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Hiriart Cuentos

El documento presenta una serie de relatos de Hugo Hiriart, donde se destacan escenas de un circo lleno de personajes extravagantes y situaciones surrealistas. A través de la narración, se exploran temas como la transformación, la identidad y la búsqueda del amor, ejemplificado en la historia de Ana la Sigilosa, quien sufre una maldición que la obliga a cambiar de apariencia. La prosa es rica en descripciones y simbolismo, creando un ambiente mágico y reflexivo.
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Hiriart Cuentos

El documento presenta una serie de relatos de Hugo Hiriart, donde se destacan escenas de un circo lleno de personajes extravagantes y situaciones surrealistas. A través de la narración, se exploran temas como la transformación, la identidad y la búsqueda del amor, ejemplificado en la historia de Ana la Sigilosa, quien sufre una maldición que la obliga a cambiar de apariencia. La prosa es rica en descripciones y simbolismo, creando un ambiente mágico y reflexivo.
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Cuentos

Hugo Hiriart

EL CIRCO fías a dos taquígrafas cómodamente instaladas


en primera fila de luneta...
Damas y caballeros, salgan de esa postración y Y vea y oiga al payaso Beppo y sus perros sa-
esa molicie y pasen, por módico precio, al espe- bios que hacen operaciones en la bolsa de valores,
luzne nunca visto de Tomasito, el iceberg ase- y a Mercedes Iturbe, la mujer bala, que vuela a
sino y chocador que va a la deriva en la pista en más de cien kilómetros por hora, debidamente
su peligrosísimo número de hundimientos mien- protegida por un casco irrompible, y cae en una
tras el peluquero Sardina, muy sereno y volun- bañera con leche de burra, la mejor para el cutis,
tarioso, practica el corte de pelo a distancia, a ver, según dicen...
a ver, un voluntario entre el público que pase al Se agotan los boletos, pasen, pasen a ver la
sillón giratorio. Señor, anímese, dos boletos gratis troupe voladora de los Hermanos Alcántara, de
para el audaz, y le recordamos que il signore Peppo la Huasteca potosina, casi todos; que juega al
Sardina es natural de Palermo, en Sicilia, y es un beisbol en los trapecios, a gran altura, sin red ni
gran estilista, famoso en Nueva York y París… montículo, cual bandada de loros remontando
Y pasen, pasen a ver, traída directamente de el vuelo al amanecer, según dice la canción cu-
la misteriosa isla de Borneo, a Oswalda, la mu- bana, espectáculo de gran colorido, veinte pelo-
jer tarántula, siamesa no doble sino triple, con teros uniformados y con gorra, bajo la lona del
tres cabezas, Rosita, Dora y Alejandrita, que res- circo; que deja atrás, pero muy atrás a los esfor-
ponden, cada una a su modo, a todo lo que uno zados voladores de Papantla…
les pregunta, las tres en un solo cuerpo que baila Compren un boleto y entren a ver en acción
como nadie la conga, ritmo de moda en los tiem- a Leoncio Montiel, “el Bobo de Soria”, torero a
Estos textos se incluyen en el disco
pos de Xavier Cugat y sus muchachos, desapa- pie y a caballo, en el número jamás presentado El circo y otros escritos, de la colección
recidos casi todos, menos los que sobreviven en la plaza, y menos en el circo, de los toros Voz viva, que próximamente saldrá a
la venta. El relato “La mosca y el per-
penosamente en asilos de ancianos. bravos amaestrados, la bestia de lidia, media fumista” pertenece a una serie de cuen-
La función va a dar comienzo y presentamos tonelada de furia y músculo haciendo delicadas tos titulados todos de la misma manera.
Los dibujos son de Hugo Hiriart.
a Jovita, la contorsionista de hule, de apenas ca- monerías, y bailarááán en la pista seis toros, seis,
torce años, haciendo ante ustedes los gustados al compás que les toca el primer espada en esta co-
números del nudo ciego y el chicle mascado, y no rrida ecológica y sin derramamiento de sangre...
se pierdan a los licenciados Tobías Alpuche y No se quede ahí, engarrotado y paradote co-
Mauricio Maillé, abogados recibidos, payasos mo pasmado o de plano tonto, y pase, pase,
y acróbatas que caminan en el aire mientras pase a ver el animal ignorado durante siglos, el
actúan como asesores jurídicos del respetable pú- buey de papada azul, Pseudoryx ghetinhensis,
blico en todo lo que quieran consultar y al mismo descubierto a la ciencia hace sólo tres años, tres
tiempo dictan a dúo sus respectivas autobiogra- nada más, como prueba de la asombrosa biodi-

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versidad que todavía reina en ANA LA SIGILOSA
el planeta ya muy des-
truido y menoscaba- “Era yo muy joven en aquellos días y estaba lejos
do que habitamos; de mis tierras. Combatía a la pandilla tumul-
sí, damas y ca- tuosa de los Intransigentes que con sus escudos
balleros, con- hacían escarabajos y atacaban en furioso mon-
templen us- tón a los aislados. Murió mi padre. Cuando el
tedes al buey último de los Intransigentes abjuró de sus falsas
prodigioso, certidumbres y destiñó de su rostro el amaranto
único rumian- insolente, regresé a reinar sobre mi heredad.
te que se ali- “El pueblo empavorecido me recibió en triun-
menta de fo, como a un salvador. Hablé a la turba amedren-
pescado tada y sollozante; declaré que me enfrentaría a
fresco cualquier intrusión.
y que “Nadie logró advertir cuándo principió la es-
adivina tampida silenciosa: habían huido del reino to-
el pensa- das las mariposas. Fueron unos recolectores de
miento, aun el miel quienes divulgaron el misterio: regresaban
más recóndito, de los panales cuando fueron embestidos por una
y lo saca a la luz suave y abigarrada bandada de mariposas que
para vergüenza precipitadamente, chocando unos colores con-
del pensador; aní- tra otros, se desplazaban hacia el poniente.
mense, hermosa seño- “La inquietud, pronto elevada a pánico, pe-
rita, discreto caballero, netró en las gentes: sin duda detectaban algún
y pasen, pasen… horror las mariposas que no lograban prevenir.
Acérquese a la taquilla, atribulado entusiasta Mi padre agonizaba; el pueblo descarriado se
del creced y multiplicaos, niños pagan medio bo- enfrascó en interminables discusiones. Los cam-
leto y, de más de cinco hermanos, dos no pagan pos se veían muy solitarios sin esos animalitos a
nada, entren ordenadamente y asistan maravilla- quienes nadie presta cuidado ni interés.
dos a los actos insuperables del mago Silvannus “Comparecí y ordené serenidad; fui capitán
Mabuse, el mago invisible que nadie ha visto de un ejército de artesanos, comerciantes y cam-
nunca y aun se ignora si existe o no, aunque al- pesinos que esperaban la agresión desconocida.
guien cobra en su nombre puntualmente… Algunos veteranos de la guerra contra los Intran-
Tercera llamada, pasen, pasen, damas y caba- sigentes acariciaban nerviosos el puño de sus es-
lleros, ya toca la banda la marcha del maestro padas meditando si habría ocasión de blandirlas.
Stravinski, el desfile ya va entrando a la pista y Decreté el cuidadoso censo de flora y fauna en
la función de triple gala va a comenzar… busca de otras especies fugitivas o aniquiladas,

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TRES CUENTOS

sólo se supo de una disminución en la población


de sapos y ranas. Esperábamos.
“Entonces llegó Ana la Sigilosa.
“Nadie sintió su presencia. Fuimos vistos por
ella; no la reconocimos. Lentamente los temores
se calmaron; las mariposas olvidadas. La buena
gente volvió a sus faenas. Y se celebraron fiestas.
En el torneo de los Siete Colores gané con mi
lanza los laureles de piedra. Fui coronado sobre la
arena de las justas; entonces encontré a Ana. Son-
riente, blanda, hermosa; quieta como un potro
de mármol.
“La busqué; conversamos y cantamos donde “Años después Ana fue doblegada por la mal-
se bebe cerveza entre los alegres músicos. Sus ojos dición. Al nacer fueron acordados su figura y
enamorados se fijaron en mí con dulce seriedad. sus sentimientos: Ana hubo de sufrir para siem-
La amé. pre mudar de apariencia cuando mudaba de sen-
“Las lluvias volvieron al reino; una tarde la llevé timientos. ‘Para no engañar nunca a nadie’, como
conmigo al pabellón donde gritan los halcones declaraba la maldición grabada en las piedras
cazadores, y conocimos el placer. del lecho del río que atraviesa la ciudad de sus
“Esa tarde la perdí para siempre; nunca volví mayores.
a encontrarla. Vivimos catorce años en el casti- “Me confió con voz enronquecida:
llo; la torre azul fue para ella; nació nuestro hijo “—Soy Ana la Sigilosa; soy las Anas; soy Ana
pero nunca volví a encontrarla. la que no puede verse en los espejos. Huyen de
“Cuando salimos del pabellón donde gritan mí todas las criaturas que se transforman: los
los halcones, cuando mi capa roja la cubrió, cuan- gusanos ondulantes, las ranas jabonosas, las ma-
do cabalgamos bajo la lluvia, Ana se perdió. riposas extendidas. Soy muchas mujeres en una;
“No comprendía: Ana pasó del lecho a mis te amo, nunca podrás amarme, déjame ir, no me
brazos, la lluvia y el caballo, pero al extender guardes a tu lado.
mi capa junto al fuego del castillo, los cabellos “—¿Ana —pregunté— volverás a ser la mis-
de otra mujer se esparcieron sobre la lana roja. ma que vi en la arena de las justas, que amé don-
Bella, joven, otra. La miré con espanto. La pri- de gritan los halcones?
mera transmutación de Ana la Sigilosa se había
operado.
“Ana se cubrió el rostro con las manos y lloró;
y allí mismo, ante mis ojos, la Sigilosa se trocó
en niña de diez años. Retrocedí. Descubrió su
rostro sollozante y los ojos de una mujer que ha
sufrido largas penas me miraron. Me dijo: ‘No
me mires; escúchame’.
“Narró la maldición de su casa. Procedía
Ana de ilustres prefectos de una ciu-
dad del septentrión; familia de
pacíficos usureros que se apo-
deraron de la mitad del mundo
sin desenfundar espada ni lan-
zar gritos de guerra. Los Insi-
nuantes, sus antepasados, com-
praron a las hadas morenas y,
por ello, la familia fue maldi-
ta por un bisnieto de Tiresias, el
mago ciego.

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“—Nadie lo sabe —respondió—, mientras es- “Nació nuestro hijo y casi llegó a ser la misma
tuve traspasada de virginal amor y larga ensoñación niña quieta como un potro de mármol en la apa-
pude ser la misma; ahora contémplame, amado, cibilidad de su crianza. Nuestro hijo, creo que
soy otra aunque te ame con igual devoción. lo ha adivinado Galaor, fue Brudonte el Bueno.
“Desde aquel día proseguí infatigable a Ana en Nunca pudo reconocer a su madre. Ana lo cuidó
el laberinto de la vida de su corazón. La seguí por con esmerada entrega. Brudonte la llamó con di-
todo lo que miraba, por sus atracciones y repul- ferentes nombres y su madre llegó a ser, para él,
siones; la busqué en los altos momentos del placer diecisiete mujeres. Me decía:
y en la serenidad de los paisajes, en las dulzuras “—No soy madre, no soy nada, soy la que no
del gusto y de la emoción. Compartir los cantos puede verse en los espejos.
con ella fue para mí incomparable contemplación: “Ana cambiaba de mujer en mujer. Llegó a
mudaba su rostro al ritmo de las danzas y en sus fea de rostro furioso, anciano y triste; niña cuando
ojos restallaban los filos de las melodías. Miraba reía a carcajadas; oscura meretriz de rostro lascivo
en ella las cosas: todos los descubrimientos, todas y doncella sonrojada y brillante; reina y cocinera;
las palabras, todos los colores. gorda blasfemadora y abadesa severa, hierática,

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TRES CUENTOS

consumida; en los apasionados deleites fue siem- nadas, y yo arruiné el reino con pesadísimas con-
pre bella como veleta en un tejado… tribuciones al esplendor de estos parajes.
“No erraron quienes temieron desgracias por “Brudonte partió a instruirse en los actos de la
la estampida de las mariposas. Entregado a la Sigi- guerra con mi primo Arturo el Jabalí. Ana perdió
losa, olvidé mis deberes de rey y mis tierras fueron esperanzas, y antes de que sus dulces modos se
devastadas por brutales y sojuzgadas por tiranos. amargaran y sus facciones se marcaran con perpe-
El pueblo, ignorante de mi pasión, condenó con tuos signos de furias, prefirió alejarse de aquí para
horror mi indiferencia, creyéndome cómplice y siempre. Diomedes el Constructor se hundió en
propugnador de pillajes y predaciones. Mudaba su orden superior y perfecto, se mudó en creatura
de atavíos por ver transformarse a Ana y fui se- de sí mismo y se perdió en los jardines.
ñalado como el Hombre de las Pieles. “Desde entonces vivo aquí, preso más de la me-
“Llegó Diomedes el Constructor y le pedí los lancolía que de los jardines: mi ardor se consumió
más bellos y complejos jardines para observar las en los años en que perseguí a mi amada en ella mis-
transformaciones de Ana. El Constructor tardó ma. Y, en verdad, Galaor, ¿qué podía desear después
siete años en erigir el jardín de las trescientas jor- de haber conocido en una sola a todas las mujeres?”

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LA MOSCA Y EL PERFUMISTA gaba la dulce cirquera. De haber prestado oídos
a mis urgentes palabras de seguro ahora esta-
El terror me había pasmado paralizándome, ríamos los dos artísticamente destazados. En la
reacción animal que me habría condenado a carrera principié a comprender nuestras des-
una muerte minuciosamente sanguinaria si la gracias: sin duda el difunto conde Chanma
Caromola no me toma de la mano y corre con- había confundido la puerta de la real perrera
migo por el laberinto de los corredores. Mi in- con la del real harén, error explicable, porque
gobernable pavor me llevó a implorar a la Ca- las dos puertas, enormes y ornadas con altorre-
romola que tirara en cualquier parte a su lieves de bronce, son iguales, sólo que una está
majestad el emperador Blodo, hijo de la luna y situada en el cuarto y la otra en el quinto piso
del grillo sagrado, al que en sus hombros car- del palacio, y había librado a los animales en
lugar de a las mujeres. ¡Pobre Chanma!, él ya
había pagado su yerro de anciano. ¿Dónde es-
tarían el príncipe Bomo y el mariscal Larba?
¿Lograrían agrupar a nuestras fuerzas y esta-
rían peleando? El recuerdo de Ordominea en
la sala de las artes simuladoras me llenaba de
terror. Seguía a la Caromola que avanzaba con
seguridad y aplomo definitivos, semejante a
una niñera diligente con dos criaturas veleidosas
y recalcitrantes. Nunca en mi vida había visto
más feliz al emperador que en esa hora trágica:
el hijo de la luna y el unicornio sagrado canta-
ba, reía, pataleaba y babeaba; por un momento
pensé que podía morir de dicha. ¿Adónde nos
dirigíamos? La pequeña escalera de piedra la-
brada y su pasamanos que imitaba las contor-
siones de una culebra me reveló el propósito
de la Caromola: nuestro destino era el real se-
rrallo y la confusión de las setenta y cuatro con-
cubinas. Al fondo del corredor vi la puerta de
madera y bronce como quien mira la puerta de
los paraísos. Tres guardias armados de hachas se
interponían entre nosotros y el harén. La Ca-
romola arrojó al emperador a mis brazos y de
un brinco se colocó sobre mi hombro izquier-
do: lo que vieron los soldados que custodiaban
la puerta no fue al gran eunuco Foca con sus
deslumbrantes vestidos y su andar arrogante,
sino a un apresurado titiritero que entraba al se-
rrallo con dos muñecos, un mono y una especie
de perro, efecto este último que logró la gran
cirquera y actriz cubriéndose el rostro con sus
sedosas y largas barbas del color del té de man-
zanilla. Los guardias nos franquearon el paso y
entramos al turbador lugar en el que setenta y
cuatro mujeres y unas seiscientas sirvientas
vivían juntas. Al amor del real serrallo volví a
vestir trajes de seda. La Caromola declaró su in-
tención de regresar a la sala de las artes simu-
ladoras; yo la abracé emocionado y estaba por
© Barry Domínguez

2 2 L O S U N I V E R S I T A R I O S
TRES CUENTOS

revivir nuestras más caras tradiciones de ora- sed. El mariscal Larba combatió, bebió y comió
toria de despedida en su capítulo de oraciones salvajemente durante treinta y dos días, y final-
fúnebres, ardua disciplina en la que desde jo- mente murió de congestión y desórdenes gástri-
ven fui un consumado maestro, pero la cir- cos —algunos aseguran que sus propios soldados
quera me interrumpió asegurándome con su le administraron veneno. Cuentan que Chan-
aplomo y empaque habituales que pronto es- ma se humilló en vano pidiendo clemencia ante
taría de vuelta. La miré llorando de escepticis- la inexorable. Vive la Caromola su vida resplan-
mo. “Viajaré disfrazada de emperador, es decir, deciente y yo, el gran eunuco Foca, abrumado
de mono”, explicó lacónicamente la Caromo- por las amarguras del exilio, reflexiono en la lo-
la al tiempo que vestía el traje del emperador cura del mundo y la sinrazón de los esfuerzos
Blodo, hijo de la luna y de la cebra sagrada, “y humanos.
traeré conmigo todo lo que precisamos para
nuestra fuga”. Desapareció la Caromola con agi-
lidad de sombra y yo me consagré a la redac-
ción en verso, de acuerdo a las más canónicas
reglas de composición, de mi testamento.
Noticias confusas y alarmantes llegaban has-
ta el harén: el ala septentrional del Palacio de
Invierno donde se había hecho fuerte el ma-
riscal Larba —y donde, por otra parte, estaban
las reales bodegas y cocinas— ardía y se com-
batía con denuedo entre las llamas. El príncipe
Bomo había sido capturado y gemía encade-
nado en el suelo de la sala de juegos del em-
perador; se decía que Ordominea lo había ya
emasculado con sus propias manos. Sollocé re-
cordando las tiernas ceremonias de mi inicia-
ción en el templo de la diosa Grana. Daba los
últimos toques a los hexámetros heroicos de
mi testamento cuando la Caromola regresó arras-
trando un enorme lío de ropas. Comprendí al
instante la audaz sagacidad de la Caromola:
había traído con ella los cien trajes del coro de
monos de la tragicomedia interrumpida. Entre
gritos de júbilo las concubinas se dieron a la
impostura y comenzaron a vestir los trajes de
mono. El más alegre de todos fue el emperador
Blodo, hijo de la luna y de la lagartija sagrada.
Todos salimos. Confiábamos en que hasta el des-
cubrimiento del emperador Blodo, hijo de la
luna y del antílope sagrado, estaríamos seguros:
en otras circunstancias Ordominea no habría
vacilado en sacrificar a todo el falso coro de mo-
nos para impedir nuestra fuga. De esa manera
logramos escapar la Caromola, yo y ocho con-
cubinas que no pudieron ser recapturadas.
El príncipe Desidato Bomo fue encerrado en
la más inmunda celda de las mazmorras reales:
con el metal de la llave Ordominea se hizo fun-
dir un collar de monos danzantes; olvidado y
nostálgico, el príncipe murió de hambre y de
© Barry Domínguez

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