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AFECTIVIDAD en Psicologia Comunitaria

La afectividad es fundamental en la psicología comunitaria, ya que se manifiesta en la vida cotidiana y motiva la acción colectiva. La relación entre afectividad, participación y necesidades es esencial para la transformación social y el sentido de comunidad, donde la pertenencia y la interrelación son componentes clave. La afectividad no solo estructura los lazos comunitarios, sino que también promueve el compromiso y la cohesión social, convirtiéndose en un motor para el cambio y la identidad colectiva.

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AFECTIVIDAD en Psicologia Comunitaria

La afectividad es fundamental en la psicología comunitaria, ya que se manifiesta en la vida cotidiana y motiva la acción colectiva. La relación entre afectividad, participación y necesidades es esencial para la transformación social y el sentido de comunidad, donde la pertenencia y la interrelación son componentes clave. La afectividad no solo estructura los lazos comunitarios, sino que también promueve el compromiso y la cohesión social, convirtiéndose en un motor para el cambio y la identidad colectiva.

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Introducción- Tramas que insisten

La afectividad es un aspecto constitutivo de la actividad humana. Es una dimensión que


está presente en la psicología y en distintos campos de conocimiento y disciplinas . Su
estudio es sumamente importante en la psicología comunitaria porque la afectividad se
expresa de diferentes maneras, tonalidades e intensidades en los cuerpos, en las prácticas,
en la vida cotidiana, en el trabajo comunitario y en los procesos comunitarios.

Conceptualización de Afectividad:

¿Qué se entiende por afectividad?. León y Montenegro (1993, 1998) la definen como el
"conjunto de estados y expresiones anímicas -ubicados dentro de un continuo cuyos polos
son el agrado y el desagrado- a través de los cuales el individuo se implica en una relación
consigo mismo y con su ambiente". (Montero, M. 2004. p, 133).

La psicología comunitaria propone que afectividad, participación y necesidades son y se


presentan de modo articulado, son conceptos solidarios. Esta relación puede ser entendida
de diferentes maneras: la afectividad como dimensión de la participación o como motor es
decir lo que motiva a la acción.

Diferentes autores y perspectivas ofrecen razones que dan cuenta de la importancia de la


afectividad. Heller plantea que la afectividad expresa procesos integrales, en donde
confluyen el actuar, pensar, sentir y percibir. En este campo de sentimientos y emociones
se le da un lugar importante a la pasión. Lane y Sawaia (1991) proponen introducirla en la
investigación científica, asociándose al conocimiento, al compromiso, porque conocer con
pasión es comprometerse con la realidad y a la comprensión porque conocer con pasión
permite la comprensión que lleva al saber. En este sentido, la indiferencia y la neutralidad
no comprometida no producirían la transformación social necesaria.

Los afectos están absolutamente presentes en cada acción comunitaria, en cada encuentro
de acción con otros, en la protesta, en los procesos de cambio, en la organización
comunitaria. La felicidad y el sufrimiento públicos y privados son el centro de la praxis
psicosocial. Bader Burihan Sawaia (1991, 2001) plantean que el sufrimiento ético político es
un modo de nombrar sentimientos ligados a la desigualdad y a la injusticia. Atender su
intervención así como las luchas contra la exclusión y la sumisión implica el sostenimiento
de una posición ética y política.

La socialización primaria y la dimensión afectiva

Berger y Luckmann (1968) proponen que la socialización primaria es el proceso mediante el


cual el individuo se convierte en miembro de una sociedad, internalizando su realidad como
objetiva. Esta instancia tiene lugar durante la infancia y ocurre fundamentalmente en el
ámbito familiar o en contextos íntimos, donde los “otros significativos” —figuras como
padres, madres o cuidadores— cumplen un papel crucial. El niño no solo aprende patrones
de conducta y normas sociales, sino que incorpora un mundo simbólicamente estructurado
que, desde su experiencia, le es presentado como el único posible.

Si bien los autores no se detienen de manera explícita en el componente afectivo, resulta


evidente que la internalización de dicho mundo no se efectúa únicamente a través de la
razón o el lenguaje, sino también mediante un fuerte lazo emocional con esos “otros
significativos”. La identificación con ellos no es neutral ni desprovista de carga afectiva: es
precisamente este vínculo lo que hace posible la incorporación profunda y duradera de los
significados sociales. El amor, la dependencia emocional y la búsqueda de aprobación
operan como mediaciones esenciales para que el niño no solo comprenda, sino que haga
suyo el mundo que se le ofrece.La emocionalidad presente en las relaciones tempranas
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contribuye a dotar de sentido y legitimidad a ese universo simbólico, haciéndolo real no solo
desde lo cognitivo, sino también desde lo vivencial.

La vida cotidiana como realidad intersubjetiva y afectiva

En el análisis de Berger y Luckmann (1968), la vida cotidiana se presenta como la forma


más inmediata y evidente de la realidad social. Se caracteriza por ser un ámbito compartido
intersubjetivamente, de interacción cara a cara, en donde no solo se posibilita el intercambio
de información o la confirmación de la realidad, sino que involucra emociones, gestos, tonos
de voz y matices subjetivos que configuran la relación con el otro y la forma en que
interpretamos la realidad.

La importancia de la afectividad en la transformación social

Montero (2004) subraya que la afectividad es un elemento constitutivo de la vida cotidiana y


que no puede ser excluida de los procesos de cambio social. La participación comprometida
y el sentido de comunidad están íntimamente ligados a la dimensión emocional, ya que el
afecto motiva la acción y fortalece la identidad comunitaria.

Desde una perspectiva teórica, autores como Henri Wallon, Agnes Heller y Lane & Sawaia
han señalado la interconexión entre emoción, cognición y acción, destacando que la
afectividad impulsa el compromiso social. En este sentido, la psicología comunitaria debe
integrar la dimensión afectiva en sus estudios y prácticas, reconociendo que las emociones
cumplen funciones esenciales como:

● Anticipar y motivar acciones.

● Favorecer la cohesión social.

● Movilizar a las comunidades hacia el cambio.

Finalmente, la autora concluye que la afectividad no sólo es fundamental para la vida


comunitaria, sino que también es un motor clave en la lucha por la transformación social, la
identidad colectiva y el sentido de comunidad.

No solo es necesaria la afectividad para motorizar la transformación, sino también para el


buen funcionamiento de las comunidades. En este sentido Jacob (2001) plantea que esto se
enmarca dentro la esfera representacional, donde se encuentran aspectos cognitivos y
afectivos como el sentimiento de pertenencia o sentirse uno mismo valioso para la
comunidad, la conexión y seguridad emocional, la confianza, la lealtad, la amistad, gratitud y
amor como ejes imprescindibles.

Sentido de comunidad o sentimiento de comunidad: la afectividad interviene en el


desarrollo del sentido de comunidad porque este se encuentra ligado al sentimiento de
confianza y de pertenencia a una red de relaciones, a un colectivo, a un lugar, implica un
lazo, la percepción del semejante, la reciprocidad.

El sentimiento de pertenencia es central para la identidad comunitaria porque interviene


en la construcción colectiva, en el desarrollo comunitario, en la construcción de comunidad y
la organización comunitaria. En este sentido el vecindario es considerado como grupo de
referencia, el barrio como propio, como contextos de interacción, de sociabilidad, de
intercambio informal, en fin, comparten una experiencia subjetiva.

Sentido de pertenencia:
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En el estudio de las comunidades humanas, no basta con observar quiénes comparten un


territorio o una actividad. Lo verdaderamente significativo se encuentra en cómo esas
personas se vinculan, cómo se sienten unas respecto a otras, y qué sentidos comparten en
ese estar juntos. En este sentido, Montero (2003) retoma el planteo de Krause (2001), quien
identifica tres componentes fundamentales que permiten construir y reconocer una
comunidad: la pertenencia, la interrelación y la cultura común.

El primer componente, la pertenencia, se manifiesta en ese sentir de estar implicado, de ser


parte de algo mayor que uno mismo. No es solo una descripción externa, sino una vivencia
interna: el “sentirse parte de”, como lo define Krause, en sintonía con Hernández (1994,
1996), quien habla de tener parte, ser parte, tomar parte (Montero, 2003). Este componente
emocional y simbólico es esencial, ya que permite que las personas no solo compartan un
espacio, sino que se reconozcan mutuamente como integrantes de una red significativa. No
obstante, la sola pertenencia puede encontrarse en otros tipos de agrupamientos, por lo
cual no alcanza por sí sola para hablar de comunidad (Montero, 2003).

El segundo componente, la interrelación, es el que da vida a los vínculos comunitarios.


Implica una comunicación activa, un contacto donde las personas se afectan mutuamente,
se influyen, se escuchan y se transforman unas a otras. En esta dinámica dialógica se
comparten significados, valores y sentidos, generando un terreno común que sostiene la
vida colectiva. Como señala Montero (2003), es en este contacto y en esta comunicación
inter influyente donde el compartir significados cobra sentido.

El tercer componente es la cultura común, entendida como el conjunto de significados


compartidos que permiten a las personas comprender su realidad desde un horizonte
colectivo. No obstante, esta dimensión también puede resultar demasiado amplia si no se
ancla en aspectos concretos de la vida compartida, como una historia común o experiencias
colectivas que doten de sentido a ese vínculo (Montero, 2003).

Ahora bien, estos componentes no funcionan de manera aislada. Según Montero (2003), es
en la dinámica entre participación y compromiso donde se despliega con más claridad lo
que hace que las relaciones comunitarias sean auténticas y sostenibles. En este proceso, el
elemento socio-afectivo cumple un papel fundamental. No se trata solo de participar en
actividades, sino de comprometerse afectivamente con los otros, generando formas de
identificación basadas en el apego, la entrega y los profundos sentimientos de pertenencia
(Montero, 2003).

Desde la perspectiva de la psicología comunitaria, la afectividad no es un complemento


decorativo, sino una fuerza estructurante del lazo comunitario. Es lo que permite que la
pertenencia se vuelva auténtica, que la interrelación sea rica en significados, y que la
cultura común no sea una simple tradición impuesta, sino una narrativa viva y sentida. La
afectividad fortalece el compromiso, promueve la imitación de comportamientos solidarios y
profundiza los sentimientos de pertenencia (Montero, 2003).

Por ello, cuando se habla de comunidad desde esta mirada, se hace referencia a vínculos
que se sostienen en la empatía, el cuidado mutuo y el reconocimiento del otro como parte
fundamental del propio bienestar. La comunidad no se da simplemente por proximidad
física, sino por la construcción colectiva de un “nosotros” que se sostiene en la interrelación
afectiva, ética y significativa.

Referencias bibliográficas:

- Montero, M. (2004). Introducción a la psicología comunitaria. Desarrollo, conceptos y


procesos. Buenos Aires, Argentina: Paidós.
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- Montero, M. (2003). Teoría y práctica de la psicología comunitaria: La tensión entre


comunidad y sociedad. Paidós Ibérica.

- Barrault, O., Chena, M., Plaza, S., Díaz, I., & Muro, J. L. (2019). Tramas que
insisten: debates en Psicología Comunitaria (1ª ed.). Córdoba, Argentina: [s.n.].
Serie Debates en Psicología Comunitaria. Cuadernos de Psicología Comunitaria; 2.

- Krause Jacob, M. (2001). Hacia una redefinición del concepto de comunidad.

- Berger, P. L., & Luckmann, T. (1968). La construcción social de la realidad (T. Kauf,
Trad.). Amorrortu.

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