiedad de mi familia se encuentra en la
ciudad. Los destreros suelen entrenar allí, igual que en el
pasado lo hacían en la casa Bonetero.
Fruncí el ceño.
—¿Habláis del castillo en lo alto de la colina?
—El mismo.
El castillo Tejo era antiguo; un recinto cargado de
historia. La verja de hierro forjado y las oscuras hiedras
trepadoras se encontraban bajo la sombra de unos tejos
altos y aciagos. Allí dentro se encontraban un jardín de
estatuas, un laberinto de piedra y setos, y la mansión
imponente y siniestra.
De niña, había pasado por delante de la verja muchas
veces, convencida de que bajo aquellos árboles se
ocultaba algo a lo que debía temer.

113
Nunca había estado en el interior.
La campana sonó por tercera vez. Todos nos giramos
hacia la cabecera de la mesa. El roce de los vestidos y el
murmullo de las conversaciones se apagaron cuando un
hombre salió al frente y se dispuso a hacer un anuncio.
—Os presentamos a su alteza real, el rey Quercus
Serbal, gobernante de Blunder, custodio de las leyes y
protector de las cartas de la Providencia.
Todos hicimos una reverencia cuando el rey entró.
Recordaba vagamente las facciones del monarca de
cuando lo había visto en mi infancia. A lo largo de los
años, solo había podido verlo de reojo. Aun así, era
evidente que aquel hombre pertenecía a la realeza.
Vestido con una túnica dorada ribeteada con elegantes
pieles y un serbal bordado en el pecho, el rey se erguía
alto y audaz. Su cabello rubio ya canoso enmarcaba un
rostro afilado, con una nariz ancha y torcida que el
monarca se había roto hacía años.
No era un gobernante encantador ni delicado.
«Formidable» y «cruel» eran dos adjetivos que encajaban
mejor en su descripción. Y, a pesar de que Blunder no se
había visto envuelto en ningún conflicto desde hacía cien
años, el rey Serbal parecía más un gran guerrero plantado
ante su ejército que un rey ante su corte.
—Su alteza —prosiguió el sirviente—, Hauth Serbal,
príncipe heredero de Blunder, destrero y custodio de las
leyes.
Hicimos otra reverencia. Aunque más atractivo que su
padre, Hauth era, sin lugar a dudas, un Serbal.
Corpulento, fuerte y cruel. Del bolsillo de su túnica
plateada emanaban unas luces rojas y negras.
Fui a tomar asiento, pero Ravyn negó con la cabeza
para advertirme que aguardara.
—Nos hemos reunido en este Equinoccio para honrar a
nuestro gran reino —declaró el príncipe heredero—. Esta
cosecha no ha sido fácil. El control del Ánima del Bosque
sobre Blunder permanece. Aun así, celebremos nuestros

114
triunfos, las mejoras que hemos conseguido para
nuestras familias, para nuestra salud y, sobre todo, para
el comercio y el uso de las cartas de la Providencia.
El gran comedor estalló en aplausos.
—Muchos de vosotros habéis compartido vuestra
riqueza con mi familia —prosiguió Hauth—. Os lo
agradezco. No obstante, por encima de la riqueza está el
deber. Como príncipe heredero de Blunder, el mío es
compartir el legado de mi padre, seguir su camino y el
que El viejo libro de los Alisos ha marcado para todos.
El Tormento dejó escapar un siseo.
Hauth le lanzó una mirada a su padre y el rey asintió.
—Al igual que los reyes que lo han precedido, la misión
de mi padre ha sido reunir las doce cartas de la
Providencia —prosiguió, elevando la voz—. Con ellas
lograremos levantar la neblina, desterrar al Ánima del
Bosque y acabar con la infección mágica en Blunder. —
Hizo una pausa—. Esta noche me alegra comunicaros que
estamos más cerca de conseguirlo.
El príncipe heredero se giró hacia un lateral de la sala
e instó a alguien, que yo no llegaba a ver, a dar un paso
adelante.
Dos luces luchaban por imponerse. La primera era de
color burdeos y la segunda, rosa. Las llevaba encima una
mujer rubia de una belleza espectacular. El corazón me
dio un vuelco cuando la voz de Hauth se impuso sobre el
estruendo.
—Esta noche —declaró—, gracias a su generosa
contribución, mi padre ha nombrado caballero a Tyrn
Espino. Y nos enorgullece ofrecerle a su hija un lugar en
nuestra familia real.
Los aplausos estallaron a mi alrededor y la sala se
llenó de vítores y brindis. El clamor fue incomparable.
A mi lado, Ravyn Tejo soltó el aire con dificultad, como
si se le hubiese congelado en los pulmones. Al otro lado
de la mesa, Elm Serbal y Jespyr Tejo habían palidecido, y
sus rostros reflejaban verdadera sorpresa.

115
Hauth tomó la mano de la hermosa mujer, que le
entregó la luz burdeos y esbozó una sonrisa con sus
labios carnosos. Alentado por el alboroto de la multitud, el
príncipe heredero sostuvo en alto la carta de la
Providencia que enmarcaba un terciopelo del color del
vino.
—Os presento —anunció— a la elusiva carta de la
Providencia, el Tormento, y a mi futura esposa, Ione
Espino.

116
CAPÍTULO 10

N o podía apartar la mirada. Veía a Ione con claridad,


a pesar de la ola de color que se extendía en torno
a ella y la convertía en una columna de humo rosa. Le dio
tres toques a su carta de la Doncella y activó su magia. A
diferencia de por la mañana, cuando la había visto en el
jardín, esta vez estaba cambiada sin lugar a dudas… Era
la mujer más bella que había visto nunca.

117
Y esa visión hizo que el miedo se apoderase de mí.
Las lágrimas se me acumularon en los ojos. Su nueva
belleza era tal que ya había comenzado a borrar de mi
memoria cómo era su aspecto anterior: las facciones
amables y suaves del antiguo rostro de mi prima. Tenía
los labios más carnosos y, al sonreír, el hueco entre sus
dientes había desaparecido. El cabello, de un dorado
intenso, era más largo, más brillante, y le caía como una
cascada por la espalda, ligero y al mismo tiempo denso.
Sus pestañas eran largas y la nariz se le había estrechado
levemente. Sus ojos color avellana brillaban con una
vitalidad extraña, etérea. Cuando bajó la mirada hacia mi
mesa, me obligué a apartar la vista.
Seguía siendo Ione, pero también era una desconocida.
Hubo un chirriar de sillas mientras las familias de
Blunder tomaban asiento. Yo permanecí de pie, ajena al
mundo.
Los brazos de Ravyn estaban rígidos cuando retiró mi
silla para que me sentara. Como aun así no me moví, me
rozó la espalda con su mano ancha.
—Por favor, tomad asiento, señorita Bonetero.
Sirvieron el primer plato entre el parloteo aún
entusiasta de los comensales, pero no toqué la comida.
Me limité a mirar fijamente el tenedor mientras los
vestigios de mi vida anterior se me escapaban como el
humo por una chimenea.
—¿Vuestro tío tenía en su poder la otra carta del
Tormento? —me susurró Ravyn al oído.
Se me escaparon un par de lágrimas traicioneras.
—Sí.
—¿Y no se os ocurrió mencionármelo?
Levanté la vista hacia el capitán de los destreros,
atraída por algo en su voz. Su piel cobriza había perdido
su calidez y, al hablar, vi cómo se le tensaban los
músculos de la barbilla, como si estuviera sometido a
mucha presión.
Igual que si me hubieran quitado una venda, lo vi todo

118
claro.
—Me mentisteis —declaré mientras un profundo miedo
me atenazaba el pecho—. ¿Por qué iba el rey a querer la
carta del Tormento de mi tío si su capitán ya contaba con
una? —Me quedé sin aliento—. A no ser… que no lo sepa.
—Silencio —me advirtió. Dirigió la mirada hacia la
cabecera de la mesa, hacia el rey. Entonces, como si le
estuviera sacando las palabras a la fuerza, bajó la voz—.
Nunca he mentido.
Simplemente, disteis por sentado que el rey sabía que
yo estaba en posesión de la carta del Tormento.
La criatura hizo entrechocar sus garras y soltó una
carcajada sarcástica. «Maravilloso —dijo—.
Absolutamente maravilloso».
«Cállate y déjame pensar».
«¿No es evidente? El capitán de los destreros es un
traidor sibilino y despreciable».
Tuve que sentarme sobre las manos para evitar que
me temblaran.
«Respóndeme a este acertijo —me pidió el Tormento—:
¿qué tiene dos ojos para ver, dos orejas para oír y una
lengua para mentir? —Como no respondí, soltó una risita
—. Un bandido, querida niña».
«Pero Ravyn no ha actuado solo», repliqué, y dirigí la
mirada hacia Elm.
«Eso es todavía más curioso —comentó el Tormento—.
¿Acaso el joven príncipe sabe que su primo le está
ocultando una carta de la Providencia tan valiosa al rey?
¿O él también forma parte de la conspiración?».
Ravyn me observaba, a la espera.
Cuando por fin me decidí a hablar, me temblaba la
voz.
—Explicadme qué está pasando —le pedí—. No voy a
arriesgarme a que me tachen de traidora además de
portadora de magia.
El capitán apoyó el codo sobre la mesa y la barbilla
sobre la mano. Habló a través de sus dedos, con la voz

119
convertida en un gruñido ahogado.
—Os contaré lo que necesitáis saber. Pero no puedo
hacerlo solo. Tenemos un Consejo.
«Ten cautela —me dijo el Tormento, que tejía sus
palabras en mi oído como la tela de una araña—. El tejo
es astuto, su sombra desconocida. Se dobla sin partirse,
sus secretos nunca olvida. Mira más allá de sus ramas
retorcidas, ahonda bien hasta las raíces. ¿Va tras las
cartas de la Providencia… o es el trono lo que ansia?».
Me giré hacia Ravyn, envalentonada.
—Debéis contármelo todo.
El capitán enarcó una ceja y me lanzó una mirada
fulminante por encima de su larga nariz.
—Hay cosas que debo hacer…
—¿Queréis mi magia? —lo interrumpí—. Pues convocad
a vuestro Consejo. Quiero la verdad. Ahora.

Abandonamos la mesa por separado. Cuando por fin salí


del gran comedor y me encontré con Ravyn al final del
pasillo del servicio, no disimuló su impaciencia.
—¿Os ha visto alguien?
—No creo —respondí con los labios apretados—. Tal
vez mi madrastra.
Tuve que levantarme la falda para poder seguirle el
ritmo, y di gracias a que mi zapatero no me había puesto
tacón en el calzado. Ravyn caminaba a paso ligero,
entrando y saliendo de estancias en las que yo no había
estado nunca.
Una de ellas, varios pisos por encima del gran
comedor, estaba cerrada.
El capitán se llevó una la mano al bolsillo, sacó una
llave y abrió la puerta. Se apresuró a entrar y, con un
movimiento de cabeza, me indicó que pasara.

120
—¿Dónde estamos? —Caminé a tientas por la
oscuridad y me golpeé el dedo del pie con algo endeble…
Un libro.
—En mi habitación. Cerrad la puerta.
El dormitorio estaba a oscuras, salvo por una
chimenea con el fuego medio consumido. El color rojo de
las ascuas resplandecía contra la pared del fondo. Ravyn
cruzó la estancia y soltó una maldición. Un libro salió
volando de debajo de su bota y cayó varios metros más
adelante. El capitán se agachó junto al fuego y lo avivó
con su aliento, lo justo para encender una sola vela.
El olor a polvo con sutiles toques de clavo y cedro me
subió por la nariz mientras echaba un vistazo por la
estancia. No era de extrañar que Ravyn se hubiera
tropezado. Había muchos libros tirados por el suelo,
algunos apilados y otros bocabajo, con las páginas
abiertas como las alas de un pájaro muerto. Lo mismo
sucedía con la ropa. Túnicas, jubones y capas se
amontonaban en el suelo, sobre el respaldo de las sillas o
en el armazón de la cama, en la que apenas había
mantas.
Si se hubiera tratado de un dormitorio más pequeño,
habría parecido atestado, con todas sus pertenencias
desperdigadas de cualquier manera, creando sombras y
macabras sobre el suelo de madera. No obstante, la
habitación del capitán era espaciosa, y parecía aún más
grande por la ausencia de decoración. Los únicos muebles
que había allí aparte de la cama eran unas cuantas sillas,
un armario y un pequeño lavamanos en un rincón con un
espejo avejentado mal apoyado sobre él.
No era lo que esperaba de una persona tan severa.
Orden, limpieza y disciplina…, como mi padre. Esas eran
las cualidades que le atribuía al capitán de los destreros.
O bien Ravyn Tejo se había quedado a medias mientras
ordenaba su dormitorio, o bien se trataba de lo que cada
vez parecía más evidente…
Que no era el hombre que me había imaginado que

121
era.
El tintineo de las llaves me sacó de mi
ensimismamiento. En el otro extremo de la estancia, la
vela de Ravyn titiló hacia el armario. Detrás de este
brillaba una intensa luz burdeos, tan oscura que costaba
distinguirla.
La segunda carta del Tormento. La carta de Ravyn.
Mantuve una mano sobre el picaporte.
—¿Qué estáis haciendo?
—Queríais que convocara a mi Consejo, ¿no es así?
¿Esperabais acaso que lo hiciera delante de toda la corte
de mi tío?
Oí cómo se abría el cerrojo. Ravyn abrió las puertas del
armario y dejó salir más luz color burdeos. Tomó la carta
del Tormento y le dio tres toques. Contuve el aliento y me
encogí. Cuando no sucedió nada, el silencio empezó a
resultarme ensordecedor.
—¿Cómo funciona? —solté—. La carta del Tormento.
—Funciona mejor cuando puedo concentrarme.
—Ya, pero ¿cómo hacéis para evitar escuchar los
pensamientos de todo el castillo? ¿Hace falta…?
Ravyn me miró entornando los ojos.
—Concentración, señorita Bonetero. Mucha
concentración. Así que, por favor, si no os importa,
guardad absoluto silencio.
Apreté la mandíbula y recé para que no rompiera su
promesa y se colara en mi mente.
«Guarda silencio. Sé lista. No podrá oír tus
pensamientos a no ser que se concentre en ti».
«¿Por qué estás tan seguro?», exigí saber.
La risa del Tormento retumbó en la oscuridad.
«Sé un par de cosas sobre las cartas de la Providencia,
querida».
«Lo dudo».
El Tormento no dijo nada más. Su silencio era una
provocación. Hasta eso parecía ser un juego para él.
Y, como en la mayoría de los juegos a los que me

122
retaba, yo estaba a punto de perder.
«¿De verdad sabes algo sobre las cartas?», inquirí.
Volvió a reír, esta vez de forma más cruel. Definitiva.
Sacudí la cabeza.
«Eres de tan poca ayuda como siempre. Ahora cierra el
pico o, de lo contrario, el capitán escuchará todo el ruido
dentro de mi cabeza».
«Eres tú la que está gritando, Elspeth».
Se me ensancharon las fosas nasales.
«Solo intento salir de este enorme desastre sin
informar al capitán de los destreros de que un monstruo
de quinientos años vive dentro de mi cabeza».
«Querrás decir “traidor de tomo y lomo”, no “capitán”.
Al fin y al cabo, querida, solo se crearon dos cartas del
Tormento. Los Serbal llevan mucho tiempo buscando una,
y resulta que la tienen aquí, escondida a plena vista en el
castillo del rey, delante de sus narices».
Miré a Ravyn, que estaba tan inmóvil que bien podría
haberse tratado de otro mueble de esa habitación en
penumbra.
«No sabemos por qué le oculta esa carta del Tormento
a su tío —dije—. Podría existir un motivo plausible».
«Los motivos plausibles no sirven de nada en la horca.
El bandido con el verdugo se encontrará, de un modo u
otro».
Ravyn le dio otros tres toques a la carta del Tormento y
se la guardó en el bolsillo. Giró sobre sus talones y vino
hacia mí tan rápido que di un respingo.
—He hablado con mi familia —me dijo—. Nos
reuniremos con ellos en el sótano.
Abrí la boca al tiempo que empujaba el picaporte. Me
preguntaba cuántos miembros de la familia de Ravyn
estarían al tanto de su duplicidad, de su carta del
Tormento. Pero, antes de poder abrir la boca para decir
algo, el capitán se me echó encima. Apoyó una mano
sobre la mía para evitar que pudiera abrir la puerta.
—¿Qué estáis…?

123
—¡Silencio! —me instó, y llevó un dedo a mis labios.
Me quedé inmóvil y agucé el oído hasta que percibí el
sonido de unos pasos.
—Últimamente siempre está de mal humor —dijo la
voz de un hombre en el pasillo—. Incluso violento.
—Eso era de esperar —comentó otra voz, justo detrás
de la puerta del dormitorio—. Sin una Guadaña, el chico
puede volverse difícil de controlar.
Sentía como el pecho de Ravyn se encogía mientras
contenía el aliento y unas afiladas líneas de tensión se le
extendían por el rostro. Permanecí inmóvil,
contemplándolo, y él mantuvo el dedo sobre mis labios.
Lo tenía caliente, con la piel áspera. Intenté no mover la
boca, atenuar la profunda incomodidad que sentía al
encontrarme atrapada tan cerca del capitán de los
destreros. Pero lo único que logré fue contener la
respiración.
Y ni siquiera eso me duró mucho. Sobre todo por lo
rápido que me latía el corazón. Inspiré con brusquedad y
mis labios se abrieron contra la piel de su dedo. Ravyn
bajó la mirada hacia mi boca. Deslizó el dedo por encima
y sus ojos se encontraron con los míos durante un
segundo, antes de que volviera a fijar la vista en la
puerta. Y, aunque estaba demasiado oscuro como para
estar segura, me pareció ver que se le ruborizaba el
cuello.
Los hombres en el pasillo continuaron hablando.
—Puedo duplicar la dosis de sedación. Claro que, con
lo protector que es el capitán de los destreros, me temo
que no me permitirá administrársela.
—No molestes al capitán con noticias sobre su
hermano —declaró el otro—. Si Emory te da algún
problema, acude a mí. Y, hagas lo que hagas —le advirtió
—, no dejes que el chico te toque. Eso solo te alterará.
Las voces se fueron perdiendo por el pasillo, cada vez
más lejos. Un momento después, se habían marchado, y
el latido de mi corazón pasó a ser el único sonido de la

124
estancia.
Levanté los ojos hacia Ravyn, buscando unas
respuestas en su rostro que yo no lograba desentrañar.
Emory. Hablaban de Emory…, de su naturaleza peligrosa
e inestable.
—¿Quiénes eran? —susurré.
—Galenos —respondió con unas arrugas marcadas en
la frente—. El primo de Filick.
—¿Orithe Sauce? —logré decir.
—¿Lo conocéis?
Un hombre larguirucho con los ojos lechosos apareció
en mi mente.
—Vino a casa de mi tío a buscar alguna señal de la
infección entre mi familia.
Ravyn se puso tenso.
—¿Y nunca os analizó la sangre?
—No. —Proferí un ruidito, como si alguien me apretara
la garganta con los dedos—. Mi tía me ocultó.
El capitán bajó la mirada hacia mí. Una parte de la
tensión había desaparecido de sus facciones. Apartó su
mano de la mía aún sobre el picaporte, y me acarició los
nudillos con su pulgar cálido y encallecido. Pretendía ser
un gesto reconfortante, un ligero reconocimiento de mi
miedo. Y así fue.
Pero eso no explicaba por qué ambos apartamos de
inmediato los ojos.
Ravyn se acercó al armario de caoba que se hallaba en
el rincón más alejado del dormitorio, abierto. Oí el roce
del tejido cuando apartó la ropa hacia un lado y dejó a la
vista el firme tablero de madera del fondo.
Entrecerré los ojos. Había una carta en el armario, de
eso estaba segura. Pero no era capaz de distinguir su
color…, solo que era oscura.
Ravyn golpeó la tabla tres veces. Al cuarto golpe, oí el
eco del vacío. Con un gruñido, arrancó algo que yo no
llegaba a ver de detrás del panel secreto del armario.
Solo cuando logró sacar la carta, comprendí cuál era su

125
color. Un morado intenso y regio, como una piedra de
amatista que una vez había visto en la calle del mercado.
Esa segunda carta oculta era casi tan peculiar como el
Tormento… e igual de aterradora.
El Espejo.
El Tormento arrastró sus garras por el interior de mi
cabeza, como si estuviera atrapado detrás de unos
barrotes. Sentí cómo se le extendía una sonrisa por el
rostro, la forma en la que agitaba la cola.
«Esto es aún mejor».
De todas las cartas de la Providencia de las que se
tenía constancia en El viejo libro de los Alisos, el Espejo
era la que más me aterraba cuando era niña.
Retrocedí hasta chocar contra la puerta, temerosa de
estar demasiado cerca de esa carta.
«Cuánto temor —dijo el Tormento—. Cuánto poder. Ver
más allá del velo…, menudo placer».
«Ser invisible no tiene nada de placentero —dije—. Ni
ver a los muertos».
La criatura guardó silencio durante un momento.
«Algunos darían lo que fuera por hablar con sus
difuntos seres queridos».
Ravyn cerró el armario y enfiló hacia la puerta,
deteniéndose solo cuando nuestras miradas se
encontraron.
—¿Qué sucede?
Me quedé contemplando la carta del Espejo que
llevaba en la mano.
—¿Vais a usar eso?
—Es para vos.
Se me escapó el aire por la boca abierta. Me metí las
manos en los bolsillos.
—No puedo —respondí demasiado rápido.
El capitán enarcó una ceja.
—Confiad en mí. Querréis evitar a Orithe.
«Esta es tu oportunidad —dijo el Tormento con la voz
cargada de malicia—. Cuéntale cuál es tu verdadera

126
magia. Adelante. Dile por qué te niegas a tocar las cartas
de la Providencia».
«Esto no es ningún juego —le repliqué—. Si le cuento
que puedo absorber cualquier carta que toque, querrá
saber el resto. Descubrirá tu presencia».
«¿Y tan malo sería eso?».
Lo ignoré y me armé de valor.
—No tengo ninguna intención de usar las cartas de la
Providencia —le dije a Ravyn.
El capitán clavó sus ojos grises en mi rostro.
—¿Y eso a qué se debe, señorita Bonetero?
—Todo tiene un precio —respondí, y me obligué a
mantener la firmeza en la voz—. No corro riesgos. Ni
siquiera con las cartas. Por favor, capitán, no puedo
hacerlo.
Siguió una intensa pausa, en la que él dejó la mirada
sobre mi rostro demasiado tiempo. Al fin, carraspeó.
—Muy bien. En ese caso, no os importará que la utilice
yo, ¿verdad?
La luz del pasillo inundó la estancia oscura cuando abrí
la puerta. Me giré y aguardé para seguir a Ravyn, quien
de repente se había esfumado…, había desaparecido.
Abrí mucho los ojos y solté un chillido.
Una ligera risa resonó en el espacio que había ocupado
antes el capitán de los destreros.
—¿Cómo…? ¿Seguís…?
—Estoy justo aquí —dijo Ravyn, lo que provocó que yo
diera un respingo.
Alargué la mano, esperando no toparme con nada,
pero mis dedos tropezaron con la seda de la túnica y los
músculos marcados del estómago del capitán.
Retiré la mano de inmediato.
—Ya. Mmm, lo lamento.
—Es mejor si no me ven —explicó—. Se supone que
esta noche debería estar vigilando a los invitados. ¿Podéis
ver la carta?
La luz morada flotaba como si tuviera vida propia,

127
como un hada de color amatista en pleno vuelo.
—Sí.
—Bien. Ahora cerrad bien la boca y seguidme.

—Las cartas de la Providencia —mascullé mientras seguía


las luces moradas y burdeos a través de Stone. Solo
habían sido necesarios tres toques a la carta del Espejo
para que funcionara. Aunque mi habilidad para absorber
las cartas provocaba que estar tan cerca de ellas me
cerrara el estómago de miedo, no podía evitar sentir una
cierta fascinación por el poder que entrañaban.
Pero no alimenté esa fascinación. Era mejor dejarla
morir de hambre; sabía que nunca volvería a tocar otra
carta de la Providencia en mi vida.
El eco de la voz del Tormento reverberó en mi mente.
«Todo tiene un precio —murmuró—. Nada es seguro. La
magia es cálido amor, pero también odio oscuro.
Conllevará un coste: aunque te encuentres, estarás
perdido. La magia es cálido amor, pero…».
«¿Puedes dejarlo ya? —estallé—. Solo por esta noche,
por una maldita noche, ¿puedes dejar estar El viejo libro
de los Alisos?».
No obstante, mi frustración pareció agradarle y,
durante los siguientes minutos, seguí a Ravyn Tejo por el
castillo acompañada del sonido de la risa del Tormento.
Cuando llegamos al pie de la escalera principal, me
llegó el bullicio del gran comedor. La luz morada que
flotaba en el aire se detuvo de forma brusca.
Me choqué con Ravyn y me golpeé la cara contra su
omóplato.
—¿Qué…?
—Elspeth —me llamó una voz.
Era una que conocía demasiado bien…, la cadencia fría

128
y altiva de la voz de Nerium.
Sentí que se me revolvían las tripas. Cada zapateo
suyo fue como un clavo en mi ataúd.
—Nerium —dije, y me froté la nariz, consciente de que
estaba viendo a mi madrastra a través del cuerpo
invisible de Ravyn—. ¿Estás disfrutando del Equinoccio?
—Estaba disfrutando bastante —me respondió, y se
acercó tanto que Ravyn se vio obligado a quitarse de en
medio para colocarse junto a mí. La voz de mi madrastra
se volvió inquietantemente baja—. Hasta que te he visto
abandonar la mesa del rey con Ravyn Tejo.
—Solo me estaba acompañando a…
—Ahórratelo —me espetó, y bajó aún más la voz
cuando Wayland Pino y sus tres hijas pasaron por nuestro
lado—. Me da igual con quien quieras echar por tierra tu
reputación, pequeña idiota —me reprendió—, siempre y
cuando no sea con el capitán de los destreros. ¿Acaso te
has parado a pensar en lo que nos pasaría si él… —miró a
su alrededor entornando su mirada azul— descubriera
qué eres en realidad?
Dejé escapar un lento suspiro.
—¿Y qué soy, Nerium?
Entrecerró sus ojos azules como el hielo.
—Lo mismo que era tu madre. Rara, febril —susurró
entre dientes—. Infecta.
Nunca la había oído pronunciar esa palabra. Nunca se
había atrevido, no delante de mi padre.
Pero el vino del rey la había envalentonado, había
dejado salir aquel odio silencioso que sentía por mí,
largamente reprimido.
Su odio me dolía, pero no me sorprendió. En todo caso,
sentí un ligero alivio por haber dejado las apariencias
atrás. Pero había mencionado a mi madre. Y, por ese
motivo, no iba a dejarla irse de rositas. Durante
demasiado tiempo le había permitido que interpretara mi
silencio como debilidad.
—No importa lo que fuera mi madre…, lo que sea yo.

129
Siempre habrá alguien que se preocupe por gente como
nosotras, Nerium.
—¿Cómo quién? ¿Como tu padre? —Su carcajada fue
cortante; su objetivo era hacer daño—. Te envió lejos,
querida. Tu padre te sacó de casa. ¿Cómo puedes estar
tan segura de que le importas lo más mínimo?
Me mordí la cara interna de la mejilla y el calor
comenzó a subirme por el rostro.
—Conserva las habitaciones tal y como las dejó mi
madre, Nerium. Por eso se niega a que redecores la casa
Bonetero. Mantiene las cosas exactamente como eran
cuando ella vivía. Ordena que siempre haya flores de iris
en el salón. —Apreté la mandíbula para impedir que se
me saltasen las lágrimas—. No sé si yo le importo o no.
Pero de lo que sí estoy segura es de que, mucho después
de que tú y yo ya no estemos, cuando esa casa se venga
abajo, solo quedarán dos cosas: el bonetero plantado en
el centro del patio —la miré sin vacilación— y el mostajo
que mi padre plantó a su lado el día en el que murió mi
madre.
A Nerium se le empañaron los ojos. Apretó los labios y
cerró los puños. Por un momento llegué a pensar que me
pegaría. No obstante, no dijo nada.
Se dio la vuelta y volvió a unirse a las celebraciones
con la misma premura con la que las había abandonado
hacía un momento.
La contemplé alejarse e intenté no mirar hacia la luz
morada que flotaba a mi lado.
—¿Conocíais a mi madrastra, capitán? —susurré
mientras lo que quedaba de mi rabia se concentraba en
una única lágrima que me resbaló por la mejilla—. Una
mujer encantadora.
Con el mismo pulgar encallecido con el que me había
acariciado los nudillos en su habitación, Ravyn me secó
esa lágrima, arrastrándola hasta hacerla desaparecer. Se
desvaneció en un instante. Su voz sonó cerca de mi oído.
—Vamos.

130
Los pasillos del piso de abajo estaban mal iluminados.
Solo la luz de las cartas de Ravyn evitaba que me
tropezara. No tenía ni idea de cómo él era capaz de ver
en la oscuridad. Tal vez estuviese acostumbrado a
recorrer ese camino.
Reconocí el lugar antes de que llegásemos a las
puertas con los ciervos tallados. Era la misma estancia en
la que habíamos estado hacía unas horas. Di un respingo
cuando el capitán de los destreros apareció de repente a
mi lado.
—Lo habéis hecho bien —me dijo bajando la mirada
hacia mí—. Con vuestra madrastra.
Me pasé una mano por el rostro.
—No nos llevamos muy bien.
—¿Siempre os habla de ese modo?
—Eso cuando se digna a hablarme. Aunque imagino
que hubiera escogido mejor sus palabras si hubiese
sabido que no estábamos solas.
Ravyn se guardó la carta del Espejo en el bolsillo. Su
luz violeta se unió a la burdeos del Tormento.
—Debo advertiros —me dijo, y señaló hacia la puerta
con la cabeza— que esto tampoco será agradable.
—¿A qué os referís?
—Dijisteis que queríais saberlo todo. Eso es un arma
de doble filo, señorita Bonetero. —Llamó tres veces a la
puerta. Luego, una cuarta y una quinta.
La puerta se abrió desde dentro, y en el umbral nos
recibió el distintivo gruñido de los sabuesos. Entré detrás
de Ravyn, agarrándome la falda, con el corazón en un
puño.
Se hallaban sentados alrededor de una mesa redonda.
Eran cinco: Jespyr Tejo, Elm Serbal, Filick Sauce y otras
dos personas que no me habían presentado, pero que
reconocí por la insignia del tejo que llevaban bordada en
la ropa. Fenir y Morette Tejo. Los padres de Ravyn.
Había una única silla en mitad de la estancia, y la luz
de la chimenea proyectaba sombras largas a su alrededor.

131
El capitán de los destreros la señaló, indicándome que
me sentara.
El Tormento se deslizó hasta ocupar la primera fila de
mi mente; pendiente, atento. «Que comiencen las
pesquisas».

132
CAPÍTULO 11

E n la estancia había otras tres cartas de la


Providencia además de la de Ravyn. La Guadaña de
Elm, el Cáliz del bolsillo de la túnica de Jespyr y la luz gris
de un Profeta que emanaba de Morette Tejo. Me agarré al

133
borde de la silla mientras buscaba algún signo de
compasión en sus rostros.
Pero me recibieron en silencio…, ocultos tras una
máscara de impasibilidad.
La puerta del sótano se cerró de un portazo. Me
empezaba a acostumbrar al sonido de aquellos cerrojos.
Como nadie decía nada, Ravyn carraspeó.
—Ella es Elspeth Bonetero, la primogénita de Erik,
sobrina de Tyrn Espino.
Los presentes prorrumpieron en murmullos al oír el
nombre de mi tío.
Pasado un momento, el capitán de los destreros se
dirigió a mí con un gesto indescifrable.
—Estos son mi madre y mi padre, Morette y Fenir Tejo.
Al galeno Sauce, a mi primo y a mi hermana ya los
conocéis.
La tenue luz en la estancia hacía que fuera difícil
apreciar el parecido entre Ravyn y sus padres. Morette
era la hermana del rey, y sus ojos eran del verde de los
Serbal. Fenir, al igual que Jespyr, tenía unos intensos ojos
marrones, mucho más oscuros que lo de Ravyn y Emory,
de un gris brumoso. La única similitud que veía entre ellos
era esa nariz larga y elegante en el rostro severo de Fenir
Tejo, igual que la del capitán.
—Tengo entendido, señorita Bonetero —declaró Fenir
con voz grave— que deseáis conocer la verdad sobre
nosotros. La razón por la cual estamos buscando cartas
de la Providencia.
Asentí, con los músculos en tensión.
—Antes de desvelaros la verdad, debemos
asegurarnos de que la merezcáis —prosiguió—. ¿Estáis
dispuesta a someteros a nuestro foro, a que este Consejo
ponga a prueba vuestra integridad?
Ravyn se colocó detrás de mí. Volví la cabeza y lo
fulminé con la mirada.
—¿Someterme?
El capitán se cruzó de brazos.

134
—Es lo que queríais, ¿no? Nuestra confianza.
—Quería respuestas.
—Y yo una noche de borrachera desenfrenada —dijo
Elm desde la mesa mientras hacía girar la Guadaña entre
sus largos y finos dedos—. Y, a pesar de eso, aquí me
tenéis, en este escobero por segunda vez hoy. Así que, si
no es mucho pedir, señorita Bonetero, tomad asiento de
una maldita vez para que podamos acabar con esto.
Ravyn le lanzó a su primo una mirada asesina y se
llevó una mano a la frente. Parecía cansado. Cansado y
profundamente molesto.
—Solo de esta forma conseguiréis vuestras respuestas,
señorita Bonetero —declaró—. Todo tiene un precio.
«Todo tiene un precio», murmuró el Tormento, dándole
la razón.
Solté un suspiro. Quería que mi voz transmitiera
exasperación, pero se me entrecortó y delató el
desasosiego que había anidado en mi pecho.
—De acuerdo —dije—, me someteré a vuestro foro.
Elm y Jespyr se levantaron de sus asientos y se me
acercaron. Ravyn se les unió.
—Es bastante simple, señorita Bonetero —me dijo el
capitán—, Cada uno de nosotros posee una carta de la
Providencia. Escoged una y procederemos a usarla.
Elm, Jespyr y Ravyn sacaron las cartas de sus bolsillos:
la Guadaña, el Cáliz y el Tormento. Rojo, turquesa o
burdeos. Control, suero de la verdad o introducirse en mi
mente. El capitán de los destreros dejó el Espejo en el
interior de su capa.
Al instante, se me formó un nudo en el estómago.
—Son para juzgar vuestra honestidad —dijo Jespyr.
«Más bien son para evitar que mientas», comentó el
Tormento.
Ante mi silencio, Jespyr suavizó el tono:
—Me temo que es una prueba por la que todos
tenemos que pasar.
Desde la oscuridad, el Tormento volcó sus

135
pensamientos sobre los míos. «Escoge la Guadaña, niña.
Confía en mí».
Miré a Elm. Incluso en esa postura desgarbada, el
príncipe era sin lugar a dudas el más alto de los tres. Su
cabello castaño le caía revuelto por la frente. Cuando me
pilló mirándolo, me guiñó un ojo y torció los labios
formando una sonrisa que recordaba a la mueca de un
zorro. Me estaba retando.
La rabia hizo que me hirviera la sangre.
—La Guadaña —respondí, y crucé los brazos.
La sonrisa del Príncipe se ensanchó.
Jespyr se encogió de hombros y volvió a la mesa con
Filick y sus padres. Elm siguió dándole vueltas a la carta
de la Guadaña, girándola entre el pulgar y el índice
mientras se acercaba a la chimenea y apoyaba el codo
sobre la repisa.
Ravyn no se sentó. Se guardó la carta del Tormento en
el bolsillo y se acercó a la pared que quedaba frente a mí.
Los perros lo siguieron entre bostezos antes de tirarse a
sus pies. Solo podía ver la mitad de la cara del capitán; la
otra mitad estaba oculta en las sombras. Sin embargo, lo
que sí sabía es hacia dónde dirigía su mirada. Dos ojos del
color de las nubes de tormenta estaban fijos en mí.
Se me aceleraron las pulsaciones.
Elm le dio tres toques a la carta roja.
—¿Alguna vez os habéis visto sometida al poder de la
Guadaña, Bonetero?
—No.
—Es menos violento de lo que esperáis. No puedo
obligaros a decirme la verdad, no como lo haría el Cáliz.
Solo puedo influir en vuestras emociones, en vuestra
disposición a contarme todo lo que quiero saber.
—Suena horrible.
El príncipe sonrió, pero no había ni rastro de humor en
esos ojos verdes.
—Algunos creen que la Guadaña obliga a la mente a
volverse contra sí misma, a sentir emociones que no son

136
suyas. La verdad es que la carta no obliga a nada. Os
sentiréis algo rara, puede que se os nuble la vista. Pero, al
final, querréis hacer todo lo que yo os pida. Eso da algo
menos de miedo, ¿no?
—No tengo miedo —dije entre dientes.
Me envolvió una sensación de calidez, de ligereza. Mi
miedo y mi tensión habían desaparecido. De repente, la
habitación parecía menos oscura. Los perros, acurrucados
a los pies de Ravyn, formaban una estampa adorable.
Cuando levanté la mirada hacia los demás, me sentí feliz,
y mi ceño fruncido se transformó en una sonrisa que dejó
al descubierto las líneas de expresión de la cara.
«Querida —dijo el Tormento—, no puedes ponerle tan
fácil que te controle».
No podía evitarlo. Estaba feliz…, eufórica. Mis
carcajadas inundaron la estancia como un pan que se
elevara en un molde. Me sequé las lágrimas de los ojos y
me llevé una mano a la boca para intentar sofocar las
risitas que salían de mi interior. Miré a Ravyn, deseando
vislumbrar esa elusiva media sonrisa. Me contemplaba
desde las sombras, con la boca apretada. Saber que tenía
la vista fija en mí me hizo todavía más feliz. Me doblé por
la mitad con las manos en el estómago y liberé mi eterna
tensión por medio de la risa, sin una preocupación en el
mundo.
Mi alegría desapareció de repente, y fue sustituida por
la desesperanza y una necesidad repentina y violenta de
autolesionarme.
Me abofeteé a mí misma. Con fuerza.
El Tormento siseó, y su rabia se extendió por toda mi
mente. Levanté la mirada hacia Elm con los ojos muy
abiertos.
Sin embargo, la necesidad de hacerme daño siguió
aumentando, insaciable, y solo pude aplacarla volviendo
a abofetearme a mí misma. Solté un grito, con la mejilla
dolorida, y de pronto fui consciente de que no tenía
control sobre mis emociones, de que era incapaz de

137
detenerlas.
En la mesa, mi público se removió incómodo.
—Elm —le advirtió Morette Tejo.
—Debo asegurarme de que tengo control sobre ella
antes de empezar —declaró el príncipe, con su hermoso
rostro en calma—. De lo contrario, puede haber grietas en
mi poder de influencia.
Cuando me abofeteé por tercera vez, Ravyn se apartó
de la pared con tanta brusquedad que los perros se
levantaron de un salto, gruñendo.
—Suficiente —ordenó con un tono glacial.
—Vale, vale —dijo Elm, y me guiñó un ojo—. Lo siento.
Tenía que asegurarme de que todo está bien atado.
Sentía la mejilla medio dormida. Me ardía.
—¿No podíais ponerme a dar vueltas por la habitación?
—siseé entre dientes.
—Cualquiera puede hacer eso. No todos están
dispuestos a pegarse a sí mismos.
«Debería haber escogido el Cáliz. Al menos Jespyr no
es una cabrona furiosa».
«Cálmate —dijo el Tormento—. Déjale creer que tiene
el control».
«Es que lo tiene».
Elm volvió a apoyarse contra la repisa de la chimenea
y se inspeccionó las uñas, como si ya estuviera aburrido.
—Es toda tuya —le dijo a su tío.
Fenir Tejo cruzó las manos encima de la mesa.
—¿Por qué no empezáis hablándonos de vos, señorita
Bonetero?
Intenté ignorar el dolor de mi mejilla. El impulso de
autolesionarme había desaparecido. En su lugar, sentí un
imperioso deseo de decir la verdad. Entorné la mirada
hacia Elm, quien blandía la Guadaña que me empujaba a
responder.
—Nací hace veinte años en la casa Bonetero, en
Blunder —dije—, Pero solo viví allí hasta los nueve años.
—¿Fue entonces cuando contrajisteis la infección y os

138
marchasteis a la casa Espino?
Asentí.
—Vuestro padre era el capitán de los destreros —dijo
Fenir con el ceño fruncido—. ¿Por qué no informó de que
padecíais la fiebre?
Esperaba esa pregunta.
—Creyó que podría poner en riesgo a su segunda
esposa y a sus hijas, por eso me envió lejos. —Se me
endureció la voz—. Pero no deseaba verme morir.
Elm continuó limpiándose las uñas.
—¿Quién iba a decir que Erik Bonetero tiene corazón?
Fenir ignoró a su sobrino.
—¿Por qué os envió con los Espino?
—Mi madre y mi tía estaban muy unidas. —Hice una
pausa—. Aunque sospecho que lo que convenció a mi
padre fue que la casa Espino se encontraba en el bosque,
lejos de miradas indiscretas. A cambio, le ofreció dinero a
mi tío.
Jespyr se inclinó hacia delante. No pasé por alto la
sorpresa que había en su voz.
—¿Erik les pagó para que os acogieran?
Dicho en voz alta, parecía lamentable. Pero yo no era
de las que se compadecían.
—A quien pagó fue a mi tío —espeté—. Mi tía no se
dejó comprar.
—Cómo le gusta el dinero al viejo Tyrn —masculló Elm.
Fenir me observaba y sopesaba mis palabras, aún no
sabía con qué objetivo.
—Habéis vivido muchos años con los Espino. Debéis
estar al corriente de cómo se topó vuestro tío con su
carta del Tormento.
El estómago me dio un vuelco.
—No. Por entonces…, yo era una niña. Solo recuerdo
que, cuando volvió a casa con ella, tenía la espada
ensangrentada.
Fenir parpadeó.
—¿Una niña? ¿Desde cuándo tiene Tyrn la carta?

139
Hice una mueca.
—Desde hace once años.
Un grito ahogado colectivo inundó la estancia.
—Esa carta vale una fortuna —exclamó Jespyr—, ¿Por
qué diantres iba Tyrn Espino a aferrarse a ella durante
tanto tiempo?
—Esperaba conseguir la oferta adecuada —declaró
Morette Tejo, con su largo y oscuro cabello cayéndole
sobre un hombro—. Y, ahora que su hija está prometida
con Hauth, el linaje de Tyrn heredará el trono.
Se me revolvió el estómago. Tan frío…, tan calculador.
Y entonces me di cuenta de que, aunque había pasado la
mayor parte de mi vida en su casa, apenas conocía a mi
tío.
Con la voz grave y áspera como la grava, Ravyn habló
desde las sombras.
—Tengo unas cuantas preguntas.
Junto a la chimenea, Elm se irguió. Su gesto de
aburrimiento desapareció y su rostro dibujó una sonrisa
digna de un zorro. Sus ojos verdes se desplazaron entre el
capitán de los destreros y yo. Fuese lo que fuese lo que
esperara que sucediera, parecía que iba a hacerle pasar
un buen rato.
Ravyn salió de entre las sombras y se plantó delante
de mí, con los ojos fijos en mi rostro. Luché contra el
impulso de retorcerme en mi asiento.
—¿Confiáis en nosotros, señorita Bonetero? —me dijo.
La influencia de la Guadaña me abrumaba. Lo único
que quería era responder con absoluta sinceridad. Pero lo
que Ravyn Tejo y su primo ignoraban era que tenía mucha
práctica a la hora de luchar contra mi mente. Once años
de práctica.
Me agarré con más fuerza a la silla, con las manos
empapadas en sudor.
—Todavía no sé qué pensar —dije.
—¿Y en Ravyn? —inquirió Elm desde la chimenea—.
Parecéis confiar en él.

140
Miré al capitán de los destreros, que seguía teniendo
los ojos grises clavados en mí. Se hallaba de pie, con las
manos a la espalda y los pies separados, alineados con
los hombros. Tenía el aspecto de un soldado: estoico y
severo.
Sin embargo, Ravyn Tejo era más que un soldado. Era
la sombra en el sendero del bosque. Era el guardián de
las llaves y los secretos, invisible de no ser por las luces
moradas y burdeos que portaba. Un hombre de muchas
caras.
«Un traidor», sentenció el Tormento.
«Un bandido», respondí.
En cuanto nuestras miradas se encontraron y vi ese
destello gris, volví a pensar en el momento en el que
había estado apoyada contra la puerta del dormitorio de
Ravyn, con su cuerpo alzándose sobre el mío y uno de sus
dedos apoyado en mis labios.
Aparté la mirada. Rápido.
—¿Cómo voy a confiar en él? —le dije a Elm—.
Acabamos de conocernos.
La sonrisa del príncipe no tuvo nada de amable.
—¿Lo consideráis atractivo?
Estaba jugando conmigo, como un gato con su presa.
Me mordí la lengua, decidida a no responder, pero la
influencia de la Guadaña, el deseo de contestar, me
sobrepasaba.
Comenzó a dolerme la cabeza. El sudor me resbalaba
por la frente y el cuello. Cuando hablé, mi voz sonó
ahogada.
—Sí. —Y luego, por despecho, añadí—: Para ser un
destrero.
Elm soltó una carcajada. Ravyn le fulminó con la
mirada. Aun así, me percaté del modo en el que los labios
del capitán se curvaban hacia arriba; esa elusiva media
sonrisa de la que parecía que tirara un hilo invisible.
—Contadnos más sobre vuestra magia —intervino
Filick Sauce desde la mesa—. ¿Solo sirve para ver el color

141
de las cartas de la Providencia? ¿O poseéis otros dones?
«Ve con cuidado —me advirtió el Tormento—. ¿Sientes
la influencia de la Guadaña?».
Sí que la sentía. Jamás había sentido una necesidad
tan apremiante como la que me urgía a contarle al
Consejo todo lo que quería saber sobre mí. Me sentía
atrapada en el refugio en ruinas que era mi mente, como
si la Guadaña estuviera golpeando el pilar que soportaba
todo el peso y el techo de piedra de mi cabeza se
estuviese agrietando.
Cuando me vio vacilar, Ravyn enarcó una ceja.
—Disculpadme, señorita Bonetero, pero no tenéis
aspecto de ser alguien entrenado en combate. Tal vez un
poco de suerte fue suficiente para que derribarais a Elm
—me dijo, y dirigió la vista hacia su primo con una sonrisa
burlona—, pero a mí no. ¿Contáis con algún otro tipo de
magia?
Quería ser sincera. O más bien, Elm Serbal y su
Guadaña querían que lo fuese. Miré a los demás. Estaban
inclinados hacia delante en sus sillas, con los ojos
clavados en mí, aguardando mi respuesta. Tenía las
palmas mojadas con un sudor frío. Si decía algo que no
debía, se percatarían de que no era mi magia lo que
necesitaban…, sino al monstruo de mi cabeza.
«Ayúdame», supliqué hacia el vacío.
El Tormento reptó por nuestra oscuridad compartida,
agitándose contra la corriente de la influencia de Elm.
«Será más fácil conmigo aquí, querida. Al fin y al cabo, la
Guadaña no tiene efecto sobre mí».
Parpadeé. «¿Cómo? ¿Y por qué no lo has dicho
antes?».
«No me lo has preguntado».
Magia. La sentí como agua salada en la nariz. El
Tormento se retorció y aflojó la cuerda que Elm Serbal me
había atado alrededor de la mente. La magia de la
Guadaña menguó, y el deseo de ser sincera, maleable y
obediente comenzó a desaparecer. Se lo llevaba consigo

142
una oleada de sal.
Solté un grito ahogado, como si estuviera cogiendo
aire, y mi mente se relajó. Los últimos resquicios del
control de la Guadaña se desvanecieron, como ondas
sobre aguas tranquilas. Cuando hablé, mi voz sonó férrea.
—No —le contesté a Ravyn—. No poseo ningún otro
tipo de magia. Solo puedo ver las cartas de la
Providencia.
El capitán entornó los ojos y ladeó la cabeza. Le
sostuve la mirada y me obligué a mantenerme impasible.
Si sospechaba que había burlado el control de la
Guadaña, no lo dijo. Aun así, me percaté del atisbo de
duda que apareció en sus ojos.
—¿Quién os entrenó para el combate? —inquirió.
—Nadie —respondí—. Yo misma aprendí a sobrevivir.
—¿Y jamás le habéis hablado a nadie sobre vuestra
magia?
Levanté la vista.
—Como ya os he dicho, capitán, nadie más lo sabe. Ni
mi padre, ni mi madrastra, ni mis medio hermanas, ni mi
tío, ni mi tía, ni mis primos. —Miré a los demás, irritada—.
He evitado ir a la ciudad, he evitado a los destreros y a
los galenos. He permanecido en el bosque, lugar que,
hasta hace poco… —le lancé una mirada fría a Ravyn—
era el sitio más seguro para mí. —Me crucé de brazos—.
Hasta hoy, mi vida se ha basado en la cautela, no en la
magia y el riesgo.
Un pesado silencio cayó sobre la estancia. Morette lo
rompió con su voz austera:
—Entonces, procedamos. —Abrió las manos hacia la
mesa—, ¿Alguien tiene algo más que preguntarle a la
señorita Bonetero?
Nadie dijo nada.
Tras una pausa, la mirada de Morette volvió a mí. Su
tono era más grave de lo que esperaba, tanto que casi
podía oír el frío de su voz, esa absoluta determinación.
—¿Juráis que lo que os contemos no saldrá de esta

143
habitación, Elspeth Bonetero? —dijo—. ¿Nos dais vuestra
palabra?
Busqué en la oscuridad, pero el Tormento no se
pronunció. Él, al igual que el resto, estaba esperando mi
respuesta.
La Guadaña ya no me controlaba. Era libre de mentir.
Pero no lo hice.
—Sí —respondí—. Lo juro.
Ravyn se me acercó y se agachó junto a mi silla. Apoyó
los brazos sobre su rodilla flexionada.
Si no hubiera estado vestido de negro por completo,
igual de severo que un cuervo, tal vez me hubiera
parecido un caballero arrodillándose ante una doncella,
directamente salido de las páginas de un libro.
—Necesitamos que nos ayudéis a reunir la baraja de
cartas de la Providencia, señorita Bonetero —me dijo.
De repente, me sentí como la niña que se sentaba
junto a Ione mientras mi tía nos leía El viejo libro de los
Alisos. El ritmo sedoso del antiguo texto me embargó. El
poema que aparecía en la última página y la voz de mi
madre, inundaron mi alma.
¿Qué era lo que me había dicho entonces?
«Las cartas. La neblina. La sangre. Entrelazadas se
hallan en un delicado equilibrio, como la tela de una
araña. Reúne las doce cartas de la Providencia con sangre
negra y salada, y la infección sanarás. Así Blunder libre de
la neblina quedará».
Contemplé los rostros que tenía a mi alrededor.
—El rey Serbal y todos los que lo han precedido han
querido reunir la baraja. —Me agarré al borde de la silla
con tanta fuerza que me dolieron los nudillos—. Pero
vosotros no estáis trabajando para el rey Serbal. De lo
contrario, ya le habríais entregado la carta del Tormento.
Estáis reuniendo la baraja por vuestra cuenta… —Mis ojos
volaron hacia la mesa—, ¿Habrá una rebelión? ¿Vais a
derrocar al rey?
La voz de Fenir fue cortante.

144
—Nada parecido. Una rebelión destruiría Blunder.
«Entonces, ¿por qué no colaboran con el rey para
reunir la baraja? —me dijo el Tormento, que reptaba por
mi mente—. Están ocultando algo».
Aguardé, y la estancia se quedó tan silenciosa que
parecía una tumba.
—Con la baraja de cartas —prosiguió Fenir—, el rey
acabará con la neblina y recuperará Blunder de las garras
del Ánima del Bosque. —Tomó la mano de su esposa con
el rostro desencajado—. Y será capaz de curar la
infección.
Esperé, con la respiración acelerada.
—Pero, tal y como nos recuerda El viejo libro de los
Alisos —intervino Elm desde la chimenea, aún haciendo
girar la Guadaña—, todo tiene un precio. Ahora que mi
padre se ha hecho con el Tormento, solo necesita dos
cosas para completar la baraja: la carta perdida de los
Alisos Gemelos y sangre. Sangre contagiada. —Miró hacia
las llamas, con los hombros tensos—. Y va a matar a
Emory para conseguirla.
El extraño joven…, con su naturaleza errática y
caprichosa. Lo que significaba que Emory Tejo no vivía en
el castillo como muestra de la hospitalidad del rey.
Era un prisionero.
E iban a cometer traición para salvarlo.
Hasta el Tormento se quedó mudo de asombro.
Aparté la mirada, avergonzada de los pensamientos
crueles que había tenido sobre Emory. El chico estaba
enfermo, aturdido por la magia. Y su tío iba a sacrificarlo
por ello.
Fácilmente podría haberme pasado a mí.
—Hay más —dijo Fenir, rompiendo el lúgubre silencio
—, pero no hablaremos de ello aquí. Es tarde, y seguimos
entre los muros del rey. Si accedéis a ayudarnos, os
llevaremos al castillo Tejo.
Esta vez fue Jespyr quien habló. Su voz sonaba áspera,
cálida, como el fuego crepitante.

145
—Solo nos faltan el Pozo, la Puerta de Hierro y los
Alisos Gemelos —declaró—. Después de eso, tendremos
nuestra baraja completa. —Entrelazó los dedos—. Hallar
los Alisos Gemelos no será fácil. Pero, con vuestra
habilidad para ver las cartas, contamos con una ventaja
de la que carece el rey. Ayudadnos, Elspeth, y podremos
curar a Emory de su infección. —Sus ojos castaños me
escudriñaron el rostro—. Ayudadnos, y podremos curaros
a vos.
Su plegaria me conmovió. Miré hacia Ravyn para
hablar, para discutir…, no estaba segura. Pero no
encontraba las palabras. De repente, me pareció muy
joven, allí arrodillado. Solo entonces recordé que, a pesar
de su rango, el capitán de los destreros no era mucho
mayor que yo.
Aun así, tenía mis reticencias a la hora de unirme a él.
No se había convertido en capitán de los hombres más
peligrosos de Blunder por su cara bonita.
—¿Y qué sangre infectada usaréis para unificar la
baraja si no es la de Emory? —pregunté mientras me
retorcía las manos en la falda.
—La de alguien cercano al rey —me dijo Ravyn, con los
hombros tensos—. Alguien que ha hecho mucho daño.
Mantuve el gesto impasible y acudí a mi mente.
«Si unen la baraja, ¿de verdad podrán curarme?».
«¿Quién dice que necesites una cura?».
«¡Hablo en serio!».
Su risa retumbó en la oscuridad cavernosa. «Sé lo que
sé. Mis secretos profundos son. Pero mucho tiempo los he
guardado y así seguirán con tesón».
Cerré los ojos y suspiré. Del mismo modo que no podía
concebir Blunder sin la neblina, tampoco podía imaginar
encontrar los Alisos Gemelos, una carta que llevaba
perdida desde hacía siglos. Y, lo que era peor, se me
retorcía el estómago al pensar en sacrificar a alguien, se
lo mereciera o no, y derramar su sangre contagiada para
unificar la baraja de cartas. Tal vez ese fuese el motivo de

146
que la última página de El viejo libro de los Alisos siempre
me recordara a un cuento de hadas, oscuro y extraño.
Imposible.
Sentí todas las miradas puestas en mí. Sus hombros
rígidos, el aire que compartíamos…, todo estaba en
tensión y, sin embargo, también había esperanza.
Estaban desesperados por que les brindase mi ayuda, mi
magia.
Me froté los brazos, consciente de lo que aguardaba
bajo mis mangas. Lo había sentido en mis venas desde el
momento en el que le había pedido ayuda al Tormento, el
momento en el que me había librado de la influencia de la
Guadaña.
Siempre estaba allí, igual que la criatura en mi mente,
a la espera.
Negrura. Oscura como la tinta. Magia.
Una magia lo bastante poderosa como para encontrar
una carta que llevaba quinientos años perdida.
—Lo haré —dije, con el corazón desbocado dentro del
pecho—. A cambio de la cura, os ayudaré a encontrar los
Alisos Gemelos.

147
CAPÍTULO 12

E speré en el exterior del sótano, sobre los escalones


de piedra, con la cabeza entre las manos. Solo
había pasado una hora desde que me había reunido con
el Consejo, pero me había parecido toda una vida. Por

148
encima de mí, oí cómo las campanas daban las once. El
banquete había terminado y los invitados se habían
trasladado fuera para los bailes y el vino.
Dentro del sótano, debatían mi destino.
Giré mi amuleto entre los dedos.
Detrás de la puerta, podía distinguir la voz de lady Tejo
del resto. Alguien tosió. Me froté los ojos. «¿Por qué no me
lo contaste?».
«¿Contarte el qué?».
«Que la Guadaña no tiene efecto sobre ti».
Un desagradable sonido chirriante reverberó en mi
cabeza. El Tormento se hurgaba los dientes. «Ninguna de
ellas funciona conmigo, querida».
Solté un grito ahogado. «¿Y se te olvidó
mencionármelo? ¿Durante once años?».
«Sí que lo he mencionado, mi despistada compañera.
—Arrastró las uñas contra los dientes—, Pero no puedes
hacerme responsable de tu escasa comprensión».
Me hubiera gustado alargar una mano hacia la
oscuridad y abofetearle ese rostro monstruoso. «Tú sí que
sabes hacer que una chica se sienta especial».
Rompió a reír. «Pronto lo entenderás todo. La verdad
siempre sale a la luz».
Si no hubiera estado tan agotada, tal vez se lo habría
discutido, le habría insistido, deseosa de conocer los
secretos que se guardaba como un dragón avaricioso.
Aún había muchas cosas que no sabía de él.
Sin embargo, la criatura había escogido bien su
momento, y había dejado una miga de pan en la cima de
una montaña. Si quería saber más, tendría que
esforzarme.
Y estaba demasiado cansada para eso.
Las risas procedentes del Equinoccio bajaban por las
escaleras. Bostecé, y los párpados comenzaron a
cerrárseme mientras miraba la puerta del sótano con el
ceño fruncido. «¿Por qué tardan tanto?».
La cola del Tormento silbó al agitarse en el aire.

149
«Averigualo».
«¿Y cómo voy a hacer eso?».
«A la antigua usanza».
«¿Y eso qué significa?».
«Que pegues la maldita oreja a la puerta».
La madera era gruesa y era difícil distinguir las voces.
Me acerqué hasta la puerta y recé porque los perros al
otro lado no me delataran. Contuve el aliento y apoyé la
oreja, pegándola contra el hueco que quedaba entre la
madera y el marco de piedra.
—Los Espino necesitarán una razón para dejarla acudir
al castillo Tejo —dijo alguien—. Y Erik también.
—No me fío de ella —declaró otra voz. Elm—. Sus
gestos son demasiado calculados y sus palabras, muy
cautelosas.
—Pues claro —dijo Jespyr—. Si no, no habría podido
evitar a los destreros y a los galenos durante tanto
tiempo.
—Su destino es estar aquí —añadió otra voz. Filick—.
Morette lo ha visto. Elspeth va a ayudarnos a encontrar la
baraja. ¿Qué más hay que discutir al respecto?
—La tía Morette no vio más que una sombra en el
sendero del bosque —replicó Elm—. Discúlpame, tía, no
dudo de ti ni de tu carta del Profeta. Pero tu descripción
era imprecisa. Ravyn y yo podríamos habernos topado
con cualquier otra persona esa noche.
El que habló a continuación fue Fenir:
—Y, sin embargo, os encontrasteis con una mujer con
la habilidad de ver las cartas cuando solo nos quedan tres
por encontrar.
—El Profeta me mostró una figura encapuchada con
una sombra. —La voz de Morette Tejo se impuso por
encima de las demás, dura y decidida—. Incluso cuando
la luz se desvaneció, la sombra permaneció allí. La figura
caminaba hacia el bosque, y la seguían las cartas de la
Providencia, una por una, acompañadas de una
decimotercera que nunca había visto antes. Detrás de la

150
figura vi a mi Emory, vivo y sano. Eso fue lo que vi. Por
eso os pedí que vigilarais el sendero del bosque.
Todos guardaron silencio durante unos minutos. El
corazón me latía desbocado en el pecho, y una pequeña
pieza del puzle comenzó a colocarse para formar una
imagen que todavía no llegaba a comprender.
Habían estado esperándome en el sendero del bosque,
Ravyn y Elm, aunque aún no lo sabían. Y yo… formaba
parte de una profecía de tal magnitud que me había
conducido hasta los Tejo, una de las familias más antiguas
de Blunder… y me había hecho caer de lleno en un
complot.
Me mordí el labio y apreté la oreja contra la puerta,
deseosa de oír más.
Fenir rompió el silencio.
—Solo podemos seguir adelante —dijo—. Llevaremos a
Elspeth a nuestro hogar y aprenderemos más sobre su
magia. Cuando vayamos a buscar las cartas, ella nos
acompañará.
Alguien resopló. Elm.
—No tenemos tiempo para jugar a ser los guardianes
de una chica asustadiza.
—¿Asustadiza? —Jespyr soltó una carcajada—. Eso no
fue lo que dijiste cuando volviste cojeando del sendero
del bosque.
La voz de Ravyn se impuso en la estancia.
—Es cualquier cosa menos asustadiza. Seríamos unos
idiotas si la subestimáramos.
—La casa Bonetero queda cerca —declaró Filick—. ¿Por
qué no dejamos que se hospede con su propia familia?
—No —se apresuró a decir el capitán de los destreros.
—Si va a estar al tanto de nuestros planes, debemos
tenerla cerca —dijo Fenir—. No podemos permitir que los
Bonetero o cualquier otra persona se entrometa en
nuestros asuntos.
—Lo que me lleva de nuevo a preguntar: ¿qué vamos a
decirle a su familia? Necesitarán un motivo para dejarla

151
con nosotros.
A aquello le siguió un silencio tenso. Me costaba
controlar la respiración. Y me costaba aún más
mantenerme fuera de la habitación como si fuese una
niña mala mientras ellos debatían sobre mi futuro.
—Tengo una idea —declaró Jespyr, hablando despacio
y en un tono amable, como si estuviera intentando calmar
a un animal rabioso—. Pero no te va a gustar.
—Porque todo lo que ha pasado hasta ahora me ha
parecido muy agradable.
—No me refería a ti, Elm —aclaró Jespyr—, sino a
Ravyn.
Me pegué todavía más contra el hueco de la puerta,
tanto que me comenzó a doler la cabeza.
La voz del capitán fue como un gruñido.
—¿De qué se trata, Jes?
—Intenta no negarte de primeras.
—Jespyr.
La joven hizo una pausa.
—¿Y si le decimos a Erik Bonetero y a los Espino que
hemos invitado a Elspeth a alojarse en el castillo Tejo…
para que tú la cortejes?
Se me cortó la respiración y, de repente, mi cansancio
desapareció. Me sentía despierta, con el pulso acelerado y
un rubor inoportuno ascendiéndome por el cuello y la
cara.
Detrás de la puerta, Elm soltó una carcajada.
Pero, por su tono, no parecía que a Ravyn le hiciera
ninguna gracia.
—No. Ni hablar.
—¡Es una buena idea! Ya os han visto juntos hoy…
Nadie sospechará el verdadero motivo por el que le
hemos pedido que se aloje con nosotros en el castillo Tejo.
—Ante el silencio mordaz que siguió, Jespyr soltó un
suspiro—. No tienes que seducirla de verdad, solo dar la
impresión de que lo estás haciendo. No sé, dedicarle
alguna sonrisa de vez en cuando. Recuerdas cómo se

152
hace eso, ¿no?
Todos comenzaron a hablar al mismo tiempo; sus
voces se convirtieron en un zumbido caótico.
—No hace falta que demos muchas más explicaciones
—añadió Fenir—. Correrán rumores, claro. Ravyn no se ha
tomado la molestia de cortejar a nadie antes.
—Por los árboles —masculló el aludido. Su voz
destilaba enfado.
Sin embargo, el tono de Morette era de entusiasmo.
—Tal vez podría funcionar. Si alguien pregunta, le diré
que he invitado a la señorita Bonetero en nombre de
Ravyn —declaró. Su tono se transformó en una
reprimenda—, Y él no tiene que cortejar realmente a
nadie, si tanto le desagrada todo el asunto.
—Supongo que no tengo voz ni voto en todo esto —dijo
Ravyn, tras lo cual soltó un suspiro exagerado.
—No —comentó Jespyr, que parecía contentísima—. En
absoluto.
Fenir carraspeó.
—¿Y a qué ibas a oponerte exactamente, Ravyn? Es
una joven lista y arrebatadora.
Comencé a preguntarme lo mismo. La negativa
rotunda del capitán no ya a cortejarme, sino a fingir que
lo hacía…, me hizo sentir como si me hubieran picado un
montón de avispas: herida y muy cabreada.
—No os equivoquéis, claro que es guapa. Es solo que…
—Ravyn guardó silencio. Después, sus palabras sonaron
amargas—: Si esa artimaña funciona… —soltó un suspiro
—, estoy dispuesto a intentarlo. Aunque dudo que sea
capaz de interpretar el papel de galán de un modo
convincente.
Expulsé aire caliente por la nariz.
—No tenéis que hacerme ningún favor —dije en voz
alta. Como si yo fuera a mostrar interés por alguien como
él. Ya tenía bastantes problemas como para añadir a mi
lista la tarea de sacarle una sonrisa a Ravyn Tejo.
En algún lugar de la oscuridad, resonó un ronroneo

153
retorcido. «¿Cómo dice el viejo refrán? Algo sobre las
jóvenes que protestan demasiado…».
Lo mandé callar. Pero justo cuando estaba
convenciéndome a mí misma de que jugar al cortejo con
Ravyn era lo último que quería hacer, al otro lado de la
puerta llegaron a la conclusión contraria.
—Pues está decidido —dijo Morette con firmeza—. Se
alojará en el castillo Tejo con el pretexto de un cortejo
concertado con Ravyn. Se lo preguntaré esta noche a su
padre y a los Espino. No le negarán una estancia
prolongada con nosotros si les aseguro que yo estaré allí
de carabina.
Se oyó un susurro de conformidad.
—Deberíamos llevarla allí esta misma noche.
La risita de Elm fue fácilmente identificable.
—¿No deberían ver al capitán en la celebración con su
nueva conquista?
Fui incapaz de oír la respuesta de Ravyn, pero sin duda
sonó amenazante.
—Tomémonos una hora para dejarnos ver en el
Equinoccio —dijo Fenir—. Luego volveremos al castillo
Tejo. —Se produjo una pausa—, ¿Te importaría ponerla al
corriente, Ravyn?
Hubo ruido de pasos.
—¡Y no olvides sonreír! —le dijo Jespyr justo cuando
giró el picaporte.
Me aparté de golpe de la puerta y estuve a punto de
perder el equilibrio. Caí hacia atrás con un golpe sordo.
Cuando Ravyn Tejo salió del sótano, levanté la vista desde
el suelo con las mejillas ruborizadas, innegablemente
culpable.
El capitán enarcó una ceja y me fulminó con la mirada.
—¿Acaso vuestra tía no os ha enseñado a no escuchar
detrás de las puertas, señorita Bonetero?
Me levanté y adopté una postura desafiante mientras
me sacudía la parte trasera del vestido.
—No estaba escuchando.

154
El Tormento rompió a reír. «Vamos a tener que mejorar
tus mentiras».
Ravyn cerró la puerta detrás de él.
—¿Cuánto habéis oído?
Me desplacé hasta el escalón que quedaba por encima
de él, por lo que acabamos casi cara a cara. Casi.
—Lo suficiente.
Me miró sobre su nariz.
—¿Y estáis conforme con el plan?
Volví a sentir esa punzada en el pecho. Entorné la
mirada.
—Si esa artimaña funciona, estoy dispuesta a
intentarlo.
No pareció gustarle que usara sus propias palabras
contra él. Me devolvió la mirada, escudriñándome el
rostro con esos severos ojos grises. Los posó durante un
momento sobre mi boca antes de apartarlos.
—¿Y qué pasa con Laburno?
—¿Qué pasa con él?
Ravyn ladeó la cabeza.
—Está enamorado de vos.
Me encogí y sacudí las manos, como para deshacerme
de lo que había dicho.
—No somos nada. Un… —me costó pronunciar la
palabra— un cortejo sería en vano. No le he hecho
ninguna promesa.
Ravyn se limitó a contemplarme. Se agachó hasta casi
sentarse y se frotó los ojos. Por un momento pareció
agotado, completamente exhausto. Fue la primera vez
que consideré que alguien podía haber tenido un día tan
duro como el mío.
Con los ojos rojos de habérselos frotado, Ravyn levantó
la mirada hacia mí.
—Doy por sentado que estar bajo la influencia de la
Guadaña no es una sensación placentera. ¿Os encontráis
bien?
Golpeé el escalón de piedra con el pie.

155
—Vuestro primo es un verdadero…
—Capullo. Lo sé. Pero era la Guadaña o el Cáliz, ya que
el Tormento quedaba descartado.
Me percaté de la pulla que había en su voz. Apreté los
labios mientras el capitán de los destreros me observaba.
Como no le ofrecí ninguna explicación, prosiguió:
—Encontrar las cartas será peligroso, señorita
Bonetero. Sois consciente de ello.
Intenté encogerme de hombros, pero no había manera
de ocultar la aprensión que me atenazaba el estómago.
—Por suerte, llevamos un tiempo actuando al margen
de la ley. Sabemos cómo manteneros a salvo.
—¿Y si me descubren? ¿Y si vuestro tío se entera de
que estoy infectada?
Se puso en pie.
—Entonces, volveréis a estar en la misma situación en
la que os encontré esta mañana. La diferencia es que
ahora habéis ganado unos aliados notables.
Contemplé al sobrino del rey, buscando en él algo que
no logré encontrar.
Miedo, aprensión, cualquier cosa que se asemejara a
mi propia inquietud. No obstante, Ravyn Tejo estaba
inmóvil, sereno como el cristal, indiferente al horrible
riesgo que acababa de imponerme.
Me tembló la voz.
—¿Y si quisiera marcharme?
Me sostuvo la mirada.
—No sois prisionera.
«Existen muchas formas de retener a alguien», dijo el
Tormento.
Intenté ignorarlo.
—¿Soy libre para volver a casa de mi tía si así lo
deseo?
—Por supuesto —me dijo—. Aunque creía que queríais
encontrar una cura.
—Sí que quiero.
—Entonces, ayudadnos. Ayudadnos para que nosotros

156
podamos ayudaros a vos.
Acudí a la oscuridad de mi mente y aferré el vello
áspero que recorría la columna vertebral del Tormento.
«No saldré de esta ilesa sin tu ayuda».
La criatura se retorció y levantó las orejas. «¿Vas a
darme carta blanca?».
Apreté los dientes. «Te pido que me mantengas con
vida, Tormento. Aunque solo sea el tiempo suficiente para
al fin poder deshacerme de ti».
Su risa transitó mi mente, como un fantasma
recorriendo un pasillo, cerca y lejos al mismo tiempo.
Levanté la mirada hacia Ravyn. Durante once años, la
infección había sido como tener una correa alrededor del
cuello. Por culpa de esa correa me había acobardado, y la
esperanza de que existiera una cura jamás se me había
pasado por la cabeza.
Sin embargo, al mirar los ojos grises del capitán, un
hombre que, por ley, debería haberme llevado a rastras a
las mazmorras, sentía que el yugo empezaba a aflojarse.
Me había abierto una puerta. Había tomado una llave de
su cinturón y había desbloqueado una parte de Blunder
en la que yo no me había permitido creer. Volvía a ser una
niña que buscaba cobijo en El viejo libro de los Alisos.
Existía la magia en el mundo. Una magia terrible y
maravillosa. Una magia perfecta para deshacer otra
magia. Una cura para la infección.
Y un modo de sacar al Tormento de mi cabeza.
—¿Cuándo empezamos? —le pregunté.
El capitán de los destreros dio un paso adelante. Nos
quedamos frente a frente, y su sombra me cubrió por
completo.
—Diría que ya lo hemos hecho.
A continuación, subió los escalones de dos en dos. Las
cartas en su bolsillo proyectaban una luz inquietante
sobre las oscuras paredes de piedra. Cuando se percató
de que no lo seguía, se dio la vuelta y me dijo:
—Una hora, señorita Bonetero. Solo para que nos vean

157
juntos. Después de eso, nos libraremos de este miserable
castillo.

La fiesta y los bailes habían pasado a los jardines. El


clamor de un montón de familias reverberaba por los
terrenos del castillo, rodeado por la neblina que se
extendía justo al otro lado de los setos.
Atravesé con Ravyn el gran comedor, hasta que
estuvimos de nuevo en la escalera principal.
—La celebración es por ahí —comenté, y señalé la
amplia puerta dorada que conducía a los jardines.
—Quiero que veáis por qué hemos tomado este
camino, señorita Bonetero —me respondió—. Por qué lo
hemos arriesgado todo para conseguir las últimas tres
cartas. —Volvió la cabeza para mirarme—. Emory —dijo—.
Vamos a ver a Emory.
El miedo se entremezcló con la curiosidad en mi
estómago. Resultaba demasiado oscuro y cruel que el rey
fuera a sacrificar a su propio sobrino, incluso si lo que
buscaba era cambiar Blunder para siempre y para mejor.
«El reinado de un rey es una pesada carga —susurró el
Tormento en un tono inusualmente solemne—. Las
consecuencias de las decisiones de gran envergadura
perduran durante siglos. Aun así, esas decisiones deben
tomarse».
—¿Por qué Emory? —inquirí—. Sé que la infección es
inusual, pero seguro que hay alguien más que…
—Debe derramarse sangre —dijo Ravyn con la voz
distante—. ¿Acaso puede haber una elección fácil?
Ya nos encontrábamos una planta por encima de la de
las dependencias que compartía con mi padre, mi
madrastra y mis medio hermanas. Los escalones eran tan
altos que me dolían las rodillas. Stone parecía ser una

158
escalera infinita. Me levanté el vestido e intenté no
jadear. Lo que fuera con tal de evitar que Ravyn Tejo
volviera a escudriñarme desde detrás de esa nariz
estilizada.
Cuando llegamos a la cuarta planta, apoyé la mano en
la barandilla mientras fingía admirar el tapiz del Huevo de
Oro y cogía aire.
Si Ravyn se percató de que estaba sin aliento, tuvo la
decencia de no mencionarlo.
—Esta es el ala real —dijo—. Emory vive cómodamente
aquí. Tanto como es posible. —Como yo no dije nada, bajó
la voz—. Se está muriendo.
Dirigí la mirada hacia su rostro y se me olvidó respirar.
Ravyn prosiguió.
—Por eso el rey se ha decantado por la sangre de
Emory para unir la baraja. Cree que está salvando a mi
hermano de una degeneración larga y dolorosa. Le ofrece
una muerte piadosa. —Hundió las botas en la alfombra
que teníamos ahora bajo nuestros pies—. Mi tío podría
haberlo enviado con los galenos, podría haberlo matado
en cuanto descubrió lo de su infección. Pero no lo hizo.
Infringió las normas. Lo dejó vivir. —Se pasó una mano
por la frente—. Y yo se lo he pagado con mentiras.
Sentí la repentina necesidad de alargar una mano y
tocarle el brazo. Pero me parecía un gesto demasiado
íntimo.
—No tendríais que haber mentido si el rey hubiera
retirado a sus galenos y hubiera dejado que la gente
como Emory y yo pudiéramos vivir nuestras vidas —le
dije.
—He intentado solucionarlo de cientos de formas
distintas. Pero el rey no admite discusión. Emory no ha
sido discreto con su magia… Mucha gente adivinó lo de
su infección. —Apretó los dientes—. Mi tío le debe lealtad
a su linaje Serbal. Todos los contagiados de magia deben
morir. —Ravyn se pasó una mano por el rostro—. Así que
no tenemos otra opción. Si queremos salvar a Emory,

159
debemos reunir la baraja nosotros mismos. Antes del
solsticio de invierno.
—¿Por qué el solsticio?
—La magia de Emory se potencia con el cambio de
estación. Y El viejo libro de los Alisos indica que las cartas
deben reunirse en el momento más oscuro del año. —
Respiró hondo—. Puede que Emory no sobreviva a otro
año. Tal vez sea un mentiroso y un traidor —siguió—, pero
al menos puedo decir que no hay nada que no haría para
salvar a mi hermano.
Atravesamos un pasillo muy iluminado. La alfombra
que pisábamos era de lana gruesa, de un rojo carmesí con
hermosos bordados.
Había un guardia bajo cada una de las dos antorchas
que flanqueaban la puerta alta y estrecha. Iban armados
con espadas y una cuerda larga y siniestra. Al ver a
Ravyn, se retiraron a las sombras.
El capitán los ignoró y abrió la puerta. Por el chirrido
que produjo, supe que estaba fortificada. Entré detrás de
Ravyn, examinando el entorno con los ojos bien abiertos.
El fuerte viento que entraba por la ventana había
apagado las velas de la habitación. Ravyn cerró bien las
persianas y yo choqué con una antigua mesa de roble en
el centro de la estancia, boquiabierta.
La chimenea estaba encendida. Me llegó el olor a vino
y al moho de los cientos de libros en las estanterías de
caoba. Al otro lado de la mesa, junto a la pared más
alejada, se hallaba una gran cama cubierta de mantas y
más libros.
Sin embargo, a pesar de la calidez y del elegante
mobiliario, la habitación seguía… inerte. Vacía.
Emory Tejo, el prisionero del rey, no estaba allí.

160
CAPÍTULO 13

C orrimos por el pasillo y descendimos por las


escaleras de caracol hasta llegar a la puerta que
daba a los jardines. Ravyn le dio un toque a su carta del
Tormento y apretó la mandíbula.

161
—Mis padres y mi hermana van a registrar el castillo —
dijo deteniéndose en seco ante la puerta y el bullicio que
había al otro lado, en el exterior—. Podéis quedaros aquí a
esperarlos si queréis.
Me esforcé en recuperar el aliento.
—¿Qué sucederá si no logramos encontrarlo?
—Lo haremos —afirmó Ravyn—. Cuando Emory está lo
bastante lúcido como para engañar a los guardias, se
limita a deambular por ahí. Pero preferiría que fuera mi
familia la que diera con él, y no un galeno o un destrero.
Eché un vistazo hacia los jardines, donde se
congregaba mucha gente.
—Necesitaréis otro par de ojos ahí fuera —dije—. Os
acompañaré.
La música se colaba por las puertas abiertas. Los
invitados del rey eran ruidosos. El velo del decoro
comenzaba a desaparecer, y las risas retumbaban contra
las paredes de piedra del castillo. Los criados rellenaban
las copas de vino con presteza. Comenzó un baile, y la luz
de las antorchas proyectó un suave resplandor por el
jardín mientras las parejas se movían en vaivén bajo el
aire húmedo de la noche.
Sin embargo, antes de que Ravyn y yo pudiéramos
unirnos a la multitud, justo cuando las campanas
marcaron el inicio de la medianoche, una voz atronadora
atravesó el cavernoso vestíbulo a nuestra espalda,
llamándonos.
Cuando me di la vuelta, la luz del vestíbulo parecía
haberse atenuado. Tres destreros armados con Caballos
Negros marchaban en nuestra dirección. Delante de ellos,
bañado por la luz roja de su Guadaña, corpulento y fiero,
se encontraba su alteza real, gobernante de Blunder,
custodio de las leyes y protector de las cartas de la
Providencia.
El rey Quercus Serbal.
Ravyn se guardó su carta del Tormento en el bolsillo.
—Tío —dijo con frialdad.

162
—¿Disfrutando del banquete? —le preguntó el rey, que
se detuvo frente a nosotros.
—Bastante.
—Pareces sin aliento. —Como sus hijos, el rey hacía
gala de unos ojos verdes e inteligentes—. ¿Sucede algo?
—Nada, majestad —le dijo Ravyn con el rostro
impasible, como si lo tuviera tallado en piedra—.
Acompañaba a la señorita Bonetero a los jardines.
Cuando el rey desvió la mirada hacia mí, sentí el latir
de mi corazón en los oídos.
—Señorita Bonetero —me dijo—. Por supuesto. La hija
de Erik. No os había visto antes en la corte.
Tuve que esforzarme al máximo para sonreír.
Espoleado por mi miedo, el Tormento se removió y sacó
las garras. Di un paso adelante e hice una reverencia con
las rodillas temblorosas.
—No suelo abandonar la comodidad de mi hogar,
majestad.
Podía sentir la mirada del rey sobre mi rostro.
—Una lástima —declaró, y volvió a mirar a Ravyn—,
Parece que habéis causado verdadera sensación.
El capitán permaneció quieto como una estatua, con la
mandíbula apretada.
—Espero volver a veros pronto, señorita Bonetero —
dijo el rey. Le lanzó a Ravyn una mirada penetrante. Un
instante después, el capitán y yo nos vimos envueltos en
una pesada nube de oscuridad mientras el rey y sus
destreros desaparecían por el jardín.
Los observé alejarse, sin mirar a Ravyn a los ojos.
—Deberíamos encontrar a vuestro hermano antes de
que el rey se entere de que se ha escapado de su
habitación.
Volví a sentirla, esa vacilación de Ravyn Tejo, esa
incomodidad porque el rey nos había visto juntos. ¿Sería
la mentira lo que le molestaba, el hecho de tener que
fingir que me cortejaba?
¿O sería a mí a quien no soportaba?

163
Embriagados por el vino del rey y mareados a causa del
baile, los invitados se movían sin orden ni concierto por el
sendero del jardín. Ravyn masculló entre dientes mientras
nos abríamos camino a duras penas entre la multitud.
—Joder, cómo odio el Equinoccio.
La gente chocaba con nosotros. Vislumbré dos Águilas
Blancas, las cartas de la valentía. Parpadeaban como la
nieve en el viento, blancas e inmaculadas, en la parte
menos concurrida de los jardines, cerca de la arboleda de
serbales.
Entre las luces blancas se hallaba un chico de cabello
oscuro que iba de un lado para otro con movimientos
erráticos, como si todo el mundo a su alrededor le diera
igual.
Emory.
—¡Ahí! —dije mientras lo señalaba—. Lo veo.
Ravyn se abrió paso a empellones como un borrón
oscuro, dejándome atrás. Intenté seguirlo con la mirada,
pero un grupo de hombres borrachos me empujaron y me
sacaron del camino.
Uno de ellos rompió a reír y me dio un golpecito en la
cabeza como si fuera un animal. Cuando le aparté la
mano, la multitud se arremolinó a nuestro alrededor. Los
hombres volvieron a empujarme, esta vez con la fuerza
suficiente como para tirarme al suelo.
Me caí sobre el camino. Golpeé el suelo con tanta
fuerza que me quedé sin aire en los pulmones. Un
momento después, alguien me tendió una mano y me
sujetó por debajo del hombro. Fui a zafarme de él, pero
me quedé inmóvil al reconocer al hombre que me había
ayudado a levantarme.
Elm Serbal me miraba desde arriba con esos ojos de
un verde intenso. Cuando estuve de pie, me envolvió con

164
un brazo para protegerme de la multitud.
—¿Todo bien, Bonetero?
—Largaos —le dije. Recordaba tan bien lo que había
sentido al abofetearme a mí misma que aún me dolía la
mejilla.
—Creo que lo que queréis decir es «gracias» —
comentó el príncipe mientras me sacaba del tumulto y me
llevaba hacia el sendero.
—Soltadme. —Me retorcí, con el Tormento siseando
detrás de mis pestañas.
—¿Y dejar que os pisoteen? —dijo Elm—, Acabaríais
con nuestras aspiraciones incluso antes de haber
empezado.
La multitud volvió a aglomerarse. Me pegué a Elm, y
las estridentes risas de los borrachos nos envolvieron.
—Por los malditos árboles —declaró el príncipe, y sus
dedos se tiñeron de rojo cuando sacó la Guadaña de su
bolsillo y le dio tres toques. Durante un instante, recorrió
el lugar con la mirada y pareció perderse en el fondo de sí
mismo, consumido por la magia.
Lo contemplé; el terror y la fascinación me formaron
un nudo en el estómago.
Todas las miradas se posaron en nosotros. Aun así, la
gente comenzó a apartarse, empujada por la carta roja.
Hombres y mujeres se desplazaban como cenizas al
viento, hasta dejar un camino libre en mitad del caos.
Cuando el sendero hacia la arboleda de serbales estuvo
despejado, Elm volvió a darle tres toques a la Guadaña
para liberar a la multitud de su control.
Avancé vacilante por ese nuevo camino improvisado.
«Acaba de hacer que cincuenta personas sean tan dóciles
como un cordero».
El Tormento chasqueó la lengua contra los dientes.
«Pero a ti no pudo controlarte, ¿no es cierto?».
El camino se bifurcó y pasó por en medio de unos
cuidados arbustos. Elm lideraba la marcha, presionándose
la frente con la palma de las manos.

165
—¿Y bien? —dijo, y se guardó la Guadaña en el bolsillo
de la túnica.
—Está por aquí —le contesté.
Emory Tejo y las luces del Águila Blanca volvieron a
quedar a la vista.
La carcajada de Emory se extendió por la arboleda. Se
balanceaba, ya que estaba siendo zarandeado como una
caña por dos hombres que portaban las cartas del Águila
Blanca. Eran más altos que él, mayores y más
corpulentos, y estaban muy enfadados. No lograba oír lo
que decían, pero por su postura, por la tensión de sus
hombros anchos, sabía que no estaban intercambiando
palabras de cortesía con el sobrino más joven del rey.
Un momento después, Emory estaba en el suelo. Le
sangraba la nariz por el golpe que había recibido.
—Ya empezamos —dijo Elm, que aceleró el paso por el
sendero del jardín.
Emory yacía sobre la hierba y hablaba entre ataques
de risa. Elm y yo seguíamos estando demasiado lejos
como para discernir sus palabras. No obstante, fuera lo
que fuese lo que decía, bastó para que uno de los
hombres lo levantara del suelo agarrándolo del cuello de
la camisa.
Antes de que el hombre pudiera volver a golpearlo, un
brazo envuelto en tejido negro le rodeó la garganta.
El capitán de los destreros había llegado.
Una vegetación oscura entró en la periferia de mi
visión. El camino dibujó una curva, empujándonos a Elm y
a mí hacia una hilera de setos. Cuando eché un vistazo
por encima del seto, vi a Ravyn. Los tonos intensos del
Tormento y el Espejo creaban un marcado contraste con
las Águilas Blancas de esos hombres.
El segundo hombre dio un paso adelante.
—¡Este maldito renacuajo me ha robado del bolsillo!
Ravyn soltó la garganta del primer hombre.
—Es un crío insensato —dijo—. Idos. Ahora.
—¡No hasta que me devuelva mi dinero!

166
Impulsado por el coraje que le proporcionaba su Águila
Blanca, el primer hombre fue a asestarle a Ravyn un
golpe con toda su fuerza, con el puño cerrado como si
fuera un mazo. El capitán lo esquivó, moviéndose por
entre las sombras. Se interpuso entre Emory y los
hombres y apartó a su hermano del tumulto.
Emory se retiró hasta un árbol cercano, retorciéndose
de risa. Escaló hasta una rama baja y se quedó allí, con
los ojos bien abiertos y vidriosos.
Me dispuse a abrirme camino a través del seto, pero
Elm me puso una mano en el hombro para detenerme.
—¿No vais a ayudarle? —exigí saber.
El príncipe se apoyó contra la vegetación y bostezó.
—Ha sido un día largo. Dejad que Ravyn se divierta.
El Tormento presenció el enfrentamiento desde detrás
de mis ojos y movió la cola. Los hombres se movieron al
unísono en un intento de pillar a Ravyn con la guardia
baja. El capitán se limitó a darse la vuelta con una
precisión feroz, y lanzó a uno al suelo con un golpe rápido
en la mandíbula.
El hombre se desplomó bajo el serbal. Emory aulló
desde donde se encontraba encaramado, con una sonrisa
tan ancha que podía verle los dientes.
—Os pido disculpas por tener los dedos largos —dijo
mientras dejaba caer las monedas de oro, una a una,
sobre el pecho del hombre—. Me temo que es algo típico
de mi familia.
Contemplé al chico, paralizada. Lo había sentido la
otra noche, en las escaleras. Había algo extraño en Emory
Tejo. Ahora comprendía de qué se trataba. La infección…
estaba acabando con él, lo despojaba de su cordura.
«Está degenerándose —dijo el Tormento—. Poco a
poco. La magia tiene un precio».
Retorcí la pata de cuervo que llevaba en el bolsillo.
—¿Qué clase de magia le ha otorgado a Emory su
infección?
Elm dirigió la mirada hacia su primo pequeño.

167
—Puede leer a la gente —afirmó—. Como si todos sus
secretos estuviesen escritos en las páginas de un libro.
Con un simple roce le basta.
El frío me subió por la columna. «Veo una mirada
amarilla entrecerrada de odio —me había dicho el chico—.
Veo oscuridad y sombra. Y veo tus dedos largos y pálidos
cubiertos de sangre».
Sin ser consciente de mi angustia, Elm prosiguió:
—Pero la infección le ha pasado factura. En los últimos
dos años se ha vuelto más débil, voluble y violento. A
veces ni siquiera recuerda a su propia familia. Cada
solsticio y equinoccio parece hacerle empeorar.
Ravyn y el segundo hombre seguían enzarzados en
una pelea. El capitán de los destreros detuvo un golpe al
que respondió con un brutal revés. Elm los observaba
mientras se crujía los nudillos uno a uno.
—Emory me habló de ti anoche —me dijo—. Comentó
que había una mujer en el castillo con ojos negros y
magia oscura. —Su sonrisa no se vio reflejada en sus ojos
—. El pobre chico estaba demasiado emocionado. Nunca
había conocido a otra persona infectada. Aparte de su
hermano, claro.
Sentí como si tuviera cientos de abejas dentro de los
pulmones, revoloteando en un intenso ataque de pánico.
Me costaba respirar. El corazón se me salía del pecho y
me subía por la garganta.
Ravyn Tejo. Contagiado.
«¿Lo sabías?», le pregunté al Tormento.
Ronroneó, y su tono transmitió una satisfacción que
goteaba como la cera caliente. «Tenía mis sospechas».
«¿Y no te pareció prudente decírmelo?».
«Has tenido a ese hombre delante de ti todo el día.
Seguro que te fijaste en algo más que en su cara bonita».
Mientras me contemplaba, Elm se fue percatando de la
conmoción reflejada en mi rostro. Esta vez, me dedicó
una ancha sonrisa.
—¿No te lo ha contado?

168
Parpadeé, y se me trabó la lengua.
—Es… está…
—Contagiado —repitió Elm—. Sí. Y bastante, me temo.
«¿Qué tipo de criatura será él? —dijo de nuevo el
Tormento—. De piedra su máscara es. ¿Un capitán? ¿Un
bandido? ¿O una bestia aún por conocer?».
El Tormento y yo echamos un vistazo a los arbustos,
donde la pelea alcanzaba su punto álgido. Los dos
oponentes de Ravyn estaban en pie, con sus Águilas
Blancas resplandeciendo en sus bolsillos. Emory cacareó
desde su posición en el árbol. Cuando el primer hombre
avanzó para asestar un golpe, Ravyn le acertó en el
estómago y lo hizo alejarse de un manotazo, como si no
fuera más que un perro.
El segundo hombre, el que había pegado a Emory,
atacó. Ravyn le respondió agarrándolo del codo. Un
momento después, el hombre profirió un grito terrible y
cayó al suelo con el brazo retorcido de forma antinatural
contra su espalda.
Observé al capitán de los destreros, solo y victorioso,
inclinarse sobre los hombres. No pude oír lo que les dijo.
Aun así, no perdí detalle del modo en el que sus
contrincantes se acobardaban, sin poder o querer volver a
levantarse.
Ravyn les tendió la mano con la palma abierta y
aguardó.
El Tormento se abalanzó hacia delante, codiciando mis
ojos. Ambos contemplamos a los hombres, magullados y
ensangrentados, depositar sus cartas del Águila Blanca en
la mano extendida de Ravyn.
En cuanto las cartas tocaron la palma de la mano del
capitán, el color blanco desapareció de ellas.

169
CAPÍTULO 14

M is pies se movieron solos. La confusión, la rabia y


un total desconcierto se disputaban el dominio de
mi cabeza y mi pecho. Cuando me acerqué, Ravyn curvó
los labios en una media sonrisa que desapareció en
cuanto vio mi expresión.
—¿Qué sucede? —inquirió.
—Sé lo que sois —dije, y le apunté a la cara con un

170
dedo acusatorio.
El capitán se irguió. No detecté ni rabia ni miedo en su
expresión. Guardó un prudente silencio y se acercó a mí.
Cuando habló, lo hizo en voz baja.
—¿Lo sabéis?
—¿Quién es esta dama tan hermosa? —preguntó
Emory mientras partía una ramita del serbal y le
arrancaba las hojas una a una—. Me parece a mí que es
un espíritu de los árboles. No…, ¡un rey, mejor dicho! —
Ladeó la sonrisa—. Un villano.
—¡Emory! —estalló Ravyn, que miraba de reojo a su
hermano—. Ya te has divertido bastante. Ahora, cállate.
—He dicho que es hermosa, ¿no? —El chico giraba sin
parar la rama entre los dedos. Un momento después,
maldijo porque se la había clavado en el ojo.
—Venga, venga —dijo Elm, que salió de detrás del
seto, con la brillante Guadaña en su mano—. Esta noche
hemos bebido demasiado, ¿verdad, amigo mío?
Emory espantó a su primo con la rama.
—Aléjate con esa carta, Rrrrenelm. No soy un bebé que
necesite que lo acunen.
Cuando el príncipe deslizó la mirada hacia donde
estábamos Ravyn y yo, muy rígidos y con la boca
entreabierta, curvó los labios hasta esbozar una sonrisa
culpable.
—Vosotros dos tenéis cosas de las que hablar. Yo me
encargaré del salvaje.
—¿Salvaje? —Emory comenzó a escalar de nuevo el
serbal—, Soy Emory Tydus Tejo, hijo de guerreros,
descendiente de grandes hombres, heraldo de todo lo que
está por…
Se cayó del árbol con un golpe sordo y la risa de Elm
inundó el jardín.
—Acompañadme —me dijo Ravyn sin mirarme, con la
mandíbula tensa.
Lo seguí otra vez por el sendero, pisando con rabia, sin
poder frenar las palabras que me salían a borbotones de

171
la boca.
—Primero lo de vuestra carta del Tormento y ahora
esto. Estoy empezando a cansarme de vuestras mentiras
por omisión, capitán.
Ravyn no dijo nada. Las risas y la música del
Equinoccio aumentaban cada vez más de volumen. No
obstante, antes de que pudiéramos volver a mezclarnos
con la multitud, el capitán abandonó el sendero y se
acercó a la sombra de un sicomoro.
No me quedó otra opción más que seguirlo.
—Lo que no logro comprender —declaré, apartando las
ramas a un lado hasta que quedamos cara a cara— es
como habéis llevado una vida tan pública. Sois el capitán
de los malditos destreros. Creía que vos, más que nadie,
seríais irreprochable. —Me detuve. Mis palabras eran
acaloradas—. Pero no lo sois, ¿verdad? Estáis contagiado.
—Bajad la puñetera voz —me dijo, acercándose a mí.
En algún lugar del fondo de mi mente, estallaron las
alarmas. Me había pasado la mayor parte de mi vida
teniendo mucho cuidado de no llamar la atención de un
destrero, y mucho menos de provocar su ira. Sin
embargo, por ruidosas que fueran, esas alarmas se vieron
amortiguadas por un estruendo aún mayor…
El de mi rabia.
—¿Y bien? —dije entre dientes—. ¿Estáis o no estáis
contagiado?
Ravyn apartó la mirada. Guardó silencio durante largo
rato, con los labios apretados en una fina línea bajo la
sombra de su nariz. Hasta que por fin respondió:
—Sí que lo estoy.
—¿Y el rey lo sabe?
—Sí. —Cambió el peso de un pie a otro y cruzó los
brazos contra el pecho—. Os sorprendería la gente de la
que se rodea mi tío.
—Y vos sois… ¿qué? ¿Su mascota mágica?
¿Intercambiáis vuestros servicios por una vida normal,
mientras que el resto de los contagiados tenemos que ir

172
de puntillas por el mundo, con nuestra ejecución a la
vuelta de la esquina?
Ravyn se encogió y entrecerró los ojos grises.
Sin embargo, yo continué hablando. Me hervía la
sangre.
—En el sótano, la luz de vuestras cartas parpadeó. No
lo había entendido hasta ahora. —Bajé la mirada hasta su
mano—. Las Águilas Blancas. En cuanto las tocasteis,
perdieron su luz.
—Le escudriñé el rostro, viéndolo de verdad por
primera vez —¿Con qué magia contáis?
No me respondió con palabras. En su lugar, extendió la
mano derecha entre los dos y fue abriendo los dedos
despacio. Allí, en la palma de su mano, desprovistas de
luz y color, estaban las dos Águilas Blancas.
Me dedicó una mirada fugaz. Luego giró la palma de la
mano y dejó caer las cartas.
En cuanto su piel dejó de estar en contacto con las
Águilas Blancas, las cartas recuperaron su color. Me
encogí, cegada por la luz. Las cartas cayeron al suelo
como dos faros. Aterrizaron entre nuestros pies, con un
color y un brillo tan intensos como los de cualquier otra
carta de la Providencia.
Fijé los ojos en ellas y se me aceleró el pulso.
El Tormento lo comprendió antes que yo. Se abrió paso
hasta la primera línea de mi mente, con la vista clavada
en Ravyn, como si él también estuviera viendo al capitán
por primera vez. «Doce cartas del Caballo Negro y, sin
embargo, son trece destreros —murmuró—, ¿Alguna vez
lo has visto portando un Caballo Negro? No, porque no
puede usarlo. —Soltó una carcajada que me hizo
sobresaltarme—, ¿Es que no lo ves? No puede hacer uso
de las cartas de la Providencia. O, al menos, no de todas».
Levanté la mirada hacia el capitán. La luz blanca de las
cartas proyectaba nuevas sombras sobre su rostro.
—¿No podéis usarlas?
Estaba inmóvil como una estatua.

173
—No, pero tampoco pueden utilizarlas en mi contra.
Esa es la naturaleza de mi magia. Las cartas como el
Cáliz, la Guadaña… no tienen ningún efecto sobre mí.
La cabeza comenzó a darme vueltas, como una hoja
en un vendaval.
—Pero he visto cartas en vuestro bolsillo. Cuando me
cubristeis los ojos, vi las luces. Y os he visto utilizar el
Espejo y el Tormento.
Se agachó para recoger las Águilas Blancas del suelo y
guardárselas en el bolsillo.
—Las cartas pierden su magia nada más tocar mi piel.
El Espejo y el Tormento, y puede que quizás los Alisos
Gemelos, son las únicas cartas que puedo usar.
Seguía sin entenderlo.
—¿Y por qué solo esas?
Una frustración perceptible apareció en el rostro de
Ravyn Tejo. Abrió la boca para responder, pero el sonido
de unas risitas al otro lado del sicomoro lo hizo guardar
silencio.
Me di la vuelta y miré entre las ramas plagadas de
hojas. Solo podía ver fragmentos de lo que estaba
sucediendo. Los cortesanos recorrían el sendero ajenos a
nuestra presencia, hablando en voz alta y desinhibida
mientras deambulaban por los jardines.
Ravyn esperó a que pasaran de largo. Se acercó más a
mí y me habló al oído.
—Este no es el momento ni el lugar para discutir esto,
señorita Bonetero.
Y nada más decir eso, me echó a un lado, dejó atrás el
refugio que nos proporcionaba el árbol y regresó al
sendero.
Pretendía silenciarme, hacer que dejara de hablar de
su infección. Pero había demasiadas preguntas,
demasiadas verdades no dichas. Cerré los puños y lo
seguí hasta el centro de los jardines, donde la celebración
seguía en pleno apogeo.
De forma desafiante, lo agarré de la parte de atrás de

174
la túnica y le di un tirón. Se detuvo en seco y se giró hacia
mí como una gran ave de presa. No obstante, antes de
que pudiera decir nada para soltar toda esa frustración
reflejada en su gesto, alguien me llamó por mi nombre.
—¡Elspeth!
Miré por encima del hombro de Ravyn y reconocí la voz
aguda y efervescente de Dimia. Se encontraba con un
grupo de chicas a varios metros de distancia. Cuando
nuestros ojos se encontraron, agitó una mano, lo que la
hizo derramar el vino de su copa. Se sujetó la falda y vino
hacia nosotros. La siguió una reticente Nya, cuya mirada
azul, que solía ser perspicaz, ahora estaba vidriosa.
Ravyn puso los ojos en blanco y maldijo por lo bajo.
—Tomadme de la mano.
Fijé la mirada en su rostro. Un rostro que, en ese
momento, quería arañarle.
—¿Qué?
—Se supone que os estoy cortejando —me dijo
acercándose más a mí, con la voz convertida en un
gruñido. Me ofreció una mano—. ¿O lo habéis olvidado?
Mis medio hermanas se encontraban a un paso de
nosotros. No había tiempo para pensar. Coloqué mi mano
en la de Ravyn. Se me cerró la garganta cuando entrelazó
sus dedos con los míos. Tenía la piel áspera y los callos
me rozaban suavemente el hueco entre los dedos.
Nos giramos hacia mis medio hermanas.
—Nya, Dimia —dije, jadeante—. ¿Estáis pasándolo
bien?
Las chicas sostenían unos vasos casi vacíos, llevaban
los lazos del cabello sueltos y tenían las mejillas
sonrojadas. Sin embargo, las gemelas solo estaban
borrachas, no ciegas. Sus miradas pasaron de Ravyn a mí
y, por último, a nuestras manos entrelazadas. Dimia abrió
los ojos como platos, y un chillido de banshee se le
escapó de los labios.
Nya no hizo más que mirarnos fijamente, boquiabierta,
como un pescado.

175
—Parece que tú también estás disfrutando del
Equinoccio, Elspeth —dijo Dimia, que le asestó un codazo
indiscreto a su gemela en el costado.
Nya parpadeó y nos miró alternativamente a Ravyn ya
mí.
—Pero ¿estáis…?
—Estábamos a punto de bailar —la interrumpió el
capitán—. Ha sido un placer veros a ambas —dijo con
desgana, y tiró de mí para alejarme de mis medio
hermanas.
Nos adentramos en la multitud.
El baile ya había comenzado, y los laúdes y címbalos
marcaban un ritmo constante. Ravyn y yo nos deslizamos
hacia el círculo de bailarines, con su mano aún
entrelazada en la mía. Me percaté del modo en el que
más de un par de ojos nos seguían y de cómo los susurros
acompañaban nuestros pasos.
Apreté la mandíbula y volví a sentir rabia cuando el
capitán y yo nos emparejamos en la pista de baile. Ravyn
no quería bailar para zafarse de mis medio hermanas, ni
tampoco tenía ningún interés en participar en la frivolidad
del Equinoccio.
El único motivo por el que sostenía mi mano y se había
plantado conmigo delante de todo Blunder era para evitar
que le hiciera más preguntas.
El eco de los susurros se extendió a nuestro alrededor;
su ritmo aletargado competía con el de los instrumentos.
—¿De verdad es esto necesario? —inquirí mientras
girábamos al compás de la música. Mi vestido se agitaba
a la altura de mis caderas mientras girábamos en
semicírculos, primero en una dirección y luego en la otra.
Ravyn me miró por encima de la nariz. Sentí su mano
contra la parte baja de mi espalda.
—Confiad en mí —me dijo—. Fingir es solo la mitad del
trabajo.
Le devolví la mirada.
—Pero no confío en vos, capitán. ¿Cómo puedo fiarme

176
de un hombre que no ha sido sincero conmigo?
El baile se ralentizó; el final se acercaba. Ravyn bajó la
mano por mi columna, más despacio de lo que debería.
Cuando se inclinó hacia mí, me acarició la oreja con la
mandíbula.
—Yo diría que admitir una traición es ser
increíblemente sincero, señorita Bonetero —susurró.
La canción terminó en un frenesí triunfal, seguido de
un estallido de aplausos ebrios.
El capitán apartó la mano de mi espalda. Cuando
nuestros dedos se separaron, se pasó la mano por la
frente y el cabello oscuro. Sus ojos grises recorrieron mis
mejillas encendidas, mi ceño fruncido y la línea de mis
labios.
Pero no dijo nada.
El aire era irrespirable, y la multitud y el silencio de
Ravyn Tejo lo acentuaban todavía más. Dejé de fruncir el
ceño y lo fulminé con la mirada por última vez antes de
regresar hecha una furia hacia el castillo.
Me topé con Emory y Elm, que estaban sentados cerca
del gran comedor, sin duda de camino a los aposentos del
chico. Debían de haberse detenido para beber algo.
Cuando el príncipe me vio, esbozó una sonrisa y
levantó su copa en un brindis burlón.
—En honor al caballero y la dama del baile. Parece que
habéis hecho las paces.
Lo ignoré y me froté el cuello, como si así pudiera
borrar el rubor que se había asentado en mi piel.
Desplacé los ojos hacia Emory, que se había levantado de
su silla. Cuando el chico me vio, sus ojos grises se
abrieron de par en par.
—El Tormento —dijo, citando El viejo libro de los Alisos
y agitando un dedo en mi dirección como si estuviera
dirigiendo a una orquesta invisible—. Ten cautela con la
oscuridad. Ten cautela con el temor. Ten cautela con la
voz que en la noche da pavor.
—Ya basta, Emory —se quejó Elm.

177
Cuando la sonrisa del chico se ensanchó, se me erizó
el vello de la nuca. De repente, estaba segura de que,
cuando me había tocado la mano en la escalera, Emory
Tejo y su magia oscura y extraña habían visto todos mis
secretos.
—Se retuerce y a través de los pasillos, entre sombras,
te llama. Ten cautela con la voz que en la noche da pavor.
Antes de que pudiera decir nada, antes incluso de que
pudiera echarme a temblar, Emory sufrió una arcada,
encorvó la espalda y escupió sangre sobre el suelo de
piedra.
«Una lástima —declaró el Tormento—. Empezaba a
caerme bien».

178
179
CAPÍTULO 15

L os caballos no aminoraron el paso hasta que nos


encontramos a un kilómetro y medio de Stone, más
allá de la primera colina. Solo entonces el traqueteo del
carruaje de los Tejo logró acallar el inquietante eco del

180
Equinoccio.
No había sido una despedida fácil. Mi tía se había
abrazado a mí con lágrimas en los ojos, a pesar de que le
había prometido que pronto volveríamos a estar juntas.
Mi tío la había apartado de mi lado, mascullando algo
sobre que era un milagro que los Tejo supieran que existía
y, sobre todo, que quisieran alentar a su hijo mayor a que
me cortejara. Se marcharon para ir en busca de Ione, pero
no me quedé a despedirme de ella. No podía mentirle a
mi prima, ni sobre los Tejo ni sobre el horrible sabor que
me había dejado en la boca su compromiso con Hauth
Serbal.
Además, no aguantaba ver su nuevo aspecto bajo la
luz de la carta de la Doncella, que tanto había cambiado a
la Ione con la que había crecido.
A los Tejo no les había ido mucho mejor. Emory había
escupido más sangre y había lloriqueado sin consuelo
cuando por fin había recordado el motivo por el que no
podía acompañarnos. Elm se había ofrecido voluntario a
quedarse y consolarlo, ya que la Guadaña era la mejor
arma que tenían a su disposición para ayudar al chico a
descansar como tan desesperadamente necesitaba.
Iba sentada en silencio mientras viajábamos, a una
hora indeterminada entre la medianoche y el amanecer.
El camino rural desde Stone hasta la ciudad estaba lleno
de baches. Me sentía exhausta y sola. Y el traqueteo del
carruaje hacía que fuera imposible descansar. Cuando me
sumí en la oscuridad de mi mente, intenté dar con el
Tormento, encontrar algo que me resultara familiar.
Allí estaba, acurrucado como un gato en un rincón de
mi cabeza, callado.
Enfrente tenía a Jespyr, con la cabeza apoyada sobre el
hombro de su madre y los ojos cerrados. Fenir se hallaba
sentado a su otro lado, contemplando la oscuridad por la
ventana del carruaje.
Tuve la desgracia, orquestada sin lugar a dudas por su
hermana, de compartir asiento con Ravyn. Permanecimos

181
en un silencio gélido, separados el uno del otro todo lo
que la anchura del carruaje nos permitía. No lo miré. No lo
había mirado desde que habíamos abandonado los
jardines del rey.
Sin embargo, eso no sirvió para mitigar la rabia
inesperada e inexplicable que sentía hacia el capitán de
los destreros y sus secretos tan bien guardados. Nada
podía borrar el recuerdo de sus dedos entrelazados con
los míos, el modo en el que el aire tibio del jardín se había
quedado atascado en mi garganta cuando me había
acercado a él.
Solté un suspiro tembloroso para disipar la inoportuna
agitación que sentía en el pecho. Morette levantó la
mirada hacia mí, confundiendo mi inquietud por
preocupación.
—Nuestro hogar es antiguo y peculiar —me dijo con
voz cálida—. Pero el castillo Tejo es un lugar seguro. Allí
estarás cómoda.
Nadie habló durante el resto del camino. Para cuando
las ruedas pisaron los adoquines, había empezado a
pellizcarme a mí misma para permanecer despierta.
El carruaje se detuvo de forma brusca.
Miré fijamente hacia la oscuridad. Una verja de hierro
forjado rodeaba el castillo situado en lo alto de una colina.
Detrás se encontraba un jardín de esculturas, con
estatuas y setos bajo la sombra de unos tejos centenarios
de una altura que resultaba amenazante.
Fenir sacó la llave maestra de su cinturón, abrió la
verja y sostuvo la puerta de hierro el tiempo suficiente
para que el carruaje pudiera adentrarse en sus terrenos.
Los ángeles y las gárgolas me miraban desde sus
pedestales. Me estremecí y recordé todas las veces que
mi tía me había dicho que el castillo Tejo estaba
encantado.
Nos bajamos del carruaje. Cuando llegamos a la alta y
antigua puerta fortificada, hecha de roble, Fenir llamó
golpeándola tres veces con la palma de la mano abierta.

182
Su mayordomo nos dio la bienvenida, abriendo la
puerta de par en par e invitándonos a entrar.
—Os esperaba antes —dijo, con las sombras danzando
sobre su rostro en el castillo poco iluminado.
—Hemos tenido problemas con Emory —le explicó
Morette en tono grave.
El mayordomo se giró hacia mí. Era un hombre
corpulento, no mucho más alto que yo, con unas cejas
pobladas y canosas y unos ojos grandes y atentos.
Cuando sonrió, se le movió el bigote.
—Bienvenida al castillo Tejo, milady. Soy Jon Abrojo.
Intenté devolverle la sonrisa, pero lo único que me
salió fue un bostezo.
—Elspeth.
—Debéis estar agotada —dijo Abrojo—. Permitidme
que os acompañe a vuestra habitación.
La puerta del castillo se cerró de un portazo.
—Ya la acompaño yo —intervino Ravyn. Tomó el
candelabro que le quedaba más cerca y prendió las
mechas. Aguardó un momento a que la llama creciera y
las sombras titilaron sobre sus facciones: las cejas, la
nariz y la afilada barbilla. Tenía los ojos entrecerrados y la
mirada fría.
Avanzó por el vestíbulo, dejando atrás la chimenea
apagada para llegar hasta la larga escalera de caracol. De
nuevo, no me quedó otra opción más que seguirlo.
Fui detrás de él arrastrando los pies y fulminándole la
nuca con la mirada. Quería gritar, hacer añicos su
fachada de control. Pero no encontraba las palabras. El
día me las había arrebatado. Y la noche las había
enterrado.
Quien mandaba ahora era el cansancio, y yo era una
mera sierva.
Ravyn me condujo por un pasillo oscuro con farolillos
parpadeantes y extraños retratos, en el que se extendía
una larga fila de puertas. El Tormento olisqueó el aire e
hizo rechinar los dientes mientras yo estudiaba mi

183
entorno. Se le dilataron las pupilas, lo que mitigó la
oscuridad del castillo.
Nos detuvimos hacia la mitad de ese pasillo de
dormitorios. Ravyn abrió una puerta y la bisagra crujió
dándonos la bienvenida. Me adentré en la estancia; la luz
gris de la luna se colaba por la ventana. Me giré para
cerrar la puerta, pero el capitán permanecía en el umbral
con el ceño fruncido.
Mi voz sonó cortante.
—¿Algo más?
Se pasó una mano por la mandíbula y sacudió la
cabeza.
—No era mi intención ser insensible, señorita Bonetero
—dijo, y sus palabras estaban teñidas de cierta rabia—.
Llevo tanto tiempo fingiendo, ocultando partes de mi ser,
de mi magia, que he olvidado cómo hablar sobre ello. —
Su mirada se encontró con la mía. Buscaba algo en mí
que yo no sabía identificar—. ¿Podéis llegar a entenderlo?
Sí que podía. Mejor que nadie. ¿Acaso no le había
ocultado yo mi habilidad de absorber el poder de las
cartas de la Providencia desde el principio? ¿No le había
mentido a su familia y les había dicho que podía ver las
cartas de la Providencia, cuando la verdad era que quien
lo hacía era un monstruo de quinientos años que moraba
en mi cabeza? Yo cargaba con el peso de mis propias
mentiras, de mantener a salvo mis propios secretos. Unos
oscuros y peligrosos.
Tal vez por eso Ravyn Tejo consiguiera enfurecerme
tanto. Era más fácil odiarlo por ser tan reservado y
deshonesto que admitir que me detestaba a mí misma
por lo mismo.
No obstante, no podía decirle nada de eso. Apenas era
capaz de confesármelo a mí misma.
Di un paso al frente, obligando a Ravyn a salir de la
estancia, y fingí una amabilidad que no sentía.
—Vuestra casa parece un lugar muy discreto, oculta
aquí en el límite de la ciudad, tan cerca del bosque. Lejos

184
de las malas lenguas.
Con el ceño fruncido, el capitán me recorrió el rostro
con los ojos, como si fuera un libro escrito en un idioma
que no podía descifrar.
—¿Y?
Me gustaba ver cómo le costaba comprenderme. Me
había herido el orgullo y ahora mi orgullo reclamaba
venganza.
—Eso aliviará la carga de tener que fingir un interés
que, según tengo entendido, estáis lejos de sentir. —Mi
sonrisa no me llegó a los ojos—. Aquí, lejos de los
rumores, no tendremos que aparentar ser algo que no
somos.
Ravyn no apartó los ojos de mi rostro. Si mis palabras
le habían dolido, sus facciones impasibles no lo
mostraron. Se inclinó hacia delante.
—¿Y qué somos, señorita Bonetero?
La intensidad de su mirada hizo que diera un paso
atrás.
—Nada —le dije. Y, por despecho, añadí—: ¿No es eso
lo que vos queríais?
Algo se prendió en los ojos grises del capitán. No era
rabia, pero sí algo igual de intenso. Por un momento, la
tensión se apoderó de su expresión impasible. Tenía los
dedos flexionados alrededor del candelabro, los hombros
rígidos y el cuerpo apuntando directamente hacia mí.
Sin embargo, no habló. No me dio ninguna explicación
ni tampoco negó nada.
Su silencio me atravesaba las entrañas como una
punzada amarga. En un intento de hacerle daño, solo
había acabado hiriéndome a mí misma.
—Eso creía —estallé, y cerré la puerta de un portazo
en la cara del capitán de los destreros.

185
El sueño fue como un espectro y, cuando me desperté, se
marchó, desvaneciéndose en el aire frío que se había
instalado en mi habitación. Me envolví en las mantas e
intenté volver a dormirme, pero no encontré ninguna
calma y permanecí allí, helada e inquieta, temerosa de lo
que el día pudiera traer consigo. Tenía miedo, pero
también me sentía rebosante de expectación.
Había dormido con el vestido del Equinoccio puesto.
Cuando me incorporé, vi que tenía marcas en los brazos
allí donde la tela se me había clavado en la piel.
La estancia estaba oscura, con las cortinas corridas.
Sin embargo, mi ritmo interior me indicaba que hacía ya
mucho que había amanecido. Me senté y miré a mi
alrededor con los ojos cansados.
—Ayúdame un poco —dije en voz alta.
Al principio no me respondió. «¿No puedes hacerlo tú
misma?».
—¿Y negarte el placer de regodearte en mi
indefensión?
El Tormento resopló. Entonces, como si accionara un
interruptor en el fondo de mi cabeza, se me dilataron las
pupilas igual que las de un gato, y pude ver la forma de la
habitación, los bordes del mobiliario, los tenues rayos de
luz que se colaban por debajo de las cortinas.
La noche anterior no me había fijado demasiado en el
dormitorio. Me había desplomado sobre la cama y me
había resignado a dormir nada más cerrarle la puerta en
las narices a Ravyn Tejo.
Mi habitación era pequeña pero bien decorada con
muebles elegantes. El marco de la cama contaba con un
delicado grabado en forma de remolino. La silla del rincón
estaba tapizada con un brocado verde y dorado. Había un
águila tallada en la repisa de caoba, con el pico abierto y
las garras curvadas. Las cortinas eran de un carmesí
intenso, y en la alfombra se había tejido una elaborada
escena en la que se representaba a un caballero dorado a
lomos de un caballo negro.

186
Me quedé mirando la alfombra, todavía medio
dormida, y recorrí con los ojos al hombre sobre el caballo.
No podía verle la cara: tenía la visera del casco bajada.
Fue su armadura lo que me llamó la atención.
A pesar de estar tejida en lana, resplandecía, dorada y
hermosa.
Me sacó de mis pensamientos un golpe en la puerta.
Antes de que pudiera responder, esta se abrió de golpe y
alguien entró dando pisotones con las botas.
—Elspeth… Ay, mierda, perdona. Creí que ya estarías
despierta.
Jespyr.
Carraspeé.
—Estoy despierta.
La joven se detuvo.
—¿Y te has quedado ahí sentada? ¿A oscuras?
No exactamente.
—Me estaba desperezando.
Jespyr se adentró en la habitación, arrastrando algo
tras ella. Cuando descorrió las cortinas, la luz gris de la
mañana inundó la estancia. Dejó caer el pesado objeto a
los pies de la cama.
Mi baúl, cargado con toda la ropa que había llevado
conmigo al Equinoccio.
—Gracias. —Me encogí ante la luz matutina y dejé las
piernas colgando por el lateral de la cama. Señalé hacia la
alfombra—. Jespyr, ¿quién es ese?
Los ojos de la chica se deslizaron hacia el hombre con
armadura.
—Supuestamente se trata del Rey Pastor. Tenemos
muchos retratos suyos por el castillo, obtenidos por los
Tejo a lo largo de los siglos.
Fruncí el ceño y escudriñé el tapiz de lana. Mirar al
hombre con la armadura de oro me hacía pensar en un
sueño olvidado. En un reflejo en el agua demasiado turbio
como para distinguirlo.
El Tormento se colocó detrás de mis ojos,

187
escondiéndose tras un silencio cargado y decidido.
—Tengo algo más para ti —me dijo Jespyr, sin
mencionar el hecho de que seguía llevando la misma ropa
del día anterior. Sacó un sobre del bolsillo de su túnica—.
Ha llegado esta mañana.
Por los garabatos apresurados y la tinta salpicada
sobre el pergamino allí donde había pasado la pluma,
reconocí la letra de inmediato.
Era de mi tía.
Abrí el sobre y, de repente, sentí una gran nostalgia.

Querida Elspeth:

Me alegra, aunque debo decir que me ha


sorprendido un poco, que hayas trabado amistad
con Ravyn Tejo. Parece un hombre peculiar y
severo. No obstante, los Tejo tienen una buena
reputación, y su madre, Morette, es una buena
mujer. Rezo por que te sientas como en casa en su
compañía, y que el cambio sea bueno para ti.
Ahora que estás en el castillo Tejo y que Ione y tu
tío se han quedado en la corte del rey, la casa
Espino está muy vacía. Desearía poder retroceder
en el tiempo, que hubiéramos decidido no acudir al
Equinoccio y que todo siguiera igual que siempre.
Pero no son más que los desvaríos de una mujer
mayor que se aferra a sus costumbres. Si alguien
merece un cambio de aires, esa eres tú, Elspeth.
Ten cuidado, mi amor. Y, si deseas complacer a
esta pobre mujer…, ve con pies de plomo en el
castillo Tejo. Allí hay magia antigua.

Firmó con el familiar lema de Blunder:

Cautela. Astucia. Bondad.


Opal

188
Jugueteé con los extremos deshilachados del
pergamino, sintiendo un gran pesar en mi corazón.
«Está preocupada».
«Todos tenemos nuestros problemas», bostezó el
Tormento.
«Es algo bueno que haya venido aquí —dije—. Ha sido
lo correcto. Ayudarlos a encontrar las cartas…, ayudar a
Emory, ayudarme a mí misma, después de pasar tantos
años oculta con los Espino… Ha sido lo correcto».
«¿Intentas convencerme a mí o a ti misma?».
La cama tembló cuando Jespyr se lanzó a ella y
aterrizó con fuerza a los pies.
—¿Malas noticias?
Negué con la cabeza.
—Una carta de mi tía. Debe de haberla escrito anoche,
después de que abandonáramos Stone.
—Te tiene atada en corto, ¿no?
Volví a negar con la cabeza.
—No paso demasiado tiempo lejos de ella. Se
preocupa. —Luego, tras una pausa, añadí—: Todo está
cambiando. Ione se ha prometido con un príncipe. Y yo
estoy aquí, conspirando con vuestra familia. —Arrugué la
nariz—. Me preocupa Ione, mi tía…, que nos pillen. Me
preocupa todo.
Bajo la luz de la mañana, unas vetas doradas brillaban
en los ojos marrones de Jespyr. Sus iris estaban cargados
de fuego, muy distintos al tono luz de luna de los ojos
grises de Ravyn y Emory. Llevaba el cabello oscuro
ondulado, salvo por unos cuantos rizos rebeldes que le
enmarcaban el rostro. Lo llevaba más corto de lo que
dictaba la moda de la corte, atado detrás del cuello con
una tira de piel. Su túnica, de un verde intenso con
ribetes blancos, caía libremente por su esbelto cuerpo.
Cuando me sonrió, sin contenerse, no pude evitar
devolverle el gesto.

189
—Yo también me preocupo. —Se inclinó hacia atrás—.
Me preocupa Emory. Me preocupan Elm, y Ravyn, y yo
misma. Que el rey, Hauth u otros destreros descubran
nuestra doble vida. Que nos pillen. Estoy constantemente
preocupada.
—¿Y cómo consigues seguir adelante?
Se encogió de hombros y cruzó las piernas, apoyando
una bota sucia sobre la rodilla.
—Me digo a mí misma que soy más fuerte que mis
dudas, que soy buena. Aunque no siempre me sienta así.
—Abrió la boca para añadir algo más, pero pareció
morderse la lengua. Se quedó contemplándome
fijamente, con los ojos como platos.
Me removí, incómoda.
—¿Jespyr?
—Perdona —me dijo parpadeando—. La luz aquí juega
malas pasadas. Por un momento, tus ojos me han
parecido casi amarillos.
Tuve que emplear todos mis años de práctica para
mantener el gesto impasible. Parpadeé, y una risa
nerviosa me subió por la garganta.
—Qué raro.
No obstante, Jespyr no pareció percatarse de mi
incomodidad.
—Ya casi había olvidado mi cometido. Había venido a
buscarte, Elspeth.
—¿Ah, sí?
—Sylvia Pino y sus hijas se irán antes del Equinoccio
para volver a su casa. Mi madre habló anoche con Sylvia
y la invitó a tomar el té aquí de vuelta de Stone. —Se
levantó de la cama y dio pasos ligeros…, emocionada—.
Tú y yo nos uniremos a ellas.
«Por los árboles —murmuró el Tormento mientras
arrastraba sus garras—. ¿Ahora tenemos que jugar a
tomar el té con los arribistas de Blunder? Dijiste que
aliarnos con estos idiotas sería peligroso, pero no oí nada
de que fuera a ser una tortura».

190
Hice una mueca.
—¿Tenéis una relación estrecha con los Pino?
—En absoluto. —Jespyr se apartó un rizo de los ojos—,
Sylvia es una mujer odiosa. Sus hijas son más tolerables,
si conseguimos encontrar un tema de conversación
interesante. —Se señaló a sí misma, su túnica, sus calzas
y sus botas embarradas—. No tengo muchas cosas en
común con ellas.
—No sé cómo podría ayudarte yo. No soy…, mmm…,
muy habladora.
El Tormento resopló en mi oído.
—Ah, pero esta vez —dijo Jespyr— tendremos algo de
lo que hablar. —Al percatarse de mi expresión perpleja,
rompió a reír—. No dejo de olvidar que no tienes ni idea
de lo que está pasando.
Crucé los brazos.
—¿Y quién tiene la culpa de eso?
Me dedicó una sonrisa burlona.
—Ya, perdona. —Se aclaró la garganta—. Mi madre
invitó a Sylvia Pino porque creemos que es muy probable
que su esposo, Wayland, tenga en su poder la carta de la
Puerta de Hierro. Tal vez Sylvia sea una arpía de armas
tomar, pero sus hijas, benditas sean, son unas cotorras
encantadoras.
Enarqué una ceja.
—¿Y qué pasará si nos dicen dónde guarda su padre la
Puerta de Hierro?
La sonrisa de Jespyr era contagiosa.
—Entonces, estaremos un paso más cerca de robarla.

191
CAPÍTULO 16

M orette, Jespyr y yo aguardábamos en el salón,


sentadas alrededor de una espaciosa mesa
ovalada. De forma estratégica, habíamos dejado una silla
vacía entre cada una. Yo me había puesto un vestido gris

192
oscuro y un chal blanco a juego que me había tejido mi
tía, con un espino bordado en el centro. Me envolví con él
el cuello y el pecho, acurrucándome en su calidez en
busca de confort.
Enfrente de mí, Jespyr tironeaba de su cuello con
volantes. Su madre había insistido, ya que un vestido no
era opción para ella, en que se pusiera algo más formal
que sus atuendos habituales, a los que Morette había
llamado con retintín «andrajos de lana que ni un mozo de
cuadra llevaría».
A Morette le centellearon los ojos cuando miró a su
hija. —¿Estás bebiendo?
Jespyr escondió una petaca debajo de la mesa.
—No.
—¡No es ni mediodía!
—Considéralo una medicina. —Cuando su madre le
dedicó una mirada fría como el hielo, Jespyr levantó las
manos—. No puedes pretender que aguante a Sylvia Pino
sin una sola gota de alcohol en el cuerpo.
—No la aguantaremos mucho rato si piensa que mi hija
es una borracha.
Jespyr me pasó la petaca. Su contenido se agitó en la
pequeña funda de cuero. Olí el vino.
—Bebe un poco —me alentó la destrera—. Hazme
caso, te ayudará.
Bajé la mirada hacia la petaca, con la mirada de
Morette clavada en mí desde el otro lado de la mesa.
«Adelante —me dijo el Tormento—. Lo que sea para
acabar con mi sufrimiento».
«Cállate, gruñón».
Le quité la tapa y me la llevé a los labios. El vino
estaba caliente, rico… Demasiado fuerte para esas horas
de la mañana, pero su quemazón resultaba placentera.
—¿Va a acompañarnos alguien más hoy? —pregunté.
Jespyr me miró.
—¿Como quién? —Curvó los labios hacia arriba, picara
como un duende—. ¿Ravyn?

193
Le volví a pasar la petaca con ímpetu. La agarró con
una mano, sin conseguir borrar esa sonrisa de su cara.
—Ha tenido que cabalgar de vuelta a Stone esta
mañana temprano. No hay descanso para el capitán.
Se oyó el sonido de las ruedas de un carruaje. Las tres
giramos la cabeza hacia la puerta del salón. Fuera, los
cascos de los caballos repiqueteaban contra la piedra. Las
ruedas se detuvieron y los corceles relincharon, solo para
ser acallados por el parloteo agudo de varias voces que
competían por imponerse.
Las mujeres Pino acababan de llegar.
—Recordad —dijo Morette en voz baja—. La clave es
ser discretas. No dejéis que vuestro interés en la Puerta
de Hierro sea demasiado obvio. Limitaos a hacer que
hablen.
El mayordomo abrió la puerta del salón bruscamente,
con tanta fuerza que el juego de té de plata tembló. Jon
Abrojo no era un hombre delicado.
—Lady Sylvia Pino y sus hijas, milady.
—Gracias, Jon —dijo Morette enarcando las cejas. Un
asentimiento de cabeza, una sonrisa, un suave gesto de
invitación en dirección a la mesa. La función había
comenzado—. Por favor, tomad asiento, Sylvia. Farrah,
Gerta, Maylene, poneos cómodas.
Nos vimos flanqueadas por las Pino. Yo me encontraba
sentada entre lady Pino y su hija mediana, Gerta. Jespyr
se hallaba entre la mayor de las Pino, Farrah, y la
pequeña, Maylene, que no era mucho mayor que mis
medio hermanas.
Cuando cesó el rechinar de las sillas contra el suelo,
antes de que alguien hablara, el silencio en la estancia
fue tan apabullante que sentí que me asfixiaba. Le lancé
a Jespyr una mirada de pánico, pero ella, la temible Jespyr
Tejo, la única mujer destrera de Blunder, parecía tan
incómoda como yo y se mordía una uña con expresión de
animal enjaulado.
Jon trajinaba a nuestro alrededor, sirviendo el té. Para

194
ser un hombre con un aspecto tan rudo, no derramó ni
una sola gota. Morette carraspeó.
—¿Habéis disfrutado del Equinoccio, señoritas?
Lady Pino abrió esos labios fruncidos, pero su voz se
vio acallada por las de sus hijas, que hablaban a la vez
como gatos maullando, cada una narrando una historia
del Equinoccio mejor que la anterior.
A mí me había acorralado Gerta, que se inclinó hacia
mí y me contó, con todo lujo de detalles, cómo habían
sido sus tres vestidos. No me importaba tratar el asunto,
hay temas peores de los que hablar que la ropa, pero el
Tormento estuvo todo el rato rechinando los dientes.
«Preferiría morir a causa de mil cortes —gimió—.
Pregúntale dónde diantres está la Puerta de Hierro y
acaba ya con esto».
«¿Y levantar todas las sospechas posibles cuando les
hayan robado la carta? Que hablen mucho no significa
que sean idiotas».
«Eso es precisamente lo que son».
Apoyé la barbilla en la mano y me aseguré de que mi
expresión siguiera siendo neutra y calmada.
—Hablando de vestidos bonitos —dijo Gerta, que le dio
un gran sorbo al té—, vuestra prima Ione estaba
deslumbrante cuando anunció su compromiso. —Enarcó
una ceja, y un mechón de pelo rubio le cayó sobre los
ojos. Se lo apartó—. No recuerdo haberla visto nunca tan
favorecida…, y eso que la vi el año pasado en la corte.
Se me hizo un nudo en el estómago. Había muchos
temas que no quería tocar, pero por encima de todos
ellos estaba el de Ione.
«¿Por eso quieren mi ayuda…? ¿Para que mi relación
con Ione las motive a hablarme de las cartas? —Miré
hacia Morette—. Es un poco insensible».
«Tal vez les venga de familia».
Volví a girarme hacia Gerta mientras tomaba mi taza
de té.
—Ione es muy afortunada —dije con voz tranquila—.

195
Cuando se comprometió, le hicieron entrega de una carta
de la Doncella.
A Gerta le brilló el rostro; abrió mucho los ojos y curvó
los labios hacia arriba. Aquel rumor era tan jugoso para
ella como si le hubiera hecho entrega de las llaves de la
ciudad.
—¿Tiene una carta de la Doncella?
—Así es. —Alargué la mano hacia el plato de pan dulce
del centro de la mesa, a pesar de que tenía un nudo en el
estómago y no podía probar bocado—. Fue parte del
acuerdo al que llegó mi tío. Le regaló al rey su carta del
Tormento. El resto del trato es lo que visteis en el
Equinoccio.
Gerta asintió. Echó un vistazo alrededor de la estancia.
—¿Y vos, Elspeth? También os ha ido bastante bien. Os
han invitado a un castillo que la mayoría de nosotros no
ha visto por dentro. —Le dio un sorbo al té—. ¿Vuestro
padre ha hecho lo mismo y le ha ofrecido una carta al
capitán de los destreros como dote?
Tosí. Jespyr me miró desde el otro lado de la mesa. Un
rubor inesperado comenzó a cubrirme las mejillas.
—No estoy prometida con nadie —logré decir—. Y
mucho menos con Ravyn Tejo.
La joven me dedicó una sonrisa cómplice.
—Claro que no.
El ruido envolvía la mesa, pero intenté ignorar el resto
de las voces. El Tormento arrastró sus garras por mi
mente como si nada. «Sigue por ahí», dijo, con la voz
viscosa como el aceite.
Respiré hondo.
—Bueno —le dije a Gerta—, mi padre recibió una carta
como dote de mi madre. Supongo que algún día será mía.
—Sonreí y recé por parecer inocente y poco ansiosa—.
¿Vuestro padre tiene alguna carta guardada para vuestra
dote?
Gerta le dio un bocado al pan y se cubrió la boca con la
mano al hablar.

196
—En teoría. —Puso los ojos en blanco—. Aunque
sospecho que papá les tiene demasiado cariño como para
desprenderse de ellas. Siempre las lleva encima, vaya a
donde vaya, como un niño con sus juguetes.
Se me aceleró el pulso. Sin embargo, el rostro de Gerta
permaneció impasible, y mantuvo el tono distendido y la
mirada relajada. No dio señales de haberse percatado de
que había hablado de más. Miré a Jespyr fijamente.
Cuando sus ojos castaños se encontraron con los míos,
enarcó una ceja.
Estábamos muy cerca de conseguirlo.
—¿Y quién podría culparle? —dije. El temblor de mi
mano hacía que se formaran ondulaciones en el té. Dejé
la taza en la mesa—. ¿Son unas cartas muy peculiares?
—No como para armar tanto alboroto —me respondió,
desolada—. Solo un mísero Profeta. —Le dio un sorbo al
té. Yo aguanté la respiración—. Esa y una Puerta de
Hierro. Una lástima, ¿verdad? Me hubiera encantado que
tuviera una Doncella, como Ione.
Sonreí. Solo que esta vez, no tuve que fingir.
—Sí que es una lástima.

Agitamos las manos para despedirnos del carruaje de las


Pino a su paso por el jardín de esculturas, y solo las
bajamos cuando este hubo desaparecido entre las
sombras del atardecer, más oscuro de lo habitual debido
a los imponentes tejos del camino de entrada.
—Vamos —dijo Morette, con su boca severa curvada
en una sonrisa—. Fenir querrá enterarse de esto
enseguida.
El castillo Tejo era oscuro, antiguo, exuberante y
extrañamente delicado. Sus techos eran abovedados, tan
altos que tuve que doblar el cuello para admirarlos. Había

197
tapices colgados por todas partes. En algunos se
representaban doncellas y paisajes o criaturas del
bosque, mientras que otros se dedicaban a las cartas de
la Providencia.
Y, en algunos de ellos, siempre con la visera bajada,
aparecía el caballero con armadura dorada de la alfombra
de mi dormitorio.
Olí el cuero, la madera y los clavos. Un aroma cálido,
intenso y antiguo. Reprimí las ganas de recorrer los
pasillos de puntillas, ya que me parecía que el eco de mis
pasos estaba fuera de lugar entre las paredes del castillo.
Bien podría haber un espectro escondido detrás de los
tapices, merodeando por los largos corredores.
La vigilia del Tormento se vio avivada por la piedra
extraña y antigua. Podía sentir cómo se agitaba su
consciencia, cómo despertaba su curiosidad. Seguí a
Morette y a Jespyr hasta una segunda escalera de caracol.
Deslicé la mano por la pared de piedra mientras olía las
barandillas de cerezo y observaba cómo la débil luz del
sol iluminaba miles de diminutas partículas de polvo
suspendidas en el aire.
La escalera nos condujo hasta un vestíbulo plagado de
libros y una amplia entrada. Las puertas de madera, con
unos diseños grabados que no entendía, parecían muy
pesadas. Se hallaban entreabiertas. Morette no se
molestó en llamar; simplemente las empujó con los
hombros para abrirlas del todo.
La luz de la tarde entraba en la espaciosa estancia a
través de una fila de ventanas abovedadas. Unas
estanterías de suelo a techo cubrían las paredes, a
excepción de la que quedaba frente a las ventanas.
Estaban plagadas de velas, plantas vivas y muertas, y
libros. Un tabique, en el que habían pintado la insignia de
un tejo, evitó que pudiera ver bien la zona en la que había
una cama.
Fenir Tejo se encontraba sentado alrededor de la larga
mesa de castaño en mitad de la habitación, concentrado

198
en un pergamino. Cuando levantó la mirada y nos vio,
abrió mucho sus ojos marrones.
—¿Y bien?
Jespyr corrió hacia él. Tomó una silla y la hizo girar
sobre una sola pata hasta que quedó de espaldas a la
mesa. Se dejó caer sobre ella de golpe y cruzó los brazos
por encima del respaldo de la silla.
—Wayland Pino tiene la Puerta de Hierro. La lleva
encima. Ahora mismo.
Fenir clavó la mirada en Morette.
—¿De verdad?
La mujer asintió.
—Sigue en Stone, disfrutando del Equinoccio. Tiene
previsto volver a casa mañana.
Era extraño ver sonreír a Fenir Tejo. No hubiera
adivinado que un rostro tan severo era capaz de hacer
eso. Pero le sentaba bien. Por un momento, vi en él las
facciones de Emory.
—Tendremos que informar de inmediato a Ravyn y a
Elm —dijo.
—¿Para que actúen antes de que Pino abandone
Stone?
Fenir negó con la cabeza.
—Así habría demasiadas posibilidades de que los
pillaran. Es mejor hacerlo al aire libre, donde puedan
ocultarse en condiciones. —Se giró hacia su hija—. Debes
ir con ellos.
Jespyr se pasó una mano por la frente.
—No hay descanso para el capitán y, al parecer,
tampoco para su hermana. —Apartó la silla con un
suspiro. Cuando pasó junto a mí, me puso una mano en el
hombro—. Has hecho un buen trabajo hoy. Descansa. Vas
a necesitarlo.
Salió de la estancia. La observé mientras una pregunta
se formaba en mi mente. Tomé la silla que ella había
abandonado, acercándome más a la mesa.
—A los hombres a quienes les arrebatáis las cartas —le

199
dije a Fenir—, a los hombres como Pino, ¿les hacéis daño?
Fenir enarcó las cejas.
—¿Nos tomáis por unos matones desalmados, señorita
Bonetero?
Le devolví el gesto y enarqué las cejas a mi vez.
—Dos de vuestros hijos son destreros, ¿no es así?
Morette carraspeó.
—Y ahí es donde intervenís vos, señorita Bonetero. Con
vuestra atenta mirada deberíamos ser capaces de
localizar y obtener la carta lo más rápido posible. La
violencia es algo que queremos evitar.
Me removí en mi silla y recordé la daga con la
empuñadura de marfil de Ravyn.
—Mi mayordomo se nos unirá enseguida. —Fenir se
dirigió hasta la estantería más alejada y sacó un tomo
antiguo y cubierto de polvo—. Pero, mientras esperamos,
hay algo que me gustaría que vierais, señorita Bonetero.
La portada de piel del tomo tenía dos alisos bordados,
altos y estrechos, uno al lado del otro en perfecta
armonía. Uno de los árboles estaba hecho con hilo negro
y el otro, grisáceo a causa del tiempo, con hilo blanco. Era
un libro más antiguo que la copia de mi tía, con la
encuadernación más desgastada.
Lo reconocí de inmediato.
Fenir lo colocó encima de la mesa.
—¿Habéis estudiado El viejo libro de los Alisos, señorita
Bonetero?
Quise reírme. Si me lo hubiera pedido, se lo habría
recitado de arriba abajo.
—Un poco.
Fenir levantó la cubierta y tosió mientras pasaba las
viejas páginas hasta llegar a la última. Leyó en voz alta:

Cuando las sombras se alargan, los días se acortan


y el Ánima se fortalece, las doce se invocan.

A la Baraja llaman y ella las reclama.

200
Reúnenos, dicen, y la oscuridad será olvidada.

En el árbol que da nombre al rey, con la sangre negra y


salada,
las doce se unirán y la enfermedad será sanada.

Desterrarán la neblina desde la montaña hasta el mar.


Nuevos comienzos, nuevos finales…,
pero su precio has de pagar.

—Las cartas, la neblina y la sangre —dije en un


susurro.
Morette se nos unió en la mesa.
—Los reyes de Blunder llevan mucho tiempo
intentando hacer lo que les indicó el Rey Pastor. Pero
ninguno ha logrado unir la baraja de doce cartas. Nadie
ha podido encontrar los Alisos Gemelos.
Tamborileé con los dedos sobre la mesa.
—¿Y el rey Serbal sabe dónde encontrarla?
—No —respondió Fenir—. Lo ha consultado con los
mejores cartógrafos del reino. Se reúnen alrededor de un
viejo mapa de Blunder. A lo largo de los años, en ese
mapa se han señalado todos los lugares en los que los
hombres del rey han buscado. Aun así, no hay ni rastro de
los Alisos Gemelos. No hay ningún registro de que se
haya intercambiado por alguna cosa ni historial alguno de
su uso. Los únicos dos documentos que la mencionan son
El viejo libro de los Alisos y la historia de Brutus Serbal, el
primer rey Serbal.
El Tormento siseó entre dientes al oír el nombre del
antiguo rey. Tuve que contenerme todo lo posible para no
reaccionar.
—¿Y qué decía Brutus acerca de los Alisos Gemelos? —
inquirí.
—Lo mismo que el resto —respondió Morette—. Que un
día el Rey Pastor se llevó la carta a la neblina y regresó
sin ella.

201
Fruncí el ceño.
—Seguramente el Rey Pastor cuente con su propia
historia…, con sus propios documentos.
La voz de Fenir fue grave.
—La mayoría de las cosas que sabemos sobre el Rey
Pastor las hemos obtenido de las leyendas populares. Sus
archivos se destruyeron, y ninguno de sus hijos sobrevivió
para reclamar el trono. Brutus Serbal, el capitán de su
guardia, se convirtió en el siguiente rey de Blunder.
El Tormento agitó la cola y se removió en la oscuridad
de mi mente.
Hice una pausa.
—Supongamos que logramos encontrar los Alisos
Gemelos. —Levanté la mirada hacia los Tejo—, ¿Qué
sangre pretendéis usar para unir la baraja?
Fenir se inclinó hacia delante.
—Puede que ya lo conozcáis. Es el jefe de los galenos
del rey.
El hombre alto y delgado con los ojos
inquietantemente pálidos.
—¿Orithe Sauce? —exclamé—. ¿Está contagiado?
Fenir tomó El viejo libro de los Alisos con cuidado y lo
volvió a colocar en la estantería.
—Igual que tú —dijo—, Orithe se contagió de niño. Pero
el rey lo mantuvo con vida por un único motivo: su magia
le permite detectar la infección en los demás. Sin duda,
habréis visto el aparato que lleva alrededor de la mano.
Sí que lo había visto. Era una garra de metal, con unas
púas largas y terribles que salían de cada uno de sus
pálidos dedos. Me quedé lívida.
—¿Orithe hace uso de eso, de ese artilugio, para ver la
infección en otros?
La voz de Fenir fue severa.
—Afirma que puede detectar la infección en la sangre.
—Frunció el ceño con fuerza—. Da caza y hace sangrar a
cualquiera que sospeche que padece la fiebre. Por eso el
rey lo nombró jefe de los galenos.

202
Me llevé los dedos a las sienes para calmar las vueltas
que me estaba dando la cabeza.
—Evitaréis derramar la sangre de Emory y, en su lugar,
usaréis la de Orithe —murmuré. «La del hombre
responsable de las muertes de muchísimos niños
infectados. Es matar dos pájaros…».
«De un tiro», concluyó el Tormento.
El mayordomo de Fenir abrió la puerta. Jon Abrojo me
saludó con la cabeza y luego colocó una cartera de cuero
repleta de colores brillantes encima de la mesa, frente a
Fenir.
La luz inundó la estancia cuando el señor de la casa
abrió la cartera.
—Nuestra colección, señorita Bonetero.
Examiné las cartas y entorné los ojos.
—No están todas.
—No —dijo Morette—. Los destreros guardan sus
Caballos Negros. Y Elm, como ya sabréis, no está
dispuesto a ir por ahí sin su Guadaña. El Espejo y el
Tormento a menudo las lleva Ravyn encima.
Escudriñé los colores, parpadeé y volví a fijarme en
ellos.
Gris, el Profeta.
Rosa, la Doncella.
Turquesa, el Cáliz.
Amarillo, el Huevo Dorado.
Blanco, el Águila Blanca.
—Faltan tres cartas —declaró Fenir—. El Pozo, la Puerta
de Hierro y los Alisos Gemelos.
Contemplé la pila de cartas, con esa combinación
cromática peculiar y hermosa, como si estuviera ante una
vidriera.
—¿Tenéis algún plan para encontrar el Pozo?
—El Pozo va a ser complicado de conseguir —dijo Jon
Abrojo mientras se frotaba la barba—. Dada la naturaleza
de la carta, los hombres que tienden a quedársela son,
por lo general, muy cautelosos.

203
Los Tejo guardaron silencio, ceñudos.
Me mordí el labio, dando golpecitos con las uñas
contra la mesa. El Tormento se había deslizado para
colocarse detrás de mis ojos, a la espera de que dijera
algo. Cuando no hablé, su voz inundó mi mente como el
vapor de un hervidor. «Adelante —me alentó—.
Cuéntaselo».
Clavé la mirada en el revoltijo de colores que
irradiaban las cartas de la Providencia. Las cartas, la
neblina y la sangre.
Levanté la mirada hacia los Tejo.
—Conozco a alguien que posee una carta del Pozo —
dije—. Vive justo al final de la calle.

204
CAPÍTULO 17

A la mañana siguiente, Ravyn regresó al castillo Tejo.


Cuando oí los cascos de los caballos, cerré con
brusquedad el tomo que estaba leyendo y salí de la
biblioteca dejando tras de mí una nube de polvo. Recorrí

205
los pasillos y los pasadizos hasta que di con una pequeña
puerta de madera que conducía directamente desde el
interior del castillo hasta sus salvajes jardines.
Me agaché detrás de un antiguo sauce, solté un largo
suspiró y me lancé hacia una de las ramas más bajas, con
el frío de la mañana atenazándome los dedos y las
mejillas.
El Tormento canturreó, y sus palabras sonaron
viscosas. «Oscuro y severo es el capitán de los destreros.
Apostado en lo alto de los tejos, con ojos grises y añejos.
Ten cautela con su magia, y también con su destino. Los
Tejo y los Serbal amigos no serán».
«Cállate —le dije mientras apartaba la rama que tenía
sobre la cabeza y dejaba que la luz de la mañana cayera
sobre mi frente—. No quiero hablar de eso».
No obstante, daba igual que no habláramos de ello.
Desde la noche en la que me habían atacado en el
bosque, la línea entre hablar y pensar había comenzado a
desdibujarse. Cuanta más ayuda le pedía, más fuerte se
hacía la presencia del Tormento en mi cabeza. Entendía
sus emociones, lo que le interesaba y lo que le
repugnaba, sin necesidad de palabras. A veces lo sabía
con tanta vehemencia que las confundía con las mías
propias. Sentía su consciencia, su concentración. Cuando
hacía uso de sus sentidos, lo veía todo más claro, oía
mejor.
Sin embargo, no conocía su mente a fondo. Aún
existían secretos entre nosotros.
Las tórtolas arrullaban, y los sonidos del amanecer en
el jardín eran vivaces. Partí unas ramitas del sauce y las
entrelacé para formar una sencilla corona que me coloqué
en la cabeza. Con mi amuleto en la mano, abandoné el
árbol y salí hacia la neblina, en busca del lugar en el
jardín en el que crecían zanahorias silvestres.
Por lo que sabía, en el castillo Tejo no había jardineros.
Por muy ordenado que mantuviese el castillo, los
cuidados de Jon Abrojo no alcanzaban más allá del jardín

206
de estatuas. Los jardines crecían salvajes. Eso me
gustaba. A diferencia de los setos bien recortados y las
flores de Stone, el castillo Tejo contaba con una ecléctica
variedad de hierbas, plantas aromáticas y flores que
daban la sensación de sublevarse y tomar el lugar por
asalto. Salvajes, fuertes y libres.
El sendero empedrado había sido reclamado por la
naturaleza. Pasé por encima de las piedras musgosas y
me adentré entre la vegetación en busca de flores.
Sin embargo, no era época de floración. El espíritu
salvaje del jardín no tardaría en hartarse y replegarse
sobre sí mismo, ya que, cada noche, el frío del invierno
parecía acercarse más. Tuve que buscar bien entre las
zarzas, pues solo las plantas más resguardadas seguían
dispuestas a compartir sus flores conmigo. Me puse de
rodillas y divisé un montón de flox de jardín, así que añadí
varias flores a mi corona de sauce.
Un dolor punzante me atravesó la mano. Me giré, sin
ser consciente de que la había apoyado sobre la zarza de
un rosal, cuyos esquejes habían sido devorados por un
ciervo hambriento. Solo quedaba una flor en pie. Roja
como la sangre y tan fresca que casi podía sentir su olor.
La rosa se erguía sola entre las espinas, como si estuviera
esperando.
No la arranqué. En el pasado, me había llevado mi
merecido por tratar de recoger rosas sin guantes ni
tijeras. Aun así, deslicé un dedo por el tallo para verificar
su fortaleza y lo afiladas que eran sus espinas, que
presioné peligrosamente contra mi piel.
—Esas espinas son despiadadas —dijo una voz grave y
familiar.
Me giré, con el corazón en un puño.
Ravyn se hallaba a unos pasos de distancia, con las
botas, la capa y el cabello oscurecidos por la lluvia
matutina. De su bolsillo salían esas conocidas luces
burdeos y púrpura, que brillaban más que cualquier flor
del jardín. En el cinturón llevaba la empuñadura de marfil

207
de su daga y, cuando la desenvainó, se me tensaron los
músculos al recordar la punta de la hoja apoyada en mi
corazón.
No obstante, esta vez la hoja no me tocó. Ravyn se
colocó a mi lado y tomó la rosa por su base. La levantó de
entre las zarzas, liberándola de un solo corte. La sostuvo
durante un momento sin decir nada, pero el silencio entre
ambos era lo bastante atronador como para acallar hasta
el más entusiasta canto de los pájaros.
Cuando al fin se dignó a hablar, su voz sonó ronca,
como si llevara mucho tiempo sin usarla.
—¿Os encontráis bien?
Se me entrecortó la voz, conmocionada como estaba
por su repentina aparición.
—Sí.
—¿Mi familia se está encargando de vos?
—No me he muerto de hambre, si es a eso a lo que os
referís. —Saqué mi amuleto y lo retorcí entre los dedos—.
Han sido amables. Me avergüenzo al pensar que de niña
tenía miedo de atravesar vuestra verja. —Miré hacia el
jardín—. Es una propiedad preciosa.
—¿Y por qué teníais miedo?
Me encogí de hombros.
—Mi tía me había dicho que el castillo estaba
encantado.
Ravyn elevó la comisura de la boca.
—Yo no la desacreditaría tan rápido. —Me recorrió el
rostro con la mirada, desplazándola hacia la corona de
flores que descansaba sobre mi cabeza. Ninguno de los
dos dijimos nada. Un día separados había bastado para
volver a convertirnos en desconocidos.
Si es que alguna vez habíamos llegado a ser otra cosa.
Ravyn dio un paso hacia delante mientras sostenía la
rosa roja como la sangre en su mano y me la tendía.
—¿Me permitís?
Miré la rosa y luego volví a dirigir los ojos hacia su
cara. Por los árboles, qué rostro. Contención y belleza.

208
Una estatua imperfecta e imponente.
—Creía que íbamos a dejar de fingir —murmuré.
El capitán limpió la rosa de espinas con su daga.
—Solo es una flor. Las flores no se andan con
jueguecitos. —Volvió a ofrecérmela, pidiéndome de nuevo
permiso—. ¿Me permitís?
Esta vez, asentí. Se me acercó y colocó la rosa en lo
alto de mi cabeza, enlazando el tallo en la corona de
sauce con unos dedos diestros y fuertes. Cuando se retiró,
su mano me rozó el cabello a la altura de la mejilla.
Permanecí inmóvil. Podía oler la lana húmeda de su
capa, su aroma a humo y a clavo.
—¿Cómo sabíais que estaba aquí?
—No estabais en vuestro dormitorio. —Señaló el jardín
—. Si yo intentara evitar a alguien, aquí es donde vendría.
Abrí la boca, pero no salió nada. No tenía ningún
sentido seguir mintiendo.
Me dedicó una pequeña sonrisa.
—¿Os apetece que os haga un recorrido?
Miré a mi alrededor, al jardín ligeramente difuminado
por la neblina.
—No sabía que este lugar siguiera un patrón.
—Más bien todo lo contrario —afirmó Ravyn—. Y eso lo
convierte en la parte más interesante de la propiedad.
Pero no se lo digáis a Abrojo. Se ofendería enormemente.
Aquello me hizo curvar las comisuras de los labios.
—Eso no os hará falta —me dijo cuando vio que me
guardaba la pata de cuervo en el bolsillo—. No os ha
hecho falta en once años.
Lo miré, perpleja.
—Pero la neblina… El Ánima del Bosque…
—No atrapa a gente como nosotros —me dijo.
—Pero el libro dice…
—Ambos contamos ya con una magia extraña. Somos
esas cosas sobre las que advierte el libro, señorita
Bonetero. —Sonrió y me indicó que lo siguiera por el
sendero del jardín—. No debemos temer que haya un

209
poco de sal en el ambiente.

Ravyn no conocía el nombre de las plantas ni de las


flores. Por supuesto, sí el de los árboles. Lo seguí,
guardando las distancias y oyendo su voz mientras
admiraba el jardín. Las malas hierbas se aferraban al
dobladillo de mi falda y las ramas bajas se me
enganchaban en el cabello a medida que nos
adentrábamos en la espesura, donde las zarzas no
estaban acostumbradas a recibir visitantes y el sendero
se hallaba prácticamente oculto.
—¿Adónde conduce esto? —inquirí, desenredándome
el pelo de una rama baja.
—A las ruinas —respondió Ravyn—. Al castillo original.
O más bien a lo que queda de él.
A pesar de su enfado, el interés del Tormento espoleó
mis pasos. Seguí al capitán de los destreros por la
espesura hasta que desembocamos en un prado. Abrí los
ojos de par en par al ver el paraje: la hierba cubierta de
rocío, los enormes árboles y el cementerio de piedra: los
últimos resquicios de un castillo derrumbado, alojado en
la neblina.
Sus piedras mantenían un equilibrio peculiar en mitad
del prado.
Caminé de puntillas entre los pilares derruidos de
piedra caliza que se hallaban desperdigados por la hierba,
temerosa de que mis pasos pudieran hacerlos caer.
—No sabía que hubiera otro castillo aquí —murmuré.
Ravyn asintió.
—Es antiguo…, más que Stone. Nadie sabe
exactamente cuándo fue erigido. O cuándo fue asolado
por el fuego. —Señaló hacia un punto al este de las
ruinas, hacia una verja de hierro oxidada que asomaba

210
entre la neblina—. Solo queda en pie una habitación.
El Tormento arrastró las garras por mi mente e inspiró
hondo; la sal en el aire era abundante. Me apoyé contra
uno de los pilares, pero enseguida me aparté, temerosa
de derribarlo con mi peso.
Ravyn me observaba.
—No pasa nada —me dijo—. Llevan aquí cientos de
años. No se caerán.
Sentía la arenisca áspera bajo la palma de la mano,
que deslicé a lo largo del perímetro del pilar mientras
examinaba las ruinas con los ojos muy abiertos.
—¿Qué es eso? —pregunté, y señalé una cámara de
piedra situada bajo la sombra de un tejo alto y antiguo.
—La última habitación que queda en pie.
La cámara de piedra, rodeada de musgo y
enredaderas, se alzaba en el borde de la neblina. Su
aspecto era muy extraño, allí sola entre las ruinas, sin
nada característico a excepción de una ventana a la
oscuridad situada en la pared que estaba más al sur.
El Tormento sacudió la cola a través de mi mente, con
esa cámara fija en nuestra visión compartida. «Entra»,
me dijo.
«¿Que entre adónde? —Mantuve la vista clavada en la
estancia repleta de hiedra—. ¿Ahí?».
«Sí».
«¿Por qué?».
«Quiero verlo».
«No hay ninguna puerta. Solo…».
«Una ventana. —Su voz me inundó los oídos. Estaba
cerca y lejos al mismo tiempo, viscosa como el aceite—.
Es lo único que ella exigió».
«¿Quién?».
«El Ánima del Bosque».
Se me erizó el vello de la columna. «¿Has estado aquí
antes?».
Él rompió a reír. Pero no de alegría. Era una risa vacía,
siniestra. Igual que caer en un pozo. Igual que ser

211
devorada por la oscuridad. Me arrebató algo, provocando
que el lugar me aterrorizara… La cámara sin puertas… El
Tormento estaba desesperado por que lo llevara dentro.
Se me tensaron los músculos; todo mi cuerpo me
rogaba que le hiciera caso…, que entrara en la cámara.
Apreté la mandíbula y le di la espalda a la ventana oscura
situada en el borde de la arboleda, negándole al Tormento
su petición.
Un siseo monstruoso reverberó en mi mente.
Ravyn siguió hablando, ajeno a mi lucha interna.
—Los rumores son en gran parte folclore —dijo. Sacó la
carta morada de su bolsillo y la hizo girar distraídamente
en su mano—. Si este lugar de verdad está encantado y
aquí hay fantasmas, son muy reacios a mostrarse. Al
menos, ante mí.
Lo contemplé, obligándome a desviar la atención del
Tormento y de la cámara mientras me giraba hacia la luz
de la carta del Espejo en la mano de Ravyn.
—¿Qué se siente? —inquirí, siguiendo con la mirada el
terciopelo color amatista que rodeaba los bordes de la
carta—. ¿Al ser invisible?
El capitán hizo girar el Espejo entre los dedos,
pasándolo de uno a otro tan rápido que la carta se
convirtió en un borrón.
«Engreído», masculló el Tormento.
El aire que nos rodeaba cambió y, de repente, Ravyn
se vio absorbido por el paisaje…, por la nada.
Desapareció.
—La sensación es de frío. —Oí su voz en el aire—. Pero
es soportable.
—¿Podéis ver algún… espíritu?
—Aún no —respondió, y unos pasos invisibles se
quedaron marcados en la hierba—. Tendría que
permanecer así durante más tiempo. Intento no usar la
carta muy a menudo.
La luz morada se aproximó. Me di la vuelta,
contemplándola. Un momento después, Ravyn reapareció

212
cerca de mí con una sonrisa picara en los labios.
—Vos sois la única a la que no puedo acercarme sin ser
visto.
Se me aceleró el pulso al ver cómo sonreía. Me aparté
e intenté concentrarme en el prado cubierto de maleza
mientras las preguntas rebosaban mi mente.
—¿Y la carta del Tormento? —inquirí—. Esa la usáis
bastante a menudo.
No lo negó.
—¿Y sus efectos adversos? —Hice una pausa. Nunca
había hablado con nadie que hubiera usado una carta del
Tormento. Y, aunque estaba segura de que el monstruo
que invadía mi cabeza era mucho más que la carta que
había absorbido, aún había muchas cosas que desconocía
—. ¿Veis a una criatura…? ¿Escucháis una voz?
Ravyn no respondió enseguida.
—Cada persona experimenta los efectos negativos de
una carta de forma distinta.
—No sois muy claro con vuestras respuestas, capitán.
Clavó sus ojos grises en mi rostro.
—Cuando uso el Tormento durante demasiado tiempo,
no veo a ninguna criatura. Pero la oigo. ¿Responde eso a
vuestra pregunta, señorita Bonetero?
Ni por asomo.
—¿Y qué os dice?
—Es difícil de explicar —respondió, y se pasó una
mano por la mandíbula—. La mayor parte del tiempo no
dice nada. Pero, cuando lo hace…, es como si supiera
todo lo que he llegado a pensar en mi vida…, todo lo que
he temido. Me provoca, me dice que voy a fracasar…, que
mis esfuerzos son inútiles. —Su mirada gris se encontró
con la mía—. Pero es solo una voz, no una criatura.
—¿Cómo lo sabéis?
—Porque, cuando habla…, cuando repite mis peores
miedos una y otra vez en mi mente…, no es la voz de
ningún extraño —dijo con calma—. Es la mía.

213
Ravyn había regresado al castillo Tejo para robar la carta
de la Puerta de Hierro. O más bien para llevarme a mí con
él y que pudiera indicarles dónde estaba la carta a él y a
sus compañeros… no sabía cómo llamarlos. Ladrones.
Traidores. Bandidos.
Después de que Jespyr relatara lo que habíamos
descubierto durante el té con las Pino, Ravyn y Elm
habían comenzado a rastrear la ruta de viaje de Wayland
Pino. Sus acompañantes y él viajarían en caravana desde
Stone hasta sus respectivas propiedades, entre las que la
casa Pino se encontraba la última. Interceptaríamos su
carruaje en el sendero del bosque. Si partíamos del
castillo Tejo después del mediodía, tendríamos tiempo de
sobra para llegar al Bosque Oscuro antes de que cayera la
noche. Allí, en el borde del sendero, justo detrás de la
arboleda, esperaríamos a Wayland Pino.
Y le robaríamos su Puerta de Hierro.
Ravyn y yo abandonamos las ruinas atravesando la
neblina, y las mismas ramas se me engancharon en el
cabello. Me tropecé con la falda, y me habría caído de no
ser porque había un boj firme al que agarrarme. Sin
aliento, con el vestido húmedo y el dobladillo embarrado,
salí de la espesura como una ogra, salvaje y cansada.
Ravyn, que tuvo el sentido común de no reírse, esperó
mientras me retiraba las ramitas del pelo.
—Decidme, señorita Bonetero —me dijo mientras me
observaba—. ¿Habéis blandido un arma antes?
Solté una maldición cuando una rama especialmente
difícil se llevó consigo unos cuantos pelos de mi cabeza.
—¿Las tijeras de podar cuentan?
Esta vez sí que rompió a reír.
—Definitivamente, no.
Rodeamos el castillo. Los sirvientes pasaban por

214
nuestro lado y le dedicaban a Ravyn pronunciadas
reverencias. Oí el repiqueteo de los cascos sobre la piedra
y el aullido de los sabuesos en la distancia. Habíamos
dejado atrás la calma silenciosa del jardín y habíamos
salido de la neblina en dirección al conjunto de
construcciones del ala oeste de la propiedad.
—Vuestro padre dijo que no habría violencia. ¿Debo
esperar un enfrentamiento, capitán?
—No —me respondió por encima de su hombro—. Pero
imagino que, de todas formas, os gustaría contar con algo
con lo que defenderos.
El sendero nos condujo al patio, una explanada de
tierra situada en mitad de tres edificios. A la izquierda se
hallaba la armería y a la derecha, los establos. Las
construcciones se encontraban ya cubiertas por la sombra
del castillo, pese a que no era ni mediodía.
Nos dirigimos hacia la armería. Allí las espadas,
cuchillos, aljabas y flechas cubrían las paredes, y las
estanterías estaban equipadas con todas las herramientas
y armas que un guerrero podría necesitar. Los jubones, las
armaduras y las cotas de malla se hallaban en cajas por
el suelo. En el centro de la estancia había una gran tabla
de roble sostenida por dos barriles, que rodeaban cuatro
hombres y una mujer vestidos de cuero negro. Cuando se
abrió la puerta, todos se giraron expectantes.
Los analicé con la respiración acelerada y superficial.
Jespyr y el príncipe Renelm estaban juntos. La joven iba
armada con un arco y una aljaba llena de flechas de
pluma de ganso, y a Elm lo acompañaba su característico
resplandor rojo. A su lado había dos hombres a los que no
reconocía, que levantaron la mirada de una piedra de
afilar mientras me escudriñaban con ojos furtivos.
El último del grupo era Jon Abrojo, que me saludó con
una amplia sonrisa.
—Encantado de veros, milady. Bienvenida a nuestro
excepcional grupo de rudos forajidos.
Oí cómo Ravyn cerraba la puerta detrás de nosotros, y

215
las antorchas y la chimenea pasaron a ser las únicas
fuentes de luz de la armería. Di un paso atrás,
examinando por segunda vez la estancia.
—Estos son Wik Hiedra y su hermano, Petyr —me dijo
Ravyn al oído—. A Abrojo ya lo conocéis, y también a mi
hermana y a mi primo.
Ante mi silencio, el capitán de los destreros sonrió.
—Vamos, señorita Bonetero. Estoy seguro de que no es
la primera vez que ve a un grupo de bandidos.

216
CAPÍTULO 18

S olo llevábamos un rato en la armería cuando Abrojo,


con mucho tacto, dejó clarísimo que yo no les
podría ayudar en nada con un vestido puesto.
Elm sonrió con malicia y me recorrió el cuerpo con sus
ojos verdes, que fijó sobre la corona de flores de mi pelo.
—Pero se ha esforzado tanto en estar guapa hoy…
Jespyr le asestó un codazo a su primo.
—Cierra el pico. Ya tenemos bastante sin tus tonterías.

217
Llegaron dos criados que cargaban con un montón de
prendas: una túnica, un jubón, una capa, unas calzas y
botas. Lana, lino y cuero, todo negro. Uno a uno fueron
marchándose, hasta dejarnos a Ravyn y a mí solos.
Fruncí el ceño mirando mi vestido gris con el bajo
embarrado por el paseo por el jardín.
—No me había percatado de que mi ropa no era
apropiada —le dije, de repente muy consciente de mi
apariencia.
—No podemos ir por ahí con los blasones de nuestras
familias, ¿no creéis? —me respondió Ravyn. Se detuvo y
me retiró con delicadeza la corona de flores del pelo—.
Haré que os envíen vuestra ropa a vuestros aposentos.
Reuníos con nosotros cuando estéis lista.
No sabía si el capitán había vuelto la mirada hacia mí
al salir de la armería, ya que estaba intentando con todas
mis fuerzas no ser yo quien lo mirara a él.
Cinco minutos después, me encontraba apoyada
contra la puerta, aunando coraje para abrirla.
El Tormento soltó aire caliente por las fosas nasales.
«Por los árboles… Son solo calzas, Elspeth».
Me sentía expuesta, desnuda sin mi falda de lana. Me
recogí el cabello en una larga trenza que comenzaba en la
coronilla y me bajaba por la espalda, como una cuerda.
«La chica Tejo lleva túnica y pantalones, ¿por qué tú
no?».
«Jespyr es mucho más imponente que yo. —Bajé la
mirada hacia mis piernas—. Parezco un maldito mozo de
cuadra».
«Lo que pareces, y tal vez siempre haya sido así, es
increíblemente irrelevante».
Solté un gemido y deseé que se marchara de mi
cabeza. Pero estaba en lo cierto. Aquello no giraba en
torno a mí. Tenía que ver con las cartas, la neblina y la
sangre. ¿Qué más daba si iba vestida con ropa
sospechosamente similar a la que llevaba un chico de la
edad de Emory? Si iba a unirme a un grupo de

218
salteadores de caminos, debía adoptar el aspecto
adecuado.
Después de soltar un suspiro tembloroso, crucé la
puerta de la armería.
Me esperaban fuera, reunidos en la entrada del patio.
Cuando me vieron, uno de los hermanos Hiedra silbó, solo
para ser silenciado por un fuerte codazo de Jespyr.
No sabía hacia dónde mirar.
—¿Y bien? —Di un paso al frente, con las manos
ocultas dentro de las mangas—. ¿Voy mejor así para la
misión?
Me percaté del modo en el que Ravyn me recorría el
cuerpo con la mirada.
—Muchísimo mejor —dijo, y un rubor le subió por el
cuello hacia las mejillas. Me entregó dos sofisticados
guantes—. Vais a necesitarlos.
Clavé la mirada en ellos.
—¿Guantes de montar?
—¿Creíais que iríamos caminando? —respondió Elm.
—Iremos hasta el Bosque Oscuro a caballo —me
explicó Jespyr—. El resto del camino lo haremos a pie,
ocultos en la neblina. Cuando el carruaje de Pino pase por
allí, lo detendremos. Entonces, nos indicaréis dónde
encontrar su Puerta de Hierro y en menos de cinco
minutos habremos acabado.
Escudriñé al grupo. Para no tener la intención de
recurrir a la violencia, iban curiosamente bien armados.
—¿Y luego qué?
—Luego volveremos aquí —dijo Elm—, Y podréis
decirnos a todos dónde se encuentra la carta del Pozo en
casa de vuestro padre.

Ravyn, Elm y yo nos quedamos en el establo y los demás

219
se retiraron en busca de los últimos suministros.
—Necesitaréis un caballo —me indicó Ravyn, que sacó
a una yegua marrón de uno de los cubículos. Al verme
palidecer y dar un paso atrás, enarcó una ceja—. No me
digáis que nunca habéis montado a caballo.
El resoplido de Elm inundó el establo.
—Santo cielo, ¿qué habéis estado haciendo todos estos
años en el bosque?
Deslicé la mirada hacia él y entrecerré los ojos.
—No les gusto mucho a los animales.
El príncipe tomó asiento en un banco cercano.
—Eso dice mucho de vos —dijo en voz baja.
Ravyn ignoró a su primo y me tendió las riendas.
—Los caballos son asustadizos —comentó—. Tendréis
que estar relajada…, sentiros segura. Una vez que la
yegua se sienta a salvo, confiará en vos. —Cuando no le
acepté las riendas, el capitán se apoyó en la yegua—.
¿Queréis que os ayude?
Parecía estar retándome. Y me moría de ganas de
dejarlo callado, de ver la sorpresa en su cara cuando
tomara las riendas y montara a la bestia sin él. Pero no
podía hacerlo. No tenía ni idea de caballos.
—Si no es mucha molestia, capitán.
Su expresión de piedra se suavizó. Elevó la comisura
de los labios. Había ganado el reto. Me tomó de la mano y
me acercó a él.
—Poned la mano aquí —me dijo, sosteniéndome la
mirada mientras él mismo me quitaba un guante. Colocó
la palma de mi mano sobre el flanco del caballo, justo
debajo de la silla de montar—. Sentid su respiración, su
energía.
La yegua abrió mucho los ojos y ensanchó las fosas
nasales cuando le acaricié el costado. Desplacé los dedos
a lo largo de su ancho lomo y la crin áspera de su cuello.
«Tranquila —me dije a mí misma—. Tranquila y segura».
«No te servirá de nada —ronroneó el Tormento—. Sabe
que no estás sola. Sabe que no está a salvo».

220
La yegua se removió y dio un paso atrás, levantando la
cabeza y moviendo la cola.
—Calma, chica —le dijo Ravyn, dándole una palmada
firme. Cuando el animal se tranquilizó, el capitán volvió su
mirada hacia mí—. ¿Os ayudo a montar?
Por los árboles, estaba harta de darle el gusto.
—De acuerdo —respondí.
Sin embargo, al final la victoria fue mía. Cuando Ravyn
se me acercó, vaciló, y el rubor regresó a su mandíbula.
Nuestros ojos se encontraron durante un instante. Luego,
como si estuviera poniéndose a prueba a sí mismo, fue a
agarrarme. Sus manos anchas y firmes me tomaron por la
cintura, descansando un breve instante sobre mis
caderas. Las tenía calientes. Acabé preguntándome qué
sentiría si los callos de las palmas de sus manos me
rozaran la piel desnuda.
El capitán inspiró profundamente, me levantó con
facilidad y me colocó en la silla. Permanecí allí sentada un
momento, sin saber qué hacer con las piernas. Parecía
algo burdo balancear una pierna para montar a
horcajadas, pero el instinto me decía que, si no lo hacía,
recibiría más burlas mordaces por parte de Elm, que
seguía sentado en el banco, con un gesto entre la
diversión y la repugnancia pintado en su rostro
principesco.
Sin embargo, en cuanto pasé la pierna por encima del
lomo y flexioné los muslos alrededor de la silla de montar,
sentí que había cometido un terrible error. La yegua
desprendía un olor a heno y a sudor, y su piel se
estremeció bajo mi contacto. Me senté con rigidez sobre
la silla, agarrándome a la crin del animal como si me
fuera la vida en ello.
—¿A qué me agarro?
—Para algo están las riendas —dijo Elm desde lejos.
Ravyn me puso una mano en el tobillo.
—Respirad hondo, señorita Bonetero. La yegua está
nerviosa porque vos lo estáis.

221
—O porque no sabe qué es lo que sois exactamente —
sugirió Elm.
«Créeme, sabe exactamente lo que eres. —El Tormento
soltó una carcajada—. Atenta».
Un siseo se extendió por mi interior, un ruido animal
que se apoderó de mis músculos. Una llamada secreta a
la yegua sobre la que estaba montada.
El animal reculó, presa de un pánico repentino que le
hizo salir relinchando del establo.
No recordaba haberme caído. Solo que me dolió a
rabiar.
Cuando desperté, la yegua ya no estaba, y la risa lenta
y sedosa del Tormento reverberaba en mi cráneo. Ravyn y
Elm estaban agachados a mi lado, mirándome desde
arriba con los ojos como platos.
—Por los árboles. —Ravyn me colocó una mano detrás
del cuello, sosteniendo la parte superior de mi columna—,
¿Me oís?
Intenté erguirme. Me mareé y solté un suspiro largo y
dolorido que me dejó sin aire en los pulmones.
—Os… lo dije —siseé—. No les gusto… a los animales.
Ravyn y Elm intercambiaron una mirada. Una pequeña
sonrisa maliciosa apareció en los labios del príncipe.
—Bueno —dijo—, eso no me lo esperaba.
Tosí y logré adoptar una posición erguida.
—No os alegréis tanto.
Ravyn desplazó la mano desde mi cuello hasta mi
hombro.
—¿Os habéis roto algo?
«Solo mi orgullo —mascullé hacia la oscuridad—. ¿Qué
diantres ha sido eso?».
«Me estaba divirtiendo un poco».
«¡Podría haber muerto!».
«No seas tan dramática —dijo el Tormento—. La gente
se cae a diario de los caballos».
«Eso no lo convierte en una experiencia
particularmente placentera».

222
«Al menos ahora eres consciente de dónde te has
metido…, de quién eres realmente».
—¿Señorita Bonetero?
Estallé con el capitán de los destreros.
—No me he roto nada —respondí.
—¡Está bien! —gritó Elm hacia unos pasos que se
acercaban a toda prisa hacia nosotros.
Jespyr y Abrojo se detuvieron en seco cuando
estuvieron cerca.
—Sin duda os saldrán un par de moratones —dijo
Abrojo.
Enrojecí por completo.
—¿Lo han visto todos?
—No —respondió Elm—. Solo los sirvientes, el flechero,
los mozos de cuadra, el herrero…
—Suficiente —gruñó Ravyn—. Tenemos que irnos ya.
—No podemos irnos ahora —dijo Jespyr señalándome
—. Se matará de una caída.
Elm bostezó.
—No le pasará nada. Atémosla a la bestia y se acabó.
Volví a sentir náuseas.
—¿Atarme?
—Nadie va a ataros a nada —sentenció Abrojo—. ¿Y un
carruaje?
Elm negó con la cabeza.
—Nos oirían a kilómetros de distancia.
Debatieron el asunto del transporte. Yo permanecí en
silencio y mantuve la vista al frente mientras me pasaba
los dedos por las costillas y hacía muecas de dolor.
Sin duda, me saldrían moratones.
—Sigo pensando que deberíamos usar un carruaje —
declaró Jespyr—. Si lo escondemos a kilómetro y medio
del bosque, no nos oirán.
—¿Y si deciden ir tras nosotros? —replicó el príncipe—.
Por lo que sé, no eres capaz de correr más rápido que un
caballo de guerra, prima.
Jespyr sacó su carta del Caballo Negro del bolsillo.

223
—¿Quieres apostar algo?
—Callaos los dos —intervino Ravyn—. Tomad vuestros
amuletos y montad en vuestros caballos. Abrojo, ve a por
los Hiedra. Salimos en cinco minutos.
Todos se dispersaron, aunque no antes de que Jespyr y
Elm se dedicaran unas últimas miradas de reproche.
El capitán se giró hacia mí y, en voz baja, me dijo:
—¿Seguro que estáis bien?
Tosí y luego me encogí.
—Sobreviviré.
—¿Me permitís?
Y de nuevo me pedía permiso para tocarme. Asentí y,
cuando su mano me palpó las costillas, casi me olvidé del
dolor, preocupada porque sintiera el latido acelerado de
mi corazón.
—Os pondréis bien —me dijo, y apartó la mano un
poco demasiado rápido—. Lo lamento, señorita Bonetero.
No tenemos más remedio que ir a caballo. Vuestra mejor
opción es montar con nuestro jinete más avezado…, para
así aplacar la desazón del animal.
Lo miré fijamente.
—¿Y quién es vuestro jinete más avezado?

La forma de cabalgar de Elm era parecida a su actitud en


general: implacable y brusca.
Para cuando llegamos al Bosque Oscuro, me sentía tan
maltrecha y exhausta como si me hubiera caído de un
caballo una docena de veces en lugar de solo una.
Cuando desmontamos, el príncipe dejó escapar un suspiro
exagerado.
—¡Por los árboles! —tosió—, ¿Acaso podéis estrujarme
más? Siento como si hubiera llevado puesto un corsé.
—¿Estáis todos bien? —preguntó Jespyr unos pasos por

224
delante.
—De maravilla —respondió el príncipe entre dientes—.
El mejor viaje de mi vida.
—No te lo estaba preguntando a ti.
—¿Quién más importa aquí?
Ravyn desmontó como una ráfaga de color negro.
—Vuestras riñas no impresionan a nadie —dijo—.
Coged vuestros amuletos. A partir de ahora es mejor
guardar silencio.
El Bosque Oscuro era una densa colección de álamos y
zarzas. A los caballos los ponía nerviosos abandonar el
sendero, pero los persuadimos con azúcar, para conseguir
que se adentraran, inquietos, en la neblina.
Era una sensación extraña no contar con mi pata de
cuervo. Para el resto, la necesidad de llevar encima un
amuleto era más acuciante. Podía oler la sal en el aire. El
Ánima del Bosque se cernía sobre la neblina, invisible,
observando y manteniéndose a raya solo por nuestra
magia y nuestros amuletos.
Los hermanos Hiedra llevaban unas plumas de halcón
idénticas. Jespyr sostenía un pequeño fémur entre las
palmas de las manos. Abrojo hacía girar el diente de un
perro enganchado a un cordel de cuero. Elm se había
envuelto los nudillos con una trenza de crin de caballo.
Seguí a Ravyn, cuyas luces burdeos y violeta se
desplazaban con él por la neblina. Detrás de mí iba
Jespyr, armada con un Caballo Negro. Abrojo y los Hiedra
no portaban ninguna carta. Elm, que curiosamente había
dejado su Guadaña atrás, cargaba con otro Caballo Negro
y había tomado la retaguardia.
Abrojo repartió pan y queso. Comimos mientras
caminábamos, como esos viajeros que salían en uno de
los viejos libros de mi tía. En el crepúsculo, los grillos
cantaron, despertando a los búhos y al resto de las
criaturas de la noche.
La neblina se volvió más densa, tanto que engullía la
tenue luz del sol y nos sumía en la oscuridad.

225
Piedras o zarzas, colina o valle. No importaba. Ravyn
avanzaba con paso seguro. Sus botas no hacían ruido, su
ritmo era infatigable. Se detuvo una sola vez y levantó
una mano para que el grupo hiciera lo mismo, con la
mirada fija en la neblina.
Me resbalé con unas hojas de álamo caídas. La visión
del Tormento era lo único que evitaba que fuera
completamente a ciegas.
—¿Cómo sabéis adonde vamos?
El capitán se encogió de hombros.
—Tengo mucha práctica.
Desde delante, nos llegó el distante crujido de hojas
secas. Un momento después, una cierva y su cervatillo se
cruzaron en nuestro camino. Ravyn los observó con los
hombros relajados y el rostro impasible. Solo cuando los
animales abandonaron nuestro camino, nos hizo un gesto
para que continuáramos avanzando.
La temperatura en el bosque descendió de repente. Me
estremecí y me froté la nariz mientras el aire se volvía
denso a nuestro alrededor.
—La sal es intensa —comenté.
—Es el Ánima del Bosque —respondió el capitán.
Mi tía me había contado muchas historias sobre cómo
el Ánima podía adoptar formas de animales, pero nunca
replicarlos con exactitud. Siempre había algo raro en las
criaturas que simulaba ser. Sus huesos eran demasiado
largos o sus dientes demasiado afilados.
Sus ojos demasiado sagaces.
Dirigí la vista hacia la neblina, pero la cierva y su
cervatillo ya habían desaparecido.
—¿Creéis… —susurré hacia la espalda de Ravyn— que
el Ánima se quedará en Blunder?
El capitán reflexionó sobre ello.
—El viejo libro dice que la magia fluctúa, como el agua
salada en una corriente. Creo que el Ánima es la luna que
ocasiona ese movimiento. Tira de nosotros hacia ella,
pero también nos libera. No es buena ni mala. Es

226
magia…, equilibrio. Eterna.
Detrás de mis ojos, El Tormento sacó las garras y
susurró. «Pero el Ánima quedó desatendida, sus ruegos
desestimados. Acabó del mapa desaparecida, igual que
los Serbal a mí me traicionaron. Pero ella tiene el tiempo
de su parte y yo nada olvido. La próxima corriente que
llegue, la costa se llevará consigo».
Me estremecí, y no debido al frío.
—Así que no —prosiguió Ravyn—. No creo que el
Ánima del Bosque vaya a desaparecer con la neblina. Pero
tal vez deje de suponer un peligro. Quizás descanse.
Unos minutos después, el capitán se detuvo.
—Amarrad a los caballos aquí —le indicó al resto—.
Veo el sendero a unos veinte pasos de distancia.
Me eché a un lado para alejarme de los animales.
Cuando Ravyn se me acercó, sostenía un cuchillo entre
las manos.
—No son tijeras de podar —dijo, y me lo ofreció.
Cuando me vio vacilar, sonrió—. No lo necesitaréis, pero
vuestro disfraz quedará incompleto si no portáis un arma.
Me enganché el mango del cuchillo al cinturón.
—¿Y ahora qué? —inquirí, con un ligero temblor en la
voz.
—Ahora esperaremos.

El desasosiego comenzó a crecer como un montón de


tierra sobre una tumba nueva.
Una hora más tarde, seguía intentando no moverme.
Los demás paseaban con calma, dispersos en la neblina
entre los árboles, las rocas y los arbustos. Ravyn fue el
único que permaneció inmóvil, con los ojos fijos en el
sendero que tenía delante.
Cuando una ramita se partió bajo mis pies, el capitán

227
salió de esa quietud y me lanzó una mirada furibunda.
—Lo siento —susurré.
Él se metió la mano en el bolsillo y sacó un trozo de
tela oscura y sedosa… Era el trapo con el que me había
tapado los ojos en el Equinoccio.
Me mordí el labio.
—¿Para qué es eso?
Sacó un segundo trapo del bolsillo y se lo colocó en el
rostro, justo debajo de los ojos, tapándose la nariz, la
boca y la mandíbula.
Una máscara.
El recuerdo de aquella noche en el sendero del bosque
acudió de forma vivida a mi memoria: los hombres
enmascarados, la violencia y el miedo. Retrocedí y
tropecé con la maleza.
Ravyn debió de entenderlo porque, un momento
después, se retiró la máscara.
—Lo siento —dijo, colocándose a mi lado y bajando la
voz hasta que solo fue un susurro—. ¿Señorita Bonetero?
Me pasé la mano por la cara y no lo miré.
—Nunca pensé que acabaría vestida como una
salteadora de caminos —conseguí articular—. Y ni más ni
menos que con los mismos hombres que me atacaron.
El capitán tomó una bocanada de aire.
—Si hubiera sabido que…
—¿Qué habríais hecho en ese caso? ¿Ser más
simpático? —Se me ensancharon las fosas nasales—.
Estaba sola en el sendero. Y los dos fuisteis horribles.
No lo negó. Después de una pausa larga e incómoda,
suspiró.
—Regresé al sendero, solo, a la noche siguiente.
Estuve merodeando por el bosque durante tres días, con
la esperanza de volver a veros, de poder hablar con vos.
—Miró a lo lejos—. La carta del Profeta nos proporciona
información, pero con ciertas lagunas. Sí, mi madre
predijo que estaríais allí…, vuestra conexión con las
Cartas. Pero el resto eran todo conjeturas. No teníamos ni

228
idea de dónde nos estábamos metiendo. Si hubiera
sabido que contabais con magia… —Volvió a detenerse y
frunció el ceño—. Quedamos muy pocos, señorita
Bonetero. Sois más especial de lo que creéis. Y me duele
pensar que tal vez os haya hecho daño. Lo… lamento. —
Se detuvo—. Por los árboles, lo siento.
Escuché el viento que atravesaba bosque. Su calma se
entremezclaba con la voz de Ravyn Tejo. Tenía un aspecto
distinto cuando iba vestido de salteador de caminos…,
estaba cambiado. Había desaparecido la personalidad
severa y comedida que exhibía como capitán de los
destreros. Allí, en el bosque, solo era un hombre con una
capa negra que buscaba redimirse.
Alargué una mano.
—Estáis perdonado, pero con una condición.
Un hilo invisible tiró de los labios de Ravyn hacia
arriba.
—¿Cuál?
Cuando nuestras manos se rozaron, se me
enrojecieron las mejillas.
—Llamadme Elspeth —dije—. Al fin y al cabo, estamos
a punto de cometer traición juntos.
Aunque con cautela, esa escurridiza media sonrisa
apareció en la boca del capitán. Cuando me dio un
apretón de manos, su piel callosa me rozó la palma.
Un silbido agudo atravesó los árboles, seguido de otro,
y otro más.
La señal.
Ravyn se quedó petrificado, con su mano aún en la
mía. El ruido de unos jinetes que se acercaban retumbaba
en la distancia.
—Será mejor que te pongas la máscara, Elspeth —me
dijo—. Ha llegado la hora.

229
CAPÍTULO 19

S olo tardé un momento en darme cuenta de que algo


iba mal. El ruido tumultuoso de los caballos me
indicó que se trataba de un grupo grande. Si no hubiera
sabido que iban a pasar por allí, podría haber confundido

230
ese clamor con un trueno.
Eché un vistazo a través de la neblina y contemplé
cómo dos carruajes doblaban la curva; sus faroles
proyectaban unas sombras fantasmales sobre el sendero.
Las llamas se confundían con otra luz de un verde
mohoso, cuyo origen estaba en el primer carruaje. Una
luz que solo yo podía ver.
La Puerta de Hierro.
Pero, antes de que pudiera señalársela a Ravyn, el
estruendo aumentó y aparecieron cuatro luces más a la
vista, solo que estas no eran destellos de llamas ni
brillaban tanto como la Puerta de Hierro. Eran oscuras,
tan oscuras que sentí que me perdía en ellas.
Cuatro Caballos Negros, con sus jinetes a lomos de
cuatro corceles de guerra que flanqueaban el carruaje.
Cuatro Caballos Negros y una luz de un intenso color rojo.
Una carta de la Guadaña. Hauth Serbal.
Le di a Ravyn un tirón de la manga y el Tormento se
arrastró detrás de mis ojos.
—El príncipe está aquí, con un Caballo Negro y la
Guadaña. ¡No mencionasteis nada sobre que fuéramos a
enfrentarnos a unos destreros!
El capitán apretó los músculos de la mandíbula. Por el
tamaño que habían adoptado sus ojos y la rigidez de sus
hombros, supe que estaba tan sorprendido como yo. Un
momento después, se llevó la mano al bolsillo y le dio tres
toques a su carta del Tormento, comunicándose así de
forma silenciosa con los demás. Frunció el ceño con
determinación.
Los caballos relincharon y levantaron las orejas.
Ravyn se giró hacia mí.
—¿Ves la Puerta de Hierro?
Parpadeé, boquiabierta.
—¿No seguiréis pensando en atacarlos?
El capitán miró al sendero y luego de nuevo a mí.
—Necesitamos esa carta.
—Pero los destreros…

231
Su voz fue dura. Sin embargo, cuando me miró, divisé
un brillo salvaje en sus ojos que no había visto antes.
—Nos encargaremos de los destreros —afirmó—. Si nos
abalanzamos ya sobre Hauth, no tendrá tiempo de
concentrarse para usar la Guadaña. Cuanto antes
recuperemos la Puerta de Hierro, antes podremos
alejarnos del peligro. ¿Sigues queriendo ayudarnos,
Elspeth?
El Tormento no dijo nada. Aun así, sentí su peso allí
sentado, agazapado, a la espera.
Respiré hondo, sintiendo los pulmones atenazados.
—La Puerta de Hierro está en el primer carruaje.
Los jinetes comenzaban a acercarse. Incluso a través
de la neblina podía ver el polvo que levantaba su marcha
impetuosa, a sus caballos empapados de sudor. Los
cuervos alzaban el vuelo a su paso, graznando su
malestar mientras los jinetes seguían trotando.
Ravyn se llevó la mano al bolsillo una vez más y sacó
la carta del Espejo.
—¿Seguro que no quieres usar esto?
Negué con la cabeza con vehemencia.
—Como quieras. —Le dio tres toques y desapareció—.
Tú y yo saldremos los últimos. —Su voz sonó en el espacio
que antes había ocupado su cuerpo—. Llévame hasta la
Puerta de Hierro. Una vez que estemos cerca, corre de
vuelta aquí y escóndete entre la neblina. ¿Entendido?
No me dio tiempo a responderle. Sin previo aviso,
varias flechas con la punta de pluma de ganso y unas
cuerdas atadas salieron disparadas hacia el sendero,
bloqueándolo unos pasos por delante de los carruajes. Los
Caballos Negros de Jespyr y Elm resplandecieron oscuros
y amenazadores en la distancia. Los Hiedra y ellos
siguieron disparando flechas y obstruyendo el camino,
con lo que obligaron a los carruajes y los destreros a
detenerse de golpe.
Los caballos relincharon. Uno se encabritó y lanzó a su
jinete de bruces contra el suelo. No podía ver a Ravyn,

232
pero lo sentía a mi lado. Un momento después, me cogió
de la mano y atravesamos los árboles a toda velocidad
hasta la refriega.
Se me aceleró el pulso y comencé a tomar bocanadas
de aire desesperadas. Lo único que podía ver era el
sendero que tenía delante, justo al otro lado de la línea de
árboles, y a los hombres desperdigados por él, con una
luz verde en el centro del grupo.
—¡Tomad las armas! —gritó uno de los destreros.
—¡Nos atacan! —exclamó otro.
Pero no tuvieron tiempo de reagruparse…, los
salteadores ya habían llegado.
Cuando las espadas se encontraron, el intenso
entrechocar del acero contra el acero me turbó,
demasiado fuerte para mis oídos. Ravyn tiró de mí hacia
delante, hacia el sendero, agarrándome de la mano sin
vacilar. Delante de nosotros, los hombres salían de los
carruajes y los destreros se bajaban impetuosamente de
los caballos con las armas desenvainadas.
Vi a Elm sendero arriba. Un momento después, los
Hiedra se unieron a la refriega y fueron recibidos por
Hauth y otros dos hombres. Se abalanzaron unos sobre
los otros, poder contra poder, asestando golpes de una
fuerza descomunal con sus espadas y sus puños. Sin
embargo, Ravyn me llevó más allá de la escaramuza y no
tardé en perderlos de vista a todos.
La luz verde de la Puerta de Hierro ya no se
encontraba en el primer carruaje. Se había movido por el
sendero, flotando sobre la capa de Wayland Pino. La luz
giraba sobre sí misma mientras el hombre iba dando
tumbos por entre el tumulto hasta colocarse entre los
destreros y otro hombre armado.
—¡En la capa de Pino! —exclamé—. En el lado derecho.
El capitán me apretó la mano y tiró de mí hacia abajo
justo cuando las flechas atravesaban el aire.
—Vete —me dijo, y de repente sentí la mano fría
cuando me la soltó—. ¡Vete ya!

233
No esperé a que me lo repitiera una tercera vez.
Giré sobre mis talones y corrí, corrí con todas mis
fuerzas. Levantaba la tierra a mi paso y me resbalaba.
Esquivé por muy poco el tajo salvaje de la hoja de un
destrero.
«Levántate —gruñó el Tormento, tan despierto que
podía sentir sus garras dentro de mi cabeza—,
¡Levántate, Elspeth!».
El destrero se había dado la vuelta y luchaba a espada
contra Jon Abrojo. Me levanté del suelo. Tenía la línea de
los árboles y la neblina a solo quince pasos de distancia.
Corrí mientras echaba la vista atrás para ver por última
vez el resplandor de la Puerta de Hierro…
Para acabar chocándome directamente contra mi
padre.
Parecía más alto, con el bonetero rojo como la sangre
cosido en su capa color zafiro. En una mano sostenía una
daga y en la otra blandía con mucha fuerza la espada de
mi abuelo, que estaba usando en un feroz enfrentamiento
contra Elm. A mí me prestó muy poca atención,
devolviéndome el empujón con un fuerte codazo en la
mejilla que volvió a mandarme al suelo.
La boca me supo a sangre y parpadeé, con la mirada
desenfocada. Solo entonces me percaté de la figura
familiar que había grabada en la puerta del segundo
carruaje.
Un bonetero.
«Solo te has mordido la lengua, eso es todo —dijo el
Tormento por encima del alboroto—. Levanta».
El estruendo del acero sonaba más cerca, como si lo
tuviera encima. Me quedé a cuatro patas y gateé, lo que
hizo que la tierra se pegara a las lágrimas que tenía en
los ojos. Cuando llegué al borde del sendero, me lancé
hacia una pila de hojas debajo de un alto álamo.
Me limpié la tierra de los ojos y volví la vista hacia el
caos… en busca de mi padre. Se hallaba allí, todavía
combatiendo contra Elm. Solo que ahora al príncipe se le

234
había caído la espada al suelo. Sentí cómo el miedo me
subía por la columna mientras veía a Elm en apuros,
atrapado entre el carruaje y la hoja de mi padre, que caía
sobre él. Esquivó tres golpes. Toda la concentración del
príncipe estaba puesta en el siguiente movimiento de mi
padre.
«Va a acabar herido», dije mientras el pánico me
cerraba la garganta.
«¡No es tu puñetero problema!».
Una vez más, estaba en el suelo, buscando algo…,
cualquier cosa. Cerré los dedos en torno a una piedra
gruesa y fría. Cuando me levanté, Elm se había caído y
yacía en la tierra.
Mi padre se cernía sobre él con la espada en la mano,
a punto de asestarle el golpe de gracia.
Di un paso atrás hacia el sendero y cerré los ojos
mientras acudía a la negrura de mi mente. Cuando hablé,
la voz del Tormento se fundió con la mía en una
disonancia que sonaba fuerte y decidida.
—No. Falles.
La roca le acertó a mi padre en la nuca, lo que provocó
que se tambalease y no pudiese asestar ese último golpe.
Elm no tardó en ponerse en pie y alejarse de la refriega
bajo la sombra de su Caballo Negro.
Mi padre se giró en mi dirección, con la mirada teñida
de una violencia que nunca le había visto.
«¿Y ahora qué?», siseó el Tormento.
Retrocedí y, de repente, sentí que se me helaban las
extremidades. Saqué el cuchillo del cinturón y lo sostuve
de forma temblorosa entre mi padre y yo. «Ayúdame», le
pedí a la criatura, con las piernas débiles a causa del
pánico.
Mi padre frunció el ceño. Giró sobre sí mismo y llevó su
daga hacia atrás.
—Malditos salteadores de caminos —dijo, y se preparó
para lanzarla. Para lanzármela a mí.
Supe que no fallaría. Había llegado hasta allí solo para

235
que me asesinara el mismo hombre que, hacía once años,
lo había arriesgado todo para mantenerme con vida.
«Ayúdame, ayúdame, ¡ayúdame!», grité hacia mi
mente. Cerré los ojos mientras el sonido implacable de la
daga atravesando el aire retumbaba en mi cuerpo.
La sal me inundó la nariz. Sentí como si me hubiera
caído encima una cortina de hielo. Jadeé, desesperada
por inspirar un aire que no podía alcanzar. El dolor me
atravesó los brazos…, la magia oscura de la infección y la
fuerza del Tormento me recorrían las venas. Cuando abrí
los ojos, el mundo era brillante y vivido tras la mirada de
la criatura. Mi padre se hallaba delante de mí,
amedrentado, con una ligera sorpresa reflejada en su
ceño oscuro…
En mi mano tenía su daga, que sujetaba con fuerza.
El Tormento había sido más rápido que él. Mis ojos, mis
brazos, mi mente se movían con una furia descontrolada.
En solo un par de pasos rápidos, acorté la distancia entre
mi padre y yo. Antes de que él pudiera levantar su
espada, le asesté una patada en el diafragma, tirándolo al
suelo.
Cayó de bruces. Me cerní sobre él con una sonrisa
retorcida en los labios y sostuve la punta de su daga
contra su garganta.
—Ten cautela con el azul —recité; mi voz se
entremezclaba con el tono viscoso del Tormento—. Ten
cautela con la roca. Ten cautela con las sombras que el
agua remolca. Los enemigos aguardan. En la puerta los
lobos acechan. Ten cautela con las sombras que el agua
remolca.
El miedo derribó la severidad de mi padre. Me miró
desde abajo, con sus ojos azules vidriosos y muy abiertos.
Cuando vio los míos por encima de la máscara, supe que
no me había reconocido.
Nunca me había visto con los ojos amarillos.
Pero, antes de que pudiera decir nada, boquiabierto
como estaba y con el rostro pálido como el de un

236
fantasma, un caballo asustado pasó a toda prisa junto a
nosotros y me hizo caer al suelo.
Se me escapó la daga de las manos y me golpeé la
cabeza contra una roca. El mundo se tambaleó de
repente, como si se hubiera puesto del revés.
Unas manos me agarraron. Intenté apartarlas a
manotazos, pero no lo conseguí. Se me enturbió la visión
y el calor que corría por mis venas fue tan intenso que
comenzó a quemarme.
Un momento después, me levantaron del suelo y me
pusieron en pie.
Llevaba el rostro cubierto por una máscara. No
obstante, reconocí sus ojos, su voz. Cuando Jespyr me
ofreció una mano, la tomé. El caos a nuestro alrededor
era tan estruendoso como unos tambores de guerra.
Jespyr y yo nos lanzamos de cabeza hacia la neblina.
Me sentí perdida de inmediato, pero, a pesar de todo,
corrí. Jespyr respiraba con dificultad, y tal vez hubiera
podido seguir avanzando…
De no ser porque un destrero salió de entre la neblina
y la derribó con todas sus fuerzas contra el suelo.
La destrera cayó con un golpe seco, arrastrándome
con ella. Sofoqué un grito y el Tormento inundó mi mente.
«Calla, niña —me advirtió—. Van a oírte».
Jespyr no tardó en ponerse en pie y se colocó delante
de mí para protegerme, cara a cara con el otro destrero.
Cuando el hombre se abalanzó sobre ella, bloqueó el
golpe con su misma fuerza. Caballo Negro contra Caballo
Negro. Sus espadas colisionaron, y un sonido desgarrador
atravesó la neblina. Jespyr le asestó un codazo en la
mandíbula a su oponente y este se tambaleó, dando un
paso hacia atrás y blandiendo la espada con torpeza.
No obstante, el filo del arma alcanzó a rajarle la túnica
negra a la destrera y le acertó en el hombro.
La joven siseó, pero no vaciló. Giró a una velocidad
que yo apenas podía concebir y se colocó al lado del
destrero, esquivando el segundo golpe de su espada.

237
El hombre soltó una maldición y sacó una daga
increíblemente curva de su cinturón.
Antes de que pudiera acertarle con ella, Jespyr le
golpeó en el lateral de la cabeza con el pomo de su
espada, lo que le hizo perder el equilibrio. Con la mirada
desenfocada, cayó al suelo a mis pies. Yació allí, inmóvil,
con los ojos cerrados.
Me quedé mirándolo fijamente.
—¿Está…?
Jespyr se agachó a su lado. El hombro le sangraba allí
donde la había cortado. Llevó dos dedos al cuello del
destrero, justo debajo de la mandíbula.
—Solo está inconsciente —murmuró. Alzó la mirada
hacia mí, deteniéndose en mis ojos—. ¿Estás bien?
Me sentía como si fuera de madera: rígida y astillada.
—Estoy bien —respondí entre dientes—. ¿Y cómo se
encuentran los demás?
—No lo sé. —Se llevó una mano al bolsillo del pecho—.
He acabado separándome de ellos. —Se le desencajó el
rostro y movió la mano con más urgencia. Rebuscó en
todos sus bolsillos, luego en su capa—. Mierda —jadeó.
—¿Qué?
—¡No está! —exclamó—. Mi amuleto. Debe de
habérseme caído cuando el destrero chocó contra mí.
En alguna parte detrás de nosotras, una rama se
partió.
—¿Qué ha sido eso? —inquirió Jespyr abriendo los ojos
de par en par.
—No deberíamos quedarnos aquí —conseguí decir, y
estiré el cuello para mirar a nuestro alrededor—. El otro
destrero no debe de andar muy lejos.
Sin embargo, Jespyr se limitó a negar con la cabeza;
sus ojos castaños estaban empañados por el miedo.
—No… no… —Tosió, como si hubiera tragado mucha
agua—. ¿No la hueles? —me preguntó—. ¿Hueles la sal?
La contemplé con fijeza y sentí que se me helaba la
respiración.

238
—¿Jespyr?
Con dedos temblorosos, se frotó los ojos.
—No… no… no veo… —Parpadeó con insistencia—.
¡No, no, no! —gritó.
«¿Qué le está pasando?», dije hacia mi mente
mientras un escalofrío me recorría la columna.
«¿No lo sabes? ¿No puedes olerlo?».
La sal me inundó la nariz. Magia. Magia oscura y
descontrolada. El Ánima del Bosque había llegado para
equilibrar la balanza.
Para llevarse a Jespyr hacia la neblina.
Rebusqué en mi jubón con dedos temblorosos. Pero
tenía los bolsillos vacíos. Había dejado mi amuleto en el
castillo Tejo, bien guardado dentro de mi vestido.
Un zorro aulló en la distancia, lo que nos hizo dar un
respingo.
—Jespyr, tenemos que salir de la neblina.
—No —consiguió decir—. El sendero… no… seguro. —
Se giró hacia el oeste. Algo que yo no podía oír la estaba
llamando—. Tenemos que adentrarnos más en el bosque.
—No —le dije—. Estás confusa. Tenemos que…
No me escuchó. Estaba perdida, con los ojos vidriosos.
Un momento después, echó a correr, internándose entre
los árboles. La neblina se la tragó.
Obligué a mis extremidades cansadas a seguirla. Mi
corazón latía muy deprisa. Extendí las manos delante de
mí. El camino estaba tan oscuro que parecía taparme los
ojos. Sin embargo, estaba agotada después de haber
experimentado la fuerza del Tormento y no me atrevía a
volver a pedirle ayuda. Las ramas de los árboles me
tironeaban del pelo, y la tierra bajo mis pies estaba
plagada de raíces, lo que convertía cada paso en una
trampa.
Delante de mí, un grito animal atravesó los árboles. El
Tormento rio, y su voz ocupó toda mi mente. «El Ánima no
perdona, no ofrece indultos. Te llama por tu nombre. Ni
familia, ni amigo ni enemigo es. Vigila la neblina como un

239
pastor a sus ovejas…».
Volvió a oírse el mismo grito, solo que esta vez discerní
una palabra entre las frenéticas notas de su lamento.
—¡Ayuda!
No pertenecía a ningún animal; era de Jespyr.
«Y a los que atrapa, el sueño final les aguarda».
Sus gritos resonaron entre la neblina, asustados y
terribles. Corrí hacia el sonido y encontré a Jespyr
atrapada entre las enredaderas que crecían bajo un viejo
álamo, con el tobillo preso entre las raíces.
Tenía la mirada desenfocada, perdida en algo muy
lejano.
—Extremidades de la tierra, llevadme a casa —se rio
entre dientes—. No temas, Elspeth. Las raíces y los
animales del bosque sirven al Espíritu, igual que tú y que
yo.
Sentí que se me revolvía el estómago al ver su tobillo,
que se había torcido de forma antinatural. Tomé mi
cuchillo y la liberé de las enredaderas.
—Jespyr —le dije—. ¿Tu hermano lleva encima algún
amuleto?
No pareció oírme.
—Permaneceré… permaneceré en la oscuridad, nunca
en la luz.
—¡Jespyr!
La destrera parpadeó y comenzó a cavar en la tierra
con las manos.
—Sí —logró decir—. Ravyn… Amuleto. Corre.
Atravesé el bosque con los ojos bien abiertos,
desesperada por vislumbrar las luces burdeos y violeta
del capitán de los destreros.
Pero no tardé en perderme, engullida por la neblina.
Busqué en la oscuridad cualquier destello de color, con
los brazos extendidos para defenderme de las crueles
zarzas que me arañaban la cara y se me enganchaban en
el pelo. Los animales huían despavoridos a mi paso. Me
apresuré, segura de que algo horrible le sucedería a

240
Jespyr si no le encontraba algún amuleto.
Caí por un barranco. Las ramas me rompieron el
pañuelo, que seguía cubriéndome la cara.
«¿Dónde está? —grité a mi mente—. ¿Qué camino
tomo?».
«Espera —me advirtió el Tormento—. Escucha».
Agucé el oído. Al principio, lo único que percibí fue el
latido de mi corazón. Pero, entonces…, pasos. Algo se
dirigía hacia mí. O alguien.
Escudriñé el entorno agazapada en los matorrales,
buscando algún color. Otro grito animal atravesó el
bosque y tuve que sofocar un chillido. Quería gritar, pero
el Tormento me indicó que guardara silencio, así que
permanecí callada y esperé.
Se oyeron más pasos y el crujido de unas ramas que
se partían bajo unos pies. Al otro lado de la maleza, difícil
de discernir en la oscuridad, vi Caballos Negros y una
Guadaña. Venían despacio desde el barranco, cautelosos,
con las espadas desenvainadas. Eran tres destreros. Un
cuarto Caballo Negro yacía en el suelo, inmóvil.
Me había perdido y había corrido hacia el mismo lugar
del que habíamos huido.
«No te muevas», me dijo el Tormento.
Me temblaron las manos. Me puse una sobre la boca y
llevé la otra al mango del cuchillo que me había dado
Ravyn. No podían verme detrás de la maleza, la neblina
era demasiado densa. Pero estaban lo bastante cerca
como para oírme.
Contuve el aliento.
Los hombres recogieron al destrero caído, colocándole
los brazos alrededor de sus hombros. Uno de ellos soltó
una maldición cuando un búho chilló entre los árboles, y
el resto se retiraron detrás de él. Pese a su determinación,
no tenían intención de quedarse demasiado tiempo fuera
del sendero. Solo uno de ellos vaciló y escudriñó la
neblina. Estaba a un tiro de piedra del matorral tras el
que me escondía.

241
Tenía el rostro iluminado por las amenazantes luces de
sus cartas: negra y roja. Era el príncipe heredero de
Blunder, el prometido de Ione.
Hauth Serbal.
Dio un paso hacia mí, aguzando el oído en mi
dirección.
—¿Quién anda ahí?
Era un cazador, y yo la presa. Una lágrima fría me
resbaló por la mejilla. No obstante, cuando miré a mi
alrededor, el príncipe heredero había desaparecido.
Parpadeé y puse a prueba mi visión. Era imposible que
Hauth hubiese utilizado una carta del Espejo… No había
visto ninguna luz morada. Después de un tenso silencio,
salí de entre la maleza y el seto se agitó. Me temblaban
las manos.
Sin embargo, Hauth Serbal, junto con los otros
destreros, había desaparecido.
Dejé escapar un suspiro tembloroso y volví hacia el
barranco. Si lograba encontrar el camino de vuelta hasta
los caballos, podría dar con el resto de mis compañeros.
Y, lo más importante, encontraría a Ravyn y su amuleto
de sobra.
Jespyr se estaba quedando sin tiempo.
No obstante, antes de que pudiera dar un paso, algo
oscuro se movió a mi espalda a una velocidad
sobrenatural. Se me erizó la nuca y me di la vuelta.
Salió disparado de entre la neblina a toda velocidad y
me agarró de la muñeca. Intenté huir, pero me obligó a
darme la vuelta. Su Caballo Negro y la Guadaña
proyectaban un color siniestro frente a mis ojos.
—¿Quién eres? —dijo Hauth mientras me sacudía.
Me retorció el brazo. Oí un crujido extraño y antinatural
y, de repente, sentí un intenso dolor en la muñeca. Solté
un grito. El dolor me subía por el brazo.
El siseo del Tormento se convirtió en un rugido. Inundó
mi mente con una furia repentina y venenosa. «El
príncipe de los salvajes», gruñó.

242
Hauth me sacudió la muñeca, entrecerrando los ojos
como si estuviera intentando ver a través de mi máscara.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
No respondí. No tuve la oportunidad. Golpeé al príncipe
heredero. Mi mano se convirtió en un borrón en la neblina.
El sonido de algo que se rasgaba inundó el aire. Abrí
mucho los ojos al bajar la mirada. Tenía la mano cubierta
de sangre.
Y no era la mía.
Los gritos de Hauth se extendieron por el bosque.
—¿Quién eres? —repetía mientras se alejaba de mí con
unos cortes terribles desde el hombro hasta la mandíbula.
No respondí. Ya había echado a correr a toda prisa
hacia el bosque, con su sangre aún en mis dedos.
«¿Qué has hecho?», le grité a mi mente, demasiado
temerosa como para mirar atrás.
La voz del Tormento era candente como un hierro
fundido. «Rojas, siempre rojas son las bayas del serbal; su
tierra oscurecida por la sangre mortal. Pero un príncipe un
hombre es, y un hombre puede sangrar. A la doncella
atacó… Pero fue el monstruo quien le respondió».
El eco de los alaridos de Hauth, guturales como los de
un zorro, se extendía por el bosque. Me abrí paso entre
los árboles, con los músculos tensos, desesperada por
huir. No sabía si me dirigía hacia el norte o hacia el sur,
solo que tenía que poner toda la distancia posible entre el
príncipe heredero y yo.
Se me anegaron los ojos en lágrimas y la muñeca, roja
e inflamada, me ardía de dolor. Cuando oí el crujido de
unas hojas a mis espaldas, me desvié hacia la derecha,
chocándome contra un arbusto de dafne. Los hierbajos se
me enredaron en las piernas y caí al suelo con fuerza,
incapaz de prepararme para el impacto.
Gemí; comenzó a emborronárseme la visión.
«Levanta —me ordenó el Tormento—, Levántate,
Elspeth».
Rodé sobre mí misma, escuchando al bosque. Oí unos

243
pasos a través de la neblina, pero esta vez, al levantar la
mirada, vislumbré unas débiles luces de colores en la
distancia: burdeos, violeta y verde musgo. El Tormento, el
Espejo y la Puerta de Hierro.
Ravyn.
Debía de haberme oído acercarme, porque, cuando
atravesé bruscamente la neblina, él ya no estaba… Había
desaparecido tras darle tres toques a su carta del Espejo.
Me choqué con fuerza contra él y solté el aire con
alivio. Lo oí respirar y, de repente, el velo de magia se
desvaneció. El capitán de los destreros reapareció delante
de mí.
—Elspeth. —Abrió mucho los ojos por encima de la
máscara mientras me examinaba—. ¿Qué…?
—¡Shhh! —le dije, y lo empujé detrás de un árbol
tapándole la boca con la mano—. El príncipe heredero
viene detrás de mí.
A Ravyn se le cortó la respiración. Se llevó la mano al
cinturón y sacó su daga. Aparté mis dedos de su boca,
despacio. Pero antes de que los retirara del todo, él me
los agarró, entrelazándolos con los suyos. El chillido de un
búho sonó cerca de nosotros y di un respingo. Sentía el
rostro frío por las lágrimas que había derramado sin
darme cuenta.
Ravyn me contempló, con el oído puesto en la neblina.
Cuando la quietud se impuso, eché un vistazo al otro lado
del árbol, en busca de cualquier señal de las luces negras
y rojas de Hauth Serbal.
Pero allí no había nada. El príncipe heredero se había
marchado…, había regresado al sendero a lamerse las
heridas.
—Ya no veo sus cartas —susurré.
Ravyn envainó el cuchillo.
—Pino y su séquito han huido en su carruaje en cuanto
nos hemos retirado. El segundo carruaje no ha tardado en
seguirlos, pero los destreros se han quedado atrás, así
que nos hemos dispersado. Dudo que los demás se hayan

244
adentrado mucho en la neblina.
—Los he visto volver al sendero.
—¿Hauth te ha visto a ti?
Asentí.
—Creo que me ha roto la muñeca.
Al capitán le relampaguearon los ojos. Tomó mi brazo
herido, pero me aparté.
—No hay tiempo. Jespyr…, ha perdido su amuleto. —
Enterré las botas en la tierra mientras tiraba de Ravyn
para apartarlo del árbol—. Debemos volver atrás. Ahora.
Nos topamos con Jon Abrojo y nos apresuramos a
adentrarnos en el bosque, con cuidado de no
encontrarnos con destreros. Sin embargo, las luces
negras y rojas no estaban a la vista. Temía no ser capaz
de volver por el mismo camino, pero mi frenética huida
de Hauth fue fácil de rastrear y, desde allí, encontramos
el barranco que nos llevó de vuelta a Jespyr.
La destrera no había ido muy lejos; tenía el tobillo
demasiado herido como para apoyarlo. Ravyn se agachó
junto a su hermana y sacó del bolsillo un amuleto
envuelto en un trozo de lino. Lo colocó sobre los dedos
rígidos de Jespyr y apoyó su frente contra la de ella,
susurrándole algo que no llegué a oír.
Los contemplé con el pulso acelerado. Un rato
después, los ojos vidriosos de Jespyr recuperaron la vida y
ella dejó de revolverse, de hacer esfuerzos por arrastrarse
hacia la neblina.
Se encogió y se sentó.
—¿Qué diantres ha pasado?
—Has perdido tu amuleto —le dijo Ravyn, y le apartó a
su hermana el pelo de los ojos—. Te has herido el tobillo.
Pero todo va bien, Jes. Estás a salvo.
Suspiré, y el alivió que sentí se entremezcló con un
dolor nauseabundo. Detrás de nosotros, los árboles
crujían y el murmullo de una discusión atravesaba el
bosque. Los Hiedra habían vuelto.
—¿Todo bien, chicos? —inquirió Abrojo.

245
Las blasfemias de Petyr inundaron el aire.
—Royce Tilo me ha roto la puta nariz.
—Es culpa tuya por no haberle dado una buena tunda
—vociferó Wik.
—El capitán nos indicó que no los matáramos, ¿no?
—¿Alguien os ha visto las caras? —exigió saber Abrojo
—. ¿Os han reconocido?
—Desde luego que no.
—¿Estáis seguros?
—¿No te parezco seguro, Jon?
Se oyó el crujido de las hojas. Alguien corría hacia
nosotros, una sombra oscura e infinita que se abría
camino entre los árboles. Agarré a Abrojo del brazo para
avisarlo, pero, antes de poder decir nada, una despeinada
cabeza castaña apareció en la oscuridad.
Elm.
—¡Eh! —lo llamó Petyr—. Sí que has tardado.
El príncipe no estaba de humor.
—Y eso lo dice el imbécil que pensó que podía vencer
a un destrero sin un Caballo Negro. Estarías
desangrándote en el sendero si yo no hubiera intervenido
para salvarte ese culo plano que tienes. —Miró a Ravyn y
luego a Jespyr, todavía sentada en el suelo del bosque—,
¿Qué ha pasado?
—Perdió su amuleto —le explicó Abrojo—. Esta chica es
fuerte como la sal. Se pondrá bien enseguida.
Elm volvió a posar los ojos en Ravyn.
—Espero que hayas conseguido esa puñetera carta.
—Sí que la tiene. —Wik rompió a reír—. Miradle esa
cara de engreído.
—Entonces, veámosla —pidió Petyr.
Ravyn extrajo de su bolsillo una luz verde, que se
apagó en cuanto la giró entre los dedos, con la comisura
de los labios curvada hacia arriba en un gesto
increíblemente arrogante. Algo se tensó en mi estómago
al verlo regodearse.
Se pasaron la Puerta de Hierro entre ellos. Sus voces

246
ya libres de tensión y sus suspiros de alivio llenaban el
aire. Le devolvieron la carta a Ravyn, que se la guardó
otra vez en el bolsillo. Una vez que dejó de tocarla, la luz
verde volvió a brillar con fuerza.
El ambiente fue distendiéndose poco a poco y las risas
reclamaron nuestro pequeño rincón del bosque. Me
aparté un par de pasos, consciente de repente de lo
dolorido que tenía el cuerpo. Encontré un tronco y me
senté sobre él con brusquedad.
Elm se me acercó y me miró fijamente.
—Veo que seguís viva.
Conseguí asentir antes de que otra oleada de dolor me
atenazara la muñeca. Sentía la piel caliente, inflamada y
dolorida.
—¿Osha reconocido? —me preguntó.
—¿Quién? —dijo Ravyn, que nos observaba.
—Su padre.
Abrojo levantó tanto las cejas que casi acabaron
ocultas bajo el nacimiento de su pelo.
—¿Erik Bonetero estaba allí?
—En el segundo carruaje —dijo Elm mientras se
limpiaba la sangre de la nariz—. El muy capullo me pilló
desprevenido…, prácticamente se me tiró encima.
—¿Qué sucedió? —inquirió Jespyr. Se encogió al
levantarse, inclinándose sobre Petyr en busca de apoyo.
—Sigo de una pieza, ¿no? —El príncipe me miró con las
cejas enarcadas—. Ella se enfrentó a él.
Los demás guardaron silencio, con las miradas puestas
en mí. Me sostuve el brazo y mantuve la vista fija en el
suelo mientras dejaba escapar un suspiro largo y
cansado.
—No me reconoció.
—¿Estáis segura? Porque, si lo ha hecho, entonces
estamos…
—¿De verdad creéis que intentaría matar a su propia
hija?
Ravyn se me acercó y se agachó a mi lado. Me tomó la

247
muñeca herida y la envolvió como pudo en su máscara de
tela, sujetándome la articulación para que no pudiera
moverla. Apreté los dientes, pero no aparté los ojos. Un
par de lágrimas me resbalaron por las mejillas.
Elm nos observaba.
—¿Quién os ha hecho eso? —preguntó.
La voz del capitán fue fría.
—Hauth —dijo, y terminó de atarme el vendaje
improvisado para alzar la mirada hacia mi rostro—. No
has llegado a contarme cómo lograste huir de él.
Me puse tensa. La risa perversa del Tormento resonó
en el vacío. Cuando hablé, las notas graves de mi voz
eran viscosas, como empapadas en aceite.
—Tal vez haya sido él quien ha huido de mí.

248
CAPÍTULO 20

L os otros se adelantaron cabalgando, ya que el


triunfo les hizo avivar el paso. Solo Elm se quedó
atrás, aguardando junto a su caballo.
Apreté los dientes, espantada ante la idea de otro viaje

249
a trompicones con el príncipe, con la muñeca dolorida.
Pero, antes de llegar hasta él, Ravyn se interpuso entre su
primo y yo.
—Te ahorraré a la pasajera —le dijo a Elm—. Ve con los
demás.
El príncipe enarcó una ceja y sus ojos verdes nos
miraron alternativamente a Ravyn y a mí.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo.
—Por mí, estupendo —respondió—. Ya estoy bastante
magullado sin un par de brazos estrujándome las
costillas. —El príncipe montó en su corcel y lo espoleó sin
mirar atrás para desaparecer tras la sombra de su Caballo
Negro.
Me apoyé contra un árbol hueco.
—¿Qué había en el pañuelo? —inquirí.
—¿Qué pañuelo?
—El amuleto que le entregaste a Jespyr.
Ravyn ajustó la silla de montar.
—La cabeza de una víbora. La llevo cubierta para no
clavarme los colmillos.
Enarqué las cejas.
—Creía que no llevabas ningún amuleto encima.
—Sí que lo llevo. —Me dedicó una sonrisa fugaz—. Solo
que no por el mismo motivo que el resto.
Me estremecí y aparté la mirada.
—Supongo que morir envenenado es mejor que acabar
siendo torturado en las mazmorras del rey. —Luego, tras
una pausa, añadí—: Solo te quedan dos cartas por
conseguir. Debes de estar satisfecho.
—Lo estoy —respondió el capitán mientras ajustaba la
silla sobre su palafrén negro—. Aunque conseguirlas ha
sido más difícil de lo que había pensado en un principio.
—Robarlas —lo corregí—. Ha sido más difícil robarlas.
Se dio la vuelta y se apoyó contra su caballo.
—Llámalo como quieras. Jamás habríamos vencido a
los destreros si no hubiéramos sabido dónde exactamente

250
tenía Pino su Puerta de Hierro. —Se le suavizó la voz—. No
lo podríamos haber hecho sin ti.
Le dediqué una reverencia burlona.
—Me he jugado el cuello solo para que me deis las
gracias, capitán.
Ravyn espiró, y fue mitad suspiro y mitad algo más.
Pero no dijo nada, como si yo no acabara de reprocharle
su agradecimiento. En su lugar, cruzó los brazos, y la
sombra de su característica nariz se proyectó sobre su
rostro.
—Antes me has asustado.
—¿A qué te refieres?
—A cómo saliste corriendo de entre los árboles… No
parecías tú. —Guardó silencio mientras me contemplaba
—. Es difícil de explicar.
—Inténtalo —le pedí.
Se encogió de hombros.
—Pensarás que estoy mal de la cabeza.
—Ya es un poco tarde para eso, ¿no?
Curvó los labios en una sonrisa.
—Es solo que, a veces, cuando te miro siento que te
conozco…, que te comprendo. Y otras veces… —frunció el
ceño— tus ojos centellean en un extraño color amarillo.
Siento una quietud en ti que no reconozco. Una especie
de oscuridad.
Cuando vio que permanecía en silencio, helada hasta
los huesos, la voz del capitán siguió siendo amable.
—La verdad es —prosiguió, dándole una palmadita al
caballo— que hay oscuridad dentro de todos nosotros. No
necesitamos que nos lo diga El viejo libro de los Alisos. Tú
y yo estamos contagiados y eso conlleva una magia
extraña y espléndida. Pero siempre hay que pagar. Todo
tiene un precio.
Cabalgamos en silencio a paso lento. Dormité pese a
tener la muñeca dolorida. El sueño hacía que me pesara
la cabeza. Sobre el sendero, la luna brillaba a través de la
neblina. El bosque, plagado de ruidos animales, resonaba

251
con el eco de búhos, grillos y gatos monteses que no se
inmutaban ante nuestra intrusión.
Ravyn y yo no hablamos… ni sobre magia ni sobre mis
extraños ojos amarillos. Tampoco sobre mi padre ni sobre
Hauth. Silencio y calma. El sosiego se instaló detrás de
mis párpados y me apoyé contra la espalda ancha del
capitán, demasiado cansada como para mantenerme
erguida, con el débil latido de su corazón apenas
perceptible a través de su jubón.
Me sumí en mis pensamientos en busca del Tormento,
que, desde el caos acontecido en el bosque, había
permanecido callado.
Era extraño el silencio que guardaba la criatura cuando
estaba en compañía de Ravyn. Casi como si se hubiera
ido del todo.
Casi.
Lo sentí en la oscuridad. Cuando llamé su atención, se
removió, pero no habló, solo extendió las garras como un
gato bostezando antes de retirarse hacia la negrura.
Dormí hasta que el familiar ruido metálico de los
cascos sobre los adoquines llegó a mis oídos. La luna ya
no se hallaba en lo más alto del cielo, sino que
descansaba detrás de la torre este. Me incorporé dando
un respingo; una ligera lluvia estaba atrapada en mis
pestañas.
Habíamos regresado al castillo Tejo.
—¿Qué hora es?
—Un poco antes del amanecer —dijo Ravyn, cuya voz
le retumbó en el pecho.
El capitán nos guio a través de la verja de hierro del
castillo. Desmontó y sacó una llave maestra de la silla de
montar. Oí el chasquido de la cerradura y bostecé,
deseando más que nada llegar a mi cómoda cama y
dormir largamente y sin sueños.
Ravyn condujo al caballo hacia la puerta del castillo.
Cuando me resbalé del sillín, me agarró por la cintura y
me bajó hasta los adoquines, flexionando los dedos justo

252
por encima de la curvatura de mis caderas. Los dejó allí
incluso cuando mis pies tocaron tierra firme.
Levanté la mirada, desesperada por dormir pero
completamente despierta.
—En los próximos días habrá más miradas puestas en
nosotros aparte de las de mi familia —dijo con voz baja en
un susurro retumbante—. ¿Aún deseas seguir fingiendo?
No pronunció la palabra. «Cortejo». Se me agitó la
respiración, como las alas de un pájaro enjaulado y
nervioso. Sabía lo que quería decirle, pero algo pequeño y
delicado en mi pecho se resistía a dejar escapar el sí que
tenía en la punta de la lengua.
—¿Y tú?
Su silencio me transmitió cierta reticencia. Él también
estaba atrapado en un mundo de cosas sin decir.
—De todo aquello que tengo que fingir —dijo mientras
trazaba círculos con el pulgar a lo largo de mi cintura—,
cortejarte parece ser lo más sencillo.
Su forma de escurrir el bulto me hizo enfurecer. Sin
embargo, tan pronto como llegó, la furia se fue, dejando
tras de sí unas brasas que me calentaban la parte baja
del estómago. Cuando me aparté de su lado, sentía calor
en todo el cuerpo.
Me encaminé hacia la puerta del castillo.
—Qué halagador.
Él se detuvo un momento.
—¿Y tu respuesta? —dijo a mi espalda.
Me di la vuelta. Me gustaba provocarlo. Más de lo que
debería.
—Es exasperante, ¿verdad, capitán? Recibir tan solo
respuestas a medias.
—Ravyn —dijo, recorriéndome el rostro con la mirada
para posarla brevemente sobre mi boca—. Si queremos
ser convincentes, debes llamarme Ravyn.
Una sonrisa se apoderó de mis labios.
—Entonces, buenas noches, Ravyn.
Me respondió con una sonrisa lenta y satisfecha.

253
—Me tomaré eso como una respuesta, Elspeth.
Recorrí de puntillas el castillo oscuro hasta mis
aposentos y esperé a Filick. Notaba los párpados pesados.
Cuando me senté encima de la cama, algo suave cedió
bajo mi mano. La corona de flores que había hecho esa
mañana estaba colocada sobre mi almohada. Cuando le
di la vuelta, un pétalo de rosa cayó sobre mi mano, rojo
como la sangre.

Me hallaba en la estancia antigua cubierta de


enredaderas. La madera del techo se había podrido, y los
rayos de sol entraban por entre el dosel de los árboles,
naranja y amarillo. Los pájaros cantaban, juguetones. Solo
que esta vez no era verano. El aire era más frío, un día de
otoño fresco y puro.
Sentado sobre la roca oscura en el centro de la
estancia descansaba el mismo caballero al que había
visto en mi último sueño. Su armadura dorada hacía
mucho que había perdido su lustre y brillaba muy
débilmente bajo la luz otoñal. Sobre su cadera
descansaba la misma espada antigua con unas extrañas
ramas retorcidas talladas en su empuñadura.
Perdido como estaba en sus pensamientos, no me vio.
Esperé a que levantara la mirada y volví a hacer ruido
con los pies sobre el suelo cubierto de hojas.
Cuando por fin me vio, abrió mucho los ojos.
—Elspeth Bonetero —dijo, con sus ojos, extraños y
amarillos, hipnotizándome—. Déjame salir.
La habitación estalló en llamas.
Me desperté sobresaltada, jadeando en busca de aire.
Miré a mi alrededor, pero no había fuego. Estaba sola en
mis aposentos en el castillo Tejo, sin fuego, sin llamas que
me lamieran los laterales del rostro. La luz brillante de la

254
mañana se colaba a través de los cristales. Parpadeé, sin
estar segura de cuánto tiempo había estado durmiendo.
La noche anterior, Filick Sauce me había vendado la
muñeca. No obstante, cuando salí de la cama y me puse
de pie, un dolor lacerante me atravesó el brazo. Solté un
siseo… Tenía la muñeca izquierda tan dolorida debajo del
vendaje que se me había quedado la mano
completamente inútil. Tardé unos buenos diez minutos en
desprenderme de la ropa del día anterior, de esa tela
negra hecha jirones y cubierta de polvo.
Mi doncella me había dejado una palangana con agua
junto a la mesilla de noche. Me acerqué a ella, con todo el
cuerpo dolorido. Me inspeccioné en mi pequeño espejo y
me encogí. Tenía la espalda cubierta de unas horribles
marcas violeta causadas por la caída del caballo. Debajo
del ojo me había aparecido un moratón oscuro, por el
golpe que me había asestado mi padre. Lo toqué y me
estremecí al notar la piel irritada y dolorida.
Tenía inflamados hasta los ojos. Me los froté con la
esperanza de mejorar mi aspecto. Sin embargo, cuando
aparté las manos y volví a mirarme en el espejo, el
corazón se me detuvo en el pecho. Me aparté de un salto
y sofoqué el grito que me subía por la garganta.
Una criatura que no era ni un hombre ni un animal, con
unas grandes orejas puntiagudas cubiertas de un pelaje
erizado, me miraba con sus ojos amarillos abiertos de par
en par.
Sin embargo, cuando miré de nuevo, había
desaparecido. El rostro del espejo volvía a ser el mío. Solo
que ahora tenía las facciones deformadas por el miedo y
mis ojos oscuros estaban vidriosos y desorbitados de
terror.
Mi tía me había contado una vez que mis extraños ojos
del color del carbón eran especiales, incluso hermosos…
Una ventana oscura al alma que había detrás de ellos. Sin
embargo, mientras me miraba en el espejo, vi que mis
ojos se tornaban de ese color amarillo brillante y

255
sobrecogedor. Eso me hizo preguntarme: ¿de quién era el
alma que había ahí detrás?
¿Era la del Tormento? ¿O la mía?

Bajé las escaleras a tientas, con los muslos agarrotados


después de haber estado tanto tiempo sobre el caballo.
Mantuve la mirada fija en mis pies, intentando evitar ver
mi reflejo en las armaduras decorativas del castillo.
Apenas reconocía el sonido de mis pasos en la escalera
hasta que Ravyn, vestido como de costumbre
completamente de negro, pronunció mi nombre desde un
piso más arriba.
Su voz me hizo detenerme. Aguardé a que llegara al
rellano. Cuando me dio alcance, sus ojos grises
escudriñaron mi rostro.
—No te veo tan mal, ¿no? —inquirió, y desplazó la
mirada hacia el moratón en mi mejilla—. ¿Cómo tienes la
muñeca?
—Inflamada.
—¿Me permites? —me preguntó.
Asentí y noté sus manos cálidas contra las mías.
Cuando bajó la vista hacia mi mano herida, un mechón de
pelo oscuro se le escapó de detrás de la oreja y le cayó
sobre la frente. Contuve el impulso de volver a
colocárselo en su sitio. Con cuidado, me aflojó el vendaje
blanco con el que Filick me había envuelto la muñeca la
noche anterior. Hice una mueca cuando me lo retiró, ya
que tenía la piel irritada e inflamada, cubierta de
moratones violeta.
Los dedos de Ravyn acariciaron la articulación dañada.
Volvió a colocarme la venda.
—No está tan mal como parece —me dijo—. Pero
tampoco es que vos os asustéis con facilidad, ¿no es

256
verdad, señorita Bonetero?
—Elspeth —le recordé.
Arrugó la nariz y elevó la comisura de la boca. Sentí
que se me contraía el pecho al verlo sonreír.
—Algunas cosas sí que me asustan —respondí—. El rey.
Los galenos. Los destreros.
Ravyn ladeó la cabeza.
—¿Todos los destreros?
—No sé si a ti te sigo considerando uno de ellos.
—¿Y qué iba a ser si no?
Curvé los labios.
—Un salteador de caminos.
Su sonrisa se ensanchó. Pero, antes de que pudiera
responderme, la puerta del salón, al final de las escaleras,
se abrió. Por ella salió Morette Tejo y, detrás, la mujer más
hermosa que había visto en mi vida. Cuando ella me
divisó a mí, entreabrió los labios.
—Ahí estás, prima —me dijo Ione mientras sus ojos
color avellana nos miraban a Ravyn y a mí—. Por fin te
has despertado.

Nos sentamos en el salón, junto al fuego. Ravyn y su


madre ocupaban unas sillas con el respaldo alto. Frente a
ellos, Ione y yo compartíamos un largo banco tapizado.
Contemplé a mi prima de soslayo y me quedé
embelesada con el etéreo brillo de su piel, su cabello, sus
ojos, sin tener claro si su nueva belleza me causaba
fascinación u horror.
Sin embargo, no veía ninguna luz rosa. Mi prima
obtenía su belleza de la carta de la Doncella, pero, por
algún motivo que no entendía, no la llevaba encima, un
terrible riesgo que casi nadie se atrevía a correr.
La magia de las cartas de la Providencia no se hallaba

257
limitada por la distancia. Podía activarse una carta y
dejarse en otra parte. Pero, sin la Doncella cerca, Ione no
podía liberar su magia cuando quisiera. Tampoco podía
liberarse a sí misma de sus efectos negativos cuando
inevitablemente aparecieran.
Y, en el caso de la Doncella, el efecto negativo suponía
una gran traición para la Ione Espino que yo conocía.
La falta de humanidad.
Cuando me pilló mirándola, enarcó una ceja.
—¿Qué ocurre, Bess? ¿Acaso ya no me reconoces?
Apenas la reconocía. Hasta su voz era distinta.
—Estás… encantadora.
—Estar prometida me sienta bien —me dijo, y clavó la
mirada en el moratón de mi mejilla—. Es una lástima que
a ti no te suceda lo mismo con tu nueva vida.
«Y ahí está —comentó el Tormento tan de repente que
me hizo dar un respingo—. Una pizca de belleza, un poco
de ingenio y un pequeño toque de descarada frialdad».
—La señorita Espino se dirige a su hogar desde Stone
y ha tenido el detalle de hacernos una visita —declaró
Morette, con un tono de voz amable, hospitalario. Sin
embargo, como el resto de los Tejo, comenzaba a darme
cuenta de cuándo fingía.
Estaba tan sorprendida como yo de ver a Ione en su
castillo.
Mi prima esbozó una sonrisa. La Doncella le había
borrado el hueco entre los dientes.
—Y qué amable por vuestra parte dejarme irrumpir
aquí de esta manera. No visito el castillo Tejo desde mi
infancia.
A pesar del dolor que me comprimía el estómago por
lo mucho que la había echado de menos, no podía evitar
sentir que algo crucial había cambiado entre nosotras.
Nuestra riña en Stone y la magia de la Doncella nos
estaban convirtiendo en dos desconocidas.
No obstante, Ione no comentó nada sobre nuestra
discusión. Habló sobre Stone y sobre el final del

258
Equinoccio, sobre la corte y el rey. Habló sobre los
preparativos de la boda, pero dijo muy poco sobre Hauth,
y nada sobre el motivo por el que se había presentado en
el castillo Tejo.
Frente a nosotras, Morette interpretaba bien el papel
de anfitriona, asintiendo y profiriendo pequeños ruiditos
para responder a las frases de Ione. Sin embargo, parecía
que a su hijo lo estuvieran arrastrando al patíbulo por el
cuello. Arrellanado en su silla, Ravyn contemplaba cómo
hablaba Ione con la boca apretada y la mirada vacía.
Apoyó la barbilla en la mano, con el cabello oscuro
cayéndole sobre la frente.
Parecía un crío petulante obligado a soportar un acto
social, vestido completamente de negro. De una belleza
dolorosa, injusta.
Debió de sentir que lo estaba observando porque,
cuando levantó su mirada hacia la mía, sus ojos volvieron
a iluminarse y esa elusiva media sonrisa regresó a su
boca.
Lo sucedido la noche anterior regresó a mi mente. El
latido del corazón de Ravyn en mi oído cuando me había
apoyado contra su espalda. Su calidez envolviéndome. El
tacto de sus manos en mi cintura.
Se produjo una pausa en la conversación. Todas las
miradas estaban puestas en mí. Parpadeé,
desconcentrada.
—Lo lamento, ¿qué?
—Te he preguntado qué te ha pasado —repitió Ione,
con la voz extrañamente monótona. Fijó la mirada en mis
vendajes—. En el brazo.
—Me caí de un caballo —respondí, quizás demasiado
rápido.
Ione se llevó una mano a la boca, como si fuera a
sofocar una risa. Pero no profirió ninguna carcajada.
—Cómo no. —Se retorció un mechón de pelo rubio—.
Espero que no te hayan hecho esforzarte demasiado,
Bess —dijo, y enarcó una ceja perfecta mientras deslizaba

259
los ojos hacia Ravyn—. Los hombres de Blunder pueden
llegar a ser muy obtusos en lo que respecta a las mujeres.
El capitán, demasiado relajado como para parecer
incómodo, se metió las manos en los bolsillos y miró a
Ione con fijeza.
—Vos lo sabéis mejor que nadie, señorita Espino. Al fin
y al cabo, mi primo Hauth es un bruto redomado.
Como si lo hubieran mandado llamar, otro Serbal, otro
bruto redomado, pasó junto a la puerta abierta. Cuando
vio a Ravyn, Elm asomó su despeinada cabeza castaña
por el salón.
—¿Y bien? —inquirió—. Ya están aquí, capitán. Espero
que hayas tenido tiempo de calmar a las mariposas de tu
estómago…
—Renelm —dijo Morette mientras miraba a Elm de
forma amenazante—. Tenemos visita.
Elm se dio la vuelta y se percató por primera vez de la
presencia de Ione. Contempló fijamente a mi prima con
los ojos verdes abiertos de par en par. Luego los
entrecerró y apretó los labios en una fina línea.
—¿Qué hacéis aquí, Espino?
Me giré hacia mi prima, esperando verla avergonzada,
con las mejillas ruborizadas. Así era como habría
reaccionado la antigua Ione ante una pregunta tan brusca
de parte de un príncipe. Pero esta Ione era distinta. La
Doncella la había transformado. Y no solo a nivel
superficial. Le devolvió a Elm una mirada desafiante,
cargada de la misma ira. De algún modo, aquello la hizo
todavía más hermosa.
—He venido a hablar con vuestro hermano —dijo con
voz pétrea—. Tengo entendido que los destreros y él
vienen hoy a entrenar aquí.
Miré a Ravyn de inmediato. Pero él permanecía
inmóvil, con los ojos grises inexpresivos.
—Creía que habías venido a verme a mí, Ione —le dije,
y me obligué a mantener un gesto sereno. Hauth Serbal,
el hombre que había intentado arrancarme el brazo de

260
cuajo, estaba allí. Allí.
Mi prima se encogió de hombros y cruzó las manos
sobre su regazo.
—Así mato dos pájaros de un tiro. Además, llevo sin
venir al castillo Tejo desde que era una niña…, cuando
estaba segura de que este lugar estaba encantado.
Elm me miró de reojo.
—¿Y quién dice que no lo esté?

261
CAPITULO 21

I one entrelazó su brazo con el mío mientras salíamos


hacia la luz del mediodía, detrás de Ravyn y Elm, de
camino al patio.
—¿Me has oído? —me preguntó—. Un grupo de
salteadores atacó a Hauth anoche en el sendero.
Intenté no encogerme.
—¿Y cómo iba a enterarme de eso, Ione?

262
—Di por sentado que te lo habría contado tu nuevo
pretendiente.
Y ahí estaba de nuevo, ese tono mordaz con su voz
suave.
—¿Qué sucede, Ione?
Se mordió la parte interna de la mejilla y no me miró.
—Nada. Es solo que me sorprendió cuando padre me
contó que Morette Tejo os había emparejado a su hijo y a
ti, y que habías sido invitada aquí para que te cortejara.
—Una leve risa retumbó en su pecho—. Casi no me lo
podía creer.
—Igual que a mí me sorprendió escuchar que te habías
prometido con Hauth Serbal.
—Somos las dos una caja de sorpresas —me dijo. La
luz del mediodía proyectaba un cierto resplandor sobre
sus mejillas—, Ten cuidado, Elspeth. No te dejes
influenciar por una cara bonita. Hay tantas cosas en el
mundo que desconoces… Como los hombres poderosos.
Me preocupas. Mucho.
Pero no sonaba nada preocupada. Su voz era fría.
Retiré el brazo del suyo.
—No tienes de qué preocuparte —repliqué—. Sé
apañármelas sola.
La oscuridad se cernía delante de nosotras. Cruzamos
una amplia puerta hacia el patio. Allí aguardaban diez
soldados, con sus Caballos Negros oscureciendo el cielo y
sin ninguna insignia en sus túnicas.
Destreros.
Mi prima se llevó un dedo al labio inferior.
—Hablando de hombres poderosos, anoche Hauth se
enfureció cuando se le escaparon los salteadores de
caminos. —Una sonrisa, que no le había visto esbozar
nunca, ocupó sus labios. Era casi perversa—. Los
bandidos lo dejaron bastante malherido.
Dirigí la mirada hacia el príncipe heredero.
—Qué horror.
Hauth Serbal se hallaba con el resto de los destreros,

263
con sus cartas de la Guadaña y el Caballo Negro en el
bolsillo. Cuatro líneas de un rojo intenso le atravesaban el
cuello y desaparecían justo por debajo de su túnica.
Parecía como si un gato gigante lo hubiese arañado,
porque tenía bien visibles unas marcas como de garra.
Pero no había sido cosa de un gato. Ni de lejos.
Contemplé el cuello del príncipe heredero. «¿De
verdad… le he hecho yo eso?».
La risa del Tormento inundó mi mente, reverberando
de forma sombría en la oscuridad cavernosa. «Si tienes
que preguntarlo, no estás lista para conocer la
respuesta».
Ravyn y él esperaban en el límite del patio. Ione y yo
nos acercamos a ellos. El capitán no dijo nada y mantuvo
la vista fija en los destreros. Sin embargo, bajó la mano a
un costado y sus nudillos rozaron los míos, respondiendo
así a una pregunta que no había formulado en voz alta.
—Los he mandado llamar yo —me dijo.
Levanté la mirada.
—¿Ah, sí?
—Entrenamos aquí cuando no estamos en Stone. Es
evidente que necesitan practicar. Parece que cuatro de
mis hombres, incluido el príncipe heredero, desafiaron mis
órdenes y, en lugar de volver a la ciudad, prolongaron su
estancia en el castillo del rey. Sufrieron una emboscada
en el Bosque Oscuro. —Curvó los labios hacia arriba—.
Hauth se encuentra bastante… agitado.
—Y hace bien en estarlo —comentó Elm mientras se
limpiaba la tierra de debajo de las uñas—. Parece que
alguien le dio una buena tunda anoche en el bosque.
Hauth cruzó el patio hasta llegar a nosotros. Lo
acompañaba Royce Tilo, un destrero corpulento y
musculoso con el cabello castaño corto y una frente
pronunciada. Los había visto juntos muchas veces, a
Hauth y a Tilo; eran parecidos en la severidad de su
carácter y en las voces estruendosas y graves.
Los ojos verdes del príncipe heredero se desplazaron

264
entre Ravyn y Elm.
—¿Y Jespyr?
El capitán ladeó la cabeza, la mar de tranquilo.
—Está en la cama, enferma —le explicó—. Le he dado
la mañana libre.
—Levántala —exigió Hauth—, Necesitamos a todo el
mundo aquí.
Ravyn no se movió.
—Estamos bien así.
Ione echó un vistazo por encima de mi hombro, atraída
por la tensión entre el capitán de los destreros y su futuro
esposo. Cuando posó la mirada sobre Hauth, en sus ojos
color avellana creí atisbar un destello de algo… Una cosa
distinta a la frialdad.
Algo que se parecía mucho al odio.
Sin embargo, un momento después, había
desaparecido y sus ojos con la forma de una luna
menguante se vieron eclipsados por sus pestañas oscuras
y largas.
Hauth apenas miró en dirección a su prometida: tenía
los ojos clavados en mí.
—Querido —dijo Ione, su voz dulce como la música—.
Seguro que recuerdas a mi prima, Elspeth. Está visitando
a los Tejo.
El corazón me retumbaba contra los oídos. Escondí la
muñeca inflamada bajo mi capa y puse una expresión
imprecisa y recatada. Había llevado una máscara puesta.
Aun así, detrás de los ojos verdes del príncipe heredero
había cierto interés, algo perspicaz, violento e inteligente.
Cuando Hauth habló, su voz sonó distante y fría, muy
distinta al encanto que había derrochado durante el
Equinoccio.
—Nos conocimos en Stone. —Miró hacia Ravyn—. He
oído que ella es el motivo por el que has estado tan
desaparecido últimamente.
El capitán no perdió la compostura.
—No te debo ninguna explicación, primo.

265
Hauth flexionó los músculos bajo sus heridas.
—¿Te has enterado de lo sucedido?
—¿Qué cuatro destreros y un puñado de hombres no
pudieron plantarle cara a un grupo de malditos
salteadores de caminos? —Elm guiñó un ojo—. Yo no
pregonaría eso por ahí, hermano. No parece muy digno de
un príncipe.
—Fue una emboscada —estalló Hauth—. Wayland Pino
y Erik Bonetero se habían marchado de Stone. Nos
encontramos con ellos de camino al pueblo. Ellos eran el
objetivo de los salteadores. Acabaron hiriendo a tres
hombres y robaron la Puerta de Hierro de Pino. —Se pasó
una mano por los cortes de la mandíbula—. Uno de ellos
me hizo esto —declaró.
Hauth tenía la mandíbula cubierta por una barba
incipiente, con la piel demasiado en carne viva como para
afeitarse. Seguí la línea de las heridas mientras por mi
mente cruzó el recuerdo de él agarrándome del brazo, del
grito que proferí y de la furia del Tormento.
El príncipe heredero me había sujetado de la muñeca,
había escuchado mi grito. Era extraño que no les dijera
que había sido una mujer la que le había atacado.
La risa del Tormento fue como una cerilla encendida en
la oscuridad y casi me hizo dar un respingo. «Orgullo —
dijo—. Y lo que es peor, el orgullo de un necio».
Ravyn y Elm contemplaron la herida de Hauth.
—¿Pudiste ver quién te hizo eso? —le preguntó su
hermano.
—Lo acorralé en el bosque —dijo—. El resto ya había
huido, pero él estaba perdido, el muy idiota. —Sacó pecho
—. Le rompí la muñeca.
Noté cómo se caldeaba el aire de mis pulmones. La ira
del Tormento se estaba entremezclando con la mía.
A mi lado, Ravyn y Elm se habían quedado inmóviles.
La única que se movió fue Ione. Giró la cabeza un
centímetro, desviando la mirada color avellana de su
prometido y fijándola en mi manga, justo por encima de

266
mi muñeca rota.
No hice nada. Ni siquiera respiré.
—¿Lo detuviste? —preguntó Ravyn en un tono gélido.
—No —confesó Hauth—. Debía de llevar cuchillas en
sus guantes, porque no tardó ni un segundo en rajarme la
cara.
Elm jugueteó con su carta de la Guadaña, haciéndola
girar entre sus dedos.
—Me sorprende que dejaras que alguien te pillara
desprevenido. Y que, además, te destrozara esa bonita
cara.
Ione se cubrió la boca con la mano, pero no antes de
que me diera tiempo a vislumbrar una sonrisa en sus
labios. Elm también se dio cuenta y su sonrisa se
ensanchó aún más.
A Hauth se le enrojeció el cuello. Irguió los hombros y
estiró los brazos.
—Ya me divertiré cuando los atrapemos y los
colguemos en la plaza. Llevaremos al bandido ante el
verdugo. Y si tiene que llegar un poco magullado, que así
sea.
Los destreros murmuraron para darle la razón. El
capitán los contempló con el rostro impasible y se limitó a
flexionar uno de los músculos de su mandíbula. Por
primera vez, llegué a considerar que Ravyn Tejo
seguramente detestaba tener que fingir que defendía las
leyes del rey en su papel de capitán de los destreros.
Sí, sin duda, era algo que aborrecía.
—Comencemos con el entrenamiento —declaró, y pasó
al lado de Hauth para enfilar hacia el patio—. Primo, ¿qué
te parece que hagamos una demostración de cómo
protegerse contra un salteador de caminos? —inquirió—.
A no ser que te preocupe que pueda destrozarte más esa
bonita cara.
Hauth vaciló.
—Tilo te ayudará con la demostración.
El aludido ensanchó las fosas nasales.

267
—No pienso enfrentarme a él. —Bajó el tono de voz—.
Con el malnacido contagiado.
Elm cerró la mano alrededor de su Guadaña.
—¿Qué has dicho?
Tilo dio un paso atrás y bajó la mirada hacia la carta
roja en la mano del príncipe.
—Nada.
Elm suspiró. Cruzó los brazos contra el pecho y volvió
la vista hacia su hermano.
—No temerás enfrentarte a él, ¿verdad?
Acorralado una vez más por culpa de su propio orgullo,
Hauth apretó los dientes y le lanzó a su hermano pequeño
una mirada asesina antes de dirigirse hacia el patio
detrás de Ravyn.
Los destreros rodearon al capitán y al príncipe
heredero. Yo permanecí entre Elm e Ione, con la muñeca
dolorida y los músculos tensos. Los miembros de la casa
Tejo se reunieron fuera, atraídos por los hombres del rey y
la promesa de violencia.
—Recordad —les dijo Ravyn a los destreros—, un
salteador de caminos no respeta nunca la ley. Puede que
incluso él, o ella, estén contagiados. Toda cautela es poca.
—Me echó un vistazo rápido por encima del hombro de su
primo—. Los salteadores pueden ser mucho más
formidables de lo que indican sus máscaras.
—Empieza ya —instó Elm.
El Caballo Negro de Hauth oscureció el patio. Le dio
tres toques y luego se la guardó en el bolsillo. No tocó la
Guadaña. Ravyn retorció la boca en una sonrisa picara.
—Concentraos en sus manos —prosiguió—. Un
salteador puede, con una sola mano, apuntaros al cuello
con un puñal, pero estad seguros de que con la otra
estará robándoos lo que tengáis en el bolsillo.
Le dio un manotazo a la mano de Hauth. Elm rio por lo
bajo. Antes de que el príncipe heredero pudiera apartarse,
Ravyn le asestó otro manotazo en la cara, con lo que le
abrió una de las heridas.

268
—Usad bien vuestros Caballos Negros —les explicó
Hauth a los destreros, limpiándose la sangre de las
heridas con la manga—. Velocidad y precisión son vuestro
mejor método de ataque.
El príncipe heredero se movió con una rapidez
sobrenatural, cruzó a toda prisa el patio y le asestó un
puñetazo en el estómago al capitán.
—Creía que la mayoría de las cartas de la Providencia
no podían usarse contra Ravyn —le susurré a Elm.
—Hauth puede usar el Caballo Negro para incrementar
su propia velocidad —me respondió en voz baja—. Pero
¿os habéis fijado en que no toca su Guadaña? Sabe que
no funcionaría con Ravyn.
—Los salteadores de caminos son más letales cuando
van en manada, como los lobos —les indicó Ravyn a los
destreros—. Si los separáis, no serán más que perros
rabiosos que acechan por el sendero del bosque. —Cerró
los ojos y, esa vez, cuando Hauth se movió a una
velocidad sobrenatural, alargó una mano y agarró a su
primo de la capa, haciéndolo caer contra la tierra fría.
Hauth rodó por el suelo antes de que Ravyn le pisara el
hombro con la bota. Un momento después, estaba en pie,
con los labios retorcidos.
—¿Qué aspecto tenía? —le preguntó el capitán de los
destreros mientras esquivaba un buen golpe—. El hombre
que te destrozó la cara.
—¿Cómo voy a saberlo? —respondió el príncipe
heredero, bloqueando otro guantazo de Ravyn—, Llevaba
una máscara puesta.
—Anonimato —declaró el capitán al mismo tiempo que
le asestaba a Hauth varios golpes a la altura de la oreja—.
El anonimato es la mayor ventaja del bandido.
Desenmascaradlo, y habréis acabado con él.
—O ella —susurró Ione, en voz tan baja que creí
haberlo imaginado.
Hauth sacó una daga de su cinturón. Ravyn entornó la
mirada, dobló las rodillas y rodeó al príncipe heredero. Se

269
movía con pasos ligeros, como si caminara sobre cristal, y
cuando Hauth blandió la daga, la esquivó.
Se movieron por el patio en una danza de pasos, fintas
y choques.
^ Dejad de hacer el tonto —les abucheó Elm desde el
borde—. Hemos venido a presenciar una buena paliza.
Hauth escupió sangre y cayó tras un intento fallido de
ponerle la zancadilla a Ravyn. A mi lado, ni Ione ni Elm se
molestaron en disimular sus sonrisas mientras
contemplaban al capitán de los destreros dejar en ridículo
al príncipe heredero.
Cuando Hauth erró otro de sus golpes, soltó una
maldición, con las venas del cuello marcadas.
—Rompiste una muñeca —le dijo Ravyn a su primo—.
Al menos deberías ser capaz de hacerme sangrar.
Hauth lanzó la daga en el aire, cortándole el jubón a
Ravyn justo por debajo del cuello. Me encogí y escudriñé
su túnica en busca de señales de sangre. Sin embargo, el
capitán de los destreros dio un giro y le asestó una
patada a su atacante en las costillas, que envió al
heredero al trono de vuelta al suelo.
Entonces, Ravyn le pisó la mano con todas sus fuerzas.
Un crujido enfermizo reverberó a través del patio,
seguido de un brutal grito por parte del príncipe heredero.
Me encogí y aparté la mirada. Elm se inclinó con los ojos
muy abiertos. El Tormento siseó, satisfecho.
Ione se limitó a reírse.
Hicieron falta tres destreros para apartar a Ravyn de
Hauth.
—Soltadme —ladró el capitán, y abandonó el patio tras
haber perdido completamente el control a causa de la
rabia—. El entrenamiento ha terminado.
Contemplé a los destreros que acompañaron al
príncipe heredero lejos del patio. Hauth no dejaba de
maldecir. Se acunaba la mano ensangrentada mientras
los destreros y él desaparecían hacia el interior del
castillo cubiertos por un halo de oscuridad.

270
—Sobrevivirá —dijo Ione en un tono de voz monótono.
Giró sobre sus talones y abandonó el patio, con la luz
mortecina del día reflejada en su largo cabello rubio.
El latido de mi corazón no se ralentizó hasta que el
patio volvió a quedar en calma. Elm y yo éramos los
únicos que seguíamos allí.
—¿Qué acaba de pasar?
El príncipe se encogió de hombros, con sus ojos verdes
clavados en la figura de Ione en la distancia.
—Hauth te rompió la muñeca y Ravyn le ha destrozado
la mano. Equilibrio.

Busqué a Ione, pero escuché el retumbar bajo de la voz


de Hauth saliendo de su habitación y fui de inmediato en
dirección contraria. La mirada que mi prima le había
dedicado a mi brazo en el patio me había inquietado. Y,
aunque ella no tenía ninguna forma de saber lo que había
ocurrido la otra noche en el bosque, la desconfianza me
atormentaba. Había demasiadas cosas que no
comprendía sobre esa nueva versión de Ione.
Y me asustaba no confiar en la persona que, hacía
menos de quince días, había sido a quien mejor conocía
en el mundo.
Ravyn, Jespyr y Elm cenaron con el resto de los
destreros. Alrededor de la mesa del comedor, con forma
de árbol largo y retorcido, solo estábamos sentados Fenir,
Morette y yo. Cuando ambos decidieron acostarse pronto,
no tuve nada que objetar.
Recorrí el largo pasillo de vuelta a mi habitación,
tarareando una de las canciones del Tormento para mí
misma. «Las cartas. La neblina. La sangre —me decía él
desde la oscuridad—. Te estás acercando. ¿No hueles ya
la sal?».

271
Delante de mí sonaron unos pasos, seguidos de
susurros. Me habría metido en mi dormitorio, ya que me
ponía nerviosa que me pillaran escuchando a hurtadillas,
si no fuera porque había escuchado cómo una de las
voces pronunciaba mi nombre.
Las palabras que Elm pronunció a continuación fueron
medio susurradas, medio siseadas.
—No tenemos ni idea de lo que sucedió en el bosque
—decía—. Bonetero… Sus habilidades…
—Son increíbles. Te salvó la vida. Creo que se ha
ganado que le des un respiro de tu hostilidad habitual,
¿no crees?
—No digo que no le esté agradecido por poder vivir
para contarlo, Ravyn. Solo que deberíamos andarnos con
ojo. Hauth parecía haber sido atacado por un animal, no
por una mujer. Hay muchas cosas que desconocemos
sobre ella. —Guardó silencio un momento—. Tu carta del
Tormento podría ayudarnos con eso.
Sentí que me quedaba helada.
El tono de Ravyn fue duro.
—No. No voy a hacer eso.
—No te supone ningún problema usarla con el resto de
nosotros. ¿Por qué con ella sí?
—El resto de vosotros me habéis dado vuestro
permiso. Ella no.
—¿Y no crees que eso se debe a que esconde algo?
—Ha tenido que ocultar cosas durante toda su vida —
le espetó Ravyn—. ¿Es que no lo ves?
—Parece que no tan bien como tú.
—¿Qué significa eso?
—Nada —declaró Elm—. Pero no podemos permitirnos
cometer errores, y menos cuando estamos tan cerca.
Partirle la mano a Hauth, aunque he de decir que lo he
disfrutado, ha sido temerario.
El capitán guardó silencio durante un momento.
—Lo sé.
—No deberías bajar la guardia, Ravyn. Y mucho menos

272
por ella.
—Tomo nota —dijo el capitán en un tono gélido—.
Buenas noches, primo.
Sonaron unos pasos. Tanteé el cerrojo de mi puerta,
tratando de no hacer demasiado ruido. Apenas había
entrado y cerrado detrás de mí cuando dieron tres fuertes
golpes contra la madera.
El Tormento soltó un suspiro. «Te pones las cosas muy
difíciles, querida».
—¿Quién es? —pregunté, con la voz aflautada,
demasiado aguda y sin aliento.
—Ravyn.
Cuando abrí la puerta, sentí un nudo en el estómago.
El capitán de los destreros estaba sorprendentemente
atractivo con esa túnica de un verde intenso. Se apoyó
contra el quicio de la puerta, marcando un ritmo
monótono con sus dedos callosos sobre la vieja madera.
Me contempló, con la cabeza ladeada como un ave rapaz
curiosa.
—Creía que seguirías en la cena.
—Ninguno de los tres teníamos mucha hambre. Acabo
de regresar.
—Ya. Te he oído.
No me preguntó si había estado escuchando su
conversación. Sin duda, ya lo sabía. Soltó un profundo
suspiro.
—Siento lo de hoy —me dijo—. Estoy seguro de que no
ha sido fácil ver a Hauth después de lo de anoche.
El Tormento arrastró sus garras por mi mente.
—Lo de hoy no ha sido por ti —se justificó Ravyn—. Lo
de romperle la mano. Es decir, sí que era por ti…, pero
también iba más allá.
—¿Ah?
—Mí primo y yo tenemos una relación particularmente
hostil.
Resoplé.
—Ya me he dado cuenta.

273
—Hauth detesta la infección. Más que nadie. Y odia
que su padre me convirtiera en capitán. —Se mordió el
labio y tensó su postura—. Es él quien informó al rey de
mi infección. Diez años después, hizo lo mismo cuando
Emory se contagió de la fiebre.
Casi pude sentir la tensión de sus hombros. Quería
alargar la mano y tocarlo, decirle que lo comprendía, tal
vez mejor que nadie. No obstante, no lo hice.
—Pero no es eso por lo que he venido a verte —
prosiguió.
—¿No?
—Hay algo que quería enseñarte ayer, solo que no
tuve tiempo —me dijo—. Pero, si estás cansada, puede
esperar.
Sí que estaba cansada. Pero algo me removía el
estómago, algo que no podía nombrar y que, si ignoraba,
estaría dándole vueltas toda la noche. Me apoyé contra el
lado contrario del quicio de la puerta con las cejas
enarcadas.
—¿De qué se trata?
Ravyn elevó la comisura del labio.
—Ya lo verás.

274
CAPITULO 22

N o tomamos las escaleras principales para salir del


castillo, sino las del servicio. Nuestros pasos fueron
presurosos hasta que llegamos a la pequeña puerta de
madera que daba al jardín. Fuera, la luna llena proyectaba

275
sombras inquietantes a través de la neblina y los terrenos
parecían espectrales bajo la brisa otoñal.
Seguí a Ravyn por el mismo camino que habíamos
recorrido el día anterior, con mucho cuidado de dónde
pisaba. Cuando el ulular de un búho sonó por encima de
mí, di un respingo y me acerqué más al capitán mientras
me guiaba a través de las zarzas, con el camino inundado
de sombras.
Las ruinas del antiguo castillo parecían aún más
extrañas por la noche. Se hallaban erigidas en mitad de la
neblina, absorbiendo la luz de la luna.
Al borde del cementerio se encontraba la estancia de
piedra, con su ventana oscura y siniestra.
La mirada del Tormento mitigó la oscuridad a mi
alrededor. «Entra», murmuró.
—¿Vamos a entrar ahí? —susurré. Ravyn caminaba con
determinación mientras nos llevaba más allá del tejo que
se cernía amenazante.
—Sí.
La cámara no tenía puerta, solo esa única ventana.
Ravyn se aupó al borde de la ventana con unos
movimientos gráciles, producto de la práctica, como si lo
hubiera hecho cientos de veces antes. Un momento
después, ya estaba dentro.
Se inclinó sobre el alféizar y me tendió una mano.
Vacilé. Había algo mágico en el interior de esa
cámara… Podía sentirlo debido al repentino y evidente
olor a sal en mi nariz. De las profundidades de mi mente
despertó el Tormento, que saltó hacia delante de un modo
tan abrupto que estuve a punto de caerme.
«Entra», me urgió.
Tomé la mano de Ravyn y él me guio por encima del
alféizar de piedra. Mis pies tocaron el suelo y, durante el
medio segundo que tardé en adaptar la vista, todo estuvo
completamente oscuro.
La estancia era cuadrada. La luz de la luna titilaba
desde lo alto a causa del techo de madera podrido,

276
fracturado. Podía ver la sombra de las ramas en el
exterior, con el tejo vigilándonos a través del techo roto.
En el centro había una losa de piedra, alta y ancha. Se
me cerró la garganta y miré a mi alrededor, esta vez a
conciencia.
Reconocí el lugar: las paredes cubiertas de
enredaderas…, el techo de madera roto…, la roca en el
centro de la estancia.
Lo único que faltaba era el caballero con armadura
encaramado a ella.
«Este es el lugar —jadeé—. La habitación de mis
sueños».
«Sí», respondió el Tormento, con la voz escurridiza,
como un fantasma al viento.
«¿Qué es este sitio? ¿Quién era el hombre sentado en
lo alto de la roca?».
«Es un lugar en el tiempo…, un hombre con defectos.
Ambos por la rabia alimentados… y por la sal
enterrados».
Ravyn y yo nos acercamos a la roca situada en mitad
de la habitación.
—Cuando era niño —comenzó a explicarme—, me
gustaba jugar aquí.
Me estremecí.
—Un lugar bastante terrorífico para jugar, ¿no crees?
Su mirada se encontró con la mía.
—Puede.
Acudí a mi mente, exigiendo una explicación, el motivo
por el que el Tormento me había mostrado ese lugar en
mis sueños. Pero la criatura permaneció en silencio, a la
espera, observando.
—¿Por qué estamos aquí? —inquirí.
Ravyn sacó una mano de su capa.
—Te lo mostraré.
Colocó la palma de la mano recta en el centro de la
losa de piedra mientras la luz de la luna bailaba sobre su
piel. No vi la pequeña daga plateada que se había sacado

277
del cinturón con un movimiento repentino y fluido. No vi
nada en absoluto. Ravyn fue demasiado rápido.
Antes de que pudiera siquiera parpadear, el capitán de
los destreros pasó a tener la mano cubierta de sangre.
—¿Qué haces? —exclamé.
Se guardó el cuchillo después de haberse infligido un
corte en la carne por debajo del pulgar. La sangre le
goteaba por las líneas de la palma de la mano hacia la
roca que quedaba debajo.
—No te preocupes —me dijo, con la voz
sorprendentemente tranquila para alguien que acababa
de autolesionarse—. Mira.
Se me entrecortó la respiración cuando Ravyn giró la
palma de la mano hacia la roca, y el mundo y el Tormento
detrás de mis ojos se quedaron de pronto inmóviles.
Entonces, de las profundidades de la roca, brillante y real,
surgieron varios haces de luz inconfundibles.
Cartas de la Providencia, ocultas en lo más profundo
de la antigua piedra, liberadas por medio de sangre.
«La sangre de Ravyn… Sangre contagiada. Sangre
mágica».
El centro de la roca, que antes había sido oscuro e
impenetrable, ahora era claro como el agua. Podía ver a
través de él. Era como asomarse por una puerta. En su
interior se encontraban apiladas cartas de la Providencia,
guardadas, escondidas y a la espera.
Me costó encontrar las palabras.
—¿Cómo…? ¿Cómo has…?
Ravyn esbozó una sonrisa y alargó la mano hacia el
centro hueco de la piedra para tomar el montón de cartas
de la Providencia.
Sus colores se desvanecieron, apagados por el
contacto con Ravyn. Contemplé, fascinada, cómo las
dejaba fuera de la roca. El color volvió a cada una de las
cartas según las fue soltando.
El Profeta, la Doncella, el Cáliz, el Lluevo de Oro, el
Águila Blanca y la recién adquirida Puerta de Hierro.

278
—Tu colección —dije, con la mirada perdida en los
colores—. Tu padre me la había enseñado.
—Y aquí es donde la ocultamos —me confesó Ravyn,
dándole una palmadita a la roca.
—¿Cómo diantres descubriste este escondite?
Se encogió de hombros.
—Jugando por aquí de niño. Me hice un corte en el
hombro con la ventana y trastabillé, con la mano llena de
sangre. Cuando toqué la roca… Bueno, ya lo has visto.
—Pero ¿por qué está aquí? —pregunté. El olor a sal
inundaba la estancia—, ¿Qué es este lugar?
—No lo sé. Solo sé que es antiguo, tanto como las
ruinas del exterior. —Se metió la mano en el bolsillo y
sacó las luces burdeos y violeta: el Tormento y el Espejo
—. Estas las encontré en el centro de la roca.
Llamé la atención de la oscuridad, del Tormento.
Cuando habló, sus palabras cayeron como gotas de lluvia.
«Una ofrenda pagada con sangre. Ese es el precio
establecido por el Ánima…, siempre la sangre. Así que, en
el límite del bosque, el Rey Pastor esta cámara le
construyó, este altar. Y aquí, negociaron».
«¿Cómo sabes tanto al respecto?».
No me respondió. Pasé una mano sobre la roca. Su
superficie era fría y áspera bajo mi palma.
Ravyn se limpió la sangre en la manga de su túnica.
—Otros han intentado abrir la roca sin éxito. Si algo me
sucediera, tú eres la única que puede abrirla. Solo la
sangre contaminada puede destapar el abismo.
Levanté la mirada hacia él.
—¿Es que te va a pasar algo?
La sonrisa que estaba esbozando no llegó a su mirada.
—No si puedo evitarlo.
Recogió de nuevo las cartas. Cada una de ellas fue
perdiendo su color nada más entrar en contacto con su
piel. Cuando fue a tomar el Águila Blanca, lo agarré por la
manga para detenerlo. Contemplé las cartas en su mano,
todas sin color, salvo el Tormento y el Espejo.

279
—¿Por qué solo puedes usar esas dos?
Al principio, no dijo nada y dejó la vista clavada en mi
rostro. Tal vez, como solía pasar entre nosotros, deseaba
guardarse ese secreto. Sin embargo, le sostuve la mirada,
a la espera, envalentonada por la quietud a nuestro
alrededor.
—Tenía trece años cuando me contagié de la fiebre.
Era mayor que muchos otros que se contagian —dijo al
romper su silencio—. Pero no experimenté ninguna señal
de magia, ninguna habilidad nueva. Evité a los galenos.
Creía haberme librado de las consecuencias de la
infección. Un año más tarde, estaba entrenando para ser
destrero. —Se le ensombreció el tono—. Pero entonces,
me ofrecieron un Caballo Negro y comprobé que no podía
usar esa carta. No lograba hacer que funcionase sin
importar cuánto me esforzase. —Hizo una pausa—. Hauth
se lo contó a Orithe Sauce, que fue quien me clavó su
garra y le confirmó mi infección al rey.
Nunca le había oído hablar tanto de seguido. Su voz
era tan profunda como el agua oscura, suave e
inquebrantable. Me arrullaba. Le recorrí el rostro con la
mirada, perdida en su pasado, deseando conocer más
sobre su historia.
Ravyn prosiguió.
—Pero al igual que su mascota Orithe, el rey supo ver
que mi infección podía resultarle útil. A pesar de no
contar con un Caballo Negro, me convertí en un mejor
luchador que el resto de los destreros. No podía usar el
Cáliz, pero tampoco podía ser usado contra mí. Nadie
podía verme con la carta del Pozo. La Guadaña no podía
controlarme. —Se detuvo—. Por eso me ascendió a
capitán.
Se pasó una mano por el pelo.
—Cada año que pasaba perdía la capacidad de usar
otra carta. Solo me quedan el Espejo, el Tormento, y
supongo que los Alisos Gemelos. —Cuando me vio abrir
los ojos de par en par, se encogió de hombros—. La magia

280
tiene un precio. Si no reunimos la baraja y sanamos mi
infección, no seré capaz de usar ninguna de las cartas de
la Providencia. —Me miró con el rostro ensombrecido. Su
mirada se encontró con la mía—. No suelo hablar de ello,
salvo con Elm.
Enarqué una ceja y tardé en encontrar las palabras.
—Pero él… Él es…
—Un Serbal.
—¿No temes que se lo cuente a su padre?
El capitán esbozó una sonrisa.
—Si lo conocieras, sabrías lo imposible que es eso. Elm
es leal… hasta la médula.
Pensé en Ione. O más bien en cómo era antes Ione, lo
que hizo que el estómago me diera un vuelco.
—¿Te es leal a ti y no a su propio padre o a su
hermano?
Ravyn hizo una pausa.
—Elm era un niño listo. Pero detestaba entrenar,
prefería estar rodeado de libros. Al rey no le gustaba su
gentileza y lo consideraba débil, así que dejó a la reina a
cargo de su crianza. Al fallecer ella, Elm pasó a ser…
maltratado en Stone. —Le costaba encontrar las palabras
—. Hauth lo martirizaba. Así que, un día, simplemente… lo
traje a mi casa. Mis padres pasaron a convertirse en sus
padres. Mis hermanos, en sus hermanos. Es cauteloso y
desconfiado, pero moriría antes de traicionarnos.
Había algo nuevo, algo feroz y descarnado en el
capitán de los destreros. Tal vez, al igual que a mí, la sal
en el aire lo llevara al límite…, lo hiciera despertar. Había
desaparecido esa expresión inflexible, esa austeridad
inquebrantable. Y en su lugar se había instalado una
determinación profunda.
Se giró hacia las cartas apoyadas sobre la roca. Las
apiló y los colores desaparecieron en cuanto entraron en
contacto con su piel. Entonces, alargó el brazo hacia la
piedra y las devolvió a su sitio. Cuando retiró la mano, el
color volvió a ellas.

281
Tomó el mismo cuchillo de antes de su cinturón y lo
dirigió hacia la mano.
—Espera —le dije mientras lo agarraba del brazo—.
Permíteme hacerlo.
Frunció el ceño.
—No, Elspeth.
—Hablo en serio —sentencié. Cuando vi que no cedía,
apreté la mandíbula—. Si quiero aprender a hacerlo como
es debido, debes dejarme intentarlo.
Ravyn no soltó el cuchillo. No dijo nada. Parecía estar
librando una batalla interna detrás de esos ojos grises.
Aun así, no me entregó la daga.
—Pues vale —le dije, y me aparté de él.
Me agarró de la muñeca sana y me dio un tirón para
que volviera a acercarme a él. Se llevó mi mano al pecho.
Suspendió el cuchillo sobre ella como si fuera el arco de
un violín, con el filo a un milímetro de la palma de mi
mano.
—No es necesaria mucha sangre —me explicó, su voz
convertida en un gruñido—. Solo un poco. Una ofrenda.
«Un trueque —dijo el Tormento—. Todo tiene un
precio».
Ravyn tenía la piel áspera, como la cubierta de un libro
abandonado hacía mucho. Pero estaba cálida. Contuve la
respiración mientras esperaba a sentir el dolor de la hoja
sin apartar mi mirada de la suya.
Deslizó el cuchillo a lo largo de la palma de mi mano.
Jadeé y observé cómo un rastro de gotas rojas salía del
casi invisible corte que acababa de infligirme. Me pellizcó
la piel para que saliera más sangre a la superficie.
—Solo un cortecito —murmuró—. Nada demasiado
profundo. No hay por qué dejar una cicatriz en estas
hermosas manos.
Si aquello era doloroso, apenas lo sentí. Había algo que
se agitaba en mi interior. Y no era del todo dolor, sino más
bien un anhelo.
Ravyn guio mi mano hacia la roca y la presionó contra

282
la superficie antigua y con relieve. Cuando la aparté,
siguieron saliéndome algunas gotas de sangre. Un
segundo después, las cartas habían desaparecido,
selladas otra vez en la piedra y sumiendo de nuevo la
estancia en la oscuridad.
Mi sangre también había desaparecido; mi ofrenda,
perdida en la extraña magia de la roca.
—Todo tiene un precio —susurré.
Ravyn volvió a tomarme de la mano, en la que
quedaban solo un par de gotas de sangre. Presionó dos
dedos ásperos contra el corte y detuvo la hemorragia. Un
mechón de pelo le cayó sobre la frente y bajó la mirada
hacia mi palma.
Le aparté el cabello de la cara con mi otra mano, con
los dedos temblorosos mientras le rozaba la frente.
El capitán levantó la mirada y la fijó sobre mi boca
antes de volver a mis ojos. Me recorrió con los dedos la
muñeca, inmóvil ante su tacto.
—Puedo sentir tu pulso. El corazón te late a toda prisa
—me dijo.
Agradecí la oscuridad de la noche, estar en esa
cámara sombría. Si hubiera sido de día, el intenso rubor
en mis mejillas hubiera sido innegable.
Me sentía clavada al suelo, envuelta en un hilo
invisible que me ataba al capitán de los destreros. Era
dolorosamente consciente de lo cerca que estábamos el
uno del otro; de la calidez que desprendía su cuerpo
fornido; de la curva de mis pechos por encima del escote
mientras tomaba bocanadas de aire rápidas e irregulares;
de la sensación de su mano áspera sobre la mía.
—No sé por qué —respondí.
Curvó los labios en una leve sonrisa.
—¿No lo sabes?
Me quedé quieta, a la espera de que sucediera algo
que no tenía el valor de nombrar. Con la mano que tenía
libre, Ravyn me sostuvo un lateral del rostro y me acarició
con el pulgar peligrosamente cerca de la boca.

283
Se me entrecortó la respiración y abrí los labios. Mis
ganas se entremezclaban con una sensación que no
lograba comprender. Ravyn dejó escapar un suspiro
repentino y me acarició la piel del labio inferior con el
pulgar.
Cuando se inclinó más hacia mí, cerré los ojos, con su
boca a un instante de la mía. Su voz sonó entrecortada.
—¿Estás fingiendo ahora, Elspeth? —me preguntó
mientras me rozaba la punta de la nariz con la suya—.
Porque si es así… —Su aliento me removió las pestañas—.
Se te da muy bien fingir.
Sus palabras despertaron algo en mí. La misma
llamada que había sentido antes, el mismo anhelo. Quería
que volviera a acariciarme la boca, sentir la textura de su
piel áspera y endurecida. Mi cuerpo pedía a gritos, con
inconsciencia e impaciencia, contacto físico.
Que él me tocara.
—No mejor que a vos, capitán.
Ravyn tragó saliva y cerró los párpados. Apoyó mi
mano con firmeza contra su pecho, justo por encima del
emblema de los Tejo, en su corazón. Le latía a toda prisa,
de forma irregular, como si acabara de terminar de correr.
Cuando levanté la vista, me estaba contemplando, con la
mirada más dulce que antes.
—¿Te parece a ti que estoy fingiendo ahora? —inquirió,
con su boca más cerca, tanto que sus labios rozaban los
míos.
Parecía… descarnado. Sincero. Algo con lo que no
estaba nada familiarizada. Había hecho falta que fuera
Ravyn Tejo, el capitán de los destreros, mi supuesto
enemigo natural, el que me hiciera darme cuenta de lo
que de verdad deseaba.
Dejar de fingir.
Nuestros labios se unieron en aquel lugar, entre la sal.
Ravyn gimió contra mi boca y yo me pegué
completamente a su cuerpo, anhelante…, deseosa de
sentirlo contra el mío. Me recorrió la mandíbula con las

284
manos hasta el hueco del cuello y hundió los dedos en mi
pelo mientras abría su boca contra la mía. Nuestras
lenguas colisionaron, tórridas y desconocidas, vacilantes
al principio y ya luego con afán.
Logró sacarme de mi mente infestada por el Tormento
y hacer que me sintiera yo misma. El beso se volvió más
intenso. Apoyé una mano en la mandíbula de Ravyn y
hundí los dedos en la barba incipiente que le crecía allí.
No pensé en ser recatada con él. Estaba harta de fingir
que no quería nada de esto.
El endurecimiento de su cuerpo me indicó que él
sentía lo mismo. Me envolvió la parte baja de la espalda
con su brazo para presionarme contra él. Me recorrió la
mejilla con la boca y me mordisqueó el lóbulo de la oreja
antes de bajar hacia el cuello. Un estremecimiento me
subió por la columna. Sus dedos se curvaban en mi pelo,
tirando de él lo suficiente como para echarme la cabeza
hacia atrás y dejar mi cuello expuesto. Me besó por
debajo de la oreja, bajo la mandíbula y descendió por la
garganta.
Si hubiera mantenido los ojos cerrados, me habría
rendido por completo a las caricias de Ravyn. Sin
embargo, los abrí un poco y, cuando lo hice, algo detrás
del hombro del capitán llamó mi atención. Una sombra
que se movía por la cámara oscura. Cuando la seguí, volví
a mirar la roca en mitad de la habitación, esa que, hacía
tan solo un momento, Ravyn había abierto y yo había
cerrado con sangre.
Solo que ahora, encaramado a ella, se encontraba
sentado el hombre de mis sueños con su armadura
dorada emitiendo un leve resplandor.
Me observaba mientras yo estaba allí plantada con el
capitán de los destreros. Cuando habló, reconocí el timbre
sedoso de su voz:
—Elspeth Bonetero —me dijo. Sus ojos, tan extraños y
amarillos, me tenían atrapada—. Déjame salir.
Me aparté de golpe de Ravyn, intentando con todas

285
mis fuerzas sofocar un grito. Sin embargo, cuando volví la
vista hacia la roca, el caballero había desaparecido. Lo
único que quedaba allí era el olor a sal, invisible y
suspendido a nuestro alrededor.
Ravyn abrió mucho los ojos, de un modo salvaje. Tenía
el cabello oscuro revuelto y dejó caer las manos a los
costados, esas que hacía un momento habían estado
enredadas en mi cabello, en mi cuerpo. Incluso en la
oscuridad pude ver el rubor que subía por su cuello. Abrió
la boca para hablar, pero ya me había dado la vuelta, ya
que me aterrorizaba permanecer un segundo más en esa
cámara extraña y mágica.
—Lo siento —dije mientras me dirigía hacia la ventana
—. Tengo que irme.
—Elspeth —me llamó.
No obstante, no me di la vuelta y él tuvo la decencia
de no seguirme. Corrí hacia el prado, libre de sal… y de
magia. Solté unas bocanadas de aire cortas y cálidas que
no sirvieron para calmarme, y no dejé de correr hasta que
llegué a la pequeña puerta de madera en la base del
castillo.
«¿Qué me está pasando? —exclamé, y apreté los
puños—. ¿Estoy perdiendo la cabeza?».
El Tormento se deslizó por entre mis pensamientos,
como una serpiente sobre la hierba. «Solo sé lo que sé»,
murmuró.
Grité hacia el abismo de mi mente. «¡Se acabó,
Tormento! Dime la verdad. ¿Quién es ese hombre? ¿Por
qué no dejo de verlo?».
«Es un vestigio del pasado que merodea por la cámara
que él mismo construyó para el Ánima del Bosque, nada
más que un recuerdo del hombre que fue antaño. —Su
voz se fue endureciendo—. El hombre que fui antaño».
Cerré la puerta de mi habitación de un portazo y me
lancé hacia el interior. Tropecé con la alfombra. Solté una
maldición y le asesté una patada a la lana envejecida.
Dejé la vista clavada allí. Ahí estaba, tejido en la

286
alfombra de mi dormitorio, a lomos de un caballo negro
con su armadura dorada. El caballero de la cámara. Solo
que ahora, mientras examinaba la lana, me fijé en un
objeto en la distancia tejido en el borde verde de la
alfombra, en el límite del bosque, justo antes de la línea
de los árboles.
Una cámara sin puerta con una sola ventana a la
oscuridad.
Mi juventud volvió a mí de golpe. Me vi de niña,
absorta en el ejemplar de El viejo libro de los Alisos de mi
tía, obsesionada con la página de la carta del Tormento.
Había estado tan segura de que la criatura en mi mente
era una encarnación de la propia carta, ya que el
monstruo en su cara era exactamente como el mío, que
no había llegado a entender lo que aparecía escrito un
par de páginas antes:

Pero incompleto me sentía,


a pesar de la colección completa que tenía.
Así que para el Tormento…,
el precio fue mi alma, sin lamentos.

Me llevé la mano a la boca con dedos temblorosos.


Apenas tenía voz.
—Pero eso significaría que absorbí tu alma cuando
toqué la carta del Tormento. Lo que a ti te convertiría en…
el Rey Pastor.
Un gruñido, una mueca…, aceite y bilis. Su voz me
llamó más alto que nunca, como si estuviera más cerca.
Como si fuera más fuerte. «Por fin nos entendemos, mi
querida Elspeth».

287
CAPÍTULO 23

—¿ S eñorita? ¿Señorita Bonetero?


Me desperté con un sobresalto, con la
muñeca rígida y dolorida, y unos violentos escalofríos que
me recorrían la columna.

288
Las palomas arrullaban por encima de mí. Me
incorporé hasta sentarme, desconcertada, sorprendida
por ver el cielo azul de la mañana y no el techo y las
paredes de mi dormitorio. Me dolía la piel, que tenía
erizada. Llevaba puesto mi camisón, sucio y húmedo a
causa de la hierba aplastada debajo de mí. Miré a mi
alrededor y reconocí los altos tejos y las zarzas del follaje
descuidado a mi alrededor.
En la distancia se erigía la cámara de piedra, rodeada
por la espesa neblina, que había abandonado hacía tan
solo unas horas.
Filick Sauce me miraba desde arriba, con la capucha
húmeda y los ojos muy abiertos.
—¿Os encontráis bien, señorita Bonetero? —inquirió.
Me levanté, con el cuerpo rígido de frío. Aún sentía
pavor al encontrarme con un galeno, pese a que este
estuviera al servicio del capitán de los destreros. Di un
paso atrás.
No recordaba haberme quedado dormida ni haber
dado un paseo improvisado de vuelta a la pradera. Acudí
a la oscuridad de mi mente, encontré al Tormento
acurrucado, silencioso durante su descanso,
completamente satisfecho de no ofrecerme una
explicación.
—Debo… Debo de haber caminado en sueños —dije.
Filick se desprendió de su capa y me la entregó.
—Vamos, os haré una taza de té. Estáis congelada.
No dejé de temblar hasta que estuve sentada unos
buenos diez minutos junto a la chimenea de Filick. Pidió
que nos trajeran té y me lo bebí de tres sorbos, sin ser
apenas consciente de que el agua me quemaba la lengua.
El galeno se sentó a mi lado y me retiró la venda de la
muñeca inflamada.
—¿Suele sucederos a menudo? —preguntó cuando
recobré un poco de color—, ¿Lo de caminar en sueños?
Negué con la cabeza.
—No.

289
—¿Habíais estado antes en las ruinas?
—Sí. —Me estremecí—. ¿Qué es esa cámara? La que
cuenta con la roca mágica.
Filick le dio un sorbo a su té.
—Entonces, ¿Ravyn os la ha mostrado?
El recuerdo de la noche anterior me inundó los
sentidos. Me puse de cara al fuego y un rubor me subió
hasta las mejillas.
Si el galeno se había percatado de ello, no lo
mencionó.
—No estoy seguro. El castillo Tejo es antiguo y está
plagado de reliquias —dijo—. En esa cámara hay una
magia extraña y ancestral. Suelo entrar allí a menudo, por
las mañanas.
Le dediqué un vistazo en el que había una buena dosis
de desconfianza.
—Parecéis valorar mucho la magia ancestral —le dije
—. Para ser un galeno.
Filick esbozó una sonrisa y tomó una venda limpia de
sus estanterías.
—Los Sauce llevamos siendo galenos desde hace
cientos de años. Hace siglos —prosiguió— ya sabíamos
que la neblina estaba cargada de sal, de magia. Pero no la
temíamos. Venerábamos al Ánima del Bosque y los dones
que ella nos otorgaba. A quienes padecían la fiebre y su
posterior degeneración se los trataba, no se les daba
caza.
—¿Y qué fue lo que cambió? —pregunté.
Me envolvió la muñeca con la venda.
—No queda ningún relato, pero siguen existiendo
historias…, pasadas de boca en boca. —Volvió a
vendarme la muñeca con la destreza de alguien con
mucha experiencia en heridas—. En detrimento de sí
misma, el Ánima del Bosque le otorgó al Rey Pastor una
magia tan grande que le permitió crear las cartas de la
Providencia. Las compartió con su reino, y la gente dejó
de acudir a los bosques para pedirle ayuda mágica al

290
Ánima. En su lugar, comenzaron a disputarse las cartas,
ávidos por conseguir una magia que no se degenerara.
Asentí. Mi tía me había contado esa historia.
—Y entonces, el Ánima creó la neblina para atraer a la
gente de vuelta a ella. Por la fuerza.
—Eso es. —Filick frunció el ceño—. Cuando la neblina
aisló Blunder del resto del mundo, el Rey Pastor fue a
negociar con el Ánima. A su regreso escribió El viejo libro
de los Alisos para que el pueblo de Blunder se protegiera
a sí mismo con amuletos. Pero todo trato conlleva un
precio.
—Los Alisos Gemelos.
—Los Alisos Gemelos. —El galeno sacudió la cabeza—.
Un trato que solo un necio aceptaría.
—¿Por qué decís eso?
—El Ánima es astuta, «no es pariente, enemiga o
amiga». —Filick se recostó contra su silla—. Se necesita la
baraja completa para levantar la neblina, ¿no es así?
Entonces, ¿por qué iba un rey, deseoso de salvar su reino
de la neblina, a entregar los Alisos Gemelos, la única
carta de ese tipo?
Algo encajó en mi mente.
—El Ánima lo engañó —susurré, al recordar lo que mi
tía me había contado hacía años—. El Rey Pastor no sabía
que necesitaría los Alisos Gemelos para levantar la
neblina hasta que hubo cerrado el trato.
Filick asintió.
—Es una de las teorías más comunes entre aquellos a
los que nos gusta mirar al pasado. Y, a favor del Rey
Pastor, hay que reconocer que no fue del todo un mal
trato. Obtuvimos El viejo libro de los Alisos y aprendimos
a ser cautos con la magia, a llevar amuletos encima
cuando nos adentramos en la neblina. —Le dio un largo
sorbo a su té—. ¿Me habíais preguntado qué fue lo que
cambió? Brutus Serbal, el primer rey Serbal. Eso fue lo
que cambió. Tomó El viejo libro de los Alisos y lo convirtió
en doctrina, tergiversando las palabras hasta convertirlas

291
en un arma contra cualquier infectado.
Me acercaba, cada vez estaba más cerca de saber, de
entender algo que durante años había residido en los
rincones oscuros de mi mente, oculto, pero siempre
presente. Me incliné hacia delante.
—¿Por qué Brutus Serbal odiaba tanto la infección?
Filick tamborileó con los dedos sobre su taza.
—Tal vez temía la magia ancestral, esa que no podía
controlar. —Se le ensombreció el ceño y desenfocó la
mirada—, O tal vez, en un reino en el que el equilibrio es
la única constante, simplemente intentó engañar a la
balanza. Le arrebató el trono a un rey contagiado. Y ahora
su linaje procura matar a cualquiera con bastante magia
como para arrebatárselo otra vez a ellos.
Sentí un escalofrío.
—¿Fue eso lo que sucedió? ¿Serbal le robó el trono al
Rey Pastor?
Filick volvió a dirigir la mirada hacia mí, con el ceño
más relajado.
—Claro que todo esto no es más que una teoría,
señorita Bonetero. Una historia.
Pero no lo era. No para mí.
—¿Qué le sucedió al Rey Pastor?
—Murió. No conozco las circunstancias.
La oscuridad se adueñó de mis ojos. Por un momento,
perdí la visión y el sonido de la risa del Tormento, vacía y
cruel, sofocó todo el ruido.
Un instante después, desapareció y recuperé la visión.
Filick debió de notar la desazón en mi mirada porque
cuando me agarró la mano, tras haberme dejado la nueva
venda perfectamente atada, me habló en un tono suave.
—Es fácil perderse en el pasado en un castillo tan
extraño y antiguo como este. No os preocupéis, señorita
Bonetero. Un error cometido hace quinientos años no
tiene relevancia en el presente. Ravyn y vos encontraréis
la carta de los Alisos Gemelos y reuniréis la baraja. Estoy
seguro de ello.

292
Estaba intentando reconfortarme. Y, a pesar de que
estaba segura de que Filick Sauce era uno de los hombres
más inteligentes de Blunder, había una cosa en la que se
equivocaba por completo.
Lo que había sucedido hacía quinientos años sí que
tenía relevancia en el presente. Mucha más de la que
había creído en un principio.
Me levanté de golpe de la silla.
—Gracias. Y disculpadme si os he interrumpido vuestro
paseo matutino.
—En absoluto —me contestó, y me acompañó hasta la
puerta.
Quizás debería haber regresado a mis aposentos…,
debería haber echado a correr a toda prisa por el castillo
con el bajo del vestido aún empapado a causa del rocío
de la mañana. Sin embargo, me quedé en el umbral de la
puerta del galeno.
—Hay algo que sigo sin entender —declaré.
—¿De qué se trata?
—La degeneración. —Intenté encontrar las palabras—.
La de Ravyn no le permite usar las cartas. La de Emory lo
está matando lentamente, tanto su cuerpo como su
mente. —Me detuve—, Pero…, no soy capaz de entender
cuál es la mía.
El rostro aventajado de Filick transmitió lástima.
—Ninguna infección es igual a otra, señorita Bonetero.
La degeneración de Emory es generalizada mientras que
la de Ravyn no parece afectar a su salud en absoluto.
Pero lo que puede que sea cierto en el caso de los
hermanos Tejo, tal vez no se aplique del todo a vos. —
Sacudió la cabeza—. Ojalá pudiera ofreceros un mayor
consuelo, pero lo cierto es que no sé nada más.
Sin palabras, le dediqué al galeno un simple
asentimiento de cabeza y me encaminé hacia el pasillo.
Esperé hasta doblar la esquina para vociferarle a la
oscuridad en mi cabeza. «¿Sonambulismo? —le espeté—,
¿En serio?».

293
El Tormento se desperezó en mi mente. «¿Y qué
pasa?».
«No puedes hacer eso…, aquí no. En ninguna parte…,
pero ¡mucho menos aquí!».
«¿Quién dice que he hecho algo?».
«¡No me tomes por tonta, Tormento! —Mi tono fue
afilado como una cuchilla—, ¿O debería llamarte Rey
Pastor?».
Reptó por la oscuridad y su voz se transformó en un
estruendo, como si hubiera muchas voces en lugar de
solo la suya. «Llámame como quieras, Elspeth. Eso no
cambiará nada».
Rechiné los dientes. Once años con sus juegos, con sus
secretos, hirviendo dentro de mí. Lo único que sentía era
rabia. El deseo de desterrarlo de mi mente era tan
violento que le hubiera asestado un golpe a la pared si no
hubiera sido de piedra. «Si es tu alma la que absorbí al
tocar la carta del Tormento de mi tío, entonces absorbí a
un rey. Pero tú… Tú no eres un rey. Eres un monstruo».
Volvió a reírse de mí. «Soy ambas cosas. —Se produjo
una pausa—. ¿No recuerdas la historia, Elspeth? ¿Nuestra
historia?».
El estómago me dio un vuelco. La historia. Susurros,
cercanos y lejanos, que escuchaba siempre mientras me
quedaba dormida. La canción de cuna de la doncella, del
rey.
Del monstruo.
Me apoyé contra la pared, ya que de repente sentí que
me flaqueaban las piernas. Me presioné la palma de la
mano contra la frente. Pero eso solo hizo que la oscuridad
de detrás de mis ojos me oprimiera todavía más. «¿Por
qué puedo ver ahora tus recuerdos?».
«No necesitas que un galeno o yo te expliquemos el
motivo. Ya cuentas con tu propia teoría al respecto».
Sacudí la cabeza. «¿Y bien? —exigí saber—. ¿Es
cierto?».
«Dímelo tú».

294
«¡Te lo estoy preguntando a ti!».
«Ya conoces la respuesta. En el fondo, siempre lo has
sabido».
Volví a sentir frío, uno profundo y helador que sin
previo aviso emanó del centro de mi pecho. «Te estás
fortaleciendo —susurré. Mi voz era apenas audible en el
vacío oscuro—. Por eso estoy viendo tus recuerdos. Puede
que no me esté debilitando como le pasa a Emory,
pero…, me estoy desvaneciendo. —Se me formó un nudo
en la garganta—. Esa es mi degeneración, ¿verdad?».
No dijo nada. Chasqueó los dientes irregulares
mientras abría y cerraba la mandíbula. Clic, clic, clic.
«Ese es mi precio —declaré al verlo todo claro de
repente—. Cada vez que te pido ayuda, te vuelves más
fuerte. Y yo… pierdo más el control».
«Ya te lo advertí, niña —me respondió—. Todo tiene un
precio. Nada es seguro. La magia siempre conlleva un
coste».
«Sí, pero no era consciente de que eso significaba que
me arrebatarías el control de mi cuerpo…, ¡de mi
mente!».
«No te estoy arrebatando nada, Elspeth Bonetero —
siseó mientras sacaba las garras y de repente se volvía
despiadado—. No puedo tomar nada. Solo puedo aceptar
lo que se me entrega de buen grado, —Se deslizó hacia la
oscuridad, presuroso de alejarse de mí—. Recuérdalo
cuando por fin tengas la valentía para admitirlo. Al fin y al
cabo, no he tomado nada que tú no me hayas
entregado».
No lamenté su marcha. Volví a sentirme fría, asustada
y vacía.
Pero ese vacío no tardó en dar paso a una cólera
abrasadora. No me dejaría llevar a mi propia aniquilación,
no iba a ser víctima de mi degeneración ni del Tormento.
Me liberaría, me sanaría a mí misma y retomaría la vida
que había perdido hacía once años.
En mi camino solo se interponían dos cartas de la

295
Providencia.
Me apresuré a recorrer la galería para llegar a mi
habitación, pero me detuve al escuchar el clamor
procedente del piso de abajo.
Muchas voces se entremezclaban mientras discutían
acaloradamente en el gran comedor del castillo Tejo.
Escuché el entrechocar del acero: de armaduras, espadas
y cotas de malla. Los destreros deambulaban por el piso
de abajo con sus Caballos Negros emitiendo un
resplandor siniestro debajo de sus capas. Algunos comían,
otros examinaban sus armas. Hauth Serbal participaba en
la discusión, con su espalda ancha cubierta por una capa
negra. Hablaba con los demás en un tono seco, con su
característica actitud dominante.
Curvé la comisura de los labios cuando divisé su mano
izquierda herida, bien envuelta con una venda.
—¿Disfrutando de las vistas?
Di un respingo con tanta violencia que estuve a punto
de caer por la barandilla.
Elm me contemplaba con una leve sonrisa de
satisfacción plasmada en el rostro.
—Perdonad —me dijo—. Creía que me habíais oído
llegar.
—Pues no. —Cuando el príncipe me recorrió de arriba
abajo con la mirada, me encogí, todavía envuelta en la
capa de Filick Sauce y con el bajo del camisón empapado
por el rocío de la mañana—. Me he perdido —mentí.
—¿Seguís sin orientaros por el castillo?
—Algo así.
El príncipe puso los ojos en blanco y señaló con el
dedo justo detrás de nosotros.
—Ese pasillo os llevará de vuelta a la galería y al salón
de invitados. Vuestra habitación debería encontrarse a lo
largo de ese corredor. ¿O queréis que llame a Ravyn para
que os acompañe? Estoy seguro de que estará encantado
de…
—No —me apresuré a decir—. Encontraré el camino.

296
—Daos prisa —me respondió Elm al mismo tiempo que
bajaba por las escaleras—. No tardaremos en marcharnos.
—¿Adónde vamos? —le pregunté.
Pero ya estaba a mitad de camino.
—Elm —siseé—. ¿Qué está pasando?
—Es día de mercado —me dijo sin detenerse—. Poneos
los colores de vuestra casa. Eso si vuestro padre se ha
dignado alguna vez a proporcionároslos.

297
CAPÍTULO 24

M e contemplé a mí misma en el espejo empañado,


intentando recordar el rostro de mi madre. Su
vestido era largo y estaba exquisitamente confeccionado,
de un carmesí intenso…, como la sangre. En el pecho

298
llevaba bordada una maraña de ramas doradas que se
entrelazaban para formar un bonetero alto y delicado.
Tras su muerte había heredado ese vestido junto con
algunas otras baratijas. Me lo había llevado al Equinoccio,
pero me había ido de allí demasiado pronto como para
tener la ocasión de ponérmelo. Su estilo estaba pasado
de moda, pero a mí no me importaba que tuviera las
mangas drapeadas. Me ayudarían a ocultar la muñeca
vendada y dolorida.
Cuando la doncella fue a coger mi peine de madera, la
detuve y señalé hacia la corona de flores en mi mesilla de
noche.
—La rosa servirá —dije, y me recogí el cabello en una
trenza larga y sencilla, y coloqué la flor por encima de la
nuca.
Por costumbre, me guardé mi amuleto en el bolsillo de
la falda. Sonreí cuando me miré en el espejo en busca de
una energía que no sentía.
La mujer reflejada en él replicó mi sonrisa y sus ojos,
de un amarillo felino, centellearon.
Jespyr me esperaba al pie de las escaleras, con el
tobillo herido metido en una gruesa bota negra. Llevaba
puesta su túnica oscura de destrera y el rostro cubierto
con una intrincada máscara de fieltro del mismo color, tal
y como dictaba la tradición del día de mercado. Cuando
miró en mi dirección, enarcó las cejas por encima de la
máscara.
—Estás encantadora —me dijo, y me ofreció un brazo
—. Nunca te había visto lucir los colores de tu casa.
Como siempre, la sonrisa de Jespyr fue contagiosa.
—No he traído ninguna máscara —le confesé—. Casi
nunca acudo al día de mercado.
—Abrojo encontrará una para ti —me comentó, y me
tendió de nuevo el brazo—. ¿Vamos?

299
Cruzamos la vieja puerta de entrada para salir hacia la luz
del día. Mi máscara era de un verde intenso salvo por el
reborde dorado pintado alrededor de los ojos. La llevaba
atada con un lazo de seda detrás de la cabeza y me
cubría la cara desde las cejas hasta justo por debajo de
los pómulos.
Divisé a Ione delante de mí con una máscara color
crema y su vestido dorado con los dobladillos blancos
típicos de los Espino. Fenir y Morette Tejo se hallaban
juntos, vestidos ambos de color verde, con sus tejos
bordados en el lomo de sus capas. Hauth no llevaba
puesta ninguna máscara, con su rostro principesco
expuesto, y había sustituido su capa negra de destrero
por una túnica elegante con las ramas doradas de varios
árboles prominentes tejidas en un patrón extraño y
complejo sobre el pecho, cubierto por la insignia de los
Serbal.
Se encontraba acompañado de Ione, cerca de Elm y
Ravyn, quienes, con máscaras a juego, seguían haciendo
gala del color negro de los destreros.
Se detuvieron a hablar mientras Jespyr y yo nos
aproximábamos. Volvieron sus miradas hacia mí.
Sentí una calidez en el pecho que me subió por el
cuello y se asentó en mis mejillas. Como nadie dijo nada,
Jespyr resopló.
—Es evidente que nunca han visto a una mujer.
Intenté no mirar hacia Ravyn. El recuerdo de la noche
anterior me envolvía, igual que la sensación de su mano
en mi pelo y su boca sobre la mía, que seguía siendo una
sombra sobre mi piel. Sentí que me recorría con la
mirada. Cuando por fin levanté la vista, vislumbré el
atisbo de una sonrisa y cómo llevaba la mirada hacia la
rosa en mi cabello.

300
Sin embargo, antes de que pudiera saludarme, Hauth
se interpuso en su camino.
La voz del príncipe heredero era suave…, incluso
volvía a ser encantadora.
—Señorita Bonetero —me dijo, y me ofreció la mano
que no tenía herida.
Se la tomé, vacilante, y le dediqué una reverencia.
—Alteza.
—Debéis perdonar mis malos modales. Ayer fue un día
duro.
El príncipe heredero no me soltó la mano y dejó la
mirada clavada en mi rostro.
—Estáis arrebatadora incluso con esa máscara —me
dijo, y me acercó más a él—. Me pregunto —prosiguió
mientras le lanzaba a Ravyn una mirada por encima del
hombro— qué es lo que veis en mi primo.
Por el tono socarrón de Hauth me percaté de que no
tenía mucho interés en mí, simplemente era un juguete
que podía robarle a su primo. Aun así, volví la mirada
hacia el capitán de los destreros. Me percaté de la sombra
de la barba y de cómo flexionaba el músculo de su
mandíbula. Del marcado contorno a lo largo de su
particular nariz. Del modo en el que el cabello, que no
llevaba ni largo ni corto, le enmarcaba el rostro severo.
De sus ojos grises, austeros bajo esa máscara negra, tan
penetrantes que me atravesaban.
Eran todas esas cosas… y ninguna a la vez. Había algo
más que me atraía hacia el capitán de los destreros. Algo
que había pasado por alto y de lo que no me había dado
cuenta al estar distraída por nuestra pantomima. Algo
antiguo…, nacido de la sal. Él y yo éramos iguales.
Contábamos con el don de una magia ancestral y terrible.
Enredados en los secretos, ocultos en las medias
verdades. Éramos la oscuridad en Blunder, el recordatorio
de que la magia, salvaje y sin restricciones, prevalecía sin
importar lo desesperadamente que los Serbal intentaran
erradicarla. Éramos aquello a lo que debían temer.

301
Éramos el equilibrio.
Pero no podía decir nada de eso delante de Hauth
Serbal. En su lugar, le dediqué a Ravyn una extraña
sonrisa espontánea.
—Es muy… alto.
Al capitán le brillaron los ojos. Vio mi sonrisa y me la
devolvió, dando un paso al frente. Cuando cuadró los
hombros frente al príncipe heredero, me percaté de que
Hauth se irguió, con la columna recta y la barbilla alta.
Pero no sirvió de nada. Ravyn era más alto que él. Y
dado el modo condescendiente en el que había retorcido
la boca, ese no era el único aspecto en el que se sentía
superior a su primo. Me tendió una mano y se la tomé,
agradecida de poder librarme del contacto con Hauth.
—Si has terminado de pavonearte —le dijo a su primo
entrelazando sus dedos con los míos—, nos espera el día
de mercado. Será mejor que os pongáis un guante sobre
esa mano destrozada antes de que vuestros súbditos la
vean, mi príncipe.
A Hauth se le ensancharon mucho las fosas nasales.
Como no iba a permitir que lo miraran por encima del
hombro, me agarró de la otra muñeca…, de la que tenía
herida.
—Reservadme un baile en la plaza, ¿de acuerdo,
señorita Bonetero?
El dolor, tan intenso que vi las estrellas, me atravesó la
muñeca y me subió por el brazo. Me esforcé todo lo
posible para no gritar. Y pese a que tenía el vendaje
oculto bajo la manga, no había forma de ocultar la mueca
en mi rostro.
El gesto de Hauth pasó de ser bravucón a sorprendido.
Abrió mucho sus ojos verdes y los bajó hacia mi manga.
—¿Os pasa algo en el brazo, señorita Bonetero?
A mi lado, Ravyn se quedó petrificado. Sin embargo,
antes de que pudiera intervenir, algo cambió en la
periferia de mi visión. Apareció una ráfaga de cabello de
un rubio dorado y largo que reflejaba la luz.

302
Ione.
—Cuidado, querido —dijo, y se interpuso entre Hauth y
yo, obligándolo así a soltarme del brazo. Su voz era más
aguda de lo habitual, enfermizamente dulce—. Elspeth y
yo fuimos a cabalgar ayer por la mañana. La pobre se
cayó del caballo. —Clavó su mirada castaña en mí,
entornada, intensa… Todo lo contrario a la dulzura de su
voz—. ¿No es verdad, Bess?
Por un momento me pareció vislumbrar a la antigua
Ione…, la que me libraba de las miradas frías de mi
madrastra. Mi escudo. Ione Espino, siempre mi protectora.
Asentí, con la muñeca aún dolorida.
—Así es.
El príncipe heredero desplazó la mirada de mí hacia
Ione. Cuando la posó sobre su prometida, sus ojos verdes
se vieron teñidos de frialdad.
No obstante, no tenía tiempo de ponerme a averiguar
de qué iba todo eso o por qué Ione le había mentido por
mí. Elm y Jespyr se abalanzaron sobre nosotros. La
destrera entrelazó su brazo con el de su hermano y Elm
hizo lo mismo con el mío, alejándonos a ambos de Hauth
e Ione.
—Ya sabéis lo que dicen —comentó Elm—. Si bebes, no
montes a caballo. Ahora, si hemos acabado con las
cortesías, vámonos. Es casi mediodía y, hablando de
beber, todavía no he alcanzado mi cuota de alcohol
diaria.
Me arrastró por el jardín de esculturas hacia la verja de
la entrada. Sentí cómo Hauth e Ione me observaban, pero
no me di la vuelta. No podía dejarles vislumbrar el miedo
en mis ojos. Ravyn me miró de reojo, pero su hermana
tiraba de él con firmeza, manteniéndose delante de
nosotros, con la cabeza inclinada hacia él mientras
hablaban.
—¿Creéis que Hauth ha reconocido mi lesión? —le
susurré a Elm.
El príncipe se pasó una mano por el cabello revuelto

303
mientras me conducía hacia la verja que llevaba a la calle
adoquinada.
—Mi hermano no es ni la mitad de listo de lo que se
cree —me dijo—. Por los árboles, Bonetero, quita esa cara
de pánico.
Sin embargo, yo no estaba convencida. Hauth Serbal
tenía algo que me inquietaba profundamente. Igual que
en el bosque, no podía evitar sentir que me estaba dando
caza. Con cada mirada, con cada contacto físico, lo que
buscaba era matarme.
La calle estaba en pendiente y se iba atestando cada
vez más a medida que nos acercábamos a la plaza de la
calle del mercado. Estábamos cerca de la casa Bonetero.
Llegaba a ver la bandera roja de la puerta de entrada. Un
guardia se hallaba allí apostado, uno al que no había visto
nunca.
Ralenticé el paso mientras una idea clara se formaba
en mi mente. Sin embargo, cuando intenté abrirme paso
entre el gentío para dirigirme a la puerta, Elm me retuvo.
—Seguid andando —me dijo.
—Solo iba a…
—Sé lo que ibais a hacer —me espetó—. Ahora no es el
momento.
—¿Por qué no? —exigí saber mientras me zafaba de su
agarre—. Mi padre no estará en casa. Puedo buscar su
carta del Pozo.
Elm echó un vistazo calle arriba, pero Ravyn y Jespyr
estaban ya demasiado lejos como para llamarlos. Soltó un
quejido y masculló en voz baja.
—No me dejéis con esta mema.
Le pegué un tirón de la manga para obligarlo a
mirarme.
—Es una buena idea —repliqué.
Me miró como si fuera un insecto al que le gustaría
aplastar.
—¿Y qué creéis que va a pasar? ¿Que Erik habrá
dejado su carta del Pozo encima de la mesa para que

304
nosotros la robemos? Ahora no es el momento —repitió.
—Sois un príncipe… ¡Podéis hacer lo que os plazca!
Lleváis encima una de las cartas más poderosas de la
baraja. —Crucé los brazos contra el pecho—. ¿O es que os
da demasiado miedo hacer algo sin la ayuda de Ravyn?
A Elm le relampaguearon los ojos y frunció el ceño con
gesto desdeñoso. Entonces supe que había dado en el
clavo.
—No más que vos, Bonetero —dijo en un tono
peligrosamente bajo.
—Intento lograr avances y no perder el tiempo con
tanta tontería.
—Esta tontería es la que hace que no parezcamos
sospechosos —dijo el príncipe. Me agarró el brazo con
fuerza para alejarme de la casa de mi padre—. Vámonos.

El Tormento se hallaba sentado como un gato enjaulado


detrás de los barrotes de mi mente: inquieto, despierto y
atento. Cuando nos adentramos en la calle del mercado,
la larga y sinuosa columna vertebral de Blunder, con las
cartas de la Providencia emanando luz de colores desde
algunos bolsillos, me arañó la mente y su voz viscosa
resonó en mis oídos.
«Ten cautela. Aquí hay más que destreros al servicio
del rey».
No veía a Ravyn. Cuando Jespyr volvió a unirse a
nosotros, con su alegre sonrisa intacta, Elm puso los ojos
en blanco y masculló algo sobre que necesitaba una copa.
Contemplé cómo se marchaba, con su luz roja
desapareciendo entre la multitud, y me alegré de perderlo
de vista.
A nuestro alrededor, las familias de Blunder lucían los
colores de sus casas, algunos en ropajes viejos y

305
desgastados y otros de nueva confección. Entraban y
salían de las carpas y de los puestos, provocando con sus
voces un apogeo de ruido que retumbaba contra los
adoquines y los ladrillos desde todas las direcciones.
Un par de chicas con vestidos lilas pasaron por mi
lado, entre risitas, mientras devoraban pedazos de
tartaletas de limón. Sentí un dolor en el pecho al recordar
cómo, antes de la infección, Ione y yo recorríamos juntas
las calles adoquinadas durante el día de mercado.
Corríamos entre los puestos y nos sentábamos junto a la
fuente con unas jugosas manzanas de otoño. Ione vestida
del blanco de los Espino y yo del rojo intenso de los
Bonetero.
Parecía haber sido hacía toda una vida.
A mi lado, Jespyr pagó cinco peniques por un nuevo
par de guantes de piel de oveja.
—Me encanta el día de mercado —declaró—. Le da una
oportunidad a la gente de salir de sus rutinas…, de
pasarlo bien. La vida no siempre gira en torno a la lucha
con espadas y a robar cartas, ya sabes.
Volví a mirar calle arriba. La bandera carmesí en la
puerta de la casa Bonetero seguía siendo visible. Quería
decirle a la destrera que me estaba quedando sin tiempo,
que, en mi cabeza, el Tormento se fortalecía cada vez
más. Pero no lo hice.
Me aparté de Jespyr y deambulé por las calles
adoquinadas. Me vi envuelta en el clamor de la multitud.
Era todo color y ruido. Dejé que me meciese de un lado
para otro, sin rumbo. El vestido de mi madre era una vela
en un mar de caos.
Nadie me molestó. Seguí caminando, preguntándome
qué sentiría si el Tormento se apoderase por completo de
mi mente. ¿Dolería o sería agradable, como colarse en el
bosque sin ser detectada y desaparecer en la neblina? Tal
vez dejara mi vestido atrás como señal de despedida al
mundo y me internara entre los árboles como un
fantasma para acabar consumida por la oscuridad y el

306
musgo.
Sentí una mano sobre el hombro y, cuando me di la
vuelta, Ravyn se encontraba allí, con la cabeza ladeada
como de costumbre.
—Creía que estaba sola —le dije.
—¿Aquí? —inquirió, y señaló hacia el montón de gente
que nos rodeaba.
Como no respondí, el capitán se acercó más a mí,
protegiéndome con sus hombros anchos del vaivén de la
muchedumbre. Sentí que se me constreñía el pecho
dentro del vestido a causa del deseo de alargar la mano y
tocarlo, que era tan fuerte como lo había sido la noche
anterior.
Cuando me ofreció una mano, se la tomé. Flexionó los
dedos alrededor de los míos y, cuando levanté la mirada
hacia él, divisé una tensión que no había visto antes:
cansancio y determinación. Qué atractivo era detrás de
esa perfecta máscara de piedra. Me vi reflejada en su
expresión. El violento mundo de los contagiados se
hallaba plasmado en nuestros ceños del mismo modo:
todo ese miedo, todo ese aislamiento. Vi el mundo a
través de sus ojos grises, sentí el peso de sus
responsabilidades y de sus traiciones como si fueran
piedras cosidas en el tejido de mi vestido.
Me incliné hacia él.
—Quiero ayudar.
Sus dedos llegaron hasta mi mandíbula y me presionó
justo por debajo de la barbilla con el pulgar.
—Ya estás ayudando, Elspeth. Más de lo que te
imaginas.
—No paseándome por aquí —dije, y señalé hacia la
multitud—. Me siento menos disfrazada cuando me visto
de salteadora de caminos que cuando llevo los colores de
mi familia.
—Ser una bandida es más fácil. Las cartas, la
infección…, nada de eso importa. La familia, el deber…, lo
acabas ocultando todo tras una máscara negra. Las cosas

307
son más simples.
Solté un suspiro.
—Pero para la gente como nosotros las cosas nunca
son simples, ¿no es verdad?
Ravyn desplazó la mirada hacia la rosa en mi pelo. No
dijo nada y el silencio se extendió entre nosotros como un
alambre invisible, doloroso y tirante.
Detrás de mis ojos, la voz del Tormento sonó afectada.
«El tiempo corre, querida —me dijo, colándose en mis
oídos—. Dile lo que sientes. Si ni siquiera lo dices en voz
alta, ¿acaso puede llegar a ser real?».
Me encogí. Ravyn me contemplaba, con esos ojos
clavados en mi rostro. Intenté darme la vuelta, pero el
pulgar con el que me sujetaba la barbilla no me lo
permitió.
—¿Qué sucede? —me preguntó.
La culpa cayó sobre mí como una niebla espesa. Daba
igual lo mucho que deseara dejar de fingir, los secretos
prevalecían. Los míos y los del monstruo. Y no tenía ni
idea de cómo incluir a Ravyn en ellos.
—Anoche… —comencé—. Cuando salí corriendo…
El capitán inspiró.
—Tal vez fue lo mejor.
El rechazo me dolió. Intenté apartarme de él.
—¿Ah, sí?
De nuevo, Ravyn mantuvo la mano en el sitio. Bajó la
mirada hacia mi boca, con ambas cejas enarcadas.
—Cuando mi hermana sugirió que te pretendiera en el
Equinoccio, me resistí a la idea.
Fruncí el ceño.
—Con rotundidad, además.
Me acarició la curva de la barbilla.
—Me resistí, Elspeth, porque en ese momento ya me
imaginaba a mí mismo apoyando el dedo contra tus labios
húmedos, igual que hice esa vez en mi habitación. —
Contuvo el aliento y acercó la boca a mi oído—. Y eso no
es nada en comparación con las perversiones que

308
imaginé después de nuestra discusión en el jardín.
Dejé escapar un suspiro brusco mientras notaba cómo
el calor se me extendía por el estómago.
—Me resistí —prosiguió Ravyn— porque no he dejado
de pensar en ti desde esa primera noche en el sendero
del bosque. Y en el Equinoccio fui consciente de que,
cuanto más me acercara a ti, menos querría seguir siendo
el capitán del rey…, menos querría seguir fingiendo. Y
dejar de fingir es peligroso para mí, para mi familia. —
Apoyó los labios contra mi oreja y soltó un susurro grave y
áspero—. No es seguro que alguien se acerque mucho a
mí. Soy un mentiroso, Elspeth. Un traidor. Y algún día
llegará el momento de ajustar cuentas. —Se echó hacia
atrás. Sus ojos grises transmitían tensión—. El bandido
con el verdugo se encuentra. Siempre.
Su voz me sobresaltó. Tiró abajo la fachada de piedra
que llevaba tanto tiempo imaginando a su alrededor… Se
había caído esa máscara severa e intocable del capitán
de los destreros. Ese era él, dejándome entrar…,
mostrándome al verdadero Ravyn Tejo.
Un hombre tan aterrorizado ante el futuro como yo.
Me puse de puntillas y apoyé la frente contra la suya.
Hablé en voz tan baja que apenas moví los labios.
—Pues sé un mentiroso, Ravyn. Traiciona. Pon patas
arriba el reino que quiere vernos muertos a Emory, a ti y
a mí. El rey te mantiene cerca de él para poder
controlarte. Pero tú eres el único que puede enfrentarse a
su carta de la Guadaña.
Me aparté y lo miré a los ojos.
—No son ellos los que ajustarán cuentas, Ravyn. Sino
tú. Nosotros.
El pecho le subía y bajaba, con la mirada clavada en la
mía. Por un momento pensé que se enfadaría, ya que
había sido demasiado directa…, demasiado impulsiva.
Seguía aprendiendo a descifrar las emociones que el
capitán escondía detrás de esos ojos cautos.
Sin embargo, me envolvió con los brazos y me acercó

309
a su pecho para fundirme en un abrazo tan profundo que
me hizo olvidar por completo el día de mercado. Me
sostuvo entre sus brazos, con la mejilla contra mi
coronilla, con el corazón latiéndole contra mi oído. Inspiré
su aroma, a cuero, humo y clavo, y me acomodé entre
sus brazos como un conejillo atraído por un refugio cálido
y seguro.
No había estado en brazos de nadie desde mi infancia.
E incluso entonces nadie me había abrazado tan
estrechamente, como si me necesitara entre sus brazos
tanto como yo necesitaba que me abrazasen. Como si no
importara nada más que sostenernos el uno al otro.
Como si contásemos con todo el tiempo del mundo.
Una voz familiar me despojó de esa comodidad.
—Aquí está —dijo, en un tono demasiado alto y
achispado—. Con el capitán, tal y como os dije.
Ravyn suspiró contra mi cabello. Cuando se apartó de
mí, los cuatro se plantaron delante de nosotros, con los
ojos muy abiertos. La curiosidad, la conmoción y la
incredulidad reflejadas detrás de esos iris de un azul
gélido.
Mi padre, mi madrastra y mis medio hermanas.

Mi padre, el antiguo capitán de los destreros, le estrechó


la mano a su sustituto. Sus palmas tenían los mismos
callos a causa de años de manejo de la espada. Ravyn y
él les sacaban una cabeza a mis medio hermanas, a
Nerium y a mí, con sus anchos hombros. Cuando se
soltaron las manos, mi padre clavó la vista en mí.
Parpadeó y unos surcos marcados aparecieron en su
ceño. Me estremecí bajo su mirada, recordando nuestro
forcejeo en el sendero del bosque, la fuerza del Tormento
y el terror en los ojos de mi padre. No obstante, cuando

310
auné el coraje suficiente para devolverle la mirada, me
percaté de que, en realidad, no me miraba a mí en
absoluto.
Miraba el vestido de mi madre.
Hundió los hombros durante un instante. Flexionó los
músculos de la mandíbula, como si intentara por todos los
medios mantener la boca cerrada. Y sus ojos, de un azul
brillante, se habían puesto vidriosos. Por fin, su mirada se
encontró con la mía.
—Hola, Elspeth —me dijo—. Con ese vestido te pareces
a tu madre.
Nerium me dedicó una mirada fría, pero no tardó en
esbozar una sonrisa reticente cuando se dio cuenta de
que el capitán de los destreros la fulminaba con la
mirada. Me retorcí al lado de Ravyn mientras nuestros
dedos seguían rozándose.
Mis medio hermanas se miraron entre ellas, hablando
en un idioma silencioso que solo ellas conocían. Me di
cuenta del modo en el que observaban al capitán, con los
ojos desorbitados y entornados y los labios rosados
entreabiertos.
Dimia se giró hacia mí, arrastrando a Nya tras ella.
Cuando las gemelas entrelazaron sus brazos con los míos
y me suplicaron que diésemos una vuelta por la plaza, no
tuve ninguna excusa preparada. Le lancé a Ravyn una
mirada de soslayo, pero las gemelas fueron muy rápidas;
en mis oídos sus voces eran tan parecidas que
armonizaban.
Me arrastraron por la calle del mercado. La multitud
bulliciosa se desplazaba a nuestro alrededor como un
rebaño de coloridas ovejas. Me sentí irritada por no
conocer realmente el motivo de ese asalto y me preparé
para las preguntas que sabía que no tardarían en llegar.
Y, aunque eran jóvenes y se dejaban llevar sobre todo por
las fantasías, debía mantener mucho las distancias con
mis medio hermanas.
Al fin y al cabo, eran hijas de Nerium.

311
Dimia nos detuvo cerca de la fuente.
—Elspeth —dijo con un tono rápido y escandaloso—.
Estás siendo cortejada por Ravyn Tejo.
Aparté la mirada.
—¿Y?
Nya parpadeó en mi dirección. Ella no era tan delicada
como Dimia. Cruzó sus delgados brazos contra el pecho y
fue directa:
—Es el capitán de los destreros. Podría enviar a sus
hombres a nuestra casa en cuestión de segundos si
descubriera que de niña contrajiste la fiebre.
Hablaba como su madre. Le lancé una mirada
heladora.
—No hará nada de eso.
—¿Y por qué no iba a hacerlo?
Una familiar luz roja apareció en la periferia de mi
visión.
Dimia se hurgaba las uñas, con la mirada brillante y la
voz soñadora.
—Tal vez porque le guste tanto Elspeth que no quiera
arrestarla. —Se llevó una mano al corazón—. Qué
romántico.
«Esto es insufrible», masculló el Tormento.
La luz roja se acercaba.
—No todas las historias son un cuento de hadas, Dimia
—le dije.
Nya entornó la mirada.
—Entonces, explícanos por qué te estaba abrazando.
Sin mucho disimulo, yo ya me estaba escabullendo.
Cuando mis medio hermanas gritaron para llamarme,
me limité a despedirme con un gesto de la mano y seguí
al hombre alto vestido de negro de cuyo bolsillo emanaba
la luz roja.
Llegué hasta Elm en un par de pasos agigantados.
Cuando entrelacé mi brazo con el suyo, se sobresaltó y
derramó la mitad de su copa de vino en el suelo.
El príncipe me miró desde arriba con sus grandes ojos

312
verdes. Estuve a punto de sonreír.
—Tengo un favor que pediros —le dije, devolviéndole la
mirada—. Necesitaré vuestra carta para ello.
Un momento después, Nya y Dimia estaban riéndose
como locas, con sus ojos azules desorbitados mientras
soltaban risitas largas y musicales.
—¡Qué día tan hermoso! —exclamó Nya, con una
sonrisa tan ancha que podía verle cada uno de los
dientes.
—Vayamos a buscar el puesto de vino —graznó Dimia,
despidiéndose de Elm y de mí con un rápido gesto de la
mano antes de correr con su gemela por la plaza, con los
lazos rojos de sus máscaras resplandeciendo bajo la luz
del mediodía.
Solté una carcajada y las vi marcharse.
—Pobrecitas mías.
Los destreros pasaron junto a nosotros y le dedicaron
un asentimiento de cabeza a Elm antes de dispersarse
por toda la plaza. El príncipe le dio tres toques a su carta
de la Guadaña para liberar a mis medio hermanas de su
control. A continuación, procedió a vaciar lo que le
quedaba en la copa.
—Tus familiares son un verdadero coñazo.
—La familia no se elige, ¿no?
El príncipe soltó una carcajada y tomó otra copa de
vino de la mesa de un comerciante.
—Desgraciadamente, no.
No insistí en el asunto. No le pregunté qué era lo que
había empujado al hijo pequeño del rey hacia un mundo
sin ley y de traición, qué le había llevado a ponerse en
contra de su propio padre. El temperamento del príncipe
era tan cambiante que me ponía nerviosa y no creía que
fuera a reaccionar bien si intentaba violar su intimidad.
—¿Vino? —me preguntó mientras tomaba una segunda
copa.
—Es un poco temprano, ¿no?
—¿Pretendéis soportar el día de mercado sobria? —

313
Miró por entre los puestos y bajó la voz—. ¿No veis
ninguna…, ya sabéis…, carta del Cáliz?
Eché un vistazo en busca del revelador color turquesa.
—No. ¿Por qué?
—Nunca se es demasiado precavido —dijo, y dio un
buen sorbo—. El suero de la verdad es lo último que
necesito ahora.
El vino era más dulce de lo que había imaginado. Me lo
bebí despacio mientras repasaba a la multitud con la
mirada.
—¿Y ahora qué?
—Un par de familias recibirán como regalo algunas
baratijas sin valor por parte de uno de los mercaderes de
mi padre. Mi hermano y unos cuantos caballeros
parlotearán sobre el intercambio de cartas y negarán
haber cometido ellos ese crimen… Tal vez les pidan una
exhibición a Ravyn y a los destreros. Lo mismo de
siempre.
Tamborileé con un dedo sobre mi copa.
—Ahora podríamos estar en el interior de la casa de mi
padre, haciendo algo verdaderamente útil.
—Hauth y los destreros notarían nuestra ausencia.
Además —dijo Elm, y le dio otro buen sorbo al vino—,
parecíais estar pasando un rato encantador reconectando
con vuestras hermanas.
Puse los ojos en blanco.
—Medio hermanas.
—¿Qué querían?
—Nada —dije. Y tras una pausa, añadí—: Creen que
Ravyn va a enterarse de lo que soy y que me arrestará.
Elm sonrió con la copa entre los labios.
—Puede que no os arreste —comentó—, pero acabará
descubriendo qué sois en realidad. La verdad siempre
sale a la luz.
Algo en su voz me chirrió.
—¿A qué os referís?
Elm se giró hacia mí y entornó sus ojos verdes.

314
—Para Ravyn es distinto —me dijo—. Vuestra infección,
vuestra magia, no le sorprende. Cuando os mira, siente
que os conoce…, quiere ayudaros. Le hacéis recordar por
qué ha hecho todo esto y por qué continúa haciéndolo.
Le dio unos sorbos decididos a su copa, saboreando el
vino.
—Pero cuando yo os miro, Bonetero, veo algo más —
declaró—, Veo a una persona reservada, cautelosa. Veo a
alguien que no ha sido sincera con nosotros.
Cuando palidecí de golpe, se limitó a sonreír.
—Una mujer que se ha pasado la mayor parte de su
vida escondida en casa de su tío, callada y aislada, ¿y es
capaz de plantarle cara a un caballero entrenado? ¿Y
puede atrapar cuchillos en el aire y herir a mi hermano
sin la ayuda de un Caballo Negro?
Me apartó el pelo de la frente y me lo colocó detrás de
la oreja.
—Y vuestros ojos —prosiguió—. Negros como la tinta.
Salvo cuando la luz incide en ellos de cierta manera, que
puedo verlos amarillos. El mismo tono amarillo que vi
hace dos noches en el bosque, cuando derribasteis a
vuestro padre.
Sentí como si me hubiera atragantado.
En la oscuridad detrás mi mirada, el Tormento se
deslizaba y arrastraba las garras por el hueso. «Déjame
salir».
«Desde luego que no».
«Ya ha visto mis ojos. ¿Por qué no me dejas hablar con
él?».
«Son mis ojos los que ha visto —tartamudeé—, ¡Los
míos, no los tuyos! Deberían ser negros, no amarillos».
«¿Deberían? —ronroneó—. Tú misma lo has dicho. Me
estoy fortaleciendo».
Cuando permanecí en silencio, el Tormento envolvió mi
mente en la oscuridad. «Cuando acechan las sombras, lo
que es tuyo es mío. Mi ayuda has pedido… y aquí la
tienes ya. Con tus ojos veo, con tus oídos escucho. No hay

315
vuelta atrás, querida… Este es el precio que hay que
pagar».
Sentí náuseas. El vino se transformó en bilis en mi
estómago. «¿Y qué le digo?».
—¿Elspeth?
«Dile la verdad».
«No puedo hacer eso».
—Elspeth.
Me alejé de la voz en mi cabeza y solté la copa,
obligándome a ocultar las manos temblorosas dentro de
las mangas de mi vestido.
Elm me contempló con fijeza y una parte de su
frivolidad desapareció de su gesto.
—¿Sigues aquí? —me preguntó.
Pero no tuve tiempo de responderle. Apenas tuve un
momento para prepararme antes de que tres destreros
me empujaran a un lado mientras se abrían camino hacia
el centro de la plaza con las armas desenvainadas.
—¡Abran paso! —gritó uno, y su voz atravesó a toda la
multitud—. ¡Abran paso!
El príncipe se acercó a ellos de inmediato, y todo rastro
de ebriedad desapareció de su voz.
—¿Qué diantres sucede? —exigió saber.
—Un niño contagiado —respondió el destrero, sin
aliento—. Lo ha traído el galeno Orithe. Los padres han
sido detenidos. El príncipe heredero Hauth quiere
utilizarlos para dar ejemplo.
De repente, la plaza se vio inundada por el color
oscuro de los Caballos Negros. Cinco destreros más dieron
un paso al frente. Entre ellos llevaban a un hombre y a
una mujer ensangrentados. La multitud les abrió paso,
rodeándolos.
Los gritos reverberaron y a mí me empujaron con el
resto de los mirones hacia el borde de la plaza, donde
Hauth Serbal y los destreros intentaban atarles las manos
a los prisioneros. Un silencio cayó sobre la muchedumbre.
Toda la alegría y la camaradería se habían esfumado y

316
habían sido sustituidas por ese silencio enfermizo. Me
envolví el pecho con los brazos y me retiré al interior de
mi mente, en busca de algo de coraje.
Pero solo encontré oscuridad.

317
CAPÍTULO 25

C uando dieron el primer latigazo, un grito se


extendió por entre la multitud. El hombre, al que le
habían quitado la túnica, jadeaba sin palabras, con la
sangre resbalándole por la espalda y acumulándose en
las piedras que quedaban a sus pies. La mujer, atada por
separado, lo contemplaba como el resto de nosotros, con
los ojos abiertos y vidriosos.
Tan asfixiante como el humo, el velo de la muerte cayó

318
sobre la plaza. Se propagó por entre la multitud; me entró
por los orificios de la nariz y me bajó por la garganta:
sentí que me ahogaba. Se me acumularon las lágrimas en
los ojos y, cuando el destrero volvió a chasquear su látigo,
el sonido me atravesó, tan visceral que me hizo doblarme
por la mitad.
Elm apoyó una mano bajo mi codo y no la movió, como
si estuviera hecho de piedra. Solo cambió el gesto cuando
Hauthse dirigió hacia la multitud. Entornó sus ojos verdes
y apretó la boca en una línea recta al mirar a su hermano.
Las luces rojas y negras de las cartas de Hauth lo
envolvían como una nube tóxica.
—Este hombre y esta mujer han traicionado nuestra
confianza. —El látigo volvió a chasquear. La mujer profirió
un grito ahogado, con la derrota reflejada en su rostro—.
No denunciaron una infección —prosiguió el príncipe
heredero—. Mantuvieron oculto a su hijo contagiado,
permitiendo así que la infección se enconara, poniendo en
riesgo a todo Blunder. —Volvió a sonar el látigo y di un
respingo cuando un lamento largo y desesperado se
extendió por toda la plaza—. Y ahora van a pagar el
precio definitivo.
Estiré el cuello mientras buscaba entre el gentío.
—¿Y el niño? —susurré con la voz entrecortada.
Elm negó con la cabeza. Su mirada verde se había
vuelto fría.
A mi alrededor, los ciudadanos de Blunder estaban
petrificados sobre los adoquines. Con los rostros
desencajados, pálidos. Algunos tenían lágrimas en los
ojos. Otros no parecían ni pestañear. Algunos fruncían el
ceño con el gesto retorcido. No se escuchaban gritos de
triunfo ni ningún apoyo al príncipe heredero o a los
destreros. No alentaban esa violencia.
Pero tenían demasiado miedo como para detenerla.
Cuando el destrero que sostenía el látigo dio un paso
atrás, Hauth se colocó frente a los prisioneros y sacó la
Guadaña de su bolsillo.

319
Le dio tres toques.
—Entregadme vuestros amuletos —les ordenó.
Los prisioneros buscaron entre su ropa, con la mirada
apagada y perdida. Hauth aguardó con la palma de la
mano extendida, como un recaudador de impuestos a la
espera de recibir su dinero. La mujer sacó la pata de un
conejo de su vestido. El hombre, con las manos
ensangrentadas, una pluma de búho.
Se los entregaron al príncipe heredero, quien los
aplastó bajo su bota.
—La infección es una plaga —declaró, y sus palabras
interrumpieron aquel silencio cavernoso—. Es el veneno
que se filtra a través de la neblina, creado por el Ánima
del Bosque. Quienes no la denuncien, están cometiendo
traición. —Se giró hacia los prisioneros—. Por la autoridad
que me ha conferido el rey, yo, Hauth Serbal, príncipe
heredero de Blunder, os condeno a muerte.
La repentina crudeza de los gritos de los destreros me
atravesó los oídos, ya que resultaban dolorosos después
de ese silencio sepulcral.
—¡Vamos! —exclamaban mientras le daban
empellones a la multitud—. ¡A la entrada de la ciudad!
A Elm y a mí nos empujaron desde todas direcciones y
no nos quedó otra que seguir la corriente de cuerpos a
nuestro alrededor. El príncipe se agarró a mí,
sujetándome con fuerza el brazo con los dedos mientras
nos empujaban. Escuché los gemidos de los prisioneros a
nuestras espaldas, pero no me giré, obligada a seguir
avanzando por los destreros a caballo y el vaivén de la
multitud.
Salimos de la plaza hacia la calle del mercado. Giré la
cabeza de un lado a otro en busca de Ravyn o Jespyr,
pero la muchedumbre era demasiado numerosa y no
dejaban de sumarse mirones a ella.
La sombra de los Caballos Negros nos rodeaba.
Los destreros nos llevaron hasta el límite de la ciudad.
Atravesamos las altas puertas fortificadas y luego

320
seguimos avanzando unos cincuenta pasos por el
sendero. Allí no había nada más que camino y un gran
campo abierto. Hauth se colocó en el borde, acompañado
por Tilo, otros dos destreros y los prisioneros
ensangrentados.
Detrás de ellos, a menos de cincuenta pasos, se cernía
la neblina, a la espera.
La multitud se detuvo de golpe. Acabé chocándome
contra varias personas. Escuché el estallido de las voces
de los destreros, el ruido de sus caballos.
—¡Abrid paso!
La mitad de Blunder ocupó el sendero. Teníamos un
aspecto grotesco con los colores de nuestras casas y
nuestros ropajes demasiado brillantes, demasiado vivos,
para lo que estábamos a punto de presenciar. Cada vez
estaba más pegada al costado de Elm a medida que la
multitud se echaba a un lado para abrirle paso a los
destreros, al príncipe heredero y a los prisioneros.
Un carruaje cruzó la entrada de la ciudad, con los
caballos soltando vaho con sus relinchos. Frenó con
brusquedad cerca de Hauth y de los prisioneros. De él
salieron dos hombres completamente vestidos de blanco
y, entre ellos, un chico que no tendría más de doce años.
Apreté la mandíbula y algo en mi interior comenzó a
hervir. El siseo del Tormento me quemaba la mente.
Al igual que sus padres, el chico estaba maniatado.
Esperaba ver lágrimas, lamentos de desesperación, pero
el joven se mantuvo callado, con los hombros erguidos y
los puños cerrados. Llevaba la camisa rota a la altura del
cuello y el cabello sudado. El chico se había resistido a lo
que fuera que hubiera sucedido.
Me incliné hacia Elm.
—¿Qué van a hacerle?
«¿Acaso no lo sabes?», susurró el Tormento.
La voz de Elm sonó vacía.
—Lo obligarán a observar cómo sus padres
desaparecen entre la neblina. Luego lo llevarán a Stone.

321
Si mi padre considera que su magia no le es de utilidad…
Parpadeé para contener las lágrimas de rabia.
—Lo asesinarán.
El príncipe no respondió. Tenía la mirada clavada en la
parte trasera del carruaje. Me giré justo a tiempo para ver
a un tercer galeno salir hacia el sendero. Era más alto que
el resto, con una complexión más delgada… y unos ojos
anormalmente pálidos.
Orithe Sauce, el líder de los galenos del rey.
Elm dio un respingo a mi lado.
—Hauth no debería hacer esto, no delante de todo el
mundo. —Giró la cabeza de un lado a otro—. ¿Dónde
narices está Ravyn?
Delante de nosotros, los galenos y el chico, que iba
entre ellos, se unieron a Hauth. Orithe se subió una de las
mangas de su toga blanca varios centímetros para dejar
al descubierto el artilugio en forma de garra con unas
puntas largas y amenazadoras que salían de cada uno de
sus dedos pálidos. Se trataba de un aparato que tenía un
único objetivo.
Hacer sangrar.
Cuando el galeno flexionó los dedos, las púas de metal
produjeron un ruido chirriante, un siniestro clamor que
atravesó a toda la multitud. El chico intentó avanzar hacia
sus padres, pero Orithe extendió una púa hacia su
garganta, obligándolo a permanecer inmóvil.
Una sola gota de sangre cayó desde el cuello del chico.
No era una herida mortal, pero bastaba para que Orithe
Sauce pudiera condenarlo a muerte.
La voz del galeno retumbó en ese silencio tan
absoluto.
—Este niño está contagiado. Su magia no está
autorizada…, es peligrosa. Dejemos que su muerte, y la
de aquellos que lo protegieron, sirva a modo de
advertencia —declaró, con sus ojos pálidos muy abiertos
—. No hay forma de ocultar la infección. Ya sea hoy,
mañana o dentro de unos años, acabaremos

322
descubriendo a todo aquel que padece la fiebre, que sufre
una degeneración o que posee magia no autorizada.
Hauth levantó su Guadaña por encima de la cabeza.
—La magia de las cartas es la única magia verdadera
que existe. Todo lo demás es enfermedad. —Le dio tres
toques a la carta y volvió a girarse hacia los prisioneros—.
El pueblo de Blunder os entrega a la neblina a los que
habéis quebrantado las leyes. —Curvó los labios en una
sonrisa cruel—. Sed cautos. Sed astutos. Sed bondadosos.
Los prisioneros se giraron hacia la neblina. Sus
movimientos eran inestables y les temblaban las piernas.
Por un segundo, pareció como si no fueran a salir del
sendero.
Pero no había forma de resistirse a la carta roja.
La mujer avanzó hacia delante, profiriendo un grito
espeluznante y dando pasos lentos y rígidos hacia el
bosque. Su marido la seguía mientras miraba hacia atrás
y le gritaba a su hijo algo que no logré escuchar.
Arrastraban los pies por la hierba muerta. En cuestión
de un minuto, acabarían siendo engullidos
completamente por la neblina.
El siseo del Tormento, el entrechocar de sus garras,
sonaba en mis oídos, lo que acabó con mi miedo hasta
que lo único que quedó fue rabia.
«Cuando se alargan las sombras, cuando nuestros
nombres polvo son, lo que amamos, lo que odiamos, será
podredumbre y desesperación. Todo será olvidado, salvo
una inamovible verdad… ¿Qué fue lo que hicimos cuando
se llevaron a los niños sin mirar atrás?».
Se me aceleró el pulso y las lágrimas me resbalaron
por las mejillas.
—Debemos hacer algo, Elm.
El príncipe tenía sus ojos verdes clavados en los
prisioneros, que cada vez se acercaban más a la neblina.
Sentí cómo le temblaba el brazo, cómo se le tensaban los
músculos de la mandíbula.
—No podemos correr el riesgo de que Orithe os vea —

323
me dijo.
—Puedo apañármelas. —Bajé la mirada hacia mi
vestido rojo, con el bordado del bonetero—. Dejadme
vuestra capa.
El príncipe tensó los hombros.
—¿Para qué?
Le pegué un tirón de la manga hasta que se le resbaló
por el hombro.
—Cambiadme la máscara.
Elm maldijo por lo bajo y se desprendió de su capa. Me
la coloqué por encima, con mi vestido rojo
desapareciendo debajo de ella y esa lana tan gruesa que
ocultaba toda la luz. Igual que su máscara. Me temblaron
los dedos mientras me la ataba por detrás de la cabeza.
El príncipe se giró y buscó de nuevo entre la multitud.
Sabía a quién intentaba encontrar. Pero no había tiempo.
Lo agarré del brazo y lo miré a los ojos.
—No necesitáis a Ravyn —le dije en voz baja y
apremiante—. El chico es inocente, igual que Emory. Sois
de las personas más fuertes a las que he visto hacer uso
de la magia. Contáis con una Guadaña. —Se me
endureció el tono—. Debéis hacer algo.
Hauth y los destreros se hallaban frente a la neblina
mientras observaban a los prisioneros y hablaban en voz
baja. El príncipe heredero echó la cabeza hacia atrás para
soltar una carcajada escandalosa y cruel.
El sonido de su risa activó algún tipo de resorte en
Elm. El príncipe entornó sus ojos verdes y pasó de ser
presa a depredador. Se llevó la mano al bolsillo, sacó su
carta roja y masculló algo por lo bajo que no logré
escuchar… Podría haberse tratado tanto de una oración
como de una maldición.
Se escuchó cómo un grito ahogado se extendía por
entre el gentío. Los galenos se giraron hacia la neblina
con los ojos abiertos de par en par. Los destreros se
irguieron. Hauth Serbal dejó de reírse de inmediato.
Los prisioneros habían parado de avanzar. Se hallaban

324
petrificados a mitad de camino, como si estuvieran
hechos de piedra, atrapados en mitad de una guerra
entre príncipes. Serbal contra Serbal.
Guadaña contra Guadaña.
Elm se apartó de mi lado.
—Que no te vean —me dijo, con la vista puesta al
frente—. No hagas ninguna estupidez. —Hizo girar la
Guadaña entre sus dedos y se abrió paso entre la
multitud como un actor en un bis, haciendo de todo
Blunder su escenario.
Cuando Hauth vio a su hermano, el verde de sus ojos
pasó a verse eclipsado por el color rojo. Se le marcó la
vena del cuello y cerró la mano sana formando un puño.
—¿Qué…?
Elm chasqueó la lengua.
—Has ido demasiado lejos, hermano. Hasta tratándose
de ti, esto es pasarse.
Los galenos se acobardaron y le dejaron espacio de
sobra a Elm. Me abrí camino a empellones a través del
gentío apelotonado, con el Tormento espoleando mis
pasos. Mantuve la vista clavada en el chico, que seguía
de pie con el filo de la horrible garra de Orithe
apuntándolo.
Rojo contra rojo. Los príncipes se plantaron cara a cara
frente a su reino. Elm le sacaba una cabeza a su
hermano, era esbelto y astuto, y su porte imperturbable
suponía un claro contraste con el de Hauth, que bullía con
rabia suficiente para los dos.
—Estoy en mi derecho de condenar a criminales —
ladró el príncipe heredero—. Retira tu Guadaña. ¡Ahora!
Elm le dedicó a su hermano una sonrisa. Lo estaba
retando.
—Creo que no.
Tilo se encontraba detrás de Hauth, con una mano
sobre la empuñadura de su espada. Se abalanzó sobre
Elm. No obstante, antes de que pudiera asestarle un
golpe, el príncipe clavó la mirada en el destrero,

325
completamente concentrado. Levantó una mano entre
Tilo y él, con los dedos extendidos, y masculló unas
palabras que no pude oír.
Tilo se detuvo a medio camino y luego, tras soltar un
grito aterrador, se desplomó en el suelo a los pies de Elm.
El príncipe lo miró desde arriba, con los labios curvados y
una gota de sangre cayéndole de la nariz.
La Guadaña le estaba pasando factura.
El Tormento rompió a reír, implacable.
«Ten cautela con la roja. Ten cautela con la espada. Ten
cautela con el dolor, pues es el precio que se paga.
Controla lo que puedas, la muerte por nadie espera. Ten
cautela con el dolor, pues es el precio que se paga».
Hauth miró a Tilo con desprecio y luego clavó la vista
en los prisioneros. Seguían petrificados, a unos pasos de
la neblina. Con sigilo, me acerqué más a los galenos, al
chico. No tenía ningún plan. La sangre me retumbaba en
los oídos y el Tormento hacía entrechocar sus garras para
empujarme a seguir avanzando.
Hauth abrió la boca. Todo su cuerpo clamaba violencia.
Sin embargo, antes de que pudiera hablar, un murmullo
recorrió toda la multitud y la colorida muchedumbre abrió
paso a dos figuras, ambas vestidas completamente de
negro con las manos en las empuñaduras de sus espadas.
Ravyn y Jespyr Tejo.
Y esa fue toda la distracción que necesitó Hauth. Le
asestó un codazo en la cara a su hermano, lo que provocó
que Elm diera un paso atrás y perdiera concentración.
Los padres del chico gritaron y comenzaron a mover
los pies de nuevo, avanzando hacia la neblina. El chico
forcejeó con los galenos y un grito de desesperación se le
escapó de entre los labios. Me llevé una mano a la boca,
con los ojos anegados en lágrimas mientras observaba
cómo el padre del chico se perdía de vista,
desapareciendo bajo un manto gris. La madre
desapareció entre la neblina un momento después.
Sin embargo, sus voces siguieron escuchándose, unos

326
gritos ininteligibles que cada vez sonaban más
desesperados a medida que la sal en el aire les
trastornaba las mentes.
Alguien gritaba órdenes. Era Ravyn. Los destreros
bajaron de sus caballos y la mayoría de ellos se unieron a
su capitán y a Jespyr, aunque algunos se colocaron detrás
de Hauth. Escuché el entrechocar del acero, pero no me
giré para verlo. Tenía la mirada clavada en el chico
atrapado entre los hombres con togas blancas. Ahora
estaba más cerca…, tanto que podía ver cómo el sudor de
su ceño se le entremezclaba con las lágrimas.
Sentí un enorme empujón. El caos estalló entre la
multitud. Ahora que ya no estaban obligados a quedarse
allí como testigos, los hombres y las mujeres corrían hacia
todas direcciones, desesperados por alejarse de los
destreros y de sus rencillas internas. Una mujer chocó
conmigo, golpeándome la muñeca rota. Vi las estrellas y
el dolor fue insoportable. Sin embargo, mis piernas
siguieron avanzando. Corrí, pidiéndole a gritos al
monstruo una ayuda que necesitaba con desesperación.
«¡Ayúdame!».
Me ardieron las venas. El Tormento salió a la palestra,
sumiendo mi mente en la oscuridad. Apreté el paso y fijé
la mirada en Orithe Sauce, que se giró como si lo hubiera
llamado.
Nos chocamos a toda velocidad. Él era más alto que
yo…, y más ancho y pesado. Pero no era más fuerte que
el Tormento. Se golpeó la cabeza contra el suelo con un
ruido sordo, los ojos muy abiertos y la boca desencajada.
Agitó su grotesca garra hacia mí, pero los dedos metálicos
no me alcanzaron… Yo ya me estaba escabullendo.
Una mano me pegó un tirón desde detrás. Un segundo
galeno. Le asesté un codazo en el diafragma, lo que le
hizo caer sobre la hierba muerta entre toses violentas,
tirando al chico con él. El tercer galeno no se acercó.
Tenía los ojos abiertos de par en par y le temblaban las
manos. Se giró sobre sus talones y echó a correr,

327
uniéndose al caos frenético de la multitud.
El chico yacía en el borde del sendero. Intentó
levantarse, pero antes de lograrlo, un metal atravesó el
aire.
El joven gritó y la garra de Orithe Sauce lo agarró por
el dobladillo de su túnica, clavándolo en el sitio. No
recordaba haber saltado hacia delante. La oscuridad me
cubría los ojos y, en cuestión de un momento, pasé a
cernirme sobre Orithe, y le asesté una buena patada en la
mandíbula con el talón del zapato que lo tiró de nuevo al
suelo.
La túnica del chico quedó liberada. Dio unos cuantos
pasos inestables. Cuando levantó la mirada hacia mí,
enderezó la columna.
—Acompáñame —jadeé mientras le tendía la mano.
El chico entornó la mirada e intentó verme el rostro
debajo de la máscara. Un momento después, dirigió la
vista por detrás de mi hombro. Cuando miré en esa
dirección, vi al tercer galeno. Había traído consigo a un
destrero con un Caballo Negro que lo envolvía en la
oscuridad y sus ojos clavados en mí.
Tilo.
—Mierda —dije justo cuando el chico me tomó la
mano. No miré atrás…, ni a Orithe ni a Ravyn. No había
tiempo. Antes de que Tilo pudiera llegar hasta nosotros, el
chico y yo nos lanzamos de cabeza a la neblina.
Sentía cómo el calor me recorría los brazos de arriba
abajo y la presencia del Tormento me rodeaba como si
fuera una segunda piel. Respiré hondo y tosí a causa de la
sal espesa en el aire. Rebusqué con frenesí en el bolsillo
de mi falda, envolviendo con los dedos el amuleto que ya
no necesitaba y apretando el paso.
Tilo entró en la neblina detrás de nosotros. El aire
denso distorsionaba el sonido de su acercamiento y sus
pasos parecían estar cerca y lejos al mismo tiempo.
Nos apresuramos a recorrer el prado. La hierba
humedecía el bajo de mi vestido. Cuando el terreno pasó

328
a ser inclinado, se me enredaron los pies, pero no me caí.
Iba más rápida y segura que nunca. Detrás de mí, el chico
jadeaba, poniendo todo su empeño en seguirme el paso.
La sal en el aire se me pegaba y hacía que me
escocieran los ojos. Se me emborronó la visión a causa de
las lágrimas. Cuando me froté los ojos para deshacerme
de ellas, el mundo a mi alrededor desapareció. De
repente, el cielo pasó a estar negro y la luz del día se
desvaneció en la nada. Ya no estaba en el prado entre la
ciudad y los bosques, sino en otro lugar. En un sitio
plagado de sombras, largas y titilantes, con una extraña
luz anaranjada reflejada sobre mi armadura dorada.
Giré la cabeza de golpe. Detrás de mí, las llamas
ascendían hacia al cielo y las paredes de un enorme
castillo se hallaban envueltas por un infierno. El chico
seguía a mi espalda, salvo que ya no estaba solo. Más
niños corrían detrás de nosotros, con sus rostros
atemorizados iluminados por el fuego.
Unas palabras se formaron en la punta de mi lengua,
pero no las pronuncié. Lo único que sentía era un miedo
profundo y debilitante, y el impulso de seguir adelante, de
salvar a los niños del fuego y del peligro que nos
aguardaba si no huíamos. Fue entonces cuando me
percaté de que, esperando en el borde de las llamas,
descansaba la sombra de un antiguo tejo.
Había una cámara en el límite del prado, con una
ventana a la oscuridad, negra e infinita, que me instaba a
avanzar hacia ella.
—¡Señorita!
Me tropecé con el bajo del vestido y caí sobre la
hierba. Tosí, sin aliento. Cuando levanté la mirada, el cielo
volvía a ser gris, oculto detrás del dosel verde del bosque.
La cámara había desaparecido, igual que el fuego y el
humo en el aire. Lo único que quedaba allí era el chico,
con los ojos muy abiertos mientras me miraba desde
arriba.
—Los oigo, señorita.

329
Busqué al Tormento con desesperación en mi mente.
La criatura había cerrado la mandíbula y había aguzado
sus orejas puntiagudas para escuchar mejor. «Por allí —
me dijo—. ¿No lo oyes?».
Sí que lo escuchaba. Unos gritos…, las voces de un
hombre y una mujer en las profundidades de la neblina.
Pero no estaban solos. Se escuchaban unas fuertes
pisadas procedentes del lugar del que veníamos, el
entrechocar del metal, la siniestra oscuridad de la carta
del Caballo Negro.
«Se acerca —me advirtió el Tormento—. No puedes
huir de él. Y menos con el chico».
Me apresuré a ponerme en pie y dejé el amuleto en la
mano del joven.
—Llévaselo a tus padres —le indiqué—. Tendrán que
compartirlo, pero debería servir para despertarlos.
El niño parpadeó mientras miraba la pata de cuervo.
—Pero vos os quedaréis sin amuleto.
—No lo necesito —le expliqué—. El Ánima no hiere a
las personas como nosotros. —Comprobé que tenía la
máscara bien colocada mientras los pasos de Tilo se
acercaban—. Vete —le dije mientras lo soltaba.
Los pasos del chico sonaron como el aleteo de un
pajarillo mientras huía por entre los árboles. No vi cómo
se marchaba. Tenía la espalda encorvada y había aguzado
el oído para escuchar al destrero. El siseo del Tormento
me recorrió la columna, aturdiéndome y desdibujando el
mundo a mi alrededor.
Tilo salió de la neblina, apuntando su espada
directamente hacia mi cuello.
Lo esquivé. Cuando me erguí, tenía los dedos curvados
y la mirada entornada. Corrí hacia delante, con pasos
decididos mientras acortaba la distancia entre el soldado
del rey y yo. Vi el miedo en sus ojos, la confusión y el
pánico. Pero me dio igual. Estaba absorta en la magia y la
ira del Tormento me envolvía.
Le asesté un golpe en la mandíbula y otro en las

330
costillas. Cayó al suelo e intentó acuchillarme de un modo
temerario. Pero fue como si intentara atacar a un
fantasma. El Tormento se movía a la velocidad del rayo,
retorciéndome el cuerpo. Apoyé un pie en el hombro del
destrero, inmovilizándolo en el suelo y apartando su
espada de una patada.
Me incliné sobre él con la mano contraída, como una
garra. La sal me inundó la nariz y comenzaron a arderme
los brazos. Por un momento, se me nubló la mente. Olvidé
dónde estaba, qué había ido a hacer allí. Lo único que
pude ver fue oscuridad.
Unos gritos que helaban la sangre me trajeron de
vuelta a la realidad. «¡Detente!», le grité, pero era
demasiado tarde. Tilo yacía en el suelo, con las manos en
el cuello y la sangre borboteándole a través de los dedos.
Me aparté de golpe, acorralada por una rabia amarga.
Mis pensamientos batallaban contra la ira del Tormento, y
la confusión y el miedo se apoderaban de mi mente.
«¿Qué has hecho?», le grité.
La criatura no respondió. Pero no era necesario.
Sentí un grito atorado en la garganta. Me alejé del
bosque con paso inestable. La sombra oscura del Caballo
Negro del destrero no dejaba de menguar a medida que
me abría camino a través de la neblina.
No vi al segundo destrero hasta que me choqué contra
él.
Grité y empujé ese pecho envuelto en una túnica
negra, pero me agarró de los brazos. Pronunció mi
nombre. Sin embargo, apenas lo escuché. Tenía la mente
fuera de control y la presencia del Tormento era tan fuerte
que consiguió desconcertarme.
El destrero me acercó a él. Cuando levanté la mirada,
vi los ojos grises que había detrás de la máscara.
El pecho de Ravyn Tejo se movía agitado contra el mío.
Cuando habló, su voz sonó entrecortada.
—Elspeth… Elspeth, ¿puedes oírme?
Jadeé, con la respiración rápida y violenta. Las

331
lágrimas me resbalaban por las mejillas, tenía sal en los
ojos y la magia ardía en mis venas.
—Respira —me dijo mientras me tomaba del rostro—.
Ya estás a salvo. Respira.
Parpadeé. Las llamas de la ira del Tormento seguían
envolviéndome la mente. Me quedé sin voz y mi
respiración pasó a ser rápida y entrecortada.
—El chico… El destrero… Mi magia. No… No sé qué ha
pasado.
Se inclinó hacia mí, apoyó su frente contra la mía y
sentí su aliento en la cara.
—Tienes los ojos amarillos.
Cerré los párpados de golpe. «Márchate, por favor», le
supliqué al Tormento, siendo muy consciente de que no
tenía otro sitio a donde ir. Escuché el eco de su risa y sus
pasos lentos, sus garras dolorosas, mientras abandonaba
mis pensamientos y se sumía en la oscuridad.
Solté un suspiro y Ravyn me tomó entre sus brazos. En
cuanto sus dedos se encontraron con los míos, el capitán
retrocedió, con la mirada fija en mis manos.
Cuando bajé la vista, vi que las tenía curvadas como si
fueran garras. Mis dedos, largos y pálidos, estaban
cubiertos de sangre.

332
CAPÍTULO 26

R avyn me tomó de las manos y se las pasó por su


túnica. La lana negra absorbió la sangre de mis
dedos. Cuando me soltó, oculté las manos bajo mis
mangas, cerrándolas en puños para evitar que me

333
temblaran.
Ravyn tenía la voz calmada, la mirada indescifrable y
la columna recta. El bandido había desaparecido. En su
lugar se hallaba el capitán de los destreros, austero y frío
de nuevo.
—¿De quién se trataba? —inquirió en voz baja.
No lo sabía. Lo único que conocía ahora era la rabia…,
una rabia que no había sentido antes, tan fuerte que,
incluso ahora, me costaba librarme de ella.
—Otro destrero —conseguí decir y señalé con la
cabeza hacia el bosque—. Tilo.
Ravyn tensó los músculos de la mandíbula.
—¿Está muerto?
Sentí cómo se me retorcía el estómago.
—Herido.
—¿Y el chico?
—En el bosque.
Asintió con brusquedad y aguzó el oído hacia el viento.
—Vienen más destreros —me dijo—. Quédate aquí.
Un momento después, se marchó y desapareció entre
la neblina. Podía seguir oyéndolo, su voz afilada como un
cuchillo mientras el sonido de unos pesados pasos
reverberaba a través del espacio gris y la sombra de dos
Caballos Negros oscurecía la neblina.
Me quedé quieta, escuchando.
—Mimbre —dijo Ravyn—. Ve a por Aulaga y Haya y
reúne a los galenos. Busca a cualquier herido entre el
alboroto. —Se le endureció la voz—. Alerce, dirígete al
oeste, hacia el bosque.
Se me revolvió el estómago, ya que sabía bien qué
había al oeste de donde nos encontrábamos, tirado y
sangrando bajo los árboles.
«¿Qué has hecho?», le espeté a voz en grito a la
oscuridad.
El Tormento retrajo sus garras y habló despacio y con
pereza: «Lo hemos hecho juntos. Igual que siempre».
«¡Yo no quería hacer eso!».

334
«Me pediste ayuda. Y yo te la proporcioné».
Negué con la cabeza.
«Eres un monstruo».
Ravyn volvió a aparecer como una ráfaga de color
negro, con los ojos clavados en mi rostro.
—¿Elspeth?
Me sequé las lágrimas de las mejillas y me encogí. El
dolor de mi muñeca rota ardía con una intensidad
renovada. Me sentía mareada, incapaz de valorar lo
sucedido durante la última hora: Hauth y a lo que había
condenado a los padres del chico; la violenta garra de
Orithe; Elm y su Guadaña; la extraña visión que había
sufrido mientras huía a través de la neblina; y la mirada
de terror de Tilo cuando la rabia del Tormento tomó el
control de mi cuerpo.
—¿Qué ha pasado, Elspeth? —inquirió Ravyn.
Cerré los ojos y respiré hondo.
—No podía permitir que Orithe se llevara a ese chico
de vuelta a Stone.
El capitán dirigió la mirada a mi máscara, a mi capa.
—¿Te han reconocido?
—No creo. Todo ha pasado tan rápido. Elm… Su
Guadaña… —Me detuve, con la mente hecha un lío,
dividida entre los pensamientos del Tormento y los míos.
Miré al capitán de los destreros—. Liberé al chico y lo llevé
hasta la neblina. Le entregué mi amuleto para que
intentara salvar a sus padres. Pero el destrero nos siguió.
No… No pretendía…
Ravyn aguardó.
—¿Y ese color amarillo que se apodera de tus ojos? —
inquirió.
—No puedo contártelo —le dije, con más contundencia
que antes—. Si lo hago, no querrás tener nada que ver
conmigo.
El capitán suspiró.
—Entonces tu opinión sobre mí es más baja de lo que
creía. —Se metió la mano en el bolsillo y le dio tres

335
toques a la luz burdeos.
—¿Qué estás haciendo?
—Le digo a Jespyr que lleve a Orithe hasta Tilo. —La
carta del Tormento en el bolsillo del capitán proyectó una
sombra extraña a lo largo de su rostro. Pasado un
momento, cerró los ojos en señal de concentración y
volvió a darle otros tres toques a la carta—. Vámonos.
Nos apresuramos a subir la colina y a atravesar el
prado en un silencio tenso. Sonaban voces en la neblina…
Otros dos Caballos Negros se movían en la distancia.
Ravyn tensó los hombros, pero no aminoró la marcha,
solo se llevó un dedo a los labios para indicarme que
guardara silencio.
No busqué al Tormento en la oscuridad. Aun así, sabía
que él estaba allí, cerniéndose como una sombra en cada
rincón de mi mente.
Para cuando Ravyn y yo salimos de la neblina y
regresamos al sendero principal, el caos había cesado. La
multitud se había dispersado, había cruzado a toda prisa
las puertas de entrada a Blunder, y la frivolidad del día de
mercado había acabado hacía mucho.
—Quítate la máscara —me indicó Ravyn. Me recorrió la
capa con la mirada…, la capa de Elm—. Eso también. Solo
eres una doncella que ha acabado perdida en la neblina,
¿entendido?
Asentí. Pero esa mentira no borraba nada. Ya no tenía
sangre en las manos, pero la sensación prevalecía. Una
mancha oscura y amenazante.
Nos recibió una marea negra y roja: destreros y Hauth
Serbal, apiñados en el borde de la neblina. La voz del
príncipe heredero llegó sendero abajo, cruel y
estruendosa.
Elm se apartó del resto, con las manos en los bolsillos
y los ojos verdes apagados. Tenía los hombros encorvados
y las mejillas pálidas. Una fina capa de sudor le brillaba
sobre la frente. Me coloqué a su lado y le escudriñé el
rostro.

336
—Veo que seguís viva —me dijo sin mirarme.
Le devolví su capa.
—¿Y vos?
—Estoy como una rosa. —Se llevó la manga al rostro y
se limpió con ella la nariz. Cuando la apartó, tenía el puño
oscurecido con sangre—, ¿Y el chico?
—Ha escapado, por ahora. Tilo me dio alcance. Nos
enfrentamos. —Apreté la mandíbula, temerosa de vomitar
—. Es posible que lo haya matado.
Elm me miró y enfocó la vista, despacio.
—¿No es eso algo que deberíais saber con certeza?
Los destreros le abrieron camino a Ravyn, con las
cabezas gachas hacia su capitán. Él no les prestó
atención, ya que tenía la mirada clavada en Hauth.
—¿Qué cojones te crees que estás haciendo? —le
espetó, de un modo tan severo que me hizo encogerme—.
¿Has organizado una ejecución pública en día de
mercado? —Su voz estaba teñida de ponzoña—. ¿Sin mi
permiso?
El príncipe heredero se dio la vuelta, con la ancha
mandíbula apretada y las mejillas enrojecidas.
—Tengo todo el derecho a ejecutar a cualquier persona
culpable de dar cobijo a un contagiado…
Ravyn acortó la distancia entre su primo y él, con una
ira sin igual.
—Tu derecho es hacer cumplir las leyes del rey —
declaró—. Pero no sin mi beneplácito. —Bajó la voz, y sus
tonos susurrados y ásperos transmitieron una amenaza—.
No creas que no estoy enterado de cómo promueves la
disidencia entre mis filas, primo. Si lo que deseas es estar
al mando… —Extendió mucho los brazos, en un gesto que
parecía una invitación—. Tómalo.
A Hauth se le ensancharon las fosas nasales. A mi
lado, en el rostro cansado de Elm apareció una sonrisa.
Tanto él como Ravyn, y tal vez el resto de los destreros,
sabían que el príncipe heredero no se la jugaría contra
alguien que era inmune a la Guadaña.

337
Dado el destello de rabia que atravesó sus ojos verdes,
Hauth también era consciente de ello.
Ravyn se giró hacia sus hombres.
—¿Seguiréis a un hombre que no está dispuesto ni a
aceptar un simple desafío?
Los destreros no dijeron nada, permanecieron
inmóviles como si estuvieran tallados en madera.
Su capitán sonrió con desdén.
—Vuestro príncipe es solo eso…, un príncipe. Y
vosotros no sois sus matones. No perturbaréis la paz de
Blunder ni obligaréis a sus ciudadanos a ser testigos de
un acto cruel. Sois como las sombras…, silenciosos y
raudos. Y, sobre todo, mantenéis vuestra palabra. Cautos.
Astutos. Bondadosos. ¿Entendido?
Los destreros se llevaron las manos a la empuñadura
de sus espadas con la mirada fija en Ravyn.
—Sí, capitán —dijeron al unísono.
El único que permaneció callado fue Hauth.
El capitán se giró hacia él.
—No te he oído, primo.
Hauth entornó sus ojos verdes.
—Ni yo a ti, capitán. Al fin y al cabo, cuando
descubrieron al niño y se llamó a los destreros, no
teníamos ninguna orden que seguir… No te
encontrábamos por ningún sitio. —Miró por detrás del
hombro de Ravyn y clavó sus ojos en los míos—. Incluso
ahora, tu atención parece estar puesta en otra parte.
Ravyn se movió, incómodo, bloqueándome de la vista
de Hauth. Por un momento, estuve segura de que
explotaría, de que le partiría la otra mano a su primo.
Pero no lo hizo. Simplemente fulminó al príncipe heredero
con la mirada, completamente helada. Hauth se la
devolvió hasta que la tonalidad roja de su rostro pasó a
reflejarse en sus ojos. Entonces, desarmado contra el
silencio inquebrantable de Ravyn, apretó los puños y bajó
la mirada.
El capitán se dio la vuelta.

338
—Permaneced alerta —les ordenó a los destreros—. No
dejéis que nadie que no lleve encima un Caballo Negro o
el sello de los galenos cruce las puertas sin ser cacheado.
Haced guardia. Si encontráis al chico o se os informa de
otro contagio, id a buscarme al castillo Tejo.
—¿Y si no encontramos al chico? —inquirió un destrero.
Ravyn se alejó del grupo sin mirar atrás.
—Entonces dejad que el Ánima se quede con él —soltó.
Lo seguí sendero arriba, con Elm a la zaga. El cielo se
había oscurecido y las sombras de las puertas de entrada
a la ciudad se habían vuelto alargadas cuando volvimos a
acceder a Blunder. Ninguno dijimos nada. El único sonido
entre nosotros era el ruido que proferían nuestros talones
contra las calles adoquinadas.
Entonces, como si me leyera el pensamiento, Ravyn
habló:
—Jespyr buscará al chico y a sus padres —comentó
mientras se sacaba la carta del Tormento del bolsillo y le
daba tres toques—. Contamos con un lugar para chicos
como él, si tenemos la suerte de ser los primeros en
encontrarle.
Le miré fijamente a la espalda de la capa.
—¿Ya habéis salvado antes a niños contagiados?
—Ese es el objetivo de reunir toda la baraja —murmuró
Elm detrás de mí—. ¿O es que creíais que íbamos a
cometer traición solo por diversión?
Ravyn se detuvo de golpe, de una forma tan repentina
que tuve que echarme a un lado para esquivarlo.
Elm, que no fue tan ágil, chocó contra la espalda de
Ravyn.
—Por los árboles…, ¿qué sucede?
El capitán tenía los ojos cerrados. Un momento
después, le dio otros tres toques a su carta del Tormento.
—Acabo de hablar con mi padre. —Abrió los ojos y miró
fijamente a Elm—. Tenemos que regresar al castillo Tejo.
Ahora mismo.
Sin una palabra más, el capitán de los destreros corrió

339
calle arriba. Elm y yo compartimos una mirada de
desconcierto. Un segundo después, echamos también a
correr, zigzagueando por entre lo que quedaba de la
concurrencia del día de mercado mientras hacíamos todo
lo posible por seguirle el ritmo a Ravyn.
Corrimos hasta que nos encontramos con Fenir Tejo en
la plaza. Había mandado llamar un carruaje.
—Daos prisa —dijo mientras subía al vehículo—. Abrojo
dice que se coló por la verja después de que nos
marchásemos esta mañana, lo que quiere decir que se
escapó anoche. Si Orithe se entera, no tendrá
miramientos con él.
—No se enterará —declaró Ravyn mientras cerraba la
puerta de golpe—. Estará horas ocupado.
El capitán se sentó junto al cochero y agarró las
riendas. Espolearon a los caballos y el carruaje avanzó
hacia delante, con las cortinas oscuras echadas sobre las
ventanas.
A mi lado, Elm tomaba bocanadas de aire, largas e
irregulares. Se le acumulaba más sangre debajo de la
nariz. Se la limpió. La fatiga se apoderó de sus hombros,
se asentó detrás de sus ojos. El precio de la magia de la
carta roja era elevado.
—¿Piensa alguien decirme qué es lo que está pasando?
—exigió saber—. ¿Quién se ha colado por la verja? ¿Por
qué regresamos al castillo?
La voz de Fenir fue grave.
—Emory —dijo—. Emory ha huido de Stone.

340
CAPÍTULO 27

L a lluvia comenzó a caer mucho antes de que


llegáramos a la verja de entrada. Repiqueteaba
contra el techo del carruaje, obligándonos a ralentizar el
paso, y el cielo estaba oscuro a pesar de que era

341
temprano por la tarde.
Cuando el carruaje se detuvo en el umbral del castillo
Tejo, Ravyn bajó de un salto desde su asiento y abrió la
puerta de golpe. Intenté escudriñar sus ojos grises, pero
se dio la vuelta. Avanzaba con pasos nerviosos mientras
nos conducía hacia el castillo.
Abrojo nos recibió en la puerta.
—Está en la biblioteca —dijo—. El pobre chico está
calado hasta los huesos.
Seguí a Elm y a los Tejo. Nuestros pasos retumbaban al
subir a toda prisa la escalera.
Las puertas de la biblioteca estaban abiertas. Sentí la
calidez de la chimenea nada más poner un pie en la
estancia. Sus llamas, altas y recién avivadas, convertían
en vapor el agua de la lluvia de nuestras capas, el cabello
y la piel.
Morette Tejo estaba paseándose por delante de la
chimenea. Escuché a Fenir soltar un suspiro a la vez que
desplazaba sus ojos castaños entre su esposa y el largo
banco de madera que había aproximado hasta ella, cerca
del fuego.
Un chico con el cabello oscuro y un puñado de pecas a
lo largo de su nariz cobriza descansaba sobre ese banco.
Tenía los ojos cerrados y los brazos cruzados a la
perfección sobre las mantas que le cubrían el pecho,
como si fuese un cadáver en un funeral.
Lo miré fijamente. Emory Tejo transmitía tanta desazón
en reposo como la que dio en la noche del Equinoccio.
—Sigue teniendo los labios azules —comentó Morette,
preocupada y ahora sentada en la cabecera del banco—.
Elm, ayúdame a hacerlo entrar en calor.
El príncipe se llevó la mano al bolsillo para sacar su
Guadaña y cerró los ojos, con la sombra del agotamiento
marcada en su rostro. Aun así, la carta roja obedeció sus
órdenes. Le dio tres toques y colocó una mano sobre
Emory.
—Siente el calor, Em —masculló en voz baja—. Siente

342
el fuego.
—Ha estado caminando toda la noche —dijo Morette
en un susurro—. No estoy segura de que el rey sepa que
está aquí.
—Ya me encargaré yo de eso —declaró Ravyn, que se
agachó junto a su hermano—. ¿Cuánto tiempo lleva
dormido?
—Una hora. —Morette echó un vistazo hacia la puerta
—. ¿Y Jespyr?
Ravyn y yo intercambiamos una mirada.
—Hubo un incidente —explicó él—. Está con los
destreros.
Despacio, a Emory comenzaron a sonrosársele las
mejillas. Abrió sus ojos grises y miró primero a su madre y
luego a Ravyn y a Elm.
—No estoy muerto —dijo, y sonrió con picardía—. Solo
dormido. Por ahora.
Elm golpeó las mantas con la mano.
—Esto no es una broma, Emory Tejo —le espetó—. No
puedes viajar solo. ¿Y si te hubieras desviado del
sendero…, y si te hubieras perdido en la neblina?
¿Entonces qué?
—Quería venir a casa. —Emory arrugó la nariz— Pero
nadie quería traerme.
—Eso es porque no debes abandonar Stone —le
regañó Ravyn con voz severa. Cuando Fenir apoyó una
mano sobre el hombro del capitán, Ravyn se desplazó
hacia la chimenea, con la mirada perdida en las llamas—.
Podrías haber muerto, Emory. ¿Cómo puedes ser tan
temerario?
—Ya me estoy muriendo —replicó el chico—. Al menos
así será a mi manera.
Sus palabras, aunque iban dirigidas a Ravyn, me
sentaron como una patada en el estómago. Emory giró la
cabeza. Se acomodó aún más entre las mantas y me miró
con las comisuras de la boca curvadas hacia abajo.
—¿Quién es esa? —murmuró.

343
Los demás me miraron con la cara desencajada.
—¿No la recuerdas? —le preguntó Elm.
—¿Nos…? ¿Nos hemos visto antes?
—Sí.
El chico entornó la mirada.
—No logro discernir su rostro.
Morette me indicó que me acercara más con una
pequeña sonrisa triste. Ravyn se echó a un lado para
hacerme espacio y nuestros cuerpos se tensaron cuando
pasé por su lado.
Emory me contempló. Recordé lo que me había dicho
Elm sobre su degeneración…, su humor cambiante, su
pérdida de memoria. Abrí mucho los ojos, y el Tormento y
yo observamos al chico con una fascinación mórbida.
—Hola —dije con voz temblorosa—. Soy Elspeth
Bonetero.
—Bonetero —repitió Emory. Desplazó sus ojos grises
entre Elm y su hermano—. ¿Es amiga vuestra?
Elm abrió la boca, pero fue Ravyn quien respondió
primero.
—Sí —dijo, con la voz más suave que antes—. Elspeth
es una amiga.
—Bonetero —masculló de nuevo el chico—. Un
arbusto… No, un árbol. ¿Tal vez ambas cosas? Sembrado
por los pájaros y el viento. Antiguo, histórico. —Sus ojos
transmitieron claridad y se sentó, con la clavícula
prominente bajo el cuello de su túnica—. Bonetero —
repitió—. Pequeño…, estacional. Ovalado, hojas con
delicadas dentadas que amarillean durante el otoño o, en
casos excepcionales, se vuelven de un rojo como la
sangre. —Ladeó la cabeza mientras me escudriñaba. Se
parecía tanto a su hermano mayor, en el físico y en los
gestos, que bien podría haber estado mirando a un Ravyn
del pasado, diez años más joven—. Una vez estuve en un
patio con un viejo bonetero que se erguía entre piedras —
prosiguió Emory—. Vi a un hombre severo con una capa
roja y una niña pequeña que siempre llevaba encima un

344
espejo. —Parpadeó en mi dirección, como si estuviera
intentando recordar un sueño que hacía mucho que había
olvidado—, ¿Conocéis ese sitio?
—La casa Bonetero. Antes vivía allí —le respondí
mientras analizaba su rostro—. No era una niña con un
espejo… Son gemelas. El hombre de rojo es mi padre.
El chico se pasó una mano huesuda por la frente.
—Bonetero. —Escupió la palabra como si fuera una
madeja de lana que estuviera desenrollando—. Lo
lamento —dijo—. Últimamente tengo la cabeza en las
nubes.
—Por favor —contesté, sin estar segura de si me sentía
aliviada o abatida por el hecho de que la degeneración
del chico me hubiera borrado de su memoria—, no os
preocupéis.
Emory me sostuvo la mirada.
—Sois muy hermosa —musitó—. Tenéis los ojos tan
oscuros…, infinitos. —Guardó silencio—. Como la doncella
de un cuento. Como si el mismo Rey Pastor os hubiera
creado con su pluma.
El Tormento rompió a reír, lo que hizo que un escalofrío
me subiera por la columna. «Está al borde de la muerte y,
aun así, el chico te entiende mejor que el resto de estos
idiotas».
Apreté la mandíbula, con los horrores acontecidos en
el día de mercado todavía muy recientes. «Cállate. Si
alguna vez te he importado, cierra el pico».
—Elspeth lo sabe todo sobre el Rey Pastor y El viejo
libro de los Alisos —dijo Morette mientras le dedicaba una
sonrisa a su hijo pequeño.
—Y sobre la infección —comentó Elm en voz baja.
Emory se inclinó hacia delante.
—¿Sabe también la señorita Bonetero que los Tejo
somos los descendientes del Rey Pastor?
Ravyn y Elm soltaron un suspiro y pusieron los ojos en
blanco.
—Otra vez con lo mismo…

345
—¡Es verdad! —exclamó el chico—. La historia del Rey
Pastor ha desaparecido, pero las historias de los Serbal
resultan fascinantes si sabes leer entre líneas. Stone fue
erigido por el primer rey Serbal, lo que significa que el
Rey Pastor moraba en otro lugar. No hay ningún otro gran
castillo en Blunder. —Curvó los labios—. Excepto el que se
encuentra en ruinas aquí, en el castillo Tejo.
Ravyn esbozó una sonrisa.
—Las ruinas son antiguas… Quizás sea lo más antiguo
que haya en Blunder. Aun así, lo único que eso demuestra
es que, hace cientos de años, aquí había otro castillo.
Emory negó con la cabeza.
—Pero las ruinas no son lo más antiguo de Blunder. —
Me miró, con un resplandor en sus ojos grises—. Lo más
antiguo son los árboles. Si el Rey Pastor de verdad vivió
aquí, habría adoptado el nombre de un árbol, igual que el
resto. ¿Y qué tipo de árboles se encuentran plantados a lo
largo de toda esta propiedad, incluso cerca de las ruinas?
—Ensanchó su sonrisa—. Tejos.
Me quedé petrificada. Las ruinas…, la cámara. Él las
había construido, eso ya me lo había dicho. Pero jamás
me había dicho su nombre y no había ningún registro
escrito de él. Nadie lo había pronunciado desde hacía
quinientos años.
Esta vez, fui yo quien le arañó a él. «Tu nombre nunca
se menciona en El viejo libro —susurré, y mi voz cayó
sobre la oscuridad—. ¿Cuál es… tu verdadero nombre?».
El Tormento se me encaró con crueldad. «Mi nombre es
ceniza —siseó—. Se lo llevó el viento».
Elm sonrió con socarronería.
—Y ahora toca la parte de la historia en la que Emory
nos recuerda a todos que mis ancestros llegaron y
destruyeron el castillo del Rey Pastor —comentó mientras
le revolvía el cabello a su primo.
—Es una suposición razonable —respondió el chico—.
El linaje de los Serbal está plagado de violencia. Al fin y al
cabo, fueron los primeros en exterminar a quienes se

346
contagiaban de magia.
—Y, aun así, unificaron el reino con las cartas de la
Providencia y le ofrecieron al pueblo de Blunder una
fuente de magia más segura —le discutió Elm.
—Después de acabar con todo y con todos los que no
se sometieron a sus Guadañas.
—Parad ya los dos —dijo Fenir—. Esto nunca acaba
bien.
Elm le guiñó un ojo a su primo pequeño.
Sonó un golpe en la puerta. Todos nos giramos para
ver a Abrojo cargando precariamente con varios cuencos
humeantes de comida.
—¿Alguien tiene hambre?
El delicioso olor a sopa, carne y pan inundó la
biblioteca. Morette y Fenir alentaron a Emory a acercarse
a la mesa que más cerca le quedaba. Cuando el chico se
levantó, todos soltamos un grito ahogado. Las mantas se
le habían caído y dejaban al descubierto la carne tirante y
los huesos marcados. Hasta el Tormento siseó en señal de
descontento al ver al chico, que había perdido incluso
más peso en la semana que había pasado desde que lo
había visto por última vez.
«¿Es que no le dan de comer en Stone?», inquirí.
El Tormento chasqueó la lengua contra los dientes. «El
problema no es la comida. Se está degenerando. Primero
su mente y ahora su cuerpo. —Bajó el tono de voz para
decir—: Más rápido de lo que creía».
Ravyn se puso en pie y ayudó a su hermano a
acercarse a la mesa.
—Emory —le dijo, con la mandíbula apretada—, tengo
que llevarte de vuelta a Stone.
Su hermano mantuvo la mirada gacha.
—¿Seguro?
Morette tenía los ojos húmedos.
—Tiene que descansar. —Se le endureció la voz—. Deja
que mi hermano se preocupe.
Ravyn se pasó una mano por la frente. No era Morette

347
quien iba a tener que enfrentarse a la ira del rey cuando
descubriera que Emory Tejo había desaparecido, sino él.
No obstante, el capitán de los destreros no dijo nada.
—Puede quedarse esta noche, pero mañana tengo que
llevarlo de vuelta a Stone.
—Primero tiene que comer —declaró Elm con firmeza,
y ocupó la silla al lado de la de Emory—. A todos nos
vendría bien llevarnos algo de comida a la boca.
La comida olía deliciosamente, pero no tenía apetito.
—El jardín —dijo Emory, agarrando la cuchara con
dedos temblorosos mientras tomaba sorbitos del cuenco
humeante—. Quiero ver los árboles del jardín. —Se le
entrecortó la voz—. Luego podrás llevarme de vuelta.
Nos sentamos alrededor de la mesa y observamos
comer a Emory. El resto nos olvidamos de alimentarnos. A
mi lado, con una postura rígida, Elm fulminaba con la
mirada a Ravyn, que estaba al extremo de la mesa.
Pasado un minuto entero de silencio glacial, el capitán
tiró su tenedor contra su plato.
—Por los árboles, Elm, ¿qué?
—Tengo que hablar contigo.
Ravyn señaló hacia la mesa con la palma de la mano
abierta.
—Tienes toda mi atención.
Elm me miró de reojo.
—Lo dudo.
—Si tienes algo que decir —bramó Ravyn—, suéltalo
ya. No tengo tiempo para tus rabietas de principito.
La voz de Elm sonó más grave, bullía de rabia.
—Muy bien. Creo que eres un idiota, primo.
Emory se llevó la manga a la boca para sofocar una
carcajada.
Como de costumbre, Ravyn mantuvo un tono calmado.
—¿Por qué lo dices?
—Hoy podríamos haber entrado en la casa Bonetero,
haber robado la carta del Pozo —declaró el príncipe—,
Pero, en cambio, insististe en que acudiésemos a la calle

348
del mercado porque querías estar cerca de ella —dijo—.
Quien, permíteme añadir, ha estado a punto de echar por
tierra todo nuestro plan al pavonearse delante del maldito
Orithe Sauce.
Tosí con la copa de vino en la boca.
—Pero ¡si prácticamente os supliqué que vinierais
conmigo a la casa Bonetero a buscar el Pozo!
Elm sacudió una mano delante de mi cara.
—No dije que fuera una mala idea, solo que no era el
mejor momento. —Arrugó la nariz—. Y no iba a daros la
satisfacción de que creyerais haber tenido una idea medio
buena, Bonetero.
Quise alargar la mano y retorcerle el cuello a ese
Serbal.
Al otro lado de la mesa, Ravyn guardó silencio.
—Cuando regresemos a Stone, sufriremos las
consecuencias —dijo Elm, que volvió a dirigir su rabia
hacia su primo—. Ha mutilado a un destrero. Mi padre no
se tomará bien que hayan atacado a su guardia ni
tampoco que hayan frustrado la detención de un niño
contagiado. —Se detuvo para lanzarme otra mirada
insensible—. Sea cual sea la magia que posee, va más
allá de su capacidad para detectar cartas de la
Providencia. No me fío de ella.
—Yo sí —aseveró Ravyn, que cruzó los brazos contra el
pecho—. Y con eso debería bastarte.
—¿Debería? ¿Es que no puedo tener mi propia opinión?
¿O acaso todos debemos arrodillarnos ante el capitán de
los destreros?
—Puedes tener tu propia opinión —le respondió su
primo—, pero debes saber que, al no conocer todos los
hechos, pareces un idiota.
Elm alzó el volumen de su voz.
—Y dime, ¿qué hechos son esos?
—Quería que todos acudiéramos al día de mercado
para que, si esta mañana los Hiedra robaban la carta del
Pozo de la casa Bonetero, contáramos con una coartada.

349
Parpadeé. Al otro lado de la mesa, Fenir y Morette
endurecieron el gesto.
—¿Los hermanos Hiedra estuvieron en casa de mi
padre? —pregunté.
Fenir asintió.
—¿Y cuándo pensabais contarme lo que estabais
planeando? —gritó Elm—. Supongo que cuando os
conviniera.
—Me encanta cuando discuten —dijo Emory mientras
miraba su sopa—. Mantiene vivo mi delicado corazón.
Fenir se pasó una mano por la barba.
—Doy por sentado que los hermanos Hiedra no han
dado con la carta del Pozo.
Ravyn negó con la cabeza.
—Seguramente porque no sabían dónde tenían que
buscarla —exclamé, y me levanté con brusquedad de mi
asiento—. ¡Podría haberlos ayudado! Intenté entrar en la
casa, pero Elm…
—Al menos veinte personas os habrían visto cruzando
la entrada —me espetó el príncipe—. Además, el capitán
nos ordenó no hacer nada.
Ravyn no parecía arrepentirse de nada.
—Solo informé a quienes eran imprescindibles para la
misión.
—Es decir, a todos menos a mí y a la mujer
trastornada con magia.
—¿Trastornada? —dijimos el Tormento y yo al unísono.
—No podemos permitirnos cometer errores, Elm —
replicó Ravyn—. ¿Y si nos hubieran visto? Una cosa es
robar una carta ocultos tras una máscara de bandido,
pero entrar en casa de un hombre y robarle a plena luz
del día es un riesgo que no podemos correr. A no ser que
tengas el aguante para soportar un interrogatorio.
Elm frunció mucho el ceño y formó una línea tensa con
los labios.
El ambiente en la biblioteca se enrareció.
—¿Habrá un interrogatorio? —pregunté—. ¿A pesar de

350
que no nos han pillado con las manos en la masa?
Morette arrugó los labios hasta hacer una mueca.
—El robo de una carta es imperdonable. Mi hermano
dejará que sea el propietario de la carta robada el que
elija el castigo. Cualquiera puede ser interrogado sin
importar su posición social. —Hizo una pausa—. Con una
carta del Cáliz.
Ravyn le lanzó una mirada mordaz a Elm.
—Y es extremadamente difícil engañar al Cáliz.

Jespyr regresó al anochecer. No habían dado con el chico


contagiado ni con sus padres. Tilo seguía vivo. Por los
pelos. La joven arrastraba los pies, con una cojera notable
al andar. Envolvió a Emory en un abrazo largo y fuerte y
nos dio a todos las buenas noches.
Emory fue el siguiente en dormirse. Morette, sentada
en una gran silla al lado de su cama, procedió a velar su
sueño. Fenir, Ravyn, Elm y yo nos desplazamos al salón,
con Abrojo entrando y saliendo de vez en cuando para
rellenarnos las copas.
El vino me calentó el pecho y me quedé mirando
fijamente el fuego mientras reprimía las ganas que tenía
de contemplar a Ravyn, que estaba sentado frente a mí
con una naturalidad ensayada. Cuando al final cedí y miré
hacia él, me estaba observando, con su mirada gris
indescifrable y acariciándose con las manos la barba
incipiente a lo largo de su mandíbula.
No sabía en qué términos habíamos acabado el capitán
y yo. La violencia del día de mercado había cogido ese
sentimiento frágil y tácito que crecía entre nosotros y lo
había lanzado hacia la oscuridad. Le sostuve la mirada e
intenté buscar grietas en su inquebrantable calma.
Anhelaba encontrarlas.

351
Elm levantó la mirada de su segunda copa y desplazó
sus ojos verdes entre Ravyn y yo.
—Por los malditos árboles —masculló, y se levantó de
la silla. Sin ni siquiera dar las buenas noches, tomó la
jarra de vino de la mesa y abandonó el salón.
Fenir captó la indirecta. Carraspeó.
—Bueno, ya he tenido suficiente —dijo, y salió de la
estancia, dejándonos al capitán de los destreros y a mí a
solas.
Ravyn no apartó la mirada de mi rostro. Sin embargo,
yo no era capaz de interpretar el suyo. Y me dolía, en
algún punto entre los pulmones y el esternón, saber que
volvía a mantener la guardia alta estando conmigo. Me
temblaron los dedos con los que agarraba el tallo de mi
copa.
—¿Hablabas en serio? —le pregunté mientras le
devolvía la mirada—. ¿Confías en mí? ¿O solo lo decías
porque tu primo estaba delante?
Ravyn acarició el borde de su copa con el pulgar.
—¿Qué te hace pensar eso?
—No… no lo hagas —le dije. Algo detrás de mis ojos
comenzó a arder, pero lo eché a un lado—. No respondas
a mi pregunta con otra pregunta. Estoy harta de eso.
El capitán enarcó una ceja y se inclinó sobre su silla.
—¿Y cómo quieres que hablemos, Elspeth?
Aparté la mirada, con un nudo en la garganta. Los
músculos bajo mi ceño se tensaron para mantener todo
aquello que aún no le había confesado bien oculto.
—Quiero que seamos sinceros —susurré. Me llevé una
mano a la cara, pero ya era demasiado tarde. Ravyn
había visto las lágrimas en mis ojos…, cómo se me había
arrugado la frente. Había visto el miedo.
El Tormento salió deslizándose de la oscuridad y su voz
acarició mi oído. «No debes tener miedo. —Su voz era
viscosa como el aceite—. La magia acaba con todos
nosotros».
«¡Lárgate!», le grité en mi mente.

352
«No puedes deshacer lo que ya ha comenzado. —Se
detuvo, y su voz serpenteó mientras pasaba de largo—.
No puedes separar la sal del estruendo. Pero si no me
dejas salir a mí…, debes dejarlo entrar a él».
Cerré los ojos.
—Me estoy degenerando, Ravyn.
Escuché cómo inhalaba con brusquedad y luego el
ruido metálico que produjo al dejar su copa sobre la
bandeja. Se levantó de su asiento y se agachó a mi lado
en un suspiro, con una mano sobre el brazo de la silla y la
otra en mi rodilla.
—Cuéntamelo —me pidió.
—Es el motivo por el que ataqué al destrero… El
motivo por el que Elm no confía en mí. Estoy cambiando.
No como tú ni como Emory, pero lo estoy haciendo. —
Intenté sentir al Tormento, pero se había quedado
inquietantemente callado—. Y me estoy quedando sin
tiempo.
—¿Se lo has contado a Filick?
—No puede hacer nada, Ravyn. Nadie puede.
Me agarró la rodilla con más fuerza.
—¿Qué tipo de degeneración sufres, Elspeth?
Sacudí la cabeza.
—Nunca he hablado sobre ello —le confesé. Me cubrí
los ojos con la mano—. No puedo hacerlo.
Una lágrima cálida me resbaló por la mejilla y se
quedó suspendida en el pliegue de mi boca. Ravyn la secó
con el pulgar. Se inclinó más hacia mí.
—Todos tenemos secretos que nos vemos obligados a
guardar, Elspeth —murmuró. Me levantó la barbilla.
Cuando abrí los ojos, clavó su mirada en la mía—. Confío
en ti. Conmigo estás a salvo. La magia, o puede que sea
otra cosa, nos une. Solo quedan dos cartas más —dijo, y
la punta de su nariz acarició la mía—. Y después serás
libre.
Quise creerle, sentirme a salvo, como lo había hecho
hacía unas horas, entre sus brazos. Deseaba que el

353
mundo entero desapareciera, que él me protegiera de
todo y de todos los que quisieran hacerme daño. Aun así,
la inmensidad de los brazos de Ravyn Tejo, el calor que
emanaba su piel o los músculos bajo su ropa no podían
mantenerme a salvo de mí misma.
Sin embargo, estaba más que dispuesta a perderme en
sus caricias, solo para confirmarlo.
Me acerqué a él y llevé la mano a su nuca,
aproximando su boca a la mía. Él soltó un suspiro que se
convirtió en un rugido. Bajó la mano que tenía sobre mi
barbilla hacia mi cuello y me presionó ligeramente el
hueco de la garganta con el pulgar.
La silla crujió cuando Ravyn se pegó a mí y nuestro
beso pasó a ser casi desesperado. Me subió la mano por
la pierna y hundió los dedos en el tejido de mi vestido.
Cuando me agarró de la piel blanda del muslo, solté un
jadeo.
Ravyn se apartó, con las pupilas dilatadas y la boca
inflamada.
—¿Es…? ¿Quieres que pare?
—No —le dije, y volví a reclamar su boca. El vino, la luz
del fuego y la desesperada necesidad de escapar de mi
propio destino se entremezclaron en una corriente
embriagadora. Encendió un fuego en mi interior, salvaje y
desenfrenado, sin limitaciones.
Quise que me consumiera…, que él me hiciera arder.
Sonó un fuerte estruendo al otro lado del salón,
seguido del eco de unos pasos rápidos, primero cerca y
luego lejos. Sin duda debía de tratarse de Abrojo que
volvía para rellenarnos el vino y que había acabado
escabullándose a toda prisa.
Ravyn maldijo entre dientes. Me agarró de las caderas
y me levantó de la silla. Cuando estuvimos de pie, se
ajustó el jubón y me habló en un tono grave.
—Acompáñame.
Su habitación se encontraba al fondo del mismo pasillo
que la mía y no estaba cerrada con llave. La abrió de

354
golpe y me invitó a entrar mientras me acariciaba la parte
baja de la espalda.
El olor a clavo, cedro, papel y cuero llegó hasta mí. Su
habitación era una avalancha de olores: a hierbas secas,
a estanterías plagadas de libros, a madera recién cortada
para la chimenea, a pedazos de cedro cortados con
distintas formas desperdigados por el suelo, algunos a
medio tallar y otros tallados a la perfección. Su ropa
estaba tirada sin orden ni concierto, arrugada en algunos
rincones y sobre los muebles. Su cama era grande y
estaba deshecha, con el pesado edredón tirado a los pies
del colchón, como si lo hubiera pateado. Desordenado,
cálido… Un caos agradable. El tipo de caos que suponía
un marcado contraste con el frío y contenido capitán de
los destreros.
Y me estaba mostrando todo eso a mí.
Ravyn cerró la puerta detrás de nosotros y se apoyó
contra ella, con unas largas sombras proyectadas sobre
su rostro al ser la chimenea la única luz en la estancia.
—Te mentiría si te dijera que esto no está siempre así
de desordenado.
—Me gusta —le dije, con la mirada fija demasiado
tiempo sobre la cama.
Era extraño pasar de tener mis manos sobre él a
esto…, a que él estuviera apoyado contra la puerta y yo
en mitad de la habitación sin saber qué decir o a dónde
mirar. Me llevé una mano a la mejilla para tranquilizarme,
pero conseguí el efecto contrario. El tacto de mi propia
piel me hizo pensar en sus manos ásperas y fuertes sobre
mí.
Ravyn me contempló, con un hilo invisible tirando de la
comisura de su boca hacia arriba.
—¿Es esto lo que quieres, Elspeth?
Me apoyé contra el poste de la cama.
—¿Qué crees que quiero, Ravyn?
Entornó la mirada de forma peligrosa. Se apartó de la
puerta y se acercó a mí.

355
—Creía que íbamos a dejar de responder preguntas
con más preguntas.
Me resultaba doloroso decir lo que quería en voz alta,
como si estuviera forzando un músculo poco ejercitado.
Quería bromear al respecto, hacerme la tímida, lo que
fuera con tal de no sentirme tan vulnerable y expuesta
mientras se acortaba la distancia entre ambos.
No obstante, ya le había ocultado demasiadas cosas.
En este aspecto, al menos, podía ser sincera. Me senté
encima de la cama. Con mi mano buena, me retorcí la
falda y el tejido se arrugó cuando me la subí por encima
de la rodilla. Me traicionó el temblor de mi voz.
—Quiero estar aquí. Contigo.
Era complicado quitarle el jubón con una única mano.
Él me ayudó, se inclinó sobre mí, con su boca sobre la
mía. Después del jubón, llegó el turno de la túnica, que se
sacó por la cabeza y lanzó sobre una pila de ropa. Le
recorrí los músculos marcados del pecho con la mano, y
luego los del estómago, deteniéndome justo por encima
del ombligo.
Se estremeció y se apartó. Deslizó las manos por mis
piernas hacia arriba y me subió el vestido hasta que lo
tuve entre el pliegue de los muslos. Me agarró las medias
de lana con los dedos y me las bajó desde la cintura,
acariciando mis curvas, tan despacio que quise gritar. Su
boca seguía a sus manos. Su vello facial me raspaba el
interior del muslo, la rodilla, la pantorrilla. Cuando me
quitó las medias y las tiró sobre la pila de ropa en el
suelo, volvió a ponerme las manos en los muslos.
Se me aceleró la respiración, que pasó a ser muy
superficial. De repente me sentí aprisionada en ese
vestido, con el corpiño tan apretado que se me clavaba
donde no debía. Me lo desaté, con dedos torpes y ávidos,
mientras aflojaba el largo cordón carmesí para liberarme.
El vestido se abrió. Tomé una buena bocanada de aire
y luego otra, y mi pecho subió y bajó con premura,
cubierto ahora tan solo por una fina camisola.

356
Ravyn desplazó las manos por mis caderas y recorrió
con la mirada las curvas de mi cuerpo. Me miró a los ojos,
me besó con intensidad y me arrastró hasta el borde de la
cama.
—¿Puedo besarte?
Me tembló la voz.
—Ya es un poco tarde para preguntar eso, ¿no?
—No me refiero a la boca, Elspeth. —Su mirada pasó a
ser picara mientras se ponía de rodillas y me besaba la
cara interna de la pierna, arrastrando los dientes sobre mi
piel. Tras coger aire, me abrió lo bastante los muslos
como para poder colocar sus anchos hombros en medio
—. Sino aquí.
Me cubrí la boca con la mano y me recosté en la cama,
sin aire y atrapada entre un suspiro y una maldición. Sentí
cómo descendía el anhelo en mi estómago, al rojo vivo
mientras se enroscaba, deseoso de recibir caricias. Cerré
los ojos.
—Sí —respondí, y hundí los dedos en su pelo.
Ravyn suspiró pegado a mí y su agarre sobre mis
caderas pasó a ser más férreo, asiéndose a mí. Cuando
me besó por debajo de la falda, mi anhelo reaccionó, y el
calor comenzó a llenarme por dentro.
No estaba acostumbrada a salir de mi cabeza. Pero
ahí, inmovilizada en la cama de Ravyn Tejo, con sus
caricias quemándome la piel, solo existía mi cuerpo, como
si me estuviera asomando por una ventana abierta en la
torre más alta de la casa Bonetero. Lo sentí en el
estómago, en las palmas de las manos, en las plantas de
los pies. Y con cada beso, con cada movimiento de su
lengua, Ravyn hacía que se derrumbara el marco de la
ventana imaginaria…, empujándome así hacia una caída
inevitable y fatal.
No me dejó caer de inmediato. Por sus suspiros y los
gruñidos ahogados y satisfechos que profería, se estaba
tomando su tiempo conmigo. Me dejaba devastada.
—No pares —conseguí balbucir mientras cerraba los

357
ojos con fuerza.
Lo sentí jadear y, cuando comencé a caer al vacío
desde la ventana, torre abajo, cada parte de mí me siguió
en el descenso. Proferí un grito, le tiré del pelo, flexioné
las piernas y curvé los dedos de los pies.
Él se inclinó sobre mí y sonrió, como si supiera con
exactitud lo minuciosamente que me había hecho
derrumbarme. Subió la mano por mi estómago hasta mi
pecho y me agarró un seno, justo por encima de mi
corazón. Se agachó y me rozó los labios con los suyos.
—Tienes el corazón acelerado —me dijo con una
sonrisa picara.
De algún modo, acabamos en el suelo, revueltos entre
sus pertenencias, enredados el uno en el otro. Hacía rato
que nos habíamos quedado sin ropa. Atrapé a Ravyn con
mi cuerpo, inmovilizándolo contra el suelo y tomándome
mi tiempo con él.
Al principio me lo permitió. Me cedió el control y me
agarró de las caderas con fuerza con las manos y el rostro
tensos.
Pero hasta él, una persona con tanta contención, no
pudo aguantar demasiado.
Me hizo girar hasta que acabé de espaldas contra el
suelo en un rápido movimiento, sin llegar a separarnos.
Sus labios acabaron en mi cuello y, cuando se pegó
contra mí, con más intensidad que antes, solté un fuerte
jadeo.
Mi nombre era un regalo en sus labios, como una
ofrenda, como si estuviera entregándose por completo a
mí solo con pronunciarlo.
—Elspeth. —Apoyó su frente contra la mía y se le
aceleró la respiración—. Joder, Elspeth.
Yacimos deshechos en el suelo y contemplamos el
fuego con la mirada cansada. Ravyn me recorrió la
columna con un dedo y yo le acaricié las líneas de la
garganta, la mandíbula, el ceño y la nariz torcida. Cuando
no pude seguir con los ojos abiertos, me levantó del suelo

358
y me llevó en brazos hasta la cama, envolviéndonos a
ambos con el grueso edredón. Apoyé la cabeza contra su
pecho, perdida en el sonido del latido de su corazón
contra mi oído. Se alargó más y más, un latido eterno,
una falsa promesa.
Como si todas mis tribulaciones fuesen a desaparecer
solo por permanecer allí, desnuda, a su lado.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

359
CAPÍTULO 28

S alí de la cama de Ravyn al amanecer, con cuidado


de no despertarlo. Busqué con premura mi vestido
entre la ropa en el suelo, pero solo encontré mi camisola.
Hubiera buscado un poco más si Ravyn no se hubiera

360
movido detrás de mí, mascullando algo en voz muy baja.
Me quedé petrificada, pero el capitán seguía dormido,
apoyado sobre su estómago y con esos hombros anchos
subiendo y bajando mientras respiraba de forma rítmica.
Me metí la camisola por la cabeza y recorrí de puntillas el
caos en el suelo.
La puerta de su habitación era antigua y pesada. De
esas traicioneras cuyos goznes solían chirriar. Contuve el
aliento y tiré de ella con cuidado. La puerta me lo
recompensó abriéndose con un ligero crujido. Salí hacia el
pasillo y cerré detrás de mí mientras soltaba un suspiro
triunfal.
—Espero que hayas tenido una noche agradable.
Me giré con el corazón en un puño.
Jespyr se encontraba a un par de puertas de distancia,
vestida del color negro de los destreros. A pesar de la luz
tenue, ya que las antorchas del pasillo aún no estaban
encendidas, no cabía duda de que la joven tenía una
sonrisa ancha y retorcida en la cara.
Crucé los brazos contra el pecho, ya que mi camisola
era vergonzosamente transparente.
—Me has asustado.
—Perdona —dijo, aunque no parecía arrepentirse lo
más mínimo. Me miró de arriba abajo y clavó la vista en
mi cabello revuelto—. Parece que… has descansado.
—Gracias —le dije, y pasé por su lado. Me detuve junto
a mi puerta—. No… has escuchado nada, ¿verdad?
Jespyr apretó los labios.
—¿Como qué?
—Nada. No importa. Nos vemos en el desayuno.
Entré en mi habitación y el retumbar bajo de su risa
me siguió dentro.
En el gran salón, la chimenea estaba encendida y
habían servido el desayuno sobre la mesa. Morette y Fenir
se hallaban sentados con Emory, hablando en voz baja
mientras lo agasajaban con mollejas y caldo de huesos.
Me saludaron con su habitual simpatía y tomé asiento

361
junto a Jespyr, cuyos pómulos se redondearon al verme.
—¿Qué? —inquirí entre dientes.
La joven sonrió mientras contemplaba los huevos en
su plato.
—Nada.
Elm fue el siguiente en aparecer, con su catastrófico
cabello castaño apuntando en todas direcciones como si
hubiera dormido en mitad de un vendaval. Se desplomó
contra su silla y bostezó mientras echaba un vistazo por
la mesa.
—¿Y Ravyn?
Jespyr arañó el plato con su tenedor. Le lancé una
mirada asesina.
Abrojo entró en la estancia con otra hogaza de pan
recién hecha. Detrás de él, vestido con su uniforme de los
destreros, llegó Ravyn.
Se me ruborizó el cuello. De repente, me concentré
demasiado en mi plato.
—Huele increíble —dijo Ravyn, dándole una palmadita
a Abrojo en la espalda. Alargó una mano por detrás de sus
padres y de Emory, y robó una rebanada de pan del plato
de su padre. Pasó junto a Elm, a quien le revolvió el pelo
antes de tomar asiento.
Todos lo observaban con las cejas enarcadas. Cuando
levanté la mirada, el capitán tenía la vista clavada en mí,
con las comisuras de la boca hacia arriba y
mordisqueándose el labio inferior.
—Buenos días.
Estaba arrebatadoramente guapo, demasiado
engreído. Me escondí detrás de mi taza de té.
—Buenos días.
A su lado, Elm retorció el rostro al hacer una mueca.
—¿Qué leches te pasa?
Ravyn le dio un bocado a su pan y se recostó contra la
silla.
—¿A qué te refieres?
—Estás sonriendo. —Su primo miró alrededor de la

362
mesa—. ¿A nadie le parece que esto es de lo más
inquietante?
A Jespyr le temblaron los hombros. Se llevó la servilleta
a la boca mientras se le escapaba la risa.
—Le habíamos dicho que tenía que sonreír más, ¿no?
Le asesté una patada a la destrera por debajo de la
mesa, lo que la hizo reír aún más alto. Frente a nosotras,
Elm entornó los ojos y desplazó la mirada entre Jespyr,
Ravyn y yo. Cuando se percató de lo rojo que se me había
puesto el cuello y de la sonrisa descarada de su primo,
profirió un vulgar puaj y tiró el tenedor sobre su plato.
—Y así de fácil me habéis hecho perder el apetito.
Desde el otro extremo de la mesa, Emory tosió.
Cuando se llevó un pañuelo a la boca, este acabó
manchado de rojo. El eco de su tos atravesó el salón,
arrebatándonos las sonrisas y ensombreciendo de
inmediato el ambiente, ya que todos lo recordamos de
golpe.
Emory tenía que regresar a Stone ese mismo día.

Jespyr fue a preparar el carruaje mientras el resto


caminábamos por el jardín arrastrando los pies. La lluvia
del amanecer había pasado a ser una bruma suave, pero
la hierba estaba crecida. Mis botas y el bajo de mi vestido
verde no tardaron mucho en oscurecerse a causa del
agua.
Emory quería ver los árboles en el jardín antes de
regresar a su jaula dorada en el castillo del rey. Caminaba
por delante de los demás, con los ojos grises bien
abiertos mientras vagaba por entre la niebla. Detrás de
él, Elm tenía enrollado su amuleto de crin de caballo
alrededor de los nudillos con la mirada clavada en su
primo pequeño.

363
Ravyn y yo los seguíamos un paso por detrás, lo
bastante alejados el uno del otro como para no tocarnos,
pero lo bastante cerca como para que pudiera sentir ese
hilo invisible que nos unía. Cuando se levantó viento, la
sal me inundó la nariz. El aire frío me rozaba las mejillas y
varios mechones de pelo oscuro se me posaron en la
cara.
El dorso de la mano de Ravyn se rozó contra el mío.
—Me alegra que puedas ver su verdadero yo —dijo
mientras señalaba con la cabeza a su hermano—. Ya no
tiene muchos días así.
«¿Acaso alguien los tiene?».
Di un respingo cuando la voz del Tormento me pilló por
sorpresa. No lo había escuchado desde el día anterior.
Tonta de mí, había disfrutado de su ausencia, había
llegado a fingir que mi mente era solo mía.
El agua de la lluvia caía de los árboles que teníamos
encima, y me mojó la cabeza y los hombros. Podía oler el
agua en la capa de lana de Ravyn. Me rodeó con un brazo
y me arrastró hasta el mismo sauce en el que me había
escondido de él aquella vez.
—Cuando me desperté, ya no estabas.
Me incliné hacia el capitán.
—Quería dejarte descansar.
Me besó y me enterró los dedos en el pelo enredado
en mi nuca.
—No quiero descansar, Elspeth —murmuró contra mis
labios—. Te quiero a ti.
Estaba envuelta en su calor, con su cuerpo
protegiéndome de la brisa otoñal de Blunder que se
colaba por entre las ramas del sauce. Mis brazos
encajaban a la perfección alrededor de su cintura y los
dejé allí, feliz de que me abrazara y me besara mientras
el viento me despeinaba.
Una pequeña y marcada tos reverberó cerca de
nosotros. Emory nos echó un vistazo a través de las
ramas del sauce, con una picara sonrisa.

364
—Los he encontrado —le dijo a Elm—. Se estaban
besando.
Me ruboricé por completo y enterré el rostro en la capa
de Ravyn.
Él sonrió con timidez, me tomó la mano y salimos de
vuelta al jardín. Elm y Emory nos esperaban en el camino,
con los brazos cruzados contra el pecho. El príncipe puso
los ojos en blanco.
—Por los árboles, ya lo pillamos. No tenéis que
restregárnoslo en las narices.
—Qué lástima. —Emory soltó un suspiro mientras me
recorría con la mirada—. Y yo que pensaba que había
venido para besarme a mí. Así es el cuento, ¿no? Una
doncella hermosa salva al chico enfermo con un beso…,
el chico se salva milagrosamente y libra al reino de la
magia negra.
—Casi —dijo Elm mientras dirigía sus ojos verdes hacia
mí—. Sin embargo, en este cuento, la doncella tiene las
manos manchadas de sangre.

Sabía lo que tenía que hacer. Dejé a Ravyn y a Elm


discutiendo detrás de mí. Me apresuré a adelantarme y
las ramas de siempre se me engancharon en el pelo.
—Emory —llamé al chico—. Espera.
El joven de ojos grises aguardó bajo un gran tejo
mientras pasaba los dedos por sus ramas retorcidas.
Cuando se giró hacia mí, las comisuras de los labios se le
curvaron hacia arriba en una media sonrisa.
—¿Sí?
Me costó hablar. Estaba mojada, con el cabello pegado
a los laterales de la cara. Cuando me lo aparté, la sal me
inundó la nariz.
—Tengo que preguntarte algo —le dije mientras

365
echaba un vistazo por detrás de mi hombro.
—¿Algo que no quieres que escuchen ni mi hermano ni
mi primo?
Dirigí la vista por detrás del chico. Más allá de las
ramas del tejo vislumbré las sombras de las ruinas de
piedra. Allí, erigida entre la neblina bajo otro gran tejo, se
encontraba la cámara, con su hipnotizante oscuridad
siempre fija en su ventana.
—Necesito de tu magia, Emory —le pedí con voz
temblorosa—. Necesito que me toques otra vez.
La viscosa voz del Tormento me atravesó la mente.
«¿Es así como piensas conocer mis secretos, Elspeth
Bonetero? ¿Robándolos?».
—¿Otra vez? —inquirió Emory.
«Ya conoces la verdad. —Su gruñido me inundó la
mente—. Te he contado la historia».
Me concentré en el rostro del chico.
—No lo recuerdas, pero en el Equinoccio me tocaste el
brazo. Me dijiste cosas sobre mí misma que nunca le
había contado a nadie. Viste lo que había en mi mente. —
Se me anegaron los ojos en lágrimas—. Quiero que
vuelvas a mirar ahí, Emory. Por favor. Necesito saber
quién… o qué… es en realidad.
—¿Quién? —preguntó Emory, tendiéndome una mano.
—Ya lo verás.
Cuando nuestras manos se unieron, Emory cerró los
ojos. Flexionó los dedos alrededor de los míos y, cuando
habló, su voz sonó extraña, como si estuviera atrapada en
un frasco, cerca y lejos al mismo tiempo.
—Te veo, Elspeth Bonetero —me dijo—. Veo a una
mujer con el cabello negro y largo y los ojos oscuros como
el carbón. —Le temblaron los labios—, Y veo tus dedos,
largos y pálidos, cubiertos de sangre.
—¿Qué más? —le supliqué—, ¿Ves al Rey Pastor? ¿Al
hombre con la armadura dorada?
Negó con la cabeza mientras fruncía el ceño en señal
de concentración.

366
—Veo a una criatura enroscada alrededor de tu
columna…, como si estuviera engarzada a ti.
Un escalofrío me envolvió la garganta.
—¿Cuánto tiempo me queda antes de que me controle
por completo?
Emory puso los ojos en blanco.
—No mucho, Elspeth Bonetero. Está a punto.
Intenté apartar la mano, pero Emory me la agarraba
con fuerza. Se le entrecortaba la voz.
—Se agazapa, pero no es ni un animal ni un hombre,
sino algo entremedias. Se halla en la estancia que
construyó para el Ánima del Bosque, encaramado a una
roca alta y oscura. —A Emory se le retorció el rostro y sus
facciones se contrajeron a causa del miedo—. Está
susurrando algo.
—¿Qué dice? —pregunté con el corazón en un puño.
Al chico le tembló la mano. Cuando habló, su voz sonó
extraña…, resbaladiza.
—Había una vez una joven —comenzó a decir—,
perspicaz y bondadosa que largo tiempo estuvo en el
bosque, escondida entre las sombras. Había también un
rey, un pastor por su cayado, que reinaba sobre la magia
y escribió el viejo libro en el pasado. Los dos estaban muy
unidos, así que en uno se fundieron…
No tuvo que terminar la frase. Me la sabía de memoria.
—La joven, el rey… —jadeé.
La voz del Tormento me abrasó la mente. «Y el
monstruo en el que se convirtieron».
Emory abrió los ojos de golpe. Se le había quedado el
rostro lívido.
—Tus ojos —dijo con voz ahogada mientras las
lágrimas le resbalaban por las mejillas—. Los tienes
amarillos.
Aparté la mirada y parpadeé con furia.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó el chico, con la voz
aún entrecortada—. Parecía salido de un sueño horrible.
—Ay, Emory —le dije, sintiéndome de repente muy

367
culpable. Era tan joven, cargaba con el gran peso de su
degeneración. Sumarle a eso la carga de mis
preocupaciones había sido muy egoísta…, había estado
mal.
—Lo siento mucho. No debería haberte hecho esto.
Más allá del tejo, escuché los susurros de los demás.
—Emory —lo llamó Ravyn—. Es la hora.
Me giré hacia el chico con una mirada suplicante.
—No dirás nada, ¿verdad?
Intentó sonreír.
—No te preocupes —me dijo mientras se secaba las
lágrimas de los ojos—. Por la mañana lo habré olvidado.
Esa es una de las cosas buenas de mi degeneración. No
recuerdo las pesadillas. —Me soltó la mano con sus ojos
grises desolados—. Adiós, Elspeth Bonetero. Cautela.
Astucia. Bondad.
Cuando nuestros dedos se separaron, sentí la mano
fría. Quería volver a agarrarlo, a decirle que la historia era
cierta, que, de algún modo, podía sanarlo. No con un
beso, sino con las cartas, cuando las doce estuvieran
juntas. Un medio para salvarlo…, para salvarme a mí
misma.
Pero me había hartado de fingir. Así que no dije nada y
me limité a encorvar la columna cuando el Tormento me
clavó las uñas.

368
369
CAPÍTULO 29

L os niños me seguían con los ojos muy abiertos por el


miedo. Echamos a correr. Nos perseguían a través
de la maleza y nuestra ropa se nos enganchaba en las
ramas bajas de los tejos sin podar. El cielo estaba negro,

370
con la media luna oculta tras el humo. Cuando llegamos a
la cámara de piedra en el límite del bosque, ayudé a los
niños a auparse a la ventana y a cruzarla, uno a uno.
Alguien me esperaba ya allí, iluminado por la luz roja
de su Guadaña. El dolor me atravesó cada uno de los
huesos y, cuando tosí, la sangre salpicó mis dedos largos
y pálidos.
Caí…, y la tierra me envolvió. El intenso olor a sal hizo
que me picasen los ojos y la nariz hasta que el mundo a
mi alrededor desapareció del todo y se convirtió en una
oscuridad fría y aislada.
Grité, y los dedos de las manos y de los pies se me
volvieron azules a causa del frío.
Me desperté del sueño, temblando en el suelo de la
cámara en ruinas. La luz de la mañana se colaba por
entre las ramas del tejo y el techo podrido. Contuve un
grito, con la sensación de estar atrapada en la oscuridad
aún en mi mente.
Había vuelto a caminar dormida.
«¿Qué es esto? —exigí saber, con el rostro húmedo por
las lágrimas—. ¿Por qué me estás haciendo esto?».
La voz del Tormento retumbó en mi cabeza, como un
espectro en el viento…, sin palabras, omnisciente.
Cuando me puse en pie, reprimí un grito al verme las
manos y los brazos manchados de un rastro de tierra
oscura que se me extendía desde el lecho de las uñas
hasta los codos. Mi camisón estaba hecho jirones, con el
tejido sucio y roto. Alrededor de mis pies había tierra
suelta, removida alrededor de la base de la piedra mágica
que Ravyn me había mostrado.
—¿Qué ha pasado? —pregunté en voz alta—. ¿Para qué
me has traído aquí?
«Tenía que ver algo», me respondió, nada afectado por
el horror que sentía.
Me estremecí y los dientes me castañearon cuando
intenté limpiarme algo de tierra de las manos. Por encima
de mí, los árboles crujieron cuando tres cuervos negros

371
alzaron el vuelo. Un viento helador atravesó la cámara. La
tierra se desplazó debajo de mis pies y acabé dirigiendo
la mirada hacia la que había removida en la base de la
piedra mágica.
—¿Qué hay ahí? —pregunté, y me agaché para verlo
mejor.
Estaba oculto por la tierra. Tomé la esquina de mi
camisón y lo limpié. Incluso entonces, no logré descifrarlo
debido a las letras desgastadas por el tiempo y el
deterioro.
—¿Por qué iban a escribir una inscripción en la base de
una roca?
El aliento de la criatura provocó que sintiera
escalofríos por la columna.
«¿Es eso todo lo que ves?».
Di un paso atrás, examinando la tierra que había
removido. Al otro lado de la roca sobresalía del suelo una
figura larga y rectangular hecha de tierra revuelta y
hierba. Parpadeé y luego volví a mirar.
«No se trata de una simple roca mágica que oculta las
cartas de la Providencia». Llegué a esa conclusión
mientras el terror se transformaba en un todo que me
inundaba el pecho. La cámara se hallaba al final del
cementerio. Y esa roca… Esa roca marcaba algo.
Era una lápida.
Me miré las manos. «¿De quién es esta tumba?»,
jadeé. El aliento me salía a bocanadas desesperadas e
irregulares.
«¿Acaso no lo sabes?», susurró él.
Su risa me rodeó. De pronto, la estancia se oscureció y
la quemazón que producía la sal fue tan fuerte que tosí
entre las manos, asfixiándome con el aire. Lo último que
vi antes de perder el equilibrio y caer hacia la oscuridad
fueron mis dedos sucios de tierra, largos y rígidos,
cubiertos de sangre.

372
Aparté la manta a un lado y jadeé en busca de aire. La
cámara había desaparecido y la luz de la mañana estaba
tamizada por los gruesos muros y el tejado del castillo
Tejo. Estaba otra vez en mi dormitorio, en la cama…,
despierta y liberada de un sueño terrible.
Me acerqué a la chimenea. El fuego de la noche
anterior había quedado reducido a brasas. Alargué la
mano hacia el atizador solo para acabar retrocediendo.
Unos escalofríos me recorrieron la columna.
—No, no, no —comencé a lamentarme mientras me
miraba los brazos embarrados, las uñas rotas. Bajé la
vista hacia el camisón, cuya tela blanca estaba sucia y
raída—. ¡Fue un sueño! —exclamé—. ¿Cómo…? No es…
¡Seguro que era un sueño!
El Tormento no me respondió.
—¡Basta! —le grité, con los ojos llorosos—. El Rey
Pastor está muerto. Seas lo que seas…, su alma atrapada
en la carta del Tormento, atrapada dentro de mí…, te
suplico que me dejes en paz, por favor.
«No puedo hacer eso, querida mía».
—Esta también es mi vida, Tormento. Es mi mente en
la que te has colado. Mi alma.
«Un alma a la que yo protejo —me respondió con la
voz afilada—. Cuando eras una niña y los galenos se
presentaron en la puerta de tu tío, ¿quién te llevó hasta
un lugar seguro? Cuando el príncipe heredero te dio caza
a través del bosque como si fueses un ciervo, ¿quién te
protegió? Cuando el destrero fue a por tu garganta,
¿quién lo hizo caer al suelo? Desde el momento en que la
infección llegó a tu sangre, el rey Serbal te tiene cogida
por el cuello, Elspeth Bonetero. El único motivo por el que
no te ha colgado aún es porque yo estoy aquí,
sujetándote por las piernas».

373
Unas lágrimas de furia me anegaron los ojos. «Si
hubiera muerto, tú también lo habrías hecho, Tormento.
No finjas ni por un solo momento que has hecho todo esto
porque te importo. El Rey Pastor está muerto —repetí—. Y
tú… tú eres un monstruo».
«Sí que lo soy», respondió.
Me cubrí los oídos con las manos y siseé entre dientes.
—No pienso hacer esto… Hoy no —sentencié cuando
mi miedo se vio eclipsado por mi rabia. «Hay mucho en
juego».
«Una carta del Pozo», comentó, con un toque de burla
en su voz.
«Es más que una carta del Pozo. —Tomé mi palangana
y me froté la porquería de las uñas—. Es la undécima
carta. La necesitamos. La necesito para poder
deshacerme de ti».
El Tormento se sentó callado en la oscuridad mientras
yo me limpiaba. Solo cuando hube terminado, después de
que la doncella viniera a atarme el vestido negro, volvió a
hablar. Su voz sonó lejana.
«Te queda muy poco tiempo, Elspeth».
«¿Qué diantres significa eso?».
No obstante, ya no estaba… Se había retirado a las
profundidades de mi mente.

Elm y su luz roja me esperaban al pie de las escaleras.


Cuando me vio, entornó sus ojos verdes.
—¿Qué sucede?
—Nada —le dije mientras me tocaba el pelo—. ¿Por
qué?
—Parecéis… inquieta.
—No he dormido bien.
—¿Estar lejos del capitán hace que os cueste

374
descansar?
Cuando lo ignoré, el príncipe sonrió. Su rostro era muy
apuesto cuando no se hallaba cubierto por su habitual
hosquedad.
—¿Lista para festejar con vuestras hermanas? —
inquirió.
—Medio hermanas.
Había pasado una semana entera desde que Ravyn,
Jespyr y Elm habían abandonado el castillo Tejo con
Emory. El rey, furioso al enterarse de la ineptitud de los
destreros el día de mercado, había mantenido a su
guardia aislada en Stone para «acabar con sus
diferencias», tal y como indicaba Jespyr en su carta.
Lo que simplemente quería decir que el rey
quebrantaría el espíritu de sus guardias con patrullas
desde el amanecer hasta el atardecer y con unas
sesiones de entrenamiento agotadoras.
Había intentado mantener la sonrisa en el rostro
delante de Morette y Fenir, quienes no habían estado muy
animados desde la marcha de Emory. No obstante, no
tardé en aprender que a ellos les importaba muy poco si
yo sonreía o no.
Al cuarto día, Morette recibió una nota manuscrita de
mi padre, invitándonos a los Tejo y a mí a la casa
Bonetero para una celebración que, como muchos otros
eventos allí, había logrado eludir durante los últimos
años.
El cumpleaños de Nya y Dimia.
Sin embargo, esta vez era distinto. Esta vez, acudiría al
evento acompañada del capitán de los destreros, Jespyr
Tejo y un príncipe. Esta vez, recorrería los pasillos de la
casa Bonetero con un propósito y determinación. Esta
vez, no me acobardaría ante la mirada de mi madrastra.
Esta vez, le robaría a mi padre la carta del Pozo.
Morette y Fenir se reunieron con nosotros en la puerta
principal. Cuando me abrazaron, sentí sus manos cálidas.
—No tardaremos en acudir —dijo Fenir. Le dio una

375
palmadita en la espalda a Elm—. ¿Y Ravyn y Jespyr?
—Están acabando un asunto con los destreros. Se
reunirán con nosotros en la puerta.
Me despedí y seguí a Elm. Salimos por las puertas de
entrada al castillo Tejo y recorrimos el jardín de estatuas.
Sobre nosotros, el cielo otoñal se oscureció. Se avecinaba
una tormenta. Podía sentirla en mi muñeca rota, cuando
la venda de lino comenzó a apretarme bajo la manga
negra.
Los cuervos graznaban desde los tejos. Parecían
hacernos una advertencia que no lograba comprender
aún.
—¿Cómo está Emory? —pregunté cuando llegamos a la
puerta.
—Débil —me respondió—. El rey no estaba nada
contento con su excursión hasta su casa. —Esbozó una
media sonrisa—, Ni tampoco le gustó escuchar que un
niño contagiado se había escapado y que un destrero
había sido atacado. Tilo exhibirá unas cicatrices
espectaculares cuando vuelva a ponerse en pie.
Me encogí y el estómago me dio un vuelco.
Elm bajó la voz mientras salíamos hacia la calle.
—Pero mi padre está distraído. Está obsesionado con
encontrar la carta de los Alisos Gemelos antes del
solsticio. Solo que no tiene ni idea de dónde buscarla.
—Ten cautela con la verde. Ten cautela con los árboles
—dije. Mi voz no era del todo mía, y sonaba fina como un
hilo—. Ten cautela con la canción del bosque que siempre
te acompaña. Del camino te saldrás, una bendición y un
castigo supondrá. Ten cautela con la canción del bosque
que siempre te acompaña.
Elm me miró.
—¿Has estado leyendo El viejo libro de los Alisos
últimamente?
No lo había leído. Y lo que había dicho había surgido de
mí de forma involuntaria.
En la oscuridad, el chasquido de las garras del

376
Tormento marcaba un ritmo lento y siniestro. Apreté la
mandíbula por si decía algo más y mis pensamientos
regresaron a la cámara oscura y a la tumba que se
encontraba allí.
Elm interpretó mi silencio como recelo y dijo:
—Solo quedan dos cartas más, Bonetero. Pronto
tendrás el gusto de recorrer estas calles completamente
libre. —Hizo una mueca—. Y yo pronto tendré el placer de
librar a Blunder del galeno Orithe Sauce.
No fuimos los primeros invitados en llegar a la casa
Bonetero. Las antorchas ya estaban encendidas y una
pequeña multitud se reunía a las puertas, con las voces
atravesando la calle como el humo.
Los guardias se alinearon frente a la puerta, cada uno
vestido con una capa roja. Al lado de uno de ellos se
encontraba Jespyr y, al otro lado de la destrera, apoyado
contra la pared de piedra como si ese lugar le
perteneciera, estaba Ravyn Tejo.
El corazón me latió desbocado contra el pecho, como
si unas alas oscuras y poderosas batieran en mi interior.
El capitán estaba recién afeitado y tenía el cabello oscuro
peinado hacia atrás. Sin embargo, parecía cansado…,
más de lo que nunca lo había visto. Sus ojeras eran tan
oscuras que bien podrían haber sido moratones. Tenía los
nudillos enrojecidos y se le veía un corte en el labio
inferior.
Cuando me miró a los ojos, se apartó de la pared y se
entremezcló con la multitud a paso seguro. Curvó los
labios hacia arriba cuando llegó a mi lado, colocó una
mano sobre mi cintura y la otra en mi mejilla. Cuando se
inclinó hacia mí, un par de mechones de su cabello oscuro
le cayeron sobre el ceño.
—Elspeth —me dijo, y me besó en la boca.
Le aparté el pelo de la cara y lo miré de arriba abajo.
—El negro os sienta bien, capitán —le comenté—. Lo
único que os falta es la máscara.
Ravyn sonrió de un modo casi infantil.

377
—Lo mismo os digo, señorita Bonetero.
Le acaricié la herida medio curada de su labio inferior
con el dedo.
—¿Qué ha pasado?
—Fue durante el entrenamiento —me dijo,
encogiéndose de hombros—. No he tenido ni un respiro
desde el día de mercado.
Jespyr se unió a nosotros y nos dedicó una mirada
cálida.
—¿Todos listos?
—Por los árboles, sí —dijo Elm mientras profería un
quejido—. Lo que sea con tal de acabar con sus susurros.
Cuando los guardias abrieron las puertas, accedimos al
patio: el bonetero estaba plantado en su centro rodeado
de luces doradas, además de lazos rojos que colgaban de
sus ramas. Ravyn me envolvió los hombros con un brazo
y los cuatro aguardamos junto a los demás mientras el
resto de los invitados de mi padre iban entrando al patio.
Cuando sonó la campana por sexta vez, todas las
miradas pasaron a estar puestas en las grandes puertas
de entrada de la casa Bonetero, que ahora se estaban
abriendo.
Todo el mundo estalló en aplausos. Balian, el
mayordomo, presentó a mi padre, a mi madrastra y a mis
medio hermanas. Observé cómo aparecían en el
descansillo y les abrían la casa a sus invitados.
Nerium tenía la mano agarrada con fuerza a la de mi
padre, que no sonreía, sino que exhibía su habitual
austeridad. De su bolsillo no emanaba ninguna luz azul.
No sabía dónde guardaba su carta del Pozo, pero no la
llevaba encima.
Nya y Dimia hicieron una reverencia, disfrutando de los
aplausos. Llevaban puestos unos vestidos rojos y cada
una se había colocado a un lado de sus padres mientras
esbozaban unas sonrisas idénticas.
Me incliné hacia Ravyn, pero no aplaudí. Para mí eran
como extrañas… Unas desconocidas jóvenes y

378
arrebatadoras. Durante años había recorrido los mismos
pasillos que Nya y Dimia, había comido lo mismo que
ellas, había disfrutado de las celebraciones de mis
cumpleaños, había contemplado el mismo bonetero allí
plantado. No obstante, la infección lo había cambiado
todo. Mis medio hermanas y yo no éramos iguales. A ellas
la vida las había protegido, como esas perlas que se
conservaban en un estuche de terciopelo. Y yo…, no
estaba hecha de nácar como las perlas.
Estaba hecha de sal.
—Las gemelas me dan mal rollo —masculló Elm en voz
baja. Irguió la columna—. Ya están aquí.
La campana sonó dos veces consecutivas. La multitud
en el patio abrió paso al rey después de que cruzara la
puerta de entrada de la casa de mi padre. El rey Serbal
tenía un porte imponente, vestido con seda dorada y con
una capa con cuello de piel de zorro blanco. Detrás de él
apareció Hauth y, a su lado, Ione, quien a pesar de no
llevarla encima, sin duda seguía bajo el influjo de la carta
de la Doncella. Mi tío apareció tras ella. Vestía un atuendo
mucho más elegante del que había llevado en el
Equinoccio.
Mi tía y mis primos pequeños no los acompañaban.
Entorné la mirada mientras observaba a Ione. Mi prima
agarraba con fuerza la mano del príncipe heredero.
Detrás de mi mirada, el Tormento se removió. «Muchacha
rubia, belleza sin igual. Muchacha rubia, admirada y
venerada. Muchacha rubia, corazón de piedra. Muchacha
rubia, soberana cruel».
Mi padre invitó al rey Serbal y a su corte a entrar en la
casa Bonetero, lo que marcó el inicio de la celebración. El
resto de los invitados los siguieron, elevando el volumen
de sus voces a causa de la emoción. En alguna parte del
interior de la casa, un violín y una flauta tocaban una
vertiginosa melodía. Elm, Jespyr, Ravyn y yo
permanecimos junto al bonetero.
El príncipe dejó escapar un largo suspiro y se agarró a

379
las ramas.
—Que comience la fiesta.

380
CAPÍTULO 30

T odos se encontraban en el gran salón. Nadie me vio


escabullirme escaleras arriba con el capitán de los
destreros. O, si lo hicieron, solo vieron a una doncella que
buscaba ocultarse entre las sombras con un hombre alto

381
y atractivo. No sería la primera ni la última vez que algo
así sucedía.
Un momento más tarde, Jespyr y Elm se nos unieron,
tras subir las escaleras por turnos.
—Tenemos que separarnos —dijo Jespyr, con la mirada
clavada en la larga y sinuosa escalera—. Cada uno
debería encargarse de una planta.
Ravyn negó con la cabeza.
—Es mejor ir en parejas. Será menos sospechoso si
alguien nos pilla merodeando por ahí.
—¿Eso crees? —Elm tamborileó con los dedos contra la
barandilla. Fijó sus ojos verdes en mí—. Muy bien.
Bonetero, os venís conmigo.
Parpadeé.
—No lo diréis en serio.
—Claro que sí.
El capitán habló en voz baja.
—Debería venir conmigo.
—Por los árboles, Ravyn, sobrevivirás a estar un
momento sin ella. —Ante la mirada que le dedicó su
primo, Elm se limitó a cruzarse de brazos—. A no ser,
claro, que tu prioridad no sea encontrar la carta del Pozo.
Ravyn no dijo nada más, tan solo me apretó los dedos
de la mano con los suyos.
—No me mires así. Llevas la carta del Espejo encima, y
Jes es la mejor forzando cerraduras. De los dos, eres tú el
que se lleva la mejor parte.
—No creo que mis habilidades para forzar cerraduras
le atraigan mucho —murmuró Jespyr con la mano en la
boca—. O puede que eso sea exactamente lo que…
—Callaos todos ya. Estamos perdiendo el tiempo. —Le
solté la mano a Ravyn—, Elm y yo buscaremos en la
biblioteca y luego nos dirigiremos a las habitaciones de
invitados de la tercera planta. Vosotros dos comenzad con
el dormitorio de mi padre. Se halla en el cuarto
descansillo. Y luego dirigios a la quinta planta. —Volví la
mirada hacia Ravyn—. Si no la encontramos, nos

382
reuniremos en el gran salón y registraremos la planta
baja.
Elm me dedicó un saludo militar.
—Sí, capitana.
—¿Y si alguien pregunta qué estáis haciendo el
príncipe y tú? —inquirió Ravyn.
Elm le plantó en la cara a su primo la carta de la
Guadaña.
—Los mandaré a que sigan su camino.
—¿Y quién se encargará de la sexta planta? —preguntó
Jespyr, que levantó otra vez la vista hacia las altas
escaleras de caracol.
Negué con la cabeza.
—Mi padre ya nunca sube allí arriba.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ahí es donde está mi dormitorio.

No encontramos la carta del Pozo en la biblioteca. Habría


visto la luz de inmediato. Pero Elm insistió en rebuscar en
cada uno de los libros y abrir cada cajón del escritorio de
mi padre. Lo seguí, intentando ordenar el caos que dejaba
tras de sí y asegurándome de que todo volvía a quedar en
su sitio.
Pasamos a la siguiente estancia, y luego a la siguiente.
Cuando ya no quedaban más habitaciones en la tercera
planta, nos ocultamos entre las sombras, a la espera de
que la escalera estuviese despejada por encima y por
debajo de nosotros.
Elm ya comenzaba a perder la poca paciencia que
tenía. Se pasó una mano por el cabello revuelto.
—¿Estáis segura de que no la habréis pasado por alto?
Le lancé una mirada mordaz.
—Si aquí hubiera una carta del Pozo, la habría visto.

383
—Tal vez no esté aquí porque vuestro padre la haya
usado. —Bajó la voz—. Y nos haya visto gracias a ella.
Me mordí el labio inferior y los nervios se me
acumularon en el estómago. «Ver a sus enemigos —dijo el
Tormento—, Traicionado por un amigo. O, en este caso,
por su hija, su sucesor, una destrera y un príncipe».
—¿Puedo ayudaros en algo, señorita Bonetero?
Elm y yo dimos un respingo, lo que hizo que el
mayordomo de mi padre también lo diera. Balian tosió
con delicadeza.
—Mis disculpas —dijo—. Vuestro padre desea mostrarle
al rey uno de sus libros… Me ha pedido que venga a
buscarlo.
No creía que hubiera nadie aquí arriba. —Miró detrás
de mí y abrió los ojos como platos al reconocer a Elm.
No solía disfrutar de hacer sentir incómodas a otras
personas, pero, en ese momento, sí que disfruté de la
conmoción de Balian mientras me veía a mí, la mayor de
las Bonetero, a quien le había mostrado tanta indiferencia
y desconfianza, con la barbilla alta, enfundada en un
elegante vestido negro y acompañada por el hijo del rey.
—¿Os uniréis a los demás en el piso de abajo, alteza?
—le preguntó Balian al tiempo que le dedicaba una
reverencia pronunciada.
—Enseguida —respondió Elm, que se estaba
mordisqueando una uña, lo que no le daba precisamente
un aspecto muy principesco.
—Podéis retiraros, Balian —declaré con una sonrisa
forzada—. Estoy segura de que tenéis muchos asuntos
que atender.
Cuando hablé, el mayordomo entornó la mirada
durante un segundo y dejó atrás toda pretensión de
civilidad. Parecía no importarle que estuviera con un
príncipe. De igual modo, no aceptaba órdenes de la hija
mayor…, de la hija contagiada.
—Muy bien —dijo, y pasó por mi lado.
Elm se llevó la mano a su bolsillo, del que emanaba

384
una luz roja.
—¿Qué sucede? ¿No le dedicáis ninguna reverencia a
ella?
Balian vaciló. Me miró con las líneas del rostro tensas.
De repente, se le emborronó la mirada y me dedicó una
reverencia muy pronunciada y baja. Un momento
después, se irguió de golpe, con los ojos más claros y
abiertos. Le lanzó una mirada de terror al príncipe y luego
se apresuró a recorrer el pasillo antes de desaparecer por
las escaleras.
A mi lado, Elm soltó una carcajada y le dio tres toques
a su Guadaña mientras la hacía girar entre sus largos
dedos.
—No teníais por qué hacer eso —le dije a medida que
subíamos por la escalera—. Solo es un hombrecillo
pretencioso.
Los pasos del príncipe resonaron detrás de los míos.
—¿De qué sirve tener una Guadaña si no puedes
divertirte con ella de vez en cuando?
Tuve que levantarme el bajo del vestido, ya que las
escaleras de la casa Bonetero eran traicioneramente
empinadas.
—No siempre parece ser divertido. En ocasiones da la
sensación de que fuerais a desplomaros, como sucedió
después del alboroto en el día de mercado.
La voz de Elm sonó fría.
—Todo tiene un precio.
—La carta de la Guadaña es la que tiene el precio más
alto —comenté—. He oído que, si se usa durante un
tiempo prolongado, el dolor se vuelve insoportable.
Fingió proferir un grito ahogado.
—Nadie me había informado de ello. ¡Dejaré de usarla
de inmediato!
Fruncí el ceño.
—Es un riesgo.
—Igual que cometer traición —replicó—. Y, aun así,
aquí estamos.

385
Llegamos al descansillo de la cuarta planta y doblamos
hacia la derecha para seguir un pasillo largo y frío.
Después llegamos a la escalera de caracol y al pasillo del
servicio que conducía a los dormitorios de la cuarta
planta.
La mirada del Tormento iluminó para mí las escaleras
sumidas en la penumbra y, aunque no decía nada, podía
escucharlo respirar en mis oídos.
—¿Y qué os llevó a vos a hacerlo? —le pregunté a Elm
sin aire mientras subía por las escaleras—. Sois un
destrero…, un príncipe, el segundo en la línea de
sucesión. ¿Por qué ibais a arriesgarlo todo?
—Emory se está muriendo. Hago lo que tengo que
hacer para salvarlo. Eso es lo que hace la familia.
—¿Y los Serbal no son también vuestra familia?
—¿Y ellos no son la tuya? —inquirió, señalando hacia
las paredes de la casa Bonetero.
Ralenticé el paso.
—Mi padre podría haberme delatado cuando me
contagié, pero no lo hizo. —Arrugué la nariz—. Rompió las
reglas por mí. Y lo que ve cuando me mira… es una regla
quebrantada.
—¿Y si no lo hubiera hecho? —replicó Elm—.
Supongamos que él, o alguien más, arriesgara su título,
su vida, por la vuestra sin pedir nada a cambio. Alguien
que conociera todos vuestros secretos, vuestra
enfermedad, y no os temiera. ¿No lo elegiríais por encima
de todos los demás?
Intenté no pensar en Ione. Pensé en mi tía, con sus
fuertes y cálidos abrazos, su sabiduría. Recordé cómo se
quedaba hasta tarde conmigo durante esas primeras
semanas, cuando la fiebre me sobrepasaba. Pensé en su
carta y en cómo, si regresara a casa, me abrazaría de
nuevo.
Pensé en los Tejo, fieles y leales. En Fenir, Morette,
Jespyr, e incluso en Jon Abrojo, que me miraban sin sentir
miedo y no me ofrecían más que amabilidad.

386
Y en Ravyn.
Al igual que con los cuervos, a los que me recordaba,
en su mirada gris había una gran inteligencia. Cuando me
miraba, sentía que me veía, que me conocía. Existía un
hilo que nos unía, creado por el destino y la magia, que se
extendía más allá del tiempo y del espacio. Ravyn y yo
habíamos recorrido ese camino durante toda nuestra vida
sin ser conscientes de que nos llevaría directamente
hasta el otro. Me vi a mí misma a través de su mirada
cautelosa y en la oscuridad que rebosaba en mis venas. Y,
a pesar de que no me había percatado de ello hasta ese
mismo momento, entre nosotros existía una magia que no
tenía que ver con la sangre, con las cartas de la
Providencia ni con nada parecido.
—Creo que lo comprendo —dije mientras llegábamos a
lo alto de la escalera de caracol—. Y sí, creo que haría
cualquier cosa por alguien así. Lo digo de corazón.
—¿Y no haríais también cualquier cosa para
protegerlos? —prosiguió el príncipe, y sus palabras
cayeron sobre mí como una sombra.
Me di la vuelta, ya que algo en su voz llamó mi
atención. Cuando nuestras miradas se encontraron, el
Tormento se revolvió, contemplando a Elm a través de
mis ojos.
—Estáis preocupado por Ravyn —le dije, sabiendo que
esa era la verdad—. Creéis que, solo porque guardo
secretos, lo traicionaré… Que os traicionaré a todos.
No lo negó. Si no hubiera estado segura de que llevaba
encima la Guadaña, habría pensado que entre nosotros se
hallaba una carta del Tormento… Una certeza, una forma
de leerme la mente. Al igual que le sucedía a Ravyn, la
mirada del joven príncipe transmitía una gran inteligencia
y, a pesar de que brillaban con el color verde de los
Serbal, sus ojos eran igual de observadores, de avizores.
Salvo que los de Elm también rebosaban desconfianza.
—Jamás os traicionaré. —Cuando la risa del Tormento
me inundó la mente como el humo, me encogí—. Al

387
menos, no de forma consciente.
Elm enarcó las cejas.
—¿Qué significa eso?
Me di la vuelta y una lágrima fría me cayó desde la
barbilla hasta el escalón superior que quedaba bajo mis
pies.
—El tiempo lo dirá —contesté, y me adentré en el
primer dormitorio de los criados—. De un modo u otro, la
verdad saldrá a la luz.

Una hora más tarde, nos reunimos con Ravyn y Jespyr al


pie de la escalera, cerca del gran salón. El corazón me dio
un vuelco… Ninguno de los dos emitía ninguna luz azul.
Jespyr se roía el dobladillo de su manga. Cuando nos
vio, su voz sonó tensa.
—Por favor, decidme que la habéis encontrado.
Negué con la cabeza. La destrera maldijo en voz baja.
Elm se pasó una mano por la cara.
—¿Qué hora es?
Ravyn se giró hacia el gran salón, con los músculos de
la mandíbula tensos.
—Acaba de sonar la novena campanada.
—Las festividades no terminarán hasta bien entrada la
noche de mañana… Aún tenemos otro día para buscar.
Podía sentir cómo el pánico se apoderaba de mí. Me
dolía la mandíbula de tanto apretarla, tenía los hombros
rígidos y los puños apretados.
—Vosotros tres deberíais volver al salón… Dejad que el
rey y su corte os vean. —Ravyn abrió la boca para
llevarme la contraria, pero lo interrumpí y pasé por su
lado—. Iré a buscaros en cuanto haya encontrado el Pozo.
Jespyr y Elm intercambiaron una mirada.
—¿Estás segura? —inquirió la destrera.

388
—Sí. —Solté una carcajada en voz baja—. Creedme,
nadie va a percatarse de mi ausencia.
Algo cambió en la periferia de mi visión, acompañado
de una voz suave de pajarillo.
—Venga ya, Bess —me dijo—. Qué poca confianza
tienes en mí.
Cuando me di la vuelta, Ione estaba allí, embutida en
un vestido de un color violeta intenso que nunca antes le
había visto. El cuello bordado era de escote bajo, lo que
dejaba al descubierto su piel de porcelana y la parte
superior de sus pechos. Llevaba el cabello recogido en
una trenza suelta, sin adornos salvo por un lazo dorado
entremezclado en ella.
Parecía un rayo de luna, una dama de la noche, con
una hermosura sin parangón. La contemplé boquiabierta,
cautivada por cada curva y cada línea de su cuerpo. La
única excepción eran sus ojos castaños, que incluso antes
de la carta de la Doncella ya brillaban con una luz
especial, como si se iluminaran desde dentro.
Solo que ahora estaban nublados. Desenfocados.
Perdidos.
—Ven a sentarte conmigo —me dijo, y señaló con la
cabeza hacia el gran salón. Les hizo un gesto con la mano
a Ravyn, Jespyr y Elm—. Vosotros también.
Cuando se dio la vuelta, le lancé a Ravyn una mirada
de desesperación. «El Pozo», mascullé solo moviendo los
labios.
El capitán observó cómo Ione entraba en el gran salón.
Cuando mi prima miró hacia atrás, él me rodeó con el
brazo y la seguimos juntos.
—Diez minutos —me dijo, pegado a mi cabello
mientras les indicaba con la cabeza a Jespyr y a Elm que
nos siguieran—. Y luego podrás continuar con tu
búsqueda.
Ione nos condujo hasta el pasillo que formaban las
mesas. Había mucho bullicio en el gran salón, con la risa
y la música intentando imponerse mientras el sonido

389
rebotaba contra el imponente techo. El rey estaba
sentado junto a mi padre en la mesa principal, ambos con
las cabezas gachas mientras hablaban. Al final de la mesa
se encontraba Nerium, con los labios apretados y
examinando a sus invitados. A su lado se hallaban las
gemelas con las mejillas sonrosadas a causa del vino.
Mi prima nos hizo pasar por delante de ellas hasta
llegar a una mesa vacía junto a la pared este. Allí, sobre
una bandeja de plata, había seis copas de vino.
—Por favor, tomad asiento —dijo, y señaló hacia la
mesa—. ¿Brindamos?
Nos sentamos alrededor de la mesa, despacio y de
forma rígida, como si se nos hubiesen oxidado las
articulaciones. Yo me senté entre Ravyn e Ione, con Jespyr
y Elm frente a nosotros. Cada uno tomamos una copa de
la bandeja y la sostuvimos en alto.
—Por Nya y Dimia —declaró Ione, y dio un trago largo
—. Muchas felicidades.
—Muchas felicidades —repetimos el resto con un hilo
de voz. Bebí de mi copa y me encogí. El vino era mucho
más amargo de lo que había esperado.
Nadie dijo nada. Le lancé a Jespyr una mirada y ella se
encogió de hombros, con los ojos muy abiertos. Me giré
hacia Elm, confiando en que él diría algo, cualquier cosa
que rompiera ese silencio insoportable.
Sin embargo, el príncipe también estaba callado,
inclinado hacia delante en su asiento, con la mirada fija
por completo en Ione. Un momento después, alargó la
mano por encima de la mesa y la agarró de la cara,
hundiéndole los dedos en las mejillas.
—Elm, ¿qué…?
—Callaos. —Le escudriñó el rostro a mi prima—.
Señorita Espino —le dijo, con una voz extrañamente
suave—, Ione.
Ella no le respondió ni le apartó la mano. Tampoco
parpadeó, sino que permaneció con la mirada igual de
desenfocada que antes.

390
Algo iba mal. Me agarré a la mesa.
—¿Qué sucede?
—Miradle los ojos —murmuró Elm—. Alguien está
usando una Guadaña con ella. —Se llevó la mano al
bolsillo sin apartar la vista de mi prima. Le dio tres toques
a su Guadaña y con un tono amable dijo—: Confesad qué
habéis hecho, Espino.
Ione parpadeó. Cuando habló, su voz sonó ahogada.
—Solo lo que él me ha ordenado —respondió.
Me quedé helada. Fue entonces cuando me di cuenta
de que éramos cinco sentados alrededor de la mesa. Solo
cinco.
Pero había seis copas.
Me giré hacia Ravyn. El capitán de los destreros se
había quedado inmóvil y me agarraba de la mano con una
fuerza descomunal.
Entonces, con la boca retorcida en una sonrisa cruel,
envuelto por la luz roja de la Guadaña y por la turquesa
del Cáliz, Hauth Serbal tomó asiento en la cabecera de la
mesa. Nos miró a todos y rompió a reír.
—Venga —dijo—. Es la tradición en un cumpleaños.
Seguro que no os importa que nos divirtamos un poco.
Sacó la Guadaña de su bolsillo y le dio tres toques.
—Gracias, querida mía.
La luz regresó a la mirada de Ione. Desplazó la vista
desde Elm hasta Hauth y luego a la copa vacía. Ni
siquiera el influjo de la Doncella pudo ocultar la palidez de
sus mejillas.
Elm retiró los dedos de su rostro, con la mirada
enfurecida mientras se giraba hacia su hermano.
—No te habrás atrevido —le espetó, y lanzó su copa
vacía al suelo al mismo tiempo que la ira emanaba de su
voz grave.
—Sí que me he atrevido. —Hauth sonrió y se bebió de
un trago la sexta copa—. Y ahora yo también me he
sumado. ¿Te parece justo, hermano?
El Tormento lo comprendió todo antes que yo. Su rabia

391
ardió dentro de mi ser, inundando de humo mis
pensamientos.
Me dirigí a la criatura. «¿Qué está pasando?».
Saboreaba el vino en la lengua, amargo, nada que ver
con cualquier otra bebida que hubiese probado en mi
vida. La luz turquesa en el bolsillo del príncipe heredero.
El Cáliz.
Contemplé mi copa boquiabierta y vi mi rostro
reflejado de forma grotesca en los posos del vino.
«No. —Me temblaron los dedos—. No habrá sido capaz
de hacerlo».
No obstante, el rostro del príncipe heredero indicaba
todo lo contrario, con esa sonrisa engreída y triunfal en
los labios mientras depositaba la carta del Cáliz encima
de la mesa para que todos la viéramos.
—Solo faltan unos segundos para que surta efecto —
dijo, y dirigió la mirada hacia Ravyn—. ¿Quién quiere
empezar a decir la verdad?

392
CAPÍTULO 31

S e trataba de un juego al que ellos ya habían jugado


antes. Solo que entonces todos habían sido más
jóvenes y habían tenido muchas menos cosas que ocultar.
Miré fijamente a Hauth y él me devolvió la mirada

393
mientras hacía girar la carta del Cáliz entre sus dedos
toscos.
«Si tienes algún secreto —comentó el Tormento—, el
Cáliz lo revelará. El príncipe heredero busca saber la
verdad. Y ahora la conseguirá por la fuerza».
—Muy bien —dijo Hauth mientras abría las manos,
como si estuviera mostrándonos que no tenía nada que
ocultar—. Empezaré yo. Podéis hacerme solo una
pregunta cada uno, así que pensadla bien. Intentad no
mentir demasiado… —Curvó los labios hacia arriba—.
Bueno, esperemos que eso no pase. Jespyr, empieza.
La destrera parecía a punto de vomitar, con los labios
tan apretados que casi parecían inexistentes.
—No me has preguntado nada —declaró la joven en
voz baja; temblaba a causa de la rabia—. No es ningún
juego si no hemos dado nuestro consentimiento para que
se use el Cáliz con nosotros, Hauth.
El príncipe heredero se reclinó en la silla.
—Solo se negaría a jugar alguien que tuviera algo que
esconder. —Desplazó la mirada por la mesa y fue
fijándose en nuestros rostros—. Y no tenéis nada que
ocultar, ¿verdad?
Jespyr entornó la mirada. Dejó su copa con fuerza
sobre la bandeja.
—Muy bien. Empezaré con una pregunta fácil, primo —
dijo, y escupió esa última palabra como si fuera veneno—.
¿Estás celoso de Ravyn?
La risa de Hauth no se vio reflejada en su mirada.
—N… N… —Sin embargo, el vino, el Cáliz, no le
permitía mentir—. Sí —confesó.
Elm fue el siguiente. Estaba tan pálido como un
muerto, pero consiguió mantener la cabeza alta.
—¿Estás intentando poner a los destreros en su
contra?
De nuevo, Hauth intentó mentir. Se le marcaron las
venas del cuello al enfrentarse a la cuerda invisible que le
tiraba de la lengua. Por fin, confesó y le dedicó a Ravyn

394
una mirada amarga.
—Sí.
El capitán de los destreros se la sostuvo.
—¿Me retarás para hacerte con el mando?
Esa vez, el príncipe heredero ni siquiera intentó mentir.
—Sí.
El silencio se extendió por la mesa. Había llegado mi
turno.
«Sé cauta —me susurró el Tormento—. Sé astuta».
—¿Habéis usado la carta de la Guadaña con Ione en
más de una ocasión? —inquirí; fue entre un siseo y un
reproche ahogado.
Hauth esbozó una sonrisa. Mi ira no lo hizo ni
inmutarse.
—Sí. —Se giró hacia Ione—. Tu turno, prometida mía.
Los ojos de mi prima, a pesar de brillar más que antes,
no expresaban nada.
—No quiero jugar.
—Debes hacerlo —le dijo Hauth, y le dio una palmadita
en el brazo, demasiado brusco como para tratarse de un
gesto cariñoso—. Todos debemos hacerlo. Si no lo haces,
pensaré que tienes algo que ocultar, querida mía.
Ione le dedicó una mirada vacía.
—Me da igual lo que pienses.
Algo se prendió en los ojos del príncipe heredero.
—Hazme una pregunta, Ione.
Quise alargar la mano por encima de la mesa y volver
a rajarle la cara. Ravyn, que percibió mi enfado, me
agarró con más fuerza de la mano.
Ione apoyó un codo sobre la mesa y la barbilla sobre la
mano mientras observaba a Hauth como alguien miraría
la porquería pegada en la suela de un zapato.
—¿Has estado con otras mujeres desde que estamos
prometidos?
Para haber montado tanto teatro, parecía que Hauth sí
que tenía un par de cosas que ocultar. Se le puso el rostro
morado, como si conteniendo la respiración fuese a ser

395
capaz de soltar una mentira.
No obstante, la carta del Cáliz solo permitía la verdad.
—Sí —admitió.
Elm resopló, pero Ione permaneció sentada bajo una
máscara de belleza imperturbable, al parecer indiferente
ante la infidelidad de su esposo.
—Yo seré la siguiente —dijo mi prima. Levantó su
mirada castaña de la mesa—. Pregúntame lo que quieras,
Jespyr.
La mirada de la destrera fue dura, pero suavizó la voz.
—¿Hauth te está tratando bien, Ione?
Mi prima enarcó una de sus cejas perfectas.
—Tan bien como puede hacerlo un bruto como él.
Elm se inclinó hacia delante, demasiado callado, para
analizar a Ione con sus ojos verdes.
—¿Estáis enamorada de él?
Mi prima le sostuvo esa mirada intrusiva y también lo
analizó a él.
—No.
Jespyr dejó escapar un silbido bajo. Era el turno de
Ravyn.
—¿Qué es lo que pretendéis obtener de vuestra
relación con los Serbal? —inquirió.
—Quiero conseguir poder —declaró Ione.
Sus palabras me aterraron, igual que la desolación de
su tono. A la Ione a la que yo conocía le gustaba reírse,
colocarse flores silvestres en el cabello, montar descalza
el caballo de su padre por el sendero del bosque. Su
fuerza procedía de su propia luz interior.
Una luz que había sido perturbada, oscurecida hasta
convertirla en algo frío y duro. Indiferente.
La Doncella la había cambiado.
Era mi turno de hacerle una pregunta.
—¿Es esto lo que quieres realmente, Ione? —le
pregunté, con las comisuras de la boca curvadas hacia
abajo mientras desplazaba la mirada hacia Hauth—.
¿Casarte con él?

396
A mi prima le retumbó la risa en el pecho. Tenía el
rostro perfecto y suave y las mejillas de color rosado.
—Eres igual que mi madre, Elspeth. Con la cabeza en
las nubes. No te das cuenta de lo complicado que es para
una mujer en Blunder tener poder…, vivir sin miedo.
Porque nunca has querido ser más de lo que eres. Pero yo
sí. —Cruzó las manos ante sí, con la mirada color avellana
firme—. Y si es necesario tener el corazón de piedra para
vivir sin miedo, pues que así sea.
Me quedé ensimismada mirándole el rostro.
—Pero yo sí que quería ser más de lo que era, Ione —le
dije. Me escocían los ojos—. Quería ser como tú.
Mis palabras no parecieron afectarle.
—Ahora eso no importa —respondió, y se llevó un dedo
a los labios—. Ahora ambas somos ovejitas acurrucadas
plácidamente en la guarida del lobo. ¿O es al revés?
El Tormento colocó los labios por encima de sus
dientes serrados. «Me gusta esta Ione».
Creí que iba a vomitar. Miré a mi alrededor,
preguntándome si podría huir, buscando alguna excusa
para alejarme de esa mesa…, de esa Ione tan distinta, de
la mirada fiera de Hauth Serbal.
«No puedes irte —me dijo el Tormento mientras daba
golpecitos con las garras—. Tienes que quedarte, igual
que el resto, y fingir. Igual que has hecho siempre».
—Mi turno —dijo Elm, con lo que consiguió desviar la
atención de Ione y de mí—. Hacedme vuestras malditas
preguntas.
La carta del Tormento bajo la mesa emitió una luz que
percibí por el rabillo del ojo. Miré a Ravyn, pero parecía
estar en otra parte, con la mirada clavada en su primo.
—¿Quién crees que es la persona de Blunder con más
talento a la hora de usar la magia de las cartas? —le
preguntó Jespyr.
Elm apoyó los codos sobre la mesa.
—Yo.
—Esa es solo su verdad —masculló Hauth por lo bajo.

397
Ione se inclinó hacia delante.
—¿Por qué no residís en Stone con vuestro padre y
vuestro hermano?
El poco color que le quedaba a Elm en el rostro se
desvaneció. Le vibró la garganta y supe, por el modo en el
que se estaba resistiendo a responder, que intentaba
mentir. Pero no podía engañar al Cáliz.
—Odio este lugar —repuso en una voz tan baja que
casi no se le oía—. Lo echaría todo abajo si pudiera, le
prendería fuego. Lo vería reducirse a cenizas.
El Tormento se removió en la oscuridad mientras
flexionaba las garras y miraba a Elm.
Fuera lo que fuese lo que Ione había esperado que le
respondiera, no era eso. Entonces mi prima dirigió la
mirada hacia Hauth, que estaba completamente inmóvil,
indiferente e impávido. Me pregunté cuánto sabría mi
prima, si el príncipe heredero le habría contado cómo
maltrataba a su hermano cuando los dos eran unos niños
en Stone.
Ravyn rompió el silencio.
—Me toca. —Miró a su primo. No sabía qué se habían
podido decir el uno al otro en el silencio. Tenían el rostro
impasible salvo por un ligerísimo cambio en sus ojos—,
¿Confías en mí, Elm? —le preguntó el capitán.
—¿Acaso tengo otra opción? —Tras una pausa, sus ojos
dejaron de estar vidriosos y Elm soltó un suspiro—. Sí.
Confío en ti. Te confiaría hasta mi propia vida.
Era mi turno. Quería preguntarle si también confiaba
en mí, pero era demasiado arriesgado.
—¿Sentís dolor cuando usáis la Guadaña durante un
tiempo prolongado?
Elm me miró fijamente durante un momento. La
Guadaña era una carta de poder, de control. Y, para un
príncipe de Blunder, la debilidad era un atributo
imperdonable.
Sin embargo, a diferencia de su hermano, Elm no
fingía carecer de debilidades. Esta vez ni siquiera intentó

398
mentir.
—Sí —respondió a la vez que enderezaba la espalda y
dejaba la mandíbula firme—. Siento como si unos cristales
me atravesaran la cabeza.
Hauth contempló a su hermano pequeño.
—¿Crees que estás más capacitado que yo para ser
rey?
Elm se giró hacia él.
—Sí —dijo, y la profundidad de esos ojos verdes,
además del odio que se escondía detrás de ellos, fue tan
intensa que me hizo encogerme—. Pero eso ya lo sabías.
Tuve la sensación de que la mesa llegaría a partirse
debido a toda la tensión existente entre nosotros. «¿Y
juegan a esto por diversión? —le siseé a la oscuridad—.
Hay guerras que han estallado por mucho menos».
«Este juego en sí mismo es una guerra, querida —me
dijo el Tormento—. Y el Cáliz, la verdad…, esa es la mayor
arma de todas».
—Yo seré el siguiente —declaró Ravyn.
Hauth lo miró con desdén.
—¿Para qué? Ambos sabemos que dirás lo que te dé la
gana, igual que siempre.
Al capitán se le relajaron las facciones…, las mantenía
bajo control. «No puede usar el Cáliz —recordé—. Ni
tampoco pueden usar el Cáliz contra él».
«Conque el capitán de los destreros hace lo que mejor
se le da —declaró el Tormento—. Mentir».
Parecía que el príncipe heredero iba a volver a
protestar, pero Ione ya se había inclinado hacia delante.
—¿Os importa Elspeth? —le preguntó—. ¿De verdad?
Ravyn flexionó los dedos contra mi mano.
—Desde el momento en el que la conocí. —Hizo una
pausa—. Puede que desde el mismo segundo en el que la
vi.
Lo miré de reojo. Ione me contempló desde su asiento
con una leve sonrisa sobre su impecable rostro de
porcelana. Elm puso los ojos en blanco y Jespyr curvó los

399
labios hacia arriba.
Hauth nos fulminó con la mirada.
—¿Qué es lo que haces cuando no estás con los
destreros? —le preguntó a Ravyn—. ¿Adónde vas?
—Solo una pregunta —saltó Elm.
El príncipe heredero dio un manotazo contra la mesa.
—Puedo hacerle cientos de preguntas sin obtener ni un
ápice de verdad. Ese es su don. ¿No es así, Ravyn?
Nadie dijo nada. El capitán permaneció con el rostro
impasible, nada afectado por la ira de su primo y con
libertad para mentir cuando quisiera.
—He estado ocupado —respondió—, llevando a cabo
las órdenes del rey. ¿Qué otra cosa iba a estar haciendo?
A Hauth se le oscureció el ceño mientras volvía a
reclinarse contra su silla.
Jespyr habló en un tono bajo.
—¿Desearías no haberte convertido en destrero…,
llevar una vida corriente?
Los hermanos compartieron una mirada prolongada y
las líneas a lo largo de la frente de Ravyn se relajaron.
—Solo los días en los que no tengo a mi hermana ahí
para llevarme por el buen camino.
Y llegó el turno de Elm.
—Por los árboles, Ravyn, yo qué sé. —Se pasó la mano
por la frente—. ¿Crees que soy más guapo que tú?
El capitán elevó la comisura del labio.
—Sin lugar a dudas.
Había llegado mi turno de hacer una pregunta. Levanté
la mirada hacia Ravyn y él me respondió con una sonrisa.
Sus ojos grises estaban tan claros como el día en el que
me había tomado de la mano y me había llevado a las
profundidades del castillo, a un mundo lleno de secretos,
traiciones y propósitos. Un mundo de bandidos y sal.
—¿Sigues fingiendo? —le pregunté, disfrutando de la
mirada que me dedicó.
Para mi sorpresa, Ravyn rompió a reír y, delante de los
demás, se inclinó para besarme.

400
—Nunca he fingido —susurró contra mis labios.
Cuando levanté la vista, Hauth tenía la mirada clavada
en mí. Había apoyado las manos sobre la mesa, con los
dedos entrelazados y la luz turquesa del Cáliz atrapada
debajo de ellos.
—Y ahora la persona a la que estaba deseando
escuchar. Os toca responder a nuestras preguntas,
señorita Bonetero.
Comenzaron a sudarme las palmas de las manos y mi
respiración pasó a ser jadeante.
«Cálmate —me dijo el Tormento—. El Cáliz es la carta
de la verdad. Pero la verdad puede ser tergiversada…,
puede adornarse. La pregunta es igual de importante que
la respuesta».
Apenas tuve tiempo de ordenar mis pensamientos
antes de que Ione comenzara, con sus ojos color avellana
cautelosos, a medio camino entre la curiosidad y el
cálculo.
—¿Estás enamorada, Elspeth?
Sentí que me moría. Por primera vez en mi vida estuve
a punto de odiar a mi prima. Me pregunté si la carta de la
Doncella podría hacer algo para arreglarle el diente que
quería romperle.
«Esto es horrible —gemí en mi cabeza—. Ayúdame».
«¿Ayudarte?».
«¡Ya me has oído! ¡Ayúdame!».
«El Cáliz afecta a la sangre —me explicó—. Mi fuerza,
mi magia, no te librará de esto. —Su risa atravesó la
oscuridad—. A no ser que quieras que le arranque la carta
de la mano al príncipe heredero… y, ya que estoy, que le
rompa todos los dedos».
«Eso no me ayuda en nada».
«Entonces, deberás encontrar un modo de eludir la
magia del Cáliz».
El Tormento estaba en lo cierto… La magia del Cáliz
era particular. No la sentía en mis venas ni percibía el
habitual olor a Sal en la nariz. Se alojaba en algún lugar

401
de mi cuerpo, atrapada, a la espera de que respondiera.
Cuando intenté mentir, acabé tosiendo. La sensación
de estar ahogándome fue tan pronunciada que me
lloraron los ojos.
—Venga ya —intervino Jespyr—. No hace falta que
responda si no quiere.
—El resto lo hemos hecho —dijo Hauth, que le guiñó
un ojo a Ravyn—. Dejémosla terminar.
Pero no podía. No estaba lista para decirlo, aunque lo
sintiera. La verdad era algo demasiado nuevo, tan frágil
que podía romperse. Me esforcé por tergiversar la
verdad…, pero la magia me inmovilizaba la lengua a cada
intento, estrangulándome hasta que comencé a
quedarme sin aire.
«Respira», me indicó el Tormento. Su voz era como una
vela en la oscuridad.
A mi lado, Ravyn se movió incómodo.
—Elspeth. —Me estrechó la mano—. No tienes que…
—Sí —dije. La palabra se escapó de mi interior sin
resistencia, con tanta facilidad que fue evidente que no
podía tratarse más que de la verdad.
Intenté apartar mi mano de la de Ravyn, pero él no me
lo permitió. Me acarició los nudillos con el pulgar. Aun así,
no lo miré. Le dediqué a Ione una mirada resentida. Su
pregunta había supuesto una violación de mi intimidad,
me había sacado algo que aún no estaba lista para
compartir.
Hauth vislumbró la incomodidad en mi rostro y disfrutó
de ella, cerniéndose sobre mí. Como un depredador.
—Ahora la pregunta que estaba deseando hacer. —Se
inclinó hacia delante—. Decidme, señorita Bonetero —
comenzó, y su voz desprendía un encanto fingido—, ¿qué
os ha sucedido en el brazo?
No tuve que levantar la mirada para saber que Ravyn,
Jespyr y Elm se habían quedado rígidos en sus asientos.
Ravyn me apretó la mano por debajo de la mesa, pero lo
ignoré. Estaba petrificada, buscaba qué palabras podía

402
pronunciar que no acabaran llevándome a la horca.
El Cáliz me retorció la lengua, bloqueó las mentiras
antes de que llegaran a ella. Hauth había sido inteligente.
No podía sonsacarle ningún secreto a Ravyn, un hombre
inmune al Cáliz.
Pero sí que podía arrebatarme los míos. Y, con ellos,
condenarnos a todos.
—Me… —dije, y me atraganté con la palabra—. Me…
Me…
Ione apoyó una mano sobre el brazo del príncipe
heredero.
—Ya te lo dije, se cayó…
—Cierra el pico, Ione —bramó Hauth, apartándole la
mano de un golpe.
—¿No ha soportado ya bastante tu desprecio? —le dijo
Elm entre dientes.
—¿Y a ti qué más te da, hermano?
—Llámame anticuado, pero no creo que debas usar la
Guadaña con la mujer con la que vas a casarte.
Los hermanos discutieron. Jespyr se sumó. Sin
embargo, no escuché lo que estaban diciendo. Sentía
como si me estuviera ahogando en mi propia bilis.
«Mantén la calma —me dijo la voz del Tormento, que
escuchaba cerca y lejos a la vez—. Tarde o temprano, la
verdad saldrá a la luz —ronroneó—. Tú misma lo dijiste».
«Pero ¡no de esta forma!».
Miré a Ravyn. Él debió de ver el miedo en mis ojos
porque, cuando me devolvió la mirada, su rostro reflejaba
un dolor que no había visto antes… Salvaje, protector. Me
agarró de la mano y, aunque apenas movió los labios,
pude distinguir las dos palabras que salieron de su boca.
—Déjame ayudarte.
Se me anegaron los ojos en lágrimas. A mi lado, la
carta del Tormento de Ravyn volvió a resplandecer. La sal
me inundó la nariz y me quedé petrificada al haber
tardado demasiado en comprender a qué se refería.
«Déjame ayudarte».

403
—No, Ravyn… —jadeé.
Pero ya era demasiado tarde. Acababa de romper su
promesa.
Sentí la intrusión en mi mente como si alguien me
hubiera sumergido en agua helada. Lo sentí en las
orejas…, en los ojos, en la nariz, en el paladar. Tosí e
intenté tomar aire.
«No pasa nada, Elspeth —la voz de Ravyn retumbó en
mi cabeza—. Puedes hacerlo… Escoge tus palabras con
cautela. Te ha preguntado qué fue lo que sucedió, no
cómo sucedió».
No obstante, apenas podía oírle. Estaba demasiado
ocupada gritando, clavándole los dedos al capitán de los
destreros en la palma de la mano. «¡No, no, no! ¡Te he
dicho que no, Ravyn!».
«Respira, Elspeth —me indicó, y su voz sonó tranquila
por encima del barullo—. Todo va a ir bien».
«¡Te había dicho que no, Ravyn! —le respondí—. Sal de
aquí».
Se removió, incómodo. La confusión y el dolor se
vieron reflejados en su rostro. «Lo siento —me dijo—. Solo
quería…».
El Tormento salió de la oscuridad igual que una bestia
se abalanzaría sobre su presa. «Ya la has oído —declaró,
tras lo que blandió sus garras y profirió un gruñido salvaje
desde la garganta—, Largo, Ravyn Tejo. ¡Fuera de aquí!».
El capitán se cayó de golpe de la silla, lo que provocó
que toda la mesa temblara.
—¡Cuidado! —le dijo Jespyr, que corrió a levantarse.
Los otros también se pusieron en pie y desplazaron la
mirada entre el capitán de los destreros y yo; él estaba
sentado en el suelo, aturdido, y con su hermoso rostro
retorcido a causa del miedo.
Elm rodeó la mesa.
—Parece que hubieras visto a un fantasma.
Los ojos grises de Ravyn, muy abiertos y vidriosos,
estaban clavados en mi rostro.

404
—No… No lo he visto.
—Siéntate —bramó Hauth. Avanzó hacia delante,
echando a Ione a un lado y agarrándome a mí. Me apretó
el brazo herido—. No pasa nada, señorita Bonetero.
Podéis contarme la verdad —me dijo mientras me hundía
el pulgar en la manga, en la muñeca rota—. Al fin y al
cabo, solo es un juego.
Jespyr se abalanzó sobre él.
—¡Suéltala! —gritó y, al empujarle, los dedos del
príncipe heredero me arañaron la muñeca antes de
dejarme ir.
Vi las estrellas. El dolor me hizo sentir náuseas. Hauth
y Jespyr se enzarzaron en una pelea. Elm levantaba a
Ravyn del suelo. Nadie, salvo yo, vio a Ione tomar la carta
del Cáliz de la mesa y, con la delicada punta del dedo,
darle un toque y liberarme.
Intercambiamos una mirada. Abrí la boca para decir
algo, pero ella ya se había levantado de la silla y se
escabullía del gran comedor.
Ravyn estaba de pie, hecho una furia mientras se
giraba hacia su primo.
—Esto ha sido una emboscada, no un juego —gruñó—.
Ya te hemos consentido bastante. —Me tendió una mano
y se la acepté. Luego, le hizo un gesto con la cabeza a
Jespyr y a Elm—. Nos vamos.
Solté un suspiro de alivio y me puse en pie como pude.
No obstante, el mundo a mi alrededor comenzó a dar
vueltas y me cedieron las rodillas bajo el peso de mi
cuerpo, que, de repente, sentía débil.
Caí y me estrellé contra el suelo.
Las náuseas me atenazaron el estómago y me dio una
arcada cuando la bilis, espesa y rezumante, me subió por
la garganta, estrangulándome. Cuando tosí hacia el suelo,
expulsé algo oscuro y granulado, denso como la tierra en
la que había cavado esa misma mañana. Me resbaló por
entre los dedos, caliente y viscoso, dejando unos regueros
largos y calientes que se me acumulaban sombríamente

405
en las palmas de las manos.
No fue hasta que volví a toser cuando me percaté de
que era sangre.
Como una idiota, había intentado vencer al Cáliz.
Había intentado mentir en exceso.
En los segundos que pasaron antes de que vomitara
una marea de sangre, recordé la insignia de la carta del
Cáliz: «Suero de la verdad». Aquello se hallaba escrito por
encima de la imagen de una copa que contenía un líquido
rojo oscuro. En la otra cara, la copa aparecía del revés,
con el líquido derramado, sin mesura…
«Veneno».

406
CAPÍTULO 32

C uando me desperté, la estancia estaba oscura, con


el amanecer todavía asomando tímidamente en el
horizonte. Me quedé con la mirada perdida y un dolor
punzante detrás de los ojos.

407
Lo primero que reconocí fue el techo. Había nudos en
la madera que, si desenfocaba la mirada, se
transformaban en rostros grotescos que me observaban
desde arriba. Antes de llegar a ver algún monstruo en
ellas, había llegado a imaginar que las formas en la
madera eran criaturas que me cuidaban, que no eran ni
benévolas ni malvadas.
Pero de eso hacía mucho tiempo.
Me incorporé en mi cama de la infancia y escudriñé la
estancia con un fuerte dolor en la nuca. La habitación
estaba exactamente como la recordaba: con un baúl
plagado de vestidos y una casa de muñecas de madera.
La pila de mantas, que ya se habían decolorado y estaban
apolilladas, se encontraban donde las había dejado once
años atrás.
No habían movido nada. La estancia estaba igual que
siempre, inmune al paso del tiempo.
Lo único fuera de lugar era la silla de madera con
respaldo alto, que habían sacado de un rincón y colocado
al lado de la cama, y el hombre sentado en ella.
Ravyn estaba dormido, con la cabeza gacha…, como si
estuviera rezando. Tenía el rostro relajado, sin rastro de
tensión ni angustia. En su bolsillo resplandecían las
familiares luces violeta y burdeos de sus cartas,
imperturbables.
Estuve observándolo durante un rato, y la luz que
entraba por mi ventana era cada vez más intensa. Me
pregunté cómo habría llegado hasta aquí, a la parte más
alta de la casa. También cómo me habrían curado tras
haber sufrido las consecuencias del veneno del Cáliz.
Y, sobre todo, me preguntaba, con gran nerviosismo, si
después de lo de la última noche, Ravyn Tejo habría
cambiado irrevocablemente su opinión sobre mí.
Una mano cauta llamó tres veces a mi puerta. Cerré
los ojos y fingí estar dormida.
El capitán se despertó sobresaltado y se puso en pie
de repente.

408
—¿Quién es?
—Elm.
Escuché cómo abría el cerrojo desde dentro y cómo la
puerta chirriaba. Los pasos de Elm sonaron apresurados
cuando entró en la habitación y cerró tras de sí.
—¿Cómo está?
—Sigue dormida —murmuró Ravyn—, Filick se marchó
hace unas horas.
—¿Ha perdido más sangre?
—No.
—Mataría a Hauth —siseó Elm.
—Para empezar, lo más alarmante es por qué quiso
usar el Cáliz —declaró el capitán de los destreros—. Tu
hermano sospecha que éramos nosotros los que
estábamos en el bosque esa noche. No tiene pruebas,
pero sí sospechas.
—Debemos andarnos con cuidado, Ravyn.
—Soy muy consciente de ello.
—¿Has dormido algo?
El bostezo del capitán sirvió como respuesta.
—Vuelve a sentarte antes de que te desmayes —le dijo
el príncipe.
La silla crujió bajo el peso de Ravyn. Mantuve los ojos
cerrados, sin estar segura de cuándo debía hablar, o de si
debía hacerlo en absoluto.
El capitán de los destreros bajó la voz.
—Anoche usé el Tormento con ella.
Se me tensaron los músculos.
Elm guardó silencio durante un momento.
—Lo usaste para ayudarla…, para aconsejarle cómo
responder. Igual que hiciste conmigo.
—Desde el principio le dije que no lo usaría con ella. Le
di mi palabra.
Elm resopló.
—Yo diría que lo de anoche cuenta como una
circunstancia atenuante.
—Dudo que ella lo vea igual.

409
—¿Por qué?
Ravyn hizo una pausa. Cuando habló, lo hizo en voz
baja y dubitativa.
—No sé cómo explicarlo —comenzó—. No era como
estar en la cabeza de cualquier otra persona en la que
haya estado antes. Parecía que estuviera bajo el agua.
Era oscuro y cambiante…, una tormenta. Cuando le hablé,
pude oír su voz, pero estaba muy lejos. —Se detuvo y
escuché cómo se pasaba las palmas de las manos por la
cara—. No sé qué sucedió, Elm. Debo de estar
volviéndome loco.
«¿Vas a dejar que sufra de este modo?», susurró el
Tormento.
Cerré los ojos con más fuerza aún. «¿Qué va a pensar
de mí?».
«¿Acaso importa?».
«Por supuesto que importa. Él me importa».
«Pues no le mientas».
Se me aceleró la respiración en el pecho. Abrí los ojos
y me giré hacia Ravyn y Elm.
—Elspeth —me dijo el capitán, que acercó su silla a la
cama. Me tomó de una mano—. ¿Cómo te sientes?
—Fatal —admití—, ¿Qué ha pasado?
—Después de que escupieras un lago de sangre —dijo
Elm, que se apoyó contra el poste de mi cama—, Filick
logró que ingirieras un antídoto. Te sentirás débil durante
un tiempo.
Me froté la cabeza y fijé la mirada en la de Ravyn.
—Te pedí que no usaras la carta del Tormento conmigo
—le dije. Mi voz no fue más que un susurro.
El bochorno le ensombreció al capitán su hermoso
rostro.
—Lo sé —me respondió—. Lo siento. Creía que así te
ayudaría. —Y entonces, como si le costara soltar esas
palabras, dejó escapar un pequeño suspiro—. ¿Qué
diablos sucedió, Elspeth? ¿Qué era esa voz?
—¿Voz? —inquirió Elm.

410
—Me habló una voz —explicó el capitán—. Fue como si
estuviera dentro de mi mente. Lo escuché con absoluta
claridad.
—¿Y qué te dijo?
Ravyn me miró, con esos ojos grises tan penetrantes.
—Me dijo que saliera de su cabeza.
Las lágrimas se me escapaban de los ojos y me
traicionaban mientras me resbalaban por las mejillas.
Ravyn alargó una mano hacia mi rostro.
—Elspeth —dijo. Pronunció mi nombre como si para él
fuera algo valioso—. Sea lo que sea, te ayudaré. Solo
pídemelo.
Negué con la cabeza.
—No puedes ayudarme, Ravyn.
—Pero puedo intentarlo, ¿no?
No obstante, no había pronunciado esas palabras…
desde hacía once años. Había enterrado la verdad tan
dentro mi ser que ya no sabía cómo desenterrarla.
Señalé hacia la luz burdeos de su bolsillo.
—Será mejor si te lo muestro.
Ravyn le dio tres toques a su carta del Tormento sin
apartar la mirada de mi rostro. La intrusión en mi mente
fue tan abrasiva como lo había sido la noche anterior…,
como si me hubiera sumergido en agua helada. Detrás de
mis ojos, el Tormento aguardó.
«Sé amable con él», susurré.
Era extraño ver al capitán frente a mí y, al mismo
tiempo, sentir su presencia en mi mente. «Ravyn», le dije.
«Elspeth».
La voz del Tormento era viscosa como el aceite.
«Ravyn Tejo —declaró entonces—. Al menos esta vez has
entrado con invitación».
Ravyn retrocedió con los ojos muy abiertos.
—¿Qué sucede? —preguntó Elm, y apoyó una mano en
el hombro de su primo.
—Ahí hay algo —jadeó Ravyn—. Alguien más.
—¿Otra persona?

411
—No es una persona. No… No lo sé. —Me escudriñó el
rostro—. ¿De qué se trata?
Señalé hacia la carta que tenía en la mano. En el
anverso, justo por debajo del terciopelo burdeos, había
dibujada una criatura. Una bestia de la oscuridad…
Un Tormento.
Ravyn parpadeó.
—Eso —dijo, y levantó la carta entre ambos—. ¿Esta
cosa está en tu cabeza?
Elm se quedó lívido, con los ojos verdes vidriosos
mientras agarraba con fuerza a Ravyn del hombro.
«¿Quién eres?», exigió saber el capitán, que le gritaba
a la oscuridad.
El Tormento ni se inmutó ante su angustia. «El pastor
de las sombras. El fantasma del miedo. El demonio de los
sueños. Por la noche, el tormento».
«¿Y por qué estás en la cabeza de Elspeth?».
Mis pensamientos se distorsionaron delante de mis
ojos. De repente, estaba de vuelta en la biblioteca de mi
tío, con la carta del Tormento sobre el escritorio de
madera de cerezo. Bajé la mirada hacia el monstruo en la
carta. Ojos amarillos, garras terroríficas, el montón de
pelo áspero que le bajaba por la columna mientras se
sentaba encorvado y me miraba fijamente.
Vio cómo mis diminutas manos se dirigían hacia él. De
pronto, el olor a sal inundó la biblioteca.
Todo se volvió negro.
Frente a mí, a Ravyn se le había quedado el rostro
petrificado y el terror fue solo visible en sus ojos.
—No lo entiendo —me dijo—. ¿Cómo entró en tu
mente?
—Toqué la carta del Tormento de mi tío —respondí.
Eché un vistazo hacia Elm—. Es mi habilidad…, mi magia.
En cuanto una carta de la Providencia entra en contacto
con mi piel, absorbo lo que sea que el Rey Pastor pagase
a cambio de su creación.
Elm se atragantó al hablar.

412
—¿A qué te refieres con eso del pago?
Apreté los dientes.
—Cuando el Rey Pastor creó la baraja, el Ánima exigió
un pago. Así que él le entregó algo a cambio de cada
carta. Pagó con objetos, animales…
El príncipe sacudió la cabeza.
—No quiero que me narres todo el cuento, Bonetero.
Solo lo esencial, por favor.
—Déjala hablar —le espetó Ravyn.
Tragué saliva y sentí las palabras atascadas en la
garganta.
—Cuando el Rey Pastor creó la carta del Tormento,
entregó una parte de sí mismo. —Cerré los ojos.
Ravyn habló en voz muy baja.
—Su alma.
Asentí.
—Eso fue lo que absorbí cuando toqué la carta del
Tormento de mi tío.
Ravyn y Elm me contemplaron, con los ojos muy
abiertos, como si nunca me hubieran visto de verdad.
—Pero si entregó su alma —susurró Elm mientras
bajaba la mirada hacia la carta del Tormento de su primo
— y tú la absorbiste, entonces la voz en tu cabeza…
La risa del Tormento inundó mi mente, lo que hizo que
el capitán se encogiese.
Levanté la mirada. Por fin la verdad salía de mi
interior, poco a poco.
—Es el Rey Pastor.
No había espacio suficiente en toda la casa Bonetero
que pudiera albergar el pesado silencio que cayó sobre
nosotros. Elm parecía estar a punto de gritar, con una
mano sobre la boca, los ojos verdes abiertos como platos
y el ceño fruncido a causa de la conmoción.
Sin embargo, la reacción de Ravyn fue lo que más me
asustó. Era de calma… Tenía el rostro impasible, como si
estuviera hecho de piedra.
—¿Y qué pasa con el resto de las cartas de la

413
Providencia? —inquirió—. ¿De verdad puedes verlas por
su color?
Aparté la vista.
—Yo no, pero él sí.
—¿Quieres decir que esa criatura —comenzó a decir
Elm mientras señalaba hacia la carta que Ravyn tenía en
la mano— es el Rey Pastor? ¿Qué es él quien nos ha
estado indicando dónde están las cartas?
—No es que hable por mí. —Me mordí la cara interna
de la mejilla—. Al menos, no a menudo.
—Pero sí que te ayuda —declaró Elm. La voz del
príncipe adquiría cada vez más volumen—. Por eso
puedes luchar… Por eso eres tan fuerte y rápida. ¿Cómo
si no ibas a haber sobrevivido al ataque de tu padre
aquella noche en el sendero? —Se giró hacia Ravyn y
cuadró los hombros en una postura defensiva—. Así fue
como hirió a Hauth…, como mutiló a Tilo. Él lo hizo por
ella.
No me molesté en negarlo.
—Él no me presta su fuerza a no ser que se la pida.
—Ah, que tiene ética —bufó Elm—. Esto se pone cada
vez mejor. Supongo que eso explica los ojos amarillos que
todos hemos estado viendo estas últimas semanas.
Apreté la mandíbula y, de repente, el dolor de cabeza
no fue nada en comparación con la desesperación
arrolladora que me atenazaba el pecho. Quería llorar,
recostarme sobre las almohadas y dormir durante cien
años. El daño que me causaba su escrutinio y el miedo
plasmado en las facciones de Ravyn eran más de lo que
podía soportar.
El capitán subió una mano por mi brazo.
—Danos un momento, Elm.
El príncipe se mostró reacio.
—Esto confirma todo lo que te había dicho sobre ella.
¡Ha estado mintiéndonos todo este tiempo!
Ravyn miró a su primo de reojo.
—Por favor, vete.

414
A Elm se le ensombreció el ceño. Se dio la vuelta, con
los hombros caídos, pero mantuvo la mandíbula tensa.
Bajo la sombra de su gesto, vi que sus ojos verdes
estaban entornados y vidriosos.
Cuando cerró la puerta tras de sí, Ravyn se giró hacia
mí con el ceño fruncido.
—¿Por qué no me lo habías dicho, Elspeth?
Giré el cuello y miré hacia la ventana.
—Solo sé lo que sé —le dije mientras apretaba los
dientes—. Mis secretos profundos son. Pero mucho tiempo
los he guardado, y así seguirán con tesón.
Ravyn me miró, con las cejas enarcadas.
«Ya lo has visto, igual que ellos —ronroneó el Tormento
—. Viste el color amarillo en sus ojos la noche en la que la
atacaste en el sendero del bosque. Los has visto
muchísimas veces desde entonces».
«No me correspondía a mí exigir respuesta —respondió
el capitán—, ¿Cómo podía saber que este era su
secreto?». Me apretó el brazo.
—¿Lleva once años dentro de tu cabeza?
—Atrapado —le dije—. Igual que yo. Y se está haciendo
más fuerte. Esa es mi degeneración. —Parpadeé y sentí
un peso en la mente, como si me hundiera—. Cada vez
que le pido ayuda, se fortalece.
—¿Alguna vez te ha hecho daño?
El Tormento siseó. «¿Daño? La protejo».
«Entonces, ¿por qué te estás fortaleciendo?», exigió
saber Ravyn.
Las garras del Tormento repiquetearon contra el suelo
oscuro de mi mente mientras se paseaba, inquieto.
«Cuando Serbal me arrebató la vida, mi alma perduró,
sellada en la carta del Tormento. Aguardé durante cientos
de años, consumido por la furia y la sal. —Su voz se
pegaba a mí, como si fuera cera—. Elspeth me sacó de la
carta, de la oscuridad. Así que la protegí de un mundo
que solo quería matarla. Hablé con ella a través de El
viejo libro de los Alisos. Entonces ya era bondadosa,

415
astuta. Pero le enseñé a ser cauta. Le otorgué mis
dones…, mi fuerza. No obstante, todo tiene un precio,
Ravyn Tejo. En especial, la magia».
La voz del capitán no fue más que un suave susurro.
«¿Y qué sucederá cuando seas demasiado fuerte para la
mente de Elspeth?».
El Tormento se limitó a rechinar los dientes a modo de
respuesta, y eso fue todo.
Mis pensamientos se sumieron en la oscuridad. Casi
podía sentir el pelaje áspero en la columna del Tormento,
como si lo tuviera debajo de la mano. Su voz sonaba
como cientos de pájaros que trinaban en mi mente.
—Era su castillo…, el que está en ruinas. El primer rey
Serbal lo hizo arder, y lo asesinó a él y a su familia. —
Levanté la mirada hacia Ravyn con los ojos anegados en
unas lágrimas saladas—. Está enterrado debajo de la roca
en la cámara que se halla en el castillo Tejo.
Volvieron a llamar tres veces a la puerta, esta vez con
apremio.
—Ahora no —espetó Ravyn.
—El rey quiere que bajemos —dijo la voz de Jespyr a
través de la madera de la puerta—. Ahora mismo.
—Dile que estoy ocupado.
—Levantará sospechas que no estés con nosotros,
Ravyn.
El capitán se pasó las manos por la cara. Las sombras
debajo de sus ojos eran más pronunciadas bajo la claridad
matutina.
—Enseguida voy.
Los pasos de Jespyr se desvanecieron escalera abajo.
—¿Qué quiere el rey? —pregunté—. Creía que todo el
mundo se quedaría aquí para otra noche más de
celebraciones.
—Sin duda querrá hablar sobre las patrullas —me
respondió—. Desde que el chico y sus padres huyeron, mi
tío ha exigido que los galenos hagan más inspecciones
por la ciudad. Nosotros los acompañamos. Volveré antes

416
de que anochezca.
Apartó su mano de la mía y le dio tres toques a su
carta del Tormento para poner fin a nuestra conexión.
Sentí tensión entre nosotros…, vacilación.
Sin embargo, cuando alargué la mano hacia él, ya
estaba junto a la puerta.
—Seguiremos hablando cuando regrese —me dijo—.
Descansa un poco, Elspeth.

Me quedé en la cama durante cinco minutos, tan nerviosa


que mis piernas no paraban de moverse bajo las mantas.
«Tienes que descansar —me dijo el Tormento—. El
veneno te ha debilitado».
Lo ignoré y balanceé las piernas sobre el borde de la
cama.
Un golpe en la puerta me hizo quedarme inmóvil. Me
senté, petrificada, a la espera.
—¿Hola?
La puerta se abrió con un chirrido y entró mi padre,
incómodo y con paso vacilante, como si yo fuera un
gigante dormido.
—No sabía si estarías despierta —me dijo.
No respondí. Estaba demasiado ensimismada con la
luz que emanaba de su bolsillo, cegadora y de un azul
zafiro.
La carta del Pozo.
—¿Te encuentras mejor? —me preguntó.
Le dediqué una leve sonrisa y me obligué a mantener
la calma. Cuando comenzaron a temblarme las manos,
cuando todo mi cuerpo fue consciente de la presencia del
Pozo, me senté encima de ellas.
—Estoy cansada, pero mejor.
Mi padre se detuvo al pie de la cama, con las piernas

417
separadas en consonancia con los hombros y las manos a
la espalda, como un verdadero destrero.
—Me he encontrado con Filick Sauce justo cuando se
marchaba. ¿Dice que estabas usando el Cáliz?
—No fui yo, sino el príncipe Hauth —respondí en un
tono frío—. Yo solo tuve la mala suerte de estar presente.
—Mmm. —Los ojos azules de mi padre recorrieron la
habitación—. Deberías tener cuidado con el príncipe
Hauth, Elspeth. No está… Es…
—¿Un hombre horrible?
Retorció la comisura de la boca.
—Es digno hijo de su padre.
No le pregunté qué quería decir con eso. Dudaba que,
aunque lo hiciera, fuera a responderme.
—¿Y Ravyn Tejo?
Enderecé la espalada.
—¿Qué pasa con él?
Se encogió, claramente incómodo.
—Los dos parecéis disfrutar del cortejo.
«Hasta que se ha percatado de que un rey que lleva
quinientos años muerto ocupa tu mente», dijo el
Tormento.
Intenté sonreír.
—Me gusta mucho.
Mi padre se metió la mano en el bolsillo, con los dedos
rígidos, y extrajo la brillante luz azul. Colocó la carta del
Pozo a los pies de mi cama y retrocedió lentamente.
Encima de la carta, sujeto tan solo con un trozo de cordel,
había un tallo seco de milenrama.
—Tu madre me obsequió con esta carta cuando nos
casamos —dijo en voz baja—. Se la había entregado su
padre, pero ella quería que la tuviera yo. «¿Para qué
necesito un Pozo? —me decía con su habitual tono
desenfadado—. Solo un hombre necesitaría una carta
para vigilar a sus enemigos».
Nunca hablaba de mi madre. Ver cómo se le ponían los
ojos vidriosos me desgarró por dentro.

418
—Quiero que sea tuya —prosiguió mientras tomaba
aire y se erguía un poco más que antes—. No tienes por
qué entregársela a Ravyn Tejo. No tienes por qué dársela
a nadie. Solo pensé que… —Apartó la mirada. La luz que
entraba por las ventanas se le reflejó en los ojos y su voz
no fue más que un susurro—. Si pudiera retroceder en el
tiempo y hacer las cosas de otro modo, lo haría, Elspeth.
No me dio tiempo a responderle. Y era mejor así, ya
que no sabía qué decir. Estaba demasiado sorprendida,
demasiado conmovida, demasiado conmocionada como
para saber qué decir, así que guardé silencio.
—Gracias —murmuré mientras mi padre salía por la
puerta.

Mi vestido negro se encontraba hecho un gurruño en el


suelo. Si lo había manchado de sangre, no se notaba en el
tejido oscuro. Me vestí y bajé con sigilo las escaleras
hasta la galería. La voz del rey resonaba con fuerza a
través de la casa mientras los invitados de mi padre
seguían dormidos.
Una nube de oscuridad emanaba de la planta baja. Los
destreros todavía no habían salido a patrullar. Me deslicé
por la galería y me asomé desde lo alto de la escalera.
Cuando los destreros comenzaron a salir, Ravyn y Elm
fueron los últimos en marcharse. Los contemplé. El rojo,
el violeta y el burdeos eran los únicos colores en ese mar
de negro.
Atraído por mi mirada, Ravyn se dio la vuelta y sus
ojos grises no tardaron en encontrarme en la escalera.
Su rostro era indescifrable mientras se me acercaba.
Me asomé por la barandilla y mi cabello largo quedó
tendido entre ambos.
—La carta del Pozo está en mi dormitorio —le susurré.

419
Abrió los ojos de par en par.
—¿Se la has robado a Erik?
—Me la ha dado él.
Enarcó una ceja.
—¿Sin más?
—Sin más.
Una pequeña carcajada le subió por la garganta.
—Enviaré a Filick a que vaya a ver cómo estás. Él se
llevará la carta al castillo Tejo.
Sentí entre ambos la misma tensión que antes, la
misma opresión. Me incliné un poco más sobre la
balaustrada de madera de la escalera. Solo pude llegar
hasta su hombro.
—Lo… Lo siento, Ravyn —me lamenté—. Siento no
habértelo dicho. No creía que fueses a confiar en mí. Y
necesitaba que lo hicieras si íbamos a reunir las cartas y a
curarme.
El capitán sacudió la cabeza y alargó una mano. Me
rozó la mejilla con la punta de los dedos.
—No me debes ninguna explicación, Elspeth. Fui yo
quien faltó a su palabra.
—Debería habértelo contado antes —le dije—. No sabía
cómo hacerlo.
Me dedicó una pequeña sonrisa triste.
—Lo sé.
Elm tosió mientras esperaba junto a la puerta.
Dirigí la mirada hacia los labios de Ravyn.
—¿Cuándo volverás?
—Esta noche —respondió, y me acarició los labios con
el pulgar.
Me besó el cabello negro con mucha delicadeza. Un
momento después, había cruzado el umbral de la casa
Bonetero y estaba en el patio, pisoteando con las botas
las primeras hojas rojas del otoño que caían del árbol
vetusto.
El Tormento me arañó la mente con las garras.
—Ten cuidado —le susurré al viento mientras Ravyn

420
Tejo desaparecía más allá de la puerta de entrada.
Si hubiera sabido que esas serían las últimas palabras
que le diría en voz alta, tal vez hubiera escogido otras.

421
CAPÍTULO 33

F ilick vino y se fue, con la carta del Pozo bien


guardada en su toga blanca de galeno. Lo
acompañé hasta la puerta, pero no me sentí con fuerzas
como para volver a mi habitación. Me quedé merodeando

422
por el salón, cerca del fuego. Balian me había traído un
caldo caliente al que le fui dando sorbitos mientras la
casa se veía inundada por los ruidos de los invitados
entusiastas.
No vi ni a Nerium ni a mis medio hermanas, y me sentí
agradecida por ello. Sí que esperaba encontrarme con
Ione en cuanto tuviera la energía como para mantenerme
en pie.
«No —le dije al Tormento cuando lo sentí revolverse—.
Quiero estar sola».
«Una lástima —me respondió mientras reptaba por mi
mente—. Alguien se acerca».
Me hundí en la silla y recé para que nadie se percatara
de mi presencia. Sin embargo, cuando la puerta del salón
se abrió, me quedé petrificada. Mi tío era la última
persona a la que esperaba ver.
Estaba buscando algo y giraba la cabeza en todas
direcciones. Cuando lo llamé por su nombre, dio un
respingo.
—Elspeth. —Tosió—. Ahí estás.
Me puse en pie como pude.
—Aquí estoy.
—He oído que estabas enferma. ¿Ya te encuentras
mejor?
Asentí con la cabeza.
—Una enfermedad pasajera.
Mi tío no parecía estar escuchándome. Tenía la mirada
distante, clavada en la chimenea y alejada de mí.
Entonces, tras una pausa brusca, me dijo:
—Tu tía está aquí. Te está buscando.
Una calidez me inundó el pecho y una sonrisa
incontrolable asomó a mis labios.
—¿Dónde está?
—Esperándote en tu habitación. Le dije que te llevaría
con ella. —Abrió la puerta y formó una línea fina y pálida
con la boca—. Si te parece bien.
Recorrimos las escaleras en silencio. Me sentía débil a

423
causa de los efectos secundarios del veneno. Tenía los
músculos agarrotados y me vi obligada a tomar varios
descansos. Mi tío iba detrás de mí. Sus pasos crujían
mientras subíamos las escaleras.
Cuando llegamos al descansillo del quinto piso y solo
nos quedaba una planta para llegar a mi dormitorio, mi tío
se estremeció.
Me di la vuelta, pero él apartó la mirada, con una
sonrisa forzada en sus labios pálidos.
—Estoy bien —me dijo—. Solo tengo frío.
Tal vez así fuera. En aquella parte de la casa siempre
hacía frío. Aun así, algo en su expresión me desconcertó.
Las líneas marcadas de su rostro, su piel increíblemente
pálida…, como si el que hubiese ingerido veneno hubiera
sido él y no yo.
Y, sobre todo, seguía sin mirarme. Sentí que se me
erizaba el vello de la nuca. Ladeé la cabeza.
—¿Va todo bien, tío?
Asintió con rigidez y señaló hacia las escaleras.
—Opal te espera.
«Oculta algo», murmuró el Tormento.
Seguí subiendo por las escaleras.
Cuando llegué a mi dormitorio, el viento soplaba a
través de la ventana abierta. La luz gris de la tarde
proyectaba unas sombras alargadas por el suelo de
madera. Por encima de mí, una tela de araña colgaba
entre las vigas, agitada por las corrientes de aire. Si no
hubiese estado allí esa misma mañana, prueba de ello era
la cama deshecha, habría pensado que la estancia estaba
completamente abandonada, con todo en calma, muerto
y frío.
Mi tía no estaba allí.
Sin embargo, Hauth Serbal se hallaba oculto entre las
sombras del armario.
El Tormento siseó con furia y arrastró sus garras por la
oscuridad. «Corre».
Pero era demasiado tarde. Mi tío se había colocado

424
detrás de mí y me obligaba a entrar en la estancia.
—¿Os encontráis mejor, señorita Bonetero? —inquirió
Hauth con la voz suave.
Me choqué de espaldas contra mi tío y el pánico
comenzó a cerrarme la garganta.
—¿Qué hacéis aquí?
El príncipe heredero sonrió.
—Le he pedido a vuestro tío que os traiga para que
podamos hablar.
Me giré para ver a mi tío.
—¿Habéis usado vuestra Guadaña con él?
Hauth esbozó una sonrisa.
—¿Queréis responder vos, Tyrn?
El rostro de mi tío me lo dijo todo. Tenía los ojos color
avellana fijos en el suelo y el ceño fruncido a causa de la
culpa. Clavé la mirada en él mientras esperaba a que
hablara, a que me dijera que eso no era real…, que se
había visto obligado a traicionarme y que no me había
llevado hasta el príncipe heredero por voluntad propia.
No obstante, no dijo nada.
—¿Qué queréis? —volví a preguntar con voz
temblorosa mientras me giraba hacia Hauth.
—Quiero la verdad —respondió el príncipe heredero—.
Con Ravyn de patrulla, sabía que por fin os tendría para
mí solo. Así que, respondedme, señorita Bonetero. —Bajó
la mirada hacia mi manga—, ¿Qué os ha pasado en el
brazo?
Estaba temblando y los dientes me rechinaban.
El príncipe heredero miró a mi tío y, con un tono
despectivo, le dijo:
—Podéis marcharos, Tyrn. Si alguien os pregunta,
aseguradles que Elspeth desea que no la molesten, que
está bien y durmiendo. —Me dedicó una sonrisa—. Si es
que a alguien le da por preguntar, claro.
—¡Tío! —lo llamé, tomándolo del brazo—. ¡No os
marchéis!
No fue capaz de mirarme. Se zafó de mí y me cerró la

425
puerta en la cara. Me abalancé sobre el pomo, pero ya
había echado la llave, dejándome encerrada dentro con el
príncipe heredero.
—¡Padre! —grité mientras aporreaba la madera—.
¡Quien sea! ¡Ione! ¡Balian! Ayuda…
Hauth estuvo a mi lado de inmediato y me tapó la
boca con rudeza con su enorme mano para sofocar mis
gritos.
—Silencio —me dijo al oído—. Solo quiero hablar. Nadie
tiene que salir herido.
Me tambaleé y me giré lo bastante rápido como para
abofetearlo. Le arañé la mejilla y la barbilla con las uñas,
y le reabrí las heridas que le había dejado hacía una
semana.
Hauth maldijo y se llevó la mano al bolsillo para
extraer su Guadaña.
—Quédate quieta —me ordenó.
Sentí la sal en la nariz y la magia fue tan potente que
me agarrotó los músculos. No podía moverme. Mi mente
intentaba zafarse de la influencia de la Guadaña. Apreté
los dientes y los puños. Cuando levanté la mirada hacia
Hauth, vi que tenía una sonrisa engreída.
—No te resistas —me dijo—. Solo conseguirás hacerte
daño.
Cerré los ojos. Se me agitó la respiración. No era el
primer príncipe que había intentado que me acobardase
ante la presencia de una carta roja. «No es real —me dije
a mí misma, y apreté más los dientes—. Mi mente ha sido
puesta a prueba, fortificada. La magia de la Guadaña no
es más que una lluvia fuerte…, una tormenta diseñada
para acobardarme».
Y ni el Tormento ni yo nos acobardábamos.
Rompí las cadenas a las que me sometía la Guadaña
con un grito gutural. Hauth abrió los ojos verdes de par en
par, boquiabierto. Me abalancé sobre él de forma salvaje,
golpeándole la mano con mi puño…, la que Ravyn le
había herido. Hauth siseó y dejó caer la Guadaña. Volví a

426
golpearlo. Le acerté con la palma de la mano en la
barbilla. Echó la cabeza hacia atrás con el rostro retorcido
a causa del dolor. Cuando abrió sus ojos verdes, los tenía
como ausentes.
Pero solo duró un momento. El príncipe heredero tenía
otra carta en el bolsillo.
Un Caballo Negro.
Una luz oscura resplandeció. No lo vi moverse, ya que
la carta le había proporcionado una velocidad repentina y
extraordinaria. Golpeé al aire, pero él me agarró por la
muñeca herida y me retorció el brazo hasta llevármelo a
la espalda.
—¡Soltadme! —grité.
Me lanzó hacia el otro extremo de la habitación.
Cuando intenté zafarme de él, me empujó contra la silla
de madera que Ravyn había ocupado esa misma mañana.
Me agarró de la garganta con firmeza con su enorme
mano.
—Sé que erais vos la que estabais en el bosque —
bramó—. Volved a gritar y esta vez no solo os partiré la
muñeca. Os romperé el cuello.
Rompió la sábana en tiras y me inmovilizó en la silla
con ellas, con las manos atadas a la espalda. Forcejeé
contra mis ataduras y sentí un dolor acuciante en la
muñeca rota.
—¿Qué queréis? —siseé.
El príncipe heredero recogió su Guadaña del suelo y le
dio tres toques.
—¿Creíais que soy idiota…, que ese día en el patio no
os iba a preguntar por vuestra muñeca rota y vendada? —
Flexionó la mano herida cubierta por un guante—. Llegué
a pensar que esa noche en el bosque habíais contado con
algún tipo de arma. Por el modo en el que me
arañasteis… —Recorrió sus propias heridas con los dedos
—. Estáis contagiada, ¿verdad, señorita Bonetero?
Me quedé lívida, invadida por un odio ardiente.
Hauth prosiguió.

427
—¿Por qué si no iba Ravyn a protegeros con tanto
fervor? —Su sonrisa era cruel—. Vuestro tío me lo ha
confirmado.
Sentí como si me estuviera asfixiando. Cuando intenté
hablar, mi voz sonó irregular.
—Mi tío… ¿Os lo ha contado?
Asintió, con un toque de burla, frío y despiadado. Se
guardó el Caballo Negro en el bolsillo y clavó la mirada en
la luz de la tarde al otro lado de mi ventana.
—Para ser justos, Tyrn intentó no delataros. Pero darle
cobijo a una niña contagiada es traición y conlleva una
muerte verdaderamente terrible. Todos sus esfuerzos por
encontrarla carta del Tormento, por negociar un puesto en
la corte, habrían sido en vano. ¿Y por qué? —Entornó su
mirada verde—, ¿Por una sobrina contagiada que le
encasquetaron hace once años? —Sacudió la cabeza—.
Tyrn puede conservar sus tierras, su título…, su vida. No
busco acabar con él. Pero necesitaba su ayuda. O más
bien, la vuestra.
No supe decir qué me daba más asco, si el hecho de
que mi tío, mi propia familia, me hubiera traicionado con
alguien como Hauth Serbal o que, en el fondo, no me
sorprendiera en absoluto.
—¿Que os ayude con qué? —inquirí.
Hauth cruzó los brazos contra el pecho.
—Ravyn —declaró, y curvó los labios hacia arriba—.
Quiero que me ayudéis con Ravyn.
Permanecí en silencio. El rugido del Tormento me
recorría y me quemaba la lengua.
—Últimamente ha estado ausente —siguió el príncipe
heredero—. Elm, Jespyr y él. Desaparecen durante las
patrullas, siempre juntos. Son uña y carne. —Apretó la
mandíbula— Y, por supuesto, han mantenido vuestra
infección en secreto. ¿Por qué iban a hacer eso, a no ser
que formara parte de una conspiración mayor?
Era una trampa… Una para Ravyn, Elm y Jespyr. Hauth
había proporcionado la jaula, mi tío había activado el

428
mecanismo y yo era el cebo.
Sentía que iba a vomitar.
—Ravyn no va a deciros nada —respondí mientras
aunaba un coraje que en realidad no sentía—. Estáis
perdiendo el tiempo.
—¿Seguro? —El príncipe heredero se inclinó tanto
sobre mí que nuestras caras quedaron a la misma altura
—. He visto cómo os mira. ¿Estaba en el bosque con vos
la noche en la que me atacasteis? —Sonrió—. Si quiere
que no le cuente a mi padre lo de vuestra infección, será
mejor que Ravyn me confiese todo lo que ha estado
tramando. Renunciará a su puesto de capitán. —Me
agarró de la cara, sujetándome la mandíbula con fuerza
con la palma de la mano—, Y después de eso —dijo
mientras me enseñaba los dientes—, si quedo satisfecho,
tal vez considere dejaros a ambos con vida.
La oscuridad se agolpó en mi cabeza como el humo en
un horno. Contemplé los ojos verdes de Hauth con esa
misma rabia que había sentido en el pecho el día en el
que había mutilado al destrero.
Le escupí al príncipe heredero en la cara.
Perdí la visión cuando los nudillos de Hauth, como si
fueran piedras, colisionaron contra mi mejilla. Solté un
gemido, con el rostro caliente allí donde me había
golpeado. «¡Ayuda! —le grité a la oscuridad de mi mente.
La muñeca herida me ardía mientras la retorcía contra las
sábanas que me inmovilizaban—. Esto no puede acabar
así».
El Tormento se enroscó en un rincón de mi mente. «No
sé qué sucederá, Elspeth —me dijo—. Tu degeneración ya
casi está llegando a su fin».
Pude ver el bonetero del patio a través de la ventana
de mi habitación. Sus ramas carmesíes se balanceaban
con valentía bajo la brisa otoñal. Susurré una despedida
que nadie iba a escuchar y cerré los ojos, perdiendo de
vista el bonetero y la habitación de mi infancia hasta que
no quedaron más que sombras. Sombras y el Rey Pastor.

429
«Te estoy pidiendo tu ayuda —le dije con la voz clara—.
Entiendo cuál es el precio que hay que pagar».
La oscuridad cayó sobre mí y sofocó mis sentidos. El
Tormento se encontraba allí, en el centro de todo, a la
espera…, observando. Cuando un golpe amenazador hizo
temblar la puerta, abrí los ojos de golpe. Escuché su voz
tan clara en mi cabeza que bien podría haber sido la mía.
«Tendrás que liberarte las manos».
Hauth se aproximó a la puerta.
—¿Quién es? —bramó.
Una voz sonó al otro lado de la madera.
Tiré de mi muñeca herida con todas mis fuerzas. Las
sábanas se me clavaron en los brazos y me dejaron la piel
en carne viva. Escuché cómo introducían una llave en la
cerradura y cómo se abría el cerrojo.
«Concéntrate», gruñó el Tormento mientras me
transmitía una magia ardiente por el brazo.
Apreté los dientes y cerré los ojos. La fuerza del
Tormento me reforzó los músculos mientras me
concentraba en las ataduras alrededor de la muñeca
derecha. Tiré con tanta fuerza que me desgarré la piel.
Cuando abrí los ojos, mi visión estaba plagada de motas
blancas.
El dolor a lo largo de mi brazo era intenso, caliente y
húmedo. Me resbalaba sangre fresca por los dedos y caía
al suelo, goteaba sobre la madera.
No obstante, ya tenía las manos libres.
La puerta se abrió de golpe. Escuché el ruido de un
metal y, cuando levanté la mirada, lo vi: alto, pálido y
vestido de blanco. En sus dedos largos portaba un
artilugio parecido a un guante con unas púas aterradoras
que salían de cada dedo.
Una garra de metal.
—Hola —dijo Orithe Sauce, que me miraba desde
arriba a través de unos ojos fríos—. Es un placer
conoceros al fin, señorita Bonetero.

430
CAPÍTULO 34

C ontemplé el bonetero desde donde me encontraba,


en el suelo. Su sombra se había alargado sobre la
piedra y la luz otoñal se desvanecía con premura a
medida que avanzaba la tarde.

431
«Regresarán de patrullar en cualquier momento —le
susurré a la oscuridad—. Nos estamos quedando sin
tiempo».
Por encima de mí, Hauth y Orithe hablaban en
susurros. De vez en cuando, el galeno me miraba, con
esos ojos extrañamente claros nublados.
Solo había tardado unos segundos en confirmar mi
magia y mi sangre manchaba ahora todo el suelo.
Después de eso, Hauth y él me habían dejado en paz. Se
habían apartado a un rincón de la habitación mientras
hablaban sobre Ravyn, Jespyr y Elm, sobre lo que podría
implicar su duplicidad, su traición. Durante un rato, casi
se olvidaron de mí mientras la sangre brotaba de mis
brazos, de la zona en la que me había liberado.
Las lágrimas me resbalaban por las mejillas y apretaba
los dientes al pensar en lo que tendría que haber hecho.
«Todo se ha ido al garete —dije hacia la oscuridad con la
voz entrecortada—. Aunque Ravyn no admita haber
robado las cartas o ser un salteador de caminos, saben
que ha ocultado mi infección. Da igual cómo lo venda,
está condenado. Lo matarán».
«Ravyn no tiene por qué morir —respondió el Tormento
con un tono inquietantemente tranquilo. Entonces, tan
silencioso que bien podría haberse tratado del viento que
se colaba por la ventana, dijo—: ¿Confías en mí,
Elspeth?».
Parpadeé a través de las lágrimas. «¿Acaso tengo
elección?».
«Querida mía, siempre has tenido elección».
Abrí los ojos como platos ante el sonido que emitieron
las puertas principales de la casa Bonetero, que
retumbaron desde el patio hasta mi ventana abierta.
—Ravyn —jadeé.
Los destreros habían regresado.
Hauth y Orithe se asomaron desde mi ventana y el
príncipe heredero esbozó una pequeña y amenazadora
sonrisa.

432
—Apaga la luz —le indicó a Orithe—. Mantente cerca
de la chica. Quiero dejarle muy claro a Ravyn que, si
intenta salir de esta luchando, no tendrás ningún
problema en atravesar el precioso cuello de su mascota
con un cuchillo.
El galeno me miró.
—¿No deberíamos avisar al resto de los destreros, mi
señor?
—Todavía no —dijo Hauth—. Ravyn es inteligente. Para
cuando mi padre lo detenga por haberle dado cobijo a
ella, se le habrán ocurrido infinidad de mentiras, y es
inmune a cualquier interrogatorio al que lo sometamos. —
Me miró de reojo—. Pero no nos dará problemas. Y menos
si la vida de ella está en juego.
Los pasos eran cada vez más ruidosos en el patio. Vi la
nube oscura que formaban los Caballos Negros al pasar
por debajo del bonetero, iluminada solo por un pequeño
cúmulo de color que, al estar junto a las otras cartas,
poseía el mismo tono rojo oscuro que el de las hojas que
caían del árbol.
Rojo. Violeta. Burdeos.
Ya casi estaban aquí.
La voz del Tormento atravesó mis pensamientos. «Ha
llegado la hora».
Grité. Incluso a través de la mordaza, mi grito inundó
la estancia…, como el aullido de un animal apresado en
una trampa. Cerré los ojos y dejé escapar el fuego de mis
pulmones. Las cuerdas vocales se me quedaron en carne
viva mientras el grito se alargaba, incansable.
Orithe fue el primero en llegar hasta mí, pero le asesté
una patada que le acertó en la rodilla. Cayó al suelo con
un golpe sordo. Volví a gritar. Mis dientes rasgaban la
mordaza.
—Ya basta —dijo Hauth al mismo tiempo que me
abofeteaba y buscaba el Caballo Negro en su bolsillo—. Te
juro que te partiré la cara si no te…
Salté de la silla y me abalancé sobre él.

433
El príncipe heredero saltó hacia un lado, tenía buenos
reflejos. Volví a abalanzarme sobre él, con los dedos
resbaladizos a causa de mi propia sangre. Esta vez le
acerté con la palma de la mano en la barbilla.
Cayó al suelo con un fuerte estrépito.
A mi lado, Orithe se había levantado, con los ojos muy
abiertos mientras corría junto a Hauth.
—¡Mi señor! —le dijo—. ¿Os encontráis bien?
Me sentía extraña dentro de mi cuerpo, débil y
poderosa al mismo tiempo. La fuerza del Tormento giraba
en mi interior como una rueda atascada en el fango. Corrí
hacia la puerta, pero Hauth ya estaba en pie de nuevo y
llevó todo su peso hacia su puño mientras me asestaba
un puñetazo en el estómago.
Tosí y me doblé sobre mí misma al quedarme de forma
violenta sin aire en los pulmones.
—Ayúdame a inmovilizarla —dijo el príncipe heredero,
agarrándome del pelo con la mano mientras me obligaba
a ponerme de pie.
Grité cuando las puntas de las garras de Orithe se me
clavaron en el brazo. Mi vestido negro no tardó en
absorber la sangre mientras sus cuchillas me desgarraban
la piel.
—Ponía en ese rincón —indicó Hauth—. Lejos de la
puerta.
Me arrastraron hacia el otro extremo de la habitación y
me tiraron contra la pared. Yací allí, mareada, y mi cuerpo
se estremecía a medida que la magia me quemaba por
dentro.
«¡Levántate! —me gritó la voz en la oscuridad—.
Levanta, Elspeth».
El galeno del rey se puso en cuclillas cerniéndose
sobre mí, con los ojos muy abiertos y pálidos mientras me
arremangaba.
—Se te están oscureciendo las venas, niña. ¿Qué clase
de magia posees?
No respondí. Me temblaba el cuerpo.

434
—Al rey no le agradará que te mate antes de
presentarte ante él —murmuró Orithe—. Así que, por
favor, por el bien de ambos, quédate quieta.
Siseé y le escupí sangre en su inmaculada capa
blanca.
El galeno estuvo a punto de sonreír…, eso si las
sonrisas se caracterizaran por ser amargas y cargadas de
lástima.
—Esos ojos —dijo—. Tan oscuros. —Se quedó
mirándome sin parpadear—. Son los mismos ojos que vi
detrás de una máscara negra el día de mercado, antes de
que el chico desapareciera entre la neblina.
Hauth levantó la cabeza.
—¿Vos lo ayudasteis a escapar? —me espetó.
Apreté la mandíbula y no dije nada, concentrando todo
el odio que sentía en mi mirada mientras contemplaba al
heredero al trono.
Hauth me miró con el ceño fruncido. De repente,
estalló en carcajadas.
—Fuisteis vos quien atacó a Tilo en la neblina, ¿no es
así? Tenía las mismas marcas que yo —comentó, y se
señaló los arañazos abiertos en su cara—. Solo que las
suyas casi le llegaban al hueso.
Cuando permanecí en silencio, desvió la mirada hacia
la ventana y se alisó la túnica.
—Habéis malgastado vuestra energía, Bonetero. Igual
que os he atrapado a vos, atraparé de nuevo a ese chico.
Ya sea mañana, en quince días o dentro de un año… —
Sonrió para sí mismo—. De igual modo, acabará en la
hoguera.
Un momento después, Hauth cayó al suelo, entre
toses, con la fuerza de todo mi cuerpo contra su pecho.
Comencé a asestarle un golpe tras otro en la cara. El
vigor del Tormento había sido tan poderoso que ni
siquiera Orithe me había visto moverme.
Hauth levantó las caderas y me tiró al suelo, aunque
no antes de que le partiera uno de los párpados. Me puse

435
en pie como pude, con mis reflejos más aguzados que
nunca. El príncipe heredero se limpió con furia la cara
mientras la sangre le entraba dentro del ojo. Se le había
caído la Guadaña al suelo entre ambos.
Se lanzó a por ella y le dio tres toques.
—¡Quieta! —me ordenó.
Una risa extraña y animal me atravesó. Dirigí la vista
hacia la carta en la mano del príncipe heredero.
—Esa carta no podrá ayudarte. Al menos, no contra mí
—dije con la voz viscosa—. ¿Y qué eres tú sin ella?
La garra de Orithe atravesó el aire, con las puntas de
las cuchillas a un suspiro de mi cara. Volvió a intentar
atacarme, una y otra vez, y todas las veces conseguí
esquivarlo.
Los ojos pálidos del galeno se abrieron de par en par
cuando me retorcí, con unos rápidos movimientos
antinaturales.
—¿Qué magia posee? —le preguntó a Hauth. Golpeó el
aire y volvió a fallar.
Podía ver el blanco del ojo de Hauth.
—Tyrn dice que no tiene.
Llegué a la puerta…, rocé el cerrojo con los dedos.
Tenía mi huida al alcance de la mano. Pero antes de poder
abrirla, la sal me inundó los ojos y la nariz. Tosí. Me
asfixiaba. Me había pillado por sorpresa.
La intrusión de la carta del Tormento.
«¿Elspeth? —me llamó la voz de Ravyn—. ¿Estás ahí?».
Quedé aturdida durante un segundo. Pero ese segundo
fue todo lo que Orithe necesitó para envolverme su
mortífera garra alrededor del cuello y apretar.
Me quedé petrificada. El movimiento de un solo
músculo del galeno marcaba la diferencia entre la vida y
la muerte.
—Vuestro padre querrá que lo informemos sobre esto
de inmediato, mi señor —jadeó Orithe—. Tenemos que
llamar a los destreros.
—Está esquelética —estalló Hauth, que dio un paso

436
hacia delante—. Ya la inmovilizo yo.
«¿Elspeth?», escuché a Ravyn en mi cabeza, con la voz
teñida de preocupación.
No tuve tiempo de responder. Un momento después, vi
las estrellas. La mano brutal de Hauth me agarró del pelo
y, con todas sus fuerzas, me golpeó la cabeza contra la
pared de piedra.
Me desplomé. Mi cuerpo cayó igual que la tierra sobre
una tumba.
Todo se volvió negro.
Sentí algo húmedo bajándome por el cuello y
acumulándose en el suelo alrededor de mi cabello,
caliente y pegajoso… Un halo oscuro de sangre.
—Le habéis partido la cabeza. —Escuché que decía
Orithe por encima de mí.
—Sobrevivirá —aseguró el príncipe heredero, que se
inclinó sobre mí. Me sacudió por los hombros con sus
enormes manos. Al no moverme, me abofeteó—.
Bonetero —bramó—. ¡Bonetero!
Pero yo ya estaba muy lejos de allí.
La voz de Ravyn desprendía pánico. «¡Elspeth!
¿Puedes oírme?».
El mundo se me escapaba. Los dedos de mis pies se
hundían cada vez más en la tierra oscura.
Vi el rostro de mi tía mientras se agachaba sobre mí
debajo de un aliso. Yo tenía las manos sucias por haber
estado arañando la tierra para arrastrarme hasta un lugar
seguro. Vi a Ione, la rebelde y dulce Ione, alargando la
mano hacia mí mientras recorríamos las abarrotadas
calles adoquinadas. Vi un ramo de milenrama en la mano
de mi padre y luego divisé mis ojos amarillos en el espejo,
el monstruo que me observaba en la oscuridad.
Vi a Ravyn Tejo contemplándome desde arriba. Pero no
había miedo ni resentimiento en sus claros ojos grises.
Solo preocupación… Preocupación y asombro.
«Ravyn —lo llamé. Se me escapaba la voz, cada vez
más distante, decidida—. No vengas a por mí. Hauth y

437
Orithe. Saben lo que soy. Están esperándote».
El capitán perdió todo el control en su voz y sus
palabras pasaron a transmitir preocupación. «¿Dónde
estás, Elspeth?».
«Te colgarán, Tejo —rugió el Tormento—. No puedes
salvarla».
«Pero sí que puedes encontrar los Alisos Gemelos,
Ravyn —dije en la oscuridad—. Aún puedes salvar a
Emory. —Me mordí el labio. Me temblaba la voz—. Pero no
podrás hacerlo si Hauth y Orithe van a por ti».
—Por los árboles. —El príncipe heredero suspiró por
encima de mí, sacudiéndome la cabeza mientras me
agarraba de la barbilla—. ¡Bonetero! ¡Despertad!
«Elspeth —murmuró el Tormento. Mi nombre era como
miel en sus labios—. Levanta».
Lo busqué en la oscuridad y, cuando mi mente acarició
ese pelaje áspero en su espalda, no se apartó. «No puedo
—le dije—. No puedo levantarme. Esta vez no. —Me sentía
pesada, enterrada—. Pero tú sí que puedes».
«Elspeth».
«Iba a acabar sucediendo de todas formas, Tormento.
Eres fuerte. Y yo… yo estoy muy cansada. Mi cabeza…».
La voz del monstruo no fue más que un susurro.
«Déjame ayudarte».
Me hundí aún más en la oscuridad. Unas nuevas
visiones cruzaron mi mente: lugares y personas a las que
no reconocía, desconocidos con los ojos amarillos. Todos
me sonrieron y el mundo a mi alrededor se meció, como
una marea.
No obstante, tan rápido como había aparecido, la
visión se desvaneció. Vi a un hombre correr a través de la
neblina, con niños detrás de él, sus rostros pálidos a
causa del miedo. Huían del castillo en llamas en lo alto de
la colina y desaparecieron en la cámara que había debajo
de los altos tejos.
Un chico con los ojos grises se hallaba en el borde de
la neblina, con la luz roja de una Guadaña apuntando al

438
suelo y un hombre enorme cuya capa lucía la insignia de
los Serbal.
Vi el castillo en llamas, reducido a cenizas. De repente,
mi mente se vio plagada de visiones de cientos de niños,
con las venas negras como la tinta, que gritaban mientras
los lanzaban a un infierno. Vi cómo la neblina se
oscurecía, cómo sus tentáculos se alargaban más y más,
aislando a Blunder del resto del mundo.
Siglos de rabia hirvieron en mi interior. El tiempo no lo
marcaban ni el sol ni la luna. El odio me emponzoñó la
sangre y me perdí en la oscuridad. Mi cuerpo se retorcía,
los huesos se me partían, las garras arañaban, los ojos se
me entornaban, hasta que mi cuerpo, monstruoso,
adoptaba la misma forma que el odio en mi corazón.
Un animal, una criatura de la oscuridad… Poderosa,
vengativa y rebosante de furia.
Lo último que vi antes de abrir los ojos fue a una niña
pequeña que se asomaba con timidez a un espejo, con la
mirada oscura plagada de miedo.
—¿Tienes nombre? —susurró.
Le dediqué una sonrisa y un recuerdo apareció en los
rincones de mi anciana mente. La magia extraña, la
misma hermosa maravilla, de los niños que había
conocido en el pasado. «Antes me llamaban rey —
respondí mientras agitaba la cola—. Pero eso fue hace
mucho tiempo».
—¿Cómo debo llamarte entonces?
«Nada, niña —dije, reptando de vuelta a la oscuridad
—. Solo soy el viento entre los árboles, la sombra y el
terror. El eco entre las hojas…, el tormento en la noche».

Me desperté de golpe con un ataque de tos y mi mente


inundada por la voz de Ravyn.

439
«¡Elspeth! —gritaba—. Maldita sea, Elspeth, aguanta.
Estamos en las escaleras. —Le temblaba la voz—. No
tienes por qué hacer esto sola».
Hauth Serbal se cernía sobre mí mientras me agarraba
de la barbilla.
—Aquí estáis —me dijo—. Resulta que al final no estáis
muerta. —La confusión cruzó sus facciones. Frunció el
ceño y se acercó más a mí—. ¿Qué le pasa en los ojos,
Orithe?
—¿En los ojos, mi señor?
—Se le han puesto amarillos. Como si fuera un gato.
El galeno se acercó y me recorrió la mejilla con su
garra de metal.
—Qué extraño —dijo—. Hace un momento los tenía
oscuros.
Miramos a Orithe con la comisura de nuestros labios
curvada, como si tirara de ella un hilo invisible. Cuando
Ravyn intentó llamarnos, apretamos los dientes y lo
expulsamos de nuestra mente. «No intentes salvarnos,
Ravyn Tejo —dijimos el Tormento y yo. Nuestras voces se
entremezclaron en una disonancia extraña y reverberante
—. No podemos ser salvados».
Atacamos sin temor.
La mirada de Orithe fue desorbitada y reculó. Pero era
demasiado tarde. El Tormento empleó toda nuestra fuerza
para arrancarle el guante de cuchillas de la mano,
partiéndole los dedos y despellejándolo.
Entonces, se lo metimos con gran vigor por la
garganta.
Orithe profirió un grito gorgoteante y se salpicó de
sangre la toga blanca. Se desplomó contra el suelo. La
conmoción y el miedo fueron las últimas cosas que
cruzaron sus ojos lechosos antes de quedarse
completamente inmóvil. La sangre fue el último indicio de
vida mientras goteaba, sin control, desde sus venas:
oscura, mágica y fatal.
Hauth retrocedió.

440
—¡Detente! —ordenó.
Sonreímos y, cuando nos pusimos en pie, el mundo a
nuestro alrededor se desvaneció. Tiempo y espacio,
príncipe y rey, niño y ánima. Lo único que permaneció fue
la magia…, negra como la tinta.
Poderosa, vengativa y rebosante de furia.
Nuestra voz era viscosa. Hauth nos miró fijamente a
los ojos. Nos dirigimos hacia él, acorralándolo en un
rincón de la estancia.
—Llegaron por la noche —dijimos—, la horda negra y
roja. Quemaron mi castillo, mataron a mi familia. El
usurpador fue coronado, a pesar de que mi sangre ni se
había secado aún. Sin embargo, él no esperaba ese
cambio en la marea. Nada es seguro y todo tiene un
precio. Las deudas persiguen a todos los hombres, sin que
importe su súplica. Cuando el Pastor regrese, será un
nuevo día. Muerte a los Serbal…
»Y larga vida al rey.
La mejilla de Hauth se partió bajo nuestra mano. Se
desplomó contra el suelo y jadeó. Su rostro perdía color y
la sangre le brotaba desde la boca.
Bajé la mirada hacia él, sin sentir ninguna lástima.
«Esto es el fin, ¿verdad? —murmuré mientras la oscuridad
se apoderaba de mi visión—. Ahora desapareceré, y tú…
te quedarás».
«Era inevitable —dijo el Tormento, hablando en voz
cada vez más alta—. Esta es tu degeneración, Elspeth
Bonetero. Todo tiene un precio».
El aire a mi alrededor se enrareció. Parpadeé para
intentar alejar la oscuridad, como una niña que se resistía
a quedarse dormida. «Prométeme que ayudarás a Ravyn.
Y que salvarás a Emory».
«Ha llegado la hora, querida», ronroneó, arrullándome
para que me durmiera.
«¡Prométemelo!».
El Tormento soltó un suspiro.
«Prometo ayudar a los Tejo en todos sus cometidos».

441
Cerré los ojos y un último suspiro se me escapó de
entre los labios. La historia… Nuestra historia. La del
Tormento y la mía.
—Había una vez una joven —dije— perspicaz y
bondadosa que largo tiempo estuvo en el bosque,
escondida entre las sombras. Había también un rey, un
pastor por su cayado, que reinaba sobre la magia y
escribió el viejo libro en el pasado. Los dos estaban muy
unidos, así que en uno se fundieron…
Lo último que escuché antes de acabar sepultada por
la oscuridad fue la risa sedosa del Tormento, perversa y
decidida. «La joven, el rey… y el monstruo en el que se
convirtieron».

442
CAPÍTULO 35

L as mazmorras eran la parte más fría del castillo.


El capitán de los destreros y el príncipe
aguardaban juntos y en silencio. Todavía no había
amanecido. Ravyn daba suaves golpecitos con sus botas

443
contra el suelo de piedra para evitar perder los dedos de
los pies a causa del insoportable frío.
—¿Has dormido algo? —le preguntó Elm, que exhalaba
aire por las fosas nasales mientras paseaba por la
antecámara. Había tirado una pequeña piedra al suelo.
Elm la pateó una y otra vez, con los párpados pesados.
Ravyn hizo rechinar los dientes y el nudo en su
estómago se tensó.
—No dejo de tener pesadillas —confesó mientras se
frotaba los ojos con las palmas de las manos.
No tardó en apartar las manos y unos ojos amarillos
aparecieron ante él. Incluso ahora, tres noches después,
seguía viéndolos con claridad en sus pensamientos. No
podía escapar de ellos. Esa noche en la casa Bonetero se
le había quedado grabada en la mente con una claridad
pasmosa.
Todo había sucedido muy rápido.
Las sombras los habían seguido como si fueran
demonios mientras subían las escaleras de caracol de la
casa Bonetero. Ravyn había acelerado el paso, con el
corazón desbocado. Cuando llegó a la pequeña puerta del
sexto piso, golpeó la madera con las manos mientras la
llamaba con su carta del Tormento.
Pero solo se encontró con el silencio.
—¡Elspeth! —gritó, y el miedo lo envolvió como una
soga alrededor del cuello.
A Elm se le habían puesto los nudillos blancos por
forcejear con el cerrojo.
—Está cerrado.
—Rómpelo —estalló Ravyn, que se giró hacia Jespyr y
el Caballo Negro que tenía su hermana en la mano.
Necesitaron asestar tres patadas para tirar la puerta
abajo. Las astillas salieron volando como agujas de pino
durante una tormenta.
—¡Elspeth! —la llamó Ravyn mientras se abría camino
hacia la habitación. Sus botas resbalaron sobre un líquido
oscuro que se acumulaba en el suelo de madera.

444
—Me cago en… —jadeó Elm—, ¿Qué ha pasado aquí?
El capitán escudriñó la estancia. Divisó el cuerpo sin
vida de Orithe y luego a la mujer desplomada contra la
pared más alejada. El viento que entraba por la ventana
abierta le revolvía el largo cabello oscuro.
—Elspeth —la llamó mientras se abalanzaba sobre ella
—. ¡Elspeth!
Tenía la piel fría al tacto. Ravyn le pasó una mano por
la mejilla y el estómago le dio un vuelco. Tenía el rostro
amoratado y ensangrentado. El vestido estaba
desgarrado a la altura de la manga y tenía el brazo
cubierto de sangre seca y con unas marcas de garra
claras y distintivas.
—Está muerto —declaró Elm, que se había inclinado
sobre Orithe—. Sin lugar a dudas.
—Elspeth —volvió a llamarla Ravyn mientras le recorría
la piel con los dedos hasta por debajo de su mandíbula
pálida, en busca de un latido. Cuando la joven se movió y
tosió con violencia, el capitán sintió cómo se aligeraba la
carga de sus hombros—. Elspeth. —Le temblaron las
manos sobre la mandíbula de ella—. ¿Te encuentras bien?
—Hauth sigue vivo —dijo Jespyr desde el otro extremo
de la habitación—. Aunque a duras penas. Sus piernas…
No las tiene bien.
Sin embargo, Ravyn estaba demasiado concentrado en
Elspeth Bonetero y en sus respiraciones largas y
profundas como para prestarle atención a cualquier otra
cosa. Le recorrió el cabello con dedos temblorosos. El
alivio era tan dulce que casi podía saborearlo.
—Creía que estabas muerta —susurró.
—No lo estoy —respondió ella, con su voz
extrañamente calmada—. Solo… acabo de despertar.
—No te incorpores demasiado rápido —le advirtió
Ravyn. La joven tenía el cabello de la nuca lleno de
sangre—. Tómate tu tiempo.
—Ya he descansado bastante —dijo ella—. Más de lo
que te puedas imaginar.

445
Mantuvo los ojos cerrados mientras Ravyn la ayudaba
a incorporarse despacio.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó él, examinando por
primera vez el caos a su alrededor.
—Iban a delatarte —respondió de forma brusca y seca
—. Todo por lo que has trabajado tan duro iba a
desvanecerse en tan solo un momento.
—Lo… ¿Lo has matado? —Jespyr parpadeó con los ojos
clavados en el cuerpo sin vida de Orithe.
Elspeth se miró las manos, con las uñas oscuras y
cubiertas de sangre.
—Su garra fue la que inició la masacre de muchísimos
niños con magia —contestó mientras flexionaba los dedos
como si fueran zarpas—. Se merecía morir del mismo
modo.
La voz de Elm sonó vacía.
—Íbamos a usar su sangre para salvar a Emory. Y tú
acabas de derramarla por todo el suelo.
Elspeth hizo como si no lo hubiera oído. Cuando habló,
su tono fue de calma.
—Deberíais llamar a los destreros. Es mejor que sepan
que esto es solo obra mía.
Ravyn y su hermana intercambiaron una mirada.
—¿De qué estás hablando?
—Está sangrando —murmuró Elm— Miradle la cabeza.
Ravyn se acercó más a Elspeth, desesperado por
tenerla cerca de él, por sentirla segura entre sus brazos.
Sin embargo, cuando le tocó el hombro con los dedos, ella
se apartó con una mueca en los labios.
—No me toques —le dijo, con sus brillantes ojos
amarillos.
Amarillos.
Amarillos como la llama de una antorcha. Amarillos
como las monedas que el capitán coleccionaba de niño.
Amarillos y no negros.
El alivio se transformó en terror en la boca del
estómago de Ravyn. «Elspeth —llamó hacia la oscuridad

446
—. ¡Elspeth!».
Pero no había más que silencio.
Entonces, como una serpiente que saliera reptando de
debajo de las rocas, el Rey Pastor habló: «Ahora está
tranquila, Ravyn Tejo. Déjala descansar».
«¿Qué diantres has hecho?», gritó Ravyn, ahondando
aún más en la oscuridad.
«Me ha liberado —declaró el Tormento, que inundó la
mente del capitán como si fuera humo—. Estoy aquí para
ayudarte».
Ravyn se alejó de la criatura con la piel de Elspeth
Bonetero. «Déjala salir —le gritó, con la voz teñida de
miedo y rabia—. Déjala salir ahora mismo o te juro
que…».
«¿Qué harás? —Los labios de la joven se curvaron—.
¿Cómo vas a herirme sin hacerle daño a ella?».
Elm dio un paso hacia delante y recorrió con la mirada
el rostro de Elspeth, sus ojos amarillos, como de gato.
—¿Qué está pasando? —inquirió, y dirigió la mirada
hacia su primo—. ¿Qué ha hecho?
—No es Elspeth —dijo Ravyn con manos temblorosas
—. Es él.
Pero el monstruo detrás de los ojos de Elspeth se limitó
a clavar la vista al frente, trazando con los dedos de la
joven un ritmo invisible mientras extendía las manos con
las muñecas juntas delante de ella.
—He matado al galeno del rey y he mutilado al
heredero al trono —declaró—. Estoy contagiada con
magia. —Se pasó los dientes por el labio inferior y curvó
la boca en una sonrisa retorcida—. Me entrego al capitán
de los destreros a la espera de las pesquisas del rey.

Elm le dio una patada a la piedra, y la lanzó contra la

447
puerta de las mazmorras. El golpe provocó un estruendo.
Ravyn dio un respingo y salió de sus pensamientos.
—Sea o no el Rey Pastor —le dijo a su primo, con la voz
ronca por el desuso—, ha dejado claro que quiere
ayudarnos.
Elm levantó la mirada.
—No puedes estar planteándote confiar en él.
—Y no lo hago —replicó el capitán—. Aun así, si no
fuera por él, tal vez seríamos nosotros los que
estuviéramos en esa celda.
El eco de unos pasos resonó desde la parte alta de la
escalera. La luz amarilla de una antorcha iluminó las
paredes a su alrededor.
—Ya están aquí —comentó el príncipe mientras se
enderezaba.
El rey Serbal conducía a los destreros hacia las
mazmorras. Sus pasos sonaban con fuerza contra los
escalones de piedra. Tenía el ceño fruncido y un gesto
decidido. Aun así, no podía ocultar su propia falta de
sueño. Unas sombras oscuras le habían aparecido debajo
de sus ojos verdes.
Su voz estaba teñida de rabia.
—¿Y bien?
—Cuando vos digáis, tío —le indicó Ravyn.
Jespyr y un segundo destrero sacaron unas llaves
idénticas de sus capas. Cuando giraron las cerraduras,
primero una y luego la otra, la antecámara retumbó.
—Allá vamos —dijo Jespyr mientras abría la puerta.
La zona norte de las mazmorras estaba oscura. Peor
aún, estaba sumida en el silencio. Hacía tres días que el
rey había ordenado que se vaciaran el resto de las celdas,
ya que temía que Elspeth Bonetero pudiera emponzoñar
las mentes de otros prisioneros con su magia peligrosa y
oscura.
Cuando llegaron a la última celda del pasillo, se
detuvieron y encendieron las antorchas de las paredes. La
luz amarilla iluminó un cuerpo acurrucado y dormido

448
sobre el suelo helado.
Ravyn tenía los puños apretados. El nudo de su
estómago le subía por la garganta, asfixiándolo. Elspeth
parecía tan tranquila, tan inmóvil, tan similar a la mujer
que él había tenido entre sus brazos…
Solo que no lo era. Ahora era otra cosa. Y pensar que
tal vez hubiera desaparecido para siempre le dolía más de
lo que nunca hubiera imaginado.
Sin embargo, no podía dejar que se notara…, no podía
ni pensarlo. Ravyn permaneció con el resto de los
destreros, obligándose a ocultar todo el miedo, el dolor y
el anhelo detrás del muro de piedra que había erigido
alrededor de su corazón. Sus facciones permanecían
impasibles, como si estuvieran congeladas, mientras la
contemplaba a través de los barrotes de hierro con el
resto de los presentes. Tenía la mandíbula apretada con
determinación.
Encontraría la última carta. Haría desaparecer la
neblina. Le salvaría la vida a Emory.
Y liberaría a Elspeth Bonetero de la oscuridad que la
había consumido.
—¿Por qué no está encadenada? —bramó el rey.
Los destreros se movieron, incómodos.
—No pudimos encadenarla, mi señor —dijo Aulaga—.
Era muy arriesgado.
—¿Arriesgado? Si solo es una muchacha.
—Su magia… —dijo otro, con el miedo palpable en su
voz—. Varios de nuestros hombres tuvieron que ser
atendidos por los galenos por las laceraciones profundas
que sufrieron.
El rey Serbal irguió los hombros.
—Levantadla.
La mazmorra reverberó cuando dos destreros
desenvainaron sus espadas y golpearon el acero contra
los barrotes de hierro de la celda. El sonido se extendió
por todo el lugar, con su siniestro eco retumbando por el
pasillo.

449
Elspeth se movió y se sentó. Su largo cabello oscuro
estaba tieso a causa de la sangre seca. Su aliento parecía
formar vaho al salir por sus fosas nasales, pero no
temblaba. Parecía indiferente ante el frío.
Ravyn observó cómo se le dilataban las grandes
pupilas negras de sus ojos amarillos, que recordaban a las
de un gato en la oscuridad.
—Mi capitán me ha dicho que no queréis hablar con él
—expuso el rey—. Que solo accedéis a hablar conmigo.
Elspeth giró el cuello y estiró los brazos uno tras otro.
—Me ha dicho que estáis contagiada —prosiguió—.
Que podéis ver las cartas de la Providencia.
La joven retorció la comisura de la boca mientras
asentía con rigidez.
—Y que tenéis algo que ofrecerme a cambio de vuestra
miserable vida.
Otro asentimiento, este acompañado del rechinar de
sus dientes al abrir y cerrar la boca de golpe. Clic, clic,
clic.
—Pero habéis matado a mi galeno —siguió el rey, con
la voz cargada de ponzoña—. Y mi hijo, en caso de que
sobreviva, nunca volverá a ser el mismo. Sois uno de los
enemigos más viles que se pueden tener. —Se inclinó
contra los barrotes—. No hay nada que podáis ofrecerme
que vaya a darme más satisfacción que observar cómo
sufrís una muerte lenta y espantosa.
Elspeth ladeó la cabeza y entornó sus ojos amarillos.
—¿Habéis bajado hasta estos calabozos helados solo
para decirme eso, usurpador?
El rey Serbal golpeó los barrotes con las palmas de las
manos y sus anillos de oro tintinearon contra el hierro.
—He venido a deciros que sois una abominación. —Su
control dio paso a una rabia ardiente y desenfrenada—.
Una enfermedad. Y me encargaré de que todos los que os
han dado cobijo acaben eviscerados como animales.
Ravyn y Elm intercambiaron una mirada de
desesperación.

450
Sin embargo, Elspeth se limitó a sonreír.
—¿Sin ni siquiera escuchar mi oferta?
La furia del rey hizo que se le trabase la lengua.
—No tenéis nada que pueda querer.
Elspeth se levantó del suelo de la celda. Cuando
estuvo en pie, se le curvó la columna, como si la doblara.
—Entonces, matadme —murmuró—. Eso no importa.
Aunque lo hagáis, no moriré. Soy el pastor de las
sombras. El fantasma del miedo. El demonio de los
sueños. —Desplazó la mirada amarilla hacia Ravyn—, Por
la noche, el tormento.
El rey Serbal fue a hablar…, a golpear una vez más los
barrotes con las manos. Pero algo en la mirada de Elspeth
le hizo detenerse y que la rabia se le atorase en la
garganta.
La joven se desplazó por la celda con unos
movimientos tan rápidos que algunos de los destreros
retrocedieron.
Una sonrisa ancha e inquietante le hizo separar los
labios.
—Matadme, usurpador, y jamás reuniréis toda la
baraja, jamás curaréis la infección. La neblina continuará
extendiéndose. El Ánima del Bosque acabará con todo
Blunder y con todos los que están aquí. Tal vez yo
desaparezca después de que mi cuerpo sufra los estragos
de la violencia y el tiempo, pero dentro de cien años
seréis vos, Serbal, quien acabaréis siendo olvidado.
Vuestro castillo se verá reducido a cenizas. Los huesos de
los destreros repiquetearán al ser movidos por el viento,
colgados en las ventanas por los niños para ahuyentar a
los cuervos. Vuestro linaje se pudrirá, vuestras cartas de
la Providencia se perderán. Ya he visto todo eso antes,
Serbal. Y huelo cómo se aproxima ahora a nosotros. La sal
de la magia en el aire…, el cambio en la marea.
El silencio atravesó las mazmorras. El rey Serbal
contempló a la criatura escondida bajo la piel de Elspeth,
y el monstruo le devolvió la mirada con esos astutos ojos

451
amarillos.
—¿Qué es lo que queréis? —susurró el rey.
Elspeth acarició los barrotes con los dedos, con sangre
seca bajo las uñas.
—Lo mismo que vos —susurró mientras recorría todo el
ancho de la celda—. Quiero reunir la baraja. Pero antes,
debéis dejar que Emory Tejo regrese con sus padres.
A Ravyn se le cortó la respiración. A su lado, Elm y
Jespyr se habían quedado petrificados, con unas
expresiones entre el miedo y el asombro.
—¿Y por qué iba a hacer eso? —El rey dio un paso
atrás—. Debéis saber que necesito su sangre.
—Ya descubriréis que no es así —aseveró Elspeth—. No
cuando ya tenéis la mía.
—¿Intercambiaréis vuestra vida por la del chico?
—Esa es mi oferta.
Ravyn activó la carta del Tormento que llevaba bajo la
capa, y se asomó a la oscuridad en busca de algún rastro
de Elspeth. Necesitaba escuchar su voz…, saber que
seguía allí…
Pero no había nada. El Rey Pastor había bloqueado a
Ravyn por completo.
—¿Y qué obtendré a cambio de prolongar vuestra
miserable vida hasta el solsticio? —exigió saber el rey. La
incertidumbre había conquistado su voz.
Elspeth siguió paseando por la celda. Solo se detuvo
cuando quedó frente al rey.
—Obtendréis los Alisos Gemelos —declaró, dejando
salir las palabras como si fueran la seda de una araña—.
La carta que tanto anheláis, pero que no conseguís
encontrar. La última.
El rey Serbal estuvo a punto de atragantarse con sus
palabras.
—La carta de los Alisos Gemelos lleva perdida desde
hace cientos de años —dijo—. ¿Qué os hace pensar que
podéis encontrarla?
Elspeth bajó la voz hasta que solo fue un susurro,

452
retorció su columna y entornó sus ojos amarillos,
perversos e infinitos.
—La carta de los Alisos Gemelos se halla escondida en
un lugar sin tiempo. En un lugar de gran dolor, sangre y
excesos. Entre árboles centenarios, donde la neblina
profunda es, se encuentra la última carta, latente, a la
espera. El bosque desconoce el camino…, ningún sendero
lleva hasta allí. Solo yo puedo encontrar los Alisos
Gemelos…
»Pues fui yo quien los puso allí.

453
AGRADECIMIENTOS

Entré en el mundo editorial de puntillas. Y aunque mis


pasos han ido volviéndose más seguros, mis huellas
siguen siendo tenues, ya que hay gente a mi lado que me
lleva en volandas.
A John, mi marido, que presume de mí, que me
sostiene y me da fuerzas, que siempre tiene la respuesta
correcta y me dice «¡suena escalofriante!» cuando dudo
de mí misma. Gracias. Te quiero. Este libro existe en gran
parte por los ánimos que me has dado y tu incansable
trabajo como compañero y padre.
A Whitney Ross, mi agente, de quien nunca puedo
dejar de hablar… Eres la mejor. Gracias por ver el alma de
Una ventana a la oscuridad a través de las zarzas y por
trabajar conmigo para convertirla en la historia que es
hoy. ¡Nada de esto habría sido posible sin ti!
A mi familia, grande y pequeña. A mamá, papá y Ben.
Mi imaginación y mi amor por las historias empezó con
vosotros. Gracias por quererme y por comprarme siempre
libros. A Molly, cuya ayuda con Owen hizo que pudiera
gestionar mis revisiones y mis otras miles de tareas
relacionadas con el libro. Tienes mi agradecimiento y mi
cariño.
A mis amigos. A aquellos que siempre me preguntan
por lo que escribo con una alegría pura y siguen
preguntándome, aunque me dé demasiada vergüenza

454
responderles. Leah, Grace, Shannon, Lena, Laura, Katy.
Sois mis soles. Gracias por preguntarme siempre.
A mi editora, Angeline Rodríguez. Gracias por
ayudarme a inyectarles a estos personajes la angustia
que necesitaban. Y a todo el equipo de Orbit, la gratitud
que os debo es del tamaño de una montaña. Ha sido un
placer trabajar con vosotros y ha sido un honor ver cómo
mi historia se transformaba en un libro.
A todos mis lectores y a los autores que han aclamado
Una ventana a la oscuridad con tanto entusiasmo,
¡gracias! Mis historias siempre habían sido solo para mí
hasta que entré en la comunidad literaria. Ahora son para
todos nosotros. Estoy deseando seguir compartiendo
historias con vosotros. Gracias por ayudarme a convertir
esto en el trabajo de mis sueños.
A Sarah García. Sé que este libro es demasiado
aterrador para ti, y sé que te lo leerás de todas formas.
Gracias. Por todo.
Y, por último, porque, aunque fuera de puntillas, no
dejé de avanzar, me gustaría agradecérmelo a mí misma.
Por mi trabajo duro. Por mi espíritu peculiar, sensible e
imaginativo. En el fondo de mi ser, siempre supe que lo
conseguiría.

455
RACHEL GILLIG nació y creció junto a la costa de California. Además de
escritora, es profesora y se licenció en Teoría y Crítica Literarias en la UC
Davis. Si no está acurrucada entre mantas soñando con su próxima novela,
Rachel está en el jardín o dando un paseo con su marido, su hijo y su perro,
Wally.

456

También podría gustarte