Quinto Año
Quinto Año
literaria
5
SECUNDARIA
Antología literaria 5
ANTOLOGÍA LITERARIA 5
La Antología Literaria 5 para estudiantes de quinto grado de secundaria ha sido elaborada por la Dirección
de Educación Secundaria para promover el desarrollo de las competencias comunicativas propuestas en el
Currículo Nacional de la Educación Básica y el acercamiento a la lectura literaria.
Diseño y diagramación
Marco David Villanueva Imafuku
En este material se utilizan términos como “el docente”, “el estudiante”, “el profesor” y sus respectivos
plurales, así como otras palabras equivalentes en el contexto educativo, para referirse a hombres y mujeres.
Esta opción considera la diversidad y respeta el lenguaje inclusivo, y se emplea para promover una lectura
fluida y facilitar la comprensión del texto.
ÍNDICE
PRESENTACIÓN............................................................................... 5
EL CABULIWALLAH........................................................................ 10
Rabindranath Tagore
NO OYES LADRAR LOS PERROS................................................ 20
Juan Rulfo
CALIXTO GARMENDIA.................................................................. 26
Ciro Alegría
FUTURO ANUNCIADO.................................................................... 34
Giovanna Pollarolo
MATERNIDAD.................................................................................. 37
Rocío Silva Santiesteban
ANGEL DE OCONGATE.................................................................. 44
Edgardo Rivera Martínez
ROSAMUNDA.................................................................................... 49
Carmen Laforet
AUSENCIA ........................................................................................ 55
Cristina Fernández Cubas
3
GARCÍA MÁRQUEZ Y YO.............................................................. 105
Jorge Ninapayta de la Rosa
EN EL BOSQUE................................................................................ 110
Ryunosuke Akutagawa
PREGUNTAS DE UN OBRERO QUE LEE................................... 119
Bertolt Brecht
4
PRESENTACIÓN
El libro que tienes entre tus manos es una puerta que te permite
entrar, salir y construir muchos mundos: una ciudad fantasma, un plane-
ta intergaláctico, una estación de tren que vuela, una ciudad en el fondo
del mar, los pensamientos más inverosímiles que puede producir la mente
humana. En realidad, no existen límites, cada bloque de la Antología es
un mundo o mundos que debes recorrer.
En este libro encontrarás distintos relatos, todos mágicos, inimagi-
nables y sorprendentes que nos permitirán navegar por mundos represen-
tados. Asimismo, te enfrentarás a situaciones que te permitirán recordar
a seres queridos, descubrir la identidad de los personajes, sus temores,
aspiraciones y conflictos. Situaciones extrañas y misteriosas y hasta mo-
mentos difíciles de la vida como la muerte.
Es así que, al transitar por los diversos bloques, encontrarás también
preguntas que acompañarán tu recorrido permitiendo construir sentidos
del texto literario, mundos posibles y establecer vínculos entre diferentes
culturas.
5
Antología literaria 5
6
Antología literaria 5
7
Antología literaria 5
RELACIONES FAMILIARES
Preparémonos para iniciar un viaje literario por diversas
partes del mundo.
¡Comencemos ahora!
Situación
8
Antología literaria 5
EL CABULIWALLAH
Rabindranath Tagore
CALIXTO GARMENDIA
Ciro Alegría
FUTURO ANUNCIADO
Giovanna Pollarolo
MATERNIDAD
Rocío Silva Santisteban
9
Antología literaria 5
EL CABULIWALLAH1
RABINDRANATH TAGORE
(indio)
M
i hija Mini, que tiene ahora cinco años, no puede estarse
callada. Yo creo firmemente que en lo que lleva de vida no
ha dejado un solo instante de hablar. Su madre se molesta
muchas veces por esto y le riñe para que se calle. Yo no. No
me parece natural ver a Mini callada, y no puedo sufrir que
lo esté mucho tiempo. Así, siempre que hablo con ella, lo hago animadamente.
Una mañana, por ejemplo, en que yo estaba en medio del capítulo diecisiete
de mi nueva novela, mi hija Mini entró en el cuarto y, cogiéndome la mano, me dijo:
—Padre, Ramdayal, el portero llama a un cuervo un kuervo; qué tonto es,
¿verdad?
Antes de que yo pudiese explicarle las diferentes lenguas y pronunciaciones
de este mundo, ya ella se había internado por las aguas de otro mar:
—Oye, padre; Bhola dice que hay un elefante en las nubes, que echa agua
por la trompa, y que por eso llueve.
Y mientras yo buscaba alguna respuesta a lo último, se puso a correr
preguntándome:
—Padre, ¿tú qué eres de madre?
“Es mi hermanita”, me susurré involuntariamente a mí mismo; pero,
poniéndome serio, logré responder:
—Vete a jugar con Bhola, Mini, que estoy trabajando.
La ventana de mi cuarto da a la calle. La niña se había sentado a mis pies,
junto a mi mesa, y jugaba tocando el tambor suavemente sobre sus rodillas. Yo
me enfrasqué, de nuevo, en mi capítulo diecisiete, en el cual Protap Singh, el
héroe, había cogido en los brazos a Kanchanlata, la heroína, y se disponía a huir
con ella por el balcón del tercer piso del castillo, cuando, de repente, Mini dejó
de jugar y corrió a la ventana gritando: “¡Un cabuliwallah! ¡Un cabuliwallah!”.
Un cabuliwallah iba pasando, en realidad, por la calle. Llevaba el suelto
ropón mugriento de los de su raza, y un alto turbante, un saco a la espalda
y cajas de uvas en la mano.
1
Literalmente, el cabulense. Nombre dado a los afganos que recorren la India como vendedores
ambulantes, porteadores, o que realizan otros trabajos. (Nota del texto original).
10
Antología literaria 5
11
Antología literaria 5
12
Antología literaria 5
sus lanzas, camino de las llanuras. Veía..., pero en este instante, la madre
de Mini se ponía por medio, suplicándome que tuviera mucho cuidado con
aquel hombre.
La madre de Mini es, desgraciadamente, muy medrosa. En cuanto
oye el menor ruido en la calle, o ve que viene alguien hacia la casa, piensa
siempre que deben ser ladrones, o borrachos, o culebras, o tigres, o la
malaria, o cucarachas, o gusanos, o un marinero inglés. De nada le sirve la
experiencia, y siempre está lo mismo. El cabuliwallah le daba miedo, y ella
me rogaba a cada instante que no lo perdiese de vista.
Yo me echaba a reír bondadosamente, pero ella se revolvía contra mí,
seria, y me hacía solemnemente preguntas como esta: “¿Es que no roban
a los niños? ¿No era verdad entonces que en Cabul había esclavos? ¿Era
un disparate pensar que aquel hombrón pudiera llevarse a la niña, tan
chiquita?”.
Yo le respondía que tal vez no fuese imposible, pero que no era probable.
Ella no se convencía, y continuaba inquieta. Sin embargo, como su temor
era injustificado, no me parecía bien decirle al cabuliwallah que no viniera.
Y la amistad de él y de mi niña seguía libremente.
Todos los años, hacia mediados de enero, Rahmun, el cabuliwallah,
tenía la costumbre de volver a su país; y cuando este momento se acercaba,
él andaba arriba y abajo, muy atareado, cobrando de casa en casa lo que le
debían. Aquel año, a pesar de sus ocupaciones, siempre encontraba ocasión
para venir a ver a Mini, y cualquiera que no estuviese enterado de las cosas,
hubiera creído que los dos tramaban alguna conspiración, pues él, si no
podía venir por la mañana, se presentaba al oscurecer.
A mí mismo me asustaba un poco, a veces, encontrar de pronto a aquel
hombrazo en el rincón de un cuarto oscuro, con aquellas ropas sueltas,
todo lleno de alforjas. Pero cuando Mini corría a él, diciendo entre risas:
“¡Cabuliwallah, cabuliwallah!”, y los dos amigos, de tan diferente edad,
volvían a sus bromas y a sus carcajadas, al punto me tranquilizaba.
Una mañana, días antes de la partida del cabuliwallah, estaba yo
corrigiendo pruebas en mi cuarto. Aún hacía fresco, y el leve calor de los
rayos del sol que, a través de mi ventana, llegaban a mis pies, me era
amable. Serían las ocho, y los paseantes tempraneros volvían a sus casas
con las cabezas cubiertas. De pronto, oí gritos en la calle, y, asomándome,
vi que dos policías llevaban atado a Rahmun, rodeado de chiquillos. Las
ropas del cabuliwallah estaban manchadas de sangre, y uno de los policías
llevaba un cuchillo. Salí de prisa, los paré y les pregunté qué pasaba. Por lo
que unos y otros me dijeron, pude sacar en claro que un vecino que le debía
a Rahmun un chal de Rampuri negaba quese lo hubiese comprado, y que,
13
Antología literaria 5
14
Antología literaria 5
15
Antología literaria 5
16
Antología literaria 5
Glosario
17
Antología literaria 5
Coordenadas literarias
Contexto
Rabindranath Tagore escribió “El cabuliwallah” en la última década del siglo
XIX, durante un período en el que la India experimentaba cambios significativos
debido a la influencia británica y a la lucha por su independencia.
Algunas de las obras destacadas de Tagore son Cartas de un viajero (1881),
El genio de Valmiki (1882), Los cantos del crepúsculo (1882), etc.
18
Antología literaria 5
19
Antología literaria 5
NO OYES LADRAR
LOS PERROS
JUAN RULFO
(mexicano)
T
ú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo
o si ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba
abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por
la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas
de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que
Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el
monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó
allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no
quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su
hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda.
Y así lo había traído desde entonces.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía
tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las
sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como
20
Antología literaria 5
espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le
zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja
Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa
aquello le preguntaba:
—¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: “Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te
alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco”. Se lo había dicho como
cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía.
Allí estaba la luna. En frente de ellos. Una luna grande y colorada que les
llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba.
El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida,
sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba
para volver a tropezar de nuevo.
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba
Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido
que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas
allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí.
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide.
Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde
hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo,
mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya
que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta
21
Antología literaria 5
madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo
lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para
llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos,
no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades,
puras mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el
sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien
esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted
bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya
lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí
usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte
que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones
la sangre que yo le di!”. Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando
por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no,
allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su
nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde
entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo”.
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde
allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy
noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír
si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la
hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo
solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre
y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías
acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé
que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue.
Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando
tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba
a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas
alturas.
22
Antología literaria 5
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar
las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y
le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre,
¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece
que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve?
Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero
ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién
darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo
la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le
doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejabán, se recostó sobre el
pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose
de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta
esperanza.
Glosario
23
Antología literaria 5
Coordenadas literarias
Contexto
En este cuento, se retrata un México rural y árido, donde la historia se
desenvuelve en medio de la pobreza y la desesperación. El texto refleja
las tensiones sociales y familiares, así como las secuelas emocionales de la
Revolución mexicana en las comunidades campesinas.
24
Antología literaria 5
25
Antología literaria 5
CALIXTO GARMENDIA
CIRO ALEGRÍA
(peruano)
D
éjame contarte —le pidió Remigio Garmendia a Anselmo,
levantando la cara. Todos estos días, anoche, esta mañana,
aún esta tarde, he recordado mucho... Hay momentos en que
a uno se le agolpa la vida... Además, debes aprender. La vida,
corta o larga, no es de uno solamente.
Sus ojos diáfanos parecían fijos en el tiempo. La voz se le fraguaba
hondo y tenía un rudo timbre de emoción. Blandíanse a ratos las manos
encallecidas.
—Yo nací arriba, en un pueblito de los Andes. Mi padre era carpintero
y me mandó a la escuela. Hasta segundo año de primaria era todo lo que
había. Y eso que tuve suerte de nacer en el pueblo, porque los niños del
campo se quedaban sin escuela. Fuera de su carpintería, mi padre tenía un
terrenito al lado del pueblo, pasando la quebrada, y lo cultivaba con la ayuda
de algunos indios a los que pagaba en plata o con obritas de carpintería: que
el cabo de una lampa o un hacha, que una mesita, en fin. Desde un extremo
del corredor de mi casa, veíamos amarillear el trigo, verdear el maíz,
azulear las habas en nuestra pequeña tierra. Daba gusto. Con la comida y
la carpintería, teníamos bastante, considerando nuestra pobreza. A causa
de tener algo y también por su carácter, mi padre no agachaba la cabeza
ante nadie. Su banco de carpintero estaba en el corredor de la casa, dando a
la calle. Pasaba el alcalde. “Buenos días, señor”, decía mi padre, y se acabó.
Pasaba el subprefecto. “Buenos días, señor”, y asunto concluido. Pasabael
alférez de gendarmes. “Buenos días, alférez”, y nada más. Pasaba el juez y
lo mismo. Así era mi padre con los mandones. Ellos hubieran querido que
les tuviera miedo o les pidiese o les debiera algo. Se acostumbran a todo
eso los que mandan. Mi padre les disgustaba y no acababa ahí la cosa. De
repente venía gente del pueblo, ya sea indios, cholos o blancos pobres. De a
diez, de a veinte o también en poblada llegaban. “Don Calixto, encabécenos
para hacer este reclamo”. Mi padre se llamaba Calixto. Oía de lo que se
trataba, si le parecía bien aceptaba y salía a la cabeza de la gente, que
daba vivas y metía harta bulla, para hacer el reclamo. Hablaba con buena
palabra. A veces hacía ganar a los reclamadores y otras perdía, pero el
26
Antología literaria 5
27
Antología literaria 5
salía comentando que la próxima vez habría carta. Con los años, afirmaba
que al menos los periódicos responderían. Arizmendi me ha dicho que, por
lo regular, los periódicos creen que asuntos como esos carecen de interés
general. Esto, en el caso de que los mismos no estén en favor del gobierno
y sus autoridades y callen cuanto pueda perjudicarles. Mi padre tardó en
desengañarse de reclamar lejos y estar yéndose por las alturas, varios años.
Un día, a la desesperada, fue a sembrar la parte del panteón que
aún no tenía cadáveres, para afirmar su propiedad. Lo tomaron preso los
gendarmes, mandados por el subprefecto en persona, y estuvo dos días en
la cárcel. Los trámites estaban ultimados y el terreno era de propiedad
municipal legalmente. Cuando mi padre iba a hablar con el Síndico de
Gastos del Municipio, el tipo abría el cajón del escritorio y decía como si
ahí debiera estar la plata: “No hay dinero, no hay nada ahora. Cálmate,
Garmendia. Con el tiempo se te pagará”. Mi padre presentó dos recursos
al juez. Le costaron diez soles cada uno. El juez los declaró sin lugar. Mi
padre ya no pensaba en afilar la cuchilla y el formón. “Es triste tener que
hablar así —dijo una vez—, pero no me darían tiempo de matar a todos los
que debía”. El dinerito que mi madre había ahorrado y estaba en una ollita
escondida en el terrado de la casa se fue en cartas y en papeleo.
A los seis o siete años del despojo, mi padre se cansó hasta de cobrar.
Envejeció mucho en aquellos tiempos. Lo que más le dolía era el atropello.
Alguna vez pensó en irse a Almagro o a Lima a reclamar, pero no tenía
dinero para eso. Y cayó también en cuenta de que, viéndolo pobre y solo, sin
influencias ni nada, no le harían caso. ¿De quién y cómo podía valerse? El
terreno seguía de panteón, recibiendo muertos. Mi padre no quería ni verlo,
pero cuando por casualidad llegaba a mirarlo, decía:”¡Algo mío han enterrado
también ahí! ¡Crea usted en la justicia!”. Siempre se había ocupado de que
les hicieran justicia a los demás y, al final, no la había podido obtener ni
para él mismo. Otras veces se quejaba de carecer de instrucción y siempre
despotricaba contra los tiranos, gamonales, tagarotes y mandones.
Yo fui creciendo en medio de esa lucha. A mi padre no le quedó otra
cosa que su modesta carpintería. Apenas tuve fuerzas, me puse a ayudarlo
en el trabajo. Era muy escaso. En ese pueblito sedentario, casas nuevas se
levantarían una cada dos años. Las puertas de las otras duraban. Mesas
y sillas casi nadie usaba. Los ricos del pueblo se enterraban en cajón, pero
eran pocos y no morían con frecuencia. Los indios enterraban a sus muertos
envueltos en mantas sujetas con cordel, igual que aquí en la costa entierran
a cualquier peón de caña, sea indio o no. La verdad era que cuando nos
llegaba la noticia de un rico difunto y el encargo de un cajón, mi padre se
ponía contento. Se alegraba de tener trabajo y también de ver irse al hoyo a
28
Antología literaria 5
29
Antología literaria 5
era tan humana, tan desastrosamente humana, que me daba más pena
todavía. Se calmaba unos cuantos días con eso. Por otra parte, en la casa
del alcalde solían vigilar. Como había hecho incontables chanchadas, no
sabían a quién echarle la culpa de las piedras. Cuando mi padre deducía que
se habían cansado de vigilar, volvía a romper tejas. Llegó a ser un experto
en la materia. Luego rompió tejas de las casas del juez, del subprefecto, del
alférez de gendarmes, del Síndico de Gastos. Calculadamente, rompió las
de las casas de otros notables, para que si querían deducir, se confundieran.
Los ocho gendarmes del pueblo salieron en ronda muchas noches, en grupos
y solos, y nunca pudieron atrapar a mi padre. Se había vuelto un artista
de la rotura de tejas. De mañana salía a pasear por el pueblo para darse
el gusto de ver que los sirvientes de las casas que atacaba subían con tejas
nuevas a reemplazar las rotas. Si llovía, era mejor para mi padre. Entonces
atacaba la casa de quien odiaba más, el alcalde, para que el agua la dañara
o, al caerles, los molestara a él y su familia. Llegó a decir que les metía
el agua a los dormitorios, de lo bien que calculaba las pedradas. Era poco
probable que pudiese calcular tan exactamente en la oscuridad, pero él
pensaba que lo hacía, por darse el gusto de pensarlo.
El alcalde murió de un momento a otro. Unos decían que de un atracón
de carne de chancho y otros que de las cóleras que le daban sus enemigos. Mi
padre fue llamado para que le hiciera el cajón y me llevó a tomar las medidas
con un cordel. El cadáver era grande y gordo. Había que verle la cara a mi
padre contemplando el muerto. Él parecía la muerte. Cobró cincuenta soles,
adelantados, uno sobre otro. Como le reclamaron el precio, dijo que el cajón
tenía que ser muy grande, pues el cadáver también lo era y además gordo,
lo cual demostraba que el alcalde comió bien. Hicimos el cajón a la diabla. A
la hora del entierro, mi padre contemplaba desde el corredor cuando metían
el cajón al hoyo, y decía: “Come la tierra que me quitaste, condenado; come,
come”. Y reía con esa su risa horrible. En adelante, dio preferencia en la
rotura de tejas a la casa del juez y decía que esperaba verlo entrar al hoyo
también, lo mismo que a los otros mandones. Su vida era odiar y pensar en
la muerte. Mi madre se consolaba rezando. Yo, tomando a Eutimia en el
alisar de la quebrada. Pero me dolía muy hondo que hubieran derrumbado
así a mi padre. Antes de que lo despojaran, su vida era amar a su mujer y
su hijo, servir a sus amigos y defender a quien lo necesitara. Quería a su
patria. A fuerza de injusticia y desamparo, lo habían derrumbado.
Mi madre le dio esperanza con el nuevo alcalde. Fue como si mi padre
sanara de pronto. Eso duró dos días. El nuevo alcalde le dijo también que
no había plata para pagarle. Además, que abusó cobrando cincuenta soles
por un cajón de muerto y que era un agitador del pueblo. Como se lo quisiera
30
Antología literaria 5
tomar, esto ya no tenía ni apariencia de verdad. Hacía años que las gentes,
sabiendo a mi padre en desgracia con las autoridades, no iban por la casa
para que las defendiera. Con este motivo ni se asomaban. Mi padre le gritó
al nuevo alcalde, se puso furioso y lo metieron quince días en la cárcel,
por desacato. Cuando salió, le aconsejaron que fuera con mi madre a darle
satisfacciones al alcalde, que le lloraran ambos y le suplicaran el pago. Mi
padre se puso a clamar: “¡Eso nunca! ¿Por qué quieren humillarme? ¡La
justicia no es limosna! ¡Pido justicia!”. Al poco tiempo, mi padre murió.
Glosario
31
Antología literaria 5
3. ¿Qué imagen de país nos brinda el autor a través del protagonista de esta
historia?
4. Pensando en tu propia experiencia, ¿qué luchas de tus padres te
acompañan? ¿Cómo te vinculas con ellas?
5. “El día que el Perú tenga justicia será grande”, dice Calixto Garmendia.
Es una aspiración. Tomando en cuenta las noticias que conoces sobre
las diversas problemáticas sociales, económicas y culturales que afronta
nuestro país, ¿qué crees que diría hoy el personaje central de este cuento?
Imagina que lo entrevistan en la radio o en la televisión; luego, escribe tu
intervención.
Coordenadas literarias
Contexto
Esta historia refleja las luchas y tensiones de los campesinos frente a la
explotación e injusticia, así como la resistencia de los personajes ante las
condiciones adversas de la vida en los Andes peruanos.
32
Antología literaria 5
33
Antología literaria 5
FUTURO
ANUNCIADO
Giovanna Pollarolo
(peruana)
Reverendas madres
el reverendo padre
la comunidad toda
de las Hijas de santa Ana
no se cansaron nunca de repetirnos
que éramos el futuro
las esposas y madres del mañana
las esposas de los conductores de la Patria
las madres de los futuros conductores
de la Patria.
Dios nos había elegido
¡he ahí el privilegio!
para tan grande y difícil misión.
34
Antología literaria 5
Glosario
• Santa Ana: Madre de la Virgen María. Hace referencia a la patrona de
las madres y mujeres embarazadas. Es también patrona de los abuelos.
Coordenadas literarias
Datos de la autora
Giovanna Pollarolo nació en
Tacna, Perú, en 1952. Es poeta,
narradora y ensayista. Se dedicó
también al periodismo, la
docencia y la escritura de guiones
cinematográficos.
Contexto
En los años ochenta del siglo XX se publicaron en el Perú varios libros que
abordaban la subjetividad femenina. Pollarolo escribió textos en esa línea,
utilizando un lenguaje sencillo y un tono confesional que muestra la intimidad
de las mujeres y las tensiones que surgen en los roles tradicionales que se les
asignan.
35
Antología literaria 5
36
Antología literaria 5
MATERNIDAD
ROCÍO SILVA SANTIESTEBAN
(peruana)
Para Sol
37
Antología literaria 5
Glosario
38
Antología literaria 5
Coordenadas literarias
Datos de la autora
Rocío Silva Santisteban nació en
Lima, Perú, en 1963. Es poeta y
narradora, además de abogada,
periodista, profesora y política.
Contexto
Silva Santisteban pertenece al grupo de autoras que, en los años ochenta del
siglo XX, se dedicaron a indagar la subjetividad femenina en el Perú. En el poema
aparecen temas como el cuerpo, la maternidad y el paso del tiempo.
39
Antología literaria 5
40
Antología literaria 5
41
Antología literaria 5
Situación
42
Antología literaria 5
ÁNGEL DE OCONGATE
Edgardo Rivera Martínez
ROSAMUNDA
Carmen Laforet
“AUSENCIA”
Cristina Fernández Cubas
43
Antología literaria 5
ÁNGEL DE OCONGATE
EDGARDO RIVERA MARTÍNEZ
(peruano)
44
Antología literaria 5
45
Antología literaria 5
los pilares. Vine al atrio y a poco mis ojos se posaron en el friso aquel, entre
los arcos. Allí, en la losa quebrada otrora por un rayo, hay cuatro figuras
en relieve. Cuatro figuras danzantes. Visten esclavina, jubón, sombrero de
plumas, tahalí, botas. Y no representan devotos ni santos sino ángeles como
los que aparecen en los cuadros de Pomata y del Cuzco. Son cuatro, mas el
último fue alcanzado por la centella y solo quedan los contornos de su cuerpo
y las líneas de las alas y el plumaje. Cuatro ángeles, al pie de esa floración
de hojas, arabescos, frutos. ¿Qué baile es el que danzan? ¿Qué música la que
siguen? ¿Es un acto de celebración y de alegría? Los contemplo, en el silencio
glacial y terrible de este sitio, y me detengo en la silueta vacía del ausente.
Cierro después los ojos. Sí, solo una sombra soy, apagada sombra. Y ave, ave
negra que no sabrá nunca la razón de su caída. En silencio, siempre, siempre
y sin término la soledad, el crepúsculo, el exilio…
Glosario
• esclavina: Capa corta que se lleva suelta sobre otras prendas o que va
cosida al cuello de una prenda larga, generalmente de abrigo.
• imafronte: Fachada que se levanta a los pies de una iglesia o templo.
• jubón: Prenda de vestir ajustada, con o sin mangas, que cubre el tronco
del cuerpo hasta la cintura.
• Ocongate: Uno de los doce distritos de la provincia de Quispicanchi,
ubicada en el departamento del Cusco, Perú.
• tahalí: Tirante que cruza el pecho y la espalda desde el hombro hasta
el lado opuesto de la cintura. Sirve para sostener la espada o el tambor.
46
Antología literaria 5
4. ¿Qué significado crees que pueda tener que el narrador sea un “ángel
caído”? Busca información sobre el origen de la idea “ángel caído”.
5. Dibuja cómo te imaginas al Ángel de Ocongate.
Coordenadas literarias
Contexto
En este cuento se reflejan las tensiones entre el mundo andino y el mundo
occidental, tema que el autor aborda en buena parte de su obra. Quien encarna
este conflicto es un ser humanizado que emprende un viaje en busca de su
identidad.
47
Antología literaria 5
48
Antología literaria 5
ROSAMUNDA
CARMEN LAFORET
(española)
E
staba amaneciendo, al fin. El departamento de tercera clase olía
a cansancio, a tabaco y a botas de soldado. Ahora se salía de la
noche como de un gran túnel y se podía ver a la gente acurrucada,
dormidos hombres y mujeres en sus asientos duros. Era aquel
un incómodo vagón-tranvía, con el pasillo atestado de cestas y
maletas. Por las ventanillas se veía el campo y la raya plateada del mar.
Rosamunda se despertó. Todavía se hizo una ilusión placentera al ver la
luz entre sus pestañas semicerradas. Luego comprobó que su cabeza colgaba
hacia atrás, apoyada en el respaldo del asiento y que tenía la boca seca
de llevarla abierta. Se rehízo, enderezándose. Le dolía el cuello —su largo
cuello marchito—. Echó una mirada a su alrededor y se sintió aliviada al
ver que dormían sus compañeros de viaje. Sintió ganas de estirar las piernas
entumecidas —el tren traqueteaba, pitaba—. Salió con grandes precauciones,
para no despertar, para no molestar, “con pasos de hada” —pensó—, hasta
la plataforma.
El día era glorioso. Apenas se notaba el frío del amanecer. Se veía el
mar entre naranjos. Ella se quedó como hipnotizada por el profundo verde de
los árboles, por el claro horizonte de agua.
—”Los odiados, odiados naranjos... Las odiadas palmeras... El
maravilloso mar...”.
—¿Qué decía usted?
—A su lado estaba un soldadillo. Un muchachito pálido. Parecía bien
educado. Se parecía a su hijo. A un hijo suyo que se había muerto. No al que
vivía; al que vivía, no, de ninguna manera.
—No sé si será usted capaz de entenderme —dijo, con cierta altivez—.
Estaba recordando unos versos míos. Pero si usted quiere, no tengo
inconveniente en recitar...
El muchacho estaba asombrado. Veía a una mujer ya mayor, flaca, con
49
Antología literaria 5
50
Antología literaria 5
cosas?
—Rosamunda tenía un gran talento dramático. Llegó a actuar con
éxito brillante. Además, era poetisa. Tuvo ya cierta fama desde su juventud...
Imagínese, casi una niña, halagada, mimada por la vida y, de pronto, una
catástrofe... El amor... ¿Le he dicho a usted que era ella famosa? Tenía dieciséis
años apenas, pero la rodeaban por todas partes los admiradores. En uno de
los recitales de poesía, vio al hombre que causó su ruina. A... A mi marido,
pues Rosamunda, como usted comprenderá, soy yo. Me casé sin saber lo que
hacía, con un hombre brutal, sórdido y celoso. Me tuvo encerrada años y años.
¡Yo!... Aquella mariposa de oro que era yo... ¿Entiende?
(Sí, se había casado, si no a los dieciséis años, a los veintitrés; pero ¡al fin
y al cabo!... Y era verdad que le había conocido un día que recitó versos suyos
en casa de una amiga. Él era carnicero. Pero, a este muchacho, ¿se le podían
contar las cosas así? Lo cierto era aquel sufrimiento suyo, de tantos años. No
había podido ni recitar un solo verso, ni aludir a sus pasados éxitos —éxitos
quizás inventados, ya que no se acordaba bien; pero...—. Su mismo hijo solía
decirle que se volvería loca de pensar y llorar tanto. Era peor esto que las
palizas y los gritos de él cuando llegaba borracho. No tuvo a nadie más que al
hijo aquel, porque las hijas fueron descaradas y necias, y se reían de ella, y el
otro hijo, igual que su marido, había intentado hasta encerrarla.)
—Tuve un hijo único. Un solo hijo. ¿Se da cuenta? Le puse Florisel...
Crecía delgadito, pálido, así como usted. Por eso quizá le cuento a usted estas
cosas. Yo le contaba mi magnífica vida anterior. Solo él sabía que conservaba
un traje de gasa, todos mis collares... Y él me escuchaba, me escuchaba...
como usted ahora, embobado.
Rosamunda sonrió. Sí, el joven la escuchaba absorto.
—Este hijo se me murió. Yo no lo pude resistir... Él era lo único que me
ataba a aquella casa. Tuve un arranque, cogí mis maletas y me volví a la gran
ciudad de mi juventud y de mis éxitos... ¡Ay! He pasado unos días maravillosos
y amargos. Fui acogida con entusiasmo, aclamada de nuevo por el público, de
nuevo adorada... ¿Comprende mi tragedia? Porque mi marido, al enterarse de
esto, empezó a escribirme cartas tristes y desgarradoras: no podía vivir sin
mí. No puede, el pobre. Además, es el padre de Florisel, y el recuerdo del hijo
perdido estaba en el fondo de todos mis triunfos, amargándome.
El muchacho veía animarse por momentos a aquella figura flaca y
estrafalaria que era la mujer. Habló mucho. Evocó un hotel fantástico, el lujo
derrochado en el teatro el día de su “reaparición”; evocó ovaciones delirantes
y su propia figura, una figura de “sílfide cansada”, recibiéndolas.
—Y, sin embargo, ahora vuelvo a mi deber... Repartí mi fortuna entre
los pobres y vuelvo al lado de mi marido como quien va a un sepulcro.
51
Antología literaria 5
52
Antología literaria 5
Glosario
• abalorio: Cuenta o bolita de vidrio perforada que sirve para hacer collares
y adornos parecidos.
• sílfide: Ninfa o espíritu elemental del aire en la mitología germánica. Mujer
que es muy bella y esbelta.
Coordenadas literarias
Datos de la autora
Carmen Laforet nació en Barcelona,
España, en 1921. Fue cuentista, novelista,
ensayista y autora de libros de viaje.
Contexto
Este cuento fue escrito después de la Segunda Guerra Mundial, cuando en
España estaba gobernando Francisco Franco. Como en muchos países de Europa,
la protagonista se encuentra sumida en la ruina y la desolación, pero se las
ingenia para inventarse, a través de su propio relato, una vida distinta.
53
Antología literaria 5
54
Antología literaria 5
AUSENCIA
CRISTINA FERNÁNDEZ CUBAS
(española)
T
e sientes a gusto aquí. Estás en un café antiguo, de veladores
de mármol y camareros decrépitos, apurando un helado, viendo
pasar a la gente a través del cristal de la ventana, mirando de vez
en cuando el vetusto reloj de pared. Las once menos cuarto, las
once, las once y diez. Hasta que de pronto —y no puedes explicarte
cómo ha podido ocurrir— solo sabes que estás en un café antiguo, apurando
un helado, viendo pasar a la gente a través de los cristales y mirando de vez en
cuando hacia el reloj de pared. “¿Qué hago yo aquí?”, te sorprendes pensando.
Pero un sudor frío te hace notar que la pregunta es absurda, encubridora,
falsa. Porque lo que menos importa en este momento es recordar lo que estás
haciendo allí, sino algo mucho más sencillo. Saber quién eres tú.
Tú eres una mujer. De eso estás segura. Lo sabes antes de ladearte
ligeramente y contemplar tu imagen reflejada en la luna desgastada de
un espejo con el anuncio de un coñac francés. El rostro no te resulta ajeno,
tampoco familiar. Es un rostro que te mira asombrado, confuso, pero también
un rostro obediente, dispuesto a parpadear, a fruncir el ceño, a dejarse
acariciar las mejillas con solo que tú frunzas el ceño, parpadees o te pases,
no muy segura aún, una mano por la mejilla. Recuperas tu posición erguida
junto al velador de mármol y abres el bolso. Pero ¿se trata de tu bolso? Miras
a tu alrededor. Habrá solo unas cuatro o cinco mesas ocupadas que un par
de camareros atiende con una mezcla de ceremonia y desgana. El café, de
pronto, te recuerda un vagón restaurante de un expreso, pero no te paras a
pensar qué puedes saber tú de vagones restaurantes o de expresos. Vuelves
al bolso. El color del cuero hace juego con los zapatos. Luego, es tuyo. Y la
gabardina, que reposa en la silla de al lado, también, en buena lógica, debe
de ser tuya. Un papel arrugado, junto a la copa del helado y en el que se
leen unos números borrosos, te indica que ya has abonado la consumición. El
detalle te tranquiliza. Hurgas en el bolso y das con un neceser en el que se
apiñan lápices de labios, colorete, un cigarrillo deshecho... “Soy desordenada”,
55
Antología literaria 5
56
Antología literaria 5
rato sigues con el juego. Café es marrón, Amalia, rojo, Alfonso, gris-plomo,
mesa, entre beige y amarillo. Intentas recordarte a ti, de pequeña, pero solo
alcanzas a ver la palabra “pequeña”, muy al fondo, en colores desvaídos y
letras borrosas. Repites Amalia, Alfonso... Y, por un instante, crees que estos
nombres significan algo.
Mecánicamente miras otra vez la foto del carnet de identidad y la
comparas con la imagen que te devuelve el espejito del estuche plateado.
Relees: “Nacida en Barcelona, 28 de mayo de 1956, hija de Alfonso y Amalia...”.
¿Estás empezando a recordar? ¿O Alfonso y Amalia, a los que al principio no
habías prestado atención, se han metido ahora en tu pensamiento y se trata
tan solo de un recuerdo inmediato, de hace apenas unos segundos? Murmuras
en voz baja: “Alfonso Vila, Amalia Gastón...”. Y entonces, de nuevo, te pones a
sudar. “Estás perdida”, te parece escuchar. “Ausente”. Sí, te hallas perdida y
ausente, pero —y aquí sientes de pronto, un conato de esperanza—, dispones
de un teléfono. Tu teléfono.
—¿Se encuentra bien? ¿Le ocurre algo?
Ahora te das cuenta de que las mesas han dejado de bailotear y la voz
del camarero ha logrado abrirse paso a través de un zumbido. Niegas con la
cabeza. Sonríes. Ignoras lo que ha podido ocurrir, pero no te importa.
—No es nada. Me he mareado un poco. Enseguida estaré bien.
Te has quedado admirada escuchando tu voz. En la vida, en tu vida
normal, sea cual sea, debes de ser una mujer de recursos. Tus palabras han
sonado amables, firmes, tranquilizadoras.
—Aún no es tiempo de helados —añade el camarero contemplando la
copa. Es un hombre mayor, casi un anciano—. Los helados para el verano y
un cafecito caliente para el invierno.
Le dices que tiene razón, pero solo piensas: “Estamos en invierno. En
invierno”. Te incorporas, coges la gabardina y el bolso, y preguntas dónde
está el servicio.
La encargada de los lavabos no se encuentra allí. Observas aliviada
una mesa recubierta con un tapete blanco, un cenicero vacío, un platito con
algunas monedas, un teléfono. Te mojas la cara y murmuras: “Elena”. Es
la cuarta vez que te contemplas ante un espejo y quizá, solo por eso, aquel
rostro empieza a resultarte familiar. “Elena”, en cambio, te sigue pareciendo
corto, incompleto, inacabado. Te pones la gabardina y te miras de nuevo. Es
una prenda de buen corte forrada de seda, muy agradable al tacto. “Debo de
ser rica”, te dices. “O por lo menos tengo gusto. O quizás acabo de robar la
gabardina en una tienda de lujo”. La palabra “robar” se te aparece color plomo
con tintes verduscos, pero casi enseguida deja paso a “número”. Número es
marrón —como “teléfono”, como “café”—, pero si dices “mi número”, el mi se
57
Antología literaria 5
58
Antología literaria 5
que lo que te ocurre es grave, pero que todavía podría ser peor. Te sientas en
uno de los bancos y te imaginas consternada, a ti, a Elena Vila, por ejemplo,
sabiendo perfectamente que tú eres Elena Vila, pero sin reconocer apenas
nada de tu entorno. Contemplando aterrorizada imágenes sangrientas, cruces,
clavos, coronas de espinas, cuerpos yacentes, sepulcros, monjas o frailes —pero
Elena no sabría siquiera lo que es una monja, lo que es un fraile— en actitud
suplicante, con los ojos en blanco, señalando estigmas y llagas con una mano,
mostrando en la otra la palma del martirio —tampoco Elena sabría lo que es
martirio—. Pero todo esto no es más que un absurdo. Algo que tan solo podría
sucederle a un habitante de otra galaxia, a un salvaje traído directamente de
la selva. Pero no a ti. Sabes perfectamente quiénes son, por qué están ahí. Y
no sientes miedo. Por eso te levantas del asiento y, amparada en la penumbra,
te acercas hasta un confesionario y esperas a que una anciana arrodillada
termine con la relación de sus pecados. Tú también te arrodillas. Dices: “Ave
María Purísima” y te quedas un momento en silencio. Ignoras si esta fórmula
que automáticamente han pronunciado tus labios sigue vigente. Adivinas
entonces que hace mucho que no te arrodillas en un confesionario y, por un
instante, te ves de pequeña, consigues verte de pequeña. Ya no es la palabra
—brillante, con ribetes—, sino tú misma hace treinta quizá más años. “He
dicho mentiras. Me he peleado con mis hermanas...”. El sacerdote debe de ser
sordo o ciego. O tal vez hace como que escucha y su mente está perdida en un
lugar lejano. Pero necesitas hablar, escuchar tu voz, y a falta de una lista de
pecados más acorde con tu edad, los inventas. Has cometido adulterio. Una,
dos, hasta quince veces. Has atracado un banco. Has robado en una tienda
la gabardina forrada de seda. Hablas despacio, preguntándote en secreto si
no estarás dando rienda suelta a un montón de deseos ocultos. Pero tu voz,
lenta, pausada, te recuerda de repente a la de una locutora profesional, a la
de una actriz. Y entonces lo haces. Recitas un número cualquiera, luego otro y
otro. Después, cuando dices: “Deje su mensaje al escuchar la señal. Gracias”,
no te cabe ya la menor duda de que tú eres la mujer que antes ha respondido
al teléfono. Abandonas el confesionario precipitadamente, sin molestarte en
mirar hacia atrás y comprobar si el sacerdote es realmente sordo o ciego. O
ahora, asomado entre las cortinas de la portezuela, observa consternado tu
carrera.
El aire de la calle te hace bien. El reloj de la iglesia marca las once y
diez. Pero ¿es posible que sigan siendo las once y diez? Una amable transeúnte
observa tu confusión, mira hacia lo alto, menea la cabeza y te informa de que
el reloj de la iglesia no funciona desde hace años. “Son las tres”, añade. Es
agradable que alguien te hable con tanta naturalidad, a ti, la más desconocida
de las desconocidas. Avanzas unos pasos y, con inesperada felicidad, te
59
Antología literaria 5
60
Antología literaria 5
61
Antología literaria 5
ya no tenía que ver solo con Jorge, sino con tu trabajo, con tu casa, contigo
misma. Una insatisfacción perenne, un desasosiego absurdo con los que has
estado conviviendo durante años y años. Quizá gran parte de tu vida. “Vila
Gastón”, oyes de pronto. Siempre en la luna... “¿Por qué no atiende a la
clase?”. Pero no hace falta remontarse a recuerdos tan antiguos. “Es inútil”
—y ahora es la voz de Jorge hace apenas unas semanas—. “Se diría que
solo eres feliz donde no estás...”. Y entonces comprendes que eres una mujer
afortunada. “Bendita Ausencia”, murmuras. Porque todo se lo debes a esa
oportuna, deliciosa, inexplicable ausencia. Esas horas que te han hecho
salir de ti misma y regresar, como si no te conocieras, como si te vieras por
primera vez.
La mesa de trabajo está llena de proyectos, dibujos, esbozos. Coges
un papel cualquiera y escribes “Ausencia” con letra picuda, ligeramente
inclinada hacia la derecha. Con ayuda de un rotulador la rodeas de un
aura. Nunca te desprenderás del papel, lo llevarás en la cartera allí a donde
vayas. Lo doblas cuidadosamente y, al hacerlo, te das cuenta de que el azar
no existe. Porque entre todas las posibilidades has ido a elegir precisamente
un papel de aguas. Miras las virutas: grises, marrones, violáceas. Así
estabas tú, en un mar de olas grises, marrones, violáceas, sobre el que
navega ahora tu tabla de salvación. Ausencia. Te notas cansada, agotada,
la noche ha caído ya, mañana te espera una jornada apretada. Pero en el
fondo te sientes como una recién nacida que no hace más que felicitarse por
su suerte. Cuando por fin te metes en la cama, es tarde, muy tarde, estás
exhausta y ya casi te has acostumbrado a tu felicidad.
El despertador interrumpe un crucero por aguas transparentes,
cálidas, apacibles. Remoloneas un rato más en la cama. Solo un rato.
Te encuetras aún en la cubierta de un barco, tumbada en una hamaca,
enumerando todo lo que debes hacer hoy, martes, día de montaje, como si
engañaras al sueño, como si ganaras tiempo desde el propio sueño. Siempre
te ocurre igual. Pero las manecillas del reloj siguen implacables su curso
y, como casi todas las mañanas, te sorprendes de que esos instantes que
creías ganados no sean más que minutos perdidos. En la mesilla de noche
una pequeña agenda de cuero verde te recuerda tus obligaciones. “A las
nueve montaje”; “Por la noche aeropuerto: Jorge”. Pasas por la ducha como
una exhalación, te vistes apresuradamente y, ya en la calle, te das cuenta
de que el día ha amanecido gris, el cielo presagia lluvia y únicamente para
el reloj de la iglesia la vida sigue empecinadamente detenida a las once y
diez. Como cada día. Aunque hoy, te dices, no es como cada día. Estás muy
dormida aún, inexplicablemente dormida. Pero también tranquila, alegre.
Por la noche irás al aeropuerto. Hace ya muchos años que no acudes al
62
Antología literaria 5
63
Antología literaria 5
ausente que ahora vuelve sobre la agenda y tacha “Por la noche aeropuerto:
Jorge”. ¡Qué estupidez! ¿En qué estarías pensando? ¿Cómo se te pudo
ocurrir? Porque si algo tienes claro en esta mañana en la que te cuesta
tanto despertar, en la que a ratos te parece navegar aún por los trópicos
tumbada en una hamaca, es que tu vida ha sido siempre gris, marrón,
violácea, y que el día que ahora empieza no es sino otro día más. Un día
como tantos. Un día exactamente igual que otros tantos.
Glosario
• ático: Espacio que se encuentra debajo de la azotea o que oculta el inicio de
las techumbres o la cubierta de la fachada.
64
Antología literaria 5
Coordenadas literarias
Datos de la autora
Cristina Fernández Cubas nació en
Barcelona, España, en 1945. Es una
escritora y periodista que destaca en
el relato breve, aunque también ha
publicado novelas, libros para niños,
obras de teatro, biografías y memorias.
Contexto
Los cuentos de Fernández Cubas se ubican en un contexto contemporáneo y
tienen como escenario a la ciudad. En este marco, y valiéndose de lo mejor de
la tradición fantástica, la autora crea personajes, principalmente mujeres, que
se enfrentan a situaciones inquietantes que provocan en el lector curiosidad y
extrañeza.
65
Antología literaria 5
Derek Walcott
66
Antología literaria 5
67
Antología literaria 5
Situación
La señora Elena es una anciana que vive sola. Tiene muchas plantas
y muchos gatos, a los que cuida con gran cariño y les habla como
si fueran personas. Pero eso no es lo que más llama la atención de
ella en el barrio. Cuando sale a la calle, se dirige al viento o al sol
como si fueran seres capaces de escucharla y atender sus halagos,
quejas o reflexiones. A veces, detiene su andar para hablar también
con los insectos que pululan a su alrededor. Muchos comentan que la
señora Elena , debido a la soledad, ha experimentado cambios en su
percepción de la realidad. Algunos, en cambio, creen que está muy
bien, pues se expresa de manera lúcida y hasta sabia, y consideran
que su actitud responde más bien a una forma mucho más rica y plena
de relacionarse con la naturaleza y los animales. ¿Tú qué piensas? Lee
estos cuentos antes de dar tu respuesta.
68 68
Antología literaria 5
LOS FUGITIVOS
Alejo Carpentier
SUIZA
LA AGONÍA DE RASU-ÑITI
José María Arguedas
PERÚ
69
Antología literaria 5
LOS FUGITIVOS
ALEJO CARPENTIER
(suizo)
E
l rastro moría al pie de un árbol. Cierto era que había un fuerte
olor a negro en el aire, cada vez que la brisa levantaba las
moscas que trabajaban en oquedades de frutas podridas. Pero el
perro —nunca le habían llamado sino Perro— estaba cansado.
Se revolcó entre las yerbas para desrizarse el lomo y aflojar
los músculos. Muy lejos, los gritos de los de la cuadrilla se perdían en el
atardecer. Seguía oliendo a negro. Tal vez el cimarrón estaba escondido
arriba, en alguna parte, a horcajadas sobre una rama, escuchando con los
ojos. Sin embargo, Perro no pensaba ya en la batida. Había otro olor ahí, en
la tierra vestida de bejuqueras que un próximo roce borraría tal vez para
siempre. Olor a hembra. Olor que Perro se prendía del lomo, retorciéndose
patas arriba, riendo por el colmillo, para llevarlo encima y poder alargar
una lengua demasiado corta hacia el hueco que separaba sus omóplatos.
Las sombras se hacían más húmedas. Perro se volteó, cayendo sobre
sus patas. Las campanas del ingenio, volando despacio, le enderezaron
las orejas. En el valle, la neblina y el humo eran una misma inmovilidad
azulosa sobre la que flotaban, cada vez más siluetadas, una chimenea de
ladrillos, un techo de grandes aleros, la torre de la iglesia, y las luces que
parecían encenderse en el fondo de un lago. Perro tenía hambre. Pero hacia
allá olía a hembra. A veces lo envolvía aún el olor a negro. Pero el olor de su
propio celo, llamado por el olor de otro celo, se imponía a todos los demás.
Las patas traseras de Perro se espigaron, haciéndole alargar el cuello. Su
vientre se hundía, al pie del costillar, en el ritmo de un jadeo corto y ansioso.
Las frutas, demasiado llenas de sol, caían aquí y allá con un ruido mojado,
esparciendo, a ras del suelo, efluvios de pulpas tibias.
Perro se echó a correr hacia el monte, con la cola gacha, como perseguido
por la tralla del mayoral, contrariando su propio sentido de orientación. Pero
70
Antología literaria 5
olía a hembra. Su hocico seguía una estela sinuosa que a veces se volvía
sobre sí misma, abandonaba el sendero, se intensificaba en las espinas de
un aromo, se perdía en las hojas demasiado agriadas por la fermentación,
y renacía, con inesperada fuerza, sobre un poco de tierra, recién barrida
por una cola. De pronto, Perro se desvió de la pista invisible, del hilo que
se torcía y destorcía, para arrojarse sobre un hurón. Con dos sacudidas
que sonaron a castañuela en un guante, le quebró la columna vertebral,
arrojándolo contra un tronco. Perro se detuvo de súbito, dejando una pata
en suspenso. Unos ladridos, muy lejanos, descendían de la montaña.
No eran los de la jauría del ingenio. El acento era distinto, mucho
más áspero y desgarrado, salido del fondo del gaznate, enronquecido por
fauces potentes. En alguna parte se libraba una batalla de machos que no
llevaban, como Perro, un collar con púas de cobre con una placa numerada.
Ante esas voces desconocidas, mucho más alobonadas que todo lo que hasta
entonces había oído, Perro tuvo miedo. Echó a correr en sentido inverso,
hasta que las plantas se pintaron de luna. Ya no olía a hembra. Olía a
negro. Y ahí estaba el negro, en efecto, con su calzón rayado, boca abajo,
dormido. Perro estuvo por arrojarse sobre él siguiendo una consigna
lanzada de madrugada, en medio de un gran revuelo de látigos, allá donde
había calderos y literas de paja. Pero arriba, no se sabía dónde, proseguía
la pelea de los machos. Al lado del cimarrón quedaban huesos de costillas
roídas. Perro se acercó lentamente, con las orejas desconfiadas, decidido
a arrebatar a las hormigas algún sabor de carne. Además, aquellos otros
perros de un ladrar tan feroz lo asustaban. Más valía permanecer, por
ahora, al lado del hombre. Y escuchar. El viento del sur, sin embargo, acabó
por llevarse la amenaza. Perro dio tres vueltas sobre sí mismo y se ovilló,
rendido. Sus patas corrieron un sueño malo. Al alba, Cimarrón le echó un
brazo por encima, con gesto de quien ha dormido mucho con mujeres. Perro
se arrimó a su pecho, buscando calor. Ambos seguían en plena fuga, con los
nervios estremecidos por una misma pesadilla.
Una araña, que había descendido para ver mejor, recogió el hilo y se
perdió en la copa del almendro, cuyas hojas comenzaban a salir de la noche.
II
71
Antología literaria 5
III
72
Antología literaria 5
73
Antología literaria 5
IV
74
Antología literaria 5
75
Antología literaria 5
VI
Sentado sobre una cornisa rocosa que dominaba el valle, Perro aullaba
a la luna. Una honda tristeza se apoderaba de él a veces, cuando aquel gran
sol frío alcanzaba su total redondez, poniendo tan desvaídos reflejos sobre
las plantas. Se habían terminado para él las hogueras que solían iluminar
la caverna en noches de lluvia. Ya no conocería el calor del hombre en el
invierno que se aproximaba, ni habría ya quien le quitara el collar de púas
de cobre, que tanto le molestaba para dormir —a pesar de que hubiera
heredado la sotana del párroco—. Cazando sin cesar, se había hecho más
tolerante, en cambio, con los seres que no servían para ser comidos. Dejaba
escapar el majá entre las piedras calientes, sin ladrar siquiera, desde que
Cimarrón no estaba ahí para azuzarlo, con la esperanza de hacerse un
cinturón o de recoger manteca para untos. Además, el olor de las serpientes
lo asqueaba; cuando había agarrado alguna por la cola, era en virtud de
esas obligaciones a que todo ser que depende de alguien se ve constreñido.
Tampoco —salvo en casos de hambre extrema— podía atreverse ya con
el cochino jíbaro. Se contentaba ahora con aves de agua, hurones, ratas
y una que otra gallina escapada de los corrales aldeanos. Sin embargo,
el ingenio estaba olvidado. Su campana había perdido todo sentido. Perro
buscaba ahora el amparo de mogotes casi inaccesibles al hombre, viviendo
en un mundo de dragos que el viento mecía con ruidos de albarda nueva,
de orquídeas, de bejucos, lombriz, donde se arrastraban lagartos verdes, de
orejeras blancas, de esos que tan mal saben y, por lo mismo, permanecen
donde están. Había enflaquecido. Sobre sus costillares marcados en hueco,
la lana apresaba guisasos que ya no tenían espinas.
Con los aguinaldos volvió la primavera. Una tarde en que lo desvelaba
un extraño desasosiego, Perro dio nuevamente con aquel misterioso olora
hembra, tan fuerte, tan penetrante, que había sido la causa primera de su
fuga al monte. También ahora caían ladridos de la montaña. Esta vez Perro
agarró el rastro en firme, recobrándolo luego de pasar un arroyo a nado. Ya
no tenía miedo. Toda la noche siguió la huella, con la nariz pegada al suelo,
largando baba por el canto de la lengua. Al amanecer, el olor llenaba toda
una quebrada. El rastreador estaba frente a una jauría de perros jíbaros.
Varios machos, con perfil de lobos, se apretaban ahí, relucientes los ojos,
76
Antología literaria 5
tensos sobre sus patas, listos para atacar. Detrás de ellos se cerraba el olor
a hembra. Perro dio un gran salto. Los jíbaros se le echaron encima. Los
cuerpos se encajaron, unos en otros, en un confuso remolino de ladridos.
Pero pronto se oyeron los aullidos abiertos por las púas del collar. Las bocas
se llenaban de sangre. Había orejas desgarradas. Cuando Perro soltó al
más viejo, con la garganta desgajada, los demás retrocedieron, gruñendo
de rabia inútil. Perro corrió entonces al centro del palenque, para librar la
última batalla a la perra gris, de pelo duro, que lo esperaba con los colmillos
de fuera. El rastro moría a la sombra de su vientre.
VII
Los jíbaros cazaban en bandada. Por ello buscaban las piezas grandes,
de más carne y más huesos. Cuando daban con un venado, era tarea de
días. Primero al acoso. Luego, si la bestia lograba salvar una barranca de
un salto, el atajo. Luego, cuando una caverna venía en ayuda de la presa,
el asedio. A pesar de herir y entortar, el animal moría siempre en dientes
de la jauría, que iniciaba la ralea sobre un cuerpo vivo aún, arrancándole
tiras de pelo pardo, y bebiendo una sangre fresca a pesar de su tibieza,
en las arterias del cuello o en las raíces de una oreja arrancada. Muchos
de los jíbaros habían perdido un ojo, sacado por un asta, y todos estaban
cubiertos de cicatrices, mataduras y peladas rojas. En los días del celo, los
perros combatían entre sí, mientras las hembras esperaban, echadas, con
sorprendente indiferencia, el resultado de la lucha. La campana del ingenio,
cuyo diapasón era traído a veces por la brisa, no despertaba en el perro el
menor recuerdo.
Un día los jíbaros agarraron un rastro habitual en aquellas selvas de
bejucos, de espinas, de plantas malvadas que envenenaban al herir. Olía
a negro. Cautelosamente, los perros avanzaron por el desfiladero de los
caracoles, donde se alzaba una piedra con cara de muerto. Los hombres
suelen dejar huesos y desperdicios por donde pasan. Pero es mejor cuidarse
de ellos, porque son los animales más peligrosos, por ese andar sobre las
patas traseras que les permite alargar sus gestos con palos y objetos. La
jauría había dejado de ladrar.
De pronto, el hombre apareció. Olía a negro. Unas cadenas rotas, que le
colgaban de las muñecas, ritmaban su paso. Otros eslabones, más gruesos,
sonaban bajo los flecos de su pantalón rayado. Perro reconoció a Cimarrón.
—¡Perro! —alborozó el negro—. ¡Perro!
Perro se le acercó lentamente. Le olió los pies, aunque sin dejarse
tocar. Daba vueltas en torno a él, moviendo la cola. Cuando era llamado,
huía. Y cuando no era llamado, parecía buscar aquel sonido de voz humana,
77
Antología literaria 5
que había entendido un poco en otros tiempos, pero que ahora le sonaba
tan raro, tan peligrosamente evocador de obediencias. Al fin, Cimarrón dio
un paso, adelantando una mano blanda hacia su cabeza. Perro lanzó un
extraño grito, mezcla de ladrido sordo y de aullido, y saltó al cuello del
negro.
Había recordado, de súbito, una vieja consigna del mayoral del ingenio,
el día que un esclavo huía al monte.
VIII
78
Antología literaria 5
Glosario
• Congrí: es un guiso popular cubano, compuesto de arroz y frijoles.
• Jutía: es un mamífero roedor parecido a la rata.
• Ñeque: sorpresa o golpe imprevisto.
• Rana-toro: es un batracio cuyo croar semeja un bramido.
• Zunzún: es una especie de colibrí.
• El duro: es la moneda de un peso cubano.
• Pitahaya: es un cacto trepador.
• Mondonguera: se refiere a la mondonga, despectivo de criada.
• “Mochas en claro”: frase que quiere decir machetes desenvainados.
Contexto
La historia de este cuento se sitúa en los alrededores de un ingenio azucarero
durante la época de la esclavitud en Cuba. Los personajes huyen de la opresión
en busca de la libertad.
79
Antología literaria 5
80
Antología literaria 5
UN HOMBRE
LLAMADO ZIEGLER
HERMANN HESSE
(alemán)
V
ivía una vez en la Brauergasse un joven señor llamado
Ziegler. Era uno de esos tipos que diariamente y a todas horas
encontramos en la calle, y cuyo rostro nunca podemos definir
bien, porque todos ellos tienen el mismo rostro: un rostro
colectivo.
Ziegler era todo y hacía todo lo que tales personas son y hacen. No
era un inepto pero tampoco un dotado; le gustaba el dinero y el placer, le
encantaba vestir bien y era tan cobarde como la mayoría de los hombres:
su vivir y su hacer se regían menos por impulsos y aspiraciones que por
prohibiciones, por temor al castigo. Tenía unas cuantas cualidades positivas
y era, en fin de cuentas, un hombre sencillamente normal, para quien
la propia persona era algo precioso e importante. Se tenía, como cada
quisque, por una personalidad, cuando en realidad era solo un ejemplar,
y veía en sí, en su propio destino, el ombligo del mundo, al igual que los
demás. Exorcizaba toda la duda y si los hechos contradecían su ideario,
cerraba los ojos como signo condenatorio.
Como hombre moderno, apreciaba ilimitadamente, además del dinero,
una segunda potencia: la ciencia. Jamás sabría decir qué es ciencia;
el nombre le evocaba algo así como la estadística y también un poco la
bacteriología, y sabía bien cuánto dinero y honor dedicaba el Estado a la
ciencia. Respetaba particularmente la investigación del cáncer, pues su
padre había muerto de esta enfermedad y Ziegler tenía la esperanza de que
la ciencia, tan altamente desarrollada en los últimos años, no permitiría
que él corriese la misma suerte.
Externamente se caracterizaba Ziegler por su aspiración a vestir por
encima de sus posibilidades, siempre a tono con la moda del año. Pues las
modas de las estaciones y del mes, que sobrepasaban considerablemente
81
Antología literaria 5
82
Antología literaria 5
83
Antología literaria 5
le insultaba:
—Pues sí que es orgulloso el tío. ¡Pies planos, idiota!
Ziegler se fue enseguida donde los macacos. Estos danzaron
desenfrenadamente y gritaron: “Danos azúcar, compañero”; pero como
no tenía azúcar se enfadaron, le imitaron, le llamaron pobre diablo y le
enseñaron los dientes. Esto no lo toleró; desconcertado y confuso huyó de
allí y encaminó sus pasos hacia los ciervos y corzos de los que esperaba
modales finos.
Un espléndido anta estaba junto a las rejas y miró al visitante. Ziegler
quedó consternado. Pues desde que deglutiera la antigua píldora mágica,
entendía el lenguaje de los animales. Y el anta hablaba con los ojos, dos
grandes ojos castaños. Su dulce mirada hablaba de nobleza, resignación y
tristeza, y frente al visitante expresó un auténtico y soberano desprecio.
Para esa mirada dulce, mayestática, según interpretó Ziegler, este no era
otra cosa, con su sombrero y su bastón, su reloj y su traje de domingo, que
un canalla, un ridículo y asqueroso bicho.
Del anta escapó Ziegler a la cabra montés, de esta a la gamuza, a la
llama, al ñu, a los jabalíes y a los osos. No fue insultado por todos ellos,
pero sí despreciado. Puso el oído atento y se enteró por sus conversaciones
de lo que pensaban sobre los hombres. Era horrible lo que pensaban.
Particularmente les sorprendía que estos feos, hediondos, indignos bípedos
pudiesen andar libremente con su fachendosa vestimenta.
Oyó a una puma hablar con su cría en un lenguaje lleno de dignidad
y sabiduría, como rara vez se escucha entre hombres. Oyó a una hermosa
pantera expresarse en términos breves, comedidos y aristocráticos sobre
el indeseable visitante dominical. Miró a los ojos del rubio león, y supo de
la vastedad y maravilla de la selva, donde no hay jaulas ni hombres. Vio
a un cernícalo posado en la rama seca, triste y orgulloso en su perpetua
melancolía, y vio a los grajos sobrellevar su cautividad con decencia,
resignación y humor.
Desconcertado y enajenado de todos sus hábitos mentales, Ziegler
se dirigió, en su desesperación, a los hombres. Buscó una mirada que
entendiera su desolación y angustia, puso oído atento a las conversaciones,
para escuchar algo consolador, comprensible, reconfortante; observó los
gestos de los numerosos visitantes, para encontrar en ellos algo de dignidad,
naturalidad, nobleza, discreta superioridad.
Pero quedó defraudado. Escuchó las voces y las palabras, observó los
movimientos, gestos y miradas, y como ahora lo veía todo como a través de
unos ojos animales, no encontró otra cosa que una sociedad degenerada,
hipócrita, engañosa, deforme, de tipo animaloide, que parecía ser una
84
Antología literaria 5
Glosario
• quisque: Palabra del latín que se utiliza en español en las locuciones cada
quisque o todo quisque, equivalentes a cada cual, cada uno o cualquiera.
• anta o tapir: Animal grande, con un peso de entre 200 y 250 kg, cuerpo
macizo, cilíndrico y piel dura.
85
Antología literaria 5
Coordenadas literarias
Contexto
Este cuento se desarrolla en un entorno de mediados del siglo XX, una época
en la que el hombre moderno se caracterizaba por su individualismo y su fe en
la ciencia. Estos rasgos son cuestionados al presentar al protagonista en una
relación distinta y fantástica con la naturaleza.
86
Antología literaria 5
LA AGONÍA DE
RASU-ÑITI
JOSÉ MARÍA ARGUEDAS
(peruano)
E
staba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero
de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única
ventana que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la
luz grande del sol; daba contra el cuero y su sombra caía a un
lado de la cama del bailarín. La otra sombra, la del resto de
la habitación, era uniforme. No podía afirmarse que fuera oscuridad; era
posible distinguir las ollas, los sacos de papas, los copos de lana, los cuyes
cuando salían algo espantados de sus huecos y exploraban en el silencio. La
habitación era ancha para ser vivienda de un indio.
Tenía una troje. Un altillo que ocupaba no todo el espacio de la pieza,
sino un ángulo. Una escalera de palo de lambras servía para subir a la
troje. La luz del sol alumbraba fuerte. Podía verse cómo varias hormigas
negras subían sobre la corteza del lambras que aún exhalaba perfume.
—El corazón está listo. El mundo avisa. Estoy oyendo la cascada de
Saño. ¡Estoy listo! Dijo el dansak’ Rasu-Ñiti.
Se levantó y pudo llegar hasta la petaca de cuero en que guardaba
su traje de dansak’ y sus tijeras de acero. Se puso el guante en la mano
derecha y empezó a tocar las tijeras.
Los pájaros que se espulgaban tranquilos sobre el árbol de molle, en el
pequeño corral de la casa, se sobresaltaron.
La mujer del bailarín y sus dos hijas, que desgranaban maíz en el
corredor, dudaron.
—Madre, ¿has oído? ¿Es mi padre, o sale ese canto de dentro de la
montaña? —preguntó la mayor.
—¡Es tu padre! —dijo la mujer.
Porque las tijeras sonaron más vivamente, en golpes menudos.
Corrieron las tres mujeres a la puerta de la habitación.
Rasu-Ñiti se estaba vistiendo. Sí. Se estaba poniendo la chaqueta
ornada de espejos.
—¡Esposo! ¿Te despides? —preguntó la mujer, respetuosamente, desde
el umbral. Las dos hijas lo contemplaron temblorosas.
87
Antología literaria 5
88
Antología literaria 5
bailarín.
Llegaron las dos muchachas. Una de ellas había tropezado en el campo
y le salía sangre de un dedo del pie. Despejaron el corredor. Fueron a ver
después al padre.
Ya tenía el pañuelo rojo en la mano izquierda. Su rostro enmarcado
por el pañuelo blanco, casi salido del cuerpo, resaltaba, porque todo el traje
de color y luces y la gran montera lo rodeaban, se diluían para alumbrarlo;
su rostro cetrino, no pálido, cetrino duro, casi no tenía expresión. Solo sus
ojos aparecían hundidos como en un mundo, entre los colores del traje y la
rigidez de los músculos.
—¿Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? —preguntó la mujer a la
mayor de sus hijas.
Las tres lo contemplaron, quietas.
—¿No lo ves? —dijo la mayor.
—No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo, oyendo todos los
cielos; sentado sobre la cabeza de tu padre. La muerte le hace oír todo. Lo
que tú has padecido; lo que has bailado; lo que más vas a sufrir.
—¿Oye el galope del caballo del patrón?
—Sí oye —contestó el bailarín, a pesar de que la muchacha había
pronunciado las palabras en voz bajísima—. ¡Sí oye! También lo que las
patas de ese caballo han matado. La porquería que ha salpicado sobre ti.
Oye también el crecimiento de nuestro dios que va a tragar los ojos de ese
caballo. Del patrón no. ¡Sin el caballo, él es solo excremento de borrego!
Empezó a tocar las tijeras de acero. Bajo la sombra de la habitación la
fina voz del acero era profunda.
—El Wamani me avisa. ¡Ya vienen! —dijo.
—¿Oyes, hija? Las tijeras no son manejadas por los dedos de tu padre.
El Wamani las hace chocar. Tu padre solo está obedeciendo.
Son hojas de acero sueltas. Las engarza el dansak’ por los ojos, en sus
dedos y las hace chocar. Cada bailarín puede producir en sus manos con ese
instrumento una música leve, como de agua pequeña, hasta fuego: depende
del ritmo, de la orquesta y del espíritu que protege al dansak’.
Bailan solos o en competencia. Las proezas que realizan y el hervor de
su sangre durante las figuras de la danza dependen de quién está asentado
en su cabeza y su corazón, mientras él baila o levanta y lanza barretas con
los dientes, se atraviesa las carnes con leznas o camina en el aire por una
cuerda tendida desde la cima de un árbol a la torre del pueblo.
Yo vi al gran padre Untu, trajeado de negro y rojo, cubierto de espejos,
danzar sobre una soga movediza en el cielo, tocando sus tijeras. El canto
del acero se oía más fuerte que la voz del violín y del arpa que tocaban a
mi lado, junto a mí. Fue en la madrugada. El padre Untu aparecía negro
89
Antología literaria 5
90
Antología literaria 5
91
Antología literaria 5
le había paralizado.
Con la mano izquierda sacudía el pañuelo rojo, como un pendón de
chichería en los meses de viento.
Lurucha, que no parecía mirar al bailarín, empezó el yawar mayu (río
de sangre), paso final que en todas las danzas de indios existe.
El pequeño público permaneció quieto. No se oían ruidos en el corral ni
en los campos más lejanos. ¿Las gallinas y los cuyes sabían lo que pasaba,
lo que significaba esa despedida?
La hija mayor del bailarín salió al corredor, despacio. Trajo en sus
brazos uno de los grandes racimos de mazorcas de maíz de colores. Lo
depositó en el suelo. Un cuy se atrevió también a salir de su hueco. Era
macho, de pelo encrespado; con sus ojos rojísimos revisó un instante a los
hombres y saltó a otro hueco. Silbó antes de entrar.
Rasu-Ñiti vio a la pequeña bestia. ¿Por qué tomó más impulso
para seguir el ritmo lento, como el arrastrarse de un gran río turbio, del
Yawar mayu este que tocaban Lurucha y don Pascual? Lurucha aquietó el
endiablado ritmo de este paso de la danza. Era el yawar mayu, pero lento,
hondísimo; sí, con la figura de esos ríos inmensos, cargados con las primeras
lluvias; ríos de las proximidades de la selva que marchan también lentos,
bajo el sol pesado en que resaltan todos los polvos y lodos, los animales
muertos y árboles que arrastran, indeteniblemente. Y estos ríos van entre
montañas bajas, oscuras de árboles. No como los ríos de la sierra que se
lanzan a saltos, entre la gran luz; ningún bosque los mancha y las rocas de
los abismos les dan silencio.
Rasu-Ñiti seguía con la cabeza y las tijeras este ritmo denso. Pero el
brazo con que batía el pañuelo empezó a doblarse; murió. Cayó sin control,
hasta tocar la tierra.
Entonces Rasu-Ñiti se echó de espaldas.
—¡El Wamani aletea sobre su frente! —dijo Atok’ sayku.
—Ya nadie más que él lo mira —dijo entre sí la esposa—. Yo ya no lo
veo.
Lurucha avivó el ritmo del yawar mayu. Parecía que tocaban campanas
graves. El arpista no se esmeraba en recorrer con su uña de metal las
cuerdas de alambre; tocaba las más extensas y gruesas. Las cuerdas de
tripa. Pudo oírse entonces el canto del violín más claramente.
A la hija menor le atacó el ansia de cantar algo. Estaba agitada, pero,
como los demás, en actitud solemne. Quiso cantar porque vio que los dedosde
su padre que aún tocaban las tijeras iban agotándose, que iban también a
helarse. Y el rayo de sol se había retirado casi hasta el techo. El padre
tocaba las tijeras revolcándolas un poco en la sombra fuerte que había en
92
Antología literaria 5
el suelo.
Atok’ sayku se separó un pequeñísimo espacio de los músicos. La
esposa del bailarín se adelantó un medio paso de la fila que formaba con
sus hijas. Los otros indios estaban mudos; permanecieron más rígidos. ¿Qué
iba a suceder luego? No les habían ordenado que salieran afuera.
—¡El Wamani está ya sobre el corazón! —exclamó Atok’ sayku,
mirando. Rasu-Ñiti dejó caer las tijeras. Pero siguió moviendo la cabeza y
los ojos.
El arpista cambió de ritmo, tocó el illapa vivon (el borde del rayo). Todo
en las cuerdas de alambre, a ritmo de cascada. El violín no lo pudo seguir.
Don Pascual adoptó la misma actitud rígida del pequeño público, con el arco
y el violín colgándole de las manos.
Rasu-Ñiti movió los ojos; la córnea, la parte blanca, parecía ser la más
viva, la más lúcida. No causaba espanto. La hija menor seguía ata- cada por
el ansia de cantar, como solía hacerlo junto al río grande, entre el olor de
flores de retama que crecen a ambas orillas. Pero ahora el ansia que sentía
por cantar, aunque igual en violencia, era de otro sentido. ¡Pero igual en
violencia!
Duró largo, mucho tiempo, el illapa vivon. Lurucha cambiaba la
melodía a cada instante, pero no el ritmo. Y ahora sí miraba al maestro.
La danzante llama, que brotaba de las cuerdas de alambre de su arpa,
seguía como sombra el movimiento cada vez más extraviado de los ojos del
dansak’; pero lo seguía. Es que Lurucha estaba hecho de maíz blanco, según
el mensaje del Wamani. El ojo del bailarín moribundo, el arpa y las manos
del músico funcionaban juntos; esa música hizo detenerse a las hormigas
negras que ahora marchaban de perfil al sol, en la ventana. El mundo a
veces guarda un silencio cuyo sentido solo alguien percibe. Esta vez era por
el arpa del maestro que había acompañado al gran dansak’ toda la vida, en
cien pueblos, bajo miles de piedras y de toldos.
Rasu-Ñiti cerró los ojos. Grande se veía su cuerpo. La montera le
alumbraba con sus espejos.
Atok’ sayku salió junto al cadáver. Se elevó ahí mismo, danzando; tocó
las tijeras que brillaban. Sus pies volaban. Todos estaban mirando. Lurucha
tocó el lucero kanchi (alumbrar de la estrella), del wallpa wak’ay (canto del
gallo) con que empezaban las competencias de los dansak’, a la medianoche.
—¡El Wamani aquí! ¡En mi cabeza! ¡En mi pecho, aleteando! —dijo el
nuevo dansak’.
Nadie se movió.
Era él, el padre Rasu-Ñiti, renacido, con tendones de bestia tierna y el
fuego del Wamani, su corriente de siglos aleteando.
93
Antología literaria 5
Lurucha inventó los ritmos más intrincados, los más solemnes y vivos.
Atok’ sayku los seguía, se elevaban sus piernas, sus brazos, su pañuelo, sus
espejos, su montera, todo en su sitio. Y nadie volaba como ese joven dansak’;
dansak’ nacido.
—¡Está bien! —dijo Lurucha—. ¡Está bien! Wamani contento. Ahistá
en tu cabeza, el blanco de su espalda como el sol del mediodía en el nevado,
brillando.
—¡No lo veo! —dijo la esposa del bailarín.
—Enterraremos mañana al oscurecer al padre Rasu-Ñiti.
—No muerto. ¡Ajajayllas! —exclamó la hija menor—. No muerto. ¡Él
mismo! ¡Bailando!
Lurucha miró profundamente a la muchacha. Se le acercó, casi
tambaleándose, como si hubiera tomado una gran cantidad de cañazo.
—¡Cóndor necesita paloma! ¡Paloma, pues, necesita cóndor! ¡Dansak’
no muere! —le dijo.
—Por dansak’ el ojo de nadie llora. Wamani es Wamani.
94
Antología literaria 5
Glosario
• dansak’: se refiere al bailarín, el danzante de tijeras.
• mondonguera: Mondonga, despectivo de criada.
• Rasu-Ñiti: que aplasta nieve. (Nota del autor).
• Wamani: dios montaña que se presenta bajo la figura de un cóndor.
• chiririnka: mosca azul.
• hakakllo: pitorro, chocha, chochaperdiz, ave de carne estimada.
• chusek: lechuza.
• atok’ sayku: que cansa al zorro. (Nota del autor).
Coordenadas literarias
Contexto
El cuento está ambientado en la región andina del Perú, específicamente en
el pueblo de Puquio. El contexto que retrata Arguedas refleja la vida rural, las
costumbres y las creencias indígenas. En esta historia se entrelazan el talento
literario del autor y su conocimiento vivencial y antropológico del mundo
narrado.
95
Antología literaria 5
96
Antología literaria 5
EL BÚHO QUE SE
CONVIRTIÓ EN
SER HUMANO
Tradición oral chayahuita
H
ace mucho tiempo un búho se convirtió en ser humano. Un
hombre se había ido a mitayar dejando a su esposa que estaba
embarazada en casa. Entonces la mujer dio a luz a su hijita.
Después, cuando estaba sentada, oyó al búho que estaba
cantando. Entonces la mujer le dijo:
—Si tú fueras un ser humano, me ayudarías en traerme la leña para
hacer la candela y poder calentarme.
Después de un momento el búho vino a la casa trayendo la leña y la
entregó a la mujer, diciendo:
—Toma la leña, vecina. Haz la candela y caliéntate.
La mujer se asustó, pero no le dijo nada. (Era una mujer que vino
trayendo la leña, pero realmente no era mujer. Era un búho convertido en
mujer.) Sin decir nada estaba mirándola, por eso él quiso dormir allá.
—Vecina, permíteme dormir contigo.
Y la mujer contestó:
—Ven pues, duerme conmigo.
Entonces durmieron juntos ahí; pero a medianoche, el búho convertido
le metió un dedo en el ojo de su hijita y la bebita lloraba. La madre le dijo:
—¿Qué le has hecho a mi hijita; por qué llora?
—No le hice nada. Llora porque le saqué un isango de su párpado
—dijo mintiendo.
Cuando la mamá dormía en profundo sueño, la mujer que dormía con
ella le sacó el ojo a la bebita y se lo comió. También le sacó el ojo a la mamá
y se lo comió.
Pero un jovencito se levantó y subió al techo de la casa. Allí se escondió
y estaba mirando todo. Vio que su mamá y su hermanita se habían muerto
97
Antología literaria 5
por esa mujer que dormía con su mamá. Amaneció esa mujer sola y se quedó
allá.
Después de un rato, el jovencito oyó a su papá quien estaba viniendo.
Bajándose del techo, corrió para contarle lo que había pasado.
La mujer que les había sacado los ojos estaba ahí todavía. Ella agarró
una piedra y la puso en su hamaca y estaba cuidándola como a su hijita.
Cuando el hombre llegó a su casa, vio a la mujer.
—Marido, he dado a luz a mi bebé, una mujercita —le dijo y entonces
se levantó y agarró su vasija de barro—. Me voy a recoger agua para cocinar
la carne. Cuando esté cocida, la comeremos —le dijo. Mientras tanto, el
hombre hizo hervir la brea y estaba esperando su regreso. Cuando la mujer
llegó del río, le dijo:
—Mujer, ven. Te voy a pintar tu cara para irnos a la fiesta —dijo, y a
la vez agarró una tabla doble—. Mete tus uñas aquí. Tengo miedo porque
son muy largas.
Entonces la mujer metió sus uñas, cerró sus ojos y levantó la cara.
Mientras quedó así, el hombre agarró la brea que estaba hirviendo y la echó
en su cara. Cuando hizo eso, la mujer brincó y gritó con tanta desesperación:
—¡Marido, marido! —dijo.
El hombre agarró la candela y encendió la casa (para que no se escapara
la mujer). Se alejó un poco de la casa y escuchó el incendio. Y la mujer antes
de morir pronunciaba estas palabras: “Huitina chispa, sachapapa chispa,
camote chispa” y así murió. (Por su muerte crecerían estos tubérculos de
sus ojos.) Esto es uno de los cuentos de los antepasados chayahuitas.
98
Antología literaria 5
Glosario
• mitayar: cazar.
• isango: es una especie de arácnido pequeñito.
• huitina: es una especie de planta de tubérculo comestible.
• sachapapa: es la papa de la selva.
Coordenadas literarias
Contexto
La colectividad chayahuita pertenece a la etnia homónima que habita
principalmente en la región amazónica del Perú. Como en todos los relatos de
este tipo, aquí se revelan creencias y saberes de esta población.
99
Antología literaria 5
100
Antología literaria 5
101
Antología literaria 5
102
Antología literaria 5
ARTE POÉTICA
Preparémonos para iniciar un viaje literario por diversas
partes del mundo.
¡Comencemos ahora!
Situación
103
Antología literaria 5
GARCÍA MÁRQUEZ Y YO
Jorge Ninapayta de la Rosa
EN EL BOSQUE
Ryunosuke Akutagawa
104
Antología literaria 5
GARCÍA MÁRQUEZ
Y YO
JORGE NINAPAYTA DE LA ROSA
(peruano)
E
xtraños fueron los caminos que me llevaron hacia la gloria.
Ahora que repaso mi vida puedo apreciarlo con claridad. El
día que yo cumplía veintitrés años, en un bar del Callao, una
gitana circunspecta y de carnes enjutas me leyó la suerte en las
cartas. Luego, con tono solemne, me dijo que yo haría algo muy
importante en la vida; “algo grandioso”, fueron sus palabras.
La verdad, no fue una gran sorpresa para mí, porque siempre estuve
convencido de ello. Aunque pensaba que no era necesario ejecutar algo
desmesurado; un aporte a la Historia, por pequeño que sea, es un logro
notable. Y mientras llegaba el momento esperado, me desempeñaba como
corrector de textos en una editorial de libros de teología.
Cuatro años después, partí del Callao en un barco carguero que me
llevó por varios puertos de Sudamérica. Así inicié un periplo que duró más
de diez años. Me ganaba la vida corrigiendo textos. Lugar a donde llegaba,
averiguaba sobre las editoriales o los diarios más conocidos y allá iba a
ofrecer mis servicios.
La corrección de textos es un oficio mal reconocido. Y no es una tarea
fácil, aunque muchos la consideren una ocupación ancilar y de poco fuste.
En este trabajo hay que dominar no solo la ortografía, la gramática, la
sinonimia; también el ritmo y la cadencia de las frases. Muchas veces,
incluso, hay que adivinar lo que el autor quiso decir. La experiencia brinda
destreza al buen corrector; y, con los años, basta una rápida ojeada a las
primeras frases de un texto para medir la calidad de su autor, para saber
si estamos ante un profesional de la pluma o ante un pelmazo que ensarta
palabras.
105
Antología literaria 5
106
Antología literaria 5
107
Antología literaria 5
Glosario
• ancilar: Se refiere a algo que está subordinado o sirve como apoyo a algo más
importante.
• poco fuste: Poca consideración, importancia o categoría de una persona o
cosa.
108
Antología literaria 5
Coordenadas literarias
Contexto
Este relato ganó en 1994 El Cuento de Las Mil Palabras, reconocido concurso
organizado en el Perú por la revista Caretas. En esta historia, así como en otras
del autor, el protagonista sobrelleva su vida pensando o imaginando que es
diferente o mejor de lo que realmente le tocó vivir.
109
Antología literaria 5
EN EL BOSQUE
RYUNOSUKE AKUTAGAWA
(japonés)
110
Antología literaria 5
111
Antología literaria 5
moreno y su cara es pequeña, ovalada y tiene un lunar cerca del ojo izquierdo.
Ayer, Takejiro y mi hija salieron para Wakasa. ¡Quién podía imaginar
esta tragedia!
¡Qué será de ella! Pues si bien estoy resignada por la suerte de mi
yerno, quisiera saber qué ha ocurrido con mi pobre hija.
¡Por los cielos, señores, no dejéis piedra sin remover hasta encontrarla!
A quien odio es a ese asesino, Tajômaru, o como se llame... A él, que
no solo a mi yerno, sino también a mi hija... [llora y no se entienden sus
palabras].
Confesión de Tajômaru
—Sí, señor comisario; yo maté a ese hombre, pero no a la mujer. ¿Qué
a dónde fue? No sé nada. ¡Eh! Déjeme en paz; no me apremien porque no
podrán obligarme a decir lo que no sé. Además, no tengo esperanza de
salvarme, así que no veo por qué he de ocultar detalles.
Bueno, fue así:
Ayer, poco después de mediodía, me encontré con esa pareja. Justamente
una leve brisa levantó el velo de seda que cubría el rostro de la mujer, y la
vi apenas. Digo apenas, porque inmediatamente volvió a ocultarlo. Quizá
por eso me pareció tan hermosa como la sagrada Bodhisattva. Y desde ese
instante decidí conquistarla, aunque tuviera que matar al hombre que la
acompañaba.
¿Qué dice? Vea: para mí, matar a un hombre no significa gran cosa,
como usted creería.
De todos modos, para poseer a la mujer había que eliminar al hombre.
Pero le aclaro, señor, que yo mato con katana y no como ustedes, que matan
con el poder, con el dinero, hasta con el pretexto de hacer un favor. Es cierto
que no derraman sangre y sus víctimas siguen viviendo; pero así y todo son
muertos, sombras de vivos. Si medimos los alcances del delito, es muy difícil
fijar quién es más criminal, yo o ustedes. [Sonríe con ironía.]
Sin embargo, era mejor proceder evitando la muerte del hombre. Y
opté por ello. Pero era imposible ejecutar mi propósito en la carretera (que
conduce a Yamashina). Entonces inventé una historia para internar a la
pareja en la montaña.
Resultó fácil. Empecé a caminar con ellos y les conté que había
descubierto una vieja tumba en la montaña, hallando una considerable
cantidad de sables y espejos antiguos, que luego había trasladado
clandestinamente al bosque de bambúes; y que de encontrar a algún
interesado, estaba dispuesto a venderlos a bajo precio. Al oír esto, el hombre
comenzó a interesarse, y...
112
Antología literaria 5
113
Antología literaria 5
Contándolo de esta manera debo parecer muy cruel. Pero no; usted no
vio la cara de la mujer en ese momento, ni soportó su mirada ardiente, como
yo. Al mirar esos ojos juré casarme con ella, sí, hacerla mi mujer a riesgo de
todo; ese era el único pensamiento que me absorbía.
Tal pensamiento no se debía al solo deseo carnal, como usted puede
suponer. Al contrario, si en ese momento solo hubiese sentido sensualidad,
habría escapado, sin importarme golpear a la mujer. Y de ser así, no habría
tenido ninguna necesidad de manchar mi katana con la sangre de ese
hombre.
Pero viendo el rostro de aquella bella mujer en la penumbra del bosque,
juré no abandonar el lugar sin haberlo ultimado. Sin embargo, no tenía
intención de matarlo en forma cobarde: solté sus ligaduras y lo desafié. (La
cuerda que se encontró junto al tronco fue la que yo utilicé y que luego dejé
olvidada.) Encolerizado, el hombre desenvainó su katana. Inmediatamente
me atacó iracundo, sin pronunciar palabra. Huelga explicar lo que pasó
después. Mi katana atravesó su pecho a los veintitrés asaltos. Recuerden
esto: veintitrés asaltos. No consigo salir de mi asombro. Nadie hasta
entonces me había resistido más de veinte. [Sonríe jovialmente].
Muerto el hombre, con la katana aún mojada en su sangre, me volví
hacia donde había quedado la mujer.
Pero ante mi asombro, había desaparecido. En vano registré el bosque
tratando de encontrarla; ni el menor rastro. Escuché con atención: se oyó el
estertor del hombre; nada más.
Pensé que al empezar el duelo ella habría salido en busca de ayuda.
Y puesto que era cuestión de vida o muerte, me apoderé de la espada del
hombre, junto con el arco y las flechas, y hui hacia la carretera. Una vez
allí, encontré pastando el caballo de la mujer. De lo que siguió después, le
diré únicamente que antes de entrar en la capital me deshice de la katana
robada.
Esta es toda mi confesión. Siempre tuve la convicción de que mi cabeza
colgaría algún día de un árbol; senténcienme a la pena capital. [Actitud
desafiante].
Confesión de la mujer que llegó al Templo Shimizu
—El hombre que vestía el kimono de seda azul, después de ultrajarme,
lanzó una mirada sarcástica a mi esposo, que estaba atado al tronco de
un cedro. ¡Cuán humillado se habrá sentido mi marido! Cuanto más se
empeñaba en liberarse, más se hundía la soga en su cuerpo. Desesperada,
corrí hacia él. No, mejor dicho, quise correr. Pero al intentarlo, el bandido
me derribó.
114
Antología literaria 5
115
Antología literaria 5
116
Antología literaria 5
me quitaba las sogas escuché con atención y noté que era mi propio sollozo.
[Largo silencio].
A duras penas separé del árbol mi cuerpo entumecido. Delante de mí,
brillaba la pequeña daga que había dejado mi mujer. La recogí y la hundí en
mi pecho. Un coágulo de sangre subió a mi garganta, pero no sentí ningún
dolor. A medida que mi cuerpo se enfriaba, todo a mi alrededor se volvía
silencioso y solemne. Ni el canto de un pájaro se oía en el aire de aquel lugar
en la cañada de la montaña. Apenas una débil claridad descendía sobre
las hojas, pero también eso fue desapareciendo, hasta que los cedros y los
bambúes se borraron de mi vista. Tendido en el suelo, un hondo silencio
me envolvía. En ese momento, alguien se acercó a mí con pasos cautelosos.
Traté de ver quién era; pero la oscuridad me lo impidió. Alguien... alguien
que no pude ver, una mano invisible, quitó suavemente el arma hundida en
mi pecho, al tiempo que otro coágulo me volvía a llenar la boca. Y de nuevo
me hundí en el oscuro espacio; por última vez, para siempre.
117
Antología literaria 5
Coordenadas literarias
Contexto
Este cuento está ambientado en el Japón feudal. Al ofrecer versiones distintas
y a veces contradictorias de un incidente, explora la relatividad de la verdad y la
complejidad de la naturaleza humana.
118
Antología literaria 5
PREGUNTAS DE UN
OBRERO QUE LEE
}
BERTOLT BRECHT
(alemán)
Tantos relatos,
tantas preguntas 1
1
Traducción del alemán, realizada por Karen Coral Rodríguez para esta edición.
119
Antología literaria 5
Glosario
Coordenadas literarias
Contexto
La poesía de Brecht aborda temas como la injusticia, la desigualdad social y la
lucha de clases. Sus escritos reflejan una perspectiva crítica hacia la sociedad
contemporánea y buscan despertar la conciencia política y social en el lector,
utilizando un estilo claro y directo.
120
Antología literaria 5
121
122
Antología literaria 5
LO EXTRAÑO Y MISTERIOSO
Preparémonos para iniciar un viaje literario por diversas
partes del mundo.
¡Comencemos ahora!
Situación
Carolina y Ricardo están sentados en la banca de un parque. Frente a
ellos pasa un hombre muy abrigado, vestido con sombrero, guantes y
un pesado sobretodo gris. Es verano y hace mucho calor.
—La gente es única —dice Ricardo.
—Sí —asiente Carolina—. Pero todos tenemos nuestras particularidades.
La otra vez escuché una frase que justo decía eso: “De cerca, nadie es
normal”.
—¡Qué buena! —exclama él—. ¿Y cuál es tu mayor particularidad?
Carolina se queda pensativa y, luego de un rato, contesta:
—Duermo con un montón de almohadas. Como veinte. Grandes y
chiquitas. Y creo que me faltan más. ¿Y la tuya?
—Uff, debo tener miles —se sonríe Ricardo—. Entre las que se pueden
contar está que soy muy obsesivo con ciertas cosas. Por ejemplo, en
mi billetera, tengo los billetes ordenados de menor a mayor, y siempre
me aseguro de que estén de cabeza.
Entonces, Carolina le pide que le muestre su billetera y comprueba
que está así como él dice.
—Yo te voy a mostrar algo todavía más interesante —dice, entusiasmada
con el tema—. Son unos cuentos sobre personas singulares o que viven
experiencias muy curiosas.
123
Antología literaria 5
YO VI GÜIJES
Tradición oral de Cuba narrada por Rita Piedra
CUBA
124
Antología literaria 5
UN ARTISTA
DEL TRAPECIO
FRANZ KAFKA
(checo)
U
n artista del trapecio —como se sabe, este arte que se practica
en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más
difíciles entre todos los asequibles al hombre— había organizado
su vida de tal manera —primero por afán profesional de
perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica
—que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en
el trapecio. Todas sus necesidades —por otra parte muy pequeñas— eran
satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo
lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el
caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades
con el resto del mundo. Solo resultaba un poco molesto durante los demás
números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado
allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se
desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista
extraordinario, insustituible. Además, era sabido que no vivía así por capricho
y que solo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la
extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del
verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y
el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su
trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la
cuerda de ascensión algún colega de gira, se sentaba a su lado en el trapecio,
apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban
largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él
algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba
las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra
respetuosa, si bien poco comprensible.
125
Antología literaria 5
126
Antología literaria 5
Glosario
127
Antología literaria 5
Coordenadas literarias
Contexto
Este cuento, escrito a comienzos del siglo XX, refleja la atmósfera existencialista
y absurda característica de muchas de las obras de Kafka. Su protagonista vive
en una situación extraña que podría simbolizar la condición del hombre en la
sociedad contemporánea.
128
Antología literaria 5
P
arece tan dulce y es feroz. Contemplen la sala: está llena de gente. Un
tercio de esa gente, haciendo un cálculo optimista, son personas que
no me quieren bien. Todos mis competidores, todos mis verdugos y
todas mis víctimas. Llevo quince años en la firma, los cinco últimos
como director de personal: no ha sido fácil. Pero de entre todos esos
señores y señoras que me odian sé con certeza que la peor es ella. Ella es mi
mayor enemigo. Estoy muy seguro de lo que digo porque la conozco bien: es mi
mujer.
Y eso que están presentes los más belicosos, los más tenaces de mis
adversarios: Donatella, la licenciada en Económicas con un máster en Harvard
que entró como secretaria mía porque no encontraba trabajo con la crisis,
y que un día me echó lenta y deliberadamente un carajillo hirviendo en los
pantalones porque yo le había pedido que nos trajera unos cafés a la reunión
de directores (¿y qué podía hacer yo? Yo no soy culpable de la crisis. Y en la
reunión estaba el director general. Y se lo había pedido por favor). Zaldíbar, que
me tiranizó los seis años que fue mi jefe, firmando como suyos, sin yo saberlo,
todos los informes que le hice. Contreras, que aspiraba a mi cargo y perdió la
contienda, ayudado en la derrota, probablemente, por el hecho casual de que
yo me hubiera hecho socio del mismo club de tenis que el director general, con
quien llegué a trabar cierta amistad a golpe de raqueta (no soy un santo, pero
tampoco un cerdo como Zaldíbar: digamos que estoy asentado en el más común
y vulgar nivel de indignidad). Pues bien, pese a estar presentes estos tres pesos
pesados de la hostilidad, ella sigue siendo el mayor enemigo que tengo en esta
sala y en el planeta. El hecho de estar casados solo agrava la cosa. Duermo con
ella, con mi feroz enemiga, y en mis noches insomnes me parece escucharla
rumiar, en el silencio de sus sueños, ocultos planes de futuras venganzas.
Parece tan dulce. Ahí está, al otro lado de la sala, apoyada en la pared
con su fingida y elegante desgana de siempre, hablando con alguien a quien
no conozco; mírenla, ahora se la ve bien entre la gente, las espesas aguas de
129
Antología literaria 5
la concurrencia se han abierto un poco, creo que acaban de sacar los canapés
calientes y ha habido una súbita deriva de glotones hacia la puerta. Hay que
reconocer que se mantiene guapa: se toma su trabajo para ello, desde luego.
Se tiñe el pelo, se da masajes, hace gimnasia todo el día (quiero decir, siempre
que está en casa: es abogada y trabaja en un despacho laboralista), se llena la
cara de potingues, de mascarillas horrendas, de cremas apestosas; se mete en
la cama por las noches tan resbaladiza y aceitosa como un luchador de sumo
en un campeonato. En esto compruebo una vez más que es mi enemiga y puedo
medir el odio y el desapego que me tiene: tantos esfuerzos por mantenerse
guapa ¿para quién? Debe de ser para Donatella, para Contreras, para Zaldíbar.
Para mí no es, eso está claro; a mí me ofrece la tramoya del afeite, un gorro
de plástico en el pelo, un aspecto ridículo. No sé si lo hace por sadismo: para
enfrentarme con su presencia. O si, lo que sería peor (lo que sospecho), lo hace
simplemente porque no me ve, porque no me tiene en consideración, porque no
existo. Muchas veces en mi vida, con diversas personas, me he sentido así, de
cristal transparente; pero no estar en su mirada, en la mirada de ella, es lo
más duro.
Cuando estoy es peor. A veces me echa una desapasionada ojeada y dice:
—¿Por qué no te compras el monoxinosequé ese, esa loción que se dan los
hombres contra la calvicie?
O bien:
—Deberías cuidarte un poco más.
No parecen frases muy crueles, pero tendrían que oír el tono. Y la imagen
de mí mismo que me ofrecen sus ojos. Estoy allí, en el fondo de las pupilas de
ella, pequeñito por todas partes, más pequeñito aún de lo que sé que soy, con
mi calva incipiente y mi barriga incipiente y mi derrota incipiente. Y entonces
no le digo a mi mujer que llevo años frotándome la coronilla con minoxidil sin
mejoría apreciable, y que en el secreto de mi cuarto de baño (tenemos dos, uno
cada uno) hago abdominales, y que lo peor es que intento cuidarme y que la
ruina incipiente de mi aspecto es el pobre resultado de todos mis desvelos. Para
disimular, hago como que no me interesa nada mi apariencia física, como que
desdeño esas banalidades. Es un viejo recurso que he usado desde la infancia:
pretender que no me importa aquello en lo que he fracasado. Pero sé que mi
mujer sabe mi truco. Y también sabe que yo sé que ella lo sabe. Es humillante.
Mi mujer es mi mayor enemigo porque me humilla.
Quizá no es culpa suya. Quizá todo esto sea también tan duro para ella
como lo es para mí. Al principio no fue así: al principio yo me miraba en ella y
veía un dios. Sé que me quiso con locura. Lo sé, aunque no lo recuerdo; hoy me
es tan difícil imaginarla enamorada de mí que, si no guardara todavía algunas
arrebatadas cartas suyas, y, sobre todo, si no tuviera como prueba principal el
130
Antología literaria 5
hecho inaudito de que acabó casándose conmigo, creería que todo había sido
producto de mi imaginación. Recuerdo, eso sí, que un día se apagó su mirada
como se apaga la luz de un reflector. Y entonces yo dejé de estar bajo los focos y
ya no volví a ser jamás el protagonista de esta mala película.
Las mujeres son así. O al menos muchas mujeres, sobre todo las que son
apasionadas, como ella. Son terribles porque lo quieren todo. Porque no se con-
forman. Porque en el fondo pretenden encontrar al Príncipe Azul. Y cuando
creen haberlo hallado, se emparejan; pero al cabo de unas semanas, de unos
meses, de unos años, una mañana se despiertan y descubren que, en lugar
de haberse estado acostando todas esas noches con el Príncipe, en realidad
lo han estado haciendo con una rana. Lo peor es que entonces desprecian a
la rana y abominan de ella, en vez de aceptar las cosas tal cual son, como yo
mismo he hecho. Porque también mi mujer es mitad batracia, como todos; pero
a mí no me importa, incluso me gusta. A veces, por las noches, mientras ella
duerme en nuestra cama común (que es un desierto), yo la vigilo agazapado en
la penumbra, esperando el prodigio. Suspira ella, se agita entre sueños, unta
de crema de belleza toda la almohada; yo escruto a mi mujer atentamente, la
veo un poco rana, algo verdosa, me atrevo a ponerle una mano en la cintura,
ella ronronea sin despertar, como si le gustase; me acerco más, me cobijo en
la tibieza de su espalda como antes, palpitan los segundos en la noche, aquí
estamos los dos siendo otra vez uno, compañera de charca al fin aunque sea
dormida. Entonces me duermo yo también en esa postura inverosímil; y al cabo
de un instante de plácida negrura alguien me sacude, me despierta. Es ella,
que está erguida sobre un codo, contemplándome de cerca, la cabeza levantada
como una cobra. La cobra mira a la rana y dice:
—Roncas. Ya estás roncando otra vez. Date la vuelta.
¿Por qué sigo con ella? Parece tan dulce a veces, sobre todo cuando está
callada, cuando está ensimismada en otra cosa: será por eso. ¿Y ella por qué
sigue conmigo? Es una pregunta que no me atrevo a contestarme. Sé que soy
una decepción para ella: incluso lo soy para mí mismo. Sé que me falta pasión,
vitalidad, empuje. Que no hablo apenas, que soy introvertido y aburrido. Sé que
mi mujer se desespera cada vez que me ve pasar las horas delante del televisor
absorto en unos programas que por otra parte aborrezco. Un día, hace ya años,
era un domingo por la tarde y estábamos viendo una película en el vídeo, mi
mujer bostezó, se estiró y se me quedó contemplando pensativamente:
—Quién sabe, quizá sea esto todo lo que hay —dijo con lentitud—. Es
como cuando dejas de creer en Dios en la adolescencia, cuando un día te das
cuenta de que no hay cielo ni hay infierno y que esto es todo lo que hay.
Dicho lo cual se levantó del sofá y se puso a hacer pesas furiosamente
en un rincón de la sala: para qué, para quién. Si esto es todo lo que hay, a qué
131
Antología literaria 5
viene tanta gimnasia. Mírenla: está todavía guapa, ya lo sé. Quizá se arregle
para Zaldíbar. Para Contreras. Para Donatella. O quizá para ese hombre con
el que lleva tanto rato hablando y que no sé quién es. Tal vez a mi mujer se
le hayan vuelto a encender los faros de sus ojos y esté mirando a ese tipo con
la luminosa mirada del enamoramiento, que siempre es la misma y siempre
parece nueva. No quiero ni pensarlo. Antes, hace años, era celoso. Ahora tengo
tantas razones para serlo que no puedo permitírmelo.
Ese estruendo que acabamos de escuchar de algo que se rompe
definitivamente no fue mi corazón, contra todo pronóstico, sino que me parece
que ha sido un trueno. Sí, ahora truena otra vez, y a través de las ventanas
se ve un cielo tan negro como el futuro. A ella le dan miedo las tormentas. Un
miedo pueril que es parte de su cuota de rana, de imperfecta. Mírenla: ya se
ha puesto nerviosa. Ha vuelto la cabeza hacia los balcones, baila el peso de su
cuerpo de un pie a otro, se cambia el vaso de mano. Está buscando a alguien
con los ojos. A mí. No quiero ser pretencioso, pero me parece que es a mí. Sí,
ya me ha visto. Me mira. Me sonríe. Es una sonrisa que nadie ve: un fruncir
muy pequeñito de los labios por abajo. Solo yo sé que ella está sonriendo. Solo yo
conozco esa sonrisa. Y yo le digo: “No te preocupes, ya sabes que en las ciudades
siempre hay buenos pararrayos”. No se lo digo con la boca, pero ella entiende
igual, desde el otro lado de la sala, lo que le he dicho. Esto es lo más cerca que
estamos de la eternidad y del amor.
Recuerdo momentos. Buenos momentos. Los tengo guardados en la
memoria para los instantes de mayor desaliento. Recuerdo cuando enfermé de
gravedad con la neumonía y ella estaba tan fresca y tan serena en el incendio
de mi fiebre, sus manos arropándome, entendiéndome y perdonándome como
las manos de la Providencia. Recuerdo este invierno, cuando nevó y se cortó el
fluido eléctrico: a la luz de las velas nos vimos distintos e hicimos el amor como
si nos deseáramos, mientras los copos se asomaban sin ruido a la ventana para
mirarnos. Recuerdo las canciones que cantamos juntos en el viaje de vuelta de
Barcelona, mientras conducíamos por la autopista a través de la noche; y lo que
nos reímos.
Escuchad el ruido: está diluviando. Ahí fuera llueve, en la intemperie.
Es una noche desabrida y cruel, una oscuridad inacabable. Ella vuelve a mirar-
me, en la distancia. Entre toda la gente que hay en la habitación, me mira a
mí. Afuera cae del negro cielo una lluvia de desgracias y dolores, de cánceres,
fracasos, soledades; de envejecimientos, de miedos y de pérdidas. Y yo aprieto
los dientes y aguanto el chaparrón, y sé que quiero a mi enemiga con toda mi
voluntad, con toda mi desesperación. Con lo mejor que soy y con mi cobardía.
132
Antología literaria 5
Glosario
• potingue: Alimento o bebida de aspecto y sabor desagradable.
• tramoya: Conjunto de dispositivos manejados durante la representación
teatral para realizar los cambios de decorado y los efectos escénicos.
Coordenadas literarias
Datos de la autora
Rosa Montero nació en 1951 en Madrid,
España. Es una reconocida periodista
y escritora. Destaca por sus novelas,
así como por crear libros que mezclan
géneros.
Contexto
Los cuentos de Montero reflejan situaciones diversas que abarcan desde lo
cotidiano hasta lo fantástico. En todos ellos, se presentan las complejidades
de las relaciones humanas, las inquietudes sociales y existenciales, así como la
exploración de la identidad individual.
133
Antología literaria 5
134
Antología literaria 5
YO VI GÜIJES
Tradición oral de Cuba narrada por Rita Piedra
E
n eso de los güijes yo no creía. Un tío mío, que vivía en Camagüey,
siempre me decía que por allá salían en los ríos unos negritos
chiquitos que mordían y que por las mañanas se sentaban a coger
sol arriba de una laja grande que había en el medio del río, que
cuando veían gente se tiraban al agua enseguida.
Decía que eran igual a un humano pero que en vez de pelo tenían como
mazamorra verde en la cabeza.
Pero yo, Rita Piedra, a los treinta y dos años vi un güije, con mis propios
ojos. Eran como las seis y media o las siete, anocheciendo. Yo venía, con mi
mamá y mis hermanos chiquitos, que después que murió papá los fui a buscar
para que vinieran a vivir conmigo a Cárdenas. Veníamos con todos los trastes,
calderos y todo. Yo venía alante con un bulto, echando, pa pasar el puente del
río San Pablo antes que el agua lo cubriera, porque había llovido en la cabecera
y el río venía muy crecío.
En eso oigo una cosa que se tira de la baranda del puente pal agua y
miro y veo como dos cabecitas nadando apurás. Entonces pensé: “Eso no es
pescao”. Y tiro una piedra y salta pa’rriba un negrito chiquito como de seis
meses y después se volvió a hundir. Mi cuñao me dijo que como el río estaba
crecío el agua arrastró los güijes desde lejos, porque ellos viven en todos los ríos
profundos.
También, en una casa que yo trabajé, de gente muy rica, que se fueron
porque le quitaron primero ochenta caballerías, después treinta y después
veintitrés y se fueron del país. Ellos eran de por allá del punto ese que nombra
mucho Barbarito Diez, de Sancti-Spíritus, y la señora me contaba que por el
medio de la finca, que era muy grande, pasaba un río, pero que ella no dejaba
que los niños se bañaran porque salían güijes, que eran unos negritos con
yerbas en vez de pelo en la cabeza.
135
Antología literaria 5
Glosario
Coordenadas literarias
Contexto
Este cuento está ambientado en Camagüey, provincia de Cuba, donde, además
de poseer una rica tradición cultural, la pesca es parte parte de la economía local.
136
Antología literaria 5
137
138
Antología literaria 5
LA MUERTE
Preparémonos para iniciar un viaje literario por diversas
partes del mundo.
¡Comencemos ahora!
Situación
Viajas a Anco, Ayacucho, con tus papás y tus hermanos. No es la
primera vez que vas allá, pues tienes raíces ayacuchanas, pero en
esta ocasión es diferente. Ha fallecido el padrino de tu papá y debes
participar en el ritual de despedida. Así lo haces. Observas que el
difunto, colocado sobre una chakana o cruz andina, es trasladado al
cementerio. En el trayecto lo acompañan sus familiares y conocidos,
mientras unas señoras cantan con mucho sentimiento un qarawi. Al
sepultar el cuerpo, encienden velas y, poniendo flores sobre la tumba,
dicen: “Aquí estamos todos, acompañándote. No te olvidaremos”. De
regreso a casa, comparten comida y bebidas. Cinco días después, luego
de lavar la ropa del difunto y hacer ofrendas con su comida favorita,
se pone una silla en la sala de la casa del fallecido, a la espera de que
regrese su alma. No estuviste para aquel día, pero te contaron que
la hermana del difunto, que cantaba junto a unos oradores, exclamó
en determinado momento: “¡Ya llegó!”. Todo esto te ha hecho pensar
en los diferentes ritos relacionados con la muerte en nuestro país, así
como sobre las ideas o creencias que se tienen al respecto. Movido
por ese interés, lees un conjunto de relatos y poemas sobre este tema.
139
Antología literaria 5
HE DEJADO DESCANSAR
TRISTEMENTE MI CABEZA...
Emilio Adolfo Westphalen
LA LAGUNA
Joseph Conrad
P O LO N I A
EL FÉRETRO AMBULANTE
Tradición oral de Ayaviri
PERÚ
140
Antología literaria 5
HE DEJADO DESCANSAR
TRISTEMENTE
MI CABEZA...
EMILIO ADOLFO WESTPHALEN
(peruano)
141
Antología literaria 5
142
Antología literaria 5
Glosario
• corza o corzo: Mamífero rumiante de la familia de los cérvidos.
• estío: Verano.
• alborada: Amanecer o alba.
Coordenadas literarias
Contexto
La poesía de Westphalense se caracteriza por la experimentación
lingüística, la influencia de movimientos literarios como el surrealismo, y la
exploración de temas existenciales y metafísicos. En este poema, aborda
el tema de la muerte desde una mirada singular.
143
Antología literaria 5
144
Antología literaria 5
PRIMERA MUERTE
DE MARÍA
JORGE EDUARDO EIELSON
(peruano)
145
Antología literaria 5
146
Antología literaria 5
Glosario
• áurea: Dorada o parecida al oro.
• hato: Se emplea para señalar a un grupo de personas, animales o cosas.
Coordenadas literarias
Contexto
La poesía de Eielson explora temas como la transición entre la vida y la
muerte, la esencia efímera de la existencia y la búsqueda de significado en
el misterio de la muerte. En este poema, aborda estos temas a través de la
figura de María, que tiene diversas connotaciones en nuestra cultura.
147
Antología literaria 5
148
Antología literaria 5
LA LAGUNA
JOSEPH CONRAD
(polaco-británico)
E
l blanco, reclinado con ambos brazos sobre el techo de la caseta a la
popa del bote, dijo al timonel:
—Pasaremos la noche en el claro de Arsat. Ya es tarde.
El malayo se limitó a gruñir y siguió mirando con fijeza río
adelante. El blanco, apoyando el mentón sobre los brazos cruzados,
lanzó una mirada a la quilla de la embarcación. Al extremo de la recta avenida
de bosques que el destello intenso del río cortaba en dos, surgía el sol cegador
y sin nubes, posado sobre las aguas, que brillaban bruñidas como una banda
de metal. A ambos lados de la corriente, los bosques sombríos y solemnes se
erguían silenciosos e inmóviles. Al pie de árboles altos como torres crecían,
en el barro de la ribera, palmas de ñipa destroncadas, en grupos de hojas
pesadas y enormes que pendían tranquilas sobre el broncíneo remolino de los
reflujos. En la paz del ambiente, todo árbol, toda hoja, todo helecho, toda rama
de enredadera y todo pétalo de los minúsculos botones aparecía sumido en una
perfecta y definitiva inmovilidad, por la virtud de algún encantamiento. Nada
se agitaba sobre el río, sino los ocho remos que, levantándose regularmente en
un relámpago, caían al unísono en un solo chapoteo, mientras el timonel se
mecía a izquierda y derecha con un brillante y repentino trazo de su cimitarra,
que describía un semicírculo resplandeciente sobre su cabeza. Las aguas, al
golpe de los remos, espumaban a lo largo del bote en un murmullo confuso. Y
la canoa del blanco, avanzando río arriba en el breve disturbio por ella misma
provocado, parecía atravesar los umbrales de una tierra en la que hasta la
memoria misma del movimiento había desaparecido para siempre.
El blanco, volviendo la espalda al sol poniente, echó una mirada a lo largo
de la amplia y vacía extensión de aquel brazo de mar. En las tres últimas millas
de su curso el río, errabundo e indeciso, como hechizado irresistiblemente por
la libertad de un horizonte abierto, corre directamente hacia el mar, hacia el
oriente: hacia el oriente, albergue de luz como la oscuridad. A la popa del bote, el
insistente grito de algún ave, un grito discordante y débil, se arrastraba sobre
149
Antología literaria 5
150
Antología literaria 5
151
Antología literaria 5
expresión contemplativa y absorta de los que están próximos a morir. Los dos
hombres la contemplaron en silencio.
—¿Hace mucho tiempo que está enferma? —inquirió el viajero.
—No he dormido en cinco noches —respondió el malayo, en tono
deliberado—. En un principio, le parecía escuchar voces que la llamaban desde
el río y quiso desprenderse de mis brazos que la contenían. Pero desde que se
levantó el sol de este día no oye ya más, ni siquiera me oye a mí. No ve nada.
¡Ni me ve a mí!
Permaneció silencioso durante un minuto e interrogó luego, suavemente:
—¿Morirá, Tuan?
—Así lo temo —dijo tristemente el blanco.
Había conocido a Arsat años antes, en un país lejano, en tiempos de
peligro y de horror, en los que no hay amistad que pueda despreciarse; y desde
que su amigo malayo había llegado inesperadamente a habitar la cabaña de la
laguna con una mujer desconocida, no pocas veces había dormido allí en sus
viajes por el curso del río. Quería a este hombre que sabía guardar fidelidad a la
confianza que se le otorgaba y combatir sin miedo al lado de su amigo el blanco.
Lo quería, no tanto, quizá, como un hombre quiere a su perro favorito, pero sí lo
bastante para ayudarle sin hacer pregunta alguna, para pensar a veces, vaga
y perezosamente y en medio de sus propias preocupaciones, en aquel hombre
solitario y en la mujer de larga cabellera, rostro audaz y ojos triunfales, que
vivían juntos ocultándose en la selva... solos y temidos.
El blanco salió de la choza a tiempo para ver apagarse la enorme
conflagración del crepúsculo al soplo de las sombras, ligeras y furtivas, que,
levantándose como un vapor negro e impalpable sobre las copas de los árboles,
se alargaban por el cielo, extinguiendo el resplandor púrpura de nubes flotantes
y la roja brillantez de la luz diurna puesta en fuga. Poco después surgieron
todas las estrellas sobre la intensa negrura de la tierra; y la ancha laguna,
resplandeciendo repentinamente de luces reflejadas, semejaba un trozo oval de
cielo nocturno arrojado a la noche abismal y sin esperanza de aquella soledad.
El blanco cenó con las provisiones que llevaba en la caja, y luego, recogiendo
algunas varas de las que había en la plataforma, encendió una pequeña
hoguera, no porque necesitara el calor, sino para ahuyentar con el humo los
mosquitos. Se envolvió en sus mantas y se apoyó contra el muro de cañas de la
choza, fumando pensativamente. Arsat atravesó el umbral con pasos silenciosos
y se sentó en cuclillas cerca del fuego. El blanco agitó ligeramente sus piernas
extendidas.
—Respira —dijo Arsat, anticipándose a la pregunta que esperaba—.
Respira y arde como si ardiera un gran fuego en su interior. No habla, no oye...
¡y arde!
152
Antología literaria 5
153
Antología literaria 5
154
Antología literaria 5
manera que pueda ver lo que hay en él... y espera. La paciencia es sabiduría.
¡Inchi Midah puede morir o nuestro señor vencer su terror a una mujer!...”
¡Esperé!... ¿Recuerdas, Tuan, a la dama de la faz velada, y el temor que su
astucia y su cólera inspiraban a nuestro señor? Y si ella deseaba a su esclavo,
¿qué me era dable hacer? Pero calmaba yo el hambre de mi corazón con breves
miradas y palabras furtivas. Durante el día transcurría el tiempo en el sendero
que llevaba a las casas de baños, y cuando el sol había caído detrás del bosque,
me deslizaba entre los jazmines qua crecían en el patio de la mujer. Ocultos, nos
hablábamos a través del perfume de las flores, a través del velo de la vegetación,
por entre las largas hojas de enredaderas que se levantaban inmóviles ante
nuestros labios; muy grande era nuestra prudencia, muy suave el murmullo
de nuestro enorme anhelo. Pasaba el tiempo rápidamente... y entre las mujeres
suscitábanse rumores... y nuestros enemigos vigilaban... Mi hermano estaba
sombrío y yo pensé en matar y en buscar una muerte cruel... Pertenecemos a
una raza que toma siempre lo que desea... como vosotros, blancos. Llega una
hora en que el hombre debe olvidar la lealtad y el respeto.
El poder y la autoridad se otorgan a los jefes, pero a todos los hombres son
concedidos el amor, la fuerza y el valor. Mi hermano dijo: “Arrebátala. Llévatela.
Somos dos que somos como uno”. Y yo respondí: “Que sea pronto, pues no
encuentro calor en el sol que no alumbra para ella”. Nuestra oportunidad se
presentó cuando nuestro señor y todos los grandes señores de su corte bajaron a
la boca del río con objeto de pescar a la luz de las antorchas. Se reunieron cientos
de botes, y sobre las arenas blancas, entre el agua y las selvas, se levantaron
cobertizos de hojas para habitación de los rajaes. El humo de los fuegos semejaba
una azul niebla vespertina, y en ella resonaban, alegres, multitud de voces.
Mientras disponían los botes para la pesca, mi hermano vino a decirme: “¡Será
esta noche!”. Examiné mis armas y cuando llegó la hora nuestra canoa ocupó
su sitio en el círculo de botes que llevaban las antorchas. Las luces destellaban
sobre el agua, pero a espaldas de los botes todo era oscuridad. Cuando principió
la gritería, y la agitación los convirtió en locos, nosotros escapamos. El agua se
tragó nuestra luz y volvimos a la ribera, que estaba oscura y en la que brillaban
apenas, aquí y allá, brasas encendidas. Oíamos la charla de las esclavas entre
las chozas. Descubrimos un sitio silencioso y desierto. Allí aguardamos. Ella
llegó. Llegó corriendo a lo largo de la ribera, rápida y sin dejar tras de sí traza
ninguna, como una hoja que el viento arrastrara mar adentro. Sombrío, mi
hermano me dijo: “Anda, llévala contigo; condúcela a nuestro bote”. La levanté
en mis brazos. Ella jadeaba. Su corazón palpitaba contra mi pecho. “Te arrebato
a estos hombres”, dije. “Viniste al grito de mi corazón, pero mis brazos te llevan
a mi bote contra la voluntad de los poderosos”. “Es justo”, dijo mi hermano.
“Somos hombres que tomamos lo que desea nuestro corazón y sabemos guardarlo
155
Antología literaria 5
contra todos. Debíamos haberla tomado a la luz del día”. Urgí yo: “Partamos”,
pues luego que la tuve en mi canoa, pensé en los muchos hombres de nuestro
señor. “Sí. Partamos”, respondió mi hermano.“Somos desterrados y este bote
es ahora nuestra patria... y el mar nuestro refugio”. Tardaba en desprender el
pie de la ribera y le conminé a apresurarse, recordando el latido del corazón
de aquella mujer junto a mi pecho y pensando que dos hombres no pueden
luchar victoriosamente contra cien. Partimos, remando río bajo, próximos a la
ribera; y al pasar por el brazo del río en que pescaban, había cesado la enorme
gritería, pero el rumor de sus voces era alto como el zumbido de los insectos a
mediodía. Flotaban los botes agrupándose a la luz roja de las antorchas, bajo
un negro techo de humo; y los hombres hablaban de su pesca. Hombres que se
envanecían, elogiaban, clamaban..., hombres que quizá eran amigos nuestros
aquella mañana y que ya en aquella noche se habían convertido en nuestros
enemigos. Remando ligero, los dejamos atrás. Perdíamos todos nuestros amigos
en el país natal. Ella se encontraba en el centro de la canoa, el rostro velado, tan
silencioso como ahora..., tan invisible como ahora... y no lamentaba yo nada de
lo que abandonaba porque la oía respirar cerca de mí... como ahora la escucho.
Hizo una pausa, aguzó el oído, vuelto hacia el umbral, sacudió la cabeza
y prosiguió:
—Mi hermano quería lanzar el grito de desafío —un grito solo— que
hiciera saber a las gentes que éramos rebeldes y altivos de nacimiento, confiados
en nuestros brazos y en el vasto mar. Y le rogué nuevamente, en nombre de
nuestro amor, que acallase su grito. ¿No oía yo acaso respirar a mi amada
cerca de mí? No ignoraba que la persecución se iniciaría pronto. Mi hermano
me amaba. Hundió el remo sin chapoteo alguno. Se limitó a decir: “En ti no
hay ahora sino la mitad de un hombre..., la otra mitad está en esa mujer. Puedo
esperar. Luego que vuelvas a ser un hombre entero regresarás conmigo a
gritar nuestro desafío. Somos hijos de una misma madre”. No respondí. Toda
mi fuerza y todo mi espíritu los reconcentraba en las manos que sostenían el
remo... porque suspiraba por encontrarme con ella en un sitio seguro, lejos del
alcance de la cólera de los hombres y el despecho de las mujeres. Mi amor era
tan grande que lo suponía capaz de guiarme hacia un país donde la muerte no
existiera solo con que pudiese escapar al enojo de Inchi Midah y al alfanje de
nuestro señor. Remamos violentamente, respirando entre dientes. Las hojas de
los remos penetraron profundamente en las aguas tranquilas. Salimos del río;
volamos por canales abiertos entre los bajos fondos. Bordeamos la negra costa;
bordeamos las playas arenosas en donde el mar habla a la tierra en blandos
murmullos; y el destello de arena blanca respondía al paso de nuestro bote,
tan ligero corría este sobre el río. No hablábamos. Solo una vez susurré yo:
“Duerme, Diamelen, porque pronto necesitarás todas tus fuerzas”. Llegó a mis
156
Antología literaria 5
157
Antología literaria 5
le diste, Tuan, antes de que partieras, pero la pólvora con que contábamos era
muy poca. Rápidamente me ordenó: “Corre con Diamelen por el camino. Yo me
encargo de mantenerlos a raya, pues no traen armas de fuego, y desembarcar
ante un hombre que carga un rifle significa la muerte para algunos. Huye con
ella. Al otro lado del bosque hallarás la cabaña de un pescador... y una canoa.
Cuando haya disparado todos mis cartuchos, los seguiré. Soy un gran corredor,
y antes de que nos den alcance habremos desaparecido. Resistiré aquí todo lo
que pueda; Diamelen no es más que una mujer, incapaz de combatir o de correr,
pero en sus manos débiles guarda tu corazón”. Se tendió tras la canoa. El prao
se aproximaba. Diamelen y yo corrimos, y mientras nos apresurábamos por
el sendero, oí varios disparos. Mi hermano disparó una..., dos veces; y cesó el
batir del gongo. El silencio se hizo a nuestra espalda. Aquella faja de tierra es
muy angosta. Antes de que llegara a mis oídos el tercer disparo de mi hermano,
distinguí la costa y vi el agua nuevamente; nos encontrábamos en la boca de
un gran río. Atravesamos un verde claro. Bajamos a la orilla del agua. Vi una
choza que se levantaba sobre el lodo y una canoa balanceándose en lo alto.
Escuché tras de mí un nuevo disparo. Pensé: “Esa fue su última descarga”.
Alcanzamos rápidamente la canoa; un hombre salió corriendo de la
cabaña, pero le salté encima y rodamos juntos por el fango. Luego me incorporé
y él quedó inmóvil a mis pies. Ignoro si lo maté o no. Entre Diamelen y yo
empujamos la canoa hasta llevarla al río. Me alcanzaron unos gritos y vi a
mi hermano que corría. Numerosos hombres lo seguían. Tomé en brazos
a Diamelen, la arrojé al bote y en seguida salté yo. Al volver la mirada, vi
a mi hermano rodar por el suelo. Cayó, y se levantó inmediatamente, pero
sus perseguidores lo rodeaban ya. Me gritó: “¡Ya llego!”. Sus perseguidores
lo alcanzaban. Miré. Eran muchos. La miré luego a ella, ¡empujé la canoa,
Tuan! La empujé a la corriente. Diamelen se hallaba de rodillas, mirándome,
y le dije: “Toma el remo”, mientras yo golpeaba el agua con el mío. Oí a mi
hermano gritar, Tuan. Le oí gritar dos veces mi nombre, y oí también voces
que clamaban: “¡Matad! ¡Matad!”. No volví siquiera la mirada. Le oí gritar
mi nombre una vez más, con un gran chillido, como cuando la vida se pierde
con la voz... y no volví siquiera la cabeza. ¡Mi nombre!... ¡Mi hermano! Tres
veces me llamó..., pero no temía yo a la vida. ¿No estaba conmigo Diamalen?
Y ¿no encontraría con ella algún país donde se olvidara la muerte?..., ¡donde se
desconociera la muerte!
El blanco se incorporó. Arsat se puso de pie, irguiendo su vaga figura
silenciosa sobre las brasas agonizantes de la hoguera. Una neblina había caído
sobre la laguna, arrastrándose, borrando lentamente la brillante imagen de las
estrellas. Ahora una enorme masa de vapor blanco cubría la tierra: extendíase
frío y gris en la oscuridad, arremolinándose en mudos torbellinos alrededor de
158
Antología literaria 5
los troncos de los árboles y por la plataforma de la casa, que parecía flotar sobre
la inquieta e impalpable ilusión de un mar. Apenas si, muy lejos, las copas de
los árboles se recortaban sobre el destello del firmamento, como alguna costa
sombría y prohibida, una costa engañosa, implacable y negra.
La voz de Arsat vibró con fuerza en la profunda paz:
—¡Tenía conmigo a Diamelen! ¡La tenía conmigo! Por ganarla hubiera
enfrentado a toda la humanidad. Pero la tenía ya conmigo... y...
Sus palabras se perdieron resonantes en las huecas distancias. Hizo una
pausa y pareció que a lo lejos las escuchara morir; más allá de todo auxilio y
toda revocación. Y suavemente dijo:
—Tuan, yo amaba a mi hermano.
Una racha de viento lo hizo estremecer. Por sobre su cabeza, sobre el
silencioso mar de la neblina, las hojas mustias de las palmeras resonaban en
un rumor melancólico y expirante. El blanco estiró las piernas. Apoyó el mentón
sobre el pecho y, sin levantar la cabeza, murmuró tristemente:
—Todos amamos a nuestros hermanos.
Arsat estalló, con una intensa y susurrante violencia:
—¿Qué me importa quién muriese? No buscaba yo otra cosa que paz
para mi corazón.
Pareciole escuchar un movimiento en la cabaña; aguzó el oído..., entrando
fuego con pasos silenciosos. El blanco se levantó. Llegaba una brisa en
bocanadas caprichosas. Las estrellas palidecían como si hubieran retrocedido
en las heladas profundidades del espacio infinito. A una glacial racha de viento
siguieron unos segundos de calma perfecta y absoluto silencio. Luego, tras la
negra línea sinuosa de los bosques, una columna de luz de oro se levantó hacia
el cielo y se extendió sobre el semicírculo del horizonte oriental. Nacía el sol.
Retirose la niebla, se deshizo en nubes fugaces, desvaneciéndose en ligeras
trenzas flotantes; y la laguna, descubierta, se revelaba, negra y bruñida, en
las sombras espesas al pie del muro de árboles. Un águila blanca se levantó
sobre ella, en un vuelo oblicuo y portentoso llegó al claro rayo del sol y, por
un momento, surgió deslumbradoramente brillante; luego, elevándose más,
se hizo un punto oscuro e inmóvil antes de desvanecerse en el azul, como si
hubiera abandonado la tierra para siempre. El blanco, de pie ante el umbral de
la puerta, la mirada en lo alto, escuchó en la cabaña un confuso y roto rumor de
palabras sin sentido que fue concluyendo en un gemido. Repentinamente Arsat
salió tropezando, las manos alargadas; se estremeció, permaneciendo inmóvil
por un rato, la mirada fija. Luego:
—No arde más —dijo.
Ante sus ojos el sol asomaba el filo sobre las copas de los árboles,
levantándose lentamente. Refrescó la brisa; una gran luminosidad irrumpía
159
Antología literaria 5
160
Antología literaria 5
Glosario
161
Antología literaria 5
Coordenadas literarias
Contexto
Conrad es conocido por sus obras literarias que exploran temas como
la condición humana, la moralidad y la complejidad psicológica. Se dice
que “La laguna”, uno de los relatos con que inició su carrera literaria, está
inspirada en una experiencia personal: un amor que no pudo concretarse.
162
Antología literaria 5
EL FÉRETRO
AMBULANTE
Tradición oral de Ayaviri1
E
n Ayaviri, cuando las noches no eran alumbradas por lámparas y
aún no se había instalado la luz eléctrica, y la luna era la única que
alumbraba las calles, la gente salía solamente en las noches que
había luna.
Contaban los noctámbulos que, en ese tiempo, pasadas las
doce de la noche, el féretro que se guardaba en la iglesia, y que era un rústico
ataúd de palos, en el que se llevaba los restos de todos los pobres que no podían
costearse el cajón; ese féretro salía de noche a recorrer las calles, produciendo
un ruido macabro, como de osamenta que se tumba y se levanta. Cuenta un
vecino antiguo que, al tener noticia de esta leyenda, se aventuró a subir a
la torre de la iglesia, para comprobar si era efectivamente cierta la historia
de que el féretro salía en las noches de luna; y observó que pasadas las doce
de la noche, crujió el féretro dando tumbos; y se dirigió al centro de la plaza.
Movido por el susto, el hombre tocó la campana y fue entonces cuando el féretro
precipitadamente regresó a la iglesia; al poco rato nuevamente salió el féretro
y avanzó hasta la esquina opuesta de la plaza; el observador tocó la campana,
y el féretro nuevamente regresó al templo.
Por tercera vez volvió a salir el féretro; y entonces, el observador quiso
percatarse hacia qué lugar se dirigía; y con gran asombro vio que el féretro
doblaba una de las calles y entraba en la casa de una familia apellidada
Bustinza; y que de esta salió conducido por cuatro hombres vestidos de negro,
que llevaban cuatro velas encendidas; y traían un cadáver. El observador se
retiró tembloroso y estupefacto. Y a los ocho días murió un miembro de dicha
familia. Por esto ha quedado la tradición de que ocho días antes de que fallezca
un vecino, el féretro se anticipa.
1
Recogida en Ayaviri, capital de la provincia de Melgar, departamento de Puno, por Adelm Tapia
Cano, alumna del tercer año de media del Colegio Nacional “Miguel Grau” de Magdalena Nueva,
Lima. (Nota del texto original).
163
Antología literaria 5
Glosario
Coordenadas literarias
Contexto
Ayaviri es una localidad situada en la región de Puno, Perú. Alberga
numerosos cuentos, mitos y leyendas, que son expresados en
lengua quechua.
164
Antología literaria 5
165
Antología literaria 5
EL MONJE DE LAS
CATACUMBAS DE LA
IGLESIA DE LA PUNTA
Tradición oral de Pomalca
C
uenta el experimentado huaquero José, que un día llegó hasta su
casa un reconocido brujo a pedirle sus servicios en el oficio que él
durante varios años había logrado ganarse el respeto. El trabajo
consistía en entregarle una calavera para ser empleada en la mesa
del brujo, pero esta no debería ser de cualquier entierro, sino de
una de las tumbas que se encontraba en el sótano de la antigua iglesia colonial
de La Punta. Doscientos soles fue el ofrecimiento del brujo por el cráneo. José,
acostumbrado durante muchos años a este oficio, no se hizo de rogar y de
inmediato aceptó la propuesta. Por la tarde, cogió su mochila, su palana, su
chuzo y unas cuantas hojas de coca que de inmediato echó a su boca y se dirigió
a la antigua iglesia que muy bien conocía desde niño. Ingresó a ella por donde se
ubicaba la puerta principal, se dirigió hacia el altar y volteando a la izquierda
en el rincón, con su palana sacó un poco de tierra y adobes que apenas cubrían
la entrada del sótano, bajó unas cuantas gradas y de pronto se encontró en
medio de las tumbas, escogió la más cercana y con poco esfuerzo la destapó,
observó dentro de ella y antes de recoger la cabeza sacó de su mochila su
botella con yonque y se tomó un buen trago, retiró el cráneo del cuerpo, lo echó
a su mochila, y sin buscar más en la tumba la tapó rápidamente y salió con el
encargo del brujo. Al día siguiente como ya estaba acordado, el brujo llegó con
el dinero y José le entregó la cabeza.
A los pocos días, Carlitos, de apenas 8 años, hijo menor del huaquero,
había perdido el apetito y estaba muy extraño. José llamó a su hijo para
preguntarle qué le pasaba y este le dijo: “Allá en el algarrobo hay un señor que
todos los días me dice ‘¡Quiero mi cabeza!’”. Su padre en tono medio molesto le
dijo: “¡Oye, qué te pasa!, no seas sonso, déjate de tonterías”, y retirándose se fue
a su cama a pensar y, sospechando de la cabeza que había entregado al brujo,
empezó a preocuparse. Al día siguiente volvió a preguntar a su hijo por la
166
Antología literaria 5
167
Antología literaria 5
Glosario
Coordenadas literarias
Contexto
Pomalca es un distrito de Chiclayo, ubicado en el departamento de
Lambayeque. Al igual que todo el norte del Perú, circulan allí coloridas
leyendas que, mediante la sabiduría popular, narran el origen de lugares
emblemáticos y eventos históricos de la región.
168
Antología literaria 5
169
Antología literaria 5
170
Antología literaria 5
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Akutagawa, R. (1959). En el bosque. En El biombo del infierno y otros cuentos.
La Mandrágora.
Alegría, C. (2004). Calixto Garmendia. En Novelas y Cuentos. Pontificia
Universidad Católica del Perú.
Anónimo. (1996). El búho que se convirtió en ser humano. En Mashocoro’sa
topiso’. Leyendas de los chayahuita. Instituto Lingüístico de Verano.
Anónimo. (2007). Yo vi güijes. En S. Feijoo (Comp.), Mitología cubana. Editorial
Letras Cubanas.
Anónimo. (2012). El féretro ambulante. En J. M. Arguedas, Obra antropológica
II. Horizonte.
Arguedas, J. M. (1962). La agonía de Rasu-Ñiti. En La agonía de Rasu-Ñiti.
Taller Gráfico Ícaro.
Brecht, B. (1983). Preguntas de un obrero que lee. En Kalendergeschichten.
Rowohlt.
Carpentier, A. (1981). Los fugitivos. En Cuentos completos. Bruguera.
Conrad, J. (1994). La laguna. En Cuentos de inquietud. Ediciones del Sol.
Eielson, J. E. (1998). Primera muerte de María. En M. L. Canfield (Ed.), Poesía
escrita. Norma.
Fernández Cubas, C. (1997). Ausencia. En A. Encinar (Ed.), Cuentos de este siglo.
30 narradoras españolas contemporáneas. Círculo de Lectores.
Fernández Gastelo, E. (Comp.). (2009). El monje de las catacumbas de la iglesia
de La Punta. Revista Pomalca, (2).
Hesse, H. (1978). Un hombre llamado Ziegler. En Cuentos 2. Alianza.
Kafka, F. (1979). Un artista del trapecio. En Relatos completos. Losada.
Laforet, C. (1997). Rosamunda. En A. Encinar (Ed), Cuentos de este siglo. 30
narradoras españolas contemporáneas. Círculo de Lectores.
Montero, R. (1997). Parece tan dulce. En A. Encinar (Ed.), Cuentos de este siglo.
30 narradoras españolas contemporáneas. Círculo de Lectores.
Ninapayta de la Rosa, J. (2000). García Márquez y yo. En Muñequita linda.
Campodónico.
Pollarolo, G. (1995). Futuro anunciado. En Entre mujeres solas. El Santo Oficio.
Rivera Martínez, E. (1986). Ángel de Ocongate. En Ángel de Ocongate y otros
cuentos. Peisa.
Rulfo, J. (1985). No oyes ladrar los perros. En Pedro Páramo y El llano en llamas.
Planeta.
Silva Santisteban, R. (1996). Maternidad. En Condenado amor. El Santo Oficio.
Tagore, R. (1985). El cabuliwallah. En Obras escogidas. Arte y Literatura.
Westphalen, E. A. (2013). He dejado descansar tristemente mi cabeza… En J. E.
Eielson, S. Salazar Bondy y J. Sologuren (Comps.), La poesía contemporánea
del Perú. Biblioteca Abraham Valdelomar.
171
Antología literaria 5
172
184