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Cuentos Infantiles

El documento presenta una colección de cuentos infantiles escritos por Santiago Tristany, que incluyen historias sobre personajes como Valentina la luciérnaga y Gota la nube llorona. Cada cuento aborda temas como la superación del miedo, la importancia de la alegría y el manejo de las emociones. Los relatos están diseñados para enseñar lecciones valiosas a los niños de manera entretenida y accesible.

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El documento presenta una colección de cuentos infantiles escritos por Santiago Tristany, que incluyen historias sobre personajes como Valentina la luciérnaga y Gota la nube llorona. Cada cuento aborda temas como la superación del miedo, la importancia de la alegría y el manejo de las emociones. Los relatos están diseñados para enseñar lecciones valiosas a los niños de manera entretenida y accesible.

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Cuentos

infantiles
Santiago Tristany

Atribución/Reconocimiento 4.0 Internacional


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Índice

La luciérnaga Valentina
La nube llorona
La fiesta de la alegría de Pipo el conejito
El pequeño erizo y el volcán de enfados
Conejito Tímido y el gran festival de flores
Tomi Topo y la torre tambaleante
El poder de los abrazos
El caracolito solitario
El jardín de las bayas y el árbol de la amistad
Los amigos del Jardín Arcoíris
Saltín y el bosque de los abrazos
Lunita el pez y su visita al doctor
El picnic de los amigos
El misterio del jardín triste
Búho Sabio y las palabras maravillosas
El venadito y la sorpresa del bosque
Mia y la casa de dos jardines
El Bosque de los Recuerdos
¡Equipo limpieza en acción!
El Cascarudo Luisito y el primer día de escuela
Lila y los monstruos de las ramas
La mariquita que quería bailar folclore
Las aventuras de Olivia la Lechuza
Juanchi la Mapache y la gran carrera
Rosita, el cisne rosado y los valientes ratones
Valentina, la corderita valiente
Lucho el ternerito juguetón y su diente travieso
Estela, la estrella de mar rosada y el tesoro
La luciérnaga Valentina

En un jardín lleno de flores de colores vivía una pequeña luciérnaga llamada


Valentina. Durante el día, Valentina dormía acurrucadita bajo las hojas, pero
cuando llegaba la noche, ¡algo pasaba!
—¡Oh, no! ¡Se ha ido el sol! —susurraba Valentina temblando—. Está todo
oscurito y no puedo ver nada.
Valentina tenía mucho miedo a la oscuridad y no sabía que, como todas las
luciernaguitas, ¡ella misma podía brillar!
Un día, su amigo el Caracol Tomás la encontró escondida.
—¿Qué te pasa, Valentina? —preguntó Tomás arrastrándose despacito hacia ella.
—Tengo miedo cuando todo se pone oscuro —contestó Valentina con voz
temblorosa.
—Pero, ¿sabes una cosa? —dijo Tomás—. Tú tienes un regalo especial.
—¿Un regalo yo? —preguntó Valentina sorprendida.
—¡Sí! Las luciérnagas brillan en la oscuridad —explicó Tomás—. Prueba a
mover tu colita.
Valentina movió su colita una vez. Nada pasó. Valentina movió su colita otra vez.
Nada pasó. Valentina movió su colita una tercera vez y... ¡Plaf! ¡De repente una
lucecita comenzó a brillar!
—¡Mira, mira! —exclamó la Hormiguita Laura que pasaba por allí—. ¡Valentina
brilla como una estrellita!
La luciérnaga no podía creerlo. ¿Era ella quien hacía esa luz tan bonita?
—Ahora —dijo el Búho Sabio desde su árbol—, puedes ver en la oscuridad y
ayudar a otros animalitos que tienen miedo como tú.
Esa noche, Valentina salió volando por primera vez en la oscuridad. Primero voló
despacito, despacito. Luego un poquito más rápido. Y al final, ¡volaba feliz por
todo el jardín!
—¡Hola, amigos! —llamaba Valentina—. ¿Alguien necesita un poquito de luz?
El Ratoncito Pepe, que también tenía miedo a la oscuridad, levantó su patita.
—Yo, yo —dijo Pepe—. No encuentro el camino a mi casita.
Valentina voló cerca de él, iluminando el caminito con su luz.
—Gracias, Valentina —sonrió Pepe—. Tu luz es pequeñita pero muy importante.
Noche tras noche, Valentina ayudaba a sus amigos. La Mariposita Sofía, el
Escarabajo Juan, y muchos más.
Y cada vez que ayudaba a alguien, su miedo se hacía más chiquitito, más
chiquitito, ¡hasta que desapareció por completo!
—¿Sabes por qué ya no tengo miedo? —le preguntó un día Valentina al Caracol
Tomás.
—¿Por qué? —preguntó Tomás curioso.
—Porque descubrí que a veces, lo que nos da miedo puede ser donde más
brillamos —respondió Valentina con una sonrisa luminosa.
Y así, la pequeña luciérnaga aprendió que dentro de cada uno hay una luz
especial, y que a veces, solo necesitamos un amiguito que nos ayude a
descubrirla.
¿Y tú? ¿Has encontrado ya tu luz especial?
La nube llorona

En el cielo azulito, muy cerca del sol, vivía una nubecita llamada Gota. Era una
nube pequeñita y esponjosa, suave como algodón. Gota tenía muchos amigos: el
Viento Veloz, que soplaba rápido; el Sol Brillante, que calentaba todo; y las
Estrellas Luminosas, que parpadeaban por la noche.
Todas las mañanas, Gota se despertaba feliz y saltarina.
—¡Buenos días, amiguitos! —saludaba Gota con una sonrisa.
—¡Buenos días, Gota! —respondían todos.
Pero un día, algo extraño pasó. Gota se despertó sintiéndose pesada y gris.
—¿Qué te pasa, Gota? —preguntó el Sol Brillante, acercándose despacito.
—No lo sé —suspiró Gota—. Me siento triste, muy triste.
Y de repente, ¡plic, ploc, plic! Pequeñas gotitas comenzaron a caer de Gota.
¡Estaba llorando!
—¡Oh, no! —exclamó Gota asustada—. ¡Estoy llorando y no puedo parar!
El Viento Veloz se acercó volando.
—No te preocupes, Gota —dijo el Viento—. Todos nos sentimos tristes a veces.
—¿Todos? —preguntó Gota sorprendida, mientras seguía llorando plic, ploc,
plic.
—¡Claro que sí! —respondió el Sol Brillante—. Yo también me pongo triste
cuando las nubes grandes me tapan y no puedo brillar.
Las Estrellas Luminosas también se acercaron titilando.
—Nosotras nos ponemos tristes cuando nadie nos mira —dijeron las Estrellas.
Gota seguía llorando, pero ahora escuchaba atenta.
—¿Y qué hacen cuando están tristes? —preguntó entre sollozos.
El Viento Veloz fue el primero en contestar:
—Yo respiro hondo, muy hondo. Así, mira: ¡Fuuuuu! Y luego suelto el aire:
¡Aaaah!
Gota intentó hacer lo mismo: respiró hondo y soltó el aire. Se sintió un poquito
mejor.
—Yo cuento cosas bonitas —dijo el Sol Brillante—. Una flor roja, dos pajaritos,
tres maripositas...
Gota también lo intentó: contó una nube, dos pájaros, tres rayos de sol... Y se
sintió otro poquito mejor.
—Nosotras cantamos —dijeron las Estrellas Luminosas—. La música nos hace
sentir alegría.
Y todas juntas cantaron: "Estrellita, ¿dónde estás? Me pregunto qué serás..."
Gota cantó con ellas y, ¡sorpresa!, sus lágrimas empezaron a caer más despacio.
—¡Está funcionando! —exclamó Gota—. Me siento menos triste.
Entonces, la Luna Sabia, que había estado observando todo, se acercó flotando
suavemente.
—Querida Gota —dijo la Luna con voz tranquila—. Las lágrimas no son malas.
Cuando llueves, ayudas a las flores a crecer, a los ríos a llenarse, y a los niños a
jugar con charquitos.
Gota miró hacia abajo y vio que sus lágrimas habían caído sobre un jardín. Las
flores levantaban sus cabecitas, más coloridas que nunca.
—¡Gracias, nubecita! —gritaban las flores—. ¡Tus lágrimas nos dan vida!
Un grupo de niños saltaba en los charcos gritando: "¡Qué divertido!" y reían
alegremente.
—¿Ves? —continuó la Luna Sabia—. A veces, estar triste y llorar nos ayuda a
sentirnos mejor después. Es como cuando limpiamos nuestra habitación: primero
parece difícil, pero luego todo queda brillante y ordenado.
Gota miró su reflejo en un charquito y notó que ahora era más blanca y esponjosa
que antes.
—Me siento ligera —dijo Gota sorprendida—. ¡Y feliz otra vez!
La Luna Sabia sonrió.
—Eso es porque has aprendido algo muy importante: los sentimientos vienen y
van como tú por el cielo. A veces estamos felices, a veces tristes, a veces
enfadados... Y todos esos sentimientos son importantes.
Desde ese día, cuando Gota se sentía triste, ya sabía qué hacer: respiraba hondo
como el Viento, contaba cosas bonitas como el Sol, cantaba como las Estrellas y,
si necesitaba llorar, dejaba que sus lágrimas cayeran sabiendo que después se
sentiría mejor.
Y cuando veía a alguien triste, Gota se acercaba despacito y decía:
—¿Sabes una cosa? Estar triste a veces está bien. Si quieres, podemos estar
tristes juntos un ratito, y luego buscaremos la alegría.
¿Y tú? ¿Qué haces cuando te sientes triste? ¿Respiras hondo como el Viento?
¿Cuentas cosas bonitas como el Sol? ¿O cantas como las Estrellas? Puedes
dibujar tu cara cuando estás triste y tu cara cuando estás feliz.
Porque, como aprendió la nubecita Gota, todos los sentimientos son importantes
y nos ayudan a crecer, igual que la lluvia ayuda a las flores.
Fin
La fiesta de la alegría de Pipo el conejito

Pipo era un conejito muy saltarín que vivía en un prado lleno de margaritas y
tréboles suaves como alfombras. Pipo era ¡muy alegre! Siempre andaba con una
sonrisa en su boquita rosada y sus orejotas se movían de pura felicidad. Le
encantaba saltar, ¡saltarísimo!, entre las flores y sentir el sol calentito en su pelito
blanco.
Un día, mientras saltaba y jugaba, Pipo notó algo raro. Su amigo, Benito el Erizo,
estaba sentado debajo de un gran champiñón rojo, con la carita tristona. Benito,
que normalmente era muy juguetón, ¡ni siquiera se movía!
Pipo se acercó corriendo, ¡corre que te corre!, hasta donde estaba Benito y le
preguntó con su vocecita dulce: “Benito-ito, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás tan
tristón?".
Benito suspiró (¡ufff, qué suspiro!) y contestó: "Ay, Pipo… Es que hoy no me
siento nada alegre. Todo me parece gris y aburrido".
Pipo se quedó pensando con sus bigotitos moviéndose muy rápido. “¡Gris!
¡Aburrido! ¡Uy, uy, uy! ¡Eso no puede ser!”. A Pipo se le ocurrió una idea
¡genialísima! “¡Ya sé, Benito! ¡Vamos a organizar una Fiesta de la Alegría!”.
Benito levantó una ceja espinosa (bueno, todas sus cejas eran espinosas). “¿Una
fiesta de… qué?”.
“¡De la Alegría!”, repitió Pipo saltando de entusiasmo. “¡Para que la alegría nos
llene a todos y se nos vaya la tristeza lejos, lejíííísimos!”.
A Benito, al principio, no le convencía mucho la idea. Pensaba que la alegría era
como el aire, ¡no se podía agarrar ni compartir! Pero Pipo era muy persuasivo,
¡que quiere decir que convencía muy bien! "¡Venga, Benito-ito, porfi, porfi,
porfiiiis! ¡Verás qué divertido!”.
Y así, Pipo y Benito se pusieron manos a la obra (¡manitas y patitas a la obra!).
Primero, fueron a buscar a sus amigos del prado. Encontraron a Rosita la Ardilla
subida a un árbol buscando bellotas. “¡Rosita-ita, necesitamos tu ayuda para la
Fiesta de la Alegría!”, gritó Pipo. Rosita, que era muy curiosa y le encantaban las
fiestas, bajó rapidísimo, ¡zip, zip, zip!, por el tronco del árbol.
Luego, encontraron a Doña Tortuga paseando despacito, muy despacito, cerca del
río. “¡Doña Tortuga-uuga, venga, venga, venga! ¡Necesitamos a alguien sabio
para organizar nuestra fiesta!”. Doña Tortuga, aunque lenta, ¡siempre tenía
buenas ideas!
Juntos, los cuatro amigos empezaron a preparar la Fiesta de la Alegría. Rosita, la
ardilla veloz, recogió flores de mil colores: ¡amarillas como el sol, rojas como las
cerezas, azules como el cielo! Doña Tortuga, con su sabiduría, les ayudó a
encontrar el lugar perfecto: ¡un claro soleado con un árbol grandote que daba
sombra y fresquito! Benito, poco a poco, ¡se fue animando! Empezó a ayudar a
limpiar el suelo de hojitas secas y ramitas. ¡Hasta tarareaba una cancioncilla!
Pipo, por supuesto, ¡no paraba de saltar y animar a todos! “¡Vamos, vamos, con
alegría, alegría, alegría!”, cantaba mientras daba volteretas en el aire. Explicó a
sus amigos: “La alegría es como un tesoro brillante que llevamos dentro. Y si la
guardamos solo para nosotros, se queda pequeñita. ¡Pero si la compartimos, se
hace gigante!”.
Entre todos decoraron el claro con flores, hojas verdes y guirnaldas hechas con
briznas de hierba. ¡Todo quedó precioso, radiante y alegre! Cuando todo estuvo
listo, invitaron a todos los animalitos del prado a unirse a la fiesta. Vinieron las
mariposas revoloteando, los caracoles arrastrándose, los grillos saltando ¡y hasta
una familia de patos haciendo “cuac, cuac, cuac”!
En la Fiesta de la Alegría hubo juegos divertidísimos: ¡carreras de sacos hechos
con hojas grandes!, ¡adivinanzas disparatadas que hacían reír a carcajadas!,
¡bailes con música de flauta hecha con una caña hueca! ¡Y muchísimas
cosquillas! Todos reían, cantaban, bailaban y compartían la alegría como si fuera
un dulce muy, muy rico.
Benito el Erizo, ¡el más tristón al principio!, era ahora el más divertido de todos.
Se reía tanto que hasta le temblaban las púas (¡pero de risa, eh!). Comprendió que
Pipo tenía razón: la alegría, cuando se comparte, ¡se hace mucho más grande y
brillante! Y contagia a todos los que están alrededor.
Al final de la tarde, cuando el sol empezó a despedirse pintando el cielo de
naranja y rosa, todos los animalitos estaban cansadísimos de tanto jugar, pero
¡felicísimos! Se despidieron con abrazos y sonrisas, llevándose un poquito de la
alegría de Pipo en sus corazoncitos.
Y así, el prado quedó en silencio, pero lleno de una alegría invisible pero ¡muy
fuerte! Pipo y Benito, juntitos debajo del champiñón rojo (que ahora ya no
parecía tan triste), miraban el cielo estrellado.
"¿Ves, Benito-ito?", dijo Pipo bostezando un poquito (pero de felicidad).
"Compartir la alegría es como regalar un poquito de sol a los demás. Y cuanto
más sol regalas, ¡más sol te queda a ti!".
Benito sonrió, una sonrisa grande y alegre como el sol. Había aprendido una
lección importantísima: ¡que la alegría es mucho más bonita cuando se comparte!
Y que incluso un erizo tristón puede volver a ser ¡muy, muy feliz!
Y colorín colorado, este cuento alegre se ha acabado.
El pequeño erizo y el volcán de enfados

Había una vez, en el bosque de los Sentimientos, un ericito llamado Pinchos. Era
pequeñito, con púas suavecitas y unos ojitos negros que brillaban como estrellas.
Pinchos tenía un problema: cuando algo no le salía bien, su pancita se ponía
calentita, sus púas se erizaban y ¡PUM! estallaba como un volcán.
—¡NO QUIERO! ¡NO ME GUSTA! —gritaba tan fuerte que los pajaritos salían
volando de los árboles.
Una mañana, mientras intentaba hacer una torre con piedrecitas, la torre se
derrumbó por quinta vez.
—¡AAAAH! —gritó Pinchos, y pateó todas las piedras—. ¡TORRE TONTA!
Sus púas se erizaron tanto que parecía una pequeña bola con picos.
Cerca de allí, Lola la tortuga observaba todo.
—Ericito, ¿qué te pasa? —preguntó con voz tranquila.
—¡Nada! —respondió Pinchos, con los bracitos cruzados.
—A mí me parece que tienes un volcán de enfados dentro —dijo Lola—.
¿Quieres saber cómo calmar un volcán?
Pinchos asintió, un poquito avergonzado.
—Primero —explicó Lola—, cuando sientas que el volcán va a estallar, respira
profundo como las olas del mar: dentro, fuera, dentro, fuera...
Pinchos lo intentó: respiró despacito, una, dos, tres veces.
—Ahora —continuó Lola—, usa palabras para decir lo que sientes: "Estoy
enojado porque mi torre se cayó".
—Estoy... enojado... porque mi torre se cayó —repitió Pinchos, sorprendido de lo
bien que se sentía al decirlo.
—¡Muy bien! —sonrió Lola—. Y ahora, busca una forma de sacar el enojo sin
lastimar a nadie.
Lola le mostró a Pinchos cómo apretar una hojita en su mano, cómo saltar tres
veces o cómo dibujar su enojo en la tierra.
Al día siguiente, mientras jugaba con su amigo Saltín el conejo, tuvieron un
pequeño problema.
—¡Es mi turno con la pelota! —dijo Saltín, quitándosela.
Pinchos sintió que su volcán interior empezaba a calentarse. Sus púas
comenzaron a erizarse, pero entonces recordó las palabras de Lola.
Respiró profundo: dentro, fuera, dentro, fuera.
—Estoy enojado porque quiero seguir jugando con la pelota —dijo con voz clara.
—¿Estás enojado? —preguntó Saltín, sorprendido—. No lo sabía. ¿Qué tal si
jugamos juntos?
Pinchos sonrió.
—¿Ves? —dijo Lola, que pasaba por allí—. Cuando dices lo que sientes sin
lastimar a otros, es más fácil encontrar soluciones.
Desde ese día, Pinchos aprendió que está bien sentir enojo, pero hay formas de
expresarlo sin que su volcán interior lastime a nadie. A veces aún se enojaba,
claro, pero ahora sabía qué hacer cuando eso pasaba.
Y cuando otros animalitos del bosque tenían problemas con sus volcanes de
enfados, Pinchos les enseñaba su secreto: respira, di lo que sientes y encuentra
una forma tranquila de sacar el enojo.
¿Y tú? La próxima vez que sientas un volcán de enfados dentro, ¿qué harás?
¡Quizás los consejos de Pinchos te ayuden!
Fin
Conejito Tímido y el gran festival de flores
Había una vez un pequeño conejo llamado Conejito Tímido, que vivía en un
bosque lleno de flores de todos los colores. A Conejito le encantaba observar
cómo las abejas zumbaban de flor en flor, cómo los pajaritos cantaban entre las
ramas y cómo las mariposas bailaban al viento. Pero había algo que Conejito no
hacía nunca: hablar con los demás.
"¿Por qué siempre te escondes detrás de esos arbustos, Conejito?", preguntó un
día Mariquita Saltarina, una pequeña mariquita roja con puntos negros. "No
muerdo, ¿sabes?"
Conejito Tímido movió sus largas orejitas nerviosamente. "Es que… me da
vergüenza hablar con otros", respondió en voz baja, casi como un susurro. "¿Y si
digo algo mal? ¿Y si se ríen de mí?"
Mariquita Saltarina sonrió dulcemente. "¡Oh, Conejito! Todos somos diferentes,
pero eso es lo que nos hace especiales. Si quieres, puedo ayudarte a sentirte más
seguro."
Conejito asintió tímidamente. "¿Cómo?"
"Bien, ¡primero tenemos que practicar!", exclamó Mariquita, dando un pequeño
brinco. "Este fin de semana hay un gran festival de flores en el claro del bosque.
Todos los animales participan cantando, bailando o contando historias. Será
divertido si vienes conmigo."
Pero Conejito Tímido sacudió su cabeza rápidamente. "¡No podría hacer algo así
frente a todos! Solo me escondería detrás de una flor gigante."
Mariquita pensó por un momento. "Está bien, empecemos poco a poco. Primero,
vamos a saludar a alguien juntos. Luego, verás que no es tan difícil."
Primero fueron a visitar a Colibrí Brillante, quien estaba bebiendo néctar de una
flor amarilla. "Hola, Colibrí", dijo Mariquita con entusiasmo. "¿Sabías que
Conejito tiene una voz muy bonita?"
Conejito Tímido se escondió detrás de una hoja grande. "¡No es cierto!",
murmuró.
Colibrí Brillante voló cerca de él. "Buenos días, Conejito. Me encantaría
escuchar tu voz algún día. No tienes que tener prisa; puedes empezar cuando
quieras."
Conejito sintió una calidez en su corazón al escuchar las palabras de Colibrí. Tal
vez no era tan malo ser diferente.
Luego, Mariquita llevó a Conejito a conocer a Tortuguita Paciente, quien estaba
pintando un cuadro en el suelo con hojas secas. "Hola, Tortuguita", dijo
Mariquita. "Conejito quiere aprender a confiar más en sí mismo. ¿Qué consejo le
darías?"
Tortuguita levantó la cabeza lentamente y sonrió. "Yo solía ser muy lenta para
decidirme, pero aprendí que cada paso, aunque sea pequeño, cuenta. Si das un
paso hoy, mañana podrás dar dos. ¡Así es como creces!"
Conejito miró a Tortuguita y pensó en sus palabras. "Un paso a la vez…", repitió
en voz baja.
Finalmente, llegó el día del gran festival de flores. El claro del bosque estaba
decorado con guirnaldas de margaritas y girasoles. Había música, risas y muchos
animales reunidos.
Mariquita tomó la pata de Conejito. "¿Quieres intentarlo? Solo di 'hola' si
quieres. Nadie espera que hagas algo grandioso."
Conejito tragó saliva. Se sentía nervioso, pero también emocionado. Dio un
pequeño paso adelante y, con una vocecita temblorosa, dijo: "Ho-hola."
Todos los animales voltearon a mirarlo. En lugar de reírse, comenzaron a
aplaudir. "¡Bien hecho, Conejito!", gritó Colibrí Brillante desde arriba.
Conejito sintió cómo su corazón latía fuerte, pero esta vez no era de miedo. Era
de alegría. Decidió dar otro paso más grande: levantó una patita y saludó
tímidamente. Los animales respondieron con más aplausos y sonrisas.
Al final del festival, Conejito incluso se animó a contar una breve historia sobre
cómo encontró su flor favorita en el bosque. Para su sorpresa, todos lo
escucharon atentamente y lo felicitaron después.

Cuando el festival terminó, Conejito caminó junto a Mariquita hacia casa.


"¿Sabes qué?", dijo Conejito con una sonrisa tímida pero orgullosa. "Creo que ya
no soy tan tímido. Solo necesitaba recordar que puedo hacerlo, aunque sea un
poquito a la vez."
Mariquita brilló de felicidad. "¡Eso es exactamente lo que quería que entendieras!
La confianza crece cuando te permites intentarlo, sin importar cuán pequeño sea
el primer paso."
Fin
Tomi Topo y la torre tambaleante

Tomi era un topo pequeñito y trabajador que vivía debajo de un árbol muy grande
y frondoso en un bosque alegre. A Tomi le encantaba construir cosas con ramitas,
hojas y piedritas que encontraba por el bosque. ¡Era un constructor nato, nacidito
para construir! Le gustaba hacer casitas para sus amigos, puentes sobre los
charquitos y hasta pequeños cochecitos con tapones de bellota.
Un día, a Tomi se le ocurrió una idea ¡brillantísima!: iba a construir la torre más
alta y bonita de todo el bosque. ¡Una torre que llegara hasta las nubes!, bueno,
quizás no hasta las nubes de verdad, pero sí ¡muy, muy alta!
Tomi estaba súper emocionado. Desde la mañana tempranito, empezó a buscar
los mejores materiales. Encontró ramitas fuertes y rectas, piedras lisitas y
redondas, y hojas grandes y verdes que olían a bosque fresco. “¡Esta torre va a
ser la más genial de todas!”, pensaba Tomi con una sonrisa topuna muy
orgullosa.
Primero, Tomi hizo la base de la torre con piedritas. Las colocó con mucho
cuidado, una a una, intentando que quedaran bien derechitas. Pero ¡oh, oh! Las
piedritas no se quedaban quietas, se movían y se escurrían. Tomi intentaba una y
otra vez, ¡pon piedra aquí, pon piedra allá!, pero la base… ¡tambaleaba! ¡Tatac,
tatac, tatac!, sonaban las piedras al caerse.
Tomi empezó a sentir un cosquilleo raro en su barriguita. No era un cosquilleo de
risa, no, era un cosquilleo… ¡de enfado! Frunció su pequeño hocico rosado y
apretó los dientes. “¡No puede ser! ¡No me sale bien!”. Pero Tomi era tozudo,
¡muy tozudito! (que quiere decir que no se rendía fácilmente). Respiró hondo, y
volvió a intentarlo.
Esta vez, Tomi probó a poner hojas grandes entre las piedras, para que se pegaran
y no se movieran tanto. “¡Ahora sí!”, pensó. Colocó las hojas, puso las piedras
encima… ¡y otra vez tatacabum! ¡La base se vino abajo otra vez! Las piedritas
rodaron por el suelo, las hojas se arrugaron y las ramitas se desparramaron por
todas partes.
¡Pufff! Tomi sintió que el enfado se hacía más grande. Sus orejitas empezaron a
ponerse rojas, rojísimas, y sus bigotitos temblaban un poquito, ¡pero esta vez no
era de alegría! “¡Grrr!”, gruñó Tomi topo, pateando una piedrita pequeña. “¡Esto
es injusto! ¡Yo quiero que mi torre quede perfecta, perfecta, perfecta!”.
Siguió intentándolo, una vez, y otra vez, y otra vez más. Probó a poner barro
entre las piedras, a usar ramitas como palitos para sujetarlas, ¡incluso intentó
cantar una canción mágica a las piedras para que se quedaran quietas! Pero nada,
¡nadita de nada! La torre de Tomi, una y otra vez, ¡se caía! ¡Plaf! ¡Crash! ¡Zas!
Tomi estaba cada vez más frustrado. La frustración es como cuando esperas algo
con muchas ganas, muchísimas ganas, y luego no sale como querías. ¡Es como si
algo dentro de ti hiciera buaaaa!
Tomi tiró las ramitas al suelo, las piedras las empujó lejos, lejos con sus patitas, y
se sentó debajo del árbol grandote, con la carita muy, muy triste. “¡No soy un
buen constructor! ¡Soy un constructor fatal, fatalísimo!”, pensaba Tomi, con
lágrimas chiquititas asomándose a sus ojitos negros.
De repente, escuchó una vocecita suave que decía: “¿Qué te pasa, Tomi-topo-ito?
Te veo muy tristón”. Era Flora Ardilla, su amiga juguetona y risueña, que bajaba
ágilmente, ¡chispún, chispún!, desde una rama del árbol.
Tomi, con la voz un poco temblorosa, le contó lo que pasaba: “Quería construir
una torre altísima, pero… pero no me sale. Se cae, se cae siempre. ¡Soy un
desastre!”. Y se echó a llorar un poquito más, ¡snif, snif!
Flora Ardilla se sentó junto a Tomi y le dio un golpecito suave con su rabito
peludo. “¡Ay, Tomi-ito! No te pongas así. A veces, las cosas no salen a la
primera. ¡A todos nos pasa!”.
Tomi la miró con sus ojitos llenos de lágrimas. “¿A ti también te pasa?”.
“¡Claro que sí!”, contestó Flora. “¿Recuerdas cuando intentaba recoger las
nueces más altas del árbol? ¡Uf! ¡Cuántas veces me caí y me raspé la naricita!
¡Pero no me rendí! ¡Lo intenté una y otra vez hasta que lo conseguí!”.
Tomi se secó las lagrimitas con su patita. “¿Y qué hiciste cuando te frustrabas,
cuando te daba rabia que no te saliera?”.
Flora sonrió. “Pues… primero, respiraba hondo, como tú has hecho antes, ¡muy
bien! Luego, pensaba qué podía hacer diferente. A veces pedía ayuda, a veces
cambiaba de idea, y a veces… simplemente, lo intentaba otra vez, pero de otra
manera”.
“¿De otra manera?”, preguntó Tomi, ahora un poco más animado.
“¡Sííí!”, dijo Flora con entusiasmo. “¿Y si probamos a construir una torre… un
poquito más pequeña? ¡Pero muy fuerte y estable!”.
A Tomi le brillaron los ojitos. ¡Era una buena idea! Quizás la torre grandísima era
demasiado difícil para empezar. Juntos, Tomi y Flora volvieron a recoger las
piedras, las ramitas y las hojas. Esta vez, hicieron una base más ancha y baja, y
fueron construyendo la torre poquito a poco, con mucha paciencia y
¡cooperación! (que quiere decir, ayudándose mucho el uno al otro).
Flora encontraba las piedras más adecuadas, y Tomi las colocaba con cuidado.
Flora sujetaba las ramitas, y Tomi las ataba con briznas de hierba. Y entre risitas
y canturreos, ¡la torre empezó a crecer! ¡Poco a poco, pasito a pasito! Ya no se
tambaleaba, ¡era una torre fuerte y resistente!
Al final de la tarde, ¡lo consiguieron! No era la torre más alta del bosque, no
llegaba hasta las nubes, pero era una torre preciosa, ¡perfecta a su manera! Tomi
y Flora la miraban orgullosos.
Tomi sintió una alegría grandísima, mucho más grande que la frustración que
había sentido antes. “¡Lo hemos logrado, Flora-ita!”, exclamó, dando saltitos de
felicidad. “¡Y juntos!”.
Flora sonrió. “¡Claro que sí, Tomi! Y lo más importante es que no te has rendido,
has sido tenaz (que quiere decir, ¡que has seguido intentándolo!) Y has aprendido
que, a veces, las cosas no salen como queremos a la primera, ¡y no pasa nada!
¡Lo importante es aprender y seguir intentándolo!”.
Tomi entendió. La frustración no era algo malo, ¡era solo una señal para probar
algo diferente, o pedir ayuda, o simplemente ser un poco más paciente! Y, sobre
todo, que construir y superar los problemas… ¡era mucho más divertido con
amigos!
Y colorín colorado, este cuento sobre la torre frustrada se ha acabado.
¿Te ha gustado? ¿Alguna vez te has sentido frustrado cuando algo no te ha salido
bien? ¡Es normal sentirse así! ¡Pero recuerda a Tomi Topo y a Flora Ardilla!
Respira hondo, pide ayuda, cambia de plan, ¡y, sobre todo, no te rindas! ¡Verás
cómo, al final, lo consigues! Y si no sale exactamente como querías… ¡seguro
que aprendes algo importante! ¡Y eso también es genial!".
El poder de los abrazos

En un bosque colorido, donde las flores se mecían con la brisa, vivía un pequeño
osito llamado Lucas. A Lucas le encantaba jugar entre los árboles y saludar a
todos los animalitos que encontraba en su camino.
—¡Buenos días, pajaritos! —decía cada mañana mientras agitaba sus patitas.
Lucas tenía una forma especial de mostrar cariño: daba los abrazos más cálidos y
reconfortantes del bosque. Cuando abrazaba a alguien, todos decían que se
sentían mucho mejor.
Su mamá osa, que lo observaba desde lejos, se acercó sonriendo.
—Tus abrazos son muy especiales, hijito —le explicó con ternura—. Haces sentir
bien a los demás porque pones todo tu corazón en ellos.
—¡Qué bonito! —exclamó Lucas mirando sus bracitos con asombro.
Al día siguiente, Lucas decidió compartir sus abrazos con todos sus amigos.
Primero, visitó a Lila, la conejita que vivía cerca del arroyo.
—¡Hola, Lila! Tengo algo especial para ti —dijo Lucas.
Y le dio un gran abrazo. Lila sonrió de oreja a oreja.
—¡Me siento muy feliz! —dijo la conejita saltando de alegría—. Tus abrazos
siempre me animan.
Luego, Lucas fue a ver a Tomás, el zorro que estaba triste porque había perdido
su juguete favorito.
—No estés triste, Tomás. Un abrazo te ayudará —le dijo.
Y le dio un abrazo grandote y cálido. Tomás sintió cómo la tristeza se hacía más
pequeñita.
—¡Gracias, Lucas! Me siento mucho mejor —dijo Tomás sonriendo—. Ahora
tengo ánimos para buscar mi juguete otra vez.
Por la tarde, Lucas encontró a la familia de ardillas que trabajaba recogiendo
nueces para el invierno. Estaban muy cansaditas.
—¿Puedo ayudarles? —preguntó Lucas.
—Estamos cansados, pero debemos terminar antes de que llueva —respondió
mamá ardilla con un suspiro.
Lucas les dio un abrazo a cada una y luego les ayudó a recoger nueces. Las
ardillitas sintieron que tenían nuevas fuerzas para seguir trabajando.
—¡Tus abrazos y tu ayuda nos dan energía! —dijeron felices.
Al caer la noche, Lucas regresó a casa. Estaba contento, pero también cansadito
después de dar tantos abrazos y ayudar a sus amigos.
Su papá oso lo esperaba en la puerta.
—¿Cómo te fue hoy compartiendo tus abrazos? —le preguntó.
—¡Muy bien! Hice felices a muchos amigos —respondió Lucas bostezando.
—Eso es maravilloso, pero ¿sabes qué es lo más importante? —dijo papá oso.
—¿Qué? —preguntó Lucas con curiosidad.
—Que tú también necesitas recibir abrazos.
Y entonces, mamá y papá oso le dieron el abrazo más grande y cálido del mundo.
Lucas sintió cómo su corazoncito se llenaba de alegría y calidez.
—Los quiero mucho —susurró el osito mientras sentía el calor de su familia.
Esa noche, Lucas aprendió que el amor y el cariño son como un círculo: cuando
das, también recibes. Y los abrazos son la mejor forma de demostrar cuánto
queremos a nuestra familia y amigos.
Y tú, ¿a quién le darás un abrazo hoy?
El caracolito solitario

Había una vez un caracolito llamado Nico que vivía en un pequeño jardín lleno
de flores de colores. A Nico le encantaba deslizarse por las hojas suaves como
algodón y jugar con las gotitas de rocío que brillaban bajo el sol. Pero había algo
que a Nico le preocupaba mucho: ¡él no tenía amigos!
Un día, mientras gateaba lentamente por el sendero del jardín, escuchó una
vocecita dulce que decía:
—¡Hola, caracolito! ¿Adónde vas tan solito?
Nico levantó sus antenitas y vio a un colibrí llamado Pipa, que aleteaba feliz
entre las flores.
—Voy al Bosque Encantado —respondió Nico—. Quiero encontrar nuevos
amigos.
—¡Qué idea más bonita! —dijo Pipa—. Yo también voy para allá. ¿Puedo
acompañarte?
Y así, Nico y Pipa emprendieron su viaje juntos.
Mientras avanzaban, Nico y Pipa se encontraron con muchos animales. Algunos
eran muy diferentes entre sí, pero todos tenían algo especial que ofrecer.
Primero conocieron a Lulú, una hormiguita trabajadora que llevaba una hojita
más grande que ella.
—¡Plaf! —dijo Nico cuando resbaló en un charquito.
—¿Estás bien, caracolito? —preguntó Lulú, preocupada.
—Sí, gracias —respondió Nico—. ¿Nos ayudas a llegar al bosque?
—Claro que sí —dijo Lulú—. Yo sé dónde está el puente de piedras. ¡Sigamos,
sigamos!
Luego, se toparon con Ramón, un ratoncito travieso que estaba construyendo una
casita con ramitas.
—¡Hola, amigos! —dijo Ramón—. ¿Qué hacen por aquí?
—Buscamos nuevos amigos —contestó Pipa—. ¿Quieres venir con nosotros?
—¡Por supuesto! —exclamó Ramón—. Conozco un atajo secreto. ¡Vamos,
vamos, sin parar!
Finalmente, llegaron al río que separaba el jardín del Bosque Encantado. Pero…
¡oh, no! El puente de piedras estaba roto.
—¿Cómo cruzaremos? —preguntó Nico, sintiendo un poco de tristeza.
—No te preocupes, caracolito —dijo Lulú—. Todos podemos ayudar.
Los amigos pusieron manos a la obra. Lulú organizó a las hormigas para traer
más piedras pequeñas. Ramón usó sus fuertes dientes para tallar ramitas y
sujetarlas como vigas. Pipa volaba rápido de un lado a otro, guiando a todos con
sus consejos. Y Nico, aunque era lento, ayudaba con paciencia, asegurándose de
que cada piedra estuviera en su lugar.
Al final, después de mucho esfuerzo, lograron reconstruir el puente.
—¡Hurra! —gritaron todos felices—. ¡Lo hicimos juntos!
Al cruzar el puente, Nico y sus nuevos amigos llegaron al Bosque Encantado. Era
un lugar precioso lleno de flores luminosas, mariposas danzantes y risas que
flotaban en el aire.
—¡Bienvenidos! —dijeron otros animales que ya vivían allí—. ¿Quieren ser
nuestros amigos?
—¡Sí! —respondieron Nico, Pipa, Lulú y Ramón al unísono.
Desde ese día, Nico nunca más se sintió solo. Había aprendido que hacer nuevos
amigos era fácil si compartías tu tiempo y tu corazón. También descubrió que
mantener las amistades era aún más especial cuando todos trabajaban juntos.
Y así, Nico y sus amigos vivieron muchas aventuras en el Bosque Encantado.
Cada vez que alguien nuevo llegaba, ellos lo recibían con los brazos abiertos.
Porque habían aprendido que, cuando colaboras y das lo mejor de ti, las
amistades crecen como las flores bajo el sol.
"Todos celebraron con una fiesta de flores y canciones. Y Nico pensó: 'Qué
suerte tengo de tener amigos tan especiales'."
Fin
El jardín de las bayas y el árbol de la amistad

En un jardín lleno de brillo y color, donde las flores bailaban con el viento y el
sol brillaba calentito, vivían dos pequeños amigos: Boby el conejito y Lily la
ardillita. Boby era rápido y le encantaba brincar, y Lily era muy curiosa y
siempre encontraba las bayas más dulces.
Un día, descubrieron un árbol muy especial, ¡un árbol de bayas rojas y jugosas!
Boby, con sus patitas saltarinas, llegó primero.
—¡Mías! ¡Todas estas bayas son mías! —exclamó Boby, llenándose la boca de
bayas.
Lily llegó justo después y vio el árbol lleno de ricas bayas. Pero Boby no le
ofreció ni una.
—¡Eh, Boby! ¡Yo también quiero bayas! —dijo Lily con su vocecita.
Boby, con la boca llena, solo dijo: —¡No! ¡Son mías! ¡Yo las encontré primero!
Lily se puso muy triste. Ella también quería probar esas bayas tan apetitosas.
Pero Boby no quería compartir. Se comió más y más bayas, ¡solo para él!
Entonces, Lily, con sus manitas cruzadas, se enfadó mucho. —¡No es justo,
Boby! ¡Siempre te lo quedas todo para ti!
—¡Porque soy más rápido! —respondió Boby, sacando la lengua.
¡Y entonces empezó la discusión! Boby y Lily comenzaron a discutir y a decirse
cosas que no eran muy bonitas. El jardín, que antes era alegre, ahora parecía más
oscuro y triste.
De repente, una voz suave y tranquila les interrumpió. —¿Qué pasa aquí,
pequeños? ¿Por qué tanto ruido?
Era Don Tortugo, el más viejo y sabio del jardín. Don Tortugo se acercó
despacito, despacito, arrastrando su caparazón brillante.
Boby y Lily, un poco avergonzados, le contaron lo que había pasado con las
bayas.
Don Tortugo escuchó con mucha atención y luego, con su voz lenta y dulce, les
dijo: —A ver, a ver, pequeños. Compartir es muy importante. El jardín es grande
y hay bayas para todos.
—¡Pero él no quiere compartir! —dijo Lily, señalando a Boby.
—¡Porque ella no llegó primero! —respondió Boby, cruzándose de brazos.
Don Tortugo sonrió con paciencia. —Ya veo... ¿Y si intentamos otra cosa? En
lugar de discutir, ¿por qué no recolectáis bayas juntos?
Boby y Lily se miraron sin decir nada. No se les había ocurrido.
—Podemos llenar dos cestitas —siguió Don Tortugo—, una para ti, Boby, y otra
para ti, Lily. Así, los dos tendréis bayas y nadie tendrá que pelear.
Boby y Lily lo pensaron un poquito. La idea de tener una cesta llena de bayas
¡sonaba muy bien!
—Está bien —dijo Lily, un poco más contenta.
—Vale… —dijo Boby, ya no tan enfadado.
Juntos, Boby y Lily empezaron a recoger bayas. ¡Trabajando en equipo era
mucho más rápido! Lily encontraba las ramas más bajas y Boby, con sus saltos,
alcanzaba las más altas. Rieron y charlaron mientras llenaban las cestas. ¡Y
descubrieron que recoger bayas juntos era mucho más divertido que pelear por
ellas!
Pronto, las dos cestitas estuvieron llenas hasta arriba. ¡Tenían muchísimas bayas!
Más de las que Boby se había comido solo al principio.
—¡Mira, Lily! ¡Tenemos un montón! —exclamó Boby, contento.
Lily sonrió. —¡Y ha sido mucho mejor así!
Don Tortugo, que les había estado observando, se acercó otra vez. — ¿Veis?
Compartir es genial. Y, además, ¡ahora sois amigos de nuevo! Recordad,
pequeños, que a veces, cuando no estamos de acuerdo, lo mejor es hablar y
buscar una solución juntos. Como las bayas: hay suficientes para todos si
compartimos.
Boby y Lily se abrazaron. Habían aprendido algo muy importante ese día.
¡Resolver los problemas juntos era mucho mejor que pelearse! Y, además,
compartir había hecho que las bayas supieran aún más dulces.
Desde ese día, Boby y Lily fueron los mejores amigos del jardín. Siempre
compartían sus juegos, sus bayas y todo lo que tenían. Y si alguna vez tenían un
pequeño problema, se acordaban del sabio Don Tortugo y el árbol de las bayas, y
encontraban la manera de solucionarlo juntos, con amistad y alegría.
Fin
Los amigos del Jardín Arcoíris

En un rinconcito del bosque, existía un hermoso jardín llamado "El Jardín


Arcoíris". Era un lugarcito mágico donde las flores brillaban con colores tan
vivos que parecían pequeñas lucecitas de colores.
En este jardín vivían tres amiguitos muy especiales: Tito el caracolito, Lina la
hormiguita y Pipo el pajarito azul.
Tito el caracolito llevaba siempre su casita a cuestas. Era lentito pero muy, muy
sabio.
—Mi casita es pequeñita pero acogedora —decía Tito con una sonrisita—. Es
perfecta para mí.
Lina la hormiguita era trabajadora y organizada. Tenía unas patitas diminutas que
se movían rapidito, rapidito.
—¡Tra-la-la! ¡Tra-la-la! Trabajar es divertido —cantaba mientras recogía hojitas
para su hormiguero.
Y Pipo, el pajarito azul, volaba alto y libre por todo el jardín.
—¡Qué bonito es volar! —trinaba Pipo—. Desde aquí arriba, ¡todo se ve
chiquitito!
Un día soleado de primavera, cayó una lluvia suavecita sobre el jardín. ¡Plip,
plop! ¡Plip, plop! Las gotitas de agua formaron pequeños charquitos por todo el
suelo.
Cuando salió el sol de nuevo, todos querían jugar en su parte favorita del jardín:
justo en el centro, donde crecía un trébol de cuatro hojas, el más grande y bonito
de todos.
—¡Yo llegué primero! —dijo Pipo, posándose en el trébol.
—Pero yo quiero jugar aquí también —dijo Lina, acercándose con sus amiguitas
hormigas.
—Y yo necesito ese trébol para descansar —murmuró Tito, avanzando despacito.
Los tres amiguitos se miraron. Estaban confundidos. Todos querían el mismo
espacio y no sabían cómo compartirlo.
—¡Este trébol es mío! —gritó Pipo, extendiendo sus alitas.
—¡No, es nuestro! —protestaron las hormiguitas, formando una filita.
—Pero yo lo vi primero —dijo tristemente Tito.
Y así comenzaron a discutir. Las vocecitas se alzaban cada vez más. Nadie
escuchaba a nadie.
De repente, una mariposa multicolor llamada Luna, que pasaba por allí, se detuvo
y preguntó:
—¿Por qué están peleando, amiguitos?
Todos hablaron a la vez, explicando por qué necesitaban el trébol.
—Mmm, entiendo —dijo Luna con voz suavecita—. ¿Y han pensado en
compartir?
—¿Com-par-tir? —preguntaron todos a la vez.
—Sí, compartir —sonrió Luna—. El trébol es grande. Tiene cuatro hojas,
¿verdad? ¿Y cuántos son ustedes?
Todos contaron: uno, dos, tres.
—¡Somos tres! —exclamó Lina.
—Y el trébol tiene cuatro hojas —añadió Tito pensativo—. Eso significa...
—¡Que hay suficiente espacio para todos! —completó Pipo, aleteando
emocionado.
Entonces, los amiguitos decidieron probar. Pipo se posó en una hoja, Lina y sus
amigas ocuparon otra, y Tito se deslizó sobre la tercera.
—¡Mirad! —exclamó Lina sorprendida—. ¡Funciona! Todos cabemos
perfectamente.
—Y queda una hojita libre —observó Tito.
—¡Es para Luna! —dijo Pipo—. Para agradecerle su consejo.
Luna se posó delicadamente en la cuarta hoja del trébol, y todos sonrieron.
—Cuando compartimos —dijo Luna—, no solo hay espacio para todos, sino que
también hacemos nuevos amigos.
Y así, durante toda la tarde, jugaron juntos en el trébol. Pipo enseñó a los demás
cómo era ver el mundo desde arriba, Lina organizó carreras divertidas alrededor
del taller, y Tito contó historias maravillosas que conocía.
Ese día, los amiguitos aprendieron que compartir no significaba tener menos,
sino disfrutar más. Y desde entonces, el trébol del centro del Jardín Arcoíris se
convirtió en su lugar especial de encuentro, donde siempre había espacio para
uno más.
—¿Y sabes qué? —dijo Tito antes de dormir—. Compartir es como la amistad:
¡hace que todo sea más bonito!
Y colorín colorado, este cuentito compartido se ha terminado.
¿Y a ti? ¿Te gusta compartir tus juguetes con tus amiguitos?
Saltín y el bosque de los abrazos

Había una vez, en un bosque muy verde y fresquito, un pequeño saltamontes


llamado Saltín. A Saltín le encantaba brincar entre las flores y jugar con las
gotitas de rocío.
Cada mañana, cuando el sol despertaba, Saltín estiraba sus patitas verdes y salía a
dar enormes saltos. "¡Cri-cri-cri!", hacía mientras brincaba alegremente.
Una tarde de verano, Saltín estaba jugando cuando escuchó un sollozo suavecito.
—¿Quién llora? —preguntó Saltín, mirando a todos lados.
—Soy yo —respondió una chicharra escondida entre las hojas—. Me llamo Clara
Chicharra y estoy muy triste porque ningún animalito quiere jugar conmigo.
—¿Por qué no quieren jugar contigo? —preguntó Saltín, acercándose despacito.
—Porque dicen que hago mucho ruidito con mi canto y que los molesto —dijo
Clara con una lagrimita resbalando por su carita.
Saltín pensó un momentito y luego tuvo una idea brillante.
—¡Ya sé! Te presentaré a mis amiguitos y les diré que eres muy especial.
Y así, Saltín llevó a Clara Chicharra a conocer a sus amigos. Primero visitaron a
Pompón, un conejito blanco que corría muy rápido.
—Hola, Pompón —dijo Saltín—. Esta es mi nueva amiga Clara Chicharra.
Pompón miró a Clara y movió sus orejitas con disgusto.
—Hace demasiado ruido —dijo Pompón—. No podré descansar con ella cerca.
Clara agachó su cabecita, muy triste. Pero Saltín dio un saltito alegre.
—Clara puede hacer cosas que tú no puedes hacer —explicó Saltín con una voz
dulce pero firme—. Su canto avisa cuando va a llover y además arrulla a las
florecitas para que crezcan más bonitas.
Pompón se quedó pensando.
—¡Es verdad! Nunca lo había visto así —dijo, sorprendido.
Después fueron a visitar a Tejedora, una arañita trabajadora.
—No tengo tiempo para animalitos ruidosos —dijo Tejedora sin detenerse—.
Tengo mucho trabajo que hacer.
—Pero Clara es muy atenta y vigilante —dijo Saltín—. Podría avisarte cuando
algún insecto grande se acerca a romper tus telitas.
Tejedora se detuvo y miró a Clara con curiosidad.
—¿De verdad puedes hacer eso? —preguntó.
—Sí —respondió Clara, moviendo sus alitas—. Veo muy bien desde los árboles y
puedo cantar de diferentes maneras para avisar del peligro.
—¡Qué maravilla! —exclamó Tejedora—. Necesito alguien así para proteger mis
telarañas nuevas.
Y así, uno por uno, todos los animalitos del bosque fueron conociendo a Clara
Chicharra. Y gracias a la amabilidad de Saltín, que siempre hablaba con respeto y
cariño, todos aprendieron a ver lo especial que era cada uno.
Un día, cuando el cielo se puso gris y empezó a hacer mucho viento, todos los
animalitos jugaban sin darse cuenta del peligro. Pero Clara, desde lo alto de un
árbol, sintió que venía una tormenta.
—¡Cuidado! ¡Viene una tormenta! —cantó Clara con todas sus fuerzas, haciendo
un sonido diferente y más fuerte.
Al principio, nadie le hizo caso. Pero Saltín recordó lo que Clara le había dicho
sobre sus cantos especiales.
—¡Escuchen todos! —gritó Saltín dando un gran salto—. Clara avisa que viene
peligro. ¡Vamos a escondernos!
Los animalitos, confiando en Saltín, corrieron a refugiarse. Minutos después, una
fuerte tormenta azotó el bosque, pero todos estaban a salvo gracias al aviso de
Clara.
Cuando pasó la tormenta, todos los animalitos organizaron una gran fiesta para
celebrar y agradecer a Clara Chicharra por haberlos salvado.
Durante la fiesta, Saltín saltaba más alto que nunca, feliz de ver cómo todos
jugaban juntos respetando sus diferencias.
—Saltín —dijo Clara acercándose a él—, gracias por enseñarme a ser amable y
respetuosa con todos, incluso cuando ellos no lo fueron conmigo al principio.
—Ser amable y respetuoso es como dar pequeños saltitos —respondió Saltín
sonriendo—. Aunque al principio parezcan pequeñitos, pueden llevarte muy lejos
y ayudarte a ver el mundo desde arriba.
Y así, en el bosque de los abrazos, todos aprendieron que ser amable y respetuoso
con los demás es el regalo más bonito que podemos dar y recibir.
Cada vez que escuches el canto de una chicharra en verano, recuerda ser como
Saltín: amable, respetuoso y capaz de ver lo especial que hay en cada persona.
¿Y tú? ¿Cómo puedes ser amable hoy?
Fin
Lunita el pez y su visita al doctor

En un río cristalino lleno de piedritas brillantes y plantas acuáticas, vivía Lunita,


un pez hembra de colores, hermosa y curiosa. A Lunita le encantaba nadar entre
las burbujas, jugar con sus amigos peces y esconderse detrás de las algas. Pero
había algo que siempre la hacía temblar: ir al doctor del río.
Un día, mientras Lunita jugaba cerca de su casa, su mamá se acercó nadando
lentamente.
—Lunita, mañana vamos a visitar al doctor Tortuga para tu revisión anual —dijo
su mamá con voz suave.
Lunita dejó de mover su colita dorada.
—¡No quiero ir! —dijo con ojos grandes y asustados—. ¿Y si me pone una
inyección? ¡Duele!
Su amigo Burbujín, un pequeño camarón saltarín, escuchó la conversación y dio
un brinquito hacia ella.
—¿Por qué tienes miedo, Lunita? —preguntó Burbujín con su vocecita aguda.
—Es que… el doctor tiene cosas raras, como agujas y herramientas que brillan.
Y, además, ¡no sé qué va a hacer!
Burbujín movió sus antenitas y respondió:
—Yo te acompaño, Lunita. Así no estarás sola. Además, seguro que podemos
descubrir que el doctor no es tan malo como parece.
Lunita pensó un momento y, aunque seguía nerviosa, aceptó la ayuda de su
amigo.
Al día siguiente, Lunita y Burbujín nadaron juntos hacia la consulta del doctor
Tortuga. El agua estaba fresca y llena de pequeñas burbujas que rebotaban en sus
escamas. Lunita sentía mariposas en su pancita.
—¿Qué crees que pasará allá adentro? —preguntó Lunita.
—No lo sé, pero podemos averiguarlo juntos —respondió Burbujín con una
sonrisa.

Cuando llegaron, el doctor Tortuga los recibió desde su roca con una voz
tranquila:
—¡Hola, pequeños! Pase adelante, señorita pez. No te preocupes, aquí todos
somos amigos.
Lunita entró despacito. La sala tenía corales coloridos y estanterías llenas de
frascos y herramientas extrañas. En una esquina, había un muñeco de peluche
con forma de tortuga que sonreía.
El doctor Tortuga se acercó lentamente y le dijo:
—Antes de empezar, quiero enseñarte algo. Este es mi ayudante, el muñeco
Tortuguito. Él me ayuda a explicar todo lo que hago. ¿Quieres ver?
El doctor tomó un termómetro de agua y lo puso cerca del muñeco.
—Esto mide la temperatura del agua. Es como un abrazo para saber si estás bien.
¿Quieres probarlo?
Lunita asintió tímidamente. El termómetro flotó junto a ella y mostró números
pequeños.
—¡Estoy perfecta! —exclamó con una risita.
Burbujín canturreó:
—¡Glub-glub, glub-glub, Lunita está feliz!
Luego, el doctor Tortuga mostró una pequeña luz brillante.
—Esto sirve para ver cómo están tus escamas y aletas. ¿Quieres que veamos
juntos?
Lunita miró atenta y vio cómo la luz iluminaba sus colores brillantes.
—¡Mis escamas están hermosas! —dijo Lunita sorprendida.
Finalmente, el doctor sacó una pequeña jeringa. Lunita retrocedió un poquito.
—Tranquila, Lunita. Esto es solo para practicar. Mira, voy a poner una gotita de
agua en el muñeco Tortuguito. ¿Ves? No duele nada.
Lunita miró atenta y sintió que su miedo se iba desvaneciendo.
—Creo que puedo intentarlo —dijo tímidamente.
Con la ayuda de Burbujín, quien hizo burbujas divertidas para animarla, Lunita
dejó que el doctor le pusiera una pequeña vacuna.
—¡Listo! Ya terminamos —dijo el doctor Tortuga con una sonrisa—. Eres muy
valiente, Lunita.
Cuando salieron de la consulta, Lunita se sintió orgullosa de sí misma.
—¡Lo logré, Burbujín! Creí que sería horrible, pero fue divertido. El doctor
Tortuga es muy amable.
Burbujín aplaudió con sus pinzas:
—¡Claro que sí! Descubriste que las cosas que nos dan miedo no siempre son tan
malas como pensamos.
Lunita regresó a casa nadando con alegría. Su mamá la esperaba con una
corriente de agua fresca.
—¿Cómo te fue, hijita? —preguntó su mamá.
—Fue genial. Ya no tengo miedo de ir al doctor —respondió Lunita con una gran
sonrisa.
Desde entonces, cada vez que alguien del río tenía miedo de ir al doctor, Lunita
contaba su historia para animarlos.
Así aprendieron que enfrentar nuestros miedos puede ser más fácil cuando
confiamos en los demás y descubrimos que las cosas no son tan malas como
parecen.
Fin
El picnic de los amigos
En un pequeño bosque lleno de flores amarillas y verdes hojas brillantes, vivía un
ratoncito llamado Rolo. Rolo era muy curioso y siempre quería hacer nuevos
amigos. Un día soleado, decidió organizar un picnic para todos sus amigos del
bosque.
Primero fue a visitar a su amiga Luci, una mariposa azul con alas brillantes.
"¡Luci, ven al picnic! ¡Va a ser divertido!", dijo Rolo con una sonrisa grande.
"¡Claro que sí! Yo traeré miel", respondió Luci, aleteando feliz.
Luego fue a buscar a Tito, el conejo saltarín.
"¡Tito, trae tus zanahorias más jugosas!"
"¡Estoy listo! ¡Será el mejor picnic!", exclamó Tito mientras brincaba
emocionado.
Pero cuando Rolo invitó a Rita, la ranita que vivía junto al estanque, algo
inesperado pasó.
"¿Yo? No creo… no soy muy buena en picnics", murmuró Rita mirando hacia
abajo.
"¡Claro que sí! Todos son bienvenidos", dijo Rolo animándola. Pero Rita se
quedó callada y no aceptó la invitación.
Rolo sintió una pequeñita tristeza en su corazón. ¿Por qué Rita no quiso venir?
El día del picnic llegó, y todos estaban emocionados. Había mantas de colores
extendidas bajo un gran árbol, frutas frescas, miel dulce y hasta un pastelito
casero hecho por Luci.
Mientras comían, Luci preguntó: "¿Dónde está Rita? La extrañamos".
Rolo bajó las orejitas y dijo: "No quiso venir… creo que no le gustamos".
Tito, siempre optimista, sugirió: "¿Y si vamos a invitarla otra vez? Tal vez solo
estaba nerviosa".
Así que los tres amigos dejaron el picnic por un momento y se dirigieron hacia el
estanque donde vivía Rita.
Cuando llegaron, encontraron a Rita sentada sola, mirando las ondas que hacía el
agua al moverse.
"¿Qué haces aquí tan solita?", preguntó Luci con ternura.
Rita suspiró y respondió: "Es que pensé que no me querían… Soy diferente, me
gusta estar cerca del agua y nunca sé qué decir en grupo".
Rolo dio un paso adelante y dijo: "¡Pero tu amor por el agua es genial! Nos
enseñas cosas nuevas todo el tiempo. Y, además, nos gusta cómo piensas antes de
hablar. Eso es especial".
Luci añadió: "Sí, y tus ideas siempre son únicas. ¡Ven con nosotros! Te
necesitamos en el picnic".
Rita dudó un momento, pero luego sonrió tímidamente.
"¿De verdad creen que puedo ayudar?"
"¡Claro que sí!", dijeron todos al mismo tiempo.
Rita brincó (bueno, saltó suavecito) hacia su hogar junto al estanque y regresó
con algo escondido detrás de su espalda.
"Traje esto…", dijo mientras mostraba una pequeña flauta hecha de caña.
"¡Guau! ¿Sabes tocarla?", preguntó Tito emocionado.
"Solo un poquito", respondió Rita, y comenzó a tocar una melodía suave y
hermosa.
Todos aplaudieron encantados. "¡Es increíble!", gritó Luci.
"Gracias, Rita. Tu música hace que este picnic sea aún más especial", dijo Rolo
abrazando a su amiga.
De vuelta en el picnic, Rita ya no se sentía excluida. Compartió su flauta, sus
ideas y hasta su risa. Los amigos aprendieron que cada uno tenía algo único para
ofrecer, y que ser diferentes no significaba que no pudieran llevarse bien.
Al final del día, mientras el sol se ponía pintando el cielo de rosa y naranja, Rolo
dijo:
"¿Sabes qué aprendimos hoy? Que cuando alguien se siente fuera, podemos
acercarnos y mostrarle cuánto lo necesitamos".
Y así, entre risas, música y comida deliciosa, los amigos descubrieron que la
verdadera belleza del picnic no estaba en comer golosinas, sino en compartir
juntos aquel momento.
Fin
El misterio del jardín triste

En un jardín lleno de margaritas suaves como algodón y amapolas rojas como


besos, vivían tres pequeños amigos: Leo la lagartija se deslizaba velozmente
entre las piedras, Sofía la ardilla saltaba de rama en rama y Miguel el monito
brincaba con su paso curioso.
Un día, Leo llegó al jardín deslizándose rápido, rápido, rápido, muy contento con
su cochecito rojo. ¡Zuuuuuum! Hacía el coche al correr por la hierba. Sofía bajó
rápidamente del árbol, aleteando su colita:
—¡Leo, Leo, qué cochecito más chuli! ¿Me dejas jugar?
Leo, riendo a carcajadas, le dijo:
—¡Claro, Sofía! ¡Pero tienes que ir muy rápido como yo! ¡Zuuuuuum,
zuuuuuuum!
Sofía y Leo jugaron un rato riendo y corriendo. Mientras tanto, Miguel, el
pequeño monito, miraba desde un lado con su monito de peluche en los brazos.
Estaba calladito y con cara tristona.
Sofía, que era muy observadora, vio la carita de Miguel y preguntó:
—¿Qué te pasa, Miguelito? ¿Por qué estás tan calladito, calladito? Normalmente
eres el más juguetón.
Miguel señaló el cochecito de Leo con su manita suave y peludita. Su voz era
suavecita también:
—Yo también quiero jugar con el coche... ¡Zuuuuuum!… pero Leo y Sofía
corren muy rápido y no me dejan.
Leo y Sofía se miraron. Leo paró el cochecito. ¡Nunca se había dado cuenta de
que Miguel también quería jugar! Él sólo pensaba en lo divertido que era ir
rápido deslizándose.
Sofía se acercó a Miguel con cariño:
—Ay, Miguelito, ¡perdón! No sabíamos que querías jugar con nosotros. Es que…
¡a Leo y a mí nos gusta mucho correr! Pero… ¡podemos jugar juntos!
Leo, ahora sintiéndose un poco culpable, dijo:
—Sí, Miguelito, perdónanos. ¿Quieres jugar con el cochecito? ¡Te lo dejo a ti
ahora! ¡Y podemos jugar todos juntos!
Miguel sonrió. ¡Qué alegría! ¡Su carita tristona desapareció como por arte de
magia! Leo le dio el cochecito a Miguel. Pero Miguel pensó un momento y dijo:
—¡No, no! ¡Mejor jugamos todos juntos! ¡Yo puedo empujar el cochecito y
ustedes corren alrededor!
Y así hicieron. Miguel empujaba el cochecito despacito, despacito, y Leo y Sofía
corrían alrededor riendo. Miguel también reía. ¡Era muy divertido! Aunque no
corriese tan rápido como Leo y Sofía, ¡estaba feliz jugando con sus amigos!
Sofía vio que Miguel estaba muy contento y dijo:
—¡Mira, Leo! ¡Miguel también se divierte mucho, aunque vaya despacio! ¡Y a
nosotros también nos gusta jugar así!
Leo sonrió. ¡Tenía razón Sofía! A veces, no se daba cuenta de cómo se sentían
los demás. Había estado tan emocionado con su cochecito y deslizarse rápido que
no había pensado en Miguel.
Desde ese día, Leo y Sofía aprendieron una cosa muy importante: ¡entender
cómo se sienten sus amigos es tan importante como jugar y reír! Y cada vez que
jugaban juntos, pensaban en los sentimientos de todos. A veces jugaban rápido, a
veces despacio, a veces con el cochecito y a veces a otra cosa… ¡pero siempre
cuidando de que todos estuvieran contentos y disfrutando!
Y así, el jardín, que por un ratito había estado un poquito triste por la carita de
Miguel, volvió a llenarse de risas y alegría, porque todos aprendieron lo bonito
que era entenderse y jugar juntos, cuidando siempre los sentimientos de los
demás.
Y tú, ¿cuidas los sentimientos de tus amigos?
Búho Sabio y las palabras maravillosas

En el corazón del Bosque Arcoíris vivía Toti, un ratoncito gris con orejitas
redondas y una colita que siempre movía de un lado a otro. ¡Tip, tip, tip! Toti era
muy juguetón y le encantaba corretear entre las flores de colores.
Cerca de su casita vivía Pina, una ardillita de pelo rojizo que coleccionaba piñas
y nueces en su casa-árbol. Pina era muy ordenada y guardaba todos sus tesoros
en cajitas muy bien organizadas.
Toti y Pina eran los mejores amigos del mundo. Todas las mañanas jugaban
juntos, merendaban juntos y exploraban juntos el Bosque Arcoíris.
—¡Buenos días, Pina! —saludaba Toti cada mañana, moviendo su colita—.
¿Jugamos hoy?
—¡Claro que sí! —respondía Pina con una sonrisita—. He encontrado un nuevo
rincón para explorar.
Y así, día tras día, Toti y Pina compartían aventuras y risas.
Una tarde soleada, mientras jugaban cerca del Lago Cristalino, Toti tuvo una
idea.
—¡Hagamos una carrera! —propuso entusiasmado—. Desde aquí hasta aquel
árbol grandote.
Pina miró el árbol y asintió feliz.
—¡Vale! Pero ten cuidado con las piedras del camino —advirtió.
—¡A la una, a las dos y a las... tres! —gritó Toti.
Los dos amiguitos salieron corriendo muy rápido. Sus patitas hacían "toc-toc-toc"
sobre la tierra. Toti iba ganando cuando, de pronto, vio que Pina se acercaba muy
veloz.
"No quiero perder", pensó Toti. Y sin pensarlo mucho, estiró su patita para que
Pina tropezara.
¡PLOF! Pina cayó al suelo y rodó hasta chocar con un montoncito de hojas secas.
Su colita quedó toda despeinadita y tenía una rodilla raspada.
—¡Ay! —se quejó Pina con los ojitos llenos de lágrimas—. ¿Por qué hiciste eso,
Toti?
Toti se quedó callado. Sentía algo extraño en su pancita, como si un montón de
hormiguitas le hicieran cosquillas por dentro, pero no de las que dan risa, sino de
las que duelen.
En vez de ayudar a su amiga, Toti se cruzó de brazos.
—Yo no hice nada —mintió—. Tú te caíste sola por torpe.
Pina lo miró con tristeza.
—Eso no es verdad. Te vi poner tu patita —dijo sollozando—. Ya no quiero ser
tu amiga.
Y se fue cojeando hacia su casa-árbol, dejando a Toti solo junto al lago.
Esa noche, Toti no podía dormir. Se sentía fatal. Las hormiguitas en su pancita
seguían molestándolo, y ahora también tenía un nudo en la garganta. Sabía que
había hecho algo malo, pero no sabía cómo arreglarlo.
—¿Por qué estás tan triste, pequeño? —preguntó una voz suave desde la ventana.
Toti se asomó y vio a Búho Sabio, el guardián del bosque, que lo miraba con sus
grandes ojos amarillos.
—He hecho algo malo a mi mejor amiga —confesó Toti con la cabecita agachada
—. Le hice tropezar en una carrera porque no quería perder, y luego le dije que
ella se había caído sola. Ahora ya no quiere ser mi amiga y yo me siento muy mal
aquí dentro —dijo señalando su pancita.
Búho Sabio parpadeo lentamente y movió su cabeza redonda.
—Lo que sientes, pequeño Toti, se llama remordimiento —explicó con voz
tranquila—. Es lo que sentimos cuando sabemos que hemos hecho algo que no
está bien.
—¿Y cómo hago para que se vaya? —preguntó Toti.
—Existe una medicina muy especial —respondió Búho Sabio—. Son dos
palabras mágicas que pueden curar muchas heridas, tanto las del cuerpo como las
del corazón.
—¡Dímelas, por favor! —pidió Toti emocionado.
—Las palabras son: "perdóname, por favor" —reveló Búho Sabio—. Pero solo
funcionan si las dices de corazón y prometes no volver a hacer lo mismo.
A la mañana siguiente, Toti se levantó tempranito. Recogió las flores más bonitas
del prado y caminó despacito, despacito hasta la casa de Pina. Su corazoncito
latía muy fuerte: ¡pum, pum, pum!
Cuando llegó, tocó suavemente la puerta: toc, toc.
Pina abrió con cara de sorpresa. Todavía tenía la rodilla lastimada.
—Hola, Pina —dijo Toti con voz temblorosa—. Quiero decirte algo importante.
Pina no dijo nada, solo lo miró con sus ojitos brillantes.
—Te puse la patita para que te cayeras porque no quería perder la carrera —
confesó Toti—. Y luego te mentí. Eso estuvo muy mal. Me siento muy triste por
haberte lastimado y por haberte mentido. Perdóname, por favor.
Le entregó las flores y esperó con las orejitas gachas.
Pina miró las flores, miró a Toti y vio que sus ojitos estaban húmedos.
—Me dolió mucho que me hicieras tropezar —dijo Pina—. Pero me dolió más
que no dijeras la verdad. Los amigos siempre se dicen la verdad.
—Lo sé —respondió Toti—. Te prometo que nunca más te haré daño ni te diré
mentiras. ¿Puedes perdonarme?
Pina se quedó pensando un ratito. Luego sonrió y abrazó a Toti.
—Te perdono, Toti —dijo—. Todos cometemos errores. Lo importante es
reconocerlos y pedir perdón.
Toti sintió que el nudo en su garganta desaparecía y las hormiguitas de su pancita
se iban volando. ¡Qué alivio tan grande!
Ese día, Toti y Pina volvieron a jugar juntos. Hicieron otra carrera, pero esta vez
se ayudaban cuando el camino era difícil. Y cuando llegaron a la meta, los dos
celebraron juntos.
Esa noche, Búho Sabio los observaba desde un árbol cercano.
—Muy bien, pequeños —murmuró con una sonrisa—. Han aprendido que pedir
perdón y perdonar son como llaves maravillosas que abren los corazones
cerrados.
Y desde ese día, Toti nunca olvidó lo importante que es decir "perdóname"
cuando hacemos algo mal. Y Pina aprendió que perdonar a un amigo que
reconoce sus errores hace que la amistad sea aún más fuerte.
Porque las palabras maravillosas "perdóname, por favor" y "te perdono" son
como puntitos que cosen los corazones rotos y los dejan más bonitos que antes.
¿Y tú? ¿Has usado alguna vez estas palabras mágicas?
El venadito y la sorpresa del bosque

En un bosque lleno de flores suaves como algodón y árboles altos que susurraban
con el viento, vivía Venadito Lino. Lino era un pequeño venado con manchas
cafés y un corazón muy grande. Cada mañana, trotaban por el prado, saltaba
sobre los charcos y decía: "¡Trot, trot, trot! ¡Qué día tan bonito!".
Un día, Mamá Cierva lo llamó con voz suave:
—Lino, ven aquí, pequeño. Tengo una sorpresita para ti.
Lino trotó derechito hacia ella, preguntando:
—¿Es una hojita rica? ¿O tal vez un arroyito nuevo?
Mamá Cierva rio y dijo:
—No, no, Venadito Lino. Pronto tendrás una hermanita.
Lino abrió mucho los ojos.
—¿Una hermanita? ¿Y dónde está?
—Todavía está creciendo en mi pancita —respondió Mamá Cierva—. Pero
pronto llegará al bosque.
Lino sintió un poquito de confusión. "¿Una hermanita? ¿Y si no me quiere?",
pensó. Pero luego miró las flores y decidió preguntar a sus amigos del bosque.
Primero, fue con Pajarito Pío, el guardián de los árboles.
—Pío, pío, ¿tú tienes hermanitos? —preguntó Lino.
—¡Claro! —cantó Pajarito—. Al principio pensé: '¡Qué ruidosos son!', pero
luego me ayudaron a buscar ramitas para el nido. ¡Plif, plaf! Todos trabajamos
juntos.
Luego, Lino trotó hacia Rani, la ranita saltarina.
—Rani, ¿y tú qué piensas de los hermanitos?
Rani dio un salto y dijo:
—¡Croac, croac! Al principio me puse triste porque compartía mi charco, pero
ahora jugamos a saltar y es muy divertido.
Lino siguió, siguió, siguió pensando. "¿Y si mi hermanita no trota como yo?", se
preguntó. Entonces, el viento le susurró: "¡Sssshhh! Cada venadito es especial".
Y Lino sonrió.
Días después, llegó el gran momento. Mamá Cierva llamó:
—¡Lino, ven al claro!
Lino correteó y vio una bolita de pelo aún más pequeña que él. Era Venadita
Luna, su hermanita. Sus ojitos brillaban como estrellitas.
—¿Me ayudarás a cuidarla? —preguntó Mamá Cierva.
—¡Sí! —dijo Lino—. Le enseñaré a trotar: ¡trot, trot, trot!
Y Luna, aunque era chiquitita, movió una patita como diciendo: "¡Estoy lista!".
Desde ese día, Lino y Luna jugaron juntos. A veces, Lino se caía: ¡plaf! Y Luna
reía. A veces, Luna lloraba, y Lino la abrazaba con sus patitas suaves. "¿Y tú, qué
harías con una hermanita?", pensó Lino mirando al cielo.
Al final, todos en el bosque celebraron. Pajarito Pío cantó, Rani saltó, y Lino
dijo:
—Con mi hermanita, todo es más divertido.
Y así, Venadito Lino aprendió que una hermanita no era un problema, sino una
alegría grandota que crecía, crecía, crecía… ¡como las flores del bosque!
Fin
Mia y la casa de dos jardines

En un bosque de árboles altos y frondosos vivía Mia, una gatita de pelaje gris con
manchitas blancas como estrellas. Mia tenía una casita acogedora junto a un
arroyo cantarín, donde vivía con Mamá Gata y Papá Gato.
Todas las mañanas, Mia saltaba de su camita y gritaba:
—¡Buenos días, sol! ¡Buenos días, flores! ¡Buenos días, familia!
Y su familia respondía siempre:
—¡Buenos días, Mia! ¡Qué día tan maravilloso para explorar y jugar!
Mia amaba su casita. Le encantaba desayunar leche con galletas mientras
escuchaba las historias de Papá Gato, y le fascinaba ayudar a Mamá Gata a
perseguir maripositas en el jardín. Todo era perfecto en su pequeño mundo.
Pero un día, Mia notó algo extraño. Papá Gato y Mamá Gata ya no se
acurrucaban juntos frente a la chimenea. No se contaban secretitos al oído. Y a
veces, hablaban en voz bajita cuando creían que Mia no los escuchaba.
Una tarde, mientras Mia jugaba con su ovillo de lana favorito, Papá Gato y
Mamá Gata se sentaron a su lado con caras serias.
—Mia —dijo Mamá Gata acariciando su pelaje suavecito—, tenemos algo
importante que contarte.
Mia dejó de jugar y los miró con sus grandes ojos verdes.
—Papá Gato y yo hemos decidido vivir en casitas separadas —explicó Mamá
Gata con voz suave.
—¿Por qué? —preguntó Mia mientras sentía un nudo en su pancita—. ¿Ya no
nos quieres, Papá?
—¡Claro que las quiero! —exclamó Papá Gato ronroneando fuerte—. Las quiero
con todo mi corazón. Pero a veces, los gatos grandes necesitan casas diferentes
para ser felices, aunque sigan queriéndose mucho.
Mia no entendía muy bien. Sus ojitos se llenaron de lagrimitas, y su naricita rosa
temblaba.
—¿Y dónde viviré yo? —preguntó con voz temblorosa.
—Vivirás en dos casitas —respondió Mamá Gata—. Unos días conmigo y otros
días con Papá. Tendrás dos camitas, dos jardines para jugar con las mariposas y
el doble de amor.
Esa noche, Mia no podía dormir. Miraba las estrellas por la ventana y pensaba en
cómo sería tener dos casas. ¿Y si se olvidaba su ratoncito de peluche en la otra
casa? ¿Y si extrañaba mucho a quien no estuviera con ella?
—¡Pip, pip! —escuchó Mia junto a su ventana.
Era Tinín, un ratoncito que vivía en el hueco de un árbol cercano. Tinín era
pequeñito pero muy sabio.
—Te veo tristona, Mia —dijo Tinín moviendo su bigotito—. ¿Qué te pasa?
Mia le contó todo a su amiguito mientras se lamía una patita para secarse las
lágrimas.
—¡Oh! Yo también vivo en dos casas —comentó Tinín.
—¿De verdad? —preguntó Mia sorprendida.
—¡Claro! En verano vivo en mi árbol, y en invierno me mudo al granero para
estar calentito. Son diferentes, pero las dos son mi hogar porque llevo mi corazón
conmigo a donde vaya. ¡El hogar está donde está tu corazón!
Mia pensó en las palabras de Tinín toda la noche, mientras se acurrucaba
formando una bolita.
Al día siguiente, llegó el momento de ayudar a Papá Gato a preparar su nueva
casita, no muy lejos de allí. Era una casa pequeñita pero bonita, con un jardín
lleno de flores y mariposas.
—Mira, Mia —dijo Papá Gato señalando una habitación—. Esta es tu habitación
aquí. Puedes decorarla como más te guste.
Mientras Mia miraba la habitación vacía, sintió otra vez ese nudo en la pancita.
No era como su habitación de siempre, donde podía ver el viejo roble desde la
ventana.
Durante las semanas siguientes, Mia iba y venía entre las dos casitas. Un día
estaba con Mamá Gata, otro día con Papá Gato. Tenía que llevar su mochilita con
sus cosas importantes, y a veces olvidaba dónde había dejado su ovillo favorito o
su cepillo para el pelaje.
—No me gusta esto —le dijo un día a Abuela Gata, que había venido a visitarla
—. Todo es diferente y complicado.
Abuela Gata, con su pelaje plateado y sus bigotes largos, la miró con ternura.
—Los cambios son como trepar a un árbol nuevo, mi niña —explicó—. Al
principio parece difícil y da un poquito de miedo, pero cuando llegas arriba,
descubres nuevos pájaros para observar y nuevos paisajes para admirar.
—Pero es que extraño cómo eran las cosas antes —suspiró Mia.
—Lo sé, tesoro —dijo Abuela acariciando sus orejitas—. ¿Qué te parece si
hacemos algo especial para que tus dos casitas se sientan más como tu hogar?
Y así, Abuela Gata tuvo una idea brillante. Juntas, hicieron dos almohadas
iguales con telas suaves y aromáticas. En una bordaron: "Casa de Mia y Mamá" y
en la otra "Casa de Mia y Papá".
—Pondremos una en cada casa —explicó Abuela—. Así, donde sea que estés,
sentirás el mismo olorcito familiar y sabrás que ese lugar también es tu hogar.
Mia también hizo dibujos de toda su familia con sus huellas de patitas mojadas
en pintura: de Mamá Gata, de Papá Gato, de la Abuela, de ella misma e incluso
de Tinín el ratoncito. Colocó copias de estos dibujos en ambas casas.
Poco a poco, Mia fue descubriendo cosas buenas en su nueva situación. Con
Mamá Gata aprendía a perseguir mariposas y a trepar por los árboles más altos.
Y con Papá Gato exploraban la orilla del arroyo y se acurrucaban juntos para ver
las estrellas en las noches claras.
—¡Mira, Papá! —exclamaba Mia—. ¡Aquella estrella brilla como la luz de la
casita de Mamá! Cuando la veo, siento como si Mamá estuviera cerca.
—Es verdad —ronroneaba Papá Gato—. Y cuando estás con Mamá, puedes
mirar la luna en el cielo y recordar que, aunque no me veas, te estoy mandando
ronroneos cariñosos desde aquí.
Un día, durante el Festival del Bosque, Mia se encontró con su amiga Pina, una
lechuza que siempre guardaba pequeñas piedras de colores en sus bolsillos, que
usaba para decorar su nido.
—Mi familia también cambió —le contó Pina—. Ahora tengo un nuevo
hermanito, y todo es diferente en casa.
—Los cambios dan un poquito de miedo, ¿verdad? —dijo Mia, moviendo su cola
lentamente.
—Sí, pero mi mamá dice que los cambios son como las estaciones: siempre traen
cosas nuevas para descubrir —respondió Pina.
Mia pensó en esas palabras mientras regresaba a casa de Mamá Gata (ese día le
tocaba dormir allí). Cuando llegó, le mostró a Mamá una sorpresa que había
estado preparando: un calendario con huellas de patitas donde marcaba los días
que pasaba con cada uno.
—Mira, Mamá —señaló Mia—. Ya no me confundo tanto con mis días. Y mira
estos dibujos. Aquí estoy contigo jugando con las mariposas, y aquí estoy con
Papá explorando el arroyo.
Mamá Gata abrazó fuerte a Mia y le lamió la cabecita.
—Estoy muy orgullosa de ti, mi gatita valiente —le dijo—. Sé que no ha sido
fácil para ti.
—A veces todavía me pongo un poquito triste —confesó Mia—. Pero Tinín me
enseñó que el hogar está donde está mi corazón. Y mi corazón está contigo y con
Papá, aunque estén en casas diferentes.
El tiempo fue pasando, y Mia se acostumbró cada vez más a su vida de dos
casitas. Ya no olvidaba sus cosas, y había creado pequeñas tradiciones especiales
con cada uno de sus padres. Con Mamá, los martes hacían pasteles de banana.
Con Papá, los jueves observaban las estrellas desde el tejado.
Y lo mejor de todo: el amor que Mia sentía por sus padres, y el que ellos sentían
por ella, no había cambiado ni un poquito. De hecho, ahora tenía dos jardines
donde jugar con las mariposas, dos ventanas desde donde mirar las estrellas, y los
ronroneos y abrazos de ambos.
Una noche, mientras se acurrucaba en su camita en casa de Papá Gato, Mia miró
su dibujo familiar en la pared y sonrió.
—Los cambios son como aprender a saltar desde un árbol alto —pensó—. Al
principio da miedito, pero cuando te acostumbras, puedes llegar mucho más lejos
que antes.
Y con ese pensamiento feliz, Mia se quedó dormidita, soñando con todas las
mariposas que cazaría mañana en sus dos jardines.
¿Y tú? Cuando las cosas cambian en tu familia, ¿qué cosas especiales haces para
sentirte mejor?
El Bosque de los Recuerdos

Había una vez un pequeño zorrito llamado Zorrito Rubito, que vivía en un
bosque lleno de árboles altísimos y flores de todos los colores. Aunque Zorrito
era muy travieso y le gustaba corretear por el bosque, su lugar favorito era la casa
de sus abuelitos, que estaba al pie de una colina cubierta de margaritas.
Los abuelitos de Zorrito eran muy especiales. Su abuelita, Doña Liebre Dulce,
siempre tenía galletitas de miel esperándolo, y su abuelito, Don Tortugón Sabio,
sabía historias asombrosas sobre el bosque. Pero había algo más: aunque Zorrito
era un zorro, sus abuelitos no lo eran. ¿Cómo era posible? Bueno, en este bosque
fantástico, las familias se formaban de maneras muy especiales.
Cuando Zorrito era apenas un cachorrito, había quedado huérfano. Sus padres
habían desaparecido en un viaje largo, y él necesitaba una familia que lo cuidara.
Fue entonces cuando Doña Liebre Dulce y Don Tortugón Sabio, que no tenían
nietos propios, decidieron abrirle su hogar y su corazón.
—Las familias no siempre tienen que ser iguales —decía Doña Liebre Dulce—.
Lo importante es el amor que compartimos.
Y así fue como Zorrito encontró a sus abuelitos, quienes lo criaron con mucho
cariño y le enseñaron todo lo que sabían.
Una mañana soleada, Zorrito fue a conversar con sus abuelitos con una gran idea
en mente.
—¡Abuelitos! —dijo Zorrito mientras se sentaba entre ellos—. ¿Me cuentan una
historia nueva? ¡Pero esta vez quiero saber algo que nunca me hayan contado!
Doña Liebre Dulce y Don Tortugón Sabio se miraron sonrientes.
—¿Algo nuevo, dices? —preguntó el abuelito, moviendo su caparazón con calma
—. Bueno, creo que tengo algo especial para ti.
Don Tortugón caminó despacito hacia un viejo baúl que estaba en una esquina de
la sala. Lo abrió y sacó un pequeño mapa enrollado.
—Este es el Mapa del Bosque de los Recuerdos —explicó el abuelito—. En este
mapa están marcados todos los lugares donde tu abuelita y yo tuvimos aventuras
cuando éramos jóvenes.
Zorrito abrió bien grandes sus ojitos.
—¡Qué maravilla! ¿Podemos ir a esos lugares?
La abuelita sonrió y acarició la cabeza peluda de Zorrito.
—Claro que sí, mi amor. Pero primero, necesitaremos ayuda. El camino puede
ser un poquito difícil para nosotros ahora.
Así que Zorrito, sus abuelitos y algunos amigos del bosque decidieron emprender
una aventura juntos. El colibrí Picaflores sería su guía volador, y Ratón Saltarín,
que conocía cada rincón del bosque, sería su explorador.
Primero, fueron al "Lago de los Reflejos", un lugar donde el agua era tan
cristalina que parecía un espejo.
—Aquí nos conocimos —contó Doña Liebre Dulce—. Yo estaba buscando flores
para mi mamá, y tu abuelito intentaba atrapar luciérnagas.
—¡Y casi caigo al lago! —añadió Don Tortugón, riendo—. Tu abuelita me salvó
justo a tiempo.
Zorrito aplaudió emocionado.
—¡Qué divertido! ¿Y adónde vamos ahora?
Siguiendo el mapa, llegaron al "Camino de las Margaritas". Ahí, los pétalos de
las flores eran tan suaves como algodón.
—En este lugar organizamos una gran fiesta con todos nuestros amigos —
recordó Doña Liebre—. Bailamos y cantamos hasta que salieron las estrellas.
—Sí, pero yo me quedé dormido antes de que terminara —bromeó Don Tortugón
—. Siempre he sido un poco perezoso para bailar.
Finalmente, llegaron al último lugar del mapa: el "Árbol de los Secretos". Era un
árbol enorme con ramas que parecían brazos extendidos.
—Aquí guardamos nuestros mayores tesoros —dijo el abuelito, señalando una
pequeña caja escondida en una rama baja—. ¿Quieres verlos?
Zorrito asintió con entusiasmo. Dentro de la caja había fotos antiguas, cartas y
pequeños objetos brillantes.
—Estos recuerdos nos enseñaron algo importante —dijo la abuelita, abrazando a
Zorrito—. Que la familia y los amigos son los tesoros más valiosos que podemos
tener.
Zorrito sintió una calidez en su corazón.
—Gracias, abuelitos. Nunca olvidaré esta aventura.
Y así, todos regresaron a casa, felices y cansados. Esa noche, mientras Zorrito se
acurrucaba en su cama, pensó en lo maravilloso que era conocer a sus abuelitos
no solo como los dulces ancianitos que le daban galletitas, sino también como
aventureros llenos de historias. También recordó lo que su abuelita siempre
decía: "Las familias no tienen que ser iguales, porque el amor es lo que las hace
especiales."
Fin
¡Equipo limpieza en acción!

En una casita colorida, vivían tres amigos muy especiales: Toby, el perrito
juguetón, Lila, la libelulita curiosa, y Lolo, la lombricita trabajadora. Toby tenía
orejitas suaves y una colita que no paraba de menearse. Lila, con sus alas
brillantes, amaba volar entre las flores. Y Lolo, aunque chiquitito y de tierra, ¡era
súper fuerte!
Un día soleado, Mamá Pata (porque en esta casita vivían con Mamá Pata) dijo
con una sonrisa: “¡Buenos días, mis ayudantes estrella! Hoy vamos a poner
nuestra casita como un solcito de limpia. Toby, ¿puedes juntar todos los juguetes
en el cesto grandote?”.
Toby, moviendo su colita contento, ladró: “¡Guau, guau! ¡Sí, Mamá Pata!”. Le
encantaba recoger sus pelotas y muñecos. Empezó a correr de aquí para allá,
llevando un carrito lleno de bloques de colores, ¡Plaf!, al cesto. “¡Mira, mira
cómo ruedan!”, pensaba Toby, divertido.
“Lila, mi pequeña voladora”, continuó Mamá Pata, “¿podrías ordenar los cojines
del sofá? Están un poco revueltos, como si hubieran tenido una fiesta de
cosquillas”.
Lila, con sus alas transparentes, revoloteó alrededor del sofá. “¡Zzum, zzum!
¡Claro que sí!”, respondió Lila. Tomó los cojines esponjosos con sus patitas
delicadas y los puso derechitos, uno al lado del otro. “¡Qué bonitos quedan ahora,
parecen nubes ordenadas!”, pensó Lila, orgullosa.
Finalmente, Mamá Pata miró a Lolo, que asomaba tímidamente de un pequeño
agujero en el suelo. “Y tú, mi Lolo valiente, ¿te encargarías de guardar los libros
en el estante de abajo? ¡Son muchos cuentos y necesitan su casita!”.
Lolo, despacito pero con fuerza, empezó a empujar un libro grandote que decía
“Aventuras Asombrosas”. “Uf, uf, es pesado”, pensaba Lolo, esforzándose
mucho. ¡Pero él era muy responsable y no se rendía! Arrastró el libro hasta el
estante, luego otro, y otro más. “¡Poco a poco, lo lograré!”, se decía Lolo con una
sonrisa de tierra.
Mientras trabajaban, Toby encontró su viejo oso de peluche. “¡Oh, mi Osito!”,
exclamó abrazándolo. ¡Casi se olvidó de guardar los juguetes! Pero recordó las
palabras de Mamá Pata y rápidamente lo puso junto a los demás juguetes en el
cesto. “¡Luego jugaremos juntitos, Osito!”, le susurró.
Lila, mientras ordenaba los cojines, vio unas miguitas debajo del sofá. “¡Mmm,
miguitas!”, pensó. ¡Casi se las come! Pero recordó que debían limpiar. Con
mucho cuidado, movió las miguitas hacia afuera para que Mamá Pata las barriera
después. “¡Casa limpia, miguitas fuera!”, pensó Lila.
Y Lolo, cuando estaba casi por terminar con los libros, vio que un libro se había
caído detrás del estante. “¡Ay, no!”, pensó Lolo un poco preocupado. Pero en
lugar de dejarlo ahí, empujó con todas sus fuerzas, movió un poquito el estante y
¡Pum!, el libro salió. “¡Lo conseguí!”, gritó Lolo feliz.
Al final, cuando terminaron, la casita brillaba como una estrella. Los juguetes
estaban en su cesto, los cojines ordenados y los libros en su estante. Mamá Pata
entró y sonrió con cariño. “¡Wow, mis pequeños ayudantes! ¡Qué maravilla! ¡Han
hecho un trabajo fantástico! ¡Son un verdadero equipo de limpieza en acción!”.
Toby, Lila y Lolo se sintieron muy orgullosos y felices. “¡Guau, guau, lo hicimos
juntos!”, ladró Toby. “¡Zzum, zzum, y fue divertido!”, dijo Lila. “¡Sí, y ayudar es
genial!”, añadió Lolo, asomando contento desde su agujero.
Mamá Pata les dio a cada uno un abrazo cariñoso y les preparó un delicioso
picnic en el jardín. Mientras comían ricas frutas y bebían jugo fresquito, Toby,
Lila y Lolo entendieron algo muy importante: ayudar en casa y ser responsable
no solo hace que la casita esté más bonita, sino que también los hacía sentirse
bien y felices de trabajar juntos como un equipo.
Y tú, ¿ayudas en casa como Toby, Lila y Lolo?
El Cascarudo Luisito y el primer día de escuela

En un pueblo lleno de casitas de colores y árboles que cantan con el viento, vive
Cascarudo Luisito. Luisito es un escarabajito negro con un caparazón brillante y
patitas que hacen "¡tic, tac!" al caminar. Cada día, corretea por el patio y dice:
"¡Zum, zum, zum! ¡Qué divertido es explorar!".
Pero hoy es diferente. Mamá Cascaruda lo despierta con voz suavecita:
—Luisito, pequeño, hoy es tu primer día de escuela.
Luisito se levanta, pero siente un cosquilleo en la pancita.
—¿Escuela? ¿Y si no sé dónde sentarme? —pregunta nervioso.
Mamá Cascaruda le acaricia el caparazón y dice:
—Todo estará bien, Cascarudo Luisito. Vas a aprender y hacer amiguitos.
Luisito se pone su mochilita y camina derechito, derechito hacia la escuela. Pero
el cosquilleo sigue: "¡Brrr! ¿Y si me pierdo?", piensa. Decide preguntar a sus
amigos del camino.
Primero, encuentra a Ardillita Tita, la guardiana de las nueces.
—Tita, ¿tú fuiste a la escuela? —pregunta Luisito.
—¡Sí! —dice Tita mientras salta—. Al principio sentí miedo, pero luego pinté un
dibujo: ¡plaf, plaf! Y me encantó.
Luego, Luisito ve a Sapito Nico, el guía de los charcos.
—Nico, ¿y tú qué hiciste en tu primer día?
—¡Croac, croac! —responde Nico—. Estaba temblando, pero jugué con mis
amigos y saltamos: ¡hop, hop! Fue genial.
Luisito sigue, sigue, sigue pensando. "¿Y si yo también puedo?", se pregunta. El
sol le guiña un ojo y dice: "¡Claro que sí!". Y Luisito siente un poquito de
alegría.
Cuando llega a la escuela, ve una casita con ventanas grandes y flores de colores.
La maestra, una lechuza sabia, lo saluda:
—¡Bienvenido, Luisito! Ven, siéntate aquí.
Luisito mueve las patitas, pero el cosquilleo sigue: "¡Zum! ¿Y si no sé pintar?".
Entonces, Ardillita Tita se sienta a su lado y dice:
—¡Vamos, vamos, sin parar! Pintemos juntos.
Luisito agarra un crayón con sus patitas y dibuja: ¡ras, ras, ras! Hace una hoja
grandota y suave como algodón. Sapito Nico aplaude y dice:
—¡Qué bonita, Luisito!
Y el cosquilleo se va: ¡puf! Luisito siente felicidad.
Al final del día, todos cantan: "¡Zum, croac, chiiip! ¡Qué divertido es aprender!".
Luisito corre a casa y le dice a Mamá Cascaruda:
—¡La escuela es increíble!
—¿Y tú, qué harías en tu primer día? —pregunta Luisito mirando al cielo.
Y así, Cascarudo Luisito descubre que los nervios son como nubecitas chiquititas
que se van cuando encuentras amigos y te diviertes.
Fin
Lila y los monstruos de las ramas

Lila era una gorrioncita muy alegre, con unos ojitos redondos y curiosos, y una
imaginación ¡voladora! Pero, cuando la nochecita se cernía, su imaginación, tan
divertida durante el día, a veces le jugaba travesuras. En su nidito oscuro, entre
las ramas del árbol, después de que la luna apagaba las últimas luces del sol, a
Lila le parecían ver monstruitos entre las hojas.
Una noche, Lila estaba en su nido, bien acurrucadita entre las plumas suaves que
lo forraban, pero no y no y no tenía sueño. ¡Sus ojitos miraban las hojas que se
movían con el viento como dos lucecitas! Escuchaba el "sus-sus" de las hojas y el
"¡fiu-fiu!" del viento entre las ramas. De pronto… ¡crac-crac! Un ruido raro vino
desde afuera del nido.
—¡Ay, no!— pió Lila, temblando un poquito y abrazando fuerte a su piedrita
brillante, Piedrita Lita. — ¡Son los monstruos de las ramas!
Respiró profundo, como le había enseñado su mamá gorrión. "Pío, pío, pío",
contó despacito. Pero el miedo hacía cosquillitas en su pechito emplumado.
Cerró fuerte sus ojitos y pensó: "¿Qué hacen los monstruos en las ramas?".
En su imaginación, Lila vio unos monstruitos hechos de hojas secas y ramitas
retorcidas, como nidos viejos, pero… ¡con ojos brillantes y alas puntiagudas!
¡Eran monstruos de hojas crujientes! Los monstruitos se movían y se movían,
¡susurros y más susurros! "¡Shhh, shhh, shhh!", hacían al moverse con el viento.
Y cada "shhh" resonaba en el nido de Lila.
Lila se imaginó un monstruito marrón, hecho de cortezas de árbol, con un solo
ojo redondo como una baya y plumitas en la cabeza, ¡pero muy travieso! Se
imaginó otro, verde y lleno de motitas blancas, como musgo fresco, con una
sonrisa pequeñita y amable. Y otro, gris como la nubecita de lluvia, con alas de
libélula ¡y un gorrito de flor!
Pensando en estos monstruitos, Lila sintió… ¡curiosidad! Ya no tanto miedo. Se
despegó un poquito de Piedrita Lita y, con cuidado, asomó su cabecita por el
borde del nido. Miró fijamente hacia afuera, escuchando atenta. "¡Shhh!". Allí,
justo en las ramas, vio… ¡hojas! Eran las hojas del árbol, que se movían con el
viento. El viento juguetón hacía susurrar las hojas.
Lila se echó a reír, un pio-pío-pío suave. ¡Eran monstruos… ¡de hojas! — ¡Ay,
Piedrita Lita! ¡Qué susto más tonto!— le dijo a su piedrita, abrazándola con su
alita.
Se salió del nido con cuidado y saltó a una ramita cercana. Picoteó una hojita
que susurraba suavemente. "¡Susurra que susurras, hojita movediza! ¡Ya no eres
monstruo, eres mi brisita!". Las hojas "shhh, shhh, shhh" susurraban alegremente
con el viento.
Lila comprendió que a veces, las sombras y los susurritos en la noche pueden
parecer monstruos, ¡pero casi siempre son cosas normales que nuestra
imaginación convierte en otra cosa! Y, si acaso hubiera monstruos de verdad,
quizás… ¡solo querrían jugar a susurrar secretos entre las hojas!
Lila volvió a su nido, ya sin miedo. Sonrió pensando en los monstruitos de hojas
y en el susurro del viento. Y, acurrucadita junto a Piedrita Lita, se durmió
rapidito, soñando con hojas crujientes de colores y vientos juguetones.
La mariquita que quería bailar folclore

Había una vez una mariquita llamada Pinta, que vivía en un jardín lleno de flores
y mariposas. Pinta era una mariquita muy especial, porque soñaba con bailar
folclore. Sí, ¡bailar como los grillitos que veía en las fiestas del jardín!
Un día, Pinta vio a una mariposa llamada Alas, que revoloteaba con gracia entre
las flores. "¡Qué hermoso es bailar folclore!", pensó Pinta. "Yo también quiero
bailar". Así que se acercó a Alas y le preguntó:
—Alas, amiguita, ¿me enseñas a bailar folclore?
Alas se sorprendió mucho. "¿Una mariquita bailando folclore? ¡Eso nunca se ha
visto!", pensó. Pero como era una mariposa muy amable, le dijo a Pinta:
—Pinta, amiguita, el folclore es muy divertido, pero requiere mucha energía y
coordinación. Tienes que moverte rápido y seguir el ritmo de la música.
Pinta se puso un poco triste, pero no se rindió. "¡Yo lo intentaré!", dijo con
entusiasmo. Así que empezó a practicar. Intentaba zapatear y girar, pero siempre
se enredaba y caía. ¡Plaf! Caía al suelo una y otra vez.
Los grillitos del jardín la veían y se reían. "¡Mira a la mariquita bailarina de
folclore!", decían entre risas. Pero Pinta no les hacía caso. Ella seguía
practicando, una y otra vez.
Un día, Pinta estaba muy cansada y triste. "Creo que nunca podré bailar folclore",
pensó. Entonces, Alas se acercó a ella y le dijo:
—Pinta, amiguita, el folclore no es lo único importante. Lo importante es
intentarlo y no rendirse. Tú eres muy valiente y persistente.
Pinta sonrió. "Tienes razón, Alas. Aunque no pueda bailar folclore, he aprendido
muchas cosas". Y entonces, tuvo una idea. "¡Ya sé! ¡Puedo aprender a hacer otras
cosas!".
Así que Pinta empezó a practicar otras habilidades. Aprendió a trepar por los
tallos de las flores, a hacer acrobacias en las hojas y a jugar a las escondidas con
los grillitos. ¡Y era muy buena en todo!
Un día, los grillitos estaban en peligro. Un grupo de arañas traviesas los habían
atrapado en una telaraña. Pinta vio lo que pasaba y, sin dudarlo, corrió a
ayudarlos.
Usando sus nuevas habilidades, Pinta trepó por la telaraña y liberó a los grillitos.
¡Las arañas se quedaron con la boca abierta!
Los grillitos estaban muy agradecidos. "¡Gracias, Pinta! Nos has salvado",
dijeron. Y desde ese día, todos en el jardín admiraron a Pinta por su valentía y
persistencia.
Pinta aprendió que no importa si no puedes hacer algo al principio. Lo importante
es intentarlo, aprender y descubrir tus propias habilidades. Y así, Pinta, la
mariquita que quería bailar folclore, se convirtió en la heroína del jardín.
Fin
Las aventuras de Olivia la Lechuza

En el rinconcito más verde del Bosque Asombroso, vivía una lechucita muy
especial. Su nombre era Olivia, y siempre llevaba unas brillantes plumitas azules
en sus bolsillitos.
Olivia era conocida por ser muy, muy inteligente. ¡Claro! Las lechuzas son
sabias, ¿verdad? Pero tenía un problemita: a veces no escuchaba las instrucciones
completas.
"Olivia, Olivia", le decían sus amiguitos, "tienes que escuchar hasta el final".
Pero Olivia siempre respondía: "¡Ya sé, ya sé!" Y salía volando antes de que
terminaran de hablar.
Un día, la señora Tortuga, la maestra del bosque, anunció algo muy importante:
"Mañana haremos una búsqueda del tesoro. Deben traer una linterna, un mapita y
un sombrerito para el sol."
Olivia escuchó "búsqueda del tesoro" y ¡plaf! Salió volando emocionada sin
escuchar lo demás.
"¡Qué divertido!", pensaba mientras volaba. "¡Una búsqueda del tesoro!"
Al día siguiente, todos los animalitos se reunieron en el claro del bosque. El
conejo Saltarín tenía su linterna, la ardillita Mila su mapita, y el zorrito Tomás su
sombrerito.
Pero Olivia... Olivia no había traído nada.
"¿Dónde están tus cosas, Olivia?", preguntó la señora Tortuga.
"¿Cuáles cosas?", respondió Olivia confundida.
"Las que mencioné ayer: linterna, mapa y sombrero."
A Olivia se le cayeron las plumitas. "No lo sabía. No escuché todas las
instrucciones."
La señora Tortuga sonrió con ternura. "Esto pasa cuando no escuchamos hasta el
final, pequeñita."
Olivia se puso tristecita. ¿Ahora no podría participar en la búsqueda del tesoro?
Sus amiguitos se acercaron:
"Yo tengo una linterna extra", dijo Saltarín.
"Puedo compartir mi mapa contigo", ofreció Mila.
"Y yo traje dos sombreros", añadió Tomás.
Olivia se sintió muy afortunada por tener amigos tan generosos, pero también
avergonzada por no haber escuchado.
"Gracias, amiguitos. Prometo que de ahora en adelante escucharé todas las
instrucciones completas."
La búsqueda del tesoro comenzó. Los animalitos seguían pistas, buscaban señales
y resolvían acertijos. En cada parada, la señora Tortuga daba nuevas
instrucciones.
Esta vez, Olivia escuchaba con muchísima atención. "Primero vayan al árbol
grande, luego giren a la derecha y busquen una piedra azul..."
Y así, gracias a que seguía bien las instrucciones, Olivia pudo ayudar a sus
amigos a encontrar pistas importantes.
Al final del día, los animalitos encontraron el tesoro: ¡una cesta llena de frutas
deliciosas para compartir!
Mientras comían, la señora Tortuga preguntó: "¿Qué aprendimos hoy?"
Olivia levantó su alita y dijo: "Yo aprendí que es importante escuchar todas las
instrucciones antes de actuar. Si no lo hacemos, podemos perdernos cosas
importantes o cometer errores."
"Muy bien, Olivia", sonrió la señora Tortuga. "Y recuerden, pequeñitos: nuestras
orejitas son para escuchar, y escuchar bien nos ayuda a aprender y a hacer las
cosas correctamente."
Desde ese día, Olivia la lechucita siempre escuchaba con atención. Y ahora, en
sus bolsillitos, además de sus plumitas azules, llevaba un lápiz y una libretita
para anotar las instrucciones importantes.
¿Y tú? ¿Escuchas bien las instrucciones?
Juanchi la Mapache y la gran carrera

En un bosque lleno de flores amarillas y árboles altísimos, vivía Juanchi, una


mapachita curiosa y juguetona. A Juanchi le encantaba trepar a los árboles, saltar
entre las piedras y correr por los senderos del bosque. Pero había algo que
siempre la hacía sentir rara: cuando otros animales corrían más rápido que ella.
Una mañana soleada, mientras Juanchi desayunaba bayas rojas, escuchó un
anuncio emocionante. El colibrí Gilberto volaba de flor en flor diciendo:
—¡Atención, amigos del bosque! Hoy, al mediodía, habrá una gran carrera.
¡Todos están invitados!
Juanchi sintió un cosquilleo en el estómago.
—¿Una carrera? —se preguntó—. Pero yo no soy tan rápida como el ciervo o el
conejo… ¿Debería participar?
Justo entonces, su amiga Luci, una caracolita muy lenta pero muy sabia, pasó
gateando junto a ella.
—Juanchi, ¿por qué pones esa cara triste? —preguntó Lucas.
—Es que todos los demás son más rápidos que yo —respondió Juanchi bajito—.
No creo que pueda ganar.
Luci se detuvo y miró a Juanchi con sus ojitos brillantes.
—¿Sabes qué, Juanchi? La carrera no es solo para ganar. Es para divertirse y
aprender algo nuevo.
Juanchi pensó un momento y, aunque seguía un poco nerviosa, decidió inscribirse
en la carrera.
Al mediodía, todos los animales del bosque se reunieron en la línea de salida.
Estaban el ciervo veloz, el conejo saltarín, el zorro astuto, y hasta una tortuguita
llamada Martina que caminaba muy despacito.
El búho, que era el juez, dio la señal:
—¡Listos, preparados… ya!
Todos salieron corriendo, brincando y trotando. El ciervo iba adelante, seguido
muy de cerca por el conejo. Juanchi intentaba correr rápido, pero pronto se dio
cuenta de que no podía alcanzarlos. Se detuvo, jadeando, y miró hacia atrás. Ahí
estaba Martina, la tortuguita, avanzando paso a paso.
—Martina, ¿no te cansas? —preguntó Juanchi.
—No mucho —respondió ella con una sonrisa—. Yo voy a mi ritmo, y eso me
hace feliz.
Juanchi pensó en lo que Martina había dicho. Siguió corriendo, pero esta vez no
miró hacia adelante para ver quién iba más rápido. En cambio, empezó a disfrutar
del camino: el viento fresco que acariciaba su pelaje, el olor dulce de las flores y
el sonido de los pájaros cantando.
Mientras tanto, el ciervo y el conejo llegaron a un charco enorme que bloqueaba
el camino. Ninguno sabía cómo cruzarlo.
—¡Oh, no! —dijo el ciervo—. ¿Qué hacemos ahora?
Justo en ese momento, Juanchi y Martina llegaron al charco. Juanchi recordó
algo importante:
—¡Yo puedo ayudar! —dijo—. Conozco este lugar. Hay unas piedras planas que
podemos usar para cruzar.
Y así fue. Juanchi guió a todos por las piedras, uno por uno, hasta que lograron
cruzar el charco.
Finalmente, todos los animales llegaron a la meta. El búho, orgulloso, anunció:
—¡Todos son ganadores! Cada uno hizo su mejor esfuerzo.
Juanchi se sintió feliz. Había descubierto algo importante: no importaba si era la
más rápida o la más lenta. Lo que realmente importaba era divertirse, ayudar a
los demás y ser fiel a sí misma.
Luci, la caracolita, llegó al final y le dijo a Juanchi:
—Ves, Juanchi, te dije que aprenderías algo nuevo.
Juanchi sonrió y respondió:
—¡Sí! Y lo mejor es que hice nuevos amigos en el camino.
Todos celebraron con un picnic bajo un árbol frondoso. Las hormiguitas trajeron
hojitas con algo dulce, y el colibrí Gilberto contó historias graciosas.
Así aprendieron que no necesitamos ser mejores que los demás para ser felices.
Lo importante es dar lo mejor de nosotros mismos y disfrutar del viaje.
Rosita, el cisne rosado y los valientes ratones

Rosita era un cisne rosadito muy elegante, con plumas suaves como pétalos de
rosa y un cuello largo y gracioso. Vivía en un lago precioso, rodeada de juncos
verdes y flores de colores. A Rosita le encantaba nadar, comer semillitas y
peinarse sus plumas con su piquito anaranjado. Pero Rosita tenía un secreto: ¡le
daban mucho miedo las cucarachas y los ratones!
Cuando veía una cucaracha corretona, ¡uy! Rosita saltaba y aleteaba toda
asustada. Y si escuchaba un “¡ñic-ñic!” de un ratoncito cerca, ¡ayayay!, Rosita
escondía su cabeza debajo de su ala y temblaba como una hojita. “¡Qué miedo!
¡Qué susto!”, pensaba Rosita.
Un día, mientras Rosita nadaba plácidamente, vio algo moverse entre las
hierbitas de la orilla. ¡Eran unas antenitas largas y finitas! ¡Y luego unas patitas
chiquititas que corrían muy rápido! — ¡Ay no, una cucaracha! — pió Rosita, con
el corazón “pum-pum, pum-pum” latiendo fuerte.
Justo en ese momento, salió de entre las hierbas un sapito verde y brillante,
llamado Renato. Renato era muy curioso y valiente, no le tenía miedo a casi
nada.
—Hola, Rosita, ¿qué te pasa?— preguntó Renato, con su voz ronquita y
amigable.
—¡Una… una… cucaracha!— tartamudeó Rosita, señalando con su alita
temblorosa. — ¡Me dan mucho miedo! ¡Son… son… asquerosas!
Renato miró hacia donde señalaba Rosita y vio a una cucarachita chiquitita,
caminando tranquilamente sobre una hojita.
—¿Esa cucarachita? — preguntó Renato, — ¡Pero si es muy pequeñita y no hace
nada! Mira, solo está buscando miguitas de pan.
Rosita, con mucho cuidado, abrió un poquito un ojo y miró a la cucarachita. Era
verdad, era muy chiquita. Y parecía que solo estaba ocupada caminando y
buscando algo en el suelo.
—Pero… pero… ¡brrr!… igual me da mucho miedo — dijo Rosita, todavía un
poquito asustada.
—¿Miedo? — dijo Renato, — ¿Por qué? Las cucarachas son como nosotros, solo
que más pequeñas. Y también los ratones. ¡Mira! Justo ahora veo a una familia
de ratoncitos jugando por allá.
Rosita miró en la dirección que señalaba Renato y, efectivamente, vio a
unos ratoncitos grises, ratoncitos chiquitos con colitas largas y bigotitos tiesos.
¡Estaban jugando a perseguirse entre las raíces de un árbol!
—¡Ay no! ¡También ratones! — pió Rosita, escondiendo su cabeza otra vez.
Renato, que era muy sabio para ser un sapito, se acercó a Rosita y le dijo: —
Rosita, el miedo a veces nos juega bromas. Pensamos que algo es terrible, pero si
lo miramos de cerca, vemos que no es para tanto. ¿Por qué no intentas mirar a los
ratoncitos con otros ojos? No son monstruos, son solo animalitos como tú y como
yo.
Rosita pensó en lo que decía Renato. Respiró profundo, "uno, dos, tres", y volvió
a mirar a los ratoncitos. Los ratoncitos seguían jugando, ahora estaban rodando
bolitas de tierra y riéndose “¡ji, ji, ji!”. Se veían… ¡divertidos!
Rosita se dio cuenta de que los ratoncitos no tenían intención de asustarla.
Estaban jugando, disfrutando del sol y la naturaleza, igual que ella. Y la
cucarachita… solo era una cucarachita buscando comida.
Poco a poco, el miedo de Rosita se fue haciendo más chiquito, más chiquito,
hasta que casi desapareció. Se acercó un poquito más a los ratoncitos y, con una
sonrisa rosada en su pico, les dijo: —Hola, ratoncitos. ¡Qué bonito juegan!
Los ratoncitos se sorprendieron un poco al ver al cisne rosado cerca, pero pronto
vieron su sonrisa amable. —¡Hola, cisne! ¿Quieres jugar con nosotros? —
preguntó un ratoncito jovencito.
Rosita se rio y negó con la cabeza. —Soy demasiado grande para sus juegos,
pero me gusta mucho verlos jugar. Y… ya no les tengo miedo.
¡Y así fue! Rosita, el cisne rosado, aprendió que los miedos se pueden superar
cuando nos atrevemos a mirar de cerca aquello que nos asusta. Descubrió que las
cucarachas y los ratones no eran monstruos horribles, sino solo otros animalitos,
cada uno a su manera. Y, desde ese día, Rosita vivió mucho más contenta y sin
miedos tontos, disfrutando de la compañía de todos los animalitos del lago, ¡hasta
de las cucarachas y los ratones!
Fin
Valentina, la corderita valiente

En un verde prado, rodeado de árboles frondosos y flores de colores, vivía una


corderita blanca y esponjosita que se llamaba Valentina. Tenía una lanita suave
como algodón y unos ojitos brillantes como estrellas.
Todos los días, Valentina saltaba y jugaba cerca de su mamá oveja. Le encantaba
explorar el prado, pero siempre miraba hacia atrás para asegurarse de que su
mamita estuviera cerquita.
—Mamá, ¿puedo ir a ver aquellas florecitas amarillas? —preguntaba Valentina.
—Claro, hijita —respondía su mamá con una sonrisa—. Pero recuerda, no te
alejes demasiado.
Un día soleado y alegre, Valentina vio unas mariposas de colores volando hacia
el bosquecito.
—¡Qué lindas mariposas! —exclamó la corderita—. Voy a seguirlas un poquito.
Y así, saltito a saltito, Valentina siguió a las mariposas. Primero fue despacito,
luego más rapidito. Las mariposas volaban y volaban, y ella las seguía y las
seguía.
De pronto, ¡Pum! Valentina se detuvo. Miró hacia un lado. Miró hacia el otro. Ya
no veía a su mamá. Ya no veía el prado conocido. Solo árboles grandes y
sombras largas.
—¿Mamá? —llamó con vocecita temblorosa—. ¿Dónde estás, mamita?
Su corazoncito empezó a latir rapidito, rapidito. Tenía miedo. Estaba perdida.
—¡Ay, ay, ay! —lloró Valentina—. Me alejé demasiado y ahora estoy solita.
En ese momento, escuchó un ruidito entre los arbustos. ¡Cric-crac! Valentina se
asustó más.
Pero quien apareció fue un conejo gris de orejas larguitas.
—Hola, corderita —dijo el conejo con voz amable—. Me llamo Saltarín. ¿Por
qué lloras?
—Me he perdido —sollozó Valentina—. No encuentro a mi mamá y tengo
miedito.
—No te preocupes —respondió Saltarín moviendo sus bigotitos—. Yo conozco
muy bien este bosque. Te ayudaré a encontrar el camino de regreso.
—¿De verdad? —preguntó Valentina, secándose una lagrimita.
—¡Claro que sí! Pero primero, ¿recuerdas cómo es el lugar donde vives?
Valentina pensó un momentito.
—Vivo en un prado verde con muchas flores y un arroyo clarito que hace "glu-
glu".
—¡Ah! —exclamó Saltarín—. ¡Sé exactamente dónde es! Pero tendremos que
atravesar parte del bosque. ¿Estás lista?
Valentina asintió, aunque todavía sentía un poquito de miedo.
Durante el camino, Saltarín le enseñó a Valentina cómo reconocer señales en el
bosque para no perderse nunca más.
—Mira, las rocas más grandes siempre están del lado donde se oculta el sol —
explicaba Saltarín—. Y los árboles más viejos tienen musgo del lado por donde
sale el arroyo.
Caminito a caminito, Valentina aprendía y se sentía más segura.
De pronto, escucharon una voz a lo lejos.
—¡Valentina! ¿Dónde estás, mi corderita?
—¡Es mi mamá! —gritó Valentina con alegría—. ¡Mamitaaa! ¡Aquí estoy!
Corrió y corrió hasta que vio a su mamá. ¡Qué felicidad! Su mamá la abrazó muy
fuerte con sus patas delanteras.
—Estaba muy preocupada, pequeñita —dijo su mamá—. Te busqué por todos
lados.
—Lo siento, mamita —respondió Valentina—. Seguí a unas mariposas y me
perdí. Pero mi nuevo amigo Saltarín me ayudó a encontrar el camino.
La mamá oveja agradeció mucho a Saltarín por su ayuda.
Esa noche, acurrucadita junto a su mamá, Valentina pensaba en su aventura.
—Mamá, hoy tuve miedo cuando me perdí —confesó la corderita.
—Es normal tener miedo, hijita —respondió su mamá, acariciándole la cabecita
—. Pero lo importante es que aprendiste algo valioso.
—Sí —dijo Valentina—. Aprendí que no debo alejarme tanto y que debo fijarme
en el camino para no perderme. Y también aprendí que ser valiente no significa
no tener miedo, sino enfrentarlo.
Su mamá sonrió.
—Eres una corderita muy inteligente, Valentina. Y ahora también eres la
corderita más valiente del prado.
Y así, con la luna brillando en el cielo, Valentina se durmió tranquilita junto a su
mamá, soñando con nuevas aventuras, pero ahora sabiendo cómo regresar
siempre a casa.
¿Y tú? ¿Sabes cómo encontrar el camino a tu casa? ¿Qué harías si alguna vez te
pierdes un poquito?
Colorín colorado, este cuentito se ha terminado.
Lucho el ternerito juguetón y su diente travieso

Lucho era un ternerito juguetón muy curioso, con un pelaje suave como
terciopelo marrón y unos ojitos grandes y brillantes. Le encantaba correr por el
campo verde, jugar con sus amigos los pollitos y las ovejas, y beber leche tibia
que le daba su mamá vaca en su establo acogedor. Lucho tenía unos dientecitos
de leche chiquititos y blancos, ¡perfectos para mordisquear hierba fresca!
Pero últimamente, a Lucho le estaban pasando cosas un poco extrañas. Primero,
su cencerro rojo, que antes le quedaba flojito y sonaba “¡tolón, tolón!”
alegremente, ¡ahora le apretaba un poquito el cuello y sonaba “¡tolón… tolón…
apurado”! Y sus pantalones de peto vaqueros, ¡parecían subirsele por encima de
las rodillas! —¡Mamá, mamá!— le dijo Lucho a su mamá vaca un día —¡Mi
ropa está pequeña! ¿Qué ocurre?
Su mamá vaca, con sus ojos grandes y tranquilos, sonrió y le explicó con dulzura:
—¡Luchito, estás creciendo como la hierba verde en primavera! Te estás
haciendo más grandote, más fuerte, ¡más ternero valiente! Es normal que tu ropa
te quede cortita, ¡significa que te estás haciendo mayor!
Lucho se miró en el reflejo de un bebedero de agua y se vio… ¡más alto! ¡Sus
patitas parecían más largas y su cabeza más grande! — ¡Guau! ¡Estoy creciendo
mucho! — exclamó Lucho, muy contento y un poquito asombrado.
Pero la aventura no terminó ahí. Un día, mientras comía un poco de heno tierno,
Lucho sintió algo raro en uno de sus dientecitos de abajo. Se movía… ¡y se
movía mucho, como un balancín! Lo tocó con su lengua y ¡guau!, ¡se movía
todavía más! — ¡Mamá, mamá! ¡Mi diente se mueve solito! ¡Está bailando la
bamba! — gritó Lucho, asustado y divertido a la vez.
Su mamá vaca examinó los dientecitos de Lucho y le dijo con calma: —¡Luchito,
no te preocupes! Es tu diente de leche, ¡está listo para irse de paseo! A todos los
terneritos se les caen los dientes de leche, como a los árboles se les caen las
hojitas en otoño. Y en su lugar nacen dientes nuevos, más fuertes y grandes,
¡para que puedas comer mucha más hierba y pasto!
Lucho pensó un ratito. ¿Dientes de paseo? ¿Dientes nuevos como montañas?
Sonaba raro, ¡pero a la vez emocionante como ir al circo! —¿Y se va a caer solo?
¿Dolerá un poco? — preguntó Lucho, con ojitos de inquieto.
—Se caerá solito, cuando menos te lo esperes— le contestó su mamá —. Quizás
mientras comes hierba, o jugando a las carreras, ¡o incluso mientras sueñas con
las estrellas! Y no duele casi nada, solo sentirás unas cosquillitas dulces y
luego… ¡chas! Se fue el dientecito de paseo. Y cuando se caiga, puedes ponerlo
debajo de tu almohada… ¡se dice que el Hada de los Dientes viene a buscar los
dientes de los terneritos buenos!
A Lucho le encantó la idea del Hada de los Dientes. ¡Un hada mágica que
coleccionaba dientes de ternero! Desde ese día, Lucho no paraba de jugar con su
dientecito bailarín. Lo movía con la lengua, con la campanilla del cencerro (con
cuidado!), ¡hasta con un trocito de heno! Se sentía un poco nerviosillo, pero
sobre todo ¡super emocionado!
Una tarde soleada, mientras Lucho jugaba a perseguir mariposas con sus amigos
pollitos, de pronto, ¡crac! Algo se soltó en su boca. Lucho se pasó la lengua por
la encía y… ¡sorpresa sorpresa! ¡Su dientecito travieso ya no estaba! En su patita
tenía un dientecito pequeñito como un granito de arroz. ¡Y en su encía, un
huequito diminuto como un puntito!
—¡Se fue! ¡Se fue! ¡Mi diente se fue de paseo! — gritó Lucho, contentísimo y
asombradísimo, enseñando el dientecito a sus amigos.
Los pollitos y las ovejitas lo felicitaron y le dijeron: —¡Ahora eres un ternero
grandulón! ¡Ya perdiste tu diente de leche!
Lucho se sintió muy orgulloso, como un campeón. Guardó su dientecito debajo
de su almohada de paja antes de ir a dormir, esperando al Hada de los Dientes. Y
a la mañana siguiente, ¡doble sorpresa maravillosa! El dientecito había
desaparecido, ¡y en su lugar había una monedita brillante como el sol! ¡El Hada
de los Dientes sí que existía!
Lucho comprendió que crecer y que se caigan los dientes no era nada de susto,
¡al revés! Era señal de que se estaba haciendo más grande, más fuerte y de que
pronto tendría ¡unos dientes nuevos y fuertísimos para masticar mucha hierba
fresca! Y aprendió que los cambios en el cuerpo son normales y divertidos,
¡como montar en la montaña rusa! ¡Porque crecer es la mejor aventura del
mundo! ¡Cada día un poco más alto, cada día un poco más valiente, y cada día…
con una sonrisa más grande!
¿Y a ti, se te movió o se te cayó ya algún diente?
Estela, la estrella de mar rosada y el tesoro

Estela era una estrellita de mar rosada muy preciosa, con cinco bracitos
puntiagudos y un color suave como las conchas al sol. Vivía en un arrecife de
coral lleno de plantitas marinas y pececitos de colores. A Estela le encantaba
quedarse quieta en la arena, sentir la corriente suave y ver pasar a sus amigos los
peces. Tenía un hogar en el arrecife muy acogedor, con arenita finita de camita y
algas verdes para jugar a las escondidas.
Pero Estela, a veces, miraba a su alrededor y sentía un poquito de… no sé si era
envidia, o quizás… ¡ganas de ser diferente! Veía al pez Fito nadar ¡zuuuum!
rapidísimo entre los corales, y pensaba: “¡Ay, si yo pudiera nadar tan rápido! Qué
lento es ser estrella de mar, siempre pegadita al fondo”. Veía al cangrejo Pedrito
caminar con su casita a cuestas, y pensaba: “¡Uy, qué casita tan dura! Yo quiero
tener una concha para protegerme, como Pedrito”. Y veía al coral Coralia, con
sus brazos llenos de colores brillantes como el arcoíris, y pensaba: “¡Oh, qué
colores más lindos! Yo soy rosada, sí, pero… ¡no tan brillante y llamativa!”.
Un día, Estela estaba reposando en la arena, un poco apenada. Su amiga Coralia,
el coral más sabio del arrecife, la vio y le preguntó con su voz suave como el
agua: — ¿Qué te pasa, Estelita? Te veo tristecita hoy.
—Es que…— suspiró Estela — … a mí me gustaría nadar rápido como Fito, o
tener una concha como Pedrito, o… o… ser brillante como tú, Coralia. ¡Ser
estrella de mar es aburrido y yo soy muy simple!
Coralia, con sus bracitos de colores ondeando suavemente, sonrió y le dijo: —
Estela, Estela. Cada uno es maravilloso y valioso como es. Mira a tu alrededor.
¿Ves toda esta agua cristalina, los corales de colores, los rayitos de sol que nos
dan vida?
Estela miró a su alrededor. Era verdad, el arrecife era increíble. El agua brillaba,
los corales tenían formas divertidas y los peces jugaban a las carreras.
—Sí, pero… yo quiero algo más… algo… diferente— dijo Estela, todavía un
poco desanimada.
En ese momento, pasó nadando rapidísimo el pez Fito, dejando una estela de
burbujas a su paso. — ¡Hola, Estela! ¿Todo bien? — preguntó Fito, con su voz
ágil.
—No mucho— respondió Estela — … es que yo quisiera nadar rápido como tú,
Fito. Tú puedes ir a todas partes en un segundo y yo no puedo moverme casi
nada.
Fito se detuvo un instante, moviendo sus aletas suavemente. — Estela, mi amiga,
nadar rápido es bueno, ¡pero no lo es todo! Yo nado por todos lados, veo muchas
cosas, pero… ¡tú eres tan hermosa! Tu forma de estrella es perfecta, ¡pareces una
joya en el fondo del mar! Yo no tengo una forma tan especial como tú, ¡y a veces
me gustaría ser tan… tan elegante como tú!
Estela miró sus bracitos de estrella de mar con otros ojos. Era verdad, tenía una
forma especial, ¡como una estrella brillante en el fondo del mar! Su forma era
única, diferente a todos los demás.
Luego, pasó caminando despacito el cangrejo Pedrito, con su concha a cuestas,
pasito a pasito. — ¡Hola, Estela! ¡Hola, Fito! ¿Qué hacen?— saludó Pedrito,
moviendo sus pinzas con calma.
—Estela está un poquito triste porque piensa que no tiene nada especial—
explicó Fito.
Pedrito se detuvo junto a Estela y dijo: —¡Pero Estela, por favor! ¡Mira tu color
rosado! Es tan suave y bonito, como un pétalo de flor marina. ¡Y esa textura tan
suavecita! Mi concha me protege, sí, pero es dura y pesada. A veces me gustaría
ser tan ligera y delicada como tú. ¡Tu color es como un atardecer en el mar, tan
lindo!
Estela miró su color rosado, luego miró a Fito nadando con agilidad, y a Pedrito
con su concha protectora. De pronto, entendió algo muy importante. Cada uno
tenía algo precioso y único. Fito era rápido y aventurero, Pedrito era fuerte y
protegido, y ella… ¡ella tenía su belleza! ¡Su forma de estrella única, su color
rosado suave, su calma y paciencia!
— ¡Gracias, Coralia, gracias, Fito, gracias, Pedrito! — dijo Estela, con una gran
sonrisa de estrella de mar. — ¡Tenían razón! ¡Soy maravillosa como soy! ¡Y ser
estrella de mar también es genial! ¡Puedo admirar todo con calma y ser una joya
del mar! ¡Qué suerte tengo de ser estrella de mar rosada!
Desde ese día, Estela aprendió a apreciar todo lo que tenía. Ya no envidiaba a
nadie. Se dio cuenta de que su forma de estrella, su color rosado, su hogar en el
arrecife, sus amigos y el océano maravilloso donde vivía eran ¡un tesoro
inmenso! Y cada mañana, al despertar, daba las gracias por ser estrella de mar,
por su color rosadito y por poder disfrutar de la belleza del arrecife pasito a
pasito, con calma y con amor. Porque ser estrella de mar… ¡era lo más lindo del
mundo!
¿Y tú, qué cosas bonitas tienes en tu vida por las que das gracias?
Fin

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