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Una Sola Cosa Es Necesaria San Alfonso Maria de Ligorio

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UNA SOLA COSA ES

NECESARIA
Autor: SAN ALFONSO M.a DE LIGORIO
Colección: [Link]
UNA SOLA COSA ES
NECESARIA
SAN ALFONSO M.a DE LIGORIO

Resumen bibliográfico de San Alfonso


M.a de Ligorio

NACIÓ en Nápoles el 27 de septiembre de 1697 y murió a la edad de 91


años en 1787.

A los pocos días de nacer, un siervo de Dios, San Francisco de Jerónimo,


cogiéndolo en brazos exclamó en tono profético: «Este niño será obispo,
vivirá cerca de cien años y hará grandes cosas por Dios».

Estudió la carrera de jurisprudencia consiguiendo ya a los 16 años el birrete


doctoral en ambos derechos, necesitando dispensa especial por su corta
edad. Ejerció la abogacía con tanto éxito que en ocho años ganó todos los
pleitos. Pero el Señor que lo quería para su servicio permitió su primer
fracaso en un pleito defendiendo al Duque de Orsine. Entonces fue cuando
Alfonso desengañado de las falacias del mundo tomó la seria resolución de
abandonarlo y dedicarse por completo al servicio de Dios.
«A todos nos obliga por igual el precepto del amor, y, precisamente, la
verdadera santidad consiste en el amor a Jesucristo, nuestro soberano Bien,
nuestro Redentor y nuestro Dios». Así escribía el Santo y a esto encaminó
por completo su vida entera. El celo por la salvación de las almas le movió
a fundar la congregación de misioneros del Santísimo Redentor. Durante
muchos años él fue el primer misionero, recorriendo pueblos y ciudades. Es
un apóstol humilde, resuelto, inflamado de amor a Dios y a las almas que
prodiga su piedad y su tiempo en el confesionario, en el púlpito, en la
catequesis a los niños…

A pesar de su resistencia tuvo que aceptar por obediencia al Papa la


dignidad episcopal. Luchó por la reforma del seminario y del clero, siendo
sus pastorales exponentes de su preocupación y su celo por la santidad del
sacerdocio y la salvación de las almas.

Su celo por la salvación de las almas que tan caras habían costado al
Redentor le hacía no contentarse con que le oyeran cientos o miles de
personas. Jesucristo murió por todas y era preciso salvarlas a todas. Pensó
en los libros, en grandes ediciones de libros populares que pudieran llevar
su voz y el mensaje evangélico a todos los rincones de la tierra, y,
decididamente se hace escritor. Escribe cómo hemos de amar a Jesucristo,
qué razones tenemos para amar a Jesucristo y cuánto es lo que merece
Cristo que le amemos. Entre los muchos libros que escribió se destacan por
su popularidad Las Glorias de María, Las Visitas al Santísimo Sacramento,
La Práctica de Amor a Jesucristo, El Amor del Alma, Las Reflexiones sobre
la Pasión de N. S. Jesucristo, La Preparación para la Muerte, y El Gran
Medio de la Oración.
Doctor de la Iglesia
En la «Civiltá Cattólica» se dice que San Alfonso M.ª de Ligorio
«sobrepuja con gran ventaja a todos los escritores eclesiásticos de los
últimos siglos». Nuestra madre la Iglesia lo ha reconocido así al distinguirlo
con el glorioso título de «Doctor de la Iglesia». Entre todos los
innumerables santos que han prestigiado la Iglesia solamente 32 han sido
honrados con este glorioso título.

Algunos se preguntarán: ¿Qué significa el título de Doctor de la Iglesia?


¿Qué pretende nuestra madre la Iglesia al honrar a ciertos santos con este
glorioso título? Lo que signfica y lo que pretende la Santa Iglesia al honrar
a ciertos santos con esta distinción, no es más que tratar de garantizarnos su
doctrina manifestándonos que sus escritos tienen la plena aprobación de la
Iglesia. Un santo significa un héroe en la virtud y en el amor de Dios, y un
doctor de la Iglesia significa un maestro de doctrina segura a quien
podemos seguir con plena seguridad.

Entre los 32 doctores de la Iglesia hay tres que se destacan entre todos por
su sabiduría y la importancia de sus escritos. Estos son: En la edad antigua
o primeros años del cristianismo San Agustín; en la edad media Santo
Tomás de Aquino, y en la edad moderna San Alfonso M.“ de Ligorio.

San Alfonso fue un entusiasta de Santa Teresa de Jesús a quien llama su


abogada y maestra.
Como veremos, la cita continuamente en sus obras. Para San Alfonso M.ª
de Ligorio, después de las Sagradas Escrituras nada era tan importante
como la doctrina de Santa Teresa a quien amaba, admiraba e imitaba. Por su
parte, Santa Teresa escribió algo que nosotros podemos muy bien aplicar a
San Alfonso. Dice la Santa: «Aquellos libros cuyos autores no eran muy
autorizados no me gustaba leer». Y ¿qué autor más autorizado que S.
Alfonso Doctor de la Iglesia a quien se le denomina: «Doctor Celosísimo»,
«Escritor Inspirado», «Martillo de Herejes», «Principe de Moralistas»,
«Patrono de Confesores» y «Maestro de Santidad», etc., etc.?

Doctrina segura
Dos razones tenemos muy especiales para confiar plenamente en la doctrina
de San Alfonso. La primera es por razón de su santidad. Según él, un santo
no puede menos de decir claramente la verdad.

Ha habido autores que han dicho ciertas expresiones de alabanza que


algunos santos dirigieron a la Virgen, eran exageraciones que no podían
tomarse a letra ni aceptar su significado. A esto responde el Santo: «El
exagerar las cosas o usar hipérboles es ir contra la verdad, lo cual no
hicieron los santos que hablaron con el espíritu de Dios que es espíritu de
verdad» (Glorias de María).

La segunda razón para seguir al santo es su sabiduría, aprobada y


recomendada por la Iglesia al concederle el honroso título de Doctor.
Ya en vida, cuando al papa Benedicto XIV le consultaban algún problema
difícil aconseja seguir el consejo del P. Alfonso de Ligorio. Los elogios que
los siguientes papas, cardenales, obispos y escritores han hecho de San
Ligorio en estos últimos siglos son innumerables y no pueden ser más
elogiosos, como pueden verse en el c. 2 del «Acta Doctoratus». Razón tuvo,
pues, S. S. Gregorio XVI para afirmar que todos pueden seguir con paso
firme y seguro los caminos literarios de la doctrina alfonsiana que con paso
firme nos encamina de la tierra al cielo (Bula de Canonización).
Introducción

Una sola cosa es necesaria

NOS refiere San Lucas que, yendo Jesús de camino, llegó a una aldea
donde una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.

Tenía ésta una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies del Señor,
escuchaba sus palabras.

Mientras tanto, Marta, estaba muy afanada con los muchos quehaceres del
servicio, y, acercándose, dijo: «¡Señor! ¿No te importa que mi hermana me
deje a mí sola todos los trabajos del servicio? Dile, pues, que me ayude».

El Señor le respondió: «¡Marta, Marta! Tú te afanas y acongojas por


muchas cosas, y, una sola cosa es necesaria. María ha escogido la mejor
parte, que no le será quitada» (Le. 10, 38-42).

¡Una sola cosa es necesaria!

¿Qué querría decir con esto el Señor?

¿Qué cosa será ésa que solamente ella es necesaria?

Jesús reprende a Marta porque se afana en muchas cosas innecesarias, y le


dice que lo que hace María es más necesario. ¿Qué era lo que hacía ella y
qué lo que hacía María?

—Marta se afana en servir a Jesús y a los Apóstoles; quiere que nada les
falte y que se sientan cómodos en su casa. ¿Acaso Jesús no vino a
enseñarnos a servir? (Le. 22, 26-27).

Pues si Él mismo nos enseñó a hacernos siervos de los demás, ¿por qué dice
que lo de María es más necesario?
¿No dijo también Jesucristo que en el día del juicio seremos juzgados
únicamente de las obras de caridad?

Entonces dirá el Rey a los que están a la derecha: «Venid, benditos de mi


Padre, a tomar posesión del reino preparado para vosotros desde la creación
del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me
disteis de beber; era peregrino y me hospedasteis; estaba desnudo, y me
vestísteis; enfermo, y me visitasteis; encarcelado, y venisteis a verme».

Y le responderán los justos: «Señor: ¿Cuándo te vimos hambriento y te


alimentamos, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos peregrino, y
te acogimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la
cárcel y fuimos a verte?»

Y el Rey les dirá: «En verdad os digo, que cuantas veces hicisteis eso a uno
de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis».

A continuación dirá a los de la izquierda: «Apartaos de mí, malditos, id al


fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y
no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui peregrino, y
no me alojasteis; estuve desnudo y no me vestisteis enfermo y en la cárcel y
no me visitasteis».
Entonces los malos responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o
sediento, o peregrino, o enfermo, o en prisión, y no te socorrimos?

Entonces les contestará, diciendo: «En verdad os digo que, siempre que
dejasteis de hacerlo con alguno de estos pequeños, conmigo dejasteis de
hacerlo» (Mt. 25, 3445).

Con estas palabras nos enseñó el Redentor la grave obligación que tenemos
de socorrer a los necesitados; pero no, como piensan algunos, que en aquel
día solamente se nos va a pedir cuenta de las obras de caridad con el
prójimo.

Pues si solamente entraran en el cielo los que se dedican al ejercicio de la


caridad con el prójimo, ¿qué sería de las monjas de clausura? ¿Acaso son
mejores las órdenes religiosas que se dedican a la caridad con los
necesitados, que las contemplativas que se dedican especialmente a la
oración?

Si solamente pudieran salvarse los que dan limosnas, ¿qué sería de los
pobres que nada tienen? ¿Cómo los llama Jesús bienaventurados? Si
solamente pudieran entrar en el cielo los que ayudan a los demás, ¿cómo se
salvarían los paralíticos y enfermos que aún necesitan les ayuden a ellos?
¿Qué obras de caridad de las que nombra Jesús, pudieron hacer los santos
anacoretas pasando toda su vida en los desiertos como San Pablo Ermitaño
y Santa María Egipciaca?
Estamos seguros que. el ejercicio de las obras externas de caridad con el
prójimo es importantísimo; pero no podemos decir que sea lo más
necesario, pues, precisamente eso era lo que hacía Marta, y le fue dicho que
su hermana había elegido la mejor parte.

¿Qué virtud especial era la que practicaba que solamente ella sea necesaria?

Si queréis saberlo, fijaos en el Calvario, allí, junto donde pende Jesús de la


cruz, y veréis a unos ladrones y asesinos que van a morir cargados de
pecados. ¿Qué podrán hacer para salvarse? ¿Habrá alguna cosa que pueda
borrar en un instante todos sus delitos y abrirle las puertas del cielo?

—Sí; la oración. Si oran, infaliblemente se salvarán. Lo dice la Biblia y la


Biblia no puede fallar (Jn. 10, 35): TODO EL QUE INVOQUE EL
NOMBRE DEL SEÑOR, SE SALVARA (Rm. 10, 13).

Y así vemos cómo el ladrón que le invoca: «¡Señor! Acuérdate de mí…»


Jesús le contesta: «Te aseguro: Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Le. 23,
4243). Es palabra de Dios que «todos los que hayan invocado el nombre del
Señor se salvarán» (Hech. 2, 21).
No podemos decir que la oración sea lo más santo o lo más meritorio,
porque no diríamos la verdad; pero si reflexionamos un poco, sí veremos
que es LA UNICA COSA NECESARIA.

Lo más santo es sin duda la Eucaristía, porque allí está el Santísimo; y lo


más meritorio, cierto que es la Santa Misa, porque ella es el sacrificio de
Cristo de valor infinito.

No hay en este mundo cosa más santa que podamos hacer que recibir a
Jesús en la Comunión; ni hay cosa de mayor mérito ni más agradable a Dios
que la participación en la Misa, donde Jesús víctima de valor infinito es
ofrecido al Padre.

Sin embargo, ¿cuántas personas hay que oyen misa y comulgan todos los
días y son un muladar de pecados e imperfecciones? ¿Quién puede
asegurarme que sin más oración que la Misa diaria y la Comunión se puede
hacer uno santo? Imposible: Si no se hace más oración que la Misa, no
solamente no seremos santos, sino que estaremos en grave peligro de
condenarnos.

Al contrario: quien haga bien la oración, infaliblemente se hará santo


aunque no pueda oír Misa ni pueda comulgar. Ahí tenemos el ejemplo de
los santos anacoretas como Santa María Egipciaca, San Pablo Ermitaño y
tantos otros que se santificaron con sólo el ejercicio de la oración.
Son importantísimas algunas virtudes como la virginidad, la pobreza, la
obediencia, la mortificación y la humildad, etc., etc. Sin embargo, muchos
santos estuvieron casados, y no fueron vírgenes; otros tenían bienes de
¡fortuna, y no eran pobres; muchos no tenían superiores para obedecerles;
no hacían penitencias, porque no tenían salud, ni fueron despreciados para
alegrarse con las humillaciones, etc. Sin embargo, jamás hubo un santo, ni
lo habrá, que no dedicara una gran parte de su vida diaria al ejercicio de la
oración.

Convenzámonos de que la oración es la única cosa absolutamente necesaria,


no solamente para hacerse santo, sino, incluso, para salvarse.

Escuchemos a San Ligorio que nos dirá: «La oración es para los adultos que
han llegado al uso de la razón, absolutamente indispensable y necesaria. El
que ora infaliblemente se salva, y el que no ora, infaliblemente se condena.
Todos los que han ido al infierno, están allí porque no oraron; y todos los
que están en el cielo, si murieron con el uso de la razón, solamente pudieron
ir allí por medio de la oración.

¡Oh, insensatos! ¿Por qué os preocupáis de tantas cosas, si solamente una es


necesaria?

Líbrenos Dios de decir que con la oración sola basta. No, nunca diremos tal
cosa. Para agradar a Dios necesitamos todas las virtudes. Pero lo que sí
queremos decir, porque así lo dijeron los santos, es que solamente con la
oración se consiguen.

Veamos, pues, cómo pensaban los santos:

San Lorenzo Justiniano: «Al cristiano no le es posible practicar virtud


alguna sin el auxilio de la oración» Trat. Or. c. 6).

Santa Catalina de Sena: «La oración es la madre que concibe y nutre todas
las virtudes y sin la cual todas se debilitan y mueren» (Testamento).

San Agustín: «La oración es el principio, la madre, el origen y la raíz de


todos los bienes. En cuanto el espíritu de oración entra en un alma, con ella
entran todas las virtudes al mismo tiempo» (Cit. por Sinler).

San Juan Crisóstomo: «La oración es la madre de todas las virtudes y ella
es la que las produce y guarda como un tesoro en nuestras almas…

Y añade: «No se equivocará quien dijere que la oración es la causa de toda


virtud y justicia, y que ninguna cosa de cuantas son necesarias al alma para
la verdadera piedad puede entrar allí donde falta la oración» (Hm. 1 Or.).
San Lorenzo Justiniano: «La oración es la que transforma maravillosamente
a los hombres, que a los ciegos ilumina, a los débiles fortifica y a los
pecadores hace santos» (De Perf. c. 2).

San Buenaventura: «Si eres amigo de la oración, la oración te hará humilde,


paciente y obediente; ella te llevará a la posesión de todos los bienes y te
hará poseer a Dios en ésta y en la otra vida».

¿Quién no ve que siendo la oración el origen de todas las virtudes,


solamente ella es necesaria para salvarse y hacerse santo?

Veamos cómo San Ligorio nos muestra su necesidad en las páginas


siguiente.

El Editor
I DE LA ORACION

Necesidad de la oración

EN otras obras ascéticas he tratado con profusión de esta materia de la


oración; en las Visitas al Santísimo Sacramento, en un tratadito que puse al
final de la Preparación para la muerte, y sobre todo, he tratado de este
asunto en un librito aparte, titulado El gran medio de la oración (1); en la
primera parte de ese librito trato de la necesidad que tenemos de rezar para
salvamos; por eso, aquí no haré más que extractar algunos pensamientos
más importantes sobre este punto.

Trataré, pues, en primer lugar, de la necesidad de la oración. En segundo


lugar, de su eficacia cerca de Dios para alcanzamos todas las gracias. En
tercer lugar, del modo de orar.

***
En primer lugar, por lo que toca a la necesidad de la oración, hay que
partir del principio de que no podemos hacer nada sin la gracia actual de
Dios. Ahora bien: esa gracia nos asegura el Señor que no la concede sino a
aquellos que se la piden: pedid y se os dará (Mt. 7, 7). Es muy cierto, como
dice Santa Teresa, que quien no pide no recibe (Cm. de Perf. c. 23).

Tratándose, pues, de los adultos, la oración es de necesidad de precepto,


como se deduce claramente de la Sagrada Escritura: es preciso orar siempre
(Le. 18, 1). Rezad, para que no caigáis en la tentación (Me. 1, 38). Pedid y
recibiréis (Jn. 16, 24).

Todas estas palabras —es preciso, rezad, pedid— enseñan los doctores,
comúnmente, con Santo Tomás, que tienen fuerza de precepto riguroso,
gravemente obligatorio para todos. «Todo hombre está obligado a la oración
—dice el Angélico—, por cuanto está obligado a procurarse los bienes
espirituales, los cuales no se pueden alcanzar sino por la oración»
([Link] 15, 9-4, a 1).

Y hay tres ocasiones en que el hombre está más particularmente obligado a


la oración: 1.*, cuando se encuentra en pecado; 2.ª, cuando se halla en
peligro de muerte; 3.ª, cuando siente el ataque de alguna grave tentación.

Y, en general, es doctrina de los teólogos que no se puede excusar de


pecado mortal al que, durante un mes, o cuando más dos, no hubiere rezado
nada.
Pero no es sólo, como decía, de necesidad de precepto la oración, sino que
además es de necesidad de medio, como lo prueban San Basilio, San
Agustín, San Juan Crisóstomo, Clemente de Alejandría y otros; este
término teológico quiere decir que, sin rezar, nos es absolutamente
imposible conservar la gracia de Dios y salvamos; así lo sostiene
terminantemente el Crisóstomo: «Es sencillamente imposible perseverar en
la virtud sin el auxilio de la oración». «Y esto —concluye Lessio—, debe
tenerse como verdad de fe».

***

El doctor Angélico, en la tercera parte de la Summa, trata más


largamente esta verdad: «Después del bautismo —dice—, necesita el
hombre una oración continua para poder entrar en el reino de los cielos».
«Y es que, si bien el bautismo —prosigue—, borra los pecados, quedan
todavía por vencer las tentaciones, y no las venceremos sino a fuerza de
oración». Y lo confirma en otro lugar: «Conseguida ya la gracia de la
justificación, necesitamos pedir a Dios el don de la perseverancia, para
vemos libres del pecado hasta el fin de la vida».

Para mejor comprender esta doctrina, hay que tener en cuenta: primero, que
sin especial asistencia de Dios no podemos conservar su gracia mucho
tiempo; sin tardar mucho nos hallaremos caídos en pecado mortal, y es que
son tantos los enemigos que de continuo nos combaten, y por otra parte,
somos nosotros tan débiles, que si Dios no nos socorre con gracias
especiales, mayores que las comunes que a todos dispensa, nos veremos en
la imposibilidad de resistir. Esta es pura doctrina de fe, que el Santo
Concilio de Trento declara en estos términos: «Si alguno dijere que el
hombre justificado puede perseverar en su justificación sin especial auxilio
de Dios, o que con él no puede perseverar, sea anatema» (Ss. 2, c. 22).

Segundo: hay que advertir que este auxilio especial para perseverar en la
gracia, Dios no lo concede, de ordinario, sino a aquellos que lo piden. «Es
cosa cierta —escribe San Agustín—, que hay gracias que Dios concede aun
a aquellos que no las piden, como el principio de la fe; pero hay otras que
tiene preparadas únicamente para aquellos que ias piden, tal es la
perseverancia final» (De dono persev., c. 16).

★*★

De todo lo expuesto debemos deducir cuán necesaria es la oración para


alcanzar la salvación.

Todos los condenados se condenaron por no haber rezado; si hubieran


rezado, no se hubieran perdido. Todos los santos se hicieron santos por la
oración; si no hubieran orado, no se hubieran hecho santos, ni siquiera se
hubieran salvado.

Nos advierte San Juan Crisóstomo: «Abriguemos esta convicción: hay


almas muertas porque no se arrojan a los pies de Dios»; es decir, que lo
mismo es no rezar que morir o perder la gracia de Dios.
Los Padres antiguos se reunieron para deliberar entre sí qué era lo más
necesario a un cristiano para salvarse, y convinieron en que lo más
necesario era no dejar de la boca aquella plegaria de David: Señor, ven en
mi ayuda; Señor, vuela a socorrerme, porque si tardas en venir, caeré y
perderé tu gracia. Si lo hacemos así, nos salvaremos; si no lo hacemos, nos
condenaremos.

Eficacia de la oración
En segundo lugar hay que considerar la eficacia de la oración. Dice
Teodoreto que «siendo una la oración, obtiene todos los bienes».

El que ora alcanza cuanto desea, y en esto no puedo menos de admirar el


amor que Dios nos tiene y su gran deseo de hacemos bien. ¿Qué mayor
amor puede uno demostrar a su amigo que decirle: amigo, pídeme lo que
quieras y te lo daré? Pues eso es lo que a cada uno de nosotros nos dice el
Señor: Pedid y os daré (Le. 11 9); (Mt. 1,1). Y Dios no señala límites: todo
lo que quisiereis, pedidlo y se os dará (Jn. 15, 7).

Afirma San Juan Clímaco que la oración puede tanto con Dios, que casi «le
arranca a la fuerza las gracias que le pide». Somos los hombres como unos
mendigos, en expresión de David (Sal. 39, 18), pero, si queremos ser ricos,
en nuestra mano está: con pedir a Dios las gracias, las tendremos seguras, y
si pedimos mucho, se nos dará mucho.
David bendecía, con particular fervor, al Señor, por esa su gran bondad de
poner siempre su misericordia a disposición de nuestras súplicas; Bendito
sea el Señor, que no me niega ni mi oración ni su misericordia (Sal. 65, 20).
Palabras que glosa así San Agustín: «Mientras veas que no has perdido la
oración estás seguro, porque tampoco has perdido la misericordia (Sal. 65,
20). Y San Juan Crisóstomo sostiene que, cuando rezamos, «nos oye el
Señor, aun antes de que hayamos terminado la oración». Es Dios mismo
quien así nos lo promete: no habrán acabado su petición y ya la habré
despachado (Is. 65, 24).

Condiciones de la oración
Veamos, en tercer lugar, las condiciones que debe reunir nuestra oración,
que es lo más importante de la materia.

1. ª Debe ser humilde.

Según el apóstol Santiago, Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a


los humilde (Sant. 4, 6); la soberbia es un alto muro que se interpone entre
Dios y el que reza; la oración del humilde —dice el Eclesiástico—,
traspasa las nubes… y no se retira hasta que el Altísimo la atiende (Ecli.
34, 21). Cuando queramos, pues, pedir gracias al Señor, debemos, ante
todo, echar una mirada a nuestra indignidad y, sobre todo, a las negras
traiciones que a Dios hemos hecho, después de tantos propósitos y tantas
promesas, por demasiado confiados en nuestras fuerzas, y llenos de
confianza en Él y desesperando de nosotros mismos, podemos orar y pedir a
la divina misericordia el favor que deseamos.
***

2. ª Debemos rezar con confianza.

Leemos en el Elesiástico que no se ha dado el caso de que alguno haya


confiado en Dios y haya quedado confundido (Ecli. 2, 11); es decir, que no
haya sido escuchado.

Debemos, por consiguiente, rezar con confianza segura, como insinúa


Santiago apóstol, sin dudar un punto de que hemos de ser oídos (Sant. 1, 6).
Porque el que duda en su oración es, como el oleaje de la mar, movido por
los vientos; a ratos confía y a ratos se desanima; el que así reza no piense
que ha de recibir nada de Dios (Sant. 1, 7).

Necesariamente debemos confiar en la misericordia divina y tener la


inquebrantable seguridad de que recibiremos la gracia, y entonces no nos
faltará, como el mismo divino Salvador nos lo asegura: todo lo que
pidiereis en la oración, confiad en que lo habréis de recibir, y se os
concederá (Me. 11, 12).

«¿Cómo podemos temer no ser oídos en la oración, cuando Dios, que es la


misma verdad, ha prometido escuchar al que ora?», pregunta San Agustín.
Y en otro lugar añade el santo: «Siendo el mismo Dios quien en la Sagrada
Escritura tantas veces nos exhorta a rezar, ¿cómo podrá negamos lo que le
pidamos?» No; eso no es posible —responde—, puesto que Dios, «por el
hecho de haberlo prometido, se ha obligado a concedernos las gracias que le
pidamos».

«Pero yo —pensará alguno—, soy pecador y no merezco gracias, sino


castigos, y por eso temo: por mi indignidad.»

A eso responde Santo Tomás «que la oración consigue las gracias, no por
razón de nuestros méritos, sino de la divina misericordia». Y por eso, sobre
aquellas palabras de Jesucristo, pedid y se os dará…, porque todo el que
pide recibe (Le. 11, 9), comenta así el autor del Opus imperfectum: «todo el
que pide, sea justo o pecador», basta que ore.

Pero todavía nuestro amoroso Redentor quiere quitarnos de raíz toda


desconfianza en la oración: en verdad, en verdad os digo, que si pedís algo
al Padre en mi nombre, os lo concederá (Jn. 16, 33); como si dijera:
Pecadores, vosotros no merecéis ser oídos por mi Padre; pero no temáis:
pedid las gracias en mi nombre; es decir, por mis méritos, y yo os prometo
que os concederá cuanto le pidáis. ¡Qué hermosas son las palabras del
apóstol Santiago a este propósito!: Si alguno necesita sabiduría (se entiende
de amor divino), que la pida a Dios, que la concede a todos con
abundancia y a nadie recrimina (Sant. 1, 5). Es decir, que no nos rechaza,
poniéndonos delante los disgustos que le dimos, sino que nos acoge y nos
atiende, como si entonces se olvidara de todas nuestras ingratitudes.

***

3.ª Debemos rezar con perseverancia.

Según San Hilario, «el secreto para obtener las gracias está en rezar con
perseverancia.

A unos despacha el Señor en la primera oración; a otros, en la segunda; a


otros, en la tercera, y puesto que no sabemos cuántas veces ha dispuesto
Dios que repitamos la súplica para despacharla, es necesario que insistamos
siempre en pedir la gracia que deseamos.

Si se trata, sobre todo, de la perseverancia final, es más necesario que


nunca, pues ésa es una gracia que no podemos merecer, como enseña el
Concilio de Trento (Ss. 6, 12); «sin embargo, en cierto modo podemos
merecerla, con la oración, dice San Agustín, ya que, rezando, ciertamente se
alcanza». Por eso, «si queremos obtenerla y salvamos, la tenemos que pedir
a Dios continuamente», advierte Santo Tomás; que es lo mismo que quiso
significar el divino Maestro con aquellas palabras: es necesario orar
siempre sin desfaecer (Le. 18, 1); y el apóstol con aquellas otras: orad sin
interrupción (Tes. 5, 17).
No basta, según esto, rezar una vez ni unas cuantas veces, dice Belarmino,
pidiendo la perseverancia; «es indispensable pedirla todos los días». El día
que no la pidamos caeremos en pecado mortal, y la perderemos.

***

Escribe San Gregorio que «Dios quiere darnos la perseverancia, pero a


condición de que le importunemos hasta ponerle en la obligación de
dárnosla». Y esa es la razón de aquellas palabras del Señor, insistentes y
apremiantes: Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis, llamad y os abrirán…
(Le. 11, 9).

Pedid, buscad, llamad, sobre todo cuando aprieta la tentación, para no caer;
entonces es cuando más urge pedir, y volver a pedir, hasta que veamos la
tentación vencida; entonces debemos repetir sin cesar: «Jesús mío,
misericordia; Señor, ayudadme; no permitáis que me aparte de Vos». Y al
mismo tiempo hemos de pedir a Dios el espíritu de oración; esto es, la
gracia que Dios prometió a la familia de David: derramaré sobre la casa de
David y sobre los habitantes de Jerusalén el espíritu de gracia y de oración
(Zac. 12, 10).

Nótense las palabras gracia y oración: van unidas, como van unidas la
oración y la gracia que pedimos. El que así rece, esté bien seguro de que no
caerá en los lazos que le tiendan los enemigos. Es inútil tender las redes por
los aires para cazar volatería, observa el sabio, porque las aves levantan el
vuelo y burlan las redes; así burla las tentaciones el que reza, porque con la
oración remonta el vuelo hasta Dios, y Dios lo libra de caer.
Según esto, se comprende lo poco que vale la excusa del pecador, que dice
haber caído por no sentirse con fuerzas para resistir; porque, como afirma el
Concilio de Trento, «Dios no manda imposibles; lo que hace, al mandar, es
exhortarnos a poner de nuestra parte lo que podamos y pedir lo que no
podamos (Ss. 6, c. 11); es decir, que cuando no nos baste la gracia ordinaria,
que a nadie niega, nos advierte Dios que pidamos las gracias extraordinarias
que necesitemos, y si se las pedimos, Él nos las concede

Los bienes temporales


Como el Señor lo ha prometido, no puede menos de escuchar a quien le
llama; pero téngase en cuenta que la promesa no está hecha a la petición de
bienes temporales, como la salud del cuerpo, ganancias materiales,
conquista de altos puestos o cosas parecidas; precisamente Dios nos las
quita, a veces, porque ve que serían perjudiciales para el alma; «mejor sabe
el médico que el enfermo lo que a éste le conviene», nota San Agustín.

Si queréis, pues, pedir esas gracias temporales, hacedlo con resignación, y


bajo la condición de que no sean nocivas para la salvación eterna; si las
pedís sin esa resignación, el Señor no escuchará vuestra oración.

En cambio, cuando se piden bienes espirituales, no se requieren


condiciones; los debemos pedir absolutamente y con la firme confianza de
conseguirlos.
Si vosotros —dice el Señor, animándonos a pedir—, siendo malos e
interesados, sabéis dar a vuestros hijos lo que os piden, ¿cuánto más os
dará vuestro Padre del cielo el bien espiritual (Le. 11, 13); es decir, las
gracias que ayudan al espíritu?
Pero, desgraciadamente, hay personas que apenas si saben pedir nada
fuera de las gracias temporales. Exclamaba Santa Teresa: «No es,
hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca
importancia».

Los bienes espirituales


Pidamos las virtudes, las luces de lo alto, para cumplir la voluntad divina;
la mansedumbre, la paciencia en las contrariedades, la perseverancia, el
divino amor, que, como observa San Francisco de Sales, es un bien que
contiene todos los bienes; pidamos la gracia de orar siempre y de
encomendamos siempre a Dios.

«¿Qué oraciones vais a oír, Señor —le pregunta San Agustín—, si no oís
oraciones tan gratas a Vos?» Sí; Dios siente verdaderas ansias de
enriquecernos con sus dones, como bondad infinita que es; tanto que, en
sentir de Santa María Magdalena de Pazzi, cuando pedimos gracias,
dejamos a Dios, en cierto modo, obligado y agradecido a nosotros, porque
le abrimos el campo para explayar sus deseos de hacernos bien. Si por
alguno queda, es por nosotros, que no pedimos.
No merece, pues, compasión el pobre; es pobre porque no pide a Dios los
bienes de que está necesitado; por eso decía Santa Teresa que de buena
gana se subiría a un monte, desde el cual pudiera hacerse oír de todos los
hombres, para poderles gritar desde la cumbre: «Hombres, rezad, rezad,
rezad».

A los Predicadores
No me alargo más en esta materia porque, como al principio indiqué, he
escrito largamente en otros lugares, sobre todo en mi librito acerca de la
oración, libro de reducido precio, que anda ya en muchas manos; no quiero
hacerme pesado a los que quizá lo hubieren leído, repitiendo las mismas
verdades.

De todos modos, nada de más haría, aunque se me pasara la vida hablando


de la oración, ya que la Sagrada Escritura, lo mismo en el Viejos que en el
Nuevo Testamento, no se cansa de repetir que recemos, que busquemos, que
llamemos si queremos las gracias: Clama, y Yo te oiré. Invócame, y te
libraré. Pedid, y se os dará. Todo lo que me pidiereis en la oración, pedidlo
con la confianza de conseguirlo, y se os dará. Pediréis todo lo que
deseareis, y se cumplirá. Si pedís algo en mi nombre, se hará como pedís. Y
otros mil textos semejantes.

Yo no sé de qué modo más patente podrá el Señor darnos a entender el


gran deseo que tiene de darnos sus gracias y la necesidad que tenemos de
pedir las que deseamos. Los Santos Padres tampoco se cansan de
exhortarnos a la oración.
En cambio, he de manifestar la verdad: tengo que lamentarme de los
predicadores, confesores y escritos piadosos, porque veo que ni los
predicadores, ni los confesores, ni los libros espirituales hablan cuanto
deberían hablar del gran recurso de la oración.

Entre tantas cuaresmas como hay publicadas, ¿dónde hallar un sermón


siquiera sobre la oración? Apenas si se encuentra alguna palabra perdida;
por eso he querido yo tratar en muchas de mis obras de esta materia más
expresamente; y cuando predico, tampoco me canso de repetir: «Rezad,
rezad, si queréis salvaros y haceros santos».

Es verdad que, para hacernos santos, necesitamos todas las virtudes, la


mortificación, la humildad, la obediencia y, sobre todo, la santa caridad, y
que para practicar estas virtudes necesitamos otras ayudas, además de las
súplicas, como la meditación, la comunión, los santos propósitos; pero si
no suplicamos, no seremos ni mortificados, ni humildes, ni obedientes, ni
amaremos a Dios, ni venceremos la tentación, ni haremos nada bueno a
pesar de todas las meditaciones, de todas las comuniones y de todos los
propósitos.

Por algo San Pablo, después de habernos enumerado las virtudes


necesarias al cristiano, nos exhorta: Sed constantes en la oración (Rm. 12,
12); para indicarnos —explica Santo Tomás, comentando este pasaje—,
que el alcanzar las virtudes que necesitamos supone la continua oración,
pues sin ella no tenemos el auxilio divino que necesitamos para practicar
las virtudes.

Concluyamos, hermano querido en el Señor. ¿Quieres salvarte y hacerte


santo? Ruega siempre a Jesús, a su divina Madre, al ángel Custodio y a tus
santos patronos; ten siempre abierta la boca y despierto el corazón para
decir: «Dios mío, ayudadme; Dios mío, ayudadme; María Santísima,
ayudadme; santos patronos míos, ayudadme».

Decía el gran siervo de Dios y gran misionero (muerto pocos años ha en


Roma, en opinión de santo), el padre Fray Leonardo de Puerto Mauricio,
que no debíamos estar ni un momento sin repetir con los labios o con el
pensamiento: «Jesús mío, misericordia». Estas palabras —decía—
contienen un acto de dolor y una súplica para no pecar.

Y en su bellísimo librito Manual sagrado, para religiosas, refiere haber


conocido a un hombre piadoso que no dejaba de la boca estas palabras:
«¡Jesús mío, misericordia!»; tanto, que llegaba en ocasiones a repetirlas
trescientas veces en un cuarto de hora.

Lo mismo aconsejo; haced esa oración siempre que os acordéis: al


despertar, durante la oración, después de la comunión, durante el trabajo,
cuando estéis paseando, durante la comida, en el locutorio, siempre,
repetid: «¡Jesús mío, misericordia; Jesús mío, misericordia!»
Y que ahí vaya condensado todo este pensamiento: «Jesús mío, yo, por mis
pecados, merecía el infierno; pero por la confianza que me inspira vuestra
misericordia, espero el perdón y la gracia de amaros siempre; ayudadme,
Jesús mío». Y no os olvidéis de encomendaros siempre a la Madre de Dios,
que se llama la tesorera y dispensadora de todas las gracias, por lo cual
nos exhorta así San Bernardo: «Busquemos la gracia, y busquémosla por
María, que encuentra siempre lo que busca y no conoce el fracaso».
ORACION

(Bueno sería rezar diariamente esta


oración)

PADRE eterno, vuestro Hijo nos prometió que nos concederíais todas las
gracias que en su nombre os pidiéramos. Con la confianza que me da esa
promesa, en nombre de Jesucristo, y por sus méritos, os pido las gracias
siguientes, que pido al mismo tiempo para todos los hombres:

1. ª Dadme el perdón de todos los pecados que cometí contra Vos, de los
cuales, más que de cualquier otro mal, me arrepiento de todo corazón, por
lo que injurié con ellos a vuestra infinita bondad, y propongo morir mil
veces antes que volverlos a cometer.

2. ª Dadme vuestra luz divina, para que conozca la vanidad de todo lo


terreno y la grandeza del bien infinito, que sois Vos.
3. ª Dadme vuestro santo amor, que logre desasirme de todo lo creado, y
sobre todo de mí mismo, para que no ame más que a Vos y a vuestra
santísima voluntad. «Enciende en mi corazón el fuego de tu amor».

4. ª Dadme gran confianza en los méritos de Jesucristo y en el patrocinio de


María Santísima.

5. ª Dadme la santa perseverancia en vuestra gracia.

Vos, Señor, tenéis triste experiencia de mi flaqueza, y sabéis las veces que
hice traición a mis promesas; pues si no me asiste vuestra mano, volveré
miserablemente a perder vuestra gracia; no lo permitas, Dios mío; «no
permitas que me aparte de Ti; no permitas que me aparte de Ti».

Yo propongo recurrir a Vos, Señor, en todas mis tentaciones y necesidades;


seguro estoy de que me socorreréis siempre que acuda a Vos; pero ahí está
mi temor; temo olvidarme de llamaros, y temo que ese olvido vaya a ser
causa de mi ruina.

¡Ah, Padre eterno! Por el amor que tenéis a Jesucristo, dadme la gracia de la
oración, la gracia de pediros siempre vuestro auxilio, repitiendo sin cesar:
«Dios mío, ayudadme; Jesús mío, misericordia; María, Madre mía,
socorredme».

Sí; a Vos acudo finalmente, ¡oh, María, abogada y esperanza mía!

Vos obtenéis de Dios todo lo que pedís; pues, por el amor que tenéis a
Jesucristo, os ruego que me concedáis la santa perseverancia y la gracia de
encomendarme siempre a vuestro Hijo y a Vos.
DE LA ORACION MENTAL

Su necesidad

LA vida del alma que aspira a la santidad debe ser vida de oración.

El alma que no ama la oración es difícil, o mejor diría, es moralmente


imposible que sea buena.

Si veis un alma tibia, decid: ésta hace mal la oración, y diréis toda la
verdad.

El gran empeño del demonio en cuanto a las almas que aspiran a la


santidad, es hacerles perder la oración; si lo vence en eso, lo vencerá en
todo.
Decía San Felipe Neri: «Un religioso sin oración es un religioso sin
cabeza».

Pero yo diré más: Un religioso sin oración, ya no es un religioso, sino un


cadáver de religioso.

Es la luz del espíritu


En primer lugar, sin oración no hay luz.
El que tiene cerrados los ojos —escribe San

Agustín— no puede ver el camino que lleva a la patria.

Las verdades eternas son realidades espirituales, que no se ven con los ojos
del cuerpo, sino con los ojos de la mente; es decir, con el pensamiento y la
consideración. Ahora bien, el que no hace oración mental no las puede ver,
y, por consiguiente, tampoco ve la importancia de la salvación, ni los
medios que debe tomar para conseguirla.

He ahí la causa de la pérdida de muchas almas: el descuido en considerar el


gran negocio de la salvación y las obligaciones que debemos llenar para
salvamos: La tierra está desolada porque no hay quien reflexione (Jr. 12,
11). Y, en cambio, dice Dios nuestro Señor, cuando se tienen ante los ojos
las verdades de la fe, esto es, la muerte, el juicio, la eternidad feliz o
desgraciada que nos espera, no se cae en pecado: Acuérdate de los
novísimos y no pecarás jamás (Ecli. 7, 40); acercaos a Dios y seréis
iluminados, dice el profeta David (Sal. 33, 6); y en otro pasaje nos advierte
el Salvador: Tened la cintura bien ceñida y en vuestras manos tened
antorchas encendidas (Le. 7, 35); esas antorchas son las santas
meditaciones, según San Buenaventura: «La oración es una antorcha»,
porque en ella nos habla el Señor y nos ilumina para que acertemos con el
camino de la salvación: Tu palabra es la luz que ilumina mis pasos (Sal.
118, 105).

En El Espejo Del Alma


Enseña también San Buenaventura «que es la oración mental una especie de
espejo que nos pone delante de los ojos todas las manchas del alma».

Santa Teresa escribía al obispo de Osma: «Aunque, a nuestro parecer, no


haya imperfecciones en nosotras, cuando Dios abre los ojos del alma, como
en la oración lo suele hacer, parécense bien estas imperfecciones».

El que no hace oración «tampoco conoce sus defectos, y, por consiguiente,


no los aborrece», concluye San Bernardo. No conoce tampoco los peligros
que corre su salvación, y, por consiguiente, no puede trabajar por librarse de
ellos. En cambio, si se pone en oración, pronto se le descubrirán todos sus
pecados y los peligros de perderse en que vive, y, una vez descubiertos,
podrá pensar en remediarlos.
Meditando David en la eternidad, se sentía animado a practicar la virtud y
corregir los vicios.

Cantaba la esposa de los Cantares: Rompieron ya los capullos en nuestra


tierra, llegó el tiempo de la poda, y se ha dejado oír la voz de las tórtolas;
cuando el alma se retira, como una tórtola solitaria, recogiéndose para
hablar con Dios en la oración, entonces brotan las flores, esto es, los buenos
deseos, y llega la hora de la poda; es decir, de la reforma de los vicios que
se han conocido por la oración:

«Si hay meditación —dice San Bernardo—, cuenta con que llegó el tiempo
de la poda»; porque «la meditación —añade en otro lugar— regula los
afectos, dirige las acciones y corrige los excesos».

Es fuego abrasador
Sin oración no puede haber fuerza para resistir al enemigo ni para practicar
las virtudes cristianas: la oración es para el alma lo que el fuego para el
hierro; cuando el hierro está frío es duro y difícil de trabajar, pero «puesto al
fuego se ablanda, y entonces el forjador le da la forma que desea».
Para observar los mandamientos y consejos divinos se necesita tener un
corazón blando; es decir, dócil y fácil para recibir las impresiones de las
inspiraciones divinas y para ponerlas en práctica, que es lo que pedía
Salomón al Señor: Darás a tu siervo un corazón dócil.

Al presente, y por causa del pecado, nuestro corazón es naturalmente


indócil y duro, porque, estando inclinado al placer sensual, recalcitra contra
las leyes del espíritu, como se lamentaba el apóstol: Siento en mis miembros
otra ley que lucha contra la ley del espíritu (Rm. 7, 23). Sólo se hace
blando y dócil el corazón bajo el influjo de la gracia que se le comunica en
la oración; al considerar la bondad divina, el amor que Dios nos ha
demostrado y los inmensos beneficios que nos ha hecho, se inflama nuestra
corazón, se enternece, y se convierte en materia apta para seguir las voces
de Dios; pero sin oración el corazón quedará como antes era, duro, reacio y
recalcitrante, y acabará en la ruina: El corazón duro acabará mal, y el que
ama el peligro en él perecerá (Ecli.3, 27).

Con razón exhortaba San Bernardo al Papa Eugenio que no dejara la


oración por el vértigo de los negocios: «Temo, Eugenio, que la balumba de
los negocios te arrastre a dejar la oración y la meditación y se te endurezca
con eso el corazón, que no podrá aborrecer sus defectos, porque no los
verá».

Sin oración no hay virtud


Quizás a alguno se le ocurra pensar que es cosa perdida y ociosa el tiempo
que dan a la oración las almas fervorosas, pudiendo emplearlo en obras
útiles, como ellos dicen. Esos tales no saben que en la oración es donde
hacen las almas acopio de fuerzas para derrotar al enemigo y practicar las
virtudes. De ese reposo proceden las fuerzas», según San Bernardo.

Es lo que significaba el Amado con aquellas palabras: No despertéis a mi


esposa hasta que ella quiera (Cant.3, 5). Dice hasta que ella quiera, porque
el sueño, o sea el reposo que toma el alma en la oración, debe ser
voluntario; pero, al mismo tiempo, es necesario para la vida espiritual: el
que no duerme no puede trabajar ni seguir el camino, sino que va cayéndose
de cansancio. El alma que no reposa y no toma refuerzo en la oración no
tiene fuerzas para practicar el bien y resistir a las tentaciones, y va dando
tumbos por el camino.

En la Vida de la venerable sor María del Crucificado se cuenta que, estando


en la oración, oyó que el demonio se gloriaba de haber hecho que una
monja faltara a la oración común, después de lo cual siguió tentándola
gravemente, y la pobre estaba ya a punto de caer; entonces la sierva de Dios
corrió hacia ella y, con la gracia de Dios, la libró de aquella mala tentación.

¡Tan grande es el peligro en que se pone el alma dejando la oración! Decía


Santa Teresa que quien deja la oración no necesita demonios que la lleven
al infierno, porque entrará ella misma en él de su propia voluntad (Vid. c.
9).

Y según el Abad Diocles: «Cuando se deja la oración, no tarda uno en


hacerse bestia o demonio».
Sin oración no hay gracia
Sin nuestras súplicas. Dios no nos concederá sus gracias, y sin su gracia no
podemos observar los mandamientos; por lo cual, el apóstol exhortaba a sus
discípulos a una oración continua: Rezad sin interrupción (1 Tes. 5, 17).

Todos somos unos mendigos espirituales: Pobre y mendigo soy, decía el


salmista; ahora bien: el mendigo no tiene más entradas que las limosnas de
los ricos; ésa es también nuestra riqueza: el pedir; porque pidiendo, por la
oración, obtenemos la gracia de las manos de Dios.

«Sin oración —asegura el Crisóstomo— es imposible practicar las


virtudes».

«Y ¿de dónde procede, en realidad, la disolución de costumbres que


presenciamos —decía el sabio prelado Monseñor Abelly—, sino de la falta
de oración?» Dios tiene verdaderos deseos de enriquecemos con sus
gracias; «pero quiere que se las pidamos —adierte San Gregorio—; quiere
como que le forcemos a dárnoslas por medio de la oración. El que cuida de
rezar no es posible que caiga en pecado», escribe San Juan Crisóstomo; y
en otra parte dice que «cuando ve el demonio que acudimos a la oración,
deja de tentarnos».

Sin meditación no hay oración


De esta necesidad absoluta en que estamos de orar, nace la obligación moral
de la meditación; porque, si no meditamos, viviendo distraídos con los
afanes del mundo, no conoceremos nuestras necesidades espirituales, ni los
peligros que amenazan a nuestra salvación, ni los medios que hemos de
emplear para vencer las tentaciones, ni la misma necesidad en que estamos
de orar; con eso abandonaremos las súplicas, y sin ellas vamos seguros a la
perdición.

El gran obispo Palafox, en los comentarios que hizo de las cartas de Santa
Teresa, escribe así: «¿Cómo ha de durar la caridad si no da Dios la
perseverancia? ¿Cómo la dará Dios si no la pedimos? ¿Cómo la pediremos
si no hay oración?

¿Cómo se ha de hacer este milagro grande sin ella? Derribadas las canales y
las influencias del alma a Dios y de Dios al alma, no teniendo oración, ¿por
dónde ha de correr esta agua del Espíritu Santo?»

Desarrollando la misma idea el Cardenal Belarmino, sostiene «que es


imposible que viva sin pecado el que no medita».

Dirá alguno: —Yo no hago oración mental, pero hago muchas oraciones
vocales. —Pues responderé con San Agustín que para obtener las gracias no
basta que rece la boca, sino que debe rezar también el espíritu. Comentando
el santo aquellas palabras de David, di voces al Señor, escribe: «Muchos
claman al Señor, no con la voz de su espíritu, sino con la voz del cuerpo; el
verdadero clamor al Señor lo da tu meditación». «Clama allá en lo interior,
que es donde Dios oye». Es lo mismo que decía el apóstol: Rezad en todo
tiempo con el espíritu.

De ordinario, las oraciones vocales se hacen distraídamente, más con la voz


de la boca que con la del corazón, sobre todo cuando se juntan muchas
oraciones, y más aún cuando los que las hacen no tienen oración mental;
por eso Dios las oye muy de lejos y apenas si les presta atención.

Hay muchos que rezan el Rosario, el Oficio Parvo de la Virgen, y hacen


otras devociones exteriores, y, sin embargo, continúan metidos en sus
pecados; en cambio, las almas de oración es imposible que permanezcan en
pecado: o dejarán el pecado, o dejarán la oración. Lo decía un gran siervo
de Dios: «Vida de oración y pecado no pueden estar juntos».

La experiencia nos enseña que las almas que tienen oración difícilmente
caen en desgracia de Dios, y si alguna vez tienen una caída, pronto se
levantan y vuelven a Dios, si es que no han dejado la oración. «Si en ella
persevera —decía Santa Teresa—, por pecados y tentaciones y caídas de
mil maneras que ponga el demonio, en fin, tengo por cierto la saca el Señor
a puerto de salvación, como, a lo que ahora parece, me ha sacado a mí»
(Vida, c. 8).

Todos los santos se santificaron con la oración mental.


Ella es aquel feliz horno en que las almas se abrasan en el amor divino: En
mi meditación se reanima el fuego (Sal. 38, 4).

Tenía San Vicente de Paúl por verdadero milagro que, asistiendo un pecador
a las misiones o ejercicios, no se convirtiera; y, sin embargo, quien habla en
los ejercicios o en las misiones no es más que un hombre; en la oración
mental, el que habla al alma es el mismo Dios: La llevaré a la soledad y le
hablaré al corazón.

Escribe Santa Catalina de Bolonia: «El que no tiene frecuente oración se


priva del lazo que más fuertemente une el alma con Dios; por lo que no será
difícil que, al verla sola, el demonio logre conquistarla». Y añade en otra
parte: «¿Cómo se puede creer que hay amor de Dios en un alma que no
tiene interés en acercarse a Él por la oración?» ¿Dónde se encendían los
santos en amor divino sino en la oración?

Por medio de Ja oración, de tal modo ardía San Pedro de Alcántara, que
tuvo que arrojarse en cierta ocasión a un estanque helado, y éste comenzó a
hervir como una caldera de agua puesta al fuego.

San Felipe Neri se inflamaba tanto en la oración que le daban temblores que
movían todo su cuarto.
San Luis Gonzaga ardía de tal modo en la oración que hasta su mismo
rostro aparecía inflamado, y el corazón latía con tanta violencia que parecía
iba a sallar del pecho.

«Por la fuerza de la oración —dice San Lorenzo Juitiniano— se vence la


tentación, se disipa la melancolía, se refuerza la virtud, se enciende el fervor
y se aviva la llama del amor divino». Con razón afirmaba San Luis
Gonzaga que «quien no tiene mucha oración, nunca llegará a un grado
eminente de santidad».

Es riego del alma


Bienaventurada el alma —canta David— que medita día y noche la ley del
Señor; será como el árbol plantado junto a las aguas de un río, que dará
fruto en su debido tiempo y tendrá siempre verde su follaje; todas las cosas
que haga le saldrán prósperamente (Sal. 1, 3), delante de Dios. Notad las
palabras: en su debido tiempo, que quieren decir en el tiempo en que se
necesite la ayuda de la gracia para sufrir dolores, injurias, etc., por amor
de Dios.
San Juan Crisóstomo compara la oración al manantial que brota en
medio de un jardín: un jardín que tiene siempre abundante el riego de una
fuente es una delicia de flores y de follaje. Pues así es un alma que tiene
oración: siempre se encuentran en ella florecidos los santos deseos y
abundan los frutos de santidad. ¿Y de dónde le viene tanta fecundidad? De
la oración, que le da la frescura de su riego. Eres un jardín de delicias —
dice el Cantar de los Cantares—, un edén en que se mezclan el aroma de
los naranjos con el perfume de otros frutos deliciosos… Eres la fuente de
los jardines, el manantial de aguas vivas que bajan saltando del Líbano.
Quitad a ese jardín la gracia de su fontana y veréis cómo se agostan las
flores y las plantas y se seca todo el vergel. ¿Por qué? Porque se secó el
manantial.

Veréis cómo aquella persona que, cuando tenía oración, era tan modesta, tan
humilde, tan devota y mortificada, una vez dejada la oración, se vuelve
inmodesta en el mirar; soberbia, hasta resentirse de una palabrilla; indevota,
hasta dejar la frecuencia de los sacramentos y la asistencia a la iglesia, y
hasta desentenderse de la mortificación y entusiasmarse con las vanidades,
con charlas, pasatiempos y deleites terrenos; le faltó el agua, y el espíritu se
agostó: Está mi alma como flor sin agua ante Ti, ¡oh, Señor! Mi espíritu
desfallece. Dejó la oración y se secó el jardín del espíritu, y la desgraciada
alma camina de extravío en extravío.

San Juan Crisóstomo da, no sólo por enferma, sino por muerta, al alma que
deja la oración; «el que no se encomienda a Dios, ni siente deseos de estar
en frecuentes coloquios con Él, está muerto… El no arrodillarse ante Dios
es la muerte del alma».

La voz de los santos


Según el mismo santo doctor, «la oración es la raíz de la vid, rica en
frutos».

Para San Juan Clímago, «la oración es el baluarte contra el ímpetu de las
tribulaciones, es el manantial de las virtudes y el canal de las gracias».
Rufino afirma que todo el provecho espiritual proviene de la meditación.

Gersón dice más: «Que no puede vivir como cristiano, si no es por un


milagro, quien no tiene oración».

Hablando de la oración, advierte Jeremías: Se retirará a la soledad y al


silencio y se levantará sobre sí mismo. Es decir, que el alma no puede tomar
gusto a Dios si no se retira lejos de las criaturas y no se pone, en silencio, a
contemplar su bondad, su amor y su amabilidad; en cambio, cuando se
retira a la soledad y se cierra para orar en silencio, lejos de pensamientos
mundanos, entonces se levanta por encima de sí misma y saie, de la
oración, distinta de la que entró.
III MODO DE HACER ORACION
MENTAL

HABIÉNDOSE ya demostrado cuán necesaria es para el alma la oración


mental, y cuántos bienes puede proporcionar dicha oración, pasaré ya a
enseñar la práctica, indicando el lugar, el tiempo y el modo más
convenientes para hacer bien la oración.

El lugar de la oración
1. ° El lugar. — Desde luego debe ser retirado, según aquellas palabras del
divino Salvador: Cuando te pongas a orar, entra en tu aposento, cierra las
puertas y ora así a tu Padre (Mt. 6, 6).

Dice San Bernardo que «el mismo silencio y la ausencia de todo ruido
mundano lleva, casi forzosamente, al alma a pensar en las cosas del cielo.
Según palabras del mismo Jesús, el silencio de nuestra habitación es un
lugar muy indicado para la oración; pero el mejor lugar no hay duda que es
junto al Sagrario, por estar en presencia de Jesús Sacramentado.

San Juan de Avila afirmaba que para él no había sitio o santuario más
devoto para orar que una iglesia donde estuviera Jesús en el Santísimo
Sacramento.

Si se quiere orar bien es necesario añadir al silencio exterior el silencio


interior, que no es otra cosa que el desasimiento de los afectos terrenos.
Hablando de esas personas que tienen apegos mundanos, declaró el Señor a
Santa Teresa: «Yo quisiera hablarles, pero las criaturas hacen tanto ruido a
sus oídos, que no puedo hacerme oír ni un momento». Pero de esto hablaré
más detenidamente cuando trate de la soledad del corazón.

El tiempo de la oración
2° El tiempo. — Escribe un autor que, comúnmente hablando, «el mejor
tiempo para hacer oración es el de la mañana y el de la noche». La mañana,
sobre todo, en sentir de San Gregorio, es el tiempo oportuno para la
oración; porque «cuando la oración se adelanta a los quehaceres, no
encontrará el pecado entrada en el alma».

Afirmaba el venerable padre Carlos Carafa, fundador de la congregación de


los Píos Operarios, que un acto fervoroso de amor, hecho de madrugada en
la oración, basta para mantener durante todo el día el fervor en el alma.

También por la noche es necesaria la oración, según aquellas palabras de


San Jerónimo: «Que no tome el cuerpo su reposo sin haberse antes
alimentado el alma», por la oración, que es su verdadero alimento; por lo
demás, no hay lugar ni tiempo que no sea a propósito para la oración, aun
en medio del trabajo o del reposo; nada impide que levante entonces el
espíritu a Dios haciendo actos de diversas virtudes; no consiste en otra cosa
la oración.

Cuánto ha de durar
3. ° Duración. — Los santos daban a la oración todo el tiempo que las
ocupaciones necesarias de su vida les dejaban libres: ésa era su norma.

San Francisco de Borja empleaba en la oración ocho horas, pues los


superiores no le permitían más, y cuando habían ya transcurrido las ocho
horas, pedía que, por caridad, le permitieran alargarse un poco más: «Un
poco más, hermano Marcos —decía—, un poco más».

San Felipe Neri empleaba en orar las noches enteras.


San Antonio Abad también se pasaba la noche en oración, y cuando salía el
sol (que era la señal que tenía para terminar) se quejaba al sol de que
amaneciera tan pronto.

Decía el padre Baltasar Alvarez: «El buen religioso, en este destierro, todo
el tiempo que no está con su Dios, habrá de ser como el peñasco fuera de su
lugar, el cual está allí como violento y como padeciendo, en su modo,
mientras le detienen», porque debemos, en cuanto podamos, imitar la vida
de los bienaventurados, que están en perpetua contemplación de la
Divinidad.

En cuanto a la postura, la más conveniente para orar es de rodillas; pero si


la incomodidad de la postura fuera ocasión de distracción, por la molestia
que causa, entonces puede hacerse la oración sentándose modestamente,
como dice San Juan Crisóstomo.

Al menos una hora diaria


Concretemos más: tratándose del alma que aspira a la perfección, ¿cuánto
tiempo de oración se le debe señalar?

El padre Torres aconseja a sus penitentes tener una hora de oración por la
mañana y otra durante el día, más otra media hora por la noche, contando
con que no se interpusiera algún obstáculo de enfermedad o de obediencia.
Si esto resulta excesivo, yo os aconsejo, por lo menos, una hora de oración.
A veces querrá Dios que dejéis la oración para atender a cualquier deber de
caridad con el prójimo; entonces seguid el consejo de San Lorenzo
Justitiano: «Cuando la caridad llama, vuela la esposa de Jesucristo a servir
al prójimo, pero conservando el deseo de volver al aposento del Esposo».

El padre Vicente Carafa, que fue general de la Compañía de Jesús, robaba


todos los momentos que podía a sus ocupaciones para emplearlos en la
oración.

El alma de oración es también alma de


mortificación
Es imposible que una persona sea alma de oración si no es también alma de
penitencia y sacrificio.

¿Cómo podrá una persona aguantar una hora diaria de oración si no está
dispuesta a sufrir mucho por Dios?

La oración es maravillosa y dulce más que todas las cosas del mundo
cuando Dios se deja sentir del alma; pero también es horriblemente
angustiosa cuando la deja sentir las angustias de la sequedad y las
distracciones.
No hay dulzura en el mundo comparable al sabor de la oración. Todos los
placeres de este mundo son desabridos e insípidos comparados con las
dulzuras de la oración.

Sin embargo, no debemos ponemos en oración con el fin de gustar los


consuelos divinos como repetidas veces he dicho, sino con intención de
conocer cuál es la voluntad de Dios sobre nosotros, despojándonos de todo
interés particular: «Como preparación para orar —aconseja San Juan
Clímaco—, destruid la propia voluntad», y decid al Señor: Hablad, Señor,
que vuestro siervo escucha (1 Ry. 3, 10); pero se ha de decir con ánimo
determinado, porque de otro modo, faltándonos tal disposición, no nos
hablará el Señor.

Modo de orar
4. ° El modo de hacer oración.

Quiero suponer que estáis instruidos sobre esta materia; diré, pues, algunas
cosas más importantes, brevemente, para instrucción de los principiantes.

La meditación consta de tres partes: preparación, meditación y conclusión.


La preparación comprende tres actos: de fe en la presencia de Dios, junto
con un acto de adoración; de humildad, junto con el arrepentimiento de los
pecados, y de súplica, pidiendo a Dios que nos ilumine.

Actos que más o menos se podrán hacer así: Acto de fe: «Dios mío, creo
que estáis presente; os adoro con todo mi corazón». Procúrese hacer este
acto con viva fe, porque la memoria viva de la presencia de Dios es una
gran ayuda para librarse de distracciones.

Decía el gran siervo de Dios, Cardenal Caracciolo, obispo de Aversa, que


cuando uno está distraído es señal de que no ha hecho bien el acto de fe.

Acto de humildad: «Señor, yo debería estar ahora en el infierno, por los


pecados que he cometido; me arrepiento de todo corazón, por amor de Jesús
y de María, iluminadme en esta meditación, para que la haga con provecho
para mi alma».

Ha de rezarse también un Avemaria a la Santísima Virgen, e invocar a San


José, al Angel de la Guarda y al Santo Patrono. Estos actos, advierte San
Francisco de Sales, deben hacerse con fervor, pero han de ser breves, para
pasar luego a la meditación.
La meditación. — Al entrar ya en la meditación se deben dejar fuera todos
los pensamientos extraños, diciendo con San Bernardo: «Esperad ahí,
pensamientos míos»; después de la oración me ocuparé de vosotros. Estad,
pues, atentos para que el pensamiento no divague por donde le plazca; pero,
por otra parte, si sobreviene alguna distracción, no debéis inquietaros ni
armaros de violencia para rechazarla; rechazarla con suavidad, sin
impaciencia, y volveos a Dios.

Tened muy presente que el demonio trabaja con empeño para procuraros
distracciones durante la oración, por ver si así consigue que la abandonéis;
el que deja la oración por las distracciones que en ella padece hace lo que el
demonio desea. «Es imposible tener la oración libre de distracciones»,
asegura Casiano; no sean, por consiguiente, las distracciones motivo para
abandonar la oración.

Según San Francisco de Sales, aunque no hagamos durante la meditación


más que rechazar y volver a rechazar las distracciones y tentaciones, es
buena la oración. Y había escrito Santo Tomás que «las distracciones
involuntarias no quitan el mérito de la oración».

El mérito de nuestras obras no está en los sentimientos, sino en los


propósitos de nuestra voluntad. Por tanto, siempre que con la ayuda de la
gracia nos proponemos orar bien nuestra oración será buena a pesar de
todas las distracciones que tengamos.
Respecto del asunto que se ha de escoger para la meditación, la norma
mejor es tomar aquellas verdades o misterios en que el alma encuentra más
sustancia y el corazón más fuerza de sentimiento.

Pero entre todas las materias, la preferida para el alma amante de la


perfección debe ser la Sagrada Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

Escribe Luis de Blois que el Señor reveló a muchas santas, como Santa
Gertrudis, Santa Brígida, Santa Matilde, Santa Catalina de Sena, que le es
sumamente agradable que mediten las almas sobre su pasión.

San Francisco de Sales dice que la pasión del Señor debe ser la meditación
ordinaria de todo cristiano. ¡Qué hermoso libro es la Pasión de Cristol En
ése, mejor que en ningún otro libro, se aprende la malicia del pecado, y al
mismo tiempo la misericordia y el amor de Dios para con el hombre.

Yo pienso que Jesús quiso sufrir tan diversos tormentos, azotes, coronación
de espinas, crucifixión, para que, viendo nosotros tan diversos aspectos de
su pasión dolorosa, tuviésemos rica materia para meditar sobre ella y para
sacar abundantes sentimientos de gratitud y de amor.

Cuando estéis en meditación es conveniente que comencéis siempre


leyendo en algún libro devoto. Durante diecisiete años hizo Santa Teresa
oración con ayuda de los libros, leyendo un rato y meditando otro, y así es
conveniente hacer, como la paloma, que primero bebe y después levanta el
pico y los ojos al cielo.

***
Pero no perdáis de vista que el fruto de la meditación no consiste tanto
en la consideración como en los afectos, súplicas y resoluciones; he ahí los
tres principales frutos de la meditación.

Santa Teresa escribe: «Querría dar a entender que el alma no es el


pensamiento, ni la voluntad es mandada por él, que tendría harto mala
ventura; por donde el aprovechamiento del alma no está en pensar mucho,
sino en amar mucho. ¿Cómo se adquirirá este amor? Determinándose a
obrar y padecer, y hacerlo cuando se ofreciere». Por eso dicen los maestros
del espíritu, hablando de la oración mental, que la consideración es como la
aguja de coser, cuyo papel es hacer pasar el hilo, hilo de oro que se
compone de afectos, de resoluciones y de súplicas, como antes indiqué.

Una vez meditado el punto, si algún buen sentimiento ha logrado


impresionamos, levantad el corazón de Dios, ofrecedle actos de humildad,
de confianza, de agradecimiento, y, sobre todo, insistid en actos de
contrición y de amor, que son como una cadena de oro que estrecha el alma
con Dios.

Un acto de amor perfecto es suficiente para borrar todos nuestros pecados:


La caridad borra la muchedumbre de nuestros pecados (Ped. 4, 8). El
Señor declaró que no puede odiar a quien le ama: Yo amo a los que me
aman (Prov. 8, 17).

La venerable sor María del Crucificado vio, en una visión, un globo de


fuego, donde caían algunas pajas que inmediatamente eran consumidas por
el fuego; y le fue dado a entender que, cuando un alma hace un acto de
perfecto amor, se le perdonan todos los pecados cometidos.

Enseña, además, el Angélico, que «todo acto de amor nos hace adquirir un
nuevo grado de gloria». Actos de amor son, por ejemplo, los siguientes:
«Dios mío, os amo sobre todas las cosas, os amo con todo mi corazón. —
Me alegro de vuestra infinita felicidad. —Yo quisiera veros amado por todo
el mundo. —Dadme a conocer lo que queréis de mí, que yo quiero hacerlo
todo. —Disponed de mí y de mis cosas como os agrade». Este último acto
de ofrecimiento es especialmente agradable a Dios. Santa Teresa lo hacía,
por lo menos, cincuenta veces al día.

Y aunque no sienta devoción, no debe desanimarse, porque a Dios lo que le


agrada no son nuestros sentimientos, sino nuestras resoluciones. Cuando
nos resolvemos a amarle mucho y nos disponemos a aceptar de Él todo lo
que nos pide, aunque sea sin devoción, le agradamos más que si
derramáramos un mar de lágrimas de ternuras.

Es también importantísimo en la oración, y quizá lo más importante de ella,


repetir con frecuencia las súplicas, pidiendo a Dios gracias con humildad y
confianza: sus luces, la resignación, la perseverancia y, sobre todo, el don
de su santo amor.

Obteniendo el amor de Dios —decía San Francisco de Sales—, se obtienen


todas las gracias, porque un alma que de veras ama a Dios con todo el
corazón no necesita que nadie la exhorte a que evite el darle ni el más
mínimo disgusto, sino que por sí misma procura complacerle en todo.

Así, pues, cuando os veáis en la oscuridad y en la aridez, de modo que os


sintáis sin fuerza para todo acto de virtud, basta que digáis a Dios: «Jesús
mío, misericordia; Señor, por piedad, ayudadme». Y quizás esta oración
resulte más provechosa que todas las demás.

Refiere el Padre Pablo Segneri que, hasta que estudió Teología, toda su
oración consistía en consideraciones y afectos; «pero Dios me abrió los ojos
—dice—; desde entonces procuro dar más tiempo a las súplicas, y si algún
bien hay en mí, reconozco que es debido a este ejercicio de las súplicas».

Haced vosotros lo mismo; pedid a Dios sus gracias en nombre de Jesucristo,


y obtendréis lo que deseáis. La promesa que el mismo Salvador nos hizo no
puede fallar: En verdad os digo que todo lo que pidáis al Padre en mi
nombre os lo concederá (Jn. 16, 23).
Resumiendo, pues: toda la oración, en cuanto de vosotros depende, debe
consistir en hacer actos y peticiones, como declaró en un éxtasis la
venerable sor María del Crucificado, diciendo que la oración es la
respiración del alma, porque así como al respirar se atrae y se expele el aire,
así el alma, por medio de las súplicas, recibe gracias de Dios, y con los
actos de ofrecimiento y de amor, se arroja ella misma en Dios

Propósitos y Soluciones
Antes de terminar la oración hay que tomar las resoluciones particulares,
como huir de tal defecto en que con más frecuencia se cae, practicar una
virtud, sufrir las molestias de tal persona, obedecer mejor a aquella otra,
mortificarse en tal punto particular; y es preciso volver repetidamente sobre
la misma resolución hasta que se haya logrado vencer tal defecto o adquirir
tal virtud.

Y acabada la oración, no queda más que trabajar por llevar las resoluciones
a la práctica, cuando se presentare la ocasión.

Conclusión
La conclusión de la meditación consiste, según esto: 1.° En dar gracias a
Dios por las luces recibidas. 2.° En prometer la práctica de las resoluciones
tomadas. 3.° En pedir al eterno Padre, por amor de Jesús y de María, la
gracia de serles fieles. 4.° No debéis olvidaros, al final de la meditación, de
encomendar a Dios las benditas almas del purgatorio. Según San Juan
Crisóstomo, «nada demuestra tanto el amor que un alma tiene a Jesucristo
como el celo en rogar por los demás.

San Francisco de Sales recomienda que no se dé fin a la oración sin que el


alma se lleve su ramillete de flores, para aspirar su fragancia durante el día;
es decir, que escoja una o dos reflexiones de las que más le hayan
impresionado, para renovar el fervor en el resto del día.

Las jaculatorias más agradables a Dios son las de amor, de resignación y de


ofrecimiento de sí mismos, procurad no hacer nada sin ofrecerlo ante Dios,
y no dejéis pasar un cuarto de hora, sea cualquiera la ocupación en que
estéis, sin levantar a Dios el espíritu con algún acto de virtud; y en los ratos
libres, como son esos momentos en que estáis esperando a alguno, o
paseando por el jardín, o cuando estáis enfermos en la cama, procurad hacer
todo lo posible por uniros con Dios; es preciso, además, observar el silencio
y buscar, en cuanto se pueda, la soledad, y mantener vivo el recuerdo de la
presencia de Dios, para conservar el sentimiento de los santos afectos de la
oración.

El propósito más firme


Advertiré, finalmente, que es necesario, de toda necesidad, que la persona
que quiere ser alma de oración se mantenga firme en la práctica de ese
ejercicio durante el tiempo de la aridez.
Son bellísimas las enseñanzas que nos dejó sobre este punto nuestra gran
maestra Santa Teresa de Jesús; en un lugar dice: «Sabe el traidor (el
demonio) que alma que tenga con perseverancia oración la tiene perdida».
Poco antes escribe: «Si en ella (la oración) persevera, por pecados y
tentaciones, y caídas de mil maneras que ponga el demonio, en fin, tengo
por cierto la sacará el Señor a puerto de salvación». Y más adelante: «El
que no deja de andar e ir adelante te, aunque tarde, llega». Escribe también:
«Sí; que no está el amor de Dios en tener lágrimas, ni estos gustos y ternura
que por la mayor parte los deseamos y consolamos con ellos, sino en servir
con justicia y fortaleza de ánimo y humildad». «Ayúdele a llevar la cruz (al
Señor)… y no quiera acá su reino, ni deje jamás la oración; y ansí se
determine, aunque para toda la vida dure esta sequedad, no dejar a Cristo
caer con la cruz; tiempo vendrá que se lo pague por junto».

Enseña el doctor Angélico que la verdadera devoción no está en el


sentimiento, sino en el deseo y resolución de abrazarse prontamente con la
voluntad de Dios; ésa fue la oración de Jesucristo en el huerto, oración
árida, llena de tedio, y, sin embargo, fervorosa y meritoria como ninguna de
las oraciones que han subido de la tierra al cielo; aquella oración no fue más
que este acto de resignación: no se haga lo que yo quiero, sino lo que
quieres Tú (Me. 14 36).

No dejéis, pues, la oración, hermanos míos, en tiempo de aridez; si alguna


vez el tedio que sentís vence vuestras fuerzas, dividid la oración en veces y
ejercitaos, sobre todo, en las súplicas, aunque os parezca que las hacéis sin
confianza y sin provecho. Bastará que repitáis a menudo: «Jesús mío,
misericordia; Señor, tened compasión de mí». Rezad, y no dudéis, Dios os
oye y presta atención a vuestras súplicas; no busquéis, como fin de la
oración, vuestro gusto o vuestra satisfacción, sino dar gusto a Dios y
cumplir sus designios divinos sobre vosotros; y para iso rogadle que os lo
haga conocer y os dé fuerzas para cumplirlos; en todo esto está el fin de
muestra oración: en sacar luces para conocer la noluntad de Dios y fuerzas
para cumplirla.
Apendice

Facilidad de la oración

YA hemos visto cómo nos dice San Alfonso que la oración mental es
absolutamente necesaria, no solamente a los frailes y a las monjas, sino a
todos los cristianos.

Como a los religiosos es la oración mental lo primero que les enseñan al


entrar en el convento, yo trataré de hablar un poco a los seglares de su
facilidad y sencillez.

Empezaré diciendo que una cosa es oración y otra meditación y con la


mezcla de ambas se hace la clásica oración mental.
Sin embargo, debemos decir que, para muchos principiantes, resulta más
fácil y sencillo hacerlo por separado, como ahora diré.

Empecemos por la meditación: La meditación es lo más sencillo del mundo;


pues meditar es pensar y eso todos lo sabemos hacer.

El pensamiento es como la respiración: No podemos pasar un momento sin


respirar y tampoco podemos pasar sin pensar.

El hacer meditación, sencillamente no es otra cosa que entretenernos un


rato a pensar en Dios y en sus beneficios, o en lo que será de nuestra alma
en la vida futura después de la muerte.

Quien dijere que no sabe hacer meditación, trataría de decimos que no sabe
pensar, lo cual no es concebible.

Muchas veces nos desvelamos en la cama y nos quedamos pensando varias


horas en las cosas que nos preocupan; otras veces nos gusta pensar mientras
paseamos en solitario, etc. Pues si en esas ocasiones tratásemos de encauzar
el pensamiento por las cosas que interesan a nuestra alma, ya estaríamos
haciendo meditación.
Si estás convencido, como creo, de la gran necesidad de la meditación, has
de proponerte emplear diariamente al menos media hora en este ejercicio.

Si no la has hecho nunca, la forma más sencilla para empezar será con un
libro. Hay muy buenos libros para meditar; si tú no tienes, al final de este
libro encontrarás una lista de los más recomendables y la forma de
adquirirlos.

Una vez que tengas el libro en tu poder, buscarás la forma de poder tener
todos los días un rato de lectura meditada. Puedes hacerla incluso en la
cama antes de dormirte por la noche o antes de levantarte por la mañana.

Antes de empezar la lectura, lo primero que debes hacer es un acto de fe,


recordando que Dios está contigo y te ha prometido ayudarte en todas las
necesidades de tu alma si tú se lo pides.

Recuerda sus palabras: «Tú, cuando quieras orar, entra en tu habitación y,


cerrada la puerta, ora a tu Padre en secreto; y tu Padre, que ve en lo
escondido, te recompensará» (Mt. 6, 6).
«Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y
vendremos a él, y pondremos nuestra morada en él» (Jn. 14, 23).
«En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hech. 11, 28).
«¿No sabéis que sois templos de Dios y el Espíritu Santo mora en
vosotros?» (1 Cor.3, 16).
Es importantísimo avivar la fe para recordar que Dios está con
nosotros deseando ayudarnos si se lo pedimos.
Hecho ese acto de fe, empezaremos a leer despacio, tratando de penetrar
bien en lo que leemos y parándonos a meditar en todos los puntos que
digan algo a nuestra alma. Y si encontramos algún pensamiento que nos
parezca importante, cerraremos el libro tratando de profundizar en él
cuanto pudiéramos.

No aprovecharemos con la meditación mientras no saquemos de ella


resoluciones de corregirnos de algo, sentimientos de arrepentimiento, dolor
de nuestros pecados y propósitos de practicar las virtudes, etc.

De la meditación se ha de pasar a la oración, que podrá ser a continuación


o en otra hora.

Oración vocal y oración mental


Algunos consideran que la oración vocal es la que se hace hablando con la
boca, y oración mental la que se hace en silencio, hablando sólo con el
pensamiento. Sin embagro, no es así.

Oración vocal es la que hacemos con palabras compuestas por otros, como
cuando rezamos el Rosario o leemos oraciones de un libro. Serán oraciones
vocales aunque las leamos sólo con el pensamiento.
En cambio, la oración mental es la que hacemos al hablar con Dios o con
la Virgen usando palabras nuestras que no están escritas en los libros,
como cuando hablamos con nuestros padres o nuestros hermanos, que les
hablamos con palabras nuestras y no usamos para ellos un libro.

Sería ridículo que para hablar con nuestros padres nos tuviera que decir
otra persona lo que debiéramos decir o lo tuviéramos que aprender de
algún libro.

Pues lo mismo hemos de hacer para hablar con nuestro Padre Dios. El nos
conoce mucho mejor que nuestros padres de la tierra y nos ama
infinitamente más. Por tanto, debemos hablarle con absoluta confianza de
todo cuanto nos preocupa, que Él no necesita que se lo digamos con mucha
diplomacia, pues, como nos dijo Jesucristo, Nuestro Padre sabe lo que
necesitamos antes de que se lo pidamos (Mt. 6, 8). Y asimismo, también el
Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no
sabemos pedir lo que nos conviene; mas el mismo Espíritu aboga por
nosotros con gemidos inenarrables, y el que escudriña los corazones
conoce cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede por los santos según
Dios (Rm. 8, 26-27).
Podrá ocurrir a veces, cuando hablamos con los hombres, que nosotros
no nos sepamos explicar o ellos no nos sepan entender. Pero esto no ocurre
con Dios, que antes que pronunciemos palabras conoce nuestros deseos y,
si movidos por el Espíritu Santo intentamos pedirle ayuda, aunque lo
hagamos con gemidos inenarrables Él nos concederá lo que más nos
conviene.
Oración mental es hablar con Dios de las cosas que nos preocupan. Esta
conversación del alma con Dios se puede mezclar con la meditación de la
que hablamos anteriormente, o también se puede hacer por separado en
otra hora diferente.

El lugar mejor para la oración es delante del Sagrario; pero también se


puede hacer en cualquier otra parte, incluso paseando, ya que Dios está
siempre con nosotros y siempre nos escucha.

El tiempo que hemos de dedicar a esta conversación con Dios no ha de ser


nunca inferior a media hora. San Alfonso nos recomienda una hora. San
Pedro de Alcántara nos dice que «todo lo que sea menos de hora y media o
dos horas es corto plazo para la oración». Yo por mi parte recomendaría a
los principiantes una hora diaria siempre que puedan, y si no pueden una
hora que hagan al menos media; pero que nunca falten a ella si no es por
enfermedad u otra grave ocupación.

En caso de tener que suprimir algún día la lectura meditada o la oración,


suprímase la lectura y a ser posible no se deje nunca la oración.

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