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Los Terroristas Secretos

El documento describe la existencia de una organización terrorista secreta que opera dentro de los EE. UU. con el objetivo de socavar la Constitución y los principios democráticos del país. Se argumenta que esta organización, identificada con los jesuitas, ha estado trabajando desde 1815 para destruir los derechos inalienables garantizados a los ciudadanos estadounidenses. A lo largo del texto, se citan diversas fuentes históricas que respaldan la idea de una conspiración en curso contra la libertad y la soberanía de EE. UU.
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Los Terroristas Secretos

El documento describe la existencia de una organización terrorista secreta que opera dentro de los EE. UU. con el objetivo de socavar la Constitución y los principios democráticos del país. Se argumenta que esta organización, identificada con los jesuitas, ha estado trabajando desde 1815 para destruir los derechos inalienables garantizados a los ciudadanos estadounidenses. A lo largo del texto, se citan diversas fuentes históricas que respaldan la idea de una conspiración en curso contra la libertad y la soberanía de EE. UU.
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LOS TERRORISTAS SECRETOS

Por Bill Hughes1

1
Traducción al castellano por Luciano M. Villar.
Los EE. UU. están en mayor peligro hoy de lo que jamás han estado. Una
organización terrorista secreta ha estado trabajando desde su interior para destruirlo, su
Constitución, y todo lo que lo caracteriza. Este libro da todos los detalles, y muestra cuán
lejos ha logrado progresar esta organización terrorista en la destrucción de EE. UU.
CAPÍTULO 1

OBJETIVO: ESTADOS UNIDOS

Los EE. UU. pronto deberán enfrentar al enemigo más mortal que jamás haya tenido.
Este enemigo no es el enemigo militar de siempre, sino que tiene la organización y capacidad
de espionaje masivo y operaciones clandestinas dentro de los EE. UU. utiliza una fachada que
es virtualmente perfecta para ocultar sus operaciones. De hecho, ahora mismo, este enemigo
está obrando secretamente para socavar los principios que hicieron de este país la nación más
grande del mundo. Este enemigo se ha infiltrado en los niveles y departamentos más altos del
gobierno de EE. UU., y representa un peligro extremo para EE. UU. Veamos un poco de
historia y comprendamos los métodos que este enemigo ha utilizado en el pasado y cómo está
obrando secretamente hoy.

Europa finalmente descansa. Las guerras napoleónicas habían ahora terminado,


habiendo durado casi 20 años. El brillante y astuto Napoleón había teñido toda Europa con la
sangre de sus hijos más nobles. Al fin, había paz. En las secuelas, los soberanos europeos
convinieron un concilio general en Viena, Austria en 1814. Este concilio llegó a ser conocido
como el Congreso de Viena. El Congreso constituyó sus actas por un año, terminando en
1815.

El Congreso de Viena fue una conspiración negra contra los gobiernos populares a los
que las ‘altas partes contratantes’ anunciaron a su cierre que habían formado una ‘alianza
santa’. Este era un manto bajo el cual se enmascararon para engañar a la gente. El asunto
particular que desarrolló el Congreso de Verona fue la RATIFICACIÓN del artículo seis del
Congreso de Viena, que era, en resumen, una promesa de prevenir o destruir gobiernos
populares dondequiera que se hallen y reestablecer la monarquía donde haya sido puesta a un
lado.

Las ‘altas partes contratantes’ de este compacto, que eran Rusia, Prusia [Alemania],
Austria, y el papa Pío VII, rey de los estados papales, entraron en un tratado secreto para
hacerlo. —Burke McCarty, La verdad suprimida acerca del asesinato de Abraham Lincoln,
Arya Varta Publishing, 1924, p. 7.

De acuerdo con McCarty, el Congreso de Viena formó la alianza santa, cuya meta
principal era la destrucción de todos los gobiernos populares. Los gobiernos populares son
aquellos donde el gobierno permite a sus habitantes disfrutar de ciertos derechos inalienables.
¿Se te ocurre algún gobierno popular que se estaba estableciendo en el mundo y garantizando
a sus ciudadanos ciertos derechos inalienables alrededor del año 1815?

El senador Robert L. Owen dejó en el registro del congreso del 25 de abril de 1916 la
siguiente declaración, que muestra claramente que él pensaba que el objetivo principal de esta
“alianza santa” eran los EE. UU.

La alianza santa, habiendo destruido gobiernos populares en España y en Italia, ha


establecido bien planes para también destruir el gobierno popular de las colonias americanas
que se rebelaron de España y Portugal en Centro y Sudamérica bajo la influencia del ejemplo
exitoso de los EE. UU.

Fue a causa de esta conspiración contra las repúblicas norteamericanas por parte de
las monarquías europeas que el gran estatista inglés, Canning, llamó la atención de nuestro
gobierno a ella —ibid., pp. 9, 10.

El senador Owen comprendió del Congreso de Viena que las monarquías unidas de
Europa buscarían destruir la gran república norteamericana y sus libertades compradas por
sangre.

El senador Owen no era el único que sabía acerca de esta conspiración contra la
libertad y constitución norteamericanas. En 1894, R. W. Thompson, secretario
norteamericano de la Marina, escribió,

Los soberanos de la ‘alianza santa’ han amasado grandes ejércitos, y pronto


entraron en un compromiso de dedicarse a la supresión de todo levantamiento del
pueblo en favor de un gobierno libre; y él [papa Pío VII] deseaba dedicar a los
jesuitas, apoyados por su poder pontificial, para cumplir dicho fin. Él sabía cuán
fielmente ellos se aplicarían a esa obra, y por lo tanto los aconsejó, en su decreto
de restauración, a observar estrictamente los ‘consejos útiles y consejos
saludables’ por los cuales Loyola había hecho la absolución de la piedra angular
de la sociedad. —R.W. Thompson, Las huellas de los jesuitas, Hunt and Eaton,
1894, p. 251.

Thompson señaló exactamente quiénes serían los agentes utilizados por los monarcas
de Europa para destruir la república de EE. UU., es decir, ¡los jesuitas de Roma! Desde 1815
ha habido un asalto continuo sobre EE. UU. por parte de los jesuitas para intentar destruir los
derechos constitucionales de esta gran nación.
El famoso inventor del código morse, Samuel B. Morse, también escribió de esta
trama siniestra contra los EE. UU.

El autor emprende para mostrar que hay una conspiración contra las libertades de
esta república ahora mismo en completa actividad, bajo la dirección del astuto
príncipe Metternich de Austria quien, conociendo la imposibilidad de obliterar a
este ejemplo problemático de gran nación libre por la fuerza de las armas, intenta
lograr su objetivo a través de la agencia de un ejército de jesuitas. La colección de
hechos y argumentos que prueban la existencia de esa conspiración sorprenderá a
cualquier hombre que abra el libro con la misma incredulidad que lo hicimos
nosotros. —Samuel B. Morse, Conspiración extranjera contra las libertades de
los Estados Unidos, Crocker and Brewster, 1835, Prefacio.

La colección de libros escritos que detallan las tramas siniestras del Congreso de
Viena y los jesuitas contra la república norteamericana son numerosos. Que esta conspiración
ha estado bramando desde 1815 es un hecho histórico. Mostraremos que esta conspiración
está en completa fuerza hoy y que es la razón por la que EE. UU. está teniendo tantos
problemas en el presente y está tan cerca de perder sus libertades.

La mayoría de la gente sabe muy poco acerca de los jesuitas del papa. La razón de
esto es que ellos son una sociedad muy secreta. Para comprender qué es la orden de los
jesuitas, por favor consideremos la siguiente cita.

En toda la cristiandad se veía amenazado el protestantismo por formidables


enemigos. Pasados los primeros triunfos de la Reforma, Roma reunió nuevas
fuerzas con la esperanza de acabar con ella. Entonces fue cuando nació la orden
de los jesuitas, que iba a ser el más cruel, el menos escrupuloso y el más
formidable de todos los campeones del papado. Libres de todo lazo terrenal y de
todo interés humano, insensibles a la voz del afecto natural, sordos a los
argumentos de la razón y a la voz de la conciencia, no reconocían los miembros
más ley, ni más sujeción que las de su orden, y no tenían más preocupación que la
de extender su poderío (véase el Apéndice). El evangelio de Cristo había
capacitado a sus adherentes para arrostrar los peligros y soportar los
padecimientos, sin desmayar por el frío, el hambre, el trabajo o la miseria, y para
sostener con denuedo el estandarte de la verdad frente al potro, al calabozo y a la
hoguera. Para combatir contra estas fuerzas, el jesuitismo inspiraba a sus adeptos
un fanatismo tal, que los habilitaba para soportar peligros similares y oponer al
poder de la verdad todas las armas del engaño. Para ellos ningún crimen era
demasiado grande, ninguna mentira demasiado vil, ningún disfraz demasiado
difícil de llevar. Ligados por votos de pobreza y de humildad perpetuas,
estudiaban el arte de adueñarse de la riqueza y del poder para consagrarlos a la
destrucción del protestantismo y al restablecimiento de la supremacía papal.
Al darse a conocer como miembros de la orden, se presentaban con cierto aire de
santidad, visitando las cárceles, atendiendo a los enfermos y a los pobres,
haciendo profesión de haber renunciado al mundo, y llevando el sagrado nombre
de Jesús, de Aquel que anduvo haciendo bienes. Pero bajo esta fingida
mansedumbre, ocultaban a menudo propósitos criminales y mortíferos. Era un
principio fundamental de la orden, que el fin justifica los medios. Según dicho
principio, la mentira, el robo, el perjurio y el asesinato no solo eran perdonables,
sino dignos de ser recomendados, siempre que vieran los intereses de la iglesia.
Con muy diversos disfraces se introducían los jesuitas en los puestos del estado,
elevándose hasta la categoría de consejeros de los reyes, y dirigiendo la política
de las naciones. Se hacían criados para convertirse en espías de sus señores.
Establecían colegios para los hijos de príncipes y nobles, y escuelas para los del
pueblo; y los hijos de padres protestantes eran inducidos a observar los ritos
romanistas. Toda la pompa exterior desplegada en el culto de la iglesia de Roma
se aplicaba a confundir la mente y ofuscar y embaucar la imaginación, para que
los hijos traicionaran aquella libertad por la cual sus padres habían trabajado y
derramado su sangre. Los jesuitas se esparcieron rápidamente por toda Europa y
doquiera iban lograban reavivar el papismo. —E. G. White, El conflicto de los
siglos, pp. 234, 235, Pacific Press Publishing Assn., 1911.

Los jesuitas funcionan como la policía secreta del papado en todo el mundo. Son muy
sigilosos e irán hasta las últimas consecuencias para mantener sus operaciones en secreto. No
le dicen a nadie que son jesuitas. A juzgar por todas las apariencias exteriores, parecen gente
normal. se citará a un último autor aquí.

Son jesuitas. Esta sociedad de hombres, después de ejercer su tiranía por más de
doscientos años, se han vuelto tan formidables para el mundo amenazando la
subversión entera de todo orden social, que incluso el papa, cuyos sujetos devotos
son y deben serlo por el voto de su sociedad, fue obligado a disolverlos. [El papa
Clemente suprimió la orden jesuita en 1773].

Sin embargo, ellos fueron suprimidos por cincuenta años, antes de que la influencia
menguante del papado y el despotismo requirieron sus labores útiles, para resistir la luz de la
libertad democrática, y el papa [Pío VII] simultáneamente con la formación de la alianza
santa [1815] revivió la orden de los jesuitas en toda su fuerza…

Y ¿es necesario decirles a los norteamericanos qué son los jesuitas? Son una
sociedad secreta, una especie de orden masónica, con super características
agregadas de odiosidad repugnante, y mil veces más peligrosos. No son
solamente sacerdotes, o un credo religioso; son mercaderes, y abogados, y
editores, y hombres de cualquier profesión, sin ninguna placa exterior por la cual
ser reconocidos; están en todos lados en nuestra sociedad. Pueden asumir
cualquier carácter, el de los ángeles de luz, o ministros de la oscuridad, para
cumplir su gran fin… todos son hombres educados, preparados y jurados para
comenzar en cualquier momento, y en cualquier dirección, y para cualquier
servicio, comandado por el general en su orden, atados a ninguna familia,
comunidad, o país, por los lazos comunes que atan a los hombres; y vendidos de
por vida a la causa del pontífice romano. —J. Wayne Laurens, La crisis en EE.
UU.: o los enemigos de EE. UU. desenmascarados, G. D. Miller, 1855, pp. 265-
267.
Ignacio Loyola fundó la orden jesuítica en los 1540s. Su posición en la iglesia católica
fue solidificada durante el concilio de Trento, que duró de 1546 a 1563. El concilio de Trento
fue convenido con un gran objetivo en mente: cómo detener la reforma protestante. La
Reforma comenzó en 1517 cuando Martín Lutero, el valiente fraile alemán, clavó 95 tesis en
la puerta de la capilla de Wittenberg. Estas tesis impugnaban, entre otras cosas, la atroz
doctrina de las indulgencias enseñada por Roma que declaraba que un hombre podía salvarse
a sí mismo y a los seres queridos arrojando suficientes monedas en los cofres de la iglesia
católica.

Las grandes enseñanzas de Lutero de que sólo la Biblia es el estándar para toda
doctrina y práctica, y que una persona es justificada ante Dios a través de la fe en Jesucristo
solo, hizo temblar los corazones de miles a través de Europa y ondas expansivas a través de
los pasillos del Vaticano.

Así, el concilio de Trento fue convenido para contrarrestar la Reforma; por lo tanto, es
conocido como la Contrarreforma, y los jesuitas serían las herramientas principales de Roma
para deshacer y destruir cada rastro de protestantismo dondequiera que fuera hallado.

Los dos documentos más grandes de EE. UU., la declaración de independencia y la


Constitución, están llenas de declaraciones protestantes que son absolutamente intolerables
para los jesuitas de Roma. ¿Te sorprende que el Vaticano condene los documentos fundadores
de los EE. UU.?

El Vaticano condenó la declaración de independencia como iniquidad y llamó a la


Constitución de los EE. UU. de documento satánico. — Avro Manhattan, El
dólar y el Vaticano, Ozark Book Publishers, 1988, p. 26.
Aquí hay una parte del voto jesuita.

Prometo y declaro que no tendré opinión o voluntad propia, o cualquier reserva


mentar cualquiera sea, incluso como cuerpo muerto o cadáver, sino que sin dudas
obedeceré toda y cada una de las órdenes que pueda recibir de mis superiores en
la milicia del papa… además prometo y declaro que yo, cuando se presente la
oportunidad, presentaré una guerra implacable, secreta o abiertamente, contra
todos los herejes, protestantes y liberales, como se me dirige a hacer, para
extirparlos y exterminarlos de la faz de toda la tierra; y que no perdonaré ninguna
edad, sexo o condición; y que los colgaré, quemaré, mataré, herviré, despellejaré,
estrangularé y enterraré vivos a estos herejes infames, abriré sus estómagos y los
vientres de sus mujeres y destruiré las cabezas de sus infantes contra las paredes,
para aniquilar por siempre su raza execrable. Que cuando esto no pueda hacerse
abiertamente, secretamente utilizaré la copa envenenada, la cuerda
estranguladora, el acero del puñal o la bala de plomo, sin importar el honor,
rango, dignidad, o autoridad de la persona de personas, cualquiera sea su
condición en la vida, sea pública o privada, en todo momento puedo ser dirigido a
hacerlo a través de cualquier agente del papa o superior de la hermandad de la
santa fe, la sociedad de Jesús. —Edwin A. Sherman, El cuerpo de ingenieros del
infierno; o los zapadores y mineros de Roma, Private Subscription, 1883, pp. 118-
124.

Pensar que una persona convendrá con semejante abominación de voto desafía la
razón. Uno ni siquiera podría imaginarse un voto más despreciable. La palabra hereje en la
cita de arriba se refiere a cualquiera que esté en desacuerdo con el papa.

En juna carta de John Adams al entonces presidente Thomas Jefferson acerca de los
jesuitas leemos,

¿Y no tendremos enjambres regulares de ellos aquí, en los varios disfraces que


sólo un rey de los gitanos puede asumir, vestidos de pintores, publicadores,
escritores y maestros de escuela? Si alguna vez hubo un cuerpo de hombres que
merecieron la condenación eterna en la tierra y en el infierno es la sociedad de
Loyola [los jesuitas]. — George Reimer, Los nuevos jesuitas, Little, Brown, and
Co., 1971, p. 14.

Napoleón Bonaparte hizo esta declaración:

Los jesuitas son una organización militar, no una orden religiosa. Su jefe es
general de un ejército, no el simple padre abad de un monasterio. Y el objetivo de
esta organización es: PODER. Poder en su ejercicio más despótico. Poder
absoluto, poder universal, poder para controlar el mundo bajo la voluntad de un
solo hombre. Los jesuitas son el despotismo más absoluto; y al mismo tiempo el
mayor de los más enormes abusos…
El general de los jesuitas insiste en ser maestro, soberano, sobre los soberanos.
Dondequiera que sean admitidos los jesuitas serán maestros, cueste lo que cueste.
Su sociedad es por naturaleza dictatorial, y por tanto es el enemigo irreconciliable
de toda autoridad constituida. Cada acto, cada crimen, sin importar cuán atroz, es
una obra meritoria, si es cometida por el interés de la sociedad de los jesuitas, o
por orden del general. —General Montholon, Memorias del cautiverio de
Napoleón en Sta. Helena, pp. 62, 174.

No había disfraz que no pudieran asumir, y, por lo tanto, no había lugar al que no
podrían ingresar. Podrían entrar sin ser oídos en el placar del monarca, o el
gabinete del estadista. Podrían sentarse sin ser vistos en una convocación o
asamblea general, y mezclarse sin levantar sospechas en las deliberaciones y
debates.
No había lengua que no pudiesen hablar, y ningún credo que no pudiesen
profesar, y así no había pueblo entre el cual no pudieran morar, y ninguna iglesia
cuya membresía ellos no entrarían y cuyas funciones no pudieran desempeñar.
Podrían execrar al papa con el luterano, y jurar la liga solemne con el pactante. —
J. A. Wylie, La historia del protestantismo, Vol. II, p. 412. (quoted in Sydney
Hunter, Is Alberto for Real?, Chick Publications, page 13.)
A la luz de estas declaraciones surgen varias preguntas. Si los jesuitas comenzaron un
asalto directo contra EE. UU. en 1815 y nada se impone en el camino de ellos, entonces ¿las
políticas que se operan hoy en EE. UU. están bajo el control de este déspota de Roma? ¿Han
sido inspirados por los jesuitas los asesinatos de ciertos presidentes como Abraham Lincoln,
William McKinley, James Garfield, y William Henry Harrison? ¿Las atrocidades de Waco,
ciudad de Oklahoma, y la destrucción de las torres gemelas en la ciudad de Nueva York han
sido planeadas tras los muros del Vaticano? ¿Y qué hay de nuestra preciosa Constitución y la
carta de derechos que han caído bajo semejante ataque implacable en las últimas décadas?
¿Es este el premio definitivo para los jesuitas, aniquilar nuestras preciosas libertades que
fueron compradas a un precio tan alto? Los capítulos siguientes analizarán algunas de estas
preguntas aleccionadoras.

Como si el Congreso de Viena no fuera lo suficientemente claro en los objetivos de


los monarcas europeos y la orden de los jesuitas, hubo otros dos congresos que se llevaron a
cabo.

El primero de estos se realizó en Verona en 1822. Durante este Congreso, se decidió


que EE. UU. sería el objetivo de emisarios jesuitas y que EE. UU. debía ser destruido a toda
costa. Cada principio de la Constitución debía ser disuelto y los nuevos principios jesuitas
debían ser puestos en su lugar para exaltar al papado hasta el dominio en EE. UU.

La otra reunión se hizo en Chieri, Italia en 1825. Esto es lo que se decidió allí.

En 1825, unos once años luego del reavivamiento de la orden de los jesuitas, se
realizó una reunión de los líderes de los jesuitas en su universidad de Chieri cerca
de Turín, en el norte de Italia. En esa reunión, se discutieron planes para el avance
del poder papal en el mundo entero, para la desestabilización de gobiernos que se
interpongan y el aplastamiento de toda oposición a los planes y ambiciones
jesuitas… “A lo que apuntamos es al imperio del mundo…”
“Debemos darles [a los grandes hombres de la tierra] a entender que la causa del
mal, la mala levadura, permanecerá mientras exista el protestantismo, que el
protestantismo debe ser, por tanto, completamente abolido… los herejes son los
enemigos que debemos exterminar…”
“Luego la Biblia, esa serpiente con cabeza erecta y ojos brillantes que nos
amenaza con su veneno mientras se arrastra por el suelo, debería ser transformada
en una vara ni bien podamos agarrarla”. —Hector Macpherson, Los jesuitas en
la historia, Ozark Book Publishers, 1997, apéndice.

La meta de Chieri es clara; destruir al protestantismo a cualquier costo, y restaurar el


poder temporal del papado —MUNDIALMENTE. Mientras vemos a Juan Pablo II atravesar
el globo y ser aceptado en todo el mundo como el “hombre de paz”, podemos ver cuán bien
está trabajando el plan jesuita instituido en Chieri.

Estas tres reuniones, en Viena, Verona, y Chieri, se llevaron a cabo con toda la
secrecía posible. Sin embargo, un hombre que no podría ser silenciado asistió a las primeras
dos. El ministro exterior británico George Canning contactó al gobierno de EE. UU. para
advertirles que los monarcas de Europa estaban planeando destruir las instituciones libres de
EE. UU.

Fue a causa de esta conspiración contra las repúblicas americanas por parte de las
monarquías europeas que el gran estadista inglés Canning llamó la atención de
nuestro gobierno, y a nuestros estadistas de entonces, incluyendo a Thomas
Jefferson, que aun estaba vivo, y que tomó una parte activa en sacar la
declaración del presidente Monroe en su mensaje anual al Congreso de los EE.
UU. al año siguiente. El mensaje era que los EE. UU. consideraría un acto de
hostilidad contra el gobierno norteamericano y un acto antipático, si esta
coalición, o cualquier poder de Europa, en algún momento emprendiese contra el
continente americano cualquier control de alguna república americana, o
adquiriera cualquier derecho territorial.
Esta fue la así llamada doctrina Monroe. La amenaza bajo el tratado secreto de
Verona para suprimir el gobierno popular en las repúblicas americanas es la base
de la doctrina Monroe. Este tratado secreto establece claramente el conflicto entre
el gobierno monárquico y el popular, y el gobierno de los pocos contra el de los
muchos. —Burke McCarty, La verdad suprimida acerca del asesinato de
Abraham Lincoln, page 10.

La doctrina Monroe fue la respuesta de EE. UU. al Congreso jesuita de Viena y


Verona. EE. UU. consideraría un acto de guerra si alguna nación europea buscase expansión
colonial en el hemisferio occidental. Los jesuitas han sido capaces de atacar e infiltrarse
secretamente en EE. UU. para lograr exactamente lo que la doctrina Monroe fue establecida
para evitar. Han sido capaces de salirse con la suya porque fue hecho bajo la mayor secrecía
y bajo la fachada de ser una iglesia.

En una carta al presidente Monroe, Thomas Jefferson hizo las siguientes


observaciones:

La cuestión presentada por las cartas que me has enviado es la más trascendental
que jamás me haya sido ofrecida a contemplar desde la de la independencia.
Aquella nos hizo una nación, esto establece nuestra brújula y señala el camino
que debemos trazar a través del océano del tiempo que se abre ante nosotros. Y
nunca podríamos embarcarnos en él bajo circunstancias más auspiciosas. Nuestra
primera y fundamental máxima debería ser nunca enredarnos en las peleas de
Europa. Nuestra segunda, nunca permitir que Europa intermedie con asuntos
cisatlánticos. EE. UU., norte y sur, tiene un juego de intereses distinto de los de
Europa, y sus propios peculiarmente. Debería por tanto tener un sistema propio,
separado y aparte del de Europa. Mientras el último está trabajando para volverse
el domicilio del despotismo, nuestro empeño debería ciertamente ser hacer que
nuestro hemisferio sea el de la libertad… [Debemos estar] declarando nuestra
protesta contra las violaciones atroces de los derechos de las naciones, por la
interferencia de cualquiera en los asuntos internos u otros, tan flagrantemente
comenzada por Bonaparte, y ahora continuada por la igualmente anárquica
alianza, que se llama a sí misma santa… nos opondremos, con todos nuestros
medios, a la interposición forzada de cualquier otro poder… la cuestión ahora
propuesta involucra consecuencias tan duraderas, y efectos tan decisivos de
nuestros destinos futuros, como para reencender todo el interés que hasta ahora he
sentido en dichas ocasiones, e inducirme al peligro de las opiniones, que probarán
solamente mi deseo de contribuir con mi pizca hacia cualquier cosa que podría
ser útil para nuestro país. — Archivos, Mount Holyoke College.

Jefferson vio esto como una gran crisis en la historia joven de EE. UU. porque los
astutos y siniestros jesuitas habían sido ordenados a apuntar contra la destrucción de EE. UU.

La doctrina Monroe desafiaba cualquier avance sobre EE. UU. por parte de Europa.
Sin embargo, Monroe no comprendió realmente que los astutos jesuitas no utilizarían
inicialmente la fuerza de las armas para lograr sus objetivos. Utilizarían la astucia, sagacidad,
y más grande secrecía. Apelarían a los puntos más básicos de los hombres. Plantarían a sus
agentes en posiciones de riqueza y poder y luego utilizarían su influencia para ganar su gran
premio —la subversión y destrucción de todo principio protestante tal como está delineado en
la Constitución de los EE. UU.
CAPÍTULO 2

PRESIDENTE ANDREW JACKSON

Andrew Jackson fue electo a la presidencia en el año 1828. Su valentía y habilidad


militar al derrotar a los británicos en la guerra de 1812 son bien conocidas. Luchó varias
batallas en combate abierto, pero ahora estaba enfrentando un enemigo completamente
diferente. Este enemigo declaraba ser norteamericano como él, declaraba desear lo mejor para
EE. UU. igual que él, y ocupaba posiciones de responsabilidad como él.

Los jesuitas iban a destruir EE. UU. como fue determinado por los concilios siniestros
de Viena, Verona, y Chieri, y fue durante la presidencia de Andrew Jackson que ellos
comenzaron a aplicar su perfidia con toda la fuerza. Estos jesuitas se movían entre el pueblo
norteamericano y se veía igual a ellos. Eran, de hecho, ciudadanos norteamericanos, pero su
lealtad era al papa de Roma. Sus propósitos eran los del papado. Estas personas eran traidores
y una amenaza seria para la continuidad de existencia de EE. UU.

Una nación puede sobrevivir a sus tontos, e incluso a los ambiciosos. Pero no
puede sobrevivir la traición desde el interior. Un enemigo en las puertas es menos
formidable, porque es conocido y carga sus banderas abiertamente contra la
ciudad. Pero el traidor se mueve entre los que están dentro de las puertas
libremente, sus susurros astutos vuelan por todos los callejones, son oídos en
todas las salas del mismo gobierno. Porque el traidor no parece traidor; habla con
el acento familiar para sus víctimas, y lleva el rostro y las vestiduras, y apela a la
bajeza que yace profundo en los corazones de todos los hombres. Pudre el alma
de una nación; trabaja secretamente y desconocido en la noche para socavar los
pilares de una ciudad; infecta el cuerpo político para que ya no pueda resistir. —
Marcos Cicerón, hablándole al César, Craso, Pompeyo, y el senado romano.

Dos de estos traidores fueron John C. Calhoun y Nicholas Biddle.

Andrew Jackson ganó la presidencia en 1828 por un margen muy amplio. Su


vicepresidente era John C. Calhoun de Carolina del sur. Calhoun se dio cuenta de que el amor
por la libertad era muy fuerte en los corazones de todos los norteamericanos. Se dio cuenta de
que la esclavitud estaba rápidamente siendo cercada porque casi todos los territorios
comprados de España y Francia fueron hechos libres. Sin una expansión continua de la
esclavitud, en algún momento sería vencida. Para descarrilar las tendencias actuales
antiesclavistas en EE. UU., Calhoun comenzó un diario en Washington llamado el Telégrafo
de Estados Unidos. En este diario, comenzó a abogar por la idea llamada Derechos estatales.
La doctrina de los Derechos estatales conduciría inevitablemente a la abolición
completa de los EE. UU. Suponía que un estado tenía un derecho inherente de hacer
cualquier cosa que deseara. Bajo los principios de los Derechos estatales, si un estado
deseaba salirse de la Unión, podría hacerlo. Esto en algún momento eliminaría los EE. UU.

Calhoun tomó una llaga ulcerosa y la convirtió en el motivo para que los estados
sureños se separasen de la Unión. La llaga ulcerosa fue la alta tarifa colocada sobre
importaciones extranjeras, que hacían que las mercancías europeas sean más caras. Como
Europa compraba grandes cantidades de algodón sureño y otros productos básicos, la tarifa
significaba que los mercaderes sureños hicieran menos dinero con sus exportaciones. Este
impuesto ayudó a los fabricantes norteños porque ahora, el mercader sureño tenía que
comprar más de él.

Calhoun convenció a los estados sureños de que estaban obteniendo un muy mal trato
y que tenían el derecho de dejar la Unión por este motivo.

El sur, siendo una región agricultora, fue fácilmente convencido de que una tarifa
alta en las importaciones extranjeras era dañina para ellos. Luego acometió
explicando al sur que estos altos impuestos fueron colocados sobre artículos
específicos, y fue hecho, como favor especial, para proteger intereses locales. Así
él dijo a la gente del sur, ‘Están siendo cargados de impuestos para apoyar a los
fabricantes del norte’. Y fue por este asunto popular que plantó su bandera de
nulificación… esta nueva democracia bastarda significaba destruir, pacífica o
violentamente, (cuando esté lista), la Unión federal. — John Smith Dye, La
guarida de la víbora, p. 22.

Poco después de que Calhoun comenzase su diario, hubo una reunión convocada para
honrar la memoria de Thomas Jefferson. En esta reunión, se le pidió a Andrew Jackson que
hablase. Se levantó y declaró, “Nuestra Unión federal. Debe ser preservada”. Después de
decir esto, Jackson tomó asiento. Calhoun entonces se levantó y declaró,

La Unión junto con nuestras más queridas libertades. Recordemos todos que sólo
puede ser preservada respetando los derechos de los estados, y distribuyendo
equitativamente los beneficios y cargas de la Unión. —Ibid. p. 19.

Calhoun puso la Unión segunda después de nuestras libertades. La unión y la


Constitución son lo que establecieron nuestras libertades. Si la Unión fuera disuelta, los
estados estarían atacándose entre ellos al igual que los países de Europa a lo largo de la
historia. Los recursos de los estados serían constantemente gastados, siempre preparándose
para la guerra entre ellos. Este era el objetivo de Calhoun y el papado desde el principio. Su
meta era destruir los EE. UU.
Calhoun utilizó la tarifa para crear fricción entre el norte y el sur. El Congreso podría
haber fácilmente cambiado la tarifa, para que no hubiese motivo para la secesión. Muchos
hablaron en contra de sus métodos solapados. Daniel Webster dijo:

Señor, el mundo apenas creerá que toda esta controversia, y todos los medios
desesperados que requieren su apoyo, no tiene otro fundamento que una
diferencia de opinión entre una mayoría de la gente de Carolina del sur, por un
lado, y la gran mayoría de gente de los EE. UU. en el otro. El mundo no creerá el
hecho. Nosotros que lo oímos y vemos apenas podemos creerlo. — Ibid., p. 25.

Daniel Webster sabía que el asunto iba mucho más profundo que una tarifa. ¡Calhoun
era la planta jesuita siendo utilizada para partir EE. UU. en dos!

John Quincy Adams en la Casa de representantes declaró:

En oposición al compromiso del Sr. Clay, ninguna víctima es necesaria, y aun


usted propone unirnos manos y pies, derramar nuestra sangre en el altar,
apaciguar el descontento antinatural del sur —un descontento que tiene una raíz
más profunda que la tarifa, y continuará cuando eso sea olvidado. —Ibid., p. 25.

Adams estaba en lo correcto en su observación. El asunto de la tarifa murió, pero las


brasas ardientes de la división habían partido a EE. UU. a la mitad. La sangre de la Guerra
Civil puede ser rastreada hasta el jesuita John C. Calhoun.

Mientras vemos a Calhoun buscar desgarrar a EE. UU. en dos, recordemos las
palabras del exsacerdote católico Charles Chiniquy.

Roma una vez vio que la existencia misma de EE. UU. era una amenaza
formidable para su propia vida. Desde el comienzo mismo sembró pérfidamente
los gérmenes de la división y el odio entre las dos grandes secciones de este país
y teniendo éxito en dividir al sur del norte en la cuestión ardiente de la esclavitud.
Esa división fue su oportunidad dorada para aplastar uno por el otro, y reinar
sobre las ruinas sangrientas de ambos, una política favorecida de larga data. —
Charles Chiniquy, Cincuenta años en la iglesia de Roma, Chick Publications, p.
291.

Calhoun no era un ciudadano leal de los EE. UU. Trabajaba para avanzar la agenda
papal. Parecía ser un norteamericano, pero, en realidad era un jesuita en el ejército del papa
esforzándose por destruir EE. UU.

El sacerdote Phelan hace esta declaración.

Por qué, si el gobierno de los EE. UU. estuviera en guerra con la iglesia, diríamos
mañana, ‘Al diablo con el gobierno de los EE. UU.’; y si la iglesia y todos los
gobiernos del mundo estuvieran en guerra, diríamos: ‘Al diablo con todos los
gobiernos del mundo’. ¿Por qué es que el papa tiene tan tremendo poder? Porque
el papa es el gobernante del mundo. Todos los emperadores, todos los reyes,
todos los príncipes, todos los presidentes del mundo son como estos
MONAGUILLOS míos. —Sacerdote Phelan, Vigía occidental, 27 de junio, 1912,
énfasis agregado.

John C. Calhoun era uno de los monaguillos papales haciendo lo que se le dijo.

Andrew Jackson, en su mensaje al Congreso en 1832 declaró esto:

El derecho de la gente de un sólo estado de absolverse a voluntad, y sin el


consentimiento de los demás estados, de sus más solemnes obligaciones, y poner
en peligro las libertades y felicidad de millones que comprende esta nación, no
puede ser reconocido. Una autoridad así se cree que es totalmente repugnante,
tanto para los principios sobre los cuales está constituido el gobierno general, y
los objetos que está expresamente formado para obtener. —John Smith Dye, La
guarida de la víbora, p. 25.

Jackson sabia que la trama de Calhoun fue planeada para destruir a los EE. UU. y sus
libertades constitucionales, y esto era inaceptable para él. Jackson estaba en el camino de los
Congresos de Viena, Verona, y Chieri, y los jesuitas tenían que encargarse de él.

Nicholas Biddle, otro de sus agentes, realizó la fase dos del ataque jesuita. Biddle era
un financista brillante, habiéndose graduado en la universidad de Pennsylvania a la edad de
trece años. Era maestro en la ciencia del dinero. Para cuando Jackson llegó a la presidencia en
1828, Biddle estaba en completo control del banco central del gobierno federal. Esta no era la
primera vez que un banco central había sido establecido. Dos veces antes, primero bajo
Robert Morris, y luego bajo Alexander Hamilton, se había intentado un banco central, pero en
ambos casos había fallado a causa de las acciones fraudulentas por parte de los banqueros al
control. Luego de la guerra de 1812, se intentó nuevamente un banco central, y fue en este
tercer intento que hallamos al Sr. Biddle.

¿Quién estaba detrás de Nicholas Biddle y el intento de tener un banco central en los
EE. UU.?

La cruda realidad es que la dinastía banquera Rothschild en Europa era la fuerza


dominante, tanto financiera como políticamente, en la formación del banco de los
EE. UU. —G. Edward Griffin, La criatura de la isla Jekyll, American Opinion
Publishing, p. 331.

Con los años desde N.M. [Rothschild], el fabricante textil de Manchester había
comprado algodón de los estados sureños. Los Rothschild habían desarrollado
grandes compromisos norteamericanos. Nathan… había hecho préstamos a varios
estados de la Union, fue, por un tiempo, el banquero europeo oficial para el
gobierno de los EE. UU. y fue jurado como partidario del banco de los EE. UU.
—Derek Wilson, Rothschild: La riqueza y poder de una dinastía, Charles
Scribner’s Sons, p. 178.

Los Rothschild habían sido por mucho tiempo una influencia poderosa en dictar
leyes financieras norteamericanas. Los registros legales muestran que ellos eran
el poder en el viejo banco de los EE. UU. —Gustavus Myers, Historia de las
grandes fortunas norteamericanas, Random House, p. 556.

Los instigadores detrás de Biddle en sus esfuerzos por establecer el banco central
fueron los Rothschild. ¿Para quién trabajaba la familia Rothschild?

Consciente de que los Rothschild era una familia judía importante, los busqué en
la enciclopedia judaica y descubrí que llevan el título de ‘Guardianes del tesoro
del Vaticano’… El nombramiento de Rothschild le dio al papado negro
privacidad y secrecía financiera absoluta. ¿Quién jamás buscaría en una familia
de judíos ortodoxos la llave para la riqueza de la iglesia católica romana? —F.
Tupper Saussy, Gobernadores del mal, Harper Collins, page 160, 161.

Los Rothschild eran jesuitas que utilizaban su trasfondo judío como una fachada para
cubrir sus actividades siniestras. Los jesuitas, trabajando a través de Rothschild y Biddle,
buscaban ganar control del sistema bancario de los EE. UU.

Andrew Jackson no estaba contento con el banco central. Cuando Biddle buscó
renovar la carta del banco en 1832, el presidente Jackson puso su reelección en juego y vetó
el intento del Congreso de renovar la carta. La vetó por tres razones. El banco se estaba
volviendo un monopolio; era inconstitucional, y era un peligro grave para el país al tener el
banco fuertemente dominado por intereses extranjeros (los jesuitas).

Jackson sintió que la seguridad misma de EE. UU. estaba en peligro por parte de estos
intereses extranjeros. Él dijo:

¿No hay peligro para nuestra libertad e independencia en un banco que en su


naturaleza tiene tan poco enlace con nuestro país? ¿No hay motivo para temblar
por la pureza de nuestras elecciones en paz y por la independencia de nuestro país
en la guerra? Controlando nuestra moneda, recibiendo nuestro dinero público, y
reteniendo a miles de nuestros ciudadanos dependientes, sería más formidable y
peligroso que un poder naval y militar del enemigo. —Herman E. Kross, Historia
documental de banco y moneda en los EE. UU., Chelsea House, pp. 26, 27.

Los comentarios de Jackson no eran nada nuevo. Otros comprendían el poder


sostenido por aquellos que manejaban el banco. Mayer Rothschild dijo:
Déjenme imprimir y controlar el dinero de la nación y no me importa quién
escriba las leyes. —G. Edward Griffin, La criatura de la isla Jekyll, American
Opinion Publishing, p. 218.

Esta es la regla dorada de los jesuitas / Rothschild. ¡El que tiene el oro pone las reglas!

Griffin escribe entonces:

La dinastía Rothschild ha conquistado al mundo más minuciosa, astuta, y mucho


más duraderamente que todos los Césares antes o todos los Hitler después de
ellos. —Ibid., p. 218.

Thomas Jefferson tiene esto para decir sobre el banco central.

Un banco central privado imprimiendo la moneda pública es una amenaza más


grande para las libertades del pueblo que un ejército en pie… no debemos
permitir que nuestros gobernantes los carguen con una deuda perpetua. —Ibid. p.
329.

Los jesuitas utilizaron a Biddle y Rothschild para tener la mano vencedora en la


bancarización norteamericana porque sabían que podrían entonces controlar al pueblo y
reescribir efectivamente la Constitución de acuerdo con la ley papal. Jackson estaba
intentando detenerlos.

Veamos más de cerca al banco central y veamos por qué es tan peligroso. La mayoría
de la gente no comprende al banco central, al banco de la reserva federal. Aquí hay un
escenario muy simplificado que explica las operaciones de la reserva federal.

Es necesario comprender que el banco de la reserva federal no es propiedad del


gobierno de los EE. UU. como muchos creen. El banco central, el banco de la reserva federal,
es un banco privado, cuyos dueños son algunas de las personas más ricas y poderosas del
mundo. Este banco no tiene nada que ver con el gobierno de los EE. UU. más que la
conexión, que permite la operación descrita abajo. El banco de la reserva federal tiene el
monopolio total del dinero y esto se hace cumplir por el gobierno. Antes de tener banco
central, cada banco individual competía con otros bancos; los clientes, los consumidores,
obtenían el mejor trato. Ya no más.

Todos sabemos que hoy el gobierno de los EE. UU. toma dinero prestado y opera bajo
una deuda astronómica. ¿Por qué ocurre esto? El sentido común indica que una política de
deuda tan enorme tarde o temprano destruiría a la organización que la practica, porque el
interés en su deuda debe aumentar más allá de su ingreso, haciendo el pago imposible.
Ahora a nuestro escenario. Así, más o menos, es como procede la operación.
Supongamos que el gobierno de los EE. UU. desea tomar prestado mil millones de dólares. El
gobierno emite un bono por esta suma, parecido a como una empresa de agua lo hace cuando
desea juntar dinero para una tubería o una represa nuevas. El gobierno entrega este bono por
mil millones de dólares al banco de la reserva federal. El banco de la reserva federal toma el
bono y escribe una orden al departamento de impresión y grabado para que imprima mil
millones de dólares en billetes. Luego de unas dos semanas más o menos, cuando los billetes
están impresos, el departamento de impresión y grabado envía los billetes al banco de reserva
federal, que entonces escribe un cheque de más o menos dos mil dólares para pagar la
impresión de los mil millones de dólares en billetes. El banco de la reserva federal entonces
toma los mil millones de dólares y le da los mil millones de dólares al gobierno de los EE.
UU., y el pueblo del país paga intereses a una tasa exorbitante cada año sobre este dinero, que
vino de la nada. Los dueños del banco de la reserva federal no ponen nada por este dinero.

Vemos, por tanto, que cuando el gobierno de los EE. UU. se endeuda por un dólar, un
dólar más intereses va a los bolsillos de los dueños del banco de la reserva federal. Este es el
robo más grande y colosal jamás perpetrado en la historia de la humanidad, y es tan astuto,
san sutil, y tan ofuscado por la propaganda de los medios de noticias que las víctimas ni
siquiera están al tanto de lo que ocurre. Podemos ver por qué los jesuitas desean mantener
esta operación secreta.

La Constitución de los EE. UU. da al congreso el poder de acuñar dinero. Si el


Congreso acuñara su propio dinero como dirige la Constitución, no tendría que pagar cientos
de millones de dólares de interés que paga ahora cada año a los banqueros por la deuda
nacional, por dinero que salió de la nada. El dinero acuñado por el Congreso sería libre de
deuda.

Biddle respondió al rechazo de Jackson a permitirle reestablecer el banco central


achicando la provisión de dinero de la nación. Hizo esto al rehusarse a dar préstamos. Al
hacer esto, volcó la economía y el dinero desapareció. El desempleo subió alto. Las empresas
fueron a bancarrota porque no podían pagar sus préstamos. La nación entró en una depresión
de pánico. Biddle sintió que podría forzar a Jackson a mantener el banco central. Estaba tan
confiado que públicamente se jactó de que él había provocado los problemas económicos en
EE. UU. Debido a su tonta fanfarronería, otros salieron en defensa de Jackson y el banco
central murió. Murió hasta su restablecimiento en 1913. Fue reestablecido entonces por la
misma gente (jesuitas de Roma), con el mismo propósito de dejar a EE. UU. de rodillas y
plantar el poder temporal del papa en EE. UU.

Los planes de los jesuitas de tener un banco central en EE. UU. fueron temporalmente
detenidos durante la presidencia de Andrew Jackson. Se había opuesto a la doctrina de
derechos de estado de Calhoun, y detuvo el intento de Biddle de continuar el banco central.
Cuando otras cosas fallan, el juramento jesuita declara que es recomendable asesinar a
alguien que se pone en el camino.

El presidente se había ganado el odio eterno de los científicos monetarios, tanto


en EE. UU. como afuera [los jesuitas estaban furiosos]. No era de sorprenderse,
por tanto, que el 30 de enero de 1835, se realizó un intento de asesinato contra él.
Milagrosamente, ambas pistolas del asaltante fallaron, y Jackson vivió por un
capricho del destino. Fue el primer intento de asesinato contra un presidente de
los EE. UU. El que intentó asesinarlo fue Richard Lawrence que o estaba
verdaderamente loco o simuló estar loco para escapar de un castigo más severo.
De cualquier manera, Lawrence fue hallado inocente debido a su locura. Más
tarde, se jactó con sus amigos de que había estado en contacto con gente poderosa
en Europa que le habían prometido protegerlo del castigo si era atrapado. —Ibid.,
p. 357.

La orden jesuita hablaba muy en serio acerca de dominar EE. UU. Se infiltraron en el
gobierno en los niveles más elevados, y utilizaron a sus agentes para controlar el sistema
bancario norteamericano. También utilizaron el asesinato cuando fue necesario para destruir
cualquier oposición a sus planes. Andrew Jackson casi fue asesinado por una planta jesuita,
que fanfarroneaba de europeos poderosos (los jesuitas) que lo liberarían en el caso de ser
atrapado. Otros presidentes llegaron que también incurrieron en la eterna ira de Roma.
Muchos han sido asesinados, y algunos escaparon de la muerte segura. El capítulo siguiente,
que discute las presidencias de William Henry Harrison, Zachary Taylor, y James Buchanan
llenará los detalles.

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