Introducción a la economía, Gerardo De Santis (1997)
La producción en la sociedad feudal
Los vasallos en el campo producían lo suficiente para subsistir y le daban parte
de la producción al señor feudal, quien les garantizaba cierta seguridad. Esta
obligación del vasallo era transferible a su hijo mayor. Por otro lado, l a
actividad artesanal estaba organizada por oficios y en cada uno de estos los
artesanos formulaban una corporación que establecía reglas para el ejercicio
de la profesión.
Cada taller tenía un orden jerárquico que iba del aprendiz, pasando por
el oficial y , por último, el maestro, y sólo siendo maestro se podía instalar un
taller. Esta restricción excluía a gran parte de la población del sistema
productivo, por lo que empiezan a crecer las actividades comerciales por fuera
de la estructura feudal desde el siglo XI que surgen para dar respuesta a una
mayor de manda de bienes.
Conjuntamente con la expansión del comercio se van separando
geográficamente comprador y vendedor, así como el momento de entrega y el
momento de pago, por lo que aparece la necesidad de financiamiento. Esta
expansión es fundamento de la conquista de América que potenció el
crecimiento económico, ya que el nuevo continente proveyó de metales
preciosos, mano de obra barata y materias primas en abundancia.
CAMBIOS SIGNIFICATIVOS:
Surge la moneda
Se cercan las tierras
Nuevas técnicas aplicadas a la producción agrícola
Migración del campo a la ciudad
Estos cambios incidieron en el plano político: el señor feudal fue perdiendo
poder, mientras que se concentraba más en manos del rey, esto producto de la
unificación de los distintos feudos que se fueron constituyendo como estados
naciones, ya que a los comerciantes les interesaba que los mercado fueran
más grandes: el mercado nacional.
LOS MERCANTILISTAS
La máxima fundamental era intentar adquirir mercancías a costos mínimos y
vendes con un margen que le significara una ganancia. El objetivo era obtener
ganancias que se expresaban en la acumulación de oro y plata.
Hubo naciones como España y Portugal que gracias a sus colonias
conseguían metales preciosos, pero hubo otros, como Inglaterra y Francia, que
debieron apelar a la intensificación del comercio, ya que no tenían colonias
externas. Comprar barato y vender caro significaba comprar materia prima y
vender manufactura.
En consonancia con este objetivo los gobiernos de fines de siglo XVII y
en la mayor parte del siglo XVIII hacen manifiesto un proteccionismo total; los
métodos usados eran el embargo de importaciones, prohibición de exportación
de herramientas y obreros especializados, el fomento de la importación de
materias primas o de su producción en el país, la inspección de calidad de los
productos y los subsidios a quienes establecían industrias nuevas.
LOS CLÁSICOS: ADAM SMITH
El autor hace su estudio a partir de una pregunta inicial ¿De dónde viene el
valor de los bienes? A lo que se responde que el valor viene del trabajo,
entonces, para abaratar los costos sostenía que se debía lograr la mayor
eficiencia que se conseguía a través de la división social del trabajo. La
División del trabajo implicaba un aumento de la productividad: mayor cantidad
de bienes por horas hombre trabajadas, y así se lograba una mayor riqueza.
Entre las naciones también correría esta máxima: “si los bienes pueden
comprarse en el extranjero más barato de lo que costaría hacerlo en el país,
sería desacertado oponer obstáculos a su importación”. Cuando Smith escribía,
Inglaterra ya era el país capitalista más avanzado del mundo.
Smith consideraba que la economía funcionaba como la naturaleza, que
existía un orden natural , con sus propias leyes, al cual no había que
entorpecer; el mercado con su “mano invisible” equilibraba los intereses de
todos.
MARXISMO
Marx, partía de una perspectiva completamente diferente respecto de los
clásicos, para estos últimos el capitalismo era un orden natural y permanente,
para Marx era un orden histórico y transitorio.
En el capitalismo el valor de los bienes esta dado por el dinero que se
obtiene por la venta del producto más que por la necesidad que ese bien
satisface, por esto, ante la sobreproducción se prefiere tirar parte de la
producción para mantener el precio y así obtener ganancias mayores. Existe
una subordinación de la producción a la ganancia, y no a la necesidad.
A diferencia de Smith, Marx se pregunta de donde viene la ganancia y
hace el siguiente razonamiento:
Para la producción de un bien se necesita una máquina y un trabajador,
entonces el resultado es un bien cuyo valor va a estar dado por lo que aportó la
máquina y lo que aportó el trabajador más los insumos utilizados. Por un lado,
la máquina le confería valor al bien porque se desgasta en la producción del
bien y por otro lado, el resto del valor viene del trabajo que realizó el operario
para producirlo.
Entonces si el valor del bien fuera de $3:
W (valor del bien) = C (desgaste de la máquina o valor aportado por el capital) + V (valor
aportado por el trabajo)
3=1+2
Si el propietario se queda con $2 se queda con $1 del salario del trabajador, la
diferencia entre lo que se queda el dueño por el desgaste de la máquina y el
peso que toma de ganancia, es la plusvalía.
Otra manera de explicarlo: si un trabajador trabaja 8 horas, el valor que le paga
como salario el capitalista él lo produce, por ejemplo, en cuatro horas, por lo
tanto trabaja cuatro horas generando plusvalor que es lo que se queda el
capitalista y que va a constituir su ganancia.
Otro aspecto a tener en cuenta es la competencia, para esto los
capitalistas buscan mayor productividad y la reducción de costos a los fines de
aumentar la plusvalía, para esto se fueron incorporando cada vez más
máquinas y como consecuencia de este factor la demanda de trabajo
disminuye mientras que la oferta aumenta. Se genera entonces una gran
cantidad de desocupados denominado “ejército de reserva”, lo que provoca
una caída del salario por el excedente de oferta de trabajo y, por lo tanto,
aumenta la plusvalía.
Este proceso profundizado es lo que genera la crisis, ya que aumenta la
producción, pero la demanda no es suficiente para absorber todo lo que se
produce, por la gran cantidad de desocupados, porque quienes trabajan
reciben salarios de subsistencia. La imposibilidad de vender los productos lleva
a parar la producción y por ende la desocupación.
El Estado en este sistema interviene para conciliar, para atenuar la crisis
y , en definitiva, para apoyar al capitalista.
ECONOMIA Y DESARROLLO
LAS EMPRESAS MULTINACIONALES
Y LOS ESTADOS NACION
Peter Dicken
Introducción
Hay un agitado y permanente debate en torno al problema de hasta qué punto la
geografía de la economía mundial se está transformando desde un sistema internacional
integrado superficialmente hasta conformar un sistema global integrado profundamente.
Dentro de las apasionadas corrientes que conforman este debate, figura una discusión de
larga data acerca de hasta qué punto las fuerzas institucionales motrices básicas del
cambio económico global, y sus correspondientes relaciones, han sido transformadas.
Durante unos trescientos años, desde su nacimiento a mediados del siglo XVII, el
Estado nación fue visto, acertadamente, como el actor predominante en las relaciones
económicas internacionales. El Estado ha sido, históricamente, el principal regulador de
su sistema económico nacional. Es realista pensar en la economía mundial como un
conjunto de economías nacionales, imbricadas pero independientes, que gozan de un
alto grado de autonomía para conducir sus propios asuntos económicos. Como
observaba Eric Hobsbawm (1979), el proceso de producción "estaba básicamente
organizado dentro de las economías nacionales o en sectores de las mismas. El comercio
internacional... se desarrolló fundamentalmente como un intercambio de materias
primas y productos agrícolas (por)... productos manufacturados y acabados de
economías nacionales aisladas... En términos de la producción, las fábricas, el comercio
y la industria eran fenómenos esencialmente nacionales" (p. 313). En abierto contraste
con estos sistemas de producción limitados a las fronteras nacionales, actualmente, a
medida que nos acercamos al fin del milenio, en opinión de Robert Reich estamos
"viviendo una transformación que reorganizará la economía y la política del siglo XXI.
No habrá productos ni tecnologías nacionales, y tampoco habrá industrias nacionales.
Dejarán de existir las economías nacionales, al menos como hemos llegado a entender
ese concepto" (Reich, 1991, p. 3). Charles Kindleberger (1969) lo planteó de manera
aún más suscinta cuando afirmó que "el Estado nación está casi acabado como unidad
económica" (p. 207).
Los especialistas en ciencias políticas discuten intensamente acerca de hasta qué punto
los Estados nación han perdido su importancia en la esfera económica. No abordaremos
aquí este debate. Lo que sí nos preocupa -y que, de hecho, constituye el punto central de
este artículo- es la idea de que una de las principales causas de la supuesta defunción del
Estado nación es el surgimiento de otra institución, a saber, las empresas
multinacionales. El argumento que sostiene esta idea es engañosamente sencillo.
Podríamos plantearlo más o menos de la siguiente manera: en primer lugar, las
empresas multinacionales son empresas gigantescas con activos y ventas superiores al
PNB de muchos países. Uno de estos estudios afirmaba que "de las cien unidades
económicas más grandes del mundo actualmente, la mitad son países y la otra mitad son
empresas multinacionales." (Benson and Lloyd, 1983, p. 77). En segundo lugar, la
naturaleza multilocalizacional de las empresas multinacionales, con operaciones que se
llevan a cabo en numerosos países, las hace insensibles a las necesidades de cualquier
país en particular. Les permite modificar sus operaciones una y otra vez y con suma
rapidez, de un país a otro, en respuesta a las circunstancias cambiantes y, por lo tanto,
disminuyen el poder de los gobiernos nacionales para implantar sus propias políticas
económicas. Si a una corporación multinacional no le agrada la actuación de un
gobierno -o de un sindicato- le basta con trasladarse a otro país (o al menos amenazar
con trasladarse). Se sostiene que frente a un poder tan enorme y ante tamaña flexibilidad
geográfica, el tradicional Estado nación, atrapado en sus fronteras territoriales fijas, no
tiene capacidad de respuesta.
Al igual que en la mayoría de los mitos, existe un fondo de verdad en esta opinión. Las
empresas multinacionales, especialmente las más grandes, tienen una flexibilidad
considerable. En la medida en que controlan una 'parte' de las economías nacionales
individuales a través de sus filiales, pueden, en efecto, presentar ciertos obstáculos a la
autonomía económica nacional. Sin embargo, sería un grave error extrapolar a partir de
esto y sostener que las empresas multinacionales son actualmente los agentes que
"controlan" la economía global y que los Estados nación son meros peones en el tablero
de ajedrez dominado por estas multinacionales. La verdadera situación es mucho más
compleja de lo que sugiere este simple estereotipo. Es mucho más realista pensar que
tanto las empresas multinacionales como los Estados nación se encuentran imbricados
en unas interacciones sumamente complejas y dinámicas, en las que existe un alto grado
de interdependencia y negociaciones mutuas. La opinión de Gordon es que "quizá
resulta más útil ver la relación entre las multinacionales y los gobiernos a la vez en un
marco de cooperación y de competencia, de entendimiento y de conflicto. Ambas
funcionan en una relación plenamente dialéctica, ciñéndose a papeles y posiciones
unificados y contradictorios, en las que ni el uno ni el otro son capaces de dominar de
manera clara o absoluta... Las empresas multinacionales ni son todopoderosas ni están
cabalmente preparadas para dar forma a una nueva economía mundial por sí solas"
(Gordon, 1988, pp. 61, 64).
De la misma manera, escribiendo desde una perspectiva muy diferente, Ostry afirma
que "el panorama internacional de los próximos decenios no estará definido ni por los
gobiernos ni por las instituciones internacionales, sino por la interacción de estos dos
actores principales, a saber, los gobiernos y las empresas globales" (Ostry, 1990, p. 1).
Mi argumento básico, por lo tanto, es que la estructura geográfica cambiante de la
economía global es el resultado de una compleja combinación de procesos en los que
participan tanto las empresas multinacionales como los Estados (Dicken, 1992a, b;
1994).
Este artículo está organizado básicamente en torno a dos partes: la primera parte se
centra en las empresas multinacionales. Una breve historia de su evolución proporciona
la base para una discusión sobre su organización moderna y sobre las tendencias clave
en su actual desarrollo. La segunda parte se centra en aquellos aspectos de las
actividades de los Estados nación que afectan más directamente al funcionamiento de
las empresas multinacionales y aborda algunas de las principales interacciones entre las
empresas multinacionales y los Estados. La segunda parte versa especialmente sobre
una manifestación particular -y muy importante- de la interacción entre las empresas
multinacionales y los Estados, a saber, el surgimiento de bloques económicos
regionales.
La diversidad y complejidad de las empresas multinacionales
Las empresas comerciales que funcionan más allá de las fronteras nacionales y que
controlan o coordinan la producción y la distribución fuera de su país de origen no son
un fenómeno reciente (Dunning, 1993; Jones, 1993, 1994; Wilkins, 1991). Sus orígenes
se remontan a las actividades de los primeros capitalistas comerciales del siglo
XIV, entre los cuales destacan empresas comerciales como la Liga Hanseática, las
Compañías Inglesa y Holandesa de las Indias orientales y la Hudson's Bay
Company. Sin embargo, el primer desarrollo realmente importante de la actividad de
las empresas multinacionales comenzó en el siglo XIX con el auge del capitalismo
industrial. Las empresas multinacionales modernas surgieron en la segunda mitad del
siglo XIX y, más específicamente, después de 1870. La expansión de la actividad de las
empresas multinacionales constituyó una parte esencial del notable aumento de la
actividad económica internacional entre 1870 y la Primera Guerra Mundial. En efecto,
las investigaciones modernas señalan que la escala y el alcance de las inversiones
extranjeras directas en aquel periodo fueron muy superiores a lo que se había pensado
hasta ahora, especialmente entre las empresas de Inglaterra, Estados Unidos, Alemania,
Francia y Holanda. Durante este periodo, se hicieron evidentes las dos principales
motivaciones para que las empresas ampliaran sus operaciones más allá de sus fronteras
nacionales: buscar nuevos mercados y adquirir recursos productivos. A pesar de que las
operaciones de las empresas multinacionales actualmente son infinitamente más
complejas que en el siglo XIX y comienzos del siglo XX, estas dos motivaciones
básicas siguen vigentes. Sin embargo, se manifiestan a través de unas redes
organizacionales cada vez más complejas, tanto en términos internos como externos a
las empresas.
A pesar de que actualmente es evidente que se había subestimado la importancia de las
empresas multinacionales en el periodo anterior a 1914, es igualmente claro que la
expansión realmente espectacular se dio después de 1945, y especialmente a partir de
los años '60 (Dicken, 1992a). No es sorprendente que a la cabeza de la expansión de
la posguerra estuviesen las empresas de Estados Unidos, que partieron del poderío
sin precedentes de su economía interna, su superioridad tecnológica y sus enormes
reservas de capital de inversión. En 1960, Estados Unidos acumulaba casi el 50% de
las inversiones extranjeras directas en todo el mundo (la participación de Inglaterra era
del 18%, y la de Alemania y Japón un escaso 1,2% y 0,7% respectivamente). Sin
embargo, hacia 1993, la composición geográfica de estas inversiones se había
modificado notablemente (UNCTAD). La participación de Estados Unidos se había
reducido a 25,4%, y Japón se había convertido en la segunda fuente más importante de
inversiones extranjeras directas, con el 12,4% del total mundial, seguido del Reino
Unido (11,6%), Alemania (9,2%) y Francia (8,6%). Al mismo tiempo, ha empezado a
surgir un número creciente de empresas multinacionales en las economías recientemente
industrializadas, tanto en Asia como en América Latina.
Julius (1990) calcula que el crecimiento de las inversiones extranjeras directas
experimentó un auge superior en el decenio de los '80 que en los años '60: "Mientras
que en el decenio 1960-70 las inversiones extranjeras directas crecieron a un ritmo dos
veces superior al PNB, en los años '80 ha crecido a un ritmo más de cuatro veces
superior al PNB" (Julius, 1990. p. 6). Después de experimentar una reducción del
crecimiento de las inversiones extranjeras directas durante la recesión de comienzos de
los años '90, se ha reanudado la tendencia al crecimiento. No sólo las inversiones han
crecido más rápidamente que el PNB sino que también han crecido a un ritmo superior
al de las exportaciones mundiales, especialmente desde 1985. Esta cifra por si sola
indica que las inversiones extranjeras directas se han convertido en una fuerza
integradora más importante en la economía global que el indicador tradicional de dicha
integración, a saber, el comercio. En efecto, dado que las empresas multinacionales son,
por sí solas, responsables de una importante proporción del comercio internacional (en
gran parte como transacciones entre empresas), su importancia global ha aumentado aún
más. Las Naciones Unidas (UNCTAD, 1994) calcula que unas 37.000 sociedades
matrices controlaban más de 206.000 filiales extranjeras a comienzos del decenio de los
'90. Sin embargo, casi con toda seguridad, esta cifra subestima el verdadero alcance de
la actividad de las empresas multinacionales. Esto se debe a la gran dificultad que
entraña identificar la asombrosa variedad de formas organizacionales que participan en
la producción moderna. Si nos limitamos a equiparar la actividad de las empresas
multinacionales con una empresa que es propietaria de operaciones en el extranjero,
aquello equivale a revelar sólo la punta de un enorme iceberg. Es una realidad cada vez
más aceptada el hecho de que tenemos que adoptar una definición más amplia y flexible
de las empresas multinacionales si queremos entender la verdadera complejidad y
diversidad de este tipo de instituciones económicas. Es evidente que la propiedad de los
activos en el extranjero es un factor importante; todas las empresas que practican esto
son claramente empresas multinacionales.
Pero, ¿qué sucede con aquellas empresas que funcionan internacionalmente a través de
modalidades diferentes al título de propiedad? En la medida que tienen la capacidad
para coordinar la producción internacional, también se les debería considerar como
empresas multinacionales.
También tenemos que reconocer que las empresas multinacionales -definidas de esta
manera más amplia- son sumamente diversas en su envergadura y en sus características.
A pesar de que las empresas multinacionales verdaderamente globales son las que
ejercen el poder y las influencias más importantes, deberíamos recordar que en términos
numéricos, estas empresas gigantescas constituyen sólo una pequeña proporción del
número total de empresas multinacionales. La mayoría de estas empresas operan en sólo
unos pocos países fuera de su sede nacional. Sin embargo, entre las empresas
multinacionales más grandes hay una diversidad mucho mayor de lo que se cree, en
cuanto a las modalidades de organización y operación. Una de las razones para esta
diversidad -aunque lejos de ser la única- es que todas las empresas multinacionales
están marcadas de alguna manera por las características específicas de su país de origen.
En ciertos ambientes, se ha convertido en un tópico habitual hablar de las empresas
multinacionales como instituciones que no pertenecen a ninguna parte. De hecho, no es
en absoluto verdad que las empresas multinacionales carezcan de pertenencia. Todas
tienen una sede identificable, una base que garantiza que todas las empresas
multinacionales estén esencialmente insertas en un entorno nacional. Es evidente que
cuanto más amplia sean las operaciones internacionales de una empresa, más probable
será que ésta asuma características adicionales derivadas de los diferentes lugares donde
funciona. Al igual que todas las instituciones sociales, las empresas multinacionales son
instituciones que se nutren de la experiencia. Sin embargo, la influencia de la sede
nacional sigue siendo la que predomina. Como contrapartida de lo que ha llegado a ser
una opinión relativamente convencional de que las empresas multinacionales,
independientemente de su origen, tienden cada vez más a converger en términos de sus
características organizacionales, existe actualmente una literatura que destaca la
diversidad geográfica.
Como ejemplo, en su análisis de la organización y las operaciones de una muestra
relevante de las empresas multinacionales, Hu (1992) ha llegado a la conclusión de que
éstas son "empresas nacionales con operaciones internacionales", más que empresas
integradas globalmente sin una base geográfica clara. Stopford y Strange (1991) llegan
a conclusiones similares cuando observan que la "empresa 'pertenece' psicológica y
sociológicamente a su sede nacional" (p. 233). Más recientemente, Ruigrok y Van
Tulder (1995) han demostrado, mediante un análisis detallado de las cien empresas
multinacionales más grandes -que podrían ser consideradas como empresas 'globales'-
que de las cien empresas más grandes del mundo, ninguna es realmente 'global', 'sin
raíces' ni 'carente de fronteras' (p. 159).
La principal razón por la cual incluso las empresas con operaciones internacionales muy
importantes conservan la impronta de sus orígenes geográficos es que, al igual que todas
las empresas, éstas son 'producidas' mediante complejos procesos históricos de inserción
(Dicken y Thrift, 1992) en los que las características cognitivas, culturales, sociales,
políticas y económicas de la sede nacional desempeñan un papel predominante. Sin
embargo, esto no significa que todas las empresas de un país específico sean
prácticamente idénticas. Esto, desde luego, no sucede. Pero lo que sí se puede afirmar es
que hay más similitudes que diferencias entre estas empresas. En particular, en la
medida en que el Estado nación actúa como un simple 'contenedor' de instituciones y
prácticas distintivas, es inevitable que ejerza una influencia en la naturaleza de las
empresas multinacionales que tienen su sede principal dentro de sus fronteras.
La influencia de la sede de una empresa se puede observar en las diferentes tendencias
organizacionales a medida que las empresas multinacionales han evolucionado a lo
largo del tiempo. Una vez más, esto no pretende plantear una correspondencia exacta
entre el origen nacional y la forma organizacional, sino más bien señalar que las
empresas de orígenes específicos han tenido la tendencia a observar una predisposición
para organizar sus operaciones internacionales de un modo característico. El estudio
sobre las empresas multinacionales de Bartlett y Ghoshal (1989) ilustra este punto con
bastante claridad. Estos autores han construido una tipología tripartita de las
operaciones de las empresas multinacionales existentes, a saber, la organización
'multinacional', la organización 'internacional' y la organización 'global'. Cada una de
ellas tiene diferentes características. La organización 'multinacional' se caracteriza por
una federación descentralizada de actividades, en las que las operaciones mundiales de
la empresa se organizan como una cartera de negocios nacionales, y en la que cada
unidad nacional tiene un grado sustancial de autonomía; cada una tiene una orientación
'local'. Este tipo de organización ha sido un rasgo habitual de numerosas empresas
multinacionales europeas. Por contraste, la organización 'internacional' de Bartlett y
Ghoshal se caracteriza por una organización, coordinación y control mucho más formal
de parte de la sede corporativa sobre las filiales en otras partes del mundo, un rasgo
común de muchas empresas multinacionales de Estados Unidos en los últimos decenios.
El tercer tipo de organización de las empresas multinacionales es aún más centralizado,
con escasa autonomía para las filiales en el exterior. Esta forma ha sido bastante común
entre las empresas japonesas, especialmente durante las primeras etapas de su
internacionalización.
Todas estas formas de organización de empresas multinacionales aún están presentes en
la economía mundial. Sin embargo, las presiones cada vez más intensas de la
competencia y los cambios tecnológicos acelerados están inevitablemente estimulando
una reestructuración organizacional y geográfica sustancial de las empresas
multinacionales. Es demasiado simplista sugerir que ha surgido una sola forma
organizacional. La diversidad seguirá vigente. Sin embargo, hay unas tendencias
claramente observables. Tal vez la tendencia más notable es el énfasis creciente en
formas de organización en red. Se trata de formas organizacionales más horizontales y
flexibles y con mayor énfasis en la coordinación. El rasgo básico de estas formas
organizacionales emergentes es el énfasis especial en la rica diversidad de relaciones
externas dentro de las redes de producción. Algunas de estas relaciones reflejan los
vínculos cambiantes entre las empresas y sus proveedores. Otras reflejan los diversos
tipos de empresas basadas en la colaboración (alianzas estratégicas), que se ha
convertido en un rasgo cada vez más importante de las estrategias de las empresas
multinacionales.
El World Investment Report de 1994 (UNCTAD, 1994, pp. 137-8) demuestra algunas
de las principales maneras en que las estrategias de las empresas multinacionales están
contribuyendo a un cambio cualitativo en la naturaleza y grado de integración
internacional dentro del conjunto de la economía mundial. Comienza a surgir un sistema
de producción integrado a nivel internacional, aunque de una manera geográfica y
sectorialmente desigual. El informe sostiene que las estrategias cambiantes de las
empresas multinacionales subyacen a este cambio. A la vez, define una progresión de
las estrategias de las empresas multinacionales, en cada una de las cuales el papel de las
filiales de las empresas multinacionales y sus relaciones mutuas y con otras empresas
está definido de forma diferente.
La primera estrategia fue aquella en que las filiales en el extranjero tenían un caracter
autónomo, y eran, en efecto, 'réplicas miniaturizadas' de las operaciones del país de
origen, aunque tendían a no tener responsabilidades en el plano financiero ni de
investigación y desarrollo. Estas funciones clave siguieron en manos de la empresa
madre en el país de origen de la multinacional. Estas formas de operación autónoma de
las empresas multinacionales eran, en efecto, una extensión del tipo de estrategia que
había empezado a surgir en la industria manufacturera entre 1870 y 1913. Sin embargo,
progresivamente se produjeron cambios en las fuerzas que estimulaban un cambio
estratégico más profundo entre las empresas multinacionales. El mismo proceso que
condujo a una integración superficial entre los países -fundamentalmente la
liberalización de las normas comerciales y los cambios tecnológicos en los procesos de
producción y comunicación- también empezó a transformar la naturaleza de la
producción internacional. El alcance geográfico potencial de las empresas
multinacionales, especialmente las empresas oligopólicas de industrias como el
automóvil y la electrónica, se ampliaron y mejoraron su capacidad para producir
economías de escala en la distribución y en la producción y para utilizar estrategias de
identificación de fuentes de bajo coste. Como resultado, surgieron las estrategias de las
empresas multinacionales de integración simple, en las que hay un grado sustancial de
especialización funcional entre las diferentes partes de las empresas multinacionales.
Esta especialización interna de las empresas -aunque transnacional- aumentó los flujos
de productos intermedios y de servicios. En efecto, como señala el World Investment
Report, el alcance de la integración transnacional en ambas estrategias de las empresas
multinacionales es relativamente limitado.
Sin embargo, ahora se sostiene que una nueva fase de estrategias de integración
complejas dentro de las empresas multinacionales se está convirtiendo en realidad. Al
menos algunas empresas multinacionales parecen estar transformando sus operaciones
geográficamente dispersas en una red integrada más estrechamente en niveles regionales
y, en algunos casos, globales.
El desarrollo de redes organizacionales internas más complejas dentro de las empresas
multinacionales se ha visto acompañado de un auge en el número y en la importancia de
la colaboración estratégica con otras empresas que están en directa competencia. Estas
alianzas estratégicas representan en sí mismas complejas redes empresariales, y son
fundamentalmente un reflejo del tipo de cambios que ocurrirán en la economía global:
intensificación de la competencia, aceleración del cambio tecnológico, aumento de los
costes de desarrollo, de producción y comercialización de nuevos productos. Las
alianzas estratégicas constituyen uno de los métodos para compartir tanto los riesgos
como los beneficios en aquellas industrias donde estas consideraciones son más
evidentes (por ejemplo, el sector del automóvil las tecnologías de la información, la
electrónica). Además, pareciera que las empresas multinacionales están reestructurando
sus actividades de forma que implica: (1) una reorganización de la coordinación de sus
actividades en una reordenación compleja de las relaciones internas y externas de la red.
En algunos casos, esto también incluye asignar una mayor autonomía al menos a
algunas filiales; (2) una reorganización de la geografía de sus cadenas de producción a
nivel internacional y, en algunos casos, a nivel global; (3) una transformación de sus
relaciones con las empresas proveedoras, estableciendo diferencias entre distintos tipos
de proveedores.
A pesar de la importancia de estas tendencias, no se trata más que de tendencias, y no
constituyen realidades universales. Aún existen diferencias sustanciales entre empresas
y entre sectores, (incluso al interior de éstos) en la naturaleza y en el alcance de las
estrategias globalmente integradas. Una fuente de dichas diferencias ya ha sido
señalada: la nacionalidad de las empresas multinacionales. El punto más importante que
cabe subrayar es la existencia de un espectro de formas organizacionales, una diversidad
de trayectorias de desarrollo en las que unas operaciones globales conscientemente
planificadas coexisten con empresas que se han internacionalizado de una forma no
planificada y a menudo aleatoria. A través de este espectro, se está produciendo una
compleja reestructuración a todas las escalas geográficas, desde el nivel global hasta el
nivel local, en la medida en que las empresas multinacionales tienen que adoptar
decisiones estratégicas en relación a la coordinación organizacional y a la configuración
geográfica de las funciones de las cadenas de producción. La decisión para centralizar o
descentralizar los poderes de toma de decisiones o para reunir o dispersar algunas o
todas las funciones de la empresa de formas específicas, constituyen una inquietud
permanente para quienes toman las decisiones en las empresas mientras luchan con la
tensión geográfica fundamental que enfrentan todas las empresas internacionales: no
saber si esforzarse para globalizarse completamente o si mostrarse sensible ante los
fenómenos de las diferencias locales.
Las empresas multinacionales, los estados nación y los bloques económicos regionales
El sistema de producción internacional está articulado y coordinado fundamentalmente
por las empresas multinacionales. Como se ha demostrado en el apartado anterior, a
pesar de que aún hay numerosas variaciones geográficas en cómo y dónde se lleva a
cabo la producción, la tendencia general apunta hacia redes de producción más
complejas, en que se coordinan empresas de diferente tipo. Las propias redes operan en
diferentes escalas geográficas, desde lo local hasta lo global, y al hacer esto integran
lugares en una estructura económica -y social- más compleja. La escala y el grado de la
actividad de las empresas multinacionales inevitablemente plantean algunos problemas
a los Estados. A menudo se ha señalado, por ejemplo, que algunas empresas
multinacionales son tan grandes como algunos países, o incluso más grandes. Por
extensión, se sostiene que las empresas multinacionales están desplazando a los Estados
como unidades económicas clave en la economía mundial. Hay algo de verdad en esto.
El 'alcance global' de las principales empresas multinacionales, de hecho plantea una
amenaza a la autonomía del Estado, sencillamente porque dichas empresas de hecho
incorporan partes de la economía de un país en su propio ámbito. También es verdad
que los Estados se han vuelto cada vez más activos para competir y atraer los proyectos
de inversión internacional para situarlos en su propio territorio. Esta licitación
competitiva se da en todas las escalas geográficas: global, regional, nacional y local.
Como resultado, las empresas multinacionales tienen la capacidad para enfrentar a un
país contra otro con el fin de obtener el mejor trato.
Sin embargo, las relaciones entre las empresas multinacionales y los Estados son mucho
más complejas. El poder de negociación no reside inevitablemente en las empresas
multinacionales en todos los casos, aunque es innegable, como observan Stopford y
Strange (1991, p. 215) que los "gobiernos como grupo han perdido, de hecho, el poder
de negociación en aras de las multinacionales". Sin embargo, también señala que la
competencia cada vez más intensa entre los Estados parece haber sido un factor más
importante en el debilitamiento de su poder de negociación que los cambios en la
competencia global entre las empresas" (1991, p. 215). De hecho, si bien se reconoce el
poder indiscutible de las empresas multinacionales para moldear y remoldear la
geografía de la producción internacional, se puede afirmar que la estructura cambiante
de la economía global es el resultado de una compleja combinación de procesos que
involucran tanto a las empresas multinacionales como a los Estados (Dicken, 1992a,b,
1994; Gordon, 1988). Todos los países intentan regular las transacciones económicas
que se producen a través y dentro de sus fronteras. Manejan estructuras de regulación
que determinan hasta qué punto las empresas pueden tener acceso a los mercados o los
recursos dentro de sus propias fronteras. También manejan estructuras de regulación
que definen las reglas operativas para las empresas instaladas dentro de su jurisdicción
particular. El verdadero problema está relacionado con la efectividad de estos
mecanismos de regulación. Aquí, el problema no consiste únicamente en saber cuánto
poder tienen las multinacionales para burlar las políticas gubernamentales, sino también
hasta qué punto los gobiernos en general implementan políticas competitivas entre ellos
que acaban por socavar la efectividad de cada gobierno específico. Éste es el resultado
inevitable de un mundo en el que todos los Estados se han convertido en Estados
competidores Durante los últimos años, de hecho, ha surgido un nuevo mercantilismo
en el que los principales países industriales se han vuelto estratégicamente competitivos
de una manera más evidente. En algunos sentidos, los Estados han adoptado algunas de
las características de las empresas comerciales, en la medida que intentan desarrollar
estrategias para crear ventajas competitivas (Dicken, 1994). No es producto del azar que
uno de los autores más importantes del mundo en el tema de las estrategias competitivas
de las empresas ha vuelto su atención hacia las "ventajas competitivas de los países"
(Porter, 1990). Específicamente, los Estados compiten para mejorar su posición
comercial internacional y para capturar una proporción lo más grande posible de los
beneficios del comercio. Compiten para atraer las inversiones productivas con el fin de
construir su base productiva nacional, la cual, a su vez, mejora su posición competitiva.
Durante los últimos diez a quince años, numerosos Estados se han embarcado en un
frenesí de desregulación, especialmente en ciertos sectores (como los servicios
financieros y las telecomunicaciones) en un intento más de mejorar su participación en
las actividades que generan valor agregado.
Por lo tanto, al igual que las empresas, los Estados compiten para aumentar sus ventajas
materiales frente a otros Estados. Al igual que las empresas -que cada vez más acuerdan
alianzas estratégicas con sus competidores- los Estados también colaboran unos con
otros y forman alianzas económicas con otros Estados. Al igual que sucede en las
empresas, la colaboración entre gobiernos puede variar desde los simples acuerdos
bilaterales sobre un tema aislado a las complejas redes de colaboración de un bloque
económico supranacional.
Una opinión cada vez más aceptada en la economía mundial es que ésta empieza a
cristalizar en torno a tres grandes bloques regionales centrados en América del Norte,
Europa y el sudeste asiático. Desde luego, es verdad que estas tres grandes regiones -
que Ohmae denominó la triada global- representan la mayor proporción de la actividad
económica mundial (Dicken, 1992a). En una medida apreciable, la formación de estas
concentraciones geográficas de la actividad económica se puede explicar simplemente
en términos del fenómeno geográfico básico de la proximidad. Las empresas se
benefician por el hecho de encontrarse cerca de los principales mercados y de sus
proveedores. La aglomeración espacial es un concepto aplicable a diferentes escalas
geográficas, no sólo a la microescala. Una división espacial del trabajo dentro de una
aglomeración de gran escala de este tipo se vuelve cada vez más viable y atractiva para
las empresas comerciales, especialmente para las empresas multinacionales. En
términos de los principios establecidos de larga data de causalidad acumulativa, el
crecimiento produce más crecimiento.
Así, una de las fuerzas que conducen a la integración económica regional en la
economía mundial es 'sencillamente geográfica' (Thomsen, 1994). Es importante
formular esta regla básica de la relevancia de los procesos económicos geográficos en la
formación de los bloques económicos regionales, porque a menudo éstos son explicados
únicamente en términos políticos. Con demasiada frecuencia, además, el término
'bloque económico regional' se usa de una manera sumamente indiscriminada para
hablar de una homogeneidad de formas. Sin embargo, como señalan Cable y Henderson
(1994):
"En algunos casos, la integración regional se produce espontáneamente a través de las
fuerzas del mercado, impulsada por los dictados de la geografía económica. En otros
casos, las estructuras formales se crean bajo la forma de áreas de libre comercio, de
uniones aduaneras, mercados comunes y diferentes tipos de asociaciones preferenciales.
Estos enfoques -que son considerablemente diferentes en sus motivaciones y efectos-
han atraído desafortunadamente la designación universal de 'bloques comerciales'. Este
término implica connotaciones tanto de confrontación como de uniformidad de estilo,
que pueden ser bastante erróneas." (Cable y Henderson, 1994, p. 1).
Independientemente de que los bloques regionales se creen de forma espontánea a
través de la geografía económica de las fuerzas del mercado (como en Asia y el
Pacífico) o sean el resultado deliberado de un acuerdo político, su base fundamental es
la del comercio. A falta de una unión política total, podemos identificar cuatro tipos de
acuerdos económicos regionales políticamente negociados en los que hay grados cada
vez mayores de integración:
1. La zona de libre comercio, donde las restricciones comerciales entre los Estados
miembros se eliminan mediante un acuerdo, pero en la que los Estados miembros
conservan sus políticas de comercio individuales con otros Estados no miembros.
2. La unión aduanera, donde los Estados miembros acuerdan la creación de una zona de
libre comercio y además establecen una política comercial externa común (barreras
arancelarias y no arancelarias) con respecto a otros Estados no miembros.
3. El mercado común, donde no sólo se eliminan las barreras entre los Estados
miembros y se adopta una política comercial externa común, sino también se acuerda un
libre movimiento de los factores de producción (capital, mano de obra, etc.) entre los
Estados miembros.
4. La unión económica es la forma superior de la integración económica regional, a falta
de una unión política a una escala total. En la unión económica, no sólo se eliminan las
barreras comerciales internas y se adopta unos aranceles externos comunes y un libre
movimiento de los factores, sino también se armonizan unas políticas económicas más
amplias sujetas a un control supranacional.
El número de acuerdos comerciales regionales ha crecido drásticamente durante los
últimos cincuenta años. Unos datos recogidos por la organización mundial del comercio
arrojan el resultado de unos 109 acuerdos comerciales notificados al GATT entre 1948
y 1994. A pesar de que muchos de éstos fueron inicialmente establecidos (al menos de
forma embrionaria) entre hace treinta y cuarenta años, ha habido un desarrollo muy
sustancial de dichos acuerdos a finales de los años '80 y comienzos de los '90 (Cable y
Henderson, 1994; Gibb y Michalak, 1994). En los años '80, la Comunidad Europea
amplió el número de sus miembros de nueve a doce. En 1991, se alcanzó un acuerdo
con todos los miembros, excepto uno, de la Asociación Europea de Libre Comercio
(EFTA) para crear una zona económica europea (EEA). Hacia finales de los años '80,
los procesos políticos que apuntaban a conformar un solo mercado de la Comunidad
Europea hacia 1992 llegaron a su punto álgido. En 1989, Estados Unidos y Canadá
firmaron el Acuerdo de Libre Comercio. En 1994, se inauguró el Acuerdo de Libre
Comercio de América del Norte (NAFTA), por el cual México se unió a Canadá y
Estados Unidos, en el primer ejemplo de un país en desarrollo plenamente integrado con
países altamente desarrollados. En los primeros meses de 1995, la tendencia de
regionalización se aceleró aún más. En América Latina se inauguró el Mercosur, una
unión aduanera entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay; se impulsó el desarrollo
del Pacto Andino (Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela); una zona de libre
comercio que incluía a México, Colombia y Venezuela también entró en vigencia. En
Europa, la Unión Europea, que sucedió a la Comunidad Europea, amplió sus miembros
de doce a quince con la incorporación de Austria, Finlandia y Suecia; se adoptaron
acuerdos de libre comercio entre la Unión Europea (UE) y las tres repúblicas bálticas de
Estonia, Letonia y Lituania. En la cuenca del Pacífico -donde además de los países de la
ASEAN (Asociación de Países del Sudeste Asiático) no existe formalmente un bloque
comercial regional- los diecinueve Estados miembros del Foro Económico Asia y el
Pacífico acordaron eliminar todas las barreras comerciales regionales hacia el año 2020.
Además, están programados, por lo menos para ser discutidos, otros acuerdos
comerciales regionales. Estados Unidos tiene la intención de crear una zona de libre
comercio que incluya a todos los países de América, desde Anchorage a Tierra del
Fuego, e incluso se ha llegado a proponer un acuerdo de libre comercio transatlántico -
un TAFTA- entre la NAFTA y la UE.
La amplia mayoría de los grupos económicos regionales pertenecen a las dos primeras
categorías de la clasificación mencionada más arriba (la zona de libre comercio y la
unión aduanera). Hay un pequeño número de acuerdos de mercados comunes aunque
sólo un grupo (la Unión Europea) se acerca realmente a una verdadera unión
económica. De hecho, no sólo existe una enorme variedad en la escala, naturaleza y
efectividad de estos grupos comerciales regionales, sino que también hay, en algunos
casos, una considerable superposición de la pertenencia a diferentes grupos,
especialmente en América Latina. Debe tenerse en cuenta esta diversidad al considerar
los posibles efectos geográficos de la integración regional, tanto internamente (sobre los
Estados miembros y las comunidades) como externamente (sobre el resto de la
economía mundial).
Los bloques comerciales regionales tienen una naturaleza esencialmente
discriminatoria. La mayoría tienen un carácter sumamente defensivo, y representan un
intento para conseguir grandes ventajas en el comercio mediante la creación de grandes
mercados para sus productores y para protegerlos, al menos en parte, de la competencia
externa. Como consecuencia, los bloques regionales más importantes -especialmente la
Unión Europea y el NAFTA- tienen una considerable influencia en la evolución del
comercio mundial. El análisis clásico de los efectos comerciales de los bloques
regionales (específicamente, de las uniones aduaneras) identifica dos resultados
opuestos: creación comercial y desviación comercial: cuando se reducen las barreras
comerciales entre países asociados, el comercio entre ellos aumentará; 'la diversión
comercial' se refiere a la sustitución del comercio con otros países por el comercio con
los socios, mientras que la 'creación comercial' se refiere al comercio que reemplaza la
producción doméstica o asociada con un aumento del consumo. También puede existir
una 'creación comercial externa' si el proceso de integración conduce a una disminución
de las barreras comerciales con el resto del mundo (Smith, 1994, p. 18).
Los bloques comerciales regionales también tienen una influencia primordial en las
decisiones de inversión de las empresas multinacionales. Un estudio de Naciones
Unidas (UNCTC, 1990) analizó tanto la influencia general de la integración económica
regional sobre las estrategias de la empresas multinacionales como el efecto específico
de la realización del mercado europeo único sobre las decisiones de inversión de las
empresas europeas y no europeas. El estudio de la UNCTC demostró que los efectos de
la integración regional sobre la inversión directa también podían ser conceptualizados,
como sucedía con el comercio, en términos de 'creación' y 'desviación'.
Las observaciones empíricas señalan que la introducción de una integración económica
regional tiene como resultado un aumento de la inversión directa interna. Se pueden
identificar tres tipos de dicha estrategia de 'creación de inversiones'. Primero, la
inversión defensiva de sustitución de importaciones es característica de las empresas
que antiguamente servían al mercado regional a través del comercio, pero que con la
introducción de las barreras comerciales regionales, necesitan reemplazar esa forma de
acceso al mercado por la inversión en instalaciones productivas dentro del mercado.
Desde el punto de vista de la UNCTC, este tipo de auge de la inversión interna (de
hecho una especie de 'salto arancelario') será de corto plazo en sus efectos y disminuirá
después de que las empresas hayan formalizado su ingreso. Los otros dos tipos de
creación de inversiones son más dinámicos y tienen unos efectos a más largo plazo. La
inversión extranjera directa racionalizada es la respuesta de las empresas a los efectos
de la economía de escala de la integración regional, por la cual los mercados integrados
más grandes estimulan la racionalización de la producción previamente dispersa y
orientada a unos mercados nacionales individuales, hacia operaciones de mercados
regionales más grandes y eficientes. Las inversiones ofensivas de sustitución de
importaciones se diferencian de las inversiones defensivas de sustitución de
importaciones porque se definen como un fenómeno que abarca las inversiones
anticipándose a participaciones más grandes en el mercado, en lugar de una mera
defensa de la participación en los mercados existentes. De hecho, a menudo resulta
sumamente difícil distinguir entre inversiones defensivas de sustitución de
importaciones e inversiones ofensivas.
Como sucede en el caso de la creación comercial, la noción de creación de inversión
como respuesta a la creación de bloques regionales se refiere a la escala geográfica
agregada del conjunto del bloque regional. Como contraste, la "desviación de
inversiones se da a nivel de los Estados miembros individuales dentro del bloque
regional; la eliminación de las barreras comerciales internas (y otras) puede conducir a
las empresas a practicar unas inversiones de reorganización, por lo cual reconfiguran
sus operaciones para relacionarse con un mercado regional más que con unos mercados
nacionales particulares. Esta reorganización puede conducir a un aumento de las
inversiones internas como respuesta a la ampliación de la escala de las operaciones.
Independientemente de que se produzca este aumento de las inversiones, el principal
resultado de la reorganización de las inversiones es un aumento de la actividad de las
inversiones transfronterizas dentro de la región. Por definición, esto desvía las
inversiones en algunos lugares en favor de otros.
Uno de los temores generados por los acuerdos comerciales regionales es que cada
bloque se cierre sobre sí mismo y, por lo tanto, desvíe el comercio de los países no
miembros. Este temor se ha expresado con mucha fuerza, por ejemplo, en el caso del
proceso del Mercado Europeo Unico y ha dado lugar al término popular "Fortaleza
Europea". Independientemente de que estos temores sean exagerados o no, no cabe
duda de que la preocupación por las exclusiones futuras de la Unión Europea, o la
restricción del acceso a ésta, tiene una influencia primordial en las decisiones de las
inversiones de las empresas multinacionales fuera de Europa. En el periodo previo a la
fecha final de diciembre de 1992, se produjo un gran auge de nuevas inversiones en
Europa por parte de América del Norte, Japón, y especialmente de otras empresas
asiáticas. Una parte de estas inversiones asumió la forma de operaciones de
características totalmente nuevas, pero gran parte de ellas se produjeron bajo la forma
de adquisición de empresas europeas, y a través de la creación de alianzas estratégicas
de empresas europeas y no europeas.
La Unión Europea es el ejemplo más desarrollado de estos procesos, si bien, como
sostiene Thomsen (1994), en una gran medida, fueron las presiones económicas creadas
por las principales empresas lo que aceleró el proceso político de integración. Muchas
de las principales empresas habían comenzado a reorganizar sus operaciones europeas
sobre una base regional más que nacional, mucho antes de que comenzara el proceso del
mercado único. Un buen ejemplo es el productor de automóviles Ford, de Estados
Unidos, que creó una organización en toda Europa ya en 1967 (Dicken, 1992a). Sin
embargo, durante los últimos años en Europa es verdad que se ha producido una
auténtica marea de amplias reestructuraciones organizacionales y geográficas por parte
de las empresas europeas y no europeas. La mayoría, sino todas las industrias europeas,
se están volviendo cada vez más regionalizadas, en la medida que las empresas intentan
crear unas redes de organización orientadas al conjunto del mercado europeo, más que a
mercados nacionales individuales.
Esta reorganización regional tan amplia de la producción contribuye a la reorientación y
a la intensificación de las inversiones y del comercio interregional. También conduce a
modelos cambiantes de desarrollo desigual entre las distintas partes que conforman la
región. Algunas zonas indudablemente se benefician; otras, indudablemente, no se
benefician. Las diferencias regionales internas en los niveles de bienestar económico y
social son el resultado inevitable de los procesos de integración regional. Estos
problemas se agudizan ahí donde existen grandes diferencias económicas entre los
Estados miembros de un bloque regional. Desde luego, en el tipo de unión económica
característica de la Unión Europea, hay mecanismos redistributivos -como el Fondo de
Cohesión Social Europeo y el Fondo de Desarrollo Regional Europeo- para aliviar los
extremos de pobreza regional y declive económico. Pero en los bloques regionales
menos desarrollados políticamente, incluyendo la NAFTA, estos mecanismos de
redistribución no existen.
No es sorprendente, por ejemplo, que la creación de la NAFTA haya suscitado una gran
preocupación tanto en las zonas urbanas e industriales más antiguas y en las regiones
rurales pobres de Estados Unidos, debido a las posibles fugas de las inversiones hacia
México, donde el coste de la mano de obra es mucho más barato.
Una consideración final en esta breve exposición de la regionalización de la economía
global está relacionada con saber hasta qué punto este proceso probablemente
continuará e incluso se agudizará. Lawrence (1993, pp. 63-64) sostiene que "al menos
en un futuro cercano -diez años, quizá más- es inevitable el aumento de la integración
regional. Sin embargo, la cuestión crítica es saber si los acuerdos regionales se
convertirán en 'bloques de construcción' en un sistema global más integrado o en
'bloques inestables' que provocarán la fragmentación del sistema." Hay una auténtica
inquietud entre los países que están fuera del sistema a propósito de la apertura futura
probable de dichos bloques. Estas inquietudes tienen que ver con el temor ante el
aumento de la desviación del comercio; ante el posible aumento del carácter
"introvertido" de estas regiones a medida que avanza el proceso de integración regional;
ante la posibilidad de que los Estados miembros más proteccionistas predominen en la
elaboración de las políticas, lo cual podría conducir a la creación de nuevas barreras
externas para el comercio y las inversiones.
No es sorprendente que los pronósticos acerca de las implicaciones globales de la
integración económica regional estén sumamente polarizados. El punto crítico será
saber en qué medida estos bloques estarán abiertos a la interacción externa. La opinión
optimista, tal como la expresa Lawrence es que "los bloques regionales abiertos pueden
realmente fomentar y facilitar la liberalización externa, es decir, con otras partes fuera
de los bloques" (Lawrence, 1993, p. 48).
Este autor señala la historia de la Comunidad Europea, en la que " con la notable
excepción de la agricultura,... el aumento de la integración regional entre los seis
miembros originales de la Comunidad Europea estaba asociada con una amplia
participación en las reducciones de los aranceles multilaterales... La experiencia europea
también ha demostrado que los países excluidos pueden tener mayores incentivos para
adoptar políticas de liberalización en un sistema con unos acuerdos regionales
emergentes" (Lawrence, 1993, pp. 48-49). Pero no todos expresan una opinión tan
optimista. En muchas regiones del mundo existe un verdadero temor de que la
integración regional de algunos países conduzca a la exclusión y al aumento de la
condición periférica de otros.
Conclusión
El principal objetivo de este artículo ha consistido en clarificar y corregir algunas de los
errores conceptuales y en los estereotipos que plagan una buena parte de la literatura
sobre la economía global contemporánea. No hay duda de que en el proceso de
transformación económica que se ha producido en los últimos decenios -especialmente
desde el comienzo de los años '60- el papel del Estado nación ha cambiado. Ya no es
acertado pensar en la economía mundial como un ente compuesto únicamente de
Estados nación en interacción mutua y como principales reguladores del sistema
económico mundial. Es indudable que el grado de libertad del que gozaban los Estados
individuales se ha reducido. Sin embargo, atribuir un supuesto declive de la autonomía
y soberanía nacional únicamente al auge de las empresas multinacionales es un
razonamiento incorrecto. Si bien es cierto que las empresas multinacionales tienen la
capacidad de funcionar más allá de las fronteras nacionales, no pueden hacerlo sin tener
como referencia las iniciativas y las políticas de los gobiernos nacionales dentro de los
cuales se enmarcan sus operaciones.
Por lo mismo, pensar en las empresas multinacionales como un conjunto homogéneo de
empresas gigantescas que persiguen los mismos objetivos con métodos similares es
igualmente desacertado. Las empresas multinacionales varían enormemente en su
tamaño, sus estructuras y sus estrategias. Sin bien es muy posible identificar algunas
tendencias empíricas generales en sus modos de funcionamiento, también hay que
señalar que el rasgo primordial es la diversidad, más que la uniformidad. Parte de esa
diversidad surge de la particular relación entre unas empresas multinacionales y su país
de origen. Dado que las empresas multinacionales son organizaciones producidas social
y culturalmente, no debería sorprendernos descubrir que, al menos en ciertos sentidos,
las empresas multinacionales de un país pueden ser diferentes de las empresas
multinacionales de otro país.
De hecho, para comprender el cambio contemporáneo en la economía global debemos
centrarnos en las complejas interacciones entre las empresas multinacionales y los
Estados, en la medida en que ambos persiguen objetivos específicos. En un sentido muy
real, los Estados necesitan a las empresas, pero las empresas también necesitan a los
Estados. Como se señalaba en la Introducción, las relaciones son a la vez de
colaboración y de competencia, de apoyo y de entendimiento. El surgimiento de los
bloques económicos integrados regionalmente, que se han convertido en un rasgo cada
vez más generalizado de la economía global moderna, revela algunos aspectos de la
esencia de la interacción entre las empresas multinacionales y los Estados. Es probable
que la integración económica regional se hubiera producido a nivel de las empresas casi
como un resultado inevitable del fenómeno geográfico de la proximidad, incluso sin las
iniciativas políticas. De hecho, una vez iniciado el movimiento, cualquiera sea la fuerza
impulsora, una refuerza a la otra. Las empresas multinacionales desean desarrollar y
mantener el acceso a grandes mercados; los Estados desean protegerse de los estragos
de la competencia económica global. Los bloques regionales avanzan en cierta medida
hacia la consecución de ambos tipos de objetivos.
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Peter Dicken es profesor de geografía en la Universidad de Manchester y se ha
desempeñado como profesor invitado en Estados Unidos, Canadá, Australia y Asia.
También trabaja como consultor de la UNCTAD (Conferencia de Naciones Unidas
sobre Comercio y Desarrollo). Se publica con fines informativos y educativos.
Las empresas multinacionales y los Estados Nación
Desde mediados del siglo XVII con el nacimiento de los estados nacionales, esta
institución se posicionado como el actor predominante en las relaciones económicas
internacionales.
Actualmente se plantea, con la explosión de las empresas multinacionales, cuán
predominantes son los Estados y cuánto poder e influencia acumulan las empresas en
las relaciones económicas internacionales.
El panorama internacional está marcado por la combinación y la interacción de los
Estados nacionales y las empresas multinacionales.
Las empresas comerciales que funcionan más allá de las fronteras nacionales y que
controlan o coordinan la producción y la distribución fuera de su país de origen no son
un fenómeno reciente. Sus orígenes se remontan a las actividades de los primeros
capitalistas comerciales del siglo XIV, entre los cuales destacan empresas comerciales
como la Liga Hanseática, las Compañías Inglesa y Holandesa de las Indias orientales y
la Hudson's Bay Company. Sin embargo, el primer desarrollo realmente importante de
la actividad de las empresas multinacionales comenzó en el siglo XIX con el auge del
capitalismo industrial. Las empresas multinacionales modernas surgieron en la segunda
mitad del siglo XIX y, más específicamente, después de 1870. La expansión de la
actividad de las empresas multinacionales constituyó una parte esencial del notable
aumento de la actividad económica internacional entre 1870 y la Primera Guerra
Mundial. En efecto, las investigaciones modernas señalan que la escala y el alcance de
las inversiones extranjeras directas en aquel periodo fueron muy superiores a lo que se
había pensado hasta ahora, especialmente entre las empresas de Inglaterra, Estados
Unidos, Alemania, Francia y Holanda. Durante este periodo, se hicieron evidentes las
dos principales motivaciones para que las empresas ampliaran sus operaciones más allá
de sus fronteras nacionales: buscar nuevos mercados y adquirir recursos productivos.
A pesar de que las operaciones de las empresas multinacionales actualmente son
infinitamente más complejas que en el siglo XIX y comienzos del siglo XX, estas dos
motivaciones básicas siguen vigentes.
A pesar de que actualmente es evidente que se había subestimado la importancia de las
empresas multinacionales en el periodo anterior a 1914, es igualmente claro que la
expansión realmente espectacular se dio después de 1945, y especialmente a partir de
los años '60
Las empresas multinacionales están marcadas por las características específicas de su
país de origen, porque las bases culturales e ideológicas son previas a la conformación
de las empresas y marcan las características de las mismas. Todas tienen una sede
identificable, una base que garantiza que todas las empresas multinacionales estén
esencialmente insertas en entorno nacional.
Las empresas multinacionales, los estados nación y los bloques económicos regionales.
Las empresas multinacionales tienen la capacidad para enfrentar a un país contra otro
con el fin de obtener el mejor trato. Así como existe competencia entre empresas por
ganar mercados, también los estados compiten entre sí para obtener ventajas unos sobre
otros. Los mecanismos de competencia interestatal van desde los acuerdos bilaterales a
la conformación de bloques económicos supranacionales.
Podemos identificar cuatro tipos de acuerdos económicos regionales políticamente
negociados en los que hay grados cada vez mayores de integración:
1. La zona de libre comercio, donde las restricciones comerciales entre los Estados
miembros se eliminan mediante un acuerdo, pero en la que los Estados miembros
conservan sus políticas de comercio individuales con otros Estados no miembros.
2. La unión aduanera, donde los Estados miembros acuerdan la creación de una zona de
libre comercio y además establecen una política comercial externa común (barreras
arancelarias y no arancelarias) con respecto a otros Estados no miembros.
3. El mercado común, donde no sólo se eliminan las barreras entre los Estados
miembros y se adopta una política comercial externa común, sino también se acuerda un
libre movimiento de los factores de producción (capital, mano de obra, etc.) entre los
Estados miembros.
4. La unión económica es la forma superior de la integración económica regional, a falta
de una unión política a una escala total. En la unión económica, no sólo se eliminan las
barreras comerciales internas y se adopta unos aranceles externos comunes y un libre
movimiento de los factores, sino también se armonizan unas políticas económicas más
amplias sujetas a un control supranacional.
El análisis de los efectos comerciales de los bloques regionales identifica dos resultados
opuestos: la creación comercial y la desviación comercial. La creación comercial se
refiere al comercio que reemplaza al consumo por una producción doméstica; y la
desviación comercial se refiere a la sustitución del comercio con otros países por el
comercio con los socios.
La globalización y la sociedad global
Una de las consecuencias negativas del discurso postmoderno poco analizadas ha sido la
incertidumbre que produjo acerca de las posibilidades de auto-descripción de la
sociedad global. Niklas Luhmann, el sociólogo alemán que tomó la problemática del
filósofo francés Jean Francois Lyotard, prefirió una respuesta escéptica a la pregunta
sobre tal posibilidad, a reserva de que no llegara a pensarse que la sociedad vive o bien
que es posible la planificación o la reparación de ésta (Luhmann, 1984).
Respecto de lo anterior, Luhmann no aceptó la existencia de sociedades regionales y
rechazó la posibilidad de una observación sociológica externa a la sociedad. La
sociología para Luhmann era una descripción de la sociedad sobre sí. Esta perspectiva
sistémica, asumida, contra el interés de éste, por algunos como postmoderna, (Beyme,
2000) es sugerente, pero problemática para una descripción competente de la sociedad
global.
Es cierto que la sociedad global se estructura mediante interacciones y comunicaciones;
sin embargo, la descripción sistémica contiene algunos elementos, ecos del discurso
postmoderno, que bloquean una descripción adecuada de la sociedad global. La
sociedad no vive, pero existe; la sociedad nacional y global está estructurada por
interacciones y comunicaciones, pero también, mediante acciones, producto de esas
comunicaciones.
La sociedad global existe como un efecto de conjunto de acciones, interacciones y
comunicaciones. Paradójicamente, lo que Niklas Luhmann observó como un obstáculo
epistemológico, generó otro obstáculo epistemológico. En todo caso, los discursos
postmodernos y su resonancia en la teoría de sistemas sumaron una sospecha a las
existentes sobre grandes narraciones y las posibilidades de auto-descripción y
transformación social. El nuevo discurso crítico –si se considera la clasificación de
Helmut Dubiel- que declaró muerto al pos-estructuralismo se encargo de sepultar en
vida al discurso postmoderno (Giddens, 1990 ; Dubiel, 2002).
Al respecto, es necesario ensayar una definición de las sociedades actuales, no para
construir una sociología global, sino para realizar una observación sociológica situada
de la sociedad global. Una buena guía para tal empresa la constituye la epistemología
compleja orientada por meta-puntos de vista. Asimismo, es útil la pregunta de Giddens
acerca de la globalización ¿Qué es exactamente y que implicaciones tiene? (Giddens,
1998). El supuesto básico es que la globalización es una evidencia de que la sociedad
global existe.
Por otro lado, es paradójico que las preguntas simples que Danilo Martuchelli y
Francois Dubet, Ulrich Beck y Peter Wagner nos han vuelto a formular -¿En qué
sociedad vivimos? ¿Cómo podemos vivir en paz nuestra ideas de vida recta y justa?-
sean las preguntas más complejas de nuestro tiempo. Por supuesto, llama la atención –
como dice Canclini- que los autores y editores latinoamericanos, satisfechos con el
macondismo- ya no se planteen ni editen trabajos sobre tales interrogantes.
Las respuestas a estas preguntas, apresuradas por el voluntarismo teórico o por las
estrategias editoriales, constituyen una constelación de adjetivos articulados al concepto
de sociedad, una confusión sumada a la duda sobre la posibilidad de la auto-descripción
social.
Los discursos, las observaciones y las narrativas
Desde la duda y lo confuso, la globalización se ha tematizado obsesivamente. En la
sociología, la globalización es un objeto de conocimiento sobre el cual se han dicho
múltiples discursos según observaciones, narrativas y subjetividades. La globalización
se imagina, dice Canclini.
La globalización ha sido configurada como un objeto cuyo referente es la expansión a
escala abierta de las acciones, interacciones y comunicaciones nacionales. La retórica de
la globalización es omnipresente tanto como el proceso que refiere. Dice Beck “todo se
disuelve en el sol del desierto de la globalización”.
Los principales temas del objeto de la globalización son su novedad, dimensiones,
indicadores, observaciones y carácter. Esos temas aparecen como dilemas: la
globalización es vieja o nueva; parcial o multidimensional; positiva o negativa, abierta o
irreversible. Las metáforas más comunes asociadas a ella son un archipiélago, un mundo
desbocado o un caballo sin jinete. Los creadores de estas figuras debaten sobre el
alcance global o general del proceso de globalización, pero sobre todo acerca de la
capacidad de gestión de este proceso de intensificación de intercambios.
Los sociólogos actuales observan que la nueva globalización es observada según la
imaginación y la reflexividad estética o cognitiva de los sujetos sociales, es decir, según
sentimientos, imágenes e informaciones; sin embargo, la mayoría de ellos coincide en
que la globalización ha producido una sociedad global emergente, también llamada
sociedad red, mundial y cosmopolita.
En efecto, la globalización pudo haberse iniciado mucho tiempo atrás, no obstante, lo
que interesa a los sociólogos actuales es la globalización del presente y su relación con
el pasado, de otra forma, cómo asumir las tradiciones del pasado, abandonándolas o
seleccionándolas, mediante la reflexión. El concepto de globalización se diferencia
teóricamente del concepto de globalismo; no es la misma cosa el intercambio
económico y financiero internacional comparado con la gestión nacional de tales
intercambios (Beck, 1998).
La idea misma de la globalización económica enfrenta esta otra idea de la globalización
como un conjunto de procesos complejos para los cuales se utilizan determinadas
estrategias de gestión. La idea del carácter benéfico de la globalización con la idea de la
globalización como un peligro o una ideología y, la idea de la globalización como un
proceso inexorable e irreversible se opone a la idea de la globalización como un
horizonte abierto.
En tales circunstancias, la mejor descripción sociológica de la globalización y la
sociedad global, es decir, la más reflexiva, supondría aceptar que independientemente
de la historia, hay una nueva globalización; el rechazo del globalismo y la aceptación de
la multidimensionalidad de aquélla, sin exageraciones sobre que todo está globalizado.
Por supuesto, no todo es global, algunos procesos están más globalizados que otros, por
ejemplo, los procesos culturales respecto de los procesos económicos; asimismo, es
preciso no olvidar que lo global no sustituye lo local, pero sobre todo que existen
sujetos segregados de la globalización.
La positividad o negatividad de la globalización está determinada por la
reestructuración del tiempo y el espacio y los tipos de gestión estatal (Giddens,1998). El
futuro de la globalización dependerá de un conjunto de enfrentamientos entre multitudes
y multinacionales de los cuales por ahora han favorecido a las segundas. Por esa razón
dice Beck que la globalización es la ausencia de gobierno mundial, aunque sería más
exacto decir que consiste, más allá de la hegemonía de las multinacionales, es una
ausencia de estado mundial.
Las características de la sociedad global
Una pregunta derivada de las dos preguntas enunciadas anteriormente es ¿Qué tipo de
sociedad ha producido la globalización y cómo ésta ha expandido a la sociedad? En el
debate actual, existen descripciones que pueden sistematizarse de acuerdo a los
elementos de la observación construida en el apartado anterior. Antes de utilizarla en un
sentido descriptivo intentemos una primera definición de acuerdo a los dos elementos
básicos de la teoría de la modernización, la diferenciación y la integración social
(Carlota Solé, 1999).
La sociedad global está constituida por una multiplicidad de interacciones y
comunicaciones locales y nacionales producto de la intensificación de los intercambios
internacionales. En modo alguno es una megasociedad, por el contrario, es una
pluralidad u horizonte sostiene Beck, con mucha razón (Beck, 1998).
La sociedad global se caracteriza por la desintegración de la sociedad nacional e
industrial y la multiplicación de riesgos. Ulrich Beck habla de una sociedad del riesgo
como una segunda modernidad compleja. Para Beck, el proceso transitorio consiste en
una serie de sustituciones de la sociedad industrial por una sociedad de riesgo; del amor
tradicional por las relaciones abiertas; del trabajo de por vida por el trabajo flexible; de
la identidad monocultural a las identidades abiertas, en las cuales no coincide la
identidad con el territorio, la raza o la religión.
En el mismo sentido, Francis Fukuyama ha sostenido que la característica principal de
las sociedades occidentales en las dos décadas pasadas ha sido la declinación de la
confianza y el estrechamiento del radio de ésta. El declive de la confianza como capital
social ha producido la desigualdad y la competencia. En tales circunstancias, la sociedad
global y nacional se ha diferenciado en subsistemas autónomos que establecen
relaciones con los otros tomados en calidad de entornos.
En el sistema económico la producción material de la manufactura es acompañada por
la producción inmaterial de los servicios basados en la información (Rifkin, 2000; Hard
y Negri, 2000). El trabajo físico característico de la producción industrial es devaluado
en comparación de la valorización del trabajo intelectual. Las relaciones entre los
trabajadores y los empresarios se reconfiguran, pero siguen basadas en las relaciones de
explotación y desgaste de la fuerza de trabajo.
En este sistema, es muy importante la emergencia del comercio y el dinero electrónico.
El acceso a esta economía inmaterial determina nuevos tipos de subjetividad. El fin del
trabajo físico en las sociedades centrales contrasta con la intensificación del desgaste de
éste en las sociedades periféricas. El los dos tipos de sociedades el fin del trabajo es el
fin del trabajo asegurado por las políticas estatales de bienestar. Es necesario
interrogarnos acerca de cómo lo que sucede en las primeras es resultado de lo que
acontece en las segundas.
Por otro lado, en el sistema político, si el estado, los partidos y los sindicatos, es decir,
la política, son socavados por las multinacionales mediante una especie de “sub-
política”, el estado y la nación no desaparecen ni tienden a desaparecer, por el contrario,
intensifican sus dispositivos de control social y político. Es evidente que los estados
nacionales ya no controlan por completo los flujos financieros, el monopolio de la
violencia legítima y las comunicaciones, pero, se alían con actores internacionales para
gestionar su inserción en la sociedad global (Beck, 1998; Hobsbawn, 2000).
En este “orden mundial” se integran sociedades débiles y poderosas, hay sociedades
ganadoras y perdedoras, incluidas e incluidas subordinadamente. El futuro de los
estados nacionales es distinto en las sociedades centrales y periféricas según su relación
con el sistema económico mundial. La supra-soberanía de algunos estados centrales es
el producto del mercado de las soberanías de los estados nacionales periféricos. La
supra-soberanía de los estados centrales es el plusvalor de de dicho intercambio. Las
guerras, pero sobre todo las alianzas para las guerras globales, hacen transparente ese
mercado legar transnacional.
Ahora bien, en ese piso económico y político, se ha producido la mercantilización de la
cultura mediante la producción de imágenes e informaciones. Al régimen de
acumulación corresponde un régimen de significación –o un modo de producción
informativo- caracterizado por la producción y consumo de objetos culturales como la
comida, perfumes, libros, turismo, cine, música. La autonomía respectiva de la
economía y la cultura experimentan una des-diferenciación que posibilita que parte de la
ciudadanía se defina en el consumo (Lash y Urry, 1998).
En las sociedades periféricas, los regimenes de significación y las reflexividades que
suponen se abigarran o hibridan. La fotocopia, la piratería, el ensamblado y la variación
de las marcas comerciales representan los ejercicios más comunes de tal hibridación
sociocultural. La situación resultante es una desproporción entre el incremento del
consumo y la producción nacional de productos culturales (Canclini, 2002).
En tales circunstancias volvamos a las preguntas iniciales ¿Cómo vivir nuestras
concepciones de vida recta y ordenada? Al respecto hay consenso acerca de la
centralidad de la gestión, la gobernabilidad y la gobernancia internacional para el diseño
e implementación de políticas económicas, sociales y culturales alternativas, sin
embargo se desconfía cada vez más de los logros social-democráticos. Es comprensible
–dice Bordieu- que los socialistas no hayan sido suficientemente socialistas; sin
embargo ¿Es comprensible que ya no quieran serlo cuando más se necesita?
En efecto, hay acuerdos mínimos sobre la necesidad de rediseñar la globalización
económica, reinventar lo político e impulsar el arte, la comunicación y la cultura
alternativa. Para ello se piensa es necesario construir un tipo de ciudadanía multicultural
y trasnacional, diseñar mapas que nos permitan ubicarnos en las ciudades y en el mundo
y experimentar con la subjetividad y las diferencias socioculturales; sin embargo, el
disenso aparece cuando se trata de los medios para conseguirlo (Jameson, 1995 ;
Canclini, 2000 ).
Los desacuerdos comienzan cuando se enuncian las propuestas, que si hay que construir
nuevas formas de comunicación entre militantes e intelectuales o los intelectuales deben
renunciar a hablar en nombre de los otros y a tratar asuntos públicos; si las multitudes
antiglobalistas deben modificar la escala de la globalización o abandonarla mediante la
desconexión o el “éxodo”; si la sociedad civil debe mantener su autonomía del sistema
al que pretende influir o debe plantearse el diseño de políticas públicas alternativas. Ese
es el núcleo de la emergente esfera pública transnacional (Klein, 2002; Hard y Negri,
2000 ; Holloway, 2002).
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