El mito de Perséfone y la primavera
La diosa Deméter tenía una hermosa hija llamada Perséfone. La joven tenía grandes ojos verdes y una cabellera de
bucles dorados. Vivía con su madre en el monte Olimpo y de vez en cuando bajaba a los prados a recoger las flores
que tan bellas su madre hacía crecer...
Un día, el dios de los muertos, Hades, que vivía en el centro de la tierra, rodeado de tinieblas, se enamoró
profundamente de Perséfone.
Como Hades era muy astuto no se animó a acercarse sin antes pedir permiso a Zeus, el más importante de todos los
dioses del Olimpo. Zeus, no le contestó ni sí ni no, pero le guiñó un ojo. Entonces Hades, trazó un plan para cumplir
su deseo.
Un día en el que Perséfone salió a recoger flores, se alejó distraída del grupo de gente que la acompañaba para
recoger un precioso narciso.
En ese momento la tierra se abrió y de allí surgió el dios de los muertos envuelto en fuego y humo negro. La secuestró
y la llevó con él sin dejar ningún rastro.
Las amigas no habían visto como Perséfone se había esfumado sin dejar rastro alguno. Así que nada pudieron decirle
a Deméter, la madre, que sufrió por la desaparición de su hija.
Deméter, desesperada comenzó a buscarla. Se disfrazó de anciana y comenzó
a recorrer toda Grecia buscando alguna pista sobre su hija. Durante nueve días
ni comió ni bebió. Cuando los reyes de Eleusis la vieron, le ofrecieron quedarse
con ellos en el palacio para cuidar de sus hijos.
Un buen día, el hijo mayor de los reyes le dijo:
-Diosa Deméter, tengo malas noticias: un pastor me contó que vio a un
personaje siniestro que envuelto en llamas y humo negro, se llevó a una joven
que gritaba muerta de miedo. La tierra se abrió y se los tragó a los dos,
desapareciendo ambos en sus entrañas y he pensado que podía tratarse de tu
hija Perséfone.
Deméter, reconoció a Hades por la descripción del pastor, pensó que Zeus tenía
algo que ver en este asunto y decidió vengarse. Como Deméter era la diosa de
la agricultura, recorrió Grecia prohibiendo a los árboles dar fruto, a los pastos
crecer y a las semillas germinar. Al poco tiempo el ganado no tenía como
alimentarse y comenzó a morir. Si esto continuaba, los hombres pronto morirían
también por falta de alimento.
Zeus se asustó y trató de convencerla enviándole riquísimos regalos, joyas y
oro, pero Deméter no los aceptó. -No quiero tus regalos. Solo quiero a mi hija
Perséfone de vuelta en mi casa.
Zeus, viendo que era imposible convencer a Deméter, llamó a Hermes y lo envió al Tátaro para darle un mensaje al
dios Hades.
- Por favor, devuelve a Perséfone o todos estaremos perdidos ya que los humanos están en serio peligro debido a la
falta de alimento.
Hades le respondió:
-Sólo puedo enviar a Perséfone de vuelta a su casa, mientras no haya probado el alimento de los muertos.
Perséfone estaba tan triste que se había negado a probar bocado desde el día de su secuestro.
Entonces Hades le dijo:
- Hermosa Perséfone, parece que no eres feliz a mi lado. No has probado bocado desde el día en que llegaste. Cada
día estás más delgada y si sigues así pronto morirás. Mejor que vuelvas a tu casa.
Pero un jardinero que escuchó la conversación dijo:
- ¿Cómo que no ha probado bocado? Yo la vi comer granadas de tu huerto esta mañana.
Hades se sonrió satisfecho. La subió a un carruaje y la llevó junto a su madre, que apenas la vio se abrazó a ella
llorando de felicidad.
Pero Hades le dijo:
-Diosa Deméter, tu hija Perséfone ha comido siete granadas de mi huerto, por lo tanto, debe regresar al Tártaro
conmigo.
Deméter, furiosa respondió:
-Si eso ocurre, jamás levantaré la maldición que pesa sobre la tierra. Todos los hombres y los animales morirán.
Zeus, espantado por la respuesta de Deméter, envió a su esposa Hera a negociar con los dioses.
Finalmente, Deméter aceptó que el príncipe de las tinieblas se casara con Perséfone.
Su hija debía pasar siete meses al año con Hades, un mes por cada granada que comió y cinco meses junto a
Deméter, su madre.
Por esa razón la tierra florece y fructifica en primavera y verano, porque es cuando Perséfone visita a su madre y
ésta rebosa de alegría...
2
Sin embargo, cuando tiene que volver con Hades de nuevo, Deméter entristece y con la diosa también entristece la
tierra, haciendo que llegue el otoño y el frío invierno...
Clitia y Leucótoe
El dios Helios era un reconocido mujeriego que sentía especial predilección por las ninfas. Tuvo, de hecho, hijos con
las oceánidas Perises, Clímene y Rodo; pero también, en otra ocasión, se prendó de dos hermanas, hijas del rey
Órcamo y de la ninfa Eurínome.
Estas muchachas se llamaban Clitia y Leucótoe. Clitia estaba terriblemente enamorada del dios del sol, hasta tal
punto que siempre lo seguía con la mirada en su diario peregrinaje del este al oeste a bordo de su carro tirado por
caballos de fuego. Lógicamente esto no le pasó desapercibido a Helios, quien todo lo veía desde el cielo, e inició con
Clitia una relación esporádica.
Pero un día que Helios había bajado a visitar a Clitia, se fijó en la otra bella muchacha con la que ésta compartía
sangre. No era ni más ni menos que la propia hermana de Clitia, la princesa Leucótoe. Entonces Helios tramó un
diabólico plan. Sin ningún tipo de escrúpulos se transformó en Eurínome, madre de ambas, y entró en los aposentos
de Leucótoe, quien se encontraba hilando junto a sus sirvientas. Con total familiaridad, como si de su verdadera
madre se tratase, le dio un beso en la mejilla a Leucótoe y les pidió a las sirvientas que abandonasen el cuarto, pues
debía hablar en privado con su hija.
Una vez solos, Helios recuperó su forma original y tras presentarse
orgullosamente se abalanzó sobre la sorprendida muchacha, que
reaccionó instintivamente rechazando el brutal abrazo del dios. Pero
Helios se aprovechó de su divina potencia y forzó sin miramientos
a la asustada Leucótoe.
Mientras tanto Clitia, que se encontraba impaciente esperando al
dios en su lecho, salió a buscarle y le sorprendió en la habitación de
su hermana. Celosa, e inconsciente de la auténtica situación, salió
corriendo a avisar a su padre de que su hermana estaba yaciendo
con un hombre. Al enterarse Órcamo, lleno de ira, acudió hacia la
habitación de Leucótoe, donde ésta se encontraba tendida en el
suelo llorando. Leucótoe intentó explicar a su padre que acababa
de sufrir una violación, pero Órcamo no la creyó y, encolerizado por lo que él consideraba una deshonra, sentenció a
su hija a morir enterrada viva.
Cuando Helios se enteró de lo ocurrido acudió raudo hacia el montón de tierra bajo el que yacía Leucótoe. Con sus
rayos abrió un agujero sobre aquella tierra recién removida, pero ya era demasiado tarde y el rostro de Leucótoe se
había tornado totalmente blanco. Helios intentó sin éxito salvar a la joven ninfa, pero pese a su enorme poder divino
era incapaz de devolver la vida a los muertos.
Fue entonces cuando roció con oloroso néctar el frío cuerpo de Leucótoe y éste, de inmediato, empezó a derretirse
y filtrarse en la tierra. Y de allí surgió una rama de incienso, que desde ese momento serviría para perfumar los
hogares de la gente.
En cuanto a Clitia, tras el terrible suceso ocurrido con Leucótoe, Helios dejó de visitarla. Pero la ninfa, en su
encegamiento, seguía enamorada del dios y debido al profundo dolor por no volver a verle se dejó morir en vida,
simplemente sentada noche y día mirando hacia el cielo y siguiendo con la vista el deambular del astro rey. Sus
miembros empezaron a adherirse al suelo y su palidez se contagió al resto del cuerpo. Finalmente se había convertido
en una planta (un girasol o, quizás, un heliotropo), pero aún entonces era incapaz de no acompañar con la mirada la
trayectoria del Sol en su diario periplo por el firmamento.
Apolo y Dafne
En la mitología griega Apolo era el dios de la poesía y de la música, de la profecía y de la luz, además del dios de
los arqueros, lo que indica que debía ser muy hábil con el arma. Figuraos hasta qué punto era bueno que él solito
logró matar a la temible serpiente Pitón que se escondía en el monte Parnaso.
Pitón era una bestia terrible que andaba buscando sangre a todas horas. Un monstruo enorme que se dedicaba a
matar rebaños de ovejas, vacas, pastores e incluso a bellas ninfas que correteaban por el campo. La población estaba
absolutamente desesperada, necesitaban alguien que les ayudase. Y así, suplicando a los dioses, bajó Apolo y se
deshizo de la bestia con una lluvia de flechas.
El problema estuvo que tras la hazaña Apolo se volvió terriblemente orgulloso. Se pasaba la vida hablando de sí
mismo y presumiendo de su valentía. Su actitud era tan presuntuosa que lo único que hacía durante todo el día era
repetir las siguientes palabras:
- Soy el mejor arquero del mundo. Nadie puede conmigo.
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La cosa llegó a tal punto que ya no sólo era engreído y arrogante, sino que se dedicaba a burlarse y despreciar a los
demás. En estas andaba cuando un día paseando por el bosque se encontró con Eros, el dios del amor, y, como no
podía ser de otra forma, Apolo se metió con él y acabaron discutiendo.
Eros, pese a ser un dios, tenía la apariencia de un niño inocente, un pequeño
angelito que volaba de un sitio a otro con sus alitas, su diminuto arco y sus flechas
dispuestas a enamorar a todo el mundo. Cuando le vio Apolo no pudo dejar de
pensar en lo ridícula que era su imagen, en especial el arco que le parecía de
juguete. Así, que, entre risas, le dijo:
- ¿Qué haces con esas armas? Sólo yo, el dios de los arqueros, soy digno de
llevarlas.
Eros, cansado como el resto de los dioses de la nueva actitud de Apolo, le contestó.
- No te burles de los demás que algún día tus burlas te pasarán factura. Tal vez mis
flechas no hayan matado a ninguna serpiente, pero no dudes que con ellas he
conseguido grandes hazañas pues han logrado llevar el amor tanto a dioses como
a hombres.
La conversación cada vez se iba complicando más y más, pues la actitud de Apolo no podía ser más pedante e
insoportable. Así que Eros, cansado e irritado le dijo:
-Toda tu vida recordarás este momento. Juro, por tu padre Zeus, que tendrás tu merecido.
Eros cumplió su amenaza utilizando su mejor arma: el amor. Aquel mismo día Eros lanzó dos flechas: una de oro y
otra de hierro. La de oro con punta de diamante servía para enamorar a la gente, en cambio, la de hierro que tenía
la punta de plomo provocaba lo contrario, un rechazo absoluto al amor. Eros mandó la flecha de oro directa al corazón
de Apolo y este de inmediato cayó perdidamente enamorado de Dafne, una de las ninfas más bellas de la región.
Pero, ¿os imagináis dónde fue a parar la de hierro? Exacto, en Dafne.
Hasta ese momento Apolo no había sentido el menor interés por la bella ninfa, pero a partir de ese día no se la podía
quitar de la cabeza. Se pasaba el día pensando en ella hasta tal punto que abandonó sus aficiones favoritas. Lo único
que le apetecía era pasarse el día viendo a su bella amada.
Por contra Dafne, no quería saber nada de Apolo, es más, cada vez que le veía echaba a correr o se escondía entre
los árboles porque le ponía nerviosa lo pesado que era. Pero claro, tanto esquivar, tanto esquivar… no siempre es
posible y un día se encontró con él de frente. Apolo aprovechó la ocasión para pedirle que se casará con él, pero la
respuesta de Dafne no dejó ni un resquicio de duda:
- No me casaré jamás.
Apolo no lo entendía… pero si él era un dios… cómo le despreciaba así… ¿era poco para ella? Dafne en un alarde
de sinceridad le sacó de dudas.
- No desprecio tu amor Apolo. Lo que me ocurre es que no quiero el amor de nadie. Nací libre y quiero seguir siendo
libre.
A pesar de las palabras de Dafne, Apolo, cabezota como buen enamorado, no
perdió la esperanza. Es más, ni se enfadó con ella. ¿Cómo se iba a enfadar
con el amor de su vida? Lo único que quería era abrazarla, estar con ella,
quererla… Pero cuando Dafne se dio cuenta de la obsesión que Apolo sentía
hacía ella, le dio miedo y decidió huir al bosque.
Y así comenzó una carrera, o más exactamente, una persecución en toda
regla en la que Apolo iba tras la ninfa. Dafne estaba muy asustada, tanto
que cuando creyó que Apolo le iba alcanzar se acercó al río Peneo, que en
realidad era su padre, y le pidió ayuda.
Peneo pese a estar un poco enfadado con su hija -no entendía la obsesión
de Dafne con no casarse y no darle nietos… con lo feliz que a él le
harían- cuando la vio tan desesperada decidió ayudarla.
De repente Dafne dejó de correr. Su cuerpo se volvió rígido como una piedra.
Una fina costra cubrió su pecho y endureció su vientre, sus brazos se
convirtieron en ramas, su cabellera se transformó en copa… Peneo pensó que
la mejor manera de ayudar a su hija era despojarle de su forma humana
y convertirla en árbol, en el primer laurel que hubo en la tierra.
Cuando Apolo vio lo que había pasado rompió a llorar. No podía creérselo. Ya
no había ninguna posibilidad de que su amor por Dafne fuese
correspondido, así que roto de dolor se acercó al árbol, se abrazó a él y decidió
que, ya que no iba a ser su esposa, sería su árbol sagrado, lo adoptó como
símbolo y con sus ramas hizo una corona.
A partir de ese día el laurel, palabra que en griego significa Dafne, se convirtió en símbolo de gloria de ahí que sus
hojas sirvan para coronar a los generales victoriosos y honrar a los más destacados atletas y poetas.
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Adonis y el origen de las rosas rojas
Afrodita era amante de Adonis y tomó parte en su nacimiento. Cíniras, el rey de Chipre, tenía una bellísima hija
llamada Mirra. Cuando la madre de ésta, cometió pecado contra Afrodita al afirmar que su hija era más bella que la
afamada diosa, Mirra fue castigada con una incesante lujuria hacia su propio padre...
Cíniras rechazó esto, pero Mirra se disfrazó de prostituta y durmió secretamente con su padre. Finalmente, Mirra
quedó embarazada y fue descubierta por Cíniras. Enfurecido, persiguió a su hija con un cuchillo. Mirra huyó de él,
pidiendo misericordia a los dioses. Éstos oyeron su plegaria y la transformaron en un árbol de mirra para que su
padre no pudiese matarla. Finalmente, Cíniras se suicidó en un intento por restablecer el honor de familia.
Mirra dio a luz a un bebé llamado Adonis. Afrodita pasaba junto al
árbol de mirra cuando vio al bebé y se apiadó de él. Puso a Adonis
en una caja y lo llevó al inframundo para que Perséfone cuidase de
él. Adonis creció hasta ser un joven increíblemente hermoso.
Afrodita volvió finalmente por él. Sin embargo, Perséfone detestaba
darlo por perdido y quería que Adonis permaneciera con ella en el
inframundo. Las dos diosas se involucraron en tal disputa que obligó
a Zeus a interceder. Éste decretó que Adonis pasase un tercio del
año con Afrodita, otro tercio con Perséfone y otro con quien desease.
Adonis, por supuesto eligió a Afrodita.
Adonis empieza su año en la tierra con Afrodita. Una de sus mayores
pasiones es la caza, y aunque Afrodita no es naturalmente una
cazadora, participa para poder estar con Adonis.
Pasan cada hora que están despiertos juntos, y Afrodita queda extasiada con él. Sin embargo, su ansiedad empieza
a crecer por sus deberes abandonados, y se ve obligada a dejarlo por un corto tiempo. Antes de marcharse, le da un
consejo a Adonis: no atacar a un animal que no demuestre miedo. Adonis acepta el consejo, pero secretamente duda
de las habilidades de Afrodita como cazadora, olvidando rápidamente el consejo.
No mucho después de que Afrodita se marche Adonis se encuentra con un enorme jabalí, mucho mayor que todos
los que había visto. Se dice que el jabalí era el dios Ares, uno de los amantes de Afrodita que estaba celoso de su
continua adoración a Adonis. Adonis sería víctima de los celos del dios Ares.
Adonis hace caso omiso del aviso de Afrodita y persigue a la criatura gigante, pero pronto es Adonis el perseguido,
no siendo rival para el jabalí. En el ataque, Adonis es mal herido por éste y sus heridas son tan graves que muere
desangrado...
Afrodita corrió apresuradamente a su lado, pero llegó demasiado tarde para salvarlo...
Sólo puede llorar sobre su cuerpo, en el lugar donde murió, ella grita y muestra su cuerpo ensangrentado tendido
entre las rosas, al final Afrodita se desmaya.
La sangre de Adonis y las lágrimas de Afrodita convirtieron en rojas las rosas blancas alrededor de ellos y así nacieron
por primera vez las rosas rojas, que ya nunca perderían ese color. Y desde entonces y hasta nuestros días las rosas
rojas han sido símbolo de amor entre enamorados y son el recuerdo del gran amor que se tuvieron Afrodita y Adonis.
Eco y Narciso
Cuando Zeus llegaba a las montañas, las ninfas del bosque corrían a abrazar al festivo dios, y jugaban y reían con
él en heladas cascadas y en frescos y verdes pozos.
Hera, la esposa de Zeus, que era muy celosa con frecuencia espiaba por las faldas de la montaña, tratando de
sorprender a su esposo con las ninfas. Pero cada vez que la diosa estaba a punto de descubrirlo, una ninfa
encantadora llamada Eco le salía al paso y, entablando una animada conversación, hacía cuanto estaba a su alcance
para entretener a la diosa mientras Zeus y las otras ninfas escapaban. Finalmente, en una ocasión Hera descubrió
que la ninfa había estado engañándola, y llena de ira, estalló:
- ¡Tu lengua ha estado poniéndome en ridículo! – vociferó contra Eco.
- ¡De ahora en adelante tu voz será más breve, querida mía! ¡Siempre podrás decir la última palabra, pero nunca la
primera!
Desde ese día, la pobre Eco solo pudo repetir la última palabra de lo que los otros decían. Un día Eco descubrió a
un muchacho de cabellos dorados que estaba cazando ciervos en el bosque. Se llamaba Narciso y era el joven más
hermoso de la floresta. Cualquiera que lo mirara, quedaba inmediatamente enamorado de él, pero éste nunca quería
saber nada de nadie, tal era su engreimiento. Cuando Eco vio por primera vez a Narciso, su corazón ardió como una
antorcha. Lo siguió en secreto por los bosques y a cada paso lo amaba más. Poco a poco se fue acercando, hasta
que aquel pudo oír el crujir de las ramas, y dándose vuelta gritó:
- ¿Quién está aquí?
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Desde detrás de un árbol Eco gritó la última palabra:
- ¡Aquí!
Narciso miró extrañado.
- ¿Quién eres tú? ¡Ven acá! –dijo.
- Ven acá – dijo Eco.
Narciso escudriñó el bosque, pero no pudo encontrar a la niña.
- ¡Deja de esconderte! ¡Encontrémonos! - gritó
- ¡Encontrémonos! – exclamó Eco, y luego saliendo de entre
los árboles, corrió a besar a Narciso.
Cuando el joven sintió que la ninfa se abrazaba a su cuello,
entró en pánico y la rechazó gritando:
- ¡Déjame tranquilo! ¡Prefiero morir que permitir que me ames!
- ¡Me ames! –fue lo único que la pobre Eco pudo decir mientras veía cómo Narciso huía de ella a través de la floresta.
- ¡Me ames! ¡Me ames! ¡Me ames!
Entre tanto, Narciso cazaba en el bosque, cuidando solo de sí mismo, hasta que un día encontró un estanque
escondido, cuya superficie relucía como la plata. Ni pastor, ni jabalí, ni ganados habían enturbiado sus aguas; ni
pájaros, ni hojas. Solo el sol se permitía danzar sobre ese espejo.
Fatigado de la caza y ansiando calmar la sed, Narciso se tendió boca abajo y se inclinó sobre el agua; pero cuando
miró la lisa superficie, vio alguien que lo observaba, Narciso quedó hechizado. Unos ojos como estrellas gemelas, y
enmarcados por cabellos tan dorados como los de Apolo y por mejillas tan tersas como el marfil, lo miraban desde el
fondo del agua, pero cuando se agachó para besar esos labios perfectos, lo único que tocó fue el agua de la fuente.
Y, cuando buscó y quiso abrazar esa visión de tal belleza, no encontró a nadie.
- ¿Qué amor podía ser más cruel que este? - se lamentó-. Cuando mis labios besan al amado, ¡solo encuentran agua!
Cuando busco a mi amado ¡solo toco el agua!
Narciso comenzó a sollozar. Y, mientras se enjugaba las lágrimas, la persona del agua también se enjugaba las
suyas.
- ¡Oh no!! – se lamentó el doncel -, ahora adivino la verdad: estoy llorando por mí mismo!
- ¡Estoy suspirando por mi propio reflejo!!
A medida que lloraba con más fuerza, sus lágrimas enturbiaban la cristalina superficie del estanque y hacían
desaparecer el reflejo.
- ¡Regresa! ¿A dónde has ido? – gritaba el joven-. ¡Te amo tanto! ¡Al menos quédate y déjame mirarte!
Día tras día, enamorado, estuvo Narciso buscando en el agua su propio reflejo. Lleno de pesadumbre, empezó a
enfermar, hasta que una triste mañana se dio cuenta de que estaba muriendo.
- ¡Adiós, amor mío! – le gritó a su reflejo-. ¡Adiós, amor mío! – le gritó Eco a Narciso desde su caverna del fondo del
bosque. Luego, Narciso exhaló su último suspiro.
Después de su muerte, las ninfas del agua y las ninfas del bosque buscaron su cuerpo, pero todo lo que pudieron
hallar fue una magnífica y bella flor escondida al pie del estanque en donde el joven había suspirado por su propia
imagen. La flor tenía pétalos blancos y centro amarillo, y desde entonces se le llamó Narciso.
Entretanto, ¡ay! La pobre Eco, desolada después de la muerte de su amado, no quiso volver a comer o a dormir.
Mientras permanecía abandonada en la caverna, su belleza se fue esfumando y se volvió tan delgada, que al fin lo
único que quedó de ella, fue la voz. Desde entonces, la voz solitaria de Eco se oye en las montañas cuando repite
las últimas palabras que alguien dice.
Prometeo, el ladrón del fuego
En los primeros años del ser humano en la Tierra, la vida era muy sencilla. No existían enfermedades ni desastres
naturales. La tierra daba frutos en abundancia sin necesidad de labrarla. Ante tanta riqueza y felicidad, los dioses del
Olimpo comenzaron a mirar a los mortales con recelo, dado que dominaban el planeta sin preocupaciones.
Los dioses olímpicos exigieron entonces que los humanos construyesen templos donde adorarlos y donde llevarles
ofrendas varias. También, deberían realizar sacrificios de animales en su honor.
Pero ¿qué parte del animal sacrificado debería ser ofrecida a la divinidad y qué parte quedaría para los mortales? En
este asunto, intervino Prometeo:
—¡Oh, Zeus! Permíteme sacrificar un buey, así decides qué parte de sus restos debería ser ofrecida a los dioses.
Zeus dudó, porque Prometeo era muy astuto y amaba demasiado a los humanos, pero, finalmente, aceptó. Prometeo,
de inmediato, hizo matar y descuartizar un buey a los mortales y dispuso dos montones con los diferentes restos del
animal.
En el primero de ellos, colocó la sabrosa carne, pero escondida bajo el estómago del buey, su parte más repugnante.
En el otro montón depositó los poco valiosos huesos, aunque escondidos bajo una capa brillante y gruesa de grasa.
Prometeo presentó luego las dos pilas.
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—¡Dioses del Olimpo! —exclamó—. ¿Cuál de estos dos montones de carne de buey deberían ofrecer los mortales?
—¡Ese de ahí, cubierto de grasa! —exclamó la mayoría.
Hay quienes dicen que Zeus era consciente del engaño, pero prefirió seguirle la corriente a Prometeo porque quería
tener motivos para castigarlo a él y también a los humanos.
—Elegimos el montón más brilloso —dijo serio.
Retirada la grasa, los dioses divisaron los huesos y se descubrió el ardid. La decisión de Zeus no tenía vuelta atrás.
De esa manera, los seres humanos, amados por Prometeo, podrían alimentarse de la carne de los animales
sacrificados, y solo los inservibles huesos serían quemados en honor de los dioses.
Zeus y los demás dioses del Olimpo miraban con desconfianza a los imperfectos mortales y deseaban hacerlos
desaparecer de la faz de la Tierra. El engaño de los sacrificios había sido demasiado.
—Zeus, ¿cómo podrías castigar a tan irrespetuosos mortales? —le preguntó
su esposa, Hera.
Él no necesitó pensar mucho.
—Les quitaré el fuego.
Y así se hizo. En las aldeas, las noches se volvieron oscuras y las fraguas se
apagaron.
—¡Pobres! —se lamentó Prometeo—. Necesitan el fuego para cocinar,
protegerse del frío y fundir los metales.
Empecinado en favorecer a los mortales, Prometeo decidió desobedecer a
Zeus.
Subió a escondidas al firmamento a la hora del alba, aprovechó el paso del
carro del sol y logró encender una mínima llama en el interior de una caña
hueca. Descendió luego hasta los humanos y recorrió todos los rincones de la
Tierra, devolviéndole a los humanos su recurso más preciado: el fuego.
Apenas Zeus vio desde el Olimpo el brillo del fuego, entró en cólera y se juró
destruir a los humanos y castigar con dureza a su mayor rival. ¿Cómo podía
Prometeo creerse más astuto que él, dios del universo, y además
desobedecerlo?
Creación de Pandora… (Primer castigo de Zeus)
Hefesto, el dios herrero, dejó la fragua una tarde y obedeció el llamado de Zeus.
—¿Qué debo hacer, padre?
Zeus sonrió.
—Modelarás una hermosa figura femenina a imagen de las diosas, seductora e irresistible para los hombres.
Prometeo (cuyo nombre significa ‘el que ve las cosas antes’), sabiendo que Zeus intentaría castigar a los hombres,
había prevenido a su hermano Epimeteo: no debía aceptar ningún obsequio que viniese del Olimpo, pues podría
tratarse de una trampa del dios del trueno.
Mientras tanto, Hefesto mezclaba tierra y agua. Modelaba así,
cuidadosamente, a quien sería la primera mujer sobre la Tierra. Para resaltar
su hermosura, labró para ella una diadema de oro; la diosa Atenea colaboró
con un vestido de resplandeciente blancura y con un velo que la cubría desde
los ojos a los pies, y en su cabeza
puso delicadas coronas de hierbas y flores trenzadas. Una vez terminada la
obra, Atenea le dio el hálito vital. Y fue llamada Pandora, que significa ‘todos
los regalos’.
Hermes, el dios mensajero, bajó a la Tierra y buscó a Epimeteo.
—Zeus te envía un regalo —le anunció.
Epimeteo recordó las advertencias de su hermano.
—No… —empezó a decir, pero no pudo evitar fijarse en Pandora y quedó
embelesado…
—¡Sí, acepto!
La mujer, a su vez, sonreía y mostraba ternura hacia él. No tardaron en
enamorarse los dos. Pero además de llevar sus vestidos, Pandora llegó a la
Tierra con una jarra cerrada que Zeus había preparado para ella, con la
advertencia de que no debería abrirla bajo ningún concepto. La mujer, primero
obedeció, pero cada día la curiosidad era mayor.
—¿Qué tendría de malo abrir esta jarra y ver qué tiene dentro?
Un día, Pandora no resistió más y levantó con cuidado la tapa. Apenas lo hizo, escaparon como fantasmas del
recipiente todos los males que azotarían y aún hoy azotan a la humanidad. Enfermedades, angustias, discordias se
esparcieron rápidamente e invadieron cada rincón de la Tierra, apesadumbrando a los mortales desde entonces.
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Apenas advirtió su error, Pandora atinó a cerrar la jarra. Solo quedaba en ella un último regalo: la esperanza, que
desde entonces acompaña a la humanidad junto a los males.
El monte Cáucaso… (Segundo castigo de Zeus)
Zeus decidió castigar las desobediencias de Prometeo.
Ordenó llevarlo a la cumbre del monte Cáucaso y allí mantenerlo encadenado a un elevado peñasco. Hefesto, el dios
herrero, se encargó de cumplir las órdenes de Zeus.
—¡No sin pesar obedezco a mi padre! —se lamentó Hefesto, que admiraba al titán.
Con grilletes de bronce amarró a Prometeo en las alturas y allí lo abandonó, bajo la ardiente llama del sol y a merced
de la fuerza de los vientos.
A partir de ese día, un águila llegaría hasta Prometeo y con su pico le comería el hígado, que volvería a crecer cada
noche, de modo que el tormento sería eterno.
Miles de años después, llegó hasta el lugar de su suplicio Hércules, el famoso hijo de Zeus, dispuesto a liberarlo. Su
padre, aunque no había perdonado las faltas de Prometeo, permitió que Hércules lo liberase, porque esto le daría
mayor fama. Prometeo pudo regresar al Olimpo y convivir sin sobresaltos con los restantes dioses. Aunque desde
entonces hubo paz entre él y Zeus, Prometeo brilla en la imaginación de los seres humanos como símbolo de rebeldía
frente al poder.