NOTICIA DE UN SECUESTRO
Gabriel García Márquez
El primer miembro de la familia que se enteró del secuestro fue el doctor Pedro Guerrero, el marido de Beatriz.
Estaba en una Unidad de Sicoterapia y Sexualidad Humana -a unas diez cuadras- dictando una conferencia sobre
la evolución de las especies animales desde las funciones primarias de los unicelulares hasta las emociones y
afectos de los humanos. Lo interrumpió una llamada telefónica de un oficial de la policía que le preguntó con un
estilo profesional si conocía a Beatriz Villamizar. «Claro -contestó el doctor Guerrero-. Es mi mujer.» El oficial
hizo un breve silencio, y dijo en un tono más humano: «Bueno, no se afane». El doctor Guerrero no necesitaba
ser un siquiatra laureado para comprender que aquella frase era el preámbulo de algo muy grave. -Jero qué fue
lo que pasó? -preguntó. -Asesinaron a un chofer en la esquina de la carrera Quinta con calle 85 -dijo el oficial-. Es
un Renault 21, gris claro, con placas de Bogotá PS-2034. ¿Reconoce el número? -No tengo la menor idea -dijo el
doctor Guerrero, impaciente-. Pero dígarne qué le pasó a Beatriz. -Lo único que podemos decirle por ahora es
que está desaparecida -dijo el oficial-. Encontramos su cartera en el asiento del carro, y una libreta donde dice
que lo llamaran a usted en caso de urgencia. No había duda. El mismo doctor Guerrero le había aconsejado a su
esposa que llevara esa nota en su libreta de apuntes. Aunque ignoraba el número de las placas, la descripción
correspondía al automóvil de Maru~ ja. La esquina del crimen era a pocos pasos de la casa de ella, donde Beatriz
tenía que hacer una escala antes de llegar a la suya. El doctor Guerrero suspendió la conferencia con una
explicación apresurada. Su amigo, el urólogo Alonso Acuña, lo condujo en quince minu~ tos al lugar del asalto a
través del tránsito embrollado de las siete. Alberto Villamizar, el marido de Maruja Pachón y hermano de
Beatriz, a sólo doscientos metros del lugar del secuestro, se enteró por una llamada interna de su portero. Había
vuelto a casa a las cuatro, después de pasar la tarde en el periódico El Tiempo trabajando en la campaña para la
Asamblea Constituyente, cuyos miembros serían elegidos en diciembre, y se había dormido con la ropa puesta
por el cansancio de la víspera. Poco antes de las siete llegó su hijo Andrés, acompañado por Gabriel, el hijo de
Beatriz, que es su mejor amigo desde que eran niños. Andrés se asomó al dormitorio en busca de su madre y
despertó a Alberto. Éste se sorprendió de la oscuridad, encendió la luz y comprobó adormilado que iban a ser las
siete. Maruja no había llegado. Era un retardo extraño. Ella y Beatriz volvían siempre más temprano por muy
difícil que estuviera el tránsito, o avisaban por teléfono de cualquier retraso imprevisto. Además, Maruja estaba
de acuerdo con él para encontrarse en casa a las cinco. Preocupado, Alberto le pidió a Andrés que llamara por
teléfono a Focine, y el celador le dijo que Maruja y Beatriz habían salido con un poco de retardo. Llegarían de un
momento a otro. Villamizar había ido a la cocina a tomar agua cuando sonó el teléfono. Contestó Andrés. Por el
solo tono de la voz comprendió Alberto que era una llamada alarmante. Así era: algo había pasado en la esquina
con un automóvil que parecía ser el de Maruja. El portero tenía versiones confusas.