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El Pozo

El narrador reflexiona sobre su vida mientras se encuentra en una habitación desordenada y calurosa, recordando encuentros pasados con una prostituta y su soledad al cumplir cuarenta años. A medida que escribe sus memorias, evoca momentos de su juventud, incluyendo un encuentro significativo con Ana María, una joven que lo marcó. La narrativa se mueve entre la introspección y recuerdos de relaciones, sueños y la búsqueda de significado en su vida.

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El Pozo

El narrador reflexiona sobre su vida mientras se encuentra en una habitación desordenada y calurosa, recordando encuentros pasados con una prostituta y su soledad al cumplir cuarenta años. A medida que escribe sus memorias, evoca momentos de su juventud, incluyendo un encuentro significativo con Ana María, una joven que lo marcó. La narrativa se mueve entre la introspección y recuerdos de relaciones, sueños y la búsqueda de significado en su vida.

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EL POZO Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía

por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de
sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.
Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado, desde mediodía,
soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre en las tardes,
derrama adentro de la pieza. Caminaba con las manos atrás, oyendo golpear las
zapatillas en las baldosas, oliéndome alternativamente cada una de las axilas. Movía
la cabeza de un lado a otro, aspirando, y esto me hacía crecer, yo lo sentía, una mueca
de asco en la cara. La barbilla, sin afeitar, me rozaba los hombros.
Recuerdo que, antes que nada, evoqué una cosa sencilla. Una prostituta me
mostraba el hombro izquierdo, enrojecido, con la piel a punto de rajarse, diciendo:
«Date cuenta si serán hijos de perra. Vienen veinte por día y ninguno se afeita».
Era una mujer chica, con unos dedos alargados en las puntas, y lo decía sin
indignarse, sin levantar la voz, en el mismo tono mimoso con que saludaba al abrir la
puerta. No puedo acordarme de la cara; veo nada más que el hombro irritado por las
barbas que se le habían estado frotando, siempre en ese hombro, nunca en el derecho,
la piel colorada y la mano de dedos finos señalándola.
Después me puse a mirar por la ventana, distraído, buscando descubrir cómo era
la cara de la prostituta. Las gentes del patio me resultaron más repugnantes que
nunca. Estaban, como siempre, la mujer gorda lavando en la pileta, rezongando sobre
la vida y el almacenero, mientras el hombre tomaba mate agachado, con el pañuelo
blanco y amarillo colgándole frente al pecho. El chico andaba en cuatro patas, con las
manos y el hocico embarrados. No tenía más que una camisa remangada y, mirándole
el trasero, me dio por pensar en cómo había gente, toda en realidad, capaz de sentir
ternura por eso.
Seguí caminando, con pasos cortos, para que las zapatillas golpearan muchas
veces en cada paseo. Debe haber sido entonces que recordé que mañana cumplo
cuarenta años. Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre
la mugre, encerrado en la pieza. Pero esto no me dejó melancólico. Nada más que una
sensación de curiosidad por la vida y un poco de admiración por su habilidad para
desconcertar siempre. Ni siquiera tengo tabaco.
No tengo tabaco, no tengo tabaco. Esto que escribo son mis memorias. Porque un
hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los cuarenta años, sobre todo si
le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde.
Encontré un lápiz y un montón de proclamas abajo de la cama de Lázaro, y ahora
se me importa poco de todo, de la mugre y el calor y los infelices del patio. Es cierto
que no sé escribir, pero escribo de mí mismo.
Ahora se siente menos calor y puede ser que de noche refresque. Lo difícil es
encontrar el punto de partida. Estoy resuelto a no poner nada de la infancia. Como
niño era un imbécil: solo me acuerdo de mí años después, en la estancia o en el
tiempo de la Universidad. Podría hablar de Gregorio, el ruso que apareció muerto en

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el arroyo, de María Rita y el verano en Colonia. Hay miles de cosas y podría llenar ruido de pasos y vi a la muchacha que venía caminando por el sendero de arena.
libros. Puede parecer mentira: pero recuerdo perfectamente que desde el momento en
que reconocí a Ana María —por la manera de llevar un brazo separado del cuerpo y
la inclinación de la cabeza— supe todo lo que iba a pasar esa noche. Todo menos el
Dejé de escribir para encender la luz y refrescarme los ojos que me ardían. Debe final, aunque esperaba una cosa con el mismo sentido.
ser el calor. Pero ahora quiero algo distinto. Algo mejor que la historia de las cosas Me levanté y fui caminando para alcanzarla, con el plan totalmente preparado,
que me sucedieron. Me gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sabiéndolo, como si se tratara de alguna cosa que ya nos había sucedido y que era
sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no. O los sueños. Desde alguna inevitable repetir. Retrocedió un poco cuando la tomé del brazo; siempre me tuvo
pesadilla, la más lejana que recuerde, hasta las aventuras en la cabaña de troncos. antipatía o miedo.
Cuando estaba en la estancia, soñaba muchas noches que un caballo blanco saltaba —Hola.
encima de la cama. Recuerdo que me decían que la culpa la tenía José Pedro porque —Hola.
me hacía reír antes de acostarme, soplando la lámpara eléctrica para apagarla. Yo le hablaba de Arsenio, bromeando. Ella estaba cada vez más fría, apurando el
Lo curioso es que, si alguien dijera de mí que soy «un soñador», me daría paso, buscando las calles entre los árboles. Cambié en seguida de táctica y me puse a
fastidio. Es absurdo. He vivido como cualquiera o más. Si hoy quiero hablar de los elogiar a Arsenio con una voz seria y amistosa. Desconfió un momento, nada más.
sueños, no es porque no tenga otra cosa que contar. Es porque se me da la gana, Empezó a reírse a cada palabra, tirando la cabeza para atrás. A ratos se olvidaba y me
simplemente. Y si elijo el sueño de la cabaña de troncos, no es porque tenga alguna iba golpeando con el hombro al caminar, dos o tres veces seguidas. No sé a qué olía
razón especial. Hay otras aventuras más completas, más interesantes, mejor el perfume que se había puesto. Le dije la mentira sin mirarla, seguro de que iba a
ordenadas. Pero me quedo con la de la cabaña porque me obligará a contar un creerla. Le dije que Arsenio estaba en la casita del jardinero, en la pieza del frente,
prólogo, algo que me sucedió en el mundo de los hechos reales hace unos cuarenta fumando en la ventana, solo. (Por qué no hubo nunca ningún sueño de algún
años. También podría ser un plan el ir contando un «suceso» y un sueño. Todos muchacho fumando solo de noche, así, en una ventana, entre los árboles). Nos
quedaríamos contentos. combinamos para entrar por la puerta del fondo y sorprenderlo. Ella iba adelante, un
poco agachada para que no pudieran verla, con mil precauciones para no hacer ruido
al pisar las hojas. Podía mirarle los brazos desnudos y la nuca. Debe haber alguna
Aquello pasó un 31 de diciembre, cuando vivía en Capurro. No sé si tenía quince obsesión ya bien estudiada que tenga como objeto la nuca de las muchachas, las
o dieciséis años; sería fácil determinarlo pensando un poco, pero no vale la pena. La nucas un poco hundidas, infantiles, con el vello que nunca se logra peinar. Pero
edad de Ana María la sé sin vacilaciones: dieciocho años. Dieciocho años, porque entonces yo no la miraba con deseo. Le tenía lástima, compadeciéndola por ser tan
murió unos meses después y sigue teniendo esa edad cuando abre por la noche la estúpida, por haber creído en mi mentira, por avanzar así, ridícula, doblada, sujetando
puerta de la cabaña y corre sin hacer ruido, a tirarse en la cama de hojas. la risa que le llenaba la boca por la sorpresa que íbamos a darle a Arsenio.
Era un fin de año y había mucha gente en casa. Recuerdo el champán, que mi Abrí la puerta, despacio. Ella entró la cabeza; y el cuerpo, solo, tomó por un
padre estrenaba un traje nuevo y que yo estaba triste o rabioso, sin saber por qué, momento algo de la bondad y la inocencia de un animal. Se volvió para preguntarme,
como siempre que hacían reuniones y barullo. Después de la comida los muchachos mirándome. Me incliné, casi le tocaba la oreja:
bajaron al jardín. (Me da gracia ver que escribí bajaron y no bajamos). Ya entonces —¿No te dije que en el frente? En la otra pieza.
nada tenía que ver con ninguno. Ahora estaba seria y vacilaba, con una mano apoyada en el marco, como para
Era una noche caliente, sin luna, con un cielo negro lleno de estrellas. Pero no era tomar impulso y disparar. Si lo hubiera hecho, yo tendría que quererla toda la vida.
el calor de esta noche en este cuarto, sino un calor que se movía entre los árboles y Pero entró; yo sabía que iba a entrar y todo lo demás. Cerré la puerta. Había una luz
pasaba junto a uno como el aliento de otro que nos estuviera hablando o fuera a de farol filtrada por la ventana que sacaba de la sombra la mesa cuadrada, con un hule
hacerlo. blanco, la escopeta colgada en la pared, la cortina de cretona que separaba los
Estaba sentado en unas bolsas de portland endurecido, solo, y a mi lado había un cuartos.
azadón con el mango blanco de cal. Oía los chillidos que estaban haciendo con unas Ella me tocó la mano y la dejó en seguida. Caminó en puntas de pie hasta la
cornetas compradas a propósito y que llegaron junto con el champán, para despedir el cortina y la apartó de un manotazo. Yo creo que comprendió todo de golpe, sin
año. En casa tocaban música. Estuve mucho tiempo así, sin moverme, hasta que oí el proceso, de la misma manera que yo lo había concebido. Dio media vuelta y vino

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corriendo, desesperada, hasta la puerta. Pero, en todo caso, es un lugar con nieve. Otra advertencia: no sé si cabaña y choza
Ana María era grande. Es larga y ancha todavía cuando se extiende en la cabaña y son sinónimos; no tengo diccionario y mucho menos a quien preguntar. Como quiero
la cama de hojas se hunde con su peso. Pero en aquel tiempo yo nadaba todas las evitar un estilo pobre, voy a emplear las dos palabras, alternándolas.
mañanas en la playa; y la odiaba. Tuvo, además, la mala suerte de que el primer golpe
me diera en la nariz. La agarré del cuello y la tumbé. Encima suyo, fui haciendo girar
las piernas, cubriéndola, hasta que no pudo moverse. Solamente el pecho, los grandes En Alaska, estuve aquella noche, hasta las diez, en la taberna del Doble Trébol.
senos, se le movían desesperados de rabia y de cansancio. Los tomé, uno en cada Hemos pasado la noche jugando a las cartas, fumando y bebiendo. Somos los cuatro
mano, retorciéndolos. Pudo zafar un brazo y me clavó las uñas en la cara. Busqué de siempre. Wright, el patrón; el sheriff Maley, y Raymond, el Rojo, siempre
entonces la caricia más humillante, la más odiosa. Tuvo un salto y se quedó quieta en impasible y chupando una larga pipa. Nos reímos por las trampas de Maley, que es
seguida, llorando, con el cuerpo flojo. Yo adivinaba que estaba llorando sin hacer capaz de jugar un póker de ases contra un full al as. Pero nunca nos enojamos; se
gestos. No tuve nunca, en ningún momento, la intención de violarla; no tenía ningún juega por monedas y solo buscamos pasar una noche amable y juntos. A las diez,
deseo por ella. Me levanté, abrí la puerta y salí afuera. Me recosté en la pared para puntualmente, me levanto, pago mi gasto y comienzo a vestirme. Hay que ponerse
esperarla. Venía música de la casa y me puse a silbarla, acompañándola. nuevamente la chaqueta de pieles, el gorro, los guantes, recoger el revólver. Tomo un
Salió despacio. Ya no lloraba y tenía la cabeza levantada, con un gesto que no le último trago para defenderme del frío de afuera, saludo y me vuelvo a casa en el
había notado antes. Caminó unos pasos, mirando el suelo como si buscara algo. trineo. Algunas veces intentan asaltarme o descubro ladrones en el aserradero. Pero
Después vino hasta casi rozarme. Movía los ojos de arriba abajo, llenándome la cara por lo general este viaje no tiene interés y hasta he llegado a suprimirlo, conservando
de miradas, desde la frente hasta la boca. Yo esperaba el golpe, el insulto, lo que apenas un breve momento en que levanto la cara hacia el cielo, la boca apretada y los
fuera, apoyado siempre en la pared, con las manos en los bolsillos. No silbaba, pero ojos entrecerrados, pensando en que muy pronto tendremos una tormenta de nieve y
iba siguiendo mentalmente la música. Se acercó más y me escupió, volvió a mirarme puede sorprenderme en camino. Diez años en Alaska me dan derecho a no
y se fue corriendo. equivocarme. Azuzo los perros y sigo.
Me quedé inmóvil y la saliva empezó a correrme, enfriándose, por la nariz y la Después estoy en la cabaña. Cierro la puerta —sin trancarla, claro— y me
mejilla. Luego se bifurcó a los lados de la boca. Caminé hasta el portón de hierro y acuclillo frente a la chimenea para encenderla. Lo hago en seguida; en la aventura de
salí a la carretera. Caminé horas, hasta la madrugada, cuando el cielo empezaba a las diez mil cabezas de ganado, un indio me enseñó un sistema para hacer fuego
clarear. Tenía la cara seca. rápidamente, aun al aire libre. Miro el movimiento del fuego y acerco el pecho al
calor, las manos y las orejas. Por un momento quedo inmóvil, casi hipnotizado sin
ver, mientras el fuego ondea delante de mis ojos, sube, desaparece, vuelve a alzarse
En el mundo de los hechos reales, yo no volví a ver a Ana María hasta seis meses bailando, iluminando mi cara inclinada, moldeándola con su luz roja hasta que puedo
después. Estaba de espaldas, con los ojos cerrados, muerta, con una luz que hacía sentir la forma de mis pómulos, la frente, la nariz, casi tan claramente como si me
vacilar los pasos y que le movía apenas la sombra de la nariz. Pero ya no tengo viera en un espejo, pero de una manera más profunda. Es entonces que la puerta se
necesidad de tenderle trampas estúpidas. Es ella la que viene por la noche, sin que yo abre y el fuego se aplasta como un arbusto, retrocediendo temeroso ante el viento que
la llame, sin que sepa de dónde sale. Afuera cae la nieve y la tormenta corre ruidosa llena la cabaña. Ana María entra corriendo. Sin volverme, sé que es ella y que está
entre los árboles. Ella abre la puerta de la cabaña y entra corriendo. Desnuda, se desnuda. Cuando la puerta vuelve a cerrarse, sin ruido, Ana María está ya en la cama
extiende sobre la arpillera de la cama de hojas. de hojas esperando.
Despacio, con el mismo andar cauteloso con el que me acerco a mirar los pájaros
de la selva, cuando se bañan en el río, camino hasta la cama. Desde arriba, sin gestos
Pero la aventura merece, por lo menos, el mismo cuidado que el suceso de aquel y sin hablarle, miro sus mejillas que empiezan a llenarse de sangre, las mil gotitas que
fin del año. Tiene siempre un prólogo, casi nunca el mismo. Es en Alaska, cerca del le brillan en el cuerpo y se mueven con las llamas de la chimenea, los senos que
bosque de pinos donde trabajo. O en Klondike, en una mina de oro. O en Suiza, a parecen oscilar, como si una luz de cirio vacilara, conmovida por pasos silenciosos.
miles de metros de altura, en un chalet donde me he escondido para poder terminar La cara de la muchacha tiene entonces una mirada abierta, franca, y me sonríe
en paz mi obra maestra. (Era en un sitio semejante donde estaba Ivan Bunin, muy abriendo apenas los labios.
pobre, cuando a fines de un año le anunciaron que le habían dado el Premio Nobel). Nunca nos hablamos. Lentamente, sin dejar de mirarla, me siento en el borde de

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la cama y clavo los ojos en el triángulo negro donde aún brilla la tormenta. Es Cordes, primero, y después aquella mujer del Internacional. Claro que no puedo
entonces, exactamente, que empieza la aventura. Esta es la aventura de la cabaña de tenerles rencor y si hubo humillación fue tan poca y olvidada tan pronto que no tiene
troncos. importancia. Sin proponérmelo, acudí a las únicas dos clases de gente que podrían
Miro el vientre de Ana María, apenas redondeado; el corazón empieza a saltarme comprender. Cordes es un poeta; la mujer, Ester, una prostituta. Y sin embargo…
enloquecido y muerdo con toda mi fuerza el caño de la pipa. Porque suavemente los Hay dos cosas que quiero aclarar, de una vez por todas. Desgraciadamente, es
gruesos muslos se ponen a temblar, a estremecerse, como dos brazos de agua que necesario. Primero, que si bien la aventura de la cabaña de troncos es erótica, acaso
rozara el viento, a separarse, después, apenas, suavemente. Debe estar afuera demasiado, es entre mil, nada más. Ni sombra de mujer en las otras. Ni en «El
retorciéndose la tormenta negra, girando entre los árboles lustrosos. Yo siento el calor regreso de Napoleón», ni en «La Bahía de Arrak», ni en «Las acciones de John
de la chimenea en la espalda, manteniendo fijos los ojos en la raya que separa los Morhouse». Podría llenar un libro con títulos. Tampoco podría decirse que tengo
muslos, sinuosa, que se va ensanchando como la abertura de una puerta que el viento preferencia por ninguna entre ellas. Viene la que quiere, sin violencias, naciendo de
empujara, alguna noche en la primavera. A veces, siempre inmóvil, sin un gesto, creo nuevo en cada visita. Y después, que no se limita a eso mi vida, que no me paso el día
ver la pequeña ranura del sexo, la débil y confusa sonrisa. Pero el fuego baila y imaginando cosas. Vivo. Ayer mismo volví con Hanka a los reservados del Forte
mueve las sombras, engañoso. Ella continúa con las manos debajo de la cabeza, la Makallé. Me acuerdo que sentí una tristeza cómica por mi falta de «espíritu popular».
cara grave, moviéndose solamente en el balanceo perezoso de las piernas. No poder divertirme con las leyendas de los carteles, saber que había allí una forma
de la alegría, y saberlo, nada más.
Estábamos solos, ni siquiera vecinos para escuchar como la otra tarde, con
Bajé a comer. Las mismas caras de siempre, calor en las calles cubiertas de aquella voz de mujer que decía:
banderas y un poco de sal de más en la comida. Conseguí que Lorenzo me fiara un —Y bueno, porque soy una arrastrada es que no me gusta ver rodar a otras. No te
paquete de tabaco. Según la radio del restaurante, Italia movilizó medio millón de estés alabando, como si los que tuvieran los pieses más grandes fueran los que mejor
hombres hacia la frontera con Yugoslavia; parece que habrá guerra. Recién ahora me jugaran al fútbol. Yo sé lo que digo. Mirá que un hombre que quiere no mata, le
acuerdo de la existencia de Lázaro y me parece raro que no haya vuelto todavía. hagan lo que le hagan.
Estará preso por borracho o alguna máquina le habrá llevado la cabeza en la fábrica. No podíamos verle la cara. Aquello era un lío entre prostitutas y macrós, donde
También es posible que tenga alguna de sus famosas reuniones de célula. Pobre había que resolver si la mujer que deja a Juan para irse con Pedro tiene o no derecho
hombre. Releo lo que acabo de escribir, sin prestar mucha atención, porque tengo a llevarse las ropas que le regaló Juan. Y si Pedro puede aceptarla con las ropas. La
miedo de romperlo todo. Hace horas que escribo y estoy contento porque no me mujer me dio una impresión vulgar de inteligencia. Todos se guían por razones de
canso ni me aburro. No sé si esto es interesante, tampoco me importa. conveniencia; pero esta gente discutía un punto de honor, honor de clan: si era o no
Allí acaba la aventura de la cabaña de troncos. Quiero decir que es eso, nada más «de macho» aceptar a una mujer con ropas que otro le había comprado. Eran dos
que eso. Lo que yo siento cuando miro a la mujer desnuda en el camastro no puede parejas y una salió dos o tres veces para que los que quedaban pudieran discutir con
decirse, yo no puedo, no conozco las palabras. Esto, lo que siento, es la verdadera libertad.
aventura. Parece idiota, entonces, contar lo que menos interés tiene. Pero hay belleza, Mientras entraban las palabras de los vecinos entre las cañas de los reservados,
estoy seguro, en una muchacha que vuelve inesperadamente, desnuda, una noche de era necesario acariciar a Hanka, recordando lo que hago cuando tengo deseo. Y esta
tormenta, a guarecerse en la casa de leños que uno mismo se ha construido, tantos tarde sucedió lo mismo. Lo absurdo no es estar aburriéndose con ella, sino haberla
años después, casi en el fin del mundo. desvirginizado, hace treinta días apenas. Todo es cuestión de espíritu, como el
pecado. Una mujer quedará cerrada eternamente para uno, a pesar de todo, si uno no
la poseyó con espíritu de forzador.
Solo dos veces hablé de las aventuras con alguien. Lo estuve contando Entraba mucho frío en el reservado con cerco de cañas y enredaderas. Me acuerdo
sencillamente, con ingenuidad, lleno de entusiasmo, como contaría un sueño de que las voces que llegaban traían una sensación de soledad, de pampa despoblada.
extraordinario si fuera un niño. El resultado de las dos confidencias me llenó de asco. Había un caño embutido en la pared de ladrillos, bastante estropeada. La botella de
No hay nadie que tenga el alma limpia, nadie ante quien sea posible desnudarse sin cerveza estaba vacía, la mesa y las sillas, de hierro, sucias de polvo y llenas de
vergüenza. Y ahora que todo está aquí, escrito, la aventura de la cabaña de troncos, y manchas. ¿Por qué me fijaba en todo aquello, yo, a quien nada le importa la miseria,
que tantas personas como se quiera podrían leerlo… ni la comodidad, ni la belleza de las cosas?

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Claro que terminamos hablando de literatura. Hanka dijo cosas con sentido sobre
No sé si hace más o menos de un año. Fue en los días en que terminaba el juicio,
la novela y la musicalización de la novela. Qué fuerza de realidad tienen los
creo que estaban por dictar sentencia. Todavía estaba empleado en el diario y me iba
pensamientos de la gente que piensa poco y, sobre todo, que no divaga. A veces dicen
por las noches al Internacional, en Juan Carlos Gómez, cerca del puerto. Es un
«buenos días», pero de qué manera tan inteligente. También hablamos de la vida.
bodegón oscuro, desagradable, con marineros y mujeres. Mujeres para marineros,
Hanka tiene trescientos pesos por mes o algo parecido. Le tengo muchísima lástima.
gordas de piel marrón, grasientas, que tienen que sentarse con las piernas separadas y
Yo estaba tranquilo y le dije que todo me importaba un corno, que tenía una
se ríen de los hombres que no entienden el idioma, sacudiéndose, una mano de uñas
indiferencia apacible por todo. Ella dijo que Huxley era un cerebro que vivía
negras desparramada en el pañuelo de colorinches que les rodea el pescuezo. Porque
separado del cuerpo, como el corazón de pollo que cuidan Lindbergh y el doctor Alex
cuello tienen los niños y las doncellas.
Carrel; después me preguntó:
Se ríen de los hombres rubios, siempre borrachos que tararean canciones
—Pero ¿por qué no acepta que nunca ya volverá a enamorarse?
incomprensibles, hipando, agarrados a las manos de las mujeronas sucias. Contra la
Era cierto; yo no quiero aceptarlo porque me parece que perdería el entusiasmo
pared del fondo se extienden las mesas de los malevos, atentos y melancólicos, el
por todo, que la esperanza vaga de enamorarme me da un poco de confianza en la
pucho en la boca, comentando la noche y otras noches viejas que a veces aparecen, en
vida. Ya no tengo otra cosa que esperar. Hanka tiene veinte años; al final le vino una
el aserrín fangoso, casi siempre, en cuanto el tiempo es de lluvia y los muros se
crisis de ternura y me obligó a aceptarle el hombro como almohada. Se imaginaría
ahuecan y encierran como el viento de una bodega.
que soportaba, además de mi cabeza, algo así como una desesperanza infinita o vaya
Ester costaba dos pesos, uno para ella y otro para el hotel. Ya éramos amigos. Me
a saber qué. Después en la rambla, le dije que nuestra relación era una cosa ridícula y
saludaba desde la mesa moviendo dos dedos en la sien, daba unas vueltas acariciando
que era mejor no vernos más. Entonces me contestó que tenía razón, pensándolo bien,
cabezas de borracho y saludándose gravemente con las mujeres y venía a sentarse
y que iba a buscarse un hombre que sea como un animal. No quise decirle nada, pero
conmigo. Nunca habíamos salido juntos. Era tan estúpida como las otras, avara,
la verdad es que no hay gente así, sana como un animal. Hay solamente hombres y
mezquina, acaso un poco menos sucia. Pero más joven y los brazos, gruesos y
mujeres que son unos animales.
blancos, se dilataban lechosos en la luz del cafetín, sanos y graciosos, como si al
Hanka me aburre; cuando pienso en las mujeres… Aparte de la carne, que nunca
hundirse en la vida hubiera alzado las manos en un gesto desesperado de auxilio,
es posible hacer de uno por completo, ¿qué cosa de común tienen con nosotros? Solo
manoteando como los ahogados y los brazos hubieran quedado atrás, lejos en el
podría ser amigo de Electra. Siempre me acuerdo de una noche en que estaba
tiempo, brazos de muchacha despegados del cuerpo largo nervioso, que ya no existía.
borracho y me puse a charlar con ella mirando una fotografía. Tiene la cara como la
—¿Qué hacés, loco?
inteligencia, un poco desdeñosa, fría, oculta y sin embargo libre de complicaciones. A
—Nada… aquí andamos. Pago un té. Y nada más.
veces me parece que es un ser perfecto y me intimida; solo las cosas sentimentales
—Yo no te pedí nada, atorrante.
mías viven cuando estoy al lado de ella. Es todo un poco nebuloso, tristón, como si
Riéndose me daba un manotón en el ala del sombrero recostándolo en la nuca.
estuviera contento, bien arropado y con algo de ganas de llorar.
Los hombros extraordinariamente más gruesos que los brazos, redondos y salientes
como los hombros de un boxeador, pero blancos, lisos, llenos de polvo y perfumes.
Llamaba al mozo y pedía un guindado.
¿Por qué hablaba de comprensión, unas líneas antes? Ninguna de esas bestias
Una noche —era también una noche de lluvia y las mesas del fondo estaban
puede comprender nada. Es como una obra de arte. Hay solamente un plano donde
llenas y silenciosas, hoscas—, mientras un muchacho que se movía como una mujer
puede ser entendida. Lo malo es que el ensueño no trasciende, no se ha inventado la
se reía tocando valses en el piano con un medio litro que alzaba de vez en cuando,
forma de expresarlo, el surrealismo es retórica. Solo uno mismo, en la zona de
manteniendo la música ensordinada con un dedo solo y bebía riendo:
ensueño de su alma, algunas veces. ¿Qué significa que Ester no haya comprendido,
—¡Cheerio!
que Cordes haya desconfiado? Lo de Ester, lo que me sucedió con ella, interesa
Esa noche le dije que nunca me iría con ella pagándole, era demasiado linda para
porque, en cuanto yo hablé del ensueño, de la aventura (creo que era la misma, esta
eso, tan distinta de todas aquellas mujeres gordas y espesas.
de la cabaña de troncos) todo lo que había pasado antes, y hasta mi relación con ella
—Mujeres para marineros; y yo, gracias a dios…
desde meses atrás, quedó alterado, lleno, envuelto por una niebla bastante espesa,
La voz del muchacho en el piano, cuando decía «¡Cheerio!» con el medio litro en
como la que está rodeando, impenetrable, al recuerdo de las cosas soñadas.
el aire, era también de mujer.
¿Qué podía pensar ella? Por otra parte, es posible que yo no haya sido sincero y le

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haya dicho aquello porque sí, como una broma. Pero Ester encogió los hombros He leído que la inteligencia de las mujeres termina de crecer a los veinte o
haciendo una mueca cínica, sin relación alguna con sus brazos, una mueca que veinticinco años. No sé nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa.
descubriría repentinamente, como un secreto de familia guardado con tenacidad, su Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, más o menos. Pero muere
parentesco con las mujeres de piel oscura que se reían balanceándose en las sillas. siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus
—¡Vamos, m’hijo! Si me viste cara de otaria… necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo. Piénsese en esto y
Desde entonces me propuse tenerla gratis. No le hablaba nunca de eso, no le pedí se sabrá por qué no hay grandes artistas mujeres. Y si uno se casa con una muchacha
nada. Cuando ella me invitaba a salir, movía la cabeza con aire triste. y un día despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma
—No. Pagando nunca. Comprendé que con vos no puede ser así. de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con
Me insultaba y se iba. Cada vez venía menos por mi mesa. Algunas noches — chocolatines en las esquinas de los liceos.
estaba borracha entonces con frecuencia y acaso enferma, cada vez más gastada, El amor es algo demasiado maravilloso para que uno pueda andar preocupándose
ordinaria, mientras los brazos y sobre todo los hombros redondos y empolvados por el destino de dos personas que no hicieron más que tenerlo, de manera
pasaban como chorros de leche entre las mesas, resbalando en la luz pobre del salón inexplicable. Lo que pudiera suceder con don Eladio Linacero y doña Cecilia Huerta
— ni siquiera me saludaba. Cada vez me interesaba menos el asunto y seguía yendo de Linacero no me interesa. Basta escribir los nombres para sentir lo ridículo de todo
por costumbre, porque no tenía amigos ni nada que hacer y a las tres de la mañana, esto. Se trataba del amor y esto ya estaba terminado, no había primera ni segunda
cuando terminaba el trabajo en el diario, me sentía sin fuerzas para irme a la pieza, instancia, era un muerto antiguo. Qué más da el resto. Pero en el sumario hay algo
solo. que no puedo olvidar. No trato de justificarme; pueden escribir lo que quieran las
Por aquel tiempo no venían sucesos a visitarme a la cama antes del sueño; las ratas del juzgado. Toda la culpa es mía: no me interesa ganar dinero ni tener una casa
pocas imágenes que llegaban eran idiotas. Ya las había visto en el día o un poco confortable, con radio, heladera, vajilla y un watercló impecable. El trabajo me
antes. Se repetían caras de gentes que no me interesaban, ubicadas en sitios sin parece una estupidez odiosa a la que es difícil escapar. La poca gente que conozco es
misterios. Estaba por fallarse el divorcio; habían abierto el juicio a prueba y yo fui indigna de que el sol le toque en la cara. Allá ellos, todo el mundo y doña Cecilia
solamente una vez. No podía soportarlo. Me era indiferente el resultado de aquello, Huerta de Linacero.
resuelto a no vivir más con Cecilia: ¿y qué diablo podía importarme que un asno Pero en el sumario se cuenta que una noche desperté a Cecilia, «la obligué a
cualquiera la declarara culpable a ella o a mí? Ya no se trataba de nosotros. Viejos, vestirse con amenazas y la llevé hasta la intersección de la rambla y la calle Eduardo
cansados, sabiendo menos de la vida a cada día, estábamos fuera de la cuestión. Es Acevedo». Allí, «me dediqué a actos propios de un anormal, obligándola a alejarse y
siempre la absurda costumbre de dar más importancia a las personas que a los venir caminando hasta donde estaba yo, varias veces, y a repetir frases sin sentido».
sentimientos. No encuentro otra palabra. Quiero decir: más importancia al Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la
instrumento que a la música. verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son
Había habido algo maravilloso creado por nosotros. Cecilia era una muchacha, siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene.
tenía trajes con flores de primavera, unos guantes diminutos y usaba pañuelos de telas
transparentes que llevaban dibujos de niños bordados en las esquinas. Como un hijo
el amor había salido de nosotros. Lo alimentábamos, pero él tenía su vida aparte. Era Aquella noche nos habíamos acostado sin hablarnos. Yo estuve leyendo, no sé
mejor que ella, mucho mejor que yo. ¿Cómo querer compararse con aquel qué, y a veces, de reojo, veía dormirse a Cecilia. Ella tenía una expresión lenta, dulce,
sentimiento, aquella atmósfera que, a la media hora de salir de casa me obligaba a casi risueña, una expresión de antes, de cuando se llamaba Ceci, para la que yo había
volver, desesperado, para asegurarme de que ella no había muerto en mi ausencia? Y construido una imagen exacta que ya no podía ser recordada. Nunca pude dormirme
Cecilia, que puede distinguir los diversos tipos de carne de vaca y discutir seriamente antes que ella. Dejé el libro y me puse a acariciarla con un género de caricia
con el carnicero cuando la engaña, ¿tiene algo que ver con aquello que la hacía viajar monótona que apresura el sueño. Siempre tuve miedo de dormir antes que ella, sin
en el ferrocarril con lentes oscuros, todos los días, poco tiempo antes de que nos saber la causa. Aún adorándola, era algo así como dar la espalda a un enemigo. No
casáramos, «porque nadie debía ver los ojos que me habían visto desnudo»? podía soportar la idea de dormirme y dejarla a ella en la sombra, lúcida,
El amor es maravilloso y absurdo e, incomprensiblemente, visita a cualquier clase absolutamente libre, viva aún. Esperé a que se durmiera completamente,
de almas. Pero la gente absurda y maravillosa no abunda; y las que lo son, es por acariciándola siempre, observando cómo el sueño se iba manifestando por
poco tiempo, en la primera juventud. Después comienzan a aceptar y se pierden. estremecimientos repentinos de las rodillas y el nuevo olor, extraño, apenas

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tenebroso, de su aliento. Después apagué la luz y me di vuelta esperando, abierto al de agua. El hotel estaba en Liniers, frente al mercado. Seguía lloviznando, no
torrente de imágenes. tomamos coche y así fuimos en silencio. Cuando llegamos ella tenía la cabeza
Pero aquella noche no vino ninguna aventura para recompensarme el día. Debajo empapada. Se sacudía la melena frente al espejo, mostrando los dientes, sin mover los
de mis párpados se repetía, tercamente, una imagen ya lejana. Era, precisamente, la grandes hombros blancos. La veladora tenía una luz azul. Recuerdo que estuvo
rambla a la altura de Eduardo Acevedo, una noche de verano, antes de casarnos. Yo la temblando un rato al lado mío y tenía el cuerpo helado, con la piel áspera y erizada.
estaba esperando apoyado en la baranda metido en la sombra que olía intensamente a Cuando se estaba vistiendo le dije —nunca supe por qué— desde la cama:
mar. Y ella bajaba la calle en pendiente, con los pasos largos y ligeros que tenía —¿Nunca te da por pensar cosas, antes de dormirte o en cualquier sitio, cosas
entonces, con un vestido blanco y un pequeño sombrero caído contra una oreja. El raras que te gustaría que te pasaran…?
viento la golpeaba en la pollera, trabándole los pasos, haciéndola inclinarse apenas, Tengo, vagamente, la sensación de que, al decir aquello, le pagaba en cierta
como un barco de vela que viniera hacia mí desde la noche. Trataba de pensar en otra manera. Pero no estoy seguro. Ella dijo alguna estupidez, bostezando, otra vez frente
cosa; pero, apenas me abandonaba, veía la calle desde la sombra de la muralla y la al espejo. Por un rato estuve callado mirando al techo, oyendo el rumor de la lluvia en
muchacha, Ceci, bajando con un vestido blanco. el balcón. Llegaba el ruido de carros pesados y de gallos. Empecé a hablar, sin
Entonces tuve aquella idea idiota como una obsesión. La desperté, le dije que moverme, boca arriba, cerrando los ojos.
tenía que vestirse de blanco y acompañarme. Había una esperanza, una posibilidad de —Hace un rato estaba pensando que era en Holanda, todo alrededor, no aquí. Yo
tender redes y atrapar el pasado y la Ceci de entonces. Yo no podía explicarle nada; le digo Nederland por una cosa. Después te cuento. El balcón da a un río por donde
era necesario que ella fuera sin plan, no sabiendo para qué. Tampoco podía perder pasan unos barcos como chalanas, cargados de madera, y todos llevan una capota de
tiempo, la hora del milagro era aquella, en seguida. Todo esto era demasiado extraño lona impermeable donde cae la lluvia. El agua es negra y las gabarras van bajando
y yo debía tener cara de loco. Se asustó y fuimos. Varias veces subió la calle y vino despacio sin hacer ruido, mientras los hombres empujan con los bicheros en el
hacia mí con el vestido blanco donde el viento golpeaba haciéndola inclinarse. Pero muelle. Aquí en el cuarto yo esperaba una noticia o una visita y yo me había venido
allá arriba, en la calle empinada, su paso era distinto, reposado y cauteloso, y la cara desde allá para encontrarme con esa persona esta noche. Porque hace muchos años
que acercaba al atravesar la rambla debajo del farol era seria y amarga. No había nada nos comprometimos para vernos esta noche en este hotel. Hay otras cosas, además.
que hacer y nos volvimos. Una chalana está cargada de fusiles y quiero pasarlos de contrabando. Si todo va
bien, yo dejo una luz azul como esta en los balcones y los de la chalana pasan abajo
cantando en alemán, algo que dice «hoy mi corazón se hunde y nunca más…». Todo
Pero esto tampoco tiene que ver con lo que me interesa decir. Creo que Cecilia va bien, pero yo no soy feliz. Me doy cuenta de golpe, ¿entendés?, que estoy en un
volvió a casarse y es posible que sea feliz. Estaba contando la historia de Ester. El país que no conozco, donde siempre está lloviendo y no puedo hablar con nadie. De
desenlace fue, también, en una noche de lluvia, sin barcos en el puerto. El cafetín repente me puedo morir aquí en la pieza del hotel…
estaba casi vacío. Vino a mi mesa y estuvo cerca de una hora sin hablar. No había —¿Pero por qué no reventás?
música. Después se rió y me dijo: Había dejado de arreglarse el peinado y me miraba apoyada en el tocador con aire
—Si vos no querés ir conmigo pagando, no me vas a pagar nada. ¿No es lo extraño.
mejor? —¿Se puede saber qué tomaste?
Sacó un peso y pagó los guindados que había tomado. No le hice caso. Al rato me —Bueno. Pero decime si vos pensás así. Cualquier cosa rara.
dijo: —Siempre pensé que eras un caso… ¿Y no pensás a veces que vienen mujeres
—Decí… ¿y si yo me hiciera la loca? desnudas, eh? ¡Con razón no querías pagarme! ¿Así que vos…? ¡Qué punta de
—¿A ver? asquerosos!
—Y bueno, sos un cabeza dura. A porfiado nadie te gana. Si querés, vamos. Salió antes que yo y nunca volvimos a vernos. Era una pobre mujer y fue una
—No quiero líos. ¿Gratis? imbecilidad hablarle de esto. A veces pienso en ella y hay una aventura en que Ester
—Sí, pero no te creas que se te hace el campo orégano. Es la última vez. Mirá: viene a visitarme o nos encontramos por casualidad, tomamos y hablamos como
con vos no voy más ni aunque me pagues. buenos amigos. Ella me cuenta entonces lo que sueña o imagina y son siempre cosas
Yo no tenía ningún interés. Pero no había otro remedio y salimos. Ella tenía el de una extraordinaria pureza, sencillas como una historieta para niños.
abrigo sobre los hombros y caminaba con la cabeza baja por las veredas relucientes

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—Mirá, viejo. Me da lástima porque sos un tipo de buena fe. Son siempre los
Estoy muy cansado y con el estómago vacío. No tengo idea de la hora. He
millones de otarios como vos los que van al matadero. Pensá un poquito en todos los
fumado tanto que me repugna el tabaco y tuve que levantarme para esconder el
judíos que forman la burocracia staliniana…
paquete y limpiar un poco el piso. Pero no quiero dejar de escribir sin contar lo que
No se necesita más. El pobre hombre inventa el apocalipsis, me habla del día de
sucedió con Cordes. Es muy raro que Lázaro no haya vuelto. A cada momento me
la revolución (tiene una frase genial: «cada día falta menos…»), y me amenaza con
parece que lo oigo en la escalera, borracho, dispuesto a reclamarme los catorce pesos
colgarme, hacerme fusilar por la espalda, degollarme de oreja a oreja, tirarme al río.
con más furia que nunca. Es posible que haya caído preso y en este momento algunos
Digo otra vez que me da mucha lástima. Pero el animal sabe también defenderse.
negroides más brutos que él lo estén enloqueciendo a preguntas y golpes. Pobre
Sabe llenarse la boca con una palabra y la hace sonar como si escupiera.
hombre, lo desprecio hasta con las raíces del alma, es sucio y grosero, sin
«¡Fra… casado!».
imaginación. Tiene una manera odiosa de tumbarse en la cama y hablar de los
La dice con la misma entonación burlona con que se insultan los chicos en la
malditos catorce pesos que le debo, sin descanso, con voz monótona, esas eses
calle, y atrás de la palabra, en la garganta que resuena, está algo que me indigna más
espesas, las erres de la garganta, con su tono presuntuoso de hijo de una raza antigua,
que todo en el mundo. Hay un acento extranjero —Checoslovaquia, Lituania,
empapado de experiencia, para quien todos los problemas están resueltos. Lo odio y
cualquier cosa por el estilo—, un acento extranjero que me hace comprender
le tengo lástima; casi es viejo y vive cansado, no come todos los días y nadie podría
cabalmente lo que puede ser el odio racial. No sé bien si se trata de odiar a una raza
imaginar las combinaciones que se le ocurren para conseguir tabaco. Y se levanta a
entera, u odiar a alguno con todas las fuerzas de una raza.
veces de madrugada para sentarse junto a la luz que empieza, a leer bisbiseando
Pero Lázaro no sabe lo que dice cuando me grita «fracasado». No puede ni
libros de economía política.
sospechar lo que contiene la palabra para mí. El pobre tipo me grita eso porque una
Tiene algo de mono, doblado en el banco, los puños en la cabeza rapada,
vez al principio de nuestra relación se le ocurrió invitarme a una reunión con los
muequeando con la cara llena de arrugas y pelos, haciendo bizquear los ojos entre las
camaradas. Trataba de convencerme usando argumentos que yo conocía desde hace
cejas escasas y las grandes bolsas de las ojeras. Cuando estoy muy amargado, raras
veinte años, que hace veinte años me hastiaron para siempre. Juro que fui solamente
veces, me divierto discutiendo con él, tratando de socavar su confianza en la
por lástima, que nada más que una profunda lástima, un excesivo temor de herirlo,
revolución con argumentos astutos, de una grosera mala fe, pero que el infeliz acepta
como si en su actitud y en su cabezota de mono hubiera algo indeciblemente
como legítimos. Da ganas de reír, o de llorar, según el momento, el esfuerzo que tiene
delicado, me hizo acompañarlo a la famosa reunión de los camaradas.
que hacer para que la lengua endurecida pueda ir traduciendo el desesperado trabajo
Conocí mucha gente, obreros, gente de los frigoríficos, aporreada por la vida,
de su cerebro para defender las doctrinas y los hombres.
perseguida por la desgracia de manera implacable, elevándose sobre la propia miseria
Lo dejo hablar, que se enrede solo, mirándolo con una sonrisa burlona, frunciendo
de sus vidas para pensar y actuar en relación a todos los pobres del mundo. Habría
un poco la boca hacia el lado derecho. Esto lo exaspera y hace que se embrolle más
algunos movidos por la ambición, el rencor o la envidia. Pongamos que muchos, que
rápidamente. Claro que esto no dura mucho. Es lástima porque me divierte. Lázaro
la mayoría. Pero en la gente del pueblo, la que es pueblo de manera legítima, los
pierde la paciencia, se enfurece y se pone a insultar.
pobres, hijos de pobres, nietos de pobres, tienen siempre algo esencial
—Mirá… Sos un desclasado, eso. Va, va… Sos más asqueroso que un chancho
incontaminado, algo hecho de pureza, infantil, candoroso, recio, leal, con lo que
burgués. Eso.
siempre es posible contar en las circunstancias graves de la vida. Es cierto que nunca
Este es el momento oportuno para hablarle del lujo asiático en que viven los
tuve fe; pero hubiera seguido contento con ellos, beneficiándome de la inocencia que
comisarios en el Kremlin y de la inclinación inmoral del gran camarada Stalin por las
llevaban sin darme cuenta. Después tuve que moverme en otros ambientes y conocer
niñitas tiernas. (Tengo un recorte de no sé qué hediondo corresponsal de un diario
a otros individuos, hombres y mujeres, que acababan de ingresar en las agrupaciones.
norteamericano, donde habla de esos lujos asiáticos, de los niños matados a latigazos
Era una avalancha.
y de no sé cuánta otra imbecilidad. Es asombroso ver en qué se puede convertir la
No sé si la separación de clases es exacta y puede ser nunca definitiva. Pero hay
revolución rusa a través del cerebro de un comerciante yanki; basta ver las fotos de
en todo el mundo gente que compone la capa tal vez más numerosa de las sociedades.
las revistas norteamericanas, nada más que las fotos porque no sé leerlas, para
Se les llama «clase media», «pequeña burguesía». Todos los vicios de que pueden
comprender que no hay pueblo más imbécil que ese sobre la tierra; no puede haberlo
despojarse las demás clases son recogidos por ella. No hay nada más despreciable,
porque también la capacidad de estupidez es limitada en la raza humana. Y qué
más inútil. Y cuando a su condición de pequeños burgueses agregan la de
expresiones de mezquindad, qué profunda grosería asomando en las manos y en los
«intelectuales», merecen ser barridos sin juicio previo. Desde cualquier punto de
ojos de sus mujeres, en toda esa chusma de Hollywood).

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vista, búsquese el fin que se busque, acabar con ellos sería una obra de desinfección. té. Estuvimos hablando durante horas, en ese estado de dicha exaltada, y suave no
En pocas semanas aprendí a odiarlos: ya no me preocupan, pero a veces veo obstante, que solo puede dar la amistad y hace que insensiblemente dos personas
casualmente sus nombres en los diarios, al pie de largas parrafadas imbéciles y el vayan apartando malezas y retorciendo caminos para poder coincidir y festejarlo con
viejo odio se remueve y crece. una sonrisa.
Hay de todo; algunos que se acercaron al movimiento para que el prestigio de la Hacía tiempo que no me sentía tan feliz, libre, hablando lleno de ardor,
lucha revolucionaria o como quiera llamarse se reflejara un poco en sus maravillosos tumultuosamente, sin vacilaciones, seguro de ser comprendido, escuchando también
poemas. Otros, sencillamente, para divertirse con las muchachas estudiantes que con la misma intensidad, tratando de adivinar los pensamientos de Cordes por las
sufrían, generosamente, del sarampión antiburgués de la adolescencia. Hay quien primeras palabras de sus frases. Estábamos tomando el té, serían las dos de la
tiene un Packard de ocho cilindros, camisas de quince pesos y habla sin escrúpulos de mañana, acaso más, cuando Cordes me leyó unos versos suyos. Era un poema
la sociedad futura y la explotación del hombre por el hombre. Los partidos extraño, publicado después en una revista de Buenos Aires. Debo tener el recorte en
revolucionarios deben creer en la eficacia de ellos y suponer que los están usando. Es alguna de las valijas, pero no vale la pena de ponerme a buscarlo ahora. Se llamaba
en el fondo un juego de toma y daca. Queda la esperanza de que, aquí y en cualquier «El pescadito rojo». El título es desconcertante y también a mí me hizo sonreír. Pero
parte del mundo, cuando las cosas vayan en serio, la primera precaución de los hay que leer el poema. Cordes tiene mucho talento, es innegable. Me parecía
obreros sea desembarazarse, de manera definitiva, de toda esa morralla. fluctuante, indeciso, y acaso pudiera decirse de él que no había acabado de
encontrarse. No sé qué hace ahora ni cómo es; he dejado de tener noticias suyas y
desde aquella noche no volví a verlo, a pesar de que sabía dónde buscarme.
Me aparté en seguida y volví a estar solo. Es por eso que Lázaro me dice Aquella noche dejé enfriar el té en mi vaso para escucharlo. Era un verso largo,
fracasado. Puede ser que tenga razón; se me importa un corno, por otra parte. Fuera como cuatro carillas escritas a máquina. Yo fumaba en silencio, con los ojos bajos,
de todo esto, que no cuenta para nada, ¿qué se puede hacer en este país? Nada, ni sin ver nada. Sus versos lograron borrar la habitación, la noche y al mismo Cordes.
dejarse engañar. Si uno fuera una bestia rubia, acaso comprendiera a Hitler. Hay Cosas sin nombre, cosas que andaban por el mundo buscando un nombre, saltaban
posibilidades para una fe en Alemania; existe un antiguo pasado y un futuro, sin descanso de su boca, o iban brotando porque sí, en cualquier parte remota y
cualquiera que sea. Si uno fuera un voluntarioso imbécil se dejaría ganar sin palpable. Era —pensé después— un universo saliendo del fondo negro de un
esfuerzos por la nueva mística germana. ¿Pero aquí? Detrás de nosotros no hay nada. sombrero de copa. Todo lo que pueda decir es pobre y miserable comparado con lo
Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos. que dijo él aquella noche. Todo había desaparecido desde los primeros versos y yo
estaba en el mundo perfecto donde el pescadito rojo disparaba en rápidas curvas por
el agua verdosa del estanque, meciendo suavemente las algas y haciéndose como un
Pero todo esto me aburre. Se me enfrían los dedos de andar entre fantasmas. músculo largo y sonrosado cuando llegaba a tocarlo el rayo de luna. A veces venía un
Quiero contar aquella entrevista con Cordes; es también un ejemplo de intelectual y viento fresco y alegre que me tocaba el pelo. Entonces las aguas temblaban y el
confieso que sigo admirándolo. Tiene talento, un instinto infalible, más bien, para pescadito rojo dibujaba figuras frenéticas, buscando librarse de la estocada del rayo
guiarse entre los elementos poéticos y escoger en seguida, sin necesidad de arreglos de luna que entraba y salía del estanque, persiguiendo el corazón verde de las aguas.
ni remiendos. Es extraño que haya procedido, casi, con una torpeza mayor que la de Un rumor de coro distante surgía de las conchas huecas, semihundidas en la arena del
Ester. fondo.
Recuerdo que en aquel tiempo andaba muy solo —solo a pesar mío— y sin Pasamos después mucho rato sin hablar. Me estuve quieto, mirando al suelo;
esperanzas. Cada día la vida me resultaba más difícil. No había conseguido todavía el cuando la sombra de la última imagen salió por la ventana, me pasé una mano por la
trabajo en el diario y me había abandonado, dejándome llevar, saliera lo que saliera. cara y murmuré gracias. Él hablaba ya de otra cosa, pero su voz había quedado
¿Por qué los sucesos no vienen al que los espera y los está llamando con todo su empapada con aquello y me bastaba oírlo para continuar vibrando con la historia del
corazón desde una esquina solitaria? Hasta las imaginaciones por la noche me pescadito rojo. Me mortificaba la idea de que era forzoso retribuir a Cordes sus
resultaban amargas, y se desarrollaban faltas de espontaneidad, y ayudadas, versos. ¿Pero qué ofrecerle de toda aquella papelería que llenaba mis valijas? Nada
hostigadas por mí. más lejos de mí que la idea de mostrar a Cordes que yo también sabía escribir. Nunca
Encontré a Cordes casualmente y vinimos por la noche a mi pieza. Habíamos lo supo y nunca me preocupó. Todo lo escrito no era más que un montón de fracasos.
estado tomando unas cañas, él compró cigarrillos y yo, felizmente, tenía un poco de Recordé de pronto la aventura de la bahía de Arrak. Me acerqué a Cordes, sonriendo,

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y le puse las manos en los hombros. Y le conté, vacilando al principio cómo vacilaba alto. El cansancio me trae pensamientos sin esperanza. Hubo un mensaje que lanzara
el barco al partir, embriagándome en seguida con mis propios sueños. mi juventud a la vida; estaba hecho con palabras de desafío y confianza. Se lo debe
Las velas del Gaviota infladas por el viento, el sol en la cadena del ancla, las haber tragado el agua como a las botellas de los náufragos. Hace un par de años que
botas altas hasta las rodillas, los pies descalzos de los marineros, la marinería, las creí haber encontrado la felicidad. Pensaba haber llegado a un escepticismo casi
botellas de ginebra que sonaban contra los vasos en el camarote, la primera noche de absoluto y estaba seguro de que me bastaría comer todos los días, no andar desnudo,
tormenta, el motín en la hora de la siesta, el cuerpo alargado del ecuatoriano que fumar y leer algún libro de vez en cuando para ser feliz. Esto y lo que pudiera soñar
ahorcamos al ponerse el sol. El barco sin nombre, el Capitán Olaff, la brújula del despierto, abriendo los ojos a la noche retinta. Hasta me asombraba haber demorado
náufrago, la llegada a ciegas a la bahía de arena blanca que no figuraba en ningún tanto tiempo para descubrirlo. Pero ahora siento que mi vida no es más que el paso de
mapa. Y la medianoche en que, formada la tripulación en cubierta, el capitán Olaff fracciones de tiempo, una y otra, como el ruido de un reloj, el agua que corre,
hizo disparar veintiún cañonazos contra la luna que, justamente veinte años atrás, moneda que se cuenta. Estoy tirado y el tiempo pasa. Estoy frente a la cara peluda de
había frustrado su entrevista de amor con la mujer egipcia de los cuatro maridos. Lázaro, sobre el patio de ladrillos, las gordas mujeres que lavan la pileta, los malevos
Hablaba rápidamente, queriendo contarlo todo, trasmitir a Cordes el mismo que fuman con el pucho en los labios. Yo estoy tirado y el tiempo se arrastra,
interés que yo sentía. Cada uno da lo que tiene. ¿Qué otra cosa podía ofrecerle? Hablé indiferente, a mi derecha y a mi izquierda.
lleno de alegría y entusiasmo, paseándome a veces, sentándome encima de la mesa, Esta es la noche, quien no pudo sentirla así no la conoce. Todo en la vida es
tratando de ajustar mi mímica a lo que iba contando. Hablé hasta que una oscura mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender. Hay en el
intuición me hizo examinar el rostro de Cordes. Fue como si, corriendo en la noche, fondo, lejos, un coro de perros, algún gallo canta de vez en cuando, al norte, al sur, en
me diera de narices contra un muro. Quedé humillado, entontecido. No era la cualquier parte ignorada. Las pitadas de los vigilantes se repiten sinuosas y mueren.
comprensión lo que había en su cara, sino una expresión de lástima y distancia. No En la ventana de enfrente, atravesando el patio, alguno ronca y se queja entre sueños.
recuerdo qué broma cobarde empleé para burlarme de mí mismo y dejar de hablar. Él El cielo está pálido y tranquilo, vigilando los grandes montones de sombra en el
dijo: patio. Un ruido breve, como un chasquido, me hace mirar hacia arriba. Estoy seguro
—Es muy hermoso… Sí. Pero no entiendo bien si todo eso es un plan para un de poder descubrir una arruga justamente en el sitio donde ha gritado una golondrina.
cuento o algo así. Respiro el primer aire que anuncia la madrugada hasta llenarme los pulmones; hay
Yo estaba temblando de rabia por haberme lanzado a hablar, furioso contra mí una humedad fría tocándome la frente en la ventana. Pero toda la noche está,
mismo por haber mostrado mi secreto. inapresable, tensa, alargando su alma fina y misteriosa en el chorro de la canilla mal
—No, ningún plan. Tengo asco por todo, ¿me entiende? Por la gente, la vida, los cerrada, en la pileta de portland del patio. Esta es la noche. Yo soy un hombre
versos con cuello almidonado. Me tiro en un rincón y me imagino todo eso. Cosas así solitario que fuma en un sitio cualquiera de la ciudad; la noche me rodea, se cumple
y suciedades, todas las noches. como un rito, gradualmente, y yo nada tengo que ver con ella. Hay momentos,
Algo estaba muerto entre nosotros. Me puse el saco y lo acompañé unas cuadras. apenas, en que los golpes de mi sangre en las sienes se acompasan con el latido de la
noche. He fumado mi cigarrillo hasta el fin, sin moverme.
Las extraordinarias confesiones de Eladio Linacero. Sonrío en paz, abro la boca,
Estoy cansado; pasé la noche escribiendo y ya debe ser muy tarde. Cordes, Ester hago chocar los dientes y muerdo suavemente la noche. Todo es inútil y hay que tener
y todo el mundo, mene frego. Pueden pensar lo que les dé la gana, lo que deben por lo menos el valor de no usar pretextos. Me hubiera gustado clavar la noche en el
limitarse a pensar. La pared de enfrente empieza a quedar blanca y algunos ruidos, papel como a una gran mariposa nocturna. Pero, en cambio, fue ella la que me alzó
recién despiertos, llegan desde lejos. Lázaro no ha venido y es posible que no lo vea entre sus aguas como el cuerpo lívido de un muerto y me arrastra, inexorable, entre
hasta mañana. A veces pienso que esta bestia es mejor que yo. Que, a fin de cuentas, fríos y vagas espumas, noche abajo.
es él el poeta y el soñador. Yo soy un pobre hombre que se vuelve por las noches Esta es la noche. Voy a tirarme en la cama, enfriado, muerto de cansancio,
hacia la sombra de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas. Lázaro es un buscando dormirme antes de que llegue la mañana, sin fuerzas ya para esperar el
cretino pero tiene fe, cree en algo. Sin embargo, ama a la vida y solo así es posible ser cuerpo húmedo de la muchacha en la vieja cabaña de troncos.
un poeta.
Apagué la luz y estuve un rato inmóvil. Tengo la sensación de que hace ya (1939)
muchas horas que terminaron los ruidos de la noche; tantas, que debía estar ya el sol

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