1 di 11
El que se enterró
Miguel de Unamuno
Era extraordinario el cambio de carácter que
sufrió mi amigo. El joven jovial, dicharachero
y descuidado, habíase convertido en un
hombre tristón, taciturno y escrupuloso.
Sus momentos de abstracción eran frecuentes
y durante ellos parecía como si su espíritu
viajase por caminos de otro mundo. Uno de
nuestros amigos, lector y descifrador asiduo
de Browning, recordando la extraña
composición en que éste nos habla de la vida
de Lázaro después de resucitado, solía decir
que el pobre Emilio había visitado la muerte. Y
cuantas inquisiciones emprendimos para
adivinar la causa de aquel misterioso cambio
de carácter fueron inquisiciones infructuosas.
Pero tanto y tanto le apreté y con tal
insistencia cada vez, que por fin un día,
dejando transparentar el esfuerzo que cuesta
una resolución costosa y muy combatida, me
dijo de pronto: "Bueno, vas a saber lo que me
ha pasado, pero le exijo, por lo que le sea
más santo, que no se lo cuentes a nadie
mientras yo no vuelva a morirme." Se lo
2 di 11
prometí con toda solemnidad y me llevó a su
cuarto de estudio, donde nos encerramos.
Desde antes de su cambio no había yo
entrado en aquel su cuarto de estudio. No se
había modificado en nada, pero ahora me
pareció más en consonancia con su dueño.
Pensé por un momento que era su estancia
más habitual y favorita la que le había
cambiado de modo tan sorprendente.
Su antiguo asiento, aquel ancho sillón frailero,
de vaqueta, con sus grandes brazos, me
pareció adquirir nuevo sentido. Estaba
examinándolo cuando Emilio, luego de haber
cerrado cuidadosamente la puerta, me dijo,
señalándomelo:
—Ahí sucedió la cosa.
Le miré sin comprenderle.
Me hizo sentar frente a él, en una silla que
estaba al otro lado de su mesita de trabajo, se
arrellanó en su sillón y empezó a temblar. Yo
no sabía qué hacer.
Dos o tres veces intentó empezar a hablar y
otras tantas tuvo que dejarlo. Estuve a punto
de rogarle que dejase su confesión, pero la
curiosidad pudo en mí más que la piedad, y es
sabido que la curiosidad es una de las cosas
que más hacen al hombre cruel. Se quedó un
momento con la cabeza entre las manos y la
vista baja; se sacudió luego como quien
adopta una súbita resolución, me miró
3 di 11
fijamente y con unos ojos que no le conocía
antes, y empezó:
—Bueno; tú no vas a creerme ni palabra de lo
que te voy a contar, pero eso no importa.
Contándotelo me libertaré de un grave peso, y
me basta. No recuerdo qué le contesté, y
prosiguió:
—Hace cosa de año y medio, meses antes del
m i s t e r i o , c a í e n f e r m o d e t e r r o r. L a
enfermedad no se me conocía en nada ni
tenía manifestación externa alguna, pero me
hacía sufrir horriblemente. Todo me infundía
miedo, y parecía envolverme una atmósfera
de espanto. Presentía peligros vagos. Sentía a
todas horas la presencia invisible de la
muerte, pero de la verdadera muerte, es
decir, del anonadamiento.
Despierto, ansiaba porque llegase la hora de
acostarme a dormir, y una vez en la cama me
sobrecogía la congoja de que el sumo se
adueñara de mí para siempre. Era una vida
insoportable, terriblemente insoportable. Y no
me sentía ni siquiera con resolución para
suicidarme, lo cual pensaba yo entonces que
sería un remedio. Llegué a temer por mi razón
...
—¿Y cómo no consultaste con un especialista?
—le dije por decirle algo.
—Tenía miedo, como lo tenía de todo. Y este
miedo fue creciendo de tal modo, que llegué a
4 di 11
pasarme los días enteros en este cuarto y en
este sillón mismo en que ahora estoy sentado,
con la puerta cerrada, y volviendo a cada
momento la vista atrás. Estaba seguro de que
aquello no podía prolongarse y de que se
acercaba la catástrofe o lo que fuese. Y en
efecto llegó.
Aquí se detuvo un momento y pareció vacilar.
—No lo sorprenda el que vacile —prosiguió—
porque lo que vas a oír no me lo he dicho
todavía ni a mí mismo. El miedo era ya una
cosa que me oprimía por todas partes, que
me ponía un dogal al cuello y amenazaba
hacerme estallar el corazón y la cabeza. Llegó
un día, el siete de setiembre, en que me
desperté en el paroxismo del terror; sentía
acorchados cuerpo y espíritu. Me preparé a
morir de miedo. Me encerré como todos los
días aquí, me senté donde ahora estoy
sentado, y empecé a invocar a la muerte. Y es
natural, llegó —advirtiéndome la mirada,
añadió tristemente:— Sí, ya sé lo que piensas,
pero no me importa.
Y prosiguió:
—A la hora de estar aquí sentado, con la
cabeza entre las manos y los ojos fijos en un
punto vago más allá de la superficie de esta
mesa, sentí que se abría la puerta y que
entraba cautelosamente un hombre. No quise
levantar la mirada. Oía los golpes del corazón
5 di 11
y apenas podía respirar. El hombre se detuvo
y se quedó ahí, detrás de esa silla que
ocupas, de pie, y sin duda mirándome.
Cuando pasó un breve rato me decidí a
levantar los ojos y mirarlo. Lo que entonces
pasó por mí fue indecible; no hay para
expresarlo palabra alguna en el lenguaje de
los hombres que no se mueren sino una sola
vez. El que estaba ahí, de pie, delante mío,
era yo, yo mismo, por lo menos en imagen.
Figúrate que, estando delante de un espejo, la
imagen que de ti refleja en el cristal se
desprende de éste, toma cuerpo y se te viene
encima...
—Sí, una alucinación... —murmuré.
—De eso ya hablaremos —dijo y siguió—:
Pero la imagen del espejo ocupa la postura
que ocupas y sigue tus movimientos, mientras
que aquel mi yo de fuera estaba de pie, y yo,
el yo de dentro de mí, estaba sentado.
Por fin el otro se sentó también, se sentó
donde tú estás sentado ahora, puso los codos
sobre la mesa como tú los tienes, se cogió la
cabeza, como tú la tienes, y se quedó
mirándome como me estás ahora mirando.
Temblé sin poder remediarlo al oírle esto, y él,
tristemente, me dijo:
—No, no tengas también tú miedo; soy
pacífico.
Y siguió:
6 di 11
—Así estuvimos un momento, mirándonos a
los ojos el otro y yo, es decir, así estuve un
rato mirándome a los ojos. El terror se había
transformado en otra cosa muy extraña y que
no soy capaz de definirte; era el colmo de la
desesperación resignada. Al poco rato sentí
que el suelo se me iba de debajo de los pies,
que el sillón se me desvanecía, que el aire iba
enrareciéndose, las cosas todas que tenía a la
vista, incluso mi otro yo, se iban esfumando, y
al oír al otro murmurar muy bajito y con los
labios cerrados: "Emilio, Emilio", sentí la
muerte. Y me morí.
Yo no sabía qué hacer al oírle esto. Me dieron
tentaciones de huir, pero la curiosidad venció
en mí al miedo. Y él continuó:
—Cuando al poco rato volví en mí, es decir,
cuando al poco rato volví al otro, o sea,
resucité, me encontré sentado ahí, donde tú
te encuentras ahora sentado y donde el otro
se había sentado antes, de codos en la mesa y
cabeza entre las palmas contemplándome a
mí mismo, que estaba donde ahora estoy.
Mi conciencia, mi espíritu, habían pasado del
uno al otro, del cuerpo primitivo a su exacta
reproducción. Y me vi, o vi mi anterior cuerpo,
lívido y rígido, es decir, muerto. Había asistido
a mi propia muerte. Y se me había limpiado el
alma de aquel extraño terror. Me encontraba
triste, muy triste, abismáticamente triste,
7 di 11
pero sereno y sin temor a nada. Comprendí
que tenía que hacer algo; no podía quedar así
y aquí el cadáver de mi pasado.
Con toda tranquilidad reflexioné lo que me
convenía hacer. Me levanté de esa silla, y,
tomándome el pulso, quiero decir, tomando el
pulso al otro, me convencí de que ya no vivía.
Salí del cuarto dejándolo aquí encerrado, bajé
a la huerta, y con un pretexto me puse a abrir
una gran zanja. Ya sabes que siempre me ha
gustado hacer ejercicio en la huerta.
Despaché a los criados y esperé la noche. Y
cuando la noche llegó cargué a mi cadáver a
cuestas y lo enterré en la zanja. El pobre
perro me miraba con ojos de terror, pero de
terror humano; era, pues, su mirada una
mirada humana. Le acaricié diciéndole: no
comprendemos nada de lo que pasa, amigo, y
en el fondo no es esto más misterioso que
cualquier otra cosa...
—Me parece una reflexión demasiado filosófica
para ser dirigida a un perro —le dije.
—¿Y por qué? —replicó—. ¿O es que crees que
la filosofía humana es más profunda que la
perruna?
—Lo que creo es que no lo entendería.
—Ni tú tampoco, y eso que no eres perro.
—Hombre, sí, yo lo entiendo.
—¡Claro, y me crees loco!...
Y como yo callara, añadió:
8 di 11
—Te agradezco ese silencio. Nada odio más
que la hipocresía. Y en cuanto a eso de las
alucinaciones, he de decirte que todo cuanto
percibimos no es otra cosa, y que no son sino
alucinaciones nuestras impresiones todas. La
diferencia es de orden práctico. Si vas por un
desierto consumiéndote de sed y de pronto
oyes el murmurar del agua de una fuente y
ves el agua, todo esto no pasa de alucinación.
Pero si arrimas a ella tu boca y bebes y la sed
se te apaga, llamas a esta alucinación una
impresión verdadera, de realidad. Lo cual
quiere decir que el valor de nuestras
percepciones se estima por su efecto práctico.
Y por su efecto práctico, efecto que has
podido observar por ti mismo, es por lo que
estimo lo que aquí me sucedió y acabo de
contarte. Porque tú ves bien que yo, siendo el
mismo, soy, sin embargo, otro.
—Esto es evidente...
—Desde entonces las cosas siguen siendo
para mí las mismas, pero las veo con otro
sentimiento. Es como si hubiese cambiado el
tono, el timbre de todo. Vosotros creéis que
soy yo el que he cambiado y a mí me parece
que lo que ha cambiado es todo lo demás.
—Como caso de psicología... –murmuré.
—¿De psicología? ¡Y de metafísica
experimental!
—¿Experimental? –exclamé.
9 di 11
—Ya lo creo. Pero aún falta algo. Ven conmigo.
Salimos de su cuarto y me llevó a un rincón
de la huerta. Empecé a temblar como un
azogado, y él, que me observó, dijo:
—¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡También tú! ¡Ten valor,
racionalista!
Me percaté entonces de que llevaba un
azadón consigo. Empezó a cavar con él
mientras yo seguía clavado al suelo por un
extraño sentimiento, mezcla de terror y de
curiosidad. Al cabo de un rato se descubrió la
cabeza y parte de los hombros de un cadáver
humano, hecho ya casi esqueleto. Me lo
señaló con el dedo diciéndome:
—¡Mírame!
Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Volvió a
cubrir el hueco. Yo no me movía.
—Pero ¿qué te pasa, hombre? —dijo,
sacudiéndome el brazo.
Creí despertar de una pesadilla. Lo miré con
una mirada que debió de ser el colmo del
espanto.
—Sí —me dijo—, ahora piensas en un crimen;
es natural. ¿Pero has oído tú de alguien que
haya desaparecido sin que se sepa su
paradero? ¿Crees posible un crimen así sin
que se descubra al cabo? ¿Me crees criminal?
—Yo no creo nada —le contesté.
—Ahora has dicho la verdad; tú no crees en
nada y por no creer en nada no te puedes
10 di 11
explicar cosa alguna, empezando por las más
sencillas. Vosotros, los que os tenéis por
cuerdos, no disponéis de más instrumentos
que la lógica, y así vivís a oscuras...
—Bueno —le interrumpí—, y todo esto ¿qué
significa?
—¡Ya salió aquello! Ya estás buscando la
solución o la moraleja. ¡Pobres locos! Se os
figura que el mundo es una charada o un
jeroglífico cuya solución hay que hallar. No,
hombre, no; esto no tiene solución alguna,
esto no es ningún acertijo ni se trata aquí de
simbolismo alguno. Esto sucedió tal cual te lo
he contado, y, si no me lo quieres creer, allá
tú.
Después de que Emilio me contó esto y hasta
su muerte, volví a verle muy pocas veces,
porque rehuía su presencia. Me daba miedo.
Continuó con su carácter mudado, pero
haciendo una vida regular y sin dar el menor
motivo a que se le creyese loco.
Lo único que hacía era burlarse de la lógica y
de la realidad. Se murió tranquilamente, de
pulmonía, y con gran valor. Entre sus papeles
dejó un relato circunstanciado de cuanto me
h a b í a c o n t a d o y u n t ra t a d o s o b r e l a
alucinación. Para nosotros fue siempre un
misterio la existencia de aquel cadáver en el
rincón de la huerta, existencia que se pudo
comprobar.
11 di 11
En el tratado a que hago referencia sostenía,
según me dijeron, que a muchas, a
muchísimas personas les ocurren durante la
vida sucesos trascendentales, misteriosos,
inexplicables, pero que no se atreven a
revelar por miedo a que se les tenga por
locos.
"La lógica —dice— es una institución social y
la que se llama locura una cosa
completamente privada. Si pudiéramos leer en
las almas de los que nos rodean veríamos que
vivimos envueltos en un mundo de misterios
tenebrosos, pero palpables".