CRISTO NOS HACE LIBRES
La vida de muchas personas se encuentran cadenas que
detienen el fluir de la bendición de Dios en sus vidas. Cuando
venimos a Cristo esas cadenas son rotas y somos libres para
vivir en la abundancia que Dios ha preparado para nosotros.
Ilustración: Cuando yo era chico me llamaba la atención los
elefantes. Durante la función de Circo, la enorme bestia
hacia despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal... pero
después de su actuación, el elefante quedaba sujeto
solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas
a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la
estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas
enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena
era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz
de arrancar un árbol con su propia fuerza, podría, con
facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: -
¿Que lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?
Juan 8:31-32, 36
“Jesús se dirigió entonces a los judíos que habían creído en él, y
les dijo: Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán
realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los
hará libres... Así que, si el Hijo los libera, serán ustedes
verdaderamente libres.”
Éxodo 1:8-10
“Pero llegó al poder en Egipto otro rey que no había conocido a
José, 9 y le dijo a su pueblo: «¡Cuidado con los israelitas, que
ya son más fuertes y numerosos que nosotros! 10 vamos a tener
que manejarlos con mucha astucia; de lo contrario, seguirán
aumentando y, si estalla una guerra, se unirán a nuestros
enemigos, nos combatirán y se irán del país».”
Gálatas 5:1
“Cristo nos libertó para que vivamos en libertad. Por lo tanto,
manténganse firmes y no se sometan nuevamente al yugo de
esclavitud.”
Isaías 10:27 (NTV)
“En ese día, el Señor acabará con la servidumbre de su pueblo.
Romperá el yugo de la esclavitud y se lo quitará de los
hombros.”
Romanos 6:17-18
“Pero gracias a Dios que, aunque antes eran esclavos del
pecado, ya se han sometido de corazón a la enseñanza que les
fue transmitida. En efecto, habiendo sido liberados del pecado,
ahora son ustedes esclavos de la justicia.”
Romanos 8:15
“Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice
al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les
permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!»”
¿Se siente usted libre?
Lo más seguro es que diga que sí. Sin embargo,
aquí no hablamos de esclavitud externa, sino
interna. Quizá usted no esté tras las rejas, ni atado
con grillos ni cadenas, pero que sí sea cautivo de
una mentalidad negativa o de algún
comportamiento pernicioso. Pero cuando la
presión aumenta, usted vuelve a caer en el mismo
patrón destructivo. Otros quizá lo consideren un
creyente fiel, pero en realidad también padece de
ansiedad, temores y conflictos internos. La paz, el
gozo y la plenitud prometidos en la Palabra de Dios
son solo espejismos irreales.
Pero hay esperanza, pues el Señor Jesús dijo:
“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”
(Jn 8.32). Cristo tiene poder para romper las
cadenas que intentan mantenernos cautivos y
alejados de Él.
Muchos son esclavos del error y las
enseñanzas falsas como:
“Hay más de un camino al cielo”. En
contraste con eso, el mismo Señor Jesucristo
dijo a sus discípulos: “Nadie viene al Padre,
sino por mí” (Jn 14.6).
“Las buenas obras nos llevan al cielo”. Pero
la Biblia dice que somos salvos solo por medio
de la fe, no por nuestras obras (Ef 2.8, 9), por
buenas que parezcan.
“Dios nos acepta basándose en nuestro
buen desempeño”. No; nuestro Padre
celestial nos ama incondicionalmente (Ro 5.8) y
en la cruz la muerte de Cristo cumplió con todo
lo que necesitamos para ser aceptados por Él.
“Todo el mundo irá al cielo porque Dios es
muy bueno”. En realidad los que rechazan a
Cristo y no creen en Él no podrán ir al cielo (Jn
3.36).
“Podemos ser salvos hoy y perdernos
mañana”.
Algunos creen que la vida eterna es un don
gratuito que debemos conservar por medio de
nuestras buenas obras, pero la salvación es
eterna y quien la recibe por fe, no puede
perderla (Jn 3.16).
Otros son esclavos de malas acciones
Nadie intenta convertirse en esclavo del alcohol;
ningún drogadicto deseó ser cautivo de una
sustancia nociva. Lo mismo ocurre con los que
están atrapados en la deshonestidad, el robo, el
engaño, la pereza, la blasfemia, los chismes o
cualquier otro tipo de pecado. Aunque nadie está
exento de pecar, Dios desea que reconozcamos
nuestras faltas sincera y rápidamente.
Otros son víctimas de esclavitud emocional
Unas cuantas de ella son:
Temor. Esta es una atadura que abarca una
amplia gama de sentimientos negativos en
cuanto a preocupaciones como la vejez, falta de
dinero, enfermedad, accidentes, cualquier falta
de confianza en el poder y el apoyo divino.
Celos y envidia. Esta es una combinación
fatal, pues provoca codicia por poseer lo que no
es lícito, lo que produce dolor y odio tanto para
quien codicia como para quien posee el objeto
deseado. No es posible ser envidioso y feliz al
mismo tiempo.
Culpa por acciones pasadas. Hay quienes
viven con remordimientos profundos que les
impiden perdonarse. Pero deben recordar la
promesa de perdón si se confiesa el pecado (Mi
7.18, 19; 1 Jn 1.9).
Rencor. La Biblia dice que debemos
perdonarnos unos a otros como Dios nos
perdonó en Cristo (Ef 4.32) y continúa
perdonándonos con misericordia, paciencia y
amor.
El poder destructivo de esta esclavitud
Obstruye muestra relación personal con
Jesucristo. No podremos ser como Él desea si
debido a nuestra incredulidad estamos atados a
cualquier cosa que le ofenda.
Daña nuestro testimonio personal. Si
consentimos en pecar, nuestra rebeldía
debilitará nuestra influencia en los
inconversos; pero si vivimos rectamente, se
acrecentará el impacto de nuestro testimonio
del evangelio.
Contrista el corazón de Dios. Los padres
ejemplares lamentan las decisiones erróneas
de sus hijos y el Padre celestial se entristece al
vernos controlados por el pecado.
Limita nuestro potencial para servir a
Dios. Si no confrontamos debidamente
nuestros problemas, no podremos satisfacer
sus propósitos en las tareas que Él nos
encomiende.
Perjudica nuestro cuerpo. La ansiedad, la
amargura, el rencor, el enojo y otras emociones
negativas causan estragos en nuestros cuerpos.
La verdad que nos hace libres nos exhorta a
recordar:
Nuestra relación personal con Cristo. Si
somos creyentes, Él ha perdonado todos
nuestros pecados; jamás podremos perder la
salvación.
Posición. Ya no somos enemigos de Dios, sino
hijos suyos y tenemos acceso al trono de la
gracia para recibir el socorro oportuno en
cualquier momento (He 4.16).
Posesión. El Espíritu Santo habita en nosotros
y Él nos capacitará en cada circunstancia. Dios
nos ha impartido su naturaleza y todo lo
necesario para honrarlo y obedecerlo (2 P 1.3,
4).
Dignidad. Como hijos de Dios somos de gran
estima para Él y muy útiles para cumplir su
voluntad y servirle con fidelidad.
REFLEXIÓN
¿Está usted luchando con algunos de los aspectos
mencionados en este mensaje? Si ha aceptado el
don de la salvación de Dios, ya es hijo suyo y tiene
acceso al trono de la gracia para obtener la
victoria. Con la autoridad y el poder del Espíritu
Santo usted podrá superar cualquier atadura
siguiendo las sendas de justicia por las que le
conducirá el Buen Pastor (Sal 23.3).
Como hijos de Dios, los creyentes ya gozamos de la
libertad que Cristo nos ha dado; solo necesitamos
declararlo por fe. Para afirmarlo podremos orar
como sigue: “Señor, te confieso que por mucho
tiempo he sido cautivo de este aspecto de la
esclavitud al pecado. Gracias por tu oferta del
perdón y ahora te suplico que me liberes y me
concedas la victoria sobre este pecado”.
¿Qué le impide ser completamente libre y
experimentar el amor de Cristo? ¿Es alguna
atadura autoimpuesta?
Si usted viera a un ser querido viviendo con las
mismas ataduras, ¿qué consejo le daría? ¿Por
qué nos resulta mucho más fácil dar consejos
que aceptarlos?