El agudo zumbido del taladro no hacía eco.
El polvo y las telarañas dentro del taller convertían
todo sonido en terciopelo. Incluidos los gritos.
La aspirante creyó que la emoción que la inundaba sería suficiente para resistir todo el proceso sin
gritar. No lo fue.
Tras una vida de maltratos y vejaciones se asumió resistente a todo.
Cerrar los ojos solo lo empeoró. Sintió en los omóplatos pinchazos de una aguja que poco a poco
se hacía más grande. Ya había espacio para las alas.
La aspirante era, como los suyos, una persona de fe.
¿Su credo? Los fae. Esos seres alados y escurridizos que habitaban el bosque. Esos que solo
podían ser escuchados cuando se le da la espalda a un árbol y se mira sin mirar.
El mundo había cambiado y el metal de las ciudades devoraba la vida. Los aspirantes eligieron
crear las religiones de si mismos.