DEDICACIÓN DE UNA IGLESIA
Parroquia Divino Niño
Vicariato apostólico de Puerto Gaitán
16 de septiembre de 2023
RITOS INICIALES
Entrada en la Iglesia
Estando reunido el pueblo dentro de la Iglesia; el obispo, los concelebrantes y demás ministros, realizan
la procesión de entrada encabezada solo por la cruz alta, y se dirigen hacia el presbiterio por la nave de
la Iglesia.
Las reliquias de los santos, si las hay, se llevan en esa misma procesión de entrada y se ubican en un lugar
junto al altar. Las reliquias deben ir acompañadas de dos cirios encendidos.
Durante la procesión se puede entonar un canto apropiado o la antífona siguiente, con el salmo 121:
¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén…
Los presbíteros concelebrantes y ministros van a sus puestos. El obispo, sin besar el altar, va a la cátedra.
Luego, deja él báculo, se quita la mitra y saluda al pueblo con estas u otras palabras tomadas
preferentemente de la sagrada Escritura:
La gracia y la paz estén con todos ustedes, en la santa Iglesia de Dios.
El pueblo contesta:
Y con tu espíritu.
Luego, el obispo se dirige al pueblo con estas u otras palabras parecidas:
Llenos de alegría, queridos hermanos, nos hemos reunido para dedicar una nueva Iglesia,
con la celebración del sacrificio del Señor. Participemos activamente, escuchemos con fe
la palabra de Dios, para que nuestra comunidad, renacida en la misma fuente bautismal y
alimentada en la misma mesa, crezca para formar un templo espiritual y, reunida junto al
mismo altar, aumente su amor cristiano.
Terminada la monición, unos delegados hacen entrega del edificio al obispo, presentándole, según las
circunstancias, o las escrituras de posesión del nuevo edificio, o las llaves, o el plano del edificio. Luego,
el obispo le entrega las llaves al presbítero que habrá de gobernar pastoralmente la Iglesia para que
custodie fielmente la Iglesia de Dios, con estas u otras palabras adecuadas:
N.N. Custodia con fidelidad esta casa santa que ha sido edificada para dar culto al Señor.
BENDICIÓN Y ASPERSIÓN DEL AGUA
Terminado el rito de entrada, el obispo bendice el agua para rociar al pueblo en señal de penitencia y en
recuerdo del bautismo, y para purificar el nuevo altar. El obispo invita a todos a orar diciendo:
Queridos hermanos, al dedicar a Dios nuestro Señor esta casa, supliquémosle que bendiga
esta agua, creatura suya, con la cual seremos rociados, en señal de penitencia y en
recuerdo del bautismo, y con la cual se purificarán los muros y el nuevo altar. Que el mismo
Señor nos ayude con su gracia, para que, dóciles al Espíritu Santo que hemos recibido,
permanezcamos fieles en su Iglesia.
Y todos oran, por unos instantes, en silencio. Luego, el obispo continúa:
Dios, Padre nuestro, fuente de luz y de vida,
que tanto amas a los hombres
que no solo los alimentas con solicitud paternal,
sino que los purificas del pecado con el rocío de la caridad
y los guías constantemente hacia Cristo, su Cabeza;
y así has querido, en tu designio misericordioso,
que los pecadores, al sumergirse en el baño bautismal,
mueran con Cristo y resuciten inocentes,
sean hechos miembros suyos y coherederos del premio eterno;
santifica con tu bendición ✠ esta agua, creatura tuya,
para que, rociada sobre nosotros y sobre los muros de esta Iglesia
sea señal del bautismo,
por el cual, lavados en Cristo,
llegamos a ser templos de tu Espíritu;
concédenos a nosotros
y a cuantos en esta iglesia celebrarán los divinos misterios
llegar a la celestial Jerusalén.
Por Jesucristo nuestro Señor.
℟ Amén.
El obispo rocía con agua bendita al pueblo y los muros de la Iglesia, pasando por la nave de la misma; de
regreso al presbiterio, rocía el altar. Mientras tanto, se canta un canto adecuado. Después de la aspersión,
regresa a la cátedra y, terminado el canto, dice, de pie, con las manos juntas:
Dios, Padre de misericordia,
esté presente en esta casa de oración
y, con la gracia del Espíritu Santo,
purifique a quienes somos templo vivo para su gloria.
℟ Amén.
HIMNO Y COLECTA
Luego, se dice el himno Gloria a Dios en el cielo. Terminado el himno, el obispo, con las manos juntas,
dice:
Oremos.
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
derrama tu gracia sobre este lugar
y socorre a cuantos en él te invocan;
que el poder de tu Palabra y de los sacramentos
fortalezcan aquí el corazón de todos los fieles.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina Contigo,
en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios,
por los siglos de los siglos.
℟ Amén.
LITURGIA DE LA PALABRA
Conviene celebrar la proclamación de la palabra de Dios de la siguiente manera: dos lectores, uno de los
cuales lleva el leccionario de la misa, y un salmista se acercan al obispo. El obispo, de pie y con la mitra
puesta, toma el leccionario, lo muestra al pueblo y dice:
Resuene siempre en esta casa la Palabra de Dios,
para que conozcan el misterio de Cristo
y se realice su salvación dentro de la Iglesia.
℟ Amén.
Luego, el obispo entrega el leccionario al primer lector. Y los lectores y el salmista se dirigen al ambón.
Para el evangelio no se llevan ciriales ni incienso.
Después del Evangelio el obispo hace la homilía, en la que explica las lecturas bíblicas y el sentido del rito.
Terminada la homilía, se dice el Credo. Y, en lugar de la oración de los fieles, se cantan las letanías.
ORACIÓN DE DEDICACIÓN Y UNCIONES
Letanías de los santos
Después, el obispo invita al pueblo a orar, con estas u otras palabras parecidas:
Oremos, queridos hermanos, a Dios Padre todopoderoso, quien de los corazones de los
fieles ha hecho para sí templos espirituales, y juntemos nuestras voces con la súplica
fraterna de los santos.
Si no es domingo ni se está en el tiempo pascual, el diácono dice:
Pongámonos de rodillas.
E, inmediatamente, el obispo se arrodilla ante su sede; también los demás se arrodillan. Entonces, se
cantan las letanías de los santos, a las que todos responden.
Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.
San Miguel, ruega por nosotros.
Santos Ángeles de Dios, rogad por nosotros.
San Juan Bautista, ruega por nosotros.
San José, ruega por nosotros.
Santos Pedro y Pablo, rogad por nosotros.
San Andrés, ruega por nosotros.
Santiago, ruega por nosotros.
San Juan, ruega por nosotros.
Santa María Magdalena, ruega por nosotros.
San Esteban, ruega por nosotros.
San Ignacio de Antioquía, ruega por nosotros.
San Lorenzo, ruega por nosotros.
Santas Perpetua y Felicidad, rogad por nosotros.
Santa Inés, ruega por nosotros.
San Gregorio, ruega por nosotros.
San Agustín, ruega por nosotros.
San Atanasio, ruega por nosotros.
San Basilio, ruega por nosotros.
San Martín, ruega por nosotros.
San Benito, ruega por nosotros.
Santos Francisco y Domingo, rogad por nosotros.
San Francisco Javier, ruega por nosotros.
San Ignacio de Loyola, ruega por nosotros.
San Luis María Grignon de Montfort, ruega por nosotros.
San Juan María Vianney, ruega por nosotros.
Santa Catalina de Siena, ruega por nosotros.
Santa Teresa de Jesús, ruega por nosotros.
Santa Laura Montoya, ruega por nosotros.
Beato Jesús Emilio Jaramillo, ruega por nosotros
Todos los santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.
Muéstrate propicio, líbranos, Señor.
De todo mal, líbranos, Señor.
De todo pecado, líbranos, Señor.
De la muerte eterna, líbranos, Señor.
Por tu encarnación, líbranos, Señor.
Por tu muerte y resurrección, líbranos, Señor.
Por el envío del Espíritu Santo, líbranos, Señor.
Nosotros que somos pecadores, te rogamos, óyenos.
Para que gobiernes y conserves a tu Iglesia santa, te rogamos, óyenos.
Para que asistas al Papa y a todos los miembros del clero en tu servicio santo, te rogamos,
óyenos.
Para que concedas paz y concordia a todos los pueblos de la tierra, te rogamos, óyenos.
Para que nos fortalezcas y asistas en tu servicio santo, te rogamos, óyenos.
Para que consagres esta Iglesia, te rogamos, óyenos.
Jesús, Hijo de Dios vivo, te rogamos, óyenos.
Cristo, óyenos. Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos. Cristo, escúchanos.
Acabadas las letanías, el obispo (si está arrodillado, se pone de pie), y con las manos extendidas, dice:
Te pedimos, Señor,
que, por la intercesión de la santa Virgen María
y de todos los santos,
aceptes nuestras súplicas,
para que este lugar que va a ser dedicado a tu nombre
sea casa de salvación y de gracia,
donde el pueblo cristiano,
reunido en la unidad,
te adore en espíritu y verdad
y se construya en el amor.
Por Jesucristo nuestro Señor.
℟ Amén.
Si están de rodillas, el diácono dice:
Pueden levantarse.
El obispo vuelve a ponerse la mitra.
COLOCACIÓN DE LAS RELIQUIAS
El obispo va al altar y un diácono o un presbítero lleva las reliquias al obispo, quien las coloca en el
sepulcro preparado para recibirlas. Se puede hacer una breve monición que explique el rito. Luego, se
canta un canto apropiado. Mientras tanto, un albañil cierra el sepulcro, y el obispo regresa a la cátedra.
Comentario
Es una tradición muy venerable poner reliquias de algunos santos en el altar sobre el que
el sacerdote preside los sagrados misterios. Las reliquias representan el signo sensible de
la consagración del altar que exalta el sacrificio de Cristo, y el derramamiento de su sangre
redentora. Por ello, en este momento el obispo incrusta una reliquia del Beato Jesús Emilio
Jaramillo en el altar de nuestra parroquia para que él interceda ante Dios por nosotros y,
todos nos veamos animados a imitar sus virtudes en nuestra vida.
ORACIÓN DE DEDICACIÓN
Hecho lo anterior, el obispo, de pie y sin mitra, junto a la cátedra o junto al altar, dice en voz alta:
Oh Dios, santificador y guía de tu Iglesia,
celebramos tu nombre con alabanzas jubilosas,
porque en este día tu pueblo quiere dedicarte, para siempre,
con rito solemne, esta casa de oración,
en la cual te honra con amor,
se instruye con tu palabra
y se alimenta con tus sacramentos.
Este edificio hace vislumbrar el misterio de la Iglesia,
a la que Cristo santificó con su sangre,
para presentarla ante sí como Esposa llena de gloria,
como Virgen excelsa por la integridad de la fe,
y Madre fecunda por el poder del Espíritu.
Es la Iglesia santa, la viña elegida de Dios,
cuyos sarmientos llenan el mundo entero,
cuyos renuevos, adheridos al tronco,
son atraídos hacia lo alto, al reino de los cielos.
Es la Iglesia feliz, la morada de Dios con los hombres,
el templo santo, construido con piedras vivas,
sobre el cimiento de los Apóstoles,
con Cristo Jesús como suprema piedra angular.
Es la Iglesia excelsa,
la Ciudad colocada sobre la cima de la montaña,
accesible a todos, y a todos patente,
en la cual brilla perenne la antorcha del Cordero
y resuena agradecido el cántico de los bienaventurados.
Te suplicamos, pues, Padre santo,
que te dignes impregnar con santificación celestial
esta Iglesia y este altar,
para que sean siempre lugar santo
y una mesa siempre lista para el sacrificio de Cristo.
Que en este lugar el torrente de tu gracia
lave las manchas de los hombres,
para que tus hijos, Padre, muertos al pecado,
renazcan a la vida nueva.
Que tus fieles, reunidos junto a este altar,
celebren el memorial de la Pascua
y se fortalezcan con la palabra y el cuerpo de Cristo.
Que resuene aquí la alabanza jubilosa
que armoniza las voces de los ángeles y de los hombres,
y que suba hasta ti la plegaria por la salvación del mundo.
Que los pobres encuentren aquí misericordia,
los oprimidos alcancen la verdadera libertad,
y todos los hombres sientan la dignidad de ser hijos tuyos,
hasta que lleguen, gozosos, a la Jerusalén celestial.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.
℟ Amén.
UNCIÓN DEL ALTAR Y DE LOS MUROS DE LA IGLESIA
Luego, el obispo se quita la casulla y toma un gremial, va al altar con los diáconos y otros ministros, uno
de los cuales lleva el recipiente con el crisma, y procede a la unción del altar y de los muros de la Iglesia.
Comentario
En virtud de la unción con el crisma, el altar se convierte en símbolo de Cristo, que llamado
y es, por excelencia, el “Ungido” del Padre, puesto que Él lo ungió con el Espíritu Santo y
lo constituyó Sacerdote para que, en el altar de su Cuerpo, ofreciera su vida por la
salvación de todos.
El obispo, de pie ante el altar, dice en voz alta:
El Señor santifique con su poder
este altar y esta casa que vamos a ungir,
para que expresen con una señal visible
el misterio de Cristo y de la Iglesia.
Luego, vierte el crisma en el medio y en los cuatro ángulos del altar, y es aconsejable que unja también
toda la mesa. A continuación, unge los muros de la Iglesia, signando con el santo crisma las doce o cuatro
cruces adecuadamente distribuidas. Terminada la unción del altar y de los muros de la Iglesia, el obispo
regresa a la cátedra y se sienta. Los ministros le traen lo necesario para lavarse las manos. Luego, se quita
el gremial y se pone la casulla.
INCENSACIÓN DEL ALTAR Y DE LA IGLESIA
Comentario
Se quema incienso sobre el altar para significar que el sacrificio de Cristo, que se perpetúa
allí sacramentalmente, sube hasta Dios como suave aroma y también para expresar que
las oraciones de los fieles llegan agradables y propiciatorias hasta el trono de Dios.
Después del rito de la unción, se coloca sobre el altar un brasero para quemar incienso o aromas. El
obispo echa incienso en el brasero o con un pequeño cirio que le entrega el ministro enciende el montón
de incienso, diciendo:
Suba, Señor, nuestra oración
como incienso en tu presencia
y, así como esta casa se llena de suave olor,
que en tu Iglesia se aspire el aroma de Cristo.
Entonces, el obispo echa incienso en los incensarios e inciensa el altar. Luego, vuelve a la cátedra, es
incensado y se sienta. Los ministros, pasando por la nave de la Iglesia, inciensan al pueblo y los muros.
Mientras tanto, se canta un canto apropiado.
ILUMINACIÓN DEL ALTAR Y DE LA IGLESIA
Terminada la incensación, algunos ministros secan con toallas la mesa del altar; luego, cubren el altar con
el mantel y lo adornan, según sea oportuno, con flores; colocan adecuadamente los candelabros con los
cirios requeridos para la celebración de la misa y también, si es del caso, la cruz.
Después, el diácono se acerca al obispo, el cual, de pie, le entrega un pequeño cirio encendido, diciendo
en voz alta:
Brille en la Iglesia la luz de Cristo para que todos los hombres lleguen a la plenitud de la
verdad.
Luego, el obispo se sienta. El diácono va al altar y enciende los cirios para la celebración de la eucaristía:
se encienden todos los cirios y las lámparas de la Iglesia. Mientras tanto, se canta un canto apropiado.
LITURGIA EUCARÍSTICA
Los diáconos y los ministros preparan el altar como de costumbre. Algunos fieles traen el pan, el vino y
el agua para la eucaristía. El obispo recibe los dones en la cátedra. Mientras se llevan, conviene cantar un
canto adecuado. La misa continúa como de costumbre, pero no se inciensan los dones ni el altar.
Comentario
En este momento pasamos a la liturgia de la Eucaristía, en la cual las especies de pan y
vino, que son fruto del trabajo del hombre, son presentadas ante el altar consagrado para
ser ofrecidos a Dios y, por la fuerza del Espíritu Santo, se conviertan en el Cuerpo y la
Sangre de Cristo.
Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor, las ofrendas
que la Iglesia te presenta con gozo,
para que tu pueblo, reunido en este lugar santo
alcance por estos sacramentos
la salvación eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟ Amén.
PLEGARIA EUCARÍSTICA III
V/. El Señor esté con ustedes.
R/. Y con tu espíritu.
V/. Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V/. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo.
Porque has hecho del universo entero
el Templo de tu Gloria
para que tu nombre resplandezca en todas partes,
y quieres también que te consagremos lugares aptos
para celebrar los santos misterios
Hoy, exultantes de gozo,
dedicamos a tu servicio esta casa de oración,
construida con el trabajo de los hombres.
En ella se manifiesta el misterio del verdadero templo
y se vislumbra la imagen de la Jerusalén del cielo.
Porque consagraste como templo sagrado,
en el que habitara la divinidad, el Cuerpo de tu Hijo
nacido de la Virgen Inmaculada.
También constituiste a tu Iglesia como ciudad santa
edificada sobre los cimientos de los apóstoles,
cuya piedra angular es Jesucristo,
y continúas edificándola con piedras elegidas,
vivificadas por tu Espíritu, unidas por el amor,
donde tú serás siempre todo para todos
y brillará eternamente la luz de Cristo.
Por Él, Señor, junto con todos los ángeles y santos,
te alabamos llenos de alegría, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor…
El sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CP Santo eres en verdad, Padre,
y con razón te alaban todas tus creaturas,
ya que, por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro,
con la fuerza del Espíritu Santo,
das vida y santificas todo,
y congregas a tu pueblo sin cesar,
para que ofrezca en tu honor
un sacrificio sin mancha
desde donde sale el sol hasta el ocaso.
Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:
CC Por eso, Padre, te suplicamos
que santifiques por el mismo Espíritu
estos dones que hemos separado para Ti,
Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:
de manera que se conviertan
en el Cuerpo y ✠ la Sangre de Jesucristo,
Hijo tuyo y Señor nuestro,
Junta las manos
que nos mandó celebrar estos misterios.
En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor han de pronunciarse clara y
distintamente, como lo requiere su naturaleza.
Porque él mismo,
la noche en que iba a ser entregado,
Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó pan,
y dando gracias te bendijo,
lo partió
y lo dio a sus discípulos diciendo:
Se inclina un poco
TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL,
PORQUE ÉSTO ES MI CUERPO
QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS.
Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora
haciendo genuflexión.
Después prosigue:
Del mismo modo, acabada la cena,
Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó el cáliz
dando gracias te bendijo,
y lo dio a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco
TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL,
PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE,
SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA,
QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS
Y POR MUCHOS
PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.
HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.
Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora haciendo una
genuflexión.
Luego dice una de las siguientes fórmulas:
CP Éste es el Misterio de la fe.
O bien:
Éste es el Sacramento de nuestra fe.
Y el pueblo prosigue, aclamando:
Anunciamos tu muerte,
proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CC Así, pues, Padre,
al celebrar ahora el memorial
de la pasión salvadora de tu Hijo,
de su admirable resurrección
y ascensión al cielo,
mientras esperamos su venida gloriosa,
te ofrecemos, en esta acción de gracias,
el sacrificio vivo y santo.
Dirige tu mirada sobre la ofrenda
de tu Iglesia,
y reconoce en ella la Víctima
por cuya inmolación quisiste devolvernos
tu amistad,
para que,
fortalecidos con el Cuerpo y Sangre
de tu Hijo
y llenos de su Espíritu Santo,
formemos en Cristo un solo cuerpo
y un solo espíritu.
C1 Que Él nos transforme en ofrenda permanente,
para que gocemos de tu heredad
junto con tus elegidos:
con María, la Virgen Madre de Dios,
san José, su Esposo,
los Apóstoles y los Mártires,
[san N.: santo del día o patrono]
y todos los Santos,
por cuya intercesión
confiamos obtener siempre tu ayuda.
C2 Te pedimos, Padre,
que esta Víctima de reconciliación
traiga la paz y la salvación al mundo entero.
Confirma en la fe y en la caridad
a tu Iglesia, peregrina en la tierra:
al tu servidor, el Papa N., a nuestro obispo N.,
al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos,
y a todo el pueblo redimido por ti.
Atiende los deseos y súplicas de esta familia,
que te dedica esta Iglesia;
concede propicio
que sea casa de salvación
y recinto de los sacramentos del cielo,
donde resuena el Evangelio de la paz
y celebran los santos misterios,
para que los fieles,
iluminados con la Palabra de la vida y con tu gracia,
peregrinen de tal modo por la tierra
que merezcan llegar a la Jerusalén celeste,
en la que tú, Padre misericordioso,
reúnes en torno a ti
a todos tus hijos dispersos por el mundo.
*A nuestros hermanos difuntos
y a cuantos murieron en tu amistad
recíbelos en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria,
Junta las manos
por Cristo, Señor nuestro,
por quien concedes al mundo
todos los bienes.
Toma la patena con la Hostia y el Cáliz, los eleva, y dice:
CP Por Cristo, con él y en él,
o a ti, Dios Padre omnipotente,
CC en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.
El pueblo aclama:
Amén.
RITO DE COMUNIÓN
Una vez que ha dejado el cáliz y la patena, el sacerdote, con las manos juntas, dice:
Fieles a la recomendación del Salvador
y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir:
Extiende las manos y, junto con el pueblo, continúa:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
El sacerdote, con las manos extendidas, prosigue él solo:
Líbranos de todos los males, Señor,
y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo.
Junta las manos
El pueblo concluye la oración aclamando:
Tuyo es el reino,
tuyo el poder y la gloria
por siempre, Señor.
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice en voz alta:
Señor Jesucristo,
que dijiste a tus Apóstoles:
«La paz os dejo, mi paz os doy»,
no tengas en cuenta nuestros pecados,
sino la fe de tu Iglesia,
y conforme a tu palabra,
concédele la paz y la unidad.
Junta las manos
Tú que vives y reinas
por los siglos de los siglos.
El pueblo responde:
Amén.
El sacerdote, extendiendo y juntando las manos, añade:
La paz del Señor esté siempre con ustedes.
El pueblo responde:
Y con tu espíritu.
Luego, si se juzga oportuno, el diácono, o el sacerdote, añade:
Dense fraternalmente la paz.
Terminado el rito de la comunión sigue la inauguración del Sagrario.
INAUGURACIÓN DEL SAGRARIO
Conviene hacer la inauguración del Sagrario donde se reserva la santísima Eucaristía de la siguiente
manera: Después de la comunión, se deja sobre la mesa del altar el copón con el Santísimo Sacramento.
El obispo va a la cátedra y todos oran, por unos instantes, en silencio.
Luego, el obispo dice la oración después de la comunión.
Oración después de la comunión
Danos, Señor,
un profundo conocimiento de ti
por medio de los sacramentos que hemos recibido,
para que te adoremos sin cesar en el templo
y nos alegremos en tu presencia con los santos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟ Amén.
Después, el obispo vuelve al altar e inciensa, de rodillas, el Santísimo Sacramento y, tomando el velo
humeral, recibe el copón en sus manos. Se ordena la procesión, en la cual, marchando todos detrás del
crucífero, se lleva el Santísimo Sacramento con cirios e incienso por la nave de la Iglesia al lugar donde se
encuentra el Sagrario. Mientras tanto se entona un canto apropiado.
Cuando la procesión llega al lugar donde se encuentra el sagrario, el obispo coloca el copón allí, dejando
la puerta abierta, pone incienso e inciensa arrodillado el Santísimo Sacramento. Después de unos
momentos de oración en silencio, el párroco cierra la puerta del sagrario y enciende la lámpara que
arderá continuamente delante del Santísimo Sacramento. El obispo le entrega la llave del sagrario con
estas u otras palabras apropiadas:
N.N. Recibe la llave del sagrario. Conserva con todo cuidado el Pan eucarístico, para
llevarlo a los enfermos y moribundos, a los ancianos y a cuantos no pueden tomar parte
en la Eucaristía. Procura también que tus fieles se dediquen a la adoración eucarística, y
cuida de que esta luz permanezca siempre ardiendo para señalar la presencia del Señor.
La procesión regresa al presbiterio por el camino más corto y el obispo imparte la bendición desde el
altar o desde la cátedra.
BENDICIÓN FINAL Y DESPEDIDA
El obispo toma la mitra y dice:
El Señor esté con ustedes.
El pueblo contesta:
Y con tu espíritu.
Entonces, el obispo, con las manos extendidas sobre el pueblo, lo bendice diciendo:
Dios, Señor del cielo y de la tierra,
que los ha congregado hoy
para la dedicación de esta Iglesia,
multiplique sobre ustedes las bendiciones del cielo.
℟ Amén.
El obispo:
Él, que quiso reunir en su Hijo a todos los hijos dispersos,
haga de ustedes templo suyo y morada del Espíritu Santo.
℟ Amén.
El obispo:
Para que así, felizmente purificados de toda mancha,
puedan tener en ustedes a Dios como huésped
y poseer, con todos los santos,
la herencia de la eterna dicha.
la heredad del reino eterno.
℟ Amén.
El obispo toma el báculo y prosigue:
Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre ✠, Hijo ✠, y Espíritu ✠ Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca siempre.
℟ Amén.
El diácono:
Pueden ir en paz.
Todos:
Demos gracias a Dios.