0% encontró este documento útil (0 votos)
3K vistas274 páginas

Problematic Summer Romance

El documento es una novela titulada 'Un Romance de Verano Problemático' escrita por Ali Hazelwood, que narra la historia de Maya, quien se enfrenta a sus sentimientos complicados hacia Conor, el mejor amigo de su hermano, mientras se prepara para la boda de este en Italia. A lo largo de la trama, Maya lidia con su aversión a las ceremonias y su deseo de evitar la boda, pero finalmente decide asistir por el amor hacia su hermano. La narrativa incluye elementos de humor y reflexiones sobre las relaciones familiares y románticas.

Cargado por

Emilly Lavínea
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
3K vistas274 páginas

Problematic Summer Romance

El documento es una novela titulada 'Un Romance de Verano Problemático' escrita por Ali Hazelwood, que narra la historia de Maya, quien se enfrenta a sus sentimientos complicados hacia Conor, el mejor amigo de su hermano, mientras se prepara para la boda de este en Italia. A lo largo de la trama, Maya lidia con su aversión a las ceremonias y su deseo de evitar la boda, pero finalmente decide asistir por el amor hacia su hermano. La narrativa incluye elementos de humor y reflexiones sobre las relaciones familiares y románticas.

Cargado por

Emilly Lavínea
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

1

Un Romance de Verano Problemático


Escrito por Ali Hazelwood
(Traducido por Yeza)

2
Contenido

Dedicatoria
Prólogo
7 días antes de la boda
Capítulo I
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
6 días antes de la boda
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
5 días antes de la boda
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
4 días antes de la boda
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
3 días antes de la boda
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30

3
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
2 días antes de la boda
Capítulo 36
Capítulo 37
El día de la boda
Capítulo 38 El día de la boda
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Después de la boda
Capítulo 42
Capítulo 43
Nota del autor
Agradecimientos
Sobre la autora

4
Una vez más, para Jen, la única que pidió esto.
Feliz Cumpleaños. Los hice extra desordenados, sólo para ti.

5
6
Prólogo

Me avergüenza admitirlo, pero durante un breve periodo me planteo seriamente


no presentarme a la boda de mi hermano.
«¿Lo sabe Eli?», pregunta mi amiga Jade.
«¿Que prefiero abrazar el suelo de un baño que estar presente mientras
intercambia votos con el amor de su vida?».
«No. Que lo has oído por casualidad».
Sacudo la cabeza, con los ojos pegados a mis patines. Me gusta fingir que el hielo
es lo que hubiera sido mejor no conocer, y que lo apuñalo una y otra vez con mis
cuchillas. Un poco de violencia nunca deja de alegrarme el ánimo.
«Maya, simplemente no vayas. Debería ser bastante fácil decir que no. ¿No es
ese el concepto de celebrar una boda tan lejos? Cumples con tu deber familiar
invitando a todas las personas que conoces -incluidas las tías espeluznantes que
coleccionan muñecas y el primo tercero que da abrazos sudorosos- mientras esperas
que el noventa por ciento de tus conocidos envíen sus disculpas y se nieguen a ir. En
serio, si la gente tuviera miles de dólares para gastarse en unas vacaciones, no los
usaría para ir a comer una tarta fondant de mierda en un sitio elegido por otra
persona».
«En teoría, sí». Sería mucho más satisfactorio si el hielo sangrara, sólo un poco.
«Pero no es por eso que Eli tiene una boda en otro país. Por un lado, está pagando el
vuelo a todos los que no pueden permitírselo». Que soy yo, en su mayoría. Mi
hermano es mayor que yo y tiene un trabajo muy bien remunerado, dos cualidades
que comparte con todas las demás personas de la lista de invitados.
No todo el mundo puede ser como yo, parte del deslumbrante y enrarecido
mundo de los graduados.
«Espera. ¿No se celebra la boda en la maldita Italia? Eso significa gastarse mucho
dinero».
«Sí, bueno. Se lo puede permitir».
«Aún así. ¿No puede simplemente ahorrárselo?» Ella finge arcadas. «Odio a la
gente generosa».
«Insoportable». Giro hacia atrás, con los brazos abiertos como si fuera un ángel.
«Es algo íntimo, de todos modos. Menos de una docena de amigos muy cercanos
durante la semana previa a la boda. Unos treinta más volando para la cena de ensayo.
El otro día tuve un momento de debilidad -no me enorgullezco de ello- y le mentí a Eli
sobre que tenía que quedarme más tiempo en Austin para mi entrevista final para ese
proyecto del MIT. Le dije que solo podría reunirme con ellos más tarde, para la
ceremonia». Suspiro. Me dejo caer de nuevo al paso de Jade. La pista que nos rodea
está casi desierta, y el hielo brilla blanco bajo las luces del techo.

7
«¿Y?».
«Y me miró como si le hubiera pellizcado el perro, le hubiera dicho que el
Ratoncito Pérez no existe y hubiera intentado meterle el pie por el culo. Todo a la vez.
La mirada de pura traición».
«¿Cómo se atrevió a valorar tu presencia hasta ese punto?».
«Me enfurecí. Aquí estoy, pensando que mi hermano y yo somos personas
desalmadas y pragmáticas que no dan importancia a las ceremonias. No es que no esté
planeando acosarle a él y a su nueva novia durante las próximas cinco u ocho
décadas».
«Está claro que estar enamorado le ha suavizado más allá de tus más graves
sospechas. Pero no te preocupes, amiga mía». Jade se detiene frente a mí,
bloqueándome el paso. «Has acudido a la persona adecuada. Tengo mucha experiencia
en salirme con la mía».
«Bien. Cuéntame».
«La forma más eficaz de evitar un compromiso es una dolencia que cumpla las
tres características fundamentales». Ella marca con el dedo. «Que sea asquerosa.
Contagiosa. Y, sobre todo, rápida».
Parpadeo. Ella no vacila.
«Tu enfermedad debe sobrevenirte tan repentinamente que no podrías haberla
previsto. Debe ser contagiosa e impedirte viajar. Y lo más importante, debe dar mucho
asco. Hablo de ronchas purulentas. Olores. Fluidos. Tiene que ser tan carente de
gracia, que nadie creería que estás diciendo una mentira, porque por qué destruirías tu
propio buen nombre…»
«Jade». Tomo sus manos entre las mías. «Gracias. Esta información no tiene
precio».
«De nada. He estado pensando en organizar un taller».
«Pero no te lo he contado porque quisiera pensar en formas de evitar ir».
«Oh. ¿De verdad?».
Respiro hondo. «Si mi hermano me quiere en su boda, iré. Fin de la historia».
«Ah. Ya veo». Un profundo suspiro. «¿Recuerdas cuando solías odiarle?».
«Sí. Echo de menos aquellos tiempos más que nunca». Me fuerzo a encogerme
de hombros. «Pero solo es una semana. Sinceramente, estoy siendo una mocosa».
«¿Seguro?».
Asiento con la cabeza y reanudo el patinaje. Un momento después, me alcanza.
«Bueno, no olvides que la diarrea fulminante puede ser tu amiga». Me rodea con el
brazo. «Podría serte útil, si alguna vez te encuentras sentada frente a Conor
Harkness».

8
7 días antes de la boda

9
10
Capítulo 1
En un golpe de suerte muy apreciado, la criatura favorita de mi hermano en todo
el universo es un perro.
O... bueno, eso no es del todo cierto. La vida de Eli gira en torno a un único
centro de gravedad: Rue, su prometida. Y después de dos años observándola,
estudiándola, burlándome de ella, mirándola con recelo y manteniendo
conversaciones forzadas con ella, debo admitir que no puedo culparlo. Rue es única,
complicada, leal y callada, y a la mayoría de la gente no le cae muy bien.
Una vez sospeché que era fría. Me preocupaba que su relación con mi hermano
estuviera condenada a ser desigual y que terminara rompiéndole el corazón. Sin
embargo, con el tiempo se ha hecho evidente que ella haría cualquier cosa por él,
incluso fingir pacientemente estar interesada mientras su hermana pequeña ventila la
idea de hacerse un flequillo por cuarta vez en un mes.
La veo y la considero digna de su amor.
El perro, sin embargo, es anterior a Rue. Tiny es un mestizo de unos cincuenta
kilos, de carácter dulce, cuyos pasatiempos incluyen roncar, babearse todo el cuerpo y
ser indiscriminadamente agresivo en sus muestras de afecto. Y cuando Eli empezó a
pensar que estaría bien celebrar una boda en un lugar lejano con amigos cercanos y
familiares, fue Rue quien dijo: «Pero deberíamos celebrarlo cerca».
«¿Por qué?».
«¿No te gustaría que Tiny estuviera allí?».
Efectivamente: digna de su amor.
Afortunadamente, Tiny es un viajero entusiasta, lo que les permitió mantener
Europa como opción. Desgraciadamente, no todas las aerolíneas permiten el
transporte en cabina de perros del tamaño de un oso que ladran durante sus terrores
nocturnos tras despertarse por el olor de sus propios pedos. Los sueños deficientes de
Tiny me rompen el corazón, pero es una pequeña oportunidad a la que me aferro
como un percebe en un huracán.
«He encontrado esta aerolínea», les dije a Rue y a Eli un par de semanas antes de
la boda. «El vuelo no aterrizaría hasta el día después del vuestro, pero incluye todas
estas comodidades especiales para perros grandes. Tiny estaría cómodo. Y yo podría
acompañarlo». Sonreí a Tiny, que ya tenía la cabeza apoyada en mi rodilla. «Hola, chico
perfecto. ¿Quieres irte de viaje con la tía Maya?».
Movió la cola con tanta fuerza que pensé que iba a levitar.
Así es como consigo recortar un día de la semana infernal y pasar tiempo con el
único chico que nunca me ha roto el corazón. «Tiny Archibald Killgore», le digo cuando
se da la vuelta en el pasillo, disfrutando de las caricias en la barriga de los diecisiete
nuevos mejores amigos que ha hecho desde que subió al avión. «Nunca podrías
decepcionarme».

11
El chico de mis sueños salta a mi regazo durante una turbulencia y se olvida de
marcharse.
El viaje de Austin al aeropuerto de Catania, con una escala, dura unas quince
horas. Tomo la decisión deliberada de no comprar wifi y, en lugar de pasar el viaje
enviando mensajes estresantes a Jade, me centro en lo que hay que hacer:
abrocharme el cinturón.
Cualesquiera que sean las defensas que haya construido contra Conor Harkness,
necesitan urgentemente un refuerzo.
Nunca dudé de que estaría en la boda. Al fin y al cabo, es el mejor amigo de mi
hermano, si no contamos a Tiny. (Yo lo cuento). Ambos son socios, o zares, o como se
llamen sus cargos, de Harkness, una empresa centrada en la biotecnología que se
dedica a cosas abstractas para ganar dinero que yo no comprendo, pero que me han
asegurado repetidamente que es totalmente legal. Él es, por razones que aún no me
han explicado del todo, la razón por la que la boda se celebra en Sicilia en lugar de en
Lake Canyon o Galveston, Texas.
Salvo por una disputa sobre la caída del índice Nasdaq, Conor siempre iba a ser el
padrino de Eli.
Como le expliqué a Jade: «El problema no es Conor, en sí mismo».
Aunque incluso eso parece una mentira. En el aire, mientras acepto un desfile
interminable de bebidas refrescantes cada vez más cafeinadas de las azafatas, me doy
cuenta de que, para ser alguien que no es un problema, Conor tiene una forma curiosa
de ocupar mi mente, y no me gusta gastar mi capacidad intelectual en alguien que no
ha pensado en mí en años.
No es cierto, dice una voz pedante y puntillosa. Al menos, pensó en ti el pasado
agosto.
Es un cliché tan manido: la veinteañera enamorada del amigo de su hermano,
que resulta ser quince años mayor que ella. Pero quizá esta sea la semana en la que
me purifique. Que reescriba mi vida. Que lo purgue todo: a Conor y todas las tonterías
entre nosotros. Como beber lejía: va a ser desagradable, incluso podría matarme, pero
si no lo hace, seré mucho más fuerte.
O sufriré un fallo multiorgánico crítico. No soy médico.
Aun así, puedo soñar, incluso cuando mi pesadilla se materializa unas horas más
tarde, en el aeropuerto de Catania. Mientras Tiny encanta a los asistentes en la zona
de descanso para mascotas, mi teléfono busca una red a la que conectarse. Miro a mi
alrededor, observando los cálidos saludos, los gestos exagerados y el ritmo pausado de
Italia, y cuando los mensajes de texto comienzan a vibrar en mi mano, pulso el más
reciente de mi hermano.
ELI: Un conductor os recogerá y os llevará a la villa.
Suena bien, le respondo.

12
Suena, de hecho, potencialmente muy mal. Es eso de “os” lo que me tiene
preocupada: Eli podría estar refiriéndose a Tiny y a mí, o a mí y a otro invitado. En cuyo
caso, quiero un nombre. Y sería ideal si lo tuviera sin tener que preguntar.
Pero no hay tiempo para eso. Los agentes de aduanas inspeccionan la pila de
papeles sanitarios de Tiny, del tamaño de un ladrillo, y nos empujan fuera de la zona
de seguridad, donde un puñado de chicas adolescentes beben espressos en tazas
diminutas como si fueran chupitos de mezcal. Me agarro al asa de mi equipaje,
dispuesta a todo, y menos mal. Cuando veo a un hombre de aspecto aburrido que
sostiene un cartel de KILLGORE PARTY y a la morena que está a su lado, el corazón se
me desploma hasta el estómago. A diferencia de, digamos, el centro del planeta.
Ah, sí. La persona exacta que esperaba evitar. Justo delante de mis ojos.
«Maya, ¿verdad?», pregunta la mujer, dando unos pasos elegantes en mi
dirección. Una amplia sonrisa dibuja un hoyuelo en su mejilla izquierda. «Soy Avery».
No digo que lo sé, porque resultaría escalofriante, como si yo fuera el tipo de persona
que invierte grandes cantidades de su tiempo en acosar por Internet a la novia de su
amor para averiguar cosas insignificantes sobre ella.
Es exactamente el tipo de persona que soy, por supuesto, pero intentaré
llevármelo a la tumba. Jade tiene instrucciones estrictas de borrar mis dispositivos en
cuanto me muera.
«He oído hablar mucho de ti, Avery.» Es lo más cierto que se me ocurre. Pienso
en darle la mano, pero ella tira de mí en un abrazo afectuoso, lo que me hace rogar a
mis poros demasiado dilatados que dejen de transpirar por un segundo.
«Es genial conocerte por fin. No puedo creer que no haya pasado antes». Es un
poco más baja que yo y encajamos de forma extraña. Su nariz contra mi hombro. Mi
pelo encrespado en su boca. Cuando me echo hacia atrás, me siento incómoda y
desaliñada con mi sudadera manchada de pelo de perro y mi camiseta por encima del
ombligo.
Debería mostrarme distante. Educada. El problema es que Avery parece muy
simpática, y me gusta la gente simpática. «Es tan raro», digo, «que las dos vivamos en
Austin...».
«…pero que nos veamos por primera vez en Italia, lo sé. Y después de haber oído
tanto sobre la hermana de Eli».
«Los rumores han sido muy exagerados».
Su cabeza se inclina. «¿Rumores de qué?».
«De todo».
Se ríe, musical, un poco ronca. Mierda, creo que puede ser sexy. «No, no. Tu
hermano y Minami están muy orgullosos de ti. Todas esas empresas que te
contrataron, el premio que ganaste y lo del MIT... todo el mundo te admira mucho.
Estaba triste por ser la única que no te había conocido».

13
«Sí, bueno, eso es culpa mía. Empezaste a trabajar en Harkness el verano
pasado, ¿verdad? Pasé la mayor parte del año pasado en Suiza. Volví hace unas
semanas».
«Una chica difícil de localizar, seguro». Su encogimiento de hombros es tan bello
y arreglado como el resto de ella, incluso recién salida de un vuelo transatlántico. No
quiero que se sienta incómoda mirando su piel hidratada y sus ojos sin hinchazón, así
que me obligo a mirar a mi alrededor. Asimilo los reencuentros, la babel de idiomas,
abrazos y besos y abrazos. El chófer de Eli se agacha delante de Tiny y le acaricia la
cabeza, un nuevo súbdito dispuesto a someterse a nuestro rey.
Los ojos de Avery permanecen fijos en mí. «Lo siento. No quiero quedarme
mirando, pero es... llamativo».
«¿El qué?».
«Lo mucho que te pareces a Eli».
Me río. «Sí, me lo dicen mucho». Estoy acostumbrada a que me identifiquen
primero como la hermana pequeña de Eli Killgore, y sólo después como un individuo
por derecho propio. Y no me importa mucho.
«Sí. Te pareces a él, pero también...».
«Pero también, ¿no me parezco en nada a él?».
«Sí. Es extraño».
Le doy mi respuesta habitual. «Es el pelo negro rizado. Y los ojos azules». A decir
verdad, es mucho más que eso. Eli y yo tenemos la misma barbilla, caninos afilados,
piernas demasiado largas para nuestros torsos. Tenemos cejas fuertes, arcos de
Cupido, y la infame nariz Killgore, de forma romana y puente estrecho. La protagonista
de nuestros rostros. «Una nariz importante y orgullosa», solía decir papá, y yo sacudía
la cabeza y buscaba en Google tutoriales de maquillaje sobre cómo ahumar y disimular
hasta conseguir un bonito botoncito, o calculaba cuánto tiempo tendría que ahorrar
para la cirugía plástica. Cuando teníamos trece años, Jade se ofreció a golpearme con
un palo de hockey para ver si «redistribuyo las cosas, ¿quizás?». Algo complicado.
Entonces, un día, me desperté y decidí que mi cara estaba bien como estaba.
Papá estaría muy feliz de que hubiera llegado a abrazar, no, a alardear de los genes
Killgore.
«Me encanta, el parecido familiar». Avery se ríe, avergonzada. «Dejaré de hablar
de ello. Es que tú eres muy guapa y él es...». Frunce el ceño, como si se diera cuenta de
hacia dónde se dirige su frase.
«No, no, lo entiendo». Alejo su preocupación, porque sé qué es lo que la
desconcierta: Que Eli y yo estamos hechos de las mismas partes exactas, pero los
collages resultantes dan impresiones totalmente diferentes. Que los mismos rasgos
pueden ser guapos en alguien y bonitos en otro. Tampoco ayuda que él sea
tradicionalmente masculino, mientras que mi estilo personal es de lo más cursi.
«Sabes», dice, “creo que tú y yo nos vamos a llevar muy bien”.

14
Trago grueso. Por su amabilidad. Ante la idea de tener una relación con esta
mujer que...
«¿Vamos?», pregunta el conductor, interrumpiéndonos. Es mayor. Redondo. No
parece hablar suficiente inglés para seguir la conversación entre Avery y yo, pero vaya,
se ha pegado fuerte con Tiny. «Vamos», repite con más fuerza, señalando la salida.
«Sí, por favor», dice Avery.
Yo también asiento. Aliviada.
Señala mi maleta con una oferta inquisitiva. Cuando niego con la cabeza, guiña
un ojo, coge el equipaje de Avery y juntos nos adentramos en el radiante calor
siciliano.

15
Capítulo 2

Me mudé a Europa por primera vez cuando tenía casi diecisiete años, después de
terminar el instituto antes de tiempo, impulsada por el deseo insaciable de largarme
de Austin. ¡Vete de Texas! ¡Vete de Estados Unidos! ¡Ahora mismo!
Lárgate. De aquí. Ya.
No fue una decisión muy meditada. No me matriculé en la Universidad de
Edimburgo porque quisiera una institución de investigación prestigiosa que me
proporcionara un entorno académico riguroso, aunque, por suerte, así fue. Mi elección
de universidad se basó en tres criterios: ¿Me ofrecía una plaza con ayuda económica?
¿Las clases eran en inglés? Y: ¿Estaba lo suficientemente lejos del agujero negro de mis
peores recuerdos? Escocia fue simplemente la primera en cumplir todos esos
requisitos, y empecé a hacer las maletas en cuanto recibí la confirmación de mi
admisión.
No fui muy racional. Pero, de nuevo: desafiaría a cualquier adolescente cuyos
padres murieran inesperadamente en el plazo de dos años y que fuera enviada a vivir
con un hermano al que prácticamente no conocía a no actuar de forma irracional.
Fue una época difícil. Antes de la enfermedad, antes del accidente, yo era la
mejor amiga de mi madre y la niña pequeña de mi padre. Los echaba tanto de menos,
estaba tan sumida en el dolor, que constantemente sentía que me ahogaba. Solo una
cosa me daba aire: mi rabia. Atravesaba mi caja torácica y perforaba pequeños
agujeros en mis pulmones. Me permitía funcionar. Me mantenía viva.
Incluso en ese momento, tan mareada, desorientada y joven como era,
comprendí que ni mi ira ni las estrategias que utilizaba para sobrellevar la situación
eran saludables, que estaba alejando a las personas que me querían, que mis
constantes arrebatos solo acabarían convirtiéndome en un desierto. Pero estar furiosa
era lo único que tenía. La terapia ayudó, pero no lo suficiente. Lo mismo ocurría con
los medicamentos. Así que me rebelé. Desafié a mi hermano, que estaba tan perdido
como yo. Dije cosas terribles, reaccioné impulsivamente e hice muchas tonterías
arriesgadas.
No me gusta pensar en esa época. No me gusta recordar que una vez me fui de
viaje con mis amigos y desaparecí de la faz de la tierra durante veinticuatro horas,
dejando a Eli muy preocupado. Que le arruiné su jersey de la universidad para
vengarme después de que me gritara delante de los vecinos. Que perdí mi virginidad
bajo los efectos del éxtasis con un tipo desconocido que insistía en que los permisos de
conducir eran una estratagema del gran gobierno. Simplemente, no me gusta cómo
era antes. He intentado no usar mi dolor como excusa: me comporté de forma
estúpida, egoísta y por ira, y me arrepiento mucho de mis acciones desde los doce

16
años hasta... Puede que todavía esté en mi época de arrepentimiento. Sin duda, sigo
intentando enmendar mis errores.
Y, sin embargo, mudarme a Escocia fue una decisión acertada, una que volvería a
tomar. Estar sola me dio el espacio que necesitaba, me obligó a madurar y me aclaró
las ideas de una manera que no podría haber previsto. A los veinte años, cuando
regresé a Austin, era una persona mejor.
Me matriculé en la Universidad de Texas para obtener mi máster en Física. Me
mudé con mi hermano y descubrí que no solo era un tipo estupendo, sino que también
se olvidaba constantemente de darse de baja de los servicios de streaming, lo que me
daba acceso a un entretenimiento sin fin. Volví a conectar con algunos de los amigos
del instituto a los que había abandonado en mi deseo de escapar, incluida Jade. Volví a
patinar sobre hielo, me ofrecí como voluntaria en la pista local para enseñar a los niños
más pequeños sus fundamentos, descubrí que me gustaba restaurar muebles antiguos
y asistí a clases de yoga con cabras al menos dos veces por semana. «Has construido
una bonita vida adulta sobre las ruinas de una adolescencia horrible», me dijo una vez
mi terapeuta, y me gusta esa imagen mental. La idea de la vida como algo que puedo
elegir, cultivar día a día, cuidar y nutrir. Ser consciente, en lugar de reactiva.
Y entonces, hace poco menos de un año, mi asesor de máster se puso en
contacto conmigo y me habló de una oportunidad de prácticas. Física computacional.
Dinámica de fluidos. La luna de Júpiter, Io, y todos esos volcanes deliciosamente
activos. Justo lo mío.
Si aceptaba, tendría que mudarme a un suburbio de Ginebra.
«Es jodidamente increíble», dijo Eli cuando se lo conté, con la misma sonrisa que
tenía después de ganar un partido de hockey de la liga amateur. Orgulloso. Exultante.
Satisfecho. «¿Científica visitante en el CERN? Podrás presumir para siempre, Maya. A
partir de ahora todo irá cuesta abajo».
«Quizás. Pero la última vez que me mudé tan lejos, básicamente salí corriendo y
di un portazo. Así que irme de nuevo me hace sentir... No sé».
Levantó una ceja. Me agarró del hombro con su mano pesada. «No es lo mismo
en absoluto. Te vas para buscar algo. No estás huyendo». Y no se equivocaba. Excepto
que Eli no tenía toda la información.
Y sigue sin tenerla.
«¿Está bien?», pregunta el conductor, señalando el aire acondicionado y
mirándome a los ojos a través del espejo retrovisor. Da una vuelta y el pequeño
ambientador en forma de árbol se balancea de un lado a otro. Arbre Magique,
proclama alegremente. «¿Más? ¿Más frío?».
Niego con la cabeza y sonrío, lo que me vale el segundo guiño del día.
¿Estamos coqueteando él y yo? ¿Estoy a punto de embarcarme en una
apasionada aventura con un septuagenario ágil (o un quinquagenario de aspecto
particularmente rudo)? ¿Son los hombres mayores un patrón tóxico en el que estoy
atrapada? ¿Seré yo...?

17
«¿No es impresionante?», pregunta Avery, y me siento genuinamente aliviada de
haber salido de ese camino tortuoso.
«Sí. Este lugar no tiene derecho a ser tan hermoso».
Estamos casi en Taormina, nuestro destino final, que está a solo una hora del
aeropuerto. A pesar de mis innumerables viajes de fin de semana por toda Europa
durante la universidad, todos impulsados por billetes de avión baratos y hostales aún
más baratos que siempre parecían estar a un paso de convertirse en orgías, nunca he
estado en el sur de Italia ni en ninguna de las islas. Cuanto más nos alejamos de
Catania, más fuerte presiono la frente contra la ventana. Las colinas pasan ante
nosotros, cubiertas de olivares y viñedos, tan sanos, redondos y abundantes bajo el sol
de media mañana, que casi me siento burlada. Las tierras de cultivo se convierten en
pueblos de piedra blanca, bosques densos y matorrales, y luego...
Dios, el océano.
«¿Cómo se llama este mar?», le pregunto a Avery, observando cómo la luz se
refleja en el agua brillante. No es el Tirreno. Tampoco es el Mediterráneo. «¿Jónida?».
«Jónico», me corrige. Su tono es elegante, el de las personas inteligentes y cultas
que no quieren que los demás se sientan ignorantes o inferiores. Porque durante la
última hora, no ha dejado de ser elegante. Tiny también la adora, y ella le
corresponde: cuando él le besó la mejilla con su lengua descuidada, ella ni siquiera se
apartó. Voy a necesitar que esta mujer haga algo objetable, ya. Necesito permiso para
entretejer pensamientos poco caritativos sobre ella. No me vas a gustar, Avery. Deja
de ser tan genial.
«Ah, claro. ¿Es tu primera vez aquí?».
Ella asiente. «Esto va a dejar ver mi lado friki más de lo que suelo estar dispuesta
a mostrar al principio de una relación, pero...». Saca un libro de su bolso de imitación
de cuero. El lomo está abollado, agrietado por haber sido leído muchas veces. Es una
de esas guías de viaje antiguas que la gente usaba antes de que lleváramos Internet en
el bolsillo. Cuento docenas de pestañas que sobresalen de las páginas. Taormina, dice
el título.
Arqueo el labio superior. «Eso es muy friki. Por favor, dime que no lo has
subrayado».
«Oh». Parpadea, sorprendida. Su rostro se llena de confusión y dolor, pero luego
vuelve a ponerse la máscara. «Eh, no. Solo escribí unos cuantos comentarios».
«Bien. Porque eso sería muy...». Saco algo de mi mochila. «Vergonzoso».
Es la misma guía. Misma editorial, mismo título. Un poco más gastada, dado que
prefiero doblar las esquinas a poner marcadores, pero con post-its amarillos llenos de
comentarios —Jardín botánico, a Rue le encantaría; Hacer una excursión si es posible;
Comprobar si está abierto— que sobresalen en todas direcciones. Avery la estudia y
luego levanta la vista con una sonrisa justo cuando el coche se detiene frente a una
villa. Veo a dos hombres fuera y siento un vuelco en el estómago.
«¿Nos hemos convertido en mejores amigas?», pregunta sonriendo.

18
Eso es precisamente lo que me da miedo.

19
Capítulo 3

Mi hermano nos espera en una mesa en un patio empedrado, sentado a la


sombra de un enrejado de madera cubierto de buganvillas de color rosa brillante; con
una mano sobre los ojos y la cabeza echada hacia atrás, riéndose. Frente a él está
Conor Harkness, todavía en medio de la narración de lo que sea que esté provocando
tanta alegría en Eli.
Es algo bueno. Que vaya a terminar con esto ahora, en el primer minuto de las
vacaciones. Una vez que haya superado la primera interacción con Conor, el tono
estará establecido y el resto será coser y cantar. Estoy segura de que eso es lo que él
también quiere: un acuerdo mutuo y tácito de indiferencia cortés. La pretensión de
que toda nuestra relación gira en torno a Eli.
«Increíble», dice Avery, todavía en la parte trasera del coche.
«¿El qué?».
«Escucha, lleva algo que no es ropa informal de oficina. Se avecina el
apocalipsis». Abre la puerta y sale. Tiny la sigue, pisoteándome para correr a los brazos
del único humano por el que nos enterraría a todos en una zanja. Salgo justo a tiempo
para verlo abalanzarse sobre mi hermano con toda la violencia desenfrenada de su
amor.
«Han pasado menos de cuarenta y ocho horas desde la última vez que lo viste»,
murmuro para mí misma, sin poder reprimir una sonrisa. «Muestra un poco de
dignidad, Tiny».
Entonces, por encima del hipnótico zumbido de las cigarras, oigo una voz
desconocida. «... no creo que sea descabellado esperar que, si mi oficina envía un CIM,
el director haga que su equipo lleve a cabo los procesos y prepare una presentación.
¿Me equivoco, Hark?». Las palabras salen de un teléfono puesto en altavoz, boca
arriba en medio de la mesa.
«¿Está hablando con...?», susurra Avery a Eli, que consigue asentir entre las
vigorosas lamidas de Tiny.
«Claro que sí».
Ella sonríe. «Pobre Molnar. ¿Está vivo? ¿Deberíamos empezar a cavar un hoyo?».
«Todavía no, pero me preocupa su salud mental».
«Te equivocas», dice Conor, mirando el teléfono como si fuera un niño salvaje
meando en su césped. Su expresión es una mezcla especial de agotamiento y disgusto
que solo la gente de dinero antiguo puede lograr. Su perfil, que una vez me impresionó
tanto que me obligó a educarme sobre la anatomía del hueso cigomático y su relación
con el maxilar, es idéntica a la última vez que lo vi. Debe haberse afeitado hace poco.
Quizás esta mañana. «Pero no pasa nada, Tomás, puedo perdonarlo. El problema es lo
profundamente tedioso que ha sido todo esto».

20
Eli hace una mueca divertida. La sonrisa de Avery se amplía.
«No voy a pedir a mis vicepresidentes ni a mis analistas cuantitativos que pierdan
una semana realizando análisis ad hoc y montando un maldito proyecto de
manualidades con macarrones para que lo pongas en tu nevera», continúa Conor. «Si
quieres fingir que estás jugando al juego de la aportación de capital, hazlo en tu
tiempo libre. Sabemos con un solo vistazo, que vuestro capital no alcanzará nuestro
umbral».
«Así no es como funciona, Hark».
«Así es como trabajamos. Nuestro proceso de inversión es riguroso y no vamos a
resolver a posteriori una cuenta de resultados para que el novio de tu hija pueda
obtener una inyección de efectivo para una startup que nunca ganará suficiente cuota
de mercado para ser sostenible».
«Como socio, tengo voz y voto...».
«No con un conflicto de intereses de esta magnitud. No sin nadie más que
respalde el acuerdo. No como socio comanditario. Tenemos unas cosas llamadas
palabras, y estas tienen significado».
Eli y Avery intercambian una risa silenciosa, y yo aparto la mirada para
contemplar las vistas. Son tan impresionantes que el lenguaje financiero con acento
irlandés de Conor se desvanece en un rincón remoto de mi cerebro.
Villa Fedra, donde se alojará la comitiva nupcial, está construida en lo alto de una
colina. Como la mayoría de las casas históricas de Taormina, se alza sobre el
acantilado, según mi guía de viaje, como defensa contra los ataques piratas y para
aprovechar al máximo la brisa en los sofocantes veranos sicilianos. Sabiendo eso,
siempre esperé que el paisaje fuera algo escarpado. Sin embargo, no había imaginado
lo empinado que sería el mirador. La abrupta caída del acantilado rocoso hacia las
estrechas playas blancas y la interminable extensión del mar.
El Jónico, como ahora sé.
Es demasiado. Demasiado hermoso. Las aguas turquesas y los árboles verde
oscuro son demasiado brillantes, como una postal generada por inteligencia artificial.
Excepto que cuando me alejo unos metros del coche y me inclino hacia delante, con
las palmas de las manos apoyadas en la barandilla de piedra instalada para evitar que
los visitantes borrachos se estrellen contra la pared rocosa, una ráfaga de viento me
golpea la cara.
Mi cerebro, aturdido por el jet lag y semicomatoso, se da cuenta de que este
lugar existe de verdad. Por increíble que parezca, estoy aquí. Y al girar la cabeza hacia
el suroeste, la realidad se vuelve aún más cuestionable, porque lo que domina la vista
es el monte Etna. El volcán más activo de toda Europa. Una presencia achaparrada y de
suave pendiente. Se eleva y se eleva y se eleva, culminando en un pico negro que es a
la vez aterrador y majestuoso.
«Esto es absurdo», me susurro a mí misma. Al volcán. Al aire. A todo el paisaje
marino siciliano.

21
«¿Verdad?». A mi lado, Eli apoya los codos en la barandilla. A sus talones, Tiny
persigue frenéticamente nuevos olores. «Me siento sucio y feo desde que llegamos
aquí».
Me giro para echar un vistazo a la villa, contemplo la hiedra y las glicinias que
decoran su fachada blanca y la comparo mentalmente con la casa donde crecimos.
Pavo real, te presento al pavo común. «Nos criamos en una choza infestada de ratas,
¿eh?».
«Y ni siquiera lo sabíamos».
«¿Qué clase de padres negligentes no plantan ni siquiera un huerto de cítricos en
su patio trasero?». Alargo la mano hacia el árbol a mi izquierda, plantado en una
maceta de cerámica de colores, y acaricio con la punta de los dedos una hoja brillante.
Cuando la aparto, descubro un limón, regordete y jugoso, y un poco pornográfico. Su
aroma perfuma el aire que nos rodea, mezclándose con la salmuera del mar y algo que
me recuerda al tomillo. El matorral que trepa por el acantilado, como si intentara
alejarse de nosotros, es un arbusto de tomillo que crece espontáneamente. Me
encanta. «Cuidado, Eli. Rue podría dejarte por este limón».
«Demasiado tarde. El limón y yo ya nos hemos fugado».
Sonrío y él me rodea con un brazo por los hombros para estrecharme contra él.
Mi hermano y yo no solemos abrazarnos mucho, pero me siento fuera de lugar por
todo tipo de razones, y esto me reconforta. «Me alegro de que hayáis decidido hacer
esto aquí. Sé que me quedé boquiabierta cuando me dijisteis que no ibais a hacer cola
durante seis horas en la oficina del secretario del condado de Travis para intercambiar
anillos de botellas de plástico. Pero esto realmente parece...».
«¿Como algo más que una idea de último momento?». Asiento con la cabeza
mientras él se retira. «¿Como si realmente me hubiera tomado un tiempo libre para
celebrar y reconocer públicamente el hecho de que estoy enamorado de Rue?».
«Uf, guárdatelo para ti, por favor». Pero cuando intenta darme un coscorrón, no
puedo evitar reírme. «Además, no parece que te hayas tomado el día libre en el
trabajo».
«Oh, sí que lo hice. Es Hark quien es incapaz por naturaleza de no revisar su
correo electrónico. Lo cual está bien, ya que verlo buscar pelea es uno de mis
pasatiempos favoritos».
Aparté la mirada. «¿Dónde están los demás? Pensé que Avery y yo seríamos las
últim<s en llegar».
«Lo erais. La mayoría está recuperando el sueño. Alguien se ha ido al centro de la
ciudad y Rue está dando un paseo por la playa con Tisha».
Echo un vistazo al acantilado. Sigue siendo empinado y está medio cubierto de
musgo y arbustos. «¿Han saltado?».
Señala un punto un poco más abajo en la costa, donde la pendiente es más
suave. Alguien instaló allí una escalera de piedra, enclavada en el denso suelo de color
naranja quemado. Da varias vueltas antes de terminar en lo que parece una playa

22
privada. «Oh, qué bonito». Dejo que mi mirada siga la línea de la costa y entonces lo
veo. Justo allí, en la bahía, a unos cientos de metros del océano, hay un pequeño islote
rocoso cubierto de exuberante vegetación.
«Joder. No pensaba que estaríamos tan cerca. ¿Eso es...?».
Eli asiente. «Isola Bella».
Cuando leí sobre ella por primera vez, lo único que pensé fue que los lugareños
podrían haberse esforzado un poco más en el proceso de nombrarla. Pero ahora que
estoy aquí, se me ocurre que la simplicidad puede tener sus ventajas. Porque... sin
duda es precioso. Y es una isla, al menos eso creo. Un montículo redondeado y
dentado de color verde y gris, completamente rodeado por el mar. La única excepción
es una delgada franja de arena de guijarros que lo conecta con el continente.
«¿Es marea alta? Ahora mismo, quiero decir».
Eli se encoge de hombros. «No lo sé. ¿Por qué?».
«Marea baja», dice una voz grave detrás de nosotros. «El banco de arena estaba
bajo el agua esta mañana».
Bueno. Supongo que lo he pospuesto todo lo que he podido.
Exhalo, pongo una expresión serena en mi rostro y me doy la vuelta. «Hola,
Conor», digo alegremente. Lo cual es... una elección, dado que casi todo el mundo lo
llama Hark.
Pero son viejas costumbres.
«Maya», dice él.
No «Hola, Maya». Ni «Maya, hola». Está claro que no siente la necesidad de
salpicar sus correos electrónicos con puntuación excesivamente entusiasta. Conor
apenas sonríe, aunque me niego a tomármelo como algo personal. Es simplemente
como es: agresivo, impaciente, a veces cruel. Quizás provenga de la familia
emocionalmente distópica que lo crió. Quizás sea una estrategia comercial deliberada,
ser a la vez intenso, aterrador y enojado como el verdadero camino para encarnar al
tipo con la cartera llena. Siempre pensé que los trajes hacían mucho trabajo pesado,
pero él lleva pantalones color whisky y una sencilla camiseta blanca, y aún así nunca
podría confundirlo con un desarrollador de software o un profesor de filosofía.
Sinceramente, no es mi tipo. Demasiado trabajador. Incapaz de relajarse.
Demasiado obstinado. Demasiado idiota.
Y durante los últimos tres años de mi vida, he estado enamorada de él.
Siempre he sido terca, pero esto es retorcido. Esclerótico. Tóxico. Mi cerebro se
enamoró de él cuando tenía veinte años, y aquí sigo. A pesar de todo lo que ha pasado
desde entonces.
Todos esos profesores diciéndole a mi hermano lo inteligente que era, y aquí
estoy. Siendo jodidamente idiota.
«¿Qué tal la universidad?», me pregunta. Tiene un don para esto: hacer
preguntas inocentes que me ponen en mi sitio. Que, en su cabeza, es en la piscina
infantil. Lejos de los adultos. Lejos de él.

23
«Genial». Sonrío, ignorando deliberadamente la forma familiar en que Avery
apoya la mano en la parte posterior de su brazo. Sabías que esto iba a pasar, me
recuerdo a mí misma. Y el contacto físico es algo totalmente normal entre personas
que disfrutan de la compañía mutua.
No recuerdo la última vez que lo toqué.
«Avery», le pregunto a mi nueva amiga, «¿has visto lo cerca que está Isola
Bella?».
«¡Sí! Tengo muchas ganas de explorarla». Frunce el ceño. «También tengo
miedo. No soy muy buena nadando».
«Podemos ir juntas», le ofrezco.
«Sería genial».
«Estaba pensando en ir más tarde, quizá después de una siesta...».
«Por Dios, Maya», se ríe Eli. «Estamos aquí una semana y no tenemos nada
planeado para la mayor parte de ella. Aprovecha hoy para dormir y recuperarte del jet
lag. Vamos, te mostraré tu habitación». Acepta una de las maletas del conductor y se
dirige hacia el pórtico, pasando entre dos columnas blancas estriadas con Tiny a
cuestas.
Nada me gustaría más que seguirlo, pero...
«Eli, esa es mi maleta», grita Avery, corriendo tras él.
«Mierda... Vale, ¿por qué no te enseño tu habitación, Avery? Hark, ¿puedes
llevar tú a Maya? Puede escoger cualquiera de las habitaciones libres».
Conor no responde. Sin embargo, le da al conductor unos billetes, intercambia
con él unas palabras que no entiendo y coge mi maleta.
Bien. Bien.
«¿Hablas italiano?». Le pregunto alegremente. No sueno como si quisiera
arrancarme el bazo y dejar que la hemorragia me matara, y estoy orgullosa de ello.
«Sí».
«¿Es porque... Espera, ¿esa niñera de la que me hablaste era italiana? ¿La que
colgaba un jamón en la ducha?
«Lisa se habría enfadado mucho por tu insinuación de que se rebajaría a comer
otra cosa que no fuera prosciutto».
Entramos en el vestíbulo de mármol y se hace el silencio entre nosotros.
«¿El jamón y el prosciutto son diferentes?», pregunto con indiferencia, porque
no soporto el silencio. Vamos, Conor, pienso. Ayúdame. Marquemos el tono. Seremos
cordiales desconocidos durante el resto de la semana. «¿Quién puede distinguirlos?».
«El prosciutto es un tipo de jamón», dice. No es brusco, pero sí conciso.
«Ah». Al menos estamos dentro. Y si hay algo que sin duda puedo hacer en un
elegante edificio de tres pisos del siglo XIX es señalar los impresionantes detalles
arquitectónicos para compensar la falta de conversación.
«Mira ese fresco».
«No puedo creer lo elaborado que es el techo».

24
«Me pregunto si esa lámpara de araña funciona».
Es molesto, y tal vez también humillante, que Conor solo responda a preguntas
directas. Deja que mi charla llene El silencio y me lleva escaleras arriba. Lo sigo.
Observo sus hombros atléticos, de antiguo remero, mientras lleva sin esfuerzo mi
equipaje. Su espeso cabello castaño oscuro, ahora aún más salpicado de canas que la
última vez que lo vi. El ceño fruncido que se acentúa en su frente, empujándome a
parlotear un poco más.
«Me encantan las puertas francesas».
«¿Alguien se daría cuenta si robara esa alfombra?».
«¿Es eso una biblioteca?».
Estoy segura de que hay personal en algún lugar del recinto, pero no nos
cruzamos con nadie. Eli debe de haber elegido una habitación en la segunda planta
para Avery, quizá junto a la de Conor. Sin duda, eso explicaría por qué Conor me llevó
hasta la tercera. Las medidas que toma para evitarme siempre me han impresionado.
«¿Esta está bien?», pregunta, interrumpiendo mi monólogo sobre el suelo de
mosaico del pasillo para señalar una puerta. Una llave maestra plateada y
ornamentada descansa dentro de la cerradura. Cuando asiento con la cabeza, lleva mi
bolsa al interior.
«Muchas gracias. Eli tenía razón, estoy agotada. Mejor me echo una siesta antes
de desplomarme». Es una clara invitación a marcharse. Pero Conor cierra la puerta tras
de sí, con los ojos oscuros repentinamente duros.
Me muero un poco.
Me muero mucho, porque me pregunta: «¿Estás colocada?».
«Yo...». Parpadeo, sin saber si estoy procesando la pregunta correctamente.
«¿Perdón?».
«¿Consumes drogas? ¿Estimulantes? ¿Es algo que haces en los vuelos
internacionales?».
«Yo... Lo siento, ¿qué?».
«No voy a delatarte. Pero si hay algún problema...».
«No. ¿Por qué demonios crees que estoy drogada?».
Se acerca a mí, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Siempre ha sido
demasiado alto para mi comodidad, tanto física como espiritualmente. «Estás
maníaca. Tienes las pupilas dilatadas. Has estado hiperactiva y nerviosa desde que
saliste del coche, vomitando palabras...».
«Así soy yo».
Se ríe. El sonido oscuro llena la habitación. «Maya».
Hay mucho detrás de esa palabra. Maya, vamos. Maya, sé cómo eres. Te
conozco, Maya.
Y sí. Él me conoce. Por eso debería saber que no tomaría drogas en la boda de mi
hermano. «No estoy drogada. Y tú podrías ser un poco más agradecido».
Él frunce el ceño. «¿Agradecido con quién?».

25
«Conmigo. Por intentar ser comprensiva».
«¿Comprensiva?». Un bufido divertido. «No has sido comprensiva ni un segundo
en tu vida».
«Pero puedo serlo».
«Maya». El mismo tono. Niega con la cabeza y me mira, como si nunca se le
hubiera ocurrido que yo quisiera fingir que las cosas entre nosotros no son tensas,
incómodas y complicadas. «Duerme un poco. Y deja de comportarte como una niña
que se atiborra de refrescos rojos». Se da la vuelta para marcharse, sin estar lo
suficientemente molesto como para enfadarse. Tan desdeñoso conmigo como
siempre.
Y es entonces cuando decido que, si él va a jugar a este juego, yo se lo voy a
poner difícil. «Fue Avery, ¿verdad?».
Se queda paralizado, de espaldas a mí. «¿Qué?».
«Ella fue la razón por la que dejaste de hablarme».

26
Capítulo 4

Conor se da la vuelta muy, muy lentamente.


Lo suficientemente lento como para que yo pueda poner una expresión neutra,
ni demasiado enfadada ni demasiado dolida.
Él también lo recuerda, nuestra última conversación. Sus palabras por teléfono,
precisas, formales, definitivas. El largo silencio antes de que yo lograra responder. Mi
risa un poco incrédula. «Estoy empezando a salir con alguien, Maya. Y me preocupa
que ella pueda malinterpretar la relación entre tú y yo».
Le colgué el teléfono. Y me arrepentí cuando no volvió a llamar, ni esa noche ni
ninguna otra en los últimos diez meses. Está claro que mis problemas de ira siguen
vivitos y coleando.
Me bastó una sola pregunta casual a Eli para descubrir que esa persona era
Avery, pero eso fue todo lo que averigüé sobre la relación. Conor nunca iba a actualizar
las cuentas de redes sociales que no tenía con fotos de sus románticos fines de semana
en la costa, y seguir indagando solo habría hecho sospechar a Eli.
Intenté volver a contactar con Conor. Al fin y al cabo, éramos buenos amigos. A
pesar de su miedo a las malinterpretaciones, nuestra relación había sido
explícitamente no romántica. Pero Conor se dio cuenta de eso. En lugar de contestar
mis llamadas, me respondía con mensajes de texto que dejaban algo muy claro: él
estaba ahí para mí, pero prefería enviarme un millón de dólares que tener una
conversación de cinco minutos conmigo.
Y hoy, después de casi un año de silencio, me mira a los ojos y dice con cautela:
«Avery y yo no hemos estado juntos en meses».
«Lo sé». Sonrío a pesar del sabor amargo en mi boca. «Una historia interesante:
Minami y Sul vinieron hace un par de semanas. Empezaron a hablar de vosotros dos.
De lo triste que era que no hubiera funcionado. De que pensaban que solo era una
cuestión de tiempo. Están seguros de que este viaje os reunirá».
Conor cierra los ojos y dilata las fosas nasales con ira. Al fin y al cabo, su
temperamento se dispara casi tan rápido como el mío. «Todos deberían ocuparse de
sus malditos asuntos».
Me obligo a encogerme de hombros. «Entiendo por qué lo dicen. Avery es muy
simpática. Y tiene la edad adecuada».
«Maya».
«Por cierto, ¿cuántos años tiene?». Es mi turno de cruzar los brazos. Invadir su
espacio. Esta es una conversación peligrosa. En mi intento por hacerle sufrir tanto
como he sufrido yo, puede que haya perdido mi instinto de supervivencia. «Solo te lo
pregunto porque ambos sabemos que consideras que la ausencia de diferencia de
edad es el requisito fundamental para una relación exitosa».

27
«Maya».
«¿Qué?». Inclino la cabeza. «Somos amigos. Creo que es normal que sienta
curiosidad. Me encantaría saber qué le gusta a mi amigo de esta chica que...».
«Precisamente eso, que no es una chica». Conor aprieta la mandíbula. Cuando
continúa, puedo sentir la frecuencia de su ira en su tono. «Nada de esto es relevante.
Avery y yo somos compañeros de trabajo y amigos. La razón por la que estoy aquí es
para celebrar la boda de Eli. No tengo más interés en retomar mi relación con ella que
en retomar la mía contigo».
Es como un puñetazo en el estómago. Ordeno a todos los músculos de mi cara
que se mantengan inmóviles, pero esa última palabra me golpea con tanta fuerza que
retrocedo un poco.
Conor se da cuenta. Se da la vuelta, con los tendones del cuello repentinamente
tensos. «Por el amor de Dios, Maya». Se pasa la mano por la cara. Por un instante,
parece tan destrozado como yo me siento. «La última vez que hablamos fue hace casi
un año. Estuviste en el extranjero durante meses. Tú eres... Lo tienes todo a tu favor».
«¿Qué tiene eso que ver?». Odio lo débil que suena mi voz.
«Esperaba que hubieras seguido adelante».
«¿Seguido adelante con qué?».
«Con preocuparte por...».
«¿Por ti, Conor?». Niego con la cabeza, riendo. Realmente divertida. «Por
curiosidad, ¿crees que mi cerebro aún no es capaz de formar recuerdos a largo plazo?
¿O simplemente que no tengo la capacidad de mantener emociones...».
«Basta», me interrumpe bruscamente. Me mira fijamente a los ojos y dice: «Voy
a salir de esta habitación asumiendo que estás drogada».
«No lo estoy...».
«Y», me interrumpe, «la próxima vez que nos crucemos, espero que hayas
dejado atrás lo que sea que sea esto y que dejes de comportarte como la niña mimada
que tanto te gusta recordarme que no eres».
Da media vuelta y se dirige hacia la puerta.
«Conor», le llamo. Cuando no se detiene, continúo: «Eras mi mejor amigo. Y yo
era la tuya. Siempre me importarás. No hay forma de evitarlo».
Una pizca de vacilación, un tropiezo en sus movimientos... Creo que lo percibo,
pero podría ser mi imaginación. Porque Conor nunca mira atrás. Me deja sola
mirándolo, con el puño cerrado, los dientes apretados y murmurando un silencioso
«joder».

A menudo siento como si Eli y Conor hubieran sido mejores amigos desde antes
incluso de que yo conociera a mi hermano.

28
No es cierto, por supuesto. Eli es unos catorce años mayor que yo, pero se fue de
casa para jugar al hockey en una universidad de Minnesota cuando tenía unos
diecisiete años y yo aún no había cumplido los cuatro, lo que significa que en algún
momento a principios de la década de 2000 vivimos bajo el mismo techo. Durante
varios años. Por desgracia, no recuerdo mucho de ellos. De hecho, tengo dos
recuerdos de mi infancia con Eli: que me llamaba «calabacita» y aquella vez que
discutió con papá y dio un portazo tan fuerte que se cayó de la pared de mi habitación
un cuadro de Bob Esponja y Calamardo cogidos de la mano.
Quizá sea bueno que mis padres murieran pronto, porque no estoy segura de
que hubieran podido soportar verme convertirme en una adolescente tan encantadora
y tranquila como lo había sido Eli, es decir, nada de eso. Una puede pasar por esa
mierda una vez, pero ¿dos veces en el espacio de dos décadas? Me gusta pensar que,
si hay vida después de la muerte, ahora mismo están brindando con piñas coladas,
aliviados.
Si hay que creer en las historias, los pasatiempos favoritos del joven Eli eran
discutir con nuestro padre, cabrear a nuestro padre y provocarle una angina de pecho.
A mí me parece típico de un adolescente, pero después de que Eli se mudara, papá
hablaba de él como si fuera el bebé de Rosemary infiltrándose en nuestro sagrado y
indefenso hogar, y... bueno. Papá podía ser un hombre difícil. No con su preciosa hijita,
a la que solía llamar su princesa duendecilla, y que venía a hacerme cosquillas cada vez
que fingía estar molesta por lo fuerte que estornudaba o por los constantes
comentarios sarcásticos sobre mis programas de televisión favoritos, que siempre se
detenía a ver conmigo en la sala de estar. Sin embargo, en cuanto a Eli... No culpo a mi
hermano por haber vuelto a visitarnos menos veces de las que tiene dedos en los pies
cuando tenía entre dieciocho y veintitantos años. Al fin y al cabo, yo pensaba hacer lo
mismo cuando me mudé a Escocia para ir a la universidad.
No sé si Eli soñó alguna vez en serio con convertirse en jugador profesional de
hockey. Lo que sí sé es que durante la universidad se dio cuenta de que le encantaba la
investigación biomédica y, tras graduarse, dio un giro radical, pasando de ser un
deportista a... seguir siendo un deportista, pero uno que maneja pipetas. Volvió a
Austin, pero nunca aumentó la frecuencia de sus visitas. En cambio, comenzó un
doctorado en ingeniería química en la Universidad de Texas, y allí conoció a Conor, que
estaba un año por delante en el mismo programa, y a Minami, una posdoctorada. Los
tres se hicieron mejores amigos al instante.
Después de que mis padres fallecieran, cuando Eli se convirtió en padre soltero
de la noche a la mañana, Minami y Conor le ayudaron enormemente. No estoy segura
de si estaría aquí si Minami no le hubiera dicho a mi hermano que quizá una
temperatura de 40 grados justificaba una visita a urgencias, o si Conor no hubiera
asumido las tareas de Eli mientras este me llevaba a urgencias y, muy probablemente,
pagaba la factura.

29
Después de eso, pasaron muchas cosas. Aquí hay una historia, una con más
perspectivas que un prisma. Ha cambiado con los años y, de alguna manera, involucra
a Rue mucho antes de que ella y Eli se conocieran en una aplicación de citas. Por
desgracia, nadie me la cuenta con claridad, y he dejado de preguntar. Los puntos clave
incluyen, sin ningún orden en particular: Eli, Conor y Minami expulsados de la UT en
desgracia; Conor y Minami enamorándose, aunque Minami luego dejó de estar
enamorada y se casó con otra persona. (¿Es por eso que Conor es un idiota? No. Me
niego a culpar a las mujeres por el peor comportamiento de un hombre, aunque me
culpo a mí misma por seguir sintiéndome atraída por él, incluso cuando debería
saberlo mejor); Eli, Conor y Minami fundaron Harkness, una empresa de capital riesgo
biotecnológico; beneficios.
Hubo muchos altibajos financieros a medida que la empresa se expandía y crecía.
Pasé de ser una niña a la que le decían «quizás podamos ir a Disney si ahorramos un
par de años», a una preadolescente a la que le decían «el banco va a embargar la casa,
hoy no puedo darte dinero para el almuerzo, pero toma, aquí tienes un sándwich que te
he preparado», y luego a una adolescente a la que le decían «sí, puedo pagar tu
matrícula universitaria, sí, vayas donde vayas».
A Harkness le va bien. Durante la primera década, los socios gerentes fueron Eli,
Conor, Minami y su marido, Sul. Luego, hace unos dos años, Eli conoció a Rue y decidió
reducir sus horas de trabajo para... mirarla, ¿creo? Entonces Minami y Sul tuvieron a
Kaede, la niña más adorable del universo. Fue entonces cuando empezó a aparecer el
nombre de Avery.
Tiene el perfil perfecto. Es amiga de Minami desde hace mucho tiempo. Antigua
consultora de MBB: hemos trabajado con ella durante años y nos gusta su estilo.
Recientemente ha terminado una relación sentimental larga y le gustaría cambiar de
aires. Está cansada de la costa este y está pensando en mudarse a California.
O a Austin.
Avery se hizo cargo del trabajo de Minami y Sul mientras estaban de baja por
maternidad. Sin embargo, unos meses más tarde, cuando llegó el momento de volver,
anunciaron que, después de haber tenido a «la niña más bonita del universo» (estoy
totalmente de acuerdo), querían pasar «mucho tiempo» con ella. «Muchísimo
tiempo». Y como ahora sabían con certeza que sus genes combinados eran material
para «el niño más bonito del universo», estaban pensando en tener otro bebé pronto.
Ambos participaban por igual en la crianza de su hija y no estaban seguros de si
volverían a Harkness a tiempo completo.
Fue entonces cuando el puesto de Avery se convirtió en permanente.
Unos meses más tarde, Conor, a quien en ese momento consideraba mi mejor
amigo, me dijo que iba a empezar a salir con alguien. ¿Podría irme a la mierda y
alejarme de su vida?
Por supuesto que podía. Me fui a Suiza y nunca más volví a pensar en él. ¿Conor
quién? ¿Quién. Cojones. Es. Conor?

30
«Chica», dice una voz por encima de mí. «Está claro que estás a punto de matar a
alguien, y aunque no voy a interponerme entre tú y tu víctima, ¿podrías contarme los
detalles antes? Quiero asegurarme de que tenemos algo con lo que trabajar en el
juicio».

31
Capítulo 5

Levanto la vista del agua tranquila de la piscina y me bajo las gafas de sol por el
puente de la nariz. De pie en la terraza de madera, con un bikini amarillo brillante que
contrasta perfectamente con su piel oscura, luciendo como una maldita supermodelo,
está mi abogada favorita en todo el mundo. Contemplo sus largas piernas
redondeadas, su figura de reloj de arena, las brillantes ondas que caen sobre sus
hombros. Mis ojos se detienen en el sombrero de paja de ala ancha, y mi ceño fruncido
se convierte en una sonrisa que me ilumina el rostro.
Nyota. La hermana menor de Tisha, la amiga de la infancia de Rue y, por
supuesto, amiga de Rue. Aunque el pasatiempo favorito de Nyota sea burlarse de
ambas.
«No sabía que llevabas casos penales», digo, subiéndome las gafas de sol.
«Mi especialidad es la quiebra. Pero está claro que vas a necesitarme después de
la masacre».
Si no la abrazo es solo porque parece demasiado perfecta para someterla a la
infamia del cloro. La veo sentarse en la tumbona junto a la mía, colocar una toalla
sobre el reposacabezas y esbozar una sonrisa poco habitual en ella. El aroma de su
perfume, rosas y verbena, flota en mi dirección. «¿Por eso no encontraba a nadie en la
casa? ¿Ya ha tenido lugar la masacre? Maldita sea, ¿me lo he perdido?».
«No. Pero la cena es dentro de una hora. La mayoría de la gente se está
preparando o echando la siesta». Me desperté hace treinta minutos, aturdida, sin
haber descansado nada y todavía con muchas ganas de destrozar algo. Por la
seguridad de las almohadas antiguas, decidí ponerme un bañador de una pieza y nadar
enérgicamente para eliminar la irritación de mi cuerpo.
No funcionó del todo.
«Te prometo que no te aburriré toda la semana con mi adoración incondicional,
pero permíteme decirlo solo esta vez: estoy tan jodidamente feliz de que estés aquí,
Nyota».
«Como debe ser», dice ella con altivez. Pero añade: «Yo también. Sabes que me
gusta rodearme de compañeros intelectuales».
Cuando Rue entró en la vida de Eli, trajo consigo muchas cosas maravillosas,
siendo Tisha y Nyota mis favoritas. Desde el principio me fascinó la dinámica entre
ellas y sentí el deseo de tener una hermana. Preferiblemente, una que fuera la más
mala, con los comentarios más crueles sobre mi pelo, mi ropa y mis decisiones vitales,
aunque siguiera pareciendo que se tiraría bajo un autobús por mí.
Presento a Nyota. Es unos años mayor que yo, pero congeniamos desde el
momento en que nos conocimos. «Es porque las dos somos las hermanas pequeñas y

32
considerablemente más inteligentes que nuestros hermanos mayores», me dijo.
Delante de Eli y Tisha.
«Diría que no es por ofender», añadió en su dirección. «Pero es por ofender».
Ni Tisha ni Eli parecieron inmutarse.
Nyota y yo no nos enviamos mensajes diarios con las novedades de nuestras
respectivas vidas. Y, sin embargo, estamos en contacto constante. Hemos desarrollado
un sistema maravillosamente sencillo para demostrarnos nuestro amor y respeto
mutuos, que consiste en llenar las cuentas de redes sociales de la otra con enlaces a
vídeos y memes relevantes.
«¿También has venido sola?», le pregunto.
«Nunca voy a las bodas con acompañante».
«¿Por qué?».
«Se sienten incómodos cuando desaparezco con los hombres más atractivos de
la fiesta».
Casi escupo lo que tengo en la boca, y ni siquiera estoy bebiendo.
«Maya, la situación es grave». Se reclina hacia un lado, como un centurión
romano después de una batalla. «Cada vez es más difícil conocer a chicos con los que
realmente quiera acostarme».
«Ya me lo dijiste la última vez que hablamos. Pero luego busqué tu empresa en
Google».
«¿Y?».
«Vi las fotos de tus colegas. Están bien. El pelo peinado hacia atrás me da un
poco de asco, pero eso se puede arreglar».
«El problema es que todos son abogados. Y me niego a acostarme con un
abogado».
«¿Por qué?».
«Es incesto, Maya. Solo cuéntame todo...». Señala mi cara con la mano. Sus
largas uñas brillan bajo el sol de la tarde.
«¿Todo?».
«La masacre. Cuéntame la rabia que sientes».
«Hmm, prefiero olvidarlo. Dime, ¿has conocido a todos?».
«Creo que sí. Excepto a... Avery, creo que se llama. Tengo que decirlo». Se quita
las gafas de sol, dejando al descubierto unas pestañas gruesas y perfectamente
rizadas. «He estado haciendo inventario y es una situación bastante peculiar».
Estoy preparada para que diga algo estratosféricamente escandaloso. «¿En qué
sentido?».
«En cuanto a cantidad, las cosas no pintan bien. Seis hombres, solo tres solteros.
Quiero decir... simplemente me niego a ligar con el novio».
«Me alegro de oírlo».
«Sin embargo, los solteros parecen ser de gran calidad. Como el jugador de la
NHL».

33
Gruño. «¿Axel?».
«Sí. Está bien. Y vino con su hermano menor, Paul. Que también está bien».
«Dios, no he visto a Paul en años. De hecho, puede que se haya convertido en
abogado mientras tanto».
«No. Lo he comprobado. Es ingeniero». Arruga la nariz. «Aunque parece muy
simpático, lo que no es buena señal».
«¿Para qué?».
«Para que no se pegue a mí después de la boda». Se encoge de hombros. «Los
simpáticos caen fácilmente. Y, por alguna extraña razón, cuanto más mala soy, más me
desean. Quizá debería ir a por el tercero».
«¿Quién?».
«Hark. También es guapo. Tiene la edad suficiente para saber lo que hace. Por
encima de todo, si tengo un talento —y tengo un millón— es elegir al hombre más
emocionalmente inaccesible de un grupo, y vaya si lo es. Te garantizo que ese tipo no
ha experimentado un sentimiento desde los noventa. Así que podría...».
«Es mío», suelto.
En realidad, no: puede que lo haya siseado. Entre dientes. Lo que hace que el
esbelto cuello de Nyota se encogiera y sus ojos se agudizaran.
«Dios». Me froto los ojos. Rezo en silencio para que un nunchaku gire hacia mí y
me elimine. «Mierda. No quería...».
«Vaya, vaya, vaya. Vaya».
«Lo siento». Tragué saliva. «Ha sido una mierda y un poco agresivo por mi parte.
Si quieres liarte con Conor, puedes...».
«Conor, ¿eh?». Ella asintió lentamente. «Es la primera vez que oigo que le llaman
así».
«Bueno. Es su nombre».
«Hm-hmm. ¿Y cuándo te invitó Conor a llamarle por su nombre de pila?». Baja la
barbilla. «¿Fue cuando te lo follaste?».
Me echo a reír. «¿Te refieres a en mis sueños?».
«Así que lo admites». Nyota intrigada es formidable e imparable. Todas las Nyota
lo son. «¿Sabe tu hermano que te gusta su mejor amigo?».
«Él... Es una historia muy larga y aburrida».
«Soy abogada corporativa, chica. Mi tolerancia al aburrimiento es mayor que el
techo de la deuda».
«Para tu información, nada ha cambiado desde la última vez que nos vimos. Sigo
sin entender los chistes relacionados con las finanzas».
«Pobrecita, solo eres una maldita física nuclear, buuuhuuu». Ella niega con la
cabeza y yo vuelvo a reírme. «Cuéntalo, Maya».
«No hay mucho que contar. Eli lo sabe, pero también lo ignora. Cuando volví de
Escocia, empecé a coquetear abiertamente con Conor delante de Eli... más o menos en
broma».

34
«Más bien menos, supongo».
«Le decía cosas como... «Oh, me he dado cuenta de que Hark es guapo después
de todo». «¿Has visto lo bien que le quedaba la corbata roja?». Ese tipo de cosas. Por
supuesto, Eli no quería oír nada de eso. Eso era el noventa por ciento de la diversión.
Pero él nunca supo...». No me atrevo a terminar la frase.
«Entonces, ¿el problema es Eli? Si pasara algo, ¿se volvería loco, tipo, Tío, te
estás tirando a mi hermana pequeña, voy a tener que matarte ahora mismo?».
«Qué excelente impresión. Pero lo dudo. Y a estas alturas, él cree que ya lo he
superado».
«Entonces, si no es Eli, ¿qué te impide tirarte a Hark?».
«Él... es mayor, para empezar».
«¿Y eso es un problema, porque...?».
«Buena pregunta». Y muy válida. Me masajeo la sien. «Al parecer, las diferencias
de edad son muy objetables desde el punto de vista moral».
Ella hace un gesto con la mano. «Me parece una generalización excesiva. Claro,
algunas lo son. Pero tú eres adulta. No hay nada de malo en tener un pequeño
romance veraniego problemático. Especialmente si te lanzas a él con los ojos bien
abiertos».
«Según Conor, sí lo hay. Algo malo, quiero decir».
«Espera. ¿Hark sabe que te gusta?».
«Él...». Suspiro.
«Déjame reformular la pregunta. ¿Te conoce como algo más que la hermana de
Eli? ¿Alguna vez has tenido una conversación privada con Conor Harkness?». Debe de
ver algo en mi rostro, porque se acomoda más cómodamente contra los cojines, y yo...
Le cuento todo.

35
Capítulo 6

TRES AÑOS, DOS MESES Y TRES SEMANAS ANTES


EDIMBURGO, ESCOCIA

Llevo cuarenta y cinco minutos sollozando —de forma grotesca, con flemas y
temblores en los hombros— cuando se me ocurre que hay alguien a quien podría
llamar.
Mi hermano mayor.
Eli no es en absoluto mi primera opción. De hecho, está tan abajo en la lista que
ni siquiera lo considero hasta que una turista rubia pasa junto a mí con una camiseta
azul marino de Penn State. Me mira brevemente antes de volverse hacia su novio, sin
duda para intercambiar una mirada del tipo «¿Qué coño le pasa a la chica de ojos de
mapache cubierta de mocos sentada en St. Andrews Square Garden al atardecer?».
Miro con resentimiento cómo se cogen de la mano, imagino que le lanzo un
cuchillo por la espalda, y es entonces cuando las letras se unen para formar algo con
sentido.
Equipo de hockey sobre hierba de Penn State.
Hockey sobre hierba.
Hockey.
Eli.
En cuanto a asociaciones de ideas se refiere, es bastante débil —mi hermano
solía jugar a la variedad sobre hielo de este deporte—, pero ¿a quién le importa? Me
recuerda que no estoy completamente sola en este pequeño y mierdoso planeta.
Puede que se esté acabando la luz del día, pero existe alguien que está emparentado
conmigo por sangre. Nuestros genes compartidos podrían obligarle a coger el teléfono.
O incluso el simple hecho de que le estoy llamando por primera vez desde que volví a
Texas para las vacaciones de verano. El año pasado.
Las conversaciones con mi hermano no son mi pasatiempo favorito. Pero los
mendigos no pueden elegir, y no me he dado muchas alternativas en los cuatro años
que llevo viviendo en Escocia. Apenas mantuve el contacto con mis amigos de Austin:
del instituto, del patinaje artístico, de esos grupos de duelo a los que me obligaban a
asistir cada dos semanas. Un nuevo país, pensé, decidida a dejar atrás las tonterías de
mi adolescencia. Un nuevo círculo social que no me vería como una persona afligida y
defectuosa. Tenía mucho sentido, sobre todo después de conocer a Rose el primer día
de S1.
«Disculpa», me dijo después de darme un golpecito en la espalda. «¿Te molesta
que te toque el culo?».

36
Miré hacia atrás. Contemplé una hermosa nariz respingona y unos ojos verde
botella. «No mucho».
«Entonces, será mejor que superes tus reservas en los próximos segundos».
«¿Por qué?».
«Porque está claro que te has sentado en caca de paloma y la parte trasera de
tus vaqueros parece como si te hubieras cagado encima».
Intenté mirar por encima del hombro. No vi nada.
«No va a funcionar, no si lo haces tú», dijo con simpatía, antes de sonreír y
añadir: «Alguien tendrá que tocarla. Mejor que sea yo».
Rose tenía razón: la necesitaba en mi vida por muchas razones, la mayoría de las
cuales ni siquiera tenían que ver con la tintorería. Era irreverente y amable. Siempre
sincera y nunca crítica. La adoré desde el principio, y luego la adoré aún más cuando
me presentó a Georgia, su prima salvaje y fiestera. Siempre había querido ser el treinta
y tres por ciento de un trío, y vaya si lo consiguieron. Durante los últimos cuatro años,
estuvieron ahí en todo momento: exámenes, adaptarme a un nuevo país, descubrir
qué demonios quería hacer con mi vida. Las pequeñas tragedias y las alegrías
abrumadoras de la vida cotidiana.
Excepto que Rose y Georgia no están disponibles para mí en este momento.
Desgraciadamente, están ocupadas apoyándose mutuamente. Y también Alfie, el chico
que me dejó hace exactamente seis días, después de un año y medio juntos.
«No funciona», me dijo con una mueca de dolor. «Lo siento, Maya. Simplemente
no funciona». Me preguntaba por qué era tan parco en detalles y...
Bueno. Ahora lo sé, ¿no? Y aquí estoy, limpiándome los mocos de la cara con la
manga de mi suéter, buscando el número de mi hermano en mis contactos. Lo uso tan
poco que no lo encuentro de inmediato. ¿No lo guardé bajo Eli? ¿O Killgore? ¿Cómo
diablos...? Ah. Ahí está. Debo haberme sentido muy ingeniosa ese día.
Zilla, hermano.
Escucho el tono de llamada. Respiro hondo. No quiero parecer que estoy
teniendo un colapso mental cuando le diga a Eli que...
¿Qué? ¿Qué le voy a decir a mi hermano? Hola, un idiota con el que he estado
saliendo y del que nunca te he hablado me acaba de romper el corazón. Quiero decir,
¿qué pretendo conseguir con...?
«Harkness Group, ¿en qué puedo ayudarle?», pregunta una voz femenina. Es
amable, con un tono ligeramente artificial. Como de recepcionista. ¿He llamado por
error al trabajo de mi hermano?
«Hola. Buscaba a Eli Killgore». Pensé que este era su número de teléfono.
«El Sr. Killgore está de camino a Australia y, durante las próximas horas, sus
llamadas se desviarán a mí. ¿Con quién hablo?».
«Maya. Yo... ».
«Ah, sí. Estábamos esperando su llamada».
¿Estaban?

37
«Por favor, espere».
Un breve interludio de música de ascensor con toques de jazz se ve rápidamente
interrumpido por un seco «¿Sí?». Es una voz masculina, con un tono rico, articulada
con claridad y ligeramente ronca. Me resulta familiar, pero no consigo identificarla. No
es la de mi hermano.
¿Qué diablos se responde a un «Sí»?
Me aclaré la garganta. «Hola. Quería hablar con Eli».
«Eli está de camino hacia donde estás».
«¿De verdad?».
«Así es». Tiene acento. No es escocés ni americano. «Mientras tanto, puedo
hablarle de los incentivos económicos».
Me gotea la nariz e intento contener los estornudos. «Es muy generoso por su
parte, pero no hace falta».
«Entiendo. Me han dicho que le preocupan la escisión y...».
«No me preocupan. Porque no sé lo que es una escisión».
«¿Perdón?».
«Lo único que quiero es...». Controlo más o menos el temblor de mi voz y vuelvo
a empezar. «Es hablar con Eli, así que...».
«Como director general», me interrumpe con firmeza, «le aseguro que, aunque
Eli está en un vuelo, yo soy más que capaz de...».
«¿Es usted capaz de ponerme con Eli? Porque eso es todo lo que pido».
Sí, eso fue una salida de tono. Seguida de un silencio prolongado. Y: «Puede que
haya habido un malentendido. ¿Estoy hablando con la directora general de Mayers?».
«Soy Maya. Maya Killgore. La hermana de Eli».
«Eres...». Un profundo suspiro. «Por supuesto que lo eres, joder».
Y ahí, por fin, es cuando reconozco la voz. Es la de Hark. O, al menos, Eli lo llama
Hark. Su nombre completo es Connor Harkness.
No, con la grafía irlandesa. Con una sola n. Por eso tiene ese acento.
Conor Harkness.
Es un buen amigo de mi hermano. El mejor, quizá, aunque los hombres adultos
rara vez utilizan esa etiqueta. Nuestras órbitas se han cruzado docenas de veces, pero,
a diferencia de Minami, Hark nunca mostró el más mínimo interés por mí. Tengo vagos
recuerdos de él sentado en nuestro salón, bebiendo cervezas con Eli, vestido con ropa
elegante y hablando de temas elegantes. No recuerdo que me mirara ni una sola vez ni
que iniciara una sola conversación. Francamente, fue un alivio. No era divertido,
siendo tan joven, sentir las miradas de hombres mayores sobre mí.
Yo tampoco hice ningún intento. Puedo enumerar pocas cosas que me
interesaran menos a mí, que era adolescente, que un chico que me doblaba la edad.
Después de mudarme al Reino Unido, no volví a casa durante un tiempo, ya que decidí
pasar mis vacaciones con Rose y su familia, y luego con Alfie. Volví brevemente el

38
verano pasado, entre mi tercer y cuarto año, pero no debí de cruzarme con Hark,
porque...
Francamente, había olvidado que existía.
«¿Pensabas que era Mayers algo o algo así?».
«Sí. Estaría bien que dijeras tu nombre al llamar. Maya». Suena molesto, lo que
coincide perfectamente con el recuerdo que tengo de su temperamento. Ser un poco
idiota parecía ser su rasgo de personalidad dominante.
No soy de las que se derrumban ante una respuesta grosera, pero ahora mismo
no estoy en mi mejor momento emocional. «Vale, bueno... ¿Puedo hablar con mi
hermano?».
«Su avión acaba de despegar. Tardará un rato».
Se me revuelve el estómago. «¿Hay alguna forma de contactar con él?».
«Puedes enviarle un mensaje, pero después de embarcar, el piloto anunció que
el wifi no funcionaba».
Quizás tenga que gritar. O quizás no. Tendré que esperar y ver qué pasa.
«¿Cuántas horas dura el vuelo?».
«Ni idea. ¿Veinte?».
«¿Veinte?».
«Puede que más. O menos. No soy controlador aéreo titulado. Pero hay una
nueva tecnología que puedes utilizar para averiguarlo».
«¿Qué tecnología?».
«Se llama Google».
Cierro los ojos mientras las lágrimas vuelven a brotar. No puedo soportarlo, no
puedo. Ahora mismo no. «Bueno, si sabes algo de él antes que yo, dile que me llame a
este número». Apenas consigo pronunciar las últimas palabras antes de colgar y
romper a llorar de nuevo.
Sollozo durante unos segundos y luego me inclino para morderme la rodilla
cubierta por el vaquero. Que le den. Que le den por culo a él y a todos los hombres. Si
no fuera por ellos, no estaría sentada en un puto parque después de que haya
anochecido...
Suena mi teléfono. Lo cojo, demasiado esperanzada y con los ojos llorosos como
para mirar quién llama. Pregunto estúpidamente: «¿Eli?».
«¿Estás llorando?». Es Conor Harkness.
Otra vez.
«No», gruño entre sollozos.
«Estás llorando».
«¿Y qué te importa? ¿Por qué me has vuelto a llamar?».
«Porque eres familia de Eli. Y estás llorando». Suena acusador. Como si él fuera
la víctima personal de la peor semana de mi vida.
«¿Puedes colgar, por favor? Tienes que hablar con Mayers y me encantaría no
pasar por este momento de mierda con alguien a quien apenas conozco».

39
«¿Por qué de mierda? ¿Qué pasa?».
La pregunta es... lo contrario de solícito. «¿Por qué te lo iba a decir?».
«Porque tu hermano no está localizable y yo soy un puto adulto y tú no. Es mi
responsabilidad cívica asegurarme de que no secuestren a niños, o alguna mierda por
el estilo».
«¿Niños? ¿En serio? ¿Sabes con quién estás hablando?».
«¿No eres la hermanita de Eli?».
«¿Hermanita? ¿Cuántos años crees que tengo?».
«Tienes trece años, más o menos».
Exhalo, sorprendida. «Tenía trece años. Hace siete años».
«¿Qué? No tienes veinte».
«Claro que sí».
«¿En serio?».
«Sí».
«Dios». Murmura algo entre dientes sobre el paso del tiempo y yo pongo los ojos
en blanco.
«Ahora que te he puesto al día con las rotaciones de la Tierra alrededor del sol,
adiós». Me dispongo a colgar, pero...
«No, adiós no». Su discurso es breve. Autoritario. Es dolorosamente obvio que
está acostumbrado a que la gente haga lo que él dice, sin preguntas. «Dime por qué
demonios estás llorando, para que podamos establecer que solo es un montón de
tonterías sin importancia y yo pueda colgar con el alma limpia».
Qué hijo de puta. «Vale, en primer lugar, tu alma nunca ha sido otra cosa que
carbón manchado. Apuesto a que quemabas hormigas con lupas cuando eras un niño,
allá por la Reforma protestante».
«Eso es claramente difamatorio, y no me merezco...».
«En segundo lugar, no veo por qué debería perder el tiempo contigo, un don
nadie en mi vida que claramente cree que sigo jugando con Polly Pockets a pesar de
que llevo dos docenas de lunas registrada para votar. Tío, apenas te conozco, y lo que
estoy descubriendo no es nada halagador. Así que perdóname si no comparto la
historia de mi vida y te cuento que mi novio de más de un año me dejó la semana
pasada por una chica que no solo es prima de mi mejor amiga, sino también mi
compañera de piso. Y ayer, cuando volví del gimnasio, los tres me estaban esperando
para hacerme una especie de intervención improvisada y decirme que sería
infinitamente egoísta y malvado por mi parte interponerme en su tormentoso y
desafortunado romance. Y como se estaban aliando contra mí, me enfadé tanto que
me olvidé de hacer mis estúpidos ejercicios de respiración, también me olvidé de
contar, y entonces les grité que por mí podían hacerlo en cualquier superficie de
nuestro apartamento, que les deseaba una vida llena de dolorosas ETS infectadas de
pus. Y esta mañana, cuando me desperté, estaban allí, en la cocina, viendo un
programa de debate, besándose debajo de mi armario, donde guardo mis galletas

40
Tunnock's, que me sirven de apoyo emocional, y me dijeron que debería
avergonzarme de mi comportamiento de la noche anterior, que les da miedo mi ira y
mis reacciones desproporcionadas, que yo soy la culpable por ser agresiva, y no pude
soportarlo más, así que salí corriendo por la puerta y ahora no quiero volver nunca
más, joder». La última parte sale como un chillido lloroso, balbuceante y maníaco. Lo
sé por la forma en que los transeúntes se vuelven hacia mí y por el hecho de que
Conor Harkness, que claramente no es de los que se callan nunca, se ha quedado en
silencio.
Vuelvo a esconder la cara entre las piernas, deseando fundirme con las raíces del
cerezo bajo el que estoy sentada. Ahora, me digo a mí misma, sería un buen momento
para terminar esta llamada.
Lo haré. Luego quizá busque un pub donde emborracharme y...
«Bueno», dice Conor. «Joder».
Algo en esa palabra, tal vez el ligero acento o el tono susurrante, me hace reír.
«En efecto».
«No sé qué coño hacer con esta información».
«Eso es exactamente lo que intentaba decirte, imbécil». Estoy demasiado
agotada emocionalmente para responder al insulto con vehemencia, pero aún así
resuena entre nosotros, hasta que oigo una risa profunda y sonora.
A diferencia de todo lo demás en esta conversación, es cálida y se siente un poco
como... no un abrazo, no, sino una mano que me acaricia suavemente la espalda.
Así que yo también me río. Incluso cuando él dice: «Estoy dispuesto a admitir
que «un montón de tonterías sin importancia» podría no ser la descripción más precisa
de tu situación».
«¿No?». Levanto la barbilla. Sonrío al cielo que se oscurece. «Qué magnánimo».
«¿Hay algún otro lugar donde puedas quedarte por un tiempo? ¿Con una
amiga?».
Mis amigas son de quienes estoy tratando de huir, pero no lo digo. Mi corazón ya
está a punto de romperse. «Un banco en el parque. ¿Eso cuenta?».
Él se burla. «Voy a reservarte una habitación en un hotel. Y la pagaré yo».
«Eres muy amable, pero... el dinero no es un problema». Eli siempre se ha
asegurado de ello. Ser independiente económicamente de él es una de mis
prioridades, y estoy aquí con una beca y un trabajo a tiempo parcial. Intento no tocar
los fondos que Eli me proporciona para emergencias, pero podría reservar mi propia
habitación de hotel.
Sin embargo, las palabras de Conor me traen un vago recuerdo. ¿No fue Conor
quien pagó mi viaje cuando tenía catorce años e hice unas prácticas en esa cadena de
noticias local de California? Y al año siguiente, cuando Eli se fue de viaje de trabajo,
¿no me llevó y trajo del colegio durante toda una semana?
Un momento. ¿No salía Conor con Minami también? Sí, lo hacía. Y me parece...
mal. Minami era lo más parecido a una madre que tuve después de que mi madre

41
muriera, y siempre la adoraré. Puede que sea parcial, pero... ¿cómo consiguió Conor
Harkness, ese imbécil supremo, conquistar a alguien como ella?
«¿Dónde estás, por cierto?», pregunta Conor. Parece que se le ocurre algo.
«Poco a poco lo estoy recordando. Te mudaste a Europa para ir a la universidad,
¿verdad?».
«Así que lo sabías. ¿Pensabas que las chicas de trece años iban a la universidad
en otros países?».
«No puedo decir que haya pensado en eso alguna vez. ¿Dónde estás
exactamente?».
«No te voy a decir dónde vivo, tú eres un desconocido».
«Vamos, Maya. No es que no tenga los medios para averiguarlo». Un sonido
rítmico, como si estuviera escribiendo o tamborileando con los dedos. «Veamos. Has
mencionado Tunnock's. Probablemente se venda en cualquier parte del mundo, pero
es especialmente popular en Escocia».
Exhalo. Demasiado fuerte.
«Ah». Suena odiosamente satisfecho. «¿St. Andrews? ¿La Universidad de
Edimburgo?».
Hijo de puta, digo en voz baja.
«No importa. Lo averiguaré. Volviendo al tema que nos ocupa, no voy a
reprenderte por tu elección de amigas y compañeras de piso».
«Eres demasiado amable».
«Oh, no lo soy. Ni siquiera soy lo suficientemente amable. Es solo que he
cometido errores similares. Lo que no entiendo es por qué no te enfadas por llevar su
relación a tu casa».
«Porque», digo. Espero que él interprete en mi tono lo que realmente quiero
decir: vete al carajo.
«¿Porque...?».
«No lo sé. Yo estaba... No debí haberles gritado».
«Entre todos los golpes que se están dando aquí, ese parece el menos grave».
«Lo sé, pero... tengo problemas para controlar mi ira».
«¿En serio?».
«Sí. Con algunas personas. No con todas. No me enfado con el chico del servicio
de atención al cliente de Costco, por ejemplo».
«¿Costco está en Escocia?».
«Sí. Desde hace tiempo».
«Pero no te enfadas con sus empleados».
«No, yo...». Tragué saliva. «Es sobre todo con las personas que me importan.
Cuando me siento herida por ellas, tiendo a responder con dureza».
«Hmm. Claro. Cuando eras adolescente, volviste completamente loco a Eli,
¿no?».

42
Me río. «Puede que sí, y mira dónde me ha llevado eso. Él y yo apenas hablamos.
Pero cuando me mudé aquí, decidí que quería convertirme en una mejor versión de mí
misma. Y como la mayoría de mis problemas se reducen a lo enfadada que estoy
siempre, empecé a hacer todo eso. Terapia. Escribir un diario. Identificar los
desencadenantes. Y funciona, en su mayor parte. Pero ahora yo... estoy furiosa con
ellos, y no sé si esto es una recaída o un sentimiento legítimo y justificado. ¿Debería
simplemente reprimirlo? Es solo que... quería que la Maya de Escocia fuera sensata,
tranquila y despreocupada, pero...».
«Parece que la Maya de Escocia es más una muñeca de plástico que una persona
real».
Aprieto los ojos con fuerza. El aire nocturno se está enfriando. «Sí». Carraspeo. «
Maya La Escocesa es un poco «chica pick-me».
«¿Qué significa eso?».
«Es solo algo...». Suspiro. ¿Qué demonios estoy haciendo, jugando al diccionario
de sinónimos para Conor Harkness? «Escucha, voy a colgar ahora. Y...».
«¿Vas a hacer alguna tontería?».
«¿Qué? No. No es eso. Solo voy a... irme a casa, supongo».
«Con tu compañera de piso. Y tu ex».
«Sí. Yo... Sí». Me froto la cara. «En realidad, quizá vaya a la biblioteca un par de
horas. Solo para aumentar las posibilidades de que estén dormidos».
«Maya». Es tan extraño oírle pronunciar mi nombre. «Puedo encontrarte otro
lugar donde quedarte en un segundo».
«¿Sabes usar Booking.com?».
«No, pero tengo un asistente ejecutivo a mi entera disposición».
No debería reírme, sobre todo teniendo en cuenta que Conor Harkness debe de
ser un capullo de cuidado para quien trabajar con él. «El problema es que ese es mi
apartamento. Y me quedan un par de meses para terminar el semestre. Y mi
ceremonia de graduación... Tengo matrícula de honor. He trabajado duro para
conseguirlo. No voy a abandonar mi vida, ni siquiera nuestra campaña compartida de
D&D. No voy a huir como si fuera yo la que tuviera que avergonzarse».
«No deberías», coincide él. Como si nunca se hubiera expresado un sentimiento
más obvio.
«Es solo... el rechazo. Alfie fue mi primer novio estable y una de las personas que
mejor me conoce en todo el mundo, y es humillante que una mañana se despertara y
decidiera que no era lo suficientemente inteligente, divertida o atractiva para él.
Georgia es tan natural y guapa que todo el mundo quiere salir con ella. Mientras tanto,
yo... me siento como la extraña del grupo, y empiezo a preguntarme si así va a ser el
resto de mi vida. Así que saber que durante los próximos dos meses esos dos me van a
compadecer, disfrutando de su relación, y quizá dedicando entre el cinco y el diez por
ciento de sus conversaciones íntimas a cómo sin duda voy a morir sola...». Estoy

43
llorando de nuevo, y esto es mucho más de lo que jamás pensé revelar, más de lo que
recuerdo haber admitido ante nadie, y...
Que le den.
No puedo.
«Gracias por hablar conmigo. Ahora me siento mejor». No es cierto, en realidad
no. Pero cuelgo de todos modos, incluso cuando él empieza a decir algo que me niego
a escuchar.
Mi teléfono está empapado de lágrimas. Lo seco lo mejor que puedo y luego
decido apagarlo, por si acaso. Me sacudo el polvo y cojo mi mochila. Incluso en el
repentino colapso de mi vida, tengo una única certeza: el examen de astrofísica
nuclear de la semana que viene.
La biblioteca de la universidad está abierta, así que me dirijo a George Square y
dejo que su bonito exterior, parecido a una estantería, me tranquilice. Bajo el techo
abovedado del vestíbulo, tengo que obligarme a respirar hondo. He estado aquí con
Alfie y Rose más veces de las que puedo contar con las manos y los pies. Georgia
también se unía a nosotros. Ella y Alfie fuman, Así que solían salir a fumar y volvían con
las mejillas sonrosadas y oliendo a tabaco. Aunque nunca me gustó ese olor, se había
convertido en algo tan querido para mí que...
Soy una idiota. Soy una maldita idiota.
Me lo merezco.
Me negué a sentir celos o sospechas. ¿No se supone que las relaciones se basan
en la confianza, el respeto mutuo y el amor? Si no es así, ¿qué sentido tiene? ¿Se
supone que debo vivir en estado de alerta cuando...?
«Mira por dónde vas», me espeta un chico después de que tropiezo con él.
Murmuro una disculpa y me siento en la mesa más cercana, haciendo un esfuerzo
sobrehumano por concentrarme en los períodos orbitales.
Pero los números y las palabras se vuelven borrosos de vez en cuando.
Pero apenas consigo hacer una quinta parte de lo que hago en una noche
normal.
Pero me duele la cabeza y mi cuerpo pesa un millón de kilos y...
Que le den. Han pasado más de tres horas. Me voy a la cama.
Es tarde, pero también es viernes. Las calles alrededor del campus siguen
bulliciosas. Me arrastro hacia mi apartamento de Potterrow, deseando haber pensado
en coger una chaqueta más gruesa antes de salir corriendo esta mañana. Es casi
medianoche cuando rezo por última vez para que Alfie y Georgia estén en la cama y
meto la llave en la cerradura.
En cuanto abro la puerta, unas voces animadas llegan desde la cocina.
Mi estómago se retuerce y se deshace como confeti.
No vomites, me digo a mí misma. O tendrás que limpiarlo.

44
Alfie y Georgia se están riendo, y no hay forma de llegar a mi habitación sin pasar
por delante de su molesta alegría. Me quito los zapatos, enderezo los hombros y me
prohíbo acobardarme por la vergüenza.
«Hola», digo, forzando mi voz para que parezca educada.
«Hola, Maya». Georgia, una visión con sus rebeldes rizos rubios y su conjunto de
satén, me saluda con una sonrisa cariñosa. Está claro que se ha tragado su propio
cuento y está convencida de que su único pecado fue enamorarse y ser correspondida.
A su lado está Alfie, con su pelo siempre revuelto y sus encantadores dientes torcidos.
Él, al menos, tiene la decencia de parecer arrepentido. «Hola».
No están solos, pero el tercero del grupo no es, como yo suponía, Rose. De
hecho, es todo lo contrario.
Apoyado en la barra hay un hombre alto y guapo. Tiene el pelo oscuro y espeso,
una mandíbula cuadrada cubierta por la sombra de una barba. Cejas marcadas que
acentúan sus ojos marrones claros.
Me resulta familiar, pero... ¿por qué? Observo su traje a medida, la forma en que
sus bíceps llenan las mangas remangadas de la camisa, los párpados caídos y
entornados que le dan un aspecto entre somnoliento e irritado, los mocasines
cruzados sobre el suelo de linóleo...
Me sonríe. Una curva leve, casi imperceptible, como la de un tiburón, en sus
labios carnosos. Siento que debería tener miedo. Pero... ¿de qué?
«Maya», dice una voz cálida, profunda, que he oído recientemente.
Entonces es cuando finalmente me doy cuenta.
Conor Harkness está en mi cocina.

45
Capítulo 7

HOY EN DÍA
TAORMINA, ITALY

Los italianos comen en mitad de la noche. Al menos, eso es lo que parece.


A principios de junio en Sicilia, el sol no se pone del todo hasta bien pasadas las
ocho, pero cuando Nyota y yo llegamos tambaleándonos al jardín de la terraza
iluminado por faroles, el cielo ya está oscuro. Si no fuera por el brillo claro de las
estrellas, no podría distinguir dónde empieza el aire y dónde empieza el mar.
No ayuda que seamos las dos últimas invitadas en llegar a la cena.
Y unos cinco minutos tarde.
Caminamos una al lado de la otra por el camino empedrado, listas para hacer
nuestra vergonzosa entrada. «¿Cómo es que son todos tan puntuales?», me susurra
Nyota al oído.
«¿Cómo hemos conseguido no serlo nosotras?». El trayecto desde su habitación
nos llevó cuarenta y cinco segundos como mucho. Llegar tarde debe de ser una
especie de superpoder. Y el problema de una boda con trece invitados, incluyéndola a
ella, a mí y a un niño de dieciséis meses, es que simplemente no hay suficiente gente
como para ocultar nuestros terribles modales.
Todos están ya sentados en una larga mesa rectangular que se ha colocado sobre
una plataforma de baldosas de piedra, justo en medio del exuberante jardín. Una serie
de guirnaldas de luces se entrecruzan sobre ella como un dosel, proyectando un cálido
resplandor dorado sobre el mantel blanco impoluto y los centros de mesa de flores
silvestres. Cuando sopla la brisa costera, las llamas de las velas, envueltas en pequeños
tarros de terracota, parpadean, haciendo brillar la cristalería. Faroles rojos cuelgan de
los árboles más cercanos, cipreses y olivos, como si marcaran la frontera entre la villa y
sus arboledas. Detrás de todo ello, una silueta solemne, iluminada por la luna, domina
el este de Sicilia.
El monte Etna.
La mayoría de los invitados ya están bebiendo vinos tintos oscuros y chupitos de
algo que parece brillar con un color naranja neón. Hay al menos tres animadas
conversaciones a la vez, tan ruidosas que incluso se oyen por encima del hipnótico
coro de las cigarras. Cuando Tiny ladra y se abalanza sobre mí como si fuera una
soldado que regresa de una misión de cien años, todos se callan.
Tisha nos ve y empieza a golpear su copa con un cuchillo.
«Prepárate», me susurra Nyota. «Es la noche del micrófono abierto para los
perdedores».

46
«Por fin», declara su hermana. «Aquí están, nuestras invitadas más distinguidas,
que nos honran con su inestimable presencia».
Todos se ríen. Siento las mejillas quemadas por el sol. Nyota hace una reverencia
elegante y murmura: «Jesús, ¿por qué no me hiciste hija única?», pero su sonrisa
permanece intacta. Es un acto de puro ventriloquismo.
«Las batallas más duras, el soldado más fuerte», susurro, buscando los ojos de
Rue. Lo siento, le digo con la boca mientras le froto la espalda a Tiny. Podría ir hacia
ella, abrazarla, tal vez incluso decirle lo impresionante que se ve con su vestido blanco
y su trenza francesa. Excepto que ella lo odiaría.
Ella se encoge de hombros, la curva de sus labios es pequeña pero cálida.
«¿Qué tenéis que decir ustedes dos?», pregunta Tisha. El brazo que rodea el
respaldo de su silla pertenece a su prometido, Diego. Es un técnico de Silicon Hills al
que realmente quiero encontrar molesto por ser parte de la multitud que está
arruinando mi pequeña y extraña ciudad. Por desgracia, frustró mis planes al resultar
ser adorable y no llevar nunca un chaleco Patagonia, conducir un Tesla Cybertruck o
beber Soylent. Sigo en alerta máxima; mientras tanto, le devuelvo el saludo cuando me
sonríe.
«Creo que podemos perdonarlos, cariño», dice. «Apuesto a que tienen excusas
válidas».
«¿Como cuáles?».
Se encoge de hombros. «¿Que sus cerebros no están completamente
formados?».
«Ah, sí. La corteza prefrontal cruda y sin madurar de la juventud».
Nyota pone los ojos en blanco. «Tish, deja de estar celosa porque la fiesta no
empieza hasta que yo llego. Simplemente estábamos absortas en nuestro tema de
discusión: las chicas malvadas que actúan con altivez y superioridad, a pesar de que es
bien sabido que mojan la cama hasta bien entrada la adolescencia».
«Yo tenía nueve años...».
«No he dicho que estuviéramos hablando de ti...».
«... y tuve una pesadilla...».
«... y, sin embargo, te pones a la defensiva, ¿por qué?». Nyota se sienta frente a
su hermana, dispuesta a pasar la noche discutiendo.
Tisha ha sido la mejor amiga de Rue desde que eran niñas, y durante un tiempo
le guardé rencor a mi hermano por no enamorarse de ella. Nunca lo dije en voz alta, y
espero llevármelo a la tumba, incluso más que la vez que cogí una gominola y le envié
un mensaje directo a Malala para decirle que estaba segura de que seríamos mejores
amigas, incluso más que el hecho de que copié en todos los exámenes de historia de
octavo curso y no sé nada sobre la Primera Guerra Mundial, incluso más que la
identidad de la persona con la que he fantaseado mientras me masturbaba durante los
últimos tres años. Pero cuando conocí a Tisha, era muy fácil hablar con ella. Se reía de

47
mis chistes, no dejaba que las conversaciones cayesen en silencios incómodos y se
dejaba seducir por mí. Mientras tanto, Rue...
Al principio de su relación con Eli, cuando yo todavía vivía con mi hermano, era
fría y desconfiada. No le gusto, pensé. Preferiría que no estuviera cerca. Me retorcía el
estómago el miedo a que su aversión me alejara del único miembro de mi familia que
me quedaba justo después de haber vuelto a conectar con él. Entonces sabría, sabría
de verdad, lo que significaba estar sola en el mundo.
Pero Eli estaba en la luna. Puede que yo fuera una hermana celosa, posesiva y
malcriada, pero no tan cruel como para quitarle esa felicidad única en la vida. Así que
seguí intentándolo. Soporté el delicado baile entre Rue y yo revoloteando por la
cocina, sin hablar. Sonrisas forzadas cuando volvía a casa después de un día en la
escuela y ella me miraba con esos ojos azules grandes y serios. Me desafié a mí misma
para que al menos me tolerara.
Entonces, una mañana temprano, unos meses después de que ella entrara en
nuestras vidas y las convirtiera en un torbellino, apareció en la puerta.
«Lo siento», le dije, «Eli está de viaje de trabajo el resto de la semana. Debe de
haberse olvidado de avisarte...».
«Estoy aquí por ti». Su voz grave y ronca era firme. «Feliz cumpleaños, Maya».
Me tendió una maceta y yo la acepté. Una planta de hojas anchas y color verde
claro brotaba de un jarrón de cerámica.
«Es un pepino melón», explicó. «Un tipo especial de pepino. Me di cuenta de que
te gustan los encurtidos y pensé que te gustaría. Son más pequeños, más o menos del
tamaño de la yema de un dedo, y suelen ser más ácidos que los pepinos normales».
«¿Has dicho «cucamelón»?».
«Sí. No son híbridos de pepinos y melones, eso es un error común. Sin embargo,
pertenecen a la misma familia, las cucurbitáceas. A medida que la planta crece, es
posible que tengas que trasplantarla a una maceta más grande, y...». Se detuvo de
repente. Bajó la mirada hacia sus pies. Y yo me sentí como una completa idiota.
Rue no era fría, ni mala, ni arrogante. Rue no me odiaba. Rue era torpe.
La miré parpadeando, sin saber qué decir. Y tal vez, sin darme cuenta, se lo
comuniqué en código Morse, porque ella añadió, en poco más que un susurro: «No es
por ti, Maya. Has sido muy acogedora. Te lo agradezco. Aunque no siempre soy capaz
de demostrarlo».
«Oh».
«No se me da muy bien esto».
«¿Esto?».
Suspiró. Asintió con la cabeza. «Esto». Debería haber sido una afirmación oscura
e inescrutable, pero el alivio que me produjo me hizo sentir como si estuviera
resurgiendo después de semanas bajo el agua.
Se me ocurrió que tal vez la razón por la que Rue no se reía mucho era porque le
costaba entender si la gente se reía de ella o con ella. Que no hablaba porque no sabía

48
qué decir. Y que yo podía ser un poco menos egocéntrica. «No me molesta el silencio.
«Yo...» Me encogí de hombros. Rue no dijo nada, solo esperó tranquilamente a que
terminara, y en ese momento de firmeza supe exactamente por qué Eli se había
enamorado tan perdidamente de ella. «No me importa», repetí. «Siempre y cuando no
pienses convencer a mi hermano de que soy una perdedora».
Eso la hizo detenerse. «Eli te adora».
«¿Sí? A veces me da miedo. Porque... ya sabes. No siempre nos hemos llevado
bien».
Ella asintió.
«Y realmente no tengo a nadie más».
«Lo entiendo. Tengo un hermano menor. Pero él... No nos llevamos muy bien».
Nos miramos. No le dije que si quería tener un hermano, yo podía ser su
hermana. Ella no dijo que si yo quería una familia más grande, debería tenerla en
cuenta. De hecho, ninguna de las dos dijo gran cosa. Pero todo cambió.
Puse la maceta de cucamelón en el porche trasero y no solo no dio los frutos que
ella me había prometido, sino que además dejó de crecer. Fue entonces cuando le
devolví su cuidado a Rue, que para entonces prácticamente se había mudado a mi
casa. Ella la cuidó hasta sacarla del borde de la muerte, y entonces tuve los pepinillos
más bonitos, del tamaño de una uva, para picar, y una futura cuñada con la que
sentarme en el sofá durante horas, haciendo los deberes mientras ella leía sus
aburridos libros de no ficción. De vez en cuando, levantábamos la vista,
intercambiábamos una pequeña sonrisa y volvíamos a estar solas, juntas.
Unas semanas más tarde, cuando Jade empezó a buscar piso, se dio cuenta de lo
poco que podía permitirse sin una compañera de piso. «Podría irme a vivir con ella.
¿Necesitas que me vaya?», le pregunté a mi hermano.
«¿Sinceramente?».
«Sinceramente».
Él negó con la cabeza. «No. Y Rue tampoco. Nos gusta tenerte cerca. A ella le
preocupa que desaparezcas de nuestras vidas y... quizá a mí también».
«Yo no...».
Levantó una ceja.
«... volvería a hacerlo».
Se rió. «Sé que no puedes vivir con tu hermano adulto el resto de tu vida. Pero
me encantaría tenerte cerca. Estrictamente por motivos relacionados con pasear al
perro». Su rostro era pura seriedad.
Asentí, igual de solemne. «Yo también te necesito cerca. Estrictamente por
motivos relacionados con la donación de órganos».
«Qué casualidad». Y así fue como Jade y yo acabamos encontrando un
apartamento a cinco minutos.

49
Nunca pensé que Rue y Eli celebrarían una boda en un lugar lejano, teniendo en
cuenta sus problemas para socializar. Pero aquí nadie le exigirá más de lo que ella esté
dispuesta a dar. Aquí nadie serña un capullo. Excepto quizá...
Mis ojos se posan en la figura que está de pie bajo una guirnalda de luces de
bistró. Inmediatamente vuelven a la seguridad de la mesa.
«Te guardé un lugar a mi lado», me dice Minami, y me siento agradecida y
aliviada, como si me hubieran salvado de tener que buscar un asiento durante el
almuerzo de quinto grado.
Ella extiende los brazos y yo me acerco para darle un abrazo. Su cabello lacio y
oscuro huele a talco para bebés y a la misma fragancia picante que usaba cuando me
abrazó por primera vez, en el funeral de mi padre. Me acaricia el cabello detrás de las
orejas, escudriñando mi rostro. Hay algo maternal, paternal en ello, pero a diferencia
de cuando Conor me llama «chica», esto no me molesta. Se lo ha ganado,
enseñándome a usar tampones, leyendo todas mis solicitudes para la universidad,
convenciéndome de que no me depilara las cejas al menos dos veces. Y si el hecho de
que sea la ex de Conor hace que todo esto sea extraño, prefiero no pensar en ello.
«Pareces cansada», dice.
«Sí. Esta noche dormiré de maravilla. ¿Qué tal, Sul?».
Su marido, un hombre fornido, silencioso y siempre a su lado, me gruñe. Te
quiero mucho, significa, pero no me pidas que articule una frase.
«¿Dónde está Su Majestad?», pregunto.
«Le encanta el aroma del jazmín, así que Hark la ha traído hasta el árbol para que
vea las flores de cerca. ¡Eh, Kaede! ¡Hay alguien aquí que quiere verte!».
Cuando Kaede se fija en mí, su rostro se ilumina, más que las linternas. Sus
manitas se extienden hacia mí. «¡Hola, princesa!», le saludo con la mano, ignorando al
hombre que la lleva en brazos.
«Ma-da», grita, que es lo más parecido a mi nombre que puede decir. De alguna
manera, es la mezcla perfecta de su madre y su padre: cabello castaño claro y ojos
oscuros, pequeña y regordeta. Kaede fue mi primer contacto con los niños pequeños.
«Creo que quiero uno de estos», le dije a Minami el día que nació. «O tres. Y quiero
que sean como ella». Así es como me convertí en la niñera oficial de Kaede. En las
semanas transcurridas desde que regresé de Suiza, la he cuidado casi todos los días. Lo
cual, según Minami, es «mucho trabajo no remunerado. ¿No preferirías salir de
fiesta?».
«¿A las ocho y media de la mañana?».
«O... no sé. ¿Montar en monopatín? ¿Hacer bromas telefónicas? ¿Participar en
fisiones nucleares? No sé qué hacen los veinteañeros hoy en día».
«¿Bromeas? Me encanta pasar tiempo con Kaede. Es mi mejor amiga. ¿No es
así?».
Kaede sonrió, mostrando los dientes, y me tendió su peluche de pulpo, un sí
rotundo. El problema es que, aunque sea su mejor amiga, no soy la única.

50
«Así que Maya está aquí y yo ya no soy noticia, ¿eh?». Un tono profundo y
falsamente rudo, seguido de una ligera cosquilla en su redonda barriguita que la hace
reír a carcajadas. Es trágico lo mucho que le gusta Conor. Pensaba que los niños venían
con un detector de idiotas incorporado, Como los perros. Por otra parte, Tiny también
suele buscar el cariño del enemigo.
«Hola, pequeña». Los bracitos de Kaede se enrollan alrededor de mi cuello. La
mano de Conor roza la mía por detrás y se queda ahí para asegurarse de que la niña
está bien sujeta.
«Cuidado», murmura sin soltarme. «Ha engordado».
«La tengo, yo...». Es un gran error mirarlo. Mirarlo a los ojos. Hay algo en ellos,
una tristeza cautelosa, oculta, resignada, que me recuerda la primera vez que me
entregó a Kaede. «La tengo», repito con firmeza.
Conor asiente lentamente y vuelve a su asiento.

51
Capítulo 8

Me siento con Kaede en mi regazo y ella me da un beso precioso y lleno de


mocos. «Lo siento». Minami me limpia la mejilla. «Estamos trabajando en su tendencia
a compartir fluidos corporales. Conoces a todos los que están aquí, ¿verdad?»,
pregunta Minami.
«Sí». A pesar de mi buen juicio, mis ojos ya se dirigen hacia Conor, que está
conversando con Nyota, y Avery, y... ¿Y? «En realidad, no conozco a la rubia».
«Ah, claro. Tamryn. Te va a encantar, es maravillosa. Irlandesa. Estoy deseando
que la oigas hablar con Hark». Nos sirven platos llenos de pan, rollitos de berenjena y
tomates secos. «Dios mío, qué pinta tan buena».
Todos ríen, comen y beben de vasos que se rellenan constantemente. Me
concentro en convencer a Kaede de que no juegue con el pimentero y acepto unos
bocados de pollo desmenuzado. Respiro hondo. Inhalo el aroma picante de la citronela
y lanzo un avión de arándanos dentro de una boca muy ansiosa. Sin embargo, mis ojos
siguen desviándose hacia Tamryn. Su rostro alargado, sus labios anchos, su tez clara.
Hay algo en la combinación de sus rasgos que me deja sin aliento. Es alguien que
podría ganar dinero fácilmente con su aspecto. Se ríe de las conversaciones que la
rodean y coge un panecillo del plato de Conor, con naturalidad, con intimidad.
«¿Qué ha dicho?», pregunta Nyota desde el otro lado de la mesa.
«Creo que el director general le ha recordado la inevitabilidad de la muerte».
Conor niega con la cabeza. «Avery, si sacas este tema en la próxima reunión de la
junta, cambiaré el nombre de Harkness por el tuyo».
«De verdad que va a hacerlo», dice Tamryn. Sus ojos se cruzan con los míos y me
sonríe amablemente.
Me sonrojo. Ferozmente. Me siento aliviada cuando alguien dice: «Bueno, Maya.
He oído que quizá seamos compañeros de trabajo».
Me giro hacia el hombre sentado a mi derecha. «Dios mío. ¿Paul?».
«Sí, soy yo».
Nos abrazamos torpemente por encima de la cabeza de Kaede.
«¿Cuánto tiempo ha pasado?».
«Un tiempo. Creo que desde aquella vez...».
«No menciones los macarrones con queso».
«... me vomitaste macarrones con queso encima».
«Eso no es cierto. Nos hemos visto al menos dos veces desde entonces y en
ambas ocasiones me has recordado ese incidente».
«Touché». Detrás de sus gafas de montura metálica, sus ojos azul claro se
estrechan en una sonrisa. Es entonces cuando analizo sus palabras.

52
«Espera, ¿qué quieres decir con que vamos a trabajar juntos?».
«Vas a venir a Sánchez, ¿verdad? Sus semiconductores son de última generación.
Te encantará estar allí».
Se refiere a la empresa californiana que es pionera en la nueva tecnología de
chips y me ofrece una cantidad de dinero francamente desmesurada para que vaya a
trabajar con ellos. «¿Cómo lo sabes?».
«He estado haciendo I+D para ellos durante los últimos meses y tu nombre ha
salido a relucir muchas veces. Cuando Eli les dijo a los directivos que quizá te ibas a
dedicar a la industria, se esforzaron mucho por contratarte. Por cierto, enhorabuena
por la medalla a joven investigador».
Inclino la cabeza. «Sabes mucho sobre mi vida».
«Eso es porque no paro de presumir de ti», dice Eli desde unos asientos más allá.
«Y no, no voy a dejar de mencionar tus logros, así que no me lo pidas».
«Creo que Eli está viviendo sus sueños de científico loco a través de ti», susurra
Minami. Su sonrisa es indulgente, pero se me revuelve el estómago.
Dejo el tenedor sobre la mesa. «En realidad», le digo a Paul, «todavía no he
aceptado la oferta de Sánchez. Estoy indecisa entre eso y...».
«Ah, sí, el puesto en el MIT, ¿verdad?», asiente Paul. «¿He oído que incluye un
proyecto en el Fermilab?».
«Te preguntaría cómo lo sabes, pero...». Miro a Eli, que ha dejado la
conversación y le está susurrando algo al oído a Rue que la hace reír.
«Cada vez que veo a Eli, se pasa unos veinte minutos poniéndome al día sobre lo
increíble que eres. Eso antes de saludarme».
«Y mientras habla, lo único que puedes imaginar es vómito naranja y queso
cheddar en tu regazo».
«Siempre». Sus ojos recorren mi rostro. Lo poco que puede ver del mono
amarillo que me he puesto para cenar. «Estás diferente. En comparación con antes,
quiero decir».
Me río. «¿Porque ahora no estoy comiendo macarrones con queso?».
«No. Porque...». Su mirada se posa fugazmente en mis clavículas. Vuelve a mis
ojos.
«Tú estás igual», digo. Paul siempre ha sido guapo. Pelo rubio ondulado,
hoyuelos profundos. Es unos cuatro años mayor que yo. A los doce años, estaba
condenada a enamorarme de él, y aunque él debía de haberse dado cuenta de cómo
me sonrojaba y desaparecía en mi habitación en cuanto ponía un pie en nuestra casa,
amablemente fingía no darse cuenta.
«Bueno». Se aclara la garganta. «¿Ya has tomado una decisión? ¿Industria o
academia?».
«Todavía no».
«¿Te inclinas por...?».

53
Me muerdo el labio inferior. Lo poco que comí se revuelve en mi estómago. ¿Una
torre de marfil perpetuamente sin fondos, o una gran empresa que prioriza las
ganancias monetarias sobre la curiosidad científica? «Cuando lo averigüe, serás el
primero en saberlo». Y antes de que Paul pueda pronunciar el «pero» que se forma en
sus labios, me vuelvo hacia la persona que está frente a él. «Hola, Axel», le digo al
hermano de Paul.
«Hola, chica», dice con voz atronadora, un poco demasiado alta. Axel solía jugar
al hockey con Eli en la universidad y más tarde pasó a la NHL, lo que le hizo
increíblemente popular entre mis compañeros de instituto, a quienes nunca debería
haber revelado mi relación con él. No puedo negar que es atractivo, pero siempre fue
demasiado deportista, del tipo «¿Quieres que te levante algo pesado?», como para
atraerme de verdad.
Supuestamente, él y Eli solían salir de fiesta. Supuestamente, Axel nunca dejó de
hacerlo.
«¿Sigues jugando en... ¿era Filadelfia?».
Es como si le hubiera pedido prestadas las entrañas de su gatito para mi sopa.
«Tío». Niega con la cabeza, abatido. Se gira hacia Tisha para pedirle que le pase el
aceite de oliva.
«Impresionante», me susurra Paul.
Parpadeo. «¿Qué acaba de pasar?».
«Has destruido la paz mental de mi acompañante con tres palabras, Maya».
«Oh, mierda».
«Él juega con los Pittsburgh Penguins. Los rivales de Filadelfia». Niega con la
cabeza, reprochador. «¿No sigues los entresijos de la Conferencia Este?».
«No creo mucho en el concepto de los deportes de equipo. ¿Eso me absuelve?».
«No lo sé, preguntémosle a Axel».
Nos miramos durante unos segundos, divertidos, hasta que Kaede agarra un
trozo de melón demasiado grande para su boca. «¿De verdad estás aquí como
acompañante de tu hermano? Es decir, es imposible que un Pittsburgh Penguin sea
robado», digo, alzando la voz. O Axel no me oye, o no está dispuesto a perdonar.
«Por desgracia, este jugador de los Pittsburgh Penguins no tiene la capacidad de
atención necesaria para...».
«¿Salir con alguien?».
«Mantener una conversación, iba a decir. En cuanto a mí, mi hongos en las uñas
de los pies, resistentes a los antibióticos, no me favorecen. ¿Y tú?».
«Eh, cuando era niña, una vez me salió un sarpullido en la muñeca, pero...».
«Me refería a si estás aquí sola».
«Ah». Me río. «Sí».
Su sonrisa se amplía. Espero a que algo revolotee en mi estómago, un latido
perdido, un destello de interés... en vano. Es un problema recurrente. Mi mirada se

54
desvía hacia Conor, que se ha excusado brevemente para atender una llamada junto a
la barandilla. Mira más allá del acantilado, medio envuelto en sombras.
Quizá sea hora de que hagas algo para resolver este problema, Maya.
Después de todo, es agradable hablar con Paul. Es fácil. Para cuando llega el
primer plato, penne con salsa de crema y trozos de salmón, ya sé todo sobre su
proyecto de brazo mecánico, y él no me ha llamado ni una sola vez «niña mimada».
Creo que somos los raros del grupo. Los que no tienen nada que ver cuando
estalla una pelea en la mesa sobre un acuerdo comercial, con Nyota y Conor liderando
bandos opuestos, con el gusto por la discusión de quienes disfrutan discrepar sobre
sus intereses circunscritos.
Él se ríe varias veces, Conor, claro. A menudo en respuesta a algo que ha dicho
Avery. Una o dos veces después de hablar en voz baja con Tamryn. Cada vez, mi
estómago me pregunta educadamente si puede revolverse. No, le digo rotundamente.
En este cuerpo, aguantamos.
Antes del postre, una mujer sonriente y escultural, cuyo vocabulario en inglés
parece consistir en las palabras «bueno» y «comer», sale de la casa. Lucrezia, la ama
de llaves, da una vuelta por la mesa, tanto para estrechar enérgicamente la mano de
todos como para sacudir la cabeza con decepción ante aquellos de nosotros que no
hemos dejado el plato limpio. Kaede comienza a inquietarse y, con el permiso de
Minami, dejo que me lleve de vuelta a su arbusto de jazmín favorito.
Es agradable, un breve respiro de la charla constante. «¿Me llevas de aventura,
princesa?».
Sonrío al ver cómo tropieza ligeramente con sus pequeños pasos, cómo se gira
para asegurarse de que la sigo. Sus ojos marrones se agrandan, absorben todas las
maravillas del mundo, alcanzan las guirnaldas de luces que inundan el jardín con tonos
ámbar.
«Esas dos son tan monas», oigo decir a una voz irlandesa desconocida detrás de
mí. Tamryn, creo.
«Maya es muy buena con los niños», coincide Avery.
La voz de Conor es un murmullo grave. «Hace poco era una de ellos».
Mi estómago se pregunta si la autoimplosión sigue descartada.
«... Es entrañable que la persona con la que Maya tiene más cosas en común sea
una niña de menos de dos años», dice Diego.
«¿Quizás deberíamos poner una mesa para los menores de treinta?», reflexiona
Tisha.
«¿Dejarás de intentar iniciar una guerra intergeneracional?», pregunta Nyota.
«¿Contigo? Nunca».
Respiro hondo. Dejo que el resto de la conversación fluya a mi alrededor
mientras vigilo a Kaede, sonriendo cuando Tiny se une a nosotros, moviendo la cola
con entusiasmo. Señala un árbol con un sonido que parece su versión de «¿Qué es

55
eso?». «Un limón, cariño. Un limonero». Debe de gustarle la respuesta. Porque se
sienta y empieza a jugar con los frutos que cuelgan más bajos.
Más allá de la barandilla y el acantilado, puedo contar más luces que salpican la
costa: otras villas, hoteles, residencias, fiestas. Otros hermanos mayores y
enamoramientos no correspondidos. Isola Bella y su estrecho istmo son poco más que
un contorno oscuro y difuso. No hay nadie allí por la noche. Al menos, nadie que pueda
necesitar iluminación. Si no fuera por el ocasional susurro del follaje, apenas podría
distinguirlo.
Me siento en uno de los muchos bancos, con Tiny acurrucada a mis pies. Le doy
las gracias eternamente a Kaede cada vez que me trae sus regalos recogidos:
piedrecitas, hojas, palitos secos. A lo lejos, un barco surca el agua iluminada por las
estrellas, dejando un zumbido a su paso.
«Qué bonito», alabo. Lucrezia está repartiendo porciones de pastel de chocolate
deliciosamente ricos en la mesa, y me propongo mentalmente dejar más espacio para
el postre en el futuro. «Te lo juro», le digo a Minami cuando la oigo venir a ver cómo
estoy, «no voy a dejar que tu primogénita coma tierra. Bueno, quizá un poco, pero
¿para qué sirve el sistema inmunológico si no es para...?»
Me giro. Me encuentro con un par de ojos oscuros y mi corazón da un vuelco.

56
Capítulo 9

«¿Te has perdido?», le pregunto.


Me sale con acritud y enfado, pero por una vez no me importa dejar escapar mi
mal genio.
«Buena noche para observar las estrellas», dice Conor mientras se sienta a mi
lado en el banco. No parece el mismo tipo que básicamente me mandó a la mierda
hace dos horas, no mientras distrae a Tiny revolviéndole el pelo, con la cabeza
inclinada hacia arriba y la mirada fija en lo alto. Los fuertes músculos de su cuello se
unen a la marcada curva de su mandíbula. «¿Cuál es Antares, otra vez?».
Lo señalo y él asiente con la cabeza. Su garganta se mueve mientras traga saliva.
Me siento... suspendida. Desorientada. Las estrellas son un extremo del universo, las
olas que besan la orilla, el otro. Y luego nosotros dos, flotando en algún lugar en
medio.
«¿Sigue siendo tu favorita?», pregunta en voz baja.
Yo también echo la cabeza hacia atrás. No hay nubes que cubran el puñado de
estrellas, ni bruma que se eleve como un telón que las pueda apagar. Es
increíblemente fácil distinguir las constelaciones en este cielo del sur. «Sigue siendo mi
resumen de fin de año, sí».
«Entiendo por qué. Es tal y como dijiste». Sus labios se contraen. «Me alegro de
haber podido verla bien antes de su inevitable implosión».
Conor sabe lo mucho que significan las estrellas para mí, porque se lo conté. Le
expliqué que papá me lo enseñó. Que íbamos de acampada con su telescopio y él me
enseñaba a dibujar las formas en el cielo. Que incluso después de que papá se fuera,
las estrellas y el telescopio seguían ahí.
Se lo conté a Conor y él me escuchó, como siempre hacía, sin decir mucho, con el
ritmo lento de su respiración anclándome a través del teléfono. Siempre sonaba igual,
tanto si había miles de kilómetros de océano entre nosotros como si solo nos
separaban unas pocas calles de Austin. Conor escuchaba, suspiraba y nunca me decía
las frases hechas que todos los demás soltaban con tanta facilidad: «No es culpa tuya»,
«No podías haberlo evitado», «Solo tienes doce años», «Acabas de perder a tu
madre», «No es responsabilidad tuya».
Oír esas cosas solo hacía que las voces en mi cabeza sonaran más fuerte. Nunca
se lo dije a Conor, pero él tenía un instinto especial conmigo. Sabía que lo único que
quería era no estar sola. Así que me escuchaba y, solo una vez, a altas horas de la
noche, unas semanas antes de dejar de llamarme, me dijo: «Ojalá pudiera soportar
esto por ti, Maya». Le creí.
Porque soy una jodida idiota.

57
«Aquí se ve aún mejor que desde casa», digo, parpadeando ante su color
brillante y oxidado.
«Me alegro».
Kaede jadea, encantada de oír la voz de Conor. Se acerca a nosotros
tambaleándose mientras las luciérnagas parpadean intermitentemente a su alrededor.
Abre su pequeño puño en su dirección.
«Tierra», dice él con un gesto de asentimiento. «Por supuesto».
Ella parpadea, con cara de búho. Le muestra sus dedos regordetes.
«No», dice él con tono seco. «No voy a aceptar regalos de tierra, materia vegetal
muerta o piedras. No voy a fingir que me los como. Ya hemos hablado de esto muchas
veces, Kaede».
Su cara redonda se ilumina con una sonrisa encantadora que deja ver sus
dientes. Conor no le habla como a un bebé. Solo interacciones adultas con cara seria.
Puede que la respete más a ella que a mí.
La palabra «niña mimada» aún resuena en mis oídos.
«¿Es doloroso?», pregunto impulsivamente. También con rencor.
«¿El qué?».
Me encojo de hombros. «No sé. Kaede, supongo».
«Ah». Niega con la cabeza. «No. No lo es. ¿Por qué iba a serlo?».
«Si Minami y tú hubierais seguido juntos, Kaede sería tuya».
Él sonríe. «La meiosis no funciona así. Deberías haberlo averiguado, ya que eres
la persona más inteligente que conozco».
Suelto una risa burlona. «No puedo serlo. Han pasado años y todavía no he
conseguido entenderte».
«Eso es porque no hay nada que entender, Maya».
«Estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo. Me encantaría saber cómo
puedes pasar de ser la persona más considerada que he conocido a un imbécil furioso
en un abrir y cerrar de ojos. Me encantaría entender si ahora finges que no te importa
o si fingiste que te importaba durante tres años. Por encima de todo, y esto puede
sonar superficial, me encantaría saber qué demonios está pasando aquí». Un silencio
confuso. Siento su mirada y continúo: «¿Por qué casi todas las mujeres de esta casa
parecen tener algún tipo de conexión contigo? Está Minami, la ex histórica. Avery, la
otra ex. Tamryn, la misteriosa recién llegada. Y luego yo, por supuesto, la...».
«No», dice. Tan tajante Tan agudo que mis ojos dejaron de mirar a Antares para
buscar los suyos. «No te pongas en la misma categoría que Minami, Avery o Tamryn.
No perteneces a ese grupo».
Es el equivalente verbal de una bofetada en la cara. Una bofetada deliberada,
sospecho. Hace unos pocos años, la crueldad de sus palabras me habría sumido en una
espiral de autodesprecio e insuficiencia. Pero llevo demasiado tiempo en terapia como
para permitir que Conor Harkness, o cualquier otra persona, me haga sentir inferior.
No se merece mi confusión emocional ni mi tiempo.

58
Me levanto del banco. En la mesa, Axel blande una botella medio vacía de licor
de naranja que parece justo lo que necesito ahora mismo. Lucrezia niega con la
cabeza, frunce el ceño y él se ríe.
Quizá ella necesite algo de apoyo moral. «Vigila a Kaede», le digo a Conor.
«¿Adónde vas?».
«A otro sitio».
Su gran mano me agarra la muñeca. «Maya».
«¿Qué?», pregunto por encima del hombro. «Me gustaría diversificar mi
repertorio de insultos para esta noche, y ya he probado tus propuestas...».
«No es eso lo que... Joder, Maya». Suspira. Se frota los ojos con los dedos, como
si yo fuera la que destruyera su paz mental. Me tira hacia abajo hasta que volvemos a
sentarnos uno al lado del otro.
«Antes podíamos mantener conversaciones sin provocarnos mutuamente», dice
tras una pausa.
«Oh, lo recuerdo. ¿Y tú?».
Una risa hueca, apenas exhalada. «Maya... esto está pasando».
«¿Qué está pasando?».
«Tú y yo. Aquí, juntos. Durante una semana. Después, quizá vayas a trabajar para
Sánchez en California. Quizá aceptes el puesto en el MIT. En cualquier caso, ya no
estarás en Europa. Nos volveremos a ver una y otra vez, y tendremos que encontrar la
manera de coexistir en ocasiones como esta, porque ninguna de las personas que
rodean a Eli es estúpida».
Al otro lado del jardín, Axel sigue discutiendo con Lucrezia, agitando su botella
como una bandera, rompiendo de alguna manera la barrera del idioma. «Casi
ninguna», corrige Conor.
La larga mirada divertida que intercambiamos es como un camino muy
transitado y me lleva de vuelta al pasado.
Sigo siendo la misma, Conor, pienso. ¿Cuánto has cambiado tú?
«Lo que oíste sobre Avery y yo... Lo siento, Maya. Entiendo que te moleste que
alguien a quien creías que querías... Que yo viniera a la boda de tu hermano para estar
con otra persona. Delante de ti».
Se oyen risas en la mesa. Me siento pesada, pero vacía. «Están muy seguros de
que sois perfectos el uno para el otro», digo en voz baja.
«¿Quiénes?».
«Minami».
«Minami solo quiere que tenga pareja y sea feliz».
«Y Sul».
Él resopla. «Sul no ha tenido una opinión propia desde que conoció a Minami».
«Eli también. Y Tisha».
«Hmm». Parece indiferente. «Gracias a Dios por Rue, a quien le importa un
carajo».

59
Sonrío. Él también. «¿Todavía te gusta?», le pregunto después de un minuto.
«Sí. Me gusta que haya hecho a Eli más feliz que nunca. Sobre todo, me gusta
que le importe un carajo lo que yo piense de ella».
Dios. A ella le encantaría esta respuesta. «Entonces, ¿te vas a acostar con ella?».
«¿Con Rue?».
Casi me atraganto con mi saliva. «Con Avery». Una pausa. «O con Tamryn».
No es asunto mío y no tengo derecho a preguntarlo. Pero se trata de Conor, y
ojalá pudiera presentar una solicitud de libertad de información.
Suspira, de repente cansado. «No importa, Maya. No importa si me acuesto con
Avery, con Lucrezia o con ese limonero de ahí. Eso no va a cambiar el hecho de que no
voy a acostarme contigo». Ojalá estuviera intentando hacerme daño. Pero la forma en
que lo dice es tan devastadoramente amable que me paraliza.
«Yo... tienes una llamada», digo, señalando el teléfono a su lado.
Él lo coge, pero solo para darle la vuelta. «Ha pasado mucho tiempo. ¿Podemos
superar lo que pasó?».
«No ha pasado nada entre nosotros». Él se aseguró de ello.
«Exactamente». Respira hondo. «Quiero lo mejor para ti».
Y yo te quiero a ti, me prohíbo decir. En cambio, estudio la cabeza inclinada de
Kaede, la profunda concentración con la que juega, y digo la verdad. «No sé cómo
comportarme contigo».
Él se ríe. «Asumo toda la responsabilidad por eso. Debería haber sabido que no
debía dejar que todo se volviera tan...».
«¿Confuso? ¿Problemático?».
«Jodido, iba a decir».
«¿Te parece jodido? Porque a mí no. Solo me parece...». Tragué saliva. Me
permití continuar. «Te echaba de menos, Conor».
Incluso con la luz tenue, lo vi: el destello en sus ojos, algo que podía ser
nostalgia, arrepentimiento o deseo. Sus labios se separan brevemente,
instintivamente, y por una fracción de segundo estoy segura de que va a admitir que él
también me extrañó. Va a decir la verdad, y al menos tendré eso. Estoy tan segura que
tiemblo, incluso rodeada por la noche cálida y la brisa templada.
«Maya», comienza.
Dilo, le pido. Vamos, Conor. Dilo.
De repente, niega con la cabeza. «Tienes la piel de gallina». Sus ojos oscuros
recorren mi brazo. «Voy a buscarte una chaqueta...».
Pero no lo hace. Se levanta, claramente con la intención de poner distancia entre
nosotros, pero se detiene cuando alguien más se levanta al mismo tiempo de la mesa.
Es Diego. Levanta un dedo, como para proponer un brindis. Sin embargo, en
lugar de hablar, Se da la vuelta y, con un sonido espantoso y desagradable, vomita el
contenido de su estómago sobre el cuidado césped de la villa.
«¿Qué coño pasa?», murmura Conor.

60
En los siguientes treinta minutos, el resto de invitados a la boda siguen su
ejemplo.

61
Capítulo 10

«Gliel'avevo detto», se queja Lucrezia por tercera vez, frotándose las manos
nerviosamente, lo que me recuerda a las moscas que se dan un festín con los platos de
postre a medio comer en el jardín. Según la aplicación de traducción que he estado
utilizando a escondidas, significa te lo dije.
El Dr. Cacciari, un hombre adusto y larguirucho que podría ser perfectamente el
portavoz internacional del vello facial, le da varias palmaditas en la espalda. Su barba
oscura se extiende hacia arriba hasta el bigote y hacia abajo hasta el esternón, donde
se mezcla con un mechón de vello igualmente negro que asoma por el cuello de su
camisa abotonada. Es tupida, con vetas grises y bien cuidada; espero que en cualquier
momento salga volando un colibrí de ella.
«Nulla di cui preoccuparsi», dice. Condujo hasta la villa desde uno de los pueblos
que rodean Taormina y no terminó sus rondas hasta cerca de la medianoche. Mientras
tanto, alguien debió de apagar las linternas del jardín, probablemente para ocultar las
pruebas de nuestra idiotez. «Uno o due giorni, al massimo».
No hay de qué preocuparse, traduce mi teléfono en tiempo real. Uno o dos días,
como máximo.
Salgo de mi inútil aplicación con un gesto de fastidio. En realidad, el Dr. Cacciari
habla inglés tan bien como yo, pero dejó de hacerlo cuando se dio cuenta de que, si
solo hablaba con Conor y Lucrezia, podía seguir hablando en italiano. No me importa
que me excluyan, sobre todo después de haber oído la frase «Staphylococcus aureus».
Creo que en latín significa: «Estos malditos idiotas».
«Bueno», pregunta Minami una vez que se ha ido, «¿cuáles son los puntos clave,
Hark?». Los tres, supervivientes oficiales de la plaga, nos hemos retirado al sofá del
salón. Todos los demás están besándose con un inodoro de cerámica.
«Axel y Paul fueron a una especie de mercado. Axel, en su infinita sabiduría, vio
una botella de algo que parecía arancello fresco —eso es limoncello, pero hecho con
cáscara de naranja— y lo compró». Se pellizca el puente de la nariz. Pasteur se está
revolviendo en su tumba.
«¿El vendedor era un dios embaucador?», pregunto. «¿Le regaló una bolsa de
frijoles mágicos?».
«Solo podemos suponerlo. Axel procedió a servir tragos mientras esperábamos a
que alguien se uniera a nosotros para cenar».
«Oye», digo con suavidad. «¿Así que ahora la maratón de vómitos es culpa
mía?».
«En mi cabeza lo he estado llamando festival de vómitos, pero sí». Sus labios se
contraen. «Todo es culpa tuya, Problemas».

62
Mi corazón se detiene. Vuelve a latir. «Deberías saber que no se debe aceptar
comida ni bebida de un tipo que probablemente se pegó los testículos a los muslos
cuando ya tenía más de veinte años».
«Tiene razón», murmura Minami. «Axel es un idiota, pero todos los demás
deberían haberlo sabido».
«¿Cómo es que tú estás bien?», le pregunto, curiosa.
«No me apetecía tomarme ese extraño brebaje naranja. ¿Cuál es tu excusa,
Hark?».
Él se encoge de hombros. «Es una intoxicación alimentaria, eso es todo. Todos
necesitan líquidos y descanso, y mañana por la noche estarán bien».
«¿Y entonces podrán unirse a nosotros para encender colectivamente la pira
funeraria de Axel?», pregunto.
Conor sonríe con tristeza. «Si no lo apuñalan durante la noche».
«¿Cómo crees que se sentirían Rue y Eli al celebrar una boda y un entierro el
mismo día?».
«¿Mientras todos a su alrededor vomitan como mangueras de jardín?».
«Ya es hora de que redefinamos el término fiesta prenupcial...».
«Oye», nos interrumpe Minami, entrecerrando los ojos entre nosotros. «¿Por
qué parecéis estar disfrutando tanto?».
Conor y yo intercambiamos otra mirada. Sus labios se contraen, igual que los
míos. «¿Alguna vez te ríes solo para evitar llorar?», le pregunté hace un año y medio,
después de golpear un bordillo y estropear el sistema de frenos del coche que acababa
de terminar de pagar.
«Me reí tres veces en el funeral de mi madre», me dijo. «Me sentí fatal todo el
tiempo».
Él también recuerda esa conversación. Lo veo en la repentina suavidad de su
expresión. «A algunas personas les gusta ver arder el mundo, Minami», dice.
«¿Qué personas?».
«Personas terribles», decimos al unísono, y nuestras miradas se cruzan, y...
«Bueno», dice una voz desde la escalera.
Conor se gira primero, pero es Minami quien pregunta: «Tamryn, ¿estás bien?».
«Sí, sí. Que mi cuerpo rechace cada sorbo de agua que tomo se considera estar
bien, ¿no?». Baja hasta el último escalón, con sus largas piernas pálidas contrastando
con los pantalones cortos morados de su pijama.
«Jodido Axel», suspira Conor.
«Yo también he estado pensando lo mismo». Sus palabras caen con la misma
cadencia que las de Conor. Musicales. Ascendentes. «¿Por casualidad el médico dejó
algún medicamento? Le dije que no lo necesitaría, pero estoy sumida en un fuerte
ataque de arrepentimiento».
«Sí. Pastillas para las náuseas».

63
«Gracias a Dios. ¿Crees que podría tomar tres o más?». La observo apoyar la
cadera en la barandilla. Sus erres suenan sinuosas. Parece recién duchada, con la piel
limpia y el pelo húmedo sobre los hombros.
«Todas las que quieras, Tam».
«Por desgracia, también me tomé casi cuatro litros de vino, Lo que significa que
todavía estoy borracha y un poco mareada, y...». Soy la que está más cerca de ella, y
cuando se tambalea, como si fuera a caer de bruces, salgo corriendo de mi asiento
para rodearla con el brazo por la cintura.
Conor y Minami llegan un segundo después.
«¿Seguro que estás bien?», le pregunto. Tiene la piel caliente, incluso a través de
la camiseta.
«Sí. No. Ahora que lo pienso, puede que haya vomitado algún órgano vital».
«Las medicinas te ayudarán con eso», dice Conor.
Tamryn asiente con la cabeza, sin prisa por volver a subir las escaleras.
«Eres tan...», comienza, mirándome fijamente. Debe de medir casi metro
ochenta, más alta incluso que Rue. «Maya, ¿verdad? No eres como te describió
Conor».
Es la primera persona que conozco que lo llama Conor. Aparte de mí, claro. «Por
favor, no des más detalles».
«¿Por qué?».
«No puede ser halagador».
Se ríe como si estuviera muy familiarizada con el tipo de insultos que le gusta
lanzar a Conor. La hermanita de Eli. Tiene todo el encanto y la madurez de un niño que
empieza a repartir periódicos. Hice un favor por ella y se me pegó como si fuera una
teta que da leche con chocolate. No hay buena acción que quede sin castigo.
«Eres muy guapa», me dice. Es como recibir un golpe en la cabeza con un palo de
piñata. Está claro que no tiene mala intención, pero hay algo condescendiente en que
te llame guapa alguien que parece salida directamente de Instagram.
«Vamos a la cama», le digo con mi sonrisa más firme, y no sé muy bien cómo es
que su brazo se desliza alrededor de mis hombros en busca de apoyo. De cerca, no es
tan joven como pensaba al principio.
«Yo puedo llevarte a la cama, Tam», le dice Conor.
«Oh, lo sé. Lo has hecho muchas veces». Ella le guiña un ojo. «Pero estoy
pasando el rato con mi nueva amiga Maya. ¿Cómo es eso? ¿Ser un enfant prodige?».
Se me hace un nudo en la garganta. «Supongo que no lo sé, ya que no soy
ninguna de las dos cosas».
«Tonterías. Dondequiera que voy, alguien presume de lo inteligente que eres. Es
conmovedor lo mucho que te quieren todos».
Subimos. Minami se queda abajo, pero Conor nos sigue. Sinceramente, no hay
razón para que yo esté aquí. Él podría llevar fácilmente a Tamryn a donde vaya a
dormir.

64
«Creo que es genial ser tan joven y ya estar haciendo grandes cosas», dice ella.
«Cuando tenía tu edad, no sabía nada».
«Estoy segura de que eso no es cierto».
«Oh, sí lo es. Tomé algunas decisiones estúpidas. Mi correo electrónico era
CuntGoddessTam, y lo usaba con orgullo en las solicitudes de empleo».
Me río. «¿Recibiste alguna oferta?».
«Por supuesto. El correo electrónico, concretamente, me convirtió en una
compañera de trabajo muy deseable para un determinado segmento de la población.
No uno con el que yo quisiera trabajar... Oh, aquí, a la derecha. Esa es mi habitación».
Se da la vuelta. Sonríe a Conor y le tiende la mano. «Cuéntame más sobre esas
medicinas».
Él deja caer unas cuantas pastillas en la palma de su mano, sin tocarla. «No más
de una cada seis horas, CuntGoddess».
«Gracias por llamarme por mi título preferido». Se vuelve hacia mí. «Maya,
¿sabías que ha recibido tres llamadas durante la cena? No puedes permitir que siga
trabajando durante todas las vacaciones».
«Dudo que esté en mi mano impedirlo».
«Se nos ocurrirá algo. A tí se te ocurrirá algo».
«Estamos», refunfuña Conor, «en una fase activa de negociación que requiere
finalizar...».
Tamryn lo interrumpe con un gesto juguetón de la mano. «Sí, sí, los mercados, el
PIB del país». Agarrándose a la pared, se pone de puntillas para darle un beso en la
mejilla. «¿Tienes tiempo para arroparme?».
Conor asiente sin dudar.
«Buenas noches, Maya», me dice antes de desaparecer con él tras la puerta.
Me quedo sola en el pasillo desierto, con un vacío en el estómago,
preguntándome cómo coño se supone que voy a apartar la mirada de esto.
Recordando una vez en la que llevé a Conor a mi habitación.

65
Capítulo 11

TRES AÑOS, DOS MESES, TRES SEMANAS ANTES


EDIMBURGO, ESCOCIA

«¿Qué haces aquí?». Mi intención era que la pregunta sonara agresiva: «¿Cómo
demonios has averiguado dónde vivo y te has teletransportado a mi cocina,
psicópata?». Por desgracia, me sale sin aliento y quizá un poco intrigada.
Desde su atalaya en el alféizar de la ventana, Georgia y Alfie me observan
atentamente, reacios a perderse ni un solo detalle de este espectáculo.
«Lo sé, lo sé». Conor levanta las manos, con las palmas abiertas. «Dije que
llegaría mañana. Pero después de tu mensaje, no pude esperar».
Sonríe, torcido, y me pregunto si se ha hecho cirugía plástica. Botox. Lifting facial.
Eso en lo que te succionan la grasa de las mejillas. No porque sus rasgos hayan
cambiado, sino porque parece... joven.
No joven joven. No tan joven como para sentarse a mi lado en una clase y que yo
ni pestañee. Conor es obviamente un hombre, y la realidad del campus en el que me
muevo está formada por chicos. Debe de tener la edad de mi hermano, ¿treinta y
cuatro? ¿Treinta y cinco? Pero mientras crecía, Eli y sus amigos, con sus problemas de
adultos, sus estilos de vida de adultos y sus conversaciones de adultos, siempre me
parecieron ancianos. Antediluvianos. Aburridos. Ahora...
Ahora que yo también soy adulta, Conor Harkness me parece un compañero.
Y está aquí.
«No podías esperar», repito, escéptica.
«Te lo dije». Me mira a la cara con total y absoluta atención.
«¿Me lo dijiste?».
«El verano pasado. En la isla de Harris». Vamos, me dice su mirada. Sígueme el
rollo.
Vale, el verano pasado fui a la isla de Harris. Pero ¿cómo es que él...?
«¿Estabas allí al mismo tiempo que nosotros?», pregunta Alfie. Eran unas
vacaciones en pareja: Georgia y Anthony; Rose y Kenna; Alfie y yo. Menos de un año
después, ninguna de las parejas ha sobrevivido. Me pregunto por qué.
«¿Tú también estabas allí?», le pregunta Conor a Alfie con una mirada
imperceptible y distraída. «Una noche, Maya y yo nos conocimos en el bar. Le
pregunté si podía invitarla a una copa. ¿Recuerdas lo que me dijiste?».
Niego con la cabeza, aturdida.

66
«Que tenías una relación. Y yo me quedé devastado. Pero te pedí que, si tu novio
era tan idiota como para dejarte marchar, me lo dijeras, porque iría a llamar a tu
puerta. Y te agradezco que lo hicieras, amor».
Amor.
«Nunca me dijiste que eso había pasado», dice Alfie, sin poder evitar sonar
petulante. Está acostumbrado a ser el chico guapo de la sala, pero me cuesta aceptar
lo infantil y encogido que parece en comparación con Hark. Lo fácil que es ignorarlo.
Por supuesto, no se lo conté. Porque nada de esto pasó nunca.
«Solo era un mensaje», le digo a Conor. «No tenías por qué venir aquí».
Baja la barbilla en un gesto de autocrítica tan encantador que tiene que ser
ensayado. Si no se pasó la adolescencia practicándolo delante de un espejo de cuerpo
entero, me afeitaré la cabeza y me comeré los pelos mechón a mechón. «Era mi
oportunidad. Además, estaba por la zona».
«¿En Edimburgo?», pregunta Georgia, a punto de suspirar «Oh, qué bonito».
«Cerca. Cerca de Kilkenny».
¿En Irlanda? ¿Ha volado desde...?
«¿Por trabajo?», pregunta Alfie, tenso. Dudo que esté celoso, pero podría estar
envidioso o, comprensiblemente, desconfiado de un hombre mayor que anda con una
ex que acaba de salir de la adolescencia. Si un amigo mío revelara de repente un
pretendiente sorpresa, especialmente uno que lleva pantalones que parecen hechos a
su medida, especialmente uno atractivo que rezuma riqueza generacional, yo también
me preocuparía. Alfie y Georgia no tienen ni idea de que Conor es el mejor amigo de
mi hermano.
Y no creo que se lo vaya a decir.
«Estaba en Irlanda por un asunto privado. Mi familia tiene una finca allí y se
requería mi presencia.
Georgia abre mucho los ojos. «¿Va todo bien?».
«Mi padre está enfermo».
Ella da un grito ahogado. «Lo siento mucho».
«Deberías, porque parece que se recuperará. El diablo realmente cuida de los
suyos». Los labios de Conor se curvan hacia arriba. Es repugnantemente guapo. «Algún
día comprará la granja y el mundo será un lugar mejor. Lamentablemente, ese día no
es hoy».
Alfie carraspea. «Me sorprende que hayas ido a visitarlo. No parece que os
llevéis bien».
«Mi padre no se lleva bien con la gente, la compra. Y no era a él a quien venía a
visitar, sino a mi madrastra. Una mujer maravillosa». Se acerca a mí, me guiña un ojo y
me atraganto con mi propia lengua. «Ahora me voy al hotel», añade. Su tono es a la
vez íntimo y lo suficientemente alto como para que los demás lo oigan. «Pero estaré
por aquí. Todo el tiempo que tú quieras».

67
Pensamiento positivo: tal vez el color carmesí intenso de mis mejillas oculte el
borde rojo de mis ojos. «Gracias», digo con voz ronca.
Se inclina para darme un beso frío y seco en la mejilla, acariciándome la nuca.
Son solo sus dedos, y podría liberarme fácilmente, pero huele bien. Limpio. Jabón
mezclado con tela cara y un ligero rastro de sudor fresco, probablemente del viaje en
avión. Agradable.
«Solo un segundo más», me susurra al oído, solo para mí. «No te olvides de
respirar, Maya».
El caso es que sé exactamente lo que está haciendo, y es una idiotez.
Pero también es algo sorprendente. Porque cuando se endereza, mis ojos se
desvían hacia el brazo de Alfie, que rodea por completo el cuello de Georgia. La cadera
de Georgia, del mismo modo, se apoya parcialmente contra la entrepierna de Alfie.
El año pasado, le dejé muy claro a Alfie que cada vez que viniera, no habría
muestras públicas de afecto en las áreas compartidas, para evitar que Georgia se
sintiera incómoda en su espacio vital. Claramente, esta es una cortesía que ellos no
piensan devolver.
Sigo el consejo de Conor y respiro, sintiendo cómo mi ira vuelviera a aumentar. Y
con ella, un toque de imprudencia que...
A la mierda. Vamos a por ello.
«En realidad». Levanto la vista hacia Conor, sorprendida por lo firme que sueno.
«No hay razón para que te vayas. ¿Por qué no te quedas a pasar la noche?».

•••••

DUERMO EN una cama individual.


No lo había olvidado, no exactamente. Sin embargo, puede que haya descuidado
considerar sus implicaciones cuando invité impulsivamente a Conor a quedarse. Lo
atraigo hacia mí y cierro la puerta detrás de mí, apoyándome en ella. Luego espero a
que se dé la vuelta y nuestras miradas se crucen.
En ese momento, nos reímos.
En silencio. Es sobre todo su hombro el que tiembla, y yo me muerdo el dorso de
la mano mientras asimilo lo que acaba de pasar. Hasta que Conor oye algo y levanta el
dedo. Son Alfie y Georgia, que pasan por delante de mi puerta hacia la habitación de
ella.
Conor se acerca, pone las palmas de las manos sobre mis hombros y me rodea.
Sin apartar la mirada de la mía, empuja una vez, con fuerza. La puerta tiembla en sus
bisagras y yo frunzo el ceño, incapaz de entender qué está haciendo. Hasta que lo
vuelve a hacer. Y otra vez. Y otra vez, creando un ritmo que...
Dios mío, digo en voz baja.
Mi sorpresa le hace sonreír. Cuando las voces de Alfie y Georgia se convierten de
repente en susurros, levanta una ceja. Se oye el ruido de otra puerta que se cierra de

68
golpe y, con un último empujón enérgico, el más ruidoso hasta ahora, Conor se aleja
de mí.
Niego con la cabeza, desconcertada por los planes intrigantes, divertidos y
mezquinos que este hombre parece haber puesto en marcha en las últimas tres horas,
y le pregunto en mi tono más coloquial: «¿Estás loco?».
Escucha para ver si hay más ruidos. Cuando se asegura de que ya no hay nadie
escuchando, empieza a mirar alrededor de mi habitación. Con él dentro, parece tan
grande como el ojo de una aguja. «Probablemente. Pero eso no tiene nada que ver con
mi presencia aquí».
«No puedo creer que hayas venido. No te he visto en... ¿Cuánto tiempo?».
«Sí, intenté averiguarlo en el avión». Conor Harkness está aquí. Inspeccionando
el escritorio donde me quedo dormida cuando juego demasiado tiempo al Final
Fantasy. Pasando el dedo por el lomo agrietado de mi viejo libro de astroquímica.
«Creo que Eli me invitó a tu graduación del instituto».
«Ah. ¿Fuiste?».
«No».
«¿Por qué?».
Me mira fijamente. «Prefiero cagarme en las manos y aplaudir que ir a la
graduación de una adolescente a la que apenas conozco».
Por primera vez en días, me sale una carcajada, una carcajada de verdad. Es una
risa entrecortada y flema, probablemente repugnante, pero a Conor le encanta,
incluso cuando sus ojos recorren mi escritorio y se topan con la nota adhesiva
«¡ANTICONCEPTIVOS!» que puse para no olvidarme de tomar las pastillas.
Asiente para sí mismo, ligeramente desconcertado.
—Te lo dije. No tengo trece años.
—Sigo sin estar seguro de eso.
—Soy adulta. Estudio en otro país. Tengo tarjeta de crédito. Tengo juguetes
sexuales. Abro impulsivamente el cajón de mi mesilla y le enseño mi alijo,
arrepintiéndome solo un poco cuando recuerdo el consolador gigante con forma de
dragón que me regaló Rose por mi cumpleaños.
Conor lo asimila. Parpadea varias veces. «No tienes trece años», accede con un
gesto de asentimiento, y se dispone a examinar el montón de artículos de papelería
que hay en mi escritorio.
«¿Es esto espeluznante?», pregunto. «Que estés aquí, quiero decir». No lo
parece, pero... ¿debería serlo?».
«¿El hecho de que esté en tu habitación? Un poco, sí. Pero, en mi defensa, fue
decisión tuya. No formaba parte de mi plan».
«¿Cuál era tu plan?».
«Básicamente, dejarte decidir a ti».
«¿En serio? Porque tú tomaste el control con todo eso de la relación falsa».

69
Él hace una mueca de dolor. «Sí. Eso fue... impulsivo. Y pura maldad». Inclino la
cabeza y él continúa: «Esos dos estaban pegados como el velcro desde el momento en
que llegué. No tenían ni idea de dónde estabas ni por qué estabas fuera tan tarde. No
les preocupaba que no contestaras al teléfono. Y luego vi tu cara cuando entraste y...».
Su expresión es fascinante. Una mezcla de control estricto, caos absoluto y sed de
venganza. «Sabes, puede que yo también tenga problemas para controlar mi ira».
Me echo a reír. «No me digas».
«Pero ahora que tus amigos —y uso el término vagamente— piensan que hay
alguien más en tu vida, tienes opciones».
«¿Como cuáles?».
«Si necesitas un descanso de ellos, podrías pasar las próximas noches en mi
hotel. Me voy mañana por la mañana, así que la habitación sería toda tuya. Pero ellos
no lo sabrán».
Asiento con la cabeza. Sinceramente, no es mala idea.
«¿Por qué te mudaste a Escocia para ir a la universidad?», pregunta, observando
la postal de los Texas Longhorns que tengo en la pared. Parece más interesado en la
decoración de la habitación que en mí.
«Probablemente por la misma razón por la que tú te mudaste a Estados Unidos».
«¿Eras remera y te reclutó una universidad de la Ivy League?».
Me río. No sabía eso de él, pero... lo veo. Lo veo claramente. Espalda ancha.
Brazos definidos. Piernas fuertes. «No. Para escapar de mi molesta familia».
«Ah». Asiente con la cabeza y luego se queda mirando mi cama durante un
tiempo sospechosamente largo. Tanto tiempo que me pongo tensa. Quizás no debería
haberle enseñado mis juguetes sexuales a un completo desconocido.
«Te lo advierto», digo fríamente, «nunca me acuesto con alguien que viene de
otro país para salvarme de mis terribles decisiones vitales».
Él parpadea, confundido.
«Por la forma en que miraste mi cama, pensé que tal vez te estabas...
preguntando».
Él se burla. «Me lo preguntaba. Pero solo si la segunda parte de tu cama se
puede sacar».
«¿La qué?».
«¿De verdad duermes ahí? ¿Todas las noches?».
«Sí». Frunzo el ceño. «¿Por qué la miras así?».
«Solo admiro su singular... estrechez». Levanta la vista. «Uno pensaría que al no
tener cabecero se gana algo de espacio, y sin embargo...».
«Escucha, señor multimillonario».
«No soy multimillonario. Ni siquiera en el mejor día de cotización. Ni de lejos».
«Oh. Me gusta eso».
«¿Que tenga menos dinero de lo que crees?».

70
«No, que hayas tomado la palabra multimillonario como el insulto que pretende
ser».
Suspira, sin poder ocultar una sonrisa. Señala una sección de la pared libre de
muebles, a unos sesenta centímetros de mi cama. «¿Te parece bien si ocupo ese
lugar?».
«¿Para qué?».
«Para pasar la noche». Debe de interpretar mi desconcierto como un sí, porque
se deja caer al suelo y se sienta contra la pared. Estira sus largas y musculosas piernas
delante de él, cruzadas por los tobillos. «Me quedaré un par de horas. Luego me
escabulliré ruidosamente. Tienes una cámara de seguridad, ¿verdad?».
«¿Sí?».
Cierra los ojos e inclina la cabeza hacia atrás, como si se preparara para dormir.
Me cuesta apartar la mirada de él. Hay algo en la prominencia y la posición de sus
pómulos, en la línea esculpida de su cuello, en la forma en que se curva hacia sus
anchos hombros, que me hace querer medirlo. Analizarlo. Entenderlo. «Entonces me
aseguraré de parecer desaliñado».
Un sonido incrédulo brota de mí. Me siento en el borde del colchón y hundo los
dedos en las mantas. «No te molestaste en venir a mi graduación del instituto y ahora
estás aquí».
Abre un ojo. «No me necesitabas en tu graduación».
«No me refería a eso, yo... ¿Por qué has venido, Conor?».
El segundo ojo también se abre. Tras una pausa demasiado larga, dice: «Porque
yo he pasado por eso».
Frunzo el ceño. «¿Por dónde?».
«Por seguir siendo amigo de una ex. Por ver cómo seguían adelante demasiado
rápido. Mi ex se lo tomó con clase, la transición fue suave, pero aun así fue horrible. La
tuya no se está molestando en nada de eso, así que pensé que quizá necesitarías
apoyo externo».
Creo que se refiere a Minami. Y, pensándolo bien, mirándolo con otros ojos... Sí.
Probablemente podría haberla conquistado. Solo un poco. Ojalá supiera más sobre
todo ese asunto. Por primera vez en mi vida, desearía haber prestado más atención a
los dramas de los amigos de mi hermano.
«¿Sabes?», digo, atónita, tumbada en la cama todavía completamente vestida.
«Esto podría ser lo más bonito que nadie ha hecho por mí».
Quería expresar mi gratitud. Sin embargo, su resoplido es desdeñoso. «No lo es».
Frunzo el ceño. «Quizá sí lo sea. Tú no lo sabes».
«Maya, tu hermano cambió el rumbo de su vida para cuidar de ti».
«Tienes razón». Recordarlo me revuelve las tripas. «Aun así, a veces me
pregunto si me odia».
Una mirada larga y meditativa. «Todas las decisiones que Eli ha tomado en la
última década han sido pensando en tu bienestar».

71
«Eso no significa que no me odie».
«Tuvo que reconstruir su vida por ti, y estoy seguro de que eso conlleva una
buena dosis de resentimiento. Pero eso no significa que no te quiera más que a nada
en el mundo».
Es tan pragmático que ojalá yo sintiera una décima parte de la calma que él tiene
respecto a mi relación con mi hermano. «Debería llamarlo más a menudo. Cuando
estuve en casa durante el verano, la verdad es que me lo pasé bien saliendo con él. Es
solo que... A veces me avergüenza lo mal que me comportaba antes».
Inclina la cabeza hacia mí, divertido. «Eras una chica con un coeficiente
intelectual de genio que perdió a sus padres de forma repentina y traumática. Créeme,
él no te culpa de nada».
«¿Cómo sabes mi coeficiente intelectual?».
«Estás terminando la carrera de Física con honores a los veinte años y te han
aceptado en medio millón de programas de posgrado con financiación completa. Lo
deduje».
«Vale, bueno, también sabías lo de las vacaciones en la isla de Harris. ¿Lo
dedujiste?».
«Por desgracia, eso sí que entra en el terreno de lo espeluznante».
«Me has acosado en Instagram, ¿verdad?».
Me mira con ira. «Soy un hombre adulto».
Suelto una risita entrecortada, pero él toca su teléfono y me lo entrega,
mostrándome un hilo de mensajes entre Eli, Sul, Minami y Conor. Los cuatro miembros
fundadores de Harkness.
«No sabía que la gente de tu edad tuviera chats grupales».
«Vete a la mierda, Maya».
Sonrío ante su tono suave. Está claro que buscó la palabra «Maya» en el chat y
encontró docenas de mensajes de Eli sobre mí. No eran cosas personales que me
avergonzara que él compartiera, sino noticias generales sobre mi vida. En su mayoría,
lo que le cuento cuando me envía mensajes cada pocos meses para preguntarme si
todo va bien en la universidad. El artículo en el que trabajé como asistente de
investigación y cómo se publicó con mi nombre en la lista de autores. Mis prácticas.
Las fotos de las vacaciones que envié como prueba de que estaba viva.
«Es fantástica», escribió en un mensaje. «De verdad creo que será una de las
mejores físicas de su generación. Está destinada a grandes cosas».
«Está claro que... lleva un registro de todo», digo, un poco emocionada.
«Está orgulloso de ti. Más que de cualquier cosa que haya logrado él mismo, me
atrevería a decir».
Sigo desplazándome hacia abajo. Minami suele ser la única que responde a los
mensajes sobre mí, lo cual no me sorprende, ya que supongo que estas actualizaciones
pueden ser principalmente para ella. Siempre estuvo ahí para mí durante mi
adolescencia y más de una vez me convenció de no ser aún más rebelde y maliciosa de

72
lo que ya era. La única razón por la que no he mantenido el contacto con ella en los
últimos años es que... bueno. Era amiga de Eli, no mía. Y no estaba segura de si...
Le voy a enviar un correo electrónico. En cuanto termine este lío.
«Déjame adivinar». Tragué saliva. «Pones los ojos en blanco cada vez que se me
menciona».
«No es cierto».
«¿De verdad?».
«Soy muy bueno leyendo por encima».
Me reí. Y reí. Y reí. Y luego pregunté, en voz más baja: «¿Eli está realmente
orgulloso de mí?».
«Mucho».
Puede que hoy vuelva a llorar, pero por razones nuevas y emocionantes. «Quizás
debería invitarlo a mi graduación universitaria».
«¿No lo has hecho?».
«No. Simplemente no pensé que él...». Me rasco el cuello. ¿Soy idiota?
Probablemente. «¿Podrías no decírselo a Eli?».
«¿Que estás pensando en invitarlo a tu graduación?».
«No. Que estoy en problemas».
Él resopla. «No estás en problemas, Maya. Tú eres el problema».
La palabra me hace sonreír. «¿Tienes hermanos?».
«Tres hermanos. ¿Por qué?».
«¿Mayores?».
«Todos menores».
«¿Por eso no te llevas bien con tu padre? ¿Te cargó con todas sus esperanzas y
sueños porque eres el mayor?».
«Finneas Harkness no tiene esperanzas ni sueños».
«¿Y qué hace?».
«Coacción y manipulación».
De repente, me doy cuenta de que los últimos días de Conor deben de haber
sido tan horribles como los míos. Que quizá yo también podría hacer algo agradable
por él. «Mañana, antes de que te vayas de Escocia, ¿puedo invitarte a desayunar?».
Levanta una ceja.
Contengo una sonrisa. «Tengo trabajo. No te invitaría al desayuno con el dinero
de mi hermano, que proviene de una fuente tan sospechosamente similar a la tuya
que, básicamente, estarías pagando tu propia comida».
«No es necesario». Endereza los hombros, buscando una posición más cómoda.
Me asalta la duda de que tal vez él no quiera pasar más tiempo conmigo del
estrictamente necesario.
Excepto que acaba de aparecer en mi puerta para ayudarme a sentirme menos
perdedora. Ante una prueba tan clara de que se preocupa por mí, es difícil sentirse

73
insegura. «Sé que no hay necesidad. Aun así, quiero darte las gracias por venir a ver si
estaba bien».
«Lo hice por Eli. No puedo permitir que mi mejor empleado se descuide por una
emergencia familiar».
«Ajá, claro. Conozco un buen sitio. ¿Cuál es tu número de móvil? Tu llamada era
de «Desconocido»».
«¿Mi número? Eso es pedir mucho, Maya».
«No abusaré de él. No te enviaré fotos desnuda sin que me las pidas».
«Ya no tienes trece años, ¿verdad?».
«No. Soy una adulta que ha practicado sexo en prácticamente todas las
posiciones imaginables». Puede que esto no sea cierto. Sinceramente, no tengo ni
idea. «¿Quieres saber más? Ahora lo he superado, pero pasé por una fase bastante
intensa con las drogas. Sobre todo blandas, pero probé algunas duras. MDMA, coca...».
«Dios». Se frota la cara con la mano. «Vale, se lo voy a contar a Eli».
«Adelante. Como te he dicho, lo he superado».
«¿Cómo?».
«He tenido malos viajes. Una vez no dejaba de pensar que tenía imanes bajo la
piel y que me lanzaban trocitos de metal. Y luego mi cerebro estuvo a punto de estallar
durante un mes». Me estremezco. «Escucha, hiciste algo bonito por la hermana de tu
amigo cuando su novio la dejó por una chica más dulce y guapa. Quiero recompensar
tu buen comportamiento llevándote a Loudons».
Él suspira profundamente y no dice nada. Yo bostezo, porque es la 1:00 a. m. Ya
pasó mi hora de acostarme. Quizás tome una siesta hasta...
«Ella no lo es», dice Conor.
«¿Mmm?» Otro bostezo.
«Más guapa».
«¿Quién?»
«Georgie. O como se llame».
«Ay, qué dulce eres».
«Y tú necesitas un espejo».
Mi corazón da un vuelco. «Quizás te gustan las morenas».
«No».
«¿Te gustan las rubias?».
«No me gusta nadie. Sin embargo, tengo un par de ojos que funcionan».
«Esto es muy bonito, pero no necesito que me mientas...».
«No es una mentira. No tengo nada que ver en esto. Hablé con ella unos minutos
y parece una chica agradable. Si no estuviera seguro de que lleva semanas follándose a
tu novio a tus espaldas, no tendría nada en contra de ella».
«¿Eso crees? ¿Crees que empezaron a salir antes de que Alfie y yo
rompiéramos?».
Me lanza una mirada de «venga ya». «Maya».

74
«Sí. Quiero decir... Sí». Me froto los ojos. «No dejo de preguntarme si Rose lo
sabía».
«¿Rose?».
«Mi mejor amiga. Su prima. Ella fue quien nos presentó. Y luego, hace dos años,
cuando la compañera de piso de Georgia se graduó, me mudé a este apartamento y...
Cuando me enteré de lo suyo con Alfie y todo se fue al traste, Rose me dijo que no
tenía ni idea...».
«Lo sabía», Dice Hark.
«¿Cómo lo sabes?»
«Lo que hicieron tu compañero de piso y tu ex es tan abominable y carente de
decencia que, si tu amiga se hubiera enterado a la misma vez que tú, te habría
ayudado a afilar todos los cuchillos de la cocina».
Me río. Y se me saltan las lágrimas. Y bostezo. «Es que... ¿pensaba que quizá Alfie
era el indicado?».
«¿Basándote en qué?».
«Él... Es divertido, sobre todo cuando está borracho. Y me dejaba espacio, a
veces necesito mucho espacio. Y me abrazaba cuando quería que me mimaran».
«Todas esas cosas que has mencionado, las podría hacer un perro». Una breve
vacilación. Luego continúa. «Puede que fuera uno de los candidatos, pero no era el
indicado. Eres joven y más guapa de lo que crees, y serás la persona más inteligente en
la mayoría de los sitios a los que vayas a lo largo de tu vida. Estás mejor sin un tipo que
me acaba de pedir consejos sobre cómo entrar en el mundo de las criptomonedas».
«Uf. Está tan obsesionado con eso». Escondo la cara en la almohada. «No
debería haber dejado que su encanto me cegara».
«¿Encanto? Parece dibujado por mi mano derecha».
Me río contra la espuma viscoelástica, con el sabor de las sábanas húmedas en la
boca. Y justo cuando estoy a punto de preguntarle a Conor si es zurdo, caigo en un
sueño profundo y sin sueños.

75
6 días antes de la boda

76
Capítulo 12

HOY EN DÍA
TAORMINA, ITALY

Sicilia no es tranquila. Y, sin embargo, a pesar de un puñado de gaviotas


hiperactivas y ruidosas justo fuera de mi ventana, el zumbido de las cigarras y el ritmo
de las olas rompiendo en la orilla, no me despierto hasta media mañana.
Abro las pesadas cortinas de seda y salgo de puntillas al balcón, sin estar del todo
convencida de la solidez de la ingeniería italiana del siglo XIX. Contemplo el mar,
tranquilo y silencioso. Abajo, Lucrezia charla con otros empleados, barre el patio, da
instrucciones para que se reorganicen los muebles y grita a un trío de chicos
adolescentes que están fumando un cigarrillo en los escalones de la glorieta.
El sol ya está alto, bañando la arena, la hierba y los caminos empedrados con
rayos dorados que me dan ganas de salir a explorar. En mi casa, en Texas, la luz es
blanca y abrasadora, y hago todo lo posible por evitar estar al aire libre. Sin embargo,
el calor aquí es cualitativamente diferente. Más seco, más antiguo, salpicado por la
brisa con aroma a adelfa y los muros de piedra que mantienen el interior de mi
habitación lo suficientemente fresco, incluso sin aire acondicionado.
En el jardín, no queda rastro del estrago de la noche anterior. Intento imaginar la
reacción de Jade al enterarse de que el Sr. Axel McHockeyman, la persona más famosa
que conocemos, envenenó a todos los invitados a la boda, y me río para mis adentros.
Espero que alguien haya tomado fotos. Se acerca su cumpleaños y un álbum con lo que
pasó sería un regalo excelente.
Me visto rápidamente, con pantalones cortos y una camiseta sin mangas, y voy a
buscar café, haciendo algunas paradas en el camino.
«Creo que puedo demandarlo», es lo primero que me dice Nyota después de
abrir la puerta. Incluso con una camiseta misteriosamente manchada de Hot Girls
Litigate, se ve espectacular. «Como mínimo, puedo asesinarlo sin ir a la cárcel. Nadie lo
condenaría. Nulidad del jurado. Está en Wikipedia, búscalo».
Contengo una sonrisa. «¿Necesitas algo?».
«¿Como qué? ¿Sus testículos cortados metidos en la boca de su cabeza cortada?
¿En una bandeja de platino?». Suena esperanzada.
«Estaba pensando más bien en un vaso de agua, pero...».
Me cierra la puerta en las narices.
A Rue no le va mucho mejor, al menos a juzgar por la forma en que su espalda,
normalmente recta, parece enroscarse alrededor del marco de la puerta. «Me siento
estúpida por ser científica alimentaria», dice con una voz más ronca de lo habitual.

77
«Supuse que ninguna bacteria sobreviviría en un entorno con un contenido tan alto de
etanol, pero el contenido alcohólico de las bebidas tipo limoncello suele oscilar entre
el veinticinco y el treinta y cinco por ciento, y cualquier porcentaje inferior al cincuenta
dejaría un margen de error considerable. El principal problema es la biopelícula que
puede formar el Staphylococcus aureus. Sabes cuáles son, ¿verdad?».
Parece tan seria que me dan ganas de abrazarla. «No puedo decir que lo sepa».
«Las bacterias se agrupan alrededor de la superficie de una célula y...».
«Cariño», dice Eli, tirando de ella hacia atrás y hacia sí mismo. Ambos tienen un
aspecto verdoso y parecen unos veinte años más viejos que anoche. Espero que el
maquillador de la boda sea bueno. «Vamos a dormir, ¿vale?». La lleva de vuelta a la
habitación. Tiny, que nunca abandonaría a Eli y Rue en este momento de tanta
necesidad, desaparece tras ellos.
Minami, que lleva el pijama con la cara de su bebé estampada por todas partes
que le regalé el invierno pasado, me asegura que no necesitará que le cuiden a la niña
durante el día. «Kaede y yo nos divertiremos mucho justo al lado de donde está papá,
que está inconsciente. ¿Verdad?».
Considero la posibilidad de deslizar una nota que dice «AMO A LOS FLYERS DE
FILADELFIA» bajo la puerta de Axel, pero me parece demasiado trabajo, así que bajo
las escaleras.
La mesa que Lucrezia ha preparado en el comedor me deja sin aliento: un mantel
de lino blanco inmaculado, varias cestas de mimbre forradas con tela de cuadros y
llenas de pan fresco, croissants y brioches, tarros de cristal con mermelada y miel, y
pequeños botes de mantequilla amarilla. Hay varios jarrones de cerámica rebosantes
de flores de colores vivos: rosa, magenta, y buganvillas blancas. Todo tiene un aspecto
tan rústico y perfecto que por un momento me pregunto si me he topado con el plató
de un anuncio de cereales para el desayuno ricos en fibra.
Pero la presencia de Conor acaba con cualquier atisbo de idilio. Está sentado solo
a la cabecera de la larga mesa, con la barbilla apoyada en una mano y dos dedos
acariciándole pensativamente los labios. Mira con ira su ordenador portátil abierto,
como si estuviera a punto de enviar un mensaje a alguien para que lo matara.
«Mírate, como si fueras Ciudadano Kane», le digo, ignorando las mariposas que
siento en el estómago.
Él levanta la vista, todavía con el ceño fruncido, y me indica que me siente a su
derecha. No sé por qué, pero lo hago.
«¿Maya?».
«¿Sí?».
«¿La física tiene alguna explicación para que los humanos insistan en ser tan
jodidamente idiotas?».
«Que yo sepa, no. Pero podría preguntar».
Él gruñe y cierra el portátil. Por la mañana, las canas de su cabello son aún más
visibles.

78
«¿Es por el trabajo? ¿Por lo del... acuerdo?».
«No». Niega con la cabeza. Se pasa la palma de la mano por la mandíbula, bien
afeitada. Me siento tentada de insistir, de averiguar más, pero Lucrezia entra en
escena con una ráfaga de vocales largas y sonoras, y me rodea los hombros con sus
cálidas manos. Como una de las pocas personas que se negaron a beber el jugo mortal
de Axel, me gané un lugar muy alto en su estima. Ella sonríe, luego dice algo sobre el
café mientras me señala, y cuando Conor asiente, le revuelve el pelo de una manera
que parece un poco demasiado familiar, incluso para una nación tan afectuosa.
«¿No serás hijo suyo, por casualidad?». pregunto, dando un sorbo de agua.
Él se encoge de hombros. «Conociendo a mi padre, es muy posible».
Creo que está bromeando. «¿Qué quieres decir? Tú... ¿No acabas de
conocerla?».
«Solía venir aquí de niño. Es una de las muchas propiedades que tenía mi padre».
«Ah. ¿Cuándo la vendió?».
«No la vendió».
«¿Pero has dicho «tenía»?».
Se recuesta en la silla. Me estudia durante un largo rato. «¿No te has
enterado?».
«¿Enterado de qué?».
«Mi padre murió».
«¿Qué? ¿Cuándo?».
«Hace unos meses».
«Yo...». No sé qué decir. Porque el día que murió mi padre, sentí como si fuera a
desaparecer en cualquier momento. Yo había sido, ante todo, su princesa duende. Si él
ya no estaba para llamarme así, eso significaba que nada podía atarme a este mundo.
No veía ningún camino por delante. El dolor era abrumador. Incomprensible.
El padre de Conor, sin embargo...
«Enhorabuena», es lo único que se me ocurre decir.
Tras un instante, Conor sonríe, con aire complacido y sorprendido. «Gracias,
Problemas».
«Te habría enviado un arreglo comestible para celebrarlo. No sé por qué Eli no
me lo dijo».
«Probablemente porque fue ampliamente cubierto por los medios
internacionales». Suena ligeramente divertido.
«Tu padre era muy gilipollas, ¿eh?».
«Lamentablemente».
Nos miramos el uno al otro. Entre nosotros, solo hay una esquina de la mesa y
mucho silencio. «Entonces», pregunto, arrancando un trozo de pan. La corteza es tan
fina y crujiente como el interior es esponjoso. «¿Quién es el nuevo propietario de...?».

79
Me detengo cuando Lucrezia regresa y deposita un vaso delante de mí. Le doy las
gracias y espero a que se marche antes de preguntar en voz baja: «¿Por qué me ha
traído un granizado?».
Conor me mira como si acabara de hacer una afirmación legalmente procesable.
«Por Dios».
«¿Qué?».
«Maya».
«¿Qué he hecho?».
«¿Has echado por tierra siglos de cultura siciliana?».
Parpadeo. «¿Por preguntar por el granizado?».
«Se llama granita. Granita al caffè. Con panna, nata espesa por encima». Coge un
bollo brioche de la cesta que tiene a su izquierda y lo pone en mi plato. Tiene una
forma extraña: una base redonda, como una rosquilla, y una bola más pequeña
encima.
«¿Se supone que debo beber después de comerme la teta con un pezón gigante
que está teniendo una reacción alérgica grave, o antes?». Lo pregunto sobre todo
porque me encanta cómo se arrugan las comisuras de los ojos de Conor cuando se
enfada conmigo. Pero el aroma del arábica se eleva, haciéndome salivar, y Conor...
siempre ha sido bueno alimentándome.
«Cállate y come».
Resulta ser más crujiente que un granizado, hecho de pequeños trozos de hielo
infusionados con espresso dulce. Está delicioso, por supuesto: cremoso, refrescante y
esponjoso como una nube, y: «Me mudo aquí», le digo después de dos bocados,
echando más granizado en mi pastelito.
Él sonríe, mirándome de esa manera que a veces me hace preguntarme si lo
imaginé: encantado. Dulce, casi. Como si yo fuera preciosa. Como si se preocupara lo
suficiente por mí como para no pasar diez meses sin contactar conmigo.
«No, lo digo en serio. Cuando termine de devorar esto, voy a tirar mi pasaporte
al océano».
«Las medusas se alegrarán, estoy seguro».
«Entonces, ¿cuáles son las reglas? ¿La granita es solo para el desayuno? ¿Puedo
tomarla varias veces al día, o es como tomar capuchino después de las once de la
mañana?».
«Lucrezia podría juzgarte si sustituyes todas las comidas por granita».
«Y como no bebí el zumo con E. coli, quiero conservar su buena opinión el mayor
tiempo posible. Hmm». Aparto mi plato vacío. «Quizás encuentre otro en el centro. De
todos modos, voy a ir al teatro griego».
Él entrecierra los ojos. «¿Con quién vas?».
«Con Bob», respondo.
«¿Quién?».

80
Señalo hacia la derecha. «Es mi amigo imaginario. Gran fan de los Shamrock
Rovers. Vosotros dos no os llevaríais bien».
«Maya».
«Vamos. La única persona que se siente lo suficientemente bien como para dar
un paseo por las ruinas conmigo es Minami, y ella se queda para cuidar de Sul. Sabes
que voy a ir sola».
Su ceño se frunce aún más. «No puedes».
«¿Por qué?».
«Ya sabes por qué».
«Ah, sí». Empujo la silla hacia atrás y me levanto, lo que le impulsa a hacer lo
mismo. «Tienes razón. No tengo ni la experiencia ni la capacidad para cuidar de mí
misma en un país extranjero». Entrecierro los ojos. «Espera un momento...».
«Esto es diferente. No hablas el idioma y...».
«Y el bosque es espeso, oscuro y aterrador, lleno de bestias peligrosas que
lucharán conmigo para robarme la mochila y las moras que contiene».
Me mira con indiferencia.
«Conor, es pleno día en una de las ciudades más turísticas de Europa. Tengo
cobertura en el móvil. Dadas las circunstancias, creo que puedo arreglármelas para
que no me secuestren. Y si no me crees, ven conmigo».
Se lo lanzo como un reto, sobre todo para que me deje en paz, pero el brillo de
sus ojos y la repentina tensión de su puño lo delatan.
Que lo está considerando. Está considerando pasar el día conmigo.
De repente, mi sangre se acelera.
Porque no mentía cuando le dije que era mi mejor amigo o que lo extrañaba. Y
aunque anoche desapareció en la habitación de Tamryn, aunque es obvio que no hay
un futuro romántico para nosotros, no estoy lista para dejarlo atrás.
Me acerco. «Vamos», le digo. El aroma a coníferas de su jabón, las cálidas notas
de su piel debajo, están grabadas en mi memoria olfativa. «Será divertido», añado,
procurando no parecer demasiado ansiosa. De lo contrario, su respuesta negativa sería
inmediata. Un hacha que caería entre nosotros.
«¿Lo será?». Me mira con severidad.
«Hemos visitado lugares juntos antes. Nos gustan las mismas cosas».
«¿Y cuáles son?».
«Pasear. Perdernos. Comer. Reírnos de lo incultos que somos. Vamos a
divertirnos mientras todos los demás se recuperan en sus pequeños sanatorios».
«No creo que ese sea el plural correcto».
«Sí, yo tampoco».
Su expresión se suaviza lentamente. Luego hace algo más que eso. «Está bien»,
dice por fin.

81
«Está bien», repito, girándome hacia la puerta, tratando de evitar que mi cuerpo
vibre con algo que se parece a la esperanza. No quiero que vea mi felicidad y me
rechace.
Es mi amigo. Lo extrañaba. Si esto es todo lo que puedo tener con él, es
suficiente.
¿Recuerdas el primer día? ¿Edimburgo? ¿El desayuno? ¿Y luego el resto?
¿Siempre juntos? Por favor, dime que no lo has olvidado. «¿Tienes que subir a tu
habitación antes de salir?», le pregunto.
Él niega con la cabeza. «¿Y tú?».
Hago lo mismo. Nos damos la vuelta. Salimos, uno al lado del otro, al mismo
ritmo. «Bueno, primero el teatro griego. Y luego hay una iglesia que quiero ver».
«¿El duomo?».
«Sí».
Él asiente. «Es preciosa».
«Bien». Nuestros brazos casi se rozan. Luego lo hacen: mi codo contra su piel
cálida. «Y después de eso, estaba pensando...».
«¿Sí?».
«Bueno, he oído hablar mucho de un arancello casero increíble que venden en el
mercado».
Él golpea mi hombro con el suyo. Su calor me abrasa. «Demasiado pronto».
«No, en serio, me han dicho cosas estupendas sobre sus propiedades
depurativas».
«Problemas».
«Pero ahora mismo está muy de moda. Incluso los atletas profesionales lo
recomiendan...».
«¡Eh, vosotros dos!».
Ambos miramos por encima del hombro. Ambos nos damos la vuelta.
Avery está de pie en el primer escalón del porche de piedra, con un bonito
vestido azul que la hace parecer una ninfa acuática. La diosa del cielo.
«¿Vais a Taormina?».
A mi lado, Conor se pone tenso. No dice nada durante un silencio que se alarga
demasiado, y soy yo quien asiente con la cabeza.
En respuesta, su sonrisa es deslumbrante. «¿Puedo acompañaros?».

82
Capítulo 13

TRES AÑOS, DOS MESES, DOS SEMANAS Y SEIS DÍAS ANTES


EDIMBURGO, ESCOCIA

«Entonces... ¿quizás... quizás hayamos solucionado esto? ¿Y podemos seguir


como antes?». La expresión de Rose es tan ingenua y esperanzada que tengo que
tomar la decisión ejecutiva de no reírme en su cara.
Esta mañana me desperté en una habitación sin Conor, con un número de
teléfono garabateado en un bloc de notas sobre mi escritorio y la casa llena. Rose y su
nueva novia, Surika, están sentadas en la mesa de la cocina con Georgia y Alfie,
comiendo huevos y salchichas. A todos les han contado mi salvaje noche de pasión
(solo espero que así es como la hayan descrito). Está claro que piensan utilizarla como
prueba de que Georgia y Alfie no hicieron nada malo, en absoluto.
«Las personas que están en esta habitación son mis mejores amigos», dice Rose,
con una mano dramáticamente apoyada en el pecho. «Es muy importante que todos
nos llevemos bien».
«Estoy totalmente bien con todos ustedes», dice Georgia, y tengo que morderme
la lengua antes de preguntar: «¿Qué podrías tener que objetar?». «Maya, solo quiero
que sepas que no me importa vivir contigo», añade. Sus ojos son exactamente del
mismo tono verde que los de Rose. Quizás tenga que quemar toda la ropa que tengo
de ese color. «Sería muy cruel por mi parte pedirte que te mudaras. Ni siquiera se me
había ocurrido».
He intentado no abusar de mi jerga terapéutica, pero empiezo a sentirme un
poco manipulada. «A mí tampoco se me había ocurrido», murmuro. Dos meses. Me
quedan dos meses de universidad. Después seré libre para mudarme a otro lugar, sola
y sin amigos. «Lo siento mucho». Me levanto del taburete en el que estaba sentada
más o menos en contra de mi voluntad. «Tengo que irme o llegaré tarde al desayuno
con Conor».
«Sobre Conor...», empieza Rose.
«Sé seria, Maya», la interrumpe Alfie. «No puedes confiar en él. Acabas de
conocer a este tipo en las vacaciones del año pasado y ahora estás...».
Follándotelo contra tu puerta es algo que se queda flotando en el aire,
deliciosamente sin decir.
Surika, la única persona en esta habitación que no está actualmente en mi
pequeño libro Haz sufrir, resopla entre bocado y bocado. «Creo que podemos asumir
con seguridad que el vástago de Harkness no es una especie de asesino engañoso».
Alfie frunce el ceño. «¿Qué se supone que significa eso?».

83
«Dudo mucho que el hijo mayor de Finneas Harkness vaya por ahí secuestrando
a estudiantes nacidas en Estados Unidos. Probablemente solo quiera echar un polvo.
Sin ánimo de ofender».
«No te preocupes», digo.
Pero el ambiente sigue lleno de escepticismo, y Surika deja el tenedor. «¿De
verdad no sabéis quién es Finneas Harkness?». Pone los ojos en blanco. Murmura algo
sobre ignorancia financiera. «Díselo, Maya».
Me aclaré la garganta. «En realidad...».
«Oh, Dios mío... Vale. Da igual. Su padre es el director ejecutivo de la mayor
empresa hotelera del Reino Unido. Es propietario de docenas de complejos turísticos
de lujo. Las paredes de sus habitaciones están revestidas de oro. Su hijo se dedica a las
finanzas, aunque también a la biotecnología. Tiene su propia empresa. También caga
dinero». Ella busca algo en su teléfono y se lo pasa a Alfie. Desde el otro lado de la
mesa, veo el logotipo de Forbes y una foto de Conor con Minami, Eli y Sul. Todos
sonríen.
Contengo la respiración. Por suerte, nadie en la sala ha reconocido a mi
hermano.
«¿Y eso se supone que nos tiene que tranquilizar?», pregunta Alfie, poco
impresionado. «¿Alguien ha visto American Psycho?».
Es una observación sorprendentemente acertada. «Podéis vigilarme. Sigo
compartiendo mi ubicación con Rose», digo antes de despedirme con la mano y bajar
las escaleras a toda prisa. De una forma extraña, su preocupación me reconforta. Me
dice que siguen preocupándose por mí y... No. Tengo que dejar de pensar en eso.
Sí, son mis amigos y los quiero.
Sí, ahora mismo son una compañía increíblemente tóxica para mí.
Sí, prefiero pasar la mañana con el colega de mi hermano, a quien conozco desde
hace más de una década y en quien he pensado menos veces que en ver Orgullo y
prejuicio (2005).
Nunca pensé que diría algo así, pero aquí estoy. Mirando a Conor Harkness
hojear un periódico financiero como si viviera en una cápsula del tiempo de los años
50. Me dejo caer en el asiento frente a él, porque ha conseguido una mesa junto a la
ventana en el Fountainbridge Loudons un sábado por la mañana.
«Hola», le digo cuando levanta la vista. Un repentino y nervioso rubor tiñe mis
mejillas, el aire fresco de la mañana acaricia mi piel.
Esto me parece contextualmente incorrecto. Alguien que conozco de Austin,
Texas, está aquí, en Edimburgo. Una improbable colisión de mundos paralelos.
«Buenos días». Deja el periódico a un lado y empiezo a pensar que realmente
tuve suerte cuando la recepcionista de Harkness me pasó con él. Mi hermano tiene
unos cuantos amigos, pero si cualquiera de ellos hubiera venido al rescate, toda la
historia de «Oye, estoy saliendo con un tipo de treinta y tantos» habría sido mucho
menos creíble.

84
Pero Conor es guapo. Lo era anoche, a pesar de su estética pretenciosa de chico
rico, y lo es esta mañana. Pelo corto y ondulado, algo despeinado, vaqueros, un jersey
fino, gafas de sol...
«¿Qué?», pregunta cuando lo miro fijamente. Me encanta el tono áspero de su
voz.
«Nada. Solo...». Me recuesto en la silla, sonriendo. Me maquillé y me puse mi
suéter favorito. Me duché. Me lavé el pelo y dejé que los rizos cayesen sobre mis
hombros. Mira, lo que intento decir es que puedo recomponerme. Anoche estaba en mi
peor momento, pero puedo hacerlo mejor. No hace falta que pienses que soy una
perdedora. «Gracias por organizar esto».
«No hay problema».
Silencio. Nos miramos durante más tiempo de lo normal, o de lo que sería
educado, y...
«Oh, no», digo.
«¿Oh, no?».
«Puede que esto haya sido un error».
«Dijiste que te encantaban los Loudons».
«No es eso. Es solo que tú y yo» —hago un gesto entre nosotros— «¿tenemos
algo de qué hablar? Quiero decir, eres bastante mayor».
Frunce el ceño, con una mueca profundamente marcada. «Me prometieron
comida, no reprimendas».
«Oh, puedo ofrecerte ambas cosas». Sonrío. Inclino la cabeza. «No pasa nada.
Encontraremos algo. Puedes contarme cómo era la vida antes de la electricidad».
Me mira fijamente, con severidad, durante un largo rato.
«Es broma. La edad no es más que un número, y todo eso».
Hace una mueca de dolor. «No digas eso».
«¿Por qué?».
«Porque es lo que diría algún hijo de puta que frecuenta foros online de
menores». Me río, pero él no. Me mira a los ojos y dice: «La edad es años de
experiencia acumulada. La edad son lecciones aprendidas».
«Eso no siempre es cierto. Hay muchos factores que influyen en ello».
Un suspiro cansado. «¿Has contactado con tu hermano? Ha aterrizado esta
mañana temprano».
«Todavía no».
Una sola ceja se asoma detrás de unas gafas oscuras. «Creía que necesitabas
hablar con él con urgencia. Tan urgentemente que me presenté en tu puerta».
«Correcto. Y como no quiero que pienses que no lo aprecio, He decidido dejar
que Eli se centre en su acuerdo con Australia y conformarme contigo. Enhorabuena,
has sido ascendido.
«¿Entonces ahora soy tu hermano?».

85
«Claro», bromeo, aunque me parece mal. A Conor también, a juzgar por su
expresión. Es un alivio que la camarera nos interrumpa para tomar nota.
«¿Cuándo sale tu vuelo de vuelta?», le pregunto cuando ella se marcha.
«Por la tarde».
«¿Vas a volver a Irlanda?».
«A Austin, a menos que mi padre nos vuelva a dar otro susto de salud
decepcionantemente no mortal».
«Conor, eso es... terrible».
«Lo sé. Me ha hecho venir hasta aquí y ni siquiera va a estirar la pata».
«No, me refería a...». Nos traen los cafés a la mesa. «La forma en que hablas de
él. ¿De verdad no te importa que pueda morir?».
«Sí que me importa. Estoy muy molesto cada segundo que sigue vivo».
«¿Es por la herencia?». Apoyo los codos en la mesa. «¿Quieres su dinero?».
Él se ríe contra el borde de su taza. «No estaré en ese testamento».
«¿Por qué?».
«Porque nada me daría más placer que donar su tesoro terrenal a las
organizaciones benéficas que más odiaba, y él lo sabe».
Todo esto es fascinante. Una auténtica mierda estilo Succession. «¿Te importaría
si te hiciera unas doscientas preguntas muy indecorosas y cada vez más intrusivas
sobre tu familia disfuncional? No digas que sí, por favor. Al fin y al cabo, ya lo sabes
todo sobre mí».
«¿Ah, sí?».
Me encojo de hombros. «Conoces las partes desgarradoras que hacen que la
gente me mire como si fuera la manzana más magullada del supermercado. Es justo
que compartas las tuyas».
Sus labios carnosos se contraen en una pequeña sonrisa que suaviza su rostro
anguloso. «Estoy aquí a tu servicio, Problemas».
«¿Sabe tu padre cómo te sientes?».
«Esa es una pregunta equivocada».
«¿Por qué?».
«A mi padre le importa un carajo la vida interior de los demás. Es un matón que
no ve a los demás seres humanos como seres vivos con sentimientos. En su visión del
mundo, todas las relaciones pueden conceptualizarse en términos de poder. Cada
interacción es una lucha libre, y el único final aceptable es que él salga victorioso». Da
un sorbo tranquilo a su café, como si no acabara de describir Narcisismo 101, el
musical.
«¿Por qué es así?».
«¿Genética jodida y años de formación? Mi abuelo lo crió para que pensara que
la bondad era una debilidad. Mi padre nos crió para que pensáramos que la crueldad
es fuerza. Nos moldeó a su imagen y semejanza, con diversos grados de éxito».
«Sin embargo, contigo fracasó».

86
Niega con la cabeza. «De todos nosotros, yo soy el más parecido a él».
«No, no lo eres». Me río, genuinamente divertida. «Estás aquí, conmigo».
«Solo porque estaba en la zona. Y necesito que Eli se centre en el...».
«En el acuerdo con Mayers, sí. Excepto que estabas en otro país, Conor. Y, como
has mencionado, eres el asistente del director regional de Harkness, o lo que sea, y
podrías haber cerrado fácilmente ese acuerdo tú mismo». Llegan nuestros platos de
desayuno. Cuando cojo una tostada y la mastico desafiante delante de él, gira la
cabeza para ocultar una sonrisa. «Si eres tan despiadado, ¿por qué has venido a
Europa? ¿No preferirías que tu padre muriera solo?».
«Ya te lo he dicho, vine por mi madrastra». Se mete un tomate entero en la boca
de un solo bocado, con cierta elegancia, y luego se toma su tiempo para masticarlo.
«Mis hermanos tienden a ponerse en contra de ella».
«¿Por qué?».
«La ven como una cazafortunas que se casó con mi padre por su dinero».
«¿Cómo es eso?».
«Probablemente porque es una cazafortunas que se casó con mi padre por su
dinero». No parece que le importe. «Pero ha aguantado sus tonterías durante casi diez
años. Sea cual sea la fortuna con la que se quede, se la ha ganado».
«Oh. ¿Tendrá tiempo suficiente para disfrutar del fruto de su trabajo cuando él
muera?».
«Espero que sí, ya que es más joven que yo».
Casi me trago la lengua. «¿Qué?».
«Solo unos meses».
«Eso parece...». Inclino la cabeza, preguntándome cuáles son los límites de
Conor, cuáles serían sus reacciones si se traspasaran. «¿Una mierda?».
«Es curioso que digas eso, porque «una mierda» está escrito en latín en el
escudo de la familia Harkness. Problematicus».
Me río. «¿Fue raro? ¿Cuando se casaron?».
«No. Yo ya estaba en Estados Unidos estudiando, y nuestra casa había sido una
puerta giratoria de mujeres jóvenes y guapas desde el día en que murió mi madre».
«Ah. ¿Era esa la forma que tenía tu padre de lidiar con el dolor y la pena?».
Él resopla. «Las mujeres también estaban allí cuando mi madre estaba viva.
Simplemente tuvo la decencia de no traerlas a casa».
«Ya veo. Y, ¿te gusta tu madrastra?».
«Mucho».
Me quedo sin aliento. «¿Estás secretamente enamorado de ella? Por favor, di
que sí. Necesito este cotilleo en mi vida».
«Tu grupo de amigos ya tiene suficientes cotilleos incestuosos, no necesitas
tomar prestados los míos. Y no, no lo estoy. Sin embargo, ella es el único miembro de
mi familia que no tiraría a otra persona a una trituradora de madera por un fajo de
billetes, lo que me hace ser bastante parcial con ella».

87
Lo observo cortar cuidadosamente su carne. Dar un bocado pulcro y caballeroso.
«¿Tú...?».
Pincha un trozo de tomate y espera pacientemente a que continúe.
«Solías salir con Minami, ¿verdad?».
«Esto es maravilloso». Inclino la cabeza, confundida por su respuesta, y él
explica: «Alguien que menciona a Minami en mi presencia».
«Oh. ¿La gente no lo hace?».
«No en nuestra relación. Hay mucho titubeo».
«¿Es porque todavía estás enamorado de ella?».
«Sí, todavía la quiero mucho».
«Vaya», digo con sarcasmo.
«¿Vaya?».
«Si crees que no me doy cuenta de lo que has hecho...».
Él vuelve a sonreír. No dice nada. Estoy dispuesto a ofrecerle dinero para que se
quite esas malditas gafas de sol.
«¿Y Sul? ¿Estás celoso? ¿A veces te gustaría poder arrancarle la piel del cuero
cabelludo, solo un poco?».
«¿Es eso lo que quieres hacerle al rubio?».
«Sí», digo, abatida. «Por favor, no me dejes sola con esta horrible cosa que acabo
de decir».
Sus hombros se sacuden de risa. «Ojalá pudiera, pero... ¿conoces a Sul? Es un
tipo estupendo. No hay nada que pueda odiar de él».
No se equivoca. Sul es una presencia tan tranquila que solía bromear con Eli
diciendo que actuaba más como el guardaespaldas de Minami que como su pareja, un
gigante gentil pegado a su lado. «De pequeña estaba obsesionada con Minami. De
hecho, sigo estándolo. Y tengo que admitir que siempre me he preguntado qué veía
ella en él».
Otros chicos aprovecharían la oportunidad para hablar mal del marido de su ex.
Conor solo dice: «No nos corresponde a nosotros saberlo. Él es diferente con ella».
«¿Cómo lo sabes?».
«Porque así es como funcionan las relaciones. Si es buena, te relajas. Muestras
todas tus facetas».
«¿Sí? Entonces quizá mi relación con Alfie no era tan buena».
«No lo era».
«¿Cómo lo sabes?».
«Por los post-its de tu escritorio, con nombres de ciudades. Tenías siete. Cuatro a
la derecha: Austin, Londres, Cambridge, Massachusetts y Durham, y tres a la izquierda.
Y Edimburgo no aparecía por ningún lado».
«Vale, Sherlock. Y puedes adivinar que mi relación con Alfie era un desastre
porque...».

88
«Las notas adhesivas de la derecha son programas de posgrado que todavía estás
considerando».
Mi corazón se acelera. «¿Cómo sabes que las de la izquierda...?».
«Las descartaste hace tiempo. Para empezar, estaban apiladas juntas. Y no
dibujaste los perfiles de las ciudades en la parte inferior... Por cierto, bonito Big Ben.
Pero no había ningún post-it de Edimburgo en ninguna de las dos pilas, porque
eliminaste esa opción hace tiempo. Mucho antes de que rompierais. Aunque anoche
Alfie me dijo que tiene un trabajo a tiempo completo en un museo para el año que
viene, aquí en la ciudad. Y no parecía una noticia nueva».
Me humedezco los labios. «Las relaciones a distancia existen».
«Ni siquiera solicitaste plaza en Edimburgo, ¿verdad?».
Me muerdo el interior de la mejilla. No. No lo hice. Quiero decirle que no era tan
profundo, pero tal vez...
«Me sorprende que Austin siga en esa competencia».
A mí también. Llevo años sorprendida por ello. Presenté la solicitud casi en
trance, y cuando llegó la carta de aceptación, sentí una oleada de alivio. No creo que
quiera volver a casa, pero...
«¿El 15 de abril es la fecha límite para confirmar la admisión?», pregunta,
claramente conocedor del proceso.
Asiento con la cabeza. «Quizá estés a punto de verme mucho más». La idea me
resulta extrañamente... natural. «Podríamos mantenernos en contacto. Quedar para
salir. Tú puedes contarme todo sobre el desajustado mundo de las familias
multimillonarias y yo puedo contarte con quién me engaña mi novio semanal. Cosas
así».
Él sonríe. Es la sonrisa más amplia que le he visto hasta ahora. «Suena bien».
«¿Qué crees que diría Eli?».
«¿Sobre tu regreso a Austin?».
«Sí».
Me observa atentamente. «Creo que deberías dejar de darle vueltas a los
sentimientos de tu hermano y tener una conversación sincera con él. Te sorprendería
lo bien que te podría sentar».
No me molesto en ocultar mi gesto de incredulidad. Y, tal vez para castigarlo un
poco, le pregunto: «¿Cuánto tiempo hace que Minami y tú rompisteis?».
«En la universidad. Hace más de diez años». Deja el tenedor en el borde del
plato. Se recuesta en la silla, como si estuviera esperando a que continúe con mi
interrogatorio.
«¿Por qué?».
«Le pedí que se casara conmigo».
«Ah». Bebo un sorbo de agua, sin motivo aparente. Juego con los huevos de mi
plato. «Eso no suele ser motivo para romper».
«Lo es si una de las partes dice que no».

89
Ay. «¿Te rompió el corazón?». Lo estudio. Su lenguaje corporal. No parece
nervioso con esta línea de preguntas. Al contrario, de hecho. Es realmente encantador,
sorprendentemente sofisticado para alguien que también es un poco tosco. «¿Tienes
el corazón roto, Conor?».
«Sí».
Siento una leve náusea en el estómago. Por la idea de que él siga enamorado de
esa mujer formidable a la que he idolatrado toda mi vida. Por la certeza de que nadie
me amará nunca de esa manera.
Mi preocupación debe de ser evidente, porque Conor se quita las gafas de sol y
dice: «Pero no fue culpa de Minami».
«¿Qué quieres decir?».
Sus ojos marrones están llenos de humor. «Mi corazón no se rompió porque
rompiéramos. Rompimos porque, para empezar, no funcionaba bien».
Doy vueltas a la frase en mi cabeza, tratando de entenderla. Casi lo consigo,
cuando mi teléfono vibra sobre la mesa.
Es un mensaje de Sami, un estudiante de ingeniería estadounidense que conocí a
través de Rose. Él y yo hemos asistido a muchas clases juntos y hemos acabado siendo
buenos amigos.
SAMI: R. me ha dicho que tu nuevo novio está en la ciudad, es más que bienvenida a
venir esta noche.
SAMI: Por cierto, bien por ti. Alfie es un capullo.
¿Bienvenida a ir dónde? Empiezo a escribir, pero me detengo antes de enviar el
mensaje con un suave «Mierda».
Gracias, respondo. ¡Feliz cumpleaños, nos vemos luego!
«¿Qué?», pregunta Conor. Se vuelve a poner las gafas de sol.
«Nada», digo. Pero me paso la mano por el pelo y le enseño mi teléfono.
«¿Cómo es que tienes cuatrocientos treinta y siete correos sin leer?».
«Lo sé, ¿verdad? Últimamente se me da bastante bien mantener ese número
bastante bajo».
Parece desconcertado.
«¿Qué? ¿Limpias tu bandeja de entrada todos los días?».
«Tengo un asistente ejecutivo que se encarga de eso. A veces más, dependiendo
del trimestre y de la urgencia de ciertos asuntos».
Por supuesto que sí. «Mira este mensaje. Se me había olvidado que hoy es el
cumpleaños de mi amigo Sami. Nos reuniremos en un pub para celebrarlo esta noche,
incluidos Alfie y Georgia». Le dedico a Conor mi sonrisa más sarcástica. «Lo sé, lo sé,
probablemente estés pensando: Maya, no puedo creer que te lo pases tan bien. Pero
no te preocupes, Sami ya ha oído hablar de ti y estás invitado, así que...».
«Iré», dice, antes de llenarse la boca con un bocado de tostada.

90
Lo miro parpadeando lentamente. «No, no quería decir... Eso es después de que
te vayas. Y yo estaré bien. Anoche no estaba muy bien, pero ahora me siento mejor.
Puedo manejar a Alfie y Georgia...».
«No confío en tus amigos».
Dios. Yo tampoco, ya. «¿Pero qué pasa con tu billete de avión? ¿Puedes
cambiarlo tan cerca de la salida?».
Me mira fijamente, masticando, esperando a que me dé cuenta de una de dos
cosas: o bien no le importa el dinero, o bien ha fletado un avión. ¿Que le den al
plancton, supongo?
«Tú...». No tienes por qué, empiezo a decir. Pero apuesto a que Conor Harkness
vive sabiendo que no está obligado a hacer una mierda. Y si se quedara un poco más, si
pudiera pasar unas horas más con él...
¿No sería divertido?

91
Capítulo 14

HOY EN DÍA
TAORMINA, ITALY

Conducimos hacia el centro en un Fiat rojo pequeño pero sorprendentemente


elegante. Y cuando digo «conducimos», me refiero a Conor, el único que puede
conducir con cambio manual.
Tengo ganas de pedirle que me enseñe, pero de alguna manera acabo abrochada
en el asiento trasero mientras los adultos en el delantero discuten sobre la
preparación de carteras, adquisiciones complementarias y algo llamado EBITDA. Están
jugando al ajedrez en 3D y yo todavía estoy aprendiendo a caminar.
Con la mejilla pegada al cristal, contemplo la costa resplandeciente. A Avery no le
gustan las naranjas, por lo que se libró de The Staphening. De hecho, ni siquiera se
enteró de que había ocurrido: se acostó temprano, afectada por el jet lag, y se
despertó con una boda diezmada. Me alegro de que esté sana, pero cuando hace reír a
Conor con una broma sobre la gestión del flujo de caja, decido cantar una canción
marinera en mi cabeza y bloquearlos. Sin embargo, cuando llegamos al teatro griego,
mi emoción vuelve a brotar. He visto algunas ruinas romanas en el Reino Unido, pero
esta podría ser la pieza arquitectónica más antigua en la que jamás haya estado, y
estoy totalmente preparada para dejarme llevar por una especie de viaje en el tiempo.
Es Conor quien compra las entradas. Avery se queda a su lado mientras él le
entrega unos billetes a un chico con aspecto aburrido en una taquilla que parece a
punto de incendiarse. Cuando regresan con unos trozos de papel, ella se ríe.
«¿Va todo bien?», pregunto. Mis ojos se posan en Conor, que no se está riendo.
De hecho, es impenetrable.
«El chico de allí estaba intentando calcular el total y... ¿has oído la palabra que
ha utilizado?».
«No».
«Figlia».
«¿Y eso significa...?».
««Hija». Te ha señalado y ha preguntado si nuestra hija era mayor de dieciocho
años». Ella niega con la cabeza, sin dejar de reír, pero yo me giro para mirar a Conor a
los ojos.
Hay un desafío en sus ojos, un indicio de «te lo dije». Después de todo, siempre
ha tenido la necesidad imperiosa de recordarme que nuestra diferencia de edad era un
obstáculo insuperable para mi presencia en su vida. «Claro que sí», dice Conor

92
lentamente, y sé que quiere darle mucha importancia a esto. Un momento de
enseñanza.
Así que le dedico mi sonrisa más descarada. «Espero que le hayas mentido y
hayas ahorrado esos cinco euros, papi». Me acerco a él, fingiendo no darme cuenta del
grueso nudo que tiene en la garganta, de cómo todo su cuerpo parece dejar de
funcionar. Sin apartar la mirada de sus ojos, le quito uno de los tres billetes de los
dedos y camino lentamente hacia la puerta de entrada.

«APUESTO A QUE ESTO pasa todo el tiempo», me dice Avery mientras bajamos
por las empinadas gradas. La escalera es traicionera y los escalones son estrechos.
«Me refiero a ti y a Eli. ¿La gente asume que es tu padre?».
«A veces», digo, para terminar con la conversación. La verdad es que, cuando
ocurre, a Eli le encanta seguir el juego, fingir que soy su hija y avergonzarme con
bromas de padre.
Pero mi hermano y Conor son fundamentalmente diferentes. Eli parece joven,
con su energía juvenil, abierta y despreocupada. Conor, no tanto, y eso no tiene
mucho que ver con las canas, sino con la media docena de muros que lo rodean en
todo momento.
«¿Cuántos años tienes, Maya?», pregunta ella.
«Veintitrés».
«A nadie le gustas cuando tienes veintitrés», dice ella, y Conor suelta una risa
burlona.
Me detengo. Me giro para mirarlo, con los ojos muy abiertos, lo que le hace
murmurar algo sobre lo joven que soy. «Es una referencia, Maya. De una canción
de...».
«Blink-182, lo sé. Solo me ha sorprendido. No sabía que los chicos irlandeses
participaban en la escena skate punk del sur de California».
«Vivo para sorprenderte».
«Eres un gran fan, ¿eh?».
«Enormemente». Sé que está intentando evitar reírse, porque yo estoy haciendo
lo mismo. Los gustos musicales de Conor se inclinan hacia la música techno industrial
o, como me gusta llamarla, los ruidos de una obra en construcción. Él suele vengarse
refiriéndose a los míos como chicas con ceceo llorando en sus baños. «Cuidado con esa
piedra de ahí, Avery».

93
«Oh, vaya. Gracias, Hark».
Empiezo a sospechar que los griegos no buscaban la comodidad como nosotros.
Avery no lleva tacones ni nada tan poco práctico como eso, pero en un par de saltos
complicados, sus sandalias de tiras me hacen temer por la integridad de sus fémures.
Conor la ayuda en todos ellos, rodeándole la cintura con las manos para levantarla de
un saliente especialmente alto.
Por otra parte, incluso mientras la ayuda, sus ojos suelen estar fijos en mí. Yo
salto con facilidad, con paso firme en mis zapatillas, sobre todo para dejar las cosas
claras. Conor aparta la mirada, pero no antes de que yo vea cómo niega con la cabeza
divertido.
Venir aquí al mediodía fue un error. No hay ni rastro de sombra a la vista y el
calor irradia desde todas las direcciones: el sol, las piedras, los cuerpos sudorosos de
los turistas. En medio de la orquesta, apenas puedo mantener los ojos abiertos, pero
Conor me coloca silenciosamente sus gafas de sol sobre el puente de la nariz.
Probablemente cuestan más que mi máster. Me planteo pisarlas accidentalmente, solo
para ver su reacción. La verdad es que es más probable que me vaya a dormir con ellas
debajo de la almohada, porque mi columna vertebral tiene la consistencia de cereales
empapados.
«¿Puedes hacer una foto en la que parezca que Maya y yo estamos sosteniendo
esa columna?», pregunta Avery.
«Probablemente no».
«Hmm, siempre has sido un mal novio de Instagram».
Siento un nudo en el estómago, incluso cuando Conor suspira y dice: «Creo que
ya tengo la perspectiva. Voy al otro lado del escenario. Vosotros dos quedaos ahí».
En cuanto se aleja lo suficiente como para no oírnos, Avery se vuelve hacia mí.
«Espero que no te sientas incómoda».
«Yo... ¿Por qué?».
«Porque Hark y yo salíamos juntos».
El calor me está mareando. Avery, sin embargo, parece estar esperando una
respuesta. «Claro», digo.
«Soy consciente de que hacer turismo con dos exnovios puede crear una
situación incómoda. No se me ocurrió hasta que estuvimos en el coche».
El sol me quema la nuca. ¿Me olvidé de ponerme protector solar? «No. No, está
bien, yo...».
«Vale. Es que parecías un poco... tensa. ¿Como si te resultara difícil lidiar con
nosotros?».
Entonces me doy cuenta: durante la última hora, mientras yo estaba pensando
en tener que compartir a Conor con su ex, ella ha estado preocupándose por mí. La
tensión que ella percibe es culpa mía.
Dios, puedo ser una zorra tan egocéntrica.

94
«Pero quiero que sepas que no hay resentimiento entre Hark y yo. Nuestra
ruptura fue muy amistosa. No era el momento adecuado, no éramos las personas
adecuadas. Sinceramente, todavía me gusta mucho. Y viceversa».
Mi corazón da un vuelco. Luego se queda en silencio. Me pregunto si ella sabe lo
de Tamryn. Luego me pregunto por qué es asunto mío.
«Siento haber parecido tan alterada, Avery». Tragué saliva. Sonreí. «Yo... No te lo
tomes como algo personal, pero tenía muchas ganas de explorar la ciudad sola. Me
gusta ese tipo de cosas. Entonces Conor pensó que sería demasiado peligroso y decidió
acompañarme». Técnicamente, no es mentira.
Quizá por eso se lo cree tan fácilmente. Me lanza una mirada cómplice, como si
compartiéramos un secreto. «Lo entiendo. Yo solía viajar sola mucho. Es una
experiencia única».
Asiento con la cabeza.
«Y qué tonto es por su parte. Quiero decir, tú has estado viviendo en el
extranjero».
«¿Lo ves?».
«Te diré una cosa: si quieres escaparte, se me ocurrirá alguna excusa o diré que
has vuelto a casa. O puedo distraerlo».
«¿Vas a enseñarle las tetas?».
«¿Qué otros métodos de distracción hay?».
Me río a pesar del nudo que tengo en la garganta y miro al otro extremo del
escenario, donde Conor parece inusualmente pequeño e insignificante, toda una
hazaña para alguien que hace que cualquier habitación parezca más pequeña. Es por el
paisaje y la vista que hay detrás de él. Los azules y los verdes. La costa jónica con sus
asentamientos costeros montañosos. Y luego, como telón de fondo, el monte Etna.
Pienso en los hombres y mujeres que construyeron este teatro. Los griegos que
navegaron hasta aquí y encontraron el lugar demasiado hermoso para marcharse, los
romanos que se unieron a ellos, los árabes y los normandos y la Casa de Borbón. El
mundo es tan grande y nosotros solo somos un puñado de átomos. ¿Qué es un
pequeño desengaño amoroso frente a la inmensidad de la humanidad? ¿Importa que
un amor no sea correspondido si el universo comenzó con una bola de fuego y
terminará de la misma manera?
Lo único que puedo controlar es ser amable con quienes son amables conmigo. Y
parece que a Avery no le importaría pasar un rato a solas con Conor. «De hecho, sería
estupendo. ¿Te parece bien si me escabullo después de la foto?».
«Por supuesto».
«Toma». Me quito las gafas de sol. «¿Podrías devolver estas...?».
«Eh, vosotros dos», nos llama Conor.
Ambas nos volvemos hacia él. Bajo el sol abrasador y despiadado, su ceño
fruncido sigue acelerando mi corazón.
Pero mi corazón tampoco es más que un montón de átomos.

95
«¿Qué tal si empezáis a posar para esa foto?».
Avery y yo compartimos una sonrisa. Creo que ahora sí que somos mejores
amigas. «¿Avery?».
«¿Sí?».
«Si tuvieras que hacer una estimación, ¿con qué frecuencia dirías que Conor
Harkness piensa en el Imperio Romano?».
Ella se echa a reír.

96
Capítulo 15

TRES AÑOS, DOS MESES, DOS SEMANAS Y SEIS DÍAS ANTES


EDIMBURGO, ESCOCIA

Los chicos están a unos metros de nosotros, hablando sobre el muro de


Antonino, el fuerte de Newstead y otras cosas que siempre parecen volver al Imperio
Romano, y debo admitirlo: es bastante excitante ver a Conor sacar su polla sobre la
mesa.
La forma en que mis amigos se reúnen a su alrededor como si él fuera una fuente
inagotable de buenos consejos y habilidades para la vida me da cierta vergüenza ajena,
pero es agradable que no parezca demasiado fuera de lugar, incluso en un bar que está
literalmente en un centro de estudiantes, una biblioteca reconvertida donde la edad
media no se acerca ni de lejos a la suya. Su ropa es sencilla, pero de demasiada calidad
como para pasar desapercibida, y hay algo en su presencia que lo distingue del resto.
Aun así, desde que pagó la cuenta de todos y siguió sumando gastos, Alfie le ha estado
lanzando miradas resentidas, y ser testigo de eso es casi tan placentero como el sexo.
No creo que a Conor le guste ser el centro de atención. Tiene mucha práctica, es
hábil socialmente, pero para mí es obvio que ve a mis amigos como bebés que acaban
de dejar de usar pañales. He estado desarrollando una teoría sobre él, que aún está a
medio cocinar, pero aquí va: la forma suave en que se comporta, la facilidad con la que
se mueve por el mundo, es solo superficial. Ha aprendido a ser agradable y profesional,
pero eso es solo la punta del iceberg. En el fondo hay algo más. Salvajismo, tal vez. Un
bloque de hielo. Mucho control, sin duda.
Lo peor es que yo soy con quien debería estar pasando el rato. No deja de mirar
en mi dirección, quizá aburrido, quizá solo para ver qué hago. Ambos sabemos que si
estuviéramos solos, nos lo pasaríamos mucho mejor.
Como hoy.
Lo siento, le escribo desde mi mesa.
Cuando lee el mensaje, se gira hacia mí y me dice: Más te vale, y yo no oculto mi
sonrisa.
«¿Sabes?», me dice Rose, sorbiendo su ponche caliente—, «por un momento me
pregunté si habías perdido la cabeza y estabas dejando que un viejo mojara su galleta
en tu leche solo para vengarte de Alfie, pero…».
Sigo su mirada hasta Conor. «¿Pero?».
«Ahora que lo he visto, no hay nada que decir. Me lo tiraría».
Me río. «No, no lo harías».

97
«No, no lo haría. La idea me repugna. Pero menos que la mayoría de los
hombres. Estéticamente, lo aprecio». Lo medita. «Quizá sea porque ha tenido más
tiempo».
«¿Más tiempo para...?».
«Para volverse atractivo. ¿Quizá la sensualidad es algo que se va marinando?
¿Cuanto más tiempo tienes, más probable es que se acumule?».
Quizá. Pero: «Sabes, no solo es guapo. También es muy divertido hablar con él».
«Sí, claro». Rose parece escéptica. «Supongo que habláis de... yates y
certificados de depósito».
«Aún no hemos hablado de ninguno de los dos temas», digo, preguntándome si
se sorprendería al saber que hemos pasado el día juntos.
No era el plan. Me levanté de nuestra mesa en Loudons esperando que cada uno
siguiera su camino. No fue premeditado, la forma en que le tiré de la camisa y le
pregunté: «Oye, los sábados a esta hora suele haber remeros en el río. ¿Quieres que te
lleve?».
Él aceptó. Fuimos. Nos sentamos en la hierba, un poco apartados del paseo, y
criticamos la forma de remar de los remeros. «No puedo creer el ángulo con el que
agarran el remo», dije, disgustada. «Qué aficionados».
Conor se volvió hacia mí. Se quitó las gafas de sol. «¿Sabes algo de remo?».
«No».
Eso me valió un profundo suspiro. Su mano agarró mi capucha y me la bajó por la
cabeza hasta cubrirme la cara, y yo me reí y reí aunque me faltaba el aire.
Luego había un castillo, y mientras subíamos las escaleras de piedra le conté
todo sobre mi enemistad con las nutrias y otros animales de forma similar. A
continuación, apareció otro castillo y descubrí que él casi había obtenido un doctorado
en bioquímica. Mientras me hablaba de su proyecto, parecía un empollón consumado,
así que no pude evitar burlarme de él, incluso cuando se preguntó en voz alta «si
cabrías por las aspilleras, Problemas».
Después de insistirle durante unos diez minutos, descubrí que en su tiempo libre
—que no tengo, Maya— le gusta jugar a juegos de estrategia bélica. «Eres una
nación», me explicó. «Y utilizas sus recursos para elaborar una estrategia militar».
«Conor Harkness», le regañé. «Eres una bandera roja andante».
«Soy un hombre de finanzas de treinta y tantos años, hablando con una
veinteañera sobre sus aficiones de toda la vida. Me sorprende que no te hayas dado
cuenta antes».
«¿Estamos hablando de... Risk?».
«Prefiero no dar más detalles».
«O espera, ¿se trata de videojuegos?».
«Esta conversación ha terminado».
«¿Estos juegos de guerra de los que hablas son solo hojas de cálculo de Excel
glorificadas, Conor?».

98
«Sin comentarios».
Es mucho mayor que yo, nuestra diferencia de edad podría dar para una licencia
de conducir. Pero él me escuchó cuando intenté explicarle que, por mucho que me
guste la física, no estoy segura de que sea la carrera que quiero. El problema es que
tampoco estoy segura de que no lo sea. Lo cual... Da igual. Ya lo averiguaré.
«¿Por qué haces eso?», me preguntó.
«¿El qué?».
«Interrumpirte antes de terminar una idea».
Recordé haberle expresado las mismas dudas a Alfie. «Eh... Normalmente son los
demás los que me interrumpen primero, ¿no?».
Me lanzó una mirada ceñuda. «Entonces tienes que buscarte mejores amigos».
Fue divertido pasar tiempo con él. Todas las cosas que tenemos en común. La
gente que forma parte de nuestras vidas. El lenguaje compartido de Austin, con su
amor por H-E-B y su profundo odio por el tráfico de la I-35.
Quizás, pensé, echo más de menos mi hogar de lo que pensaba.
Recibió muchas llamadas a lo largo del día. La mayoría las rechazó. En algunas,
suspiró y dijo: «Lo siento, tengo que contestar».
Una de ellas era de mi hermano. «¿Adivina con quién estoy?», preguntó al
descolgar.
«No lo sé». Reconocí inmediatamente la voz de Eli. «¿La policía? ¿Te han
arrestado por apuñalar a tu padre?». Me di cuenta de que Conor iba a decirle a Eli que
había volado hasta allí para verme y...
Negué con la cabeza, rápidamente, instintivamente. «No», susurré. «No se lo
digas».
Los ojos de Conor se clavaron en los míos, su confusión era evidente. Y, sin
embargo... «Tienes toda la razón», le dijo a Eli, antes de cambiar de tema. «Sobre la
diligencia de la oferta final de Mayers».
«¿Por qué?», preguntó después de colgar.
«No quiero que se preocupe», respondí. Conor me miró como si hubiera
detectado la mentira, y... yo también. No conseguía averiguar cuál era la verdadera
razón, así que decidí obligarle a beber un poco de Irn-Bru.
Iba a ir a casa a cambiarme antes de reunirme con los demás. Creo que Conor
pensaba hacer lo mismo. Simplemente sucedió que miramos la hora y nos dimos
cuenta de que llegábamos tarde. Y la razón por la que llevo su abrigo es... bueno. Él es
caluroso. Yo no.
«¿Estás bien?», me pregunta Rose cuando Georgia se va al baño. Me acaricia el
muslo con la palma de la mano. «Pareces un poco distraída».
«Solo...». Cansada, estoy a punto de decir. En lugar de eso, dejo mi vaso de
refresco vacío y me acerco a ella. «¿Sabías lo que estaba pasando? ¿Lo de Alfie y
Georgia?».
Arruga su nariz respingona. «Ya me lo has preguntado. ¿Lo has olvidado?».

99
«No. Es solo que no parecías muy sorprendida».
«No lo sabía, Maya».
Quizá debería dejar de ser tan agresiva con este tema. Es solo que... «Si Surika te
dejara —digo con calma— y una semana después la pillara besándose con mi primo,
estaría más dispuesta a admitir que mi primo se comportó como un auténtico
capullo».
«¿Tienes un primo?».
«¿Qué?».
«Solo digo que nunca has mencionado que tuvieras un primo».
Suelto una pequeña risa molesta. «Sí. De segundo o tercer grado. No hablo
mucho con ellos».
«Sí, bueno». Se encoge de hombros. «Escucha, no quiero decirte lo que tienes
que hacer, pero... es mejor para todos que sigamos adelante. Quiero decir, tú tampoco
eres tan inocente».
«¿Y eso?».
«Tú y el tío rico y guapo habéis estado en contacto todo este tiempo. Y no te
culpo, hay que mantener las opciones abiertas. Pero podemos dejar atrás las
recriminaciones, ¿no?».
«Creo que tengo derecho a estar enfadada con mi compañera de piso por
acostarse con mi ex. Y quizá también tenga derecho a estar enfadada con mi mejor
amiga por no haberme apoyado más enérgicamente».
«Sé que piensas eso. Es porque tienes importantes problemas de ira».
Mis ojos se convierten en rendijas. «Eso es muy bajo, Rose».
«Oh, vamos, Maya. Es mi prima».
Tengo que respirar profundamente medio millón de veces antes de poder decir:
«Entiendo tu punto de vista». Me deslizo fuera de la cabina y salto de la plataforma
elevada. «Solo desearía que tú intentaras hacer lo mismo».
Me alejo, dando por terminada la conversación, dejando que el resentimiento se
apodere de mí. Quedarme con Rose no tiene sentido, sobre todo cuando hay otra
persona con la que prefiero pasar el rato. Alguien que no me va a mentir a la cara.
Además, quiero algo más fuerte que un refresco.
En la barra, me inclino para llamar la atención del camarero. Fallo
repetidamente, hasta que Conor aparece a mi lado.
«Hola», le dice a la mujer. «Ella tomará...».
«Un chupito. Tequila».
Él hace una mueca. «Acabo de comprar alcohol para la hermana menor de edad
de mi amigo. Genial».
«Es perfectamente legal. De todos modos, llevo bebiendo desde los dieciséis
años...».
«No necesitaba saber eso».
«... así que he desarrollado unas enzimas muy buenas».

100
Me pasan un chupito. Me lo bebo rápidamente, sintiendo la mirada de Conor fija
en mi garganta, el calor que comienza en mi estómago y se extiende en todas
direcciones.
Cuando golpeo el vaso contra la madera oscura, el camarero me sirve otro.
Conor arquea una ceja.
«Aquí los chupitos son más pequeños». Me apoyo en la barra, frente a él. «¿Te
gustan mis amigos?».
«Claro».
«¿Claro?».
«Algunos son geniales. El cumpleañero llegará lejos en la vida».
«Sí, Sami es increíble».
«¿Pero el del chándal?».
«Jethro».
«Está pensando en empezar un podcast. Y no estoy seguro de que lo que tiene
que decir sea rentable».
«No estoy convencida de que nadie le escuche gratis». Resoplo. «¿Alguno de los
chicos te ha pedido ya un préstamo?».
Se encoge de hombros. «No con esas palabras, no».
«¿Pero?».
«El chico del flequillo intentó venderme su aplicación de citas para adúlteros».
«¿Grant? Siempre sospeché que era un tipo raro, pero...».
«El raro es otro», me interrumpe una voz. Cuando Conor y yo nos giramos, Alfie
está de pie cerca de nosotros. ¿No estábamos solos hace un momento?
«¿Perdón?», pregunto. Pero Alfie no me mira y tiene la cara roja, como si
hubiera bebido demasiado.
«Tú eres el pervertido, ¿verdad, amigo?».
«Bueno, sí». Conor asiente, imperturbable. «Aunque no sé cómo te has
enterado».
«Basta con echar un vistazo. ¿Cuántos años tienes?».
«Treinta y cinco».
La sonrisa de Alfie es maliciosa. Nunca le había visto poner esa cara. Me gusta
creer que, si lo hubiera hecho, no habríamos durado tanto tiempo juntos. «¿Sabes
cuántos años tiene Maya? Veinte. Podría ser tu hija».
«Estás sobrevalorando mucho lo que hacía yo a los catorce años, amigo». Conor
da otro sorbo a su cerveza negra y luego la deja a un lado. «Pero es lógico que te
preocupes».
Alfie se enfada. «Me alegro de que veas el problema».
«Por supuesto que lo veo. Te preocupas por Maya, que es muy joven, más joven
que nosotros dos, y no querrías que me aprovechara de su... ingenuidad, ¿por así
decirlo?». Debe de notar mi ceño fruncido, porque sus dedos se levantan detrás de mí
y me dan golpecitos en la espalda. Paciencia. «La respetas, quieres lo mejor para ella y

101
no soportas verla sufrir. Por lo que sabes, podría aprovecharme de su confianza e
incluso romperle el corazón. Y eso sería muy cruel por mi parte, ¿no?».
Las mejillas de Alfie se ponen aún más rojas, por el alcohol, el calor del pub o la
vergüenza, no sabría decirlo. Lo único que sé es que Conor me rodea los hombros con
el brazo, me atrae hacia él y me acaricia la mandíbula con los nudillos.
Qué agradable. Es agradable.
«¿Quieres un consejo, chico?», dice Conor.
Alfie asiente con rigidez.
«Fuera de mi vista. Ahora mismo. Y no hables con Maya a menos que sea para
responder a una pregunta que ella te haya hecho personalmente».
Cuando Alfie me mira con los ojos muy abiertos, vagamente sorprendido por la
amenaza, sonrío y le digo: «Deberías hacer lo que dice. Es mucho mayor que nosotros,
no se sabe cómo controla sus impulsos».
Alfie se aleja enfadado. Cuando ya no lo veo, me inclino hacia Conor, saboreo el
calor del tequila y digo: «Ha sido divertido».
«¿Ah, sí?».
«Mmm. Quizá no para Alfie». Le sonrío. Al cabo de un rato, Conor me devuelve la
sonrisa. «Deberíamos irnos», le digo.
«Sí. Creo que ya he tenido suficiente con los universitarios».
«Oye. Yo soy universitaria».
Él suspira. «¿No me digas?».
Es su mano en mi espalda la que me empuja fuera del pub.

102
Capítulo 16

HOY EN DÍA
TAORMINA, ITALY

Me acuesto junto a Nyota en su cama y exhalo lentamente cuando ella me


pregunta: «¿Qué quieres decir con que los dejaste solos y te fuiste por tu cuenta?».
Por un lado, la pregunta es un susurro, y dado que su habitación está justo
enfrente de la de Avery, debería estar muy agradecida por la cortesía. Por desgracia,
los susurros de Nyota parecen tener el poder acústico de un cachalote.
«No lo sé, Ny. No sé... Conor y Avery... Ella dijo que todavía se gustan. Y él
durmió en la habitación de Tamryn, creo. No entiendo lo que está pasando, pero no
voy a competir con otras mujeres por un chico que claramente...».
«Escucha, Maya, él no quiere a Tamryn ni a Avery. Te quiere a ti».
La expresión de Nyota es inflexible, lo cual no es inusual. Es el contraste entre lo
que acaba de decir y su grado de seguridad en sí misma lo que me lleva a preguntarle:
«¿Te ha comido el cerebro el estafilococo?».
«Lo digo en serio».
Le pongo la mano en la frente, buscando signos de meningitis.
«Maldita sea, no estoy enferma. O sí lo estoy, pero... Estuve sentada a su lado
durante la cena y te garantizo que ese hombre no tiene ningún interés en Tamryn ni en
Avery. No dejó de mirarte en todo el rato».
«Claro que sí».
«En serio. No de forma obvia, es más inteligente que eso. Pero no deja de
mirarte. Está pendiente de dónde estás».
Frunzo el ceño. «Solo es controlador. Y protector. Sobre todo porque me
infantiliza…».
«Créeme», dice con tono sombrío. «No hay nada infantil en la forma en que te
mira».
«Sí, claro. Bueno ¿cómo te ha ido el día? ¿Quieres...? ».
«Es bueno ocultándotelo, te lo concedo. Pero mientras jugabas con el niño... ».
«Kaede es una niña».
Ella hace un gesto con la mano, desdeñosa. «Me niego a reconocer la existencia
de los niños a menos que sea absolutamente necesario. Producen ruidos terribles y
olores aún más terribles, pero la sociedad les permite salirse con la suya solo porque
son monos. Es obsceno lo dominados que nos tienen. En fin, Hark se pasó todo el rato
mirándote a ti y al niño. Y miró con malicia a Paul.
«Mira mal a todo el mundo, Nyota».

103
«Vale, sí, te doy la razón».
«Conor se preocupa por mí. Pero no de esa manera».
«¿Estás segura de que no te estás quemando los dedos? Porque yo no lo veo así,
y hasta ahora he sido capaz de predecir con una precisión del cien por cien no solo qué
socios de mi empresa están engañando a sus cónyuges, sino también con qué
clientes...».
«Te he traído algo», le interrumpo, girándome rápidamente para coger la
pequeña bolsa de papel que he traído conmigo. Después de escabullirme del teatro,
pasé un par de horas paseando por Corso Umberto mientras saboreaba una deliciosa
bebida hecha con agua y sirope de menta dulce. Visité un palacio medieval, entré y salí
de boutiques y tiendas de recuerdos, y decidí comprarle a Nyota un regalo que le
encantaría.
«Vaya. Buen intento para distraerme. No soy nada hábil en litigios y caeré
rendida ante... Oh, Dios mío». Se santigua. «¿Qué demonios es esa monstruosidad y
por qué está profanando la sacralidad de mi dormitorio?».
«Un imán», digo inocentemente, obligándola a aceptarlo. «De la bandera de
Sicilia. De nada».

«¿Es esta la mujer con serpientes en lugar de cabello? ¿La que convierte a las
personas en piedra?».
«Sí, Medusa».

104
«¿Por qué me mira fijamente al alma? Y, sobre todo, ¿por qué le salen tres
piernas y dos alas del cuello?».
«La verdadera pregunta es: ¿por qué no?».
«Aterrador». Sostiene el imán en la palma de la mano. «Necesito un sacerdote. Y
un rabino. Y un médico. ¿Esta cosa me perseguirá por la noche?».
«Sin duda tiene suficientes extremidades para hacerlo».
«Espera. Si lo pongo en mi escritorio, ¿mantendrá alejado a mi jefe?».
«Sin duda».
«Entonces, gracias por bendecirme con este objeto indispensable».
«De nada. Había muchos otros imanes, pero este me llamó la atención».
«¿Con la misma voz que el niño de El exorcista?».
«¿Cómo lo has...?».
Un golpe en la puerta me interrumpe y, un momento después, Rue y Tisha
entran. Son casi las nueve de la noche y las dos ya llevan puesto el pijama. O siguen
con él. Aparte de Conor, Avery y yo, no creo que nadie haya salido del recinto de las
villas.
«Oímos voces cotilleando», dice Tisha, con las piernas cruzadas a los pies de la
cama de su hermana. «Decidimos que queríamos formar parte de ello».
Nyota la mira con escepticismo. «Estoy segura de que Rue fue fundamental en
esta decisión. Le encantan las fiestas de pijamas».
«No me importa», dice Rue, sentándose mucho más tranquila a mi lado.
«En fin. ¿De qué estáis hablando ustedes dos? ¿De la maldición?».
«¿Maldición?», pregunto. «¿Qué?».
«Bueno, Rue y yo hemos estado bromeando diciendo que solo una boda maldita
puede comenzar con un vomitorio».
«La boda no está maldita», le aseguro a Rue, quien parece más bien divertida por
mi preocupación por su preocupación. «No estábamos hablando de una maldición
inexistente».
«¿De qué hablabais, entonces?», pregunta Tisha.
Lanzé una mirada de pánico a Nyota, que rápidamente mostró el imán. «Sobre
esto».
«Oh, Dios mío». Tisha se llevó una mano al pecho. «Ahora que lo he visto,
¿moriré en siete días?».
«Probablemente. Además, le estaba contando a Maya mi vida sexual durante las
vacaciones y cómo tuve que rebajarme a descargar una extraña aplicación italiana de
citas».
«Normalmente cazas entre los invitados a las bodas», señala su hermana.
«Ni hablar. Axel es obviamente un idiota. Paul comparte genes con Axel, y me
niego a copular con él bajo ninguna circunstancia, Hark no es mi tipo...».
«Hark es totalmente tu tipo».

105
«... así que, a menos que quieras que seduzca a tu novio nerd, voy a tener que
ser proactiva con todo este asunto, y...».
«¿Qué tal el día?», me pregunta Rue, dejando que Nyota y Tisha sigan
discutiendo.
«Divertido». Sonrío. «Te he comprado algo en el mercado. Aquí, en la bolsa». Es
un paquete de semillas mezcladas: flores silvestres sicilianas. «Lo he comprobado.
Puedes llevarlas a Estados Unidos, solo tienes que declararlas».
Ella sonríe ampliamente, y lo poco habitual que es eso hace que mi corazón se
llene de calidez. «Deberíamos plantarlas en el patio trasero. Junto a las chumberas».
Deberíamos. Rue siempre habla de Eli y de su casa como si también fuera mía.
«Deberíamos. Y con ello, me refiero a que tú harás el trabajo y yo me mantendré
alejada para evitar marchitarlas con mi aura. ¿Crees que si alguna vez me mudo de
Austin, el jardín por fin se sentirá seguro?».
«¿Qué quieres decir con si?».
«Cuando», me corrijo. «Quiero decir, cuando».
Rue inclina la cabeza, con un pequeño fruncimiento en la frente. Me siento
intensamente aliviada cuando Nyota grita: «¿Es su madrastra qué?».
Rue y yo nos volvemos.
«Madrastra», dice Tisha. «¿De verdad no lo sabías?».
«¿En serio? ¿Estaba casada con su padre? ¿Es la viuda de su padre?». Sea lo que
sea lo que Tisha le acaba de decir a Nyota, parece haberla resucitado y le ha dado la
energía necesaria para levantar finalmente la cabeza de la almohada. «¿Lo sabías,
Maya?».
«¿Saber qué?».
«Que Tamryn es la madrastra de Hark».
«Yo...». Niego con la cabeza, desorientada. Recordando cómo desapareció en su
habitación anoche.
El gemido que suelta Nyota no es más que horror. «Dios. No puedo. Yo... ella
debe de tener más o menos la edad de Hark».
«Unos meses menos», digo por reflejo, todavía aturdida por la noticia. Porque
Conor me ha hablado de Tamryn innumerables veces. Pero nunca ha mencionado su
nombre.
«Tía, esto es lo que odio de los viejos blancos ricos». Nyota se inclina hacia
delante. «Nunca dejan de encarnar el estereotipo y son tan aburridos. Tienen sus
pequeñas crisis de mediana edad, ¿y deciden invertir en proyectos de sostenibilidad?
¿Defienden públicamente los derechos reproductivos de las mujeres? No, se casan con
una chica que apenas había aprendido a ir al baño cuando ellos ya habían malversado
su primer millón». Su mirada se agudiza. «No fue un matrimonio por amor, ¿verdad?».
«Lo dudo mucho», dice Tisha.
«Entonces, por favor, dime que ella lo hizo».
«¿Hizo el qué?»

106
«Que lo mató. Dime que la madrastra echó arsénico y canela en las gachas de
avena del abuelo mohoso».
Tisha resopla. «Por lo que he oído sobre ese tipo, se lo tenía merecido».
«Entonces espero que fuera lento, doloroso e indigno. Y espero que su nombre
apareciera por todas partes en el testamento. Ser una esposa trofeo siempre debería
ser un trabajo bien remunerado, pero ¿ser la esposa trofeo de un imbécil? Necesito
que sea ricachona».
Me rasco la cabeza. «No era una esposa trofeo. O, al menos, no solo eso. En
realidad era ejecutiva».
Todos se vuelven hacia mí. Nyota parpadea, acusadora. «Dijiste que no sabías
que ella era...».
«Sé un poco sobre la madrastra de Conor. Simplemente nunca la relacioné con
Tamryn. En realidad, formaba parte del negocio de Finneas Harkness. Fue fundamental
en el crecimiento de algunos aspectos del mismo. Aunque no recuerdo cuáles». Tragué
saliva. «Ella y Conor son muy cercanos».
A Nyota casi se le salen los ojos de las órbitas. «¿Están follando? Porque eso sí
que sería una aventura veraniega realmente problemática».
Él señalaría que ella es más adecuada para su edad que yo, pero no lo digo.
«Tamryn necesitaba salir de Irlanda», dice Rue en voz baja. Como siempre que
habla, todo el mundo la escucha. «También es buena amiga de Eli y Minami, no solo de
Hark. Y... es la dueña de este lugar. Ella y Hark son la razón por la que celebramos la
boda aquí».
«¿Eso es un sí a la pregunta de si se acuestan?», pregunta Nyota.
Rue sonríe. «No, no lo hacen. Son más como hermanos».
Nyota no dice nada. Pero en cuanto Rue y Tisha se distraen, me susurra:
Te lo dije.

107
5 días antes de la boda

108
Capítulo 17

La mañana del tercer día, me despierto a las 6:00 a. m., demasiado temprano,
sobre todo teniendo en cuenta que estuve despierta con Rue, Tisha y Nyota hasta casi
medianoche, hablando de... Nyota nos enseñó mucho sobre los fondos cotizados en
bolsa. También intentó arrancar el cajón de su mesilla de noche con los dientes cuando
admitimos que ninguno de nosotros tenía una estrategia de inversión.
Debería intentar dormir más, acostumbrarme al nuevo huso horario, pero mirar
al techo y darle vueltas a la cabeza no me parece nada atractivo. Me pongo el bañador
y me dirijo a la piscina, bajando descalza las escaleras de mármol y atravesando el
limonar, disfrutando de la suave caricia de la luz en mi rostro. La villa y sus terrenos
están tranquilos, no hay ni un alma a la vista excepto yo, los pájaros y la silueta
silenciosa del monte Etna. Antes de zambullirme, me doy cuenta de que he olvidado
coger una toalla, pero me da pereza volver arriba. Nado unas cuantas vueltas relajadas
para entrar en calor, y luego unas cuantas más. Saboreo la forma en que el agua exige
esfuerzo a mi cuerpo sin llevarlo al límite. Me concentro en contar las brazadas y
nunca me quedo realmente sola con mis pensamientos.
Me detengo cuando mis músculos empiezan a quejarse. Luego floto en la
superficie del agua, dejando que mi cuerpo se enfríe, escuchando los sonidos de la
casa que empieza a despertar. Las persianas que se abren con un crujido. El metal y la
porcelana que chocan en la cocina. Un puñado de personas riendo abajo, más allá del
acantilado, y el suave eco de las campanas de la iglesia en la distancia. El ritmo de las
olas. Después de diez minutos, cuando las yemas de mis dedos se vuelven como pasas
y un escalofrío recorre mi espalda, me obligo a salir del agua.
En el borde de la piscina hay una toalla limpia y cuidadosamente doblada.

LA SALA DE DESAYUNOS está llena, la mesa tan abundantemente cargada como


ayer por la mañana, excepto que esta vez somos una docena comiendo.

109
«Me alegra ver que la gente se está recuperando», digo mientras me sirvo un
poco de zumo de naranja recién exprimido.
«No sé», dice Tamryn encogiéndose de hombros. «Echo de menos sentirme en
armonía con el sistema de fontanería. La sensación de pertenencia que me daba».
«Realmente me hizo reconectar con mi espiritualidad», coincide Nyota.
Le paso un trozo de pan a Tiny y espero mi desayuno, escuchando las diversas
conversaciones que fluyen a mi alrededor. Es la primera vez que veo a todos los
invitados a la boda juntos a la luz del día, y no puedo evitar darme cuenta de que estas
doce personas tan dispares que Rue y Eli han reunido parecen llevarse bien.
Más que eso: se caen bien. Paul le está enseñando a Avery fotos de su jardín;
Diego, Minami y Sul están conectando gracias a un videojuego en el que se folla a
elfos. Rue se ríe con Tisha y no parece que prefiriera estar en otro sitio.
«¿En qué piensas?», me pregunta Nyota, untando mantequilla en un croissant
recién hecho.
«En nada. Solo estoy haciendo balance de mi vida».
«¿Cómo es eso?».
«Estaba pensando que si me casara mañana, no tendría tantos amigos a los que
invitar».
Tamryn se ríe. «Apuesto a que tienes montones de amigos».
Quizá, según ciertos criterios. No soy tímida ni introvertida. Pero perdí a la
mayoría de mis amigos de la universidad cuando me negué a ser más amable con Alfie
y Georgia, y aunque nunca dejaré de echar de menos a Rose, he aceptado que nuestra
pelea era inevitable. Cuando volví a Austin, volví a conectar con mis amigos del
instituto, a los que quiero mucho, pero en los años que estuve fuera crecimos en
direcciones diferentes. La única persona con la que siempre puedo contar es Jade.
Somos muy amigas desde que practicábamos patinaje artístico, y aunque nos
peleamos cuando yo estaba en Edimburgo, ella nunca parece guardarme rencor. A
veces discutimos, pero siempre lo superamos. Ella es lo que Minami y Conor son para
Eli: mi compañera incondicional. La persona por la que iría al aeropuerto. La persona
por la que lo dejaría todo si me pidiera que estuviera allí, ya sea para ayudarla a
enterrar un cadáver o para ser su testigo cuando se fugara con... una seta venenosa,
probablemente.
Es rara, pero es mi rara.
«¿No estás rodeada de físicos guapos de todos los géneros?», pregunta Nyota.
«Me gusta imaginaros divirtiéndoos. Haciendo filas. Jugando a D&D hasta el
amanecer».
Tamryn parece interesada. «¿Cómo son los físicos? ¿Llevan varias capas de
camisetas?».
«A veces. Y son...». Echo un vistazo a la sala, buscando una buena descripción.
Conor está cerca de la entrada, hablando con Eli en voz baja. Mi hermano tiene la
mano sobre su hombro. Ambos sonríen.

110
Nyota arquea una ceja. «¿Agradables? ¿Dioses del sexo? ¿Malolientes?».
«Muy competitivos. Motivados. Saben exactamente lo que quieren».
«Tú también, señorita Premio a la Joven Investigadora».
Mi risa suena un poco forzada. «¿Nunca tienes dudas, Ny? ¿Sobre tu elección
profesional? ¿Sobre ser una abogada de lujo?».
«No. Soy demasiado buena en ello». Me apunta con el cuchillo. «Escucha, elige el
MIT. Ven a Boston. Estarías a un trayecto en tren muy corto de Nueva York y de mí.
Quedaríamos todos los fines de semana. Que me vieran con una académica reduciría
considerablemente mi prestigio social, pero lo aceptaría por ti».
«Creo que deberías aceptar ese puesto en California». Tamryn le da un mordisco
al melocotón más redondo que he visto en mi vida. «Yo solía estar en el mundo
académico, y te jode la cabeza».
«¿De verdad?». Mis palabras suenan groseramente sorprendidas. «Lo siento. Me
ha salido mal. No quería insinuar que...».
«¿Soy demasiado guapa para ser académicamente brillante?».
«Ahora que lo mencionas, sí que parece muy injusto».
Ella se ríe y me da una palmada en el brazo, tranquilizándome. «Estaba a mitad
de mi doctorado en ciencias políticas».
«¿Por qué lo dejaste?».
«Ya sabes, la misma historia de siempre. Era muy joven, le llamé la atención a un
tipo rico, me invitó a un par de cenas con filetes que costaban más que mi salario anual
de graduada, acepté una propuesta de matrimonio precipitada a pesar de mis muchas
dudas y pasé la siguiente década en el mundo empresarial». Se encoge de hombros y
no puedo apartar la mirada. Hay algo encantador y vulnerable en ella. Único. «Cuando
tenía tu edad tomé muchas decisiones estúpidas, sobre todo por miedo y por la
presión».
Me inclino hacia delante, con los codos sobre la mesa. Estudio las pecas que le
cubren las mejillas. «¿Te lo pareció en ese momento? ¿Que estabas tomando la
decisión equivocada?».
«Es curioso que lo preguntes, porque... Sí. Un poco. Esa sensación molesta de
que... no era natural, si entiendes lo que quiero decir. Es muy fácil equivocarse si no te
escuchas a ti misma. Pero no te preocupes. Lo estás haciendo muy bien». Su expresión
se aclara y se inclina hacia mí. «Lo siento, yo... acabamos de conocernos y no debería
hablar como si te conociera. Pero Conor me ha hablado mucho de ti».
Suelto una risa burlona. «Me sorprende. Que hable de mí».
«¿De verdad?». Sus ojos se encuentran con los míos, cómplices. Hay un secreto
compartido ahí. Su voz es baja, solo para mí. «No debería sorprenderte, Maya. Te
conozco desde hace años. Conor y yo somos muy amigos. Me cuenta lo que es
importante para él».
Tragué saliva, con el corazón en un puño. «A veces me pregunto si estoy a la
altura».

111
De repente, se puso triste. «Él solo...».
Se apartó cuando Lucrezia puso delante de mí el desayuno de hoy. Era el mismo
brioche que había tomado ayer, pero cortado horizontalmente y relleno con dos
grandes bolas de helado y nata montada.
«Dios mío». Parpadeo ante mi plato. «Esto es belleza. Y elegancia. Y lo que
separa a la humanidad de las bestias. Un desayuno siciliano».
«Colazione», dice Lucrezia, apretándome el hombro con una fuerza afectuosa
que fácilmente podría dislocarme la columna vertebral, y luego se marcha de nuevo.
Nyota suspira. «Dios, nuestro país está tan atrasado».
«¿De verdad?», pregunta Diego, a quien nunca he visto comer nada más que
brotes, con escepticismo. «¿El helado para desayunar es realmente la prueba de fuego
del desarrollo social?».
«Cállate». Nyota roba un poco de stracciatella de mi plato y pone una cara que le
reportaría mucho dinero en OnlyFans. En ese momento, Axel entra en la habitación y
mira a su alrededor, como si sospechara que un francotirador pudiera estar
apuntándole.
«No hace falta que escondas los cuchillos, Axel», le dice Eli. «Nadie quiere
venganza. Te hemos perdonado oficialmente. Todos estamos de acuerdo en que la
cena fue un gran comienzo para esta semana».
«¿De verdad?», pregunta Axel.
«Sí». Eli asiente con la cabeza. «Una noche de muerte».
Axel hace una mueca.
«Realmente pusimos fin a la dieta», añade Eli.
Axel gime y se hunde en la silla junto a mí, con aspecto de cachorro castigado.
Sinceramente, pobre chico. «¿Crees que tu hermano va a asesinarme mientras
duermo?», pregunta.
«No lo creo. Pero probablemente te va a asar durante el resto de tu vida». Le doy
una palmada en la espalda. «Lo cual, al menos, debería matar todas las bacterias que
quedan».

POR DECISIÓN UNÁNIME, el plan para el día es: playa.


Sería fan, aunque pareciera uno de esos lugares baratos, abarrotados y con
aguas turbias a los que mis padres solían llevarme cuando era niña. Sin embargo, la
franja privada de costa justo debajo de la villa me deja sin aliento.

112
Bajo por la escalera de piedra y me doy cuenta de que la arena es fina y suave al
principio, pero luego se convierte en guijarros blancos a medida que se acerca a la
cristalina costa azul. Lucrezia nos muestra el lugar —la cabaña privada, las tumbonas y
las sombrillas— y está de vuelta a la villa cuando se da cuenta de que me estoy
quitando la ropa.
Le sonrío, pero ella no me devuelve la sonrisa. Entrecierra aún más los ojos
mientras me observa atarme el pelo en la coronilla. Cuando le digo adiós con la mano y
me dirijo al agua, se apresura hacia mí, señalando algo con las manos que no consigo
entender.
Hay un «no» en alguna parte de la frase. Y está señalando mi cuerpo. «¿Es mi
bañador? ¿No te gusta?».
Lucrezia me entiende aún menos de lo que yo la entiendo a ella. Pero una rápida
inspección del resto del grupo me dice que nadie más se ha puesto el bañador todavía,
y... ¿quizás Italia es conservadora en lo que respecta a la ropa de baño? Quiero decir,
¿por qué no? El Papa está aquí mismo. Los católicos pueden ser raros con el sexo, ¿no?
«¿Debería taparme? ¿Cambiarme?».
Ella señala mi abdomen desnudo y yo me envuelvo en una toalla, por si acaso.
Luego miro a mi alrededor, buscando a alguien que hable italiano.
«¿Qué pasa?», pregunta Conor, cuando consigo captar su mirada. Sigue en
pantalones cortos y camiseta blanca, y corre hacia mí, separándose del resto de los
chicos, que están ocupados dibujando líneas en la parte más arenosa de la orilla.
«Eh, Lucrezia me ha estado señalando con el dedo con insistencia y... ¿mi
bañador es demasiado revelador?».
Abro la toalla. Conor mira mi bikini por reflejo y se queda paralizado, como un
animal salvaje atrapado por la luz, y...
Es como si no se le hubiera ocurrido. Que habría un cuerpo dentro del traje de
baño. Mi cuerpo. Su mirada es intensa, descarada y profundamente inmóvil. Dura un
instante. Entonces, una gaviota grazna sobre nuestras cabezas y él aparta la mirada.
La sangre me sube a las mejillas. «Tengo otro. Uno de una pieza. Puedo ir a
buscarlo, si ella...».
«Eso no es... Déjame averiguarlo», dice con voz ronca, antes de preguntarle a
Lucrezia por el problema. Escucha durante unos instantes. Se gira con una pequeña
sonrisa. «Lucrezia está muy preocupada por ti».
«¿Es porque soy una... ramera?».
«¿Acabas de usar la palabra «ramera»?».
«Iba a decir «puta», pero no sonaba lo suficientemente eclesiástico».
«Esto no tiene nada que ver con lo piadoso. Ni con tu traje».
«¿Entonces qué?».
«Si te bañas en el mar en las dos horas siguientes a haber comido, te vas a
morir». Lucrezia añade algo más y él traduce: «Toda tu sangre se concentrará en el

113
estómago para digerir. No te quedará nada en las extremidades y te hundirás como
una piedra».
Me rasco la sien. «Dile que eso no me parece correcto».
Conor resopla. «No haré tal cosa».
«Es un mito totalmente desmentido».
«Está claro que la ciencia no ha llegado a Italia. Y no voy a contradecir a Lucrezia,
Maya. Sobre nada, nunca».
Me inclino hacia delante y lo miro con ira. «Ay, ¿te ha asustado la simpática
señora de mediana edad?».
«Sí, y no me avergüenza admitirlo».
«Dale las gracias por su preocupación, pero estaré bien. Soy buena nadadora».
Otro rápido intercambio en italiano, que culmina en: «Te recuerda que esta zona
tiene muchas corrientes inesperadas. Y quiere que te vigile y te rescate cuando,
inevitablemente, empieces a ahogarte».
La miro a los ojos. «Por desgracia, Lucrezia, es mucho más probable que Conor
me mantenga la cabeza bajo el agua que... ¡Ay!». Me está pellizcando la parte
posterior del brazo con tanta fuerza que me va a dejar moretones. «Eso no refuta mi
argumento», le susurro entre dientes.
«Pero refuta el mío».
«¿Cuál es?».
«Que deberías callarte. Y hacer lo que dice Lucrezia».
«Pero yo quiero...».
Me rodea con un brazo por los hombros y me atrae hacia él. Le dice a Lucrezia
algo que suena inquietantemente como una promesa y luego nos gira a ambos hacia el
campo de juego improvisado donde los demás están jugando con una pelota. Nuestros
pies se hunden en la arena, siento el calor de su cuerpo contra mi costado desnudo y el
aroma de los pinos y el protector solar me invade la nariz. Su antebrazo cuelga sobre
mi clavícula, justo encima del contorno de mi pecho.
«Vamos, Problemas».
«¿Qué está pasando?».
«Te estoy secuestrando. Solo para tranquilizar a Lucrezia».

114
Capítulo 18
Le ruego a mi corazón que vaya más despacio. «¿Adónde vamos?».
«A practicar el mejor deporte del mundo».
«No creo que podamos patinar sobre arena».
«Fútbol, Maya.»
«¿Tu fútbol o el nuestro?»
«Vosotros no tenéis fútbol, sólo un sistema organizado de hombres crecidos que
se dan ETC unos a otros.»
«Fútbol, entonces. Bueno, gracias por la oferta, pero no estoy de acuerdo con los
deportes de equipo».
«Hola, chicos», anuncia. «Maya juega con nosotros».
Los ojos de Eli se convierten en rendijas. Me observa desde el otro lado de la
arena, escéptico. «¿Seguro que es buena idea?».
«¿Por qué no?» Conor se aparta, encogiéndose de hombros. «Diego, ¿te parece
bien que esté contigo, Eli y Axel? Yo estaré con Sul y Paul».
Diego me da el pulgar hacia arriba y una amplia sonrisa. «Espero que estés
dispuesto a darlo todo en el camino hacia la victoria».
Ni siquiera estoy dispuesta a dar un tercio de mi todo... al menos, esa es la
intención. Desgraciadamente, todo lo que tiene una inclinación remotamente
competitiva me absorbe más que un agujero negro. Quince minutos después, estoy
muy involucrada en el resultado de este partido de fútbol intrascendente y muy
simple. Demasiado.
No me gusta la persona en la que me convierto cuando me enfrento a la
perspectiva de perder. Resiste, le ruego a mi débil yo. Eres más fuerte de lo que
piensas.
Pero, ¿y si no lo soy? ¿Y si la culpa es de Axel y de sus esfuerzos? «Eh, chico
estafilococo». Gruño después de que no consigue interceptar el balón.
«¿Sí?».
«No es una amenaza ni nada, pero si no usas las piernas para correr más rápido,
puede que alguien decida cortártelas».
Su expresión es cobarde y nada acorde con la NHL. «¿Q-qué?».
«Y podrían alimentar con ellas a las medusas que cuelgan en las aguas poco
profundas. Las que están por allí. Sólo te aviso...».
«Ya está», interviene Eli, frente a mí, con las manos en las caderas. Me da
flashbacks portentosos Tienes catorce años y estoy a punto de quitarte los privilegios
del Dr Pepper. «Maya, fuera».
«¿Qué? ¿Por qué?».
«Ya sabes por qué. Ha vuelto y no negociamos con ella».
Jadeo. «No ha vuelto».

115
Paul se acerca. Mira entre nosotros. «¿Ella? ¿De quién estás hablando?».
«El Mayageddon», susurra Sul.
«No», protesto. «Vamos, no. Ella está encerrada. Sólo estaba señalando que Axel
es terriblemente incompetente y la única razón por la que podríamos no ganar. Pero
de una forma agradable y amistosa».
Eli sacude la cabeza. «Le diste una patada de arena a Paul, hiciste tropezar al
pobre Sul dos veces -ya sabes que tiene mal la espalda- y casi destruyes la capacidad
de Hark de tener hijos con tu rodilla».
«Le estaba pegando».
«Maya, el megging consiste en regatear el balón a través de las piernas abiertas
de otra persona».
«¡Precisamente!».
«El balón ni siquiera estaba en tu mitad del campo».
«¿Qué? ¡Venga ya! No puedes echarme, aún puedo ganar esto».
«Eso es exactamente lo que diría el Mayageddon».
Abro la boca para protestar, pero caigo en la cuenta. «Dios mío». Entierro la cara
entre las manos. «Ella está aquí. Está luchando por escapar».
Paul se aclara la garganta. «¿Es este, um, un comportamiento habitual?».
«No». Sueno desesperada. «No hay ningún comportamiento. No hay este».
Eli suspira. «El Mayageddon sale de su huevito depravado cada vez que hay una
competición. Hace dos semanas le gané a Maya al Trivial Pursuit, y a la mañana
siguiente encontré los trozos de tarta triturados en la batidora y las tarjetas de
preguntas en la papelera de reciclaje.»
«Era una edición anterior al año 2000. Yo ni siquiera había nacido. Tenerlo en
casa era de viejos y...».
«Fuera», repite Eli siniestramente. «Estás expulsada. Cancelada. Si te veo a
menos de seis metros del campo, te ataré al muelle. Vete a jugar con Tiny, o algo».
Suelto un gemido típico de Mayageddon y me alejo dando pisotones furiosos,
rozando a Conor, que me tiende su botella. «Toma un poco de agua. Te calmará».
«No. Siempre es agua esto y agua lo otro, pero cuando intento beber la sangre
de mis enemigos...».
«No puedo creer que lo hubiera olvidado», dice en voz baja. Con cariño, tal vez.
A pocos metros, los demás están enderezando los postes de la portería hechos con
palas.
«¿Olvidado qué?».
«El monstruo interior».
Le miro, dejando que mi mirada se deslice desde sus gafas de sol hasta su pecho
desnudo. No es la primera vez que lo veo sin camiseta. El verano pasado vino a ayudar
a Eli a poner un par de camas elevadas para Rue, e incluso antes... seguro que hubo
otras veces. No es gran cosa. Conozco su régimen de ejercicios, así que nada de esto
me sorprende.

116
Aun así, desvío la mirada.
«Es lindo», dice.
«¿Qué cosa?»
«Lo competitiva que te pones».
Cojo su agua y bebo un sorbo enfadada del mismo sitio donde él acaba de beber.
«No soy competitiva. Sólo quiero ganar».
«Dos cosas muy distintas. ¿Maya?».
«¿Sí?»
«¿Por qué te fuiste, ayer? Del teatro».
Agacho la cabeza. Enrosco los dedos de los pies en la arena. «¿Avery no te lo
dijo? Quería explorar por mi cuenta, y...».
«Sé la excusa que le diste. ¿Me cuentas la verdad?».
Se me calienta la cara de una forma que no tiene nada que ver con el sol. Pero
me sobrepongo y me giro para mirarle directamente. «No», digo con firmeza. «No
puedo».
Él asiente. Una vez. «Muy bien. Aun así, no vuelvas a hacerlo».
Me río. También una vez. «Lo haré si quiero, Conor».
«Has dicho que somos amigos, Maya». Sus labios se afinan. «Los amigos no
hacen eso».
«Los amigos no hacen... ¿qué?».
«Desaparece en el éter».
Se me escapa una única risa indignada. «¿Lo dices en serio? ¿Me lo estás
diciendo a mí?».
Su mandíbula se tensa. «No es lo mismo».
«¿No? Por favor, entonces, ilumíname sobre cómo...».
«¿Maya?» Paul corre hacia nosotros. «Siento mucho que Eli te haya echado.
¿Quieres que hable con él? ¿Que le haga cambiar de opinión?».
Dejo que mis ojos se detengan en el rostro de Conor, desafiante, enfadado. No
aparto la mirada de él hasta que Paul vuelve a decir mi nombre, inseguro, despistado
ante la carga eléctrica que crepita entre Conor y yo. «¿Maya?».
Maldito Paul. «No pasa nada», le digo, forzando una sonrisa. «Podría haber
ganado si no me hubiera echado. Es un viejo truco suyo: el sabotaje. Intentaba
hacerme perder el partido».
Conor sigue sin apartar la mirada de mi cara. «Eli estaba en tu equipo», señala.
Oh. Cierto. «No podía soportar no ser el MVP. Los celos son... ¿qué...?».
Tartamudeo hasta detenerme. De repente, el pulgar de Conor está limpiando hacia
adelante y hacia atrás en la base de mi mandíbula, la yema de su dedo frío en el calor
creciente.
«Mancha de crema solar».
«Ah.» Asiento con la cabeza. «Entonces está bien», digo tontamente. Como si
necesitara permiso a posteriori.

117
«¿Deberíamos volver, Hark?» le pregunta Paul. ¿Y por qué está aquí, otra vez?
«Claro. Conor vuelve a meter la botella en la nevera. Luego me dice: «Te
echaremos de menos».
Resoplo. «El policía megging está claro que no».
«Cierto». Sonríe, divertido. «Otros lo harán, seguro».
Vuelven corriendo. Miro fijamente la espalda de Conor, la ondulación de
músculos y tendones y huesos y grasa bajo su piel bronceada, e intento no
decepcionarme cuando es Paul el que se da la vuelta para sonreírme.

SI QUISIERA, podría caminar diez minutos hacia el noreste y llegar a Isola Bella. Si
decidiera echar a correr, probablemente tardaría la mitad. La marea está baja y puedo
ver la franja de arena que conecta la isla con la costa. Aquí, en Taormina, las clases no
terminarán hasta mediados de junio, y las playas están poco concurridas, sobre todo
por las mañanas. Si fuera ahora, ni siquiera tendría que lidiar con otros turistas. Estoy
tentada, muy tentada, pero me interceptan Kaede y Tiny, que quieren jugar, y cuando
me hacen señas para que vaya a la sección no futbolística, donde los demás están
descansando, no puedo decir que no a ninguno de los dos.
Por increíble que parezca, Kaede está aún más adorable que de costumbre con
sus sandalias de plástico transparentes y sus flotadores para los brazos, que son,
espectacularmente, de temática Tiburón. «Quizá no debería haberla dejado elegir»,
suspira Minami. «No puedo creer que pensara que elegiría los de Barbie».
«Prométeme que nunca, nunca cambiarás», le susurro a Kaede mientras la dejo
solo con el bañador y la veo correr hacia el agua, congelándose cuando una ola se
acerca a ella.
En la orilla, horneamos un pastel de arena que, ya lo sé, tendré que hacer
ademán de comérmelo. Avery nada a unos metros de nosotros. Cuando está mojada,
su larga melena lacia le llega hasta la mitad de la espalda. El bañador que lleva es
técnicamente de una pieza, pero sus agujeros estratégicamente colocados me
recuerdan a una escultura vanguardista, a la vez elegante y complicada.
«¿Pez? me pregunta Kaede, señalándola.
Aprieto los labios, intentando no reírme. «Más bien una sirena, princesa».
Kaede y Tiny corren en círculos la una alrededor de la otra, ambas convencidas
de que son ellas las perseguidas. Meten los pies (¿las patas?) en el agua,
experimentando, tratando de calibrar la altura de las salpicaduras que pueden

118
producir con el enfoque científico digno de un arquitecto de presas. Miro a mi
alrededor en busca de mi teléfono, ansiosa por grabar un vídeo conmemorativo del
primer proyecto hidroeléctrico de un bebé.
Pero hay algo que no encaja.
«Oye», llamo a los demás. Minami, Rue y los demás están allí. «¿Habéis visto a
Avery?».
Minami mira perezosamente a su izquierda y luego a su derecha. «Creo que
puede haber regresado».
«¿La has visto irse?».
«No, pero estaba echando la siesta. ¿Por qué?».
«Es que...» Me vuelvo hacia el océano. Nada perturba el horizonte: ni una
gaviota, ni un barco, ni un trozo de madera flotando. Ni una persona. «Es raro».
«¿Podría haber vuelto?» pregunta Tisha, que viene a ponerse a mi lado.
«No lo creo. Ella estaba delante nuestra, ¿tal vez hace dos minutos? Todavía
estaría subiendo la escalera». Frunzo el ceño. Giro hacia el campo de fútbol y hago lo
que siempre hago cuando me siento insegura: llamar a mi hermano. «¿Eli?».
Él detiene el balón bajo su pie. Me grita: «Aún no eres bienvenida,
Mayageddon».
«No, es… Kaede, espera, cógeme de la mano y quédate cerca un momento,
¿vale? Gracias, princesa. ¿Habéis visto a Avery en el último minuto o así?».
«No. ¿Deberíamos?».
«No estoy segura. La vi flotando hace un minuto, pero no desde entonces, y
mencionó no ser una nadadora muy buenas...».
Veo cómo Eli y Conor intercambian una breve y pesada mirada, y entonces todo
sucede muy deprisa: la forma en que corren hacia el agua, seguidos por los demás; mi
corazón que se hunde mientras Conor grita desde el agua, pidiéndome precisión sobre
la última localización de Avery; el odio hacia mí misma que siento por no haberme
dado cuenta antes de que había desaparecido. No puede durar más de un minuto,
antes de que la encuentren. Para cuando veo a Conor y Eli emerger de las olas, estoy a
punto de caer de rodillas. Eli sale primero. Luego está Conor, sosteniendo un cuerpo
más pequeño doblado contra su pecho.
A mi lado se oyen jadeos. Dios mío. Mierda.
Avery está consciente mientras Conor la saca del océano. Su tos le llega al pecho,
pero respira, sus pulmones expulsan agua con fuerza. Cuando la veo de pie, siento un
gran alivio. Todo el mundo se agolpa a su alrededor, preguntándole si está bien, si
deberían llamar a alguien, qué necesitas... pero ella se aferra a Conor, que le aparta el
pelo mojado de la cara. Cuando él se inclina hacia delante para rodearle el hombro con
una toalla, la veo reírse y abrazarse a él, con los brazos apretados alrededor de su
cintura.
Mi alivio se convierte en otra cosa, algo agrio que me repugna.

119
La voz de Nyota me hace dar un respingo. «¿Crees que lo ha fingido?», pregunta,
de repente a mi lado.
«¿Qué? En absoluto».
«Sí. Yo tampoco, por desgracia. Quizá la boda esté maldita, después de todo».
Intercambiamos una larga mirada. Luego ambas reímos, una mezcla de
nerviosismo, descarga de adrenalina e incredulidad ante la absurda situación. A unos
metros, todos hablan a la vez.
«Ny, yo... Esto podría haber ido muy mal».
«Lo sé». Nyota me palmea el hombro. «El caso es que era material romántico de
primera».
«¿Lo era?».
«Sí. Estoy bastante seguro de haber leído un libro en el que ocurre esta misma
escena. El tipo salva a la chica, que resulta ser su ex amante distanciada».
«¿Sí?». Trago saliva. No quiero sentirme como me siento ahora. Si le hubiera
pasado algo a Avery, estaría destrozada. ¿Qué demonios me pasa? «¿Qué viene
después? En el libro, quiero decir».
«Creo que el roce con la muerte reaviva su amor y, tras una apasionada
declaración, celebran la impermanencia de la vida con varios episodios de improbables
relaciones sexuales orgásmicas».
«Parece un buen libro. Quizá deberías traértelo a nuestras próximas vacaciones
en la playa».
«Oh, lo haré.»
«Genial. Vamos a leerlo juntas».
«Oh, no, Maya.» Me rodea la cintura con un brazo. «Vamos a prenderle fuego».
Volvemos a reír, un poco histéricos. Hasta que..: «¿Ma-da?» Algo cálido me
aprieta la mano. Kaede, señalando la ola que arrastró bruscamente su cubo.
Jadeo teatralmente. «¿Qué le ha pasado a tu cubo? Tenemos que rescatarlo,
¿no?».
Ella asiente con urgencia, y juntas nos ponemos manos a la obra.
Lo último que veo antes de darme la vuelta es a Conor, subiendo a Avery por la
escalera hacia la villa.

120
Capítulo 19

TRES AÑOS, DOS MESES, DOS SEMANAS Y SEIS DÍAS ANTES


EDIMBURGO, ESCOCIA

Por supuesto, Conor se aloja en el Balmoral.


Me burlaría de él, pero no lo haré por dos razones.
La primera es que no quiero provocarle para que me deje. Resulta que las
enzimas que metabolizan el alcohol en las que he estado trabajando deben estar de
vacaciones. No estoy borracha, pero sí achispada, y cometí el error crucial de tropezar
con un adoquín mientras le explicaba animadamente a Conor que, en caso de
apocalipsis, me tumbaría en la calle y dejaría que los zombis me llevaran, porque
podría sobrevivir más tiempo, pero ¿por qué iba a querer hacerlo?
Decidió que había que llevarme en brazos.
Decidí no protestar demasiado.
La segunda razón, y la más importante, es que me preocupa demasiado
sonsacarle una historia. «¿Cómo que tu padre la contrató?».
Su mirada llena el ascensor envuelto en espejos. «Como he dicho, olvida que he
mencionado...».
«Nuh-uh.» Yo empecé esto. Compartiendo con rabia cada cosa molesta que Alfie
hizo en los dieciocho meses de nuestra relación, desde la mañana en que me estropeó
el pintalabios mientras dibujaba un corazón en el espejo del baño, hasta la forma en
que me regaló entradas para un grupo que le gustaba por mi cumpleaños.
(En retrospectiva, todo se ve claro, pero no puedo evitar preguntarme: ¿el
corazón siempre estuvo con Georgia?)
«Ya te lo dije», me dice. «Nada que añadir». Estamos en su planta y está claro
que piensa salir del ascensor.
Así que me inclino y pulso el botón de cerrar puertas.
«¿Qué haces, Problemas?».
«Cuéntame más sobre lo que pasó después de que ella se te insinuara». Mando
el ascensor de vuelta a la primera planta. Vía el cuarto, el tercero y el segundo.
«¿Cómo te diste cuenta de que tu padre la había enviado?».
Un suspiro de satisfacción. Lo oigo y lo siento, a través de los muchos puntos en
los que mi cuerpo toca el suyo. Sí, estamos dentro. Sí, es poco probable que vuelva a
tropezar. Sí, él sigue llevándome en brazos. «Era la mujer más atractiva que había visto
nunca, hablaba tres idiomas y tenía un título universitario. Estaba muy por encima de
mi nivel».

121
«Aww, Conor. Seguro que eras el chico de dieciocho años más guapo y con más
granos del mundo. Así que le preguntaste si había sido contratada, y ella...».
«Inmediatamente admitió que había sido enviada para, y esta es la expresión
que usó, tomar mi virginidad, ya que ahora era mayor de edad».
«¿Y tú le dijiste...?».
«Que mi virginidad hacía tiempo que no existía, y que sus servicios no eran
necesarios, sino que debía sacarle todo el dinero posible a mi padre. Se sentó en mi
habitación y me enseñó fotos de sus gatos y de sus recientes vacaciones en Mallorca,
charlamos unos veinte minutos, y luego se fue...».
«¿Estabas enfadado con tu padre?».
«Sí, pero no por esto. Francamente, estaba orgulloso».
«¿De él?».
«De mí mismo, por haber conseguido ocultar las experiencias sexuales que había
tenido a un tipo que constantemente ponía investigadores privados detrás de sus
hijos».
«¿Lo hacía? ¿No podía simplemente... preguntar?».
Sonríe como si yo viviera en un mundo en el que los tiburones martillo y los
peces payaso juguetean juntos en el océano y nunca se derrama sangre. Se desplaza
hacia mí y pulsa el botón de la quinta planta.
«Espera, espera, espera». Comienza el ascenso. «Tus hermanos... ¿lo hizo sólo
contigo...?»
«Lo dudo mucho».
Me estremezco. «Dios. La gente rica es muy rara».
«Y tenemos dinero para terapia, lo que nos deja sin excusas».
La suite donde se aloja es más grande que mi apartamento, y nada que ver con la
elegante decoración de mediados de siglo que suelo encontrar en los hoteles
americanos. Es una clase magistral de elegancia europea, y probablemente
desperdiciada conmigo, pero en cuanto Conor me deja en el suelo, empiezo a explorar
como si fuera mi trabajo.
«¿Puedo robar los artículos de aseo?» pregunto, echando un vistazo al
impecable cuarto de baño.
«¿Necesitas que te compre champú?».
«No, sólo quiero la emoción del crimen».
«Puedes llevártelos, pero siento informarte de que no es un robo».
«Olvídalo, entonces. Dios mío, ¿has visto esta ducha?».
«Sí, la he visto. ¿Qué tiene de especial?»
«Es gigante. ¡Es una ducha sexual!» Realmente estoy más borracha de lo que
pensaba.
Está claro que intenta no reírse. «Toda ducha es una ducha sexual, si lo deseas lo
suficiente».

122
«¿Sabes qué? Buena observación». Le rozo al salir del baño, un poco mareada.
«¿Puedo tumbarme en tu cama?». Pregunto, dejándome caer sobre el colchón antes
de que él acepte. No ha habido ninguna conversación sobre dormir aquí. No se lo he
pedido, no me lo ha ofrecido. Y, sin embargo, sé que no voy a volver a mi casa. Porque
no quiero estar con Georgia y Alfie. Porque estoy agotada.
Y por otras razones.
Hay pequeños engranajes en mi cabeza, rechinando, y espero que Conor no
pueda oírlos. Todavía.
«También hay otro dormitorio al otro lado del salón», dice, pero le ignoro y me
pongo boca arriba, mirando al cielo estrellado, sonriendo al techo, hundiéndome en la
suave nube del edredón. «Oye, ¿puedo pedirte un favor?».
Unos latidos después, Conor me está mirando, y es ridículo. Cuanto más le veo,
más...
«Puedes, Maya».
«Cuando vuelvas a Austin, no les digas a Eli y Minami que estuviste aquí».
Lo considera. Brevemente. «No les guardo secretos».
«¿Nunca?».
«Nunca».
Me apoyo en el codo. «¿Por qué?».
«Parte de la razón por la que somos amigos es que alguien nos ocultó secretos. Y
juramos no hacer nunca lo mismo».
«Ya. Lo entiendo. Sin embargo. Contraargumento».
Sus labios se crispan. Como si supiera que estoy a punto de hacerle sonreír.
Como si hubiera aprendido mis ritmos en las últimas... ¿Han pasado sólo veinticuatro
horas? «A ver».
Abro la boca para mostrarle mi mejor debate, y es entonces cuando me doy
cuenta de que los chupitos de tequila pueden haber sido un error.
Mientras vomito en el impoluto cuarto de baño de Conor, me sujeta el pelo y me
frota la columna vertebral con la palma de la mano.

ME DESPIERTO varias horas después, sola en la cama de Conor.


Mi último recuerdo es un edredón tendido sobre mí, unos dedos fríos contra mi
frente y un silbido mientras insisto en que, vale, estoy bien, estoy bien, no estoy
borracha, sólo enferma, bicho estomacal.

123
Son las dos y media de la mañana y siento el cerebro liso, la confusión del alcohol
no es más que un dolor persistente en las sienes. Cuando entro en el salón, Conor está
al teléfono, en chándal y camiseta blanca, hablando a fondo de declaraciones de
impuestos y responsabilidades. Lo observo, cansada, feliz, aún no dispuesta a
perturbar este momento. Un tenue recuerdo que debe tener al menos media década
flota hacia arriba: Minami en nuestra cocina, suspirando. Eli frotándose los ojos y
preguntando: «¿Deberíamos comunicar esto a Hark?».
Debe de ser el tipo de las emergencias. El que se ocupa de lo esencial. Y, sin
embargo, me doy cuenta de que dentro de su cabeza hay un lío de pensamientos que
vuelan, la mayoría relacionados con el trabajo, pero no todos. Sin embargo, mantiene
esa mierda bien cerrada. ¿Por eso Minami no se casó con él?
«…Si es revisar los acuerdos con clientes y proveedores...» Se fija en mí, y al
instante dice. «Lo siento, tengo que irme. Sí. Sí, claro.» Cuelga. Sus labios se curvan,
divertidos.
Decido, en este preciso momento, no molestarme en avergonzarme por lo
sucedido.
«¿Me prestas tu cepillo de dientes?» Le pregunto.
«Por supuesto», dice, con ese tono ligeramente sarcástico que me está
empezando a gustar.
«Gracias». De camino al baño, hago una parada en su armario. Ignorando los
cinco trajes idénticos que cuelgan en él, robo una camiseta raída de Yale. Luego,
mientras dejo correr el grifo, me miro las mejillas sonrojadas, repentinamente
decidida. Me deshago de los vaqueros y saco una goma de pelo del bolsillo, luego
cambio de idea sobre qué hacer con mi pelo. Unos minutos después, Conor me
encuentra sentada en su cama con el pijama robado. Si está sorprendido, no lo nota.
«¿Estás sobria?».
Asiento con la cabeza.
«¿Necesitas algo?».
Sacudo la cabeza.
«Igual deberías beberte esto». Sostiene un vaso de agua y decido que tiene
razón. Tengo sed y también quiero que se acerque.
«Siento haberte robado la cama», digo después de un largo sorbo.
«No pasa nada. Me quedo con la otra».
«No hace falta». Palmeo el colchón a mi lado. Me deslizo un poco, haciéndole
sitio.
Es demasiado, demasiado pronto. Lo noto en la forma en que se pone rígido.
«Maya».
«¿Sí?».
«Necesito estar seguro de que sabes que esto no va hacia allí». Me está
reprendiendo. Regañando, incluso.

124
Me debe gustar eso. «¿El qué va... hacia dónde?» Pregunto, parpadeando, y
debo dar en el clavo. La forma en que abro los ojos lo suficiente, la inclinación de mi
cabeza en un ángulo que transmite total ignorancia... no, no tengo ni la más remota
idea de lo que está hablando.
Soy convincente. Su mandíbula se mueve, pero al cabo de un momento sonríe y
sacude la cabeza, como si acabara de confundir una sombra con un fantasma y se
sintiera avergonzado por ello. «Te han interrumpido. Háblame de ese
contraargumento». Se sienta a mi lado, con el peso sobre el colchón. Sus ojos son
cálidos. No siempre, no por defecto. Pero en mí, esta noche.
Su mirada se ha ido descongelando a lo largo del día.
«Oh, sí. Contraargumento. No deberías decírselo a Eli, porque... ¿no eres mi
amigo también?».
«¿Lo soy?».
«Dímelo tú».
«Bueno, está el hecho de que hasta hace treinta horas pensaba que aún estabas
en secundaria».
«No, no lo pensabas. Simplemente nos habíamos olvidado de la existencia del
otro».
Risas silenciosas.
«Pero ahora tú también tienes una relación conmigo. Y... no voy a pedirte que le
ocultes secretos a mi hermano si pueden perjudicarle. Pero prefiero que se entere por
mí de este lío raro que he montado con mi vida. Necesito un poco más de tiempo,
antes de que Eli y yo...».
Lo entiende. Porque asiente, y cuando me abracé a él, me dejó. Me corresponde.
Sus brazos se cierran tanto en mi cintura como los míos alrededor de su cuello.
Memorizo el tacto de su carne. La sangre que late debajo. La consistencia, tan
diferente de la mía, pero hecha de la misma materia. Es más contacto físico del que
hemos tenido en todo el día. Huele a aire fresco y a algo jabonoso, a piel caliente que
quiero lamer. Que podría ser la razón por la que hago algo...
Sí. Bastante estúpido.
Iba a trabajar lentamente hacia esto. Iba a... ¿Seducir es una palabra que alguien
haya usado en los últimos diez años? Iba a hacerlo. Pero no puedo evitarlo. No
recuerdo haberme sentido nunca tan excitada, tan deseosa, así que retrocedo un
poco, cambio el ángulo e intento presionar mis labios contra los de Conor, que no me
aparta.
Sin embargo, me agarra la barbilla con los dedos y detiene mi boca a escasos
centímetros de la suya.
Está justo aquí. Respira, incluso. Pupilas dilatadas. Y sin embargo... «No», dice,
firme. Un latido después, el aire frío roza mis piernas desnudas y él sale de la
habitación.
Bueno...

125
Mierda.
«Espera, Conor...» Corro tras él, pero me detengo en cuanto se gira para
mirarme. Parece tan furioso, que probablemente debería asustarme y hacer una
rápida retirada. Todo lo que hace, sin embargo, es ponerme furiosa, también.
Sí, problemas de ira.
«Maya. Esto es...» Sacude la cabeza. «No podemos».
«¿Por qué?».
«Porque no».
«Te gusto», digo, acusadora. «Me deseas».
«¿Te deseo? ¿Qué más quiero, Maya?».
«¿La paz mundial? Sinceramente, me da igual. Pero sí sé que te atraigo».
«¿La atracción está en la habitación con nosotros?», pregunta, burlón.
«Sí», digo, bajando deliberadamente los ojos a sus caderas.
Se da la vuelta, pasándose los dedos por el pelo. «Jesús».
«Me deseas, Conor», repito. Es una afirmación. Un axioma. Podemos discutir
sobre qué hacer al respecto, podemos discrepar en cada letra de cada palabra que nos
decimos, pero me niego a negociar esta simple verdad.
Suelta una carcajada amarga. Se acerca varios pasos furioso, señalándome con el
dedo. «Claro que te deseo, joder. Eres estúpidamente guapa y demasiado lista para tu
propio bien, y me niego a ir por ahí, Maya».
«¿Por qué?».
«Porque tienes veinte años. Y yo no. Y se acabó».
Me echo hacia atrás. Por alguna razón, no me esperaba esto. Me imaginaba que
sacaría el tema de Eli, pero mi edad... ¿Por qué le iba a importar? «No puedes hablar
en serio».
«Mírame. Cristo». Se retira de nuevo, pasándose una mano por la cara.
«¿Qué tiene que ver mi edad? Te das cuenta de que es sólo un constructo...».
Baja los brazos. «Si corto un árbol, puedo contar sus anillos. La edad es una puta
realidad biológica».
«¿Qué tiene que ver la deforestación con nosotros? Por favor, explícamelo,
porque yo...».
«Vamos, Maya».
«Acabamos de pasar un día muy agradable juntos en el que sólo éramos
personas pasando el rato, así que...».
«Maya», dice en tono sombrío. «No estás siendo sincera».
«No lo estoy siendo. Por favor, explícamelo».
Conor parece luchar consigo mismo por un momento. Asiente con la cabeza.
«Muy bien. Pasan muchas cosas, empezando por la obvia, que es que soy quince años
mayor que tú».
Me encojo de hombros. «Como dijiste, Alfie también era mayor. Tiene casi
veintidós».

126
«No hay comparación».
«¿Y si tuviera veintitrés? ¿O veinticuatro? ¿O veinticinco? Veintiséis».
«Maya...».
«No, en serio, dame un límite. Si estás tan seguro de que estar con alguien que
es mayor que tú está equivocado, debe haber un umbral científico para establecerlo.
¿Dónde está la fórmula, Conor?».
«Estás siendo obtusa. Una diferencia de edad tan grande siempre viene
acompañada de un desequilibrio de poder».
Resoplo. «Podrías tener un millón de años y seguirías sin tener autoridad sobre
mí. La edad no siempre es sinónimo de poder. Puede serlo, claro, pero yo no gano
absolutamente nada estando contigo, aparte de estar contigo. Y por si no ha quedado
claro, hablo de sexo».
Cierra los ojos, como si necesitara serenarse. Por una fracción de segundo, creo
que he ganado.
Resulta que soy tonta. «Estoy en una posición de poder, Maya. Tengo mucho
más dinero que tú».
«Mi hermano es asquerosamente rico, y tengo pleno acceso a su dinero». Me
cruzo de brazos. Doy un paso hacia él. «Venga. Dame más».
«Hay varios factores que complican las cosas. Me conociste cuando eras joven, y
viceversa».
«Cierto. Y como nos conocíamos tan bien... me teñí el pelo el año que cumplí
catorce. ¿De qué color?». Su expresión perdida me haría gracia, si no estuviera
ocupada discutiendo por mi vida. «¿A qué colegio iba? ¿Cuál era mi libro favorito?
¿Cómo se llamaba mi mejor amigo? Vamos, Conor. Cuéntame algo sobre mí cuando
era adolescente, o tendré que pensar que apenas me has echado un vistazo. Que, por
cierto, es exactamente lo que pasó». Doy un paso más. «Esto no es un enamoramiento
que nunca superé y que estás explotando. No hay adoración al héroe. Esto es, simple y
llanamente, yo conociendo a alguien que me gusta, y queriendo...».
«Porque tienes el corazón roto y te estás recuperando del final de tu primera
relación duradera. Vine en tu ayuda cuando necesitabas a alguien, y ahora te sientes
agradecida, y...».
«¿Y qué? ¿Y si quiero acostarme contigo porque me siento agradecida? ¿Y si
quiero acostarme contigo porque tienes unos ojos bonitos, porque me gusta tu
colchón, porque eres rico?».
«Maya».
Exhalo, indignada. «Si no te interesa estar conmigo, por la razón que sea,
entonces voy a dejar esto, sin hacer preguntas. No es una frase completa. Pero no
estás diciendo eso. Estás asumiendo automáticamente que ser más joven y más pobre
y que me hayan dejado hace poco me hace incapaz de iniciar sexo consensuado, y...
Esto es infantilizante. Si puedo mudarme al extranjero por mi cuenta, si puedo votar,
entonces también puedo decidir con quién quiero follar». Me tiemblan los labios. No

127
me gusta cómo socava mi argumento, así que me repongo y añado, con más calma.
«Entiendo que te preocupe aprovecharte, y te lo agradezco. Pero me gustaría que
dejaras de ser condescendiente y me trataras como a un adulto».
Estoy bastante orgullosa de cómo ha salido esa última parte: decidida, con todas
las de la ley, inflexible. Más aún cuando resulta obvio que Conor no tiene una
respuesta medianamente decente a eso.
«¿No es lo que piensa tu padre, Conor?». Pregunto en voz baja. Es el tiro de
gracia. «¿Que toda relación tiene que conceptualizarse en términos de poder? ¿Que
alguien siempre tiene que dominar y sacar ventaja?».
Está desesperado, aprieta la mandíbula, todos los músculos tensos. Así que, sin
opciones, retrocede hasta nuestro axioma. «A lo mejor es que no te deseo», dice
apretando los dientes.
Sonrío. Pobre hombre. «¿Ah, sí? Puede que sea eso. Aunque ya has admitido que
sí me deseas».
«Puede que haya mentido, joder».
Me muerdo una sonrisa aún más amplia. «Lo entiendo. No querías herir mis
sentimientos. Apuesto a que en realidad no me encuentras guapa. O inteligente».
Su ojo se tuerce, como si se muriera por contradecirme en eso. Qué tierno. Me
hace desearlo aún más.
Me acerco, atraída por su calor, cruzando esa última línea. Levanto la cabeza. El
dobladillo de mi camisa roza su sudadera. La verdad es que me parece ridículamente
atractivo en aspectos que no tienen nada que ver con lo guapo que es. Sí, me
encantaría acostarme con él. Ese deseo específico se encendió dentro de mí en algún
momento del día y se ha vuelto cada vez más difícil de ignorar, más pesado en el fondo
de mi estómago. Ahora mismo, sin embargo, lo que quiero es que me abrace, y que yo
le abrace a él.
Rodear mis brazos contra su cintura se siente tan, tan bien. «Esto», digo, dejando
que mi frente caiga justo debajo de su clavícula. «¿No es agradable?».
Gruñe, pero es un sí. Su erección me presiona el estómago, dura, inmensa.
«Si me deseas», digo simplemente, «deberías conseguirme».
Debe de estar de acuerdo, porque me hace girar. De repente, la pared está
detrás de mí, empujada contra mi espalda, y una fracción de segundo después el
musculoso muslo de Conor se encaja entre los míos. Una presión inesperada justo ahí,
entre mis piernas.
Jadeo.
«¿Es esto lo que quieres?», murmura, y sí. Lo es. No todo, pero lo suficiente para
que pierda la noción de lo que me rodea.
Intento arquearme, perseguir su boca, pero es demasiado alto y no me ayuda en
absoluto. Pero no importa. Sus manos están exactamente donde deben estar, en mi
cadera y en la parte baja de la espalda, inclinándome en la posición perfecta para que
la carne de su muslo golpee...

128
«Dios mío», gimo.
Hace un chasquido tranquilizador, pero no se detiene. Levanto la mano, Las uñas
rozan su cuero cabelludo, el pelo corto de su nuca, mientras mis caderas se mueven en
busca de más fricción. Mi ropa interior está empapada. Me pregunto si notará la
suciedad resbaladiza a través de la tela de su chándal.
«No pasa nada», me tranquiliza, y parece que lo necesito. No hay nada
especialmente romántico en esto, nada sofisticado o delicado en la forma en que me
muele sobre su cuerpo, pero es la experiencia más íntima que he tenido en mi vida.
Tan íntima que no puedo hacerlo sola. Doblo el cuello hacia atrás, desesperada
por encontrarme con su mirada. Está por encima de mi hombro, con la frente apoyada
en la pared y la respiración entrecortada y acelerada. Nuestros ojos se cruzan y me
ruborizo.
«Conor», empiezo, y quiero decir más. La parte inferior de su polla me empuja
contra el hueso de la cadera y quiero tocarla. Pero antes de que pueda, el placer
estalla en mi interior y me corro, estupefacta por las réplicas de mi propio cuerpo, los
temblores desgarbados que se apoderan de mí. Tener un orgasmo delante de alguien
es siempre una experiencia vulnerable y desnuda. Conor me observa perder el control,
con el iris engullido por sus pupilas, y eso hace que la experiencia sea aún más erótica.
«Joder», sisea desde arriba, con los labios apretados contra mi sien. Por un
momento, su agarre se convierte en una jaula hermética. «Joder».
Respiro por el calor. Me agarro a mí misma mientras vuelvo a bajar. Vale, quizás
pensaba que sabía cómo eran los buenos orgasmos y ahora descubro que estaba
equivocada. No pasa nada. Puedo trabajar en ello. Podemos trabajar en ello.
Un minuto después, Conor me coloca en su cama. Me preocupa que me deje
aquí, sola, pero se acuesta a mi lado. Me coge en brazos. Sus ojos están llenos de algo
que se parece demasiado a la alarma. Espero que el rubor de mis pómulos y la sonrisa
de mi cara le indiquen que estoy... bastante bien, en realidad.
«Hola», digo, acercándome a su cuerpo. Siento los latidos de su corazón bajo mi
mano, palpitando en mi piel. Me desea. No sólo es evidente por la cresta de sus
pantalones. Se desprende de él en oleadas.
Me acaricia la cara con la mano y me pasa el pulgar por el labio inferior. «Eres
una puta amenaza», murmura, haciéndome sonreír.
«Sí, lo soy. Quiero más. Quiero mucho más. Mis dedos recorren los cálidos
músculos de su pecho. Se encuentran con la cintura de su chándal. Es una simple
cuestión de deslizar mi palma dentro y…
«No». Me agarra la muñeca. No me aparta la mano, pero tampoco me deja
continuar.
«¿Por qué?». Frunzo el ceño. «¿Por qué no puedo tocarte?».
«Porque lo digo yo». Debe de ver lo poco que me convence su razonamiento,
porque añade: «Porque soy un viejo, y si reviento ahora, estaré fuera de servicio los
próximos cinco días laborables».

129
Me río. «¿Y?».
«Entonces... dame un minuto. Descansa, ¿vale?».
«De acuerdo. Me acurruco en su pecho, subiendo una pierna sobre la suya.
«¿Pero después...?».
«Después», dice, con tono inescrutable, y yo no levanto la vista para escudriñar
sus ojos en busca de pistas sobre cómo interpretarlo, y... Bueno. Ese es mi error.
Tardo menos de un minuto en dormirme. Cuando despierto, el sol está en lo alto
del cielo, y Conor Harkness se ha ido.

130
Capítulo 20

HOY EN DÍA
TAORMINA, ITALY

El propósito de Eli en la vida parece ser mantener a Rue contenta, descansada y


bien alimentada, así que no me sorprende que la actividad que elija para la noche sea
una clase de preparación de pasta. La clase se imparte en un restaurante tradicional
del centro, porque ninguna cantidad de monedas o billetes convencerá a Lucrezia de
que deje entrar a nadie en su cocina, y yo lo respeto, dice Tamryn.
Ha sido un día largo, no sólo por el casi ahogamiento. El calor nos ha vencido. La
sal, la arena y el sudor nos han agotado. La oferta de unirnos a la clase se extiende a
todos, pero Minami y Sul deciden quedarse en casa con una Kaede borracha de sueño,
Tamryn dice algo sobre llamadas de trabajo, Paul tiene una reunión de proyecto a la
que no puede faltar, y Axel... ¿Quién sabe dónde está Axel?
«Probablemente se perdió en su camino de la habitación al baño», me dice
Tisha.
«Creía que todas las habitaciones tenían baño».
«Exactamente ese es el problema».
La clase está abierta no sólo a nuestro grupo. Requiere trabajar en parejas,
asumir la pareja como el estado por defecto, como si el mundo y sus actividades
estuvieran construidos para dos. La incomodidad en todas las situaciones sociales es el
peaje que deben pagar los solteros sin pareja por no ajustarse a sus exigencias.
«A la gente que tiene relaciones felices le encanta restregárnoslo por las
narices», refunfuña Nyota.
Ella y yo, naturalmente, nos emparejamos. También, con la misma naturalidad:
Diego y Tisha, y Rue y Eli. Avery y Conor, también. Tan natural que los dos ni siquiera
parecen necesitar una conversación sobre el tema. Conor toma asiento y Avery se
sienta a su lado. El Dr. Cacciari le ha dado el visto bueno y, dada la frecuencia de
nuestras llamadas, puede que esté pensando en montar una tienda en la plantación de
cítricos.
Espero que Eli le esté dando una buena propina.
Resulta que hacer pasta no es difícil. Y sin embargo, a Nyota y a mí se nos da
fatal. Tanto, que el instructor nos pone de ejemplo delante de la clase. Ni una, ni dos,
ni siquiera tres veces.

131
«¿Puedes creer a este imbécil?» Nyota susurra furiosa. «¿Dónde está ese
Mayageddon del que tanto oigo hablar? ¿No debería estar poniéndose verde? ¿Dando
la vuelta a la mesa?».
«Lamentablemente, sólo aparece durante competiciones explícitamente
enmarcadas». Doy un sorbo a mi segundo negroni, que me está dando un buen
colocón. «Tiene que haber un desencadenante: puntos, una carrera. Ese tipo de
cosas».
«De acuerdo, señor», le dice Nyota al instructor la cuarta vez que se acerca,
probablemente para mostrar a los demás alumnos cómo no crear un nido de tallarines.
«Me doy cuenta de que puede percibirnos como blancos fáciles, pero ¿esta chica de
aquí? Ella divide electrones y los lanza a la atmósfera». Puede que no tenga ni idea de
lo que Nyota hace en el trabajo, pero eso es obviamente mutuo. «Soy capaz de listar
los cincuenta principales activos del mundo por capitalización bursátil, incluyendo
ETFs, cripto y metales preciosos. Así que deja de tratarnos como si fuéramos las
memas del pueblo y muéstranos algo de respeto».
«No entiendo». El inglés del instructor es servicial, pero su vocabulario parece
ser en su mayoría carbohidratos adyacentes. «¿Qué dices?».
Ella se inclina hacia él. «Aléjate. De. Mis. Tagliatelle».
Él retrocede. La mirada de Nyota, claramente, es un lenguaje universal.
Lo peor viene después: sentadas fuera, en el patio del restaurante. Mientras un
pianista canta una balada italiana, comemos los frutos de nuestro trabajo.
«No creía que la pasta supiera mal», le digo a Nyota, mientras me tomo mi tercer
negroni.
Ella hace una mueca. «Y sin embargo».
Pero cuando vuelvo del baño, me doy cuenta de que el sabor y la consistencia
han mejorado mucho. Incluso tiene mejor aspecto.
«Hark cambió su plato por el tuyo cuando pensó que no le estaba prestando
atención», me susurra Nyota, con su mirada de te lo dije aún más pronunciada que de
costumbre. «Totalmente el acto de alguien que no te quiere. Por favor, dime otra vez
cómo me he imaginado la forma en que te mira...».
Es mitad instinto, mitad alcohol, lo que me hace ponerme en pie, buscándole.
Pero no está en el bar ni en ningún otro sitio. Deambulo por el gran patio del fondo,
suavemente iluminado, disfrutando de la relajante sensación de estar fuera al
anochecer, cuando las primeras estrellas empiezan a parpadear. Me pregunto si Nyota
habrá cambiado ella misma mi plato y el de Conor, porque tiene tantas ganas de
darme una oportunidad con él. Es entonces cuando oigo el sonido metálico de algo
golpeando el suelo.
Un pendiente de aro de plata brilla en el adoquín. Me agacho para recogerlo.
«Creo que es mío», dice un hombre de pelo castaño claro. Cuando miro los
lóbulos de sus orejas, no encuentro ningún agujero de piercing.
«¿Lo es?», le pregunto.

132
«Bueno, el de mi novia». Señala a una chica con un vestido rosa que está
hablando por teléfono en la puerta del patio. Estaba en la clase de pasta. Hizo una
pregunta y... ¿era estadounidense? Creo que sí. Del medio oeste, tal vez.
«Toma» Dejo caer el aro en la palma del hombre.
«Gracias. Por esto, y por las muchas oportunidades educativas que usted y su
compañera proporcionaron durante la clase».
«Hay una curva de aprendizaje para hacer pasta».
Sonríe. «Una empinada, claramente».
Entrecierro los ojos. Tiene más o menos mi edad. Parece un atleta. Tiene acento,
definitivamente no italiano. ¿Tal vez alemán? «¿Qué tal ha salido el tuyo?».
«Excelente. Pero sólo gracias a que me has enseñado lo que no hay que hacer».
Me niego a mostrar mi diversión. «Te dejo con tu comida, entonces. No te
atragantes con tus excelentes tallarines». Se ríe entre dientes. Estoy a punto de volver
a mi mesa, pero me quedo inmóvil cuando veo un par de ojos oscuros que me miran
fijamente.
Conor está en la barra, apoyado en un taburete, con los pies separados en el
suelo y los brazos cruzados sobre el pecho. La quintaesencia de la pose ¿Cuánto
tiempo vas a seguir con esta mierda? Tiene las cejas juntas, la imagen de la irritación
infeliz.
Como si pensara que estoy haciendo algo malo. Como si tuviera derecho a
pensarlo.
Y eso es lo que pasa con mi temperamento: pasa de cero a un millón muy
rápidamente. El enfado burbujea con tanta fuerza que al instante me vuelvo hacia el
alemán. «Esto va a sonar muy raro. Sin embargo».
Su expresión es paciente.
Continúo: «¿Podrías flirtear conmigo?».
Las palabras mi y novia salen de su boca en menos de un milisegundo. Y debo
admitir que eso me hace sentir cariño por él.
«Oh, no estoy ligando contigo», me apresuro a decir. «Pero, y que no te pille
mirando, hay un hombre en el bar. Alto. Pelo oscuro, un poco canoso. Barba incipiente
de un par de días. Guapo».
«¿El tipo que me mira furiosamente?».
«Sí».
«No es realmente mi tipo».
«Más para mí, entonces».
«¿Es tu novio?».
«No».
«¿Hermano?»
«No».
Frunce los labios. «No es tu padre, ¿verdad?».

133
«¡Caramba! ¿Qué pasa con todo el mundo pensando que estamos
emparentados?».
«Simple proceso de eliminación».
«Vale, bueno... ¿Puedes actuar como si estuvieras flirteando conmigo? ¿Sólo
mientras esté mirando?».
La comisura de su boca se levanta. «Si lo hago, ¿vendrá y montará una escena?
He visto cómo llevan los italianos el transporte público. Dudo que sobreviva a su
sistema penitenciario».
«No, no lo hará».
«Pareces segura».
«Primero tendría que admitir que le importa con quién hablo, Ni siquiera estoy
segura de que le importe».
Los ojos del tipo parpadean brevemente. «Le importa».
«Es complicado». Apoyo el brazo en la pared de estuco rugoso a nuestra
derecha. Él hace lo mismo y me mira con curiosidad. «Es el mejor amigo de mi
hermano. Y es... mayor».
«¿Cuánto?».
«Quince».
«No está tan mal».
«Lo dice el tío que le creía mi padre».
El tipo sacude la cabeza, riendo. «¿Ese es tu tipo? ¿Chicos mayores?».
«Sólo uno».
«No pareces contenta por ello».
«Ha sido un problema crónico para mí». Suspiro. «Temo que sea terminal».
«¿Por eso estás jugando con él? ¿Para ponerlo celoso?».
«No es...», corto. No conozco a este tipo. No podría importarme menos su
opinión. Y es refrescante admitir mis impulsos más inmaduros sin miedo a ser juzgada.
«Ojalá pudiera darle celos».
«¿Pero?».
«La explicación más sencilla es que es protector y cree que charlar con un chico
al que acabo de conocer es ponerme en peligro». Cierro los ojos, agotada, agobiada
por la estupidez de lo que estoy haciendo. Debería esforzarme más por enamorarme
de otra persona. «Soy yo la que suspira desde lejos, no él».
El alemán asiente lentamente, como si considerara la situación desde todos los
ángulos. Seguro que es un gran estudiante. Sus expedientes académicos deben de ser
un sueño húmedo. «Como alguien con una larga experiencia en suspirar desde lejos,
estoy encantado de hacer de peón en tu juego».
«Ella te hizo sudar la gota gorda ¿eh?» Miro a la chica, que sigue al teléfono.
Tengo la impresión de que si ella le pidiera que se tatuara enchochado en la frente, su
única pregunta sería: ¿Qué fuente?
«Valió la pena», se limita a decir.

134
«¿No se enfadará porque me estés ayudando?». Me doy golpecitos en la barbilla,
pensativa. «Quizá pueda hacer creer a Conor que estamos haciendo un trío».
Su pequeña sonrisa es difícil de interpretar. «Le encantará. Dame tu teléfono».
«¿Qué?».
«Saca tu teléfono y dámelo».
«Por…oh, sí. Eso es genial». Deslizo lentamente el móvil fuera de mi bolsillo y se
lo tiendo. Lo miro teclear con una pequeña sonrisa. «Pon un número falso. Nunca voy
a usarlo».
«En realidad, te voy a dar el de mi novia».
«¿Por qué?».
«Porque cuando termine de hablar con su madre, voy a hablarle de ti, y ya sé
que querrá que le ponga al día de cómo van las cosas».
Acepto mi teléfono de vuelta. «Dudo que salga nada de esto».
«Ya veremos». Sólo me está apoyando, pero su sonrisa parece coqueta, y se lo
agradezco.
«Gracias de nuevo». Me despido de él con la mano y me alejo de la pared.
Cuando navego hasta mis contactos, encuentro un nuevo nombre: Scarlett.

135
Capítulo 21
Camino por el bar de camino a la mesa. Conor se está bebiendo un vaso de algo
transparente que parece agua, pero que probablemente podría desinfectar todo un
sistema de alcantarillado. Con la cabeza echada hacia atrás, espero que no se dé
cuenta de que voy a pasar a su lado.
Cuando su brazo se levanta para bloquearme el paso, pego un grito ahogado.
«¿Qué...?».
Su antebrazo presiona horizontalmente contra mi abdomen. Una mano me
rodea la curva de la cintura, el agarre no es doloroso, pero me aprieta demasiado para
que pueda zafarme. Intento caminar, pero no puedo moverme.
«¿Qué estás haciendo, Maya?». Estamos de frente. Con él apoyado en el
taburete, sus labios están a la altura de mi oreja.
«Intento volver a la mesa».
«Ya sabes a qué me refiero».
Hago una pausa. Los latidos de mi corazón se aceleran. Se hace más fuerte. «¿Lo
sé?»
«Acabo de verte intercambiar números con un veinteañero cachondo que cree
que el spray corporal Axe es el epítome de la clase y usa calcetines sucios en lugar de
condones».
Tengo que morderme la mejilla para no reírme de su valoración. Pobre alemán.
«¿Y?».
«Y».
Parpadeo despacio, esperando parecer confusa. Parece que los Negronis hacen
maravillas con mis dotes interpretativas. «No sé qué estás...».
«Esta puta semana no, Maya».
«¿Por qué? ¿Tienes la impresión de que a Eli le importaría?». Me muevo entre
sus brazos, lo justo para mirarle a los ojos. Su agarre se ajusta, pero no se relaja.
«Supongo que podríamos preguntarle a mi hermano. A ver si le importa que me
enrolle con un buen chico que acabo de conocer. Pero sé que no le importaría».
«Maya».
«¿Y a tí, Conor? ¿Te importaría?».
Se le enciende la nariz. Espero a que desvíe la mirada y dejo que mis labios se
curven en una pequeña sonrisa cuando no lo hace.
«Sinceramente», digo en voz baja, «pensé que te alegrarías».
«¿Por tu comportamiento inseguro?».
«De que dirija mi atención a alguien apropiado para mi edad».
Se le cierran los párpados. Cuando vuelve a abrirlos, su voz es poco más que un
áspero susurro. «Quiero que borres ese número».
Dejo que se me abra la boca. «¿Quieres? Entonces lo voy a hacer ahora mismo».

136
«Hablo en serio».
«¿Lo dices en serio? Porque cuando un hombre adulto que se ha negado
rotundamente a mantener una sola conversación conmigo en los últimos diez meses
cree que puede decirme qué hacer con mi tiempo, con mi cuerpo o con mi
teléfono...». Su agarre se endurece y me da un vuelco el corazón. Me recorre una
ráfaga de euforia y esta vez no me molesto en contener la risa. «Conor, tienes que
estar de broma».
«Quedar con alguien de quien no sabes nada es peligroso. A menos que tengas
una foto de su carnet de identidad, no puedes estar segura...».
«Vale, sí. Muy realista. Comprobar los antecedentes es algo que hago cada vez
que quiero ligarme a alguien».
Sus ojos se clavan en mí, como si intentara sonsacarme información sobre lo que
planeo hacer con el número del tipo.
«El caso es», digo, esperando sonar más conciliadora de lo que me siento, «que
estoy aquí. Y tú estás aquí. Pero no es lo mismo, ¿verdad? Tú estás a gusto, pasando el
rato con tu ex. Tú te diviertes, pero yo...».
«Eso es una gilipollez. Minami está casada, y ella y yo no hemos sido más que
amigos desde...».
«No esa ex, Conor».
Se queda brevemente perplejo. Lo observo durante... demasiado tiempo, antes
de que recuerde que también solía salir con Avery. «Joder», murmura.
«¿De verdad lo has olvidado?».
Parece razonablemente avergonzado. «Escucha, Maya...».
«Vaya. Es verdad». Ladeo la cabeza. Lo estudio. Los celos que me han estado
recorriendo los últimos días se disipan de golpe. Claro, Avery lo tenía, pero... en
realidad no. Para nada. «Realmente no estás interesado en ella».
«Como ya te he dicho», responde, áspero. «Es una amiga y una colega».
«Todavía le gustas. Me lo dijo ayer, en el teatro…».
«A mí también me lo dijo, y le dejé claro que no iba a pasar nada, nunca, y que
no pienso en ella de esa…».
«¿Y yo qué?» ¿Soy siempre tan impulsiva? Es el alcohol, tiene que ser eso.
«¿Piensas en mí? ¿He entrado en tu memoria a largo plazo?».
La única respuesta que obtengo son las yemas de sus dedos apretándose contra
mi piel. Cuando me inclino hacia él, mi barbilla roza la tela de su hombro. Es más suave
de lo que parece. Huele a jabón de lavandería, a sal y a él. Huele como su almohada,
hace tantos años en Edimburgo.
«Este es el trato, Conor», le digo. Mis labios casi hacen contacto con el pelo corto
detrás de su oreja. «Tú y yo somos amigos. Y por eso, estoy dispuesta a darte voz en
algunas de las decisiones que tomo cuando se trata de mi... llamémoslo, seguridad».
No se mueve. Ni siquiera respira. Decido arriesgarme.
«¿Al tipo que conocí? No tengo que devolverle la llamada».

137
«Categóricamente no debes. Podría...».
«Sí, ya lo sé. Soy una jovencita y el mundo es un lugar peligroso. Tampoco tengo
que ser amable con Paul cuando coquetea conmigo...».
«Cristo, Maya. Paul no es digno de limpiarte las putas suelas de los zapatos con la
lengua».
«Ya». Me echo hacia atrás y le doy una palmadita en el hombro, reconfortante.
«El caso es que puedo hacer lo que quiera. Y tú puedes pedirme que no lo haga. Pero si
quieres que te haga caso, vas a tener que darme una razón válida».
«Ya te lo dije. No es...».
«¿No es seguro? Eso no es suficiente. Porque yo podría hacerlo seguro. Soy una
chica responsable y he tenido mi parte justa de ligues, así que no tienes que
preocuparte por eso. Si eso es lo que requiere tu tranquilidad, puedes quedarte fuera
de mi habitación para asegurarte de que con quienquiera que decida acostarme no
haga nada inapropiado».
Su mano libre se cierra alrededor del borde del mostrador, los nudillos blancos
como la luna contra el acabado oscuro de la madera.
«Si eso no te parece bien, tendrás que hacerlo mejor, Conor. Quiero divertirme.
Puedes pedirme que no quede con otros tíos. Pero, ¿qué alternativa me ofreces?».
Él no se anda con rodeos, lo cual es un alivio. Mi respeto por él se resentiría si
fingiera no entender lo que quiero decir. «No», dice. Tan rápido, tan firme, tan
definitivo, que me pregunto si la respuesta no es definitiva en absoluto.
«No pasa nada», le digo. «No tienes por qué estar interesado sólo porque yo lo
esté...».
«Maya».
«…Pero espero que tú también veas de dónde vengo. Y espero que no me hagas
perder másel tiempo».
«No puedes hacer esto».
«¿No? ¿Por qué no?».
No tiene respuesta para mí. Lo que sí tiene es un músculo crispado en la
mandíbula y una nuez de Adán que se mueve al tragar. Debe ser un signo de mi
terrible temperamento, que no puedo evitar sonreír al verlo.
«No te preocupes por mí». Deslizo los dedos alrededor de su mano y la alejo de
mi cintura. Su palma es cálida, áspera y flexible. En lugar de soltarla, la guío hasta su
regazo y la apoyo suavemente en la cara interna de su muslo.
Los músculos de sus cuádriceps se tensan.
Sonrío y, antes de irme, le digo: «Piénsalo, Conor. La oferta sigue en pie».

138
4 días antes de la boda

139
Capítulo 22

Me levanto temprano, otra vez.


Vuelvo a nadar.
Vuelvo a desayunar granizado.
Todo según mi nueva rutina. Lo único diferente es la resaca de bajo nivel que
consigo espantar sólo con ibuprofeno. Más de la mitad del grupo decide hacer una
excursión de un día a Catania, pero yo ya he hecho planes para ir después de la boda,
así que opto por quedarme en la villa.
«¿Y qué se supone que vamos a hacer?» me pregunta Nyota cuando le informo.
«¿Renunciar a nuestra codependencia disfuncional? ¿Estar separadas?».
Le doy una palmadita en la espalda. «No te olvides de escribir».
Me dirijo hacia la playa, pasando por una habitación del primer piso. Cuando
oigo la voz de Conor, me detengo, esperando no encontrarme con él. Incluso sobria,
no me arrepiento de lo que le dije anoche. Sin embargo, terminó en algo que se
pareció mucho a otro rechazo, y no quiero lidiar con las consecuencias del mismo.
Decido salir de la villa por la puerta trasera, pero me detengo al oír el tono angustiado
de Tamryn. «…No lo entiendo», dice. Suena enfadada y llorosa. «Sus abogados deben
saber que sus demandas no cuentan con apoyo».
«Eso es cierto», dice una voz mecánica desconocida. Teléfono, o una llamada de
Zoom. «Pero incluso si demostramos que el testador dejó sus bienes en la cantidad
adecuada…».
«Aceptar sería una absoluta locura».
«Tamryn, siguen amenazando con ir a la prensa».
«No lo harán. Inventarían mentiras...».
«A mis hermanos no les importa eso», señala Conor. «Son unos cabrones, y eso
es lo que hacen los cabrones».
Doy unos pasos atrás en silencio y me escabullo fuera, sintiéndome culpable por
escuchar a escondidas, y aún más culpable por querer saber más. Conor llamó una vez
a su familia un nido lleno de enanos de jardín taimados, y me pregunto si...
«Más vale que ese ceño fruncido no signifique que el Mayagedón ha
reaparecido».
Eli está estirado bajo la sombra de un ficus, apoyado en el tronco, con un libro
abierto en el regazo. Tiny está despatarrado a su lado, con la barriga pegada a la hierba
fresca y cuatro extremidades que salen disparadas en distintos ángulos. Levanta la
barbilla cuando oye mi voz, pero le da pereza venir a saludarme en persona.
«La Mayageddon ha sido temporalmente sometida, pero siempre está a una sola
partida de charadas de la aniquilación nuclear de su entorno».
«¿Como siempre, entonces?».

140
Sonrío.
Señala un lugar a su lado. «Ven a pasar el rato conmigo mientras sigues fuera de
la cárcel, entonces».
«No me dijiste que el padre de Conor había muerto», digo una vez que estamos
uno al lado del otro, con los hombros apretados.
Su ceja se levanta. «No preguntaste». Me mira a la cara, perspicaz. Esos ojos
azules y esas pestañas gruesas que son un calco de los míos. «¿De dónde sale eso?
Pensé que habías terminado de querer usar su 'hermoso cuerpo de remero'».
«No sabía que estabas tan cachondo por los hombros de tu mejor amigo, Eli».
«Te estaba citando. Directamente. Supuse que te habías olvidado de él: no me
has narrado todas las guarradas que te gustaría hacerle con detalles explícitos... desde
hace tiempo».
«¿Debería volver a hacerlo?».
«Dios, no».
Me río entre dientes. «Le he oído hablar con Tamryn por teléfono hace un
momento. Sonaba tenso».
«Sí». Suspira. «Ha ido mal. Sus hermanos no están contentos con la división de la
herencia. Piden una parte del negocio que fue idea de Tamryn. También amenazan con
demandar a Hark, que ni siquiera está en el testamento, con alguna excusa de mierda.
Un desastre».
«Jesús». Inclino la cabeza hacia atrás. La luz se filtra entre las hojas y cubre la
cara de Tiny. «Debería haber leyes sobre eso».
«¿Sobre qué?».
«Sobre llevar a tus hermanos a los tribunales. Si alguna vez has compartido un
patito de goma durante el baño o te has peleado por quién se queda con la litera de
arriba, no debes tener a un juez para que resuelva tus problemas. O te peleas a base
de cosquillas o dejas que tu ira se cocine a fuego lento mientras planeas tu venganza».
Se ríe. «Dudo mucho que los señoritos Harkleroys compartieran alguna vez un
ala de su mansión ancestral, y mucho menos un baño. Son gilipollas, Maya. Seré el
primero en admitir que Hark está jodido a su trágica manera, pero es el más normal
con diferencia. Salió de una familia tóxica, en vez de pasarse el tiempo esnifando coca
con el dinero de papá... Joder», dice Eli, tapándose los ojos con la mano.
«¿Qué?».
«Acabo de tener una ensoñación muy lúcida en la que me enfrentaba a ti».
Me río. «Estaría en mi momento más competitivo».
«Oh, sí. Llegaría a un acuerdo. Le diría al jurado que me acerqué a tu cuchillo y
me apuñalé repetidamente».
«Me alegro mucho de que esa sea mi reputación, porque no me detendría ante
nada para ganar. ¿Recuerdas el año que no me dejaste hacerme un piercing en la ceja,
así que le dije a tres de las chicas que llevaste a casa que coleccionabas recortes de
uñas?». Sacudo la cabeza. «Era un monstruo».

141
«¿Recuerdas que en vez de intentar averiguar por qué mi desconsolada hermana
de trece años se portaba mal, me limitaba a gritar y a castigarla?».
«Dios mío. ¿Esa vez que me mandaste a mi cuarto sin cenar, así que empecé una
huelga de hambre?».
«No comiste durante días. Estaba jodidamente preocupado».
«Oh, comí. Jade me traía bocadillos todas las noches. Estaba bien alimentada».
Me tira del lóbulo de la oreja en represalia. Pero entonces sus ojos se ablandan
en algo que sé que pronto se volverá almibarado y cursi, así que le saco la lengua. «No
te pongas sentimental conmigo, Killgore».
«No puedo creer que te entregaran a mí. Tenía licencia para destrozarte».
«¿En serio? No puedo creer que te sometieran al vigoroso torbellino de
hormonas que acecha a una adolescente».
«Y sin embargo, mírate». Exhala una carcajada. Brevemente sin habla.
Asombrado. «Has tenido mucho éxito. O vas a trabajar en Sanchez y revolucionar la
industria de los semiconductores, o te vas a hacer un doctorado y redefinir de una
puta vez el campo de la astrofísica».
Desvío la mirada. «No es así. He fracasado en muchas cosas».
«¿Cómo qué?».
«Como...» Me siento sola todo el tiempo, no se lo digo. Llevo años intentando
desenamorarme del mayor de los Harkleroy. Y hay algo peor, Eli. No tengo ni puta idea
de lo que estoy haciendo. Soy un hámster corriendo en una rueda de la perdición. «Lo
de Sanchez. Y la oferta del MIT... No es para tanto».
«Maya, sí lo es». Sus dedos giran suavemente mi cabeza hacia él. «Has
conseguido mucho, y lo has hecho por ti misma. Sé que no tiene nada que ver
conmigo, pero voy a grabarlo en mi lápida. 'No interfirió demasiado en el desarrollo de
una gran mente'. Hasta mamá y papá estarían contentos conmigo».
Me muerdo el labio inferior. El interior de mi mejilla. «¿Crees que...».
«¿Qué?».
«¿Que mamá y papá estarían aquí? ¿En la boda?».
Eli se encoge de hombros. «Me encantaría decir que sí, pero no tengo ni idea».
Sabe lo difícil que ha sido para mí aceptar que el padre que tuvo mi hermano era tan
diferente del que yo adoraba. Que la razón por la que Eli fue tan escaso durante la
primera década de mi vida no tenía nada que ver conmigo, y todo que ver con su tensa
relación con nuestros padres. El padre que conocía no era protector, sino dictatorial.
La mamá, ausente en lugar de cercana. Y lucho por reconciliar una simple verdad: si no
hubieran muerto, Eli y yo seguiríamos siendo extraños, y... odiaría eso. Tiene que
hacerme una persona terrible, ¿verdad?
«Papá era bastante tradicional», reflexiona. «Y mamá estaba de acuerdo con lo
que decía. Dudo que a él y a mamá les hubiera gustado Rue. Por otra parte, yo
tampoco les gustaba».

142
Se me hace un nudo en la garganta. Tristeza, resentimiento y nostalgia. «Que se
jodan».
Se ríe. «¿Que se jodan? ¿Nuestros padres prematuramente muertos?».
«Sí. Que se jodan. Los quiero, los echo de menos, pero se equivocaron. Me gusta
Rue. A veces incluso me gustas tú».
Eli niega con la cabeza. Pero su mano encuentra la mía y la sujeta sin apretar.
«Por cierto, ¿dónde está Rue?», le pregunto.
«Dando un paseo por la playa. Está un poco agobiada. Necesitaba estar sola».
«¿En qué dirección se fue?» Mi hermano señala hacia Isola Bella. «Iré en la otra
dirección, entonces.»
«Estoy seguro de que ella lo apreciará».
«No puedo creer que aceptara lo de esta noche.» Nos rogó que no lo llamáramos
despedida de soltera, sino noche de chicas. Suena como el tipo de salida de
hermandad universitaria a la que Rue se cortaría la garganta antes de asistir. Y sin
embargo...
«Parece entusiasmada».
«Y como no tiene cara de póquer, tiene que ser verdad. Debe ser un milagro de
Navidad».
«Estamos en junio».
«Es Navidad en algún lugar.» Me pongo de pie. Agito la mano en lugar de
despedirme. «¿Oye, Tiny? ¿Quieres dejar a este viejo con sus achaques y dar un paseo
conmigo?».
Tiny se levanta, animado por la palabra mágica. Trotando a mi lado, nos
dirigimos a la playa.
«Oye», me llama Eli al cabo de un rato.
Me doy la vuelta. «¿Qué?».
«Estoy orgulloso de...»
«Oh, para».
«…de ti, Maya».
Reanudo la marcha. Más deprisa.
«Estoy orgulloso de ti, y no puedes evitar que te lo diga», grita más fuerte.
«No te escucho».
«Pues deberías. Porque te respeto como persona...».
«¡Cállate!».
«…y como científica».
Le hago un gesto obsceno por encima del hombro. Lo último que oigo, justo
cuando empiezo a bajar la escalera de piedra, es a mi hermano disolviéndose en
carcajadas.

143
Capítulo 23

TRES AÑOS, DOS MESES, DOS SEMANAS, Y CINCO DÍAS ANTES


EDIMBURGO, ESCOCIA

El primer paquete llega al día siguiente de la partida de Conor.


Me esfuerzo por no fruncir el ceño al leer la tarjeta adjunta.

Lo de anoche fue un error y asumo toda la responsabilidad. No debería haberme ido sin
despertarte, pero me pareció lo más sensato.
Si necesitas algo, llámame. Cuando quieras.
Conor

En la caja hay una máquina de hacer pan de última generación. La miro durante
unos instantes, sin comprender.
«¿Qué es eso? pregunta Georgia cuando entra en la habitación.
«¿Hmm?». Me meto la tarjeta en la cintura del pantalón del pijama. «Es un
regalo. De un amigo».
Sonríe, salaz. «¿Qué te regaló Conor Harkness?».
«Una... máquina de hacer pan».
«Dios mío. ¿Porque sabe que te encanta el pan del día?».
Debe ser por eso. Mencioné mis antojos de pan casero en algún momento, pero
fue un comentario de pasada, no hay forma de que lo recordara.
Excepto que lo hizo. Hijo de puta, murmuro, mirando mis cejas fruncidas sobre la
superficie metálica del electrodoméstico.
«¿Qué? ¿Por qué?».
Ignoro a Georgia y me dirijo furiosa a mi habitación. ¿Cómo coño se atreve? Ser
un capullo conmigo por teléfono, luego venir a rescatarme, luego engatusarme para
que desarrolle un robusto enamoramiento por él, luego hacer que me corra como si se
acabara el mundo, luego dejarme sola en su lujoso hotel donde he pedido por
venganza el desayuno al servicio de habitaciones, luego recordar lo que me gusta y
enviarme una forma de disfrutarlo más a menudo.
Cómo. Se. Atreve.
Pero en los días siguientes, los regalos continúan.
Un collar. Tres libros de fantasía. Nuevos Post-its y un elegante paraguas. Flores.
Un juego de toallas de felpa. Una Xbox. Zapatillas que, según me informa Internet,
podría revender en eBay si alguna vez quisiera el capital inicial para una nueva vida.

144
¿Debería plantarme y devolverlos? No. Si fuera cualquier otra persona,
interpretaría los regalos como una estrategia de cortejo, o tal vez una disculpa por
haber actuado como un completo imbécil. Por desgracia, Entiendo a Conor lo
suficiente como para saber que si quisiera perdón, simplemente lo pediría.
Nunca sería tan desvergonzado como para hacer desfilar marcas de diseño en un
cortejo de verdad. Las cajas que ha entregado son demasiado llamativas, sin ningún
elemento de sorpresa; de hecho, todo lo contrario. No me envía joyas de Tiffany ni
jerséis de Hermès porque quiera que los tenga. Sólo quiere que Georgia, Alfie, Rose y
todos los que visiten mi apartamento sepan que sigue interesado en mí. Sigue
manteniendo la farsa.
«¿Por qué no te los trae en persona?», pregunta Alfie durante la noche de D&D.
Cada día que pasa me resulta más infeliz. ¿Qué solía ver en esta mierdecilla quejica,
despistado y cobarde? Ojalá hubiera tomado notas. Me gustaría hablar con la Maya del
pasado.
«Porque es un financiero de lujo, o algo así», dice Sami. «Apuesto a que está en
Singapur, perturbando la economía local».
«Conor es un inversor en biotecnología». Lo busqué. «Pero sí, está ocupado.
Puede que venga de visita pronto», miento.
«Para perturbarte».
Sonrío a Sami mientras Georgia y Rose sueltan una risita y Alfie pone los ojos en
blanco. Más tarde, cuando termina la sesión y me quedo sola en mi habitación, pienso
en coger el teléfono y llamar a Conor.
Cuando quieras, me dijo.
Miro la hora. Es mediodía, en casa. De hecho, es la hora de comer. ¿Por qué no?
Probablemente esté tomando un batido de proteínas. O entrenando en la máquina de
remo de su gimnasio con vistas al río. Apuesto a que tiene tiempo para mí.
Y sí, lo tiene. Porque contesta después de exactamente un timbrazo. «¿Todo
bien?».
«Hola a ti también. ¿Dónde estás?».
«En la oficina».
«Ah, sí. ¿Cómo está Austin? ¿Sigue tomada por la horda tecnológica?».
«Esa es imparable, me temo. Maya, ¿estás bien? ¿Necesitas algo?». Hay cierta
urgencia. Como si estuviera listo para saltar en un avión. Otra vez.
«Sólo quería hablar contigo».
Una pausa. Una pausa larga. «Cuando dije que me llamaras si necesitabas algo,
quise decir...».
«Si necesitara un riñón, o una carta de recomendación para unas prácticas, o
quinientos mil dólares. Lo sé, lo sé. Pero ¿y si quiero...?» Una pausa dramática, para el
efecto. «Hablar».
«No deberíamos...».
«¿Hablar?».

145
Casi puedo verlo recostarse en su silla. ¿Cuánto tiempo se tarda en memorizar
los gestos de alguien? ¿Podrían ser menos de cuarenta y ocho horas? «Esto es muy...».
«¿Divertido? ¿Induce a la alegría? ¿Bien recibido?».
«Problemático».
Resoplo. «¿Qué significa 'problemático'? Es un término demasiado amplio.
Definiciones variables».
«Sabes exactamente lo que significa».
«Mmm, actualmente estoy lidiando con la pérdida de memoria». Me acomodo
en la silla. Estiro las piernas sobre el escritorio. «¿Cerraste el trato con Mayers?».
«Por supuesto».
«¿Es por eso que estás gastando mucho dinero en todos estos regalos?»
«No. Es porque...».
«Quieres hacer creer a mi compañero de piso que vamos viento en popa, lo sé.
Te agradezco que hayas elegido salpicar los nombres de las marcas con papelería
bonita. Y por favor, sigue enviando comida».
Un ruido en el otro extremo, y se está riendo. Le he hecho reír.
Mi cuerpo está en llamas.
«Así que, sí. Quería darte las gracias por los regalos. Pero sobre todo, quería
darte las gracias por el orgasmo. Fue increíblemente bueno. El mejor sexo que he
tenido nunca».
«Por Dios, Maya», dice bruscamente.
Yo sonrío. «Y me he estado preguntando... ¿es cosa tuya?».
Se queda confuso: «¿Qué?».
«Verás, estoy soltera. Y cachonda. Estoy tratando de replicar lo que me hiciste lo
más cerca posible. Para hacer eso, voy a tener que aislar las variables...».
«Maya».
«…y averiguar dónde conseguir mi dosis de... placer carnal».
¿Es eso un gruñido? «No uses la palabra 'carnal'».
«¿Por qué? ¿La odias? ¿Es una situación húmeda?».
Suspira. Puedo sentir la bocanada de aire, incluso a través del océano.
«Mi pregunta es: ¿Crees que es porque eres mayor, y más sabio, y más
experimentado? ¿Debería buscar citas con hombres mayores?».
«No lo hagas. Nada de hombres mayores. Sólo se aprovecharán».
«No todos los hombres mayores se aprovechan», le contradigo. «Hace poco salí
con un tío mayor que era súper majo...».
«Lo conozco bien, y es un gilipollas», me interrumpe, con dureza. Un poco
demasiado duro. «Maldita sea, Maya. Búscate un veinteañero. Cualquiera de veinte
años».
No sé por qué, pero siento, solo un poco, como si me metiera una cuchara de
helado en el estómago y me arrancara el revestimiento. «¿Es eso lo que quieres?».
Pregunto en voz baja.

146
«No. No es lo que quiero, porque no me importa, Maya. No es asunto mío con
quién salgas, con quién folles, con quién pases el rato. Lo único que me importa es tu
bienestar, y ya lo he puesto en peligro una vez».
Las últimas palabras son lo más parecido a un grito que ha dicho nunca. Hace
que mi corazón pese un millón de kilos, lo mucho que, de hecho, le importa. Lo
equivocado que está. Qué testarudo es sobre los límites de la vida que tengo a vivir,
sobre la forma que puede tomar mi felicidad.
Me doy cuenta de que estoy en un camino bifurcado. Podría perseguirle. Seguir
flirteando con él. Decirle que me gusta por un millón de razones que no tienen nada
que ver con su edad, su dinero o su aspecto. Intentar que acepte que yo también le
gusto. Y cuando inevitablemente no consiga llegar a él, perderle.
O podría tenerlo. No en la medida que lo quiero, pero...
Es una obviedad, mi elección.
«Sí, vale. Yap yap yap.» Me obligo a sonar aburrida. «Ya ni siquiera se puede
pretender ser una femme fatale».
Siento la confusión sobre la línea. «¿Qué?».
«Escucha, estaba bromeando».
«...¿Sobre?».
«Sólo intentaba vengarme de ti por dejarme sola en tu habitación. Pero...».
Trago saliva. «Tenías razón. Tienes razón. Eres un millón de años mayor que yo, y haría
las cosas taaaan raras con Eli, si yo desarrollara algún tipo de enamoramiento a largo
plazo contigo. Y, este es el trato, realmente me gusta el sexo. Por eso no quiero nada
con alguien que vive en otro continente».
Se queda en silencio. Durante un buen rato. Hasta que dice, rotundamente:
«Problemas».
Me río. «Sí, esa soy yo. La cosa está así: no me sirves como novio. Sin embargo,
necesito un nuevo amigo, ya que tres de los que tenía están en la cuerda floja. ¿Puedes
superar el hecho de que soy estúpidamente hermosa y ser eso para mí?».
«Depende. ¿Qué clase de amiga?».
Sólo una amiga con la que pueda hablar, creo. Pero digo: «¿Puedo llamarte y
reírme teatralmente de cada cosa que digas cuando Georgia y Alfie estén en la cocina
preparando la cena?».
«Maya», dice, con reproche.
«¿Qué?» respondo, a la defensiva.
«Me decepciona que aún no lo hayas hecho».

147
ALFIE VIENE A MÍ una mañana soleada, varias semanas después de romper. Estoy
en la biblioteca, terminando la bibliografía para mi tesis. Se sienta a mi lado, respira
hondo, se rasca la nuca.
Uh-oh, pienso.
«Lo siento», dice, de madera. «Fui un gilipollas. Actué... Harkness tenía razón.
Sabía que lo que hacía estaba mal. Pero estaba medio enamorado de Georgia antes de
darme cuenta».
Me cruzo de brazos. Lo veo sudar un poco. Donde deberían estar mis
sentimientos -tristeza, rechazo, ira- sólo encuentro plantas rodadoras. He pasado
página demasiado rápido. Está bien, nunca te quise de verdad es algo que podría decir,
y sería la verdad, y quizá le dolería tanto como él a mí. Pero él ya no me importa lo
suficiente como para buscar ningún tipo de venganza.
Sin embargo, tengo una pregunta. «Antes de romper conmigo, ¿Georgia y tú...?».
Después de un momento, asiente. Ni siquiera me sorprende.
«¿Lo sabía Rose?».
Se muerde el interior de los labios, y sé que este chico me lo va a decir. Ya tengo
mi respuesta. «Nos vio una vez, y... Dijo que no quería tener nada que ver, y que iba a
fingir que tenía amnesia fulminante».
Así que, sí. Ella lo sabía. Me pregunto si tengo perdón en mí para ella, y... Sí. Lo
tengo. Pero ese perdón podría ser desperdiciado en este grupo específico de personas.
De camino a casa, llamo a Conor. Hemos estado hablando mucho por teléfono,
sobre todo cuando estoy en mi apartamento, sobre todo para aparentar. Nuestras
llamadas suelen durar un rato, pero cuando Rose quiso saber de qué «hablamos Conor
y yo, todo el tiempo»... No pude encontrar una respuesta.
De todo. De nada. Algunas cosas.
«¿Qué pasa?», pregunta, aturdido.
«¿Estabas durmiendo?».
«Estaba, sí. Porque son las cinco de la mañana».
«¿Por qué has contestado, entonces?».
«Porque llamaste tú».
«Vale, escucha. Sé que no creciste con alfabetización digital, así que te tomaré de
la mano mientras digo esto. Pero...».
«Voy a colgar».
«…Hay un truco de magia que puedes hacer con tu teléfono, que se llama
silenciar tus notificaciones…».

148
«Te hice un pase para emergencias».
Mi corazón salta tan violentamente que tengo que parar. Aquí, en medio de una
acera concurrida. «Será mejor que me lo quites o abusaré de mis privilegios».
«¿Qué tal si simplemente no lo haces, Problemas?».
«Aunque no suena a mí. De todos modos, te dejaré volver a dormir».
«Nah, son las cinco de la mañana. Mejor me voy a correr».
«Una frase que nunca me oirás pronunciar». Reanudo la marcha. «¿Por
casualidad tomas un batido de proteína de chía antes de tu ejercicio matutino?».
«No».
«¿Después?».
No hay respuesta. Entonces, sí.
«Entonces, ¿tienes un entrenador personal?».
«Solo un pasado escandaloso como estudiante y deportista».
«¿Sabes hacer sentadillas, hmm? Eso lo explica, porque estás realmente en
forma…».
«Maya…».
«Para tu edad». Un gruñido débil y retumbante. Sonrío. «¿Conor?».
«¿Sí, Problemas?».
«Creo que quiero saberlo todo sobre tu rutina de ejercicios».
«¿Por qué? ¿Para que puedas burlarte de mí?».
«Sí, claro».
Suspira.
Y entonces me lo cuenta.

EL QUINCE DE ABRIL ES el último día para que los estudiantes acepten ofertas de
ayuda económica de instituciones estadounidenses. Esa mañana, me siento en mi
escritorio y escribo un correo electrónico.

Estimado Dr. Sharma,


Estoy muy emocionada por unirme a su laboratorio en UT Austin.

149
Capítulo 24

HOY EN DÍA
TAORMINA, ITALY

Después de escuchar la llamada de Tamryn, no me cruzo con Conor en lo que


queda de día, lo cual es mejor así. Aún no he decidido si mantenerme firme,
disculparme por mis mentiras sobre el alemán o fingir que estaba demasiado borracha
para recordar lo que pasó anoche. La primera opción requiere valor, la segunda,
madurez, y la tercera, sabiduría.
Carezco de las tres.
Por la noche, los hombres se dirigen al centro para ir de bares. «¿Podrías
asegurarte de que Rue tenga un minuto a solas para comer?», me pregunta Eli. «Si no
es una comida sentada...».
«Se le olvida. Y no le gusta comer con mucha gente alrededor». Mi dulce y
obsesionado hermano. «Lo haré».
«Le pedí a Lucrezia que le preparara un plato, así que si...».
«Eli, ve. Yo me encargo».
Excepto que tal vez no. Cuando me dirijo a la piscina, con un plato de verduras
de temporada a la parrilla en una mano y una tabla de embutidos en la otra, ya es
demasiado tarde.
El atardecer en Sicilia no se parece a nada que haya visto antes. Fucsias y azules
vibrantes rozan el cielo, suavizándose en franjas de coral e índigo que se enroscan
alrededor del Etna. El océano es del mismo tono que un campo de lavanda, y las
fragancias del romero y los cítricos llegan hasta los jardines en terrazas. Alrededor de
la villa, por los caminos empedrados, las sombras de los muros se alargan, empolvando
el césped. El jardín ya está iluminado con ristras de bombillas y algún farolillo. Gracias
a la brisa marina, lo que queda del sofocante calor se está calmando.
Rue y Tisha están junto a la piscina, compartiendo una tumbona para una sola
persona, con los ojos clavados en el cielo. Su concentración me recuerda a la carita de
Tiny cuando trabaja con sus juguetes para perros de agilidad mental. «Empezamos
pronto», dice Tisha cuando deposito las dos bandejas en la mesa junto a su tumbona.
Hay algo raro en su voz, sin tono, casi como...
Miro a mi alrededor y lo encuentro enseguida. Escondida torpemente en su
riñonera hay una bolsa de plástico llena de gominolas.
Sonrío. «¿Cómo?».
«No preguntes por la procedencia de la hierba de la alegría», me dice, «porque
no estás preparada para la oscura verdad».

150
«¿Los nietos de Lucrezia?».
«¿Cómo coño puedes saber eso?».
«Habilidad innata. Soy muy buena detectando quién puede tener algo
interesante que vender».
«En ese caso». Tisha mete la mano debajo de la tumbona y lentamente, a
tientas, encuentra la bolsa de plástico. «Toma un poco. Con los cumplidos del viejo
chef».
Lo bueno de haber experimentado ampliamente con drogas recreativas durante
mi malgastada juventud, es que pude catalogar mis reacciones a las sustancias
psicotrópicas con la dedicación de un monje amanuense en un scriptorium del siglo
XV. He tenido mis bajones (como la primera vez que probé el DMT y me hice flequillo
con un cortaúñas) y mis subidones (cuando las setas me desentrañaron el concepto de
entrelazamiento cuántico; de hecho, hacer los deberes mientras tomaba setas era un
pasatiempo tan placentero para mí que empecé a cultivarlas bajo el lavabo de mi
cuarto de baño a los quince años; cuando Eli me pilló, le hice creer que no era para uso
personal, sino «para cambiarlas por ropa de marca». Bendito sea mi hermano, reacio a
la moda, que sigue convencido a día de hoy de que Old Navy es una marca de lujo).
Así es como sé que la hierba no me hace mucho efecto. «Gracias», le digo a
Tisha, sin intención de participar. En lugar de eso, observo cómo Rue y ella se quedan
mirando las primeras estrellas parpadeantes, inventando nombres para ellas («Susurro
del Crepúsculo», «Gran Aguijón», «La Gran Osa de Antaño»). Una a una, las demás
bajan para reunirse con nosotras.
«Te echaba de menos, cariño. Te he echado de menos. Y por eso» -Nyota me
lanza un ovillo de tela- «te he traído este regalo».
Hago una mueca mientras lo despliego. «Oh, no».
«Oh, sí, nena. Qué bien que lleves un bikini. Puedes ponértela encima».
Gimo, pero obedezco. Incluso mientras Avery jadea. «¿Qué es esa pesadilla de
tres patas?».
Rue parpadea. «Oh, mierda. Debo de estar mucho más colocada de lo que
pensaba».
«No te preocupes, nena». Tisha le acaricia el pelo con cariño. «Te protegeré del
viejo trípode del terror».
Una hora después, Minami y yo somos las dos únicas personas del grupo que no
hablamos como si fuéramos eruditos de Chaucer.
«Mira a estas chicas, aprovechando al máximo sus receptores cannabinoides.
¿Deberíamos grabar esto para la posteridad?», me pregunta. «¿O nos estaríamos
incriminando a nosotras mismas?».
«No lo sé. ¿Es legal la hierba en Italia? Nyota, ¿Tú lo sabes?».
En este momento, está muy concentrada en trenzar el cabello de Tamryn y
Avery. Juntas. «La verdadera pregunta», dice Nyota, «es: ¿por qué sois tan
conservadoras? Ambas rechazasteis el arancello envenenado también».

151
Me encojo de hombros. «Ni siquiera me ofrecieron el arancello. Y pensé que
debería recaer en alguien la carga de llevaros de vuelta a la villa si os perdíais en el
limonar».
Minami asiente. «Yo, en cambio, estoy embarazada».
El silencio que sigue es espeso como la melaza. Incluso las olas dejan de agitarse
contra la orilla.
Hasta que Rue se vuelve hacia Tisha y le susurra, en un tono cómicamente alto:
«¿Lo sabíamos?».
La respuesta es igualmente digna de un escenario. «Creo que no».
«Minami», pregunta Nyota, «¿hiciste un anuncio de embarazo mientras todas
estamos drogadas?».
Minami sonríe. «Maya no está colocada. De hecho, Maya está llorando».
«¿Lo estoy? No lloro. Sólo estoy tan...». Mis palmas encuentran mis mejillas y
salen mojadas. «Dios mío, me alegro mucho por ti». Me inclino hacia delante para
abrazarla con la misma fuerza que la primera vez, a los doce años. «Espero que sea una
niña, igual que Kaede. O un niño, como Kaede. Básicamente, creo que Kaede debería
convertirse en pequeña reina y tener una mini yo a la que mandar».
Todo el mundo empieza a hablar a la vez: historias de embarazos, discusiones
sobre nombres, esperanzas de que sean octillizos. Pero Minami baja la voz y me dice:
«Nacerá dentro de cinco meses y medio. Y Sul y yo estamos de acuerdo en que seas su
madrina».
Parpadeo. «¿Yo... qué?».
Se ríe. «La hermana de Sul es la madrina de Kaede, y... la queremos, pero nunca
se relacionó con Kaede. Tú eres su persona favorita en todo el mundo. Después de mí,
claro, pero yo soy la dueña de la teta. Eres increíble con los niños. Todo ese
voluntariado que haces en la pista, enseñando... realmente disfrutas pasando tiempo
con ellos. Así que nos encantaría que fueras tú».
Un suave y acogedor resplandor me calienta el pecho. «Minami... Sería todo un
honor». Se me hace un nudo en la garganta, y ahora a ella también se le saltan las
lágrimas, y nos abrazamos, y espero no estar dejándole mocos en el pelo, pero ¿quién
sabe?
«Esto me parece increíblemente sano y reconfortante, aunque odie a los niños»,
reflexiona Nyota con curiosidad intelectual. «¿A qué viene eso?».
Avery se ríe. «Sabes, yo pensaba lo mismo. Estaba tan segura de que no quería
tener ninguno. Y ahora aquí estoy, con treinta y ocho años, pensando a qué
campamentos de verano debería enviar a mis hijos imaginarios».
«Si los tienes pronto», le dice Minami, «podemos llevarlos juntos al parque, y tú
puedes defenderme de las mamás que se burlan de mis leggings de galaxias».
«Eso no es defendible», murmura Nyota, pero Avery asiente con entusiasmo.
«En cuanto encuentre a un tío que no sea un asesino en serie o un fanboy de
Tesla, iré a patearles el culo».

152
«Solías salir con Hark, ¿verdad?» pregunta Tisha, levantando la cabeza. Tras un
puñado de intentos, consigue apoyarla en su puño cerrado. «¿Cuál de los dos es,
asesino en serie o fanático de Tesla?».
«Ninguno de los dos. Pero no está disponible emocionalmente. Al menos ha sido
sincero sobre el hecho de que hay alguien más y que no puede corresponder a mis
sentimientos. Es refrescante, después de que mi ex me jodiera».
Tisha pone los ojos en blanco. «Odio a la gente emocionalmente inaccesible».
«Hiciste que Diego te propusiera matrimonio tres veces antes de aceptar»,
señala Rue.
«Eso es diferente. A los hombres hay que mantenerlos alerta...».
«Espera», interrumpe Tamryn. «¿Tres veces?».
La conversación se traslada a los tres anillos diferentes que compró el pobre
Diego, y nadie más que yo se da cuenta de ello, de la ligera rigidez en la columna
vertebral de Minami. Sus pasos silenciosos mientras se aleja por el sendero de piedra,
apenas unos minutos después.
Evalúo al resto del grupo. A pesar de sus ojos vidriosos y sus incontrolables
ataques de risa, creo que se puede confiar en que no se despeñen por el acantilado y
se empalen en un higo chumbo. «Minami, espera», digo, corriendo tras ella.
Ella responde sin girarse. «Um, voy a subir a ver si la niñera que me recomendó
Lucrezia está bien con Kaede, enseguida...». Se interrumpe. Porque estoy de pie frente
a ella, y es obvio, incluso en las sombras, que sus mejillas están manchadas de
lágrimas.
No es la primera vez que veo llorar a Minami. Lo hizo en el funeral de mi padre, y
al menos una docena de veces más en los años siguientes. Pero esto es diferente, y
dudo que tenga algo que ver con el anuncio que acaba de hacer. La tensión pellizcada
en su rostro está más cerca de la ira que de la tristeza.
«Yo sólo...» Aprieta los puños. Sacude la cabeza, como si se estuviera
convenciendo a sí misma de algo.
«¿Estás bien?».
«Sí. No. Estoy... Cierra los ojos y busca el banco más cercano, apoyando los codos
en las rodillas. Respira hondo varias veces antes de decir: «Necesito un minuto».
Me siento a su lado y le doy unas palmaditas en el hombro. Creo que sé lo que la
ha provocado, pero... «¿Es... es por lo que ha dicho Avery?».
Asiente. «La adoro. Estoy tan feliz de que esté en Harkness. Antes de que ella
subiera a bordo era un maldito festival de salchichas en esas habitaciones, y yo...» Se
endereza. Se le hace un nudo en la garganta. «Estoy cansada de que me arrastren a
esto. Ha pasado más de una década. Todo el mundo supone, incluso Eli está seguro de
que un día me desenamoré y rompí irremediablemente el corazón de Hark. Pero eso
no es...» Se limpia la mejilla. «Probablemente sea culpa de Hark. Ojalá supiera qué
demonios le dice a la gente cuando le preguntan por qué rompimos».
«Que te pidió que te casaras con él. Te negaste y se acabó».

153
«¿Eso es lo que...?». Se burla. «Por supuesto».
«No te culpa, Minami». Lo último que quiero es crear problemas entre ella y
Conor. Pero tal vez sea demasiado tarde. Hay varias líneas paralelas en su frente,
normalmente lisa.
«Genial. Es verdad. ¿Pero dice por qué lo rechacé? ¿Explicó que era
absolutamente incognoscible? ¿Que tuve que sonsacarle cada palabra? ¿Que era tan
reservado y turbio sobre su educación que durante mucho tiempo sospeché que había
estado en un reformatorio por incendiar un orfanato o algo igual de abominable? ¿Te
dijo que mi mayor problema en nuestra relación era la falta total de comunicación
sobre sus deseos y necesidades? Por favor, dime que al menos se molestó en
contextualizar cuando dijo que rompimos porque rechacé su proposición».
Parpadeo mirando a Minami, antes de responder con calma: «No dijo nada de
eso». Pone los ojos en blanco, pero su actitud cambia cuando añado: «Pero sí
mencionó que pensaba que era culpa suya. Que, para empezar, estaba roto».
Su expresión se suaviza, la cabeza cae hacia atrás para mirar al cielo, el pecho se
agita profundamente, una vez. «Me vendría bien un trago, ahora mismo».
«Seguro que Axel tiene algo en su habitación».
Ella se ríe. Respira unos instantes, siguiendo el ritmo de las cigarras. «De verdad,
simpatizo con el trauma de niño blanco y rico de Hark. Su familia le hizo mucho daño.
La madre de Hark... por alguna razón que realmente no puedo comprender, esta
señora realmente amaba a su cruel, tramposo y abusivo pedazo de mierda de marido.
Y a los hermanos pequeños de Hark habría que encerrarlos preventivamente antes de
que monten una estafa de memecoin o atropellen a alguien en una borrachera de
metanfetamina. Y su padre, por supuesto, era un sádico manipulador de mierda que
trataba a su familia como ganado. La misión de toda la vida de Hark es no ser como su
padre, y es un fanático del control. Pero quizá porque su madre era una mujer frágil y
sufrida, así es como ve a sus parejas. Alguien a quien proteger y cuidar, pero...».
«¿Alguien a quien proteger, en contraposición a alguien con quien compartir una
vida?».
«¡Sí! Durante años, se contuvo en... casi todos los niveles. Si algo pasaba en su
vida, yo era la última en enterarme. La única emoción con la que se sentía cómodo era
la ira, y la volcaba en su trabajo. Y durante un tiempo me dije a mí misma que estaba
bien, pero luego me di cuenta de que todo ese amor que profesaba sentir por mí era
sólo... conveniente. Quería estar con alguien que no le robara el control, como su
padre se lo había robado a su madre. Quería vivir con alguien sin quien pudiera vivir».
Cierra los ojos. «Aún así, me dije, puedo arreglarlo. Puedo arreglarlo. Pero no pude. Él
tenía que arreglarse a sí mismo. Y cuando le dije que no funcionaba para mí, que no
podía seguir así...».
«Te pidió que te casaras con él», concluyo. Porque por supuesto esa sería la
respuesta de Hark. Qué puta broma.

154
«Creció en montañas de privilegios, pero su infancia fue tan afectivamente
ruinosa que nunca tuvo delante ejemplos de relaciones que funcionaran. Es incapaz de
entrar en contacto con sus sentimientos y de comprometerse de forma significativa
con sus deseos». Se frota la cara, agotada. «No es verdad lo que le dijo a Avery. Que no
puede estar con ella porque sigue enamorado de mí. Porque simplemente no lo está.
O le estaba mintiendo a ella, o se está mintiendo a sí mismo».
Hay una tercera opción, por supuesto: que se refiriera a otra persona. Pero
Minami no tiene forma de saberlo. De hecho, nadie la tiene.
Nadie excepto yo.
«Siento haberme desahogado, Maya. Por favor, no repitas nada de esto. Lo malo
es que la mayoría de estas cosas sobre su familia sólo las sé por Tamryn. Nunca me las
dijo él mismo. Lo odiaría si se enterara».
Asiento, tranquilizándola. La abrazo y no me molesto en decirle la verdad: que
todo lo que Minami tuvo que luchar y suplicar para saber, cada pequeño detalle sobre
la familia de Conor, yo ya lo sabía. Me lo dijo cuando nos conocimos en Escocia. Me lo
contó en innumerables llamadas nocturnas durante los últimos tres años. Me lo dijo
cuando le pregunté y me lo dijo cuando no le pregunté.
Porque un día, Conor Harkness decidió que quería que alguien lo conociera. Y me
eligió a mí.

155
Capítulo 25

TRES AÑOS ANTES


EDIMBURGO, ESCOCIA

MAYA: Siento no haber contestado, se me ha dormido media boca.


CONOR: Ouch. ¿Caries?
MAYA: Sí.
CONOR: ¿No es la segunda en poco tiempo?
MAYA : La tercera. El dentista quiere que empiece a usar un cepillo eléctrico,
pero prefiero morirme.
CONOR: ¿Por qué?
MAYA: ¿Y si se cae el cabezal y me hago un agujero en la mejilla con la cosita de
hierro que hay debajo?
CONOR: Ese es un miedo muy racional.
MAYA: Y si me explota en la boca.
CONOR: Al menos acabarías con las caries.
Esa noche, me envía sopa, y tres tipos diferentes de cepillos de dientes
eléctricos.

DOS AÑOS, CUATRO MESES ANTES


AUSTIN, TEXAS

El plan es genial, y absolutamente desquiciado. Tanto, que sólo a Jade se le


podría haber ocurrido.
«A mí no se me ocurrió», me dice. «Se llama esponjar las emociones. Es
increible».
El problema es que no he tenido sexo en casi un año y lo extraño.
El problema es, también: No he querido tener sexo con alguien que no sea Conor
desde el día que lo volví a ver en Escocia.
«Esto es lo que vamos a hacer», dice Jade con cara seria. «Tú quedas con un tío
de Tinder que parece que podría ser decente en la cama. Media hora antes... Espera,
¿cuánto duran tus llamadas con Conor estos días?».
Bajo la mirada.

156
«Vale, dos horas antes, le llamas. Hablas con él. Te pones cachonda hablando
de... ¿De qué hablan los treintañeros? ¿De la caída del Muro de Berlín? ¿De Goldman
Sachs? Entonces vas a casa del tío de Tinder, y bam».
«Bam, en efecto».
El plan es absolutamente genial. Y si al final no sale bien, porque llamo a Conor
justo cuando dijimos que lo haría, porque acabamos discutiendo sobre la mejor
manera de reestructurar la edición académica, porque me hace reír con una historia de
sus días de remo, porque me olvido de mirar la hora hasta aproximadamente cuarenta
minutos después de lo que se suponía que debía encontrarme con el chico de Tinder,
porque no quiero tener sexo con alguien que no sea este hombre...
Bueno. Es mi culpa.

DOS AÑOS, UN MES ANTES


AUSTIN, TEXAS

«Siempre me arrepiento, después», le digo la noche de mi pelea con Jade.


Respira hondo. «Lo sé».
«Realmente no quería hacerlo. Es que... me enfado mucho, y es como si dejara
de pensar con claridad y mi cerebro se concentrara en lo más cruel que puedo decir. Y
lo peor es que mi terapeuta me ha dado todas estas técnicas de respiración, todas
estas formas de desescalar, pero a veces me enfado tanto que mi cerebro entra en
cortocircuito y me olvido legítimamente de usarlas...». Me froto los ojos. «Tengo que
ser una mala persona, ¿verdad? La gente buena no arremete como yo».
«Si lo fueras, no estaríamos teniendo esta conversación, Maya». Está en Canadá,
pero se siente tan cerca. «Creo que es normal, querer herir a alguien que te hirió. Estás
trabajando en ello, y Jade te conoce. Dijiste que ya os habíais reconciliado, ¿verdad?».
«Cierto». Me abrazo las rodillas contra el pecho. «¿Y si te lo hago yo a ti, algún
día? ¿Me odiarás?»
Risa suave. «No creo que eso sea posible, Problemas».

DOS AÑOS ANTES


AUSTIN, TEXAS

Me llama borracho. No como una cuba, pero... casi. Intento entablar


conversación: ¿Qué tal el día? ¿Todo bien en el trabajo? ¿Qué has bebido? Pero no
creo que quiera hablar.
«¿Estás bien?» pregunto, cautelosa.
«Sí». Una inhalación profunda. «Sí. Sólo quería escucharte existir».

157
Escucharlo casi me rompe. «Vale», digo, y no hablamos después de eso. Termino
lo que estaba haciendo antes de que llamara: hacer las maletas para mi próximo viaje
de acampada de una semana con Jade, doblar algo de ropa, lavarme los dientes,
lavarme la cara. Llevo el teléfono conmigo a todas partes.
«¿Maya?», dice, más de una hora después.
«Sí».
Un suspiro. Su aliento, luego el mío. Está a punto de decir algo, o lo estoy yo.
«Buen viaje».

UN AÑO, ONCE MESES ANTES


AUSTIN, TEXAS

«No entiendo del todo lo de mirar las estrellas».


Resoplo, indignada. «¿No te encantan los recordatorios constantes de tu
insignificancia?».
Su estoy bien, gracias me hace estallar en carcajadas.
«Vale, pero... ¿has visto Antares?».
«No puedo decir que sí».
«Vale, ve a mirar fuera ahora. Suroeste. Baja en el cielo».
Arrastrando los pies. Una puerta de balcón, abriéndose. Conor, existiendo.
«¿Qué estoy buscando?».
«La constelación de Scorpius. Parece como... ¿un brazo mecánico? O un
escorpión, según los griegos, pero no exactamente. Antares es la muñeca del brazo. Y
de un color diferente al de las otras estrellas. Roja. Tan roja que la gente la confundía
con Marte, así que la llamaron Antares, que literalmente significa «No Marte». Vamos,
no hay forma de que no puedas reconocerla».
«Me entristece informarte de que, de hecho, hay una forma».
Suspiro. Borro la sonrisa de mi voz. «Bueno, será mejor que lo descubras pronto,
porque esta es una oportunidad limitada en el tiempo».
«¿Por qué?»
«Antares está a punto de morir».
«¿A punto significa...?».
«Un millón de años más o menos».
«Correcto.» Ruidos variados. Conor poniéndose cómodo en el balcón. Una pizca
de diversión. «De acuerdo. Cuéntame más sobre este compañero tuyo».

UN AÑO, CUATRO MESES ANTES


AUSTIN, TEXAS

158
Kaede nació hace una semana, y hoy estábamos los dos en casa de Minami,
sentados uno al lado del otro, turnándonos para cogerla en brazos y olerle la cabeza.
Admirando cada bostezo, cada parpadeo, cada apretón de su dedito. Ignorando la
conversación para quedarme mirándola.
Me llama en cuanto llega a casa.
Estoy esperando, con el teléfono en la mano.
«¿Quieres una familia?» Le pregunto al cabo de un rato. «En algún momento,
quiero decir».
Tiene las ventanas abiertas. Oigo el ruido lejano del tráfico. «No sé muy bien
cómo explicarlo».
«De acuerdo». Espero, paciente. Sabiendo que llegará. Siempre lo hace.
«No creo que mi estado por defecto sea querer una familia», dice. «Pero si
estuviera con la persona adecuada, lo desearía tanto que no podría concentrarme en
nada más. Imaginaría constantemente que ella...» Se detiene. Una respiración agitada.
Risas, tal vez. «Requeriría muchos cambios, de todos modos».
«¿Por ejemplo?».
«Querría que la crianza de los hijos se dividiera a partes iguales. Tendría que
reestructurar mi horario de trabajo. Mis hábitos».
«Podrías hacer eso».
«Sí, yo... Sí. ¿Qué hay de ti? ¿Quieres una familia?»
«Me encantan los niños. Son divertidos, ¿sabes? Pero me encanta la idea de
tener mis propios hijos. Sé que Eli detestaba a mamá y papá, pero yo me divertía
mucho con ellos. Yo les tomaba el pelo y ellos se enfadaban conmigo y entonces yo les
tomaba aún más el pelo, y ellos se miraban como diciendo: '¿Quién es esta niña tan
terrible que hemos fabricado?'. Pero con orgullo. Me gustaría algo así». Trago saliva.
«Me encantaría hacer sentir a alguien como me hicieron sentir a mí. Como si el mundo
no tuviera que ser un lugar terrible, aterrador y solitario. Como si la vida pudiera ser
amable».
No dice nada durante un buen rato, y yo tampoco.

UN AÑO, UNA SEMANA ANTES


AUSTIN, TEXAS

«Debe de haber alguno que odies un poco menos».


«No».
«Vamos.»
«Maya, mis hermanos son todos gilipollas en proporciones iguales. Lo que
significa que merecen odio en proporciones iguales».
«Vale, digamos que... te estoy apuntando a la cabeza con una pistola».

159
«No, no lo haces».
«Lo estoy haciendo. Usa tu imaginación. Inmersión total. Te estoy apuntando a la
cabeza con una pistola...».
«¿Qué pistola?»
«No lo sé. No sé de armas».
«¿Qué clase de tejana eres?».
Pongo los ojos en blanco. «Es un rifle. De esos largos que usaban hace un millón
de años».
«Esas son difíciles de usar».
«Vale, bien. Tacha eso. Tengo un bate de béisbol en mis manos. Podría
balancearlo hacia tu cabeza en cualquier momento».
«Sí, eso suena más a ti».
«¿Verdad? Mis problemas de ira están a flor de piel. De todos modos, somos tú,
yo y el bate. Y te pido que elijas, entre tus hermanos, uno que te caiga menos mal que
los otros. Tienes tiempo para pensarlo. No hay prisa».
Se queda en silencio. Yo también. Unidos a través de un satélite que está a un
millón de kilómetros. Podría conducir hasta su casa y estar allí en diez minutos, pero
no lo haré.
«Vale, ya tengo mi respuesta».
«¿Y?».
«Golpea con todas tus fuerzas, Problemas».

DIEZ MESES, DOS SEMANAS ANTES


AUSTIN, TEXAS

«¿Sigues pensando que Alfie era el indicado?», me pregunta tras una pausa tan
prolongada que no recuerdo cuál fue nuestro anterior tema de conversación.
Es más de medianoche. La impredecible hora de las brujas. La hora en la que
hablamos de cosas que no deberíamos. Conversaciones lentas. Muchas distracciones.
Preguntas y respuestas que no acaban de encajar.
Estoy tumbada de lado. Con sueño. Escucho el suave zumbido del aire
acondicionado. Jade ha llegado tarde a casa, con alguien a quien no conozco, y alguna
que otra carcajada vibra a través de las paredes, haciéndome sonreír.
«Sé que no lo era. Supongo que... ¿Quizá me encapriché de él?». Me lo pienso.
«Me gustaban sus dientes».
Un resoplido. «Tal vez fue amor, entonces».
«Cállate». Me estiro, perezosa. «¿Fue Minami tu primer amor?».
«Creo que sí».
«¿Lo supiste enseguida?».

160
«No, no. No había mucho de eso, mientras crecía. Me refiero al amor. Así que
era difícil reconocerlo. Y hubo mujeres antes, pero...».
El silencio se alarga. Un coche pasa, los faros inundan mi habitación.
«¿Cómo fue... cómo fue, estar enamorado por primera vez?».
«Fue bonito. Fue bonito. Me alivió que...».
«¿Que?».
Una pausa persistente. «Ya te lo he dicho. Lo parecido que soy a mi padre. Todo
lo que quería era tener algo un poco más...».
«¿Más?».
«Agradable. Tranquilo. Sostenible. Fue un alivio encontrar a Minami. Nuestros
temperamentos eran complementarios. Ella sacó lo mejor de mí. No tenía que lidiar
con las partes malas. O las jodidas».
Me río. Suave, pero él me oye.
«¿Qué?», pregunta.
«Ese no es realmente el signo de una relación sana, ¿no? ¿Ocultar partes de ti?».
«Lo es si dos personas se compenetran bien. Si la relación es respetuosa y
amable».
Más risas. «Gracioso».
«¿Qué tiene de gracioso?».
«Simplemente... no creo que eso sea todo. Me refiero al amor».
«¿No crees que amar significa querer proteger a alguien de los aspectos menos
agradables de uno mismo?».
«Quiero decir... no lo sé. Pero lo que acabas de decir sobre Minami, suena como
si estuvieras hablando de una figurita de cristal». Bostezo. «Algo para poner en un
pedestal, o en una vitrina. No a una persona».
Me duermo antes de que responda.

161
Capítulo 26

HOY EN DÍA
TAORMINA, ITALY

MAYA: Esto va a ser raro, y estás en tu derecho de bloquearme, pero..., Scarlett.


Soy Maya. Tu novio y yo nos conocimos anoche después de la clase de pasta. Espero
que te parezca bien que te escriba.
SCARLETT: Dios mío. HOLA.
MAYA: ¡Oh Dios mío de vuelta! Me preguntaba si me había dado un número de
verdad.
SCARLETT: ¡Me moría por saber algo de ti y ese chico mayor! ¿Os vais a casar?
¿Debería reservar la fecha?
MAYA: Por desgracia, aún no hay fecha para la boda.
SCARLETT : Boo.
MAYA: Pero aún no se me han acabado las ideas.
SCARLETT: Lukas y yo te apoyamos.
MAYA: ¿Lukas es el nombre de tu novio?
SCARLETT: ¡Sí!
MAYA: Bueno, es Hans en mi teléfono.
SCARLETT: Lol por qué
MAYA: Para el diabólico plan que estoy ideando necesitaba guardar tu contacto
con un nombre masculino. Hans fue el primer nombre alemán que se me ocurrió.
SCARLETT: Pero Lukas es sueco
MAYA: Ups.
SCARLETT: Dice que también hay muchos Hans en Suecia, así que es una buena
elección. Y quiere desearte suerte con tus planes. ¿Hay algo que podamos hacer para
ayudarte en tu honorable búsqueda?
Pasos.
Crujen contra la grava. Se suavizan sobre el césped que rodea la piscina. Se
detienen en la cubierta de madera. Alguien se interpone entre uno de los pocos faroles
que quedan y la tumbona donde me siento, con las piernas cruzadas. Una sombra, que
se extiende sobre mí como una caricia. Antes de levantar la vista, tecleo rápidamente a
Scarlett-Hans: Sinceramente, ya lo estás haciendo. ¡Hasta pronto!
«Es casi medianoche, Problemas. Y estás aquí sola».
Hay una suavidad en el tono de Conor que debe provenir de la oscuridad, del
excelente vino, de un largo día sobre la arena ardiente. Los otros chicos también han

162
vuelto y están cantando «Bohemian Rhapsody» mientras se dirigen al interior de la
villa.
Qué noche para descubrir que mi hermano no tiene ni idea de cómo se
pronuncia Scaramouche.
«Tú también estás aquí fuera». Le sonrío. Justo sobre su cabeza, Antares destella
su bonita y moribunda luz. «Y considerablemente menos perjudicado que los demás».
«Maya», grita Eli desde el otro lado de la piscina. «¿Dónde está mi futura
esposa?».
«Durmiendo en la habitación de Tisha. Para protegernos mutuamente de, cito,
'el viejo monstruo de tres patas'».
Eli no puede entender, pero asiente. «¿Qué hicisteis toda la noche?».
«Nos quedamos aquí. Me drogué».
«Qué idiotez», murmura Axel antes de entrar tambaleándose en la villa.
«Nuevo mínimo, desbloqueado». Vuelvo a apoyar el peso sobre las palmas de las
manos. «Axel Hockeydude acaba de llamarme idiota».
La boca de Conor se tuerce. «Eso ha debido de calarte hondo».
«Mi autoestima está sangrando por el suelo».
En la oscuridad, mi teléfono se ilumina con un mensaje de Scarlett. Mi corazón se
acelera, pero no lo miro. Todo lo que importa, en este momento, es que Conor lo hará.
Y Conor lo hace.
Incluso envuelto en sombras como está, veo que sus rasgos se tensan. Respiro
superficialmente, siento el zumbido lejano de las olas rompiendo en Isola Bella. Espero
a que hable. Pronto recibo la recompensa. «No puedes hablar en serio, Maya».
Sus erres ruedan más que nunca. Parpadeo inocentemente. «¿Qué quieres
decir?».
Me echa un vistazo al móvil. La notificación -Hans, 1 mensaje- tintinea.
Estoy siendo retorcida. Estoy siendo injusta, problemática y manipuladora.
Debería decirle la verdad: lo quiero, lo echo de menos, deseo que seamos sinceros el
uno con el otro. Pero la honestidad sólo lo hará retroceder. Le dijiste a Avery que estás
enamorado de otra persona, y ambos sabemos de quién estabas hablando, no es una
conversación que él esté dispuesto a tener.
«Sólo le mandaba un mensaje a un amigo», le explico, sincera.
«Ya hemos hablado de esto...».
«Y te dije lo que iba a conseguir que parara».
Una exhalación. «¿Planeas quedar con él?».
No digo nada. Un músculo salta en su mandíbula.
«Dime que no piensas salir de esta casa».
Ladeo la cabeza. Elijo mis palabras con mucho cuidado. «Si te sientas aquí
conmigo y respondes a una sola pregunta, quizá no lo haga».
Es casi demasiado fácil. Para mí, claro. Las fosas nasales de Conor se inflan, sus
pómulos se tensan y... no. No es fácil para él. Aunque le reconozco el mérito de

163
colocarse lo bastante cerca de mí como para que la tela vaquera de sus vaqueros roce
mi muslo desnudo.
«¿Qué pregunta?», dice bruscamente.
«¿Por qué nunca nos hemos visto en persona, en los últimos tres años?».
Su tono es entre impaciente y confuso. «Nos vimos muchas veces. Siempre que
iba a casa de Eli...».
«Solos, Conor. ¿Por qué nunca hicimos planes para vernos a solas?».
«Porque tú estabas terminando el posgrado y yo dirijo una de las empresas de
biotecnología de más rápido crecimiento del país. No teníamos tiempo...».
«Hablábamos por teléfono casi todos los días, y no eran llamadas cortas. Me
parece que los dos sacábamos tiempo».
Los tendones de su cuello se flexionan. Oh, Conor, pienso. Nunca dije que jugaría
limpio. Y para demostrarlo, miro mi teléfono. Dejo que mis ojos se detengan en él.
«Joder», murmura. Pero me mira a los ojos y dice, con una calma que no siente:
«Es sólo el ritmo en el que cayó nuestra amistad, Maya. Diferentes relaciones tienen
diferentes necesidades».
«Estoy de acuerdo».
«Bien. Entonces podemos largarnos a dormir».
«La última parte, quiero decir. No hay dos relaciones iguales. Pero lo de antes, lo
de que es una evolución natural... ¿Quieres saber lo que pienso?».
«No especialmente».
No oculto mi sonrisa. «Creo que te cogí por sorpresa, en Edimburgo. Te gustó
hablar conmigo. Te abriste. Nos acercamos de una manera que no habías
experimentado antes. Y eso te incomodó».
«Maya...».
«Pero también te gustó. Y por eso durante los últimos tres años nunca
rechazaste una llamada mía. Siempre me llamabas si no sabías de mí durante unos
días. Nos volvimos muy íntimos, emocionalmente. Tanto, que no podías arriesgarte a
que esa intimidad se convirtiera también en física».
Hago una pausa. Le doy la oportunidad de objetar. En lugar de eso, se limita a
observarme, duro como el granito.
«Lo hizo más fácil, ¿no? La distancia. El teléfono». Llega otra ola. «Dime si me
equivoco...».
«Te equivocas».
Me acerco más. Sus ojos se clavan en los míos, más oscuros que la noche que nos
rodea. Me niego a que aparte la mirada. «Dime si me equivoco», repito.
No vuelve a mentir. Y de repente, por primera vez en años, algo cede. Un giro de
cabeza, un tic en la boca. Desvía la mirada, pero cuando vuelve a mirarme, casi puedo
notar el cambio en él. Abre la boca. Su cuerpo se acerca al mío y la tela de su ropa me
roza la piel. El aire que nos rodea se rompe, como una manifestación física del control
al que se ha aferrado desde Edimburgo.

164
El principio de la fractura. Admite la verdad. Reconócela.
Una ráfaga de brisa se levanta, azotando su pelo, luego el mío. «¿Cómo te hago
callar, Maya?».
«Sólo dime que me equivoco». Lentamente, sonrío. «Compra mi silencio, Conor.
Dime que me he equivocado y no volveré a sacar el tema. Voy a enviarle un mensaje a
mi nuevo amigo, y...».
«Vete a tu habitación».
Me echo hacia atrás. Me trago mi decepción, enderezo la columna. «No puedes
decirme lo que...».
«Maya», gruñe a medias. El sonido sale de lo más profundo de su pecho. «Vete a
tu puta habitación. Ahora mismo».
Y... Oh.
Y...
Ese filo en su voz... estaba equivocada. No está tratando de mandarme a la cama,
después de todo.
Algo no es exactamente como era.
Me pongo en pie sin pedirle explicaciones. De todos modos, él y yo ya no
hablamos. Estamos atrapados en este complicado ciclo de silencio tóxico y evasión, y
esto es lo más cerca que me he sentido de él en diez meses.
No tiene sentido dejarlo ir ahora.
Empiezo a bajar por el camino de piedra, sin molestarme en responder el
mensaje. Estará allí mañana, o no. Es difícil resistir el impulso de darme la vuelta e
investigar los ojos de Conor, asegurarme de que me seguirá dentro. Pero uno de
nosotros tiene que tomar la iniciativa, y yo puedo ser Orfeo.
Puedo seguir adelante.
Puedo escuchar sus pasos mientras viene detrás de mí.

165
Capítulo 27

Él no llama a la puerta, y no espero que lo haga. Me apoyo en la pared, justo


delante de la puerta, esperándole. Me pregunto brevemente si he entendido mal, si
estoy loca, si cambiará de opinión, pero aparece y refleja mi postura, de espaldas
contra la puerta, reestructurando la forma de la habitación con su presencia.
«Hola», digo, en voz baja aunque la casa esté dormida, o demasiado ebria para
prestarnos atención. Mis vecinos son Nyota y Axel. La primera apoya cualquier
interacción entre Conor y yo, y el segundo... Axel es el tipo de tío que da un pulgar
arriba universal a quien esté a punto de echar un polvo, ya sea persona, personaje de
anime o animal salvaje.
«¿Era necesario enviarme sola? Dudo que Lucrecia patrulle los pasillos».
«No es por eso, Maya».
«¿Por qué, entonces?».
«Una oportunidad para que cambies de opinión. De aclarar tus ideas».
«Estás asumiendo que no puedo pensar con claridad cuando estás cerca».
«No puedo pensar con claridad cuando estás cerca». Rompe el contacto visual.
«Eres demasiado joven para...».
«Para juntarte con chicos, para tener deseos sexuales, para elegir con quién
satisfacerlos». Un momento de silencio. «¿Conor?».
Su ceño está fruncido.
«¿Puedo contarte un secreto?».
Asiente una vez.
«Eres tan jodidamente aburrido».
La línea de su mandíbula se suaviza. Su resoplido también podría ser risa.
«Gracias, Problemas.» Se aparta de la puerta y cruza la habitación hacia mí. A la suave
y cálida luz de la lámpara de pie, su pelo es negro como el carbón. Sin las motas de gris
y las finas líneas alrededor de los ojos, este Conor podría ser fácilmente un niño, diez
años más joven de lo que le conozco.
Y seguiría quejándose de ser demasiado mayor para mí.
«¿Lo haces a propósito?», me pregunta, de pie frente a mí. No habíamos estado
tan cerca desde Edimburgo. Me he quitado la camiseta, y su cabeza se inclina para
mirarme, con las yemas de los dedos recorriendo el elástico superior de la braguita del
bikini, deteniéndose justo encima de mi ombligo.
De repente, me mareo violentamente. «¿El qué? .
«Lo que te pones. Lo haces para volverme loco, ¿verdad?».
Me miro. No he tenido ocasión de ir de compras antes de este viaje, o me habría
comprado la pieza más brillante de mezcla de nailon y elastano en el estante de
rebajas, sólo para fastidiarle. Pero los bikinis que ya tenía tienen más estilo que

166
provocación. Son retro. Cintura alta vintage. Muchos lunares. Jade los llama mis trajes
de baño de bibliotecaria hipster.
«Ni siquiera sabes lo agradecido que deberías estar, Conor.»
«¿En serio?».
«No es nada provocador...».
«No se trata de provocar, Maya». Me mete los dedos por debajo de la cintura y
se me corta la respiración. «Es la forma en que te apoderas del espacio que te rodea.
Me recuerdas constantemente, en voz alta e indecente, todas las pequeñas cosas que
te hacen ser tú. Es imposible escapar y eso me enfada mucho».
Su mano baja unos centímetros y me muerdo el labio inferior. «Siento ser yo
misma».
«Deberías sentirlo», dice, pero la última sílaba se convierte en un gemido
ahogado y arrastrado, y me toca justo entre las piernas. Estoy mojada, porque... por él.
No es nada nuevo. Pero quizá él no lo sabía, y cuando las puntas de sus dedos me
rozan por primera vez, sus ojos se cierran. «Joder, Maya». Parece hundirse en sí mismo
durante un instante. Todos sus músculos se contraen, como si saber que estoy así de
preparada provocara un terremoto en su interior.
«Eso es lo que me pasa cada vez que te veo», le digo. Mi mano encuentra su
muslo. «Espero que pienses en ello a partir de ahora. Cada vez que estemos juntos».
Está empalmado. Noto el calor de su erección entre nosotros. Mis palmas suben para
cogérsela y...
Ojalá pudiera decir que me sorprende la forma en que me agarra la muñeca y la
atrapa contra la pared. Pero como todo lo demás, esto tiene que ser bajo sus
condiciones. No creo que quiera controlarme a mí, sólo a sí mismo. Para eso, sin
embargo, tiene que minimizar la interferencia ambiental. Mantener las variables
constantes.
Sonrío, sintiéndome molesta. «Como he dicho, aburrido».
«¿Puedes ser buena? ¿Sólo por una vez?».
«Lo pensaré». Levanto el brazo que tengo libre. Se cierra alrededor de su cuello
mientras lo atraigo hacia mí. «¿Cómo haces?». Pregunto contra su oreja, inhalando
agudamente cuando sus dedos se deslizan entre los labios resbaladizos de mi coño.
Conor huele a noche de fiesta, a humo de cigarrillo, salmuera y sudor, pero en el fondo
es él. Quiero lamerle la piel de la clavícula, así que lo hago. «¿Para ser tan aburrido?».
«Puedes pensar que soy aburrido», murmura contra mi oído. «Pero he sido
jodidamente sobrehumano durante mucho tiempo, cuando se trata de ti. Desde
Edimburgo».
La punta de su dedo corazón se hunde dentro de mí, solo un dígito, y mis uñas se
clavan en su nuca, sintiendo el estremecimiento de su sangre debajo. Su pulgar
también me recorre el clítoris, una presión gloriosa y perfecta, una fricción deliciosa.
Escucha cada sonido que hago, presta atención a la forma en que me muevo contra él,

167
y... Lo que más me excita, incluso ahora, es el gemido que parece arrancarle. El ritmo
rápido y superficial de su respiración me dice que le gusta tanto como a mí.
«¿Y después de eso?» le pregunto.
Cierra los ojos. Lo desliza más profundamente. Me considero afortunada: soy
fácil, receptiva. Siempre he encontrado rápidamente el placer, sola y en pareja. Pero
esto es diferente. No es sólo mi cuerpo, Conor está en mi cerebro, empujando dentro
de mi alma.
«¿Y en Austin, Conor?». La yema de su dedo acaricia el punto exacto. Mi cuerpo
se contrae contra él, sorprendido.
«Joder, eres increíble». Sus dientes se abren en la base de mi garganta. Me
suelta la muñeca y su mano encuentra mi cadera, crispándose, apretándose a su
alrededor.
«¿Recuerdas aquella noche, hace poco más de un año?». El calor sube dentro de
mí. Entre nosotros. Mis palabras son jadeantes, entrecortadas, húmedas contra la tela
de su camisa. «Necesitaba hablar con mi hermano. Pero se había ido, abrí la puerta
y...».
Su sí silencioso me hace vibrar. «Habías estado durmiendo», dice entre dientes
apretados. Le rodeo el cuello con los dos brazos, aprieto los pechos contra el suyo y él
jura por lo bajo.
«¿Recuerdas lo que llevaba puesto?».
Un gemido bajo. Sí que se acuerda. Era muy poco, después de todo.
«Te diste la vuelta y te fuiste. Como si te doliera». Le doy un beso persistente en
la nuez de Adán. Le paso un dedo por el pelo y lo atraigo hacia mí, arqueándome para
encontrarme con sus labios.
Se echa hacia atrás, con un gruñido de advertencia en lo más profundo de su
garganta.
Este hombre, que lleva cinco minutos arrancándome gemidos con los dedos, se
niega a besarme. Conor y su puto control. «¿En serio?». Vacilo. «¿De verdad vas a
hacerte esto?».
Su pulgar se desliza sobre mi clítoris, más áspero. Mis caderas se sacuden hacia
él.
«Vamos, Conor». Intento reír, pero no tengo suficiente aire en los pulmones.
«Tienes tantas ganas de besarme...».
Me corro de repente, dolorosamente, apretándome contra él, estremeciéndome
como si no pudiera contener el placer dentro de mi cuerpo, y me siento mucho mejor
que en el mejor orgasmo de mi vida, el que tuve en su muslo en Edimburgo. Es una
marea que me invade, un resplandor de calor interior que no tiene derecho ni razón
para ser tan bueno, excepto por una razón.
Conor, mirándome. Conor, tocándome. Conor, hablándome.
«No pasa nada», me dice cuando me desplomo en sus brazos, con su boca suave
como la seda contra mi sien. «No pasa nada, Maya». Me aprieta el costado. Puede que

168
esté más tambaleante que la gelatina y sin aliento, pero no hay nada que me gustaría
más que hacer que él también se corriera.
«Vas a hacerlo otra vez, ¿verdad?».
«No sé a qué te refieres», dice, apretando un beso contra mi pómulo. Como el
puto mentiroso que es.
Le aprieto la camisa con las dos manos. «Así que si te ofrezco devolverte el favor
con una paja, o una mamada, si te digo que puedes follarme las tetas o literalmente
cualquier otra parte de mi...».
Gime. «No puedes, ¿Verdad?».
«¿Qué?»
«Pórtarte bien. Ni una sola vez».
Me río, pero no sale ningún sonido. Él también se calla mientras me levanta
como si fuera un peluche de algodón. Le sigo, le rodeo la cintura con las piernas y él
me lleva a la cama como la chica agotada que soy, retira las sábanas frías y me
deposita entre ellas.
Lo miro fijamente desde la almohada demasiado gruesa, bostezo y digo: «Conor
Harkness, eres un cobarde».
El movimiento de sus labios parece de acuerdo. «Vete a dormir».
«Te encantaría, ¿verdad? Me haría callar».
«Menuda puta amenaza», murmura.
Sus manos tiemblan cuando me pasa unos mechones por detrás de la oreja. Hay
un brillo cauteloso y frágil en sus ojos, como si estuviera agitado, tierno y dolorido por
lo que acaba de pasar, pero de una forma que no tiene nada que ver con su cuerpo.
Creo que lo entiendo: Pensó que vendría aquí y me tocaría como un instrumento, me
manejaría como un negocio. Tal vez esperaba que hubiera algo clínico en esto.
Me subestimó.
No, Conor siempre me ha reconocido por lo que soy. Lo que subestimó es el
nosotros.
«Te deseo buena suerte», le informo.
«¿En qué?».
«En tu justo viaje de abnegación. Vas a…» -otro bostezo- «necesitarla».
Sacude la cabeza. Saca mi teléfono del bolsillo y lo enchufa al cargador.
«Duérmete, Maya», repite.
Entierro la cara en la almohada, esperando a que se vaya, pero me duermo como
un tronco antes de que salga de la habitación.

169
3 días antes de la boda

170
Capítulo 28

A la mañana siguiente me despierto tarde, y sólo porque Nyota amenaza con


abofetear a alguien con una demanda justo debajo de mi ventana. Me pongo unos
pantalones cortos, el top del monstruo de tres piernas que me regaló, y bajo corriendo
las escaleras, sólo para encontrarla paseándose frente a la barandilla del acantilado;
Tisha, Rue y Minami la observan desde un banco de piedra, moviendo las cabezas de
un lado a otro como si siguieran un partido de Wimbledon.
«¿Qué ha pasado?». pregunto, sin aliento. Nubes blancas se agrupan en el
horizonte, y el día no es tan luminoso como los últimos.
«Bueno, varias cosas. Rue está...». Minami me mira con los ojos entrecerrados.
«¿Eso es un chupetón, Maya?».
Se me cae el corazón. «¿Dónde?».
«En el lado derecho de la garganta».
Levanto la mano, instintivamente, hacia el lugar donde Conor me mordió
anoche. «¿Será una picadura de mosquito?».
«Oh, sí. Yo también tengo reacciones alérgicas todo el tiempo». Se aparta,
haciéndome sitio para sentarme. «Entonces, ¿recuerdas que esta boda podría estar
maldita?».
Se me revuelve el estómago. «Oh, no. ¿Qué ha pasado ahora?».
«Han entregado el vestido que Rue debe llevar en la ceremonia».
«¿Y?». Me encanta el vestido de Rue. Es sencillo y grácil. Sexy pero sin adornos,
como ella. He estado deseando verla con él, y ver a mi hermano verla con él por
primera vez. Por eso, cuando Tisha me enseña la foto en su teléfono, suelto un grito de
terror.
No es un aullido. No es un grito ahogado. Es un grito.
«Mátalo con fuego», suplico. «Cárgalo en una barcaza y arrójalo al mar. Bórralo
de este plano metafísico. ¿Qué demonios es eso?».
«El vestido que han entregado».
«¿Por qué parece un tampón?»
«Oh, sí.» Tisha asiente. «Lo hemos estado llamando 'el condón', pero eso encaja
mucho mejor.»
«Hubo algún tipo de confusión. Este vestido es de otra persona», explica Minami.
Parpadeo. «¿Estás insinuando que alguien, un ser humano que habita este
planeta con nosotros, planeaba casarse con eso?».
«Sí. Lo único que sabemos de esa persona es que mide medio metro menos que
Rue. Espera, sabemos algo más: tiene el vestido de Rue».
«¿Puede devolverlo?».
«Eso no será posible».

171
«¿Puede la tienda enviarnos otro, entonces?».
«Por eso Nyota está... amenazando con hacer pedazos su estructura
empresarial», dice Minami. «La boutique se ha negado. Acaba de llamar a la persona
que ha atendido el teléfono 'herpética de boca pequeña'. Quizá sean las hormonas del
embarazo, pero me ha puesto un poco cachonda».
«¿Por qué se niega la boutique?».
«Bueno, no son sólo ellos. En realidad es un problema más generalizado».
«¿Eh?».
«Simplemente no es un buen momento para traer algo volando al este de
Sicilia».
«Antes no creía en maldiciones», dice Rue. Está en el otro extremo del banco y
parece un poco conmocionada, así que me inclino hacia delante para mirarla a la cara.
«Juré que el matrimonio no me cambiaría fundamentalmente como persona, pero
aquí estoy. A tres días de la boda, y reconsiderando mi postura sobre lo sobrenatural».
«Oh, Rue. El envenenamiento y el ahogamiento fueron accidentes». Sonrío,
tranquilizadora. «Y el vestido... Si alguien puede obligar a alguien a algo, es Nyota, lo
que significa que lo tendrás en poco tiempo. No hay maldición. Y si alguna vez la hubo,
está perdiendo fuerza. No hubo casi muertes en las últimas treinta y seis horas. Es una
robusta tendencia al alza, y...». Dejo de hablar porque Tisha levanta el brazo y señala
algo a lo lejos. Sigo la trayectoria, y es entonces cuando lo veo.
«Oh», digo, dándome cuenta por fin de lo que está pasando.
Mi primera impresión fue errónea. El día no está nublado.
No muy lejos de nosotros, una alta columna de ceniza y lava entra en erupción
desde el Etna.

SEGÚN UNA Lucrezia profundamente despreocupada -traducido a través de mi


teléfono- no vamos a morir todos. La BBC, Al Jazeera y un puñado de aplicaciones de
redes sociales parecen estar de acuerdo.
«O definitivamente sí», añade Tisha mientras comemos una bruschetta de
tomate. El aceite de oliva de aquí sabe realmente a aceitunas. No debería parecer
extraordinario, y sin embargo lo es. «Todos estamos muriendo. En algún momento. A
menos que los biólogos arreglen todo el asunto de los telómeros, lo cual no parece
probable por el momento. He oído hablar de un grupo en Finlandia que está haciendo
cosas increíbles cuando se trata de...».

172
Diego le da un suave beso en la mejilla. «Cariño».
«Cierto, lo siento. Estamos muriendo, pero no de una llamarada piroclástica de
lluvia de piedra pómez».
«¿Y la gente más cercana al Etna?», pregunta Avery.
«Deberían estar bien, siempre que no se aventuren a la boca del volcán para
hacerse selfies», digo. «El Etna es uno de los volcanes más seguros y mejor vigilados de
la Tierra, y la lava se mueve lentamente. El principal problema es la calidad del aire en
Catania, y la falta de visibilidad alrededor del aeropuerto. Todos los vuelos han sido
cancelados».
«¿Así que puedo dejar de intentar elegir mi pose de Pompeya?» pregunta Axel.
Incluso su hermano está confuso. «¿Tu qué?».
«Ya sabes, ¿como esos cuerpos de piedra de la explosión del Vesubio?».
Me debato entre estar impresionada por los conocimientos arqueológicos de
Axel y querer averiguar qué postura elegiría para ser inmortalizada. Antes de que
pueda hacer preguntas tontas de las que me arrepentiré, decido volver arriba a
lavarme los dientes.
Allí me encuentro con mi hermano.
Tiene los rizos despeinados, lo cual es típico. Lo que no es normal es que frunza
el ceño.
«¿Estás bien?».
«Sí», dice. Claramente quiere decir: no.
«¿Dónde está Rue?».
Señala su habitación. «Durmiendo la siesta».
«¿Sigue con la teoría de la maldición?».
«La convencí de que no hay nada de qué preocuparse».
No quiero saber qué hizo mi hermano para relajar a su prometida. «Ya que
ambos sabemos que, de hecho, hay mucho de qué preocuparse... ¿Hay algo que
quieras que haga?».
Suspira. «Mi teléfono está a reventar de gente que debe volar en los próximos
días y no está segura de si será posible. Y luego está el planificador, y algunos de los
proveedores, y la banda de música iba a ... ». Se masajea la nuca. «Tengo que ponerme
en contacto con ellos.»
«¿Así que Rue y tú os estáis encargando?»
Me mira consternado. «Nunca le pediría a Rue que hablara por teléfono con
alguien».
Mi hermano se interpondría literalmente entre su prometida y una bala de
cañón llena de arañas venenosas furiosas. Lo adoro. «Lo que quería decir es, ¿hay algo
de lo que te gustaría que me ocupara?».
«No, en realidad, ¿puedes vigilar a Tiny el resto del día? Voy a estar demasiado
ocupado para pasearlo, y no estoy segura de cómo le afectará el volcán. Fue a buscarte
esta mañana temprano, antes de que empezaran las erupciones. ¿Estaba asustado?».

173
«Yo... No me he dado cuenta».
«Bien». Su mano me agarra el hombro. «Qué puto desastre».
Una palmada robótica en su brazo. «Todo irá bien».
Paso los siguientes veinte minutos paseando por la villa y sus jardines,
intentando no mirar la lava que fluye por la ladera del Etna. Paso por delante de los
olivares y limoneros. Me cuelo en la cocina y Lucrezia me echa sin contemplaciones;
me asomo demasiado a la barandilla y casi me caigo por el acantilado; hago chocar dos
barritas de comida para perros.
«¿Estás bien?», me pregunta Paul cuando me asomo a la habitación donde está
trabajando.
«Por supuesto. Genial».
Entrecierra los ojos como si yo fuera Magritte. «¿Qué estás buscando?».
«Nada. ¿Por qué crees que...? Nada».
«¿Seguro? Has aparecido por esta habitación unas cuatro veces, con aspecto
cada vez más angustiado, así que...».
Conor aparece en la entrada. Lleva una camiseta de entrenamiento y pantalones
cortos pegados, el pelo húmedo de sudor. Está claro que ha vuelto de correr. Estoy tan
feliz de verlo que podría besarlo.
Excepto que no, no podría, porque es demasiado gallina para eso.
No importa. Es el menor de mis problemas.
«Estaba buscando a este tipo», digo, señalándolo. «Necesito hablar con Conor
sobre el, ah, tema de las fotos en diapositivas».
Paul parece sorprendido. «¿Eli y Rue van a hacer una presentación con
diapositivas?».
Probablemente preferirían morir. «Sí, por supuesto. Y Conor y yo estamos a
cargo de ello, así que... ¿podemos hablar de la logística?».
«Sí», dice su voz profunda. «Tengo tiempo ahora mismo». Esta capacidad suya
de decir gilipolleces a las primeras de cambio debería clasificarse definitivamente en la
categoría de banderas rojas, pero no puedo decir que me importe.
Me sentiría como en casa en una tienda de regalos suiza.
«¿Debería preguntarte otra vez si tomas drogas?» dice una vez que estamos
solos en el vestíbulo.
«Sinceramente, ahora mismo me vendría algo de eso.».
Frunce el ceño. «¿Qué ha pasado?»
«Necesito tu ayuda. Eli me pidió que cuidara de Tiny hoy, pero no puedo
hacerlo».
«¿Por qué?».
Cierro los ojos. «Porque no tengo ni idea de dónde está».

174
Capítulo 29

«Tienes que decírselo», ordena Conor tras veinte minutos de búsqueda adicional
de un perro que pesa más que yo y tiene el pelaje de mil alpacas. Un perro que es tan
grande y tan malo escondiéndose que no puede estar en los alrededores de la villa.
Joder.
«Se ha perdido», continúa Conor. El calor hoy es espeso y sofocante.
Dolorosamente húmedo. Estamos en el limonar, y él me mira fijamente de esa forma
tan severa suya, con la barbilla inclinada hacia dentro. Casi me estremezco. «Tal vez los
ruidos de la erupción lo asustaron. Preguntémosle a Eli...».
«No».
«No se va a enfadar contigo, Maya. Fue él quien dejó salir a Tiny de su habitación
dando por hecho que vendría a la tuya, y nunca se aseguró de que llegara». Cuando ve
que me muerdo el labio, su mirada se suaviza. Me pasa una mano por los rizos y me los
aparta de la frente. ¿Me he peinado hoy? «Yo me encargo de esto. No quiero que te
sientas mal cuando es culpa de Eli».
«Dame una hora más».
Conor suspira, dejando caer el brazo a su lado. «Por lo que sabemos, está
retozando en el tráfico de la autopista».
«No lo haría. Tiny no es estúpido».
«Tiny es un perro».
«Como te he dicho...».
«Lo he visto perseguir su propia cola, comer su propio vómito, y gruñirle a su
propio reflejo. Todo en un lapso de diez minutos».
«Vale, bien. Su cerebro es del tamaño de un guisante y lo amamos por eso. Pero
Rue ha empezado a creer en maldiciones y no tiene vestido de novia».
Los ojos de Conor bajan hasta mi pecho. «¿Quizás pueda tomar prestada tu
camiseta?»
Mierda. Todavía llevo el trípode. «Y Eli está ocupado intentando salvar su boda
de una erupción volcánica. Todo se está desmoronando. Así que prefiero agotar todas
las vías antes de decirles que su perro, al que quieren más que a mí, ha desaparecido».
«No lo quieren más que...»
«No pasa nada. Yo también lo quiero más que ellos. Oye, ¿quizá ellos puedan
ayudar?» Señalo a los tres chicos de aspecto aburrido que están fumando cigarrillos en
la parte trasera del chalet. Los nietos, que deben de estar descansando de ser
acosados por Lucrezia. «Siempre están por aquí. ¿Es posible que lo hayan visto?».
Conor no es optimista, pero me da el gusto. «Hola», digo cuando nos acercamos
a ellos.

175
El mayor, que debe tener más o menos mi edad, me mira las piernas y se olvida
de apartar la mirada hasta que Conor dice algo que le hace murmurar un «Scusa» por
lo bajo.
Charlan un rato en italiano. Conor pregunta por un cane que es molto grande
(nunca volveré a pedir otro café con leche sin oír su voz) y todos los chicos niegan con
la cabeza. Pero justo cuando el corazón se me hunde en el estómago, el chico que me
mira las piernas saca su teléfono para hacer una llamada. Luego se la transmite a
Conor, señalando en dirección a la playa.
«¿Qué ha dicho?».
«Su primo trabaja como bagnino en la playa pública junto a la nuestra».
«¿Como qué?».
«Un socorrista. Dijo que vio un gran chucho corriendo por la orilla hace un par de
horas».
«Dios mío. ¿De verdad? ¡Gracias! Gracias, gracias, gracias. Conor, pídele su
número de teléfono. Voy a enviarle todas las fotos de mis piernas que su corazoncito
desee…hey.» Tiro de mi muñeca, pero Conor ya me está arrastrando. «Espera. Vamos
en dirección contraria, la playa está...».
«No podemos ir a la playa y gritar su nombre, Maya».
«¿Por qué no?».
«Porque tiene kilómetros de largo, y no tenemos ni idea de dónde, o si, Tiny se
detuvo». Me lleva hacia algo que parece un cobertizo, semioculto tras unos cipreses.
Su agarre en mi muñeca se afloja, y yo...
Debo de estar teniendo un día interesante, porque dejo que mi mano baje y se
cierre alrededor de la suya.
Él también debe de estar teniendo un día interesante. Porque lo permite y
entrelaza sus dedos con los míos.
Mi corazón rebota contra mi caja torácica. «¿Cuál es la alternativa? Aún tenemos
que ir a la playa».
Abre la puerta del granero. El interior está a la sombra, fresco, perfumado con
serrín y aceite.
«¿Eso es una Vespa?» jadeo.
«Lambretta», corrige, montando con facilidad la moto, pintada del mismo azul
que el mar. «Súbete a la parte trasera del asiento».
«¿Qué?».
«Hay carreteras paralelas a la orilla. Así será más rápido».
Quiero preguntarle si está bromeando, pero sé la respuesta. «Esto es muy
parecido a esa película de Audrey Hepburn cuyo nombre he olvidado, pero…».
«Vacaciones en Roma». Sacude la cabeza y murmura algo sobre los malditos
jóvenes.
«Vale, abuelo. En primer lugar, esa película se rodó en los años cincuenta o
sesenta, así que no actúes como si hubieras hecho cola para verla a medianoche el día

176
del estreno. En segundo lugar» -me dirijo a él con mi ceño más intimidatorio- «¿sabes
conducirla? ».
En lugar de responder, mira a su alrededor. «Ponte ese casco».
«¿Esto? Es una monstruosidad redonda y gigante, cubierta con la bandera
italiana. Cuando meto la cabeza dentro, no me parece menos pesado que las
expectativas sociales. «¿Por qué tengo que ponérmelo?».
Me mira de arriba abajo. «Porque si acabamos en un accidente, prefiero morir a
sobrevivir a ti».
Se me para el corazón. No se reinicia durante segundos enteros. «Eso es...».
«¿Qué?».
«Sólo, ¿un poco contundente? Y macabro. Y muy raro de decir».
«Soy contundente. Y muy jodidamente raro».
Un calor extraño y agradable se extiende por mi pecho. «¿Quizá deberías
intentar no serlo?».
Frunce el ceño. «Te lo voy a preguntar otra vez: ¿Puedes intentar no dar
problemas? ¿Sólo durante un par de horas?».
Resulta que, en circunstancias óptimas, soy capaz de contenerme. Agarrada con
fuerza a la cintura de Conor, la brisa refresca mi piel pegajosa, puedo estar tranquila y
concentrada. No tengo ni idea de si Conor tiene el carné necesario para conducir la
scooter, pero sabe lo que hace y, tras los primeros minutos por carreteras sinuosas,
estoy razonablemente segura de que Rue y Eli no tendrán que leer sus votos encima de
nuestros ataúdes cerrados.
Avanzamos despacio, sin perder de vista la costa, en su mayor parte desocupada,
escudriñándola en busca de una gran masa rizada y babosa cuyo color es demasiado
parecido al de los trozos rocosos de la orilla para mi gusto. El cielo está cada vez más
oscuro y ceniciento, no sé si por el tiempo o por el volcán. Aun así, debe de haber
disuadido a la mayoría de los visitantes de salir de casa.
Unos diez minutos después de nuestra búsqueda, pasamos por Isola Bella. Llama
la atención incluso contra el cielo bronceado. Las olas que la rodean parecen haberse
vuelto de un azul verdoso más intenso, y la marea alta sumerge por completo el banco
de arena. Me quedo mirando, preguntándome qué pasaría si alguien se quedara
atrapado en la isla tras la subida del nivel del agua.
«¡Allí!» Grito. «Conor, ¿lo ves?».
Debe de verlo, porque se detiene bruscamente. «¿Cómo coño ha llegado ahí?».
Tiny está en la orilla de Isola Bella.
«Debió de ser antes, cuando el istmo era visible. Y ahora no puede volver». Es un
acto reflejo, me quito el casco y corro hacia la isla. Conor me grita que espere, pero
simplemente no puedo.
«Tiny», llamo. «¡Eh, monstruo escupidor! ¡Estoy aquí, chico! ¡Te tengo!».

177
En cuanto Tiny se da cuenta de que he venido a por él, ladra dos veces y luego
una más. Mueve la cola como un lazo y corre arriba y abajo por la orilla de la isla,
buscando un lugar por donde cruzar. Bendito sea, nunca ha sido un buen nadador.
«No pasa nada», le grito. «¡Sigues siendo el mejor chico!».
«¿Lo es?». Conor pregunta desde mi lado. «El mejor chico se ha quedado
bloqueado».
«He dicho que es el mejor, no el más listo. Y las mareas son difíciles de entender
incluso para los científicos». Empiezo a quitarme la ropa.
«¿Qué demonios estás haciendo?».
«¿Tú qué crees?» Me quito los zapatos. «Estoy nadando hacia mi hermoso perro
idiota».
«En un par de horas, la marea...».
«Probablemente esté aterrorizado y piense que lo hemos abandonado. ¿Crees
que lo dejaría solo siquiera diez minutos?». Dejo caer el top sobre la arena.
Conor tuerce los labios, pero empieza a quitarse las sandalias. «¿Puedo señalar
que no llevas bañador?».
Me miro. Efectivamente, es un bralette. El encaje blanco me va a sentar de
maravilla a la hora de disimular mis pezones. «No hay nadie cerca. Y no es nada que no
te enseñaría».
Nuestras miradas se cruzan, y yo estoy preocupada por Tiny, impaciente, pero
sonrío.
Y él también.
Hay un momento, un momento en el que su camiseta se despega de sus
abdominales y su pecho, en el que engancho los pulgares bajo mis pantalones cortos y
tiro de ellos hacia abajo, un momento tan dolorosamente familiar que casi parece un
cliché.
Dos personas que se gustan, una frente a la otra, quitándose capas.
Dos amantes que luchan por desnudarse porque necesitan tocarse, sentir, ahora.
Una mano que ayuda, que desata una corbata, que abre una cremallera.
Es un cliché. Y me llena de más anhelo del que creía capaz.
Me detengo, mareada.
Los movimientos de Conor se ralentizan.
«Es una locura, ¿verdad?», dice en voz baja.
«¿El qué?».
«Tú. Esto. Lo que podría...» Lo que podría ser. No lo dice, pero sé que lo está
pensando. Si tan sólo yo no fuera tan joven. Si él no estuviera confundido. Si sólo
pudiera funcionar.
Puede, quiero gritar. Funcionará. Pero él está en calzoncillos, y ya está diciendo:
«Yo voy primero. Asegúrate de quedarte cerca».
«¿Por qué?».
«Para poder ahogarte, claro».

178
Me río.
«Solo debería haber unos metros de profundidad, pero si hay una corriente rara
solo dame un toque y...».
«Sé nadar, Conor».
«Lo sé. Veinte estilo libre, veinte espalda, diez braza».
Me quedo mirando, confusa. Luego me doy cuenta de que se refiere a mi rutina
matutina. Desde hace un par de días. Contaba cada vuelta.
Aprieto los labios temblorosos. «¿Pusiste una alarma para espiarme?».
«Simplemente me despierto. Es como si mi cuerpo supiera dónde estás en cada
momento». Sonríe, un poco melancólico. Su dedo empieza en mi clavícula, recorre mi
hombro, desciende por el pequeño bulto de mis bíceps.
Me estremezco.
«Quédate cerca», repite.
Y entonces se sumerge.

NADO RÁPIDO. Salvo por un breve tramo justo en la parte central del banco de
arena, apenas cumple los requisitos. En menos de un par de minutos estamos en la
isla, y Tiny...
Tiny, que realmente está poniendo a prueba mi paciencia, ladra varias veces y
luego desaparece detrás de un muro de piedra.
«¡Tiny, espera!» Pero no lo hace. «Bueno, joder».
La isla es algo sacado de una película, hecha de grandes rocas apiladas unas
sobre otras, serpenteando verticalmente hacia una casa histórica. Frondosos y
resistentes, los árboles crecen por todas partes: sobre y entre las rocas, a través de los
desiguales caminos de piedra, por las laderas del acantilado, dentro de cuevas ocultas.
Mi guía de viaje tenía unas cuantas páginas sobre la historia del lugar, y sé que en el
siglo XIX, una conservacionista se enamoró de él y decidió construir una pequeña villa
en su centro. No se limitó a conservar la vegetación que ya había en la isla, sino que
también plantó especies no autóctonas.
Quizá por eso parece un poco fuera de lugar, y mucho menos civilizada que el
resto de la costa jónica. Los lugares que hemos visitado hasta ahora, los restaurantes y
lugares emblemáticos, e incluso Villa Fedra, con sus cuidados céspedes en terrazas y
sus cuidadas arboledas, son ordenados y sofisticados. Isola Bella, en cambio, es una
selva colorida y enmarañada, una reserva natural repleta de arbustos, suculentas y

179
flores exóticas que nunca se encontrarían más allá de los confines del banco de arena.
La isla es ahora propiedad del gobierno siciliano, pero incluso con un mantenimiento
constante, todo parece demasiado crecido y apretado. Es como si la flora se negara a
dejar de extenderse para que los simples mortales podamos acceder a sus maravillas.
Isola Bella es un jardín del placer que no se puede contener.
«Dios, echaba de menos este lugar», dice Conor, en voz baja a pesar de que
estamos solos. Tuvo el excelente tino de llevar mis chanclas y sus Birkenstocks. Las
rocas del suelo son afiladas. Sin ellas, nuestros pies se harían trizas.
«¿Es posible que no esté abierto a los visitantes?» Tenía la impresión de que
podríamos adentrarnos en la isla, pero diviso una puerta tallada en el interior de la
roca y un cartel de venta de entradas. Alrededor de la puerta crecen buganvillas rosas
y moradas. Por desgracia, no podemos llegar hasta ella. Porque está más allá de una
puerta de hierro cerrada.
De alguna manera, también lo está Tiny.
«Creo que toda la zona podría estarlo. La mayoría de la gente llega aquí a través
del teleférico», dice Conor, señalando detrás de nosotros las góndolas aparcadas a lo
largo de toda la colina. «Hoy parece que no funcionan».
«¿Por el volcán?» La columna de humo y fuego del Etna es claramente visible
desde donde estamos. De vez en cuando, incluso gruñe.
«Eso, o porque se supone que hay tormenta».
«Mierda». Miro la puerta. Es más baja que yo, y escalarla sería pan comido, si no
fuera por esas afiladas picas de la parte superior. «¿Crees que podemos...?».
Las manos de Conor ya están alrededor de mi cintura, levantándome por encima
de los barrotes de hierro. Me veo brevemente empalada en una o más de las picas,
riachuelos de sangre que se mezclan con pequeños trozos de entrañas mientras
gotean fuera de mí. Me preparo para gritar, llorar, tal vez vomitar sobre Conor. Pero
antes de que tenga la oportunidad, él me deposita al otro lado y se une a mí con un
simple y elegante salto.
Respiro hondo un par de veces y le miro mientras se limpia las manos en los
calzoncillos, intentando no quedarme mirando. Estar aquí, sola, con él. Lo ilícito de
traspasar una propiedad privada. El hecho de que los dos estemos casi desnudos. Todo
junto, es... mucho. «Me impresiona tu atletismo, viejo».
Su mirada es fulminante. «Cuando mis articulaciones geriátricas requieran
cirugía, me aseguraré de facturar a tu seguro».
«Todavía estoy en el de Eli, que está en el de Harkness.» Me doy cuenta de algo.
«Lo que significa que tú pagas mis anticonceptivos. ¿No es fascinante?».
Gruñe, sin compromiso. Murmura algo sobre la superioridad de la sanidad
universal.
Me ajusto el tirante retorcido del bralette y añado: «Puedes empezar a sacar
partido a tu dinero cuando quieras».

180
Tardo mucho más de lo que debería, pero detecto el momento exacto en que me
doy cuenta de lo que quiero decir. Está demasiado... desnudo, para ocultar la forma en
que cada uno de sus músculos se tensa.
«Maya».
«¿Sí?»
Sacude la cabeza bruscamente. «No puedes decirme eso».
«¿En serio?» Inclino la cabeza. Le hago hoyuelos. «¿Hay alguna ley, o algo así?».
No espero respuesta antes de darme la vuelta. «¡Tiny! ¿Tiny? Ven aquí, cariño».
Empieza a lloviznar. Seguimos caminos trillados, trepamos por un par de rocas
cada vez más resbaladizas y pronto se hace evidente que Tiny se está divirtiendo
demasiado perseguido por nosotros. Le llamo, pero nunca me hace caso. Puede que Eli
sea su jefe, pero yo soy su igual, y cualquier exigencia que pueda hacerle es poco más
que una cortés sugerencia. «Tiny, ¿podrías venir, por favor?».
No viene. Nos aventuramos hacia el centro de la isla, espantando insectos, y la
lluvia se hace más intensa. Conor camina delante de mí, mirando constantemente
hacia atrás para asegurarse de que no me he resbalado y me he roto el cráneo con un
trozo de roca. Siempre pongo los ojos en blanco, pero cuando tropiezo con una raíz
expuesta, me coge con una mano por encima de la caja torácica y arquea una ceja.
Cuando salimos de un bosquecillo de palmeras, me doy cuenta de que hemos
cruzado toda la isla y estamos mucho más cerca del agua de lo que pensaba. Gruesas
gotas de lluvia empapan mi pelo y el de Tiny. Nunca le ha gustado mucho el agua, pero
se queda quieto cerca de una hendidura en la pared rocosa, ladrando en su dirección.
«Es una entrada», dice Conor. «A una cueva. Una cueva artificial. ¿Ves cómo hay
escalones tallados en la piedra?».
Tiny, que suele bajar rodando las escaleras porque le da pereza andar, se lanza
hacia abajo con la agilidad de una cabra montesa, y nos apresuramos a seguirle. A
pesar de la oscuridad del día, la visibilidad dentro de la cueva es sorprendentemente
buena, ya que la luz se filtra desde una abertura situada más abajo. «¿Es esto una
especie de ...».
«Cueva», dice Conor una vez que llegamos al fondo. Señala el otro extremo de la
misma, donde los arcos de piedra. «Los barcos entran por ahí y atracan aquí».
«Y los turistas suben los escalones para visitar la isla». Asiento con la cabeza.
«Desde aquí se ve la costa. Eso es Villa Fedra».
Tiny vuelve a ladrar, esta vez a un hueco en la pared. Conor y yo intercambiamos
una mirada y él dice por última vez: «Quédate detrás de mí».
Acaricia a Tiny con un Chico malo murmurado que encierra cero disciplina y
mucho afecto. Luego frunce el ceño y se inclina hacia delante para verlo mejor.
«¿Maya?».
«¿Sí?»
Menea la cabeza. «Tengo que retractarme».
«¿Hmm?».

181
«Lo que dije sobre Tiny. En realidad es un maldito genio».
Tiny se hincha de orgullo. «¿Por qué?».
«Porque no estaba huyendo. Nos trajo aquí a propósito».

182
Capítulo 30

El otro perro también es un chucho, pero mucho más pequeño, y nos tiene tanto
miedo que su pequeño cuerpo cubierto de pelos no deja de temblar. Conor y yo
tardamos muy poco en sacarlo del hueco de la pared, pero todo el tiempo Tiny nos
mira fijamente, como un supervisor impaciente que desconfía claramente de su
personal.
«Es un él, creo», le digo a Conor. «¿Verdad, guapo?».
La última parte es una mentira descarada, tan obvia que Conor levanta una ceja
divertido.
«Oh, cállate», digo, conteniendo una sonrisa. Quizá no sea el ideal platónico de
la belleza canina. Su prognatismo podría interferir con la masticación, y uno de sus ojos
es más grande que el otro. Es a la vez esquelético y fornido, demasiado ancho para su
longitud y cómicamente diminuto de cabeza. Sus orejas rojas y caídas son un
espectáculo. Y..: «Algunos de nosotros valoramos más el temperamento que el
aspecto», le digo a Conor después de que el perro deje de esconderse detrás de Tiny,
se acerque a mí para olisquearme cautelosamente la mano y luego me la lama.
Conor resopla. Pero cuando el perro deja que le rasque la parte superior de la
cabeza, concede a regañadientes que «puede que me esté gustando».
«Pequeño. Mírate, haciendo amigos locales».
«Se parece a ti», murmura, y necesito un momento para darme cuenta de que se
refiere a mi interacción con No Hans.
«¿Crees que lo hizo para ponernos celosos?».
Siento el peso de los ojos de Conor sobre mí, su confusión desvaneciéndose en el
aire, y tomo conciencia de que realmente no lo entiende. Realmente cree que me iría y
me acostaría con otro. Tienes que saberlo, quiero decirle. Tienes que saber que he
estado enamorada de ti durante tres años más de lo que era prudente.
Pero este es el modus operandi de Conor: me aleja porque fundamentalmente
no cree que yo sepa lo que quiero. En su cabeza, sigo siendo una veinteañera con el
síndrome del objeto brillante. Una en la que no se puede confiar para que tome sus
propias decisiones.
Deprimente, eso es lo que es.
«¿Crees que sigue siendo un cachorro?», pregunta.
«¿Tal vez?».
«Me pregunto cómo lo encontró Tiny».
«Mi guía dice que hay muchos animales callejeros aquí en Sicilia. ¿Quizá se
conocieron en los alrededores de la villa y se vinieron hasta aquí?».
Asiente, pensativo. «Tenemos que llevarlo a un veterinario».
«Lucrezia sabrá a quién».

183
El perro mueve la cola emocionado por conocer gente nueva, por ser libre, por
las manos cálidas que lo acarician. Pero cuando un trueno retumba en la cueva, él y
Tiny se refugian bajo una protuberancia que sobresale de la pared rocosa y se
acurrucan el uno contra el otro.
Conor suspira. «Deberíamos esperar a que deje de llover antes de volver. Y
puede que tengamos que cargar con el cachorro».
«¿Está tu teléfono en la Lambretta?».
Él asiente. «¿El tuyo?»,
«Lo perdí de vista hace tiempo. ¿En mi habitación, tal vez?».
«¿No se supone que tu generación está pegada a los teléfonos?».
«Sí. Y la tuya también. No naciste durante la Gran Depresión, Conor, eres un
millennial. ¿Puedes dejar de actuar como si todos los que conociste de pequeño
hubieran muerto de sarampión?». Entonces noto su sonrisa. Sigo cayendo en esta
mierda. «Que te jodan», murmuro, girándome para inspeccionar la cueva.
Es impresionante. Una gran cámara de un azul envolvente. Las paredes son
rugosas y no excesivamente altas, pero el techo redondeado da al lugar un aspecto
catedralicio. En la boca de la gruta, la lluvia ondula la superficie del mar. Por las grietas
de la roca se filtran chorros de luz y agua en forma de cintas, un ritmo agradable y
relajante, sólo interrumpido por el canto ocasional de los pájaros cuando los
habitantes de la isla se refugian.
Pero donde estamos nosotros, en las profundidades de la cueva, no hay
perturbaciones. Como un capullo, íntimo. La piedra se adentra suavemente en el mar,
y me escabullo para dejar que mis pies se remojen. Los peces se alejan rápidamente,
confundidos por la intrusión, y no puedo evitar reírme. Puede que estemos atrapados
aquí, pero...
«No estoy enfadada», digo.
Cuando Conor me mira extrañado, me meto en el agua. Empieza siendo poco
profunda, pero se hace más profunda de lo que esperaba. Pronto, mis pies no tocan
fondo. Sumerjo la cabeza, echo hacia atrás mis rizos aplastados y me lavo la suciedad,
el sudor y el temor de haber perdido al perro de mi hermano.
No espero que Conor se una a mí, ni que se acerque tanto como lo hace. Y sin
embargo, aquí estamos. Estudiándonos el uno al otro mientras él me observa
mantenerme a flote, las sombras teñidas de añil jugando en los huesos de su cara.
«No me lo puedo creer», le digo.
«¿Qué?».
«Anoche me hiciste venir, y ni siquiera me desperté con tu acostumbrada nota
de Ha sido un error». Hago un mohín. «Creía que era algo muy nuestro».
Es una broma. Una divertida, diría yo. Pero sus ojos se vuelven láser. «¿Te
arrepientes...?».

184
«No», digo con fuerza. Sacudiendo la cabeza, nado hacia el borde hasta que mis
pies encuentran tierra firme. Me siento en la roca y me reclino, observando cómo
Conor no confía en mí respecto a mi puta vida interior.
«Si no quieres...».
«Conor, por favor». Encuentro su mirada con una expresión firme y divertida.
«Sé que es pedir mucho, pero hazme el favor de no explicarme mi consentimiento».
Sus ojos se desvían hacia el cielo, pero sube también. El agua apenas le roza la parte
superior de los muslos. «Me gustas así», bromeo.
«¿Cómo?».
Señalo su cuerpo. Los calzoncillos pegados a su piel. El contorno grueso contra el
algodón. «Cuando no puedes ocultar que me deseas».
«Siempre te deseo, Maya. Y nunca se me ha dado bien ocultarlo».
Mis dedos se enroscan contra la piedra. «La mayoría de la gente, incluidos tus
amigos más íntimos, no tienen ni idea», digo, recordando lo que Minami me dijo
anoche.
Su bufido resuena en las paredes.
«Por otra parte», continúo, «llevas mucho tiempo dándoles lo que querían ver,
¿no?». Me echo hacia atrás. Cruzo las piernas. Por primera vez desde que pisamos la
isla, me miro. Realmente tiene una vista excelente de mis tetas. Y de todo lo demás.
«¿De verdad crees que soy una niña mimada?».
Hace una mueca de dolor, como si la conversación que mantuvimos el primer día
también hubiera sido una espina fea y dolorosa para él. «Creo que eres impaciente.
Creo que puedes ser despiadada cuando se trata de conseguir lo que quieres. Y dada la
mano que te ha tocado jugar, tienes todo el derecho a serlo». Se humedece los labios.
«No creo que seas infantil. Y aunque lo fueras... Eres joven. Tienes mucho espacio para
crecer. Y...». Una larga, larga pausa. «No importa, Maya. Porque me gustas como
eres».
Sonrío. «Es bonito, cuando te permites tratarme como si fuera una mujer
adulta».
Mueve la mandíbula, como si estuviera debatiendo algo dentro de su grueso e
inflexible cráneo. «A mí también me gusta», dice al fin, arrodillándose frente a mí. La
mitad inferior de su cuerpo está sumergida. «Es lo que más me gusta del mundo».
«¿Qué cosa?». Exhalo. Dejo que despliegue mis piernas como si fuera una
muñeca y me elija una postura. «¿Reconocer verdades biográficas?».
Menea la cabeza. Se inclina y me mareo. No puedo pensar cuando su lengua
hace eso: lamer las gotas de agua salada de mi piel, encontrar un pezón lleno de
piedrecitas a través del encaje transparente. «Fingir. Que esto podría funcionar. Dios,
Maya».
«¿Qué?».
«No debería tocarte».

185
Mi mano encuentra su mejilla. «Creía que tu pequeña y extraña regla de
seguridad era que tú podías tocarme y yo no podía tocarte».
«Joder». Su respiración es rápida, fuerte incluso con el golpeteo de la lluvia.
Siento su frente contra mi vientre. «Como he dicho», murmura, doblando mi rodilla,
empujando mi pierna hacia arriba. «Fui un maldito santo durante tres años. Lo tenía
controlado. Sabía exactamente cómo evitarte».
Le paso los dedos por el pelo. Observo cómo me mira. La forma en que la tela se
adhiere a cada centímetro de mi coño. Aún no puede vérmelo, pero puede. «¿Has
considerado no venir a la boda?» Le pregunto.
«Sabes que sí». Sus manos encuentran el interior de mis muslos y me abren
tanto que mis músculos gimen. Me aparta la ropa interior hacia un lado, sin demasiada
delicadeza. Se amontona allí, resbaladiza, justo al lado de mi raja desnuda, y...
Hacía meses que no me afeitaba antes de este viaje. Lo hice antes de venir aquí,
simplemente porque sabía que llevaría bikinis, y ahora me alegro de ello. Dudo que a
Conor le importe, pero me encanta sentir cada pasada de su lengua, cada pequeño
movimiento mientras mordisquea, juega y come.
No es agradable. Otros chicos me han hecho esto, y no eran malos ni mucho
menos. Pero había una delicadeza en ello, lamidas delicadas, toques fantasmales.
Conor gime. Conor chupa. Conor aprieta y muerde y jura. Conor mira, mientras me
come, como hacen otros hombres cuando se la chupo.
«Por favor», jadeo, sin pedirle nada salvo que continúe. Es implacable y
despiadado. No puede leerme la mente, ni se salta la incómoda fase de averiguar qué
hacer. Sin embargo, la acorta a un puñado de intentos.
Aprende rápido, y todo eso. Todos esos años en el mundo académico.
«Yo... sí, ahí». Me retuerzo. Me retuerzo contra la roca aunque me raspe la piel
de la espalda. Levanto las caderas del suelo para encontrarme con su boca. Los sonidos
que me arranca resuenan en la cueva, pero hace tiempo que ya no me avergüenzo.
«Joder», dice, y lo repite cuando me contraigo alrededor del primer nudillo de su
pulgar con una oleada de calor. Se desliza dentro de mí rápidamente y mi coño lo
aprieta, pidiendo más, y... «Joder», vuelve a decir, bajo y prolongado, y me gustaría
poder decírselo, mostrarle lo bien que me siento, pero el orgasmo me sube por la
columna y me envuelve las cuerdas vocales. No hay suficiente aire en el mundo. Mi
cuerpo está hecho de tensión chasqueante y placer suelto y nada más. Así es como la
gente muere y sigue pidiendo más.
«Conor», jadeo al cabo de un rato. Sobre mí, pequeñas estalactitas gotean del
techo. «Tú...».
Me callo, porque él lo vuelve a hacer, con mis dedos tirando de su pelo y mis
talones empujando los músculos de su espalda. Su nariz se frota contra mi clítoris y me
lame hasta dejarme limpia, sólo para hacerme convulsionar de nuevo, y no hay forma
de escapar de este placer, no hasta que suelta un gruñido bajo, apenas ahogado,
contra la parte interior de mi muslo, y decide que soy libre de irme.

186
Entonces me tumbo.
Paso la mayor parte del tiempo convenciendo a Conor de que soy una mujer
adulta, pero ahora me siento como una niña. Una cosa esponjosa e insustancial. Sin
huesos y sin aliento, sin nada que mantenga el tiempo salvo los residuos de placer que
me recorren.
No puedo moverme. Ni siquiera para mirarle a los ojos mientras le pregunto:
«Déjame hacértelo».
Me vuelve a poner la ropa interior en su sitio, e incluso eso me produce
espasmos. Su frente se desliza contra mi vientre, suplicante. Me besa con los labios
cerrados justo debajo del ombligo. Un no silencioso.
«Conor». Le acaricio el pelo corto de la nuca. «Me encantaría chupártela».
Su voz se amortigua contra la piel de mi estómago. «Yo ya...».
«Sé que te corriste cuando yo lo hice». Sus manos se volvieron realmente
ásperas durante un rato. Su gruñido llenó toda la cueva. «Déjame hacerlo de todos
modos. Te gustará».
Se ríe entre dientes. «Estás siendo muy optimista sobre mi capacidad para
levantarla de nuevo tan pronto. Ciertamente no estoy en mi mejor momento».
«¿En serio, Harkness?» Encuentro fuerzas para apoyarme en el codo. «¿Bromas
sobre disfunción eréctil?»
Se encoge de hombros, infantil. Simpático. Se relame los labios, sin insinuarse,
solo con hambre. Se alegra. «Están de moda a mi edad».
«Hmm». No viene hacia mí, así que me obligo a ir hacia él. Me deslizo de nuevo
en el agua. Mis brazos rodean su cuello, sus brazos rodean mi cintura. Apoyo la mejilla
en su hombro y flotamos así, tranquilos, con los cuerpos acalorados enfriándose en el
mar. El ritmo de la lluvia se hace más ligero, más espaciado. Empiezan a entrar rayos
de sol dorados. «No quiero crear expectativas poco realistas», le digo, perezosamente,
«pero creo que disfrutarías mucho teniendo sexo conmigo. Te haría explotar la
cabeza».
«Yo también lo creo. Ya que siempre lo haces».
«Entonces, ¿por qué no me dejas...?».
«Maya.» Una exhalación cansada. «No quiero aprovecharme de ti explotando
nuestra diferencia de edad o el desequilibrio de poder...».
«¿Conor?».
Se detiene. Me mira, paciente.
«En un día cualquiera, ¿cuánto tiempo calculas que piensas en nuestra supuesta
diferencia de poder?».
Intento hacerlo reír. Que se dé cuenta de lo ridículo que es. Pero no rompe el
contacto visual. «Todo el tiempo», dice muy serio.
Se me parte el corazón. Me arden los ojos, porque... mierda.
Mierda.
«Si tan solo...».

187
«Maya, no lo hagas, por favor.
«¿Que no haga qué?».
«No necesito que me la chupes, ni que me vueles la cabeza, ni que me enseñes lo
bueno que sería, porque ya me lo he imaginado todo. Todo lo que quiero es...» Me
acerca aún más. Mi barbilla se apoya en su garganta. «Esto es suficiente. Con tenerte
aquí unos minutos».
No tienes que conformarte con unos minutos, quiero gritar. Estoy aquí. Estoy aquí
para que me tomes. Puedes tener todo mi tiempo.
«¿Puedo al menos besarte?».
Con calma, dice: «Preferiría que no lo hicieras».
Aprieto los ojos, intentando mantener mi rabia encerrada. Pobre Conor, pienso.
Mi querido fanático del control. Tan temeroso de perderlo.
Pobre Conor, y pobre de mí.
«Vale», digo, estrechando mi abrazo, sintiendo que él hace lo mismo conmigo.
Me gusta pensar que el contacto ayuda. Que su carne susurra a la mía. Todo lo que no
puede decir, todo lo que él nunca dice, todo lo que no quiere decir. Me dejo llevar por
la fantasía de su cuerpo y el mío fugándose juntos. Construyendo el futuro que nunca
tendremos. Se mantendrán despiertos hasta más tarde de la hora de acostarse, irán de
anticuarios durante pequeñas excursiones de fin de semana en la Texas rural,
adoptarán mascotas del refugio local. Me río, que es mejor que echarme a llorar.
Conor se echa hacia atrás, probablemente para preguntarme qué me pasa.
Que es, al segundo, cuando siento un dolor ardiente en la pantorrilla.

188
Capítulo 31

Lucrezia es inflexible: Conor debería orinarme encima.


«¿Perdona?», pregunto tras unos cuantos parpadeos bien medidos. Pero ella
sigue señalándome la pantorrilla, y la traducción de Conor no cambia.
«Insiste en que la orina es el mejor remedio para las picaduras de medusa».
Lucrezia asiente, encantada de haber compartido su sabiduría con nosotros, y
mira hacia donde estamos sentados en el lujoso sofá de terciopelo, quizá esperando a
que Conor se desabroche los pantalones.
«¿Es del mismo buzón de sugerencias que no me dejaba nadar hasta dos horas
después del desayuno?».
«Probablemente. También la pillé la otra noche tirándose sal por detrás del
hombro. Puede que sus consejos médicos no sean los más sólidos».
«Pregúntale esto: Si como una semilla, ¿brotará una planta en mi estómago?».
«Ya lo he hecho».
«¿Qué dijo?».
«Sólo si antes le meo encima».
Me muerdo el labio para no resoplar. Uno de mis rizos se ha secado torcido,
sigue cayéndome sobre la frente, y cuando Conor me lo retira detrás de la oreja, me
olvido de cómo respirar.
«Lo que no acabo de entender es», digo, luchando por mantener la
concentración, «¿por qué tiene que ser tu pis? Soy perfectamente capaz de producir el
mío».
«Quizá tenga más fe en mi puntería».
«¿Es una manía tuya? ¿Te escondes detrás de una pobre anciana para introducir
los deportes acuáticos en nuestra vida sexual?».
Suelta un suspiro, divertido. «No tenemos vida sexual, Maya».
«Qué pena». Hago un mohín y miro a Lucrecia. «No pasa nada. No está nada
mal». Digo con mi sonrisa más brillante, pero ella murmura algo, poco convencida.
«Me ha preguntado si duele».
«Dile: menos que los persistentes rechazos de Conor Harkness».
«Vas a tener que aprender italiano y decírselo tú misma. También quiere saber si
quieres que llame al Dr. Cacciari».
«¿Para orinarme encima?».
Puede que no quiera sonreír, pero oh, cómo falla. «He visto un tubo de loción de
hidrocortisona en el botiquín. Espera aquí. Y no dejes que nadie te mee encima».
«Nunca me dejas divertirme», grito tras él, y luego cojeo hacia Eli, que está
mirando cómo Rue acaricia con cuidado al perro que rescatamos. En su frente hay un
profundo ceño fruncido.

189
«¿Dónde está el veterinario?», le pregunto.
«A sólo cinco minutos. Nos verá dentro de una hora».
«Qué bien».
«El veterinario será desagradable», le explica Rue al cachorro. «Pero a fin de
cuentas inofensivo. Te aconsejo que te dejes llevar por lo que te pidan». Algunos le
hablarían a un animal, pero ¿Rue? No es de esas.
«Quizá, después, deberíamos llevarlo al refugio más cercano», sugiere Eli. Por su
tono, no es la primera vez. O la segunda.
«Pero le rompería el corazón a Tiny», señala Rue. «Ya son muy amigos. Son
inseparables desde que Maya y Hark los trajeron de vuelta. No podemos separarlos».
«Cariño, lo entiendo. Pero no podemos exportar un perro».
«¿Por qué no?».
«Porque estamos a punto de casarnos e irnos de luna de miel».
Rue frunce el ceño, y yo también. Me tiro al suelo, uniéndome al montón que
ella ha formado con los perros. Tomo partido. «Me gustaría recordarte», le susurro al
oído, «que si en algún momento de esta semana no consigues lo que quieres, estás en
tu sacrosanto derecho de ponerte en plan noviazilla».
«¿En serio?».
«Absolutamente. De hecho, creo que sería divertido».
Me mira con ojos grandes y serios. Luego tuerce la boca. «¿Para quién sería
divertido? ».
«¿Para mí? Pero también para Bitty».
«¿Bitty?».
Me encojo de hombros. «¿No sería Bitty el nombre perfecto para el compañero
de Tiny?».
Ella se inclina hacia delante, a la altura de los ojos del chucho. Le sostiene la
mirada unos instantes y luego pregunta: «¿Te gusta? ¿Bitty?».
Bitty lame su mejilla en el más descuidado de los besos, y cuando miro a Eli, sé lo
que está viendo: alguien que hasta hace dos años solía desconfiar de las mascotas,
abogando por tener un segundo perro.
Mi corazón se hincha. No sé qué hace el de Eli, pero estoy dispuesta a apostar
que es unas diez veces más grandioso que el mío, porque dice: «Supongo que ya veré
cómo llevar a Bitty a casa».
Rue le coge la cara con las dos manos y le da un beso demasiado intenso en la
boca.
«No os preocupéis por vuestra luna de miel, chicos. Yo me encargaré de
llevármelo. No tengo ningún sitio al que ir en un futuro próximo».
«Claro», dice Eli en broma, con los labios contra la mejilla de Rue. «Tú sólo te
mudas a California o Boston, buscas un lugar donde vivir, empiezas un nuevo trabajo,
te aclimatas...».

190
«Sí, sí», respondo, pero ya me estoy tambaleando fuera para no escuchar,
subiendo las escaleras con esa bocanada de vergüenza subiendo por mi garganta. Me
recuerda a una época en la que Eli me miraba y sólo veía fracaso. De tener catorce
años y una maraña de pena y rabia y arrepentimiento. Me pesa como hierro en el
estómago, la terrible certeza de que vuelvo a estar a punto de decepcionarle…
«¿Qué pasa, Maya?».
Estoy en el rellano y Conor está delante de mí. Parpadeo, sorprendida por su
repentina presencia. Cuando me toco la mejilla, mis dedos permanecen secos. ¿Cómo
sabe que me pasa algo?
«Nada».
Parece escéptico, pero me enseña el tubo de loción que lleva. «Vuelve al salón,
así...».
«No. Aquí.»
«¿En las escaleras?».
Asiento con la cabeza. Me siento en el escalón más cercano. Extiendo la palma
de la mano. No espero que se arrodille delante de mí y quite el tapón. Soy capaz de
alcanzar mi propio tobillo y, de todos modos, el escozor desaparece por sí solo, pero él
se echa primero el gel en la palma de la mano, calentándolo durante unos segundos.
Por eso, cuando entra en contacto con la piel de mi pantorrilla, su tacto es calmante.
Su tacto es suave y preciso, decidido pero también persistente. Las palmas ásperas,
ancladas.
El peso de mi estómago no desaparece, pero se transforma. Se convierte en otra
cosa. Igual de pesado, pero no tan desagradable.
«¿Conor?».
Me mira. Una de sus manos descansa alrededor de mi pantorrilla. La otra toma el
arco de mi pie. Se cierra sobre mi talón.
«¿Puedo preguntarte algo?».
No dice que sí, pero me pasa el pulgar por el tobillo.
«¿Sabes que Eli y tú casi conseguís vuestros doctorados en STEM? Y luego os
pidieron que dejarais vuestros programas. Y de alguna manera se convirtió en el
catalizador para el resto de vuestras vidas...».
«Me suena, sí».
Trago saliva. «Si tuvieras un hermano menor...».
«Tengo tres, Problemas».
«Bien, bien. Déjame empezar de nuevo. Tú... tú me conoces, ¿verdad?».
Él asiente. No me suelta.
«Si yo fuera diferente de...» Respiro demasiado hondo. Parpadeo rápidamente.
«Si no tuviera las cosas claras. Si yo no fuera tan segura como... Como todo el mundo
piensa. Si yo...» No puedo terminar la frase. Sin embargo, Conor aprieta los labios y por
un instante parece tan disgustado que me arrepiento de todo. De hacer las preguntas,
de venir a Sicilia, de haber nacido, joder.

191
Pero entonces dice: «Dudo que haya nada en todo el universo que me haga
pensar menos de ti, Maya».
Siento un nudo en la garganta. No puedo apartar los ojos de los suyos. «¿Sí?».
Conor se inclina hacia delante. Sus labios, fríos, apenas separados, presionan la
hendidura bajo mi rodilla.
«Sí», dice.

192
Capítulo 32

Bitty es, de hecho, un cachorro. Tiene unos ocho meses, según el veterinario, y
goza de muy buena salud. En los próximos días, le pondrán un número asombroso de
vacunas, y luego...
«¿De verdad piensa llevárselo a EE.UU.?», pregunta el veterinario.
«Si no lo hago, mi prometida podría matarme».
Los ojos del veterinario se dirigen inmediatamente a mí. «Oh, no. No soy la
prometida, soy su...».
«Hija», dice Eli con una sonrisa, pasándome el brazo por los hombros.
«Odio cuando haces eso», murmuro.
«Lo sé. Por eso lo hago». Eli me da un beso paternal en la coronilla, sin darse
cuenta de cómo Conor se pellizca la nariz. Incluso la más antigua de las bromas se
siente diferente, cuando acabas de pasar una buena parte de tu mañana chupándoselo
a la no-hija de tu mejor amigo en una cueva.
No sé cómo hemos acabado así: Eli, Conor y yo, juntos en el veterinario como
una gran familia feliz, y luego volviendo a casa en el siempre presente Fiat rojo.
«¿Puedes bajar la ventanilla?», le pregunto. Después de un comienzo difícil con el
coche, Bitty se sube a mi regazo, mostrando cierto interés por el exterior. «Aquí detrás
no hay botón».
Eli me devuelve la mirada, con el codo asomado por la ventanilla. «Cuando
éramos pequeños, las ventanillas de los coches había que bajarlas manualmente. Y era
un cristal grande».
«Por favor, los chistes de padre no».
«¿No te gustaban?».
«No».
«Estoy destrozado».
Gimo. «Yo, suplicándote».
«Hola, suplicándote. Soy Eli».
«Vale…. Conor, ¿podrías parar, por favor? Bitty y yo vamos andando a casa».
Eli suspira. «Y yo que pensaba que te estabas partiendo de risa».
Cuando volvemos, Paul está en el patio, trabajando con su portátil. Conor se
aparta para atender una de sus importantes llamadas sobre dinero, y Eli y yo
decidimos documentar el descarado reencuentro amoroso de Tiny y Bitty. Llevan
separados menos de cuarenta y cinco minutos.
«Si cambias de opinión, me lo llevo», ofrece Paul al cabo de un rato. «Siempre he
querido un perro».
Levanto la vista de mi obra maestra canina en forma de sesión de fotos. «¿Qué?
No puede ser». Debe de haberme salido un poco agresivo, porque me mira

193
desconcertado, pero no me echo atrás. «Ponte a la cola, Paul. Si alguien que no es Tiny
se queda con Bitty, soy yo».
«Estaría más cerca de Tiny, conmigo», le replica Paul, burlón, coqueto, y yo me
indigno de verdad. Hubo un tiempo, cuando tenía once o doce años y me sentía tan
sola que podía sentirlo en la médula ósea, que soñaba con algún tipo de encuentro
fortuito como el de Bitty. Rescataría una mascota y seríamos inseparables para
siempre.
Las fantasías de la preadolescencia mueren de forma trágica, y Paul no va a tener
este perro. «No, no lo estaría. Además, le gusto».
«California está mucho más cerca de Texas que Massachusetts. Sería más fácil
visitar...».
A su favor, se da cuenta inmediatamente de que ha metido la pata. Debe de ser
mi expresión, la forma en que lo miro como si pensara aspirarle el corazón por la boca.
«Yo... Warren... tuvimos una llamada esta mañana. Mencionó que rechazaste
formalmente la oferta de Sánchez. Supuse que...».
«¿Qué?», pregunta Eli.
Paul se estremece. «Oh, mierda. Lo siento».
No relajo la mirada.
«Yo no… supuse que si me lo estaban diciedo, es que debía de ser el último en
enterarme».
Mis ojos se entrecierran hasta convertirse en rendijas, y él se aleja unos pasos,
claramente aterrorizado de mí. «No puedo creer que estuviera colada por este tío»,
murmuro para mis adentros.
«En tu defensa, eras muy joven», dice Eli secamente. «Ahora, si podemos volver
a la gran decisión vital que olvidaste compartir con la clase...».
«No es así».
«¿Rechazaste la oferta de Sánchez?».
Intento evitar que mi garganta se convulsione. «Iba a... estaba esperando hasta
después de la boda para decírtelo».
«Vale». La ceja de Eli se levanta como si nada de esto estuviera ni remotamente
bien. «¿Pero por qué? ¿Hay alguna razón por la que no querías que lo supiera?».
«Yo... Eli, nunca he dicho que no quisiera que lo supieras».
Parpadea como si yo fuera un enigma custodiando una sala del tesoro. «Yo no...
Pensé que habías superado la etapa de tu vida en la que me ocultas cosas».
«No oculto nada».
Hay un toque de dolor en su breve risa. «Está claro que ocultas algo, ya que me
he enterado de que te vas a mudar a Boston por el hermano de Axel...».
«No me mudo a Boston, y Paul no sabe una mierda». Me estremezco mientras el
fuego me sube por la garganta. Esa combinación de frío y calor con la que estoy
demasiado familiarizada.

194
Eli se cruza de brazos, impaciente, y así es como siempre ha sido entre nosotros.
Mi ira y la suya, alimentándose mutuamente. Estos enfrentamientos ocurrían todos los
días cuando era adolescente. Y ahora... no quiero volver a caer en eso.
«Escucha». Respiro hondo. Otra vez. Cinco veces. «No creo que este sea el mejor
momento para discutir esto. ¿Podemos dar un paso atrás y...?».
«¿Por qué es tan importante, hacerme saber sobre la posición del MIT? Te dije
desde el principio que te apoyaría sin importar...».
«Porque no acepté el puesto en el MIT», casi grito. «Lo aplazé. Llamé a Jack y me
dijo que intentaría mantener mi puesto un año más, pero que eso dependía de la
situación de la financiación en el centro de investigación, y que el puesto en el
Fermilab iba a ser para otra persona. Ya te lo he dicho. ¿Estás contento?».
Eli me mira como si yo tuviera doce años y él hubiera decidido de la nada que ya
no podía ver mi serie favorita porque era demasiado violenta, que tenía que acostarme
a una hora determinada y que no podía salir con mis amigos porque eran demasiado
mayores para mí. Apenas puedo respirar. «¿Qué demonios está pasando, Maya? ¿Por
qué eres tan infantil?».
«¿Por qué me tratas como si fuera una adolescente que necesita mantenerte al
tanto de...?». Estalla un dique y la ira me blanquea el cerebro. Todo lo que veo es rojo.
Sólo oigo los latidos de mi corazón. Esta rabia, a veces siento que es de la que estoy
hecho. Un montón de moléculas carmesí que me atraviesan y no dejan más que
resentimiento. «¿Sabes qué, Eli? Que te jodan. No voy a dejar que me hables así».
Me alejo, bajando las escaleras del patio, odiando a Eli, odiando a Paul y, sobre
todo, odiándome a mí misma por la forma...
Algo bloquea mi camino y casi tropiezo.
Cuando miro hacia abajo, veo el antebrazo de Conor. Me aprieta el vientre como
un maldito torniquete.
«Si no me dejas ir...».
«Maya».
«Conor. Si tú...».
«¿Puedes concentrarte en mí un segundo? ¿Por favor?».
Lo hago. Poco a poco, el resto del mundo -las olas, el chillido de las gaviotas, los
juguetones mordiscos de Bitty a Tiny- retrocede.
«¿Qué demonios está pasando?». pregunta Eli, pero viene de lejos. Es fácil de
ignorar.
«No voy a obligarte a quedarte aquí», murmura Conor, inclinándose hacia mi
sien. «Pero me has dicho varias veces que cuando te enfadas con alguien a quien
quieres, a menudo desearías que se te ocurriera respirar hondo».
Parpadeo. Tardo un momento, pero logro captar el significado de sus palabras
por encima del tóxico y agudo torrente de mi sangre.
Dudo. Asiento una vez, bruscamente.
«¿Quieres mirarme a los ojos?», me pregunta.

195
Lo hago, hosca. E inmediatamente me siento... en tierra. «Cuando aparezca la
ira», me dice siempre mi terapeuta, «concéntrate en las cosas que te rodean.
Nómbralas. Trata de estar más en tu cuerpo y menos en tu cabeza». Y veo a Conor.
Veo la balaustrada. Veo el océano, y el romero, y el Fiat rojo, y este hermoso lugar
donde mi hermano nos reunió para su boda...
«Está siendo un imbécil», digo, duramente.
«Sí. Lo está siendo».
Me muerdo el labio.
«Pero tampoco estás siendo del todo razonable».
Cierro los ojos.
Tras unas cuantas vueltas de las olas contra la orilla, Conor añade: «Desde fuera,
esto parece la reacción exagerada de dos personas. Eli y tú no sois enemigos».
Es así de simple, de verdad. Quiero tanto a Eli, y...
Me doy la vuelta. Mi hermano mira entre Conor y yo, claramente desconcertado
por nuestra interacción. Pero ahora que pienso con más claridad, puedo distinguir las
distintas emociones en su cara. Irritación, sí, desde luego. Enojo. Pero también
preocupación y ansiedad. Sobre todo, confusión.
Respiro hondo. «Lo siento. No pretendía ser...».
Sacude la cabeza. «No, yo tampoco. No pretendía actuar como...».
Nuestras frases oscilan sin rumbo entre nosotros. Si fuéramos menos testarudos,
nos reiríamos de nosotros mismos y del otro.
«¿Puedes decirme qué está pasando? Estoy...» Ensancha los brazos.
«Preocupado. No porque crea que eres una niña. Porque no lo entiendo».
No pasa nada. No tengo quince años. No acabo de pegarle a un tío que se me
insinuó porque «las locas dan caña». Eli no está tratando de castigarme. Está de mi
lado. «No lo quiero, Eli. Ahora mismo no. Quizá nunca».
Él asiente. Aunque pregunta: «¿No quieres...?».
«Tampoco. Es que... aún no estoy segura. No sé si quiero estar en el mundo
académico, porque no me gusta. Es un entorno competitivo, de mucha presión, con
plazos muy ajustados, que a veces parece más dirigido a perpetuarse que a cualquier
tipo de mejora científica. Los científicos apenas pueden hacer su trabajo, y muchos de
ellos parecen desgraciados, y si sólo tengo una vida, ¿no debería pasarla haciendo algo
que me dé alegría?». Me rasco la frente. «No es que un puesto en una empresa sirva
para eso, ya que tiene todos los inconvenientes del mundo académico, además del
maldito hecho de que a veces no hay lugar para consideraciones éticas o para evaluar
el impacto social de...». Me detengo. Me froto la cara con una mano. Espero a
calmarme antes de decir: «Tuve dos grandes ofertas. Y sé que estabas orgulloso de mí
por ello. Pero ninguna de las dos es lo que quiero. Ahora mismo no. Simplemente... no
estoy preparada para comprometerme con ninguna de las dos carreras, todavía».
Eli parpadea. «Maya, si... si necesitas tomarte un tiempo libre, puedo
ayudarte...».

196
«He aceptado otro puesto. Antes de venir aquí. Y por primera vez en meses,
estoy realmente emocionada por el año que viene».
«¿Qué puesto, Maya?».
«Daré clases en un colegio de primaria». Trago saliva. «Tengo el título y...».
Eli parece totalmente perdido. Y Conor... No le miro, pero noto que sus ojos me
atraviesan.
«¿Dónde?».
«En Austin».
«¿Te vas a quedar en Austin?».
Asiento con la cabeza.
«¿Se trata de...?». Mira a Conor y, vaya, tengo que volver a respirar hondo.
«No, Eli. Pero es bueno saber que crees que cambiaría toda mi vida por un tipo
que apenas sabe que existo...».
«No, yo...» Extiende las manos. Bandera blanca. «Tienes razón. Eso estuvo fuera
de lugar, y lo siento. Supongo que no entiendo... Nunca mencionaste querer... ¿Por
qué?».
«Porque sí. Porque... quiero intentarlo. Porque suena gratificante y divertido.
Porque el mundo necesita maestros. Porque me gustan los niños. Porque me encanta
la idea de ayudarles a entusiasmarse con algo que a mí me entusiasma. Porque quiero
sentir que cada día tiene sentido. Porque... Escucha, no sé si eso es lo que quiero hacer
el resto de mi vida. Quiero decir, parece difícil. Puedo terminar siendo terrible en ello,
pero...».
«No».
Parpadeo. «¿No?».
«No. Se te daría genial». Eli suena seguro. Casi desdeñoso. «¿Tenías miedo de
que no pensara eso? ¿Por eso no lo mencionaste antes?».
«No, te lo habría dicho. Después de la boda. Si» -miro a Paul, que al menos sigue
pareciendo mortificado- «alguien no me hubiera delatado».
«'Delatado' no me parece la palabra adecuada para...».
«Cállate, Paul», decimos Eli y yo al unísono. Luego me explico: «Te lo habría
dicho. No estaba segura de si te decepcionaría, así que iba a esperar hasta después de
la luna de miel».
«Maya, ¿cómo iba a decepcionarme?». Se acerca y parece realmente divertido.
«¿Te he dado alguna vez la impresión de que los profesores no me parecen valiosos, o
dignos de elogio, o sinceramente heroicos?».
«No, no. Pero tú mismo lo has dicho, siempre estás presumiendo de mis
investigaciones. A veces siento que quieres que yo sea lo que tú no fuiste capaz de ser.
Y me asusta, la idea de que si no me convierto en científica...».
Eli se ríe. Se acerca lo suficiente como para rodearme los hombros con las palmas
de las manos. «Maya, estoy orgulloso de ti. Pero no de tus títulos, ni de tus premios, ni
de tus títulos. Estoy asombrado de quién eres; la palabra clave es quién eres, no lo que

197
haces. No importa si ganas un Premio Nobel de Física o te conviertes en lanzadora de
jabalina, seguirás siendo la misma persona». Me pellizca la mejilla como solía hacer
cuando era niño, y...
No me importa demasiado. De hecho, es bastante agradable.
«Yo quería ser científico, y no funcionó. Pero si no quieres ser científico... no me
importa. Saber que haces lo que quieres es todo lo que necesito. Deberías tomar
decisiones pensando en tu propia felicidad, no en un deseo vicario centrado en mí».
«¿En serio?».
«De verdad. Y quiero que te quedes en Austin».
«¿En serio?».
«Sí. Cuando estabas en Suiza, Rue y yo no parábamos de decir lo mucho que te
echábamos de menos».
«¿En serio?».
«Sí. No porque te queramos, o porque sea divertido tenerte cerca. Es que
necesitamos a alguien que pasee a las docenas de perros que estamos adquiriendo. Y
que cuide de las plantas». Sonríe. «Mano de obra barata».
Asiento con la cabeza. La esperanza me calienta el estómago. «Entonces,
¿estamos bien?».
«Estamos muy bien».
Sonrío. Eli también lo hace y me abraza como un oso.
Se aclara la garganta. «Vale, me alegro mucho de que mi metedura de pata
accidental os haya llevado a tener una charla tan bonita, pero...».
«Cállate, Paul», decimos Eli y yo.
Esta vez, Conor también se une.

198
Capítulo 33

La erupción del Etna sigue su curso; el aeropuerto permanecerá cerrado, como


mínimo, durante las próximas veinticuatro horas; a pesar de las continuas amenazas
de Nyota, Rue aún no tiene vestido; la organizadora de la boda de Eli rompe a llorar
durante la llamada de Zoom y pide que la sustituyan; el dueño de la pista de patinaje
sobre hielo donde Rue, Eli y yo solíamos patinar, y que se supone que oficiará la boda,
nos informa de que tiene demasiado miedo a la lava que se escurre hacia Catania
como para volar hasta allí.
Con todo, es la noche perfecta para una cata de vinos.
Salimos al atardecer. Los viñedos son preciosos, más aún con el manto púrpura
del crepúsculo. La banda en directo es instrumental y jazzística, suave y melódica de un
modo que calma mi creciente ansiedad de que esta boda no pueda celebrarse. El
vino...
Me esfuerzo mucho por no mostrar mi verdadera opinión, pero me aferro a mis
creencias más profundas: todos los vinos saben igual, y ese sabor es a uvas podridas.
«Se supone que ni siquiera tienes que bebértelo», dice Nyota, intentando
desesperadamente convertirme en una persona con más clase. «Lo dejas pasar por la
boca, saboreas el final y el regusto, y luego lo escupes».
«¿Así que tengo que sufrir por el sabor de mierda, y sin alcohol? No soy lo
suficientemente sofisticada para eso».
«Compórtate», me grita, «¡o no te llevaré conmigo como acompañante cuando
me convierta en lobista de Big Grape!».
Encuentro a Conor en una de las mesas redondas del patio, sentado con Sul, y
me acomodo a su lado. Se ríen de alguien que conocen y que podría ir a la cárcel por
una mierda financiera, y bromean sobre la relación entre los retiros de ayahuasca y la
capacidad de un director ejecutivo para maximizar el valor para los accionistas.
Entonces Avery y Diego se unen a nosotros, y cambian al tema sobre la guardería de
Kaede, a uno de sus analistas que sale de su relación de poliamor después de cinco
años, al dolor lumbar, los fondos de jubilación, la Super Bowl. La forma en que los
jóvenes de hoy en día no saben escribir en cursiva.
Entrelazo las manos, las apoyo con el respaldo de la silla, reclino la cabeza sobre
ellas y observo cómo sucede todo. Puede que no tenga mucho que aportar, pero esto
es divertido.
«Juro por Dios», dice Diego, «que los nuevos becarios no saben firmar un
documento».
«Los nuestros se quejan de que no saben leer mi letra. Putos críos». Conor
sacude la cabeza. Luego me mira. «No te ofendas».

199
«No me ofendo». Sonrío dulcemente. Bajo la mesa, le rodeo el muslo con la
mano. «Siéntete libre de empezar a hablar de lo bajo que te cuelgan los testículos
últimamente».
Avery escupe su vino. Sul está muy cerca de atragantarse con su trozo de queso,
así que le doy una palmada en la espalda mientras me dirijo a ver a Nyota, que está
acurrucada con Tisha.
«Vale, entonces». Tisha levanta los dedos y empieza a contar. «Primero: joder.
Segundo: mierda. Tercero: coño».
«Esperaba que siguieras con las aliteraciones». Nyota me mira, sacudiendo la
cabeza. «Una fuente de desilusiones, hermana».
«¿Qué ha pasado?»
«Tenemos problemas», explica Tisha. «Nuestros padres nos acaban de decir que
ya no van a venir en avión. Y se encargaban de traer el regalo que le compré a Rue, ese
collar de esmeraldas superbonito que parece una hoja. ¿Qué se supone que debo
regalarles ahora?».
«Podría prestarte el imán de tres patas que me regaló Maya», ofrece Nyota.
«Oh, cállate. ¿Qué le vas a regalar a Rue?».
«Un follow. En Instagram».
Silbo. «Chica con suerte».
«Lo sé». Nyota da un sorbo a su rosado. «Pero es solo a modo de prueba. La
primera vez que publique una foto de una cordillera con una cita inspiradora
superpuesta, la bloquearé».
«Con Rue estás a salvo», la tranquilizo.
«¿Tú me sigues, Ny? Soy tu maldita hermana».
«No, online no. No hasta que empieces a cuidar tu perfil. Por el amor de Dios,
deja de usar hashtags como si estuviéramos en 2014».
Estoy preocupada por Rue, así que voy a buscarla. El edificio principal de la
bodega tiene un precioso balcón a modo de porche que lo envuelve. Me dirijo a la
parte trasera y es entonces cuando la encuentro: sentada en un banco en el viñedo de
abajo, frente al Etna mientras los naranjas y rojos se escurren lentamente desde el
cráter más alto. Eli está con ella, con un brazo alrededor de la cintura.
«Dios», murmuro.
«¿Qué?», pregunta Conor. De alguna manera, su repentina aparición no me
sobresalta.
«Míralos. Se quieren una barbaridad. Sólo quieren casarse, y el maldito magma
subterráneo no es lo bastante denso para permitírselo».
«¿No es al revés?».
«¿Qué?».
«¿No es el magma subterráneo demasiado denso?».
«El magma tiene que tener suficiente flotabilidad para subir a la superficie».

200
«Creía que el factor principal eran las burbujas de gas que...». Sacude la cabeza.
Se ríe mientras se inclina hacia delante, con las palmas contra la barandilla.
«¿Qué?».
«No puedo creer que estuviera discutiendo contigo sobre dinámica de fluidos».
«Yo tampoco. ¿Te enseño el Nasdaq?».
«Y también sobre mis testículos que cuelgan». Me mira con severidad, tratando
desesperadamente de fingir que no le ha gustado cómo le he insultado. Me siento
contra la barandilla, de cara a él, para ponérselo aún más difícil.
«¿Debería haber hablado de tu doctorado?».
«Nunca me doctoré».
«No seas modesto, Conor. Tienes una polla enorme».
Una mirada pensativa. «Realmente eres», reflexiona, «una amenaza constante».
«Lo intento».
«¿Estás borracha?».
«No. El vino tiene demasiada uva. ¿Y tú?».
Menea la cabeza.
«¿Cuál es tu excusa? No eres uno de nosotros, la masa ignorante. Te gusta el
vino. Tienes un paladar refinado. Maridas bien y...». Me enderezo, sin poder creer que
se me haya pasado esto por alto. «No estás bebiendo».
Mira a su alrededor, como para destacar la ausencia de una copa. «Qué
observadora eres».
«No, no ahora mismo. Ya no bebes. No te he visto tomar un sorbo de alcohol
desde que llegaste».
Su mirada parece preguntar: ¿Quieres un premio por darte cuenta?
Y sí, lo quiero. También quiero: respuestas. «¿Pero tú no eras...?».
«¿Un alcohólico? No. No creo que lo fuera. Pero llegó a ser demasiado».
«¿Cuándo?».
«Hace unos meses».
Se me hace un nudo en la garganta. «¿Unos diez o así?».
Una pausa. Él asiente, en silencio, y yo tengo que apretar el puño. Lo único que
quiero en el mundo es que me dé permiso para acercarme y besarle. Casi lo hago, pero
añade: «Pensé que sería mejor tomarme un descanso. Nunca me he gustado mucho
cuando he bebido. Las cosas que decía... Podían ser bastante crueles».
Me identifico. Ha habido aproximadamente diez mil veces en los últimos años en
que no me he gustado a mí misma. Nueve mil novecientas de ellas, estaba enfadada y
dije algo injusto a alguien que no se lo merecía. «¿Lo echas de menos?».
«¿Odiarme a mí mismo, o beber?»
«Cualquiera de las dos cosas, supongo».
«Echo de menos el alcohol... a veces. A menudo, incluso. Aunque esta semana
no».
«¿Por qué no?».

201
La mirada que me lanza prácticamente me suplica que siga. Vamos, Maya. Tú
sabes por qué. Usa tu cerebro de recluta de primera.
«Para compensarlo, todavía me doy muchas oportunidades para odiarme a mí
mismo».
«Me alegro de que te hayas ocupado de eso. Si necesitas ayuda...».
«No te preocupes, Maya. Sigues siendo la reina de mis arrepentimientos».
Un dolor sordo se extiende por mis huesos. Pero él sonríe, como si quisiera
convertir esto en una broma, en nuestro habitual tira y afloja, y...
«Bailemos», le digo. La música es tenue, el balcón está mal iluminado y no creo
haber bailado música lenta en toda mi vida. Aun así, tiro de él.
«Maya, no es una buena...».
Pero ya lo estamos haciendo. Le rodeo la cintura con los brazos, nos
balanceamos y, al cabo de un momento, él también me abraza. Incluso más fuerte que
yo a él.
«Hola», digo en su camisa.
«Hola, Problemas». Sus labios encuentran la parte superior de mi cabeza.
Permanecen. Apenas nos movemos, esto no es bailar, es un abrazo. Pero puedo fingir,
si es lo que necesita.
Entierro mi cara en su pecho, y digo: «Gracias por lo de hoy. Con Eli».
«De nada». Su mano acaricia mi pelo. «Los dos os habríais calmado solos, con el
tiempo».
«Cierto. Pero estuvo bien, no perder medio día resentida con él. Mi terapeuta
estaría orgulloso de ti».
«El mío también estaría orgulloso de mí».
Me río. Agarro el algodón de su camisa. «¿Conor?».
«¿Sí?».
«De verdad...»
«Eh, Hark, los coches están...» Avery se interrumpe al doblar la esquina del
balcón. Su expresión cambia de divertida, a confusa, a dolida.
Traicionada.
Pongo un poco de espacio entre Conor y yo, pero es demasiado tarde.
Se aclara la garganta. «Los coches se irán pronto», dice. Luego gira sobre sus
talones y se va.

202
VOLVEMOS a la villa.
El cielo está negro, sin estrellas, excepto por el Etna, que escupe pequeñas
llamaradas de fuego y luego grandes olas de humo. Todos hacen bromas sobre
Mordor. Paul menciona el Apocalipsis. Axel pregunta qué es Mordor. Avery se ríe
demasiado alto.
Esto tiene un sabor prehistórico. Hermoso, sí, pero también un recordatorio de la
insignificancia de nuestras pequeñas vidas. Las entrevistas de trabajo, los certificados
de matrimonio, los niveles normales de hierro, las prórrogas fiscales, los quince años
de diferencia de edad e incluso la doctrina Friedman... ¿tienen importancia cuando la
Tierra chisporrotea fuego como un dragón gigante?
Echo un vistazo a Conor, pero no me mira. Seguro que no vamos a volver a
nuestras respectivas habitaciones. El mundo se acaba. Sauron podría apoderarse de la
Tierra Media. Pero Minami le aparta. Hablan junto a la piscina, claramente
preocupados por Eli y Rue y por la boda, y yo no tengo una buena excusa para
holgazanear. Subo las escaleras hasta mi habitación y casi me da un ataque cuando
encuentro a mi hermano en la silla tapizada junto a mi escritorio.
«¿Por qué tengo recuerdos de aquella vez que me escapé después del toque de
queda y volví y te encontré sentado en mi cama?».
Se ríe entre dientes. Después de nuestra pelea, me siento más relajada con él
que en mucho tiempo. «Y seguías insistiendo en que habías salido a correr».
«Sí».
«Apestabas a hierba y llevabas una minifalda vaquera».
«Ah, claro». Me río. «Entonces puede que no».
«Por eso te castigué un mes. Por curiosidad, ¿dónde estabas?».
«Hmm. Creo que por aquel entonces salía con un chico cuya hermana mayor iba
a la UT. Ella nos metía en fiestas en los dormitorios todo el tiempo».
Asiente como si hubiera resuelto un antiguo misterio. «Entonces tal vez esa es la
razón por la que te estoy recordando esa noche». Suspira. «Maya, creo que tenemos
que hablar de Hark».

203
Capítulo 34

Es inquietante la facilidad con la que vuelvo a caer en mis tácticas adolescentes,


como si el instinto de mentir, desviar, omitir quedara incrustado en mí para siempre.
«¿Qué pasa?». Pregunto, moviendo los ojos inocentemente. «¿Algo que deba saber?».
Eli me dirige una mirada tranquila y oblicua. Dura lo suficiente para que me
pregunte: ¿Qué demonios estás haciendo?
«Lo siento. Eso estuvo fuera de lugar. Empecemos de nuevo: ¿qué pasa con
Conor?».
La lengua de Eli se pasea por su mejilla. Claramente, vernos interactuar durante
la pelea debe haberle dado que pensar. «Sabes, por un momento me pregunté si
fingías que te gustaba porque disfrutabas viéndome retorcerme».
«Eso fue sólo una agradable ventaja». Sonrío. «Vale, antes de que empieces con
el rollo del hermano mayor sobreprotector, permíteme que te haga un breve resumen
de los hechos: Todo es consentido. Yo lo inicié. Él No se está aprovechando de mi
juventud. No me está rompiendo el corazón. No está...».
«¿Lo está haciendo?».
«…usando su considerable influencia para... ¿Perdón?».
«¿Le estás rompiendo el corazón?».
Es como si un niño travieso estuviera sacudiendo la pequeña bola de nieve en la
que habito, y ahora el mundo está al revés. «Así que... No estás aquí para informarme
de que si esto sigue así, vas a encerrarme en la torre de Rapunzel y golpear a tu mejor
amigo por arruinarme. Estás aquí para decirle a tu hermanita apenas con edad legal,
que sea suave con el hombre rico y mayor».
Eli se lame los dientes. «Dicho así, suena mal».
Asiento, pensativa. Pero digo: «Me parece muy halagador».
«¿En serio?».
«Al menos me estás dando libertad de acción. No sé muy bien por qué te pones
de su lado, pero...».
«Yo no estoy…. no se trata de ponerse del lado de nadie, Maya. Solo me
preocupa el que claramente tiene sentimientos».
Me río. Luego me doy cuenta de que habla en serio. «¿Crees que yo no los
tengo?».
«Yo...» La palma de la mano de Eli dibuja círculos contra su sien. «Él es diferente.
Es diferente. Contigo, quiero decir. Creo que es la forma en que te mira. Nunca lo
había visto así».
«¿Así cómo?».
«Como... Como si pudiera desquiciarse muy rápido». Un suspiro. «En el último
par de años, ha sido muy protector contigo, pero...».

204
«¿Estamos hablando de Conor Harkness?».
Eli me mira como si fuera una niña pequeña desagradecida. «Sí, Maya. Se
preocupa por tu bienestar. Se interesa por tí. Presta atención cuando se habla de tí.
¿Recuerdas ese ordenador tan difícil de conseguir que Minami te regaló en tu
graduación?».
«Sí.
«Él fue quien movió los hilos para conseguirlo. Y...» Eli resopla. «Sabes lo que
siente por UT después de que nos echaran, ¿verdad?».
Asiento con la cabeza.
«El año que te matriculaste, empezó a hacer donaciones a la Facultad de Ciencias
Naturales».
«¿Qué? ¿Por qué?».
«Una de las lecciones que recibió de Finneas Harkness. Compra influencia en
lugares donde puedas necesitarla».
«Yo no la necesité. Entré por mis propios méritos. Eso fue innecesario...».
«Lo sé, y él también. Pero Hark es un planificador. Tiene poca confianza en las
instituciones, o en su compromiso con un comportamiento decente. Y se preocupaba
por ti, así que se aseguró de que en caso de que necesitaras algo, su dinero lo
compraría».
«Yo...» Sacudo la cabeza. «Probablemente sólo quería apoyar la física como
disciplina».
Eli levanta una ceja. «¿Hace dos veranos? Esas estanterías de suelo a techo que
querías en tu habitación?».
«¿Las que montaste mientras estaba de vacaciones con Jade? ¿A pesar de que
me habías dicho que era lo suficientemente inteligente como para averiguar cómo
montar mis propios muebles, y que no podía elegir los roles de género que quería
rechazar, ni dar por sentado que tú harías las cosas por mí por ser mujer?».
«Lo que dijiste, Maya, fue: 'Sólo soy una chica, no sé usar herramientas
eléctricas, tienes que hacer esto por mí', lo cual me negué a aceptar, y... no fui yo».
«¿Qué quieres decir?».
«Hark vino. Las colocó. Pintó las paredes. Limpió el desorden».
«¿Qué? ¿Por qué no me lo dijiste?».
«Porque me pidió que no lo hiciera. Porque dijo que le relajaría, y que lo hacía
sobre todo por sí mismo. Porque acababa de estar con Rue y me costaba pensar en
algo que no fuera ella».
«Tío, eso no ha cambiado».
«No». Suspira. Se frota los ojos. «Hay... cosas, sobre Hark, sobre los últimos años,
que estoy empezando a considerar bajo una luz diferente. Siempre supuse que no
había superado lo de Minami. Cada comportamiento, cada reacción, cada vez que
prefería el trabajo a las relaciones, cada tensión, yo lo atribuía a que seguía
enamorado de ella, pero...» Me mira como si yo pudiera tener una respuesta para él.

205
«¿Has ido a... has ido a él también? ¿Para hablar de mí?».
«Todavía no, pero...».
«No lo hagas, por favor. Él ya piensa que es un viejo pervertido que roba ropa
interior de colegialas. Odia que sea más joven».
Eli sopesa mis palabras. «No es una preocupación irracional, Maya. Estáis en
diferentes etapas de vuestras vidas...».
«¿Y si Rue fuera quince años más joven que tú? ¿O mayor?».
«No lo es. Esa es la cuestión...».
«La cuestión es que encuentras a alguien, y no siempre puedes controlar cómo
va a ir la cosa. Quiero decir, la conociste en una aplicación para ligar».
«Cierto. Y me enamoré de ella. Y durante un tiempo, yo quería una relación y ella
no, lo que no fue una experiencia agradable. Por eso vine a decirte que si estás usando
Hark para divertirte...».
«No lo estoy... me gusta».
«Sé que te gusta, pero...».
«No, Eli. Me gusta».
Un latido. Mi hermano asimila, se reorienta y dice: «Ya veo».
«Hace tres años, mi último semestre en Escocia. Me ayudó». Trago saliva. «Y
luego seguimos en contacto. Durante más de dos años, hablamos casi todos los días.
Como amigos. Y entonces...». Eli espera pacientemente a que continúe. «Antes de esta
semana, hacía meses que no hablaba con él».
«¿Por qué?».
Exhalo lentamente. «Porque todo se fue a la mierda».

206
Capítulo 35

DIEZ MESES ANTES


AUSTIN, TEXAS

Han pasado dos semanas desde que Conor y yo tuvimos nuestra charla nocturna
sobre Alfie, el amor y la relación de Conor con Minami.
No hemos vuelto a hablar desde entonces, lo cual es una novedad en nuestra
amistad. Conor ha estado ocupado, viajando, cubriendo a Eli cuando él y Rue se fueron
de fin de semana largo. Harkness se está expandiendo y sus funciones están
cambiando y la supervisión por objetivos es crucial en esta etapa de transición y bla,
bla, bla.
No me importa demasiado, porque hace siete días le vi en persona. En el
aparcamiento de una iglesia, precisamente. Llevaba un traje de color pizarra de tres
piezas y gafas de sol, y nos miraba con la cabeza gacha mientras nos movíamos
incómodos sobre nuestros pies. Levantamos la vista hacia el campanario y me sentí un
poco mareada ante el recordatorio de que la religión es algo que existe.
«Pareces sorprendentemente a gusto», le dijo Eli mientras nos guiaba por los
escalones de la iglesia.
Conor resopló. «¿Conoces esa culpa católica irlandesa por la que te has estado
burlando de mí?».
«¿Sí?».
«Este es el lado bueno de eso».
Sonreí, luego me volví hacia Minami y Sul. Dije: «Nunca he estado en un
bautizo».
Respondieron, al unísono: «Yo tampoco».
No pensaban celebrar uno para Kaede. Pero Sul fue criado por su abuela, que es
«muy católica», y todo el asunto del bautizo es «muy importante» para ella, aunque el
propio Sul es «muy indiferente» a todo el asunto.
«La última vez que lo comprobé», me susurró Minami, «era alérgico al incienso».
«Lo que estoy oyendo es que todos vamos a estallar en llamas cuando entremos
en esa iglesia».
Conor sostenía la puerta abierta para todos nosotros, pero vi el pequeño tic en
su mandíbula, la curva de una sonrisa, y mi sangre burbujeó en mis venas.
¿Es amor si verlo casi reírse de mis chistes me excita diez veces más que las fotos
profesionales y muy retocadas que los chicos cuelgan en las aplicaciones?
«Cuidado, Problemas», murmuró, y hasta ahí llegaron nuestros intercambios.
Después de la ceremonia, nos sentamos en extremos opuestos de la mesa del

207
restaurante. Le eché un total de tres miradas, y cada vez estaba hablando con una
persona diferente. Eli, Rue, la adorable abuela de Sul. Lo vi pararse y dar vueltas con
Kaede, para darles a Minami y Sul la oportunidad de comer. Tuve el pensamiento más
estúpido: sería un gran padre. No me enorgullece admitirlo, pero ni siquiera era la
primera vez.
Apuesto a que algunas personas no estarían de acuerdo. Dirán que es demasiado
frío, demasiado arrogante, demasiado centrado en su trabajo. Pero es alguien que
cuida. Tiene ese sentido del humor inexpresivo que hace que los niños caigan en
picado. Sí, tiene una coraza de teflón que recubre toda su alma, pero dejaría entrar a
un bebé. Mostraría su verdadero yo: un perfeccionista neurótico que se preocupa
demasiado como para desprenderse de nada.
Después de cenar, fue al aeropuerto, y luego se marchó al Medio Oeste para uno
de esos negocios de agrotecnología que, según me dijo, son sus favoritos. Al día
siguiente llamó a Rue para pedirle consejo, porque ella es muy buena en lo suyo y de
vez en cuando le asesora. Hablaron de acuicultura durante casi una hora. Eli y yo
sonreímos mientras hacíamos sopa de tortilla con la receta que McKenzie me había
enviado por mensaje de texto, escuchándolos discutir, igual de tercos. Casi demasiado
monos.
Tal vez compartamos un tipo, después de todo.
Echo de menos a Conor. Mucho. Podría sacar el teléfono, cualquier día, a
cualquier hora, y sé que lo cogería antes incluso de que acabara de sonar el primer
tono, pero no quiero obligarle a que me dedique tiempo. Y al final no pasa nada,
porque unas noches después me llama.
«¿Cómo ha ido el Zoom?», me pregunta, como si mis pequeñas reuniones en la
facultad fueran tan importantes como sus negocios millonarios.
Y lo son, joder. Me alegro de que lo sepa.
«Fue bien. Hablamos de un proyecto de astrofísica de fluidos del CERN que
parece interesante. Y es Jack Smith».
«Jack Smith».
«Sí».
«Te lo acabas de inventar».
«No. Bueno, su nombre real es Jonathan Smith-Turner. Dirige un centro de
investigación en Boston. Es uno de esos... Él llama, tú vas. Y me cae bien».
«Te gusta», dice. Una pizarra en blanco de un tono.
«En el sentido de que no me importaría trabajar con él. No en el sentido de que
no puedo esperar a tirármelo en el Colisionador de Hadrones».
«Mmh».
«Está casado. Con una física teórica que trabaja con Georgina Sepúlveda».
«Ah, sí. Georgina. Hiciste esas prácticas con ella el año pasado, ¿verdad?».
«Sí. Y aunque no lo estuviera... es viejo. Y no tengo por costumbre juntarme con
ancianos». Una pausa. «Aunque hago una excepción contigo».

208
Espero a que elija una de sus habituales réplicas: Cállate, Problemas. Siento lo
mismo por vosotros, infantes. Por eso os llamo, porque me mantenéis humilde. Pero se
queda inusualmente callado, así que continúo: «La chica que dirigía este proyecto del
CERN ha tenido una emergencia familiar, lo que significa que alguien de su equipo va a
ocupar su puesto. Esto deja un puesto de investigación sin cubrir, y ya sabes lo que
dicen de la asignación de presupuestos académicos y cerdos de granja».
«Ilumíname».
«Nada puede desperdiciarse».
Se ríe, bajo y ronco. Mi mano agarra el teléfono como si fuera un salvavidas.
«Deberías hacerlo», dice.
«Hmm. Sí, definitivamente debería. Tendría que mudarme a Suiza por un tiempo,
y sé que la gente de tu edad tiene problemas con la logística de llamar a países
extranjeros, pero antes de irme podemos vernos y configurar tu móvil...».
«En realidad», me interrumpe.
Y entonces lo sé. Si no los detalles, lo esencial de lo que está a punto de ocurrir.
«Oh, no. ¿Se te ha vuelto a caer el contestador en el váter?». Yo, tratando de
dejarlo en una broma.
Y él, anulándome. «Tal vez no sería tan malo, si... disminuyéramos la frecuencia
de nuestras comunicaciones».
Suena como si estuviera redactando un memorando entre empresas. Demasiado
distante.
Mantén la calma, me digo. No pasa nada malo. Respira hondo, no reacciones.
«¿Te has quedado sin datos?».
Un silencio pesado. «Hay alguien, Maya».
Vale. Entonces, algo malo está pasando. No significa que deba dejar de respirar.
Con calma, digo: «Hay cerca de siete mil millones de álguienes en el mundo, así que
vas a tener que ser preciso sobre...».
«Voy a empezar a salir con una mujer».
No recuerdo haberme sentado, pero el ángulo desde el que veo el patio de los
vecinos a través de la ventana ha cambiado, y hay algo suave bajo mis muslos. «Ah».
Sueno sorprendentemente tranquila. «¿Cuándo la conociste?».
«La conozco desde hace tiempo».
«Ya veo. Por curiosidad, ¿cuántos años tiene?».
Prácticamente le oigo cerrar los ojos. Esa irritación paternal que sólo me reserva
a mí.
«Sólo me lo preguntaba. Sé lo importante que es para ti».
«Desde luego no tiene veinte años».
Asiento, y si él no puede verlo, es su problema. Un pequeño peso de plomo se
agolpa en el fondo de mi estómago. Rueda y se revuelve. «Yo no... tú y yo no estamos
unidos sentimentalmente, Conor. Tenemos reuniones periódicas en las que te

209
aseguras de que no estoy desesperadamente enamorada de ti, de que entiendo el
resultado. Que sólo somos amigos. Que no alucino, ¿verdad?».
«No».
«¿Vas a dejar de hablar con Eli y Minami? También son tus amigos».
«No es lo mismo.»
«Tienes razón, no lo es. Minami y tú mantuvisteis una relación romántica
durante años. Tu nueva novia» -la palabra sabe a estiércol- «probablemente insistiría
en que cortaras lazos con ella. Pero, ¿por qué iba a preocuparse por mí?».
El silencio al otro lado es tan profundo que me pregunto si habrá colgado.
Entonces..: «Maya, ¿has estado viendo a alguien?».
Toda relación tiene unos cuantos temas potencialmente incendiarios de los que
hay que alejarse. Para algunos es la política, o el fracking, o la caza ética. Pero Conor y
yo compartimos muchos valores. Coincidimos en la mayoría de los temas, con algunos
matices que nos arrastran a largas horas de discusiones y de «¡Venga ya! Me divierten.
A él también.
De lo que nunca jamás hablamos es de a quién vemos cuando no estamos juntos.
No es que tenga nada que compartir.
«¿A qué viene eso?».
Un latido. «La semana pasada, Eli estuvo hablando de ti con uno de los analistas
junior».
«¿Quién?».
«Cameron», dice. «Olvidé su apellido. Tiene un historial interesante. Empezó
como físico y acabó con nosotros».
«No sabía nada de la conexión entre la física y los fondos de cobertura».
«Por última vez, no dirigimos un fondo de cobertura, Maya».
«Claro. ¿Y cómo se relaciona esto con que ya no quieras ser mi amigo?».
«Eli se ofreció a ver si estabas interesada. Tal vez arreglaros una cita. Dijo que no
habías salido con nadie en años».
Joder. Joder, joder. «Gracias por pensar en mí, pero no necesito que me
presenten a alguien que estudió física. Vivo toda mi vida rodeada de físicos. Si quisiera
salir con uno, simplemente deambularía por los pasillos de la UT y me serviría al primer
friki de la mecánica relativista que además resulta que es incapaz de cambiar una
rueda pinchada...».
«No es eso».
No me gusta lo que oigo en la voz de Conor. No me gusta no saber a qué se
refiere el eso en cuestión. «No mantengo a Eli al corriente de todas mis actividades
románticas. Por no mencionar que no me interesan la mayoría de los chicos que me
rodean…».
«Creo que deberías interesarte. Creo que deberías... ambos deberíamos
centrarnos en formar relaciones con personas que sean más apropiadas…».
«¿Apropiadas por edad?».

210
«Eso también. Maya, seamos francos. Puede que nuestra relación no sea
romántica por naturaleza, pero la forma en que está estructurada hace que sea difícil
de explicar a los demás».
«Que es la razón por la que te he pedido que lo mantengas en secreto». Insistió
en sincerarse. Era él quien quería contárselo a Eli y a los demás. «Podrían ser un
quitamiedos», dijo, como si necesitáramos a alguien que se interpusiera entre
nosotros. Como si él fuera un coche conduciendo demasiado rápido, y yo, el abismo
esperando a tragárselo delante de una curva especialmente pronunciada.
«¿Me tienes miedo?» Le pregunté una vez. Y cuando dijo «Sí» sin vacilar, lo tomé
como una victoria. Una señal de que las cosas cambiarían pronto.
Soy una maldita idiota.
Respiro profundamente. «Esta mujer... ¿Estás enamorado de ella?».
Se ríe. Se ríe de verdad, y su sonido hueco me recuerda a quien creía que era
Conor antes de conocerlo. «Maya. No malinterpretes porque no se trata de eso».
No me satisface escuchar eso. «Así que me estás echando de tu vida por alguien
a quien ni siquiera quieres». Cierro los ojos, sintiéndome arrastrada por una ola de
algo viscoso y asfixiante.
«Si las cosas funcionan con ella, y si la cosa va en serio...».
«Tantos 'si'. No pareces muy seguro de esta chica. Ya que estás tan poco
entusiasmado, ¿tal vez deberías salir con otra?». El nudo de plomo dentro de mí se
expande hacia afuera. Todo mi cuerpo se siente más pesado, tóxico. Veneno, eso es lo
que es esta conversación. «Y ya que crees que no puedes salir con alguien y seguir
siendo amigo mío al mismo tiempo, quizá deberías salir conmigo». Mi discurso es
ligero, pero él ya sabe captar la marea de mi ira.
«Jesús».
«¿Por qué no? ¿Es más lista que yo? ¿Es más divertida? ¿Es más guapa que...? En
realidad, no contestes, no quiero...».
«Nadie lo es, Maya», dice, con cierto enfado. Como si acabara de arrancarle la
verdad.
Un raro momento de honestidad entre nosotros: Mostré mis cartas. Él mostró las
suyas. ¿Y ahora qué?
«Te gusto», le digo con firmeza. Puede que esté llorando, pero él no necesita oír
las lágrimas en mi voz. «Te gusta hablar conmigo. Te gusta mi aspecto. Te preocupas
por mí. Me dices cosas que no eres capaz de expresar con palabras cuando estás con
otros. Esto que tenemos, por raro, limitado e inusual que sea, es lo mejor de nuestras
vidas. Tal vez sea idiota, pero no entiendo por qué prefieres privarnos a los dos de esto
antes que...».
«Porque tienes veintidós años, Maya. Porque tienes toda una vida por delante.
Porque hasta la última puta cosa de esto es problemática. He estado intentando
desesperadamente navegar por la mejor puta cosa que me ha pasado nunca y seguir
siendo justo contigo, y ya no veo la forma de hacerlo sin quitarte algo. Si nuestra

211
relación te impide vivir experiencias que deberías tener a tu edad, entonces me estoy
aprovechando, y ya no puedo permitirme...».
«Te quiero», le interrumpo. Calma. Tranquila.
Me parece oírle morir. «Maya».
«Te quiero».
«No».
«Yo te quiero. Y tú eres mi mejor amigo».
«No».
«No me importa que seas mayor. No me importa que trabajes todo el tiempo. Ni
siquiera me importa que tu extraño cerebro quiera fingir que sólo somos amigos por
correspondencia y platónicos hasta que cumpla los treinta. Esperaré por ello. Te
esperaré».
«No».
«Lo único que me importa es: ¿Estás enamorado de mí?».
El sonido de la respiración. Un tirón, apenas audible. «Eso es irrelevante, Maya».
Me río. Y por una fracción de segundo, me siento feliz. Esperanzada.
Jodidamente eufórica. Tanto huir y ni siquiera puede mentirme. No se atreve a decir la
única mentira que me haría callar. «Buen intento».
Me ignora. Se recompone. «Todo lo que acabas de decir, esa es la razón exacta
por la que esto tiene que parar. Necesitas estar con alguien de tu edad. Alguien que no
venga con problemas que abarcan generaciones. Alguien que...».
«¡Alguien que esté en su estado original! ¡Prístino! ¡Alguien que nunca haya
experimentado sufrimiento! Necesito una de esas figuras de acción coleccionables, ¡de
las que nunca se sacan de la caja! ¿Buscamos en eBay?».
Me arrolla. «Será bueno para ti, algo de tiempo lejos de mí. Tendrás espacio para
explorar...».
«No me interesan los Cameron de este mundo. No tengo interés en nadie más
que...».
«No sabes lo que te interesa, Maya. Eres demasiado joven, y nuestra relación
está limitando tus oportunidades de comprender plenamente el alcance y la variedad
de tus opciones. Sea lo que sea lo que crees que sientes por mí...».
«Estoy enamorada de ti, Conor». Las palabras se me escapan espesas, acuosas, y
lo odio. «Así que, por favor, di eso, en vez de esta mierda de lo que sea que sientas. Al
menos hazme el favor de reconocer mis palabras».
Una exhalación. Una exhalación entrecortada. «Sé que crees que estás
enamorada de mí, pero si le das tiempo, seguirá su curso. Y lo más amable que puedo
hacer por ti en este momento es liberarte de mí».
Usó la palabra amable. Y quiero quitársela y usarla para apuñalarlo. «¿Y qué hay
de ti, Conor? ¿Seguirá su curso para ti también?».
Un silencio terrible. «No sé de qué estás hablando».

212
Ahí muere mi esperanza. Algo egoísta y oscuro se hincha dentro de mí -algo
asesino y cortante y vengativo, al saber que él confía tan poco en sí mismo y en mí,
que no va a dejarnos tener esto. Nos lo va a quitar. Y ni siquiera va a admitir que...
La ira me sube a la garganta. Y siempre lleva por el mismo camino. «Conor».
«Sí, Maya».
«De verdad, desde el fondo de mi corazón... vete a la mierda».
Cuelgo.
No hablamos durante los siguientes diez meses.

213
2 días antes de la boda

214
Capítulo 36

HOY EN DÍA
TAORMINA, ITALY

Conor abre la puerta unos minutos después de medianoche.


«Cuando llegué y me subiste el equipaje... ¿Elegiste para mí la habitación más
alejada de la tuya?».
«Sabes que sí».
Sonrío y entro, rozándole al pasar. Está listo para acostarse: tiene el pelo
revuelto y húmedo en las puntas, como si se acabara de lavar la cara. Solo lleva unos
pantalones de chándal ajustados que le quedan muy bien, y me pregunto si los habrá
comprado la misma persona que le compra los trajes.
Me pongo lo que Nyota describió como mi pijama corto muy provocativo, a
propósito. «Un esfuerzo valiente», lo felicito, sentándome en el alféizar de su ventana
abierta. Desde aquí no se ve el Etna, pero realmente tiene una vista impresionante de
la piscina.
«Aunque en última instancia inútil».
«Calculaste mal, ¿eh?».
Él suelta una risa. «Contigo, siempre lo hago». Cierra la puerta, camina hacia el
centro de la habitación y yo tengo que apretar los dientes ante lo increíblemente...
Conor que es. Único en su clase. Mi clase. «Maya, ha sido un día largo».
«Estoy de acuerdo».
«Estoy cansado. No estoy en mi mejor momento». Es el mismo tono tranquilo
que utiliza cuando intenta convencer racionalmente a Kaede de que no se coma un
lápiz de colores.
«No pasa nada. Estoy segura de que lo mejor de Conor Harkness en la cama
sigue siendo mejor que lo mejor de la mayoría de los chicos».
«No me refiero a eso».
«¿No? ¿A qué te refieres?».
Una pausa de disgusto. «No es una buena idea. Nosotros, solos. Me cuesta
controlarme».
Me encojo de hombros. Siento las puntas de mi cabello rebotar alrededor de mi
cintura. Normalmente es demasiado pesado y desordenado para dejarlo suelto, pero a
Conor le gusta. Lo sé aunque nunca lo haya dicho. «¿Por eso estás tan excitado desde
que entré en la habitación?».
Maldice entre dientes.

215
«No me importa. Quiero decir, no es que puedas ocultarlo».
«Maya...».
«Yo también estoy cansada». Le dedico mi sonrisa más radiante. «Durmamos y
ya está. ¿Puedo quedarme aquí?».
«No querrás estar cerca de mí».
«¿Por qué?».
«Porque, Maya, acabo de hablar por teléfono con el abogado de Tamryn y voy a
tener que decirle que mis hermanos idiotas han rechazado la oferta de acuerdo,
porque la boda de mi mejor amiga es un desastre y porque ninguno de mis malditos
analistas de cifras me ha dado una respuesta satisfactoria a una maldita pregunta
sencilla que...».
«No pasa nada», digo, acercándome a él. Apoyo las palmas de las manos justo
debajo de sus costillas para mantener el equilibrio, me pongo de puntillas y le beso la
barbilla, cubierta de barba incipiente. «Descansa. Nos vemos mañana».
Estoy a medio camino de la puerta cuando su mano me agarra por la muñeca.
Las venas de sus antebrazos están muy marcadas. «Creía que querías que me fuera».
Su mandíbula se mueve. «¿Adónde vas?».
«Al monte Etna, estaba pensando. He oído que es precioso en esta época del
año. Vamos, Conor, me voy a mi habitación. ¿Dónde crees que voy a...?». Oh. Claro,
por supuesto. «No llamaré a ese tipo».
Parece que está apretando los dientes.
«Te lo he dicho, no me interesa...». Niego con la cabeza. «Escucha, pensaba que
habías pasado la tarde haciendo el amor con Avery, reafirmando tu amor por la vida. Y
luego intentabas decirme lo que no podía hacer, y... solo quería provocar una reacción
en ti. No-Hans está aquí de vacaciones con su novia. Estaba fingiendo que coqueteaba
conmigo».
«No es verdad».
«Estoy bastante segura de que sí. Yo estaba allí».
«Maya, no estaba fingiendo. Te garantizo que todos los chicos de tu edad te
desean. Los hombres de mi edad te desean. Vayas donde vayas, todo el mundo te
mira».
Me río, porque es un lunático. Me encanta. «¿Y qué si es así? No me importa.
No-Hans no es mi tipo. Le faltan al menos dos décadas para hacerse una
colonoscopia».
Su mirada es venenosa.
«No seas rencoroso, Conor. Tú todavía tienes todo tu cabello natural». Le doy
una palmadita en la mano e intento liberarme, pero él no me suelta. Lo cual es...
interesante. «¿Pensé que estabas cansado?». Su rostro dice muchas cosas, y no logro
entenderlas. «¿Y que no me querías aquí?».
Silencio. Bajo la suave luz dorada, es imposible leerlo.

216
«Es curioso. Hace diez meses, intentaste expulsarme de tu vida, pero nunca
conseguiste decirme que no me querías. Y esta noche...». Muevo mi muñeca libre.
«Solo tienes que decirme que tus días han sido mejores sin mí y que debería dejarte en
paz. Y nunca más te molestaré».
Me suelta. Su rostro se contrae. «Algunas mentiras son demasiado grandes.
Incluso para mí».
«Entonces deja de tenerme tanto miedo...».
«No te tengo miedo a ti. Me tengo miedo a mí mismo y a la persona en la que
me convierto cuando estoy contigo». Se inclina sobre mí, me acorrala, sus ojos me
queman con su frialdad. «Nunca he deseado nada tan desesperadamente, tan
incontrolablemente, tan persistentemente como te deseo a ti. Ni una sola maldita
cosa. Ni recuperar a mi madre muerta. Ni la venganza. Ni el bienestar de las personas
que amo. Ni el éxito profesional, ni siquiera mi propia felicidad. Absolutamente nada
me ha consumido tan despiadadamente como tú».
Se me hace un nudo en la garganta, amargo. «Así que hace diez meses me
alejaste y nunca más volviste a pensar en mí».
«¿Eso es lo que piensas? ¿Que hace diez meses me desperté, tuve una
conversación difícil, arranqué la tirita y pasé el resto de mi vida cosechando los frutos
de mi valentía? Él se pega más en mí. Sus labios rozan mi oreja, como si no pudiera
soportar mirarme a los ojos mientras habla. «Durante diez meses, día tras día, me
despertaba y luchaba contra mi instinto más básico, que era llamarte, no, ir a verte.
Cada día desde aquella llamada telefónica, me pasaba el tiempo volviendo a tomar la
decisión de liberarte de mi presencia en tu vida, para que pudieras tener una mejor.
No te equivoques, Maya: puede que no hayamos hablado ni nos hayamos visto, pero
durante los últimos diez meses mi relación contigo ha sido la presencia más laboriosa y
omnipresente de mi vida».
Cada palabra duele. Cada palabra me atraviesa. Y, sin embargo, pregunto: «Te
dije que te quería y tú dijiste...». Me aparto para ver su reacción. «Dijiste que se me
pasaría».
«Sí».
«¿Y cómo te fue con eso?».
Una sonrisa se dibuja en sus labios. «Dije que se te pasaría, Maya. Nunca tuve la
ilusión de que fuera a desaparecer, al menos para mí. Y estaba preparado para ello».
Un latido. «Y sigo estándolo».
Jadeo, incrédula. «¿Por qué? Estoy delante de ti, diciéndote que para mí los
últimos diez meses ni siquiera han existido...».
«Quizá no fue suficiente tiempo». Parece perdido. «Y necesitas más aún».
Quiero morderlo. Quiero hincar mis incisivos y mis caninos en él y hacerle
sangrar. Lo deseo tanto que me tiemblan las manos y los hombros, y sinceramente,
que le den a estos juegos. «¿Quieres que me vaya?».
«Sería mejor si...».

217
«No es la pregunta que...».
«No, Maya. No quiero que estés en ningún otro sitio que no sea conmigo».
Mi corazón se detiene. Vuelve a latir con fuerza. La cautelosa esperanza de un
avance. Me obligo a respirar con regularidad y tomo una decisión.
Pongo mi mano sobre sus pectorales. La deslizo por su piel suave, rodeando el
elástico de su sudadera. Lo que quiero decir es: si me quedo, esto va a pasar. Si me
quedo, no voy a dejar que finjas que somos buenos amigos que se reencuentran. Y
Conor siempre ha sido bueno entendiendo lo que quiero decir.
Pero entonces me dice: «Si te quedas... tú mandas».
Eso no me lo esperaba. «¿Eres uno de esos directores generales a los que les
gusta lavar la ropa de su dominatrix?».
Una suave risa. «¿Sería eso un problema?».
«No». Lo pienso. «Podría ser divertido».
«Me encantaría ayudarte con la colada, pero...». Sus manos me rodean la cabeza
por ambos lados. «Necesito que te decidas, porque nada ha cambiado. Sigues siendo
más joven y con menos experiencia, y...».
No me interesa escucharle repetir sus grandes éxitos, y no me importa tener el
control. No me importa cogerle de la mano y llevarle al sofá. No me importa poner mis
manos sobre sus hombros desnudos y empujarle para que se siente. No me importa
quitarme la ropa mientras él mira, con las piernas abiertas como los hombres del
autobús, los ojos más oscuros que nunca.
Las bragas rosas transparentes, decido después de ver el nudo en su garganta,
pueden quedarse. «No dudes en decirme lo guapa que soy», le provoqué mientras mi
camiseta caía al suelo. Pero Conor permaneció en silencio, con los labios entreabiertos,
los músculos de su pecho moviéndose con cada respiración. La protuberancia de su
erección tensaba su sudadera, con una mancha húmeda que ya oscurecía la parte
delantera.
Me siento a horcajadas sobre su regazo, pero él no me toca. Está tan tenso que
me pregunto si se romperá en mil pedazos. Cuando me inclino hacia delante y le lamo
la clavícula, un escalofrío recorre su cuerpo. «¿Piensas en mí?», le susurro al oído.
«¿Cuando haces esto con otras personas?».
«No». Le muerdo, solo un poco, para demostrarle lo poco que me gusta su
respuesta. No pasa nada, me digo a mí misma. Ahora está pensando en mí. Pero su
mano se levanta para apartarme un mechón de pelo detrás de la oreja. «No hago esto
con otras personas. No desde Edimburgo».
Me aparto. Le miro a la cara. Él me acaricia el pelo con los dedos, una caricia
dulce y cálida que contrasta con el hecho de que estoy prácticamente desnuda en su
regazo. Con la severidad de su erección. «¿Avery?».
Me acaricia la mejilla con el pulgar. Niega con la cabeza. «Siempre estuviste ahí».
«¿Dónde?».
«En mi mente».

218
Asiento con la cabeza. Se me hace un nudo en la garganta.
Se expande aún más cuando dice: «Desde el primer día que te conocí, has sido lo
mejor de mi vida. Y ni siquiera estabas en ella».
Cierro los ojos, abrumada por el desperdicio de los últimos años. Todo lo que
podría haber sido. «Qué forma tan romántica de decir que piensas en mí cuando te
masturbas», bromeo.
«Maya». Inclina la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el cuero. Hay un rubor
rojo en sus pómulos.
«¿En serio? ¿Esa es la frase, Conor?».
Él gruñe. «Es la culpa católica».
Sonrío. «¿Entonces piensas en mí?».
«Intento no hacerlo».
«¿Funciona?».
Una risa, exhalada. «Ni una sola vez».
«Oh». Fingo poner morros y su pulgar encuentra mi labio inferior. «Lo siento».
«No, no lo sientes». Pero él también está sonriendo y está más guapo que nunca,
así que decido inclinarme hacia atrás, con las palmas de las manos sobre sus rodillas y
el trasero apoyado en la parte inferior de sus muslos. Estoy completamente abierta,
pero él hace un gran trabajo manteniendo mi mirada, como si el hecho de desviar la
vista hacia mis tetas pudiera desencadenar un apocalipsis nuclear.
«Cuéntame esas fantasías tuyas».
«No quieres saberlo».
«Oh, sí que quiero».
Su garganta se convulsiona. Visiblemente. «No sé si te parecerá especialmente
sexy».
«Pruébame. ¿Lo hacemos en una iglesia? ¿Tengo tentáculos?».
Hacerle reír me excita tanto como ponerlo duro. «¿Quieres tentáculos,
Problemas? Te los puedo dar la próxima vez».
«Quizás. ¿Nos hacemos cosquillas? ¿Nos convertimos en hombres lobo?».
El rubor se intensifica. Esta es una faceta de Conor que nadie más ve. Un poco
infantil. Tímida. Me encanta. «Es vergonzoso, Maya».
«No tienes por qué decírmelo. Pero si lo haces, quizá pueda hacerlo realidad».
Resopla. Niega con la cabeza. Pero al cabo de un minuto, con voz ronca, dice:
«Llego a casa del trabajo...».
«Para. Demasiado irrealista».
Me pellizca la rodilla, ligeramente. «Vuelvo a casa del trabajo y tú estás allí. En la
mesa. Haciendo lo que sea que haces. Estudiando. Ecuaciones. Leyendo una novela. No
tengo ni idea».
«Al menos no crees que me gano la vida dividiendo átomos».
Sus labios se contraen. «Simplemente estás haciendo lo tuyo. Lo mismo que te
he visto hacer innumerables veces en la cocina de Eli».

219
«¿Pero estoy desnuda?».
«No, solo estás... Es mi casa. Estás en mi casa. Y tus cosas están por todas partes,
esparcidas por todas partes. Como si vivieras allí».
«Nunca podrías excitarte en presencia de tanto desorden».
Él resopla, pero está duro como una roca. Esa mancha húmeda, expandiéndose.
«¿Y luego?».
«Y luego, levantas la vista y sonríes. Vienes hacia mí. Me das la bienvenida a
casa».
Espero a que continúe. «¿Y...?».
«Te beso y tú me devuelves el beso. Y te abrazo, porque puedo. Y estás caliente,
y te gusta lo que te estoy haciendo. Te empujo contra la mesa y eres suave debajo de
mí y...». Conor suspira. Como si solo decir todo esto lo estuviera excitando más allá de
lo imaginable. Se lleva la mano al pene y lo agarra con fuerza por la base.
«¿Qué pasa después?».
«Normalmente termino antes de que la cosa vaya a más. La mayoría de las veces,
en realidad. Pero si sigo jugando, normalmente te llevo a mi habitación y...».
«Conor». Inclino la cabeza, divertida. «¿Estás diciendo que el punto álgido de tus
fantasías eróticas es hacerlo en una cama?».
Sus dedos recorren la pálida piel de mi muslo, el lugar donde el músculo se
convierte en grasa. Un toque tan ligero que sus dedos parecen flotar sobre mí. «En la
fantasía, eres mi novia. Mi... Más que eso, quizá. He encontrado una forma de tenerte
y también de liberarte. Y tú eres...». Desvía la mirada, como si, de todas las
vergüenzas, esta fuera la que más le quemara. «No tengo miedo de hacerte daño. Eres
mía y estás acostumbrada a que te toque. Lo aceptas. Es... Tenemos una vida, Maya. Es
nuestra».
Podrías tenerla, creo. Algo se rompe dentro de mí. Podrías haberla tenido
durante los últimos tres años, si te odiaras un poco menos a ti mismo.
«Eso suena como una fantasía muy problemática», digo, sin saber si estoy
bromeando. «¿Soy mayor en ella? ¿No tengo el pasado trágico que me hace muy
susceptible a la influencia indebida de las figuras paternas?».
Su mano se cierra alrededor de mi rodilla, cálida. «No. Solo eres tú».
Es desgarrador que no cambiaría nada de mí. «Entonces eres tú quien es
diferente. Has encontrado la manera de darme el mundo y de llevarme contigo».
Asiente con cierta dificultad. Lo único que quiero es tomar a este hombre que se
odia a sí mismo y hacerlo feliz.
A nuestro lado, su teléfono se ilumina con una llamada de trabajo que ignora
para levantar una mano hacia mi caja torácica. La mantiene allí hasta que digo:
«Puedes», y entonces su pulgar roza mi pezón, suave y delicadamente, como si
estuviera hecho de una sustancia altamente explosiva. Cuando su polla se estremece,
me inclino hacia delante, sin dejar que mis caderas entren en contacto con las suyas.
La parte delantera de mis bragas está húmeda y resbaladiza. Estoy segura de que ya le

220
he manchado el pantalón. «¿Quieres saber cuál es mi fantasía?», le pregunto, frotando
mi mejilla contra la superficie áspera de su garganta.
«Parece una pregunta trampa».
«Es extraño. No es precisamente lo mío. Alfie solía quejarse de que no lo hacía lo
suficiente». Mis pestañas revolotean contra su mandíbula. «Pero pienso en hacerte
sexo oral todo el tiempo».
Él suelta un taco, agudo e ininteligible. El pulgar que rodea mi pezón se detiene,
pero su agarre se hace más fuerte.
«Conor, sé que estarías tan guapo, bajando varios centímetros por mi garganta,
y...».
«Tienes que dejar de...». Me aprieta la cadera con tanta fuerza que me quedarán
moratones del tamaño de una moneda. Estoy deseando contarlos. «Tienes que parar.
Por favor».
Le beso la mejilla, arrepentida. «¿Cuánto tiempo crees que aguantarías?».
Creo que puede ser un reflejo automático, la forma en que su mano golpea mi
centro contra el contorno de su polla. Su respiración es rápida y ruidosa contra mi sien,
y cuando extiendo la mano espero que me la aparte, pero esta vez me deja bajar la
tela y agarrarlo. Nos miramos fijamente, con los pechos subiendo y bajando al unísono.
Aparto mi ropa interior y froto la punta de su pene contra mis labios vaginales, luego
contra mi clítoris. Siento lo pesado que es, lo caliente y grueso. Mi nombre es un
gruñido profundo que viaja a través del espacio y el tiempo.
Sus manos se aferran a los cojines.
«¿Estás bien?», le pregunto.
Una exhalación brusca. «Sí».
Me incorporo. Nos acomodo. Está caliente y resbaladizo contra mí. «Nunca he
tenido sexo sin condón», digo, Quizás para evitar el tema. Esto va a significar mucho,
en múltiples frentes.
«Yo tampoco».
«¿Quieres que use uno?».
Hay auténtica diversión en su risa. «No, Maya».
Sonrío. Estamos siendo irresponsables, estúpidos, problemáticos. No me
importa. «¿No hay condones en tus fantasías? ¿Estoy tomando anticonceptivos?».
«Es...». Sus mejillas están escarlatas. Mira a lo lejos. Admite en voz baja:
«Ninguna de las dos cosas».
Y yo ya no puedo esperar más. Dejo que la gravedad y mi peso tomen el control,
y me deslizo sobre él, introduciendo varios centímetros de un solo golpe.
«Dios, despacio». Sus palmas se deslizan bajo mis bragas y me agarran el culo.
«Despacio, joder, o vas a...».
«Me gusta cuando...». Intento hablar. Me sale entrecortado y entre murmullos.
«Me gusta cuando duele un poco. Y yo estoy al mando».

221
A Conor se le contrae la mandíbula. Gruñe algo sobre lo increíble que soy, se
pregunta si he caído del puto cielo. Le tiemblan las manos, pero yo estoy demasiado
ocupada intentando adaptarme y...
Me levanto y bajo. La fricción es el paraíso, y ambos gemimos. Conor me mira
fijamente —la cara, las tetas, el lugar donde mi coño lo aprieta con fuerza— como si
no entendiera del todo lo que está pasando. Como si pensara que conocía las reglas
del juego, pero se hubiera dado cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba
haciendo.
«¿Quieres que pare?», le pregunto, pero sigo rebotando sobre él, con algo más
de la mitad de él dentro de mí en la bajada, avanzando poco a poco, sintiéndome
como un músculo que necesita ser roto, entrenado y abierto. Cuando está casi fuera, la
longitud de su polla está de repente húmeda y brillante. Me excita más allá de lo
imaginable.
A juzgar por cómo me agarra la cintura, a él también.
«¿Cómo es posible que existas?», pregunta en voz baja. El sudor perla mi piel y
gotea entre mis pechos. Cruzo mi muñeca alrededor de su cuello, buscando apoyo
mientras me muevo sobre él. Su mirada se fija en algo más allá de mi hombro. El
espejo de la pared detrás de nosotros.
Nos está mirando. A mí. A mi culo moviéndose sobre él. «¿Te gusta?».
«Joder», dice con voz entrecortada, y yo le doy un beso en la mejilla.
«No pasa nada. Sé que te gusta». Está tan dentro como puede estar. «Nunca me
había sentido tan llena. Y tú has visto mis consoladores. ¿Te acuerdas?».
«Dios». Sus nudillos recorren mi costado de arriba abajo. Por dentro, me está
partiendo en dos, pero su tacto es ligero como el de una mariposa. «Lo recuerdo.
Joder, lo recuerdo».
«¿Sí?».
«Después, me dije a mí misma que era algo bueno. Que quizá te gustaba... que
así podrías acogerme más fácilmente».
Lo abrazo con más fuerza, casi como un abrazo. Hay placer aquí, mezclado con el
dolor del estiramiento. Me pregunto cómo he podido vivir sin ello hasta ahora. «¿Hay
alguien que lo haga?».
«¿Qué?».
«Que te acoja fácilmente».
Él niega con la cabeza.
«Bien. Yo seré esa persona».
Su mano se eleva hasta mi mejilla. «Maya, ya lo eres».
Me corro allí mismo, de repente, antes que él. Es como un desastre natural,
violento e inquietante. Bueno, jodidamente bíblico, incluso, pero me desgarra, me
destroza y me deja la cabeza en blanco.

222
Cuando mi visión deja de ver manchas, su respiración es rápida como la de un
caballo de carreras, con la boca entreabierta. Sus manos rodean mi cintura, con los
pulgares apoyados en mis caderas.
«Lo más difícil de los últimos tres años», dice, con palabras que salen de sus
pulmones, «fue saber exactamente cómo te ves cuando te corres».
Sigo temblando, con pequeñas contracciones alrededor de su polla. «Te gusta
hacerme correrme, ¿verdad?».
«Me gusta todo de ti».
«Solo quiero devolverte el favor, Conor. ¿Es mucho pedir?». Lo aprieto con mis
músculos internos. Lo veo estremecerse. «Déjame darte esto».
Él niega con la cabeza. «Más fuerte».
«¿Qué?».
«Puedo hacerte llegar más fuerte de lo que ya lo has hecho».
Me río. «No creo que eso sea posible. Y acordamos que yo soy la que manda.
Dijiste que harías lo que yo te dijera...».
«Dímelo, entonces», me susurra contra la mandíbula. «Dime que me retire y que
curve los dedos dentro de ti y te coma hasta que te desmayes».
«No. Ya...».
«No me importa una mierda. Dímelo».
Contra el suave roce de su barba, digo: «No».
Él deja escapar un sonido gutural de fastidio. «Entonces pídeme que te penetre
más profundamente».
«¿Qué?».
«Dime que te penetre aún más profundamente».
«No creo que eso sea posible...».
«Dime que te penetre más profundamente, Maya».
Suena como una orden, pero es una súplica. Por eso asiento con la cabeza, sin
esperar la forma en que inclina mi pelvis. Un gruñido, y luego está dentro hasta el
fondo, y...
«Joder», digo.
«Dime que te mueva. Dime que te enseñe a usar mi polla para hacerte correrte».
Apenas puedo pensar. «Enséñame. Por favor».
Lo hace. Como yo antes, arriba y abajo, vacío y lleno. Excepto que yo estaba
usando su tamaño para estimular cada parte de mí, y él sabe exactamente cómo...
«Dios mío», digo, corriéndome de nuevo. Este orgasmo es superficial, húmedo.
Errático. No menos bueno.
Conor me observa mientras vuelvo a aprender a respirar. Dice: «Esta podría ser
la única cosa decente que he hecho en toda mi vida. Lo único para lo que sirvo».
«¿Qué es?».
«Hacerte llegar al orgasmo». Otro ángulo, esta vez yo inclinándome hacia atrás,
dejando espacio entre nuestras partes superiores. Casi puedo verlo moverse dentro de

223
mí, balanceándose hacia adelante y hacia atrás bajo la piel de mi abdomen. Conor deja
escapar un gruñido, pero luego su mano presiona mi ombligo. De repente, el espacio
que ha creado dentro de mí se encoge, desaparece, y vuelvo a correrme, tan fuerte
que me quedo en blanco por un segundo.
Me muevo y descubro que tengo la mejilla apoyada en sus hombros. Él inhala
profundamente, llenando sus pulmones con mi aroma, el del sexo y el aire salado.
Tiembla con una contención reprimida.
«¿Qué harías?», le pregunto al oído. «¿Si no tuvieras miedo de perder el
control?».
Niega con la cabeza. Como si no pudiera imaginar tal escenario. Pero luego dice:
«Te querría debajo de mí. Te inmovilizaría. Te encerraría en una habitación y no dejaría
que nadie te mirara, nunca. Yo...».
Espero. Pero no continúa hasta que le digo: «Sea lo que sea, no me
sorprenderá».
«Sí lo hará». Sus dedos se deslizan hacia abajo. Dibujan círculos desordenados
alrededor de mi clítoris.
«Pruébame».
Su exhalación suena como un gruñido. «Te aterrorizará».
«No lo hará». Me froto contra la palma de su mano, sintiéndome contenida por
él de esta manera, no como una persona, sino como un haz de terminaciones
nerviosas, reducida a los lugares donde me acaricia y me llena.
«Te haría un bebé».
Me corro, otra vez. Caigo desde una gran altura. Arqueo la espalda mientras el
placer me recorre, los dientes de Conor rozando el costado de mi pecho. Cuando me
relajo, se permite chupar mi pezón izquierdo con fuerza. Es un pequeño y efímero
capricho.
«No vas a dejarte correr, ¿verdad?». Exhalo, las palabras se entremezclan entre
jadeos.
Él tiembla. Como un cable expuesto, tensado. Aun así, niega con la cabeza.
Cuando me levanto, su pene parece estar dolorido, pero estoy demasiado
enfadada como para preocuparme por eso. Cojeo hasta el baño, tratando
desesperadamente de caminar recto y fingir que lo que pasó no me ha derribado. La
luz del techo es blanca, de repente intensa, y en cuanto se cierra la puerta detrás de
mí, me tambaleo hacia delante, apoyando los codos en la encimera de mármol.
Acabo de correrme más veces de las que puedo decir con certeza. Tomé y tomé y
tomé, y sin embargo me siento vacía. Más hueca que un tambor. Como si algo se
hubiera roto y mis entrañas se hubieran derramado.
Me empiezo a limpiar. Mi ropa interior está demasiado empapada para volver a
ponérmela, así que la dejo junto al lavabo, al lado de un estuche transparente. Dentro
hay una navaja, no eléctrica, ni siquiera de seguridad, sino una navaja recta de las de
toda la vida. Una cuchilla. Como si hubiera viajado en el tiempo hasta este siglo para

224
llevarse la penicilina a su época. «Supéralo, joder, Conor», digo entre dientes,
poniendo los ojos en blanco. Pero en el estuche hay algo más. Un patrón vagamente
familiar, una forma que me inquieta.
Alargo la mano. La abro.
Encuentro una bonita goma para el pelo a cuadros.
Mi bonita goma para el pelo a cuadros.
La que tenía en Edimburgo. En la habitación de hotel de Conor.
El tiempo se detiene. Vuelve a empezar, en sentido contrario a las agujas del
reloj. Me pongo la goma en la muñeca, cojo una toalla caliente y vuelvo a la suave luz
de la lámpara de la mesilla.
Conor no se ha subido los pantalones, pero está hablando por teléfono, dando
instrucciones en voz baja que puedo oír pero no entender. Todavía desnuda, me
arrodillo a su lado para limpiarlo.
Su mano me agarra la muñeca.
«Tengo que irme», dice al teléfono, terminando abruptamente la llamada.
Sus ojos se detienen en la toalla y luego se posan en mí. «No».
Inclino la cabeza hacia atrás. Lo miro fijamente. «¿En serio? ¿Qué vas a hacer con
eso, Conor?».
No responde, pero se vuelve a meter en sus pantalones de chándal.
Da igual. Que le den. Me levanto y dejo caer la toalla. Es entonces cuando se fija
en la tela que tengo en la muñeca. Era solo cuestión de tiempo, ya que no llevo nada
más puesto.
«Quería... devolvértela», dice.
«Gracias por cuidar mi goma del pelo de cincuenta céntimos durante los últimos
tres años».
Parpadea, ausente. «¿Es eso lo que cuesta?».
«Qué interesante. Alguien que puede enumerar todos los factores que llevaron
al crack del Lunes Negro de 1987 no tiene ni idea del precio de una goma del pelo», le
digo con sarcasmo.
«No hace falta meter a Alan Greenspan en esto». Pero entonces admite: «Sabes
por qué la guardé».
Por supuesto que lo sé. Y, sin embargo, algo está cambiando. Quizá sea su
mirada persistente mientras me recojo el pelo en la parte superior de la cabeza. Quizá
sea su tono. Quizá sea la forma en que me hizo perder el control mientras me aferraba
a él como si me fuera la vida en ello. Sea lo que sea, desbloquea algo dentro de mí.
Una revelación: el espacio entre Conor y yo no es la entidad fluida y rompible
que creía que era, sino sólida. Intransitable. Solo me he estado engañando a mí misma.
Nunca hubo una oportunidad para nosotros. Solo queda el resto de mi vida. Sin él.
Las lágrimas me escurren por las mejillas mientras recojo mi ropa, tentada de
volver desnuda a mi habitación. Aunque toda la fiesta de la boda me viera, sería
preferible a estar aquí un segundo más, con él.

225
«Oye». Su cálida mano me rodea el brazo. Conor me mira fijamente, con una
expresión de absoluta y completa devastación. «¿Te he hecho daño?».
Suelto una risa seca y húmeda, y me subo los pantalones cortos. «Sabes, Conor,
nunca había tenido sexo tan bueno».
«Yo... no creo que nadie lo haya tenido, Maya».
«Qué amable por tu parte decir eso, cuando ni siquiera has tenido un orgasmo».
Echo la cabeza hacia atrás. Me limpio la cara con el dorso de las manos.
«No necesito...».
«No necesitas nada ni a nadie, ¿verdad? Eso es inteligente. Y yo soy una jodida
idiota». Me pongo la camiseta. «Durante los últimos tres años, Pensaba que había una
clave para resolver tu problema. Que si aprendía los pasos correctos, si actuaba de la
manera adecuada, dejarías de mentirnos a los dos y aceptarías lo que ya éramos. Pero
ahora», solté una risa amarga. «Acabas de admitir que te masturbabas fantaseando
conmigo en La casa de la pradera. Has conservado un recuerdo durante tres años. Y
yo... probablemente podría obligarte a reconocer que estás enamorado de mí,
pero...». Extendí los brazos. «No significa nada. No importa cuánto me quieras, porque
en tu cabeza siempre seré demasiado joven y estúpida...».
«No estúpida...».
«... para conocer mis propios sentimientos». Estoy gritando demasiado. No me
importa. «Nunca dejarás de verme como una niña pequeña que te quiere por culpa de
unos problemas paternos fuera de lugar. ¿Sabes qué, Conor? ¡No soy tuya para que
me liberes! Soy libre y te he elegido libremente una y otra vez. Pero te odias
demasiado a ti mismo como para permitirlo. En el fondo, no crees que seas digno de
amor, y te aterroriza tanto tenerme y hacerme daño, que prefieres pasar el resto de tu
vida dándome cosas que nunca te he pedido, solo para mantenerme a distancia. No
necesito que me hagas correrme cinco veces. No necesito que me montes los muebles.
No necesito que investigues a todos los físicos convertidos en analistas de Harkness,
que encuentres al más seguro y adecuado, y que me lo envíes. No necesito jodidos
gestos grandilocuentes, y no necesito que me manejes como si fuera uno de tus
activos, Conor. Solo necesito que...». El torrente de mis lágrimas empaña la luz de la
lámpara que lo rodea, como un halo. Estoy desnudando mi piel para él, mostrando las
partes más crudas y desaliñadas de mí, y él...
Él solo me mira, con el rostro casi completamente en sombras. Es imposible
descifrar su expresión.
«Todo lo que quería era amarte y hacerte feliz. Todo lo que te pedía era que
intentaras hacer lo mismo. Estaba dispuesta a ser paciente y amable, y a resolverlo
todo juntos. Pero tú...». Niego con la cabeza, me seco las mejillas con los antebrazos y
me marcho.
Estoy a mitad de las escaleras cuando oigo el sonido de algo rompiéndose en mil
pedazos.

226
Capítulo 37

JADE: ¡He visto las noticias! ¿Ya te ha fagocitado la lava en su cálido abrazo?
MAYA: Ojalá.
Los golpes en la puerta me llegan a los oídos como disparos.
La habitación está a oscuras, pero el tono azulado que recubre las paredes me
indica que ya no es medianoche. En algún momento no muy lejano, mis vueltas y
revueltas deben de haberse convertido en un sueño inquieto.
Mi teléfono marca las 5:13 y, cuando abro la puerta, me encuentro con mi
hermano. Tiene la misma expresión impaciente que recuerdo de mi adolescencia,
cuando tardaba demasiado en elegir mi desayuno en el pasillo de los cereales.
«¿Estás bien?», me pregunta. Mis ojos arden por el cansancio y las lágrimas.
Deben de estar inyectados en sangre, porque Eli frunce el ceño. «¿Resaca?».
«Sí». Claro.
«Aguanta. Te necesito».
«¿Ahora? Son las cinco de la... Mierda, ¿Tiny está bien?».
«Sí».
«¿Hay alguien enfermo? Espera, ¿tú estás bien?».
«Sí. Solo necesito que vengas conmigo».
«¿Por qué?».
«Maya». Se inclina hacia delante, me pone las dos manos cálidas sobre los
hombros y me lanza otra mirada que conozco bien. Haz lo que te digo. «Ponte algo y
baja al primer piso. Tienes cinco minutos».
Al final necesito siete, porque me retrasa el cepillado de dientes. Cuando bajo las
escaleras, aún no ha amanecido, pero nadie se ha molestado en encender la luz del
vestíbulo. Mi hermano está allí, con Rue a un lado y Tiny al otro. Frente a ellos, Conor.
«Perfecto». Eli aplaude, pasa un brazo por los hombros de Rue y desaparece
fuera.
«¿Qué pasa? », le pregunto a Conor.
«Ni idea». Y, sin embargo, parece bastante menos agotado de lo que yo me
siento. Tiene el pelo un poco revuelto, pero su camiseta negra lisa y sus vaqueros
están impecables. Su expresión es indescifrable detrás de sus gafas oscuras. Casi le
digo: Hay muchos nombres inapropiados en el idioma inglés, Conor, pero las gafas de
sol son, de hecho, gafas que deberían usarse cuando sale el sol. Pero no lo hago.
Porque... ¿qué sentido tiene? Conor siempre va a ocultar una gran parte de sí mismo, y
yo siempre voy a resentirme por ello.
Me niego a seguir jugando. Está claro que él tenía razón todo este tiempo, y la
distancia es la única solución para nosotros.

227
«Si se trata de Bitty», digo después de unos minutos, una vez que los cuatro
estamos en el Fiat rojo, Conor y yo en el asiento trasero, con Tiny entre nosotros. «Si
me has despertado antes del amanecer porque le ha pasado algo y quieres que te
ayude a enterrarlo en la playa y decorar la tumba con conchas marinas...».
Eli resopla. «Maya, sé realista. Nos ayudarías sin dudarlo».
«Por supuesto que lo haría. Pero también necesitaría llorar aproximadamente
tres hectolitros de lágrimas, lo que interferiría con mis habilidades con la pala.
Preferiría saberlo de antemano».
«Nadie está enfermo, muriendo ni siendo enterrado. Solo vamos a un lugar
bonito. De hecho, ya hemos llegado. Y ahí está nuestro amigo».
Aparca en una calle lateral vacía, junto a un Fiesta destartalado que debe de
pertenecer al hombre que fuma un cigarrillo en la acera. Su polo y sus pantalones
caqui parecen arrugados, y empiezo a preguntarme exactamente a cuántas personas
ha sacado mi hermano de la cama esta mañana, Pero cuando Eli le tiende la mano, el
hombre se la estrecha con una sonrisa.
«¿Quién es este tipo?», pregunto.
«Salvatore», responde Eli.
«¿Y lo conoces de...?».
«Del campamento de fútbol en el centro de Texas».
Pongo los ojos en blanco. «Claro».
«Salvatore no habla inglés, pero trabaja para la ciudad de Taormina y nos va a
abrir este precioso parque».
¿Qué parque? Estoy a punto de preguntar, pero doblamos la esquina y allí está la
Villa Comunale en todo su esplendor matutino.
Lo leí en mi guía turística: este jardín público misterioso y romántico, lleno de
monumentos y maravillas botánicas. Incluso anoté preguntarle a Rue si le gustaría
explorarlo conmigo. Por supuesto, mi intención era organizar una visita en horario
normal. No esperaba ver a Salvatore sacar un llavero de latón que haría llorar de
alegría a un alcaide de prisión del siglo XIX y luego abrir una verja alta. Las bisagras
protestan, como si les molestara la hora temprana, cuando las empuja para abrirlas y
luego las vuelve a cerrar detrás de nosotros. Comenzamos a subir, con pasos ligeros
sobre los senderos de piedra.
Pregunto: «Eli, ¿cómo conseguiste que este pobre hombre saliera a esta hora?».
«Dinero», dicen todos al unísono.
«Esa sería la respuesta, sí». Suspiro, pero ni siquiera mi corazón cínico puede
evitar dejarse llevar por la belleza que nos rodea. Hacia el oeste, en la distancia, la
imponente silueta del monte Etna sigue echando humo. La columna de humo no es
más baja que ayer, pero el viento parece llevarla en dirección opuesta a Taormina. Eso
significa que si giramos hacia el este, podemos olvidarnos de los gruñidos cenicientos y
centrarnos en el primer atisbo del amanecer. Es un acontecimiento mucho más
prosaico que una erupción volcánica, pero me quedo boquiabierta cuando empiezan a

228
formarse los primeros tonos mandarina, separando el verde petróleo del océano del
azul oscuro del cielo. Me deja sin aliento.
«¿Es esto algún tipo de tour exclusivo?», le pregunto a Conor. Después de lo de
anoche, nada me gustaría más que alejarme de él, pero estoy demasiado confundida
por la situación como para darle el tratamiento silencioso. Nos hemos quedado atrás
mientras subimos por las terrazas y las escaleras. Vamos rezagados tras los pasos
seguros de Salvatore y las manos demasiado alegres de Rue y Eli. Tiny corre de un
grupo a otro, dando vueltas alrededor de nuestras piernas, descubriendo palos,
trayéndonoslos para que los lancemos, olvidándose de ir a buscarlos y corriendo hacia
los arbustos para encontrar otros nuevos. El lugar está repleto de imponentes cipreses,
adelfas y las omnipresentes buganvillas, que se encuentran por todas partes en Texas y
que siempre me recordarán la angustia de esta semana. Entre las palmeras, diviso
elaboradas construcciones y tomo nota mentalmente de volver a ellas más tarde,
cuando salga el sol y la luz sea más intensa.
«No creo que sea una visita guiada, no», dice Conor.
«¿Entonces qué es?».
Hemos llegado tan alto como hemos podido, al nivel más alto del parque. Aquí,
el resplandor de la mañana baña la vegetación con un cálido tono dorado rojizo.
«Si es lo que creo...». Conor niega con la cabeza y, cuando su teléfono vibra, lo
apaga. Sus ojos siguen cubiertos, pero las pequeñas redes en las comisuras sugieren
diversión. «Maldita sea, es muy hábil».
«¿Salvatore?».
La risa de Conor es un sonido cálido y cariñoso que me hace sentir mariposas en
el estómago, así que me alejo de él y me apresuro a seguir a los demás hacia la vista
panorámica. El amanecer es espectacular desde aquí. Quizás nos dirigimos a esa
pérgola...
Rue se detiene. Tan abruptamente que Eli tarda un segundo en darse cuenta. Se
inclina sobre la balaustrada y, por un momento, en el suave comienzo de la mañana,
envuelta por el canto de los pájaros, con largas sombras extendiéndose detrás de ella,
recuerdo la primera vez que la vi. Qué hermosa, luminosa e incomprensible me
pareció.
Culpo a mis ojos perezosos, nublados y bruscamente despertados por haber
tardado tanto en darme cuenta de que lo que lleva puesto no es un vestido de verano,
sino una camisa de hombre. Una camisa blanca de esmoquin, lo suficientemente larga
como para ser de Eli, con las colas cayendo hasta la parte superior de sus muslos. La
brisa la roza, le despeina el pelo negro y susurra entre las hojas. El aire huele a polen y
miel. Justo detrás de ella veo otro arbusto de jazmín, todavía en flor.
Eli observa a Rue mirando el agua, con un brillo inusual en los ojos. «¿Aquí?»,
pregunta por fin.
Ella sonríe. Mirando al frente, asiente con la cabeza. «Aquí».

229
Mi hermano la atrae hacia él y se besan. Se besan y se besan, y no... este
momento parece algo que no debería estar presenciando. Conor parece pensar lo
mismo, y nos miramos a los ojos.
«Creo que lo entiendo», susurro. «Lo que está pasando».
Sus labios se contraen. «¿Sí?».
«¿Crees que...?»
«Bueno», dice Eli con su voz fuerte de MVP del equipo de hockey. Su sonrisa no
es la habitual. Puede que sea la vez que más feliz he visto a mi hermano. «Gracias por
venir. A los dos».
Contengo una sonrisa. «Prácticamente nos secuestraste».
«Sí, bueno. Necesitabas que te secuestraran, Maya. Rue y yo lo hablamos y
decidimos que eras la única persona sin la que no podíamos hacer esto».
Suelto un suspiro exagerado. «Está bien. Te voy a dar un riñón».
«Y Hark», se vuelve hacia Conor, «tú eres mi padrino y mi amigo más antiguo».
Una sonrisa burlona se dibuja en los labios de Conor. «Pero no es por eso por lo
que estoy aquí, ¿verdad?».
«No». Eli señala a Salvatore, que mira con expresión desolada su paquete de
cigarrillos vacío. «Necesito que le expliques a este funcionario del gobierno que tiene
que casarnos a Rue y a mí. Ahora mismo. Con la ceremonia más rápida que sea capaz
de celebrar».

230
2 días antes de la boda

El día de la boda

231
Capítulo 38

Se besan justo cuando el sol emerge del agua.


Un momento verdaderamente cinematográfico que habría sido perfecto para
una foto. Nadie la toma, pero no importa. Ni Eli ni Rue lo olvidarán jamás.
«Solo queremos casarnos», nos dijo Eli, profundamente aliviado y
tremendamente feliz. «Necesito casarme con ella. Todo lo demás... Estoy seguro de
que hubo un tiempo en el que me importaba, pero eso fue hace tanto tiempo que ni
siquiera lo recuerdo. Estoy listo para que esta mujer esté legalmente obligada a no
abandonarme nunca...».
«La ley no funciona así», murmuró Rue, imperturbable.
«... hasta el día en que ambos muramos mientras dormimos, rodeados de
nuestros perros inmortales y millones de plantas».
Conor y yo intercambiamos una mirada. Luego una sonrisa. Entonces él dijo:
«Buena elección. Lo apruebo. ¿Signor Salvatore?».
Veo cómo los brazos de Rue se cierran alrededor del cuello de Eli, pero el
resplandor del sol naciente los convierte en poco más que contornos, formas oscuras
contra el horizonte. Quizás esto es lo que son las relaciones. Cómo se desarrollan las
vidas de las personas. Opacas desde el exterior, con capas y profundidades imposibles
de comprender.
Nunca entenderé del todo el extraño y desequilibrado amor de Rue y Eli, pero
lucharon por él. Lo hicieron realidad. Esta felicidad no les cayó del cielo. Se
comprometieron y...
Todo sucede a la vez. Las lágrimas recorren mis mejillas. El brazo de Conor me
atrae hacia el calor de su pecho. «Calla», murmura contra mi cabello. «Todo está
bien».
Rue y Eli se separan. Mi hermano sonríe, mira en nuestra dirección como
diciendo: «Maya, Hark, ¿habéis visto esto? ¿Habéis visto cómo me casaba con ella?
¿Veis a mi esposa?». Rue, sin embargo, tira de su mano, pidiendo un segundo más de
su atención exclusiva.
«Solo», dice, y es tan extraño en ella. La vacilación. La forma en que su voz nos
llega. «Gracias. Por no rendirte conmigo, aunque yo me hubiera rendido conmigo
misma».
La respuesta de Eli es un prolongado murmullo en su oído. Las lágrimas vuelven a
brotar, inundando mis ojos.
«Eso no es propio de ti», dice mi hermano, volviéndose hacia mí. «Llorar en una
boda».
Me seco la mejilla con el dorso de la mano. «No estoy llorando».

232
«Claro que no, calabacita». No me había llamado así... Dios. Desde que tenía
doce años, quizá. El funeral de papá. Con delicadeza, me saca de los brazos de Conor y
me abraza.
«Me alegro mucho por ti. No sé por qué estoy montando semejante escena. Es
solo que... las cosas han ido muy mal durante un tiempo, y estábamos muy solos, y
estoy... muy, muy feliz de que tengas esto».
«Lo sé». Su mano recorre mi espalda de arriba abajo. Y luego es el turno de Rue,
lo cual... no ocurre muy a menudo. De hecho, puede que sea nuestro primer abrazo.
Ella es mucho más alta que yo y, a pesar de su suavidad, hay algo rígido en ello, una
sensación de incomodidad por su parte. Eso hace que la quiera aún más.
«Siento haber venido a tu boda con mi mono con fresitas bordadas. Si Eli me
hubiera dicho adónde íbamos, me habría puesto mi camiseta del trípode».
Se aparta, pero me sigue cogiendo la mano. Una sonrisa se dibuja en sus labios.
«Lo segundo mejor de conocer a Eli es que te ha convertido en mi familia».
«¿Lo segundo después de Tiny o lo segundo después de Eli?».
Lo piensa. «¿Puedo modificar mi anterior afirmación?».
«Lo tercero, ¿eh?».
Asiente con seriedad, me besa en la frente y creo que mi corazón explota.
A nuestro lado, Conor y Eli se dan uno de esos abrazos con un solo brazo, incluso
cuando Tiny intenta interponerse entre ellos. «Felicidades por no dejar que un
desastre natural arruinara tu boda, tío». Luego bajamos todos, esta vez en un
ambiente mucho menos silencioso. Salvatore deja las puertas del parque abiertas
antes de marcharse, explicando algo sobre que el tiempo no es tan importante en
Italia. Cuando los demás se dirigen al coche, yo me quedo atrás.
«Oigan, ¿hay alguna fiesta planeada para cuando regresemos a la villa?»,
pregunto. Eli y Rue se miran el uno al otro. Y nunca apartan la mirada. «Qué asco,
chicos», me río. «Consíganse una habitación, por favor».
«Eso es precisamente lo que estamos a punto de hacer».
«Bueno, ya que van a romper cabeceros o algo así, me quedaré aquí. Exploraré
las construcciones».
Eli frunce el ceño. «¿No será peligroso? Aún no hay mucha gente fuera...».
«Yo también me quedaré», le tranquiliza Conor.
«¿Hark? ¿Estás seguro?».
«Sí. Podemos volver andando a la villa».
Me despido con la mano de mi hermano y de Rue. Verlos felices me ha hecho
pasar por muchas emociones, y mi enfado con Conor... no se ha olvidado, pero lo he
dejado a un lado. Se ha convertido en un dolor sordo que proviene de la derrota y la
resignación. De reconocer finalmente que voy a seguir adelante sin él.
Quizás él era el amor de mi vida. No, estoy segura de que lo era. Pero los finales
felices no son la norma. A veces lo das todo y las cosas siguen sin salir bien. A veces, un
sobresaliente por el esfuerzo parece un suspenso en un espejo deformante.

233
No pasa nada. He sobrevivido a muchas cosas malas y sé cómo salir adelante.
Respira. Solo respira. Y luego vuelve a respirar.
«Voy a echar un vistazo a las construcciones», le digo una vez que el Fiat nos ha
adelantado. «Sé que solo intentabas no preocupar a Eli. No hace falta que te quedes».
Espero a que su rostro se llene del alivio de que, por primera vez en años, no lo
estoy persiguiendo. No estoy coqueteando, ni seduciéndolo, ni intentando atraerlo a
mi proximidad. Pero él sigue llevando esas malditas gafas de sol. A la luz cada vez más
brillante, siento un poco de envidia.
«Llevo mi teléfono conmigo, por si pasa algo», añado.
Conor no dice nada. Sin embargo, se acerca, pillándome desprevenida.
Instintivamente, doy un paso atrás, aunque levanto la barbilla hacia él.
«En serio», digo. «No pasa nada».
Silencio, y frunzo el ceño, confundida. Veo intención en la expresión de su
mandíbula, una determinación seria en el ángulo de su pómulo. Pero se cierne sobre
mí, hay poco espacio entre nosotros, y si pudiera verle los ojos, quizá lo entendería.
Esto parece otro juego, y yo estoy agotada. «Lo siento, Conor. Estoy muy
cansada y, sinceramente, me gustaría estar sola para...».
Me besa.
Se inclina hacia delante. Me toma la cabeza entre sus cálidas manos. Entonces
sus labios se presionan contra los míos y me besa.
Es duro. Y también dulce. Con la boca abierta, prolongado y un poco
desordenado. Y si alguien me hubiera pedido que adivinara cómo sería un beso de
Conor Harkness, lo habría descrito así: interminable, cuidadoso, profundo. Me
persuade para que abra más la boca y luego lame el interior como si fuera lo único que
quiere de mí. Me estiro hacia arriba, con todos los tendones y músculos temblorosos.
Siento su cuerpo rozar el mío, duro como una roca, músculos y calor y seguridad, el
aroma de su piel mezclándose con las flores en el aire. De todos los sueños lúcidos que
mi cerebro podría haber conjurado, este es el más cruel. Pero no me despierto. Me
besa eternamente, e incluso cuando se detiene, sus manos permanecen alrededor de
mi cara. En mi cabello.
Parpadeo. El mundo es el mismo que antes, pero las esquinas no son tan
afiladas. Un lugar más amable, más suave, donde respirar es más fácil.
Quizás me esté volviendo loca.
«Maya», la voz de Conor es tan profunda que resuena en mis huesos. Me
transforma desde dentro. «Todo lo que dijiste anoche era cierto, y...». Se interrumpe.
Niega con la cabeza. La mano que me sujeta la nuca me suelta y, por fin, se quita esas
malditas gafas de sol, y puedo ver en su mirada que hay... Oh.
Oh.
Todo eso.

234
«Lo estoy haciendo mal otra vez». Se aclara la garganta. «Debería haber
empezado por lo único que importa».
«¿Y qué es?», me oigo preguntar, sorprendida de mi capacidad para articular
palabras.
Me acaricia el labio inferior con el pulgar y dice: «Te quiero, Maya. Y no. Nunca
se me va a pasar».

235
Capítulo 39

«¿Era tan difícil decirlo?», le pregunto después, y no es fácil. Separarme de él y


mirarle a los ojos. Exigir respuestas. No caer en la tentación de burlarme, donde ya
hemos dejado tantos rastros inútiles.
Merezco saberlo. Tres años de esto, diez meses de nada... Necesito que me diga
por qué le ha llevado tanto tiempo.
«Sí. Lo era». Parece triste, arrepentido, pero hay una determinación tranquila,
intensa y clara en su mirada oscura. Me oprime algo por dentro, pero pongo los ojos
en blanco de todos modos. Aparto la mirada. Tres gorriones se posan en la torre más
alta, sus cantos se pierden en la brisa. «Nunca lo había dicho antes».
«No era la primera vez que decías «te quiero»».
«No». Conor sonríe a la lenta luz de la mañana. «Era la primera vez que lo decía
en serio».

LAS SOMBRAS SE ACORTAN. El calor de media mañana me envuelve, me hierve la


piel, convierte el agua con limón que compro en un desastre de plástico casi derretido
que acabo bebiendo a tragos y luego tirando.
Conor parece fresco, tan impecable como siempre, pero un brillo de sudor ha
comenzado a formarse bajo la tela de su camisa, pegándola a los músculos entre sus
omóplatos. Imposible de ver, pero lo siento cuando le doy una palmada en la espalda
para señalarle un callejón estrecho.
Un suspiro exagerado. «Claro. Subamos más escaleras». Pero le encantan las
paredes cubiertas de hiedra tanto como a mí, las macetas de colores llenas hasta los
topes de pimientos picantes y chumberas. Su felicidad se refleja en la comisura de sus
labios. Las arrugas se marcan en la fina red de líneas que se extiende desde sus ojos.
Porque llevo sus gafas de sol.
«No tenemos por qué hacerlo. Si tus rodillas están demasiado cansadas, viejo...».
Me atrae hacia él, bajo su brazo. Aunque tengo la piel pegajosa y no recuerdo si
me he puesto desodorante, le dejo.
«¿Qué?», me pregunta a mitad de la escalera, cuando se da cuenta de que le
estoy sonriendo.

236
«Nada, solo...».
Se detiene. Se inclina para besarme, primero en la punta de la nariz y luego,
detenidamente, en los labios.
Y pienso: Solo.

«PRUÉBALO», me dice en medio de la exploración del bullicioso mercado,


después de pagar de más a un vendedor local por una sola rama de tomates cherry.
«Ni hablar».
«Pruébalo», repite.
Hago un puchero. Sus nudillos están ahí, rozando mi labio inferior. «¿Cómo pasó
mi vida de ser una heladería tradicional siciliana a esto?».
«Esa actitud hacia los productos frescos no te llevará muy lejos en la vida».
«¿Qué? Me encantan los productos frescos. ¡Algunos de mis mejores amigos son
productos frescos! Lo único que digo es que hay un momento y un lugar para cada
cosa». Pero él me lo está ofreciendo, con ese rojo escarlata tan intenso, tan tentador.
Quizás mi cuerpo necesite algunos nutrientes.
«Joder», gruño, masticando. «¿Me estás tomando el pelo?».
«¿Qué te había dicho?».
«Te odio». Me meto otro en la boca. «Está tan dulce».
Me aparta un mechón de pelo detrás de la oreja. Me observa mientras me como
el resto de la rama con una expresión satisfecha y presumida que me hace darle un
codazo en el costado.
«¿Y qué hemos aprendido?», pregunta.
«¿Que debemos respetar a nuestros mayores?».
Entrecierra los ojos. «Que siempre es un buen momento para los productos
frescos. Problemas».
Me río. Si alguien se acercara a mí y me abriera el pecho, vería una luz brillando
en su interior.

237
SIEMPRE ME HA GUSTADO el sexo. Besar... Demasiado variable. Inconcluso.
Sobre todo, es mucho más difícil enseñar a un hombre a besar correctamente que a
follar. Probablemente por eso solía estar indecisa al respecto.
Conor me convence de lo contrario en solo unas horas. Luego almorzamos en la
terraza del segundo piso de un restaurante cerca de Corso Umberto. Es un lugar
agradable, un poco elegante, y me preocupa que el bordado de fresitas que llevo haga
que me echen, pero parece que no les importa. O tal vez Conor ha usado tantos
gemelos en su vida que ahora le está retribuyendo con la misma moneda.
«Bueno», digo al final de la comida —melón, jamón serrano y queso cremoso,
rúcula, focaccia crujiente, Aperol Spritz—. «¿Es esta nuestra primera cita?».
Eso es lo que tiene sentarse uno frente al otro: no hay besos. No hay forma de
apartar la mirada. No hay forma de que él ignore mis típicas preguntas difíciles.
No es que lo fuera a hacer, al menos a juzgar por lo relajada que sigue estando su
postura, con la mano descansando sobre la mesa.
«No lo sé», dice, con el mismo tono de curiosidad que yo. «¿Te gustaría que esta
fuera nuestra primera cita?».
«¿A ti te gustaría que fuera nuestra primera cita?».
Lo piensa detenidamente. «¿Sinceramente? No».
Espero a que mi estómago empiece a revolverse, pero no ocurre. Me siento muy
segura con todo esto. Él dijo que me ama, lo que significa que debe haber una
explicación.
«Es un concepto muy estadounidense», continúa.
«¿El qué?».
«Las citas. Estoy seguro de que ahora también se ha popularizado en Europa. Las
aplicaciones y los medios de comunicación. Y sé que, a estas alturas, he vivido más
tiempo en Estados Unidos que en Europa, pero mis años de formación fueron aquí, y la
idea de un marco formal para guiar a las personas mientras intentan evaluar si son
compatibles románticamente es... demasiado parecida a una presentación
corporativa».
«Dice el Emprendedor del Año de Austin».
Se encoge de hombros. «También es incómodo. La gente intenta mostrar sus
mejores cualidades, pero hay mucho en juego y están nerviosos, lo que es
contraproducente. Es la naturaleza experimental de la cosa. Como si hubiera algo que
demostrar, un nuevo nivel al que ascender. La necesidad de descubrir si una dosis
subóptima de alguien a quien apenas conoces podría ser compatible con tu sistema, y
238
luego aumentar lentamente la ingesta, ver si tu organismo la tolera... Es el tipo de
cosas que haces para acostumbrarte a los venenos».
«Vale, entonces... ¿cómo lo hacéis en Irlanda? ¿O cómo lo hacíais, al menos?».
«Conoces a gente en el trabajo o en la escuela. Dentro de un grupo de amigos.
Desarrollas una atracción orgánica con alguien. Para cuando salís a tomar algo, ya
sabéis que os gustáis. Lo hacéis porque queréis pasar tiempo juntos».
Levanto las rodillas, desconfiada. Las abrazo contra mi pecho. «Lo que estás
diciendo es que te gustaría que saliéramos varias veces con varios acompañantes, tras
lo cual quizás podamos hacer algo que suene a cita, pero que no se pueda llamar cita,
para no herir tu frágil sensibilidad de millennial europeo».
Él se ríe, lleno de calidez. «Lo que digo es que ya sé que estoy enamorado de ti y
que no me interesa estar separado de ti. No te necesito en pequeñas dosis, porque...
lo quiero todo».
Sus palabras me envuelven como un abrazo, pero no quiero darle la satisfacción
de ver lo que me hace su franqueza, todavía no, e intento borrar la sonrisa de mis
mejillas. El problema es que está demasiado cerca. Esto es demasiado bueno. «¿Te das
cuenta de lo descabellado que suena? Que después de años comportándote como un
capullo...».
«¿Un capullo?».
«Sí, precisamente como, como he dicho, un capullo, ahora simplemente... has
cambiado de opinión sobre nosotros».
Él asiente lentamente. Contrito, creo. «Tienes todo el derecho a estar
aprensiva».
«¿Aprensiva? Tendrás que perdonarme si sospecho que se trata de un caso de
acumulación de placas amiloides haciendo de las suyas en tiempo real».
Él suspira. «Realmente te estás divirtiendo con las bromas sobre el
envejecimiento, ¿eh?».
«Te lo mereces, ya que lo has convertido en tu causa célebre durante tanto
tiempo».
No puede ocultar su sonrisa. Y yo tampoco.
«¿Es por lo que dijo Rue?», le pregunto.
«¿A qué te refieres?».
«Esta mañana, cuando le dio las gracias a Eli por ser paciente con ella... ¿Es por
eso por lo que has cambiado de opinión?».
«No, Maya. En absoluto. Fue anoche. Todo lo que dijiste, yo...». Niega con la
cabeza. «Creo que lo sabía todo. Las pequeñas cosas. Cuando te dije que mi decisión
de mantenerme alejado de ti era algo que tenía que renegociar conmigo mismo cada
día, no mentí. Y cada día mi cerebro se inventaba nuevas razones, insistía en que tal
vez podría permitirme estar contigo, y yo tenía que convencerme de lo contrario. He
debatido sobre nosotros mil veces en mi cabeza, y siempre me he puesto del lado de
quien quería protegerte de una relación con alguien como yo. Y entonces, anoche, me

239
hiciste darme cuenta de que ninguno de mis malditos argumentos importaba. Estaba
tratando de protegerte de algo que ni siquiera considerabas una amenaza, cuando lo
único que realmente importa es...
«¿El triunfo del libre mercado?».
«Tú». Su risa es suave. «Por lo que a mí respecta, el mercado no regulado puede
irse al carajo».
Me recuesto en mi silla. Lo estudio. «Está bien».
«¿Está bien?».
«Bien».
Un lento asentimiento con la cabeza. «Bien».
«Entonces». Intento sonar solemne. Finjo que no hay fuegos artificiales
estallando por todo mi cuerpo. «Dado que mi hermano está demasiado ocupado
haciendo maratones sexuales con su nueva esposa como para garantizar la
preservación de mi honor, me perdonarás si te hago algunas preguntas».
«Por supuesto». Me hace un gesto, seguro de sí mismo.
«¿Cuáles son tus intenciones?».
Se le forma un pliegue entre las cejas. «¿En relación con...?».
«Bueno, no estamos saliendo, porque estás demasiado ocupado protestando
contra la hegemonía estadounidense en todas sus formas e ideales. ¿Entonces soy tu
novia?».
Una pausa casi imperceptible. «Si tú quieres».
«Deja de decir... ¿qué te gustaría a tí?».
«Yo... claro. Me encantaría que fueras mi novia».
«Perdona, pero eso no suena muy entusiasta».
«Lo es. Estoy entusiasmado».
«Si solo quieres que seamos amigos con derecho a roce, puedes decirlo».
«No, Maya».
«Es que no entiendo qué es lo que tú...».
«Quiero casarme».
De repente, se inclina hacia delante. Una luz desafiante, ardiente e inquisitiva en
sus ojos.
Parpadeo. Muchas, muchas veces. «Bueno».
«Sí». Un suspiro. «Me encantaría casarme mañana. Pero tú vas a cumplir
veinticuatro años dentro de tres meses y, como te he repetido hasta la saciedad, yo
tengo treinta y ocho. La diferencia de edad no es culpa tuya y no deberías precipitarte
a dar pasos importantes solo por...».
«¿Tu avanzada edad?».
«Exactamente. Y no creo que sea justo por mi parte exigirte un compromiso tan
pronto. No después de haber sido tan estúpido durante tres años».
Tiene razón. Puede que esté locamente enamorada de él, pero no tanto como
para no verlo. «Entonces...?».

240
«Entonces, nosotros...». Se pasa la mano por el pelo, como si fuera un tema
estresante para él, y que ha vuelto a plantearse muchas veces. Me pregunto cuántas
horas, días, semanas ha pasado despierto en la cama buscando una solución que nos
permita estar juntos sin atarme a él. «Empezamos desde donde lo dejamos».
Abro mucho los ojos. «¿Anoche?».
«No, yo...». Se lleva los dedos al puente de la nariz. «Me refería a hace diez
meses».
«Ah. Entonces, ¿hablamos por teléfono como en los noventa y vivimos en
continentes diferentes?».
«No. O sí, si tú quieres. Maya, aceptaré todo lo que me des y nada más. Pero
mantengo lo que dije anoche. Quiero que tú mandes».
«Conor». Deslizo la mano por la mesa, rozando sus nudillos con los míos. «Si lo
que quieres es pegging, solo tienes que pedirlo».
Él baja la cabeza, pero no antes de que yo note su sonrisa. Cuando levanta la
vista, vuelve a ponerse serio. «Aquí hay una diferencia de poder. He admitido y volveré
a admitir que he sido un idiota obstinado en lo que a ti respecta, pero, para que quede
claro, no creo que los problemas que planteé hayan desaparecido. Sigues siendo
mucho más joven. Es decir, apostaría un buen tercio de mis bienes a que el camarero
se está preguntando por qué no puedo apartar la mirada de mi hija».
Me inclino hacia delante. Veo a un veinteañero holgazaneando bajo una de las
sombrillas, con aire aburrido, esperando a que la multitud del almuerzo invada el
restaurante. Con una pequeña sonrisa, entrelazo mis dedos con los de Conor. Levanto
su palma hasta mis labios. Le doy un beso en el centro. Un suave roce con mis dientes.
«Creo que acaba de darse cuenta de que no somos parientes», murmuro.
Conor niega con la cabeza, con esa sonrisa aún en los labios, y vuelve a hablar
con voz ronca. «Lo que quiero decir es que tenemos que reconocer que yo soy mayor,
tengo más experiencia vital y más recursos económicos».
Me miro. «Solo porque tenga arena en el mono y lo haya manchado de
granizado, no significa que no tenga mi propio fondo cotizado en bolsa».
«Claro, sí». Vuelve a sonreír. Tan abierto, que mi corazón se eleva hasta el cielo.
Me mira, desaliñado por la falta de sueño, niega con la cabeza y dice: «A pesar de
haber derramado granizado, sigues siendo demasiado guapa para mi gusto».
«Solo quiero tranquilizarte, por si te preocupa cargar con el peso de alguien más
joven y pobre, que tengo un trabajo en perspectiva, que llevo varios años siendo
económicamente independiente y...».
«Maya, es justo lo contrario. Quiero cuidar de ti. Quiero gastar dinero en tus
problemas y resolverlos por ti, por eso tengo que tener mucho cuidado de no
agobiarte...».
«Por eso no te atreves a pedirme matrimonio, ¿verdad?». Retiro la mano,
fingiendo estar molesta. «Supongo que tendremos que esperar para tener hijos,
¿no?».

241
Se queda paralizado. Se sonroja. Desvía la mirada. «Maya, yo no...».
«¿Planeas dejarme embarazada?».
Cierra los ojos, avergonzado. «No debí decir eso sin consultarlo primero contigo.
Fue...».
«Problemático».
«Sí. Maya, nunca te pediría que tuvieras un bebé si no estuvieras preparada.
Nunca te pediría que tuvieras un bebé que no quisieras...».
«Conor, relájate. Puedes ser partidario de los derechos reproductivos y pensar
que correrte dentro de mí es excitante».
Se tapa los ojos. «Dios».
«No hay nada de qué avergonzarse. Mucha gente tiene una fijación por la
reproducción».
«Joder, yo no».
«Oh, Conor. Sí que lo tienes».
«Qué amenaza tan jodida», refunfuña. Con las mejillas rojas. Adorable.
«No pasa nada. A mí también me gustan las cosas raras».
«¿Sí?».
«Oh, sí».
«¿Como qué?».
«¿Creo que se llama gerontofilia?».
«Vete a la mierda, Maya».
Intento contener la risa, pero no lo consigo. El camarero se gira hacia nosotros
con una sonrisa de desconcierto mientras observa a Conor frotarse los ojos. Yo,
partiéndome de risa.
«Para que quede claro», le susurro, inclinándome hacia él, «no soy realmente
gerontofílica. Eres la única persona mayor con la que quiero acostarme».
«¿Sí? Bien». Sus mejillas siguen sonrosadas. «Tampoco he fantaseado con dejar
embarazadas a otras mujeres».
«¿En serio?». Él niega con la cabeza. «¿Nunca?».
«Nunca».
«¿Minami y tú no...?».
«No. Éramos más jóvenes cuando estábamos juntos, aunque...». Él resopla.
«¿Aún así más mayores que tú ahora? Pero ella tuvo un susto con un embarazo una
vez».
«¿Y?».
«Resultó que solo tenía un retraso. Estaba constantemente sobrecargada de
trabajo y estresada por nuestro supervisor. Pero eso nos hizo pensar en formar una
familia y lo hablamos. Me di cuenta de que no quería tener hijos».
«¿Pero... ahora sí?». Intento entenderlo. «¿Crees que simplemente no estabas
preparado?».

242
«Quizás. O quizás es solo que cuando pienso en hacer algo contigo, me parece
una aventura. Escalar una montaña, formar una familia, mudarme a otro país... No se
me dan bien los cambios, Maya. Me gusta controlar mi entorno y limitar lo
desconocido. Pero hace un par de años me desperté y me di cuenta de que tú habías
cambiado completamente eso para mí».
«¿Por qué?».
«Porque, sin importar qué, dónde o cuándo, tú lo convertirías en algo
espectacular. Cualquiera que fuera la situación, tú harías que valiera la pena vivirla. Me
levantaría y tú estarías allí, guapísima, diciendo las cosas más molestas, volviéndome
loco y haciéndome reír. Y me encantaría cada segundo. Porque es contigo. Y tú
eres...». La forma en que se curvan sus labios es interna. Como si estuviera ordenando
los pensamientos en su cabeza. «Eres un problema. Un problema constante».
Es mi turno de bajar la mirada. De respirar hondo. «¿Sabes? Eli vino a verme
anoche. Antes de que... Antes. Me dijo que fuera suave contigo».
Conor suspira. Divertido. Indiferente.
«¿Te sientes... Ahora que él finalmente lo sabe, te sientes más segura? ¿Como si
finalmente tuvieras esa barrera de protección?».
«No. No lo siento. Nunca... Fue una idea estúpida, que la gente que me rodeaba
pudiera protegerme de mis sentimientos. Pero en mi defensa, durante un tiempo no
creí que estuviera enamorada». Debo de arquear las cejas, porque él continúa: «Era
demasiado absorbente. Demasiado desgarrador. Y pensé... Pensé: «He estado
enamorada antes. Esto no es lo que se siente».
«Y entonces me di cuenta de que simplemente no sabía cómo se sentía el amor,
pero seguía sin poder aceptar el riesgo de estar contigo y arruinar tu vida, así que me
dije a mí misma que el amor no era suficiente. Seguí moviendo las metas. Seguí
trazando nuevas líneas. Y... me preguntaste qué había cambiado entre anoche y esta
mañana: me hiciste darme cuenta de que algunas líneas deben dejarse donde se han
trazado. Y si las traspasamos...». Sus dedos se curvan alrededor de mi mejilla, y su
pulgar la acaricia de un lado a otro. «Entonces, que así sea».

El centro de la ciudad es precioso, aunque esté invadido por turistas.


Dondequiera que mire, hay una multitud de objetos únicos, mosaicos e iglesias,
fuentes y vistas, santuarios religiosos cubiertos de flores y la comida más deliciosa. Los
gatos callejeros duermen la siesta en los alféizares de las ventanas. Los carteles

243
pintados a mano nos invitan a entrar en trattorias y tiendas que venden joyas hechas
de piedra volcánica oscura. Después de comer, Conor me compra mazapán y limonada,
y una docena de baratijas nuevas con la bandera del trípode.
«Es mi nueva cosa favorita», le explico. «Voy a llevar una para todos mis
conocidos. Y cinco para Jade».
«Tú eres...».
«¿Qué?».
«Una persona profundamente extraña», dice, y luego me besa de nuevo, con una
mano en la parte baja de mi espalda y la otra en mi nuca.
«Mi amigo Des me enseñó a regatear», le digo. «Podría conseguirlo más barato».
«Ni hablar».
«Pero es divertido». Él asiente cuando yo jadeo, señalo a una artista callejera y
digo: «Me encanta esa melodía. ¿Tienes dinero en efectivo?».
Dejo caer unos euros en el estuche del violín de la chica y luego corro hacia un
lado, sumergiéndome en ese abrazo con un solo brazo que no es más antiguo que esta
mañana y, sin embargo, ya se siente indispensable. Vital.
«Es de uno de mis compositores favoritos».
«¿Ludovico Einaudi?».
Lo miro con el ceño fruncido. «¿Conoces a Ludovico Einaudi?».
«He oído hablar de él».
«Tú. El señor del techno industrial. Clang clang, kablam».
«Soy una persona polifacética».
«No es cierto. Solo conoces un género, y suena como si unos gatos monteses se
estuvieran apareando encima de una plataforma petrolífera. ¿Cómo es que conoces a
Ludovico Einaudi?».
Suspira. Contempla con atención el elegante movimiento de empuje y tracción
del arco. «¿Recuerdas esa aplicación musical que me hiciste descargar solo un par de
semanas después de que empezáramos a hablar? Querías que escucháramos un
podcast sobre remo. Juntos».
«Ah, sí. Lo recuerdo. Tuve que guiarte para vincular nuestras cuentas. Recuerdo
que pensé que estabas un poco senil, después de todo».
Su mirada es despectiva. «Puede que esté senil, pero nunca te diste cuenta de
que la aplicación requería una suscripción. Me registré y te incluí en el plan.
Básicamente, una cuenta conjunta».
Parpadeo. Porque uso esa aplicación con frecuencia. De hecho, todos los días.
«Vaya. ¿Has estado pagando mi música, además de mis anticonceptivos?».
«Al parecer. Pero tal y como funciona la cuenta... Me envía alertas. Me dice lo
que estás escuchando».
«Por favor, dime que desactivaste las notificaciones push».
«Podría decírtelo, pero...».
«Dios mío». Me tapo la boca. Me río con la palma de la mano. «¿Por qué?».

244
«Yo... Era agradable. A veces ponía las mismas canciones que tú y era casi como
estar juntos». Se encoge de hombros. El movimiento de sus músculos vibra por todo
mi cuerpo. «Me repetía a mí mismo: «Mañana lo desconectaré», pero...».
Pienso en los últimos tres años.
Todas las veces que decidí superarlo.
Todas las veces que me dije a mí misma que aceptaría al próximo chico que me
invitara a salir.
Todas las veces que no lo hice.
«Sí», digo, y luego me estiro, le doy un beso en la mejilla, segura de que ambos
estamos aquí para quedarnos.

245
Capítulo 40

Conor y yo entramos en la sala de estar cogidos de la mano, y es entonces


cuando me doy cuenta de que aún no estoy preparada para que el mundo, al menos
este mundo, tenga una opinión sobre nosotros. La luz de media tarde se filtra a través
de las cortinas vaporosas. Le aprieto los dedos antes de soltar los míos, le dedico una
sonrisa de disculpa y decido fingir que hemos llegado aquí al mismo tiempo por
casualidad. Al fin y al cabo, Eli nos ha convocado a todos por mensaje de texto.
El destino y todo eso.
Conor se sienta junto a Minami, haciendo rebotar a Kaede en sus rodillas,
notablemente paciente mientras ella le agarra las orejas con sus pequeños puños para
mantener el equilibrio. Desde varios asientos más allá, le hago muecas para hacerla
reír, con los pies de Nyota en mi regazo.
«Entonces», pregunta ella, «¿dónde estábamos esta mañana?».
La miro a los ojos. Sonrío y veo que ella hace lo mismo.
«Bien jugado, Killgore».
«Pensé que estarías orgullosa de mí».
«Oh, lo estoy. Te compraría un coche nuevo, si no estuviera segura de que papá
ya lo está haciendo».
Cuando Eli y Rue llegan, se sientan en los taburetes frente al piano de cola.
«Bueno», comienza él, «en resumen, hemos pasado las últimas cuarenta y ocho horas
intentando averiguar cómo traer aquí a treinta y pico personas. Catania no es el único
aeropuerto de Sicilia, y hemos explorado la posibilidad de utilizar barcos y autobuses.
Pero el efecto dominó de miles de personas cambiando sus planes de viaje fue
demasiado. Puede que incluso sea difícil sacaros de aquí...».
«Espera. ¿Entonces se cancela la boda?». La devastación de Axel es épica. E
inesperada.
«Ese hombre está muy involucrado», murmura Nyota. «¿Estaba a cargo del ajuar
de la boda o algo así?».
«Creo que simplemente le gusta el amor», respondo encogiéndome de hombros.
«Sin pensamientos, con la cabeza vacía, pero de una forma romántica». Es un chico
dulce. Un hombre. Da igual. Encontrará a alguien que lo cuide y será un gran
compañero de vida.
«La boda no se ha cancelado», asegura Eli. Su brazo se aprieta alrededor de Rue,
que se inclina más hacia él. «Rue y yo nos hemos casado».
Silencio. Me pregunto si debería fingir sorpresa. Miro a Conor, que sonríe como
si no le importara fingir.

246
«Sí. Lo hicimos sin vosotros presentes. Sé que os engañamos para que vinierais
aquí con la falsa excusa de que seríais testigos del comienzo del resto de nuestras
vidas, y...».
«Despreciable», murmura Minami secamente.
«... lamentamos mucho haber actuado de forma egoísta. Es broma, no lo
lamentamos. Esta boda fue un desastre total, y escuchar a mi muy racional prometida
usar sin ironía la palabra «maldición» precipitó esta decisión. Con todo respeto, podéis
iros a la mierda».
Tisha levanta la mano. «¿Aceptas preguntas en este momento?».
«Ah... claro».
«¿Cuándo os casasteis?».
«Esta mañana temprano...».
Se oye un coro de gemidos. Tras unos instantes, el dinero cambia de manos. La
mayor parte va a parar a Nyota.
«Gracias, sí, gracias... No, Tamryn, puedes pagar en euros, pero el tipo de cambio
me era mucho más ventajoso en el momento de la apuesta».
«Viejos cabrones», murmura Tisha, abriendo su aplicación Venmo. «¿No podían
haberlo hecho medio día más tarde?».
Después de pagar, la gente se agolpa alrededor de Eli y Rue para abrazarlos y
felicitarlos. Axel solloza de alegría mientras su hermano le frota la espalda.
«Ahora no sé qué hacer», murmura Nyota, contando su dinero.
«¿Qué quieres decir?».
«Es solo que, sin ceremonia, sin cena de ensayo, sin presentaciones a solteros
follables... No estoy segura de que Rue se haya esforzado lo suficiente para ganarse a
esta seguidora en Instagram.
Resoplo.
«Ahora que te has enriquecido a costa de nuestra angustia nupcial», dice Eli,
déjame contarte nuestros planes. Zarpamos hacia Grecia dentro de dos días y nos
quedaremos por aquí hasta entonces. La villa estará a disposición de todos vosotros
durante la próxima semana, gracias a Tamryn. Quedaos todo el tiempo que queráis».
«Durante todo el año que viene», añade Tamryn con una sonrisa pícara. «Por
favor, siéntanse libres de ejercer al máximo sus derechos de ocupación en la cartera
inmobiliaria aún sin liquidar de mi difunto marido». Todos se ríen.
«¿Alguna otra pregunta?», dice Eli.
Levanto la mano.
«Sí, Maya».
«¿Qué hay de la piscina de bolas que nos prometieron?».
Me muestra el dedo corazón mientras se marcha con Rue.
Cruzo la mirada con Conor mientras le entrega a Kaede a Sul. Sonrío, y él
también. Me invade una nueva sensación: que él y yo estamos en el mismo lado de

247
una línea invisible, y el resto del mundo está en otra parte. Nuestra propia Isola Bella.
Accesibilidad al banco de arena sujeta a cambios en el nivel del mar.
«¿Sinceramente?», dice Nyota, acomodándose para apoyar la cabeza sobre mi
hombro.
«Sí».
«Esta boda ha sido un desastre».
«Sí».
«Y no estoy más cerca de convertirme en la amante de un tipo rico».
«No».
«Pero, bueno... ha sido una buena semana».
Cierro los ojos. Inhalo el aroma a rosas de su cabello.
«Sí. Lo ha sido».

EN LÍNEA CON lo que va de semana, el congelador más grande de la villa sufre


una prematura avería unos veinte minutos más tarde.
«¿Tiene esto algo que ver con la erupción?», pregunto cuando veo a los chicos
de Lucrezia cargando con unos contenedores que parecen muy pesados hacia el patio.
«Lo dudo mucho», dice Avery. «Creo que solo es...».
«¿Otro acontecimiento turbulento en una larga lista de sucesos provocados por
la maldición?».
«No quería decirlo así, pero no creo que la diosa griega de las bodas nos haya
concedido su bendición. En fin, están intentando reorganizar los alimentos congelados,
pero parece que habrá que hacer sacrificios, así que si te queda sitio en el
estómago...». Señala cuatro cubetas llenas del helado que ha estado adornando mis
brioches por las mañanas. Está claro que hay que comérselas. Ahora mismo.
«¿Qué es ese pastel de ahí?», pregunta Nyota.
«Bayas silvestres y nata y algún tipo de relleno de pistacho. Se suponía que era
para la cena de ensayo, pero...».
«¿Significa eso que podemos comérnoslo?».
«Creo que significa que debemos comérnoslo».
Lucrezia nos entrega cucharas y cuencos con la expresión solemne de una reina
que nombra caballero a un escudero. Eli, Conor y Minami están al otro lado del patio,
riéndose tan fuerte que parecen a punto de mearse encima. Es una escena familiar, un
recuerdo de hace una década: los tres burlándose unos de otros, comportándose
como unos capullos y diciendo cosas que nadie puede entender, ni siquiera Sul.

248
Bromas tan privadas que parecen insultos. Pero es palpable lo mucho que se quieren,
incluso cuando están enfadados, frustrados o hartos los unos de los otros. La forma en
que lo dejan todo, lo perdonan todo, lo aceptan todo.
«Cuidado». Avery señala el helado que se derrite en mi cuchara, sobre mis
nudillos. Una gota marrón perfecta de bacio.
Conor dijo que significa «beso».
Respiro hondo. Me siento junto a Avery. «Sobre lo de anoche», empiezo.
Ella ya está negando con la cabeza. «Oh, Dios. No, yo...». Su mueca es de
arrepentimiento. «No tenía ni idea de que tú... Ahora todo tiene sentido. Me siento
fatal por lo que te dije en el teatro...».
«No, por favor. Debería haberte dicho que me gustaba».
Compartimos una sonrisa, que empieza tensa, luego se vuelve tímida y
finalmente se transforma en amabilidad.
«Parece que es algo más que eso», dice con delicadeza, y yo no la contradigo.
«Necesito que sepas que no estoy enamorada de él ni nada por el estilo. Esto no me
romperá el corazón ni creará problemas en el trabajo. Me gusta, pero... Minami nos
presentó hace unos años. Me dijo lo maravilloso que era y, cuando mi ex y yo
rompimos, pensé... ¿Por qué no Hark? Minami respondía por él. Habría sido...
conveniente».
Asiento con la cabeza, tratando de escuchar y comprender, manteniendo los
oídos y el corazón abiertos, para no dejar que los celos se apoderen de mí.
«Me habló de ti, ¿sabes?», añade. «El verano pasado. En nuestra segunda y
última cita. Tomamos un par de copas y lo soltó todo. Dijo que estaba enamorado de
otra persona. Supuse que se refería a Minami».
«Oh».
«Fue una tontería. Debería haberme dado cuenta de que no se refería a Minami
cuando mencionó que, dada la intensidad de sus sentimientos por ti, alejarte era lo
único sensato. Que estaba seguro de que acabaría apoderándose de toda tu vida y
aprovechándose de ti». Dice lo último con un ligero acento irlandés, y ambas nos
reímos.
«Es tan dramático», digo con cariño, sacudiendo la cabeza.
«Sí. Pero se preocupa y trata de hacer lo correcto en lugar de lo fácil. A veces se
equivoca un poco, pero tiene buenas intenciones». El sol ha llegado a nuestra mesa y
ella inclina la cara hacia atrás para recibirlo. «Creo que tú podrías ser exactamente lo
que él necesita».
«¿Cómo es eso?».
«Hark se toma a sí mismo muy en serio. Le vendría bien alguien que se riera de
sus constantes tonterías y no le dejara dar vueltas a las cosas. Alguien que le ayude a
desconectar un poco de la rutina diaria, ¿sabes? Una razón para volver a casa.
Creo que eso es lo que quiero. Quiero ser eso para él. Quiero que él sea eso para
mí. Pero digo: «Es pronto».

249
«Sí».
«Y tengo veintitrés años».
«Sí».
«Supongo... Puede que aún no funcione. Quién sabe».
Ella asiente. Sonríe. Me da un golpecito en el brazo con el suyo mientras coge la
cuchara. «O quizá sí».

250
Capítulo 41

Marea alta. Aire salado. Incluso los pájaros parecen agotados, mi sangre es casi
todo azúcar y leche, y necesito una siesta antes de cenar.
Conor me encuentra en el rellano del segundo piso y me lleva rápidamente.
Silencioso, con una media sonrisa. Me rodea el cuello con un brazo mientras me
empuja dentro de su habitación. Me empuja contra la pared y me besa, primero largo
y superficial, luego profundo.
«Sabes a avellana».
«Hmm». Le muerdo el labio inferior. «Y siempre lo haré, dada la cantidad de
helado que acabo de comer».
Se inclina lo suficiente como para reírse en mi garganta. Es tan diferente a él, los
constantes tocamientos, los besos en mi clavícula, cómo me atrae hacia él. No oculta
lo que le hago a su cuerpo, que le estoy haciendo sonreír. Es un cambio radical, pero
también... así es Conor. No podría ser más familiar, el peso de su tacto, mis pulmones
embotellando su aroma, los sonidos bajos y retumbantes de su pecho cuando se aleja
para preguntar: «¿Estás bien?».
No sé a qué se refiere. Su muslo entre los míos, sus dedos entrelazados en mi
cabello, el secuestro espontáneo. Asiento con la cabeza.
«¿Estás cansada?».
Vuelvo a asentir, esta vez con una sonrisa, y un minuto después estoy en su
cama. La lámpara de cristal que solía estar en la mesita auxiliar ha desaparecido. En
lugar de perder el tiempo con preguntas estúpidas, me incorporo y miro la familiar
bolsa de papel que me tiende. El mazapán de frutas que me ha comprado hoy.
Cuando levanto la barbilla para sonreírle, él está ahí, empujándome contra el
colchón, con las palmas a ambos lados de mis caderas, con voz baja y seria.
«Si la boda no se celebra, Tamryn y yo tenemos que volver a Irlanda lo antes
posible».
Mi estómago se contrae con un No. No. No voy a entrar en pánico por esto, no
antes de que él me lo diga «¿Por qué?».
«La finca».
«¿Han llegado a un acuerdo?».
«Quizás. Las cosas están mejorando, porque mis hermanos han empezado a
pelearse entre ellos».
«Qué conmovedor».
«¿Verdad?». Me besa en la nariz. «Será mucho mejor si estamos allí. Quizás
podamos resolver esta mierda de una vez por todas».
«Vale. Lo pienso». ¿Qué es lo que quieres conseguir con esto?».

251
«Nada. No necesito el dinero de mi padre. Pero Tamryn se lo merece. Y gran
parte de los activos... ella puede hacer más bien con ellos que cualquiera de mis
hermanos idiotas».
Tiene mucho sentido. Y no tengo intención de empezar esta relación sin confiar
en él. «Lo entiendo. Ella te necesita y es de la familia. ¿Hay algo que pueda hacer
para...?».
«Podrías venir conmigo.
Me echo hacia atrás, porque no me lo esperaba. Pero entonces mis labios se
contraen y... «¿Qué? ¿Como si fuera tu novia o algo así?».
Él pone los ojos en blanco. Me da otro beso, esta vez en la frente, y luego se
endereza hasta alcanzar su máxima altura. «Una parte de mí no querría nada más que
tenerte allí mientras lidio con este lío. Pero luego está la otra parte, la parte que
realmente querría que consideraras mezclar tu material genético con el mío en algún
momento en el futuro, y que está aterrorizado de mostrarte la depravación y la codicia
que hay en mi familia».
«Apuestas por mi ignorancia, ¿eh?».
«Es lo único que tengo». Suspira. Se pasa la mano por el pelo. «Sé que quizá no
sea posible. Tienes que llevarte a Tiny», y a Bitty, supongo, «a casa. Sé que prometiste
a Rue y Eli que cuidarías de la casa. Pero quería hacerte la invitación.
Inclino la cabeza. Observo a este hombre cansado, apresurado y demasiado
guapo. «¿Por qué?».
«Te he estado excluyendo durante mucho tiempo. Y quiero dejar claro que no
volverá a suceder».
Hay una rendición dentro de mí. Un espacio que se vacía, cede, se reajusta, para
dar cabida a una nueva sensación de tranquila alegría. «Siéntate», le digo, dando unos
golpecitos en la cama y rodeándole la cintura con un brazo cuando lo hace. «¿Cuándo
te vas?».
«Aún no lo sé. Dakota nos está reservando vuelos desde Palermo».
«¿Quién es Dakota? ».
«Mi asistente ejecutivo».
«Ah, claro. El tipo que revisa tus correos electrónicos».
«En realidad, ese es Seb. Tengo más de un asistente ejecutivo».
«¿Más de uno, como eh... dos?».
Silencio.
«¿Tres?».
Un suspiro.
«Oh, Conor ».
«Sustituí a Minami y Sul cuando se fueron de baja por maternidad y paternidad,
y la asignación de tareas...».
“I covered for Minami and Sul when they went on parental leave, and the carry
allocation—”

252
«Sí, sí. No creo que mi hermano tenga tantos. Pero, por otra parte, mi hermano
deja de trabajar de vez en cuando». Apoyo la frente contra su sien. Le beso la mejilla.
«Si alguna vez me compras flores, ¿debo suponer que son de Seb o de Dakota?».
«Nunca te compraría flores».
Frunzo el ceño. «¿Nunca?».
«Te compraría una planta en una maceta».
«¿Por qué?».
«Es uno de mis pasatiempos favoritos, verte arrastrarlas al borde de la muerte y
luego retorcerte ante Rue y suplicarle que las resucite...».
Me conoce tan bien que es natural que quiera besarlo. Y una vez que lo beso, no
puedo evitar continuar, tirándolo hacia la cama, tratando de acortar la distancia entre
nosotros.
No era mi intención que esto sucediera. Pero él sonríe y vuelve a posar sus labios
sobre los míos, frescos y deliciosamente insípidos, un respiro después de todo ese
azúcar, y eso es lo poco que hace falta. Sus cálidas manos acarician mi piel,
deslizándose con facilidad por mi mono y mi ropa interior. Mis dedos se apresuran
hacia la abertura de sus vaqueros, con la misma facilidad. «Yo...». Termina de besarme,
sin prisas, con suavidad. «No tenemos que hacer nada. Nunca. Si tú...».
«No, no, pero ¿deberíamos... esperar?», pregunto entre lametones de su lengua
sobre mis labios. Me echo hacia atrás. «Solo me preguntaba si tal vez...».
Me mira fijamente, curioso, paciente. Su mirada no delata el entusiasmo que se
refleja en el ritmo rápido y fuerte de su pulso bajo mi palma. Me río.
«¿Qué?», pregunta, pero también sonríe, como si lo único que le importara fuera
estar aquí, conmigo. Entenderlo es secundario.
«Me preguntaba si nuestra primera vez debería ser más memorable. La
verdadera. Después de todo lo que nos hemos hecho pasar el uno al otro y a nosotros
mismos, ya sabes. Y entonces recordé que...». Exhalo más risas contra su clavícula.
«Que tú eres tú. Y yo soy yo. Y que estamos un poco jodidos. Quiero decir, yo perdí mi
virginidad con MDMA, y tu idea de un gesto romántico probablemente sea abrirme
una cuenta de ahorros de alto rendimiento y luego ignorarme durante dos semanas
porque no eres digno de...».
Sus labios se presionan contra los míos, un beso contundente. A medio abrir,
pero también suave. «Maya», me dice, con la boca buscando mi cuello. «Las cosas que
dices, y joder, siempre hueles tan... joder».
Mi palma encuentra el contorno de su erección, sintiendo el temblor de sus
músculos, la fuerza con la que se presiona contra mí, buscando más contacto.
«¿Conor? Yo tampoco».
«¿Qué?».
«He estado con nadie más. Desde Edimburgo».
Se queda muy quieto. Cierra los ojos. «Mierda», susurra. «No voy a... Creo que se
me ha acabado».

253
«¿El qué?».
«Anoche».
«¿Se te ha acabado...?».
«El autocontrol».
Sonrío. El algodón cruje cuando deslizo mi mano dentro de sus calzoncillos.
«Dios». Me agarra la muñeca, la inmoviliza, pero no la aparta. «¿Hablabas en
serio sobre lo de los anticonceptivos?».
Cojo su mano libre con la mía y la levanto hasta que puede sentir el implante en
mi brazo. «Vale. Mierda, vale. ¿Puedo...? No estoy seguro de mi capacidad para
retirarme...».
«Sí. Puedes».
Él gime, baja la parte delantera de sus calzoncillos hasta que quedan
enganchados detrás de sus testículos y luego... no es suave, pero termina dentro de mí
y no puedo respirar. Esta vez estamos de lado, con mi rodilla doblada y levantada
contra su costado, y no puedo controlar nada, ni el ángulo —no es el adecuado— ni la
profundidad —jodidamente absurda— y tengo que obligarme a inhalar, a inspirar y
espirar, hasta que siento que mis entrañas se suavizan a su alrededor.
«¿Estás bien?», pregunta, con voz un poco arruinada y un atisbo de pánico en los
ojos. Se adentra más. Choca contra una pared. Gime cuando el placer-dolor me hace
apretarme contra él.
Estoy bien, digo, pero no me sale ningún sonido.
«Dios. Dios mío, Maya, yo... Si yo...». Exhala. Una risa silenciosa, autocompasiva y
humorística. «¿Confías en mí? Yo...».
No tengo ni idea de lo que quiere decir. Sigo intentando aprender a existir con él
dentro de mí. «Sí. Confío en ti, yo... Oh».
Me acaricia la nalga con la palma de la mano y me mueve contra él. Cierro los
ojos y me entrego a ello: frotarme contra su polla como si fuera una extensión de su
cuerpo, embestidas superficiales, rozando un punto realmente bueno, calor y tensión
enroscándose en mi vientre, y...
«Maya», susurra, «mírame a los ojos cuando me hagas correrme».
Abro los párpados y eso es todo. Siento cómo se corre dentro de mí, un apretón,
la sensación de plenitud. Gime, guturalmente, contra mi boca. Mantiene la mirada fija
en mí durante todo el proceso. Se estremece. Se entrega al placer y me deja
presenciarlo sin vergüenza.
Es hermoso de ver. Quiero que Conor haga esto, que me lo muestre, que se corra
sin que yo lo haga, un millón de veces más, pero con un último suspiro vuelve a la
tierra. Y dice: «Bien. Ahora podemos...».
Sus brazos me rodean. Sigue duro. Se mueve dentro de mí lentamente, con más
facilidad. Más besos, prolongados. Mi muslo tiembla cuando lo engancha sobre su
codo, un ligero esfuerzo en mis caderas, pero el calor vuelve a cosquillear mis

254
terminaciones nerviosas, y él me toca las tetas, y yo me río incluso cuando el aire sale
de mis pulmones. «Eso ha sido muy grosero, Conor».
«¿Qué... joder, esto es bueno... qué es grosero?».
«Correrte dentro de mí sin siquiera decirme lo guapa que soy».
Agarro la tela de su camisa y él también se ríe contra mi boca. Diversión, alegría,
compartidas en un solo suspiro.
«Estás bien», dice. Sus embestidas son suaves y sin prisas. Perezosas. Me vendría
bien más velocidad, pero... esto es para él. Quiero que sea para él. «Lo
suficientemente bonita, supongo».
Muerdo la carne de su hombro con tanta fuerza que le dejo una marca, y él se
ríe.
«Cuando te vi en Edimburgo», murmura, «no pude apartar la mirada. Tú no... No
puedo hacerte entender. No tengo palabras».
Inclina mis caderas de una manera que nos hace gemir a los dos. Está saciado.
Apenas se mueve.
«Simplemente no podía concebirlo. Eras lo más hermoso que había visto nunca,
y el cliché de ello, de ser un hombre de treinta y cinco años enamorándome de una
chica que solo tenía veinte años». Suspira junto a mi mejilla. «No dejaba de pensar en
mi padre y en todas esas mujeres. Lo ridículo que parecía desde fuera. No quería nada
de eso. Pero tú estabas allí, inteligente, segura de ti misma e independiente, pero
también joven. Y después de aquella primera noche me dije a mí mismo: «Joder, no. Ni
hablar». Pero seguí desayunando contigo, y tú convertías cada momento cotidiano en
una obra maestra». Nos mueve hasta que estoy arrodillada sobre él, con las palmas de
las manos a los lados de su cabeza. Sus manos recorren mis muslos desnudos, el lugar
entre nosotros que ya está empapado con su semen.
Pienso en ello, en esas sonrisas relajadas y despreocupadas que tenía durante el
día que pasamos en Edimburgo. La cálida sorpresa en su actitud, como si esa suave
felicidad fuera algo inusual para él. Deberías tener a alguien que te hiciera sentir así
todos los días, pensé. Yo estoy disponible.
Sus caderas se empujan hacia arriba y yo dejo escapar un fuerte gemido. Oigo
cómo la brisa se lo lleva y me muerdo el labio inferior.
«Y entonces hiciste un movimiento, y nunca había estado tan excitado. Te
observé dormir y no dejaba de pensar: podría despertarla. Podría darle lo que pide.
Podría follarla, y sería mejor que lo que había tenido hasta ahora». Sus dientes
recorren mi garganta.
Tiemblo. «Lo habría sido».
Él se ríe. «Un tipo mayor. El amigo de tu hermano. Qué trillado, ¿verdad?». Sus
caricias son pausadas, pero ya no son suaves. Su pulgar dibuja un círculo alrededor de
mi clítoris, y eso es todo. Mi orgasmo es sencillo, directo, fruto de la cercanía de Conor,
del roce de su piel sudorosa contra la mía, del delicioso aroma de su calor. Es bueno,

255
incluso perfecto, largas embestidas que lo mantienen cada vez más dentro de mí,
obligándolo a correrse de nuevo. Pero, sobre todo, tiene sentido.
No estoy segura de que nada más que este placer lo haya tenido, no tan
claramente, no para mí.
«Creo que deberíamos hacer esto a menudo», le digo más tarde, una vez que he
vuelto a dominar el arte del habla. Estamos de nuevo tumbados de lado. Me ha
abrazado contra su pecho y no parece querer soltarme.
«Supongo que ha estado bien».
Le pellizco y él me coge la mano. Se la lleva a los labios. «¿Puedes ponerte en
contacto con Seb?», le pregunto. «Si solo te quedas hasta mañana, estaría bien que lo
aprovecháramos al máximo. Podríamos volver a Isola Bella por la mañana».
«Me encantaría». Sin soltarme, se gira y coge su teléfono, encendiéndolo por
primera vez desde por la mañana.
La avalancha de notificaciones —mensajes de texto, correos electrónicos y algo
más que podría ser el Slack de la empresa— aparece de forma tan caótica que mi
cerebro no puede evitar asimilar algunas de ellas por reflejo.
Hay algunos problemas con el director técnico que querían nombrar.
No he podido localizar a Avery ni a ti. Sé lo de la boda, solo quería saber si todo
va bien.
Vaya, erupción volcánica.
¿Hay alguna razón por la que no contestas?
¿Cuándo volverás? Davida quiere concertar una reunión.
Escucha, tu asistente ejecutivo está en mi oficina llorando porque no ha podido
ponerse en contacto contigo.
Hemos contactado con Minami; ya no te necesitamos.
Tío, el maldito CIM Calatrava acaba de enviar...
¿Estás muerto? Porque la gente se está peleando por tu oficina.
Nos miramos. Desenvuelvo el mazapán que casi aplastamos, haciendo todo lo
posible por no reírme. «Vaya, Conor. Tu vida parece...».
Levanta una ceja.
«...deliciosa».
«Oye. Mi duro trabajo lo ha pagado». Señala con la barbilla la bola con forma de
cereza en la que estoy hincando los dientes.
«Y ninguna falta de equilibrio entre el trabajo y la vida personal ha sabido
mejor», digo, masticando.
Los mensajes siguen llegando. La cantidad de veces que tiene que desplazarse
para llegar a sus mensajes con Seb me da un poco de náuseas.
«Creo que es un milagro».
«¿Qué?».

256
«Que solías responder a todos y cada uno de mis mensajes». Doy otro mordisco.
Dejo que el dulzor de la pasta de almendras permanezca en mi lengua. «¿Es normal
que los altos directivos trabajen tanto?».
«Es un periodo de negociación activo», dice, como un disco rayado. Espero,
paciente, hasta que suspira: «No».
«¿Todavía hay gente husmeando en todos tus mensajes y enviándote
resúmenes?».
«A veces». Otro suspiro. «Sí».
«Es bueno saberlo. Entonces no te enviaré desnudos ni sonetos obscenos.
Prefiero no acosar sexualmente a tus asistentes, que están mal pagados y tienen pocas
prestaciones».
«Están muy bien pagados y sabes muy bien que les damos un buen seguro
médico». Se frota los ojos durante un rato, hasta que estoy segura de que debe de ver
puntos brillantes. «Podría trabajar en ello», dice. Luego se corrige. «Trabajaré en ello».
«¿Eh?».
«Estar más disponible. Estar presente. La carga de la alta dirección».
Reprimo un bostezo. «Tengo la firme intención de hacer que cada segundo que
pases lejos de mí sea miserable para ti».
Una exhalación entrecortada que no es exactamente una risa. «Ya lo es».
«No, quiero decir... Aún más». La habitación está caliente y el azúcar me hace
sentir perezosa. «Te sorprenderá lo increíble que es tener una relación conmigo. Soy
muy interesante y divertida, y para nada desquiciada. Te dejaré boquiabierto». Me
acurruco contra él. «Y a tu cuerpo, por supuesto».
«Dios». Su mano está en la parte posterior de mi cabeza. Me dejo llevar por el
movimiento de su pulgar, por la temperatura de su piel.
«Me has hecho correrme unas diez veces. Te debo una».
«¿Qué tal si no llevamos la cuenta?».
«Dice el señor Números, el banquero de inversiones».
«Yo no soy banquero de inversiones, y tú eres física».
«Lo soy. Puedo aportar mi granito de arena y lo haré», le aseguro.
«Si insistes», dice. Está sonriendo, lo noto en su acento, ligeramente más
marcado de lo habitual. Podría abrir los ojos para asegurarme, pero esto es tan
agradable. Adormecerme. Sentirme cerca de él. Su respiración y la mía. Recuperando
tres años de aire no compartido.
«Lo hago. Y tú dijiste que querías que yo estuviera al mando».
Una mano se posa en mi cadera. Peso perfecto, calor perfecto. «Qué amenaza»,
susurra, y no hay en ello ninguna de las burlas habituales, el falso tono de reproche. Su
voz es emoción sobre emoción, y aunque no puedo nombrar ninguna con certeza,
siento que mis labios se curvan hacia arriba y me doy cuenta de que estoy demasiado
somnolienta para mantenerlos rectos.

257
Después de la boda

258
Capítulo 42

MAYA: Si tuviera un euro por cada vez que me he quedado dormida después de
tener sexo contigo y luego me he despertado y he descubierto que te habías ido a otro
país, tendría dos euros.
MAYA: No es mucho, pero es raro que haya pasado dos veces.
CONOR: No tiene gracia, Maya.
MAYA: Dios mío. ¿Señor? ¿Mi texto ha sido elegido entre todos los que había?
MAYA: Me imagino esos espermatozoides que compiten por llegar al óvulo a
través de las trompas de Falopio.
MAYA: Oh, no. ¿Una comparación inapropiada? ¿Ha activado tu fetiche favorito?
¿Te ha excitado durante una reunión con tu equipo legal?
CONOR: De nuevo, no tiene gracia.
MAYA: Un poco sí, vamos.
MAYA: Si te doy mis dos euros, ¿me perdonarás?
CONOR: No, pero los usaré para comprar una mordaza y unos guantes, ya que
eres incapaz de comportarte.
MAYA: Realmente no sabes el precio de las cosas, ¿eh?.
MAYA: De todos modos, ¿dónde estás?
CONOR: Mira tu teléfono.
MAYA: Oooh. ¿Cuándo compartiste tu ubicación?
CONOR: Estabas dormida.
MAYA: ¡Qué mono! ¿Qué más le hiciste a mi cuerpo nubile mientras estaba
inconsciente?
CONOR: Mira la planta de tu pie derecho.
MAYA: Vaya.
MAYA: No puedo creer que realmente esperara encontrar algo.
MAYA: Bien jugado, Harkness.
CONOR: Es lo que te mereces.
CONOR: Problemas.

TARDAN DOS días en calmarse las erupciones, tres en que haya vuelos
disponibles y cinco en que yo pueda volver con los perros. Buenos momentos, buena

259
comida, buena compañía. Echo de menos a Conor, pero no como antes. Ya no es como
un agujero en el pecho, sino más bien un dolor temporal en las articulaciones.
Paul se ofrece a ayudarme a transportar a Tiny y Bitty, y vuela conmigo a Austin.
«Gracias», le digo en el aeropuerto, mientras terminamos nuestros espressos en
la barra del bar, con los codos rozándose y las migas de croissant pegadas a los dedos.
«De nada. ¿Y tú y Hark?».
Asiento con la cabeza.
«Genial. Quiero decir, raro».
«¿Por qué?».
«Bueno, da miedo».
«No, no da miedo».
«Sí, da miedo».
Me río. «Vale, está bien, sí. Da un poco de miedo».
Paul resopla. «Es que no me lo esperaba. ¿Sabías que hice prácticas con él? Era
muy estricto. Y tú... tú siempre serás la chica que me vomitó encima hace tantos
años».
Pienso en el hedor a macarrones con queso a medio digerir que impregnaba el
destartalado Honda Civic de Eli. Y luego pienso en lo que está por venir: nuevo trabajo,
nueva vida. Nuevo novio, antiguo amor. Pienso en los pequeños momentos que
conformarán mi futuro próximo. Poner mi vida en orden. Todas las primeras veces que
me esperan. Pequeños pasos y carreras hacia la meta. Crear recuerdos.
Con una sonrisa, digo: «Pero no lo haré».

NYOTA: Primer día de vuelta al trabajo. He desayunado una TORTILLA DE CLARAS


DE HUEVOS.
NYOTA: He cometido un terrible error.
MAYA: No puedo creer que hayamos vuelto voluntariamente, Ny
Después de Sicilia, no veo a Conor durante dieciséis días. Vuela directamente de
Irlanda a Canadá por alguna razón que rima con «acuerdo activo», pero como Eli, Sul y
Minami siguen en Europa, intento no tomarme demasiado a pecho las idas y venidas
de los mercados financieros.
Hay algo frío en la forma en que me mantiene constantemente informada a
través de mensajes: «Debería volver en dos días; hubo errores en la diligencia debida;
se pospuso una reunión; tres días; la semana que viene, a menos que estos idiotas la

260
caguen», y aunque sé que no me está mintiendo, siento una punzada de inquietud en
el estómago, un residuo de años de haber sido evitada, rechazada, apartada.
Él nunca dice que te echa de menos, señala una parte insegura y gelatinosa de
mí.
Está ocupado, replica mi cerebro. Estás pensando demasiado.
Y sé que lo hago: sola en la casa de Eli, cuidando a dos bestias desagradecidas
que se quieren más entre ellas que a mí, malditas sean, comiendo comida para llevar
todas las noches, con los amigos fuera de la ciudad, la pista de patinaje cerrada, sin
nada que hacer bajo el calor sofocante y opresivo de Texas, excepto preparar las
clases, lo que a la vez me aterroriza y me emociona. Pero Conor sí que parece raro.
Hay una capa de lona transparente entre nosotros: puedo verlo a través de ella, pero
está un poco distorsionado. Y al cabo de unos siete días, cuando hablamos por
FaceTime, se lo pregunto directamente.
«Suenas raro».
«¿De verdad?».
«Como si...». Me acomodo en la almohada. «Como si hubiera algo que no me
estás contando».
«No hay nada».
«Claro. Por supuesto. Pero si lo hubiera...».
«No...». Niega con la cabeza. Sigue llevando su camisa abotonada y tiene el pelo
erizado en el lado izquierdo de la cabeza. Es una puta tragedia lo poco que he podido
tocarlo últimamente. El mismo día que me dieron permiso, me quitaron su piel. La
Haya lo condenaría. «No pasa nada, Maya. Cuéntame sobre Tiny y...».
«No pasa nada, pero...».
Un profundo suspiro. Desvía la mirada, riendo, irritado, molesto. Lo amo. Es
terco, cree que siempre sabe lo que es mejor, no tiene ni idea de cómo hablar de sus
emociones y probablemente será un fastidio como novio.
No puedo esperar a nuestra primera pelea de verdad. No puedo esperar al resto
de nuestras vidas.
«Es solo que...». Se detiene. Por fin, vuelve a empezar. «Es solo que realmente
necesito estar, como mínimo, en el mismo maldito país que tú».
Sonrío. Abrazo mis rodillas contra mi pecho, tratando de mantener todo el calor
que sus palabras generaron dentro de mí. «Cuéntame más», digo.

261
CONOR: No puedes hacer eso.
MAYA: ¿El qué?
CONOR: Ya sabes qué.
MAYA: ¿Lo sé?
MAYA: Espera. ¿Se trata de lo que te envié?
CONOR: Sabes que sí.
MAYA: Entonces, ¿no puedo enviarte fotos?
MAYA: Estoy confundida.
CONOR: Nunca has estado confundida en tu vida.
Sonrío.
MAYA: Siempre hay una primera vez para todo.
MAYA: Es que no entiendo cuál es el problema. ¿Crees que se trata de una
infracción de los derechos de autor? Porque quizá no quede claro, ya que no se me ve
la cara, pero la foto era un selfi. Es mi propiedad intelectual.
CONOR: Maya.
MAYA: Es mía. Legalmente. Y soy mayor de edad.
MAYA: ¿Por qué? ¿No te ha gustado?
MAYA: ¿Estás diciendo que soy fea?
CONOR: ¿Estás intentando provocarme un aneurisma?
MAYA: Escucha, úsala como quieras.
MAYA: Si no quieres verla, siempre puedes borrarla.
CONOR: No voy a borrarla, joder.
MAYA: Pero ¿lo que estás diciendo es que no debería enviarte más fotos en las
que lleve menos ropa?
CONOR: Joder.

ELI Y RUE regresan antes que Conor, bronceados, relajados y desinhibidos,


sonriendo como si estuvieran colocados con el cóctel más mágico de estimulantes y
tranquilizantes, sin estar aún preparados para dejar de tocarse.
«Me voy a mi apartamento», grito cinco minutos después de que Eli deje sus
maletas al pie de las escaleras. Me meto bajo el brazo la bolsa de loukoumi que han
traído y suspiro al no recibir respuesta.
«Me siento muy sola en mi casa», le digo a Conor más tarde, con el teléfono
entre el hombro y la oreja mientras corto tomates. «El aire acondicionado está a punto

262
de estropearse. No tengo plantas, ni perros. Debería tener uno. Oooh, ¿debería tener
un gato? ¡Austin Pets Alive! siempre tiene los más bonitos...».
«¿Dónde está Jade?».
«En casa de sus padres durante las próximas dos semanas». Suspiro. «No pasa
nada. Tengo mucho que hacer, solo echo de menos tener mascotas y...».
«Vete a mi casa».
Dejo de cortar. «¿Tienes un hurón secreto que yo no conozco?».
«No».
«Entonces, ¿qué cambiaría eso? Tu casa sigue estando desierta y...».
«Mi aire acondicionado funciona. Y tengo alarma. Sería más seguro. Mi cama es
probablemente más cómoda que la tuya, la limpieza va una vez a la semana, tengo una
televisión grande...».
«¿Cuándo fue la última vez que viste una película? Sé que es una pregunta difícil,
así que tienes diez minutos para pensar en una respuesta».
Un gemido. «Maya».
«¿Sí?».
«Solo ve a mi maldita casa».
Sonrío. Me meto una rodaja de tomate en la boca. «Me encantaría. ¿Debo entrar
por la fuerza? ¿Por la ventana trasera?».
«Eli tiene un juego de llaves de repuesto».
«Hmm». Una pausa. «Sabes que si voy a verle y se las pido, se dará cuenta de
que...».
«Sí», dice Conor.
Y eso es todo.

CONOR LLEGA A CASA en mitad de la noche, un día antes de lo previsto.


Está muy callado. Sin embargo, lo oigo y, antes de que pueda encender la luz, me
levanto de la cama y le apunto con un cuchillo de carnicero a la garganta.
«Oh», digo.
«Oh», refunfuña. Me quita el mango del cuchillo con suavidad y lo deja sobre la
cómoda. «Intentaba no despertarte».
«Claro. Eh... Iba a ir a recogerte. Mañana».
«¿Con o sin el cuchillo?». Me mira de arriba abajo. Observa la camisa que le he
robado del armario, las trenzas francesas que me he hecho en el pelo después de la
ducha. Parece que está intentando no reírse. «He cogido un vuelo más temprano».

263
Dios mío.
Se me ocurre que... está aquí. Conor ha terminado de reformar el mercado
biotecnológico y está aquí.
Me muero de ganas de tocarlo. Después de todos estos días echándolo de
menos, deseándolo, hundiendo la nariz en su almohada y odiando que el único olor
que pudiera percibir fuera el del detergente. Después de las videollamadas de baja
resolución y toda la comida que me había enviado. Incluso recién bajado del avión,
huele tan bien, se siente tan real y perfecto y familiar y nuevo, y hace tiempo que no
se afeita, lo que lo hace aún más guapo, y...
Se me corta la respiración. «Bendito sea Seb», digo.
«Sí».
«Espero que su bonificación sea enorme».
Conor asiente. «Lo es».
«Estoy dispuesta a contribuir con mi sueldo. Y podría rematar con unos
desnudos».
«No será necesario».
«Preguntémosle. Quizá le guste la idea».
«Maya, si tú...».
Me abalanzó sobre él. No hay otra palabra para describirlo: mis muslos alrededor
de su cintura, los codos sobre sus hombros, mis labios chocando contra los suyos de
una forma que probablemente sea demasiado dentuda y dolorosa y nada agradable,
pero sus manos están bajo mi trasero, atrayéndome hacia él.
Él me devuelve el beso. y entonces estamos en el colchón. Me repite unas diez
veces lo perfecta que soy, «demasiado perfecta, vas a ser mi perdición», pero cuando
le empujo los hombros para que me quite el peso de encima, me deja dar la vuelta.
«¿Se ha cancelado el trato?», le pregunto mientras le desabrocho el cinturón y le
saco la camisa de los pantalones, ya sin aliento.
«Yo... no es así como...».
«Pero ¿se ha acabado?».
«Se ha acabado...».
«No te vas a ir...».
«No me voy a ir, no me voy a ir hasta... nunca».
«Bien, te extrañé». Nos besamos, desordenadamente, descuidadamente,
demasiado rápido. «Te extrañé». Mi mano está en sus boxers y le estoy sacando la
polla, y tal vez sea por la forma en que me lamo los labios, pero él sabe exactamente lo
que estoy pensando.
«Maya. Amor». Su mano en mi cabello. «No creo que ahora sea el mejor
momento...».
«¿En serio? Qué gracioso».
«¿Por qué?».

264
«Porque yo sí creo que ahora es el mejor momento». Es agradable sentir su peso
sobre mi lengua, la exhalación obstaculizada cuando su cabeza se echa hacia atrás. Se
siente demasiado grande y perfecto. Se estremece con el ligero roce de mis dientes,
con la forma en que separo los labios y chupo la punta, estudiando cada respiración,
cada parpadeo de sus pestañas.
Sus manos en mi cabello, sujetándome, sin empujar.
Mi nombre, susurrado, gemido, suplicado.
Un murmullo: «Joder».
Después de un rato, me sujeta la cabeza y empuja dentro de mi boca, despacio,
con suavidad. «Joder, Maya».
Chupo, con fuerza. Sus dedos se tensan contra mi cuero cabelludo, tratando de
apartarme.
«Maya», me advierte.
Tarareo alrededor de su polla. Lo siento temblar.
«Estoy intentando ser un caballero».
Un sonido escabroso. «¿De verdad?», pregunto, encantada por cómo pone los
ojos en blanco mientras le lamo la parte inferior del glande.
«Sí. Pero...». Giro la mano en la base de su polla y sus palabras se atascan. «Pero
estoy empezando a pensar que me dejarías hacerte cualquier cosa, Maya. Cualquier
cosa».
«No sé cómo... oh... cómo no te habías dado cuenta antes... ¿qué estás...?».
Me tiene la espalda pegada al colchón y está dentro de mí, así sin más. Un poco
demasiado fuerte, demasiado rápido, el ardor del estiramiento es sobrenatural, las
múltiples embestidas hasta que realmente está completamente dentro, despiadado,
perfecto...
«Sí», digo.
«Dios, Maya». Sus manos se cierran alrededor de mis muñecas. Las atrapan por
encima de mi cabeza. «No tienes ninguna maldita paciencia».
No cuando se trata de ti, quiero decir, pero mi boca está demasiado llena de su
beso.
«No he respirado ni una sola vez desde Sicilia», dice contra mi oído,
inhalándome, moviendo sus caderas contra las mías. «No puedo dejar de pensar en ti.
Es jodidamente desconcertante. Eres perturbadora. Para mi trabajo. Para mi sueño.
Para mi capacidad de pensar». Pensé que estaba completamente dentro, pero no.
Otro empujón y llega al fondo. «Joder. Joder. Te sientes mejor que cualquier cosa que
pudiera imaginar».
Sonrío contra su mandíbula. Intento liberar mis brazos. Me doy cuenta de que no
puedo. Así que digo: «¿Conor?».
«Sí».
«Quiero que me folles mil veces. En todos los sitios que puedas».

265
Está a punto de correrse. Su respiración es fuerte, una exhalación áspera contra
mi hombro, luego un gruñido profundo mientras sus manos arrancan las sábanas del
colchón y su polla se sacude dentro de mí. «Eres jodidamente peligrosa».
Sonrío, y él me abre como si fuera una muñeca, inmóvil debajo de él, y me besa y
me besa y me besa, el deslizamiento superficial y prolongado de su boca contra la mía,
su mano subiendo hasta la base de mi cuello para llevarme hacia él, y yo intento mover
las caderas para que por fin podamos...
Él se retira. Me da la vuelta y me pone boca abajo. Vuelve a penetrarme con
fuerza, follándome, y es tan agonizantemente bueno que veo las estrellas.
«Una amenaza», gruñe en mi oído, y cuando empieza a moverse, el resto del
mundo se desvanece, sus embestidas son tan fuertes que estoy segura de que
terminará antes que yo, pero su mano se desliza por mi piel, sus dedos encuentran mi
clítoris, y esto es tan increíblemente bueno que no sé qué hacer con mi propio cuerpo.
Agarro la almohada con las uñas, digo cosas sin sentido que solo significan «por favor,
no pares, si paras... por favor, no pares». El placer me atraviesa con la fuerza de un
terremoto. Presiono la palma de la mano contra la boca para ahogar mi grito.
«No». Conor me aparta la mano, entrelaza sus dedos con los míos y los clava en
el colchón. «No. Vas a gritarlo, joder. Quiero oírlo. Quiero oírte y vas a dejarme».
Lo hago. Y me derrito.
No es hasta mucho más tarde, con sus brazos rodeándome como cuerdas de
seguridad, cuando se me ocurre decir: «¿Conor?».
«¿Sí?».
Aprieto los ojos. Sonrío contra la almohada. «Bienvenido a casa».

266
Capítulo 43

Son los primeros días.


Entre nosotros dos hay mucho amor que durante mucho tiempo no tuvo dónde
ir.
Estamos recuperando el tiempo perdido.
Eso es lo que me digo a mí misma cuando parece que no podemos encontrar
tiempo ni espacio para nada más que para nosotros.
«Vayamos a algún sitio», sugiere unos días después de volver, pasando sus dedos
por mi pelo. «Solos tú y yo».
«¿A dónde?».
«A cualquier lugar donde Seb no pueda encontrarme».
Me río. «Para ir a algún sitio, tendríamos que salir de casa. ¿Estás dispuesto a
hacerlo?».
No. No lo está. Lo reconoce más tarde esa noche. Ritmo lento. Una brisa
constante que separa las cortinas a través de la puerta abierta del balcón. Estoy
demasiado floja para hacer otra cosa que no sea quedarme tumbada, sintiendo esa
cálida presión creciendo dentro de mí, tan feliz que puedo ver su forma en el techo.
Te quiero, pienso, rodeándole el cuello con los brazos. No lo digo, pero él lo oye
de todos modos y sonríe contra mi cuello.

LA CENA TIENE LUGAR unas dos semanas después de que Conor regrese.
Él no está nervioso al respecto. «No cambiará nada», me asegura, y yo le creo. Yo
tampoco estoy preocupada, pero no soporto los momentos incómodos, y agradezco
que Minami pregunte: «¿Deberíamos simplemente... reconocerlo?».
Todavía estoy masticando el primer bocado del risotto de Eli. Es mi plato favorito
de los que él cocina, y él lo sabe. «Te he atraído aquí como a una hormiga a una
trampa de azúcar», me susurró cuando entré. «No te preocupes, el Trivial Pursuit está
guardado bajo llave».
«¿Qué es lo que debemos reconocer?», pregunta Rue, levantando la vista de su
comida, y Dios la bendiga por ser como es.
«Ya sabes», dice Minami. «El hecho de que Hark y Maya estén actualmente...».

267
«No hay necesidad de hablar en detalle de lo que están haciendo», señala Eli.
«Saliendo. Están saliendo».
«Como hermano mayor, ¿les has dado tu aprobación?», pregunta Minami, lo que
hace que Eli dé un sorbo a su vino tinto.
«Como hermano mayor, mi aprobación es innecesaria».
Ella sonríe. «Respuesta perfecta. Te he educado muy bien».
«Así es. Además, Maya me da miedo. Y, en menor medida, Hark».
Conor suspira. Sabiamente, aún no ha empezado a comer. Desgraciadamente, ha
renunciado al alcohol, lo que significa que no ha podido disfrutar de una copa de vino
antes de la cena. «Maya y yo estamos juntos. Saliendo. En una relación. Lo que sea».
«¿Ya le has pedido matrimonio?», pregunta Rue.
«He estado ejerciendo moderación». Mira alrededor de la mesa. «Si tenéis algo
que decir al respecto, podéis decirlo ahora».
«¿O callaremos para siempre?», pregunta Minami.
Conor resopla. «Como si fuerais a hacerlo».
«No veo cuál es el problema», dice Minami. «Sigue siendo mucho menos raro
que Eli acabara con la protegida de Florence».
Conor tamborilea con los dedos. «Como mínimo, igual de raro».
«Sinceramente», continúa Minami aclarándose la garganta, «debo admitir que
me ha pillado por sorpresa. Estoy segura de que no te estás embarcando en esta
relación sin ser consciente de ciertos aspectos que podrían, eh, convertirse en
problemáticos».
Me muerdo la sonrisa. Bajo la mesa, le envío un mensaje a Nyota. Primera
mención de la palabra «problemático».
NYOTA: ¿Ha sido Minami?
MAYA: Sí.
NYOTA: Te lo dije.
«Pero», Minami sonríe, «estoy muy contenta de ver lo felices que parecéis. Y
esto significa que Maya estará con nosotros todo el tiempo. Tendremos a una joven
entre nosotros y ya no seremos unos anticuados y desconectados de la realidad».
Pongo cara de disgusto. «Lo siento, en eso no puedo ayudarte».
«Qué pena».
«La única preocupación es si el grupo de amigos sobreviviría a una ruptura entre
Hark y otro miembro», pregunta Sul. Pero todos miran a Minami, lo que le hace
admitir: «Buen punto», y volver a su comida. Me pregunto si volverá a hablar esta
noche.
«Por si sirve de algo», dice Conor, recostándose en su silla, «dudo que lo
hagamos. Esto es... no es algo espontáneo».
Minami asiente. «Bueno, todos sabíamos que Maya estaba un poco enamorada
de ti cuando era más joven, pero...».
«Esa no es toda la historia», dice él.

268
«¿No?».
«Hay un montón de... flashbacks», digo yo.
Parece despertar su curiosidad. Sul deja caer el tenedor. Minami se inclina hacia
delante. Incluso Rue, a pesar de ser Rue, parece interesada. «Cuéntanos», invita Eli.
Conor y yo intercambiamos una mirada. Bajo la mesa, me coge la mano y dice:
«¿Recuerdas hace unos años, el acuerdo con los Mayer?».

PASAMOS ESA noche en el sofá del solárium de Conor.


Me tumbo encima de él, con el sudor enfriándome la piel. El aroma de la
citronela se mezcla con el aire nocturno de Austin, tan similar al de Sicilia, tan
completamente diferente.
«¿Antares?», pregunta señalando una chispa roja en el cielo, y yo me río.
«Es un avión».
«¿Estás segura?».
«Te odio».
Dejo que su suspiro me meza como una ola. «Creo que ha ido bien», reflexiona.
«Estoy de acuerdo. Aparte de que Eli nos ha rogado que no nos fuguemos a Las
Vegas en las próximas dos semanas, lo que me dan más ganas de hacer precisamente
eso».
Sus labios se curvan. Una sonrisa torcida. «No digas eso. Estoy intentando con
todas mis fuerzas no pedirte que te cases conmigo».
«No te reprimas por mí. Me encantan las propuestas de matrimonio antes de
acostarnos». Le muerdo el hombro. Tiemblo, tengo frío.
«Déjame traerte algo para que te pongas».
«No pasa nada. No tengo tanto frío».
Pero él ya se está deslizando suavemente por debajo de mí. Lo sigo con la
mirada, sus muslos desnudos, la vista de su espalda. Nunca me han parecido atractivos
los traseros de los hombres, y no sé por qué no puedo dejar de mirar el suyo. Es más
bien su naturalidad, la confianza que tiene en su cuerpo lo que...
Conor vuelve. Pero cuando regresa no lleva una camisa, ni un jersey, ni nada que
yo asociaría con vestirse.
Y no soy tonta. Así que me incorporo.
«Dios mío. Lo estás haciendo. De verdad».

269
Se detiene a unos metros de mí. Inclina la cabeza y pregunta: «Esa es Antares,
¿verdad?».
Y sí. Lo es. «¿Estás tratando de distraerme del hecho de que me estás
proponiendo matrimonio, mientras ambos estamos desnudos, después de haber
estado saliendo durante aproximadamente un mes, mientras señalas mi estrella
favorita?
«No lo sé. ¿Ha funcionado?».
«¿Quieres que funcione?».
«Escucha, esto no es... ». Se pasa la mano por el pelo, sorprendentemente
conflictivo. «Estaba en Montreal, paseando, y vi un anillo que pensé que te gustaría,
pero no tienes por qué...».
Es todo lo que puedo hacer para no reírme en su cara. «Pareces nervioso,
Conor».
«Lo estoy».
«¿Estabas tan nervioso con Minami?».
«No».
«Pensabas que diría que sí, ¿eh?».
Se encoge de hombros con sencillez. «Sabía que podría sobrevivir a su no». Hay
algo en la forma en que lo dice, en las implicaciones, en lo que se esconde entre las
palabras, que...
Me arden los ojos. Y Conor debe notar el brillo en ellos, porque se arrodilla
frente a mí. «Mira, no tienes que decir que te casarás conmigo. Estás pasando por
muchos cambios y yo tendré que hacer lo mismo. El anillo solo puede significar... Solo
puede ser un recordatorio para ti de que te amo. De que quiero casarme contigo. Que
soy un sí constante e infinito. Y que cuando estés lista, dentro de dos años o dentro de
veinte, aquí estaré. Mientras tanto, podemos ser más... informales, y...».
Mi risa es entrecortada. «Eres la persona menos informal que conozco».
«Sí, bueno. Por desgracia, eso es cierto».
Le tiendo la mano. Observo el anillo único y vintage que tiene en la palma, la
perla y los diamantes engastados en el metal de oro rosa, y... claro, él encontraría el
anillo perfecto. Este imbécil.
«Hace un año dijiste que yo ponía a Minami en un pedestal. ¿Te acuerdas?».
Asiento con la cabeza.
«Tienes razón. No solo a ella, a todos los demás, siempre era capaz de ponerlos
en un pedestal. Ojos que no ven, corazón que no siente. Pero contigo... tengo que
seguir tu ejemplo». No parece resignado en absoluto. Como si yo fuera el accidente
más calamitoso que le ha ocurrido y no quisiera que fuera de otra manera. «No puedo
colocarte a mi gusto. Es brutal. Es aterrador. Pero ya no me importa vivir sin esto, así
que...».
«¿Conor?». Le acaricio la cara.
«¿Sí?».

270
Me permito sonreír. «Ni siquiera me has hecho la pregunta todavía».
Poco después, me quedo dormida con su anillo en mi dedo.

271
Nota de la Autora

Sicilia es mi región favorita de Italia, y espero que mi amor desenfrenado se haya


reflejado en el libro. Adoro todo lo relacionado con ella: la comida, la gente, el acento,
los paisajes, la música y los yacimientos arqueológicos. Sí, la primera vez que la visité y
vi su bandera tuve pesadillas durante un par de días, pero desde entonces el triskelion
me ha acabado gustando y ahora lo recuerdo con mucho cariño.
Por desgracia, no existe ninguna Villa Fedra en Taormina. La villa que se describe
en el libro es una amalgama de algunas de mis cosas favoritas de la ciudad, y me he
tomado algunas libertades con su ubicación en la costa, al igual que con las cuevas de
Isola Bella y con la probabilidad de que estos lugares no estén nunca abarrotados. Otra
licencia poética: el monte Etna entra en erupción con bastante regularidad, aunque
normalmente no interrumpe los vuelos durante tantos días como lo hizo durante la
boda de Eli y Rue.
Si alguna vez tienes la oportunidad de visitar Italia, te garantizo que Sicilia será el
viaje de tu vida. Y no te olvides de tomar una granita por mí.

272
Agradecimientos

Este libro me llevó dos años escribirlo y fue todo un torbellino. Me llevó un
tiempo llegar a un producto final con el que estuviera satisfecha, pero empecé a
escribir partes de él justo después de entregar Not in Love, en 2023, cuando mi amiga
Jen me dijo que quería la historia de Hark y Maya. Y seamos sinceros: escribo
principalmente para impresionarte a ti, Kennifer.
En un principio, tenía pensado escribir una novela corta, pero, como
probablemente habrás adivinado por la longitud totalmente normal de este libro, no
salió muy bien, y por eso estoy tan agradecida a mi editorial por intervenir y ayudarme,
y a mi agente, Thao Le, por hacer posible Problematic Summer Romance. En particular,
gracias a mi equipo de Berkley: mi editora Sarah Blumenstock (muchos de vosotros me
lo habéis preguntado, y sí, desbloqueó mi número cuando volvió de su año sabático; al
menos, eso creo); mis coeditoras Liz Sellers y Cindy Hwang; mi editora de producción
Jennifer Myers; mi editora jefe Christine Legon; mis comercializadoras Bridget O'Toole
y Kim-Salina I; mis publicistas, con quienes estoy enemistada, Kristin Cipolla y Tara
O'Connor; mi diseñador de interiores Daniel Brount; mi brillante artista de portadas
lilithsaur y mi diseñadora de portadas Vikki Chu; mi agente de derechos secundarios
Tawanna Sullivan; mi editora Christine Ball; mi correctora Randie Lipkin; mi revisora; y
la lectora fría Yvette Grant.
Muchas gracias a S. y C. por su paciencia mientras cumplía con los plazos, y a C.
por el chocolate que me dio energía. Como siempre, no podría haberlo hecho sin mis
amigos editores y su apoyo. En particular, estoy muy agradecida a mis compañeros
autores de novelas románticas y de fantasía de Texas por ser una comunidad increíble
y solidaria.
Por encima de todo: feliz cumpleaños, Jen. Espero que podamos seguir siendo
raras juntas durante muchos años más.

273
274

También podría gustarte