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La Hija Del Rico

La historia narra la vida de la hija de un hombre rico, quien, a pesar de tener muchos pretendientes, decide casarse solo con aquel que la ame verdaderamente. Al proponer una prueba, solo un joven pobre se queda para esperar a un condenado, demostrando su amor y valentía. Finalmente, el joven supera la prueba y se casa con la joven, formando una familia juntos.

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La Hija Del Rico

La historia narra la vida de la hija de un hombre rico, quien, a pesar de tener muchos pretendientes, decide casarse solo con aquel que la ame verdaderamente. Al proponer una prueba, solo un joven pobre se queda para esperar a un condenado, demostrando su amor y valentía. Finalmente, el joven supera la prueba y se casa con la joven, formando una familia juntos.

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LA HIJA DEL RICO

Voy a contar la historia de la hija mujer de un hombre rico. Había una joven, hija de un
hombre sumamente rico. Orgullosa, muy orgullosa, y coqueta, era la joven. Tenía
mucho dinero, incontables animales de crianza, una punta de ganado, esta muchacha,
hija sola. Era como de pura plata. Y correspondía el galanteo o el amor de todos los
mozos que la enamoraban, fueran ricos o pobres; aun a los más pobres ella les
correspondía. No despreciaba a nadie, a pesar de que era la hija única de un hombre
poderoso. De este modo, sus enamorados eran casi incontables. Algunos de ellos se
enojaban: "Habla con todos", decían. "Todos tienen derecho a hablarme, no sólo
ustedes", contestaba ella. Así creció la joven, se hizo mujer y debía ya casarse.
Entonces reflexionó, ella misma: "Cómo he de pasar la vida si no tengo más que
enamorados? ¡Y tantos!" El padre y la madre también le dijeron: "Cásate ya pronto con
cualquiera. No hemos de ser por tu causa como el árbol o como la piedra. Eres nuestra
única hija". Entonces. . "Bueno —dijo la muchacha— Ahora voy a avisarles a todos que
deseo casarme. Con aquel que me quiera verdadera y puramente, con ése me he de
casar". "Haz lo que quieras", le dijeron los padres. Ellos la amaban mucho y por no
resentirla toleraban todo lo que ella hacía: "Aunque sea rico o pobre, no importa. Si es
pobre nosotros lo criaremos. No nos falta nada", dijeron, finalmente. Y la joven citó a
todos sus enamorados. Les pidió que fueran temprano, a una hora determinada, que
fueran a la casa de ella. "A esta hora, a esta hora, a esta hora", le advirtió a cada uno.
Hasta una copa de aguardiente les convidó. "Que pase lo-que pase", diciendo, todos
los jóvenes acudieron. Y se miraron unos a otros en la casa de la hija del hombre
poderoso. No faltó ninguno; estuvieron presentes todos. "Vosotros sois, todos, mis
enamorados", dijo ella. Y luego continuó: "Bueno. Ahora deseo saber quién de ustedes
me ama verdaderamente". "¡Todos te amamos!", contestaron. "yo te quiero!", dijeron
como si tuvieran una sola boca. "Esperad un instante. No se trata de pelearse unos
con-otros. - Yo voy a someterlos a una prueba", advirtió la joven. "¡En lo que tú
mandes!", dijeron los hijos de los hombres ricos, "Te traeremos lo que pidas, de donde
sea". ¡Claro! Estos jóvenes sabían que con su dinero lo podrían conseguir todo. "No
deseo que me traigan nada. Si de veras me aman cumplirán la prueba que les pida",
contestó la muchacha. En la multitud de pretendientes había un joven pobre, muy
pobre, que no poseía nada. El permaneció callado. Aunque amaba mucho a la joven,
agachó la cabeza, bajó la frente, y oyó que la muchacha decía: "Yo os he llamado, a los
que me amáis". Por las tierras de los padres de la joven, en la montaña de enfrente,
que era una gran propiedad de la familia, pasaba un camino. Allí, en el camino,
aparecía un condenado las noches de los días martes. La hija del hombre rico había
pensado en ese condenado. "Quien me ame tendrá valor para enfrentársele, si lo pido.
Con ese me casaré", Y les dijo a los mozos: "Tened decisión". "Qué ordenas?", le
preguntaron, todos: "Por el camino grande de mi estancia, de la que está en frente,
pasa un condenado todas las noches de los martes. Quien me ame lo esperará, lo
esperareis. Me casaré con quien lo espere", propuso ella. Entonces, los ricos "¿Por una
mujer he de esperar a un condenado?", diciendo, se fueron todos. Otros dijeron: "A mí
no me faltan mujeres", y también se fueron. Se marcharon todos. Sólo el joven muy
pobre se quedó, porque de veras amaba a la muchacha. No deseaba su hacienda ni su
dinero; se quedó porque la amaba. Y era un hombre valiente. "Yo voy a esperar al
condenado", dijo. "Has de esperarlo?", preguntó la joven. "Voy a esperarlo", repitió el
mozo. "Bueno, si lo esperas me casaré contigo". Y ambos bailaron juntos, allí mismo,
para que así ella ya no hablara con nadie, con ningún otro. Y después que hubieron
bailado, le dijo ella: "Dentro de tres días iremos a la montaña. Prepárate para
entonces'. "Bueno", contestó el joven. Hasta que llegara la fecha de la partida, el mozo
consultó con viejos y no viejos, con los que sabían. Alguien de ellos tenía que conocer
algún secreto salvador. Y un viejo le dijo: "Contra el condenado están los cuernos de
las vacas, de los toros. Vístete con ellos y no te harán nada". El joven fue. a los campos
y reunió una gran cantidad de cuernos; llenó tres costales con los cuernos que había
recogido. Y cargándolos se encaminó a la casa de la joven, el día señalado. "Qué llevas
en esos costales?", le preguntó la muchacha. "Llevo algo", dijo no más el mozo. Y así
cargado, emprendió la marcha, junto. Con la joven. Llegaron a la montaña. Allí los
esperaba un primo hermano de la muchacha. Era un hombre valeroso, y había dicho:
"Si yo tuviera quien me acompañara, esperaría al condenado". El pretendiente,
entonces, vistió al primo hermano con los cuernos que fue sacando de los costales. Y él
también se cubrió de cuernos, todo, enredando las astas por las puntas sobre su
cuerpo. La muchacha quedó lejos, a cierta distancia del camino. El mozo ofreció una
mandolina al primo y él empezó a tocar una guitarra. Ambos tocaron bien. ¡Ahora
hemos de hacer bailar al condenado!", dijo el mozo. En el sitio, sobre el camino, había
dos muros blancos, que parecían capillas custodiando el camino, a los costados. Los
mozos escalaron uno de los muros y se sentaron en una especie de ventana que el
muro tenía a media altura. Allí esperaron ambos, tocando sus instrumentos. Cuando la
joven los vio, empezó a arrepentirse: "Para qué, para qué le pedí que esperara al
condenado, ¿si me amaba? Bueno, en fin. Y si él muere ¿con quién he de casarme?
Pero si el condenado lo destroza con sus dientes, no me casaré jamás, ni con él ni con
otro hasta la muerte". Y lloró la joven, y cuando lloraba hablando y miraba la montaña:
"Aaaaaaaaah. . . uuuuuuy ......iuuuuu", resonó el grito del condenado, cortando el
mundo. iShall shall, shall shall, shall shall shall shall! sus cadenas se golpeaban, se
enredaban, se frotaban sobre las piedras. Y apareció el condenado, desde muy lejos.
Venía tropezando, sacudiendo las cadenas, tronándolas. Pero los jóvenes ni lo oyeron
ni lo vieron. Tocaban y cantaban. ¡"Cómo los llamo, cómo les hago oir!", él amaba la
muchacha. El pretendiente rasgasa la guitarra y el primo punteaba la mandolina.
Contaban ambos. El primo había ido para convencerse si el pretendiente era hombre
de coraje, si de veras esperara al condenado. Cuando los mozos cantaban se presentó,
de repente, un chúseq acompañado de un píllik. Son aves nocturnas que guían a las
almas nocturnas. Tras de las aves llegaron al sitio dos almas blancas, salvadas. "Bailad",
les ordenaron los mozos. ¡Ay, a nosotras nos has de hacer bailar! Pero. marchaos,
mejor. No esperéis. ¡Yo bailaré para ustedes!", dijo una de las almas, habló. Y, dando
vueltas, dando vueltas, bailó. "Tras de nosotras viene el alcalde; no lo esperéis a él; los
devorará", volvió a hablar el alma. "¡A él también vamos a hacerlo bailar! ¡Tiene que
bailar!", dijo el pretendiente. Y mientras hablaba, apareció una qarqacha. ¡Qaaar. . ..
qaaar!, bramando. Una mitad de la bestia era llama, la otra mitad, mula. "¡Baila!" le
gritó el pretendiente. Y bailó. Se fue bailando por el camino, y dijo: "Tras de mi' viene
el Gobernador. Con él no podréis. Idos, retiraos de aquí". ¡No! ¡También él tiene que
bailar!", contestó el pretendiente. - - Y cuando estaba hablando a la bestia, el
condenado acabó de escalar un pequeño morro que lo ocultaba; lo traspuso. Era puro
fuego y cadenas. Se sacudía, inquietándose sobre su trono. Lo arrastraban dos gallos
rojos; arrastraban las andas que eran también de fuego. ¿Estaba el condenado
amarrado con cadenas de fierro a? trono. Dos gallos lo arrastraban. Al descubrir la
marcha del trono, el primo cayó muerto. ¡Ya no esperaba sino uno solo! El mozo
pretendiente. Se irguió para defenderse. La joven lo vio. " ¡Ahí está! ¿Por qué le dije?
Lo va a devorar", exclamó cayendo al suelo. Pero el mozo gritó: ¡Baila! ¡Baila! - El
condenado no quería bailar. Y permanecieron así mucho rato. "Si no estuvieras allí y
vestido de ese modo, te devoraría", gemía el condenado. "No me puedes alcanzar.
¡Baila! ¡Baila!", le ordenaba el mozo. Y bailó, el condenado, dando vueltas; tres veces,
enmudeciendo. Se fue, después. La joven lo vio irse: "Se marcha porque ya lo ha
devorado. No me casaré con nadie ni nunca", dijo y se echó a llorar. Cuando se marchó
el condenado, el mozo pretendiente empezó a sacudir al primo, para despertarlo. No
podía despertar; parecía un cadáver Entonces el mozo le mordió las orejas. Y el joven
despertó: ¡Jesús! —dijo— ¿Qué me ha ocurrido?" "Ya se fue, ni lo viste, siquiera", le
contestó el mozo. "Ya se fue?", preguntó. " ¡Mira, allá lejos!''. El condenado se iba,
todo hecho fuego; escalaba ya la otra montaña. Entonces, temblando y haciendo sonar
los cuernos de su traje, el primo se encaminó hacia el sitio donde dejaron a la joven. El
pretendiente también fue. Delante de ella, el primo dijo: "Si, lo esperó. Lo ví". "Yo
también lo ví. Se lanzó cuesta abajo, el condenado", dijo la joven. "El, este mozo es
quien me ama". Y se casó con el pobre. Tuvieron hijos e hijas.

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