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Jolie - Melanie Rostock

El documento es una obra de ficción escrita por Melanie Rostock que narra la vida de Denian, un joven que enfrenta cambios inesperados en su rutina diaria. A medida que se desarrolla la historia, se introducen temas de relaciones familiares y la llegada de una nueva hermana, lo que provoca tensiones y reflexiones sobre la adaptación y el amor. La narrativa se sitúa en Barcelona y explora las dinámicas entre los personajes en un contexto de crecimiento personal y familiar.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
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Jolie - Melanie Rostock

El documento es una obra de ficción escrita por Melanie Rostock que narra la vida de Denian, un joven que enfrenta cambios inesperados en su rutina diaria. A medida que se desarrolla la historia, se introducen temas de relaciones familiares y la llegada de una nueva hermana, lo que provoca tensiones y reflexiones sobre la adaptación y el amor. La narrativa se sitúa en Barcelona y explora las dinámicas entre los personajes en un contexto de crecimiento personal y familiar.
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Índice

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

CUARTA PARTE

AGRADECIMIENTOS
Primera edición: mayo, 2025
© Melanie Rostock, 2025
Todos los derechos reservados

Ilustración de la cubierta © Muhammed Salah


Diseño de la cubierta: Jaume Estruch
Corrección: Irene Martínez Pérez

Este libro es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y hechos son
producto de la imaginación de la autora o están utilizados de modo ficticio. Cualquier
parecido con hechos actuales, locales o personas, vivas o muertas, es pura
coincidencia.

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, queda prohibida, sin la autorización
escrita de los titulares de copyright, la reproducción total o parcial de esta obra. La
infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la
propiedad intelectual. Para solicitar el permiso de la autora, es necesario ponerse en
contacto con ella a través del formulario de su página web: www.melanierostock.com
Melanie Rostock
A Xavi, no importa cuánto cambiemos a lo largo del tiempo,
siempre encontramos la manera de confluir en las nuevas corrientes.
«El porvenir es mucho más de los corazones que de las mentes. Amar,
eso es lo único que puede ocupar y colmar la eternidad. El infinito precisa
de lo inagotable».
victor hugo, Los miserables
PRIMERA PARTE

LA HUÉSPED
OCTUBRE 2012, BARCELONA

DENIAN

Antes de que mi vida cambiara, no me había planteado nada sobre el futuro.


Ni siquiera el más inmediato. Estaba cómodo en mi rutina, que no exigía
grandes expectativas de mí y tampoco tenía problemas que me preocuparan
lo suficiente.
Hasta aquella tarde.
Lo que me esperaba en casa amenazaba en transformar «lo de siempre»
en «otra cosa»; «lo de siempre» en algo desconocido e impredecible. No
había manera de estar preparado, así que alargué al máximo el momento de
volver. Lástima que la solución estuviera ligada al tiempo, porque tiene la
mala costumbre de agotarse. Y así fue, efectivamente. Cuando Léa y yo
salimos de la biblioteca del Liceo francés, el sol estaba a punto de ganarme
el pulso. La verdad es que, si hubiera sido por mí, no me habría pasado las
últimas horas que me quedaban de normalidad estudiando, pero
casualmente, o, mejor dicho, malheureusement, teníamos examen.
Me encontraba sumido en un mutismo que ya no se podía relacionar con
la concentración del estudio cuando Léa me cogió la mano y la apretó, en
actitud comprensiva. Me sacó así de mis pensamientos para devolverme al
plano físico en el que caminábamos hacia la Avenida Diagonal.
—¿Seguro que no quieres acompañarme en el autobús? —preguntó,
recolocándose el asa del maletín en el hombro.
—Lo siento, pero estoy demasiado acostumbrado a la libertad de ir en
moto como para meterme en esa lata de sardinas. —Me di cuenta de que no
había sido la respuesta más acertada, pero al menos no me quejé por tener la
moto en el taller—. Además, me vendrá bien un poco de aire fresco —
agregué, medio justificándome.
Recorrimos el tramo que nos separaba de la parada de autobús a distintas
marchas. Yo arrastraba los pies, con ánimo alicaído, como si estuviera
sufriendo de una mala digestión, y ella avanzaba a un ritmo sosegado.
Aunque se calló algo que pensaba decirme, porque abrió la boca y la volvió
a cerrar, en lo que me pareció una lucha por dominarse.
—¿Te molesta que no vaya contigo? —pregunté.
—No. Para nada —dijo y me soltó la mano.
Léa me gustaba. Era brillante como estudiante y como persona, nos
entendíamos bien en todos los aspectos, pero no sería del todo sincero si
dijera que estaba enamorado de ella. No creía que fuera honesto estar con
alguien a ese nivel sin estar seguro de que fuera la persona correcta, pero mi
excusa era que ambos teníamos una gran necesidad por el otro, fuera cual
fuera el motor que la impulsaba. El amor o el sexo.
—Hay una cosa que podría hacerme cambiar de opinión —dije.
—Y ¿qué es?
Me detuve y la acerqué a mí, mirándola a los ojos para darle mayor
efecto.
—Podría quedarme hoy en tu casa. ¿Qué te parece? Cogemos el bus y
seguimos estudiando en tu habitación.
—Denian —vi asomar un atisbo de duda, pero enseguida se repuso—, sé
por dónde vas y ¡no puedo! ¡Tengo que sacar la mejor nota! —exclamó
separándose de mí.
—Lo dices como si te costara aprobar y luego sacas excelentes —
protesté, poniéndome en marcha de nuevo—. Llevamos ya todo el día
estudiando, no sé cómo te da la cabeza para más.
—A ti lo que te pasa es que no quieres volver a tu casa, y te entiendo. Yo
tampoco querría estar en tu lugar ahora mismo, pero tienes que aceptar que
las cosas son así. Afróntalo como un adulto.
—Hablas como mi madre.
—¿Quieres que te dé un besito en la frente? —bromeó.
Reí de medio lado. Estábamos ya a la altura de la parada, aunque nos
mantuvimos a cierta distancia de la gente que se apelotonaba bajo la
marquesina.
—Intentaré aceptarlo. Solo que… no sé, se supone que las decisiones
importantes habría que tomarlas entre todos, ¿no? O sea que tendría que ser
algo unánime, porque a mí también me afecta.
—Por lo menos tú no tienes que ir con armadura a las comidas familiares
como yo. Hay familias en las que hay que curtirse mucho, hasta que te salen
callos en el cerebro.
Solté una risilla entre irónica y cansada.
—Te mandaré un mensaje para contarte cómo ha ido.
—Irá bien. —Sonrió, con esa seguridad que tanto admiraba de ella.
—Eso espero.
Se levantó una ráfaga de viento y me subí la cremallera de la chaqueta.
—Si lo piensas bien —prosiguió ella—, tampoco es tan grave. Nadie te
ha pedido que te involucres más de lo necesario.
—Ah, pero tú no conoces a mi madre. Ella espera que me involucre.
—¿Incluso aunque no estés de acuerdo con su decisión?
—Sé lo que quieres decir, pero no es tan fácil.
Llegó su autobús y le di un largo beso de despedida, con la esperanza de
que cambiara de opinión y me tendiera la mano. No hubo suerte y esperé a
que subiera para continuar el resto del camino a pie.
Estaba solo a diez minutos de casa, pero me tomé mi tiempo para llegar.
Antes de subir por la calle Calvet, observé las ventanas iluminadas de la
fachada de las oficinas de Danone y Coca-Cola. El imponente edificio se
combaba hacia adentro, adaptando su estructura a la forma de la plaza
Francesc Macià. Se me ocurrió la idea estúpida de que yo también debía
hacer un esfuerzo por adaptarme estructuralmente a convivir con alguien
que me caía mal.

Cuando llegué a casa, encontré a mi madre enfrascada en la cocina.


Arremangada, caminaba a lo largo de la encimera, abriendo cajones,
sacando cubiertos, tazas de café, apilando platos de postre. El agua del
fregadero estaba abierta y se derramaba sobre la cacharrería que había
utilizado para hacer el bizcocho de limón que había olido desde la entrada.
Cerré el grifo y solo así conseguí que parara dos segundos y me diera un
beso rápido en la mejilla.
—Menos mal que ya estás aquí —dijo—. Prepara la mesa, por favor.
Hay que servir el bizcocho en la fuente que está en el armario del comedor,
en el último cajón. Y pon el mantel beige, el de flores. El otro no, que está
manchado de vino. Patricia me ha escrito hace cinco minutos que estaban a
la altura de Muntaner.
Mascullé una queja que ella ignoró deliberadamente y me encaminé al
comedor, desganado. Su síndrome de anfitriona maniática y perfeccionista
me ponía nervioso. Por eso los encuentros entre amigos y familia era mejor
hacerlos en un lugar donde ella y nuestro hogar no estuvieran implicados.
—No sé a qué viene tanto recibimiento —dije mientras colocaba el
mantel—. Tu amiga viene a enchufarnos un marrón.
Me había oído, porque la cocina era americana. Aun así, no respondió
hasta que trajo el bizcocho y lo colocó en la fuente.
—Patricia está pasando por una mala racha con su hija. Me ha pedido
ayuda y no se la pienso negar. Tu padre y yo estamos de acuerdo; también
tu hermana. Eres el único que tiene un problema.
No hubo la más mínima alteración en su voz, lo que ya de por sí era un
claro indicador de que era inútil seguir insistiendo, pero yo no había
acabado.
—Papá no está de acuerdo, ha cedido, que es muy diferente, y Tania
tiene siete años, así que lo suyo es inocencia pura. ¿Verdad que no la
dejarían votar en las generales?
Me lanzó una de esas miradas que echan las madres cuando no admiten
réplica. Suele ir acompañada de un silencio que solo a un loco se le
ocurriría romper. Después, volvió sobre sus pasos para traer de la cocina
todo lo necesario para servir los cafés. Desde luego, debía revisar mis dotes
persuasivas porque estaban en cotas bajas. Arrastré la silla que presidía la
mesa y me dejé caer sobre ella, empujado por la fuerza de la resignación.
Fue en ese preciso momento cuando mi hermana apareció, cantando,
desbordada de alegría.
—¿Aún no han llegado?
Estiró la última sílaba hasta que rebotó en las paredes internas de mi
cráneo. Era como para pensar que las paletas de leche que tenía habían
servido para contener la estridencia de su voz.
—No.
—¡Qué guay tener una nueva hermana!
—Pfff.
—Le he hecho una pulsera, ¡mira! —Me enseñó una fina cuerda con
bolitas lilas y blancas—. ¿Tú crees que le gustará?
—¿Quién sabe?
Aunque Tania podía ser testaruda e insistente cuando se le metía algo
entre ceja y ceja, en términos generales era adorable. No porque le gustara
hacerse dos coletas y se pusiera anillos de plástico en más de dos dedos, que
también, sino porque ver el mundo a través de sus ojos era como anclarse a
un caleidoscopio. En momentos como aquel habría agradecido poder verlo
desde esa óptica.
Sonó el timbre.
Tania soltó un chillido festivo y fue corriendo hacia la puerta.
Desde el vestíbulo me llegó la voz de Patricia, que se mostró
sonoramente impresionada por cómo había crecido Tania. A continuación, y
en el mismo tono, le lanzó un cumplido a mi madre.
—Helena, estás estupenda. Ya me dirás qué crema usas, chica. —Mi
madre se lo agradeció y les indicó dónde colgar las chaquetas, bolsos y
demás.
El único pasillo que había en la planta baja del dúplex era el de la
entrada; por lo demás, el espacio era diáfano, así que enseguida mis malos
modales quedaron al descubierto. No me había levantado a recibirlas, ni me
había ofrecido a cargar con el equipaje. En mi defensa diré que estaba
ocupado mentalizándome con toda la cuestión y ver de pronto aquel alud de
bultos me dejó perplejo. De hecho, la sola mención de equipaje se quedó
corta cuando además del par de maletas de tamaño intercontinental,
entraron bolsas, algunas cajas de mudanza, un ordenador de sobremesa y
hasta un cactus. Lo primero que pensé fue que pretendían alargar la estancia
más de lo que se había previsto, pero a mi madre nada de eso pareció
sobresaltarla, por lo que deduje que no me había especificado el tiempo a
propósito.
—Dejadlo por ahí, al lado de la escalera. No os preocupéis que cuando
llegue Jérôme lo subiremos.
—Si no le veo, dale las gracias por habernos cedido la plaza de parking
—dijo Patricia de camino al comedor—. No sé qué habríamos hecho para
subir todo esto con el coche en doble fila.
Mi madre contestó que no era nada y que le daría recuerdos de su parte a
mi padre. Ese día llegaba tarde de trabajar, cosa que olía a escaqueo de
primera.
—He preparado café y bizcocho. —Mi madre señaló la mesa y, como yo
estaba ahí presidiendo, con cara de haber perdido unos veranos, también me
señaló a mí. Por mucho que quisiera, no había desaparecido.
Patricia me saludó. Era una mujer que buscaba aparentar jovialidad, pero
lo que verdaderamente aparentaba era no haber asimilado que sus años de
juventud habían pasado.
—Bizcocho no, gracias. Tengo que cuidar la figura, pero el café lo
acepto.
Estaba más delgada y se le marcaban las arrugas, aunque intentara
disimularlo con una tonelada de maquillaje. Echó una mirada alrededor
como si estuviera tasando la vivienda y se sentó. Acto seguido, llamó a
Emilia con la voz carrasposa de la fumadora empedernida que seguía
siendo.
La huésped se acercó con Tania a la zaga y me saludó sin mucha
efusividad. Le devolví el saludo todavía con menos. Me estaba costando
gran trabajo hacerme a la idea de que iba a perder una parte importante de
mi intimidad, como podía ser la de pasearme en calzoncillos si me apetecía,
por una chica que no era para nada agradable. La última vez que nos
habíamos visto, haría unos tres años, habíamos acabado mal, en gran parte
por su carácter impulsivo y cortante.
Mi hermana y Emilia se sentaron juntas y Tania la miró con adoración
mientras «su nueva hermana» se ajustaba con los dientes el cierre de la
pulsera que le había regalado. La separación de los incisivos le daba cierta
gracia infantil y suavizaba unas facciones en su mayoría duras. Se podría
decir que eran tan afiladas como su personalidad. Incluso la cara ya no tenía
la forma redondeada de cuando era niña y se le marcaba la línea de la
mandíbula. Vestía en tonos mucho más oscuros que antes y, aunque la
sombra negra potenciaba el verdor de sus ojos, también transmitía una
sensación de inaccesibilidad y aspereza semejante a la que podía inspirar un
gato negro que te observa con esa pose tipo «y tú ¿qué quieres?» que, en
definitiva, te quita las ganas de acercarte. Dicho sea de paso, los gatos me
dan alergia y, aunque no soy supersticioso, prefiero no cruzarme con uno
negro.
—Te agradezco muchísimo que cuides de ella, Helena. No sé cómo
compensarte —dijo Patricia, antes de darle un sorbo al café.
—Tenemos una habitación libre —dijo mi madre—, era lo mínimo que
podía hacer.
¿Lo mínimo? Intenté apaciguar la explosión que nacía de la boca del
estómago sirviéndome un vaso de agua.
—¿Por cuánto tiempo va a ser? —pregunté en un tono de clara
reticencia. Iba a ser ¿un mes? ¿dos meses? ¿o hasta que fuera mayor de
edad? Teniendo en cuenta que debía rondar los dieciséis, me parecía una
pregunta de lo más relevante.
—Bueno, no mucho —contestó Patricia—. Hasta que vuelvan a
estabilizarse las cosas en casa.
—Eso suena a mucho —dije.
Mi madre me puso la mano sobre el brazo mandándome callar con
elegancia.
—Estoy segura de que estarás muy bien con nosotros, Emilia.
—Ya. Vale —contestó, dándole vueltas a la pulsera. Su postura era rígida
y se le había formado una pequeña arruga entre las cejas.
Alzó los ojos y me dirigió una mirada de furia contenida. Creo que no
exagero si digo que podría haber asustado hasta a un exconvicto de esos que
son todo músculo y andan con la cabeza afeitada. No pensaba forzar más la
máquina porque la tensión del ambiente ya estaba en plena efervescencia,
así que me limité a rehuirla.
Emilia arrastró su silla con ímpetu.
—Me gustaría ver mi habitación.
—¡Yo te la enseño! —exclamó Tania.
—Subiré algunas cosas —agregó Emilia.
—No te preocupes, Emilia, cariño, ya lo hará Denian.
Solté aire por la nariz con pesadez. Iba a necesitar mucha paciencia.
Al pie de la escalera, cogí el asa de una de esas maletas enormes
mientras ellas subían. Pesaba tanto que tuve que cargarla de espaldas, con
las dos manos.
—¿Qué llevas aquí? ¿Un cadáver? —pregunté en un resuello.
—Sí, el de un tío que me ha tocado la moral esta mañana.
He aquí, pensé, tal y como la recordaba. Me convenía más no perder la
fuerza por la boca. Al menos hasta que subiera todo ese peso, así que
empleé esa fuerza del modo más efectivo posible para no romperme la
columna.
Una vez en el pasillo, Tania se detuvo frente a la puerta blanca de la
habitación de invitados y la abrió con entusiasmo, diciendo que era muy
bonita y estaba al lado de la suya.
—A veces hago fiestas con mis amigas aquí porque es donde lo guardo
todo para hacer pulseras. También tengo un montón de adornos para la ropa
y una casa de muñecas, aunque hace tiempo que no juego, te la puedo
enseñar. La hizo mi padre.
Emilia parecía abrumada por la cantidad de información que Tania había
soltado a modo de metralleta y dijo que estaba cansada y prefería echarse
un rato.
—¿No quieres ver mi habitación? —preguntó.
—Tal vez mañana.
Emilia cogió la maleta y la arrastró al interior, agradeciéndome entre
dientes el haber cargado con ella. Después, nos cerró la puerta en la cara.
—No te lo tomes a mal —le dije a mi hermana—, hay gente así de borde
y esta chica es un cliché andante.
—¿Y ahora qué hacemos?
—¿Qué te parece si vemos una peli?
Sonrió de oreja a oreja. Eso es lo bonito de los niños, que se olvidan
rápido de las cosas.
—¡Vale! Quien llegue antes abajo elige.
—Yo cuento. Preparados, listos, ¡ya!
Le di ventaja y me llamó perdedor cuando salté el último peldaño. Por
suerte, Patricia ya estaba a punto de irse.
—¿Está arriba?
Asentí.
—La primera puerta a la derecha.
—Gracias.
La despedida iba a ser corta si ya llevaba la chaqueta puesta.
EMILIA

La ira me consumía desde dentro, como quien enciende una cerilla cerca del
gas. Solo me quema a mí. Desde la punta del dedo gordo del pie hasta la
laringe es combustión en estado puro. Me sentía así muchas veces, y no era
de extrañar, teniendo en cuenta la mierda de vida que me había tocado
desde que mis padres se habían divorciado.
Me observé los nudillos blancos, los dedos se aferraban con fuerza a la
maneta de la puerta. Quise arrancarla, lanzarla al otro lado de la habitación
y hacer añicos la ventana. Ya no era solo que mi madre me hubiera echado
de mi propia casa, sino que encima no era bienvenida en la nueva. Al
menos, no del todo. Denian no quería verme allí.
Quise gritar hasta quedarme sin voz, pero me lo tragué y fui yo quien se
hizo añicos. Ya no tenía fuerzas ni para resistirme. No me quedaba de eso.
Resistencia. Solo un dolor cubierto de mugre incrustada y seca.
El único método que tenía para que ese dolor saliera era afilado y estaba
guardado en el neceser. De eso pensaba echar mano cuando mi madre entró
para despedirse. Dijo que la habitación le parecía muy acogedora. Casi ni
me había fijado, porque las lágrimas me habían nublado la vista durante
unos buenos cinco minutos. Me las sequé y eché un vistazo a mi alrededor.
Muebles de madera de haya, cama individual con cabecero de mimbre,
paredes con cenefa, hordas de peluches y muñecas. ¿Era la habitación de
invitados o es que pensaban tener un tercer hijo? No tenía ni idea sobre los
planes de la familia Leroux, porque hacía al menos tres años que mi madre
había perdido el contacto. Todavía no entendía cómo podía estar yo ahí. No
es como si llamas a una amiga después de tanto tiempo y le dices, así como
si nada, oye, ¿qué te parece si te enchufo a mi hija durante una temporada?
Me está tocando los ovarios.
—Aquí estarás mucho mejor, Emilia. —Se acercó en actitud cariñosa y
lastimera a la vez, pero me aparté. ¿Se creía que lo iba a aceptar sin más?
Exhalé aire por la boca. La ira podría haber ardido si a mi madre se le
hubiera ocurrido encenderse un cigarrillo cerca. Qué imagen. Ella rascando
la piedra del mechero y mis vapores inflamables quemándolo todo. Se
habría convertido en la acogida más terrorífica de la historia.
Durante un momento nos quedamos en silencio, pero enseguida me
busqué algo que hacer. Si seguía aguantando toda esa tensión me iba a dar
un colapso y, como no había tenido tiempo de calmarme a mi manera, me
arrodillé para abrir la maleta. Empecé a deshacerla, sacando algunas
camisetas y dejándolas sobre la cama.
—¿Crees que esto no es duro para mí también? —agregó. Fijé la mirada
en la colcha de la cama, en sus tonos azules y dorados. Era el océano
bañado por los rayos de sol.
—No lo sé —contesté—. Lo que me parece es que me estás quitando de
en medio para vivir una historia de amor con ese gilipollas.
Lo dije de espaldas a ella para que no viera cómo se me retorcía la cara.
Su novio lo había jodido todo. Me daba asco.
—Siempre somos los demás, pero ¿tú qué? Dime ¿cómo quieres que lo
haga? Me he quedado sin herramientas y sin fuerzas. No se puede hablar
contigo sin que me grites o me recuerdes lo mucho que me odias —dijo,
con una desesperación que yo no comprendía. Al fin y al cabo, ya se me
había quitado de encima.
Me volví hacia ella, esforzándome todo lo posible para que no cayera ni
una lágrima. Había elegido a su pareja antes que a mí. Escocía, sí, pero al
mismo tiempo era un alivio no estar cerca de ese cabrón. No me gustaba
cómo me miraba. Era violento al hablar, casi nunca decía nada bueno, y
tenía una voz tan áspera que daba la impresión de que su garganta estuviera
hecha de papel de lija. Además, en casa me parecía tenerlo todo el día
encima porque su olor llenaba el ambiente y se me pegaba a la nariz como
si fuera el tufo que tendría un montón de ropa bañada en cerveza.
Miré a mi madre como si fuera a verla por última vez. Claro que yo no
iba a marcharme a ninguna parte, pero no sabía cuándo ella pensaba volver.
No sería la primera vez que alguien desaparecía de mi lado. Mi padre vivía
en Portland, Oregón, y solo lo veía a través de una pantalla. Qué raro era
sentirse huérfana con tus padres vivos.
—¿Tengo que agradecerte que no me hayas metido en un centro para
delincuentes? Pues gracias. Ya puedes irte y completar el abandono.
Y eso hizo. De ese modo teatral tan suyo.
Una vez sola, abrí la cremallera del neceser. No iba a parar hasta que
dejara salir el dolor. Cogí la cuchilla, me subí la manga izquierda y me hice
un pequeño corte en el antebrazo, debajo de las otras cicatrices, finas y
blancas.
La primera vez que me corté fue cuando mi padre se marchó. Trabajaba
de analista de datos en una empresa norteamericana con sede en Barcelona
y se había enamorado de una compañera de equipo de la sede central. Por lo
visto, llevaban escribiéndose e-mails y llamándose desde hacía tiempo, y la
relación con mi madre no hacía más que empeorar. Así que un día, cuando
volvió de un viaje de negocios, que resultó ser una entrevista para un puesto
en Portland, lanzó la bomba. Nunca había visto a mi madre con la cara tan
desfigurada, parecía un cuadro abstracto. Poco después arreglaron los
papeles del divorcio. Yo quería irme con él, porque antes de que mi madre
se buscara a ese imbécil ya nos llevábamos a matar, pero ni siquiera luchó
por mi custodia. Me dijo que le diera tiempo para instalarse y prometió que
volveríamos a hablarlo. Desde entonces la conversación pasó a estar en
prórroga permanente, porque la americana no tardó en quedarse
embarazada. Era como para sospechar que mi padre la había dejado preñada
cuando fue a aquella entrevista. Eso habría explicado muchas cosas, pero la
verdad es que él nunca llegó a reconocerlo.
En cuanto a mi situación como huésped en casa de los Leroux, sabía que
no se mojaría, porque no solía meterse en las decisiones que tomaba mi
madre. No tenía claro si era una cuestión de culpa, de poco interés o porque
a lo mejor estaba tan lejos que ya no entraba en su jurisdicción.
Me limpié las gotas de sangre, mirándome al espejo que había sobre el
escritorio. Se me había corrido el lápiz de ojos negro. Había heredado los
ojos verdes de mi padre y los churretes hasta la mejilla de mi madre cuando
le daban los bajones. Brillante genética. Cogí una toallita del neceser para
desmaquillarme y la apreté hasta que se me enrojeció la piel. Me froté los
labios, tan gruesos que parecían sufrir de una eterna reacción alérgica. La
pasé por la línea de la mandíbula, tan poco femenina. Eres patética, le dije
al espejo. Para evitar que el autoodio fuera a más, me eché en la cama, me
puse los auriculares y escuché Metal de Nine Inch Nails. La música siempre
me ayudaba a sentirme en paz dondequiera que estuviese.
Sobre las nueve, Helena llamó a la puerta y entró con aire resolutivo. Me
dijo que había guardado toallas en el primer cajón de la cómoda y que podía
encontrar el cuarto de baño en la última puerta de la izquierda. Después,
añadió algo sobre dónde guardaban las sábanas, los productos de limpieza y
demás utensilios que podría necesitar, y cuando estuviera instalada, me
enseñaría cómo funcionaban la lavadora y el lavaplatos. Asentí para dar
cuenta de que me había enterado de todo, aunque no había registrado ni la
mitad.
—Ya ha llegado Jérôme. Si quieres, puedes bajar a cenar y él
aprovechará para subir tus cosas.
—No tengo hambre, pero tampoco hace falta que lo traiga todo, yo
también puedo…
—Tranquila, de verdad. Tú no te preocupes por eso y cena algo, que no
es bueno irse a la cama con el estómago completamente vacío.
—Es que se me hace un poco violento cenar con vosotros en familia. —Y
no tengo ganas de enfrentarme a Denian—. Pero si me dejas algo en la
nevera y me viene el hambre más tarde, ya me lo calentaré en el micro.
Me pareció leer el reto en su expresión, que le daba un aire a Andie
MacDowell. ¿Por qué se habría molestado en acogerme? La intuición me
decía que era el tipo de mujer que se carga de desafíos para demostrarse a sí
misma que puede con todo. No se trataba de un acto altruista, sino de algo
personal: demostrar que era la Madraza, que incluso de un caso perdido
saldría victoriosa.
—Entiendo que te sientas incómoda, pero desde hoy eres parte de esta
familia. Quiero que te sientas como en tu casa.
Espero no sentirme nunca como me sentía en mi casa.
—Gracias.
—Descansa. Mañana nos espera un día intenso en el instituto.
No me lo recuerdes, pensé.
—Desayunamos sobre las siete y media y a las ocho y diez salimos.
Iremos caminando porque solo está a unas manzanas de aquí.
Volví a asentir. No me veía capaz de mostrarme efusiva por tener el
instituto a tiro de piedra, más que nada porque habría preferido mil veces
continuar en el mío, pero estaba a más de una hora en transporte público.
Hacía casi un mes que había empezado el curso y encima era repetidora, así
que Madraza había movido hilos para conseguir que aceptaran mi matrícula
fuera de plazo. Alguna ventaja debía tener que fuera profesora y psicóloga
del centro.
En el fondo, daba lo mismo, porque tenía mis dudas de que fuera a
sacarme la ESO. Tampoco creía que me esperara un gran futuro en el
terreno laboral. Opinaba que el progreso solo estaba al alcance de unos
cuantos y venía determinado por los ingresos familiares. Si no eras
estudiante de matrícula, podías olvidarte de las becas y, como no era buena
estudiante y en casa no contábamos con ingresos extraordinarios para pagar
másteres y demás cursos privados, me esperaba un trabajo mediocre. Para
esa mierda no veía la necesidad de aprender a hacer integrales. El resultado
de mi ecuación sería: encontrará la leche en el pasillo cinco, segunda
estantería. O, hamburguesa doble de queso con patatas y Pepsi, menú
grande. Trabajos de lo más respetables, pero para los que no hace falta
matarse a estudiar.
Al cabo de un rato el señor Leroux pidió permiso para entrar con algunas
cajas. A pesar de lo formal que iba vestido, tenía un aspecto juvenil y
desenfadado; al contrario de Denian, que era bastante estirado.
Con un simpático acento francés me dio la bienvenida a la familia y
colocó las cajas junto al armario ropero. Me puse en pie, dispuesta a subir
más cosas, pero cuando estaba a punto de salir de la habitación, me topé de
frente con Denian, que traía el cactus. Por su cara, cualquiera diría que se
había pinchado con alguna de las púas. Y, si había sido el caso, tenía que ser
cosa del karma.
—Por lo menos esto no pesa —le dije.
No pretendía que sonara tan irónico, pero me parecía increíble que, de
todo lo que había, solo hubiera traído el cactus. Estaba claro que lo habían
obligado a echar una mano.
—Bueno. Mejor ya le buscas tú el sitio —repuso, dándomelo. Sin
esperar a que respondiera, salió detrás de su padre y dejó la puerta
entreabierta.
Me pregunté si su cara podría llegar a tener el mismo aspecto doloroso
que le había visto al llegar si le estampara el cactus en los morros. Pero,
obviamente, tuve que quedarme con la duda, y esperé a que todos se fueran
a dormir para cenar algo.

Desde que me levanté de la cama a la mañana siguiente, hasta que acabé de


ducharme y bajé a desayunar, me sentí como si alguien me hubiera metido
en el asiento copiloto de un coche que conducía en contra dirección por la
autopista. Ya es complicado adaptarse a algo nuevo cuando lo eliges tú, aún
más cuando te lo encuentras sin quererlo.
Aun así, hice un esfuerzo por aparentar normalidad, como si empezar en
un nuevo instituto fuese mi pan de cada día. Por suerte, solo me encontré a
Tania en la cocina. Estaba sentada a la barra comiéndose unos cereales y, en
cuanto me vio, sonrió tanto que se le escapó un poco de leche de entre los
labios. Pero, lejos de darle importancia, se limpió el hilo que le caía por la
barbilla con la manga del jersey y tragó a toda prisa lo que tenía en la boca
para hablarme.
—¡Buenos días, Emilia! ¿Cómo has dormido? ¿Te ha gustado tu
habitación?
—Bien. Sí, gracias. —Miré alrededor para asegurarme de que Denian no
estuviera por ahí dispuesto a soltarme un comentario desagradable.
—¿Qué quieres para desayunar? Hay pan de molde para hacer tostadas
—dijo, al tiempo que se bajaba del taburete y abría uno de los armarios de
la cocina—. Te puedes poner mermelada, que la ha hecho mamá, pero no sé
si queda. Yo como cereales porque eso es lo que más me gusta por la
mañana. Son unos de miel mezclados con bolas de chocolate, ¿quieres
probar?
No contesté enseguida. Estaba alucinada por su habilidad para dar el
máximo de información en un solo aliento.
—Tania. Déjala respirar —dijo Madraza, entrando a la cocina. Todavía
tenía el pelo algo húmedo de la ducha. Se notaba que era una de esas
personas que se levantan con ganas de un nuevo día. Al contrario de mí, que
me habría quedado en la cama una semana entera.
—¿Un café, Emilia? —preguntó.
—Con leche, por favor.
—¡Ah! También hay galletas —agregó Tania, muy orgullosa de sí misma
por haberse acordado de eso.
Cogí una galleta de mantequilla de marca Palets bretons y me la llevé a
la boca, sentándome en uno de los taburetes tipo cóctel de la barra.
Entretanto, Madraza apretaba la botonera de la máquina de café, que era
como las que se veían en las cafeterías: tres surtidores, un calentador de
leche y un cubilete con granos de café de verdad. En mi casa habría
ocupado toda la encimera.
Aproveché la perspectiva que me daba el ángulo para observar el piso
más a fondo, ya que el día anterior había sido demasiado abrumador para
fijarme en los detalles. Por las características del edificio, con escalinata de
mármol y ascensor de hierro, esperaba encontrarme con un estilo menos
moderno, unos muebles clásicos, como de anticuario, de esos que me habría
dado reparo tocar por si los jodía con mi ADN de barrio. Una decoración
recargada. Pero me había equivocado. El sofá y las butacas del salón tenían
un aspecto hogareño con multitud de cojines de colores vivos que invitaban
a sentarse. El suelo de parqué triangular daba calidez y el mobiliario era una
mezcla de estilo rústico y moderno que combinaba el cristal, la madera y las
patas cromadas. Los techos eran altos, la luz entraba en abundancia por los
amplios ventanales arqueados y se repartía en todas direcciones gracias a la
ausencia de paredes. En su lugar, había unas columnas de carga que le
daban un toque industrial moderado. Estaba impoluto, se veía cómodo,
vivido, y cada cosa tenía un lugar pensado a conciencia, como si hubiera
sido trabajo de un decorador de interiores.
—No hablas mucho —señaló Tania con curiosidad.
—Ya. Por las mañanas me cuesta.
Madraza me dio la taza con el café y mojé la galleta para enmascarar
parte del sabor de la mantequilla.
—Galleta con café, puaj. —La cara de asco de Tania me hizo sonreír. O
fue algo parecido a una sonrisa, porque apenas había dormido cuatro horas
seguidas y, a pesar de la ducha, seguía estando medio zombi.
—Denian se ha ido superpronto esta mañana —continuó—. No lo
entiendo mucho porque siempre va con su moto, pero se está arreglando en
un garaje, así que podría haber venido en coche con papá y conmigo,
porque vamos al mismo cole, al Liceo francés, ¿sabes? Y se ha ido en
autobús, aunque lo odia porque siempre dice que lo odia a muerte.
—Tenía un examen —lo excusó Madraza—. Voy a lavarme los dientes y
nos vamos —añadió.
Asentí, todavía con Denian en la cabeza. Daba la impresión de que se
había propuesto evitarme.
—¿No te gusta Denian? —preguntó de pronto Tania.
Me quedé con un trozo de galleta a medio masticar.
—¿Cómo?
—No sé qué es un cliché andante, pero dijo que tú lo eres y me parece
que eso es lo que le molesta un poco. Si nunca ha conocido a uno quizá le
cueste acostumbrarse. Pero yo te veo como a una nueva hermana, seas un
cliché o no.
—Mira. Te voy a dar un consejo —dije con suavidad, levantando el dedo
índice—: antes de hablar sobre algo, tienes que preguntar qué significa. No
puedes decir que soy un cliché si no sabes lo que es ¿verdad?
—Ah —contestó mirando a la barra, avergonzada.
—No pasa nada, yo te explico lo que es. Un cliché es un estereotipo.
—¿Un qué?
Reí.
—Es una persona que está cortada por un patrón determinado.
—¡No entiendo nada! —dijo frustrada.
¡Cómo costaba explicarle las cosas a una niña de siete años! Debía
buscar palabras sencillas.
—A ver cómo te lo digo. ¿Te gustan las Barbies?
—Bueno, un poco.
—Sabes que hay diferentes tipos de Barbie…
—¡Eso todo el mundo lo sabe!
—Entonces, dentro de la marca hay modelos hechos en una fábrica.
Barbie esquiadora, Barbie playera, Barbie cowboy.
Inclinó la cabeza una vez a modo de asentimiento.
—Pero a las personas no nos hacen en fábricas, todos somos diferentes.
Un cliché es como si me hubieran fabricado en serie, como a las muñecas.
—Qué raro.
—Puedes decirle a Denian de mi parte que a mí él me parece un
megalómano de campeonato y que te explique él lo que es.
—No me voy a acordar. ¿Me lo apuntas en mi agenda?
Solté una risotada.
—A mamá le gustará que aprenda palabras nuevas.
—Pero no se lo preguntes a ella. Tiene que ser a Denian.
—Vale. Voy a escribirlo —sacó la agenda de la mochila—. ¿Mega qué?
Antes de que pudiera contestar, Madraza ya me urgía a salir. Tania me
hizo saber que en unos minutos también se iría a su cole y me deseó un
buen día. Por lo menos, su compañía mejoraba algo las cosas.
DENIAN

Era uno de esos días que se tuercen desde primera hora de la mañana y te
dejan con la sensación incómoda de que no acabarán de enderezarse hasta,
por lo menos, el día siguiente.
Para empezar, el autobús que cogí en dirección a Les Corts iba tan
congestionado que nada más subir quise dar media vuelta, pero la gente que
se agolpaba detrás de mí me empujó hacia dentro. Pensé en fingir que me
había equivocado de línea, pero en el último momento me pareció que
estaba siendo exagerado y acabé comprándole un billete sencillo al
conductor. De todos modos, ese suplicio seguía siendo mejor opción que la
de haberme cruzado con Emilia recién levantado.
Tras unos veinte minutos mezclando el aliento con el resto de ciudadanos
y sin espacio vital para quitarme la chaqueta, llegamos a mi parada y me
bajé junto a otras tantas personas que empezaban su jornada laboral en las
oficinas de los alrededores. Por lo que pude deducir de sus caras, estar allí
les pesaba como una losa. Me pareció bastante deprimente verme en su
lugar algún día. No por el hecho de desplazarme medio sofocado en
autobús, cosa que no haría si tuviera la moto a punto, sino por la idea de
hacerlo sin un mínimo de motivación, como si estuviéramos hechos nada
más que para levantarnos temprano, entrar a una oficina, encender un
ordenador, contestar unos e-mails, asistir a reuniones y cobrar lo justo para
pagar el alquiler.
Lo pensé más o menos hasta que llegué al Liceo, porque tampoco era
algo que fuera a afectarme en un futuro cercano, en cambio el examen de
géo, sí. Como había llegado con tiempo, me pasé por la cantina para
tomarme un café y allí me encontré a Léa. Estaba en una de las mesas
dando un último repaso a sus apuntes, con ese ánimo histérico que solía
cogerle antes de un examen. A mí me sacaba un poco de quicio, la verdad;
no creía que estuviera justificado ponerse así cuando era una asignatura que
dominaba a las mil maravillas. Si hubiera sido de mates lo habría entendido,
ya que a ninguno de los dos se nos daban bien los números.
Le di un beso rápido en los labios.
—¿Te lo sabes? —preguntó.
—Sí. Me lo sé. —Fui escueto en mi respuesta, porque me generaba
mucho estrés repasar deprisa y corriendo. Tenía asumido que, si no me
sabía la lección a esas alturas, ya era tarde.
Léa se apartó el flequillo rubio de la frente resoplando, como si de pronto
se hubiera dado cuenta de que lo tenía demasiado largo y quisiera culpar a
alguien por no haberle aconsejado que se lo cortara. Leía y removía los
papeles de manera frenética mientras yo me bebía el último sorbo de café.
A los pocos minutos, miró su reloj de pulsera y anunció, no con poca
exaltación, que ya era la hora. Dejé la taza vacía en la bandeja de los platos
sucios y ella guardó los apuntes en la carpeta con exasperación, como si
pensara que el tiempo no se había congraciado con ella desde que supimos
la fecha del examen.
Tal y como imaginaba, por cómo había empezado el día, el examen no
me fue nada bien. Había estudiado, pero con lo de la mudanza apenas había
podido concentrarme y, para ser sincero, estaba más preocupado por el
rumbo que iba a tomar mi vida a partir de ese cambio en casa que por
cualquiera de los temas que debía desarrollar en las preguntas. Con gusto
me habría olvidado del examen, si no fuera porque Léa y Mathieu vinieron
a mi mesa para comentarlo. Eso era algo que detestaba profundamente
porque, aunque me hubiera equivocado en algo, ya no había nada que se
pudiera hacer, así que comentarlo era una tortura.
—Y a ti ¿cómo te ha ido? —preguntó Léa, colgándose a mi cuello.
—Podría haber sido peor. Ya se verá.
Para cambiar de tema, les conté que en mi casa me la habían jugado bien
ya que Emilia iba a quedarse por tiempo indefinido y mi salud mental
estaba en riesgo.
—Creía que era una amiga de la infancia, que os ibais de vacaciones en
familia y esas cosas —dijo Mathieu.
Léa continuaba pegada a mí como si estuviera intentando compensar el
haber estado tan pendiente de los apuntes antes. La aparté con suavidad; me
incomodaba que estuviera tan encima mío en público.
—Solíamos vernos más cuando éramos pequeños, pero fuimos de
vacaciones solo una vez. Como siempre, lo de aceptar irnos de viaje con
ellos fue cosa de mi madre. Acabó fatal, por cierto. La madre de Emilia
discutía con su ex por cualquier gilipollez, como si fuera una cosa crónica.
A la vuelta de las vacaciones se perdió el contacto. A propósito.
—Y ¿ahora le abrís las puertas de casa por tiempo indefinido? —
Mathieu levantó ambas cejas. Estaban tan cerca la una de la otra que
parecía estar levantando una sola—. Aquí falta información. Hay algo más.
No puedes perder el contacto con alguien queriendo y luego hacerle el favor
de su vida quedándote con su hija.
—Sea lo que sea —terció Léa— es lo que hay, y no puede hacer otra
cosa que tragar. Ya se lo dije ayer. —Se había sentado a un palmo de
nosotros sobre mi pupitre y se la veía un tanto enfurruñada.
¿Cómo no se me habría ocurrido antes? Era ilógico aceptar a alguien en
tu casa, con todo lo que implicaba, solo por una buena amistad del pasado.
¿Quién hace eso? Ni siquiera mi madre lo haría si no hubiera una razón de
peso detrás.
—Mat, ¿crees que en casa de Emilia ha pasado algo gordo? —pregunté,
mirando únicamente a mi compinche de las hipótesis.
—Puede ser. Está claro que es algo fuerte y a lo mejor, antes de que
vengan asuntos sociales, la madre ha preferido arreglarlo así.
—A mí me parece que no es nada tan complicado —dijo Léa, como si
estuviera ofendida por nuestro enfoque—. Es un acuerdo entre dos personas
adultas que, como madres que son, empatizan y se ayudan.
La miré durante un momento sin acertar a decir nada. Reconocí ese
instante en el que ella se molesta por algo, pero espera que yo lo adivine.
Seguramente fuera porque me costaba demostrarle cariño, pero ¿no
entendía lo agobiado que estaba por mi situación?
Alargué la mano y toqué la suya.
—Me parece que, con todo eso, te has olvidado de qué día es hoy —
apuntó, perforándome con la mirada.
Era el momento de la pista. En lugar de ser clara con el asunto, esperaba
que, guiándome un poco, yo mismo llegara a la conclusión.
—No te he dicho nada antes porque teníamos el examen —prosiguió— y
yo también estaba nerviosa, pero veo que ni sabes de qué te hablo.
Miré a Mathieu que, como en otras ocasiones, no sabía dónde meterse y
estaba a un segundo de salir corriendo en cualquier dirección, aunque con
ello pudiera tropezarse con quince pupitres. Pero no hizo falta porque fue
Léa quien, de un salto, se puso en pie y se marchó hacia su sitio. No sabía
que tenía un límite de tiempo para acordarme. Miré a mi amigo en busca de
ayuda.
—Que yo sepa, hoy no es su cumpleaños —dije.
El profesor de filosofía ya estaba entrando y se disculpaba por el retraso.
Aunque sus retrasos ya eran de lo más habitual, por eso nos tomábamos la
licencia de montarnos una pequeña reunión antes de sus clases.
—Piensa qué otra fecha puede ser tan importante para ella —me susurró
Mathieu antes de volver a su sitio en el aula.
Consulté el calendario en el móvil, molesto por tener que forzarme a
recordar para que ella no se enfadara tanto. Volví atrás en nuestra relación,
tratando de encontrar fechas señaladas y finalmente caí. Hacía seis meses
que estábamos juntos. Joder, ¿también había que contar los meses? En ese
instante me vino a la memoria el día en que me dijo: «llevamos un trimestre
juntos», cosa que me resultó bastante rara porque eso de trimestre me
sonaba a calendario lectivo.
En el resto de las clases del día no coincidía con Léa y, cuando acabaron,
me dediqué a buscarla por todas partes. No hubo manera. Me di una vuelta
por los pasillos, salí del centro y eché un ojo por la calle a los estudiantes
que volvían a casa. Nada. Me senté en un muro de piedra con parterres y la
llamé, pero no descolgó. Al final le dejé un mensaje en el contestador en el
que, básicamente, le decía que había sido un imbécil por no acordarme de
que hacíamos medio año, y le pedía perdón más de tres veces seguidas.
Me levanté y solo entonces me di cuenta de que tenía un chicle pegado
en el culo. Me lo desenganché con asco y me limpié con un pañuelo. No
recordaba haber pasado un día peor en mucho tiempo.
Pero no haría más que empeorar.
Cuando cogí el móvil, vi que había diez notificaciones del grupo «La
famille». Lo había silenciado porque era agotador recibir los vídeos horteras
que mandaba mi madre. En su mayoría, eran pases de imágenes de paisajes
con mensajes de ánimo escritos al pie en letras de WordArt.
No me lo podía creer. Mi madre había incluido a Emilia en el grupo. ¡Era
el colmo! Ese era un grupo exclusivo para la familia, ¡privado! Si un día me
daba por compartir algo ¿por qué tenía que saberlo ella? En el mensaje, mi
madre la saludaba con caritas sonrientes y Emilia contestaba con un simple
y pelado «hola». Mi padre también había saludado, en francés,
acompañando al «salut» de varios emoticonos divertidos para dar la
impresión de que estaba en la onda. Llamé a mi madre, indignado.
—Hola, Denian, cariño. ¿Cómo ha ido el examen?
—¿Por qué está Emilia en nuestro grupo?
—Si tú nunca haces caso. Ahora resulta que te molesta.
—Claro que me molesta. A veces digo cosas. Me gustaría que tomaras
más en cuenta mi opinión sobre el tema de Emilia. Tengo que concentrarme
en sacar los estudios y esta chica me pone de mal humor.
—¿Por qué te pone de mal humor?
—No me analices mamá, ¿quieres? Me gustaría saber cuánto tiempo se
va a quedar, porque, según cómo, me busco un piso.
—Denian, lo hablamos en otro momento ahora no puedo, tengo que
trabajar. No es una conversación para tener por teléfono.
—No, desde luego que me gustaría no tenerla, pero yo no he sido quien
ha generado esta situación.
—No hay ninguna situación a no ser que te empeñes en que la haya.
—No me empeño, es un hecho.
—Me refiero a que no te tomes las cosas tan a pecho. Emilia es una
buena chica, solo le hace falta un poco de guía.
—Pero ¿qué hizo esa mujer por ti para que le debas tanto?
—Denian —dijo con firmeza—, te lo vuelvo a repetir: lo hablamos en
casa. Es un tema delicado que me gustaría contarte con más calma. Ahora
tengo que trabajar.
Me colgó.
¿Tema delicado? Al final sí que había un motivo para que mi madre
hubiera aceptado a Emilia en casa.
Volví a llamar a Léa, pero seguía ilocalizable. Me sentía muy tenso por
todo en general y de veras necesitaba un desahogo, así que fui al gimnasio.
Unos largos en la piscina y una sesión de sauna ayudaron, pero cuando
recogí mis cosas en la taquilla al salir y vi el mensaje de Léa, los nervios
volvieron a asaltarme.
El mensaje era escueto y contenía las tres palabras que habría que
eliminar del lenguaje entre parejas. «Tenemos que hablar» siempre suena a
malas noticias.

Cuando aparecí en la puerta de casa de Léa, mi corazón bombeaba a toda


velocidad. No sería la primera vez que hablábamos sobre lo poco que
demostraba mis sentimientos hacia ella, pero, por alguna razón, intuía que,
esta vez, la cosa era más seria. Su mensaje sonaba demasiado definitivo.
¿Iba a dejarme? ¿Cómo me sentiría yo si llegara a ser el caso? Nunca me
habían dejado.
Léa me pidió que diéramos una vuelta para hablar.
No parecía feliz.
Caminé a su lado sin decir nada. Por un momento, me situé al principio
de nuestra relación cuando iba a buscarla a casa para ir a cenar, o al cine, y
hablábamos en el camino, saboreando el momento dulce de cuando te estás
conociendo. Ese recuerdo me ayudó en el tortuoso trayecto de silencio.
Léa titubeó.
—Es mejor que sea directa contigo.
—Por favor, suéltalo.
Paró un momento para mirarme a los ojos. Me sentí vulnerable al
distinguir la gravedad en ellos, parecía que se apiadara de mí por lo que
estaba a punto de decirme.
—Necesito más atención.
La manera de liberar la tensión, no fue la más acertada, pero fue la que
me salió. Reí, aliviado. Por supuesto se lo tomó mal, y echó a andar hecha
una furia.
—Léa, ¡espera! Déjame que te explique.
—Explicarme ¡¿qué?! —alzó la voz, gesticulando para que no la siguiera
—. No hace falta tener muchas luces para darse cuenta de que me quieres
solo para una cosa. No te interesas por mi vida, por lo que me pasa, por mis
sueños, mis miedos. Lo único que haces es pensar en ti y en tus problemas.
Ni siquiera me escuchas cuando hablo de un tema si no está directa o
indirectamente relacionado contigo. Y ahora te abro mi corazón ¿y lo que
haces es pisotearlo riéndote de mí? Vete a la mierda, Denian Leroux y
métete la polla por donde te quepa.
No me dio tiempo a darle una respuesta porque dobló la esquina y se
alejó de mi vista. Me quedé ahí pasmado durante un buen rato. Me quedaba
claro que no quería que la siguiera, así que no lo hice. Aunque a lo mejor
esperaba que fuera tras ella para demostrar que me importaba. Me resultaba
difícil averiguar qué era lo más indicado en casos así. De modo que juzgué
que lo más inteligente era dejarla sola, porque, me repetí, había sido muy
clara sobre esa cuestión. Al parecer, no hice lo que se esperaba de mí. Eso
lo supe más tarde, hablando con Mathieu. Tendría que haberme arrastrado
un poco; no insistir era como darle la razón sobre mi indiferencia.
Cabreado conmigo mismo, me metí en un bar al que iba a menudo con
mis amigos y pedí una caña. No recuerdo ni cómo entré porque no estaba
prestando atención, ni sabía lo importante que iba a ser cuando me lo
preguntaran más tarde. La mayoría de las luces estaban apagadas, pero la
iluminación de la nevera de refrescos y las máquinas tragaperras era
suficiente para verse. No me pareció raro porque supuse que estarían solo
los empleados, preparándolo todo para la noche. Además, conocía al hijo
del dueño, así que tenía manga ancha para entrar fuera de horario y para
pedir cerveza.
Me senté en el taburete de terciopelo turquesa y observé la decoración de
tonos dorados que había en las paredes, como si esperara que me revelaran
alguna lección de vida que pudiera resolver mi dilema. Parecía que alguien
me hubiera lanzado un mal de ojo. Por supuesto era una gilipollez pensar
que Emilia tuviera algo que ver. Me imaginé a un muñeco con mi cara en el
armario de su habitación y a ella mirándolo con odio para que me
ocurrieran desgracias. «¿A qué se debe ese odio que llevas encima?».
Levanté la vista hacia la voz que se desparramaba por la barra, frente a
mí.
—¿Qué? —Miré con más detenimiento a quien me estaba hablando. Era
una mujer rubia de mediana edad, anchas caderas y pechos generosos. En
su rostro se podía adivinar que había frecuentado la noche más que el día
durante demasiado tiempo.
—Digo que ¿cómo es la cara tan larga que llevas encima?
Tenía acento irlandés o galés, no era bueno en detectar acentos
extranjeros. Quizá fuera familia de mi amigo, que venían de por ahí, pero
no estaba seguro. Si la había visto antes no lo recordaba. Nunca me fijé en
el personal que trabajaba allí.
—Ah —repuse con el ceño fruncido—. Llevo un par de días bastante
malos.
—Eres un cliente frecuente, ¿verdad?
Asentí.
—Soy amigo de Lucas. ¿Me pones una caña?
—Estás ya casi en dieciocho, espero —dijo fingiendo severidad en sus
labios, pero había diversión en sus ojos saltones.
—Me quedan dos meses para cumplirlos —contesté, como
disculpándome por haberlo ocultado.
—Supongo que sabes que el alcohol no arreglará nada. Solo lo pides
porque tienes una sed tremenda, ¿a que sí?
Reí amargamente.
—Los alemanes lo hacen todo el tiempo.
La camarera me sirvió la caña y soltó una exclamación dicharachera que
me animó un poco.
—Los irlandeses también, pero con algo un poco más fuerte.
Ahí estaba la respuesta a mi duda.
Se apoyó en la barra y el escote de la blusa verde pistacho aumentó,
mostrando gran parte de sus pechos. Me obligué a apartar la mirada
rápidamente.
—Déjame adivinar. Mal de amores.
—Entre otras cosas.
Estaba actuando como el típico tío que se sienta en un bar después de
que su novia corte con él. Un momento. ¿Había cortado conmigo? No lo
había dicho. A lo mejor seguíamos juntos, pero en una pausa. Supuse que
dependía de mí que esa pausa fuera momentánea o permanente.
—¿Tiene razón al dejarte? —preguntó a continuación.
—¿Cómo lo sabes?
—Ya tengo una edad —dijo, alisándose la piel de la cara con las manos
—. Para mí es como si llevaras un cartel en la frente. Pero no pasa nada,
eres joven. Tienes tiempo para encontrar el amor.
—¿Eres familia de Lucas?
—Soy su tía, la cool. La otra es la rara.
Sonreí.
—¿Entonces? —insistió.
La pregunta me ayudó a procesar lo que Léa había dicho sobre mi
comportamiento. No obstante, el orgullo me impedía aceptarlo como una
verdad absoluta.
—Creo que ella le da demasiadas vueltas a todo y saca las cosas de
madre.
—¿Cómo quieres decir sacar de madre? ¿Saca a su madre?
Solté una risotada larga.
—Es una expresión. Digo que sobredimensiona las cosas. Yo soy más de
a ver qué pasa, y ella, no sé… ya está hablando como si tuviéramos una
relación muy seria. Es como si estuviera en constante revisión del punto en
el que estamos para analizar después qué elementos de ese estadio se están
cumpliendo o no. Ni que estuviéramos yendo en metro y tuviéramos que
andar mirando dónde estamos cada cinco minutos.
¿Por qué estaba contándole todo eso a una extraña? Ni más ni menos que
a la tía de Lucas. No tenía ni la menor idea. A lo mejor era que me había
caído bien, o que la necesidad de desahogarme con quien mostrara el
mínimo interés apremiaba. Creo que en el fondo identifiqué ese instante
como algo pasajero, algo que no volvería a repetirse. Podía no volver a
verla si no quería, solo con evitar el bar, así que no existía riesgo de
avergonzarme más tarde por haberlo soltado todo.
—No sé por qué te cuento todo esto —dije de todos modos.
—Porque eres educado y respondes cuando te preguntan.
—Será eso —sonreí y di un trago a la caña.
—Yo soy un poco bruja, ¿sabes? —dijo. En un primer momento lo
interpreté como una señal para salir de allí corriendo, pero no lo hice.
—Bruja en sentido figurado.
—Como te haga sentir más cómodo a ti. Dame tu mano para leer.
—No. Ni hablar.
Escondí las manos en mi lado de la barra y apoyé un pie en el suelo,
preparado para incorporarme.
—¿Qué daño te va a hacer saber lo que tengo que decir? Si no lo crees,
no te influirá. Si lo crees tampoco, porque pasará anyway.
—Y ¿por qué te interesa a ti?
—Es costumbre.
—Costumbre leer las manos de los amigos de Lucas.
No contestó, pero sonrió de manera enigmática. El lado izquierdo de la
dentadura se le apiñaba y el colmillo sobresalía ligeramente hacia delante.
—No te voy a obligar.
—Eso estaría muy mal —me entró la risa tonta—. Obligar a alguien a
que te entregue su mano para que se la leas sería de mal gusto.
—Yo es que siento esto como si entras a un lugar y hay un gatito. Mi
impulso es acariciarlo, ¿no? Lo mismo con leer tu mano. No con todas las
manos me pasa, como no con todos los gatitos. Hay gatitos insoportables
que te soplan en la cara.
Me divertía mucho su manera de hablar.
Así que lo hice: le entregué mi mano derecha. Ella encendió una de las
lámparas que había en el extremo de la barra. No se me ocurrió pensar por
qué no encendía todas las luces. Habría sido lo más lógico. Supongo que me
dejé llevar por esa atmósfera mística.
Observó con mucha concentración. Se le marcaron las venas en las
sienes, como si tuviera que hacer un esfuerzo sobrehumano para
comprender qué significaba el camino que seguían las líneas. Pasó mucho
tiempo. No sabría decir cuánto exactamente, pero me parecieron unos cinco
minutos largos. Dicho así, suena a poco, pero que alguien observe tu mano
en silencio durante cinco minutos es como para perder la paciencia. Aun
así, no la interrumpí.
—Veo tendencia a perseguir el éxito en todo lo que te propones, pero
debes tener más en cuenta a los demás. You must —dijo, mientras seguía
una de las líneas, provocándome un cosquilleo—. Caminar solo hacia el
destino nunca está fun. —Sus ojos se clavaron en los míos, para confirmar
que había comprendido bien. Quise soltarme porque no estaba seguro de
querer seguir escuchando, pero me tenía la mano bien agarrada.
—La del amor está marcada también. Eres un rompecorazones, chico.
Tendrás que aclararte algún día. Y lo harás —agregó, en una sonrisa.
De pronto, aquella sonrisa se le congeló en la cara, abrió los ojos,
sorprendida por algo. Instintivamente miré la palma de mi mano. No sé qué
esperaba encontrarme, ni que las líneas se hubieran puesto a bailar. Pero
ella apartó la mano, como si le quemara.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
—Lo siento, chico. Pero tenías razón.
—¿Razón en qué?
—Era mejor no acariciar a este gatito.
Se deslizó como un fantasma tras la barra y se marchó por una puerta
trasera. Me levanté de un salto. Enojado como si acabaran de estafarme, me
metí por la obertura de debajo de la barra y accedí a las cocinas. Estaba
todo a oscuras, no había nadie. Cuando quise llamarla caí en la cuenta de
que no me había dicho su nombre, así que tontamente dije:
—¿Tía de Lucas?
Nadie respondió.
Cuando volví sobre mis pasos, vislumbré algo que me hizo sentir como un
estúpido. Había cristales en el suelo. La caja registradora estaba abierta, los
cajones completamente vacíos. Eran las siete de la tarde de un lunes. El
local de Lucas cerraba los lunes.
EMILIA

La presión de empezar nueva en un instituto es como la de ir a un acto


importante vestida con un traje ridículo y tener que hacer un discurso sin
haberlo ensayado. De pronto, era el centro de las miradas, de los
comentarios hechos en voz baja. No había ensayado el primer día de
instituto siendo yo. Lo de ser una misma no es bueno demostrarlo la
primera semana, por lo menos hasta averiguar qué pueden saber de ti sin
que te genere problemas. Algún voluntario debería explicarte el
funcionamiento y al mismo tiempo advertirte de los peligros, como un
simulacro de orientación americano. Algo como: «A aquel mejor evitarlo,
porque hará de tu vida un infierno». O «intégrate en aquel grupo que es un
poco friki, pero te harán sentir como en casa». Ni siquiera Madraza, la
psicóloga del centro, había pensado en eso. Nada, te sueltan en campo
abierto a ver cuánto tiempo sobrevives. Mi suerte era que tenía práctica en
eso de sobrevivir en un entorno desagradable.
A mitad de semana un alma caritativa se apiadó de mí y se prestó a
explicarme cómo funcionaban algunas cosas, pero de puntillas; para que
así, si yo resultaba ser una pirada, no pudieran relacionarla conmigo. La
sensación que me quedó fue como la de ser un cruce entre un carnero y un
alienígena en un rebaño de ovejas corrientes. Me dije que lo importante era
dosificar mi pronto para no ir creándome enemigos nada más empezar. Algo
así planteó mi madre cuando llamó la noche del miércoles para saber qué tal
había arrancado la semana. Lo que pasa es que lo hizo a su manera: dio por
hecho que yo ya habría explotado con algo y quiso asegurarse de que nadie
había sufrido las consecuencias. La falta de confianza me cabreó y
estuvimos gritándonos hasta que decidió colgarme con el clásico «si vas a
seguir por ese camino, cuelgo». «Pues cuelga, mamá, cuelga otra vez. No
vaya a ser que te joda demasiado que esté cerca de ti».
De todas maneras, no tenía ningunas ganas de escuchar sus consejos.
Todavía recuerdo el que me dio cuando llegó la notificación de expulsión
del otro instituto: «No hay que estar en pie de guerra, por muchos
argumentos que creas que tienes». Después lo llevó al terreno de siempre:
«Espantarás a los hombres con tus salidas y te aseguro que, tal y como están
las cosas, no quieres quedarte soltera. Si no te verás obligada a compartir
piso como si fueras una estudiante de por vida. ¿Es eso lo que quieres?
Hazme caso, nena: tienes que aprender a ser más discreta. Sonreír más. Es
lo que se espera de nosotras».
Claro, todo se reduce a los hombres. Gran consejo.
La expulsión fue de cinco días por haber escrito con rotulador
permanente en la pizarra: «Somos más que un útero» después de que el
profesor de matemáticas se hubiera pasado media clase preguntando a las
chicas por qué preferían al profesor de educación física, cuando ya se le
adivinaba la calvicie, antes que a él. Él que había tenido tantas admiradoras
en años anteriores. Pero claro, era mejor quedarse callada y reírle la gracia.
Solo le habría faltado someter el asunto a votación. Clase magistral.
A pesar de mis mierdas del pasado, me había propuesto no liarla en el
nuevo instituto para evitar que los Leroux me dieran sermones; por mucho
que viviera en su casa, no eran mi familia. Ojalá hubiera tenido tíos o a mis
abuelos vivos, pero mis padres eran ambos hijos únicos y solo llegué a
conocer a mi abuela materna antes de que se la llevara el alzhéimer cuando
yo era pequeña. Así que, ahí estaba, sentada en el escritorio infantil de mi
nueva habitación con la redacción que nos habían pedido en clase de inglés.
Teníamos que escribir sobre unas vacaciones que nos hubieran marcado y
contar el por qué.
Fui incapaz de pasar de la primera frase. De pronto, el recuerdo del viaje
a Mallorca con los Leroux me hizo caer en la cuenta de que Denian me
tenía rabia por una razón muy concreta. Así que era eso. Nadie podía ser
borde o ignorar a otra persona de manera tan gratuita a no ser que estuviera
amargado o fuera retorcido de cojones.
Pensé en hablarlo directamente con él y así suavizar las cosas entre
nosotros, pero no me lo había vuelto a cruzar desde el intercambio del
cactus. Al parecer, había pasado algo que había alterado la rutina de la
familia. El ambiente estaba raro, misterioso incluso, desde el lunes por la
noche, cuando Jérôme llegó de trabajar y volvió a salir con Denian a toda
prisa. Ambos con las caras agrias. Le pregunté a Madraza, pero solo me
contó que había sido un imprevisto y que se arreglaría pronto. Imaginé que
entonces no la había palmado nadie. Yo era la recién llegada, no esperaba
que me revelaran sus secretos.
El momento de quitarme la espina de lo de Mallorca se presentó poco
después, cuando, al salir del baño, vi que Denian entraba en el cuarto del
fondo. Era una de las estancias que me faltaban por ver, así que aproveché
la ocasión para usar eso de excusa. No fuera a creerse que él era el centro
del universo.
Mi entrada no fue triunfal que digamos, porque la inmensidad de la
biblioteca que cabía ahí dentro, me dejó tan impresionada que tardé en
hablar. Denian estaba sentado en el secreter y levantó la vista del portátil
para mirarme como el estorbo que creía que era.
—¿Quieres algo? —preguntó.
A su espalda, a través de las puertas correderas, distinguí parte de la
terraza del ático.
—Pensaba salir un rato a airearme. Estaba haciendo una redacción de
inglés y me he quedado atascada. Nos piden que hablemos de unas
vacaciones que nos hayan marcado.
Denian me miró en plan «no me cuentes tu vida», así que me di prisa en
sacar el tema.
—Entonces me he acordado de lo que pasó en Mallorca…
—Y ¿qué pasó en Mallorca? —preguntó, echándose hacia atrás en el
respaldo. Su arrogancia estaba forzando mis límites. Aun así, la humillación
que se llevó esas vacaciones por mi culpa me obligó a continuar.
Me acerqué hacia el secreter.
—Eres de lo más rencoroso, ¿vale? No me puedo creer que después de
tres años sigas cabreado conmigo por eso.
—No sé de qué estás hablando —dijo, volviendo la vista a la pantalla.
—Fui una idiota, lo admito. No estoy orgullosa de lo que dije. Me
arrepentí nada más decirlo, pero, a ver, iba borracha.
—Sigo sin saber a qué te refieres —respondió, volviendo la atención al
portátil.
—Vamos, Denian. No me lo pongas más difícil. ¿Qué quieres? ¿que te
pida perdón de rodillas?
Alzó sus ojos azules, estrechándolos.
—Necesitas bastante tiempo para admitir tus errores. Ya casi ni me
acordaba de eso.
—Entonces está olvidado, ¿no?
Sacó tal densidad de aire por la nariz que se le inflaron las fosas nasales.
No pensaba rendirme tan fácilmente, de modo que eché un vistazo a los
cuadros que estaban colgados en la pared y señalé el que quedaba más cerca
del secreter. Tenía un fondo amarillo canario. A un lado había unas figuras
que caminaban en grupo con sendos jarrones en la cabeza. Al otro, una
figura de más tamaño, con un casco medieval, traje de pantalón y una
escopeta de cañón se aproximaba hacia las figuras, dejando un reguero de
tuercas tras de sí.
—¿De qué va este cuadro?
Levantó los ojos hacia el cuadro con desinterés.
—Un retrato del colonialismo —dijo, desapasionadamente—. Se supone
que en contra del colonialismo. Lo pintó un amigo de mi madre. Es
osteópata, que no tiene nada que ver en realidad. No es como si fuera un
antropólogo y tuviera superinterés en estudiar a las tribus en el momento de
la colonización, pero lo de pintar le gusta. Imagino que como va crujiendo
huesos todo el día, lo de dar brochazos a un lienzo debe de darle un poco de
paz.
—Uhm…
Me acerqué a la biblioteca y empecé a mirar los lomos. No me había
puesto a inspeccionar otras partes del piso antes porque los había notado tan
raros que había optado por ir a mi rollo. El martes había estado la mayor
parte del tiempo en la habitación infantil, escuchando música, mirando el
móvil y escribiéndome mensajes con mis amigas para hacerles partícipes de
la situación con la familia; en especial con Denian. El miércoles había ido a
ver a Tania bailar y habíamos pasado la tarde juntas haciendo pulseras, cosa
que requería más paciencia de lo que pueda parecer.
—¿Están ordenados por temas? —pregunté. Al ver que no recibía
respuesta me volví en dirección a Denian y comprendí que se había hecho
el sordo.
Chasqueé la lengua y decidí comprobarlo por mí misma.
No tardé en darme cuenta de estaban ordenados por colecciones y por
editorial. El mismo logo quedaba alineado en el lomo de los libros de
diversas hileras. ¿Qué clase de tic perfeccionista tenía quien había ordenado
aquello así?
—Si vas a coger alguno más vale que se lo digas a mi madre porque si ve
un hueco le dará un ataque de ansiedad.
Lo miré con guasa.
—Lo digo en serio. Es muy quisquillosa. No lo digo para ayudarte ni
nada de eso, es porque me da un poco de cosa ver cómo le palpita el nervio
óptico.
Casi por instinto, deslicé el libro que acababa de coger a su lugar
correspondiente.
—Y ¿qué hace para tapar el hueco cuando lee uno?
—Ah —dijo al tiempo que se ponía en pie, con una actitud soberbia que
quise escampar de una bofetada—. Verás, es que mi madre tiene un sistema
especial de lectura que está al borde de lo psicótico.
Se acercó a la estantería para ilustrarlo mejor. Cogió el segundo libro,
empezando por la derecha de la estantería inferior.
—Pongamos que le toca leer este, porque ella los tiene agrupados por
editorial y por orden de lectura. Queda un hueco ahí, pues empuja el último
que leyó para que desaparezca. Como habrás adivinado, o quizá no, pero te
lo explico igualmente… llega un punto en el que hay toda una vitrina de
libros que ya ha leído y eso le da una satisfacción que es media vida, según
dice.
Tenía un modo engreído de hablarme que avivaba mi mala hostia, casi
como si encendiera un interruptor. Parecido a lo que me pasaba con el novio
de mi madre, aunque con el matiz de que al segundo con solo verlo se me
encendía el interruptor y con Denian me pasaba cuando le daba por hablar
en plan presumido.
—Oye —dijo—sobre la disculpa de antes, no sé si te ha quedado algo
por decir. Me ha dado la sensación de que ibas a decir algo más, pero te ha
distraído ese cuadro horrendo.
No estaba segura de si se estaba burlando o no.
—No. Me he disculpado y ya está.
—Pero yo no he dicho que aceptara la disculpa. —Alargó el brazo y se
apoyó en el marco de madera que separaba las vitrinas. Su proximidad me
puso nerviosa porque, aunque fuera gilipollas, era guapo y tenía ojazos. Eso
había que admitirlo—. Vamos que tal y como funciona el tema, hasta donde
yo sé, quien se disculpa espera a que el otro acepte la disculpa. Me he
tomado un momento para pensármelo y tal, pero luego tú me has sacado el
tema del cuadro, entonces la cosa se ha quedado como en el aire…
—Espero que toda esta mierda que estás diciendo no sea para decirme
que no la aceptas, porque sería de lo más retorcido.
—Antes de aceptarla, ahora que he hecho memoria, me gustaría saber si
había un motivo por el que me dijiste aquello en Mallorca, porque la verdad
es que me dejaste tan planchado que no te lo llegué a preguntar.
Me crucé de brazos.
—Y ¿por qué necesitas saberlo? Creo que lo más importante es que me
arrepienta de haberte dejado planchado, fuera por lo que fuera.
—Discrepo.
—Discrepas porque eres un pedante. Si fueras una persona normal dirías
«yo no lo veo así», o «no estoy de acuerdo», pero tú discrepas, ¡cómo no!
—¿Siempre desvías los temas así?
—¡No desvío nada! He sido yo quien ha sacado el tema de la disculpa.
—Esto ya lo dije sulfurada, por eso de que avivaba mi ira—. Es muy fácil,
Denian —ahora era yo la insolente—, alguien te pide disculpas y una de
dos: las aceptas o no las aceptas. Si es la primera opción, pues me das la
mano y seguimos adelante; si no las aceptas, no me das la mano y seguimos
con nuestra vida, no sé, a mí no me va a quitar el sueño. Lo he hecho como
un deber moral, y ya puestos porque parece haber pasado algo bastante
gordo y me ha entrado el gusanillo de enterarme, pero ya se me ha pasado.
Casi me ha dado flato el tema.
No supe qué interpretar de su expresión satisfecha.
—Te daré la mano para hacer las paces con el pasado, pero esto no nos
hace amigos, solo da pie a la tolerancia.
Le di la mano.
—Larga vida a la tolerancia. —Sonreí fugazmente, como para dejar claro
que dos segundos era el tiempo máximo que merecía. Se me habían quitado
las ganas de salir a la terraza, así que fui marcha atrás y me encaminé hacia
el pasillo.
Me guardé la rabia hasta que llegué a mi habitación y allí solté un
gruñido exasperado. Mi confesión se merecía otra respuesta, pero la había
malgastado en una discusión inútil.
De nuevo me catapulté al pasado y visualicé el rostro dolido de Denian
con catorce años. La cara aniñada y sin asomo de su actual petulancia. Esa
mirada; el instante en el que me di cuenta de que había fulminado cualquier
oportunidad de que hubiera algo entre nosotros, aunque solo fuera una
amistad.
DENIAN

Llevó menos tiempo de lo que pensaba reconciliarme con Léa. Empleé una
estrategia de un solo uso que consistió en prometer que cambiaría. Aunque
el mérito de la reconciliación no fue del todo mío, al menos en parte. El
susto que se llevó al enterarse de lo que había pasado en el bar de Lucas
ayudó. Nadie espera que su novio esté cara a cara con una tía fichada por la
Interpol por pertenencia a banda criminal y varios atracos a mano armada
en su país. Mucho menos que la mujer en cuestión le lea el futuro.
Me había costado días convencer a la policía de que decía la verdad. «A
veces la verdad puede ser surrealista, pero nadie confesaría algo tan ridículo
si no hubiera pasado», dijo mi padre cuando se lo conté y fuimos juntos a
comisaría. Solo lo había visto así de nervioso cuando mi madre se puso de
parto.
Se me hacía extraño pensar en lo sucedido. Cuando lo contaba tenía la
sensación de que le había pasado a otra persona, así que incluso a mí me
sonaba como una historia inventada. La policía me hizo dudar de mí mismo
hasta el punto de creer que me había dado un brote psicótico y me había
inventado a la mujer. A lo mejor me encontraba el dinero debajo del
colchón. Pero la cosa se puso realmente seria cuando mi padre los amenazó
con llamar a un abogado si no empezaban a tomarse en serio mi
declaración. Mil preguntas y un retrato robot más tarde, confirmaron que la
falsa tía de Lucas había estado por la zona. No solo porque me hubieran
creído, sino porque las imágenes de un banco la habían situado en los
alrededores.
En paralelo, Lucas me llamó para enterarse de los detalles. No se
preocupó por cómo estaba, ni siquiera hizo mención a la pasta que se había
llevado su supuesta tía cool. A él le llamaba más la historia. Se rio a
carcajadas con todo el tema de la lectura de la mano. Enseguida comprendí
que me iba a convertir en la comidilla de los colegas. Ese era él, un
showman, por así decirlo. Le encantaba tener a mano una buena historia y
se recreaba en ella todo lo posible para mantener la atención de un público
generalmente pobre de criterio, que no hacía más que soltar risas
bobaliconas.
En cambio, con Léa no había entrado en detalles. Le dije que la falsa tía
de Lucas solo había hablado de generalizaciones para tener más
posibilidades de acertar. Me incomodaba hablar del tema, sobre todo porque
me parecía una chorrada, como si de pronto nos pusiéramos a charlar sobre
qué decía nuestro horóscopo en una revista. La verdad es que me inquietó
que me soltara la mano de aquella manera, como si algo de mi futuro la
hubiera asustado. ¿Me habría tomado el pelo? Quería creer que sí, que
había sido un truco para que no me fijara en nada más mientras venía a
buscarla su compinche. Pero, si había sido así, ¿qué necesidad tenía de
fingir que había visto algo malo? ¿Estaba leyendo la línea del amor o había
echado un vistazo a la de la vida? Aunque fuera escéptico, si de pronto
alguien te dice que te va a atropellar un autobús a los dos días, quizá te
quedas en casa por si acaso, ¿no? Esa era en parte mi inquietud, que no
sabía a qué atenerme. Me habría prestado voluntario a colaborar con la
policía en su búsqueda solo para obligarla a acabar lo que había empezado,
pero no había manera de plantearlo sin pasar un buen bochorno. No
conseguía borrar la expresión de esa mujer de mi memoria. Pero eso no se
lo conté a nadie, ni siquiera a mi madre cuando me arrinconó en la
habitación y empezó a hacerme preguntas sin parar. Lo viví como un asalto
terapéutico.
Yo, que estaba doblando mi ropa limpia, me encogí un poco en su
abrazo. Después, se apartó y se sentó de manera calculada a un lado de la
cama. Su expresión adoptó ese aire profesional que no sabía controlar, era
una línea borrosa que acostumbraba a rebasar sin darse cuenta.
—Ya lo vuelves a hacer —dije.
Ella comprendió enseguida, pero no cambió su pose.
—Estoy preocupada por lo que haya podido afectarte este asunto del bar.
—No me ha afectado, ha quedado más como una anécdota —respondí,
mientras doblaba mis calzoncillos, despacio, para hacer algo con las manos.
Pasó la mano por la colcha, como para quitar una pelusa inexistente.
—A mí me parece algo más que una simple anécdota.
Me encogí de hombros mientras doblaba el siguiente calzoncillo
concienzudamente.
—Ahora ya está resuelto, así que no importa.
—De acuerdo —dijo, con fingida inocencia— solo quería asegurarme
porque soy tu madre.
—Ya. Pues te aseguro que estoy bien y tal.
—Estupendo.
—Genial.
Se quedó un rato mirándome doblar calzoncillos. Parecía un operario de
turno en una fábrica de doblar calzoncillos.
—¿Vas a salir a comprar algo de cena? Hoy te toca a ti —hizo una pausa
y al ver que no respondía, agregó—: puedo ir yo si quieres.
—Que no, ya te he dicho que me encuentro perfectamente. Estoy en
plenas facultades para ir a comprar unas pizzas sin miedo. No espero que el
de la pizzería me saque unas cartas del tarot, o me quiera vender una piedra
de cuarzo de la suerte.
Ella levantó el mentón sin abandonar esa expresión de escucha activa de
los psicólogos.
—Entonces no tardes —dijo, poniéndose en pie. Pero no se encaminó
hacia la puerta, porque no tenía intención de irse todavía. Tenía algo más
que decir.
—Hay otro asunto.
Levanté ambas cejas.
—He visto cómo te comportas con Emilia y no me gusta, Denian. No
creo que la rebeldía de la adolescencia sea su único problema, hay algo
más, y me gustaría hacer de nuestra casa un espacio seguro para ella.
—No es que la odie, ni nada por el estilo, solo me preocupa que nos dé
problemas y sea una mala influencia para Tania.
—Tú no tienes que pensar en eso, es cosa mía. Solo te pido que hagas un
esfuerzo para que se sienta a gusto con nosotros.
—Todavía no me has contado por qué le has hecho el favor a Patricia.
Me dijiste por teléfono que querías hablarlo con calma.
Me miró durante un momento sin decir nada.
—El porqué no es tan importante.
—Quizá para ti no lo sea porque tú lo sabes, pero para mí, que no le veo
la lógica, sería una ayuda saberlo.
Volvió a sentarse en la cama, casi con resignación.
—Le debo mucho a Patricia por algo que hizo por mí en la universidad.
—¿Qué hizo por ti en la universidad? —Me senté también, junto a la
montaña de calzoncillos doblados que se apilaban en dudoso equilibrio.
Su expresión mutó. Fue como si se estuviera forzando a no sentir
emoción alguna.
—Me salvó de una agresión sexual.
—¡¿Qué?!
Asintió mecánicamente.
—Aún me duele recordarlo. Fue en una fiesta de universidad en el piso
de la residencia. Yo estaba muy pasada de vueltas y subí a una habitación
con un chico a quien ya había echado el ojo en clase. No estábamos solos.
Había otra pareja en la habitación. Acababan de subir, así que no les
pillamos en el acto. De todos modos, estábamos tan colocados que no nos
importó compartir. Mi acompañante me llevó a un rincón y actuó de manera
brusca.
Hizo una pausa y compuso con una mueca de disgusto. Se me hizo un
nudo en la garganta. Era incómodo y a la vez doloroso saber que había
pasado por algo así.
—Por suerte, Patricia intervino. De pronto, vi al chico en el suelo y no
supe qué había pasado hasta que la vi a ella con un trofeo en la mano.
Cuando nos dimos cuenta de que había sangre, nos entró pánico a los tres.
El rollete de Patricia dijo que él se desentendía y nos dejó solas.
—No se lo cargó, ¿no? —pregunté.
—No, menos mal. Aunque podría haberlo hecho, y estaríamos hablando
de otra historia. En todo caso, volviendo a Patricia; podría haberse ido,
haber hecho como si no hubiera oído ni visto nada, pero eligió defenderme.
—Bueno, era tu amiga, ¿no?
Negó con la cabeza.
—No. Nos conocimos ahí.
Le siguió un silencio, como si estuviéramos recordando a un difunto. Le
pregunté si lo había denunciado, pero me dijo que no quería pasar por todo
el calvario de que la pusieran en duda, ya que todos vieron cómo había
subido voluntariamente.
—Siento mucho que tuvieras que pasar por algo tan terrible.
Le di un abrazo y, después de un silencio cómplice, volvió a la carga. Me
sonrió como cuando era niño y me convencía para hacer algo que no tenía
ganas de hacer.
—¿Entonces? ¿harás lo que te he pedido?
—Vale —repuse a regañadientes.
Lo de la disculpa por lo de Mallorca no lo esperaba y me había
sorprendido porque hasta ese momento no creía que fuera el tipo de persona
que reconoce un error y se aviene a rectificar. En realidad, yo no lo había
olvidado y de alguna manera había influido en la visión que tenía de ella, de
chica problemática, busca follones. Está claro que después de sufrir esa
humillación no fui todo lo objetivo que cabría esperar. Así que acepté darle
un voto de confianza, aunque solo fuera por complacer a mi madre.
EMILIA

El suelo de la habitación de Tania se había convertido en una alfombra de


accesorios de moda que podían acoplarse a distintos tejidos utilizando una
máquina rosa que tenía un mecanismo parecido al de una grapadora. Una
vez elegías el elemento decorativo, que bien podían ser estrellas o tachuelas
de colores metalizados, lo colocabas en el soporte de la máquina y,
mediante la presión, se adhería a un pantalón o a una chaqueta. También
había una caja de galletas repleta de parches de mariposas, margaritas y
rosas rojas.
Tania tenía bastante mano con el asunto y me explicaba, con suma
paciencia para una inútil para las manualidades como yo, cómo tenía que
presionar, dónde y durante cuánto tiempo para que quedara chulísimo, tal y
como ella lo describía con entusiasmo.
—Cuando sea mayor quiero ser diseñadora de ropa, zapatos, bolsos y
todo eso. También de pulseras, porque es lo que más me encanta hacer. Me
puedo pasar horas, yo creo que si me dejaran ¡estaría semanas haciendo
todo el tiempo lo mismo! Y estoy segurísima de que si practico un montón
podría luego venderlo a un precio mejor que en las tiendas.
—Eso está muy bien. Y más adelante, también podrías aprender a dibujar
bocetos de los modelos de ropa. Eso es lo que hacen las diseñadoras de
moda.
Ella se mostró encantada de escuchar mi sugerencia, metiendo la lengua
en el hueco de los incisivos, y continuó hablando, interrumpiéndose porque
hablaba más rápido de lo que pensaba.
Era increíble el cariño que se le podía coger a una niña como ella, sobre
todo porque me había dado la mejor acogida, la más pura y honesta que se
podía pedir. Eso me hizo pensar en lo imbéciles que nos volvemos a partir
de cierta edad. Creo que empezamos a perder la inocencia cuando juzgamos
por influencia de otros. Sin ir más lejos, Denian parecía ese tipo de persona.
No me costaba imaginármelo con sus amigos pedantes, criticando a otros
con sus lenguas venenosas.
—Emilia, ¿ya has hecho amigos en tu clase?
Incliné la cabeza de un lado a otro, como para decir que más o menos.
—En mi clase, que somos los Kahlo, porque les ponen nombre de
artistas a las clases, somos todos amigos. Aunque, bueno, hay una niña que
es un poco mentirosa, se llama Montse, y a veces me enfado con ella. Dice
que su hermana vive en una casa muy grande con piscina en una montaña
tan guay como la de los famosos que salen en la tele, pero el otro día va y
dice que vive en una autocaravana. Y eso no es de persona rica.
Puso los ojos en blanco.
—Lo de la autocaravana es una idea que me atrae. Me gustaría poder
viajar por el mundo sin tener que preocuparme mucho por el dinero —dije.
—A la gente eso del dinero la vuelve un poco loca, creo yo, porque
siempre están esperando que les toque la lotería. Me lo contó un niño de
clase que se llama Pol. Dice que su abuela siempre compra lotería y hace
quinielas. Dice que tiene unos números de la suerte y siempre juega con los
mismos, y ¡nunca le toca! —Soltó una risita—. Entonces Pol, que es mi
amigo, no entiende por qué sigue jugando esos números si no le dan suerte
nunca de los jamases —volvió a reír.
De pronto, como si se le hubiera hecho un enorme agujero en el
estómago, dijo que se moría de hambre y no podía esperar ni un segundo
más. Me pidió que la acompañara a la cocina para comerse un Babybel
mientras esperábamos a que llegara Denian con las pizzas.
Cuando oímos la puerta de la entrada, Tania salió disparada hacia allí
entre gritos de celebración. Por descontado, la llegada de la cena no
provocó el mismo efecto en mí porque tenía tan pocas ganas de cruzarme
con Denian como esa misma mañana, cuando me había saltado el desayuno
para evitarlo. Tampoco es que me apeteciera cenar con él, pero aquel día la
comida que nos habían servido en el instituto estaba sosísima. Así que el
olor de la pizza tiró de mí con fuerza. Mi consuelo fue que duraría poco ya
que mis amigas venían a recogerme más tarde para salir.
El comedor pareció estrecharse sobre mí. Fui la última en sentarse a la
mesa. Me envaré en el respaldo y observé los distintos tipos de pizza que
estaban dispuestas a lo largo, sobre unos platos perfectamente
dimensionados. Había llegado al comienzo de una conversación entre
Denian y su padre. No entendía nada porque hablaban en francés. El señor
Leroux hizo una pausa para darme las buenas noches con aquel simpático
acento, y continuó hablando con su hijo, gesticulando efusivamente.
Madraza me miró disculpándolos.
—Muchas veces Jérôme no se da cuenta en qué idioma está hablando. Yo
también hablo francés, pero mi familia no y, cuando nos juntamos con mis
padres y mis hermanos, se pone a hablar en francés de repente. Sobre todo,
después de unas copas, y no se da cuenta hasta que alguien se lo dice, o ve
que le ponen cara de no entender ni papa.
Sonreí, asintiendo. Me daba la impresión de que no había hecho otra
cosa desde la mudanza, como si fuera una de esas figuritas que se pone la
gente sobre el salpicadero del coche.
—Ejtá bueni-ima —dijo Tania en dirección a su hermano—. Aunque tú
digas que la margarita no sabe a nada sí que sabe. A tomate y a queso. Sabe
un montón a esas dos cosas, mucho más que las otras que te gustan.
—Yo no te he dicho nada.
—No lo has dicho, pero lo has pensado, porque has puesto cara de
aburrimiento cuando me has visto coger un trozo.
—Y ¿tú no comes? —me preguntó Denian.
Me había pasado como un minuto con el cortador de pizzas en la mano,
saltando de una opción a otra, sin decidirme qué ingrediente era mejor
quitar. Descarté la de cuatro quesos porque el roquefort no me iba. El atún
de lata solo me gustaba en ensalada y la de olivas negras y pimiento rojo
llevaba anchoas. El sabor de la anchoa me daba arcadas.
—He traído las pizzas que solemos pedir, porque no sé lo que te gusta.
He preguntado en el grupo, pero como no contestabas… —dijo él, con
afectada educación.
—A lo mejor me he quedado sin batería en el móvil. Últimamente se me
descarga muy rápido.
—Eso es que la batería está dañada —dijo el señor Leroux—. Cuando
pasa, casi sale más a cuenta comprarse uno nuevo.
—Bueno… —quien tiene dinero de sobra, supongo que sí, era lo que
pensaba decir, pero cambié de idea y volví la vista a la cena—: Tienen
buena pinta.
Continuaba con el plato vacío y las tripas rugiendo.
—Ah. Un momento, que me he acordado de una cosa. —Tania saltó de
la mesa y corrió escaleras arriba.
—¿Adónde vas? Ya sabes que nadie se levanta hasta que no terminemos
todos de cenar —la reprendió Madraza.
—¡Ahora vengo! —gritó ella, desde arriba.
—No entiendo qué puede ser tan importante como para dejar que se le
enfríe, con lo que le gusta —comentó Leroux padre.
Durante la breve ausencia de Tania, el señor Leroux se interesó por cómo
me había ido la semana en el instituto nuevo, y a la vez se excusó por no
haber estado más pendiente de mi llegada a la casa. Aunque no aclaró el
motivo, porque tenía que ver con aquel misterio del que nadie quería hablar.
Todo lo dijo con esa cercanía que a Denian le faltaba o, al menos, no quería
tener conmigo.
Mi respuesta fue breve. Tampoco era muy dada a los detalles y tenía un
hambre canina. Al final, me decidí por cortar un trozo de la de margarita.
—Supongo que no te habrás creído lo de la explosión de sabor —dijo
Denian, irónico.
Me limité a darle un bocado mirándolo fijamente a los ojos y exageré a
tope mi reacción con el gusto.
—Eso es supermaduro —musitó. Después cogió otra porción de pizza y
volvió la atención a su padre para hablar de fútbol. Tuvo el detalle de hablar
en castellano, aunque a mí el tema deportes me interesaba cero. Desconecté
por completo.
Poco después Tania llegó con su agenda, la abrió por la página de las
notas y leyó lo que estaba escrito en lila. No caí en lo que era a tiempo para
frenarla.
—Denian, Emilia me ha dicho que eres un megamono de campeonato.
No, espera. Un megamónalo —Tania me miró—, ¿cómo era?
El comedor se quedó en silencio. Denian paró de masticar. Me entró
tanta vergüenza que quise morirme. La comida se quedó intacta en el plato
mientras trataba de encontrar la mejor manera de explicarlo sin acusar a
Denian de haber empezado primero, como si hubiera asumido el papel de
hermana mediana.
—Es igual. —Se adelantó él—. Dicen que la venganza se sirve en plato
frío, supongo que viene bien para el caso, porque la margarita muy caliente
no debe de estar —repuso, fijando la mirada en mi plato.
—Pues está templada —respondí, justamente en el mismo tono en el que
lo haría una hermana que se pica. Me regañé por ello.
—Emilia me dijo que me explicarías lo que significa —agregó Tania. Y
todavía sin cerrar la agenda, continuó—: Ella me contó qué es un cliché,
pero ella no está hecha de fábrica, es una persona única como yo.
Suscribí las últimas palabras de Tania con una sonrisa amigable.
—Tienes razón, hermanita, salta a la vista que Emilia es una persona
muy tolerante.
Tania dijo que no quería oír nuevas palabras que no entendía y continuó
comiendo sin ser consciente de la tensión. Tampoco insistió sobre el
significado de la palabra que no sabía pronunciar. Madraza y el señor
Leroux se sondearon con la mirada para averiguar si el otro sabía algo de
eso. Por lo que se podía leer en su expresión, no estaban al tanto del asunto,
aunque no mostraron interés en saber más, y se pusieron a hablar entre
ellos.
—La palabra es megalómano —aclaré en dirección a Denian—. Pero
todo esto fue antes de que hiciéramos las paces —añadí, sin enfatizar
mucho para que viera que me daba igual si lo quería entender o no.
—No te lo tengo en cuenta. De verdad.
—Muchas gracias —respondí, aunque en realidad me habría gustado
decir: «qué suerte tengo, pensaba que me tacharías una segunda vez», pero
me contuve para acabar con ese tira y afloja lo antes posible.
El resto de la cena se desarrolló sin mayores discusiones y cuando nos
levantamos para recoger los platos, aproveché para recordarle a Madraza
que esa noche salía. Ya había avisado a principios de semana, pero no tenía
claro los horarios que manejaban ahí. A lo mejor me pedía que estuviera en
casa a las diez de la noche, como si además de vivir en barrios distintos,
estuvieran regidos por otra franja horaria. Me tocó la franja horaria de
Cenicienta.

Llamaron al timbre y corrí al interfono, ya con la chaqueta puesta. Les dije


que bajaba enseguida, pero Laura me pidió subir porque se estaba meando y
no podía aguantarse el pis, ni la curiosidad de ver dónde estaba viviendo.
Ambas cosas eran urgentes. Samara iba con ella y dijo que le daba corte
aparecer de improviso y presenciar cómo Laura le decía a la familia que
venía a mear, como seguramente haría sin pudor. Así que prefería
esperarnos fuera, aunque había refrescado y se quedaría hecha un cubito de
hielo.
—Venga, abre ya ¡que se me enfría el chichi!
Abrí y antes de colgar escuché a Samara reírse. No me sorprendió
encontrarme a ambas en la puerta con distinta disposición a entrar: Laura
con su habitual seguridad y Samara con expresión de «me ha convencido
para hacerlo».
—Vale, un tour rápido y nos vamos, que ahora mismo lo que más me
apetece es salir de aquí.
—¿En serio? —preguntó Laura, mirando en derredor con las manos
metidas en los bolsillos de la parka—. El piso está chulo.
—¿Y dice que se está meando?
Samara arqueó una gruesa ceja oscura.
—Me parece que una cosa era más urgente que la otra.
Era de esperar.
Las guie por el vestíbulo y aunque había un baño abajo, prefería ir al que
quedaba más cerca de mi habitación y de paso enseñársela. Pasamos junto a
la barra de la cocina y surgió el obstáculo. Denian sonrió encantador, como
si ya supiera que había echado pestes de él y se propusiera dejarme de
mentirosa.
—Qué agradable sorpresa: amigas de Emilia. —Hizo una pausa para
presentarse y preguntó—: ¿Queréis tomar algo mientras se cambia?
—Ya estoy cambiada —gruñí.
Me señaló como si todavía fuera en pijama o algo.
—Ah, perdona, pensaba que aún tenías que…
—No hace falta, nos vamos a ir en nada —interrumpió Laura. El labio
superior desapareció tras la hilera de dientes perfectamente alineados por la
ortodoncia.
—Gracias de todos modos —agregó Samara, siempre tan educada.
Con un gesto apremiante, a la vez que desesperado, les pedí que me
siguieran. Los padres de Denian estaban con Tania en el sofá viendo una
película y nos dirigieron un rápido saludo mientras nos encaminábamos a la
escalera.
Cuando entramos a la habitación, cerré la puerta y solté un suspiro
exasperado.
—Lo mataría, ¡os lo juro!
—Eso no es lo que decías hace unos años —dijo Laura, caminando por
la habitación. Paseó la mirada por todas partes como si estuviera buscando
algo que hubiera perdido. Se había recogido el pelo caoba en dos trenzas
tipo boxeadora y los aros se balanceaban en las orejas.
—Hace unos años no tenía el gusto desarrollado —contesté—. Bueno,
¿vas a ir al baño o era todo mentira?
—Puede esperar. —Abrió la ventana que quedaba frente al escritorio y
sacó un paquete de tabaco del bolsillo trasero de los vaqueros—. ¿Se puede
fumar?
—Mejor no.
—Me estoy perdiendo algo —dijo Samara— ¿te gustaba hace unos
años?
Se colocó frente al espejo de mesa de la cómoda para pintarse los labios
de rojo, como hacía cuando estaba lejos de la mirada crítica de su familia
que no veía con buenos ojos que tuviera amigas fuera del círculo de los
testigos de Jehová. Tenía prohibido salir de noche, pero de alguna manera
conseguía ingeniárselas para que no se enteraran. En general no hablaba de
eso y nosotras no preguntábamos. Tanto yo como Laura creíamos que
tendría algún aliado en la congregación que le cubría las espaldas.
—Sí, te perdiste el capítulo de nuestro viaje a Mallorca porque aún no
nos conocíamos —dijo Laura.
—¿Y qué tiene que ver Demian con vuestro viaje?
—No es Demian —aclaré—, aunque no me preguntes por qué. En mi
vida he conocido a nadie que se llame Denian, a lo mejor sus padres se
creyeron originales cambiando la «m» por otra «n».
—Yo creo que es por el diminutivo —dijo Laura—, con Demi te viene a
la mente Demi Moore, pero Deni recuerda más a John Travolta. Además,
también tiene los ojos azules. —Se apoyó en la mesa de escritorio y se
encendió un cigarrillo.
—¡Oye…! —me quejé, pero Samara me interrumpió.
—De verdad que suena rarísima esa teoría, y un poco cogida por los
pelos. No creo que la gente elija un nombre pensando en el diminutivo.
—Aunque a ti te llamamos Sami, a mí me llamáis Lau y a Emilia, Mili.
—Espero que no haya detectores de humos —dije mirando al techo
distraídamente.
—Vale, pero no me refiero a que no pienses en cómo sería el diminutivo,
sino que nadie elegiría un nombre sobre otro porque su diminutivo le
recuerde a un actor o actriz de Hollywood.
—Ya sabes que le doy muchas vueltas a todo. Es mi especialidad. El
caso es que coincidimos en Mallorca con Denian y aunque nuestra amiga se
moría por él, y con solo mirarle estaba que perdía la virginidad, le soltó un
moco al chaval que lo dejó roto. Por eso ahora no la soporta.
Laura acercó más el cigarrillo a la ventana.
—Tendré cuidado. —Se excusó ante mi mirada represora—. En un rato
se va el olor.
Ahuecó la mano y echó la ceniza.
—Y ¿dónde piensas tirarlo después?
—Por el desagüe cuando vaya a mear, que para eso he venido —sonrió.
Samara arrugó la nariz y, a pesar de no haber querido subir en un
principio, se sentó en el borde de la cama, cruzando una pierna sobre la
otra. Su pelo moreno ondeó sobre sus hombros.
—Antes de irnos, me tienes que contar qué le dijiste en Mallorca.
Puse los brazos en jarra.
—¿No puedo contarlo cuando salgamos de aquí?
Intercambiaron una mirada que hablaba por sí sola.
Resoplé, sentándome en la silla del escritorio.
—Pero apaga eso ya y ni se te ocurra encenderte otro —le advertí.
Después cogí aire y empecé con el relato.
ENTRADAS DIARIO DE EMILIA

12 de julio de 2009

Esto no es un ejercicio de redacción de clase. Me he comprado un


diario porque tenía que contarlo, tenía que escribirlo: ¡nos vamos de
vacaciones a Mallorca con Denian! Estoy tan emocionada que chillo
cada dos por tres. Pienso en él, en lo guapo que es, lo bien que
viste y me hace cosquillas la barriga. Como si tuviera un montón de
mariposas por ahí revoloteando. Empiezo por el principio.
El otro día mamá llega del trabajo y se pone a hacer la cena
como siempre. Entonces papá y yo nos sentamos a la mesa
después de ver un rato Pasapalabra, que nos encanta, y nos suelta
la bomba.
Dice que ha encontrado un chollo en un hotel del Club Med en
Mallorca. Han hecho una promoción para agencias de viajes y como
son tantas habitaciones mamá ha pensado que podría traerme a
una amiga. Dice que ella se lo ha propuesto a la madre de Denian y
ha dicho que sí. ¡Es el día más feliz de mi vida!
Laura, mi mejor amiga, se ha reído de mí cuando ha llegado con
su maleta y me ha visto escribiendo en un cuaderno rosa con
candadito. Ella también está contenta. Aunque siempre dice que la
playa de Badalona le parece como estar de vacaciones, como
nunca viaja a ninguna parte, está superemocionada.
Tendrás que ayudarme con Denian, es casi lo primero que le
digo. Tú tranquila, dice, y me suelta que ella es la diosa del amor.
Después, saca un montón de ropa y maquillaje. La ropa todavía
lleva la etiqueta. Yo me quedo flipando porque parece cara y le
pregunto en plan, que si lo ha robado o algo. Me dice que no le quite
la etiqueta y ni se me ocurra mancharlo. Entonces lo pillo, que no
nací ayer. Son vestidos de marca que valen mucha pasta y piensa
aprovechar los días de devolución. Pero sobre todo me insiste en
que no los manche con mis sudores provocados por las hormonas
del pavo adolescente. Qué cabrona es jajajaj.
14 de julio de 2009

¡Tenemos una habitación para nosotras solas! Casi no me lo puedo


creer. Papá y mamá discuten mogollón por esto. Porque él dice que
tendría que haber reservado una cuádruple en lugar de dos dobles y
ella dice que está exagerando. Da igual. Siempre están discutiendo.
Pero en este caso es mi madre quien tiene razón. Cuando quiere,
mamá puede ser superguay, porque entiende lo que necesito y papá
solo es sobreprotector. Ni que fuéramos a montarnos una fiesta
guarra. Aunque no me importaría traerme a Denian a la habitación,
no porque quisiera hacer nada… casi me pongo roja y eso que solo
estoy escribiendo en un diario, no es como si nadie fuera a leerlo ni
nada, pero me imagino a Denian cerca y es que me entra un sofoco
que derretiría hasta el Polo Norte. Iban a estar contentos los
pingüinos con nosotros. JA JA JA. Quiero acordarme siempre de
cómo me siento ahora.
Enamorada
EN-AMORA-DA
ENNNNAMORAAAADAAAA li la la
Qué ganas tengo que de que nos encontremos.

Es tarde, pero no he podido esperar a escribir esto. Laura dice que


estoy loca, que para qué me va a servir escribir todas estas cosas.
Menos escribir y más acción, amiga, me dice. Pero no me importa,
porque yo quiero escribir que estoy como en una nube porque hoy
me ha mirado de una manera diferente, lo he notado. Es como si de
pronto con el maquillaje me hubiera visto como alguien a quien
podría pedirle salir. Y me ha dicho estás muy guapa. ¡Estás muy
guapa! ¡¡¡Ahhhh!!! Es que es tan mono. Laura dice que no está mal,
pero que es un poco pijo para su gusto. Así con el pelo repeinado
parece que lo hayan sacado de un molde de un club de golf. No
entiendo lo que dice. Está guapísimo.
16 de julio de 2009

Me he dejado un día por escribir, pero es que no he tenido tiempo


para nada. Hemos estado haciendo un montón de cosas en estos
dos días. Hemos jugado a voleibol en la playa, nos hemos subido a
una de esas bananas con lancha, hemos visitado las cuevas del
Drach, que ha sido impresionante. Sobre todo, ÉL estaba
impresionante, tan guapo con su camiseta blanca ajustada y ese
moreno de piel que se le ha puesto. Además, esa pose de interés
que tenía mientras el guía explicaba la formación de las cuevas y
cómo las cuatro que hay están conectadas y tal. Yo también estaba
en la gruta, pero solo de cuerpo presente porque mi cabeza iba a
otra cosa. Yo ahí concentrándome en algo que pudiera decirle y
quedara bien, inteligente incluso, pero no doy con nada que me
guste del todo así que solo le sonrío como una boba y señalo la
gruta diciendo cosas muy simples todo el rato, como «qué bonita».
Pero pensando, ¿qué dices? Di algo útil. Qué bonitas todas estas
piedras con formas. ¿Qué? Pero luego lo arreglé porque hemos
estado unas horas en la playa hablando con Denian y otros amigos
que ha hecho en el club y digo algunas cosas que les hacen reír. La
verdad es que a él se le da superbien conocer a gente, porque
siempre tiene algo que contar. Es tan listo que a veces casi me hace
sentir pequeña. Pero cuando me mira como si fuera una más de su
grupo es que no puedo explicar con palabras lo feliz que soy. No
quiero que acaben nunca estas vacaciones.
Esta noche hay minidisco y me voy a poner uno de los vestidos
más guays que cogió Laura. Tiene una parte de lentejuelas morada
y me pintaré la sombra de ojos también con un tono morado y ¡a por
él!
Espero que la etiqueta no me moleste en la espalda, o que nadie
me la vea XD
17 de julio de 2009

Tan fácil que ha sido escribir antes y ahora me pesa el bolígrafo.


Debe de ser de tanto llorar, que ya no puedo ni sujetarlo bien.
Pasó esto: Voy espectacular con el vestido y la sombra de ojos
morada. Casi parece que tenga dos años más, pero por muy bien
que me quede el vestido y el maquillaje, llego tarde ☹.
Denian ha preferido a Mia. Una rubia que se ha ganado no solo
su atención, sino la de medio hotel. Hace kitesurf, deporte que él
está aprendiendo y encima es americana, pero habla un poco de
español, con un acento adorable, ¡puaj! Demasiado perfecta, le digo
a Laura. De esas reinas del baile. Qué típico pillarse por una de ese
estilo. Pensaba que Denian era diferente. Al final se fija en lo mismo
que los demás. Una chica con unas buenas tetas, una sonrisa de
anuncio y encima con ritmo para bailar. Hips don’t lie. Movimiento
sensual de caderas que lo hipnotiza. Me ha dolido un montón verlo.
Casi como si me arrancaran el corazón de cuajo.
El idioma enseguida deja de ser un problema para esos dos.
Pues parece que no soy la diosa del amor, me dice Laura,
mirándome como si estuviera superenferma. Y a lo mejor tengo
pinta de estarlo porque el espectáculo que tuve que tragarme me dio
ganas de vomitar; y lo hice, más tarde, aunque por otro motivo.
Con la imagen de ellos grabada en la mente, Laura y yo vamos al
baño donde lloro un poco y le pido que me consiga algo de beber.
Algo fuerte. Al principio no quiere porque pasa de que mis padres se
cabreen con ella; solo tengo trece años. Pero yo le prometo que no
se enterarán, que nos iremos a la habitación y me pegaré una
ducha, porque no puedo aguantar tanta mierda. Así que bebo dos
cubatas que me suben que no veas y camino como si acabara de
salir de un barril que ha rodado tres calles. Como en los dibujos
animados.
Ella me quiere llevar de vuelta, me coge del brazo, pero entonces
los veo fuera de la minidisco, hablando con el resto del grupo de
amigos de temporada. El único momento en el que se han
despegado y llego yo, hecha polvo que estoy, intentando caminar
derecha.
(Y esto lo voy a transcribir tal cual lo recuerdo. Punto por punto).
—¿De qué habláis? —pregunto.
Algunos son franceses, pero no todos. Hablan una mezcla de
francés, español e inglés y por un momento creo que me voy a
desmayar de tanto lío de palabras. Él mira a Laura y le dice:
—Parece que está un poco mal, ¿no? —Como si yo no pudiera
hablar o algo. Como si no existiera.
—Sí, ahora nos íbamos a la habitación.
—Es lo mejor —dice, volviéndose hacia Mia con una risa tan
estúpida que le habría cruzado la cara.
—¿Qué pasa? ¿Me estás echando?
Me mira como si estuviera supersorprendido de mi cabreo.
¿Cómo no voy a estar cabreada? Me manda a dormir como si fuera
una niña pequeña, cuando solo tengo un año menos que él. Nos
hemos visto pocas veces antes en algunas comidas familiares. Pero
siempre me había gustado cómo era, cómo me trataba; me parecía
que se interesara de verdad por mi vida y cuando está de fiesta con
otra gente y una chica lo primero que hace es despreciarme, como
si no nos conociéramos tanto. Es aquella chica que veo alguna vez.
Nadie importante. Eso parece decirme cuando me mira ahora.
—Creo que no te ha sentado nada bien beber. —Mira a Laura,
señalándola como la culpable. ¿Quién se cree que es? ¿Mi padre?
—Yo creo que a ti no te ha sentado nada bien nacer.
Los que me entienden me miran con los ojos superabiertos. En
plan, ¿ha dicho lo que creo que ha dicho? Él el primero. Y encima
se pone todo educado diciéndome que me lo deja pasar porque
estoy borracha.
—Espero que la chavala no se sorprenda cuando vea que los
problemas de crecimiento que tuviste de pequeño te han afectado
ahí abajo, porque cuando decimos que el tamaño no es importante,
no lo decimos en serio. Y las americanas seguro que tampoco —
digo, ya fuera de control. No me creo que haya sido capaz de decir
eso. Y a él le sienta como un tiro, porque sabe que yo sé que tuvo
un problema de crecimiento en general. Del tamaño de su polla no
tengo ni idea porque nunca se la he visto, pero eso los demás no lo
saben.
Laura me arrastra lejos de ahí y por el camino vomito encima del
vestido. Me pregunto cómo me perdona la vida esta noche. Seguro
que le da vergüenza ser mi amiga. ¿Quién querría ser amiga de
alguien que le habla así a un tío que le mola?
—¿Por qué has dicho eso? —pregunta, ya en la habitación. Llevo
el pijama y tengo la cara blanca como el papel.
—Tiene complejo de ser bajito para su edad y estuvo en
tratamiento para activar las hormonas de crecimiento, porque tuvo
problemas.
—Pero ¿cómo se te ocurre? A veces no te entiendo, hermana.
—¿Estás enfadada?
—¿Yo? Qué va. Ni siquiera lo conozco. La pregunta es si tú estás
enfadada contigo misma o te da igual.
Me deja ahí hecha una mierda. En el fondo de mi mente veo la
mirada dura de Denian cuando se da cuenta de que he atacado
donde más le duele a propósito, para hacerle daño. Soy una mierda
de persona. Encima quedan todavía dos días para volver y mi
madre nos ha puesto juntos en el avión (a petición mía, previa al
desastre).
18 de julio de 2009

Escribo mientras Laura se baña en la playa. Me siento tan mal que


nada más escribirlo es como un castigo. ¿Soy esta persona? Como
no es para mí, ¿tampoco puede ser para Mia, o para cualquier otra?
¿Es eso? No lo sé. Me jodió que me tratara como a una cría cuando
de verdad me parecía que podía haber algo entre nosotros. El
alcohol no ayudó tampoco, claro. Mierda. La cabeza me va a
estallar.
Papá y mamá me han hecho montones de preguntas durante el
desayuno y no he podido decir más de dos frases seguidas.
«¡Dejadme en paz!». Se han mirado y han seguido a lo suyo hasta
que nos han dejado solas a Laura y a mí. Luego se han ido a no sé
dónde discutiendo por otra de sus mierdas.
—Tienes que cambiarme el sitio en el avión —le digo a Laura en
el bufé del desayuno.
—Vale, pero creo que podrías disculparte. Eso sería todavía
mejor.
—A lo mejor no te diste cuenta, Laura, pero nos trató como si
sobráramos y me dio rabia.
—Todos notamos la rabia, casi como si fuera una fuerza
radioactiva. Rollo Bola de Drac, pero bueno mira, pasa de él. Ya
habrá otros.
—No quiero a otros. No quiero a ninguno.
—Ahora lo dices porque te han dado calabazas, pero cuando se
te presente un tiarrón de esos que te dejan sin habla ya me dirás lo
que piensas.
No. No y no. El amor es una auténtica mierda. No quiero volver a
enamorarme de nadie.
Darme calabazas no es el problema. Es sentirme menos, sentir
que no valgo para él o para nadie, en realidad. Elegirán siempre a la
otra, porque yo no tengo lo que hay que tener. Esa simpatía, esa
sonrisa puesta como los niños que dibujan las bocas a lo ancho. Yo
soy como de cartón. Mi pelo no es brillante, es grueso, indomable.
Lo odio. Me autoodio.
19 de julio de 2009

Lo observo desde otro asiento, al otro lado del pasillo. Está


hablando de mí con Laura. Lo sé porque le dice algo y levanta la
cabeza para ver dónde estoy. No parece muy contento. Yo le giro la
cara enseguida y continúo escribiendo en el diario, sobre la mesita
desplegada del avión. Sé que debería disculparme, pero no soy
capaz de afrontarlo. Sobre todo, porque Mia acabó con él por mi
culpa. Por lo que sé, parece que no supo explicarle bien en su
idioma lo que había pasado y ella se pensó que éramos pareja y
que los había pillado enrollándose. Luego ya no tuvo manera de
arreglarlo con ella. Tengo miedo de lo que pueda decirme después
de eso. Porque será algo que haga sentirme peor. En plan: «no
quiero que vuelvas a hablarme, niñata». O: «no quiero volverte a ver
en mi vida, me das asco».
Para empeorar las cosas, cuando estamos esperando el equipaje
le pregunto a Laura qué ha dicho de mí.
—Mejor no te lo digo.
La despedida es tensa, porque mis padres se han pasado los dos
últimos días discutiendo. Ya ni se han escondido de los padres de
Denian. Supongo que la madre de Denian se habrá alegrado de
haber dejado a su hija pequeña con los abuelos, dicen que los niños
pueden absorber las tensiones como esponjas y les afecta en el
ánimo. Se alegrarán de perdernos de vista. De hecho, Denian se
despide de mí casi sin mirarme.
O sea que al final han sido unas vacaciones de mierda y vuelvo
con los ojos tan hinchados que parezco un sapo más que nunca.
Samara pudo entender el resentimiento de Denian, pero no lo defendió
porque creía que todos merecemos una segunda oportunidad.
—Eso díselo a él —concluí.
Cuando logré sacarlas del piso, entramos en la tartana de Laura, que dijo
haber tenido que dar bastante vuelta para encontrar un sitio en zona azul. La
rumba no tardó en escaparse por el hueco de la ventana, seguida por el
humo del cigarrillo que llevaba colgado en los labios.
Desde la parte trasera, palmeé animada el cabecero del asiento del
copiloto, donde estaba Samara.
—¿Cuál es el plan? —pregunté.
Laura se quitó el cigarrillo de la boca, cogiéndolo entre el índice y el
pulgar.
—¿Vamos al local? —preguntó.
—Guay —dije.
Samara abrió el espejo de la visera del coche y se peinó la cabellera
rizada con los dedos, haciendo la pregunta que solía seguir a la anterior.
—¿Quién hay?
—Litos con algunos colegas —dijo Laura.
Su hermano, Carlitos, tenía dieciséis años, pero incluso cuando
cumpliera los cuarenta seguiríamos llamándolo por el diminutivo. Nos
conocíamos desde primaria; cuando aún vivían en nuestro edificio. Se
mudaron un tiempo después, pero continuamos viéndonos por el barrio y
coincidimos más tarde en el instituto. Para entonces, ellos se juntaban con
unos amigos en el local que había sido de su abuelo. Era como nuestra
pequeña casa. Con muebles de segunda y tercera mano, estanterías de
almacén, una nevera portátil, y lo más importante: un escenario
improvisado donde Litos hacía sus pinitos como cantante.
—Están probando a hacer beatbox —agregó.
Samara la miró con desagrado.
—¿Y vamos a pasarnos la noche escuchando cómo se atragantan con
ruiditos?
A Samara debía de apetecerle poco el plan, porque solía adaptarse a todo.
Era de esas amigas que cuando le preguntas «¿qué hacemos?» te dice, «lo
que quieras. A mí me da igual». Pero ir allí era una costumbre, era el punto
de encuentro donde podíamos pasarnos horas o solo unos minutos mientras
pensábamos en algo mejor que hacer.
—Si nos tocan mucho los ovarios los echamos. Yo soy la jefa —sonrió
Laura.
A raíz de haber tenido que cuidar de su hermano desde que era una cría,
Laura se había dado cuenta de que estaba a gusto con el encargo más allá de
la obligación. Era la hermana mayor de todos, pero no solo porque nos
sacara tres años sino porque su carácter imponía respeto. Con solo mirarte
con aquellos ojos negros y vivos, entendías que ella era su propia dueña y
que no se andaba con chiquitas. Samara se incorporó más tarde al grupo de
amigos, y a pesar de no poder estar con nosotros tantas veces como quisiera
por asuntos de la congregación, no tardó en convertirse en la segunda de
abordo. Representaba la sensatez que los demás no teníamos. Siempre es
buena idea tener una amiga sensata que te dé un toque cuando estás a punto
de liarla a lo grande.
—¿Qué tal ha ido el curro hoy, Lau? —quise saber.
Laura tiró el cigarrillo por la ventanilla y pisó el acelerador.
—Mejor no preguntes. Estoy hasta el choto de oír el pitido de la caja.
Dime tú ¿a quién le sirve eso? En el colmado de Samara no lo hacen.
—Yo creo que es para que el cliente conecte con su infancia —dije—. Lo
de escuchar el pitido al pasar los productos activa alguna mierda mental que
recuerda a los juegos de supermercado que jugábamos de niñas y parece
que pagas más a gusto.
—Pero ¿qué dice? —La risa de Laura se convirtió en una tos seca—.
Tendrías que hacer una tesis de eso, Mili —añadió cuando se sobrepuso.
—Nosotros no lo hacemos en la tienda —confirmó Samara—. El cliente
tiene que fiarse de lo que cuesta el producto cuando lo marcamos
manualmente en la caja y… —Hizo una pausa, bajando el tono, como si
fuera a contarnos un secreto—. Cuando estoy yo en caja, los precios pueden
fluctuar en función de si el cliente es amable o no, y de si tengo la regla.
Soltó una tímida risilla.
Laura pisó el freno de golpe cuando el semáforo cambió de ámbar a rojo.
—Venga ya. No me lo trago —respondió.
Samara asintió.
—O sea que cuando tienes la regla ¿hay inflación en la tienda? —
preguntó Laura en falsete.
—No es tan matemático, pero si no me encuentro bien y mi familia me
manda a trabajar, tiendo a marcar números altos.
—Yo que te tenía por una persona superhonesta —dije, bromeando.
—Y lo soy. Soy de lo más honesta, pero dime tú qué precio le darías a un
cliente cuando, muerta de dolor, te habla como si fueras idiota.
—Amén, hermana —dijo Laura—. Ojalá pudiera yo cobrar lo que me
saliera del higo a la clientela gilipollas, que hay a montones. Para
empapelar los cristales del súper, ya te digo. De esos que pisarían a
cualquiera para conseguir la última lata de atún en una emergencia
apocalíptica. Y no te hablo de tíos que van con el cristal tintado, te hablo de
señoras de uñas largas y cotilleo de portería. Esas te arrancan las entrañas
para no pasar hambre.
—Madre mía, qué imagen me has regalado. Creo que no dormiré esta
noche —dije.
—De nada, amiga —rio Laura.
Cuando llegamos al local, los chicos estaban en plena escalada de
beatbox. Me quedé sorprendida de que no fuera como había descrito
Samara: un ahogo de ruidos sin sentido. Lo hacían tan bien que por un
momento pensé que estaban haciendo pruebas con el sintetizador.
Nos servimos unas bebidas en la mesa coja, debidamente calzada, que
había en el centro del local y nos sentamos en los sofás. Según cómo te
sentaras podías clavarte los muelles, pero ya sabíamos qué zonas eran las
que continuaban siendo decentes para acomodarse, y siempre nos
tomábamos unos segundos para buscar la posición.
—Pronto tendremos la forma impresa en los cojines —comenté.
—Ya —asintió Laura, bebiendo de un vaso de cartón en el que ponía
«Feliz Cumpleaños, viejo» que habíamos rescatado de una caja con
artículos de fiesta—. Tendremos que enterarnos de si alguien va a
cambiarse el sofá para pillarlo.
Samara bebió de una lata de Fanta de limón con una elegancia admirable
para alguien que está haciendo algo tan vulgar como beber directamente de
una lata de Fanta. Yo con la preocupación de despintarme los labios me lo
habría echado por encima.
—Oye, Mili —dijo— no te hemos preguntado cómo llevas el cambio.
Aparte del mal rollo con Denian, ¿estás bien ahí?
—Mejor de lo que estaba en mi casa, pero eso no era muy difícil.
—Joder, no entiendo lo de tu madre —añadió Laura—. El tío da grima,
¿qué le ve? Tiene una mirada de salido que echa patrás y es cateto de
cojones.
—Eso llevo preguntándome yo hace tiempo.
—Algo debe de tener que le guste —dijo Samara.
—Follará bien —soltó Laura.
—¡Qué asco, joder! —exclamé, torciendo el gesto.
Tras pensarlo un momento dije:
—Supongo que le da seguridad y para ella eso es importante.
Instintivamente metí la mano por dentro de la manga y me toqué las
cicatrices. Ellas, que habían sido un gran apoyo para que dejara de
lesionarme, se acercaron con gesto compasivo. «¡Abrazo de osas!» gritaron
y se lanzaron sobre mí. Al oírnos, los chicos dejaron lo que estaban
haciendo en el escenario para unirse. Esta es mi verdadera familia.
NOVIEMBRE 2012

DENIAN

Era la recta final del trimestre: exámenes, estrés y, como consecuencia, casi
un mes sin sexo. Lo había asumido y no insistía demasiado porque para Léa
esa época del año era una vorágine que la sumía en una reclusión absoluta,
casi monástica. Yo estudiaba, pero sin obsesionarme, porque para mí la nota
de corte no era una cuestión de felicidad versus desgracia, como lo era para
ella. Así que aprovechaba para salir con los amigos y también para ver más
porno y masturbarme como si no hubiera un mañana. Me hice cábalas con
genuina curiosidad científica sobre la acción en sí, ¿era una fuente
inagotable? ¿Se podía establecer una gráfica tipo: cuanta más producción
menos densidad? Desde luego, si tomaba en cuenta la cantidad según la
frecuencia, se podía decir que el llenado biológico era sorprendentemente
rápido.
Ojalá hubiera podido extender esa misma curiosidad a la rama del
álgebra, a lo mejor así habría logrado centrarme esa tarde en la biblioteca.
Pero mis inquietudes debían de ser más pervertidas que instruidas, porque
no conseguí concentrarme tanto en los ejercicios como en las
elucubraciones sobre los límites de la eyaculación.
Mathieu, que en términos de estudio era un híbrido de Léa y de mí,
propuso hacer una pausa para tomarnos un café de máquina. Al parecer, el
constante movimiento de mis piernas bajo la mesa le estaba poniendo
nervioso. Durante algunos segundos navegué entre el deber responsable de
rechazar la pausa, principalmente porque me la estaba tomando desde que
habíamos puesto un pie allí, y la idea de que tomar café sería una pausa más
representativa. Finalmente, juzgué que me ayudaría a desbloquear la mente
y me levanté de la silla, articulando un «sí, por favor» a modo de ruego
perezoso.
Desde que pulsé la tecla del café supe que mi preferencia era no
abandonar aquella sala hasta la hora de cenar, y me sentí de veras como un
liante en potencia. Incluso cuando le pregunté a Mathieu qué quería, parecía
estar entonando una disculpa anticipada. Seleccioné la tecla de cortado para
mi amigo y, en ese preciso momento, me acordé de algo.
—Casi se me olvida —dije—. Tenía pensado pasarme por la Illa a mirar
algunos regalos de la lista navideña que me ha hecho Léa. Debería ir
tirando, pero no he estudiado nada.
Mathieu tenía cogido el vaso por el borde, haciendo pinza, y respondió
que podría irme cuando el café no quemara como el demonio.
—No es que tenga muchas ganas —agregué—. Ya sabes que soy experto
en dejar las cosas para el último momento y me uno a las colas kilométricas
de las compras de Navidad hechas in extremis. Ni se me ocurriría perder el
tiempo en pensar esas cosas mucho antes.
—Estás esperando a que te pregunte por qué vas a mitad de noviembre.
—Más o menos.
—Pues ¿por qué? —Dio un sorbo, con cautela.
—Para que Léa piense que soy detallista —dije. Eché una mirada al café
y sopesé el tomarme un sorbo. No lo hice.
—Y ¿por qué quieres que lo piense si no lo eres? Eso es un marrón, tío,
porque luego tendrás que fingir ser lo que no eres durante demasiado
tiempo, y como no podrás, ella se preguntará por qué has dejado de ser tan
detallista como cuando ibas a comprarle los regalos de Navidad en
noviembre, que quizá es que ya no la quieres tanto.
—Joder. —Esta vez bebí, dispuesto a quemarme, por no haber pensado
en eso—. Bien visto. Aun así, creo que lo voy a hacer.
—Ya sé lo que pasa —dijo él. Se echó el flequillo a un lado con un
glamuroso movimiento de cabeza.
—¿Qué crees que pasa?
—Habéis vuelto a discutir y esto —hizo un gesto para remarcar el
«esto»— es solo la manía que tienes de arreglarlo para que se olvide de que
habéis discutido, porque lo de ser detallista seguro que le hace sombra a lo
otro. Estás intentando demostrarle que te amoldas a ella y a su sentido de la
organización para que piense que estás cambiando de verdad.
—No podría haberlo dicho mejor.
—Pues no sé, tío. Yo creo que no tienes que forzarte a ser quien no eres.
—A ver, que solo digo que me voy a dar una vuelta. Vale que lo hago
para que se olvide de la discusión, pero no es para tanto. —Mathieu puso
una mueca—. Es verdad, ¡no te lo he contado! El tema es que no me
acordaba de los planes de Navidad, entonces me soltó eso de que sigo sin
escucharla, pero, en serio; no recordaba haberle dicho que le presentaría a
mis padres para San Esteban. A lo mejor estaba borracho y no me acuerdo.
—Me inclino más a pensar que estabas borracho.
—Pues si es eso, no debería haberse cabreado tanto. Pero sea lo que sea,
estoy metido hasta las cejas en el tema de presentarle a mis padres y ahora
no puedo decirle que no.
—Claro. Es que echarse atrás sería señal de que no quieres que la cosa
avance.
—Pues yo no lo veo así.
Mathieu arrugó el ceño, formando el puente entre ambas cejas.
—Y quiero que avance, pero a otro ritmo, aunque ahora no puedo pararlo
porque se supone que acepté invitarla a casa para San Esteban. Encima
estará la otra y no me hace ninguna gracia. ¿Hasta qué punto está jodida la
cosa en su casa para no volver para las fiestas?
—Que le presentes a tus padres no es como anunciar que vas a casarte —
dijo, encogiéndose de hombros—. Ya sabes que la aprecio un montón, pero
de verdad que tiene bastante tendencia a enfadarse. Menos mal que no le
pasa con los amigos, porque se me haría un poco cuesta arriba. Creo que
tiene que ver con la inseguridad que realmente tiene, porque, aunque no lo
demuestre, la tiene. Seguramente sea por su familia, que son unos frívolos.
—Precisamente por eso no me hace ninguna gracia que esté Emilia ese
día. Porque a ella déjala ir también. Me pide disculpas por lo de Mallorca y
luego no hace otra cosa que evitarme. Pero para mí mejor, un problema
menos del que preocuparme.
—Tal y como lo dices no me parece que pienses que es mejor. —Bebió
un sorbo más—. ¡Qué interesante giro de los acontecimientos! Diría que te
molesta que te esté evitando.
—¿Qué dices? Solo creo que es una falta de respeto hacerme el vacío. O
sea que al principio lo puedo entender porque me porté como un gilipollas y
tal, pero que a partir de hablar de lo de Mallorca he intentado ser más
agradable con ella, con alguna que otra broma aislada porque no siempre
puedo evitarlo, pero nada que ver con los primeros días.
—Se te estará enfriando el café, si no es que está frío ya.
—Supongo que tengo que esforzarme más en ser agradable y cortar el
rollo de las bromas. No es que me importe…
—No. Claro que no.
—Pero es raro ver cómo se ha abierto con los demás y se lleva bien…
incluso he dejado de pensar que sea verdaderamente problemática, pero
conmigo sigue tan arisca como el primer día.
—Yo creo que eso que le dijiste de la tolerancia, así a secas, no ayuda
mucho, ¿no? Mira que eres orgulloso, joder, tendrías que haberle dicho que
le aceptabas la disculpa. Pero no lo hiciste porque todavía no había
cambiado tu punto de vista sobre ella, señal de que, si ahora te molesta que
te evite, es que ha cambiado algo.
Chasqueé la lengua.
—Te equivocas de cabo a rabo.
—Yo nunca me equivoco de rabo.
Solté una carcajada.
—Anda, vamos, que ya tengo el café frío —dije, poniéndole la mano en
la espalda y guiándolo hacia la puerta.
—Ya te lo he dicho.

Recorrí los pasillos del centro comercial observando los escaparates sin
interés. Cualquiera que me hubiese visto habría pensado que estaba
enfadado, que era un tío enfadado sacando una lista del bolsillo del abrigo.
Leí la lista como si en ella hubiera algo que pudiera ofenderme. Pero solo
era una lista de cosas, cosas escritas en la bonita letra al estilo imprenta de
Léa. Quizá un encabezado habría estado bien, algo que le quitara ese aire de
prospecto farmacéutico. Pero no era la lista la que me tenía de mal humor,
ni siquiera el calor que hacía ahí dentro con el abrigo forrado de lana, o la
falsa idea de felicidad implícita en la compra. Estaba en plena discordia
emocional.
A pesar de que estar allí había sido idea mía, me parecía antinatural hacer
algo por alguien para conseguir que te viera mejor persona de lo que
realmente te veía, en lugar de hacerlo porque sale de ti, porque quieres tener
un detalle con esa persona y te apetece darle una alegría. Estaba claro que
las compras había que hacerlas en algún momento, pero ya no se trataba
solo de las compras navideñas, ese era el escenario, podía ser eso o
cualquier otra cosa por la que ella creyera que no ponía el interés necesario.
Había tantas cosas a las que ella consideraba que no ponía interés que ya
había perdido la cuenta. Esa sí que era una lista interesante.
Por otro lado, si no se enfadara para provocar una reacción en mí, ¿me
saldría tener ese detalle de manera natural? Desde luego, no tenía forma de
saberlo, porque no me daba opción a averiguarlo. Así que ¿era realmente
pasota? Quizá la misma presión que me ponía en tener interés en todo lo
que ella consideraba de interés, me hacía perderlo automáticamente. A lo
mejor tenía razón y era un pasota, un egocéntrico y un poco narcisista. Pero,
si era todas esas cosas, ¿por qué seguía conmigo?
Tenía dudas razonables sobre su análisis, porque cuando uno es
egocéntrico y narcisista, ¿se preguntaría a sí mismo si lo es? Creo que el
simple hecho de preguntárselo implica alejarse del yo y admitir defectos. A
mi parecer, si se acusara a alguien verdaderamente egocéntrico y narcisista,
podrían pasar dos cosas. La primera: que lo admitiera sin tapujos porque
tiene un gran sentido del humor, y la segunda: que se sintiera gravemente
ofendido porque nunca ha sido capaz de hacerse autocrítica.
—¡Eh, tío!
Me encontré a Lucas de frente. Salía de la tienda de videojuegos y venía
directo hacia mí. Me dio un par de palmadas en la espalda, mirándome con
sorna, como si nada más verme, se hubiera situado de nuevo en aquella
llamada telefónica.
—¿Comprando regalos ya? —pregunté.
—Autorregalos —dijo, enseñándome el FIFA y otro que no conocía—.
Solo dos porque no me llega para más. Ya sabes, nos robaron hace poco.
Acompañé su risa a desgana. Su familia era propietaria de varios locales
de noche y estaba forrada, por lo que ese sarcasmo estaba de más.
—Pero esto no es por Navidad —aclaró— este jueves es mi cumpleaños.
Lo celebro en el bar el sábado. Vendrás, espero.
—Bueno… —Me rasqué la parte posterior de la cabeza, sin darme
cuenta de que era claro signo de «estoy pensando en una excusa rápida para
decirte que no», pero no me dio tiempo.
—El sábado a las ocho y media —dijo, cogiéndome el hombro y fijando
en mí una mirada ineludible. Alzó el dedo, dando a entender que no
aceptaba una negativa.
—Léa está muy liada con los exámenes. Yo también, en realidad.
—Pues vente tú solo. Habrá muchas tías —dijo, guiñándome un ojo para
que pillara el sentido de eso y acabándolo de adornar con una risita de
compinche de gamberradas.
—No sé. Ya te diré.
Se alejó, sin dejar de señalarme.
—Te veo en el bar.
Entré en una tienda de decoración de hogar convencido de que sería
buena idea ir al cumpleaños. Me gustaba la despreocupación que Lucas
tenía por las cosas que todo el mundo consideraba serias. Se tomaba la vida
tal y como venía, en el momento en que tocaba sin plantearse el mañana.
Era refrescante estar con alguien así, sobre todo porque Léa era todo lo
contrario; se pasaba el tiempo pensando en sus metas futuras. Y Mathieu
tendía a satirizar los aspectos más crudos de la vida como si todo fuera una
gran representación teatral para entretener a algunos dioses ociosos. La
mayor parte del tiempo se mostraba encantado con su papel y solo se
quejaba ocasionalmente de la falta de talento entre sus más allegados para
comprometerse con el rol.
Más o menos una hora y media después, con un par de bolsas en cada
mano, estaba pensando que iría al cumpleaños solo, cuando la vi. En uno de
los pasillos que daba a la salida, justo donde se habían instalado una serie
de máquinas de bolas, peluches y un fotomatón. Frené el paso, estupefacto.
La Bocca della Verità.
Era un oráculo que te lee la mano por un euro. Me acerqué, impelido por
la casualidad de haberme encontrado a Lucas justo antes y las implicaciones
de todo ello frente a la lectura de mano.
Metí la mano, pero sacudí la cabeza, negándome a caer en esas
futilidades místicas. ¡Menuda estupidez! ¿Hasta cuándo pensaba
perseguirme el recuerdo de aquella mujer irlandesa?
Me alejé de aquella falsa piedra clásica, ¿romana, griega?, y pasé de
largo la parada de autobuses para coger la moto en el parking de al lado.
Metí una de las bolsas pequeñas en el maletero del sillín y guardé la otra en
mi mochila, obligándome a pensar en otra cosa. Cualquier cosa.
EMILIA

La reciente conversación telefónica con mi madre me estaba haciendo


difícil el estudio. El modo en el que me había preguntado cómo van las
cosas por ahí, como si fuera algún familiar lejano al que, de pronto, le había
apetecido saber cómo me iban las cosas, me inquietó. Me preocupaba que
acabara como con mi padre, con charlas a distancia.
¿Cuándo empezaría a pasar también con mi madre? La noté distante en
la llamada y me dolió. Justamente debido a ese sentimiento, respondí mal.
Porque, joder, parecía distraída, como si le estuviera quitando tiempo de
hacer algo más importante. Y sus comentarios no eran nada del otro mundo.
«Suena muy responsable», había dicho cuando le conté que estaba
estudiando. ¿Qué quería que le dijera? Se supone que eso es lo que se
espera de mí, que sea responsable y no me ponga a, yo qué sé, venderle
marihuana a los pijos. Estaba siendo tan responsable que hasta estudiaba los
sábados. Pero, claro, no era difícil teniendo en cuenta que antes tenía que
estudiar en la mesa del comedor, mientras el gilipollas de su novio andaba
en calzoncillos, con el televisor encendido y fumando todo el día como una
locomotora. Cogiendo cerveza, tras cerveza de la nevera y dándome
conciertos de eructos, a cuál más profundo y cavernoso.
«Siento no haber tenido una idea mejor», dijo. No era nada agradable
darse cuenta de que estar separadas era lo mejor para mí. Estaba triste y se
sentía culpable; una madre horrible. Estuve a punto de disculpar mi tono,
hasta que agregó: «¿De qué te sirve ser tan lista como tú crees que eres, si
lo único que haces con esa rabia es ahuyentar a los demás?». ¿Era eso lo
que había pasado? ¿Mi madre iba a pasar las Navidades con la familia de
ese desgraciado porque esa rabia mía tan inconveniente la había
ahuyentado? Era una fecha bastante jodida para sentirme abandonada por
ella. Pero se fue por las ramas con eso de que le habían invitado para ir a su
casa de Zaragoza. Así que le dije que esperaba que hiciera mucho vínculo
con su familia política y colgué la llamada.
Leí el párrafo del temario por tercera vez en voz alta. «La doctrina
Truman fijó como objetivo contener el comunismo en el mundo. Su
secretario de estado, George Marshall, consideró que la mejor estrategia era
ofrecer una ayuda económica para la reconstrucción posbélica y así ganarse
aliados en otros países y frenar la expansión del comunismo. Lo llamó Plan
Marshall. La URSS obligó a los países del Este a rechazarla».
La vibración del móvil sobre el escritorio frenó la lectura. Se me había
olvidado ponerlo en silencio después de colgar. Mal momento para darme
cuenta, porque no pude evitar echar un ojo a quién me estaba escribiendo, y
era por lo menos la décima interrupción que me permitía desde la mañana.
Sonreí al ver notificaciones de Litos. En algún lugar de mi mente se alzó
la voz de la razón para recordarme el examen del lunes, y exigió que no
escuchara el audio, pero ¿quién la escucha?

Mili, llevo mogollón de días atascado con esta canción,


a ver si me ayudas con el estribillo.

El grupo de Litos combinaba el sonido urbano, con algo de rock y algún


que otro añadido hecho con autotune. Incluso yo, que cantaba fatal, podía
sonar bien con esa distorsión de voz. Si no fuera porque los grupos que
montaba duraban menos de cinco meses, tenía talento para llegar lejos.
Solía pedirme ayuda con alguna de sus canciones y, como mi padre me
había enseñado a tocar el piano de pequeña, se me daba bien inventarme
melodías y escribir letras. Acomodar las letras al ritmo que marcaba la
canción era un pasatiempo con el que disfrutaba. Podía estar horas.
La voz insistió en llevarme por el buen camino, pero continué
ignorándola para ayudar a Litos con el estribillo. Un pequeño estribillo de
nada. ¿Qué podía llevarme? ¿Diez minutos? Y le arreglaría unas horas de
frustración a mi amigo.
Los diez minutos se convirtieron rápido en cuarenta y cinco y cuando le
mandé mi propuesta, había pasado la hora de la comida. Era sábado y los
dueños de la casa se habían ido al centro a dar una vuelta con Tania, así que
tenía carta blanca para prepararme algo de comer.
Bajé las escaleras con la cabeza más metida en cómo sonaría la canción
con la letra que le había mandado a Litos que con el Plan Marshall. Estaba
dándole vueltas a eso mientras abría la nevera. Ya no recordaba en qué
orden cronológico había estudiado. Todo se mezclaba en un revoltijo de
hechos dispersos sobre la Guerra Fría. La nevera empezó a quejarse con un
pitido y la cerré, porque todavía no sabía qué hacerme para comer. Tenía
hambre, pero al mismo tiempo me daba pereza hacer algo elaborado. Quise
volver a abrirla enseguida, pero la puerta se había quedado pegada. Joder.
Como cuando tiras de una puerta de la que en realidad tienes que empujar.
No había manera.
—Hay que esperar un poco más. —La voz de Denian me llegó por el
flanco izquierdo. Sonaba menos picajosa de lo normal.
—¿Y eso por qué?
—Supongo que es porque se crea un vacío o algo.
Volví a probar.
—¿Tanta hambre tienes?
Me crucé de brazos.
—No, es que esto de conversar mientras se desbloquea el vacío de una
nevera nunca me había pasado. Esta es una situación más de espero-al-
ascensor, ¿sabes?
Extendió momentáneamente las comisuras de los labios ante el
comentario. Fue breve, como si se hubiera dado cuenta de que tenía que
sonreír lo justo por eso de que en realidad me odiaba.
Abrió uno de los armarios de la cocina y sacó un paquete de pan de
molde.
—También puedes comer pan con —rebuscó en el armario y fue
diciendo según veía— pasas, nueces, galletas; no, con chocolate.
—No, gracias.
Estaba siendo amable conmigo. ¿Qué mosca le había picado? Me hacía
desconfiar. Como si estuviera guardándose algo gordo para el final.
—Te veo de buen humor —dije en tono de extrañeza.
—¿Alguna pega? Vaya, contigo uno no sabe cómo comportarse —
ironizó, sacando dos rebanadas.
De espaldas a mí, dispuso sus rebanadas sobre la isla, dejó el paquete a
un lado y sacó una lata de atún de un pequeño armario situado en la misma
isla. Mis hormonas me jugaron una mala pasada porque me fijé en lo
ajustado de su camiseta negra y mis ojos descendieron…
—¿Te gusta el culo?
—¿Qué? —Mis mejillas se encendieron como si su pregunta hubiera
accionado un interruptor.
Se dio la vuelta para enseñarme la tapa, o culo del pan de molde.
—No. —Me volví a la nevera para que no se diera cuenta de mi rubor.
Cogí el primer táper que encontré y lo abrí. Era un resto de escalivada.
Ya me iba bien.
Me acerqué a él para coger, a mi pesar, el culo del pan, sin mirarle.
—Me voy a comerlo a la habitación —le dije; enfadada conmigo misma
por sonar nerviosa. Cogí una servilleta y caminé a paso rápido.
—Oye.
Frené y me di la vuelta al tiempo que él abría el cajón de los cubiertos.
—Supongo que necesitarás un tenedor.
Asentí, ignorando el divertimento que se intuía en su mirada. En el fondo
estaba riéndose de mí, ¿verdad? Había elegido la estrategia de hacerme
sentir como una cría. Removida por ese sentimiento se lo arranqué de las
manos.
—Tranquila, ¿eh?
—Que aproveche —dije y me alejé a toda prisa.

A las ocho estaba a punto de dormirme encima de los apuntes y pensé que
me vendría bien mover las piernas y salir por fin a la terraza que tenían en
el ático. Bajé a buscar el abrigo que tenía en el perchero de la entrada y, por
desgracia, me encontré de nuevo a Denian. Esta vez recogiendo las llaves
en la bandeja del recibidor. Apestaba a perfume.
—Ah, ¿tú también vas a la fiesta, Emilia? —preguntó Madraza desde la
mesa del salón. Estaba haciendo un puzle con Tania.
—No, yo…
—Me han invitado a mí —dijo él, malhumorado. Por su expresión, debía
de estar adivinando lo que venía.
—Seguro que a Emilia le vendrá bien un poco de desconexión después
de todo el día estudiando, ¿verdad? —Exacto, eso era lo que debía de estar
esperando.
Estuve a punto de negarme, porque no iba vestida para salir ni me había
duchado, pero en cuanto me crucé con la mirada de Denian, que era del
estilo: «ni se te ocurra decir que sí», me entraron ganas de joderle un poco.
—¿Qué fiesta es? —pregunté, fingiendo interés.
—Del cumpleaños de un colega. Pero no sé si le hará mucha gracia que
lleve a alguien.
—Puedes decirle que soy tu prima y que estoy de visita —sugerí.
—Buena idea, Emilia —opinó Madraza.
—¡Pero si no se parecen en nada! —intervino Tania.
—Los primos no tienen por qué parecerse —dije.
—Desde luego… —Denian exhaló por la nariz y salió sin cerrar la
puerta. De ese modo tan amable me dio a entender que podía ir con él. Me
recogí el pelo en una cola alta que me parecía favorecedora y lo seguí.
Se pasó el trayecto pegado al móvil, así que no cruzamos más que dos
palabras. Tuve la tentación de decirle que continuara solo, agregando un
«pásatelo bien» en el que «gilipollas» quedaría implícito en el tono. Podría
haberlo hecho, pero pensé que siempre tenía tiempo de marcharme de la
fiesta si resultaba ser un agobio.
Veinte minutos más tarde entramos en un bar tipo coctelería. Aunque no
era un sitio en el que esperara ver máquinas tragaperras y una nevera con
helados de Frigo, ahí estaban, en la pared paralela a la barra, como si fueran
un añadido de bar tradicional. Por lo demás, la decoración tenía su qué. La
sala era diáfana: en un lado había mesas altas de estilo minimalista donde se
acumulaban en desorden las botellas de alcohol, los refrescos, los vasos, el
hielo y el picoteo. Y al otro, la gente bailaba al ritmo de la música
electrónica que un DJ estaba pinchando en una pequeña tabla de mezclas.
Por lo menos debía de haber cuarenta personas. ¿Quién conocía a tanta
gente? Y, sobre todo: ¿quién organizaba una fiesta como la de una boda a
esa edad? Yo como mucho me iba a cenar fuera con las amigas, pero claro,
si tenías más de cincuenta amigos y unos padres con dinero, supongo que
eso era lo normal. Ni más ni menos, el ambiente en el que se movía Denian.
—¿Se supone que eso es la cena? —le pregunté señalando unos platos
donde apenas quedaban dos pinchos de tortilla, algunas mini hamburguesas,
unos trozos de pizza con pinta de estar fríos y resecos y un plato de patatas
de bolsa.
—Han arrasado —dijo—. Habrá que darse prisa. —Se lanzó a por un
pincho de tortilla.
Opté por comerme una mini hamburguesa y un puñado de frutos secos y,
cuando quise darme cuenta, mi primo ya no estaba a mi lado.
Me abrí paso entre la gente para localizarlo, o presentarme yo misma al
anfitrión, con la idea de que quizá él tuviera la decencia de ocuparse de mí
y hacerme pasar un rato agradable. Al fin, vi que Denian saludaba a un
chico moreno que vestía de un modo más informal, o por lo menos no
parecía que estuviera a punto de cruzar el Mediterráneo en velero. Levantó
la mirada por encima del hombro de Denian y me sonrió. Era una sonrisa
astuta, como de quien sabe de qué va el juego mucho antes de leerse las
instrucciones.
Cuando estuve delante de él me quedé unos instantes ensimismada por
cómo me calaba la negrura de sus ojos, pero conseguí deshacerme de su
hipnosis a tiempo para no parecer idiota. Luego, me trabé un poco en el
hoyuelo de la barbilla, pero lo disimulé mejor.
—Lucas, te presento a Emilia, mi prima.
—Emilia. —Me gustó oír mi nombre en sus labios. Mucho más cuando
apoyó la mano en la parte baja de la espalda y me acercó a él para darme
dos besos.
Era como si algo o alguien hubiera accedido a concederme el deseo de
ponerme delante el tipo de chico que me gustaba para compensar de algún
modo la mala racha que estaba pasando. Eso sí que era un Plan Marshall
hecho a medida. Lástima que vayas vestida de estar por casa, me
autoflagelé.
—Estamos escasos de suministros, pero tengo algo más en la barra. ¿Qué
te apetece tomar? —preguntó Lucas.
—Un ron cola está bien. —Continué maldiciéndome por no haber tapado
el grano que me había salido sobre el labio con una buena capa de
maquillaje. Había dado por hecho que me encontraría con un grupo de pijos
insufribles, no con una persona normal… normal no, ¡estaba tremendo! Me
sacaba dos cabezas, tenía el rostro anguloso y una mirada provocadora.
—Tiene que ser Pepsi. —Acepté, porque no se me ocurrió con qué otra
bebida podía mezclar el ron. Opino que la Coca-Cola y la Pepsi no tienen
nada que ver y cuando lo digo así, a modo de sentencia, la gente me mira en
plan «ni que fuera catadora de refrescos».
Como buen anfitrión, Lucas se apresuró a buscar la bebida detrás de la
barra.
—Cuidado con él —aprovechó para decirme Denian. Sabía a qué se
refería, por supuesto, pero se lo pregunté de todos modos.
—¿Por qué?
—Parece muy interesado al principio, pero se cansa rápido.
—Ya, pero a ti ¿qué más te da? A lo mejor yo también me canso rápido.
Alzó las manos, en señal de que no quería meterse.
—Yo solo aviso.
—Vale, primo.
Nos quedamos unos minutos sin decirnos nada, así que miré a ambos
lados levantando las cejas para darle a entender que era libre de hacer lo
que le diera la gana, que, a partir de ese momento, podía buscarme la vida.
—Es mejor que volvamos juntos —me advirtió.
—Me queda claro. Nos vemos luego.
Se dio bastante prisa en desaparecer.
Lucas volvió con un vaso de cubata hasta arriba, una jarra de cerveza y
el ánimo de quien está seguro de que se va a quedar con la chica. Qué
equivocado estaba. Yo era una experta en dar una de cal y otra de arena, en
fingir que me interesaba por alguien y desaparecer una semana. Sobre todo
porque no quería ser como mi madre, pero tampoco quería ser la niña que
se montaba películas en su diario y esperaba que todo pasara tal y como se
lo había imaginado.
A Lucas no le faltaba confianza y continuó en su empeño de camelarme
con frases aprendidas. A pesar de la atracción y de la voz chillona que
aullaba de alegría en mi mente, adopté una expresión neutra, como si me
encontrara con chicos como él a diario que me miran de esa misma manera
y me cuentan las mismas cosas una y otra vez.
Di un trago a la copa y contraje la cara, porque estaba tan fuerte que casi
eché de menos el sabor de la Pepsi. ¿Estaba intentando emborracharme?
Pues se iba a llevar una decepción, porque estaba dispuesta a volver a casa
por mi propio pie. No iba a convertirme en un peso muerto para Denian,
porque sin ninguna duda, lo utilizaría en mi contra más adelante.
—¿Cumples diecisiete? —pregunté.
Asintió.
—¿Tú cuántos tienes?
—Uno menos. ¿De qué conoces a mi primo?
—¿No te lo ha contado? La historia tiene su qué. —Recolocó los
hombros y gesticuló como si estuviera a punto de hacer una demostración
gráfica—. Coincidimos en las prácticas para sacarnos el carné de moto,
pero la primera impresión fue mala, qué digo mala: me cayó como el culo.
Tuve que esforzarme para no soltar un: «¡Ja! Me pasa exactamente lo
mismo». Porque sería feo viniendo de una prima que está de visita.
—Me pareció que iba un poco subidito, no sé si me entiendes… que
ahora no lo pienso para nada, pero… ya sabes, las primeras impresiones. La
cosa habría acabado ahí, por lo menos yo esperaba no volver a cruzarme
con él en mi vida. Pero, fíjate cómo son las cosas que más tarde, a través de
un amigo común, Mathieu… no sé si lo conoces.
—No.
—Pues yo ya conocía a Mathieu de antes, pero ahora no te voy a aburrir
explicándote cómo lo conocí a él, porque no acabaríamos nunca. El tema es
que me volví a encontrar con Denian a través de Mathieu porque van juntos
al Liceo y empezamos a tratarnos más. Ahora me parece un tío cojonudo.
Un poco dramático a veces —hizo una pausa para comprobar si estaba de
acuerdo y, como sonreí, asintiendo, se llevó las manos a la cabeza para
imitarlo en tono amigable— ya sabes, en plan: el mundo está contra mí,
Dios, ¡que alguien haga algo para evitar que me pasen cosas jodidas!
Me reí, aunque lo hice de manera cómplice, no burlona.
En ese momento se acercó una pareja a saludarle y los recibió con la
expresión alegre de quien hace tiempo que no ve a la otra persona,
agradeciéndoles que hubieran venido desde Madrid. Me pidió que esperara
un momento y se fue con ellos a otra parte de la sala.
Tenía la escalivada en los pies, así que me dispuse a buscar más
montaditos como si me hubiera convertido en un halcón ratonero. Por
suerte, encontré un resto de Bocabits. Me alegré de no estar delante de
Lucas, porque los engullí de golpe, con tanta ansia que, de haberme visto,
habría pensado que tenía algún tipo de desajuste alimenticio. En la misma
línea, escaneé plato por plato, por si veía algún otro bocadillo y me contenté
con un par de chucherías.
Tomé otro trago del vaso sin poder reprimir el gesto de disgusto y
observé al DJ al otro lado de la sala. Cabeceaba con energía, mientras la
gente saltaba con el pelo revuelto y el sudor marcándose en sus camisas y
blusas bien planchadas. Seguí a los invitados con la mirada hasta que vi a
Denian, solo, bailando como si alguien lo estuviera controlando mediante
hilos invisibles. Era la manera más rara de bailar que había visto en mi vida.
Me surgió una gran necesidad de decírselo, porque me divertía, incluso
estaba dispuesta a perder la oportunidad de que Lucas se reencontrara
conmigo para ponerme a su lado y mirarlo como si fuera el cuadro del
amigo osteópata de su madre.
Me acerqué, con la sonrisilla ya en los labios. No me vio llegar, así que
siguió ahí a lo suyo, despeinándose. Pensé que si seguía sometiendo su
cuello a ese tipo de movimiento espasmódico tendría que ir a que le
pusieran un collarín.
—No sabía que bailabas —le dije, subrayando el «bailabas» con ironía.
El frenesí fue inmediatamente reemplazado por un baile mucho más sutil
y apagado. La música no estaba tan alta como en una discoteca y se podía
hablar sin gritar.
—Cuando nadie me ve.
—No te cortes, sigue a lo tuyo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó.
—Nada —me reí—, es solo que…
—¿Qué?
—Pues no sé, tienes un ritmo un poco… ¿has hecho clases de funky o
algo parecido? ¿La danza de la lluvia?
—Puedes reírte todo lo que quieras, pero es lo mejor para liberar
tensiones. Tú debes dislocarte el cuello en los conciertos de heavy.
—No te digo que no. —Bebí, mirándole de soslayo—. ¿Seguro que no te
has tomado nada? Si te han dado eme me lo puedes decir, no me voy a
chivar a tu madre.
Denian dejó de bailar, se acercó hasta traspasar el espacio vital, algo que
casi me cortó la respiración por lo inesperado, y me miró fijamente para
demostrar que estaba limpio en cuanto a drogas, porque algo borracho sí
que iba. El azul de sus ojos me atravesó como una oleada y despertó algo en
mí que me forcé en ignorar.
—Vale, no te veo nada raro en las pupilas —dije, echando la cabeza
hacia atrás; la cara me ardía. Ni que tuvieras otra vez trece.
Denian se apartó, como si fuera de pronto consciente de que había
calculado mal la distancia y señaló tras de mí, cambiando de tema:
—¿Qué? ¿Tan rápido se ha cansado Lucas o has sido tú?
—Es su día, lo tienen ocupado. Hemos estado charlando sobre primeras
impresiones y cómo engañan a veces. —Tomé un trago que ya estaba
caliente, cosa que empeoraba el sabor—. ¿Tú eres de los que entran a la
primera o te cuesta?
—Depende de cómo me pille el día y con quién. ¿Tú?
—Supongo que también. Como tengo los rasgos duros, la gente cree que
seré borde. Pero en mi caso, intento no sacar conclusiones demasiado
rápido.
—Yo normalmente acierto, pero no me cierro a cambiar de opinión.
Ambos supimos leer entre líneas y nos quedamos unos instantes
callados.
—Entonces —dijo— ¿en qué rango se mueve Lucas? ¿Te ha caído bien a
la primera o te faltan datos para formarte una opinión? —Entendí que lo
decía con sorna del tipo «sé que te ha gustado».
—Bien… digamos que me ha entrado bien.
—Suele tener ese efecto en las tías —dijo.
—¿Ha estado con muchas?
—Ya he perdido la cuenta. Pero no te preocupes, seguro que tú eres de
las que se queda con el malote y consigue transformarlo en un tipo
comprometido con las relaciones.
—Detecto ironía.
—Servida en bandeja de plata.
—Y ¿qué te hace pensar que yo esperaría hacer cambiar a un
rompecorazones? Puede que yo misma lo sea, y, si me juntara con él,
acabáramos rompiéndonos el corazón mutuamente.
Se quedó en silencio, mirándome con interés.
—Me sorprende.
—¿Qué es lo que te sorprende?
—¿Quieres saber la verdad?
—Por eso te lo pregunto.
—Estoy sorprendido de que, de todas las personas que están en esta
fiesta, estemos precisamente hablando entre nosotros.
—Eso prueba que no soy un cliché.
Sonrió. Por primera vez me pareció que era una sonrisa amable y daba la
sensación de estar realmente a gusto.
Abrió la boca para agregar algo más, pero las luces se apagaron y el DJ
pinchó el cumpleaños feliz de Parchís. Salieron dos chicas de detrás de la
barra con un pastel rectangular de proporciones considerables y avanzaron
hacia una mesa esquinera. Allí se acercó Lucas, a punto para apagar las
velas del número diecisiete.
Denian y yo caminamos unos pasos para verlo soplar las velas y, antes de
que lo hiciera, un amigo suyo hizo una broma, bastante machista,
conjeturando sobre el posible deseo que pudiera tener. Él sopló y dijo:
—No necesito ninguna orgía de tías si puedo estar con quien realmente
quiero estar. —No fue lo que dijo lo que me aceleró el pulso, sino que me
mirara al decirlo.
No es nada. Lo único que quiere es follar.
No es que a mí me faltaran las ganas. Tenía calados a los tíos que iban de
ese rollo y no pensaba ser tan accesible como él pretendía. En eso pensaba
cuando acepté el plato de plástico con la porción de pastel de chocolate que
me trajo personalmente el cumpleañero.
—¿Os lo estáis pasando bien?
—Genial, tío —dijo Denian—. Lo del DJ ha sido buena idea. Sabe lo
que hace. —Se me hacía rara esa manera de expresarse, era como si de
pronto se hubiera transformado en una persona con mucho afán por gustar.
—Pues a mí la música me parece regular —dije.
Lucas señaló mi camiseta.
—Amon Amarth.
—Si lo pusieras, más de uno se piraría de aquí.
—A lo mejor lo hago más tarde, para que nos quedemos solos. —Me dio
un codazo amistoso—. Si no le importa a tu primo, claro.
Denian hizo un gesto dando a entender que no y seguidamente dijo que
iba a ver si encontraba algo de tequila. Parecía no soportar ser el tercero en
discordia.
—No hay huevos —reté a Lucas, refiriéndome a la música.
Soltó una risa. Le iba la marcha.
—Espera y verás. —Me guiñó un ojo y levantó la vista en dirección a
unos amigos que le traían un regalo. Se alejó un momento para estar por
ellos, pero no le dedicó mucho tiempo y volvió, bromeando sobre la prisa
que tenía de estar de nuevo conmigo.
—No se me ocurre nada peor ahora mismo que perder la oportunidad de
conocernos mejor por estar saludando a gente con la que no me apetece
hablar más de cinco minutos.
—Entonces, ¿por qué los invitas?
—Me he explicado mal, no es que no quiera hablar con ellos, pero desde
que te he visto, no me apetece hablar con nadie más, sean cinco o dos
minutos.
—Pero a mí me sabe mal entretenerte cuando esta gente ha venido aquí a
estar contigo.
Era una de esas cosas que se dicen y no piensas en absoluto. Es más,
robar al homenajeado era lo que más me apetecía hacer. Pero tenía que
vencer el impulso para pasar de ser un capricho pasajero a algo codiciado.
Me respondió acercándose al oído.
—He ganado un año más de experiencia en elegir con quién me apetece
pasar más tiempo.
Era bueno. Eso tenía que reconocérselo.
—¿Incluso a alguien a quien acabas de conocer?
—Algo me dice que valdrá la pena.
Nos miramos y supe al instante que habría algo entre nosotros. No estaba
claro cuánto duraría, pero la química estaba ahí. Nos pasamos la siguiente
hora charlando sobre quiénes éramos, a grandes rasgos, quiénes eran
nuestros padres, por qué habían venido de Manchester a Barcelona, por qué
los míos se habían divorciado. Nos hicimos bromas que dieron pie a
tocarnos más. En un momento dado tuve que ingeniármelas para dar un
rodeo sobre mi estancia en Barcelona, teniendo en cuenta que solo vivía a
once kilómetros de distancia, y le expliqué que mi madre era comercial y
viajaba mucho, así que cuando estaba fuera un periodo más largo se sentía
más tranquila si me iba a casa de mis tíos.
Estaba pensando que la noche se me había pasado muy rápido cuando
me di cuenta de que la mayoría de los invitados ya se habían marchado.
Lucas se levantó para ir a buscar más bebida y de camino le dijo algo al
oído al DJ. Cuando volvió sobre sus pasos con dos vasos de cubata, se
escuchó a Amon Amarth. Sonreí, asintiendo.
Acorde a nuestro plan, veinte minutos más tarde solo quedaban los más
allegados o aquellos de los que no es posible deshacerse a menos que
recibas una amenaza de bomba. En cualquier caso, los que quedábamos,
ocupábamos solo una de las mesas altas. El DJ hizo lo que se esperaba de
él: bajó el volumen de la música y cambió a Coldplay.
—Bueno, Denian. —Empezó a decir Lucas, con aire divertido—. ¿Nos
vas a contar algo de lo que te dijo la bruja?
Se echó a reír y algunos lo acompañaron. Yo no sabía de qué iba la
película, pero la expresión de Denian no era difícil de descifrar. Estaba
incómodo.
—Nada relevante —se limitó a decir.
Me pareció innecesario que Lucas insistiera, pero no se estaba dando
cuenta de que su amigo estaba molesto con esa conversación, o lo que era
peor, le daba igual.
—Resulta que Denian vino al bar un lunes. —Hizo una pausa para dar
más énfasis—. Como ya sabéis, los lunes cerramos, y si no lo sabéis ya os
lo digo yo. Los lunes cerramos, ¿vale? Pues quedaos con eso.
Lo relataba como si fuera una batallita propia y yo miré a Denian que,
acomodando una sonrisa forzada, parecía hacerse cada vez más pequeño.
—Y se encuentra con una tipa aquí, y, como mi amigo anda despistado
se piensa que es una camarera que está preparándolo todo para abrir más
tarde, pero hay cristales por el suelo, ¡y ni se da cuenta, el tío! —Volvió a
hacer una pausa, esta vez para darle una palmada en la espalda—. Pues va
la mujer y le lee la mano, pero en realidad ¡había entrado a robar!
Lucas rompió a reír.
Sus amigos emitieron sonidos de sorpresa, mirando a Denian riendo.
Uno de los presentes le dio un codazo. Entre los «no jodas, tío». «¡qué
fuerte!» y «pero, qué pájaro, ¿no?» estaban los que querían saber a toda
costa qué le había dicho de su futuro. Yo no sabía qué hacer, ni qué decir,
pero estaba irritada por la situación. Se estaban riendo en su cara y él
acompañaba las risas de mala gana, como si quisiera formar parte de la
broma para no entrar en conflicto con Lucas.
—Pues no me lo quiere contar. Yo creo que enterarme compensaría, ya
que se lo cobró bien la mujer. —Miró a su público y como acordándose de
algo, añadió—: encima era una tía chunga, fugada de la justicia.
«¡Hostia puta!» Más risas.
¿Por qué Denian no decía nada? Para entonces ya había caído en que eso
era lo que los Leroux se habían guardado aquella semana rara, pero no
estaba dispuesta a dejar que se lo sonsacaran a la fuerza, así que intervine.
—Yo creo que lo de que te lean la mano es un tema privado, ¿no?
De pronto me convertí en el centro de las miradas. Lucas rompió el
silencio con una risita. Parecía haber entendido por fin la gran exposición a
la que había sometido a su amigo y regañó tanto a la gente como a sí mismo
por su cruel curiosidad.
—Además —dijo Denian, sacudiéndose las manos en los pantalones—,
ya nos vamos.
Denian me dirigió una mirada agradecida y pensé que, si la disculpa por
lo de Mallorca no había arreglado las cosas entre nosotros, quizá eso sí.
DICIEMBRE 2012

DENIAN

El mes de diciembre estaba siendo una tortura por dos motivos. El primero,
Lucas no paraba de darme la tabarra por mensaje para que hablara con «mi
prima», porque estaba completamente seguro de que ella estaba interesada
en él, se lo había demostrado con creces en su cumpleaños, pero en cambio
no respondía a ninguno de sus mensajes. Quizá por quinta vez me preguntó
si había tomado nota del número correcto. Yo, como un mensajero bobo le
preguntaba a Emilia, y ella, haciéndose la interesante, me decía que ya le
escribiría en cuanto tuviera ocasión; cosa que era una verdadera pesadilla
transmitir a alguien desesperado.
Y el segundo motivo era Léa, que insistía en que me tomara «las cosas
en serio». Por «cosas» decía estar refiriéndose al futuro de mi carrera
universitaria. Aunque yo sabía que también englobaba nuestra relación. No
entendía que pudiera estar tan relajado cuando ¡ya había acabado el primer
trimestre de La Terminale! Y, en su firme opinión, debía empezar a
plantearme, al menos em-pe-zar a pensar en cuál era la mejor vía
profesional. Tenía la impresión de que se me daría bien estar en el
departamento de ventas de una empresa. Pero no me había parado a pensar
mucho en eso por algo muy sencillo, y es que había múltiples vías para
dedicarse a las ventas. Podía estudiar ADE, Publicidad y Relaciones
Públicas. Consideraba mejor esperar a saber la nota de corte que me
quedaba del Bac antes de decidirme. Total, si no me llegaba la nota iba a
tener que hacer las pruebas de rattrapage, ¿por qué romperme la cabeza
entonces? A ella mi actitud le parecía clara señal de pasotismo y, como era
de esperar, lo utilizó de puente para hablar de cómo hacía lo mismo con
nuestra relación. Que a ver si con comprar regalos antes de tiempo pensaba
que lo arreglaba todo. Entonces, yo cargaba de vuelta, haciendo referencia
al exceso de planificación en su vida, que también me arrastraba a mí, con
el consecuente agobio mortal.
Mathieu nunca llegó a cuestionarme lo mío con Léa, porque sabía que
era un tema espinoso y yo me limitaba a andar bordeando el terreno para
evitar pincharme con las espinas, en lugar de enfundarme unos guantes y
afrontar el asunto con unas tijeras de podar. En aquel conflicto no se
posicionó por ninguno de los dos, pero habló con ella y le aconsejó que, si
no quería perderme, suavizara. Ella siguió su consejo y cambió su postura
conmigo. Quedamos un viernes tarde para tomar algo y trajo una libreta
donde había apuntado todas las opciones que había encontrado para mi
carrera. Tratarlo sin reproches era su manera de suavizar. Yo iba con otra
idea en mente y no me apetecía para nada hacer un análisis exhaustivo de
mis futuros estudios, pero no había modo humano de abordar el tema sin
parecer un salido. Me supuso un esfuerzo hercúleo luchar contra el tedio y
escuchar cada una de esas opciones con el interés que ella esperaba de mí.
Después, la acompañé a casa y me contenté con que me bajara los
pantalones hasta los tobillos y me hiciera una paja en el baño de invitados.
Yo le leí el abecedario ahí abajo y, a juzgar por los gritos que tuvo que
acallar colocándose la mano en la boca, estuve bien. Todo esto ocurría
mientras sus padres estaban en el salón viendo la televisión. Por una parte
era excitante, pero por la otra un riesgo, porque la cosa habría sido bastante
incómoda si la primera vez que me vieran sus padres fuera saliendo del
baño de invitados con el aliento del sexo de su hija. Sería de muy mal
arreglo. Por suerte llegué a casa sano y salvo, aparentemente sin
obligaciones pendientes. Solo aparentemente.
Por una casualidad cósmica el viernes veintiuno de diciembre, las cenas
de empresa de Navidad de mis padres coincidieron. No habían encontrado
canguro para Tania, pero ¿qué tal si Emilia y yo asumíamos ese rol? Por
supuesto lo de Tania no era para mí ningún problema, podíamos pasarnos
horas haciendo cualquier cosa. Lo que me intranquilizaba era estar en
compañía de Emilia. No porque pensara que podía liarla. De hecho, hasta el
momento, me había tenido que tragar mis palabras respecto a la supuesta
convivencia problemática que nos iba a dar; y en la fiesta me había sacado
de un apuro. Lo que me inquietaba era lo directa y sarcástica que podía
llegar a ser. Requería de tal agilidad mental que uno no podía relajarse.
Mi padre salió primero y, mientras mi madre se arreglaba en el baño,
encontré a Emilia en la terraza, con una manta sobre las piernas, mirando el
móvil. Me senté en la banqueta situada frente a ella, con clara expresión de
«vengo en son de paz», que había logrado mantener después de la fiesta.
Dejó el móvil a un lado y me miró fijamente.
—Así que nos toca hacer de canguro, ¿no?
—Pues sí —confirmé.
Tras la fiesta, Emilia había tenido el buen juicio de no preguntar más
detalles sobre la anécdota. Lucas me había hecho quedar como un imbécil
delante de todo el mundo y lo último que necesitaba era a ella haciéndome
más preguntas.
—¿Algún plan para hacer con Tania?
Adoptó una pose reflexiva.
—Podríamos jugar a algún juego de mesa. Aunque aviso: soy bastante
competitiva.
—Mientras mi vida no corra peligro…
Por su expresión no me quedó claro si estaría a salvo. Aun así, la seguí
de vuelta al salón. Mi madre estaba ya despidiéndose de Tania y nos dio
algunas de las instrucciones básicas que yo solía saltarme cuando me
quedaba con mi hermana.
—Nada de juegos que la alteren demasiado porque no podrá dormir,
fijaos siempre en la edad recomendada para las películas y, se ponga como
se ponga, prohibido ver vídeos en el móvil hasta la madrugada.
Le dejamos claro que habíamos comprendido las normas y nos saltamos
la primera inmediatamente. A Emilia se le ocurrió que podríamos
improvisar un Twister pintando con tiza círculos de colores en el suelo de la
terraza y utilizar una ruleta de colores aleatorios a través de una aplicación
de móvil. Hacía frío, así que jugamos con el abrigo puesto, cosa que hizo el
juego más aparatoso a la par que divertido. Con esa idea contraveníamos
una regla que a mi madre no se le había ocurrido mencionar: «no resfriéis a
la niña».
Al inicio de la noche tenía un estado de nervios importante por compartir
el cuidado de mi hermana con Emilia, pero cuando empezó el juego y dejé
la mente libre, me sentí relajado. También descubrí que mi estabilidad y
flexibilidad se asemejaban más a la de un palo de escoba que a la del cuerpo
humano, pero valió la pena el nudo de brazos y piernas, las caídas, las
carcajadas y los chillidos de Tania. Fue uno de esos momentos que parecen
mundanos, pero tienen un trasfondo que te cala.
Después de la cena, Emilia preparó palomitas y pusimos la película de
Shrek 2, que consideramos adecuada para Tania, puesto que ya estaba
empachada de ver películas de princesas.
—Me alegro de que ya seáis amigos. —Fue lo último que dijo mi
hermana antes de quedarse dormida en mi regazo.
—¿La dejamos? —preguntó Emilia señalando el televisor.
—Sí. Esta parte es genial. —Era cuando tenía lugar la cena familiar entre
los reyes, Shrek y Fiona. Los suegros tienen que aceptar que su hija se ha
casado con un ogro y al rey le cuesta gran trabajo asimilarlo.
Inevitablemente pensé en la cena de presentación de Léa en San Esteban.
No porque tuviera alguna duda de que a mis padres fuera a parecerles
maravillosa, sino por mis propias dudas.
—¿Quieres subirla a la cama o esperamos? —preguntó Emilia al rato.
—Quizá estará más cómoda —dije, pausando la película. Subí con mi
hermana en brazos, le puse el pijama sin que se despertase, la cubrí con el
edredón y le di un beso en la frente—. No te resfríes por favor, hermanita.
Cuando volví al salón reparé en algo que provocó un pequeño tirón
inesperado: estaba con una chica viendo una película en mi casa. Emilia me
parecía atractiva, eso no lo podía negar y el cambio de perspectiva hacia
ella había permitido aflorar un tipo de tensión distinta, bastante lejana al
rechazo. Sorprendido por tener que echar mano del autocontrol, cuando no
hacía tanto mi mayor deseo era que se largara, me senté lo más alejado
posible de ella.
Al cabo de poco nos llegó un ruido de arriba.
—¿Se ha despertado? —preguntó.
Pausé de nuevo y agudicé el oído. Daba la impresión de que fuéramos
una pareja hablando de su hija. Fue extraño.
—No, no —respondí, sin mirarla.
Reinicié la película rápidamente y no aparté la vista de los ogros el resto
de la cinta. Tampoco di pie a conversar cuando acabó. Parecía confundida
por mi repentina necesidad de abandonar el salón, pero subí tan a prisa a la
planta de arriba que no le di tiempo ni a darme las buenas noches.

Estaba en el bar de Lucas. En las mesas titilaban velas rojas y la cera se


derretía sobre las mesas de aluminio negro. La falsa tía de Lucas me
esperaba sentada en un taburete, con los brazos apoyados en la barra, las
manos alrededor de un vaso. Bebía cerveza. Ella misma olía a cerveza
rancia. Las arrugas se le marcaban alrededor de la boca, sonreía y los
dientes se apiñaban sobre el colmillo con más ferocidad de lo que
recordaba. Me entró un escalofrío al pensar que estaba forzando esos
dientes a voluntad para que empujaran al colmillo con la intención de que le
saliera disparado y pudiera usarlo en una lectura mucho más sangrienta. La
saludé como alguien saluda a un compañero de trabajo que le espera
después de la jornada.
—¿Quieres cerveza?
—Hoy no me apetece.
El silencio se me hacía asfixiante, porque sabía que saldría de allí sin una
respuesta.
—No me lo pidas otra vez —decía ella, o más bien lo escupía, como
quien está hablando de un tema que detesta en lo más profundo.
—¿Por qué no quieres decírmelo? Tú empezaste. —Todo esto lo
hablamos sin mirarnos una sola vez. ¿Para qué? No era una hipnosis lo que
esperaba de ella.
—Yo leo manos hasta donde quiero y hasta donde sé.
—Sí sabes, pero no quieres decírmelo.
—Lo dejaré escrito en mi testamento.
—No tiene gracia.
—No creía que estuviera funny. Tampoco comprendo por qué importa.
Tú no crees en lo místico.
—¿Voy a morir? ¿Es eso lo que no quieres contarme?
—Morimos cuando nos toca. Eso no lo puede cambiar tu mano. A no ser
que te la corte, then morirás por hemorragia.
Y estallaba a reír. Su risa tenía tanta potencia, era tan estridente que los
cristales del bar volaban en pedazos, las velas se apagaban y solo quedaba
su risa, estremeciendo hasta el lugar más recóndito de mi ser.
Me desperté con un grito. Temblando.
Era la mañana de San Esteban y la pesadez que sentí al levantarme
después de aquella pesadilla me persiguió hasta que llegó Léa a las dos y
media. Llevaba un vestido verde botella ajustado que habría sabido valorar
más si me encontrara de otro humor.
—¿Qué traes? —le pregunté, señalando la bolsa.
Le di el beso rápido que sus ojos reclamaron como un derecho y solo así
se avino a contestar.
—Es una planta de Navidad para tu madre. —El carmín de sus labios,
prácticamente del mismo color que la flor de navidad que traía, se extendió
sobre su cara.
—Es que piensas en todo —dije después, forzándome a untar de melaza
mis palabras.
—¡Bienvenida! —la saludó mamá, con los brazos abiertos—. Deja que
te cuelgue el abrigo. —Léa le dio la planta deseándole felices fiestas—. Oh,
pero ¡qué bonita!
Mi madre la colocó en el mueble donde se amontonaba la decoración
navideña, desde casitas nevadas iluminadas, hasta colgantes en forma de
estrella, cascanueces y demás artilugios adornados con guirnaldas de luces.
Léa la halagó por lo acogedor del hogar, la elegancia de la decoración y la
atención cuidada que había puesto en los detalles. Mi madre, a su vez,
admiró su vestido y el peinado que se había ondulado al estilo
hollywoodiense clásico. Yo ni siquiera había reparado en eso, pero me dejó
frío.
—¿Qué te traigo de beber? —preguntó mi madre a la invitada de honor.
—Si puede ser, una tónica.
—Enseguida. Sentaos en el sofá que he puesto algo de picar. Pronto
estará el cabrito con patatas al horno.
—¡Qué lujo!, señora Leroux.
—Llámame Helena, nada de señora que me hace muy mayor —rio ella.
Se iban a llevar a la perfección. Mi padre vería en Léa al prototipo de chica
que le gustaba a él de joven. Seguramente esperara a que estuviéramos
solos para darme su aprobación tipo «qué buen ojo. Bien hecho», como si
hubiera ganado el trofeo de la temporada de fútbol. Con Tania lo tendría
fácil, el truco era escuchar atentamente todas sus historias y seguirle el
rollo, pero la incógnita era cómo actuaría Emilia. Eso me agitaba el ánimo.
—Denian —Léa chascó los dedos delante de mis ojos—. ¿Me vas a
enseñar la casa?
Asentí, sin mucho énfasis.
Se la mostré como si fuera un muermo de tío. «Este es el salón y la
cocina, ya ves. Por ahí se va al dormitorio de mis padres, esto es un baño.
La habitación de invitados». Subimos arriba. «Al final del pasillo hay un
estudio y la salida al ático. Otro baño para nuestras habitaciones. La mía, la
de Tania y la de… Emilia». Me costó un par de segundos decir el nombre,
porque en el fondo era extraño compartir casa con alguien prácticamente de
tu edad y que a tu novia le pareciera bien.
—¿Estás bien? —dijo, ya en mi habitación.
—Sí, claro.
—Te veo raro. —Me acarició los mechones rebeldes que se habían
escapado del fijador, ondulándose.
—¿Raro? No, para nada. Seguro que todo va bien. A mi madre ya le
encantas y en cuanto te vean los demás te adorarán.
—¿Es por ella?
Mi silencio le dio la respuesta.
—No dejes que llegue a ti. Sus problemas son suyos y no tienen que
afectarte.
Habría preferido que nos quedáramos encerrados allí. Incluso podría
haberle dicho de echar uno rápido, solo para que mi mente dejara de
atosigarme. No me salió. Estaba desganado hasta para eso.
—¿Volvemos abajo?
En su mirada adiviné que quería decirme algo similar a «sé que me
escondes algo, pero ahora no te voy a preguntar. No obstante, te lo sacaré en
cuanto pueda». Así de sencillo era a veces para mí descifrarla. ¿Sería igual
de fácil para ella?
Hechas ya las presentaciones, estuvimos tomando algo en la mesa del
comedor. Solo faltaba Emilia y empecé a impacientarme; no porque tuviera
ganas de verla, sino porque quería dejar de hacerme cábalas sobre cómo
actuarían en cuanto se conocieran. Emilia era imprevisible y Léa podía
llegar a ser engreída cuando no tragaba a alguien, y tal y como le había
hablado de ella, vendría mal dispuesta.
Aunque la habían vuelto a llamar, Emilia no bajaba.
—Me ha parecido escucharla llorar —dijo mi madre.
No queríamos empezar a comer sin que estuviéramos todos en la mesa,
así que mi padre envió a Tania a buscarla.
—Qué mala educación, ¿no? —me dijo Léa en voz queda.
—Ya ves —contesté, pero una pregunta se había alojado en el córtex
prefrontal: ¿qué le pasaba? Al mismo tiempo, mi cerebro empezó a fabricar
una teoría sobre la posibilidad, nada sólida por el momento, de que la
presencia de mi novia pudiera tener un impacto en ella que justificara su
ausencia. Y lo peor de eso era que una parte de mí me empujaba a querer
confirmarlo, como si buscara corresponder de algún modo. En los últimos
días mi interés por ella había navegado entre la atracción y la cautela, nada
que pudiera situarse medianamente en terreno amoroso. Pero algo estaba
cambiando y no precisamente en favor de Léa.
Al cabo de un momento, Tania volvió cabizbaja. Una de las dos trenzas,
hechas por Emilia con gran habilidad, le cayó sobre la cara. A modo
excepcional, le habían dejado ponerse lápiz de labios rosa y esmalte de uñas
de purpurina.
—¿Qué pasa? —pregunté sin poder disimular la urgencia en mi voz.
—Dice que no se encuentra bien. Es verdad que ha llorado, porque tenía
los ojos rojos, pero no me parece que se encuentre mal de la barriga ni nada.
A lo mejor quiere estar con su madre hoy. Yo la entiendo, porque es un día
para estar con la familia —concluyó, abrazándose a mamá.
Una serie de emociones me asaltaron y, puesto que Emilia no pensaba
bajar a comer, la inquietud discurrió por un camino distinto al que me había
preocupado inicialmente: ya no importaba cómo reaccionara Léa ante
ningún factor, lo único que quería saber era por qué Emilia había estado
llorando.
—No es un día para pasarlo sola —dije, poniéndome en pie.
Para mi propio asombro y estupefacción de Léa, subí a su habitación.
Llamé a la puerta y me llegó su voz debilitada, permitiéndome el paso.
Abrí con delicadeza y, por una milésima de segundo me pareció ver que
escondía algo bajo la almohada, pero no tuve tiempo de captar qué era.
Estaba echada sobre la cama, con la espalda apoyada en el cabecero,
trasteando con el móvil. Efectivamente tenía los ojos rojos, y a juzgar por la
camiseta, que le llegaba a las rodillas, y los pies descalzos no había tenido
intención de comer con nosotros, ni antes, ni después de llamarla.
Avancé prudente, para no invadir su espacio más de la cuenta. Ella alzó
la barbilla, con ese aire de dura que apremiaba a hablar de inmediato; «di lo
que tengas que decir ahora o lárgate».
—Tania dice que no vas a bajar a comer. ¿Todo bien?
Fijó la vista en el móvil, apretando los labios gruesos. Aun así, no
adelgazaron.
—¿Por qué te importa?
—Es lo que tiene la convivencia. Llevas aquí como dos meses. Solo hay
dos soluciones posibles: o nos matamos o encontramos la manera de
llevarnos bien. Y para mí, llevarse bien significa preocuparse por el otro si
decide pasar la comida de San Esteban, prácticamente en pijama, llorando
en su habitación.
—Te lo agradezco. —Sonrió a duras penas. El hueco milimétrico de los
incisivos me desarmó. Cogí la silla del escritorio por el respaldo, la arrastré
hasta colocarla a los pies de la cama y me senté.
—Bueno, al fin y al cabo, somos primos, ¿no?
Logré una risa. Aunque fuera más bien un reflujo de risa.
—Si insistes, te lo resumo: desde que mis padres se divorciaron tenía
pendiente una conversación con mi padre sobre la posibilidad de irme con
él. Nunca llegaba el momento de hablarlo, por una cosa o por la otra. —
Hizo una pausa para comprobar que la seguía y prosiguió—. Bueno, pues
hoy ha salido el tema. Mi padre no ve viable que me vaya a vivir con él. Él
tiene su vida hecha ahí y yo no encajo en ella. No me lo ha dicho con esas
mismas palabras, pero más o menos.
—Te entiendo y lo siento de verdad.
—Y luego he pensado que esto es temporal. ¿Qué voy a hacer cuando os
canséis de mí? Ni siquiera sois mi familia y mi madre no puede exigiros
nada.
No contesté porque todavía me costaba trabajo poner en orden mis
sentimientos. Desde luego había habido un giro en cuanto a lo que pensaba
respecto a que se quedase por tiempo indefinido y, la idea de que pudiera
estar así por mí, había transformado una emoción tan inofensiva como era
el instinto protector en otra cosa; algo a lo que todavía no quería dar un
nombre.
—Creo que comer con nosotros, será una manera de demostrar tu
gratitud, ¿sabes?
Bajó la mirada y asintió apesadumbrada.
Me fijé que la manga de la camiseta estaba humedeciéndose a la altura
de su antebrazo y salté de la silla.
—¿Eso es sangre? —pregunté, acercándome con la intención de
auxiliarla.
Emilia puso la otra mano encima, diciendo que no era nada, un accidente
tonto.
—Hay demasiada sangre para que no sea nada. Déjame ver —insistí.
Intentó zafarse, pero yo tenía más fuerza que ella, la agarré por la
muñeca y la miré a los ojos, tratando de transmitirle calma.
—Emilia, no quiero hacerte daño, déjame verlo.
Enfurruñada se levantó la manga y se apresuró a decir:
—Ahora me pondré una gasa.
La camiseta había absorbido parte de la sangre, pero continuaba
manando más del corte que había en el antebrazo y la colcha se llenó de
algunas gotas antes de que Emilia tuviera tiempo de abrir el cajón donde
guardaba las gasas. Durante el transcurso de ese proceso me quedé mudo.
¿Cómo? Levanté la almohada y la vi: una cuchilla.
—Joder —fue lo único que logró escapar de mi boca. Me volví,
buscando sus ojos, pero rehuyó mi mirada y el mismo sentimiento que me
había impulsado a subir la escalera me llevó de nuevo a ponerme ante ella.
Alzó la mirada. Tenía un tinte de culpabilidad.
—¿Por qué lo haces?
—No lo sé —dijo. La voz era apenas un susurro—, pero no se lo digas a
ellos —agregó. Sus ojos se humedecieron.
—Antes me gustaría entenderlo —y no solo le hablaba a ella, también a
mí mismo. Quería entender qué me pasaba, mi novia estaba en la planta de
abajo y yo sentía deseos de…
—La verdad es que no sé cómo explicarlo, Denian. Normalmente me
ayuda a drenar la mierda que llevo dentro, pero hoy se me ha ido un poco la
mano…
—Ni se te ocurra volver a hacerlo —dije, apoyando las manos en sus
hombros. Nuestra mirada a la misma altura—. Es demasiado… nunca he —
callé. Demasiado ¿qué? ¿intenso? ¿Nunca he visto a nadie que se cortara el
brazo con una cuchilla? Me había convencido de que Emilia no tenía
ningún problema, pero aquello estaba a otro nivel. Si lo veía Tania ¿qué
aprendería de ello? ¿Y mis padres? A lo mejor pensaban lo mismo, que
estaba más allá de lo que podían asumir.
—No se lo diré, pero por favor, deshazte de eso.
Cuando llegué a la altura de la puerta, añadí:
—Mi madre ha preparado canelones de primero y cabrito de segundo.
No te los puedes perder. Venga, cámbiate y come con nosotros.
—Lo siento —dijo solamente.
—¿El qué?
—Que hayas visto esto. —Se agarró el brazo izquierdo con la mano—.
Estoy intentando dejar de hacerlo, pero es como un impulso y no es fácil.
La miré comprensivo.
—A lo mejor deberías pedir ayuda a alguien. No entiendo mucho de
lesiones autoinfligidas, pero, piénsalo.
Estuve unos segundos en el pasillo, recuperándome del impacto. Me dije
que, a lo mejor debería decírselo a mi madre, por el bien de Emilia. Porque
quien empieza así, puede acabar… Me deshice de esa línea de pensamiento,
negándome a aceptar que pudiera llegar tan lejos y, más que nunca, me sentí
con el deber de protegerla.
Al ver a mi padre subir unos peldaños, caí en la cuenta de que había
pasado un buen rato y mi cabeza volvió a centrarse en Léa. En cuanto
tuviera oportunidad, me pediría todo tipo de explicaciones sobre ese cambio
que se había hecho evidente en el momento de subir a su habitación. Y
cuando Emilia bajara, quedaría más claro que se debía a mi intervención.
«¿Qué le has dicho? Pensaba que no la soportabas».
Le conté a mi padre medias verdades sobre el motivo por el que había
tardado tanto y, cuando llegamos al salón, me palmeó la espalda, sonriendo
con complicidad.
—Bien hecho, hijo. Léa es una chica encantadora.
JULEN

En el bajo de un edificio de Badalona, la luz de media tarde cruza la sala a


través de los ventanales, partiéndola por la mitad. La alquila la Asociación
Estem Aquí para las sesiones de los grupos de apoyo que se celebran los
jueves de cada semana. Es un espacio amplio, con paredes de hormigón,
austero como un garaje y, cuando anochece, apenas iluminado por un par de
fluorescentes. A un lado, como un animal atado a la pared, hay una nevera
vieja que emite un zumbido ahogado y constante. Al otro, se apilan las sillas
y mesas plegables para cuando se organiza alguna charla.
En la sesión de hoy, los participantes ya se han sentado formando un
círculo más o menos uniforme. Pero su atención no está centrada en la
moderadora como en sesiones anteriores, sino que dirigen miradas furtivas
hacia la persona que acaba de incorporarse. Un chico alto y fibroso, de
rostro aniñado y barba tupida, pero arreglada. La templanza de su mirada y
la seguridad de sus gestos provocan una muda admiración entre los
presentes. También cierta envidia. No es usual que alguien tan joven, no
debe de haber cumplido los treinta, acuda a un grupo de apoyo el primer día
sin mostrar un mínimo de inquietud o nerviosismo. Primero porque va a
tener que presentarse y contar su experiencia traumática delante de nada
menos que de quince desconocidos, y segundo, porque quienes participan
en esos grupos acuden por un problema que suele tener un impacto en su
apariencia física o, al menos, en sus gestos. Por eso, en cuanto la
moderadora le pide que se presente, se forma un silencio expectante.
El chico se echa hacia delante en una pose desenvuelta y coloca los
brazos, surcados de tatuajes, sobre los muslos. Une las manos y observa al
grupo.
—Me llamo Julen. —Su voz es grave y algo rasgada. Hace una pausa
para dar cabida al «hola, Julen» del grupo y continúa—: estoy aquí porque
intenté suicidarme. No por nada en particular y eso hace que me sienta peor.
Fue en la estación de Francia. Compré un billete para el Garraf. —Exhala
una risa irónica y murmura «pagar incluso para matarse»—. Me acerqué a
la vía y tuve el impulso de saltar. Sentí una presión muy fuerte en el pecho y
mi mente me daba órdenes contradictorias. Dicen que hay suicidas que
cuando se han tragado un bote de pastillas se arrepienten e intentan
vomitarlas. Yo estuve a punto de saltar, pero al final me acobardé. Vino una
mujer y me dijo que era peligroso estar tan cerca de la vía. Creo que no
pensó en lo que estaba a punto de hacer.
Le devuelven miradas compasivas, algunas de reconocimiento porque
han vivido experiencias similares. La moderadora toma la palabra.
—Si te dijera que pensaras en algo que te inquieta, te preocupa o que
incluso te enfada, ¿qué es lo primero que te viene a la cabeza?
Julen arruga el ceño, concentrado. Responde al cabo de unos instantes:
—Creo que la gente se siente en la obligación de tener éxito. No tener
ambiciones está mal visto. Se nos imponen esas normas no escritas de una
forma pasivo-agresiva, pero yo no consigo tragarme los grumos. Supongo
que soy un fracasado, pero parece que no tenga derecho a serlo y que me
parezca bien. Gracias.
SEGUNDA PARTE

MA JOLIE
JUNIO 2013, BARCELONA

EMILIA

Serena. Así era como debería haberme sentido a orillas de la playa de


Bogatell. Radiante, incluso, frente a las olas susurrantes de aliento salitrado
y la puesta de sol que teñía el cielo de naranja y púrpura. Pero estaba
inquieta. Tal vez fuera porque la mano de Lucas se había agarrado con más
fuerza a mi cintura después de hacerme la pregunta: «¿cómo nos ves de
aquí otros seis meses?». Podía parecer inofensiva, hacía medio año que
salíamos y era lógico pensar hacia qué dirección iba lo nuestro, pero no era
una cuestión que hubiera planteado con interés casual; en su mente ya había
anticipado la respuesta correcta.
Lo miré durante un momento, como si esperara encontrar alguna pista.
Sus ojos brillaban expectantes. Antes de estar con él creía que nunca
permitiría que otra persona se convirtiera en el centro de mi mundo y ahí
estaba él, en el centro. Nos parecíamos. Ambos teníamos cráteres en el
corazón a causa de nuestra familia y habíamos encontrado refugio en los
brazos del otro.
—No lo sé —dije, sin embargo—. No suelo planear a tan largo plazo.
—No era lo que esperaba que dijeras —respondió con crudeza. Sus
espesas cejas enarcadas en mi dirección.
No es culpa suya.
La familia de Lucas se había trasladado de Manchester a Barcelona
cuando solo tenía tres años. Buscaban mejor vida en un clima más
agradable y se establecieron en una zona privilegiada de la ciudad. Su padre
tenía experiencia en la gestión de locales de noche y enseguida invirtió en
un bar musical que resultó tener éxito y de ahí impulsó una cadena de
restaurantes. Además de emprendedor, era un hombre autoritario y había
impuesto una disciplina de corte militar que a menudo acompañaba de
algún que otro golpe con el revés de la mano. Lucas tenía una hermana
cinco años mayor que él, pero no tenían vínculo; decía que estaba loca. No
llegó a profundizar en el tema y yo no se lo pregunté. Su madre era
profesora de inglés y daba clases en una academia. Al contrario del padre,
era permisiva hasta el punto de no importarle lo que hicieran o dónde
estuvieran sus hijos, algo que provocaba fuertes discusiones en casa. Aun
así, Lucas se había convertido en el blanco de su padre. Le exigía
perfección en todo, era severo e intransigente, y si él no podía dispensárselo
en la medida que su padre esperaba, solo recibía desprecio. Lucas estaba
profundamente afectado por el escenario familiar y en consecuencia no
sabía qué esperar del amor de otra persona.
Volví la vista al panorama marino. Me habría gustado sentirme así de
sosegada. Bandera verde.
—¿Y tú?
Él. ¿Cómo podía resumir nuestro tiempo juntos? Intenso. Había sido
intenso. Lucas era una vorágine de emociones, a menudo llevadas al
extremo. Para lo bueno y para lo malo. Y yo a veces sabía manejar su ira,
como si fuera un buque en mitad de una tormenta; otras, colisionábamos y
acabábamos en pedazos. Supongo que soy como el marinero que tras una
mala experiencia sigue saliendo a la mar, porque la ama a pesar de lo
impetuosa que pueda llegar a ser, de lo imprevisible. Soy una temeraria,
supongo. O quizá es que me atraen las emociones fuertes.
Lucas acercó los labios a mi cuello, me besó y me mordió suavemente el
lóbulo de la oreja.
—Me veo compartiendo algo más que unas toallas de playa contigo.
—¿Sí?
—A lo mejor te parece que voy muy rápido, pero cuando estoy seguro de
algo no lo suelto —dijo, volviéndome a agarrar. Viró ligeramente,
encajando mi espalda entre sus piernas, me rodeó con los brazos y acercó su
mejilla a la mía—. Te quiero, Emilia. Nunca he estado más seguro de nada.
—Yo también.
Te quiero. Aunque a veces tema tus reacciones.
—Me encantaría tenerte cada día para mí, bajo el mismo techo.
—Pero es un poco pronto, ni siquiera soy mayor de edad. —Había
cumplido los diecisiete en marzo.
—¿Lo dices por tus tíos? Supongo que no tienen tu custodia legal, ¿no?
Fue un arreglo informal con tu madre por lo de su adicción.
La mentira de que los padres de Denian eran mis tíos se había alargado
tanto en el tiempo que era difícil de arreglar. Denian y yo estábamos de
acuerdo en que ya era tarde. Tuve que inventarme algo más convincente
para que colara. Le dije que mi madre no era comercial, ni viajaba, sino que
era drogadicta. Le conté que no conocía a mi padre, por lo que mis tíos eran
la única familia que podía ocuparse de mí.
—No lo digo por ellos. Objetivamente es muy pronto.
Hizo a un lado mi melena y me acarició la nuca con la yema del dedo.
—Si realmente me quisieras no dirías eso.
No sonó enfadado, ni quejumbroso. A veces empleaba ese tono conmigo
que, sin ser duro, conseguía hacerme sentir culpable.
—No tiene nada que ver con lo que siento —dije.
Tenía un nudo en el estómago. ¿Por qué no podíamos disfrutar de un
atardecer en la playa? Le había demostrado mi amor de mil maneras. ¿Tenía
que aceptar irme a vivir con él para que dejara de tener dudas?
—Quizá no en seis meses —dijo finalmente—, pero dentro de un año, sí.
Me relajé y el nudo se disolvió, o más bien, aceptó la prórroga.
Lucas enterró la cara en mi cuello y lo besó con dulzura.
Me di la vuelta, nos miramos con deseo y sonreímos. Nos echamos sobre
la toalla, se puso encima de mí y avivamos el fuego, magreándonos con la
ropa puesta. Había más gente en la playa, así que no nos atrevimos a ir más
allá. Pero hacer lo justo con él era siempre excitante, porque no solo sabía
cómo encender la llama sino también cómo mantenerla. En un escenario
sexual, sentir su posesión sobre mi cuerpo, era embriagador.

Cuando llegué a casa tenía la boca enrojecida y esa sonrisa de ensoñación


que se me posaba en los labios cada vez que veía a Lucas. Tenía las mejillas
arreboladas por el deseo satisfecho y casi sentía las manos invisibles de
Lucas recorriendo mi cuerpo en mi mente. Colgué el bolso en el perchero
del vestíbulo y enseguida topé con la escena cotidiana de los viernes: un
miembro de la familia encargándose de la cena.
—¿Qué estás preparando? —pregunté, acercando la cabeza a la olla.
—Penne all'Arrabbiata —dijo Denian.
Reí tontamente y él me miró con una mueca.
—¿En serio eres así de básica?
Pasé por detrás y abrí la nevera para coger una lata de Coca-Cola.
—Ya lo sabes.
Al fin había encontrado mi sitio en la familia. La relación con Denian
había mejorado tanto que cualquiera diría que éramos primos de verdad.
Estaba convencida de que la afición que habían cogido sus padres a que
hiciéramos de canguro de Tania había contribuido a esa mejora, porque nos
había obligado a canalizar nuestra atención en otro foco, a aliarnos en lugar
de pelearnos.
Yo misma me había superado en varios aspectos de mi vida, entre los
cuales, sacarme la ESO era de los más significativos. Fue precisamente el
perfeccionismo que tanto me molestaba de Madraza al principio el que me
había hecho progresar, porque una parte de mí quería demostrar que podía
hacer más. Madraza lo había identificado antes que yo, y en lo que a mí me
llevó darme cuenta, ella ya se había puesto a trabajar. Nuestras
conversaciones me habían servido de terapia y con el tiempo el autoodio
dejó de ser tan frecuente. De hecho, acabé por contarle lo de las lesiones.
Me pidió que acudiera a ella si tenía el impulso de autolesionarme en
cualquier momento, aunque fuera de madrugada y, por primera vez, sentí
que era posible dejar de hacerlo algún día.
En cuanto al señor Leroux, tenía un sentido del humor agudo que me
hacía reír a carcajadas y siempre estaba dispuesto a echar una mano si tenía
un problema. Incluso había tenido el detalle de ofrecerse él mismo a
comprarme un billete a Portland. Fui yo quien lo rechazó, porque no me
sentía preparada para ver a mi padre. Tampoco estaba preparada antes, pero
la necesidad de escapar de mi realidad era lo que me había empujado a
querer ir. Con la ventaja de un hogar estable, pensé que antes de verlo con
su nueva familia, tenía que perdonarlo.
A pesar de todo, el miedo seguía presente. Miedo a perder lo que tenía, a
que me dijeran que debía volver a casa de mi madre.
—¿Cuándo saldrán tus notas? —pregunté, sentándome en el taburete de
la cocina.
—Pues no puede faltar mucho. Lo miré ayer por la noche y todavía nada.
Me imagino que Léa estará refrescando la página cada cinco minutos y
Mathieu es capaz de pedirme que lo mire yo en su lugar, para no tener que
enfrentarse a la presión.
—Ya. —Bebí de la lata—. Pues a ti te veo muy tranquilo. Yo estaría de
los nervios.
—Es lo que te parece, pero por dentro estoy de los nervios. No sé si has
caído, pero esta semana le tocaba ocuparse de la cena a mi padre. Le he
cambiado el turno para poder pensar en otra cosa.
—¡Es verdad! —exclamé, tapándome las mejillas con las manos
teatralmente—. Seguro que te irá bien. Eres un tipo listo, las notas son solo
un peaje a la grandeza.
Sonrió, divertido.
—Todavía no entiendo por qué no lo pruebas.
—¿El qué? ¿La universidad?
Asintió.
Lo rechacé con un manotazo.
—Qué va. Estudiar no es lo mío. Nadie te garantiza que con una carrera
puedas conseguir un trabajo, y yo no tengo dinero para un máster. Parece
que cuanta más pasta pagas más se te abre el camino.
—Creo que una carrera sí te abre un poco más el camino, pero estoy de
acuerdo en el tema del máster. Es como un upgrade, ¿no? En plan, si elige
carrera le entran diez entrevistas, de las cuales una puede trasladarse en
contratación temporal. Elija el upgrade para tener cuarenta entrevistas, de
las cuales diez pueden resultar en contratación.
—Tal cual —dije, riendo—. Versión gratuita: no estudie, le entrará una
entrevista que tendrá que amañar su madre.
—¿Cuándo empiezas en la agencia de viajes?
—La segunda semana de julio —dije, alegre—. Pero será como mucho
hasta principios de agosto, porque es para cubrir una baja por enfermedad.
Mi madre se enteró porque tiene contacto con la encargada de esa agencia y
se dio prisa para enchufarme. Pero bueno —añadí encogiéndome de
hombros—. Si les gusto, a lo mejor tengo suerte.
Desde hacía un par de meses la relación con mi madre había ido un poco
a mejor. Al menos, habíamos dejado de discutir por cualquier mierda; algo
que, para mí, ya era mucho. Por mi parte, me había dado cuenta de que
instalarme con los Leroux había sido acertado y eso restaba el rencor. En su
caso, simplemente tenía una buena racha, que para mí quería decir que tenía
menos tendencia al victimismo, con lo que ya no me desesperaba tanto.
Denian cogió la cuchara salsera y probó. La soltó súbitamente y se llevó
la mano a la boca, tosiendo.
—Joder.
—Te has pasado con la cayena, ¿eh? ¿Llamo para que nos traigan unas
pizzas?
—No, no. Sé cómo arreglarlo. Ten un poco de fe en mí —contestó,
abriendo el armario de las latas.
El móvil de Denian vibró en la barra. Dejó la cuchara de cocina y lo
cogió a toda prisa. Era gracioso verlo con el pelo revuelto y el delantal de
cuadros. Debía hacerme caso cuando le decía que se olvidara del fijador de
pijos, como yo lo llamaba, y optara por dejar que esos mechones
indomables hicieran lo suyo.
—¿Qué pasa? —pregunté al verle la cara.
—Es Léa. Dice que ya han salido los resultados del Bac.
En ese momento entraban en la cocina los demás, atraídos por el olor de
la salsa de tomate.
—¿Ya sabes algo de la nota? —preguntó Tania, pero no esperó a la
respuesta—: Oye, para los macarrones gigantes esos, échame tomate del
otro, ¿eh? No te olvides, que siempre le echas un montón de pimienta y me
pica un montón la lengua, tanto que no siento nada del sabor y…
Denian la interrumpió para decir que necesitaba ir al estudio para ver el
resultado de las notas.
—¿Quieres que estemos? —preguntó Madraza.
—A lo mejor prefiere mirarlo en privado y luego nos cuenta —dije yo.
—Sí, bueno. No —rectificó—. ¿Vienes conmigo?
No supe qué interpretar de su mirada, porque no era del todo un ruego,
pero tampoco podía entenderse como meramente superfluo. Tenía cierta
profundidad, como si ese «¿vienes conmigo?» se refiriera a un camino
mucho más largo que el que había hasta llegar a la planta de arriba, a un
tiempo más prolongado del que era necesario para ver las notas en el
portátil.
—Sí, claro.
Subí tras él. Negándome a entenderlo así.
—¿Dónde quieres que me coloque para que la experiencia sea
plenamente satisfactoria? —pregunté ya en el estudio. Intentado rebajar la
tensión, conseguí justo lo contrario.
Soltó una risa nerviosa.
—Qué mal suena eso, Emilia.
Me puse colorada, porque no era ese el sentido que quería darle a la
frase, pero quizás me estuviera traicionando el subconsciente. ¿Qué
mierdas me pasa?
Denian se sentó y abrió la pantalla. Encendió el ordenador, respiró hondo
y actualizó la página de los resultados. Yo me puse a su derecha,
aguantando la respiración casi como si se tratara de mis notas.
—Bien, bien. Todo bien. Joder. ¡Bien! ¡Un quince de veinte! Puedo
homologar el título y acceder directamente a la uni.
Se levantó de la silla y de la misma alegría me dio un abrazo. Sentí un
cosquilleo intenso que me aceleró la respiración. Quise quedarme entre sus
brazos por más tiempo del que sería habitual entre amigos, pero me aparté
rechazando cada una de las señales que parecía estar viendo. Quería a Lucas
y mi cuerpo estaba tratando de jugármela.
—Enhorabuena, Denian. Ahora vamos a celebrarlo quemándonos la
lengua con tu salsa.
Soltó una risotada y me dio un suave empujón amistoso, mirándome
todavía con ese «¿vienes conmigo?».
Lucas no podía enterarse de que no éramos primos.
Entré en el local. Litos estaba en mitad del estribillo de una de las canciones
del grupo que tenía más gancho. Criticaba la política de extranjería, la falta
de oportunidades laborales; responsabilizaba a los políticos de su ceguera y
los llamaba aliados del mal. Reconocí algunos de los versos que se me
habían ocurrido a mí y asentí con orgullo. Sonaba bien. Muy bien. Del
grupo de tres, él era el único a quien no le hacía falta usar el autotune. Tenía
una potencia en la voz que parecía capaz de traspasar paredes, se rompía en
los tramos precisos y te sacudía por dentro. Y cuando creías que eso era
todo, que la canción llegaba a su fin, te sorprendía con un buen agudo. Pero
su talento no radicaba solo en eso, sino que lograba transmitir con los
gestos; se comía el escenario.
—¿Qué tal la vida de palacio? —preguntó Laura cuando me acomodé en
el sofá. Los muelles se me clavaron en el coxis.
—Pues sorprendentemente bien —dije, ajustando mi postura para dejar
de notar los muelles. Valoré la opción de contarles lo de Denian para
librarme del discurso interno que acumulaba distintas versiones de la misma
conjetura y saber qué opinaban ellas, pero el móvil empezó a vibrar en la
mesa. Me eché hacia delante para cogerlo. «Lucas».
—¿Qué se cuenta tu amor? —preguntó Laura.
Leí los mensajes.
—Dice que tiene libre en quince minutos y me pregunta dónde estoy.
Supongo que no os importa que se pase, ¿no?
Laura y Samara se miraron, como esperando que contestara la otra.
—Si no, le digo que nos vemos otro día. —Me apetecía que
estuviéramos juntos, pero era fácil darse cuenta de que no les caía bien. De
hecho, no se esforzaban en disimularlo; especialmente Litos. Yo ya no
trataba de justificarlo, sobre todo desde que Samara había dicho,
categóricamente: «aunque haya tenido una infancia complicada, la gente se
define por sus actos». Se habían hecho a la idea de que me trataba mal y no
había manera de hacerles comprender que la visión que tenían desde fuera
no tenía nada que ver con la realidad entre los dos. Lucas podía crecerse y
ser algo fantasma, pero no era más que una fachada. Si le conocías más a
fondo, te dabas cuenta de que mostraba esa manera de ser para no sentirse
inferior a los demás.
—Que se pase si quiere —dijo Laura. Pero en el tono se intuía que lo
decía para que no me sintiera mal.
—No importa —dije.
—¡Dile que venga! En serio —insistió ella, que sabía leerme la
expresión mejor que mi madre—, y de paso que se traiga unas
hamburguesas que las tripas están empezando a rugir.
—Yo con unos nuggets de pollo y una ensalada estoy bien —dijo
Samara.
Fui hacia al escenario a preguntarle a Litos y al par de amigos que
estaban con él si les apetecía que Lucas trajera hamburguesas y me pidieron
un menú completo, así que lo llamé para contarle el plan. Como había mala
cobertura, salí a la calle.
Lucas me cogió al tercer tono.
—Ya salgo para allá —dijo.
—Vale. ¿Podrías pasarte por el Mac o el Burger King?
Pausa.
—¿No es mejor que te recoja y vayamos nosotros a cenar por ahí?
—Ah, no. Mi idea es que comamos todos unas burgers en el local. Los
chicos están tocando unas canciones y no veas qué caña… están que se
mueren de hambre.
—Pera, pera… para el carro —interrumpió Lucas. Paré el carro y me
quedé en silencio—. ¿Chicos? ¿Comernos unas burgers todos?
—Sí.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, ¿qué pasa?
—Estoy flipando —resopló.
—Estás flipando ¿por qué?
—Me estás diciendo que estás con unos tíos en un local y encima me
mandas a buscarles de comer, ¿pero tú te estás oyendo? ¿A quién se le ha
ocurrido la genial idea, a ti sola o tu amiguito Litos me toma por gilipollas?
—Déjalo. No traigas nada, ya pediremos unas pizzas o algo.
—Lo que quiero es salir con mi novia, no quedarme con una panda de
tíos. La verdad es que tampoco entiendo qué hacéis ahí encerrados todo el
día. Es como para pensar mal.
—Claro, es que lo de pensar mal se te da de puta madre. Para que lo
sepas, también están Laura y Samara.
—Que están Laura y Samara. —Soltó una risa irónica—. Genial, ahora
me quedo mucho más tranquilo.
—Mira, no sé qué te pasa hoy, pero si vas a venir en este plan ni
aparezcas.
—Yo en este plan… —murmuró—y, ¿por qué te crees que me he puesto
en este plan? —elevó el tono de voz—. No hay que ser muy listo para ver
que a Litos le molas desde que teníais dos años y ahí está el tío picando
piedra, pim pam, pim pam; cancioncita por allí, cancioncita por allá, hasta
que por fin lo consiga. ¿Es que no lo ves?
—Y ¿qué si es así? Yo lo quiero como amigo, casi como a un hermano.
—Pero es que ¡eso no existe, Emilia! No hay amistad posible entre un tío
y una tía.
—Eso no es verdad. Somos amigos.
—Mira que eres inocente, vida. Mejor voy y hablamos. —Había bajado
la voz, pero su tono se volvió paternalista, como si fuera una niña tonta que
no sabe nada de la vida.
—No vengas —dije.
Lucas exhaló con exasperación.
—Vida, no te cabrees. Me he puesto así porque no me fío de los otros.
Aunque estén tus amigas, los tíos somos unos salidos y vamos probando.
Además, parece que no te des cuenta de que se aprovechan de ti, ¿sabes?
Diciéndote que nos ocupemos de su cena —soltó un bufido—. Perdóname,
amor, pero es que no es la primera vez.
—Ahora no sé de qué me hablas.
—Dime cuándo no piden por esa boca. Tienen más cara que espalda.
Samara se corta más, pero tampoco se ofrece nunca a nada. Miran por ellos
y para ellos.
—Yo no lo veo así.
—Vale, mátame por decir una verdad. Voy a buscarte, ¿vale?
Lo pensé un momento. Finalmente acepté.
Me llevé el móvil al pecho, con una mezcla de emociones. Por un lado,
estaba incómoda y enfadada por el hecho de que Lucas me hubiera puesto
en posición de duda respecto a mis amigos y me hubiera llevado a hacerme
la pregunta de si daban por sentado que me adaptara constantemente a ellos
y no al revés. Y por otro, podía ser muy directo y sabía que él creía estar
haciéndolo por mi bien.
Cuando volví a entrar coreaban desde el escenario: «Calamidad en el
subsuelo social. Nos sangran los aliados del mal».
—¿Viene tu príncipe azul con las burgers? —preguntó Laura.
La miré sin decir nada. No sabía qué pensar o quién tenía la razón.
—No le va de paso —respondí—. Cuando llegue veremos qué hacer.
—Bah —dijo Laura, mirando a Samara en plan: «te lo dije»—. Ya me
conozco yo sus planes. Ándate con ojo, amiga, que los tíos que aíslan a sus
novias de sus amigos son mala cosa.
—Es normal que tengamos ganas de estar juntos —dije, esgrimiendo el
móvil—, no vamos a enrollarnos aquí delante de todos.
En ese momento se acercó Litos mientras los otros guardaban sus
instrumentos. Por su cara adiviné que había escuchado lo justo para hacerse
una idea de quién estábamos hablando. Aun así, se tomó su tiempo para dar
su punto de vista, secándose el sudor de la frente con una toalla de manos.
Lo que fuera que se disponía a decir se hizo esperar hasta que se bebió
media botella de agua a morro. Me crucé de brazos.
—Mili —dijo por fin—, te quiero demasiado para guardarme esto más
tiempo… no he dicho nada antes porque paso de meterme en historias de
parejas, que luego sales escaldado. Me jodería que te mosquearas conmigo
por decirte lo que pienso y eso, pero ya que estáis hablando del tema… ese
chico tiene un rollo oscuro que me da mala espina.
Me sorprendió que me mirara como si estuviera compadeciéndome.
—Algo oscuro dice, ni que fuera a chuparle la sangre —dijo Laura.
Mi respuesta debió de quedarse atascada en algún punto entre la garganta
y el paladar, porque no fui capaz de verbalizarla.
Samara tampoco dijo nada, pero su silencio hablaba por sí solo.
—Por favor, no te enfades por habértelo dicho. Pero es que la mirada que
tiene no sé… parece que esté maquinando, en plan retorcido, como con
mala hostia. Vamos, que no le veo el agua clara al chaval.
—No lo aceptáis, me queda claro, ¿vale? Pero os equivocáis con él. En
serio —dije. La nariz empezó a picarme—, voy a esperarlo fuera.
DENIAN

El último viernes de junio Emilia y yo cogíamos el metro juntos. Ella había


quedado en Badalona con las amigas para ir a una discoteca donde no
pedían el DNI y yo había quedado con Mathieu y Léa para celebrar las
notas. Tenía intención de beber, por eso no fui en moto. Hasta ahí, a ojos de
cualquiera, todo andaba bien. Pero mi cabeza era un arsenal de palabras
desorganizadas que sufrían constantes ataques por parte de Razón y
Decencia. Las palabras debían llegar al terreno de la confesión y formar
alianzas para que el músculo ejecutor, situado bajo el paladar, hiciera su
parte frente al objetivo: Emilia. Pero, llegado el momento, fracasaban
estrepitosamente, descabezadas por Razón o Decencia.
Aun así, sentado en el metro con Emilia volví a sentir un fogonazo ante
el solo pensamiento de atreverme a decir lo que sentía. El aire
acondicionado estaba a tope y se había arrimado un poco a mí. Llevaba un
vestido negro de tubo que le marcaba las curvas y un calzado abierto con
plataforma. Se había pintado los labios de violeta y ondulado el pelo. En
conjunto me pareció que estaba increíble. Tanto que, de ser un dibujo
animado, sin duda me habría convertido en un lobo que descuelga la lengua
hasta el suelo. Me apetecía decirle que hiciéramos algo loco, como irnos los
dos solos a otra parte, porque tenía que decirle algo. Tuve que contenerme
(Razón - Decencia) y reconocer que esos impulsos me asaltaban cada vez
más. Apenas quedaba margen para tensar más la cuerda y sabía que pronto
tendría que tomar una decisión al respecto.
—Te has hecho algo en el pelo, ¿no? —pregunté.
—Sí —cogió un mechón y tiró de él, soltándolo como si fuera un muelle
—, he probado a ondularlo un poco con la plancha, pero no me acabo de
ver.
—A mí me gusta. C'est jolie.
—¿Qué quiere decir?
—Que es bonito. Te queda bien.
Se encogió de hombros, dándome las gracias.
Díselo. Pero que parezca que se lo dices porque te divierte improvisar,
no porque quieras que pase algo.
—¿Qué pasa?
—¿Eh?
—Es que me miras raro.
—No, nada, nada —dije, mirándome los pies. Me había quedado
bloqueado y solo faltaban dos estaciones para que se bajara.
Nos quedamos en silencio y ella miró el móvil. Escribió. Seguramente a
Lucas. Él, que si pudiera entrar en mi cabeza me partiría la nariz de un
puñetazo. Desde que salían juntos ya no le veía tanto. Se me hacía difícil
continuar como siempre siendo testigo de lo controlador que era con
Emilia.
—¿Otra vez está pendiente de adónde vas y con quién?
—No es como crees. Además, ¿qué te importa a ti?
—Solo digo que es un poco intensito, ¿no?
—Supongo que es lo normal el primer año de relación.
—No sé qué decirte.
—Me refiero a las relaciones apasionadas.
—Espero que no sea una indirecta, porque mi relación con Léa es
perfectamente apasionada. Lo que pasa es que yo no soy un psicópata.
—Lucas no es un psicópata.
—Ah, vale. Supongo que es normal estar todo el día encima de tu novia.
Me sulfuraba ver cómo ella lo defendía desde la perspectiva sesgada de,
quizá, como concebía su madre las relaciones con los hombres. Era curioso
ver cómo repetía un patrón que a priori rechazaba. Podía comprender el
magnetismo de Lucas, porque no solo se limitaba a sus relaciones
amorosas; conseguía camelar también en otros terrenos. Pero la esencia de
uno acaba por verse, y en su relación con Emilia emergía en forma de
carteles luminosos de «peligro, peligro: barranco».
—Me extraña que seas amigo suyo. Cuando hablamos de él, apenas lo
defiendes, sino todo lo contrario.
—Que sea mi amigo no quiere decir que esté de acuerdo con cómo actúa.
Siguió un silencio.
—¿Has cogido las llaves? —formulé la pregunta en un tono extra suave
para compensar mi intromisión anterior. Tenía razón, no era asunto mío.
Asintió.
—Si no, podemos quedar a una hora y volver juntos a casa.
—Qué va. No te preocupes por mí. Lo más seguro es que me quede a
dormir en casa de Laura.
El metro se detuvo en la estación. Observé a la gente bajar y a otros
subir, castigándome por no atreverme a proponer un cambio de planes.
—No te lo he dicho todavía, pero quiero que sepas que estoy muy a
gusto en casa. Me siento casi como parte de la familia y… bueno, significa
mucho para mí —dijo.
—Me alegro de que estés a gusto, aunque a veces mi madre se vuelva
loca cuando se encuentra con tus cosas por ahí.
Se llevó la mano a la cara.
—Ya. Soy un desastre. Lo siento.
—Bueno, creo que eres más desastre lavándote los dientes. Nunca he
visto nada igual.
—Cállate —dijo, dándome un golpe en el hombro.
—En serio, ese exceso de espuma solo se da en casos graves de rabia.
—Venga. No te desvíes del tema. Que estoy intentando decir algo.
—Ah, ¿no habías acabado? —bromeé. Conseguí recuperar la compostura
y la animé a que continuara con un gesto.
—Iba a decir que al principio pensaba que me odiabas, pero me alegro de
que hayamos conectado y que seamos amigos.
—No te odiaba.
—Lo parecía, pero no importa, que no espero que te disculpes ni nada.
Pero fue difícil para mí porque venía de un ambiente de mierda en casa de
mi madre y estaba un poco a full de mal rollo.
—Aunque no lo esperes, lo siento —dije, mirándola a los ojos. Le cogí la
mano, pero luego no supe qué hacer con ella, porque nada de lo que me
vino a la mente encajaba en el rol de amigo.
Sé que describirlo así es de lo más típico, pero me pareció que se paraba
el tiempo. Que los segundos andaban despacio mientras nuestras miradas se
encontraban y entendían lo que querían decir. Pero lo asumimos con cierta
torpeza, dadas las circunstancias de cada uno. Ella apartó la mano cuando
se dio cuenta de que no debía estar tocando la mía tanto tiempo; yo abrí la
boca, dispuesto a decir lo que pensaba, pero la volví a cerrar. Nos
centramos en puntos distintos del vagón y el metro volvió a detenerse.
Se levantó de un salto.
—Aquí me bajo. Pasadlo bien.
Las puertas se cerraron tras ella y me dio la sensación de que todo el
vagón se había vaciado de golpe. Pensé en las oportunidades perdidas.
¿Cuántas más como esa podía acumular sin volverme loco? Enterré la
cabeza en las manos, sintiéndome un cobarde por cómo estaba manejando
el asunto. Ahogué un gruñido frustrado y obligué a mi mente a situarse en el
panel de las estaciones. Miré la luz roja que parpadeaba. Quedaban dos
estaciones más.
Paseé la mirada por los asientos, desesperado por dar con algo que
pudiera entretenerme, aunque fuera una conversación ajena. Entonces, vi a
una mujer que me resultó familiar. Se parecía a la tía falsa de Lucas. Pero
estaba de perfil y no podía verle bien la cara. Hacía meses que no pensaba
en aquello y sin embargo ahí estaba, con un jersey fucsia escotado, el pelo
rubio, lacio. ¿Era realmente ella? ¿La reconocería si me la volviera a
encontrar? Solo podía estar seguro si me acercaba, pero tenía que darme
prisa porque estaba tan pegada a la puerta que seguramente bajaría en la
próxima estación. Fui hacia ella, despacio, tratando de comprobar si estaba
en lo cierto antes de acercarme demasiado. Pero la mujer se empeñaba en
volverse en dirección contraria. No estaba seguro de qué iba a sacar
averiguándolo, porque si se trataba de ella ¿qué pensaba decirle? ¿Que
hiciera el favor de acabar de leerme la mano? ¿Que devolviera el dinero que
le había robado a un gilipollas? ¿Que la Interpol andaba tras sus talones?
No hizo falta.
Cuando llegué a su altura y se volvió, mirándome con una mezcla de
extrañeza e incomodidad, me di cuenta de que me había equivocado.
—Disculpe. La había confundido con otra persona.
Creo que la habría reconocido.

—¿Qué te pasa esta noche? Estás ausente —dijo Léa, posando su mano
sobre la mía. Estaba exultante por el resultado de sus notas y no paraba de
parlotear sobre todo lo que iba a hacer a continuación, punto por punto
como si estuviera dictándonos la lista de sus tareas pendientes.
—¿No te alegras? —preguntó Mathieu, llevándose el vaso de cerveza a
los labios. La espuma cubrió parte del labio superior y añadió—. Por fin
podrás pensar en la carrera que quieres hacer ahora.
Será cabrón, el tío.
—Preferiría no hablar de eso ahora mismo.
—Mientras nuestras universidades no queden lejos, estará bien —
comentó Léa. Como si con ello pudiera remendar toda la lata que me había
dado con la cuestión de la carrera los últimos meses.
Bebí. Bebí media jarra de cerveza en cuestión de segundos. Cerré los
ojos con fuerza, como si quisiera darle impulso a la idea que empezaba a
tomar forma en el trasfondo de mi mente. Somos animales de costumbres.
Eso era. Había leído un artículo no hacía tanto. Nos conformamos porque
nos gusta lo que conocemos, y alejarse de lo que conocemos nos aboca a
algo nuevo. Es entonces cuando surgen las inseguridades. Lo desconocido
nos da miedo. ¡Eso! Era un adicto a lo conocido y cualquier cambio que
pudiera poner en peligro ese precioso cojín aterciopelado que me servía de
apoyo, tenía que exterminarlo. Pero la cosa se volvía más complicada,
porque al hacerlo, también eliminaba la posibilidad de ser feliz. ¿Cómo
podía ser tan excesivamente cómodo? ¿Quién salvo yo podía cambiar la
ecuación?
—Mathieu, ¿puedes descifrar lo que le pasa a mi novio? —bromeó Léa
—. Creo que se está transformando.
—A lo mejor tiene que ver con lo de las ventas. En algún punto los
comerciales mutan de persona normal a vendemotos.
Léa estuvo a punto de escupir la cerveza de la risa. Me sentí mal por ella,
porque no podía llegar a imaginar lo que me pasaba por la mente cuando la
miraba. Si supiera que mis pensamientos iban cada vez más direccionados a
Emilia, me diría que era un absoluto cobarde y que le había hecho perder el
tiempo. Y tendría razón. Era como si esperara a que mi novia se cansara de
mí y un buen día me dejara. Me pasé bastante tiempo mirándome la palma
de mi mano con fijeza, como si estuviera bajo los efectos de algún
alucinógeno.
—… cada uno en su clásico estilo. ¿Os podéis creer que hasta para esto
tengan tan poca empatía? —Léa me lanzó la pregunta, pero yo me había
perdido el principio de la frase, así que le pasé el balón a Mathieu,
instándole con la mirada a que contestara él.
—Por lo menos te felicitaron —dijo.
Seguía sin captar del todo de qué iba el tema, pero, por suerte, Léa no
esperó a que yo diera mi aportación y continuó hablando. Aproveché para
reenganchar el hilo de la conversación a tiempo para comprender que se
estaba refiriendo a la respuesta de su familia a su nota de corte. Es decir, sus
padres le habían felicitado con poco entusiasmo, ya que, para ellos era solo
el inicio del iceberg de una carrera que preveían intachable (pas de
pression). En cuanto a la hermana mayor, le había dado la enhorabuena y,
seguidamente, obsequiado con un comentario pasivo agresivo. (Impeccable.
Nikel).
Por un momento me pareció que lo explicaba alguien a quien acababa de
conocer en aquel mismo bar, o por lo menos así de desligado me sentí de
ella. Por eso, lo que dije al respecto fue poco creativo. Pero ella no me lo
tuvo en cuenta en esa ocasión, quizá porque estaba de buen humor, o porque
se había dado cuenta de que llevaba unas cuantas cervezas.
Para mi absoluta tranquilidad, la charla tomó el curso más neutral de la
política. Que si arrastrábamos la crisis del 2008, la cansina austeridad, el
desempleo y todo ese ambiente alicaído que aún se intuía en la sociedad; las
consecuencias que tendría en nuestro futuro y bla, bla, bla. Me entró el
sueño. Básicamente porque un grupo de tres personas muy encendidas por
la situación de un país, y la lenta marcha tras Europa no iba a moverle un
pelo de la cabeza al presidente, ni a sus acólitos.
Léa anunció que se marchaba porque al día siguiente tenía que
acompañar a su tía a hacer unas compras, y, puesto que era la única de la
familia a quien adoraba, no le iba a hacer un feo. Antes de irse, se aseguró
de que mis besos no tuvieran la misma falta de energía que había notado en
mí esa noche y quedamos para vernos el domingo para desayunar en una
cafetería que servía los zumos de naranja natural en vasos de litro, y que
ponía aguacate con huevos poché a prácticamente todos los platos de la
carta.
Noté la profundidad de la mirada de mi amigo encima de mí mucho
antes de que hiciera referencia directa a las movidas de mi cabeza.
—¿Hasta cuándo piensas alargarlo?
Solté un soplido.
—Es que no sé cómo decírselo para no parecer el tío más cabrón del
universo, ¿sabes? ¿Cómo quieres que lo enfoque? Ni siquiera yo tengo las
cosas claras.
—Sabes que lo vuestro no tiene futuro. Da igual si te mola o no Emilia,
que yo creo que es evidente, pero bueno, dices que no tienes las cosas
claras, no seré yo quien lo niegue. Pero ¡decídete de una vez!
—Me atrae porque tengo ojos en la cara. Eso no quiere decir que me
mole cien por cien.
—No, claro, solo un noventa por ciento.
—Un noventa, dice. —Me reí por lo bajo.
—Y el otro diez te lo pasas pensando en lo que te pone.
Le dije que estaba equivocado un par de veces más hasta que lo di por
imposible y propuse cambiar de local.
—Y ¿adónde quieres ir?
—Me adapto.
En mi mente no dejaba de centellear: Badalona, Badalona.
Pero no era lo correcto.
—¿Al Arena?
—Ni se te ocurra enrollarte por ahí y dejarme solo, que nos conocemos
—le advertí.
—Prometido. Palabrita del niño Jesús.
EMILIA

Mi cuerpo no respondía a los embates de la música comercial. Sentía tal


desagrado por el ritmo salsero que me resultaba físicamente imposible
replicar los movimientos de Laura y Samara. Además, mi mente no paraba
de darle vueltas a lo que había dicho Denian sobre Lucas. Era muy fácil
sacar conclusiones desde fuera, pero cuando había sentimientos de por
medio la cosa se complicaba. Denian no entendía lo que era tener un hogar
donde en lugar de amor hay maltrato, en lugar de comprensión hay agresión
verbal, rechazo. Lucas necesitaba la atención de su pareja más de lo que
jamás podría necesitarla Denian y precisamente por eso me sentía un
fraude. Si tan enamorada estaba de Lucas, ¿por qué me sentía atraída por
otro?
La pista estaba abarrotada y tuve la sensación de que me quedaba sin
aire. Me sentía atrapada física y mentalmente en un espacio donde la
música no era mi aliada, donde el entorno se me hacía opresivo. Estaba
lejos del refugio que era aislarme en mi habitación con los cascos, lejos
para que los duros acordes y las voces guturales me sirvieran de morfina.
Mi respiración empezó a acelerarse y a perder el compás. Me encogí,
llevándome la mano al pecho y me eché hacia atrás, chocándome con la
gente. Laura se acercó en dos zancadas, con la preocupación cruzándole el
rostro.
—Me falta el aire. —Decirlo me supuso un gran esfuerzo.
Laura pasó el brazo alrededor de mis hombros y le pidió a Samara, en
tono de emergencia, que nos hiciera paso para salir a la calle. «Respira,
respira» me dijo al oído. Apenas podía coordinar los pasos, concentrada
como estaba en recuperar el aliento que se escapaba de los pulmones y no
volvía.
Una vez en la calle, el portero se ofreció a auxiliarnos y al ver que no
podía tenerme por mi propio pie y que me estaba ahogando, preguntó si
tenía que llamar a una ambulancia. Nunca me había pasado, ni siquiera en
los peores momentos de mi vida. Quise pedirle algo afilado, estaba casi
segura de que, si me cortaba, la respiración volvería a sus cabales. Porque el
dolor, o lo que fuera que se estaba cebando conmigo encontraría otra vía de
escape.
—Es un ataque de pánico —dijo Samara—. Mi madre los ha tenido. Hay
que buscar un sitio tranquilo ya. Y quítale el sujetador, Lau.
Abriendo la boca como un pez fuera del agua, miré a Samara sin
comprender lo que acababa de decir. Empezaba a sentir verdadero terror por
sufrir un ataque cardiaco de algún tipo, y eso todavía empeoraba las cosas.
Cada una por un brazo, me llevaron lejos de la entrada de la discoteca y
cuando estuvimos apartadas de las multitudes, Laura abrió la cremallera de
atrás del vestido y desabrochó el sujetador. Sentí un alivio instantáneo. Me
ayudó a quitármelo y desapareció de mi vista, mientras Samara me
dedicaba unas palabras tranquilizadoras. Me pidió que respirara con calma
y que me concentrara en caminar, que ellas me guiarían. «No puedo», decía
yo con lágrimas en los ojos. Pero seguí dando un paso tras otro, sin levantar
la cabeza, solo miraba nuestros pies, y sentía el abrazo de mis amigas,
sujetándome… inspiración, espiración, una, dos, tres. Adentro, afuera,
despacio, despacio. Una, dos, tres.
De pronto, el pavimento cambió y fue arena. Estábamos en la playa de
Badalona.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó Laura.
Sorprendida, comprobé que la sensación de ahogo había remitido en gran
parte.
—Ahora nos sentaremos aquí —dijo Samara, con dulzura—, y haremos
un ejercicio.
La miré, sin atreverme a gastar aliento en hacer preguntas.
—Dejaremos la mente en blanco, nos fijaremos en la arena, en el mar, en
el cielo y las estrellas. Si hace falta las contamos, hasta que te recuperes.
—Y después, nos abrimos y te quedas en mi casa.
—Lau, no te adelantes.
Contemplé el panorama que tenía delante en silencio, pero lo sentí más
como una postal nocturna que como la realidad. Me esforcé en no pensar en
nada, aunque una pregunta insistente estuvo reclamando mi atención. ¿Qué
es lo que te ha provocado esto? Traté de apartarla, para evitar recaer en el
origen del ataque, pero las causas podían ser varias y antes de enumerarlas
me deshice de esa línea de pensamiento.
Estuvimos así un buen rato. Oí risas lejanas, voces claramente ebrias,
música que salía de los altavoces de uno de los coches que estaban en el
parking de la discoteca. Incluso voces a pie de playa, que por suerte no
vinieron a molestar. Hacía poco habían asaltado a Litos y a sus amigos en la
playa, les habían robado los móviles y la cartera, amenazándolos con una
navaja. Y nosotras éramos vulnerables frente a un grupo de borrachos, allí
apartadas del gentío. Volví a frenar el curso de mis pensamientos, cayendo
en la cuenta de que había dejado de tener la mente en blanco. Por lo menos
la respiración casi había vuelto a la normalidad y ya me sentía capaz de
hablar.
—Os he dado la noche —dije.
—Pero ¿qué dices, tía? —contestó Laura—. Nos has ayudado a descubrir
la vocación de Samara. A partir de ahora se dedicará a ser una gurú de la
meditación.
La risa cantarina de Samara respondió al comentario.
—No creo que pudiera ganarme la vida con eso —dijo.
—Puedes hacerlo a media jornada —opinó Laura.
—Tú estás fatal.
Laura viró a un lado para sacar el paquete de tabaco de su bolsillo
derecho y se encendió un cigarrillo.
—Hoy en día hay que ser creativo, porque los trabajos normales
escasean, pero la gente siempre necesitará de alguien que le ayude a
olvidarse de sus mierdas.
—Estás muy filósofa, ¿no? —dije.
—Ya ves, es que eso de que casi te dé un infarto me ha dado que pensar.
Vivimos agobiados todo el puto día.
Samara, que tenía las piernas dobladas las echó hacia delante creando un
montículo de arena:
—Pues la verdad es que esto de venir a la playa por la noche y hablar
con las amigas es una terapia estupenda.
—Claro, deberíamos hacernos una foto para Facebook.
—Paso —dije—. Además, ¿qué piensas poner? Filosofando en la playa
tras el ataque cardíaco de mi amiga Mili. Y me etiquetas y tal.
Laura soltó una risa de medio lado y el humo le salió por la nariz.
—Eso lo resumiría bastante bien. —Hizo una pausa para dar un par de
caladas rápidas y agregó, mirándome seria—: ¿por qué te ha dado el telele
este?
—No sé si es buena idea hablarlo justo ahora —dijo Samara.
—Bueno, eso que lo decida Mili. —Dio una calada profunda y se
deshizo de la ceniza dándole unos toques—. Joder, ahora mismo mataría
por una cerveza.
—No lo sé, me ha dado agobio. Estaba todo muy petado y… —tomé
aliento— estaba pensando en Denian porque en el metro, viniendo, por un
momento me ha parecido que estaba a punto de declararse o algo. A lo
mejor no, pero por una parte tenía muchas ganas de que lo hiciera, pero por
otra, me siento culpable por Lucas. Porque no se merecería que le
traicionara de esa manera. Entonces, he empezado a sentirme como una
mierda, y con toda esa gente… supongo que me he colapsado.
—Mira, cariño —Laura apagó el cigarrillo en la arena, dejó la colilla
junto a ella y me miró fijamente—, creo que todo esto es del estrés, y el
estrés te viene de alguna parte. Nosotras nos podemos imaginar de dónde,
pero solo tú lo sabes de verdad.
—Qué manía tenéis todos de echarle las culpas a él.
—Eso lo has dicho tú. Yo no he señalado a nadie —dijo Laura,
levantando las cejas.
—¿Ahora mismo notas ansiedad por algo? —preguntó Samara a los
pocos instantes.
Me mordí los labios.
—Nuestras cosas que están en el guardarropa… —dije.
—Te refieres al bolso, ¿o a su contenido? —continuó Samara.
Sabía adónde quería llegar a parar, y lo peor era que tenía razón. Estar
separada del móvil tanto tiempo era quizá el récord desde hacía medio año.
Los nervios se me retorcían en las tripas de pensar que no le había dicho a
Lucas en qué discoteca estábamos cuando él me lo había pedido, por si salía
antes del bar y podía sumarse. Eran casi las tres de la mañana y todavía no
le había escrito.
—Hombre, yo creo que es normal que si acaba de pasarme esto se lo
cuente enseguida a Lucas, ¿no? Me pone un poco histérica no tener el móvil
para escribirle.
—Pues le escribes cuando puedas y ya está. Lo tiene que entender.
—Él lo percibe diferente, Lau. Se pensará que lo estoy ignorando.
—Pues que sufra un poco, joder, no eres ni su psicóloga, ni su madre —
dijo, apresurándose a coger otro cigarrillo, como para coronar la explosión
que estaba teniendo lugar—. Y tú me dirás: es que tiene pronto, el chaval.
Pero mira, si no sabe cómo tratar a su novia, que no tenga una.
—Suscribo —dijo Samara.
—A mi hermano siempre se lo digo —agregó Laura—. A las tías las
tratas con respeto y —apuntó con el cigarrillo, mirando al frente, como si
estuviera dándole una advertencia en ese mismo momento— si vas a
portarte como un capullo, haz el favor y te sales del mercado, te la
machacas un tiempo y cuando veas que puedes ser un tío hecho y derecho,
vuelves. Así de fácil.
—Pero tu hermano es un santo —comenté.
—Eso lo dices porque no has salido con él. Menudo es cuando se pone.
No veas las rayadas que se mete. Yo creo que tiene algo en la cabeza que le
genera paranoia, la centrifuga, luego la pasa por un rayador de queso y se
vuelve una mierda amorfa que cambia toda la realidad.
—Es verdad. Debería tener más confianza en sí mismo —dije.
Laura suspiró.
—Pues como no se la cosan, no sé cómo.
—Solo tiene que madurar —dijo Samara.
Cuando Laura terminó de fumarse el segundo cigarrillo opinó que era
momento de recuperar nuestras cosas en el guardarropa y volver a casa. Nos
levantamos, sacudiéndonos la arena, Laura tiró las colillas en la papelera y
salimos al paseo marítimo hacia la calle que llevaba a la discoteca.
—No sé qué haría sin vosotras, chicas —dije. Nos paramos para darnos
un abrazo, como mandaba la ocasión.
—Harías lo mismo, pero peor —rio Laura. Le di un sonoro beso.
—Está clarísimo —confirmó Samara, con ojos sonrientes.

Cuando entramos en la discoteca a recoger las cosas del guardarropa, me


quedé helada al ver a Lucas salir por la puerta que llevaba a la pista,
claramente contrariado. Sonrió al verme, pero no de alegría, sino de alivio;
como si llevara todo el día buscándome.
El modo en el que se acercó, a toda prisa, con decisión, me llevó a pensar
que temía que pudiera escaparme, y aun así la efervescencia que me
produjo verle por sorpresa burbujeó en mi estómago.
Laura y Samara me pidieron el ticket para recogerme el bolso y dejarnos
a solas, pero sus dudas sobre mi relación con Lucas quedaron ahí,
planeando por encima de nuestras cabezas.
—¿Cómo te has enterado de que estábamos aquí? —pregunté.
—Te he llamado cincuenta veces, pero tu móvil estaba apagado, como
siempre. Entonces he llamado a Laura y, como tampoco lo cogía, he
probado con tu amigo Carlos.
—Litos.
—Lo que sea —dijo, de mala gana—. Resulta que él sí sabía dónde
estabais.
—Lo sabe porque también está por aquí.
—Supongo que cuando has llegado ya no tenías batería, pero podrías
haberme escrito desde otro móvil.
No le conté que tenía batería cuando habíamos llegado a la discoteca
para no empeorarlo. Lo cierto es que se me había olvidado avisarle, y
seguramente en todo aquel tiempo, como la batería fallaba más que una
escopeta de feria, se había descargado.
—No lo he pensado. Lo siento.
—No me enfado, vida. —Me besó con ternura—. Es que odio que andes
con el móvil apagado. Me pone nervioso.
Cuando las chicas me dieron el bolso, les dije que estaba cansada y
Lucas me llevaría a casa. Ellas no insistieron, pero vi el brillo inconfundible
en los ojos de Laura. Me decían que me estaba equivocando.
No hice caso. Si yo era la única que podía comprender por qué Lucas era
así, tendría que vivir con ello, no eran ellas quienes salían con él. Tal y
como lo veía, lo más importante era que nos entendiéramos entre nosotros,
por difícil que fuera a veces.
Fuimos hacia el parking cogidos de la mano y le conté que había tenido
un ataque de pánico y nos habíamos ido a la playa hasta que se me había
pasado. Que ese era el motivo por el que no había tenido noticias mías.
—¿Ya estás bien? —preguntó, parándose y mirándome como si tuviera
alguna herida en la cara.
—Ahora sí. No sé qué me ha pasado.
—Si quieres te llevo a urgencias.
Me dio la impresión de que lo decía porque era lo correcto, no por
voluntad genuina. Por eso respondí de manera automática:
—Ya no hace falta, gracias.
Llegamos hasta donde estaba aparcada la moto, caminando en silencio.
—Si sales con las amigas, preferiría que me dijeras siempre dónde estás,
porque si te pasa algo y yo no sé ni dónde encontrarte, ¿en qué lugar me
deja a mí?
No supe qué responder, porque entreví en la pregunta una connotación
negativa, como si me estuviera culpando por haber estado fuera de su radar.
Le acababa de contar que había tenido un ataque de pánico y ¿a él le
preocupaba en qué lugar le dejaba a él no saber dónde estaba yo? Ni que
saliera todas las noches a escondidas de él.
—No lo sé, Lucas. ¿En qué lugar te deja? —pregunté, beligerante.
Me soltó la mano, haciendo un aspaviento.
—No empieces.
—Pero lo digo en serio, no tengo ni idea de en qué lugar te deja y frente
a quién. Como si no pudieras controlar a tu novia, ¿es lo que querías decir?
No llegó ni a abrir el maletero del sillín que ya estábamos en plena
escalada.
—No sé a qué viene eso. Solo te he dicho que me gustaría saber dónde
andas, nada más.
—Claro, tú siempre quieres saberlo. No sé si te has dado cuenta, pero
cuando no estamos juntos me pides el parte completo.
—Mira, veo que te he pillado mal. A lo mejor te ha dado el ataque ese
por beber o a saber… y estás tocahuevos.
—De tocahuevos nada, estoy perfectamente, quizá más lúcida que nunca.
—Pues para que lo sepas, quería darte una sorpresa y llevarte a un sitio,
pero ya la has jodido.
—Ah, yo la he jodido, ¿no?
—Sí, porque te pones histérica por nada.
—No me pongo histérica. Escúchame bien: quiero que respetes mi
espacio. ¿Me entiendes? ES-PA-CIO —dije, abriendo los brazos como si
estuviera mostrándole un rótulo.
—A ti se te va la pinza. Intento ser romántico y te cabreas. No hay quien
te entienda, ¿sabes?
—Romántico una mierda, Lucas, quieres venir a controlar que nadie se
me acerque. Seguro que estás cabreado porque Litos está por aquí. Pues
para que lo sepas, ha venido con unos cuantos amigos y me han invitado a
unas bebidas para ir luego al local y cantarnos algunas canciones, porque a
veces ir un poco mamado va bien para la creatividad.
—No me vaciles, Emilia, que me estás provocando —gritó, dándole un
golpe al sillín con el puño cerrado.
Me eché hacia atrás, asustada por lo violento del golpe. No hubo más
descargas de ira repentinas, pero tampoco hubo palabras. Nos aguantamos
la mirada, él respiraba agitadamente y yo hacía esfuerzos para no empujar
la moto al suelo. Apreté la mandíbula. Sabía que si hablaba me temblaría la
voz, pero quería decirle que no me iría con él.
—Sube. Te llevo a casa de tus tíos —dijo, con la voz engolada.
Yo, que ya no controlaba lo que me pasaba por la mente con la sangre en
plena ebullición, contesté:
—No son mis tíos.
Alzó los ojos, frunciendo el ceño.
—Te mentí. Ellos no son mis tíos y Denian no es mi primo. Es algo que
nos inventamos el día de la fiesta.
Me miró de arriba abajo, incrédulo, como si toda mi persona fuera una
mentira.
—¿La adicción de tu madre?
Sacudí la cabeza.
—Joder, ni siquiera sé quién coño eres —espetó con desdén—. Es que
¿eres mentirosa compulsiva? ¿Es eso?
—¿Te has molestado alguna vez en averiguarlo?
—Hostia, Emilia —su voz adquirió una textura sombría—, me haces
polvo con tus pullas. ¡Deja de joder! ¿quieres?
Me dio el casco de la moto con rabia y durante unos instantes no supe si
aceptarlo o lanzárselo a la cabeza. Sin explicarme por qué, me subí detrás.
Tenía que haber otra manera de llevar las cosas, pero con él sencillamente
no sabía cómo.
No me apetecía abrazarle y, cuando arrancó, me cogí del asa de sujeción
del asiento trasero.
Lucas aparcó en la puerta del edificio, apoyó los pies, desmontó y puso
el caballete. Esperó unos instantes antes de quitarse el casco y cuando lo
hizo me miró con gesto rígido. Era la primera vez que me miraba de esa
manera tan dura. Me hacía sentir insignificante desde la inquietud y el
enfado.
—No entiendo por qué me has mentido.
Guardé el casco en el maletero y me atusé el pelo con las manos.
—No te lo conté porque eres muy celoso. Si con Litos ya se te va,
imagínate si te cuento que Denian no es mi primo.
—¿Por qué iba a estar celoso de Denian? Es mi colega —dijo con
cautela.
—Pues justamente por lo que dijiste el otro día, que un tío y una tía no
pueden ser amigos, porque así es como piensas y la realidad es que vivo en
su casa.
Su tono de voz era menos violento, así que supuse que el aire fresco nos
había venido bien para enfriar las brasas.
—En este caso no me preocupa porque conozco a Denian y sé que está
con alguien, y que es un tío legal que no iría por ahí tirándole los tejos a mi
novia…
Bajé los ojos una décima de segundo.
—Porque no te está tirando los tejos, ¿verdad?
—No.
Lucas pareció entender algo en mi mirada que ni siquiera yo comprendía.
Abrió la boca y la volvió a cerrar, llevándose el puño a los labios, como si
tuviera que frenar lo que estaba a punto de decir de un puñetazo.
—Te gusta, ¿verdad? Por eso me dijiste que era tu primo, para que no
sospechara.
—Debes de pensar que soy el diablo en persona si te crees que te he
mentido nada más para joderte…
Lucas dejó el casco en el sillín de la moto para tener la libertad de mover
los brazos como un energúmeno.
—Os habéis liado y yo soy el gilipollas de turno, ¿verdad?
—¡No! ¿Qué dices?
—Has puesto cara… —Me señaló, parecía que los ojos fueran a salirse
de sus órbitas. Un escalofrío escaló por mi espalda e, instintivamente, me
acerqué hacia la puerta—. Has puesto cara de que tienes algo.
—¡Te he dicho que no!
—Te lo estás follando, ¿eh? —Si seguíamos así se iba a enterar todo el
vecindario.
—Vete a tomar por culo, Lucas —solté, sacando las llaves para abrir. Él
me cogió del brazo y me echó hacia atrás con fuerza.
—A mí no me mandas a tomar por culo y me dejas así —me advirtió,
apretándome.
—Suelta, que me haces daño.
Denian subía la calle en ese mismo momento y corrió hacia nosotros.
—¿Pasa algo, Lucas?
—Contigo no voy a hablar —dijo—, pensaba que eras legal, tío, pero ya
veo que me equivoqué —le temblaba la voz de cólera.
—No sé qué quieres decir —respondió, mirando la escena, confuso.
Aproveché para soltarme de Lucas, y entré por el hueco de la puerta
principal. Acto seguido, tiré de la camiseta de Denian para obligarlo a
entrar, porque temía que Lucas pudiera pagarlo con él.
Cuando entramos en el ascensor, el alivio me llevó a las lágrimas. Abracé
a Denian y lloré en su hombro, dándole las gracias sin explicar qué había
pasado. Durante unos instantes solo se escuchó el sonido mecánico del
ascensor subiendo. Recosté la cabeza en el hueco de su cuello y me vino un
ligero aroma cálido y limpio. Denian inclinó la cabeza y noté un tirón en el
estómago. El ascensor se detuvo con un clac contundente. Me separé lo
justo para mirarnos a muy poca distancia y supe que tenía tantas ganas de
besarme como yo a él. Lo vi en sus ojos, en los labios ligeramente
entreabiertos.
Salí a toda prisa del ascensor.
Estaba desmadejada y era incapaz de volver a mi estado natural. Cuando
entramos en casa le dije que iba a acostarme del modo más frío y distante
del que fui capaz. No tuve energía para desmaquillarme, lavarme los dientes
o ponerme el pijama, así que me quedé dormida con el vestido de noche y
los zapatos de plataforma.

—¿Denian? —Sacudí el bulto tapado con manta del sofá exterior del
ático. Eran casi las siete de la mañana. Llevaba más de media hora dando
vueltas en la cama, sin poder volverme a dormir, así que había salido fuera
a refrescarme las ideas—. ¿Qué haces aquí fuera?
Se incorporó. Las señales de la resaca eran evidentes en el modo en que
contraía la cara y entrecerraba sus ojos azules para protegerlos de la
claridad del alba.
—¿Me acercas el agua?
Le di la botella y me senté a su lado, a cierta distancia.
—No podía dormir, estaba demasiado acalorado.
Incliné la cabeza, fijando la vista en mi regazo.
—Si lo dices por lo de Lucas, yo…
—No lo digo por Lucas.
Estaba claro que no se estaba refiriendo al tipo de calor que genera la ira,
por lo que solo quedaba la segunda opción. Pero no la nombré. Retorcí las
manos, sin saber qué decir. Estaba ahí con la postura encorvada, como si
fuera la primera vez que un tío se me insinuaba. Denian, que no parecía
esperar respuesta, bebió lo que quedaba de agua con tal sonoridad que su
garganta podría haber sido un desagüe.
—Espero que tu noche fuera mejor que la mía —dije por fin,
observándolo por el rabillo del ojo.
Se echó hacia atrás, con la mano presionando la sien. La pierna salió por
debajo de la manta. Iba en camiseta y boxers.
—En cierto modo supongo que sí, que fue mejor, por lo menos después
de ver a tu hombre de las cavernas clamar por su hembra. Casi pensaba que
me daría una cornada para separarnos.
Se me escapó un golpe amistoso, que acompañé con un quejido que bien
podía significar que le daba la razón.
—Se ha enterado de que no somos primos… bueno yo se lo dije,
porque… no sé, soy imbécil. —Enterré la cara en las manos—. Y así como
de la nada se le metió en la cabeza que estamos liados, yo qué sé.
Abrió los ojos de golpe y se puso la mano de visera, seguramente para
evitar que la luz matutina incidiera demasiado en su dolor de cabeza.
—Y ¿qué le hizo pensar eso? A ver si toda persona a la que le cuelga
algo es una amenaza —dijo, sacudiendo la cabeza.
Solté un gruñido de frustración.
—Todo ha sido culpa mía. Espero que no se joda vuestra amistad.
Me puso la mano en la rodilla y el pulso se lanzó a la carga para
recordarme que sus acercamientos activaban puntos estratégicos que en
teoría estaban reservados.
—Nuestra amistad tampoco es lo que era, así que por eso no te
preocupes. Ya hablaré con él y le aclararé que no tenemos nada. —Ese «no
tenemos nada» sonó apenado.
—No sé qué se me pasó por la cabeza para decírselo —continué,
hablando de manera acelerada— porque se puso en plan gilipollas,
echándome en cara que no le dije dónde estaba, y entonces me dijo que me
llevaría a casa de mis tíos y se lo solté… para atacarlo, o para que se
cabreara por algo que tuviera sentido. No sé por qué me sale esta vena
destructiva. De repente no soy yo y…
—Emilia —me apretó la rodilla. Joder, esto acabará conmigo—, no
tienes que justificarte. No le dijiste la verdad justamente por esto, porque a
su mente primitiva le es imposible asimilar que vivas bajo el mismo techo
con otro tío sin que te lo estés tirando.
Ese «te lo estés tirando» me encendió la piel.
Volvió a echarse hacia atrás y cruzó las piernas por los tobillos. La manta
se escurrió, dejando al descubierto la pierna derecha. Tenía la piel
bronceada por el sol de principios de verano. Aparté la mirada, pero noté la
suya pegada a mí.
—Aunque por experiencia —continuó— debería añadir que cuando te
cabrean te sale una vena asesina que da bastante miedo.
Sonreí porque lo de Mallorca había pasado de ser algo que le había
herido a un hecho anecdótico entre nosotros.
—Venga, no exageres tanto.
Se tomó una pausa para reír, pero se quejó del dolor de cabeza. Después,
levantó la mirada adoptando de pronto una expresión seria y mi intuición
señaló que tenía algo importante que decirme, así que volví la cabeza,
aguantando la respiración.
—Mañana he quedado con Léa y, todavía no sé cómo se lo voy a decir,
pero lo voy a dejar con ella.
Una mezcla de adrenalina y deseo se concentraron en la base de mi
estómago. Rehusé dar rienda suelta a lo que fuera que florecía ahí dentro y
me apresuré a echarle salfumán.
—Siento que no haya funcionado —dije con sinceridad—, esto de las
relaciones es una especie de tortura, te lo juro. Es un pulso constante entre
quién eres y cómo quieres que te perciba la otra persona, y no siempre
encaja el cómo quieres que te vea con cómo te ve en realidad. Yo no hago
más que decirle a Lucas lo que siento por él, pero es como si no pudiera
creérselo —suspiré.
—Si he aprendido algo de mi relación con Léa —dijo, perdiendo la
mirada en el horizonte de edificios que teníamos delante— es que querer a
la otra persona se demuestra con las acciones. No importa lo que digas, es
lo que haces.
—Eso dice Sami, pero considero que yo se lo demuestro.
—Me refería a Lucas. Dice que te quiere, pero querer también es confiar
en la otra persona.
Su comentario valió para un largo silencio.
—En mi caso, Léa notaba que no estaba enamorado, así que insistía en
que le prestara atención, se enfadaba y eso me forzaba a hacer las cosas
como ella quería, pero al final me estaba engañando a mí mismo y a ella.
Una relación no tiene que ser una lucha constante con uno mismo y con la
otra persona. No es que tenga mucha idea, porque Léa ha sido la relación
más larga que he tenido.
—Dices que no sabes cómo decírselo, pero no te veo muy afectado.
—Si te digo la verdad, queda mal decirlo, pero me he quitado un peso de
encima. Parece que lo aguantaba por inercia, no sé. Había química y eso, o
sea que me atraía mucho y el sexo estaba bien, pero supongo que a un nivel
más profundo estaba sufriendo.
A lo mejor Denian no comprendía los celos porque no había estado
enamorado, pero en nuestro caso había pasión y la pasión es visceral. De
todos modos, estaba cansada de pelearme por tener amigos, de sentirme
culpable por cómo me miraban los tíos.
—Gracias por la charla —dije, al cabo del rato—. Me voy a duchar, que
lo necesito.
Él asintió, lentamente, como si mi marcha le pesara. Me habría gustado
hacer algo más que agradecerle la charla, como echarme a su lado y cobijar
la cabeza en el hueco de su cuello. Sabía que eso me habría dado serenidad,
pero también habría dado pie a algo que estaba lejos de la simple amistad,
así que me contuve. Pero no conseguí reprimir el anhelo cuando lo miré
antes irme adentro. Sus ojos estaban cargados de cariño.
Cualquiera a quien se lo contara pensaría que el rollo que me llevaba con
Denian me apartaría de Lucas, pero, al contrario, me acercaba más a él
porque de alguna manera daba razón a sus celos, razón de estar
controlándome, y yo debía de corresponderle con más amor, para no dejar
lugar a nadie más.
Cuando volví a la habitación, el móvil vibró sobre el escritorio infantil.
Tenía varios mensajes de Lucas. Uno a las cinco de la mañana, justo cuando
debió de llegar a casa y otro a las siete. Suspiré.

Creo que ya sé lo que me pasa.


Tengo miedo. Me pongo así porque tengo miedo de
perderte, Emilia. Te quiero tanto que no sé pensar sin
que formes parte de lo que pienso. Y cuando siento que
te alejas de mí, me vuelvo loco. No puedo evitarlo. Eres
lo único que me importa.

El último:

Dame otra oportunidad, por favor. Cambiaré. Te lo juro.


Si aún quieres estar conmigo ven al bar esta tarde,
sobre las siete. Espero que vengas, porque no sé lo
que haré sin ti.

Me dejé caer en la cama, con el móvil en la mano. Que te


necesiten tanto es bonito y al mismo tiempo aterrador. Quizá
creía que yo era la respuesta, pero ¿y si no lo era?
Mientras me duchaba, las palabras de Laura vinieron a la mente: «no
eres su madre ni su psicóloga. Si no sabe cómo tratar a su novia, que no
tenga una». Denian iba a dejarla. Un pensamiento furtivo, o más bien una
secuencia, se coló en mi mente; me lo imaginé entrando en el baño,
pidiendo disculpas al ver que aún me estaba duchando y yo le pedía que se
quedara, él sonreía comprendiendo. Pensé en eso mientras me masturbaba.
Entonces entraba en la ducha, desnudo, y volvía a abrazarme, como anoche
y… gemí. Mi mente forzó a mi imaginación a dibujar a Lucas, pero los ojos
azules de Denian, atesorando mi anhelo momentos antes, habían imprimido
un deseo del que no pude deshacerme.
SEPTIEMBRE 2013

DENIAN

El verano estaba siendo largo y asfixiante. Y no únicamente en términos de


meteorología, sino también en términos anímicos. En ese aspecto, el plato
fuerte se lo llevó julio. El desastre se originó en un grupo de WhatsApp que
crearon un par de amigos del entorno de amistades de Lucas. Yo no conocía
a todos sus amigos, solía ir mucho más con Mathieu y a veces habíamos
coincidido en el bar para tomar unas copas, pero en general la mayoría me
parecían bastante capullos. Al principio pensaba que Lucas se juntaba con
ellos para aparentar, como si el hecho de tener una multitud de chuloamigos
le diera caché. Cuando empezó a salir con Emilia, me incliné a pensar que
él mismo era un chuloamigo más. Así que con el tiempo nos distanciamos.
Más tarde, uno de sus colegas, que no sabía nada sobre mi afinidad con
Emilia, me añadió a un grupo llamado «reality porno».
Mi móvil no paró de vibrar por la cantidad de mensajes. Por lo menos
éramos quince en el grupo. Nadie parecía saber quiénes estábamos ahí,
porque había al menos tres administradores. Uno de ellos era Lucas.
Enseguida tuve claro que él no sabía que yo estaba en el grupo.
Seguramente había sido el gilipollas de su amigo quien me había incluido
en él, pensando que me interesaría muchísimo ver fotografías guarras de las
novias de algunos de ellos.
Me impactó. Sentí rabia y vergüenza al ver fotografías de Emilia
desnuda. Al leer los comentarios babosos de los tíos. Al leer a Lucas
vanagloriándose de estar con ese cuerpazo. Exhibiéndola como si su
intimidad fuera algo de lo que alardear. Una mercancía para los mirones.
Me puse como una fiera y lo llamé.
—¿De qué cojones vas, tío? ¿Qué haces colgando fotos de Emilia en un
grupo de gilipollas?
Se quedó mudo. Fingió que no sabía de lo que le estaba hablando, pero
no duró mucho, porque era imposible esconderse de algo tan flagrante
como eso.
—No se lo digas, tío. Por lo que más quieras, Denian. Por nuestra
amistad…
—A la mierda nuestra amistad. No te mereces a Emilia.
—Ha sido cosa de estos cabrones. Ellos me han convencido —se
lamentó de una manera patética.
—No eres consciente de lo que has hecho, ¿no? —grité—. Esto va a
correr como la pólvora.
—Las borraré. Eliminaré el grupo, te lo juro, pero no se lo cuentes.
—No se lo voy a contar. Se lo voy a enseñar.
—Tío…
Colgué.
Con las aletas de la nariz dilatadas por la ira, separé el móvil de mí,
tratando de comprender por qué había llegado a admirarlo, incluso a desear
parecerme a él en ciertos aspectos. Lucas era capaz de engañar a la gente,
de esconder su propia naturaleza bajo una máscara carismática, hasta el
punto de hacerte pensar que le importaba alguien más que no fuera él
mismo.
El móvil vibró. Lucas había eliminado todas las fotografías y había
cerrado el grupo. Pero yo tenía activada la opción de guardar
automáticamente en el carrete todo lo que me llegaba.
De pronto, noté una mano fría en el brazo y pegué un brinco en el
taburete.
—Perdona —sonrió Emilia. Llegaba del trabajo, pero ni siquiera la había
oído entrar.
—¡Estás helada!
—Ya. Soy una muerta viviente —dijo, con voz de ultratumba.
Sabía que tenía que hacerlo, pero al mismo tiempo odiaba tener que ser
portador de las malas noticias.
Respiré hondo.
—Oye. —Cogí el móvil. Me lo pasé de una mano a otra. Le di vueltas.
Cuando vio mi cara, se quedó a medias de abrir un yogur. Lo dejó en la
barra y se acercó, con la mirada interrogante. No quise andarme por las
ramas y fui directo al grano: le conté el asunto del grupo y le enseñé las
fotografías.
Emilia se llevó la mano al pecho como si le hubiera alcanzado un
proyectil. La barbilla le empezó a temblar y me miró como si creyera que
yo podía haber fabricado todo aquello para acabar con su relación. Por un
momento pensé que iba a matar al mensajero. Pero en lugar de eso se aferró
a la barra. Me pareció que hacía un esfuerzo tremendo para no llorar, pero
tenía los ojos vidriosos.
—Bórralas, por favor.
—Claro. —Cogí el móvil con tanta torpeza que se me cayó un par de
veces. Cuando por fin lo sostuve, me apresuré a borrarlo todo—. Lo siento
—dije.
Pasó por mi lado como si acabara de decirle que había muerto alguien.
—Espera —le pedí. Cuando se dio la vuelta, la miré con gesto amable de
advertencia—. Por favor, no te hagas daño.
Asintió sin mucho convencimiento.
Aquella noche no bajó a cenar y yo evadí todas las preguntas de mis
padres y de Tania al respecto. «Intimidad», dije. «Necesita intimidad».
Supe que había dejado a Lucas porque apenas se dejaba ver en casa, ni se
le oía la voz. Tal como llegaba de trabajar se encerraba en la habitación y no
volvía a salir hasta el día siguiente, para ducharse e ir a la agencia de viajes.
En general respondía a las preguntas con monosílabos, comía poco, y decía
que el trabajo le iba bien, normal. En más de una ocasión le dije que no
valía la pena estar así por él, sobre todo después de lo que le había hecho y
ella respondía con un leve asentimiento, como si la fuerza de asentir no
dependiera exclusivamente de su voluntad, sino del peso de los
acontecimientos. Todo eso acompañado de intensos mensajes de Lucas, que
se arrastraba por el perdón como una culebra. Por lo que ella se avino a
contarme, no contestó a ninguno de ellos, y cuando ya no podía soportar
más el dolor, cambió de número.
En cuanto a mí, le rompí el corazón a Léa cuando la dejé. Me sentí
verdaderamente como un desecho humano porque, aparte de hacerle daño,
no supe cómo consolarla. Cuando preguntó el motivo, solté un monólogo
impreciso sobre la importancia de que una relación fluyera. La nuestra no
fluía. Pero me interrumpí cuando caí en la cuenta de que parecía que
estuviera hablando del caudal de un río y ella ya estaba al borde de las
lágrimas. Me quedé bloqueado. Era la primera vez que dejaba a alguien y
no había una manera encantadora de hacerlo. Pensé en abrazarla, pero lo
descarté al instante; al fin y al cabo, era yo el origen de su dolor. Quizá la
mejor opción habría sido marcharse, sobre todo después de notar que las
mujeres de la mesa contigua me echaban miradas acusadoras. Aun así, no
me moví. A mi modo de ver, el haber puesto fin a una relación larga,
entrañaba cierta responsabilidad emocional para con la otra persona. Así
que me quedé envarado en mi silla, observando los restos de aguacate de mi
plato.
Los minutos transcurrieron tan despacio que me permitieron ser
consciente de mi propia existencia a un nivel orgánico, de manera que tenía
agudizados los sentidos, y percibí hasta la brisa más sutil removerme el
pelo; el sonido del tráfico mecía mis pensamientos. Notaba incluso el peso
de mis huesos sobre la silla de aluminio verde mientras reflexionaba sobre
la cantidad de veces que iba a decepcionar a alguien en el futuro. Había
dejado de formar parte de la vida de otra persona a partir de ese momento y
quizá no volviera a verla jamás. Eso me hizo sentir triste durante un rato,
pero entonces Léa se puso en pie. Me dedicó una larga mirada y antes de
marcharse, dijo:
—Espero que te vaya bien y algún día sepas hacer feliz a una chica.
Me pregunté a qué se refería exactamente con saber hacer feliz a una
chica. Si quería decir que tenía una falta de habilidad para lograrlo en
general o que había fallado con ella en particular.
Durante las semanas que siguieron a nuestras respectivas rupturas, estuve
vigilando muy de cerca a Emilia, para detectar posibles heridas nuevas en el
antebrazo. Me fijé en una que parecía reciente, pero no sabía cómo
abordarlo sin hacerle sentir culpable por habérselo hecho, así que le pedí a
mi madre que le diera el apoyo que necesitaba. No llegué a saber si lo
habían hablado, puesto que ella era bastante discreta con los asuntos de
otras personas. En cualquier caso, a los pocos días noté un cambio positivo
en Emilia.
Lástima que la razón supusiera un nuevo obstáculo en mi camino hacia
la confesión.

La noticia llegó en agosto: Emilia se iba a Estados Unidos a visitar a su


padre. Había acabado la sustitución en la agencia de viajes y no se veía con
fuerzas para rehacerse de lo de Lucas sin poner una distancia real. Y por si
eso no fuera ya de por sí una mala noticia, el billete era abierto, y no tenía
fecha de regreso.
Podría habérselo confesado antes de que se marchara: «no te vayas, por
favor. Me gustas. Estoy bastante seguro de que quiero estar contigo. Dame
la oportunidad de hacerte feliz». Sin embargo, no lo hice. Era inútil. Aunque
Emilia estuviera algo mejor, cada vez que pensaba en que los amigos de
Lucas la habían visto desnuda su ánimo volvía a decaer. Incluso a mí me
decía que no se atrevía a mirarme a la cara sin abochornarse.
—Tengo la sensación de que por mucha ropa que lleve, verás a través de
ella.
—Por favor, no digas eso. Tampoco es que mirara las fotos con tanto
detalle. —Hasta a mí me sonaba falso. Las había borrado, pero su cuerpo se
me había quedado grabado en la memoria—. Pero entiendo que quieras irte.
—Os escribiré para contaros cómo me va, ¿vale? —dijo antes de
despedirse.
—Vale. Cuidaré de tu cactus —le prometí.
Lo cierto es que cuando la vi salir por la puerta con la misma maleta
intercontinental con la que había llegado a casa, sentí un vacío tan grande
que tuve la tentación de seguirla y amarrarme a ella hasta hacerle cambiar
de parecer. A Tania le pasó algo parecido y me costó bastante trabajo
hacerle comprender que era solo un viaje y que volvería pronto.
Ya estábamos a mitad de septiembre y todavía no había vuelto. Tampoco
se había pronunciado sobre la fecha en la que iba a regresar; cosa que me
tenía hecho polvo. Tuve que buscar sustitutivos para no notar tanto su falta,
como ponerme música de heavy metal, cuando yo era más de rock francés.
¡Como la echaba de menos! Hasta regaba el cactus, como si hubiera sido el
origen de nuestra conexión. Capturaba mentalmente todas las cosas que
estaban esparcidas sin orden por su dormitorio, y me la imaginaba buscando
por todas partes algo que hubiera perdido, como las llaves, o el cargador del
móvil.
Emilia escribía de vez en cuando al grupo La famille. Mandaba fotos y
hacía comentarios sobre algunos lugares que había visitado, pero no
explicaba gran cosa. Echaba de menos saber algo más íntimo de ella.
¿Cómo llevaba lo de Lucas? ¿Qué tal le iba con su padre?
Una mañana entré en su habitación y vi que el cactus había muerto a
causa de un riego excesivo. La pena que me sobrevino sin duda rebasó los
estándares en cuanto a la muerte de una planta se refiere, pero también me
sirvió de excusa para llamarla por Skype.
—Hola —sonreí cuando aceptó la llamada.
Estaba en el cabecero de la cama y tenía cara de recién levantada. ¡No
había comprobado la diferencia horaria!
—¿Te he despertado? Aquí son las seis de la tarde.
—No.
Emilia tenía el portátil encima de algún soporte elevado que dejaba la
pantalla a la altura de los ojos.
—¿Qué hora es allí? —pregunté.
—Las nueve A.M.
—¿Cómo estás? ¿Todo bien con tu padre?
—Mejor de lo que esperaba.
Asentí.
—¿Y tú? —Sonrió a la pantalla, como si tuviera ganas de cruzarla para
llegar hasta mí.
—Hace un calor inaguantable y nos vamos a casa de mis tíos a pasar el
fin de semana. Nos han prometido una pool party después de cenar —reí—.
Se creen que están muy en la onda por encender las luces violetas de la
piscina y poner música disco de los noventa.
Soltó una risotada.
—A mí me parece guay.
—Bah. Preferiría ir a una de esas fiestas que se ven en las pelis
americanas. Litros y litros de cerveza, música a todo trapo y la gente
tirándose a la piscina desnuda, pero no conozco a nadie que se anime a
montar una.
Sonrió tímidamente. Después, nos quedamos callados y yo me perdí en
sus ojos. Percibía aún un tinte triste en ellos, aunque detecté también algo
nuevo y esperanzador que lanzó mi corazón al galope. Ahora, ahora.
Díselo.
—¿Estás mejor por lo de Lucas?
—Sanando —se limitó a decir, desviando un momento la mirada.
—Te echo de menos.
En el tono se hacía evidente que el grado en el que la echaba de menos
era superior al que habría sido si solo la viera como a una amiga. Sus labios
carnosos se extendieron en una sonrisa que provocó una reacción
instantánea en mi entrepierna.
—Yo también os he echado mucho de menos —El plural me dolió un
poco, aunque en realidad no tenía derecho a pedir más que el resto de mi
familia. Por si acaso, no había avisado a nadie de que estaba haciendo esa
llamada.
—A todo esto… —Me levanté para que viera a qué había quedado
reducido su cactus. Lo acerqué a la pantalla y Emilia se echó a reír a
carcajadas.
—Joder, Denian. ¿Cómo has podido matar a un cactus?
—Te compraré otro cuando vuelvas.
—No pasa nada —dijo, gesticulando para restarle importancia.
—Y eso ¿cuándo será?
—Supongo que este mes. Por aquí ya tienen que volver a la rutina. Pero
aún no he mirado los vuelos. —Hizo una pausa. Dudó un momento y
añadió—: espero que Lucas no te haya estado agobiando. No te ha llamado,
ni ha ido a buscarme a casa, ¿no?
No sé por qué me molestó tanto la alusión a Lucas. Era lógico que
preguntara por su exnovio. Para él todo era una competición y había
perdido a la chica por mi culpa. Ambos sabíamos que no era alguien que se
contentara con perder y la verdad es que había estado algo paranoico con la
idea de que apareciera en cualquier momento para romperme la cara.
Entonces, me enteré por Mathieu de que estaba saliendo con la hermana de
su amigo el orejón. Al parecer, se había cansado de arrastrarse por el
perdón, así que se había dedicado a decir por ahí que lo había dejado con
Emilia porque estaba pirada, que le iba el sexo duro y que una vez le cortó
para dejarle una cicatriz igual que las que ella tenía en el brazo. Prefería
ahorrarle toda esa mierda a Emilia. Al menos de momento.
—Pues no sé nada de él.
—Ah. Bueno, mejor. —Noté cierta decepción, que hacía menguar la
esperanza de que pudiera surgir algo entre nosotros.
Estuvimos hablando un rato más sobre lo que habíamos estado haciendo
últimamente, aunque en mi caso no era nada del otro mundo. Me había
sacado el carné de conducir, la carrera de ADE estaba esperándome a la
vuelta de la esquina y tenía la sensación de que los días eran pesados y
transcurrían despacio. Ella había hecho un poco de turismo con su padre, su
nueva mujer y el hijo que tenían en común, y, en resumidas cuentas, le
parecía que volvía a estar en una familia de acogida. Aunque lo dijo con
aire divertido.
Tuve un par de ocasiones muy buenas para decirle lo que sentía por ella,
pero el miedo a que me rechazara se acababa imponiendo.
Al final tuve que reconocerme a mí mismo que la distancia hacía más
difícil el poder visualizar a Emilia en el escenario idílico que tantas veces
me había imaginado, en sus distintas versiones, de la más casta a la más
sexual. En cualquiera de ellas, empezaba diciéndole que quería estar con
ella y ella aceptaba, de pronto conocedora de sus verdaderos sentimientos
hacia mí. Lucas pasaba a ser ese amor transitorio, tóxico, no merecedor de
recuerdo. La dificultad de imaginármelo no tenía que ver con mis
sentimientos hacia ella, porque seguían siendo tan ardientes como antes de
que se fuera, sino que, cuanto más pasaba el tiempo, menos probable me
parecía que pudiera suceder. De modo que, a finales de septiembre, mis
expectativas se habían reducido a esperar a que volviera.
EMILIA

En inglés se llama closure y no se me ocurre una traducción con un


significado tan preciso. Podría decirse que es como pasar página y, en el
caso de Lucas, sería eso. Pasé página. No fue fácil, porque el dolor de la
traición me hizo pedazos. Habría querido ir a buscarlo al bar y gritarle lo
más desagradable que se me hubiera pasado por la cabeza mientras lo
destrozaba todo con el palo de golf del señor Leroux. Habría querido meter
todo lo que me había regalado en un cubo y prenderle fuego delante de él.
Pero ese fue solo el primer impulso. Cuando mi sangre dejó de hervir y me
di tiempo para digerir la noticia, la incredulidad no dejaba de golpearme.
Mi novio había hecho un pase porno con mis fotografías y no sabía qué
habían hecho los gilipollas de sus amigos con ellas. Quizá me metían en
alguna página guarra para ganarse unas perras.
Madraza me dijo que podía denunciarlo, pero no quería pasar por eso.
Que me hicieran preguntas, pusieran en duda lo que decía, me pidieran
pruebas. De alguna manera acabaría siendo culpa mía por permitir que me
hiciera las fotografías, ¿verdad? El autoodio volvió más fuerte que nunca.
Los cortes también. Me pregunté si acabaría en esa espiral de mierda cada
vez que me dieran bajones en la vida. Aunque la rabia y los discursos de
autoodio no fueron lo peor. Cuando, tras decenas de mensajes de Lucas, me
vi a punto de contestar, a ceder una milésima parte de mi tiempo a ese
cabrón para dejar que se explicara, por si había sido un accidente, me di
cuenta de que, además de cambiar de número, tenía que poner tierra de por
medio.
Mi padre vivía con su nueva familia en una casa con jardín de un barrio
residencial, de aquellos que tienen caminito para dejar el coche en el
parking. Me imaginaba a mi padre llegando a casa, salir del coche con el
maletín en la mano y saludar al vecino, que desde el otro lado de la cancela
le devolvería el saludo mientras regaba las plantas.
El closure con él tuvo un matiz distinto. Fue hacer las paces con el
pasado. Librarme del dolor enquistado y mostrarme receptiva cuando me
contara su versión. Me hice a la idea de que mi presencia sería pasajera,
prescindible, y solo así pude enfrentarme a ello.
La primera semana fue rara. Era como si hubiera llegado a un
Bed&Breakfast donde me esperaba la habitación que había reservado, pero
extrañamente el dueño fuera mi padre. Él manejó nuestras conversaciones
con cautela, rememoró algunos buenos momentos y se rio con algunas
vivencias; dejando de lado los malos tragos del pasado. Tampoco había ido
a visitarlo para echarle nada en cara. Eran mis vacaciones. Y él resultó ser el
guía ideal. Viajamos a unos cuatro estados y visitamos todos los lugares de
interés. Pasamos la noche en moteles idénticos a los que se veían en las
películas y me comí todas las tortitas con sirope de arce que me pasaron por
delante. No me importó subir de peso, porque estaba en periodo de
sanación. Y en eso el peso es secundario, o, mejor dicho, irrelevante.
Estuve desconectada y lo poco que hablé con mis amigas o con los
Leroux fue para hacerles saber que estaba bien. Solo mi madre consiguió
cabrearme cuando desplegó en una llamada una retahíla de preguntas a
modo de interrogatorio sobre la nueva vida de mi padre. Por suerte, me
dominé, y pude reconducir la conversación en la dirección correcta.
A lo mejor a algunos les fuera bien ir a un retiro espiritual, pero a mí las
largas distancias en coche, con la banda sonora de Forrest Gump, los
macarrones con queso y las hamburguesas con salsa de chili de los
restaurantes de carretera, los moteles y las tortitas me hicieron el mismo
bien. En esos días no pensé mucho en Lucas. No pensé mucho en nada en
especial. Me centré en despejar la cabeza, en conectar con algo dentro de mí
que se había desconectado. No sabía definir exactamente qué era, pero sí
que era esencial. Ni siquiera había pensado demasiado en la fecha de
regreso. Pero la última llamada de Denian aceleró las cosas.
La hizo desde el móvil y fue tan repentina, que creí que había pasado
algo.
—Emilia. —Oír su voz decir mi nombre como lo hizo me dejó muda. Lo
pronunció como si fuera trascendente, vital para él. Hasta ese momento no
había apreciado lo mucho que puede transmitir alguien que pronuncie tu
nombre con anhelo.
—Denian —dije tras un largo instante. No estaba sorprendida por que
me hubiera llamado, sino porque (a riesgo de repetirme de nuevo) dijo mi
nombre como lo dijo.
—No puedo más. Necesito verte. Nodigasnadaporfavor. Es que me
siento un poco ridículo diciendo algo como de película de sobremesa, o de
esas cursis de Navidad. Tú te mereces algo más currado, pero la verdad es
que no me he preparado nada la llamada. Estaba con Mathieu y me ha
entrado la necesidad urgente de llamarte y pedirte que vuelvas conmigo.
Que vuelvas primero, y luego que pienses si quieres estar conmigo.
Me quedé sin habla.
OCTUBRE 2013

EMILIA

La confesión de Denian había supuesto una avalancha de sentimientos que


me dejó noqueada. Era como si hubiera dejado de meterme droga dura y de
pronto me llegara una dosis descomunal. Emociones fuertes de nuevo,
cuando me había sometido a un periodo de desintoxicación voluntario de
emociones fuertes. Le pedí tiempo. Dijo que me tomara el que hiciera falta,
pero que sobre todo fuera lo más rápido posible. Me dio la risa tonta.
Denian Leroux quería tener algo conmigo. Si me lo hubieran dicho
cuando estuvimos en Mallorca me habría parecido imposible. Lo primero
que hice fue decírselo a Laura y a Samara. Últimamente, no importaba
cuándo les escribiera que siempre las pillaba juntas.

Laura: Pero bueeeeeno, tía. Ya era hora, no? Le ha


costado la vida.

Emilia: Para mí tampoco estaba tan claro

Samara: Venga ya! Si dijiste que aquel día en el metro


te comía con los ojos!

Emilia: Una cosa es que quiera enrollarse conmigo y


otra es que me lo pida en serio… no sé.

Laura: Buahhh, está on fire con Emilia. Le pone to


palote.

Emilia: Pero… es que, es muy pronto. Llevo un mes


intentando olvidarme de Lucas y os juro que me ha
costado un huevo no contestar a sus mensajes y ahora
¿voy y me lío con Denian?

Samara: Y ¿qué te dice tu corazón?

Laura: O tu chichi, ya puestos. Hay que escucharlo


también de vez en cuando.

Emilia: JAJAJJAJA

Samara: XD!

Emilia: Todo me dice SIIII

Laura: Pues a por él, zorrilla

Samara: Vuelve yaaa y lánzate a sus brazos

Cuando quise darme cuenta, ya estaba en el avión de vuelta a Barcelona.


Denian venía a buscarme al aeropuerto en el coche de los Leroux y la
espera se me estaba haciendo tan insoportable que me dolían las tripas.
Para distraerme durante el vuelo, me obligué a pensar en otras cosas,
pero lo único que tuvo sentido de todo lo que pasó por mi mente fue
plantearme hacer carrera como azafata. El resto, fueron ideas inconexas y
una mezcla de emociones muy intensas. Y es que, por mucho que quisiera
evitarlo, la cantinela se repetía en mi cabeza como una gota que repiquetea
en la pica del baño: es pronto para estar con otra persona. Por otro lado, la
química de mi cuerpo consideró que el tiempo no era un factor a tener en
cuenta.
—Llevaré un cartel con tu nombre —había dicho Denian.
—¿Por qué?
—Por si no me reconoces después de tanto tiempo.
—¡Anda ya! Qué tonto.
Cuando vi mi maleta aparecer en la cinta de la sala de equipajes del
aeropuerto de Barcelona, mis hormonas empezaban a organizar una rave.
Me encaminé a la puerta de salidas, con el cosquilleo de la anticipación
hormigueando por todas partes. Se abrieron las puertas automáticas y
avancé, tras otros pasajeros, mirando las caras de la gente que esperaba. Lo
busqué entre la marabunta de gente que se apelotonaba detrás de la barra
metálica que hacía de barrera, esperando a los suyos. Entonces, vi el cartel
con mi nombre. EMILIA CORTÉS NAVARRO, el estómago me dio un
vuelco y se me aceleró el pulso. Salí de la pasarela sonriendo. Al final me
ha hecho un cartel, el tío.
Él no me había visto y me planté a su lado. Había tenido el detalle de
recibirme con el pelo revuelto que tanto me gustaba. Cuando se volvió, se
echó a reír señalando el cartel, como cuando acabas de contar un chiste y
surte el efecto esperado. Había escrito algo más debajo: «Soy aquel que
suspira cuando escribe tu nombre». Nos abrazamos. Fue como si me
hubieran hecho a medida para encajar en su abrazo y todos los que nunca
llegamos a darnos se hubieran concentrado en ese instante. Recosté la
cabeza en el hueco de su cuello y recordé aquel día en el ascensor, cuando
sentí el impulso de besarle. Qué alivio no tener que poner freno a mis
sentimientos y poder embriagarme de su olor límpido, parecido al aroma
del verano.
Denian me acarició el pelo a la altura de la nuca y sentí un cálido
estremecimiento que puso los poros en relieve. Después, echó la cabeza
hacia atrás para mirarme a los ojos con ese anhelo que tanto me había
calado aquel día en la terraza. El anhelo que me llevé a la ducha. Estábamos
tan cerca que distinguí algunas tonalidades grises en el centro del iris. La
Emilia de Mallorca y la del presente se unieron para gritar de euforia
mientras Denian enmarcaba mi cara con sus manos. Juro que podría
haberme derretido al mismo tiempo que flotaba.
Unimos nuestros labios y sentí una fuerte sacudida en el estómago. Fue
un beso delicado, que tenía la profundidad de quien lleva demasiado tiempo
esperándolo. Un beso que saboreamos despacio, amoldando nuestros labios,
como en un tanteo. Fue El Beso. El resultado de un amor que ha ido
creciendo progresivamente. Siguió otro beso, más intenso, que se expandió
en mi interior como una llamarada y aniquiló el nudo que tanto tiempo
llevaba en el vientre. Ese nudo que Lucas había mantenido prieto. Un nudo
de inseguridades, baja autoestima y miedo constante a decepcionar. Durante
el tiempo que pasamos saboreando los labios del otro, todo lo que nos
rodeaba se quedó en pausa.
—Me moría por esto —dijo cuando nos despegamos.
—Yo también. Desde que tenía trece años.
—¿En serio?
Parecía sorprendido, pero sonreía mostrando toda la hilera de dientes.
Sus ojos azules acompañaban esa sonrisa.
—No lo sabía, Emilia —me dijo al oído, en un tono seductor que todavía
no le había escuchado.
Me pegó a él, sus manos rodeándome entera, como si esperara que
pudiéramos fusionarnos en una sola persona. Me sorbió la lengua con ansia.
El calor me encendió la piel y noté un cosquilleo entre las ingles. Ni en mi
imaginación había sido la mitad de maravilloso que estaba siendo en la
realidad.
—Si seguimos así, nos lo vamos a montar aquí mismo.
—Es verdad. Espera. Volvamos a empezar —dijo, fingiendo ponerse
serio, sin conseguirlo—. Hola, ¿qué tal? Estaba esperando a Emilia Cortés.
¿Eres tú?
Me eché a reír, pero recuperé la compostura a tiempo para seguirle el
rollo.
—¿Me lo preguntas después de meterme la lengua hasta la garganta?
—Precisamente por eso lo pregunto. Para ir sobre seguro.
—Madre mía —dije, sin poder parar de reír— ¿por qué hemos tardado
tanto en darnos cuenta?
—¿De qué? —preguntó, cogiendo mi maleta.
—De lo bien que estamos juntos.
—Nunca es tarde, señorita, ¿la llevo a alguna parte?
—Anda —le di un golpe cariñoso—, déjalo ya.
Me dio la mano y salimos del aeropuerto hacia el parking. Una certeza
me golpeó de pronto, mientras cogía su mano. A veces damos demasiada
importancia a lo que debemos hacer o cómo debemos actuar, aplacando las
señales de nuestro cuerpo, como si no tuvieran importancia. Me senté en el
asiento copiloto. Estaba hecho de algodón de azúcar.
Lo miré con adoración mientras revisaba todos los espejos retrovisores
como buen conductor novato debe de hacer.
¿Acaso me importaba que alguien pudiera decirme: lo acabas de dejar
con uno y ya estás con otro? No me importaba, porque mi cuerpo estaba
copado de amor por él. Mi cuerpo decía sí.

Durante la semana siguiente estuvimos poco tiempo juntos. Todo el mundo


me reclamaba. Especialmente mi madre. Al fin, quedé con ella en el centro
comercial de Montigalà para merendar en una cafetería que tenía una de las
tartas de zanahoria caseras más increíbles que había probado. La vi
especialmente delgada, iba con la raíz negra gruesa entre el pelo teñido de
rubio platino y tenía las ojeras tan marcadas que me pregunté si habría
dormido algo el último mes. Como no tardé en adivinar, había tenido
bronca con el novio, pero me quedé parada cuando me contó que lo había
dejado definitivamente.
—Me he dado cuenta de que lo que necesito es a mi hija. Vuelve a casa
—dijo—. No sabes cuánto siento no haber sido más fuerte. Pero ahora que
te has ido lejos y que no sabía si volverías…
—¿Y qué ha pasado con él?
—Es complicado —se excusó. El esmalte de uñas rojo estaba
descascarillado y tenía un aspecto descuidado. Sentí pena por ella, porque la
veía perdida—. No es una buena persona y por eso no quise que estuvieras
cerca de él. Lo hice para protegerte, porque no confiaba en sus… instintos.
La miré sin comprender.
—Un día lo pillé en plena faena individual, ya sabes…
—Ay —interrumpí, asqueada—, no me lo cuentes. Qué puto asco.
—Estaba con el móvil, y claro, yo me pensaba que era un vídeo de esos,
pero… —Miró hacia el pastel y hundió el tenedor, como si quisiera enterrar
sus miserias—… era una foto tuya, y no debías de tener más de catorce en
esa foto.
—¿Cómo? —la miré estupefacta—. Pero eso ¿pasó antes o después de
irme a casa de los Leroux?
—Te mandé allí por eso.
—¿¡Me estás diciendo que después de ver eso seguiste con ese cabrón
depravado?!
—Lo primero que pensé fue en sacarte de casa y después metí ese
recuerdo en una cajita y la aparté de mi mente, como si nunca hubiera
pasado. Fue una manera de protegerme, porque no he sido capaz hasta
ahora, cariño… me era imposible dejarlo. Tenía una influencia muy fuerte
en mí. Pero he sido una tonta, porque seguí apostando por él. Yo ya me
había dado cuenta de que estaba enfermo, en el sentido sexual, es de esos
hombres que lo necesita continuamente, y yo no puedo dárselo siempre… y
después lo pillé con la foto… por eso hablé con Helena. Tendría que
haberlo mandado a paseo mucho antes. Lo siento.
Una lágrima rodó por la mejilla descarnada, torpemente recubierta de
colorete parduzco.
La cogí de las manos. Nuestra porción de tarta, abandonada en un lado
de la mesa.
—No te culpes, por favor. No eres tonta. Creo que haberte dado cuenta y
actuar es lo más valiente que has hecho en mucho tiempo. Pero por favor,
mamá, no me pidas que vuelva ahora.
—Pero necesito que vuelvas, Emilia. No creo que pueda superarlo sola
—me rogó.
—Ese el problema, mamá. Te crees que necesitas a alguien para seguir
adelante, porque no tienes confianza en ti misma, pero yo no creo que
convivir conmigo vaya a ayudarte.
—Todavía no tienes los dieciocho.
—¿Y qué? ¿Vas a obligarme? —Era lo que parecía insinuar.
—Claro que no. Y menos cuando fui yo quien pidió que te acogieran en
otra parte. Solo que me parece que hemos perdido un tiempo precioso y me
arrepiento de eso, nada más. No he sido una buena madre. —Más lágrimas
siguieron y se limpió con una servilleta blanca. El logo verde de la cafetería
se llenó de maquillaje.
—¿Por qué no pides ayuda?
Arrugó el ceño.
—Deberías ir a un psicólogo —insistí.
—No tengo un problema de salud mental si eso es lo que quieres decir.
Por mucho que esté sufriendo, me levanto cada día para ir a trabajar. No
tengo depresión.
—No hace falta estar deprimido para ir al psicólogo —aclaré. Corté un
trozo de tarta con el tenedor, para restarle un poco de hierro a todo el
asunto.
—Supongo que Helena te habrá hecho unas sesiones, ¿no?
Me encogí de hombros.
—Solo preguntas muy bien dirigidas —sonreí.
—A lo mejor debería hablar con ella.
—Sí. —La miré fijamente—, por favor hazlo. Ella te recomendará a
alguien.
—Quizá lo haga —accedió, cortando ella misma un trozo de tarta.
Estuvimos un rato más hablando sobre de qué manera podría volver a
trabajar en la agencia de viajes donde había hecho la sustitución. Le conté
que estaba pensando en apuntarme a algún curso para ser azafata y me
animó con mucho ímpetu. Pero me recomendó que trabajara un tiempo más
en agencia para dar una continuidad a mi currículum, aunque eso no excluía
que me apuntara a una academia de idiomas y fuera formándome como
azafata. No fui del todo consciente hasta el cabo de unas horas de que había
pasado toda una tarde con mi madre sin discutir una sola vez. Tiempo de
calidad con mi padre y tiempo de calidad con mi madre, era más de lo que
habría podido esperar nunca. Hay que creer en las segundas oportunidades
y brindárselas a las personas a las que queremos. Esa era una de las
máximas de Helena y se había convertido en una de las mías.

Aunque estuve poco tiempo en la agencia de viajes, había dejado una buena
impresión y conseguí un contrato a tiempo parcial. Así que, tras dos
semanas de haber vuelto, ya estaba trabajando.
Fue en uno de esos días, en los que el teléfono no paraba de sonar y las
incidencias se sucedían una tras otra, cuando vi entrar a una clienta con el
pelo teñido de lila. Me quedé mirándola hipnotizada mientras hojeaba los
trípticos de viajes de aventura, como si acabara de vislumbrar una luz
fantástica al final del túnel de estrés. Decidí que quería teñírmelo igual. Me
tomé tres minutos para llamar a la peluquería que estaba a dos calles y pedí
hora para esa misma tarde. Después, respiré hondo para continuar con la
jornada frenética que quedaba por delante.
La chica del pelo lila estuvo una hora y media hablando con una
compañera y apostó por hacer un circuito en Tailandia. Su oficio y el de su
pareja les permitía trabajar desde cualquier parte del mundo. Ambicioné
llegar a ser como ella. Poder viajar por el mundo con tu pareja, sin que nada
te ate a un continente era un sueño. ¿Qué pensaría Denian de eso?
Salí de la peluquería como si fuera una versión renovada de mí misma.
Me miré en la cristalera de las tiendas, en el reflejo de las ventanas de los
coches, en el cristal de la puerta de entrada a la portería. Era el contraste
perfecto para mi atuendo, en su mayor parte de tonos oscuros, porque me
daba color y me llenaba de vida.
Me apresuré a llegar a casa. Tenía unas ganas locas de enseñárselo a
Denian y ver su reacción. Recibí el visto bueno de Madraza, del señor
Leroux y seguidamente el de Tania que, llena de entusiasmo, dijo que lo
quería igual cuando fuera mayor porque ahora cualquier otro color de pelo
le parecía lo más aburrido del mundo. Los dejé discutiendo sobre cuál era la
edad mínima recomendada para teñirse y subí las escaleras a la habitación
de Denian.
Cuando me vio se quedó sorprendido por el cambio radical. Tras unos
segundos de asimilación, me dirigió una sonrisa plácida, se levantó del
escritorio y vino hacia mí. Cerré la puerta porque adiviné en la disposición
sigilosa de sus pasos que acabaría por lanzarse sobre mí.
—Jolie —dijo, colocando las manos alrededor del rostro, como si tuviera
intención de esculpirlo—. Tu est ma Jolie.
Me besó.
Tuve claro que la gravedad era la única responsable de que siguiera de
pies en el suelo.
Es esto lo que se siente.
Con el rostro entre sus manos, me vi reflejada en sus ojos como si fuera
algún tipo de ninfa de los bosques. Me sentí querida. El nuestro era un amor
sin fisuras. Un amor libre y de confianza mutua. Él era mi mundo y no me
obligaba a que lo fuera, lo era y ya. Lo sentía hasta en los huesos.
—¿Puedo llamarte así? Jolie.
—Me encanta —admití.
—¿Quieres sentarte a mi lado y fingimos que me ayudas a estudiar? Así
si entra mi madre no sospechará.
—Vale.
—Pero tienes que intentar que tus piernas queden completamente
tapadas por el escritorio, así podré meterte mano mientras nos pregunta qué
queremos para cenar.
—Venga, calla, —Me reí. Él acercó los labios, pero me aparté—. No te
beso más, que luego no puedo parar y al final nos pillarán en tu cama.
Me miró ávido de continuar y volví a refrenarlo con la mirada.
—A ver cuándo nos quedamos solos, que esto es una tortura —dijo.
Me acercó una silla al escritorio y nos sentamos. Lo miré de soslayo,
dibujando una sonrisa mientras cogía el libro de estadística. Lo abrí por la
primera página y lo hojeé, pero no me enteré de nada. Lo cerré, apoyé el
codo en la mesa, acomodándome la cabeza en la mano y alcé la mirada
hacia él.
—Ya que estás metido en estadística, ¿te has preguntado cuántas
personas se quedan con el primer amor de instituto o de universidad hoy en
día? Está claro que el porcentaje se habrá reducido drásticamente en
comparación a la generación de nuestros abuelos.
Había diversión en sus ojos.
—¿Quieres decir que lo más probable es que no acabemos juntos?
—Suena fatal, ya lo sé, pero estamos desafiando nada menos que a la
estadística.
—Si lo conseguimos, yo creo que estaríamos dentro del 1 %.
—¿Es un 1?
—No tengo ni idea de estadística, acabo de empezar la carrera. —Soltó
una risa sincera—. Pero no tengo claro que la gente vaya a seguir
gastándose miles de euros para casarse.
—Pues yo creo que sí.
—¿Tú crees? —Elevó una ceja al tiempo que me miraba interrogante.
—No hablo de mí. Está claro que es un derroche, pero me refiero a la
gente en general, que le gusta tener su día.
—O sea que no quieres casarte.
—No digo que no, pero paso de un superbodorrio. Yo me casaría por lo
civil y para la fiesta me llevaría a los invitados de acampada y haría la
ceremonia colocando unas guirnaldas entre los árboles de un bosque.
Pondría un altavoz con bluetooth y una playlist. Una noche que haya luna
llena, el cielo despejado para poder ver las estrellas. Y me pondría un
vestido blanco de tul, por una vez en mi vida, porque el negro da mala
suerte.
Se rio cariñosamente y me acarició la mejilla.
—Veo que lo tienes todo pensado.
—Son detalles sin importancia. —No me atreví a decir que nos situaba
en ese escenario y más allá. Que nos veía viajando juntos. Es curioso que
incluso estando en una relación tan abierta y sincera, surjan esos miedos.
¿Estaré yendo demasiado rápido? ¿Lo voy a asustar? A ver si así pierdo la
gracia para él—. Si dejamos de hablar solo se me ocurre una segunda cosa,
así que lo mejor va a ser que vaya a mi habitación.
—¿Tan pronto? —dijo, quejumbroso.
—Es mi habitación o tu cama, y ya sabemos lo que hay. —Le di un beso
rápido en los labios.
—Oye, Jolie —me llamó cuando ya salía por la puerta—, ¿cómo fue
ayer con tu madre?
Entré de nuevo. Me sonaba deliciosamente extraño que me llamara Jolie,
parecía haberse decidido por un nombre cariñoso al verme con el pelo lila.
Me gustó tanto que habría empujado un mueble para atrancar la puerta y me
habría echado sobre él, pero en lugar de eso la dejé entornada. Lo de mi
madre no iba a ser una explicación de cinco minutos, así que volví a
acomodarme, esta vez en el borde de la cama, y le conté lo que habíamos
hablado.
—Todo este tiempo he culpado a mi madre por elegirlo a él en lugar de a
mí. Pero lo hizo para protegerme. ¿Por qué no se me había ocurrido?
—Desde luego que hay para encerrarlo, menudo cabrón pederasta. Pero
me parece lo más normal que pensaras así. Cualquiera habría dejado de
hablar a su madre por mucho menos que eso. La verdad es que me cuesta
entender qué tenía en la cabeza para seguir con ese tío.
—Hay trampas del cerebro que no tienen explicación. Pero en el fondo
creo que fui injusta con ella por no profundizar más en el tema. Ella no fue
quien me abandonó y aun así la culpé a ella por la marcha de mi padre. Está
claro que lo de elegir hombres no es su fuerte y que no sabe estar sola;
también entiendo que podría haber echado a ese hijo de puta en lugar de
mandarme a mí a vivir con su amiga, pero después de estar con Lucas sé
que es difícil y, ahora que lo veo desde la distancia, me doy cuenta de que
no piensas con normalidad. Es como si tu cabeza estuviera envenenada y al
final tomas decisiones de mierda.
—Ahora que hablas de Lucas… —desvió la mirada un instante—. La
verdad es que sí supe algo de él, pero no quise contártelo porque no quería
que sufrieras más.
Le insté a que continuara con un gesto y me habló sobre los rumores que
había estado esparciendo por ahí. Estaba saliendo con una chica, pero
andaba liándose con otras.
—Dejarlo es lo mejor que he podido hacer. Así que me importa una
mierda lo que haga con su vida. Solo sé que acabará mal. Yo creía que era
amor, pero me parece que era más atracción que otra cosa.
—Es que dicen que el amor es bueno, pero creo que falta un matiz
importante ahí —dijo, dándose aire de interesante. Pero no de modo
presumido, como solía hacer al principio para molestarme, sino con un tinte
alegre.
—¿Ah sí? ¿Y cuál es, profesor? —dije, con voz edulcorada.
—Bueno, está el amor porreta y el amor heroinómano.
—¡¿Qué?!
Se echó a reír.
—¿Me vas a dejar que te lo explique? —dijo, aguantando la risa. Hice un
ademán para que continuara—. El amor porreta te deja atontado la mayor
parte del tiempo y es adictivo hasta cierto punto, no en plan demencial, es
un enganche más comedido. Hoy te apetece un poco, al día siguiente no, y
así vas controlando mucho mejor la dosis. Luego está el amor heroinómano,
que puede que te quedes flipado y alcances el nirvana, pero te puede matar.
—¿Y el amor porreta no te mata?
—Solo a la larga, pero hay que morirse de algo, ¿por qué no morir de un
buen amor?
—Estoy de acuerdo.
Se calló por unos segundos, como si no tuviera claro desde qué lugar
seguir con la conversación, si desde la silla o sobre mí.
—Y, en base a esa adicción de la que hablo —continuó—, se vuelve muy
jodido cuando te obligan a dejarlo o te ves forzado a dejarlo.
—Nunca pensé que haría esta pregunta en mi vida, pero ¿nuestro amor
es porreta o heroinómano?
—Nuestro amor ha empezado siendo porreta, pero evolucionará en
cachimba.
—Joder, que hay otro.
—Claro, el amor cachimba es más pausado, estable. —Finalmente se
levantó de la silla y se acercó, despacio—. Se puede probar un día, pero no
hay problema si otro día no se puede…
Se puso delante de mí con aire furtivo, travieso. Inclinó la cabeza y
accedí a que me besara, a pesar del riesgo que suponía encender las brasas
para tener que enfriarlas después. Cuando noté que su cuerpo empezaba a
caer sobre el mío, se despegó y continuó hablando desde los pies de la
cama:
—Hay confianza para probar varios sabores, y ya no estás tan atontado;
estás relajado, a gusto.
—Creo que en el fondo estás como una cabra, Denian; por eso me gustas
—reí—. Si te dejaras el pelo un poco más largo serías mi tipo ideal. Te
imagino como el impulsor de la teoría universal sobre tipos de amor.
Nos quedamos callados, mirándonos con complicidad. Era evidente que
los dos nos moríamos de ganas y no estaba segura de hasta qué extremo se
atrevía a llegar él, pero yo me moriría de vergüenza si algún miembro de su
familia nos pillaba en mitad del acto, así que, a pesar de que me habría
escondido bajo el nórdico hasta la noche para poder hacerlo del modo más
silencioso posible, juzgué que, cuando sucediera, el éxtasis iba a ser tan
intenso que no me veía capaz de ser silenciosa. Tendríamos que quedarnos
solos. O, como mínimo, solos con Tania, porque solía quedarse dormida
profundamente.
—Tenemos que convencer a tus padres para que se vayan a cenar —dije.
—Eso mismo estaba pensando, porque yo llevo aguantándome meses y
ahora es como si mis padres representaran el catolicismo más radical y
nosotros tuviéramos que cumplir celibato.
—Déjaselo caer a tu madre, como quien no quiere la cosa.
—Y ¿no cantará mucho? En plan: id a cenar que nos motiva muchísimo
hacer de canguros de Tania, es vocacional. —Compuso una mueca—. Hasta
ahora han sido ellos quienes lo han propuesto —dijo, poniendo comillas
con los dedos en «propuesto».
—Seguro que se te ocurre la manera, si lo digo yo quedará más raro
todavía.
Asintió.
—Y ahora vete —dijo— que al final se lo van a oler todo. —Cuando me
levanté, me dio un cachete en el culo y me fui de la habitación con el deseo
palpitando por todos lados.
DENIAN

Jolie. Ma Jolie.
Por primera vez en mi vida podía decir que estaba enamorado. No tenía
que forzarme a dedicarle una atención especial, porque ya salía de mí. En
ninguna circunstancia se enfadaba por chorradas, y decía lo que se le pasaba
por la cabeza, cosa que es una gran ventaja, porque andar adivinando es
muy cansado. Aunque tuviéramos gustos distintos, por la música o las
aficiones, se me hacía agradable hablar con ella de cualquier cosa. En
definitiva, teníamos la misma visión de la vida. Ya que habíamos llegado al
mundo por voluntad de nuestros padres, hubieran hecho mejor o peor su
papel, por lo menos podíamos sacar partido y disfrutarla a tope. Ella
pensaba seguir trabajando y estudiando inglés un año más y después
apuntarse a un curso de azafatas, y yo continuaría en ADE y me
especializaría en ventas. Pero no nos obsesionábamos, ni teníamos una hoja
de ruta marcada, simplemente ocupábamos parte de nuestro tiempo a eso y
el resto lo dedicábamos a enrollarnos sin que nos pillaran mis padres.
La noche que salieron a cenar, orgullosos de que su hijo se hubiera
ofrecido voluntariamente a cuidar de su hermana pequeña, estaba nervioso.
Habíamos esperado tanto ese momento que temía no superar las
expectativas. Lucas tenía pinta de ser una bestia parda y quizá yo a su lado
fuera un tío insulso. ¿Y si a Emilia le daba por compararnos? A lo mejor, no
superaba la prueba.
Cuando Tania se fue a dormir, empecé a sudar. Hice algún acercamiento
en el sofá, pero el bloqueo de la mente acabó por ganarme la partida y no
conseguía excitarme. Así que, contradiciendo cualquier instinto le dije:
—Quizá no sea buena idea hacer algo con Tania arriba.
—Claro. Lo entiendo —respondió. Aun así, una pequeña arruga de
confusión se había posado entre sus cejas.
—Denian. ¿Estás bien? —Cruzó una de las piernas sobre el sofá, de
manera que la rodilla tocaba el respaldo, para poder mirarme de frente.
Alcé ambas cejas.
—Sí, perdona. —Aparté la mirada, secándome las palmas de las manos
en los vaqueros. No hubo manera de relajar la postura. Era como si mis
músculos fueran de algún tipo de material sólido que entorpeciera a las
articulaciones a hacer lo suyo—. ¿Quieres ver una peli? —propuse.
—Vale —aceptó mientras yo me hacía con el mando.
Valoramos varias películas sin acabar de decidirnos.
—¿Seguro que no te pasa nada? —volvió a preguntar.
Dejé el mando en un lado del sofá, soltando un suspiro.
—Creo que estoy algo nervioso. No sé, nunca me había pasado.
Emilia se acercó y me tocó el brazo con cariño. Cuando la miré, sonrió
mostrándome esa preciosa separación entre los incisivos.
—Que estés nervioso me parece sexy, ¿sabes?
—¿En serio? Yo pensaba que te echaría para atrás. Pero tampoco se me
ocurría qué otra cosa podía decirte aparte de la verdad, porque sería peor
que te sintieras rechazada sin motivo, o que pensaras que ya no me gustas.
—Entonces, ¿no es por Tania? —Me besó la comisura de los labios y su
calor fulminó cualquier rastro de duda.
La besé y recorrí desde su cintura hasta sus pechos por encima de la
ropa. Me incliné ligeramente y Emilia se recostó sobre el sofá,
empujándome sobre ella.
—Con la ropa puesta mejor, ¿no? Por si acaso —le susurré.
Ella asintió, así que, sin quitarle la ropa, metí las manos por debajo de su
camiseta, apartando el sujetador. Apreté la teta izquierda, besándole el
cuello. Mi cuerpo ardía como un brasero y me pareció que me olvidaba de
mí mismo para entregarme completamente a su voluntad. Le pregunté si le
gustaba antes de desabrocharle el botón de los vaqueros y me pidió que
siguiera en un susurro que me cosquilleó en el oído. Así que me abrí camino
a través de la goma de las braguitas.
—Hmm.
—Estás mojada.
—Pues claro.
Noté su caricia entre las piernas y un escalofrío delicioso me recorrió la
espalda. Ella sonrió con picardía.
—Veo que al final no tuviste ningún problema ahí.
Me reí.
Mientras me dedicaba a juguetear con su parte rosada, Emilia, que se
manejaba bastante bien con el asunto, gimió en mi boca. Las lenguas se
enredaban revolucionadas.
—Más despacio, Emilia, que si no me voy a co…
—¿Denian? —se escuchó una voz infantil.
Me levanté de un salto, con el pelo revuelto y la cara encendida. Por
suerte, estaba tan oscuro que lo único que Tania podía haber visto de
nosotros desde la escalera eran nuestras siluetas mezclándose.
—Pero Tania, ¡¿qué haces despierta?! —pregunté en falsete,
recolocándome el pantalón, alisando la camiseta. Emilia se repeinó con los
dedos, tenía los labios enrojecidos.
—¿Os estabais dando un besito? —rio.
Para atender la emergencia, Emilia y yo nos acercamos a la escalera.
—No se lo puedes decir a mamá ni a papá —le advertí.
—¿Por qué? No es nada malo. Eso quiere decir que sois mucho más que
amigos y es una noticia buenísima. Denian y Emilia se besan —empezó a
canturrear— se dan la mano y se van a casar.
Emilia me sonrió. Después, probó su táctica.
—No se lo queremos decir todavía porque creemos que no les gustará
que estemos juntos y vivamos en la misma casa. Será nuestro secreto,
¿vale?
—Bueno —dijo, alargando la «e»—, pero tendréis que darme algo a
cambio.
—¿Tú te crees cómo nos extorsiona la niña? —dije, cruzándome de
brazos.
—Yo no extrosiono, solo negocio, como papá.
Desde luego que una niña de ocho años tuviera esa responsabilidad
dejaba nuestro secreto en un lugar muy precario. Era un equilibrio delicado
entre la inocencia de los niños, que todavía no han aprendido a mentir como
es debido, y la tentación de contar algo que visiblemente le hacía ilusión.
—A ver, ¿qué quieres?
—Quiero un maletín de maquillaje con mucha purpurina.
—Y eso ¿dónde se compra? —pregunté, alarmado por la petición tan
concreta.
—Pues no sé —dijo ella, encogiéndose primorosamente de hombros.
—En alguna perfumería o tienda de juguetes —respondió Emilia.
Sonrió, flexionando las rodillas para quedar a su altura—. ¿Quieres que
vayamos juntas a comprarlo?
—¡Sí! —contestó, abrazándola.
—Vale, pero ahora a dormir. Y ya sabes, cogemos la cremallera y la
cerramos —dijo haciendo mímica.
—¡Vale!
Tania la tomó de la mano y Emilia tiró de ella escaleras arriba. Tania iba
dando saltitos, encantada con su jugada. Será caprichosa, esta niña, me dije
observando a las dos personas que más me importaban perderse por el
pasillo de la planta superior.

Afortunadamente, poco después surgió otra oportunidad de quedarnos


solos. Teníamos comida familiar en casa mis tíos y les dije que me
encontraba fatal, la garganta me estaba matando. Les pedí que se
disculparan por mí porque prefería quedarme en casa descansando y,
aunque raramente me ponía enfermo, coló. El caso es que mientras me
estaba excusando, Tania me miró entre recelosa y divertida, y supliqué en
silencio que no se fuera de la lengua. Emilia y yo habíamos cumplido
nuestra parte del trato. La prueba era la purpurina que se había incrustado
en numerosos rincones de la casa, aparte de la que llevaba en los párpados.
Para no incurrir en sospecha alguna, Emilia dijo que pasaría el día con su
madre. Tania guardó nuestro secreto, pero no pudo evitar dirigirme una
sonrisa del estilo «sé que todo es mentira, pero está bien, yo te cubro».
Sobre el mediodía, mi padre ya las esperaba en el coche. Teníamos la
casa para nosotros solos hasta, como mínimo, las ocho de la noche.
Decidimos ponernos un poco a tono en el sofá. Ella se sentó a horcajadas
sobre mí y no hizo falta decir más.
Cuando continuamos en su habitación, me di cuenta de que mis miedos
del otro día habían sido infundados. Nunca me había sentido tan cerca de
una persona. Estar dentro de ella no era solo estar dentro de ella en sentido
físico, sino también en lo más íntimo de su ser. Y para eso no hay que tener
prisa, uno no tiene prisa por salir de un lugar en el que está tan cómodo.
Emilia me abrió la puerta y yo me pasé un buen rato en el seno de su
intimidad, aunque gran parte de la concentración tuve que dedicarla a no
correrme durante los primeros diez minutos. Nada más el entrechocar de
nuestros cuerpos me llevaba al límite y me despistaba del vaivén de la
postura, por lo que hubo algún que otro movimiento entrecortado. Ella
propuso entonces reducir el ritmo para que durara más y nos buscamos
pecas, manchas, cicatrices, señales en el rostro, el cuello, los hombros. Eso
me ayudó a relajar la sensación de desatino, y nos pusimos de nuevo con la
lección aprendida. No hay nada mejor que llegar a la cima del orgasmo con
la persona de la que estás enamorado. Si alguien me preguntara cómo
podría ser el hombre más feliz del mundo le contestaría que haciendo el
amor con mi Jolie.
En definitiva, el sexo con ella estaba en las antípodas de lo que había
experimentado hasta el momento. Y otra diferencia significativa fue el
después. Con Léa me entraba la prisa por marcharme y en general no tenía
muchas ganas de tener una conversación poscoital, algo que me hacía sentir
como un auténtico capullo, por cierto. Nada que ver con cómo viví aquel
momento; si pudiera, me habría empadronado en su cama.
Tras dejar el preservativo anudado sobre la mesa de noche, nos
quedamos abrazados, sin ninguna intención de abandonar el lugar donde
habían sucedido los hechos. Emilia cruzó una pierna entre las mías y
suspiró. Estaba preciosa con la cara sonrosada, el pelo lila alborotado… en
conjunto se la veía serena, satisfecha y pensé que había estado bien.
—Por un momento —dije, acariciándole el pelo— he estado a punto de
dejarme llevar por una conversación universal.
—¿Sí?
—Sí. ¿No te parece que el después está monopolizado por preguntas del
tipo: «¿te ha gustado?», «¿he estado bien?». Como si necesitáramos la
aprobación de la otra persona para confirmar que el derroche de esperma ha
valido la pena.
—No estoy segura de si me lo estás preguntando. —Se incorporó un
poco para mirarme con diversión—. ¿Quieres saber si el derroche de
esperma ha valido la pena? O ¿quieres decir que estabas a punto de
preguntármelo, pero ahora estás convencido de que ha estado bien?
—Me ha parecido que has disfrutado por los gemidos que pegabas, y
también creo que te has corrido en un grado más que satisfactorio.
Se sacudió al reír.
—Sigo pensando que eres un pedante, Denian, pero no sé por qué ahora
le he cogido el gusto. Dime una cosa: lo hemos hecho ¿en plan porreta,
heroinómano o en modo cachimba?
—Estás muy graciosilla tú, ¿no? —Cogí la almohada y le di suavemente
con ella.
Como si fuéramos unos críos de cinco años, nos liamos a darnos con la
almohada. Aún desnudos y entre carcajadas, saltamos de lado a lado de la
cama molestándonos con impactos de almohada de diversa consideración.
Cuando el espacio se nos quedó pequeño, lo ampliamos y corrí tras de ella
como si fuera una especie de sátiro persiguiendo a una ninfa. Se alargó
hasta que nos dolió el estómago por la risa y volvimos al punto de partida,
sin aliento.
Me puse de lado, apoyando el codo en el colchón—habíamos perdido de
vista las almohadas— y, mirándola de frente, dije:
—Quiero quedarme a vivir en tu cama.
Ella imitó mi postura.
—No podría con tanta humedad.
Eché la cabeza hacia abajo, soltando una risilla por la agudez del
comentario. ¿Era posible quererla más? La besé. Colé la lengua en su boca
y ella la suya en la mía. Nos encendimos de nuevo de tal modo que lo
hicimos una segunda vez, superando con creces la versión anterior.
Al acabar nos entró hambre y me ofrecí a preparar la comida. Ella se
puso las braguitas, una camiseta de Metallica y quitó las sábanas. Cuando
abrió la ventana para que se ventilara el olor a sexo, me recordó tirar los
preservativos lejos de la basura doméstica.
—Pero escóndelos, no te vaya a ver un vecino. Que luego todo se sabe.
—No pensaba ir con esto en la mano, ni que fueran globos de
cumpleaños.
Se encogió de hombros.
—A veces el crimen perfecto se jode por culpa de los testigos.
—Si esto ha sido un crimen, quiero ser asesino en serie.
—Tienes la puerta abierta, bello.
Nos entretuvimos con puñado de besos rápidos y después, cada uno se
ocupó de eliminar las pruebas por su cuenta. Esperaba poder fingir cuando
volvieran mis padres que no había pasado nada entre nosotros porque mi
madre se fijaba mucho en las miradas y los gestos. No me costaba
imaginarla esgrimiendo preguntas que, a priori, no parecían dirigidas, pero
que irían empujándome a un callejón sin salida. Una vez ahí me haría la
última y definitiva, sacando la verdad a la luz.
NOVIEMBRE 2013

DENIAN

Se cumplía un mes desde que fui a buscar a Emilia al aeropuerto, pero lo


sentí como si lleváramos juntos mucho más. Seguramente fuera porque
nuestra cronología no seguía el patrón de se conocen-se enamoran-salen
juntos, como había sido con Lucas. Lo nuestro hacía tiempo que se estaba
fraguando, así que, en resumidas cuentas, decir que llevábamos un mes me
parecía poco representativo. No habíamos hablado de ponerle calendario a
lo nuestro, ¿qué fecha tenía la primera mirada intencionada? ¿El primer
comentario? Resultaba del todo innecesario fijar fecha. Para mí el solo
hecho de estar con ella era suficiente motivo de celebración; una
celebración diaria que mi mente no se cansaba de remarcar. Estás con ella.
¡Estás con ella, tío! Estaba claro que en un tiempo no muy lejano dejaría de
estar tan sorprendido por el hecho en sí, y en general, la exacerbación del
sentimiento se reduciría a un grado medio de estabilidad, pero nadie me iba
a robar lo intenso del asunto. Cuando no estábamos juntos la impaciencia
era de lo más salvaje y nada más vernos, besarnos, tocarnos, ocurría toda
una sucesión de principios químicos que ni siquiera sabría explicar.
Principalmente porque no tengo ni pajolera idea sobre principios químicos.
Pero si tuviera que apostar, diría que estaban muy relacionados con lo que
sea que active la euforia.
Estábamos francamente bien juntos. Creo que una de nuestras fortalezas
era que ya conocíamos nuestros defectos, los habíamos detectado durante la
convivencia y los aceptábamos. Podríamos decir que nos queríamos con
nuestros defectos. Por ejemplo, ella era un auténtico despiste, desordenada,
casi siempre se olvidaba de cargar el móvil; lo cargaba un ratito, salía de
casa con lo mínimo y se le descargaba en menos de lo que tarda el metro en
llegar a la siguiente estación. Era un fastidio dar con el contestador
prácticamente cada vez que se me ocurría hacerle una llamada, y estaba a
un paso de resignarme definitivamente.
Más de una vez se había dejado los apuntes de inglés en casa, o en la
academia, y en casa aparecían cosas suyas en el lugar más inesperado.
Como en una ocasión, debajo del sofá, mi madre encontró un pequeño
estuche de maquillaje que ella dijo haber perdido irremediablemente.
Otra cosa digna de estudio era su gestión del tiempo. De algún modo me
parecía que trataba de desafiarlo, porque si quedaba con alguien a las ocho,
empezaba a ducharse a las siete y media, aunque supiera que tenía unas
cuantas paradas de metro. Siempre ganaba el reloj, claro. Como la tarde que
habíamos quedado con Mathieu y las amigas de Emilia para ir a la bolera.
Iba a ser el encuentro oficial de nuestras amistades más íntimas, así que
estaba algo inquieto por eso de que fueran a juzgarme, y para colmo
llegamos con veinte minutos de retraso. A lo mejor mi defecto era la escasa
tolerancia que tenía a la impuntualidad, porque me hacía quedar mal con la
gente. Pero sabía que Emilia no lo hacía a conciencia, solo era una más de
aquellas cosas que sabemos de nosotros y planeamos mejorar con el tiempo.
La cuestión es que Mathieu ya estaba esperándonos en una mesa y las
amigas en otra, porque no habíamos llegado a tiempo para presentarlos.
A pesar del tropiezo inicial, congeniamos enseguida. A Laura la conocí
brevemente en el viaje a Mallorca y ya entonces me pareció una chica
extrovertida, algo basta, pero agradable. Samara era más tímida, pero
finalmente se soltó e incluso, en un momento en que la conversación
invitaba, sacó a relucir que en su familia eran testigos de Jehová, y, aunque
ella era creyente, no se sentía a gusto con las normas. Consideraba que la fe
debería ser más libre y no someter a sus fieles a un dictado tan estricto. Le
confesé estar sorprendido por eso, porque me imaginaba a esa gente
hablando por los codos sobre los beneficios de su religión, quisieras o no
escucharlo. En cambio, ella rechazaba a toda costa llamar a puerta fría para
convencer a nadie a mejorar su vida mediante la fe y el rezo. «Esa es una
decisión personal», dijo. Ni siquiera tenía claro que quisiera practicar su fe
en grupo, solo había crecido con la costumbre de hacerlo en comunidad.
Cuando mi vena filosófica en materia de teología empezó a hincharse,
Mathieu redireccionó la atención hacia la actividad que habíamos venido a
hacer, remarcando al mismo tiempo lo mal jugador de bolos que era. Había
venido por educación, porque para él darle a un bolo era tan fácil como
acertar una quiniela. Por supuesto, las amigas de Emilia y ella misma no
quisieron perder tiempo y pidieron presenciar cuanto antes ese desastre.
Nos colocamos en la pista y pedimos a Mathieu que hiciera los honores.
Cogió la bola aparentemente bien, poniendo los dedos donde había que
ponerlos, luego se colocó en la marca, balanceó la bola de delante hacia
atrás, dándole impulso. Hasta ahí todo correcto. Las chicas lo miraban
expectantes, deseosas de ver cuán mal lo hacía. Fue en el intervalo en que
aguantaba hacia atrás la bola y la impulsaba hacia delante donde falló. Hizo
algo tan raro con la muñeca, que casi parecía que fuera a rompérsela, y la
lanzó con un efecto que, en lugar de propulsarla hacia adelante, hizo lo
contrario: un trazo inverso que le restó velocidad, de modo que solo avanzó
unos centímetros, se fue de lado y se metió en el raíl lateral derecho.
—Pero ¿qué mierda has hecho con la muñeca? —pregunté.
—Yo qué sé, es como me sale de natural.
Las chicas rieron en el banquillo.
Yo no había jugado muchas veces antes y tampoco es que fuera bueno.
Desde luego no destacaba por tener muchos plenos en mi marcador, pero
quizá por el hecho de que Emilia estuviera mirándome, el lanzamiento fue
perfecto. No fue potente, pero sí preciso. Solté la bola morada en el
momento y lugar idóneos después de avanzar en unos saltitos como de
bailarín. Y anoté mi primer pleno de la partida.
Emilia se acercó a mí. Su pelo lila ondeaba sobre sus hombros. Me
pareció una suerte de diosa del Olimpo. Había que reconocer que, aunque la
partida acababa de empezar y podía no tener la misma suerte en el resto de
los lanzamientos, solo ese merecía una gran ovación, así que acepté el beso
de buen grado.
Finalmente, tal y como pintaba desde un principio, Mathieu perdió con
un descalabro de puntuación importante, Laura ganó con bastante diferencia
respecto al resto de marcadores y nos invitó a unas cervezas de consolación.
Fue una tarde de lo más amena, nos pasamos la siguiente hora charlando
sobre varios temas, entre ellos, series de televisión variopintas que iban
desde los canales de menor reputación hasta las descargas en versión
original. Luego, le llegó el turno a los realities, seguidos de YouTube y
degeneró hasta las telenovelas, que a Samara parecían engancharla tanto. Se
nos hizo la hora de cenar y Emilia y yo todavía no habíamos acabado de
despotricar de la cantidad de telebasura que la gente se tragaba alegremente,
o de enfrentarnos a las respuestas del sector Laura, Samara y Mathieu que
llegaban cargadas de griterío, propio de programas de corazón. Pero
nosotros no teníamos a un moderador, solo vino a la mesa el que nos había
entregado los zapatos con una escoba en la mano para decirnos que iba a
cerrar. Por si nos quedaban ganas de alargarlo, nos barrió los pies.
Entre carcajadas, por la cantidad de barbaridades que soltó Mathieu
sobre sus experiencias con hombres en el transcurso de cinco minutos, nos
dirigimos al primer bar barato que encontramos abierto y nos zampamos
tres tortillas de patatas al plato. En suma, me alegré de anotar un buen tanto
en el marcador que suponía la opinión de las amigas de Emilia sobre mí,
porque era algo que Lucas no había conseguido. Él, que era tan seductor.
Por lo que respecta a la opinión de Mathieu sobre Emilia me dijo que, con
ella, yo era una persona diferente. Estaba más relajado, cómodo, hablaba
con seguridad, no como si tuviera que pensarme mucho lo que decir antes
de decirlo; básicamente me veía feliz. Feliz con todas las letras.
Efectivamente, lo sentía tal cual lo había descrito. Con Léa tenía que
esforzarme en aparentar sentirme así, pero en una capa más profunda, la
realidad rezumaba tensión, complejo de inferioridad, cierta apatía, como si
no tuviera mucho que ofrecerle al mundo y el mundo mucho menos a mí.
Lo desapasionado que me encontraba frente a la rutina de pareja había dado
un giro con mi Jolie.
Precisamente, me encontraba imbuido en esa rutina cuando fui a
recogerla a la agencia de viajes y dimos una vuelta por el casco antiguo.
Nos metimos en un bar de montaditos y pedimos algo para beber. Ella me
contó que le iba bastante bien con el inglés y tenía ganas de lanzarse a
practicarlo para darle un poco de rodaje al idioma.
—¿Qué te parece si nos vamos a Mallorca? Está plagado de guiris,
seguro que podrás practicarlo. Además, sería como cerrar un círculo —
propuse.
—¡Qué buena idea!
Cómo me gustaba esa sonrisa. Con el pequeño hueco que tenía entre los
dientes incisivos, el hoyuelo que se le marcaba en la parte inferior derecha
del labio.
Agradeció al camarero el botellín de Coca-Cola y se lo echó en el vaso
de tubo. Yo di cuenta de la copa de cerveza, encantado con la idea de volver
con ella a Mallorca siendo pareja.
—No se me había ocurrido, pero me encanta. Si quieres puedo mirar
alguna oferta en la agencia, o uno de esos talones que regalamos a nuestros
clientes fieles. A lo mejor lo puedo pedir como extra por cumplir objetivos.
Una vez sugerido, me entró la impaciencia.
—¿Cuándo sería? Porque no es el mejor destino para diciembre.
—¿En Semana Santa?
—¡Queda demasiado!
—No hay más festivos en los que haga buen tiempo para las Baleares.
También podemos irnos un fin de semana largo a la nieve, por ejemplo. Así
nos quitamos el ansia.
Sonreí de oreja a oreja.
—¿A qué esperamos? Vamos a mirar hoteles. Enséñame lo que puedes
encontrar.
Nos pasamos la siguiente media hora mirando el móvil y dándonos
cuenta de lo tarde que habíamos llegado para dar con algo mínimamente
decente para el puente de la Constitución, así que tuvimos que
conformarnos con un hostal en Vielha.
—¿Tus padres no tienen nada planeado?
—No, tranquila. Si mi madre tuviera algún plan lo habría reservado,
como mínimo, hace tres meses.
Ella asintió, confirmando que esa información cuadraba absolutamente
con cómo era mi madre. Emilia bebió un sorbo de Coca-Cola y me
preguntó cómo me había ido a mí el día. Había sido mortalmente aburrido.
Todavía no llevaba tanto tiempo de carrera para valorar si era para mí, pero
las clases me parecían soporíferas.
—Deberías dedicarte a ser profe, estudiar filosofía, sociología o algo de
eso.
Me quedé en un silencio reflexivo que ella aprovechó para continuar
hablando.
—O sea que por una parte tienes pinta de estudiante de ADE, vas así
vestido como un pincel, aunque ya no pareces tan pijo desde que dejaste de
llevar fijador, gracias por eso. Pero cuando te oigo hablar de lo que te
interesa, lo que sueles leer, no sé, me parece que eso es lo que de verdad te
apasiona.
Analicé lo que dijo en silencio. ¿Estaba estudiando para trabajar en
ventas porque consideraba que era bueno en eso o porque era lo que quería
hacer? Seguramente la carrera actual tuviera mejores salidas laborales que
ser filósofo o sociólogo; aunque el rollo de las empresas no era algo que me
llenara, porque tenía mucho de beneficio financiero y poco de humanidad, y
a mí el tema de la humanidad me atraía.
—Parece que me tienes bastante calado —sonreí.
—A lo mejor es que te conozco mejor que tú mismo.
—A lo mejor es que me quieres.
Le subió el color a las mejillas
—Será eso.
La besé, riendo. Emilia cogió la carta de los montaditos para elegir qué
podíamos picar y yo me quedé mirándola, con sonrisa boba.
—¿Qué pasa?
Le pedí con un gesto que se acercara.
—Te quiero, Jolie.
—Yo también te quiero.
Nos besamos con cariño. Era la primera vez que nos lo decíamos y
consideré que no sería la última.
EMILIA

Aunque solo éramos tres, nos trajeron una pizza y una ensalada que eran
para alimentar a un regimiento de soldados famélicos. El camarero nos
recordó que había advertido de que las raciones eran «como si fuerais a casa
de la mamma en Italia». Luego, se retiró haciéndole ojitos a Laura. Ella lo
ignoró con todas las de la ley. Como hacía con la mayoría de los tíos que le
tiraban los trastos.
—¿No has visto cómo te ha mirado? —pregunté, mientras Laura
comentaba si no podían servir un lambrusco en las mismas condiciones.
Algo en garrafa extragrande.
Después, me miró un momento como si no me hubiera oído y agregó:
—No es mi tipo.
La última vez que supe de un ligue suyo fue antes de irnos a Mallorca.
Después, hablaba de algunos, aunque sin concretar o definir mucho sus
características, sino con algo básico que podría englobar a todo el común de
los tíos. Y es que a pesar de lo extrovertida que era, en terreno amoroso
tendía al hermetismo.
—Si nos metemos esto entre pecho y espalda tendremos que ir a
quemarlo a alguna parte —agregó, mirándonos con picardía.
—Pues yo paso de mierda comercial. Como mínimo llevadme a un sitio
que esté a la altura del Razz —dije.
—También podemos irnos de copas y cotilleamos un poco —opinó
Samara.
—A cotillear podemos empezar ya —señaló Laura, mirándome con ojos
interrogantes mientras se llevaba la copa de lambrusco a los labios.
—¡Eso!, ¿qué? —preguntó Samara—. Cuéntanos cómo va con tu nuevo
amor. Supongo que no es del mismo rollo macho men como el otro, ¿no?
—En plan camisa abierta, pelo negro rizao —añadió Laura, gesticulando
exageradamente—: ven pacá, ¡mujer! —exclamó, sacando pecho a la vez
que arrastraba la silla con el culo en mi dirección.
Rompimos a reír.
—Vale, vale —concedí—, podéis meteros con el de antes todo lo que
queráis porque tenéis razón.
Ellas me miraron en plan: «ya te lo decíamos, pero no hacías caso».
—Y cuando lo hacemos es… no sé. Es como estar en el puto paraíso,
tías.
Se echaron a reír mirándose con complicidad.
—A mí me cayó muy bien, la verdad…
—Mejor que en Mallorca —dijo Laura.
—Pero una cosa es lo que aparenta cara a los demás y otra cómo te trata
a ti —prosiguió Samara.
—Con Denian es otro mundo completamente diferente y eso que llegué a
pensar que lo de discutir con Lucas era cosa mía, que yo era la que estaba
fatal, pero con Denian no me pasa. Somos pareja y también somos amigos,
tenemos confianza y pasión —me sonreí—. Él no es el típico tío osito, que
te parece tan mono e inocente que la atracción se queda bajo mínimos, para
nada. Siento una atracción por él, que buah, me pone que no veas… ya
sabéis que eso viene de hace tiempo.
Laura asintió enérgicamente.
—Bienvenida al mundo de las relaciones sanas —dijo Laura. Abrió la
boca para añadir algo más, pero se lo calló. Casi como si la hubiera
traicionado el subconsciente. En su lugar, bebió. Yo aproveché la ocasión
para sonsacarle algo y miré a Samara, para conseguir un refuerzo.
—Parece que sabes mucho sobre relaciones sanas —dije—, pero no te
conozco ninguna.
Samara no entró al trapo.
—No me hace falta tener ninguna para diferenciar una relación sana de
la que no lo es. Y no solo con las parejas. Sin ir más lejos, Litos, que va con
unas amistades que me dan bastante mal rollo.
—¿Los conozco?
Laura negó con la cabeza.
—Cuando se fue del grupo el guitarrista, Litos se buscó a otro que es un
chungo. Y este se trajo a un tercero que déjalo ir. Están medio zumbados, a
cuál peor.
—Si son buenos como grupo… —Se encogió de hombros Samara.
—Pero es que esa es la cosa —respondió Laura, lanzando uno de los
bordes de la pizza al rincón del plato como si la tuviera con él—. No están
por lo que tienen que estar. Últimamente mi hermano ha estado muy poco
por la música y mucho más por otras cosas. —Hizo el gesto de esnifar por
la nariz para remarcar su comentario.
Caí en la cuenta de que hacía tiempo que Litos no me escribía por alguna
canción, y parecía coincidir con la llegada de los nuevos integrantes del
grupo. Que hubiera cambios era el pan suyo de cada día, pero podía
entender que ya estuviera superado por la inestabilidad.
—Es que hace unos meses apareció un interesado, un productor —
continuó Laura—. Aunque, si me preguntas, más que un productor parecía
un putero. Que me diréis: ¿y qué sabes tú de la pinta que tiene un
productor? No lo sé, pero sé qué pinta tiene un putero. Parece un tío que
vive las noches a full, como si fuera su hábitat natural y por el día está
durmiendo la mona. Su cara era un cráter amarillento, con pinta de estar al
borde de la muerte por cirrosis.
—Vale, vale, pero ¿qué pasó? —pregunté.
—¡¿No te lo ha contado mi hermano?!
—Obviamente, no.
—Pues el tema le ha jodido mucho más de lo que pensaba. —Hizo una
pausa, como si estuviera reformulando la historia, y cambió de postura para
proseguir—: el caso es que le presentaron al pavo este, y en eso que
escucha un par de canciones y dice que le parecen interesantes… como
siempre valoran estos las cosas, para que no te vengas arriba demasiado
rápido y mierdas así. Entonces, le dice a mi hermano que vaya solo, sin el
resto del grupo, a ver a otro tío que tiene una discográfica y tal. Le dije que,
de solo nada, que yo me iba con él y que no le contara nada a nadie hasta
que no saliéramos del despacho, porque luego si no salía bien, tendría que
decírselo a todo el mundo y eso lo hace todavía más deprimente. Me hizo
caso y fuimos.
—Por cómo lo planteas, no fue bien —dijo Samara.
—Nada bien. Les lie un pollo que no veas y Litos se cabreó conmigo,
pero joder, alguien tendrá que decirles a esos cabrones que no está bien
aprovecharse de las ilusiones del personal, ¿no? Va el pobre todo ilusionado
y ellos con sus cuadros de discos de cedé colgados, que seguro que los han
pintado de oro con espray, y muy puestos ellos, nos dicen que tiene talento
y tal, pero que lo quieren solo a él, porque el resto es para darles de comer
aparte… que hasta ahí todo bien, porque yo pienso lo mismo, pero luego le
sueltan que, para tener una maqueta en condiciones, una maqueta que
puedan enseñar al gran jefe, tiene que pagarse la grabación de estudio. Y
¿sabes cuánto nos pidieron?
—¿Cuánto? —preguntamos al unísono.
—¡Treinta mil euros!
—Anda ya —gesticulé con la mano, incrédula—. ¿No se supone que los
productores y las discográficas ponen la pasta?
—Eso mismo creía yo. Y cuando empezaron con todo el rollo de que
podían darnos crédito, pero si la cosa no se cubría con los royalties
tendríamos que devolverlo, yo ya tenía la vena hinchada, ¿sabéis? Y cuando
vi que Litos se lo pensaba, exploté. ¡Y una mierda un crédito! Menudos
estafadores. Les dije que ya nos habían visto bien el pelo, que cuando mi
hermano fuera una estrella se iba a cagar en sus muertos por la tele.
—No me digas que te echa la culpa —quise saber.
—Al principio se cabreó conmigo, como he dicho, pero en el fondo sabe
que estos se querían aprovechar de él, yo le dije cuatro cosas muy claritas y
se le pasó el mosqueo. Lo que me preocupa es que está bastante
desilusionado de todo. De la vida en general. Empieza a decir cosas como
que dedicarse a cualquier otro tema sería desperdiciar su talento, que
buscarse un curro normal que no sea lo que ha nacido para hacer sería
malgastar sus días. Y luego se puso en plan ¿y si Kurt Cobain no hubiera
dedicado todos sus esfuerzos a la música? Le dije que probablemente
seguiría vivo.
—Y lo que habríamos perdido si no se hubiera dedicado a lo suyo —
opiné.
—¿Vale la pena el sacrificio? —preguntó Samara—. O sea, exprimir tu
salud en beneficio cultural. Solo es música.
—Pero para él lo era todo —dije—, como lo es para Litos.
Conociéndolo, entiendo que no se vea haciendo otra cosa.
—Claro, pero esto es un arma de doble filo —continuó Laura—, porque
está enfocado solo en el éxito. Fijándose en los casos que lo petan. Pero
pensar así es una mierda lo mires como lo mires, porque si te sale bien, pero
te pilla vulnerable, puedes caer en depresiones, adicciones y mierdas de
esas, y si no llegas, te pasas la vida queriendo algo que no va a pasar. Pero
no hay manera de que lo pille el tío, y su solución es salir a reventar con
estos orangutanes, así que ya ni siquiera lo intenta. No solo con la música,
con nada. No lo intenta con nada.
—Dale tiempo —la animé, esperanzada.
—Tiempo es todo lo que tiene —contestó ella— pero puedes hacer algo
muy productivo con el tiempo o enrollarlo en papel y fumártelo. Que es lo
que está haciendo él.
—¿Por qué no me lo diría? —Lancé la pregunta como si ella tuviera que
responder por su hermano.
—Pues porque te piraste a Estados Unidos y sabía que tenías tus propios
temas.
—Tendré que hablar con él —dije, como pensando en voz alta.
—Luego vamos a verlo al local y se lo sueltas.
—Estoy segura de que acabará dándose cuenta —dijo Samara.
—Yo qué sé. —Suspiró Laura—. Espero que sí, porque para estas cosas
no escucha a nadie. Se pone a la defensiva y de un vacilón que me dan
ganas de darle de hostias.
Cuando pronunciaba la última palabra llegó el camarero para recoger los
platos y darnos la carta de postres, pero se echó hacia atrás teatralmente al
oírlo.
—¿Queréis que vuelva más tarde? —preguntó, fingiendo estar muy
asustado. A mí me pareció encantador, pero Laura no se mostró receptiva,
sino todo lo contrario.
—No quiero postre, gracias —dijo, seria.
El camarero comprendió enseguida que sus opciones se habían reducido
a cero y nos miró a Samara y a mí para apuntar. Me pedí una crepe de dulce
de leche porque me apetecía comerme lo más guarro que tuvieran en la
carta y Samara se pidió un café solo. Poco después pagamos la cuenta entre
las tres.
—Qué raro que no te haya dado su número, se lo has puesto a huevo —
ironicé, cuando salimos al frío de la noche.
—Venga, no seas capulla —dijo Laura, empujándome con la cadera.
—¿A alguien más le apetece tomarse algo por ahí? —preguntó Samara.
—Y habla la abstemia —se burló Laura con cariño.
—No me hace falta alcohol para pasármelo en grande con vosotras,
chicas.
—Si es que eres un amor —dije, cogiéndola por los hombros para darle
un abrazo desde el flanco derecho.
Apretujadas nos abrimos camino, riéndonos como hienas por una
anécdota que nos contó Samara. La gente se apartaba sorprendida o, quizá,
celosa de nuestra felicidad. Nos dirigimos a un bar de copas que estaba a
unas cuantas calles de distancia y la cacofonía de nuestras risas fue tan
duradera que cuando llegamos al local tuvimos que entrar las tres al baño a
mear.

Cuando pude hablar con Litos, me confesó que estaba desencantado por
todo. Que le parecía vivir en un mundo que no conseguía hacer a su
medida. Cada vez que intentaba hacer algo con la música, se encontraba
con un muro que no le dejaba avanzar y estaba cansado de volver a empezar
una y otra vez. A lo mejor tenía que dejarlo. Quizá, en el fondo, no tenía lo
que había que tener.
—Entiendo que te haya jodido lo del productor, Litos, pero tienes que
confiar en tu instinto. Esto solo es un bache. —Hice una pausa—. Yo no sé
mucho sobre nada, pero creo que no hay que tragarse todo lo que nos
venden, ¿sabes? Eso de los sueños… nada más vemos el escaparate, pero
detrás hay mucha mierda que no tienes en cuenta. No sé, creo que tienes
que planteártelo de otra manera. Hazlo porque te gusta, Litos. Por nada
más, sin esperar a nadie. Comienza con lo mínimo y ves escalando, pero no
quieras besar el santo nada más empezar. Disfrútalo. Es que solo ves la
meta, no pienses más en eso. Sé que vas a conseguirlo tarde o temprano, ten
paciencia, porque estás hecho para esto. Lo sé.
Se derrumbó en mis brazos como un niño. Los dos solos en el local, con
el olor eléctrico de los altavoces recién exprimidos. Con el zumbido de algo
que seguía encendido. No supe qué hacer con aquella tristeza que me había
caído en el regazo. Era una tristeza acumulada, que había centrifugado ya
unas cuantas veces en su cabeza.
Solo ese consejo —que no sabía si era un consejo, una apreciación o una
gilipollez—, y un silencio amigable que se alargó sin que le tomáramos el
pulso, bastó para hacerle abrir los ojos. A la semana Laura me preguntó qué
especie de exorcismo le había practicado a su hermano, porque había
disuelto el grupo y se había apuntado a una academia de música y artes
escénicas.
Debió de subírseme a la cabeza, debí de pensar que me había convertido
en un confesionario andante porque un día, entre caricias y carantoñas, le
pregunté a Denian qué le había dicho de su porvenir la mujer del bar. La
pregunta tuvo mucho de casual, como para matar la curiosidad, pero en su
respuesta detecté cierta fatiga. Como si fuera la décima vez que se lo
preguntaba.
—Ya casi ni me acuerdo. Pero ¿qué más da? No me digas que crees en
esas cosas.
—¿Te molesta que te lo haya preguntado?
—No —dijo, pero no fue capaz de componer una sonrisa. O como
mínimo, una expresión que diera fe de ese «no»—. Es que no veo necesario
darle vueltas. Nada más.
Me sorprendió que dijera lo de «darle vueltas». Eso me confirmó que no
era la única que se había interesado por el asunto y que para él había tenido
un significado más profundo de lo que había querido demostrar en la fiesta
de Lucas.
—Solo te lo he preguntado para hablar de algo.
—Podemos hablar de cualquier otra cosa.
Dije que sí, que podíamos hablar de cualquier otra cosa en un tono que
no daba pie a hablar de nada más. Así que nos quedamos callados, mirando
el techo desde su cama. Exhaló varias veces con pesadez, como culpándose,
pero continuó mudo. De todos modos, el silencio pareció prolongarse más
de lo que estaba dispuesto a soportar y dijo:
—Siento haber sido tan seco. No te enfades.
—Yo misma dije en su momento que es algo bastante íntimo, así que a lo
mejor no tendría que habértelo preguntado, pero no sé, como me parece que
tenemos una relación bastante íntima, por eso de que nos estamos acostando
y tal, pensaba que me lo contarías.
—Es que le estás sacando punta al tema y en realidad es una chorrada.
—Vale.
—¿Vale? —Me miró de soslayo.
—No sé por qué ha sonado tan mal.
Se incorporó, gesticulando.
—Dices que podemos hablar de cualquier otra cosa, pero en el fondo no
quieres, y ese vale, esconde un «que te jodan, Denian».
No me moví ni un milímetro del sitio y, con tranquilidad, contesté.
—Solo era una pregunta.
Por su cara, parecía que lo había desarmado y volvió a echarse junto a
mí.
Estuvimos otro rato callados, sin tocarnos, cada uno con la cabeza bien
puesta en la almohada. Cuando creía que la cosa acabaría así, Denian me lo
contó. Al tener completa la información comprendí la razón de su
incomodidad. Aun así, quería llegar al fondo de la cuestión y pregunté:
—¿No te importó que se sorprendiera de algo que no reveló y luego te
dijera que no tendría que haberte leído la mano?
—Pues no. Porque no creo en esa mierda y porque era una tía chunga
buscada por la Interpol. Me importó mucho más enterarme de eso, porque
pensé que podría haberme volado los sesos. Eso me parece mucho más
preocupante.
—Lo de que fuera criminal está claro que no es una tontería, pero me da
la sensación de que te afectó más lo de la lectura de la mano, o más bien la
no lectura, y es que no me extraña porque cuando te enteraste del robo, la
tía ya se había ido, pero de lo otro no tienes respuesta. Dices que empezó a
hablar de la línea del amor o la de la vida y luego se asustó…
—¿Y qué? —Me interrumpió—. Si lo piensas, no quiere decir mucho.
—Perdona, no quiero echarle leña al fuego.
—No hay ningún fuego, Emilia —me dolió el modo en que había
pronunciado mi nombre, como si fuera un perdigón. Decir mi nombre en
ese contexto, con esa contundencia, fue suficiente para incorporarme y
evitar su mirada.
—No hace falta que te pongas a la defensiva. Bastaba con decirme que
no quieres contármelo, pero no me contestes como si te estuviera obligando.
No es justo. Tampoco sabía que fuera un punto tan sensible. —Me apeé de
la cama, porque de pronto lo sentía como un lugar hostil. Pero él alargó el
brazo, recogiéndome del borde, excusándose. Cuando volví a acomodarme,
me dijo algo que no esperaba.
—Me asusté. Antes y después. Esa es la verdad. Cuando me di cuenta de
que había visto algo malo, aunque no crea en esto, me acojoné. Encima
luego se marchó a toda pastilla para evitar decírmelo y cuando supe quién
era fue un shock. Ahora solo queda un residuo de eso, y no dedico ni una
milésima parte de mi tiempo en buscarle un sentido, pero ahí está. Una
parte de mí sigue alerta, y en general, espera a que no pase nada. Al final
del día, hay un suspiro de alivio en alguna capa muy profunda, pero ya no
me molesta como al principio.
Traté de echar mano a un consejo, una apreciación, una gilipollez o lo
que fuera, pero esta vez no lo conseguí y el silencio no fue para nada
agradable porque parecía una confirmación de «mierda, qué putada estar en
tus zapatos», y me dio rabia tirar una carta de consuelo manida, pero me
pareció mejor que no decir nada.
—Seguro que lo hizo para que no te dieras cuenta del robo. Fue una
estrategia.
—Pero ¿para qué fingir que había visto algo tremendo? Podría haberse
inventado cualquier cosa.
—Para despistar.
Tenía sentido y en sus ojos vi que él se aferraba a esa hipótesis como yo
misma lo estaba a la almohada. De algún modo, me di cuenta más tarde, me
había contagiado esa inquietud. Él debía de haberse hecho la misma
pregunta mil veces: ¿sería verdad que había visto algo malo?
DICIEMBRE 2013

DENIAN

Había mucho que hacer en Vielha para el puente de diciembre. La más


habitual era ir a esquiar, pero a Emilia no le atraía la idea de caerse de culo
cada cinco minutos vestida con un traje incómodo, y no creía que valiera la
pena si solo íbamos a estar dos días. Estuve de acuerdo: aprender a esquiar
requería tiempo, además de una buena dosis de voluntad. Lo del trineo lo
consideró un tanto infantil y la única opción real que estuvo sobre la mesa
fue la de hacer una excursión en raquetas de nieve. No obstante, nos
comprometimos a ser sinceros el uno con el otro sobre lo que
verdaderamente queríamos hacer y evitamos pensar en lo que se suponía
que había que hacer. Un ejercicio que yo practicaba con regularidad y me
servía en su mayor parte para huir de la conciencia global, o socialmente
generalizada en favor a la mía y sus particularidades. Descubrimos así que
lo único que queríamos hacer era quedarnos en la habitación del hostal, que
tenía una iluminación parecida a la del baño de una gasolinera, y retozar
bajo unas sábanas que arañaban la piel. Era una locura, pero era nuestra
locura.
En un alarde de decencia, abrimos las ventanas para vaciar el olor a
producto químico de limón mezclado con el de sudor y sexo que
impregnaba el ambiente. Coincidimos en que nunca habíamos visto unas
cortinas con peor aspecto y que, a juzgar por el estado del mobiliario, las
habitaciones parecían haber albergado varias generaciones de cafres que se
habían dedicado a dar golpes con las maletas en los cantos de los armarios
hasta dejarlos machacados.
El primer día salimos al centro del pueblo a las cuatro y media de la
tarde con la esperanza de encontrar algo abierto que pudiera alimentarnos y
calentarnos el estómago, cosa que venía diciéndole yo a mi Jolie desde la
mañana, que no íbamos a poder aguantar hasta la cena, porque el sexo da
hambre.
Entramos en una cafetería y pedimos chocolate caliente, porque según
ella era tradición siempre que iba a la nieve, aunque fuera la segunda vez en
su vida que la veía. Como ya no les quedaban pastas, solo había opción de
bocadillos fríos, y aunque la combinación a priori no resultaba del todo
apetecible, volvimos a practicar el ejercicio anterior: bajo nuestro criterio
particular, comerse un bocadillo de longaniza junto a un chocolate caliente
después de follar era lo mejor que podía hacerse en Vielha.
Nos pusimos a reír por la broma recurrente, que ella remató con la idea
de abrir un blog sobre recomendaciones de viaje atípicas para parejas que
podrían tener éxito entre los lectores que rechazan dejarse guiar por
ediciones de reconocimiento turístico. El elemento indispensable era estar
enamorado y que los intereses se centraran en las localizaciones erógenas
del otro. Más tarde, si quedaba tiempo libre, se podía emplear en los
atractivos turísticos del destino.
—Día uno: café con leche y sexo oral intermitente. Por la tarde,
excursión a zonas bajas femeninas y cena típica de los Pirineos —propuse.
—Esto lo coordinamos con una sexóloga y lo petamos en Internet.
Su sonrisa, que casi no le cabía en la cara, me llenó de alegría. Estaba
preciosa con las mejillas sonrosadas del frío y el gorro granate de pompón.
Sin duda, era lo más abrigada que la había visto desde que habíamos
llegado. Pensé que me daba lo mismo dónde nos alojáramos siempre que
fuera con ella. Lo único malo era que pasara el tiempo de manera tan fugaz;
apenas pude hacerme a la idea de que estábamos los dos solos, que no
teníamos obligaciones que atender y que en su lugar habíamos elegido
rebozarnos todo el día en una habitación de mala muerte. Pero me empleé a
fondo en capturar los momentos que viví más intensamente. Tenerla
abrazada a mí, animados por interminables conversaciones que nos
provocaron insomnio, fue maravilloso. Por ejemplo, cuando nos dio por
elucubrar sobre la posible historia del hostal y sus propietarios. Emilia
estaba convencida de que lo regentaba la segunda generación de una familia
arruinada por las deudas y sufragaban los desperfectos de las habitaciones
inflando los precios de venta de las obras de arte que aceptaban de los
inquilinos como pago. Había llegado a esa conclusión porque en la
recepción había un cartel que rezaba «todos los artistas son bienvenidos» y
porque había numerosos cuadros curiosos en los pasillos a un precio
desorbitado.
—Y ¿cómo saben manejarse en el mercado del arte? —pregunté.
—Muy fácil. Uno de los hijos trabaja en una galería de arte y sabe cómo
funcionan los marchantes, y las tendencias que hay. Aunque se le ponga
delante un cuadro de un bodegón híper mediocre, sabe cómo venderlo para
que parezca algo serio y con ello ha podido pagar la reforma de la
habitación número doce de este hostal. Esa habitación es ahora como una
suite, pero solo pueden entrar los clientes especiales, o como mínimo, que
sean capaces de esquiar en pistas negras.
—Me encanta la idea de que puedas pagar una suite con una habilidad.
Pero yo creo que esto es una tapadera para blanquear dinero negro. ¿Te has
dado cuenta de cuántos clientes hay? Estamos en el puente de diciembre y
creo que solo hay otras dos habitaciones ocupadas. Contando las dos
plantas, calculo que hay veinte habitaciones en total, y seguro que esos
clientes estaban tan desesperados como nosotros.
—Dicen que están de obras en la planta de arriba.
—O esconden algo.
Nos miramos con los ojos muy abiertos.
—Dinero falsificado, armas de contrabando —aventuré.
—O algo peor.
—Cadáveres de viajeros incautos.
—Somos los siguientes.
Eran las tres de la madrugada y estábamos riéndonos a mandíbula
batiente. Además, el hecho de habernos privado de estar juntos nos dio
energía extra para el sexo. Ya fuera ella o yo quien llevara la iniciativa de
nuestro baile, la naturalidad con la que surgía, como si no hubiera otro lugar
más cómodo en el planeta, como quien se arrebuja en su manta en un día
frío y lluvioso, por instinto, porque no puede ser de otra manera. Así era.
Sencillo y puro.
Si alguien me preguntara cuál era la razón de la felicidad que emanaba a
borbotones por mis ojos, le diría que sentirla a ella dentro de mí mientras
me profesaba con su mirada el amor más honesto. Le diría que mi único
cometido en la vida era quedarme aferrado a ese cuerpo suyo,
incandescente y deliciosamente perlado por el esfuerzo de darnos placer.
Ese cuerpo que en ese momento sentía tan mío como ella podía sentirlo
suyo, porque la madeja que formábamos solo podía ser la perfecta
combinación para calentarme el alma. Sentirme tan cerca de alguien era
embriagador más allá de la representación carnal del acto en sí. Incluso
soñaba con ello. A veces yo no era del todo humano, sino una copia
desdibujada de mí mismo vista desde fuera. Esa proyección de mí lo hacía
con Emilia y mi cerebro estaba tan bien construido que era capaz de sentir
el éxtasis. Aunque, en el sueño Emilia podía atravesar mi yo etéreo, y la
explosión que resultaba de nuestra unión, arrastraba todo mi ser hacia un
plano del más absoluto placer. Y es que, en el universo onírico, el placer no
tenía otra sensación con la que competir, ni siquiera el trabajo de estar
contenido dentro de un cuerpo físico, sino que fluía a raudales en mi
inconsciencia. Su magnitud era de una consideración que provocaba
cosquilleos en el plano terrenal y bosquejaba una sonrisa en mi rostro
adormilado.
Fue realmente un fastidio levantarnos la mañana en la que el viaje había
llegado a su fin. Sentados en el comedor donde servían el desayuno, nos
miramos como si fuéramos a tomar caminos diferentes. Desde luego, no
como si volviéramos a la misma casa.
—Habernos alojado aquí me ofende a nivel profesional. Una agente de
viajes debería tener más olfato. Pero, al mismo tiempo, han sido los dos
días más felices de mi vida. Ya me dirás cómo se come eso.
—Pues se come mucho mejor que este desayuno.
Amaba su risa. Porque no echaba el freno. Léa era muy de contenerla,
como si su risa sufriera algún tipo de estreñimiento.
Emilia se llevó una cucharada de macedonia a la boca.
—Es tal cual parece: insulsa.
—Y, aun así, la comería cada mañana si con eso pudiera inmortalizar
estos días.
—Pues ya te adelanto que han quedado muy marcados en mi mente.
—Para mí quedará como algo más que un recuerdo. Como se dice, para
los anales de mi historia vital.
—¿Quién lo dice? —bromeó—. Tengo que saber quién dice que algo
queda para los anales de su historia vital.
—Bueno. —Me rasqué el perfil de la barbilla al tiempo que pensaba—.
Cuando me muera aparecerán fragmentos de esa habitación fea y
maloliente, pero sobre todo te veré a ti, en el centro de todo.
Ella pareció conmoverse, pero su mirada se detuvo en mi mano y un
signo de inquietud le ensombreció el rostro. Me culpé por haberle contado
detalles de la mujer del bar. ¿Qué había aportado? Nada. Quizá, sin saberlo,
solo pretendía buscar una validación externa que tildara el asunto de
ridículo.
Emilia debió de adivinar que mis pensamientos no eran del todo
halagüeños porque me cogió la mano por encima de la mesa y, clavándome
una mirada orgullosa, dijo que me quería. Que a veces cuando le daba por
pensar en lo grande que era ese amor, se le humedecían los ojos de pura
felicidad. Y sus palabras produjeron ese mismo efecto en mí, como si tan
solo con decirlo hubiera podido reflejarlo en mi rostro, como un espejo. Le
acaricié la mano con una sonrisa de ensoñación perpetua, sintiendo una
necesidad creciente de abrazarme a ella como si fuera un activista que
pretende evitar la tala de un árbol. Y pensar en el fin de ese viaje, el volver
a escondernos frente a mis padres, se me antojó como una forma de ruptura.
No podría aguantarlo, no tras el desenfreno de su piel.
—Tenemos que hablar de lo nuestro con mis padres. Contárselo. —Más
que decirlo, lo sentencié y el tono fue tan solemne como leer una frase de
un versículo del Evangelio.
Ella dio un par de giros de cuchara al bol de macedonia.
—¿Cómo crees que se lo tomarán?
Arrugué el ceño.
—No sé si te acuerdas, pero el único de la familia que tenía algún
problema contigo era yo, así que yo diría que estupendamente.
Dudó.
—No es lo mismo acogerme en su casa como inquilina, que en la familia
como nuera en potencia.
—Pero ¿qué cosas estás diciendo? Si ya eres parte de la familia. Ya lo
sabes. Mi madre —hice un gesto para despejar cualquier tipo de duda sobre
ella, como si se tratara de la variable de una ecuación— y ¿mi hermana? ¡Te
adora! Te adoran todos.
—Sigo pensando que no es lo mismo. A lo mejor tus padres están
encantados conmigo hasta un determinado nivel, pero como pareja de su
hijo, ni hablar, ¿sabes?
—Pues ellos se lo han buscado, ¿no?
Asintió y me llenó de besos por toda la cara.
Después, subimos a preparar la maleta, pero la influencia de lo que nos
habíamos dicho nos llevó a dedicarnos a otra cosa y en el último momento
llenamos la maleta de una montaña de ropa sin doblar. Tuvimos que
sentarnos encima para poder cerrarla.
Cuando salimos al pasillo nos dimos de bruces con el carro de la
limpieza. Una mujer de mediana edad lo empujaba con una mano mientras
con la otra agarraba el aspirador. Nos miró con fijeza. Era como si quisiera
decirnos que sabía lo que acabábamos de hacer y esperaba no encontrarse
con nada indecente. Nos aguantamos la risa hasta que llegamos al ascensor
y, una vez dentro, soltamos el aire, riéndonos a carcajadas.
Con ella resultaba fácil reírse de cualquier tontería. Me pregunté si me
conocía del todo antes de haber estado con Jolie. Cuando miraba hacia
atrás, en lugar de verme a mí mismo, me parecía ver a otra persona
viviendo mi pasado y, verdaderamente sentí que ella me había transformado
en una mejor versión de mí mismo.
JULEN

Claudia, del grupo de apoyo, es muy habladora. De esas personas que deben
excusarse cada cierto tiempo para hacerte saber que son conscientes de su
defecto, pero continúan, sin intención de reformarse. «A mí me gusta
escuchar», dice Julen. La chispa surgió entre ellos durante una de las
sesiones cuando él se acercó a abrazarla después de que ella descargara
todas sus frustraciones entre lágrimas.
Es la tercera vez que se ve con Claudia fuera del entorno de grupo. Están
cenando en uno de los restaurantes del aeropuerto porque a él le han
cambiado el turno en el último momento y ella no ha querido cancelar la
cita. Es mayor que él, aunque no ha confesado su edad. Podría sacarle diez
años.
—Gracias por haber venido hasta aquí. No hacía falta.
—Tenía ganas de verte —dice ella.
Se adivina cierta ansiedad en su mirada. Le toca los brazos por encima
de la mesa, sonriendo, como quien piensa que tiene demasiada suerte y
quiere aprovechar antes de que la oportunidad pase de largo.
—Si no te parece muy cutre cenar algo malo en un aeropuerto y que te
cobren como en el hotel Vela, por mí bien.
—Vaya putada te han hecho cambiándote el turno. Supongo que no lo
harán muy a menudo.
—No me molesta. Además, últimamente están haciendo bastantes
recortes, así que no me quejo.
—Yo es que para eso soy muy clásica y me gusta tener un horario fijo.
Creo que me volvería loca si tuviera un trabajo con horarios rotativos.
—Te acostumbras —responde, encogiéndose de hombros. Le da un
bocado a la pizza que tiene la masa acartonada.
—Y ¿cómo es? —pregunta ella.
Él la mira, confuso.
—¿El qué?
—Ser operador de rampa.
—Pues te puedes imaginar, con el tractor de los equipajes para arriba y
para abajo, cargando un maletero inmenso. ¿Quieres verlo? —pregunta, de
pronto revitalizado.
Como quien se nutre de adrenalina quebrantando las normas, Julen deja
subir a Claudia al tractor. Dice que en el turno de noche no se van a dar
cuenta y sus compañeros no van a delatarle. A Claudia le gusta su
despreocupación canalla y la lleva a tocar a Julen todavía con más
desenfreno. Él la deja hacer, pero le pide que, al menos espere a cargar ese
avión.
Julen le deja el volante, aunque ella no tiene carnet y ha ido al aeropuerto
en taxi. Se ríen como un par de adolescentes mientras Claudia conduce
torpemente por la pista, hacia el avión. Cuando le devuelve el control a
Julen, señala hacia atrás. Unas maletas se han caído por el camino. Él, por
toda respuesta, da un trompo y vuelve a por las maletas descarriadas.
—A ver si te van a echar por mi culpa.
—Si pasa, habrá valido la pena este rato. —Sonríe él—. Vamos
demasiado serios a trabajar.
Cuando aún quedan unas horas para acabar la jornada, Julen aprovecha
el descanso y lleva a Claudia a la zona VIP de su compañía. Pasa la tarjeta
por el lector y cruzan la cafetería, con algunas mesas ocupadas por
ejecutivos pegados a las pantallas, hacia una sala situada al fondo. Los
cristales están velados por un vinilo opaco y la puerta queda prácticamente
oculta a la vista. De camino al mueble bar, Julen explica que suelen
ocuparla los que cogen jets privados. Abre una neverita y descorcha una
botella de champán mientras le indica que saque unas copas altas de un
armario, que bien podría estar en un hotel de cinco estrellas.
—Tiene pinta de ser caro —dice ella cuando le sirve el champán—.
Seguro que tienen las botellas contadas y, si les falta, verán que has sido el
último en entrar.
—No te preocupes, la reemplazaré por una de cava. Los que llevan el
inventario están tan hartos de reponer que ya ni se fijan en las etiquetas.
Claudia brinda por la maestría de sus fechorías y pronto acaban en uno
de los sofás blancos, que es tan amplio como una cama de matrimonio. A
juzgar por el afán que tienen en desvestirse, llevan tiempo deseando llegar a
ese punto. Se conocen desde hace meses, aunque hace poco que empezaron
a quedar.
Cuando están desnudos de torso para arriba, y, en un momento en el que
Claudia baja la mirada para admirar sus pectorales, se fija en un tatuaje que
queda medio escondido en el flanco, justo debajo de la axila. Con el ceño
fruncido, se pega a él y lo mira más de cerca. Después, levanta una mirada
perpleja hacia Julen.
—¿Es mi nombre? —pregunta.
Él le quita importancia diciendo que su exnovia se llamaba igual. Pero
ella niega con la cabeza.
—Es reciente —apunta—. Todavía no se ha curado.
Julen la mira fijamente, sin asomo de arrepentimiento.
—Me lo he repasado porque se le había difuminado la tinta —agrega, sin
titubear.
Ella, que está debajo, lo aparta ligeramente y se incorpora.
—Te has repasado el nombre de tu exnovia —repite, con ironía. Alarga
la mano hacia su blusa—. Mira Julen, esto es demasiado raro. Es la tercera
vez que quedamos.
Resignado, se aparta. No trata de detenerla cuando se marcha a paso
ligero y cruza la sala contigua con la blusa medio abrochada.
Sin moverse de donde está, Julen se da golpes en la cabeza con la mano
cerrada. «Gilipollas, gilipollas. Eres un gilipollas».
TERCERA PARTE

DICEN LAS ESTRELLAS


MARZO 2015

DENIAN

«Me gusta pensar que los besos dejan huella», ma Jolie avait dit.
Tiene el pelo lila, le digo a la operadora que está al otro lado de la línea.
No es una información relevante, ni pretendo que haga nada con ello,
tampoco quiero que me compadezca. Es una constatación lastimosa.
En la primera llamada mi tono era impaciente, de una preocupación
desesperada y de una incredulidad doliente. Esta es la tercera, y la
desesperanza pone de relieve los recuerdos que tengo de ella, como quien
ve los últimos fotogramas de su existencia cuando está en la cuerda floja de
la vida. Pensar en ella de esta manera, en pasado, me quema los ojos. Quizá
se me ha rasgado la córnea, como un dique que no soporta más el torrente.
Me odio por recordar a Emilia como si ya no estuviera, pero es una lucha
entre el deseo de recuperarla y el razonamiento lógico de que es un
imposible. Está muerta.
«Lo siento, señor, pero no disponemos de más información sobre el
estado de… ¿Es usted familiar?». Se interrumpe, seguramente para buscar
su nombre en la lista. Eso es para ellos: un nombre, dos apellidos y un
número de identidad.
De pronto, oigo la voz de la tía falsa de Lucas: «Te dije que era mejor no
acariciar a este gatito». Esa frase se me cuela en el cerebro, me perfora la
carne con saña y me astilla los huesos. ¿Cómo iba a pensar que
comprendería, con horror, lo que había visto la tía falsa de Lucas en mi
mano aquel día? Es mejor no saber lo que va a pasar. Supongo que eso fue
lo que pensó aquella mujer. ¿Para qué decírselo y hacerle sufrir todo este
tiempo? Mejor vivir feliz en la ignorancia. Si yo mismo lo hubiera sabido
de antemano, mi corazón me habría llevado por el mismo camino, pero lo
habría recorrido como si caminara sobre hielo quebradizo. Porque cuando te
leen el futuro no te dan una fecha exacta. Así que sabría el qué, pero no el
cuándo. Sabría el qué, pero no querría creer en ese qué. Lo rechazaría con
toda el alma y me atormentaría el «¿y si es verdad?» día tras día. Me habría
pegado a ella, celoso del tiempo, convirtiéndome en algo mucho peor que
Lucas.
¿Qué está diciendo la operadora? El estado… qué palabra tan fría para
una situación trágica. ¿Qué hay del mío? ¿En qué estado me encuentro yo
que me he quedado huérfano de amor y de vida? Me hallo buscando
respuestas de las que no quiero ni oír hablar, ¿por qué habré marcado ese
número? La respuesta ya la sé. Me destroza. Solo quedan restos de polvo de
lo que una vez fui. He perdido la capacidad de reconocer mi entorno y a mí
mismo de un solo plumazo. Y en mitad de mi desorientación, mientras la
operadora pregunta de fondo si todavía sigo ahí, observo las líneas de la
palma de la mano derecha. No sé en cuál de ellas estaba marcada la
advertencia, porque pierdo el foco, quizá esté a punto de perder el
conocimiento. La operadora ya no se molesta en seguir preguntando y
cuelga la llamada.
Era mejor no acariciar a este gatito.
Era mejor no acariciar a este gatito.
Era mejor no acariciar a este gatito.
Era mejor no acariciar a este gatito.
Era mejor no acariciar a este gatito.
Pero no es eso lo que escucho, sino a mi padre aporreando la puerta
porque tiene miedo de que haga alguna tontería.
Nueve meses antes

(JUNIO de 2014)

DENIAN

Salí de la cama con sigilo tras un tortuoso y exasperante duermevela. Cada


vez que me decía «mantén la mente en blanco» pasaba justo al revés. La
razón que últimamente me hacía sentir miserable, encontraba nuevas vías
de expresión, aciagas todas, para recordarme que había algo en mi vida que
no marchaba bien. Como resultado, yo no estaba bien. Y la noche tenía
cierto poder para regodearse en la miseria. Bueno, quizá miseria fuera una
palabra demasiado aparatosa, porque yo era dado a la exageración, pero no
dejaba de ser irónico que el motivo de todo ello tuviera que ver con lo que
tantas veces me había advertido mi exnovia. Nada menos que ¡mi exnovia!
Caminé a tientas hacia la puerta de la habitación y la abrí con cuidado de
no despertar a Emilia. Me molestó no tener ningún vicio para darle salida a
ese comecome que me succionaba el ánimo. Que no pudiera fumarme un
puro habano como antaño cuando los hombres enfrentaban los problemas
intoxicándose de la pesadez de ese humo, o trincarme unos lingotazos de
gin seco, como el magnífico gran Gatsby, con una buena dosis de almíbar
para enturbiar el sentido con algo de dulce. En lugar de eso, me dirigí a la
cocina, por ir a alguna parte donde pudiera encender la luz, y maltraté a mis
ojos con ella, porque, si no pensaban cerrarse como Dios manda, bien
podrían aguantar la agresión lumínica.
Sobre la cuestión de la advertencia de Léa, principalmente trataba de los
estudios. Debería habérmelo tomado en serio, porque era evidente que no
había elegido bien. Cada hora de clase, cada trabajo y examen hecho con
hastío, confirmaban ese hecho. Lo peor era que no tenía una alternativa que
me resultara atractiva, y la que me lo parecía no servía para engrosar una
cuenta bancaria.
Crucé el pasillo resoplando, como si hubiera elegido esa modalidad de
vicio. Armándome de un gran potencial para convertirme en un viejo
cascarrabias de diecinueve años. Infelizmente independizado.
No esperaba encontrarme a ningún ser vivo a las seis de la mañana y
menos a Koert, el holandés que, en teoría, ocupaba la habitación contigua.
Digo «en teoría» porque apenas se dejaba ver. Lo conocimos cuando
firmamos los papeles del alquiler con el propietario y, en dos meses, lo
habíamos visto en un par de ocasiones. Se podría decir que era un ermitaño,
aunque no sería del todo acertado afirmarlo. ¿Qué ermitaño se presta a
compartir piso con dos estudiantes y la novia de uno de ellos? Solo alguien
con pocas dotes de observación dictaminaría que Koert tenía habilidades
sociales.
Estaba convencido de que salía de su cueva de noche, mientras
dormíamos y que tenía alguna especie de sensor para detectar nuestros
movimientos y mantenerse fuera de nuestra visión. Huelga decir que no
participaba en absoluto en las tareas domésticas y su habitación debía de ser
similar a un trastero con cama y una montaña de platos con comida reseca.
Era un hecho que andábamos cada vez más cortos de vajilla, incluso Emilia
sugirió hacer inventario de platos, vasos y cubiertos para confirmar que lo
que entraba en aquella habitación no volvía a salir. Como si al cruzar
aquella puerta, la vajilla se adentrara en el triángulo de las Bermudas. ¿No
podemos quejarnos de él al propietario? Había preguntado el estudiante
portugués que estaba de intercambio. No podíamos, porque Koert era amigo
íntimo del propietario. El cómo podía ese individuo haber desarrollado una
relación que pudiera llamarse amistad era uno de los misterios que giraban
en torno a él. El segundo, era de qué modo se ganaba la vida. Un tío de
unos treinta y cinco que decide confinarse voluntariamente en su
habitación, debía de trabajar exclusivamente desde un ordenador. Emilia,
que era muy creativa imaginándose la vida secreta de la gente, decía que era
un escritor súper ventas que usaba algún tipo de seudónimo en sus novelas.
Escribía novela histórica y solo su gestor y editor sabían quién era
realmente; este último estaba de acuerdo con el autor en que sería
contraproducente que se conociera su identidad.
Lo cierto es que no me lo imaginaba como escritor, porque hablaba como
un libro cerrado, casi como si hubiera tenido que descodificar el lenguaje
previamente en su cabeza. Además, abría las órbitas ampliamente al hablar
de manera inusualmente teatral, como si todo ello no fuera más que un acto
que se veía obligado a interpretar frente a personas.
Por eso mismo me cuadraba mucho más que se dedicara a algo realmente
devastador para el desarrollo social. Había dejado de parecerme tan
divertido como al principio, cuando llegamos. Esa mirada de soslayo que
compartíamos con Emilia, la sonrisilla que se nos dibujaba de esas de
cómplices de juego, se había esfumado. Supongo que en el fondo no era
divertido. No es divertido integrar a alguien así en tu rutina. Menos si es
una rutina que se te hace cuesta arriba.
Todo empezó poco después de nuestra vuelta de Vielha, durante las
navidades. Cuando, para nuestra más absoluta estupefacción, mis padres
nos dijeron que ya sabían lo nuestro. No había sido cosa de Tania. Al
parecer, saltaba a la vista para cualquier persona que tuviera ojos en la cara.
Pero nosotros éramos unos ingenuos y pensábamos que ellos no se daban
cuenta de nada. Recibimos su bendición, por así decirlo, porque se
mostraron encantadísimos de que estuviéramos juntos. Emilia pudo
relajarse después de eso.
Por mi parte, hacía tiempo que le daba vueltas a la idea de
independizarme. Desde el instituto había fantaseado con tener mi propio
espacio en cuanto empezara la universidad y, desde luego, me iba a venir
bien para tener más intimidad con Emilia. No obstante, los alquileres en la
ciudad estaban imposibles y no pude evitar compartir piso.
La oportunidad surgió gracias a mi padre, que había dado voces en su
trabajo y al hermano de un colega suyo le acababa de quedar una habitación
libre en un piso cercano a la plaza Tetuán. A mediados de febrero ya me
daban las llaves. Emilia pasaba tanto tiempo en el piso que, a efectos
prácticos, podría decirse que se había mudado conmigo. Al principio
estábamos ilusionados, como es natural, porque el piso era amplio, estaba
orientado al sur y tenía luz prácticamente en todas las estancias. A Emilia le
pirraban los techos altos y las ventanas antiguas de madera. La única pega
que le vi era que le faltaba orden y limpieza, pero pensé que podríamos
ponernos de acuerdo para ocuparnos y, una vez quedara como una patena,
estaríamos viviendo como reyes. La cosa no fue así.
Parecía ser el único verdaderamente preocupado por ese detalle y, a las
pocas semanas de convivencia, acabé harto de ser el pringado que ponía
remedio. Emilia se levantaba temprano para estudiar inglés y luego salía a
trabajar. No volvía hasta la noche, era lógico que no tuviera el tiempo ni las
ganas, pero el fin de semana tampoco lo hacía; solo quería salir. Y para mí
era lo mismo que columpiarse con las tareas, porque no nos íbamos a
engañar, en casa de mis padres tampoco es que colaborara mucho en el
orden.
Contratar a alguien para que se encargara habría sido una buena opción
si hubiéramos podido permitírnoslo. Pero mis padres habían aceptado
darme el dinero justo para pagar el alquiler y los gastos de comida, el
portugués iba con una beca especial y Emilia, que ya había empezado a
aportar una parte, cobraba una miseria en la agencia de viajes. Cualquier
extra salía de su bolsillo, y no nos daban los números. Por supuesto nunca
le planteamos el dilema a Koert, porque convivir con la mierda parecía ser
su hábitat natural y no teníamos ganas de colarle una nota por debajo de la
puerta para averiguar qué le parecía asumir los costes de la limpieza del
piso. Para empezar, no estaba claro si la nota iba a deslizarse o a quedarse
atascada en mugre, de modo que, en lugar de trasladarle un mensaje, cabía
la posibilidad de que acabara siendo un desperdicio más en su colección.
Teniendo eso en cuenta, no era de extrañar que me sorprendiera ver a
Koert encaramado al mármol de la cocina, rebuscando en el armario de los
paquetes de magdalenas y cruasanes. Me había olvidado de su aspecto y la
abundancia de su barba no me ayudó a recordarlo. Era difícil decir si el
color de pelo era de un rubio apagado o si había perdido el brillo por falta
de higiene. En general me pareció como un sintecho removiendo un
contenedor de basura. No con ánimo de ofender a los sintecho, que bastante
calamidad tienen, sino porque la imagen era exactamente la misma. Pero en
ese caso, por suerte para mí, solo desprendía olor a armario viejo. No podía
imaginarme qué podía haber ahí que fuera tan importante como para
arrancarlo de la cama en un horario tan próximo al nuestro. ¿Por qué tipo de
alimento se había visto dispuesto a asumir el riesgo de cruzarse con alguno
de nosotros? Me lo pensé mejor y, en lugar de inquirir, le di los buenos días
y me dirigí a la cafetera.
Él desvió sus pequeños ojos desconfiados del armario hacia mí, esos ojos
que podían abrirse como la luna llena cuando hablaba. Contrajo las cejas,
como si mi presencia fuera un desajuste de la realidad inexplicable y, en lo
que a mí me pareció un esfuerzo rotundamente anómalo, las palabras
salieron de su boca de manera un tanto ronca, como si sus cuerdas vocales
estuvieran oxidadas.
—¿Os habéis comido mi paquete de Phoskitos?
Por un momento creí que me estaba gastando una broma, pero su
seriedad decía lo contrario. Además, de las pocas características que
conocíamos sobre su personalidad, gastar bromas no era la más plausible.
—¿Había un paquete de Phoskitos ahí? —titubeé, porque la situación me
parecía surrealista. En medio año había cruzado cuatro palabras con él y
¿me hablaba de un paquete de Phoskitos que, por lo que a mí concierne,
podía estar ya fosilizado?
Me encogí de hombros, para señalar mi completa ignorancia respecto a
ningún paquete de Phoskitos. Y no solo respecto a la existencia de dicho
paquete, sino también hacia su afición a la bollería infantil en particular. En
esencia, no tenía ni idea de quién era esa persona escuálida que ansiaba
azúcar.
—Hay cruasanes de chocolate, de esos empalagosos, si quieres.
Me miró como si estuviera tratando de traducir mentalmente lo que
acababa de decir.
—No puedes comparar los Phoskitos con uno de esos cruasanes.
—¿No?
A juzgar por su expresión, la comparación le pareció un sacrilegio.
—¿Quieres café? —dije en tono conciliador.
—No. No quiero café. Lo que quiero es una confesión. Si estoy
conviviendo con ladrones de desayunos, necesito saberlo. —Eso habría
quedado simpático en boca de Mathieu, pero dicho por él, sonaba severo.
—A mí eso me parece de lo menos grave que pasa por aquí, la verdad —
señalé la taza—. ¿Ves esta taza? He tenido que lavarla para poder echarme
el café. Encontrar algo limpio es misión imposible y estoy hasta los huevos.
O sea que si quieres un Phoskitos, yo de ti bajaría a comprárselo al
paquistaní tan majo de la esquina, si es que la luz del sol no te desintegra o
algo así.
Me miró atónito.
—Y ya que estás, me gustaría saber si podemos ponernos de acuerdo en
contratar a una empresa de limpieza, ya que al final siempre soy yo el que
está recogiendo y limpiando la mierda de los demás.
—En eso tu novia no es ninguna santa.
—Ya lo sé —acepté el golpe—, solo es un poco desordenada…
—¿Habláis de mí? —Emilia entró a la cocina, frotándose un ojo.
—Sí, milagrosamente estoy hablando con Koert de algo.
El mismísimo Koert parecía querer teletransportarse a su habitación.
—No vamos a contratar a nadie —dijo, categóricamente—. Si no os
gusta lo que hay ya sabéis qué hacer. Tenéis el contacto del propietario.
Dicho esto, se alejó a grandes zancadas. Iba descalzo y le vi las plantas
de los pies negras. Me subió el calor de la rabia a la cara y le dije un par de
cosas a Emilia de las que no puedo enorgullecerme, porque la tomé con
ella. Fue la primera discusión fuerte que tuvimos y en parte había sido culpa
mía por haberme tragado la frustración durante tanto tiempo. En lugar de
restarle hierro al asunto, tendría que haberle dejado claro que me molestaba,
así no habría explotado como lo hice.
En cuanto al piso, acabaría por ser el propietario quien nos llamara a
nosotros.
Ocho meses antes

(JULIO de 2014)

EMILIA

Cuando hay amor todo lo demás carece de importancia. Cuando es amor de


verdad, no hay nada que pueda quebrantarlo. Mentira. Es ficción generada
por la industria, que nutre a la población de historias edulcoradas para
ablandarnos el cerebro. El amor todo lo puede. Rotundo no. El amor puede
vaciarse poco a poco, como una puta piscina en el paraíso. Aun así,
volvemos a creer en él, como si fuera parte de algún credo milenario que
predicó un profeta sabio.
La falta de cariño por parte de Denian, ese darme por sentado como parte
invariable de su vida, una parte a la que no hacía falta continuar adorando,
estaba pasándome factura. Apenas dormía. En lugar de eso, mi mente
nadaba en un mar de incomprensión, atravesado por corrientes de preguntas
sin respuesta. Era como si hubiera sido un capricho para él, un capricho por
el que había valido la pena luchar un tiempo, pero que una vez en sus
brazos, había perdido la gracia. Por mucho que queramos creer, hay una
serie de múltiples variables que pueden contribuir en dañar la estructura de
una relación, y la nuestra, de pronto, ya no encajaba en ninguno de los tipos
de amor.
Es un bache. Intenté convencerme de eso. Y en eso pensaba cuando
crucé la puerta del bar, donde había quedado con las amigas para celebrar el
cumpleaños de Laura. Cada año organizaba una cena conmigo y con
Samara en un sitio diferente y, para sus veintiuno, había elegido el bar de
Paco, que era quien hacía los mejores bocadillos de todo Badalona.
—¿Qué os pasa a las de Badalona que os cuesta tanto quedar en otra
parte que no sea Badalona? —dije cuando me senté a la mesa.
—¿Es que existe más mundo fuera de aquí? —bromeó Laura, simulando
que le faltaba un hervor. A Samara le pareció tronchante.
Automáticamente se me dibujó una sonrisa. Con ellas sentía que no
había variable posible que pudiera dañar nuestra amistad. Si algo dolía,
como me estaba doliendo lo de Denian; a su lado dolía menos.
—Es para mí un gran honor que hayáis venido a mi localidad para
festejar mi vigésimo primer cumpleaños —dijo Laura en tono ceremonioso
—. Bueno, y ahora al lío: ¿dónde están los regalos del amigo invisible?
La primera vez que Laura planteó hacernos regalos entre las tres para su
cumpleaños, como una especie de amigo invisible veraniego, nos pareció
una idea rara, porque rompía la idea de día especial. A eso, ella respondió:
«¿Y quién cojones dice que no sea más especial para mí compartir regalos
con mis amigas?». Nos echamos a reír. En su opinión, prefería mil veces
compartir la alegría de recibir un regalo entre las amigas que limitarlo a ella
sola. Además, le encantaba el componente de adivinar, así que, desde
entonces, cada año para su cumpleaños hacíamos el amigo invisible.
—¡Esperad! Todavía no digáis nada —pidió Laura, sobreactuando para
darle más vida al asunto. La verdad es que no era tan emocionante hacer el
amigo invisible entre tres que entre seis o siete—. Le he tocado a Sami. No,
¡no! Un momento. ¡A Mili! —exclamó señalándome.
—¿Lo digo? —dudé. No sabía cuánto más quería alargarlo.
—Mejor intentamos adivinar quién nos ha tocado primero —sugirió
Samara.
—De entre tantísimas opciones —dije con sorna.
—Por algo hicimos lo de las pistas, que si no es un rollo —dijo Samara
—. A ver —adoptó una pose reflexiva, que, con los labios pintados de
violeta oscuro, los pendientes largos y el pelo suelto y negro carbón sobre
los hombros, daba la sensación de que se preparaba para soltar un conjuro
—. Creo que le he tocado a Emilia.
—¿Qué ha podido delatarme? Si es que soy yo, que todavía no lo he
dicho.
En la nota de la pista escribí: «si las alas de un pájaro representan
libertad y esperanza, también deberían existir los pájaros cuyas alas
representen nuestra firme amistad, pues se necesitan para poder volar».
—Te has acordado de lo que te conté del pájaro. Podría haber sido Laura,
pero por la pista la descarté. Ella no habría hecho referencia a nuestra
amistad.
Samara desvió la mirada a mi otra mejor amiga.
—Creo que vamos a aprovechar para contarte una cosa —dijo.
Laura la miró con complicidad y por un momento no tuve la menor idea
de qué tramaban. Eso de que Laura no pudiera haber hecho referencia a la
amistad me había extrañado, y ¿por qué no? Tampoco entendía cómo
Samara estaba tan segura de eso. Lo comprendí poco después cuando, tras
una mirada tierna, entrelazaron sus manos sobre la mesa. Los ojos se me
salían de las cuencas.
—¿Me estáis diciendo que vosotras dos…?
Asintieron.
—¿Cómo…? quiero decir, ¿cuándo? Y ¿cómo es que no me he dado
cuenta?
—Llevamos años de amistad, pero cuatro meses como pareja —explicó
Laura.
—¡Cuatro meses! —Me llevé la mano a la sien, incrédula.
—Por eso decía que, si Laura hubiera hablado del pájaro, habría escrito
algo diferente.
No tenía la cabeza para metáforas. Era demasiado fuerte.
Paco, el del bar, nos sirvió los bocadillos, pero pasaron ante mí como un
borrón. Normalmente se habría parado para darnos conversación, pero
enseguida se dio cuenta de que estábamos hablando de algo importante. No
debió de costarle mucho llegar a la conclusión porque me pilló mirándolas
boquiabierta. Y, cuando por fin la cerré, tuve que beber agua.
—Ni siquiera sabía que… ya me entendéis… que os gustaban las
mujeres.
—Yo no es que me fije en lo del género —dijo Samara—, solo en la
persona y Laura es, podríamos decir, mi otra ala. —Se sonrió para sí con
súbita timidez y Laura la besó en la mejilla de un modo, bueno, pues como
lo haría una pareja.
Me chocó al principio, más que nada porque mi mente tenía que
resituarse: eran mis amigas, sí, y también eran pareja. Información nueva
que había que procesar.
—No te lo hemos dicho antes porque Samara no estaba preparada y lo
respeto —contó Laura.
—¿Lo sabe alguien más?
—¡No! —gritaron al unísono. Laura adelantó la mano hacia mí, como si
me hubiera visto sacar un revólver.
—Vale, vale —me defendí—. Me queda claro que chitón.
—Como os podéis imaginar, para mí es imposible hacerlo público —dijo
Samara—. Solo estamos juntas cuando sabemos que nadie nos ve. Si se
entera mi familia, sobre todo mi hermano, me repudiarán. Igual incluso me
echan de casa, me desheredan, todo lo peor que te pueda venir a la mente.
Quizá no lleguen a tanto, pero seguro que intentarán convencerme de que
no vuelva a veros nunca más, que no me desvíe del camino o me dejarán de
lado por vergüenza. Yo me siento atraída por Laura casi desde el principio y
en ciertos momentos me daba cuenta de que podía ser correspondido, pero
me obligué a frenarme. Hasta que un día… —se detuvo, mirándola con
cariño.
—Eso, eso —me crucé de brazos en la mesa—, cómo pasó.
No hicimos caso a los bocadillos calientes que se enfriaban en el plato.
—Como suelen pasar estas cosas —dijo Laura—. Una noche de fiesta en
la que se suponía que Samara no estaba de fiesta. —Se rieron.
—Pero no habíamos bebido —dijo Samara, para aclarar que nada le
nubló el juicio.
—La acompañé al baño —continuó Laura. A Samara le subía el rubor a
las mejillas con facilidad—. Me pidió que entrara con ella para aguantarle
la puerta porque el cerrojo estaba roto y, en eso que me doy cuenta de que el
cerrojo funciona de puta madre, así que supe que no era cosa mía, ni
imaginaciones ni nada, que Sami quería algo conmigo. Y bueno, el resto ya
te lo imaginas.
—Sí, no hace falta que lo cuentes todo con pelos y señales —me reí.
—Solo diré que podía freírse un huevo en cualquier parte de mi cuerpo.
—Mira que eres bruta —sonrió Samara.
Escuchándolas, pensé que ese contraste les hacía bien, una completaba a
la otra. Ya eran un buen tándem como amigas, ¿por qué no como amantes?
—Le pregunté si quería que me quedara aguantando la puerta con el
cerrojo puesto o si quería que mirara —explicó Laura— y resultó que la tía
ni si quiera se estaba meando, así que nos dimos el lote por primera vez.
—Joder, estoy flipando —dije.
Siguió un silencio de sorpresa por mi parte y de alivio por la suya.
Habían contado su secreto a una tercera persona y eso ayudaba a reforzar su
amor. Un secreto como ese es difícil de ocultar y, teniendo en cuenta cómo
era la familia de Samara, lo más seguro es que no pudieran confiárselo a
nadie más.
—Las dos sois geniales, así que seréis geniales juntas. —Pensé que
como conclusión era un tanto ridícula, pero ya tenía hambre y solo quería
dar cuenta del bocadillo de lomo con queso.
—No se lo puedes contar a nadie. Ni siquiera a Denian —me pidió
Samara.
—Seré una tumba —dije con la boca llena. Cuando tragué, añadí—: pero
en algún momento se tendrán que enterar vuestras familias, digo yo. No
vais a estar escondiéndoos eternamente.
Se dirigieron una mirada comprometida.
—Bueno, cada una tiene una opinión diferente —dijo Laura,
encogiéndose de hombros—. Pero Samara necesita más tiempo.
Samara cogía el bocadillo como si se fuera a romper. Dio un pequeño
mordisco y masticó despacio.
—Es complicado —dijo al rato—. Tengo que estudiarlo bien.
Cuando ya llevábamos medio bocadillo, saqué el paquetito de la bolsa de
cartón y miré a Samara.
—¿Vas a abrirlo o no?
Era un colgante de una golondrina que simulaba nuestra amistad. Me dio
un abrazo y un aroma de lavanda me llenó la nariz. Estaba tan feliz por
ellas. Laura me dio el mío. Era un cuaderno de tapas de piel con una piedra
de cuarzo en el cierre. Cuando lo abrí me di cuenta de que era un diario.
«Para que escribas nuevas páginas con Denian», dijo. Fue un detalle
precioso, pero me tocó la fibra sensible. ¿Llenar páginas con Denian?
—¿Qué pasa? ¿No te ha gustado? —preguntó Laura.
Antes de darme tiempo a contestar empezó a decir que quizá fuera lo del
cuero, que igual me daba rollo por el tema del sufrimiento animal, que
tendría que haber optado por uno sintético, o a lo mejor…
La interrumpí.
—Lo siento. No quiero amargar la fiesta ni nada, pero esto… —Me
limpié las lágrimas—… Últimamente no estoy… no estamos…
—¿Pasa algo con Denian? —preguntó Samara.
Asentí.
—Es como si estuviera ausente, no sé. Estoy en una relación fantasma
porque cuando estoy con él no parece que esté con nadie en realidad. Me
mira diferente, como si ya no me quisiera, le aburriera, yo qué sé. Y cuando
hablamos, ya no tenemos esa chispa. Cuando hablamos y cuando todo. Se
ha perdido. Y joder, ¿no pasa eso cuando llevas diez años? ¿quince? Pero no
cuando no llevamos ni uno. ¿Cómo va a ser entonces dentro de tres?
—Tranqui, tranqui, respira. —Me pidió Laura, acercándose como si
fuera una enfermera y tuviera que examinar una herida—. Ni a los tres, ni a
los cinco, ni a los quince, tía. A mí esas generalizaciones me matan. Algo va
mal, está claro. Pero ¿lo habéis hablado?
—La comunicación es lo más importante —añadió Samara.
—No. Quiero pensar que es pasajero, un bache. Pienso que si lo
hablamos la cosa será seria, ¿me explico? En plan que levantaremos la
liebre y ya no habrá vuelta atrás. Ahora estoy más en modo de a ver si pasa.
Siguió una pausa durante la cual solo se escuchó el sonido de las aspas
del ventilador girando sobre nuestras cabezas. Laura bebió un sorbo de su
cerveza y continuó.
—Mira, Mili, si tú lo sientes así es porque la cosa ya es seria y a los
problemas hay que ponerles nombre, asumirlos y enfrentarlos, porque si
metemos la cabeza en el suelo como los avestruces, lo único que hacemos
es vivir en una mentira. —Me pareció que, con ese último comentario, no
solo se estaba dirigiendo a mí, porque Samara bajó la mirada.
—A lo mejor ni si quiera se da cuenta —dijo Samara—. Él va a su rollo
y no le parece que haya ningún problema contigo.
—Puede ser.
Quizá fuera eso. Tenía muchas cosas en la cabeza. Se había dado cuenta
de que andaba perdido porque había acabado el primer año de carrera a
disgusto. Sabía que ADE no era lo que él quería estudiar, pero tampoco
tenía ni idea de qué quería hacer.
—Gracias, chicas —agregué—. Bueno, ¿vamos a abrir el regalo de
Samara ya?
Samara hizo los honores y le dio el regalo a Laura. Era un marco que
contenía una ilustración hecha por ella misma de dos mujeres rodeadas de
estrellas en el encabezado. Debajo había escrito un poema con una
caligrafía de letras finas y alargadas. Me pareció bastante bueno, aunque no
entiendo mucho de poemas. Fue bonito ver a Laura emocionarse y mirar a
mi otra amiga con tanto amor.
DENIAN

A finales de julio llamó el propietario para preguntar cómo iba la cosa. Me


quejé y el suspiro del dueño del piso podría haber llegado hasta Nuevo
México y de vuelta, por lo menos así de largo me pareció. No confirmó ni
desmintió que Koert tuviera algún tipo de problema clínico, pero se intuía
en el modo en que continuó la conversación, que no era la primera vez que
hablaba con un inquilino de ese asunto. A esas alturas sabía que el hombre
era tacaño, así que proponerle hacerse cargo de la limpieza para compensar
la imposición de un puerco como compañero de piso, parecía inviable.
Tampoco él hizo ninguna sugerencia, solo preguntó, resignado, si
queríamos continuar viviendo allí.
La pregunta era sencilla, dentro de los parámetros de la objetividad, pero
mi estado anímico la transformó en una sucesión de cuestiones existenciales
arrolladoras. ¿Quería continuar siendo esa versión de mí mismo? Si la
respuesta era no y me marchaba, ¿qué iba a ser de mi relación con Emilia?
No estaba seguro de que el problema de convivencia fuera exclusivamente
culpa de Koert.
Mi interlocutor, esa persona externa que había señalado la raíz de mi
problema con una pregunta la mar de sencilla, quiso saber si seguía estando
ahí. Sí, seguía estando. Le dije que el portugués se marchaba en tres
semanas, que había aguantado porque sabía que su estancia tenía un fin,
pero no estaba seguro de poder decir lo mismo de una nueva persona. Con
ello, dejé implícito que Emilia y yo continuaríamos, y el propietario me
sorprendió aceptando mantener el precio del alquiler sin ocupar esa
habitación. Podíamos guardar ahí lo que quisiéramos. Así se lo trasladé a
Emilia cuando volvió de trabajar.
No se mostró en absoluto alegre por la noticia. Al principio pensé que me
había entendido mal, porque reaccionó como si le acabara de decir que el
dueño nos cancelaba el contrato de alquiler. Se dejó caer en la silla del
comedor, apartó diversos objetos desplazados de su lugar habitual,
arraigados ya a su nuevo e inusual destino, y me atravesó con una mirada
cargada de honestidad.
—¿Podemos utilizar esa habitación para encerrar lo que quiera que esté
matando lo nuestro?
Me quedé de pie, estático, con la espalda envarada. Supongo que el
desconcierto amaestró cada recoveco de mi fisonomía porque Emilia
prosiguió con su razonamiento, que era del todo nuevo para mí.
—No finjas que no sabes de qué hablo, Denian. El primer paso para
reconocer un problema es aceptarlo y está claro que nuestra relación tiene
una fisura, y cada vez se hace más grande, pero no parece que tengas
intención de pensar a qué se debe. A lo mejor quieres seguir un día tras otro
a rebufo del anterior, conmigo a cuestas.
—Es que esto me viene totalmente de nuevas. Supongo que la rutina
junto con estar así, bajo de moral, no es la combinación perfecta, pero no
hace falta dramatizar.
—¿Dramatizar? —Repitió en tono irónico—. No me puedo creer que
precisamente tú estés hablando de dramatizar, cuando eres el primero que lo
hace para todo, y yo siempre te escucho, intento matizar para que rebajes,
para que no te ahogues en un vaso de agua. ¿Que no te gusta la carrera?
Denian, no es el fin del mundo, no por eso tu vida al completo es una
mierda. Miras otras opciones y sigues adelante. Tienes que compartimentar
las cosas, cada problema en su compartimento y vas buscando soluciones,
pero ¿por qué metes nuestra relación en el mismo saco?
—¡Pero si yo no he dicho nada de nuestra relación! Has sido tú, que
hablas no sé qué de meter algo en la habitación de Joao cuando se largue. O
sea que igual eres tú quien lo está metiendo todo en el mismo saco,
habitación o lo que sea.
Si las cosas no hubieran estado tan tensas nos habríamos reído de eso,
pero Emilia tenía la cara congestionada por el resentimiento y la
frustración; los ojos vidriosos.
—¿Me estás queriendo decir que está todo estupendamente entre
nosotros? —Era de esas preguntas que buscan nada más que una
confirmación.
—Estoy diciendo que yo no estoy en mi mejor momento y es posible que
eso influya bastante. A lo mejor, en lugar de fijarte en ti y en lo que
necesitas que yo te dé, podrías tener un poco de empatía y acompañarme en
este bache.
—El bache será todo lo profundo que tú quieras que sea.
Asentí, desviando la mirada. ¿Por qué estábamos hablando tan separados
el uno del otro? Ella sentada en la mesa, seguramente esperando a que me
acercara para abrazarla, y yo a un abismo, lejos de la discusión, de ella, y de
mí mismo en el conjunto. Me sentía atrapado en una especie de mal
funcionamiento interno que abarcaba una serie de desajustes vitales, y
cuanto más pensaba en cómo arreglarlo más exhausto estaba. En
consecuencia, no me quedaba energía para dar cariño.
—No sé qué quieres que te diga. Parece que estés buscando que me
justifique por algo. Mira, soy el último que quiere estar así, pero no es tan
fácil como pensar muy intensamente que quiero sonreír y, así como por arte
de magia, sonrío y todo me parece de puta madre. Nunca me había pasado
algo así, de esta magnitud, pero yo no siento que nos pase nada. O sea, yo
siento lo mismo por ti.
—Pero lo dices y no lo veo. Todo te deja frío. Podría irme mañana y
estoy casi segura de que te dejaría indiferente… —se interrumpió,
callándose el resto, quizá para frenar el llanto.
—Joder, no digas eso.
—Y ¿ahora qué? ¿Te parece normal estar ahí, en la otra punta del
comedor cuando yo estoy aquí diciéndote cómo me siento?
—Lo que no me parece normal es que me estés haciendo sentir culpable
por prácticamente todo lo que no hago, Emilia.
—Emilia —repitió, con la voz engolada—, ya ni siquiera soy tu Jolie.
—Sí que lo eres.
—Pero ¡no lo sientes! Ya no me besas con ganas, no hablamos con esa
chispa, ese entusiasmo; ni siquiera me tocas como solías hacer… no me
despiertas con caricias para echarme un polvo…
—Es que no sé qué esperas que te diga, en serio. Lo siento, ¿te vale?
¡Siento ser un fracaso en todo!
Dio un golpe en la mesa, levantándose al mismo tiempo.
—¡Yo no he dicho que seas un fracaso! Eres tú quien está empeñado en
decirse eso cuando nadie más lo piensa.
—Pues no sé qué hacer para que te sientas mucho más querida.
—Es que no debería ser un esfuerzo, debería salirte solo. Será que ya no
me quieres. —Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
Di un bandazo hacia un lado, como si me hubiera dado un golpe de
viento. No era como con Léa, yo quería a Jolie, y sin embargo no quedaba
un ápice de cariño en mí.
—Denian. —Ella salvó el espacio por mí. Me cogió de la barbilla, para
obligarme a mirarla, pero yo no quería que viera esa duda que asomaba a
mis ojos, porque no era una duda fiable, era una duda demasiado abstracta
para poder catalogarla y, en aquel contexto, podía confundirse fácilmente—.
¿Aun me quieres?
—Claro que te quiero.
A mí me pareció que fui contundente al respecto, no hubo temblor
alguno en la entonación de esas palabras que pudiera hacerle pensar que no
la quería. Pero se lo dije en modo automático, sin mirarla a los ojos, como
cuando te levantas por la mañana y lo dices seguido de un beso rápido en
los labios. En esa situación ese «claro que te quiero», se puede entonar de
esa forma. Queda bien. Es una confirmación rutinaria que te alegra el día.
Pero cuando la relación está contra las cuerdas, las mismas palabras
deberían quebrarse un poco, porque uno atisba que podría ser la última vez
que se lo dices. Deberían sonar delicadas y anhelantes, deberían sugerir un
ruego, incluso podría haber repetido esas mismas palabras después, para
enfatizarlas con más ahínco. «Claro que te quiero» y que sugirieran un «te
entrego mi amor, no lo dejes escapar».
—Mírame, Denian, y dime que me quieres.
Me cogió con tanta fuerza, hundiéndome los carrillos, clavándome las
uñas, que no me quedó otra que mirarla y esa duda tan poco fiable la
inundó. Bajó la cabeza, descargando toda la pena, una pena que parecía
haber estado ahí durante un tiempo, sin que yo hubiera detectado nada,
porque estaba demasiado encerrado en mí mismo, con la visión opaca de
quien no aprecia que suceda nada interesante fuera.
Salió del comedor y me llegó el sonido de la puerta de entrada cerrarse.
El clic de la cerradura impulsó un pensamiento, doloroso, y a la vez
inevitable: si no era capaz de querer bien, quizá no era digno de ella. ¿No es
la base del amor eso de hacer feliz al otro? Sin duda yo no lo estaba
consiguiendo.
Seis meses antes

(SEPTIEMBRE de 2014)

DENIAN

La misma maleta que llevamos a Vielha estaba en la puerta. Emilia sujetaba


el tirador, deshecha en lágrimas, y yo, plantado en el pasillo, la observé
como si fuera un espectador. Yo que, si echaba la mirada atrás, habría
considerado la composición de lo que tenía delante como la peor de las
pesadillas. ¿Cómo era posible que no sintiera nada? Mi cuerpo debía de
estar muerto por dentro. Busqué en mi interior y me dije que la quería, por
fuerza tenía que quererla, y sin embargo la noche anterior le había dicho
que lo mejor para los dos era darse un tiempo. Mi Jolie se iba y no era
capaz de retenerla, ni de encontrar espacio mental para recapacitar.
Para colmo, la había dejado prácticamente con las mismas palabras que
usé para dejar a Léa, como si lo nuestro no hubiera sido diametralmente
opuesto a lo otro, como si no hubiera sido lo más especial que había tenido
en la vida. Mi mente había calcado un discurso sin sustancia para evitarse
construir uno nuevo y me odié por ello. Jolie no se merecía que empleara
las palabras de un niñato inmaduro.
Me quedé mudo, porque ninguna de las preguntas que me disponía a
formular me parecían válidas. «¿Dónde irás?» era muy cínico por mi parte
teniendo en cuenta que se marchaba por mi culpa. «¿Necesitas ayuda?»,
todavía era peor. Pero se me ocurrió porque imaginé que no cabrían todas
sus cosas ahí y entonces tendría que volver a por ellas, alargando así el
sufrimiento. Ni un sonido salió por mi boca.
Mierda. ¿Qué me pasa?
—Así que no piensas decir nada —gimió.
Lo primero que me vino a la mente fue una variante de lo que le había
dicho la noche anterior. ¡Ni se te ocurra, gilipollas! Pero opté por llenar el
vacío de palabras sin sustancia antes que prolongar el silencio.
—Siento haberte hecho daño, Emilia.
—Creo que tú también te estás haciendo daño, y mucho, pero todavía no
te has dado cuenta. —Y así sin más, Jolie salió de mi vida.

Durante los siguientes días, la sombra de la culpa estuvo rondándome, para


reforzar la idea de que había un patrón en mi comportamiento que Léa y
Emilia habían señalado de manera independiente: con el tiempo, les había
dejado de prestar atención.
¿Sería un egocéntrico narcisista? Empecé a leer sobre esos conceptos,
para confirmar si encajaba en ese perfil de persona, esperando no atribuirme
esos adjetivos para no odiarme todavía más de lo que lo estaba haciendo.
Hice un test en Internet, uno verdaderamente estúpido, a juzgar por el
resultado. «Eres una persona extrovertida que le gusta rodearse de amigos.
Eres una persona inquieta, pero solo muestras lo que estás dispuesto a que
los demás conozcan de ti. Ábrete y escucha». Maldita sea, parecía sacado
de una revista. De repente, tenía una necesidad imperiosa por obtener la
respuesta, como si yo mismo no me conociera, hubiera ocupado un cuerpo
y tuviera derecho a unas instrucciones detalladas sobre la personalidad del
huésped. La impaciencia me llevó a tomar medidas desesperadas: llamé a
mi madre.
—Hola, mamá. ¿Cómo va por Francia?
—Ay, genial, cariño. Gracias por llamar. Ahora mismo estamos en el
Loira, a punto de visitar otro de los castillos. ¿Tú cómo estás? ¿Cómo está
Emilia?
Mi respuesta no fue corta, pero tampoco había tiempo para entrar en los
detalles que habían llevado a la separación, así que fui directo a lo que me
había impulsado a llamar.
—Yo no puedo ser objetiva en eso. Además, tampoco es algo que se
pueda hablar así rápido por teléfono. Ahora que lo dices, te había notado
alicaído, pero no creía que fuera tan grave. Está claro que los dos sois muy
jóvenes, pero ¿no quieres decir que el problema está en ese piso? Me da la
impresión de que os ha succionado la alegría. Ya te dije que podías volver a
casa…
—Mamá. Soy un gilipollas narcisista y egocéntrico, ¿o no?
—No lo creo, cariño.
—Vale —suspiré.
—A veces puedes ser un poco gilipollas, sí…
—Gracias…
—Pero tirando a descarado. Narcisista, no. Quien es narcisista rebaja a
otros para mantener su sensación de confort y seguridad. Tú no eres así.
Aunque es verdad que tienes un mundo interior amplio y le das tanta
importancia a cosas que no la tienen, que dejas poco espacio a los demás
para que te cuenten los suyo. Y eso podría confundirse con el egocentrismo,
pero en tu caso no lo es, porque sé que te has preocupado por problemas de
otros como si fueran tuyos, y tienes un lado muy generoso. Lo que pasa es
que todavía no sabes lo que quieres, y eso es normal a tu edad, cariño. Si lo
supiéramos con diecinueve años no nos pasaríamos la vida aprendiendo,
¿no te parece? Qué aburrido sería tener la lección aprendida tan pronto.
—Es que Léa y Jolie… con el tiempo coincidió que dejé de darles cariño
y…
—¿Jolie?
—Oui, maman. J’apelle Emilia, Jolie. C’est ma Jolie. En fin, c’était…
—No solía hablar con mi madre en francés, pero cuando ella viajaba a
Francia siempre se colaba alguna frase.
—Ah, no lo sabía. De todas maneras, Léa no te gustaba tanto y eso ella
lo notaba, por eso necesitaba que le demostraras más cariño. Con tu Jolie…
no lo sé, Denian. Me parece que no es mala idea que te aclares las ideas
antes, pero puede pasar que cuando lo hayas averiguado, ella ya no esté ahí
para ti.
—Aun sabiendo eso —apreté los ojos con los dedos—, no es justo para
ella estar con alguien que no sabe cómo quererla bien. No sé si me
entiendes. Soy un despojo de persona ahora mismo.
—Vuelve a casa.
—¿Eso no sería rendirme? No sé sacarme las castañas del fuego y, si
vuelvo, cuando surja otra oportunidad de independizarme, quizá no me
atreva. Me quedaré en casa siendo un cuarentón, preparando sopas y
esperando a mi hermana, que vendrá los fines de semana y me preguntará
por el perro, porque seguramente será lo único que pueda mantener a mi
lado.
—Le das demasiadas vueltas a todo, como un puerco retozando en el
barro.
—Joder, mamá. Te acabo de decir que estoy medio deprimido y me
sueltas que soy un puerco.
—Tú me has preguntado si eres narcisista y yo te digo que no, que eres
un puerco. —Se echó a reír—. Te habrás dado cuenta ya, pero llevo unas
copas de vino de más. Si, s’il te plait, avec deux glaçons. Rosé piscine. —
Risas—. Se dingue d’avoir encore c’est chaleur.
—¿Mamá?
—Sí, perdona, cariño. Estaba hablando con unos amigos. Que estamos
tomándonos un aperitivo antes de salir de ruta. Hemos cogido una casa rural
muy chula, algún día vendremos. Y Tania, tendrías que escucharla hablando
francés. Nunca quiere hablarlo, pero ahora que está con sus primas,
cualquiera la para.
—Me encantaría estar allí. Mucho mejor que estar en este piso, solo, a
punto de empezar otra mierda de año de carrera.
—También hablaremos de eso, pero en otro momento. Ahora te tengo
que dejar que se me aguará el vino.
—Sacrebleu.
—Te mandamos muchos besos. Un momento, te pongo en manos libres.
—Noté el cambio de sonido—. Bisous, bisoussss de touts!
Reconocí la voz de mi padre entre otras tantas desconocidas y me entró
una nostalgia insoportable. Esos largos veranos en Francia… los que me
habría gustado disfrutar con Jolie. Colgué. El silencio y la falta de vida me
dejaron noqueado y me entraron unas ganas locas de salir de allí. Justo
cuando estaba pensando adónde ir, si tomar un camino concreto o vagar por
las calles sin ton ni son, llamaron al timbre.
Cogí el auricular, el corazón se me salía del pecho. ¿Sería ella?
—Soy Litos. Vengo a buscar las cosas de Emilia.
Abrí la puerta, vapuleado por la decepción. Si hubiera sido ella no habría
sabido qué decirle, pero estaba convencido de que habría hecho mucho más
que mirarla como un pelele. Se me hizo violento cuando, en su lugar, subió
un chico moreno de pelo rapado y músculos de gimnasio. Me miró
sacudiendo la cabeza, como si creyera fervientemente que había perdido el
norte. No se molestó en saludar, sino que, a tiro hecho, preguntó si las cosas
de Emilia estaban esparcidas por todo el piso o por el contrario las había
reunido todas en un solo lugar. La primera era la más factible, pero no
estaba seguro. Suficiente trabajo tenía para hacerme a la idea de que ella no
estaba como para fijarme en dónde estaban sus cosas. A decir verdad,
todavía no lo había asimilado. Estaba sumido en un letargo, como si sufriera
de amnesia y tuviera que esforzarme en ubicar todos los recuerdos, ponerlos
en orden y solo así comprender la situación en la que me encontraba.
En varios momentos estuve a punto de preguntar por Emilia, pero la
conversación se reproducía en mi mente de antemano y me hacía sentir
ridículo, al mismo tiempo pensaba que si no la mencionaba parecería un
gilipollas insensible. Preferí ser ridículo.
—¿Cómo está Emilia?
Litos, que había llenado varias cajas y dejado nuestra habitación como si
hubieran entrado a robar, alzó una mirada sorprendida por que tuviera ¿las
agallas? ¿la cara dura? de dirigirme a él; cualquiera de las dos encajaría en
lo que proyectaron sus ojos.
Soltó un resoplido de corte chulesco.
—Ya me imagino. —Me vi obligado a contestar. A lo mejor me llevaba
unas cuantas hostias de regalo. Tanto que me había preocupado en su día
por Lucas y quizá fuera el mejor amigo de Emilia quien acabara por darme
mi merecido.
—Al menos saldrá una buena canción de esto. —Fue lo único que dijo
antes de largarse cargado con las cajas.
Cinco meses antes

ENTRADAS DIARIO DE EMILIA

5 de octubre de 2014

Qué raro se me hace escribir un diario por el final. Digo por el final
porque Laura me lo regaló para llenar páginas contigo, Denian, y ya
no queda nada que añadir a nuestra historia.
Supongo que podría usarlo para hablarte, aunque no lo vayas a
leer, porque me parece que así podré sacar toda la mierda,
echártela encima sin que sepas que lo he hecho. Hace días que me
asalta una pregunta, y me está martirizando. No es «¿me quieres?»,
porque a eso ya respondiste, no con palabras, pero me lo dejaste
claro con tus gestos. La pregunta es: «¿con quién voy a tener lo
mismo que teníamos?».
Déjame profundizar, porque parece una pregunta común cuando
alguien te deja, muy parecida a «¿qué voy a hacer sin ti?», pero no
te equivoques; no tienen nada que ver. Hacer, lo haré todo sin ti,
porque así lo has decidido tú. Con más o menos ánimo, pero lo
haré. En cambio, con nadie podré tener lo que teníamos, porque no
existen dos personas iguales. Esa mierda a la que llaman alma
gemela, eso es a lo que me refiero. No es perder a la persona,
porque no te has muerto, es perder ese hilo que nos unía lo que me
deja un vacío en el que cabe el puto universo. ¿Ahora entiendes por
qué no tienen nada que ver?
A lo mejor tú no lo sientes así, has cortado el hilo y sigues sin
mirar atrás, pero creo conocerte lo suficiente como para saber que
estás tan jodido como yo, lo que pasa es que tienes una resistencia
que a mí me falta: te han criado con amor. No sabes la seguridad
que da eso, no tienes ni puta idea, Denian. Así que tú cortas un hilo
y parece que sigues caminando hacia delante, pero yo no, a mí me
cortan el hilo y me caigo. Se han roto las vértebras de la cordura, y
creo que me estoy volviendo loca. Puede que lo esté, no es como si
lleváramos toda la vida juntos, me queda mucho por vivir, pero nadie
decide con qué intensidad me tomo las cosas que me pasan, me
parece que ni siquiera yo lo decido. Simplemente pasa, como un
huracán que se lleva por delante todo lo que encuentra. Te dije que
te estás haciendo daño, pero todavía no te has dado cuenta. La
resistencia que llevas tiene recorrido, pero en algún momento se
agotará, y verás que nuestro hilo te sujetaba mucho más de lo que
creías. ¿Cuándo será eso? Ahora mismo siento que podría
esperarte eternamente. Te quiero tanto que a veces me parece que
se desborda de su cauce. Por eso hay tantas lágrimas.
Mi madre no sabe qué hacer. Ha guardado todas las cuchillas y
cuchillos afilados que había en casa, para que no añada cicatrices a
mi cuerpo. Pero no me hace caso cuando le digo que no lo voy a
hacer, porque no hay mayor cicatriz que la que me vas a dejar tú.
17 de octubre de 2014

He tenido la tentación de arrancar la página anterior y mandártela


por correo, para ver si te sirve de escarmiento, para que vivas en tus
carnes lo que me estás haciendo sentir. Pero lo he descartado y la
página solo está algo rota por arriba, eso es lo poco que me dura el
resentimiento, solo un pequeño fogonazo, al contrario que a ti, que
parece que ni a los tropecientos años se te gasta.
Un nuevo sentimiento de mierda ha venido a verme hoy. Nos
conocemos muy bien, pero hacía tiempo que no nos veíamos y me
da por culo que haya vuelto a aparecer. Es la culpa. Me siento
culpable de que me hayas dejado. A lo mejor te exigí demasiado, de
manera muy contundente y no era el momento. Tendría que
haberme mordido la lengua hasta hacerla sangrar. Puede que fuera
cosa de mis inseguridades, de la cantidad de amor que me hace
falta para compensar todo el que no tuve, ese que se desterró
cuando se fue mi padre, porque conmigo misma no me valgo. No
me quiero lo suficiente, y pensé que quizá tú pudieras quererme
todo lo que yo no me quiero a mí misma, así como que se me
llenaba un poco el vaso. Por eso lo de la culpa, porque veo que todo
esto es cosa mía y que no es justo que te lo reclamara como un
derecho cuando estabas pasándolas canutas.
Me has llamado y quería cogerlo. No es como si me hubieras
hecho algo imperdonable, ni me has tratado mal, así que como
mínimo te debía eso, descolgar la llamada. Tampoco ha sido el
orgullo, porque no va conmigo; si quiero coger una llamada, la cojo y
punto. Lo que pasa es que me cuesta mostrar mi fragilidad. Hace
tiempo que lo sabes, lo de mi coraza, lo de parecer más fuerte de lo
que soy con lo del mal genio, las contestaciones hirientes y demás,
pero ya hemos superado eso, yo ya no puedo ser borde contigo. Y
es como que no tengo otra coraza a mano, me la tengo que fabricar.
Quisiera decirte todas estas cosas, pero no lo hago porque me
mataría que me dijeras que lo entiendes pero que no, que se ha
acabado. No estoy preparada para oír nada tan definitivo. Mi padre
lo hizo, nos dijo que se iba a vivir a Estados Unidos cuando yo no
estaba preparada para escucharlo, y pensaba que lo había
superado, no caí en que el mal sabor de otro final definitivo podría
hacerme retroceder en el tiempo y volver a ese punto exacto.
Me imagino que me llamabas para saber cómo estoy, me lo dijo
Litos cuando fue a buscar mis cosas. Pues todavía no me he
rehecho. He pasado muchos ratos en el local con él componiendo
canciones, porque cuando las escribes en este estado salen
auténticas maravillas, letras que son todo entraña. Le dije a Litos
que si las echa al público me va a parecer un concierto gore. Pero
no solo estamos componiendo, me ha animado a que toque el
piano, porque ahora está solo, (echó al resto del grupo porque eran
unos gilipollas). Resulta que tiene un colega con contactos en Razz
y me ha propuesto grabar unas cinco canciones para conseguir un
concierto. No toco el piano en serio desde que tenía diez años, y al
principio le dije que estaba flipando, pero no te imaginas lo pesado
que puede llegar a ser, lo cansino, así que acabó por convencerme,
porque necesito una distracción. Estoy pensando en invitarte si nos
dan un hueco en Razz, pero solo lo haré si me siento lo
suficientemente fuerte, si soy capaz de soportar una negativa o una
excusa.
Estoy viviendo en casa de mi madre. Desde que se fue aquel
hijoputa se respira un aire mucho más sano, espiritual diría porque
¡mi madre se ha vuelto hippy! Allá donde la viste, tendrías que verla
ahora, preguntándome continuamente por cómo están mis chakras.
Yo me río porque por mucho que rechace incluir a los chakras en mi
vida, ella insiste en saber cómo están. La verdad es que se ha
convertido en mi confidente, ¿quién lo iba a decir? No recuerdo la
última vez, antes de irme a vivir a vuestra casa, en que pasamos el
rato charlando sin discutir y me siento feliz por poder contar con su
apoyo. Por lo menos tengo algo por lo que estar agradecida, que tal
y como estoy, ya es decir mucho.
Aparte de ser budista y haber dejado de fumar, mi madre dice ser
experta en el tema este del desamor. Lleva tiempo trabajando en
estar bien consigo misma sin necesidad de tener a un tío en su vida,
y está segura de que yo también podré. Que, si de verdad te quiero
debo estar dispuesta a dejarte marchar y, en caso de que nuestro
destino sea estar juntos, lo estaremos. Dice que cuando llega un
punto donde solo hay sufrimiento, ¿qué queda? Amargura. Yo no
tenía ni idea, pero una de las máximas del budismo es que el dolor
es inevitable, pero el sufrimiento opcional. De modo que, según
como ella lo ve, no vale la pena pasarlo así por nadie, aunque seas
el amor de mi vida.
Puedo estar de acuerdo en la base de ese argumento, filosofía o
como quieras llamarlo, pero contigo se me hace imposible ponerlo
en práctica. Todos los días me levanto y lo primero que hago es
coger el móvil y buscarte, todos los días tengo que luchar con la
tentación de pedirte que me aceptes de nuevo en tu vida, así que se
puede decir que estoy escogiendo sufrir. De todas maneras, mi
madre no lo entiende, porque lo suyo fue un amor heroinómano,
tóxico y letal que la iba matando poco a poco, pero el nuestro es
algo que nos hace bien, o al menos nos hacía bien hasta que
cambió. Así que mi problema es que te quiero y a la vez no quiero
dejarte marchar.
23 de octubre de 2014

Estuve leyendo lo que escribí ayer y me he pillado en una


contradicción. No quiero dejarte marchar, pero al mismo tiempo no
contesto a tus mensajes, ni llamadas por miedo a que me dejes
definitivamente. Me parece que estoy siendo cobarde. Y cuando
somos cobardes, dejamos de ver la verdad, solo hay miedos. Así
que aquí me tienes respondiendo mensajes, que es lo máximo a lo
que puedo aspirar sin haberme fabricado aún la coraza. Por lo
menos no oirás la fragilidad de mi voz.
Emilia: Hola, Denian. Estoy bien. Viviendo con mi
madre. Todavía haciéndome a la idea de que no
estás…

Denian: Emilia, te quiero, lo juro, quiero estar contigo,


pero ahora necesito aclararme. Quizá me vaya a hacer
el camino de Santiago. Las llagas serán como mi
penitencia.

Emilia: No sé por qué hablas de penitencia, no has


hecho nada malo. Solo has sido sincero contigo mismo
y conmigo, aunque duela. Espero que el tiempo que
pasemos sin vernos no acabe por hacerte cambiar de
idea. Ya sabes lo que dicen del amor a distancia, que
puede extinguirse.
Este mensaje fue eliminado

Denian: Hago mal en


preguntar, lo sé, pero la
curiosidad me mata. ¿Qué
habías escrito?

Emilia: Si quisiera que lo leyeras no lo habría


eliminado.
Echo de menos que me llames Jolie.

Denian: Lo de notificarte que se ha eliminado un


mensaje es completamente innecesario, solo sirve para
torturar a los que somos unos rayados de la vida. Ahora
no puedo dejar de pensar en todo lo que no me estás
diciendo, Jolie.

Emilia: Hay muchas cosas que no te estoy diciendo.

Denian: Últimamente, cada vez que tomo una decisión,


me parece que es peor que la anterior como si
estuviera jugando a auto destruirme o algo. Eso me ha
llevado a tener miedo a decidir cualquier cosa
importante. Me gustaría que otra persona, que lo ve
todo desde fuera, decidiera por mí. Que me quitara esta
carga. Ese sería un buen trabajo, ¿no te parece?
Encargado de tomar decisiones ajenas. Como un coach
a lo hardcore.

Emilia: He estado a punto de ponerte unas risas, unos


emoticonos divertidos… pero estoy llorando, porque,
joder, te echo mucho de menos. ¿A qué otra persona
se le ocurriría una profesión como esa?

Denian: Propongo que nos escribamos una vez al día,


obligatoriamente, aunque solo sea un hola, porque no
en cada momento sé qué escribirte, pero quiero estar
ahí.

Emilia: Vale. Hasta mañana.


Cuatro meses antes

(NOVIEMBRE de 2014)

DENIAN

No me había matriculado en segundo año de carrera y mis padres no lo


sabían. Básicamente porque había omitido ese dato, del mismo modo que
había omitido las fechas límite de matriculación. Durante un tiempo, que
empezaba a alargarse sin remedio, me las ingenié para no verlos, primero
porque mentirles a la cara requería tener más sangre fría que hacerlo por
teléfono, y segundo porque mi madre me conocía demasiado bien. En
cuanto me mirara a los ojos se daría cuenta de que ocultaba algo y se
emplearía a fondo en sacarme la verdad con la habilidad de un polígrafo.
Así que me inventé excusas.
Tengo conjuntivitis, casi no veo, pero no, no os preocupéis que mi
compañero de piso, el holandés, se ocupa de todo. Dadle recuerdos a mi
hermanita.
¿Os podéis creer que nos han puesto un examen, nada más empezar?
Resulta que quieren evaluar si nos quedaron claros los conceptos del primer
año, menuda gilipollez. Pues parece que salgo de una y me meto en otra, he
pillado unas anginas de tres pares de narices, cada vez que trago es como si
me estuviera comiendo cuchillas de afeitar. Claro que he ido al médico,
estoy con antibiótico. ¿Las clases? No os preocupéis, me pasan los apuntes.
Y, mientras tanto, mis padres me ingresaban la paga mensual a primeros
de mes, con la idea de que estaban invirtiendo en el futuro de su hijo, que
sería un empresario de aúpa.
Sintiéndome como un desertor de guerra, me autoimpuse el arresto
domiciliario para pensar, porque en algún momento tendría que
confesárselo y, cuando lo hiciera, por fuerza tendría que plantearles una
alternativa que no fuera algo como me he puesto a trabajar en un Bracafé
hasta que me aclare las ideas y sepa qué carrera estudiar. Porque ya sabía la
respuesta a eso, iba a ver el orgullo de ambos desinflarse a la vez que mi
padre decía algo como ¿y si no lo sabes en tres o cinco años? Te quedarás
atrapado sirviendo cafés y andarás por ahí con una gorra de Bracafé,
pensando que tener una carrera habría sido mucho mejor, por lo menos sería
más gratificante, pero ya no puedes porque tienes que pagar un alquiler en
la ciudad y tus padres ya no te pasan paga… ¿No me ayudaréis más con los
gastos? Interrumpiría yo, y tras decirles que los trabajadores de esa cafetería
no llevan gorra, mi padre pondría una mueca de disgusto y empezaría a
decir que a ver qué me había creído, si teniendo un sueldo pensaba que ellos
me iban a dar una paga extra. Ese era el acuerdo por estudiar. E-s-t-u-d-i-a-
r. Entonces, mi madre suavizaría y diría que no sacáramos las cosas de
quicio, que le parecía mal que hubiera mentido, pero ahora ya estaba hecho
y quizá lo mejor sería pensar juntos qué carrera podría encajarme. Entre
tanto, Tania preguntaría que por qué era tan malo trabajar en una cafetería,
que a la gente le gusta tomar café y alguien lo tendrá que preparar.
En eso pensaba mientras lavaba la montaña de platos sucios que había en
la pica. Cuando volví a concentrarme en el presente entreví un papel
amarillo en una esquina de la encimera. Era una nota de Koert. Me advertía
de que, si se me ocurría rozar el envoltorio de sus nuevos Phoskitos, habría
consecuencias desagradables en lo relativo a mis desayunos. Arrugué el
papel y lo tiré a la basura, diciéndome que necesitaba escapar a un lugar
lejano, preferiblemente de montaña a replantearme las cosas.
Pensé que podría proponérselo a Mathieu, porque, francamente, había
cubierto el cupo de soledad, y la vida parecía haber perdido el sabor que
tuvo una vez. No tenía ánimos ni para masturbarme y eso era cosa seria,
teniendo en cuenta el tiempo que había pasado desde la última vez con
Emilia; de seguir así lo único que habría visto factible era irme a meditar al
Tíbet.
A Mathieu le pareció una idea excelente. No lo de irme al Tíbet, sino lo
de pasar un fin de semana en un camping que tenía un observatorio de
estrellas. Se me ocurrió que podría ser beneficioso para conectar con mi yo
de la infancia, porque de niño me flipaban la astronomía y los planetas.
La idea de andar por ahí de noche, con las estrellas de sombrero, me
parecía la solución ideal para salir de mi infierno. En cuanto a Mathieu, al
igual que yo, aunque por otros motivos, tenía bastante sobre lo que
reflexionar. Llevaba unos meses viéndose con un tío que había salido de
una relación estable, le doblaba la edad y no era muy dado a tener líos
pasajeros. Por lo visto, el tipo se había enamorado perdidamente de su
garçon y, al contrario de lo que esperaba, esa oportunidad de asentarse era
tan clara que le había entrado el pánico. Él estaba acostumbrado a estar con
gente que no tenía nunca ni idea de lo que quería, que solo buscaba
pasárselo bien, o que fingía querer algo serio y luego se tiraba a otros. Pero
este era harina de otro costal. A la que se distrajera le pedía matrimonio.
Llegamos la tarde del viernes y hacía tanto frío que dejamos lo del
senderismo para el día siguiente. Nos instalamos en nuestro bungalow de
madera, nos dimos una ducha rápida y convinimos que lo mejor que se
podía hacer a esas horas era ir al bar.
El bar del camping era una caseta tipo refugio con vigas de madera
maciza, grandes cristaleras y un espacio para la sala de juegos, que consistía
en una mesa de billar, un futbolín y una diana para los dardos.
Tras servirnos un par de botellines de cerveza, nos sentamos en una
mesa, junto a un ventanal que daba a la parte lateral de un bosque.
—Entonces —dijo Mathieu—, ¿cuál es el objetivo de este retiro? A mí
me parece que tiene un rollo Brokeback Mountain muy molón.
Solté entre un resoplido y una risa que salió principalmente por la nariz.
—No te hagas ilusiones. Estoy perdido, pero mi inclinación sexual no es
lo que me tiene en jaque.
—Eso lo veremos —bromeó, dándole un trago al botellín de cerveza.
—Tampoco es que sea un retiro. Es una huida. A ver si aquí me aclaro,
porque estoy atrapado en un bucle temporal. Cada vez que me mentalizo de
ir por un camino, a mi cerebro le da por vivir el puto día de la marmota y
vuelvo al inicio, o sea, a no saber qué hacer con mi vida. Un día me parece
que estoy superseguro de hacer una cosa, y al siguiente pienso que era una
idea de mierda.
—Es muy jodido lo del bucle, pero por lo menos está en tu mano pararlo,
no es como si tuvieras que hacer tratamiento con medicación y tal.
—Pues hasta lo preferiría. Si con la medicación pudiera cortar esta
mierda…
—No sabes lo que dices.
—Vale, igual no sé lo que digo, porque no he tenido que obligarme
nunca a tomar medicación, pero cuando estoy así, mi vida se pone en pausa
y pasa ante mí como si yo no formara parte de ella y me parece que, hasta
dejo de ser humano, por lo menos te puedo decir que dejo de sentir
cualquier emoción.
—No estarás depre, ¿no? ¿Te cuesta levantarte, ducharte; cosas que antes
hacías de manera automática?
—No.
—Vale, entonces es solo que tienes un lío mental de cojones.
—Es lo que digo.
—Y cuando no hay bucle, ¿cómo son los días?
—Pues es cuando más hablo con Emilia por mensaje y pienso que
dejarla ha sido la mayor cagada de mi vida. Pero no me atrevo a decírselo,
porque luego llega el bucle y vuelvo a dudar de todo. Encima está lo de la
carrera. —Me mesé el pelo con nerviosismo—. No sé cómo decirles a mis
padres que ya no estoy estudiando, que toda esta mierda de las empresas no
va conmigo. No quiero ser uno de esos niñatos pijos que hacen estudios de
mercado, preparan presentaciones de cuotas de producto para enseñarles a
sus jefes cómo controlan, para demostrar que son totalmente merecedores
de sus comisiones y bonus anuales, que mi progreso se limite a ocupar la
silla más alta, cuando a lo mejor eso no es lo que yo entiendo como
progreso; tener que tragarme los valores corporativos sin saber todavía
cuáles son los míos…
Mathieu asintió como si fuera mi terapeuta. Sus rasgos denotaban
comprensión.
—Pues tal y como lo pintas, parece que estás bastante seguro de lo que
no quieres, y eso ya es un avance.
—Ya, pero es una mierda no saber qué paso dar ahora, ¿sabes? Le dije a
Emilia que debería existir la profesión de tomar decisiones ajenas, que
pudiera delegar mis decisiones en alguien, y le pareció adorable.
Mathieu rio de lado.
—¡Venga ya! Tú y yo sabemos que, si alguien intentara decidir por ti, le
dirías algo muy desagradable primero e, inmediatamente después, harías lo
contrario. Además, nadie más que tú puede saber lo que pasa ahí dentro, así
que, lo siento amigo, pero las decisiones jodidas son tu trabajo.
Tenía razón, pero no era capaz de ser consecuente con las posibles
soluciones que se me pasaban por la cabeza. Era como si me estuviera
dando demasiado crédito a mí mismo y a lo que podía hacer en el mundo,
yo que había sido tildado de pasota por Léa, de pronto estaba muy
preocupado por cuál era mi lugar, qué se esperaba de mi existencia.
—Es cuestión de ser sincero con uno mismo —prosiguió— piensa en
qué es lo que te haría más feliz hacer, aunque sea dedicarte a las ventas al
por menor en una tienda de barrio, da igual, ¿qué te motiva? ¿qué te
mueve?
—Yo qué sé. Me interesan muchas cosas. Últimamente he estado
leyendo mucho sobre la filosofía estoica y las cuatro virtudes, y aparte de
que se me hace bastante difícil ponerlas en práctica, sobre todo la parte de
no preocuparse por las cosas que no puedes controlar, tampoco le veo una
salida profesional fácil, me refiero a fácil traducida en dinero.
—Ese es el segundo paso. Primero aclárate con el qué. Lee, investiga, y
luego ya verás lo demás.
—Parece bastante sensato, ¿ves cómo la profesión que te digo tiene
futuro?
—Ah, no. No voy a ser yo quien te diga haz esto o lo de más allá, no me
des la responsabilidad de decidir por ti; yo solo te aconsejo.
—Gracias, tío.
—Para eso estamos.
Entrechocamos los botellines de cerveza, casi vacíos.
—¿Y tú qué? Llevas no sé cuánto buscando a alguien que quiera una
relación estable y ahora que lo encuentras, ¿tienes dudas?
Chasqueó la lengua.
—Ya. No tiene mucho sentido. Supongo que en el fondo soy un
conformista que va de víctima. Y ahora que se me ha acabado la canción,
viene algo nuevo y me hago caquita, porque me parece que ya no habrá
fiestas y pendoneo. La cosa con Jaime es seria y quizá lo sea por mucho
tiempo. Entonces, ¿de qué me voy a quejar?
—Joder, y luego decimos de mí, pero tampoco hay quién te entienda. ¿Se
lo has contado a Léa?
Adoptó cara de culpabilidad.
—¡No me digas que no la has llamado en todo este tiempo!
—Bueno, al principio nos estuvimos escribiendo y tal. Se unió a nuestras
noches un par de veces, en plan mariliendre… pero ya no repitió y a mí me
van surgiendo planes, porque no paro, entre la carrera de Educación Física y
el tema de hacerme instructor de entrenamiento, he ido posponiendo el
hablar con ella y al final se ha perdido bastante el contacto. Y, bueno, cada
vez es más difícil decirle algo porque me siento culpable.
—Todo es cuestión de qué priorizas. Si quisieras verla, la llamarías y
punto. Espero que no haya influido el que lo hayamos dejado, vosotros ya
erais amigos de antes.
—Vale, mamá. Le escribiré nada más entremos en el bungalow. Ahora,
pídeme algo de comer o me voy a desmayar bebiendo cerveza con el
estómago vacío.
Llamé al camarero y pedimos unas tapas. Mientras llegaba la comida,
nos pusimos a hablar sobre el miedo generalizado a salir de la zona de
confort. Aunque nuestra realidad nos hiciera infelices, era mejor eso que
enfrentarse a la incertidumbre.
—Si tú no eres capaz de salir de una rutina desagradable ni yo de
comprometerme con un tío por miedo, no merecemos llamarnos hijos de la
Revolución francesa.
—Poco más puedo añadir a eso. Solo que igual la cerveza te haya subido
un poco, pero está bien. A mí me parece que soy algo como el hijo bastardo
de la Revolución francesa, lejos de Francia y sin saber cuáles son mis
valores.
—Egalité, fraternité, liberté. Empieza por esos valores, que son
gabachos de pura cepa.
Reí entre dientes.
Entretanto nos trajeron las tapas y nos lanzamos a la carga. La
conversación se mantuvo en pausa el tiempo que duraron las patatas bravas
en el plato, que no fue mucho. Después, seguimos tirando del hilo hasta que
el cansancio empezó a dominarme. Se me cerraban los ojos así que
pagamos la cuenta y nos volvimos al bungalow, sin más energía que para
darnos las buenas noches.

Hacía frío, pero habíamos venido preparados. Incluso si al tiempo le daba


por nevar. Aunque por el aspecto del cielo no tenía pinta, éramos demasiado
urbanitas para adivinar si podía girarse el asunto en las siguientes dos horas
y media que duraba la ruta. Por lo menos la habíamos elegido circular. Es
decir que habría que ser verdaderamente gilipollas para perderse. Aun así,
insistí.
—Más nos vale estar atentos a los carteles y no perdernos, porque unos
pixapins como nosotros no sobreviven perdidos más de cinco horas —dije
—. Por lo menos yo no sé nada de lo que se puede comer en plena
naturaleza. Somos capaces de envenenarnos con setas o plantas. Lo de
beber supongo que algún riachuelo habrá; a las malas solo tendríamos que
bebernos nuestra orina hasta que alguien nos rescatara.
—Eres lo más peliculero que ha parido el mundo, ¿lo sabías?
Me reí, porque sí, lo era y lo sabía.
—Oye —dijo Mathieu al rato, cuando dejamos atrás el desnivel y
recuperó el aliento— he estado pensando en lo que hablamos anoche…
—En ¿qué de lo de anoche? Hablamos de mogollón de cosas.
—Lo de la filosofía y eso…
—¿Qué hay de eso?
—Me imagino que debe de haber bastante gente que está perdida y
necesita ayuda para afrontar sus mierdas.
—Supongo, claro.
—¿Qué me dices si esa gente pudiera seguir a alguien experto, un
filósofo que les hablara de valores y principios que puedan aplicar para
mejorar?
—Diría que me suena a secta.
—No, te lo digo en serio. Me parece que hoy en día estamos ahogados en
un mar de información y lo vemos todo desde una perspectiva de mierda
que nos hace infelices. Y a veces, solo con ayudar a cambiar ese foco es
suficiente. Creo que tú podrías ser el tío que enseñara esas cosas. Me vengo
a referir, que no estoy de acuerdo contigo en que no puedas dedicarte a la
filosofía de manera profesional. Puedes ser un youtuber filósofo o algo así.
—No es mala idea —reconocí.
—O sea que he dado en la diana.
—Te lo diré en unos días. Si no se resetea mi cerebro, podré decir que mi
mejor amigo me ha sacado del bucle. Un puto superhéroe serás.
Se carcajeó.
—¿Has pensado en hacerte coach? Podrías llevar a tus clientes por esta
ruta circular y arreglarles la vida, haciéndoles preguntas que dan en el
centro mismo de sus males, como si fueran agujas de acupuntura. De
pronto, ¡patapám! Se curan. Solo ha pasado un día y ya me siento mucho
mejor. Ya me dirás cómo lo has hecho.
—Hombre, es que soy la mejor compañía que te puedas echar, pero
aparte de eso no he hecho nada. Eres tú el que ha salido de la cueva esa que
compartes con el Bigfoot holandés. Cualquiera se volvería loco. ¿Se puede
saber qué haces ahí todavía?
—Ser independiente.
—Masoquista se llama.
—En serio, ¿has pensado en ser coach?
—Sí, seré tu coach de los cojones, pero de nadie más.
Cuando se recuperó del ataque de risa. Juntó las cejas, el puente de la
sabiduría tendría que llamarlo y continuó.
—Ya que me aceptas como tu coach particular, te diré otra cosa: es muy
posible que dejar a Emilia haya sido la mayor cagada de tu vida. ¿Sabes
cómo lo sé?
—Ni puta idea. No sé cómo es posible que lo digas con tanta seguridad.
—Porque se te pone cara boba cuando hablas de ella. Pareces un feligrés
poniéndole velas a la Virgen Santísima. Te lo prometo. Si tuviera un espejo
a mano te lo enseñaría.
Me reí de lado.
—¡Esa cara es la que digo!
Sin duda, fue un día de esos para enmarcar en el recuerdo. Dentro de
unos años me diría «¿te acuerdas de aquella escapada que te ayudó a salir
del angustiante lodo mental?». Además de lo relajante que era pararse a
escuchar los susurros de las hojas de los árboles, reírse a carcajada limpia
con tu mejor amigo, me sirvió para purgar, purgar mierda interna. Y al
purgarla, me conectó con el centro de mí mismo, donde estaban las
respuestas.
Aquella noche, en mitad de la explicación del observatorio, mi móvil
cogió señal y me llegó un mensaje de Emilia. Pensé que no podría haber
llegado en mejor momento, cuando más libre me sentía de mi jaula mental.
Mi corazón aleteó, como si saliera de golpe de un gran letargo. Me invitaba
a un concierto que iban a dar en la sala pequeña de Razzmatazz. ¡Uau!
Empezaban a lo grande.
Me tocaba el turno para mirar por el telescopio y observé la Vía Láctea
hinchada, con una sonrisa que me llenó la cara. Sí, pensé. Iré, por supuesto
que iré, Jolie. Ma Jolie.
EMILIA

Laura no había querido contármelo por teléfono y, con la voz estrangulada


de haber llorado, me pidió que fuera al local, que había pasado algo con
Samara. Una de dos, pensé inquieta, o Samara había cortado por lo sano,
cosa que no me cuadraba, o su familia se había enterado de su relación y
habían montado en cólera.
Resultó ser lo segundo.
El secreto llegó a oídos del hermano de Samara como si fuera un chisme.
Nadie supo quién era la fuente, quizá alguien de la congregación, tal vez el
supuesto aliado que siempre le cubría las espaldas la había traicionado. El
caso es que el hermano la siguió sin que ella se diera cuenta (muy normal
todo) y las pilló in fraganti. Como era de esperar, se puso como loco y
arrastró a su hermana a su Seat León, como si fuera un Capuleto alejándola
de los Montesco.
—Le ha dicho de todo —explicó Laura cuando llegué al local.
Había pasado una hora desde el incidente y todavía estaba recuperándose
del sofoco. Tenía los ojos rojos e hinchados como si se hubiera pasado día y
medio sumergida en agua.
Litos estaba sentado a su lado, dándole apoyo moral.
—Espero que no te haya burxado a ti porque le reviento.
—No ha hecho falta. Os juro que nada más con mirarme se me ha
congelado la sangre en las venas.
Laura encendió un cigarrillo que le tembló en las manos y en la boca, y
expulsó el humo en bocanadas entrecortadas. Ya era duro que te dejara
alguien cuando estabas enamorada, pero que te prohibieran verla, eso tenía
que ser el infierno mismo. No es que Litos y yo pudiéramos hacer mucho
para cambiarlo. Si en la familia de Samara consideraban que las parejas
debían formar parte de la misma comunidad y veían con malos ojos que
tuviera amigas fuera del círculo, era inútil darles una charla sobre
diversidad. Solo podíamos estar ahí, ponernos en su piel y reconocer que la
situación era una auténtica mierda.
—¿Qué vais a hacer? —pregunté.
—No lo sé. Lo poco que he podido hablar con ella ha sido para decirme
que prefiere quedarse en casa hasta que las aguas se calmen. Sus padres no
son como el psicópata de su hermano. Están haciéndole refuerzo sobre la
importancia de los valores. Creen que está confundida, que es algo pasajero,
cosa de la edad. A lo mejor se piensan que si está un tiempo sin verme, se le
pasará, como si fuera un puto resfriado.
—Tampoco va a quedarse toda la vida ahí encerrada —dije.
—De momento no atiende al móvil.
—Si quieres puedo ir yo a hablar con ella —me ofrecí— así podré
informarte de cómo siguen las cosas.
—O yo —intervino Litos—. Mejor que vean a un tío preguntando por
ella —fue bajando la intensidad de la voz a medida que Laura iba negando
con la cabeza—… para rebajar la tensión de los padres, digo.
—¿Acaso eres testigo de Jehová? No podemos hacer nada.
—A lo mejor al final entienden que la felicidad de su hija está por
encima de todo. Puede que acaben por aceptarlo —dije en una nota
esperanzadora.
—Es igual. —Laura se limpió nuevas lágrimas con la palma de la mano
que tenía libre, mientras el cigarrillo se consumía en la otra—. Paso de
seguir hablando del tema. Necesito distraerme. Venga, tocadme algo.
Litos había abordado con desparpajo a su contacto en Razz y le había
pedido que escuchara las canciones que grabamos en el estudio de un
amigo. Cuando ya pensaba que había ignorado su propuesta, el chico le
escribió, mandándole una serie de emoticonos de aplauso y le dijo que le
había conseguido un hueco para actuar de telonero. Como es lógico, Litos
estaba como unas castañuelas y aceptó de inmediato, sin mencionar que no
tenía a nadie que tocara el teclado.
No le quedó otra que pedírmelo a mí. ¿Yo? ¿Tocar delante de no-sé-
cuántas personas en una de las salas de conciertos más reputadas de
Barcelona? Tenía que haberse vuelto loco. Esta vez le costó mucho más
convencerme que la primera. No tenía experiencia, me daba miedo que
perdiera su oportunidad por mi culpa. Pero mis excusas no sirvieron de
nada. El tío seguía erre que erre y no hubo manera de rajarse. Eso sí, nos
matamos a ensayar.
Con Laura como única espectadora, empezamos por los temas que más
nos gustaban. Las notas enmarcaban estrofas de protesta, enfado,
humillación, engaño. No era solo una canción, tampoco las notas eran solo
notas, eran disparos al aire. La voz de Litos salía de la entraña y se rompía
en un desgarro. Laura aplaudió con bastante efusividad para lo esmirriado
que estaba su ánimo. Dijo que había notado un cambio considerable en mí.
Ya no me veía como algo externo al teclado, algo postizo metiendo los
dedazos, sino que tocaba con decisión y mi postura era más relajada. Por lo
menos parecía que me gustaba lo que estaba haciendo. Yo también me había
dado cuenta de que mi cuerpo fluía con la música de un modo más natural.
Como si por fin creyera que podía hacerlo.
—Estáis preparados —dijo Laura—. ¡Estáis a punto de caramelo!
Litos quería cambiarle el nombre al grupo y Laura decía que Esencia
Urbana le parecía que estaba bien. Se enzarzaron en una discusión
chinchona de hermanos y yo me desconecté. Estaba casi más nerviosa por
que Denian me viera el día en cuestión que por el resto, pero no lo dije.
Tanto uno como la otra, acostumbraban a hablar de mis ex con mala baba,
sobre todo si me habían hecho daño. Era algo de pura calaña de barrio, y
con ello creían honrar mi nombre. Eso podía aceptarlo con Lucas, pero no
con Denian. Así que lo más sano para mi salud mental era no hablar de él
para nada.
Al final, quedó decidido: el nombre del grupo cambió a Urbano tune.
—Ahora mismo voy a hacer un logo con el nuevo nombre y a cambiarlo
en redes —dijo Litos y nos dejó solas.
Laura se sentó a mi lado y se puso a fumar.
—Lo haces genial, Mili. No sé cómo te lo montas para ser tan buena en
todo.
—No soy buena en todo.
—En lo importante, sí. Eres una buena amiga. —Soltó una nube de
humo de una manera que podría considerarse melancólica.
—Todo pasará —dije, como si con ello pudiera mitigar en algo lo
sucedido.
—Vais a arrasar en Razz —sentenció—. Arderá el escenario.

Y ardió. Vaya si ardió. El veinte de noviembre de 2014 a las 19:30h Litos y


yo subíamos al escenario copados de adrenalina. Se notaba a la legua que
Litos sabía dar un espectáculo, porque cogió el micro y animó al público a
dar la bienvenida a Urbano Tune. Yo, en cambio, reí con nerviosismo,
colocándome frente al teclado sintetizador como si me lo acabara de
encontrar de camino hacia otro sitio. Miré al público temerosa, y en primera
fila vi a Laura. Estaba hablando con alguien. No. Mierda. No era solo
alguien. ¡Denian había venido! Me temblaban las manos.
¿Qué hago aquí? ¿Qué cojones estoy haciendo aquí arriba? Estuve
tentada a escapar por la parte trasera del escenario. Esa gente no tenía ni
idea de quiénes éramos, ni estaba claro que fuera a gustarles nuestro
material. Durante los ensayos estaba convencida de que las canciones
triunfarían cuando las escucharan, pero ahí arriba, todo eran dudas. Ahí
tocaban grandes grupos, ¿y si éramos mediocres?
Cuando vi a Litos volverse hacia mí, el pánico inundó mis sentidos. Con
la mirada imploró que empezara, que empezara ya. Miré al público, y me
pareció que todos tenían la misma expresión de «a ver qué hacen estos
niñatos», o de «¿a quién se le ha ocurrido poner a estos principiantes en el
escenario? Yo he venido ver a los cabezas de cartel».
Entonces vi a Laura y a Denian, sonreían; confiaban en nosotros. Toqué
la primera nota y lo demás vino de corrido. Para cuando empezábamos la
tercera canción ya se veía a la gente inclinando la cabeza al ritmo del
sintetizador, sonrisas, muchas sonrisas, y alguna que otra palmada. Todo eso
nos subió el ánimo enseguida y, a medida que esa conexión se sentía más
fuerte, nos soltamos más y lo hicimos mejor. Pero no pasó mucho hasta que
tuvimos que dar paso al grupo de verdad, el que la gente había venido a ver.
Litos estaba como si lo hubieran subido a un cohete y lo hubieran lanzado a
la luna y yo confesé que había disfrutado de la experiencia a niveles que no
había anticipado, aunque fuera por primera y última vez. Él me miró
entornando los ojos y una sonrisilla incrédula le bailó en los labios. Por si
acaso añadí que le vendría bien tener a alguien que pudiera cantar con él sin
que hubiera riesgo de que se rompieran hasta los cristales del Palacio del
Retiro de Madrid. Nada. La sonrisa se le quedó en la boca. Me rendí.
Cuando llegamos a la primera fila y me topé con Denian, el corazón se
me salía por la boca. Sus ojos puestos en mí después de una eternidad, los
dientes alineados en esa sonrisa de «me alegro de verte», nublaron mis
sentidos. Y no pensaba hacerme la dura para nada; blandita como el tuétano.
Nos saludamos con torpeza. ¿Dos besos? ¿Uno bien puesto en la mejilla?
Fue una combinación extraña de ambas.
Al final esa sonrisa resultó ser un espejismo. Me felicitó, pero la
magnitud de esa felicitación fue descafeinada, y no tenía nada que ver con
la actuación; parecía contenido. Como si tuviera algo importante que
decirme, pero hubiera echado el freno de mano. De todos modos, yo aún no
había llegado al qué, me había quedado trabada en el cómo. Habría querido
que la magnitud real de su alegría por verme hubiera abarcado toda la
manzana, que hubiera querido abrazarme para siempre.
La decepción me había helado hasta la médula, pero recibí su medio
abrazo y su felicitación vacía como si fuera algo bueno. Le agradecí que
viniera del mismo modo que le hubiera agradecido a alguien presentarse a
una reunión de trabajo a tiempo. Si había venido por compromiso, por lo
que habíamos sido, como si me debiera algo, ¡a la mierda! No podía verme
vulnerable.
Aguanté como una jabata. Durante la siguiente hora me dediqué a darle
unas cuantas paladas de ignorancia para que no se llevara la impresión
equivocada. O más bien, para que no descubriera que detrás de la invitación
se escondía el anhelo de volver. Qué tonta había sido al pensar que se
abriría una puerta si venía. Estaba escrito en su cara: iba a decirme que
siguiéramos en contacto como amigos, y yo no estaba preparada para
escucharlo. Le evité. Bailé con otros. Sus caras se difuminaban en mi
mente, porque solo le veía a él, pero no le miraba. Llevaba un puto nudo en
el estómago que pesaba una tonelada, pero no lo miré una sola vez. ¿Cuánto
más se puede soportar el peso del desamor?
Como era de esperar, Denian se marchó sobre las nueve. Se despidió de
mí como un colega que va a verte al día siguiente, pero ambos sabíamos
que no íbamos a vernos al día siguiente, ni al otro, ni al de más allá. Cuando
se fue, corrí al baño y vomité mi pena en un retrete repleto de papel
embozado.
Laura vino al rescate y sacó ponzoña por la boca sobre él.
—¿Para qué viene si no es para decirte que eres una reina? ¿Que eres lo
más bonito que le ha dado la vida? Se presenta aquí, con esa cara de niño
pijo que no hay quien se la aguante, para decirte que muy bien, nos vemos
otro día. A tomar por culo, el cabrón este. Le metía serrín por la boca, le
daba…
—Por favor, no digas nada más. Guárdate la rabia para el hermano de
Sami, que se lo merece mucho más —dije, limpiándome las lágrimas con la
manga.
Soltó un último juramento y me miró seria.
—Esto del amor no es bueno para la salud. —Sacó un cigarrillo del
bolso.
Chasqueé la lengua.
—No se puede fumar aquí.
—Ay, tía, a veces me parece que es lo único que te escucho.
—Podemos ir fuera…
Pegó una gran calada.
—Estamos tan jodidas aquí dentro como allá fuera. Además, me apetece
recluirme un rato en el baño con mi mejor amiga para hablar de nuestras
mierdas, que no son pocas. No sé cómo será en tu caso, pero yo tengo un
boquete en la barriga que es como si me hubiera atravesado un obús de
esos.
—A mí todo me pesa. Creo que no volveré a caminar con los hombros
rectos hasta que cumpla los veinticinco. —Se me escapó un sollozo.
Nos abrazamos.
—Hueles a vómito, pero te quiero igual —dijo.
—¿Tienes un chicle?
—Yo tengo de tó.
Y rebuscó en el bolso.
Tres meses antes

(DICIEMBRE de 2014)

EMILIA

Pasaron las Navidades como si las viera a través de la ventana de un


vehículo en marcha. El año viejo dio entrada al nuevo. La familia de Laura
y de Litos no era muy extensa, y sus padres habían ido a una fiesta de fin de
año carca a la que no pensaban asistir. Así que, se unieron a mi madre y a
mí en casa y juntos dimos la bienvenida al 2015, vestidos de fiesta,
entrechocando copas de champán con la boca repleta de uvas a medio
masticar, deseándonos lo mejor entre besuqueos y abrazos. Nadie quiso
agriar la fiesta hablando de corazones rotos, solo había lugar para recibir
aires de cambio con olor a canela.
Como el lila de mi pelo había palidecido, le di una nueva pasada en la
peluquería nada más empezar el año y de nuevo sentí como si pudiera
cambiar el mundo a mi antojo. En la agencia me habían encargado la tarea
de organizar viajes a medida a las islas Baleares y a las Canarias para
clientes ingleses y lo había hecho tan bien que me habían subido el sueldo.
De hecho, no volví ni a pensar en hacer el curso de azafatas. ¿Quién iba a
decir que me iba a dedicar a lo mismo que hacía mi madre?
En la academia me animaban a viajar al Reino Unido para practicar el
idioma, incluso a arreglar una estancia más larga para perfeccionarlo. Pero
eso de mudarme a un país extranjero no era algo que me planteara y sabía
que el motivo por el que quería quedarme era más poderoso que yo.
Ese motivo era Denian.
Habíamos hablado poco desde el concierto, así que podría estar en
cualquier lugar y no cambiaría nada. Cada vez que pensaba en él sentía una
fuerte presión en el pecho, se me empañaban los ojos y parecía no haber
otra posición posible que la de hacerme un ovillo en la cama y empapar la
almohada. Era patético. Ni que tuviera una enfermedad degenerativa, joder,
me había dejado un tío. Ya habría otros. Eso decía mi madre. Ella que había
estado con el diablo personificado, que había vendido su dignidad a cambio
de tormento y agonía, me decía que no me preocupara, habría otros. Ahora
no lo ves. Exacto. No lo veía, ni lo quería ver.
En cualquier caso, irme a otro país no arreglaba el problema, era casi lo
mismo que liarse con otro por despecho, sacar un clavo para poner otro. Un
parche geográfico. Ya lo fue cuando me fui a Estados Unidos después de lo
de Lucas y ese dolor no tenía nada que ver con este. Lo superarás, como
superaste lo de Lucas. Y se sorprendían cuando me ponía como una fiera.
No se podía comparar, ni antes ni después. Con Denian sentía que me
habían arrancado algo importante, algo vital. Así que no, no me apetecía
poner distancia real entre nosotros, una distancia que pudiera medirse en
kilómetros. Mientras estuviéramos en la misma provincia, la distancia era
solo relativa. Solo la que nosotros quisiéramos poner.

Una tarde de enero, cuando sales del trabajo y parece que sean las diez de la
noche, llegué a casa con ganas de meterme directamente en la cama sin
probar bocado. Me dolía todo el cuerpo y solo quería dormir, pero mi madre
me animó a sentarme con ella en el sofá a ver el programa de Quién quiere
casarse con mi hijo. Decía que necesitaba unas risas, y las necesitaba de
verdad.
Preparó unas pizzas congeladas de caprese con pesto que me supieron a
gloria y nos entretuvimos criticando a los concursantes. Dije que el
programa debería llamarse quién no debería casarse con mi hijo bajo
ningún concepto y circunstancia y mi madre contestó que, si ella tuviera
que elegir con quién debía casarme yo, sería algo así como el apocalipsis
del romanticismo. Nos carcajeamos por su ocurrencia. Cuando pusieron
anuncios, bajó el volumen del televisor y confesó que estaba interesándose
mucho por la numerología.
—¿La numerología? Y eso ¿qué es? —pregunté.
—Ya verás. Todo lo que somos y lo que nos rodea tiene su significado en
números.
—¿Quieres decir lo del número pi? ¿Que está en la naturaleza y eso?
—Va mucho más allá. El día en que nacemos, el año, todas esas cifras
tienen su influencia en nosotros y depende de lo que sumen se puede saber.
Estaba abierta a escuchar cualquier cosa, aunque fuera mística, pensé que
me vendría bien mezclar unas risas con un poco de magia para sacar la
cabeza a flote. Mi madre cogió papel y boli y empezó a escribir números y
a hacer sumas.
—Tú naciste el siete de marzo del noventa y seis a las cinco y cuarto de
la mañana. Fue un buen parto, todavía me acuerdo como si fuera ayer,
parecía que tuvieras ganas por salir ya al mundo y no tardaste ni dos horas
desde que rompí aguas.
Lo sabía. Ya me lo había contado, pero esa noche, con el dolor por
Denian todavía en la superficie y, en contraposición, lo bien que me estaba
sentando que mi madre me arropara, me emocioné. Qué curioso que hubiera
tenido tantas ganas por salir al mundo y al crecer hubiera querido volver por
donde había venido. Las cicatrices en mi brazo estaban ahí para
recordármelo.
—O sea que, si lo sumas: siete más tres, más uno más nueve, nueve y
seis da treinta y cinco, y luego sumas también los dígitos de ese resultado,
da ocho. En el camino de la vida eres un ocho y eso significa que eres una
persona con una personalidad arrolladora… la verdad es que en eso lo clava
bastante, perdona que te diga. —Compuse una mueca y prosiguió sin hacer
caso—. Tienes capacidad para liderar y para manejar poder y éxito, o sea
que eres una triunfadora, hija.
—No me siento para nada como una triunfadora.
—Eso lo piensas ahora porque estás como estás, pero en cuanto te
rehagas vas a llegar muy lejos. Te lo digo yo.
—Pero me lo dices porque eres mi madre.
—Y porque ¡eres un ocho!
Puse los ojos en blanco, pero sonreí al mismo tiempo. No pude evitar
pensar en que faltaban pocos días para el cumpleaños de Denian. ¿Qué
número sería él? ¿Encajábamos? En ese punto, nada iba a convencerme de
lo contrario, pero sentí curiosidad por saber cómo le definirían sus números.
—Y, ¿qué hay del diecinueve de enero del noventa y cinco? ¿Qué
número sería?
Escribió las cifras debajo de las mías y las sumó. Abrí los ojos por la
sorpresa. También daba treinta y cinco, por tanto, era un ocho como yo.
—También ¡un ocho! —confirmó ella.
—Sí, ¿qué pasa? ¿Es malo?
—No. Tenéis el mismo camino de vida, qué coincidencia, ¿verdad?
—Pero eso ¿qué quiere decir?
—Que tenéis personalidades parecidas, una manera muy similar de
proyectar la vida. Pero ojo, que es capricornio y la personalidad masculina
de este signo es muy peculiar, son muy especialitos.
—¿En qué sentido?
—Que son muy suyos. A veces pueden quedarse atrapados en sus líos
mentales, como si tuvieran un laberinto aquí dentro —dijo, llevándose la
mano a la cabeza— es difícil pillarles el rollo, ¿sabes? —Hizo una pausa—.
¿A qué viene esa cara?
—No, nada. Solo estaba pensando que siempre he creído que hay que
tener una fe ciega para creerse todas estas cosas, pero has acertado bastante
en todo lo que has dicho y… bueno, no se lo podría contar a Denian porque
a él todas estas cosas le ponen de un humor un poco raro.
Mi madre me miró interrogante.
—Tiene una explicación. Una mujer le leyó la mano, pero resulta que
cuando le estaba leyendo una de las líneas, se asustó y no le dijo lo que
había visto. Y aunque no cree en estas cosas, se quedó un poco tocado.
—¿Qué línea era? —preguntó, como si acabara de decirle que Denian
había sufrido un accidente.
—No me lo dijo. Es que tampoco quiso hablar mucho del tema.
Le conté todo en más detalle, para que tuviera el contexto y llegara a la
misma conclusión lógica de que lo de la lectura de la mano había sido una
estrategia para despistarlo. A lo mejor la mujer ni siquiera tenía ni idea de
hacerlo. Mi madre no se quedó convencida, aunque evitó profundizar. Noté
que lo hacía para que no me preocupara más de la cuenta y en lugar de
seguir la conversación me dijo que se había hecho tarde y estaba cansada.
Quizá para dar menos importancia de la que mi instinto quería darle, me
quedé con lo bueno: Denian y yo teníamos el mismo camino de vida, una
visión similar del mundo y daría lo que fuera por poder recorrerlo juntos.
Dos meses antes

19 de enero de 2015

Hoy es tu cumpleaños y el día se me ha echado encima como un


chaparrón de desesperanza. Quiero felicitarte, pero no dejo de
pensar en que ha pasado demasiado tiempo para que haya
posibilidades entre nosotros y duele. Duele como si alguien se
hubiera estado dedicando a clavarme alfileres en el corazón poco a
poco, para que note cada pinchazo.

Llevo un tiempo pensando en cómo es posible que hayas salido


indemne de esto y todo lo que se me pasa por la cabeza me
angustia porque creo que me mostraste algo que no era de verdad y
los motivos que se me ocurren no te dejan bien parado. A lo mejor
mi madre tiene razón, que eres capricornio, raro de cojones, que lo
llevas todo por dentro y no hay quien te entienda. Sientes una cosa,
actúas de otra, o actúas de una, pero sientes algo completamente
diferente. Y a ti aún te parece que eres sencillo, o por lo menos
decías que Léa era demasiado complicada en comparación a ti, que
eres un tío, y claro, los tíos son sencillos. Nosotras, las tías, somos
complicadas. Déjame decirte que eso de ir catalogando tiene un
componente frívolo que me disgusta, pero a la gente parece que le
ayuda. Denian es un varón capricornio, su camino de vida es un
ocho, y anda por la ahí diciendo que es sencillo, la mar de
transparente, cuando su mente es lo más críptico y opaco que ha
dado el mundo. No quiero odiarte, solo es un mecanismo de
defensa que estoy desarrollando para protegerme de lo que no
seremos.
Son casi las ocho cuando decido felicitarte de todas maneras, por
mensaje, claro, porque si te llamo lloraré seguro. Soy escueta y digo
algo tan obvio como que has pasado a otra década. Enseguida me
siento imbécil por haberte dicho algo tan impersonal y estúpido, pero
no lo borro, para que no te rayes pensando en qué había escrito y
todo eso.

Cuando lo lees, me llamas. Me paso un buen rato valorando si


descolgar o no, pero al final cojo la llamada.
—Esto es lo que se llama transmisión de pensamiento —dijo. Su voz
sonaba diferente, vívida, recompuesta y alegre—. Justo estaba pensando en
ti.
—Estamos conectados. —Una vocecita interior maldijo por decir esa
gilipollez.
—No sabes hasta qué punto.
¿Por qué decía eso? ¿Qué pretendía? Quise colgar, para aliviar esa
presión en el pecho. Me picaban los ojos. Menos mal que no me ve. Tenía
una pinta horrible.
—Pareces contento. —Mi voz sonaba huérfana de cariño.
—Es que lo estoy, porque me has escrito y estamos hablando.
Silencio.
—Pues eso: felicidades.
—Gracias. Sí… he pasado a otra década, y me parece que he tenido ya la
crisis de los cuarenta, así que imagínate lo viejo que me siento.
—Entonces, ¿ya la has pasado? La crisis, digo.
—Sí. He vuelto a casa de mis padres con el rabo entre las piernas. —
Hizo una pausa—. Suena muy mal —reconoció, riendo con ironía.
También reí, pero la risa era la de un espíritu atrapado en el mundo
terrenal.
—Y ¿la carrera? —pregunté.
—Ya te contaré.
—Vale.
Silencio. Preparando jugo de bilis para echarlo por la boca en cuanto
colguemos. Mi pecho subía y bajaba demasiado rápido para poder seguir
hablando de manera normal. Tenía que acabar con aquello, despedirme
rápidamente.
—El otro día en el concierto —dijo antes de que tuviera tiempo de poner
fin a la llamada—. Me pareció que no querías hablar conmigo, por eso
estoy tan contento de que te hayas acordado de mí y de que me hayas
escrito. La verdad es que llevo desde ese día pensando en todo lo que quiero
decirte y, cuando me ha llegado tu mensaje, me has pillado a punto de hacer
lo que he decidido que me gustaría hacer para mi cumpleaños.
—Y ¿qué es? —Tuve que respirar varias veces antes de preguntar eso.
Sonó el timbre de casa.
Aparté el teléfono de la oreja.
—¡Mamá! Abre tú, que estoy al teléfono.
Escuché la voz de mi madre en la distancia, preguntando quién era.
—Solo quiero una cosa para mi cumpleaños —dijo y se cortó la llamada.
¿Me había colgado? Me pregunté, mirando la pantalla extrañada.
Cuando estaba pensando en si volverlo a llamar, mi madre se acercó por
detrás, como la vieja del visillo, y me dijo que Denian estaba subiendo. El
pulso se lanzó a la carrera y me siguió los pasos hasta el pequeño vestíbulo.
Denian salió del ascensor y juro que las rodillas perdieron un poco de
entereza. Me agarré al quicio de la puerta, con una sonrisa que atravesaba el
edificio.
—Verte —dijo.
Y sus palabras escarbaron mi piel, la carne y entraron hasta el fondo,
sacaron calor de dentro, por los poros hacia fuera y con la mirada nos lo
dijimos todo. Mis labios no supieron hacer nada más que buscar los suyos,
que beber de los suyos porque el amor no me cabía, tenía que darlo. Y él,
como un recipiente, se llenó de él, y luego me lo entregó a mí, hasta que nos
fundimos. Mi madre, que no se esperaba ese arrebato y menos tan de
sopetón, soltó un grito ahogado de sorpresa y de regocijo y se perdió por el
pasillo.
—Hasta hace un momento pensaba que no volvería a pasar —dije. Y si
no pasaba se me iba a consumir el cuerpo, fue lo que me callé porque me
pareció un poco pronto para ir con esas.
—Te quiero. —Me dio besos por toda la cara, como si quisiera
repartirme pecas—. Te quiero tanto, Jolie.
Y esto cicatriza en la carne. Pero lo hace para bien. Es el tipo de cosa que
llega nítida hasta la vejez. Puede arrugársete la cara, espesarse la sangre en
las venas, pero ese momento está fotografiado en mi mente hasta que se
atrofie también.
—Y yo, Denian. No he dejado de quererte nunca.
Nos abrazamos. Encajé mi cabeza sobre su clavícula y él recostó la suya
sobre mi coronilla, como si estuviéramos afianzando algo que se había
soltado, algo que no tenía que desprenderse. Pero a veces hay temporales de
mierda que rompen filamentos, aunque se vean resistentes, aunque lo
parezcan.
Varias preguntas rondaron por mi mente. ¿Qué le había hecho cambiar?
¿Por qué le había llevado tanto tiempo? ¿Cómo podía estar segura de que
esta vez era de verdad? Pero en lugar de hacérselas, acepté su proposición
de ir a cenar a un restaurante italiano del casco viejo de Barcelona, y me
subí a su moto, mansa como el ganado. A lo mejor me estaba engañando a
mí misma y todo acababa en un callejón sin salida, pero me dejé llevar,
decidida a priorizar mi felicidad por encima de cualquier otra cosa.
Me pegué a su espalda y nos abrimos camino en la carretera. La
conducción de Denian era mucho más prudente que la de Lucas, era curioso
pensar en cómo el modo que tenían de moverse por carretera se parecía a su
carácter. Con Lucas sentía el peligro, con Denian, seguridad. El viento
sacudió mi cabello lila y me pareció que también me libraba del peso que
me había acompañado los últimos meses, para dejar en su lugar un manto
de nubes esponjosas.
Llegamos al restaurante a la hora exacta de la reserva y Denian bromeó
sobre ello, preguntándome si en el intervalo de tiempo en que habíamos
estado separados, había progresado en el asunto ese de la puntualidad. En la
misma línea de cachondeo, le dije que era culpa suya por haberme venido a
recoger pronto y me alegré de que se lo tomara a risa. En los últimos
coletazos de la relación, le había dado demasiada importancia a chorradas
como esa y me había hecho sentir como si yo tuviera diez años y él treinta y
cinco.
El restaurante era un sitio romántico, con velas encendidas en las mesas
y una separación aceptable entre ellas. Cuando estuvimos sentados le pedí
que me explicara qué novedades tenía porque, desde que había subido a
casa, reconocí en él esa expresión impaciente de quien tiene mucho que
contar, pero espera a estar en el momento adecuado para soltarlo todo de
una vez, sin coger aliento. Así era él.
—Pues oficialmente estás hablando con un estudiante de Filosofía sin
futuro —dijo con naturalidad—. Me admitieron después de que empezaran
las clases, yo creo que para no escucharme, porque estaba desesperado. Si
no me llegan a admitir, no sé qué habría hecho hasta el próximo año. Y lo
de «sin futuro» no lo digo por mí, sino por mi padre. —Soltó un bufido—.
Ahí donde lo ves, tan moderno y tal, para esto es muy estricto. Dice que es
una pérdida de tiempo, que ninguna empresa me va a pagar para escuchar
ideas existenciales.
—Es solo su manera de preocuparse de ti. Yo creo que es lo tuyo. Ya te
lo dije —añadí un poco pagada de mí misma—. ¿Cómo fue que te
decidiste?
—Es una larga historia, pero Mathieu ha ayudado bastante.
Asentí sin intervenir, porque me gustaba escucharlo hablar. Apenas sin
hacer pausa continuó:
—Definitivamente no quería convertirme en un tío que se marchita
detrás de un escritorio —rio por lo bajo—. Tendrías que haber visto la cara
que puso la de la matrícula cuando me presenté allí otra vez, con la enésima
estrategia para que me admitieran. Preparé un paper sobre cómo considero
que influirá la filosofía moderna en un futuro. Antes de leerlo me dijo que
ya me habían admitido, pero se lo dejé de todas maneras, ya que me lo
había currado… al final nadie me dijo nada sobre eso. Creo que la mujer se
aburrió de mí y lo tiró a la papelera.
—¿Y tu madre qué opina?
—Cree que tiraré de mi imaginación, que ya habrá tiempo de pensar la
vía por la que lo saque. Y Tania todavía no entiende a qué se dedican los
filósofos. Piensa que son personas que se pasan el día sentadas en un banco
con la mirada perdida. Te puedes imaginar lo que le divirtió a mi padre
escucharlo.
Me reí con ganas, imaginándome la escena.
—Si te soy sincero, cuando volví a casa me sentí como si fuera un inútil
profundo, pero creo que me ha servido de escarmiento. Lo mejor de haber
vuelto es Tania y por más que lo pienso sigo sin entender que aguantara
tanto conviviendo con Koert después de que tú… ya sabes… —se
interrumpió y apresuradamente agregó—: echaba de menos a la renacuaja.
No comenté nada sobre nuestra convivencia en pareja, porque odiaba
aquel piso y todo su contenido, inclusive a Koert. Pero sí hice referencia a
Tania, porque también la había echado de menos. El pensar que no la vería
más cuando había sido el nexo entre nosotros, cuando la quería como a una
hermana pequeña, era otra de las cosas que me habían entristecido a niveles
inimaginables.
Con una sonrisa satisfecha, Denian cogió la carta y me recomendó que
pidiera la pasta rellena de pera a la gorgonzola, que él me dejaría probar los
gnocchi a la trufa. No tenía ganas de prestarle atención al menú, así que se
lo pedimos al camarero cuando se acercó a tomar nota. Después, estuvimos
un rato mirándonos con la sonrisa boba de las primeras citas, pero no como
al principio, cuando estábamos explorando los recovecos de nuestra
personalidad, sino con un punto de maduración, ya conocíamos dónde
quedaban los lugares comunes y ansiábamos volver a ellos.
—¿Cómo va con Litos? ¿Pensáis hacer más bolos?
—¡Qué va! Fue cosa de una vez.
—Pues es una pena, porque tenéis talento.
El camarero nos sirvió agua en las copas y la cogí a toda prisa. Tenía la
boca seca.
—En mi caso, yo no diría tanto. Él ya se las arreglará sin mí. Quien me
preocupa ahora es Laura.
Le conté lo que había pasado con Samara, que volvía a estar en contacto
con Laura por mensaje, desde una tarjeta de prepago que había comprado a
escondidas. Pero todavía no se habían visto. Entretanto, llegó la cena y eso
ayudó a rebajar el dramatismo que había tomado la conversación.

El reencuentro fue en el local, sobre un nido de cojines de plumas y nórdico


que habíamos comprado entre todos. Encendí la luz violeta que solía
iluminar el escenario cuando nos poníamos tiernos, y eso hizo que nos
brillara el cuerpo desnudo como si estuviéramos en el país de las
maravillas. Hacerlo con él después de tanto, la sensación de perder pie, de
goce al sentir el vaivén dentro de mí, de electricidad cuando nos desbordó
el éxtasis entre las ingles, fue como acampar en las nubes.
Denian dejó el preservativo en un rincón y nos quedamos echados en un
lazo de piernas y brazos.
—Confieso que lloré después del concierto —dijo.
Levanté un poco la cabeza para mirarlo. Tenía la expresión contraída,
como si nada más hablar de ello hubiera vuelto al mismo punto y le
avergonzara. Apretó los labios.
—Pensaba que te había perdido.
Me vi reflejada en sus ojos azules, brillantes por la emoción. Quería
verme siempre en esos ojos y que ninguno de nosotros tuviera que
preocuparse por perder al otro.
—Creo que no me he arrepentido tanto de nada en mi vida. Cuando lo
pienso, te juro que me daría cabezazos contra la pared hasta perder el
conocimiento.
—No lo pienses —susurré. Le di un beso en el perfil de la mandíbula—.
Ahora tenemos todo el tiempo del mundo.
Un mes antes

(FEBRERO de 2015)

DENIAN

La cosa marchaba. Y por cosa me refiero a mi vida. Era como si los


engranajes que me habían hecho funcionar en el pasado se hubieran
averiado y no hubiera sido suficiente con engrasarlos; había sido necesario
un cambio total de las piezas. Iba motivado a las clases y tomaba apuntes
con un fervor que parecía que estuvieran hablándome los ángeles. Más
tarde volvía a casa, ayudaba a Tania a hacer los deberes y quedaba con
Emilia para pasar el resto del día juntos, como había sido antes de que se
torciera.
Desde luego, habíamos salido reforzados tras la ruptura. Nos había
servido para darnos cuenta de que habíamos ido demasiado deprisa, con una
ilusión que nos parecía indestructible. No teníamos asumido que, a pesar de
que nos siguiéramos queriendo, cabía la posibilidad de que lo nuestro se
desmoronara. No es agradable encontrártelo de cara cuando estás tan
tranquilo sobrellevando tus días. Pero habíamos vuelto con esa lección
aprendida, siendo conscientes de que no podíamos ni aspirábamos a
controlar las inclemencias que pudieran sacudir la base de nuestra relación.
Y, mientras estuviéramos juntos, haríamos lo mejor de ello.
Dicen que un día estás aquí y al siguiente no sabes dónde estarás, así que
más vale no pensarlo demasiado, porque la parte de dónde te gustaría estar
te obliga a mirar hacia delante y ahí es cuando te comes el presente. Los
últimos meses había gastado tanta energía pensando dónde quería estar,
que, al encontrarme por fin ahí, no quise dedicarle ni un gramo de
pensamiento a nada que estuviera más allá de las cinco horas siguientes. Por
eso cuando Emilia me contó aquella tarde en la cafetería lo que pensaba
hacer con sus amigas en marzo, me costó más trabajo de lo habitual
hacerme a la idea.
—¿A Dublín?
—Cinco días —dijo, entusiasmada.
Al parecer Samara tenía un familiar allí, la prima de su madre, de
mentalidad mucho más abierta, que le había ofrecido instalarse en la ciudad
con Laura. Sus padres no sabían la parte de Laura, ni que fuera un viaje a
largo plazo, evidentemente. Igual que la familia de Samara, esa prima tenía
un negocio, una pequeña librería-cafetería en el centro. Andaba buscando
personal porque quería abrir una segunda en una localidad vecina y le
encajaba a la perfección poder contar con una persona de confianza.
Además, pensaba mudarse con los suyos a una vivienda más grande en esa
otra localidad, por lo que podrían arreglarlo para que su piso quedara
disponible para ellas. Era una de esas oportunidades que llegan justo en el
momento oportuno y, lógicamente, no querían dejarlo pasar. Pero, había
algo en toda aquella historia que no me cuadraba.
—Samara ¿habla inglés?
—Más o menos, pero ya lo aprenderá.
—Supongo que no querrán que vayas para involucrarte en eso, ¿no?
Porque tú sí que tienes nivel para hablar con los clientes.
—Qué va. Me lo propusieron como viaje de amigas y yo me muero de
ganas de practicar lo que he aprendido.
La miré receloso.
—No me malinterpretes, me parece genial que vayas y que practiques
inglés, como si son dos semanas, o tres; solo me da miedo que no quieras
volver.
—Que no —dijo, apartando la idea de un manotazo.
Pensé en qué diría ella si le propusieran trabajar en la librería mientras
Samara aprendía inglés, pero no se lo pregunté porque no quería meterla en
el compromiso de tener que imaginárselo y tomar una decisión hipotética.
Tampoco me gustaría que me lo planteara a mí si estuviera en su lugar.
—¿Ya tenéis el billete? —pregunté en un tono más acorde a su emoción.
Asintió y dijo algo en inglés que se traducía como un «¿por quién me
tomas?».
Le revolví el pelo lila con cariño y la besé. En una sola mirada
comprendimos qué queríamos hacer a continuación y pedimos la cuenta.
Emilia sacó su cartera y con orgullo se ofreció a pagar, dijo que yo era su
filósofo mantenido y quería malcriarme.
—Mira quién habla de mantenerme —dije, señalando las pésimas
condiciones en las que se encontraba su cartera. Era de piel sintética negra,
pero presentaba tonalidades grises en las partes en las que se había pelado.
—Hace mil que quiero comprarme una, pero no encuentro nunca el
tiempo.
—El tiempo siempre te gana la batalla. —Le sostuve la barbilla con
delicadeza.
Mi Jolie y su adorable caos, que iba a caballo entre el despiste y la falta
de noción del tiempo. Ahí me encontraba yo de nuevo, en un rincón de ese
caos, acomodándome donde quisiera que quedara espacio.

Se me ocurrió que a Emilia le vendría bien tener una cartera antes del viaje
y me di una vuelta por el centro comercial la Illa, buscando una tienda
donde vendieran carteras que no se pelaran en dos días. Nada más atravesar
la puerta automática se me reveló con claridad la diferencia desde la última
vez que había estado allí, el noviembre de hacía dos años. Esta vez había
acudido porque quería sorprender a mi novia con un regalo, no porque me
sintiera obligado a tener un detalle con ella para atenuar su mal humor.
Pasé a toda prisa junto a la tienda de juegos de la que salió Lucas aquel
día cuando me invitó a su cumpleaños, no fuera que, por azares de la vida,
me lo volviera a cruzar. Sin embargo, no logré deshacerme enteramente de
su recuerdo hasta que entré en la tienda de bolsos y la dependienta se acercó
para atenderme.
Tropecé varias veces con las palabras, como si fuera un tartamudo
auténtico, pero me recompuse a tiempo para demostrar que no tenía
problemas con el habla y le dije que estaba buscando una cartera para mi
chica. La dependienta me enseñó un surtido de carteras de que encajarían
perfectamente en el perfil de edad octogenario. Traté de explicar que, dentro
de una línea juvenil, mi novia prefería los tonos oscuros a los vivos y que,
aparte de su pelo lila, no le gustaba llevar nada que destacara. Finalmente,
la dependienta me enseñó una cartera negra decorada con una hilera de
pequeñas tachuelas que me pareció más adecuada para lo que ella solía
tener y le pedí que la envolviera para regalo.
Quería regalársela por su cumpleaños. Me apetecía buscar un lugar
íntimo para celebrarlo, idealmente un hotel que tuviera al menos tres
estrellas, pero aún no había dado con nada que me convenciera del todo. El
observatorio de estrellas al que había ido con Mathieu habría sido una
buena opción, pero estaba completo.
Llegué al parking donde había dejado la moto y, en una sucesión de
ideas interconectadas, caí en un dato importante que se me había pasado por
alto. De pronto, no había lugar más idóneo que aquel. Aunque tuviera que
pedir un favor y enfrentarme a la acusación de tener más cara que espalda,
en mi familia me habían enseñado que para conseguir las cosas había que
echarle morro, así que llamé a Mathieu.
Tras ponernos al día sobre unas cuantas cosas y confirmar que
continuaba viéndose en serio con Jaime, dejé caer el tema.
—Dijiste que la familia de Jaime tiene una casa rural cerca de Vic, ¿no?
—Sí. La alquilan por temporadas. La verdad es que es un dinerillo extra
que no nos viene nada mal.
—No estará alquilada por casualidad el fin de semana del siete de marzo,
¿verdad?
—No lo sé. Tendría que echar un ojo. ¿En qué estás pensando?
—Pues Emilia se va de viaje con las amigas y quiero sorprenderla para
su cumpleaños. Se me ha ocurrido que podríamos celebrarlo en la casa rural
de Jaime. O sea, si a él le parece bien, porque si no, puedo…
—¡Me encanta la idea! Podríamos comprar calçots, que ahora es época y
hacer una barbacoa. A Jaime le parecerá genial, siempre que no esté
alquilada, claro… porque es el sitio perfecto para reunirse.
Me di cuenta de cuál había sido mi error. Celebrar un cumpleaños,
normalmente implica a más gente. Además, la segunda persona del plural
«podríamos» daba lugar a confusión. Desde el principio me estaba
refiriendo a Emilia y a mí, pero la casa era de la pareja de Mathieu, con lo
que era lógico pensar que los incluía a ellos. Por otra parte, una casa rural
de, quizá cinco o seis habitaciones, estaba pensada para grupos. Llegados a
ese punto, corregir ese malentendido iba a quedar mal, de modo que
continué con la conversación como si esa hubiera sido mi idea desde el
principio.
—¿Quiénes seremos? —preguntó.
—¿Qué capacidad me dijiste que tenía?
—Tres habitaciones dobles y dos individuales, cada una con su baño.
De la idea original a ir solo con Emilia, tuve que pensar en añadir a más
gente, y, para hacerlo redondo, debería incluir a sus amigos, que, a juzgar
por cómo me habían hablado durante el concierto, me odiaban a más no
poder.
—Denian, ¿estás ahí?
—Sí, sí. Estoy pensando. —Hice una pausa y, muy a mi pesar, dije—:
seguramente a Emilia le haría gracia invitar a Laura, Samara y a Litos.
—¿El cachitas que canta?
—El mismo.
—Uy, a ver si a Jaime se le va la vista.
—No te tenía por celoso.
—Ya. Normalmente no, pero con Jaime estoy como híper paranoico,
¿sabes? Es como tan perfecto que no quiero que nadie me lo toque. —Se
echó a reír—. Todavía no sé qué hace conmigo.
—Primero no te decides y ahora esto. Deja de ser tan inseguro ya. Está
contigo porque eres un encanto, es imposible no llevarse bien contigo,
tienes sentido del humor y eres un tío la mar de noble.
—Me estás subiendo los colores. También soy un cotilla. Es mi defecto.
—Eso es porque pasaste muchas temporadas de verano en el pueblo de
tu madre y se te metió ahí hondo.
—Puede ser. Hablando de cotilleos, después de tanta insistencia por tu
parte, he vuelto a tener contacto con Léa. Se está viendo con un tío casado.
Pero solo lo sé yo.
—Y ahora también yo. Anda que has tardado en rajar.
—Sé que tú eres una tumba…
—¿Por qué me lo cuentas?
—Porque eres el único amigo que tenemos en común y si me lo
guardaba más podía explotarme el pecho. Lo sé, soy mierda pura con esto,
pero tenía que contárselo a alguien. Resulta que es un abogado de esos que
ganan pasta, lo conoció en la universidad y surgió la cosa. Ella dice que
solo es un entretenimiento, no quiere nada serio, por eso dice que no le
importa que esté casado. Porque además parece que el matrimonio no va
bien, pero, agárrate, porque, como tienen un hijo pequeño en común, al
hombre le sabe mal divorciarse.
—Ya, le sabe mal pero no tanto como para dejar a Léa.
—Eso le dije yo…
—Cuando te pedí que mantuvieras contacto con ella no era para que me
contaras su vida —le interrumpí.
—Vale, vale. Debes ser la única persona que conozco que no quiere oír
cotilleos. Nunca me pides detalles de nada.
—Pero tú me lo cuentas igualmente.
—Pues nada. Volviendo a lo de la barbacoa, te digo algo enseguida que
lo hable con Jaime, pero cuenta con ello. Aunque esté reservada, si hace
falta nos inventamos una milonga. ¿Tenéis todos cómo llegar?
—Nosotros iremos en moto y los demás supongo que en coche.
—Te paso la dirección en breve. Nada, como mucho está a una hora y
media de Barna.
A los diez minutos de colgar, Mathieu creó el grupo «barbacoa Friends».
Seguidamente me pidió el contacto de los amigos de Emilia. Sonreí.
Cuando ponía la directa no había quien lo frenara.
Dos días antes

(MARZO de 2015)

EMILIA

Laura, Litos, Denian, Mathieu y Jaime alzaron las copas rebosantes de cava,
a punto de desbordarse y brindaron. A pesar de la fatiga que me había dado
el atracón de calçots y la salsa de romesco con pan de payés, el compás
desatinado de sus voces me dio un chute de alegría revitalizante. El sol que
entraba en horizontal en el porche daba una ligera idea de lo que se había
alargado la sobremesa, y me obligó a entrecerrar los ojos.
«¡Que hable! ¡Que hable!» exclamaron, dando golpes en la mesa como
hooligans en las gradas. Sonreí de medio lado, achispada por el alcohol.
—Se me dan bastante mal los discursos, ya lo sabéis. Me perderéis el
respeto después de escucharme.
Dicho esto, se pusieron a aplaudir como locos, aceptando lo que acababa
de decir como discurso y no pude hacer otra cosa que reírme a carcajadas
primero y pensar en algo mejor que añadir después.
«¡Que lo intente!» «¡Que lo intente!».
—Vale. Lo voy a intentar.
—Teniendo en cuenta que odio los discursos, aviso: de esta me voy a
vengar —rieron— no hay nada que me haga más feliz que pasar un par de
días con la gente a la que quiero, a falta de Samara. Así que gracias por
estar ahí siempre. Ya está. —Alcé la copa y bebí.
Aplaudieron y vitorearon, como si lo que había dicho hubiera estado a la
altura de una charla de Harvard.
—¡Ah! Y gracias a Jaime por la casa. Está de lujo.
Alzó su copa de vuelta.
—Cuando queráis.
Denian me miró de esa manera tan suya que denotaba seguridad en sí
mismo y un punto de sofisticación, como si fuera el gran amenizador de una
gala de etiqueta. Acercó sus labios y me besó con la alegría desmedida que
conceden las fiestas. Me había vuelto una experta en la interpretación de sus
besos. La presión que ejercía a partir de cada uno de ellos tenía para mí
distintos significados. Desde la satisfacción rutinaria de tenerme a su lado,
la tenacidad de afirmar que esta vez sí, que era la vencida, el dulce roce de
estar acariciando lo codiciado, hasta la confirmación salvaje de lo mucho
que desearía comerme. Todos y cada uno de esos besos se grababan en mi
memoria y sacudían mi interior con la influencia que la luna tenía sobre el
mar.
—Entonces ¿sois amigos desde niños? —preguntó Jaime, mirándonos a
Laura, Litos y a mí alternativamente.
—La conocemos desde que hacíamos castillos de arena en la playa —
dijo Laura—. Y mi hermano se los cargaba, caminando por encima.
Siempre ha sido así de gracioso.
—Porque era el gran dinosaurio de la ciudad —protestó él—. Pero
vosotras no me entendíais porque ibais a la vuestra, haciendo de sirenas y
todo eso.
—Ni hablar. Yo nunca he hecho de sirena —corrigió Laura— siempre he
sido la bruja del mar, que es diferente.
—¡Es verdad! —exclamé.
—Es muy bonito haber mantenido la amistad desde la infancia —dijo
Jaime.
Era un hombre alto, con un bigote que parecía cuidar tan bien como su
cuerpo. No es que fuera guapo, pero tenía una expresión afable que le hacía
parecer buena persona y para mí las personas que me caen bien ya tienen
atractivo de por sí. El modo de vestir clásico, con jersey de pico y
pantalones bien planchados, le hacía parecer mayor que Mathieu, que tenía
la cara aniñada y parecía no haber salido aún del instituto.
—¿Cómo os conocisteis vosotros? —pregunté.
Mathieu miró a Jaime y soltó una risilla traviesa de quien está a punto de
compartir una broma privada.
—La verdad es que tiene su gracia… —dijo Jaime.
—El destino. Está claro —dijo Mathieu, haciendo un gesto con una
vuelta de muñeca.
Jaime se acomodó en la silla y apoyó ambas manos en el borde de la
mesa, mirándolo como si la historia mereciera hacerse unas palomitas.
—Salí de un bar de ambiente para fumarme un piti, porque soy fumador
social, y me lo encontré en la otra acera como si se estuviera enfrentando a
un reto mayúsculo, tenía hasta los ojos vueltos para adentro, pensando en si
entraba o si no.
—No exageres —dijo Jaime, atusándose el bigote, como en un tic
nervioso. Los ojos oscuros, escurriéndose por la mesa.
—Pero el tema es que no era la primera vez. Lo había visto hacer lo
mismo antes. Estaba unos buenos quince minutos ahí en frente, y luego se
iba. Yo pensé que era algún tipo de pervertido, porque, a ver ¿quién hace
eso? —preguntó con la voz en falsete—. Pero la verdad es que me daba otra
pinta, parecía que iba para meterse en un club de lectura en vez de en un
tugurio que olía a sudor humano.
—Y le hablaste —dijo Denian.
—Pues claro, al final tuve que enterarme de cuál era su rollo. Y se lo dije
así tal cual. Crucé la calle y le dije: ¿cuál es tu rollo? Vas en plan ¿si entro
ahí confirmo que he salido del armario y qué dirían mis padres? (que
seguramente tendrán setenta años), eso lo pensé, pero no se lo dije, porque
tampoco quería ofenderlo así de primeras, su rollo madurito me había
entrado por el ojo, ya os podéis imaginar. O sea… ¿por dónde iba?
—Le habías preguntado que cuál era su rollo —dijo Laura.
—Ah, sí. Pues eso. Le digo: ¿estás espiando a alguien o estás evaluando
cuál será tu próxima conquista?
Hizo una pausa para sopesar nuestra reacción, como un cómico que da
cabida a la gran risa del público antes de continuar con su monólogo.
—El tío se me queda mirando sin decir nada. Mudo. Pero al final me
dice que no es un acosador, solo está pensando cómo desenvolverse en un
sitio como ese si no le gusta bailar, ni beber. Que se siente fuera de lugar y
lo más cerca que puede llegar a estar de eso es en la acera de en frente. Yo
me quedé muy loco con esa respuesta.
Laura aplastó el cigarrillo en el cenicero, asintiendo con la cabeza.
—Qué lanzado eres, Mathieu. Así me gusta. Qué pena que no esté
Samara, os habríais llevado los dos tan bien con ella.
Se podía dar con un canto en los dientes con que Samara viniera de viaje
y que sus padres, sobre todo su hermano, no se hubieran enterado del
trasfondo del plan. De hecho, lo de mudarse a vivir allí pensaban
trampearlo sobre la marcha, aprovechando la distancia y el apoyo de la
prima. Pero Sami no había tenido manera de arreglárselas para ir a la
escapada del fin de semana. Ya no podía fiarse de nadie de su entorno.
—¿Nunca habías ido a un bar de ambiente? —preguntó Litos.
—A ver —intervino Laura— es que es como decirle a alguien a quien no
le gusta la fiesta que por qué no pisa las discotecas. Por lo que entiendo no
era lo tuyo, pero al mismo tiempo tenías el gusanillo de conocer a alguien.
—Algo así —dijo Jaime.
—Y te encontraste con el más putón —bromeó Denian.
—De eso nada, bandido, que siempre han sido los otros los que me han
dado esquinazo. Yo soy fiel a quien lo merece —dijo Mathieu, dándole un
apretón a Jaime en el muslo. Por la mirada de este último se notaba que no
había estado con tantos hombres en su vida, quizá había tardado en
confirmar su inclinación sexual.
—Y ese fue el inicio de una bonita relación —dije, para concluir.
—Eso mismo —sonrió Mathieu.
—Y que dure —agregó Denian—. Brindo por ello.
—No sé si brindar contigo —le dijo Laura, cuando solo le quedaba
chocar con la copa de Denian—. Te tengo el ojo puesto como un halcón.
—Y yo como una pantera —añadió Litos.
—Joder, estás rodeado —añadió Mathieu en una mueca de apuro.
Denian me miró buscando ayuda.
—Es que si rompes corazones en Badalona —dije— despiertas a las
bestias.
—¿Alguien quiere postre? —preguntó Denian instantes después, para
desviar el foco de atención.
—Cobarde. —Laura camufló la palabra en una tos fingida y la mesa se
llenó de risas.
—Limoncello no puede faltar —se ofreció Jaime, levantándose también.
—Y cafés —le siguió Mathieu, tras preguntar si lo queríamos solo,
descafeinado, con leche de soja, de vaca, de arroz, de avena, de cabra, de
yegua o de zorra.
—Pues de zorra, claro, qué pregunta —bromeó Laura, y Litos remarcó
esa opción como preferente guiñándole un ojo.
En cuanto los demás entraron en la casa y nos quedamos los tres solos,
se acercaron más a mí, en petit comité.
—Entonces, ¿todo bien con el filósofo pijo? —preguntó Laura—. Te
habría matado cuando me contaste que habíais vuelto.
—No sé por qué. Ya te dije que era buen tío.
—Quizá un poco flipado, ¿no? —dijo Litos—. Es como muy mandala.
Laura lo miró levantando una ceja.
—Y ¿qué coño quiere decir ser muy mandala?
—Ya sabes, que le gusta escucharse hablar sobre temas profundos, en
plan intelectual, rollo la vida es una serpiente que se come la cola y esas
cosas, que las escuchas un rato y luego te duele la cabeza.
—No. —Sacudió la cabeza Laura—. No tengo ni puta idea de lo que
hablas.
—Yo creo que lo entiendo, pero estás mezclando conceptos. Denian es
un poco existencialista a veces, pero lo que tú quieres decir es más como es
mi madre.
—Tu madre lo es en sentido literal —dijo él—. Es igual… yo ya me
entiendo.
Laura inició la refriega:
—Menos mal que tú te entiendes, porque si no habría que llamar a
alguien para que te descifrara y eso siempre sale caro.
—Vete a la mierda, hermanita.
—No seas crío.
Los cafés y el licor llegaron a tiempo para detener la batalla entre
hermanos y continuamos con la eterna sobremesa, la más amena en la que
había estado. Aun así, no consiguió igualar a la noche, lo de la noche estuvo
a otro nivel. Conectamos como si los seis nos hubiéramos convertido en una
constelación más en el cielo.
DENIAN

Esa noche experimenté el grado más elevado de la felicidad. Quizá el porro


que estaba rulando entre los presentes había tenido su influencia en eso,
pero creo que me habría sentido exactamente del mismo modo sin fumar.
Estaba tan feliz que hasta me pareció fácil y me pregunté por qué no podía
estarlo la mayor parte del tiempo. Creo que el error está en el pensar que
podemos perpetuar ese estado, que necesariamente debería ser algo
continuo. Y eso no existe. Hasta el más optimista de los vivos no se libra de
los reveses que da la vida.
Luego están los tíos como yo, a quienes la mente le juega malas pasadas.
Nos centramos en la disconformidad del presente, anhelamos esto, luego
aquello, buscando siempre estar un poquito mejor. Nunca es suficiente.
Hasta que, de pronto, ¡pam! Un fin de semana en mitad de un prado,
ignoras lo que habitualmente te ronda por la cabeza mientras charlas con tus
amigos en el jardín y te das cuenta de que sí, de que esto es suficiente.
La nevera se iba vaciando de cervezas a medida que avanzaban las horas
y los temas, sin que divisáramos el final de una cosa ni de la otra y alcé la
cabeza hacia el cielo nocturno, agradecido por estar ahí, con Jolie y una
manta sobre nuestras piernas. Sorprendido por que hubiera habido tanta
afinidad entre todos, especialmente en mi caso con respecto a Litos. Solo lo
había visto una vez, cuando había venido a recoger las cosas de Emilia y,
teniendo en cuenta que se estaba llevando las pertenencias de su mejor
amiga de la infancia a quien yo acababa de dejar, se podría decir que
habíamos empezado con mal pie. Pero ahí estábamos, compartiendo
anécdotas como si nos hubiéramos conocido en unas colonias veraniegas.
Por si eso fuera poco, cuando la conversación empezó a languidecer y
los bostezos se acumulaban en nuestras bocas, a Litos se le ocurrió que
podía deleitarnos con unas canciones. Salió de la casa con un taburete y una
guitarra que, en sus manos, parecían de juguete y empezó a rasgar las
cuerdas, como quien unta mantequilla en una rebanada de pan. Identifiqué
en los acordes la canción de Creep.
En un tramo cargado de sentimiento, y que Litos había sabido transmitir
efectivamente como la angustia que se siente cuando uno no encaja, Jolie se
volvió hacia mí y me preguntó si estaba a punto de llorar. No me avergoncé
de admitir que se me habían humedecido un poco los ojos, porque quien no
se emocione con este chico debe de estar hecho de acero, dije. Pues yo debo
de ser de acero, porque no estoy llorando, respondió ella, pero añadió que
ya había llorado por seis vidas. Comprendí que lo había dicho por mí, no
como un reproche, sencillamente lo dejó caer, dando a entender que ella no
tenía ningún problema en haber llorado por seis vidas.
De fondo, Litos cantaba Seven Nation Army y se me ocurrió que era un
buen momento para darle el regalo a Emilia. Reconocí que había esperado
demasiado, pero como era una tontería, tampoco había visto necesario
dárselo delante de todo el mundo. Lógicamente, a esas horas, ya no lo
esperaba y cogió el paquete con un grito de sorpresa y de entusiasmo.
Rompió el papel cuidadosamente, como si tuviera en cuenta el esfuerzo que
había puesto la dependienta al envolverlo.
—Me gusta —dijo, acercándoselo a la cara—. Es mi estilo.
—Menos mal.
—¿No estabas seguro?
—Supongo que un poco seguro estaba, por eso lo compré, pero estaba
esperando a confirmarlo. Ahora es un alivio saber que elegí bien.
—O sea que tú eres de los que sienten alivio cuando abren tu regalo
porque tiendes a pensar que lo eliges mal.
Me tomé mi tiempo para meditarlo, y me di cuenta de que eso resumía
prácticamente todos los momentos en los que alguien abría un regalo que
yo le había hecho.
—Pues ahora que lo dices, creo que sí.
—Entonces eres un comprador inseguro.
Me reí.
—¿Eso tiene cura?
—Solo una. Preguntarle a la otra persona que te haga una lista de lo que
necesita o hacerle una tarjeta regalo, pero creo que le quita toda la emoción.
—Para nada, eso es lo que pienso hacer a partir de ahora. Me has
resuelto un problema recurrente.
—Me alegro. Solo tengo una mala noticia para ti.
La miré con una mueca, entre curiosa y divertida.
—Yo siempre te diré que no necesito nada, pero no será verdad.
—Y ¿por qué harías una cosa tan terrible?
—Para que te esfuerces por pensar en lo que me gustaría, así no
perdemos ese gusanillo.
—A mí ese en concreto no me importa perderlo.
—Eres tonto —rio, dándome un capote cariñoso.
Abrió la cartera sonriente y estudió cada compartimento como si
esperara encontrar alguna nota. Qué imbécil. Podría haberle escrito algo
bonito. En lugar de eso encontró una tarjeta con la marca de la cartera y los
enlaces de las redes sociales. Era importante interrumpirla antes de que
continuara con su infructuosa búsqueda.
—Es para que te la lleves de viaje.
—Ya lo había pensado.
—No es gran cosa, pero me preocupaba que pudieras perder la
documentación por uno de los muchos agujeros de la cartera anterior.
—Es un detalle. —Sonrió con ironía—. Supongo que tendré que hacer
algo con tus calcetines para compensar.
—No hables de mis miserias en voz alta, que tengo un estatus que
mantener.
La besé. La besé a conciencia y por un momento parecía que nos
hubiéramos trasladado a otro espacio metafísico. Quizá fueran los efectos
del porro y del alcohol, o del entorno; a lo mejor era una suma de lo
anterior, pero fue apasionado. Tanto que Jolie dijo:
—Me gustaría mantener la intensidad de lo nuestro, ¿sabes? Que
nuestros labios quemen cuando nos besemos. No hay nada peor que un beso
apagado, que se da por inercia y no tiene sabor a nada.
—Pero ¿en todo momento? —balbuceé, impactado por sus palabras.
—No sé… a lo mejor es una gilipollez, pero yo le doy importancia a esas
cosas, me gusta pensar que los besos dejan huella.
—Es que no sé si te estoy entendiendo. Si cada vez te los diera así
pareceríamos un par de ventosas.
Negó con la cabeza.
—Cada vez no. Quiero decir, en momentos concretos como este… —
bajó la cabeza y jugueteó con un mechón lila—. Cuando vivíamos en ese
piso, perdimos esto. Aunque estuviéramos juntos en la misma habitación,
tus besos no tenían vida, era como si estuvieran ausentes, como tú. Si no me
los hubieras dado, habría sido lo mismo.
Volví a besarla, de manera que mi cara casi se enterró en su pelo.
—¿Así, quieres decir?
Rio, asintiendo.
—Bueno tortolitos —se quejó Laura—, trasladaos a vuestro cuarto, que
esto ya es contenido para adultos.
—La envidia es muy mala —aprovechó la ocasión Litos.
Ella le dedicó una mueca y se encendió un cigarrillo. Se echó en su
hamaca y fumó, mirando las estrellas.
—¿Creéis que nuestro destino está escrito ahí? —lanzó la reflexión al
rato, a nadie en particular, sino a la noche.
Hubo un silencio reverencial que no me atreví a romper con mis teorías
existencialistas y Mathieu tomó el relevo.
—Desde el momento en que alguien puede adivinar el futuro, creo que
tiene que estar escrito en alguna parte. No sé si en las estrellas o en alguna
dimensión rara.
—Estoy de acuerdo —dijo Emilia—. Hay mucha estafa relacionada con
el tema, pero eso no quita que haya gente que sepa ver el futuro.
Estuve a punto de resoplar, pero me lo tragué de vuelta.
—Yo no creo en eso —dijo Jaime, con aire reflexivo—. La mayoría de
las cosas que nos pasan son consecuencia de nuestras decisiones. No todo,
porque también hay casualidades, buenas y malas, pero en general, cuando
te pasa algo es porque tomaste una decisión antes.
Mathieu ahuyentó la idea de su pareja como si enarbolara una espada
invisible.
—Pero eso es porque estaba escrito que ibas a decidirlo. Al menos en
esta dimensión, luego en las otras dimensiones quién sabe, habrás decidido
otra cosa porque allí escribió tu destino otro fulano.
Hubo una avalancha de risas, un poco deslucidas por el cansancio, y
finalmente me animé a dar mi punto de vista.
—Yo creo que en las estrellas está nuestro origen y nuestro destino, pero
no en sentido mágico, sino de verdad. Estamos aquí por un cóctel que se
originó allí arriba y cuando ya no estemos, de alguna manera formaremos
parte del cosmos otra vez. O sea que yo creo que ahí solo están el principio
y el final, el mientras tanto está aquí, a nuestro cargo y algunos lo hacemos
mejor que otros.
—Joder —dijo Litos, como si se le hubiera escapado de la boca—.
Nunca había escuchado esa teoría, pero te la compro.
—Qué pena que no tengamos consciencia al principio ni al final —dijo
Emilia, en una nota algo trágica.
—Bueno, si quieres perder la consciencia mientras tanto, hay unas
cuantas botellas de whisky esperándonos en el armario del comedor —
bromeó Mathieu—: ¿Qué me decís si encendemos la chimenea y nos
calentamos un poco?
Y tal cual estábamos repartidos, nos trasladamos al comedor.
Observamos en silencio a Jaime encender el fuego de la chimenea, como si
fuera una especie de ritual, mientras Mathieu servía distintos tipos de
licores en vasos anchos de coñac: Baileys, crema de fresa, Bourbon y Gin.
Nos dio los vasos cargados hasta arriba y saboreamos nuestra selección
viendo el fuego danzar, hipnotizados.
Si pudiera desgranar varios días y guardarlos en una cajita, ese sería uno
de los que guardaría, para que lo heredaran los de mi futura generación. En
el testamento haría cuenta de esos fragmentos de felicidad para que quienes
me siguieran los agarraran bien fuerte en las manos y fraguaran los suyos a
partir de los míos.
Hoy comprendo, con un gran peso en el corazón, que la composición de
ese escenario no volverá a repetirse. El espacio marca un tiempo, o el
tiempo marca el espacio, no importa, porque el resultado es el mismo: todo
cambia. Cambia más deprisa de lo que pensamos. Y a veces no hace falta
mucho, a veces no hace falta más que un capricho del azar.
Un día antes

(MARZO de 2015)

JULEN

El domingo a medio día, Julen va con su padre a ver al tío Rai que se ha
mudado al piso de los abuelos en el barrio de Sant Andreu. Tras llamar al
timbre, les abre la puerta un hombre idéntico al padre de Julen, aunque más
enérgico y resolutivo que él, que es de naturaleza quejosa y sonríe siempre
con ojos tristes.
Desde que Rai se ha divorciado se ven más que antes. El padre de Julen
lleva mejor que él ese acercamiento, aunque Julen cree que se esfuerza
mucho por combatir la indiferencia que le prodiga su hermano de manera
inconsciente, como si intentara recuperar los años perdidos en una sola
tarde. En cambio, con él, Rai parece tener una fijación casi perversa y
aprovecha esas comidas para entrometerse en su vida.
«Hemos traído el pan», anuncia Julen colocándolo sobre la mesa de la
cocina, que está encajonada en el recodo de un pasillo, como si la hubieran
construido en un despiste. Toda la confianza que demuestra en las sesiones
del grupo de apoyo ha desaparecido y se le adivina cierta tensión en las
facciones.
—Espero que sea pan de verdad —dice Rai que tiene la costumbre de
hablar a un volumen por encima de la media, como si sus interlocutores
padecieran de sordera—. Una barra de cuarto de las de toda la vida. Ni
semillas, centeno o sin el gluten de los cojones.
—Dos de cuarto de las de toda la vida —dice Julen.
Su padre le da una palmada en el hombro y sonríe a Rai, como si
estuviera orgulloso de que hubiera acertado con el pan. A pesar de la
sonrisa, su mirada está de luto constante. En el pasado, llegó a tener la
vitalidad del tío Rai, sin esa osadía provocadora. Lo ha visto en los vídeos
caseros y en las fotografías, pero ya no es la misma persona. Cuando Julen
tenía seis años, su madre enfermó de cáncer y murió a los pocos meses. La
enfermedad cambió a su padre y marcó su infancia. Aunque lo que más le
afecta a Julen es no acordarse de ella.
Acompañan a Rai a la terraza, que últimamente le ha dado por hacer
barbacoa. Una costumbre que molesta a los vecinos, a juzgar por el cartel
que hay en el corcho de entrada, donde han escrito en letras mayúsculas que
se prohíbe dicha actividad por el bien de la colada vecinal.
De camino a la parrilla para controlar las chistorras, abren unas cervezas.
Julen no suele tomar alcohol. Incluso tres cervezas pueden darle migraña al
día siguiente. Aun así, se bebe medio botellín antes de contestar a la
pregunta que acaba de hacerle su tío. «¿Qué novedades hay en el frente?».
Es una pregunta sencilla, pero a la vez tiene trampa, al menos si la formula
él. Tener novedades significa que no vives una vida monótona, que estás en
movimiento, por lo tanto, cada día puede ser una sorpresa. Rai sabe qué
vida lleva Julen y también qué vida cree que debería llevar Julen.
—Nada nuevo desde la última vez —dice Julen.
—A mí me han sacado una muela que se me partió, si a eso se le puede
llamar una novedad —dice el padre de Julen.
—¿Nada, eh? —Rai suelta aire por la nariz con pesadez. Vuelve la vista
a su hermano y le pregunta sobre la muela, los antibióticos, si le duele,
aunque lo hace de pasada, para no dejar la mesa en silencio.
Julen siente ese impulso de compensar que tanto odia. ¿Qué se le puede
ocurrir que sea nuevo? Esa es la trampa, al fin y al cabo. No tiene que
demostrar nada a nadie. Observa a su padre y a su tío. Son tan iguales y a la
vez tan diferentes. Todo lo que le sobra a uno le falta al otro. Es el resultado
de una genética mal repartida. Y ¿dónde queda él en todo ese cóctel? se
pregunta.
Con la fuente hasta los topes de carne para abastecer a todo el rellano, se
sientan a la mesa. El móvil de Julen vibra, pero no lo revisa en seguida. Les
llega el grito de algún vecino, recordándoles que está prohibido hacer
barbacoas. Rai contesta que no viene de su terraza, que debe de ser del
kebab de la esquina y se ríe entre dientes. Acto seguido, le pega un buen
mordisco a la chistorra.
—¿Cómo va el trabajo? —vuelve a la carga Rai.
Julen se encoje de hombros mientras se hace con una chuleta de cordero
y muerde un trozo. Cuando ha acabado de masticar y tragar, no solo el trozo
de carne, sino también la persistencia de su tío, responde.
—Yo sigo como siempre. Han anunciado recortes, pero de momento no
se sabe nada.
—No quise decirlo el otro día, pero ya que hablas de recortes, creo que,
si te tocara, no te vendría mal. Así podrás buscarte otra cosa. —Hace una
pausa cuando Julen le mira con una mueca—. No vas a ser el botones del
aeropuerto el resto de tu vida.
—Déjalo, Rai —interviene el padre de Julen que, hasta el momento, se
había limitado a comer en silencio.
—Tal y como yo lo veo —dice Julen— trabajar de operario de rampa o
de responsable de ventas de una marca de comida preparada no cambia
mucho, los dos hacemos horas para otros y cobramos a final de mes.
—Ahí es donde te equivocas —dice Rai, apuntándole con el tenedor,
como si fuera el tridente del mismísimo diablo—. La jerarquía tiene su
importancia. Si no pregúntale a tu padre cómo lo pasó cuando en su
empresa le degradaron de sus funciones sin venir a cuento.
El padre de Julen asiente con gravedad.
—Se pasa muy mal. Hay que tener amor propio. Eso es lo último que se
pierde, es lo que siempre digo.
El móvil vibra de nuevo.
—Además —agrega Rai—, a partir de los treinta la cosa cambia con las
mujeres. Puede que todavía te eches algún ligue, pero cuidado después, que
ellas se fijarán en tu posición. Hazme caso que sé de lo que hablo. —
Sentencia y perfora la chuleta de cerdo que hay en la fuente para llevársela
a su plato—. Lo que está claro es que en este país poco enseñan a sacarse
las castañas del fuego. Todo te lo tienes que ganar a pulso, sudando sangre,
y luego a los que vienen de fuera les dan todas las facilidades y ayudas que
quieran. Entren que la puerta es ancha.
—No empieces con lo de la inmigración que acabaremos mal —se queja
el padre de Julen.
—Solo digo que, si uno mismo no se preocupa de su futuro, no lo hará
nadie. Hoy en día los jóvenes viven como si tuvieran veinte eternamente y
luego la realidad se los come con patatas. Sueno como un viejo, ya lo sé,
pero es una verdad como un puño.
Julen lo mira fijamente.
—Ya te entendemos, Rai, no hace falta que te justifiques —dice,
callándose la continuación de la frase. «Ni que nos des lecciones, cabrón
arrogante».
La vibración del móvil se hace más insistente.
—Cógelo, Julen —dice su padre. Parece que quiere ser firme, pero
cualquier tono autoritario en él suena a leve sugerencia.
Son mensajes del grupo de trabajo. Hay rumores de que van a cortar
cabezas ese mismo lunes. También tiene un mensaje de su jefe. Quiere verle
a primera hora.
CUARTA PARTE

LA HUELLA
9 DE MARZO DE 2015

EMILIA

Entro en la Terminal 1 y mando un mensaje a las chicas para decirles que ya


estoy por aquí. Aunque las tres salimos de Badalona, a Laura se le ha hecho
tarde y me ha avisado de que llega justa para el embarque y que mejor vaya
tirando. Le he hecho caso, porque cuando viajo, no me gusta ir con prisas.
En cuanto a Samara, la traen sus padres que, obviamente, no saben que
vamos juntas.
Como no facturo maleta, tengo margen para tomar algo. Me encamino a
través de los mostradores de facturación hasta el final del vestíbulo y tomo
el pasillo en dirección a una cafetería que no está en una zona de paso.
Suele estar tranquila y tiene menús de desayuno a un precio más asequible
que los que suele haber en los aeropuertos. Además, me vendrá bien
comerme un cruasán de chocolate para destensar los nervios que me
comprimen el estómago desde que he cogido el autobús. En parte es la
inquietud que siempre me acompaña cuando viajo. Soy tan despistada que
no paro de hacerme listas mentales para asegurarme de que no se me está
pasando nada por alto. Por ejemplo, la tontería de haber cambiado de
cartera y llevar la que me regaló Denian, me ha hecho comprobar más de
diez veces si llevo el DNI. Pero, por otra parte, siento que hay algo más, y
no soy capaz de dar con ello.
Me siento y consulto el reloj del móvil. Mierda, ando fatal de batería
¡otra vez! Le doy un buen mordisco al cruasán de chocolate y aprovecho
para enviarle un mensaje a Denian.

Todo bien. Sami se ha encargado de sacar las tarjetas


de embarque y pronto nos encontraremos en la puerta
de control. Te escribo cuando esté sentada en el avión.
Dejo el móvil y alzo la mirada al ver que se acerca un chico vestido de
uniforme de trabajo. Ladea ligeramente la cabeza, como si hubiera estado a
punto de saludar, pero hubiera cambiado de opinión, y se sienta en la mesa
de al lado. Coge la taza y coloca la bandeja en el extremo opuesto. Lleva las
mangas del uniforme subidas hasta el codo y los brazos fibrosos están
cubiertos de tatuajes estilo old shcool. Admito que me invade un calor
repentino cuando me doy cuenta de que no he apartado la vista desde que
ha llegado y que quizá se haya dado cuenta. Tiene un no sé qué melancólico
que me da curiosidad. De alguna manera, invita a sentarse con él para
hacerle compañía. Por supuesto, no se me ocurriría hacerlo. Sería la típica
cosa que le saldría bien a una persona atrevida y con un don especial para
encajar como Laura. En cambio, yo solo conseguiría una mueca confusa
que me mortificaría el resto del viaje.
Pero ¿por qué estoy pensando todo esto? Emilia: céntrate.
Desvío la mirada a la farmacia y de pronto pienso en si me habré
acordado de coger el ibuprofeno. Justo coincide que me tiene que venir la
regla, siempre jodiendo. Abro el bolso para comprobarlo en el mini neceser
donde también guardo mi arsenal para la menstruación y confirmo que sí,
he traído ibuprofeno.
El chico, que tiene el rostro aniñado y barba larga pero arreglada, no
parece que se haya movido ni un milímetro en todo el tiempo que me ha
llevado sacar y guardar el neceser. Me llama la atención porque tiene la
mirada clavada en su taza de café, pero no parece que tenga intención de
bebérselo. Si tuviera que apostar, diría que le han dado una noticia horrible.
Vuelvo la atención al móvil cuando recibo un mensaje en el grupo.
Samara pregunta que dónde estamos, no nos ve en la puerta de control de la
Terminal 2. Cuando leo la Terminal 2, el corazón me da un vuelco. ¿Qué?
¡Joder! Me pongo en pie de un salto y le doy tal golpe a la mesa con la
rodilla que casi se vuelca el resto de café. He dado por hecho que el avión
saldría de la misma terminal que otras compañías de bajo coste, pero ¡es en
la 2! Con razón había algo que no me encajaba. Pequeño gran detalle. ¡Qué
idiota! Saco los papeles de la reserva del viaje, los desdoblo, frenética, y
busco la información. Efectivamente. Aquí lo pone.
Laura me está llamando. Respondo solo para decirle que me he
equivocado de terminal y que le digo algo enseguida. Antes de cortar la
llamada oigo a Laura exclamar «¡cómo la has liado, tía!». A todo esto, el
chico ya no está en la mesa, lo que hace que me pregunte cuánto tiempo ha
pasado.
Miro el reloj. ¡Mierda, joder! Lanzo el móvil al bolso, agarro el tirador
de la maleta y salgo corriendo. Sé que la terminal 2 no está a tiro de piedra,
así que la opción más viable es un taxi.
Estoy tan histérica que se me nubla la vista y no veo al chico de la barba
hasta que me lo encuentro encima. He salido escopeteada por el pasillo y él,
que me ha adelantado, se ha parado de pronto en mitad del paso y no me ha
dado tiempo de esquivarlo. Por suerte, es fuerte y no lo derribo.
—¡Lo siento, perdona! —exclamo.
Cuando lo miro a los ojos, se me olvida que tengo prisa. El móvil no
para de sonar y la maleta se ha caído al suelo, pero ignoro todo eso. En mi
vida me he topado con una mirada tan desamparada. Antes de que pueda
decir algo, el chico se lleva la mano al pecho y abre la boca. Le falta la
respiración. Es demasiado joven para que sea un infarto, así que solo queda
otra posibilidad y reconozco los síntomas. No hace mucho pasé por lo
mismo.
—Es un ataque de pánico —digo con suavidad.
Sé que me ha escuchado, aunque no parece que esté en condiciones de
responder. Está demasiado pendiente de su respiración. Empieza a boquear.
Nerviosa, echo una mirada alrededor para ver si alguien más puede ayudar,
pero estamos lejos del tumulto de los mostradores de facturación y desde la
farmacia no nos ven.
—Conozco la sensación y es una mierda, aunque, por mucho que te
parezca que te vas a morir, no va a pasar. Solo tienes que concentrarte en
respirar.
Hace un gesto de agradecimiento con la cabeza.
Inspiro y exhalo con fuerza, gesticulando para que me imite. Todo esto
con la mirada apuntando hacia arriba porque me saca dos cabezas.
—Así, despacio.
Él lo intenta, pero se echa a un lado y vomita en una papelera. En ese
momento, se acerca una pareja de mediana edad a socorrernos.
—¿Necesitáis ayuda?
El chico niega con la cabeza mientras se limpia la boca con un pañuelo
de papel.
—Voy a buscar al farmacéutico —digo.
Él me detiene con un suave tirón en el brazo. La respiración continúa
siendo agitada, pero comprendo que está pidiéndome que me quede.
—Vamos nosotros —dice la mujer y la pareja se aleja a medio correr.
—Respira, por favor. Muy despacio —insisto. Coloco una mano en su
pecho y sin apartarme de sus ojos, continúo inspirando y exhalando con
fuerza.
Ahora tiene las piernas flexionadas, la espalda encorvada y noto su peso
sobre mí. El sufrimiento que veo en sus ojos me está calando.
—Así, muy bien —digo cuando por fin logra espaciar un poco las
inhalaciones.
Se acerca más gente a preguntar si estamos bien o necesitamos una
ambulancia, pero yo no les presto atención, sobre todo ahora que estamos
avanzando algo. Al ver que no respondo, algunos se marchan, pero otros se
quedan por ahí pululando. Al fin, llega la pareja con el farmacéutico, que
lleva un par de aparatos. Antes de atenderlo, se dirige a mí con una urgencia
serena.
—¿Tu novio tiene asma?
—No… no es.
El chico niega con la cabeza. Me aparto de él para dejar al farmacéutico
hacer su trabajo y le explico lo que creo que es. Este asiente con gravedad,
como confirmando el diagnóstico.
—Parece que se está recuperando —agrego.
No sé qué me retiene aquí, teniendo en cuenta que estoy a punto de
perder un avión, pero, de alguna manera, haber coincidido en este preciso
momento, cuando yo también he tenido esa experiencia de mierda, nos
conecta. Se pasa fatal y, al menos, quiero asegurarme de que está mejor.
Tras practicar otras tantas respiraciones lentas, el aparato que el
farmacéutico le ha puesto en el dedo pita. Por cómo asiente cuando lo
revisa, parece estar conforme con el resultado. Le da un botellín de agua y
le pide que beba despacio. Después, se acerca a mí para darme algunas
recomendaciones. Todavía piensa que somos pareja y no voy a sacarle de su
error para no perder tiempo, así que asiento a todo lo que me dice: reposo,
valeriana, incluso mejor consultar a un médico para que valore si tiene que
hacer algún tratamiento. Le doy las gracias a él y a la pareja que nos ha
auxiliado, recojo el equipaje y acompaño al chico a unos asientos libres del
vestíbulo. Él se sienta y yo me quedo de pie, apoyada en el mango
extensible de mi maleta.
—Debo de tener una pinta horrible —dice. Tiene la voz grave y un poco
ronca.
—Bueno. —Sonrío, a pesar de todo—. La verdad es que sí, no te voy a
mentir. Por cierto, me llamo Emilia.
Nos damos un suave apretón de manos.
—Julen.
—¿Te encuentras mejor, Julen?
—Sí. Te lo agradezco muchísimo.
Mi móvil empieza a sonar, pero con todo lo que acaba de pasar es como
si estuviera en otro plano.
—¿Vas a contestar? —pregunta Julen.
—¿Qué?
Saco el móvil del bolso y, a más volumen del que pretendía le digo a
Julen que estoy a punto de perder un avión.
—No te preocupes por mí.
La postura encogida, sus ojos, la sonrisa apagada son señales claras para
preocuparse, incluso aunque sea un desconocido. ¿Qué le lleva a estar así?
Estaría fuera de lugar preguntárselo. Tampoco tengo tiempo.
—Lo siento, pero tengo que irme —digo, preparada para salir corriendo
otra vez.
—Gracias. —Es un gracias de «me has salvado la vida» y también de
«me alegro de que nos hayamos cruzado».
Salgo despedida como un cohete hacia la parada de los taxis. Entretanto,
descuelgo el teléfono porque Laura me está volviendo a llamar.
—¡¿Dónde te has metido?!
—Sigo en la Terminal 1.
—¡¿Qué?! Pero ¿¡cómo puede ser?! ¡Joder! Espabila que te dejan en
tierra.
Oigo a Samara de fondo soltando maldiciones mientras entro en un taxi y
cierro la puerta, pegando el móvil a la oreja con el hombro.
—Te acabo de pasar la puerta de embarque por mensaje, para que no
tengas que mirar las pantallas y Samara te ha enviado la tarjeta al correo.
Vamos a tener que prepararnos un discurso para convencerles de que te
esperen.
—Creo que llego —digo mirando el reloj. El móvil se queja de la batería
—. Pero sí, buena idea: intentad convencerles de que no cierren el
embarque. Te dejo que no me queda batería.
—¡Encima! —exclama antes de colgar.
Le pido al taxista que acelere. Basta que no me gusten las prisas, como
para acabar así, yendo de culo.
Poco después, y aunque me muero de la vergüenza, le pido a la gente que
está haciendo la cola en el control, que me deje pasar hasta que, al fin, llego
a la puerta de embarque. Estoy sudando la gota gorda, pero lo he
conseguido.
1 hora y media después

DENIAN

Mi madre está en el sofá con gripe y a pesar de que raramente ve la


televisión, se siente tan débil que dice no tener energía ni para leer un libro.
Desde la cocina oigo de fondo que ha puesto las noticias.
—¿Quieres la infusión de jengibre? —pregunto.
—Sí, por favor. Y échale un poco de miel.
—¡Hecho!
Enciendo el calentador de agua y vuelvo a mirar el móvil. Me parece
raro que mi Jolie todavía no me haya dicho nada, pero lo achaco al estrés
que seguramente llevaba encima con todos los preparativos del viaje. Ahora
ya deben de estar a punto de aterrizar.
—Qué horror. —Me llega de lejos el comentario de mi madre sobre algo
que están diciendo en las noticias.
El calentador ya hierve y lo paro. Cojo la taza, meto la bolsita y echo el
agua. Espero a que el agua coja el sabor del jengibre antes de quitarla y
echar la miel.
—Denian. —Oigo mi nombre, supuestamente de boca de mi madre, pero
me alarmo por la gravedad en que lo entona, por lo apagado y tembloroso
que suena. Salgo hacia el comedor, preocupado por si se está sintiendo mal,
por si le ha dado un mareo o algo, pero me la encuentro de pie, de cara al
televisor, algo encorvada por la debilidad o porque no lleva la manta encima
o… por algo que está viendo en la pantalla. Sin alejar la mirada del
televisor, mi madre sube el volumen.
Me encuentro con la noticia a medias.
«… todavía se desconocen las causas que pudieron provocar el siniestro.
El portavoz de la compañía aérea EuroSky ha recalcado que el aparato
había cumplido todas sus revisiones. La aerolínea ha confirmado que el
avión con destino a Dublín descendió durante un minuto antes de
estrellarse…»
Y dejo de escuchar, la noticia continúa, pero levanto la vista y me cruzo
con la mirada de espanto de mi madre.
—Cariño, ¿cuál era el vuelo de Emilia?
—¿Qué ha pasado? —pregunto, aunque acabo de escucharlo. Lo
pregunto porque me he perdido parte de la noticia, pero también porque
espero que cambie la información que me ha parecido oír.
—Se ha estrellado un avión en el mar Céltico. Hacía el trayecto de
Barcelona- Dublín.
Hay cientos de vuelos con destino a Dublín cada día, ¿no?
—Es otro vuelo —digo, pero noto un escalofrío.
—¿Tienes cómo comprobarlo? —pregunta con delicadeza, pero a la voz
le falta empaque. Mi madre está asustada—. Es importante que sepamos el
número de vuelo.
Sacudo la cabeza. La voz se me atasca en la garganta.
Todavía no sé de dónde saco la energía para levantar el móvil de la barra
de la cocina, pero creo que me propulsa una mezcla de esperanza y
negación. De todos los vuelos europeos que hay, ¿cuántas probabilidades
hay de que Emilia haya cogido ese? La verdad es que no tengo ni idea del
número de vuelos que operan entre las dos ciudades. No estoy seguro de
que sea esa la aerolínea con la que volaban. Desbloqueo el móvil y la llamo,
aguantando la respiración. Noto la presencia de mi madre a mi izquierda,
tan expectante como yo por oír su voz.
Me da apagado.
—Eso es porque aún está volando —digo, pero se me rompe un poco la
voz, porque en el fondo de mi mente, un dato, punzante como una daga, me
recuerda que el vuelo de Emilia estaba operado por EuroSky Air y que los
horarios coinciden.
Compruebo los mensajes en que Emilia hace referencia al viaje, pero no
encuentro el número exacto. No me lo dijo. ¿Por qué habría de hacerlo?
Pero quizá su madre lo sepa.
—Tienes que llamar a Patricia —digo.
Ella asiente, como si esperara que fuera a proponerlo tarde o temprano.
—Pondré el manos-libres —dice apretando el altavoz.
Cuando Patricia descuelga se oye tráfico. A juzgar por cómo respira, está
andando por la calle y se la nota acelerada. Parece haber cogido la llamada
sin fijarse bien en el número porque debía de esperar que fuera Emilia y se
sorprende cuando escucha la voz de mi madre.
—¿Helena? ¿Eres tú?
—¿Nos oyes bien? Estoy con Denian.
Mi estómago está contraído por los nervios. Siento la necesidad de
doblarme por la mitad para ver si mejora en algo.
Ella no contesta. Seguramente no entiende el porqué de la llamada a tres.
—¿Te ha llamado Emilia?
Nos miramos, agarrándonos fuerte de la mano, aferrándonos al esperado
sí para que toda esa tremenda sospecha que llevamos sobre los hombros se
disuelva y nos permita volver a respirar con normalidad.
—No.
Eso no quiere decir nada. Aún puede haber otra explicación.
—¿Qué pasa? —es la pregunta razonable que hace Patricia.
Mi madre no sabe cómo continuar. Tuerce la cara de dolor.
—¿Sabes con qué compañía volaba? —pregunto y sueno más entero de
lo que en realidad estoy.
—EuroSky, ¿por qué? He salido a comprar, llevo el carro de la compra
en una mano y el móvil en la otra y no os oigo bien. ¿Os puedo llamar
luego?
—Patricia —digo y casi se me escapa un sollozo, porque creo que en el
fondo lo sé—. ¿Sabes el número de vuelo en el que iba?
Tengo la noticia en el móvil, con el número de vuelo en pantalla.
—¿Qué pasa? Me estáis asustando.
Mi madre le cuenta lo del accidente aéreo y ella no dice nada. Se queda
callada y solo se oye el tráfico, como si fuera una interferencia. Después, no
sabemos interpretar lo que oímos, pero no ha colgado, es una mezcla de
tráfico y de pasos. Mi madre grita su nombre, yo también, hasta que nos
damos cuenta de que está corriendo, parece que está corriendo. Oímos el
vaivén de una puerta metálica, unas llaves tintineando con fuerza, como si
quisieran agujerear la puerta en vez de abrirla. Finalmente nos llega el
crujido de unos papeles. Cuando se coloca el auricular en la oreja, su
respiración está pasada de revoluciones.
—Aquí lo… tengo —dice sin resuello—. Es el ESA2574.
Miro mi móvil y agrando los números de la pantalla. ESA2574.
Y me doblo, me doblo por la mitad y las rodillas no me sujetan.
Patricia me escucha y suelta un alarido que me atraviesa como una
flecha. Noto la mano de mi madre en mi espalda, y doy golpes en el suelo
con la palma abierta, la misma mano que leyó la tía falsa de Lucas, hasta
que me escuece y se vuelve roja. Los gritos de la madre de Emilia salen de
la profundidad de sus entrañas y yo no hago más que golpear el suelo con la
palma, como si me hubiera quedado atascado en esa acción, con la cara
cubierta de lágrimas, mucosidad y baba. Mi madre gimotea a mi espalda, y
no sé cuánto tiempo estamos así los tres.

Me gusta pensar que los besos dejan huella.


«Tiene el pelo lila».
«Lo siento, señor, pero no disponemos de más información sobre el
estado de… ¿Es usted familiar?».
«Era mejor no acariciar a este gatito».
«150 pasajeros. No hay supervivientes».
Mi madre aporrea la puerta y me pide que salga, dice algo sobre que han
habilitado una sala en la terminal del aeropuerto para la atención de los
familiares de las víctimas y que Patricia ha ido hacia allí.
Para qué, para qué, para qué. Repito, tirado en la cama de mi habitación
como un despojo. Me lo digo a mí mismo en voz baja porque no le veo el
sentido. Está muerta. Su cuerpo hecho trizas. ¿Quién puede reponerse a
eso?
Al rato, los golpes son más intensos. Ahora es mi padre. Es capaz de
echar la puerta abajo y creo que no es necesario llegar a ese punto, así que
abro. Me abraza, y yo vuelvo a llorar, sacudiendo los hombros,
desconsolado. Él trata de ser el apoyo que siempre ha sido para mí, como
las vigas de una casa, pero, aunque trate de soportar el peso que llevo, me
desmorono.
A duras penas me ayuda a bajar las escaleras, diciéndome que tenemos
que ir al aeropuerto, porque han movilizado a un equipo de médicos y de
psicólogos que podrán ayudarnos. Veo a mi hermana viéndonos bajar desde
el final de la barandilla. Pregunta qué me pasa, no entiende lo que me pasa.
Lo pregunta una y otra vez, elevando la voz hasta que chilla porque piensa
que es grave, piensa que estoy enfermo, me pasa algo muy malo y que me
llevan al hospital. Mi madre intenta tranquilizarla, pero Tania grita que
quiere venir conmigo y mi madre la abraza. No está enfermo, intenta
convencerla mi madre, pero ella dice que sí que lo estoy, que es una
mentirosa. Todo esto sucede a mi alrededor, pero yo estoy como fuera de
escena, en una nebulosa.
Mi padre me pone la chaqueta, porque estoy temblando y soy incapaz de
eso y de todo. Tania se zafa de mi madre y se engancha a mi pierna,
pidiendo a gritos que le cuente la verdad. Que es suficientemente mayor
para soportarlo.
Entonces ocurre algo que nos deja a todos mudos, quietos, con la mirada
clavada en la puerta de entrada. Alguien está abriendo con llave.

Cuando se abre la puerta el asombro se apodera de todos los presentes. Es


una reacción en cadena de distintos tipos de estupor. El más notorio es el
mío: me quedo blanco como el papel, se me desencaja la mandíbula y abro
los ojos tan desmesuradamente que podrían salirse de sus cuencas. Me
pregunto si estoy viendo al fantasma de Emilia. Si es que no he llegado a
tiempo a la unidad de psicólogos de la terminal y me ha dado un brote de
esquizofrenia paranoide.
Desvío la mirada hacia mis padres y me calmo cuando percibo en su
mirada que ellos también la ven, y están igualmente sorprendidos. Ella nos
devuelve la mirada, estupefacta. Tania pasea la mirada de unos a otros con
una arruga de confusión mayúscula en la frente. Esto no dura más que unos
segundos, pero yo lo vivo tan despacio que no me parece ni real.
Mi hermana es la primera en reaccionar, porque le falta información, así
que corre a saludar a Emilia, quejándose de que no le contamos nada de lo
que está pasando. Ella le sonríe, como para salvar la situación, pero vuelve
a alzar la mirada, preocupada.
—¿Qué ha pasado?
Eso me gustaría saber a mí. Qué especie de milagro ha sucedido. Camino
despacio en su dirección, como si fuera la aparición de la Virgen. En la poca
distancia que nos separa estoy a punto de perder el equilibrio, pero consigo
llegar a ella y, cuando Emilia encaja la cabeza sobre uno de mis hombros,
descargo toda la angustia que llevo encima. Lloro como un niño en sus
brazos. Emilia pregunta varias veces seguidas ¿qué pasa? ¿qué pasa? Sabe
que es grave porque no sale con ninguna ocurrencia, ningún comentario
sarcástico del estilo: tampoco me he ido tanto tiempo.
—Hay que avisar a Patricia —dice mi madre.
—Vamos a recogerla al aeropuerto y venimos —dice mi padre. Y le dice
a Tania que se lo contará todo por el camino.
—¿Mi madre está bien? —pregunta Emilia, sin saber a qué atenerse. Mis
padres asienten, con una mirada tranquilizadora, pero ella aún tiene más
preguntas—: ¿por qué está en el aeropuerto?
Ellos me miran, dándole a entender que yo se lo contaré, pero lo cierto es
que no sé por dónde empezar. Cierran la puerta tras de sí y nos dejan solos.
Le debo una explicación, lo sé, pero le ruego que me deje abrazarla un poco
más. Ella accede, en silencio, paciente como no lo he sido yo en mi vida.
Y mientras los fragmentos que se han dispersado por los rincones de mi
mente se recomponen, me planteo un dilema. ¿Cómo puedo ordenar los
acontecimientos para hacerme entender? Y, sobre todo, ¿qué puedo hacer
para que sea menos doloroso para ella? Todavía no me ha contado por qué
no está en ese avión, así que tampoco sé si Laura y Samara subieron.
—¿Cómo es que estás aquí? —pregunto débilmente.
—¿Qué te ha pasado? —acerca sus labios a los míos. Los míos tiemblan
—. ¿Por qué estás así?
—Antes dime qué haces aquí.
Ella baja la cabeza avergonzada.
—Es que no te lo vas a creer —resopla.
Y decide aparcar momentáneamente mi lamentable estado, vuelve a la
entrada para coger su maleta que se ha quedado a un lado del pasillo y la
deja junto al mueble zapatero, cuelga el bolso y dice:
—Soy un puto desastre. Me he equivocado de terminal y allí me he
cruzado con un chico al que le estaba dando un ataque de pánico y le he
ayudado, con lo que se me ha hecho tardísimo. Cuando he llegado a la
puerta se me ha apagado el móvil y ¡no he podido enseñar la tarjeta de
embarque! La azafata ha llamado a cabina y le han dicho que ya era tarde y
¡no me han dejado subir! En fin, un cuadro. Dejaré que te metas conmigo
todo lo que quieras porque me lo merezco.
No sabe nada.
—Cualquier persona normal habría dejado que otros atendieran a ese
chico, pero en el momento no lo pensé y, cuando la azafata de la puerta de
embarque me ha pedido la tarjeta de embarque y he visto que el móvil se
había muerto, te juro que me he sentido la persona más imbécil del planeta.
No la interrumpo, pero de verdad que mi cara debe de dar miedo.
—Quería avisarte de que venía, porque imagínate que ya te echaba de
menos, pero ya sabes la mierda de móvil que tengo y encima me he dejado
el cargador en casa. Laura y Samara estaban en el avión, así que tampoco
podían dejármelo. En fin, que ni las he visto, porque yo era la última que
quedaba para embarcar. Pero todavía hay más. —Suspira—, resulta que me
meto en el tren de la Renfe y se para por una avería. No sé cuánto rato
porque me ha parecido eterno.
—Jolie. —La miro compungido, tratando de mantenerme a flote por ella,
porque sé que cuando se lo diga va a caer.
La preocupación hace que contraiga sus facciones. ¿Qué ha pasado?
Preguntan sus ojos, y como no hablo enseguida, se aferra a mis brazos con
las manos, porque ahora sí que no hay escapatoria, ya no hay paréntesis,
ahora quiere saberlo. Insiste con la mirada: qué pasa, ¡qué pasa!
—Tu avión se ha estrellado. —Cada una de esas palabras impactan en su
rostro, como un choque de trenes.
—¿Qué? —Me clava las uñas en los brazos.
—Todavía no se sabe. —Me cuesta mucho hablar—. Algún fallo técnico,
no sé, lo averiguarán cuando vean las cajas negras.
—¿Cómo sabes que es mi avión? —pregunta. Y llora al ver que estoy
seguro de que es el suyo—. ¡Es otro! —grita, llevándose las manos a la
cabeza, cogiendo mechones de pelo lila. La barbilla le tiembla
violentamente.
Yo sacudo la cabeza, destrozado.
—Tu madre ha comprobado el número de vuelo, por eso ha ido al
aeropuerto, para saber qué tenía que hacer, para recibir ayuda psicológica.
Nosotros estábamos a punto de hacer lo mismo hasta que has llegado.
Durante mucho rato no habla. Después, en un murmullo apenas audible,
dice:
—Tengo que hablar con Litos.
Y no vuelve a decir palabra hasta que mis padres llegan a casa con
Patricia.
28 de marzo de 2015

EMILIA

El vuelo ESA2574 de EuroSky Air que cubría el trayecto de


Barcelona a Dublín, sufrió un fallo mecánico debido a la activación
del sensor de empuje del motor derecho. Según la investigación, un
cortocircuito provocó que el inversor de empuje se activara en pleno
vuelo e hizo perder a los pilotos el control de la aeronave. El
contacto por radio se perdió aproximadamente a las 9:48 de la
mañana del 9 de marzo. La muerte de los pasajeros fue instantánea
ya que el aparato, debido a la velocidad, se desintegró en pleno
vuelo. Los escombros impactaron a unos 80 kilómetros al sureste de
la costa de Wicklow, en el mar Céltico. Las labores de rescate
llevarán varios días, ya que hay multitud de escombros en la
superficie del océano. Algunos familiares se han desplazado a la
zona para proceder con la dolorosa identificación.

Llevo desde el lunes en el sofá de casa, viendo las noticias en bucle. Soy
jugo de almíbar para los periodistas, que llaman a todas horas para que les
dé una declaración. Me imagino las preguntas. ¿Cómo se siente al ser la
única superviviente del vuelo siniestrado? No sé cómo respondería a esa
pregunta estúpida. Me siento agradecida de seguir viva, pero vacía al
mismo tiempo. No dejo de imaginármelas a ellas. Sus últimos momentos.
¿Es cierto que no se dieron cuenta, o lo dicen para evitarnos el sufrimiento?
A lo mejor notaron que el avión perdía el equilibrio, les extrañó, empezaron
a ponerse nerviosas, notaron la desesperación de la tripulación. A lo mejor
se abrieron los compartimentos de las mascarillas. Tendría que haber estado
en ese avión, en el asiento 24B. Pero no es mi cuerpo el que está en el
océano, sino los de Laura y Samara. Yo estoy en el sofá de mi casa,
sintiéndome culpable por haber sobrevivido yo y no ellas.
La noche del lunes, cuando mi padre llamó para decirnos que había
reservado un billete para venir y pasar unos días, puse el móvil a cargar. Al
rato lo encendí y vi que tenía un mensaje de Samara sin leer. Era la última
fotografía que nos habíamos hecho las tres cuando hicimos el amigo
invisible veraniego y debajo escribió: «tenemos pocas fotos las tres juntas.
Hay que ponerse las pilas en el viaje». Por la hora, me la mandó justo antes
de subir al avión. Nada más caer en eso, noté una arcada y corrí al baño a
vomitar. «Hueles a vómito, pero te quiero igual», recordé las palabras de
Laura y lloré en la taza del váter hasta desgañitarme. Ellas habían luchado
por conseguir una vida mejor y por un error mecánico, una negligencia del
fabricante o yo qué sé de quién, se la arrebataron. ¿Cómo es posible?
¿Cómo pudo pasar algo así? Se supone que las compañías aéreas tienen que
seguir un mantenimiento estricto. No me explico cómo es posible que los
pilotos tampoco supieran cómo recuperar el control cuando llevaban
tropecientas horas de vuelo. ¿No los preparan para las emergencias? Se
supone que hay chalecos por si el avión cae en el mar, pero si va a tanta
velocidad que no es capaz de caer sin desintegrarse ¿para qué sirven los
chalecos?
No son todas esas cuestiones las que atormentan mis noches, sino él, el
chico con quien tropecé. Si no hubiera tenido el ataque en ese preciso
momento, yo no estaría aquí. Me gustaría poder agradecérselo, aunque
fuera una cosa del azar, pero no tengo manera de encontrarlo. Ni sé si tiene
sentido.
La llamada a Litos ha sido lo más horrible a lo que me he enfrentado
nunca. Tuvo que ayudarme Denian a contarle la desgracia porque yo no
podía hablar entre tanto llanto, me faltaba aliento y me sentía terriblemente
culpable por ser yo quien le diera la peor noticia de su vida. Yo que me
había salvado por un despiste, por una acción desinteresada que sucedió de
improviso. Vino a casa más tarde, para que lloráramos la pena juntos, y me
dejó de madrugada echada en este mismo sofá. Aquí sigo, pegada al
televisor, como si fuera mi nueva forma de vida. Miro las noticias,
esperando que actualicen la información, como si no pudiera acabar de
creérmelo hasta que no viera sus nombres confirmados en la lista oficial de
víctimas.
Entretanto, mis padres que están en el mismo espacio físico por primera
vez desde que él se fue, rechazan a todos los periodistas que pueden, como
si estuvieran en mitad de una nube de avispas. Denian me escribe mensajes
cada tanto, para saber cómo estoy, pidiéndome que le diga qué necesito, qué
puede hacer por mí. Necesito que mis amigas vuelvan a estar vivas. ¿Qué te
parece eso? Porque una vida sin ellas no tiene consistencia, está coja.
—Tendría que haber preguntado si se podían borrar sus datos de reserva.
—Oigo a mi madre decirle a mi padre.
—No creo que se pueda hacer eso, por lo menos legalmente.
—Pero con lo que tiene encima la pobre, es que no tienen perdón de
Dios esta gente.
—Ya sabes cómo es, todos quieren la exclusiva.
—Qué asco les tengo. Aprovecharse del dolor de la gente solo para
alimentar el morbo de otros.
—En cuanto pase algo más gordo, se olvidarán.
—Eso espero, porque así no hay quien viva tranquila.
Las voces me llegan de fondo, porque sigo inmersa en las noticias. Una
nueva información. Los pilotos recibieron un código de advertencia que
indicaba uno fallo del sistema que podría provocar la activación del empuje
inverso. Tras consultar el manual, determinaron que solo era un aviso y no
tomaron ninguna medida. En la segunda mitad del trayecto, se activó el
inversor del motor derecho mientras el avión sobrevolaba el Mar Céltico. El
avión se inclinó abruptamente a la izquierda, entró en pérdida y comenzó
una caída descontrolada e invertida. En la última grabación, el piloto
exclama: ¡se ha desplegado el inversor!
Por lo visto, hubo una sucesión de fallos.
Apago el televisor, enfadada y triste.
No he hablado con nadie de la familia de Samara, porque les tengo tirria
por el tema de que la alejaran de Laura, pero al mismo tiempo creo que
puedo entender que el arraigo a las costumbres, al qué dirán a partir de una
educación determinada les condicionara. Así que, cuando esté mejor, me
planteo pasarme por la tienda para darles el pésame a sus padres. Con su
hermano no pienso hablar. No le perdono. Si no hubiera sido tan gilipollas
ni siquiera habrían pensado en irse allí.
De pronto me acuerdo de algo, y escribo a Litos.

Samara le regaló a Laura un marco con un dibujo y


un poema. Me gustaría tenerlo.

Quiero colgarlo en mi habitación, junto a la fotografía de las tres. Podría


elegir otra, cualquier otra que no me recuerde que Samara me la mandó el
día de la tragedia, pero creo que es lo más adecuado para rendirles
homenaje, porque fue el día en el que me contaron lo de su relación.
—Emilia —me llama mi madre en tono cauteloso, como si tuviera miedo
de que reaccionara de un modo inesperado.
Si algo me ha agobiado estos días es la compasión. Pobrecita, que ha
perdido a sus amigas en un trágico accidente. Pero menos mal que se ha
salvado. Por lo menos eso es una buena noticia.
—Hemos estado hablando tu padre y yo. —Mi padre aparece en escena,
como si fuera una representación teatral—. Quizá estaría bien que vieras a
alguien para que te ayude con… bueno con el duelo.
Respondo encogiéndome de hombros. Ya no me quedan lágrimas que
descargar. Estoy seca por dentro.
—Tampoco me las va a devolver.
Ya no podré decirle a Laura que deje de tocarme los ovarios con sus
salidas. Nadie me hará reír como ella me hacía reír. No podré preguntarle a
Samara cómo lo hace para ser tan absolutamente perfecta. De dónde saca el
valor para defender sus ideales, aunque sean contrarios a toda una
comunidad, aunque la mitad de su familia deje de dirigirle la palabra.
Podrían haber llegado tan lejos.
—Y ellas no querrían verte así —dice mi padre.
—¿Cómo lo sabes? Eso es como un cura que pone palabras del de arriba
en su boca. A lo mejor se sienten agradecidas porque les llore un poco.
Sería bastante raro no hacerlo. Y tampoco creo que sea malo sacar toda la
pena, sufrirla así muy fuerte, porque creo que ya cuando no me quede nada
dentro, a lo mejor dejo entrar algo del exterior.
Mi madre no puede aguantar mi discurso enderezada y se apoya en la
espalda de una de las sillas del comedor.
—Tienes toda la razón —concede mi padre—. Aun así, no está de más
que hables con alguien de todo eso.
—Si os parece bien lo hablaré con vosotros y con Denian cada día hasta
que tenga fuerzas para hablar con un extraño.
Les parece bien.
Cojo el móvil y contesto a los mensajes de Denian solo con dos palabras:
necesito verte.

Litos ha ido con sus padres a Irlanda para la dolorosa identificación después
de que los investigadores hayan analizado algunos objetos con el ADN de
Laura. No me puedo imaginar qué es lo que van a poder identificar, qué
quedará de ella, pero cuando me viene ese pensamiento surge un instinto de
supervivencia que lo aniquila, para mantenerme cuerda, y cuando ya no
pienso en nada, solo queda dolor y rabia.
Me apena que las familias de Laura y Samara estén pasando esta
calamidad. Me entristece hasta límites que no pensaba que fuera a sentir,
porque esta tristeza no se origina solo por la tragedia, sino que se mezcla
con un sentimiento de odio que busca responsabilidades de quien sea; es un
odio que se ha anudado al vientre, y siento espasmos de ira acumulada que
ni siquiera las lágrimas pueden disolver. No tengo manera de sacarme esto
de dentro. Y una no puede vivir alimentándose del odio, porque eso te
convierte en sombra y cuando eres sombra es difícil volver a recuperar tu
forma original. Aun sabiendo todo esto, no puedo evitarlo, por lo que
todavía me siento peor. El tiempo cura las heridas, dirán algunos, pero yo
no quiero pensar en el paso del tiempo, lo que quiero es que el tiempo
retroceda y no suban a ese avión. Tampoco hay un antídoto infalible contra
esta pena; creo que se enquistará y aprenderemos a seguir adelante a pesar
de la herida, que se abrirá de vez en cuando y sangraremos. Los recuerdos
nos harán sangrar, a Litos y a mí. Supongo que entre los dos encontraremos
el modo de seguir adelante, pero no lo sé, porque creo que él volverá de
Irlanda con la piel dada la vuelta. No seremos quienes éramos, porque esta
mierda nos ha desfigurado.
En la plaza del ayuntamiento de Badalona han dedicado una zona para
recordarlas. Hay flores, velas, vecinos y conocidos que las recuerdan en
silencio. Yo me fijo en un ramo concreto de flores, no entiendo mucho de
eso, pero se parecen a las que dibujó Samara para Laura. Puede que sean
camelias. Denian me coge de la mano. Menos mal, porque si no, me habría
caído por un precipicio.
—¿Crees que volverán allí arriba? ¿Al origen? —le pregunto, mirando al
cielo.
—Quiero pensar que sí.
Me abrazo a él, porque es demasiado intenso para aguantarme de pie.
Noto que se esfuerza por mantener las lágrimas a raya, no tiene por qué
hacerlo, pero creo que lo hace por mí, para que pueda sujetarme a algo
entero.
—Me gustaría darte consuelo, hacerte sentir mejor, pero no me vienen
grandes respuestas, porque no sé poner palabras a todo lo que he sentido
estos días. Espero que te valga con que esté aquí sin más; callado.
—Me vale con que estés aquí callado.
Y eso hacemos, permanecer callados observando las flores, las velas, a la
gente hablando entre murmullos sobre lo terrible del accidente, de víctimas
inocentes. De las familias que han dejado atrás, de los bebés que había a
bordo. Qué desgracia. Y aquel pasajero que perdió un vuelo anterior y lo
acomodaron en el siguiente. Qué mala uva tiene la vida, comenta una
señora. Desconecto porque no quiero escuchar a la gente hacer comentarios
sobre la mala suerte de los pasajeros como si fuera un cotilleo de
peluquería. Porque si oigo mencionar los nombres de mis amigas, es muy
posible que me eche al cuello de alguien.
—Ayer tuve una pesadilla —le digo a Denian.
Él baja la cabeza para mirarme. Por la cara que pone se imagina qué
puede ser. Y sí, es tal y como él cree.
—Yo también subí. Pero poco antes del accidente sabía lo que iba a
pasar, entonces me levantaba del asiento de un salto y corría hacia la cabina,
lo que pasa es que mis piernas no respondían —digo con la voz apagada—
¿has soñado alguna vez que intentas correr, pero tus piernas solo caminan?
Asiente.
—Pues eso me pasaba, y el pasillo no acababa nunca. Entonces oía al
piloto decir, solo es un aviso, pero no podía llegar a él y le gritaba que
hiciera algo, pero cerraba el manual. Después, aporreaba la puerta, e
intentaba echarla abajo con cualquier cosa que tuviera a mano; la
tripulación se me echaba encima para reducirme. Entonces oíamos la última
grabación del piloto por megafonía «¡se ha desplegado el inversor!», y
caíamos. Escuché el grito aterrorizado del pasaje. Sentí cómo se
desprendían los cascos y una presión muy fuerte en el cuerpo.
No me quedan lágrimas, pero la cara se contrae de todos modos,
respondiendo a un efecto que no acababa de materializarse. Él me cubre de
nuevo con los brazos y me acaricia el pelo, mientras yo emito sonidos
ahogados de pena, el cuerpo convulsiona sobre el suyo y él susurra «estoy
aquí», «estamos juntos». Me reconforta en parte, pero no es suficiente,
porque creo que no lo sería a no ser que también estuviera muerta.
Al poco salimos de la plaza y andamos por el centro, yo apoyada en él
como si mi columna se hubiera atrofiado y ya no pudiera sostenerme.
—Esto me hizo volver a pensar en la mujer que me leyó la mano —dice,
tras un largo silencio—. También tuve pesadillas. Estábamos en el bar y me
decía que dejara de preguntarle sobre mi futuro, porque no pensaba
contármelo. Ahora sé que vio lo del avión y no quiso decirme más.
La energía solo me llega para seguir andando. No sé hacia dónde vamos,
no estamos cerca de mi casa, ni hemos hablado sobre qué hacer,
simplemente andamos, avanzamos como si estuviéramos trazando la línea
metafórica de la superación, el seguir adelante.
—Fui un tanto desagradable cuando preguntaste por ella la primera vez
porque yo mismo quería olvidarme. Me dejó con tan mal cuerpo que solo
de pensarlo volvía a sentirme raro, como si intuyera que me quedaba poco
tiempo de vida.
Nos metemos por una callejuela y salimos al paseo marítimo. El aire del
mar me despeja la mente y me desbloquea el habla.
—Te entiendo. A mí también me habría dado mal rollo.
—Y cuando. —La voz se descalabra, como si al verme dispuesta a
conversar se permitiera caer un poco. Coge una bocanada de aire antes de
continuar—: cuando supe que era tu vuelo me miré la mano como un
imbécil, siguiendo las líneas con la mirada nublada, y me arrepentí de tantas
cosas que hice mal contigo que quise morirme. Mi cerebro desconectó de
todo y me convertí en una ameba. Fui una ameba hasta que te vi cruzar la
puerta.
Me detuve por un pensamiento que cruzó por mi mente y me dejé
arropar por su mirada.
—La vida me ha dado otra oportunidad —dije— y no voy a
desaprovecharla. Tú y Litos sois prácticamente todo lo que me queda y
cuando esté mejor espero que aún quieras estar conmigo.
Me dice que sí y la sinceridad rebosa por sus ojos. Me besa, con ese
ímpetu que llega para quedarse. Entramos a la playa, atraídos por la
tranquilidad del mar, deseosos de reposar nuestros pies desnudos sobre la
fina arena, de mojarlos con el agua fría para sentir un nuevo despertar, uno
diferente al de ahora, que está aturdido. Recuerdo aquella noche en la playa
con ellas y siento un gran peso en el alma. Me vienen las palabras de
Samara a la memoria. Apoyo la cabeza en la clavícula de Denian, cierro los
ojos y respiro hondo, concentrada en el calor de los últimos rayos de sol de
la tarde, en su calor. Acunada por las olas del mar, me dejo llevar por ese
cúmulo de sensaciones que fulminan la culpabilidad y dan paso a las ganas
de alargar ese momento, estirarlo hasta que no dé más de sí.
26 de junio de 2018

DENIAN

Simone de Beauvoir decía que entre dos individuos la armonía nunca viene
dada, sino que debe conquistarse indefinidamente. Nunca es demasiado
tarde para darse cuenta, aunque en mi caso estuvo a punto de ser demasiado
tarde. Por eso cuando dicen aquello de que en una relación estable se pierde
ese punto de conquista pienso que están equivocados, que lo que nos pasa
es que nos acomodamos, y la comodidad se carga a la imaginación.
Creo que hay un motivo esencial por el que nos encontramos con tantos
obstáculos en nuestro paso por la Tierra: la existencia en el paraíso sería
aburrida, no aprenderíamos nada. La falta de aliciente dilataría el tiempo y
la vida se haría soporífera. Lo mismo nos pasaría en una relación asfaltada,
de tres carriles, en línea recta y sin baches, ni lugares interesantes donde
detenerse a explorar. Así que el desgaste de la armonía suele ser culpa de
ambos, quizá provocado por uno de los dos, pero perpetuado por el que se
conforma. Yo estoy en conquista indefinida con mi Jolie. Y si los violines
dejan de tocar, me voy a buscar otros.
El otro día me preguntó en qué había evolucionado nuestro amor, si era
ya cachimba, porque no lo definiría como porreta. Tardé bastante tiempo en
contestar, porque no encontraba un símil que me convenciera, porque esa
teoría parecía ya impropia de mí, como si me hubiera vuelto un sibarita de
las teorías. Así que elaboré una nueva. Nuestro amor tiene un metabolismo
que está sujeto a la metamorfosis y lo siento tan dentro que ya forma parte
de mi biología. Cuando cambia uno de nosotros, el otro se le une como si
compartiéramos células. Y algún día nacerá algo a partir de nosotros. Me
volvió a llamar loco, pero noté que la había conmovido.
Estoy a mitad de la carrera y ella ha conseguido un trabajo de
recepcionista en un hotel cerca del centro, yo sigo viviendo con mis padres
y mi hermana, y ella con su madre porque queremos quemar las etapas a su
debido tiempo. En mi afán de conquista, he comprado unos billetes a
Mallorca. Ella no lo sabe, es una sorpresa, solo le he dicho que prepare la
maleta para cinco días. También le he dicho que se puede llegar en avión o
en barco, pero que prefería que lo eligiera ella. Finalmente se decidió por el
avión.
Sé que está inquieta, porque no ha vuelto a pisar un aeropuerto desde el
accidente, pero dice que algún día tiene que enfrentarse a la agonía de
cruzar una puerta de embarque y quiero estar con ella cuando lo haga.
Llamé a Litos con antelación para pedirle que nos llevara al aeropuerto,
porque pienso que es importante que esté con nosotros y, con la agenda que
tiene últimamente, es imposible pillarlo en suelo catalán. Lo curioso es que
no es por la música, sino que estudió una rama específica para tratar el
duelo y da conferencias por todo el país. Ha escrito un par de libros de
autoayuda y cuando le queda tiempo canta en algún bar de Barcelona. La
falta de Laura los ha hecho a él y a Emilia inseparables, todavía más de lo
que eran. Litos ha sido pieza clave para sobrellevar la pérdida, porque es el
nexo común con Laura y lo que le queda de ella: un hermano al que ella
quería con locura, un hermano con quien puede recordar momentos
inolvidables que pasaron juntos y que devuelven a Laura al presente. Un
hermano que casi se ha convertido en el suyo y también en el mío. En
alguna ocasión nos hemos reunido con Mathieu y Jaime en temporada de
calçots para rememorar aquel fin de semana, pero solo nos hemos visto para
comer y nos hemos vuelto a casa temprano, como si tuviéramos un acuerdo
silencioso entre las partes para que no nos pillara la noche en el exterior de
aquella casa sin Laura. Es demasiado doloroso para todos recordarla,
sentada en aquella tumbona, preguntando si el destino estaría escrito en las
estrellas.
Litos aparca junto a la acera de la Terminal 1 de salidas. No puede
quedarse mucho tiempo porque solo está permitido estacionar diez minutos.
De todos modos, los apura hasta el final para darle a Emilia el aplomo que
necesita para entrar sin que le dé un ataque de ansiedad ni nada parecido.
Los dejo solos y entretanto me encargo de coger el equipaje del maletero,
de tener los documentos a mano en la mochila, escribo al apartamento de
vacaciones para hacerle saber que estamos cerca de coger el avión y que
cuente el rato que tardaremos en la oficina de alquiler de vehículos para
esperarnos con las llaves.
Cuando Litos me hace una señal, me acerco y me despido dándole unas
palmadas en la espalda. Nos desea un buen viaje y antes de entrar en el
coche echa una mirada al aeropuerto que me cuesta descifrar, pero no hay
que ser un genio para entender que él tampoco ha vuelto desde aquello. Lo
afronta con serenidad. Emilia en cambio, se aferra a mi brazo como si
estuviéramos a punto de caminar sobre un cable de equilibrista.
—Supongo que debes de tener una idea de adónde vamos —digo cuando
ya hemos atravesado la puerta giratoria.
—Si es adonde me imagino, llevo un diario para escribir todo lo que
hagamos.
—¿Ah sí? ¿Y cómo es eso?
Caminamos hacia el control, y la noto titubeante, así que me guardo de
insistir.
—No te lo he contado nunca pero cuando estuvimos en Mallorca escribí
un diario y tú tenías bastante protagonismo en él. Más tarde, cuando lo
dejamos, lo retomé y, obviamente, seguías teniendo el mismo
protagonismo.
—¿En serio?
—Laura tuvo la idea de regalarme un diario nuevo —agrega en una nota
triste.
Pienso que es posible que dé media vuelta y como no quiero que se
sienta obligada le digo que puede hacerlo y volveremos a intentarlo en otra
ocasión.
—No. Estoy bien —dice, negando con la cabeza, como si quisiera
sacudirse una mala idea de encima.
Durante los siguientes treinta minutos recorremos el aeropuerto como si
Emilia acabara de salir de un largo ingreso en el hospital y le insisto de
nuevo, que no me importa perder la reserva. Pero seguimos adelante hasta
que llegamos a la sala de embarque y nos sentamos en los asientos. Pone las
manos en el regazo, las revuelve.
—Si quieres puedes escribir en el diario —digo, sonriendo—. Prometo
que no cotillearé.
Ella se muestra indecisa, pero saca del bolso un cuaderno con tapas de
piel.
—No sé cómo empezar.
—Puedes empezar por decir que vas a cruzar la puerta de embarque
destino a Mallorca con el tío del que hablabas anteriormente, para continuar
donde lo dejaste, como si fuera la segunda temporada, o algo parecido. La
segunda temporada es mucho mejor que la primera, claro, porque ahora
estás con él. Antes solo era un cretino.
—Es un buen inicio —dice, con esa cara que pone cuando va a seguir
con algo sarcástico—. Pero, como era un cretino, para que quede claro por
qué salgo ahora con él, tendré que explicarlo. Era un cretino, pero ha
cambiado y ahora es… —se queda pensando.
—El amor de tu vida.
—¡Anda ya! Perdona, pero yo escribo mejor que eso.
—Soy ese tío que deja huella con sus besos.
AGRADECIMIENTOS

En primer lugar, quiero agradecer el apoyo incondicional que siempre


recibo de mi marido, Xavi. Todas las escritoras sabemos cómo podemos
llegar a perdernos en nuestro mundo y a hablar constantemente de él,
incluso en horas intempestivas cuando el otro ya no tiene la cabeza para
pensar en personajes o tramas. Gracias por leer absolutamente todo lo que
escribo. A mis hijos que ya comprenden que su madre escribe y están
esperando a que imprima mis libros y me monte un puesto en una plaza
para venderlos. El amor y la confianza que me aportáis es la energía que
necesito. Gracias a mis padres y a mi hermana por haber creído siempre en
mí y en lo lejos que puedo llegar cuando me lo propongo.
A Laura Gomara, mi amiga y lectora ideal, que siempre está ahí para
escucharme cuando le hablo de ideas para novelas o de cualquier otro tema
que me preocupe. Me siento afortunada de tenerte en mi vida. Gracias por
leer todas mis novelas y ayudarme a mejorarlas. Gracias por estar ahí.
También quiero agradecer a mi grupo de amigos de universidad, Núria,
Jose P. y Marina que sacan tiempo de debajo de las piedras para poder hacer
de lectores beta de mis obras. Vuestras aportaciones y comentarios han sido
indispensables para hacer la mejor versión de esta novela. Habéis
reconocido en ella algunos momentos que hemos pasado juntos y es que
vuestra amistad es uno de los mayores tesoros que tengo.
Agradezco a Laia, bookstagrammer de ¿Quién te lo ha dicho? el haber
hecho una lectura en tiempo récord de la versión definitiva y haberme
ayudado con los últimos retoques. Gracias por haberme dado confianza en
los momentos de duda.
A mi correctora y ahora también lectora de nuevas obras, Irene
Martínez, por el trabajo que has invertido en mi novela. Es una suerte
poder contar contigo en este camino.
A Laetitia por ayudarme con el sistema de estudios francés y a Esther
por su aportación en el campo de la numerología que para mí era
totalmente desconocido.
Gracias a Laura y a Mar y también a todas las lectoras que se implicaron
en el inicio de este proyecto. Los consejos que me dieron me ayudaron a
mejorar en la reescritura de la novela.
Sin el apoyo de todas las personas que se ofrecieron tan amablemente a
echarme una mano, Jolie habría brillado menos.
El diseño de este libro no habría sido posible sin la ayuda de Jaume
Estruch. Agradezco su paciencia, porque, aunque la imaginación pueda
llevarme a pensar en tramas y personajes, no me sucede lo mismo con el
diseño.
Gracias Verónica por haberme ayudado con la sinopsis, por tu
implicación en la Newsletter y las redes sociales. Para mí tiene un valor
incalculable poder contar contigo en esta área tan abrumadora.
Quisiera agradecer a todas las personas que me han animado a
emprender este proyecto por mi cuenta. En especial a Patricia García Ferrer,
porque la sobresaturación que existe hoy en día en el sector editorial da
vértigo, pero ella me dio el impulso que necesitaba para lanzarme.
Y por último, gracias a ti persona lectora, que has elegido mi novela de
entre tantas otras propuestas. El motivo principal por el que escribimos es
para conectar, provocar reacciones, sensaciones, para sentirnos vivas. Sin ti,
mi trabajo no tiene sentido.

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