EL HERMANO MAYOR1
(PRÍNCIPE DON CARLOS)
L AS leyes canónicas que impiden (salvo dispensa justifi-
cada) el matrimonio entre parientes próximos, no res-
ponden tan sólo a cautelas de índole moral, sino también
a otras de carácter genésico. Cuando quiera que las razo-
nes de Estado o de familia prevalecen con reiteración so-
bre las últimas, se produce, no indefectible, pero sí fre-
cuentemente, la degeneración de la prole, cuyos estragos
trascienden a veces muy más allá del círculo de los infrac-
tores. Pocos ejemplos históricos (aparte el incestuoso de
los Faraones) ilustran tan siniestramente esa experiencia
biológica, como el que ofrecen España y Portugal en las
postrimerías del siglo XV y la primera mitad del XVI.
Menudearon en el curso de la Edad Media los matri-
monios de Reyes y Príncipes peninsulares con Infantas de
los otros reinos cristianos españoles; pero no se abusó de
la consanguinidad, porque rara vez se repitieron consecu-
tivos dos enlaces de la misma procedencia. Sirva de ejem-
plo la sucesión en el trono de Castilla, durante casi tres-
cientos años. San Fernando fué hijo de leonés y castella-
na; Alfonso el Sabio, de alemana; Sancho IV, de aragonesa;
Fernando IV, de María de Molina; Alfonso XI, de portu-
guesa, como Pedro I, y quizá los desórdenes mentales del
1
Del libro en preparación La Infanta Archiduquesa Isabel
Clara y los personajes de su tiempo.
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34 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA [2]
Rey cruel se han de atribuir en parte al estrecho y doble
parentesco de sus progenitores. La madre de Enrique II
no fué de estirpe Real; la de Juan I era castellana; la de
Enrique III, aragonesa, y la de Juan II, inglesa.
Pero tras del compromiso de Caspe y la unificación
llevada a cabo por los Reyes Católicos, no quedaron sub-
sistentes sino dos dinastías peninsulares, a tiempo en que
el éxito felicísimo de lo ocurrido en Aragón y Castilla des-
pertaba, incluso en Portugal, afán irreprimible de comple-
tar el designio unificador por procedimiento análogo.
Claro es que el fusionismo hispanolusitano tuvo, aun
entonces, contradictores acérrimos y hasta enemigos furi-
bundos. En ningún concierto matrimonial de ese tipo fal-
tó la oposición ostensible de algún o algunos consejeros
de la Corona portuguesa; pero la tónica hispanófoba pre-
dominante allí desde mediados del siglo XVII, no se pue-
de retrotraer al XVI sin incidir en garrafal error histórico.
La sola preferencia de los Reyes, cuanto más su capricho,
se habrían comprobado ineficientes para imponer una y
otra vez los matrimonios españoles, contra viento y marea
déla voluntad nacional y dé la opinión pública.
Conjeturamos verosímil que incluso los portugueses
partidarios de anudar vínculos susceptibles de reunir
eventualmente en una sola persona los derechos suceso-
rios de entrambas Monarquías, ocultaban en realidad so-
lapadas reservas mentales. Cien años atrás habían inequí-
vocamente recaído esos derechos en doña Constanza; y
cuando su cónyuge, Juan I de Castilla, se dispuso a ha-
cerlos efectivos, fuéronle sangrientamente denegados en
Aljubarrota para pro de un varón bastardo. Pero quizá
habría ocurrido algo por el estilo si un Rey castellano hu-
biese intentado alguna vez tomar posesión a título dotal
de los Estados aragoneses, recaídos en su consorte. El to-
qué de las insólitas predilecciones lusas durante aquel pe-
ríodo consistió probablemente en augurar entonces las
perspectivas dinásticas, no que ningún Trastamara reina-
se en Portugal, sino que un Avis llegase a ceñir, amén de
la corona lusitana, las de Aragón y Castilla. A punto de
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elio estuvo el malogrado Miguel I, con unánime satisfac-
ción de las gentes hispánicas.
Prescindiendo de las hipótesis, nos atendremos a los
hechos. La primera mujer de Juan II de Castilla, María
de Aragón, prima carnal suya, tuvo con él parentesco mu-
cho más próximo que la segunda, Isabel de Portugal. Na-
ció de aquel enlace el degenerado Enrique IV, y de éste
Isabel la Católica. Pero la Reina portuguesa trajo en dote
funesta lacra: la enfermedad mental que se exteriorizó
apenas hubo ella quedado viuda y perduró durante más
de cuarenta años hasta su muerte.
Reaparece el estigma patológico en una nieta, Juana
la Loca, quien peregrina custodiando el insepulto cadáver
de su marido, Felipe el Hermoso, mientras lleva en su
seno al último fruto de su exaltadísimo amor conyugal.
Esta Infanta postuma, Catalina, casada con el Rey portu-
gués Juan III, se nos revela si α embargo inmune a la má-
cula atávica; puesto que sana de cuerpo y de espíritu, vive
setenta y un años, y desempeña acertadamente, no sólo
deberes de Reina consorte, sino otros más difíciles de Re-
gente del reino, en nombre de su nieto don Sebastián. Aho-
ra bien, los matrimonios hispanolusitanos siguen concer-
tándose con reiteración temeraria. Casa Carlos V con su
prima carnal, Isabel, hija de María, hermana de Juana la
Loca; y la primera mujer de Felipe II, llamada también
María, es hija de Juan III y Catalina. Don Carlos, único
fruto de esa boda, no cuenta, pues, como casi todos los de-
más mortales, con ocho bisabuelos distintos, sino única-
mente con cuatro, que lo son por ambas líneas, la paterna
y la materna, a saber: Manuel I de Portugal y María hija
de los Reyes Católicos, Felipe el Hermoso y Juana la Loca.
La Reina Isabel, vehículo inconsciente de la demencia
transmisible, tía carnal de Manuel I por haber sido herma-
na de su madre, aparece además en el árbol genealógico
de don Carlos como dos veces bistatarabuela suya.
Sobre la personalidad del infortunado Príncipe, se han
impreso más letras de molde que minutos duró su exis-
tencia. No utilizaremos, al intentar reconstituirla históri-
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camente, sino los textos coetáneos más dignos de crédito,
transcribiendo al pie de la letra los menos conocidos, para
edificación del lector. Fueron las singularidades tempe-
ramentales de nuestro héroe (a diferencia de lo que di-
jimos de su padre) sintomáticamente precoces. No había
cumplido aún quince meses, cuando, el 27 de septiembre
de 1546, escribía Felipe II a Carlos V: «Ya V. M. tiene en-
tendido, cómo por haberle venido su regla a doña Ana de
Luzón, Ama del Infante, se tuvo duda si convenía que ella
le diese leche o no, y, visto por los médicos que yo mandé
juntar para ello, se acordó que se podía hacer sin incon-
veniente. Después, pasando adelante aquello, vino el qui-
társele del todo la leche, por donde fué menester mudar
otras amas; y ha habido la dificultad y trabajo que V. M.
habrá sabido, porque las mordía a todas. Doña Ana queda
aquí sin tener que hacer, porque el Infante mama a otras,
y convendría que se volviese a su casa y se hiciese con
ella lo que con otras hasta aquí se ha hecho, de lo cual se
envía a V. M. memorial con ésta. Yo suplico a V. M. que
lo mande ver, y teniendo respecto a que ella es mujer de
calidad y linaje, y casada con Gaspar Osorio, que es la
persona que V. M. sabe y que ha servido, les haga, así a
ella como a su marido, toda merced.»
A punto de alcanzar los tres años no había aún don
Carlos articulado palabra ninguna, pero la recelada mudez
quedó en tartamudez, perdurable durante toda su corta
vida, porque no debió de surtir efecto que la remediase
plenamente una pequeña operación quirúrgica practicada
cuando tenía ya veintiún años. Cierto asiento de las Con-
tadurías Generales archivadas en Simancas, correspon-
diente al jueves 28 de noviembre de 1566, reza así: «Dio
(el Contador) a Ruidíaz de Quintanilla, mil y cien reales,
porque cortó el frenillo a S. A.»
Fué, desde luego, un niño consentido y mal criado.
Muerta su madre y ausente casi de continuo su padre, las
personas que tenían autoridad sobre él se abstuvieron, por
compasión, tanto como por cariño, de ejercerla severa-
mente. Suele acontecer así con las amas o ayas abuelas, es
15J EL HERMANO MAYOR 37
decir, las que crían o educan sucesivamente a padres e
hijos. Tal fué el caso de doña Leonor Mascareñas, quien
a los cuarenta y dos años recibió por segunda vez el hon-
roso encargo de velar maternalmente sobre el heredero de
la Corona Católica. Menos austeridades pedagógicas se pu-
dieron esperar de la coeducadora Infanta doña Juana,
hermana pequeña de Felipe II, sólo dos lustros mayor que
el egregio pupilo. Cuando en 1552 marchó ella a Portugal
por haber contraído matrimonio con el Príncipe don Juan,
es fama que su desconsolado sobrino prorrumpió en llan-
to, compadeciéndose a sí propio con estas palabras, di-
chas en tercera persona, a fuer de único protagonista del
caso: «¡Qué será de este pobre niño completamente solo,
con el abuelo en Alemania y el padre en Monzón!».
Pero aun antes de clausuradas las Cortes aragonesas
allí en curso, ordenó ya don Felipe lo que había de ser de
su hijo: sacarle de entre faldas a la edad misma en que se
le aplicó a él tratamiento análogo, y ponerle casa mascu-
lina. Debió de aprobar previamente Carlos V esa mudan-
za, puesto que escribía a don Antonio de Rojas, primer
Ayo de su nieto: «Os encargo miréis mucho por su reco-
gimiento, enderezando que sea templado y moderado y no
ian libre como hasta aquí, que me dicen que ha sido dema-
siado, pues veis lo que en ello va, especialmente teniendo
los años que tiene, apartándole lo que se sufriere de la co-
municación con mujeres.»
Durante el otoño de 1556, el ya abdicado Emperador
se detiene en Valladolid, camino de su retiro de Yuste,
para conocer a su nieto (ascendido de Infante a Príncipe
de Asturias, mostrándose muy celoso guardador de los ho-
nores que como a tal se le han de tributar) y convivir con
él dos semanas. Cuentan las crónicas «que le reprendió
su poca mesura y mucha desenvoltura con que vivía y
trataba con su tía» la Princesa de Portugal, doña Juana,
quien por entonces, viuda ya, había vuelto a su lado.
Esta desfavorable impresión debió de estimular en
Carlos V comprensible afán por conocer detalladamente
la vida y conducta de su nieto, pues los informes de don
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García de Toledo (Ayo del Príncipe desde la muerte de
Rojas) no pudieron ser más minuciosos. He aquí un ex-
tracto de la carta de 27 de agosto de 1557: «S. A. es sanoT
a Dios gracias, y en lo del comer, como en todo lo demás,
trae la vida bien concertada. Levántase antes de las sie-
te, y en rezar y almorzar tarda hasta las ocho y media que
se comienza la misa y luego, en acabándola, comienza a
estudiar. Come a las once; desde que ha comido hasta las
tres y media que merienda, gasta el tiempo en hablar con
los que allí estamos y enjugar algún tiempo a los trucos
y a los tejos y esgrime un poco. Después de la merienda
comienza la lición. Sale S. A. algunas veces al campo an-
tes de cenar, o después, según hace el día. Acuéstase ordi-
nariamente a las nueve, habiendo rezado antes un rosa-
rio, de manera que está en la cama nueve horas y media
y algunas veces diez. Duerme tan bien que desde que yo
sirvo a S. A. hasta hoy (que ha más de un año) no ha des-
pertado más de una noche, que tuvo cierta indisposición.
La color no trae buena y siempre la ha tenido así; pero
con no ser de mala disposición, no hay que raparar en
esto. En lo del estudio está poco aprovechado, porque lo
hace de mala gana y asimismo los otros ejercicios de jugar
y esgrimir, que para todo es menester premio. Algunas ve-
ces ha corrido a caballo, pero no le he dejado hacer esto
muchas, porque entiendo que está muy descuidado a ca-
ballo para hacello sin peligro.»
Consta, pues, que aparte el síntoma del mal color te-
nido por intranscendente, el estado de salud del Príncipe
preocupa al Ayo mucho menos que su haraganería inte-
gral, puesto que afecta al ejercicio físico tanto como al es-
tudio. Casi un año después, en carta de 13 de abril de
1558, se confiesa don García implícitamente fracasado: «El
Príncipe ha estado muy bueno todos estos días... Ha sali-
do muy bien de la Cuaresma con haber comido la mitad
de los días de cada semana pescado, y, aunque harto con-
tra su voluntad, les pareció a los médicos que lo debía ha-
cer con tan buena salud como a Dios gracias tiene S. Α....
En lo demás del estudio y ejercicios, no va tan adelante
[7J EL HERMANO MAYOR 39
como yo quería... Deseo mucho que V. M. fuese servido
que el Príncipe diese una vuelta por allí (Yuste) para ve-
lle, porque entendidos los impedimentos que en su edad
tiene, mandase V. M. lo que fuera de la orden con que yo
le sirvo se debe mudar, en la cual, hasta agora, no hallé
qué. Pero como veo que, con tenerme S. A. el mayor respe-
to y temor que se puede pensar, no hacen mis palabras ni
la disciplina, aunque le escuece mucho, el efecto que debe-
rían, paréceme muy necesario que V. M, lo viese de más
cerca alguna temporada sin que fuese de muchos días...
Estos días se arma por las mañanas y tornea a pie, que
le hace muy buena disposición; sólo de hacer más a ca-
ballo no trata S. Α., porque no me parece que, por ahora,
lo debe usar.»
Claro es que quien sacrificó muy entrañables senti-
mientos políticos e íntimos al solo fin de alcanzar puerto
sosegado en sus postreros años no incurrió en la necedad
de comprometer esa paz tan costosamente obtenida insta-
lando, ni aun por breves días, en su retiro Jerónimo al
presunto heredero de su sucesor, para el solo efecto de
comprobar de cerca que ese vastago de su estirpe nobilí-
sima era un mozo desmedrado, egoísta, glotón, volunta-
rioso, colérico y revelador además de crueles instintos.
Muerto el Emperador en 21 de septiembre de 1558, suben
de punto las preocupaciones inspiradas por el Príncipe a
cuantos le rodean. Semanas después, el Maestro Honorato
Juan se declara tan fracasado como meses antes el Ayo,
escribiendo así a Felipe II con fecha 30 de octubre: «Pé-
same en el alma que el aprovechamiento de S. A. no sea
al respecto de como comenzó y fué los primeros años...
Pero yo no entiendo de dar en esto más pesadumbre a
V. M... teniendo por cierto que éstas y otras muchas cosas
no se pueden bien remediar hasta la.venida de V. M.»
Ningún indicio permite suponer que el padre apesa-
dumbrado, ni aun después de confirmar de visu las referen-
cias del Ayo y del Maestro, juzgase todavía irremediables
las máculas de su primogénito; antes bien, debió de con-
fiar en la eficacia de la rigidez pedagógica, inaugurada
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desde su arribo a España y mantenida durante algún
tiempo, como lo permitía ahora su constante proximidad
al educando. No se explica de otro modo que pusiese em-
peño en revestir con solemnidades máximas el acto de la
jura del Príncipe de Asturias en las Cortes de Toledo de
1560. Pero la complicación planteada en seguida por la pé-
sima salud de S. Α., se evidenció mucho más incoercible
que su anterior mala crianza. Llegó a parecer necesario
alejarle no sólo de la Corte, sino de la meseta central, ins-
talándole en lugar costero de clima andaluz. He aquí lo
que el 13 de septiembre de 1561 escribe el Rey a don Cris-
tóbal de Eraso, Corregidor de Gibraltar: «Ya habréis en-
tendido la poca salud que tiene el Príncipe mi hijo y cuan-
to tiempo ha que le dura la cuartana, lo cual le tiene tan
flaco y fatigado que ha parecido a los médicos que debe-
ría mudar de aire y que sería muy conveniente ir a algu-
na ciudad de la costa de la mar, porque, con la templan-
za del aire, podría ser que se le alivie y quite del todo, y
porque yo tengo el deseo que debo como padre, de verle
sano y libre del trabajo que le da esta enfermedad.» «Os
encargo y mando que hagáis tomar información con jura-
mento de los médicos de esa ciudad de la bondad y pro-
piedad de ella, para curarse enfermos de cuartana y de
cómo ha estado y está agora de salud, y si ha habido y
hay enfermedades peligrosas o contagiosas en ella y, habi-
da esta relación de todo, muy distinta y particular, me la
enviéis.»
Si bien los certificados sanitarios sobre Gibraltar resul-
tan ser inmejorables, razones de otra índole aconsejan
preferir como lugar de residencia estadiza a Alcalá de He-
nares, renombrado por su salubridad, su cultura de cen-
tro universitario y su emplazamiento entre Toledo y Ma-
drid, desde donde será fácil al Rey vigilar el curso de la
dolencia de su hijo, sin desatender el despacho de los ne-
gocios públicos. Surte la cura muy provechoso efecto,
puesto que en los primeros meses de 1562 no sólo está el
Príncipe limpio de fiebre durante cincuenta días, sino que
puede asistir, sin fatiga ni retroceso, a una famosa fiesta
PI EL HERMANO MAYOR 41
celebrada en el Real Sitio del Pardo, y mejora notable-
mente así de carácter como de aspecto.
Interrumpe esa convalecencia un estúpido accidente
que, sobre poner en peligro su vida, pudo tener y tuvo
quizá irreparables consecuencias. Atribuye la leyenda su
causa ocasional a la festinación por acudir a una cita
amorosa, mas no fué probablemente sino infantil travesu-
ra de tipo freudiano. Parece problemático que, aun cum-
plidos holgadamente los dieciséis años y medio, hubiese
alcanzado don Carlos la pubertad. Referencias posterio-
res, que consignaremos en seguida, revelan incompleto su
desarrollo, aflautada su voz y dudosa su aptitud viril, no
faltando indicios que permiten sospechar a este degenera-
do precozmente vicioso, como lo corrobora, sagazmente
delator, el pincel de Sánchez Coello con la expresión que
atribuye a su mirada de adolescente en el más reproduci-
do de sus retratos.
Sábese de cierto que el Príncipe gustaba de entrevis-
tarse con una muehachuela de menos edad que él, hija del
portero de los frailes, en un jardín a que daba acceso des-
de sus habitaciones angosta escalera de husillo. Fuesen o
no inocentes los coloquios de los mozalbetes, resolvió el
Ayo prohibirlos y ordenó condenar la puerta excusada.
Pero a la hora de la siesta de cierto domingo abrileño pa-
reció factible a S. A. burlar la consigna de don García, con
o sin complicidad de sus adláteres, puesto que el apresu-
ramiento por aprovechar la ocasión brindada a esa des-
obediencia determinó el accidente. «En la villa de Alca-
lá de Henares, domingo a los 19 de abril de 1562, habien-
do cincuenta días justos que le faltaba la cuartana de la
cual se había estado curando en la dicha villa, este día el
Príncipe nuestro Señor, después de haber comido a hora
de las doce y media, bajando S. A. por una escalera muy
a oscuras y de muy ruines pasos y cinco escalones antes
que acabase de bajar, echó el pie derecho en vacío y dio
una vuelta sobre todo el cuerpo y cayó, y dio gran golpe
en una puerta cerrada. Quedó la cabeza abajo y los pies
arriba, descalabrándose la parte posterior de la cabeza, a
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la parte izquierda, junto a la comisura que se llama lamb·
doides» (de lamda, undécima letra del alfabeto griego co-
rrespondiente a nuestra e/e»), «Vi una herida del tamaño
de una uña del dedo pulgar, y la circunferencia bien con-
tusa, y, descubierto el pericráneo, se vio que estaba algo
contuso.» «Desde la hora de la caída hasta el fin de la
cura, que fué cuando se quitó el parche, pasaron noventa
y tres días menos tres horas.» «Tuviéronse en esta enfer-
medad del Príncipe, nuestro Señor, pasadas de cincuenta
juntas (de médicos y cirujanos) y las catorce de ellas en
presencia de S. M. y éstas fueron de manera que ninguna
duró menos de dos horas y algunas duraron más de cua-
tro.» «Hacíanse de esta manera: S. M. se sentaba en una
silla, a las veces rasa; el Duque de Alba y don García de
Toledo a los lados de la silla. Los médicos y cirujanos es-
tábamos en forma de media luna. Don García nombraba
al que había de decir y el mandado decía su parecer, fun-
dándole con las autoridades y razones que sabía. Un día,
viniendo a mí la tanda, me dijo don García: Decid vos,
licenciado Daza, y S. M. manda que no aleguéis tantos
textos.»
Para resarcirse tal vez de aquella circunstancial conti-
nencia escribió este don Dionisio Daza Chacón el detalladí-
simo y divulgadísimo relato de donde copiamos los párra-
fos anteriores y las noticias que a continuación se extrac-
tan. Durante los once primeros días el cariz de la enfer-
medad fué benigno, la fiebre escasa o nula, el apetito y el
sueño suficientes y la cicatrización satisfactoria. El trata-
miento consistió, aparte la cura tópica, en purgas y san-
grías, de las que se practicaron dos, una en cada brazo,
sacando «de la vena de todo el cuerpo» ocho onzas de
sangre cada vez. El régimen dietético se redujo a ciruelas
pasas, caldo, patas de pollo y mermelada para la comida
e idéntica refacción, sin el poílo, para la cena.
Presentáronse después síntomas alarmantes cuya gra-
vedad fué en aumento, hasta que el sábado 9 de mayo,
persuadido Felipe II, bajo la fe de los médicos de cámara,
de estar su hijo agonizando sin posible recuperación del
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perdido conocimiento, «partió de Alcalá, entre diez y once
de la noche, con una oscuridad y tempestad grandísimas,
y fuese a San Jerónimo de Madrid con la pena que todos
podemos entender». Los sabios facultativos que hasta el
número de nueve se habían ido reuniendo junto al lecho
del paciente, entre ellos el famoso Vesalio, ensayaron ese
día, con desorientado eclecticismo, todos los remedios po-
sibles: el medicinal, consistente en seis ventosas aplicadas
a las espaldas, lavatorios de piernas y cabeza, evaporato-
rios y lancetazos en las narices; el quirúrgico, practicado,
no trepanando, sino legrando solamente el hueso cranea-
no, esto es, rayendo su superficie hasta ver brotar sangre
sana; el empírico, representado por dos ungüentos, uno
blanco y otro negro, inventados por un curandero moro a
quien se había hecho venir de Valencia, y, por último, el
sobrenatural de la omnipotencia divina, merced a la in-
tervención del beato Diego de Alcalá, cuyo cuerpo inco-
rrupto se trajo a Palacio colocándole lo mas cerca posible
del dolorido de S. A. Alguno de esos cuatro recursos tera-
péuticos debió de ser el indicado, o varios a la vez se com-
probaron eficaces, puesto que la mejoría, iniciada el 10 de
mayo, fué consolidándose, a pesar de una complicación
que Daza llama erisipela, extensas escoriaciones cutáneas
y cierto acceso purulento en los párpados, que se hubo de
reducir con dos punciones sucesivas. El martes 2 de junio
se extrajo con un garabatillo la esquirla maléfica configu-
rada como un corazón; se depilaron después los contor-
nos de la herida con navaja de afeitar o a punta de tijera,
y fueron ya suficientes los emplastos para obtener la ci-
catrización, que se dio por definitivamente lograda el 21
de julio.
Así el licenciado Daza Chacón como los demás narra-
dores del episodio, encarecen las pruebas de cariño pro-
digadas al Príncipe por su padre y por cuantos le rodea-
ban, extremando la abnegación muchos de sus servidores
en velas y curas, mientras los subditos de todas las clases
sociales multiplicaban rogativas, penitencias y votos para
impetrar de Dios el restablecimiento del heredero del Tro-
44 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA |12j
no. Ponderan asimismo esos testigos la paciencia de éste,
su docilidad para someterse a prescripciones de los médi-
cos y su devota piedad, que supo mostrarse resignada en
el dolor, valerosa ante la muerte y agradecida por la recu-
peración de la salud. «Maates (7 de julio) — escribe el ci-
rujano — se pesó el Príncipe, para dar cuatro pesos de oro
y siete de plata, que prometió, a ciertas casas de devoción;
pesó en calzas y en jubón, con una ropilla de damasco,
tres arrobas y una libra», es decir, algo menos de 35 kilos.
Este desmedro físico y la fragilidad quebradiza del res-
tablecimiento de don Carlos, perduraron hasta su muerte;
y no falta cronista que atribuye al traumatismo del acci-
dente de Alcalá los fenómenos de perturbación cerebral,
cada año más ostensibles desde entonces en la víctima.
Posponiendo de antemano nuestro parecer (indocto en clí-
nica médica) a cualquiera autorizado, achacamos esas
muestras de insania a la natural agravación de una larva-
da esquizofrenia congenita.
Pertinaz recidiva en la cuartana de marras, impide al
Príncipe marchar acompañando a su padre hacia Aragón,
Cataluña y Valencia, como estuvo proyectado que lo hi-
ciese durante el verano de 1563, para ser jurado heredero
por las Cortes regnícolas. No convalece siquiera a tiempo
de acudir mientras están reunidos aún los Procuradores,
quienes deniegan validez a su comparecencia por apode-
rados, y ni aun le aprovecha en igual medida que la pri-
mera cura climatológica otra, practicada asimismo en Al-
calá, desde octubre de 1563 hasta junio de 1564.
A mediados de este último mes vuelve por fin semi-
restablecido a la Corte madrileña y puede así conocerle
el recién llegado Embajador alemán, Barón de Dietrichs-
tein, muy deseoso de transmitir al Emperador Maximilia-
no II las detalladas noticias que S. M. Cesárea le encargó
enviar cuanto antes sobre el verdadero estado de S. A.
Católica. Los perfiles y trazos de la pluma diplomática di-
fieren lastimosamente de los que en evocación ulterior
ofrecieron al público fantaseadores de toda laya, no sólo
en el teatro y la novela, sino aun en la historia. He aquí
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cómo ve el Enviado alemán a aquel don Carlos (émulo de
don Juan en la literatura) según despacho de 29 de junio
de 1564: «Goza ahora de bastante buena salud. Su rostro es
en conjunto regular, puesto que no presenta ninguna fac-
ción desagradable. Tiene el pelo castaño y lacio; la cabeza
de mediano volumen; la frente estrecha; los ojos grises; los
labios no muy gruesos; el mentón saliente y el cutis muy
pálido. Nada en él recuerda la ascendencia de los Habs-
burgo. No es ancho de espaldas, ni alto de estatura; uno
de sus hombros sube más que el otro; se le entra el pecho
y le sale en la espalda una pequeña joroba al nivel del es-
tómago. Su pierna izquierda se advierte mucho más larga
que la derecha, y para todo en general se maneja prefe-
rentemente a lo zurdo. Tiene los muslos gruesos, aunque
disformes en relación con la delgadez y flaqueza de las
piernas. Su voz es débil u aguda; le cuesta trabajo romper
a hablar y vocaliza con dificultad, pronunciando mal las
erres y las eles. Logra sin embargo decir todo lo que quie-
re y hacerse comprender.»
Los estigmas de la degeneración física, continúan pro-
gresando hasta el término de la vida del Principe; por eso
hay retratos escritos o pintados posteriormente al de Die-
trichstein, que, sin faltar a la verdad, le desfavorecen to-
davía más. La dolencia mental, en cambio, pasa por al-
ternativas consistentes en accesos cada vez más agudos y
remisiones fugaces, casi totales al parecer.
Su testamento otorgado en Alcalá de Henares el 19 de
mayo de 1564, durante la estancia susodicha, revela no
sólo cordura cabal, sino hábitos de esplendidez caritativa
y hasta magnánima, como otros asientos de las Contadu-
rías generales, donde constan limosnas y regalos ordena-
dos por el Príncipe en los postreros años de su vida. Pero
cualquier contrariedad, por minúscula que sea, provoca en
él reacciones desmedidamente violentas. Hácese, pues,
incómodo servirle y peligroso resistir a su capricho. «No
se le podía replicar sino que lo que él mandaba se hacía
luego sin réplica, y de otra manera se enfadaba.» El ayu-
da de cámara, autor de esta deposición testifical, García
46 BOETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA [14]
Alvarez Osorio, fué nombrado mozo de las llaves de la
Cámara de S. A. por designación del Rey, contra la volun-
tad del Príncipe, cuyo candidato predilecto era Juan Es-
tevez de Lobón. Ello bastó para que hiciese al favorecido
por su padre la vida imposible: «No contento con los ma-
los tratamientos, le tomaba las llaves,de los cofres y hacía
sacar y daba de ellos lo que le parecía, enviándolo fuera
de Palacio, sin que lo viese y entendiese.» Cedió al cabo
Felipe II en esta pugna con su primogénito, como había
de ocurrir repetidamente; confirió el cargo de mozo de las
llaves a Juan Estevez, pero el valido de S. A. no tardó en
lamentar su triunfo. «Enojóse mucho (el Príncipe) con el
dicho Lobón por un billete que le faltó, y en tanta mane-
ra que le quiso echar por una ventana, y algunos de los
caballeros de su Cámara hubo que le detuvieron; y así
S. A. mandó despedir a Lobón y que se fuese a su casa,
llamándole bellaco, ladrón y que había cometido crimen
de lesa majestad».
Cupo en aquella casa palatina como cabe actualmente
en sanatorio de alienados, que entre las personas cuyo
trato con el enfermo era, si no constante, frecuente, hubie-
se algunas capaces de rehuir, por falta de ocasión o extre-
ma suavidad de carácter, cualquier choque susceptible de
provocar, primero la furiosa cólera de don Carlos y des-
pués su rencor, por lo común inextinguible.
Ei sabio Honorato Juan, que siendo ya Maestro del
Príncipe recibió ordenes sagradas, y poco después la Mi-
tra de Burgo de Osma, murió antes que su discípulo, sin
haber incurrido en desgracia, no obstante escribirle desde
su diócesis cartas paternalmente reprobatorias, pródigas
en óptimos consejos que el amonestado no seguía, pero
que tampoco le irritaban. El Ayo don García de Toledo,
asimismo premuerto, acabó también sus días dilecto del
Príncipe. No le ocurrió otro tanto al sucesor, Rui Gómez
de Silva, Príncipe de Eboli, ni a los restantes encopetados
personajes que en lo sucesivo mantuvieron trato con
S. A. salvo, como hemos dicho, su madrastra la Reina.
Es una fábula más atribuir la acritud de carácter y la
[15] EL HERMANO MAYOR 47
iracundia esporádica del insensato heredero de la Coro-
na, a incomprensiva mentalidad paterna o insoportable
rigidez en la disciplina decretada de Real orden. Desde
que la mundanidad, tal vez excesiva de Rui Gómez, reem-
plazó en la Mayordomía mayor al ascetismo, tampoco ex-
tremoso, de don García, disfrutó don Carlos de la máxima
licencia asequible en cualesquiera tiempos a los hijos de
familia. Salir de noche, siempre que le viniese en gana,
acompañado por amigos jaraneros. Esta laxitud parece ha-
ber respondido al temor de que enclaustrado y vigilado
no llegara el adolescente a hacerse hombre. Consta en todo
caso, que el buen éxito de su primera aventurilla erótica
con experta y aleccionada cómplice, satisfizo a cuantos lo
conocieron y llenó de ufanía al protagonista, estimulando
sus habituales larguezas. Pero menudearon después los
fracasos, y las salidas nocturnas no sirvieron ya sino de
escándalo, porque el libertino impotente trataba a las per-
sonas del otro sexo, incluso a las desconocidas de buen
palmito con quienes se cruzaba por las calles, en forma
grosera y hasta brutal.
El conflicto grave entre el Rey y el Príncipe no se pro-
dujo empero en el orden doméstico, sino en el político.
Transcurrían los años sin que Felipe II, habilitado por el
Emperador, apenas cumplió los dieciséis, para ejercer fun-
ciones de gobierno y asumir responsabilidades de padre
de familia, hiciese ademán de renovar el ejemplo paterno.
Las potísimas razones que tuvo para abstenerse de ello no
podían ser comunicadas al incapaz, ni menos aún divul-
gadas urbi et orbi, dentro ni fuera de España. Se compren-
de, pues, la humillación del preterido, acuciado por la
tendencia paronoide característica de su achaque mental,
amén de las insinuaciones pérfidas de intrigantes y adula-
dores que hurgaban en la herida con fines bastardos de me-
dro o de partidismo. Todavía el traspaso de facultades se-
misoberanas pudo parecer ahora inoportuno, no alejado
el Monarca como antaño, sino presente de continuo en la
Corte y retenido en España por muy arduos negocios;
pero ninguna justificación aparente tuvieron, en cambio,
48 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 1161
la demora y los zigzags con que se estaban tramitando
las negociaciones relativas al matrimonio del heredero de
la Corona. Comenzaron ellas mucho antes de que el inte-
resado alcanzase edad para conocerlas ni discernimiento
para seguirlas de cerca. No hubo Monarquía que dispu-
siese de la mano de persona Real, perteneciente al sexo fe-
menino y a la religión católica, que no aspirase a verla pe-
dida en matrimonio por el presunto sucesor del Soberano
más poderoso de la Tierra. Cuando ya don Carlos se pudo
percatar cumplidamente de su propia importancia en ese
respecto matrimonial, estaban sobre el tapete de las Canci-
llerías europeas estas tres candidaturas: la de María Es-
tuardo, Reina propietaria de Escocia, heredera de la Co-
rona Británica si Isabel Tudor no lograse descendencia y
viuda, desde 1560, del Rey Francisco II de Francia; la de
Margarita de Valois, hija menor de Enrique II y Catalina
de Médicis, hermana por consiguiente de la Reina Isabel
de España, y la de la Archiduquesa Ana, primogénita de
Maximiliano, Rey de Romanos y, desde 1564, Emperador,
por muerte de su padre Fernando I. María Estuardo, rein-
tegrada a Edimburgo, capital de su reino, casó allí con
Darnley, sorpresa que satisfizo á Felipe II (para quien lo
esencial era no verla vinculada otra vez a los intereses de
Francia) y no contrarió gran cosa a don Carlos, porque su
doble condición de viuda y de persona mayor que él, ha-
bía atenuado considerablemente el entusiasmo que le pro-
dujo admirar en efigie su belleza. Después, ante un retra-
to también, se enamoró de doña Ana, con la vehemencia
que solía poner en todas sus pasiones.
Apremió Maximiliano II, apenas ascendido al solio im-
perial, para que los vínculos familiares, estrechos aún, en-
tre las dos ramas de los Austria, se reforzasen con miras
a lo por venir, mediante el matrimonio de Carlos y Ana,
en vez de relajarlos segunda vez interfiriendo nuevo enla-
ce francoespañol. Por espontáneo impulso o por hábiles
maniobras ajenas, 3a gestión diplomática halló refuerzo
político en los ardores amorosos del novio. Pero Felipe II,
a quien estaba pareciendo ya muy problemático que su
[17] EL HERMANO MAYOR 49
primogénito le sobreviviera y sucediese, repugnaba ade-
más, con justificado pudor de padre y de Rey, exhibir ante
el mundo las lacras físicas y morales de su heredero, como
sería irremediable si el matrimonio con cualquier prince-
sa extranjera llegase a trance de consumación. Harto pru-
dente para romper en Alemania tratos que halagaban por
igual sus preferencias de sangre, de afecto y de política,
era, al par, harto concienzudo para tender a la hija de su
hermana María, compañera inolvidable de su infancia,
con el aliciente de un fementido tálamo, innoble armadi-
jo diplomático. Por eso el 12 de septiembre de 1564, escri-
be estas instrucciones a su nuevo Embajador en Viena,
Chantonay: «Diréis al Emperador, mi hei'mano, que otras
veces que en este negocio se ha platicado, yo he hablado
siempre con aquel amor, sinceridad y llaneza que convie-
ne usar siempre entre nosotros y con la misma le hablaré
agora, sin perdonar a mi hijo por llevar siempre este ca-
mino. Que otras veces le he hecho saber la mala disposición
que en mi hijo había para poderle dar mujer, que ha sido
la causa de no haberse llevado este negocio a cabo, y que,
no sin gran dolor mío, de nuevo le digo agora que la mis-
ma causa milita al presente, aunque mi hijo tiene ya die-
cinueve años, que aunque otros mozos se hacen tarde, Dios
es servido que el mío pase delante a los otros todos en esto.
Y aunque mi costumbre es hablar siempre toda verdad,
que por esto no había menester más testigo, podrán infor-
marse de las personas que les pareciere si esto que yo les
digo es excusa para alargar el negocio, o tan verdadero
impedimento para concluirlo como a mí me parece. Que
siendo esto así, será menester hayamos todos paciencia y
alarguemos este negocio para cuando el tiempo nos mues-
tre poderse tratar de la efectuación de él, pues de hacerse
sin tiempo, tan común sería el daño, por las prendas que
los unos y los otros tenemos en él.»
Lenguaje tan honesto y argumentación tan sensata no
se podían emplear, desgraciadamente, para convencer al
principal interesado, cuya morbosa suspicacia persecuto-
ria atribuyó la demora de su casamiento a insufrible tira-
4
50 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA [18]
nía paterna. Mejor informada la posteridad sabe pertinen-
temente que si de algo pecó don Felipe en aquel lance, no
fué de déspota, sino de blando para con su hijo, a quien
estuvo a punto de sacrificar otra víctima, no engañada en
verdad, como lo habría sido la Archiduquesa, mas tampo-
co por voluntaria y consciente menos infeliz. La Princesa
viuda de Portugal, doña Juana de Austria, bien por el cie-
go cariño que desde el nacimiento de don Carlos le venía
tributando; bien por su perenne abnegación para sacrifi-
carse en cuantas ocasiones lo demandaran supremos inte-
reses dinásticos; bien movida de ambicioso afán por recu-
perar puesto conspicuo en el mundo (aun cuando esto úl-
timo, conocidas por ella todas las circunstancias concu-
rrentes en el caso, parezca lo menos verosímil) mostró su
conformidad y hasta su deseo de contraer segundas nup-
cias con el sobrino, diez años más joven.
Consta de modo indubitable que el Rey su hermano,
lejos de estorbar ese proyecto como el otro, lo aprobó
explícitamente y lo habría llevado a término de no trope-
zar con la clamorosa indignación del presunto novio, para
quien la tía que de niño le sirvió de madre, era, desde el
punto de vista conyugal, poco menos que una anciana, y
desde el físico, una mujer usada. El desaire infligido a la
Princesa tuvo la publicidad que acostumbra dar a sus ex-
pansiones la Alteza triplemente desmandada, por su ca-
rácter impetuoso, por su mala educación y por su enfer-
medad mental. No practicó don Carlos la virtud de la
templanza, mas tampoco el vicio de la hipocresía, porque
no supo o no quiso^ refrenar ni disimular jamás sus senti-
mientos. Narran todas las historias la violenta agresión
perpetrada con injurias y amenazas nada menos que con-
tra el Presidente del Consejo de Castilla (luego Inquisidor
General y Cardenal) Espinosa, a causa de que, prohibida
para todo el reinóla representación de comedias en domi-
cilios particulares, se negó Su Excelencia a exceptuar de
esa regla general las que se celebraban en el cuarto del
Príncipe.
Los repetidos choques entre padre e hijo, iban aeumu-
i«] EL HERMANO MAYOR 51
lando en el ánimo de éste antipatía, que llegó a hacerse
notoria incluso en libelos clandestinos satirizadores del
Monarca. Cuando la inquietud revolucionaria existente en
los Países Bajos ascendió al primer plano de las preocupa-
ciones políticas españolas, no fué ya un secreto para nadie
la disparidad de criterios con que la juzgaban uno y otro.
Queda fuera de nuestro designio (estrictamente biográfico
y no panorámicamente histórico) esclarecer si hubo o no
tratos ocultos entre los disconformes de Flandes y el he-
redero del trono; si partió de ellos la iniciativa solivianta-
dora o de él la sonsacadora; si llegó a existir o no algún
acuerdo concreto, y si, caso afirmativo, constituyó o no lo
pactado delito de alta traición. Para punto de mira en la
línea temática que venimos siguiendo, basta un hecho irre-
batible, que es éste: la fantasía delirante de don Carlos le
persuadió, con sinceridad absoluta, que nadie como él se-
ría capaz de enderezar los torcidos asuntos flamencos. Por
eso, cuando el Rey hizo público su propósito de marchar
a Bruselas llevándole en su compañía, la versátil impetuo-
sidad del paranoico desechó suspicacias anteriores y em-
pezó a reconciliarse con su progenitor. Comprensible,
pues, aunque desaforada, se nos revela su conducta con
los Procuradores en Cortes reunidos en Madrid el 11 de
diciembre de 1566. Pocos días después de celebrada la se-
sión de apertura, se trasladó Felipe II al Escorial para so-
lemnizar allí, como de sólito, las fiestas navideñas. Apro-
vechó el Príncipe su ausencia personándose de improvi-
so en el local de las Cortes, con inaudita infracción de
precedentes y protocolos, y arengó así, palabra más o me-
nos (extremando la aspereza descortés) a los boquiabier-
tos Procuradores: «En vuestra anterior reunión (la de
1563) tuvisteis la temeridad de suplicar a mi padre que me
casase con la Princesa mi tía, entrometiéndoos en lo que
no os incumbe. Espero que no tengáis ahora la peregrina
ocurrencia y renovada temeridad de pedirle que me deje
en España. Os anuncio que a quienes se arrojen a tanto, los
tendré por enemigos míos declarados, y me emplearé por
todos los medios en su destrucción.> Dicho esto volvió la
52 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA [20}
espalda al auditorio y salió del edificio sin aguardar res-
puesta ninguna.
La enfermiza susceptibilidad del encorajinado Prínci-
pe debió de atribuir aquellas intromisiones del Estado
llano en su vida privada (o que él juzgaba tal) a artera su-
gestión de lo alto, pues consta haberse recrudecido por
entonces su inquina contra el Monarca. No fué práctica re-
ligiosa en aquel siglo, aun entre personas muy devotas,
frecuentar el Sacramento de la Eucaristía como en la ac-
tualidad; pero eran contadísimos los españoles que deja-
ban de recibir la Comunión en cada cual de las tres Pas-
cuas del año, de Navidad, Resurrección y Pentecostés. Don
Carlos faltó aquel diciembre a la Sagrada Mesa, porque,
hecha previamente a su confesor la pregunta de si podía
acercarse a ella odiando de muerte a cierta persona, reci-
bió, como era de suponer, contestación negativa. Diremos
pronto cómo se averiguó, un año después, ser el odiado así
nada menos que el Rey su padre.
Resolvió éste, a principios de 1567, enviar desde luego
a Flandes, a título de Gobernador General, al Duque de
Alba, pero la partida del magnate se demoró tanto que la
postergada Alteza pudo imaginar logrado el desistimien-
to, y aun atribuirlo a su oposición; ello explica que reanu-
dase por Pascua florida sus hábitos religiosos y cumpliese
como de costumbre con parroquia. Pero cuando, echando
por tierra sus ilusiones, le visitó don Fernando Alvarez de
Toledo en audiencia de despedida, llegó en su frenesí has-
ta amenazarle de muerte sí obedecía en ese punto las ór-
denes regias, y, al advertir inoperante la conminación, des-
envainó el puñal que llevaba siempre al cinto e intentó
asestar el golpe, si bien costase poco al forzudo hombre de
guerra, sujetar el brazo de su enclenque agresor, hasta que
acudió desde la antecámara el gentilhombre de guardia.
Ni las Cortes ni el Rey reaccionaron con agresividad
ninguna contra las algaradas del Príncipe. Las dos prime-
ras peticiones de los Procuradores se relacionan evidente-
mente con el desusado mensaje del heredero de la Coro-
no. Dicen así: «A V. M. suplicamos sea servido de no ha-
f21| EL HERMANO MAYOR 53
cer ausencia de estos reinos, pues desde ellos se puede go-
bernar los demás por Ministros tan principales como
V. M. tiene. Otrosí, suplicamos a V. M., por lo mucho que
importa al bien de estos sus reinos, sea servido que el
Príncipe don Carlos, nuestro Señor, se case; pues tiene
edad bastante para ello, en lo cual estos reinos recibirán
de V. M. señalada merced.»
Felipe II, por su parte, desvaneció benévolo los dos
mayores agravios de su primogénito, esto es: la inactividad
política y la escasez económica. Concedióle plaza de nú-
mero en el Consejo de Estado y elevó la consignación
anual de su casa, desde 60.000 ducados hasta 100.000.
Mucho había de menester ese refuerzo pecuniario el
bolsillo de S. A. No era sólo que la contextura cerebral del
Príncipe le incapacitase para administrar ordenadamente
sus bienes, y aun para sacar a derechas cuentas aritméti-
cas, sino que, además de gastador hasta el despilfarro,
acostumbraba a ser jugador hasta la ruina. Falto en las
discusiones de recursos polémicos, dialécticos y aun pro-
sódicos, recurría, para salir menos desairado de ellos, a la
apuesta temeraria; e incapaz de apreciar o prever con
exactitud la realidad de ios hechos, resultaba siempre per-
didoso, luego de comprometer, con obcecado amor pro-
pio, sumas considerables enjuego tan estúpido.
No nos compete tampoco poner en claro si Felipe II
proyectó alguna vez seriamente trasladarse a Flandes o si
lo fingió desde el primer día. Basta también ahora el he-
cho inconcuso de que, apenas percatado su primogénito,
sin duda posible, del regio desistimiento, decidió recurrir
a la fuga y realizar el viaje por cuenta propia. Eranle in-
dispensables para ello auxilios ajenos, políticos y econó-
micos; se los procuró por sí mismo o por intermedio de
agentes oficiosos; no consiguió obtenerlos sino ridicula-
mente ineficaces o exiguos, amén de lo cual el secreto de
sus intenciones llegó muy pronto a oídos del Rey. Pueril-
mente inocuas debieron de parecer esas maniobras a Fe-
lipe II, puesto que transcurrieron varios meses sin que la
noticia de ellas produjese alarma ninguna en el Gobierno,
54 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA [22|
pero desde fines de 1567, cambió súbita y radicalmente la
faz de las cosas.
Hallábase S. M. aquel invierno como el anterior en El
Escorial, disponiéndose a ganar con enfervorizada devo-
ción cierto jubileo, análogo al del Año Santo, concedido
para el 28 de diciembre por la Santidad de Pío V. La vís-
pera de Nochebuena, o ese mismo día, don Juan de Aus-
tria, que se encontraba en Madrid, como el Príncipe, fué a
visitar a éste y desearle felices Pascuas. Sea que el iluso
cospirador creyese poder contar con la colaboración del
fraternal camarada de su infancia; sea que la incontinen-
cia propia de su desarreglo mental le impidiese callar lo
que tanto le preocupaba; sea, en fin, que imaginase a su
interlocutor ocultamente resentido también con el Monar-
ca, es lo cierto que durante aquella plática navideña reve-
ló detalladamente a su tío el ya madurado plan de su hui-
da al País Bajo por la vía de Aragón y de Italia, los con-
cursos que le habían sido asequibles y los propósitos que
le animaban en aquella empresa política. No más tarde
que el 26, se personaba el de iVustria en El Escorial, so
pretexto de haber sido llamado desde allí con apremio, y
comunicaba leal a su hermano, la confidencia de que ha-
bía sido objeto, guardándose muy mucho durante ella de
desengañar, disuadir ni aun indisponerse con el presunto
rebelde para no precipitar los acontecimientos. Don Car-
los, mientras tanto, se abstenía por segunda vez de recibir
la comunión pascual y renunciaba incluso a ganar el jubi-
leo (con asombro y aun escándalo de las gentes), luego de
haber ampliado la consulta de marras, practicándola con
mayor número de teólogos (uno de los cuales consiguió
arrancarle el nombre de la persona odiada a muerte), re-
cibiendo de todos ellos idéntica respuesta que el año ante-
rior y negándole además autorización para simular en
público que comulgaba con hostia no consagrada.
Ignoraron los contemporáneos, salvo contadísimos ini-
ciados, e ignora la posteridad, que no ha recibido confi-
dencia de ninguno de estos últimos, la auténtica versión
recogida por don Juan de Austria de labios de su sobrino
[23] EL HERMANO MAYOR 55
y trasmitida literalmente a los oídos de su hermano. El
valor de las varias que circulan, contradictorias entre sí,
se ha de estimar, pues, exclusivamente según su lógica y
sindéresis respectivas. Supone la más extravagante que el
primogénito de Felipe II reveló en aquella ocasión profe-
sar ideas heterodoxas e inclinaciones heréticas. Nada más
disconforme con cuantos hechos y dichos suyos conoce-
mos desde el principio al fin de su existencia, sin excep-
ción ninguna, antes bien, con inclusión de su recentísima
repugnancia a comulgar sacrilegamente. Recoge otra, no
más verosímil, vagas referencias a cierta conjura regicida,
en la que fué don Garlos inductor o por lo menos cómpli-
ce. Ni los agentes de que se valió, ni los colaboradores
que buscaba, habrían podido servirle para tal empeño, y
es desatinado imaginar que comunicase al de Austria el
designio del crimen, seguro de obtener, no ya su aquies-
cencia, pero ni aun su silencio.
Una tercera versión, pintorescamente progresista, atri-
buye ía pugna entre padre e hijo a irreducible antítesis
ideológica del absolutista empedernido con el liberal an-
ticipado. Nada tampoco más contrario a la verdad. Ni
dentro ni fuera del Consejo de Estado exteriorizó el he-
redero de la Corona programa ninguno de gobierno, ni
aun concretó ideas propias sobre el conflicto de Flandes.
La inquina que le inspiraba el Rey era personal, irrefle-
xiva y morbosa; y se redujo, en su fase aguda, a contrade-
cir sistemáticamente cuanto afirmaba su padre, profesar
antipatía instintiva a quienes le eran gratos, y simpatía no
menos arbitraria a sus enemigos.
Nos inclinamos, por consiguiente, a creer que la impre-
sión, acertada o errónea, comunicada por don Juan a don
Felipe o plasmada en el ánimo de éste a consecuencia de
su relato, contenía tan sólo estos tres hechos nuevos: ser
ya incontrovertiblemente vesánicos el estado mental y la
conducta de don Carlos; estimar incurable y susceptible
sólo de agravación su dolencia; y descubrir, por último,
harto más factible e inmediatamente realizable de lo que
hasta entonces se supuso, el proyecto de su fuga para re-
56 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA [24]
unirse y parlamentar con los facciosos de Flandes. El Mo-
narca más poderoso y combatido del orbe terráqueo, ad-
quirió así la convicción, humillante y lancinadora a un
tiempo, de que el sucesor de sus vastísimos dominios era,
en definitiva, lo que en lenguaje trivial llamaban sus vasa-
llos españoles un loco de atar. ¿Procedía, en efecto, atarlo?
Resulta curioso descubrir en este caso, y varios más
análogos, que el déspota frío, como califican a Felipe II
algunos psiquiatras modernos, no tomó jamás resolución
ninguna grave sin consultarla previamente con estadistas
y teólogos (bien conocidos siempre todos ellos por su pe-
ricia técnica y la rectitud nada cortesana de sus juicios)
para esclarecer, gracias a sus dictámenes, las dudas de su
entendimiento y disipar los escrúpulos de su conciencia.
Así, por ejemplo, en la dolorosa ocasión a que nos referi-
mos, pidió parecer no sólo al Consejo de Estado, sino al
Obispo de Orihuela, Gallo, al de Canarias, Melchor Cano,
y al doctor Martín de Alpizcueta, navarro de significación
fuerista, cuyo informe (único textualmente conocido) ex-
tractan o imprimen íntegro casi todos los historiadores.
No es aventurado conjeturar el de los demás coincidente
en sustancia con él. Aun sin el ejemplo histórico (invoca-
do por el propio don Carlos como inspirador de su con-
ducta), todavía no remoto en aquel siglo, de la fuga del
Delfín de Francia llamado después Luis XI, cuando con-
taba diecisiete años, que tanto envalentonó la rebeldía feu-
dal, singularmente la borgoñona, contra su padre el Rey
Carlos VII, muy escasa experiencia de gobierno se necesi-
taba para augurar males gravísimos si los rebeldes del
País Bajo llegasen a disponer, no ya como auxiliar, pero
como simple rehén, del sucesor en el tronodeEspaña.Tam-
poco se requería hondo saber teológico para estimar caso
de conciencia la diligente evitación de los susodichos es-
tragos nacionales. No tuvo en todo caso otro alcance la
conocidísima escena del arresto y prisión del Príncipe,
acaecido en la noche del domingo 18 de enero de 1568.
Durante la mañana de ese mismo día, inquieto ya S. A.
por el inesperado retorno del Rey antes de la fecha pre-
[25] EL HERMANO MAYOR 57
vista, observó, con creciente recelo, la demorada conver-
sación que, al salir de la misa dominical en la capilla de
Palacio, tuvieron a solas su padre y su tío.
Tanto sospechaba de éste, que al recibir poco después
su visita se apresuró a preguntarle, con indiscreta premu-
ra y visible hostilidad, cuál había sido el tema de la pláti-
ca desacostumbrada. Contestóle el de Austria que asuntos
navales de su incumbencia como Príncipe de la Mar, pero
no debió de aquietar la respuesta al de tierra adentro,
puesto que, enfurecido contra don Juan como meses an-
tes contra el de Alba, desenvainó la espada, obligando a su
interlocutor a hacer lo propio; aunque el duelo no pasó
de ahí, merced a la oportuna intervención de terceros.
No parece, sin embargo, que el suspicaz conspirador
barruntase inmediata la sanción paterna, pues, acostado
desde las once, departía tranquilo, cercana ya la media
noche, vuelto de espaldas a la puerta de la habitación, con
tres Gentileshombres, cuando, ahogado por la espesa al-
fombra el ruido de las pisadas, pudo su padre, precedido
del portador de un hacha y seguido de cinco personajes
más, llegar sin que él lo advirtiese hasta la cabecera de su
lecho y retirar por su propia mano la espada y daga des-
envainadas, prevenidas allí para cualquier defensa even-
tual, según el rancio protocolo vigente en la Casa de los
Príncipes de Castilla. Fué en cambio desmesurada su reac-
ción al verse sorprendido, puesto que se sobrecogió con
visible terror y supuso inmediata su muerte. Unánimes
refieren los testigos que el Rey le tranquilizó con blandura,
asegurándole ser para su bien cuanto se estaba disponiendo.
Sacáronse del cuarto de S. Α., cuidadosamente registrado,
armas de todas clases, incluso arrojadizas, instrumentos
cortantes o punzantes, alhajas, dinero en metálico y pape-
les; se clavaron las ventanas, haciendo imposible la comu-
nicación con el exterior a través de ellas y se encomendó
la guarda de la puerta a los Monteros de Espinosa, con se-
veras consignas para que, sin licencia especial, no la fran-
quease nadie. Quedó así el Príncipe detenido e incomuni-
cado en su propio alojamiento del Alcázar.
58 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA |26]
Pero esta resolución evidentemente regia, madurada
como hemos visto durante tres semanas cumplidas, no se
mantuvo secreta como tantísimas otras de índole policía-
ca que recuerda la Historia de todos los tiempos, en todos
los países de la tierra, sin excluir los más populosos y ci-
vilizados de la época actual. Se notificó sin dilación a los
Consejos, al Cuerpo diplomático acreditado en la Corte
Católica, a Grandes, Prelados y Generales de las Ordenes
religiosas, a ciudades y villas con voto en Corte; a Virre-
yes y Gobernadores generales; a Enviados de S. M. en el
extranjero y, en fin (por medio de epístolas redactadas ex
profeso como alguna de las anteriores), a casi todos los
Soberanos de Europa.
No cupo dar mayor publicidad al hecho, ni graduar
más discretamente la explicación de él, acomodando las
noticias a la calidad del corresponsal respectivo. Sin rebo-
zo ninguno se comunica a todos ellos el insólito caso: «Ha-
bernos mandado recoger la persona del Señor Príncipe,
nuestro hijo, en aposento señalado dentro en nuestro Pa-
lacio y dado orden de lo que a su servicio, trato y vida
toca.»
Omite el texto de la carta circular la verdadera causa
de lo ocurrido., porque el firmante se dirige a quienes co-
nocen indiscutible su prestigio moral. «Se debe con razón
creer y juzgar que las causas que a ello nos han movido
han sido tan urgentes y precisas que no lo habernos podi-
do excusar, y que, no embargante el dolor y sentimiento
que con amor de padre, de esto podréis considerar que
habernos tenido y tenemos, habernos querido preferir las
obligaciones en que Dios nos puso por lo que toca a estos
reinos, subditos y vasallos.»
Puédese conjeturar con razonable certidumbre que ni
uno sólo de los destinatarios españoles de esas misivas, su-
puso hipócritas la pena íntima allí confesada, la invocación
del nombre de Dios, ni la del bien público, antepuesto a
cualesquiera otras consideraciones. Pero la posteridad tie-
ne, como siempre, más detalladas referencias que el co-
mún de los contemporáneos. Felipe II se espontanea con el
[27] EL HERMANO MAYOR 59
Duque de Alba porque sabe no revelarle riada que igno-
re: «Teniendo vos tan entendida la condición y naturaleza
del Príncipe mi hijo y su modo de proceder, no será ne-
cesario alargarnos mucho con vos para justificar lo que se
ha hecho con él, ni para que entendáis el fin que se lleva.
Después de vuestra partida de aquí, han pasado sus cosas
tan adelante y intervenido actos tan particulares y de tanta
consideración, y llegádose a tales méritos, que yo me he úl-
timamente determinado de hacer reclusión y encerramiento
de su persona, como sé ha hecho en su aposento, con guar-
da y servicio particular y orden que no le comuniquen
otras personas, fuera de las que yo he señalado y señalaré,»
Aunque con algún circunloquio, dice el Rey al Papa
exactamente lo mismo: «Habiéndose usado de todos los
remedios que, para reformar y reprimir algunos excesos
que procedían de su naturaleza y natural inclinación, eran
convenientes, con el dolor y sentimiento que Va Sdad pue-
de juzgar, siendo mi hijo primogénito y solo, me he deter-
minado, no lo pudiendo en ninguna manera excusar, a
hacer de su persona esta mudanza.»
Pero con quien se extrema la franqueza, hasta donde
lo consiente el pudor, reservado en aquel siglo a las enfer-
medades mentales todavía más que a las venéreas, es con
la abuela del doliente, Reina viuda de Portugal, doña Ca-
talina, en carta donde se le da tratamiento familiar de Al-
teza: «Las causas así antiguas como las que de nuevo han
sobrevenido, que me han constreñido a tomar esta resolu-
ción, son tales y de tal cualidad, que yo no las podría decir,
ni V. A. oír, sin renovar el dolor y lástima con que más
de un tiempo las entendiera. A V. A. me ha parecido agora
advertir que el fundamento de ésta mi determinación no
depende de culpa, ni de inobediencia, ni desacato, ni es en-
derezado a castigo que (aunque para esto había suficiente
materia) pudiera tener su tiempo y término.»
El significado de este texto no se puede tergiversar sin
mala voluntad hermenéutica. Tanto el padre como la
abuela venían recelando de tiempo atrás que las cosas del
Príncipe no fuesen sólo descarríos de mancebo mal cria-
60 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA f28]
do, sino arrebatos de demente peligroso. Confirmarlo des-
cribiendo al por menor sus últimas manifestaciones, sería
renovar indiscreta e innecesariamente dolores y lástimas
sufridos ya más de una vez, aunque atenuados hasta en-
tonces por la esperanza de posible curación. Habría habi-
do en la conducta de don Carlos sobrada materia crimi-
nal digna de castigo, si se tratase de persona consciente y
responsable; pero a un desventurado loco no se le pueden
imputar culpas, inobediencias ni desacatos. Como acerba
contrapartida, tampoco era ya factible suponer transitorios
los rigores adoptados, no siéndolo por desgracia las cau-
sas determinantes de ello.
Ningún esclarecimiento echó menos después de recibi-
da esta carta doña Catalina, cuya infancia y adolescencia
transcurriera reclusas en Tordesillas junto a su madre la
Reina loca. Pero no ocurrió lo propio a los Emperadores
Maximiliano y María, desorientados a tan gran distancia
por muy más incompleta y peor desentrañada informa-
ción anterior. Imputaron ellos lo ocurrido a momentánea
crisis aguda de la irreducible y ya de antigua notoria an-
tipatía existente entre el hijo turbulento y el padre severí-
simo; y la supusieron exteriorizada en actos, reprobables
sin duda y merecedores de castigo, pero también de indul-
to posible. Pensaron que siendo como eran muy próxi-
mos y cariñosos deudos, les correspondía misión de ami-
gables componedores, estimuladora en el delincuente de
arrepentimiento y pública demanda de perdón, y en el
ofendido de indulgencia paternal y amnistía generosa.
Consta, en efecto, que Sus Majestades Cesáreas, aun des-
pués de recibir el suplemento de información a que nos
referimos seguidamente, resolvieron enviar a Madrid, en
Embajada extraordinaria, a su hermano el Archiduque
Carlos, con la intercesora y pacificadora finalidad antedi-
cha, amén de otras diplomáticas. Pocas veces se mostró
tan despierta la previsión de Felipe II como en el despa-
cho dirigido a Chantonay el 22 de enero (es decir, cuatro
días tan sólo después del sensacional suceso) cuyo párra-
fo esencial dice así:
29] EL HERMANO MAYOR 61
«Y porque podría ser que mis hermanos quisiesen en-
viar persona a interceder y hacer oficio conmigo, procu-
raréis de estorbarlo diestramente, diciéndoles que hasta
que yo les escriba la particularidad de lo que en esto ha
pasado y lo tengan entendido más de raíz, no lo deben
hacer, porque no procediendo, como en efecto esto no proce-
de, de ira, ni de indignación, ni es enderezado a castigo, an-
tes tiene diferente fundamento, no hay para qué tratar con-
migo de remedios ni intercesiones.»
También ahora repugna a Felipe II escribir la palabra
en que consiste el fundamento, y prefiere que sea el Em-
bajador quien la diga. Al pie de ese mismo despacho es-
cribe la siguiente postdata autógrafa: «En ésta os habernos
querido advertir aparte, que, pues vos estáis más introdu-
cido e instruido en las cosas del Príncipe y en el gobierno
de su persona y modo de proceder, y en lo que de su natu-
raleza y condición se entiende, será bien que, como de
vuestro, signifiquéis a mis hermanos lo que conjeturáis y de
antes tenéis entendido de él y de sus acciones, porque por
todos respectos conviene que lo sepan.»
La conveniencia de esa información no alcanza sino a
las personas Imperiales, quienes la recibirían de Çhanto-
nay en el recato de una audiencia privada. Comunicarla
por escrito equivalía a exponer a la malévola o zumbona
curiosidad de los extraños el secreto familiar púdicamen-
te oculto tras el circunloquio o el eufemismo.
¿Derrochó Felipe II, a propósito de este episodio de la
prisión de su hijo, papel, tinta, caletre y retórica, con el
solo fin de engañar a los españoles primero y a Europa
entera después, mintiendo inverecundamente para poder
saciar muy pronto a mansalva, con un protervo asesina-
to, el odio, mortal ya, que profesaba a su vastago? Si se
admite esa hipótesis no lucubrada ciertamente en Espa-
ña, es fuerza proclamar que sus maquiavelismos no pu*
dieron ser más torpes. Sobre advertir en muchos de sus
escritos, con reiteración machacona y sin necesidad nin-
guna, que no le tenía por culpable, tampoco le aplicó tra-
to de castigo, anticipador lógico de pena severísima. Para
62 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA [301
ejecutarla semanas después (como suponen algunos que
lo tenía de antemano resuelto), habríale bastado confir-
mar, con su silencio cuando menos, las versiones circu-
lantes dentro y fuera de la Península afirmativas todas de
graves delitos premeditados y aun comenzados a realizar
por el Príncipe. Cierto que el jefe de la Casa de Austria
no clamorea en la plaza pública por voz de pregonero la
locura de su presunto sucesor, pero no le recluye en cala-
bozo de prisión, sino en celda de manicomio. Las perso-
nas designadas para su guarda son servidores palatinos de
ilustre linaje, conspicua posición social y máxima confian-
za, a quienes no se da otra consigna limitadora del albe-
drío del recluso, sino la de frustrar cualquier violento co-
nato de suicidio e impedir cualquier prohibida comuni-
cación con los de fuera.
Recogen casi todas las historias cierta frase (auténtica
o apócrifa, pero no en verdad inverosímil) que se supone
pronunciada años atrás por el Rey Prudente a la vista del
brasero inquisitorial de Valladolid: «Si mi propia sangre
se manchase de herejía, sería el primero en arrojar a mi
hijo al fuego.» El enciclopedismo liberal, predominante
en Europa centurias después, menudeó los aspavientos de
la indignación ante prueba tan flagrante, según él, de
crueldad fanática, al par que, para edificación de las nue-
vas generaciones, exaltaba el ejemplo de los patricios ro-
manos capaces de sacrificar en holocausto propiciatorio
sobre el altar de la patria, no ya a uno de sus hijos, sino
a la prole entera. Pretendía, pues, sustituir al fervor reli-
gioso con el civismo estoico. Pero no se logró la mudan-
za. El temple moral del padre de los Horacios o la madre
de los Gracos, se asemeja mucho más al catolicismo berro-
queño de Felipe II, que no a la sensiblería blandengue de
los héroes románticos. Si hubiese sido don Carlos un jo-
ven normal, desde el punto de vista psíquico, y queVfado
convicto de herejía o alta traición ante el tribunal forma-
do ad hoc por los magistrados más idóneos y se le hubie-
se condenado a muerte, cuando Ministros y confesores
desaconsejaran el indulto, habríale el Monarca mandado
I31J EL HERMANO MAYOR 63
matar, aparentemente impávido, divulgando en seguida el
texto de la sentencia y la forma de la ejecución capital, con
la misma publicidad que dio a su encarcelamiento. Es, en
cambio, un absurdo psicológico, lógico y ético, suponer
que la Majestad Católica exculpó a su hijo ante Grandes,
Reyes y Emperadores, para encubrir hipócrita el propósi-
to parricida de suprimirle en su mazmorra, envenenándo-
le con arsénico como a fiera dañina.
Para nosotros el deber del historiador consiste en ate-
nerse a lo que está escrito, salvo prueba (indiciaría por lo
menos) de su falsedad. Claramente insinúan las cartas su-
sodichas que el negocio del Príncipe tendrá algún progre-
so, por exigirlo así las conveniencias supremas de reinos
y vasallos; es decir, que el heredero dinástico será incapa-
citado definitivamente para suceder en el trono de España.
Ese fué, en efecto, designio inquebrantable del Rey has-
ta la casi inmediata muerte del proclamado sucesor, y lo
habría sido no menos firme durante lustros, de haberse
demorado el desenlace de la enfermedad en el caso de
Carlos, tanto como en los respectivos de su bisabuela Jua-
na o su bistatarabuela Isabel.
La Junta especial que formó el Monarca con el Carde-
nol Espinosa, el Príncipe de Eboli y el licenciado Brivies-
ca, no respondió, según lo creyeron despistados muchos
contemporáneos, a cometidos judiciales, sino políticos,
mucho más concordes con la pericia acreditada por los
tres personajes en materia de Derecho público. Incumbía-
les resolver una cuestión sin precedentes jurídicos ni his-
tóricos, planteada por la necesidad de relevar de su jura-
mento a los Procuradores en Cortes del reino de Castilla,
no revolucionariamente como en ocasiones anteriores,
sino, por primera vez, en forma legal. Se tramitó en ver-
dad ese negocio sin apresuramiento ninguno, que habría
sido insólito en los modos de la gobernación filipina y que,
además, no urgían tampoco las circunstancias. El estado
enfermizo patente en el Príncipe (aparte su dolencia men-
tal) contrastaba con la perfecta salud de su padre, a quien
meses antes, el 11 de octubre de 1567, había nacido una
64 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA [32]
segunda Infanta, auguradora probable de un segundo va-
rón. No era, pues, de temer que don Felipe premuriese a
don Carlos y no pareciendo conveniente dejar a la Coro-
na sin sucesor reconocido y jurado, ni recomendable pro-
clamar como tal a una hembra, en vísperas acaso de nue-
va descendencia masculina, estuvo perfectamente justifi-
cado el ritmo lento que imprimió a sus tareas la Junta su-
sodicha. Ni aun tiempo debieron de tener los triunviros
para formular ponencia ninguna concreta (de la que, en
todo caso, no existe rastro en los Archivos) porque la
muerte ganó por la mano a todos.
Caricaturizando la monomanía liberalesca, denigrado-
ra de Felipe II, se le reprochó alguna vez humorística-
mente no haber defendido con pararrayos su fábrica pre-
dilecta de San Lorenzo del Escorial. Sandez análoga im-
plica echarle en cara que omitiese aplicar al hijo esquizo-
frénico tratamiento adecuado, a tiempo en que la psiquia-
tría era tan arcana como la electrotecnia. El consenso
universal reputaba a la sazón incurable la locura; y las
eminencias profesionales concordes en el diagnóstico, no
habrían tenido ya asunto ulterior de consulta médica,
como lo tuvieron años antes, más de cincuenta veces con-
secutivas, a propósito de la descalabradura de Alcalá. Ni
Isabel la Católica ni Carlos V procuraron a sus madres,
dementes también, régimen terapéutico ninguno; aunque
sí, con solicitud y largueza filiales, cuidados de salud físi-
ca y de bienestar material, que permitieron a entrambas
alcanzar longevidad inusitada.
Si obvias razones de Estado no aconsejaran imperati-
vamente asegurar rigurosísima la incomunicación de un
sucesor a la Corona vesánico e irresponsable, habríasele
instalado quizá, como a sus abuelas, en Arévalo, Tordesi-
Jlas o cualquier otro salubre lugar, provisto de amplia y
aislada fortaleza. Pero en ningún caso habría sido ello fac-
tible durante las primeras semanas de la reclusión, por-
que los accesos de furor menudearon con frecuencia tal,
que ni aun sin sacarle del Alcázar se pudo normalizar su
vida hasta algo después. Negóse día tras día a tomar ali-
33] EL HERMANO MAYOR 65
mentó y se desnutrió a ojos vistas. Mas, como parte no
pequeña de sus achaques anteriores procedió de inconti-
nentes excesos en comida y bebida, la dieta que ahora le
debilitaba aprovechó paulatinamente a su estado general.
Con fecha 2 de marzo concretó ya Felipe II, en instruc-
ción tan minuciosa como lo solían ser las suyas, el plan
definitivo, ordenando al de Eboli «que tuviese gran cuen-
ta con el tratamiento y servicio del Príncipe, proveyendo
muy cumplidamente a su vestido, su comida y al aseo de
su cámara, tratándole y asistiéndole en su presencia y la
de los seis caballeros señalados para su guarda; y guardán-
dole el acatamiento y respeto que se debía a su persona».
Aparte el Mayordomo mayor, Rui Gómez, y los seis
Gentileshombres de la servidumbre, no tenían permiso
para acercarse a S. A. sino el mozo de cámara, el barbe-
ro, el confesor y el médico. Desempeñaba este último car-
go el doctor Olivares, cuyos informes, subsiguientes a sus
visitas cotidianas, acusaron pronto satisfactoria mejoría
en el enfermo. Bien porque parcialmente recuperada la
razón se abstuviese éste de reincidir en sus arrebatos; bien
porque esperase de la compostura ejemplar remisión to-
tal o parcial de lo que juzgaba castigo; bien porque sobre-
viniera fase depresiva en el curso natural de la dolencia,
es lo cierto que desde principios de Cuaresma, no sólo co-
mió, conversó y se produjo mesuradamente, sino que, lle-
gada la Pascua de Resurrección, mostró deseos de confe-
sar y recibir la Eucaristía. A instancia del Rey deliberaron
sobre el caso los teólogos y, recaído parecer favorable, se
le permitió comulgar a través de la reja aisladora de la
capilla, comunicante con el exterior, donde a diario desde
su recobro se le decía misa. También ahora la prudencia
de Felipe quiso precaver en Viena el riesgo de un optimis-
mo exagerado y el 19 de mayo escribió así a su hermana
la Emperatriz María: «Porque algunos han querido infe-
rir de esto (la comunión pascual) que en la persona del
Príncipe no hay defecto en el juicio, he querido advertir
a V. A. de cómo esto ha pasado y del fin que en ello se ha
tenido, para que lo sepa y lo pueda decir al Emperador y
5
66 BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA [34]
que juntamente consideren V.V. A.A. que ésta es cuestión
que tiene tiempos, en alguno de los cuales hay más sere-
nidad que en otros; y que asimismo es diferente cosa el
tratar de estos defecto en lo que toca al gobierno y accio-
nes públicas o en cuanto a los actos y cosas personales y
de la vida particular; que puede muy bien estar que para
lo uno sea uno enteramente defectuoso y en lo otro se
pueda pasar y permitir, según que V.V. A.A. lo podrán
bien juzgar; y de lo dicho, que no contradice este acto par-
ticular al defecto de entendimiento que, por mis pecados, ha
permitido Nuestro Señor que hubiese en mi hijo.»
La calurosa temperatura estival mudó efectivamente
los tiempos como Felipe II lo había previsto. Reincidió el
enfermo en su irritabilidad, inapetencia o desarreglo ali-
menticio de las primeras semanas; abusó de las bebidas
heladas; anduvo descalzo sobre el suelo de su habitación
recién regado con agua fría, refrescó el lecho con nieve,
durmió desabrigado y multiplicó, en fin, las imprudencias
temerarias, sin que se las vedasen sus guardianes, quienes
no estaban allí a título de loqueros, sino de servidores su-
yos, bien advertidos además del rapto de furor que habrían
provocado contrariándole en lo más mínimo.
Esta forma relativamente mansa de suicidio demencial
puso término a su infeliz existencia el 24 de julio de 1568
a la una de la madrugada.
Parece ser que, como le aconteció a doña Juana trece
años antes, sus últimas horas fueron relativamente lúci-
das, lográndosele morir confortado con los Sacramentos,
salvo el de la Eucaristía, cuya administración hizo impo-
sible la pertinaz frecuencia de los vómitos.
La biografía del malogrado Príncipe tiene, por consi-
guiente, mucho más interés desde el punto de vista clíni-
co que desde el histórico; pero tanto en el curso de su
vida como después de su muerte, fueron su persona y su
memoria instrumentos harto aprovechables por desgracia
para turbios manejos políticos o amenas invenciones de
la fantasía literaria.
Hemos procurado restablecer el auténtico perfil psicc-
(35] EL HERMANO MAYOR 67
lógico y físico del padrino y hermano mayor de Isabel
Clara, cuya desaparición hizo de ella, temporalmente, la
presunta sucesora de su padre en el trono de la Monar-
quía Católica.
E L DUQUE DE MAURA. — AGUSTÍN G. DE AMEZÚA.