Autor: Marlon Manuel Muñoz Mendoza
La ciudad y los perros:
“Un espejo de la violencia y la condición humana”
¿Cómo refleja La ciudad y los perros las contradicciones de la sociedad peruana de los
años cincuenta? Como se sabe, en los tiempos de antes no había un correcto control y
respeto por los derechos de las personas, por la misma corrupción y las iniciativas de la
sociedad peruana. La ciudad y los perros (1963) de Mario Vargas Llosa es una novela
emblemática de la literatura latinoamericana que retrata, con crudeza y realismo, la
violencia, el autoritarismo y la pérdida de la inocencia dentro del ámbito del Colegio
Militar Leoncio Prado. En esta obra, el colegio se convierte en una microciudad, una
“máquina de deformar”, como señala Vargas Llosa, que muestra la corrupción de la
sociedad peruana de entonces.
En esta obra, los jóvenes cadetes del Leoncio Prado —el Jaguar, el Esclavo, el Poeta, el
Boa— son piezas de un sistema que enseña a simular y a traicionar antes que a pensar y
a sentir. “El Leoncio Prado no era un colegio, era una selva”, dice el narrador, y en esa
selva el miedo y la violencia se confunden con la camaradería. En palabras de Vargas
Llosa: “Cuando escribí La ciudad y los perros, sentí que no estaba inventando nada,
sino exorcizando una pesadilla” (Vargas Llosa, 1965). Como dice el autor en esta frase,
nos muestra los pensamientos del autor sobre la actual sociedad en la que veía muchas
injusticias y la mejor forma de alzar la voz fue a través de la escritura de esta obra. Una
de las situaciones que nos mostró la violencia disfrazada de “coraje” por estar en una
institución que forma a hombres. “—¡Perritos! —gritaba el teniente Gambo—.
“¡¡Carajo!! ¡¡Todos son unos perritos!!” (Mario Vargas Llosa, 1963). Este fragmento
revela un exceso de abuso y de poder por parte de los superiores al querer formar un
carácter fuerte, en base a utilizar recursos que dañan psicológicamente y físicamente a
cada cadete. Lo que demuestra la mentalidad de sentirse superior a los demás por el
cargo que ejercen. El teniente Gamboa es el único personaje que cree en la justicia, pero
su voz se apaga frente a la institución. Esto demuestra cómo las esperanzas pueden ser
apagadas de golpe cuando intentas cambiar algo, pero chocas contra la sociedad que ya
está contaminada con este problema. Por esto mismo es importante recordar la reflexión
de Michel Foucault (1976) que planteaba: “Donde hay poder, hay resistencia”.
Aunque oprimidos, los cadetes buscan vías de escape: roban exámenes, se enfrentan en
peleas clandestinas, crean códigos secretos de lealtad y traición. La resistencia, sin
embargo, pocas veces es heroica; más bien se vuelve violencia contra los propios
compañeros. Resulta casi inevitable, al leer esta novela, sentir un estremecimiento.
¿Cuántas veces, en la vida real, los jóvenes deben aprender a sobrevivir traicionando su
inocencia? El Esclavo, un muchacho tímido que solo anhela un lugar de pertenencia,
termina aplastado por el mismo sistema que debía protegerlo. En uno de los pasajes más
conmovedores se lee. (Vargas Llosa, 1963). En esta frase podemos evidenciar cómo
alguien inocente se ve obligado a perder su inocencia para poder intentar “sobrevivir” y
así satisfacer a sus superiores a costa de su propia salud mental y física; además, los
encargados que deben ayudar y salvaguardarlo se hacen de la vista gorda por
convivencia propia.
“Aquí no se viene aestudiar, sino a aprender a obedecer. En la cita anterior podemos
ver cómo predomina el autoritarismo hacia cada uno de los cadetes. Con este precedente
podemos analizar cómo, con tal de imponer la autoridad, las autoridades que están a
cargo pueden dañar las vidas de los que ingresan con un sueño de ser un buen cadete.
Ademas de la frase: “El reglamento era un pretexto para encubrir la cobardía”(Vargas
Llosa, 1963, p. 301). En esta frase, Mario Vargas Llosa desnuda una de las grandes
hipocresías de toda institución autoritaria: la idea de que las normas existen para
garantizar el orden y la justicia, cuando en realidad muchas veces son utilizadas como
una máscara para tapar la cobardía moral de quienes tienen poder. El reglamento del
colegio Leoncio Prado se presenta como un manual de disciplina que supuestamente
forma a los cadetes para ser “hombres de bien”. Pero, en la práctica, sirve para justificar
injusticias, silenciar a los que denuncian corrupción y proteger a quienes se aprovechan
del sistema, como abusar del poder con autoritarismo en cada situación.
La ciudad y los perros no es simplemente una denuncia de la violencia en las escuelas o
de la corrupción de un periodo; es, principalmente, un reflejo incómodo que muestra
cómo la brutalidad, el temor y la hipocresía pueden ser normalizados hasta integrarse en
la construcción de un ser humano. Vargas Llosa, al representar un colegio militar como
una "máquina de deformar", nos hace conscientes de que ninguna institución está libre
de replicar los mismos patrones de maltrato cuando se carece del valor para confrontar
la verdad. La obra literaria nos incita a explorar más allá de sus fronteras: ¿cuántas
veces la sociedad continúa utilizando normas y discursos de autoridad como
justificación para no tomar acciones? ¿Qué cantidad de jóvenes, al igual que el Esclavo,
abandonan su inocencia para adaptarse a sistemas que los explotan?Finalmente, es
evidente que el auténtico coraje no radica en golpear o humillar, sino en resistir y
atreverse a cuestionar lo que parece inalterable. Como Foucault afirmaba: "Donde existe
poder, existe resistencia". Como nos instruye Vargas Llosa, mientras haya voces
dispuestas a relatar estas historias, siempre existirá una esperanza de que la brutalidad
no sea el costo de convertirse en adulto.
Referencias:
Vargas Llosa, M. (1963). La ciudad y los perros. Barcelona: Editorial Seix Barral.
Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad. Vol. 1: La voluntad de saber. México:
Siglo XXI Edia