0% encontró este documento útil (0 votos)
28 vistas172 páginas

Quinto Año

La Antología Literaria 5 es un recurso educativo diseñado para estudiantes de quinto grado de secundaria, promoviendo competencias comunicativas y el acercamiento a la lectura literaria. Incluye una variedad de relatos de autores reconocidos y busca fomentar la reflexión y el disfrute de la literatura. El libro invita a los estudiantes a explorar diferentes mundos literarios y a establecer conexiones con sus propias experiencias y culturas.

Cargado por

tablet novo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
28 vistas172 páginas

Quinto Año

La Antología Literaria 5 es un recurso educativo diseñado para estudiantes de quinto grado de secundaria, promoviendo competencias comunicativas y el acercamiento a la lectura literaria. Incluye una variedad de relatos de autores reconocidos y busca fomentar la reflexión y el disfrute de la literatura. El libro invita a los estudiantes a explorar diferentes mundos literarios y a establecer conexiones con sus propias experiencias y culturas.

Cargado por

tablet novo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Antología

literaria

5
SECUNDARIA
Antología literaria 5

ANTOLOGÍA LITERARIA 5

La Antología Literaria 5 para estudiantes de quinto grado de secundaria ha sido elaborada por la Dirección
de Educación Secundaria para promover el desarrollo de las competencias comunicativas propuestas en el
Currículo Nacional de la Educación Básica y el acercamiento a la lectura literaria.

Edición Primera edición: 2015


© Ministerio de Educación Segunda edición: junio de 2017
Calle Del Comercio N.o 193 Tercera edición: diciembre de 2019
San Borja Primera reimpresión: abril de 2021
Lima 15021, Perú Cuarta edición: marzo de 2025
Teléfono: 615-5800
[Link] Todos los derechos reservados. Prohibida la
reproducción de este material por cualquier
Elaboración de contenido medio, total o parcialmente, sin permiso expreso
Pedro Eliver Blas Chaupis del Ministerio de Educación.
Marco Antonio García Falcón
Debido a la naturaleza dinámica de internet, las
Especialista en edición direcciones y los contenidos de los sitios web a los
Oscar Emiliano Palomino Flores que se hace referencia en este material educativo
pueden tener modificaciones o desaparecer.
Revisión pedagógica
Pedro Eliver Blas Chaupis Hecho el Depósito Legal en la
Biblioteca Nacional del Perú N.º xxxxx
Corrección de estilo
Elizabeht Beatriz Bautista Toledano

Diseño y diagramación
Marco David Villanueva Imafuku

En este material se utilizan términos como “el docente”, “el estudiante”, “el profesor” y sus respectivos
plurales, así como otras palabras equivalentes en el contexto educativo, para referirse a hombres y mujeres.
Esta opción considera la diversidad y respeta el lenguaje inclusivo, y se emplea para promover una lectura
fluida y facilitar la comprensión del texto.
ÍNDICE
PRESENTACIÓN............................................................................... 5

EL CABULIWALLAH........................................................................ 10
Rabindranath Tagore
NO OYES LADRAR LOS PERROS................................................ 20
Juan Rulfo
CALIXTO GARMENDIA.................................................................. 26
Ciro Alegría
FUTURO ANUNCIADO.................................................................... 34
Giovanna Pollarolo
MATERNIDAD.................................................................................. 37
Rocío Silva Santiesteban

ANGEL DE OCONGATE.................................................................. 44
Edgardo Rivera Martínez
ROSAMUNDA.................................................................................... 49
Carmen Laforet
AUSENCIA ........................................................................................ 55
Cristina Fernández Cubas

LOS FUGITIVOS .............................................................................. 70


Alejo Carpentier
UN HOMBRE LLAMADO ZIEGLER.............................................. 81
Hermann Hesse
LA AGONÍA DE RASU-ÑITI........................................................... 87
José María Arguedas
EL BÚHO QUE SE CONVIRTIÓ EN SER HUMANO................. 97
Tradición oral chayahuita

3
GARCÍA MÁRQUEZ Y YO.............................................................. 105
Jorge Ninapayta de la Rosa
EN EL BOSQUE................................................................................ 110
Ryunosuke Akutagawa
PREGUNTAS DE UN OBRERO QUE LEE................................... 119
Bertolt Brecht

UN ARTISTA DEL TRAPECIO....................................................... 124


Franz Kafka
PARECE TAN DULCE...................................................................... 129
Rosa Montero
YO VI GÜIJES................................................................................... 135
Tradición oral de Cuba narrada por Rita Piedra

HE DEJADO DESCANSAR TRISTEMENTE MI CABEZA........ 141


Emilio Adolfo Westphalen
PRIMERA MUERTE DE MARÍA................................................... 145
Jorge Eduardo Eielson
LA LAGUNA....................................................................................... 149
Joseph Conrad
EL FÉRETRO AMBULANTE.......................................................... 163
Tradición oral de Ayaviri
EL MONJE DE LAS CATACUMBAS DE LA IGLESIA DE
LA PUNTA.......................................................................................... 166
Tradición oral de Pomalca

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS................................................. 171

4
PRESENTACIÓN
El libro que tienes entre tus manos es una puerta que te permite
entrar, salir y construir muchos mundos: una ciudad fantasma, un plane-
ta intergaláctico, una estación de tren que vuela, una ciudad en el fondo
del mar, los pensamientos más inverosímiles que puede producir la mente
humana. En realidad, no existen límites, cada bloque de la Antología es
un mundo o mundos que debes recorrer.
En este libro encontrarás distintos relatos, todos mágicos, inimagi-
nables y sorprendentes que nos permitirán navegar por mundos represen-
tados. Asimismo, te enfrentarás a situaciones que te permitirán recordar
a seres queridos, descubrir la identidad de los personajes, sus temores,
aspiraciones y conflictos. Situaciones extrañas y misteriosas y hasta mo-
mentos difíciles de la vida como la muerte.
Es así que, al transitar por los diversos bloques, encontrarás también
preguntas que acompañarán tu recorrido permitiendo construir sentidos
del texto literario, mundos posibles y establecer vínculos entre diferentes
culturas.

Una vez que he comenzado una lectura, ¿debo terminarla?


Las lecturas de esta colección están aquí para que las disfrutes. Ante
la primera dificultad, no las abandones, dales a la historia y a sus perso-
najes una oportunidad de convencerte, de interesarte.
¿Hay un orden para leer los textos?
Empieza a leer por donde gustes. Cada texto abre una puerta dis-
tinta. Hay lecturas que tienen su momento, su lugar. Un día quieres una
aventura o reírte un poco, otro experimentar algo que te dé miedo o des-
pertar tu curiosidad y vivir el suspenso. Así como eliges qué comer, qué
ropa usar, a dónde ir… puedes elegir qué texto leer.
Y entonces, te invitamos a que hagas tu ingreso y comiences con tu
viaje literario.

5
Antología literaria 5

Iniciemos esta aventura completando nuestro


pasaporte literario...

6
Antología literaria 5

7
Antología literaria 5

RELACIONES FAMILIARES
Preparémonos para iniciar un viaje literario por diversas
partes del mundo.
¡Comencemos ahora!

Situación

Mario tiene dieciséis años y está terminando el colegio. Un día, cuando


su familia decide mudarse a un lugar más pequeño, su mamá le dice
que necesitan deshacerse de algunas cosas que guardan de su abuelo,
fallecido hace varios años. Entre estas hay unas polvorientas cajas
de libros. Libros de literatura. Dado que Mario está poco interesado
en la lectura, decide venderlos. Sin embargo, en el momento en que
se dispone a ordenarlos para llevarlos al Campo Ferial Amazonas de
Lima, se da cuenta de que esos ejemplares están firmados por su
dueño y que varios textos tienen marcas, anotaciones y subrayados,
y tratan sobre experiencias entre padres e hijos. A medida que Mario
empieza a revisar algunas páginas con un creciente interés, percibe
que hay algo de su abuelo en ellas, que todavía está presente y que
quizá pueda seguir enseñándole, tal como solía hacerlo cuando estaba
vivo, así que se pone a leer.

8
Antología literaria 5

Presentación de los textos literarios


Para iniciar esta travesía literaria, revisa los textos que conocerás en este viaje.

EL CABULIWALLAH
Rabindranath Tagore

NO OYES LADRAR LOS PERROS


Juan Rulfo

CALIXTO GARMENDIA
Ciro Alegría

FUTURO ANUNCIADO
Giovanna Pollarolo

MATERNIDAD
Rocío Silva Santisteban

¡Planifiquemos nuestro viaje literario!


Organiza tu itinerario de viaje. Para ello, revisa los textos, elige las estampillas y
colócalas en tu pasaporte literario de acuerdo con las escalas que hayas establecido
para su lectura.

9
Antología literaria 5

EL CABULIWALLAH1
RABINDRANATH TAGORE
(indio)

M
i hija Mini, que tiene ahora cinco años, no puede estarse
callada. Yo creo firmemente que en lo que lleva de vida no
ha dejado un solo instante de hablar. Su madre se molesta
muchas veces por esto y le riñe para que se calle. Yo no. No
me parece natural ver a Mini callada, y no puedo sufrir que
lo esté mucho tiempo. Así, siempre que hablo con ella, lo hago animadamente.
Una mañana, por ejemplo, en que yo estaba en medio del capítulo diecisiete
de mi nueva novela, mi hija Mini entró en el cuarto y, cogiéndome la mano, me dijo:
—Padre, Ramdayal, el portero llama a un cuervo un kuervo; qué tonto es,
¿verdad?
Antes de que yo pudiese explicarle las diferentes lenguas y pronunciaciones
de este mundo, ya ella se había internado por las aguas de otro mar:
—Oye, padre; Bhola dice que hay un elefante en las nubes, que echa agua
por la trompa, y que por eso llueve.
Y mientras yo buscaba alguna respuesta a lo último, se puso a correr
preguntándome:
—Padre, ¿tú qué eres de madre?
“Es mi hermanita”, me susurré involuntariamente a mí mismo; pero,
poniéndome serio, logré responder:
—Vete a jugar con Bhola, Mini, que estoy trabajando.
La ventana de mi cuarto da a la calle. La niña se había sentado a mis pies,
junto a mi mesa, y jugaba tocando el tambor suavemente sobre sus rodillas. Yo
me enfrasqué, de nuevo, en mi capítulo diecisiete, en el cual Protap Singh, el
héroe, había cogido en los brazos a Kanchanlata, la heroína, y se disponía a huir
con ella por el balcón del tercer piso del castillo, cuando, de repente, Mini dejó
de jugar y corrió a la ventana gritando: “¡Un cabuliwallah! ¡Un cabuliwallah!”.
Un cabuliwallah iba pasando, en realidad, por la calle. Llevaba el suelto
ropón mugriento de los de su raza, y un alto turbante, un saco a la espalda
y cajas de uvas en la mano.
1
Literalmente, el cabulense. Nombre dado a los afganos que recorren la India como vendedores
ambulantes, porteadores, o que realizan otros trabajos. (Nota del texto original).

10
Antología literaria 5

No sé lo que se figuró mi hija al ver a aquel hombre, que empezó a


llamarlo a gritos. Yo pensé: “¡Ay, lo que es si él entra, mi capítulo diecisiete
no se acabará en la vida!”. En este momento el cabuliwallah se volvió y
miró a la niña, la que,al darse cuenta, huyó despavorida en busca de su
madre. Mini creía ciegamente que el hombre llevaba dentro del saco dos o
tres niñas, por lo menos, como ella. El cabuliwallah entró en la casa y me
saludó sonriendo.
Tan decisiva era la situación de mi héroe y de mi heroína, que mi
primer impulso fue comprarle algo al cabuliwallah, ya que había sido
llamado, para que se fuera pronto. Le compré, pues, alguna cosilla, y él
se puso a hablarme de Abdurrahman, de los rusos, de los ingleses y de la
política de la frontera.
Cuando se iba, me dijo:
—¿Y la niñita, señor?
Yo, pensando que era bueno curar a Mini de aquellos absurdos temores,
hice que la trajeran.
Mini se puso junto a mi silla, y miraba al cabuliwallah y a su saco. Él
le ofreció nueces y pasas, pero ella no cayó en la tentación, y se apretaba a
mí, con más miedo que antes.
Este fue el primer encuentro de ellos dos.
Pocos días después, una mañana, iba yo a salir de casa, cuando vi
atónito que Mini estaba sentada en un banco del lado de la puerta, hablando
y riendo, con el gran cabuliwallah a sus pies. En toda su vida, mi hija
quizás no había encontrado a nadie que la escuchara con tanta paciencia, a
no ser su padre; y tenía el extremo de su sarito lleno de almendras y pasas,
regalo de su amigo.
—¿Por qué le has dado eso? —le dije al cabuliwallah. Y sacando una
moneda de ocho annas, se la di. Él aceptó el dinero sin protestar, y se lo
echó en el bolsillo.
Pero ¡ay!, al volver yo, una hora más tarde, vi que la desdichada moneda
había ocasionado daños por dos veces su valor, pues el cabuliwallah se la
había dado a Mini, y la madre, echándole el ojo al redondo objeto reluciente,
se lo quitó a la criatura, preguntándole:
—¿Quién te ha dado esa moneda?
—Me la dio el cabuliwallah —dijo Mini alegremente.
—¿Que te la dio el cabuliwallah? —exclamó su madre escandalizada—.
¿Y por qué se la has tomado?
Yo entraba entonces, y librando a Mini de un desastre inminente, me
puse a hacer averiguaciones.
Según supe, no era esta la única vez que ellos se habían visto. El

11
Antología literaria 5

cabuliwallah había sabido vencer el temor de la niña, con un paciente


soborno de nueces y almendras, y ahora los dos eran grandes amigos.
Se daban curiosas bromas, con las que gozaban grandemente. Ella se
sentaba frente a él, y, mirando con toda su diminuta dignidad al gigantesco
cuerpo de su amigo, le preguntaba hecha un rizo de risa:
—¡Cabuliwallah, cabuliwallah, dime qué tienes en tu saco!
Y él, con el acento gangoso de los montañeses, respondía:
—¡Un elefante!
Tal vez esto no sea un gran motivo de diversión; pero ¡lo que gozaban
ellos con la ocurrencia! Para mí, la charla de mi niña con aquel hombre
hecho y derecho tenía en ella algo de fascinador.
El cabuliwallah, para no ser menos, le preguntaba a su vez:
—¿Bueno, niña, y cuándo vas a ir a casa de tu suegro?
La mayor parte de las niñas de Bengala saben, desde que nacen, de la
casa de su suegro; pero nosotros, que somos un poco modernistas, le
habíamos callado estas cosas a nuestra hija; de modo que Mini, al oír la
pregunta del cabuliwallah, debió quedarse algo perpleja. Pero ella no lo
quiso demostrar, y salió del paso con este rodeo:
—¿Tú vas allí?
Entre hombres de la clase del cabuliwallah, es bien sabido que “casa
del suegro” tiene un doble sentido, que es “cárcel”, porque en esta se nos
cuida bien sin que nos cueste nada. El sanote del vendedor tomaba en este
sentido la pregunta de mi hija, y, enseñando su puño a algún invisible
guardia, le gritaba:
—¡Ay, qué paliza le voy a dar a mi suegro!
Mini, al oír esto, rompía en grandes carcajadas, figurándose ya
maltrecho al infeliz pariente. Y su formidable amigo reía con ella.
Eran mañanas de otoño, el momento del año en que los antiguos reyes
salían en busca de conquistas; y yo, que no podía moverme de mi rinconcito
de Calcuta, echaba a vagar mi pensamiento por el mundo. Con solo oír el
nombre de otro país, mi corazón se iba a él; y si veía un extranjero por las
calles, me quedaba preso en una red de sueños, con las montañas, los valles
y los bosques de su tierra distante, con su casita en aquellos fondos, con
la libre y fácil vida de los silvestres campos lejanos. Quizás sea que como
llevo una existencia tan vegetativa, los viajes se me representan con más
viveza que a otros. La noticia de un viaje, sería para mí como un rayo...
Viendo al cabuliwallah, me trasladaba, al punto, al pie de sus montañas
de picos secos, llenas todas de estrechos barrancos que se retuercen por las
imponentes alturas. Veía la caravana de camellos cargados de mercancías,
y los mercaderes, con sus turbantes, sus antiguas y raras armas de fuego y

12
Antología literaria 5

sus lanzas, camino de las llanuras. Veía..., pero en este instante, la madre
de Mini se ponía por medio, suplicándome que tuviera mucho cuidado con
aquel hombre.
La madre de Mini es, desgraciadamente, muy medrosa. En cuanto
oye el menor ruido en la calle, o ve que viene alguien hacia la casa, piensa
siempre que deben ser ladrones, o borrachos, o culebras, o tigres, o la
malaria, o cucarachas, o gusanos, o un marinero inglés. De nada le sirve la
experiencia, y siempre está lo mismo. El cabuliwallah le daba miedo, y ella
me rogaba a cada instante que no lo perdiese de vista.
Yo me echaba a reír bondadosamente, pero ella se revolvía contra mí,
seria, y me hacía solemnemente preguntas como esta: “¿Es que no roban
a los niños? ¿No era verdad entonces que en Cabul había esclavos? ¿Era
un disparate pensar que aquel hombrón pudiera llevarse a la niña, tan
chiquita?”.
Yo le respondía que tal vez no fuese imposible, pero que no era probable.
Ella no se convencía, y continuaba inquieta. Sin embargo, como su temor
era injustificado, no me parecía bien decirle al cabuliwallah que no viniera.
Y la amistad de él y de mi niña seguía libremente.
Todos los años, hacia mediados de enero, Rahmun, el cabuliwallah,
tenía la costumbre de volver a su país; y cuando este momento se acercaba,
él andaba arriba y abajo, muy atareado, cobrando de casa en casa lo que le
debían. Aquel año, a pesar de sus ocupaciones, siempre encontraba ocasión
para venir a ver a Mini, y cualquiera que no estuviese enterado de las cosas,
hubiera creído que los dos tramaban alguna conspiración, pues él, si no
podía venir por la mañana, se presentaba al oscurecer.
A mí mismo me asustaba un poco, a veces, encontrar de pronto a aquel
hombrazo en el rincón de un cuarto oscuro, con aquellas ropas sueltas,
todo lleno de alforjas. Pero cuando Mini corría a él, diciendo entre risas:
“¡Cabuliwallah, cabuliwallah!”, y los dos amigos, de tan diferente edad,
volvían a sus bromas y a sus carcajadas, al punto me tranquilizaba.
Una mañana, días antes de la partida del cabuliwallah, estaba yo
corrigiendo pruebas en mi cuarto. Aún hacía fresco, y el leve calor de los
rayos del sol que, a través de mi ventana, llegaban a mis pies, me era
amable. Serían las ocho, y los paseantes tempraneros volvían a sus casas
con las cabezas cubiertas. De pronto, oí gritos en la calle, y, asomándome,
vi que dos policías llevaban atado a Rahmun, rodeado de chiquillos. Las
ropas del cabuliwallah estaban manchadas de sangre, y uno de los policías
llevaba un cuchillo. Salí de prisa, los paré y les pregunté qué pasaba. Por lo
que unos y otros me dijeron, pude sacar en claro que un vecino que le debía
a Rahmun un chal de Rampuri negaba quese lo hubiese comprado, y que,

13
Antología literaria 5

habiendo pasado de las palabras a los hechos, Rahmun lo había herido. En


el calor de la exitación, el preso comenzó a insultar a su enemigo con toda
clase de nombres, cuando, de pronto, en la galería de mi casa, apareció Mini,
gritando como de costumbre: “¡Cabuliwallah! ¡Cabuliwallah!”. La cara de
Rahmun se iluminó al verla. Aquel día no llevaba el saco bajo el brazo, y no
podía engañarla con lo del elefante. Entonces ella le preguntó: “¿Vas a casa
de tu suegro?”. Rahmun se echó a reír y dijo: “Sí; allí voy, niña”. Pero viendo
que la respuesta no había hecho reír a Mini, levantó sus manos atadas y
dijo: “¡Ay, de buena gana le hubiese dado a ese viejo de mi suegro, pero me
han atado las manos!”.
A Rahmun, acusado de homicidio frustrado, lo condenaron a varios años
de cárcel. El tiempo pasó y nos fuimos olvidando de él. Seguimos trabajando
siempre en lo mismo y en el mismo lugar, y rara vez se nos ocurría pensar
en el un día libre montañés, ahora preso. Hasta mi alegre Mini, vergüenza
me da decirlo, se olvidó de su antiguo amigo. Nuevas amistades llenaron
su vida, y a medida que ella iba creciendo, pasaba mayor tiempo con otras
muchachas; tanto, que ya no encontraba ocasión de venir, como antes, al
cuarto de su padre y apenas nos veíamos.
Pasaron los años. Llegó, una vez más el otoño, y nos ocupábamos en los
preparativos para la boda de Mini, que había de celebrarse en las Fiestas de
Puja. Con la vuelta de Durga a Kailas, la luz de nuestro hogar también se
iría a la casa del marido, dejando la del padre en sombra.
Era alegre la mañana. Tras las lluvias, una sensación de baño erraba
por el aire, y los rayos del sol parecían oro puro. Tan vivos eran, que los
sórdidos muros de ladrillo de las callejas de Calcuta deslumbraban con
una hermosa claridad. Desde el amanecer, las gaitas de la boda habían
comenzado a sonar y, a cada cadencia suya, me saltaba el corazón. El gemido
de aquella melodía bhairavi, parecía agrandar mi pena por la separación
que llegaba, pues Mini iba a casarse aquella noche.
La casa estaba llena de bullicio y de idas y venidas. Se estaba preparando
en el patio un dosel sostenido por varas de bambú. En los aposentos y
galerías se colgaban candelabros tintineantes. La prisa, la agitación no
acababan nunca. Yo estaba sentado en mi cuarto, repasando las cuentas,
cuando de pronto alguien saludó respetuosamente, y llegó frente a mí. Era
Rahmun, el cabuliwallah. Al principio, no caía en quien fuese, pelado como
venía, sin su saco, sin aquel vigor de antes; pero sonrió, y le conocí al punto.
—¿Cuándo has venido, Rahmun? —le pregunté.
—Anoche me soltaron de presidio —contestó.
Sus palabras sonaron mal en mis oídos. Nunca antes había yo hablado
con un hombre que hubiese herido a otro, y mi corazón se encogió pensando,

14
Antología literaria 5

contrariado, el mal agüero con que el día empezaba.


—Estoy ocupado con la fiesta —le dije—. ¿No te sería igual venir otro día?
Se volvió para irse, pero al llegar a la puerta, vaciló y me dijo:
—¿Y no podría ver a la niña un momento?
Él pensaba que Mini seguía siendo la misma niña que antes, y se la
figuraba ya corriendo hacia él, como en otros días, y gritando: “¡Cabuliwallah!
¡Cabuliwallah!”. Se había figurado, también, que hablarían y reirían juntos,
como antes. En recuerdo de los pasados tiempos, traía, cuidadosamente
envueltas en papel, algunas almendras, pasas y uvas, que le habría dado
algún campesino, pues su pequeño caudal se lo habían dispersado.
Le dije otra vez:
—Es que hay fiesta en la casa, y hoy no podrás ver a nadie.
Su cara se puso triste. Me miró un momento, nostálgico, me saludó, y
se fue.
Sentí pena, y ya iba a llamarlo, cuando él volvía, y dándome su regalo
me dijo:
—Traía estas cosillas para la niña, señor, ¿se las quieres dar?
Las tomé y fui a pagarle; pero él me cogió la mano diciendo:
—¡Qué bueno eres, señor! ¡No me olvides..., ni me des nada! Tú tienes
una niña y yo tengo otra, muy lejos. Cuando yo traigo alguna cosa a tu
niña, no es por dinero, sino porque pienso en la mía.
Al decir esto, metió la mano en su gran ropón, sacó un pedacito sucio
de papel, lo desdobló cuidadoso y lo alisó con sus manos sobre mi mesa. Vi
que el papel tenía la huella de una manita; no un retrato, ni un dibujo; solo
aquella manita untada de tinta y apretada sobre el papel. Cuando, años
atrás, él venía a Calcuta a vender sus mercancías por las calles, esta señal
de su niña estaba siempre al lado de su corazón.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Olvidé que él era un pobre vendedor
de Cabul y que yo era... No, ¿qué era yo más que él? Padres los dos.
La huella de la mano de su niña Parbati, que estaría allá lejos en su
distante hogar de la montaña, me hizo pensar en mi hija. Mandé llamar en
el acto a Mini de sus aposentos interiores. Me pusieron muchas dificultades,
pero yo no quise escuchar. Mini, vestida con el traje de seda roja de la boda,
con la pasta de sándalo en su frente, y toda adornada como una novia, llegó
tímidamente ante mí.
El cabuliwallah se quedó sorprendido ante tal aparición. ¡No era
posible renovar la antigua amistad! Luego, le sonrió y le dijo:
—Mini, ¿vas a casa de tu suegro?
Ahora Mini comprendía el sentido de la palabra suegro, y no pudo
contestarle como en otros días. La pregunta le sonrojó; y estaba ante él,
bajos sus ojos de novia.

15
Antología literaria 5

Recordé el día en que el cabuliwallah y Mini se vieron por vez primera,


y me dio tristeza. Ella se fue. Rahmun suspiró hondo y se sentó en el suelo.
De pronto, pensó que su hija habría también crecido durante aquellos años,
y que su amistad con ella tendría que comenzar de nuevo.
Seguramente no la encontraría como la dejó, y además, ¿qué no podría
haber ocurrido en aquellos ocho años?
Sonaban las gaitas de la boda, y el dulce sol de otoño fluía a nuestro
alrededor. Rahmun seguía sentado en la calleja, mirando las secas montañas
del Afganistán.
Le di un billete y le dije:
—Anda, vete a ver a tu hija, Rahmun; vete a tu pueblo; y que la dicha
de vuestro encuentro traiga buena suerte a Mini.
Tuve que suprimir algunas de las fiestas. No pude pagar las luces
eléctricas ni la banda militar, con lo que las señoras se disgustaron mucho;
pero la boda de mi hija fue feliz para mí, sabiendo que en una tierra lejana,
un padre, largos años perdido, iba a ver de nuevo a su única hija.

16
Antología literaria 5

Glosario

• Bhairavi: Diosa hindú asociada con las Majá Vidiás. Representa el


conocimiento y la civilización, así como las modificaciones del universo
realizadas por la humanidad.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del cuento de Rabindranath Tagore, responde lo


siguiente:
1. ¿Quién narra este relato?
2. ¿Dónde sucede lo que nos cuenta?
3. ¿Cómo describirías a los personajes?
4. ¿Cómo es el vínculo que tiene el narrador con su hija y el del cabuliwallah
con la suya?
5. ¿Qué tipo de tensiones sociales hay entre los distintos personajes?
6. A veces hemos tenido a nuestro alrededor personas que nos han tratado
como si fueran nuestros padres, incluso estando ellos presentes. ¿Quiénes
fueron esas personas en tu vida? ¿Cómo era ese trato? Menciona tres de
las cualidades o actitudes que más recuerdas de ellas y por qué fueron
importantes para ti.

17
Antología literaria 5

Coordenadas literarias

Datos del autor


Rabindranath Tagore nació en
1861, en Calcuta, India, en una
familia prominente de la alta
sociedad bengalí. Poeta, artista
plástico, dramaturgo, músico,
novelista y autor de canciones,
fue el primer escritor no europeo
en recibir el Premio Nobel en 1913.

Contexto
Rabindranath Tagore escribió “El cabuliwallah” en la última década del siglo
XIX, durante un período en el que la India experimentaba cambios significativos
debido a la influencia británica y a la lucha por su independencia.
Algunas de las obras destacadas de Tagore son Cartas de un viajero (1881),
El genio de Valmiki (1882), Los cantos del crepúsculo (1882), etc.

18
Antología literaria 5

Para tener un buen viaje literario


Subraya nombres, ocupaciones y costumbres relacionados con la cultura de la
India. Investiga sobre este país para que puedas tener una mejor interpretación
del texto literario.
El cuento “El cabuliwallah” explora, a través de sus personajes, los temas de la
comprensión mutua y las barreras culturales.

Información útil para tu viaje


Un cuento es una narración breve que presenta una trama, personajes y un
conflicto generalmente diseñado para transmitir una lección, entretener o provocar
emociones en el lector o el oyente. Se caracteriza por su concisión y estructura
narrativa compacta.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡México nos espera!

19
Antología literaria 5

NO OYES LADRAR
LOS PERROS
JUAN RULFO
(mexicano)

T
ú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo
o si ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba
abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por
la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas
de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que
Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el
monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó
allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no
quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su
hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda.
Y así lo había traído desde entonces.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía
tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las
sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como

20
Antología literaria 5

espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le
zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja
Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa
aquello le preguntaba:
—¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: “Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te
alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco”. Se lo había dicho como
cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía.
Allí estaba la luna. En frente de ellos. Una luna grande y colorada que les
llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba.
El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida,
sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba
para volver a tropezar de nuevo.
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba
Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido
que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas
allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí.
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide.
Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde
hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo,
mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya
que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta

21
Antología literaria 5

madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo
lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para
llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos,
no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades,
puras mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el
sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien
esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted
bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya
lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí
usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte
que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones
la sangre que yo le di!”. Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando
por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no,
allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su
nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde
entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo”.
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde
allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy
noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír
si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la
hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo
solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre
y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías
acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé
que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue.
Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando
tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba
a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas
alturas.

22
Antología literaria 5

Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar
las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y
le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre,
¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece
que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve?
Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero
ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién
darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo
la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le
doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejabán, se recostó sobre el
pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose
de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta
esperanza.

Glosario

• tejabán: Construcción rústica, sin otro techo que el techado.


• Tonaya: Pueblo localizado en el suroeste de Jalisco, México.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del cuento de Juan Rulfo, responde lo siguiente:


1. ¿Quiénes conversan en este relato?
2. ¿Qué partes del diálogo te impactaron más? Explica por qué.
3. ¿De qué modo este relato te hizo pensar en tu relación con tu padre?
4. ¿Por qué este cuento lleva el título “No oyes ladrar los perros”?
5. ¿Cómo entiendes el final? ¿Qué es lo que sucede?

23
Antología literaria 5

6. Antes de terminar el cuento se presenta un flashback que alude al


nacimiento del hijo y su relación con su madre. Imagina que el hijo
moribundo puede ver a su mamá en ese instante. ¿Qué crees que se
dirían? Escribe tu respuesta y, a continuación, dramatiza este encuentro
imaginario.

Coordenadas literarias

Datos del autor


Juan Rulfo nació en 1917 en
Jalisco, México. Fue un escritor
y fotógrafo de obra breve pero
mundialmente reconocida, como
la novela Pedro Páramo y el libro
de cuentos El llano en llamas.

Contexto
En este cuento, se retrata un México rural y árido, donde la historia se
desenvuelve en medio de la pobreza y la desesperación. El texto refleja
las tensiones sociales y familiares, así como las secuelas emocionales de la
Revolución mexicana en las comunidades campesinas.

24
Antología literaria 5

Información útil para tu viaje


Un flashback es una estrategia narrativa que sirve para recordar un hecho del
pasado desde el presente. Este recurso se emplea en este cuento.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡Perú nos espera!

25
Antología literaria 5

CALIXTO GARMENDIA
CIRO ALEGRÍA
(peruano)

D
éjame contarte —le pidió Remigio Garmendia a Anselmo,
levantando la cara. Todos estos días, anoche, esta mañana,
aún esta tarde, he recordado mucho... Hay momentos en que
a uno se le agolpa la vida... Además, debes aprender. La vida,
corta o larga, no es de uno solamente.
Sus ojos diáfanos parecían fijos en el tiempo. La voz se le fraguaba
hondo y tenía un rudo timbre de emoción. Blandíanse a ratos las manos
encallecidas.
—Yo nací arriba, en un pueblito de los Andes. Mi padre era carpintero
y me mandó a la escuela. Hasta segundo año de primaria era todo lo que
había. Y eso que tuve suerte de nacer en el pueblo, porque los niños del
campo se quedaban sin escuela. Fuera de su carpintería, mi padre tenía un
terrenito al lado del pueblo, pasando la quebrada, y lo cultivaba con la ayuda
de algunos indios a los que pagaba en plata o con obritas de carpintería: que
el cabo de una lampa o un hacha, que una mesita, en fin. Desde un extremo
del corredor de mi casa, veíamos amarillear el trigo, verdear el maíz,
azulear las habas en nuestra pequeña tierra. Daba gusto. Con la comida y
la carpintería, teníamos bastante, considerando nuestra pobreza. A causa
de tener algo y también por su carácter, mi padre no agachaba la cabeza
ante nadie. Su banco de carpintero estaba en el corredor de la casa, dando a
la calle. Pasaba el alcalde. “Buenos días, señor”, decía mi padre, y se acabó.
Pasaba el subprefecto. “Buenos días, señor”, y asunto concluido. Pasabael
alférez de gendarmes. “Buenos días, alférez”, y nada más. Pasaba el juez y
lo mismo. Así era mi padre con los mandones. Ellos hubieran querido que
les tuviera miedo o les pidiese o les debiera algo. Se acostumbran a todo
eso los que mandan. Mi padre les disgustaba y no acababa ahí la cosa. De
repente venía gente del pueblo, ya sea indios, cholos o blancos pobres. De a
diez, de a veinte o también en poblada llegaban. “Don Calixto, encabécenos
para hacer este reclamo”. Mi padre se llamaba Calixto. Oía de lo que se
trataba, si le parecía bien aceptaba y salía a la cabeza de la gente, que
daba vivas y metía harta bulla, para hacer el reclamo. Hablaba con buena
palabra. A veces hacía ganar a los reclamadores y otras perdía, pero el

26
Antología literaria 5

pueblo siempre le tenía confianza. Abuso que se cometía, ahí estaba mi


padre para reclamar al frente de los perjudicados. Las autoridades y los
ricos del pueblo, dueños de haciendas y fundos, le tenían echado el ojo para
partirlo en la primera ocasión. Consideraban altanero a mi padre y no los
dejaba tranquilos. Él ni se daba cuenta y vivía como si nada le pudiera
pasar. Había hecho un sillón grande, que ponía en el corredor. Ahí solía
sentarse, por las tardes, a conversar con los amigos. “Lo que necesitamos es
justicia”, decía. “El día que el Perú tenga justicia, será grande”. No dudaba
de que la habría y se torcía los mostachos con satisfacción, predicando: “No
debemos consentir abusos”.
Sucedió que vino una epidemia de tifo y el panteón del pueblo se llenó
con los muertos del propio pueblo y los que traían del campo. Entonces las
autoridades echaron mano de nuestro terrenito para panteón. Mi padre
protestó diciendo que tomaran tierra de los ricos, cuyas haciendas llegaban
hasta la propia salida del pueblo. Dieron de pretexto que el terreno de mi
padre estaba ya cercado, pusieron gendarmes y comenzó el entierro de
muertos. Quedaron a darle una indemnización de setecientos soles, que era
algo en esos años, pero que autorización, que requisitos, que papeleo, que
no hay plata en este momento... Se la estaban cobrando a mi padre, para
ejemplo de reclamadores. Un día, después de discutir con el alcalde, mi viejo
se puso a afilar una cuchilla y, para ir a lo seguro, también un formón. Mi
madre algo le vería en la cara y se le prendió del cogote y le lloró diciéndole
que nada sacaba con ir a la cárcel y dejarnos a nosotros más desamparados.
Mi padre se contuvo como quebrándose. Yo era niño entonces y me acuerdo
de todo eso como si hubiera pasado esta tarde.
Mi padre no era hombre que renunciara a su derecho. Comenzó a
escribir cartas exponiendo la injusticia. Quería conseguir que al menos le
pagaran. Un escribano le hacía las cartas y le cobraba dos soles por cada
una. Mi pobre escritura no valía para eso. El escribano ponía al final: “A
ruego de Calixto Garmendia, que no sabe firmar, Fulano”. El caso fue que
mi padre despachó dos o tres cartas al diputado por la provincia. Silencio.
Otras al senador por el departamento. Silencio. Otra al mismo presidente
de la República. Silencio. Por último mandó cartas a los periódicos de
Almagro y a los de Lima. Nada, señor. El postillón llegaba al pueblo una
vez por semana, jalando una mula cargada con la valija del correo. Pasaba
por la puerta de la casa y mi padre se iba detrás y esperaba en la oficina de
despacho hasta que clasificaban la correspondencia. A veces, yo también iba.
“¿Carta para Calixto Garmendia?”, preguntaba mi padre. El interventor,
que era un viejito flaco y bonachón, tomaba las cartas que estaban en la
casilla de la G, las iba viendo y al final decía: “Nada, amigo”. Mi padre

27
Antología literaria 5

salía comentando que la próxima vez habría carta. Con los años, afirmaba
que al menos los periódicos responderían. Arizmendi me ha dicho que, por
lo regular, los periódicos creen que asuntos como esos carecen de interés
general. Esto, en el caso de que los mismos no estén en favor del gobierno
y sus autoridades y callen cuanto pueda perjudicarles. Mi padre tardó en
desengañarse de reclamar lejos y estar yéndose por las alturas, varios años.
Un día, a la desesperada, fue a sembrar la parte del panteón que
aún no tenía cadáveres, para afirmar su propiedad. Lo tomaron preso los
gendarmes, mandados por el subprefecto en persona, y estuvo dos días en
la cárcel. Los trámites estaban ultimados y el terreno era de propiedad
municipal legalmente. Cuando mi padre iba a hablar con el Síndico de
Gastos del Municipio, el tipo abría el cajón del escritorio y decía como si
ahí debiera estar la plata: “No hay dinero, no hay nada ahora. Cálmate,
Garmendia. Con el tiempo se te pagará”. Mi padre presentó dos recursos
al juez. Le costaron diez soles cada uno. El juez los declaró sin lugar. Mi
padre ya no pensaba en afilar la cuchilla y el formón. “Es triste tener que
hablar así —dijo una vez—, pero no me darían tiempo de matar a todos los
que debía”. El dinerito que mi madre había ahorrado y estaba en una ollita
escondida en el terrado de la casa se fue en cartas y en papeleo.
A los seis o siete años del despojo, mi padre se cansó hasta de cobrar.
Envejeció mucho en aquellos tiempos. Lo que más le dolía era el atropello.
Alguna vez pensó en irse a Almagro o a Lima a reclamar, pero no tenía
dinero para eso. Y cayó también en cuenta de que, viéndolo pobre y solo, sin
influencias ni nada, no le harían caso. ¿De quién y cómo podía valerse? El
terreno seguía de panteón, recibiendo muertos. Mi padre no quería ni verlo,
pero cuando por casualidad llegaba a mirarlo, decía:”¡Algo mío han enterrado
también ahí! ¡Crea usted en la justicia!”. Siempre se había ocupado de que
les hicieran justicia a los demás y, al final, no la había podido obtener ni
para él mismo. Otras veces se quejaba de carecer de instrucción y siempre
despotricaba contra los tiranos, gamonales, tagarotes y mandones.
Yo fui creciendo en medio de esa lucha. A mi padre no le quedó otra
cosa que su modesta carpintería. Apenas tuve fuerzas, me puse a ayudarlo
en el trabajo. Era muy escaso. En ese pueblito sedentario, casas nuevas se
levantarían una cada dos años. Las puertas de las otras duraban. Mesas
y sillas casi nadie usaba. Los ricos del pueblo se enterraban en cajón, pero
eran pocos y no morían con frecuencia. Los indios enterraban a sus muertos
envueltos en mantas sujetas con cordel, igual que aquí en la costa entierran
a cualquier peón de caña, sea indio o no. La verdad era que cuando nos
llegaba la noticia de un rico difunto y el encargo de un cajón, mi padre se
ponía contento. Se alegraba de tener trabajo y también de ver irse al hoyo a

28
Antología literaria 5

uno de la pandilla que lo despojó. ¿A qué hombre, tratado así, no se le daña


el corazón? Mi madre creía que no estaba bueno alegrarse debido a la muerte
de un cristiano y encomendaba el alma del finado rezando unos cuantos
padrenuestros y avemarías. Duro le dábamos al serrucho, al cepillo, a la
lija y a la clavada mi padre y yo, que un cajón de muerto debe hacerse luego.
Lo hacíamos por lo común de aliso y quedaba blanco. Algunos lo querían
así y otros que pintado de color caoba o negro y encima charolado. De todos
modos, el muerto se iba a podrir lo mismo bajo la tierra, pero aun para eso
hay gustos.
Una vez hubo un acontecimiento grande en mi casa y en el pueblo. Un
forastero abrió una nueva tienda, que resultó mejor que las otras cuatro
que había. Mi viejo y yo trabajamos dos meses haciendo el mostrador y los
andamios para los géneros y abarrotes. Se inauguró con banda de música y
la gente hablaba de progreso. En mi casa, hubo ropa nueva para todos. Mi
padre me dio para que la gastara en lo que quisiera, así, en lo que quisiera,
la mayor cantidad de plata que había visto en mis manos: dos soles. Con
el tiempo, la tienda no hizo otra cosa que mermar el negocio de las otras
cuatro, nuestra ropa envejeció y todo fue olvidado. Lo único bueno fue que
yo gasté los dos soles en una muchacha llamada Eutimia, así era el nombre,
que una noche se dejó coger entre los alisos de la quebrada. Eso me duró.
En adelante no me cobró ya nada y si antes me recibió los dos soles, fue de
pobre que era.
En la carpintería las cosas siguieron como siempre. A veces hacíamos
un baúl o una mesita o dos o tres sillas en un mes. Como siempre, es un decir.
Mi padre trabajaba a disgusto. Antes lo había visto yo gozarse puliendo y
charolando cualquier obrita y le quedaba muy vistosa. Después ya no le
importó y como que salía del paso con un poco de lija. Hasta que al fin
llegaba el encargo de otro cajón de muerto, que era plato fuerte. Cobrábamos
generalmente diez soles. Dele otra vez a alegrarse mi padre, que solía decir:
“¡Se fregó otro bandido, diez soles!”, y a trabajar duro él y yo, y a rezar mi
madre y a sentir alivio hasta por las [Link] ahí acababa todo. ¿Eso
es vida? Como muchacho que era, me disgustaba que en esa vida estuviera
mezclada tanto la muerte.
La cosa fue más triste cada vez. En las noches, a eso de las tres o
cuatro de la madrugada, mi padre se echaba unas cuantas piedras bastante
grandes a los bolsillos, se sacaba los zapatos para no hacer bulla y caminaba
medio agazapado hacia la casa del alcalde. Tiraba las piedras, rápidamente,
a diferentes partes del techo, rompiendo las tejas. Luego volvía a la carrera y,
ya dentro de la casa, a oscuras, pues no encendía luz para evitar sospechas,
se reía, se reía. Su risa parecía a ratos el graznido de un animal. A ratos

29
Antología literaria 5

era tan humana, tan desastrosamente humana, que me daba más pena
todavía. Se calmaba unos cuantos días con eso. Por otra parte, en la casa
del alcalde solían vigilar. Como había hecho incontables chanchadas, no
sabían a quién echarle la culpa de las piedras. Cuando mi padre deducía que
se habían cansado de vigilar, volvía a romper tejas. Llegó a ser un experto
en la materia. Luego rompió tejas de las casas del juez, del subprefecto, del
alférez de gendarmes, del Síndico de Gastos. Calculadamente, rompió las
de las casas de otros notables, para que si querían deducir, se confundieran.
Los ocho gendarmes del pueblo salieron en ronda muchas noches, en grupos
y solos, y nunca pudieron atrapar a mi padre. Se había vuelto un artista
de la rotura de tejas. De mañana salía a pasear por el pueblo para darse
el gusto de ver que los sirvientes de las casas que atacaba subían con tejas
nuevas a reemplazar las rotas. Si llovía, era mejor para mi padre. Entonces
atacaba la casa de quien odiaba más, el alcalde, para que el agua la dañara
o, al caerles, los molestara a él y su familia. Llegó a decir que les metía
el agua a los dormitorios, de lo bien que calculaba las pedradas. Era poco
probable que pudiese calcular tan exactamente en la oscuridad, pero él
pensaba que lo hacía, por darse el gusto de pensarlo.
El alcalde murió de un momento a otro. Unos decían que de un atracón
de carne de chancho y otros que de las cóleras que le daban sus enemigos. Mi
padre fue llamado para que le hiciera el cajón y me llevó a tomar las medidas
con un cordel. El cadáver era grande y gordo. Había que verle la cara a mi
padre contemplando el muerto. Él parecía la muerte. Cobró cincuenta soles,
adelantados, uno sobre otro. Como le reclamaron el precio, dijo que el cajón
tenía que ser muy grande, pues el cadáver también lo era y además gordo,
lo cual demostraba que el alcalde comió bien. Hicimos el cajón a la diabla. A
la hora del entierro, mi padre contemplaba desde el corredor cuando metían
el cajón al hoyo, y decía: “Come la tierra que me quitaste, condenado; come,
come”. Y reía con esa su risa horrible. En adelante, dio preferencia en la
rotura de tejas a la casa del juez y decía que esperaba verlo entrar al hoyo
también, lo mismo que a los otros mandones. Su vida era odiar y pensar en
la muerte. Mi madre se consolaba rezando. Yo, tomando a Eutimia en el
alisar de la quebrada. Pero me dolía muy hondo que hubieran derrumbado
así a mi padre. Antes de que lo despojaran, su vida era amar a su mujer y
su hijo, servir a sus amigos y defender a quien lo necesitara. Quería a su
patria. A fuerza de injusticia y desamparo, lo habían derrumbado.
Mi madre le dio esperanza con el nuevo alcalde. Fue como si mi padre
sanara de pronto. Eso duró dos días. El nuevo alcalde le dijo también que
no había plata para pagarle. Además, que abusó cobrando cincuenta soles
por un cajón de muerto y que era un agitador del pueblo. Como se lo quisiera

30
Antología literaria 5

tomar, esto ya no tenía ni apariencia de verdad. Hacía años que las gentes,
sabiendo a mi padre en desgracia con las autoridades, no iban por la casa
para que las defendiera. Con este motivo ni se asomaban. Mi padre le gritó
al nuevo alcalde, se puso furioso y lo metieron quince días en la cárcel,
por desacato. Cuando salió, le aconsejaron que fuera con mi madre a darle
satisfacciones al alcalde, que le lloraran ambos y le suplicaran el pago. Mi
padre se puso a clamar: “¡Eso nunca! ¿Por qué quieren humillarme? ¡La
justicia no es limosna! ¡Pido justicia!”. Al poco tiempo, mi padre murió.

Glosario

• alisos: Tipo de árbol.


• blandir: “Mover con la mano algo, especialmente un arma, con
movimiento trémulo o vibratorio” (Real Academia Española, s. f.,
definición 1).
• fraguar: “Forjar metales. Idear, discurrir, trazar la disposicón de algo”
(Real Academia Española, s. f., definiciones 1 y 2).
• mermar: “Hacer que algo disminuya o quitar a alguien parte de cierta
cantidad que le corresponde” (Real Academia Española, s. f., definición
1).
• postillón: “Mozo que iba a caballo, bien delante de las postas para
guiar a los caminantes, bien delante de un tiro para conducir al ganado”
(Real Academia Española, s. f., definición 1).
• tagarote: “Persona adinerada y muy relacionada social y políticamente,
que suele adoptar una actitud avasalladora con los demás” (Asociación
de Academias de la Lengua Español, s. f., definición 1).

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del cuento de Ciro Alegría, responde:


1. ¿Quién cuenta la historia de Calixto Garmendia?
2. ¿Cómo son Calixto Garmendia y su hijo?

31
Antología literaria 5

3. ¿Qué imagen de país nos brinda el autor a través del protagonista de esta
historia?
4. Pensando en tu propia experiencia, ¿qué luchas de tus padres te
acompañan? ¿Cómo te vinculas con ellas?
5. “El día que el Perú tenga justicia será grande”, dice Calixto Garmendia.
Es una aspiración. Tomando en cuenta las noticias que conoces sobre
las diversas problemáticas sociales, económicas y culturales que afronta
nuestro país, ¿qué crees que diría hoy el personaje central de este cuento?
Imagina que lo entrevistan en la radio o en la televisión; luego, escribe tu
intervención.

Coordenadas literarias

Datos del autor


Ciro Alegría nació en 1909 en
Sartimbamba, La Libertad, Perú.
Fue uno de los novelistas más
importantes de nuestro país, con
obras emblemáticas como La
serpiente de oro y El mundo es
ancho y ajeno.

Contexto
Esta historia refleja las luchas y tensiones de los campesinos frente a la
explotación e injusticia, así como la resistencia de los personajes ante las
condiciones adversas de la vida en los Andes peruanos.

32
Antología literaria 5

A tener en cuenta en tu viaje literario


En este cuento se usa la técnica llamada “cajas chinas”, que consiste en poner una
historia dentro de otra (también puede ser un diálogo o un escrito).

Para tener un buen viaje literario


Subraya aquellas partes que muestran un escenario histórico y social de injusticia
en el Perú. Esto es clave para entender el cuento.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡Seguimos en el Perú!

33
Antología literaria 5

FUTURO
ANUNCIADO
Giovanna Pollarolo
(peruana)

Reverendas madres
el reverendo padre
la comunidad toda
de las Hijas de santa Ana
no se cansaron nunca de repetirnos
que éramos el futuro
las esposas y madres del mañana
las esposas de los conductores de la Patria
las madres de los futuros conductores
de la Patria.
Dios nos había elegido
¡he ahí el privilegio!
para tan grande y difícil misión.

34
Antología literaria 5

Glosario
• Santa Ana: Madre de la Virgen María. Hace referencia a la patrona de
las madres y mujeres embarazadas. Es también patrona de los abuelos.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del poema de Giovanna Pollarolo, responde lo siguiente:


1. ¿De qué habla este poema? ¿Por qué la autora habría elegido ese título?
2. ¿Qué imágenes vinieron a tu mente mientras lo leías?
3. ¿Qué palabras o versos te impactaron?, ¿por qué?
4. ¿Qué imagen o idea de la condición de la mujer evoca el texto?
5. Según el poema, el destino de las mujeres pareciera ya determinado.
¿Qué tendría que ver lo religioso con esta idea?
6. ¿Cómo sería un mundo distinto del que se describe en el poema? Dibuja
lo que te imaginas, o haz un collage con imágenes de publicaciones
físicas o virtuales, y ponle un título creativo e impactante.

Coordenadas literarias

Datos de la autora
Giovanna Pollarolo nació en
Tacna, Perú, en 1952. Es poeta,
narradora y ensayista. Se dedicó
también al periodismo, la
docencia y la escritura de guiones
cinematográficos.

Contexto
En los años ochenta del siglo XX se publicaron en el Perú varios libros que
abordaban la subjetividad femenina. Pollarolo escribió textos en esa línea,
utilizando un lenguaje sencillo y un tono confesional que muestra la intimidad
de las mujeres y las tensiones que surgen en los roles tradicionales que se les
asignan.

35
Antología literaria 5

A tener en cuenta en tu viaje literario


La poesía confesional explora temas como las emociones, las relaciones afectivas
y los conflictos internos, utilizando un tono confidencial y autobiográfico. Este
estilo fue predominante en la poesía estadounidense de las décadas de 1950 y
1960, con figuras como Sylvia Plath, Anne Sexton y Robert Lowel.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡Seguimos en Perú!

36
Antología literaria 5

MATERNIDAD
ROCÍO SILVA SANTIESTEBAN
(peruana)

Para Sol

Descansa mi cuerpo sobre la cama.


Entre los dedos cojo algo de mentol
y lo huelo, con discreción.
Los movimientos se hacen torpes
y el mundo
lento.
Con la mano cóncava toco mi vientre.
Acaricio las estrías, se torna duro
y la hinchazón parece tender a estirarlo.
Este cuerpo viejo quiere reventar
de calambres y dolores.
Este cuerpo,
antigua habitación de desencuentros,
se agita e intenta inútilmente prolongar,
pequeña mía,
este tiempo en que somos
una sola.

37
Antología literaria 5

Glosario

• mentol: Es usado por algunas mujeres como calmante o relajante


durante el embarazo.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del poema de Rocío Silva Santisteban, responde lo


siguiente:
1. ¿Cuál es la idea central de este poema?
2. ¿Qué recuerdos o imágenes vinieron a tu mente mientras lo leías? ¿Te
gustaron? ¿Qué sensaciones te produjeron?
3. ¿Qué palabras o versos te llamaron más la atención?, ¿por qué?
4. ¿Cómo nos invita a ver este texto el proceso de la maternidad?
5. En el poema se señala que el cuerpo de una mujer es “una antigua
habitación de desencuentros” y que, por un breve tiempo, madre e hija
son “una sola”. ¿Qué quieren decir estas imágenes?

38
Antología literaria 5

Coordenadas literarias

Datos de la autora
Rocío Silva Santisteban nació en
Lima, Perú, en 1963. Es poeta y
narradora, además de abogada,
periodista, profesora y política.

Contexto
Silva Santisteban pertenece al grupo de autoras que, en los años ochenta del
siglo XX, se dedicaron a indagar la subjetividad femenina en el Perú. En el poema
aparecen temas como el cuerpo, la maternidad y el paso del tiempo.

Información útil para tu viaje


En este poema, así como en otros, se emplea el encabalgamiento. Esta figura
retórica consiste en no terminar un enunciado al final del verso, sino en el siguiente;
es decir, las frases van “a caballo” entre dos versos. Un ejemplo sería “Volverán las
oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar…” (Bécquer).

Para tener un buen viaje literario


En este poema, hay varias palabras asociadas a la religiosidad: reverendos y
reverendas, Hijas de Santa Ana, Dios, comunidad, misión. Relaciónalas para que
puedas tener una mejor comprensión del texto.

39
Antología literaria 5

Conexión para la próxima escala


1. La temática de este bloque se basa en las relaciones familiares. En los
textos que has leído se describe una variedad de emociones y sentimientos
puestos en juego y provocados por diferentes eventos. En ellos, la figura de
padres de familia e hijos adquiere matices y realiza acciones que pueden ser
consideradas heroicas, amorosas o reprobables, con diferentes desenlaces.
Elige tres de los textos leídos y compáralos. Este cotejo debe realizarse según
los criterios de las motivaciones que impulsan a los personajes, los ambientes
en los que se enmarcan sus historias y las acciones que se desarrollan. Al
final, te proponemos que, a partir de este ejercicio, la razón principal que, en
tu opinión, generen las acciones de los personajes respecto a las relaciones
familiares.
2. Es muy probable que, en el futuro, te conviertas en padre o madre de familia, o
que tengas que desempeñar ese rol. Considerando las historias y los poemas
leídos, haz una lista de cinco situaciones o experiencias que te gustaría vivir
con tu hijo o hija y menciona por qué crees que resultarán importantes para
ambos.

40
Antología literaria 5

41
Antología literaria 5

FRACTURA Y CRISIS DE IDENTIDAD


Preparémonos para iniciar un viaje literario por diversas
partes del mundo.
¡Comencemos ahora!

Situación

Luisa ha cambiado mucho en el último año. Durante un tiempo estuvo


muy seria y vestía ropa discreta o formal; en otro momento, por el
contrario, se la notó más extrovertida, con ropa extravagante y el
cabello pintado de un color llamativo. Esos cambios surgieron porque
los vio en otros y le gustaron, o por impulsos que tenían que ver con
sus estados de ánimo. Muchos la critican, pero a ella no le importa.
Los únicos comentarios que sí la afectan son los que le hace su mamá.
Justamente, el día de ayer, su madre, con cara de molestia, le dijo: “Ya
tienes quince años y no sabes quién eres”. Esa frase quedó retumbando
en su cabeza. Tanto, que se la comentó a Lena, su única amiga. Ella le
dijo: “Mira, no eres la única. Léete estos cuentos que estamos viendo
en el cole”. Al principio, Luisa no le hizo caso, pero un día en el que no
tenía nada que hacer empezó a leer y fue capturada por ellos.

42
Antología literaria 5

Presentación de los textos literarios


Para iniciar esta travesía literaria, revisa los textos que conocerás en este viaje.

ÁNGEL DE OCONGATE
Edgardo Rivera Martínez

ROSAMUNDA
Carmen Laforet

“AUSENCIA”
Cristina Fernández Cubas

¡Planifiquemos nuestro viaje literario!


Organiza tu itinerario de viaje. Para ello, revisa los textos, elige las estampillas y
colócalas en tu pasaporte literario de acuerdo con las escalas que hayas establecido
para su lectura.

43
Antología literaria 5

ÁNGEL DE OCONGATE
EDGARDO RIVERA MARTÍNEZ
(peruano)

Quién soy yo sino apagada sombra en el atrio de una capilla en ruinas, en


medio de una puna inmensa. Por instantes silba el viento, pero después regresa
todo a su quietud. Hora incierta, gris, al pie de ese agrietado imafronte. En
ella es más ansioso y febril mi soliloquio. Y cuán extraña mi figura —ave, ave
negra que inmóvil reflexiona. Esclavina de paño y seda sobre los hombros, tan
gastada, y, sin embargo, espléndida. Sombrero de abolido plumaje, y jubón,
camisa de lienzo y blondas. Exornado tahalí. Todo en harapos y tan absurdo.
¿Cómo no habían de asombrarse los que por primera vez me vieron? ¿Cómo no
iban a pensar en un danzante que andaba extraviado en la meseta? Decían,
en lengua de sus ayllus: “¿Quién será? ¿De qué baile será el ropaje? ¿Dónde
habrá danzado?”. Y los que se topaban conmigo preguntaban: “¿Cómo te
llamas? ¿Cuál es tu pueblo?”. Y como yo callaba y advertían el raro fulgor de
mis pupilas, y mi abstraimiento, mi melancolía, acabaron por considerar que
había perdido el juicio y la memoria, quizás por el frenesí de la danza misma
en la que había participado. Y comentaban: “No recuerda ni a su padre ni
a su madre ni la tierra donde vino al mundo. Y nadie tal vez lo busca...”. Se
santiguaban las ancianas al verme, y las muchachas se lamentaban: “Joven
y hermoso es, y tan triste...”. Y así, por obra de esa supuesta insania, y de mi
gravedad, de mi apariencia, se acrecentó la sensación de extrañeza que mi
presencia provocaba. Una sensación tan acusada que por fuerza excluyó toda
posibilidad de burla. Hubo incluso pastores que, movidos por un temor mágico,
ponían a mi alcance bolsitas de coca, en calidad de ofrenda. Y como nadie me
oyó hablar nunca, ni articular siquiera un monosílabo, se concluyó que había
perdido también el uso de la palabra. Era comprensible tal pensamiento pues
solo a mí mismo me dirijo en una fluencia razonada que no se traduce ni en el
más leve movimiento de mis labios. Solo a mí, en una continuidad silenciosa
ya que una tenaz resistencia interna me impide toda forma de comunicación
y todo intento de diálogo. Y así es mejor, sin duda. Sea como fuere esa imagen

44
Antología literaria 5

de forastero enajenado y mudo, que se difundió con gran rapidez, redundó


en beneficio de mi libertad, porque no ha habido gobernadores ni varayocs
que me detuvieran por deambular como lo hago. Compartían más bien esa
mezcla de sorpresa, temor y compasión que experimentaban frente a mí sus
paisanos. Sobre unos y otros pesaban, además, creencias ancestrales, por cuya
virtud mi “locura” adquiría una dignidad casi sobrenatural. ¡Mi demencia!
No me ha incomodado, en ningún momento, el rumor que al respecto se
expandió, pero de cuando en cuando me asediaba la duda. ¿Y si a pesar de
todo era verdad aquello? ¿Si realmente fui danzante y olvidé todo? ¿Si alguna
vez tuve un nombre, una casa, una familia? Inquieto, me acercaba a los
manantiales y me observaba. Tan cetrino mi rostro, y velado siempre por un
halo fúnebre. Idéntico siempre a mí mismo, en su adustez, en su hermetismo.
Me contemplaba, y tenía la seguridad de que jamás había desvariado, y de
que jamás tampoco fui bailante. Certeza puramente intuitiva, pero no por
ello menos vigorosa. Mas entonces, si nunca se extravió mi espíritu, ¿cómo
entender la taciturna corriente que me absorbe? ¿Cómo explicar mi atavío y la
obstinación con la que a él me aferro? ¿Por qué esa vaga desazón ante el lago?
No, no podía responder a esas preguntas, y era vano así mismo encontrar
una justificación para unas manos tan blancas y un hablar que no es de
misti ni de campesino. Y más inútil aún tratar de contestar a la interrogación
fundamental: ¿quién soy, entonces? Era como si en un punto interminable del
pasado hubiese surgido yo de la nada, vestido ya como estoy, y balbuceando,
angustiándome. Errante ya y ajeno a juventud, amor, familia. Encerrado en
mí mismo y sin acordarme de un principio ni avizorar un fin. Iba, pues, por
los caminos y los páramos, sin dormir ni un momento ni hacer alto por más de
un día. Absorto en mi monólogo, aunque ayudase a un viajero bajo la lluvia,
a una mujer con sus hijos, a un pongo moribundo. Concurría a los pueblos en
fiesta, y escuché con temerosa esperanza la música de las quenas y los sicuris,
y miré una tras de otra las cuadrillas, sobre todo las que venían de muy lejos,
y en especial las de Copacabana, de Oruro, de Zepita, de Combapata. Me
conmovían sus interpretaciones, mas no reconocí jamás una cadencia ni hallé
un atuendo que se asemejara al mío. Transcurrieron así los meses y los años y
todo habría continuado de esa manera si el azar —¿el azar, realmente? no me
hubiera conducido al tambo de Raurac. No había nadie sino un hombre viejo
que descansaba, que me observó con atención. Me habló de pronto y dijo, en un
quechua que me pareció muy antiguo: “Eres el bailante sin memoria. Eres él,
y hace mucho que caminas. Anda a la capilla de la Santa Cruz, en la pampa
de Ocongate. ¡Anda y mira!”. Tomé nota de su insistencia, y a la mañana
siguiente, muy temprano, me puse en marcha. Y así, al cabo de tres jornadas,
llegué a este santuario abandonado, del que apenas si quedan la fachada y

45
Antología literaria 5

los pilares. Vine al atrio y a poco mis ojos se posaron en el friso aquel, entre
los arcos. Allí, en la losa quebrada otrora por un rayo, hay cuatro figuras
en relieve. Cuatro figuras danzantes. Visten esclavina, jubón, sombrero de
plumas, tahalí, botas. Y no representan devotos ni santos sino ángeles como
los que aparecen en los cuadros de Pomata y del Cuzco. Son cuatro, mas el
último fue alcanzado por la centella y solo quedan los contornos de su cuerpo
y las líneas de las alas y el plumaje. Cuatro ángeles, al pie de esa floración
de hojas, arabescos, frutos. ¿Qué baile es el que danzan? ¿Qué música la que
siguen? ¿Es un acto de celebración y de alegría? Los contemplo, en el silencio
glacial y terrible de este sitio, y me detengo en la silueta vacía del ausente.
Cierro después los ojos. Sí, solo una sombra soy, apagada sombra. Y ave, ave
negra que no sabrá nunca la razón de su caída. En silencio, siempre, siempre
y sin término la soledad, el crepúsculo, el exilio…

Glosario

• esclavina: Capa corta que se lleva suelta sobre otras prendas o que va
cosida al cuello de una prenda larga, generalmente de abrigo.
• imafronte: Fachada que se levanta a los pies de una iglesia o templo.
• jubón: Prenda de vestir ajustada, con o sin mangas, que cubre el tronco
del cuerpo hasta la cintura.
• Ocongate: Uno de los doce distritos de la provincia de Quispicanchi,
ubicada en el departamento del Cusco, Perú.
• tahalí: Tirante que cruza el pecho y la espalda desde el hombro hasta
el lado opuesto de la cintura. Sirve para sostener la espada o el tambor.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del cuento de Edgardo Rivera Martínez, responde lo


siguiente:
1. ¿Quién narra esta historia? ¿Desde qué lugar lo hace?
2. ¿Cómo se siente por no saber quién es ni de dónde viene?
3. Este relato está escrito con un lenguaje poético y palabras poco usuales
en el habla común. ¿Por qué crees que es así?

46
Antología literaria 5

4. ¿Qué significado crees que pueda tener que el narrador sea un “ángel
caído”? Busca información sobre el origen de la idea “ángel caído”.
5. Dibuja cómo te imaginas al Ángel de Ocongate.

Coordenadas literarias

Datos del autor


Edgardo Rivera Martínez nació en
1933, en Jauja, Perú. Fue escritor y
docente universitario. Son de su autoría
numerosos trabajos de investigación,
particularmente sobre viajeros y
literatura de viajes en el Perú.

Contexto
En este cuento se reflejan las tensiones entre el mundo andino y el mundo
occidental, tema que el autor aborda en buena parte de su obra. Quien encarna
este conflicto es un ser humanizado que emprende un viaje en busca de su
identidad.

Para tener en cuenta en el viaje literario


El narrador-protagonista realiza un recorrido de ida y vuelta. Apunta, en orden
secuencial, los lugares que visitó.

47
Antología literaria 5

Información útil para tu viaje


Este cuento está escrito en forma de monólogo narrativo: un discurso en primera
persona en el que un personaje o narrador expone sus pensamientos, sentimientos
o recuerdos, es decir, expresa su mundo interior.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡España nos espera!

48
Antología literaria 5

ROSAMUNDA
CARMEN LAFORET
(española)

E
staba amaneciendo, al fin. El departamento de tercera clase olía
a cansancio, a tabaco y a botas de soldado. Ahora se salía de la
noche como de un gran túnel y se podía ver a la gente acurrucada,
dormidos hombres y mujeres en sus asientos duros. Era aquel
un incómodo vagón-tranvía, con el pasillo atestado de cestas y
maletas. Por las ventanillas se veía el campo y la raya plateada del mar.
Rosamunda se despertó. Todavía se hizo una ilusión placentera al ver la
luz entre sus pestañas semicerradas. Luego comprobó que su cabeza colgaba
hacia atrás, apoyada en el respaldo del asiento y que tenía la boca seca
de llevarla abierta. Se rehízo, enderezándose. Le dolía el cuello —su largo
cuello marchito—. Echó una mirada a su alrededor y se sintió aliviada al
ver que dormían sus compañeros de viaje. Sintió ganas de estirar las piernas
entumecidas —el tren traqueteaba, pitaba—. Salió con grandes precauciones,
para no despertar, para no molestar, “con pasos de hada” —pensó—, hasta
la plataforma.
El día era glorioso. Apenas se notaba el frío del amanecer. Se veía el
mar entre naranjos. Ella se quedó como hipnotizada por el profundo verde de
los árboles, por el claro horizonte de agua.
—”Los odiados, odiados naranjos... Las odiadas palmeras... El
maravilloso mar...”.
—¿Qué decía usted?
—A su lado estaba un soldadillo. Un muchachito pálido. Parecía bien
educado. Se parecía a su hijo. A un hijo suyo que se había muerto. No al que
vivía; al que vivía, no, de ninguna manera.
—No sé si será usted capaz de entenderme —dijo, con cierta altivez—.
Estaba recordando unos versos míos. Pero si usted quiere, no tengo
inconveniente en recitar...
El muchacho estaba asombrado. Veía a una mujer ya mayor, flaca, con

49
Antología literaria 5

profundas ojeras. El cabello oxigenado, el traje de color verde, muy viejo.


Los pies calzados en unas viejas zapatillas de baile..., sí, unas asombrosas
zapatillas de baile, color de plata, y en el pelo una cinta plateada también,
atada con un lacito... Hacía mucho que él la observaba.
—¿Qué decide usted? —preguntó Rosamunda, impaciente—. ¿Le gusta
o no oír recitar?
—Sí, a mí...
El muchacho no se reía porque le daba pena mirarla. Quizá más tarde se
reiría. Además, él tenía interés porque era joven, curioso. Había visto pocas
cosas en su vida y deseaba conocer más. Aquello era una aventura. Miró a
Rosamunda y la vio soñadora. Entornaba los ojos azules. Miraba al mar.
—¡Qué difícil es la vida!
Aquella mujer era asombrosa. Ahora había dicho esto con los ojos llenos
de lágrimas.
—Si usted supiera, joven... Si usted supiera lo que este amanecer
significa para mí, me disculparía. Este correr hacia el Sur. Otra vez hacia
el Sur... Otra vez a mi casa. Otra vez a sentir ese ahogo de mi patio cerrado,
de la incomprensión de mi esposo... No se sonría usted, hijo mío; usted no
sabe nada de lo que puede ser la vida de una mujer como yo. Este tormento
infinito... Usted dirá que por qué le cuento todo esto, por qué tengo ganas
de hacer confidencias, yo, que soy de naturaleza reservada... Pues, porque
ahora mismo, al hablarle, me he dado cuenta de que tiene usted corazón y
sentimiento, y porque esto es mi confesión. Porque, después de usted, me
espera, como quien dice, la tumba... El no poder hablar ya a ningún ser
humano..., a ningún ser humano que me entienda.
Se calló, cansada, quizá, por un momento. El tren corría, corría... El
aire se iba haciendo cálido, dorado. Amenazaba un día terrible de calor.
—Voy a empezar a usted mi historia, pues creo que le interesa... Sí.
Figúrese usted una joven rubia, de grandes ojos azules, una joven apasionada
por el arte... De nombre, Rosamunda... Rosamunda, ¿ha oído?... Digo que si
ha oído mi nombre y qué le parece.
El soldado se ruborizó ante el tono imperioso.
—Me parece bien... bien.
—Rosamunda... —continuó ella, un poco vacilante. Su verdadero nombre
era Felisa; pero, no se sabe por qué, lo aborrecía. En su interior siempre había
sido Rosamunda, desde los tiempos de su adolescencia. Aquel Rosamunda se
había convertido en la fórmula mágica que la salvaba de la estrechez de su
casa, de la monotonía de sus horas; aquel Rosamunda convirtió al novio zafio
y colorado en un príncipe de leyenda. Rosamunda era para ella un nombre
amado, de calidades exquisitas... Pero ¿para qué explicar al joven tantas

50
Antología literaria 5

cosas?
—Rosamunda tenía un gran talento dramático. Llegó a actuar con
éxito brillante. Además, era poetisa. Tuvo ya cierta fama desde su juventud...
Imagínese, casi una niña, halagada, mimada por la vida y, de pronto, una
catástrofe... El amor... ¿Le he dicho a usted que era ella famosa? Tenía dieciséis
años apenas, pero la rodeaban por todas partes los admiradores. En uno de
los recitales de poesía, vio al hombre que causó su ruina. A... A mi marido,
pues Rosamunda, como usted comprenderá, soy yo. Me casé sin saber lo que
hacía, con un hombre brutal, sórdido y celoso. Me tuvo encerrada años y años.
¡Yo!... Aquella mariposa de oro que era yo... ¿Entiende?
(Sí, se había casado, si no a los dieciséis años, a los veintitrés; pero ¡al fin
y al cabo!... Y era verdad que le había conocido un día que recitó versos suyos
en casa de una amiga. Él era carnicero. Pero, a este muchacho, ¿se le podían
contar las cosas así? Lo cierto era aquel sufrimiento suyo, de tantos años. No
había podido ni recitar un solo verso, ni aludir a sus pasados éxitos —éxitos
quizás inventados, ya que no se acordaba bien; pero...—. Su mismo hijo solía
decirle que se volvería loca de pensar y llorar tanto. Era peor esto que las
palizas y los gritos de él cuando llegaba borracho. No tuvo a nadie más que al
hijo aquel, porque las hijas fueron descaradas y necias, y se reían de ella, y el
otro hijo, igual que su marido, había intentado hasta encerrarla.)
—Tuve un hijo único. Un solo hijo. ¿Se da cuenta? Le puse Florisel...
Crecía delgadito, pálido, así como usted. Por eso quizá le cuento a usted estas
cosas. Yo le contaba mi magnífica vida anterior. Solo él sabía que conservaba
un traje de gasa, todos mis collares... Y él me escuchaba, me escuchaba...
como usted ahora, embobado.
Rosamunda sonrió. Sí, el joven la escuchaba absorto.
—Este hijo se me murió. Yo no lo pude resistir... Él era lo único que me
ataba a aquella casa. Tuve un arranque, cogí mis maletas y me volví a la gran
ciudad de mi juventud y de mis éxitos... ¡Ay! He pasado unos días maravillosos
y amargos. Fui acogida con entusiasmo, aclamada de nuevo por el público, de
nuevo adorada... ¿Comprende mi tragedia? Porque mi marido, al enterarse de
esto, empezó a escribirme cartas tristes y desgarradoras: no podía vivir sin
mí. No puede, el pobre. Además, es el padre de Florisel, y el recuerdo del hijo
perdido estaba en el fondo de todos mis triunfos, amargándome.
El muchacho veía animarse por momentos a aquella figura flaca y
estrafalaria que era la mujer. Habló mucho. Evocó un hotel fantástico, el lujo
derrochado en el teatro el día de su “reaparición”; evocó ovaciones delirantes
y su propia figura, una figura de “sílfide cansada”, recibiéndolas.
—Y, sin embargo, ahora vuelvo a mi deber... Repartí mi fortuna entre
los pobres y vuelvo al lado de mi marido como quien va a un sepulcro.

51
Antología literaria 5

Rosamunda volvió a quedarse triste. Sus pendientes eran largos, baratos;


la brisa los hacía ondular... Se sintió desdichada, muy “gran dama”... Había
olvidado aquellos terribles días sin pan en la ciudad grande. Las burlas de
sus amistades ante su traje de gasa, sus abalorios y sus proyectos fantásticos.
Había olvidado aquel largo comedor con mesas de pino cepillado, donde había
comido el pan de los pobres entre mendigos de broncas toses. Sus llantos, su
terror en el absoluto desamparo de tantas horas en que hasta los insultos de
su marido había echado de menos. Sus besos a aquella carta del marido en
que, en su estilo tosco y autoritario a la vez, recordando al hijo muerto, le
pedía perdón y la perdonaba.
El soldado se quedó mirándola. ¡Qué tipo más raro, Dios mío! No cabía
duda de que estaba loca la pobre... Ahora le sonreía... Le faltaban dos dientes.
El tren se iba deteniendo en una estación del camino. Era la hora del
desayuno, de la fonda de la estación venía un olor apetitoso... Rosamunda
miraba hacia los vendedores de rosquillas.
—¿Me permite usted convidarla, señora?
En la mente del soldadito empezaba a insinuarse una divertida historia.
¿Y si contara a sus amigos que había encontrado en el tren una mujer
estupenda y que...?
—¿Convidarme? Muy bien, joven... Quizá sea la última persona que me
convide... Y no me trate con tanto respeto, por favor. Puede usted llamarme
Rosamunda..., no he de enfadarme por eso.

52
Antología literaria 5

Glosario
• abalorio: Cuenta o bolita de vidrio perforada que sirve para hacer collares
y adornos parecidos.
• sílfide: Ninfa o espíritu elemental del aire en la mitología germánica. Mujer
que es muy bella y esbelta.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del cuento de Carmen Laforet, responde lo siguiente:


1. ¿Quién es Rosabunda y qué nos cuenta? ¿Dónde lo hace?
2. ¿Cuál es la actitud del soldado al escuchar su historia?
3. ¿Qué sensación te dejó el cuento?
4. Considerando las palabras con que se puede asociar, ¿qué crees que simboliza
el nombre de la protagonista?
5. La protagonista tiene una vida real y otra inventada. Descríbelas y compáralas.

Coordenadas literarias

Datos de la autora
Carmen Laforet nació en Barcelona,
España, en 1921. Fue cuentista, novelista,
ensayista y autora de libros de viaje.

Contexto
Este cuento fue escrito después de la Segunda Guerra Mundial, cuando en
España estaba gobernando Francisco Franco. Como en muchos países de Europa,
la protagonista se encuentra sumida en la ruina y la desolación, pero se las
ingenia para inventarse, a través de su propio relato, una vida distinta.

53
Antología literaria 5

Para tener en cuenta en el viaje literario


Subraya el lugar y el momento en que sucede la historia para comprenderla mejor.

Información útil para tu viaje


En este texto se presenta una historia dentro de otra; es decir, se usa la técnica
de la caja china.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡Seguimos en España!

54
Antología literaria 5

AUSENCIA
CRISTINA FERNÁNDEZ CUBAS
(española)

T
e sientes a gusto aquí. Estás en un café antiguo, de veladores
de mármol y camareros decrépitos, apurando un helado, viendo
pasar a la gente a través del cristal de la ventana, mirando de vez
en cuando el vetusto reloj de pared. Las once menos cuarto, las
once, las once y diez. Hasta que de pronto —y no puedes explicarte
cómo ha podido ocurrir— solo sabes que estás en un café antiguo, apurando
un helado, viendo pasar a la gente a través de los cristales y mirando de vez en
cuando hacia el reloj de pared. “¿Qué hago yo aquí?”, te sorprendes pensando.
Pero un sudor frío te hace notar que la pregunta es absurda, encubridora,
falsa. Porque lo que menos importa en este momento es recordar lo que estás
haciendo allí, sino algo mucho más sencillo. Saber quién eres tú.
Tú eres una mujer. De eso estás segura. Lo sabes antes de ladearte
ligeramente y contemplar tu imagen reflejada en la luna desgastada de
un espejo con el anuncio de un coñac francés. El rostro no te resulta ajeno,
tampoco familiar. Es un rostro que te mira asombrado, confuso, pero también
un rostro obediente, dispuesto a parpadear, a fruncir el ceño, a dejarse
acariciar las mejillas con solo que tú frunzas el ceño, parpadees o te pases,
no muy segura aún, una mano por la mejilla. Recuperas tu posición erguida
junto al velador de mármol y abres el bolso. Pero ¿se trata de tu bolso? Miras
a tu alrededor. Habrá solo unas cuatro o cinco mesas ocupadas que un par
de camareros atiende con una mezcla de ceremonia y desgana. El café, de
pronto, te recuerda un vagón restaurante de un expreso, pero no te paras a
pensar qué puedes saber tú de vagones restaurantes o de expresos. Vuelves
al bolso. El color del cuero hace juego con los zapatos. Luego, es tuyo. Y la
gabardina, que reposa en la silla de al lado, también, en buena lógica, debe
de ser tuya. Un papel arrugado, junto a la copa del helado y en el que se
leen unos números borrosos, te indica que ya has abonado la consumición. El
detalle te tranquiliza. Hurgas en el bolso y das con un neceser en el que se
apiñan lápices de labios, colorete, un cigarrillo deshecho... “Soy desordenada”,

55
Antología literaria 5

te dices. Abres un estuche plateado y te empolvas la nariz. Ahora tu rostro,


desde el minúsculo espejo, aparece más relajado, pero, curiosamente, te has
quedado detenida en la expresión “empolvarse la nariz”. Te suena ridícula,
anticuada, absurda. Cierras el neceser y te haces con la cartera. Ha llegado
el momento definitivo, y a punto estás de llamar al camarero y pedirle un
trago fuerte. Pero no te atreves. ¿Hablarán tu idioma? O mejor: ¿cuál es tu
idioma? ¿Cómo podrías afirmar que la luna del espejo en que te has mirado
por primera vez anuncia un coñac francés? Algo, dentro de ti, te avisa de
que estás equivocando el camino. No debes preguntarte más que lo esencial.
Estás en un café —no importa averiguar ahora cómo sabes que esto es un
café—, has tomado un helado, el reloj marca las once y diez, y no tienes la
menor idea de quién puedas ser tú. En estos casos —porque de repente te
parece como si estuvieras preparada para “estos casos”— lo mejor, decides, es
no perder la calma. Aspiras profundamente y abres la cartera.
Lo primero que encuentras es una tarjeta de crédito a nombre de Elena
Vila Gastón. El nombre no te resulta extraño, tampoco familiar. Después
un carnet de identidad con una foto que se te parece. El documento ha sido
expedido en el 87 y caduca diez años más tarde. ¿Qué edad tendrás tú? Y
también: ¿En qué año estamos? ¿Qué día es hoy? En uno de los ángulos del
café observas unas estanterías con periódicos y allí te diriges decidida. Hay
diarios en varios idiomas. Sin hacerte demasiadas preguntas escoges dos al
azar. El día varía, pero no el año. 1993. Regresas a tu velador junto a la
ventana, cotejas fechas y calculas. “Nacida en el 56. Luego, treinta y siete
años”. De nuevo una voz te pregunta cómo es que sabes contar y no te has
olvidado de los números. Pero no le prestas atención —no debes hacerlo— y
sigues buscando. En la cartera hay además algún dinero y otro carnet con
el número de socia de un club de gimnasia, de nuevo una dirección y un
teléfono. Al principio no caes en la cuenta de la importancia que significa tener
tu propio número de teléfono. Te has quedado sorprendida de que te guste
la gimnasia y también con la extraña sensación de que a este nombre que
aparece por tercera vez, Elena Vila Gastón, le falta algo. “Helena”, piensas,
“sí, me gustaría mucho más llamarme Helena”. Y entonces recuerdas —pero
no te detienes a meditar si “recordar” es el término adecuado— un juego, un
entretenimiento, una habilidad antigua. De pequeña solías ver las palabras,
los nombres, las frases. Las palabras tenían color. Unas brillaban más que
otras, algunas, muy pocas, aparecían adornadas con ribetes, con orlas. Elena
era de un color claro, luminoso. Pero Helena brillaba todavía más y tenía
ribetes. Como Ausencia. De pronto ves escrita la palabra “ausencia”. La
letra es picuda y está ligeramente inclinada hacia la derecha. “Ausencia”, te
dices. “Eso es lo que me está ocurriendo. Sufro una ausencia”. Y por un buen

56
Antología literaria 5

rato sigues con el juego. Café es marrón, Amalia, rojo, Alfonso, gris-plomo,
mesa, entre beige y amarillo. Intentas recordarte a ti, de pequeña, pero solo
alcanzas a ver la palabra “pequeña”, muy al fondo, en colores desvaídos y
letras borrosas. Repites Amalia, Alfonso... Y, por un instante, crees que estos
nombres significan algo.
Mecánicamente miras otra vez la foto del carnet de identidad y la
comparas con la imagen que te devuelve el espejito del estuche plateado.
Relees: “Nacida en Barcelona, 28 de mayo de 1956, hija de Alfonso y Amalia...”.
¿Estás empezando a recordar? ¿O Alfonso y Amalia, a los que al principio no
habías prestado atención, se han metido ahora en tu pensamiento y se trata
tan solo de un recuerdo inmediato, de hace apenas unos segundos? Murmuras
en voz baja: “Alfonso Vila, Amalia Gastón...”. Y entonces, de nuevo, te pones a
sudar. “Estás perdida”, te parece escuchar. “Ausente”. Sí, te hallas perdida y
ausente, pero —y aquí sientes de pronto, un conato de esperanza—, dispones
de un teléfono. Tu teléfono.
—¿Se encuentra bien? ¿Le ocurre algo?
Ahora te das cuenta de que las mesas han dejado de bailotear y la voz
del camarero ha logrado abrirse paso a través de un zumbido. Niegas con la
cabeza. Sonríes. Ignoras lo que ha podido ocurrir, pero no te importa.
—No es nada. Me he mareado un poco. Enseguida estaré bien.
Te has quedado admirada escuchando tu voz. En la vida, en tu vida
normal, sea cual sea, debes de ser una mujer de recursos. Tus palabras han
sonado amables, firmes, tranquilizadoras.
—Aún no es tiempo de helados —añade el camarero contemplando la
copa. Es un hombre mayor, casi un anciano—. Los helados para el verano y
un cafecito caliente para el invierno.
Le dices que tiene razón, pero solo piensas: “Estamos en invierno. En
invierno”. Te incorporas, coges la gabardina y el bolso, y preguntas dónde
está el servicio.
La encargada de los lavabos no se encuentra allí. Observas aliviada
una mesa recubierta con un tapete blanco, un cenicero vacío, un platito con
algunas monedas, un teléfono. Te mojas la cara y murmuras: “Elena”. Es
la cuarta vez que te contemplas ante un espejo y quizá, solo por eso, aquel
rostro empieza a resultarte familiar. “Elena”, en cambio, te sigue pareciendo
corto, incompleto, inacabado. Te pones la gabardina y te miras de nuevo. Es
una prenda de buen corte forrada de seda, muy agradable al tacto. “Debo de
ser rica”, te dices. “O por lo menos tengo gusto. O quizás acabo de robar la
gabardina en una tienda de lujo”. La palabra “robar” se te aparece color plomo
con tintes verduscos, pero casi enseguida deja paso a “número”. Número es
marrón —como “teléfono”, como “café”—, pero si dices “mi número”, el mi se

57
Antología literaria 5

te revela blanco, esperanzador, poderoso. Buscas unas monedas, descuelgas


el auricular y sabes que, como nada sabes, debes obrar con cautela.
Puedes impostar la voz, preguntar por Elena Vila Gastón, inventar
cualquier cosa a la hora de identificarte. “Ha salido. Volverá a las diez de la
noche. Está en el trabajo...”. Prestarás especial atención al tono empleado.
¿Cotidianeidad? ¿Sorpresa? ¿Alarma? Tal vez quien descuelgue el auricular
sea un niño (¿tienes tú hijos?), un adolescente, un hombre (¿estás casada?),
una chica de servicio. Eso sería lo mejor. Una chica de servicio. Te presentarás
como una prima, una amiga de infancia, la directora de una empresa. No
hará falta precisar de cuál. Un nombre extranjero, dicho de corrido. Insistirás
en que es importante localizar a Elena. Urgente. Y si escuchas: “Ya no vive
aquí. Se mudó hace tiempo”, te interesarás por los datos del nuevo domicilio.
O quizá —pero eso sería horroroso—: “Falleció hace diez años”. O también:
“Sí, enseguida se pone, ¿quién la llama?”. Porque ahora, aunque empieces a
sentirte segura de tu aspecto, no lo estás aún de tu identidad. Elena Vila,
murmuras. Y, sintiendo de nuevo el sudor frío, marcas el número, cuelgas,
vuelves a componerlo y tienes que jurarte a ti misma, seas quien seas, que
no vas a acobardarte ante la primera pista de peso que te ofrece el destino.
Además —y eso probablemente te infunde valor— el teléfono garantiza tu
invisibilidad. Aprietas la nariz con dos dedos y ensayas: “Oiga”.
El tercer timbre se corta con un clic metálico seguido de un silencio. No
tienes tiempo de pensar en nada. A los pocos segundos una voz femenina,
pausada, modulada, vocalizando como una locutora profesional, repite
el número que acabas de marcar, ruega que al escuchar la señal dejes tu
mensaje, y añade: “Gracias”. Te quedas un rato aún con el auricular en la
mano. Después cuelgas, vuelves a mojarte la cara frente al espejo y sales.
El camarero, partidario de los cafés en invierno y los helados en verano, te
alcanza cojeando en la puerta de la calle: “Se deja usted algo”, dice. Y te
tiende una revista. “Estaba a los pies de la silla. Se le debe de haber caído al
levantarse”. La coges como una autómata y musitas: “Gracias”. Pero no estás
pensando en si aquella revista es tuya, en el pequeño olvido, sino en la mujer
del teléfono. “Gracias”, repites. Y ahora tu voz suena débil, sin fuerzas. Tal
vez te llames Elena Vila Gastón, pero cuán distinta a la Elena Vila Gastón
—si es que era ella— que con una seguridad implacable te acaba de ordenar:
“Deje su mensaje”.
Andas unos cien metros, te detienes ante una iglesia y entras. No te
paras a pensar cómo sabes tú que aquello es una iglesia. Como antes, en el
café, no quieres preguntarte más que lo esencial. Estás en una iglesia, no te
cuesta ningún esfuerzo reconocer los rostros de los santos, y, aunque sigas sin
tener la menor idea de quién eres tú, piensas, tal vez solo para tranquilizarte,

58
Antología literaria 5

que lo que te ocurre es grave, pero que todavía podría ser peor. Te sientas en
uno de los bancos y te imaginas consternada, a ti, a Elena Vila, por ejemplo,
sabiendo perfectamente que tú eres Elena Vila, pero sin reconocer apenas
nada de tu entorno. Contemplando aterrorizada imágenes sangrientas, cruces,
clavos, coronas de espinas, cuerpos yacentes, sepulcros, monjas o frailes —pero
Elena no sabría siquiera lo que es una monja, lo que es un fraile— en actitud
suplicante, con los ojos en blanco, señalando estigmas y llagas con una mano,
mostrando en la otra la palma del martirio —tampoco Elena sabría lo que es
martirio—. Pero todo esto no es más que un absurdo. Algo que tan solo podría
sucederle a un habitante de otra galaxia, a un salvaje traído directamente de
la selva. Pero no a ti. Sabes perfectamente quiénes son, por qué están ahí. Y
no sientes miedo. Por eso te levantas del asiento y, amparada en la penumbra,
te acercas hasta un confesionario y esperas a que una anciana arrodillada
termine con la relación de sus pecados. Tú también te arrodillas. Dices: “Ave
María Purísima” y te quedas un momento en silencio. Ignoras si esta fórmula
que automáticamente han pronunciado tus labios sigue vigente. Adivinas
entonces que hace mucho que no te arrodillas en un confesionario y, por un
instante, te ves de pequeña, consigues verte de pequeña. Ya no es la palabra
—brillante, con ribetes—, sino tú misma hace treinta quizá más años. “He
dicho mentiras. Me he peleado con mis hermanas...”. El sacerdote debe de ser
sordo o ciego. O tal vez hace como que escucha y su mente está perdida en un
lugar lejano. Pero necesitas hablar, escuchar tu voz, y a falta de una lista de
pecados más acorde con tu edad, los inventas. Has cometido adulterio. Una,
dos, hasta quince veces. Has atracado un banco. Has robado en una tienda
la gabardina forrada de seda. Hablas despacio, preguntándote en secreto si
no estarás dando rienda suelta a un montón de deseos ocultos. Pero tu voz,
lenta, pausada, te recuerda de repente a la de una locutora profesional, a la
de una actriz. Y entonces lo haces. Recitas un número cualquiera, luego otro y
otro. Después, cuando dices: “Deje su mensaje al escuchar la señal. Gracias”,
no te cabe ya la menor duda de que tú eres la mujer que antes ha respondido
al teléfono. Abandonas el confesionario precipitadamente, sin molestarte en
mirar hacia atrás y comprobar si el sacerdote es realmente sordo o ciego. O
ahora, asomado entre las cortinas de la portezuela, observa consternado tu
carrera.
El aire de la calle te hace bien. El reloj de la iglesia marca las once y
diez. Pero ¿es posible que sigan siendo las once y diez? Una amable transeúnte
observa tu confusión, mira hacia lo alto, menea la cabeza y te informa de que
el reloj de la iglesia no funciona desde hace años. “Son las tres”, añade. Es
agradable que alguien te hable con tanta naturalidad, a ti, la más desconocida
de las desconocidas. Avanzas unos pasos y, con inesperada felicidad, te

59
Antología literaria 5

detienes ante un rótulo. El nombre de la calle en la que te encuentras coincide


felizmente con el que figura en el carnet de identidad, en el de socia de un
club de gimnasia. “Tengo que ser valiente”, te dices. “Seguro que Elena Vila
es una mujer valiente”.
Las tres de la tarde es una hora buena, discreta. Supones que los
porteros —si es que el edificio cuenta con porteros— estarán encerrados en
su vivienda, almorzando, escuchando las noticias frente a un televisor, ajenos
a quien entre o salga del portal de la casa. En tu tarjeta de socia de un
club se indica que vives en el ático. Piensas: “Me gusta vivir en un ático”. El
espejo del ascensor te devuelve esa cara con la que ya te has familiarizado
y que ocultas ahora tras unas gafas oscuras que encuentras en el bolso. Sí,
prefieres vivir en un ático que en cualquier otro piso. Pero, en realidad, ¿eres
tan valiente? ¿Es Elena tan valiente?
No, no lo eres. Al llegar a tu destino y enfrentarte a una puerta de
madera, empiezas a temblar, a dudar, a plantearte un montón de posibilidades,
todas contradictorias, alarmantes. Tu mente trabaja a un ritmo vertiginoso.
Una voz benigna, que surge de dentro, intenta tranquilizarte. En los ojos
de la persona que te abra (recuerda: ella no puede ver los tuyos), en su
familiaridad, en el saludo, tal vez en su sorpresa, podrás leerte a ti misma,
saber el tiempo que llevas vagando por las calles, lo inhabitual o lo cotidiano
de tus ausencias. Una segunda voz te intranquiliza. Te estás metiendo en
la boca del lobo. Porque, ¿quién eres tú? ¿No hubiera sido mejor ponerte en
manos de un médico, acudir a un hospital, pedir ayuda al sacerdote? Has
llamado seis veces y nadie responde. No tardas en dar con el llavero y abrir.
Después de un titubeo, unos instantes en los que intentas darte ánimos, te
detienes. ¿Qué vas a encontrar aquí? ¿No será precisamente lo que hay aquí
la causa de tu huida, lo que no deseas recordar por nada del mundo?
A punto estás de abandonar, de correr escaleras abajo, de refugiarte
en la ignorancia, en la desmemoria. Pero has empujado la puerta, y la visión
del ático soleado te tranquiliza. Recorres las habitaciones una a una. El
desorden del dormitorio te recuerda al de tu neceser. El salón tiene algo de
tu gabardina, la prenda de buen corte que ahora, en un gesto impensado,
abandonas indolentemente sobre un sofá. Te sientes a gusto en la casa. La
recorres como si la conocieras. En la mesa de la cocina encuentras los restos
de un desayuno. El pan es blando —del día—, y no tienes más que recalentar
el café. Por un momento todo te parece un sueño. ¡Cómo te gustaría ser
Elena Vila, vivir en aquel ático, tener el rostro que te devuelven los espejos,
desayunar como ella está haciendo ahora, a las tres y media de la tarde, en
una cocina llena de sol!
Eres Elena Vila Gastón. Sabes dónde se encuentran los quesos, el

60
Antología literaria 5

azúcar, la mermelada. No dudas al abrir los cajones de los cubiertos, de los


manteles, de los trapos. Algunas fotografías enmarcadas te devuelven tu
imagen. Algo más joven. Una imagen que no te complace tanto como la que
se refleja en el espejo del baño, en el del salón, en el del dormitorio. Al cabo de
varias horas ya sabes mucho sobre ti misma. Has abierto armarios, álbumes
de fotografías, te has sentado en la mesa del estudio. Eres Elena —¿por qué
antes hubieras preferido Helena?, tienes treinta y siete años, vives en un ático
espacioso, soleado... Y no vives sola. En el álbum aparece constantemente
un hombre. Se llama Jorge. Sabes inmediatamente que se llama así, como si
de pronto las fotografías que ahora recorres ansiosa tuvieran una leyenda,
una nota al pie, un título. Reconoces países, situaciones. Te detienes ante
un grupo sonriente en la mesa de un restaurante y adivinas que aquella
cena resultó increíblemente larga y tediosa. Pero sobre todo te detienes en
Jorge. A Jorge le pasa como a ti. Está mejor en las fotos recientes que en
las antiguas. Sientes algo especial cada vez que das con su imagen. Como
cuando abres un armario y acaricias su ropa. En los álbumes no hay fotos
de boda. Pero ¿podrías imaginarte a ti, diez, quince años atrás, con un
traje de boda? No, decides. Yo no me he casado, y si lo he hecho, no ha
sido vestida de blanco. “Me horrorizaría haberme casado de blanco”. Pero
ya no estás imaginando, suponiendo. Desde hace un buen rato —desde
el mismo momento, quizás, en que te desprendiste de la gabardina, sin
darte cuenta, como si estuvieras en tu casa, como quien, después de un día
agitado, regresa al fin a su casa—, es tu propia mente la que se empeña
en disfrazar de descubrimiento lo que ya sabes, lo que vas reconociendo
poco a poco. Porque hay algo hermoso en este reencuentro, algo a lo que te
gustaría aferrarte, suspender en el tiempo, prolongar. Pero también está el
recuerdo de un malestar que ahora se entrecruza con tu felicidad, y que de
forma inconsciente arrinconas, retrasas, temes.
En el contestador hay varias llamadas. Una es un silencio que reconoces
tuyo, al otro lado del teléfono, en los lavabos de un bar, cuando no eras más
que una desconocida. Otra es del trabajo. De la redacción. De la misma
revista que esta mañana te ha devuelto el camarero —aquel pobre hombre,
tan mayor, tan cansado: “Se deja usted algo”— y a la que tú, enfrascada
en otros olvidos, ni siquiera has prestado atención. La última es de Jorge.
“Helena”, dice —o a ti, por lo menos, te ha parecido escuchar “Helena”—.
Jorge llegará mañana por la noche, y aunque, en aquel momento, te gustaría
que fuera ya mañana, decides que es mucho mejor así. Hasta en esto has
tenido suerte. Estabas disgustada, por tonterías, por nimiedades, como
siempre que emprende un viaje y llega más tarde de lo prometido... O tal
vez, simplemente, como siempre. Porque había algo más. El malestar que

61
Antología literaria 5

ya no tenía que ver solo con Jorge, sino con tu trabajo, con tu casa, contigo
misma. Una insatisfacción perenne, un desasosiego absurdo con los que has
estado conviviendo durante años y años. Quizá gran parte de tu vida. “Vila
Gastón”, oyes de pronto. Siempre en la luna... “¿Por qué no atiende a la
clase?”. Pero no hace falta remontarse a recuerdos tan antiguos. “Es inútil”
—y ahora es la voz de Jorge hace apenas unas semanas—. “Se diría que
solo eres feliz donde no estás...”. Y entonces comprendes que eres una mujer
afortunada. “Bendita Ausencia”, murmuras. Porque todo se lo debes a esa
oportuna, deliciosa, inexplicable ausencia. Esas horas que te han hecho
salir de ti misma y regresar, como si no te conocieras, como si te vieras por
primera vez.
La mesa de trabajo está llena de proyectos, dibujos, esbozos. Coges
un papel cualquiera y escribes “Ausencia” con letra picuda, ligeramente
inclinada hacia la derecha. Con ayuda de un rotulador la rodeas de un
aura. Nunca te desprenderás del papel, lo llevarás en la cartera allí a donde
vayas. Lo doblas cuidadosamente y, al hacerlo, te das cuenta de que el azar
no existe. Porque entre todas las posibilidades has ido a elegir precisamente
un papel de aguas. Miras las virutas: grises, marrones, violáceas. Así
estabas tú, en un mar de olas grises, marrones, violáceas, sobre el que
navega ahora tu tabla de salvación. Ausencia. Te notas cansada, agotada,
la noche ha caído ya, mañana te espera una jornada apretada. Pero en el
fondo te sientes como una recién nacida que no hace más que felicitarse por
su suerte. Cuando por fin te metes en la cama, es tarde, muy tarde, estás
exhausta y ya casi te has acostumbrado a tu felicidad.
El despertador interrumpe un crucero por aguas transparentes,
cálidas, apacibles. Remoloneas un rato más en la cama. Solo un rato.
Te encuetras aún en la cubierta de un barco, tumbada en una hamaca,
enumerando todo lo que debes hacer hoy, martes, día de montaje, como si
engañaras al sueño, como si ganaras tiempo desde el propio sueño. Siempre
te ocurre igual. Pero las manecillas del reloj siguen implacables su curso
y, como casi todas las mañanas, te sorprendes de que esos instantes que
creías ganados no sean más que minutos perdidos. En la mesilla de noche
una pequeña agenda de cuero verde te recuerda tus obligaciones. “A las
nueve montaje”; “Por la noche aeropuerto: Jorge”. Pasas por la ducha como
una exhalación, te vistes apresuradamente y, ya en la calle, te das cuenta
de que el día ha amanecido gris, el cielo presagia lluvia y únicamente para
el reloj de la iglesia la vida sigue empecinadamente detenida a las once y
diez. Como cada día. Aunque hoy, te dices, no es como cada día. Estás muy
dormida aún, inexplicablemente dormida. Pero también tranquila, alegre.
Por la noche irás al aeropuerto. Hace ya muchos años que no acudes al

62
Antología literaria 5

aeropuerto a buscar a Jorge. Te paras en un quiosco y compras el periódico,


como todas las mañanas. Pero ¿por qué lo has hecho hoy si esta mañana
no tiene nada que ver con la rutina de otras mañanas? Tienes prisa, no
dispondrás de un rato libre hasta la noche, ni tan siquiera te apetecerá
ojearlo en el aeropuerto. No encuentras monedas y abres la cartera. A las
quiosqueras nunca les ha gustado que les paguen con billetes de mil y la
que ahora te mira con la palma de la mano abierta no parece de humor.
Terminas por dar con lo que buscas, pero también con un papel doblado,
cuidadosamente doblado.
La visión de “Ausencia” te llena de un inesperado bienestar. Cierras
los ojos. Ausencia es blanca, brillante, con ribetes. Como Helena, como
aeropuerto, como nave... “Yo misma escribí esta palabra sobre este papel
de aguas. Antes de meterme en la cama, antes de soñar”. El trazo de las
letras se te antoja deliciosamente infantil (“infantil” es azulado. No podrías
precisar más: azulado) y por unos instantes te gustaría ser niña, no tener que
madrugar, que ir al trabajo. Aunque ¿no era precisamente este trabajo con
el que soñabas de niña? Sí, pero también soñabas con viajar. Embarcarte en
un crucero como el de esta noche. ¡Qué bien te sentaría ahora tumbarte en
una hamaca y dejar pasar indolentemente las horas, saboreando refrescos,
zumos exóticos, helados! Piensas “helado”, pero ya has llegado a la redacción,
llamas a tu ayudante y pides un café. “Estamos en invierno. Los helados
para el verano, el café para el invierno”. Y miras a la chica con simpatía.
Ella se sorprende. Tal vez no la has mirado nunca con simpatía. Aunque en
realidad te estás mirando a ti, a un remolino de frases que se abren paso
en tu mente aún soñolienta. Sonríes, abres la agenda y tachas “A las nueve
montaje”. La chica se ha quedado parada. Junto a la puerta. Dudando si
tras tu sonrisa se esconde una nueva petición, una orden. “Café”, repites.
“Un café doble”. Pero de repente su inmovilidad te contraría. Tú con un
montón de trabajo, con cantidad de sensaciones que no logras ordenar, y ella
inmóvil, ensimismada junto a la puerta. “¿Todavía estás ahí?”. La ayudante
ya ha reaccionado. Tu voz ha sonado áspera, apremiante, distanciándote
del remolino de pensamientos y voces en que te habías perdido hace un
rato. “Perdida”, dices. Pero la palabra no tiene color. Como tampoco lo que
hay escrito dentro de ese papel de aguas que ahora vuelves a desdoblar y
extiendes sobre la mesa. Virutas grises, marrones, violáceas...
Reclamas unos textos, protestas ante unas fotografías. Estás de mal
humor. Pero nadie en la redacción parece darse cuenta. Ni siquiera tú misma.
Tal vez sea siempre así. Tal vez tú, Elena Vila Gastón, seas siempre así.
Constantemente disgustada. Deseando ser otra en otro lugar. Sin apreciar
lo que tienes por lo que ensueñas. Ausente, una eterna e irremediable

63
Antología literaria 5

ausente que ahora vuelve sobre la agenda y tacha “Por la noche aeropuerto:
Jorge”. ¡Qué estupidez! ¿En qué estarías pensando? ¿Cómo se te pudo
ocurrir? Porque si algo tienes claro en esta mañana en la que te cuesta
tanto despertar, en la que a ratos te parece navegar aún por los trópicos
tumbada en una hamaca, es que tu vida ha sido siempre gris, marrón,
violácea, y que el día que ahora empieza no es sino otro día más. Un día
como tantos. Un día exactamente igual que otros tantos.

Glosario
• ático: Espacio que se encuentra debajo de la azotea o que oculta el inicio de
las techumbres o la cubierta de la fachada.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del cuento de Cristina Fernández Cubas, responde lo


siguiente:
1. ¿Quién narra esta historia? ¿De qué manera lo hace? ¿Tiene esta forma algún
efecto especial?
2. ¿Cómo se relaciona la protagonista con su pareja y su trabajo?
3. ¿Cuáles son los lugares que va recorriendo la protagonista y por qué crees
que va a ellos?
4. A partir de cierto momento del cuento, las cosas para la protagonista tendrán
un “color”, no siempre coincidente con el entorno. ¿Qué significado tiene
esto?
5. ¿Cómo interpretas el sentido del título?
6. La protagonista sueña con ser una persona distinta. ¿Te ha pasado que
quisieras ser otra persona en otro lugar? ¿Con qué vidas y lugares sueñas?
¿Te parece que, con estos deseos, dejas de valorar lo que realmente tienes?

64
Antología literaria 5

Coordenadas literarias

Datos de la autora
Cristina Fernández Cubas nació en
Barcelona, España, en 1945. Es una
escritora y periodista que destaca en
el relato breve, aunque también ha
publicado novelas, libros para niños,
obras de teatro, biografías y memorias.

Contexto
Los cuentos de Fernández Cubas se ubican en un contexto contemporáneo y
tienen como escenario a la ciudad. En este marco, y valiéndose de lo mejor de
la tradición fantástica, la autora crea personajes, principalmente mujeres, que
se enfrentan a situaciones inquietantes que provocan en el lector curiosidad y
extrañeza.

Para tener en cuenta en el viaje literario


En el cuento, la protagonista hace un recorrido por varios lugares, lo cual es
importante. Diseña un esquema de ese recorrido.

Información útil para tu viaje


En este texto, encontramos un narrador en segunda persona. Este recurso se
utiliza como una forma introspectiva de la primera persona. También se emplea
cuando, en el contexto de la historia, alguien se dirige al protagonista, es decir, le
habla directamente.

65
Antología literaria 5

Conexión para la próxima escala


1. En todo este bloque hemos reflexionado, sentido e imaginado en torno a temas
como la crisis de identidad y los proyectos de vida. Después de una relectura,
elabora un cuadro comparativo de los protagonistas de los tres cuentos leídos,
considerando los siguientes aspectos: ¿qué origina sus crisis de identidad?
¿Cuál es la otra realidad a la que aspiran? Comparte tus conclusiones con tus
compañeros en una tertulia.
2. Lee el siguiente poema y realiza las actividades:

El amor después del amor


Llegará el día
en que, exultante,
te vas a saludar a ti mismo al llegar
a tu propia puerta, en tu propio espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Otra vez amarás al extraño que fuiste para ti.
Dale vino. Dale pan. Devuélvele el corazón
a tu corazón, a ese extraño que te ha amado
toda tu vida, a quien ignoraste
por otro, y que te conoce de memoria.
Baja las cartas de amor de los estantes,
las fotos, las notas desesperadas,
arranca tu propia imagen del espejo.
Siéntate. Haz con tu vida un festín.

Derek Walcott

• El poema plantea que tenemos dos dimensiones o identidades: una ex-


terna y otra interna, o una falsa y otra verdadera, o una que pertenece al
pasado y otra al presente. Nos propone reconocernos en ambas dimensio-
nes y disfrutar de eso. Siguiendo la idea anterior, ¿qué te gustaría cambiar
de ti en el futuro y qué conservarías? Haz una lista y explica por qué.
• ¿Cómo te imaginas dentro de veinte años? Escribe un breve texto a mane-
ra de reseña autobiográfica.

66
Antología literaria 5

67
Antología literaria 5

IDENTIDAD HUMANA, DIVINO Y ANIMAL


Preparémonos para iniciar un viaje literario por diversas
partes del mundo.
¡Comencemos ahora!

Situación

La señora Elena es una anciana que vive sola. Tiene muchas plantas
y muchos gatos, a los que cuida con gran cariño y les habla como
si fueran personas. Pero eso no es lo que más llama la atención de
ella en el barrio. Cuando sale a la calle, se dirige al viento o al sol
como si fueran seres capaces de escucharla y atender sus halagos,
quejas o reflexiones. A veces, detiene su andar para hablar también
con los insectos que pululan a su alrededor. Muchos comentan que la
señora Elena , debido a la soledad, ha experimentado cambios en su
percepción de la realidad. Algunos, en cambio, creen que está muy
bien, pues se expresa de manera lúcida y hasta sabia, y consideran
que su actitud responde más bien a una forma mucho más rica y plena
de relacionarse con la naturaleza y los animales. ¿Tú qué piensas? Lee
estos cuentos antes de dar tu respuesta.

68 68
Antología literaria 5

Presentación de los textos literarios


Para iniciar esta travesía literaria, revisa los textos que conocerás durante este viaje:

LOS FUGITIVOS
Alejo Carpentier
SUIZA

UN HOMBRE LLAMADO ZIEGLER


Hermann Hesse
ALEMANIA

LA AGONÍA DE RASU-ÑITI
José María Arguedas
PERÚ

EL BÚHO QUE SE CONVIRTIÓ EN


SER HUMANO
PERÚ
Tradición oral chayahuita

¡Planifiquemos nuestro viaje literario!


Organiza tu itinerario de viaje. Para ello, revisa los textos, elige las estampillas y
colócalas en tu pasaporte literario de acuerdo con las escalas que hayas establecido
para su lectura.

69
Antología literaria 5

LOS FUGITIVOS
ALEJO CARPENTIER
(suizo)

E
l rastro moría al pie de un árbol. Cierto era que había un fuerte
olor a negro en el aire, cada vez que la brisa levantaba las
moscas que trabajaban en oquedades de frutas podridas. Pero el
perro —nunca le habían llamado sino Perro— estaba cansado.
Se revolcó entre las yerbas para desrizarse el lomo y aflojar
los músculos. Muy lejos, los gritos de los de la cuadrilla se perdían en el
atardecer. Seguía oliendo a negro. Tal vez el cimarrón estaba escondido
arriba, en alguna parte, a horcajadas sobre una rama, escuchando con los
ojos. Sin embargo, Perro no pensaba ya en la batida. Había otro olor ahí, en
la tierra vestida de bejuqueras que un próximo roce borraría tal vez para
siempre. Olor a hembra. Olor que Perro se prendía del lomo, retorciéndose
patas arriba, riendo por el colmillo, para llevarlo encima y poder alargar
una lengua demasiado corta hacia el hueco que separaba sus omóplatos.
Las sombras se hacían más húmedas. Perro se volteó, cayendo sobre
sus patas. Las campanas del ingenio, volando despacio, le enderezaron
las orejas. En el valle, la neblina y el humo eran una misma inmovilidad
azulosa sobre la que flotaban, cada vez más siluetadas, una chimenea de
ladrillos, un techo de grandes aleros, la torre de la iglesia, y las luces que
parecían encenderse en el fondo de un lago. Perro tenía hambre. Pero hacia
allá olía a hembra. A veces lo envolvía aún el olor a negro. Pero el olor de su
propio celo, llamado por el olor de otro celo, se imponía a todos los demás.
Las patas traseras de Perro se espigaron, haciéndole alargar el cuello. Su
vientre se hundía, al pie del costillar, en el ritmo de un jadeo corto y ansioso.
Las frutas, demasiado llenas de sol, caían aquí y allá con un ruido mojado,
esparciendo, a ras del suelo, efluvios de pulpas tibias.
Perro se echó a correr hacia el monte, con la cola gacha, como perseguido
por la tralla del mayoral, contrariando su propio sentido de orientación. Pero

70
Antología literaria 5

olía a hembra. Su hocico seguía una estela sinuosa que a veces se volvía
sobre sí misma, abandonaba el sendero, se intensificaba en las espinas de
un aromo, se perdía en las hojas demasiado agriadas por la fermentación,
y renacía, con inesperada fuerza, sobre un poco de tierra, recién barrida
por una cola. De pronto, Perro se desvió de la pista invisible, del hilo que
se torcía y destorcía, para arrojarse sobre un hurón. Con dos sacudidas
que sonaron a castañuela en un guante, le quebró la columna vertebral,
arrojándolo contra un tronco. Perro se detuvo de súbito, dejando una pata
en suspenso. Unos ladridos, muy lejanos, descendían de la montaña.
No eran los de la jauría del ingenio. El acento era distinto, mucho
más áspero y desgarrado, salido del fondo del gaznate, enronquecido por
fauces potentes. En alguna parte se libraba una batalla de machos que no
llevaban, como Perro, un collar con púas de cobre con una placa numerada.
Ante esas voces desconocidas, mucho más alobonadas que todo lo que hasta
entonces había oído, Perro tuvo miedo. Echó a correr en sentido inverso,
hasta que las plantas se pintaron de luna. Ya no olía a hembra. Olía a
negro. Y ahí estaba el negro, en efecto, con su calzón rayado, boca abajo,
dormido. Perro estuvo por arrojarse sobre él siguiendo una consigna
lanzada de madrugada, en medio de un gran revuelo de látigos, allá donde
había calderos y literas de paja. Pero arriba, no se sabía dónde, proseguía
la pelea de los machos. Al lado del cimarrón quedaban huesos de costillas
roídas. Perro se acercó lentamente, con las orejas desconfiadas, decidido
a arrebatar a las hormigas algún sabor de carne. Además, aquellos otros
perros de un ladrar tan feroz lo asustaban. Más valía permanecer, por
ahora, al lado del hombre. Y escuchar. El viento del sur, sin embargo, acabó
por llevarse la amenaza. Perro dio tres vueltas sobre sí mismo y se ovilló,
rendido. Sus patas corrieron un sueño malo. Al alba, Cimarrón le echó un
brazo por encima, con gesto de quien ha dormido mucho con mujeres. Perro
se arrimó a su pecho, buscando calor. Ambos seguían en plena fuga, con los
nervios estremecidos por una misma pesadilla.
Una araña, que había descendido para ver mejor, recogió el hilo y se
perdió en la copa del almendro, cuyas hojas comenzaban a salir de la noche.

II

Por hábito, Cimarrón y Perro se despertaron cuando sonó la campana


del ingenio. La revelación de que habían dormido juntos, cuerpo con
cuerpo, los enderezó de un salto. Después de adosarse a dos troncos, se
miraron largamente. Perro ofreciéndose a tomar dueño. El negro ansioso
de recuperar alguna amistad. El valle se desperezaba. A la apremiante

71
Antología literaria 5

espadaña, destinada a los esclavos, respondía ahora, más lento, el bordón


armoriado de la capilla, cuyo verdín se mecía de sombra a sol sobre un
fondo de mugidos y de relinchos, como indulgente aviso a los que dormían
en altos lechos de caoba. Las gallos rondaban a las gallinas para cubrirlas
temprano, en espera de que el meñique de la mayorala se cerciorase de
la presencia de huevos aún sin poner. Un pavo real hacía la rueda sobre
la casa-vivienda, encendiéndose con un grito, en cada vuelta y revuelta.
Los caballos del trapiche iniciaban su largo viaje en redondo. Los esclavos
oraban frente a cazuelas llenas de pan con guarapo. Cimarrón se abrió
la bragueta, dejando un reguero de espuma entre las raíces de una ceiba.
Perro alzó la pata sobre un guayabo tierno. Ya asomaban machetazos en
los cortes de caña. Los dogos de la jauría cazadora de negros sacudían sus
cadenas, impacientes por ser sacados al batey.
—¿Te vas conmigo? —preguntó Cimarrón.
Perro lo siguió dócilmente. Allá abajo había demasiados látigos,
demasiadas cadenas, para quienes regresaban arrepentidos. Ya no olía a
hembra. Pero tampoco olía a negro. Ahora, Perro estaba mucho más atento
al olor a blanco, olor a peligro. Porque el mayoral olía a blanco, a pesar
del almidón planchado de sus guayaberas y del betún acre de sus polainas
de piel de cerdo. Era el mismo olor de las señoritas de la casa, a pesar del
perfume que despedían sus encajes. El olor del cura, a pesar del tufo de cera
derretida y de incienso, que hacía tan desagradable la sombra, tan fresca,
sin embargo, de la capilla. El mismo que llevaba el organista encima, a
pesar de que los fuelles del armonio le hubiesen echado tantos y tantos
soplos de fieltro apolillado. Había que huir ahora del olor a blanco. Perro
había cambiado de bando.

III

En los primeros días. Perro y Cimarrón echaron de menos la seguridad


del condumio. Perro recordaba los huesos vaciados por cubos, en el batey, al
caer la tarde. Cimarrón añoraba el congrí, traído en cubos a los barracones,
después del toque de oración o cuando se guardaban los tambores del
domingo. Por ello, después de dormir demasiado en las mañanas, sin
campanas ni patadas, se habituaron a ponerse a la caza desde el alba. Perro
olfateaba una jutía oculta entre las hojas de un cedro; Cimarrón la tumbaba
a pedradas. El día en que se daba con el rastro de un cochino jíbaro, había
para horas y horas, hasta que la bestia, desgarradas las orejas, aturdida por
tantos ladridos, pero acometiendo aún, era acorralada al pie de una peña y
derribada a garrotazos. Poco a poco Perro y Cimarrón olvidaron los tiempos

72
Antología literaria 5

en que habían comido con regularidad. Se devoraba lo que se agarrara,


de una vez, engullendo lo más posible, a sabiendas de que mañana podría
llover y que el agua de arriba correría entre las peñas para alfombrar mejor
el fondo del valle. Por suerte, Perro sabía comer frutas. Cuando Cimarrón
daba con un árbol de mango o de mamey, Perro también se pintaba el
hocico de amarillo o de rojo. Además, como siempre había sido huevero, se
desquitaba, con algún nido de codorniz, de la incomprensible afición del
amo por los langostinos que dormían a contracorriente a la salida del río
subterráneo que se alumbraba de una boca de caracoles petrificados.
Vivían en una caverna, bien oculta por una cortina de helechos
arborescentes. Las estalactitas lloraban isócronamente, llenando las
sombras frías de un ruido de relojes. Un día Perro comenzó a escarbar al
pie de una de las paredes. Pronto sus dientes sacaron un fémur y unas
costillas tan antiguas que ya no tenían sabor, rompiéndose sobre la lengua
con desabrimiento de polvo amasado. Luego llevó a Cimarrón, que se tallaba
un cinto de piel de majá, un cráneo humano. A pesar de que quedasen en el
hoyo restos de alfarería y unos rascadores de piedra que hubieran podido
aprovecharse, Cimarrón, aterrorizado por la presencia de muertos en su
casa, abandonó la caverna esa misma tarde, mascullando oraciones sin
pensar en la lluvia. Ambos durmieron entre raíces y semillas, envueltos en
un mismo olor a perro mojado. Al amanecer buscaron una cueva de techo
más bajo, donde el hombre tuvo que entrar a cuatro patas. Allí, al menos, no
había huesos de aquellos que para nada servían, y solo podían traer ñeques
y apariciones de cosas malas.
Al no haber sabido de batidas en mucho tiempo, ambos empezaron a
aventurarse hacia el camino. A veces pasaba un carretero conocido, una
beata vestida con el hábito de Nazareno o un punteador de guitarra, de
esos que conocen al patrón de cada pueblo, a quienes contemplaban, de lejos,
en silencio. Era indudable que Cimarrón esperaba algo. Solía permanecer
varias horas, de bruces, entre las yerbas de Guinea, mirando ese camino
poco transitado, que una rana-toro podía medir de un gran salto. Perro
se distraía en esas esperas dispersando enjambres de mariposas blancas o
intentando, a brincos, la imposible caza de un zunzún vestido de lentejuelas.
Un día que Cimarrón esperaba, así, algo que no llegaba, un cascabeleo
de cascos lo levantó sobre las muñecas. Una volanta venía a todo trote,
tirada por la jaca torda del ingenio. De pie sobre las varas, el calesero
Gregorio hacía restallar el cuero, mientras el párroco agitaba la campanilla
del viático a sus espaldas. Hacía tanto tiempo que Perro no se divertía en
correr más pronto que los caballos, que se olvidó al punto de la discreción
a que estaba obligado. Bajó la cuesta a las cuatro patas, espigado, azul bajo

73
Antología literaria 5

el sol, alcanzó el coche y se dio a ladrar por los corvejones de la jaca, a la


derecha, a la izquierda, delante, pasando y volviendo a pasar, enseñando
los dientes al calesero y al sacerdote. La jaca se abrió a galopar por lo alto,
sacudiendo las anteojeras y tirando del bocado. De pronto, quebró una vara,
arrancando el tiro. Luego de aspaventarse como peleles, el párroco y el
calesero se fueron de cabeza contra el puentecillo de piedra. El polvo se tiñó
de sangre.
Cimarrón llegó corriendo. Blandía un bejuco para azotar a Perro, que
ya se arrastraba pidiendo perdón. Pero el negro detuvo el gesto, sorprendido
por la idea de que no todo era malo en aquel percance. Se apoderó de la estola
y de las ropas del cura, de la chaqueta y de las altas botas del calesero. En
bolsillos y bolsillos había casi cinco duros. Además, la campanilla de plata.
Los ladrones regresaron al monte. Aquella noche, arropado en la sotana,
Cimarrón se dio a soñar con placeres olvidados. Recordó los quinqués, llenos
de insectos muertos, que tan tarde ardían en las últimas casas del pueblo,
allí donde, por dos veces, lo habían dejado, tras pedir el aguinaldo de Reyes,
gastárselo como mejor le pareciere. El negro, desde luego, había optado por
las mujeres.

IV

La primavera los agarró a los dos al amanecer. Perro despertó con


una tirantez insoportable entre las patas traseras y una mala expresión en
los ojos. Jadeaba sin tener calor, alargando entre los colmillos una lengua
que tenía filosas blanduras de lapa. Cimarrón hablaba solo. Ambos estaban
de pésimo genio. Sin pensar en la caza, fueron temprano hacia el camino.
Perro corría desordenadamente, buscando en vano un olor rastreable.
Mataba insectos que siempre lo habían asqueado, por el placer de destruir,
desgranaba espigas entre sus dientes, arrancaba arbustos tiernos. Acabó de
exasperarse cuando un sapo le escupió a los ojos. Cimarrón esperaba como
nunca había esperado.
Pero aquel día nadie pasó por el camino. Al caer la noche, cuando
los primeros murciélagos volaron como pedradas sobre el campo, Cimarrón
echó a andar lentamente hacia el caserío del ingenio. Perro lo siguió,
desafiando la misma tralla y las mismas cadenas. Se fueron acercando a los
barracones por el cauce de la cañada. Ya se percibía un olor, antaño familiar,
de leña quemada, de lejía, de melaza, de limaduras de cascos de caballo.
Debían estarse haciendo las pastas de guayaba, ya que un interminable
dulzor de mermelada era esparcido por el terral. Perro y Cimarrón seguían
acercándose, lado a lado, la cabeza del hombre a la altura de la cabeza del perro.

74
Antología literaria 5

De pronto, una negra de la dotación atravesó el sendero de la herrería.


Cimarrón se arrojó sobre ella, derribándola entre las albahacas. Una ancha
mano ahogó los gritos. Perro avanzó, solo, hasta el lindero del batey. La
perra inglesa, adquirida por don Marcial en una exposición de París, estaba
allí. Hubo un intento de fuga. Perro le cortó el camino, erizado de la cola a
la cabeza. Su olor a macho era tan envolvente que la inglesa olvidó que la
habían bañado, horas antes, con jabón de Castilla.
Cuando Perro regresó a la caverna, clareaba. Cimarrón dormía,
arrebozado en la sotana del párroco. Allá abajo, en el río, dos manatíes
retozaban entre los juncos, enturbiando la corriente con sus saltos que
abrían nubes de espuma entre los linos.

Cimarrón se hacía cada vez más imprudente. Rondaba ahora en torno


a los caseríos, acechando, a cualquier hora, una lavandera solitaria o una
santera que buscaba culantrillo, retamas o pitahayas para algún despojo.
También, desde la noche en que había tenido la audacia de beberse los duros
del capellán en un parador del camino, se hacía ávido de monedas. Más de
una vez, en los atajos, se había llevado el cinturón de un guajiro, luego de
derribarlo de su caballo y de acallarlo con una estaca. Perro lo acompañaba
en esas correrías, ayudando en lo posible. Sin embargo, se comía peor que
antes, y más que nunca, era necesario desquitarse con huevos de codorniz,
de gallinuela o de garza. Además, Cimarrón vivía en un continuo sobresalto.
Al menor ladrido de Perro, echaba mano al machete robado o se trepaba a
un árbol.
Pasada la crisis de primavera, Perro se mostraba cada vez más reacio
a acercarse a los pueblos. Había demasiados niños que tiraban piedras,
gen- te siempre dispuesta a dar patadas y, al oler su proximidad, todos los
perros de los patios lanzaban gritos de guerra. Además, Cimarrón volvía
esas noches con el paso inseguro, y su boca despedía un olor que Perro
detestaba tanto como el del tabaco. Por ello, cuando el amo entraba en una
casa mal alumbrada, Perro lo esperaba a una distancia prudente. Así se fue
viviendo hasta la noche en que Cimarrón se encerró demasiado tiempo en
el cuarto de una mondonguera. Pronto, la choza fue rodeada por hombres
cautelosos, que llevaban mochas en claro. Al poco rato Cimarrón fue sacado
a la calle, desnudo, dando tremendos alaridos. Perro, que acababa de oler al
mayoral del ingenio, echó a correr al monte por la vereda de los cañaverales.
Al día siguiente vio pasar a Cimarrón por el camino. Estaba cubierto

75
Antología literaria 5

de heridas curadas con sal. Tenía hierros en el cuello y los tobillos. Y lo


conducían cuatro números de la Benemérita de San Fernando, que le daban
un baquetazo a cada dos pasos, tratándolo de ladrón, de borracho y de
malcriado.

VI

Sentado sobre una cornisa rocosa que dominaba el valle, Perro aullaba
a la luna. Una honda tristeza se apoderaba de él a veces, cuando aquel gran
sol frío alcanzaba su total redondez, poniendo tan desvaídos reflejos sobre
las plantas. Se habían terminado para él las hogueras que solían iluminar
la caverna en noches de lluvia. Ya no conocería el calor del hombre en el
invierno que se aproximaba, ni habría ya quien le quitara el collar de púas
de cobre, que tanto le molestaba para dormir —a pesar de que hubiera
heredado la sotana del párroco—. Cazando sin cesar, se había hecho más
tolerante, en cambio, con los seres que no servían para ser comidos. Dejaba
escapar el majá entre las piedras calientes, sin ladrar siquiera, desde que
Cimarrón no estaba ahí para azuzarlo, con la esperanza de hacerse un
cinturón o de recoger manteca para untos. Además, el olor de las serpientes
lo asqueaba; cuando había agarrado alguna por la cola, era en virtud de
esas obligaciones a que todo ser que depende de alguien se ve constreñido.
Tampoco —salvo en casos de hambre extrema— podía atreverse ya con
el cochino jíbaro. Se contentaba ahora con aves de agua, hurones, ratas
y una que otra gallina escapada de los corrales aldeanos. Sin embargo,
el ingenio estaba olvidado. Su campana había perdido todo sentido. Perro
buscaba ahora el amparo de mogotes casi inaccesibles al hombre, viviendo
en un mundo de dragos que el viento mecía con ruidos de albarda nueva,
de orquídeas, de bejucos, lombriz, donde se arrastraban lagartos verdes, de
orejeras blancas, de esos que tan mal saben y, por lo mismo, permanecen
donde están. Había enflaquecido. Sobre sus costillares marcados en hueco,
la lana apresaba guisasos que ya no tenían espinas.
Con los aguinaldos volvió la primavera. Una tarde en que lo desvelaba
un extraño desasosiego, Perro dio nuevamente con aquel misterioso olora
hembra, tan fuerte, tan penetrante, que había sido la causa primera de su
fuga al monte. También ahora caían ladridos de la montaña. Esta vez Perro
agarró el rastro en firme, recobrándolo luego de pasar un arroyo a nado. Ya
no tenía miedo. Toda la noche siguió la huella, con la nariz pegada al suelo,
largando baba por el canto de la lengua. Al amanecer, el olor llenaba toda
una quebrada. El rastreador estaba frente a una jauría de perros jíbaros.
Varios machos, con perfil de lobos, se apretaban ahí, relucientes los ojos,

76
Antología literaria 5

tensos sobre sus patas, listos para atacar. Detrás de ellos se cerraba el olor
a hembra. Perro dio un gran salto. Los jíbaros se le echaron encima. Los
cuerpos se encajaron, unos en otros, en un confuso remolino de ladridos.
Pero pronto se oyeron los aullidos abiertos por las púas del collar. Las bocas
se llenaban de sangre. Había orejas desgarradas. Cuando Perro soltó al
más viejo, con la garganta desgajada, los demás retrocedieron, gruñendo
de rabia inútil. Perro corrió entonces al centro del palenque, para librar la
última batalla a la perra gris, de pelo duro, que lo esperaba con los colmillos
de fuera. El rastro moría a la sombra de su vientre.

VII

Los jíbaros cazaban en bandada. Por ello buscaban las piezas grandes,
de más carne y más huesos. Cuando daban con un venado, era tarea de
días. Primero al acoso. Luego, si la bestia lograba salvar una barranca de
un salto, el atajo. Luego, cuando una caverna venía en ayuda de la presa,
el asedio. A pesar de herir y entortar, el animal moría siempre en dientes
de la jauría, que iniciaba la ralea sobre un cuerpo vivo aún, arrancándole
tiras de pelo pardo, y bebiendo una sangre fresca a pesar de su tibieza,
en las arterias del cuello o en las raíces de una oreja arrancada. Muchos
de los jíbaros habían perdido un ojo, sacado por un asta, y todos estaban
cubiertos de cicatrices, mataduras y peladas rojas. En los días del celo, los
perros combatían entre sí, mientras las hembras esperaban, echadas, con
sorprendente indiferencia, el resultado de la lucha. La campana del ingenio,
cuyo diapasón era traído a veces por la brisa, no despertaba en el perro el
menor recuerdo.
Un día los jíbaros agarraron un rastro habitual en aquellas selvas de
bejucos, de espinas, de plantas malvadas que envenenaban al herir. Olía
a negro. Cautelosamente, los perros avanzaron por el desfiladero de los
caracoles, donde se alzaba una piedra con cara de muerto. Los hombres
suelen dejar huesos y desperdicios por donde pasan. Pero es mejor cuidarse
de ellos, porque son los animales más peligrosos, por ese andar sobre las
patas traseras que les permite alargar sus gestos con palos y objetos. La
jauría había dejado de ladrar.
De pronto, el hombre apareció. Olía a negro. Unas cadenas rotas, que le
colgaban de las muñecas, ritmaban su paso. Otros eslabones, más gruesos,
sonaban bajo los flecos de su pantalón rayado. Perro reconoció a Cimarrón.
—¡Perro! —alborozó el negro—. ¡Perro!
Perro se le acercó lentamente. Le olió los pies, aunque sin dejarse
tocar. Daba vueltas en torno a él, moviendo la cola. Cuando era llamado,
huía. Y cuando no era llamado, parecía buscar aquel sonido de voz humana,

77
Antología literaria 5

que había entendido un poco en otros tiempos, pero que ahora le sonaba
tan raro, tan peligrosamente evocador de obediencias. Al fin, Cimarrón dio
un paso, adelantando una mano blanda hacia su cabeza. Perro lanzó un
extraño grito, mezcla de ladrido sordo y de aullido, y saltó al cuello del
negro.
Había recordado, de súbito, una vieja consigna del mayoral del ingenio,
el día que un esclavo huía al monte.

VIII

Como no olía a hembra y los tiempos eran apacibles, los jíbaros


durmieron hasta el hartazgo durante dos días. Arriba, las auras pasaban
sobre las ramas, esperando que la jauría se marchara, sin concluir el trabajo.
Perro y la perra gris se divertían como nunca, jugando con la camisa listada
de Cimarrón. Cada uno halaba por un lado, para probar la solidez de los
colmillos. Cuando se desprendía una costura, ambos rodaban en el polvo. Y
volvían a empezar, con un harapo cada vez más menguado, mirándose a los
ojos, las narices casi juntas. Al fin, se dio la orden de partida. Los ladridos
se perdieron en lo alto de las crestas arboladas.
Durante muchos años los monteros evitaron de noche aquel atajo,
dañado por huesos y cadenas.

78
Antología literaria 5

Glosario
• Congrí: es un guiso popular cubano, compuesto de arroz y frijoles.
• Jutía: es un mamífero roedor parecido a la rata.
• Ñeque: sorpresa o golpe imprevisto.
• Rana-toro: es un batracio cuyo croar semeja un bramido.
• Zunzún: es una especie de colibrí.
• El duro: es la moneda de un peso cubano.
• Pitahaya: es un cacto trepador.
• Mondonguera: se refiere a la mondonga, despectivo de criada.
• “Mochas en claro”: frase que quiere decir machetes desenvainados.

Disfrutamos del viaje literario


A partir de la lectura del cuento de Alejo Carpentier, responde lo siguiente:
1. ¿Qué nos cuenta esta historia?
2. ¿En qué momento y lugar sucede?
3. La relación entre los protagonistas atraviesa varias etapas. ¿Cuáles son estas?
4. El cuento está narrado en tercera persona desde la perspectiva del perro. ¿Por qué
crees que está escrito así?
5. Al perro y al cimarrón se les llama “Perro” y “Cimarrón”, respectivamente, sin el
artículo y con mayúscula. ¿Cuál crees que es el efecto que se busca crear con este
recurso?
6. ¿Qué sentimientos te imaginas que habrán experimentado los protagonistas en el
momento en que uno debe dar muerte al otro? Escríbelos y también describe qué
sentimientos habrías tenido tú.
Coordenadas literarias

Datos del autor


Alejo Carpentier nació en 1904 en Lausana,
Suiza, pero pasó gran parte de su vida en
Cuba y Francia. Fue un novelista y ensayista
cubano considerado una figura fundamental
en la literatura latinoamericana del siglo XX.

Contexto
La historia de este cuento se sitúa en los alrededores de un ingenio azucarero
durante la época de la esclavitud en Cuba. Los personajes huyen de la opresión
en busca de la libertad.

79
Antología literaria 5

Para tener un buen viaje literario


Observa de qué trata cada una de las ochos partes del cuento. Haz una secuencia.

Información útil para tu viaje


Un cuento puede dividirse en partes para estructurar la narrativa, crear suspenso,
organizar eventos clave o presentar diferentes perspectivas temporales. La
división en partes ayuda a mejorar la comprensión y la coherencia de la historia.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡Alemania nos espera!

80
Antología literaria 5

UN HOMBRE
LLAMADO ZIEGLER
HERMANN HESSE
(alemán)

V
ivía una vez en la Brauergasse un joven señor llamado
Ziegler. Era uno de esos tipos que diariamente y a todas horas
encontramos en la calle, y cuyo rostro nunca podemos definir
bien, porque todos ellos tienen el mismo rostro: un rostro
colectivo.
Ziegler era todo y hacía todo lo que tales personas son y hacen. No
era un inepto pero tampoco un dotado; le gustaba el dinero y el placer, le
encantaba vestir bien y era tan cobarde como la mayoría de los hombres:
su vivir y su hacer se regían menos por impulsos y aspiraciones que por
prohibiciones, por temor al castigo. Tenía unas cuantas cualidades positivas
y era, en fin de cuentas, un hombre sencillamente normal, para quien
la propia persona era algo precioso e importante. Se tenía, como cada
quisque, por una personalidad, cuando en realidad era solo un ejemplar,
y veía en sí, en su propio destino, el ombligo del mundo, al igual que los
demás. Exorcizaba toda la duda y si los hechos contradecían su ideario,
cerraba los ojos como signo condenatorio.
Como hombre moderno, apreciaba ilimitadamente, además del dinero,
una segunda potencia: la ciencia. Jamás sabría decir qué es ciencia;
el nombre le evocaba algo así como la estadística y también un poco la
bacteriología, y sabía bien cuánto dinero y honor dedicaba el Estado a la
ciencia. Respetaba particularmente la investigación del cáncer, pues su
padre había muerto de esta enfermedad y Ziegler tenía la esperanza de que
la ciencia, tan altamente desarrollada en los últimos años, no permitiría
que él corriese la misma suerte.
Externamente se caracterizaba Ziegler por su aspiración a vestir por
encima de sus posibilidades, siempre a tono con la moda del año. Pues las
modas de las estaciones y del mes, que sobrepasaban considerablemente

81
Antología literaria 5

sus medios, las despreciaba lógicamente como ridiculeces. Daba mucha


importancia al carácter, y no tenía empacho, ante sus semejantes y en
lugares seguros, en despotricar contra las leyes y los gobiernos. Me estoy
demorando demasiado en esta descripción. Pero Ziegler era realmente un
joven encantador, y su pérdida fue muy sensible. Pues tuvo un fin prematuro
y extraño, que dio al traste con todos sus planes y sus justificadas esperanzas.
A poco de llegar a nuestra ciudad, se propuso pasar un domingo
placentero. Aún no tenía relaciones y por indecisión aún no había ingresado
a ningún club. Tal vez estuviera ahí su desgracia. No es bueno que el hombre
esté solo.
No podía menos de interesarse por las cosas más nobles de la ciudad,
de las que se informó concienzudamente. Después de mucho pensarlo, se
decidió por el Museo Histórico y el Parque Zoológico. En el museo, la entrada
era gratis los domingos por la mañana; el Zoo se podía visitar por la tarde
a un precio módico.
Con su nuevo traje de calle con botones de paño, que le gustaba mucho,
entró Ziegler un domingo en el Museo Histórico. Llevaba su fino y elegante
bastón de paseo, un bastón rectangular, esmaltado en rojo, que le daba aire
y presencia, pero con profundo disgusto por su parte le retiró el conserje de
la entrada de las salas.
En las plantas altas había mucho que ver y el fervoroso visitante ensalzó
para sus adentros la ciencia todopoderosa, que también allí demostraba su
meritoria objetividad, como dedujo Ziegler por las esmeradas inscripciones
de las vitrinas. Viejos chismes, como llaves herrumbrosas, trozos de collares
tomados de cardenillo y cosas semejantes, adquirían con estas inscripciones
un interés sorprendente. Era maravilloso ver a la ciencia preocuparse de
todo aquello, dominarlo todo, describirlo todo… Oh, sí, pronto la ciencia
llegaría a superar el cáncer, y tal vez la misma muerte.
En la segunda sala topó con un armario de luna de tan excelente
factura, que en un minuto escaso pudo controlar su vestido, peinado y
cuello, la raya del pantalón y la posición de la corbata meticulosamente y
a plena satisfacción. Respirando euforia siguió adelante y fijó su atención
en algunos productos de antigua xilografía. Gente habilidosa, aunque
en extremo ingenua, pensó indulgente. Y también contempló y apreció
generosamente un viejo reloj de pared con figurillas de marfil que, al dar
las horas, bailaban un minué. Luego la cosa empezó a aburrirle un poco,
bostezaba y sacaba frecuentemente el reloj de su bolsillo, que bien podía
exhibir, pues era de oro macizo y herencia de su padre.
Comprobó, contrariado, que aún le quedaba mucho tiempo hasta el
mediodía y entró en otra sala que podía suscitar de nuevo su curiosidad.

82
Antología literaria 5

Contenía objetos de la superstición medieval, libros de magia, amuletos,


galas de brujas y, en un rincón, todo un taller de alquimia con fragua,
morteros, vasos panzudos, vejigas secas de cerdo, fuelles, etc. Este rincón
estaba acordonado con cordel de lana; un letrero prohibía tocar los objetos.
Pero no se suelen leer tales letreros con mucha atención, y Ziegler se hallaba
completamente solo.
Así tendió indeliberadamente la mano por encima del cordón y
tocó algunos de aquellos extravagantes objetos. De ese Medievo y de sus
grotescas supersticiones ya había oído y leído algo; no podía concebir cómo
la gente podía ocuparse de cosas tan pueriles y que no se prohibiera todo ese
cuento de las brujas y demás zarandajas. A la alquimia, en cambio, podía
disculpársela, pues de ella ha salido algo tan útil como es la química. ¡Dios
mío, pensar que todos estos crisoles y demás cachivaches mágicos acaso
fueron necesarios para que hoy tengamos aspirinas o recipientes de gas
comprimido!
Sin darse cuenta tomó en la mano una esferita de color oscuro algo así
como una píldora, una cosa desecada, sin peso; la hizo girar entre los dedos
e iba a colocarla en su sitio, cuando oyó pasos a su espalda. Ziegler se vio en
un aprieto al tener en la mano la esferita, pues naturalmente había leído el
letrero. Por eso cerró la mano, la metió en el bolsillo y salió.
Solo cuando ya caminaba por la calle volvió a acordarse de la píldora.
La sacó y pensó tirarla, pero antes se la acercó a la nariz y la olió. Tenía un
suave aroma a resina, que le hizo gracia, así que volvió a meter la esferita
en el bolsillo.
Entró en un restaurante, pidió de comer, hecho un vistazo a algunos
periódicos, se arregló la corbata y lanzó a los huéspedes miradas, ora
respetuosas, ora presuntuosas, según vistieran. Pero como la comida se
hiciera esperar un rato, el señor Ziegler sacó su píldora alquímica y la
olisqueó. La arañó con la uña del dedo índice y, al fin, cedió a un antojo
pueril y se la llevó a la boca; se le disolvió rápidamente en la boca y no le
supo mal, así que con un sorbo de cerveza se la tragó. Inmediatamente llegó
su comida.
Hacia las dos el joven señor se apeó del tranvía, entró en el vestíbulo
del Parque Zoológico y sacó un billete dominical.
Sonriendo amablemente se fue al pabellón de los monos y se detuvo
frente a la gran jaula de los chimpancés. El mono mayor le miró parpadeando,
le saludó afable y con voz profunda pronunció la frase:
—¿Qué tal, querido amigo?
Tremendamente asustado y con un sentimiento de repugnancia, el
visitante se alejó rápidamente, y al caminar oía a sus espaldas al mono que

83
Antología literaria 5

le insultaba:
—Pues sí que es orgulloso el tío. ¡Pies planos, idiota!
Ziegler se fue enseguida donde los macacos. Estos danzaron
desenfrenadamente y gritaron: “Danos azúcar, compañero”; pero como
no tenía azúcar se enfadaron, le imitaron, le llamaron pobre diablo y le
enseñaron los dientes. Esto no lo toleró; desconcertado y confuso huyó de
allí y encaminó sus pasos hacia los ciervos y corzos de los que esperaba
modales finos.
Un espléndido anta estaba junto a las rejas y miró al visitante. Ziegler
quedó consternado. Pues desde que deglutiera la antigua píldora mágica,
entendía el lenguaje de los animales. Y el anta hablaba con los ojos, dos
grandes ojos castaños. Su dulce mirada hablaba de nobleza, resignación y
tristeza, y frente al visitante expresó un auténtico y soberano desprecio.
Para esa mirada dulce, mayestática, según interpretó Ziegler, este no era
otra cosa, con su sombrero y su bastón, su reloj y su traje de domingo, que
un canalla, un ridículo y asqueroso bicho.
Del anta escapó Ziegler a la cabra montés, de esta a la gamuza, a la
llama, al ñu, a los jabalíes y a los osos. No fue insultado por todos ellos,
pero sí despreciado. Puso el oído atento y se enteró por sus conversaciones
de lo que pensaban sobre los hombres. Era horrible lo que pensaban.
Particularmente les sorprendía que estos feos, hediondos, indignos bípedos
pudiesen andar libremente con su fachendosa vestimenta.
Oyó a una puma hablar con su cría en un lenguaje lleno de dignidad
y sabiduría, como rara vez se escucha entre hombres. Oyó a una hermosa
pantera expresarse en términos breves, comedidos y aristocráticos sobre
el indeseable visitante dominical. Miró a los ojos del rubio león, y supo de
la vastedad y maravilla de la selva, donde no hay jaulas ni hombres. Vio
a un cernícalo posado en la rama seca, triste y orgulloso en su perpetua
melancolía, y vio a los grajos sobrellevar su cautividad con decencia,
resignación y humor.
Desconcertado y enajenado de todos sus hábitos mentales, Ziegler
se dirigió, en su desesperación, a los hombres. Buscó una mirada que
entendiera su desolación y angustia, puso oído atento a las conversaciones,
para escuchar algo consolador, comprensible, reconfortante; observó los
gestos de los numerosos visitantes, para encontrar en ellos algo de dignidad,
naturalidad, nobleza, discreta superioridad.
Pero quedó defraudado. Escuchó las voces y las palabras, observó los
movimientos, gestos y miradas, y como ahora lo veía todo como a través de
unos ojos animales, no encontró otra cosa que una sociedad degenerada,
hipócrita, engañosa, deforme, de tipo animaloide, que parecía ser una

84
Antología literaria 5

mescolanza esnobista de todas las especies animales.


Desesperado, Ziegler caminó errabundo de acá para allá, profundamente
avergonzado de sí mismo. Ya había arrojado entre los arbustos el bastoncito
cuadrangular y los guantes. Pero cuando más tarde lanzó lejos de sí el
sombrero, se quitó las botas, se arrancó la corbata y se apretó sollozando
contra las rejas de la jaula del anta, fue detenido en medio de un gran
escándalo y llevado a un manicomio.

Glosario

• quisque: Palabra del latín que se utiliza en español en las locuciones cada
quisque o todo quisque, equivalentes a cada cual, cada uno o cualquiera.
• anta o tapir: Animal grande, con un peso de entre 200 y 250 kg, cuerpo
macizo, cilíndrico y piel dura.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del cuento de Hermann Hesse, responde lo siguiente:


1. ¿Qué nos cuenta esta historia?
2. ¿Qué caracteriza al protagonista? ¿Por qué crees que se enfatiza su creencia
en la ciencia?
3. El texto está narrado en tercera persona, pero en un momento aparece una
primera persona que podemos identificar con el autor: “Me estoy demorando
demasiado con esta descripción”. ¿Qué efecto busca lograr con esto?
4. El cuento termina así: “No encontró otra cosa que una sociedad degenerada,
hipócrita, engañosa, deforme de tipo animaloide, que parecía ser una
mescolanza esnobista de todas las especies animales”. ¿Por qué ahora
el protagonista puede ver o reconocer a la sociedad de esta manera?
¿Compartes su visión?, ¿por qué?
5. Grafica en tu cuaderno, a modo de historieta, el cambio del personaje Ziegler.

85
Antología literaria 5

Coordenadas literarias

Datos del autor


Hernann Hesse nació en 1877 en Calw,
Alemania. En 1946, recibió el Premio Nobel
de Literatura por su obra narrativa.

Contexto
Este cuento se desarrolla en un entorno de mediados del siglo XX, una época
en la que el hombre moderno se caracterizaba por su individualismo y su fe en
la ciencia. Estos rasgos son cuestionados al presentar al protagonista en una
relación distinta y fantástica con la naturaleza.

Para tener un buen viaje literario


Subraya las características del personaje. Presta especial atención a su relación
con la ciencia.
Información útil para tu viaje
Este cuento aborda un tema recurrente llamado “civilización y barbarie”, el
cual se refiere la oposición entre dos conceptos: la civilización, asociada con
el progreso cultural, social y tecnológico, y la barbarie, vinculada a la falta de
desarrollo, la violencia y la ausencia de normas culturales.

Sigamos nuestra ruta literaria: ¡Perú nos espera!

86
Antología literaria 5

LA AGONÍA DE
RASU-ÑITI
JOSÉ MARÍA ARGUEDAS
(peruano)

E
staba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero
de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única
ventana que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la
luz grande del sol; daba contra el cuero y su sombra caía a un
lado de la cama del bailarín. La otra sombra, la del resto de
la habitación, era uniforme. No podía afirmarse que fuera oscuridad; era
posible distinguir las ollas, los sacos de papas, los copos de lana, los cuyes
cuando salían algo espantados de sus huecos y exploraban en el silencio. La
habitación era ancha para ser vivienda de un indio.
Tenía una troje. Un altillo que ocupaba no todo el espacio de la pieza,
sino un ángulo. Una escalera de palo de lambras servía para subir a la
troje. La luz del sol alumbraba fuerte. Podía verse cómo varias hormigas
negras subían sobre la corteza del lambras que aún exhalaba perfume.
—El corazón está listo. El mundo avisa. Estoy oyendo la cascada de
Saño. ¡Estoy listo! Dijo el dansak’ Rasu-Ñiti.
Se levantó y pudo llegar hasta la petaca de cuero en que guardaba
su traje de dansak’ y sus tijeras de acero. Se puso el guante en la mano
derecha y empezó a tocar las tijeras.
Los pájaros que se espulgaban tranquilos sobre el árbol de molle, en el
pequeño corral de la casa, se sobresaltaron.
La mujer del bailarín y sus dos hijas, que desgranaban maíz en el
corredor, dudaron.
—Madre, ¿has oído? ¿Es mi padre, o sale ese canto de dentro de la
montaña? —preguntó la mayor.
—¡Es tu padre! —dijo la mujer.
Porque las tijeras sonaron más vivamente, en golpes menudos.
Corrieron las tres mujeres a la puerta de la habitación.
Rasu-Ñiti se estaba vistiendo. Sí. Se estaba poniendo la chaqueta
ornada de espejos.
—¡Esposo! ¿Te despides? —preguntó la mujer, respetuosamente, desde
el umbral. Las dos hijas lo contemplaron temblorosas.

87
Antología literaria 5

—El corazón avisa, mujer. Llamen al Lurucha y a don Pascual. ¡Qué


vayan ellas!
Corrieron las dos muchachas.
La mujer se acercó al marido.
—Bueno. ¡Wamani está hablando! —dijo él—. Tú no puedes oír. Me
habla directo al pecho. Agárrame el cuerpo. Voy a ponerme el pantalón.
¿Adónde está el sol? Ya habrá pasado mucho el centro del cielo.
—Ha pasado. Está entrando aquí. ¡Ahí está!
Sobre el fuego del sol, en el piso de la habitación, caminaban unas
moscas negras.
—Tardará aún la chiririnka que viene un poco antes de la muerte.
Cuando llegue aquí no vamos a oírla aunque zumbe con toda su fuerza,
porque voy a estar bailando.
Se puso el pantalón de terciopelo, apoyándose en la escalera y en
los hombros de su mujer. Se calzó las zapatillas. Se puso el tapabala y la
montera. El tapabala estaba adornado con hilos de oro. Sobre las inmensas
faldas de la montera, entre cintas labradas, brillaban espejos en forma de
estrella. Hacia atrás, sobre la espalda del bailarín, caía desde el sombrero
una rama de cintas de varios colores.
La mujer se inclinó ante el dansak’. Le abrazó los pies. ¡Estaba ya
vestido con todas sus insignias! Un pañuelo blanco le cubría parte de la
frente. La seda azul de su chaqueta, los espejos, la tela roja del pantalón,
ardían bajo el angosto rayo de sol que fulguraba en la sombra del tugurio
que era la casa del indio Pedro Huancayre, el gran dansak’ Rasu-Ñiti, cuya
presencia se esperaba, casi se temía, y era luz de las fiestas de centenares
de pueblos.
—¿Estás viendo al Wamani sobre mi cabeza? —preguntó el bailarín
a su mujer.
Ella levantó la cabeza.
—Está —dijo—. Está tranquilo.
—¿De qué color es?
—Gris. La mancha blanca de su espalda está ardiendo.
—Así es. Voy a despedirme. ¡Anda tú a bajar los tipis de maíz del
corredor! ¡Anda!
La mujer obedeció. En el corredor de los maderos del techo, colgaban
racimos de maíz de colores. Ni la nieve ni la tierra blanca de los caminos ni
la arena del río ni el vuelo feliz de las parvadas de palomas en las cosechas ni
el corazón de un becerro que juega tenían la apariencia, la lozanía, la gloria
de esos racimos. La mujer los fue bajando, rápida pero ceremonialmente.
Se oía ya, no tan lejos, el tumulto de la gente que venía a la casa del

88
Antología literaria 5

bailarín.
Llegaron las dos muchachas. Una de ellas había tropezado en el campo
y le salía sangre de un dedo del pie. Despejaron el corredor. Fueron a ver
después al padre.
Ya tenía el pañuelo rojo en la mano izquierda. Su rostro enmarcado
por el pañuelo blanco, casi salido del cuerpo, resaltaba, porque todo el traje
de color y luces y la gran montera lo rodeaban, se diluían para alumbrarlo;
su rostro cetrino, no pálido, cetrino duro, casi no tenía expresión. Solo sus
ojos aparecían hundidos como en un mundo, entre los colores del traje y la
rigidez de los músculos.
—¿Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? —preguntó la mujer a la
mayor de sus hijas.
Las tres lo contemplaron, quietas.
—¿No lo ves? —dijo la mayor.
—No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo, oyendo todos los
cielos; sentado sobre la cabeza de tu padre. La muerte le hace oír todo. Lo
que tú has padecido; lo que has bailado; lo que más vas a sufrir.
—¿Oye el galope del caballo del patrón?
—Sí oye —contestó el bailarín, a pesar de que la muchacha había
pronunciado las palabras en voz bajísima—. ¡Sí oye! También lo que las
patas de ese caballo han matado. La porquería que ha salpicado sobre ti.
Oye también el crecimiento de nuestro dios que va a tragar los ojos de ese
caballo. Del patrón no. ¡Sin el caballo, él es solo excremento de borrego!
Empezó a tocar las tijeras de acero. Bajo la sombra de la habitación la
fina voz del acero era profunda.
—El Wamani me avisa. ¡Ya vienen! —dijo.
—¿Oyes, hija? Las tijeras no son manejadas por los dedos de tu padre.
El Wamani las hace chocar. Tu padre solo está obedeciendo.
Son hojas de acero sueltas. Las engarza el dansak’ por los ojos, en sus
dedos y las hace chocar. Cada bailarín puede producir en sus manos con ese
instrumento una música leve, como de agua pequeña, hasta fuego: depende
del ritmo, de la orquesta y del espíritu que protege al dansak’.
Bailan solos o en competencia. Las proezas que realizan y el hervor de
su sangre durante las figuras de la danza dependen de quién está asentado
en su cabeza y su corazón, mientras él baila o levanta y lanza barretas con
los dientes, se atraviesa las carnes con leznas o camina en el aire por una
cuerda tendida desde la cima de un árbol a la torre del pueblo.
Yo vi al gran padre Untu, trajeado de negro y rojo, cubierto de espejos,
danzar sobre una soga movediza en el cielo, tocando sus tijeras. El canto
del acero se oía más fuerte que la voz del violín y del arpa que tocaban a
mi lado, junto a mí. Fue en la madrugada. El padre Untu aparecía negro

89
Antología literaria 5

bajo la luz incierta y tierna; su figura se mecía contra la sombra de la gran


montaña. La voz de sus tijeras nos rendía, iba del cielo al mundo, a los ojos
y al latido de los millares de indios y mestizos que lo veíamos avanzar desde
el inmenso eucalipto de la torre. Su viaje duró acaso un siglo. Llegó a la
ventana de la torre cuando el sol encendía la cal y el sillar blanco con que
estaban hechos los arcos. Danzó un instante junto a las campanas. Bajó
luego. Desde dentro de la torre se oía el canto de sus tijeras; el bailarín iría
buscando a tientas las gradas en el lóbrego túnel. Ya no volverá a cantar
el mundo en esa forma, todo constreñido, fulgurando en dos hojas de acero.
Las palomas y otros pájaros, que dormían en el gran eucalipto, recuerdo
que cantaron mientras el padre Untu se balanceaba en el aire. Cantaron
pequeñitos, jubilosamente, pero junto a la voz del acero y a la figura del
dansak’ sus gorjeos eran como una filigrana apenas perceptible, como
cuando el hombre reina y el bello universo solamente, parece, lo orna, le da
el jugo vivo a su señor.
El genio de un dansak’ depende de quién vive en él: ¿el espíritu de una
montaña (Wamani); de un precipicio cuyo silencio es transparente; de una
cueva de la que salen toros de oro y “condenados” en andas de fuego? O la
cascada de un río que se precipita de todo lo alto de una cordillera; o quizás
solo un pájaro, o un insecto volador que conoce el sentido de abismos, árboles,
hormigas y el secreto de lo nocturno; alguno de esos pájaros malditos o
extraños, el hakakllo, el chusek, o el sanjorge, negro insecto de alas rojas
que devora tarántulas.
Rasu-Ñiti era hijo de un Wamani grande, de una montaña con nieve
eterna. Él, a esa hora, le había enviado ya su “espíritu”: un cóndor gris cuya
espalda blanca estaba vibrando.
Llegó Lurucha, el arpista del dansak’, tocando; le seguía don Pascual,
el violinista. Pero el Lurucha comandaba siempre el dúo. Con su uña de
acero hacía estallar las cuerdas de alambre y las de tripa, o las hacía gemir
sangre en los pasos tristes que tienen también las danzas.
Tras de los músicos marchaba un joven: Atok’ sayku, el discípulo de
Rasu-Ñiti. También se había vestido. Pero no tocaba las tijeras; caminaba
con la cabeza gacha. ¿Un dansak’ que llora? Sí, pero lloraba para adentro.
Todos lo notaban.
Rasu-Ñiti vivía en un caserío de no más de veinte familias. Los pueblos
grandes estaban a pocas leguas. Tras de los músicos venía un pequeño
grupo de gente.
—¿Ves, Lurucha, al Wamani? —preguntó el dansak’ desde la
habitación.
—Sí, lo veo. Es cierto. Es tu hora.
—¡Atok’ sayku! ¿Lo ves?

90
Antología literaria 5

El muchacho se paró en el umbral y contempló la cabeza del dansak’.


—Aletea no más. No lo veo bien, padre.
—¿Aletea?
—Sí, maestro.
—Está bien. Atok’ sayku joven.
—Ya siento el cuchillo en el corazón. ¡Toca! —le dijo al arpista.
Lurucha tocó el jaykuy (entrada) y cambió enseguida al sisi nina (fuego
hormiga), otro paso de la danza.
Rasu-Ñiti bailó, tambaleándose un poco. El pequeño público entró en
la habitación. Los músicos y el discípulo se cuadraron contra el rayo de sol.
Rasu-Ñiti ocupó el suelo donde la franja de sol era más baja. Le quemaban
las piernas. Bailó sin hervor, casi tranquilo, el jaykuy; en el sisi nina sus
pies se avivaron.
—¡El Wamani está aleteando grande; está aleteando! —dijo Atok’
sayku, mirando la cabeza del bailarín.
Danzaba ya con brío. La sombra del cuarto empezó a henchirse como
de una cargazón de viento; el dansak’ renacía. Pero su cara, enmarcada
por el pañuelo blanco, estaba más rígida, dura; sin embargo, con la mano
izquierda agitaba el pañuelo rojo, como si fuera un trozo de carne que
luchara. Su montera se mecía con todos sus espejos; en nada se percibía
mejor el ritmo de la danza. Lurucha había pegado el rostro al arco del arpa.
¿De dónde bajaba o brotaba esa música? No era solo de las cuerdas y de la
madera.
—¡Ya! ¡Estoy llegando! ¡Estoy por llegar! —dijo con voz fuerte el
bailarín, pero la última sílaba salió como traposa, como de la boca de un
loro.
Se le paralizó una pierna.
—¡Está el Wamani! ¡Tranquilo! —exclamó la mujer del dansak’ porque
sintió que su hija menor temblaba.
El arpista cambió la danza al tono de waqtay (la lucha). Rasu-Ñiti
hizo sonar más alto las tijeras. Las elevó en dirección del rayo de sol que se
iba alzando. Quedó clavado en el sitio; pero con el rostro aún más rígido y
los ojos más hundidos, pudo dar una vuelta sobre su pierna viva. Entonces
sus ojos dejaron de ser indiferentes; porque antes miraba como en abstracto,
sin precisar a nadie. Ahora se fijaron en su hija mayor, casi con júbilo.
—El dios está creciendo. ¡Matará al caballo! —dijo.
Le faltaba ya saliva. Su lengua se movía como revolcándose en polvo.
—¡Lurucha! ¡Patrón! ¡Hijo! El Wamani me dice que eres de maíz
blanco. De mi pecho sale tu tonada. De mi cabeza.
Y cayó al suelo. Sentado. No dejó de tocar las tijeras. La otra pierna se

91
Antología literaria 5

le había paralizado.
Con la mano izquierda sacudía el pañuelo rojo, como un pendón de
chichería en los meses de viento.
Lurucha, que no parecía mirar al bailarín, empezó el yawar mayu (río
de sangre), paso final que en todas las danzas de indios existe.
El pequeño público permaneció quieto. No se oían ruidos en el corral ni
en los campos más lejanos. ¿Las gallinas y los cuyes sabían lo que pasaba,
lo que significaba esa despedida?
La hija mayor del bailarín salió al corredor, despacio. Trajo en sus
brazos uno de los grandes racimos de mazorcas de maíz de colores. Lo
depositó en el suelo. Un cuy se atrevió también a salir de su hueco. Era
macho, de pelo encrespado; con sus ojos rojísimos revisó un instante a los
hombres y saltó a otro hueco. Silbó antes de entrar.
Rasu-Ñiti vio a la pequeña bestia. ¿Por qué tomó más impulso
para seguir el ritmo lento, como el arrastrarse de un gran río turbio, del
Yawar mayu este que tocaban Lurucha y don Pascual? Lurucha aquietó el
endiablado ritmo de este paso de la danza. Era el yawar mayu, pero lento,
hondísimo; sí, con la figura de esos ríos inmensos, cargados con las primeras
lluvias; ríos de las proximidades de la selva que marchan también lentos,
bajo el sol pesado en que resaltan todos los polvos y lodos, los animales
muertos y árboles que arrastran, indeteniblemente. Y estos ríos van entre
montañas bajas, oscuras de árboles. No como los ríos de la sierra que se
lanzan a saltos, entre la gran luz; ningún bosque los mancha y las rocas de
los abismos les dan silencio.
Rasu-Ñiti seguía con la cabeza y las tijeras este ritmo denso. Pero el
brazo con que batía el pañuelo empezó a doblarse; murió. Cayó sin control,
hasta tocar la tierra.
Entonces Rasu-Ñiti se echó de espaldas.
—¡El Wamani aletea sobre su frente! —dijo Atok’ sayku.
—Ya nadie más que él lo mira —dijo entre sí la esposa—. Yo ya no lo
veo.
Lurucha avivó el ritmo del yawar mayu. Parecía que tocaban campanas
graves. El arpista no se esmeraba en recorrer con su uña de metal las
cuerdas de alambre; tocaba las más extensas y gruesas. Las cuerdas de
tripa. Pudo oírse entonces el canto del violín más claramente.
A la hija menor le atacó el ansia de cantar algo. Estaba agitada, pero,
como los demás, en actitud solemne. Quiso cantar porque vio que los dedosde
su padre que aún tocaban las tijeras iban agotándose, que iban también a
helarse. Y el rayo de sol se había retirado casi hasta el techo. El padre
tocaba las tijeras revolcándolas un poco en la sombra fuerte que había en

92
Antología literaria 5

el suelo.
Atok’ sayku se separó un pequeñísimo espacio de los músicos. La
esposa del bailarín se adelantó un medio paso de la fila que formaba con
sus hijas. Los otros indios estaban mudos; permanecieron más rígidos. ¿Qué
iba a suceder luego? No les habían ordenado que salieran afuera.
—¡El Wamani está ya sobre el corazón! —exclamó Atok’ sayku,
mirando. Rasu-Ñiti dejó caer las tijeras. Pero siguió moviendo la cabeza y
los ojos.
El arpista cambió de ritmo, tocó el illapa vivon (el borde del rayo). Todo
en las cuerdas de alambre, a ritmo de cascada. El violín no lo pudo seguir.
Don Pascual adoptó la misma actitud rígida del pequeño público, con el arco
y el violín colgándole de las manos.
Rasu-Ñiti movió los ojos; la córnea, la parte blanca, parecía ser la más
viva, la más lúcida. No causaba espanto. La hija menor seguía ata- cada por
el ansia de cantar, como solía hacerlo junto al río grande, entre el olor de
flores de retama que crecen a ambas orillas. Pero ahora el ansia que sentía
por cantar, aunque igual en violencia, era de otro sentido. ¡Pero igual en
violencia!
Duró largo, mucho tiempo, el illapa vivon. Lurucha cambiaba la
melodía a cada instante, pero no el ritmo. Y ahora sí miraba al maestro.
La danzante llama, que brotaba de las cuerdas de alambre de su arpa,
seguía como sombra el movimiento cada vez más extraviado de los ojos del
dansak’; pero lo seguía. Es que Lurucha estaba hecho de maíz blanco, según
el mensaje del Wamani. El ojo del bailarín moribundo, el arpa y las manos
del músico funcionaban juntos; esa música hizo detenerse a las hormigas
negras que ahora marchaban de perfil al sol, en la ventana. El mundo a
veces guarda un silencio cuyo sentido solo alguien percibe. Esta vez era por
el arpa del maestro que había acompañado al gran dansak’ toda la vida, en
cien pueblos, bajo miles de piedras y de toldos.
Rasu-Ñiti cerró los ojos. Grande se veía su cuerpo. La montera le
alumbraba con sus espejos.
Atok’ sayku salió junto al cadáver. Se elevó ahí mismo, danzando; tocó
las tijeras que brillaban. Sus pies volaban. Todos estaban mirando. Lurucha
tocó el lucero kanchi (alumbrar de la estrella), del wallpa wak’ay (canto del
gallo) con que empezaban las competencias de los dansak’, a la medianoche.
—¡El Wamani aquí! ¡En mi cabeza! ¡En mi pecho, aleteando! —dijo el
nuevo dansak’.
Nadie se movió.
Era él, el padre Rasu-Ñiti, renacido, con tendones de bestia tierna y el
fuego del Wamani, su corriente de siglos aleteando.

93
Antología literaria 5

Lurucha inventó los ritmos más intrincados, los más solemnes y vivos.
Atok’ sayku los seguía, se elevaban sus piernas, sus brazos, su pañuelo, sus
espejos, su montera, todo en su sitio. Y nadie volaba como ese joven dansak’;
dansak’ nacido.
—¡Está bien! —dijo Lurucha—. ¡Está bien! Wamani contento. Ahistá
en tu cabeza, el blanco de su espalda como el sol del mediodía en el nevado,
brillando.
—¡No lo veo! —dijo la esposa del bailarín.
—Enterraremos mañana al oscurecer al padre Rasu-Ñiti.
—No muerto. ¡Ajajayllas! —exclamó la hija menor—. No muerto. ¡Él
mismo! ¡Bailando!
Lurucha miró profundamente a la muchacha. Se le acercó, casi
tambaleándose, como si hubiera tomado una gran cantidad de cañazo.
—¡Cóndor necesita paloma! ¡Paloma, pues, necesita cóndor! ¡Dansak’
no muere! —le dijo.
—Por dansak’ el ojo de nadie llora. Wamani es Wamani.

94
Antología literaria 5

Glosario
• dansak’: se refiere al bailarín, el danzante de tijeras.
• mondonguera: Mondonga, despectivo de criada.
• Rasu-Ñiti: que aplasta nieve. (Nota del autor).
• Wamani: dios montaña que se presenta bajo la figura de un cóndor.
• chiririnka: mosca azul.
• hakakllo: pitorro, chocha, chochaperdiz, ave de carne estimada.
• chusek: lechuza.
• atok’ sayku: que cansa al zorro. (Nota del autor).

Disfrutamos del viaje literario


A partir de la lectura del cuento de José María Arguedas, responde lo siguiente:
1. ¿Qué cuenta este relato?
2. ¿Dónde sucede lo que se narra?
3. ¿Cómo describirías a los personajes del relato?
4. ¿Quién es el Wamani? ¿Por qué no puede ser visto por cualquiera? ¿Cuál es tu
opinión sobre él?
5. ¿Cuáles son los momentos musicales dancístiscos que hay en el ritual? Descríbelos
señalando la presencia del Wamani y su vínculo con el dansak’ y con Rasu-Ñiti.
6. Explica por qué podría decirse que el tema de este relato es el triunfo sobre
la muerte.

Coordenadas literarias

Datos del autor


José María Arguedas nació en 1911 en
Andahuaylas, Perú. Fue un destacado
escritor y antropólogo que dejó una huella
profunda en la cultura peruana.

Contexto
El cuento está ambientado en la región andina del Perú, específicamente en
el pueblo de Puquio. El contexto que retrata Arguedas refleja la vida rural, las
costumbres y las creencias indígenas. En esta historia se entrelazan el talento
literario del autor y su conocimiento vivencial y antropológico del mundo
narrado.

95
Antología literaria 5

Para tener un buen viaje literario


Observa en los diferentes momentos del relato y anota cómo se manifiesta la
naturaleza (animales, sol, cerros, etc.) en la agonía del protagonista.

Información útil para tu viaje


La antropología estudia la diversidad y complejidad de las sociedades humanas,
abarcando aspectos como la cultura, la sociedad, el lenguaje y la evolución.

Sigamos nuestra ruta literaria: ¡Seguimos en Perú!

96
Antología literaria 5

EL BÚHO QUE SE
CONVIRTIÓ EN
SER HUMANO
Tradición oral chayahuita

H
ace mucho tiempo un búho se convirtió en ser humano. Un
hombre se había ido a mitayar dejando a su esposa que estaba
embarazada en casa. Entonces la mujer dio a luz a su hijita.
Después, cuando estaba sentada, oyó al búho que estaba
cantando. Entonces la mujer le dijo:
—Si tú fueras un ser humano, me ayudarías en traerme la leña para
hacer la candela y poder calentarme.
Después de un momento el búho vino a la casa trayendo la leña y la
entregó a la mujer, diciendo:
—Toma la leña, vecina. Haz la candela y caliéntate.
La mujer se asustó, pero no le dijo nada. (Era una mujer que vino
trayendo la leña, pero realmente no era mujer. Era un búho convertido en
mujer.) Sin decir nada estaba mirándola, por eso él quiso dormir allá.
—Vecina, permíteme dormir contigo.
Y la mujer contestó:
—Ven pues, duerme conmigo.
Entonces durmieron juntos ahí; pero a medianoche, el búho convertido
le metió un dedo en el ojo de su hijita y la bebita lloraba. La madre le dijo:
—¿Qué le has hecho a mi hijita; por qué llora?
—No le hice nada. Llora porque le saqué un isango de su párpado
—dijo mintiendo.
Cuando la mamá dormía en profundo sueño, la mujer que dormía con
ella le sacó el ojo a la bebita y se lo comió. También le sacó el ojo a la mamá
y se lo comió.
Pero un jovencito se levantó y subió al techo de la casa. Allí se escondió
y estaba mirando todo. Vio que su mamá y su hermanita se habían muerto

97
Antología literaria 5

por esa mujer que dormía con su mamá. Amaneció esa mujer sola y se quedó
allá.
Después de un rato, el jovencito oyó a su papá quien estaba viniendo.
Bajándose del techo, corrió para contarle lo que había pasado.
La mujer que les había sacado los ojos estaba ahí todavía. Ella agarró
una piedra y la puso en su hamaca y estaba cuidándola como a su hijita.
Cuando el hombre llegó a su casa, vio a la mujer.
—Marido, he dado a luz a mi bebé, una mujercita —le dijo y entonces
se levantó y agarró su vasija de barro—. Me voy a recoger agua para cocinar
la carne. Cuando esté cocida, la comeremos —le dijo. Mientras tanto, el
hombre hizo hervir la brea y estaba esperando su regreso. Cuando la mujer
llegó del río, le dijo:
—Mujer, ven. Te voy a pintar tu cara para irnos a la fiesta —dijo, y a
la vez agarró una tabla doble—. Mete tus uñas aquí. Tengo miedo porque
son muy largas.
Entonces la mujer metió sus uñas, cerró sus ojos y levantó la cara.
Mientras quedó así, el hombre agarró la brea que estaba hirviendo y la echó
en su cara. Cuando hizo eso, la mujer brincó y gritó con tanta desesperación:
—¡Marido, marido! —dijo.
El hombre agarró la candela y encendió la casa (para que no se escapara
la mujer). Se alejó un poco de la casa y escuchó el incendio. Y la mujer antes
de morir pronunciaba estas palabras: “Huitina chispa, sachapapa chispa,
camote chispa” y así murió. (Por su muerte crecerían estos tubérculos de
sus ojos.) Esto es uno de los cuentos de los antepasados chayahuitas.

98
Antología literaria 5

Glosario
• mitayar: cazar.
• isango: es una especie de arácnido pequeñito.
• huitina: es una especie de planta de tubérculo comestible.
• sachapapa: es la papa de la selva.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura de la tradición chayahuita, responde lo siguiente:


1. ¿Qué te sorprendió al leer esta historia?
2. ¿Cómo describirías a cada personaje?
3. ¿Por qué crees que se eligió al búho como uno de los protagonistas?
¿Conoces otras historias en las que los animales se conviertan en humanos?
4. Imagina que pudieras convertirte en algún animal. ¿Qué animal serías y por
qué? Dibújalo en tu cuaderno.
5. Los relatos orales suelen explicar el origen de algún elemento o situación en
la naturaleza. Según tu percepción, ¿qué pretendería explicar este relato?

Coordenadas literarias

Datos del autor


El autor es anónimo. Se podría decir que, al ser
una historia trasmitida de manera oral, fue
creada por la colectividad chayahuita.

Contexto
La colectividad chayahuita pertenece a la etnia homónima que habita
principalmente en la región amazónica del Perú. Como en todos los relatos de
este tipo, aquí se revelan creencias y saberes de esta población.

99
Antología literaria 5

Para tener un buen viaje literario


En este relato, los diálogos contienen información importante. Presta especial
atención a ellos.
Información útil para tu viaje
La tradición oral se refiere a la transmisión de conocimientos, historias, mitos o
costumbres de una generación a otra mediante la palabra hablada, en lugar de
utilizar medios escritos. Esta forma de comunicación es característica de culturas
que dependen principalmente de la transmisión verbal de la información.

100
Antología literaria 5

Conexión para la próxima escala


Sigamos nuestra ruta literaria:

1. Este bloque explora la relación que existe entre lo humano, lo divino, lo


sagrado y lo animal. En los textos que has leído se narran historias que
evidencian una conexión entre la naturaleza animal y la humana. ¿Qué rasgos
del carácter humano puedes detectar en estas historias? En comparación
con los animales que aparecen en los cuentos leídos, ¿los humanos son
mejores, peores o iguales?, ¿por qué?
2. Haz un dibujo y escribe una breve biografía de cada uno de los animales
presentes en los cuentos revisados. Luego, ponles un nombre que, a tu
parecer, resuma de la mejor manera lo que representan. Compara tus textos
con los de tus compañeros y conversen sobre las coincidencias y diferencias
en sus percepciones.

101
Antología literaria 5

102
Antología literaria 5

ARTE POÉTICA
Preparémonos para iniciar un viaje literario por diversas
partes del mundo.
¡Comencemos ahora!

Situación

En una clase de Literatura, lees el siguiente texto que de inmediato


captura tu interés:
Seis hindúes sabios, inclinados al estudio, quisieron saber qué era un
elefante. Como eran ciegos, decidieron hacerlo mediante el tacto. El
primero en llegar junto al elefante chocó contra su ancho y duro lomo
y dijo: “Ya veo, es como una pared”. El segundo, palpando el colmillo,
gritó: “Esto es tan agudo, redondo y liso que el elefante es como una
lanza”. El tercero tocó la trompa retorcida y gritó: “¡Dios me libre! El
elefante es como una serpiente”. El cuarto extendió su mano hasta la
rodilla, palpó en torno y dijo: “Está claro, el elefante es como un árbol”.
El quinto, que casualmente tocó una oreja, exclamó: “Aún el más
ciego de los hombres se daría cuenta de que el elefante es como un
abanico”. El sexto, quien tocó la oscilante cola, acotó: “El elefante es
muy parecido a una soga”. Y así, los sabios discutían largo y tendido,
cada uno excesivamente terco y violento en su propia opinión y, aunque
parcialmente en lo cierto, estaban todos equivocados.
Parábola de los seis sabios ciegos y el elefante, atribuida a Rumi, sufí
persa del siglo XIII

103
Antología literaria 5

Presentación de los textos literarios


Para iniciar esta travesía literaria, revisa los textos que conocerás durante este viaje:

GARCÍA MÁRQUEZ Y YO
Jorge Ninapayta de la Rosa

EN EL BOSQUE
Ryunosuke Akutagawa

PREGUNTAS DE UN OBRERO QUE


LEE
Bertolt Brecht
ALEMANIA

¡Planifiquemos nuestro viaje literario!


Organiza tu itinerario de viaje. Para ello, revisa los textos, elige las estampillas y
colócalas en tu pasaporte literario de acuerdo con las escalas que hayas establecido
para su lectura.

104
Antología literaria 5

GARCÍA MÁRQUEZ
Y YO
JORGE NINAPAYTA DE LA ROSA
(peruano)

E
xtraños fueron los caminos que me llevaron hacia la gloria.
Ahora que repaso mi vida puedo apreciarlo con claridad. El
día que yo cumplía veintitrés años, en un bar del Callao, una
gitana circunspecta y de carnes enjutas me leyó la suerte en las
cartas. Luego, con tono solemne, me dijo que yo haría algo muy
importante en la vida; “algo grandioso”, fueron sus palabras.
La verdad, no fue una gran sorpresa para mí, porque siempre estuve
convencido de ello. Aunque pensaba que no era necesario ejecutar algo
desmesurado; un aporte a la Historia, por pequeño que sea, es un logro
notable. Y mientras llegaba el momento esperado, me desempeñaba como
corrector de textos en una editorial de libros de teología.
Cuatro años después, partí del Callao en un barco carguero que me
llevó por varios puertos de Sudamérica. Así inicié un periplo que duró más
de diez años. Me ganaba la vida corrigiendo textos. Lugar a donde llegaba,
averiguaba sobre las editoriales o los diarios más conocidos y allá iba a
ofrecer mis servicios.
La corrección de textos es un oficio mal reconocido. Y no es una tarea
fácil, aunque muchos la consideren una ocupación ancilar y de poco fuste.
En este trabajo hay que dominar no solo la ortografía, la gramática, la
sinonimia; también el ritmo y la cadencia de las frases. Muchas veces,
incluso, hay que adivinar lo que el autor quiso decir. La experiencia brinda
destreza al buen corrector; y, con los años, basta una rápida ojeada a las
primeras frases de un texto para medir la calidad de su autor, para saber
si estamos ante un profesional de la pluma o ante un pelmazo que ensarta
palabras.

105
Antología literaria 5

El año más importante de mi vida fue 1967, que me halló viviendo


en Buenos Aires. Trabajaba corrigiendo libros técnicos, boletines, algunos
volúmenes de cuentos, en una editorial de cierta importancia, luego de
haberme rebajado a fungir de ayudante de cocina en un restaurante japonés.
No pasaba nada especial en mi vida, y ya empezaba a dudar de mí mismo.
Hasta que cuatro meses y medio después de haber entrado a esa editorial,
llegó a mis manos un texto grueso en un sobre manila. Era una novela,
me dijeron, a la cual debía hacerle la corrección. “Apúrate, el editor quiere
entrar a imprenta dentro de una semana”.
Es lo usual en todas partes: los editores siempre andan apurados y
quieren que uno también se apresure a último momento, cuando ellos han
perdido tiempo valioso sacando cuentas sobre costos de producción y esas
banalidades.
Hojeé sin ganas las páginas, esperando encontrarme con algún
farragoso texto de estilo regionalista y temática sollozante, de los que aún
sobrevivían por esos años. Pero sucedió algo inesperado; desde las primeras
páginas de esa novela quedé sacudido. Yo había leído antes algo de ese autor,
unos cuentos, creo; pero esa novela, que en la primera página anunciaba
Cien años de soledad, era, definitivamente, una obra notable y original.
Me entretuve más de la cuenta repasando con delectación cada
capítulo, cada párrafo, cada línea. Cada frase llamaba a la siguiente con
naturalidad, engarzándose como en una gran joya de finos arabescos, y la
historia avanzaba envolviéndome en su universo de maravilla. No le hallaba
error de ninguna clase, ni siquiera alguna mácula ortográfica.
Mi labor, esa vez, se redujo solo a cotejar el original con el texto que
iría a imprenta, a identificar las faltas de la digitadora. Sin embargo,
parecía que hasta ella, una gorda mendocina que solía resollar mientras
aporreaba las teclas, se había contagiado de esta voluntad de perfección
y había olvidado sus frecuentes errores. Y mientras realizaba mi labor,
pensaba que algo así, precisamente así, me hubiera gustado escribir. Y me
acordé de lo que me dijera la gitana.
Yo avanzaba la lectura de la novela sin hallar ninguna falta. Cada
hoja revisada la ponía sobre una bandeja, de donde era llevada por un
empleado al editor. Hasta que, un poco después de la mitad, hallé algo que
me sobresaltó: un vocativo sin su coma. En un diálogo, el coronel Aureliano
Buendía era llamado por uno de sus lugartenientes, y el nombre aparecía
sin la coma de rigor. Pensé que debía ser descuido de la digitadora, no
podía haber otra razón. Pero, cuando revisé el original, fue mayúscula mi
sorpresa al comprobar que allí tampoco aparecía la necesaria virgulilla. El
autor, el maestro, se había equivocado. ¿Era posible? Quizá de tanto revisar
y rehacer las frases. A veces sucede.

106
Antología literaria 5

Que Dios me perdone, pero confieso que me alegré de esa circunstancia,


pues para entonces estaba convencido de que esa novela haría historia.
Claramente sentí en ese instante que una voz me llamaba desde arriba
y, con tono exhortativo, me indicaba que había llegado el momento. Mi
momento.
Volví a mirar el vocativo, que parecía como abandonado, inerme, sin su
coma. Y, entonces, ya no me quedaba más que cumplir con mi labor, hacer
mi aporte. Así es que tomé mi gruesa pluma de tinta líquida, tratando de
sortear un temblor que al inicio amenazó con debilitar mi mano, inspiré
larga y lentamente, calculé la distancia, la presión necesaria, y esta vez con
mano segura y pulso firme puse la coma: un punto grueso con una colita
hacia abajo, como mandan los cánones, tanto en la versión de la digitadora
como en la del autor. Eso fue todo. Eso fue suficiente.
El resto es historia. La novela prácticamente instauró una nueva
manera de narrar, se realizaron varias ediciones de ella y se vendieron
millones de ejemplares. Yo permanecí en Buenos Aires solo hasta la tercera
edición. Volví al Callao, donde ingresé como corrector en una dependencia
del Ministerio de Educación. Me casé, tuve tres hijos, fui feliz: ya nada
importante. Años más tarde me jubilé.
Mi vida, después, ha consistido en mantenerme atento al derrotero
editorial de la obra. En cuanto una nueva edición llegaba a librerías, corría
a conseguir un ejemplar, un poco para hacerle honor a la novela, pero sobre
todo para verificar la presencia de mi coma, si es que continuaba allí. Y, por
supuesto, allí estaba, bien afincada, cumpliendo su función cabal, y hasta
me parecía que resaltaba más que los otros signos cercanos.
Ahora que mi modesta pensión de jubilado no me permite comprar
las nuevas ediciones —algunas notablemente lujosas—, solamente puedo
dedicarme a admirarlas. Entro en esos elegantes recintos de libros del
centro, sorteo al vendedor que me mira con gesto despreciativo, ubico la
nueva edición, llego hasta la página indicada —que varía según la editorial
y las picas— y veo mi coma. Y cuando leo el párrafo pertinente, y recuerdo
todo el reconocimiento que ha obtenido la obra, que ha contribuido a ganar
el Nobel para su autor, yo también siento orgullo y se me hincha el pecho de
emoción. En esos instantes percibo claramente cómo el aliento de la gloria
me roza la cara y revuelve mis cabellos canos, y me siento orgulloso —
muy orgulloso— por esa novela que hace mucho, en un tiempo ya lejano,
escribimos García Márquez y yo.

107
Antología literaria 5

Glosario

• ancilar: Se refiere a algo que está subordinado o sirve como apoyo a algo más
importante.
• poco fuste: Poca consideración, importancia o categoría de una persona o
cosa.

Disfrutamos del viaje literario


A partir de la lectura del cuento de Jorge Ninapayta de la Rosa, responde lo
siguiente:
1. ¿Cómo resumirías esta historia?
2. ¿Quién la cuenta? ¿Cómo caracterizarías al protagonista?
3. ¿Qué sensación final te dejó la lectura?
4. El protagonista evoca lo que considera un gran momento de su existencia.
¿Cuál sería el tuyo? Explica por qué.
5. Imagina la reacción que podría haber tenido García Márquez al leer esta
historia. Escríbela.
6. En el texto se menciona que la corrección de textos es una labor poco
reconocida. ¿Estás de acuerdo?, ¿por qué? Comparte en plenaria una situación
—tuya o de terceros— en la que un texto con errores haya ocasionado algún
problema.

108
Antología literaria 5

Coordenadas literarias

Datos del autor


Jorge Ninapayta nació en 1957 en Nasca,
Perú. Fue un importante narrador que
sobresalió en el género del cuento.

Contexto
Este relato ganó en 1994 El Cuento de Las Mil Palabras, reconocido concurso
organizado en el Perú por la revista Caretas. En esta historia, así como en otras
del autor, el protagonista sobrelleva su vida pensando o imaginando que es
diferente o mejor de lo que realmente le tocó vivir.

Para tener en cuenta en el viaje literario


Observa que el narrador-personaje cuenta su historia siendo ya mayor, con un
tono que mezcla satisfacción y melancolía.
Información útil para tu viaje
El tono es la emoción o el sentimiento que trasmite un texto a través del lenguaje
empleado.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡Japón nos espera!

109
Antología literaria 5

EN EL BOSQUE

RYUNOSUKE AKUTAGAWA
(japonés)

Declaración del leñador, interrogado por el oficial del Kebiishi


—Sí, señor, es verdad; fui yo quien encontró el cadáver. Esta mañana, como
de costumbre, había salido a cortar leña y encontré al muerto en el bosque
que está detrás de la montaña. ¿El lugar exacto, dice usted? Pues, a unos
ciento cincuenta metros de la carretera a Yamashina. Es un lugar solitario,
poblado de bambúes, con algunos cedros entre ellos.
El cuerpo estaba tendido de cara al cielo; vestía un kimono de seda
violáceo y llevaba un gorro al estilo Kioto. Una herida de katana le atravesaba
el corazón, y las hojas de bambú que lo rodeaban estaban teñidas de rojo.
No, no perdía más sangre en ese momento. Creo que la herida estaba seca;
un tábano, de tan pegado que estaba a ella, ni siquiera sintió mis pasos.
¿Si vi alguna katana o algo parecido? No, no vi nada de eso, señor.
Solamente encontré una cuerda junto al tronco de un cedro que había cerca
del cadáver. Y.., ah, sí; también junto a la cuerda había un peine. Eso fue
todo lo que vi. Daba la impresión de que ese hombre había luchado antes
de ser asesinado, porque las hierbas y las hojas que había a su alrededor
estaban bastante pisoteadas.
—¿Había algún caballo cerca del lugar?
—No, señor. Es un lugar inaccesible para esos animales; está separado
de la carretera por un bosque de bambúes.

Declaración de un sacerdote budista, interrogado por el oficial del Kebiishi


—Es cierto. Ayer me encontré con el desdichado hombre. Ayer... sería
cerca del mediodía. El lugar es la carretera que conduce de Sekiyama a
Yamashina.
El hombre caminaba en dirección a Sekiyama acompañado por una
dama que iba a caballo. No alcancé a ver el rostro de esta dama, pues lo

110
Antología literaria 5

llevaba cubierto con un velo. Únicamente pude ver el color de su kimono,


que era claro. El caballo era un alazán de finas crines. ¿La estatura de la
dama?... algo así como un metro y medio. Como sacerdote, no estoy habituado
a fijarme en esos detalles. El hombre iba armado con katana, arco y flechas.
Particularmente recuerdo la aljaba negra donde llevaba unas veinte flechas.
No podía imaginar que a ese hombre le aguardara semejante destino.
En verdad, nuestra vida es comparable al rocío del alba o a un destello
fugaz. ¡Lamento tanto la suerte de ese hombre que no encuentro palabras
para expresar mi sentimiento!

Declaración del policía, interrogado por el oficial del Kebiishi


—¿Quién es el hombre que arresté? Es el famoso bandolero Tajômaru.
Cuando procedí, él había caído del caballo, y gemía echado sobre el puente
de Awataguchi. ¿Cuándo? Fue en las primeras horas de anoche. Recuerdo
que aquella otra vez en que fracasé al intentar arrestarlo, también llevaba
ese kimono azul y esa larga katana. Esta vez, como ustedes ven, lleva
además arco y flechas. ¡Ah!... ¿De modo que el arco y las flechas son iguales
a los del muerto? Entonces es seguro que este Tajômaru es el asesino. El
arco enfundado en cuero, la aljaba negra y las diecisiete flechas de pluma
de halcón seguramente eran del samurái. Sí; el caballo era, como usted
dice, un alazán de finas crines. Pastaba cerca del puente, con las riendas
sueltas. Seguramente por una ironía del destino Tajômaru fue arrojado por
el mismo caballo que robó.
Este Tajômaru es el mujeriego más famoso entre los bandidos que
merodean por la capital. El año pasado una creyente y su criada fueron
asesinadas en un monte, detrás de la estatua de Píndola del Templo Toribe;1

y se rumoreó que había sido obra de este bandido. Si es Tajômaru el asesino


del samurái, vaya uno a saber qué ha sido de la dueña del alazán.
Si se me permite una palabra, sugiero la conveniencia de averiguar la
suerte que corrió la dama.

Declaración de una anciana, interrogada por el oficial del Kebiishi


—Sí, señor; el cadáver es del hombre que se casó con mi hija. Él no
era de la capital; fue samurái en la ciudad de Kokufu, en la provincia de
Wakasa. Su nombre es Takejiro Kanazawa y tenía veintiséis años. No,
señor, él era una buena persona y no creo que haya sido víctima de alguna
venganza.
¿Mi hija? Su nombre es Masago y tiene diecinueve años. Es impulsiva,
pero dudo que haya conocido otro hombre aparte de Takejiro. Es de cutis
1
Píndola es llamado Píndola-bharadwaja, discípulo de Buda. (Nota del texto original).

111
Antología literaria 5

moreno y su cara es pequeña, ovalada y tiene un lunar cerca del ojo izquierdo.
Ayer, Takejiro y mi hija salieron para Wakasa. ¡Quién podía imaginar
esta tragedia!
¡Qué será de ella! Pues si bien estoy resignada por la suerte de mi
yerno, quisiera saber qué ha ocurrido con mi pobre hija.
¡Por los cielos, señores, no dejéis piedra sin remover hasta encontrarla!
A quien odio es a ese asesino, Tajômaru, o como se llame... A él, que
no solo a mi yerno, sino también a mi hija... [llora y no se entienden sus
palabras].

Confesión de Tajômaru
—Sí, señor comisario; yo maté a ese hombre, pero no a la mujer. ¿Qué
a dónde fue? No sé nada. ¡Eh! Déjeme en paz; no me apremien porque no
podrán obligarme a decir lo que no sé. Además, no tengo esperanza de
salvarme, así que no veo por qué he de ocultar detalles.
Bueno, fue así:
Ayer, poco después de mediodía, me encontré con esa pareja. Justamente
una leve brisa levantó el velo de seda que cubría el rostro de la mujer, y la
vi apenas. Digo apenas, porque inmediatamente volvió a ocultarlo. Quizá
por eso me pareció tan hermosa como la sagrada Bodhisattva. Y desde ese
instante decidí conquistarla, aunque tuviera que matar al hombre que la
acompañaba.
¿Qué dice? Vea: para mí, matar a un hombre no significa gran cosa,
como usted creería.
De todos modos, para poseer a la mujer había que eliminar al hombre.
Pero le aclaro, señor, que yo mato con katana y no como ustedes, que matan
con el poder, con el dinero, hasta con el pretexto de hacer un favor. Es cierto
que no derraman sangre y sus víctimas siguen viviendo; pero así y todo son
muertos, sombras de vivos. Si medimos los alcances del delito, es muy difícil
fijar quién es más criminal, yo o ustedes. [Sonríe con ironía.]
Sin embargo, era mejor proceder evitando la muerte del hombre. Y
opté por ello. Pero era imposible ejecutar mi propósito en la carretera (que
conduce a Yamashina). Entonces inventé una historia para internar a la
pareja en la montaña.
Resultó fácil. Empecé a caminar con ellos y les conté que había
descubierto una vieja tumba en la montaña, hallando una considerable
cantidad de sables y espejos antiguos, que luego había trasladado
clandestinamente al bosque de bambúes; y que de encontrar a algún
interesado, estaba dispuesto a venderlos a bajo precio. Al oír esto, el hombre
comenzó a interesarse, y...

112
Antología literaria 5

¿No les parece terrible la codicia que es capaz de abrigar el hombre?


En menos de media hora, los tres íbamos camino de la montaña.
Al llegar al bosque de bambúes me detuve, les dije que más adentro
estaba oculto el tesoro y les pregunté si querían verlo. El hombre, por codicia,
no puso objeción; pero la mujer, que ni siquiera se molestó en desmontar,
dijo que esperaría allí. Era comprensible su deseo, ante el aspecto de un
bosque tan espeso. Y eso era justamente lo que yo quería. Me apresuré a
conducir al hombre, sin insistir en que ella nos acompañara.
A la entrada del bosque hay bambúes solamente, pero a cierta distancia
existe un lugar más despejado con algunos cedros. No podía haber sitio más
apropiado para el logro de mi propósito. Abriéndome camino a través de los
bambúes, engañé al hombre diciéndole que las piezas estaban ocultas al pie
de un cedro. Él apresuró los pasos hacia unos cedros que se divisaban entre
los bambúes. Caminamos aún algo más, y llegamos al lugar señalado.
En un segundo, lo ataqué y lo derribé. Aunque el hombre llevaba
katana y era bastante vigoroso, al ser tomado por sorpresa y atacado por la
espalda nada pudo hacer para evitarlo. Lo até sin demora al tronco de un
cedro. ¿Dónde conseguí las cuerdas? Gracias a que soy ladrón siempre las
llevo, por si me veo obligado a escalar algún muro. Naturalmente; es fácil
impedir que el otro grite si se le llena la boca con hojas de bambú.
Terminada mi tarea con el hombre, volví en busca de la mujer y le dije
que fuera a reunirse con su marido, que se había indispuesto repentinamente.
Demás está decir que el plan tuvo éxito. La mujer, que se había quitado el
ichimegasa, se dejó conducir hasta el lugar; pero al llegar, ni bien advirtió
la situación del hombre, sacó un puñal —no supe cuándo—, y me desafió.
Nunca conocí una mujer tan impetuosa. De no ponerme en guardia, nada
me hubiera extrañado que en su arremetida terminara atravesándome el
vientre, o, peor aún, matándome. Pero como sabrá, yo soy Tajômaru. Pude
arrebatarle el arma sin hacer uso de la mía, y, aunque valiente, una vez
desarmada, nada pudo hacer. Así, por fin, pude satisfacer mis deseos de
poseerla.
Como le dije, no había matado al hombre; era innecesario, después
de haber conseguido a la mujer. Me disponía a huir cuando sucedió lo
inesperado. Ella se aferró a mis brazos con desesperación, y patéticamente,
con palabras entrecortadas, me gritó que uno de nosotros, su marido o yo,
tenía que morir; si no, ella misma moriría antes que soportar el dolor y la
vergüenza de saber vivos a los dos hombres que la habían poseído. Dijo más:
que sería de aquel que sobreviviera. Al oír estas palabras, el deseo de matar
al hombre me ofuscó. [Sombría excitación].

113
Antología literaria 5

Contándolo de esta manera debo parecer muy cruel. Pero no; usted no
vio la cara de la mujer en ese momento, ni soportó su mirada ardiente, como
yo. Al mirar esos ojos juré casarme con ella, sí, hacerla mi mujer a riesgo de
todo; ese era el único pensamiento que me absorbía.
Tal pensamiento no se debía al solo deseo carnal, como usted puede
suponer. Al contrario, si en ese momento solo hubiese sentido sensualidad,
habría escapado, sin importarme golpear a la mujer. Y de ser así, no habría
tenido ninguna necesidad de manchar mi katana con la sangre de ese
hombre.
Pero viendo el rostro de aquella bella mujer en la penumbra del bosque,
juré no abandonar el lugar sin haberlo ultimado. Sin embargo, no tenía
intención de matarlo en forma cobarde: solté sus ligaduras y lo desafié. (La
cuerda que se encontró junto al tronco fue la que yo utilicé y que luego dejé
olvidada.) Encolerizado, el hombre desenvainó su katana. Inmediatamente
me atacó iracundo, sin pronunciar palabra. Huelga explicar lo que pasó
después. Mi katana atravesó su pecho a los veintitrés asaltos. Recuerden
esto: veintitrés asaltos. No consigo salir de mi asombro. Nadie hasta
entonces me había resistido más de veinte. [Sonríe jovialmente].
Muerto el hombre, con la katana aún mojada en su sangre, me volví
hacia donde había quedado la mujer.
Pero ante mi asombro, había desaparecido. En vano registré el bosque
tratando de encontrarla; ni el menor rastro. Escuché con atención: se oyó el
estertor del hombre; nada más.
Pensé que al empezar el duelo ella habría salido en busca de ayuda.
Y puesto que era cuestión de vida o muerte, me apoderé de la espada del
hombre, junto con el arco y las flechas, y hui hacia la carretera. Una vez
allí, encontré pastando el caballo de la mujer. De lo que siguió después, le
diré únicamente que antes de entrar en la capital me deshice de la katana
robada.
Esta es toda mi confesión. Siempre tuve la convicción de que mi cabeza
colgaría algún día de un árbol; senténcienme a la pena capital. [Actitud
desafiante].
Confesión de la mujer que llegó al Templo Shimizu
—El hombre que vestía el kimono de seda azul, después de ultrajarme,
lanzó una mirada sarcástica a mi esposo, que estaba atado al tronco de
un cedro. ¡Cuán humillado se habrá sentido mi marido! Cuanto más se
empeñaba en liberarse, más se hundía la soga en su cuerpo. Desesperada,
corrí hacia él. No, mejor dicho, quise correr. Pero al intentarlo, el bandido
me derribó.

114
Antología literaria 5

En ese preciso instante advertí un brillo extraño en los ojos de mi


marido, tenía una expresión indescriptible... Lo recuerdo y todavía me
hace estremecer. Él, al no poder hablar, procuraba expresarse de ese modo.
Sus ojos no denotaban ni furor ni angustia...; despedían un brillo frío, que
reflejaba su desprecio hacia mí. Más herida por esos ojos que por el golpe del
ladrón, dejé escapar un gemido y me desvanecí.
Después de largo rato (creo), recobré el conocimiento, y advertí que el
hombre del kimono azul había desaparecido. Estaba solamente mi marido,
que continuaba atado al árbol. Me incorporé sobre las hojas de bambú y
dirigí hacia él mis ojos. Pero el brillo de los suyos no había cambiado; me
observaba con la misma frialdad, reafirmando su desprecio, y, en lo más
profundo, también su odio. Vergüenza, rabia, angustia...; no sé bien lo que
sentí entonces. Me levanté, vacilante, y me acerqué a él:
—Takejiro —le dije—, después de lo sucedido, no podría seguir viviendo
contigo. He decidido matarme, pero... pero tú también debéis morir. Visteis
lo que me ha hecho: no puedo dejaros vivir.
Hube de hacer un gran esfuerzo para decirlo. Pero él seguía
mirándome sin inmutarse. Sentí que mi corazón latía con violencia. Busqué
afanosamente la espada de mi marido. En vano; por lo visto, el bandido
había robado sus armas. Fue una suerte que allí cerca encontrara mi puñal.
Sosteniendo el arma en alto, volví a decirle:
—Ahora, dadme vuestra vida. Yo os seguiré inmediatamente.
Al escucharme, movió apenas los labios. Con la boca llena de hojas, no
podía articular palabra. Sin embargo, con solo mirarle adiviné su voluntad.
Con profundo desprecio me decía: “Matadme”. Sin poderme dominar,
enloquecida, clavé la daga en su pecho, a través del kimono de color lila.
Volví a desvanecerme. Cuando tiempo después me recobré, mi marido había
muerto. Un rayo del sol poniente, filtrado a través del follaje, iluminaba su
rostro sin color. Llorando, quité las ataduras de aquel cuerpo. Después...
No tengo fuerzas para narrar lo que me tocó vivir después. Hice todo lo
posible para darme muerte; clavé el puñal en mi garganta, me arrojé al
lago, cerca de la montaña; pero todo en vano. Heme aquí, frustrados mis
intentos, soportando el peso agobiador de mi deshonra. [Sonríe tristemente].
Es de creer que a una mala mujer como yo, hasta por la misma
Bodhisattva, le sea negada la piedad.
En fin yo, que maté a mi esposo, que fui violada por un bandido, ¿qué
debo hacer? ¿Qué es lo que yo... yo...? [Estalla de pronto en violentos sollozos].
Versión del muerto narrada por la médium

115
Antología literaria 5

—Después de violar a mi mujer, el bandido se sentó junto a ella y le


habló, tratando de consolarla. Naturalmente, yo no podía hablar; estaba
atado al tronco del cedro, amordazado. Sin embargo, intentaba decirle con
los ojos una y otra vez: “No creáis a ese canalla, es mentira todo lo que dice”.
Pero ella, sentada con las piernas recogidas, sobre las hojas de bambú, se
miraba las rodillas con obstinación. Esa actitud me hizo suponer que estaría
escuchando las palabras del hombre. Los celos me torturaban.
El bandido, hábil en la conversación, le hablaba de una cosa y otra,
hasta que llegó a proponerle con el mayor descaro: “Ya que has sido injuriada
en tu honor, no puedes seguir junto a tu esposo. A cambio de eso, y puesto
que ya no serán felices, ¿no prefieres ser mi mujer? Fue el amor que me
inspiraste lo que me llevó a cometer tal violencia contra ti”.
Mi mujer le escuchó fascinada y alzó la cabeza. Nunca la vi tan
hermosa como en ese momento. Pero, ¿qué respondió ante su mismo esposo,
víctima como ella de ese malhechor? Ahora vago perdido en el espacio, pero
no podré evitar la rabia y los celos mientras recuerde sus palabras: “Bien,
llevadme adonde queráis”. [Largo silencio].
Y no fue este el único delito de mi mujer. Si se tratara solo de esto, no
sufriría lo que sufro en esta oscura eternidad. Cuando, como en sueños, se
disponía a partir del brazo de aquel hombre, palideció repentinamente, y,
señalándome, exclamó: “Matadle. No puedo unirme a ti mientras él esté con
vida”. Y repitió varias veces, enloquecida: “¡Matadle, matadle!”. Aún ahora
sus palabras quieren arrastrarme hacia el negro abismo.
¿Habrán salido alguna vez palabras tan atroces de labios de un ser
humano? ¿Habrán entrado tan odiosas frases en oídos de algún mortal?
Alguna vez semejante... [Súbitamente, ríe con desprecio].
El mismo bandido se quedó perplejo al oírlas. “¡Matadle!”. Ella
continuaba gritando y se aferraba al brazo del delincuente. Él la miró
fijamente y no contestó... Antes de pensar en una respuesta, la arrojó al
suelo de un puntapié. [Nuevamente una carcajada desdeñosa].
Luego se cruzó de brazos tranquilamente y mirándome, dijo: “¿Qué
piensas hacer con esta mujer? ¿La matas o la perdonas? Contéstame con
la cabeza. ¿La matas?”. Solo por estas palabras perdonaría la acción del
individuo. [De nuevo largo silencio].
Mientras yo vacilaba en contestar, mi mujer dio un grito y echó
a correr, bosque adentro. El bandido se abalanzó tras ella, pero no logró
alcanzar ni la manga de su kimono. Fugada mi mujer, el hombre tomó mi
katana, mi arco y mis flechas. Luego cortó en un solo sitio la soga con que me
había atado. Recuerdo que al salir del bosque murmuró: “Ahora se juega mi
suerte”. Siguió un profundo silencio. No, oí que alguien sollozaba. Mientras

116
Antología literaria 5

me quitaba las sogas escuché con atención y noté que era mi propio sollozo.
[Largo silencio].
A duras penas separé del árbol mi cuerpo entumecido. Delante de mí,
brillaba la pequeña daga que había dejado mi mujer. La recogí y la hundí en
mi pecho. Un coágulo de sangre subió a mi garganta, pero no sentí ningún
dolor. A medida que mi cuerpo se enfriaba, todo a mi alrededor se volvía
silencioso y solemne. Ni el canto de un pájaro se oía en el aire de aquel lugar
en la cañada de la montaña. Apenas una débil claridad descendía sobre
las hojas, pero también eso fue desapareciendo, hasta que los cedros y los
bambúes se borraron de mi vista. Tendido en el suelo, un hondo silencio
me envolvía. En ese momento, alguien se acercó a mí con pasos cautelosos.
Traté de ver quién era; pero la oscuridad me lo impidió. Alguien... alguien
que no pude ver, una mano invisible, quitó suavemente el arma hundida en
mi pecho, al tiempo que otro coágulo me volvía a llenar la boca. Y de nuevo
me hundí en el oscuro espacio; por última vez, para siempre.

Disfrutamos del viaje literario


A partir de la lectura del cuento de Ryunosuke Akutagawa, responde lo siguiente:
1. ¿Cuántas personas o narradores narran esta historia?
2. ¿Dónde sucede y cuál es el tema en discusión?
3. ¿Por qué crees que el autor eligió ponerle como título “En el bosque”?
4. De las diferentes versiones que se dan, lo único claro es que Takejiro, el esposo,
está muerto. Imagina que te encargan la investigación de esta muerte. ¿Qué
preguntas les harías al bandolero, a la esposa y al propio Takejiro?
5. Siguiendo con tu rol de investigador, escribe tu conclusión final sobre lo que
realmente ocurrió y explica quién crees que dice la verdad y por qué.

117
Antología literaria 5

Coordenadas literarias

Datos del autor


Ryunosuke Akutagawa nació en 1892 en
Tokio, Japón. Fue un escritor muy influyente,
conocido especialmente por su narrativa
breve.

Contexto
Este cuento está ambientado en el Japón feudal. Al ofrecer versiones distintas
y a veces contradictorias de un incidente, explora la relatividad de la verdad y la
complejidad de la naturaleza humana.

Para tener en cuenta en el viaje literario


En este texto, varios narradores presentan su versión de los hechos. Elabora un
resumen de lo que dice cada uno.
Información útil para tu viaje
Un narrador, en un cuento o novela, es la voz o perspectiva desde la cual se
relata la historia. Puede ser un personaje dentro de la historia (narrador interno) o
alguien ajeno a ella (narrador externo). El narrador influye en la forma en que se
presenta la trama y en cómo se perciben los eventos y los personajes.

Sigamos nuestra ruta literaria: ¡Alemania nos espera!

118
Antología literaria 5

PREGUNTAS DE UN
OBRERO QUE LEE
}
BERTOLT BRECHT
(alemán)

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?


En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Acarrearon los reyes los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la reconstruyó otras tantas? ¿En qué casas
de la dorada y reluciente Lima vivieron los constructores?
¿A dónde fueron, la noche en que fue terminada la Muralla China,
los albañiles? La gran Roma
está llena de arcos de triunfo. ¿Sobre quiénes
triunfaron los césares? ¿Es que Bizancio, la tan cantada,
solo tenía palacios para sus habitantes? Hasta en la legendaria Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían
chillaron llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César sometió a los galos.
¿No llevaba consigo siquiera un cocinero?
Felipe de España lloró cuando su flota
fue hundida. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años. ¿Quién
venció además de él?
Cada página una victoria.
¿Quién cocinó la comilona de la victoria?
Cada diez años un gran hombre.
¿Quién pagó los gastos?

Tantos relatos,
tantas preguntas 1

1
Traducción del alemán, realizada por Karen Coral Rodríguez para esta edición.

119
Antología literaria 5

Glosario

• acarrear: Transportar. También, producir daños o desgracias.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del poema de Bertolt Brecht, responde lo siguiente:


1. ¿De qué habla este poema?
2. ¿Por qué crees que está escrito, sobre todo, con preguntas?
3. Entre los lugares mencionados está Lima. ¿Por qué?
4. ¿Qué sensación o idea sobre la verdad te deja?
5. ¿Qué quiere comunicar el poema al preguntar por el lugar de los obreros en
la historia?
6. Se podría afirmar que este poema busca cuestionar la historia oficial. ¿Estás
de acuerdo? Explica tus razones.

Coordenadas literarias

Datos del autor


Bertolt Brecht nació en 1898 en Augsburgo,
Alemania. Fue un muy destacado
dramaturgo y poeta.

Contexto
La poesía de Brecht aborda temas como la injusticia, la desigualdad social y la
lucha de clases. Sus escritos reflejan una perspectiva crítica hacia la sociedad
contemporánea y buscan despertar la conciencia política y social en el lector,
utilizando un estilo claro y directo.

120
Antología literaria 5

Conexión para la próxima escala


Sigamos nuestra ruta literaria:

1. Elabora un cuadro en el que compares las diferentes versiones de los


personajes de los tres textos leídos: el corrector y García Márquez en “García
Márquez y yo”; todos los narradores de “En el bosque”; y los personajes
históricos y los personajes anónimos del poema de Brecht. Al lado, señala
qué circunstancia o razón los lleva —o los puede llevar— a tener una versión
distinta de los otros.
2. A menudo, las noticias que aparecen en los medios de comunicación sesgan
los hechos o directamente los manipulan. Tomando en cuenta la diversidad
de versiones sobre la verdad que hemos visto en los cuentos, haz un
collage de noticias “sensacionalistas” o “falsas” alrededor de un hecho y, a
continuación, redacta, de la manera más objetiva que te sea posible, qué es
lo que realmente sucedió.

121
122
Antología literaria 5

LO EXTRAÑO Y MISTERIOSO
Preparémonos para iniciar un viaje literario por diversas
partes del mundo.
¡Comencemos ahora!

Situación
Carolina y Ricardo están sentados en la banca de un parque. Frente a
ellos pasa un hombre muy abrigado, vestido con sombrero, guantes y
un pesado sobretodo gris. Es verano y hace mucho calor.
—La gente es única —dice Ricardo.
—Sí —asiente Carolina—. Pero todos tenemos nuestras particularidades.
La otra vez escuché una frase que justo decía eso: “De cerca, nadie es
normal”.
—¡Qué buena! —exclama él—. ¿Y cuál es tu mayor particularidad?
Carolina se queda pensativa y, luego de un rato, contesta:
—Duermo con un montón de almohadas. Como veinte. Grandes y
chiquitas. Y creo que me faltan más. ¿Y la tuya?
—Uff, debo tener miles —se sonríe Ricardo—. Entre las que se pueden
contar está que soy muy obsesivo con ciertas cosas. Por ejemplo, en
mi billetera, tengo los billetes ordenados de menor a mayor, y siempre
me aseguro de que estén de cabeza.
Entonces, Carolina le pide que le muestre su billetera y comprueba
que está así como él dice.
—Yo te voy a mostrar algo todavía más interesante —dice, entusiasmada
con el tema—. Son unos cuentos sobre personas singulares o que viven
experiencias muy curiosas.

123
Antología literaria 5

Presentación de los textos literarios


Para iniciar esta travesía literaria, revisa los textos que conocerás en este viaje.

UN ARTISTA DEL TRAPECIO


Franz Kafka

PARECE TAN DULCE


Rosa Montero

YO VI GÜIJES
Tradición oral de Cuba narrada por Rita Piedra

CUBA

¡Planifiquemos nuestro viaje literario!


Organiza tu itinerario de viaje. Para ello, revisa los textos, elige las estampillas y colócalas
en tu pasaporte literario de acuerdo con las escalas que hayas establecido para su lectura.

124
Antología literaria 5

UN ARTISTA
DEL TRAPECIO
FRANZ KAFKA
(checo)

U
n artista del trapecio —como se sabe, este arte que se practica
en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más
difíciles entre todos los asequibles al hombre— había organizado
su vida de tal manera —primero por afán profesional de
perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica
—que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en
el trapecio. Todas sus necesidades —por otra parte muy pequeñas— eran
satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo
lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el
caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades
con el resto del mundo. Solo resultaba un poco molesto durante los demás
números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado
allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se
desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista
extraordinario, insustituible. Además, era sabido que no vivía así por capricho
y que solo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la
extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del
verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y
el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su
trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la
cuerda de ascensión algún colega de gira, se sentaba a su lado en el trapecio,
apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban
largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él
algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba
las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra
respetuosa, si bien poco comprensible.

125
Antología literaria 5

A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado, que


erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su
mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba
en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por
los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado.
Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara
innecesariamente.
El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría,
a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado
lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde
encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina
—pero en algún modo equivalente— de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su
llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas.
Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista
apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de
nuevo sobre su trapecio.
A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente
los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran
económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el
empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre
del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en
lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino
dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera
mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su
oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente
sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle
alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró
nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo.
Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente
conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no
recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó
su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas
preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
—Solo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!

126
Antología literaria 5

Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarle. Le prometió que


en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que
instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad
de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio
las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable.
De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a
hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos
habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían
aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario,
alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían
terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente
infantil del artista del trapecio.

Glosario

• claraboya: Ventana abierta en el techo o en la parte alta de las paredes.


• apostrofar: Ofender.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del cuento de Franz Kafka, responde lo siguiente:


1. ¿Qué te hizo sentir la actitud del trapecista?
2. ¿Cómo es la relación que este tiene con el empresario? Descríbela.
3. Teniendo en cuenta que los textos de Kafka ofrecen una metáfora de la
situación del hombre contemporáneo, ¿cuál sería esa metáfora en este caso
específico?
4. Si tuvieras que ponerle una moraleja a este cuento, ¿cuál sería?
5. Imagina cómo fue la infancia del trapecista y el inicio de su vocación como
artista del trapecio. Escribe como si fueras él, recordando su pasado y
contando el final de su vida.

127
Antología literaria 5

Coordenadas literarias

Datos del autor


Franz Kafka fue un escritor checo de
origen judío nacido en 1883 en Praga,
capital de la República Checa. A Kafka se
le considera un narrador imprescindible
del siglo XX.

Contexto
Este cuento, escrito a comienzos del siglo XX, refleja la atmósfera existencialista
y absurda característica de muchas de las obras de Kafka. Su protagonista vive
en una situación extraña que podría simbolizar la condición del hombre en la
sociedad contemporánea.

Para tener en cuenta en el viaje literario


En este texto hay dos personajes principales: el trapecista y el empresario. Anota
las acciones y reacciones de cada uno para entender mejor la historia.
Información útil para tu viaje
Este cuento tiene un final abierto; es decir, deja a la imaginación del lector qué
podría pasar para completar el relato. Un final cerrado, en cambio, ocurre cuando
la historia termina definitivamente.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡República Checa nos espera!

128
Antología literaria 5

PARECE TAN DULCE


ROSA MONTERO
(española)

P
arece tan dulce y es feroz. Contemplen la sala: está llena de gente. Un
tercio de esa gente, haciendo un cálculo optimista, son personas que
no me quieren bien. Todos mis competidores, todos mis verdugos y
todas mis víctimas. Llevo quince años en la firma, los cinco últimos
como director de personal: no ha sido fácil. Pero de entre todos esos
señores y señoras que me odian sé con certeza que la peor es ella. Ella es mi
mayor enemigo. Estoy muy seguro de lo que digo porque la conozco bien: es mi
mujer.
Y eso que están presentes los más belicosos, los más tenaces de mis
adversarios: Donatella, la licenciada en Económicas con un máster en Harvard
que entró como secretaria mía porque no encontraba trabajo con la crisis,
y que un día me echó lenta y deliberadamente un carajillo hirviendo en los
pantalones porque yo le había pedido que nos trajera unos cafés a la reunión
de directores (¿y qué podía hacer yo? Yo no soy culpable de la crisis. Y en la
reunión estaba el director general. Y se lo había pedido por favor). Zaldíbar, que
me tiranizó los seis años que fue mi jefe, firmando como suyos, sin yo saberlo,
todos los informes que le hice. Contreras, que aspiraba a mi cargo y perdió la
contienda, ayudado en la derrota, probablemente, por el hecho casual de que
yo me hubiera hecho socio del mismo club de tenis que el director general, con
quien llegué a trabar cierta amistad a golpe de raqueta (no soy un santo, pero
tampoco un cerdo como Zaldíbar: digamos que estoy asentado en el más común
y vulgar nivel de indignidad). Pues bien, pese a estar presentes estos tres pesos
pesados de la hostilidad, ella sigue siendo el mayor enemigo que tengo en esta
sala y en el planeta. El hecho de estar casados solo agrava la cosa. Duermo con
ella, con mi feroz enemiga, y en mis noches insomnes me parece escucharla
rumiar, en el silencio de sus sueños, ocultos planes de futuras venganzas.
Parece tan dulce. Ahí está, al otro lado de la sala, apoyada en la pared
con su fingida y elegante desgana de siempre, hablando con alguien a quien
no conozco; mírenla, ahora se la ve bien entre la gente, las espesas aguas de

129
Antología literaria 5

la concurrencia se han abierto un poco, creo que acaban de sacar los canapés
calientes y ha habido una súbita deriva de glotones hacia la puerta. Hay que
reconocer que se mantiene guapa: se toma su trabajo para ello, desde luego.
Se tiñe el pelo, se da masajes, hace gimnasia todo el día (quiero decir, siempre
que está en casa: es abogada y trabaja en un despacho laboralista), se llena la
cara de potingues, de mascarillas horrendas, de cremas apestosas; se mete en
la cama por las noches tan resbaladiza y aceitosa como un luchador de sumo
en un campeonato. En esto compruebo una vez más que es mi enemiga y puedo
medir el odio y el desapego que me tiene: tantos esfuerzos por mantenerse
guapa ¿para quién? Debe de ser para Donatella, para Contreras, para Zaldíbar.
Para mí no es, eso está claro; a mí me ofrece la tramoya del afeite, un gorro
de plástico en el pelo, un aspecto ridículo. No sé si lo hace por sadismo: para
enfrentarme con su presencia. O si, lo que sería peor (lo que sospecho), lo hace
simplemente porque no me ve, porque no me tiene en consideración, porque no
existo. Muchas veces en mi vida, con diversas personas, me he sentido así, de
cristal transparente; pero no estar en su mirada, en la mirada de ella, es lo
más duro.
Cuando estoy es peor. A veces me echa una desapasionada ojeada y dice:
—¿Por qué no te compras el monoxinosequé ese, esa loción que se dan los
hombres contra la calvicie?
O bien:
—Deberías cuidarte un poco más.
No parecen frases muy crueles, pero tendrían que oír el tono. Y la imagen
de mí mismo que me ofrecen sus ojos. Estoy allí, en el fondo de las pupilas de
ella, pequeñito por todas partes, más pequeñito aún de lo que sé que soy, con
mi calva incipiente y mi barriga incipiente y mi derrota incipiente. Y entonces
no le digo a mi mujer que llevo años frotándome la coronilla con minoxidil sin
mejoría apreciable, y que en el secreto de mi cuarto de baño (tenemos dos, uno
cada uno) hago abdominales, y que lo peor es que intento cuidarme y que la
ruina incipiente de mi aspecto es el pobre resultado de todos mis desvelos. Para
disimular, hago como que no me interesa nada mi apariencia física, como que
desdeño esas banalidades. Es un viejo recurso que he usado desde la infancia:
pretender que no me importa aquello en lo que he fracasado. Pero sé que mi
mujer sabe mi truco. Y también sabe que yo sé que ella lo sabe. Es humillante.
Mi mujer es mi mayor enemigo porque me humilla.
Quizá no es culpa suya. Quizá todo esto sea también tan duro para ella
como lo es para mí. Al principio no fue así: al principio yo me miraba en ella y
veía un dios. Sé que me quiso con locura. Lo sé, aunque no lo recuerdo; hoy me
es tan difícil imaginarla enamorada de mí que, si no guardara todavía algunas
arrebatadas cartas suyas, y, sobre todo, si no tuviera como prueba principal el

130
Antología literaria 5

hecho inaudito de que acabó casándose conmigo, creería que todo había sido
producto de mi imaginación. Recuerdo, eso sí, que un día se apagó su mirada
como se apaga la luz de un reflector. Y entonces yo dejé de estar bajo los focos y
ya no volví a ser jamás el protagonista de esta mala película.
Las mujeres son así. O al menos muchas mujeres, sobre todo las que son
apasionadas, como ella. Son terribles porque lo quieren todo. Porque no se con-
forman. Porque en el fondo pretenden encontrar al Príncipe Azul. Y cuando
creen haberlo hallado, se emparejan; pero al cabo de unas semanas, de unos
meses, de unos años, una mañana se despiertan y descubren que, en lugar
de haberse estado acostando todas esas noches con el Príncipe, en realidad
lo han estado haciendo con una rana. Lo peor es que entonces desprecian a
la rana y abominan de ella, en vez de aceptar las cosas tal cual son, como yo
mismo he hecho. Porque también mi mujer es mitad batracia, como todos; pero
a mí no me importa, incluso me gusta. A veces, por las noches, mientras ella
duerme en nuestra cama común (que es un desierto), yo la vigilo agazapado en
la penumbra, esperando el prodigio. Suspira ella, se agita entre sueños, unta
de crema de belleza toda la almohada; yo escruto a mi mujer atentamente, la
veo un poco rana, algo verdosa, me atrevo a ponerle una mano en la cintura,
ella ronronea sin despertar, como si le gustase; me acerco más, me cobijo en
la tibieza de su espalda como antes, palpitan los segundos en la noche, aquí
estamos los dos siendo otra vez uno, compañera de charca al fin aunque sea
dormida. Entonces me duermo yo también en esa postura inverosímil; y al cabo
de un instante de plácida negrura alguien me sacude, me despierta. Es ella,
que está erguida sobre un codo, contemplándome de cerca, la cabeza levantada
como una cobra. La cobra mira a la rana y dice:
—Roncas. Ya estás roncando otra vez. Date la vuelta.
¿Por qué sigo con ella? Parece tan dulce a veces, sobre todo cuando está
callada, cuando está ensimismada en otra cosa: será por eso. ¿Y ella por qué
sigue conmigo? Es una pregunta que no me atrevo a contestarme. Sé que soy
una decepción para ella: incluso lo soy para mí mismo. Sé que me falta pasión,
vitalidad, empuje. Que no hablo apenas, que soy introvertido y aburrido. Sé que
mi mujer se desespera cada vez que me ve pasar las horas delante del televisor
absorto en unos programas que por otra parte aborrezco. Un día, hace ya años,
era un domingo por la tarde y estábamos viendo una película en el vídeo, mi
mujer bostezó, se estiró y se me quedó contemplando pensativamente:
—Quién sabe, quizá sea esto todo lo que hay —dijo con lentitud—. Es
como cuando dejas de creer en Dios en la adolescencia, cuando un día te das
cuenta de que no hay cielo ni hay infierno y que esto es todo lo que hay.
Dicho lo cual se levantó del sofá y se puso a hacer pesas furiosamente
en un rincón de la sala: para qué, para quién. Si esto es todo lo que hay, a qué

131
Antología literaria 5

viene tanta gimnasia. Mírenla: está todavía guapa, ya lo sé. Quizá se arregle
para Zaldíbar. Para Contreras. Para Donatella. O quizá para ese hombre con
el que lleva tanto rato hablando y que no sé quién es. Tal vez a mi mujer se
le hayan vuelto a encender los faros de sus ojos y esté mirando a ese tipo con
la luminosa mirada del enamoramiento, que siempre es la misma y siempre
parece nueva. No quiero ni pensarlo. Antes, hace años, era celoso. Ahora tengo
tantas razones para serlo que no puedo permitírmelo.
Ese estruendo que acabamos de escuchar de algo que se rompe
definitivamente no fue mi corazón, contra todo pronóstico, sino que me parece
que ha sido un trueno. Sí, ahora truena otra vez, y a través de las ventanas
se ve un cielo tan negro como el futuro. A ella le dan miedo las tormentas. Un
miedo pueril que es parte de su cuota de rana, de imperfecta. Mírenla: ya se
ha puesto nerviosa. Ha vuelto la cabeza hacia los balcones, baila el peso de su
cuerpo de un pie a otro, se cambia el vaso de mano. Está buscando a alguien
con los ojos. A mí. No quiero ser pretencioso, pero me parece que es a mí. Sí,
ya me ha visto. Me mira. Me sonríe. Es una sonrisa que nadie ve: un fruncir
muy pequeñito de los labios por abajo. Solo yo sé que ella está sonriendo. Solo yo
conozco esa sonrisa. Y yo le digo: “No te preocupes, ya sabes que en las ciudades
siempre hay buenos pararrayos”. No se lo digo con la boca, pero ella entiende
igual, desde el otro lado de la sala, lo que le he dicho. Esto es lo más cerca que
estamos de la eternidad y del amor.
Recuerdo momentos. Buenos momentos. Los tengo guardados en la
memoria para los instantes de mayor desaliento. Recuerdo cuando enfermé de
gravedad con la neumonía y ella estaba tan fresca y tan serena en el incendio
de mi fiebre, sus manos arropándome, entendiéndome y perdonándome como
las manos de la Providencia. Recuerdo este invierno, cuando nevó y se cortó el
fluido eléctrico: a la luz de las velas nos vimos distintos e hicimos el amor como
si nos deseáramos, mientras los copos se asomaban sin ruido a la ventana para
mirarnos. Recuerdo las canciones que cantamos juntos en el viaje de vuelta de
Barcelona, mientras conducíamos por la autopista a través de la noche; y lo que
nos reímos.
Escuchad el ruido: está diluviando. Ahí fuera llueve, en la intemperie.
Es una noche desabrida y cruel, una oscuridad inacabable. Ella vuelve a mirar-
me, en la distancia. Entre toda la gente que hay en la habitación, me mira a
mí. Afuera cae del negro cielo una lluvia de desgracias y dolores, de cánceres,
fracasos, soledades; de envejecimientos, de miedos y de pérdidas. Y yo aprieto
los dientes y aguanto el chaparrón, y sé que quiero a mi enemiga con toda mi
voluntad, con toda mi desesperación. Con lo mejor que soy y con mi cobardía.

132
Antología literaria 5

Glosario
• potingue: Alimento o bebida de aspecto y sabor desagradable.
• tramoya: Conjunto de dispositivos manejados durante la representación
teatral para realizar los cambios de decorado y los efectos escénicos.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del cuento de Rosa Montero, responde lo siguiente:


1. ¿Quién cuenta esta historia? ¿En qué momento y lugar tiene lugar la narración?
2. ¿Cómo ha sido la relación de la pareja a lo largo del tiempo? Explica las
etapas.
3. ¿Qué originó en el narrador su actitud actual hacia su esposa? ¿Por qué dice
que ella es su enemiga?
4. Al final del relato, la lluvia que cae fuera del edificio es una metáfora de la
vida. ¿Qué elementos comunes comparten?
5. Imagina que eres la esposa del narrador y que también te pones a monologar.
Escribe ese monólogo.

Coordenadas literarias

Datos de la autora
Rosa Montero nació en 1951 en Madrid,
España. Es una reconocida periodista
y escritora. Destaca por sus novelas,
así como por crear libros que mezclan
géneros.

Contexto
Los cuentos de Montero reflejan situaciones diversas que abarcan desde lo
cotidiano hasta lo fantástico. En todos ellos, se presentan las complejidades
de las relaciones humanas, las inquietudes sociales y existenciales, así como la
exploración de la identidad individual.

133
Antología literaria 5

Para tener en cuenta en el viaje literario


En este cuento, es importante prestar atención a quién narra, cuándo y dónde
ocurre la narración, y hacia quién o quiénes se dirige.

Información útil para tu viaje


En este cuento, encontramos la figura del narratario, que es el destinatario ficticio
o imaginario al que el narrador se dirige dentro de un cuento o una novela, a
diferencia del lector real.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡Cuba nos espera!

134
Antología literaria 5

YO VI GÜIJES
Tradición oral de Cuba narrada por Rita Piedra

E
n eso de los güijes yo no creía. Un tío mío, que vivía en Camagüey,
siempre me decía que por allá salían en los ríos unos negritos
chiquitos que mordían y que por las mañanas se sentaban a coger
sol arriba de una laja grande que había en el medio del río, que
cuando veían gente se tiraban al agua enseguida.
Decía que eran igual a un humano pero que en vez de pelo tenían como
mazamorra verde en la cabeza.
Pero yo, Rita Piedra, a los treinta y dos años vi un güije, con mis propios
ojos. Eran como las seis y media o las siete, anocheciendo. Yo venía, con mi
mamá y mis hermanos chiquitos, que después que murió papá los fui a buscar
para que vinieran a vivir conmigo a Cárdenas. Veníamos con todos los trastes,
calderos y todo. Yo venía alante con un bulto, echando, pa pasar el puente del
río San Pablo antes que el agua lo cubriera, porque había llovido en la cabecera
y el río venía muy crecío.
En eso oigo una cosa que se tira de la baranda del puente pal agua y
miro y veo como dos cabecitas nadando apurás. Entonces pensé: “Eso no es
pescao”. Y tiro una piedra y salta pa’rriba un negrito chiquito como de seis
meses y después se volvió a hundir. Mi cuñao me dijo que como el río estaba
crecío el agua arrastró los güijes desde lejos, porque ellos viven en todos los ríos
profundos.
También, en una casa que yo trabajé, de gente muy rica, que se fueron
porque le quitaron primero ochenta caballerías, después treinta y después
veintitrés y se fueron del país. Ellos eran de por allá del punto ese que nombra
mucho Barbarito Diez, de Sancti-Spíritus, y la señora me contaba que por el
medio de la finca, que era muy grande, pasaba un río, pero que ella no dejaba
que los niños se bañaran porque salían güijes, que eran unos negritos con
yerbas en vez de pelo en la cabeza.

135
Antología literaria 5

Glosario

• laja: Roca plana, lisa y poco gruesa.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura de la tradición cubana, responde lo siguiente:


1. ¿Quién cuenta esta historia? ¿Cómo describirías a la narradora?
2. ¿Por qué razón piensas que su relato empieza así: “En eso de los güijes yo no
creía”?
3. ¿Cómo nos damos cuenta de que se trata de un relato oral que ha sido puesto
por escrito?
4. Imagina que un científico, un cura y la narradora discuten sobre si existen o
no los güijes. Te sugerimos recrear las posturas y los argumentos de cada uno
ellos: ¿qué diría el cura, el científico o la narradora?
5. Supón que eres un biólogo y te informan sobre la existencia de los güijes
y otros seres extraordinarios que tú también conoces. Ahora, completa
con tu imaginación: “Yo vi...” (asegúrate de que sea algo extraordinario o
sobrenatural).

Coordenadas literarias

Datos del autor


El autor es anónimo. Se podría decir que, al ser
una historia trasmitida de manera oral, fue creada
por la cultura cubana.

Contexto
Este cuento está ambientado en Camagüey, provincia de Cuba, donde, además
de poseer una rica tradición cultural, la pesca es parte parte de la economía local.

136
Antología literaria 5

Para tener en cuenta en el viaje literario


Anota los rasgos de la oralidad presentes en este escrito.

Información útil para tu viaje


La oralidad se refiere a la tradición de transmitir información, historias y
conocimientos de forma hablada en lugar de escrita. Cuando la oralidad se
incorpora en un texto escrito, se pueden mantener algunas de sus características a
través de elementos como el estilo conversacional, la estructura narrativa cercana
al discurso oral, el uso de refranes o expresiones coloquiales, y la atención a la
musicalidad del lenguaje.

Conexión para la próxima escala

Sigamos nuestra ruta literaria:

1. El tema de este bloque es lo extraño y lo misterioso, aunque los relatos


presentan algunas diferencias. ¿Qué características tiene cada uno? ¿Qué los
hace pertenecer a este bloque? Puedes utilizar un cuadro comparativo para
organizar tu respuesta.
2. En dos de los textos leídos, lo extraño o lo misterioso se manifiesta en personas
que podríamos encontrar en la realidad. Piensa en una “persona extraña” que
conozcas o de la que hayas oído hablar, y preséntala en la tertulia con tus
compañeros. Luego, reflexionen juntos sobre lo que significa “ser extraño”.
¿Es algo subjetivo u objetivo? ¿Tiene que ver con la época, la cultura o la
sociedad en la que nos ha tocado vivir? ¿Cuál debería ser la mejor actitud
frente a lo que se considera “diferente”?

137
138
Antología literaria 5

LA MUERTE
Preparémonos para iniciar un viaje literario por diversas
partes del mundo.
¡Comencemos ahora!

Situación
Viajas a Anco, Ayacucho, con tus papás y tus hermanos. No es la
primera vez que vas allá, pues tienes raíces ayacuchanas, pero en
esta ocasión es diferente. Ha fallecido el padrino de tu papá y debes
participar en el ritual de despedida. Así lo haces. Observas que el
difunto, colocado sobre una chakana o cruz andina, es trasladado al
cementerio. En el trayecto lo acompañan sus familiares y conocidos,
mientras unas señoras cantan con mucho sentimiento un qarawi. Al
sepultar el cuerpo, encienden velas y, poniendo flores sobre la tumba,
dicen: “Aquí estamos todos, acompañándote. No te olvidaremos”. De
regreso a casa, comparten comida y bebidas. Cinco días después, luego
de lavar la ropa del difunto y hacer ofrendas con su comida favorita,
se pone una silla en la sala de la casa del fallecido, a la espera de que
regrese su alma. No estuviste para aquel día, pero te contaron que
la hermana del difunto, que cantaba junto a unos oradores, exclamó
en determinado momento: “¡Ya llegó!”. Todo esto te ha hecho pensar
en los diferentes ritos relacionados con la muerte en nuestro país, así
como sobre las ideas o creencias que se tienen al respecto. Movido
por ese interés, lees un conjunto de relatos y poemas sobre este tema.

139
Antología literaria 5

Presentación de los textos literarios


Para iniciar esta travesía literaria, revisa los textos que conocerás en este viaje.

HE DEJADO DESCANSAR
TRISTEMENTE MI CABEZA...
Emilio Adolfo Westphalen

PRIMERA MUERTE DE MARÍA


Jorge Eduardo Eielson
PERÚ

LA LAGUNA
Joseph Conrad
P O LO N I A

EL FÉRETRO AMBULANTE
Tradición oral de Ayaviri
PERÚ

EL MONJE DE LAS CATACUMBAS DE


LA IGLESIA DE LA PUNTA
Tradición oral de Pomalca

¡Planifiquemos nuestro viaje literario!


Organiza tu itinerario de viaje. Para ello, revisa los textos, elige las estampillas y colócalas
en tu pasaporte literario de acuerdo con las escalas que hayas establecido para su lectura.

140
Antología literaria 5

HE DEJADO DESCANSAR
TRISTEMENTE
MI CABEZA...
EMILIO ADOLFO WESTPHALEN
(peruano)

He dejado descansar tristemente mi cabeza


En esta sombra que cae del ruido de tus pasos
Vuelta a la otra margen
Grandiosa como la noche para negarte
He dejado mis albas y los árboles arraigados en mi garganta
He dejado hasta la estrella que corría entre mis huesos
He abandonado mi cuerpo
Como el naufragio abandona las barcas
O como la memoria al bajar las mareas
Algunos extraños sobre las playas
He abandonado mi cuerpo
Como un guante para dejar la mano libre
Si hay que estrechar la gozosa pulpa de una estrella
No me oyes más leve que las hojas
Porque me he librado de todas las ramas
Y ni el aire me encadena
Ni las aguas pueden contra mi sino
No me oyes venir más fuerte que la noche
Y las puertas que no resisten a mi soplo
Y las ciudades que callan para que no las aperciba
Y el bosque que se abre como una mañana
Que quiere estrechar el mundo entre sus brazos
Bella ave que has de caer en el paraíso
Ya los telones han caído sobre tu huida
Ya mis brazos han cerrado las murallas
Y las ramas inclinado para impedirte el paso
Corza frágil teme la tierra

141
Antología literaria 5

Teme el ruido de tus pasos sobre mi pecho


Ya los cercos están enlazados
Ya tu frente ha de caer bajo el peso de mi ansia
Ya tus ojos han de cerrarse sobre los míos
Y tu dulzura brotarte como cuernos nuevos
Y tu bondad extenderse como la sombra que me rodea
Mi cabeza he dejado rodar
Mi corazón ha dejado caer
Ya nada me queda para estar más seguro de alcanzarte
Porque llevas prisa y tiemblas como la noche
La otra margen acaso no he de alcanzar
Ya que no tengo manos que se cojan
De lo que está acordado para el perecimiento
Ni pies que pesen sobre tanto olvido
De huesos muertos y flores muertas
La otra margen acaso no he de alcanzar
Si ya hemos leído la última hoja
Y la música ha empezado a trenzar la luz en que has de caer
Y los ríos te cierran el camino
Y las flores te llaman con mi voz
Rosa grande ya es hora de detenerte
El estío suena como un deshielo por los corazones
Y las alboradas tiemblan como los árboles al despertarse
Las salidas están guardadas
Rosa grande, ¿no has de caer?

142
Antología literaria 5

Glosario
• corza o corzo: Mamífero rumiante de la familia de los cérvidos.
• estío: Verano.
• alborada: Amanecer o alba.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del poema de Emilio Westphalen, responde lo siguiente:


1. ¿De qué habla este poema?
2. ¿Qué sensaciones, ideas o recuerdos despertó en ti su lectura?
3. ¿Qué palabras o versos te llamaron más la atención?, ¿por qué?
4. Este poema no tiene propiamente un título. Su autor decidió nombrarlo
como el primer verso. ¿Qué título le habrías puesto? Explica tus razones.
5. En el contexto del poema, ¿a qué crees que alude este verso: “La otra margen
acaso no he de alcanzar”?
6. Por su rico lenguaje metafórico, este poema podría tener muchas
interpretaciones. ¿Cuál sería la tuya? Comparte tu respuesta en una plenaria.

Coordenadas literarias

Datos del autor


Emilio Westphalen nació en Lima, Perú,
en 1911. Fue un poeta y crítico de gran
influencia en la literatura peruana del
siglo XX.

Contexto
La poesía de Westphalense se caracteriza por la experimentación
lingüística, la influencia de movimientos literarios como el surrealismo, y la
exploración de temas existenciales y metafísicos. En este poema, aborda
el tema de la muerte desde una mirada singular.

143
Antología literaria 5

Para tener en cuenta en el viaje literario


Subraya en el texto todas las expresiones que consideres metafóricas y reflexiona
sobre su significado.

Información útil para el viaje:


El lenguaje metafórico consiste en decir algo con palabras diferentes a las habituales;
es decir, supone abandonar el lenguaje literal para nombrar las cosas de una manera
más creativa y sugerente.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡Seguimos en Perú!

144
Antología literaria 5

PRIMERA MUERTE
DE MARÍA
JORGE EDUARDO EIELSON
(peruano)

A pesar de sus cabellos opacos, de su misteriosa delgadez,


de su tristeza áurea y definitiva como la mía,
yo adoraba a mi esposa,
alta y silenciosa como una columna de humo.

María vivía en un barrio pobre,


cubierto de deslumbrantes y altísimos planetas,
atravesado de silbidos, de extrañas pestilencias
y de perros hambrientos.
Humedecido por las lágrimas de María
todo el barrio se hundía irremediablemente en un rocío tibio.

María besaba los muros de las callejuelas


y toda la ciudad temblaba de un violento amor a Dios.
María era fea; su saliva, sagrada.

Las gentes esperaban ansiosas el día en que María,


provista de dos alas blancas,
abandonase la tierra sonriendo a los transeúntes.
Pero los zapatos rotos de María, como dos clavos milenarios,
continuaban fijos en el suelo.
Durante la espera, la muchedumbre escupía la casa,
la melancolía y la pobreza de María.

Hasta que aparecí yo como un caballo sediento y me apoderé de sus senos.


La virgen espantada derramó su leche y un río de perlas sucedió a su tristeza.

145
Antología literaria 5

María se convirtió en mi esposa.


Algún tiempo más tarde, María caía a tierra envuelta en una llamarada.
Esposo mío —me dijo—, un hijo de tu cuerpo devora mi cuerpo.
Te ruego, señor mío, devuélveme mi perfume, mi botella de leche, mi barrio miserable.

Yo le acerqué su botella de leche y le hice beber unos sorbos redentores.


Abrí las ventanas y le devolví su perfume adorado, su barrio polvoriento.
Casi enseguida, una criatura de mirada purísima abrió sus ojos ante mí,
mientras María cerraba los suyos
cegados por un planeta de oro: la felicidad.

Yo abracé a mi hijo llorando y caí de rodillas ante el cuerpo santo


de mi esposa: apenas quedaba de él un hato de cabellos negros,
una mano fría sobre la cabeza caliente de mi hijo.
¡María, María —grité—, nada de esto es verdad, regresa a
tu barrio oscuro, a tu melancolía, vuelve a tus callejuelas
estrechas, amor mío, a tu misterio llanto de todos los días!
Pero María no respondía.

La botella de leche yacía solitaria en una esquina,


como en un cono de luz divina.
En la oscuridad circundante, toda la ciudad me reclamaba a mi hijo,
repentinamente henchida de amor a María.
Yo lo confié al abrigo y la protección de algunos bueyes,
cuyo aliento cálido me recordaba el cuerpo tibio y la impenetrable pureza de María

146
Antología literaria 5

Glosario
• áurea: Dorada o parecida al oro.
• hato: Se emplea para señalar a un grupo de personas, animales o cosas.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del poema de Jorge Eielson, responde lo siguiente:


1. ¿Quién es María?
2. ¿Cómo es su esposo? Describe el tipo de relación que tiene con ella.
3. Varios versos del poema nos hacen pensar que María podría ser la María de
la Biblia. ¿Qué sentido le da esto al texto?
4. ¿Cuál es la imagen de la familia (padre, madre, hijo) que proyecta este
poema?
5. ¿Cómo interpretas la expresión “primera muerte” que aparece en el título?
6. ¿Cómo sientes la muerte luego de leer este poema?

Coordenadas literarias

Datos del autor


Jorge Eielson nació en 1924 en Lima,
Perú. Fue un brillante poeta que también
dedicó su talento a las artes plásticas.

Contexto
La poesía de Eielson explora temas como la transición entre la vida y la
muerte, la esencia efímera de la existencia y la búsqueda de significado en
el misterio de la muerte. En este poema, aborda estos temas a través de la
figura de María, que tiene diversas connotaciones en nuestra cultura.

147
Antología literaria 5

Para tener en cuenta en el viaje literario


Observa que, en varios momentos, hay elementos que permiten asociar a la María
del poema con la María de la Biblia. Anótalos.

Información útil para el viaje


En este poema se emplea con frecuencia el símil, una figura retórica que establece
una comparación explícita entre dos elementos a partir de similitudes, utilizando las
palabras como o cual.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡!

148
Antología literaria 5

LA LAGUNA
JOSEPH CONRAD
(polaco-británico)

E
l blanco, reclinado con ambos brazos sobre el techo de la caseta a la
popa del bote, dijo al timonel:
—Pasaremos la noche en el claro de Arsat. Ya es tarde.
El malayo se limitó a gruñir y siguió mirando con fijeza río
adelante. El blanco, apoyando el mentón sobre los brazos cruzados,
lanzó una mirada a la quilla de la embarcación. Al extremo de la recta avenida
de bosques que el destello intenso del río cortaba en dos, surgía el sol cegador
y sin nubes, posado sobre las aguas, que brillaban bruñidas como una banda
de metal. A ambos lados de la corriente, los bosques sombríos y solemnes se
erguían silenciosos e inmóviles. Al pie de árboles altos como torres crecían,
en el barro de la ribera, palmas de ñipa destroncadas, en grupos de hojas
pesadas y enormes que pendían tranquilas sobre el broncíneo remolino de los
reflujos. En la paz del ambiente, todo árbol, toda hoja, todo helecho, toda rama
de enredadera y todo pétalo de los minúsculos botones aparecía sumido en una
perfecta y definitiva inmovilidad, por la virtud de algún encantamiento. Nada
se agitaba sobre el río, sino los ocho remos que, levantándose regularmente en
un relámpago, caían al unísono en un solo chapoteo, mientras el timonel se
mecía a izquierda y derecha con un brillante y repentino trazo de su cimitarra,
que describía un semicírculo resplandeciente sobre su cabeza. Las aguas, al
golpe de los remos, espumaban a lo largo del bote en un murmullo confuso. Y
la canoa del blanco, avanzando río arriba en el breve disturbio por ella misma
provocado, parecía atravesar los umbrales de una tierra en la que hasta la
memoria misma del movimiento había desaparecido para siempre.
El blanco, volviendo la espalda al sol poniente, echó una mirada a lo largo
de la amplia y vacía extensión de aquel brazo de mar. En las tres últimas millas
de su curso el río, errabundo e indeciso, como hechizado irresistiblemente por
la libertad de un horizonte abierto, corre directamente hacia el mar, hacia el
oriente: hacia el oriente, albergue de luz como la oscuridad. A la popa del bote, el
insistente grito de algún ave, un grito discordante y débil, se arrastraba sobre

149
Antología literaria 5

el agua bruñida y se perdía, antes de alcanzar la ribera opuesta, en el ahogado


silencio del universo. El timonel hundió su remo en la corriente, apretándolo
con fuerza, los brazos muy tiesos, el cuerpo inclinado hacia adelante. El agua
gorgoteaba rumorosa; y, repentinamente, el largo y recto brazo de mar pareció
girar sobre su centro, las selvas trazaron un semicírculo y los rayos oblicuos
del crepúsculo tocaron los costados de la embarcación con un fiero destello,
arrojando las finas sombras torcidas de sus tripulantes al resplandor rayado
del río. El blanco se volvió, lanzando una mirada hacia adelante. El curso del
bote se había cambiado en ángulo recio con la corriente, y la labrada cabeza del
dragón de la proa apuntaba ahora hacia un claro en el encaje de las malezas de
la ribera. El bote se deslizó por él, rozando las colgantes ramas, y desapareció
del río semejante a una delgada criatura anfibia que abandonara el agua
en busca de su guarida en los bosques. El estrecho arroyuelo semejaba una
zanja: tortuoso, fabulosamente hondo, henchido de melancolía bajo la fina faja
de azul puro y brillante del cielo. Árboles inmensos se levantaban, invisibles,
tras las ornamentadas colgaduras de los matorrales. Aquí y allá, cerca de
la resplandeciente negrura de las aguas, la retorcida raíz de algún árbol
altísimo asomaba por entre el gótico encaje de los helechos, oscura y solemne,
contorsionada e inmóvil, como una serpiente suspensa. Las palabras breves
de los remeros resonaban ruidosamente entre los sombríos y espesos muros
de aquella vegetación. La oscuridad surgía de entre los árboles, abriéndose
paso por la intrincada masa de enredaderas, tras las enormes hojas fantásticas
e inmóviles; la oscuridad, misteriosa e invencible; la oscuridad perfumada y
venenosa de las selvas impenetrables. Los hombres adelantaban por las aguas
poco profundas. El arroyo se ampliaba, abriéndose en la ancha extensión de
una laguna inerte. Los bosques se apartaban de la pantanosa ribera, dejando
una cinta de césped duro, de un verde brillante, enmarcando el azul reflejado
del cielo. Una nube algodonosa y purpúrea flotaba en lo alto, arrastrando el
delicado colorido de su imagen bajo las hojas flotantes y los plateados botones de
los lotos. Una casucha, en lo alto de unas varas, que oficiaban a modo de pilares,
surgía negra en la distancia. Cerca de ella, dos altas palmas, que parecían
haberse adelantado a la selva del fondo, se inclinaban ligeramente sobre la
derruida techumbre, con una sugerencia de ternura y solicitud melancólicas en
el desfallecimiento de sus copas, frondosas y altivas. Señalando con el remo, el
timonel anunció:
—Allí está Arsat. Veo su canoa entre las estacas.
Los hombres corrían a lo largo de los costados de la embarcación y
arrojaban una mirada sobre el hombro hacia el fin de la jornada. Hubieran
preferido pasar la noche en cualquier otra parte y no en esa laguna, de fatídico
aspecto y espectral reputación. Además, profesaban a Arsat una gran antipatía;

150
Antología literaria 5

en primer lugar, porque lo consideraban extraño a ellos, y en segundo término,


porque aquel que reconstruye una casa en ruinas y la habita proclama
no abrigar temor alguno de vivir entre los espíritus que asolan los sitios
abandonados por los hombres. Un ser semejante es capaz de interrumpir el
curso del destino con una mirada o una palabra; tampoco es fácil a los casuales
viajeros ganarse la voluntad de los fantasmas familiares de aquel, espíritus que
suspiran por saciar sobre ellos los rencores de su humano señor. Los blancos
no prestan atención a cosas semejantes, descreídos como son y en liga con el
Padre del Mal, que los conduce incólumes por entre los invisibles terrores de
este mundo. A las advertencias de los justos oponen una ofensiva pretensión de
incredulidad. ¿Qué queda, entonces, por hacer? Así pensaban, apoyándose con
todo su peso al extremo de sus largas pértigas. La canoa resbalaba silenciosa,
ligera, mansamente, dirigiéndose hacia el claro de Arsat, hasta que, después
de un gran rumor de pértigas atrojadas al suelo y altos murmullos de “¡Alá es
grande!”, atracó, con un suave golpe, contra las torcidas estacas que sostenían
la casa. Los remeros, las caras en alto, gritaban discordantes:
—¡Arsat! ¡Oh, Arsat!
Nadie se asomó. El blanco principió a trepar la tosca escala que conducía
a la plataforma de bambú que había ante la habitación. El juragán refunfuñó:
—Prepararemos la cena en el sampán y dormiremos sobre el agua.
—Pásame mis mantas y la cesta —ordenó el blanco, en voz baja. Se
arrodilló a la orilla de la plataforma para recibir el paquete.
El bote se alejó en seguida, y el blanco, incorporándose, se halló ante
Arsat, que había surgido por la baja puerta de su cabaña. Era un hombre joven,
fuerte, de pecho amplio y brazos musculosos. No llevaba sobre él otra cosa que
su sarong. Tenía la cabeza descubierta. Sus ojos grandes y suaves miraban al
blanco ávidamente, pero su voz y sus maneras fueron mesuradas al preguntar,
sin decir antes palabra alguna de bienvenida:
—¿Traes medicina, Tuan?
—No —respondió el visitante, en tono inquieto—. No. ¿Por qué? ¿Tienes
algún enfermo en casa?
—Entra y verás —replicó Arsat, con el mismo aire tranquilo; y volviéndose
bruscamente, cruzó el bajo umbral.
El blanco, dejando caer su carga, le siguió. A la vaga luz de la habitación
se distinguía, sobre una litera de bambú, a una mujer tendida de espaldas bajo
una amplia sábana de lana roja. Estaba inmóvil, como muerta; pero sus grandes
ojos, muy abiertos, quietos y ciegos, relampagueaban en la semioscuridad,
mirando fijamente a los troncos del techo. Tenía una fiebre altísima y se hallaba,
evidentemente, sin conocimiento. Mostraba las mejillas ligeramente hundidas,
los labios entreabiertos, y sobre el rostro joven una expresión fija y fatídica: la

151
Antología literaria 5

expresión contemplativa y absorta de los que están próximos a morir. Los dos
hombres la contemplaron en silencio.
—¿Hace mucho tiempo que está enferma? —inquirió el viajero.
—No he dormido en cinco noches —respondió el malayo, en tono
deliberado—. En un principio, le parecía escuchar voces que la llamaban desde
el río y quiso desprenderse de mis brazos que la contenían. Pero desde que se
levantó el sol de este día no oye ya más, ni siquiera me oye a mí. No ve nada.
¡Ni me ve a mí!
Permaneció silencioso durante un minuto e interrogó luego, suavemente:
—¿Morirá, Tuan?
—Así lo temo —dijo tristemente el blanco.
Había conocido a Arsat años antes, en un país lejano, en tiempos de
peligro y de horror, en los que no hay amistad que pueda despreciarse; y desde
que su amigo malayo había llegado inesperadamente a habitar la cabaña de la
laguna con una mujer desconocida, no pocas veces había dormido allí en sus
viajes por el curso del río. Quería a este hombre que sabía guardar fidelidad a la
confianza que se le otorgaba y combatir sin miedo al lado de su amigo el blanco.
Lo quería, no tanto, quizá, como un hombre quiere a su perro favorito, pero sí lo
bastante para ayudarle sin hacer pregunta alguna, para pensar a veces, vaga
y perezosamente y en medio de sus propias preocupaciones, en aquel hombre
solitario y en la mujer de larga cabellera, rostro audaz y ojos triunfales, que
vivían juntos ocultándose en la selva... solos y temidos.
El blanco salió de la choza a tiempo para ver apagarse la enorme
conflagración del crepúsculo al soplo de las sombras, ligeras y furtivas, que,
levantándose como un vapor negro e impalpable sobre las copas de los árboles,
se alargaban por el cielo, extinguiendo el resplandor púrpura de nubes flotantes
y la roja brillantez de la luz diurna puesta en fuga. Poco después surgieron
todas las estrellas sobre la intensa negrura de la tierra; y la ancha laguna,
resplandeciendo repentinamente de luces reflejadas, semejaba un trozo oval de
cielo nocturno arrojado a la noche abismal y sin esperanza de aquella soledad.
El blanco cenó con las provisiones que llevaba en la caja, y luego, recogiendo
algunas varas de las que había en la plataforma, encendió una pequeña
hoguera, no porque necesitara el calor, sino para ahuyentar con el humo los
mosquitos. Se envolvió en sus mantas y se apoyó contra el muro de cañas de la
choza, fumando pensativamente. Arsat atravesó el umbral con pasos silenciosos
y se sentó en cuclillas cerca del fuego. El blanco agitó ligeramente sus piernas
extendidas.
—Respira —dijo Arsat, anticipándose a la pregunta que esperaba—.
Respira y arde como si ardiera un gran fuego en su interior. No habla, no oye...
¡y arde!

152
Antología literaria 5

Hizo una breve pausa, preguntando luego, en tono tranquilo, sin


curiosidad:
—¿Morirá, Tuan?
El blanco, confuso, se encogió de hombros y murmuró, indeciso:
—Si tal es su destino...
—No, Tuan —replicó Arsat con calma—. Si tal es mi destino. Oigo, veo,
espero. Recuerdo... Tuan, ¿te acuerdas del pasado? ¿Recuerdas a mi hermano?
—Sí —respondió el blanco. El malayo se levantó de pronto, penetrando
en la cabaña. El otro, aún sentado afuera, alcanzó a oír la voz de Arsat:
“¡Escúchame! ¡Háblame!” Un completo silencio siguió a sus palabras. “¡Oh
Diamelen!”, exclamó de pronto Arsat. Después de aquel grito, escuchose un
hondo suspiro. Arsat, al reaparecer en la plataforma, volvió a ocupar su sitio.
Permanecían silenciosos junto al fuego.
Ningún rumor se escuchaba en la casa, ningún rumor percibíase cerca de
ellos, pero a lo lejos, en la laguna, alcanzaban a oírse las voces de los remeros,
resonando precisas y distintas sobre el agua tranquila. El fuego que ardía en
la proa del sampán brillaba vagamente a la distancia, con un oscuro y rojizo
resplandor. Poco después se apagó. Cesaron las voces. La tierra y el agua
dormían invisibles, tranquilas y mudas. Parecía que nada quedaba sobre la
tierra sino el resplandor de las estrellas, que rodaban, infatigables y vanas, a
través de la negra inmovilidad de la noche.
Los ojos muy abiertos, el blanco dirigió una mirada al fondo de aquella
oscuridad. El temor y el encanto, la inspiración y el asombro de la muerte, de la
muerte inevitable y próxima, e invisible, apaciguaban la inquietud de su raza
y estremecían los más indistintos, los más íntimos de sus pensamientos. La
eterna y pronta sospecha del mal, la sospecha voraz que llevamos oculta en el
corazón, surgió para penetrar en la inmovilidad que le rodeaba, en la inmovilidad
sorda y profunda, haciéndola aparecer falsa e infame, como la máscara plácida
e impenetrable de una injustificable violencia. En aquel fugaz y tremendo
disturbio de su ser, la tierra, envuelta en la paz estrellada, convirtiose en un
fantasmagórico país de esfuerzo inhumano, un campo de batalla de espectros,
encantadores y terribles, augustos e innobles, que luchasen ardorosamente por
adueñarse de nuestro corazón. Un país intranquilo y misterioso de deseos y
temores inextinguibles. Un melancólico murmullo se levantó en la noche; un
murmullo entristecedor y espantable, como si la vasta soledad de los bosques
circundantes tratase de susurrar a su oído la sabiduría de su inmensa y
alta indiferencia. Flotaban en el aire, a su alrededor rumores imprecisos y
vagos, que adquirían lentamente la forma de palabras; y, por último, corrieron
mansamente en un riachuelo rumoroso de suaves y monótonas frases. El blanco
estremeciose como quien despierta, y alteró un poco su posición. Arsat, inmóvil

153
Antología literaria 5

y apesadumbrado, sentado, con la cabeza inclinada bajo las estrellas, hablaba


en un tono bajo y ensoñador:
—... porque, ¿en dónde, si no en el corazón de un amigo, podemos
desahogar el peso de nuestro dolor? Un hombre no debe hablar sino del amor o
de la guerra. Tú, Tuan, sabes qué es la guerra y en la hora del peligro me has
visto lanzarme en busca de la muerte como tantos otros en busca de la vida. La
palabra escrita puede desaparecer; puede ser escrita una mentira, ¡pero lo que
han visto los ojos es verdad y la mente lo conserva!
—Recuerdo —dijo el blanco suavemente.
Con amarga compostura, Arsat prosiguió:
—Prefiero, pues, hablarte del amor. Hablarte de él en la noche. Antes de
que, así la noche como el amor, hayan desaparecido... y el ojo del día haya de
asomarse sobre mi dolor y mi vergüenza; sobre mi rostro ennegrecido, sobre mi
consumido corazón.
Un suspiro, apagado y breve, señaló una pausa casi imperceptible, y sus
palabras continuaron corriendo, sin un estremecimiento, sin un gesto:
—Luego que terminó la guerra y que abandonaste mi país en persecución
de tus deseos, que nosotros, isleños, no podemos comprender, mi hermano y yo
fuimos nombrados nuevamente, como siempre, escuderos de nuestro señor. Bien
sabes que éramos miembros de una gran familia, perteneciente a una raza de
jefes, y más indicados que nadie para llevar al hombro derecho el emblema del
poder. Y en la hora próspera sir Dendring nos otorgó su favor, como nosotros,
en la hora de prueba, le mostramos la lealtad de nuestro valor. La época era
de paz. Época dedicada a la caza del venado y a las peleas de gallos; a la
charla indolente y a las tontas disputas entre hombres cuyo caudal desborda
y cuyas armas se enmohecen. Pero el sembrador veía desarrollarse sin temor
sus arrozales y los comerciantes llegaban y partían; partían flacos y volvían
gordos por el río de paz. Traían también nuevas. Traían, confundidas, verdades
y mentiras, de modo que nadie sabía cuándo era llegada la hora de alegrarse
y cuándo la de lamentarse. Por ellos supimos también de ti. Te habían visto
aquí, te habían visto allá. Y me alegraba recibir noticias tuyas, pues recordaba
los días de acción, y a ti, Tuan, te recordaba siempre, hasta que llegó la hora
en que mis ojos no acertaban a ver nada en lo pasado porque se habían fijado
en aquella que muere ahora allí... en la choza. Se detuvo, para exclamar, en un
murmullo intenso: “¡Oh, Mara bahía! ¡Oh, Calamidad!”, y prosiguió un poco
más alto:
—No hay peor enemigo ni mejor amigo que un hermano, Tuan, porque
un hermano conoce a otro y, en su sabiduría, es fuerte para bien o para mal.
Yo amaba a mi hermano. Lo busqué para decirle que no podía ver nada sino
un rostro, nada podía oír sino una voz. Él me aconsejó: “Ábrele tu corazón de

154
Antología literaria 5

manera que pueda ver lo que hay en él... y espera. La paciencia es sabiduría.
¡Inchi Midah puede morir o nuestro señor vencer su terror a una mujer!...”
¡Esperé!... ¿Recuerdas, Tuan, a la dama de la faz velada, y el temor que su
astucia y su cólera inspiraban a nuestro señor? Y si ella deseaba a su esclavo,
¿qué me era dable hacer? Pero calmaba yo el hambre de mi corazón con breves
miradas y palabras furtivas. Durante el día transcurría el tiempo en el sendero
que llevaba a las casas de baños, y cuando el sol había caído detrás del bosque,
me deslizaba entre los jazmines qua crecían en el patio de la mujer. Ocultos, nos
hablábamos a través del perfume de las flores, a través del velo de la vegetación,
por entre las largas hojas de enredaderas que se levantaban inmóviles ante
nuestros labios; muy grande era nuestra prudencia, muy suave el murmullo
de nuestro enorme anhelo. Pasaba el tiempo rápidamente... y entre las mujeres
suscitábanse rumores... y nuestros enemigos vigilaban... Mi hermano estaba
sombrío y yo pensé en matar y en buscar una muerte cruel... Pertenecemos a
una raza que toma siempre lo que desea... como vosotros, blancos. Llega una
hora en que el hombre debe olvidar la lealtad y el respeto.
El poder y la autoridad se otorgan a los jefes, pero a todos los hombres son
concedidos el amor, la fuerza y el valor. Mi hermano dijo: “Arrebátala. Llévatela.
Somos dos que somos como uno”. Y yo respondí: “Que sea pronto, pues no
encuentro calor en el sol que no alumbra para ella”. Nuestra oportunidad se
presentó cuando nuestro señor y todos los grandes señores de su corte bajaron a
la boca del río con objeto de pescar a la luz de las antorchas. Se reunieron cientos
de botes, y sobre las arenas blancas, entre el agua y las selvas, se levantaron
cobertizos de hojas para habitación de los rajaes. El humo de los fuegos semejaba
una azul niebla vespertina, y en ella resonaban, alegres, multitud de voces.
Mientras disponían los botes para la pesca, mi hermano vino a decirme: “¡Será
esta noche!”. Examiné mis armas y cuando llegó la hora nuestra canoa ocupó
su sitio en el círculo de botes que llevaban las antorchas. Las luces destellaban
sobre el agua, pero a espaldas de los botes todo era oscuridad. Cuando principió
la gritería, y la agitación los convirtió en locos, nosotros escapamos. El agua se
tragó nuestra luz y volvimos a la ribera, que estaba oscura y en la que brillaban
apenas, aquí y allá, brasas encendidas. Oíamos la charla de las esclavas entre
las chozas. Descubrimos un sitio silencioso y desierto. Allí aguardamos. Ella
llegó. Llegó corriendo a lo largo de la ribera, rápida y sin dejar tras de sí traza
ninguna, como una hoja que el viento arrastrara mar adentro. Sombrío, mi
hermano me dijo: “Anda, llévala contigo; condúcela a nuestro bote”. La levanté
en mis brazos. Ella jadeaba. Su corazón palpitaba contra mi pecho. “Te arrebato
a estos hombres”, dije. “Viniste al grito de mi corazón, pero mis brazos te llevan
a mi bote contra la voluntad de los poderosos”. “Es justo”, dijo mi hermano.
“Somos hombres que tomamos lo que desea nuestro corazón y sabemos guardarlo

155
Antología literaria 5

contra todos. Debíamos haberla tomado a la luz del día”. Urgí yo: “Partamos”,
pues luego que la tuve en mi canoa, pensé en los muchos hombres de nuestro
señor. “Sí. Partamos”, respondió mi hermano.“Somos desterrados y este bote
es ahora nuestra patria... y el mar nuestro refugio”. Tardaba en desprender el
pie de la ribera y le conminé a apresurarse, recordando el latido del corazón
de aquella mujer junto a mi pecho y pensando que dos hombres no pueden
luchar victoriosamente contra cien. Partimos, remando río bajo, próximos a la
ribera; y al pasar por el brazo del río en que pescaban, había cesado la enorme
gritería, pero el rumor de sus voces era alto como el zumbido de los insectos a
mediodía. Flotaban los botes agrupándose a la luz roja de las antorchas, bajo
un negro techo de humo; y los hombres hablaban de su pesca. Hombres que se
envanecían, elogiaban, clamaban..., hombres que quizá eran amigos nuestros
aquella mañana y que ya en aquella noche se habían convertido en nuestros
enemigos. Remando ligero, los dejamos atrás. Perdíamos todos nuestros amigos
en el país natal. Ella se encontraba en el centro de la canoa, el rostro velado, tan
silencioso como ahora..., tan invisible como ahora... y no lamentaba yo nada de
lo que abandonaba porque la oía respirar cerca de mí... como ahora la escucho.
Hizo una pausa, aguzó el oído, vuelto hacia el umbral, sacudió la cabeza
y prosiguió:
—Mi hermano quería lanzar el grito de desafío —un grito solo— que
hiciera saber a las gentes que éramos rebeldes y altivos de nacimiento, confiados
en nuestros brazos y en el vasto mar. Y le rogué nuevamente, en nombre de
nuestro amor, que acallase su grito. ¿No oía yo acaso respirar a mi amada
cerca de mí? No ignoraba que la persecución se iniciaría pronto. Mi hermano
me amaba. Hundió el remo sin chapoteo alguno. Se limitó a decir: “En ti no
hay ahora sino la mitad de un hombre..., la otra mitad está en esa mujer. Puedo
esperar. Luego que vuelvas a ser un hombre entero regresarás conmigo a
gritar nuestro desafío. Somos hijos de una misma madre”. No respondí. Toda
mi fuerza y todo mi espíritu los reconcentraba en las manos que sostenían el
remo... porque suspiraba por encontrarme con ella en un sitio seguro, lejos del
alcance de la cólera de los hombres y el despecho de las mujeres. Mi amor era
tan grande que lo suponía capaz de guiarme hacia un país donde la muerte no
existiera solo con que pudiese escapar al enojo de Inchi Midah y al alfanje de
nuestro señor. Remamos violentamente, respirando entre dientes. Las hojas de
los remos penetraron profundamente en las aguas tranquilas. Salimos del río;
volamos por canales abiertos entre los bajos fondos. Bordeamos la negra costa;
bordeamos las playas arenosas en donde el mar habla a la tierra en blandos
murmullos; y el destello de arena blanca respondía al paso de nuestro bote,
tan ligero corría este sobre el río. No hablábamos. Solo una vez susurré yo:
“Duerme, Diamelen, porque pronto necesitarás todas tus fuerzas”. Llegó a mis

156
Antología literaria 5

oídos la dulzura de su voz, pero me abstuve de volver la cabeza. Se levantó el


sol y aún proseguíamos adelante. Corría el agua de mi rostro como la lluvia
de una nube. Volábamos en la luz y en el calor. No volví la vista para nada,
pero sabía que los ojos de mi hermano, a mi espalda, miraban con firmeza
hacia adelante, pues el bote corría tan recto como la flecha de un guerrero al
abandonar el arco. No había remero mejor ni mejor timonel que mi hermano.
Muchas veces, en aquella canoa, habíamos vencido en las regatas. Pero jamás
habíamos agotado nuestras fuerzas como entonces..., ¡entonces, cuando por
última vez remamos juntos! No había en mi patria un hombre más fuerte ni
más bravo que mi hermano. No podía yo perder el tiempo en volverme a mirarlo,
pero no cesaba de escuchar a mi espalda el siseo de su aliento creciendo por
momentos en intensidad. No pronunciaba una palabra. El sol estaba ya muy
alto. El calor se ensañaba en mi espalda como una llama de fuego. Sentía las
costillas próximas a romperse, ya me era imposible respirar. Y sentí que era
necesario gritar con mi último aliento: “¡Descansemos!”... “Bueno”, respondió
él; y su voz era firme. Era fuerte. Era bravo. No conocía la fatiga ni el miedo...
¡Mi hermano!
Un murmullo suave y poderoso, un murmullo vasto y blando, el
murmullo de las hojas temblorosas y las malezas estremecidas, atravesaba
las enmarañadas profundidades de las selvas, corría sobre la mansedumbre
estrellada de la laguna; el agua, entre las estacas, lamió una vez los flacos
maderos con un chapoteo repentino. Una bocanada de aire tibio tocó en el
rostro a los dos hombres y siguió adelante con un melancólico rumor: un aliento
breve y rumoroso como algún inquieto suspiro de la tierra ensoñante.
Arsat prosiguió, en voz baja y tranquila:
—Echamos la canoa sobre la playa blanca de una pequeña bahía, cercana
a una larga lengua de tierra que parecía interponerse en nuestro camino; un
cabo largo y frondoso que iba a perderse mar adentro. Mi hermano conocía el
lugar. Más allá de aquel cabo está la embocadura de un río y atravesando la
selva de aquella tierra corre un angosto sendero. Encendimos una hoguera y
preparamos un poco de arroz. Nos tendimos luego a descansar en la blanda
arena, a la sombra de nuestra canoa, mientras Diamelen vigilaba. No acababa
yo de cerrar los ojos cuando la escuché lanzar un grito de alarma. Mi hermano
y yo nos pusimos de pie de un salto. El sol caía ya, y, asomando por la entrada
de la bahía, vimos un prao, conducido por una multitud de remeros. Lo
reconocimos en seguida: era uno de los praos de nuestro rajá. Escudriñaban
la costa y no tardaron en descubrirnos. Sonó el gongo y volvieron la proa de
su embarcación hacia la bahía. Sentí que el corazón se me encogía en el pecho.
Diamalen, sentada sobre la arena, se cubría el rostro con las manos. Por el
mar no había escape alguno. Mi hermano se rio. Llevaba consigo el rifle que

157
Antología literaria 5

le diste, Tuan, antes de que partieras, pero la pólvora con que contábamos era
muy poca. Rápidamente me ordenó: “Corre con Diamelen por el camino. Yo me
encargo de mantenerlos a raya, pues no traen armas de fuego, y desembarcar
ante un hombre que carga un rifle significa la muerte para algunos. Huye con
ella. Al otro lado del bosque hallarás la cabaña de un pescador... y una canoa.
Cuando haya disparado todos mis cartuchos, los seguiré. Soy un gran corredor,
y antes de que nos den alcance habremos desaparecido. Resistiré aquí todo lo
que pueda; Diamelen no es más que una mujer, incapaz de combatir o de correr,
pero en sus manos débiles guarda tu corazón”. Se tendió tras la canoa. El prao
se aproximaba. Diamelen y yo corrimos, y mientras nos apresurábamos por
el sendero, oí varios disparos. Mi hermano disparó una..., dos veces; y cesó el
batir del gongo. El silencio se hizo a nuestra espalda. Aquella faja de tierra es
muy angosta. Antes de que llegara a mis oídos el tercer disparo de mi hermano,
distinguí la costa y vi el agua nuevamente; nos encontrábamos en la boca de
un gran río. Atravesamos un verde claro. Bajamos a la orilla del agua. Vi una
choza que se levantaba sobre el lodo y una canoa balanceándose en lo alto.
Escuché tras de mí un nuevo disparo. Pensé: “Esa fue su última descarga”.
Alcanzamos rápidamente la canoa; un hombre salió corriendo de la
cabaña, pero le salté encima y rodamos juntos por el fango. Luego me incorporé
y él quedó inmóvil a mis pies. Ignoro si lo maté o no. Entre Diamelen y yo
empujamos la canoa hasta llevarla al río. Me alcanzaron unos gritos y vi a
mi hermano que corría. Numerosos hombres lo seguían. Tomé en brazos
a Diamelen, la arrojé al bote y en seguida salté yo. Al volver la mirada, vi
a mi hermano rodar por el suelo. Cayó, y se levantó inmediatamente, pero
sus perseguidores lo rodeaban ya. Me gritó: “¡Ya llego!”. Sus perseguidores
lo alcanzaban. Miré. Eran muchos. La miré luego a ella, ¡empujé la canoa,
Tuan! La empujé a la corriente. Diamelen se hallaba de rodillas, mirándome,
y le dije: “Toma el remo”, mientras yo golpeaba el agua con el mío. Oí a mi
hermano gritar, Tuan. Le oí gritar dos veces mi nombre, y oí también voces
que clamaban: “¡Matad! ¡Matad!”. No volví siquiera la mirada. Le oí gritar
mi nombre una vez más, con un gran chillido, como cuando la vida se pierde
con la voz... y no volví siquiera la cabeza. ¡Mi nombre!... ¡Mi hermano! Tres
veces me llamó..., pero no temía yo a la vida. ¿No estaba conmigo Diamalen?
Y ¿no encontraría con ella algún país donde se olvidara la muerte?..., ¡donde se
desconociera la muerte!
El blanco se incorporó. Arsat se puso de pie, irguiendo su vaga figura
silenciosa sobre las brasas agonizantes de la hoguera. Una neblina había caído
sobre la laguna, arrastrándose, borrando lentamente la brillante imagen de las
estrellas. Ahora una enorme masa de vapor blanco cubría la tierra: extendíase
frío y gris en la oscuridad, arremolinándose en mudos torbellinos alrededor de

158
Antología literaria 5

los troncos de los árboles y por la plataforma de la casa, que parecía flotar sobre
la inquieta e impalpable ilusión de un mar. Apenas si, muy lejos, las copas de
los árboles se recortaban sobre el destello del firmamento, como alguna costa
sombría y prohibida, una costa engañosa, implacable y negra.
La voz de Arsat vibró con fuerza en la profunda paz:
—¡Tenía conmigo a Diamelen! ¡La tenía conmigo! Por ganarla hubiera
enfrentado a toda la humanidad. Pero la tenía ya conmigo... y...
Sus palabras se perdieron resonantes en las huecas distancias. Hizo una
pausa y pareció que a lo lejos las escuchara morir; más allá de todo auxilio y
toda revocación. Y suavemente dijo:
—Tuan, yo amaba a mi hermano.
Una racha de viento lo hizo estremecer. Por sobre su cabeza, sobre el
silencioso mar de la neblina, las hojas mustias de las palmeras resonaban en
un rumor melancólico y expirante. El blanco estiró las piernas. Apoyó el mentón
sobre el pecho y, sin levantar la cabeza, murmuró tristemente:
—Todos amamos a nuestros hermanos.
Arsat estalló, con una intensa y susurrante violencia:
—¿Qué me importa quién muriese? No buscaba yo otra cosa que paz
para mi corazón.
Pareciole escuchar un movimiento en la cabaña; aguzó el oído..., entrando
fuego con pasos silenciosos. El blanco se levantó. Llegaba una brisa en
bocanadas caprichosas. Las estrellas palidecían como si hubieran retrocedido
en las heladas profundidades del espacio infinito. A una glacial racha de viento
siguieron unos segundos de calma perfecta y absoluto silencio. Luego, tras la
negra línea sinuosa de los bosques, una columna de luz de oro se levantó hacia
el cielo y se extendió sobre el semicírculo del horizonte oriental. Nacía el sol.
Retirose la niebla, se deshizo en nubes fugaces, desvaneciéndose en ligeras
trenzas flotantes; y la laguna, descubierta, se revelaba, negra y bruñida, en
las sombras espesas al pie del muro de árboles. Un águila blanca se levantó
sobre ella, en un vuelo oblicuo y portentoso llegó al claro rayo del sol y, por
un momento, surgió deslumbradoramente brillante; luego, elevándose más,
se hizo un punto oscuro e inmóvil antes de desvanecerse en el azul, como si
hubiera abandonado la tierra para siempre. El blanco, de pie ante el umbral de
la puerta, la mirada en lo alto, escuchó en la cabaña un confuso y roto rumor de
palabras sin sentido que fue concluyendo en un gemido. Repentinamente Arsat
salió tropezando, las manos alargadas; se estremeció, permaneciendo inmóvil
por un rato, la mirada fija. Luego:
—No arde más —dijo.
Ante sus ojos el sol asomaba el filo sobre las copas de los árboles,
levantándose lentamente. Refrescó la brisa; una gran luminosidad irrumpía

159
Antología literaria 5

sobre la laguna, destellando en el agua hirviente. En las sombras claras


de la mañana se irguieron las selvas, haciéndose distintas, como si se
hubieran aproximado precipitadamente... para detenerse en seco en un gran
estremecimiento de hojas, de helechos declinantes, de ramas conmovidas. En el
sol despiadado se intensificaba el murmullo de vida inconsciente, hablando en
voz incomprensible alrededor de la sorda oscuridad de aquel dolor humano. Los
ojos de Arsat vagaron lentamente y se fijaron luego en el sol que nacía.
—No veo nada —se dijo casi en voz alta.
—Nada hay —replicó el blanco, aproximándose a la orilla de la plataforma
y haciendo señas a su bote.
Un grito llegó mansamente desde la laguna y el sampán comenzó a
deslizarse hacia la morada del amigo de los espíritus.
—Si quieres venir conmigo, te esperaré toda la mañana —dijo el blanco,
dirigiendo la vista a la laguna.
—¡No, Tuan! —respondió Arsat con suavidad—. No comeré ni dormiré
más en esta casa, pero antes quiero encontrar mi camino. Ahora no veo nada...
¡nada! No hay en el mundo luz ni paz, pero existe la muerte..., reservo a muchos
la muerte. Fuimos los dos hijos de la misma madre... y lo abandoné a merced de
los enemigos; pero ahora regreso a mi país.
Respiró hondamente, y continuó en tono soñador:
—Dentro de poco podré ver con la necesaria claridad para asestar el
golpe... para asestar el golpe. Diamelen ha muerto y... ahora... todo es oscuridad.
Abrió ampliamente los brazos, dejándolos caer a lo largo de su cuerpo,
y permaneció luego inmóvil, el rostro impasible, los ojos muertos vueltos
hacia el sol. El blanco bajó a la canoa. Sus hombres corrían ágilmente a los
lados del bote, mirando por sobre el hombro hacia el principio de una fatigosa
jornada. Sentado en la proa, la cabeza envuelta en trapos blancos, aparecía
melancólico el juragán dejando que su remo se arrastrara sobre las aguas. El
blanco, apoyado con ambos brazos sobre el techo de la caseta de popa, volvió
la vista al brillante escarceo del agua ante la quilla del sampán. Antes de que
el bote saliera de la laguna para internarse por el arroyo, el blanco levantó
los ojos. Arsat no se había movido. Permanecía solitario y escrutante en el sol,
asomándose, más allá de la vasta luz de un día sin nubes, a la oscuridad de un
mundo de ilusiones.

160
Antología literaria 5

Glosario

• juragán: Palabra malaya que quiere decir capitán.


• sampán: Pequeña embarcación malaya.
• sarong: Prenda de tela que se envuelve alrededor del cuerpo y se ata en la
cintura o por debajo de las axilas. Es usada por los hombres y las mujeres en
Malasia, Indonesia y las islas del Pacífico.
• Rajá: Título que tenían los antiguos soberanos de la India y los monarcas de las
islas que conforman Malasia.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura del cuento de Joseph Conrad, responde lo siguiente:


1. ¿Qué se narra en este relato?
2. ¿Hubieras actuado igual que Arsat en relación con su hermano?
3. La culpa es uno de los sentimientos predominantes del malayo. ¿Tú también
habrías experimentado ese sentimiento luego de los acontecimientos
narrados? Explica por qué.
4. La naturaleza es un elemento importante en este relato. ¿Cómo se la describe
y qué efecto crees que se busca lograr con esta descripción?
5. Hacia el final de su relato, el malayo dice: “Dentro de poco podré ver con
la necesaria claridad para asestar el golpe… para asestar el golpe”. ¿Qué
significado tiene esta frase?
6. ¿Qué otro título le hubieras puesto a este cuento? Piensa en uno metafórico
que hable de la naturaleza humana.

161
Antología literaria 5

Coordenadas literarias

Datos del autor


Joseph Conrad fue un destacado
narrador polaco-británico nacido en
1857 en Berdychiv, Ucrania. Su nombre
de nacimiento era Józef Teodor Konrad
Korzeniowski.

Contexto
Conrad es conocido por sus obras literarias que exploran temas como
la condición humana, la moralidad y la complejidad psicológica. Se dice
que “La laguna”, uno de los relatos con que inició su carrera literaria, está
inspirada en una experiencia personal: un amor que no pudo concretarse.

Para tener en cuenta en el viaje literario


Observa el recorrido que hace el narrador y la manera en que describe el río y,
en general, la naturaleza. Se llega al “corazón de la selva”, así como se llega al
“corazón del hombre” que confiesa su historia.

Información útil para el viaje


En este cuento se emplea una técnica ya presente en otros textos de esta antología:
las cajas chinas; es decir, una historia contenida dentro de otra.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡Seguimos en Perú!

162
Antología literaria 5

EL FÉRETRO
AMBULANTE
Tradición oral de Ayaviri1

E
n Ayaviri, cuando las noches no eran alumbradas por lámparas y
aún no se había instalado la luz eléctrica, y la luna era la única que
alumbraba las calles, la gente salía solamente en las noches que
había luna.
Contaban los noctámbulos que, en ese tiempo, pasadas las
doce de la noche, el féretro que se guardaba en la iglesia, y que era un rústico
ataúd de palos, en el que se llevaba los restos de todos los pobres que no podían
costearse el cajón; ese féretro salía de noche a recorrer las calles, produciendo
un ruido macabro, como de osamenta que se tumba y se levanta. Cuenta un
vecino antiguo que, al tener noticia de esta leyenda, se aventuró a subir a
la torre de la iglesia, para comprobar si era efectivamente cierta la historia
de que el féretro salía en las noches de luna; y observó que pasadas las doce
de la noche, crujió el féretro dando tumbos; y se dirigió al centro de la plaza.
Movido por el susto, el hombre tocó la campana y fue entonces cuando el féretro
precipitadamente regresó a la iglesia; al poco rato nuevamente salió el féretro
y avanzó hasta la esquina opuesta de la plaza; el observador tocó la campana,
y el féretro nuevamente regresó al templo.
Por tercera vez volvió a salir el féretro; y entonces, el observador quiso
percatarse hacia qué lugar se dirigía; y con gran asombro vio que el féretro
doblaba una de las calles y entraba en la casa de una familia apellidada
Bustinza; y que de esta salió conducido por cuatro hombres vestidos de negro,
que llevaban cuatro velas encendidas; y traían un cadáver. El observador se
retiró tembloroso y estupefacto. Y a los ocho días murió un miembro de dicha
familia. Por esto ha quedado la tradición de que ocho días antes de que fallezca
un vecino, el féretro se anticipa.

1
Recogida en Ayaviri, capital de la provincia de Melgar, departamento de Puno, por Adelm Tapia
Cano, alumna del tercer año de media del Colegio Nacional “Miguel Grau” de Magdalena Nueva,
Lima. (Nota del texto original).

163
Antología literaria 5

Glosario

• osamenta: Esqueleto del ser humano y de los animales.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura de la tradición de Ayaviri, responde lo siguiente:


1. ¿Quiénes relatan esta historia? ¿Hay algo que los haga especiales?
2. ¿Qué sensación te produjo el texto?, ¿por qué?
3. ¿Has encontrado situaciones similares a las que describe el relato en tu vida?
4. Imagina al féretro ambulante cien años después, en el futuro. ¿Cómo sería
la casa de los Bustinza? ¿Cómo crees que reaccionaría la gente al ver al
féretro?
5. Supón que el féretro quiere contar la historia en forma de monólogo. ¿Qué
diría? Comparte tu texto en una plenaria.

Coordenadas literarias

Datos del autor


El autor es anónimo. Al tratarse de una historia
trasmitida de manera oral, puede considerarse
como una creación del pueblo de Ayaviri.

Contexto
Ayaviri es una localidad situada en la región de Puno, Perú. Alberga
numerosos cuentos, mitos y leyendas, que son expresados en
lengua quechua.

164
Antología literaria 5

Información útil para el viaje


En este cuento encontramos un uso particular del punto y coma. Cuando en
una oración larga se incluyen varias cláusulas independientes estrechamente
relacionadas, se puede usar el punto y coma para separarlas. Ejemplo: “El sol se
ponía en el horizonte; el cielo adquiría tonalidades rojizas; la gente se congregaba
en la playa para disfrutar del espectáculo”.

Para tener un buen viaje literario


Observa que, en el texto, alguien cuenta un hecho y, a la vez, es testigo de él. Este
es un recurso empleado en los mitos y las leyendas para darle cierta verosimilitud
a lo narrado.

¡Sigamos nuestra ruta literaria! ¡Seguimos en Perú!

165
Antología literaria 5

EL MONJE DE LAS
CATACUMBAS DE LA
IGLESIA DE LA PUNTA
Tradición oral de Pomalca

C
uenta el experimentado huaquero José, que un día llegó hasta su
casa un reconocido brujo a pedirle sus servicios en el oficio que él
durante varios años había logrado ganarse el respeto. El trabajo
consistía en entregarle una calavera para ser empleada en la mesa
del brujo, pero esta no debería ser de cualquier entierro, sino de
una de las tumbas que se encontraba en el sótano de la antigua iglesia colonial
de La Punta. Doscientos soles fue el ofrecimiento del brujo por el cráneo. José,
acostumbrado durante muchos años a este oficio, no se hizo de rogar y de
inmediato aceptó la propuesta. Por la tarde, cogió su mochila, su palana, su
chuzo y unas cuantas hojas de coca que de inmediato echó a su boca y se dirigió
a la antigua iglesia que muy bien conocía desde niño. Ingresó a ella por donde se
ubicaba la puerta principal, se dirigió hacia el altar y volteando a la izquierda
en el rincón, con su palana sacó un poco de tierra y adobes que apenas cubrían
la entrada del sótano, bajó unas cuantas gradas y de pronto se encontró en
medio de las tumbas, escogió la más cercana y con poco esfuerzo la destapó,
observó dentro de ella y antes de recoger la cabeza sacó de su mochila su
botella con yonque y se tomó un buen trago, retiró el cráneo del cuerpo, lo echó
a su mochila, y sin buscar más en la tumba la tapó rápidamente y salió con el
encargo del brujo. Al día siguiente como ya estaba acordado, el brujo llegó con
el dinero y José le entregó la cabeza.
A los pocos días, Carlitos, de apenas 8 años, hijo menor del huaquero,
había perdido el apetito y estaba muy extraño. José llamó a su hijo para
preguntarle qué le pasaba y este le dijo: “Allá en el algarrobo hay un señor que
todos los días me dice ‘¡Quiero mi cabeza!’”. Su padre en tono medio molesto le
dijo: “¡Oye, qué te pasa!, no seas sonso, déjate de tonterías”, y retirándose se fue
a su cama a pensar y, sospechando de la cabeza que había entregado al brujo,
empezó a preocuparse. Al día siguiente volvió a preguntar a su hijo por la

166
Antología literaria 5

apariencia del hombre que se le aparecía. Su hijo lo describió como un hombre


con un largo vestido que le cubría desde la cabeza hasta los pies. Él, un poco
temeroso pero disimulando, le pidió que le dijera el lugar exacto y la hora que
lo veía para él mismo poder comprobarlo. Y así fue, al día siguiente en el lugar
y hora indicada encontró al monje parado y en postura desafiante que en tono
molesto y amenazador le dijo: “¡Quiero mi cabeza!”. José, bastante temeroso y
confundido pensando que se trataba de su imaginación, se retiró del lugar. Ya
en el interior de su casa, al ver a su hijo muy enfermo así como también a su
esposa, desesperado fue al brujo a contarle lo sucedido y obligándole a devolverle
la calavera le regresó los doscientos soles. El brujo, al ver la desesperación y
darse cuenta del peligro de la familia de José, accedió a devolverle la calavera.
José, sin decir nada, la echó rápidamente a su mochila y la misma tarde regresó
a la antigua iglesia. Ingresó por una de las ventanas y bajó a las catacumbas,
abrió la tumba y repuso el cráneo en su lugar, tomó un trago de yonque, le rezó
un padre nuestro, le pidió perdón, tapó la tumba y regresó a su casa. En un
rincón prendió unas velas pidiéndole nuevamente perdón al monje, colocó su
mochila junto a la palana y el chuzo. Y desde ese día no más se apareció aquel
monje, su familia sanó y él por temor cambió de casa.

167
Antología literaria 5

Glosario

• palana: Otra forma de decir “pala”.


• chuzo: Herramienta de siembra formada por un palo largo con punta en uno de
sus extremos.
• yonque: Destilado elabo­rado con jugo de caña de azúcar fermentado. Conoci-
do también popularmente como cañazo.

Disfrutamos del viaje literario

A partir de la lectura de la tradición de Pomalca, responde lo siguiente:


1. ¿Quién cuenta originalmente esta historia? ¿Cómo te imaginas su ocupación?
2. ¿Cómo describirías al hijo del huaquero? ¿Hubieras actuado y reaccionado
igual que él?, ¿por qué?
3. ¿Qué crees que podría haber pasado si no se devolvía la cabeza, según la
lógica de la historia?
4. Si pudieras ponerle un título menos descriptivo al relato, ¿cuál sería? Explica
tus razones.
5. En la tradición oral se alude a la mesa de un brujo. Imagina que la cabeza de
la calavera hablara: ¿estaría de acuerdo en ser usada en dicha mesa?, ¿qué
diría? Comparte tu respuesta en una plenaria.

Coordenadas literarias

Datos del autor


El autor es anónimo. La creación y transmisión de
esta obra se atribuye al pueblo de Pomalca.

Contexto
Pomalca es un distrito de Chiclayo, ubicado en el departamento de
Lambayeque. Al igual que todo el norte del Perú, circulan allí coloridas
leyendas que, mediante la sabiduría popular, narran el origen de lugares
emblemáticos y eventos históricos de la región.

168
Antología literaria 5

Para tener en cuenta en el viaje literario


Este texto mezcla elementos cristianos con creencias y costumbres andinas.
Presta atención a esos aspectos.

Información útil para el viaje


Las catacumbas son galerías subterráneas, especialmente asociadas con entierros,
que a menudo contienen tumbas o nichos para depositar restos humanos.
Históricamente, las catacumbas más conocidas se encuentran en Roma, aunque en
el Perú también existen en algunas iglesias y conventos.

169
Antología literaria 5

Conexión para la próxima escala


Sigamos nuestra ruta literaria:

1. Lee el siguiente poema de Blanca Varela:

Nadie nos dice cómo...

Nadie nos dice cómo


voltear la cara contra la pared
y
morirnos sencillamente
así como lo hicieron el gato
o el perro de la casa
o el elefante
que caminó en pos de su agonía
como quien va
a una impostergable ceremonia
batiendo orejas
al compás
del cadencioso resuello
de su trompa
sólo en el reino animal
hay ejemplares de tal
comportamiento
cambiar el paso
acercarse
y oler lo ya vivido
y dar la vuelta
sencillamente
dar la vuelta.

En este poema se alude a saber llevar el duelo, cerrar etapas, aprender a


“morirnos sencillamente”. ¿Esta percepción de la muerte está presente en los
textos leídos en este bloque? ¿Cuáles comparten esta visión y cuáles presentan
otras percepciones que notaste?
2. Elabora un collage colectivo con las diversas representaciones de la muerte
o el duelo de los cuentos y versos del bloque. Ponle un título contundente y
creativo que englobe las distintas visiones y respete sus diferencias.

170
Antología literaria 5

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Akutagawa, R. (1959). En el bosque. En El biombo del infierno y otros cuentos.
La Mandrágora.
Alegría, C. (2004). Calixto Garmendia. En Novelas y Cuentos. Pontificia
Universidad Católica del Perú.
Anónimo. (1996). El búho que se convirtió en ser humano. En Mashocoro’sa
topiso’. Leyendas de los chayahuita. Instituto Lingüístico de Verano.
Anónimo. (2007). Yo vi güijes. En S. Feijoo (Comp.), Mitología cubana. Editorial
Letras Cubanas.
Anónimo. (2012). El féretro ambulante. En J. M. Arguedas, Obra antropológica
II. Horizonte.
Arguedas, J. M. (1962). La agonía de Rasu-Ñiti. En La agonía de Rasu-Ñiti.
Taller Gráfico Ícaro.
Brecht, B. (1983). Preguntas de un obrero que lee. En Kalendergeschichten.
Rowohlt.
Carpentier, A. (1981). Los fugitivos. En Cuentos completos. Bruguera.
Conrad, J. (1994). La laguna. En Cuentos de inquietud. Ediciones del Sol.
Eielson, J. E. (1998). Primera muerte de María. En M. L. Canfield (Ed.), Poesía
escrita. Norma.
Fernández Cubas, C. (1997). Ausencia. En A. Encinar (Ed.), Cuentos de este siglo.
30 narradoras españolas contemporáneas. Círculo de Lectores.
Fernández Gastelo, E. (Comp.). (2009). El monje de las catacumbas de la iglesia
de La Punta. Revista Pomalca, (2).
Hesse, H. (1978). Un hombre llamado Ziegler. En Cuentos 2. Alianza.
Kafka, F. (1979). Un artista del trapecio. En Relatos completos. Losada.
Laforet, C. (1997). Rosamunda. En A. Encinar (Ed), Cuentos de este siglo. 30
narradoras españolas contemporáneas. Círculo de Lectores.
Montero, R. (1997). Parece tan dulce. En A. Encinar (Ed.), Cuentos de este siglo.
30 narradoras españolas contemporáneas. Círculo de Lectores.
Ninapayta de la Rosa, J. (2000). García Márquez y yo. En Muñequita linda.
Campodónico.
Pollarolo, G. (1995). Futuro anunciado. En Entre mujeres solas. El Santo Oficio.
Rivera Martínez, E. (1986). Ángel de Ocongate. En Ángel de Ocongate y otros
cuentos. Peisa.
Rulfo, J. (1985). No oyes ladrar los perros. En Pedro Páramo y El llano en llamas.
Planeta.
Silva Santisteban, R. (1996). Maternidad. En Condenado amor. El Santo Oficio.
Tagore, R. (1985). El cabuliwallah. En Obras escogidas. Arte y Literatura.
Westphalen, E. A. (2013). He dejado descansar tristemente mi cabeza… En J. E.
Eielson, S. Salazar Bondy y J. Sologuren (Comps.), La poesía contemporánea
del Perú. Biblioteca Abraham Valdelomar.

171
Antología literaria 5

172
184

También podría gustarte