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En Japón

En un castillo de Japón, dos familias reales, una humana y otra de ratones, cohabitan sin saberlo. La princesa ratona, Yonohago, se ha vuelto mandona e impaciente debido a la comodidad que le brindan sus sirvientes, quienes finalmente se marchan por su actitud. La reina ratona le advierte que ahora deberá aprender a hacer las cosas por sí misma.

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En Japón

En un castillo de Japón, dos familias reales, una humana y otra de ratones, cohabitan sin saberlo. La princesa ratona, Yonohago, se ha vuelto mandona e impaciente debido a la comodidad que le brindan sus sirvientes, quienes finalmente se marchan por su actitud. La reina ratona le advierte que ahora deberá aprender a hacer las cosas por sí misma.

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En Japón, en un bonito castillo, vivían dos familias

reales, cada una con su papá rey, su mamá reina y su

hija la princesa. Aunque las familias reales no suelen

compartir sus palacios, estas lo hacían por una razón

muy especial: no lo sabían. Y es que la segunda de

estas familias era una familia de reales ratoncitos

que vivía entre las paredes del castillo. Miembros

de la antigua dinastía ratuna de los Kaso, eran

orgullosos y comodones: todo lo hacían sus

sirvientes, quienes robaban de todo a los

verdaderos dueños del palacio. Vivían tan a gusto

que nunca salían de su pequeña habitación, y ni

siquiera sabía que vivían en un palacio habitado por

humanos.

Tantas comodidades y tan poco esfuerzo habían

convertido a Yonohago, la princesa ratona, en una

mandona impaciente que vivía tan ocupada

pidiendo y exigiendo que nunca escuchaba nadie.


- ¡Quiero un pastel ahora mismo!

- ¿De qué sabor, princesa?

- ¡Que no me hables! ¡Quiero mi pasteeeeel!

Sus papás le avisaron de que así se quedarían sin

sirvientes, pero no quiso escuchar: estaba demasiado

ocupada haciendo lo que ella quería, cuando ella

quería y como ella quería. Molestos, los ratones

sirvientes se fueron marchando, hasta que no quedó

ninguno.

- Ahora te tocará hacer las cosas por ti misma -

dijo la reina ratona.

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