Laspalas Chesterfield
Laspalas Chesterfield
es
OTOÑO-INVIERNO
nº 25, AÑO 14 (2022)
ISSN 1989-6425
RESUMEN
Las cartas que escribió Lord Chesterfield para su hijo natural, Philip Standhope,
con la intención de ayudarle a convertirse en un destacado político, son justamente
famosas, pero su contenido no se ha estudiado aún con suficiente atención y
profundidad. Además, los historiadores apenas se han interesado por ellas, a pesar de
que revelan aspectos muy relevantes de la formación y la mentalidad aristocrática. En
este artículo reconstruimos la imagen de la vida cortesana que se dibuja en ellas, similar
a la que habían trazado antes Gracián, La Rochefoucauld y La Bruyère. Sin embargo,
el discurso es más explícito y las cuestiones se plantean con un sincero y crudo realismo.
ABSTRACT
The letters written by Lord Chesterfield to his natural son, Philip Standhope,
with the purpose of helping him to become a prominent politician, are justly famous,
but their content has not yet been studied with adequate attention and depth.
Furthermore, they reveal striking and important aspects of the aristocratic education
and mentality, but historians have not considered them from this perspective. This
article focuses on the image of courtly life painted in such letters, similar to the one
previously drawn by Gracián, La Rochefoucauld and La Bruyère. However, the
discourse is more explicit and the questions are posed with openness and crude realism.
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Javier Laspalas Pérez
contiene una peculiar y coherente teoría sobre cómo funcionaban las relaciones
humanas en el ámbito político a finales del siglo XVIII. También dejaremos constancia
en las notas al pie de que muchos de sus puntos de vista coinciden con importantes
escritores del siglo XVII. Tal cuestión no se examina a fondo en la bibliografía reciente1,
aunque la consideró Heltzel2, quien mostró la conexión de nuestro epistolario con la
tradición literaria precedente. Sin embargo, creemos que nuestra perspectiva es diversa
y complementaria.
A la hora de instruir a su hijo en las habilidades necesarias para triunfar en la Corte,
Lord Chesterfield transita por dos caminos muy diversos, y se diría que, al menos en
apariencia, contradictorios.
Por una parte, recomienda una y otra vez procurar agradar a todos, manteniendo
siempre una actitud decorosa y amable. Es la faceta que podríamos denominar positiva
o constructiva del conocimiento del mundo, necesaria para volver tolerables y fluidas
las relaciones personales, pero también para conquistar el apoyo de unos sin encender
la ira de otros. Es lo que durante el Renacimiento habían propuesto los más destacados
teóricos (Castiglione, Erasmo de Rotterdam, della Casa, Guazzo), cuyos tratados
alcanzaron una enorme difusión, y fueron decisivos para constituir un código de
conducta relativamente homogéneo en las diversas naciones europeas3. Al igual que
España 4 y otros muchos países, Gran Bretaña no fue ajena a esta profunda
transformación5 y eso explica que nuestro Conde se haga eco de los principios y las
ideas propios de dicha tradición literaria y social, inspirados en el clasicismo greco-
latino, y en particular en Cicerón6.
Existe, sin embargo, una cortesía de carácter negativo y defensivo, cuyas
principales armas son la cautela, el silencio, la ocultación y un implacable control de
las emociones y las apariencias. Seguramente, este modo de proceder es tan antiguo
1 George Lamoine, “Lord Chesterfield’s letters as conduct-book,” en The Crisis of Courtesy. Studies in
the Conduct-Book in Britain, 1600-1900, ed. Jacques Carré (Leiden: Brill, 1994). Jenny Davidson, Hypocrisy
and the Politics of Politeness. Manners and Morals from Locke to Austen (New York: Cambridge University Press,
2004) 46-75. Amedeo Quondam, Tre inglesi, l'Italia, il Rinascimento. Sondaggi sulla tradizione di un rapporto
culturale e affettivo (Napoli: Liguori, 2006) 39-180.
2 Virgil Barney Heltzel, Chesterfield and the Tradition of the Ideal Gentleman (Ann Arbor: UMI
Gedisa, 1998). Inge Botteri, Galateo e galatei. La creanza e l'instituzione della società nella trattatistica italiana tra
antico regime e Stato liberale (Roma: Bulzoni, 1999). Norbert Elias, El proceso de la civilización. Investigaciones
sociogenéticas y psicogenéticas (México: Fondo de Cultura Económica, 1988). Robert Muchembled, L'invention
de l'homme moderne. Sensibilités, mœurs et comportements collectifs sous l’Ancien Régime (Paris: Fayard, 1988).
4 Fernando Ampudia de Haro, Las bridas de la conducta. Una aproximación al proceso civilizatorio español
(Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, 2007). Mercedes Blanco, “Le discours sur le savoir-
vivre dans l’Espagne du Siècle d’Or”, en Pour une histoire du savoir-vivre en Europe, ed. Alain Montandon
(Clermont Ferrand: Association des Publications de la Faculté de Lettres et Sciences Humaines, 1994)
111-149.
5 John Leon Lievsay, Stefano Guazzo and the English Renaissance, 1575-1675 (Chapel Hill: University of
North Carolina Press, 1961). Anna Bryson, From courtesy to civility. Changing codes of conduct in early modern
England (Oxford: Clarendon Press, 1998).
6 Javier Laspalas, “Distinción social, cortesía y educación en la obra de Lord Chesterfield”, en
Distinción social y moda, ed., Ana Marta González y Alejandro Néstor García (Pamplona: EUNSA, 2007)
65-92.
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como las intrigas políticas, pero acaso nunca estuvo tan difundido, ni se inculcó con
tanta minuciosidad, como en las cortes del Antiguo régimen7. Hay que buscar más bien
su origen en la cultura barroca, que dio una orientación pragmática y realista a las
buenas maneras, que se habían convertido en un signo de distinción. En este terreno,
el papel de Francia, que ejercía el liderazgo político y cultural, resultó decisivo. Fue allí
donde se definió sobre todo un nuevo tipo humano –el honnête homme– cuyo
refinamiento servía básicamente para medrar en la Corte 8 . Es posible rastrear su
presencia en otros países, incluido el nuestro9, donde Baltasar Gracián, cuya influencia
fue muy notable10, lo había identificado con claridad previamente.
Nuestro autor, que en modo alguno era partidario del absolutismo, conocía y
amaba la cultura y la educación que tanto había contribuido este a poner en pie y
difundir. Fue un inglés harto peculiar capaz de admitir que sus compatriotas carecían
del proverbial ingenio y distinción que reinaba en París. Es ese el universo social y
cultural en el que pretende introducir a su hijo11: aquel que predominaba fuera de su
país, que iba a conocer durante su grand tour, y en el cual posteriormente sería
embajador. Por eso, aunque en determinados momentos defienda tesis ilustradas12, su
concepción antropológica no es precisamente optimista, ni busca como otros muchos
ordenar de modo más racional y simple las normas de cortesía13. En realidad, su visión
del hombre y de la sociedad coincide en lo esencial con la de los moralistas franceses
del siglo XVII, esos desengañados y cautos observadores del mundo, que tienden
destacar su complejidad y sus contradicciones14, y recuerda también en ciertos aspectos
a la de Hume15.
7 Norbert Elias, La sociedad cortesana (México: Fondo de Cultura Económica, 1993) 129-158.
8 Maurice Magendie, La politesse mondaine et les théories de l’honnêteté en France au XVIIe siècle, de 1600 à
1660 (Genève: Slatkine, 1993). Emmanuel Bury, Littérature et politesse. L'invention de l’honnête homme, 1580-
1750 (Paris: Presses Universitaires de France, 1996). Christophe Losfeld, Politesse, morale et construction
sociale. Pour une histoire des traités de comportements, 1670-1788 (Paris: H. Champion, 2011).
9. Antonio Álvarez-Ossorio Alvariño, “Corte y cortesanos en la Monarquía de España”, en Educare
il corpo, educare la parola nella trattatistica del Rinascimento, ed. Giorgio Patrizi y Amedeo Quondam (Roma:
Bulzoni, 1998) 297-365. Antonio Álvarez-Ossorio Alvariño, “La discreción del cortesano”, Edad de oro,
18 (1999) 9-45.
10 Marc Fumaroli, La extraordinaria difusión del arte de la prudencia en Europa. El “Oráculo manual” de
Gallimard, 1989). Lawrence E. Klein, Shaftesbury and the culture of politeness. Moral discourse and cultural politics
in early eighteenth-century England (Cambridge: Cambridge University Press, 1994). Mónica Bolufer Peruga,
Arte y artificio de la vida en común. Los modelos de comportamiento y sus tensiones en el Siglo de las Luces (Madrid:
Marcial Pons, 2019).
14 Louis van Delft, Le moraliste classique. Essai de définition et de typologie (Genève: Droz, 1982). Louis
van Delft, Littérature et anthropologie. Nature humaine et caractère à l’âge classique (Paris: Presses Universitaires
de France, 1993).
15 Davidson, Hypocrisy, 47-50, 62-65.
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16 Stella Margaret Brewer, Design for a Gentleman. The Education of Philip Standhope (London: Chapman
University Press, 1999) 71-86, 129-132 y 144-145. Christopher J. Lukasik, Discerning Characters. The
Culture of Appearance in Early America (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2011) 54-72.
18 Para simplificar las referencias y facilitar la lectura, a lo largo el texto, usamos la numeración de la
edición preparada por Charles Strachey: Earle of Chesterfield, The Letters of the Earle of Chesterfield to His
Son (New York: Puntnam’s Sons – London: Methuen, 1901),
https://archive.org/details/lettersearlches01stangoog y
https://archive.org/details/lettersearlches00stangoog (consultado el 23 de noviembre de 2021). Sin
embargo, indicamos casi siempre la página de la traducción que manejamos, realizada a mediados del
siglo XIX por el diplomático mexicano Luis Manero: Conde de Chesterfield, Cartas Completas de Lord
Chesterfield a su hijo Felipe Stanhope (Le Havre: Alfonso Lemale, 1852), que sin duda tuvo una notable
difusión en el mundo hispánico. En algunas ocasiones, puesto que unas pocas misivas no fueron
incluidas en ella, remitirnos al volumen y la página de la edición citada en primer lugar. Las limitaciones
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Philip para ejercer primero como Embajador y luego como Secretario de Estado (Carta
139)19, prefiere embarcarlo en un grand tour, bastante más prolongado y variado de lo
habitual entre la aristocracia británica. Al joven, que no ha cumplido aún los catorce
años, lo acompaña un nuevo tutor –Walter Harte, antiguo subdirector de un college
oxoniense– y durante su viaje conocerá muchas ciudades, por lo general sedes de
importantes cortes (Leipzig, Dresden, Hanover, Berlín, Venecia, Turín, Roma,
Nápoles, París).
Hacia los diez y ocho años, se enfrenta a un paso harto delicado: su presentación
en el grand monde. Ésta tiene lugar en París, bajo el amparo y la atenta mirada de Lord
Albemarle. Luego, tras visitar a su padre, que juzga si está preparado para ello, retorna
a dicha ciudad y comparece en otros escenarios de la vida política (Mannheim, Bonn,
Hanover, Berlín, Bruselas). Por último, recalando varias veces en la capital francesa,
completa su periplo por otros centros de poder (Venecia, La Haya, Bonn, Mannheim,
Munich). Esta fase de su vida termina en 1754, cuando su padre obtiene para él un
puesto en el Parlamento y años más tarde consigue que sea destinado a Hamburgo,
para comenzar su carrera al servicio de la monarquía británica.
Aunque son más de cuatrocientas las cartas que integran nuestro epistolario, nada
tiene de extraño que las más interesantes coincidan con el tirocinium fori, la introducción
en la vida pública20. Son las más extensas y es sobre todo en ellas donde nuestro Conde
procura reflejar y concretar en consejos su experiencia como político, con toda su carga
de ambigüedad.
de espacio nos impiden consignar la versión original de las citas literales. El lector interesado puede
hallarla en las páginas web incluidas en esta nota al pie.
19 Una meta que desde luego es coherente con la peripecia vital de Philip y con el contenido de la
Carta 257.
20 Narrado desde la Carta 110, 5 de abril de 1746, hasta la Carta 313, 27 de noviembre de 1754.
21 «Floreció en el siglo de oro la llaneza, en este de hierro la malicia». Baltasar Gracián, Oráculo manual
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con mucha urbanidad, pero desconfiar de sus cumplidos y sus intenciones (Carta 128:
67).
Sin embargo, aun siendo muy conscientes de tan triste realidad, todos deben
respetar las formas 22 . De lo contrario, camparía a sus anchas el egoísmo, que
corrompería por completo la sociedad. «Las cortes son sin disputa la residencia de la
urbanidad y de las buenas maneras: si así no fuese, sería el teatro de la matanza y de la
desolación» (Carta 191: 139). Lo mismo se reitera en una misiva posterior:
Las gentes se abrazan en la corte sin conocimiento, se sirven sin amistad y se injurian sin
odio. El interés y no el sentimiento es el fruto de aquel terreno. […] Las ceremonias son
necesarias en la corte, porque, a manera de obras avanzadas, defienden las costumbres
(Carta 297: 200).
la ambición y la avaricia, estas dos pasiones predominantes de las cortes, han encontrado
el disimulo menos peligroso que la violencia; y el disimulo ha introducido aquellos modales
delicados que distinguen al cortesano del habitante de provincia. En el primer caso
prevalecería el cuerpo más robusto; en el segundo triunfa el espíritu más fuerte (Carta 191:
139)23.
Así pues, es por pura necesidad y estrategia, no por benevolencia, por lo que las
rivalidades cortesanas «se morigeran hasta cierto punto y permanecen dentro de los
límites decentes trazados por la cortesía y los modales» (Carta 249: 215). Aun así, desde
el punto de vista estrictamente ético, resulta preferible el imperio del disimulo a la
burda exhibición de las debilidades humanas, con toda «su nativa deformidad», propia
de la gente baja (Carta 257: 223).
Por tal motivo, Lord Chesterfield afirma que las pasiones se extinguen en la corte
con facilidad, una vez ventiladas las disputas que las suscitaron. El egoísmo sigue
siendo el único móvil, pero un frío cálculo rige la conducta, de modo que ni se
estrechan las amistades, ni se enconan los odios. De hecho, cree que «la sociedad no
es más que una negociación permanente, y si la consideras bajo este aspecto,
encontrarás en ella el secreto de cualquiera otra transacción» (Carta 289: 257). Por eso,
propone a su hijo evitar cualquier tipo de roce o conflicto con el que buscarse enemigos,
en particular si antes eran aliados y confidentes (Carta 290: 259)24.
Hay, pues, que defender la propia causa, pero en buena lid, con destreza no exenta
de limpieza y elegancia, como se explica con todo lujo de detalles en otra carta, antes
1994) § 83. Téngase en cuenta que, junto con la Carta 161, cuando todavía es un adolescente, Lord
Chesterfield le envía su hijo un ejemplar de la obra y le recomienda que la lea con suma atención, porque
pinta al hombre con mucha exactitud. Meditar sobre ella, al igual que sobre Los Caracteres de La Bruyère,
le será de mucha utilidad cuando llegue a las cortes (Cartas 242, 257 y 307).
23 Esta descripción tiene muchos puntos en común con un fragmento de Jean de La Bruyère, Los
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libertinos, ambiciosos o egoístas renunciar a la búsqueda de la amistad (Lelio, 59) y entiende que el
decoro está intrínsecamente unido a la virtud (Sobre los deberes, I, 94-95).
30 Jean Starobinski, “La Rochefoucauld et les morales substitutives,” La nouvelle revue française, 163
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trata es poner en pie un artificio que permita a los individuos cohabitar en un entorno
por completo hostil.
En consecuencia, el trato mundano no es otra cosa que un juego, en el que ganan
quienes mejor manejan los resortes del arte de obligar. Hay un intercambio de vanos
cumplidos y atenciones, sin el que paradójicamente nada importante puede obtenerse.
Por eso, Lord Chesterfield compara la cortesía con la ‘calderilla’: tiene poco valor, pero
es más necesaria en la vida que las monedas de oro (Carta 287: 253-254). Una metáfora
mercantil a la que, a finales del siglo XVI, había recurrido también Guazzo31, pero con
intención opuesta: las palabras, que son la base el comercio social, no pueden ser
fingidas. De lo contrario, se incurre en un delito equivalente a acuñar dinero falso32.
En cambio, para nuestro Conde, aunque la sociedad áulica implique también un
intercambio, en este caso de buenos oficios, lo habitual es que las piezas usadas no
sean de buena ley (Carta 303: 276). «La lisonja –advierte–, bien que sea como el dinero
falso, es la moneda indispensable en la corte», pues aun sin tener ningún valor objetivo,
todo el mundo la acepta33 (Carta 297: 269). Y, previamente, le explica su hijo que nada
tiene de malo elogiar a los demás para agradarles, si con eso no se pretende engañarlos
(Carta 253: 219).
Por otra parte, no sería en absoluto reprobable mantener siempre la calma, ocultar
los propios sentimientos y mostrarse en todo instante correcto e incluso cordial, hasta
con los peores enemigos. Tratarlos cortésmente no es una forma de engaño y sí el
único modo de mantener la concordia entre los hombres (Carta 277: 241). La misma
tesis se reitera más adelante (Carta 290: 258), con lo que se legitima en buena medida
la insinceridad, que resulta inevitable, puesto que sus opuestos intereses enfrentan a
los hombres y envenenan la convivencia. Por eso, hay que acostumbrarse a convivir
con ella, conocer sus ventajas y tener muy presente que a la urbanidad se le puede
aplicar el lema Et decus et tutamen («tanto ornamento como defensa»), con el que se
acuñaron ciertas monedas en Inglaterra para impedir el fraude (Carta 297: 269): es un
adorno ficticio que civiliza hasta cierto punto y vuelve tolerable la vida cortesana, pero
también una coraza que protege de las insidias ajenas.
Tropezamos así con una evidente discordancia entre el discurso teórico y la
realidad vital, entre la sustancia y la apariencia, que solemos asociar antes con el barroco
que con los ideales ilustrados. De hecho, Lord Chesterfield se sirve de todo un arsenal
de metáforas que evoca esa mentalidad supuestamente extinguida. Entiende que el
mundo es un «gran teatro», a cuyos actores se juzga con gran severidad (Cartas 166:
110; 172: 117; 173: 118; 191: 139), o un «libro inmenso», tanto por su grosor como por
estar escrito en múltiples lenguas sólo comprensibles para los iniciados (Cartas 228:
187; 239: 188; 248: 214). Lo identifica con la corte, pues «no se quiere significar otra
cosa al decir que un hombre conoce el mundo, sino que conoce las cortes» (Carta 228:
187). Aclara que en ellas nada «es tal como se presenta; unas veces es muy diferente y
otras enteramente contrario» (Carta 191: 139); es más, están «vicio y virtud tan
31 Stefano Guazzo, La civil conversazione (Modena: Panini, 1993) vol. I, 60 y 85.
32 Como advierte Amedeo Quondam (Ibídem, vol. II, 146) en su comentario, la idea proviene de
Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1165b 8-10.
33 La idea y la imagen aparecen en La Rochefoucauld, Máximas, § 158. De la segunda se sirve también
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disimulados, que quienquiera que haya tan solo pensado en ambos no los conocería al
tropezar con ellos» (Carta 228: 187). Quien se aventure por tales parajes, penetrará en
un complicado «laberinto», necesitará un mapa (Carta 228: 187) y tendrá que aprender
a «acariciar y adormecer» monstruos (Carta 248: 214). Navegará por un océano (Carta
225: 182) o sorteará durante su viaje numerosos «peligros y dificultades», transitando
por caminos tortuosos y barrancos llenos de zarzas, casi nunca por prados floridos
(Cartas 190: 139; 304: 277).
34John Boswell, The life of Samuel Johnson (London: Wordsworth, 1999) 135.
35John Churton Collins, Essays and Studies (London: Macmillan, 1895) 212-223. Heltzel, Chesterfield,
38-74. Laspalas, Distinción social, 57-62.
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36 Marjorie Morgan, Manners, Morals and Class in England, 1774-1858 (New York: St. Martin Press,
1994) 11.
37 Giovanni Della Casa, Galateo (Madrid: Cátedra, 2003) 143-144.
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38 Gracián recomienda varias veces no singularizarse (Oráculo, § 43, 133 y 270). «Es una insigne locura
querer ser cuerdo frente a todos», anotó La Rochefoucauld, Máximas, § 231.
39 Javier Laspalas, “El problema de la insinceridad en cuatro tratados de cortesía del Renacimiento,”
en Aportaciones a la historia social del lenguaje: España, siglos XIV-XVIII, ed. Rocío García Bourrellier y Jesús
María Usunáriz (Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2005), 43 y ss.
40 Jon Snyder, Dissimulation and the Culture of Secrecy in Early Modern Europe (Berkeley, University of
California Press, 2009). Este autor distingue tres grandes ámbitos donde se aplica tal estrategia: las
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tan evidente como su probidad, ya que, por una parte, permitía vivir en el mundo, y
por otra conjurar los escrúpulos morales. Quien no confirma o alaba nada, sea con
palabras, sea con obras, ni engaña, ni es hipócrita, al tiempo que logra sobrevivir e
incluso triunfar incluso en dura lid con los malvados. Por eso, nunca hay que mentir,
pero no siempre hay que decir toda la verdad (Carta 277: 241).
Cosa muy distinta sería recurrir a la simulación, es decir, defender o aprobar, de
palabra o con obras, ideas o actos viles. Entonces sí se incurriría en el fraude y la doblez.
Así, nuestro auto cita una máxima atribuida a Luis XI, rey de Francia: qui nescit
dissimulare, nescit regnare41, y afirma citando a Bacon42 «el disimulo no es más que el arte
de ocultar nuestras propias cartas, a la vez que por la simulación tratamos de espiar las
de los demás». Y añade que según Lord Bolingbroke43,
la simulación es un stiletto, arma no solo inicua sino ilícita, cuyo uso podrá rara vez ser
excusado, pero jamás justificarse. El disimulo es al contrario una armadura, así como el
secreto es un escudo; y no es más posible guardar el secreto en los negocios sin cierto
grado de disimulación, que el manejarlos con tino sin guardar secreto. El mismo Lord
continúa diciendo que estos dos artes, el disimulo y el secreto, son como la liga mezclada
con el metal puro; una poca es necesaria y no hará desmerecer su valor, pero si se emplea
más cantidad de la requerida, la moneda pierde su curso y el acuñador su crédito (Carta
183: 131).
Y en otra misiva, se vuelve a citar a Bacon44, del cual se dice que distingue «entre
simulación y disimulación y aprueba más bien la última que la primera; pero observa a
la vez, que sólo los políticos muy débiles recurren a una u otra». Por otra parte, Lord
Chesterfield añade también para condenar la mentira argumentos tácticos. Quien
incurre en ella acaba por ser desenmascarado y pierde por completo su reputación de
hombre honrado. Y lo mismo le ocurre a medio plazo a quien refiere por vanidad
hazañas o sucesos propios inverosímiles (Carta 212: 16).
Se trata, pues, de escalar puestos en la corte, pero sin perder la dignidad moral y
personal. Para lograrlo, hay que ceder en lo accidental, pero ser inflexible en lo esencial.
Hay que evitar la guerra abierta y entablar un combate civilizado. Es lo que afirma
nuestro autor al comentar una conocida máxima por él mismo empleada en múltiples
ocasiones:
relaciones humanas en general, el entorno cortesano, y las actividades estrictamente políticas, sujetas a
las exigencias de la razón de Estado. Tales prácticas se difundieron a escala europea. Véase, por ejemplo,
Antonio Álvarez-Ossorio Alvariño, “Proteo en Palacio. El arte de la disimulación y la simulación del
cortesano” en El Madrid de Velázquez y Calderón Villa y corte en el siglo XVII (Madrid: Caja de Madrid,
2000) vol. 1, 111-138.
41 La paternidad de este adagio latino se solía atribuir en la época a Luis XI de Francia. Adrianna E.
Bakos, “«Qui nescit dissimulare, nescit regnare»: Louis XI and raison d’état during the reign of Louis
XIII,” Journal of the History of Ideas, 52 (1991) 400. Gracián (Oráculo, § 88) parafrasea esta frase: «Gran
parte del regir es disimular». Y luego afirma que ese es el saber más práctico (§ 98).
42 Francis Bacon, Ensayos (Buenos Aires: Aguilar, 1980) 38, 40.
43 Lord Bolingbroke, Political writings (Cambridge University Press, 1997) 255.
44 Bacon, Ensayos, 36-37, 39.
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Luego se extraen las consecuencias prácticas. Si uno tiene derecho a mandar, debe
cuidar las formas, para no indisponerse con los inferiores y lograr que obedezcan sin
albergar resentimiento. Por otra parte, hay que evitar caer en el seguidismo y la vulgar
adulación de los superiores:
Las gentes en altos puestos se hallan endurecidas a las necesidades y miserias de los demás,
como los cirujanos a las enfermedades corporales. Reyes y ministros escuchan todo el día
quejas mal fundadas, de modo que no saben cuáles son reales o fingidas. Es, pues,
necesario interesar otros sentimientos, independientemente de los de mera justicia y
humanidad; su favor debe conquistarse por el suaviter in modo, atormentarlos a fuerza de
importunidades, o despertar su temor amenazándolos indirecta al paso que decorosamente
con tu resentimiento frío e implacable; éste es el verdadero fortiter in re, único precepto que
yo conozco para ser amado sin desprecio y temido sin odio, circunstancias que constituyen
aquella dignidad de carácter a que debe aspirar todo hombre prudente (Carta 244: 210-
211).
Un hábil político se muestra correcto, atento e incluso afable al librar con otros un
combate sin tregua. Obra así, ya lo hemos visto más arriba, porque tiene muy claro que
todos los cortesanos son potenciales rivales, de modo que es esencial no indisponerse
con nadie. «Sea cual fuere su mérito o baja condición», uno podría necesitar su apoyo,
«y no querrán servirte si alguna vez les hubieres manifestado desprecio» (Carta 155:
93). Motivo por el cual hay estar dispuesto en ocasiones a poner al mal tiempo buena
cara. «Todo el que no es dueño de dominar su humor y faire bonne mine a mauvais jeu,
debe secuestrarse del mundo y retirarse a una ermita en lo más oculto de un desierto».
De lo contrario, tan solo conseguirá sembrar el odio y dañar su reputación. Por todo
lo dicho, «los caprichos, el mal humor y el despecho, son cosas extremadamente bajas
y vulgares. Un caballero no las conoce» (Carta 311: 284).
Ahora bien al intentar ganarse a todos, a la manera de San Pablo (1 Co 9, 19-22)45,
siendo flexible o amable (Carta 244: 209), no se les quiere favorecer, sino evitar que
obstaculicen los propios planes. Simplemente se transige en asuntos «que no sean
discordes con sus propios intereses; porque más de eso no debes esperarlo de tres
personas en el curso de tu vida, aunque durase tanto como la de los patriarcas» (Carta
295: vol. II, 287). Has de ser cortés, le explica Lord Chesterfield a su hijo, pero no para
ganar amigos o complacer a los demás. No permitas que eso te haga «retroceder un
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ápice del punto que la razón y la prudencia te dicten seguir; por el contrario, vuelve a
la carga, persevera y verás que alcanzas muchas de las cosas posibles» (Carta 245: 210).
De lo que se trata es de estudiar al enemigo y dar con el modo más pacífico de
manejarlo:
Con algunas personas debe hacerse uso de la razón; otras no ceden sino a la lisonja; en
unas produce buen efecto la amenaza y en otras la importunación; pero en general, todas
pueden hacerse pasar por el aro46, con tal que nos dirijamos a ellas con discernimiento, las
contentemos a propósito y las ataquemos sin descanso por sus lados débiles (Carta 183:
131).
Acuérdate que solo hay dos maneras de conducirse compatibles con el honor y habilidad
de un caballero: o una cortesía extremada o una guerra abierta. Si un hombre te infiere una
afrenta grosera y te insulta de propósito, véngate; pero si sólo te daña, la mejor venganza
es mostrarle una extremada cortesía, aunque al mismo tiempo estorbes sus proyectos y le
pagues con usura (Carta 290: 258).
Si tienes bastante fuerza para herir, dale a entender modestamente que también podrías
tener la voluntad de hacerlo. El temor, cuando es real y bien fundado, es quizá en las cortes
un medio más seguro que el amor. Son muchos más los que pueden perjudicarte en la
corte que los que pueden servirte; desarma a los primeros y gana a los segundos (Carta
297: 269).
46 Gracián (Oráculo, § 26) es más elegante, aunque solo en la forma: «Hallarle su torcedor a cada uno».
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completo, de toda perfección humana fuera de los deberes religiosos y morales» (Carta
245: 211).
Así pues, nuestro autor cree que no está recomendando una habilidad condenable,
ni siquiera sospechosa. «Un hombre de mundo –afirma– debe poseer, como el
camaleón, la facultad de tomar toda especie de colores, cosa que de ninguna manera
es abyecta ni criminal», con tal de que afecte «sólo a la cortesía (manners) no a la moral
(morals)» (Carta 165: 110). Eso le permitirá realzar y volver atractivas su habilidad y
honradez, algo esencial por el siguiente motivo: «La buena crianza es lo único que a
primera vista previene a las gentes en tu favor, porque se requiere más tiempo para
descubrir los talentos de mayor categoría» (Carta 94: 46). Y por tanto, reiteramos algo
ya expuesto: «Después de la reputación, cuyo cimiento es el sólido mérito, la cosa más
lisonjera para uno mismo es agradar» (Carta 101: 49).
Añádase a lo dicho que Lord Chesterfield no duda ni por un instante de las
cualidades y la rectitud de su hijo, pero además intenta infundirle un sano amor propio.
De hecho, considera, como La Rochefoucauld, que ese es el motor de todas las
acciones humanas, sólo que, a diferencia del autor francés, no ve nada de malo en ello
(Carta 161: 100-101), y considera «que la conciencia del propio valor infunde al hombre
sensato más modestia y más firmeza», aunque nunca haya que alardear del propio
mérito47 (Carta 242: 205).
Por otro lado, no sólo no se censura el afán de brillar en sociedad (Cartas 261: 227;
289: 256), menos aún la ambición (Carta 255: 221), sino que se los considera esenciales
para perfeccionarse y triunfar. Si faltan, «nos volvemos indiferentes; caemos en una
especie de inercia y de indolencia; no ejercitamos nuestras facultades»48, y resultamos
tan inferiores como el que pretende tener éxito sin merecerlo (Carta 293: 263). Por eso,
nuestro Conde le pide a su retoño que sea ambicioso y tenga muy presente esta
máxima: on ne vaut dans ce monde que ce qu’on veut valoir49 (Cartas 293: 263; Carta, 312: 283).
Sin embargo, para hacerse valer, tendrá que conocer y respetar las leyes que rigen
la vida cortesana, y aprender a usarlas en beneficio propio. De lo contrario fracasará,
dado que:
La pura verdad lisa y llana, el buen sentido y la instrucción, no bastan en las cortes: el arte
y los ornatos deben venir en su auxilio; es necesario lisonjear los humores, estudiar y
aprovechar los mollia tempora, ganar la confianza por medio de una franqueza aparente y
sacar el partido posible a fuerza de habilidad y discreción; y sobre todo, es menester ganar
el corazón para someter al espíritu (Carta 248: 215).
47 Esto recuerda una célebre máxima del citado autor francés: «El verdadero hombre de mundo es
aquel que no se jacta de nada». La Rochefoucauld, Máximas, § 203. «No afectar fortuna», recomienda
Gracián, Oráculo, § 106.
48 Una tesis similar la hallamos en La Rochefoucauld, Máximas, § 510.
49 La frase se atribuye erróneamente a La Bruyère. Tal vez aquí hay un eco de Molière, Oeuvres
complètes (Paris: Gallimard, 1992, vol. I, 279): Les choses ne valent que ce qu'on les fait valoir.
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por el corazón, visto que la cabeza no presenta ninguna agarradera, y debe ser
gobernado haciéndole creer que él es quien gobierna» (Carta 231: 190). Incluso, tras
reiterar que por lo general la engañosa complacencia trae más cuenta que la coacción
del miedo, se concluye: «Repetidamente he visto yo talentos superiores gobernados
por almas mediocres, sin conocer, ni aun sospechar, su dependencia»52 (Carta 277: 241).
Por último, se debe tener muy presente que a los hombres «se les determina y se
les conduce con mucha mayor frecuencia por medios ligeros que por grandes
métodos» (Carta 205: 158). Los múltiples detalles con los que granjearse el favor ajeno,
intrascendentes pero cargantes, por lo numerosos que son y las pequeñas renuncias
que suponen, resultan decisivos en la práctica. Las menudas atenciones, los secretos
encantos, los minúsculos detalles de la etiqueta palaciega, no son en absoluto
irrelevantes. Aunque no impliquen en absoluto renunciar a las metas que uno busca,
por falta de atención o rebeldía, muy pocos llegan a dominar sus resortes. Sin embargo,
sale airoso quien los conoce y maneja a la perfección, logrando adornarse con las
‘gracias’, el último y decisivo pulimento de la virtud y el mérito53.
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confía en uno a quien tiene por un miserable. Por ese motivo hay bastantes defectos
que merman gravemente la estimación que se tiene de las personas, mientras que otros
la arruinan por completo (Carta 190: 138). En consecuencia, hay que ponerse muy en
guardia contra «tres pasiones que con frecuencia hacen pasar a la honradez ensayos
durísimos que casi siempre la echan a pique»: la ambición, el interés y el amor (Carta
209: 163). El poder, el dinero y las damas parecen ser las tentaciones más intensas y
peligrosas.
Ahora bien, un cortesano que pretenda tener éxito debe perfeccionar y fortalecer
su carácter por un segundo motivo. Cualquier vicio, si es advertido por sus rivales,
podrá ser utilizado en su contra56. Es más, de quienes a la postre se imponen en el
combate político puede decirse esto: son los que menos se dejan llevar por sus pasiones
y mejor manejan la ajenas (Carta 307: 280). Tomemos de nuevo en consideración las
cartas en las que se defiende con claridad la virtud y la honradez, a las que ya hemos
hecho referencia, y tendremos una imagen más exacta y completa de la meta perseguida
y del modelo humano propuesto.
¿Se caracterizaría por tener the morals of a whore and the manners of a dancing master?, tal
y como hemos dicho más arriba sostuvo Samuel Johnson. Nos parece que no es así.
Debería conservar intacta su honradez, o al menos estar convencido de ello, y hacer
todo lo posible para mostrar tal cosa a los demás, fuesen rivales o aliados. Y sus buenos
modales no serían una especie de fruslería inconsistente e inútil, sino más bien una
panoplia, en el doble sentido del término: una armadura perfecta y un nutrido arsenal
sumamente eficaz y operativo. Si le faltase lo primero, sería alguien miserable. «Un
simple cortesano, sin prendas y sin conocimientos es el más frívolo y despreciable de
todos los seres» (Carta 150: 87). Además, no sería admitido en la buena sociedad, o al
menos no gozaría de su aprecio. «El mérito superior o los defectos de gran tamaño te
atraerán respeto o desprecio» (Carta 187: 135-136). Ahora bien, si no fuese amable y
condescendiente, carecería de la equipación imprescindible para salir indemne y
victorioso. «El mérito en las cortes, sin el favor, hará poco o nada» (Carta 283: 248).
A la vista de lo anterior, creemos que lo apropiado es sostener que Lord
Chesterfield quiso que su hijo tuviera the morals of a soldier and the manners of a seducer.
«Las cortes serán tus campos de batalla»57, le dice, y deberás hacerte con una armadura
que te cubra incluso el talón. «El menor descuido, la menor, distracción, puede serte
fatal» (Carta 297: 267). Como si fuese un partisano infiltrado en territorio hostil, ni por
un instante dudará de su mérito, o de que su misión es justa. Se tendrá por un
cualificado y honrado servidor de su monarca, ya que está destinado a ser diplomático.
Por eso, en sus justas, no siempre lidiará con mequetrefes. Se enfrentará también con
algún caballero extranjero al que se le ha encomendado una tarea similar y entonces
obrará así:
56 También para Gracián (Oráculo, § 8, 52 y 287) y La Bruyère (Los Caracteres, § 83) la impasibilidad
hombre».
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habilidad y celo en el servicio de su soberano, y que sobre todo, deseas hacer un buen
amigo de tan buen servidor. Por este medio ganarás muchas veces la cuestión y nunca
saldrás perdiendo (Carta 245: 211).
Hay, pues, que intentar, por puro egoísmo, llevarse bien, a título personal, con los
rivales más destacados. De ese modo, uno «lisonjeará y seducirá al hombre al mismo
tiempo que contraminará 58 al ministro» (Carta 297: 270). O sea, estará en mejores
condiciones para averiguar cuáles son sus planes y desbaratarlos.
No obstante, nuestro hábil político tropezará mucho más a menudo con
indeseables y tendrá tragar mucha bilis, pero eso es muy útil, pues quien sabe
controlarse lleva la de ganar. «Los franceses llaman procédé honnête et galant» 59 a tal
conducta (Carta 290: 258). Además, así uno brilla en la buena sociedad, muy dada a
comentar y juzgar la destreza y elegancia en estos lances (Carta 290: 258-259). Se
trataría de demostrar siempre que uno domina la situación, indicio cierto de una
evidente e intimidante doble superioridad: la que otorgan el autocontrol y el
beneplácito del grand monde, cuyo código de buen tono se conoce y respeta.
Así pues, en lugar de volverse susceptible, hay que dominar en todo momento la
cólera, y casi siempre conviene pasar por alto los incidentes, incluso algunos muy
desagradables, para minimizar sus consecuencias. Nuestro Lord confiesa que es harto
difícil lograr tal cosa, pero hay que llegar a abrazar a quien se odia o disimular cuando
uno sabe que es un cornudo, si no hay modo de vengarse. «Una ignorancia simulada
es a menudo una parte muy necesaria del conocimiento del mundo» (Carta 297: 267).
Esto muestra a las claras que Lord Chesterfield quiere inculcar en su hijo el código
de honor típico de la aristocracia de su tiempo. Para conservar y mejorar el favor
cortesano, sin el cual el éxito es una quimera, no hay más remedio que tolerar ciertas
insinuaciones o chanzas un tanto hirientes, se afirma de nuevo en otro lugar. Ahora
bien, se puntualiza, «si el discurso fuere injurioso a tu honor o a tu carácter moral; no
queda más de una sola replica, que espero no tendrás nunca ocasión de poner en obra»
(Carta 183: 132). Es decir, para lavar el ultraje, no habría más remedio que batirse en
duelo. De lo contrario el descrédito sería absoluto.
visto antes la cortesía es similar a las «obras avanzadas» (Carta 297: 200) de los ingenieros militares.
59 Esto recuerda bastante lo que, acaso con intención muy diversa, escribe la Marquise de Lambert,
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Observa, pues, con tus amigos un grado de reserva que no te deje a su discreción el día
que pudieren convertirse en tus enemigos, y un grado de moderación con tus enemigos
que nunca les impida tornarse en tus amigos61 (Carta 191: 139).
Ahora bien, con vistas a decidir de quién fiarse y para qué, cabe diferenciar dos
tipos de personas. En primer lugar, estarían las
conexiones desiguales, esto es, cuando los talentos se hallan todos de un lado, y el rango
y la fortuna del otro. Aquí la ventaja real está toda por una parte, pero es necesario ocultarla
diestramente. La complacencia, los modales atractivos y un poco de paciencia para sufrir
ciertos aires de superioridad, deben servirle de cimiento (Carta 231: 190).
Aquí se explica cómo batir a quienes tienen una posición de privilegio, por su linaje
o por sus éxitos previos, pero no suficiente habilidad para defender sus intereses. Se
trataría de ganar la partida sin generar inquinas, para lo que conviene mostrar una
deferencia tan elegante como engañosa y evitar alardear del triunfo, otra norma que ya
hemos citado.
Ahora bien, sería inútil emprender la batalla en solitario. Las metas son arduas e
inasequibles por cuenta propia, de modo que para triunfar es imprescindible contar
con aliados. A esta categoría pertenecen las llamadas «conexiones de igualdad» (Carta
231: 190). En este caso, el primer requisito de los potenciales candidatos es proceder
de la minoría dirigente, pues se hace referencia a los jóvenes aristócratas que se
incorporan al Parlamento, y han de apoyarse mutuamente para demostrar su valía,
labrarse un nombre y hacerse un hueco en la política. Dada su condición, resulta
esperable que conozcan y compartan la visión del mundo y el código de conducta que
hemos ido describiendo hasta ahora. Se diría que en eso consiste, precisamente, ser un
hombre de ‘honor’, lo que constituiría una cierta protección contra la deslealtad62. Sin
embargo, con eso no basta, por lo que se toman bastantes más precauciones.
Los puestos cortesanos son muy difíciles de obtener y resultaría absurdo compartir
con otros los beneficios que procuran. Renunciar al propio interés no es una opción,
por lo que solo se daría una colaboración leal entre los individuos si están persuadidos
de que no lograrán obtener sus respetivas metas por separado y estas son diversas63.
De lo contrario, habría serio riesgo de verse traicionado. Por otro lado, la igualdad de
mérito asegura que ambas partes realizan esfuerzos equivalentes, por lo que es de
60 John Dryden, Selected works (New York: Rinehart, 1953) 28. El verso For politicians neither love nor
hate pertenece al poema «Absalom and Achitophel», 223.
61 Gracián (Oráculo, § 217) y La Bruyère (Los Caracteres, § 144) proponen lo mismo.
62 Gracián (Oráculo, § 116) y La Bruyère (Los Caracteres, § 211) fueron de idéntica opinión.
63 «Más se saca de la dependencia que de la cortesía […]. Acabada la dependencia, acaba la
correspondencia, y con ella la estimación», escribe Gracián, Oráculo, § 5. Así se desanudan las amistades
forjadas por interés, que con todo son más sólidas que las basadas en el mutuo halago.
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justicia que se repartan a medias lo obtenido, y tal vez evita que la impericia de uno de
los socios eche a perder la operación. Tanto el plan de acción como el reparto del botín
deberían ser negociados y plasmarse en una suerte de contrato moral cuyo
incumplimiento sería una vileza que arruinaría la reputación del infractor. De lo que se
trata es de sellar y cumplir un pacto, no muy distinto de un acuerdo comercial, pues
como dijimos en su momento, las relaciones humanas no son otra cosa que una
perpetua transacción64.
Lo que suele denominarse amistad, brilla pues por su ausencia en la corte, como
se afirma en el siguiente texto:
Trata de procurarte tantos amigos y tan pocos enemigos como te sea posible. No quiero
dar a entender amigos íntimos ni confidentes: son tan raros que nadie puede contar arriba
de media docena en toda la vida; me refiero a los amigos en el sentido común, es decir,
personas que hablen de ti; que se inclinen a servirte más que a perjudicarte, mientras esto
va de acuerdo con su interés y no más (Carta 241: 205).
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Sin embargo, Lord Chesterfield discute que el cariño hacia la prole sea algo natural
y advierte que el suyo no es puramente sentimental. Por el contario, depende del mérito
y, si su hijo llegase a decepcionarle en algo sustancial, podría repudiarlo (Carta 134: 73;
178: 126). Y en no pocas ocasiones evita hablar como progenitor y se presenta como
un camarada (Carta 132: 71; 138: 76; 193: 141; 182: 129; 224: 181), cuyo aprecio es
auténtico porque obedece también al interés (Cartas 132: 71; 229: 187). En efecto, él
es la única persona que le hablará con sinceridad, porque tan solo él desea
ardientemente que triunfe, y se vería favorecido con ello (Carta 204: 156).
El alto coste vital y emotivo de la vida cortesana y el durísimo entrenamiento que
se estima necesario para afrontarla con garantías alcanza tal vez aquí su cenit. Concluye
así nuestro examen de las grandezas y las miserias del teatro mundano, guiados por un
destacado figurante del mismo.
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