El Mundo Eterno
El Mundo Eterno
Christopher Chandon se acercó a la ventana de su laboratorio para mirar por última vez a
las montañas solitarias. Probablemente no volvería a verlas.
Sobre una plataforma estaba colocado un cilindro con cierto parecido a una campana de
buzo. Su base estaba hecha de metal, su mitad superior estaba hecha enteramente de un
tipo de cristal indestructible. Una hamaca, inclinada en un ángulo de cuarenta grados,
colgaba entre sus lados. Allí, Chandon pretendía amarrarse cuidadosamente para resistir
las desconocidas velocidades a las que se enfrentaría.
Observando a través del cristal, podía captar cualquier fenómeno que el viaje pudiera
ofrecerle. El cilindro había sido colocado en frente de un enorme disco de diez pies de
diámetro, con unas cien perforaciones en su superficie plateada. Detrás se encontraban
alineadas una serie de dínamos, diseñados para el desarrollo de un oscuro poder, el cual,
a falta de un mejor nombre, Chandon bautizó como Fuerza Temporal Negativa. Había
aislado este poder con infinito trabajo a partir de la energía positiva del tiempo: la
gravedad, que causa y controla la rotación de los eventos en la Cuarta Dimensión.
El poder negativo, amplificado por los dínamos, removería hasta una distancia
incalculable en términos del espacio-tiempo contemporáneo, cualquier cosa que se
encuentre a su paso. No permitiría el viaje al pasado o al futuro, pero causaría una
proyección instantánea a lo largo de la corriente temporal que envuelve todo el cosmos en
su interminable flujo.
Lamentablemente, Chandon no había sido capaz de construir una máquina en la cual
pudiera viajar y posiblemente retornar. Debía, en todo caso, sumergirse en lo
desconocido. No obstante, había equipado el cilindro con un dispositivo de oxigeno, luz
eléctrica, calor y provisiones para un mes aproximadamente. Incluso si su viaje terminaba
en el espacio vacío, o en algún mundo cuyas condiciones sean incapaces de sostener la
vida tal como la conocemos, al menos viviría lo suficiente como para llevar a las
observaciones correspondientes.
Sin embargo, Chandon especulaba que su viaje no terminaria en el éter. Consideraba que
los cuerpos cósmicos eran núcleos de tiempo y gravedad, y que la fuerza de propulsión
permitiría que el cilindro sea arrastrado por una de esas fuerzas. Los riesgos eran altos,
pero él los prefería sobre las monótonas certezas de la vida terrestre. Siempre había
estado irritado por un sentimiento de limitación, y sólo había anhelado la vastedad
inexplorada. Con algo de emoción en su corazón, le dio la espalda al las montañas y se
encerró en el cilindro. Había instalado un cronómetro para activar los dínamos a la hora
programada.
Recostado bajo las correas de cuero, aún quedaban unos minutos hasta que la máquina
se encendiera. En esos instantes, por primera vez, se arrastró sobre él todo el terror y
peligro de su experimento; y estuvo casi a punto de desamarrarse y salir antes de que
fuera demasiado tarde. Tenía la sensación de ser alguien a punto de ser disparado desde
la boca de un cañón.
Suspendido en un silencio sobrenatural, del cual todo sonido quedaba excluido por las
paredes herméticas, se resignó a lo desconocido, con muchas conjeturas conflictivas
sobre lo que podría ocurrirle. Podría o no sobrevivir el paso a través de las extrañas
dimensiones; a una velocidad ante la cual la de la luz quedaría rezagada. Pero si
sobrevivía, podría alcanzar las galaxias más lejanas con el material simple de la carne.
Sus miedos y suposiciones finalizaron con algo que vino con el sueño repentino... o con la
muerte.
Vio el enorme y verdoso bosque de líquenes, los continentes de hierbas, en planetas más
lejanos que el sistema de Heracles. Ante él pasó, como una procesión arquitectónica, las
ciudades de una milla de alto que portaban la suntuosa variedad de rosas, esmeraldas y
dorados, forjados por los rayos oblicuos de tres soles. Contempló cosas innombrables en
esferas desconocidas para los astrónomos. Sobre él se agrupaba la pavorosa e ilimitada
escala de la vida interestelar y los ciclos de innumerables morfologías.
Parecía como si las fronteras de su cerebro hubieran sido expandidas para incluir la
totalidad del flujo cósmico; que su pensamiento, como la red de alguna araña gigantesca,
se había tejido a sí mismo de un mundo a otro, de una galaxia a otra, bajo el espantoso
golfo del continuo infinito. Entonces, tan inesperadamente como inició, la visión finalizó y
fue sustituida por algo totalmente diferente.
Fue sólo un instante después que Chadon pudo entender lo que había ocurrido, y perfilar
la naturaleza y las leyes del nuevo ambiente hacia el que había sido proyectado. En ese
espacio de tiempo (si uno puede usar una palabra tan inadecuada como tiempo) él era
incapaz de cualquier otra cosa salvo la visión contemplativa: el extraño mundo sobre el
cual miraba a través de la pared transparente del cilindro: un mundo que podría haber
sido el sueño de algún geómetra enloquecido.
Era como una especie de glaciar planetario, repleto de formas ordenadamente grotescas
e inundado de una luz blanca que obedecía a otras leyes de perspectivas. Las distancias
eran literalmente interminables; no había horizonte, y aún así, nada parecía menguar en
tamaño o en forma, sin importar su lejanía. Parte de la impresión recibida por Chandon
era que este mundo se arqueaba hacia atrás sobre sí mismo como la superficie interior de
una esfera hueca; que los pálidos paisajes retornaban por encima de su cabeza luego de
que desaparecieran de vista.
Más cerca que cualquier otro objeto distinguió una enorme sección circular de tablón
rústico; esa porción de la pared del laboratorio que se encontraba en la ruta del rayo
negativo. Colgaba inerte en el aire como si estuviera suspendida de un campo de hielo
invisible.
El fondo más allá del tablón estaba atestado por innumerables filas de objetos que
sugerían tanto estatuas como formaciones cristaloides. Pálidos como el mármol, cada uno
de ellos presentaba una mezcla de simples curvas y ángulos simétricos, los cuales, de
alguna manera, incluían en estado latente una evolución geométrica casi eterna. Eran
gigantescos, con una división rudimentaria de cabeza, cuerpo y extremidades, como si
fueran seres vivientes. Detrás se encontraban otras formas que bien podrían ser los
ciegos capullos o flores congeladas de una vegetación desconocida.
Chandon no tenía consciencia del paso del tiempo mientras observaba. No podía recordar
nada, ni imaginarlo tampoco. No tenía consciencia de su cuerpo o de la hamaca sobre la
que yacía, excepto como una imagen medio captada en la frontera de la visión. De alguna
manera, en esa extraña impresión, sentía el pasivo dinamismo de las formas a su
alrededor: el trueno silencioso, los rayos aún no lanzados, como si de un dios cataléptico
se tratara; los átomos que encerraban el calor como soles sin encenderse. Ellos se
manifestaban ante él, como lo habían hecho por toda la eternidad y como continuarían
haciéndolo siempre. En este mundo no podía haber cambio, ni eventos.
Allí, obediente a las leyes de lo intemporal, parecía condenado a permanecer. La vida, tal
como la conocemos, era imposible; y aún así —ya que la muerte involucraba una
secuencia temporal—, era igualmente imposible para él morir. Debía mantener la posición
en la cual aterrizó, debía sostener el mismo aliento que estaba respirando en el momento
de su impacto con lo eterno.
En su totalidad, la cosa era una nave enorme con forma de eje, empequeñeciendo el
cilindro de Chandor como un trasatlántico a un bote. Flotaba apartado; un lisa masa de
ébano sólido, hinchándose como un orbe con dos protuberancias que se alargaban hasta
terminar en punta. La forma sugería haber sido fabricada para perforar algún medio
resistente, aunque su material estaba destinado a permanecer desconocido para
Chandon. Quizás, era conducida por una tremenda concentración de la fuerza del tiempo
con la cual él había jugado tan temerariamente.
La nave intrusa, totalmente estacionaria, colgaba ahora sobre las filas de entidades
petrificadas que se encontraban más alejadas en el campo de visión. Por gradaciones
infinitas, una gran puerta circular se abrió en su base; y desde la abertura se proyectó un
brazo como de grúa del mismo material negro que la nave. El brazo finalizaba en
numerosas barras colgantes que de alguna manera daban la idea de apéndices
semejantes a dedos.
Descendió sobre la cabeza de una de las extrañas figuras geométricas; y las múltiples
barras, doblándose y extendiéndose, con lenta pero constante fluidez se envolvieron
como una red de cadenas sobre el cuerpo cristaloide; entonces, la figura fue arrastrada
hacia arriba, desvaneciéndose al final, junto con el brazo extensible en el interior de la
nave. Nuevamente el brazo emergió para repetir la abducción, arrebatando otra de las
cosas enigmáticas de su eterna inmovilidad. Y una vez más el apéndice descendió,
tomando una tercera entidad. Todo esto fue hecho en profundo silencio; estando la
inmedible lentitud de movimiento amortiguada por el éter, creando nada que el oído de
Chandor pudiera interpretar como sonido.
Luego de la tercera desaparición, el brazo retornó, extendiéndose diagonalmente a una
distancia más larga que la anterior, hasta que los dedos negros barrieron el cristal del
cilindro de Chandon y se apretaron sobre él con un agarre irresistible. Fue apenas
consciente de cualquier movimiento; pero le parecía que las filas de figuras blancas, los
paisajes sin horizontes, estaban evadiéndose lentamente de su reconocimiento como un
mundo que zozobraba. Vio el bulto de ébano de la gran nave hacia la cual fue conducido
por el brazo extensible. Luego, el cilindro fue levantado hacia la abertura, dentro de la cual
parecía que la luz era incapaz de seguirlo.
Chandon no podía ver nada; no era consciente de nada excepto de la sólida oscuridad
que lo envolvía de la misma manera en que fue envuelto por la blanca luz sin matices de
lo intemporal. Sentía a su alrededor la sensación de una vibración; una pulsión silenciosa
que parecía propagarse en círculos desde algún centro dinámico; para pasar sobre y más
allá de él a través de los eones como si emanara de algún corazón titánico cuyos latidos
desafiaran la eternidad.
Había quizás una docena de esos seres. Nadie con una referencia biológica terrestre
podría siquiera haberlos imaginado con exactitud. Cada uno poseía un cuerpo toscamente
globular con el hemisferio superior hinchándose para formar dos cabezas cónicas y sin
cuello. El hemisferio inferior terminaba en muchos miembros y apéndices, algunos de los
cuales eran usados para caminar y otros para prensar. Las cabezas no tenían formas,
pero una lustrosa membrana semejante a una red colgaba entre ellas, temblando
continuamente. Algunos de los apéndices inferiores, ondulando como tentáculos,
terminaban en órganos que bien podrían servir como ojos, oídos, narices y bocas.
Estas criaturas brillaban con una luz plateada y aparentaban ser casi transparentes. En el
centro de las cabezas, una mancha escarlata resplandecía y se marchitaba con un ritmo
regular; y los cuerpos esféricos se oscurecían y se iluminaban como si fuera un
intercambio rítmico. Chandon sintió que estaban formados de alguna sustancia no
protoplasmática, quizás de un mineral que se había organizado a sí mismo como células
vivas. Sus movimientos eran rápidos, diestros, con un equilibrio inhumano; y parecían
capaces de ejecutar muchos movimientos diferentes con con perfecta simultaneidad.
Chandon estaba impactado hasta el punto de una nueva inmovilidad producto del estupor.
Con conjeturas vanas y fantásticas buscó resolver el misterio. ¿Quiénes eran estas
criaturas y cuál había sido su propósito al penetrar en la dimensión eterna? ¿Por qué
habían removido algunos de sus habitantes juntos con él? ¿Adónde se dirigía la nave?
¿Estaba regresando a algún lugar del tiempo y del espacio, al mundo planetario desde el
cual había emprendido este extraño viaje?
No podía estar seguro de nada; pero sabía que había caído en las manos de seres
elevados, expertos navegantes del espacio-tiempo. Habían sido capaces de construir una
nave inimaginable; y quizá de explorar y registrar todas la profundidades desconocidas. Si
no lo hubiesen rescatarlo, nunca habría logrado escapar de la intemporalidad, dentro de la
cual había sido lanzado por sus propios esfuerzos estúpidos por cruzar la corriente
secular. Cavilando, se volvió hacia sus compañeros. Apenas podía reconocerlos bajo el
resplandor rojizo; sus pálidos planos y ángulos parecían haber experimentado un cambio
sutil mientras la luz vibraba sobre ellos con destellos sanguinolentos, confiriéndoles una
extraña apariencia de vida.
Chandon vio que las otras figuras estaban mostrando alteraciones singulares; si bien en
cada caso el desarrollo era individual. Las formas geométricas comenzaron a hincharse
como capullos, y devinieron en líneas de una grandeza celestial. La palidez fue sustituida
por una iridiscencia ultraterrena, con matices opalinos que se desplegaban con diseños
siempre vivos de ceñidos arabescos y un arcoíris de jeroglíficos.
Los Intemporales, al parecer, sentían también curiosidad acerca de sus captores. Los ojos
llameantes le devolvieron la mirada a los tentáculos periscópicos, y ciertos extraños
apéndices con forma de cuerno de su elevada cima comenzaron a estremecerse
inquisitivamente, como sin en la recepción de una desconocida impresión sensorial.
Entonces cada uno de los tres adelantó un único brazo sin articulaciones, emitiendo a
mitad del aire siete largos rayos de luz púrpura a manera de mano que se proyectaron
con forma de abanico. Estos rayos, sin lugar a dudas, eran capaces de recibir y transmitir
impresiones táctiles. Lenta y deliberadamente se extendieron, y cada uno de los abanicos,
curvándose donde encontraba una superficie curvada, comenzaron a jugar con un
destello rítmico.
El mecanismo parecía estar hecho de alguna sustancia pálida y traslúcida que no era ni
metal ni cristal. Cesando su rotación, como si el enfoque deseado se hubiese asegurado,
el lente emitió un rayo de una luz sin matices, que de alguna manera le recordó a
Chandon la fría y congelada radiación del mundo eterno. Este rayo, cayendo sobre las
entidades intemporales, era claramente represivo en su efecto. Inmediatamente los rayos
en forma de dedos abandonaron su exploración, y se retiraron hacia los brazos sin
articulaciones que a su vez fueron contraídos. Los ojos se cerraron, los diseños opalinos
se enfriaron, y los extraños seres divinos parecieron perder sus complejos ángulos para
recuperar su antigua quietud de cristales en estado letárgico. Y aún así, todavía estaban
con vida, reteniendo aún las increíbles líneas de su fluorescencia sobrenatural.
Entonces, en respuesta a otro gesto enigmático de uno de sus miembros, el lente gigante
rotó un poco más, y el rayo glacial comenzó a cambiar y a ensancharse hasta que
comenzó a caer sobre el cilindro al tiempo que aún lo hacia sobre las figuras. Chandon
tenía la sensación de haber sido atrapado dentro de un torrente inmóvil de alguna cosa
que era inexpresivamente espesa y viscosa. Su cuerpo pareció congelarse, sus
pensamientos se arrastraron con una dolorosa lentitud. No era la total cesación de todos
los procesos vitales, tal como había sido ocasionado por su intromisión en la eternidad.
Más bien, era una desaceleración de estos procesos; una sujeción a un impensable ritmo
retardado del movimiento y la sucesión del tiempo.
Años enteros parecían transcurrir entre cada latido del corazón de Chandon. La
contracción de uno solo de sus dedos le hubiese tomado lustros. Su cerebro luchó para
formar un pensamiento: la sospecha de que sus captores se alarmaron por su cambio de
posición, y habían decidido hacer cierta demostración de poder sobre él, como lo hicieron
con los Intemporales. Entonces, luego de décadas, concibió otro pensamiento: que él
mismo era quizás considerado ser otro de los seres divinos por estos alienígenas viajeros
del tiempo. Ellos lo habían encontrado en la eternidad entre las filas interminables. ¿Cómo
podían saber que él, al igual que ellos, había venido originalmente desde el mundo
temporal?
Con su sentido del tiempo alterado, no podía formar ninguna concepción apropiada de la
duración del viaje en el espacio-tiempo. Para él era casi otra eternidad, interrumpida a
intervalos de lustros por el zumbido vibratorio de la maquinaria. Ante su percepción visual
retardada la tripulación de la nave parecía moverse con increíble lentitud. Él, con sus
extraños compañeros, había sido colocado por el rayo helado en una prisión de tiempo
lento, mientras que la nave misma estaba zambulléndose a través de dimensiones sin
fondo de un infinito cósmico.
Chandon sintió el amanecer gradual de una luz que anegó el resplandor rojizo de la nave.
Las paredes se volvieron transparentes junto con la maquinaria; y él comprendió que la
luz venía desde el mundo exterior. Inmensas imágenes, multiformes e intrincadas,
comenzaron a arrastrarse con la lentitud de la creación misma sobre el brillante
esplendor. Entonces —sin dudas para permitir el traslado de los cautivos— el rayo
retardador fue apagado y Chandon recuperó sus poderes normales de percepción y
movimiento. Contempló una visión asombrosa a través del cristal claro, cuya
transparencia era quizás debida a la completa suspensión del poder motriz de la nave.
Vio que la nave reposaba sobre un área en forma de diamante, rodeada con masas
arquitectónicas cuya misma magnitud se imponía como un peso inamovible sobre los
sentidos. Muy lejos notó la presencia de abultados pilares atlantes con esplendorosas
plataformas; una muchedumbre de extrañas torres cruciformes; vio con asombro la
fantasmal maravilla de cúpulas innaturales que eran como pirámides invertidas, los
pináculos en espiral que parecían soportar un increíble peso de terrazas; las paredes
inclinadas, como montañas escarpadas, que formaban la base de cúmulos inimaginables.
Todo estaba forjado de alguna piedra negra como la noche y brillante al mismo tiempo.
Ellos interponían sus pesadas masas entre Chandon y las llamas de un sol oculto que era
incomparablemente más brillante que el nuestro.
Enceguecido pero consciente también de una extraña pesadez en todas las sensaciones
de su cuerpo debido a un incremento de gravedad, el terrícola volvió su atención hacia el
suelo. Ahora vio que el área diamantina estaba atestada de seres iguales a los de la
tripulación. Como gigantes insectos plateados y de cuerpo globulares, venían
apresuradamente desde todas direcciones sobre el oscuro pavimento. Colocados en un
anillo sobre la nave se encontraban espejos colosales del mismo tipo del que había
emitido el rayo retardador. El grupo se detuvo a cierta distancia, dejando un espacio
despejado entre las máquinas de rayos y la nave, como si estuviera destinado para ser
ocupado por la tripulación y sus cautivos.
Ya sea que el imponente gigante lo alcanzó con uno de sus miembros inhumanos, o que
el cilindro haya sido levantado por alguna fuerza magnética, nunca fue del todo claro para
Chandon. Todo lo que pudo recordar fue la ascensión ligera, en la cual experimentó un
repentino alivio de la pesada gravedad de ese planeta desconocido. Parecía flotar muy
rápidamente hasta una altura difícil de estimar por la carencia de una escala familiar;
entonces, el cilindro descendió sobre los hombros del Intemporal, y se adhirió en ellos con
tanta seguridad como si hubiese aterrizado en las costas de algún planeta distante.
Él se encontraba más allá de la sorpresa, del asombro o del pavor. Como en un sueño
cataclísmico, se resignó a la revelación del vertiginoso milagro. Observó el exterior desde
su privilegiada posición y vio, encima de él, como el risco más alto de algún cúmulo
elevado, con ojos como soles caóticos, la cabeza del Ser que había destrozado la nave
del tiempo alienígena, alzándose sobre sus ruinas como un genio rebelde liberado. Muy
abajo, contempló la negra zona diamantina atestada de los seres plateados. Entonces,
desde el pavimento, se precipitaron hacia el cielo, como los pilares de fuego de una
monstruosa explosión, las montañosas formas metamórficas de los otros Intemporales.
Chandon fue consciente de mil impresiones. Sintió las energías ilimitadas despertarse de
un sueño eterno. Y sintió el impacto de las radiaciones y los malignos poderes
concentrados del nuevo mundo. La misma luz era mortífera; la oscuridad de los altos
domos era como los impactos de mil martillos mudos, manejados por sombríos, tétricos y
silenciosos Anakims. Las maquinarias de cristal en el pavimento giraron y apuntaron hacia
arriba, dirigiendo sus rayos helados hacia los nubosos gigantes. A intervalos, el cielo se
aclaraba; y Chandon fue consciente de una hosca reverberación, con el tono de repiques
de campanas; de notas de tambores altas, como de mundos siendo golpeados.
Las mismas piedras de las edificaciones estaban unidas con el cerebro de los seres
exóticos en un esfuerzo de asumir nuevamente el control sobre Chandon y los tres
Intemporales. Oscuramente, el terrícola comprendió. No sólo debía someterse a los seres
plateados, sino que debía hacer su voluntad en todas las cosas. Él y sus compañeros
habían sido traídos desde la eternidad por un propósito: ayudar a sus captores en una
guerra estupenda con rivales del mismo mundo, de la misma manera en que la
humanidad emplea en la guerra explosivos de potencia titánica, las criaturas plateadas
habían decidido utilizar la energía exenta de tiempo de los Eternos en contra de sus
enemigos. Ellos habían descubierto la ruta hacia las dimensiones secretas, desde el
tiempo hacia la intemporalidad. Con una audacia demoniaca habían planeado y ejecutado
su extraño secuestro; y habían asumido que Chandon era una de las entidades eternas,
con un inmenso poder divino en estado letárgico.
Las ondas de energía maligna se alzaron aún más alto. Chandon se sintió a sí mismo
inundado, barrido. Creció en su mente una imagen de los enemigos en contra de los
cuales él estaba destinado a combatir. Vio las perspectivas de tierras remotas, las
poderosas acumulaciones de ciudades inhumanas yaciendo bajo un sol incandescente
más vasto que Antares. Se encontró odiando esas tierras con el rencor frío de una
psicología de otro mundo. Entonces Chandon supo que el océano negro ya no se
estrellaba contra él. Fue liberado de la trampa mesmerizante, ya no percibía emociones
alienígenas y las imágenes que habían invadido su mente. Milagrosamente, una sublime
seguridad lo envolvió; ahora era el centro de una esfera resistente y elástica que nada
podía someter o penetrar.
Sentado en un trono montañoso, vio que la trilogía demiúrgica, desafiante y desdeñosa de
los pigmeos de abajo, habían resumido su mágico crecimiento, disparándose hacia arriba
hasta alcanzar y sobrepasar el nivel de los pilares más altos. Un momento después, vio
las avenidas externas de una metrópolis colosal; y más allá de esto, los lejanos y
colgantes horizontes del planeta desconocido. Parecía conocer los pensamientos de los
Intemporales mientras ellos barrían con su mirada este mundo cuyos impíos seres habían
soñado con esclavizar su esencia ilimitada. Supo que ellos miraban y comprendían esto
con un solo golpe de vista. Los sintió detenerse en una momentánea curiosidad; y sintió la
rabia veloz e implacable, y la decisión irrevocable que la siguió.
Chandon lo contemplaba todo desde su fantástica altura con una sobrenatural lejanía. Vio
la fiera lluvia que consumía la Sodoma ultragaláctica; vio las zonas de devastación que
radiaban en una expansión sin límites hacia los cuatro puntos cardinales; contempló,
desde una altura siempre en aumento, los vastos horizontes que huían tropezando por el
terror ante los gigantes intemporales. Cada vez más rápido se proyectaban los orbes
letales. Brotaban en medio del aire y engendraban innumerables otros. Se habían
sembrado en todos los confines como los legendarios dientes de dragón de la leyenda,
para seguir las longitudes del gran planeta hasta sus polos. Y los gigantes marcharon
sobre monstruosos océanos y desiertos, sobre anchos valles y altos muros de montañas.
Mareas de fuego atómico marchaban para barrer los prodigiosos Alpes. Se manifestaron
globos vengativos que convertían los mares en vapor, que golpeaban los desiertos hasta
derretirlos en tumultuosos océanos. Había arcos, círculos y cuadriláteros de aniquilación,
siempre crecientes. El llameante brillo de mediodía fue marchitado con una caótica
oscuridad. Un cíclope sanguinolento, un rojo Laoconte batallando con serpientes de
nubes y sombras, el poderoso sol parecía tambalearse en el cielo para precipitarse,
aturdido, bajo las intolerables pisadas de los titanes macrocosmos. Las tierras de abajo
estaban veladas por vapores mefíticos, hendiéndose momentáneamente sólo para
descubrir los fundamentos de los continentes.
A ese caos los mismos elementos del mundo condenado le estaban agregando sus
energías liberadas. Nubes que eran negros Himalayas disparando rayos que abarcaban
reinos seguían a los destructores. El suelo se quebró para liberar los fuegos del núcleo
volcánico. Los océanos cedieron rebelando lúgubres picos y ruinas hace tiempo
sumergidas. El aire enloqueció con truenos liberados de mazmorras subterráneas; con un
murmullo de fuego con lenguas de agujas en los rojos abismos de un infierno a la deriva;
con gemidos y chillidos bajo los escombros de montañas en algún abismo inescrutable;
con aullidos de demonios frenéticos, escapados desde tumbas primordiales.
Sobre el tumulto Chandon era trasladado hasta que miró hacia abajo desde la calmada
altitud del éter; viendo desde su ventaja semejante a la del sol el orbe destrozado y el
enorme sol mismo a un mismo nivel en el espacio. El quejido cataclísmico fue
disminuyendo. Los océanos giraban como aguas de drenaje poco profundas sobre los
pies de los Eternos. El furioso y devorador maelstrom ya no era más que alguna efímera
bocanada de polvo agitada por la pisada casual de los caminantes.
Allí, como si hubiese sido depositado por alguna mano poderosa, el cilindro aterrizó; y
Chandon observó hacia afuera con el extraño asombro de un soñador que acaba de
despertar, sólo para ver a su alrededor las paredes de su propio laboratorio. Los
Intemporales, omniscientes, por algún capricho benigno lo habían retornado a su propio
punto en el espacio-tiempo; para luego continuar, quizás hacia la conquista de otros
universos; quizás para encontrar nuevamente el mundo eterno de su origen y sumirse
nuevamente en el pálido Nirvana de inmutable contemplación.