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Laspalas Chesterfield

El artículo analiza las cartas de Lord Chesterfield a su hijo, que buscan guiarlo en su formación como político, revelando aspectos importantes de la educación aristocrática y la vida cortesana del siglo XVIII. A pesar de su fama, el contenido de estas cartas no ha sido suficientemente estudiado, aunque se asemeja a las obras de autores como Gracián y La Rochefoucauld, presentando una visión más explícita y realista. Lord Chesterfield combina enseñanzas sobre la cortesía positiva y la cautela defensiva, reflejando una compleja comprensión de las relaciones humanas en el ámbito político de su tiempo.

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El artículo analiza las cartas de Lord Chesterfield a su hijo, que buscan guiarlo en su formación como político, revelando aspectos importantes de la educación aristocrática y la vida cortesana del siglo XVIII. A pesar de su fama, el contenido de estas cartas no ha sido suficientemente estudiado, aunque se asemeja a las obras de autores como Gracián y La Rochefoucauld, presentando una visión más explícita y realista. Lord Chesterfield combina enseñanzas sobre la cortesía positiva y la cautela defensiva, reflejando una compleja comprensión de las relaciones humanas en el ámbito político de su tiempo.

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Librosdelacorte.

es
OTOÑO-INVIERNO
nº 25, AÑO 14 (2022)
ISSN 1989-6425

APRENDIZAJE DEL MUNDO Y SOCIABILIDAD CORTESANA


EN LAS CARTAS DE LORD CHESTERFIELD A SU HIJO

Javier Laspalas Pérez


(Universidad de Navarra)
[email protected]

RESUMEN

Las cartas que escribió Lord Chesterfield para su hijo natural, Philip Standhope,
con la intención de ayudarle a convertirse en un destacado político, son justamente
famosas, pero su contenido no se ha estudiado aún con suficiente atención y
profundidad. Además, los historiadores apenas se han interesado por ellas, a pesar de
que revelan aspectos muy relevantes de la formación y la mentalidad aristocrática. En
este artículo reconstruimos la imagen de la vida cortesana que se dibuja en ellas, similar
a la que habían trazado antes Gracián, La Rochefoucauld y La Bruyère. Sin embargo,
el discurso es más explícito y las cuestiones se plantean con un sincero y crudo realismo.

PALABRAS CLAVE: Lord Chesterfield; nobleza; cortes; política; buenas maneras.

LEARNING OF THE WORLD AND COURTLY SOCIABILITY


IN LORD CHESTERFIELD'S LETTERS TO HIS SON

ABSTRACT

The letters written by Lord Chesterfield to his natural son, Philip Standhope,
with the purpose of helping him to become a prominent politician, are justly famous,
but their content has not yet been studied with adequate attention and depth.
Furthermore, they reveal striking and important aspects of the aristocratic education
and mentality, but historians have not considered them from this perspective. This
article focuses on the image of courtly life painted in such letters, similar to the one
previously drawn by Gracián, La Rochefoucauld and La Bruyère. However, the
discourse is more explicit and the questions are posed with openness and crude realism.

KEY WORDS: Lord Chesterfield; nobilty; courts; politics; good mamners.

***

El epistolario mediante el que Lord Chesterfield intentó guiar desde la distancia la


formación de su hijo ilegítimo es célebre, sobre todo en el mundo anglosajón. Sin
embargo, creemos que cabe profundizar en su contenido e intentar mostrar que

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contiene una peculiar y coherente teoría sobre cómo funcionaban las relaciones
humanas en el ámbito político a finales del siglo XVIII. También dejaremos constancia
en las notas al pie de que muchos de sus puntos de vista coinciden con importantes
escritores del siglo XVII. Tal cuestión no se examina a fondo en la bibliografía reciente1,
aunque la consideró Heltzel2, quien mostró la conexión de nuestro epistolario con la
tradición literaria precedente. Sin embargo, creemos que nuestra perspectiva es diversa
y complementaria.
A la hora de instruir a su hijo en las habilidades necesarias para triunfar en la Corte,
Lord Chesterfield transita por dos caminos muy diversos, y se diría que, al menos en
apariencia, contradictorios.
Por una parte, recomienda una y otra vez procurar agradar a todos, manteniendo
siempre una actitud decorosa y amable. Es la faceta que podríamos denominar positiva
o constructiva del conocimiento del mundo, necesaria para volver tolerables y fluidas
las relaciones personales, pero también para conquistar el apoyo de unos sin encender
la ira de otros. Es lo que durante el Renacimiento habían propuesto los más destacados
teóricos (Castiglione, Erasmo de Rotterdam, della Casa, Guazzo), cuyos tratados
alcanzaron una enorme difusión, y fueron decisivos para constituir un código de
conducta relativamente homogéneo en las diversas naciones europeas3. Al igual que
España 4 y otros muchos países, Gran Bretaña no fue ajena a esta profunda
transformación5 y eso explica que nuestro Conde se haga eco de los principios y las
ideas propios de dicha tradición literaria y social, inspirados en el clasicismo greco-
latino, y en particular en Cicerón6.
Existe, sin embargo, una cortesía de carácter negativo y defensivo, cuyas
principales armas son la cautela, el silencio, la ocultación y un implacable control de
las emociones y las apariencias. Seguramente, este modo de proceder es tan antiguo
1 George Lamoine, “Lord Chesterfield’s letters as conduct-book,” en The Crisis of Courtesy. Studies in
the Conduct-Book in Britain, 1600-1900, ed. Jacques Carré (Leiden: Brill, 1994). Jenny Davidson, Hypocrisy
and the Politics of Politeness. Manners and Morals from Locke to Austen (New York: Cambridge University Press,
2004) 46-75. Amedeo Quondam, Tre inglesi, l'Italia, il Rinascimento. Sondaggi sulla tradizione di un rapporto
culturale e affettivo (Napoli: Liguori, 2006) 39-180.
2 Virgil Barney Heltzel, Chesterfield and the Tradition of the Ideal Gentleman (Ann Arbor: UMI

Dissertation Services, 1925).


3 De entre la ingente bibliografía destacamos: Peter Burke, Los avatares de “El cortesano” (Barcelona:

Gedisa, 1998). Inge Botteri, Galateo e galatei. La creanza e l'instituzione della società nella trattatistica italiana tra
antico regime e Stato liberale (Roma: Bulzoni, 1999). Norbert Elias, El proceso de la civilización. Investigaciones
sociogenéticas y psicogenéticas (México: Fondo de Cultura Económica, 1988). Robert Muchembled, L'invention
de l'homme moderne. Sensibilités, mœurs et comportements collectifs sous l’Ancien Régime (Paris: Fayard, 1988).
4 Fernando Ampudia de Haro, Las bridas de la conducta. Una aproximación al proceso civilizatorio español

(Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, 2007). Mercedes Blanco, “Le discours sur le savoir-
vivre dans l’Espagne du Siècle d’Or”, en Pour une histoire du savoir-vivre en Europe, ed. Alain Montandon
(Clermont Ferrand: Association des Publications de la Faculté de Lettres et Sciences Humaines, 1994)
111-149.
5 John Leon Lievsay, Stefano Guazzo and the English Renaissance, 1575-1675 (Chapel Hill: University of

North Carolina Press, 1961). Anna Bryson, From courtesy to civility. Changing codes of conduct in early modern
England (Oxford: Clarendon Press, 1998).
6 Javier Laspalas, “Distinción social, cortesía y educación en la obra de Lord Chesterfield”, en

Distinción social y moda, ed., Ana Marta González y Alejandro Néstor García (Pamplona: EUNSA, 2007)
65-92.

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como las intrigas políticas, pero acaso nunca estuvo tan difundido, ni se inculcó con
tanta minuciosidad, como en las cortes del Antiguo régimen7. Hay que buscar más bien
su origen en la cultura barroca, que dio una orientación pragmática y realista a las
buenas maneras, que se habían convertido en un signo de distinción. En este terreno,
el papel de Francia, que ejercía el liderazgo político y cultural, resultó decisivo. Fue allí
donde se definió sobre todo un nuevo tipo humano –el honnête homme– cuyo
refinamiento servía básicamente para medrar en la Corte 8 . Es posible rastrear su
presencia en otros países, incluido el nuestro9, donde Baltasar Gracián, cuya influencia
fue muy notable10, lo había identificado con claridad previamente.
Nuestro autor, que en modo alguno era partidario del absolutismo, conocía y
amaba la cultura y la educación que tanto había contribuido este a poner en pie y
difundir. Fue un inglés harto peculiar capaz de admitir que sus compatriotas carecían
del proverbial ingenio y distinción que reinaba en París. Es ese el universo social y
cultural en el que pretende introducir a su hijo11: aquel que predominaba fuera de su
país, que iba a conocer durante su grand tour, y en el cual posteriormente sería
embajador. Por eso, aunque en determinados momentos defienda tesis ilustradas12, su
concepción antropológica no es precisamente optimista, ni busca como otros muchos
ordenar de modo más racional y simple las normas de cortesía13. En realidad, su visión
del hombre y de la sociedad coincide en lo esencial con la de los moralistas franceses
del siglo XVII, esos desengañados y cautos observadores del mundo, que tienden
destacar su complejidad y sus contradicciones14, y recuerda también en ciertos aspectos
a la de Hume15.

7 Norbert Elias, La sociedad cortesana (México: Fondo de Cultura Económica, 1993) 129-158.
8 Maurice Magendie, La politesse mondaine et les théories de l’honnêteté en France au XVIIe siècle, de 1600 à
1660 (Genève: Slatkine, 1993). Emmanuel Bury, Littérature et politesse. L'invention de l’honnête homme, 1580-
1750 (Paris: Presses Universitaires de France, 1996). Christophe Losfeld, Politesse, morale et construction
sociale. Pour une histoire des traités de comportements, 1670-1788 (Paris: H. Champion, 2011).
9. Antonio Álvarez-Ossorio Alvariño, “Corte y cortesanos en la Monarquía de España”, en Educare

il corpo, educare la parola nella trattatistica del Rinascimento, ed. Giorgio Patrizi y Amedeo Quondam (Roma:
Bulzoni, 1998) 297-365. Antonio Álvarez-Ossorio Alvariño, “La discreción del cortesano”, Edad de oro,
18 (1999) 9-45.
10 Marc Fumaroli, La extraordinaria difusión del arte de la prudencia en Europa. El “Oráculo manual” de

Baltasar Gracián entre los siglos XVII y XX (Barcelona: Acantilado, 2019).


11 Marc Fumaroli, “Prólogo. El hombre del guante”, en Lord Chesterfield, Cartas a su hijo (Barcelona:

Acantilado, 2006) 9-10, 14, 19-21.


12 Javier Laspalas, Distinción social, 54-56. Por ejemplo, le envía a su hijo un ejemplar del Tratado sobre

educación de Locke, o le sugiere que lea algunos pasajes de Shaftesbury.


13 Jean Starobinski, Le remède dans le mal. Critique et légitimation de l'artifice à l'âge des Lumières (Paris:

Gallimard, 1989). Lawrence E. Klein, Shaftesbury and the culture of politeness. Moral discourse and cultural politics
in early eighteenth-century England (Cambridge: Cambridge University Press, 1994). Mónica Bolufer Peruga,
Arte y artificio de la vida en común. Los modelos de comportamiento y sus tensiones en el Siglo de las Luces (Madrid:
Marcial Pons, 2019).
14 Louis van Delft, Le moraliste classique. Essai de définition et de typologie (Genève: Droz, 1982). Louis

van Delft, Littérature et anthropologie. Nature humaine et caractère à l’âge classique (Paris: Presses Universitaires
de France, 1993).
15 Davidson, Hypocrisy, 47-50, 62-65.

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1. EL CONOCIMIENTO DEL MUNDO COMO META DE LA


EDUCACIÓN

Aunque la historia es bien conocida 16 , creemos oportuno recordarla aquí. A


mediados del siglo XVIII, Lord Chesterfield, destacado aristócrata inglés, miembro del
partido whig, dado que no tenía otro descendiente directo, quiso educar a su hijo natural
con el mayor esmero, ya que no podía legarle otro patrimonio que ese. Por tal motivo,
durante varias décadas le fue enviando cartas con el fin de iniciarlo en los arcanos de
la vida cortesana. Tal intento fracasó casi por completo, puesto que su heredero
espiritual tenía un carácter un tanto retraído y apenas hizo carrera política. Además
falleció siendo bastante joven, y escogió una esposa que su padre consideraba indigna
de él. Fue ella la que, tras la muerte de su marido, para obtener dinero, dio a la imprenta
el epistolario que aquí analizamos, el cual cosechó un gran éxito, incluso en los Estados
Unidos17, a pesar del notable escándalo que algunas de sus páginas causaron en la buena
sociedad británica.
Nuestro autor diseño para su vástago un programa educativo que no respondía del
todo ni a los usos tradicionales ni a la coyuntura del momento. Tras la crianza, vino la
instrucción doméstica, a cargo de un preceptor formado en Westminster School y
Christ Church College.
La siguiente etapa formativa comenzó con una estancia más bien breve, desde los
diez a los catorce años, no en Eton, sino en Westminster, otra selecta institución por
la que solía pasar la alta nobleza británica. No da la sensación de que nuestro Conde
esperase grandes cosas de ella –de hecho, contrató dos preceptores para apoyar a su
hijo–, aunque valoraba que tendría buenos profesores de francés, geografía y danza.
Eso sí, quería que fuese un alumno muy destacado, superarse los exámenes con
brillantez, obtuviese premios y pasase de una clase a otra en el menor tiempo posible.
Llegado el momento, Lord Chesterfield toma una decisión sorprendente: su hijo
no se matriculará en la Universidad. Lo hace sin duda influido propia su propia
experiencia, pues creía que durante su paso por el Trinity Hall de Cambridge se había
convertido en un pedante, versado en la cultura clásica, pero incapaz de hacer carrera
política (Cartas 151, 165, 213, 235 y 261)18. Por ello, puesto que deseaba preparar a

16 Stella Margaret Brewer, Design for a Gentleman. The Education of Philip Standhope (London: Chapman

and Hall, 1963).


17 C. Dallett Hemphill, Bowing Necessities. A History of Manners in America, 1620-1860 (Oxford: Oxford

University Press, 1999) 71-86, 129-132 y 144-145. Christopher J. Lukasik, Discerning Characters. The
Culture of Appearance in Early America (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2011) 54-72.
18 Para simplificar las referencias y facilitar la lectura, a lo largo el texto, usamos la numeración de la

edición preparada por Charles Strachey: Earle of Chesterfield, The Letters of the Earle of Chesterfield to His
Son (New York: Puntnam’s Sons – London: Methuen, 1901),
https://archive.org/details/lettersearlches01stangoog y
https://archive.org/details/lettersearlches00stangoog (consultado el 23 de noviembre de 2021). Sin
embargo, indicamos casi siempre la página de la traducción que manejamos, realizada a mediados del
siglo XIX por el diplomático mexicano Luis Manero: Conde de Chesterfield, Cartas Completas de Lord
Chesterfield a su hijo Felipe Stanhope (Le Havre: Alfonso Lemale, 1852), que sin duda tuvo una notable
difusión en el mundo hispánico. En algunas ocasiones, puesto que unas pocas misivas no fueron
incluidas en ella, remitirnos al volumen y la página de la edición citada en primer lugar. Las limitaciones

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Philip para ejercer primero como Embajador y luego como Secretario de Estado (Carta
139)19, prefiere embarcarlo en un grand tour, bastante más prolongado y variado de lo
habitual entre la aristocracia británica. Al joven, que no ha cumplido aún los catorce
años, lo acompaña un nuevo tutor –Walter Harte, antiguo subdirector de un college
oxoniense– y durante su viaje conocerá muchas ciudades, por lo general sedes de
importantes cortes (Leipzig, Dresden, Hanover, Berlín, Venecia, Turín, Roma,
Nápoles, París).
Hacia los diez y ocho años, se enfrenta a un paso harto delicado: su presentación
en el grand monde. Ésta tiene lugar en París, bajo el amparo y la atenta mirada de Lord
Albemarle. Luego, tras visitar a su padre, que juzga si está preparado para ello, retorna
a dicha ciudad y comparece en otros escenarios de la vida política (Mannheim, Bonn,
Hanover, Berlín, Bruselas). Por último, recalando varias veces en la capital francesa,
completa su periplo por otros centros de poder (Venecia, La Haya, Bonn, Mannheim,
Munich). Esta fase de su vida termina en 1754, cuando su padre obtiene para él un
puesto en el Parlamento y años más tarde consigue que sea destinado a Hamburgo,
para comenzar su carrera al servicio de la monarquía británica.
Aunque son más de cuatrocientas las cartas que integran nuestro epistolario, nada
tiene de extraño que las más interesantes coincidan con el tirocinium fori, la introducción
en la vida pública20. Son las más extensas y es sobre todo en ellas donde nuestro Conde
procura reflejar y concretar en consejos su experiencia como político, con toda su carga
de ambigüedad.

2. «EL GRAN TEATRO DEL MUNDO»: ORIGEN Y CARÁCTER DE LA


SOCIABILIDAD MUNDANA

Lord Chesterfield no se hacía ilusiones sobre el ser humano. «Mucho tiempo ha –


declara sin ambages– que los hombres dejaron el estado de la naturaleza; las edades de
oro y de simplicidad nativa, no volverán jamás21» (Carta 301: 275). Y también afirma
que la falsedad y la disimulación «habitan las cabañas así como los palacios, con solo
la diferencia que en las primeras se hallan acompañadas de malas maneras», ya que
«pastores y ministros son igualmente hombres, con naturaleza y pasiones idénticas, y
que sólo difieren en el modo de obrar» (Carta 150: 87). En suma, la doblez es inherente
al ser humano, por lo que hay que huir de la ingenuidad y actuar con suma cautela.
Resulta, además, verosímil que el mal diagnosticado sea de muy difícil curación, y
eso pone en cuestión la aspiración de fundar la convivencia en algo más que una
amistad ficticia. Por eso, cuando solo tiene quince años, nuestro Conde previene a su
hijo contra quienes dicen apreciarlo. A tales personas, le recomienda, debe tratarlas

de espacio nos impiden consignar la versión original de las citas literales. El lector interesado puede
hallarla en las páginas web incluidas en esta nota al pie.
19 Una meta que desde luego es coherente con la peripecia vital de Philip y con el contenido de la

Carta 257.
20 Narrado desde la Carta 110, 5 de abril de 1746, hasta la Carta 313, 27 de noviembre de 1754.
21 «Floreció en el siglo de oro la llaneza, en este de hierro la malicia». Baltasar Gracián, Oráculo manual

y arte de la prudencia (Madrid: Cátedra, 1995) § 219.

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con mucha urbanidad, pero desconfiar de sus cumplidos y sus intenciones (Carta 128:
67).
Sin embargo, aun siendo muy conscientes de tan triste realidad, todos deben
respetar las formas 22 . De lo contrario, camparía a sus anchas el egoísmo, que
corrompería por completo la sociedad. «Las cortes son sin disputa la residencia de la
urbanidad y de las buenas maneras: si así no fuese, sería el teatro de la matanza y de la
desolación» (Carta 191: 139). Lo mismo se reitera en una misiva posterior:

Las gentes se abrazan en la corte sin conocimiento, se sirven sin amistad y se injurian sin
odio. El interés y no el sentimiento es el fruto de aquel terreno. […] Las ceremonias son
necesarias en la corte, porque, a manera de obras avanzadas, defienden las costumbres
(Carta 297: 200).

Lo anterior explica por qué se ha llegado a un consenso generalizado, que no se


funda en la virtud, antes bien persigue tan solo minimizar los daños:

la ambición y la avaricia, estas dos pasiones predominantes de las cortes, han encontrado
el disimulo menos peligroso que la violencia; y el disimulo ha introducido aquellos modales
delicados que distinguen al cortesano del habitante de provincia. En el primer caso
prevalecería el cuerpo más robusto; en el segundo triunfa el espíritu más fuerte (Carta 191:
139)23.

Así pues, es por pura necesidad y estrategia, no por benevolencia, por lo que las
rivalidades cortesanas «se morigeran hasta cierto punto y permanecen dentro de los
límites decentes trazados por la cortesía y los modales» (Carta 249: 215). Aun así, desde
el punto de vista estrictamente ético, resulta preferible el imperio del disimulo a la
burda exhibición de las debilidades humanas, con toda «su nativa deformidad», propia
de la gente baja (Carta 257: 223).
Por tal motivo, Lord Chesterfield afirma que las pasiones se extinguen en la corte
con facilidad, una vez ventiladas las disputas que las suscitaron. El egoísmo sigue
siendo el único móvil, pero un frío cálculo rige la conducta, de modo que ni se
estrechan las amistades, ni se enconan los odios. De hecho, cree que «la sociedad no
es más que una negociación permanente, y si la consideras bajo este aspecto,
encontrarás en ella el secreto de cualquiera otra transacción» (Carta 289: 257). Por eso,
propone a su hijo evitar cualquier tipo de roce o conflicto con el que buscarse enemigos,
en particular si antes eran aliados y confidentes (Carta 290: 259)24.
Hay, pues, que defender la propia causa, pero en buena lid, con destreza no exenta
de limpieza y elegancia, como se explica con todo lujo de detalles en otra carta, antes

22 Semejante es el dictamen de François de La Rochefoucauld, Máximas (Barcelona: EDHASA,

1994) § 83. Téngase en cuenta que, junto con la Carta 161, cuando todavía es un adolescente, Lord
Chesterfield le envía su hijo un ejemplar de la obra y le recomienda que la lea con suma atención, porque
pinta al hombre con mucha exactitud. Meditar sobre ella, al igual que sobre Los Caracteres de La Bruyère,
le será de mucha utilidad cuando llegue a las cortes (Cartas 242, 257 y 307).
23 Esta descripción tiene muchos puntos en común con un fragmento de Jean de La Bruyère, Los

caracteres (Barcelona: EDHASA, 2001) § 274.


24 Véase también algunas de las máximas incluidas en la Carta 297.

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de concluir: «Esto se llama comúnmente generosidad, magnanimidad; pero en realidad


es arte y buen sentido» (Carta 245: 211).
En efecto, está comprobado que «son pocas las gentes que se dejan intimidar, pero
hay muchísimas bastante débiles para dejarse engañar» (Carta 277: 241) 25. Por otra
parte, «los tontos y la gente baja son siempre celosos de su dignidad y nunca olvidan
ni perdonan lo que consideran un desaire»26. En cambio, valoran mucho que se los
trate con amabilidad, aunque eso no les suponga ningún beneficio real27. Eso permite
«comprarlos a bajo precio y en consecuencia vale la pena comprarlos así» (Carta 271:
vol. II, 206), algo que se reitera en otros pasajes (Cartas 150: 88; 292: 261-262; 297:
267).
Además, quién sabe si en un futuro necesitaremos concitar el apoyo o esquivar el
odio de alguien a quien teníamos por despreciable (Carta 292: 262). En consecuencia,
uno no ha de «adular en las cortes a todo el mundo; pero sí debe tener gran cuidado
de no ofender a ninguno» (Carta 191: 139). Quien se conduzca así, no dejará de ganarse
algunos adversarios, cosa imposible de evitar, pero al menos se beneficiará de la
neutralidad de la mayoría, tendrá muchos más amigos que enemigos y se convertirá en
el más fuerte (Cartas 275: 238; 292: 262). Por tanto, es mejor olvidarse de una máxima
de Lucio Acio –Oderint, dum metuant: «Que odien con tal que teman»–, (Cicerón, Filípicas,
1, 34 y de Officiis, 1, 97; Suetonio, Vidas de los doce césares, Calígula, 30), que solía repetir
Calígula, y reemplazarla por esta otra: Modo ament, nihil timendi est mihi («Si aman, nada
tengo que temer») (Cartas 276: 240; 295: vol. II, 287).
Parece, pues, claro que no se debe trabajar en favor de una coexistencia armoniosa,
ya que entre los hombres no puede darse una comunidad de intereses. No obstante,
por medio de la cortesía sería posible aplacar los ánimos, atenuar las querellas y dar un
tono amable a la confrontación. De hecho, la principal misión de las buenas maneras
es evitar las discordias (Carta 257: 223).
Así, el decorum ciceroniano, en el que tan a menudo se apoya nuestro autor28, se
transforma en una suerte de disfraz que oculta la verdadera naturaleza de las relaciones
sociales y sirve para pacificarlas29. En la Corte, no desaparece o disminuye el egoísmo,
pero quedan atenuados sus efectos al no ser tan violentos. «Allí la vigilancia, la destreza
y la flexibilidad, suplen la fuerza natural, y prevalece, no el cuerpo más vigoroso, sino
el alma más capaz» (Carta 221: 177). Parafraseando a un conocido historiador de las
ideas30, podría decirse que estamos ante una sociabilidad sustitutiva y remedial, con la
que se aspira a hacer frente a los desafíos de un mundo corrompido, pues de lo que se

25 «Más fiera es la lisonja que el odio», sentencia Gracián, Oráculo, § 84.


26 La Bruyère, Los Caracteres, § 195, observa algo similar.
27 Muchas cosas se compran con amables palabras, asevera Gracián, Oráculo, § 191, 244 y 267. La

Bruyère (Los Caracteres, § 340) lamenta este hecho, pero lo corrobora.


28 Laspalas, Distinción social, 67-78.
29 Cicerón no estaría de acuerdo con este uso de sus doctrinas, pues afirma que es propio de

libertinos, ambiciosos o egoístas renunciar a la búsqueda de la amistad (Lelio, 59) y entiende que el
decoro está intrínsecamente unido a la virtud (Sobre los deberes, I, 94-95).
30 Jean Starobinski, “La Rochefoucauld et les morales substitutives,” La nouvelle revue française, 163

(1996) 16-34 y 211-229.

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trata es poner en pie un artificio que permita a los individuos cohabitar en un entorno
por completo hostil.
En consecuencia, el trato mundano no es otra cosa que un juego, en el que ganan
quienes mejor manejan los resortes del arte de obligar. Hay un intercambio de vanos
cumplidos y atenciones, sin el que paradójicamente nada importante puede obtenerse.
Por eso, Lord Chesterfield compara la cortesía con la ‘calderilla’: tiene poco valor, pero
es más necesaria en la vida que las monedas de oro (Carta 287: 253-254). Una metáfora
mercantil a la que, a finales del siglo XVI, había recurrido también Guazzo31, pero con
intención opuesta: las palabras, que son la base el comercio social, no pueden ser
fingidas. De lo contrario, se incurre en un delito equivalente a acuñar dinero falso32.
En cambio, para nuestro Conde, aunque la sociedad áulica implique también un
intercambio, en este caso de buenos oficios, lo habitual es que las piezas usadas no
sean de buena ley (Carta 303: 276). «La lisonja –advierte–, bien que sea como el dinero
falso, es la moneda indispensable en la corte», pues aun sin tener ningún valor objetivo,
todo el mundo la acepta33 (Carta 297: 269). Y, previamente, le explica su hijo que nada
tiene de malo elogiar a los demás para agradarles, si con eso no se pretende engañarlos
(Carta 253: 219).
Por otra parte, no sería en absoluto reprobable mantener siempre la calma, ocultar
los propios sentimientos y mostrarse en todo instante correcto e incluso cordial, hasta
con los peores enemigos. Tratarlos cortésmente no es una forma de engaño y sí el
único modo de mantener la concordia entre los hombres (Carta 277: 241). La misma
tesis se reitera más adelante (Carta 290: 258), con lo que se legitima en buena medida
la insinceridad, que resulta inevitable, puesto que sus opuestos intereses enfrentan a
los hombres y envenenan la convivencia. Por eso, hay que acostumbrarse a convivir
con ella, conocer sus ventajas y tener muy presente que a la urbanidad se le puede
aplicar el lema Et decus et tutamen («tanto ornamento como defensa»), con el que se
acuñaron ciertas monedas en Inglaterra para impedir el fraude (Carta 297: 269): es un
adorno ficticio que civiliza hasta cierto punto y vuelve tolerable la vida cortesana, pero
también una coraza que protege de las insidias ajenas.
Tropezamos así con una evidente discordancia entre el discurso teórico y la
realidad vital, entre la sustancia y la apariencia, que solemos asociar antes con el barroco
que con los ideales ilustrados. De hecho, Lord Chesterfield se sirve de todo un arsenal
de metáforas que evoca esa mentalidad supuestamente extinguida. Entiende que el
mundo es un «gran teatro», a cuyos actores se juzga con gran severidad (Cartas 166:
110; 172: 117; 173: 118; 191: 139), o un «libro inmenso», tanto por su grosor como por
estar escrito en múltiples lenguas sólo comprensibles para los iniciados (Cartas 228:
187; 239: 188; 248: 214). Lo identifica con la corte, pues «no se quiere significar otra
cosa al decir que un hombre conoce el mundo, sino que conoce las cortes» (Carta 228:
187). Aclara que en ellas nada «es tal como se presenta; unas veces es muy diferente y
otras enteramente contrario» (Carta 191: 139); es más, están «vicio y virtud tan
31 Stefano Guazzo, La civil conversazione (Modena: Panini, 1993) vol. I, 60 y 85.
32 Como advierte Amedeo Quondam (Ibídem, vol. II, 146) en su comentario, la idea proviene de
Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1165b 8-10.
33 La idea y la imagen aparecen en La Rochefoucauld, Máximas, § 158. De la segunda se sirve también

La Bruyère, Los Caracteres, § 187.

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Aprendizaje del mundo y sociabilidad cortesana…

disimulados, que quienquiera que haya tan solo pensado en ambos no los conocería al
tropezar con ellos» (Carta 228: 187). Quien se aventure por tales parajes, penetrará en
un complicado «laberinto», necesitará un mapa (Carta 228: 187) y tendrá que aprender
a «acariciar y adormecer» monstruos (Carta 248: 214). Navegará por un océano (Carta
225: 182) o sorteará durante su viaje numerosos «peligros y dificultades», transitando
por caminos tortuosos y barrancos llenos de zarzas, casi nunca por prados floridos
(Cartas 190: 139; 304: 277).

3. VIRTUD Y AMABILIDAD. LA CONVIVENCIA Y LA IMPERIOSA


NECESIDAD DE COMPLACER

Invocar el estado de necesidad para poder recurrir a estratagemas de dudosa o


escasa moralidad es, al margen de una tentación intemporal, un lugar común en el
pensamiento político y los tratados de cortesía de la Edad Moderna. No obstante, para
apuntalar esta especie de excepción ética es necesario hallar un fin que la justifique. La
doctrina de la razón de Estado, en sus diversas variantes, incluida la maquiavélica,
caminó sin duda por esta vía. Algo parecido sucede con Lord Chesterfield quien, a
pesar de conocer y apreciar la obra de La Rochefoucauld, no pretende como él
desenmascarar las falsas virtudes, y aún menos denunciar la miseria e inanidad de
quienes se reunían en palacios y salones. Su meta es, por el contrario, preparar a su hijo
para servir con el mayor éxito posible a su monarca por muchos años, cosa que no
podrá lograr sin conocer y utilizar las argucias propias del mundo.
Hoy nos resulta harto difícil comprender los motivos de semejante actitud y parece
que también lo era a mediados de siglo XVIII, cuando de tanto predicamento gozaba
el optimismo ilustrado. Recordemos una conocida y lapidaria sentencia atribuida a
Samuel Johnson, según la cual nuestro Conde enseñó a su hijo «the morals of a whore and
the manners of a dancing master»34. Es este, en nuestra opinión, un veredicto sumario y
emitido por un adversario político, aunque plausible si se atiende tan sólo a la franqueza
y la brusquedad –o incluso al cinismo– con los que en no pocas ocasiones se expresa
el autor. No obstante, deberían tenerse también en cuenta determinados pasajes en los
que se defiende la virtud y los principios morales35. Además, en el fondo, las ideas
expuestas son semejantes a las de otras muchas obras en las que se ilustra como triunfar
en el entorno cortesano. No así el tono, desde luego mucho más explícito, cabe pensar
que por tratarse de una correspondencia privada.
Por otra parte, aun cuando se intente valorar nuestro epistolario en conjunto, es
casi inevitable sentir perplejidad, inquietud, desazón y en ocasiones hasta repugnancia,
sobre todo por su aparente carácter contradictorio. Como sucede en otros textos –
pensemos en Gracián o La Rochefoucauld– el lector tiene que convertirse en exégeta
e intentar dar un sentido ético a determinadas observaciones y consejos que, tomados
de forma aislada y literal, resultan del todo inaceptables. En la obra que nos ocupa,
sucede además que las normas morales aparecen, a veces muy condensadas, en algunas

34John Boswell, The life of Samuel Johnson (London: Wordsworth, 1999) 135.
35John Churton Collins, Essays and Studies (London: Macmillan, 1895) 212-223. Heltzel, Chesterfield,
38-74. Laspalas, Distinción social, 57-62.

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Javier Laspalas Pérez

cartas destinadas por lo general a un niño que todavía no ha abandonado el colegio,


mientras que la descripción de las leyes del mundo es el tema central de las extensas
misivas que recibe cuando es adolescente, durante su periplo por las principales cortes
europeas. La virtud y la moral tienen poca presencia, no porque se nieguen, sino
porque se dan por supuestas y lo que se pretende es desvelar los mecanismos que rigen
la vida cortesana36. Eso distorsiona hasta cierto punto las convicciones y las intenciones
del autor, y desde luego induce a pensar que no hay la más mínima conexión entre los
principios éticos y la acción política.
A pesar de lo dicho, nos parece precipitado afirmar que Lord Chesterfield quiso
que su hijo se adaptase sin más a los usos imperantes. Menos aún que le recomendase
llana y simplemente la inmoralidad y el cinismo. En particular, porque le dice que con
quienes presumen de libertinos guarde un grave silencio, muestra discreta pero
elocuente de su desaprobación, pues «un ateo de buen sentido, si tal ser existe en el
mundo, aparentará a lo menos, por su propio interés y fama, que tiene alguna religión
(Carta 212: 167). Poco después, en la misma carta, se reitera más o menos lo mismo,
al igual que en otra, unos meses posterior, pero con un importante añadido. Cuando
alguien quiera justificar algo inmoral, sí hay que mostrar abiertamente disgusto. «La
rigidez cae bien aquí a despecho de la juventud; en este punto conviene únicamente
ser severo a tu edad: pero al condenar los crímenes ten cuidado de no injuriar ni
mencionar a nadie» (Carta 225: 182). Claro que esto solo es aplicable los vicios graves,
no a pequeñas fragilidades, que su hijo debe evitar, pero no echar en cara a nadie
(Cartas 225: 182; 237: 199).
Para justificar estos consejos, nuestro Conde echa mano de un conocido
argumento, casi un lugar común, que había formulado y puesto en circulación
Giovanni della Casa37: a menudo lo que rige la vida social no es la búsqueda de la
verdad y el bien sino la del placer, en concreto la insoslayable necesidad de agradar
para evitar que la convivencia resulte una auténtica tortura. De ello se deriva una
consecuencia, que extrae Lord Chesterfield, como ya lo había hecho el citado
humanista italiano:

La rebelión sobre este punto es en extremo peligrosa, e inevitablemente castigada con el


destierro y la confiscación inmediata de todo tu talento, tus modales, tu buen gusto y tu
urbanidad; como por otro lado, una sumisión placentera, no sin algo de lisonja, te procura
segurísimamente una poderosa recomendación, y un pasaporte de lo más eficaz para
recorrer los dominios de estos soberanos, y probablemente de los de sus vecinos (Carta
167: 112).

Lo mismo se sostiene en otro pasaje, aunque añadiendo un interesante corolario:


«después del placer interior de hacer una buena acción, no hay otro más grato que el
de hacer una acción cortés». Y aunque lo más importante sea pasar por hombre
honrado, la segunda meta ha de ser tener fama de bien educado (Carta 200: 150).

36 Marjorie Morgan, Manners, Morals and Class in England, 1774-1858 (New York: St. Martin Press,

1994) 11.
37 Giovanni Della Casa, Galateo (Madrid: Cátedra, 2003) 143-144.

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Aprendizaje del mundo y sociabilidad cortesana…

Por tanto, procurar complacer y evitar desagradar es algo inherente a la sociabilidad


natural, y sucede que «es una especie de deber» consentir pequeños defectos ajenos, e
incluso darles pábulo. «Si así lo haces, darás gusto a las gentes, y es seguro que obrando
de otra manera no las reformarías» (Carta 167: 112). De hecho, a muchas ideas y
conductas, no muy graves desde el punto de vista moral o por completo inocuas, se
aplica lo siguiente: «Por triviales que te parezcan todas estas cosas, o que puedan en
efecto serlo, varía el caso cuando más de medio mundo piensa lo contrario» (Carta
163: 104)38.
En muchos casos, hay, pues, que plegarse a la sociedad, pero no para cambiarla
desde dentro, aspiración utópica porque, como ya hemos visto, la mayoría «se guía por
la exterioridad de las cosas, y debemos tomar al mundo tal cual es; ni tú ni yo podemos
corregirlo» (Carta 204: 157). De lo contrario, por una ingenua y estéril de sinceridad,
uno se granjeará infinidad de enemigos (Carta 128: 67). En cambio, «estos pequeños
artificios son muy lícitos, y deben usarse en el curso de la vida; son agradables a unos,
útiles a otros y dañosos a ninguno» (Carta 182: 130).
Esto ya lo habían sostenido dos siglos antes della Casa o Stefano Guazzo39, quienes
no obstante, al igual que nuestro Conde, aclararon que este fingimiento, imprescindible
para no destruir la convivencia, tiene tus límites. Nunca hay que aprobar los vicios y
los crímenes, pero, por ejemplo, se puede disculpar a los vanidosos. «Más bien querría
yo captarme su amistad por condescender con sus pretensiones, que atraerme su odio
tratando de desengañarlos, y esto inútilmente» (Carta 129: 69). Y en otro lugar se lee:
«El que no quisiere tolerar a los bribones y condescender con los necios debe renunciar
a las cortes. Su número les da importancia y no debes reñir ni ligarte con unos ni otros»
(Carta 191: 140). En efecto, como son tres quintas partes del género humano, conviene
no enfrentarse a ellos, sino proceder así: «Aborrece a todo bribón y compadece a todo
necio, pero ni a unos ni a otros manifiestes estos sentimientos sin necesidad. Es
prudencia y no bajeza» darles a veces la razón a los segundos y dejar sin escarmiento a
los primeros (Carta 172: 118). Es más, incluso hay que evitar censurar vicios o elogiar
virtudes con vehemencia en público, aunque sea de modo genérico, pues eso podría
ser considerado una denuncia indirecta de alguien e indisponernos con él (Carta 167:
111).

4. LA MÁSCARA DE LA CORTESÍA. LA LEGITIMIDAD DE LA


HONRADA SIMULACIÓN

Lo que viene a recomendarse en los citados pasajes es una estratagema típicamente


barroca: la disimulación. Un principio y una conducta omnipresente tanto en la política
como en la cultura europeas desde hacía varios siglos40, cuya utilidad se consideraba

38 Gracián recomienda varias veces no singularizarse (Oráculo, § 43, 133 y 270). «Es una insigne locura
querer ser cuerdo frente a todos», anotó La Rochefoucauld, Máximas, § 231.
39 Javier Laspalas, “El problema de la insinceridad en cuatro tratados de cortesía del Renacimiento,”

en Aportaciones a la historia social del lenguaje: España, siglos XIV-XVIII, ed. Rocío García Bourrellier y Jesús
María Usunáriz (Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2005), 43 y ss.
40 Jon Snyder, Dissimulation and the Culture of Secrecy in Early Modern Europe (Berkeley, University of

California Press, 2009). Este autor distingue tres grandes ámbitos donde se aplica tal estrategia: las

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tan evidente como su probidad, ya que, por una parte, permitía vivir en el mundo, y
por otra conjurar los escrúpulos morales. Quien no confirma o alaba nada, sea con
palabras, sea con obras, ni engaña, ni es hipócrita, al tiempo que logra sobrevivir e
incluso triunfar incluso en dura lid con los malvados. Por eso, nunca hay que mentir,
pero no siempre hay que decir toda la verdad (Carta 277: 241).
Cosa muy distinta sería recurrir a la simulación, es decir, defender o aprobar, de
palabra o con obras, ideas o actos viles. Entonces sí se incurriría en el fraude y la doblez.
Así, nuestro auto cita una máxima atribuida a Luis XI, rey de Francia: qui nescit
dissimulare, nescit regnare41, y afirma citando a Bacon42 «el disimulo no es más que el arte
de ocultar nuestras propias cartas, a la vez que por la simulación tratamos de espiar las
de los demás». Y añade que según Lord Bolingbroke43,

la simulación es un stiletto, arma no solo inicua sino ilícita, cuyo uso podrá rara vez ser
excusado, pero jamás justificarse. El disimulo es al contrario una armadura, así como el
secreto es un escudo; y no es más posible guardar el secreto en los negocios sin cierto
grado de disimulación, que el manejarlos con tino sin guardar secreto. El mismo Lord
continúa diciendo que estos dos artes, el disimulo y el secreto, son como la liga mezclada
con el metal puro; una poca es necesaria y no hará desmerecer su valor, pero si se emplea
más cantidad de la requerida, la moneda pierde su curso y el acuñador su crédito (Carta
183: 131).

Y en otra misiva, se vuelve a citar a Bacon44, del cual se dice que distingue «entre
simulación y disimulación y aprueba más bien la última que la primera; pero observa a
la vez, que sólo los políticos muy débiles recurren a una u otra». Por otra parte, Lord
Chesterfield añade también para condenar la mentira argumentos tácticos. Quien
incurre en ella acaba por ser desenmascarado y pierde por completo su reputación de
hombre honrado. Y lo mismo le ocurre a medio plazo a quien refiere por vanidad
hazañas o sucesos propios inverosímiles (Carta 212: 16).
Se trata, pues, de escalar puestos en la corte, pero sin perder la dignidad moral y
personal. Para lograrlo, hay que ceder en lo accidental, pero ser inflexible en lo esencial.
Hay que evitar la guerra abierta y entablar un combate civilizado. Es lo que afirma
nuestro autor al comentar una conocida máxima por él mismo empleada en múltiples
ocasiones:

relaciones humanas en general, el entorno cortesano, y las actividades estrictamente políticas, sujetas a
las exigencias de la razón de Estado. Tales prácticas se difundieron a escala europea. Véase, por ejemplo,
Antonio Álvarez-Ossorio Alvariño, “Proteo en Palacio. El arte de la disimulación y la simulación del
cortesano” en El Madrid de Velázquez y Calderón Villa y corte en el siglo XVII (Madrid: Caja de Madrid,
2000) vol. 1, 111-138.
41 La paternidad de este adagio latino se solía atribuir en la época a Luis XI de Francia. Adrianna E.

Bakos, “«Qui nescit dissimulare, nescit regnare»: Louis XI and raison d’état during the reign of Louis
XIII,” Journal of the History of Ideas, 52 (1991) 400. Gracián (Oráculo, § 88) parafrasea esta frase: «Gran
parte del regir es disimular». Y luego afirma que ese es el saber más práctico (§ 98).
42 Francis Bacon, Ensayos (Buenos Aires: Aguilar, 1980) 38, 40.
43 Lord Bolingbroke, Political writings (Cambridge University Press, 1997) 255.
44 Bacon, Ensayos, 36-37, 39.

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El hombre acalorado y colérico, cuyos espíritus animales están en fermentación, desprecia


el suaviter in modo, y cree conseguir siempre sus miras con el fortiter in re. Puede a veces
lograrlo, cuando tenga que habérselas con gente débil y tímida, pero su porción más segura
es chocar, ofender, ser odiado y errar el tiro. Por otra parte, el hombre artero y astuto cree
alcanzar lo que desea empleando únicamente el suaviter in modo: se amolda a los hombres y
a las cosas, parece carecer de opinión propia y adopta servilmente la de la persona que
tiene delante; se insinúa solamente en la estimación de los necios: pero muy pronto es
descubierto y seguramente despreciado por todas las gentes sensatas. El hombre hábil y
prudente, que difiere del artero tanto como del colérico, es el único que sabe unir el suaviter
in modo con el fortiter in re (Carta 244: 210).

Luego se extraen las consecuencias prácticas. Si uno tiene derecho a mandar, debe
cuidar las formas, para no indisponerse con los inferiores y lograr que obedezcan sin
albergar resentimiento. Por otra parte, hay que evitar caer en el seguidismo y la vulgar
adulación de los superiores:

Las gentes en altos puestos se hallan endurecidas a las necesidades y miserias de los demás,
como los cirujanos a las enfermedades corporales. Reyes y ministros escuchan todo el día
quejas mal fundadas, de modo que no saben cuáles son reales o fingidas. Es, pues,
necesario interesar otros sentimientos, independientemente de los de mera justicia y
humanidad; su favor debe conquistarse por el suaviter in modo, atormentarlos a fuerza de
importunidades, o despertar su temor amenazándolos indirecta al paso que decorosamente
con tu resentimiento frío e implacable; éste es el verdadero fortiter in re, único precepto que
yo conozco para ser amado sin desprecio y temido sin odio, circunstancias que constituyen
aquella dignidad de carácter a que debe aspirar todo hombre prudente (Carta 244: 210-
211).

Un hábil político se muestra correcto, atento e incluso afable al librar con otros un
combate sin tregua. Obra así, ya lo hemos visto más arriba, porque tiene muy claro que
todos los cortesanos son potenciales rivales, de modo que es esencial no indisponerse
con nadie. «Sea cual fuere su mérito o baja condición», uno podría necesitar su apoyo,
«y no querrán servirte si alguna vez les hubieres manifestado desprecio» (Carta 155:
93). Motivo por el cual hay estar dispuesto en ocasiones a poner al mal tiempo buena
cara. «Todo el que no es dueño de dominar su humor y faire bonne mine a mauvais jeu,
debe secuestrarse del mundo y retirarse a una ermita en lo más oculto de un desierto».
De lo contrario, tan solo conseguirá sembrar el odio y dañar su reputación. Por todo
lo dicho, «los caprichos, el mal humor y el despecho, son cosas extremadamente bajas
y vulgares. Un caballero no las conoce» (Carta 311: 284).
Ahora bien al intentar ganarse a todos, a la manera de San Pablo (1 Co 9, 19-22)45,
siendo flexible o amable (Carta 244: 209), no se les quiere favorecer, sino evitar que
obstaculicen los propios planes. Simplemente se transige en asuntos «que no sean
discordes con sus propios intereses; porque más de eso no debes esperarlo de tres
personas en el curso de tu vida, aunque durase tanto como la de los patriarcas» (Carta
295: vol. II, 287). Has de ser cortés, le explica Lord Chesterfield a su hijo, pero no para
ganar amigos o complacer a los demás. No permitas que eso te haga «retroceder un

45 Gracián (Oráculo, § 77) no cita el versículo pero su exégesis es coincidente.

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ápice del punto que la razón y la prudencia te dicten seguir; por el contrario, vuelve a
la carga, persevera y verás que alcanzas muchas de las cosas posibles» (Carta 245: 210).
De lo que se trata es de estudiar al enemigo y dar con el modo más pacífico de
manejarlo:

Con algunas personas debe hacerse uso de la razón; otras no ceden sino a la lisonja; en
unas produce buen efecto la amenaza y en otras la importunación; pero en general, todas
pueden hacerse pasar por el aro46, con tal que nos dirijamos a ellas con discernimiento, las
contentemos a propósito y las ataquemos sin descanso por sus lados débiles (Carta 183:
131).

En ocasiones, habrá que disimular las ofensas y el malestar, si no es posible dar un


escarmiento, para no envenenar inútilmente la vida social (Carta 311: 284). Tal vez así
uno no se indispondrá para siempre con el agresor. Sin embargo, no hay que caer
tampoco en el extremo contrario y practicar una pusilánime cobardía:

Acuérdate que solo hay dos maneras de conducirse compatibles con el honor y habilidad
de un caballero: o una cortesía extremada o una guerra abierta. Si un hombre te infiere una
afrenta grosera y te insulta de propósito, véngate; pero si sólo te daña, la mejor venganza
es mostrarle una extremada cortesía, aunque al mismo tiempo estorbes sus proyectos y le
pagues con usura (Carta 290: 258).

No obstante, conviene evitar siempre que sea posible el enfrentamiento público y


directo. Hay modos mucho más eficaces de amedrentar a los rivales:

Si tienes bastante fuerza para herir, dale a entender modestamente que también podrías
tener la voluntad de hacerlo. El temor, cuando es real y bien fundado, es quizá en las cortes
un medio más seguro que el amor. Son muchos más los que pueden perjudicarte en la
corte que los que pueden servirte; desarma a los primeros y gana a los segundos (Carta
297: 269).

Así pues, en modo alguno se persigue la concordia, ni se recomienda o tolera un


vil sometimiento a la voluntad ajena. Lo que hay es una sucesión de elegantes duelos,
eso sí disimulados por el cálculo táctico y la amabilidad, que algunos tienen por
adulación y falta de carácter, «cuando no es más que una manera decente y agradable
de mantener nuestra opinión, y quizá de hacerla adoptar a los demás» (Carta 150: 88).
Aflora de nuevo una ética, de evidente carácter situacional y transaccional, es decir,
hecha a medida para las singulares y complejas circunstancias de la acción política. Su
fin es sobrevivir en la corte y prosperar en ella sin perder la integridad moral, y por
paradójico que parezca, pretende ser también aristocrática, pues ha de permitir al
hombre superior imponerse a sus contrincantes. Es más, Chesterfield, a la manera de
un Castiglione, se atreve a sostener que propone un ideal que imitar, pues «la suavidad
de los modales unida a la firmeza del alma, encierran un compendio, pero muy

46 Gracián (Oráculo, § 26) es más elegante, aunque solo en la forma: «Hallarle su torcedor a cada uno».

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completo, de toda perfección humana fuera de los deberes religiosos y morales» (Carta
245: 211).

5. EL CORTESANO Y EL ARTE DE LA SEDUCCIÓN POLÍTICA

Así pues, nuestro autor cree que no está recomendando una habilidad condenable,
ni siquiera sospechosa. «Un hombre de mundo –afirma– debe poseer, como el
camaleón, la facultad de tomar toda especie de colores, cosa que de ninguna manera
es abyecta ni criminal», con tal de que afecte «sólo a la cortesía (manners) no a la moral
(morals)» (Carta 165: 110). Eso le permitirá realzar y volver atractivas su habilidad y
honradez, algo esencial por el siguiente motivo: «La buena crianza es lo único que a
primera vista previene a las gentes en tu favor, porque se requiere más tiempo para
descubrir los talentos de mayor categoría» (Carta 94: 46). Y por tanto, reiteramos algo
ya expuesto: «Después de la reputación, cuyo cimiento es el sólido mérito, la cosa más
lisonjera para uno mismo es agradar» (Carta 101: 49).
Añádase a lo dicho que Lord Chesterfield no duda ni por un instante de las
cualidades y la rectitud de su hijo, pero además intenta infundirle un sano amor propio.
De hecho, considera, como La Rochefoucauld, que ese es el motor de todas las
acciones humanas, sólo que, a diferencia del autor francés, no ve nada de malo en ello
(Carta 161: 100-101), y considera «que la conciencia del propio valor infunde al hombre
sensato más modestia y más firmeza», aunque nunca haya que alardear del propio
mérito47 (Carta 242: 205).
Por otro lado, no sólo no se censura el afán de brillar en sociedad (Cartas 261: 227;
289: 256), menos aún la ambición (Carta 255: 221), sino que se los considera esenciales
para perfeccionarse y triunfar. Si faltan, «nos volvemos indiferentes; caemos en una
especie de inercia y de indolencia; no ejercitamos nuestras facultades»48, y resultamos
tan inferiores como el que pretende tener éxito sin merecerlo (Carta 293: 263). Por eso,
nuestro Conde le pide a su retoño que sea ambicioso y tenga muy presente esta
máxima: on ne vaut dans ce monde que ce qu’on veut valoir49 (Cartas 293: 263; Carta, 312: 283).
Sin embargo, para hacerse valer, tendrá que conocer y respetar las leyes que rigen
la vida cortesana, y aprender a usarlas en beneficio propio. De lo contrario fracasará,
dado que:

La pura verdad lisa y llana, el buen sentido y la instrucción, no bastan en las cortes: el arte
y los ornatos deben venir en su auxilio; es necesario lisonjear los humores, estudiar y
aprovechar los mollia tempora, ganar la confianza por medio de una franqueza aparente y
sacar el partido posible a fuerza de habilidad y discreción; y sobre todo, es menester ganar
el corazón para someter al espíritu (Carta 248: 215).

47 Esto recuerda una célebre máxima del citado autor francés: «El verdadero hombre de mundo es
aquel que no se jacta de nada». La Rochefoucauld, Máximas, § 203. «No afectar fortuna», recomienda
Gracián, Oráculo, § 106.
48 Una tesis similar la hallamos en La Rochefoucauld, Máximas, § 510.
49 La frase se atribuye erróneamente a La Bruyère. Tal vez aquí hay un eco de Molière, Oeuvres

complètes (Paris: Gallimard, 1992, vol. I, 279): Les choses ne valent que ce qu'on les fait valoir.

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En efecto, en las intrigas políticas, poco aprovecha el mérito si no va acompañado


de una conducta y apariencia seductora. La razón ya se ha explicado antes. «El mundo
juzga por la apariencia y no por la realidad de las cosas […]. Nueve entre diez personas
toman la cortesía por buena índole y las atenciones por buenos oficios» (Carta 290:
259). Ni siquiera escapan a esta regla los reyes, que al fin y al cabo son seres humanos
(Cartas 202: 153; 297: 269), y por eso, con ellos como con el resto, «la manera es con
frecuencia tan importante y aun a veces más que el asunto», pues de ella depende en
gran medida cómo valoren los demás nuestros actos50 (Carta 245: 211).
Claro que, en último extremo, es así porque de ordinario las pasiones les impiden
reflexionar, cuestión sobre la que Lord Chesterfield es tajante. Los que sobrestiman la
racionalidad humana «conocen muy poco el mundo; y si fundan sus cálculos sobre tal
suposición, nueve entre diez veces se engañarán groseramente» (Carta 205: 157). Algo
que en cierto modo ya afirmó Cicerón (De oratore, II, 178), pero también otro autor a
quien Lord Chesterfield tenía acaso aún más presente: «La Rochefoucauld dice en sus
máximas, que l’esprit est souvent la dupe du coeur: si en vez de souvent hubiese dicho presque
toujours51, temo que hubiese ido más cerca de la verdad» (Carta 144: 81).
En efecto, como sostenía dicho escritor, al ser humano no solo le cuesta mucho
deslindar lo aparente de lo real, sino que además ignora a menudo la verdadera causa
de sus actos, que en absoluto es obvia para él. De hecho, «nuestras mejores conjeturas
en cuanto a los verdaderos móviles de nuestras acciones, son de lo más inciertas» (Carta
149: 85), y la «razón es por lo común el juguete de nuestro corazón, o lo que viene a
ser lo mismo de nuestras pasiones» (Carta 210: 164). Algo que se reafirma en varios
pasajes (Cartas 205: 158; 307: 279-280), y además se dice que nueve de cada diez
hombres son vulnerables por culpa de sus inclinaciones (Cartas 195: 145; 275: 238), o
que hasta «los más fuertes tienen muchos lados débiles, y sólo son reputados tales en
comparación a la más débil manada» (Carta 307: 280). No es extraño, por tanto, que
en general «seamos unos seres tan inconsistentes y extravagantes» (Carta 127: 66), tesis
que aparece también en otras misivas (Cartas 149: 85; 160: 99).
La inevitable consecuencia práctica de lo anterior es esta: «Procura que tu tránsito
al juicio de cada uno sea por en medio de su corazón. La vereda de la razón es muy
buena, pero larga por lo común y quizá no tan segura» (Carta 297: 268). Para convencer
hay, pues, que procurar atraer y seducir, otro principio clave de la retórica greco-latina
(Cicerón, De oratore, II, 72, 180 y 187): la captatio benvolentiae, que Lord Chesterfield
inculca de niño a su hijo (Carta 105: 52). «No te olvides –le dice– de que agradar es
casi persuadir, o a lo menos un paso indispensable para conseguirlo. Tú, que tienes que
labrar tu fortuna, debes hacer un estudio particular en este arte» (Carta 144: 82).
Por tanto, hay que apuntar antes a los sentimientos que a la inteligencia, y el mejor
camino para salirse con la suya es dotar a las palabras y los actos de un aire agradable.
«Hombres y mujeres no pueden resistir a un exterior atractivo –se afirma en una carta–;
fuerza es que agrade y que haga su camino» (Carta 279: 244). Y en otra se reconoce sin
tapujos que eso implica manipular las voluntades ajenas: «El más débil debe tomarse

50 Lo mismo piensa Gracián, Oráculo, § 14.


51 La Rochefoucauld, Máximas, § 102. Sin embargo, este autor usa el adverbio toujours, sin ningún
tipo de restricción.

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por el corazón, visto que la cabeza no presenta ninguna agarradera, y debe ser
gobernado haciéndole creer que él es quien gobierna» (Carta 231: 190). Incluso, tras
reiterar que por lo general la engañosa complacencia trae más cuenta que la coacción
del miedo, se concluye: «Repetidamente he visto yo talentos superiores gobernados
por almas mediocres, sin conocer, ni aun sospechar, su dependencia»52 (Carta 277: 241).
Por último, se debe tener muy presente que a los hombres «se les determina y se
les conduce con mucha mayor frecuencia por medios ligeros que por grandes
métodos» (Carta 205: 158). Los múltiples detalles con los que granjearse el favor ajeno,
intrascendentes pero cargantes, por lo numerosos que son y las pequeñas renuncias
que suponen, resultan decisivos en la práctica. Las menudas atenciones, los secretos
encantos, los minúsculos detalles de la etiqueta palaciega, no son en absoluto
irrelevantes. Aunque no impliquen en absoluto renunciar a las metas que uno busca,
por falta de atención o rebeldía, muy pocos llegan a dominar sus resortes. Sin embargo,
sale airoso quien los conoce y maneja a la perfección, logrando adornarse con las
‘gracias’, el último y decisivo pulimento de la virtud y el mérito53.

6. ¿UN CAUTO HOMBRE DE MUNDO VERSADO EN LAS


MAQUINACIONES CORTESANAS?

A la vista de lo expuesto, resulta evidente que Lord Chesterfield procura transmitir


a su hijo una visión pesimista y desengañada pero también compleja y un tanto
ambigua del mundo cortesano. En modo alguno lo condena, aunque tampoco puede
decirse que lo justifique. Ninguna de ambas cosas parece interesarle. Lo que pretende
es desvelar y explicar su funcionamiento, pues como hemos mostrado está convencido
de que no es posible cambiarlo, ni siquiera mejorarlo. Más bien se diría que, en su
opinión, una vez domesticado gracias al refinamiento progresivo de las buenas
maneras, ha dado ya de sí todo lo que cabía esperar. Por supuesto, no es un entorno
apropiado y agradable para desenvolverse, pero no hay más remedio que adaptarse a
él, cosa factible si se conocen sus reglas y uno está familiarizado con sus tácticas.
No obstante, sería excesivo mantener que defiende abiertamente la inmoralidad y
se la recomienda a su hijo. Es cierto que le anima a convertirse en un man of pleasure, o
le sugiere que tolere algunos fashionable vices e incluso los practique con mesura, muy en
particular los escarceos amorosos54. No se olvide que en la alta sociedad de la época
estaban bien vistas las galanteries, por los motivos que explica Heltzel55. Esas y otras no
pasarían de ser, según nuestro autor, debilidades humanas que no necesariamente
comprometen la valía personal, pero en esto no se diferencia de muchos escritores y
personajes de su tiempo, a los que no se les suele echar en cara tal actitud.
Por lo demás, incluso por motivos de puro interés, dejarse corromper es un fatal
error. En efecto, aun cuando no basten por sí mismos, el mérito y la reputación son la
base del triunfo político, y ambos se fundan en la presunción de virtud, ya que nadie
52 «Los más no hablan ni obran como quien son, sino como les obligan», dice Gracián, Oráculo, § 14.

Es decir, guiados por los que mejor persuaden.


53 Laspalas, Distinción social, 80-86.
54 Ibídem, 59-60.
55 Heltzel, Chesterfield, 311-316, 330-351.

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confía en uno a quien tiene por un miserable. Por ese motivo hay bastantes defectos
que merman gravemente la estimación que se tiene de las personas, mientras que otros
la arruinan por completo (Carta 190: 138). En consecuencia, hay que ponerse muy en
guardia contra «tres pasiones que con frecuencia hacen pasar a la honradez ensayos
durísimos que casi siempre la echan a pique»: la ambición, el interés y el amor (Carta
209: 163). El poder, el dinero y las damas parecen ser las tentaciones más intensas y
peligrosas.
Ahora bien, un cortesano que pretenda tener éxito debe perfeccionar y fortalecer
su carácter por un segundo motivo. Cualquier vicio, si es advertido por sus rivales,
podrá ser utilizado en su contra56. Es más, de quienes a la postre se imponen en el
combate político puede decirse esto: son los que menos se dejan llevar por sus pasiones
y mejor manejan la ajenas (Carta 307: 280). Tomemos de nuevo en consideración las
cartas en las que se defiende con claridad la virtud y la honradez, a las que ya hemos
hecho referencia, y tendremos una imagen más exacta y completa de la meta perseguida
y del modelo humano propuesto.
¿Se caracterizaría por tener the morals of a whore and the manners of a dancing master?, tal
y como hemos dicho más arriba sostuvo Samuel Johnson. Nos parece que no es así.
Debería conservar intacta su honradez, o al menos estar convencido de ello, y hacer
todo lo posible para mostrar tal cosa a los demás, fuesen rivales o aliados. Y sus buenos
modales no serían una especie de fruslería inconsistente e inútil, sino más bien una
panoplia, en el doble sentido del término: una armadura perfecta y un nutrido arsenal
sumamente eficaz y operativo. Si le faltase lo primero, sería alguien miserable. «Un
simple cortesano, sin prendas y sin conocimientos es el más frívolo y despreciable de
todos los seres» (Carta 150: 87). Además, no sería admitido en la buena sociedad, o al
menos no gozaría de su aprecio. «El mérito superior o los defectos de gran tamaño te
atraerán respeto o desprecio» (Carta 187: 135-136). Ahora bien, si no fuese amable y
condescendiente, carecería de la equipación imprescindible para salir indemne y
victorioso. «El mérito en las cortes, sin el favor, hará poco o nada» (Carta 283: 248).
A la vista de lo anterior, creemos que lo apropiado es sostener que Lord
Chesterfield quiso que su hijo tuviera the morals of a soldier and the manners of a seducer.
«Las cortes serán tus campos de batalla»57, le dice, y deberás hacerte con una armadura
que te cubra incluso el talón. «El menor descuido, la menor, distracción, puede serte
fatal» (Carta 297: 267). Como si fuese un partisano infiltrado en territorio hostil, ni por
un instante dudará de su mérito, o de que su misión es justa. Se tendrá por un
cualificado y honrado servidor de su monarca, ya que está destinado a ser diplomático.
Por eso, en sus justas, no siempre lidiará con mequetrefes. Se enfrentará también con
algún caballero extranjero al que se le ha encomendado una tarea similar y entonces
obrará así:

Dile franca y cortésmente que tu diferencia de opinión como ministro, no disminuye en


nada el respeto que te infunde su mérito personal; por el contrario, lo aumenta por su

56 También para Gracián (Oráculo, § 8, 52 y 287) y La Bruyère (Los Caracteres, § 83) la impasibilidad

es una prenda distintiva del cortesano.


57 Recuérdese una célebre frase de Gracián, Oráculo, § 13: «Milicia es la vida contra la malicia del

hombre».

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habilidad y celo en el servicio de su soberano, y que sobre todo, deseas hacer un buen
amigo de tan buen servidor. Por este medio ganarás muchas veces la cuestión y nunca
saldrás perdiendo (Carta 245: 211).

Hay, pues, que intentar, por puro egoísmo, llevarse bien, a título personal, con los
rivales más destacados. De ese modo, uno «lisonjeará y seducirá al hombre al mismo
tiempo que contraminará 58 al ministro» (Carta 297: 270). O sea, estará en mejores
condiciones para averiguar cuáles son sus planes y desbaratarlos.
No obstante, nuestro hábil político tropezará mucho más a menudo con
indeseables y tendrá tragar mucha bilis, pero eso es muy útil, pues quien sabe
controlarse lleva la de ganar. «Los franceses llaman procédé honnête et galant» 59 a tal
conducta (Carta 290: 258). Además, así uno brilla en la buena sociedad, muy dada a
comentar y juzgar la destreza y elegancia en estos lances (Carta 290: 258-259). Se
trataría de demostrar siempre que uno domina la situación, indicio cierto de una
evidente e intimidante doble superioridad: la que otorgan el autocontrol y el
beneplácito del grand monde, cuyo código de buen tono se conoce y respeta.
Así pues, en lugar de volverse susceptible, hay que dominar en todo momento la
cólera, y casi siempre conviene pasar por alto los incidentes, incluso algunos muy
desagradables, para minimizar sus consecuencias. Nuestro Lord confiesa que es harto
difícil lograr tal cosa, pero hay que llegar a abrazar a quien se odia o disimular cuando
uno sabe que es un cornudo, si no hay modo de vengarse. «Una ignorancia simulada
es a menudo una parte muy necesaria del conocimiento del mundo» (Carta 297: 267).
Esto muestra a las claras que Lord Chesterfield quiere inculcar en su hijo el código
de honor típico de la aristocracia de su tiempo. Para conservar y mejorar el favor
cortesano, sin el cual el éxito es una quimera, no hay más remedio que tolerar ciertas
insinuaciones o chanzas un tanto hirientes, se afirma de nuevo en otro lugar. Ahora
bien, se puntualiza, «si el discurso fuere injurioso a tu honor o a tu carácter moral; no
queda más de una sola replica, que espero no tendrás nunca ocasión de poner en obra»
(Carta 183: 132). Es decir, para lavar el ultraje, no habría más remedio que batirse en
duelo. De lo contrario el descrédito sería absoluto.

7. HOMO HOMINI LUPUS. CONDICIONES Y LÍMITES DE LA


SOCIABILIDAD CORTESANA

Al militar en favor de su rey, y también de sí mismo, nuestro cortesano no podrá


combatir solo, sino que necesitará apoyos. Sin embargo, sería un error fatal confiar en
los camaradas sin reservas, porque «la verdadera amistad es una planta que crece
lentamente, y no florece sino cuando es injertada en un tronco de mérito reconocido
y reciproco» (Carta 128: 67). Además, a medida que uno va conociendo a la gente, más
se desengaña y menos confía en ella (Carta 106: 52).

58 Tanto en el original como en la traducción, la terminología es bélica. No en vano, como hemos

visto antes la cortesía es similar a las «obras avanzadas» (Carta 297: 200) de los ingenieros militares.
59 Esto recuerda bastante lo que, acaso con intención muy diversa, escribe la Marquise de Lambert,

Oeuvres (Paris: H. Champion, 1990) 66.

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En efecto, como el egoísmo campa a sus anchas en la Corte, es necesario adoptar


muchas precauciones, ya que todos son potenciales rivales. Por ejemplo, en una carta
se afirma que el interés es lo que hace y deshace las amistades cortesanas, pues como
sostuvo Dryden «los políticos ni aman ni aborrecen»60. De ahí este consejo,

Observa, pues, con tus amigos un grado de reserva que no te deje a su discreción el día
que pudieren convertirse en tus enemigos, y un grado de moderación con tus enemigos
que nunca les impida tornarse en tus amigos61 (Carta 191: 139).

Ahora bien, con vistas a decidir de quién fiarse y para qué, cabe diferenciar dos
tipos de personas. En primer lugar, estarían las

conexiones desiguales, esto es, cuando los talentos se hallan todos de un lado, y el rango
y la fortuna del otro. Aquí la ventaja real está toda por una parte, pero es necesario ocultarla
diestramente. La complacencia, los modales atractivos y un poco de paciencia para sufrir
ciertos aires de superioridad, deben servirle de cimiento (Carta 231: 190).

Aquí se explica cómo batir a quienes tienen una posición de privilegio, por su linaje
o por sus éxitos previos, pero no suficiente habilidad para defender sus intereses. Se
trataría de ganar la partida sin generar inquinas, para lo que conviene mostrar una
deferencia tan elegante como engañosa y evitar alardear del triunfo, otra norma que ya
hemos citado.
Ahora bien, sería inútil emprender la batalla en solitario. Las metas son arduas e
inasequibles por cuenta propia, de modo que para triunfar es imprescindible contar
con aliados. A esta categoría pertenecen las llamadas «conexiones de igualdad» (Carta
231: 190). En este caso, el primer requisito de los potenciales candidatos es proceder
de la minoría dirigente, pues se hace referencia a los jóvenes aristócratas que se
incorporan al Parlamento, y han de apoyarse mutuamente para demostrar su valía,
labrarse un nombre y hacerse un hueco en la política. Dada su condición, resulta
esperable que conozcan y compartan la visión del mundo y el código de conducta que
hemos ido describiendo hasta ahora. Se diría que en eso consiste, precisamente, ser un
hombre de ‘honor’, lo que constituiría una cierta protección contra la deslealtad62. Sin
embargo, con eso no basta, por lo que se toman bastantes más precauciones.
Los puestos cortesanos son muy difíciles de obtener y resultaría absurdo compartir
con otros los beneficios que procuran. Renunciar al propio interés no es una opción,
por lo que solo se daría una colaboración leal entre los individuos si están persuadidos
de que no lograrán obtener sus respetivas metas por separado y estas son diversas63.
De lo contrario, habría serio riesgo de verse traicionado. Por otro lado, la igualdad de
mérito asegura que ambas partes realizan esfuerzos equivalentes, por lo que es de

60 John Dryden, Selected works (New York: Rinehart, 1953) 28. El verso For politicians neither love nor
hate pertenece al poema «Absalom and Achitophel», 223.
61 Gracián (Oráculo, § 217) y La Bruyère (Los Caracteres, § 144) proponen lo mismo.
62 Gracián (Oráculo, § 116) y La Bruyère (Los Caracteres, § 211) fueron de idéntica opinión.
63 «Más se saca de la dependencia que de la cortesía […]. Acabada la dependencia, acaba la

correspondencia, y con ella la estimación», escribe Gracián, Oráculo, § 5. Así se desanudan las amistades
forjadas por interés, que con todo son más sólidas que las basadas en el mutuo halago.

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justicia que se repartan a medias lo obtenido, y tal vez evita que la impericia de uno de
los socios eche a perder la operación. Tanto el plan de acción como el reparto del botín
deberían ser negociados y plasmarse en una suerte de contrato moral cuyo
incumplimiento sería una vileza que arruinaría la reputación del infractor. De lo que se
trata es de sellar y cumplir un pacto, no muy distinto de un acuerdo comercial, pues
como dijimos en su momento, las relaciones humanas no son otra cosa que una
perpetua transacción64.
Lo que suele denominarse amistad, brilla pues por su ausencia en la corte, como
se afirma en el siguiente texto:

Trata de procurarte tantos amigos y tan pocos enemigos como te sea posible. No quiero
dar a entender amigos íntimos ni confidentes: son tan raros que nadie puede contar arriba
de media docena en toda la vida; me refiero a los amigos en el sentido común, es decir,
personas que hablen de ti; que se inclinen a servirte más que a perjudicarte, mientras esto
va de acuerdo con su interés y no más (Carta 241: 205).

Y así, aunque el término se use bastante en nuestro epistolario, en la Corte los


camaradas son en realidad aliados, que acaso podrían convertirse en ‘adversarios’ o
‘enemigos’ (Carta 106: 52), admonición dirigida a un joven de solo catorce años. Eso
no sucederá a menudo, si uno procura no ofenderlos y obligarlos con ciertas atenciones,
pero hay que mantenerse a cubierto, por si las tornas cambiasen. Por eso, nuestro
Conde le recomienda a su hijo no sincerarse con quienes comparten sus correrías
juveniles: «Confíales, si te place, tus cuentos galantes, pero ten siempre secretos tus
proyectos serios»65. Podrá apoyarse, sin embargo, en alguien más experimentado, si sus
proyectos no chocan con los suyos, pues de lo contrario acabará traicionándole (Carta
209: 164).
Por lo demás, hasta con los más estrechos colaboradores hay que ser cauto. Cabe
revelar faltas y hasta crímenes; pero quizá no debilidades y torpezas, y tampoco las
ilusiones del amor propio66 (Carta 264: 230). Eso equivaldría a descuidar los flancos y
alentar un posible ataque, y por eso se aconseja en diversos momentos no confesar a
nadie los propios yerros y limitaciones (Cartas 155: 93-94; 161: 101-102).
A nuestro aprendiz de político, en medio de la jauría cortesana, solo le queda un
consuelo: el afecto y la sinceridad paternos. En efecto, solo en el más estrecho círculo
familiar cabe la represión de las faltas ajenas. «La más íntima amistad, sin el socorro de
la autoridad paternal, no puede autorizar tal franqueza» (Carta 235: 196). Todo lo
contrario sucede en la buena sociedad: nunca te dirán la verdad, ni te corregirán. Es
más: «La mayoría de las gentes goza en secreto de la inferioridad de sus mejores
amigos»67 (Carta 229: 187).

64 Esto último se parece mucho a lo que afirma La Rochefoucauld, Máximas, § 83.


65 «Ni será ni tendrá a ninguno por todo suyo», llega a escribir Gracián, Oráculo, § 260. Y añade: «El
que comunicó sus secretos a otro hízose esclavo de él» (§ 237).
66 La Bruyère (Los Caracteres, § 159) viene a sostener lo mismo.
67 Es lo que sostuvo La Rochefoucauld (Máximas, § 583) en un fragmento luego suprimido. Algo

que nuestro autor no acaba de condenar: Carta 161: 101.

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Sin embargo, Lord Chesterfield discute que el cariño hacia la prole sea algo natural
y advierte que el suyo no es puramente sentimental. Por el contario, depende del mérito
y, si su hijo llegase a decepcionarle en algo sustancial, podría repudiarlo (Carta 134: 73;
178: 126). Y en no pocas ocasiones evita hablar como progenitor y se presenta como
un camarada (Carta 132: 71; 138: 76; 193: 141; 182: 129; 224: 181), cuyo aprecio es
auténtico porque obedece también al interés (Cartas 132: 71; 229: 187). En efecto, él
es la única persona que le hablará con sinceridad, porque tan solo él desea
ardientemente que triunfe, y se vería favorecido con ello (Carta 204: 156).
El alto coste vital y emotivo de la vida cortesana y el durísimo entrenamiento que
se estima necesario para afrontarla con garantías alcanza tal vez aquí su cenit. Concluye
así nuestro examen de las grandezas y las miserias del teatro mundano, guiados por un
destacado figurante del mismo.

8.UNA INSTRUCCIÓN RESERVADA SOBRE LAS OCULTAS INTRIGAS


DE LA ALTA POLÍTICA

La producción literaria orientada hacia el aprendizaje de los códigos sociales de


conducta, especialmente notable durante la Edad Moderna, es muy rica y compleja. La
integran en mayor o menor medida obras cuyas perspectivas de análisis son diversas,
dirigidas por otra parte a públicos más o menos específicos. Entre las más singulares y
célebres están aquellas en las que se pretende desentrañar y explicar el funcionamiento
de las cortes. En cierto sentido son auténticos manuales de autoayuda –o incluso de
supervivencia–, lo que explicaría su notable difusión. No cabe duda de que el
epistolario aquí analizado se inserta de pleno derecho en tradición, incluso cabría
considerarlo como el canto del cisne de la misma.
Conforme sus cartas crecían en número y extensión, y trataban asuntos cada vez
más complejos, Lord Chesterfield fue tejiendo un fiel retrato de la mentalidad
cortesana, no muy original, ya que puede hallarse en autores previos 68. En efecto,
hemos mostrado que muchas de sus tesis están en Gracián, La Bruyère o La
Rochefoucauld, pero formuladas en aforismos y fragmentos difíciles de interpretar, si
no se poseen las claves adecuadas, y en libros que seguramente tuvieron una circulación
bastante más restringida. En cambio, ahora, glosadas con insólita claridad y dureza,
pasaban al dominio público, al imprimirse unas reflexiones concebidas en origen para
la intimidad familiar. Eso explica el gran éxito que cosechó este epistolario durante casi
todo el siglo XIX.

68 Heltzel, Chesterfield, 289-306, 320-327, 391-419.

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Recibido: 24 de septiembre de 2021


Aceptado: 19 de noviembre de 2021

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