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Uno A Uno

El documento 'Uno a Uno' ofrece un manual sobre cómo impactar positivamente a las personas mediante la difusión del amor de Dios y el mensaje de salvación en Jesús. Proporciona instrucciones, consejos y ejemplos para motivar a los lectores a compartir su fe y vivir de acuerdo con los principios cristianos. Se enfatiza que cualquier persona puede ser un apóstol y que el amor y la compasión son esenciales para llevar a cabo esta misión.

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El documento 'Uno a Uno' ofrece un manual sobre cómo impactar positivamente a las personas mediante la difusión del amor de Dios y el mensaje de salvación en Jesús. Proporciona instrucciones, consejos y ejemplos para motivar a los lectores a compartir su fe y vivir de acuerdo con los principios cristianos. Se enfatiza que cualquier persona puede ser un apóstol y que el amor y la compasión son esenciales para llevar a cabo esta misión.

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UNO A UNO

¿Quieres dejar huella en el mundo? No creas que es tan difícil.


Cualquiera puede tener un impacto positivo en las personas de
su entorno, una a una.

El amor de Dios es la solución a los problemas de la sociedad;


porque donde hay verdadero amor, Dios y los seres humanos
pueden trabajar codo a codo para resolverlos.

Si has hallado el amor de Dios en la persona de Jesús, tienes


algo que todos necesitan. Habla de Él con tus familiares, con
tus amigos y hasta con desconocidos, y anímalos a dar un
paso para acercarse a Él. Inicia una reacción en cadena que
transforme tu rincón del mundo.

Uno a uno contiene instrucciones detalladas, consejos de


probada eficacia, ejemplos y mensajes que te motivarán a
difundir el amor del Señor. En resumidas cuentas, todo lo que
necesitas para empezar a hacerlo.

UNO
a uno

w w w. a u r o r a p r o d u c t i o n . c o m Colección Actívate
A-S P- B A- G A- 0 1 5 - P
Uno a uno

Manual para cambiar


el mundo

Colección Actívate
Índice
Sus últimas palabras.......................................................1
Predicar con el ejemplo...................................................6
«¿Qué saco yo con esto?»............................................. 10
Primeros pasos............................................................. 15
Tu experiencia personal................................................. 18
Empleo de la Palabra....................................................20
Los cuatro pasos de la testificación individual...............25
Médico de almas...........................................................32
Llevar a alguien a aceptar a Jesús.................................36
No lo compliques.......................................................... 41
Los resultados...............................................................44
Dificultades y escollos más frecuentes..........................50
Recompensas...............................................................63
Una promesa de poder.................................................67
Dar la gloria a Dios........................................................72
El cuidado del recién nacido.........................................76
Enseñar a otros para que enseñen a otros....................81
Apéndice.......................................................................87

III
Sus últimas palabras
Pocas palabras han tenido un efecto tan trascen-
dental en el mundo como el último mensaje que
transmitió Jesús a Sus discípulos antes de ascender
al Cielo. Durante tres años y medio lo habían observa-
do y escuchado mientras Él sanaba enfermos, resucitaba
muertos, develaba secretos del reino de los Cielos y vivía y
predicaba el amor de Dios. Cuenta la Biblia que, después
que resucitó, pasó cuarenta días más con Sus seguidores
con el objeto de prepararlos para continuar lo que Él había
iniciado1. Antes de ascender al Cielo, les encargó lo que se
ha dado en llamar la gran misión: «Id por todo el mundo
y predicad el evangelio [el mensaje del amor de Dios y la
salvación en Jesús] a toda criatura»2.
¿Cómo respondieron a ese llamado? «Saliendo, predi-
caron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando
la palabra con las señales que la seguían»3. La resurrección
de Jesús hizo que Sus discípulos finalmente comprendieran
lo que Él había estado tratando de enseñarles durante tanto

1 Hechos 1:3.
2 Marcos 16:15.
3 Marcos 16:20.
1
2 Uno a uno

tiempo: que Él y la verdad que había predicado podían


liberar a todos los hombres4.
La misma misión encarga Jesús a Sus seguidores
actuales, y sigue obrando con la misma eficacia en favor
de los que la cumplen. ¿Te gustaría enseñar a los demás
el camino para entrar en el reino de Dios y participar de
Su amor y Su vida? ¿Te gustaría hacer lo que pidió Jesús a
Sus discípulos, llevar Sus respuestas a un mundo lleno de
personas perdidas y solitarias? Cualquiera puede.
Para anunciar el evangelio no hace falta que seas teó-
logo, predicador, sacerdote, ni uno de los doce apóstoles
de Jesús. Es más, ni siquiera es preciso que tengas mucha
preparación especializada ni que conozcas a fondo la Bi-
blia. Lo que estás por leer en las páginas siguientes bastará
para darte el impulso inicial. Jesús mismo te enseñará lo
demás conforme estudies Su Palabra y vayas adquiriendo
experiencia. Lo que realmente importa es que hayas en-
contrado a Jesús y hayas sentido el efecto transformador de
Su amor, y que quieras compartir con los demás el amor
y la salvación que Él te ha dado. Lo único que necesitas
es amor, amor por el Señor y por el prójimo5.
David Brandt Berg escribió: «El requisito más im-
portante para [servir a Dios] es tener la misma pasión
arrolladora que motivó al apóstol Pablo, a todos los
apóstoles y mártires y a todo gran hombre o mujer de fe,
esa compasión irresistible que debe motivar a todo hijo
de Dios en todo lo que haga y diga, dondequiera que se
encuentre, la cual el gran apóstol resumió en estas palabras
que han brotado del corazón de todo cristiano auténtico
en toda buena obra que haya realizado: “El amor de Cristo
me constriñe”»6.
4 Juan 8:31,32.
5 Mateo 22:38–40.
6 2 Corintios 5:14.
Sus últimas palabras 3

Si te parece que tú no tienes tanto amor, pero te gus-


taría tenerlo, ¿por qué no se lo pides a Él ahora mismo? En
Su Palabra nos promete: «Si algo pidiereis en Mi nombre,
Yo lo haré»7. Y también está escrito: «Cualquiera cosa que
pidiéremos, la recibiremos de Él, porque guardamos Sus
mandamientos y hacemos las cosas que son agradables
delante de Él»8.

7 Juan 14:14.
8 1 Juan 3:22.
El deber de todo cristiano
Si el único propósito de nuestra existencia fuese
aceptar a Jesús como nuestro Salvador, ¿cómo
es que el Señor no nos lleva al Cielo en cuanto
hacemos eso? Porque una vez que nos salvamos,
se nos encomienda una labor, adquirimos una
responsabilidad: hay muchas personas más que
necesitan saber de Jesús, y Él ha escogido darse a
conocer por medio de Sus seguidores.
Solo Jesús salva; pero no quiere salvarnos solo
a nosotros. Desea salvar a toda la humanidad, y
para eso necesita que nosotros hablemos a los
demás de Su amor, que manifestemos Su amor y
comuniquemos al mundo entero el mensaje de la
salvación.
Jesús dijo a Sus discípulos más cercanos: «Como
me envió el Padre, así también Yo os envío»9. Y lo
mismo dice a Sus seguidores de hoy. Los llama a
ofrecer su vida a diario en amoroso servicio a los
demás, a comunicar Su amor y Sus sentimientos a
quienes buscan «el camino, la verdad y la vida»10. Él
vino para manifestar amor al mundo, y nos pide a
nosotros que hagamos lo mismo.
¿Responderás a Su llamamiento? ¿Harás lo que
puedas por acercar a Él a otras personas? ¿Divulgarás
la Palabra? ¿Propagarás el mensaje? ¿Difundirás Su
amor?
D. B. B.

9 Juan 20:21.
10 Juan 14:6.
4
Tú también puedes ser apóstol
Un apóstol es alguien «enviado con un mensaje».
Si respondes al llamamiento de comunicar a las
personas perdidas y solitarias del mundo el mensaje
de salvación en Jesús, eres uno de Sus apóstoles y,
para Él, eres de lo mejor que hay. Dios pone a los
apóstoles en lo más alto de su lista. «Primeramente
apóstoles»11. Eres también un embajador Suyo.
Representas al Rey de reyes, al que rige los destinos
del universo. No puede haber una vocación más
noble en la vida.
D. B. B.

«Todo aquel que invocare el nombre del Señor


será salvo»12
«¿Cómo creerán en Aquel de quien no han oído?
¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo
predicarán si no fueren enviados? Como está escrito:
“¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la
paz, de los que anuncian buenas nuevas!”»13
El apóstol Pablo14

Jesús no tiene otras manos, ni otros labios, ni


otros ojos que los nuestros. Pues nosotros somos Su
cuerpo, por quien murió para que pudiéramos tener
vida y amar a los demás como Él nos amó.
D. B. B.

11 1 Corintios 12:28.
12 Joel 2:32.
13 Isaías 52:7.
14 Romanos 10:13–15.
5
Predicar con el ejemplo
El famoso evangelizador norteamericano Dwight
Moody (1837–1899) dijo en cierta ocasión: «La prédica
que más necesita este mundo son sermones con zapatos
que caminen con Jesucristo». Algunos opinan que lo que
Moody quiso decir es que la mayoría de las personas ni
se acercan a una iglesia. Por tanto, para que lleguen a
conocer el Evangelio es imperioso que alguien se lo trans-
mita. Otros afirman que quiso decir que la mayoría de la
gente se forma su opinión acerca del cristianismo y de lo
que este ofrece por los ejemplos vivos que ve y no por las
prédicas que oye. Es decir, que la vida de los cristianos es
más elocuente que sus dichos. Es posible que haya querido
decir ambas cosas, pues las dos son ciertas.
Es necesario anunciar el Evangelio a la gente y ex-
plicárselo; pero también hay que darle un ejemplo vivo
del mismo. Las palabras son necesarias; pero para que la
testificación1 sea más eficaz debe entrañar algo más que
palabras. Solamente el Espíritu Santo2 puede obrar en el
1 Testificar significa hablar a los demás del amor de Dios y la salvación que
Jesús nos ofrece. Un testigo es alguien que hace precisamente eso.
2 Si deseas informarte más sobre el Espíritu Santo, lee Los dones de Dios,
otro libro de la colección Actívate.
6
Predicar con el ejemplo 7

corazón de alguien y llevarlo a aceptar a Jesús y salvarse;


pero la mayoría de las personas no entienden lo que Dios
ofrece ni creen que pueda hacerse realidad en su vida si no
ven cómo ha obrado ese mismo poder en la vida de otros.
Cuando testificamos a alguien, podemos pasarnos horas
diciéndole todo lo que Dios podría concederle o hacer por
él; pero a menos que vea un ejemplo en nosotros mismos,
es probable que nuestras palabras caigan en saco roto. Es
preciso que los demás vean que Él ha obrado un cambio
para bien en nuestra vida y nos ha dado algo que ellos no
tienen y no pueden conseguir por su cuenta.
Si realizáramos una encuesta entre cualquier segmento
de la población y preguntáramos a los sondeados qué quie-
ren en la vida, la mayoría diría cosas como amor, felicidad,
seguridad o paz interior. Seguramente dirían primero
que quieren un millón de dólares, una casa de ensueño,
el esposo o la esposa perfectos… Pero en definitiva, todo
eso no son más que medios —o presuntos medios— para
conseguir lo auténticamente valioso, como es el amor, la
felicidad, la seguridad y la paz interior. Y lo maravilloso
del caso es que, cuando aceptamos a Jesús y nos llenamos
del Espíritu Santo, lo verdaderamente trascendente se pone
a nuestro alcance y puede hacerse patente en nuestra vida.
«El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benig-
nidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza»3. Cuando
alguien a quien testificamos nota que somos amorosos,
comprensivos, tiernos, amables, pacientes y considerados
—y sobre todo si sabe que no éramos así antes de conocer
al Señor—, es normal que quiera lo que nosotros tenemos.

3 Gálatas 5:22,23.
«¡Muéstramelo!»
El único amor de Dios que ve la gente es el que
observa en nosotros, Su pueblo. Por consiguiente, si
los cristianos no manifestamos un amor que se pueda
ver y sentir, a los demás les costará creer que exista
Alguien en las alturas a quien no conocen y que los
quiere mucho.
Al tratar de captar a una persona, es frecuente
que, para que llegue a creer en Dios o aceptar a Jesús,
primero tengamos que inspirarle fe en nosotros. Es
probable que no entienda o no crea lo que le digamos
acerca de Dios a menos que se lo manifestemos
mediante algún acto visible y tangible con el que
pongamos nuestras palabras en acción, traduzcamos
nuestra fe en hechos y pasemos de la teoría a la
práctica, del sermón a las obras. Es necesario mostrar
el verdadero amor de Dios y manifestarlo con gestos
que lo demuestren genuinamente.
D. B. B.

¿Por qué nosotros?


¿Por qué tenemos que ser los cristianos los
encargados de predicar a Jesús y anunciar la
salvación? ¿Por qué no envía Dios unos ángeles para
que lo hagan? Él se vale de seres humanos falibles
y pecaminosos como nosotros para transmitir Su
mensaje porque sabe que las personas se relacionan
mejor con otras personas que con ángeles y
que, siendo propensos a caer en las debilidades
y fallos propios de la naturaleza humana, nos
mostraremos más comprensivos, pacientes, amorosos
y misericordiosos que los ángeles. ¡Da que pensar!
D. B. B.
8
La diferencia es notable
Sucedió que un cristiano y un ateo caminaban
por la calle hablando de Dios. El ateo, naturalmente,
lo ridiculizaba, diciendo: «Si Dios existiera de verdad,
habría alguna prueba de ello. Debería haber alguna
diferencia entre nosotros que la gente pudiera
percibir. Si es verdad que tú tienes a Dios y yo no,
ese mendigo, por ejemplo, debería notarlo con solo
mirarnos. Veamos a quién le pide limosna». Cuando
pasaron junto al mendigo, este extendió la mano por
delante del ateo —que se encontraba más cerca de
él— en dirección al otro hombre y le dijo: «Usted,
caballero, que tiene a Dios reflejado en el rostro,
¿no me daría una limosna?» Los demás tienen que
ver a Jesús en nosotros. Es preciso que reflejemos
la luz y el amor de Su Espíritu. Y para ello, tenemos
que cultivar una estrecha relación con Él, amarlo
constantemente y agradecerle toda Su bondad para
con nosotros.
D. B. B.

9
«¿Qué saco yo con esto?»
Jesús dijo: «Id por todo el mundo y predicad el
evangelio a toda criatura», es decir, a todo ser
humano, dondequiera que esté1. Para cumplir bien
ese encargo hay que ser un buen vendedor. Debemos
convencer a la gente de lo bueno que es Jesús y lo increíble
que es Su oferta, la salvación.
Cualquier psicólogo o vendedor te dirá que es propio
de la naturaleza humana que uno piense mayormente en
lo que le conviene a él y a sus seres queridos. Por eso todo
discurso de venta está concebido para responder a una
pregunta básica: ¿Qué provecho le voy a sacar yo a este
producto? El posible comprador tiene que convencerse de
que necesita el producto o servicio que se le ofrece. Esa es
la clave para vender cualquier cosa.
Al testificar —como en toda venta—, debes ser capaz
de ponerte en el lugar de tu interlocutor y hablar de lo
que a él le interesa, de lo que necesita y desea. Tienes que
averiguar lo que quiere y ayudarlo a conseguirlo. Es pre-
ciso que le enumeres los beneficios, que le expliques cómo

1 Marcos 16:15.
10
«¿Qué saco yo con es to?» 11

puede mejorar su vida si acepta a Jesús. Cuéntale cómo se


transformó la tuya en aspectos que a él le puedan interesar.
Enumeramos a continuación algunos de los beneficios
de conocer a Jesús que más atractivos pueden ser para
una persona:

• Perdón de las malas acciones cometidas
• Felicidad y satisfacción
• Paz interior
• Respuestas a los grandes interrogantes sobre
la vida
• Comprensión de las cosas del espíritu
• Liberación del temor y de las preocupaciones
• La seguridad de que se lo ama como persona
• La tranquilidad de tener a Alguien que siempre
lo apoyará incondicionalmente
• La certeza de la vida eterna y de un lugar en el
Cielo
• Fuerzas para sobreponerse a las vicisitudes de
la vida
• Una razón para vivir, una existencia con sentido
que lo haga sentirse realizado
• Más amor y comprensión con los demás
• Una mejor conducta y una mayor capacidad de
satisfacer las necesidades de sus seres queridos
• La maravilla de tener a Alguien a quien pedir
orientación al enfrentarse a situaciones o decisio-
nes difíciles
• Consuelo en épocas de dolor o luto
• Esperanza para el futuro
Solución universal para una necesidad universal
Lo que todos necesitan es amor, un amor que
hasta ahora no han conocido, un amor auténtico,
sincero, genuino, el verdadero gran amor de su vida,
un amor superior a todos los demás que solo nos
puede brindar el Amante por excelencia, el único
capaz de satisfacer el profundo deseo que tiene toda
alma humana de llegar a ser amada y comprendida
plenamente.
El corazón de las personas es igual en todas partes
del mundo. Nuestros anhelos, nuestros amores,
nuestra sed de Dios y de Su verdad, nuestra ansia
de alegría, felicidad y paz interior son universales.
Él mismo puso todo eso en nosotros. No podemos
ser felices mientras vivamos apesadumbrados,
turbados, decaídos y espiritualmente perdidos. El
alma humana no puede sentirse del todo satisfecha a
menos que esté perfectamente unida al gran Espíritu
de amor que la creó. La carne encuentra satisfacción
en la carne; pero el espíritu, solo en el Espíritu.
¿Quieres la llave que te permitirá abrir cualquier
corazón? ¡Prueba el amor! Es infalible, porque Dios
es amor, y es imposible que Él falle.
¡He hallado el dulce misterio de la vida!
¡Al fin la razón de todo he descubierto!
¡Todo el mundo anhela amor y solo amor,
y por amor seguiré Tu llamamiento!2
D. B. B.

2 Paráfrasis de Dulce misterio de la vida, poema de Rida Johnson


Young (1869–1926).
12
¿A quiénes debemos dirigirnos?
Los cristianos nacidos de nuevo debemos tratar
con amor y compasión a todo el mundo, no solo a
nuestros allegados; a jóvenes y a ancianos, a ricos y a
pobres, a fuertes y a débiles, a amigos y a enemigos,
aunque no nos gusten, «a toda criatura»3. No obstante,
el Espíritu de Dios nos conduce particularmente a
quienes más necesitan nuestra amorosa ayuda y más
la van a agradecer, o bien trae a esas personas al lugar
en que nosotros nos encontramos. Dios se dirige a
donde hay corazones abiertos, receptivos y sedientos.
Busca corazones mansos, humildes y contritos. En
cambio, resiste a los soberbios. Su Palabra dice: «A los
hambrientos colmó de bienes, y a los ricos [o llenos] los
envió vacíos»4, porque «Dios resiste a los soberbios, y
da gracia a los humildes»5.
Las personas satisfechas de sí mismas o que tienen
ideas fijas acerca de muchas cosas difícilmente se dan
cuenta de que necesitan al Señor. «Ninguno que beba
del [vino] añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: “El
añejo es mejor”»6. En cambio, los que buscan, los que
tienen sed, los que no son felices y ansían lo espiritual,
esos lo tienen bien.
Jesús enseñó que el vino nuevo se vierte en
odres nuevos7. Y eso fue exactamente lo que Él hizo:
vertió Su vino nuevecito en odres nuevecitos, capaces
de expandirse para recibirlo, acogerlo e incluso
regocijarse en él, porque ese vino reflejaba su sentir.
D. B. B.

3 Marcos 16:15.
4 Lucas 1:53.
5 Santiago 4:6.
6 Lucas 5:39.
7 Lucas 5:38.
13
Para vender un producto, uno mismo debe
estar convencido de sus bondades
La clave para ser un buen vendedor es estar
convencido de lo que se vende. Para vender con
convicción hay que creer en el producto. Para ello
es imperativo probarlo y conocer personalmente
los beneficios que reporta. Cuando uno está
convencido, la sinceridad y el entusiasmo con que
habla terminan por persuadir a los demás.
Los cristianos debemos ser los mejores
vendedores del mundo. Al fin y al cabo, hemos
probado el mejor producto que hay —el amor
de Dios y la salvación en Jesús—, fabricado en el
Cielo y con garantía eterna. Y por si fuera poco, ¡es
gratis! ¿Cómo podría alguien rechazar semejante
ganga? Y ¿cómo no vamos a estar entusiasmados
ofreciéndola?
D. B. B.

14
Primeros pasos
Es probable que el modo de abordar a una perso-
na para testificarle varíe mucho según el trato
que se tenga con ella, cuánto se la conozca, las
circunstancias del encuentro, si ya antes se le ha
hablado del Señor o de asuntos espirituales, etc.
Posiblemente muchas de las personas a las que testifi-
ques no serán extraños, sino parientes, amigos o conocidos.
Con esas personas ya tienes algún interés en común con
el que puedes empezar la conversación. Aun así, como en
todo aspecto de la testificación, es importante pedirle al
Señor que te indique qué debes decir y qué debes abste-
nerte de decir. Si bien no siempre es fácil encauzar una
conversación para que derive en temas espirituales, con
frecuencia uno se puede valer de algo que la persona haya
dicho para elevar el intercambio a un plano espiritual. De
no darse esa circunstancia, una simple alusión a Dios, a
Jesús o a algún principio espiritual, aunque no parezca
venir a cuento, puede conducir la conversación hacia temas
más profundos.
Cuando no se conoce mucho a la persona o derecha-
mente se trata de un extraño, se presentan otras dificul-
15
16 Uno a uno

tades. La más común es no saber cómo empezar. Uno se


siente como el clavadista parado al borde del trampolín, a
punto de lanzarse al vacío. De pronto le vienen temores e
inquietudes que minutos antes ni se le habían pasado por
la cabeza. «¿Pensará que soy muy directo, o medio raro, o
que tengo algún interés personal?» En todo caso, no hay
por qué alarmarse. El Señor tiene la llave del corazón de
cada ser humano. Él sabe exactamente qué le hace falta
a cada uno y cómo Él y tú pueden satisfacer mejor esa
necesidad.
Aquí tienes algunos consejos para empezar: Saluda a
la persona con una sonrisa y unas palabras alegres; hazle
un cumplido; ofrécete a ayudarla si ves que lo necesita;
pregúntale cómo llegar a tal o cual sitio; haz un comentario
sobre el estado del tiempo, alguna noticia de actualidad o
algo que ves que tienes en común con ella. Procura que se
relaje y se distienda haciéndole unas preguntas sencillas.
Una vez que la conversación haya echado a andar, fluirá
con relativa facilidad.
La búsqueda
Son muchas las personas que andan buscando
amor, un rayo de esperanza, alguna salvación, un
destello de luz, un alivio. Si logramos mostrarles que
el amor existe, les resultará más fácil creer que Dios
existe, porque Dios es amor1. Por eso, lo primero
y más importante es hacerles ver a los demás que
los amas.
Aun los pequeños gestos significan mucho.
¡Un poquito de amor puede llegar lejísimos! Es
asombroso el efecto que puede tener la luz de
nuestra sonrisa o la expresión de bondad de
nuestro rostro en las personas que nos parecen más
inconmovibles. Cuando perciben nuestro amor y les
decimos que se trata del amor de Dios, piensan:
«¡Tal vez sea cierto que hay Alguien allá arriba que
me quiere mucho!» Eso puede cambiar toda su
perspectiva.
D. B. B.

No es prudente juzgar a alguien por su aspecto


o por su personalidad. El Señor no nos juzga por
nuestros pecados de ayer. Ni siquiera por los de
hoy. Él mira el corazón. Lo mismo debemos hacer
nosotros.
María Fontaine

Testificar tiene que nacer del corazón. Uno lo


hace motivado por su amor e interés hacia una
persona. Si comienzas por ahí, lo demás vendrá
por sí solo.
Francisco López

1 1 Juan 4:8.
17
Tu experiencia personal
Relatar tu propia experiencia es uno de los ar-
gumentos más convincentes que puedes esgrimir,
porque cuando les cuentas a los demás cómo descu-
briste a Jesús y el impacto que tuvo eso en tu vida,
o exclaman: «No te creo», o reconocen: «Si tú lo
dices, debe de ser así».
El apóstol Pablo fue un testigo fogoso. Cada vez que
lo llevaban ante magistrados o reyes para responder a las
acusaciones que formulaban sus opositores, aprovechaba
para tratar de conquistarlos para Jesús. Y comenzaba
contando su testimonio: «Esto es lo que me pasó a mí».
Algunas personas no hacen caso de nada más. No
quieren que les leas ni les cites la Biblia. Por más que
emplees la retórica más refinada y les ofrezcas todas las
respuestas y explicaciones eruditas que creas que necesiten,
se negarán a escucharte. No obstante, en cuanto empie-
zas a narrarles tus vivencias sobre el particular, captas su
atención.
A la gente le interesa la gente. A todos nos gusta que
nos cuenten una historia. En el noventa por ciento de los
casos, si hablas con sinceridad y con el poder del Espíritu
18
Tu experiencia personal 19

Santo, la gente asumirá que dices la verdad. Tu testimonio


no se puede negar. En el momento en que reconocen que
eso te sucedió a ti, no pueden menos que admitir que es
posible que les pase a ellos. Si ocurrió una vez, bien puede
volver a ocurrir. Una vez que admiten esa posibilidad, se
produce una chispa de fe. Si creen en ti, pueden creer en
Dios.
No hay mejor publicidad que un cliente satisfecho. Tú
eres la prueba de la verdad, un producto del Evangelio. Si
les cuentas a los demás cómo el amor de Dios transformó
tu vida y les haces ver tu alegría, querrán descubrir lo que
te ha hecho feliz.
Empleo de la Palabra
Es probable que empieces con una conversación
trivial, o bien contando lo que Jesús hizo por ti.
Eso es importante para despertar el interés de las personas
en el Señor y en Su Palabra. Pero para lograr que crezcan
espiritualmente, a la larga las Palabras de Dios resultan
mucho más eficaces que las nuestras y obran más profun-
damente en el corazón de quienes procuramos acercar a
Él. Jesús dijo que las palabras que Él habla «son espíritu
y son vida»1. El apóstol Pablo, por su parte, afirmó que la
fe viene por oír la Palabra 2. La Palabra es la semilla de la
que germina la fe.
Si bien los demás tienen que ver en ti una muestra
de lo que Jesús es capaz de hacer por ellos —muchas
veces es la fe en ti lo que los lleva a creer en Dios—, en
última instancia su fe tiene que basarse en la Palabra. Tú
a lo mejor mañana no estarás. ¿En quién van a creer en-
tonces? Tú puedes fallarles, y otras personas también. El
mundo entero puede fallarles, pero la Palabra de Dios es
infalible. «El cielo y la tierra pasarán, pero Mis Palabras

1 Juan 6:63.
2 Romanos 10:17.
20
Empleo de la Palabra 21

no pasarán»3. «Para siempre, oh Señor, permanece Tu


Palabra en los cielos»4.
Al tratar de llevar a una persona a conocer a Jesús,
resulta más eficaz mostrarle uno o dos versículos bien
escogidos que toda una retahíla. Si dices demasiados,
es probable que no recuerde ninguno. Algunos testigos
piensan que tienen que presentar un cúmulo de pruebas
—cuantos más versículos, mejor—; pero no es necesaria-
mente así. Cuantos menos versículos recites, mejor, porque
puedes repetirlos una y otra vez hasta que tu interlocutor
los entienda y los recuerde bien. Es preferible que se vaya
sabiendo cuatro versículos a que olvide cuarenta.
Ya sea que conquistes a alguien para el Señor o no,
procura dejarle algo de Palabra impresa para fortalecer su
fe. Puede ser una revista Conéctate5, un folleto, un Evan-
gelio de Juan o un Nuevo Testamento, por ejemplo. En
caso de que ya tenga Biblia, recomiéndale que lea ciertos
pasajes y anótaselos para que los recuerde.
Puede que algunas de las personas a quienes testifiques
ya sean salvas. En ese caso, el propósito de testificarles es
animarlas a cultivar una relación más profunda, estrecha
y gratificante con el Señor, y estimularlas a hacer más por
Él. Para eso sí es importante conocer bien la Biblia, no solo
saberse unos cuantos versos sobre la salvación.
Para poder emplear la Palabra de Dios en tu testifi-
cación es necesario que primero te familiarices con ella.
Cuanto más la estudies y asimiles tú mismo, más recursos
tendrás para realizar la labor6.

3 Mateo 24:35.
4 Salmo 119:89.
5 www.conectate.org, © Aurora Production AG.
6 En los apartados El cuidado del recién nacido (página 76) y Versículos para
emplear en la testificación, del apéndice (página 87), encontrarás más consejos
sobre testificar a personas ya salvas.
22 Uno a uno

Además, por medio de la Palabra impresa puedes tes-


tificar a personas con las que no tienes tiempo u ocasión
de tocar temas profundos. Da a todos un folleto, una
revista Conéctate o alguna otra publicación que conten-
ga el mensaje del amor de Dios. Si aún no son salvos,
muéstrales o señálales pasajes que explican cómo aceptar
a Jesús, para que no se pierdan lo más importante de Su
mensaje. Hay veces en que la Palabra impresa llega más
lejos y logra introducirse en lugares que están vedados
para la generalidad de las personas. Nunca subestimes la
eficacia de la Palabra impresa7.

7 En la página web www.thefamilyinternational.org/es/mission-statement/how-


can-you-help/#downloads encontrarás una selección de folletos que pueden
servirte para tus labores de testificación.
La Palabra de Dios es el cimiento de la fe.
¿Cómo se adquiere fe? Es un don de Dios que está al
alcance de cualquiera que lo desee8. Es solo cuestión de
pedirlo. Lo malo es que muchas personas no lo quieren
hasta que lo necesitan. Entonces de golpe se dan cuenta
de que no tienen la fe que precisan porque no están
acostumbradas a confiar en la Palabra de Dios, les falta
ese cimiento. Al fin y al cabo, ¿cómo pueden tener fe en
algo que conocen bien poco o nada?
La fe nace y crece oyendo la Palabra de Dios9. Así
como no se puede construir un buen edificio sin buenos
cimientos, no es posible tener fe sin la Palabra. La fe en
Dios se cimenta en Su Palabra. De modo que si te falta fe
[o si ves que les falta a las personas a quienes testificas],
el remedio es muy sencillo: la Palabra de Dios.
D. B. B.

¿Oratoria o prueba concluyente?


Al testificar, nuestras palabras se asemejan a los
argumentos que presenta un abogado en un tribunal; la
Palabra de Dios, en cambio, es la prueba concluyente. Por
muy convincentes y eficaces que sean nuestras palabras,
ni el mejor de los abogados puede ganar un juicio con
pura oratoria.
Shannon Shayler

La generalidad de la gente —incluso los que profesan


otra fe o no tienen religión— respeta la Biblia. La mayoría de
las personas tienen cierto respeto por los libros sagrados,
o al menos se interesan en lo que dicen. Empleada con
buen criterio, la Biblia puede añadir peso a lo que digas.
D. B. B.

8 Efesios 2:8.
9 Romanos 10:17. 23
Llénate el alma y la mente con la verdad que
contiene la Palabra de Dios
Cuanto más absorbe uno la Palabra, más fácil y natural
le resulta transmitírsela a los demás. Antes de divulgarla
tienes que asimilarla. «De la abundancia del corazón
habla la boca»10. Si eres constante en la lectura, estudio
y memorización de Su Palabra, Él puede recordártela
cuando la necesites11.
Dar testimonio de la Palabra es menos importante
que asimilarla uno mismo. Nunca tendrás las fuerzas y
la energía espiritual que necesitas para dar a conocer
la Palabra a menos que tú mismo primero la absorbas,
te nutras de ella y dejes que te fortalezca. No podemos
hacer la obra del Maestro sin las fuerzas que Él nos
concede. Y para obtenerlas, es imperativo que pasemos
ratos con Él.
D. B. B.

Si quieres que la Palabra cobre realmente vida para ti,


pásasela a los demás. Verás cómo actúa en otras personas
y transforma su vida como transformó la tuya. Verás al
Señor manifestarse a esas personas por medio de Su
Palabra como se te manifestó a ti, y tu fe crecerá aún más.
Es posible que al leer la Palabra y tratar de aplicarla
no te hagas cargo de cuánto estás aprendiendo. No
obstante, cuando comiences a emplearla para ayudar a
los demás a resolver sus problemas y conducirlos a Aquel
que tiene todas las soluciones —Jesús—, te asombrarás
de la sabiduría y el discernimiento que has adquirido
con ella.
Jason Rae

10 Mateo 12:34.
11 Juan 14:26.
24
Los cuatro pasos de la
testificación individual
1. Haz preguntas.
Los buenos conversadores tienen algo en común:
la capacidad de ayudar a su interlocutor a abrir-
se y hablar. Eso sin duda se aplica a la testificación. Es
importante transmitir a la persona a la que testificamos
que nos interesa, que tanto ella como lo que tenga que
decirnos nos parecen importantes. Eso es parte esencial
de manifestarle amor. Además, a menos que le hagamos
preguntas, no vamos a llegar a comprenderla bien ni
saber cómo tratarla. No vamos a saber qué necesita ni
cómo ayudarla con eficacia si no le hacemos preguntas y
conseguimos que nos hable.
Hazle preguntas acerca de su vida, su trabajo, sus
gustos y disgustos, etc. Procura que la persona te hable
de sí misma. Con la mayoría de la gente eso no es muy
difícil. Muchas personas están deseosas de que les presten
atención y les manifiesten un poco de aprecio. Si muestras
interés y te preocupas por su situación personal, sabrán
que han encontrado un amigo, alguien en quien pueden
25
26 Uno a uno

confiar. No te sorprenda que al poco rato personas total-


mente desconocidas te empiecen a contar sus conflictos y
a confiarte sus intimidades como si fueras un viejo amigo.
El Señor y el Espíritu Santo obrarán en su corazón y les
harán ver que realmente te interesas por ellas. Eso las
animará a abrirte su corazón.

2. Presta atención a las respuestas


La mitad de la eficacia de un buen testigo consiste en
saber escuchar. De hecho, eso es en muchos casos lo que
la gente más quiere: que alguien la escuche y se muestre
comprensivo, tener a alguien con quien desahogarse y
a quien contarle sus cuitas. Cuando una persona se da
cuenta de que la comprendes, se comunica mejor y con
mayor libertad.
Tú también lo necesitas. Para ser un testigo eficaz,
tienes que ponerte al nivel de los demás, meterte en su
pellejo, identificarte con ellos. Y la única forma de hacerlo
es escuchar atentamente sus respuestas. A medida que la
conversación se torne más profunda y tus preguntas más
relevantes, haz una breve oración en silencio para que el
Señor te ayude a entender las palabras y sentimientos de
tu interlocutor. Pídele que te ayude a verlo como Él lo
ve y que te indique de qué manera puedes manifestarle
mejor Su amor.
Puedes animar a la persona a seguir hablando asintien-
do con la cabeza, o encauzar la conversación diciendo algo
apropiado de cuando en cuando; pero resiste el impulso
de ampliar lo que te esté diciendo o valerte de ello para
expresar tu punto de vista. Procura no interrumpir; deja
que se desahogue completamente. Escuchar no es solo
una de las funciones más importantes de un buen testigo;
es también una de las más difíciles. Si tú tienes las cosas
Los cuatro pasos de la testificación individual 27

claras, es natural que estés ansioso por darle a la gente las


soluciones a sus problemas y las respuestas a sus interrogan-
tes; pero no lo hagas prematuramente. Puede que alguien
te narre su vida entera; aun así, sigue escuchándolo. Es un
aspecto importante de manifestar amor.
Escuchar a los demás también produce un efecto
secundario importante: Si has sido un buen oyente, es
probable que tu interlocutor se muestre más interesado en
lo que tú digas cuando te toque a ti hablar, y que lo reciba
mejor. Estará menos a la defensiva, más abierto a nuevas
ideas y puntos de vista, y se mostrará más comprensivo.

3. Ofrece las respuestas que da Dios


Una vez que alguien ha tenido ocasión de desahogarse y
has llegado a entender sus conflictos y necesidades, estás en
condiciones de darle las soluciones de Dios. La principal de
ellas es, naturalmente, que acepte a Jesús como su Salvador
para que Él lo ayude a resolver sus problemas.
Cuéntale cómo te ayudó a ti Jesús estando tú en la
misma situación o en otra igual de imposible; o cuéntale
cómo ayudó a otras personas. Luego muéstrale en la Bi-
blia pasajes en los que el Señor promete la solución o el
cambio que necesita. Citarle o parafrasearle versículos de
la Biblia está muy bien; pero en la mayoría de los casos es
mejor pedirle que los lea él mismo en la Biblia. Ayúdale
de entrada a cimentar su fe en la Palabra.
Si hablas con cien personas, es posible que cada vez
abordes el tema de la salvación desde un ángulo ligeramente
distinto, según cuál sea su historia, sus problemas y sus
necesidades. Hasta puede que emplees los mismos versícu-
los básicos de la Biblia con la mayoría y que, no obstante,
cada vez el Señor te ayude a adaptar Sus respuestas a las
necesidades particulares de cada una.
28 Uno a uno

4. Lleva a la persona a tomar una decisión


Una vez que hayas explicado claramente el don de la
salvación, conviene que lleves a la persona a tomar una
decisión. Pregúntale si quiere pedirle a Jesús que entre en
su vida y ofrécete a hacer una sencilla oración con ella.
Si responde que sí, dile: «Es muy sencillo. Repite lo que
yo diga». Entonces haz una breve plegaria de salvación.
Puede que en ese momento sea puesta a prueba tu fe,
pues probablemente no sabrás cómo va a reaccionar tu
interlocutor a la invitación para rezar y no querrás que se
sienta ofendido. Pero si te has esforzado en los tres pri-
meros pasos, no te preocupes: confía simplemente en que
el Señor ha obrado en su corazón y lo ayudará a tomar la
mejor decisión.
No siempre lograrás convencer a la persona, pero
siempre puedes llevarla a tomar una decisión, ya sea que
diga «sí», «no» o «tal vez más tarde». Algunas personas
responden «más tarde» porque les da vergüenza, quizá
porque no saben rezar, o porque son muy tímidas para
hacerlo delante de ti. Otras necesitan más tiempo para
pensárselo. En todo caso, lo cierto es que por lo general
no habrá momento en el que estén más preparadas; ese
es el mejor, justo después de haberles tú infundido fe con
la Palabra de Dios y haberles comunicado una gran dosis
de amor y aliento.
¿Es conveniente correr el riesgo de ofender a alguien
insistiendo para que rece y acepte a Jesús en ese momento?
¿Qué pasa si dice que no se considera preparado, o que
prefiere irse a casa y pensarlo bien? ¿Debes presionarlo o
no? Depende en gran medida de lo receptivo que se haya
mostrado y de cuánto te parezca que le falta para orar.
De todos modos, una buena regla general es esta: Si estás
seguro de que volverás a ver a la persona y tendrás otra
Los cuatro pasos de la testificación individual 29

ocasión de rezar con ella, no la presiones. En cambio, si


es poco probable que la vuelvas a ver, y por consiguiente
puede que esa sea la última oportunidad que tenga de
salvarse, no te des por vencido enseguida. Presiónala un
poco más. Si al cabo de dos o tres intentos la persona no
se muestra dispuesta a orar contigo, al menos dale un
folleto que contenga el mensaje y la oración de salvación.
Puede que acceda a aceptar a Jesús cuando esté a solas y
no se sienta tan intimidada, o después de haber tenido un
poco más de tiempo para pensarlo.
Hay un viejo adagio que reza: «Se puede llevar el
caballo al agua, pero no se le puede obligar a beber». Eso
se aplica también a las personas. Se las puede conducir a
la verdad, pero no se las puede forzar a aceptarla. Puedes
manifestarles el amor de Dios, pero solamente Su Espíritu
puede inclinarlas a tomar la decisión acertada. En última
instancia, la decisión es suya.
Si alguien no reza contigo en el momento para aceptar
a Jesús, termina tu testificación ofreciéndote a orar por él.
Puede que eso lo ayude a convencerse de que eres sincero y
realmente te interesas por él, si es que todavía no lo tenía
claro. Además, sirve de ejemplo y demostración de lo fácil
y natural que es hablar con Jesús por medio de la oración.
También conviene que trates de seguir en contacto
con los que se hayan mostrado receptivos pero no hayan
recibido a Jesús en el momento. A lo mejor simplemente
necesitan más tiempo para rumiarlo. Si los llamas o los
visitas al día siguiente o a la semana siguiente, puede que
se animen a darle una oportunidad al Señor, o tal vez te
enteres de que ya lo hicieron entretanto.
¿Cuánta fe y cuánta comprensión hacen falta?
¿Cuánta fe necesita una persona y cuánto tiene
que saber de Dios y de todo el proceso de salvación
para salvarse? En realidad, por sorprendente que
parezca, ¡muy poco!
Jesús dijo que, a menos que nos volvamos como
niños, no podemos entrar en el reino de los Cielos1.
Un bebé no entiende todo lo relativo a sus padres, ni
cómo nació, ni cómo es la vida. Simplemente percibe
el amor de sus padres y lo acepta.
Eso precisamente es lo único que tiene que
hacer alguien para aceptar a Jesús y salvarse: percibir
el amor de Dios que Jesús le manifiesta al llamar a
la puerta de su corazón, y extender la mano con fe
infantil para abrir la puerta e invitarlo a entrar.
Adaptación de un texto de D. B. B.

1 Mateo 18:3.
30
Seamos como Jesús: escuchemos
Aprendamos de Jesús. Cuando acudimos a Él en
oración para expresarle lo que nos preocupa, ¿acaso
nos escucha por unos instantes y enseguida nos
interrumpe? En muy raros casos. Siempre está a nuestro
alcance, siempre está accesible y presto a escucharnos.
En todo momento se muestra interesado en conocer
nuestra perspectiva de las cosas. Se pone a nuestro
nivel. Escucha atentamente lo que queremos decirle y
además está pendiente de los sollozos inaudibles de
nuestro corazón. Sabemos que nos entiende.
Él se fija en nuestra motivación, no en los errores
que hemos cometido ni en los líos que hemos
armado. Nunca es áspero, nunca nos habla en tono
condenatorio. Siempre nos dispensa misericordia,
esperanza y perdón. Por mucho que nos hayamos
descarriado, nunca deja de amarnos.
Escuchar a alguien —escucharlo de verdad— es
una manifestación de amor. No solo es una expresión
de nuestro amor, sino también del amor del Señor por
esa persona, un amor incondicional, eterno y perfecto
en todo sentido. Si consigues que una persona vea
a Jesús reflejado en ti porque le prestas oído con el
mismo amor con que Él la escucharía, no te resultará
difícil conquistar su corazón para Jesús.
Escuchar a los demás es un arte que puede
cultivarse. Hay que partir por tener un deseo sincero de
entenderlos, a fin de saber cómo amarlos y ayudarlos.
Pide a Jesús el don de la empatía; luego pídele
que te ayude a practicarlo ayudando a tu prójimo y
conduciéndolo con mucho amor a Su reino celestial.
Keith Phillips

31
Médico de almas
Conocer a Jesús y salvarse es el primer paso para
que la gente se cure de todo lo que la aqueja. Pero
a muchos les resulta difícil —por no decir, imposible—
creer que existe tal remedio universal si no han tenido un
encuentro personal con Jesús. Por eso, aunque conozcas
la solución a sus problemas y puedas recetarles el remedio
enseguida, es probable que no se muestren muy ávidos de
encomendarse a tu cuidado si no les das ocasión de expli-
carte sus síntomas. ¿Cuánta fe tendrías tú en un médico
que te dijera de buenas a primeras que sabe lo que necesitas
sin haberle tú contado qué te aqueja? Aunque el paciente
esté cubierto de pies a cabeza de síntomas externos que
revelen claramente su trastorno, todo médico sabe que
tiene que empezar por hacer preguntas.
Hacer preguntas es más que una mera formalidad,
una muestra de cortesía o un ardid para granjearse la
confianza del paciente. Aunque la dolencia sea patente,
ningún médico sensato da inicio a un tratamiento basán-
dose solamente en lo que le dice su experiencia o los libros
de medicina. Al escuchar atentamente la explicación del
paciente acerca del mal que sufre y los síntomas que ha
32
Médico de almas 33

tenido, el médico puede confirmar el diagnóstico y recabar


importantes datos que después lo ayudarán a determinar
el tratamiento, las dosis, etc. Algunos pacientes son muy
extravertidos y francos: responden incluso a preguntas
de índole bastante personal. En el caso de pacientes más
lacónicos, el médico se ve obligado a sonsacarlos.
A diferencia de las dolencias físicas, a veces a una per-
sona puede resultarle difícil admitir que su espíritu está
enfermo. Pero mientras no lo haga, no aceptará los consejos
y la prescripción del médico. Como médicos de almas que
somos, es nuestro deber hacerle ver al paciente que algo
anda mal. Sin embargo, lo mejor esa dejar que él mismo
llegue a esa conclusión, sobre todo si fuimos nosotros los
que iniciamos el examen.
Solo entonces está el médico en condiciones de prescri-
bir un tratamiento. Y en realidad, ahí termina su trabajo.
A partir de ese momento, todo depende de que el paciente
deposite su confianza en él, tome los medicamentos que
le han recetado y se someta al tratamiento o a la terapia
que se le ha recomendado. El paciente es quien decide lo
que hace con el diagnóstico del médico.
Salvamento
Kumiko tiene 24 años. Su hermano mayor se
mató en un accidente de tránsito hace unos años.
Sus padres están divorciados. Contrariada por esos
hechos resolvió dejar de creer en Dios. Cuando la
conocí, estaba muy desanimada. Todo lo que decía
de su vida y de los demás era muy negativo.
Cuando tenía conflictos con sus amigos o
colegas me llamaba por teléfono. La mayoría de
sus llamadas las hacía pasada la medianoche, y
duraban más de una hora. A veces lloraba y decía
que se iba a suicidar, que su vida no tenía sentido.
Yo la escuchaba y procuraba animarla explicándole
que, independientemente de los comentarios de los
demás acerca de ella, Jesús la amaba y veía todas
sus virtudes. Le decía que algún día su naturaleza
bondadosa y sus demás cualidades ganarían la
partida, que no debía dejarse sofocar por aquellas
otras cosas de carácter negativo. También le
aseguraba que oraría por ella, y lo hacía. Una noche
ella oró conmigo para aceptar a Jesús como su
Salvador.
Kumiko comenzó a cambiar paulatinamente. Al
cabo de un tiempo me dijo que había empezado
a clamar a Jesús cada vez que tenía problemas
o estaba deprimida. Hace poco nos volvimos a
encontrar, y se la veía muy cambiada. Fue capaz
de reírse de sus anteriores reacciones inmaduras
cuando algo la disgustaba mucho. Lo que me
contó luego me conmovió profundamente: Un
mes antes se había sumido en la desesperación y
había decidido poner fin a su vida. A medianoche
se montó en el auto y fue hasta la costa, decidida a
34
arrojarse al agua. De golpe empezó a pensar en mí
y se puso a orar a Jesús. Cambió de idea y volvió
sana y salva a su casa. Al escucharla decir eso, sentí
mucha alegría y alivio.
En muchas ocasiones no me había resultado
fácil escuchar las peroratas de Kumiko acerca de sus
batallas internas, sobre todo cuando me sentía muy
cansada o quería terminar alguna tarea urgente antes
de irme a dormir. (Traduzco al japonés publicaciones
de La Familia Internacional.) Inicialmente no daba
la impresión de estar cambiando o creciendo
espiritualmente; pero el Señor siempre me repetía
que la chica no tenía a nadie más a quien pedir ayuda
y apoyo moral. A través de esta experiencia creo que
aprendí más que Kumiko acerca de lo sublime que
es el amor de Jesús. Él me está enseñando a tener
más amor, paciencia y misericordia con los demás,
sobre todo con los que están perdidos y buscan
amor verdadero y respuestas a sus interrogantes.
Akiko Matsumoto

35
Llevar a alguien
a aceptar a Jesús
Naturalmente, habrá situaciones en las que no
será posible, ni práctico, ni necesario sostener
una conversación larga y profunda con alguien
para que acepte a Jesús. En tales casos no se pueden
seguir al pie de la letra los cuatro pasos de la testificación
individual. Puede que el Señor te indique que de entrada
le hables a alguien de Su amor o que le des unos folletos
para leer. Quizá no haya tiempo para nada más. O tal
vez ya conoces a esa persona lo suficiente como para em-
pezar a testificarle, describirle cómo cambió Jesús tu vida
cuando lo aceptaste y proponerle que haga lo mismo. En
todo caso, la meta es la misma: llevarla a aceptar a Jesús
en algún momento, con el fin de que entable una relación
personal con Él.
Ya sea que una persona ore contigo o que lo haga des-
pués a solas, para recibir la salvación lo único que necesita
saber es que Dios la ama y quiere estar con ella ahora y
para siempre. «De tal manera amó Dios al mundo, que ha
dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él
36
Llevar a alguien a aceptar a Jesús 37

cree, no se pierda, mas tenga vida eterna»1. Para salvarse


basta con que crea en Jesús.
No obstante, es bueno que tú, el testificador, conozcas
y sepas transmitir algunas verdades elementales que ayu-
den a la persona a comprender su necesidad de salvación
y lo que esta significa.

1. Todos tenemos necesidad de perdón. «Todos pe-


caron y están destituidos de la gloria de Dios»2. Hasta
salvarnos, estamos separados de Dios, porque no somos
perfectos como Él. Todo el mundo comete errores y hace
malas acciones, lo que la Biblia denomina pecados. Sin
embargo, Dios quiere perdonar nuestros pecados para
que estemos unidos a Él. Quiere perdonarnos y manifes-
tarnos Su amor.

2. Jesús acaba con esa separación. Al morir en la


cruz, Jesús sufrió el castigo que merecían nuestros peca-
dos y allanó el camino para que pudiéramos reconciliar-
nos con Dios. «[Jesús] llevó Él mismo nuestros pecados
en Su cuerpo sobre el madero»3.

3. La salvación es un regalo. No puede uno ganárse-


la a base de buenas obras. La bondad de una persona
nunca es suficiente para garantizarle el Cielo. «Por gra-
cia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros,
pues es don de Dios»4. «La dádiva de Dios es vida eterna
en Cristo Jesús Señor nuestro»5. Lo único que tiene que
hacer una persona para alcanzar la salvación es abrir la

1 Juan 3:16.
2 Romanos 3:23.
3 1 Pedro 2:24.
4 Efesios 2:8,9.
5 Romanos 6:23.
38 Uno a uno

puerta de su corazón y aceptar a Jesús como su Salvador.


«He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye Mi
voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él
conmigo»6.

No existe una oración de salvación establecida u oficial.


Lo único que la persona tiene que hacer es abrirle since-
ramente el corazón a Jesús. Puede orar en voz alta o en
silencio. Puede hacer su propia oración, leer una oración
escrita en un folleto o repetir frase por frase una oración
que haga otra persona. Una forma no es mejor que la otra.
Jesús dijo: «Al que a Mí viene, no le echo fuera»7. Basta
con una cosa: «Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo»8.
Puedes buscar una oración de salvación que te guste y
emplearla con la mayoría de la gente a la que testifiques;
o puedes tener a mano diversas oraciones y emplear una
u otra según la situación y el tipo de persona.

Muestra de oración de salvación


Jesús, gracias por morir por mí. Te abro ahora la puerta
de mi corazón y te pido que entres en mi vida y me concedas
la vida eterna. Amén.

6 Apocalipsis 3:20.
7 Juan 6:37.
8 Hechos 16:31.
Pon a Jesús a prueba
Muchas personas que afirman no creer en Jesús
simplemente no han llegado a una conclusión
definitiva o bien fundada sobre Él porque no han
tenido oportunidad de conocer la verdad. No están
convencidas porque tienen dudas o interrogantes
no resueltos. Pero si son sinceras y realmente ansían
respuestas, si realmente quieren conocer a Jesús,
Él se les manifestará. Pueden ponerlo a prueba
y verificar que es quien dice ser. Solo tienen que
ponerlo en un tubo de ensayo; y ese tubo de ensayo
son ellas mismas.
Se les puede decir: «O Jesús es quien afirma ser
—el Hijo de Dios, la encarnación del amor de Dios
y el camino que conduce a la salvación—, o es un
embaucador, un embustero. Si quieres averiguarlo
por ti mismo, simplemente ponlo a prueba. Él dice
que quiere pasar a formar parte de tu vida de una
forma muy real y personal: “He aquí, Yo estoy a la
puerta [de tu corazón] y llamo; si alguno oye Mi voz
y abre la puerta, entraré a él”9. Invítalo a entrar. Dale
cabida en tu vida y verás lo que sucede».
Una vez que admiten esa posibilidad, le están
dando una oportunidad a Jesús. Hay una semillita
de fe, que Dios premiará con pruebas palpables,
visibles, reconocibles. Jesús entrará en su corazón
y les probará Su existencia, transformando su vida
y respondiendo a sus oraciones.
Adaptación de un texto de D. B. B.

9 Apocalipsis 3:20.
39
El toque personal
Cuando yo era un joven predicador, con mucho
amor por los perdidos y un sincero anhelo de
conquistar a las pobres ovejas descarriadas que las
iglesias no habían sabido captar, intenté todo lo que
se me ocurrió e ideé todos los métodos que pude
para hacerles llegar el Evangelio. Prediqué en las
calles y en las plazas. Canté a todo pulmón. Proyecté
diapositivas y películas en todos los sitios donde
me lo permitieron, con el objeto de comunicar el
mensaje del amor de Dios a las personas que no
iban a la iglesia. De todos modos seguía atado al
método de las reuniones públicas, a la fórmula de
la evangelización de masas, que tenía una eficacia
limitada.
Hasta que un día descubrí la emocionante
verdad de que podía conquistar a más personas
para el Señor testificándoles dondequiera que las
encontrara, sin necesidad de iglesia, ni púlpito,
ni reunión de ningún tipo, en cualquier lugar, a
cualquier hora, a toda hora, y así con todo el mundo.
D. B. B.

«Gozo delante de los ángeles de Dios»10


Cada vez que nace un alma en el reino de Dios
es como el nacimiento de un niño. Cuando nace un
nuevo espíritu en el reino de Dios se siente el mismo
gozo, solo que en mayor grado. Todo el Cielo se
alegra por cada alma perdida que encontramos y
rescatamos, mucho más que por las noventa y nueve
que ya estaban a salvo en casa11.

10 Lucas 15:10.
11 Lucas 15:7.
40
No lo compliques
Aceptar a Jesús, Su amor y Su salvación es un pro-
ceso sencillo que no tiene tantas vueltas. Mucha
gente piensa que es bastante más complicado de lo que es
en realidad. Lamentablemente no faltan las personas bien
intencionadas que perpetúan esa idea errónea trayendo a
colación muchos puntos que no son realmente necesarios
ni útiles al testificar. Lo más triste es que muchas per-
sonas no llegan a aceptar al Señor porque las ahuyenta
algún testificador que presenta el tema con demasiada
vehemencia o que trata de convencerlas de cosas que no
son necesarias para salvarse.
Jesús se limitaba a ir por todos lados haciendo el bien,
manifestando amor y diciendo: «Venid a Mí»1. Muestra el
camino que conduce a Jesús. Habla de Su amor. Explícale
a tu interlocutor que Jesús lo acepta y lo perdona. Habla
del poder que tiene Jesús para transformar, para sanar,
para consolar, para componer un corazón quebrantado y
enderezar una vida desdichada. Una vez que una persona
acepta a Jesús, Él puede conducirla paso a paso. El Espí-
ritu Santo y Su Palabra le revelarán la diferencia entre la
1 Mateo 11:28.
41
42 Uno a uno

doctrina verdadera y las falsas, y a su tiempo responderán


sus interrogantes2.
Tu labor principal como testigo no es explicar cues-
tiones teológicas, ni detalles de la historia sagrada, ni
profundos misterios espirituales. Es más, en realidad no
hace falta que sepas mucho de eso para ser un buen tes-
tigo. Solo tienes que conocer a Jesús, estar seguro de lo
que Él hizo en tu vida y creer que se propone hacer lo
mismo por otros. Cíñete a la sencillez del amor de Jesús.
Habla de cuánto se interesa por cada uno de nosotros y
quiere ayudarnos.

2 Juan 16:13; 8:31,32.


El Evangelio en veintinueve palabras
Para dar a conocer el amor de Dios basta con
tener una fe sencilla en una salvación y un Evangelio
igualmente sencillos, de forma que la gente
simplemente crea, acepte y se salve. La Buena Nueva
viene sintetizada en un hermoso versículo: «De tal
manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo
unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no
se pierda, mas tenga vida eterna»3.
Ese es el mejor versículo de la Biblia para
explicar el concepto de la salvación a personas de
casi cualquier condición. En realidad, solo tienes
que ayudarlos a comprender cada parte de ese
versículo. «“De tal manera amó Dios al mundo”.
¿Quién es Dios? El Espíritu del amor. ¿Tú formas
parte del mundo? Pues entonces: “De tal manera te
amó Dios a ti —di su nombre—, que ha dado a Su
Hijo unigénito”. ¿Quién es ese hijo? Jesús. “…para
que todo aquel que en Él cree…” ¿Tú crees en Él?
“…no se pierda…”, no vaya al infierno, “…mas tenga
vida eterna”».
No hace falta saber más que Juan 3:16 para
salir a conquistar a los perdidos. No hace falta más
preparación para ser misionero. Simplemente ve a
los sitios donde se encuentran y comunícales el amor
de Dios y la Buena Nueva de la salvación en Jesús.
D. B. B.

3 Juan 3:16.
43
Los resultados
A veces se obtienen resultados inmediatos. Algu-
nas personas a las que testificamos se encuentran en un
momento en que están abiertas, maduras y listas para
aceptar a Jesús, y lo hacen enseguida. Quizás el Señor ya
dispuso que otras personas les testificaran antes, o quizás
obró en su vida de determinada manera a fin de llevarlas
a ese punto. Entonces nos envía a nosotros para ayudarlas
a tomar la importante decisión final de aceptar a Jesús.
La testificación puede ser también una labor difícil e
ingrata. No a todo el mundo le interesa conocer a Jesús
o estrechar su relación con Dios. No te sorprendas, pues,
si algunas personas rechazan tu testimonio. Tampoco te
desanimes. Puede resultar un poco descorazonador ofre-
cerle a alguien el regalo más valioso que podría recibir y
encontrarte con que te rechaza, cambia rápidamente de
tema, te mira despectivamente o incluso te humilla o te
reprende. Cuando te suceda eso —como le sucede a todo
el mundo en algún momento—, no te rindas. Puede que
ese individuo no esté dispuesto a escuchar o a salvarse,
pero quizá la siguiente persona con quien hables sí. Si per-
severas, tarde o temprano obtendrás resultados positivos.
44
Los resultados 45

A veces la reacción inicial de una persona es negativa


por el simple hecho de que la pillaste por sorpresa. No
esperaba meterse en una conversación sobre un tema tan
profundo como el de la fe en Dios. Puede que la persona
haya tenido una mala experiencia con otros cristianos, o
haya oído ciertos argumentos en contra del cristianismo
que la desilusionaron. A algunos hay que predicarles con
el ejemplo para que luego estén dispuestos a escuchar el
sermón. Otros piensan que si aceptaran a Jesús estarían
traicionando la fe en que sus padres los criaron. Unos
temen que salvarse signifique tener que renunciar a ciertas
cosas que les costaría dejar. Otros simplemente están muy
satisfechos consigo mismos o con las cosas de este mundo.
Hay mil motivos por los que algunas personas no quieren
abrirle el corazón a Jesús la primera vez que se les presenta
la oportunidad. Sobre todo en países no cristianos, suele
requerir mucho tiempo y paciencia conquistar a alguien
para Jesús. Algunas personas tienen que convencerse vien-
do nuestra conducta —la forma en que vivimos, el amor
con que tratamos a los demás y el interés que manifestamos
en ellos— antes de aceptar lo que les decimos.
Si alguien no quiere escuchar lo que le dices sobre el
Señor, no insistas, pero tampoco te des por vencido. Puede
que aún no haya llegado el momento oportuno. Procura
concluir tu testimonio con una nota positiva, y no dejes
de orar por esa persona cuando te acuerdes de ella. Pide al
Señor que siga obrando en su corazón, que riegue con Su
agua de vida las semillas que sembraste y que te indique
qué más puedes hacer para conquistar su voluntad. Tal
vez a la larga se convenza viendo que llevas una vida feliz
y llena de amor, la misma que Jesús concede a todos los
que lo aceptan. A lo mejor el Señor te indicará que le digas
a la persona que si en algún momento quiere retomar el
46 Uno a uno

tema contigo, estás a su disposición. Puede que Él quiera


que sigas en comunicación con ella y le infundas fe por
correspondencia postal o correo electrónico, o haciéndole
llegar publicaciones cristianas de tanto en tanto. También
puede ser que el Señor tenga otro plan. Quizás envíe a
otra persona a terminar la labor que tú iniciaste. Puede
que más adelante, en otras circunstancias, la persona esté
más receptiva.
Cualquiera que se haya dedicado a la horticultura o la
agricultura sabe que quien siembra la semilla no determina
si está germinará o no. Lo único que puede hacer el horti-
cultor es preparar y fertilizar la tierra, sembrar la semilla
y regarla. No puede hacer que la planta germine. Única-
mente Dios puede hacer eso. Por muy convincente que
seas como testigo, los resultados están en manos del Señor
y dependen en gran parte de la respuesta del individuo.
Es algo que no se puede forzar. Puede que uno siembre y
otro riegue, pero es Dios quien da el crecimiento1.

1 1 Corintios 3:6.
La parábola del sembrador
El sembrador salió a sembrar su semilla; y
mientras sembraba, una parte cayó junto al camino,
y fue hollada, y las aves del cielo la comieron. Otra
parte cayó sobre la piedra; y nacida, se secó, porque
no tenía humedad. Otra parte cayó entre espinos,
y los espinos que nacieron juntamente con ella, la
ahogaron. Y otra parte cayó en buena tierra, y nació
y llevó fruto a ciento por uno. […]
Esta es, pues, la parábola: La semilla es la Palabra
de Dios. Y los de junto al camino son los que oyen, y
luego viene el diablo y quita de su corazón la Palabra,
para que no crean y se salven. Los de sobre la piedra
son los que habiendo oído, reciben la Palabra con
gozo; pero estos no tienen raíces; creen por algún
tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan. La
que cayó entre espinos, estos son los que oyen, pero
yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas
y los placeres de la vida, y no llevan fruto. Mas la que
cayó en buena tierra, estos son los que con corazón
bueno y recto retienen la Palabra oída, y dan fruto
con perseverancia.
Jesús2

2 Lucas 8:5–8;11–15. La parábola del sembrador se encuentra también


en los capítulos 13 de Mateo y 4 de Marcos.
47
La vida está en la semilla, no en el sembrador
Conquistar almas para Jesús es comparable a
cultivar: Plantamos semillitas de la verdad divina en
el corazón de las personas. Luego el cálido sol del
amor de Dios, combinado con el agua de Su Palabra,
hace que se produzca un milagro y que de algunas
de esas semillas brote vida nueva.
Naturalmente, nuestro deseo es ganar a otros a
la fe en Cristo, pero eso en realidad es tarea de Dios
y obra del Espíritu Santo. Nosotros solo podemos
ofrecerles la verdad y manifestarles el amor del
Señor; no nos corresponde forzar resultados ni
decidir por ellos. La decisión de creer, aceptar la
verdad y vivir de conformidad con ella debe tomarla
cada uno delante de Dios.
Uno siembra la semilla y puede que otro la riegue,
pero el que da el crecimiento es Dios3. Nosotros
nos limitamos a preparar la tierra, ablandarla con
nuestras oraciones y depositar en ella la semilla; de
la persona depende si la recibe o no, y solo Dios
puede hacer que eche raíces, crezca y dé fruto.
Nuestra misión consiste simplemente en ir
andando y llevando la preciosa semilla y plantarla
en corazones fértiles, fructíferos y receptivos. Puede
que no siempre lleguemos a ver la cosecha; pero si
hacemos fielmente la parte que nos corresponde,
podemos dejar el resto en manos del Señor.
D. B. B.

3 1 Corintios 3:6.
48
Siempre vale la pena testificar
¡No hay testificación que sea inútil! Dios se
asegura de que el pan que echamos sobre las
aguas cumpla el propósito para el que lo envió. Su
Palabra no volverá vacía4. La testificación siempre
es provechosa, siempre da resultado. Ya sea que
conquistemos almas para el Señor o no, estamos
obedeciéndolo, haciendo Su voluntad y cumpliendo
con nuestro deber de predicar el Evangelio.
La obra la hace la Palabra. Una vez que hemos
transmitido el mensaje de Dios, una vez que hemos
entregado a la gente la Palabra, nuestra labor ha
terminado. Lo que esas personas decidan hacer
queda entre ellas y Dios. Aunque nunca ganemos
un alma, si testificamos fielmente estamos ganando.
D. B. B.

¡Nunca te rindas por el simple hecho de que has


sufrido unos cuantos reveses! El Señor no nos exige
éxito. Dijo simplemente: «Bien, buen siervo y fiel»5.
D. B. B.

4 Eclesiastés 11:1; Isaías 55:11.


5 Mateo 25:21.
49
Dificultades y escollos
más frecuentes
No te sorprendas ni te desanimes si te topas con
alguno de los siguientes obstáculos al testificar.
El Señor puede ayudarte a sortearlos, así como cualquier
otro escollo que se te presente.

Juzgar por las apariencias o primeras impresiones


De haber juzgado Jesús a la gente por su apariencia,
¿habría escogido por discípulos —entre otros— a pesca-
dores ignorantes y odiados recaudadores de impuestos?
¿Y qué de María Magdalena, Zaqueo, la samaritana a la
que conoció junto a un pozo y muchos otros a quienes
amó, asistió y conquistó? «El Señor no mira lo que mira
el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus
ojos, pero el Señor mira el corazón»1. Pide a Dios que te
ayude a ver a cada persona que ponga en tu camino tal
como la ve Él.

1 1 Samuel 16:7.
50
Dificultades y escollos más frecuentes 51

Discusiones
Hay quienes discuten porque son escépticos e incré-
dulos y solo quieren ponerte en aprietos y hacerte perder
el tiempo. Pero no todos los discutidores entran en esa
categoría. Hay personas que buscan sinceramente la verdad
y que discuten porque de veras quieren respuestas, quieren
convencerse. ¿Cómo se distingue entre unos y otros? En
primer lugar, haz una breve oración en silencio y pide al
Señor que te ayude a reconocer sus intenciones. Y si el
Señor te indica que les des el beneficio de la duda, vuelve
a orar para pedirle paciencia.
Normalmente se hace necesario ganarse la confianza
de una persona para conseguir que escuche, que crea lo
que le dices acerca de Jesús y la Biblia y se salve. Procura,
pues, encontrar puntos de coincidencia. Si al cabo de
unos minutos de tratar de establecer un vínculo con al-
guien y responder a sus preguntas se hace patente que no
le interesan las respuestas que da Dios en la Biblia, dile
amablemente que no tienes otras respuestas que ofrecerle
y da por concluida la conversación.
Veamos cómo respondía Jesús a las preguntas que le
hacían. Algunas se las plantearon personas que querían
sinceramente saber la verdad, como Nicodemo2 y la sa-
maritana3. Esas les respondía con amabilidad y paciencia.
Otras eran preguntas capciosas de sus enemigos. Cuando
Jesús percibía que quienes lo interrogaban solo querían
meterle en aprietos, les respondía con mucha prudencia4.
A veces se daba cuenta de que no tenía caso hablar siquiera
con algunas personas, así que se quedaba callado5.

2 Juan 3:1–21.
3 Juan 4:5–29.
4 Mateo 22:15–22; Juan 8:6–8.
5 Mateo 26:62,63.
52 Uno a uno

Sentirse intimidado
Algunos te atacarán, menospreciándote como persona,
desestimando lo que dices o planteando con vehemencia
sus propias creencias. En muchos casos no es que estén
tan seguros de lo que profesan, sino que quieren poner a
prueba tus convicciones. Otros actúan así con casi todo el
mundo: tratan de dominar la conversación avasallando a
los demás. En todo caso, lo que debes recordar es que tú
tienes algo que esas personas necesitan con afán: a Jesús.
No tienes por qué sentirte intimidado. En realidad, no
es que ellos se estén oponiendo a ti, sino que el diablo les
ofrece resistencia. Tú guarda la compostura y sigue hablan-
do con convicción. «Un siervo del Señor no debe andar
peleando, sino que debe ser bondadoso con todos, capaz
de enseñar y paciente con las personas difíciles. Instruye
con ternura a los que se oponen a la verdad. Tal vez Dios
les cambie el corazón, y aprendan la verdad. Entonces
entrarán en razón y escaparán de la trampa del diablo»6.

Personas que interrumpen y molestan


Cuando se testifica a dos o más personas juntas, a veces
ocurre que una de ellas es poco receptiva y procura echar
a perder el testimonio haciendo comentarios peyorativos,
preguntas capciosas o denigrantes o interfiriendo de al-
guna otra manera. Por eso en general es mejor testificar
individualmente.
Al testificar a una sola persona se hace más fácil en-
contrar la clave para llegar a su corazón, algo que despierte
su fe o la impulse a aceptar al Señor. Es probable que esa
clave sea distinta para cada persona de un grupo. Además,
muchas personas se sienten un poco incómodas al hablar
de Dios, de la fe y de cuestiones de orden espiritual delante
6 2 Timoteo 2:24–26 (ntv).
Dificultades y escollos más frecuentes 53

de otros, sobre todo de amigos, y particularmente si no


han reflexionado mucho sobre esas cosas.
Por esa razón conviene estar acompañado de una o
varias personas cuando sea posible. De esa forma, cada
testificador puede entablar conversación con una perso-
na del grupo al que se esté testificando. La gente por lo
general acepta gustosa el mensaje cuando se la aborda
individualmente, mientras que en grupo muchas veces
no se muestra receptiva a causa de la presión social o por
querer mantener una imagen ante sus amigos.

Personas entenebrecidas
Algunas personas no se conforman con discutir o
entorpecer; están tan apartadas de la verdad, la luz y el
Espíritu de Dios que tratan de impedir que divulgues
el Evangelio haciéndote daño físicamente o causándote
graves problemas, tal como hicieron con Jesús7. A ese
tipo de persona se refería el Señor cuando advirtió a Sus
discípulos: «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras
perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se
vuelvan y os despedacen»8.
Dicho de otro modo, no te crees problemas innecesa-
rios testificando a personas que sabes que van a rechazar el
mensaje, que van a resentirse, oponerse a él y perseguirte.
«He aquí, Yo os envío como a ovejas en medio de lobos;
sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como
palomas»9.

El sermoneo
Cuentan que un niño que estaba nadando en un río de
golpe se agotó y comenzó ahogarse. Cuando pidió auxilio
7 Juan 15:18–20.
8 Mateo 7:6.
9 Mateo 10:16.
54 Uno a uno

a un hombre que estaba en la orilla, este comenzó a sermo-


nearlo, diciéndole que hubiera debido tener más cuidado
y no alejarse tanto del borde. «¡Rescáteme ahora! —gritó
el niño—. Deme el sermón después, cuando esté a salvo».
Nos causa gracia, pero hay que ver cuántos testigos
del Señor hacen lo mismo inadvertidamente. Es más im-
portante conseguir que alguien se salve y establezca un
vínculo personal con Jesús que censurar el tabaquismo,
el alcoholismo, las drogas, el juego, las palabrotas, la
promiscuidad y las perversiones sexuales. De hecho, hay
pecados espirituales tanto o más dañinos, por ejemplo la
ira, el odio, los prejuicios, los celos descontrolados o el
agredir sicológica o verbalmente a los demás. Después de
salvarse, le va a resultar más fácil cambiar, porque contará
con el poder del Señor.
No obstante, a los que reconocen que tienen cierta
adicción —por ejemplo, al alcohol o a las drogas— y que
buscan librarse de ella, se les puede explicar que aceptar a
Jesús en su corazón es el primer paso para que Él los ayude
a superar ese mal hábito. Una vez que tengan a Jesús, se
puede conversar con ellos y recomendarles algunas alter-
nativas para cambiar en los aspectos en que les hace falta.

La larga y solemne prédica


No cometas el error tan frecuente de soltar todo un
discurso en vez de testificar. David Brandt Berg contó
que en cierta ocasión salió a testificar de puerta en puerta
con un predicador:
«Llamamos a la puerta de una casa y nos atendió una
señora que ninguno de los dos conocía. Enseguida mi
compañero empezó a predicar un sermón: “Amados, nos
hallamos aquí reunidos…” Quizá no era tan solemne, pero
uno habría pensado que se dirigía a toda una congregación.
Dificultades y escollos más frecuentes 55

La única forma de testificar que conocía era predicar un


sermón. Puede que fuera muy buen predicador, pero así
no es como se testifica. La pobre ama de casa solo atinaba
a pestañear con cara de desconcierto. Casi podía leerle el
pensamiento: “¿Qué estará haciendo este predicador a la
puerta de mi casa? El bebé se me está cayendo de la silla
alta, se me quema la cena, tengo que colgar la ropa… y
quisiera colgar a este predicador”».

Fuego y azufre
Puede que en los últimos dos mil años unas pocas
personas hayan entrado al Cielo gracias a las advertencias
de que les aguardaba un diluvio de fuego y azufre si no
se arrepentían de sus perversos caminos; pero muchas
más fueron conquistadas por el amor. Son demasiadas
las personas que pintan a Dios como una especie de ogro
que anda con un palo esperando a que alguien cometa un
error para darle un golpe en la cabeza. Lamentablemente,
ese modo de retratar a Dios, común entre algunos cristia-
nos, ha alejado a muchas personas del Señor. Abstente de
transmitir esa imagen errónea. Dios es amor10. Él conoce
los temores, conflictos, pesares y anhelos secretos de todas
las personas, y quiere tomarlas de la mano y conducirlas
hacia la vida feliz y satisfactoria que ansían tener.

Vocabulario ofensivo
Para relacionarse bien con la gente es importante
emplear un vocabulario que no ofenda ni moleste. Por
ejemplo, aunque sea necesario que le digas a alguien que
necesita al Salvador, en vez de espetarle que es un pecador
redomado, te irá mejor si le señalas que probablemente
ha hecho cosas que estuvieron mal o que fueron poco
10 1 Juan 4:8.
56 Uno a uno

amorosas, cosas que ahora le pesan porque se da cuenta de


que hirieron a los demás. El asunto es que todos necesitan
el perdón de Dios, pero no nos corresponde a nosotros
juzgarlos por sus pecados. Es preferible ayudarlos a ver la
luz sin que sientan la descarga del rayo.

Lo primero es lo primero
Es importante mostrarse comprensivo con los pesares
y dificultades que padece la gente. A veces, para que al-
guien esté dispuesto a escuchar el Evangelio o salvarse se
hace necesario manifestarle el amor de Dios con hechos,
contribuyendo a satisfacer sus necesidades más inmediatas.
Mucha razón tenía quien dijo que no se le puede predicar el
Evangelio a quien tiene el estómago vacío. Si una persona
tiene hambre, primero hay que calmar su ansia de comer,
por una parte para captar su atención, y por otra para que
vea que Dios se preocupa por ella.
Pero no te enfrasques tanto en ayudar a alguien a re-
solver todos sus problemas que te olvides de conducirlo a
quien tiene siempre las soluciones. Procura que se salve lo
antes posible para que el Señor pueda ayudarlo a resolver
sus dificultades. Una vez que se haya salvado, puede que
el Señor quiera valerse de ti para darle Sus consejos u ofre-
cerle ayuda práctica, pero recuerda que es Él quien tiene
las soluciones y el poder para transformar a una persona
y cambiar su situación.

Hablar demasiado de nosotros mismos


Alguien definió a un pelmazo de esta manera: «Uno
que habla de sí mismo cuando yo quiero hablar de mí».
Al testificar, hay momentos en que es apropiado e incluso
importante hablar de ti mismo, sobre todo para establecer
puntos de coincidencia y contar tu propia experiencia de
Dificultades y escollos más frecuentes 57

salvación. Sin embargo, no te conviertas en el tema central


de la conversación. Una buena pauta es esta: por cada
palabra que digas acerca de ti mismo, deja que los demás
digan veinte sobre ellos.
Testificación personalizada
No se puede abordar a todo el mundo de la misma
manera. Lo que quizá sea clave para una persona bien
puede producirle rechazo a otra. Lo que para unos es
un caramelo, para otros es veneno. Por ejemplo, los
ancianos y los enfermos terminales probablemente
cavilan bastante sobre lo que les espera después de
la muerte. En vista de eso, es posible que la promesa
de vida eterna en el Cielo los anime más que ninguna
otra cosa a aceptar a Jesús. En cambio, la mayoría de
los jóvenes se imaginan que tienen toda la vida por
delante y están más interesados en el presente. Por
eso, la promesa de un Amigo que los entiende y los
ama incondicionalmente puede ser el argumento más
convincente para ellos.
Cada persona es diferente. Por eso debemos
amoldar nuestra testificación a las necesidades,
la cultura y la mentalidad de aquellos a quienes
testificamos, y comunicarnos con ellos a su nivel y de
la forma que les resulte más atrayente. Esa fue una
de las claves del éxito del apóstol Pablo: buscaba
puntos de coincidencia y, más aún, se convertía en
siervo de aquellos a quienes procuraba ganar para
Jesús, adaptando su mensaje y su conducta según
la situación.
«Siendo libre de todos —escribió—, me he hecho
siervo de todos para ganar a mayor número. Me he
hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos.
[…] Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los
débiles; a todos me he hecho de todo, para que de
todos modos salve a algunos»11.
Shannon Shayler
11 1 Corintios 9:19,20,22.
58
Para persuadir a la gente hay que ser atrayente
No puede haber buena comunicación entre
dos personas si no tienen nada en común. Por eso,
cuando des testimonio de Jesús aborda a la gente
con una actitud y un enfoque positivos. Establece
puntos de contacto. Busca una compenetración.
Sé amigable, amoroso, cordial, comprensivo y
compasivo. Busca tantos puntos de coincidencia
como puedas. El apóstol Pablo dijo que se había
hecho de todo a todos a fin de ganar a algunos12.
Cuando sabes que tienes toda la razón y que
otros están muy equivocados, puedes tener la
tentación de echar por tierra los falsos sistemas
de valores y las doctrinas erróneas; pero esa es
una testificación negativa, que no expresa amor ni
conquista a nadie. La mejor estrategia para lidiar
con los puntos de desacuerdo no consiste en refutar
lo que dice la otra persona, sino en escucharla y
luego presentarle la verdad de una manera amorosa
y positiva. «Honren en su corazón a Cristo como
Señor. Estén siempre preparados para responder a
todo el que les pida razón de la esperanza que hay
en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto»13.
Concéntrate en lo positivo, no en lo negativo. En
vez de argüir en contra de esto y aquello, predica a
Jesús, levanta a Cristo. Ya se encargará Él de atraer
a todos hacia Sí mismo14.
D. B. B.

12 1 Corintios 9:22.
13 1 Pedro 3:15,16 (nvi).
14 Juan 12:32.
59
Habla de Jesús
Al testificar a personas que no han tenido
una formación cristiana, no te concentres en las
diferencias entre tu religión y la suya. Tampoco
hace falta que te enfrasques en un profundo
debate teológico sobre la naturaleza de Dios. Para
eso vino Jesús: para retratarnos a Dios. Limítate
a hablar de Jesús, un hombre que fue por todas
partes ayudando a la gente y haciendo el bien. Él
goza de bastante buena reputación aun en países y
ambientes en que el cristianismo no es bien visto. Él
es tu mejor argumento. Di con toda franqueza: «Yo
amo a Jesús, y Él te ama a ti».
Cuando hables de Jesús con personas que
saben poco o nada de Él, ni siquiera hace falta
que menciones que Él murió por sus pecados
y que necesitan pedirle perdón. Eso lo puedes
explicar después. Puede que no entiendan que las
dificultades que atraviesan son consecuencia de sus
pecados; hasta puede que ni entiendan el concepto
de pecado. Lo que sí saben es que las cosas no
andan bien.
Diles: «Si quieres poner en orden tu vida y ser
auténticamente feliz, pide a Jesús que te ayude. Él es
el espíritu de la bondad, la luz y el amor y resolverá
todos tus problemas. ¿Te gusta el amor? ¡Jesús es
amor! Es la luz que disipa las tinieblas. Es el amor que
disipa el odio. Es la bondad que disipa la maldad.
Es amor, misericordia, perdón y todas las cosas
buenas. Jesús es el amor de Dios, y te ofrece Su
amor. Simplemente pídele que entre en tu corazón».
D. B. B.

60
No discutamos sobre doctrinas: salvemos almas
La misericordia de Dios no depende de
tecnicismos teológicos legalistas. ¿Cuánto es capaz
de entender un niño pequeño? Pues Jesús dijo: «Si
no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en
el reino de los cielos»15. Los niños no pierden mucho
tiempo discutiendo doctrinas o detalles teológicos.
Daniel Webster (1782–1852), orador y estadista
estadounidense, dijo en cierta ocasión: «La Biblia
debe creerse y entenderse de acuerdo con el
sentido claro y evidente de sus pasajes; pues no
concibo que el verdadero significado de un Libro
cuya finalidad es instruir y convertir al mundo entero
esté velado por tanto misterio e incertidumbre que
solo críticos y filósofos sean capaces de dilucidarlo».
El que pretende complicar la salvación y hacerla
difícil de entender es el diablo. No dejes que te
aparte a ti ni a nadie de la sencillez del Evangelio16.
No todos comprenden las doctrinas profundas;
pero no hay nadie que no entienda el amor.
Concentrémonos en lo principal y prediquemos
las doctrinas fundamentales: Jesús, Su amor y la
salvación.
D. B. B.

15 Mateo 18:3.
16 2 Corintios 11:3.
61
Testifica con prudencia
El Señor espera que miremos bien cómo, cuándo
y a quién testificamos. «Yo os envío como a ovejas
en medio de lobos —dijo Jesús a Sus discípulos—;
sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos
como palomas»17. El mensaje del amor de Dios se lo
debemos a todos, pero particularmente a quienes
lo van a creer y aceptar. El Señor no nos pide que
creemos conflictos innecesarios comunicando el
mensaje a personas que sabemos que lo van a
rechazar y que posiblemente hasta nos quieran
perjudicar a consecuencia de ello. El propósito de
testificar es conquistar almas con el amor del Señor,
no suscitar antagonismo u ofender.
En algunos países no cristianos, una falta de
prudencia al testificar puede desencadenar una
persecución grave. En sitios así hay que ser muy
selectivo en cuanto a quién se testifica, y aun así se
debe emplear mucho la oración para saber cómo
hacerlo. No malogres tus oportunidades de testificar
actuando precipitadamente. Un poco de paciencia
y buen tino pueden evitarte problemas.
D. B. B.

17 Mateo 10:16.
62
Recompensas
Testificar es una experiencia sumamente gratifi-
cante. Es emocionante ver el amor del Señor transformar
el espíritu y la vida de una persona. El conocimiento de
que un ser querido, un amigo o alguien que acabas de co-
nocer va a ir al Cielo porque le testificaste es una sensación
maravillosa. «Hay gozo delante de los ángeles de Dios por
un pecador que se arrepiente»1, y tú, como instrumento
de Dios en la Tierra, también participarás de ese gozo.
Esa sería recompensa suficiente. Sin embargo, hay
mucho más. Jesús prometió que quienes lo sigan y lo
complazcan recibirán abundantes premios y honores en
el Cielo. Y la mejor manera de complacerlo es darlo a
conocer. Eso hace que se enorgullezca de nosotros. «Les
aseguro que a cualquiera que me reconozca delante de la
gente, también el Hijo del Hombre lo reconocerá delante
de los ángeles de Dios»2.
Una vez que nos salvamos, somos de Jesús para siem-
pre. Podemos tener la tranquilidad de que Él nunca dejará
de amarnos y de que tenemos vida eterna, al margen de

1 Lucas 15:10.
2 Lucas 12:8 (nvi).
63
64 Uno a uno

lo que hagamos o dejemos de hacer. Eso es inalterable.


Lo que sí puede variar son los elogios y las recompensas
celestiales que recibamos, según en qué medida le permi-
tamos al Señor servirse de nuestra vida. Nuestras obras no
nos hacen merecedores de la salvación, pero sí determinan
si entramos al Cielo con honores. La Biblia dice que «los
entendidos resplandecerán como el resplandor del firma-
mento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como
las estrellas a perpetua eternidad»3. La salvación por sí sola
no garantiza ese resplandor en el Cielo; solo lo obtenemos
si nos esforzamos por cumplir la gran misión que Jesús
nos encomendó.
Los cristianos que hemos nacido de nuevo tenemos
una tarea que cumplir. Sin embargo, no se espera que la
realicemos por simple sentido del deber. Se trata de una
vocación que debemos estar orgullosos de abrazar. No
siempre es fácil. Hay momentos en que nos desanimamos o
nos ofuscamos, porque nos parece que nuestra labor es un
tanto infructuosa. En esos momentos conviene recordar lo
que nos espera en el más allá. Por la satisfacción de haber
complacido al Señor y por las recompensas que Él nos ha
prometido, desde luego vale la pena.

3 Daniel 12:3.
¿Crees que Jesús te dirá: «Bien, buen siervo»?
No podemos merecernos o ganarnos a pulso la
salvación: es un regalo4. Pero sí nos podemos ganar
elogios y reconocimientos especiales del Señor, así
como premios en pago a nuestro trabajo. La corona
celestial de la que habla el Señor en Apocalipsis 2:10
no es nuestra salvación. La vida eterna la tenemos por
medio del Hijo5. La corona es un premio concedido
únicamente a los vencedores, a los corredores que
ganan la carrera6. «Pagará a cada uno conforme a
sus obras»7. Quienes más amen al Señor y le sirvan
más fiel y sacrificadamente serán quienes obtengan
las mayores recompensas, las mayores bendiciones.
En la parábola que contó Jesús acerca de los
talentos (antigua unidad de masa), lo importante
no es que a uno se le diera un talento de oro, a otro
dos y a otro cinco, sino cómo invirtió cada uno los
bienes que se le encomendaron8. Cada cual decide
lo que hace con sus talentos o dones. El resultado
no depende de lo que tenemos, sino de lo que
hacemos con ello.
Al llegar al Cielo, cuando sea el momento de
que te den tu recompensa en reconocimiento por
los servicios prestados, ¿crees que Él te dirá: «Bien,
buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu Señor»?9 Ese
es el elogio que todos queremos oír en ese día. Y así
será si perseveramos haciendo por Él ahora todo lo
que esté a nuestro alcance.
D. B. B.
4 Romanos 6:23; Efesios 2:8,9; Tito 3:5.
5 Juan 3:36.
6 1 Corintios 9:25–27.
7 Mateo 16:27.
8 Mateo 25:14–30.
9 Mateo 25:21.
65
Estamos edificando una casa de corazones que
permanecerá eternamente
Lo más lindo del Cielo será ver a todas las
personas que hayamos contribuido a conquistar
para el Señor. El mayor de los gozos será el amor del
Señor y el amor y la gratitud que nos manifestarán
las personas a las que hayamos ayudado a llegar allá.
Si amas sinceramente a alguien, lo amarás hasta
conducirlo al Cielo y por la eternidad. Le hablarás de
Jesús y lo invitarás a aceptarlo. Así, pase lo que pase
aquí, lo verás allá. Háblale de Jesús ahora para poder
estar eternamente con él en lugares celestiales.
D. B. B.

Es imposible alumbrarle el camino a otra


persona sin iluminar también el nuestro
Nunca subestimes la efec tividad de dar
testimonio de tu fe, tanto para conquistar almas
para Jesús como para tu propia inspiración y ánimo,
para mantenerte vivo espiritualmente. «El alma
generosa será prosperada: el que sacie a otros,
también él será saciado»10. Testificar es una actividad
muy gratificante. Nos llena de entusiasmo ver obrar
al Señor. No solo vale la pena por lo satisfechos
que nos sentiremos cuando comparezcamos ante
Jesús, sino que es una satisfacción ahora mismo
ver los estupendos y emocionantes resultados de
nuestra labor.
D. B. B.

10 Proverbios 11:25 (rvr 95).


66
Una promesa de poder
El libro de los Hechos da algunos detalles sobre
los últimos momentos que pasó Jesús con Sus dis-
cípulos antes de Su ascensión. «Esperad la promesa
del Padre, que habéis oído de Mí —les dijo—. Recibiréis
poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu San-
to, y me seréis testigos […] hasta lo último de la tierra»1.
Los discípulos entonces regresaron a Jerusalén, donde
se quedaron orando y aguardando junto a más de cien per-
sonas que también habían seguido fielmente a Jesús. Dios
respondió sus oraciones con una milagrosa manifestación
de poder sobrenatural: «De repente vino del cielo un es-
truendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó
toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron
lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada
uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y
comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu
les daba que hablasen»2.
Eso era lo que habían estado esperando: fuerzas so-
brenaturales para llevar adelante la obra de Jesús ahora

1 Hechos 1:4,8.
2 Hechos 2:2–4.
67
68 Uno a uno

que Él ya no estaba. De golpe, sus temores e inquietudes


se desvanecieron, así como su incapacidad para actuar
de acuerdo con sus convicciones. Estaban a punto de
protagonizar una de las aventuras de evangelización más
espectaculares de la Historia.
En ese momento se celebraba en las calles de Jerusa-
lén una importante festividad religiosa. Habían venido
peregrinos judíos de muchas naciones para asistir a aquel
acontecimiento anual. Cuando Pedro y los otros discípulos
se pusieron a contar a los peregrinos la buena nueva del
amor de Dios y la salvación por medio de Jesús, resulta
que comenzaron a hablar con fluidez en las lenguas de los
peregrinos, a pesar de que no las conocían. Al divulgarse
por la ciudad la noticia de aquel gran milagro, enseguida
se reunió una multitud.
Pedro subió la escalinata de un edificio cercano, levan-
tó las manos y se dirigió a aquella enorme muchedumbre
con fuerte voz. Habló con tal convicción y autoridad
que 3.000 personas aceptaron ese día a Jesús como Su
Salvador3.
Menos de dos meses antes, Pedro se había acobardado
tanto después de la detención de Jesús que había negado
conocerlo siquiera. Sin embargo, en ese momento se puso
en pie delante de miles de personas, en la misma ciudad
donde habían apresado, juzgado y ejecutado al Señor, y
proclamó valientemente el mensaje de Dios. Pedro se había
transformado, tal como el Señor había rogado que suce-
diera4. ¿Qué ocasionó aquella transformación repentina?
El poder sobrenatural del Espíritu Santo.
Si te sientes tímido o incómodo al comunicar tu fe a
los demás, será para ti un estímulo saber que ese mismo

3 Hechos 2:41.
4 Lucas 22:32.
Una promesa de poder 69

poder está también a tu disposición. El Espíritu Santo


puede ayudarte a superar la timidez, las inhibiciones,
la preocupación por el qué dirán y cualquier tendencia
natural que te impida divulgar libremente el mensaje del
amor de Dios y la salvación en Jesús. Es posible que nunca
prediques ni conviertas a miles de personas a la vez como
hizo Pedro; pero puede que, de una en una, conquistes
esa misma cantidad de almas, o tal vez más5.

Si aún no has recibido el bautismo del Espíritu Santo,


es decir, si aún no te has llenado de Él, te invitamos a ha-
cerlo en este mismo instante mediante la siguiente oración:

Jesús, te ruego que me llenes hasta rebosar de Tu Espíritu


Santo, para que pueda amarte más, seguirte más de cerca y
tener más poder para hablar a los demás de Tu amor y Tu
salvación. Amén.

5 Los dones de Dios, otro librito de la colección Actívate, profundiza más en


el tema del Espíritu Santo, sus dones y sus frutos.
Ríos de agua viva
«Jesús […] alzó la voz, diciendo: “Si alguno tiene
sed, venga a Mí y beba. El que cree en Mí, como dice
la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”.
Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que
creyesen en Él»6.

El bautismo del Espíritu Santo es un bautismo de


amor. Dios es el Espíritu mismo del amor. Por eso,
cuando Él nos bautiza con Su Espíritu Santo, vierte
sobre nosotros Su amor hasta llenarnos totalmente,
y sigue derramándolo hasta que ya no podemos
contenerlo. Nuestro corazón estalla, y Su amor se
vierte sobre los demás. Nos sentimos impelidos
a compartir el amor y la felicidad que Dios nos ha
dado para que otros también lo conozcan a Él y
sientan Su amor.
Rafael Holding

Si hay algo que llama la atención de la gente y


hace que preste oído a lo que decimos u observe
lo que hacemos, es nuestro entusiasmo. La palabra
entusiasmo se deriva de dos palabras griegas: en,
que significa lo mismo en español, es decir, dentro; y
theos, que significa Dios. De modo que entusiasmo
significa literalmente «en Dios» o «Dios en nosotros».
Por consiguiente, una persona verdaderamente
entusiasta es la que habla y actúa como si estuviese
poseída por Dios.
D. B. B.

6 Juan 7:37–39.
70
Inspiración para testificar
Por experiencia personal, muchas personas no
salen a testificar porque no se sienten inspiradas.
Dicen que están esperando a que Dios actúe
de algún modo sobrenatural. Pero Dios no va a
conceder poder a alguien que lo va a desaprovechar.
Para que Él obre tenemos que obedecer primero.
Cuando salimos y vemos a las multitudes como
las vio Jesús, «como ovejas sin pastor»7, ahí nos nace
el deseo. Cuando nos enfrentamos cara a cara a la
necesidad, el Señor nos infunde la inspiración y la
compasión que nos hacen falta.
D. B. B.

Queremos ser humildes, pero no nos gusta


tragarnos el orgullo; y hablar de Dios y de la fe puede
resultar muy humillante, sobre todo al comienzo. Sin
embargo, viene bien recordar que a los ojos de Dios
la humildad es una virtud muy importante. Además
va muy de la mano con el altruismo, otra virtud que
Él valora mucho y uno de los secretos para vencer
la timidez. El Espíritu Santo nos ayuda a superar esa
tendencia natural que tenemos a pensar más que
nada en nosotros mismos y preocuparnos por la
impresión que causamos o la imagen que tienen los
demás de nosotros. Nos ayuda a concentrarnos en
las necesidades ajenas, en cómo podemos ayudar
al prójimo. Nos capacita para superar esa cohibición
o inseguridad.
Shannon Shayler

7 Mateo 9:36.
71
Dar la gloria a Dios
Cuando Dios dijo que recibiríamos poder sobre-
natural para testificar, hablaba en serio. Ese
poder es real y puede que sus manifestaciones iniciales
te sorprendan. Es posible que Dios te dé una perspicacia
especial para entender a la gente y sus problemas, es decir,
la capacidad de captar ciertas cosas que no te han contado
y que no tenías forma de saber. O tal vez te asombre lo
clara y persuasivamente que brota de tus labios el mensaje
del Señor, aunque en otras situaciones te resulte difícil
comunicarte o expresarte. O quizá te pongas a relatar
experiencias de las que no te acordabas desde hace años, o
digas cosas que no tenías pensado decir, y descubras luego
que eso era justo lo que la otra persona necesitaba. Puede
que te venga a la memoria algo que leíste una sola vez en la
Biblia y que resulte ser la respuesta ideal para la pregunta
de tu interlocutor. A ese fenómeno se refería Jesús cuando
dijo: «No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de
vuestro Padre que habla en vosotros»1.
La primera vez que ocurre algo así, uno se da cuenta
de que se trata de una experiencia sobrenatural, de que es
1 Mateo 10:20.
72
Dar la gloria a Dios 73

obra del Señor y no de uno mismo. Y uno se entusiasma


tanto que le reconoce a Él el mérito espontáneamente y
de todo corazón.
Sin embargo, Dios no tiene por qué circunscribirse a
manifestaciones tan patentes e inequívocas de Su Espíri-
tu para obrar por medio de ti. Él se valdrá de cualquier
cosa para atraer a la gente hacia Él, incluidos los dones y
talentos que tengas. Si eres extravertido y te resulta fácil
entablar amistades, se valdrá de eso. Si tienes dotes de
mando o de liderazgo, se valdrá de eso. Si eres una de esas
personas con las que resulta fácil desahogarse, a las que
muchos acuden para contarles sus intimidades, se valdrá
de eso. Si eres elocuente, se valdrá de eso. Si eres músico
o cantante, se valdrá de eso. Se valdrá de todo talento que
tengas, si se lo permites.
Pero también quiere que recuerdes que todo éxito que
alcances se debe únicamente a que Él obra por medio de ti,
y no a tus propios méritos. Aun tus habilidades naturales
son dones que Él te ha otorgado. «Toda buena dádiva y
todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre»2.
Si empiezas a atribuirte el mérito de ser un buen
testificador, o un orador elocuente, o un persuasivo pro-
motor del Evangelio, en vez de levantar a Jesús para que
Él atraiga a todos hacia Sí mismo3, vas a atraer a la gente
hacia ti. Si haces eso, no serás un testificador eficaz por
mucho tiempo. Es propio de la naturaleza humana querer
atribuirse el mérito de lo que uno ha logrado; pero en lo
relativo a la testificación, el Señor necesita que no perda-
mos la humildad. Debemos recordar con frecuencia que
sin Su poder no podríamos conducir a nadie hacia Él. Él

2 Santiago 1:17.
3 Juan 12:32.
74 Uno a uno

dice: «No con [tu] ejército, ni con [tu] fuerza, sino con Mi
Espíritu»4. ¡Esa es la clave!
De hecho, el Señor en muchos casos opta por servirse
de seres humanos que no son muy dotados por naturaleza
y los convierte en excelentes testificadores, porque así es
evidente que lo que los hace destacar no son sus propias
habilidades o presuntos méritos. Sobresalen porque se han
conectado a una fuente exterior que les ha proporcionado
amor, luz, felicidad y otras cosas buenas.
«Mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois
muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos,
ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió
Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo
escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del
mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es,
para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en Su
presencia»5. También se escribió lo siguiente de algunos
de los primeros discípulos de Jesús: «Viendo el denuedo de
Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras
y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían
estado con Jesús»6.
Si deseas servir y complacer al Señor, lo lógico es que
le pidas asistencia y orientación, y que por consiguiente
quieras darle las gracias y reconocerle el mérito cuando te
ayude a tener éxito, como hizo el apóstol Pedro en cierta
ocasión en que iba acompañado de Juan y se juntó una
multitud alrededor de ellos a raíz de la curación de un cojo
en el templo. «Todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos.
[…] Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: “Varones is-
raelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿O por qué ponéis
los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad
4 Zacarías 4:6.
5 1 Corintios 1:26–29.
6 Hechos 4:13.
Dar la gloria a Dios 75

hubiésemos hecho andar a este? […] Dios […] ha glorifi-


cado a Su Hijo Jesús. Y la fe que es por Él ha dado a este
esta completa sanidad en presencia de todos vosotros”»7.
Nunca dejes de reconocer, por vergüenza, por miedo o
por orgullo, que eres un siervo del Señor y que es Él quien
te ayuda a realizar todo lo bueno que haces. «Dios es el
que en vosotros produce así el querer como el hacer, por
Su buena voluntad»8. Si tienes presente y admites ante los
demás que no eres más que un instrumento en manos del
Señor, Él se llevará la gloria de todo lo que bueno que obre
por medio de ti, y verás que así te bendecirá y se valdrá de
ti de formas maravillosas. ¡Dale toda la gloria!

7 Hechos 3:11–13,16.
8 Filipenses 2:13.
El cuidado del recién nacido
Cuando alguien acepta a Jesús y «vuelve a nacer»
espiritualmente1, entra en un mundo nuevo para el
que no está muy preparado. Al igual que un bebé débil
e indefenso, un recién nacido espiritual necesita mucha
ayuda para sobrevivir. Hay que ayudarlo a comenzar con
buen pie su nueva vida, y para eso Dios no podría escoger
a nadie mejor que a sus padres en el Señor2, ¿no te parece?
Si no lo hacen sus padres espirituales, ¿quién lo va a hacer?
Toda madre que acaba de tener un nene sabe que el
cuidado del mismo da mucho trabajo, pero es también
sumamente gratificante. Lo mismo se aplica a los nenes
espirituales. Puede que no te sientas a la altura de la ta-
rea o que no seas mucho más que un niño espiritual tú
mismo; pero si Dios te ha dado hijos, ten la certeza de
que te ayudará a cuidar de ellos3. Una persona pasa de la
infancia a la adultez cuando aprende a sacrificarse para
cuidar a otros y ayudarlos. Lo mismo se aplica en el plano
espiritual. Nada te hará crecer y madurar espiritualmente

1 Juan 3:5–7.
2 1 Corintios 4:15.
3 1 Tesalonicenses 5:24.
76
El cuidado del recién nacido 77

como ayudar a cristianos más novatos que tú a progresar


en su vida espiritual.
Si conoces a cristianos con una fe sólida que pueden
ayudarte, no es imprescindible que asumas tú toda la
responsabilidad del cuidado y la formación espiritual de
tus bebés, pero sí debes brindarles toda la ayuda y el apoyo
moral que puedas.
Para llegar a ser un día un cristiano adulto, feliz, sa-
ludable, equilibrado y productivo, una persona que nació
de nuevo hace poco tiene estas cinco necesidades básicas:
1. Oración. La mayoría de los nuevos conversos no están
habituados a orar, o no comprenden cabalmente el valor
y la eficacia de la oración. Por lo tanto, no oran, o no oran
por lo que debieran. Por eso es necesario que otros recen
por ellos, que intercedan por ellos. Una de las oraciones
más importantes que se puede rezar por ellos después que
se han salvado es que «deseen la leche pura de la Palabra,
que los hará crecer»4. Dios sabe exactamente lo que nece-
sitan, comenzando por un deseo sincero de ahondar más
en la verdad y en las cosas del espíritu. Cuanto mayor sea
el fervor con que intercedamos por ellos, más rápida y
eficazmente podrá Dios satisfacer esas necesidades.
2. Amor. El amor estimula el desarrollo de los bebés,
tanto físicos como espirituales. Necesitan sentir el amor
de Dios, y lo más probable es que primera y primordial-
mente lo perciban a través de ti, si eres su padre o madre
espiritual. Para convertirse en las «nuevas criaturas»5 que
Dios quiere que sean, es posible que necesiten que cons-
tantemente les demuestres el amor de Dios y también el
tuyo. A la hora de ayudarlos a sentir el amor del Altísimo

4 1 Pedro 2:2 (lpd).


5 2 Corintios 5:17.
78 Uno a uno

y hallar seguridad en él, tú eres las manos de Dios, Sus


pies, Sus ojos, Su boca y Su rostro.
3. La Palabra. La Palabra es nuestro alimento espiritual.
La medida y la rapidez con que crezca un nuevo converso
depende de cuánto alimento espiritual ingiera, y eso está
condicionado mayormente por el hambre espiritual que
tenga, por cuánto desee alimentarse y crecer6. La fe nos
viene y crece leyendo la Palabra de Dios7. No obstante, la
Biblia es un libro muy extenso, eso sin mencionar todos
los comentarios sobre la misma y otros libros cristianos
que circulan hoy en día. ¿Cómo puede saber entonces un
nuevo converso por dónde empezar o cómo interpretar-
lo todo? Los principiantes necesitan leche espiritual8 y,
cuando son muy pequeños, que alguien les dé de comer.
Empieza por alimentarlos con los Evangelios —partien-
do por el de Juan— y con otros libros de la colección
Actívate que explican los fundamentos de su nueva fe.
Ábreles el apetito por la Palabra de Dios contándoles
cómo te ha servido a ti leerla y aplicarla.
4. Jesús. Si alguien es salvo, naturalmente ya tiene a Je-
sús. Pero necesita cultivar una relación personal con Él.
La certeza de que Jesús lo ama incondicionalmente tiene
que inspirarle seguridad. Tiene que aprender a corres-
ponder a ese amor, a dejarse guiar por Jesús en sus acti-
vidades cotidianas y a acudir a Él para que resuelva sus
problemas, en vez de bandearse por sí solo como ha he-
cho toda la vida9. Nada de eso sucede automáticamente.
Uno se forma el hábito pasando ratos con Jesús todos los

6 Lucas 1:53.
7 Romanos 10:17.
8 1 Pedro 2:2; Hebreos 5:13,14.
9 Proverbios 3:5,6; Filipenses 2:5.
El cuidado del recién nacido 79

días, sincerándose con Él, escuchando Su voz en oración


y leyendo Su Palabra.
5. Fraternidad. Los nuevos creyentes necesitan el apoyo
de otros cristianos, sobre todo de quienes son más madu-
ros y tienen una fe más sólida. Además necesitan ver el
amor cristiano en acción. Les hace bien ver el entusiasmo
de otras personas por leer y vivir la Palabra, y presenciar
cómo responde Dios a las oraciones de otros y cómo obra
en la vida de ellos. Así poco a poco van entendiendo y re-
conociendo mejor cómo obra también en la suya. «Mejo-
res son dos que uno; porque tienen mejor paga de su tra-
bajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero;
pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo
que lo levante. También si dos durmieren juntos, se ca-
lentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo?
Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y
cordón de tres dobleces no se rompe pronto»10.

¿Qué hace que un padre o una madre sean maravillo-


sos? Su abnegación, que los lleva a sacrificar su tiempo, sus
energías y sus intereses para cuidar a sus hijos. Lo mismo
puede decirse de quienes se sacrifican para criar a un nue-
vo cristiano. Cuidar de los hijos espirituales es una tarea
ardua, pero que trae aparejada una gran recompensa. Es
más, engendrar y formar nuevos conversos viene a ser la
experiencia más gratificante que pueda tener un cristiano
en esta vida.

10 Eclesiastés 4:9–12.
«Pastorea Mis ovejas»11
El Señor quiere que amemos de verdad a los
perdidos, que les hablemos de Su amor y que los
alimentemos espiritualmente con Su Palabra. Solo
Jesús salva, pero no te salva solo a ti. Si de veras te has
salvado y amas al Señor y a los demás, hablarás de Él,
testificarás y comunicarás Su amor.
¿Qué puedes hacer por Jesús? Darlo a conocer a los
perdidos, apacentar Sus ovejas, amar a Sus pequeñitos.
Se trata de la tarea más importante que hay. Sigue, pues,
amando a Jesús, buscando Sus queridos corderitos y
conduciéndolos con amor a Su redil, hasta que el gran
Pastor regrese a recoger a los Suyos12.
D. B. B.

Es preciso ayudar a los nuevos conversos a


depositar su fe en la Palabra y no dejarse llevar por
sus sentimientos. Si no ponen su fe en la Palabra
inconmovible, ¿qué les va a pasar cuando no se sientan
muy eufóricos? El diablo los hará dudar de Dios y de su
vínculo con Él, y se desanimarán. Tienen que guardar la
Palabra en su corazón: ese es el cimiento de la fe. Los
cristianos más firmes y los testigos más entusiastas son
los que conocen mejor la Palabra. Tú puedes fallarles,
y otras personas también. El mundo entero puede
fallarles, pero la Palabra de Dios nunca. «El cielo y la
tierra pasarán, pero Mis palabras no pasarán»13. Por más
que el resto del mundo le dé la espalda al Señor, si su fe
está puesta en la Palabra, seguirán viviendo para Dios.
D. B. B.

11 Juan 21:16.
12 Isaías 40:10,11; 1 Pedro 5:2–4.
13 Mateo 24:35.
80
Enseñar a otros para que
enseñen a otros
En una misiva personal dirigida a Timoteo, uno de
los jóvenes dirigentes de la iglesia primitiva, el
apóstol Pablo menciona uno de los secretos del
éxito y la rápida expansión del nuevo movimiento:
«Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto
encarga a hombres fieles que sean idóneos para
enseñar también a otros»1.
Ese fue, de hecho, el mismo principio que aplicó Jesús
al instruir a Sus discípulos: Él no fomentó la creación
de organizaciones rígidas e impersonales, ni de grandes
congregaciones que dependieran del apacentamiento y el
liderazgo de una sola persona, sino que practicó y enseñó
un tipo de testificación, atención y formación individual.
Buenos motivos no le faltaban: Si un número suficiente de
quienes oían el Evangelio y aceptaban la salvación adquiría
conocimientos elementales de Su Palabra y se animaba a
transmitírsela a otros, y si estos, después de convertirse,
hacían lo propio, no pasaría mucho tiempo antes de que
1 2 Timoteo 2:2.
81
82 Uno a uno

todos los habitantes del planeta tuvieran ocasión de des-


cubrir el amor de Dios y la salvación en Jesús.
El primer paso es orar específicamente para que el
Señor te conduzca a personas —quizás inicialmente una
sola— que, además de salvarse, se entusiasmen con la idea
de anunciar el Evangelio y conquistar a otros para Jesús. «A
la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos —dijo
a Sus discípulos—. Rogad, pues, al Señor de la mies, que
envíe obreros a Su mies»2.
Luego, una vez que hayas conseguido más obreros y
estos hayan orado para recibir el poder del Espíritu Santo,
tienes que enseñarles a testificar y ayudarlos a madurar
espiritualmente, de manera que ellos también estén capa-
citados para cuidar e instruir a quienes conquisten para
el Señor. Si ganas a muchas personas, pero no las ayudas
a crecer espiritualmente, terminarás con una guardería
llena de bebitos espirituales que cuidar y sin obreros que
te ayuden a recoger la cosecha.
No tienes que esperar hasta que te parezca que ya lo
sabes todo. Empieza ahora con lo que sabes, y el Señor te
irá enseñando más a medida que realices la labor. El pre-
sente librito, así como otros de la colección Actívate —Los
dones de Dios, Para entender la Palabra de Dios, Oración
eficaz y Escucha palabras del Cielo— te ayudarán a cimen-
tar bien tu fe y tu servicio al Señor, y les serán también
muy útiles a las personas que conviertas e instruyas. Tour
temático de la Biblia: Fundamentos3 también es estupendo
para estudiar y enseñar. Además, puedes aprender mucho
hablando con otros creyentes, contándose mutuamente lo
que descubran en sus ratos de estudio de la Palabra y de
escuchar al Señor en oración.

2 Mateo 9:37,38.
3 Publicado por Aurora Production AG.
Enseñar a otros para que enseñen a otros 83

Así como no podemos conquistar a alguien para Jesús


por nosotros mismos, tampoco podemos hacerlo crecer
espiritualmente; el Señor es quien lo hace por medio de
nosotros. Su Palabra y Su Espíritu son lo que transforma
la vida de las personas. A nosotros nos corresponde orar
por ellas, conducirlas constantemente hacia el Señor y la
Palabra, y procurar que nuestro comportamiento como
cristianos les resulte digno de admiración y emulación.
Jesús dijo: «En esto es glorificado Mi Padre, en que
llevéis mucho fruto, y seáis así Mis discípulos. […] No me
elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros,
y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro
fruto permanezca»4. «Enseñen a los nuevos discípulos a
obedecer todos los mandatos que les he dado. Y tengan
por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el
fin de los tiempos»5.

4 Juan 15:8,16.
5 Mateo 28:20 (ntv).
Es vital que enseñemos a otros a enseñar a
otros que enseñen a otros
Como cristianos activos que dan testimonio del
Señor, nuestro objetivo es predicar el Evangelio
en todas partes, a todo el mundo. Ahora bien,
si queremos cumplir esa tarea, no lo podemos
hacer todo nosotros. Debemos instruir a personas
que sean capaces de enseñar6. Esa es la manera
de potenciar nuestros esfuerzos y multiplicar los
resultados.
Para ser productivos y propagarnos, no solo
debemos testificar y ganar almas, sino también
convertirlas en discípulos capaces de enseñar a otros
que enseñen a otros que a su vez enseñen a otros,
generando una interminable reacción en cadena
para predicar el Evangelio. Así quería Jesús que se
difundiera.
Jesús no predicó personalmente a millones
de personas. Se pasó la mayor parte del tiempo
enseñando y preparando a los apóstoles para que
ellos continuaran Su obra. A ellos y a unos pocos más
dirigió la mayor parte de Sus sermones, y cuando se
fue estaban bien capacitados para seguir adelante
con la inspiración del Espíritu Santo. La labor que
hicieron fue formidable.
Cada uno tiene que instruir a alguien. Nuestro
objetivo es multiplicar el número de ciudadanos del
reino de Dios, que glorifiquen y amen al Señor. Ese
es todo el propósito: ¡el amor!
D. B. B.

6 2 Timoteo 2:2.
84
La vida es una, y pasará.
¡Lo hecho por Cristo quedará!
Todo cristiano debería plantar su vida en la tierra
del servicio a Dios, consagrarse a Él, tomar su cruz
y seguir a Jesús con el fin de dar fruto: muchos más
cristianos como él7. Jesús dijo: «Si el grano de trigo
que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si
muere, lleva mucho fruto»8. Si salimos y «morimos
cada día» sirviendo al Señor y consagrando nuestra
vida a ayudar al prójimo9, daremos mucho fruto: más
cristianos como nosotros que anuncien el Evangelio
a más personas perdidas y las acerquen al Señor, a
fin de que Él tenga mucho fruto.
Nos pide bien poco a cambio de todo lo que nos
ha prometido: bendiciones, felicidad y recompensas
eternas en el Cielo. Si te entregas por entero a Dios,
Él te dará cien veces más10. No hay mejor inversión.
Ningún negocio de este mundo te garantiza
beneficios de esa magnitud.
¿A qué te dedicas? ¿Para quién lo haces? ¿Es por
Jesús y el prójimo? ¿Perdurará para siempre? ¡No
desperdicies ni un día más! Dedica tu valioso tiempo
al Señor y a los Suyos, pensando en la eternidad.
D. B. B.

7 Lucas 9:23–24; Juan 15:8.


8 Juan 12:24 (rvr 95).
9 1 Corintios 15:31.
10 Mateo 19:29.
85
¿Dónde están los pastores?
A Dios le hacen muchísima falta buenos pastores
que se preocupen por su rebaño, pastores y maestros
pacientes que tengan fe, visión de futuro y el deseo de
apacentar a las ovejas día tras día, a fin de que poco a poco
vayan creciendo y volviéndose productivas. Por lo visto a
muchos cristianos les gusta esparcir semillas; sin embargo,
no son tantos los que quieren ocuparse de los resultados.
Cualquiera puede salir y sembrar al voleo; pero solo un
verdadero agricultor desmaleza, riega, abona y poda
pacientemente las plantitas hasta que alcanzan la madurez
y comienzan a dar fruto. Cualquiera puede salir a testificar
e invitar a la gente a aceptar a Jesús; pero son muy pocos
los que desean dedicarse a la lenta y fatigosa labor de
cuidar e instruir a los principiantes espirituales hasta que
estén en condiciones de engendrar y criar hijos propios.
D. B. B.

Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros,


cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente;
no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no
como teniendo señorío sobre los que están a vuestro
cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.
El apóstol Pedro11

Aunque Dios puede hacer cualquier cosa, se ha


comprometido a obrar por intermedio de nuestras
oraciones. Desea que manifestemos interés y oremos.
Es preciso que nos hagamos una imagen mental de
las personas por las que oramos y le digamos al Señor
concretamente qué queremos que haga. Enseguida el
Espíritu Santo intervendrá en su favor.
D. B. B.
11 1 Pedro 5:2,3.
86
Apéndice
Versículos para emplear en la testificación
Tal vez te venga bien marcar estos versículos clave en
tu Biblia, Te resultará más fácil encontrarlos cuando estés
testificando y tengas que explicar estos puntos.

Dios: Quién y cómo es


Juan 4:24: Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu
y en verdad es necesario que adoren.
Efesios 4:6 (dhh): Hay un solo Dios y Padre de todos,
que está sobre todos, actúa por medio de todos y está
en todos.
1 Juan 4:8: Dios es amor.

Jesús: Quién es, por qué vino y qué hace por nosotros
Juan 8:12: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no
andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Juan 11:25,26: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree
en Mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que
vive y cree en Mí, no morirá eternamente.
Juan 14:6: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie
viene al Padre, sino por Mí.
87
88 Uno a uno

1 Timoteo 1:15: Jesús vino al mundo para salvar a los


pecadores.
1 Timoteo 2:5: Hay un solo Dios, y un solo mediador
entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.

Por qué estamos separados del amor de Dios


Isaías 59:2: Vuestras iniquidades han hecho división entre
vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho
ocultar de vosotros Su rostro para no oír.
Romanos 3:23: Todos pecaron, y están destituidos de la
gloria de Dios.

La salvación es un regalo; no nos la podemos merecer


por nuestras buenas obras
Romanos 6:23: La paga del pecado es muerte, mas la
dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor
nuestro.
Efesios 2:8,9: Por gracia sois salvos por medio de la fe; y
esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras,
para que nadie se gloríe.
Tito 3:5: Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros
hubiéramos hecho, sino por Su misericordia, por el
lavamiento de la regeneración y por la renovación en
el Espíritu Santo.

La salvación eterna: qué es y cómo se recibe


Juan 3:16: De tal manera amó Dios al mundo, que ha
dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en
Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
Juan 1:12: A todos los que le recibieron, a los que creen
en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos
de Dios.
A péndice 89

Apocalipsis 3:20: Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno


oye Mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con
él, y él conmigo.

Cómo sabemos que tenemos vida eterna si hemos


aceptado a Jesús como Salvador
Juan 3:36: El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero
el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que
la ira de Dios está sobre él.
Juan 5:24: El que oye Mi palabra, y cree al que me envió,
tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha
pasado de muerte a vida.
Juan 10:28: Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás,
ni nadie las arrebatará de Mi mano.
Hechos 16:31: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.

Por qué necesitamos el Espíritu Santo


Mateo 3:11: Yo [Juan el Bautista] a la verdad os bautizo en
agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí,
cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más pode-
roso que yo; Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
Juan 14:16: Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador,
para que esté con vosotros para siempre.
Juan 14:26: El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el
Padre enviará en Mi nombre, Él os enseñará todas
las cosas, y os recordará todo lo que Yo os he dicho.
Juan 16:13: Cuando venga el Espíritu de verdad, Él os
guiará a toda la verdad; porque no hablará por Su
propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y
os hará saber las cosas que habrán de venir.
Hechos 1:8: Recibiréis poder, cuando haya venido sobre
vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos […]
hasta lo último de la tierra.
90 Uno a uno

Lucas 4:18: El Espíritu del Señor está sobre Mí, por cuanto
me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres.
Gálatas 5:22,23: El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz,
paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre,
templanza; contra tales cosas no hay ley.

Para llenarnos del Espíritu Santo no tenemos más que


pedirlo
Lucas 11:9–13: Yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad,
y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel
que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama,
se le abrirá. ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide
pan, le dará una piedra? ¿O si pescado, en lugar de
pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo,
le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos,
sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto
más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a
los que se lo pidan?
Salvo que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia provienen
de la v ersión RV, revisión de 1960, © Sociedades Bíblicas en América Latina,
1960. Derechos renovados 1988, Sociedades Bíblicas Unidas.
Las citas bíblicas identificadas con las siglas (rvr 95) han sido tomadas de la
versión RV 95, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995.
Las citas bíblicas identificadas con las siglas (lpd) han sido tomadas del Libro
del Pueblo de Dios, 1981.
Las citas bíblicas identificadas con las siglas (nvi) han sido tomadas de la
Nueva Versión Internacional, © Biblica, 1995.
Las citas bíblicas identificadas con las siglas (ntv) han sido tomadas de la
Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010.
Las citas bíblicas identificadas con las siglas (dhh) han sido tomadas de la
versión Dios Habla Hoy, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1966, 1970, 1979, 1983,
1996.
Los pasajes que se atribuyen a D. B. B. son de autoría de David Brandt
Berg (1919–1994).
Cuando no se indica el autor de un pasaje es porque se desconoce o no ha
sido posible determinarlo con seguridad.

Título original: One Heart at a Time


ISBN de la edición original: 978–3–03730–549–2
ISBN de la versión en castellano: 978-3-03730-732-8

Shannon Shayler y Keith Phillips. Colección Actívate


Traducción: Felipe Mathews y Gabriel García V.
Diseño de portada: Julia Kelly

© Aurora Production AG, Suiza, 2013.


Reservados todos los derechos. Impreso en Taiwán.

www.auroraproduction.com
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