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Días de Guerra

La historia narra la experiencia de una niña y su hermano durante un bombardeo en su pueblo, Santa Cruz, donde buscan refugio y protección en medio del caos y el miedo. Tras ser evacuados al hospital, enfrentan la incertidumbre sobre el paradero de sus padres y la escasez de recursos mientras la guerra continúa. Finalmente, al salir del hospital tras el fin de la guerra, se encuentran con un pueblo devastado y la indiferencia de quienes planean reconstruir sin recordar las tragedias ocurridas.
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Días de Guerra

La historia narra la experiencia de una niña y su hermano durante un bombardeo en su pueblo, Santa Cruz, donde buscan refugio y protección en medio del caos y el miedo. Tras ser evacuados al hospital, enfrentan la incertidumbre sobre el paradero de sus padres y la escasez de recursos mientras la guerra continúa. Finalmente, al salir del hospital tras el fin de la guerra, se encuentran con un pueblo devastado y la indiferencia de quienes planean reconstruir sin recordar las tragedias ocurridas.
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Días de guerra

Por Luciana Simone Brancacho Pérez


Esa noche estaba especialmente fría. Por eso estaba más pegada a mi madre que de
costumbre en la cama que compartíamos desde que tengo memoria. Buscaba su calor y su
protección, sobre todo porque en las horas de la madrugada bajaba aún más la temperatura y
el hielo congelaba tanto como los malos recuerdos.

Mi padre dormía con Amín en la otra cama, contigua a la nuestra. Quizá también sentían frío.

Mi madre decía que no podíamos prender la hoguera en la noche porque era peligroso. Un
posible incendio o una señal que llamara la atención sobre nuestra presencia allí causaba
ansiedad en ella. Y la entiendo. Teníamos que sobrevivir al desgarrador y penetrante frío en
las noches con lo poco que podíamos.

Trataba de cerrar mis ojos y descansar un poco cuando un ensordecedor ruido me


estremeció, el cielo se iluminó y ráfagas de luz fugaces se reflejaron en nuestro pequeño
dormitorio. Permanecimos inmóviles durante los siguientes minutos sintiendo cómo las
detonaciones se sucedían unas tras otras y cuando el silencio volvió solo escuché la
respiración acelerada de mi madre y el llanto bajito de Amín.

Con dificultad logré desprenderme de los brazos de mi madre y me deslicé a la otra cama.
Abracé a Amín y en medio de la oscuridad pude sentir su cuerpo húmedo, mientras él
intentaba apretar su mano contra la mía.

Pronto comenzaron afuera los gritos y el sonido angustiante de las sirenas. La respiración de
Amín se tornaba como la de mi madre y yo aún escuchaba un poco lejos las alarmas. Lo besé
en la frente y le dije que en poco tiempo llegarían por nosotros.

Las advertencias ya llevaban tres semanas. El alcalde del pueblo había avisado por parlante.
El párroco lo decía en cada misa que oficiaba y la gente lo rumoraba sin parar. Todos
sabíamos que iba a ocurrir, pero cada día creíamos que ese no sería, aunque las noticias que
llegaban constantemente informaban de muertos y heridos todos los días en distintas partes
del país.

Santa Cruz había sido siempre un pueblo tranquilo. Con excepción de dos o tres sucesos que
habían roto con la monotonía y la paz del lugar, nunca sucedía nada extraordinario o
peligroso. Según la visión de mi madre, Santa Cruz podía ser un paraíso eterno, con días
interminables y una vida buena, grata y larga, o un infierno insoportable si por azahares del
destino llegaba a pasar algo malo o extraño en el caserío, como cuando doña Josefa maldijo
al pueblo luego de que la fuerza de una gran avalancha se llevara a su hijo y la anciana se
quedara sola y destrozada de dolor.

A causa de esa maldición, los habitantes de Santa Cruz sufrieron mucho. Yo no había nacido,
pero cuentan mis padres que el pueblo se enfrentó a una gran hambruna. Fueron muchos
años en los que o las intensas lluvias devastaron los cultivos o el inclemente verano secaba
los ríos y los árboles, a lo que se sumó que la poca comida que llegaba al lugar en camiones
desde otros lugares era interceptada por ladrones que vaciaban los contenedores.

Pero todo fue por la maldición de la anciana porque mi madre decía que en Santa Cruz no
había ladrones. Por todo lado había pobres, niños y campesinos, pero no ladrones, en eso
siempre fue muy enfática mi madre.

La madrugada del bombardeo había acabado con la paz del lugar y era algo definitivamente
muy malo, por lo que era inevitable que cayéramos en desgracia, según los pronósticos de mi
madre.

Cuando llegaron las ambulancias y los vecinos a ayudarnos, ninguno de nosotros cuatro
podía moverse. Si bien yo me alcancé a deslizar hasta la cama de Amín, recuerdo que
después no pude moverme, tal vez por miedo o por el terror que sentía. Como pudieron nos
sacaron y nos llevaron al hospital del pueblo. Ya después no recuerdo mucho porque creo
que me desmayé. Cuando desperté estaba en un rincón del hospital, recostada en una de las
colchonetas que estaban tapizando el piso. Junto a mí había muchas personas heridas en
todos los lados del nosocomio.

Dos doctores y cinco enfermeras pasaban a revisar cómo estábamos, nos tomaban la
temperatura y nos daban pastillas para el dolor. Cuando pudimos comer, nos daban algo de
pan y caldos calientes. No sé cuánto tiempo había pasado, pero un día que uno de los
doctores se acercó a mí le dije:

-Doc, ¿cuándo podré ver a mis padres y a Amín? Me tomó las manos, me miró fijamente
primero y luego dirigió sus ojos al piso y me dijo:

-Bar, pronto verás a Amín. Hoy mismo tal vez.

-¿Y mis padres? ¿Dónde están? ¿Ya están en casa? ¿Cuánto tiempo llevamos en el
hospital?
-Muchas preguntas -me dijo-. Tómate tu medicina. Y luego le ordenó a la enfermera que en
unas horas me llevara al área en donde se encontraba Amín. También le pidió que trasladara
a otros heridos a un extremo del hospital porque la parte sur del edificio ya no funcionaba
después de uno de los últimos bombardeos que había acabado con esa área.

Aún seguía en una cama, conectado a cables y en recuperación. Había perdido una pierna y
estaba recuperándose de otras heridas que le había causado la explosión de aquella noche.
De todas maneras, lo abracé y le dije cuánto lo había extrañado. Podría decir, repitiendo lo
que escuché de los doctores, que se encontraba fuera de peligro.

Yo ya me encontraba bien, pero los doctores me dijeron que lo mejor era que me quedara en
el hospital porque mi casa había sido destruida en el bombardeo, que era peligroso salir
porque las bombas seguían cayendo sobre Santa Cruz y que les ayudaría mucho si me
encargaba de cuidar a Amín. Él ya podía hablar, así que pasábamos horas recordando a
nuestros padres y lo feliz que habíamos sido en casa.

Él tenía ocho años y yo diez. Sus hermosos ojos almendrados, igual que los míos, me
recordaban cada momento a mi padre. ¿Dónde estaría? ¿Por qué no lo había visto en el
hospital? Amín pensaba que ellos habían tenido que salir huyendo del pueblo para ponerse a
salvo de las bombas. Había escuchado decir a las enfermeras que el pueblo se estaba
quedando solo, que muchos habían muerto y otros se habían tenido que ir. Pero, si esto fuera
cierto, ¿cómo haríamos Amín y yo para encontrarlos?

Habíamos dejado la escuela y a medida que pasaban los días conocíamos a más niños en el
hospital. Había mucha gente allí, por lo que el espacio se hacía cada vez más reducido, lo
mismo que la comida. Estábamos en guerra, pero no entendíamos contra quién. Nos
empezaba a preocupar el demasiado tiempo que estábamos pasando allí, pero nos
angustiaba más pensar en el momento en que tuviéramos que dejar el hospital. ¿A dónde
iríamos y con quién? Éramos apenas unos niños y sin noticias de nuestros padres.

Y además de que la comida empezaba a escasear, yo ya no quería probar bocado desde que
vi a Luis y a George corretear por todo el hospital armados con palos persiguiendo ratas para
cazarlas. Luego, escuché que las habían cocinado con un montón de especias para que no
supieran feo. Me dio mucho asco y el estómago me empezó a doler, así que ya me quería ir
de ahí.

De repente, un día sentí una gran algarabía en el hospital y la gente empezó a gritar:
-¡La guerra terminó!, ¡la guerra terminó!

Después de no sé cuántos meses o cuántos años de haber estado escondida en el hospital,


salí detrás de todos los demás. Era hermoso lo que estaba viendo y estaba sintiendo. El aire
despertaba mil aromas extraños, pero placenteras. El sol estaba más brillante que nunca. El
pueblo, aunque destruido, se veía tranquilo. Y yo sentía como que estaba atravesando por un
lugar nuevo y mágico.

Pero no estábamos solos. Me encontré de frente con un grupo de personas que miraban
fijamente el lugar, lo exploraban y parecía que no les importaba que estuviéramos a menos de
un metro de distancia de ellos y los escuché decir:

-Habrá que construir en este lugar una plaza comercial o un parque de diversiones para
reactivarlo, pues es un cementerio colectivo de víctimas de la guerra y, si se sabe, esto
ahuyentará a los visitantes.

-Aquí quedaba un hospital -dijo otro- y hay cientos de niños enterrados bajo los escombros.
Por allá quedaba una escuela con otro montón de niños sepultados. La iglesia quedaba allá,
la plaza de mercado por ese lado, los barrios más pobres por allí y otro conjunto de viviendas
por allá.

-Afortunadamente -dijo otro-, cuando reconstruyamos este lugar, nadie se acordará de lo que
aquí ocurrió.

Después, comenzaron a avanzar y pasaban sobre nosotros sin advertir que estábamos allí.

FIN

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