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Examen3 H Mujer

El siglo XIX peruano evidenció una contradicción entre los ideales republicanos de libertad e igualdad y la exclusión de las mujeres de la ciudadanía plena, limitando su educación y rol social a funciones domésticas. A pesar de algunos avances en la educación y la participación simbólica durante momentos de crisis, como la Guerra del Pacífico, las estructuras patriarcales persistieron, relegando a las mujeres a posiciones subordinadas. Voces disidentes como las de Flora Tristán y Mercedes Cabello de Carbonera comenzaron a desafiar este orden, prefigurando cambios que se consolidarían en el siglo XX.

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Examen3 H Mujer

El siglo XIX peruano evidenció una contradicción entre los ideales republicanos de libertad e igualdad y la exclusión de las mujeres de la ciudadanía plena, limitando su educación y rol social a funciones domésticas. A pesar de algunos avances en la educación y la participación simbólica durante momentos de crisis, como la Guerra del Pacífico, las estructuras patriarcales persistieron, relegando a las mujeres a posiciones subordinadas. Voces disidentes como las de Flora Tristán y Mercedes Cabello de Carbonera comenzaron a desafiar este orden, prefigurando cambios que se consolidarían en el siglo XX.

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Informe Crítico Reflexivo: Educación y Rol Social de la Mujer Peruana en el Siglo XIX

La condición de la mujer peruana en el siglo XIX estuvo marcada por una profunda
contradicción inherente a la naturaleza misma del proyecto republicano. Por un lado,
las ideas ilustradas que impulsaron la independencia proclamaban principios de
libertad e igualdad; por otro, estas mismas ideas delimitaron de manera categórica los
espacios de participación femenina, confinándolas al ámbito doméstico mientras
excluían sistemáticamente a las mujeres de la ciudadanía plena. Esta paradoja se
manifestó de manera particularmente evidente en tres aspectos fundamentales: la
educación femenina, el rol social asignado a la mujer, y las problemáticas relacionadas
con la ilegitimidad en la estructura familiar, elementos que revelan las limitaciones
estructurales de un sistema que, pese a proclamar la modernidad, mantuvo intactas
las jerarquías de género heredadas del período colonial.

La Educación Femenina: Entre el Discurso Ilustrado y la Realidad Conservadora

El proyecto educativo femenino en el Perú republicano estuvo atravesado por una


lógica instrumental que subordinaba la instrucción de las mujeres a su función
reproductiva y doméstica. Como señala Rosas (2021, p. 12-13), el proyecto ilustrado de
modernidad estableció una división categórica entre la esfera pública masculina y la
privada femenina, donde las mujeres debían hacerse cargo del hogar y del espacio
doméstico en el seno de una familia "sentimental", convirtiéndose en madres de los
futuros ciudadanos. Esta concepción utilitaria de la educación femenina se materializó
en la creación de instituciones como la Escuela Normal de Mujeres en 1826, donde
según Zegarra (2007, p. 533), se impartía ortografía, gramática, aritmética y costura,
disciplinas que reforzaban el rol doméstico asignado a las mujeres.

La disparidad educativa entre hombres y mujeres resultaba alarmante en términos


cuantitativos. Según Beatriz S. (2002, p. 132), para 1853 existían 652 escuelas para
varones con 28,558 alumnos, mientras que apenas 3,400 alumnas mujeres se
distribuían en 73 escuelas. Esta desproporción no era casual, sino que reflejaba una
concepción social que consideraba la educación femenina como una actividad de lujo
destinada únicamente a las clases altas, donde las mujeres eran tratadas como objetos
estéticos a los que se les otorgaba cualidades superficiales como la música y la lectura,
pero sin que tuvieran un impacto real en la sociedad.

Sin embargo, el panorama educativo experimentó transformaciones significativas


durante el gobierno de Manuel Pardo, quien según Goicochea (2020, p. 55), abrió
Escuelas Normales en Cajamarca, Junín, Cusco y Lima en 1873, precediendo la
obligatoriedad de la enseñanza primaria para hombres y mujeres proclamada en 1876.
Estas iniciativas, aunque progresistas en apariencia, seguían subordinando la
educación femenina a su rol maternal, como lo evidencia Morán (p. 141) al señalar que
se necesitaba educar al bello sexo porque eran ellas las que instruían desde la infancia
a los futuros ciudadanos de la nación.

El Rol Social de la Mujer: Ciudadanía Negada y Participación Simbólica

El rol social asignado a la mujer en el siglo XIX peruano estuvo definido por una triple
función tradicional: madre, esposa e hija, sin acceso a la ciudadanía plena. Esta
exclusión política contrastaba paradójicamente con ciertos momentos de participación
simbólica durante las luchas independentistas. Ortemberg (p. 66) describe cómo
durante la independencia aparecía claramente el lugar activo destinado a la mujer
patriota, quien podía tomar las armas en la calle, mientras que la mujer realista se
escondía en los conventos, estableciendo una diferenciación política que permitía a las
mujeres salir simbólicamente del espacio conventual para formar parte del destino
público.

Esta participación simbólica se materializó en instituciones como las "caballeresas de la


Orden del Sol", surgidas según Ortemberg (p. 68) a partir de un decreto firmado por
Monteagudo, demostrando la preocupación oficial por hacer a la mujer
simbólicamente partícipe en la construcción de la nueva era, aunque continuaran
excluidas de los canales formales de la política. No obstante, cuando el Congreso
Constituyente tomó las riendas del gobierno en septiembre de 1822, según Ortemberg
(p. 77), desmanteló la simbólica solar sanmartiniana y con ella la Orden del Sol,
despojando a la mujer de su posibilidad de participación simbólica en la vida cívica.

La realidad laboral de las mujeres durante este período se caracterizó por actividades
económicas marginales. Muchas se desempeñaban como costureras, vendedoras y
lavanderas, ocupaciones que reflejaban su exclusión de los espacios productivos
formales. Un fenómeno particular fue el de las "tapadas", quienes vestían de ese modo
por motivos ideológicos, ya que al hacer esto evitaban ser juzgadas por la sociedad en
su búsqueda de libertad, representando una forma de resistencia simbólica ante las
restricciones sociales impuestas.

Voces Disidentes y Transformaciones Intelectuales

El panorama intelectual del siglo XIX peruano estuvo marcado por voces femeninas
que desafiaron el orden establecido. Flora Tristán, como señala Goicochea (2020, p.
533), fue la primera mujer de la historia republicana que escribió sobre las mujeres del
Perú, produciendo durante su visita entre 1833 y 1834 el texto "Peregrinaciones de
una paria", que expresaba una mirada crítica del Perú republicano emergente y
tensionaba con la posición conservadora de la oligarquía peruana.

Mercedes Cabello de Carbonera representó una figura paradigmática de resistencia


intelectual. Según Goicochea (2020, p. 533), ella criticó la educación que formaba a las
mujeres para ser un "objeto de lujo", destinadas a ser "esclavas" del sexo masculino en
la vida doméstica, planteando que la emancipación de la mujer era parte de la
emancipación de los pueblos. Su perspectiva encontró eco en figuras como Beatriz S.
(2002, p. 144), quien describía cómo Mercedes Cabello combatió en todos sus escritos
la pasividad e inacción a la que estaba condenada la mujer, considerando que era un
"triste destino" convertirla en un instrumento para la diversión y alegría de los demás.

María Trinidad Enríquez se convirtió en un símbolo de transgresión educativa. Según


Beatriz S. (2002, p. 132), fue la primera mujer peruana que estudió en una universidad,
específicamente en San Antonio Abad del Cusco en 1874, aunque para ello tuvo que
contar con una resolución suprema para rendir los exámenes correspondientes. Su
legado trascendió lo académico, ya que fundó un colegio de enseñanza femenina
donde por primera vez se dictaron cursos de matemáticas, derecho, filosofía y lógica,
influyendo para que posteriormente otras mujeres la siguieran en su afán
universitario.

La Guerra del Pacífico y la Redefinición del Rol Femenino


La Guerra del Pacífico (1879-1883) representó un punto de inflexión en la participación
femenina en la esfera pública. Como señala Goicochea (2020, p. 52), las "rabonas"
eran mujeres indígenas que abastecían de alimentación a los soldados, cargaban armas
y se mantenían en la parte trasera de la caravana, trasladando según Solarte (2018, p.
52) "la estabilidad hogareña al campo de batalla para fortalecer al soldado y, por
añadidura, también a la guerra". Este conflicto no solo evidenció una gran
participación femenina, sino que tuvo consecuencias que empujaron a las mujeres a
asumir responsabilidades laborales que antes no les correspondían, debido a la
disminución de la población masculina.

Durante la resistencia encabezada por Andrés A. Cáceres, las mujeres participaron


activamente en la "Campaña de la Breña". Beatriz S. (2002, p. 149) destaca la férrea
personalidad de Antonia Moreno, esposa de Cáceres, quien lo acompañó durante la
mayor parte de la campaña e impulsó el Comité Patriótico de la Resistencia después de
la Batalla de Miraflores. Figuras como María Olinda Reyes, conocida como "Marta, La
Cantinera", según Beatriz S. (2002, p. 150), entraron a Lima el 17 de marzo de 1895 y
fueron ascendidas a capitana después de la toma de la Torre de Santo Domingo,
demostrando que las circunstancias bélicas abrían espacios de participación femenina
tradicionalmente vedados.

Conclusiones: Contradicciones y Perspectivas de Cambio

El siglo XIX peruano se caracterizó por una tensión constante entre el discurso
modernizador republicano y la persistencia de estructuras patriarcales coloniales. La
educación femenina, aunque experimentó avances institucionales significativos,
mantuvo su carácter instrumental y subordinado a la función reproductiva de las
mujeres. El rol social asignado a la mujer, definido por su exclusión de la ciudadanía
plena, solo se flexibilizó parcialmente durante momentos de crisis política o bélica,
cuando las necesidades del Estado requerían la participación femenina en la esfera
pública.

Las voces disidentes de intelectuales como Flora Tristán, Mercedes Cabello de


Carbonera y María Trinidad Enríquez, junto con la participación femenina durante la
Guerra del Pacífico, prefiguraron las transformaciones que se consolidarían en el siglo
XX. Sin embargo, estas transgresiones individuales no lograron modificar
sustancialmente las estructuras de poder que mantenían a las mujeres en una posición
subordinada, evidenciando que el cambio social requería no solo voluntades
individuales, sino transformaciones estructurales profundas que recién comenzarían a
materializarse en las décadas posteriores.

Goicochea J. (2020) Reflexiones sobre «el problema de la mujer» en el Perú

Guardia b. (2002) MUJERES PERUANAS EL OTRO LADO DE LA HISTORIA:


republicano:

Morán Libertadoras en tiempos de revolución. La participación de las mujeres en


la independencia del Perú y América Latina

Ortemberg Apuntes sobre el lugar de la mujer en el ritual político limeño: de actrices durante
el virreinato a actoras de la independencia.

Rosas (2021) ). Mujeres de armas tomar La participación femenina en las guerras del Perú

Solarte (2018) Desplazamientos y resistencia femenina durante la Guerra del Pacífico: Las
memorias de Antonia Moreno de Cáceres»

Zegarra (2007) Roles femeninos y perspectivas sociales en las décadas iniciales de la


República. Una aproximación. En C. Meza y T. Hampe (comps.), La mujer en la Historia del Perú
(siglos XV al XX) (429-497). Fondo Editorial del Congreso del Perú

El proyecto educativo femenino en el Perú republicano estuvo atravesado por una lógica
instrumental que subordinaba la instrucción de las mujeres a su función reproductiva y
doméstica. El proyecto ilustrado de modernidad estableció una división categórica entre la
esfera pública masculina y la privada femenina, donde las mujeres debían hacerse cargo del
hogar y del espacio doméstico en el seno de una familia "sentimental", convirtiéndose en
madres de los futuros ciudadanos (Rosas, 2021, p. 12-13). Esta concepción utilitaria de la
educación femenina se materializó en la creación de instituciones como la Escuela Normal de
Mujeres en 1826, donde se impartía ortografía, gramática, aritmética y costura, disciplinas que
reforzaban el rol doméstico asignado a las mujeres (Zegarra, 2007, p. 533).

La disparidad educativa entre hombres y mujeres resultaba alarmante en términos


cuantitativos. Para 1853 existían 652 escuelas para varones con 28,558 alumnos, mientras que
apenas 3,400 alumnas mujeres se distribuían en 73 escuelas (Beatriz S., 2002, p. 132). Esta
desproporción no era casual, sino que reflejaba una concepción social que consideraba la
educación femenina como una actividad de lujo destinada únicamente a las clases altas, donde
las mujeres eran tratadas como objetos estéticos a los que se les otorgaba cualidades
superficiales como la música y la lectura, pero sin que tuvieran un impacto real en la sociedad.

Sin embargo, el panorama educativo experimentó transformaciones significativas durante el


gobierno de Manuel Pardo, quien abrió Escuelas Normales en Cajamarca, Junín, Cusco y Lima
en 1873, precediendo la obligatoriedad de la enseñanza primaria para hombres y mujeres
proclamada en 1876 (Goicochea, 2020, p. 55). Estas iniciativas, aunque progresistas en
apariencia, seguían subordinando la educación femenina a su rol maternal, como lo evidencia
la idea de que se necesitaba educar al bello sexo porque eran ellas las que instruían desde la
infancia a los futuros ciudadanos de la nación (Morán, p. 141).

El Rol Social de la Mujer: Ciudadanía Negada y Participación Simbólica

El rol social asignado a la mujer en el siglo XIX peruano estuvo definido por una triple función
tradicional: madre, esposa e hija, sin acceso a la ciudadanía plena. Esta exclusión política
contrastaba paradójicamente con ciertos momentos de participación simbólica durante las
luchas independentistas. Durante la independencia aparecía claramente el lugar activo
destinado a la mujer patriota, quien podía tomar las armas en la calle, mientras que la mujer
realista se escondía en los conventos, estableciendo una diferenciación política que permitía a
las mujeres salir simbólicamente del espacio conventual para formar parte del destino público
(Ortemberg, p. 66).

Esta participación simbólica se materializó en instituciones como las "caballeresas de la Orden


del Sol", surgidas a partir de un decreto firmado por Monteagudo, demostrando la
preocupación oficial por hacer a la mujer simbólicamente partícipe en la construcción de la
nueva era, aunque continuaran excluidas de los canales formales de la política (Ortemberg, p.
68). No obstante, cuando el Congreso Constituyente tomó las riendas del gobierno en
septiembre de 1822, desmanteló la simbólica solar sanmartiniana y con ella la Orden del Sol,
despojando a la mujer de su posibilidad de participación simbólica en la vida cívica
(Ortemberg, p. 77).

La realidad laboral de las mujeres durante este período se caracterizó por actividades
económicas marginales. Muchas se desempeñaban como costureras, vendedoras y lavanderas,
ocupaciones que reflejaban su exclusión de los espacios productivos formales. Un fenómeno
particular fue el de las "tapadas", quienes vestían de ese modo por motivos ideológicos, ya que
al hacer esto evitaban ser juzgadas por la sociedad en su búsqueda de libertad, representando
una forma de resistencia simbólica ante las restricciones sociales impuestas.

Voces Disidentes y Transformaciones Intelectuales

El panorama intelectual del siglo XIX peruano estuvo marcado por voces femeninas que
desafiaron el orden establecido. Flora Tristán fue la primera mujer de la historia republicana
que escribió sobre las mujeres del Perú, produciendo durante su visita entre 1833 y 1834 el
texto "Peregrinaciones de una paria", que expresaba una mirada crítica del Perú republicano
emergente y tensionaba con la posición conservadora de la oligarquía peruana (Goicochea,
2020, p. 533).

Mercedes Cabello de Carbonera representó una figura paradigmática de resistencia


intelectual. Ella criticó la educación que formaba a las mujeres para ser un "objeto de lujo",
destinadas a ser "esclavas" del sexo masculino en la vida doméstica, planteando que la
emancipación de la mujer era parte de la emancipación de los pueblos (Goicochea, 2020, p.
533). Su perspectiva encontró eco en análisis que describían cómo Mercedes Cabello combatió
en todos sus escritos la pasividad e inacción a la que estaba condenada la mujer, considerando
que era un "triste destino" convertirla en un instrumento para la diversión y alegría de los
demás (Beatriz S., 2002, p. 144).

María Trinidad Enríquez se convirtió en un símbolo de transgresión educativa. Fue la primera


mujer peruana que estudió en una universidad, específicamente en San Antonio Abad del
Cusco en 1874, aunque para ello tuvo que contar con una resolución suprema para rendir los
exámenes correspondientes (Beatriz S., 2002, p. 132). Su legado trascendió lo académico, ya
que fundó un colegio de enseñanza femenina donde por primera vez se dictaron cursos de
matemáticas, derecho, filosofía y lógica, influyendo para que posteriormente otras mujeres la
siguieran en su afán universitario.

La Guerra del Pacífico y la Redefinición del Rol Femenino

La Guerra del Pacífico (1879-1883) representó un punto de inflexión en la participación


femenina en la esfera pública. Las "rabonas" eran mujeres indígenas que abastecían de
alimentación a los soldados, cargaban armas y se mantenían en la parte trasera de la caravana,
trasladando "la estabilidad hogareña al campo de batalla para fortalecer al soldado y, por
añadidura, también a la guerra" (Goicochea, 2020, p. 52; Solarte, 2018, p. 52). Este conflicto no
solo evidenció una gran participación femenina, sino que tuvo consecuencias que empujaron a
las mujeres a asumir responsabilidades laborales que antes no les correspondían, debido a la
disminución de la población masculina.

Durante la resistencia encabezada por Andrés A. Cáceres, las mujeres participaron activamente
en la "Campaña de la Breña". Se destaca la férrea personalidad de Antonia Moreno, esposa de
Cáceres, quien lo acompañó durante la mayor parte de la campaña e impulsó el Comité
Patriótico de la Resistencia después de la Batalla de Miraflores (Beatriz S., 2002, p. 149).
Figuras como María Olinda Reyes, conocida como "Marta, La Cantinera", entraron a Lima el 17
de marzo de 1895 y fueron ascendidas a capitana después de la toma de la Torre de Santo
Domingo, demostrando que las circunstancias bélicas abrían espacios de participación
femenina tradicionalmente vedados (Beatriz S., 2002, p. 150).

Conclusiones: Contradicciones y Perspectivas de Cambio

El siglo XIX peruano estuvo atravesado por una tensión persistente entre el ideario republicano
modernizador y la vigencia de estructuras patriarcales heredadas del orden colonial. La
educación femenina, aunque avanzó institucionalmente, se mantuvo subordinada a una lógica
instrumental que concebía a la mujer como garante del orden doméstico y reproductivo. Su
exclusión de la ciudadanía plena solo se relativizó en momentos de crisis, cuando el Estado
requirió su participación en la esfera pública. Intelectuales como Flora Tristán, Mercedes
Cabello de Carbonera y María Trinidad Enríquez desafiaron estos límites, pero sus iniciativas
individuales no lograron alterar de forma duradera las jerarquías sociales que sostenían la
subordinación femenina.

Lejos de ser una anomalía, la baja participación femenina en la vida laboral y pública respondía
a patrones recurrentes que se repetían en otras sociedades en proceso de modernización. Las
mujeres eran relegadas a ocupaciones marginales como el trabajo doméstico, la costura o el
comercio informal, configurando una clara segregación ocupacional que limitaba su autonomía
económica. Esta distribución del trabajo no solo reproducía las desigualdades de género, sino
que consolidaba una penalización estructural asociada a la maternidad, en la que las
responsabilidades reproductivas se usaban como justificación para negar a las mujeres
oportunidades educativas y laborales equivalentes.

El discurso educativo de la época reforzaba esta lógica, promoviendo la formación de mujeres


dóciles y útiles al hogar, antes que ciudadanas plenas. El contraste entre la escasa matrícula
femenina y la abrumadora presencia masculina en los registros escolares evidenciaba una
subvaloración sistemática del potencial intelectual de las mujeres. Sin embargo, en contextos
bélicos como la Guerra del Pacífico, muchas asumieron roles activos —como el caso de las
"rabonas"— combinando el cuidado familiar con tareas logísticas y de apoyo al ejército, en una
temprana manifestación de la necesidad de compatibilizar el trabajo y la vida doméstica.

Estas experiencias ilustran que las restricciones impuestas a las mujeres no eran naturales ni
inmutables, sino producto de configuraciones institucionales específicas que podían ser
desafiadas. La historia del siglo XIX muestra que las transformaciones en la condición femenina
requerían más que esfuerzos individuales: exigían cambios estructurales en la cultura, en el
orden jurídico y en la organización del trabajo y del cuidado, sin los cuales la igualdad solo
podía afirmarse de forma parcial y excepcional.

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