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Documento 1

Los Cien Días se refieren al breve regreso de Napoleón I al trono francés tras su exilio en Elba, desde su llegada a París el 20 de marzo de 1815 hasta su derrota en Waterloo el 18 de junio y la restauración de Luis XVIII el 8 de julio. Durante este tiempo, Napoleón intentó consolidar su poder mediante reformas constitucionales, pero enfrentó la oposición de las potencias europeas que formaron la Séptima Coalición para derrocarlo. Finalmente, su regreso culminó en una rápida recuperación del poder, pero terminó con su derrota y un segundo exilio a Santa Elena.

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Los Cien Días se refieren al breve regreso de Napoleón I al trono francés tras su exilio en Elba, desde su llegada a París el 20 de marzo de 1815 hasta su derrota en Waterloo el 18 de junio y la restauración de Luis XVIII el 8 de julio. Durante este tiempo, Napoleón intentó consolidar su poder mediante reformas constitucionales, pero enfrentó la oposición de las potencias europeas que formaron la Séptima Coalición para derrocarlo. Finalmente, su regreso culminó en una rápida recuperación del poder, pero terminó con su derrota y un segundo exilio a Santa Elena.

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Los Cien Días se refieren al segundo reino del emperador francés Napoleón I, quien volvió del exilio de

forma inesperada para reclamar el trono francés. Abarca el retorno triunfante de Napoleón a París el 20 de
marzo de 1815, su culminante derrota en la batalla de Waterloo el 18 de junio y la restauración del rey Luis
XVIII el 8 de julio: un período de 110 días.

Después de su derrota inicial en la guerra de la Sexta Coalición (1813-1814), Napoleón tuvo que abdicar
del trono y se retiró al exilio en la isla de Elba. Permaneció allí nueve meses, pero la inestabilidad política
en Francia y la falta de acuerdo entre las grandes potencias de Europa lo persuadieron de recuperar sus
pretensiones al trono. Desembarcó en el sur de Francia el 1 de marzo de 1815 y su segundo reinado
comenzó tras su llegada a París 20 días después. Los aliados lo declararon proscrito inmediatamente y
juraron destronarlo una vez más; Napoleón encontró su derrota en la batalla de Waterloo y abdicó el trono
por segunda vez. Los Borbones fueron restaurados en el trono francés y Napoleón volvió a su exilio; en
esta ocasión, a la isla de Santa Elena en el Atlántico sur, donde moriría seis años más tarde. Por lo tanto,
los Cien Días representan la etapa final de las guerras napoleónicas (1803-1815).

La abdicación

El 11 de abril de 1814, el emperador francés Napoleón I firmó un acta de abdicación incondicional en el


palacio de Fontainebleau. Fue un trago amargo ya que hace menos de dos años era el dueño de Europa
continental, el soberano de un vasto imperio que se extendía desde la península ibérica hasta Polonia. No
obstante, tras la catástrofe de la invasión napoleónica de Rusia en 1812, sus enemigos (entre ellos, Austria,
Gran Bretaña, Prusia, Rusia y Suecia) se aliaron contra él en la guerra de la Sexta Coalición. Tras infligir
una derrota aplastante a Napoleón en la batalla de Leipzig (entre el 16 y 19 de octubre de 1813), los
ejércitos de la Coalición se adentraron en Francia, decididos a deponer al emperador francés. Napoleón, al
principio, demostró resistencia y obtuvo victorias en suelo francés en su impresionante Campaña de los
Seis Días (10-15 de febrero de 1814); sin embargo, el apabullante número de tropas aliadas, además de la
apatía de un pueblo francés exhausto por la guerra, provocaron que la derrota de Napoleón sólo fuese
cuestión de tiempo. París cayó en manos de la Coalición entre el 30 y 31 de marzo de 1814 y se instauró un
gobierno francés provisional para negociar la paz.

Aun así, Napoleón estaba dispuesto a seguir luchando y estaba convencido de que sus soldados lo
seguirían hasta el final, pero sus mariscales, decididos a prevenir una guerra civil y más matanzas, le
dijeron al emperador que el ejército no daría un paso más. “¡El ejército me obedecerá!”, le espetó Napoleón
al mariscal Michel Ney. Este, manteniéndose firme, le respondió que “el ejército obedecerá a sus
generales” (Chandler, 1001). Napoleón no tenía otra opción más que abdicar después de que tanto Francia
como sus mariscales lo abandonasen, y al final cedió a ello el 6 de abril. Unos días después, intentó
suicidarse al tragarse una cápsula con veneno, pero la potencia del mismo había menguado con el paso del
tiempo y el intento de suicidio acabó frustrado. El 11 de abril, Napoleón firmó el Tratado de
Fontainebleau, mediante el cual accedía a abdicar del trono francés; a cambio, se le cedería la soberanía de
la isla mediterránea de Elba, frente a la costa italiana, así como una renta de dos millones y medio
de francos al año. También podría retener el título de “emperador” y un minúsculo contingente de 600
guardias imperiales para proteger la isla de la piratería berberisca del norte de África.

El 20 de abril, Napoleón dejó Fontainebleau tras una estampa dramática en la que se despedía de su leal
Vieja Guardia en el patio del palacio. Se le llevó a Elba a bordo de la nave británica HMS Undaunted y llegó
el 3 de marzo a Portoferraio, el principal puerto de la isla. En ese mismo día, Luis XVIII de Francia,
hermano del rey que había muerto en la guillotina durante la Revolución Francesa, llegó a París para
reclamar su trono después de dos décadas en el exilio. Unos meses después, las victoriosas potencias de la
Sexta Coalición se reunieron en el Congreso de Viena para redefinir el equilibrio de poder en Europa y
dibujar un nuevo mapa del mundo posnapoleónico. Para los observadores coetáneos, la gran épica
napoleónica parecía haber llegado a su fin; muy pocos podían imaginarse que faltaba un último gran acto
por interpretar.

El exilio en Elba
Napoleón permaneció en Elba, aislado, durante nueve meses en los que se mantuvo ocupado: el día
después de su desembarco, inspeccionó las defensas de Portoferraio y sus minas de hierro; en los meses
venideros, dedicó sus energías a la construcción de un hospital, la plantación de viñedos, la pavimentación
de caminos y la construcción de puentes. Reorganizó las defensas de Elba, dio dinero a los habitantes más
pobres de la isla y erigió una fuente que actualmente todavía funciona junto a la carretera que pasa por
Poggio (Roberts, 723). Para los espectadores británicos, parecía que Napoleón se había resignado a su
nueva realidad y se había conformado con su nuevo reino en la diminuta isla. En realidad, Napoleón
estaba leyendo ávidamente cualquier noticia que llegase del continente, esperando la oportunidad perfecta
para reclamar el trono francés. La suerte quiso que dicha oportunidad se presentara por sí sola en poco
tiempo.

La decisión de Napoleón de volver a Francia se vio influenciada por dos grandes factores. El primero fue
la inestabilidad política en Francia que había surgido en respuesta a la Restauración borbónica. El rey Luis
XVIII no era, en absoluto, un tirano; de hecho, sancionó la Carta de 1814, una constitución liberal que
retuvo los cambios sociales de la Revolución Francesa y preservó el Código Napoleónico. Sin embargo,
Luis XVIII estaba acompañado por muchos nobles del Antiguo Régimen que habían huido de Francia
durante la Revolución y que no mostraban tanto interés en compromisos; conocidos como “ultras” por su
radicalismo, estos nobles ansiaban el retorno de las tierras y el poder que una vez
ostentaron. Antagonizaban tanto a los republicanos como a los bonapartistas franceses organizando
ceremonias que rendían homenaje a aquellos que lucharon contra la revolución. El nombramiento de
muchos de estos “ultras” en altos cargos por parte de Luis XVIII causó entre muchos el temor a que los
impuestos feudales y los diezmos se volvieran a introducir. Asimismo, Luis XVIII no se granjeó muchas
amistades cuando reemplazó la tricolor francesa con la bandera blanca de los Borbones; también alienó al
ejército tras despedir a miles de tropas y dejar a los oficiales con medio sueldo. Por aquel entonces, ya
había muchos que rememoraban el régimen napoleónico con nostalgia.

El segundo factor que influyó en el retorno de Napoleón fueron las relaciones diplomáticas que se estaban
deteriorando entre las grandes potencias de Europa. Estas potencias se habían unido bajo el deseo común
de vencer a Napoleón; no obstante, ahora que esto ya se había cumplido, las antiguas rivalidades
resurgieron de nuevo. En el Congreso de Viena, los delegados discutían sobre los futuros de Polonia y
Alemania; Rusia deseaba crear un estado títere polaco, mientras que Prusia se creía en su derecho de
reclamar casi todos los territorios pertenecientes al reino de Sajonia. Los intentos de los delegados
austríacos y británicos para detener esto casi desembocaron en la guerra. A pesar de que se llegó a ciertos
compromisos, las tensiones entre las grandes potencias eran más que palpables.

Estos dos acontecimientos insuflaron esperanza en Napoleón. Con Francia desilusionada con los Borbones
y los Aliados lanzándose a la yugular del otro, Napoleón se arriesgó a suponer que su vuelta sería
bienvenida en Francia e ignorada por las potencias europeas. El 26 de febrero de 1815, dejó Elba atrás a
bordo del navío L'Inconstant con sus seguidores y con aproximadamente 1.000 soldados, y zarpó rumbo a
Francia. El 1 de marzo, desembarcaron en la costa francesa meridional cerca de Cannes; mientras
descargaban todo, se acercó a ellos una numerosa multitud, maravillada al ver al emperador que había
regresado. En sus memorias, Napoleón recordaba este momento tal que así:

El Vuelo del Águila

Desde Cannes, Napoleón hizo una proclamación en la que prometió que “el águila volará de campanario
en campanario hasta llegar a las torres de Notre Dame” (Mikaberidze, 604). Así comenzó lo que se conoce
popularmente como “El Vuelo del Águila”, uno de los episodios más dramáticos de la Historia. Desde
Cannes, Napoleón se abrió camino cuidadosamente a través de la conservadora Provenza, evitando la
ciudad de Aix al moverse a través de los Alpes, principalmente a pie. El 5 de marzo, empezó a viajar a
través de regiones más que le mostraban mayores simpatías, como el Delfinado, donde lo aclamaron
multitudes eufóricas. Esta ruta que tomó Napoleón se conoce hoy en día como “Route Napoléon” (o Ruta
Napoleón) y se ha convertido en una atracción turística y ruta ciclista muy popular.
Cerca de la localidad de Laffrey, Napoleón se encontró su primer obstáculo cuando se dio de bruces con
un batallón del 5º Regimiento, enviado para arrestarlo. Según la leyenda bonapartista, Napoleón ordenó a
sus granaderos que bajasen sus armas antes de avanzar hacia los del 5º, cuyos propios mosquetes
apuntaban a su pecho. “¡Soldados!”, gritó Napoleón, “soy vuestro emperador. ¿No me reconocéis? Si hay
alguno de vosotros que quiera matar a su general, ¡aquí estoy!” (ibid.). Un oficial monárquico dio la orden
de abrir fuego, pero no resonó ni un disparo; en vez de eso, los soldados se abalanzaron a su alrededor y lo
abrazaron con gritos de “Vive l’empereur!”(Viva el emperador). Independientemente de si esta historia se
embelleció o no, sí que es cierto que hubo tropas francesas que desertaban de las filas monárquicas por
todas partes para unirse a Napoleón, adondequiera que fuese. El 10 de marzo, el mariscal Ney partió de
París con 6000 hombres, prometiéndole a Luis XVIII que volvería con Napoleón en “una jaula de hierro”;
menos de una semana después, Luis XVIII recibió la noticia de que Ney se había unido a Napoleón y había
proclamado públicamente que “la causa de los Borbones está perdida”(ibid).

El progreso de Napoleón era raudo. Entró en Grenoble el 7 de marzo después de que una horda de
ciudadanos enfebrecidos hubiese derribado los portones de la ciudad y se presentasen ante él con piezas
de la misma. Tres días después, se encontraba en Lyon escribiendo decretos imperiales. El 20 de marzo,
finalmente, llegó a París, donde fue llevado por masas exultantes al palacio de las Tullerías; Luis XVIII
había abandonado la ciudad sólo unas horas antes y huyó a Bélgica. En menos de un mes, Napoleón había
recuperado su imperio sin un solo disparo. Lo único que quedaba era mantenerlo.

Reformas constitucionales

Pocas horas después de la llegada de Napoleón, sus subordinados debieron decidir donde residían sus
lealtades. Diez de sus antiguos mariscales juraron su lealtad a Napoleón, aunque solo tres de ellos (Ney,
Jean-de-Dieu Soult y Emmanuel de Grouchy) lideraron a sus tropas en la Campaña de Waterloo. Louis-
Nicolas Davout, posiblemente el mariscal napoleónico de mayor talento, fue relegado a trabajos de oficina
en el Ministerio de Guerra, una decisión que muchos futuros simpatizantes bonapartistas lamentaron,
tildándola de un desperdicio de sus habilidades. Tres de los hermanos de Napoleón (José, Lucien y
Jerôme) también se unieron a él, aunque su hermano Luis y su hijastro Eugène de Beauharnais se
mantuvieron al margen. Su gobierno reconstituido no carecía de ministros diestros, entre los cuales
figuraban Armand de Caulaincourt como ministro de Asuntos Exteriores, Joseph Fouché como ministro
de Policía y Lazare Carnot como ministro del Interior.

Sin embargo, Napoleón comprendía que la opinión pública era voluble, que podía perder su trono tan
fácilmente como lo había recuperado. Se presentó como un hombre cambiado que ya no tenía interés en la
conquista o en un mandato autocrático una vez que se percató de que su nuevo gobierno no podía ni
existir ni funcionar del mismo modo que el anterior. Para demostrarlo, invitó al conocido crítico Benjamin
Constant a redactar una nueva constitución que incluyese un parlamento bicameral que compartiese el
poder con el emperador, basándose así en el modelo británico. También abolió la censura y el comercio de
esclavos por completo. Napoleón negó reiteradamente que no tenía ninguna ambición imperial, y
prometió que “a partir de ahora, la felicidad y consolidación del Imperio francés serán el único objeto de
mis pensamientos” y que “será más placentero no conocer más rivalidades que la de los beneficios de la
paz” (Mikaberidze, 605; Roberts, 746).

Evidentemente, muchos se mostraban escépticos hacia la supuesta reforma de Napoleón; al fin y al cabo,
este era el mismo hombre que una vez señaló que “es temible lidiar con un órgano deliberativo”
(Mikaberidze, 606). En efecto, sus consejeros tuvieron que disuadirle de impedir la elección de uno de sus
rivales a la presidencia de la nueva Cámara de los Pares que se iba a producir el 3 de junio. Muchos en
Francia seguían resistiéndose al reinado de Napoleón: los notables locales de Flandes, Artois, Normandía,
Languedoc y Provenza se negaron a unirse a la causa napoleónica, mientras que en las regiones de Bretaña
y la Vendée estallaron rebeliones armadas.

Las potencias de la Coalición, entretanto, no creyeron que Napoleón hubiese depuesto sus anhelos
imperiales. La mañana del 7 de marzo, nada más recibir la noticia de que Napoleón había escapado de
Elba, el ministro del Exterior austríaco Klemens von Metternich informó de ello a los monarcas de las
grandes potencias, todavía reunidos en Viena. En unas horas, los líderes aliados decidieron movilizar sus
fuerzas. Los aliados pusieron oficialmente a un lado sus diferencias, formaron la Séptima Coalición y le
declararon la guerra a Napoleón, no a Francia, el 25 de marzo; Napoleón fue declarado proscrito y las
potencias juraron no bajar las armas hasta que fuese derrotado de una vez por todas.

La campaña de Waterloo

Los aliados decidieron amenazar el noroeste francés invadiendo Bélgica; esto lo llevaría a cabo un ejército
prusiano compuesto por 120.000 tropas y liderado por el mariscal de campo Gebhard Leberecht von
Blücher, así como otro contingente anglo-aliado de 100 000 soldados, comandado por Arthur Wellesley, el
duque de Wellington. Al mismo tiempo, un ejército austríaco de 200.000 hombres tomaría posiciones en el
Alto Rin, apoyado por 150.000 soldados rusos en el Medio Rin. Mientras tanto, Napoleón consiguió reunir
en junio un ejército de 250.000 efectivos. La única nación que se decantó por el bando francés fue el reino
de Nápoles, cuyo rey, Joaquín Murat, vio una alianza con Francia como la única manera de salvar su
trono. No obstante, un ejército austríaco derrotó a Murat en la batalla de Tolentino (entre el 2 y 3 de mayo
de 1815) y lo depuso posteriormente; su ejecución tuvo lugar el 13 de octubre tras su intento de instigar
una insurrección en su propio reino.

Napoleón emprendió una ofensiva hacia Bélgica el 14 de junio. Su ejército del norte se dividió en dos alas:
el mariscal Ney lideraba el flanco izquierdo, el mariscal Grouchy ejercía su mando en el derecho, mientras
que el propio Napoleón comandaba la guardia imperial en la reserva. El avance de Napoleón sorprendió a
los aliados; Wellington estaba en Bruselas el 15 de julio, en el baile de la duquesa de Richmond, y cuando
se le informó del raudo avance del enemigo, exclamó: “¡Napoleón me ha tomado el pelo, por Dios!”
(Roberts, 751). Efectivamente, Napoleón estaba dirigiéndose hacia el ejército de Blücher estacionado en
Ligny, y esperaba derrotar a cada ejército aliado uno a uno. El 16 de junio, Napoleón atacó y venció a
Blücher en la batalla de Ligny, e infligió alrededor de 17.000 bajas en las filas prusianas, mientras que él
mismo perdió 11.000. En ese mismo día, Ney entabló combate con Wellington en la batalla de Quatre Bras,
y aunque consiguió que Wellington no marchase a socorrer a Blücher, no pudo alcanzar una victoria
decisiva contra el ejército de Wellington.

En la tarde del 17 de junio, Napoleón envió a 33.000 soldados de Grouchy a la persecución de los
prusianos antes de unirse a Ney en Quatre Bras. A estas alturas, Wellington sabía de la derrota de Blücher
en Ligny y se había retirado para tomar posiciones defensivas en la colina de Mont-Saint-Jean, unas
cuantas millas hacia el sur de su cuartel general en Waterloo. Napoleón se lanzó a la persecución, en la que
sus tropas tuvieron que marchar con dificultad a través de fuertes lluvias. Ignoró las advertencias de sus
oficiales de no subestimar a Wellington; Napoleón lo calificó como un “mal general” y a los soldados
británicos como “malas tropas”, y añadió jocosamente que “este asunto no es nada más grave que comerse
el desayuno” (Mikaberidze, 610). El ataque de Napoleón llegó justo después de las 11 de la mañana el 18
de junio, con una serie de asaltos frontales contra la línea aliada. Aunque las tropas de Wellington
mantuvieron la posición, la situación peligraba en torno a las horas avanzadas de la tarde, cuando los
franceses capturaron la granja de La Haye Sainte y casi penetraron el centro del ejército aliado.

En aquel preciso instante, Blücher llegaba a Waterloo con sus 50.000 hombres mientras un cuerpo prusiano
llevaba a cabo sus órdenes de inmovilizar a Grouchy en la batalla de Wavre. Napoleón envió al fragor de
la contienda a su guardia imperial contra las líneas aliadas en la colina, en una última jugada para
asegurarse el control de la batalla. Ni siquiera la ilustre guardia pudo abrirse paso a través de las líneas de
Wellington, y en poco tiempo, el ejército francés emprendía la retirada. Las bajas francesas se contaron
entre 25.000 y 31.000, incluyendo a muertos y heridos, mientras que las aliadas alcanzaban la cifra de
26.000. La derrota de Napoleón en la batalla de Waterloo sentenció al Imperio francés.

El exilio a Santa Elena

Napoleón volvió a París el 21 de junio y, al día siguiente, abdicó por segunda vez; en este caso, a favor de
su propio hijo de cuatro años, Napoleón II. Dejó Paris el 25 de junio y huyó a Rochefort, donde intentó
encontrar pasaje hacia los Estados Unidos; sin embargo, cuando llegó allí, pudo constatar que estaba bajo
el bloqueo marítimo de la Royal Navy. El 7 de julio, las fuerzas de la Coalición entraron en París y se
restauró a Luis XVIII en su trono al día siguiente. El mariscal Ney fue arrestado el 3 de marzo por el papel
que jugó en el retorno de Napoleón y, por ende, fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento en
diciembre de 1815.

¿Qué fueron los Cien Días en las guerras napoleónicas?


Los Cien Días se refieren al segundo reinado del emperador francés Napoleón I. Comenzó el 20
de marzo de 1815, cuando Napoleón recuperó su trono tras su primer exilio en la isla de Elba, y
concluyó el 8 de julio de 1815, cuando el rey Luis XVIII fue restaurado en el trono francés: un total
de 110 días. Dicho período incluye la famosa batalla de Waterloo.

¿Qué ocurrió en los Cien Días?


Durante los Cien Días (20 de marzo de 1815 – 8 de julio de 1815) Napoleón volvió a Francia de su
exilio en Elba y recuperó el trono francés. Las grandes potencias lo declararon proscrito,
formaron la Séptima Coalición y lo derrotaron en la batalla de Waterloo. Napoleón abdicó el 22
de junio y fue desterrado al exilio en la isla de Santa Elena, esta vez para siempre.

¿Por qué fue importante el período de los Cien Días?


Su importancia radica en ser la última etapa de las guerras napoleónicas, y en fundamentar y
sentenciar la derrota de Napoleón. También conllevó a un acuerdo de paz para Francia más
severo que el que se había garantizado anteriormente.

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