Cuaderno
de navegante
Pedro Manay Sáenz
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Cuaderno
de navegante
Pedro Manay Sáenz
Chiclayo - Perú
Abril, 2021
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Cuaderno de navegante
Pedro Almanzor Manay Sáenz
[email protected]
Cel. 965607472
Abril del 2021.
Chiclayo - Perú
Imagen de portada:
Tomada de Internet.
Diseño y diagramación:
Pedro Manay Sáenz.
Puede copiarse y compartirse parcial o totalmente con la sola condición de hacerlo
sin fines de lucro, de manera completamente gratuita.
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Viento y horizonte
A manera de prólogo
Muchos fueron los viajes y, ahora, todo son recuerdos.
Navegué de día, de tarde y de noche. En la espléndida
soledad del viaje, hice tantos hallazgos. Fue como llegar a
múltiples islas. Conocí árboles, arroyos, campos de tierra
llana y de perfumado verdor. Supe de estrellas, del sonido
de la brisa en levante y poniente. Atestigüé los cambios
paulatinos de la Luna en todas sus fases. Escuché el cántico
de los marineros. Supe de sus anhelos y nostalgias. Abrir
cada libro fue ingresar a un mundo de sorpresas siempre.
He recorrido en mi nave de velas fuertes, aunque gastadas,
multicolores mares. A veces, sentí la marea intensa. Otras
veces, el oleaje fue calmo y amable. Mis ojos recorrieron
playas, cielos y arenales. Viví experiencias insospechadas y
compartí sueños y anhelos infinitos. Y todo lo fui
auscultando, midiendo, disfrutando. Nunca pensé en
reunirlos así como están ahora. Este es el libro de un
hombre de playas, nubes y desiertos. También, supe de
gaviotas, piqueros y cormoranes. Volé entusiasta junto a
ellos. Aprendí a navegar solo y acompañado. Leer tanto
oleaje te enseña a estar bien en ambos casos. Aunque los
navegantes solemos ser corazones solitarios.
Leía como un errante que se sienta a la vera del
camino para tomar un poco de agua, comer alguna fruta y
atisbar el paisaje. Y, cada vez, queriendo ir más lejos; no
importa si se trataba de lugares ausentes en cuanto mapa
consultaba. Con mis sextantes, catalejos y astrolabios, me
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internaba mar adentro y era como un éxtasis viajar y viajar,
casi sin rumbo, acaso como extraviándome entre tantas
hojas y verdades y quimeras. Fui capitán, grumete y vigía
un tanto mareado por la altura, la extensión y las ráfagas de
Eolo. Pero, heme aquí, descansando del viento, del Sol y del
océano. Siempre es bueno darse una tregua. Y ponerse a ver
lo andado con la esperanza de volver a los viajes.
Muchas cosas no aparecen en esta bitácora; pero, con
lo aquí mostrado creo que es suficiente para que los
lectores tengan una idea aproximada de las latitudes por las
que mi nave ha transitado. Gracias doy a todas las
estaciones, a mi afán de explorador y a todos los vientos
que animaron el velamen de mi embarcación ultramarina. A
veces, he pensado en Hemingway, en Juan Salvador Gaviota
y en Rafael Alberti, “El poeta del mar”. Y el mar de los libros
es tan extenso que te encuentras con tantos viajeros como
tú, de alado corazón, música de viento y espíritu
entrañablemente nómade.
Y bien, uno se interna en las lejanías, Y el tiempo y el
espacio se vuelven, como diría Einstein, relativos. No se
piensa, para nada, en dejar constancia de los rumbos
horadados. Pero, a veces, quiere la suerte o la voluntad o el
destino dejar testimonio de lo recorrido. Como un viejo
mago de los tiempos artúricos, iba tomando nota de cuanto
conocía. A mi manera, ejercía de hermeneuta y, no pocas
veces, me he sentido náufrago; pero no importa. Es siempre
feliz el que sigue, como las gaviotas, un libre camino. Y la
lectura, nos lo enseñó Borges, es una segura forma de
alegrarse la vida. En última instancia, hay que ser lectores
todo el tiempo. Como los labriegos, leer el cielo, la nube, la
esperanza. Y tener fe en los días venideros. ¿No es cierto
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que los navegantes somos seres de asombro, de aventura y
esperanza?
A veces, el mar te muestra también sus ánimos
intimidantes. Cómo evitarlo. Sólo tienes que mantener el
ánimo firme, la vista en el panorama y siempre atento para
que el oleaje no haga encallar tu nave. Toda la existencia es
un riesgo. Y en cada viaje se juegan completas las
posibilidades. Pero aquí estamos, detenidos por un tiempo,
silbando canciones y evocando las pleamares. Los
marineros sabemos que un descanso siempre es necesario.
Más aún, cuando quieres ordenar un poco los registros de
tantos viajes como el peregrino de los desiertos que, un
poco en sueños y otro tanto en vigilia, se pone a desgranar
los incidentes de su travesía como el forastero que abre sus
alforjas y muestra sonriente sus variopintos regalos.
Nada más diré que no sean palabras de gratitud a los
lectores, esperando sea de algún provecho su visita por
estas carillas que corroboran mis apacibles, espléndidas y
también tumultuosas aventuras estéticas y bibliográficas.
Del viento somos, en él bogamos y con él cantamos. Al final,
sólo sé que he navegado, como un espíritu errante y
encantado, entre libros que fueron siempre lamparines
aladinescos. Y aquí les comparto, como se hace con el pan,
las canciones y las memorias: lo que pude escribir tras cada
vuelo. Acógelo en tu afecto como una visión de horizonte
azul y mágico para que, en su lectura, puedas sentir
también el perfume, la canción y la brisa de los mares, de
las islas y los vientos.
Chiclayo, abril del 2021.
Pedro Manay Sáenz
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Y bien,
hora de expandir las velas
para el viaje marinero.
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La discreta y sublime
estancia del corazón
Te hablaré de la soledad.
Te hablaré, por ejemplo,
de lo que es sábado, a las
5 de la tarde, cuando
estás solo en casa,
haciendo alguna tarea y
sin nadie que te recuerde ni te llame. Sábado, a las 5
p.m. Sin fiesta para más tarde, sin amigos. Sin ninguna
reunión con nadie ni por nada. Solo, en tu cuarto, en
ese personalísimo espacio donde, más que en ningún
otro lugar, eres tú mismo y nadie más. No voy a
recordarte los enfoques de la soledad de gente tan
inteligente y tan sabia como las que he citado en otras
ocasiones. Hoy, sólo quiero hablarte de esta
circunstancia de soledad que menciono. Y que puede
ser, en este momento, tuya o mía. Quién sabe. Solo,
oyendo una melodía que has oído desde hace años y
que te sigue agradando, principalmente, porque te
ayuda a trabajar (en mi caso, a escribir). Pero, es suave
esta soledad porque no viene adherida de tristeza ni de
nostalgia. Es un hecho simplemente. Es una situación
sencilla y real. ¡Bueno fuera que así se diera siempre la
soledad! Aunque he de decir, claramente, que hemos
de aprender a convivir con la soledad. Nacimos solos.
Nos iremos un día, también, solos. Así que sería bueno
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ir dotando de una connotación más feliz y positiva al
término soledad. Hay ejemplos, en la Naturaleza, de
soledad alegre y normal. Para empezar, el Sol (de allí,
seguramente, la palabra: sol + edad). Allí, en su lugar,
la Tierra girando alrededor suyo; y él moviéndose,
también, a su propio ritmo, en la galaxia. Otro ejemplo:
la Luna. Allí, en la cuarza noche, brillando como una
perla en el fondo del mar. Y por sola, más hermosa y
más radiante, acaso. Y puedes hallar otros ejemplos: un
río en el extenso valle, un cactus en el desierto, un
árbol en medio de una gran colina, un águila volando
sobre la montaña, un cóndor viajando sobre la
cordillera, un pino en cualquier cerro, una isla del
Pacífico, un barco en la lejanía, un albatros en el
espacio marino,…
No creas que la soledad siempre va a intimidarte.
Eso sucede al comienzo; pero, conforme la tratas,
conforme vas conviviendo con ella, el temor va
desapareciendo. Empiezas a descubrir que ella te
permite una serie de posibilidades y ventajas.
Empiezas a darte cuenta que no es tan malo estar
solos. Al fin y al cabo, toda situación tiene un lado
positivo. Piensa cuántas cosas importantes has hecho
estando solo. O, dicho de otro modo, recuerda para
cuántas cosas importantes es indispensable la soledad:
para escribir, para estudiar, para leer, para meditar,…
En todo caso, se trata de buscar el equilibrio entre
soledad y compañía, entre uno y varios. A mi modo de
ver, lo ideal es saber pasarla bien en ambas
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circunstancias. Y pensar que, finalmente, ambas se
complementan. Que es bueno y necesario un aislarse,
un estar solos, de cuando en cuando. E igualmente, es
bueno y necesario integrarse al grupo, vivir la
sociedad. No creo que sea buena idea ser adictos a una
sola opción. Claro, con excepcionales casos, como el de
los yoguis y ermitaños, por ejemplo.
Pero, un rasgo común en la gente de hoy ‒sobre
todo, en la juventud‒ es su imperiosa necesidad de
estar en grupo, de vivir, lo más posible, entre personas,
en colectividad (que no es lo mismo que colectivismo).
Han de ser, pienso, un poco, los signos de la época y la
revolución tecnológica que vivimos. Puedes fácilmente
evadirte de la soledad: con el teléfono fijo, con el
celular, con el chat, con la televisión,… Y yo pienso que
este rasgo no es tan saludable. Creo que una dosis de
soledad es siempre necesaria. No es posible vivir, día
tras día, entre amigos y conocidos, entre gente y más
gente. El espíritu se abruma de tantas voces y de tanta
agitación. Pero, al joven de hoy le complace ese ritmo
de vida. Un gregarismo continuo, sin tregua. Y le anda
haciendo el quite a la soledad. Por ejemplo, un par de
días metido en casa les resulta, a la mayoría, algo
desagradable de pensar, y de vivir. Creo que Pascal fue
quien dijo: “Muchas desventuras le suceden al hombre
por el solo hecho de no saberse estar tranquilo en casa”.
Y de esta idea se desprende el tema de cómo pasarla
bien en casa, entretenida y divertidamente. Claro,
alguien dirá: lo que tú dices tienes que relacionarlo con
los tipos de personalidad. Es obvio que a una persona
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extrovertida le va a agradar mucho más la vida social.
Y a una persona introvertida le atrae mucho más la
vida casera y tranquila. Pero, mi enfoque va más allá. O,
quizá, va por otro lado. Lo que yo afirmo es que, en los
tiempos actuales, la gente ‒y, especialmente, los
jóvenes‒ le teme a la soledad indebidamente. ¿No es,
acaso, cierto que la gente de hoy es afectivamente más
frágil y que existe mucha depresión? ¿No es cierto que
la gente se siente sola (sola, desde una visión
reducidamente dolorosa de la soledad; en
contraposición a los artistas, por ejemplo, que más
bien buscan la soledad para poder realizar su trabajo
creativo)?
Mi aporte, en todo caso, va orientado a decirte
que no hay que temerle a la soledad, que es una
circunstancia absolutamente normal y propia de la
vida. Que hay que saber aprovecharla. Que hay que
aprender a saborearla. Y te repito aquello
recomendable: saber estar bien en las dos opciones, en
sociedad y en soledad. Tratar de ser feliz en ambos
casos. Y saber equilibrarlos. Claro, siempre va a ver
una tendencia natural. La cuestión es no aferrarse. Y
gozar de tu libertad de elegirlas.
Que la soledad te ayuda a descubrir aspectos
ocultos y reservados de la vida. Y te enseña a ver la
existencia desde un plano más ecuánime.
Que la soledad te aproxima a muchas
bendiciones; como, por ejemplo, al silencio de la poesía
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y de tu espíritu. Y a la belleza de la paz interior y a la
maravillosa experiencia que es la meditación, punto de
partida para ingresar a un mundo donde todo lo
superficial se esfuma y todo lo esencial comienza a
mostrar su sencilla y dulce grandeza.
Enero del 2001.
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El cartero del rey:
Cuando la ficción nace del corazón
La fina sensibilidad y el
conocimiento del corazón humano
se plasman, con singular maestría,
en El cartero del rey, tierna y
humanísima obra teatral de
Rabindranath Tagore (Nobel de
Literatura 1913) que nos presenta
la historia de Amal, un maravilloso
niño que asume su extraña
enfermedad con precoz estoicismo,
no exento de cierta sabiduría, y
que compensa las limitaciones que impone la dolencia
corporal observando emocionadamente (mucho más con el
corazón que con la vista, como aconsejaba un personaje de
El principito), a través de una mágica ventana, a los
diversos personajes que pasan por la calle: lechero, guarda,
la niña Sada, los chiquillos,… Desde una inspirada visión, a
cada uno de ellos les hace redescubrir la belleza de su oficio
al punto de expresarles un vivo deseo de asumir cada rol
presentado con la mejor de las voluntades y con un gozo
tan sincero que termina por emocionar a cada uno de sus
interlocutores. Pero, el sueño dorado de Amal consiste en
recibir una carta del rey y llegar a ser, precisamente,
cartero del soberano. Antes que la enfermedad imponga el
funesto desenlace, los seres queridos, mediante la magia
del amor y la posibilidad de la fantasía, convencen a Amal
de que el rey no sólo le ha escrito la ansiada carta, sino que,
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además, esa noche vendría al pueblo donde Amal podía
pedirle, en persona, ser cartero real. Así que el pequeño,
lleno de dicha por la pronta realización de sus anhelos,
duerme un sueño que se figura tan especial y del que,
quizás, ya no podría despertar.
La obra consta de dos actos, con diez y nueve escenas
respectivamente. Y nos permite tomar contacto con el
universo exótico y hasta sagrado de la inspiración
tagoriana. Trasluce una delicadeza y una ternura
excepcionales, y un amor por la gente sencilla en la que el
autor parece revelar una opción de humanismo y verdad.
La sombría presencia de la implacable enfermedad es
contrarrestada por la luz sublime del corazón y por la
asombrada y feliz candidez de Amal. Sin duda, la obra
constituye una poética adhesión al amor y la esperanza y es
una invitación a redescubrir la belleza de las cosas simples,
haciéndonos evocar a otro gran maestro, también de India,
cuando expresaba este hermoso adagio: “Vida sencilla,
pensamiento elevado”.
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Agonía y éxtasis del arte
en “El alfarero”, de Valdelomar
Leer “El alfarero”, de
Valdelomar, es una experiencia
de mística incaica. El autor
logra crear una atmósfera
intensa y poética y nos ingresa
a un universo sólidamente
construido como si fuera,
propiamente, un torreón
incaico. Sorprende la
concepción del protagonista
del cuento: un maestro del
“noble y difícil arte de la
alfarería” (que nos recuerda al trabajo de alfarero, como
simbolización de la poesía, que sugiriera Heraud en su
poema “Arte poética”). Y sorprende, en realidad, todo el
cuento por la profundidad de ideas y sentimientos
expresados en la brevedad del texto y en la contundencia
de un autor que ha sentido y ha pensado seguramente
mucho respecto a la historia del Tawantinsuyo. Se dirá que
hay una visión idílica de la realidad inca. Se dirá que hay
una perspectiva romántica del incario en este valioso
cuento. Tal vez. Pero existe, también, una vibración poética
y una macicez narrativa que conmueven, inevitablemente,
al lector. La historia narrada motiva amplias y variadas
reflexiones en cuanto presenta tópicos eternos como la
soledad del artista, la insatisfacción del creador, el dolor del
amor, la muerte, el profundo sentimiento de la amistad
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entre ‒digámoslo con una frase sentimental; pero válida‒
dos “almas gemelas”. Releer “El alfarero” nos permite
constatar que el texto es pródigo en sugerencias y motivos
para el análisis y la interpretación. ¡Cuánta capacidad tuvo
Valdelomar para generar, casi mágicamente, ambientes,
actantes e historias tan sólidas y convincentes que bien
podrían ser motivos de películas de gran calidad! “El
alfarero” tiene poesía en cada frase y esa melancolía tan
etérea y misteriosa que caracteriza a gran parte de la obra
de Valdelomar, tanto en verso como en prosa.
Apumarcu, el alfarero, vive como un paria, y nos
recuerda a los artistas que la historia registra como vidas
marginales, como apasionados servidores de su arte, de una
febril vocación que es su origen y destino. El cuento nos
lleva a la reflexión de la soledad del artista, de ese universo
únicamente suyo en el que vive y muere cada día, gestando
su obra, emocionándose con cada logro, deprimiéndose con
cada anhelo que no realiza. Es el drama del artista de todos
los tiempos: la realidad de lo que pudo hacer y la visión de
elevadas metas, muchas de ellas, irrealizables, superiores a
sus fuerzas. ¡Cuántos artistas murieron dejando proyectos y
obras inconclusas!
Pero, Apumarcu conoce a Yactan Nanay, otro errante
solitario, que se aferra a la música de su antara para hallar
consuelo ante la muerte de su amada (amores de antes,
cuando el corazón parecía haber nacido exclusivamente
para otro corazón; en todo caso, amor de poesía). Surge,
entre ambos, la hermandad de saberse espíritus de la
misma casta, exploradores de la metafísica del dolor y la
muerte. El momento crucial del relato surge cuando
Apumarcu, en febril agonía y éxtasis, intenta lograr la
representación pictórica del crepúsculo. Y para obtener un
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tono cromático imposible, recurre al color de su propia
sangre. Experiencia límite que le cuesta la vida. Y dramático
‒pero, también, sublime‒ el momento en que Yactan Nanay
se sienta ante el amigo-hermano para ofrendar la melodía
triste, con sentimiento infinito, en solitario homenaje al
mártir del arte que yace al pie de su obra, agotada su
búsqueda y, ¿lograda su meta? Y nosotros, recordando la
exigencia mistraliana que Valdelomar parece asumir:
“Darás tu obra como se da un hijo: restando sangre de tu
corazón”.
Enero del 2001.
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El Réquiem de Rodríguez
La pasión por el teatro y la
formación académica y
artística producen notables
resultados estéticos. Manuel
Rodríguez, actor chiclayano,
lo ha demostrado con el
estreno de Réquiem por la lluvia, obra del dramaturgo
ecuatoriano José Martínez Queirolo, durante el valioso
III Festival de Teatro Lambayecano realizado del 24 al
27 de marzo en los ambientes del I.N.C., como
programa celebratorio por el Día Mundial del Teatro.
En Réquiem por la lluvia, Rodríguez representa, con
excelente desempeño actoral, a un hombre indigente y
alcohólico que se lamenta dolorosamente por el
fallecimiento prematuro de su mujer, una humilde y
heroica lavandera cuyas fuerzas vitales la abandonan
por el exceso de trabajo y por la enfermedad. El viudo,
muy afectado y adolorido, matiza ácidos reproches a sí
mismo y dulces evocaciones de la ya difunta, en una
atmósfera de intensas vibraciones humanas. Toda la
obra se constituye en una suma de réquiem y de
poético homenaje a la sacrificada y augusta esposa y
madre lavandera (cuyo humilde oficio se asocia con la
función de la lluvia, en hermosa metáfora expresada en
el título). La obra utiliza el monólogo, la interpelación
al público, evocaciones tipo flash back, elementos
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simbólicos (como la presencia y actitud de los dos
niños al final y la alusión a la lluvia), el desdoblamiento
del actor en varios personajes, el análisis sociológico,
etc. La escenografía presentada, obra del pintor Carlos
Briones, aporta suficientemente en la creación del
ambiente apropiado para el tema. Y aporta también un
artista del canto y la guitarra con textos musicales
como la emblemática canción del “El payandé”.
Rodríguez ha elegido una obra que le permite, por un
lado, mostrar su pericia en el tratamiento de las
emociones humanas y, por otra parte, expresar una
particular sensibilidad social en relación,
especialmente, con la vida y sacrificio de los más
pobres. Sin duda, además, que la actuación de
Rodríguez se nutre del conocimiento de la teoría y
técnicas teatrales y de los postulados y convicciones
estéticas propias. Es por eso que él enfatiza que su
propósito no consiste en sólo emocionar al espectador;
sino, también, en lograr la reflexión. Porque el buen
teatro, como la música y la poesía, no dejan ileso al
hombre; sino que tienen la fuerza suficiente de
influirlo y transformarlo.
Ojalá, Manuel Rodríguez presente Réquiem por la
lluvia en diversos escenarios y para muchos públicos.
Que cuando una obra artística nace de la conciencia de
oficio y de la transpiración que la calidad exige, es una
obra que garantiza una verdadera experiencia estética
y es, entonces, una obra que da gusto aplaudir.
Chiclayo, abril del 2004.
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Libros que alumbran como faros:
Una ayuda para los educadores
Como un riesgo inminente de
naufragio se presenta la vida para los
adolescentes y jóvenes peruanos del
siglo XXI. Multiplicidad de discursos ‒
tantas veces, contradictorios‒ que
escucha o lee; la promoción de la
decadencia que casi gobierna en los
medios masivos de información; el
subdesarrollo nacional que afecta a
todas las esferas de la vida; una
educación que todavía no se encuentra con su compromiso
primigenio, como es el de formar seres humanos (misión
que continúa todavía en un debate que no debe dejar de
lado, por ejemplo, voces tan sinceras como las de Iván Ilich
y Paulo Freire). Se trata del difícil contexto en el cual, pese a
todo, deben desarrollarse los miles de adolescentes que
asisten a los colegios secundarios en todo el país. Y allí
tenemos a los docentes que afrontan (o debieran afrontar)
dos deberes básicos: el de enseñar la asignatura
correspondiente y el de cumplir su trabajo formativo. En
los diálogos acerca de la educación peruana, suele
predominar un tono pesimista. Acaso, ya sea tiempo de
asumir el debate y la práctica con mejores ánimos y con el
pensamiento puesto más en aquellos docentes laboriosos e
inteligentes que ‒con humildad y entusiasmo‒ aportan,
cada día, con el granito de arena que ha de contribuir en la
edificación de personas integrales y ciudadanos con
21
voluntades solidarias y constructivas. Es pensando no ya en
las oscuridades que nos impiden avanzar; sino en las
chispas de luz que muchos educadores peruanos han
prendido y seguirán prendiendo, que podemos tener la
posibilidad de mantener la esperanza en la educación como
creación humana que es capaz de desarrollar, sin límites,
las potencialidades de los niños, adolescentes y jóvenes que
llegan a ella con el encargo social de tal propósito,
precisamente. En este sentido, urge replantear muchas
cosas en la educación; más aún, ahora que nos encontramos
en los albores de un nuevo milenio que ha de ser, ojalá, el
milenio no ya tanto de las revoluciones científicas y
tecnológicas; sino de las profundas transformaciones
humanas e institucionales. Una de las misiones que la
educación ha de retomar es la educación y formación de los
niños, adolescentes y jóvenes. Pero, formación no en el
sentido de alienación ni de imposición de ideologías o
dogmas que respondan a los intereses de grupos de
inspiración y conductas exclusivistas y sectarias. Sino
formación y educación en todo lo de humano y
trascendente que tienen las personas. Educación que
desarrolle todas las facultades; que muestre y despierte la
vocación de autonomía y libertad; que muestre el camino o,
mejor aún, muchos caminos al educando para seguir
libremente el suyo. Que ha de ser, por supuesto, el que
mejor lo conduzca a la conquista, no de apetitos mezquinos
y egoístas; sino de elevados propósitos y hermosos ideales.
Que significa hablar del sueño de una educación como
anhelo compartido por una sociedad integrada, compacta,
cuyos miembros e instituciones no persigan ‒nunca más‒
intereses exclusiva y maquiavélicamente monetarios. Así
pues, los docentes ‒especialmente, los jóvenes; ahora que
son tantos‒ han de tener presente que su misión no es
solamente académica; que su trabajo es fundamentalmente
22
educativo (conviene recordar que los planteles no son
academias; sino que son, precisamente, instituciones
educativas). Es importante, entonces, repensar el término
‘educativo’ para no asignarle una connotación asociada a
enfoques verticalistas del trabajo escolar o a conceptos que
niegan la dignidad y los derechos de los niños y
adolescentes. Y pensar, por ejemplo, que la palabra
‘educativo’ ha de estar relacionada con todo esfuerzo o
propuesta que busque despertar la conciencia de ser
humano trascendente que posee todo niño y adolescente y
de ayudarle para que, en un ambiente de libertad y respeto,
puedan ir adquiriendo todos los elementos y capacidades
que necesitan para lograr la más elevada autorrealización
en sus vidas. Los docentes, entonces, serán conscientes que
no necesitan ni deben establecer enfoques personales o
visiones parceladas de la vida y de las cosas: es mejor
mostrar al alumno todo el horizonte, es mejor brindarle los
instrumentos y recursos para que el alumno tenga, ante sí,
una variedad de opciones, un arco iris de posibilidades y no
un solo camino monócromo. Y que sea él quien elija la
alternativa que mejor le convenza. Y que sea él quien escoja
el color que mejor sintoniza con su identidad.
Queda claro, entonces, que los docentes del siglo XXI
han de retomar la misión formativa y educadora que parece
haberse descuidado en los últimos años. Y asumir esa
función lleva implícito la tarea personal del docente de
trabajar consigo mismo en el autoconocimiento, en la
autosuperación (recuérdese que uno nunca termina de
educarse; siempre hay algo que mejorar o perfeccionar en la
propia personalidad). Con la sola palabra, el docente algo
podría hacer en la tarea formadora de sus alumnos; pero con
el ejemplo visible y constatable de ser el docente una
persona que lucha permanentemente por ser mejor docente,
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mejor ser humano, por superar viejas limitaciones
personales, por adquirir nuevas y mejores capacidades, el
alumno se sentirá naturalmente impulsado a ser también
mejor alumno y mejor ser humano cada día.
Precisando una necesidad (o posibilidad):
Ya se ha descrito, grosso modo, lo conflictivo y
complejo que resulta la vida para el educando de estos
tiempos. Se desprende de esto, entonces, que los alumnos
necesitan ‒tal vez más que nunca‒ la palabra orientadora
de sus profesores. Siempre, los educandos tienen el oído, e
incluso el corazón, dispuestos a escuchar la voz amigable,
la palabra sincera y guiadora de sus profesores.
Pero, además, el docente necesita de recursos y
elementos necesarios que le ayuden a educar, a formar a sus
alumnos. Y felizmente, existen, están disponibles. Y cada
docente, en su nivel, debiera conocerlos y debiera estar en
una indagación permanente para tener, después, qué ofrecer
y qué sugerir a sus alumnos. Ubicaremos, entonces, el tema
en el caso concreto de los docentes de la Especialidad de
Lengua y Literatura. Surgen, de pronto, interesantes
preguntas: ¿Es posible educar con el apoyo de cierta
bibliografía? ¿Ofrece la literatura libros capaces de
contribuir al fin deseado? Si la literatura escapara a fines
educativos y formadores, ¿es factible, en el marco del área de
Lengua y Literatura (o Comunicación Integral, como es la
otra denominación según la Nueva Secundaria), propiciar la
lectura de libros ‒que no son, precisamente, obras
literarias‒ cuyos contenidos favorezcan la autosuperación
de los educandos? ¿Existen, actualmente, libros que ayudan
al educando a autoeducarse?
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Es necesario plantear, entonces, algunas ideas que, en
forma parcial, respondan las interrogantes planteadas:
Sí es posible educar con el apoyo de libros.
Sí existen obras literarias que pueden contribuir en
la tarea formadora del docente (piénsese, por ejemplo, en
Corazón, de Edmundo de Amicis; en La cabaña del tío Tom,
de H. Beecher Stowe; o considérese cuentos como “El gigante
Egoísta”, de Oscar Wilde; la gran cantidad de fábulas cuyo
gran valor moral y educativo parece olvidado).
Es deseable y factible que, en el marco del área de
Lengua y Literatura (o Comunicación Integral), se propicie y
realice lecturas de libros de autosuperación, algunos de los
cuales se presentan como obras literarias y otras, como
específicamente de autoayuda.
En la actualidad, existe una diversidad de libros que
ayudan a los educandos (especialmente, del nivel
secundario) en su autoformación, en su autoeducación.
Literatura de autosuperación (o libros de autoayuda)
Tal vez, sea necesario agrupar los libros que tienen la
intención de educar o ayudar a superarse al lector. Por un
lado, están aquellos libros que corresponden a la categoría
de obras literarias cuyos autores han tenido el propósito de
brindar a los lectores material útil para la autosuperación
personal. El profeta, Siddhartha, Juan Salvador Gaviota, El
vendedor más grande del mundo, El alquimista, El secreto de
las siete semillas, La fuerza de Scheccid; de Khalil Gibran,
Hermann Hesse, Richard Bach, Og Mandino, Paulo Coelho,
David Fischman y Carlos Cuauhtémoc Sánchez,
respectivamente, pertenecen a dicho grupo. Por otro lado,
tenemos libros que no serían, en sentido estricto, obras
literarias; pero que sí tienen una valiosa intención
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autoeducadora, resultando de gran ayuda para el público
lector, en general, y para los educandos del nivel
secundario, en particular. Libros como Minutos de
Sabiduría, Las siete leyes espirituales del éxito, Sabiduría de
todos los tiempos, Océano de sabiduría, El espejo del líder,
Infinitud humana, La oración de la rana; de Torres
Pastorino, Deepak Chopra, Wayne Dyer, Dalai Lama, David
Fischman, Miguel Ángel Cornejo y Anthony de Mello,
respectivamente.
Se trata de libros con características muy singulares.
Algunos de ellos pueden tener diferencias de estructura y
de estilo; pero todos tienen un denominador común:
ayudar al ser humano a ser mejor ser humano. Por eso, es
que su lectura resulta de gran importancia en el ámbito
escolar. Más aún, en estos tiempos en que les resulta tan
difícil a los adolescentes encontrar, en la vida diaria, casos
concretos de grandes personalidades que sean dignas de
servirles de ejemplo. La corrupción y la degradación
humana en el Perú han alcanzado límites surrealistas. La
clase política y los responsables de las instituciones
fundamentales de la sociedad peruana (que debieran
constituirse en paradigmas de conducta ética y social) son
antimodelos perfectos; salvo honrosas excepciones,
dignas de todo respeto y homenaje. Así las cosas, los libros
de autosuperación resultan verdaderos faros que pueden
ayudar a alumbrar los caminos, tantas veces, oscurecidos
de nuestros adolescentes peruanos. Se sabe de muchas
personas de bien que testimonian, con afecto y gratitud,
que fue un libro el que, en algún feliz momento de sus vidas,
los inspiró para seguir adelante; que fue un maravilloso
libro el que sacudió las telarañas de sus mentes y les ayudó
a superar ciertas crisis personales.
26
Los educadores deben sentirse afortunados porque,
en los últimos tiempos, se viene produciendo este tipo de
literatura que les sirve perfectamente para su labor
formativa. Sólo hace falta leer un poco más y seleccionar,
con buen criterio, los libros más apropiados para el tipo de
alumno que se tiene y para el tipo de realidad en la cual se
actúa.
Algunas palabras sobre los autores
Se trata de escritores que han profundizado en el
conocimiento del ser humano, como es el caso de Khalil
Gibran, sabio poeta libanés de amplio reconocimiento a
nivel mundial, que suele ser citado con frecuencia en
diversos estudios o libros de autoayuda. Se trata, también,
de autores con profundo conocimiento de filosofías
antiguas, como Hermann Hesse, Wayne Dyer, Richard Bach,
Og Mandino, Deepak Chopra, Dalai Lama. Se trata también
de autores que buscan encontrar la armonía entre la vida
moderna y la salud espiritual, como ocurre con David
Fischman. O se trata de autores que han emprendido toda
una cruzada por encaminar a la juventud y a los seres
humanos, en general, hacia una cultura de valores y de
éxito integral, como Carlos Cuauhtémoc Sánchez y Miguel
Ángel Cornejo.
Para precisar la importancia
En un intento por sintetizar el gran valor de los libros
de autosuperación, podría mencionarse lo siguiente:
Motivan profunda reflexión acerca de uno mismo.
Hacen pensar en cómo se está viviendo y en cómo
podría vivirse de mejor manera.
27
Enseñan, con un lenguaje asequible, grandes verdades
del conocimiento y filosofía antiguos.
De algún modo, tienen un efecto terapéutico (por ello,
se habla de biblioterapia).
Ayudan a superar prejuicios o ideas erróneas.
Ayudan a encontrar el sentido de la existencia.
Incentivan y estimulan para hacer un trabajo interior
a fin de luchar contra defectos personales y
desarrollar otras capacidades para un nuevo estilo de
vida con mayor calidad.
Promueven una auto-relación más positiva y sana así
como una vida social más fraterna y humana.
Ayudan a encontrar una visión trascendente de la
vida de los seres humanos.
Contribuyen en la solución de conflictos personales
interiores.
Estimulan a superar la mediocridad y a vivir según
bellos objetivos.
Hacen ver al lector sus propias potencialidades y le
incentivan a utilizarlas.
Ayudan a vivir en armonía con uno mismo y con los
demás.
Impulsan a brindar aportes positivos a la sociedad.
Autosuperación y Comunicación Integral
El docente de Lengua y Literatura podría considerar
‒en la lista de obras a leer durante el año‒, por lo menos,
un libro de autosuperación, eligiendo el más apropiado
según el grado correspondiente. Tendría que elegir entre el
primer o segundo grupo arriba mencionados. En el caso del
primero, la lectura estaría ubicada siempre en el ámbito de
lo literario. En el caso del segundo grupo, el docente estaría
28
haciendo uso de su derecho a incluir lecturas que, sin ser
propiamente literarias, resultan de singular provecho en la
formación de sus alumnos.
Sólo habría un aspecto que el docente de la
especialidad tendría que resolver. ¿Cómo evaluar la lectura
de un libro de autoayuda? ¿O no sería necesario evaluarla?
¿Se recurriría a la tradicional ficha de lectura? ¿Se evaluaría
en forma grupal o individual? ¿Se propondría un trabajo
escrito, un ensayo, un debate, una exposición oral? Son
preguntas que cada docente, desde su personal visión
profesional, sabrá responder. En todo caso, se plantea un
pequeño desafío para el docente de Lengua y Literatura
acerca de la evaluación de este tipo de lectura. Con
inteligencia y creatividad, podrá hallar el camino.
Autosuperación y Tutoría
Encuentra la lectura de obras de autosuperación un
espacio propicio en el área de Tutoría que, felizmente, en
estos años, viene adquiriendo mucha relevancia porque
incide directamente en el trabajo con temas de desarrollo
personal. Aunque se trata de sólo una hora semanal, bien
podría el docente responsable encargar la lectura de, por lo
menos, un libro por bimestre. Se aprovecharía las clases
semanales de Tutoría para ir comentando y controlando el
avance de la lectura. Incluso, se podría ir trabajando
algunas preguntas acerca de cada capítulo o parte del libro.
La autosuperación y los docentes
Cuando se habla de lectura de autosuperación, los
docentes deberían ir a la vanguardia. Ahora que se viene
trabajando los Proyectos de Innovación Pedagógica, podría
29
plantearse, enmarcado en un proyecto de Valores y
Desarrollo Personal, la adquisición de material bibliográfico
de autoayuda. Se establecería, entonces, la lectura de un
libro por semestre. Empezar, por ejemplo, con El secreto de
las siete semillas, de Fischman. Cada mes, habría una
reunión de dos horas para el necesario diálogo acerca del
libro. Se propondría alguna tarea como precisar por escrito
las ideas que el docente considera que más le van a servir
en su vida diaria o en el trabajo, etc. En el siguiente
semestre, se podría trabajar con Las siete leyes espirituales
del éxito, de Chopra, libro que incluye una serie de
ejercicios prácticos y sencillos para cada ley, que los
docentes podrían ir aplicando en un tiempo determinado.
Otra tarea práctica, entre los docentes, sería la
publicación permanente de periódicos murales: uno, al
menos, con textos y comentarios acerca del libro que se
está leyendo.
La autosuperación y los padres de familia
Tendría, seguramente, buenos resultados impulsar la
lectura de libros de autoayuda por parte de los padres de
familia. Es necesario, entonces, pensar en formas de
adquirir el material, de lograr que la lectura se cumpla, de
seleccionar los libros más apropiados a su necesidad y
realidad. Una Escuela de Padres sería un espacio propicio.
En todo caso, formar un grupo de padres lectores
voluntarios con los más entusiastas e interesados y realizar
reuniones de diálogo e intercambio de impresiones e ideas,
con la conducción de un docente.
Una propuesta de lectura según los grados
30
Los docentes elegirán, según la realidad y el nivel de
los alumnos, los libros más apropiados. Como sugerencia,
se propone lo siguiente:
PROGRAMA DE LECTURA
DE LIBROS EDUCATIVOS Y DE AUTOSUPERACIÓN
Primer y Segundo Año:
El gigante egoísta (O. Wilde)
Corazón (E. de Amicis)
La cabaña del tío Tom (H. Beecher Stowe)
Sangre de campeón (C. Cuauhtémoc Sánchez)
Etc.
Tercer Año:
El alquimista (Paulo Coelho)
La fuerza de Scheccid (C. Cuauhtémoc Sánchez)
El hijo del alba (Gautama Chopra)
Etc.
Cuarto Año:
Minutos de sabiduría (Torres Pastorino)
El vendedor más grande del mundo (Og Mandino)
El éxito más grande del mundo (Og Mandino)
Juan Salvador Gaviota (Richard Bach)
Las siete leyes espirituales del éxito (D. Chopra)
Siddhartha (Hermann Hesse)
El espejo del líder (D. Fishman)
Etc.
Quinto Año:
El milagro más grande del mundo (Og Mandino)
El profeta (K. Gibran)
Océano de Sabiduría (Dalai Lama)
Sabiduría de todos los tiempos (W. Dyer)
31
El secreto de las siete semillas (D. Fishman)
Infinitud humana (M. A. Cornejo)
La oración de la rana (A. de Mello)
Etc.
Esta propuesta no es rígida, ni mucho menos. Se
podría utilizar un libro tanto en Cuarto como en Quinto
Año. Sólo se está brindando una sugerencia porque será el
docente quien, en base a su propia lectura, decida cuál libro
aplicar en el grado que enseña.
Breves reseñas
El gigante egoísta: Hermoso cuento de Oscar Wilde que
enseña cómo el egoísmo produce insatisfacción e
infelicidad incluso a los seres que nos rodean. Muestra,
además, que el cambio de actitudes sí es posible y que el
saber compartir produce alegría a los que reciben y,
especialmente, al que da. El cuento tiene, además, un
delicado y hermoso fondo cristiano.
Corazón: Un clásico de la literatura universal y juvenil
que cuenta, usando la técnica del diario, la vida sencilla y
llena de bellos sentimientos de un grupo de escolares. El
narrador es Enrique. Esta obra está llena de lecciones
morales y éticas y enseña, en forma amena, cómo
coexistir pacífica y solidariamente entre compañeros de
clase. Mención aparte merecen los bellísimos y
magistrales cuentos que ha incluido Edmundo de Amicis
en esta obra maestra, cuentos que enseñan el heroísmo,
la compasión humana, el amor filial, la dignidad, etc.
La cabaña del tío Tom: Otra obra clásica que contribuye
a educar en los educandos el principio de la igualdad
32
entre los seres humanos rechazando, con firmeza y
profunda convicción, toda actitud racista y de
discriminación. Esta novela de H. Beecher Stowe sirve
mucho para tomar conciencia de las marginaciones
sociales por motivos étnicos o de raza. En un país
fuertemente racista como el Perú, es una obra que
merece mucho ser leída y comentada por los alumnos
para superar este tipo de actitudes infraternas.
Sangre de campeón: Muy leída obra del conocido Carlos
Cuauhtémoc Sánchez que enseña a los niños (y
adolescentes) a cultivar un ánimo triunfador. Es de
lectura bastante amena y está elaborada en un lenguaje
muy asequible para los jóvenes lectores de hoy.
El alquimista: Novela de Paulo Coelho que resalta el
valor de los sueños en la vida de los seres humanos. Está
llena de reflexiones acerca de la vida y enseña a
perseverar en el logro de una meta.
La fuerza de Sheccid: Su autor, Carlos Cuauhtémoc
Sánchez, reivindica el tema de los valores en el tema del
enamoramiento entre adolescentes y, así, nos cuenta la
historia de un muchacho sumamente idealista y sensible
que se enamora profundamente de una chica por la cual
enfrenta desafíos muy importantes. La novela tiene un
final inesperado.
El hijo del alba: Novela del joven escritor Gautama
Chopra (hijo del reconocido Deepak Chopra). Es la
historia del joven Hakim que se lanza impetuoso a la
búsqueda del poder y de la riqueza material; pero
descubre luego el sentido profundo y sabio de la vida.
Minutos de sabiduría: Hermoso libros de autoayuda, de
Torres Pastorino. Contiene una gran cantidad de breves,
33
sencillos; pero profundos y sabios mensajes acerca de
los diferentes aspectos de la vida. Ayuda mucho para
levantar el ánimo y ayuda también para tener una visión
clara de las cosas y para vivir con más sentido y amor la
vida. Tener este libro es como tener un consejero
espiritual en casa. Es de fácil lectura; muy apropiado
para los adolescentes del nivel secundario.
El vendedor más grande del mundo: Famoso libro de
Og Mandino que cuenta la poética historia de un joven
vendedor que, al final, no sólo aprende el arte de vender,
sino que aprende, gracias a diez pergaminos, secretos
muy hermosos para vivir la vida con sabiduría y
felicidad.
El éxito más grande del mundo: Popular libro también
de Mandino, que enseña verdades muy profundas para
alcanzar no solamente el éxito de bienes materiales en
esta vida, sino algo mucho mayor: el éxito integral.
El milagro más grande del mundo: Conocida obra de
Mandino que sirve para tomar conciencia del inmenso
valor del ser humano y del enorme potencial que
encierra.
Juan Salvador Gaviota: Poético y metafísico libro de
Richard Bach, ilustrado con bellas fotografías que, entre
otras cosas, enseña a ser indagadores de las cosas
superiores y a superar una vida mediocre.
Las siete leyes espirituales del éxito: Valioso libro del
Dr. Deepak Chopra que expone y sintetiza en forma muy
didáctica antiguas verdades de la filosofía védica,
organizadas en siete principios o leyes que nos permiten
lograr el éxito en los diferentes campos de la vida.
34
Explica conceptos tan fundamentales como el karma (o
ley de la acción y reacción) y el dharma (o propósito en
la vida).
Siddharta: Hermoso libro del alemán Hermann Hesse
que presenta una especie de introducción a la filosofía
oriental de la India. Está inspirada en la vida de
Siddharta Gautama (más conocido como Buda). Nos
permite apreciar verdades filosóficas muy importantes
que ayudan a vivir con más ecuanimidad y con más
sabiduría. Es una joya literaria.
El espejo del líder: Una de las obras de autosuperación
más recientes. Presenta, en diversos capítulos, una serie
de enseñanzas para el desarrollo personal y para ir
consolidando el perfil de un líder moderno, capaz de
organizar con eficiencia y con humanismo una empresa,
una institución, etc.
El profeta: Valiosa joya de la poesía del siglo XX y de
todos los tiempos, escrita por Khalil Gibran, uno de los
poetas de inspiración más elevada que han existido. No
sólo es un placer estético leer este libro; sino que es, al
mismo tiempo, un aprendizaje de profundas y sabias
reflexiones acerca de los diferentes y atemporales
aspectos de la vida humana como son: el amor, la alegría,
la amistad, el dolor, el matrimonio, el conocimiento, la
religión, los hijos, etc.
Océano de Sabiduría: Valioso libro escrito por la
máxima autoridad religiosa y política del Tíbet, el actual
Dalai Lama, Premio Nobel de la Paz. Con palabras
sencillas –propias de un maestro espiritual‒, nos ayuda a
descubrir una manera más consciente y más pacífica de
aprovechar la vida.
35
El secreto de las siete semillas: Didáctico y valioso libro
que cuenta la historia de un empresario orgulloso y
autosuficiente que, un día, se enferma. Gracias a un sabio
anciano, comienza a descubrir un nuevo y hermoso
sentido para su vida.
Infinitud humana: Importante y bello libro de uno de
los líderes actuales de la transformación humana, como
es Miguel Ángel Cornejo. Presenta breves textos, cada
uno de los cuales encierra una gran enseñanza de
desarrollo humano y de hallazgo de un sentido
trascendente para nuestra vida.
La oración de la rana: Conjunto de relatos de tipo
espiritual que alienta a vivir con integridad, con belleza
interior, encaminándose hacia la verdad y aspirando a
un nivel elevado de conciencia. Pertenece a Anthony de
Mello.
CONCLUSIÓN
Los docentes de Lengua y Literatura tienen, en su
misión educadora ‒y desde su particular necesidad de
fomentar la lectura‒, la valiosa oportunidad de ayudarse en
la amplia bibliografía de autosuperación de la cual, en este
ensayo, sólo hemos mencionado algunos títulos. Vivimos en
una época tan conflictiva y tan atravesada de intereses y
desorientaciones, que resulta de gran importancia
incentivar en los educandos la lectura de libros tan valiosos
como los mencionados; libros que, por sus altas cualidades
e iluminadores mensajes, pueden constituirse en sólidos e
inolvidables faros que iluminen la vida de cada adolescente
36
navegante de este mundo, con lo cual será posible evitar
que nuestros educandos caigan en tristes naufragios
existenciales y, por el contrario, alcancen las playas y los
puertos hermosos de una vida útil, profunda, feliz y
próspera.
Primavera del 2007.
37
Condensación y contrastes
en un poema de Eguren
1. Condensación
Oscar Quezada 1 explica que: “La
enunciación, en el momento de
discursivizar las estructuras
narrativas, puede derrochar figuras o
ser muy austera con ellas. Esto da pie
para imaginar el discurso como una
materia elástica, ‘estirable’ a voluntad
por la enunciación” (p.314). Se trata
de uno de los rasgos más interesantes de la enunciación,
específicamente, de la literaria, si se tiene en cuenta que el
trabajo del poeta o narrador muestra una operación intensa
con el lenguaje, ocurriendo un sinnúmero de adiciones o
sustracciones de palabras, frases, figuras, versos, etc.
Ocurre no sólo en la etapa de corrección del texto literario,
sino también en el proceso mismo de creación. Quezada
dice a continuación: “Los términos de esta elasticidad del
discurso son la expansión y la condensación. La crónica, el
reportaje, el largometraje, la epopeya, son textos de la
expansión. El titular, el lead, el “slogan” publicitario, el
cortometraje, son textos de la condensación” (p.314)2. La
ejemplificación del autor explica claramente cada uno de
los términos. En literatura, se acepta que la narración es
1
QUEZADA MACCHIAVELLO, Oscar. Semiótica Generativa. Lima.
Universidad de Lima. 1992.
2
El subrayado es nuestro.
38
análisis y la poesía, síntesis. Es evidente que hay una
estrecha relación entre análisis y expansión y entre
condensación y síntesis. Esta equivalencia nos permite
pensar que una novela es un acto de expansión por la
abundancia de hechos narrados, de personajes, detalles, etc.
Y, por el lado opuesto, la poesía es un acto de condensación
por la expresión de un mundo de ideas, sucesos y
sentimientos en una extensión textual limitada. En el caso
de Eguren, son varios los críticos que han subrayado la
capacidad del autor de “La niña de la lámpara azul” de
sintetizar ‒de condensar‒ el lenguaje, siguiendo lo que, tal
vez, pudo haber sido uno de los principios de su arte
poética: un mínimo de palabras y un máximo de efecto
poético. Este concepto de condensación es notoriamente
observable en “Gacelas hermanas”, poema que es materia
de este breve estudio.
El texto
El texto “Gacelas hermanas” pertenece al grupo de
poemas que Eguren no recogió en ninguno de sus libros. Sin
embargo, dada su indudable calidad estética, fue incluido
por Scorza en un libro editado por el Patronato del Libro
Peruano3.
GACELAS HERMANAS
Gacelas hermanas!
eran dos; en el bosque sombrío,
las ví en la mañana.
Luego reclinadas
3
EGUREN, José María. Poesías escogidas. Selección de Manuel Scorza
con un estudio de José Carlos Mariátegui. Lima. Patronato del Libro
Peruano.
39
en los dulces helechos hermosos,
las ví por la playa.
Ya tiernas, livianas
por los viejos caminos huían
del cuerno de caza.
Luego en la montaña
al oculto dios campesino
oraban, oraban.
Y en la tarde blanca,
las ví muertas en claro de bosque
¡gacelas hermanas!4
El título (GACELAS HERMANAS) cumple con su
función metadiscursiva (domina la totalidad del texto) y
con su función semántica (condensa el sentido del poema).
Al enunciador le han bastado sólo dos palabras en el título
para condensar el sentido del poema. Incluso ha
prescindido del artículo “Las” porque, desde su especial
perspectiva de economía lingüística y de síntesis estética,
se trata de una palabra prescindible.
Por otro lado, es posible suponer que cada estrofa
resulta ser la condensación de una o más posibilidades
enunciativas mayores. Podemos imaginar, entonces, una
versión previa sobre la cual ha trabajado el autor,
recurriendo a supresiones, reducciones, etc.; es decir, al
acto de condensación. De la lectura atenta de cada estrofa,
podemos observar cómo el autor abrevia los versos
suprimiendo palabras e incluso comas hiperbáticas,
4
La tildación en la palabra vi corresponde al original.
40
otorgando al texto una brevedad poética notable. Así pues,
Eguren logra reducir a la mínima expresión la extensión del
texto poético. Una acentuada austeridad en el uso de las
palabras que le permite una sólida estructura verbal capaz
de producir una significación sorprendente y un nivel
estético magistral. Se trata, quizá, de una de las exigencias
características del trabajo poético de Eguren: pocas
palabras; mucha poesía. Trabajo minucioso de orfebre,
conciencia permanente de que cada palabra tenga “razón
de ser y razón de estar” en el discurso poético, como si se
tratara de la extrema concisión de un haiku o de un
telegrama.
2. Contrastes
Encontramos realizado en el texto el sema /muerte/,
el mismo que lo entendemos por su oposición al sema
/vida/ (que no se realiza en el texto en forma aparente;
pero se esconde bajo otras figuras realizadas en el discurso:
“gacelas”, “mañana”, “helechos hermosos”, “playa”). El juego
de las oposiciones permite la generación del sema /vida/
en la dinámica interna del poema, produciéndose la
llamada oposición in absentia.
Tenemos, también, la oposición entre los clasemas
/naturaleza/ y /cultura/. El primer clasema se sustenta en
los lexemas: “gacelas”, “bosque”, “helechos”, “playa” y
“montaña”. Se trata de la naturaleza en su estado puro, que
goza de armonía y belleza en plenitud. Por el contrario,
aparece el clasema /cultura/ sostenido, en este caso, por
los lexemas “cuerno de caza”, que indica la intervención de
la mano del hombre; específicamente, a través de una
práctica socialmente aceptada (o, al menos, no totalmente
prohibida) como es la cacería de animales. Esta actividad
41
social, cultural, constituye ‒desde la óptica del enunciador
del texto‒ una grave afrenta contra la vida; una dolorosa
carencia de espíritu de no-violencia y una ausencia evidente
de conciencia ecológica. El clasema /cultura/ no se refiere,
en la isotopía del texto, al aporte constructivo del hombre
(como pueden ser otras prácticas culturales; llámese
pintura, escultura, agricultura, danza, etc.); sino que se
refiere a una actitud destructiva, a una costumbre
éticamente cuestionable como es el dar muerte a animales
inocentes como una inclemente forma de diversión y
placer. De otro lado, podría plantearse la posibilidad de una
lectura histórica del texto, apoyada en el clasema que surge
de la figura del “cuerno de caza” (en épocas feudales, se
utilizaba el cuerno para la actividad de la cacería). En este
sentido, podría afirmarse que el enunciador cuestiona una
práctica cultural de épocas pasadas. Pero, no. Su
crítica se extiende también para este tiempo.
Otra oposición importante que aparece en el poema
es la de los clasemas /sagrado/ y /profano/. El primero
está sostenido por los lexemas: “gacelas hermanas”,
“bosque”, “montaña”, “oculto dios campesino” y “oraban,
oraban”. Diversas culturas, como la inca, la hindú o la
tibetana, encuentran una dimensión sagrada en la
Naturaleza. En este sentido, son sagrados las gacelas y
demás animales; como es sagrado el bosque mismo
(adonde, por ejemplo, acudían los yoguis de la antigua India
para sumergirse en meditaciones místicas). Así también, las
montañas tienen una dimensión simbólica en el terreno de
lo sagrado (fue en una montaña, por ejemplo, donde Moisés
recibió instrucciones de Dios). No es fortuito que Eguren
escriba: “Luego en la montaña/ al oculto dios campesino/
oraban, oraban”. La figura del “oculto dios campesino”
acentúa notablemente esta perspectiva sagrada en el texto.
42
Y “oraban, oraban” aporta, además, semas cargados de
intensidad afectiva como: /súplica/, /ruego/, /amor/,
/pureza/.
La red figurativa correspondiente al clasema
/sagrado/ nos hace pensar en la profunda dimensión
sagrada de la Vida. El enunciador revela que esa dimensión
existe; que hay un “oculto dios campesino” al que los seres
del bosque acuden con gran devoción; entre otras cosas,
para suplicar ayuda y auxilio ante el peligro. El texto
plantea, sin duda, que el hombre no tiene derecho a ofender
el santuario de la Naturaleza, quitando la vida a seres
hermosos e indefensos como son, en este caso, las dos
gacelas hermanas. El clasema que se opone a /sagrado/ es
/profano/, sostenido por los lexemas “cuerno de caza”. Así
pues, la acción cruel del cazador constituye una grave
ofensa a la sacralidad de la Vida; destruye lo sublime, lo
bello; destroza la natural armonía de la Naturaleza. Se trata,
en suma, de una acto humano de profanación que atenta
contra el don sagrado de la Vida.
El sema nuclear /oración/ refuerza el clasema
/sagrado/. Los actores constituyen entidades figurativas de
tipo zoomorfas (son gacelas) y al enunciarse que “oraban,
oraban”, como lo harían dos seres humanos, se produce la
configuración discursiva de Misticismo (en la que
concurren además otras figuras sémicas: “viejos caminos”,
“montaña”, “oculto dios campesino”) que acentúa en el
poema la dimensión de lo sagrado.
Otra oposición clasemática se da entre /paz/ y
/violencia/. El clasema /paz/ se sustenta en los lexemas:
“gacelas hermanas”, “reclinadas”, “dulces helechos
hermosos”, “ya tiernas, livianas” y “playa”. El clasema que
43
se le opone (/violencia/) está apoyado en: “huían”, “cuerno
de caza” y “muertas”.
Existe una correlación entre las oposiciones
encontradas anteriormente. Se trata de una homologación
que permite la siguiente lectura: La Vida es bella y plena ahí
donde hay paz. Por el contrario, la violencia conduce a la
muerte.
El texto, además, establece un proceso entre las
estructuras de la significación, dinamizando a ésta. Al
principio, las gacelas habitan un espacio de Vida, de paz, de
belleza sublime y amor. Sin embargo, ya desde el segundo
verso, el enunciador anticipa que lo que sucederá con las
gacelas será algo funesto. Esta señal aparece en la figura
sémica “bosque sombrío” (que por su función anunciadora
parece “desentonar” en relación con las demás figuras de
las dos primeras estrofas). El enunciatario habrá de
apreciar, posteriormente, lo que será un tránsito de la Vida
hacia la muerte.
La tercera estrofa indica la amenaza de la muerte (la
violencia que se presenta para oponerse a la paz inicial) y
figurativiza también el deseo de seguir viviendo y la lucha
por la supervivencia: Ya tiernas, livianas/ por los viejos
caminos huían/ del cuerno de caza. En la lucha por
mantener el estado de Vida –y evitar el violento tránsito
hacia la muerte‒, las gacelas hermanas acuden al santuario
de la montaña para suplicar a un poder superior (el oculto
dios campesino) la ayuda necesaria. Finalmente, el acto
violento de la cacería realiza el cambio de estado,
transforma la vida en muerte: Y en la tarde blanca, / las ví
muertas en claro de bosque/ ¡gacelas hermanas!
44
El último verso (¡gacelas hermanas!), una
exclamación, no sólo contribuye a expresar el dolor del
enunciador por el suceso infausto ocurrido; sino que desea,
además, captar toda la atención del enunciatario para
recalcarle que las dos gacelas muertas tenían un estrecho
grado de parentesco: eran hermanas (poética humanización
que revela sensibilidad y conciencia elevadas); es decir, que
la afrenta cometida es aún más grave y, por eso mismo, más
dolorosa.
El texto presenta así un recorrido semiológico que se
refiere al camino de un proceso y de un tránsito: de la paz y
la Vida a la negación de la Vida y la paz, para terminar en la
violencia y la muerte.
__________________________________________________________
Referencias:
BLANCO, Desiderio y BUENO, Raúl. Metodología del análisis semiótico. Lima.
Universidad de Lima. 1980.
EGUREN, José María. Poesías Escogidas. Selección de Manuel Scorza con un
estudio de José Carlos Mariátegui. Lima. Patronato del Libro Peruano.
QUEZADA MACCHIAVELLO, Oscar. Semiótica Generativa. Universidad de Lima.
1992.
45
Las crónicas de un explorador
En la exploración de la naturaleza
humana y de los inextricables
senderos de la vida (siempre dotados
de ironía, paradojas y dialéctica),
Gilbert Delgado parte hacia la
búsqueda de sí mismo. Que es decir,
también, hacia el encuentro de una
definición en su expresión literaria.
Es por ello que ensaya con el
lenguaje, con la extensión del relato,
con la estructura, con el manejo de técnicas narrativas, con
la selección de ambientes y de temas. Su experimentación y
búsqueda no es vana. ¿No está escrito que el que busca
encuentra? En El gesto de la Monalisa, presenta una
atrayente diversidad narrativa: desde los reflexivos textos
breves ‒que nos hacen recordar a los de Anthony de Mello,
en La oración de la rana, por ejemplo‒, hasta los relatos
andinistas más sueltos y extensos en los que recrea el habla
de la sierra, con todos los aspectos sociales y culturales que
una variedad dialectal connota.
En su indagación de las cosas humanas, Delgado
encuentra la contradicción y la dualidad (la ira y la tristeza,
la luz y la oscuridad, saber popular y saber académico,
razón y creencia popular, voluntad y hado), la necesidad de
orientarse hacia lo trascendente, la crisis del sistema
educativo, una sociedad sin equilibrio, la falta de
inteligencia interpersonal; pero, también, el amor (con un
46
cierto aire metafísico) y el lado cómico de la vida (que
traslada a la zoología y al mundo vegetal, en “Cosas de
animales” y “Cosas de vegetales”, respectivamente). Delgado
es un explorador de lo humano; pero, también de lo
literario. Su mapa de ruta tiene ‒en este viaje que
denomina El gesto de la Monalisa‒ cinco estaciones;
todavía, breves; pero ya con sorpresas y hallazgos
importantes.
I: “A la búsqueda del equilibrio”.
En el relato “¿Quién rompió la carpeta?”, hay una
indagación de la realidad interior de las personas,
identificando un rasgo ‒¿sólo contemporáneo?‒: la cadena
del enfado, de la ira, en una alternancia de impotencia y de
poder. Siguiendo a Osho, Delgado escruta la génesis de un
acto de indisciplina escolar: es la ira en escalera, desde el
escalón más alto al más bajo. Desde esa lógica, el
responsable del incidente no es el alumno; sino el director.
El tema del enfado y la ira nos trae la frase de Ramiro Calle:
“Ésta es una sociedad enferma porque no ama”.
En “Más allá del cielo”, Delgado retrata el terror de lo
inminente y un acto reflejo típicamente humano: la
búsqueda de Dios en el infortunio. Y cómo, también, una
situación límite puede permitir avizorar lo trascendente;
pero que, por desgracia, la tragedia frustra. Es por eso que
el relato interpela al lector: “¿... qué tendría que pasar para
decidirte hoy mismo a trasponer tus propias fronteras, a
descubrir qué hay más allá del cielo?”. Bien puesto el
monólogo interior y el flash back. Y precisos tres enfoques
narrativos: del narrador, del actante y del lector
interpelado (que nos hace evocar el procedimiento
reflexivo de A. de Mello).
47
“El justo medio” es la confrontación de dos discursos:
de padre e hijo, en que la sagacidad y argumentación de
éste gana; pero le origina a aquél una inquietante duda.
Brillante diálogo en que la perspectiva lúcida del hijo se
sustenta, precisamente, en las afirmaciones del padre. En
nuestra opinión, la “duda aristotélica” del padre carece de
fundamento. Y nos viene el recuerdo de la sabiduría
gibraniana respecto de los hijos: “Podéis darle vuestro
afecto; pero no vuestros pensamientos, porque ellos tienen
sus propios pensamientos”.
“Las lágrimas de la Luna” es un relato con sabor a
leyenda que despliega enfoques distintos respecto del valor
del Sol y la Luna, todos convincentes (un mérito del autor).
Al final, el texto configura una metáfora, una alegoría, de lo
fútiles que resultan la soberbia y la vanidad, pues siempre
se darán “de cara con la negra realidad”.
“Yin sin Yang”, expresa una crítica (que ojalá Delgado
profundice en otra ocasión) al sistema educativo, y tiene,
otra vez, ese fresco aire de relato a lo A. de Mello. Hay un
cuestionamiento a los defensores de la supuesta
modernidad que no hacen otra cosa que preparar “su
propio final”. Critica a las publicitadas instituciones
educativas que proclaman la vanguardia de los avances
tecnológicos; pero que, en realidad, siguen anclados en el
verticalismo y enseñanza tradicionales. En una sociedad
alienada, hay quienes son conscientes de ser objetos de
explotación (los menos) y quienes son “esclavos
inconscientes” (los más). El título, Yin sin Yang, alude a una
sociedad desequilibrada. Por otro lado, el cambio social se
complica porque no hay “visionarios” ni “revoltosos”, porque
los Medios de Comunicación devienen, más bien, en Medios
48
de Manipulación (recuérdese los análisis de Noam Chomski,
al respecto). El final inesperado del relato sugiere la
necesidad del oponente, que es hablar de la unidad de los
contrarios (¿no son las contradicciones un motor de
desarrollo?; pero, una sociedad libre y fraterna, ¿necesitará
siempre de la lucha de contrarios?).
“Cuentan de un mendigo que un día”, parece indicar
que el amor en la senectud es apenas recuerdo, nostalgia y
no más. El hambre de amor y la orfandad actual de la raza
humana se simbolizan en una anciana cuyo amor al nieto le
recuerda el amor que un día perdió. La piedad que pide el
“mendigo sin esperanza” no es, entonces, para la anciana; es
para la humanidad entera.
II: “El lado reflexivo”.
Retazos de meditaciones, relatos breves, inteligentes
pinceladas, siempre respecto de la condición humana.
1) “Verdades que matan”: Ácida ironía y golpe a la
superstición.
2) “Mala hora”: Mensaje premonitorio o el augurio de
las palabras y una tragedia precisa y despiadada. Bien
logrado cuento breve que narra el trágico final de un idilio,
donde el celular adquiere insospechado protagonismo y, al
mismo tiempo, fúnebre connotación.
3) “Todo sea por mí”: La felicidad como recompensa;
en especial, esa felicidad súbita, inesperada; pero bien
merecida. Es la alegría que nace de un acto bueno surgido
del amor paternal.
4) “El triunfo de la voluntad”: Afirmación convencida
de que la Voluntad tiene más poder que el Hado (si es que
existe) o, dicho de otro modo, se trata de la pugna entre la
49
lucha del hombre contra el supuesto destino que le impone
lo que no acepta. La vida no es algo que simplemente nos
sucede; la vida es una historia que podemos ser capaces de
crear.
5) “Amor constante más allá de la vida”: Expresa, con
cierta metafísica, la fuerza y el misterio del Amor. Breve
relato de amor maternal, no más allá de la muerte; sino
“más allá de la vida” (en la dimensión de la eternidad).
6) “El astuto enemigo”: La dualidad día/ noche; la
permanente batalla de luz vs. oscuridad; y de cómo esta
última actúa con maquiavélica astucia para captar a los
incautos.
III: “Entre lo uno y lo otro”
1) “El burrito meteorólogo”: La oposición saber
popular/ saber oficial, asociado a la humildad y a la
soberbia, respectivamente. Y es que el verdadero saber
académico sabe respetar y valorar el saber tradicional;
máxime, si en no pocos casos la investigación científica
concede razón a conocimientos ancestrales. ¿No existe, hoy,
la medicina alternativa que rescata saberes antes
despreciados por el dogmatismo occidental? Relato para la
polémica, y con ingrediente humorístico.
2) “Tal haces, tal pagas”: Divertido relato acerca de un
pícaro andino cuyo castigo revalida la vieja frase “Cosechas
lo que has sembrado”. Loable el esfuerzo del autor por
recrear el lenguaje de los pobladores de nuestra serranía.
3) “Rosca, rosquete, rosquetito”: Gracioso relato
basado en una estampa serrana de Gilberto Díaz Torres
‒conforme indica el propio autor‒. Presenta la casual
revelación acerca de la debilidad de un don Juan Tenorio,
más bien infortunado (debilidad que algunos psicoanalistas
50
sospechan también, respecto de los donjuanes, aunque sin
generalizar).
4) “Juégate con los santos; no con las ánimas”: Otro
relato con tono andinista que presenta la oposición razón
vs. creencia popular.
IV: “El lado sonriente”
1) “Cosas de Animales”: Excelente relato, elaborado
sobre la base de una hábil y lógica concatenación de ironías
y risibles paradojas; evidencia el humor e ingenio del autor.
2) “Cosas de vegetales”: Similar y complementario del
texto anterior, con el agregado que indica G. Delgado (la
colaboración de su hijo Darío Alexander).
V: “El desequilibrio: una amenaza”:
Con un solo relato, “La noche que murió el Pichi”,
ilustra el problema del desequilibrio emocional y de lo que
Calderón de la Barca sintetizó como “El mayor monstruo, los
celos”. Es un cuento bien pensado, con final sorpresivo que
obliga a repetir la lectura para comprobar que el culpable
no era “el Pichi”, sino el repartidor de sal.
Tal es el viaje literario que se propuso realizar Gilbert
Delgado, con cinco estaciones, cada cual con su color y
paisaje. Ha buscado escudriñar en el misterio de la
Monalisa, que es explorar en las cuestiones humanas, que
son, también, las del arte y la literatura. Y, para eso, Delgado
ensaya temas y lenguajes, formas y técnicas narrativas;
explora ambientes; arriesga recursos; oscila entre el texto
breve e incisivo y el relato más detallado. Hay en Delgado la
necesidad de mostrar una pluralidad de perspectivas de las
cosas, así como de identificar las dualidades y
51
contradicciones de la existencia humana. No cabe duda, por
otro lado, que uno de sus ejes temáticos es el equilibrio, en
el individuo y la sociedad. La 1ra. estación de su viaje se
denomina “A la búsqueda del equilibrio”; y la última, “El
desequilibrio: una amenaza”. ¿Significa que la búsqueda fue
infructuosa? ¿O indica, más bien, que su búsqueda personal
del equilibrio continúa? Difícil tarea en un mundo que se
caracteriza, precisamente, por el desequilibrio. De esa
cruda y diaria constatación, le sobreviene a Delgado una
inevitable angustia existencial, que es uno de los motivos de
su trabajo literario, que ya muestra tramos de prosa
notable y bien definida. En “El lado reflexivo”, por ejemplo,
Delgado muestra un talento inobjetable para el relato breve
que, ojalá, siga cultivando.
Pero, El gesto de la Monalisa evidencia, también, esas
dos vocaciones tan intrínsecas de todo aquel que nace para
la narrativa: la de ser un agudo observador de la
humanidad y la de ejercer, lúcidamente, el derecho de
crítica de la realidad, en aras del hombre nuevo y de una
sociedad sin alienados ni alienadores.
Chiclayo, julio del 2009.
52
El maravilloso arte de la poesía
A pocos días de iniciada la
Primavera, la estación de todos
ustedes, jóvenes universitarios, y de
todos los jóvenes de espíritu; y
estando aún en septiembre, resulta
muy significativo hablarles de
poesía y es, por supuesto, un honor y una experiencia
memorable.
La poesía es, en todos los tiempos, una experiencia
extraña y, al mismo tiempo, fascinante, como lo es nuestro
propio corazón y nuestro espíritu. La poesía es un suceso
interior, la ebullición de ideas y sentimientos no exentos,
ciertamente, de ese motor de la historia individual y
colectiva que es la pasión. La pasión entendida como una
vasta energía humana dispuesta a servir a los más bellos
proyectos e ideales de la raza humana. No intentaré definir
la poesía porque lo eterno ‒como la vida y el amor mismo‒
parece ser indefinible. Sí diré que la poesía es tan antigua
como el hombre y que nos acompaña toda la vida, sabiendo
o sin saber, queriendo o sin querer. Y es una fortuna que así
sea porque la poesía nos ayuda a vivir; y es vida, también,
ella misma. Con la poesía, nos alegramos y nos
entristecemos. Con la poesía, nos enamoramos y
expresamos, incluso, nuestras cóleras. Es que la poesía es
una de las expresiones más profundamente humanas. Tú
lees un poema y no es sólo el sentimiento del poeta. Es el
sentimiento de la humanidad entera. Puesto que, conforme
53
enseñan los filósofos, al final, los seres humanos somos
integrantes de una Totalidad. Es solamente el ego el que
crea la ilusión de creernos seres aislados.
Entre los jóvenes y la poesía, siempre ha habido una
relación especial. Lo demuestra el hecho concreto de que,
cada década, en Chiclayo, por ejemplo, surgen nuevas
generaciones de creadores literarios, muchachas y
muchachos que viven la apasionante aventura de escribir,
de experimentar la realidad de sus sentimientos y del
lenguaje. A veces, su paso por la poesía es efímero; pero
dejan en la literatura, y la literatura en ellos, una hermosa
huella de amistad, que puede rebrotar en cualquier
momento. Y, a veces, el joven que se acerca a la poesía
queda conmovido y felizmente atrapado a ella para
siempre. Nos viene a la memoria el nombre y el legado
literario de Javier Heraud, “Poeta Joven del Perú”, cuya vida
se vio truncada, pero que pudo aun así dejarnos el recuerdo
imperecedero de su poesía fresca, diáfana, plena de
sentimiento y de amor por la vida y por la patria.
En cada uno de sus corazones, amigos universitarios,
jóvenes entusiastas, hay un algo ‒o un mucho‒ de poeta. Su
sensibilidad a la verdad, al amor, a la amistad y a la belleza
lo demuestra. Y es que, para ingresar a la maravillosa
dimensión de la poesía, sólo se necesita ideas y
sentimientos. Y eso, lo tenemos todos. Hablar de la poesía
es hablar, también, del desafío de tener mentes creativas.
¿Quién puede negar que la vida actual exige una tremenda
creatividad para afrontarla con éxito? Y, ¿qué es ser
creativo? Es, simplemente, estar mucho más despierto y
vivo que antes. Es ver distinto lo que todos ven. Es hallar
nuevas respuestas. Es disfrutar la alegría de superar las
limitaciones y alcanzar un plano de posibilidades infinitas.
54
En pocas palabras: ser creativos, y ser poéticos, es
sintonizar más profunda e intensamente con la VIDA.
Decía Mahatma Gandhi que la misión del poeta es
ayudar a descubrir lo bueno que hay en el corazón humano.
Decía Kalhil Gibrán que la poesía es el sublime oficio; jamás
vano, como algunos posmodernos intentan vanamente
persuadir. Decía Javier Heraud que la poesía es “el canto de
los pueblos oprimidos” y “el nuevo canto de los pueblos
liberados”. Decía el escritor francés Víctor Hugo que el
poeta es quien va delante de su pueblo portando una luz
para guiarlo. Por eso, alguien dijo, también, que los pueblos
que aman a sus poetas son pueblos grandes porque aman el
espíritu. Pero, ¿qué otra relación valiosa de la poesía podría
serles útil a ustedes, estudiantes de la valiosa carrera
profesional de Turismo? Pues, la relación de poesía y
Naturaleza. ¿No es la Naturaleza poesía en sí misma? ¿No es
la Naturaleza Creación también, al igual que la poesía y el
arte? ¿No se dice, por eso, que Dios es el Supremo Creador y
hasta el Supremo Poeta? Jóvenes amigos, es posible
descubrir en esa Naturaleza que ustedes promueven visitar,
disfrutar y cuidar, una dimensión poética. ¿No es poético
mirar una puesta de Sol en la playa de Pimentel? ¿No es
poético caminar por las calles tradicionales de nuestros
pueblos moches? La Naturaleza es poesía. Pero, hay que
estar dispuestos a sentirlo y a comprenderlo. Hay varios
tipos de turista. Pero, sin duda, el turista culto ‒por
ejemplo, el turista europeo‒ descubre un sentido poético en
sus viajes y en la Naturaleza. E intenta plasmarlo en sus
fotos y en sus diarios de viaje. Y lo lleva en su recuerdo. Es
hablar también del plano afectivo del turista, de su
sensibilidad. Hoy que el planeta vive una de las crisis
ecológicas tal vez más profundas de su historia, el turista es
más sensible a la Naturaleza. Y el profesional de Turismo,
55
sin duda, que lo es también. Existe, en tal sentido, una línea
de la poesía actual que busca crear consciencia respecto de
la Naturaleza. Algunos la llaman Poesía Ecológica. Es una
poesía que nace de corazones muy sensitivos que, por amor
a la Naturaleza y a la Vida, expresan en sus versos el
rechazo al daño ecológico, la protección del mundo natural,
de las especies en vías de extinción y el mejoramiento del
entorno basado en la armonía entre el desarrollo y el medio
ambiente. Hay otro aspecto fundamental de la poesía que
resulta interesante para ustedes, jóvenes estudiantes de
Turismo. Es la relación entre poesía e identidad regional. Es
la necesidad de conocer la poética tradicional y
contemporánea de nuestra región. Es leer y difundir
nuestras décimas, nuestras coplas, nuestras cumananas,
toda la poesía y el canto tradicional: marineras, huaynos,
tonderos, yaravíes, festejos, etc. Que toda canción no es sino
poesía con música, verso y melodía. Es descubrir también la
ligazón entre poesía, canto e historia, que la podemos
apreciar, por ejemplo, en la “Cantata al Señor de Sipán” y la
“Cantata Sicán”, bellas creaciones poético-musicales que
han recorrido diversas ciudades del mundo. Es invitarles a
ustedes, mentes creativas, a vivir la aventura de la creación
poética, expresando la vida en general; pero, también, si
quieren, expresando su amor por la Naturaleza, por los
viajes, por la región, por nuestras costumbres, por nuestra
historia, como nos enseñó, por ejemplo, el recordado
maestro Alfonso Tello Marchena.
Jóvenes estudiantes de Turismo, los viajes son
también un valioso estímulo para la poesía. Y es que las
múltiples impresiones sensoriales, afectivas, mentales y
espirituales dejan una huella profunda en el turista. Esa
huella y ese recuerdo puede ser aprovechado poéticamente,
incluso, por ustedes mismos. ¿No fue un viaje al Cusco el
56
que inspiró a Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura, la
gestación del canto lírico más grande que se ha hecho de
Machu Picchu y que se llama, precisamente Alturas de
Machu Picchu? Tal vez, en su desempeño profesional,
tengan la oportunidad, algún día, de guiar a poetas de otros
países y de otros continentes. Es muy probable que ese
viaje sea plasmado en poesía por tales poetas. Ténganlo
presente. Como hay que tener presente la relación
Literatura y Turismo en cuanto a que las ciudades que
están asociadas a grandes escritores son destinos turísticos.
Así sucede en España con la ciudad donde nació Cervantes.
Así sucede en el Líbano, donde nació Khalil Gibrán. Así
sucede en Chile, con Isla Negra, donde está la casa-museo
de Pablo Neruda. Así sucede en Cuba, con el lugar donde
vivió José Martí. Y así tendría que ser en el Perú con el
pueblo donde nació Vallejo, o con la casa de Eguren en
Barranco, o con el lugar donde vivieron Mariátegui y
Ribeyro; destinos turísticos culturales, literarios.
Pero debemos señalar, también, la necesidad de
cultivar un lenguaje fluido y acaso poético para el
desempeño de su profesión. Un profesional de Turismo,
como lo serán ustedes, será, sin duda un comunicador
social. Es vital, entonces, que cultiven su lenguaje a fin de
que sus mensajes sean efectivos, ya sean hablados o
impresos. Lean poesía. Les ayudará en ello. Lean a sus
poetas favoritos. Y, si son audaces, atrévanse a intentar
hacer poesía. No se pierde nada. Y siempre se gana en
experiencia y en emoción. Pero, recuerden, la imperiosa
necesidad de ser hablantes competentes, de tener un uso
creativo del idioma, un estilo. Que los turistas disfruten de
lo que conocen; pero que también disfruten de tu lenguaje.
Puedes tener una manera poética de hablar al turista acerca
de Sipán, de Túcume, de las playas norteñas, de la historia
57
de los moches. Sería un valor agregado en ti mismo. Lee
libros de viajes, relatos, novelas, poesía de la más alta
calidad. Y escribe, redacta mucho, cada vez que puedas.
Recuerda que necesitas comunicarte bien y saber
comunicar nuestra riqueza turística. Lo menos que puedes
hacer es hablar y escribir correctamente. Lo ideal es que
alcances un nivel poético. Imagina cómo sería una guía
turística, los trípticos, los afiches, las páginas turísticas de
revistas, libros e Internet, no sólo con bellas imágenes,
como las de Heinz Plenge; sino, además, con una redacción
culta y poética. Sería algo especial y de mucha calidad.
Así que la poesía no es solamente algo aislado y
romántico. La poesía está conectada con la Vida misma. Hay
una dimensión poética en casi todo. La poesía está en todas
partes: en la Naturaleza, en la historia, en los pueblos, en el
corazón y el espíritu, en los viajes, en la amistad, en los
ideales más bellos, en el amor, en la juventud, en la
primavera, en septiembre, en todo el año. Acérquense a la
poesía y no sólo como lectores. Anímense a escribirla. Tal
vez, en secreto; tal vez, compartiéndola. Y sientan que el
idioma que hablamos ‒a veces, tan corrientemente‒ puede
adquirir una dimensión extraordinaria para dar y recibir
sensibilidad y para hacernos personas más humanas y más
despiertas a la vida, al amor, al turismo y a la paz.
Pimentel, 29 de septiembre del 2009.
58
Poesía y trascendencia humana
¿Qué es el hombre sino un
grano de polvo esparcido en la
infinitud del Universo? Un ser
sorprendentemente pequeño y
frágil. Materia dotada de
espíritu o ser espiritual que ha
adoptado, por un tiempo, la
materialidad humana. Y, sin
embargo, un ser que siente y
sabe que siente; un ser que
piensa y sabe que piensa. El
hombre, con la extraordinaria
cualidad de la consciencia. De la que le nace la
comprobación de lo limitada de su naturaleza; pero,
también, la visión de sus posibilidades y sueños y la sed de
autorrealización y trascendencia.
En términos de cronometría universal, la vida del
hombre resulta casi un evento efímero; y, sin embargo,
importante. La vida es demasiado corta cuando se la piensa
y se la vive en función de grandes ideales y con una visión
profunda de realización personal y colectiva. Y, sin
embargo, la vida moderna nos agobia con asuntos banales
que tienen la efectividad de distraernos de nuestros más
valiosos sueños y proyectos. Decía Mahatma Gandhi que, al
final, lo único que importa es aquello que lleva el sello de la
eternidad.
59
En esa perspectiva, el arte cumple una función
esencial porque nos descubre una de las dimensiones más
hermosas y más elevadas del ser humano. Pasan las modas,
se suceden los “ismos”; pero, en cambio, las grandes obras
de arte se mantienen vivas: en su bella materialidad, en su
refulgente significado y en el corazón de toda la humanidad.
Entre las artes, una de las más antiguas ‒tan antigua que
dan ganas de decir que, tal vez, le antecedió al hombre‒ es
la poesía.
La poesía acompaña al hombre desde tiempos
remotos. Mirar atrás y escudriñar en la historia el origen de
la poesía, es perderse en la bruma del tiempo. Y es oír las
vibraciones atemporales del Baghavad Gita, por ejemplo, en
la India antigua; o ver el rostro impertérrito de Homero
verbalizando La Odisea en alguna marmórea plaza de la
hermosa Grecia. Ir tras los pasos de la poesía es volver a
Dante, a Petrarca. O es, también, refrescarse en la vieja
poesía de Rumi, en la mística de Tagore, en la sapiencia de
Kalhil Gibrán, en las visiones de William Blake. Es hacer un
alto en cada movimiento literario para contactar con el
espíritu que los animó: con Schiller, por ejemplo; con
Novalis, con Pushkin, con Rubén Darío, con Baudelaire, con
Paul Eluard. Caminar con la poesía es mantener la
capacidad de asombro ante las felices y geniales
experimentaciones poéticas de, por ejemplo, los
vanguardistas de Europa y, en el Perú y el orbe entero, de
nuestro inmortal Vallejo.
La poesía es uno de los emblemas esenciales de la
humanidad. Es testimonio perenne de la facultad ya no sólo
creadora; sino, además, transformadora del hombre. Y es
que, en estos tiempos, necesitamos reivindicar el poder
constructivo y humanizador de la palabra poética. Víctor
60
Hugo afirmaba que el poeta es quien va delante de su
pueblo sirviendo de guía. El poeta tiene la posibilidad de
ayudar a esclarecer la condición humana desde su
dimensión más profunda. Más allá de la visión romántica y
el nihilismo de algunos enfoques postmodernos, el poeta
tiene el privilegio de poder influir en la conciencia social. La
poesía no es vano oficio; es un arte fundamental en la
historia del hombre. Hay, en la poesía, sin duda, una dosis
de idealismo en el sentido más altruista del término. El
poeta es un Quijote en una sociedad precaria y saturada de
fatuidad. El poeta es un guerrero de la humanidad en un
mundo signado por la oscura alienación fabricada por los
poderes omnívoros del capital y del imperio más nefasto de
la historia humana; tan nefasto que ha conducido al planeta
a una crisis ambiental que podría alcanzar dimensiones
dantescas. El poeta no es sólo una antena social; es, además,
el barómetro que indica el nivel de evolución espiritual de
un pueblo. Decía Facundo Cabral que el poeta ayuda a
descubrir al ser humano que yace debajo del ciudadano. Es
decir que revela nuestro ser más genuino.
La poesía ha sido y será siempre una aliada de la
libertad. Al poeta puede negársele muchas cosas; pero, el
don que siempre reclamará es el de su libertad. Es por eso
que la poesía resulta incómoda al poder y a las dictaduras.
Porque la poesía es audacia y libertad, es rebelión lúcida y
coraje, también. Javier Heraud escribió que la poesía es “el
canto de los pueblos oprimidos”; “el nuevo canto de los
pueblos liberados”. Y también dijo que “la poesía es,
entonces, el amor, la muerte, la redención del hombre”.
Intuyó una metafísica dentro de los propósitos del
quehacer poético. Una metafísica que podemos asociar con
la búsqueda de la trascendencia humana; que es
61
preguntarse qué hacer con la vida para que no sea una
eventualidad vacía y estéril.
Trascender es superar la rutina y la alienación. Es
adherirse a un ideal y trabajar por él. Trascender es dejar
un legado y ponerse del lado de los que ayudan a mejorar el
mundo. Es la poesía que desautomatiza ‒como la literatura
en general‒ y que abre nuevos caminos y posibilidades. La
poesía que sensibiliza y, más aún, espiritualiza (enseña
Wayne Dyer que no somos seres humanos con eventuales
experiencias espirituales; sino seres espirituales con
eventuales experiencias humanas). La poesía logra la
interiorización, que ya es una forma de meditación; es
decir, una posibilidad de conectarnos con nuestro centro,
con nuestro yo profundo. La poesía como arte que no está
interferida por el ego ‒conforme reclamaba Osho‒; sino,
como energía que fluye libremente cuando el poeta deja
que suceda el acto poético.
La poesía es, también, un viaje hacia la experiencia de
la autenticidad. En una época en que se diseñan y se
imponen estereotipos masivos, la poesía cumple una
función liberadora y de fortalecimiento de la identidad
personal que se muestra en la libre expresión a través del
texto poético. La poesía, incluso, desenmascara. Por ello,
permite evaluar el estado de salud de una sociedad. Un
libro de poesía es una radiografía social. Y el poeta
reivindica la posibilidad de una sociedad sin alienados ni
alienadores, una sociedad que propugne la autonomía y el
amor a la verdad.
La poesía es un oficio solitario; pero, al mismo tiempo,
solidario con su entorno próximo y con la humanidad
entera. La poesía convoca a la fraternidad. Este encuentro
62
de hermanas y hermanos poetas es un testimonio de ello.
La poesía nace y se dirige desde una dimensión esencial
humana; es por eso que trasciende espacios geográficos y
tiempo. Nos sigue emocionando una oda de Fray Luis de
León y los harawis incas. Nos siguen conmoviendo las
coplas de Manrique y los versos de Kabir. Los poetas son
apologistas del amor y la ternura, dos sentimientos que la
supuesta modernidad no considera rentables porque la
dictadura del capital sólo se complace con el oro y el poder.
Pero la poesía, siendo una expresión humana, siempre
estará del lado de esos dos sentimientos que nos identifican
como especie humana, que son el amor y la ternura. Así que
los poetas son instrumentos maravillosos no sólo de la
libertad; también, del amor.
La poesía es una forma de estar conscientes (ideal tan
valioso para los budistas, por ejemplo); o es un medio para
ir logrando, paulatinamente, un estado de conciencia, del
estar despiertos en el aquí y el ahora para ‒conforme
enseña Cabral‒ no perdernos la fiesta de la Vida y no dejar
de estar atentos al dolor o al gozo de los demás seres
humanos. Conciencia que nos permite ver con lucidez la
realidad objetiva y, sobre esa base, procurar valorarla,
cuestionarla y transformarla en aras del bien común.
Conciencia para comprender que somos mucho más que
materia observable y temporal; que tenemos un
pensamiento que puede sobrevivirnos, que tenemos amor y
libertad, visión y utopía plasmados en diversa y polícroma
poesía que seguirá latiendo cuando nosotros ya no estemos,
y que seguirá animando a la propia Vida y a nuevos poetas
y soñadores en la batalla todavía larga por reinstaurar el
Reino del Amor y la Fraternidad Universal que han
poetizado y profetizado tantos poetas del pasado y de
siempre.
63
En su discurso para el Congreso de Escritores
Antifascistas, Vallejo indicó, parafraseando a Arquímedes,
que el poeta tiene el punto de apoyo para mover el mundo:
ese punto de apoyo es la palabra, la poesía. Era su
vehemencia de hacer ver que los escritores tienen un
recurso formidable para actuar en la tierra: el poder de la
palabra. Un poder que está al servicio de los ideales más
bellos y más elevados del hombre. Es por eso que, en estos
tiempos, necesitamos hacer los esfuerzos necesarios para
reconectar la palabra poética con los pueblos, para superar
la barrera que parece separar a los artistas e intelectuales
de la ciudadanía. “Todo acto y voz genial viene del pueblo y
va hacia él”, escribió nuestro poeta santiaguino. Y es una
idea que recobra sentido en la actualidad. Que es también
recuperar la utopía del Mundo Nuevo, mediante la poesía
ayudando ‒como poetizó Vallejo‒ para que todos sean
hombres; es decir, para volver a la humanidad perdida y
para lograr realizar la profecía vallejiana de vernos, algún
día, “con los demás, al borde / de una mañana eterna,
desayunados todos”.
La poesía es, pues, un arte que nos impulsa a la
trascendencia y una obra que nos trasciende. Es la razón
por la cual siguen vivas tantas obras poéticas. Es la razón
por la que, para el mundo, sigue vivo el espíritu de los
poetas. Puesto que la poesía es un factor de crecimiento
cualitativo de la humanidad. Puesto que la poesía se
adhiere a los anhelos más valiosos del espíritu humano. La
humanidad no sería la misma sin la poesía. Y la poesía ha
nacido para ayudar a mejorar la vida, para convocarnos a
seguir trabajando por los ideales más altos y por las
razones más bellas del planeta, por todo lo que nos enaltece
como seres humanos y por todo lo que nos vuelve
trascendentes en el sentido más humilde y más
64
constructivo del término. La poesía reivindica a la
humanidad y nos revela el poder del espíritu, que es,
finalmente, la fuerza que nos sobrevivirá cuando
corporalmente ya no estemos, cuando sean nuestros versos
los que todavía sigan hablando, como decía Víctor Jara, “las
verdades verdaderas”.
Chiclayo, octubre del 2009.
65
El dedo sobre la llaga:
una visión crítica de nuestra educación actual
Gilbert Delgado se lanza al ruedo. Ya en
El gesto de la Monalisa había anunciado
un agudo inconformismo con el
comúnmente llamado “sistema
educativo” (porque habría que ver si
alcanza, en verdad, la categoría de
sistema y si resulta ‒en esencia; no, en
apariencia‒ educativo); ahora, con
7 Pecados Capitales de la Educación
Actual, Delgado, con la legitimidad que le otorga el ser
profesor de aula (muy destacado, además), decide la
audacia de cuestionar lo que, regularmente, se acepta. Y,
recobrando, acaso, el brío del espíritu estudiantil (Delgado
egresó del I.S.P. “Sagrado Corazón de Jesús”, donde muchos
ejercimos, con pasión y amor por los libros, el derecho a
pensar y a expresarnos libremente), cual inusual cruzado o
versión regional de Alonso de Quijano, sugiere una batalla
‒no quimérica, sino bastante lúcida‒ en el campo de la
institucionalidad y práctica educativa, principalmente,
local, aunque ciertas reflexiones suyas alcanzan también la
concepción de educación en su dimensión universal. Tan
sólo con ello, hemos de reconocer un nuevo mérito a Gilbert
Delgado. De los miles de profesores de la región, ¿cuántos le
dedican tiempo y esfuerzo a realizar un balance crítico de la
educación actual? ¿No son estos los tiempos en que el
paradigma de los docentes es apurarse en cumplir las horas
en un colegio o universidad para ir a otra institución
66
educativa y, después, a otra preocupados en demasía por
incrementar la ganancia mensual?
El libro luce la frase ÉTICA FICCIÓN, audaz ocurrencia
que no hace sino proponer una innovación literaria; vale
decir el plantear que, así como aceptamos la literatura de
ciencia ficción, pueda trabajarse un nuevo concepto en la
narrativa: la ética ficción. Tal vez, su fundamento radique
en que la sociedad actual ‒la peruana, al menos‒ ha hecho
de la ética, precisamente, una ficción. ¿Por qué los críticos
hallarían un defecto o problema cuando se toma la ética
como tema literario? Creemos que ni hay defecto ni hay
problema en ello. Es la libertad del escritor y su pleno
derecho a elegir. Como dice Delgado: “Es que el arte ‒y, en
nuestro caso, la Literatura‒ lo absorbe todo”. Desde tan
sólida premisa, asume la necesidad de plantear cuestiones
éticas en la literatura; que es ir casi a contracorriente, en
una época en que los poetas y narradores se complacen
demasiado en trabajar lo no ético y, hasta a veces, de hacer
apología y presunción de ello. Delgado es consciente del
riesgo que asume: el de ser etiquetado de moralista, de
hombre pro-ética (lo que, más bien, a nuestro juicio, lo
enaltecería), ahora que la gente sabe que, para tener éxito
(incluso, literario), hay que deshacerse, y rápido,
precisamente de la ética. Pero, su riesgo ‒y su mérito‒ es
aún más amplio, y es que se ha propuesto poner la lupa en
el ámbito educativo (¿educativo?, ¿o, tal como van las cosas,
debemos decir, más propiamente, lucrativo?).
Concedámosle el derecho de instalar la ética en el terreno
literario y, es más, ampliémosle el terreno para que
cuestione las prácticas sombrías de los mercantilistas de las
instituciones educativas ‒particulares y nacionales‒ y las
otras sombras también que el complejo escenario de la
educación no deja de mostrar. 7PCEA va a ayudar a generar
67
una reflexión muy necesaria respecto de la ética en la
educación local y, además, respecto de asumir la ética como
tema literario (puesto que la decadencia ha primado
demasiado ya en la literatura; ¡es tiempo de escuchar voces
firmes y lúcidas en pro de la ética en la sociedad!). Destaca
el prefacio del libro que parece decir: De esto va a tratar el
libro. Está cordialmente invitado y advertido. Delgado luce,
en dicho prefacio, competencia literaria (de ávido lector) y
una manera estricta y lógica de argumentar.
En el primer texto, “Por sentido común”, Delgado
cuestiona el modus vivendi de la gente, el alcoholismo que
hace daño a los hijos y al hogar. El paragnosta no es sino
una mente franca y sagaz que, desde una creativa y original
perspectiva, le hace ver al dipsómano su propia oscuridad
(primer paso, como se sabe, para poder ver la claridad).
En “Mercado y Educación”, en lo concerniente a que
fuimos una cultura ágrafa, se lee: “Mientras tanto,
seguiremos afirmando que los quipus no fueron más que un
sistema contable y conformarnos con ser ‘una cultura
segundona’ ”. Es bueno mencionar, entonces, para el lector,
que hay investigaciones que sostienen la existencia de
alguna forma de escritura de los incas. Algunos rezagos de
ella quedarían en los dibujos de Guamán Poma de Ayala. Es,
precisamente, en los tocapus (especie de fajas en la cintura
en los personajes dibujados), donde, por ejemplo, el
investigador inglés William Burns sustenta una escritura
basada en símbolos geométricos que representarían las
consonantes y que tendrían equivalencia numérica
(escritura alfanumérica); de lo cual se desprende que los
quipus no sólo indican cantidades; sino también mensajes
codificados numéricamente.
68
En “Mercado y Educación”, Delgado muestra que
conoce el ámbito de las autodenominadas Instituciones
Educativas Pre-Universitarias (alguna vez, un funcionario
del MED declaró que no era ésta una denominación
oficialmente autorizada). Y, de conocerlo, lo cuestiona, no
por subalterna animadversión; sino por amor a la vocación
docente. En este texto, Delgado luce amplia cultura literaria
y cosecha de gran lector. Así también, manifiesta la
contradicción entre enseñar Literatura humana y
críticamente vs. enseñar Literatura mecánicamente para un
lejano e intimidante examen a la universidad, ya no sólo en
una academia, sino inclusive antes, en una institución de
nivel secundario. El propietario, por supuesto, necesita de
ingresantes para publicitar su empresa y para asegurar los
dividendos. Realidad que cae incluso en extremos grotescos
cuando dos o más academias se disputan la propiedad de la
preparación de, por ejemplo, el primer puesto a Medicina
Humana (o de cualquier otro ingresante que ostente la
etiqueta de primer puesto a cualquier carrera profesional,
preciadísimo gancho publicitario para atraer a los incautos
padres de familia). El problema que plantea Delgado es que,
en aras del ingreso a la universidad ‒que ya se torna
obsesión maquiavélica‒, las instituciones educativas
preuniversitarias (y no sólo las academias) sacrifican la
vasta riqueza de la pedagogía literaria por los llamados
“bancos de preguntas” y por información “clasificada”
dependiente del prospecto de admisión. Es decir: no a la
reflexión, no al análisis ni a la interpretación pluralista, no
al pensamiento crítico, no al pensamiento creativo, no al
humanismo; pero sí al memorismo zombie, sí a la
concepción bancaria del estudiante (que, hace tiempo,
cuestionó Paulo Freire), sí al registro autómata de autores,
obras y seudónimos; sí a la instrumentalización
deshumanizada del adolescente para hacerlo que ingrese,
69
aunque sea a empujones, a la universidad, con tal de tener
rostros y nombres que publiciten a la institución educativa
o academia preuniversitaria, a fin de captar nuevos
conejillos de academia, o nuevos instrumentos de
perpetuación del lucro. Y la pregunta es: ¿qué nivel de
población universitaria se está forjando a partir de la
“sólida formación” que llevan de los colegios
preuniversitarios y de la “preparación exclusiva” de las
academias? ¿No resultan de ello universitarios sin
sensibilidad social, compulsivos hedonistas de fin de
semana que se quejan del esfuerzo intelectual,
minimizándolo cuanto más pueden y rogando que los cinco
años vuelen rápido para salir a ganar plata? ¿No tenemos
un gran porcentaje de juventud universitaria con fuerte
rechazo a la política (cuando lo que debieran rechazar es a
los politicastros)? ¿No tenemos universitarios apáticos de
los procesos sociales y que se alinean con la práctica elitista
y poco solidaria de ciertas universidades? ¿Y no le conviene
al poder, de todos los niveles, una juventud que no enjuicie,
que no proteste, que sólo aspire a aprobar el curso, y que
sea ‒como diría Hildebrandt‒ aséptica y fóbica de la
realidad concreta? ¿No tenemos, también, a la universidad
en crisis, aislada de la población y también distante del
viejo ideal universitario de trabajar por una nueva
sociedad? ¿No tenemos una universidad que ha
acomplejado la investigación científica y que lo investigado
engrosa simplemente los estantes de libros y no parece
repercutir mucho en la transformación de la realidad? ¿No
tenemos una universidad que ha entrado, también, en la
lógica lucrativa del todo se vende, todo se compra? Una
universidad que, si pudiera, tomaría un examen de
admisión por cada vacante disponible. Por otro lado, ¿hasta
cuándo los exámenes de admisión tendrán ese carácter
memorista que choca con el discurso supuestamente
70
innovador y posmoderno de los también supuestos
pedagogos que las universidades albergan? ¿No existe una
manera alternativa de evaluar a los postulantes? ¿No se
puede evaluar, en suma, de una manera más científica y
moderna la capacidad y las aptitudes de un joven para la
carrera profesional a la que postula? Sí, está bien, dirá
alguien; pero eso afectaría la naturaleza de los centros
preuniversitarios. Habría que responder: claro, empezarían
a perder plumaje y peso las gallinas de los huevos de oro. Y,
por supuesto, la juventud peruana no tiene derecho a
afectar los gallineros auríferos de las universidades. Hay un
lema que algunas universidades parecen haber olvidado:
Servir a la sociedad y no servirse de ella; mucho menos,
económicamente. O es que se ha renunciado al ideal
‒siempre vigente‒ de la juventud parisina del 68:
“Queremos que las estructuras estén al servicio del hombre” y
no al revés. Necesitamos, entonces, que las instituciones
educativas y las universidades estén, realmente, al servicio
de la población. Que el Estado asuma la educación como
prioridad y que, si ha de haber educación privada, que no
esté exenta de contribuir a los grandes objetivos
nacionales; y no se reduzca a artificios de marketing para
asegurar el lucro del promotor o propietario o como se
llame. Pero, tal como van las cosas, el mercantilismo
educativo tiene vida para rato. Aunque abrigamos la
esperanza de equivocarnos.
Sería bueno pedir a las instituciones educativas
autodenominadas preuniversitarias que coloquen, en cada
ambiente, un cartelito sencillo con el desafío pedagógico
que propone Gilbert Delgado: “Que no le baste al maestro
con dar conocimientos; / debería estar seguro de quitar
ignorancia”.
71
Continuando con el desarrollo del libro, resaltamos
del poema “Dar y quitar” ‒adscrito al espíritu
nietzscheano‒ los versos: “Que no le baste al misericordioso
con ofrecer limosna; / lo ideal sería quitar la necesidad”. Es
decir, construir una sociedad equitativa, el viejo ideal
socialista que los países todavía no pueden realizar (a
plenitud). Pero, alguna vez, un profesor sagradino dijo: “Las
utopías son realidades a largo plazo”. Sí, es una expresión de
fe. Tal vez, esa fe es la que llevó a Delgado a formular el
poema “Dar y quitar”.
En la misma línea de reflexión, el poema “Dialéctica”
valora la coherencia entre pensamiento, propuesta y acción,
tríada que conduce a la transformación cualitativa de la
realidad.
Pero, también, Delgado alerta ‒en “De pitonisas y
augures”‒ sobre la insuficiencia y arbitrariedad de ciertos
tests vocacionales que decretan al postulante qué carrera
seguir. El actante del relato, un poeta, esgrime un enfoque
original y metafórico de cada carrera y mueve a la reflexión
a los jóvenes. Al final, desisten ‒felizmente‒ de los
supuestos diagnósticos técnicos y se orientan hacia una
vida que alcanza a ser próspera y feliz. Lo que puede
decodificarse como la defensa del pensamiento y del
humanismo sobre el pragmatismo irreflexivo de una
institucionalidad deshumanizante.
Delgado alcanza en “Inevitable suicidio” altura
filosófica y un matiz casi gibraniano de sabiduría. Ineludible
la reflexión que expresa respecto del poeta y que nos
recuerda la durísima frase: “Versificadores hay muchos; pero
poetas, pocos”. Sorprenderá, sin duda, a los poetas (locales y
de cualquier parte) la visión delgadiana que afirma: “Para
72
ser poeta debes, primero, ser hombre. Así, evitarás que tu
obra contenga cosas sobre ti; pero lograrás, en cambio, que
tu obra esté llena de ti”. Que nos evoca al polémico Osho
cuando sostiene que el artista debe estar despojado del ego
en el acto creador, a fin de dejar que el suceso creativo,
simplemente, suceda. Tal vez, en un futuro trabajo, Gilbert
explaye la interesante visión personal que tiene en relación
a la poesía y al poeta. “Inevitable suicidio” invita, y mucho,
al debate. No sólo por la concepción acerca del poeta; sino,
además, porque plantea que, alcanzada la convivencia
igualitaria y fraterna de la humanidad, la poesía será
prescindible. Nosotros creemos, por nuestra parte, que,
llegado ese esplendoroso tiempo, se empezará a escribir,
más bien, la Gran Poesía.
El hábil relato “El ancla y la vela” nos hace evocar a El
símbolo perdido, de Dan Brown, por el uso narrativo de la
simbología y la escritura críptica. Tiene un aire a relato
oriental por la alusión a la sabiduría, pese a la presencia de
mitología grecolatina. De hecho, este relato revela el
aprecio y el conocimiento de Delgado por tal mitología. Tal
vez, el momento que más incide en la reflexión pedagógica
es la queja del hermano mayor cuando dice: “Concluí una
carrera, soy un profesional. Sin embargo, no conozco la
calma ni el afecto sincero; y sé que tú siempre estás feliz”. Y
es que vivimos una época saturada de conocimientos e
información; pero, escasa de sabiduría. Más aún, se prefiere
los dos primeros porque aseguran bienes materiales y se
relega a último plano la sabiduría. Hasta que la vida nos
demuestra que dicha elección no fue tan inteligente como
parecía. ¿No dijo Jesús: “Buscad primero el Reino de Dios y el
resto se os dará por añadidura”? Que es como decir: “Buscad
la Sabiduría y el resto vendrá solo”. En la India, hay una
creencia que dice que es mejor ir en busca de Saraswati (la
73
diosa de la Sabiduría), puesto que Lakshmi (la diosa de la
fortuna), por celos, ayudará al devoto de la primera.
La cuestión es: un profesional universitario es el
producto acabado del sistema educativo; pero nos
preguntamos: ¿no es la angustia existencial de este
personaje tan sólo una muestra de la angustia y la
insatisfacción de muchos profesionales que bucearon entre
tanto estudio, conocimiento y demás exigencias formales
del sistema educativo y, al final, tuvieron, los menos, un
relativo éxito; pero, la gran mayoría, una zozobra e
inseguridad que no saben cómo solucionar? La crisis del
personaje arroja una verdad contundente: el sistema
educativo te da información (y, a veces, de mala calidad);
pero no te enseña a vivir. Como expresó, una vez, una amiga
magíster: la universidad sólo te da lo académico. Nada más.
Es por eso que uno constata la paradoja: un agricultor con
apenas dos años de educación tiene mucho más sabiduría y
conocimiento de la vida que un coetáneo suyo licenciado en
tal o cual carrera universitaria. Delgado, sabedor de ello,
sintetiza: “El conocimiento mueve el mundo, es cierto; pero,
sólo con la sabiduría alcanzarás la felicidad”. Y, más
adelante, complementa: “Si no aprendes a interesarte en el
otro y sigues pensando únicamente en ti, jamás conocerás la
felicidad”.
Delgado observa también que incluso la libre
expresión artística puede verse afectada por una
equivocada práctica educativa. Así, en “Artes poéticas”,
vemos cómo la vanidad de terceras personas frustra el acto
creador. Es también el academicismo que estanca la
vocación creadora de los estudiantes. Es el afán de ostentar
méritos que no corresponden. Y es el caso de jóvenes que
anhelan desarrollar su vocación artística; pero, se
74
encuentran con currículos ajenos a tal propósito. El texto
nos recuerda la película La sociedad de los poetas muertos,
con la Academia Welton que preconizaba el estudio de la
poesía casi en laboratorio y bajo métodos semejantes a la
disección, tan artificiales y tan lejanos del latido y la
vibración intensa de la obra poética. En síntesis: ¿no
estamos ante una educación que frustra las inclinaciones
creativas de los estudiantes?, ¿no estamos ante una
educación que sigue privilegiando la repetición de datos y
descuida la investigación, la experimentación y la capacidad
creadora de nuestros alumnos?
El texto “Vana pretensión” motiva la pregunta: ¿no es
cierto que, en su afán mercantilista, los hombres rebajan su
humanidad para emular a las especies no humanas?
Mientras que “Paisaje manchado” presenta al hombre como
factor perturbador de la vida y la belleza natural. ¿Dónde
está la educación recibida? ¿No fue capaz de despertar un
algo de conciencia ecológica?
“El juego final” es un hermoso poema pacifista que
contrapone la bondad innata de los niños y el posterior
adoctrinamiento de la sociedad (que pasa por la educación)
para odiar (a otra bandera, a otra religión,...). Nos trae la
antigua sentencia de Rousseau: “El hombre nace bueno; pero
la sociedad lo corrompe”. Y el irónico, pero significativo
adagio de Shaw (que Delgado antepone al último texto): “Mi
educación era buena hasta que la interrumpió el colegio”.
En “El Libro Único”, cuyo éxtasis por la Naturaleza nos
remite a la sensibilidad de Tagore (al igual que en “El juego
final” y en “Sueño”), hay una reflexión bibliográfica que, en
verdad, todos ‒especialmente, los docentes‒ debiéramos
hacer. “Sí, miro el cielo cada atardecer porque las obras
75
maestras no cansan. ¡Cuántas veces he visto el crepúsculo y
sé que no han sido suficientes para agotar su belleza!”.
Delgado plantea el enigma: ¿Cuál es el Libro Único? Cada
lector asumirá una respuesta. ¿La Naturaleza? (de la que,
por ejemplo, fue alumno convicto y confeso Valdelomar),
¿La Biblia?, ¿El Universo?, ¿Dios? El texto nos recuerda la
reflexión de Gandhi cuando decía que, ante la
majestuosidad del cielo estrellado, pequeña cosa resulta el
arte humano, y que se extasiaba ante tal belleza natural, y
gozosamente, sin la necesidad de teoría estética. Y nos
recuerda, también, la pedagogía de ese singular maestro
que fue Vasili Sujomlinski quien pedía que el alumno
aprenda a amar profundamente la Naturaleza, incluso antes
de aprender a designarla con el código lingüístico; y llevaba
a sus muchachos a largos paseos por el bosque y les pedía
que sientan profundamente el paisaje y que oigan el canto
de los pájaros y que, después, pinten o escriban cuentos a
partir del contacto fraternal y amoroso con la Naturaleza.
El poema “Sueño” ofrece el esplendor de una visión y
el misterio de su realidad. Lo que el poeta ve, ¿pertenece al
mundo onírico o al mundo real, a una revelación o a la sutil
naturaleza de la fantasía? Tal vez, sea un vislumbre de la
Eternidad. Tal vez, un áureo deseo instalado en la magia del
corazón.
El texto, digamos de fondo, “Siete pecados capitales de
la educación actual” es el que más explícitamente despliega
el cuestionamiento de Gilbert Delgado a la educación. Por
supuesto que enfoca siete asuntos puntuales que, sin
embargo, pueden establecer vasos comunicantes con
problemas más amplios y más profundos. El epígrafe de
Shaw constituye una genial síntesis de la sospechosa
artificialidad del sistema educativo que concuerda con la
76
aguda observación de Facundo Cabral cuando comentaba
que debería haber instituciones para des-aprender lo
aprendido. El párrafo inicial anuncia una dualidad: la
alienación de un sistema (encarnado por el Director) y la
libertad de la verdad (encarnada por el anciano). El
director del relato simboliza la propuesta (o antipropuesta)
mercantilista de las instituciones educativas
preuniversitarias (¿todas?, ¿la mayoría?). El anciano
representa el intento de una visión humanista y liberadora
de la educación. Cabe indicar que el director interpretaba
como inferioridad el hecho de que el anciano “jamás haya
trascendido a las aulas de un colegio”; sin duda, un juicio
soberbio que parte de la falacia de que sólo alcanza
autoridad y trascendencia quien ostenta puestos
burocráticos o académicos fuera de las aulas de educación
básica. Para rebatir ello, bastaría mencionar el
extraordinario valor de la reflexión pedagógica de Vasili
Sujomlinski ‒coterráneo de Antón Makárenko‒ sustentada
en su trabajo diario en la emblemática Escuela Media de
Pavlísh (seguimos convencidos de que fue un visionario; la
pedagogía humanista y liberadora del futuro tendrá que
poner la mirada en sus planteamientos y experiencias).
A partir de ello, Delgado acusa los ‒a su juicio‒ “siete
pecados capitales” de la educación contemporánea. Se
podría sustentar que otros problemas, más profundos, más
esenciales, son los temas capitales de la educación; empero,
los siete puntos que plantea Delgado son un buen
comienzo; principalmente, porque son “pecados” que
tenemos a la vista en nuestra localidad y, seguramente, en
todo el Perú.
Limitación del aprendizaje a los medios visuales: Indica
el problema de la baja comprensión lectora que Delgado
77
asocia a la incompetencia en el acto de escuchar y a la
presencia de variables invasoras como son la televisión, los
videojuegos e internet.
Inadecuada promoción de ideales estéticos: Expresa la
necesidad de combatir la deshumanización (léase
automatización) recuperando ideales estéticos que ayuden
a desautomatizar (es decir, humanizar); por ejemplo, a
través de la literatura. En esa perspectiva, Delgado
cuestiona el imponer un criterio (supuestamente) estético
donde ha de primar lo funcional, como es el cuaderno del
alumno. Critica, asimismo, la mecanización e irracionalidad
en ciertas formas de enseñanza del Razonamiento Verbal.
Asunción especulativa del añorado hogar cristiano: El
enfoque relaciona tareas escolares y hogares
disfuncionales. ¿No son las tareas, a veces, motivo de riñas
familiares y no afectan la economía del hogar? Siendo así,
evidencia el divorcio del sistema educativo en relación a la
vida real. Por ejemplo: el alumno que emplea 3 horas en la
tarea de Comunicación mientras escucha que no hay qué
comer ese día; o que los 50 centavos que gasta en la
cartulina pudieron ser los 5 panes del desayuno del día
siguiente.
Delgado realiza dos importantes observaciones que
todo profesor de hoy haría bien en recordar:
“El trabajo para la casa debe ser la extensión de ese
trabajo realizado en el aula y debe estar calibrado a la
medida de las posibilidades intelectuales y económicas del
alumno”.
78
“Los consabidos ‘trabajos de investigación’ representan,
así como están las cosas, gasto para el hogar en tanto que
trabajo y ganancia para el propietario de Internet. Esta
acción quedaría justificada si es que el alumno demuestra
que ha sido él, y no el operario del servicio, quien ha
efectuado el trabajo”.
Aniquilación del gusto por la lectura: Se cuestiona el
imponer arbitrariamente una cantidad de lecturas, el
abusar del género autoayuda, el no elegir los libros en
función del alumno. Delgado aboga por la lectura de libros
de autores hispanohablantes.
“La intención es consolidar en el alumno el uso
adecuado del código, ponerlo en contacto con obras de alto
nivel artístico, fáciles de descodificar y asimilar porque están,
originalmente, escritas en su lengua materna”.
Así mismo, reivindica la lectura de textos breves (y,
después, advierte respecto de la siempre polémica “ficha de
lectura” ‒o de registro, como él la llama‒ y de las pruebas
de lectura).
“Puesto que la lectura contribuye a desarrollar
procesos de producción y comprensión y a aprehender frases
paradigmáticas (...), bastaría recomendar, para cumplir con
esta parte de la misión, lecturas breves de los grandes
maestros del idioma”.
“Con 36 cuentos, leyendas o tradiciones selectos, uno
por semana, podemos estar seguros de que estamos
promoviendo el gusto por la lectura. Cuidado, sí, con la
consabida ficha de registro que es como una gota de hiel
sobre el caramelo que representa el contacto con la obra de
79
arte o como la resaca que deviene del festín de la actividad de
leer; lo mismo, con las tediosas pruebas de comprobación de
lectura”.
Delgado sugiere suplir la exigencia vertical por la
motivación creativa (por ejemplo, usando la estrategia
periodística del sensacionalismo como “gancho” para atraer
el interés hacia determinados textos), a fin de lograr,
paulatinamente, el amor por la literatura de parte del
alumno. Sin duda que la lectura será siempre un tema que
exige una gran visión pedagógica y mucha imaginación
también cuando se la trabaja en las aulas y se busca que sea
una actividad lo más integral posible (estética, lúdica,
humanista, reflexiva, creadora, interpretativa,…).
Adiestrando al hombre para la trampa: Es decir, el
plagio en los exámenes como constatación de la ausencia de
formación ética que evidencia la falta de trabajo educativo
con tal fin y como expresión, al mismo tiempo, de la crisis
moral de la sociedad que es, en primera línea, la crisis de la
clase política de un país. Y el plagio como revelación,
también, de la ausencia de una suficiente labor pedagógica
que consolide la inteligencia y el aprendizaje. Delgado
parece retomar el ideal griego: la educación es “dar al
cuerpo y el alma toda la belleza y perfección posibles”. Algo
que está bastante lejos de la obsesión lucrómana de estos
tiempos y lugares.
Delgado tiene plena consciencia de la misión del
docente y, al mismo tiempo, asume el ideal del hombre
genuinamente ético. Desde esa base, afirma
contundentemente:
80
“Un alumno de quinto año de secundaria que llega a su
examen final con la copia como único recurso para aprobar,
es prueba tangible del fracaso de nuestra labor docente. La
sociedad, tal como va, requiere de un hombre que tenga
plena conciencia de la honestidad y del trabajo; antes que un
futuro profesional de esos que alquilan su moral por
cualquier prebenda. Y, si tanto nos damos en pregonar que
evaluamos también actitudes, ¿cómo pudo haber aprobado el
año anterior un alumno cuya pobreza actitudinal se nota
claramente en las evaluaciones?”.
“Alcanzar el tipo de alumno que, aun sin el cuidado del
docente, renuncie a cualquier forma para aprobar un
examen que no esté basado en su propio esfuerzo y
dedicación, parece una locura. Sin embargo, la verdadera
locura está en renunciar a intentarlo. ¡Adelante, Quijotes!”.
Nosotros ampliaríamos la quimera: y, ¿qué tal una
educación sin exámenes? Hasta donde sabemos, ni Sócrates
ni Buda tomaron exámenes; y hay que ver la calidad de
alumnos que dejaron. ¿Es sólo una utopía (inviable,
irrepetible) la experiencia de una educación sin exámenes
como en la (acaso mítica ya) Escuela de Summerhill?
Horario escolar, ¿en quién pensamos?: Cuestiona la
arbitrariedad de tradicionales decisiones y normas
escolares que contrastan con la realidad. Nace, entonces, la
inquietante pregunta: ¿Preparando al hombre moral para
insertarlo en una sociedad inmoral? En tal sentido, se
mencionan aspectos fácilmente constatables de la realidad
educativa local (y, sin duda, nacional):
No queda la menor duda de que se amplían los horarios
de clase apostando por la cantidad de ingreso económico;
antes que por la calidad de enseñanza impartida.
81
El problema se agrava cuando el proceso educativo
está dirigido por simples mercantilistas ajenos a la teoría y a
la experiencia educativa. Un indicador infalible para
reconocerlos es que consideran al docente como un peón más
dentro de la obra lucrativa porque no entienden,
precisamente, la vocación que guía sus acciones.
Deshumanizadores, ven en el maestro una pieza más del
engranaje de su maquinaria monetaria”.
Duras palabras para una realidad más dura aún.
Efectos visibles de todo un extenso proceso de devaluación
del sistema educativo que se corresponde con la
devaluación de toda la sociedad peruana, puesto que el
estado de la educación es el estado del país entero.
Disciplina, ¿un modelo de hombre para la guerra?: La
disciplina es -hoy, más que nunca- uno de los temas más
agudos y complejos del trabajo pedagógico. Es, pensamos,
una ruda cuestión por resolver. Docentes, psicólogos,
sociólogos, psicopedagogos, incluso psiquiatras, tienen que
balancear teoría y realidad; evaluar el impacto de las
normas de disciplina tradicionales en la salud psicológica
de alumnos y también docentes. Es, en verdad, una tarea
urgente. Pasa, también, por considerar la crisis axiológica
de la sociedad peruana (tal vez, la más profunda de su
historia). La gran paradoja es que la disciplina, siendo una
realidad y un conflicto diario en el aula, es, sin embargo,
uno de los temas menos tratados en la formación
profesional y en los estudios de postgrado. ¿Qué se hace,
por ejemplo, un magíster en educación en un aula de 43
estudiantes que, a diario, se agreden verbal y físicamente,
que están habituados a hacer ruido, que no tienen interés
por la clase y que, mientras el docente voltea a pegar sus
excelentes papelotes, ya alguien dio un puñetazo al
82
compañero? En la otra orilla del problema, tenemos el
autoritarismo y hasta la violencia verbal contra el alumno.
Los psicólogos y psiquiatras saben que no pocos pacientes
guardan heridas psicológicas profundas causadas por
experiencias traumáticas de su época escolar. Se asume
como única alternativa posible de control disciplinario
estilos de actuación militar. Y se termina afectando la
identidad (incluyendo la autoestima) y la libertad, que son
dos aspectos supuestamente inalienables de la persona
humana. Como se ve, el tema de la disciplina es complejo y
merece análisis y propuestas serias que todavía son
escasas. Pensando en ello, Delgado aporta reflexiones muy
interesantes; por ejemplo:
“Hay que entender a la disciplina como el equilibrio
entre la libertad y el orden y recordar que orden sin libertad
es tiranía así como libertad sin orden es anarquía”.
“Émulos del ‘Rey Sargento’ Federico Guillermo de
Prusia, exaltamos la militarización en contradicción con una
educación que se preconiza en libertad y para la paz”.
“Insistimos en mantener la fórmula ya descompuesta a
pesar de que la obvia degradación de la sociedad nos dice a
gritos que esa opción hace ya tiempo que dejó de funcionar”.
“Se aspira a lograr, qué duda cabe, una sociedad de
soldaditos domesticados y serviles dispuestos a dar la vida
por un superior en caso de que se vea amenazada su
situación de poder”.
Por nuestra parte, creemos que la educación del
futuro aprenderá a resolver la cuestión de la disciplina
restableciendo su carácter humano y espiritual,
83
devolviendo al alumno su plena categoría de persona
humana, y frenando toda concepción y metodología
alienantes que afectan tanto al docente como a los alumnos.
Se tendrá que superar la excesiva artificialidad y todas
aquellas tradiciones verticalistas que terminaban por
deshumanizar a la educación. En cierto sentido, la
indisciplina es también un modo ‒acaso natural, humano‒
de protesta estudiantil ante el modo de establecer la
educación como un sistema de imposiciones y
arbitrariedades que les resultan poco menos que extrañas e
inexplicables.
Pero, Delgado parece querer mostrar también una
chispa de luz, luego de hacernos ver tantas sombras. Y es
por eso que, desde una perspectiva espiritual (la más
educativa de todas; pero, curiosamente, la más evadida),
recurre a la dimensión del Amor, como fuerza sanadora y
salvadora, para instalarla a manera de fundamento inicial y
final de todo credo pedagógico. Y, con sencilla, pero firme
convicción, declara:
“Y de Cristo mismo debemos aprender que la mejor
estrategia es la que transforma esa contienda que implica el
acto de educar al hombre en un acto de amor”.
El final del relato-ensayo reivindica al anciano y, al
mismo tiempo, revela la verdadera condición del Director,
símbolo de los mercaderes de la educación local (y
nacional): “Cuando, al despedirse, el Director contempló el
rostro del viejo maestro, iluminado de paz, recién
comprendió su propia miseria”. Es decir, la pobreza de
entendimiento de que la educación es un acto de
solidaridad y de amor con el prójimo y que el haberla
convertido en una simple mercancía es haber retrocedido
84
como sociedad y como especie humana, y es haber
renunciado a la utopía de crear una sociedad cuyo fin
central no sea el dinero, sino la plena realización del ser
humano.
Tales son los cuestionamientos que la audacia del
pensamiento delgadiano ha querido exponer en 7 pecados
capitales de la educación actual. Queda inaugurada la
polémica y quedan bajo la lupa, principalmente, las
instituciones educativas locales. Ya era tiempo que una
visión inteligente y crítica, desde la perspectiva de la ética
ficción, haga un discernimiento entre el ideal humanista y
trascendente de la educación y el ordinario mercantilismo
que se hace de ésta.
La sociedad peruana presenta muchas heridas y
fracturas. Entre ellas, la educación es una de sus llagas más
dolorosas. Hay que mirar con determinación esta herida;
porque diagnosticar bien el mal es el mejor comienzo para
iniciar su cura. Pero, una cura que deberá ser integral. En
esto, como en tantas cosas más, mantiene sólida vigencia el
pensamiento de Mariátegui: “El problema de la enseñanza
no puede ser bien comprendido en nuestro tiempo, si no es
considerado como un problema económico y como un
problema social”.
En su primer libro, Gilbert Delgado revelaba las
cualidades intrínsecas del narrador. Ahora, con 7 pecados
capitales de la educación actual, muestra la reflexión y la
perspicacia del docente crítico que no acepta callar, que no
se conforma, que quiere invitar al sincero análisis de la
educación real de hoy, en nombre de una profunda
vocación pedagógica y, como decíamos en anterior
comentario, en aras de una sociedad sin alienados ni
85
alienadores. Delgado está (y bien) ubicado en el ruedo.
Saludamos la publicación de éste, su segundo libro. Y
reiteramos que el debate (fructífero y dialéctico) recién
comienza.
Mayo del 2010.
86
Arguedas o la inconclusa
reivindicación del mundo andino
Resulta especialmente significativo
hablar de Arguedas a pocos meses
de celebrarse el Centenario de su
nacimiento. Arguedas ‒según
acertada expresión de Danilo
Sánchez Lihón‒ conforma el trío de
Apus tutelares del Perú, al lado de
Vallejo y Mariátegui. Esbocemos
algunos aspectos principales del
pensamiento y la obra de Arguedas.
Amor entrañable a los desposeídos del Ande
Un espíritu de tan alta sensibilidad como el de
Arguedas no pudo menos que sentir un intenso amor por
los humildes del Ande, por los campesinos, por los de
ubicación más baja en la pirámide social del Perú. En su
cuento “El sueño del pongo”, expresa una adhesión hacia el
humillado y sometido por la fuerza del poder económico. Y
lo reivindica aunque más no fuera sino en el sueño de aquel
hombrecillo pobre. Lo que aparece como una simbolización
del triunfo final de los humildes sobre la soberbia de los
poderosos. Arguedas amó también e investigó la compleja y
sorprendente cosmovisión andina de los pueblos que
conoció: sus costumbres, sus mitos (por ejemplo, el mito de
Inkarrí), que ‒basado en sus estudios de etnología‒ estudió
87
con una vocación tan profunda. Es por ello que
recomendaba a los futuros docentes, con especial
entusiasmo, investigar las tradiciones orales de los pueblos
puesto que ello permitía conocer más cercanamente su
pensamiento y espíritu. Arguedas amó y luchó porque se
difunda la música y el arte andinos. Fue el primero que
llevó a artistas andinos a escenarios limeños. Él mismo dejó
grabaciones en su propia voz de huaynos, en castellano y en
quechua, en esa voz suya que ahora resulta una voz casi
mítica, la del hombre que transmitía una fuerte vibración
andina. Su obra no sólo tiene el mérito de habernos
revelado el mundo del Ande; sino, además, el de haber
constituido un clamor de reivindicación, de conocimiento,
identificación y defensa de los pueblos del Perú profundo,
de aquellas poblaciones olvidadas por el centralismo
económico y político.
Dos códigos para una gran pasión
Siendo el quechua la lengua materna de Arguedas y
habiendo aprendido a hablar en lengua española a partir de
los 9 años, tuvo que librar una dura batalla con ambos
códigos a fin de hallar el equilibrio perfecto entre ambas
lenguas que le permitiera construir las historias del modo
que lo hizo. Allí está “Warma kuyay”, un cuento donde
coexisten los dos códigos; por supuesto, con
preponderancia del castellano. En los momentos precisos,
aparece el quechua, con su casi mística sonoridad y con tan
histórica connotación. Tal vez, sucede que el quechua
agrega insospechadas notas poéticas al texto. Efluvios de
andinismo intenso y ancestral brotan de las páginas de Los
ríos profundos, Agua, Yawar fiesta, etc. Ahora, a la distancia,
podemos decir que lo que fue en Arguedas un problema de
definición lingüística, pasó luego a ser su principal
88
fortaleza: la singular cualidad de tener tanto que expresar
en dos códigos que se confrontan, que se complementan,
que se superponen, que se integran para constituir un
sólido discurso narrativo-poético, capaz de mostrar una
profunda realidad antes olvidada o sesgada. Las
condiciones particulares de la lengua española confluyen al
lado de la fuerza y la intensidad que condensa el código
quechua.
La plena identificación con la cultura andina
Arguedas sufrió y gozó el mundo andino como uno
más de ellos. Valiosos investigadores han planteado la
ambigua condición étnica y social de Arguedas. Fue uno de
los aspectos más sensibles de su vida. Pero, él tuvo claro
que su mundo y su querencia eran los de abajo, los
desposeídos del Ande. Tanto amó el mundo andino que le
dedicó todo su talento y toda su vida a mostrarlo, a exigir su
revaloración. Su interés fue amplio: amó la música, la
literatura, las costumbres, la mitología, las danzas, la
geografía, su historia, sus carencias, su futuro. Fue amigo
entrañable de músicos del Ande y ayudó en la difusión de la
Danza de Tijeras. Siendo Jefe de la Sección Folklore y Bellas
Artes del Despacho del Ministerio de Educación, “llevó a
cabo importantes iniciativas orientadas a estudiar la
cultura popular en todo el país. Por su gestión directa,
Jacinto Palacios, el gran trovador andino, grabó el primer
disco de música andina en 1948. Los teatros Municipal y
Segura abrieron sus puertas al arte andino”5. Hoy, por
supuesto, resulta un placer hablar de cultura y arte andino.
Pero, en el tiempo de Arguedas, no lo fue. Tal vez, sea
propiado nombrarlo uno de los pioneros de la defensa y la
5
Wikipedia
89
revaloración de la cultura andina. Y es por eso que el
nombre y la obra de Arguedas son un reclamo permanente
por la reivindicación de los pueblos andinos, sumidos en la
pobreza y el olvido.
Rechazo de la visión distorsionada del hombre andino
Arguedas rechazó la visión distorsionada del hombre
andino hecha por escritores como Ventura García Calderón
y Enrique López Albújar, puesto que sus libros expresaban
un conocimiento epidérmico del mundo andino. Arguedas
sintió entonces el llamado y el compromiso de ser él quien
revele a la costa y a la cultura oficial peruana la realidad de
un Perú profundo, un Perú de costumbres tan distintas
como el “Yawar Fiesta”, y de una cosmovisión que exigía
una gran atención y un esfuerzo de entendimiento. Uno de
los méritos de Arguedas fue su enorme capacidad de
sentimiento y de expresión de aquél mundo que él conoció
y amó entrañablemente.
Libros como Agua y Los ríos profundos no son sino el
vivo testimonio de ese amor tan intenso y de las profundas
vivencias que tuvo en los pueblos que conoció y de los que
asimiló un gran conocimiento que plasmaría
magistralmente, en una especie de agonía y éxtasis, en sus
libros. Él había sufrido y gozado el mundo andino y, por
eso, ante aquellos libros tan exóticos y tan sesgados, tenía
que surgir la voz genuina de quien era parte de ese mundo.
La utopía socialista
Arguedas creyó en el socialismo como en la gran
utopía que reivindicaría al mundo andino, postrado por la
invasión española y sometido por el centralismo limeño y
90
una república que creyó durante tanto tiempo que la raza
quechua estaba condenada al olvido y a la miseria y que
sólo un sector de la sociedad, que ostentaba el poder
económico, tenía el privilegio de gozar de la riqueza y la
modernidad. Arguedas sentía profundamente esa cruda
realidad. Es por eso que su obra es el clamor del mundo
andino: el reclamo de grandes poblaciones que exigen la
equidad en el desarrollo y la necesidad de crear una gran
nación donde confluyan todas las sangres, todos los
estratos, en la búsqueda de un Perú sin marginación ni
privilegios, con distribución equitativa de la riqueza.
La crisis se agudiza: génesis y epílogo
Bastante conocida es la dolencia síquica que aquejó a
Arguedas desde temprana edad y que se prolongó hasta su
muerte. Él mismo expresaba los posibles causales de ello.
Lo dice en aquel famoso testimonio “Yo soy hechura de mi
madrastra” que diera durante el Primer Encuentro Nacional
de Narradores, en Arequipa, año 1965. Lo expresa en su
obra misma, como en El zorro de arriba y el zorro de abajo.
Complicado y doloroso tema que ha sido motivo de estudio
de especialistas en la mente humana y que nos conduce al
vasto tema de la relación entre psique y arte. En Arguedas,
se encuentra una fusión entre su vida y su obra. Ambas son
intensas y aleccionadoras.
César Hildebrandt afirmó alguna vez que su lectura de
la obra arguediana cambió su visión del Perú. Es la fuerza
de un espíritu comprometido con el dolor y la esperanza
andina. En Arguedas, como en tantos otros artistas, se dio la
realidad de un éxtasis y una agonía: éxtasis en la mágica
experiencia de participar del mundo andino y agonía en el
dolor de su postergación y en su interioridad desgarrada
91
por continuas crisis que desembocaron en aquel fatídico 28
de noviembre de 1969, en la Universidad Agraria, dejando
tantas preguntas y dudas; pero, siempre, la grandeza de una
obra que ayuda a conocer más completo el Perú así como la
certeza de un hombre que amó profundamente el universo
andino y contribuyó en su rescate y en su revaloración.
Una larga batalla reivindicativa
Arguedas supo, desde el comienzo, que iniciaba una
batalla reivindicativa del mundo andino, que los ancestrales
pueblos en los que vivió tenían que ser conocidos, igual que
sus artes y costumbres. Le costó trabajo encontrar su
camino y su lenguaje; pero, lo halló en aquella mixtura suya
entre el español y el quechua o, como algunos dicen, en la
“quechualización” de la lengua española. Arguedas, desde
su función de escritor, desde su trabajo antropológico y
etnológico, desde sus cargos estatales, luchó para revelar,
rescatar, defender y difundir el mundo andino, tanto en sus
formas ancestrales y mágicas de vida como en las diversas
manifestaciones de su arte.
Fiel cantor del universo andino
El nombre y la obra de Arguedas son indesligables del
mundo andino. Vivió y creó sumergido en el universo
mágico del Ande. Pocos escritores alcanzaron un nivel de
identificación tan alto como Arguedas en relación al arte y
la cultura andinas. Fue, sin duda, fiel cantor del universo
andino. Interpretó sus gozos y tristezas, sus problemas y
esperanzas. Los libros de Arguedas tienen la atmósfera del
Perú profundo. Son el fiel canto de un hombre que asumió
el mundo andino como la principal razón de ser de toda su
obra. Arguedas sabía que su contribución se respaldaba en
92
su autenticidad, frente a la literatura que hacía del hombre
andino un ser exótico. Sus páginas muestran el mundo
andino a plenitud.
Una reivindicación inconclusa
El problema del hombre y la cultura del Ande es el
problema de una reivindicación inconclusa. Por supuesto
que hoy se percibe lo andino como una fortaleza del Perú:
la historia inca, la riqueza arqueológica en la geografía
andina, Machu Picchu, por ejemplo; pero, las condiciones de
vida de grandes poblaciones de la sierra peruana siguen
siendo tanto o más precarias que en los tiempos de
Arguedas. El centralismo político todavía acapara los
recursos y somete al olvido y la postración a los pueblos
andinos. Queda allí una tarea urgente. En la medida que se
logre el desarrollo integral de tales pueblos, la lucha
reivindicativa de Arguedas adquirirá un sentido pleno.
Un Perú de todas las sangres
Pero, finalmente, una de las lecciones fundamentales
que se reconoce en Arguedas es su visión de un Perú que
integre a todas las razas y a todos los sectores de la
población peruana. Arguedas supo que nuestro país era una
realidad dividida, fragmentada. El desafío, entonces, es
lograr la unidad en la diversidad, un país de todas las razas
unidas; tal vez, para usar un vocablo inca, la consolidación
del Perú como un grande y hermoso Ayllu, donde todos
sean valorados, donde tengan voz y voto, vida y alegría,
todas las sangres.
93
SOÑANDO ESTAMOS
Soñando estamos
la patria que vislumbraste,
donde el egoísmo no encadene a nadie,
donde los señores coman en la misma mesa
que los peones, y los violines suenen libres
por todos los valles y poblados.
Oyendo estamos los huaynos que cantabas,
el mito de Inkarrí, el sueño del pongo.
Todo lo estamos recordando
con dolor y con ternura,
las dos fuerzas que alimentaban
tu historia de leyenda, tu vida
de errante bilingüe, tu mirada andina,
tu legado imborrable.
Perdona nuestra indolencia,
nuestros pasos indecisos,
que olvidan, a veces,
toda la energía que reclamabas.
La sierra, las montañas,
evocan tu obra como evocan
los rayos del Sol cuando empieza el día
y un yaraví melancólico
cuando se acaba la tarde.
En Puquio, en Lucanas,
en Viseca, en Andahuaylas,
suena tu nombre como un rayo
y una cascada, como
un relámpago a media noche
y como el arpa que iniciaba
el vuelo de los danzantes
de tijeras que admirabas.
Soñando con fe y trabajo estamos
94
el Perú de todas las sangres
que anhelabas, sin odio, sin amargura;
viviendo felices todas las patrias,
amándonos, ayudándonos, con el corazón
rebosante de amistad y de alegría.
Déjanos recordar tu nombre
que ya tiene eco de leyenda.
Déjanos decirte en silencio
que tu espíritu está intacto,
que tu ideal destella poderoso
alumbrando el nuevo camino
de un Perú, al fin, libre
y por siempre
maravilloso
y mágico.
95
Arguedas y su Primer Centenario
Hace cien años, un 18 de
enero, nació en Andahuaylas
el narrador más profundo y
genuino del ancestral y
mítico mundo andino: José
María Arguedas. Él había
advertido que la literatura
que hablaba del paisaje y de
la vida del hombre de la
sierra peruana no expresaba
cabalmente su real dimensión. ¿Quién sino él que había
sufrido y gozado el mundo andino y que revelaba una
visceral vocación literaria ‒heredero, acaso, de las virtudes
de los incásicos haravek y amautas‒ tenía que asumir la
extraordinaria tarea de revelar aquella realidad todavía
desconocida por la cultura oficial peruana? Y lo hizo,
movido por un amor inclaudicable a la cultura andina. Y lo
hizo aun cuando ello significó un trabajo descomunal con el
lenguaje. ¿No sería un difícil reto ‒intimidante, por cierto‒
para cualquier hispanohablante, aprender el quechua y,
luego, pretender escribir novelas en este idioma? El caso
inverso sucedió con Arguedas. Por ello, su obra constituye
fascinante material de estudio para los lingüistas.
Genialmente, logró fusionar dos lenguas tan vastas y tan
extrañas entre sí: la versatilidad del castellano y la
majestad poética del quechua. “La agonía del Rasu Ñiti” y
“Warma Kuyay”, por ejemplo.
96
Como ha declarado recientemente el Nobel Mario
Vargas Llosa, el mejor homenaje a Arguedas consiste en
leer sus libros y difundir su obra en la juventud peruana.
Por supuesto que este año debió honrarse su memoria y
legado con el nombre oficial que correspondía. Pero, la
dilatada sombra de la antiperuanidad y la anticultura no lo
quiso así. Y este 2011, los documentos oficiales deben lucir
el nombre de nuestra maravilla inca, deslucidamente
asociada a la memoria de “su descubridor” (¿devolverá la
Universidad de Yale la totalidad de piezas que se llevó
Bingham o sólo una consoladora “muestra
representativa”?).
Relevantes homenajes, discursos variopintos
‒fidedignos e impostados‒, lecturas, ediciones, programas
televisivos se ofrecen y se siguen ofreciendo en el año que
más ha sonado y suena el nombre de Arguedas. Y eso es
bueno. Y esto sucede pocos meses después de la concesión
del Nobel a Vargas Llosa. Reivindicación de uno de los
oficios tal vez menos entendidos en la sociedad peruana
como es el oficio de escritor. Ver a un hombre de letras
recibiendo una gran distinción de manos del Rey de Suecia
lo conmueve a cualquiera. Así que ser escritor en el Perú va
dejando de ser una labor marginal y casi proscrita. En este
singular contexto de literariedad nacional, el centenario de
Arguedas adquiere una resonancia muy particular. Hay una
nueva sensibilidad peruana hacia la literatura en general, y
hacia la literatura peruana, en particular.
Pero, este centenario sirve también para
preguntarnos: ¿cuál es la condición actual del mundo
andino peruano?, ¿es mejor, igual o peor que en el tiempo
de Arguedas? ¿Ha mejorado la calidad de vida de nuestros
compatriotas de Andahuaylas, de Lucanas, de Ayacucho, de
97
Cusco,…? El legado de Arguedas es, en este sentido, una voz
que clama contra la marginación y el olvido de las masas
indígenas del Perú. Evidentemente, la reivindicación del
mundo andino sigue siendo una tarea pendiente. El poder
económico y político parece mantener una visión de
periferia hacia la sierra peruana. La pobreza, el olvido, el
atraso, la violencia, han sido y son heridas profundas en los
pueblos de nuestro Perú profundo. ¿Hasta cuándo?
Hay, en la figura de Arguedas, una intensa fusión de
varios potentes sentidos que brotan de sus variadas líneas
de trabajo: llámese creación literaria (narrativa, poesía);
llámese estudios etnológicos; recopilaciones de tradiciones
orales; funciones estatales desde las que impulsó,
audazmente, la difusión y revaloración del folclor andino.
Multidimensional trabajo que tuvo como sustento su
entrañable amor por el mundo del Ande, que conoció como
pocos escritores; un mundo que gozó y sufrió, en un cuasi
predestinado periplo vital.
Alguna vez, César Hildebrandt manifestó que la
lectura de los libros de Arguedas le cambió notablemente
su visión del Perú. Y es que la obra arguediana, entre otras
valiosas virtudes, tiene la de haber incorporado la realidad
profunda de una parte del Perú que, en esa época, era poco
o mal conocida y, por ende, poco valorada. Recuérdese que
la marginación del sector poblacional andino estaba
acentuada en los años que le tocó vivir a nuestro gran
escritor. Así que su labor, conjuntamente con otros ilustres
peruanos, fue bastante pionera.
Pero, lo principal del legado que Arguedas dejó al
Perú son sus obras literarias: cuentos, novelas y poesía.
Este año de su centenario es una magnífica oportunidad y
98
motivación para leerlo y releerlo. Puede que algunos
aspectos de la realidad andina hayan variado; pero, en lo
primordial, la visión de Arguedas mantiene gran
importancia. El espíritu, la fuerza del paisaje, la solidez del
quechua, la vertiente mágico-realista de su prosa ‒que se
condicen con el mundo representado‒, la dimensión
poética de su narrativa, la vivencia profunda, el amor
entrañable a la población andina, el testimonio vital de
costumbres y creencias, de acontecimientos sociales, la
perspectiva social y utópica ‒no arcaica, como se ha
pretendido ver‒; puesto que la nación peruana sigue
esperando su nuevo tiempo dorado en que todas sus
sangres se integren en un grande y fastuoso Ayllu o Patria
Superior donde todos tengan derecho al pan y la riqueza, al
amor y la alegría.
La literatura es una forma de conocimiento. La de
Arguedas lo es, humana e intensamente. Su obra ayuda a
esclarecer la identidad de un país tan fragmentado como el
Perú. Su obra y su vida forman parte, en última instancia, de
la herencia humana y cultural ‒al lado de Vallejo,
Mariátegui, Basadre, J.C. Tello, y otros distinguidos
peruanos‒ que constituyen la plataforma esencial desde
donde los peruanos podemos proyectar, a mediano y largo
plazo, la patria que queremos; la patria que, desde sus
raíces ancestrales, pueda constituirse en un país integrado
y fraterno, próspero y equitativamente feliz y moderno.
99
Inevitable canto al compás de los días
A José María Arguedas, en su Centenario.
El viento está en calma. Lima,
siempre, agitada. Andahuaylas
anuncia celebrarte. Hoy, 11 de
enero. Apenas 7 días para tu
centenario. Cien es poco en
relación a la eternidad y al
tiempo de los Andes; pero es
bastante para un hombre. Y
mucho más, para un hombre
que vivió en la magia y el
océano de la narración y la poesía. Mucho, y bien, se ha
hablado de tus fortalezas y de tus heridas. Mucho, y
hermosamente bien, se ha escrito sobre tu magna obra. Ya
veo los ríos y los poblados, las piedras y los rayos sobre las
páginas de tus libros. Porque leer tus libros no es sólo pasar
los ojos sobre pálidas hojas impresas en el fragor de las
imprentas; es mirar, desde los misteriosos ojos del corazón
y del espíritu, la odisea andina que testimonias, desde los
movimientos tumultuoso de los incásicos comuneros, hasta
la soledad llorosa de los parias y los solitarios que un
destino deshumanizado y arbitrario genera. Apenas 7 días
para tu centenario. Si vieras todo el júbilo que existe en
varios lugares del país. Homenajes, coloquios, artículos, la
promesa de ediciones nuevas de tus libros. Incluso, he leído
en La República que habrá una misa en quechua en tu
Andahuaylas querido. Todo eso es muy bello y significativo.
Todo eso es abrumadoramente emocionante. Yo pienso
100
cómo lo hubieras recibido en vida. Seguramente, hubiera
sido demasiado para tu corazón herido, para tus nervios
lastimados. Pero, en algún rincón fuerte de tu espíritu,
hubieras sentido la alegría intensa del combatiente
reivindicado, de ver que, en el grande y diverso escenario
de la patria, se juntan los doctores y los danzak´, los
muchachos y los viejos, los periodistas y los poetas, los
cóndores y los Apus, la música y el teatro, la poesía y el
cine, el presente y el pasado, el futuro y la memoria, para
expresar su adhesión al mundo andino, a tu reclamo
enorme y vigente, a tu visión integradora, a tu sentimiento
de indio apasionado, de indio noble y grande, de corazón de
flor y piedra. ¿Ves cómo tu memoria tiene el poder de
convocar a todos los hombres? ¿Ves cómo estamos
avanzando hacia la construcción del moderno y vasto Ayllu
de Todas las Sangres? Sí es posible. Todavía, falta mucho.
Pero estamos avanzando...
El viento está en calma;
Tal vez, siempre está en calma;
pero tu corazón fue un remolino
de amor y tristeza infinitos.
Tu memoria te dio lo mejor
y, al mismo tiempo, el dolor.
Pero, sobre todas las cosas,
fuiste el mago descifrador
del misterio andino, de la
historia perenne de miles
y miles de hombres que viven
una realidad distinta, lejos
del pensamiento tardío
de los burócratas y demás
indolentes centralistas.
Grande fue tu corazón
101
y, por eso mismo, grande
también, tu amor y la
medida de tu sufrimiento.
Pero, allí están tus libros,
puertas dimensionales
a la geografía humana
de los despojados cuyos
ancestros hicieron, por
ejemplo, Machu Picchu.
La vez pasada, escuché a Marco Aurelio Denegri y a
Ricardo González Vigil hablar de ti. Cosas valiosas. Imagino
qué gran amistad hubiera nacido entre González Vigil y tú.
Su inteligencia y su sensibilidad (probablemente, tenga
ascendencia serrana) hubieran ganado tu confianza. Y hasta
quizá hubieras cantado con él. Mucha gente ilustrada ha
escrito sobre ti. Por ejemplo, Antonio Cornejo Polar o
Miguel Ángel Huamán. Un hombre tan lúcido como César
Hildebrandt ha dicho que, gracias a tus libros, cambió su
visión del Perú. Acá, en Chiclayo, hay bastante gente que te
admira y que está entusiasmada con tu centenario. Han
programado varios eventos. Este 18 de enero, resonará tu
nombre como nunca antes, sin duda, habrá sonado. Este
año nuevo te leerán, pienso, mucho más. Los profesores de
Literatura de los colegios promoverán la lectura de tus
obras. Y eso es bueno. ¿No es la lectura de sus libros el
mejor homenaje para un escritor? Acabo de releer en el
Google “Warma kuyay”. Me trae evocaciones de mis lecturas
de adolescencia. He releído tu valioso cuento para estar
mejor ubicado en esto que voy escribiendo. ¿Cuántas veces
habré leído tu cuento? No recuerdo. Es curioso. Pueden
haber pasado veinte o más años; pero el impacto afectivo
que produce tu cuento parece ser el mismo. ¿Hay una cosa
interna perenne que las décadas no pueden aviejar? Parece
102
que sí. Extraño y visceral cuento. Tu castellano medido,
pero potente. Tu sentimiento, abierto e hiriente. No se
puede leer este cuento sin ser afectados. No se puede leer
tu cuento sin que el corazón sienta un sobresalto y la
certidumbre de que hay allí interioridades desgarradas,
tensiones de razas y de estratos sociales adversarios.
¿Cómo has podido pescar los instantes precisos del
sentimiento, las imágenes exactas de lo poético, el léxico
certero del quechua que completa la magia del castellano y
que redondea la atmósfera de tu mundo literario? ¿Cómo
has podido elegir las palabras cabales para decir tu historia
conmovedora? Y es sólo una pequeña muestra. No hay
límites de normalidad y ponderación prescrita en tu
trabajo: ¡sueltas con humanísima libertad la experiencia del
hombre! El amor, el odio, la ternura, la poesía...: todo lo
liberas y lo refractas desde tu corazón infinitamente
sensible. Proclamas el amor como el bálsamo encantado
que permite resistir a las penas del mundo. Y testimonias la
sublime entraña indígena, desde antiguo, llamado
panteísmo que no es otra cosa que maravillado amor hacia
el universo andino: los animales, las plantas, las fiestas, las
cosechas,...
La Luna encanta las montañas
y los corazones de los pueblos
que conociste, José María.
La Luna evoca amores indios
y promesas a orillas del río.
¡Magia dichosa de los Andes
cuando los campesinos se enamoran!
¡Magia del maizal floreciendo y
las torcazas temblando de amor!
Míticos son para mí
‒en el sentido de
103
amados y eternos‒
los nombres de los pueblos,
y los pueblos mismos,
que pusiste en el mundo
indispensable de tus libros.
E inolvidables, también,
los personajes que habitan
tus historias, cual seres
predestinados en el
universo de los Andes.
La Luna canta, José María,
un huayno triste, pero hermoso.
¿No es hermoso todo lo que nace
del corazón sincero y humano?
¿No es hermoso el pueblo habitado
por mujeres y hombres de trabajo?
Todo tiene su tiempo
y su historia;
pero lo que tú contaste
tiene, además,
gran sentido y causa.
Ahora, me acuerdo de Quehacer, esa gran revista de
los 80 (creo que sigue publicándose). Y me acuerdo por un
valioso ensayo referente a ti. Allí estaba un inteligente
estudio sobre la dimensión social de tu obra, además de la
anécdota aquélla en que un viejo amigo tuyo te regaló un
queso y tú no lograste reconocerlo (recuerdo
perfectamente la foto: tú y tu amigo, serios; pero de
corazones buenos; con esa típica mirada andina que parece
hecha para la lejanía; detalle bien captado por Vallejo en su
Contra el secreto profesional, cuando se refiere a los ojos
acostumbrados al cinema y los otros ojos acostumbrados a
la lejanía). La imagen parece fotograma de una película:
104
plano entero y, detrás, una callecita rural andina en
perspectiva. Y en tono de grises, como corresponde a las
fotografías antiguas (que incluye también, por supuesto, al
dinástico sepia). Al evocar Quehacer, evoco también la
lectura de tu emotiva carta a Hugo Blanco y tu poema a
Túpar Amaru (M.A. Huamán, de la UNMSM, viene
analizando tu poesía, con su conocida y respetable
solvencia intelectual. Él habla de siete poemas. Supongo
que escribiste muchos más; pero, tu comprensible
autoexigencia de autor permitió la divulgación de unos
pocos textos ‒a veces, yo pienso que esa exigida y necesaria
autoexigencia nos ha privado de muchísimo material
valioso de no pocos autores‒). Pero, recuerdo también la
revista Páginas, casi similar a la anteriormente mencionada,
con la diferencia que tenía una evidente dimensión
teológica. En Páginas, creo haber leído una parte del
extraordinario ensayo Entre las calandrias, del padre
Gustavo Gutiérrez, dedicado a tu pensamiento y a tu obra.
Él era tu amigo. Y, de ese afecto y de su gran intelecto, nació
ese libro. Fue hace largos años (dos décadas, más o menos)
y es muy poco lo que recuerdo de Entre las calandrias. Sí
estoy seguro que es un libro que amerita leerlo completo y
bien. Con saber que el autor es el padre Gustavo Gutiérrez y
que se refiere a ti, es motivo grande para leerlo. Ya ves:
¡cuán importante es la obra que nos has dejado! Tu obra
sigue viva. Tu obra concita igual o mayor atención que
antes. Hace unos meses, escribí que recordar tu vida y tu
obra es recordar la inconclusa reivindicación del mundo
andino. Y es, por supuesto, ver la necesidad histórica de
recrear el Perú, de hacerlo un país donde la igualdad y la
democracia sean valores verdaderos, con peruanos que
compartan la misma visión: un país de todos y para todos,
con riqueza distribuida equitativamente, con poblaciones
autóctonas no solamente respetadas; sino, además,
105
integradas y con la misma jerarquía que todos los demás.
¡La República Superior que anhelaba Gustavo Mohme
Llona!
Me nace el deseo de leer otra vez lo que ya he leído de
ti. Y de leer lo que, todavía, no. Pero, los ojos se cansan. Y las
tareas cotidianas son muchas. Pretextos, dirán los amigos
cáusticos. Y, tal vez, sea verdad. Pero, la vida se está
volviendo cada vez más agitada. Quisiera, por ejemplo, un
tiempo especial para Los ríos profundos. Quisiera leer,
acuciosamente, tus siete poemas. Y todo lo demás. Y
sumergirme, de nuevo, en el universo de tus libros. Oír el
zumbayllu. Escuchar las voces de los comuneros y sus
cantos. Acompañarlos en sus luchas. Sentir la emoción de
sus fiestas. Oír el murmullo aleccionador de los ríos y, de
pronto, los violines y las arpas. Aplaudir (aunque tenga su
poquillo de crueldad aquello) a todos los pongos y sus
sueños. Vibrar en la transmigración del espíritu del Rasu-
Ñiti. Sentir la fuerza de los Apus y los Wamani. Caminar las
empedradas calles de Cusco y Ayacucho bajo el plenilunio.
Recordar las alegrías y penas de Ernesto. En fin...
Y, ¿cómo no pensar en tu lucha lingüística cuando
simple resulta para nosotros, los del español como lengua
materna, escribir en lengua española; que no lo fue, ni
mucho menos, para ti? Leo dos cuentos tuyos y constato
cuánta conciencia pusiste en las palabras, esmeradísima
elección. Extraño y mágico español el tuyo, que se abrió
paso entre el más mágico aún bosque lexical y sintáctico del
quechua que acunaron tus oídos y te concedieron ingresar,
libremente, al mundo quechua. Ya quisiera oír las doctas
exposiciones, al respecto, de González Vigil o Marco Martos,
por ejemplo. Y, ¡cuánto más me hubiera gustado oír a los
maestros Cornejo Polar y Alberto Escobar sobre lo mismo!
106
Me queda leer tus propios cuentos y tus novelas. Y me
queda intuir toda la batalla de lenguas que hiciste hasta
forjar el lenguaje que has plasmado en cada uno de tus
escritos. He oído que tus poemas están originalmente
escritos en quechua. Trataré de verificarlo (para mí
mismo). Lo lógico es que así fuera. Puesto que la poesía es,
en su mayor parte, la expresión del corazón y del espíritu.
Y, ¿qué lengua puede sintonizar mejor con el corazón y el
espíritu si no es aquélla que se aprendió primero y es la que
está asociada a lo más amado del hombre?
Pocos días para tu centenario. Y, aunque esté lejos de
los eventos académicos y artísticos, déjame decirte que me
adhiero a estas celebraciones, siquiera desde este modesto
espacio, siquiera desde la pequeñez de este canto. En un
país pobre como el peruano ‒y, sobre todo, pobre de
actitudes y de políticos‒, es un gran motivo conmemorar
los 100 años del nacimiento de un escritor imprescindible
para conocer el mundo andino; es decir, el Perú. E
imprescindible para recordarnos la tarea ya no de pensar
tanto; sino de ponernos manos a la obra en la majestuosa
tarea de transformar nuestro país.
Y ésa es la perspectiva
desde tu canto, desde tu voz
de peregrino solitario
que vio, en los ríos y las piedras,
su patria; en las nubes y en
los cóndores, una danza.
Las arpas son cascadas
e incluso el rondín participa,
José María, cuando cantas
‒con una fiesta en tu corazón‒
el huayno “Llaqtay Orco”.
107
Tu voz, siempre tu voz,
es, hoy, casi medio siglo después,
la misma voz de todos los hombres
del Perú, de los arrieros y los
sembradores, de los desposeídos
y los andinos caminantes.
Tu voz, cuando cantas,
no es la voz educada de
los cantantes; pero sí es la voz
enorme de la Tierra y los cerros
y del viento en las soledades
de los que mucho han sentido
y buscan, después de tanto dolor,
un oasis de amor y paz.
El quechua es quechua
confrontado y aguerrido
en tu boca, en tu brisa de
eucalipto y sauce integrados.
¡Cuánto fue la memoria de
tus años felices en las cosechas
y en las faenas comunales de los
pueblos misteriosos y enérgicos
que conociste, que caminaste
con tus metáforas en el viento,
con tus visiones de Wamani
encantado y gavilán herido!
Anoche, conversaba con unos amigos acerca de ti,
acerca de tu obra. Amigos inteligentes e informados.
Profesores de Literatura, poetas y narradores. Todos tienen
un respeto y un cariño grande por ti y por tu obra. Y, en
este momento, acabo de leer un comentario en YouTube de
un argentino que expresa admiración hacia tu obra y que
lamenta la soberbia de Cortázar “por haber hecho una
108
crítica destructiva” contra ti. Y también expresa su cólera
hacia “los miembros de la mesa redonda de la obra Todas las
sangres”. Ambos, hechos conocidos que siguen
generándonos dudas e ideas diversas. ¿Hasta dónde tuvo
razón Cortázar cuando afirmaba ‒según he escuchado‒ que
el escritor debe ocuparse de temas universales y no de
temas de provincia o locales? (Sin duda, es bueno leer o
releer los textos de esa, ahora, sombría oposición entre ti y
Cortázar. Y leerlo, sobre todo, para sopesar serenamente
los argumentos de ambos. Tal vez, hay ‒como suele ser en
todo debate‒ valiosa razón en ambos. Pero, mientras
Cortázar tenía una psique profilácticamente distendida y
cosmopolita, tú cargabas el peso incargable de heridas
profundas. Y asumías tu trabajo con una veneración y una
responsabilidad casi sobrehumana. A veces, yo he creído
que los escritores alcanzan una solidez y una capacidad
extraordinaria para decir las cosas; pero que esa capacidad,
cuando no va acompañada de sensibilidad humana, puede
ser muy hiriente y dañina. ¿No es casi tradición el hecho de
que las broncas entre escritores suelen durar larguísimos
años y, a veces, toda la vida? Es que las palabras son su
mejor habilidad y, cuando deciden usarlas como armas de
ataque, pueden ser demasiado efectivas,
desgraciadamente). En cuanto a la famosa mesa redonda,
pienso que los especialistas, cuando analizan
exclusivamente desde su especialidad, corren el riesgo de
dejar de lado gran parte de la compleja ‒y
multidimensional‒ estructura de una obra. Por ejemplo, un
científico social no debería juzgar una novela desde los
exclusivos cánones, en este caso arbitrarios, de la ciencia
social que lo ocupa. Sería como juzgar el discurso de la
ciencia desde la ficcionalidad literaria. Pero, pasados tantos
años ya de ese viejo debate, yo me pregunto: ¿qué queda de
las tesis expuestas por los señores comentaristas? Y, ¿cuál
109
es el valor literario y social de Todas las sangres? Sería
materia de un actualizado análisis. Me viene, por otro lado,
y volviendo al tema de Cortázar (escritor a quien respeto),
en relación a la universalidad de los temas, una frase de
Tolstoi ‒escritor universal, sin duda‒ que, de pronto, algún
significado aportaría en el diálogo de la cuestión planteada.
La idea tolstoiana es la siguiente: “Canta a tu aldea y serás
universal”. Me pregunto, ¿cuál habría sido el comentario de
Cortázar respecto de este pensamiento? Y, por otro lado:
¿quién decide qué tema es universal y cuál, no?; ¿por qué se
ha de suponer que un tema universal es literariamente más
valioso que un tema local?; ¿es literariamente correcto
plantear esa dicotomía?; y, ¿no se ha dicho, tantas veces,
que la literatura es una ancha puerta abierta, abiertísima, a
todos los temas? Tal vez, una cuestión de fondo que hace
falta recordar es que cada escritor desarrolla un universo
propio y que cada escritor importante defiende siempre la
trascendencia de una temática que es su temática
prioritaria. Y allí radica la belleza y el valor de la literatura:
que cada escritor aborda un asunto de interés en la vida
humana. Por ejemplo (aunque con el riesgo de simplificar
demasiado): en Vallejo, será el dolor humano; en Gorki, la
lucha de clases; en Beecher Stowe, la esclavitud de la raza
negra; en Gibrán, el espíritu del hombre. Reitero, en eso
radica la grandeza de la literatura: que te permite, con cada
libro y autor, conocer un aspecto, una dimensión esencial
de la condición humana. Así que mal haría un autor en
pretender que sus colegas se trasladen a los temas que le
interesan a él. No; cada creador descubre un aspecto de la
realidad y se consagra a ello. Al final, los lectores; es decir,
la humanidad entera, se beneficia con tanta riqueza de
temas tratados en el conjunto de la producción literaria.
Pero, me doy cuenta que, tal vez, me estoy explayando más
de lo necesario. Vuelvo a lo principal.
110
¿Qué más escribir,
qué más hacer
en tu memoria,
en tu gran recuerdo,
José María?
Tal vez, invocar a la
cordillera, solicitar
a las torcazas y a las
calandrias que vuelen
por ti, que lleven
tu nombre a los arco iris
y a las quebradas.
Y que Waira, el Viento,
difunda los huaynos que cantabas
en los corazones y entre los
valles, en Cusco y Apurímac,
en Viseca y Lucanas,
en las fiestas recordadas
y en las noches de Luna llena.
De pronto, me acuerdo, o pienso, en tu trabajo de
etnólogo, de recopilador de relatos, mitos, leyendas y de
música. Y, por supuesto, mientras escribo, oigo algunas
canciones tuyas a través de YouTube. ¡Con cuánto corazón
feliz y entusiasmado habrás hecho ese hermoso trabajo! Y,
seguramente, al volver a los pueblos que recorriste de
pequeño, al llegar como investigador, imagino que dejabas
atrás toda la racionalidad de la ciencia ‒necesaria, sin duda;
siempre necesaria-; no por antojo ni por juego, sino porque
sabías que, para sintonizar con la magia del pueblo, tenías
que entrar también con una actitud intuitiva y mágica.
Todavía recuerdo haber oído grabaciones de tu voz, áspera
y seria voz, hablando de Tete Mañuco. Y evoco, igualmente,
111
el Mito de Inkarrí, aquella legendaria esperanza del regreso
del Inka y del retorno de un orden armónico en el Perú y,
supongo o extiendo, en todo el planeta (algo que tiene
cierta relación con el Pachacuti, periodos de cambio cada
cierta cantidad de tiempo) (algo que, se me antoja, hace
pensar en la famosa profecía maya; también, período de
cambio al término del denominado año cósmico que, en este
tiempo, concluye e inicia uno nuevo el año 2012). Todo lo
cual nos traslada al tema de la cosmovisión de las culturas
precolombinas: los incas, los mayas, los aztecas, los pueblos
aborígenes de Norte América. Se sabe que hubo una
filosofía profunda y sabia. A veces, he navegado en Internet
en temas de simbología o mitología precolombina, y me he
encontrado con cosas sumamente interesantes que
demuestran que nuestras culturas autóctonas tuvieron un
pensamiento y un conocimiento bastante profundo y
elaborado. Hay cosas que se han perdido por lamentable
obra de los invasores. Por ejemplo, códices mayas o quilcas
de los incas o cantidades indefinidas de quipus con
información valiosa. Es por eso, José María, que cuando tú
has explorado y recopilado las tradiciones orales del Ande,
lo que hacías era darnos un ejemplo de rescate de lo que los
invasores europeos trataron a toda costa de desaparecer: el
idioma quechua, las creencias, las costumbres, la música,
las danzas, los nombres de los pueblos y tantas cosas más.
¡Cuánto trabajo costó, por ejemplo, descifrar la escritura
maya debido a que lo preservado era casi nada comparado
con lo que los seguidores de Hernán Cortez destruyeron!
Por todo ello, es motivo de alegría que, en los tiempos
actuales, exista una mayor conciencia de lo andino y lo
autóctono en general; que, por ejemplo, grupos como “Los
Kjarkas” y “Alborada” difundan bella música en aymara y
quechua. Tú fuiste uno de los pioneros, José María, en el
rescate de lo andino, en el reclamo por la reivindicación de
112
nuestras comunidades antes explotadas por los
latifundistas y, hoy, olvidadas por el ambicioso centralismo.
Por tu labor de rescate cultural, te alegraría saber, por
ejemplo, que la Danza de Tijeras ha sido declarada por la
UNESCO “Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad”.
O, de igual modo, te hubiera alegrado ver cuánta difusión
tienen ahora las fiestas de Puno o el Inti Raymi de Cusco, o
el programa “Costumbres”, con Sonaly Tuesta; y “Miski
Takiy”, antes, con Maritza Rodríguez; hoy, con Damaris y
Saywa (hace algunas semanas, ambas, con motivo del
reconocimiento de la UNESCO que te he mencionado,
dedicaron todo un programa a la Danza de Tijeras). Te
alegraría saber, también, que existe una soprano puneña
llamada Edith Ramos que investiga y canta viejos y
hermosos yaravíes y huaynos en quechua (ya la han llevado
hasta Ámsterdam para que cante por esos distantes
lugares). Te hubiera alegrado, José María, escuchar que
elogian y cantan también a tu nombre, de hermano mayor,
artistas como Martina Portocarrero o Manuelcha Prado. Y
que siguen nutriendo el aire y el espíritu de los peruanos
con su música andina queridos amigos tuyos, entre
violinistas y charanguistas, como, por ejemplo, el maestro
Jaime Guardia. Ya lo ves, José María, ya lo ves. Te
recordamos, te admiramos. Y seguimos leyendo tu obra. Y
seguimos reclamando por la iguadad y la integración de los
peruanos, “sin rabia”, como pedías, para que todos seamos
la Patria, para que todos tengamos derecho a la alegría.
Olvidaba hablarte de otro muchacho talentoso. Se llama
Lucho Quequezana. Y ha realizado el audaz experimento de
hacer música con extranjeros a quienes enseñó a tocar
instrumentos andinos. Quequezana, Edith Ramos y
Damaris, son muchachos talentosos y todavía van a dar
grandes y bellas sorpresas musicales. Y hasta quiero decirte
que, hoy, la música andina tiene bastante fuerza en Lima.
113
Alguien dirá que la música se ha modernizado y
comercializado demasiado. Sí, en parte, es cierto. Pero, lo
interesante de este fenómeno es que las grandes cantidades
de migrantes andinos no pierden sus raíces. Es más,
celebran sus fiestas patronales con la música autóctona de
sus pueblos. Los tiempos han cambiado, José María. Y, como
he dicho anteriormente, estamos, poco a poco, avanzando
en la reivindicación de la cultura andina y en la integración
de todas las sangres. Un ejemplo simple, pero significativo:
en las actuaciones y demás celebraciones escolares, es
común ‒y bello‒ ver la confluencia de expresiones
musicales y culturales de varias zonas de nuestro país:
marineras, tonderos, carnaval de Cajamarca, Huaylash,
bailes del Cusco y de la selva, sayas, festejo. Es un hecho
bastante normal. Y, sin duda, de una hermosa pluralidad
artística. Falta aún mucho por hacer; pero, ya es un signo
importante. Te doy otro dato más: la vieja marginación al
serrano se ha reducido considerablemente. Y es que, hoy
por hoy, mucha gente de éxito en los negocios, en la
política, en el arte, en la literatura, es gente serrana. Incluso,
hemos tenido un presidente como Toledo, de raíces
andinas, que te admira, y que toca música andina en saxo y
canta huaynos. Los tiempos han cambiado. Y tenemos que
seguir ejerciendo nuestro derecho al cambio hasta hacer
del Perú una nación fraterna y desarrollada, que ame todas
sus manifestaciones culturales, de sierra, costa y selva. Para
decir, como Vallejo, que podremos, algún día, felices
encontrarnos “al borde / de una mañana eterna,
desayunados todos!”.
Muchos eventos se están realizando en nombre de tu
vida y de tu obra. Y es que, por la forma como viviste y por
escribir lo que has escrito, es imposible desligar tu vida de
tu obra; están entrañablemente relacionados. En algunos
114
escritores, es posible separar biografía y obra; pero, en tu
caso, no. Podría decirse de ti como se decía del haijin
Matsuo Basho, que viviste en relación a lo que escribías y
escribías en relación a lo que viviste.
Ayer, 18 de enero, fue el día esperado. El día que
hubieras cumplido 100 años; es decir, el día de tu
memorable centenario. Hubiera querido escribirte algo, y
mucho, ayer; pero, no pude. Sin embargo, evoqué tu día, los
100 años de tu nacimiento, de tu llegada al mundo andino,
que te esperaba, y que hoy te celebra. ¡Andahuaylas habrá
sido una grande y hermosa fiesta! Imagino la Misa en
Quechua, los sonidos míticos del Runa Simi en una vibrante
cohesión de espíritus reunidos a tu nombre, por tu legado,
por tu enseñanza, por tu vida. Ayer, ha sido la cúspide de la
remembranza, del canto épico de los Andes para uno de sus
predilectos hijos tal como los Himalayas aman a sus
peregrinos y a sus ascetas. Pero, no termina allí tu historia.
Más bien, ha tomado nueva fuerza. Dos son los tiempos
tuyos: la lucha por la reivindicación integral del mundo
andino y el dorado tiempo en que todas las sangres
peruanas conformen una nación poderosa, la República
Superior del demócrata Mohme. Ese día utópico ‒jamás,
arcaico‒, más exactamente, reclamado e histórico, resonará
tu nombre en un concierto andino de felicidad unánime, al
lado de otros nombres igualmente loables y respetables
como Vallejo, Florián, Mariátegui, Churata, Nieto, Alegría,
Vargas Vicuña, y otros que no debiera olvidar; pero, sin
querer, olvido.
Hoy, 19 de enero, te sigo escribiendo. Y tu recuerdo lo
asocio a otro recuerdo, también, entrañable: al poeta joven
que la barbarie ultimó en un río, en un anti-histórico acto
en que una oscurísima sombra venció al rayo de luz y vida
115
que fue y es y será siempre Javier Heraud. Un día como hoy,
nació, 1942, en la Lima que tú también conociste, aunque
desde tu propio universo, como sucede con todos los
grandes escritores, que todo lo ven, afortunadamente,
desde el prodigioso color de su cristal, que, en tu caso, era
el cristal imprescindible y tumultuoso de una gran raza
despreciada y aborrecida por los fantasmales poderes
aurífagos del Perú y de toda América.
Yo estoy feliz de asociar tu nombre, cercano
cronológicamente, 18 y 19 de enero, al del Poeta Joven del
Perú. Tú escribiste Los ríos profundos; Él escribió El río. Y
ambos fueron, y son, dos torrentes de creación y poesía. Y
de ambos nos duele el cómo murieron. Pero sus recuerdos
y sus obras son vidas perdurables y son capítulos
esenciales en la Grande y Verdadera Historia del Perú.
Ya lo ves, José María: quise centrarme en tu recuerdo;
pero, me brotaron otras cosas, inquietas ideas que, de todas
maneras, se relacionan contigo.
Leí, hace unos días, tu discurso al recibir el premio
“Inca Garcilaso de la Vega”, en 1968. Todo lo que dices es
fuerte y memorable, porque más que brotar de tu intelecto,
nace valientemente de tu corazón. Hay cuatro ideas
particularmente hermosas que dices: que el arte nace de las
fuentes del amor; que uno de tus grandes principios fue
considerar el Perú como una fuente permanente de
creación; que imitar desde aquí ‒desde el Perú‒ resulta
escandaloso y que, en técnica, nos superarán, pero, en arte,
tenemos mucho que enseñar. Leer todo eso es
emocionante; pero, es sentir también la enorme agitación
que vivías, tu lucha interna, tu batalla enorme, tu tal vez
insondable agonía. Es recordar todo lo que viviste, y todo lo
116
que significa tu obra, forjada desde una mente y un corazón
tan profundos y agitados como el poderoso río que
escribiste.
Quisiera seguir escribiendo más cosas sobre ti, José
María. Pero, tal vez, ya no sea bueno; tal vez, estoy
incurriendo en fallas y excesos. Perdóname, por favor, si así
fuera. A veces, el entusiasmo, nos opaca la ponderación y el
raciocinio. Ayer, ha sido el día central de las celebraciones
de tu querido Centenario. Sé que habrá otros eventos más,
igualmente valiosos. Pero, poco a poco, todo lo hecho por
tus 100 años irá conformando el patrimonio del bello
recuerdo. Eso sucede siempre con todas las cosas marcadas
por el tiempo. Pero, tal como, en el decir de Herodoto, “el
tiempo teme a las pirámides”, nosotros diremos que el
tiempo teme también a los libros, porque los libros, escritos
con energía y ternura, con pasión y amor, como los tuyos,
perduran siempre. Allí están tus obras, repartidas por el
Perú y tantas naciones más del planeta, legado histórico y
testimonio del universo andino, donde tú, una vez, reíste y
lloraste, amaste y odiaste (pero odio puro, odio sin
maldad), y fuiste como un gran mago enamorado, dichoso
enormemente entre los pueblos y los ríos, encantado con
los trinos de los pájaros del Ande, embrujado por el
magnetismo de su geografía, entusiasmado para siempre
con las fiestas comunales y atraído poderosamente por la
literatura para ser uno de sus orfebres, uno de sus
quipucamayocs, cantando y narrando, soñando y viviendo
una lucha incesante, una utopía futurista de haravek y
amauta contemporáneo, un canto esperanzado de calandria
vigorosa, de gavilán energizado por los efluvios ancestrales
del Perú profundo, de la patria que, por siempre, te convoca
y te ama. Sigues vivo en toda tu obra. Sigues vivo como los
viejos cantos andinos y las férreas montañas. Tu figura
117
parece un árbol silvestre, puesto al viento y al Sol de los
cuatro puntos cardinales. Tu batalla abrió un camino en la
historia peruana. Y cada poema, cuento, recopilación o
novela tuyos son pequeños y grandes ríos que viajan por el
espíritu de los peruanos, irrigando la memoria y
manteniendo fresco el ideal de la pronta reivindicación del
mundo andino y de la patria entera para hacerla un hogar
armonioso, una feliz mixtura de razas y espíritus, de cantos
y sueños, alumbrados por el inextinguible Sol del Amor y la
Alegría.
20 de enero, es de mañana.
Y he decidido hoy concluir
este pequeño e inevitable canto
a tu nombre, José María,
a tu ejemplo de gran peruano
en medio de las montañas
y al universo de tu obra.
No cesará tu recuerdo.
Estará enraizado en los valles.
Brillará en el cauce de los ríos.
Sonará en el canto de los pueblos.
Vibrará en la voz de las calandrias.
Será acento vivo en el kechua.
Inspirará las luchas andinas.
Será un acorde en las arpas
y en los violines de Andahuaylas.
Como de todo gran hombre
que vivió y murió por una causa,
hay una parte de ti que se ha ido
y otra que se queda por siempre
entre nosotros y para el futuro.
¡Cuánto hubiera querido conocerte,
hermano mayor del Perú entero!
118
¡Cuánto nos hubiera inspirado
oír tu palabra, tu canto!
Tal vez, en esa idea fraterna,
en algún diálogo que hoy soñamos,
nos hubieras ayudado a comprender
mucho mejor el mundo andino.
Tal vez, en esa ansia mía, de iluso,
hubiera pedido que nos hables
de tu vida, hoy tan comentada.
Hubiera sido simple, como los
humildes, afectuoso; pero lastimado,
tu relato. Y, luego, hubiera seguido un
largo y respetuoso silencio
como sucede después de todas
las cosas complejas y dolorosas.
¡Cuántas batallas tuviste
en tus montañas interiores!
¡Cuántas horas difíciles, con
Sol y Luna, en tus desiertos!
Hasta el agónico misterio
del instante metafísico
en que todas las ideas
y todos los sentimientos
son aire y polvo,
aire y polvo
solamente.
Pero, la muerte no trunca
el viaje del pensamiento
ni apaga las estrellas
del eterno firmamento.
Nuevas mentes
y nuevos corazones llegan
hasta tus libros
y el Perú que soñamos
119
es un trabajo permanente.
Allí confluirán
todo el amor y la dulce furia,
todo el sueño y la magna obra
de los espíritus guerreros
y las palomas enamoradas.
Con toda esa vasta energía,
erigiremos, poco a poco,
la Amada Patria liberada,
Ayllu gigantesco
con las almas fusionadas
como el oro más bello
‒desterrada la crueldad para siempre‒
e instalado el Bien Común
así como el Sol del cielo.
Ese luminoso día, todos cantaremos,
materializadas nuestras altas utopías,
con la amistad de todo el mundo,
José María, amauta nuestro.
Chiclayo, enero del 2011,
en el Año del Centenario del
Nacimiento de José María Arguedas.
120
El árbol o el visceral deseo
de la originalidad narrativa
Osado e inteligente resulta el
planteamiento narrativo de la
novela (¿o antinovela?) El árbol,
del novelista (¿o antinovelista?)
Miuler Vásquez González (San
Martín, 1982). Si se dice que no
debemos perder la capacidad de
asombro de la niñez, también
habría que decirse que debemos
conservar, siempre, la capacidad
de experimentación en la
creación literaria. Esto último nos lo recuerda, con bizarra
decisión, Miuler Vásquez. Hace poco, leí que el autor atento
con su lector no le ahorra trabajo. La novela El árbol parece
adherirse a esta exigente idea. Conversando con Gilbert
Delgado (quien obrará de comentarista en mesa en la
presentación de El árbol en Chiclayo, el 18 de febrero),
brotaba la pregunta: ¿se trata de un libro hecho para el
lector común o para el estudio especializado? La verdad, yo,
hasta este momento, no tengo la respuesta. Tal vez, se
anime a aclararlo Miuler el 18 de febrero. Su breve nota
biográfica indica que, desde hace algunos años, es ingeniero
agrónomo; pero, sobre todo, y “desde siempre, ha vivido
para la literatura”. Es cierto. Su libro revela largos años de
brega en la “bendita manía de narrar”. El árbol constituye, a
nuestro parecer, un audaz experimento narrativo que nos
recuerda la infinidad de posibilidades de la creación
121
literaria y la capacidad desautomatizadora de la Literatura,
siempre abierta a nuevas posibilidades.
Alucinación y ambigüedad parecen ser dos rasgos
importantes que debemos precisar desde el principio en
esta novela. Parte de la audacia del autor consiste, por
ejemplo, en demostrar que no hace falta especificar
nombres de personajes ni de lugares para construir un
relato (en la pág. 92, expresará el fundamento: “porque eso
de poner nombres es de humanos poco creativos”; por
supuesto, una aseveración personalísima del autor). Miuler
asume como desafío literario ‒síntoma de su encomiable
obsesión por lo radicalmente original‒: “escribir un relato
que nadie pueda resumirlo, extenso, con marcadas
variaciones en cada párrafo y sin basarse en los métodos
convencionales que el conjunto de los escritores que
pueblan la tierra suelen usar” (pág. 56). En este punto, es
necesario ordenar nuestro comentario tratando de
establecer algunos apartados en función de los hallazgos
realizados.
1) Propuesta de una novela distinta: Que se sustenta en
el alejamiento de las características convencionales (de la
mayoría de las novelas, al menos). Así, se observa: la
ausencia de párrafos, el no uso de nombres de personajes
ni de lugares; tampoco hay uso de guión mayor de diálogo;
se tiene un epílogo que no aparece, precisamente, al final; y
se observan las acotaciones en cursiva del narrador
omnisciente. Miuler aboga por una creación libérrima,
distinta. Leamos a su entusiasmado personaje cuando
proclama la creación de un relato “muy meritorio, sin
barreras de la índole que fuese, único en su género, capaz
de captar la atención de los lectores desde la primera
palabra. Eso es lo que percibo, y créeme, lo está logrando”
122
(pág. 56). Es en esa perspectiva que se produce una especie
de desdoblamiento del autor y establece una permanente
vigilancia de la dicción y la actuación de sus personajes
(que, a ratos, adquieren vida propia y se permiten
enjuiciarlo también a él). Todo debe apuntar hacia la
originalidad total, puesto que hay un rechazo al novelista
en el sentido tradicional: “(…) un escritor del tipo…
¿novelista? ¡No lo quiera la humanidad! Tampoco le
permitiré ‒dice el innominado personaje‒ semejante
abominación, de ningún modo, primero me extermino junto
a él y exploto, o más fácil: le pego un tiro y silencio sus
dedos. Sí, eso haría, y no es una ostentación ni osadía. Lo
digo en serio, ¡entiéndeme!, ¿si tú fueras yo, le dejarías que
fuese un vulgar novelista? (pág. 56). Hay, en M. Vásquez, la
obsesión por diferenciarse, por plantear algo
verdaderamente nuevo. Quiere ser innovador radical. No
quiere que lo encasillen; mucho menos que lo incluyan en
las taxonomías literarias convencionales. “Ésta no es una
novela, ni un monólogo, ni nada que se parezca a algún
género literario” (pág. 57). Lo que reitera la necesidad
urgente en M. Vásquez de romper esquemas, de renovar
(característico rasgo de todo artista ‒incluso, científico‒
joven, como bien lo explica Scott Thorpe, en su libro Cómo
pensar como Einstein.
2) Seguimiento del relato: La presencia vasta e insólita
del árbol marca grandes tramos del libro. Difícil sintetizar
su naturaleza y los hechos acaecidos en función a él.
Señálese, al menos, que el árbol era una inmensa casa
donde todo objeto era de madera, a excepción de la chapa
de la puerta. Pero, el árbol pasó por una metamorfosis que,
a nivel de relato, adquiere una perspectiva mágico-realista:
el árbol iba a ser cortado; pero, el hombre que lo regaba
lloró tanto que, el árbol, conmovido por eso, y luego de
123
cierta conversación misteriosa, amaneció convertido en un
grande y hermoso castillo de madera. Pero, es necesario
preguntarnos, ¿qué tipo de persona es el gran enunciador
del relato, el personaje narrador? Tal es una de las
ambigüedades del libro. Una hipótesis sería afirmar que el
narrador de todas las cosas insólitas y hasta inverosímiles
que se presentan es un hombre alucinado. De su mente
febril y seguramente maníaca surge una frondosidad de
sucesos, de imágenes, de planteamientos hasta filosóficos
sobre una variedad de temas esenciales. Parece un Quijote
en delirio, un largo túnel onírico, con tramos incluso
estrambóticos; pero que no deja de tener un sentido
estético sorprendente. El interlocutor es un amigo siempre
receptivo, nunca emisor. Al final, luego que el personal
médico sube a la camilla al absorbente narrador, se revela
que el tal “amigo” sólo es “un muñeco mugroso y cochino”
(pág.115). Y queda más claro que nunca que el protagonista
es un paciente psiquiátrico y nos obliga a repensar todo lo
leído, y a suponer cuánta mezcla de verdad y de ficción
‒dentro de la misma ficción narrativa‒ hay en todo lo
anterior; nos obliga a preguntarnos: ¿y los reyes?, ¿qué
simbolizan los reyes? ¿Serán distintos yoes o máscaras de
alguien? ¿Y la reina infiel?: ¿no es, quizá, una alegoría de su
propia esposa? Si el objetivo de M. Vásquez ha sido
complicarle la vida al lector, creo que lo ha logrado. Y es
que, conforme uno va leyendo, casi automáticamente, van
surgiendo las preguntas. Terreno ambiguo. Y, cuando crees
tener algunas certezas de lo ya leído, el final te vuelve a
mover el piso y caes, otra vez, en la incertidumbre. ¿Volver
a leer el texto? Si se quiere dilucidar bien las cosas, habría
que hacerlo. En todo caso, tarea para el análisis profundo y
deductivo de El árbol. Lo nuestro es apenas un comentario.
M. Vásquez muestra una visión personal y distinta de
124
las cosas, casi desde la maravillosa óptica del pensamiento
infantil. Por ejemplo, cuando leemos: “Bello era el paisaje
(…), no el sol. A propósito, el sol parecía una fruta ácida y
podrida sometida a mucho calor” (pág. 18). Puede decirse
que, en este singular relato, hay incluso algo de la perspicaz
ingenuidad (si se me permite la paradoja) del principito de
A. de Saint-Exupéry: “¿Me preguntas siquiera por el cabello
del Rey, si es oscuro o castaño, escaso o abundante?” (pág.
18). El desbordado relato del extravagante narrador
introduce eficazmente al lector en el extraño y sutil
universo arbóreo concebido por M. Vásquez. No es
exagerado afirmar que, en El árbol, se siente, a ratos, un
aire garcíamarquesiano, el que corre en Cien años de
soledad. Tres pequeñas muestras. La primera, cuando habla
del primer Rey; escena notable, talentosa, macondina:
“Lidiando con la realidad, conquistó muchas ilusiones,
se adhirió a ellas y su cuerpo experimentó cambios que no
pudo descifrarlos más que por un leve período; entonces, a
pesar de encontrarse con su malsana identidad, reflexionó
y no quiso perderse en ese mundo insano que le rodeaba,
aunque supo de antemano que no podía cambiar el rumbo
del destino, así le daban a entender los grilletes que
aprisionaban sus extremidades, también las cadenas, la
andrajosa ropa que traía puesta, el excremento
nauseabundo y la comida maloliente que nadaba en charcos
de vómito. Sabía que iba a morir ahí. Efectivamente, hasta
ese momento nadie se había atrevido a separarlo de aquella
propiedad con dueño desconocido. Fue en ese periodo
precoz de sabia existencia, que el Rey perdió el control por
completo, se tambaleó mil veces, oyó las palpitaciones más
que nunca y, esquizofrénico, rabioso, mordió las cadenas, se
golpeó contra el piso y arrancó cuanto cabello encontró en
125
su cabeza, se desgarró la piel, se mordió los brazos y
exclamó con furia que no era humano” (págs.19-20).
Esta segunda muestra, nos hace evocar la peste del
olvido (en la misma obra de García Márquez). También se
refiere al primer Rey: “¿Qué en qué momento había llegado
a tal extremo? No lo sabía porque había perdido sus
recuerdos” (pág. 20).
Y la tercera muestra nos recuerda a los varios
personajes Buendía, que pueden confundir al lector (y que
ha sido motivo de esforzadas genealogías). Cito:
“Bueno, se me ocurre, para evitar confusiones con los
reyes postreros, llamar al Rey que quiso apropiarse del
árbol y murió dentro de él, el Primer Rey; al siguiente, el
Segundo Rey, y así seguiré. ¿Estás de acuerdo, amigo? Bien.
La estirpe del Segundo Rey era numerosa” (pág. 26).
Una escena importante refiere acerca de la infidelidad
de la reina (tema crucial y clave en toda la novela ‒la
infidelidad conyugal‒, ¿posible causa o detonante de la
demencia del protagonista?). La poliandría de la reina
acongoja al príncipe cuya psicología, en tal circunstancia,
tiene algo de Hamlet y de Segismundo. A la muerte del
primer Rey, el príncipe asume el mando con actitud
insospechada.
Puede decirse, en este tramo, que parte del atractivo y
magia de este atípico relato se sustenta en una doble
perspectiva del narrador: la del adulto analítico y culto, y la
del niño silvestre y fabulador.
En las páginas 21 y 22, el tema de las emociones y la
126
sensibilidad (otro tema esencial en El árbol, que nos induce
a afirmar que estamos ante una novela psicológica)
comienza a adquirir gran importancia. Luego, vendrán
muchas más alusiones al tema. Una de ellas se refiere a las
escenas del niño en su relación conflictiva con el padrastro
y con el medio hermano que, al principio, no acepta ni
quiere. Después, la escena de la burla que hacen los policías
del mismo personaje ya casi adolescente. Es decir que el
plano emocional, en esta novela, tiene un valor
fundamental, lo que permitiría un análisis psicológico del
texto.
Luego de la muerte del primer Rey, la reina ya no fue
la misma mujer de antes; tal vez, agobiada por la
culpabilidad. Y ‒por el contrario‒, en el príncipe,
aparecieron deseos de grandeza. En esta parte, M. Vásquez
desliza el tema del poder: “Sin duda, el poder era más fuerte
que todos los sentimientos dirigidos, ella lo sabía” (pág. 23).
Por otro lado, hay que decir que M. Vásquez logra la
creación de ambientes oníricos fantasmales y despliega
impactantes descripciones que parecieran extraídas de los
filmes Más allá de los sueños y Ghost. A ratos, se condensan
acciones y sucesos insólitos, que refuerzan nuestra idea de
semejanza con el espacio novelesco macondino. Breves
ejemplos: “(…) este paisaje que, a cada segundo, se volvía
más macabro”. “Traía una joroba muy grande y reía a voces
llenas” (pág. 35). “Su cuerpo contaba con cicatrices de
centenares de amores, todos muy malos, amantes que la
usaron y la dejaron olvidada” (pág. 36). A esto mismo, tal
vez, abonen también las páginas 41 a 44, donde el autor
extiende una original ficción creacionista.
127
En las págs. 47 y 48, ocurre uno de los hechos más
intensos: el enfrentamiento del 4to. Rey (que aparece como
un ser extraño e intimidante) contra un asustado grupo de
gente. Leamos un fragmento:
“(…) un rayo fulminante de locuacidad le hizo
resplandecer aún más y, excitado ante su claro proceder, se
detuvo y quiso hablarles; pero su voz no se anunció
conforme, por el contrario, sonó a graznidos incoherentes.
Volvió a intentarlo, les hizo señas con las manos tratando
de explicarles que buscaba un árbol, insistió en su
cometido, cantó como sabía para agradarles y, en vano se
esforzó. Los rostros le miraban con temor, anonadados, no
fuera que se le ocurriese matarlos a todos, incluyendo a los
niños. Podría ser, qué no veían que no era humano, qué no
se daban cuenta de que quizá, esa cosa de enfrente
representaba un castigo por lo mal que se portaban…
“¡Tonterías!”, apagó una voz los comentarios,
“¡matémoslo!”… ¿Que si lo mataron? No habrían podido aun
si todas las manos presentes le hubiesen asestado golpes al
unísono, sólo que eso no llegó a suceder sino que, estando
el Cuarto Rey acechado por hombres embravecidos y
armados con palos, consciente de que trataba con seres
inferiores, huyó a toda prisa, con rumbo ascendente, en
dirección hacia la frondosidad más tupida y el monte más
alto. Avanzó abriéndose paso con su propia luz, derribando
en su andar la maleza y árboles menores, sin herirse con las
espinas, sin cansarse. Su fuerza era mucha, (…)”.
El enfrentamiento entre el 4to. Rey y la muchedumbre
nos lleva al tema de la oposición realidad extraña vs.
realidad común, lo monstruoso vs. lo humano. Conmovedor
resulta imaginar al ser diferente, poderoso, esforzándose
por congraciarse con los humanos; empero, éstos no
128
resisten la diferencia. Y lo rechazan. Y pretenden
eliminarlo. ¿Alegoría, en el mundo del arte, a la obra
distinta? ¿No es la masa la miopía de los críticos que no
alcanzan a reconocer el valor de una obra entrañablemente
nueva como sucedió con la poesía de Vallejo? Podría
decirse, igualmente, que el 4to. Rey parece un símbolo del
artista. En todo caso, análoga situación con la de otros seres
extraños y despreciados en la ficción literaria como
Quasimodo, Hans el Erizo, el Minotauro (que Cortázar se
encarga de reivindicar) o, en el cine reciente, el ogro Shrek.
Resulta un poco extraño ‒en cuanto se manifiesta una
reiterada visión pesimista acerca de la humanidad‒
encontrar en el mundo arbóreo de M. Vásquez una visión
favorable de la esperanza, como si se tratara de una fuerza
mágica. Dos citas al respecto: “De no ser por la esperanza
que ardía en sus venas (que le había dotado de fuerzas
desproporcionadas), habría muerto ahí mismo, de hambre
o de sed” (pág. 49). “(…) este Rey, siguió con vida, porque
resplandecía de esperanza, porque su sangre llevaba ese
fuego vivificador (pág. 53).
Asimismo, es significativo el hecho de que este 4to.
Rey, de atacar a un ser humano (ganas no le faltaban, dice el
narrador), “se contaminaría de por vida”. En cambio,
consideraba a los animales como algo sagrado, aunque,
cuando lo decidía, podía eliminarlos; eso sí, con el menor
sufrimiento posible. Su rechazo a los humanos es tan fuerte
que expresa: “Nunca más cerca de ellos”; y mantiene su
decisión de vivir: “lejos de toda civilización, a expensas del
ancho y majestuoso peligro” (pág. 50).
De cuando en cuando, el narrador omnisciente indica
que se escuchan, amenazadoras, las sirenas policiales. Al
129
final, sabremos que se trata, más bien, de la sirena de una
ambulancia.
El protagonista, reiteradamente, indica su rechazo al
sentimentalismo y su defensa de la sinceridad. “Sin pena,
nosotros no somos como esa otra mitad con corazón que
está del otro lado. No nos parecemos a ella que finge, que
vierte comentarios benéficos para llevarse bien con los
demás”. Y es que el protagonista aboga por la sinceridad a
fondo, la de los niños y los locos (lo que se corresponde,
obviamente, con la condición del personaje). Sinceridad que
extiende al ámbito literario: “(…) te lo diré sin mediar las
consecuencias, dice “me pareció tierna tu historia”
encontrándola ridícula. Sí, amigo, así es como vive ‒esa otra
mitad con corazón‒, fingiendo. Y cuando le vuelve a ver, de
nuevo: “he leído todos tus cuentos y cada uno me parece
excepcional”. Así le dice” (pág. 51).
Se encuentra, poco después, una alusión a la Totalidad
o a lo que se denomina Campo Unificado: “Todo,
absolutamente todo, está relacionado entre sí” (pág. 51).
Como también alude a la lucha interior entre razón y pasión
(que pocos como el sabio-poeta libanés Gibrán han resuelto
muy bien; poética y filosóficamente, al menos). Hay, incluso,
una breve, pero no menos importante, referencia a la
meditación.
Poco más adelante, aparece una interesante reflexión
metafísica acerca de la vida y la muerte (pág. 53). “Vivir,
morir, soñar: ¿dónde estaba la diferencia?”. Y otra vez, la
evocación a Hamlet. Y, asimismo, la contradicción entre
artista y hombres comunes (u hombres no artistas, en todo
caso).
El 4to. Rey aparece como un lobo estepario hessiano.
130
Encontró su árbol anhelado (¿en sueños?); pero, no le
bastó: “¡Seguir, encontrar otras cimas, perderse en las
montañas! (pág. 55).
Conforme avanza el relato, van brotando mayores
evidencias de la anormalidad del protagonista.
Repentinamente ‒como psique bipolar‒, se siente pleno de
entusiasmo, de euforia y plenitud de facultades: “El talento
me abruma. En este estado de excitación tan fascinante que
me encuentro, podría volver a entregarme a la justicia y
disfrutarlo. Sí que lo haría; pero no temas ‒le dice a su
enmudecido amigo que es, ya sabemos, un simple muñeco‒,
no lo haré jamás: prefiero estar cerca de ti” (pág. 58). Se ha
de inferir, con los datos posteriores, que la tal justicia no es
otra cosa que el hospital psiquiátrico y que las sirenas
corresponden a la ambulancia. Sorprendente ‒y hasta
cierto punto, enigmático‒ resulta el nivel de profundidad
que logra M. Vásquez para recrear la mente perturbada de
su personaje. Pareciera que su profesión no fuera la
Agronomía; sino, más bien, la Psiquiatría
Se reitera que, a lo largo del relato, se muestra una
relación casi conflictiva, insólita, entre autor y personaje.
Éste parece resistirse, heroicamente, a ser un simple
monigote manipulable, sin albedrío.
A veces, el relato adquiere la surrealista atmósfera de
la película Alicia en el país de las maravillas, recordándonos
la excéntrica psicología del Sombrerero, en la genial
interpretación de Johnny Depp. ¿Es El árbol un elogio de la
locura? En todo caso, sería también, una apología de lo
diferente. En ese sentido, el narrador afirma
categóricamente: “(…) sin imaginar que en esos ‘Locos’ hay
felicidad y encanto. En ellos, déjame decirte, no hay
131
preocupaciones; en ellos, el dolor es un escape
experimental dulce, agradable…” (pág. 61).
Otro aspecto importante es la oposición mundo real/
mundo imaginado y humanidad/personajes literarios: “Me
estoy refiriendo, evidentemente, a los que pueblan el otro
lado de estas páginas. Nosotros, por el hecho de estar aquí
adentro, estamos excluidos (pág. 61).
Una pregunta que dejamos para los lectores, y para
nosotros mismos, es ésta: ¿Qué representa el árbol,
finalmente? ¿Es el cuerpo? : “No hay más que decir; nuestro
árbol ha sido regado. Es uno grande, privado, infinito y
absurdo, de esos que llevamos con nosotros a todas partes.
Hay reyes dentro de él, espacios de maldad diseminada,
corazones…” (pág. 63). ¿Y los 4 reyes? ¿Acaso son 4 yoes?
¿Nuestro alucinado actante es un hombre con
personalidades múltiples? Téngase en cuenta, por ejemplo,
que el 4to. Rey era el favorito del protagonista del relato,
quien llega a decir: “Se parecía mucho a mí”. Era “bien
parecido, luminoso, inteligente, prudente, soñador, grande
en perspicacia, sensible a la naturaleza, fuerte… Era como
yo, no hay duda de eso” (pág. 47).
Pero, en El árbol, hay también una preocupación por la
búsqueda de la ecuanimidad ‒ideal budista‒ y de la
objetiva percepción del mundo exterior, cuando habla,
reiteradamente de no-emociones o como cuando expresa,
por ejemplo: “Él percibió los sonidos sin enojo, neutralizado
en sus pensamientos, e igual pareció no desconcertarse
ante un posible acercamiento de algún congénere suyo”
(pág. 68).
132
En la pág. 70, encontramos el recuerdo de una intensa
y triste vivencia familiar, que nos hace recordar las
profundas penalidades de Zezé, en Mi planta de naranja-
lima, de Mauro de Vasconcelos. Aquí, Miuler, obsesionado
por ser un narrador diferente, y en su afán ya no sólo de ser
un eficaz narrador omnisciente y desdoblado, sino además
de querer controlarlo todo, se toma la licencia de increpar
al propio lector (al que siente como una especie de intruso
en la revelación de aquellos sentimientos encontrados):
“Dentro de sí, algo nuevo acababa de descubrir, un hallazgo
que le hacía sentir muy raro… ¡No interrumpas, lector!, no
me refiero al amor” (pág. 70). El narrador omnisciente
agrega: “Su semblante siguió siendo el mismo ‒el del
personaje‒, salvo que, en el otro lado ‒en el autor‒ creyó
percibir lágrimas” (pág. 70).
Posteriormente, M. Vásquez muestra algunas
realidades del conflictivo amor humano y el deseo. Así, en
la pág. 71, hay una escena de juventud: el personaje, la
novia y el deseo de aquél por la empleada de casa. Más
adelante ‒en la continuación de diversos flash backs‒, el
personaje evoca a su padre y recuerda la casita de tablas
mal cepilladas que le hizo, antes que el padre decida
alejarse. Otra de las incógnitas del relato que el lector debe
resolver es la referencia a ciertas “Proezas”.
En otra parte del libro, hay una curiosa referencia a la
mujer: “(…) la hembra (dijiste hembra, no mujer) tenía
cierta validez como portadora de estímulo sexual y médium
reproductivo, pero que en definitiva no servía para nada
más que no fuera incomodar la paciencia” (pág. 74). Por
supuesto que, en el personaje alucinado, a la luz del
psicoanálisis, podría hallarse una animadversión de orden
133
psicosexual; en todo caso, asociable a su conflicto de pareja
en torno a la infidelidad.
Más adelante, aparece una escena en la que, según
parece, el personaje es encontrado por personas que lo
andaban buscaban. Pero, logra escapar, llevándose consigo
a su “amigo”. Debido a ello, en un instante de consciencia
supranarrativa, el personaje explica que los quisieron sacar
de la historia para llevarlos a un hospicio, torturarlos con
preguntas y encerrarlos. ¿Por qué?: “Fue porque del otro
lado, una mano los puso al tanto. No le gustó que hablara de
su tesoro delante de ti” (pág. 76).
A estas alturas, el relato comienza a adquirir una
forma distinta a todo lo anterior. Las cosas se van
definiendo y la ambigüedad narrativa del comienzo va
quedando lejos para dar paso a un final esclarecedor. Entre
otras cosas, el personaje anuncia un epílogo que no será
propiamente un epílogo (puesto que la consigna es lograr
un texto realmente original): “(…) lo que viene es el epílogo.
Un epílogo que no tiene título, naturalmente. Esa semana
(estoy empezando ya), fue la peor de su vida” (pág. 77).
Viene, luego, el irritante incidente con los policías (nos
viene aquí la pregunta de índole psicológica: ¿no es la
sombra fantasmal, de origen traumático, de esos policías
los que siente el personaje como posteriores perseguidores,
en su distorsionada percepción de la realidad, cuando
confunde la sirena de la ambulancia con la sirena “de las
patrullas policiales?). Siguen, después, otras evocaciones
familiares, como un fin de semana fatal y la drástica
solución al problema del estreñimiento que motiva uno de
los pocos instantes de humor en el libro como cuando se
acuña la hilarante frase (que alude al personaje): “ha
venido a visitarnos el cagoncito” (pág. 82). Después, viene
134
el fin del inusual epílogo: “Fíjate que el epílogo concluye
con una parte que no es en sí el término de la historia ‒
confirmación de su atipicidad‒, sino un fragmento de ella
que quizás es intermedio” (pág. 83). En líneas siguientes,
encontramos una alusión a la paz interior (pág. 84), que es
un tema fácilmente asociable a la no-emoción y a la no-
sensibilidad que ocupan varios momentos del libro. Por
otro lado, aparece, en varios momentos, la gravitación (otro
enigma por resolver) de la flor destruida (¿el tema de la
belleza y la muerte?). Así también, viene una larga escena
en la que se habla del matrimonio del personaje, del placer,
de la ausencia de hijos, y del surgimiento del “mayor
monstruo, los celos”.
Ya en la nueva tónica del relato, como hemos
advertido, el libro atrapa en un ágil relato de escenas de
celos y broncas entre personaje y esposa, como la cita de
ésta con un tipo rubio. Subrayemos el cambio evidente en la
atmósfera narrativa y en la temática. Toda la rica y
sugerente ambigüedad de temas y situaciones anteriores
adscritas al realismo mágico ceden el paso a una casi
corriente ‒pero de igual valor narrativo‒ historia de
casados clase medieros con sus conflictos y angustias de
infidelidad y celos y con la típica intromisión de la “mocita
impúdica, de buenas piernas, pezones nacientes y
desmedida sensualidad”. Sin embargo, esta parte de la
historia es de gran importancia por cuanto esclarece varias
cosas (dejando algunas otras en el terreno de las hipótesis).
Una probable certeza es que el personaje enloqueció por
celos. Y que, en su locura, llevó a su mujer al ya mítico árbol,
donde la ponderada flor (enigma por resolver), cual
bálsamo o panacea, derrotaría las maldades del mundo y
donde podrían alcanzar armonía y paz. Lo intrigante del
relato sigue siendo la voz del personaje narrador que
135
asume ser una mitad y que se considera externo al esposo
enloquecido. Más misterioso aún, que esa voz afirma ser el
personaje que regaba y cuidaba el árbol. Nosotros
asumimos que son dos yoes del mismo personaje, especie
de escisión de la personalidad (clínicamente hablando:
esquizofrenia). El final del libro es emocionante, puesto que
todo desemboca en una posible solución feliz. Se aclara que
el amigo es un pobre muñeco y que el esposo entra a un
sanatorio y es bien cuidado por parientes y familiares. Y
que, a la manera de actividad catártica y terapéutica, se
pone a escribir, febrilmente, tecleando una vieja máquina
de escribir. El otro yo, o la otra mitad ‒supuesta‒ del
personaje se integra en uno solo: “Finalmente, el delirio,
que le llenó de suspicacias en el último tramo de su caída, le
hizo suponer que volvería a unirse con su otra mitad ya
cuando éste reposase sobre una camilla con destino a una
clínica y que, aquel encuentro, serviría para desprenderse
de sus emociones y dejarlas en ese cuerpo que luego
despertaría sano, victorioso, con su obstinada esposa viva y
seres queridos al lado, bienaventurados de verle resuelto y
cuerdo… (pág. 115). Melancólico desenlace que invoca la
cordura y el cese no sólo de la lluvia, sino también de los
laberintos de la mente y de toda laya de sombras
fantasmales que pueblan una psique dolorosamente
alucinada. Nos recuerda la culminación de Don Quijote y esa
extraordinaria película titulada Una mente brillante, basada
en la historia real del Nobel de Matemática, John Nash.
El final nos permite afirmar que el deseo de negar las
emociones no era sino un mecanismo de defensa que
consistía en evitarlas puesto que el sufrimiento había sido
mucho. Asimismo, el árbol parece constituir ‒haciendo falta
aquí el psicoanálisis‒ un símbolo de refugio del personaje,
un espacio de evasión de los problemas y las penas del
136
mundo. Otra incógnita que nos queda es si la esposa no
sufrió daño alguno de parte del esposo, habida cuenta de la
condición mental del mismo. El final del relato nos remite al
comienzo, circularmente. Las últimas páginas, al dar nuevas
luces, nos plantea la necesidad de repensar la lectura
tomando en consideración los factores causales que
estaban relativamente ocultos. Todo ello nos conduce a
pensar que la concepción de este relato ha sido bastante
inteligente. Tal vez, habría que visualizar el libro en
términos de un filme. Sería apropiado para facilitar su
comprensión. Los datos escondidos y las elipsis del cine son
más inteligibles que las de un libro. Congratulaciones a
Miuler Vásquez. Aplaudamos este brillante esfuerzo y
vaticinemos nuevas y aún más sorprendentes novelas (¿o
antinovelas?).
3) Recursos narrativos:
a) Desdoblamiento: Empleo este concepto para referirme
al hábil ‒y no fácil‒ recurso de M. Vásquez de establecer y
administrar narrativamente varias voces: la del narrador
denominado omnisciente, la del personaje alucinado que
cuenta casi todo, la otra mitad de éste, el amigo que nunca
habla, el que “está al otro lado”. Lo interesante de esto es
que el protagonista, como ya dijimos anteriormente, es
consciente de que hay alguien que dirige la historia, hecho
que se constata en varios momentos de la novela, siendo
uno de los más sensibles el momento (en el tramo final) en
que tal personaje, junto con su entrañable “amigo”, siente
que iban a ser sacados de la historia. Como es de suponerse,
el recurso de tener personajes que asumen su dependencia
del autor, no en un cuento, sino en una novela, exige una
lucidez y una vigilancia permanente durante el proceso de
creación. Nos recuerda, por ejemplo, a El Mundo de Sofía, de
137
Gaarder. Creo que éste es un aspecto resaltante en el
trabajo de Miuler. Muestro algunas citas al respecto:
“¿Que qué podemos hacer entonces? Tú nada; yo sí.
Lo que haré, tenlo en cuenta, es por iniciativa propia, ¡nadie
me está obligando!” (pág. 52).
“En suma, lo que intento explicarte, y aquí es en donde
él ‒el autor‒ interviene con su lógica para no perderme, es
que no creo que los protagonistas de novelas sean felices,
cómo podrían, si tan sólo son monigotes manipulables,
carentes de albedrío…” (págs. 56-57).
“Me parece que la ilación de ciertos episodios no está
del todo conforme y creo que redundo en algunos hechos.
Qué con eso” (pág. 57).
“¿Ahora qué? “Usted, monigote, tiene pendiente una
reseña”, pareció escuchar. La voz, en todo caso, pudo haber
venido de un lugar fuera de su alcance. Al final la dejó de
lado, y habló: Te seguiré contando del Cuarto Rey” (pág.
60).
“Su semblante siguió siendo el mismo, salvo que, en el
otro lado, creyó percibir lágrimas” (pág. 70).
He aquí un claro reproche al autor:
“(…) sin embargo, todo es posible para tus dedos
rápidos, que teclean sin parar letra por letra, hasta
activarnos los humos como se dice, y extendernos al
precipicio tal cual desenlace que no se detiene ni marca
distancias” (pág. 75).
138
En la siguiente cita, se siente el reclamo del personaje
y, al parecer, un conato de confrontación con el personaje
autor.
“Trataron de sacarnos de esta historia y llevarnos a un
hospicio, torturarnos con preguntas y finalmente matarnos
con el encierro. No les iba a permitir, de ningún modo, al
menos no, porque primero debes saber lo que está
sucediendo allá afuera, en el mundo que los humanos
llaman real. ¿Qué por qué intentaron capturarnos, que
cómo supieron dónde estábamos? Fue porque del otro lado,
una mano los puso al tanto. No le gustó que hablara de su
tesoro delante de ti. Y dirigiéndose a ningún lado, mirando
en todas direcciones: ¡Está bien, no hablaré más del asunto!
¿Callaré para siempre! Dichas estas palabras, le volvió la
cara a su amigo, guiñándole un ojo con la intención de
hacerle entender que lo último que había dicho era mentira
(pág. 76).
Hay un instante en el que el personaje parece fundirse
con el autor, además de esclarecerse quién es (o sería, al
menos) el misterioso ser “que está del otro lado”:
“(…) por el bien del personaje que de hecho no
gustaría de leerse dado a que es la misma persona que
escribe y que está del otro lado” (pág. 86).
b) Preguntas y comentarios empáticos con el lector: M.
Vásquez hace, preventivamente, las preguntas y
comentarios que se puede estar haciendo el lector, gracias a
una perspicaz empatía. Uno dice entonces: carambas, este
autor está atento no sólo a su relato, sino también a mí, el
lector. Ello reaviva la historia y genera más interés. Ejms.:
“¿Por qué te ríes? Miró a su alrededor (…) Cómo es posible
que te parezca graciosa mi historia, para nada lo es. No
139
lograrás mentirme, sé por qué te ríes. Lo haces porque
crees que trato de impresionar a alguien”. “(…) y no creo,
esto es lo más importante, que sea un cuento infantil mi
relato” (pág.20). “Él imagina a sus probables lectores
leyendo una historia desviada del tema central, y no quiere
llevarse mal con ellos…” (pág. 52).
c) Las acotaciones en cursiva: Valioso elemento en el
discurso narrativo de El árbol. Es, casi, el único medio que
tiene el lector para captar algo de información del espacio
novelístico planteado y de los personajes. Obviamente, M.
Vásquez recurre a la opción cursiva para descomplejizar en
parte la lectura. No haberlo hecho hubiera complicado más
el texto, habida cuenta que no hay guiones de diálogo ni
sangrías ni párrafos; sólo un kilométrico discurso que,
como un caudaloso río, arrastra todo lo que llega a su cauce.
Las acotaciones en cursiva son la voz del narrador
omnisciente.
d) Uso de las funciones apelativa y fática del lenguaje:
En tanto, el protagonista está siempre intentando tener una
comunicación óptima con su “amigo” y, por si fuera poco,
hace alusiones al lector (no siempre gratas, por cierto). Ello
permite mantener la fuerza y la vivacidad de la enunciación
estimulando eficazmente la continuación de la lectura.
e) Alusiones irreverentes al lector: “Entiendo que los
lectores, si siguieran al pie de la letra mis últimas palabras,
creerían eso que acabas de decirme, con algo de razón, pero
tú, que no eres de la calaña de ellos, ¿te atreves a
insinuarme semejante aseveración?” (pág. 45).
f) El interlocutor mudo: Éste es un recurso bastante hábil
dentro de El árbol. Sin él, hubiéramos tenido un monólogo
140
seguramente tedioso. El “amigo” (que, al final, se descubre
que no es más que “un muñeco mugroso y cochino”) tiene
una importancia vital en la obra. Gracias a él, el
protagonista alucinado puede exteriorizar todo su discurso.
Por supuesto, en la mente de éste, el muñeco aparece como
un hombre de carne y hueso. Es el personaje-ayudante que
posibilita la realización del diálogo monologante. Parecido
al recurso de los diarios personales, donde hay un supuesto
oyente (aunque, en el diario, la decisión es consciente). De
manera que la percepción anómala del protagonista es un
factor primordial para la gestación del relato. Cuestión que
no deja de tener una dimensión bastante humana y que nos
remite a otros textos ‒literarios y cinematográficos‒ en los
que la alucinación de un personaje es el origen de sucesos y
discursos extraordinarios e impactantes (además del
Quijote, recuérdese, por ejemplo, a El Licenciado Vidriera o,
en el cine, a Una mente brillante o el viejo capítulo aquel de
Malú Mujer, donde un cordialísimo loco genera ideas
novedosas y libertarias hasta que lo vuelven a internar. Y
hasta nos hace recordar las historias de varios artistas,
como Van Gogh, verbigracia (en las dos versiones que
hemos visto acerca de él; una de ellas, con la notable
actuación de Kirk Douglas). Todo lo cual nos conduce a
pensar que, de pronto, El árbol puede constituirse en una
original y valiosa obra que hace reflexionar acerca del
abrumador tema de la locura, que no es otra cosa que
reflexionar sobre la humanidad entera y el sentido que ésta
le otorga a la Vida.
g) Constante y explícita evaluación del relato:
“(…) no le gustó esta palabra para reiniciar el enlace de
lo que venía contando, porque antes ya la había utilizado
varias veces; sin embargo, ya nada podía hacer” (pág. 86).
141
“(…) y que se llamaba “Whisquería Ir…” (La segunda
palabra era una relativa al nombre de un país europeo.
Como te habrás fijado, no hay nombres ni de personas ni de
ciudades en ninguna parte de estas palabras que he vertido
a lo largo de estas horas que estoy contigo; es por ello que
no pongo el nombre de esa ciudad (…)” (pág. 92).
4) Temas abordados: Aunque en variada proporción, y
como valiosos ingredientes del inquietante discurso
narrativo de esta novela, el autor despliega visiones
personales acerca de temas esenciales como: la naturaleza
humana, el poder, las emociones y la sensibilidad, la
infidelidad, la locura, la mujer poliándrica, erotismo, la
muerte, la creación y el universo, la ecología, el miedo,
naturaleza/civilización, lo insólito/lo normal, exploración
interior, innovación radical de la narrativa, lo excéntrico,
relación niño-madre-padrastro, el conflictivo amor de
pareja, el deseo, los celos, las huellas psíquicas de las
experiencias de la niñez.
5) Visión desencantada de lo humano: A lo largo del
libro, M. Vásquez ‒personaje de por medio‒ expresa
libremente un conjunto de apreciaciones acerca de la
humanidad. En general, el enfoque es desalentado, casi
amargo. Por supuesto que es el pensamiento del
protagonista del relato. Pero, ya que el autor interactúa con
sus personajes, asumamos, también, nosotros que
aprovecha a su elocuente “monigote” para decir sus propias
verdades. El libro, a veces, resulta bastante duro con la
humanidad. Algunas muestras:
“¡Que por qué los humanos no quieren ser humanos?...
A ver, déjame pensar, debe de ser por miedo, o por alegría,
o por sentirse disconformes, sí, eso es, el no estar
142
conformes nos abre una alternativa para inmiscuirnos en
los defectos de los demás (…)” (pág. 17).
“Creyó que una razón fundamental para dejar de
querer ser humanos implicaba olvidarse de todas las
emociones” (pág. 19). El personaje ha pasado, y sigue
pasando, por una realidad afectiva dolorosa. Es la causa del
rechazo a sus emociones. Parecido a las mujeres que no
quieren saber nada del amor porque han vivido una
experiencia sentimental traumática. Tiene lógica.
“Soy humano, los humanos sí lloramos, somos
sensibles” (pág. 19).
“Tú no tienes la culpa, esto nos pasa por tratar de
explicar la compleja existencia de los seres humanos,
además, para qué hacerlo si nadie lo entendería” (pág. 18).
“(…) y te encuentras a expensas de un campo abierto
lleno de humanos (…) (pág. 45).
Puede establecerse una semejanza de valoración de lo
humano con el polígrafo Marco Aurelio Denegri quien, en
cada ocasión que puede, no disimula su visión pesimista de
la humanidad. O, hasta nos trae el recuerdo de la mordaz
idea de Mark Twain: “A mi edad, cuando me presentan a
alguien, ya no me importa si es bueno, malo, rico, pobre,
negro, blanco, judío, musulmán o cristiano. Me basta y me
sobra con que sea un ser humano... Peor cosa no podría
ser".
“No es de extrañar que los humanos no pudieran
mejorar sus vidas, nunca lo podrán. Ellos son así,
despreocupados del porvenir; de no ser como son, se
143
hubiesen preocupado por aprender, pero no, ellos prefieren
dedicarse a buscar técnicas difíciles para vivir. Para comer,
dormir, hacer algo placentero, por ejemplo, hoy requieren
de grandes esfuerzos. Sufren, cómo sufren. Y las guerras,
del mismo modo, son alicientes de grandeza, ¡pobres
humanos, tontos!” (pág. 36). Éste es uno de los
cuestionamientos más interesantes que hace El árbol
acerca del hombre. Critica la artificialidad de la vida, la falta
de previsión para el futuro y el perverso objetivo de las
guerras. Cierto que son las palabras de un personaje
alucinado. Pero, en Literatura, las ideas de los locos son,
con frecuencia, las más lúcidas
También se cuestiona el cuasi genético mal hábito de
juzgar (que Deepak Chopra recomienda tanto combatir a
fin de tener una percepción realmente objetiva de la
realidad):
“Creen tener el derecho de juzgar a los demás” (pág.
45).
Tal vez, la que sigue sea una de las críticas más
directas de El árbol al género humano (aunque debiera
ahondar el análisis y descubrir las raíces más hondas del
problema, que no es de orden ético solamente; sino,
también, económico y político):
“El único que arruina esta civilización perfecta es el
hombre: él es quien verdaderamente destruye, por placer;
él quien persigue y mata sin sentido; (…) es quien altera la
conformidad de la existencia” (pág. 46).
“(…) mejor se enfrentaba al cansancio, a la
desesperanza, al infortunio; estos eran sus verdaderos
144
enemigos, no los humanos insignificantes, que poco valían
para que les diera importancia” (pág. 48).
“Para los humanos comunes, claro, vivir significaba
respirar, alimentarse, vestirse, fornicar, pelearse…” (pág.
53), diagnóstico bastante similar al de la filosofía Hare
Krishna; pero, no coincide en oponer el ideal espiritual de
estos. Más exactamente, el narrador indica que: “(…) para
él, de sangre real, inconforme, superior a ellos, vivir no era
más que un estado de transición” (pág. 53) (interesante
concepto, aunque no indica hacia dónde o hacia qué estado
superior). Lo que sí deja entrever es la posibilidad de la
perfección humana: “(…) a no ser que, como seguro
ocurrirá, me encontrase con el humano más perfecto de
esta tierra. Entonces sí que echaría por el suelo sus
palabras escritas, y le haría pedazos, yo sé cómo. Lo
destrozaría, sin que importe mucho (dado que su corazón
es en parte mío), el que yo muera en el trayecto” (pág. 54).
Por supuesto, el hombre no es perfecto; sí, perfectible.
“¿(…) no le expresaste con aires de superioridad tus
conceptos sobre la razón de ser de los humanos, que a tu
entender te ponía por encima de ellos (…)?” (pág. 74).
“(…) la sinrazón que conforma esta sociedad” (p.80).
M. Vásquez siente el apremio de enjuiciar
críticamente a la humanidad, a la sociedad, por toda la
crisis mundial que se vive (en todos los planos: ético,
político, educativo, ambiental, ideológico, etc.). Pareciera
una paradoja esta visión pesimista ‒digamos, mejor,
realista‒ en un autor que no alcanza aún los 30 años (la
“funesta edad de amargos desengaños”, como decía L. A.
Sánchez); pero es, en todo caso, una crítica sincera. Tal vez,
145
con el paso de los años, Miuler ‒junto con sus personajes‒
se reconcilie, parcialmente siquiera, con la humanidad (al
menos, con el sector honorable de ella). En todo caso, vale
recordarle la frase del mexicano José Vasconcelos, que solía
citar Mariátegui: “Pesimismo de la realidad; optimismo del
ideal”.
A manera de conclusión:
Hemos querido exponer algunos breves hallazgos y
expresar ciertas ideas que, quisiéramos, motiven la lectura
del interesante trabajo de M. Vásquez, quien parece estar
en camino a convertirse en algo así como “El iconoclasta de
la narrativa peruana actual”. Reafirmamos nuestra
hipótesis en el sentido de que El árbol testimonia una
obstinada y valiente decisión de originalidad narrativa.
Exploraciones textuales más profundas y más autorizadas
quedan ya para ulteriores momentos y para lectores ‒como
diría Scorza‒ más zahoríes.
Concluyamos diciendo que El árbol muestra una
respetable y valiosa capacidad de fabulación y un lenguaje
con identidad propia que revela tiempo y trajín en el oficio.
Congratulaciones a Miuler Vásquez González. Aplaudamos
este brillante esfuerzo y vaticinemos nuevas y aún más
sorprendentes novelas (¿o antinovelas…?). Como fuere, que
al árbol miuleriano, se sumen muchos más. Para que surja,
como dijo Heraud, “un bosque de latidos y esperanzas”.
Desde Chiclayo, a 4 de febrero del 2011,
en el Año del Centenario del nacimiento
de José María Arguedas.
146
Fenómenos paranormales
en nuevo libro de Gilbert Delgado
Un nuevo libro acaba de aparecer en
la escena literaria lambayecana: Las
calaveras están, por ahí, escondidas,
del docente y escritor Gilbert
Delgado Fernández. Una prueba más
de su indeclinable y fructífera pasión
por la literatura. No se equivoca el
Lic. Nicolás Hidrogo Navarro cuando
afirma que Lambayeque vive una
efervescencia de creación y
publicación de libros. En su condición de promotor cultural
y tenaz adalid de “Conglomerado Cultural”, lo sabe mejor
que nadie. Lo extraordinario del caso es que este boom de
publicaciones se siente y se vive en todo el país. Y si se
logra que, al entusiasmo cuantitativo, se sume la exigencia
cualitativa, entonces, es evidente que asistimos a un
período literario muy significativo para Lambayeque y el
Perú entero. Sin lugar a dudas, se trata de lo que venimos
denominando el “Efecto Vargas Llosa” o “Efecto post
Nobel”. Por supuesto que quienes tienen la médula y el ADN
consagrados a la literatura, no necesitan de mayores o
menores acicates para su trabajo creativo. Empero, es
innegable que la concesión del Nobel a Vargas Llosa, con la
nunca antes vista cobertura periodística a un evento de tal
magnitud en nuestro país, ha contribuido en el surgimiento
de una nueva actitud ante la creación literaria. Vargas Llosa
ha removido el inconsciente colectivo peruano respecto de
147
qué significa ser escritor y cuál es el valor de la literatura en
la sociedad. Hay un después en nuestra Literatura a partir
de aquella máxima distinción. Un hecho que tendrán que
reconocer tirios y troyanos. Y, la verdad de las cosas, ya era
tiempo que se enaltezca a la literatura peruana si se tiene
en cuenta su innegable calidad en el contexto
latinoamericano y mundial. Si alguien lo duda, que le baste
con leer a Vallejo (que debió ser nuestro primer Nobel), a
Eguren, a Arguedas o a Mariátegui.
Este “Efecto post Nobel” tenía que notarse también en
Chiclayo, tierra de poetas y narradores de convicción.
Gilbert Delgado pertenece a esa estirpe, la de los escritores
que, por médula y por ADN, están “benditamente
condenados” (en oxímoron cabraliano) a la Literatura: como
lector, como docente y como creador. Y es que Delgado se
ha propuesto hacerle la pelea a todos los obstáculos que
nos obligan a guardar el material creado, sin edición y
presa del olvido, para entrar con pie firme en la dinámica
de la publicación. Por eso es que nos complace comentar su
ya tercer vástago literario. Y le instamos a que la prole siga
aumentando, con la misma seriedad y dedicación que le
caracteriza.
Pero, entremos ya en materia, que la naturaleza del
comentario exige abreviar rodeos y espacio. Hay una
realidad extraña, misteriosa, que nos sorprende y nos llena
de incógnitas. La vida no está hecha de normalidad y
realidades típicas solamente. Hay una dimensión que está
poblada de sucesos anormales y atípicos ‒al menos, para la
mente humana‒. Eventos como la telequinesis, la telepatía,
la clarividencia o el desdoblamiento astral. En el terreno del
misticismo cristiano, por ejemplo, hay eventos
sorprendentes que debieran difundirse con mayor énfasis
148
como una manera de demostrar que hay hechos
fascinantes, merecedores de amplios estudios, en los
misterios del espíritu; sucesos como la ubicuidad, la
levitación y la incorruptibilidad de los restos físicos de
ciertos santos. Oriente, de milenaria tradición espiritual,
está igual o más aún, lleno de historias y eventos que
remecen el pensamiento occidental. Los sidhis o poderes
yóguicos, el Mahasamadi de Paramahansa Yogananda, por
ejemplo (su fascinante Autobiografía de un yogui, contiene
bastantes hechos prodigiosos que desafían la racionalidad;
basten dos referencias: Giri Bala, la santa que vivía sin
comer, y la aparición no física del venerable guru Sri
Yukteswar ante su discípulo Yogananda). Estamos
hablando de fenómenos que la ciencia no ha explorado lo
suficiente; y que todavía arroja la división de crédulos (Carl
Jung, por ejemplo,) y escépticos (Carl Sagan, entre otros), y
polémica inacabable. No obstante, ¿qué persona no tendría
algún suceso misterioso que contar? Y, ¿no es Chiclayo y
toda la región lambayecana tierra pródiga en historias de
eventos paranormales: aparecidos, huacas, creencias,
tradiciones, leyendas, eventos inexplicables y etcétera? Lo
comentábamos hace poco con el poeta Jorge Fernández, el
señor Walter Casaro y Gilbert mismo (la noche que nos
obsequió el libro que hoy comentamos). Fernández y
Casaro empezaron a contar, espontáneamente, historias
impresionantes e insólitas sucedidas ‒y que suceden‒ aquí
mismo, en Chiclayo (y que podrían formar parte de Las
calaveras II si es que, más adelante, GD no resulta
sorprendiendo con la exploración de nueva temática).
Es a esa realidad insólita, intimidante, que se refiere el
nuevo libro de GD. Y, aunque el título puede esbozar una
sonrisa en el lector, el contenido resulta inquietante, por
decir lo menos. En su anterior publicación, 7 pecados
149
capitales de la educación actual, GD exploró críticamente el
plano educativo. Hoy, sorprende con una temática de
misterio; antigua es cierto, pero actualizada en relatos de
eventos paranormales acaecidos ‒por lo menos,
ambientados‒ en nuestro querido Chiclayo. Y si, en su
penúltimo libro, aparecían las academias preuniversitarias
como objeto de necesaria crítica sociológica; en este nuevo
libro, aparecen las mismas academias, pero como escenario
de sucesos extraños. Aun cuando parece contener cuatro
relatos separados, las calaveras están, por ahí, escondidas
constituye, en realidad, uno solo ‒en el propio decir del
autor‒, siendo el protagonista, un personaje innominado, el
agente que lleva el hilo conductor de los sucesos. Aparte de
la introducción (nominada “Sólo una señal para creer”), los
capítulos tienen los siguientes títulos: “Polos iguales se
repelen”, “A veces, los vivos asustan a los vivos”, “Si me
muero antes, te asusto” y “El cazador de fantasmas”. La
prosa es cuidada y ceñida ‒como es el estilo delgadiano‒,
escrupulosamente, a la lógica y a la propiedad idiomática.
Delgado no deja que las palabras lo desborden; ejerce un
control bastante cartesiano de las mismas; que es, al mismo
tiempo, la dosificación de los demás elementos de la
historia. Ese cuidado le otorga consistencia a sus relatos.
Por partida doble, GD extiende la propuesta de dos
mundos posibles; ya no sólo el de la ficción literaria; sino
además, el de una realidad que preferimos ‒o resistimos‒
no aceptar: el de los fenómenos paranormales (no diré
sobrenaturales porque tales fenómenos son parte, también,
de la Naturaleza; son intranaturales, si se me permite el
neologismo), asociados a un cúmulo de creencias y
conocimientos largamente cuestionados por el saber
científico oficial. La eficacia de lo paranormal narrado
estriba en que tiene un basamento real (literariamente,
150
real). Está asociado no a castillos góticos ni alquimistas
medievales; sino a locaciones, tecnología, vivencias y demás
elementos propios de nuestro tiempo y de aquí mismo, de
Chiclayo (academias, estadio, El Pozo Azul, ubicado “más
allá de Pomalca, cerca de Tumán”, “Paseo de las Musas”,
celulares, e-mails, Messenger, etc.). Y eso es lo que nos atrae
más fácilmente y le concede a los hechos insólitos la
categoría de verosimilitud. Otro aspecto relevante es que,
permanentemente, vemos conflictuada a la razón y los
sucesos atípicos. El protagonista se resiste, amparado en su
racionalidad, a aceptar lo ilógico (batalla misma del lector,
aunque su posición es la de externo y temporal receptor de
lo narrado; no exento, por supuesto, de sus propios
recuerdos y temores). Esa hábil y efectiva contraposición
que esgrime GD entre lo racional y los hechos anormales le
da credibilidad literaria al relato.
El objetivo de GD ha de ser mostrarnos una dimensión
distinta de la realidad. Y lo hace narrando sucesos
contemporalizados en nuestro tiempo y lugar. ¿El efecto?
Variable, según el lector. Pero, el autor ha explayado su
talento y sus saberes acerca del tema, tema poco frecuente
en la narrativa lambayecana (me viene a la memoria un
cuento de Andrés Díaz Núñez ‒“Viaje nocturno de un
escritor”‒, precisamente, estudiado por GD, lo que indica su
predilección por este tema). Parte del interés que despierta
el libro radica en el soporte informativo que extiende GD
ante los hechos sorprendentes que va narrando. Pero,
además, el de mostrarse no sólo como testigo; sino también
como protagonista de los hechos. Pero, un protagonista
sumamente atento con el lector puesto que le concede la
explicación necesaria ‒incluso recurriendo a conceptos y
datos de la ciencia‒, de manera tal que el relato aparece
151
doblemente planteado: desde la ficción y desde la
objetividad.
Es bastante táctico el inicio de cada capítulo. GD
cumple el requisito exigido por Cronwell Jara en un buen
relato: el comienzo tiene que ser impactante y tiene que
“enganchar” al lector. Y engancha aún más a quienes
ejercemos la docencia, puesto que son las aulas (en este
caso, preuniversitarias) escenario de buena parte de los
hechos y porque el protagonista es, precisamente, docente
(aunque con vocación por el misterio, a tal punto que es
catalogado como “profesor esotérico” o “profesor
fantasmagórico”. Se nos ocurre, lejano émulo de Robert
Langdon (conocedor de la Simbología) ‒y hasta nos evoca
al valiente padre Andrew Kiernan, hombre de fe; pero más,
de razón, de Estigmas, impresionante película‒ en cuanto es
agente fundamental en la solución de los conflictos
misteriosos, actuando, a veces, como “médico brujo” cuya
perspicacia ayuda a resolver los conflictos presentados. Es
el personaje héroe.
Sorprende el uso de nombres reales en los actantes
(probablemente, todos). En “A veces, los vivos asustan a los
vivos” y en “Si me muero antes, te asusto”, aparece el dato
racional, histórico y el aporte del conocimiento esotérico
(campos magnéticos, puertas dimensionales,
desdoblamiento astral, teletransportación, psicofonía,
akasha, ideoplastia) y la no menos importante tradición
oral, para dar sustento al relato. En “El cazador de
fantasmas”, GD realiza una interesante exposición de ideas
y asuntos esotéricos, evidenciando una larga relación con
estos temas (sabemos que, en años pretéritos, GD fue ávido
lector de la colección esotérica ARIEL y que, en los tiempos
actuales, sigue indagando en textos clásicos como El
152
Kibalión). Hace referencia de la oposición que ya había
presentado en El gesto de la Monalisa, concerniente a saber
oficial vs. saber popular. Así también, menciona datos
bíblicos (los gigantes Nefilim, verbigracia), históricos,
relaciona mitologías (en el tema diluviano, por ejemplo),
desliza un cierto agnosticismo, así como elabora una
digresión filosófica en torno a verdad y saber. Indica
“fundamentos físicos” de los hechos paranormales, a través
de sus ilustres personajes, entre ellos, el enigmático
periodista y paragnosta Gerald E. Toldbig.
En los dos primeros capítulos ‒a la manera de una
fábula o de una hipótesis contrastada‒, el desenlace
corrobora los títulos respectivos. No detallamos los sucesos
centrales del libro para dejar en suspenso al lector y para
animar a la lectura misma del libro. En las páginas finales,
el lector puede apreciar el “presunto poema inédito” de
Chocano (obtenido por Gerald E. Toldbig, de los registros
akásicos, mediante psicofonía); poema, por lo demás, de
logrado tono chocanesco y las dos fotos de fantasmas que el
sagaz lector evaluará objetiva y libremente.
He aquí un libro inquietante y convincente en el que
Gilbert Delgado despliega sus conocimientos y experiencias
(¿reales?, ¿ficticias?) respecto de una realidad hacia la cual
sugiere una atención con actitud abierta y desprejuiciada;
no exenta de racionalidad, por supuesto. No sabemos si
logre en los lectores ese cometido. Sí sabemos que este, su
tercer libro, merece atención por méritos propios. Y que la
fecha elegida para su presentación ‒31 de octubre‒ es
fecha propicia para historias y libros de esta peculiar
índole.
Chiclayo, octubre de 2011.
153
Un enigma llamado poema
Cada vez que un poeta presenta un
poema, está ofreciendo un enigma,
un misterio. Un poema es un lugar,
un mundo en sí mismo. Ninguna
metodología interpretativa podrá
decodificarlo completamente. Podrá
hacer inmersiones profundas, podrá revelar sentidos
ocultos, podrá explicitar lo tan abstracto, podrá visualizar
incluso lo no visible en el texto; pero siempre habrá detalles
inasibles que sólo conoce el autor-poeta. Más aún: habrá
elementos que no alcanzan a decodificar ni el creador ni el
intérprete porque se han forjado en el umbrío terreno de lo
no consciente, ese insondable terreno del cual brotan
figuras y símbolos imperceptibles para autor/lector. Lo que
lleva a pensar en la dimensión afectiva del poema, en la
pasión que subyace al escrito y que algunas teorías
interpretativas intentan estudiar. Y es que el texto poético
tiene una riqueza significativa tan amplia y tan profunda
que nunca se agota el trabajo hermenéutico ni las vías de
acceso hacia el develamiento de sus secretos y sentidos. Es
la magia del arte, es el poder de la poesía. Y así sucede que
un trabajo interpretativo, con el paso del tiempo, puede
resultar anacrónico y desfasado; pero, el texto poético
parece tener una vitalidad inmarcesible. Ello no significa
que la labor interpretativa sea innecesaria, ni mucho
menos. A la vista de las impresionantes teorías
interpretativas modernas, la interpretación de textos
literarios ha llegado a ser un trabajo fundamental. Máxime,
154
si se tiene en cuenta que la crítica tradicional ha cumplido,
felizmente, su ciclo, caracterizado por el enjuiciamiento
subjetivo y tendencioso, arbitrario y sin fundamento sólido.
Por el contrario, uno lee los ensayos de interpretación
literaria contemporáneos y no se siente sino una actitud de
gran respeto por el marco teórico manejado, por la lucidez
analítica y por el aporte que brindan en el desciframiento y
en el entendimiento de un texto literario, siempre tan
plurisignificativo y tan complejo como el artista mismo.
Pero, volvamos a nuestra hipótesis inicial: más allá de los
agudos y geniales estudios del texto poético, sucede que el
poema mantiene su categoría de enigma. Uno siempre se
queda con interrogantes, con metáforas intraducibles, con
claves herméticas, con imágenes como en la penumbra. En
ello, radica parte de la belleza de la poesía. En que puede
ser explicada, pero no completamente. En que puede ser
descifrada, pero no absolutamente. Y en que cada lector
resulta encontrando perspectivas nuevas; a veces, distintas;
a veces, hasta contrarias. Es más: un mismo lector, después
de algunos años, puede encontrar nuevos sentidos a los
hallados antes. Es que el poema tiene esa virtud: como un
prisma, puede reflejar muchos colores y direcciones. En
parte, se debe a que la gestación del poema involucra varias
dimensiones y planos del creador en tanto ser humano. ¿No
es cierto que toda creación artística es síntesis? Y la poesía
lo es más todavía. Es decir que el poema condensa y
aglutina tantos elementos que, por efecto lógico, genera
después, múltiples enfoques y puntos de vista. Es lo que
habríamos de llamar la humanidad del poema. Humanidad
que siempre resulta compleja y cuya lectura no termina.
Debido a ello, toda interpretación resulta, para usar la frase
del maestro Alberto Escobar, “una partida inconclusa”. Pero,
el mérito de ello consiste en tener la lucidez y la audacia de
ensayar una visión y una lectura original. Que, al fin y al
155
cabo, la interpretación literaria es, también, un acto de
creación y libertad. Y, como expresó alguna vez un
conocido docente sanmarquino: puedes interpretar como
te plazca (incluso, prescindiendo de la teoría que, en este
tiempo, parece imprescindible); “pero, fundamenta bien”.
Creación e interpretación: he ahí dos bellas palabras y
dos fascinantes trabajos. El primero, desde el éxtasis de la
poesía; el segundo, desde un exhaustivo trabajo mental.
Ambas integran ese maravilloso campo llamado literatura,
un universo de palabras que son más que palabras y que no
hacen sino testimoniar la no menos maravillosa experiencia
de la Vida. Que todo artista es ‒como diría Facundo Cabral‒
un celebrante de la Vida. Y que todo intérprete no hace sino
ayudar en la comprensión del fenómeno artístico y
literario. Y todo acto de comprensión es un aporte a la
cultura y a la libertad humana.
Después de todo, allí está, frente a nosotros, la poesía,
radiante y misteriosa, invitando a su lectura y
desciframiento. Es la escena del texto y del lector, del
instante mágico de la lectura; cuando la poesía, alegre y
magnánima, despliega todos sus encantos ante los ojos
deslumbrados del lector, que puede limitarse a la sola
contemplación del corpus poético o, si quiere, puede
atreverse a ir explorando cada símbolo, cada frase y
metáfora puesta en el poema. Y el poema puede tener un
anguloso y vasto cuerpo o puede tener la feliz brevedad del
haiku, ese instantáneo destello poético que expresa un
minuto de vida, una aguda percepción de la realidad, un
despertar súbito, una digresión filosófica o, en el mejor de
los casos, la brevísima experiencia de esa dimensión
también maravillosa y enigmática que los esotéricos llaman
supraconciencia.
156
Prólogo del libro
Madre, Crisol de Humanidad
He aquí, amable lector, un
homenaje poético a la madre
lambayecana. Se han juntado voces
diversas por estilos lenguajes,
generaciones y oficios. Y está bien
que así sea. Por supuesto que los
poemas clásicos a la madre siguen
siendo los clásicos. Pero, los poemas
que se ofrecen en este libro son, de
todas maneras, testimonios filiales
de ternura, de valoración y profundo
homenaje a la madre. El valor de este libro reside en la
generosa y atenta voluntad de cada uno de los autores de
sumarse a esta singularísima iniciativa respaldada por el
Colegio Médico, filial Chiclayo, que ‒hay que decirlo‒ se ha
constituido en un faro de arte y cultura en nuestra región.
Ojalá, ninguna circunstancia ni motivo apaguen esa luz que
tanto bien nos hace.
Un poemario colectivo es la condensación de
muchos sentimientos, de muchos espíritus, de visiones
distintas del trabajo poético. Con el eterno tema de la
madre, se plasma aquí una arboleda de versos, de autores
‒la mayoría de ellos, reconocidos en nuestro medio‒. Cada
uno, desde su lira, ha pulsado sensibles notas para
conformar sus particulares cantos. Breces, extensos,
sencillos, refinados, declamatorios, discretos; pero todos,
157
con el mismo amor y filial gratitud a la madre. Es inevitable
emocionarse leyendo estos poemas, por el esencial tema
que los convoca y por el sustento vital que los subyace en
cada verso. A veces, la emoción gana a lo literario; es cierto;
pero, incluso así, son versos que nos complace leer. A los
lectores más draconianos, habrá que aliviarlos con la cita de
Anatole France: “Prefiero los errores del entusiasmo a la
indiferencia de los eruditos”.
Especial asunto constituye, por otro lado, el que en
este río de versos confluyan poetas y médicos (o médico-
poetas). Y es que, a los poemas de los autores
lambayecanos identificados como propiamente poetas, se
suman textos de autores no oficialmente poetas; más bien,
médicos, que ‒diestros en el diagnóstico y la receta para
combatir los sufrimientos que produce la enfermedad, se
han animado también a coger la pluma y a pulsar, como se
ha dicho, notas sensibles también de sus almas y de aquel
lado del corazón donde todos somos poetas y han puesto
aquí lo suyo, algo que elogiamos alegremente quienes
vivimos años en el quehacer poético. Después de todo, si
hay algo verdaderamente democrático en este mundo lo es
el arte, donde caben todos los intentos, conquistas y
opiniones. Ha de ser éste el primer libro donde, para cantar
a la madre, se ha juntado poetas y médicos. Una muy grata
experiencia.
Dejamos en sus manos, amable lector, este
importante libro para su atenta lectura y emoción. Hallará,
en sus hojas, personales maneras de versificar; pero,
humanos, al fin, todos, el mismo corazón, tierno y
agradecido por la madre.
Chiclayo, julio del 2014.
158
La lira silvestre de Kichi Berger
“Yo no sé si soy poeta y si lo que escribo
es o no poesía” dice, con elegante
sinceridad, Kichi Berger. Hace poco,
nomás, ha incursionado en el polémico
oficio de hacer versos. Y nos entrega su
primogénito néctar de mujer. Kichi, así lo
llamamos, amicalmente, luce una biografía
de película: de ascendencia húngara e
italiana, buen deportista de muchacho (tiene un récord
sudamericano en lanzamiento de bala), integrante de grupo
musical donde tocó acordeón, piano y guitarra (pueden,
todavía, hoy, pedirle que toque La casa del Sol naciente),
bachiller en Arquitectura, de honorable familia chiclayana
vinculada al arte desde siempre (su madre declamaba y
tocaba el piano, un hermano dibujante y pintor, el abuelo
poeta), ex hippie de los genuinos (estuvo, nada menos, que
en el legendario Festival de Woodstock), sobreviviente del
cáncer (por ello, difusor de medicina alternativa y vida
saludable), original autor de diseños en Paint, inteligente
usuario de las redes sociales, buen conversador, amigo de
sus amigos, conocedor de Chiclayo y de sus personajes y
personajillos, amante del mar, la historia y la buena música.
Me ha contado que, de joven, le decían Omar Shariff. Hoy,
con la barba, tiene pinta, a veces, de jeque árabe; otras
veces, de rajá hindú. “En arte, he sido, mucho tiempo, un
espectador” agrega como premisa para decidir, ahora, ser
protagonista y decidido actor. Ya lo viene haciendo con sus
conocidos diseños en Paint, fondos negros, figuras
159
polícromas, dimensiones geométricas, antropomórficas. Y,
desde hace dos años, sin límites ni complejos, se ha
propuesto escribir y escribir versos. Este libro, néctar de
mujer, es una selección de lo escrito. Ha causado sorpresa
en la comarca chiclayana ‒tan monótona, a veces‒ la
incursión de Berger en la poesía. Es que Kichi no es hombre
conformista que le guste dejar pasar nomás las cosas.
Cuando se propone hacer algo, se compromete con alma,
corazón y vida. Y eso, en estos tiempos de abulia y de
caracteres light, es cosa que inquieta los ambientes. Pero,
ya se ha dicho que el mundo del arte es una ciudad libre con
mil y una puertas abiertas para todos los corazones y
espíritus que decidan visitarla. La condición es llevar un
algo o mucho creado. Por supuesto, hay quienes se pasan
allí una bonita, pero breve temporada; y hay quienes
residen allí la vida entera. Berger, con su entusiasta ingreso
a la esfera literaria, nos motiva, gratamente, para recordar a
Osho (el libérrimo filósofo indio que aspiraba a forjar el
nuevo hombre, Zorba, el Buda) cuando expresa:“La
creatividad es un estado del ser y de la conciencia muy
paradójico. Es permitir que algo suceda a través tuyo.
Deberías trabajar no para ser reconocido sino porque
disfrutas de ser creativo; amas el trabajo en sí mismo”.
Yo creo que la segunda idea, especialmente, se cumple muy
bien con Kichi: disfruta de ser un hombre creativo y ama y
se congratula en el trabajo mismo.
néctar de mujer ‒vivificante título, sin duda‒,
constituye la celebración del cuerpo y del corazón de la
mujer y de las infinitas posibilidades del mágico goce del
amor. El lenguaje es, a veces, áspero; otras veces, con
sonoridades y elaboraciones insospechadas. Las frases
cortas, pero la extensión larga. Renuncia casi absoluta al
160
uso de mayúsculas; uso permanente de los puntos
suspensivos (para emocionar, sugerir o suscitar nuevas
ideas en el lector). En ello, nos acordamos del pensamiento
de Vallejo cuando decía que el poeta es tan libre que puede
proponer su propia sintaxis, su propia semántica y su
propia ortografía. Berger pondera las cosas que dice, mide
el impacto de sus palabras; agarra confianza y, por eso, se
extiende, con esa ansia de comunicar que le viene de haber
vivido y anhelado mucho e intensamente. Se atisba la
intención del rigor, imprescindible, en el manejo del
lenguaje poético, que se alcanza con los años y la
producción constante; empero, hay momentos en que logra
destellos innegables de poesía. Hay frases que alcanzan
meritorio vuelo poético. Por supuesto, Kichi está lejos del
artificio y los artilugios del que tiene años y maña en este
oficio (“Yo soy un escritor salvaje”, dice sonriendo; con lo
que me recuerda al bosquesino Henry David Thoureau). Sin
embargo, el fondo poético le viene de su vida llena de arte,
de su sensibilidad, de su amor a la vida, al mar, a la mujer, a
la aventura, a la Naturaleza, a las rosas. El tiempo dirá hasta
dónde alcanza el atrevimiento y la audacia creadora de
Kichi Berger. Por ahora, logra su cometido: expresarse
libérrimamente, acopiar verso tras verso. Ya vendrá, a su
debido tiempo, la etapa de perfecta conjunción de libertad y
conciencia poética, de pasión y razón literarias. Le reitero
una convicción personal: los mejores jueces son los lectores
y el tiempo. Con que haya un solo lector que guste de
néctar de mujer, el libro está justificado. Pero, habrá más
de uno.
Chiclayo, julio de 2014.
161
Las múltiples y silenciosas
batallas del poeta
Un primer desafío en la labor
del poeta es la fidelidad a su
mensaje y a su libre expresión.
Lo que significa una gran
autonomía para aportar una
voz propia y una técnica o
estructura también personal.
Piénsese, por ejemplo, en esa
joya de originalidad literaria que es la poesía de Carlos
Oquendo de Amat. O pensemos en Martín Adán, en Germán
Belli, en Westphalen, voces tan preciosamente poéticas y
tan fuertemente originales cada una de ellas. “El estilo es el
hombre”, expresaba Buffon. Yo entiendo esta idea como la
necesidad de imprimir, con la máxima energía, nuestra
propia identidad en lo que escribimos. Mariátegui decía que
había que meter la propia sangre en nuestras ideas. Y así
tiene que ser. Es un imperativo no sólo de la literatura; sino
de todas las artes. Porque el artista está llamado a crear
siempre algo nuevo y propio. Tiene, para tan alto propósito,
el universo de su libertad y de su talento. Y tiene la
dignidad de su esfuerzo cotidiano. Puesto que el talento se
manifiesta, en su máxima dimensión, sólo en el trabajo, en
la constante labor creadora.
Como cualquier usuario de un idioma, el poeta
maniobra con la sintaxis, la semántica y la fonética de los
vocablos. Pero lo hace con un objetivo extraordinario: el de
162
forjar poesía. Ello requiere, por supuesto, de un máximo
nivel de consciencia del lenguaje. Aparece el poeta,
entonces, como un alquimista de la palabra. Digo
alquimista por el salto cualitativo que necesita dar. Es decir,
lograr que las palabras que pueden ser usadas por el
común hablante adquieran, de pronto, una categoría
poética. Es convertir el plomo del lenguaje habitual en el
oro de la poesía. Es pasar del uso coloquial al uso literario
de un idioma. En lo sintáctico, el poeta puede ceñirse a lo
normativo; pero, tantas veces, reformula y hasta necesita
trasgredir para alcanzar a formular ideas, visiones,
imágenes, que sólo así pueden ser planteadas. Pienso en
Eguren y en su personalísima finura para hilvanar vocablos
y para cernir exhaustivamente sus versos hasta quedarse
con la fórmula perfecta de, por ejemplo, “Los robles” o “El
bote viejo”. Como sabemos, el caso de Vallejo es uno de los
más radicales en cuanto a innovación sintáctica se refiere.
Léase cada poema de Trilce y ha de sentirse siempre el
desasosiego de estar frente a una eclosión dentro de la
lengua española. No como un alarde de pirotecnia verbal;
sino como la urgencia visceral de una alternativa de índole
comunicativa y poética. La cuestión es que, más allá del
grado de experimentación y de revuelo con el idioma, cada
poeta sabe que su compromiso primero y final está con las
palabras. Sin ellas, no hay vida posible para el poema. Cada
poeta sabe de su personal batalla con el lenguaje. Y cada
poeta sabe que el poema ha de gestarse, primero, con aquel
estado de íntima embriaguez que lo impulsa a escribir y,
luego, con el rigor del más fino artesano que se exige un
producto final artísticamente serio y estimable.
En el plano semántico, sucede una batalla igualmente
intensa e inacabable. No como un área desligada de lo
sintáctico y lo fonético. Todo ocurre en una sinergia de
163
suceso lingüístico que, incluso, puede pasar inadvertido
para el aeda. En poesía, hasta un elemento tan minúsculo
como la conjunción “y” puede adquirir significación
especial. En un polisíndeton, por ejemplo. La metáfora es,
por otro lado, uno de los nutrientes fundamentales del
discurso poético. La metáfora es uno de los estímulos
poéticos más apreciados por los lectores sensibles a la
poesía. Es esa experiencia de quien, luego de leer versos
metafóricos, vive el juego de atrapar una certeza de
significado; pero, al mismo tiempo, con la amplitud de
saber que otros lectores pueden extraer nuevos y mejores
desenlaces semánticos a los mismos versos. En eso, radica
la belleza y el valor de la poesía (y del arte en general): en
su capacidad de polisemia, de plurisignificación. Cada
lector puede obtener su propia decodificación. De allí que
se sostenga, con toda propiedad, que la literatura genera
espacios extraordinarios de diálogo y de enriquecimiento
comunicativo. Y fortalece la valoración y el respeto a
puntos de vista distintos a los nuestros. Todas las
interpretaciones, con sustento, son válidas y, en conjunto,
explican integralmente el texto. En cuanto se dice. En
cuanto se sugiere. Incluso, en cuanto se calla.
El plano fonético o sonoro del lenguaje es otro
aspecto vital en la construcción del poema. La poesía
siempre es música. El poeta es casi un director de orquesta
que está sutilmente atento a cada instrumento, a sus notas,
a sus agudos y graves. El arte de escribir versos es, también,
el arte de aglutinar selectivamente un conjunto de palabras
que, leídas, armonicen y suenen muy bien. Es la eufonía. A
veces, hay que quitar un adjetivo cuyos fonemas redundan
en relación a las palabras anteriores o posteriores. Otras
veces, hay que remediar el exceso de fonemas /s/. El poeta
siente cuándo un verso es realmente un verso. Mueve sus
164
vocablos como un experto ajedrecista mueve sus piezas
durante un buen juego. Y de allí, revisa y revisa. Hay
quienes no entienden el porqué de este esfuerzo. Hay
quienes se jactan de publicar lo que, de un solo plumazo (o
tecladazo), escribieron. Cada escritor es libre de hacerlo.
Pero el arte siempre ha sido y será el fruto de un trabajo
paciente y una elaboración constante. A veces,
ingenuamente, se piensa que el primer escrito ya es un
poema cuando, en realidad, no pasa de ser un simple
borrador. Pero ese borrador, bien trabajado, puede
alcanzar la categoría de poema. Léase un poema de Rubén
Darío, por ejemplo. ¡Cuánto esfuerzo hay en cada uno de
ellos! Léase, para ir un poco más lejos (temporal y
geográficamente hablando), la poesía de Bécquer. ¡No es
algo que se escribió en doce minutos! Y es por eso que, cual
pequeñas y sólidas pirámides, resisten los embates del
tiempo y están allí, inmarcesibles para los lectores, década
tras década, siglo tras siglo. El esfuerzo siempre habrá de
dar bellos frutos. Alguien dijo: “La paciencia es amarga;
pero los frutos son dulces”. Nunca tan certero como en los
predios de la poesía y de todo el arte. Es la diferencia entre
un lienzo de Rubens y un abstracto contemporáneo. Y ya
que cité cosas de pintura, recuerdo la idea de un gran
pintor realista que refuerza lo dicho. “Se puede pasar del
realismo al abstracto en dos minutos; pero del abstracto al
realismo, difícilmente”. No estoy rechazando el arte
abstracto. Lo que estoy enfocando es que las obras de arte
exigen trabajo. Tal vez, por eso, alguien decía que importa
sólo un poco la inspiración; pero mucho más, la
transpiración. Pienso, entonces, en los artesanos. ¡Con
cuánto amor y detalle forjan sus obras! Sea en la cerámica,
en el mate burilado, en los tejidos, en la orfebrería. Son las
horas de dedicación y esfuerzo las que, al final, cosechan la
admiración y los aplausos. Pero, sobre todo, lo que llena de
165
alegría el corazón de saber que has hecho bien tu trabajo,
aquello para lo cual sientes que has venido a esta tierra. Y
así, el poema se lee como un suceso único y especial, como
una experiencia fascinante e irrepetible. Es cuando uno
tiene la plena seguridad de decir: “Lo que estoy leyendo,
verdaderamente, es un poema. Y quien lo ha escrito merece
ser llamado poeta”.
166
Luzmán Salas:
Poeta y Maestro ejemplar
El Dr. Luzmán Salas Salas
(Cutervo, 1941) es docente
universitario de posgrado,
periodista, poeta y ensayista.
Pertenece a una pléyade de
maestros que han aportado
mucho a la literatura y la
educación de nuestro país. Su
nombre se asocia a Manuel
Ibáñez, Saniel Lozano, Luis
Hernán Ramírez, Luis Jaime Cisneros, entre otros. Yo lo
recuerdo en un seminario de lingüística y literatura
realizado en la Universidad Nacional de Cajamarca, el año
1988, aproximadamente, cuando recién empezaba mi
formación profesional en el I.S.P. Sagrado Corazón de Jesús,
de Chiclayo. Evoco, no sin nostalgia, la calidad de las
ponencias y el impacto que nos causaba el conocer
personalmente a los admirables maestros de esos años;
entre ellos, Luzmán Salas. Se distinguía por su actitud
serena, meditativa y el trato cordial que siempre brindaba.
Yo relaciono su imagen con la del legendario actor
Humphrey Bogart (el protagonista del filme Casablanca).
Veo cierta análoga etopeya: el aplomo, la ecuanimidad del
hombre que ha trabajado y ha vivido mucho y que tiene,
por ello, tanto que enseñar. Tengo fresco el recuerdo de ese
libro escrito por varios docentes de la UNC (entre ellos, el
Dr. Salas) titulado En busca de la palabra, que fue un texto
167
valioso en nuestros años de estudiante y, después, en los
primeros años de desempeño profesional. Dos décadas
después, volví a ver al maestro Salas en el Teatro “Dos de
Mayo”, aquí en Chiclayo, en un evento de la APLIJ. Le
obsequié un par de publicaciones mías. Por entonces, supe
que el maestro había pasado por una o más intervenciones
quirúrgicas. Su dolencia era de índole cardiaca (sí, del
corazón, ese real y tan simbólico órgano que, en los
maestros, es de mayor importancia aún y que, después de
largas décadas de extraordinario y benéfico trabajo, parece
cansarse y reclamar la vida apacible que la vocación
docente y creadora no suele otorgar). El Dr. Salas ha
realizado amplia investigación en el ámbito de la literatura
y ha hecho y sigue haciendo docencia de calidad. Es,
reiteramos, un caballero de los de antes, un maestro de los
que van quedando pocos. En él, se da esa doble cualidad
que, alguna vez, expresara el Dr. Miguel Ángel Huamán y
que ha sido también característica de inolvidables maestros
peruanos (entre ellos, el sanmarquino Luis Hernán
Ramírez): CALIDAD HUMANA y EXCELENCIA ACADÉMICA.
El Dr. Salas es uno de los intelectuales que más ha
investigado la literatura cajamarquina. Es autor de La lírica
cajamarquina contemporánea (tesis para obtener el grado
de Bachiller en Educacción). y de la tesis doctoral La
literatura infantil cajamarquina aplicada a la Educación.
Entre otros libros, ha publicado La literatura infantil
(1977), Antología de la literatura infantil cajamarquina
(1981), La literatura infantil y la educación (1985), Poetas
de Cajamarca (1986), Vallejo y los cajamarquinos (1993),
Marco Antonio Corcuera: presencia en la poesía peruana
(2005), etc. La literatura infantil es una de las vertientes de
la literatura que ocupa un lugar especial en su labor. No
solo en la investigación, sino también como creador. Ha
sido presidente de la APLIJ y es uno de sus representantes
168
más connotados en todo el país. Sobre la poesía para niños
coincide con otros especialistas en afirmar que es una labor
literaria que se debe asumir con la debida seriedad y
esfuerzo, y que exige conocimiento del alma infantil y
formación y sensibilidad literarias. Por ejemplo, cuando
poetiza: Cantando y bailando, / picando la flor, / te vi una
mañana, /veloz hilador. / Chiquitín volatín, / burlador
celestial, / volverás por la tarde / del ignoto confín. Y
cuando, acerca de la mariposa, escribe: Mariposa amarilla, /
pétalo de luz, / pequeña hojita del viento, / esquiva y traviesa
(…). Mariposa azul, / pañuelito del cielo. / Pequeña vibración
de ensueño, / retazo de terciopelo. Son versos de emoción
sublime, lenguaje pulcro, simpática eufonía y tiernas
metáforas. Es la acuciosidad ya no del excelente académico
que es el Dr. Salas; sino del orfebre de palabras que es su
segundo yo: el poeta. Pensando, finalmente, en las intensas
décadas de fructífera docencia, investigación e inspirada
creación literaria del Dr. Salas, me nace decir: ¡Cuánta vida
de amor por la literatura! ¡Y cuánto esfuerzo admirable de
andino y noble maestro!
169
Hemos sembrado y cosechado
El año 2014, nos reunió el
entusiasmo de publicar un libro de
homenaje a la madre. Se hizo la
convocatoria personalmente, vía
correo electrónico y Facebook. Y
los escritores lambayecanos
(incluidos, por supuesto, varios
talentosos médicos) respondieron
positivamente, como era de
esperarse. Y así, después de arduo
y minucioso trabajo, una
memorable noche, en esta especie de epicentro cultural que
es aquí, en Chiclayo, Perú, el Auditorio del Consejo Regional
VIII del Colegio Médico del Perú y ante nutrida y
distinguida concurrencia, se presentó MADRE, CRISOL DE
HUMANIDAD / Homenaje Lírico a la Madre Lambayecana.
Dos años después, ya con nuestra Asociación Cultural
“Estación de Brujos” navegando en alta mar, gozando de
estrellas y también de tempestades (que son los vientos
que templan el carácter de los verdaderos hombres de
mar), tuvimos otra vez ‒en el cafetín de la Panadería “El
Padrino”, me acuerdo bien‒, el Dr. Juan José Cruz Venegas,
“Kichi” Berger y quien esto escribe, otra igualmente
entusiasta idea de un libro complementario al anterior: es
decir, un homenaje, también literario, al padre. De esa
manera, completaríamos nuestro tributo de gratitud y
cariño al binomio perfecto, raíz y tronco de la familia:
MADRE y PADRE. Tal parece que los dos barcos (nuestra
170
asociación y el colegio médico) han seguido buen rumbo,
con audaces timoneles en la proa y la Estrella del Sur
alumbrándonos siempre, ya que mostramos hoy el fruto del
nuevo esfuerzo. Y es un fruto donde han puesto la mano (y
la pluma) amigas y amigos ya no sólo de nuestra pequeña y,
a veces, turbulenta comarca; sino de otras ciudades
peruanas y, más aún, de lejanas geografías a la nuestra:
Brasil, España, Venezuela, Chile, Colombia, Argentina,
donde laten iguales y quizá hasta mayores sensibilidades y
buenas voluntades quienes, haciendo uso de esa alfombra
voladora que es el Facebook, secundado por el email, han
respondido con extraordinario entusiasmo al llamado
nuestro para hacer realidad esta confluencia de versos y
relatos con un gran sentido existencial: el reconocimiento,
la gratitud, la nostalgia y el amor también eterno al padre,
al tuyo, al mío, al de cada uno, al de todos. Encontramos
aquí una hermosa y entrañable compilación de textos que,
de todas maneras, van a conmovernos. Porque lo que nace
del corazón, necesariamente, conmueve a otro corazón.
Tratándose del padre, como de la madre, no es para menos.
Nuestra gratitud a cada uno de los escritores cuya
inspiración enriquece este nuevo libro. Nuestros dos barcos
pueden ya volver a tierra con el trabajo cumplido.
Bajaremos anclas un poco cansados, pero felices y
satisfechos. Disfrutaremos del Sol y la arena por un tiempo,
hasta que una nueva aventura literaria nos pida izar velas
nuevamente. Como dijo líricamente Javier Heraud (nuestro
gran Poeta Joven del Perú, a quien yo llamo, por paradojas
de la poesía, “El Poeta del Otoño”): “Hemos sembrado y
cosechado”.
Y termino como termina nuestra dilecta amiga Elane
Lustosa, de la patria de José Mauro de Vasconcelos: “Buen
provecho, lectores”.
171
Los invasores,
una novela felizmente compleja
Leer Los invasores, valiosa
novela de Jaime Mendoza
Sánchez (Nueva Arica, 1974),
es hacer inmersión en una
embrollada realidad donde
confluyen aspectos sociales,
políticos, económicos, judiciales, afectivos, policiales; y,
traspasando este cúmulo de cosas, la batalla azarosa,
angustiante, pero también feliz del ser humano por
encontrar un sentido a la vida, por arrebatarle a la
existencia retazos de libertad, de alegría y dignidad; y por
desafiar el orden económico brutal que termina por
aniquilar todo proyecto sano en pro de la vida. Estamos
ante un extenso viaje por la vida, la agitación y el empeño
inclaudicable de los pueblos desposeídos que,
trasgrediendo las normatividad de una sociedad
terriblemente injusta, consecuencia inevitable de un
mundo secuestrado por el capital, intentan lograr para sí lo
mínimo deseable: tierra para habitar, para sembrar, para
vivir. Es en torno a una experiencia de invasión que, a la
manera de una vorágine, se van sucediendo una gran
cantidad de hechos, aparecen personajes reconocibles en
cualquier distrito pobre del Perú, llámese Nueva Arica,
Cayaltí, Oyotún, etc.; escenas, de pronto, macondianas,
insólitas, desmesuradas porque desmesurada es nuestra
realidad y desmesurada es la crisis global del país;
172
problemas de toda índole que ya no sólo incumben al
entorno regional; sino al espacio total del Perú, de
Latinoamérica y del mundo: los conflictos sociales, el
narcotráfico, la minería que contamina, el terrorismo, la
descomposición en los diversos estamentos del Estado, ese
monstruo en cuyos tejidos se reproduce la corrupción en
proporción geométrica. En lo lingüístico, hay en Los
invasores elementos que resaltar: el esfuerzo por
representar el habla de personajes en correspondencia con
su identidad, el uso de localismos y esa increíble
nominación, típica del peruano, basada en los apodos, que
terminan por desplazar casi absolutamente los nombres
formales. “Chato” (incluso antecedido del Don), “el Zarco”,
“Toledo”, “el Chino”, “Ojos de Gato”, “Tres Tetas”,
“Chingolo”, “Charapo”, “las gordas”, “Pájaro Moñón”, entre
otros, adquieren ‒en esa atmósfera donde la sustitución,
por la fuerza del uso, se oficializa‒ una categoría
incuestionable. Veremos, entonces, que se prescinde del
uso de las comillas puesto que resultan inútiles por lo dicho
anteriormente. El autor, ferviente admirador de Vargas
Llosa, García Márquez y Vargas Vila; amante apasionado de
las narraciones complejas; diestro usuario de los recursos
narrativos contemporáneos, es consciente de que no la
pone fácil al lector. Debemos, entonces, advertir que la
lectura de Los invasores no es tarea fácil. Deberá afrontarse
varios desafíos: el tiempo será una rayuela, saltos
caprichosos de aquí para allá; diálogos cruzados que tienen
el agravante de tener astutos enganches dispuestos con
alevosía para confundir al lector; actantes que aparecen
con varios nombres; escenas que se entremezclan y que,
para mayor desconcierto, se parecen; episodios que
resucitan después de largas páginas de ausencia;
circunstancias de tenso conflicto jurídico (con lenguaje
verosímil); desgarradoras imágenes de situaciones
173
extremas; varias insinuaciones de candente deseo erótico;
monólogos a diestra y siniestra; confrontaciones
axiológicas permanentes; escenas de violencia que no
hacen sino clamar por la triste condición humana; en medio
de todo ello y en el límite, la invocación final, desesperada,
arrepentida y humanísima al Padre, a Dios, a Jehová. Y la
duda lacerante de si el hombre de este tiempo es digno de
Su Misericordia. Sin duda, el aspecto dominante de la
novela es el conflicto social, los sin tierra frente a la
empresa; oposición que no hace sino simbolizar la vieja
contradicción entre pobres y ricos, entre los apenas
propietarios de su esfuerzo y los dueños de todo, entre el
clamor de un mundo nuevo y los defensores de un sistema
no sólo obsoleto; sino, además, antihumano, anti-histórico y
anticristiano. Los invasores constituye, así, una valiente,
talentosa y lúcida representación de nuestra dolorosa
realidad que, desde hace tiempo, le grita a los políticos, con
la voz de la vida y la muerte juntas, iniciar ya un tiempo
inédito en nuestra patria, la de forjar una sociedad peruana
donde la cleptocracia sea desterrada para siempre, donde
el cinismo de la oratoria de campaña sea enmudecida por
los actos honestos, donde sean derrotados los insaciables
hambrientos del oro y el poder, donde las cuentas
bancarias sólo alberguen dinero limpiamente ganado,
donde haya un gran sueño: el de un Nuevo Perú, justo,
honrado y próspero para todos. Ésa es una de las
reflexiones que nos obliga a hacer esta novela extensa que,
sin embargo, no nos cansa por la vitalidad que le ha dotado
el narrador. Hay muchas sorpresas y, para el público
lambayecano, ha de resultar particularmente estimulante
leer nombres de localidades tan cercanas a todos nosotros:
ya no sólo los pueblos antes señalados; sino, además,
Urrunaga, José Leonardo Ortiz, Moshoqueque, el parque
Huáscar (que no es otro que el de Garcés). Éste es un
174
méritos adicional: hacer buena narrativa de problemas
sociales, de mujeres y hombres y de lugares tan nuestros,
tan próximos, tan de nuestra gente. “En varios de mis
personajes, hay buena parte de mí”, dice risueño el novelista
que tiene siempre en mente una gran historia leída o por
leer, un maestro del que está aprendiendo aún más, una
técnica narrativa que piensa utilizar, si es que todavía no.
Nos habla, con emoción de discípulo, acerca del Ulises, de
James Joyce. Nos habla de su libro anterior. Nos habla de
cuánto empeño le ha puesto a esta narración. Sabemos que
ha invertido tres años en cuajar este libro. Y se nota. Sabe
que, como creador, tiene todavía y felizmente un largo
trecho por recorrer. Está joven y eso juega bastante a su
favor. Estamos seguros que este trabajo le hará ganar
respeto, cosa difícil de lograr en nuestro medio, tan dado a
menospreciar el sacrificio de sus propios paisanos, colegas
e incluso amigos. Pero, ésa es otra cuestión. A estas alturas,
Jaime Mendoza Sánchez ya debe saber que el compromiso
de un artista, mucho más de un literato, no es con la
simpatía de algunos, con la supuesta erudición de otros, ni
con el arbitraria calificación de quienes no ostentan sino
incontinencia verbal; sino que el desafío, el trato y la valía
se fraguan, en última instancia, en una mirada decisiva al
espejo de la propia eternidad. De ello no deriva sino la
infinita humildad de la que hablaba Oswaldo Guayasamín,
que ya tiene un podio en la historia del arte, cuando decía,
tan puro, tan descarnado, tan espíritu, que, después de los
años, cuántos de sus miles de cuadros tendrán valor. Tal
vez, ninguno decía. De esa certeza de que, ante el tiempo,
quizá, nuestra obra sea implacablemente desvanecida, le ha
de brotar a quien hace arte el coraje de bregar con más
talento, con más exigencia, con más fuerza en la gestación
de su pintura, de su música, de sus libros. Decía un ilustre
peruano que hay dos tipos de personas: las que sirven a la
175
literatura y las que se sirven de ella. Creemos que Jaime
Mendoza Sánchez pertenece, por razones que sobran, a la
primera clase. Y nos quedamos con las escenas vívidas del
Zarco luchando por salir del pantano, de su ruta al susto, a
Chiclayo, a su libertad, de las broncas mortales por las
tierras, del inframundo del narcotráfico, de la emocionante
ceremonia castrense de los “bajas”, de esa amistad
inclaudicable entre los que sufren, de las mujeres que aman
y luchan, de las difíciles reuniones donde se han de tomar
decisiones cruciales, de los momentos lúgubres de las
chozas destruidas y del nuevo intento por reconstruirlas,
de seres tan peculiares como el viejo de las frases
lapidarias, como el otro de la experiencia en invasiones,
como las mujeres de armas tomar y de, por tanto, temer,
como el del pollino impelido a funciones luctuosas. Nos
quedamos con numerosas impresiones, con cosas por
dilucidar siempre (como después de haber leído ese
monumento literario que es Cien años de soledad, de García
Márquez), aunque Jaime se deslumbró más con El amor en
los tiempos del cólera. Y nos quedamos con la experiencia
de haber recorrido tiempos, emociones y espacios de
nuestra propia tierra, gracias a la bizarra inventiva de
Jaime Mendoza Sánchez, a quien le extendemos nuestra
felicitación por este gran trabajo, después del cual vendrán
otros más, sin duda, puesto que la literatura tiene en él a un
fiel guerrero.
176
Una noche lírica
para recordar siempre
En los ya lejanos tiempos
de Franz Liszt y Frederic
Chopin, cada evento
artístico implicaba la
punzante evaluación de los
implacables críticos. Por
supuesto, que esa tradición,
dominada por el ego y la
arbitrariedad, estaba lejos de una racional y justa
consideración estética de la obra presentada. Han pasado
los tiempos y esa mala costumbre, felizmente, se ha diluido.
Lo que sí debiera habituarse, en aras de la difusión y el
reconocimiento, es la apreciación más o menos justa y
objetiva de las obras artísticas (en el caso de la literatura,
por ejemplo, la crítica moderna ha desterrado los juicios
caprichosos y excesivos y se concentra más bien en un
estudio objetivo y metódico del texto literario, amparado
en el extraordinario desarrollo de la actual teoría literaria).
En una ciudad como Chiclayo ‒donde siempre ha
habido artistas con pasión e ideales que se aferran a seguir
haciendo cultura, superando heroicamente todo obstáculo
y limitación‒ es bueno que periodistas y gente sensible a la
cultura difundan los esfuerzos artísticos que se realizan en
nuestra localidad. Hace mucho bien al arte y al artista. Digo
difundan en el sentido de sensibilizar a la colectividad con
177
las virtudes y méritos del arte. Después de todo, mientras
más acerquemos a la gente al arte, más lograremos
equilibrar y sanar el espíritu colectivo. Creo que la estética
va de la mano con la ética. Decía Sujomlinski: "La música
endereza el alma”. Y Cabral: “Un cantor más es un soldado
menos”. El arte cumple no solo una función estética. El arte
humaniza y espiritualiza a niveles tan profundos que tiene
la capacidad de transformar y enaltecer al hombre.
He dicho lo anterior como antesala para comentar la
noche lírica del viernes, 21 de febrero, en la DDCL, de
Chiclayo. Francamente, me he quedado sorprendido con lo
visto y escuchado esa noche. A quienes tenemos largos
años asistiendo y participando de eventos culturales, no es
tan fácil ya que un evento nos impresione de manera
especial. O creemos que ya no hay novedades casi que
presentar. Por supuesto que cada esfuerzo artístico, en
cualquiera de las vertientes artísticas, merece nuestro
aplauso y respeto. Pero, el Concierto Lírico “Amigos para
Siempre” me ha dado la certeza de que cosas nuevas y de
calidad siempre pueden hacerse, y en cualquier tiempo. El
canto lírico, como el ballet, es una de las artes más difíciles.
Y quienes se deciden a cultivarlo lo saben. Es un desafío
enorme atreverse a cantar, ante un público tan escéptico y
tan exigente como el de Chiclayo, canciones como O sole
mio, Libiamo, O mio babbino caro. Mucho más, porque en las
memorias musicales de la gente más o menos culta,
perviven las voces y las imágenes de los paradigmas del
canto lírico: desde Luciano Pavarotti hasta Andrea Bocelli,
por citar solo dos. El público, consciente o
inconscientemente, siempre va a relacionar: “Vamos a ver,
este joven se atreve a cantar Granada, y lo escucho y lo
comparo con Plácido Domingo. Esta muchacha canta O mio
babbino caro y mi mente se acuerda de Carmen Monarcha
178
(la famosa soprano que trabaja con André Rieu)”. Entonces,
el cantante lírico sabe que el público escucha en paralelo. La
voz, por ejemplo, de Anny Vásquez, en vivo y en directo, y la
voz de Carmen Monarcha o Hayley Westenra, en la
memoria. Esa experiencia en paralelo por parte del público,
seguramente entusiasma e intimida al cantante lírico. Esa
circunstancia añade una dosis de adrenalina que, sin
embargo, el temple del cantante ha de superar
exitosamente.
Con todo ello, el balance de lo visto anoche no solo es
positivo y feliz, sino también esperanzador. Positivo porque
ya podemos decir que contamos con un conjunto de voces
líricas capaces de convencernos y de deleitarnos como lo
han hecho en la explanada de la DDCL. Y esperanzador
porque los chiclayanos que amamos el canto lírico ‒y los
que aprenderán a amarlo‒ ya podemos estar seguros de
que, en algún otro fin de semana, podremos asistir a otra
noche de disfrute lírico con estos carismáticos y aplicados
jóvenes que ofrecen, cada uno en su estilo y nivel, lo mejor
de su talento. Nos hemos emocionado con todas y cada una
de las canciones. Nos ha gustado el escenario sobrio,
elegante, del color de la profundidad del arte. La
iluminación bien puesta que nos ha permitido ver los
rostros concentradísimos de los artistas, las miradas en el
aire y en el público, aplomándose, respirando y emitiendo
la voz lo más bella y técnicamente posible, con la mente y el
corazón, las dos herramientas que han de estar en perfecto
equilibrio, como decía no recuerdo bien si Plácido Domingo
o Pavarotti, puesto que el canto lírico es la aglutinación de
las mejores virtudes del canto: técnica, voz, respiración,
dicción, potencia, sensibilidad, interpretación. Yo me
acordaba de mi viejo libro de Juan Lamadrid (según leí, uno
de los pioneros de la impostación vocal en el Perú) y
179
observaba con qué esmero cada uno de los cantantes lucía
su aprendizaje de la técnica. Cada uno ha hecho lo suyo. Por
supuesto que cada uno representa un trabajo y un proceso
vocal personal y distinto. Pero, reitero, cada uno ha puesto
lo suyo. Es meritorio saber, por otro lado, que varios de
ellos tienen trabajos distintos al de la música. Y, sin
embargo, se han mostrado tan pulcros y lo más artistas que
es posible mostrarse en una, digamos, bipartición
ocupacional así. Todos sabemos que en el Perú el arte tiene
que ir de la mano con un oficio que permita el sustento
diario. Hay, por supuesto, artistas que se dedican solo al
arte. Son los menos y merecen nuestra total admiración.
Todavía en Perú, no vivimos las experiencias exitosas de
países como Ecuador, por ejemplo, en cuanto a hacer
empresa rentable del arte de calidad. Tema que en nuestro
medio no pasa todavía de coloquios bizantinos.
Pero, vuelvo a la noche lírica del viernes 21. Hay que
decir también que, como corresponde a una función lírica,
las señoritas lucieron hermosos vestidos y los varones,
elegantes ternos que dieron realce a tan estética y musical
jornada. El conocido profesor Humberto Castro Sotil, en su
rol de maestro de ceremonias, anunciaba, con la actitud
ponderada y el dato preciso, cada pieza musical. Se hizo
notar la voz de su experiencia y de su profundo amor por la
música. El público ha disfrutado con cada ofrenda lírica. Sin
duda que las arias o canciones más populares son las
preferidas: Júrame, Adoro, A mi manera, El día que me
quieras, O sole mio, Historia de un amor, O mio babbino caro,
Libiamo… Cada asistente comentará, a su juicio, quiénes
fueron las mejores voces. En mi opinión, cada voz tiene su
propio valor. Entiendo, además, que todos ellos siguen
estudiando y trabajando en sus voces. Pero, lo que hemos
visto y oído amerita que la función se repita no una sino
180
varias veces, con igual o variado repertorio. Mientras oía
cada presentación, yo evocaba (todo visto en videos o en
YouTube, por cierto) las apoteósicas presentaciones de los
tres tenores (Pavarotti, Carreras, Domingo) en Los Ángeles,
dirigidos por el hindú Zubin Mehta. Evocaba a las sopranos
y tenores de André Rieu en una plaza de Cortona, Italia. A
Juan Diego Flores en Amsterdam A Hayley Westenra,
cantando May it be, sola o con las bellas irlandesas de Celtic
Woman. A Alfredo Krauss, en Islas Canarias. A Bocelli, en
Celli di Toscana. A Nathan Pacheco interpretando Adagio in
c menor. A Sarah Brightman, conmoviendo con Il canto de la
Terra. A Il Divo, con la canción La fuerza del amor.
Después de haber disfrutado el Concierto Lírico
“Amigos para Siempre”, puede uno decir: hemos vivido un
momento europeo en Chiclayo. Creo que es una bonita idea.
Pero, tal vez, sea mejor pensar que la música no tiene
fronteras, que una bella composición musical le pertenece a
todo el mundo. Que es hermoso saber, por ejemplo, que en
China disfruten de El cóndor pasa, interpretada por 12 Girls
Band, y que los italianos escuchen La flor de la canela en la
voz de Juan Diego Flores. Creo que, en el campo de la
música, es donde más se comprueba la universalidad del
arte. La música no tiene fronteras. La música es una
revelación mucho más profunda que el lenguaje mismo. No
sé qué opinarán los especialistas en música. En todo caso,
mi comentario es la palabra de un mero espectador,
amante de la música desde siempre, como tantos. Y que se
ha sentido privilegiado de deleitarse con esta función de
canto lírico que ha enaltecido y seguirá, estoy seguro,
enalteciendo a la cultura chiclayana. Así que nuestro
reconocimiento y aplauso para todos los jóvenes que nos
han deleitado con su excepcional arte: a Anny Vásquez,
Paola Espinoza, Edevaly Puse, Ana María Sosa, Eduardo
181
Falla, Enrique Saavedra, César Bravo, Gustavo Tirado,
Milver Sánchez; y al pianista César Carranza (joven de edad,
pero con los dedos viejos en el piano, como dijo el Dr. Juan
José Cruz; viejos en el sentido de la experiencia y el
virtuosismo).
Falta que haga referencia al maestro que ha sido la
inspiración para tan bella y memorable noche. Y es algo que
dice muy bien de la Asociación Lírica. Y es que el concierto
ha sido un homenaje de canto y de corazón al querido
maestro Roberto Bolívar Curotto, formador de muchos y
valiosos cultores del canto. Hoy, con más de 80 años, está
delicado de salud. Estoy seguro que la energía del
concierto, de algún modo, habrá tocado su espíritu. Y lo
habrá confortado en estos días difíciles para él y sus
familiares y para sus alumnos que lo quieren y lo admiran
tanto. El Concierto “Amigos para Siempre”, de la Asociación
Lírica que lleva el nombre del distinguido maestro, no solo
queda como todas las cosas buenas para el feliz recuerdo;
sino que nos compromete a todos los que estamos
relacionados con la cultura a hacer así las cosas: con
seriedad, con profesionalismo y con verdadero arte.
Y termino esta nota con algo que he tenido presente
desde el comienzo: el apoyo casi paternal que el valioso
amigo y excelente médico Juan José Cruz Venegas viene
brindando a la Asociación Lírica. Hermosa lección de
sinergia entre el entusiasmo y talento juveniles y la
orientación y el respaldo de la experiencia. Esa unidad solo
puede dar buenos y bellos frutos para beneficio de la
colectividad chiclayana. Viernes 21, de noche, en la
explanada de la DDCL: un casi inmerecido regalo para
nuestros oídos y corazones como ha sido ‒y ojalá siga
siendo, por mucho tiempo‒ el canto lírico de estos valiosos
182
jóvenes que nos han demostrado que el arte fino aquí, en
Chiclayo, aunque parezca mentira, sí es posible.
Chiclayo, 22 de febrero de 2015.
183
La Risoterapia:
un libro para vivir riendo
En todos los pueblos, el hombre alegre
es apreciado y querido. “Si quieres que te
amen, da alegría”, dice un adagio de no
sé qué autor, pero de incuestionable
verdad. Y también es cierto que todo
pueblo tiene su bagaje humorístico, de
todos los tonos y colores, con salsa y con
picante. El buen humor es incluso
secreto de la longevidad. Después de
todo, hay quien dice que tomar esta vida en serio es poco
serio; sentencia que, a mi modo de ver, sirve, cuando
menos, para relativizar esta contradictoria y autoritaria
realidad que Facundo Cabral (un fino humorista, dicho sea
de paso) denomina locura social. Como nos decía James
Rojas, hace poco, en un café: “A veces, uno está preocupado,
tenso. Es bueno, entonces, unos chistecitos para reír un poco,
para relajarse un rato”. Así que la idea y paciente acopio de
material para la elaboración de este libro, merece un gran
abrazo y una felicitación amplia y sincera. Sin alegría, la
vida se empobrece. Y ya sabemos cuántos motivos diarios
hay que nos arrebatan el buen humor. Los tiempos de hoy
están plagados de malas noticias: políticos que han
involucionado a la deleznable condición de politicastros, la
corrupción del país que la OMS debiera declarar mal
endémico nacional, los trabajos escasos y mal
remunerados, el tráfico en Chiclayo cada vez más
complicado, los diarios que ganan plata divulgando
184
información estresante y depresiógena, aparte de mal usar
la preciosa lengua española, los servicios públicos que
cuestan mucho y benefician poco, el imperio de los
antivalores, etc. La salud ‒recuerdo haber leído hace
tiempo‒ no sólo es el estado de bienestar personal;
también abarca la salud social. Así que ya podemos concluir
cuál es el nivel de salubridad que vivimos actualmente.
Ante todo ello, habrá quienes estén en posición real de
protagonizar los urgentes cambios; pero, la mayoría, sólo
podemos dedicarnos con honradez y paciencia a nuestros
modestos trabajos con la consigna apremiante de cuidar el
ánimo y, por ende, la buena salud. James Rojas viene a
recordarnos que, en medio de la amargura y el estrés, es
obligatorio reírnos por el bien de nosotros mismos y de los
demás. Yo intuyo que el autor, que es un ingeniero de
amplia experiencia profesional, que ha vivido y viajado
bastante, ha filosofado mucho sobre la vida. De ese razonar,
inteligente, lúcido y hasta diría estoico, ha concluido que la
seriedad profesional, la calidad humana y el buen vivir no
está reñido con el buen humor. Este libro parece decirnos:
¿Quieres vivir mejor? ¡Ríe! ¿Quieres mejorar tu salud? ¡Ríe!
¿Quieres que te quieran? ¡Ríe! Más aún: contribuye a
construir un mundo mejor haciendo que la gente sonría,
que esté alegre. Y si logra provocar risas a quijada batiente
(o, como decía Borges, hasta que se vean las muelas del
juicio), tanto mejor. Sobre la risoterapia se ha dicho, y
confirmado, cosas extraordinariamente valiosas. Respecto
del humor y las relaciones humanas, el Dr. Pérez Albela
advierte: “Ríe con los demás; pero no de los demás”. Otro
famoso doctor que predica la alegría con fines terapéuticos
es el célebre Patch Adams. Se conoce que ciertos galenos,
menos ortodoxos, recomiendan, por ejemplo, películas
cómicas a ciertos pacientes (de cáncer, incluso) para lograr
la mejoría. En el ámbito educativo, es sabido, y practicado,
185
que un buen chiste en medio de una clase que se torna
tediosa, reanima a los alumnos (cuántas veces, la
ocurrencia de algún alumno sanamente pícaro oxigena
espléndidamente el aula). Reitero, este es un libro que hace
voluminosa apología del buen humor, que defiende el
derecho inalienable a la alegría. Dicen que lo que diferencia
al hombre del animal es la risa (aunque hay monos que se
ríen mejor que muchos hombres). La Risoterapia es un
encomiable –y alegrísimo– esfuerzo de nuestro dilecto
amigo James Rojas (a quien, en la Asociación Cultural
“Estación de Brujos”, hemos bautizado como El Hijo de
Pumapunku) que, por samaritana y noble solidaridad
humana, desea también oxigenar las mentes y corazones de
sus lectores. Ya imaginamos al oficinista, por ejemplo, sacar
su Risoterapia en el momento oportuno y relajarse un
momento con alguna página hilarante. Por supuesto que
aquí hay ocurrencias para escoger. El lector más serio y
conservador tendrá que saltarse algunos chistes, por pudor
(o, quizá, por falta de libertad). Y aquél que ha disfrutado
bien, y aportado, en el humor de la calle está pues en su
salsa. Congratulaciones, ingeniero e ingenioso James, por la
cristalización de un caro objetivo: este cúmulo de chistes,
bromas, chascarrillos o como quiera llamársele. Los
adustos funcionarios de salud debieran tomar alegre nota
de la aparición de este remedio para el hígado y la
amargura. Y prescribirlo prontamente. Los siempre
amables lectores que adquieran este libro estarán
contribuyendo, además, con los pacientes de Esclerosis
Múltiple, hermoso gesto del autor que elogiamos con
nuestra mayor consideración y respeto.
Chiclayo, febrero de 2015.
186
El cielo de Bianca
o el amor en tiempos del Perú oligárquico
Ella de noble cuna / y yo, humilde plebeyo,
no es distinta la sangre / ni es otro el corazón.
Señor, ¿por qué los seres / no son de igual valor?
El plebeyo, FELIPE PINGLO ALVA
Creo, amical y objetivamente, que
El cielo de Bianca es una novela
memorable. Tal vez, los siete libros
anteriores ‒valiosos, también, es
cierto‒ han sido la antesala, la
siembra fervorosa y esperanzada,
para que el trabajo narrativo de
Alec Zander produzca este nuevo
fruto, literariamente, más maduro.
Maduro porque el drama social-
romántico que expone aglutina,
como toda obra literaria bien escrita, un conjunto de
aspectos de gran valor y significado. Son varias las vías de
acceso, como diría Alberto Escobar, que nos sugiere la
propia novela. La variedad de metodologías de
interpretación y análisis de estos tiempos pueden facilitar
mayores y fascinantes hallazgos en esta octava novela de
Alec Zander.
Así como Eten está representada en Puerto Cholo, de
Mario Puga; Lambayeque, en El Daño, de Carlos Camino
Calderón; y Chiclayo, simbolizado en Rastros Sangrantes, de
187
Andrés Díaz Núñez, así; en la novela El cielo de Bianca,
aparece el distrito de Guadalupe (provincia de Pacasmayo,
Región La Libertad). De manera que los amigos
guadalupanos pueden decir, con justificado orgullo, que su
querido distrito ya tiene su propia novela; escrita, además,
por uno de sus paisanos, como lo es Alexander Monsefú
Mendoza, un hombre nacido para narrar;
sorprendentemente, prolífico: lleva escritas varias decenas
de historias. Y seguirá escribiendo para alegría de sus
lectores y para bien de la literatura regional y nacional.
Aspecto social e histórico
La novela está ambientada en Guadalupe, año 1916,
durante el gobierno de José Pardo, cuando el mundo sufría
la Primera Guerra Mundial y el Perú se conducía según los
parámetros de la oligarquía. Tiempos tumultuosos en que
las colisiones de las clases sociales eran permanentes. La
novela presenta una bella historia romántica: el amor que
surge entre Áliam, un adolescente andino, huérfano y
obrero, criado por una comunidad gitana, y Bianca, la
hermosa señorita de 15 años, hija del poderoso hacendado
Abelardo Rostalbán. El drama se sustenta en la enorme
prohibición social que pesa sobre ambos muchachos y la
inesperada fuerza que cobra su relación sentimental. La
historia tiene como fondo la batalla social por la
reivindicación de la clase obrera. Son los años de la
histórica lucha por la jornada de las 8 horas. Son los años
de José Carlos Mariátegui y Haya de la Torre. El final es
shakesperiano: un Romeo (Áliam), una Julieta (Bianca), un
veneno. Pero Alec Zander ha querido aliviar el sufrido
corazón de sus lectores dejando viva la posibilidad de que
la sufrida nana salve a Bianca. Una cosa es segura: los
lectores van a pedir El cielo de Bianca II.
188
La prohibida relación entre Áliam Maclov (nombre
que adquirió de los gitanos) y Bianca Rostalbán nos remite,
fácilmente a otros grandes amores literarios que la
estratificación económica prohíbe. Por ejemplo: de Pavel
Korchaguin y Tonia Tumanova (en Así se templó el acero, de
Nikolai Ostrowski); de José Manuel y María Luz (en
Matalaché, de Enrique López Albújar). Pero, también, la
intensidad del sentimiento de los enamorados, su juventud
y final trágico nos recuerda a los amantes de Verona, a los
inmortales Romeo y Julieta, de Shakespeare. Asimismo,
cómo no relacionar el amor de Áliam y Bianca con películas
como Lagaan (el romance entre el hindú Bhuvan y
Elizabeth, hermana del feroz oficial británico Andrew
Russell, enemigo de aquél); Kisna, poeta guerrero (el idilio
entre el nativo Kisna y Katherine Becket, hija de un odiado
inglés, en los violentos años de la lucha independentista de
India). Y cómo no asociar con el idilio cinematográfico que
se vive y se sufre en Titanic. La orfandad, el maltrato y el
espíritu sensible, amante de la música, de Áliam nos
remonta al carismático protagonista del filme August Rush.
Hay en ambos una grandeza de espíritu y la certidumbre de
un destino superior. Por otro lado, los esfuerzos de Áliam
por aprender los modales aristocráticos, con fines de
agradar a la amada y quedar bien con el entorno social, nos
recuerdan a Jack Dawson, en el filme Titanic y a Alejandro
Murrieta, en El Zorro. Queda claro, esfuerzos para poder
acceder a un medio social adinerado con el único fin de
conquistar a la mujer amada. Una relación adicional nos
lleva a la historia real mexicana: Benito Juárez, de origen
zapoteca. Siendo un humilde sirviente, se enamora de la
hija del patrón. Dicen que, al hablar con el padre de la
muchacha, le aseguró que él iba a hacerse merecedor del
cariño de su hija. Bueno, llegó a ser presidente de México y
189
uno de los personajes más valiosos de Latinoamérica (se le
llama el “Benemérito de las Américas”).
Alec Zander, diestro narrador, administra la sucesión
de hechos con lógica y coherencia impecables. Cada suceso
tiene relevancia en toda la historia. Es como una obra
arquitectónica donde cada pieza tiene razón de ser y estar.
Hay momentos en que los acontecimientos sociales parecen
querer desplazar al romance, lo que nos recuerda la épica
social que acompaña a los sentimientos de Pavel y Tonia, en
la novela de Ostrowski. Pero, Alec Zander dosifica bien.
Solo las pinceladas sociales e históricas necesarias para que
el contexto quede claro: Ciudad de Guadalupe, Perú, 1916.
La novela, en fin de cuentas, constituye una profunda
crítica social y política: muestra los terribles sufrimientos
que causaron (y aún hoy, siguen causando) los prejuicios y
limitantes que engendra la vanidad y la desigualdad
económica. Nos recuerda la impactante denuncia que, en su
tiempo, hizo Harriet Beecher Stowe, contra la explotación
de la raza negra, en su inmortal obra La cabaña del tío Tom.
ECB nos traslada fácilmente al Perú oligárquico de
inicios del siglo XX. La novela recrea bien esas atmósferas
“en sepia” de casonas antiguas, carruajes, vestuario
ostentoso o proletario (según la clase social), las maneras
lingüísticas y, por supuesto, todo el cuadro económico,
social y político que merece un análisis aparte por cuanto
esos tiempos pesaron mucho en la evolución histórica del
Perú actual en cuanto a estructura social y económica. Por
supuesto, el tema de los derechos laborales tiene un gran
significado en la novela, así como la representación de lo
que ha sido la tensa relación de los estratos sociales en el
Perú oligárquico de aquellos años, el de los hacendados, el
de los campesinos y obreros asalariados; los de arriba y los
190
de abajo. Se aprecian las costumbres y temperamentos de
las personas, siempre determinados por el status social.
Los hechos de la novela siguen una evolución
inesperada. Lo que parecía una idílica fabulación, casi
bucólica, de la segunda década del siglo XX, camina hacia un
trágico final, doloroso, como dolorosos han sido otros
idilios de la literatura. Impactante final, como el de una
excelente película. Si el autor quiso hacer una novela para
conmover profundamente acerca de cuánto dolor pueden
causar las desigualdades e injusticias sociales, puede estar
seguro de que lo ha logrado. Lo único angustiante es que, al
final, prácticamente, todos pierden. No ganan ni los
prejuicios sociales ni, al parecer, tampoco el sentimiento de
los dos jóvenes. ¿Con qué nos quedamos los lectores?
Alguien dirá: Pero el narrador nos da la esperanza de que
Gertudris salve a Bianca. Podríamos decir, entonces, que el
triunfo es del amor. Y la derrota, de las vanidades sociales.
El libro nos recuerda el sometimiento de la mujer por
parte del poder masculino. Allí tenemos a Hortensia,
siempre sumisa ante el tiránico esposo Abelardo. 1916 no
es todavía un tiempo de fuertes reivindicaciones femeninas.
En buena cuenta, la novela presenta un mundo cerrado, en
el que la autoridad (o, más bien, el autoritarismo) solo
proviene de los más adinerados, que son los menos. La
novela revela cuán vertical y violenta resulta una sociedad
estructurada según la dictadura del capital. Por eso, este
libro debiera ser bien leído por aquel exótico porcentaje de
la población peruana que aún se siente representante de la
oligarquía peruana (y que odia a la auténtica democracia),
aquellos que se envanecen aún por algún apellido más o
menos inglés, ítalo o germánico, aquellos que desprecian a
las provincias y a los provincianos (pese a que su
191
enriquecimiento, posiblemente, provenga de ellos), a los
que se sienten de sangre azul y herederos de no sé qué
aires o pergaminos nobiliarios de Europa. Aquellos que no
ven al Perú como la gran nación de todas las sangres que
tenemos que edificar; sino que ven solo posibilidades de
expoliar y perpetuar riqueza y poder en nombre de la
codicia y la egolatría más patológica que pueda conocerse,
como sucede hoy a escala planetaria. Es decir, la inhumana
e irracional dictadura del capital.
Plano psicológico
Sin duda, una fortaleza del autor es la estructuración
psicológica de sus personajes. Se ubica fácilmente en la
psique de cada uno de ellos, según status social y
personalidad. Desde esa premisa, se derivan, con gran
coherencia, los sentimientos, los pensamientos y las
acciones de los actantes. Como dice el autor: “Uno de mis
principios es tratar de meterme al máximo en los zapatos de
cada personaje”. Esto le permite crear oposiciones y
tensiones que le dan fuerza y atracción a la historia. Por
ejemplo, logra transmitir la sublime emoción de lo que
significa el amor adolescente; mucho más, en los tiempos
de antes, plenos de ilusión y de sentimientos tan profundos
que terminaban a veces, fracturando la conexión con la
realidad. Hay un hecho de gran significado que la novela
presenta: el bello y puro amor de Bianca es el que genera
toda la secuencia de acontecimientos felices y favorables
para Áliam. Es un hecho que confirma lo que dicen muchos
poemas y bellas canciones: la vida del hombre, tantas veces,
es oscuridad hasta que el destino, o lo que realmente fuera,
pone en su camino a una presencia y bondad femenina que
cambia toda su historia. Otro elemento psicológico de ECB
es esa continua oscilación entre la alegría y la tristeza,
192
entre el sufrimiento y la felicidad, que crea un suspenso
emocional en el lector y lo incita a seguir leyendo, a seguir
acompañando a Áliam y a Bianca en su diario existir.
Un asunto esencial abordado en el libro es el intenso
proceso afectivo del primer amor. En este asunto, hay que
destacar que el autor representa con honda psicología tan
importante experiencia humana. Es el Eros en toda su
magnitud; más aún, cien años atrás, cuando todas las cosas
humanas eran más profundas y más humanas. En relación a
lo anterior, es significativo también el tema del
descubrimiento de la sexualidad en una relación
adolescente, tan cargado de impulso biológico que es capaz
de derrotar toda prohibición social o parámetros de índole
económico. Decía Facundo Cabral, con cierta ironía: “A la
flecha del amor la dispara un inconsciente; si no, no hubiera
en el mundo tanta (…) gente”. El autor intenta, en algunos
momentos, brindar el sustento psicológico de la conducta
de Bianca y Áliam. Por ejemplo, que eran “almas gemelas”
en tanto ambos sufrían de soledad y carencia de afecto. Y
en el caso de Bianca, hace referencia al Complejo de Electra.
Pero, además, porque ambos tenían corazones especiales y
sentimientos realmente profundos y sinceros; algo que la
hipocresía social no reconoce si es que tales sentimientos
no concuerdan con los cálculos sociales y económicos.
Definitivamente, una de las cualidades principales de Alec
Zander es la exploración psicológica de sus personajes. Y es
que el autor, hay que hacerlo notar, no solo trabaja en ello
‒como narrador y sagaz observador de la conducta
humana‒ desde hace años, sino que además estudia
Psicología. Y, por si fuera poco, lee con especial fruición al
padre de la novela psicológica, Fedor Dostoievski.
193
Lo gitanesco
El tema de los gitanos le otorga un aire exótico y
fascinante a la historia. Tiene vital importancia a lo largo de
toda la novela: Áliam es criado por gitanos, tiene nombre y
espíritu de gitano, ha aprendido costumbres y dogmas
gitanescos (código de comunicación, la unión de sangres,
visión distinta de lo religioso), saberes respecto a la salud y
sentido de pertenencia a una comunidad. La novela inicia
con dato de gitanos y concluye con la sobrevivencia de
Áliam gracias a los saberes gitanos. La historia de Áliam y
Bianca bien podría ser asumida como una vieja leyenda de
amor (ligada al mundo gitano, ¿por qué no?) y dar lugar,
por supuesto, a una buena película peruana. Y ya que el
mundo gitano está asociado, también, a lo esotérico
(cartomancia, quiromancia, astrología), tómese nota
también que la novela ECB está constituida en siete
cabalísticos capítulos. Como se sabe, en Numerología, el
número siete encierra diversos y auspiciosos significados.
Por ejemplo, simboliza algo que está completo, perfecto.
Lo literario
ECB aborda un tema clásico de la literatura y del cine:
el amor entre el muchacho pobre y la señorita de familia
adinerada e, incluso, aristocrática. Que no es una realidad
de antes. Mientras existan clases sociales, habrá esa
posibilidad. En el caso de Alec Zander, él decidió ambientar
esta hermosa historia en su tierra natal y en la segunda
década del siglo XX. El título de la novela, El cielo de Bianca,
adquiere una connotación sumamente valiosa. Es el
nombre de la joya que Áliam regala a Bianca, en la fiesta de
15 años, y es el nombre del árbol de cerezo que siembra
Áliam para su amada en la Plaza de Armas de la ciudad de
194
Guadalupe. En este plano simbólico, diremos que todos los
personajes principales adquieren ese valor, por cuanto
cada uno es un prototipo social de la época: el hacendado,
la mujer sumisa, el obrero honesto, el muchacho huérfano,
etc. Alec Zander establece un efectivo juego de oposiciones
entre los personajes y las acciones de los mismos, lo que
nos lleva a pensar, por ejemplo, en la dualidad
soberbia/humildad, rico/pobre, patrón/sirviente,
bondad/maldad, autoridad/sumisión, amor/odio,
felicidad/dolor; bien encarnadas por los personajes. La
narración del idilio adolescente emociona por la pureza de
sentimientos de los dos jóvenes y por lo diáfano del
lenguaje y la actitud del narrador. El amor de Bianca
simboliza el triunfo del amor sobre el sufrimiento y la
soledad de Áliam. Y todo el idilio representa la fuerza del
impulso biológico y de las vitales necesidades afectivas por
sobre los dogmas y leyes sociales que se basan en la
desigualdad y el dinero.
Hace recordar a tantas otras bellas, aunque
dramáticas, historias románticas de la literatura. Este
nuevo libro es un aporte valioso para la narrativa peruana.
Pone en relieve los escenarios donde suceden los hechos de
la obra: la ciudad de Guadalupe, la hacienda Limoncarro,
alusiones a Chilete, etc. Como suele ocurrir en literatura, los
lectores tendrán deseos de conocer los lugares donde
sucede la historia de amor de Áliam y Bianca.
ECB parece una muy buena película por la fascinante
concatenación de hechos, todos muy necesarios e
importantes. Si se ha dicho que la novela es un “cuento
alargado”, ésta es una excepción: cada asunto tiene vital
importancia. El narrador lleva muy bien, atento y con
talento, el hilo de la historia. Cual diestro camarógrafo,
195
filma con precisión los hechos y las palabras exactas de los
personajes. Y edita con rigor técnico. Los diálogos están
muy bien elaborados. Atraen y convencen al lector. Un
detalle particular, que enriquece la prosa de Alexander, es
el encabalgamiento de párrafos, haciendo que una idea,
emoción o circunstancia se traslade, por paralelismo o
coincidencia, de un personaje a otro. Hay una sobresaliente
y lúcida consistencia entre la información precedente y los
hechos que se suceden, secuencia lógica que nos estimula a
seguir leyendo. El autor tiene la capacidad de asombrarnos
permanentemente a lo largo de toda la novela. ECB es un
valioso aporte a la literatura regional y nacional. Y tiene un
significado adicional, el de contribuir en la identidad
cultural de un pueblo y de su región. Sin duda que Áliam y
Bianca se instalarán, con facilidad, en el recuerdo y los
corazones de todos los lectores.
Plano cinematográfico
A veces, tenemos la impresión de que nuestro cine
sufre la carencia de buenas historias. Bueno, aquí, en El
cielo de Bianca, estamos ante una historia que tiene los
ingredientes necesarios para hacer de ella una hermosa
película. Ojalá tengamos, dentro de poco, a algún sensible
cineasta peruano que apueste por esta novela. Aquí,
encontrará una bellísima historia de amor, un viaje a la
historia del Perú, un gran fondo social, el retrato de las
familias oligárquicas del norte peruano. Y los lugares de la
película están aquí nomás, en La Libertad. El resto, es ya la
visión y el talento del director.
196
Pertinencia educativa
Son muchos los valores de la novela El cielo de Bianca
que justifican su inclusión dentro de los documentos
curriculares y planes lectores de cualquier región de
nuestro país, en el nivel secundario, específicamente,
habida cuenta que los vitales sucesos humanos y sociales
que se narran en ella giran en torno a protagonistas que
tienen 15 y 16 años, edades que corresponden a los últimos
grados de la Educación Secundaria en nuestro país: 3ro.,
4to. y 5to. Estamos seguros que, de la lectura de este libro,
tanto los docentes como los alumnos obtendrán beneficios
estéticos, sociales y éticos perdurables. Ni qué decir que, en
el ámbito universitario, tienen los estudiantes y
catedráticos de la especialidad de Lengua y Literatura
mucho que descubrir si ponen la mirada zahorí en El cielo
de Bianca.
El impactante idilio de esta novela pasa a sumarse,
con valor propio, a los de otras bellas obras literarias. Los
lectores, en especial, los más jóvenes, tendrán aquí una
historia que no solo los emocionará profundamente; sino
que, además, les hará reflexionar acerca de temas tan
fundamentales e intensamente humanos como son el
verdadero amor, los condicionamientos sociales, la
injusticia y el sentido de la vida misma.
Felicitaciones, Alec Zander, y que El cielo de Bianca
represente, también, el espacio azul y brillante para nuevas
e igualmente conmovedoras creaciones literarias.
Chiclayo, abril de 2015.
197
Sinfonía para la mujer del campo:
Una poética de conciencia y sensibilidad
Leer este libro es volver a creer en
los fundamentos primigenios del
arte. Es recordar que la poesía
necesita siempre estar conectada a
los seres humanos y a la vida. ¿Qué
sentido tiene un artificio verbal que
solo complace a la vanidad del
autor? Ha dicho el polémico Osho,
filósofo hindú, que mucho del arte
contemporáneo es patológico,
principalmente, porque el supuesto
artista ha dejado que el ego se enseñoree de su trabajo
creador. Con frecuencia, se cree que al mundo actual no le
interesa el arte y, bajo ese supuesto, el artista se encierra,
como ha dicho César Hildebrandt, en una especie de
autismo estético e intelectual, ajeno a los sucesos y a los
clamores de la vida y la historia actuales. Vallejo nos
enseñó, desde la intuición de la lírica: “Todo acto o voz
genial viene del pueblo y va hacia él” lo que, a mi entender,
puede descifrarse como la necesidad vital de hacer un arte
para integrar a los seres humanos, de auscultar el drama de
nuestro tiempo y aportar artísticamente desde la visión del
Mundo Nuevo que todos los poetas sensibles y conscientes
anhelan. El mundo actual vive una crisis tan profunda que
abarca todos los aspectos de la vida humana. Hoy nos
conmueve el tema de la población siria que recorre miles
198
de kilómetros buscando un país que acceda a recibirlos,
escapando de los horrores de la guerra que intereses
económicos y geopolíticos, igualmente horrorosos, han
generado. Hoy nos angustia el tema del medio ambiente.
Nunca como ahora el planeta ha sido tan agredido por la
ambición económica de las naciones poderosas. Hay, en el
plano internacional, una aguerrida pugna entre los
maquiavélicos defensores del mundo unipolar y un
emergente sector que postula el mundo pluripolar, sin
imperios y donde cada país tenga derecho a la soberanía y a
la libre autodeterminación. En países como el nuestro, se
vive igual agitación social y económica. La crisis de valores,
sobre todo, en la clase política, se ha extendido a todos los
sectores del Estado. Es cada vez más difícil que un
ciudadano consiga un empleo digno y bien remunerado.
Como se sabe, las políticas económicas peruanas no son
decisiones autónomas que respondan a nuestra realidad.
Así que las contradicciones sociales se mantienen y hasta se
acentúan. Es en ese contexto, que las mujeres peruanas
afrontan condiciones de vida cada vez más complejas. Las
mujeres de los sectores populares son quienes más
afrontan el peso de las carencias económicas. Y, sin
embargo, en medio de ese tráfago nacional, es realmente
hermoso y heroico que nuestras mujeres del campo ‒de
sierra, costa y selva‒ cual guerreras del amor y la vida,
busquen y encuentren maneras creativas de afrontar la
subsistencia. Es el caso de las mujeres campesinas, cuya
labor no solo es agrícola. La mujer andina es también
hilandera, tejedora, pastora, cocinera, “mujer de mil oficios”,
como dice Sombrita Napeluí (es decir, nuestra estimada
poeta Mercedes Uriarte Latorre). Alguna vez, leí que
probablemente no haya en el mundo mujer más laboriosa
que la mujer andina. Cualquiera que haya visto todo el
trabajo que hace una mujer del ande peruano puede
199
ratificarlo. Mercedes Uriarte, en este poemario, despliega
un amplio abanico de sentidos y valores: por un lado,
expresa el emotivo y solidario homenaje a la heroica y
noble mujer del campo (a la que llama, poéticamente:
“hilandera mágica de raíces profundas”, “agricultora y
cantarina”, “fuerza que sonríe al porvenir”, etc.),
refiriéndose, específicamente, a las campesinas de Kañaris,
Penachí, Inkawasi y Chiñama. Luego, enfoca el álgido tema
del medio ambiente. Asimismo, y en lo que constituye una
de sus preocupaciones centrales, incide en el tema de la
nutrición saludable. En este punto, suscita mucho interés el
partido que toma en favor de la agricultura orgánica. Nos
recuerda el antiguo y valioso consejo de Hipócrates: “Que tu
alimento sea tu mejor medicina y tu mejor medicina sea tu
alimento”. Sugiere el vegetarianismo, como sabia decisión
nutricéutica. Y, con un entusiasmo casi panteísta (en su
sentido más profundo y místico), celebra las altas bondades
nutritivas de la quinua (“la reina de los cereales”) y de la
kiwicha (“la que nunca muere”). Así como, en los viejos
tiempos griegos, se caracterizaba a los héroes y a los dioses
con una perífrasis, dan ganas de bautizar a Mercedes
Uriarte como “La Dama de la Quinua”, bella y peruanísima
distinción sin duda que, por ahora, queda solamente
sugerida en estas líneas preliminares (téngase en cuenta,
en todo caso, que ella es, también, autora del valioso libro
La Quinua, Reina de los Cereales, que ya va por su 2da.
Edición).
Respecto del discurso poético habré de decir que
Sombrita Napeluí usa lo que podríamos llamar (tomado de
un análisis de la prosa cervantina, guardando las distancias,
ciertamente) el “lenguaje de la vida”. Yo entiendo por ese
lenguaje a aquél que está libre de todo artificio esteticista y
barroco. Hay, como sabemos, una poesía que intelectualiza
200
enormemente cada verso, cada adjetivo. Cuesta leerla y, a
veces, nos quedamos deslumbrados por la pirotecnia
verbal; pero estancados en el mero plano de la expresión.
Ya no volvemos, después, en busca del tesoro semántico
que, seguramente, encierra. Así que, lejos de esa opción, la
poesía de Sombrita Napelui es una poesía de la palabra
sencilla; pero de esa sencillez que emociona porque tiene,
en su gestación, mucha conexión vital y esa fina
sensibilidad que subyace a toda obra de arte. Después de
todo, ¿no son los poemas sencillos (y de hondo significado)
los que llevamos en el corazón y en el recuerdo? Poemas de
Heraud, de Machado, de Fray Luis de León (cuya
celebración de la vida del campo –en Oda a la vida
retirada– ha de compartir Mercedes Uriarte), de José Martí,
Mariano Melgar, y tantos más. Otro ingrediente de la poesía
de Mercedes Uriarte es la ternura. ¿No es ésta una bella y
típica cualidad de la lírica andinista? Recuerdo al poeta
neoindigenista Mario Florián y su honda ternura en
“Pastorala” y en “Venadito de los montes”, por ejemplo.
Ternura como expresión de la fina sensibilidad que
caracteriza a Uriarte. Ternura ante los elementos del
universo andino; sensibilidad y adhesión humana y social
ante el sacrificio de la mujer campesina. Entre todo ello,
aparece también, como elemento poético esencial, el café;
esencial en cuanto significa trabajo y recurso de
subsistencia para la emprendedora mujer cafetalera. Y así,
Uriarte poetiza: “Hermoso cafecito/ en mi chacrita
sembrado,/ cada día, voy a verte/ para embelesar mis
sentidos”. En otro poema, especie de caligrama, expresa:
“Café/ aromático/ de placeres/ de encuentros/ de amores/ y
desamores”. Por la lectura de este libro, nos enteramos de la
existencia de un “café femenino”, que no es otra cosa que
café orgánico cultivado exclusivamente por mujeres. Hay
un poema que se refiere a ello y que alude, por supuesto, a
201
tal trabajo como factor de organización laboral femenina
para un mayor beneficio económico y social. “Mujeres que
grandes cosas están haciendo/ en las cuatro regiones de mi
nación./ ¡Mujeres, a sembrar!,/ porque Café Femenino no
puede parar./ Es la oportunidad/ de mujeres con justicia
social y dignidad,/ de mujeres con economía y libertad”. Y,
con el café, viene el canto rendido, emocionado,
reivindicativo de la QUINUA y la KIWICHA. De la quinua
(que es motivo de varios y bellos poemas) dice líricamente:
“¡QUINUA hermosa!, / grano de oro de los Incas,/ alimento
milenario y olvidado,/ discriminada desde antaño/ como
alimento para ‘indios’./ Hoy, te rinden pleitesía y eres muy
solicitada/ por América y Europa/ por África, Asia y
Oceanía”. Más adelante, siente que no se puede hablar de la
quinua sin hacerle justicia también a la kiwicha. Por eso, la
poeta canta así: “Quinua y Kiwicha: / superalimentos
americanos./ ¡Son tan peruanos / como el pisco,/ como el
pendón bicolor/ y el cajón peruano!”.
De pronto, en medio del éxtasis lírico que le genera el
homenaje al café, a la quinua, a la kiwicha y a la mujer
campesina, le viene la angustia por la Tierra, por la urgente
tarea de salvar a nuestro planeta, a “nuestra única y
contaminada nave espacial” (como dice el sagaz periodista
Walter Martínez). Y, entonces, brotan estos versos:
“¡Dígame, señor Viento!,/ usted que viaja sin parar,/ ¿dónde
quedó la humanidad/ para la Ecología conservar?/ ¿Por qué,
con nuestras manos, destruimos lo natural?/ Con pesticidas,
a la agricultura;/ con la tala, a cuanto árbol se encuentra al
pasar;/ con las aguas servidas y del mineral/ contaminan las
del río, del manantial y del mar”.
Debo indicar, también, que la sonoridad poética es
un objetivo clave en el trabajo lírico de Mercedes Uriarte.
202
Téngase en cuenta el significativo título: Sinfonía para la
mujer campesina. Hay que decir, entonces, que sus textos,
cuidadosamente hilvanados, tienen música. ¿Cómo podría
ser de otro modo, si sus poemas están llenos de
Naturaleza y de conciencia por la Vida? Intuitivamente, va
buscando rimar y va encontrando soluciones eufónicas.
Otro detalle que debemos destacar es que casi todos los
poemas tienen como preámbulo un valioso pensamiento
referido al tema poetizado. Es decir que Mercedes Uriarte
asume un hacer literario desde un soporte racional o
académico (cita a valiosas personalidades: Hipócrates,
Thomas Jefferson, Cervantes, Thomas A. Edison, Neruda,
Pitágoras, Platón, etc.) y, luego, actúa poéticamente. Dada
su formación académica y científica, en cuanto Enfermera,
y su inclinación por la poesía, resulta interesante este
planteamiento literario digamos académico/lírico. A ello
se suma algo poco habitual en un poemario: la anexión de
un glosario. Es que Mercedes Uriarte, en un gesto de
cortesía didáctica, quiere que todos queden bien
esclarecidos en cuanto al mensaje que su mente, corazón y
espíritu, expresan.
En el bloque titulado MISCELÁNEAS, Sombrita
Napelui acentúa su vocación de genuina trabajadora de la
salud. Ella es Enfermera y como tal tiene un interés
sumamente especial en los temas de salud pública y en
una visión nueva y alternativa de la medicina. Es por eso
que no solo proclama el valor de los alimentos
nutricéuticos (que nutren y curan); sino que, además, nos
convoca a tomar conciencia de lo vital que resulta cuidar
de lo que comemos. Y, luego, nos presenta una galería de
poemas referidos a terapias alternativas (Musicoterapia,
Risoterapia y Bailoterapia). Va concluyendo su ofrenda
lírica con dos hermosos poemas que le rinden homenaje a
203
las manos y a los pies, respectivamente. Ambos textos
suscitan una justa reflexión acerca del inmenso valor de
ambos. Leamos: “¡Oh…! ¡Qué sabiduría encierran tus
manos!/ Dios concedió a ellas la creatividad/ para hacer
realidad lo que el cerebro pudiera imaginar”. Este poema
culmina con un precioso elogio a unas manos que, en
verdad, hacen muchísimo bien a las personas;
especialmente, cuando llega la enfermedad: “Manitos que
atienden al niño y al anciano,/ disipando el miedo del
enfermo y del sano;/ consuelan al afligido, calman el dolor
y arrullan las penas./ Manitos que esperan, protegen y
cuidan/ ‒cual manitos de seda‒/ son las suaves manos de
la ENFERMERA”. De los pies, de nuestros pies, dice: “¡Qué
piezas anatómicas tan perfectas/ son las ovejitas blancas
saltarinas de tus pies!,/ que el Creador a la humanidad
obsequió/ y para vivir en armonía con la Naturaleza los
enlazó./ Son un holograma del ser/ y la primera huella
registrada al nacer”. ¿No es cierto que nos ayuda a
revalorar manos y pies y, por extensión, a todo nuestro
cuerpo? Es, por ello, una poesía que nos conecta con
nosotros mismos, y con la Vida. Creo, modestamente, que
es el tipo de poesía y arte que seguirá viniendo en el
futuro. Incluye, al final, un valioso poema dedicado al
Adulto Mayor, texto que debiera ser leído por todos y
estar en los servicios de Geriatría. Y otro, de hondo
significado filial, dedicado a sus padres. Uno más a la
madre, pleno de emoción familiar. Y el último,
conmovedor, dedicado al esposo ausente, a la manera de
una epístola, como una sutil conversación donde el
balance es siempre de amor, de esperanza y de visión
metafísica del encuentro ulterior.
Creo que Mercedes Uriarte nos demuestra que la
palabra tiene una fuerza particular cuando, detrás de ella,
204
hay una conciencia extraordinaria en favor de la
humanidad y la Vida. A esa conciencia se suma una
sensibilidad muy fina para decir poéticamente las cosas con
una especie de estética de la sencillez y el sentimiento, que
son dos preciosos caminos para llegar al alma de cualquier
lector.
Gracias, Sombrita Napeluí por esta lección de
humanidad y por esta poesía que, como dices, está plena de
“verdes campos” y es “como un lienzo pintado de colores
sanadores”. Gracias porque nos has recordado que las cosas
esenciales siguen estando siempre allí, esperándonos,
deseando que nos liberemos de tanta infeliz artificialidad y
que, junto a Masanobu Fukuoka, concluyamos meditando:
“La cultura verdadera nace con la Naturaleza; es simple,
humilde y pura”.
Chiclayo, septiembre de 2015.
205
15 de abril
o la eterna presencia de Vallejo
La premonición poética de
“Piedra negra sobre una piedra
blanca”, que no tenía que ser
exacta, sucedió en París ‒dicen
que hubo garúa ese día‒, un
Viernes Santo, 15 de abril, el Mes
de las Letras, el mes del Inca
Garcilaso, de Cervantes y
Shakespeare. El ser material de
Vallejo aceptaba el inexorable
destino de todo lo que nace; pero,
su poesía había sido creada para
perdurar. Por eso es que se dice que un poeta muere; pero
no muere. Es decir: muere en el plano físico; pero vive
eternamente en el corazón de la humanidad, por su poesía.
La obra poética de Vallejo es el mismo enigma que es
la humanidad. A Vallejo se le concedió el don de auscultar
lo humano a niveles tal vez no logrados por poetas
anteriores. Y su poesía está fraguada en un lenguaje que
sólo él pudo elaborar. Émulos, después, habría muchos.
Pero, el magistral verbo poético de Vallejo es único. Alguna
vez, él declaró que el poeta tiene la libertad de crear su
propia sintaxis y su propia semántica. Y es cierto. Pero, con
la condición de haber tocado la raíz misma del lenguaje;
con la condición de haber logrado el privilegio de
206
establecer una correspondencia heroica entre el anhelo de
decir y el verso exacto, o inexacto, según sea el caso.
Todos los que hemos leído ‒medianamente, siquiera‒
a Vallejo tenemos en la memoria títulos o fragmentos de
poemas eternos que revelan un conocimiento profundo ‒no
por ideas aprendidas; sino por experiencia vivida‒ de la
condición humana. El dolor, la soledad, la angustia, el amor,
la fe, la necesidad del cambio, la solidaridad, la ternura, el
anhelo de una sociedad fraterna donde todos alcancen la
elevada categoría de ser verdaderamente hombres,
hombres humanos; todo ello, y mucho más, aparece en su
poesía, novedosa, diferente, innovadora, desestabilizante
aun del propio idioma. Vallejo logró lo que todos los poetas
luchan por lograr: un lenguaje nuevo para un mensaje
nuevo. Por eso, con nítida visión, Mariátegui dijo que
Vallejo inauguraba “en el proceso de nuestra literatura, una
nueva época”. Y otro contemporáneo suyo, Antenor Orrego,
complementó: “a partir de este sembrador, se inicia una
nueva época de la libertad, de la autonomía poética”.
El 15 de abril concluyó su periplo vital; pero su poesía
ingresó a la dimensión de la eternidad. Es por eso que el
mismo día se ha instituido, en nuestro país, como “Día del
Poeta”, en honor a César Vallejo y en homenaje a todas las
mujeres y hombres del Perú que dedican su vida a una de
los artes más antiguas y extraordinarias de la humanidad:
la Poesía. Y, entre tantos otros valiosos poetas peruanos,
allí está la obra poética de Vallejo, plena de humanismo e
inteligencia, de intensidad y rebeldía. Leerlo es descubrir,
siempre y siempre, una revelación del hombre, un aspecto
nuevo de la realidad, un enfoque original e irreductible, la
contundencia del drama humano y la fe casi mística en su
reivindicación.
207
La voz y las palabras del docente
Contaba Facundo Cabral (al
argentino universal que exploró, si
no todos, casi todos los aspectos
esenciales de la vida) que, en cierta
comunidad nativa, se tiene la
certeza de que una persona es
según “como suena”. Se referían, por
supuesto, a los sonidos de la voz, a
la vibración de las palabras. No se
trata, seguramente, de una verdad absoluta; pero resulta
una idea interesante y válida. Piense el lector en la voz de
un buen amigo, del hombre recto, del dichoso niño, del
trabajador honesto, del líder social íntegro, de la mujer
noble, de la anciana humilde, por ejemplo. Son voces que
complacen no sólo al oído, sino también al corazón y al
espíritu. Saniel Lozano, un valioso intelectual y escritor
peruano, se refería, en una conferencia, a la naturaleza
energética del lenguaje, de cuando hablamos. Así que
nuestra voz y nuestras palabras no son otra cosa que
energía, un nivel de vibración física que tiene,
inevitablemente, un impacto en quien nos oye. Y ese
impacto puede ser positivo o negativo; con sus matices,
claro. Hay, incluso, un nivel de impacto neutro. En ese
sentido, y considerando que los niños y adolescentes, dada
la estructura vertical y jerárquica del sistema educativo,
confieren un alto grado de autoridad a sus profesoras y
profesores (de quienes reciben no sólo información
208
académica; sino, también, una numerosa y diversa cantidad
de mensajes orales), tendríamos que pensar en cuál es el
impacto emocional y cognitivo que ocurre en los alumnos
generado por la vibración y contenido del lenguaje de los
docentes. Los niños habrán de escuchar la voz y las
palabras de su maestra diez meses al año. Los adolescentes
tienen el menú más variado: una voz, un docente, por cada
curso. Son las voces y las palabras de cada día. Voces y
palabras que pueden generar afecto o todo lo contrario.
Hay voces de profesores y profesoras que resuenan
intimidantes como proclamas de cuartel. Hay docentes que
parecen no darse cuenta nunca del tono desagradable de su
voz. Como hay voces agradables, frescas, cordiales;
maestras cuyo lenguaje hace que los niños se sientan
respetados y queridos, considerados y protegidos. No
puede olvidarse que, antes que el intelecto, el niño y el
adolescente son emociones y sentimientos a flor de piel.
¡Cuán fácilmente una frase ofensiva puede lastimarles
duramente! Mucho más, a los tímidos, a los carentes de
afecto familiar. Los psicólogos y psiquiatras podrían contar
de pacientes que recuerdan dolorosamente las hirientes
palabras de algún profesor (o profesora) poco sensible que,
años atrás, les dirigió rudamente causando un perjuicio
lamentable. Miguel Ángel Cornejo, en una de sus valiosas
conferencias, hacía notar, dramáticamente, la fuerza
negativa o positiva que llevan las palabras. Sucede que, por
palabras, puede surgir una amistad perdurable. A la
inversa, por palabras, puede brotar un odio difícil de
superar. Procura darte cuenta, amigo docente, cómo hablas
en el aula, cómo dices tu clase, cómo regañas (eres humano,
tienes derecho a enfadarte cuando hay motivo y a
expresarlo). Ojalá, pudieras grabar tu voz o, mejor aún,
filmarte. Ahora, es fácil. Sólo encárgale a un alumno que te
grabe en tu celular. Y analízate.
209
Sugería el pedagogo Vasili Sujomlinski que, primero,
hay que llegar al corazón del niño y, después, a su intelecto.
Igual, con los adolescentes. A eso ayuda el buen uso del
lenguaje. Dales valoración y afecto como si fueran tus
hermanos menores o tus hijos y verás que puedes obtener
mejores resultados académicos. Yo, a veces, mirando los
rostros de los alumnos, pensaba: ¡Cuántas dificultades y
sufrimientos les deparará el largo y difícil camino de la
vida! Así que trataré de que, por lo menos en mi clase, vivan
momentos de alegría, de sana amistad y, por supuesto, del
placer de la lectura y del conocimiento. El consejo, cordial y
respetuoso, amigo profesor, amiga profesora, es que cuides
tus palabras, el tono de tu voz, el mensaje que sueltas (que,
cual flecha lanzada, ya no puede regresar). Tus alumnos te
ven “como suenas”, diría Cabral y aquella comunidad
nativa. Así que “suena bien, suena amable, suena positivo,
suena como un carismático líder”. En última instancia,
suena como lo que estás llamado a ser: “¡suena a maestro!”.
Más allá de situaciones adversas, usa con tus niños o
adolescentes palabras de fe, de cordialidad y optimismo.
Recuerda que las palabras tienen poder para destruir o
construir. Ensaya, en tu clase, el Mundo Nuevo que todavía
no llega. Piensa que una frase tuya puede permanecer
iluminando el corazón de tu alumno toda su vida. No es
obligatorio tener una voz de ángel. Ni es obligatorio hablar
como un sabio o tan estéticamente como un poeta. Pero sí
puedes hablar a tus niños, a tus adolescentes, como
quisieras que hablen a tus propios hijos: con respeto por
ser lo que son (seres humanos como tú); con (amable)
autoridad si es necesario. A veces, con mucha firmeza;
¡pero sin humillar!; y, especialmente, con inteligencia, con
alegría y con paternal afecto.
Diciembre del 2016.
210
Prólogo
para el libro Perú, crisis y esperanza
He aquí el tercer libro que la
ilusión, la audacia y el trabajo han
podido, nuevamente, cristalizar. La
ilusión, porque todo nace, primero,
en la mente, infinito horizonte de
proyectos inagotables. La audacia,
porque, en un tiempo de voluntades
flemáticas, hay que apelar a lo
temerario. Y trabajo, porque nada
son las ideas si no las acompaña el
esfuerzo decidido y persistente que se orienta al objetivo
deseado. Y si, como enseña Kalhil Gibrán ‒hontanar de
poesía, mística y filosofía juntas‒, es cierto que “el trabajo
es el amor hecho visible”, entonces, podemos estar felices de
testimoniar, cada uno de los presentes en esta publicación,
nuestro amor a este complejo, malherido y, sin embargo,
fastuoso país que llamamos, sencillamente, Perú.
Acierta Manuel Felipe Álvarez-Galeano, brillante y
joven escritor de la patria de Gabriel García Márquez,
cuando dice que esta ofrenda constituye un “mosaico
literario”. No podía ser de otra manera: muchos espíritus,
variadas inteligencias, todos los sentimientos, multicolores
estilos, experiencias, pueblos, angustias, arengas,
reflexiones, indignaciones y carajos, sufrimientos y
denuncias, alusiones al caos y la pesadilla presente; pero
211
también al sueño de la República Superior que postulaba el
demócrata Gustavo Mohme Llona. Están, aquí, incrustadas,
la irrenunciable utopía, el anhelo de justicia y la
inclaudicable esperanza del Nuevo Perú. Alguien dijo: La
noche es más oscura cuando está por amanecer. Sólo que
los amaneceres de cada hemisferio llegan naturalmente,
por sucesión armónica de noche y día. Pero, el amanecer
del Perú a un tiempo mejor es el desafío para todos los
hombres justos que todavía quedan en nuestro país. Sí,
nuevas conciencias, juventudes entusiastas, corazones
patrióticos, inteligencias comprometidas, iniciativas por el
futuro y colectivos profundamente éticos empiezan a
abrirse camino en medio de la oscuridad, porque tienen la
convicción de la necesidad histórica de conquistar una
aurora de cielo celeste, aire limpio y Sol radiante para el
Perú. “Post nubila, Phoebus”. Después de las nubes, el Sol.
Son las “almas matinales” a las que hacía referencia
Mariátegui.
Nuestra perenne gratitud a cada uno de los autores y
autoras que tuvieron la patriótica voluntad de sumarse a
este nuevo y fascinante proyecto. En el colofón del libro
anterior, habíamos dejado descansar nuestros quijotescos
navíos hasta ser convocados por nueva aventura literaria.
Tras el llamado de otro anhelo, levamos anclas e izamos
velas. Esta vez, en nombre del Perú. Hemos navegado por
varios meses. Y aquí está el producto recogido, en una
especie de minka, para ser más exactos, porque muchas son
las manos, plumas y voces aquí presentes, desde el
inmarcesible poema heraudiano con que abrimos el pórtico
a este amplio recinto literario, hasta la mítica descripción
del Perú que hace José María Arguedas (en su entrañable
discurso “Yo no soy un aculturado”). Cada autor o autora
aparece con su palabra, con su propio corazón para sentir
212
la Patria, con su talento formidable. Verso libre, décimas,
canciones, breve obra teatral, reflexiones, cuentos, alguna
índole de ensayo sintético, artículos diversos, una pequeña
carilla ‒pero suficientemente reveladora‒ extraída del
valiosísimo libro Historia de la corrupción en el Perú, del
pionero y extraordinario investigador de las finanzas en
nuestro país, Alfonso Quiroz Norris. Muchos cristales,
esencias y formas encontrarás, aquí, amable lector y
lectora, en este libro-mosaico donde el amor por el Perú, el
anhelo de justicia y la esperanza de una patria renacida son
el fondo común de tantos y sensibles peruanos aquí
reunidos. Y, además, se adhieren cuatro espléndidos
poemas al Perú del fraternal colombiano Manuel Felipe
Álvarez-Galeano.
El saludo siempre al Consejo Regional VIII – Chiclayo,
del Colegio Médico del Perú, a toda su valiosa Junta
Directiva, en la persona de su Decano, el Dr. Juan José Cruz
Venegas, médico humanista, apreciado amigo e infatigable
gestor cultural, por este encomiable gesto de peruanidad y
nuevo aporte a la cultura regional y nacional. El
reconocimiento, también, al trabajo fundamental del
Coordinador General de la Asociación Cultural “Estación de
Brujos”, de Chiclayo, el artista Luciano Berger Calderón,
más amicalmente conocido como “Kichi”. Hace tiempo, que
él decidió ser parte de los hombres que hacen, y punto. Eso,
en una comarca de abundante dicho; pero poco hecho
(característica de la noche oscura que vivimos), es
bastante.
Prepárate, lector, lectora, a hacer un extenso e intenso
viaje de peruanidad. No te extrañe que lo que aquí
encuentres esté también en tu mente, en tu corazón o en tu
espíritu. Al final, decía Facundo Cabral, el filósofo-cantor
213
cosmopolita, en esencia, todos los seres humanos nos
parecemos. Somos felices o sufrimos casi por lo mismo. En
cada texto, verso o prosa, sentirás un profundo latido de
peruanidad que es el corazón de todos. La suma de estas
piezas, líricas y expositivas, nos harán vislumbrar un
tiempo nuevo, el tiempo de una gran fe, del compromiso y
la acción. Al Perú sólo podemos salvarlo los propios
peruanos. La oscura y larga noche del país debe terminar.
En este libro, son varios los autores que enfatizan la
urgencia de que los peruanos honestos se pongan en
acción. El tiempo de las lamentaciones ya pasó. La
contemplación pusilánime y la pasión verborreica han
caducado. En lo individual, en colectivos organizados, en
cada ámbito de la vida nacional, hay que actuar. La Ética, la
Esperanza y el Amor por el Perú son los sólidos emblemas
que nos inspiran a ello. De allí, nazca la fuerza que nos
anime a trabajar por la tierra que nos vio nacer. Otro país
es posible. Otra clase política es urgente. Otra vida nos
merecemos. Ya nos han destrozado muchos sueños. Ya es
incalculable el sufrimiento. El tiempo de la felicidad ha
llegado. Pero esta felicidad exige una colosal batalla para
derrotar a los monstruos que hoy engendran la realidad
fantasmal que vivimos. Que Dios acompañe al Perú en esta
nueva lucha, impostergable e histórica.
Chiclayo, julio de 2017.
214
El libérrimo y temerario vuelo
de Luciano Berger
La creatividad es la mayor rebelión
que hay en la existencia.
OSHO
¿Qué es la poesía sino la celebración
fastuosa e inagotable de la libertad?
¿Qué es el arte sino la antípoda de una
sociedad sumergida en la vanidad, la
hipocresía y la falsedad de todo calibre,
que es otra manera de aludir al proceso
de alienación que genera el capitalismo
y que, tan sagazmente, denunció el
filósofo alemán a quien, con sentido
irónico, se le dice “el viejo aguafiestas”?
Cuando Vallejo ofrenda su polémico Trilce; cuando
Carlos Oquendo de Amat lanza su deslumbrante 5 metros
de poemas; cuando Nicanor Parra gesta su poesía
fuertemente cuestionadora (hasta de la propia poesía);
cuando el Movimiento Hora Zero (con el aporte esencial de
Juan Ramírez Ruiz) irrumpe en la escena literaria; no
hicieron sino testimoniar su fidelidad a sí mismos y su
coherencia con sus espíritus libertarios. Luego de la
bizarría trílcica (1922), Vallejo escribe, en carta a Antenor
Orrego:
215
“Hoy, y más que nunca quizás, siento gravitar sobre mí,
una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de
hombre y de artista: ¡La de ser libre! Si no he de ser libre hoy,
no lo seré jamás”.
Y alguien (de cuyo nombre no puedo acordarme) dijo
algo de valor eterno: “La obligación del artista es ser fiel a su
destino”. Por eso es que los escritores devienen
perturbadores del orden establecido. Así que no es
infrecuente que una obra literaria constituya un testimonio
de rebelión y libertad. Y el deseo del autor es contagiarlas.
¡Que muchos sean los inconformes, los alados divergentes!
Osho, en Creatividad / Liberando las fuerzas internas (un
libro de lectura urgente para los escritores de hoy; mucho
más, acaso, para los que vivimos en Chiclayo), enseña que
no se trata de buscar admiración, obtener fama ni de
suspirar por el Nobel; sino de actuar siendo profundamente
creativos, de vivir en la belleza, en el espíritu, en el gozo de
la poesía. En el diario La República, leí una frase hermosa
de un escritor de este tiempo: “Quien quiera ser poeta, tiene
que vivir poéticamente” (como fue el caso de Blake, Basho,
Eguren, y un largo etcétera). Para el artista, su actividad
creadora es meditación y éxtasis, es su manera de romper
las cadenas de “la locura social”, como llamaba Cabral a la
vida moderna. Por ello, es causa de regocijo un nuevo
cuadro, otra composición musical, este poemario. Pero,
además, el pionero de la Medicina Mente-Cuerpo (gran
lector de Rumi, Gibrán y Tagore), Deepak Chopra, desde su
profundo conocimiento de la filosofía védica, nos alertaba
de no ser esclavos de la aprobación de los demás. No
caigamos en las pantanosas trampas del ego (belicoso
infiernillo que la mayoría de artistas lleva dentro). Nunca el
ego es fuente de arte. Al contrario, Osho, un conocedor de la
naturaleza humana, advierte que el ego es terriblemente
216
adverso a la creación artística. El ego interfiere. “Wei-wu-
wei”, aconseja: deja que suceda (el acto creativo). Sé la caña
por donde el aire ingrese libre, sin obstrucciones, y se
convierta en una bella canción gracias a tu sensibilidad y a
tu amor. Lo que significa, también, que los absurdos
pontífices del arte (de quienes dudaba el genial García
Márquez), los falaces inquisidores, los estridentes jueces de
la estética y sancionadores del bien y el mal, no son sino
una oscura bruma de ficción y fatuidad. El heterodoxo
prodigio de Vallejo, tal vez, no se repita jamás; pero los
Clementes Palmas aparecen abundantes, en cualquier
reducto (anti)literario del micropensamiento. Les fascina
obrar de censores, de gurúes de la poesía, de Aristarcos de
mala sangre y oscuro perfil. Pero, su actitud no pasa de ser
un lúgubre y grotesco retrato (como pintado por
Jheronimus Bosch) de ácida soberbia, egolatría e
intelectualidad de inframundo. Habría que recordarles, por
ejemplo, la inmensa humildad de Oswaldo Guayasamín
cuando decía, ya en el epílogo de su valiosa existencia, que
ha pintado cientos, miles de cuadros; ¿pero pasará alguno
la barrera del tiempo? Tal vez, unos cuantos o, ¡quizá,
ninguno! Y pienso en Vincent van Gogh cuya vida estuvo
iluminada por la pasión creativa; pero, al mismo tiempo,
lacerada por la pobreza y la enfermedad mental. Sin
embargo, en 1987, sólo su lienzo de los girasoles fue
vendido (a un tal Yasuo Goto) por 74.5 millones de dólares.
Es también pensar en los cientos de escritores, músicos y
pintores cuya obra ha pasado al amargo, justo o injusto,
terreno del olvido. Todo lo cual arroja una contundente
verdad: en el mundo del arte, sólo queda trabajar y
trabajar, con sacrificio, con la mayor conciencia posible y
con humildad; ¡pero, también, con el gozo del que puede
dar testimonio todo artista de vocación, fiel a su arte y a su
217
identidad! Por lo demás, lo que tenga que suceder con la
obra, sucederá.
Perinox, el vuelo inescrutable del silencio de Luciber /
(creación en conflicto y diálogo) es el segundo libro de
Luciano Berger Calderón y Calle (para sus amigos,
simplemente, Kichi). Tuve el gusto de escribir, también, un
comentario para Néctar de mujer, su ópera prima. Hay un
salto cualitativo evidente, en el lenguaje, en el
pensamiento. Siendo un solo y extenso discurso en verso,
es factible ‒cómo no‒ distinguir varios y esenciales temas:
de definición ontológica (me recuerda al ideal del hombre
que propone Osho: “Zorba, el Buda”; esto es, disfrutar de la
experiencia terrena; pero ser también, espiritual y
meditativo. Supongo que, en Kichi, gana el Zorba), el amor,
la amistad, los laberintos del arte, el sufrimiento, la
Naturaleza, cuestionamiento de la realidad, el tiempo, la
pasión por la libertad y la búsqueda persistente de la dicha.
Si, en mi primer comentario, hablé de la “lírica silvestre” de
Kichi; hoy, planteo, en medio del conflicto y diálogo que
suscita la cabalgata alada de Perinox…, una lírica de la
libertad. Me ha contado Kichi que Perinox fue un caballo
campeón de carreras en el hipódromo de Monterrico, allá,
por los años 70 y 80. De color bayo y férrea musculatura,
Perinox despertaba la ovación de todos y, por supuesto, la
juvenil admiración de Luciano. Por mi parte, siempre he
creído que el caballo es uno de los símbolos más hermosos
de la libertad.
Así que, entre Kichi y Perinox, podemos reconocer
dos legítimas ansias: la libertad que necesita todo hombre
que hace arte y el anhelo del triunfo que nace de una
carrera limpia, a puro sudor y esfuerzo, sin quitarle nada a
otros, sin esperar flores ni elogios de nadie, puesto que el
218
más valioso de todos los premios es el triunfo interior, el
gozo de correr y volar, el gozo de ser creativos, el gozo de
escribir (y publicar). En la polisemia del título, imaginamos
un Perinox dotado de alas, puesto que se trata de un “vuelo
inescrutable” (aunque la poesía siempre puede ser
develada). Larga carrera la de este Perinox. Más de tres mil
versos. Largo vuelo de Luciber (sorpresiva paronimia entre
el nombre del ángel caído y el acrónimo de LUCIano
BERger. Claro, a Kichi, no le espanta que se suponga una
cierta sinonimia. Sobreviviente del cáncer, divierte a sus
oyentes, diciendo que la muerte no le acaeció porque “Dios
no me quiere y el diablo me tiene miedo”).
Acierta Luciano cuando pone sobre la mesa tres
palabras claves: creación, conflicto, diálogo. La obra
creativa siempre subvierte; y, por ello, genera conflicto;
primero en el propio autor; luego, en la comunidad literaria
que incluye el rubro de la crítica literaria (de la que hay que
advertir que, dado el extraordinario desarrollo de los
estudios literarios, hace tiempo que dejó de ser una
actividad de subjetiva y caprichosa valoración, para pasar
al estudio más o menos riguroso del texto, desde una
variedad de perspectivas: psicoanálisis, semiótica,
deconstrucción, narratología, etc.). Pero, al mismo tiempo,
Luciano nos recuerda el gran valor dialógico de la
literatura, el espacio de decir y escuchar, de la
contraposición inteligente y respetuosa de ideas; por
ejemplo, en el terreno de la interpretación, donde las
verdades absolutas están fuera de lugar y es, a partir del
texto, que cada lector puede proponer su personal
hermenéutica, en función de su competencia literaria, ojalá
también teórica o, mejor aún, la de simple; pero zahorí
lector. Por ejemplo, cuando se leen estos versos de Luciano:
219
“Cantor de canto divino,
rector de la palabra curvada,
trovador del romance no perdido,
sembrador de la palabra no olvidada,
creador de trinos, el verbo ya entendido
cual recuerdo de esa estrella abrillantada,
fragor de leño y fuego con magia encendida,
cosechas frutos en estela de gloria convertida;
hoy, te dibujo entre esta mañana
de tenue rocío,
código secreto de fórmula quimérica,
cerradura que te abres
cual brote
de trigo nutriente
y amarillado”
Estamos ante un bizarro discurso lírico donde
Luciano se ha permitido (cosa natural en él) hablar de
tantas cosas, a su manera; pero ya con experiencia
acumulada. Ha adquirido mayor conciencia de lenguaje.
Con versatilidad, pasa de un tema a otro, mostrando una
peculiar visión e intentando calar lo mejor posible en cada
asunto. Le fluye el verbo con facilidad y esgrime una
convicción personal acerca de la vida y de todas las cosas. Y
ése es su propósito. A la manera de Neruda, quiere también
confesar que ha vivido, mucho y de tantas maneras. No en
vano se declara atento lector de Friedrich Nietzsche. Y,
aunque ha llegado tardíamente a la poesía, como fue el caso
de Rafael Alberti (“El poeta del mar”), sabe que las palabras
le llegan y le son lo suficientemente dóciles para expresar
su circunstancia humana y poetizar su propio universo:
“Soy montaña cuando
me llaman;
220
soy río porque fluyo;
rayo, porque quiebro;
y huracán,
porque envuelvo
y disfruto la piel
y pruebo la miel
de aquellos versos”
He aquí, Luciano, que apareces tras larga estela de
versos, cabalgando a Perinox, cual Quijote en Rocinante; o
volando en Clavileño, el Alígero, quimérico delirio del
mismo Caballero Andante. Y tu palabra queda esparcida en
el camino para los que oyen y para los que fingen sordera,
para los humildes y los arrogantes. Ya no queda sino volver
a leer tus versos, escuchando, acaso, una melodía wéstern
de Ennio Morricone o “La cabalgata de Guillermo Tell”.
Saludos, jinete y cosmonauta. Ya corriste. Ya volaste.
Ahora, que se desate el conflicto y no sé si, también, el
diálogo. Tras la vorágine y el tornado, los exquisitos y los
comunes coinciden, a veces, en elegir el escrutable silencio.
Con el verano del 2018, en Chiclayo.
221
La musical batalla de
Manuel Rivas Sandoval
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más.
Caminante, no hay camino;
se hace camino al andar.
Antonio Machado
La autobiografía es un nostálgico
ejercicio de la memoria y el corazón.
Es detenerse en el tiempo para viajar
hacia los múltiples espacios; no en
busca del tiempo perdido, como diría
Proust; sino para volver a vivir las mil
y una aventuras que nos tocó vivir.
Desde los dorados años de la infancia,
cuando alguna ecuación insondable
decidió nuestra llegada a este mundo,
hasta la condición actual de la propia existencia, pasando,
por supuesto, por una larga caravana de recuerdos que se
suceden entre la niñez, la adolescencia y la juventud, que
son los árboles previos a la estación del otoño, que es la
torre apacible y blanca, desde donde se divisan, cual
bandada de gaviotas, todas las memorias, las dulces y las
amargas, las simples y las complejas, las públicas y las
recónditas.
Aquí vemos, entonces, risueño, amical y memorioso, a
Manuel Rivas Sandoval, que nunca fue “nadie”; que siempre
es todo un espíritu consagrado a la música y que, por tanto,
222
decidió autonombrarse, en otro sentido, “Nadye”, acaso,
para querer decir que luchaba por ser, como dice la
cándida, pero legítima ansia popular, “alguien en la vida”,
en el universo de sueños y batallas, en esta sinfonía de
ritmos y notas altas y bajas que es la existencia humana. A
la manera de una historia cinematográfica, Manuel sube al
tren de los recuerdos y, desde un amplio ventanal, con el
céfiro en el rostro y, a veces, sonrisas o lágrimas, nos va
mostrando todas las estaciones del viaje.
Ha puesto, nuestro amigo protagonista, nombres
precisos a cada estación, para que le sigamos bien el rastro.
Felizmente, las huellas vitales han sido bien marcadas
puesto que ha sabido vivir. Y puesto que atesora cada
pérdida y ganancia de este impredecible tránsito por la
tierra, todos sus relatos tienen sabor, lozanía y brillante
color; aun cuando el tono sepia del tiempo pretendiera
decolorar lo pintado por las diestras manos del que toca
guitarra y del que escribe y del que canta. Así que leer estas
bellas páginas es ubicarse cómodos en el mismo tren y
disfrutar de todo lo que viene. Cierto es que leyendo la vida
de alguien vamos, entre paréntesis, recorriendo nuestra
propia biografía. La mente siempre está relacionando. Y
cuando encuentra, como se encuentran en estas cordiales
hojas, experiencias muy distintas a las nuestras, surge el
encanto, la sorpresa, la alegría. Que, además, no es
frecuente leer la vida de un cantautor lambayecano.
Probablemente, ésta sea la primera autobiografía de esa
índole. Un mérito más para Manuel, de cuya prolífica labor
musical muchos son testigos aquí y allá, en tantos lugares
del Perú y entre tantas gentes del arte, del espectáculo, la
cultura y la buena bohemia. Y es que Manuel Rivas encarna
una vocación inclaudicable. Sus canciones son fragmentos
musicales de la vida misma. Y su carisma es el don de quien
223
lleva un corazón de artista. ¡Cuántos escenarios ha subido!
¡Cuántas amistades, cosechado! ¡Cuántas veces, el éter ha
cobijado sus numerosas composiciones musicales cuyas
letras tienen el acertado lenguaje de la filantropía!
Todo escritor elige una actitud durante la elaboración
de su trabajo. En el caso de Manuel Rivas, yo veo el cuidado
de un afable sembrador que ingresara al más querido de
sus espacios (el jardín de los recuerdos), a contemplar, con
la sonrisa del que ha cultivado mucho tiempo, sus plantas y
sus flores, los frutos más recientes y los macizos árboles de
antaño. De manera que desgrana sus memorias y nostalgias
con especial cuidado, escoge lo que ha de ir y lo que ha de
guardar en el tintero, cita cada nombre (familiar, amical,
profesional, artístico) con respeto (desde la elegancia y
caballerosidad de antes), rememora cada pueblo y ciudad
con la emoción de quien fue feliz, de alguna manera, entre
tantas vicisitudes. Suelta algunas jocosas anécdotas o frases
que, de todas maneras, nos hacen sonreír. En suma, la vida
con sus claroscuros, con la miel y la hiel esperándonos, con
sus triunfos y fracasos (ambos, impostores, dice
filosóficamente Rudyard Kipling); la dualidad de este
mundo. Pero, más allá de todo, la voluntad indoblegable de
“Nadye” (inusual seudónimo de Manuel, que surge de una
chacota de la etapa universitaria) por abrirse un camino
con el arte musical en el corazón, en su guitarra, en su
entusiasmo y en los siete discos que lleva grabados. Y las
incontables presentaciones desde los años juveniles hasta
los tiempos actuales en que hemos tenido el honor y el
gusto de conocerlo. Y es que la gracia y la naturaleza de la
narración biográfica es, precisamente, ésa: conmovernos
con una vida bien vivida; demostrarnos que vale la pena
luchar por un sueño; hacernos entender el significado del
amor y la amistad. Y confirmar lo que enseña el poema
224
“Desiderata”: “Aun con toda su farsa, penalidades y sueños
fallidos, el mundo es todavía hermoso”.
Al terminar de leer Huellas musicales de Nadie, me
brota la certeza de estar ante una obra literaria de valor
incuestionable. Son varios los aspectos que aglutina este
notable esfuerzo narrativo de Manuel: Aquí está el músculo,
el corazón y el nervio de la batalla de un artista
genuinamente popular; popular en el sentido de que su
trabajo musical no está hecho para una élite; sino para toda
la gente noble, inteligente y sensible. Y estos, a despecho de
los que minimizan el concepto de lo popular, son
cualidades inherentes a todos nuestros pluriculturales
pueblos. Aquí está el alma de quien reconoce que su don, el
de la música, es un regalo de la Vida (que es otra manera de
referirse al Supremo Creador) y, por tanto, más allá de las
frustraciones, de las barreras casuales e intencionadas, de
las carencias materiales y económicas, hay que seguir. Siete
discos grabados son el extraordinario testimonio de que
Manuel es un hombre que no se rinde. Decía Wolfgang
Goethe: “Yo amo a aquél que desea lo imposible”. Y Manuel
Rivas, que jamás fue un “don nadie” (como, torpemente,
alguien quiso calificarlo), ha hecho realidad lo que, para
muchos, hubiera quedado en la amarga bruma de un sueño.
Personalmente, soy un hombre que, desde siempre, he
amado la música. Hasta tengo una cancioncilla creada, hace
tiempo, por allí. Y creo entender el eterno valor de esta
maravillosa creación humana, junto a las demás artes
clásicas. No hay pueblo sin música. No hay hombre que no
pueda entonar una canción. La música está en la naturaleza
humana y, hasta, me atrevería a decir, que está en el
Universo entero, cuyo sonido primordial, de acuerdo a los
místicos de la India, es el OM. “La música está en todas
partes; sólo tienes que escuchar”, dice el personaje August
225
Rush, un genio musical, en la famosa y hermosa película del
mismo nombre. Afirma un joven y talentoso músico
peruano que el centro del ritmo y la música está en el
corazón. Yo creo en esa bella hipótesis. Y hay una frase del
poeta Rabindranath Tagore, que gustaba repetir Facundo
Cabral: “Cuando el hombre trabaja, Dios lo respeta; mas,
cuando el hombre canta, Dios lo ama”. Vuelvo al libro. Aquí,
el amable lector, encontrará todo un periplo, todos los
sacrificios y la odisea de un cantautor. Caminaremos junto
a él desde los lejanos recuerdos de su niñez y pueblo natal:
Cayaltí. Conoceremos a don Manuel Jesús Rivas Aizcorbe y
doña Angelita Sandoval Llontop, sus venerables padres,
hoy, en la Morada Celestial; a sus hermanas y hermanos; el
transitar de los obreros y el olor de los cañaverales; la vida
humilde, pero nutrida de vivencias y mágica de los niños
del pueblo, pequeños trabajadores que, como el autor,
vendieron pan, manejaron triciclo o jugaron a los diversos
juegos de los años lejanos de la “chiquititud”. Yo no sé cómo
ha sido la niñez de la gente adinerada; pero la niñez de
Manuel Rivas es la de casi todos nosotros. Es la niñez de
Zezé, en ese inolvidable libro que es Mi planta de naranja-
lima, de José Mauro de Vasconcelos; tal vez, la novela que
mejor representa, con realismo, corazón y honda poesía, la
triste y dichosa vida de los niños pobres. Triste en todo lo
que limita el imperio del dinero. Dichosa en la infinita
ternura, juegos y fantasía inagotables. Conoceremos a los
amigos, a la familia, a pintorescos personajes, sucesos y
costumbres pueblerinas. Y el momento especial en que, tras
la curiosa y feliz idea (y pizarrón) del profesor Franco
Pomar, el pequeño Manuel Rivas siente el llamado de
Euterpe, la Musa de la Música. De allí, para adelante, todo
serán huellas y más huellas del trovador, en actuaciones
populares, en serenatas, en grupos musicales, en la Banda
de Músicos del Instituto Agropecuario de Jayanca, en
226
innumerables aventuras juveniles, en sus viajes a Lima,
buscando camino para su vocación musical, en las
oportunidades huidizas o atrapadas, en las manos
generosas y las mezquinas, en las ilusiones románticas que
le propiciaron carismáticas y decentes damas, “hermosas
mujeres que merecían el más profundo amor”; y de la
posterior llegada del amor definitivo (“siempre hay una
entre todas”, dice Cabral), Betty Palacios, hoy, su honorable
esposa. Y las fotografías con que ilustra esta publicación
complementan espléndidamente lo narrado. Mirar cada
fotografía es inundarse de nostalgia, de recuerdos, de
sentimiento. Pero, aquí está también, paralelo a la lucha
artística, la batalla de la vida. A intermitencias, aparece el
consejo del padre, el esfuerzo infinito, para ayudar a decidir
la carrera profesional. Y Manuel, siguiendo la base de la
formación agropecuaria en Jayanca, optará por la Medicina
Veterinaria. Esta carrera profesional, llena también de
vericuetos, en el estudio y en el ejercicio laboral, será el
motivo para recorrer distintos lugares del Perú, a veces,
con la esposa e hijos; a veces, solo, con los jefes y
compañeros, en lejanos pueblos, en climas tórridos como
los de la selva, entre Bolivia, Brasil y Perú. Llegará a Iberia,
un insólito lugar con compatriotas desarraigados, que se
asumen como simples “aves de paso” y que, por eso mismo,
se resisten a progresar. En todo ello, repara Manuel,
siempre atento, siempre consciente de su querer vivir
cabalmente, de su arte intrínseco y de las
responsabilidades de hijo, esposo y padre. El apreciado
lector se deleitará conociendo, en testimonio directo, todas
las vicisitudes del artista peruano en el terreno musical.
Sorprende la trayectoria de Manuel a lo largo de tantos
años; su fidelidad a la música; su esfuerzo admirable por
cristalizar una producción musical tras otra. Quienes
estamos metidos en la literatura, sabemos de lo difícil que
227
resulta publicar, difundir y vender. Pero, en la música, el
esfuerzo es mayor puesto que hay la exigencia de mayor
logística, de contactos, de medios de comunicación para la
justa y necesaria difusión del material discográfico, etc. Es
grato ver desfilar por estas cordiales páginas a numerosa
gente de la música, a los artistas locales, a los famosos, a los
pícaros. Entre los primeros, los de varios lugares, solistas,
tríos, grupos, aquellos que se suman a la savia del terruño,
varios ya extintos. Son tantos nombres: Alejandro Ramírez,
Gilberto Candiotti, Alfredo Sánchez, Víctor Hernández,
Evaristo, Clodoveo Guerrero, Nery Mauricio, Linda
Mayorga, Mary Rivera, Pepe Aguilar, Robinson Silva,
Antonio Túpac Yupanqui, Víctor Hugo Zapata, Pedro
Bardales, Julio César Uchofen, etc. Entre los segundos:
Victorino Amaya Paiva, el querido maestro Luciano Quiroz
Mío, “El Chino” Luis Abelardo Núñez, Tomás Huertas, Lucho
Barrios, José Escajadillo Farro, Raúl Vásquez, Juan Mosto,
entre otros. De los terceros, no hay que hacer mención. Los
hay en todas las artes.
Pero, además, es muy grato encontrar aquí, entre las
numerosas anécdotas y personajes de Chiclayo, a
personalidades como Alfonso (“Fuco”) Tello Marchena,
Felipe Pacheco Barreto, Eduardo Torrejón Rodríguez,
Nacho Rázuri López, Enrique Elías Jiménez (“Con acento a
pueblo”), Álvaro Mesías Velásquez, Hubert Limo Mendoza
(“Cita con el criollismo”), etc. Y demás valiosa gente que,
también, forma parte de la historia radial y periodística en
nuestra ciudad, como Claudio Baquedano, Marco Buchelli,
Oscar Capuñay, Pepe Vásquez Valderrama, Manuel Delgado,
etc.
En su largo caminar, los pasos de Manuel Rivas se han
intersecado con músicos, programas en Radio Chiclayo,
228
Delcar, Imperio, Lambayeque, Star, Santa Victoria, de
Jayanca, Pacora, Túcume, etc.; periodistas, empresarios,
arreglistas, canales de televisión local (con periodistas
como Mary Vargas, César Odar, Frida Bustamante, Bethsabé
Rengifo, Agustina Becerra, Juana Ramos, Miguel Ángel
Navarro, etc.), diarios, etc. Incluso, hay una lejana anécdota
con Augusto Ferrando. Y varias oportunidades que, como
por conjuros del destino, se le fueron de la mano. Aunque
otras sí que aprovechó como corresponde.
Sin duda, hay notas de heroicidad en la vida de
Manuel y de todo peruano que intenta hacer arte por sus
propios medios, sin apoyo del Estado, sin renunciar a su
ética y a su estética de hombre justo y cabal. Porque, una de
las grandes lecciones de este libro es el gran mensaje de
ética y amistad. También, la gratitud de Manuel hacia todos
aquellos que contribuyeron en su carrera musical. Lo es de
igual modo, el gran sentido de humor que, de cuando en
cuando, nos arranca una sonrisa. Y lo es, al comienzo y final
de todo, su gran fe en Dios, que, conforme cuenta Manuel, le
dio fuerzas en los momentos más difíciles de su vida.
Elogio el buen lenguaje del que hace gala el narrador.
No podía ser de otra manera. Acostumbrado a escribir, con
buen gusto y criterio, canciones, poemas, cartas de amor
(oficio de mocedad), no ha tenido sino que alargar las
frases, transmutando versos en oraciones. El resultado es
una prosa fresca, muy amena, correcta y, por partes, con
destellos no sé bien si de música o poesía. No hay páginas
grises aquí. En todas, hay siempre el brillo de cosas
interesantes, datos, anécdotas, remembranzas, humor. El
disfrute está asegurado. Si “leer es una forma de felicidad”,
como asegura Borges, en esta obra, se cumple ciertamente.
Estamos ante un libro que puede gustar a todo tipo de
229
lector. En especial, la gente de la música, de la radio y la
televisión, sentirán aquí la fascinación de un espejo mágico.
“Nadye” ha sabido narrar como nadie. Luce un estilo. Tiene
la chispa y la sazón de todo buen narrador. Si nuestro
amigo cantautor había soñado con este libro, ya puede
respirar su aroma de realidad. Manuel, ya lo sabemos, es un
hombre que no se contenta con la idea de algo. Su espíritu
le exhorta a realizarlo. Y esta autobiografía, de la que
gozará cada lector o lectora, está ahora aquí, llena de
sorpresas y de lecciones de vida y de arte. Gracias, Manuel
por recordarnos que la vida es una batalla permanente. El
filósofo Séneca dijo: “Sólo viven los que luchan”. Y tú,
Manuel, has luchado ‒y, por tanto, vivido‒ como ser
humano, como profesional, como artista. Y en esa lucha por
abrirte un digno camino, no has perdido la decencia,
aquella que proviene de tus raíces, de tu memoria
ancestral, de tus padres. Y tampoco has olvidado la sonrisa.
Alguien dijo que un hombre sin alegría es un hombre
pobre. Y porque tu música, ahora que la modernidad ha
distorsionado incluso el sentido del arte, nunca perdió el
norte. Porque le cantas al amor, a la amistad, a la justicia, al
cuidado del planeta, a la fe en Dios, a los seres queridos, a
nuestro folclor, a la salud, ¡a la Vida!, te reiteramos la
gratitud.
Respecto de los bienes materiales, hay que recordar
que venimos sin nada; así que incluso un simple pañuelo,
una flor o una camisa, ya es ganancia. Y me recuerdo la idea
de un profesor de Filosofía del Colegio Nicolás La Torre (sí,
de José Leonardo Ortiz, ¡un distrito que urge salir del
oscuro pantano para inaugurar su tiempo nuevo de vida
digna y feliz!). Decía aquel buen maestro: “En la vida, o se
tiene dinero o se tiene honor. No se puede tener las dos
cosas”. ¿Es compatible la dignidad con la riqueza? Yo no lo
230
sé. De lo que sí estoy seguro es que Manuel Rivas Sandoval
es un hombre millonario de arte, alegría y humanidad. Y,
por supuesto, de honor. Así que tus huellas han de sumarse
a las otras huellas, de otros artistas igual de dignos, que van
afirmando el radiante camino del Nuevo Perú, donde toda
la estridencia, el grotesco vocerío de los infames y los
cleptócratas, todo el mundanal y chabacano ruido se callen
para siempre a fin de que aparezca la maravillosa y eterna
sinfonía de un mundo con Amor, Prosperidad, Justicia y
Armonía.
Chiclayo, marzo de 2018.
231
La Quinua/ Reina de los Cereales
Prólogo a la Tercera Edición
“Hoy, en armonía con la Naturaleza,
a nuestra quinua vamos a recuperar
para seguir viajando por doquier,
hasta el espacio sideral”.
Sombrita Napeluí
Desde que conté a mi querida
hermana Mary (tan creativa en
nuestra cocina familiar) de las
excelentes cualidades nutritivas de
la quinua (Chenopodium quínoa
Willd), leídas en este valioso libro
de la Enfermera y Escritora
Mercedes Uriarte Latorre, cada
mañana, nos regalamos un buen
desayuno que incluye, de todas
maneras, a la “Reina de los
Cereales” que es como, lúdica y certeramente, llama la
autora a la quinua, también considerada “El grano de oro
de los Incas”. Todos los sábados que vamos al mercado,
incluimos, en la lista de compras, la quinua de la que,
amablemente, nos provee la estimada prima Mercedes
Sáenz.
Los que somos vegetarianos sabemos de un hermoso
lema referido a lo que habremos de comer: “Rico, sano y
sabio”. Pienso que la quinua cumple, sobradamente, con
estas tres condiciones. Ya los lectores, conforme recorran
232
estas doradas páginas, nutridas de selecta información, en
el plano científico y en la sección práctica, irán
empapándose y sorprendiéndose gratamente (como fue mi
caso) de tantos valores, propiedades y demás singulares
características de este grano ancestral.
La condición de Enfermera de Mercedes Uriarte
Latorre y de haber desarrollado, durante años, Talleres de
Seguridad Alimentaria y Educación Nutricional con
poblaciones vulnerables (en especial, con mujeres de zona
rural), agregado a su natural sensibilidad social, le han
dado los créditos suficientes para emprender un trabajo de
esta naturaleza. Con el rigor académico propio de quien ha
tenido una sólida formación universitaria, con su
preocupación por mejorar la nutrición y la salud de los más
pobres y con el espíritu práctico de ser una entusiasta
cocinera y diligente ama de casa, Mercedes se ha tomado
muy en serio el tema de la EDUCACIÓN NUTRICIONAL,
asunto que significa, entre otras cosas, saber y hacer. Dicen
los chinos: “Un gramo de práctica vale más que un kilo de
teoría”. Lo que me hace pensar en tantas personas que
saben cosas de nutrición; pero, nunca las aplican. Mercedes,
en cambio, armoniza conocimiento y práctica. Y está
siempre atenta a nueva información científica y a la
situación alimentaria de nuestro país. Por eso, La Quinua /
Reina de los Cereales ha merecido buena acogida en los
lectores. No es frecuente que, en Chiclayo, una publicación
con amplio contenido científico alcance la tercera edición.
Estamos ante un libro especial. Basta recorrer algunas
páginas y beber de la nutrida y bien organizada
información (botánica, agrícola, económica, etc.) acerca de
la quinua (producto, en este tiempo, fácil de adquirir en los
mercados), del problema nacional de la anemia, de las
233
vitaminas, proteínas (aminoácidos) y minerales, recetas en
base a la quinua, figuras, gráficos, tablas, fotografías, etc.,
como para saber que se está leyendo una publicación muy
interesante. Aquí, hay esfuerzo, trabajo minucioso y muy
responsable. Por ello, nos alegra sobremanera que otra
edición salga de la imprenta para ayudar a mucha gente a
tomar conciencia de su nutrición y del gran beneficio que
puede hacerle a su organismo consumiendo quinua en las
diversas formas que la autora sugiere o según la propia
manera de cada familia y comensal.
La Quinua/ Reina de los Cereales es un libro
estructurado en cinco capítulos: I. Mitos, leyendas e historia
sobre la quinua; II. Biogeografía y ecología de la quinua; III.
Usos y propiedades nutricionales de la quinua; IV.
Propiedades medicinales y terapéuticas de la quinua; y V.
La quinua en la cocina. Incluye, además de lo dicho en el
párrafo anterior, un glosario y una interesante galería de
fotos de los Talleres de Seguridad Alimentaria y Nutrición
en Lambayeque, Cajamarca y Amazonas.
Es bueno recordar que la quinua nos viene de tiempos
ancestrales, conforme se ilustra aquí: “La quinua es un
alimento del hombre andino desde tiempos remotos cuyo
centro de origen se encuentra en los Andes de Perú y Bolivia
(Cárdenas, 1944)”. “El Inca acostumbraba ofrecer la quinua
al Taita Inti (Padre Sol), para dar inicio a la siembra”.
Mercedes incluye referencias históricas, cierta tradición e
incluso mitología. Los tiempos fueron cambiando en el
sentido de que los prejuicios y subvaloración de los propios
peruanos acerca de alimentos nativos (quinua, kiwicha,
habas, etc.) fueron cayéndose poco a poco. Esa mentalidad,
en pleno siglo XX ‒y en algunos del XXI‒, no fue sino la
extensión de todo un proceso de ideologización y de
234
estrategia dominante por parte de los invasores
peninsulares. “También se dice que los conquistadores
descubrieron el valor nutritivo de la quinua y prohibieron su
cultivo con el fin de debilitar a la resistencia inca”. Hace unos
treinta años, nomás, era infrecuente hablar y consumir en
Lima tales productos. Estaban catalogados como “de indios
o cholos”. La ignorancia siempre es atrevida e
intransigente. Pero, el valor nutricional de la quinua y la
kiwicha, entre otros, es tan elevado que pudieron abrirse
paso, cual rayo de bendita luz, derrotando a las abundantes
sombras. Suele suceder. Las verdades y las cosas de valor
tardan en ser reconocidas. Por eso, Vallejo (a quien
recordamos hoy, 15 de abril, “Día del Poeta Peruano”, en
conmemoración del día de su viaje a la eternidad) escribió:
“la luz es tísica, / y la Sombra gorda...”.
Por supuesto, la quinua está naturalmente asociada al
Mundo Andino. Es fácil imaginar, entre los vientos y los
Apus, bajo el maravilloso cielo serrano, a las plantas de
quinua en flor, multicolores como el vestuario de las
campesinas de Cajamarca, Cusco o Kañaris. Deleita la vista
ver sus semillas, tan similares a la kiwicha, un poco
parecidas también al sésamo o ajonjolí. Semillitas duras,
brillantes, “de cien colores” como dice Mercedes Uriarte. Y
probarlas en el desayuno (con leche, por ejemplo), en la
sopa, en algún postre y en tantas formas como la autora y la
creatividad gastronómica propongan. Aquí, el lector
encuentra variadas recetas; todas, muy apetecibles (quinua
en sopa verde, tortilla de quinua con verduras, papilla de
quinua con manzana, etc.). Quiero, cómo no, contar al lector
que, en casa de Mercedes, junto a otros amigos del arte, nos
hemos gratificado con exquisitas preparaciones de quinua.
Me acuerdo de la chocolatada navideña del 2018, por
ejemplo. Y la quinua en taza, en plato, con variopintas
235
sazones. Y siempre agradable. Y conscientes de su alto
valor nutritivo. Así que, a veces, por su permanente y
encomiable difusión de la quinua, le hemos dicho a
Mercedes que ella es “La Dama de la Quinua”. Si en Lima
está José Luis Pérez Albela con su prédica constante a favor
del magnesio; aquí, en Chiclayo, tenemos a Mercedes
Uriarte Latorre con su loable campaña a favor del consumo
de la quinua. Extensa gratitud a ambos.
Entre tanta información privilegiada de La Quinua /
Reina de los Cereales, ha sido imposible no sorprenderse
con lo siguiente:
Que la quinua es un extraordinario reemplazante de
la carne; cosa que, para mí, que soy lacto-vegetariano hace
un par de décadas, fue razón suficiente para incluirla en mi
lista de alimentos imprescindibles. Como se sabe, los
vegetarianos debemos procurar una dieta balanceada que
incluye cuidar la ingesta necesaria de proteínas.
Que la quinua tiene variados usos: alimentación
humana (hojas, granos e inflorescencia), alimentación de
animales (hojas y tallos), medicina, control de plagas (por
su saponina), ornamental, combustible (tallos secos), e
industrial (granos y tallos). Que la hoja de la quinua
contiene más proteína que la alcachofa y la espinaca: 3,3%,
3,0% y 2,2% respectivamente.
Aquí, va una cita muy valiosa para todas las personas
(y, particularmente, para los vegetarianos):
“El valor nutricional de la quinua está dado por su
alto contenido de proteína que sólo es comparable,
según la Organización de las Naciones Unidas para
236
la Alimentación y la Agricultura (FAO) con la leche
materna. La califican como ‘alimento único’
puesto que su altísimo valor nutricional la
convierte en el alimento más completo y
balanceado. Puede sustituir a la proteína animal de
la carne, leche, huevos o el pescado”.
Otras citas indispensables:
“La calidad nutricional de un producto depende de
la calidad de proteína. Y la calidad de la proteína
depende de su contenido de aminoácidos esenciales.
En la quinua, se encuentran estos 10 aminoácidos
esenciales, igual a la leche materna y 8 no
esenciales, haciendo un total de 18 aminoácidos,
por sí sola”.
“La quinua es el cereal con mayor cantidad de
aminoácidos que existe sobre el planeta. Contiene
18 de los 20 que necesita el ser humano; 10 de ellos,
esenciales, igual a la leche materna”.
La quinua tiene mayor valor nutricional que la avena
y el trigo. Asimismo, el grano de quinua contiene las
siguientes vitaminas: A, C, D, E, B1 (o Tiamina), B2 (o
Riboflavina), B3 (o Niacina).
En cuanto a los minerales, la quinua nos aporta:
Calcio (evita la osteoporosis y regula la trasmisión
neuromuscular), Fósforo (necesario para el cerebro),
Hierro (transporta el oxígeno en los hematíes), Magnesio
(interviene en muchos procesos metabólicos), Zinc
(interviene en la síntesis de carbohidratos, lípidos,
237
proteínas y ácidos nucleicos), Cobre (para la salud
cardiovascular), sales de Litio (estabilizador emocional).
Otro dato muy interesante: “La quinua posee un alto
porcentaje de fibra dietética de 7,8 g. total (Tabla N° 3 y 4),
lo que la convierte en un alimento ideal para lograr eliminar
toxinas y residuos que puedan dañar al organismo”. Pero,
además, la quinua contiene “los ácidos grasas esenciales
(AGE) mono-insaturados y poliinsaturados que son
beneficiosas para el cuerpo cuando se incorporan en la
alimentación, ya que son elementales en la formación de la
estructura y en la funcionalidad del sistema nervioso y visual
del ser humano (Tabla N° 6)”.
Mercedes agrega que la quinua muestra alta
digestibilidad y es una opción para las personas que sufren
de celiaquía, ya que no contiene gluten. Y complementa: “es
el alimento ideal para prevenir o hacer frente a las
enfermedades metabólicas y cardio-vasculares, sobrepeso,
obesidad, diabetes, alergia, asma, celiaquía, enfermedades
degenerativas como Alzhéimer, Parkinson, el cáncer, que
forman parte de las Enfermedades Crónicas No Trasmisibles
(ECNT)”.
Y ahí me detengo. Sólo quise adelantar al lector
algunos destellos de la valiosísima información que brinda
este libro. Y, como escritor que anhela un PERÚ FUERTE,
SANO y FELIZ; como descendiente del recordado bisabuelo
Francisco Manay (agricultor y muy apreciado “médico”
‒curaba con yerbas y balsámica alegría‒ de mi pueblo
natal, San Antonio), como hermano de una excelente y
humanitaria Enfermera, Luisa Teresa (QEPD), y como tío de
un generoso y extraordinario Médico, Daniel Manay, no
tengo sino que FELICITAR a Mercedes Uriarte por este
238
esfuerzo que está dedicado a mejorar la CALIDAD DE VIDA
de todas las personas ‒en especial, de los más pobres‒, en
cuanto a SALUD y NUTRICIÓN.
La Quinua / Reina de los Cereales es un libro que
debiera tener cada familia que anhela cuidar su
alimentación y salud. Generalmente, se considera el área de
cocina como un lugar bastante ordinario donde, todos los
días, se prepara rutinariamente la comida. Pero, bien
pensado, ¡la cocina es el infaltable espacio donde se trabaja
para conservar la salud y la vida humanas! Nada menos. En
esa perspectiva, este libro constituye un valioso y singular
aporte. Saludos, estimada Mercedes. Y que la quinua, en su
condición de reina, gobierne en todas las cocinas peruanas
favoreciendo, en especial, a los que esta sociedad
mercantilista menos favorece.
Chiclayo, 15 de abril del 2019.
239
Hacia una consciencia de la Vida
(Prólogo del libro Sinfonía para la Vida)
“El capitalismo
es el principal enemigo de la vida”.
Evo Morales
Discurso ante la ONU.
De una mujer de profundas raíces
andinas, entrañablemente ligada a
la tierra, a su flora y fauna; de una
mujer que es Enfermera y que
trabajó largos e intensos años en
los Servicios de Emergencia y
Ginecología; de una mujer que tiene
genuina sensibilidad por los más
vulnerables, por los que sufren
todo tipo de enfermedades; de una
mujer que, contra viento y marea, ha luchado tenazmente
por la existencia; de una mujer que tiene presente a Dios
cada día; de una mujer que proclama la urgencia de
rescatar a la familia como institución básica de la
humanidad; de una mujer que tiene valiosos conocimientos
de nutrición y que trabaja en ello; de una mujer que no es
indiferente ante la injusticia; de una mujer que invoca la
rehumanización de los servicios de salud; de una mujer que
ha sido extraordinaria madre y, hoy, tierna abuela de
encantadores nietos; de una mujer que trabaja talleres de
nutrición con las madres de zonas rurales empobrecidas
(situación generada por el maquiavélico centralismo); de
240
una mujer que anhela un país distinto, sin corrupción, sin
anemia, sin miseria, sin las diferencias abismales de un país
donde pocos ganan mucho dinero y los más sobreviven con
casi nada; una mujer que encuentra en el arte ‒
especialmente, en la literatura, un extraordinario valor
terapéutico‒; una mujer que ama la poesía con sentido y
con mensaje humano y trascendente (algo que los
exquisitos soslayan porque se obnubilan con el
impresionismo de la pirotecnia verbal; es decir, pura forma,
pura antojadiza abstracción). Vale recordar, entonces, al
universal poeta santiaguino cuando escribía: “Todo acto o
voz genial viene del pueblo y va hacia él”. De esa mujer,
cuyo seudónimo es Sombrita Napeluí y su nombre y
apellidos: Mercedes Uriarte Latorre, tenía que nacer, de
todas maneras, Sinfonía para la Vida.
Ahora que los heraldos sombríos de algún siniestro
inframundo se han multiplicado: en la (seudo) política, en
la insalubridad de Chiclayo y Leonardo Ortiz (por poner
dos urgentes casos), en los insensatos estilos de vida, en lo
que se come, en las adicciones que generan sedentarismo y
obesidad, en un grueso segmento de la prensa hablada,
escrita y televisada que expande masivamente, como una
plaga apocalíptica, lo más ruin de cierta gente (y, cual
perenne maldición, tales periodistas cierran ojos y oídos a
tantísimas cosas buenas), en la anti-música que exacerba
las pulsiones menos dignas del hombre, en playas y campos
severamente contaminados, en ciudades invadidas por toda
laya de autos que saturan de gases y plomo el aire que
respiramos, en los espacios laborales donde las relaciones
humanas se han vuelto alarmantemente tóxicas y adonde la
gente acude por el único interés y necesidad del sueldo;
tienen que surgir múltiples voces defensoras de la Vida
como la de Mercedes Uriarte Latorre. Contra ese oscuro,
241
monocorde y deprimente reino de Thánatos, irrumpe la
multicolor y luminosa polifonía de este libro que va a lo
fundamental, que es la defensa de lo más valioso que
tenemos: la Vida. Y la Vida, a lo largo de todas estas bellas
páginas, se manifiesta en sus diversas instancias. Una
consciencia despierta hacia este gran regalo de Dios,
Fuente Primigenia de la Vida: “Gracias a Ti, Vida, regalo de
Dios, por contar aún contigo. Te debo tanto”.
En Sinfonía para la Vida, hay una visión polivalente de
la palabra: tienen poder, son mágicas, pueden ser
terapéuticas y permiten, siendo poesía, ingresar a una
dimensión maravillosa: “Todas las artes son sanadoras; pero
ESCRIBIR y LEER POESÍA constituyen una terapia desde hace
miles de años. Los filósofos griegos y las Sagradas Escrituras
son el mejor ejemplo de ello: sus mensajes son altamente
poéticos”. “Por eso, hay que decir a PROFESORAS y
PROFESORES: ¡Abran las puertas de sus escuelas a la
POESÍA!”. Y con la palabra, Mercedes Uriarte recuerda el
mundo eterno del libro y la lectura: “Libro, cual alimento del
alma, / eres jolgorio y deleite / de los que, por PLACER, /
ESCRIBEN Y LEEN BIEN. Esta hermosa apología de la VIDA
también se expresa en los poemas referidos a elementos de
la flora. Hay, como una danza lírica donde aparecen
cantuta, quinua, cacao, café, quinua, retama, rosal y demás
flores que se aprecian no sólo en cuanto a lo estético; sino,
también, por sus propiedades medicinales: “La belleza de
las flores / expresa gozo y felicidad. / Ellas alivian los males /
y curan enfermedades”. E, inevitable y necesariamente,
surge el clamor ante los agravios que dañan la Naturaleza:
“Hoy, la Naturaleza, con furia, / desde las entrañas de la
Tierra, bramó / con enojo, odio y dolor / porque el hombre, a
la Madre Tierra, ofendió”.
242
Un tema fundamental en este libro ‒como era
previsible‒ es el de la salud. Reiteremos al lector que
Sombrita Napeluí (tierno y significativo seudónimo de
Mercedes) es Enfermera. Tal vez, uno de los pocos casos (al
menos aquí, en Chiclayo) de Enfermera-Escritora. Para ella,
hablar de vida es hablar de salud. Conoce la realidad. Y le
angustia el estado de la salud de los peruanos. Por
supuesto, sabe que una buena nutrición es un escudo
protector. Pero ni la nutrición ni, por efecto, la salud de los
peruanos alcanza siquiera los niveles mínimos de
aceptación. Mercedes recuerda que la anemia es un flagelo
doloroso y preocupante: “La anemia asola mi patria / y de
pálida tez, a la infancia, está pintando. / Un decolorado y
deslucido pelo, / unos ojitos tristes que, por hambre, han
llorado”. Como un conjuro, le brota un rayo de esperanza:
“Semillitas andinas, una bendición, / hechiceras de mi cocina,
/ con mágicos nutrientes: / ¡Adiós, anemia y desnutrición!”.
De igual manera, encontramos poemas en los que busca
sensibilizar acerca de enfermedades como el cáncer, la
psoriasis, la osteoporosis. Y un poema muy particular
referido al labio leporino y al milagro de la ciencia médica
que puede revertirlo: “Ya borraron las tinieblas de tu rostro
lastimado / estos Ángeles de Dios, mi niño fisurado. / Hoy,
lucir ya puedes/ la nueva sonrisa que, en tu rostro, han
dibujado”. En un plano más simbólico (relacionado con la
biblioterapia), la poesía es también un fármaco. Y
prescribe: “Leamos poesía y mitiguemos el dolor. / Sanemos
el alma / de las enfermedades de hoy”. Sanemos el alma,
predica Mercedes. ¿Y no es cierto, acaso, que cuando
escuchamos buena música, vemos una excelente película o
leemos poesía, sentimos que se alegra el corazón y se
regocija el espíritu? Justamente, el gran Wolfgang Goethe
recomendaba que, cada día, se escuche buena música, se lea
243
un excelente libro y se aprecie una bella pintura. Es el valor
terapéutico del arte.
El poema dedicado (In memoriam) a Angélica Alva
León expresa dolor y protesta. Dolor profundo por el
fallecimiento de una Enfermera de cualidades humanas y
espirituales realmente extraordinarias. Una persona que no
miraba horario, que se olvidaba incluso de sí misma en su
bendito propósito de dar alivio y consuelo a los que más
sufren, a los enfermos en quienes no veía una obligación
laboral, sino a hermanas y hermanos que necesitaban
afecto y alivio a tanto sufrimiento. Y el poema destila
protesta y justa indignación porque esa gran mujer que fue
Angélica Alva León no recibió el auxilio médico que
debieron darle. Ella que dio, a manos llenas y sin medida,
tanta atención, falleció sin recibir los cuidados que
necesitaba: “A esta Enfermera / que ha dado tanto, tanto…,
hace pocos días, / cuando la vida se le iba, / todo se le ha
negado. / Abrigo la esperanza de que tu partida / horade la
conciencia de aquellas personas / que SERVICIO
HUMANIZADO tanto propalan. / Sin esto, ¿de qué sirven
Maestrías y Doctorados? Mercedes, entonces, parece
condensar los múltiples reclamamos de los pacientes de
tantas partes del Perú y enuncia así: “En la Sala de
Emergencia / del Hospital de SIN FIN, / sobre una fría y
desteñida banca, / los enfermos esperan atención”. En este
mismo sentido, en el poema “Historias perdidas” escribe:
“¿Hasta cuándo los pacientes / tienen que esperar? / ¡Urge
una REORGANIZACIÓN TOTAL / con responsabilidad y
autoridad!”.
Ojalá, este libro llegue a las manos de muchos
médicos y enfermeras puesto que las reflexiones de
Mercedes tienen la bella cualidad de sensibilizar acerca de
244
la humanísima función que han de cumplir los
profesionales de la salud. “Hermanos, / hagamos un
colectivo lambayecano / para encontrar el servicio humano
perdido / y defender la salud de nuestros hermanos”.
Imposible no citar el poema titulado “El enfermo”: “el dolor
y su soledad se acrecientan. / El enfermo se agita en la cama
/ mientras, a sus oídos, llega el sollozo / de otros, en la
misma sala”.
A sus colegas enfermeras, en quienes deposita su
esperanza, dedica estos versos: “Expresar el significado de
ser Enfermera (…), ¡imposible! / No alcanzarían las palabras
del lenguaje universal / ni el mejor diccionario con
sinonimia particular. / Faltarían días, horas, meses y años
del calendario lunar / para aquilatar sus cualidades y
habilidades / de arte y ciencia profesional”.
En el hermoso poema “Pulgarcito a su mamá”, se
asume la defensa de los aún no nacidos que corren el riesgo
final de no nacer: “Pero, protégeme, Mamá. / Soy un
hombrecito de verdad. / No dejes que me priven de la vida /
antes que tu rostro pueda yo besar”. Y, como no podía faltar,
Uriarte cuestiona la vida llamada moderna en lo
concerniente a qué se come, a los alimentos procesados, al
sedentarismo, al divorcio del hombre con la Naturaleza. Y,
por todo ello, aconseja: “Pisemos los frenos, / aparquemos
este taxi veloz, / inyectemos soplos de vida, / ¡disfrutemos
con el mar y el sol!”.
Mercedes parece querer cerrar (al menos, por ahora)
la indispensable reflexión acerca de la salud con el ensayo
“Alimentación saludable”. De la lectura de éste, se pueden
desprender varias conclusiones. Particularmente, esta: Que
ya es tiempo que el Ministerio de Educación establezca
245
como asignatura obligatoria, en todos los colegios del país,
la CULTURA NUTRICIONAL (puede tener éste u otros
nombres). Es simple sentido común. Si queremos tener una
población no sé si decir más sana o menos enferma,
empecemos por enseñar algo tan básico como es la correcta
alimentación. Por supuesto, contextualizado con los
productos agrícolas de la zona y con las condiciones
económicas. ¿No sería hermoso ver a nuestros alumnos
que, en vez de comprar y beberse una gaseosa, prefieran
una limonada baja de azúcar? Una asignatura como la que
llamamos Cultura Nutricional no es cuestión de banales
saberes. ¡Se trata de conocimientos útiles para toda la vida!
Por ello, Mercedes Uriarte es enfática:
Sólo si empezamos desde la cocina de cada hogar,
podremos detener o frenar el avance de las
enfermedades modernas. Y las políticas de los
gobiernos deberían estar dirigidas hacia una educación
nutricional desde cada escuela como la única forma de
poder cambiar la salud de los pueblos, de las regiones,
de la nación y del mundo entero. Aquí, el proverbio
chino es más que elocuente: “No busquemos al padre de
la enfermedad si sabemos que la madre es la señora
dieta”.
En otro momento, Mercedes alude la tragedia
peruana de los jubilados. Tal vez, seamos el país
sudamericano donde menos se valora el esfuerzo que ellos
brindaron: “¿Dónde están los Derechos Humanos? / María,
Juan Pueblo, los cañeros / y todos los jubilados exigen
respeto: / ¡ellos pagaron, por anticipado, su derecho!”. De
igual modo, su sensible percepción toca el problema del
friaje: “¡sus cuerpecitos están congelados! / Los niños y los
ancianos de aquí, abajo, / mueren por indolencia. / Mueren
246
por negligencia y sin abrigo / de los de arriba, ésos que
venden su conciencia”. Hay un momento en que la autora
siente el amor y el dolor por la patria, por sus problemas,
aunque también ‒como diría Jorge Basadre‒ por sus
posibilidades. Le brota el coraje, el compromiso y la
emoción de sentirse hija del Perú: “¿Qué más harán de ti,
PATRIA amada, / si te han subastado y despojado / los
buitres de cuellos blancos; si hasta / el cuerno de la
abundancia te han expoliado! / En tu BICENTENARIO, Patria
mía, / con los colores de tu bandera, defenderemos / tu
tierra, tu dignidad, tu futuro, por ser / el país más bello de
América”. Y es hablando de la sufrida y querida patria que
recuerda Mercedes las virtudes de nuestros héroes que la
historia registra con admiración y agradecimiento: Micaela
Bastidas, María Parado de Bellido, Miguel Grau, el
Libertador José de San Martín.
He dejado para el final otro de los grandes temas de
Sinfonía para la Vida: la familia. Y es que hablar de mejor
vida, para Mercedes Uriarte, es hablar de mejores familias.
En emotivos poemas y en coloridas cartas (un recurso tan
antiguo como bello, que desafía a los imperantes WhatsApp
y Facebook), Mercedes plasma, con lenguaje pulcro y
ameno, sus mejores sentimientos, sus más doradas
emociones de orgullosa nieta, de tierna hija, de cariñosa
hermana, de atenta sobrina, de amorosa madre, de
nostálgica esposa y de dichosa abuela. Son poemas que no
solamente colmarán de emoción a los lectores; sino que
además, les harán recordar el infinito valor de la familia.
Hoy que el neoliberalismo (que establece la monstruosa
dictadura del capital) ha hecho trizas tantos valores
humanos; hoy que vivimos un proceso inocultable de
alienación en tantos aspectos de la vida humana;
entendiendo aquélla como la profunda desnaturalización
247
del ser humano que bloquea las opciones de fraternidad,
justicia, solidaridad y vida familiar, resulta particularmente
hermoso que Mercedes Uriarte alce su voz de mujer digna y
de madre abnegada para proclamar el rescate de la familia,
del amor, de la ternura, del diálogo sanador en casa, entre
hermanos, entre padres y abuelos con hijos y nietos.
Mercedes no ha dejado que la vida citadina y la supuesta
modernidad apague en ella el sentimiento familiar tan
fuerte de la cultura andina. En tal sentido, nótese, por
ejemplo, que Sinfonía para la Vida está dedicada a sus muy
queridos nietos (“Hojitas de otoño”). Rápidamente,
mostremos al lector algunas pinceladas mercedinas
referidas al cálido ámbito familiar. Testimonio de orgullosa
nieta: “Hoy, los sombreros son de uso universal, / de tela, de
fieltro, de paja, / de junco y hasta sintéticos / Pero, señores,
tales sombreros, / ¡no son como los de mi abuelo!”. Una carta
de tierna hija: “Eras cual roble que se yergue en la espesura
de las montañas. Siempre, con la dulzura inefable de tu
sonrisa; tu sabia razón que, con palabras mágicas, resolvía
todo. Tus manitas, tan suaves como la seda; tu
ondulado cabello, cual hilos de plata con los que tus nietos
jugaban”. “Cómo olvidar tu dulce mirada / y cuando tus
manos / mis cabellos entretejían / mientras mil consejos me
dabas”. Lirismo de cariñosa hermana: “Estas cuatro mujeres
son mis hermanas / que escuchan con los oídos del alma; /
llenas de sabiduría y, siempre, cercanas. / ¡Gracias, Señor,
por, a mi lado, tenerlas!”. Salutación de atenta sobrina: “Tía,
¡cómo no darte, hoy, nuestros saludos en este día tan
especial, si eres única y excepcional!”. Líneas de una bella
carta de amorosa madre: “Hijo: hoy, te escribo estas notas
porque he sentido la necesitad y la nostalgia de hacerlo, para
decirte que eres mi hijo muy querido y precioso, que puedo
mirar tus ojos y recobrar la tranquilidad con tan sólo
mirarte”. Hay un momento en que todo parece detenerse,
248
mundo, espacio, afanes cotidianos, porque irrumpe el
amadísimo recuerdo del compañero ausente. Tal vez,
entonces, como diría el poeta místico Fray Luis de León, los
ojos habrán de desprender largas venas de recóndita
soledad, de mil evocaciones e infinita nostalgia: “La última
taza / del aromático café caliente / quedó / servida / sobre
nuestra mesa. / El aroma desapareció / con la sombría
bruma que nos envolvió. / He vivido ese mismo dolor dos
veces”. “Recuerdo la vida recorrida contigo. / Hoy, sé que
rectos no son los caminos. / La vida tiene sus recodos. / Hoy,
entiendo lo duro que es el tiempo”. Y, entre la perfumada
brisa y el paisaje de otoño, los versos de una dichosa
abuela: “Hojitas frescas de otoño, / bálsamos curativos /
graciosos y divinos: / ¡son mis nietos!”. Ésta es la manera,
intensamente humana, de Mercedes Uriarte, de reivindicar
a la familia; que no es otra cosa que reivindicar también y
crear consciencia por una mejor vida. Gracias, Mercedes,
por tanto humanismo, por esta nueva sinfonía literaria que
recordará, en todas y todos, que para vivir sana y
plenamente nos es dado el don de la Vida. Y, por tu clara
visión y versión de las cosas, me brota el ánimo de decirte
que tu seudónimo ya no debiera ser Sombrita; sino, más
bien, Lucecita Napeluí.
Por la Literatura, por la Amistad y la Vida: ¡Salud,
siempre!
Chiclayo, abril de 2019.
249
Siete lecciones vallejianas
La obra poética de César Vallejo
condensa tantos sentidos y valores
que incluso trasciende lo meramente
literario. Ha de ser porque la literatura
tiene la posibilidad de representar o
sintetizar toda la experiencia humana.
Ello explica los muchos y diferentes
estudios que se han realizado –y se
realizan– acerca de su obra. En este
breve ensayo, enfocaremos siete aspectos primordiales
que, de tantas maneras, sirven de legado y enseñanza para
los poetas de hoy y del mañana.
1) La consolidación de un lenguaje propio.
Uno de los desafíos principales que afronta el aeda consiste
en definir una codificación poética propia, trabajando con
los recursos del idioma que maneja. Vallejo tuvo la audacia
de sostener que el poeta tiene la libertad de crear su propia
sintaxis y, por ende, su personal semántica. Casi toda su
poesía es un formidable testimonio de ello. Los poemas de
Trilce, por ejemplo. La singularidad de Vallejo consiste en
no haber copiado a nadie, en haber trazado un camino
nuevo en la poesía en lengua española. Se alimentó, por
supuesto, de extensa e intensa lectura de cuanto libro y
poeta fueron de su interés. Pero, como dijo alguna vez, se
asomó hasta abismos insondables en su férreo propósito de
forjar una expresión poética distinta y propia, como
distinto y propio era el contenido que le urgía comunicar.
250
Recuérdese estos versos: “Quiero escribir, pero me sale
espuma, / quiero decir muchísimo y me atollo”. Por
consiguiente, uno de los estudios más fascinantes en su
poesía es el trabajo que hizo con el lenguaje. Y es que el
poeta siempre tiene asuntos particulares que exteriorizar.
Y un modo único de poetizar. Es el estilo. Es lo que hace que
el lector diferencie un poema de Manrique de otro de
Borges o de Neruda. Cada bardo representa una visión
estética y una variación, más o menos inquietante, del
código. Las palabras son material bastante dúctil en la
construcción de un poema. El aeda llega incluso a subvertir
la lengua. No es un acto arbitrario. Es la necesidad vital de
construir una vía de expresión que se ajuste al contenido
nuevo que se necesita exteriorizar. Dice Vallejo: “Cada
poeta forja su gramática personal e intransferible, su
sintaxis, su ortografía, su analogía, su prosodia, su
semántica. Le basta no salir de los fueros básicos del idioma”.
Debemos resaltar las cualidades de “personal e
intransferible”. No vale imitar. No sirve aprovecharse del
camino trazado por otro poeta. Nunca tendría el mismo
valor.
2) Del dolor individual hacia la fraternidad universal.
Como los budistas, como ciertos filósofos, Vallejo sabe y
siente que el dolor es inherente a la existencia humana. El
dolor de la gente. El dolor propio. “Dios mío, estoy llorando
el ser que vivo”. Su poesía es un tránsito de ida y vuelta
entre el sufrimiento suyo y el de los demás: el de César, el
del minero, el de los voluntarios de España,… Desde su
experiencia del dolor, Vallejo desarrolla profunda
solidaridad con el sufrimiento ajeno. A diferencia de las
personas que se aíslan en su padecimiento, nuestro aeda
santiaguino levanta la mirada y se conduele de todos los
hombres de la tierra. “Y, desgraciadamente, / el dolor crece
251
en el mundo a cada rato, / crece a treinta minutos por
segundo, paso a paso”. Desde esa constatación ontológica,
Vallejo transmite la necesidad planetaria de defender al
género humano de todas las causas del dolor. Es asumir la
Vida como el compromiso de construir una gran
fraternidad. Por eso, clama: “Y cuándo nos veremos con los
demás, al borde/ de una mañana eterna, desayunados
todos!”.
3) La sensibilidad social y política.
Como se sabe, la generación de Vallejo estuvo fuertemente
marcada por ideas y acontecimientos sociales y políticos.
No hay que olvidar que él proviene de ancestral familia
andina y de un pueblo típico de la sierra que sufre la
escasez material y la poca o nula participación del Estado.
Tampoco hay que olvidar que abrazó el socialismo como
histórica opción para lograr la reivindicación de los pueblos
olvidados y de los que menos tienen. Así, pues, aun cuando
Vallejo observaba lo erróneo que resulta pretender
someter el arte a la arbitrariedad y dogmas partidarios,
también entendió que sí era posible abordar literariamente
la realidad social y política. En tal sentido fue que escribió,
por ejemplo, Paco Yunque y España, aparta de mí este cáliz,
de incuestionable valor literario y profunda crítica social y
política. En El artista y la época, Mariátegui también
alecciona: “El grande artista no fue nunca apolítico. No fue
apolítico el Dante. No lo fue Byron. No lo fue Víctor Hugo. No
lo es Bernard Shaw. No lo es Anatole France. No lo es Romain
Rolland. No lo es Gabriel D'Annunzio. No lo es Máximo Gorki.
El artista que no siente las agitaciones, las inquietudes, las
ansias de su pueblo y de su época, es un artista de
sensibilidad mediocre”. Similar mensaje expresa César
Hildebrandt cuando reclama que los artistas e intelectuales
peruanos abran los ojos ante la realidad nacional e
252
internacional y se atrevan a salir de su “autismo estético”
para cuestionar los terribles antivalores que dominan el
país y el mundo de hoy. Y complementa Vallejo: “El literato
a puerta cerrada, no sabe nada de la vida”.
4) Identidad, ismos e ideología.
Vallejo mantuvo férreamente su identidad ante la marejada
de los ismos e ideologías. Fue un defensor de la
autenticidad y un adversario de toda forma de alienación
del hombre. Aún dentro del socialismo, se preguntaba por
cuál producción artística merecía el nombre de arte
socialista. Sabemos que dedicó un libro entero a esos temas
tan polémicos. Existen versos que revelan dichas tensiones.
Ante los ismos: “Un cojo pasa dando el brazo a un niño. /
¿Voy, después, a leer a André Bretón? (...) Un paria duerme
con el pie a la espalda./ ¿Hablar, después, a nadie de
Picasso?”. Contra la alienación deshumanizante: “pelear por
todos y pelear/ para que el individuo sea un hombre, / para
que los señores sean hombres, / para que todo el mundo sea
un hombre”. Habiendo visitado, pensado y sentido Rusia en
los ardorosos años de la utopía y construcción de una
sociedad justa y solidaria, reflexionó hondamente respecto
de la naturaleza del nuevo arte. Por supuesto, no aceptó el
facilismo de los axiomas simplificadores y creyó, más bien,
en una experiencia más libre, profunda e integral.
5) Extraordinaria y consistente originalidad.
Un aspecto que impresiona enormemente a quien lee
atento a Vallejo es su manera distinta de decir las cosas. Se
cumple en él esa idea de que el poeta ve lo mismo que
todos; pero ve diferente. Vallejo ha sido una impresionante
fábrica de originalidad. Frases, imágenes, metáforas nunca
pensadas ni escritas antes. Su manera de asociar, de
establecer analogías, de fusionar poéticamente realidades
253
aparentemente incompatibles. Es una sensibilidad intensa
y fecunda que sirve de sustrato para la estructuración de
un lenguaje que, de todas maneras, tenía que resultar
heterodoxo, insólito, vallejiano. La poesía de Vallejo
deslumbra, entre otras razones, porque demuestra cómo es
posible estructurar un mensaje poético lejos de todo
estereotipo lingüístico. Desautomatiza, drásticamente, el
uso de la lengua española, abriendo múltiples posibilidades
para la poesía en lengua española. Baste citar dos ejemplos:
“Arriero, vas fabulosamente vidriado de sudor. / La
hacienda Menocucho / cobra mil sinsabores diarios por la
vida”.
“Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como /
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; / vuelve
los ojos locos, y todo lo vivido / se empoza, como un charco
de culpa, en la mirada”.
6) Poeta con esperanza.
Hay un complejo e íntimo procesamiento del dolor en
Vallejo que, pese a todo, desemboca en una opción ‒no sé si
metafísica o política‒ a favor de la esperanza. Valiente y
ejemplar decisión de hombre y, más aún, de poeta en un
tiempo en que los escritores fácilmente caen en el
pesimismo y la angustia sin alternativa ni acción. En
“Masa”, por ejemplo, resuenan, con acento épico, capaz de
vencer todo escepticismo, las palabras de fe
inquebrantable: “Entonces, todos los hombres de la tierra/ le
rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporose
lentamente, / abrazó al primer hombre; echose a andar”.
Esperanza desde la solidaridad, cuando somos personas
libres y, al mismo tiempo, integradas a un colectivo; cuando
se constata que somos y podemos más con los demás. En el
“Himno a los voluntarios de la república”, poema con
254
desgarradores tramos de dolor, encontramos también, cual
promesa que anima la lucha por la Vida, impactante fusión
de esperanza y profecía, en versos como: “¡Se amarán todos
los hombres/ y comerán tomados de las puntas de vuestros
pañuelos tristes (...)!”. “¡Entrelazándose hablarán los mudos,
los tullidos andarán!/ ¡Verán, ya de regreso, los ciegos/ y
palpitando escucharán los sordos!/ ¡Sabrán los ignorantes,
ignorarán los sabios!/ ¡Serán dados los besos que no
pudisteis dar!/ ¡Sólo la muerte morirá!”.
7) Poeta con ternura.
Si en el poeta, como se sabe, hay una acentuación de las
virtudes humanas, es natural que la ternura sea una de sus
principales cualidades. En el caso de Vallejo, la ternura
tiene una naturaleza aún más intensa debido a dos razones
adicionales: su experiencia del dolor y su origen andino. El
sufrimiento vuelve más profundo y sensible al ser humano.
Y el hombre andino es una combinación de fuerza y de
ternura. Puede resistir, estoicamente, horas de horas en
trabajos difíciles, como lo es arar la tierra. Y puede llorar de
cariño por un becerrito recién nacido. Del dolor y de su
naturaleza andina, le viene a Vallejo una ternura exquisita,
de gran humanidad y, por supuesto, de alto contenido
poético. En breve ejemplificación, citemos los siguientes
versos:
Me viene, hay días, una gana ubérrima, política, / de
querer, de besar al cariño en sus dos rostros (...).
“Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita /de
junco y capulí”.
“(...) ver a los pobres, y, llorando quedos, / dar pedacitos
de pan fresco a todos”.
255
“Verano, ya me voy. Y me dan pena / las manitas sumisas
de tus tardes. / Llegas devotamente; llegas viejo; / y ya no
encontrarás en mi alma a nadie”.
Hay tiempos en que los poetas parecen barcos un poco
perdidos en alta mar. Es bueno, entonces, un faro que
ayude a encontrar el camino. Eso es Vallejo. Entre tantas
razones, por los siete aspectos anteriormente explicados.
256
Salud:
Un tema que nos concierne a todos
Igual que la economía, la educación
o el trabajo, la salud es un tema que
nos concierne a todos. Cada uno de
nosotros tiene algo, o mucho, que
decir. Desde nacer, nuestro cuerpo
vive oscilando entre el bienestar y
las dolencias (leves, más o menos
serias, complejas o terminales, según
sea el caso). Pero la cuestión de la
salud se presenta con una
multiplicidad de aspectos. Hay una
experiencia personal. Hay un aspecto que nos remonta a la
evolución de la medicina. Hay un fuerte asunto económico.
Hay un aspecto social. Hay una cuestión científica. Hay una
polémica ‒al menos, un diálogo accidentado‒ entre las
medicinas tradicionales o alternativas y las farmacológicas
o científicas. Hay el conflictivo sustrato político cuya
sección más visible son los programas de salud del Estado.
Hay el irresuelto problema de la salud pública (una
inversión que el FMI, maquiavélicamente, detesta e instruye
a sus gobernantes sumisos en consecuencia). Y todo, de
vital importancia para la salud de las personas y de los
pueblos. Hoy, la realidad nos muestra que el estado de salud
de la población muestra un estado crítico: desnutrición,
tuberculosis, ansiedad, neurosis, incremento de la
depresión y demás dolencias mentales, anemia, parasitosis,
el cáncer, la diabetes, hipertensión, el sobrepeso incluso
257
prematuro, las adicciones a la tecnología y a los juegos, son
parte del sombrío panorama actual de nuestro país. Vale
enfatizar que la salud, igual que el mundo laboral y la
educación, es un tema atravesado por las variables sociales,
económicas y políticas del Estado peruano. Una sociedad en
crisis como la nuestra, genera, por desgracia, una situación
de la salud también en crisis. Es tan evidente. Una simple
observación en la ciudad de Chiclayo, nos permite constatar
cómo el rubro que más (alarmantemente) crece es el de las
empresas farmacéuticas. El año pasado, yo estuve en
Cuenca, en Quito y en Loja, y quedé sorprendido de ver que,
en el centro de estas ciudades no existen tantas farmacias
como aquí, en Chiclayo o en otras ciudades del Perú. ¿Por
qué? Muy simple: se trata de Calidad de Vida. Se trata del
cuidado del Medio Ambiente. Se trata de decisiones del
Estado (en favor de la gente) con fuertes inversiones en el
sector salud ‒sin corrupción‒: en limpieza y ornato de las
ciudades, en crear y mantener muchas áreas verdes; en
fomento del deporte, las artes y la recreación (con toda la
infraestructura y oportunidades que conlleva), ¡en cultura
nutricional! Ya nos recuerda Mercedes Uriarte, enfermera y
poeta, al viejo Hipócrates cuando destaca que el alimento es
el primer medicamento. Conmueve ver en Chiclayo a tantas
personas entrando y saliendo de boticas y farmacias, a
nuestros familiares, nosotros mismos, comprando, una y
otra vez, los fármacos que alivien las dolorosas, y costosas,
enfermedades. Los antibióticos, los antiinflamatorios, los
antipiréticos, los analgésicos, los ansiolíticos, los
antidiarreicos, los antialérgicos, las vitaminas, son el pan de
cada día, en nuestra vulnerable población expuesta a
permanente contaminación (con municipios cuyas planillas
no fallan; pero que desprecian el derecho a la higiene, a la
salud y al buen ornato; baste dar una mirada al distrito José
Leonardo Ortiz), con debilitado sistema inmunológico,
258
sufriendo el estrés laboral y de los tantos apuros de esta
vida agitada, a las comidas con escaso cuidado de higiene o
con agregados químicos, nocivos para la salud. Me viene,
entonces, inevitable y justa, el humanísimo y universal
reproche de nuestro hermano, en el dolor y la esperanza,
César Vallejo:
Jamás, señor ministro de salud, fue la salud
más mortal
y la migraña extrajo tanta frente de la frente!
Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,
el corazón, en su cajón, dolor,
la lagartija, en su cajón, dolor.
Crece la desdicha, hermanos hombres
No sabemos qué alcances tendrá este libro; pero sí
sabemos que cada uno de los autores, hombres y mujeres
sensibles, han dicho lo que tenían que decir, desde la
angustia, desde la digna cólera, desde el consejo sabio,
desde la información reveladora (como la de Germán
Aurich), desde los alcances de la historia (con Miguel Díaz y
Alex Chávez), desde la talentosa didáctica (en los felices
poemas del piurano Gregorio Maza), desde el
imprescindible ámbito legal, desde la remembranza de las
curaciones tradicionales (con Raúl Ramírez, Martha
Santamaría, Cecilia López Siesquén y Rosa Peralta), desde
el justo y necesario reclamo (de Violeta Cubas) por la salud
pública), desde las reflexivas canciones (Manuel Rivas y
Mario Vizconde), desde la crítica objetiva, desde la
narración y la poesía (que, como todo escritor sabe, es
pasaporte para ingresar a cualquier terreno. ¿No escribió
Neruda odas al pan, a las piedras, a la madera e incluso a la
cebolla?), desde las brillantes dilucidaciones ‒redactadas,
siempre, con destellos de filosofía‒ del culto médico Julio
259
Novoa, en tres discursos que, de todas maneras, calarán en
la mente de sus colegas; más aún, de las nuevas
generaciones. No voy a hacer un recuento minucioso. Ya
será tarea del comentarista, analista o crítico bibliográfico.
No digo crítico literario pues, como el lector puede
constatar, este libro, por la naturaleza del tema, rebasa el
ámbito de la literatura.
Quiero hacer mención a algunos puntos que, ayer
nomás, mientras pensaba qué escribir en estas carillas, no
siendo yo médico, sino hombre de letras (aunque, según se
dice, hay arte en la medicina y en la literatura; me recuerdo
que, en la antigua Grecia, quien quería ejercer la medicina,
debía, necesariamente, tener habilidades musicales). Lo
primero es decir que todos, en algún momento, tenemos
una etapa de gran atención, e indagación, respecto de los
temas de salud. En mi caso, fueron las lecturas, las
conversaciones y cierta aproximación a grupos de
búsqueda espiritual. De lo tercero, resultó mi decisión de
optar por el vegetarianismo; no tanto como garantía de
salud (aunque, bien llevado, los estudios indican que la
favorece); sino como práctica del respeto y la ahimsa (en
sánscrito: no violencia) hacia los animales, “los hermanos
menores”. Tal vez, tomando como ejemplo a maestros tan
valiosos como Srila Prabhupada, Mahatma Gandhi, Tolstoi,
San Francisco, Einstein, Emerson, etc. Lo segundo, como en
todos, es ir aprendiendo y aplicando, a lo largo de toda la
vida, ese conjunto de buenos cuidados para estar bien de
salud (frase ésta que asocio al programa y al incansable
magisterio del versátil Dr. Juan Pérez Albela, con su
permanente y filantrópica consejería para, precisamente,
estar bien de salud. Él es un médico cuya mente no acepta
muros ni dogmas lo que le permite aprender de múltiples
fuentes y tradiciones como, por ejemplo, la meditación y los
260
recursos terapéuticos orientales. Tengo, nítida su imagen,
pronunciando el mantra Om; o recordando la vital
importancia del ejercicio. Él dice: “El deporte da porte”, en
uno de sus tantos juegos verbales que sintetizan grandes
verdades. Aconseja, también, la música. Decía que las
melodías en violín tienen la virtud de limpiar el aura y que
los valses de Strauss son antidepresivos. Es lo que se llama
Musicoterapia. También le oí decir: “La comida debe tener
sabor, olor, color, ¡y mucho amor!”. O: “Saludar es dar salud”.
En casi todas las librerías, es posible encontrar alguno de
sus aleccionadores libros: el del ayuno, el de las palabras,
acerca de la alimentación, etc., que confirman la sapiencia
profunda y diversa de este noble médico que, desde hace
varias décadas, en charlas, en radio, en televisión, ha hecho
una labor de consejería médica integral, masiva y
extraordinaria.
Pero es, también, conversando ‒en ejercicio de esa
mutua enseñanza y aprendizaje del que hablaba el
pedagogo Paulo Freire‒ que todos hemos asimilado
información para el cuidado de la salud. Por ejemplo: mi
buen maestro de la primaria, el Profesor Portilla, nos
hablaba de la importancia de solearse en la hora adecuada:
“Mis estimados alumnos: sepan, ustedes, que donde entra el
Sol, ya no entra el médico”, haciendo alusión a la
Helioterapia, a las bondades terapéuticas del “Hermano
Sol”, como decía el Santo de Asís (será por eso que, en
India, cuna del Ayur Veda y de tanta sabiduría, existe, desde
hace siglos, el Surya Namaskar, el Saludo al Sol).
Dialogando, insisto, se aprenden muchas cosas: qué es
bueno para la gastritis, qué cura los hongos, cómo combatir
el insomnio, qué cosa tomar para el dolor de cabeza (todo
buen médico, en este caso, advertirá del riesgo de la
automedicación; pero, cuando no hay cien soles para la
261
consulta o cuando sacar una cita en EsSalud o el SIS resulta
complejo y obliga dejar el trabajo; o, peor aún, cuando no se
tiene ni dinero ni seguro social, no queda otra que tomarse
la pastilla que le hizo bien al hermano o al amigo).
Una tercera opción para ir obteniendo cultura de
salud es, por supuesto, la lectura. Los libros, ahora y
siempre, son fuente de conocimiento infinito. Precisamente,
es de los libros que los médicos aprenden a ser médicos (y
de la praxis). Tengo, en feliz recuerdo, varios libros sobre
salud, para mí, maravillosos: El primero se titula Su salud
está en sus manos / El camino hacia la salud y la
felicidad (2000), del cardiólogo hindú Krishan Chopra
(nada menos que papá del mundialmente conocido Deepak
Chopra, de quien hablaré líneas más adelante). Ese libro es
un sabio compendio de preciosas recomendaciones para la
salud integral, abordando aspectos esenciales como: la
autorrealización, la alimentación, el altruismo, el sueño, el
deporte, el yoga, el pensamiento positivo, recomendaciones
para la longevidad, el impacto de la experiencia espiritual
en la salud (de lo que también nos habla, aquí, Enrique
Elías Jiménez, aportando una estadística: “quienes leen la
Biblia y oran permanentemente tienen un 40% menos de
enfermedades. Esto equivale a ir más allá de lo material”.
Krishan Chopra, en su hermoso libro (carátula blanca,
franja celeste con simbólica flor de loto), nos habla también
del beneficio de las artes; especialmente, de la música;
asimismo, del poder de la oración, entre muchas cosas más.
Otro libro que aprecio mucho es El libro de la salud mental
(1993), del extraordinario Ramiro Calle, un experto en
Hata-Yoga, conocedor de mucha filosofía oriental, amigo de
grandes maestros espirituales, tanto budistas como
hinduistas, practicante de la meditación (en este recodo,
seguramente, más de un escéptico y ortodoxo de rígida
262
academia y monolítico pensar, dirá que incurro en
tradicionalismo anticientífico. Si así fuera, ruego las
disculpas del caso; pero debo recordar que, cada vez más, la
ciencia se interesa por la meditación y que hay astronautas
que son entrenados en Hata-Yoga; que, por ejemplo, Daniel
Goleman, el gran difusor de la inteligencia emocional,
estudia científicamente los beneficios de la meditación para
la salud mental y corporal. Goleman mantiene diálogo, en
este sentido, nada menos que con la máxima autoridad
espiritual del Tíbet: el Dalai Lama, de quien se conoce su
especial interés por la ciencia). Creo, modestamente, que El
libro de la salud mental debiera ser leído atentamente por
psiquiatras y psicólogos. Aprenderán cosas valiosas que, en
las aulas universitarias, quizá, ni siquiera las comentaron.
No es un libro convencional de psicología; pero, doy fe que
encierra mucha sabiduría. Ese libro nos habla, por ejemplo,
de las altas cualidades desarrolladas por un jivanmukta
(liberado-viviente): su vida no está afectada por la
dinámica apego-aversión, está establecido en la
ecuanimidad, no teme, no espera, vive en el gozo interior,
es sereno, amoroso y compasivo, no le afecta ni el insulto ni
el elogio, está libre de ego, es sencillo “y se recrea en la
sabiduría”. De ese libro, aprendí el valor de la compasión, la
necesidad de estar en paz con uno mismo, la tarea
perentoria de derrotar al ego (asunto que también aborda
David Fischman, en su excelente libro El secreto de las siete
semillas). Me acuerdo también de Wayne Dyer (el psicólogo
que corría doce kilómetros diarios), no tanto en Tus zonas
erróneas; sino en La fuerza del espíritu (2002). Yo pienso
que Dyer evolucionó de la psicología convencional de
Occidente (valiosa e imprescindible, por cierto), hacia la
sabiduría de Oriente. Tanto Krishan Chopra como Dyer
explican la profunda importancia del Amor y de Dios. Dyer,
desde un enfoque espiritual muy lúcido, solía decir: “No
263
creo que Jesús enseñara Cristianismo; Jesús enseñaba
bondad, amor, compasión y paz. Lo que digo a la gente es: no
seas cristiano, sé como Cristo; no seas budista, sé como
Buda". Y es entonces que pienso en Mahatma Gandhi
cuando decía que una de las fuentes principales de la salud
es tener un corazón puro (algo, seguramente, cierto, dirán
algunos; pero difícil de concebir en una sociedad tan
descompuesta como la actual). Pero, más allá de todo, nadie
quiere enfermar, puesto que la enfermedad es uno de los
momentos más tristes de la existencia. Enseña el Dalai
Lama que si algo hay de común entre los seres humanos, es
que todos queremos ser felices y todos evitamos el
sufrimiento. Pero, la enfermedad, en algún momento, llega
y trae dolor. Es entonces que uno se enfrenta con la
realidad (económica, de servicio de salud, de diagnóstico y
pronóstico, las prescripciones y etcétera). Conscientes de
ello, en países más avanzados que el nuestro, ha surgido la
tendencia de la salud preventiva. Prevención que significa
crear condiciones materiales e inmateriales para favorecer
la buena salud: calles limpias (Cuenca es un ejemplo de
esto), tráfico ordenado, control de emisión de gases tóxicos,
práctica de deporte con infraestructura deportiva pública.
Se dice que el matemático y profesor de filosofía Antanas
Mockus, ex candidato presidencial en Colombia, siendo
alcalde de Bogotá, redujo significativamente la violencia
juvenil, una grave enfermedad social, con dos grandes
remedios: mucho arte y mucho deporte. ¿Acaso no es cierto
que nuestros niños y jóvenes peruanos, especialmente, de
los sectores populares, anhelan parques, jardines y campos
deportivos para recrearse y hacer deporte y para escapar
del sedentarismo que genera sobrepeso, y para liberarse
del complot antieducativo que esparce la televisión (con
honrosas, y ojalá perdurables, excepciones)?
264
Vuelvo a mis lecturas y a la medicina y la salud. Hay,
en California, un médico fuera de serie, que ha tenido la
audacia de combinar la medicina moderna, con un
conocimiento ancestral de su país: el Ayur Veda (en
sánscrito: La Ciencia de la Salud), un antiguo, variado y
profundo conocimiento védico acerca de la salud y el
tratamiento de las enfermedades. El heterodoxo médico es
Deepak Chopra, a quien cierta simplificación mediática
califica como “El médico de las estrellas de Hollywood”.
Hace algunos años, estuvo en Perú. Tiene detractores en el
mundo oficial de la medicina, consecuencia natural de
quien sale de lo establecido y se atreve a experimentar.
Acaso, su divergencia consiste en rescatar un conocimiento
ancestral (asunto que es objeto de odio, muchas veces, por
la megaindustria farmacológica, que tiene sed de oro y
moviliza grandes capitales, como indica Germán Aurich).
De Chopra podemos decir que es uno de los pioneros del
concepto Medicina Mente-Cuerpo. Deepak, que es médico
endocrinólogo, cuenta una experiencia que marcó su vida y
que le abrió un nuevo derrotero en su visión de la
medicina: un paciente decía tener un problema cardiaco.
Sin embargo, los médicos no lo creían, y con razón, puesto
que ni los electrocardiogramas ni demás pruebas
pertinentes mostraban alguna falla cardiológica. Después
de algunos días, el paciente ingresa con infarto, muy grave,
y aunque estaba en su momento final, todavía pudo decir:
Ahora, sí me creen, ¿verdad? Luego, falleció. Ese incidente
le hizo pensar a Chopra en que la mente tiene una
influencia poderosa en la salud y en la enfermedad. En su
amplio y denso libro La curación cuántica, desarrolla esta
idea. Allí, habla de las remisiones de cáncer, de cuánto
influye la actitud del paciente en su sanación, del poder que
tiene la oración en la recuperación de los enfermos, etc. En
otro de sus libros, Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo,
265
indaga respecto de la longevidad, llegando a establecer
varias constantes en las personas de larga, y saludable,
vida; entre ellas, la alegría (ser feliz incluso sin motivo,
decía algún filósofo; o subir un escaño más, ir hacia la paz
interior, como enseña Facundo Cabral), la actitud positiva,
la alimentación natural. Pero, uno de los temas de mayor
interés de este famoso médico de India, radicado en EE.UU.,
conferencista internacional, autor de decenas de libros y de
videos, es la meditación ‒una práctica que, décadas atrás,
introdujo en Occidente Maharishi y que, actualmente, en
Perú, promueve, con gran entusiasmo, David Fishman, en
su libro Inteligencia espiritual en la práctica /Cómo
aplicarla en la vida y en la empresa (2016)‒. Según Chopra,
la meditación tiene un impacto profundo y altamente
positivo en la salud de la mente y del cuerpo. Chopra podría
dar vuelta, y con razón, al viejo apotegma griego para
reformular: “Cuerpo sano, en mente sana”. Somos lo que
pensamos. La meditación crea un espacio de silencio y de
paz interior que repercute en el bienestar mente-cuerpo. Es
la razón, sin duda, del elocuente título (y del contenido) del
libro autobiográfico: ¿Yoga o Clonazepam?, de Jessica Vega-
Puch. Creo, firmemente, que la medicina científica y la
medicina tradicional (con conocimientos como la
acupuntura, el Ayur Veda, la meditación, el Hata Yoga, el
Tai-Chi, la fitoterapia y demás alternativas), no deben
excluirse; sino complementarse. Pero eso sólo puede
suceder cuando la medicina esté al servicio de la
humanidad y no del capital. Finalmente, el avance de la
humanidad se produce gracias a la acumulación de saberes
y descubrimientos de todo lo que es bueno para la vida.
Traigo a colación un sorprendente dato que el Dr. Miguel
Ángel Huamán incluye en este libro: “La Declaración de
Beijing, de la Organización Mundial de la Salud (OMS),
marcó un hito en el reconocimiento de la necesidad de
266
integrar la medicina tradicional en los sistemas nacionales
de salud”.
Y bueno, habría que hablar de otros tantos libros,
incluidos los de autosuperación, también llamados de
automotivación. Sé que, en los predios estrictos de la
comunidad literaria y académica, tales libros ocasionan
ambigua valoración; empero, desde el punto de vista
psicológico, pueden propiciar en el lector una suerte de
psicoterapia. Por eso es que se habla de biblioterapia. ¿No
es cierto acaso que, para muchas personas, un buen libro
fue crucial para su desarrollo personal? Yo recuerdo que, al
final del año escolar, cuando preguntaba a mis alumnos
cuál de los libros leídos les había gustado más, muchos
mencionaban títulos del rubro de autosuperación, de
autores como Torres Pastorino, Og Mandino, Cuauhtémoc
Sánchez, etc. Y no se crea que rechazaban libros de índole
“más literaria”. Sabían disfrutar también de Hermann Hesse
(Siddharta), de Gibrán (El profeta), de García Márquez (El
coronel no tiene quién le escriba), por mencionar algunos.
Y recordando otros libros de interés médico, tendría
que citar, con el mismo agrado, un libro del Dr. Elmer
Huerta, peruano que fuera Presidente de la Sociedad
Americana del Cáncer. Se titula La Salud ¡Hecho fácil! /
Consejos vitales para llegar a viejo, ¡lo más joven posible!
(2012), que contiene, también, un conjunto de valiosas
orientaciones para el bien de nuestra salud.
Salud, ¿adónde vas? / Por la defensa de la Salud y la
Vida plantea a los galenos un rotundo ¿Quo vadis?, en
cuanto llama a la reflexión, asunto imprescindible en toda
acción humana, para esclarecerse respecto de lo que se
hace, para qué se hace y cuál es el sentido final del ejercicio
267
profesional. Al mismo tiempo, este libro muestra una
variada óptica de la salud en nuestro país. Aparecen aquí
los aportes de profesionales de la salud y de otras
disciplinas y ocupaciones. Hay psicólogos, enfermeras,
escritores, estudiantes universitarios, docentes, etc. Este
libro ha ido gestándose en tres intensos meses y
terminándose en los últimos días de octubre, por feliz
coincidencia, en el mes del Señor de los Milagros y el mes
de la Medicina Peruana, alrededor de la figura, sacrificio y
ejemplo del Mártir de la Medicina Peruana, Daniel Alcides
Carrión García, a quien rendimos nuestro mayor homenaje,
junto a las otras tres figuras epónimas de la Medicina
Peruana: Hipólito Unanue, Cayetano Heredia y Manuel
Núñez Butrón. Por supuesto que hay una larga lista de
médicos ilustres, con extraordinarios aportes a la medicina
nacional, en sus respectivas especialidades. Este libro
constituye, también, un homenaje a los médicos dignos,
honestos y cabales, aquéllos que no pierden sensibilidad
humana y tampoco renuncian al sueño de un Mundo Nuevo.
Es un homenaje a todos los profesionales de la salud, que
ayudan, con cerebro y corazón, a aliviar el sufrimiento de
los pacientes, dándoles esperanza, palabras positivas y
calor humano. Y, cómo no, esta publicación está dirigida, de
manera especial, a las nuevas generaciones de médicos, a
los jóvenes que están llamados a seguir defendiendo la
Salud y la Vida, ahora y siempre.
He de terminar diciendo que, a mis diecisiete años, en
mi Colegio Mater Admirábilis, alguna vez, asomó, por allí, la
ilusión cándida y peregrina de ser médico. No lo soy. Me
dedico a escribir libros, procuro hacer literatura. Pero sé,
en mi corazón, que gran parte de lo que publico intenta ser
una especie de bálsamo para mis lectores. Por ello, anhelo y
sueño también que, en mis libros, exista siquiera un átomo
268
de la dulce “brisa del Shalom” que encontraba Carlos
Alberto Seguín en la formidable obra literaria de Kalhil
Gibrán, uno de mis grandes maestros. Así que, de algún
modo, pretendo ayudar a “sanar” ‒en algo siquiera‒ el
ánimo de mis lectores. No con fármacos, ansiolíticos o
complejos vitamínicos (que, a veces, son ineludibles); sino,
modestamente, con los recursos de la ficción, de la poesía y
de sueños infinitos, como el de una patria nueva, con gente
sana y fuerte, que pueda ser próspera y feliz. Y que
destierre la injusticia y el dolor para siempre.
Chiclayo, octubre de 2017.
269
César Vallejo:
Una obra poética multidimensional
Todavía resulta natural
preguntarse de dónde le vino tanta
genialidad al hijo ilustre de Santiago
de Chuco. Estamos frente a un
legado poético que ha suscitado la
atención de intelectuales de todo el
orbe. Aparte de los homenajes
culturales, justos y necesarios, de
este 15 de abril, un especial acto de
valoración ha de ser nuestra
voluntad de releer y, acaso,
redescubrir a Vallejo al interior de
su inmarcesible “bosque de latidos y esperanzas”, como era
que conceptuaba líricamente Heraud a la poesía. El
misterio del valor literario de CV puede explicarse en virtud
del conjunto de dimensiones que aglutina su obra. Una
sensibilidad extraordinaria, un compromiso con la
humanidad entera y una alta solvencia intelectual tenían
que haber producido una poesía de tantos méritos y de tan
alta significación. Cada lector, en cada tiempo, puede
encontrar una resonancia y un sentido personales. La
naturaleza polisémica de la poesía abre un conjunto de
interpretaciones que se sustentan no sólo en la personal
competencia literaria; sino, además, en la experiencia
concreta de la vida (que incluye un contexto económico y
social específico). La poesía de Vallejo tiene, precisamente,
270
eso: una fuerte conexión con las múltiples esferas de la
vida. Hay una dimensión familiar (verbigracia, en “A mi
hermano Miguel”). Para el mundo andino, del que procede
nuestro aeda, la familia tiene un valor esencial. Hay una
dimensión del lenguaje en cuanto a la profunda innovación
que operó CV en la lengua española para la gestación de un
código lírico propio. Trilce es todo un símbolo de ello. En
España, aparta de mí este cáliz, encontramos, en primer
plano, la intensa dimensión política (asociada al tema
ideológico e, incluso, histórico). Hay un aspecto teológico
(quizá, no muy esclarecido aún y, a veces, mal simplificado).
Hay una dimensión ontológica, metafísica, la batalla
existencial siempre, el sentimiento amoroso. Hay un
aspecto referido a lo biológico y, también, a lo erótico. Hay
una base de peruanidad y de estirpe andina tan gravitantes
en el discurso poético. Evóquese, al respecto, el enfoque de
Mariátegui contenido en los 7 ensayos. Arturo Castañeda
(poeta peruano que estuvo por Francia e India) ponderó el
texto “Hallazgo de vida” (de Poemas humanos) como uno de
los más valiosos. A juicio de él (que postula una lectura
metafísica o espiritual), “Hallazgo de vida” sería el producto
de un singular instante de supraconciencia en Vallejo. Lo
que significa entrar a un plano (para algunos, ilusorio)
denominado esotérico. Encontramos, igualmente, un valor
pedagógico. Y cómo no referirse al tema de la ternura,
fidedigna, humanísima, vallejiana. En este punto, habría de
estudiarse si Vallejo alcanzó también a vislumbrar el
llamado amor universal: “Masa”, “La cena miserable”,
parecen afirmarlo. Hace poco, la Editorial Cátedra Vallejo
publicó un material de extraordinario valor respecto a los
estudios vallejianos. Se trata de la colección Vallejo 2014 /
Actas del Congreso Internacional Vallejo Siempre (Lima,
2014), tres voluminosos y enjundiosos tomos que recogen
las ponencias de aquel magno evento, realizado en Lima y
271
Trujillo (incluida una visita a la casa del poeta). Esta
publicación, que elogiamos efusivamente, muestra la
pluralidad de lecturas que genera la multidimensional obra
literaria de CV. Investigadores de la talla intelectual de
Eduardo González Viaña, Camilo Fernández Cozman, Saniel
Lozano, Miguel Ángel Huamán, Marco Martos, Ricardo
González Vigil, Alain Sicard, Antonio Melis, James Higgins;
Stephen Hart, y muchos más, concurren en esta publicación
de imprescindible lectura para quienes deseen profundizar
en el humanista y perdurable universo poético de nuestro
gran Vallejo.
272
Palabras de agradecimiento
Aunque la imaginación es un recurso bastante frecuente
en el oficio de escritor, no creo haber imaginado una
circunstancia tan especial como ésta. Me parece estar
viviendo singulares instantes de realismo mágico. He dicho
varias veces que yo soy, salvando las distancias, un escritor
de psicología ribeyriana, en el sentido de conservar todavía,
en los espacios públicos, la timidez que tuve de niño y de
adolescente. Es una paradoja un poco divertida y un tanto
misteriosa: entramos a la literatura porque amamos la
tranquila soledad de la lectura y la paz del silencio (o el
silencio de la poesía como se decía que era una predilección
de Facundo Cabral), y terminamos inmersos,
inevitablemente, en la dimensión social de la literatura.
Mi eterna gratitud al Supremo Creador, Fuente de
todas las Bendiciones, a nuestros tres queridos y eternos
ángeles, a mis queridos padres, a mis hermanos de
Chiclayo, Trujillo y Cajamarca, a toda mi gran familia ‒el
273
ayllu, como decimos entre nosotros‒, a mis ex alumnos, a
mis amigos del arte, a todas y todos. Apenas ayer, como a
las doce de la noche, me dijeron en casa que la sorpresa que
estaban preparando por mi cumpleaños era nada menos
que este homenaje. Supongo que, ya mañana, me pasará
esta impresión casi onírica que siento. Los que me conocen
saben que no acostumbro presentar mis libros. Pero, ¿cómo
podía no aceptar esta consideración tan llena de hermosa
voluntad y amor familiar? Así que, aquí me tienen, más que
agradecido con todas y todos, por esta noche
extraordinaria en mi vida de escritor. Alrededor de treinta
años escribiendo a mano, primero; escribiendo en mi
bulliciosa Olivetti que compré con mi primer sueldo de
profesor contratado el año 1993. Ahora, por supuesto, todo
es computadora y demás inventos deslumbrantes.
Lo único que he hecho es hacer caso a Facundo Cabral:
“El que se dedica a lo que ama está benditamente condenado
al éxito”. Aun cuando el éxito material, en nuestro país, no
es muy compatible con el arte. Convencido también de
estar cumpliendo, entre el esfuerzo, la alegría y la
perseverancia, mi Dharma; es decir, el propósito de mi
existencia. Es para mí, siempre, un fascinante privilegio
dedicar mi vida a la literatura, en distintas facetas: como
escritor, como corrector de textos literarios, como
prologuista, como editor. Por supuesto, jamás creí que la
literatura y el arte en general sean un vano oficio. Creo,
firmemente, que la literatura y el arte pueden y deben
contribuir a mejorar al hombre y la sociedad. En esa
perspectiva, creo haber trabajado siempre.
Debo decir que, en gran medida, mi entorno familiar
ayudó a fomentar mi vocación literaria. La lectura ha sido y
es un sello de nuestra familia. En el otoño de sus vidas, mis
274
padres siguen enriqueciendo sus horas con diversos libros
y revistas; y con el diario La República, por supuesto. Mis
hermanas y hermanos, todos leen. Varios de ellos, escriben
muy bien.
Evoco, en esta feliz ocasión, a los escritores que, de una
u otra manera son mis maestros. A los que Danilo Sánchez
Lihón llama nuestros tres Apus de la Cultura Peruana:
Vallejo, Arguedas y Mariátegui; al poeta libanés Kalhil
Gibrán, que hace una excelsa fusión de filosofía con poesía
en toda su magna obra; a Tagore, poeta bengalí cuya obra
testimonia la elevación de espíritu de la India; a Mauro de
Vasconcelos, especialmente, por un libro suyo, un tanto
exótico, pero bello como es El palacio japonés. Y tendría que
mencionar a Nikolái Ostrowski, a León Tolstoi, a Pablo
Neruda, a García Márquez, a Borges, a Matsuo Basho ‒el
gran exponente del haiku‒, a Dickens, Valdelomar,
Oquendo de Amat, Blanca Varela y Juana Spyri, a Mark
Twain y Cortázar. Es decir, una pequeña muestra del
infinito universo de la literatura.
Y quiero recordar a Osho, el filósofo rebelde, cuando
explica que no se trata de fama ni de complacer el ego; sino
de vivir el gozo de ser creativos, de dejar que fluyan
nuestras energías internas para hacer un poema, un cuento,
una novela que ayuden a recordar la belleza de la Vida y la
urgente necesidad de defenderla. Los escritores tenemos la
obligación de creer que otro mundo es posible, que el
nefasto imperio del capital tiene que ser superado por la
supremacía del AMOR y la SOLIDARIDAD entre todos los
hombres y los pueblos del mundo. Un lugar y un tiempo
donde la politiquería y la corrupción sean sólo terribles
pesadillas del pasado, y desterrados para siempre.
275
Vivimos tiempos difíciles. El arte tiene que ayudar al
advenimiento de un tiempo nuevo y mejor. La literatura,
como dijo Vallejo en el Congreso de Escritores
Antifascistas, tiene el punto de apoyo para mover el mundo,
como anhelaba Arquímedes. Ese punto de apoyo nuestro es
la palabra, una herramienta formidable. Contribuir a forjar
un Mundo Nuevo, con todas las necesidades materiales
resueltas y con todos los alimentos posibles para
engrandecer nuestro espíritu. Así, como diría el poeta
Neruda, la literatura no habrá sido escrita en vano.
Muchas gracias.
276
Estimados paisanos,
estimados concursantes:
Motivos de fuerza mayor me
impiden asistir a la premiación
de los ganadores del I Concurso
de Cuento y Poesía “Mario
Gastelo Mundaca”, de nuestro
Distrito San Juan de Licupís,
certamen en el cual he tenido el
honor de ser parte del jurado
calificador. Quiero, sin embargo, a través de esta carta,
saludarlos fraternalmente y decirles lo siguiente:
Me ha dado alegría y me ha parecido muy justo que el
concurso lleve el nombre de nuestro apreciado escritor
MARIO GASTELO MUNDACA, por sus valiosos libros, por su
perseverancia, de tantos años, década tras década, en la
creación literaria. Yo he leído fascinado, desde muy joven,
dos de sus primeros libros, Bajaron al Valle y Nubes en el
viento. Son textos llenos de poesía y humanismo, emoción
social y sentimiento licupisano. Son ejemplo de trabajo
muy fino con el lenguaje y llevan un mensaje de amor
profundo por nuestra gente y por nuestra tierra.
Felicitar a todos los participantes. Cada uno de
ustedes hizo posible que este concurso y esta premiación
sean una realidad. Y tiene que volver a ser real una y otra
vez más, porque ya está claro que nuestro pueblo es tierra
de gente que ama el arte y la poesía. Se dio el primer paso,
277
el más difícil; y, entre todos, comunidad, asociación y
municipio, se puede seguir trabajando por la cultura
licupisana, como lo vienen haciendo otros distritos del
Perú. SEMBRAR CULTURA ES COSECHAR PROGRESO.
No ha sido fácil calificar trabajos rebosantes de
entusiasmo y cariño por nuestra tierra. Ha sido
emocionante leer las inspiraciones de cada lugar de
Licupís: San Antonio, Chilanlán (que conocí una vez, hace
varios años) y todos y cada uno de los poemas y cuentos
presentados. Ha sido nuestro esfuerzo tratar de elegir lo
mejor posible. Ojalá, hayamos cumplido ese propósito.
Mi mayor felicitación, en la persona del Profesor
Wilfredo Gastelo Paz, a los organizadores de este valioso
concurso. Creo que merecen el reconocimiento de toda la
comunidad. Ojalá, más personas y más apoyo se sumen a
esta iniciativa para los concursos venideros.
Reitero mi propuesta al Profesor Wilfredo y, por su
intermedio, al Sr. Alcalde, de que se publique un libro con
los mejores trabajos presentados a este concurso. Ofrezco
mi apoyo en la elaboración de dicho libro. Es la mejor
manera de perennizar este hermoso esfuerzo cultural de
tantas personas que aman la literatura.
A todos los concursantes: les animo a seguir
escribiendo. En medio de nuestros deberes materiales,
siempre es posible encontrar un tiempo para hacerlo. Y,
¿cómo no inspirarse teniendo alrededor de ustedes la
inmensa belleza del paisaje, las noches estrelladas, los
sembríos, la infinita cordillera y las flores, los mágicos
atardeceres y las aves, el agua de sus arroyos, la memoria y
el ejemplo de paisanos notables que lucharon dignamente
278
por esta hermosa tierra? Y, ¿cómo no inspirarse si somos
todos paisanos del recordado poeta Walter Armando
Fernández Mundaca, Pedro Verano; y, por supuesto, de
nuestro apreciado poeta y narrador Mario Gastelo
Mundaca?
Un fuerte abrazo para todos. Y a seguir trabajando,
siempre unidos, por la cultura y por el desarrollo de
nuestro pueblo.
279
Raíces, lirios y estrellas
del Apu Mishahuanga
A manera de prólogo.
C
¿ ómo volar, sin sentir el vértigo,
hacia las alturas y los vientos de
los que habla este libro? ¿Con qué
palabras saludar a tantos sueños y
latidos, a tanta emoción y
querencia? ¿Acaso no es cierto que
la poesía, en todos sus planos y
con cualquier ropaje, no hace sino
devolvernos a la esencia de
nuestro ser y a la claridad de los
paisajes? ¿Evocar, entonces, a
Neruda, ascendiendo por las escalas de Machu Picchu?; ¿a
Martín Adán filosofando sobre la piedra?; ¿a Vallejo en su
poema “Telúrica y magnética”?; ¿a Mario Florián cantando
su “Pastorala” o “Venadito de los montes”?; ¿o a José María
Arguedas llorando al pie de una montaña, sufriendo la
complejidad de la vida; pero, también, celebrando la
fastuosidad de los ríos y las cosechas?
Es leer cada verso, cada instantáneo relato, oliendo
las mismas flores del comienzo, sintiendo el aire robusto de
las colinas, el aleteo de los chuquiaques, los caminos
ásperos, los frutos silvestres; es volar sobre las aguas tersas
de las lagunas que combinan todos los tiempos y que
280
guardan ancestrales historias porque ancestral es el mundo
andino y el futuro nuevo que la esperanza va construyendo.
Es sentir la palabra humilde y, por humilde, poderosa;
pero con el poder de la ternura, de la reminiscencia, del
cariño fecundo, del amor vitalicio por el terruño. Es evocar
al muchacho Ernesto de Los ríos profundos en sus andanzas
por lo que solemos llamar, precisamente, Perú profundo.
Y es pensar en los tiempos prehispánicos, que nos
remontan al ayllu, la minka, los andenes y los haravicus.
Tiempos de vida comunitaria (tan opuesto al
individualismo y la atomización de la sociedad que genera,
hoy, el neoliberalismo para mejor establecer su perversa
hegemonía del capital, que es, como bien ha dicho Evo
Morales, “el principal enemigo de la vida”), de trabajo feliz,
de obras formidables, de sabia y profunda armonía con la
Naturaleza.
Y todo ocurre por la magia y el fulgor de la poesía y de
la ficción narrativa expuestas en estas sencillas y, al mismo
tiempo, emotivas páginas. Pero, más allá aún, el motivo
formal: la encomiable idea de realizar un concurso literario,
allá, en San Juan de Licupís, para convocar la creatividad y
los sentimientos de estudiantes y adultos de allí mismo;
pero también de San Antonio (mi pueblo natal, que dejé
‒físicamente, no más‒ el año 1969, antes de cumplir los dos
años, en aquel urgente éxodo familiar), de Chilanlán
(espléndido lugar que, hace muchos años, visité con mis
hermanos; no olvido la alfombra de blanquísimas nubes
hacia el fondo de los cerros y las nubes iridiscentes en el
cielo, las montañas imponentes, las piedras cuadrangulares
al lado del rústico puente y del río milenario) y, acaso, de
otros lugares igual de importantes.
281
Ha sido la iniciativa de la Asociación “San Juan de
Licupís”, la labor de un valioso grupo; y, especialmente, del
noble y entusiasta Profesor Wilfredo Gastelo Paz, a quien
saludo y felicito cordialmente. Promover un concurso
literario en la tierra de Pedro Verano (Walter Armando
Fernández Mundaca), nuestro querido poeta de Playa
solitaria, y de Mario Gastelo Mundaca (inspirado poeta
también de, por ejemplo, Bajaron al valle, y depurado
narrador en El trianto real) cuyo nombre, con todo mérito y
justicia, lleva el certamen convocado, tiene gran significado
no sólo para nuestro distrito y los concursantes, cada uno
de ellos, un valioso aporte; sino que constituye, además, un
estímulo para que otros distritos nor-andinos se sumen a
esta experiencia cultural que da relieve al terruño, a la
historia, costumbres y tradiciones, al paisaje, flora y fauna,
que es una manera de decirle a las autoridades locales,
regionales y nacionales que ya es tiempo de reivindicar a
los distritos olvidados, que ya es tiempo de impulsar, de
una vez por todas, el desarrollo de los pueblos andinos,
después de tantas décadas de postergación y centralismo.
Los niños, adolescentes, jóvenes y adultos de estos pueblos
valen lo mismo que los de Lima o de las ciudades costeñas.
Ojalá, la historia peruana comience a plantearse un
desarrollo homogéneo, de todas las regiones, pueblos y
etnias. Todos los peruanos son valiosos. Y la economía y la
política están obligadas a aceptarlo y a obrar en
consecuencia.
Felicitaciones a todos los participantes. Me imagino el
entusiasmo, los apuros y los momentos mágicos de la
escritura: cuartetos, poemas en verso libre, la necesidad de
referirse a tantos elementos licupisanos, la definición de
sus seudónimos, todos ellos con la grata simplicidad del
agua y del viento. Y, después de largos meses, cuando ya la
282
memoria de este concurso se ha ido diluyendo, aparece esta
publicación, fruto de la voluntad y esfuerzo de personas
que quieren dejar huella e impulsar el arte en su propia
tierra. Y este libro ya no le permite al olvido hacer de las
suyas porque, mientras que la palabra hablada se pierde en
el viento; la palabra escrita, e impresa, perdura
mágicamente en el tiempo.
He aquí un homenaje al pueblo y a uno de sus ilustres
hijos. Al pueblo de San Juan de Licupís, que quiere hoy, más
que nunca, ingresar a la ruta del progreso y no detenerse
jamás. Y al hijo ilustre que recibe, esta vez, tan merecida
distinción: el Escritor Mario Gastelo Mundaca. De las
cualidades de su obra literaria, ya se han ocupado
importantes escritores de la región y del país. Yo,
personalmente, elogio su profunda conexión con el terruño,
las raíces, y su excepcional trabajo estético con el lenguaje.
Estos poemas y cuentos, precisamente, nos llevan a
las raíces (me recuerda el hermoso título de un voluminoso
libro: El viaje a la semilla, de Dasso Saldívar, y que narra la
vida de Gabriel García Márquez). Todo el paisaje, el aroma
de las flores, la energía del viento, el sabor de las comidas,
la manera de ser de su gente, el rigor del clima y la frescura
del agua, la fiesta patronal, los músicos, las costumbres, la
alegría, el cariño, están aquí, puesto que la poesía sintetiza
todo. Y puesto que el arte, en general, como diría Vallejo:
“viene del pueblo y va hacia él”. Allá, en el fondo de todo el
panorama, el inmenso Apu Mishahuanga, cordillera tutelar
de nuestros pueblos, épica presencia en las soledades del
pastor, en las auroras y crepúsculos de Sol Andino y en las
románticas noches de plenilunio, cuando algún licupisano,
a la usanza antigua, pulsa una vihuela para expresarle su
sentimiento a la bien amada. Y la noche, así como este libro,
283
trae las estrellas: siderales, las primeras; literarias, las
segundas. Y todas juntas para testimoniar la eterna belleza
del mundo andino, más allá de las “penalidades y sueños
fallidos” que causan los gobiernos plutocráticos y sus
hombres rapaces que nunca entendieron ni amaron al Perú.
Pero, ésa es una oscura cuestión de la antropología
nacional y el psicoanálisis político.
Volvamos nosotros, hijos del Mishahuanga, a nuestra
querencia, a nuestro pueblo, a la poesía y los relatos donde
se siente el corazón y el paisaje; y donde refulgen, como
lirios de la montaña, las ansias y los anhelos de espíritus
que, poco a poco, vislumbran el despertar hacia un radiante
amanecer en que las alegrías de antaño y los desafíos de
ahora mismo se hermanen para ver a San Juan de Licupís
erguirse sólido, fecundo y promisorio ante la nueva historia
de la Nueva Patria.
284
Dos maestros
Anoche, en YouTube, vi y
escuché a Octavio Paz y a
Borges. Hablaban como si el
tiempo musitara de los
relojes, como si los rostros
comentaran de los espejos.
Meditaban como si las
montañas lo hicieran
respecto de los cóndores y
los ríos, de las praderas. Y es
que hablaban de la poesía. ¿Podrá sentir el lector la
emoción de alguien que ama la poesía, desde siempre y
para siempre, escuchar a estos dos apus de la poesía
latinoamericana (y mundial, para ser más exactos)? Fue
recordar sus voces. La de Octavio, una conjunción del
corazón humilde y de la oceánica magnitud de la poesía. La
de Borges, una cadencia fascinante entre la erudición y la
calidez humana. Voces de poetas. Voces de maestros. Y los
rostros, interesantísimos rostros, que amamos y
respetamos. Los rostros de los poetas, no importa si son o
no estéticos, tienen siempre una especial energía. Son
rostros que nunca pasan desapercibidos. Atraen.
Despiertan inquietudes y enigmas. Los sientes familiares y
entrañables. El rostro de Octavio es una geografía completa.
La geografía del corazón y del espíritu. Sus ojos son los ojos
de quien ha visto dimensiones vastas y profundas, internas
y externas. Hay un brillo de astros en su mirada. Una huella
de infinito. Los párpados, fatigados pero firmes
285
cooperantes de las miles de horas ante los libros y ante la
hoja en blanco que se ha de llenar de universos de poesía,
mil y una elaboraciones mágicas desde la palabra, con la
palabra y por la palabra. El cabello octaviano son volutas de
mármol, color marfil. Reposan otoñalmente sobre alguien
que ha vivido más vidas de lo normal, de alguien que -como
diría Vallejo- ha cavilado mucho y hondo; y que, también, se
ha asomado por abismos insondables en busca de las
piedras filosofales de la poética ambrosía. El conjunto del
rostro me parece la orografía de Latinoamérica, el fragor
insólito de la historia mexicana. Es un rostro duro y tierno,
de roca y de corazón (¿el “apacible corazón” de un padre
como el de Vallejo?). Hay entre la voz y la cara de Octavio
Paz una correspondencia humanísima, un binomio casi
perfecto. De Borges, hay que decir, en primera instancia,
que tiene, desde hace tiempo, un rostro legendario. Tú lo
miras y viajas, instantáneo, a infinitas bibliotecas, a viejos y
agradables aromas de cedro y caoba, de encerados pulcros,
de salones de antes, cuando una conversa recorría el
mundo entero y cuando la elegancia era virtud hasta del
más pobre. Los ojos borgianos, que renunciaron
inconsultamente a informar los colores y formas del
mundo, impactan. Porque, pese a ser nobles y apacibles
víctimas de la ceguera, llevan el ritmo y hasta parece que
destellan cuando habla este genio argentino, cuando se
convierte en aquel ansiado río de fulgurantes y mágicas
palabras con las que recorre el mundo. Porque fueron las
palabras su mayor recurso para seguir explorando los
caminos de la vida y el enigma del tiempo. Por supuesto,
Borges tiene más figura de inglés que de argentino. Serán
los genes (he olvidado la ascendencia de Borges, y hablo
por lo que parece). Todo el rostro de Borges tuvo ya la
majestuosidad de una efigie, del forjado bronce que habría
de representarlo. El conjunto ya no es la orografía antes
286
dicha; es un lienzo davinciano por la aglutinación de
símbolos: las cejas como dos águilas; los pómulos, colinas
de batallas cerebrales; la nariz, dos alas de atmósfera fresca
y de vuelo inacabable; la boca, marmórea fuente de
literatura y enciclopedia; la sonrisa, contraseña del abuelo
y del sabio.
Anoche, en YouTube, vi y escuché a Octavio Paz y a
Borges. Y ha sido para reverenciar todo lo valioso que
representan. Dos mundos inagotables de humanidad y
poesía. Dos voces permanentes y fulgurantes, ya míticas.
Dos rostros que aparecen miles de veces en publicaciones
escritas o virtuales. Y ha sido, cómo no, para recordarme yo
mismo que ‒entre tanto barullo y afanes, a veces, estériles
y bizantinos‒ es tonificante, siempre, volver a los amados
maestros.
287
Convertir el carbón en diamante
o el trabajo de la poesía
Imagínate dos espacios: el
del anhelo del poeta y la
carilla en blanco. Dentro del
poeta, hay, para el caso,
emociones, ideas y aquella
sutil o intensa circunstancia
que, comúnmente, llamamos
inspiración. La carilla en
blanco es, como dijo alguien, el campo de batalla.
Y es entonces que empieza el enigma y la magia.
Enigma porque puedes tener la idea del poema; pero casi
nunca se sabe, a ciencia cierta, qué va a resultar en cada
rito, en cada jornada. A veces, el autor quiere un producto
“x”; pero resulta un efecto “y”. Lo curioso es que uno, en
general, se queda contento con “y”. Y jamás llegas a saber
cómo habría sido el poema “x”. Y magia porque todo resulta
un suceso extraño. Ponte a pensar de dónde te viene la
frase, una metáfora, aquella imagen. Sabes que hay cosas
que suceden en la mente; pero también sientes que hay
asuntos que provienen del corazón. La cuestión es que el
poeta tiene la certeza de que hay “algo” que necesita
expresar; no en un coloquio interpersonal, no en un debate
con nadie; sino comunicarlo íntima y literariamente. Otro
misterio es que puedes conocer a alguien que lleva décadas
escribiendo poesía; pero, si le preguntas qué es la poesía,
no va a poder darte una respuesta definitiva. Creo que las
288
definiciones racionales de los libros son sólo eso,
conceptualizaciones de una actividad creativa verbal. Pero,
sientes que lo esencial no está dicho. Hasta habrá poetas
que se sienten frustrados de su manera de explicar lo que
es la poesía. Por mi parte, creo que es, precisamente, el
poeta quien mejor puede decir qué es la poesía; pero, a
condición, de que su definición sea una elaboración poética.
Creo que fue el vate cosmonsefuano Alfredo José Delgado
Bravo quien sugirió que las mejores definiciones de las
cosas son las que se hacen mediante la imaginación. “La
raya es un punto que vuela”, ponía como ejemplo. Y me
parece que tenía razón. En ese sentido, las mejores
aproximaciones de lo que es poesía pienso que han sido
dadas por poetas. Entra a Google y busca definiciones de
poesía hechas por poetas y podrás entender de lo que
hablo. Sólo te cito a Javier Heraud:
Y la poesía es
un relámpago maravilloso,
una lluvia de palabras silenciosas,
un bosque de latidos y esperanzas,
el canto de los pueblos oprimidos,
el nuevo canto de los pueblos liberados.
Como ves, son bellas definiciones. Tengo un amplio
comentario sobre todo este poema (arte poética) en un
trabajo inédito que tiene, además, un título bastante
heraudiano: trabajo de alfarero. Sólo quisiera decir que
cada concepto, cada imagen con la cual El Poeta Joven del
Perú define a la poesía están cargados de profunda
significación. Lo bello de cada verso es que no enuncia una
idea limitada ni limitante; por el contrario, abre un ancho
espacio semántico que sugiere, justamente, la enorme
amplitud de la poesía. Personalmente, creo que las
289
definiciones poéticas de Heraud son de una belleza
excepcional. Así, dichas con palabras tan simples; pero,
estructurando profundas y extraordinarias significaciones.
Me traslado, ahora, al título de este ensayo: Convertir
el carbón en diamante o el trabajo de la poesía. Mi enfoque
se refiere a lo siguiente: las palabras, en su uso cotidiano y
desde un punto de vista estético y literario, son carbón; es
decir, material lingüístico simplemente utilitario, con
mérito creativo, es cierto; pero, difícilmente, con valor
literario. El mérito del poeta consiste en hacer de las
palabras comunes y corrientes un diamante; es decir, darle
al material lingüístico, mediante un trabajo exhaustivo y
original, la condición de poesía, que podríamos definir
como aquel conjunto de palabras, estéticamente
organizadas, que presentan una novedosa fusión de
expresión y contenido capaz de conmover al lector. Sé que
suena a alquimia: el proceso de convertir el plomo en oro.
Es que el trabajo que el aeda realiza con el lenguaje es
análogo a un proceso alquímico. La satisfacción creadora es
llegar al punto en que uno dice: he aquí que este conjunto
de palabras, verdaderamente, alcanza la condición de
poesía. Es, como se entiende, un problema cualitativo. En
este punto, te comparto otra convicción mía: todo poeta es
consciente del nivel cualitativo de sus textos. A veces, lo
dice. A veces, lo calla. Pero sabe, en su fuero interior, si
forjó poesía o se quedó en el camino. Otro asunto es que no
todos los poemas de un libro tienen el mismo nivel. “Debe
haber por lo menos un buen poema que salve el libro”, suele
decirse. Claro, hay poetas con un talento tan grande que
logran plasmar una publicación donde todos los poemas
son de gran valor literario.
290
Pienso que la poesía ‒al igual que todas las artes‒
exige al aeda un trabajo serio y constante. Las biografías de
los grandes poetas así lo demuestran. Claro, hay algunas
figuras de la poesía que son casos excepcionales. Poetas
que, muy jóvenes, lograron plasmar poesía memorable. Y
luego o abandonaron la poesía o murieron precozmente. Se
pudiera conocer el proceso individual de cada uno de ellos.
En estos tiempos, uno puede acceder fácilmente a la
biografía de tantos poetas y conocer buena parte de sus
esfuerzos por madurar los, a veces, inalcanzables frutos de
la poesía. Pensar, por ejemplo, en Vallejo y su intensa
batalla con el lenguaje. Recuerdo haber visto, hace muchos
años, un libro con los manuscritos de sus poemas, llenos de
borrones y enmendaduras. ¿Cuál habrá sido el sistema de
trabajo, por poner otros ejemplos, de Eguren y Juan Ramón
Jiménez? O de Tagore y Khalil Gibrán. ¿Podemos
imaginarnos a Rubén Darío volando con su Pegaso en la
febril elaboración de su brillante y mágica poesía?
¿Podemos figurarnos a Baudelaire, a Rimbaud, a Bécquer,
cada uno en su universo autónomo siguiendo firmes y
seguros el camino que les señalaba su propia genialidad?
Yo creo que, si leemos atenta y profundamente sus poemas,
podemos tener una idea de cuánto trabajo hay en cada
texto. Preguntaríamos, ahora: y ese trabajo, esa labor
tesonera, ¿es una experiencia de angustia, de dolor o de
felicidad? Y yo diría que se da de todo un poco. Pero, sin
duda, hay una vivencia de gozo, de saber que uno está
laborando en algo para lo cual ha nacido, que se está en
concordancia con, para usar un concepto hindú, el propio
Dharma. Deepak Chopra enseña que el Dharma tiene,
básicamente, tres elementos: saber que se viene a cumplir
un propósito en esta vida, conocer el talento especial de
uno, y dar –desde todo ello– nuestro aporte para la
humanidad. Nosotros utilizamos el término vocación.
291
Bueno, vocación y Dharma son conceptos equivalentes. Fue
Dharma y Vocación lo que impulsó a Neruda a hacer poesía
más de medio siglo. Igual con Rafael Alberti, Octavio Paz y
Mario Benedetti, por citar a poetas que han tenido una vida
más o menos larga. Es referirse a esa necesidad vital de
poner por escrito emociones, ideas, sueños, que resultan
valiosos no solo para el poeta, sino también para el lector. Y
resultan valiosos porque son creaciones literarias, porque
son arte. Como leía hace poco, se trata de escritos que
merecen perennizarse en la mente, el corazón y el espíritu
de la humanidad. Como un gran lienzo, una obra musical,
una bella escultura, se ganan un espacio en el mundo de las
artes. Para alcanzar ello, sin duda, se requiere de mucho
trabajo.
La infinita batalla con el lenguaje
Cada poeta sabe que le espera, en la arena del trabajo
poético, una incesante batalla con las palabras, con el
idioma en el cual escribe. Al comienzo, cuando el aspirante
a poeta se acerca con inocencia y con el corazón lleno de
ansias a la poesía, el lenguaje es un asunto simple, casi una
cuestión sin cuidado. Es que prima el mensaje y la ilusión.
Es frecuente, entonces, que el escribiente llene hoja tras
hoja con sus ideas y sus sentimientos. Pueden ser los versos
que nacen del amor por una muchacha, puede ser un
escrito social o tantos otros temas más. Como dice Juan
Ramón Jiménez, acerca de la poesía, en el famoso poema V
de su libro Eternidades:
“Vino, primero, pura,
vestida de inocencia.
Y la amé como un niño”.
292
Es la etapa en que nos gana la vehemencia de escribir,
de decirlo todo, sin complejidades, sin retórica, casi. Se
establece una relación idílica entre el hombre y su poesía.
Pero, va pasando el tiempo y es entonces que se siente la
necesidad de establecer un nuevo vínculo. Atrás va
quedando la luna de miel y, ahora, hay que asumir con
completa lucidez y realismo el sublime oficio (frase
gibraniana) de la poesía. Aquí, necesariamente hay que
volver a citar a Javier Heraud:
En verdad, en verdad hablando,
la poesía es un trabajo difícil
que se pierde o se gana
al compás de los años otoñales.
(Cuando uno es joven
y las flores que caen no se recogen
uno escribe y escribe entre las noches,
y a veces se llenan cientos y cientos
de cuartillas inservibles.
Uno puede alardear y decir
"yo escribo y no corrijo,
los poemas salen de mi mano
como la primavera que derrumbaron
los viejos cipreses de mi calle").
Pero conforme pasa el tiempo
y los años se filtran entre las sienes,
la poesía se va haciendo
trabajo de alfarero,
arcilla que se cuece entre las manos,
arcilla que moldean fuegos rápidos.
Con sencilla y precoz sabiduría, Heraud dice que los
años nos van enseñando que la poesía es un trabajo serio.
Serio en el sentido de exigirnos lo máximo de nosotros
293
mismos. A la poesía no le gusta el simple coqueteo; quiere
que nos comprometamos de verdad. Y es en ese
compromiso hombre/poesía que surge la conciencia del
lenguaje, puesto que es el lenguaje la materia prima con la
cual se trabaja la poesía. En realidad, cada poeta ha librado
y libra esa dulce y ácida batalla. A veces, se gana. A veces, se
pierde. ¡Cuántos poetas hay que han corregido una y otra
vez sus escritos! A veces, se rompe la hoja con el poema que
se siente imperfecto. Dicen que el arte de la poesía es el
arte de corregir. Y es cierto. Acabo de leer que Juan Ramón
Jiménez tuvo una lucha permanente con la palabra, en su
anhelo de lograr la expresión poética perfecta. En realidad,
es la lucha de todos los poetas. Y cuando el mensaje es
radicalmente nuevo, el poeta necesita, incluso, construir un
lenguaje nuevo. En este singular caso, sin duda que el poeta
tiene que hacer también un radical ejercicio de libertad. Es
el notable caso de César Vallejo. Lo entendemos claramente
de sus propias palabras (en carta dirigida a Antenor
Orrego) cuando, acerca de su revolucionario libro Trilce, el
poeta dice:
«El libro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable
de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy, y
más que nunca quizás, siento gravitar sobre mí una hasta
ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de
artista: ¡la de ser libre! Si no he de ser hoy libre, no lo seré
jamás. Siento que gana el arco de mi frente con su más
imperativa curva de heroicidad. Me doy en la forma más
libre que puedo y ésta es mi mayor cosecha artística. ¡Dios
sabe hasta dónde es cierta y verdadera mi libertad! ¡Dios
sabe cuánto he sufrido para que el ritmo no traspasara esa
libertad y cayera en libertinaje! ¡Dios sabe hasta qué bordes
espeluznantes me he asomado, colmado de miedo, temeroso
294
de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre
ánima viva!».
De esto hay que subrayar que un rasgo primordial en
el poeta es la fidelidad a su mensaje y a su libre expresión.
Lo que significa una enorme autonomía para aportar una
voz propia y una técnica o estructura también personal.
Piénsese, por ejemplo, en esa otra joya de originalidad que
es la poesía de Carlos Oquendo de Amat. O pensemos en
Martín Adán, en Onetti, en Westphalen, voces tan
preciosamente poéticas y tan fuertemente originales cada
una de ellas. “El estilo es el hombre”, expresaba Buffon. Yo
entiendo esta idea como la necesidad de imprimir, con
nuestra máxima energía, nuestra propia identidad en lo que
escribimos. Mariátegui decía que había que meter la propia
sangre en nuestras ideas. Y así tiene que ser. Es un
imperativo no sólo de la literatura; sino de todas las artes.
El artista está llamado a crear siempre algo nuevo. Tiene,
para tan alto propósito, el universo de su libertad y de su
talento. Y tiene la dignidad de su trabajo inspirado y
persistente. Puesto que el talento se manifiesta, en su
máxima dimensión, solo en el trabajo, en la constante labor
creadora con el maravilloso instrumento de la palabra.
Como cualquier usuario de un idioma, el poeta juega
con la sintaxis, la semántica y la fonética de los vocablos.
Pero lo hace con un objetivo extraordinario: el de forjar
poesía. Ello requiere, por supuesto, de un máximo nivel de
consciencia lingüística. Aparece el poeta, entonces, como un
alquimista de la palabra. Digo alquimista por el salto
cualitativo que necesita dar. Es decir, lograr que las
palabras que pueden ser usadas por cualquier hablante
adquieran, de pronto, una categoría poética. Es convertir el
plomo del lenguaje habitual en el oro de la poesía. Es pasar
295
del uso coloquial al uso literario de un idioma. En lo
sintáctico, el poeta puede ceñirse a lo normativo; pero,
tantas veces, reconstruye y hasta necesita trasgredir para
alcanzar a formular ideas, imágenes que solo así pueden ser
planteadas. Pienso en Eguren y en esa personalísima finura
para hilvanar vocablos y para cernir exhaustivamente sus
versos hasta quedarse con la fórmula perfecta de, por
ejemplo, “Los reyes rojos” o “El bote viejo”. Como sabemos,
el caso de Vallejo es el uno de los más radicales en cuanto a
innovación sintáctica se refiere. Léase cada poema de Trilce
y ha de sentirse siempre el desasosiego de estar frente a
una eclosión de la lengua española. No como un alarde de
malabarismo lingüístico; sino como la urgencia visceral de
una alternativa de índole comunicativa y poética. La
cuestión es que, más allá del grado de experimentación y de
revuelo con el idioma, cada poeta sabe que su compromiso
primero y final está con las palabras. Sin ellas, no hay vida
posible para el poema. Cada poeta sabe de su personal
batalla con el lenguaje. Y cada poeta sabe que el poema ha
de gestarse, primero, con ese estado de íntima embriaguez
que lo impulsa a escribir y, luego, con el rigor del más fino
artesano que se exige un producto final artísticamente
serio y estimable.
En el plano semántico, sucede una batalla igualmente
intensa e inacabable. No como un área desligada de lo
sintáctico y lo fonético. Todo ocurre en una sinergia de
suceso lingüístico que, incluso, puede pasar inadvertido por
el aeda. En poesía, incluso un elemento tan minúsculo como
la conjunción “y” puede adquirir un especial valor
semántico. En un polisíndeton, por ejemplo. La metáfora es,
por otro lado, uno de los nutrientes fundamentales del
discurso poético. La metáfora es uno de los estímulos
semánticos más apreciados por los lectores sensibles a la
296
poesía. Es esa experiencia de quien, luego de leer versos
metafóricos, vive el juego de atrapar una certeza de
significado pero, al mismo tiempo, con la seguridad de
saber que otros lectores pueden extraer nuevos y mejores
desenlaces semánticos de los mismos versos. En eso, radica
la belleza y el valor de la poesía (y del arte en general): en
su capacidad de polisemia, de plurisignificación. Cada
lector puede obtener su propia decodificación. De allí que
se sostenga, con toda propiedad, que la literatura genera
espacios extraordinarios de diálogo y de enriquecimiento
comunicativo. Y fortalece la valoración y el respeto a
puntos de vista distintos. No nos quedamos con una sola
lectura. Todas las interpretaciones, con sustento, son
válidas y, en conjunto, explican complementariamente el
texto. En cuanto se dice. En cuanto se sugiere. Incluso, en
cuanto se calla.
El plano fonético o sonoro del lenguaje es otro
aspecto vital en la construcción del poema. La poesía
siempre es música. El poeta es casi un director de orquesta
que está sutilmente atento a cada instrumento, a sus notas,
a sus agudos y graves. El arte de escribir versos es, también,
el arte de aglutinar selectivamente un conjunto de palabras
que, leídas, armonicen y suenen muy bien. A veces, hay que
quitar un adjetivo cuyos fonemas redundan en relación a
las palabras anteriores o posteriores. A veces, hay que
quitar el exceso de fonemas /s/. El poeta siente cuándo un
verso es realmente un verso. Mueve sus vocablos como un
experto ajedrecista mueve sus piezas durante un buen
juego. Y de allí, revisa y revisa. Hay quienes no entienden el
porqué de este esfuerzo. Hay quienes se jactan de publicar
lo que, de un solo plumazo (o tecladazo) escribieron. Cada
escritor es libre de hacerlo. Pero el arte siempre ha sido y
será el fruto de un trabajo paciente y una elaboración
297
constante. A veces, ingenuamente, se piensa que el primer
escrito ya es un poema, cuando, en realidad, no pasa de ser
un simple borrador. Pero ese borrador, bien trabajado,
puede alcanzar la condición de poema. Léase un texto lírico
de Rubén Darío, por ejemplo. ¡Cuánto esfuerzo hay en cada
uno de ellos! Léase, para ir un poco más lejos, la poesía de
Bécquer. ¡No es algo que se escribió en doce minutos! Y es
por ello que, cual pequeñas y pétreas pirámides, resisten
los embates del tiempo y están allí, inmarcesibles para los
lectores, década tras década, siglo tras siglo. El esfuerzo
siempre habrá de dar bellos frutos. Alguien dijo (perdonen
el olvido del autor): “La paciencia es amarga; pero los frutos,
dulces”. Nunca tan certero como en los predios de la poesía
y de todo el arte. Es la diferencia entre un lienzo de Rubens
y un abstracto contemporáneo. Y ya que cité cosas de
pintura, me viene al recuerdo la idea de un gran pintor
realista (creo que de la ex Unión Soviética) que refuerza lo
manifestado. “Se puede pasar del realismo al abstracto en
dos minutos; pero del abstracto al realismo, difícilmente”. No
estoy rechazando el arte abstracto. Lo que estoy
enfatizando es que las obras de arte exigen trabajo. Tal vez,
por eso, alguien decía que importa solo un poco la
inspiración; pero mucho más, la transpiración. Yo pienso,
entonces, en los artesanos. ¡Con cuánto amor y detalle
forjan sus obras! Sea en la cerámica, en el mate burilado, en
los tejidos, en la orfebrería. Son las horas de dedicación y
esfuerzo las que, al final, cosechan la admiración y los
aplausos. Pero, sobre todo, lo que llena de alegría el
corazón de saber que has hecho bien tu trabajo, aquello
para lo cual sientes que has venido a esta tierra. Y así, el
poema, se lee como un suceso único y especial, como una
experiencia fascinante e irrepetible. Es cuando uno tiene la
plena seguridad de decir: “Esto que estoy leyendo,
298
verdaderamente, es un poema. Y quien lo ha escrito merece
ser llamado poeta”.
Poesía y política
Juntar estas dos graves y eternas palabras conduce,
de todas maneras, a mucha teoría y a polémica inacabable.
Es pensar en nombres como Maiakovski, Alexander Block,
Evtuchenko, Neruda, Nicolás Guillén, Ernesto Cardenal, un
largo etcétera y, por supuesto, César Vallejo. Obsérvese que
no estoy asociando la política a la literatura en general;
sino, específicamente, a la poesía. De todas maneras, es un
tema enorme. Entre otras razones, porque ambas
constituyen dos pasiones que nos atrapan la vida entera.
Jamás hay que olvidar, en todo caso, que tanto la poesía
como la política han surgido para el bien de la humanidad.
La primera, en términos generales, sigue ese propósito. La
segunda, por desgracia, se ha vuelto, aquí, en el Perú, en un
oscuro y lúgubre territorio de politicastros (el sufijo
despectivo va quedando pequeño). ¿Hasta dónde podemos
separar, identificar o aglutinar ambas creaciones humanas?
Creo que, para fines de ordenar el flujo del pensamiento,
debemos ir planteando, secuencialmente, algunas
cuestiones centrales.
1) El poeta es un sujeto creador tan libre que puede elegir
hacer una poesía lejana de la política (o, al menos, no
explícita) o, por el contrario, producir poemas con fuerte
contenido político. En ambos casos, para que los textos
merezcan llamarse poemas tienen que estar elaborados,
precisamente, desde una dimensión poética. Dicho de otro
modo, sea que un conjunto de versos hable de la lucha de
clases o se refiera a la belleza de un crepúsculo, debe tener
ese atributo que llamamos poesía, que puede ser entendida,
299
mínimamente, como un texto que genera en el lector una
íntima y real emoción estética. Por ejemplo, ¿cómo no
emocionarse con la rima aquella de Bécquer que habla de
las golondrinas? ¿Cómo no emocionarse con los poemas
políticos de Ernesto Cardenal? Me hace pensar, también, en
los geniales cuestionamientos políticos que dejó escritos
Eduardo Galeano. Sé que es prosa. Pero, ¿no se ha dicho que
los análisis de Galeano tienen, también, un especial valor
poético? Así que la cuestión es que un texto literario es un
producto esencialmente estético. Y uno de los valores
básicos del fenómeno estético es su capacidad para suscitar
emociones. Es lo que nos pasa cuando vemos un cuadro de
Rafael Sanzio, cuando escuchamos una melodía de Chopin,
cuando vemos un ballet de Tchaikovski. La poesía que
merece llamarse poesía, independientemente de su tema,
ha de emocionarnos. En cuanto a lo temático, ya se ha dicho
que a la poesía no le está vedado ningún tema. Todo puede
ser abordado poéticamente. Subrayo que el poeta es un ser
libre; a veces, libérrimo. Y la historia (particularmente, la
literatura de los tiempos soviéticos) nos enseña que el
poeta necesita de esa libertad, que no puede estar sometido
ni a los axiomas de la derecha ni a los dictados de un
partido del lado opuesto. Casos dramáticos de poetas
exterminados por la ultraderecha y de aquellos que
sufrieron la presión de políticos dogmáticos que no
entendieron la naturaleza distinta del arte nos aleccionan
claramente. Vallejo, tan profundo y tan socialmente
genuino, dedicó un libro completo a estas cuestiones. Por
supuesto, él defendió la autonomía del artista.
2) Lo político se refiere a un aspecto concreto de la vida
humana. Pero, la poesía abarca todas las experiencias de la
vida: el amor, la tristeza, la angustia existencial, la
Naturaleza, el humor, lo metafísico, la familia, lo filosófico,
300
el futuro, el eros, lo tanático, el autoconocimiento, lo
espiritual y místico, etc. Se entiende, entonces, que no se
puede excluir lo político de la poesía; pero tampoco es
posible reducir la poesía a solamente lo político.
3) Hay tiempos de agitación social y política que
determinan un fuerte contenido social y político en los
discursos líricos. Es entonces que el poeta tiene el desafío
de hacer poesía con esa índole de temas. No se piense, sin
embargo, que tal desafío sea exclusivo de lo político. En
realidad, cualquiera que sea el tema tratado, el desafío es el
mismo: que tu producto sea arte. Y el poeta lo siente y lo
sabe. Es por ello que, a veces, cuando la necesidad del tema
político es gravitante, y el poeta siente que no está a la
altura de procesarlo líricamente, recurre a otras opciones:
la crónica, el ensayo, la novela, el teatro. Creo que, en todo
caso, hay un tema de sensibilidad. En general, me atrevería
a decir, que la sensibilidad del poeta lo faculta para abordar
poéticamente cualquier tema. Y forjar algo que no tenga
una importancia circunstancial; sino, un valor perenne. Por
ahí, se deriva también el problema del lenguaje y sus
opciones. Por supuesto que hay poemas políticos de un
valor estético innegable. Más allá de lo crucial de su
mensaje. Y es que en el poema ha de haber una especie de
sabio equilibrio entre la estructura externa y el plano del
contenido. Es el nivel del talento del creador y la
originalidad de su planteamiento lírico lo que define las
cosas.
4) Dos de nuestros grandes han dedicado sendos estudios a
la cuestión del arte y la política: Mariátegui y Vallejo, en El
artista y la época y El arte y la revolución, respectivamente.
Creo que hay que volver a la lectura de ambos. Pese a los
años transcurridos, el contenido de esos libros mantiene
301
vigencia. Hay conceptos, sugerencias y cuestionamientos
que nos ayudan a dar respuestas a cuestiones que nos
inquietan siempre. ¿Se puede ser un poeta apolítico?
¿Cuándo un texto lírico tiene la categoría de ser un poema
socialista? ¿Qué entendemos por estética socialista? ¿Es el
realismo la única opción para una literatura con mensaje
político? Mariátegui, con ese extraordinario estilo suyo,
mezcla de dominio magistral del idioma español y extenso
bagaje cultural, nos ofrece ensayos inolvidables acerca de
autores y temas imprescindibles. Vallejo, desde una
perspectiva de profunda libertad creadora, plantea un
enjuiciamiento sincero del arte desde la perspectiva
socialista. Siendo un poeta intensamente humano y, al igual
que el Amauta, con una filiación ideológica definida,
expresa reflexiones de enorme valor también para nuestro
tiempo. A quien le interese seriamente pensar acerca de
poesía (literatura) y política, ha de acudir, necesariamente,
a estos dos valiosos libros. Cito dos ideas altamente
significativas de los dos grandes Apus (como dice Danilo
Sánchez Lihón) de la cultura peruana. De Mariátegui: “El
grande artista no fue nunca apolítico. No fue apolítico el
Dante. No lo fue Byron. No lo fue Víctor Hugo. No lo es
Bernard Shaw. No lo es Anatole France. No lo es Romain
Rolland. No lo es Gabriel D'Annunzio. No lo es Máximo Gorki.
El artista que no siente las agitaciones, las inquietudes, las
ansias de su pueblo y de su época, es un artista de
sensibilidad mediocre”. De Vallejo: “El literato a puerta
cerrada, no sabe nada de la vida”.
Poesía y soledad
García Márquez reiteró que la literatura es la
profesión más solitaria del mundo. Ahora, la pregunta es si
esa soledad es mayor en el poeta o en el narrador. Tal vez,
302
habrá que trasladar este asunto al terreno de la Psicología y
plantearlo también como un tema de habilidades sociales y
de inteligencia interpersonal. Pero, volviendo a los predios
del arte y la literatura, creo que la soledad es un estado
habitual en el poeta. Es el hábitat donde produce su obra
lírica. No se equivoca García Márquez. Quien quiera ser
escritor tiene que saber que va a pasar gran parte de su
vida en un trabajo solitario. No hay otra posibilidad. Horas
de horas, años de años, frente a la hoja (por decirlo con
nostalgia) o, más actualmente, frente al monitor (en mi
caso, hace tiempo que he olvidado escribir con lapicero y
hojas un poema. Y eso que he escrito centenares de poemas
en cuadernos y blocks. La ventaja de escribir directamente
en la computadora es que ya no hay problemas de caligrafía
o legibilidad; incluso, puedes escoger: letra arial, cambria,
trebuchet, etc. Además, tienes esa enorme enciclopedia que
es Google para el sinónimo que requieres, para el dato que
buscas, para aclarar la duda respecto de un vocablo, y hasta
para acompañarte de la música que tú prefieras).
Tal vez, por esa experiencia de íntima e intensa
soledad que le toca vivir al poeta es que su palabra es
siempre una palabra que toca, que no puede leerse sin
sentirse uno afectado. Porque proviene de los interiores
más profundos del ser humano. Se relaciona a aquello que
decía Facundo Cabral: la sociedad de hoy deshumaniza al
hombre permanentemente; pero el poeta le recuerda,
precisamente, la sensible condición de humano. Pienso, por
otro lado, que la soledad del poeta resulta, a veces, una
experiencia ascética. Temporal, al menos. Y me trae al
recuerdo también, la idea de la “soledad creativa” de la que
hablaba, una vez, César Hildebrandt, gran lector, entre
tantas cosas, de poesía. La soledad es el convento del poeta.
Es su hábitat. Puede que el vate lleve una vida social
303
intensa; incluso, agitada. Pero, al momento de hacer poesía,
tiene que volver al desierto de la soledad. Claro, haciendo
poesía, tal desierto puede convertirse en oasis. Creo,
también, que la poesía nace de un viaje interior. La soledad
y la poesía son, entonces (y como reflexionaba Osho), la
meditación del poeta. Es como pensar en un navegante que
se interna en el océano. Es allá, en la profundidad de las
aguas, donde suceden las experiencias insólitas, lo real-
maravilloso. De allá viene el poema, de regiones profundas
del ser humano, de su más alta conciencia, de lo hondo del
espíritu. La interiorización del poeta es tan frecuente que
puede decirse que vive en un mundo paralelo. Por eso
mismo, el poeta conoce mucho más al ser humano porque
explora su naturaleza permanentemente. Ello explica que
las ideas más profundas y lúcidas acerca de la naturaleza y
el destino del ser humano provengan de poetas. De todo
ello, concluimos que el aeda es un hombre, esencialmente,
solitario. A veces, la soledad será su angustia y su dolor.
Otras veces, la soledad será su descanso y su paz (decía
Fray Luis de León:
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido!
Lenguajes, estilos
Cada poeta es un suceso lingüístico. Cada poemario,
un estilo. Tiene que ver con el uso personal del idioma.
Tiene que ver con el contenido. No hay dos poetas iguales.
Por consiguiente, no puede haber dos discursos poéticos
gemelos. A lo sumo, puede haber influencias, algunos
puntos de contacto; pero el poeta es, feliz e
inevitablemente, el fundador de un lenguaje, el creador de
un estilo. En algunos, esa fundación es más radical. En
304
otros, más sutil o solapada. Pero, siempre, hay una cosa
nueva. Por ejemplo, Carlos Oquendo de Amat. Por ejemplo,
Eguren, Rubén Darío, Vallejo. Serían tantos casos como
poetas hay. Cada libro de poesía representa una aventura
con el lenguaje. Es, incluso, una trasgresión. Es que el
lenguaje, a veces, no le alcanza al poeta para su mensaje. En
tal caso, tiene que atreverse con algo nuevo. Son tantas
experiencias. Son complejas decisiones: el léxico, cada
adjetivo, la sintaxis, una imagen, la extensión (o la
condensación), cómo empezar, cómo terminar, el problema
del sonido, ¿rima o no rima?, ¿verso libre o clásico?, poesía
asequible o hermética, lenguaje llano o barroco (hay puntos
medios, como en todo). Son muchas cosas; pero, al final, un
solo nacimiento: el poema. Creo que el estilo nace de la
fidelidad del poeta a su propio espíritu. Puede haberse
alimentado de centenares de libros de poesía; pero, el
poeta tiene que ir a lo suyo, a aquello para lo cual ha nacido,
a sus temas, a su propio lenguaje, a sí mismo. En la vasta
realidad e irrealidad del mundo y del hombre, cada poeta
brinda una visión particular, una porción de entendimiento.
Leer a varios poetas es, entonces, sumar visiones y
entendimientos fragmentarios para ir hacia una
comprensión cabal del mundo y del hombre. Y, sobre esa
comprensión y conocimiento, actuar, renovar, cambiar.
Por supuesto, el estilo es el resultado del continuo
trabajo. Del mismo modo que el constante andar establece
un camino, así, el constante escribir, forja un estilo. Hemos
de evocar, incluso para hablar del estilo, los querido versos
de Machado: “Caminante, no hay camino; / se hace camino
al andar”. Y la consiguiente paráfrasis: “Poeta, no hay estilo;
se hace estilo al escribir y poetizar”. El estilo es un resultado.
Y es la aglutinación de todo aquello que da vida a un
escritor: el ideario, el lenguaje, el tono, la manera definitiva
305
de abordar el poema. De entre ello, el lenguaje es el punto
central. Todo lo demás está allí. Finalmente, lo literario es
solo un lenguaje. Pero un lenguaje que condensa una
complejidad de elementos que, en buena cuenta, es el
objeto de estudio del análisis y la crítica literaria. El estilo
es el rostro inconfundible del autor. Un poema de Borges
es, de todas maneras, borgiano; un poema de Vallejo es,
estrictamente, vallejiano; una meditación de Gibran, resulta
siempre gibraniana; una pieza lírica de Rubén Darío,
expresa el espíritu rubendariano. El estilo es, también, un
resultado de la solvencia cultural y la personalidad. En el
estilo se plasman la inteligencia, la sensibilidad, los temas
predilectos, la manera única e intransferible del manejo del
lenguaje. El estilo es el resultado, como ya se dijo, de un
proceso, de un gran trabajo. Es la definición cualitativa de
mucho esfuerzo cuantitativo. Es un producto dialéctico.
Tal vez, deba detenerme un poco en el lenguaje. Es
para decir que cada poeta estructura una manera
lingüística muy personal para ir hacia el poema. En Heraud,
por ejemplo, es un modo sencillo, lúcido y profundo. Hay un
énfasis, como se ve, en el léxico y en lo semántico. En
Vallejo, hay otro planteamiento: ruptura frontal de la
sintaxis española, una experimentación intensa con el
mundo de los significados, un modo personalísimo
–vallejiano– de formular el discurso poético, una
repotenciación de la capacidad de significación de las
palabras cotidianas. En Neruda, es la palabra sencilla junto
a la metáfora insólita y radiante, un empeño de orfebre en
la dichosa selección de los vocablos, un flujo arrollador de
lo poético. En Benedetti, es ese dominio sagaz, creativo y
hasta lúdico del lenguaje. Todos los poetas usan un idioma
que es común a millones de personas. Pero, la audacia y el
arte de la poesía es forjar, dentro de ese código masivo, una
306
manera única de plasmar el hecho poético. Eso es el estilo.
Un lenguaje personal en medio del lenguaje general. Un
suceso lingüístico extraordinario dentro del uso habitual y
cotidiano.
Poesía: “La danza de la palabra”.
Bien definía Alfonso Reyes: “La poesía es la danza de
la palabra”. De esta idea, podrían extraerse varias lecturas.
Una de ellas, que el lenguaje adopta una forma especial en
la poesía. Son las mismas palabras que usamos todos. Y, sin
embargo, no es lo mismo. El poeta trabaja con lo que se
llama “conciencia del lenguaje”. Hay un cuidado
excepcional, extraordinario, mientras se trabaja el poema.
Por eso, algunos consideran que el trabajo del poeta se
parece al del orfebre. Hay una selección permanente,
ensayos, reformulaciones. De la idea inicial del texto a la
versión definitiva, hay un proceso más o menos largo, más
o menos exigente. También depende de la pericia del
escritor y, claro, de la experiencia. Volviendo a la analogía
danza/poesía, diremos que el lenguaje en cuanto recurso
común a los seres humanos y en cuanto material de trabajo
del poeta equivale al cuerpo, materialidad también común a
todas las personas y, en el caso de la danza, la herramienta
de la que se vale el artista para forjar su obra estética.
Tenemos, entonces, que lenguaje y cuerpo son elementos
básicos y comunes a todos. Ya en el terreno artístico, el
lenguaje, en virtud del trabajo creador del poeta, puede
volverse poesía. Y el cuerpo, en virtud del esfuerzo y la
técnica del danzante, puede crear una obra de arte: la
danza. En ésta, el efecto estético es, principalmente, visual.
En aquélla, mental. Pero, en ambos, está la emoción
estética, esa fascinante experiencia que genera la obra de
arte. La emoción que nace, por ejemplo, de leer un poema
307
de José Martí. La emoción que nace, por ejemplo, de ver un
ballet de Tchaikovski. Tal vez, porque el lector siente que la
poesía que lo emociona está hecha con las mismas palabras
que él usa. “¿Cómo es posible?”, se pregunta. Y lo mismo
pasa para quien aprecia un ballet. Igual interrogante:
“¿Cómo es posible?”. Parece que la fascinación nace de ver
que alguien logra realizar algo que va más allá de lo
ordinario; es decir, de alcanzar lo extra/ordinario. Creo que
el arte, en general, es precisamente eso, una experiencia
humana extraordinaria. No en vano se dice que el artista ve
lo que los demás no ven. Yo también digo que el artista es
aquél que ve lo que otros ven; pero lo mira diferente; más
profundo, más sensible, con los ojos del corazón, como diría
Antoine de Saint-Exupéry.
Hay que decir que se ha dado todo un conjunto de
definiciones de la poesía que expresan lucidez e ingenio
notables; pero, he querido comentar este concepto del
mejicano Alfonso Reyes porque me permite comentar la
analogía de lenguaje/poesía y cuerpo/danza, que denota el
trabajo de elaboración que antecede al poema y a la danza.
El poeta, específicamente, es un malabarista del lenguaje, es
un ajedrecista cuyo tablero es la hoja blanca (o la pantalla
de la computadora) y las piezas del juego son palabras.
Habría que ver si existe, en la ampliación de esta analogía,
una categorización similar a las piezas del juego-ciencia.
Pero hay una semejanza en cuanto el ajedrecista tiene
plena conciencia de cada movimiento. Similarmente, el
poeta tiene conciencia de cada palabra que escribe o borra.
De esa dedicación, de ese empeño, puede nacer el triunfo
del juego y la cualidad poética del escrito.
308
¿Cómo comparar las estrellas?
No es justo ni razonable decir: “Este poema es mejor
que aquél. Este poeta vale más que el otro”. Si hay poesía en
ambos textos, ambos poemas son igualmente valiosos. Si
ambos escritores han alcanzado el difícil rango de poetas,
entonces, ambos son también igualmente importantes.
Creo que hay una costumbre, reitero, injusta, una actitud
poco razonable cuando se dictamina, tajante y
arbitrariamente, que un poema es mejor que otro poema y
que un poeta vale más que otro. Es una simplificación poco
grata. Es una negación radical de las diferencias y de las
épocas que vivieron cada uno de los poetas. Puede uno
tener sus poetas favoritos; pero es un tanto riesgoso
considerar que nuestros poetas favoritos son mejores que
los demás. Lo que sucede es que, en el
arte, también hay necesidades particulares. Hay, a veces, la
necesidad de una poesía esencialmente política. Otras
veces, se requiere de una poesía profunda y filosófica. O
irónica, social, escéptica, ecológica, romántica, étnica,
histórica, etc. Me recuerda a Gibrán cuando, en un relato,
nos hace ver que la definición de belleza está en relación
con la necesidad de cada persona. Para los fatigados, la
belleza está en los espacios tranquilos. Para los
enamorados, en el amor. En fin. Cada hombre es un mundo
en sí mismo. Su historia personal, sus lecturas, su
experiencia estética global (de música, literatura, cine, etc.),
su visión de la vida, su realidad económica, su mundo
laboral, sus relaciones personales, su nivel cultural, sus
creencias religiosas o espirituales, etc., configuran toda una
base existencial que, sin duda, tienen mucho que ver con
sus preferencias literarias. Cada lector es un mundo real y
cada libro de poesía (incluso, cada poema) es también un
mundo aparte. Lo ideal es compartir las experiencias
309
literarias, que es una manera de compartir la vida misma.
El mundo artístico es tan infinito que sirve poco excluir
otras lecturas y otras experiencias poéticas. Más allá de la
poesía que mejor sintoniza con nuestra base existencial y
cultural, es bueno ampliar nuestra percepción y nuestro
diálogo. Lo único que puede pasar es que terminemos,
literariamente, más enriquecidos y, por supuesto, con más
amigos que también aman la poesía, igual o más que
nosotros.
Comparar poetas y cotejar poemas es como indica
nuestro subtítulo, comparar estrellas. Todas son igual de
hermosas. Algunas nos parecen más grandes o más
luminosas; pero, los astrónomos nos dicen que es solo una
cuestión de distancia. Si el versificador ha alcanzado la
altura de poeta, vale igual que todo aeda. Si el texto es ya
poesía, vale igual que todo poema. ¿No es cierto que, a lo
largo de nuestra experiencia como lectores, vamos
descubriendo uno y otro poeta que nos parece igualmente
admirable que los anteriores? Es como la vida misma. No
podemos aferrarnos a unas pocas experiencias. Es bueno y
necesario tener las puertas abiertas a nuevos paisajes y
aires; es bueno y necesario tener el corazón y los pies
dispuestos a nuevos caminos. Y, en especial, hace falta
tener una actitud más justa y razonable para evitar ser
categóricos y excluyentes en materia de arte y poesía. Al
restar importancia a un poeta (que es poeta) podemos
estar lastimando la sensibilidad de nuestro interlocutor.
Finalmente, la literatura es la experiencia de la vida misma
y es un motivo para el diálogo cultural respetuoso,
edificante y constructivo.
Sabemos que, a lo largo de la historia de la literatura,
ha habido siempre broncas y polémicas apasionadas.
310
También ha habido oscura y empobrecedora batalla de
palabras. Pero, si ponderamos objetivamente, concluiremos
que todo ello va al baúl del olvido o el triste recuerdo y que
lo que trasciende es, finalmente, la obra de arte
concienzudamente trabajada. El gran Ribeyro opinaba que
no es por las cosas superfluas ‒como las reuniones
sociales‒ que un escritor trasciende; sino por lo que
escribe, con inspiración, trabajo y perseverancia. Dan
ganas, entonces, de recordar a Gandhi cuando decía que, al
final, lo que realmente importa es aquello que lleva el sello
de la eternidad, como ha sido con la obra literaria de Dante
Alighieri, Shakespeare y Vallejo, por nombrar sólo tres
ejemplos.
311
Homenaje
Decía Facundo Cabral
(una de las mentes más
lúcidas y universales de
nuestro tiempo) que,
mientras que el hombre,
durante cientos de años, se
ha dedicado a hacer
guerras y a exterminar a
sus semejantes, la mujer, en cambio, se concentró en amar,
en proteger y en dar vida a nuevos seres humanos. Y sin
embargo, todavía persiste la discriminación, el engaño y el
maltrato hacia ella. Creemos que este día es un momento de
fiesta y celebración; pero también es la ocasión perfecta
para que los hijos, los hermanos, los amigos y los esposos
hagan un balance, sin autoengaño, sin autojustificaciones,
sin ironía y sin falsedades, de cuánta valoración saben
brindar a la madre, a la hermana, a la amiga, a la esposa
respectivamente y, si ampliamos el abanico, a las
empleadas, a las sobrinas, a las tías, en fin, ¡a todas! Y
porque dice un bello adagio que educar a un hombre es
educar a una sola persona; pero educar a una mujer es
educar a toda una familia, es que reclamamos al Estado, a
los políticos, a las autoridades, que hoy, más que nunca,
necesitamos de acciones que reivindiquen a la mujer en
toda la plenitud de sus derechos. Atrás, en los oscuros
sótanos de la vergonzante historia, quedan los malos
tiempos en que la mujer no podía estudiar, votar ni ejercer
altos cargos públicos. Felizmente, la larga batalla de
312
mujeres heroicas que, desde siempre, supieron que no hay
nada que justifique la negación de derechos a la mujer, que
sólo sociedades enfermas podían incurrir en tales infelices
decisiones. Hoy que la patria peruana está destrozada por
la corrupción, principalmente de los hombres, hoy que la
historia peruana está en uno de sus momentos más graves,
hoy que necesitamos un punto de quiebre total en nombre
de nuestras jóvenes generaciones, que signifique la
refundación de la república peruana, son tan necesarias las
virtudes de la mujer, de la madre, de la maestra, de la
política, de la trabajadora sencilla de los pueblos. Sabemos
que grandes hombres de la historia tuvieron en sus madres
las primeras lecciones de moral, de conocimientos, de
inspiración para la lucha. Igual rol han cumplido las
esposas, que, muchas veces, han sido el motor para las
grandes realizaciones de sus esposos. Tres ejemplos
solamente: Mileva y Albert Einstein, Micaela Bastidas y
Túpac Amaru, Marcela Barcha y Gabriel García Márquez.
Ustedes, queridas amigas, mujeres respetables,
distinguidas damas, tienen armas poderosas para ayudar a
regenerar la humanidad: tienen la ética, tienen la tenacidad,
tienen el amor y la espiritualidad que, bien infundidas en
sus familias, sin duda alguna, que pueden obrar milagros.
Por mujeres, incluso, se libraron batallas. Por mujeres, los
hombres han hecho locuras. Pero, por mujeres, también, se
ha generado la inspiración para que se forjen valiosas
personalidades que han dado grandes contribuciones a la
patria y al mundo entero. Nuestro saludo, mujeres de
Chiclayo, del Perú y del Mundo. En ustedes existe la
maravillosa oportunidad de ayudar a cambiar la historia, de
construir el Reino del Amor que el Padre de todos nos pide.
Exijan siempre sus derechos. Luchen por salir adelante.
Solamente, el cielo es el límite como enseña Wayne Dyer.
Ayuden a los hombres a ser mejores hombres, a saber
313
cuidar el amor que un día se juraron, a entender que el
placer por el placer jamás tendrá el valor de una esposa y a
recordar que una mujer saludable, respetada y valorada
redunda siempre en beneficio de toda la familia. ¡Feliz Día,
Mujeres aquí presentes, seres esenciales para la vida en
este mundo! ¡Feliz Día, Mujeres de ahora y de siempre,
guerreras del amor, la paz y la armonía! ¡Feliz día, mujeres
de todas partes y de todos los tiempos! Que la historia les
conceda el sitial que se merecen. Que cada día sea de mayor
equidad, consideración y justicia para todas ustedes! ¡Y que
el amor, la energía más poderosa que ustedes llevan, sea el
remedio para sanar nuestra patria y el factor decisivo para
construir un Perú de todas y todos, donde cada mujer sea
una luz brillante que alumbra el camino del hombre que,
durante tanto tiempo, ha vivido en un mundo de sombras!
314
Prólogo para el libro
Mujeres luchadoras nacidas para el éxito
Si los programas de la televisión
peruana (adscritos a la farándula que
más dinero produce) y los propios
cineastas peruanos (tan proclives a
filmar historias fútiles y decadentes) se
atrevieran a contar las biografías
heroicas de tantas mujeres
compatriotas que, como dice José
Ramírez, son padre y madre de sus
hijos y no son presa fácil del pesimismo ‒un signo muy
común en estos tiempos‒; sino que, por el contrario, se
arman de coraje para luchar diariamente por la
subsistencia y tienen, como dice el poema “Desiderata”, la
firmeza de espíritu que las protege de la adversidad,
permanente o repentina, entonces, tendríamos películas y
programas extraordinarios, no sólo como producto
cinematográfico y periodístico; sino, además, como
historias verdaderamente inspiradoras para las miles de
madres guerreras del amor y la vida, que no hacen otra
cosa que demostrarles a los Ministros de Economía y a las
Políticas Neoliberales de Estado que, contrapuesto a su
oscuro paradigma del capital ante todo y sobre todo, está la
batalla de un pueblo desatendido y despreciado por el
poder económico, un pueblo que, a lo largo de toda la
historia colonial y republicana (que es la historia de las
injustas desigualdades), sigue en pie, luchando firmemente
por la vida y, cómo no, por un sistema más digno de la
315
naturaleza humana y más cercano a la Divina Voluntad de
Dios.
En esa perspectiva, este libro, Mujeres luchadoras
nacidas para el éxito, ilustra, con talento literario, las
peripecias de nuestras heroínas peruanas que, cual frágiles
navecillas, resisten la vorágine y las tormentas. Su fuerza
radica en el amor infinito por sus hijos, en el recuerdo
inmarcesible del amado esposo que, por esos misterios del
destino, prematuramente, hacen el viaje sin retorno. Su
inspiración nace de la férrea convicción de que sólo con la
lucha se alcanza la superación y el éxito. Es la razón del
título del libro. No hay lugar para el desánimo. No se puede
permitir que el corazón se abandone en las penas. La vida
continúa. Y esos pequeños que, ayer, pasaron privaciones
son, ahora, los estudiantes destacados que, después, serán
los grandes profesionales del mañana. Y no los
profesionales cuyo título universitario es una mera
exacerbación para el egoísmo y la adoración del dinero;
sino aquellos que, ganando lo justo y viviendo dignamente,
jamás pierden el compromiso con su gente y con el
desarrollo integral. Es la sensibilidad humana y social que,
parece, ya no se enseña en las universidades de hoy. Ellos
son, pues, los profesionales que marcan la diferencia. Son
los profesionales que ‒como diría Vallejo‒ saben “por
experiencia vivida” lo que cuesta surgir en esta vida y, por
ello, cooperan en la superación del prójimo (para usar una
palabra bíblica). Ésa es otra de las valiosas ideas que
transmite este libro.
Imposible no destacar la escenografía pimenteleña y
su sector social simbolizado en la narrativa de nuestro
amigo José Ramírez. Ya Luciano Berger ha evocado toda la
magia real de este balneario que todos los de estas tierras
316
llevamos en el corazón y, cómo no, entre los motivaciones
especiales para hacer pintura, música, poesía y narración.
El estilo de Ramírez tiene la sencillez del artista que
no pretende lucir pirotecnia verbal; sino, más bien,
conmover al lector con la profundidad del sentimiento y
con la presentación de hechos que retratan la batalla de un
Perú desigual que ha sido y sigue siendo fragmentado por
la cleptocracia que, cada vez más, se pone al descubierto.
En un mundo así de trastocado, es la mujer la más afectada
y, por eso mismo, la que más batallas realiza. ¡Allí está su
mérito y su dignísima victoria!
Chiclayo, abril de 2017.
317
Salutación por el Día del Poeta
Decía César Vallejo en su
discurso antifascista (allá, en
España), recordando que el griego
Arquímedes pedía un punto de
apoyo para mover al mundo, que
el poeta sí tiene ese punto de
apoyo para influir en la sociedad:
es la palabra. Y es que, citando
ahora a Facundo Cabral, los seres humanos estamos hechos
de palabras. Por palabras, la gente se molesta o está triste.
Con palabras, la gente se enamora y es feliz. O hay
discrepancias. O hay consensos. En las pequeñas cosas de la
vida… y en las grandes decisiones: por palabras. Y son,
precisamente, las palabras el material de trabajo de los
poetas. Por eso es que, quizá, el primer requisito del poeta
es la consciencia del lenguaje. De esa consciencia pueden
nacer poemas memorables e inmortales. Cierto es que no
reducimos el fenómeno poético al recurso lingüístico
solamente. También está la condición existencial del poeta,
sus ideales, sus sentimientos. Afirmaba también Facundo
Cabral que el poeta revive la dimensión humana del
ciudadano. O decía Víctor Hugo que poeta es aquel que va
con una antorcha guiando a su pueblo. Los poetas siempre
se han adherido a los grandes ideales de la humanidad: a la
libertad, a la fraternidad, a la justicia, a la paz, a la igualdad
y al amor entre los seres humanos. El poeta es antena social
en cuanto percibe y expresa las profundas contradicciones
y falencias de la sociedad. El poeta es un permanente
318
inconforme cuando vive en una sociedad injusta y desigual,
alienada por los caprichos y la dictadura del capital. Hoy
más que nunca, necesitamos trabajar por la humanización
del hombre. El poeta nos recuerda eso. El poeta nos
convoca, a través de su poesía, a reconstruir la sociedad, a
reordenar la vida moderna para que el dinero y las cosas no
valgan más que el ser humano. El poeta nos recuerda el
justo derecho a la alegría y la felicidad. Es por eso que los
poetas incomodan a los poderosos. Como les incomoda la
honestidad y la justicia a aquellos que solo tienen hambre
de riqueza y de poder en su visión absolutamente irracional
de la vida. Así que ser poeta no ha sido jamás una vanidad;
sino un compromiso permanente con la humanidad y con
uno mismo. La poesía no es asunto vano, como creen
algunos vanos. La poesía sí puede ayudar a cambiar las
cosas, aunque no lo crean algunos fatuos pesimistas. Es por
eso que el Día del Poeta es una fecha de reafirmación de
nuestro amor y nuestro respeto por la palabra, y por todas
las posibilidades que representa. Es reafirmar que creemos
en un arte que defiende la Vida y la dignidad del ser
humano. Es interpelarnos de adónde vamos con nuestra
poesía si no es para ayudar a construir un Mundo Nuevo.
Saludamos a todos los artistas de la palabra y los
instamos a seguir trabajando en la poesía desde las fibras
más humanas y la solidaridad, desde un amor infinito y
desde los ideales más altos de la humanidad. Recordemos,
por eso, en estos días de tanta emoción poética, algunos
versos del Poeta Joven del Perú, de Javier Heraud, cuando
dice:
Y la poesía es
un relámpago maravilloso,
una lluvia de palabras silenciosas,
319
un bosque de latidos y esperanzas,
el canto de los pueblos oprimidos,
el nuevo canto de los pueblos liberados.
Y la poesía es entonces,
el amor, la muerte,
la redención del hombre.
320
El piano negro
o la escondida realidad del inconsciente
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Jorge Luis Borges
Poema “Ajedrez”
Para empezar por el comienzo
(simpática redundancia), hay que
referirse a la portada del libro.
Quienes han definido esta imagen
(entre ellos, la talentosa
ilustradora Mayra Escribano
Barriga) han obrado con sagaz
pensamiento. Por ejemplo, con la
paradoja de las letras color
BLANCO para la frase EL PIANO
NEGRO. Y dos colores de fondo: un
tono azulino que rodea al pianista
de manos espectrales y una especie de mancha de
Rorschach (como parecen también varias ilustraciones
interiores), abrumadoramente negro, en reemplazo de la
cabeza. Por supuesto, no hay ningún piano. La angustiante
321
figura resulta, entonces, una exacta alegoría del
inconsciente. Hay, en el sótano de nuestra mente, un
soterrado instrumento cuya ejecución musical no
gobernamos. Desconocemos quién es el pianista. Una nube
negra, un amasijo de instintos, deseos, huellas hirientes del
pasado, pueblan nuestro inconsciente. Y se manifiestan de
todas maneras. Estamos ante una carátula que advierte al
lector: estás entrando a los misteriosos dominios del
inconsciente, y estás topándote con los ecos de los hombres
del Psicoanálisis: con Sigmund Freud, con Carl Jung, con
Saúl Peña (a quien está dedicado este poemario), y tantos
más. Y el autor, Marco Martos Carrera (luego de atravesar
la primera hoja, deliberadamente negra), entra en escena
con otra precaución, tomada del poeta húngaro Endre Ady:
¡Escape quien no tenga vino!
¡Este es el piano negro!
Hemos contado treinta y nueve poemas. ¿Acaso, la
elección numerológica del misterioso número tres y su
múltiplo, que obsesionó a Nikola Tesla, el genio de la
Corriente Alterna? En todo caso, treinta y nueve incisiones
a “esa fiera que está debajo de la piel y de nuestros
pensamientos” que es como llama el poeta al complejo
territorio mental del inconsciente. Y el libro aparece con
ocho ilustraciones interiores en tonos de grises, con similar
técnica. Son imágenes, a nuestro juicio, simbólicas, oníricas,
surrealistas, freudianas, que calzan bien con el discurso
poético.
Si Mariátegui gustaba del libro que se iba gestando
casi espontáneamente, Marco Martos, en cambio, con
premeditación y ventaja, elige el tema. Una opción, como
tantas, legítima. Ya lo ha hecho respecto del ajedrez, la
322
tradición literaria, la música, el Perú, la poética misma. En
El piano negro, es el inconsciente. Desfilan, entonces, no
sólo dos nombres fundamentales (Freud y Jung) en el
estudio del inconsciente y en el planteamiento del
Psicoanálisis; sino que, aparte de las elaboraciones
metafóricas de Marco Martos, encontramos referencias
directas a conceptos y símbolos muy ligados a los estudios
psicoanalíticos tales como: Eros, Thánatos, sueño, agua,
árbol de la vida, espejo, serpiente, perros, vampiro, etc. No
son menos importantes la mención de Abelardo y Eloísa
(una leyenda de amor en la Francia del siglo XII, que
incluye el trágico asunto de la castración), del término
Abraxas, relacionado con el esoterismo; y del Kundalini,
asociado al hinduismo.
Fueron las enseñanzas del excelente Profesor de
Psicología Luis Ramos Zambrano, en el Colegio Secundario
San Miguel de Piura, por las que Marco Martos, a temprana
edad, comprende “la importancia del inconsciente en la vida
de los seres humanos y en la creación literaria”. Así que El
piano negro tiene raíces profundas. A lo largo de los treinta
y nueve poemas, vamos encontrando un conjunto de
aspectos sumamente valiosos que deseamos comentar con
la brevedad posible y necesaria.
En el poema Abelardo y Eloísa, aparte de aludir a una
leyenda medieval que muestra el conflicto entre razón y
pasión, los parámetros de la sociedad y la fuerza biológica,
observamos que el poeta enuncia: “En las noches, bajo las
luces parpadeantes, / miramos al padre mar, a sus
tranquilidades, / con los mismos ojos”. Se atribuye al mar la
condición de padre. Para los incas y para los hindúes, el
mar constituye una realidad femenina y maternal: Mama
Cocha y diosa Ganga, respectivamente. San Francisco
323
hablaba de “la hermana agua”, conforme se lee en su
“Cántico a las creaturas”. Hay en la idea de “padre mar” una
valiosa connotación digna de ser explorada como figura
paterna, como fuente de vida, como presencia protectora.
Nos hace recordar estos conocidos versos: “Mi padre
duerme. Su semblante augusto / figura un apacible corazón”.
El padre, como se sabe, es un factor esencial en la vida del
ser humano. Y la relación padre-hijo, un tema de gran
interés para los estudiosos de la conducta y la mente
humana.
En el poema “Aguas revueltas”, hay dos versos que
llaman al equilibrio: “Sin agua no se puede vivir / ni con
mucha tampoco”. El poeta parece conjurar la desmesura de
los impulsos. La conocida frase, casi popular, “Valle de
lágrimas” es equiparable con la de Martos: “esta tierra de
desgracias”; y con estas líneas también de Vallejo: “este
valle de lágrimas, a donde / yo nunca dije que me trajeran”.
Hay una alusión como de leyenda, como de páginas de
Rulfo o García Márquez, a la familia, a los sembríos
arrasados, a una hermana ‒tal vez, sólo simbólica‒, para
quien se desea un hombre bueno. Y se habla de los
“maleantes de las villas”, esclavos de las sombras que,
vencidos por las fuerzas biológicas, traen infortunio a las
mujeres. Entonces, el poeta dice: “¡Ah, esos instantes de
placer / que dejan a las familias acongojadas!”.
La evolución de la especie humana (filogenia) así
como su naturaleza dual está expresada en el poema
“Almas”. “Venimos de las cavernas, de las disputas con las
mazas, / de las guerras feroces para aumentar los territorios.
/ Pero venimos también de la ternura, del primer abrazo, /
de la sonrisa del hombre y la mujer bajo un árbol”. Hay,
parece, una defensa de la bondad humana, aun
324
reconociendo de dónde venimos y qué llevamos a nivel de
especie, en información genética.
“Caballo negro” es un poema que sorprende por la
intensidad y variedad de los símbolos. A estas alturas, ya
sabemos que lo negro representa al inconsciente, sea como
piano, sea como un corcel. Hay dos versos conmovedores
que reiteran el sustrato biológico de la especie humana: “En
medio de las tormentas, en el silencio de los temores /
entramos en los más profundos sueños de la especie”. Y un
verso que enuncia al Eros desatado, la pasión ciento por
ciento: “De las profundidades salgo, como un caballo negro, y
te poseo”. Este mismo poema simboliza el peso del
inconsciente: “Una inmensa salamandra se encuentra en las
profundidades, / reposando en un largo sueño y cuando se
mueve todo cambia”.
En “Casa silenciosa”, duele e intimida, como en un
angustiante cuadro de Van Gogh, la presencia de los
cuervos, funesta, odiosa, decadente. El texto “Cazcarria” es
una página de lo real maravilloso, de recuerdos e imágenes
macondianas. “Cristalización” es un canto a la belleza y a la
inteligencia, es la batalla de la vida en la Tierra contra la
parca. “Camino de luz” juega con símbolos pétreos, cual
piedras rúnicas, como si de alguna mancia o arte
adivinatoria se tratara. La mitología romana acaece en
“Diacronía”, con el fecundo símbolo de la manzana eterna.
A su lado, la imagen gris y surrealista de Mayra Escribano.
Dos sueños, a la manera de un díptico, muestran a Carl
Jung, en un desfile de viajes no exento de escenas
dantescas. Pero, el psicoanalista suizo tiene buen final:
“Carl empieza a distribuir uvas / a una multitud de personas
agradecidas”. Son dignos de mayor análisis, o psicoanálisis,
los poemas “El agua de los sueños” y “El árbol de la vida”.
325
Bastan los títulos para saber que se está en terreno
fuertemente simbólico. “El enigma de Thánatos” expresa el
desconcierto ante la realidad de la muerte y plantea alguna
manera de afrontarla o de descifrar su misterio. Añade la
cita de Sartre: “El infierno son los otros”. En “El hilo de la
voz”, hay una referencia a la mítica caverna y parece
constituir un breve soliloquio del personaje llamado
inconsciente. El texto cuyo título da nombre al poemario,
“El piano negro”, contrapone el sufrimiento (que es
conjurado por el Claro de Luna, de Beethoven) y la sonrisa
de los niños (equiparada con el Himno de la alegría, del
mismo compositor). Por supuesto, experimentación de la
dualidad, otra vez. Y, a su lado, ahora sí, la figura completa
del pianista, con las mismas manos espectrales. No hay
piano porque así es el inconsciente. Se expresa; pero no se
deja ver directamente. “El primer hombre de la tierra”
manifiesta, una vez más, el asunto de la evolución del
hombre, su raíz biológica, su filogenia. Dice: “En verdad
somos siervos de la especie, / lo mejor de nosotros ya lo tenía
el primer hombre de la Tierra”. En “Eros y Thánatos”,
muestra la batalla agónica de vida y muerte en el corazón
del hombre. Esta lo feliz “en la alegría de los días y los
placeres de las noches ignotas”; y, luego, lamenta el poeta:
“pero existe el infierno de los hombres, su violencia”. Y nos
recuerda la amarga visión del hombre que tenía nuestro
recordado Marco Aurelio Denegri. El bello poema “Espejos”
escarba lo oculto en una experiencia amorosa. Aparecen
muchas dudas y una sola certeza: la de quererse, y la de
sentirse, acaso, la primera pareja de la tierra. “Festina
lente” tiene un verso muy significativo: “con mi propia
sombra que me dicta sus palabras”. El texto “Inconsciente”
ensaya algo más explícito. “Insomnio y sueño” parece un
discurrir entre la vigilia y lo onírico o su fusión ambigua.
“Febril” es una anáfora dedicada a la pasión. El poema “La
326
fiera” es un audaz retrato del inconsciente; y, al mismo
tiempo, una alusión a la humana y permanente batalla
entre razón y pasión, un tema siempre abordado por la
poesía. Khalil Gibran (poeta libanés muy apreciado, e
incluso traducido, por el célebre psiquiatra peruano Carlos
Alberto Seguín) tiene, en su libro El profeta, un bello
capítulo a este asunto que nos toca a todos. Por su parte,
Marco Martos versifica: “¿Dejarás que mande tu sensatez / o
tu propia ensoñación desatada?”.
“Al borde del río”, “La gran serpiente Kundalina” (sic)
y “Vampiro”, son fuertemente surrealistas por las imágenes
sombrías, viscerales, instintivas: “Al hombre se le había
dado por comer renacuajos”, “como un borrego se prendió de
las tetillas de la borrega madre”. “La mujer siente que una
gran serpiente / vive enroscada en su estómago”; “Ante el
asombro de todos, salió la serpiente por su boca”. “Cayendo y
levantando, dando tumbos, / surcamos por los ríos dando
pena”; “Así acaba la vida en un suspiro, / aletea ya, célebre
vampiro”. El poema “La gran serpiente Kundalina” puede
fácilmente asociarse a la tenebrosa narrativa de Edgar Alan
Poe. Hay, casi, angustias de pesadilla. Y varias ideas y
elementos de absoluto interés para el psicoanálisis. La
serpiente Kundalini nos conduce al Hinduismo. Es el
símbolo de una energía intangible que reposa en el
muladhara (primero de los siete chacras). Se dice que con
ejercicios de yoga, se puede alcanzar el Samadhi (estado de
conciencia elevado). Kundalini también se asocia al Tantra
que considera la utilización de todo deseo, incluido el
sexual, con el objetivo de la evolución espiritual.
“La vida burbujea” aparece, creemos, como el texto
menos sicoanalítico de todos. Pero, es en cambio, un bello
canto al amor. Constatemos: “Contigo cada día / me parece
327
el primero de mi existencia. / Y me quedo inmóvil, como un
niño asombrado / por la claridad de la madrugada. /
Apareces y el misterio de los amaneceres / se renueva
siempre”.
En el poema “Los perros”, hay dolor existencial (“la
vida es vida porque existen los ladridos / de los perros”), hay
protesta política y una terca y bendita esperanza cuando se
enuncia: “Pero ahí vamos, bordeando la desdicha, /
hermanos de los pájaros, buscando y buscando, / el lugar que
nos deben, que no tenga / el fuego espantoso del infierno que
conocemos”. “Llama” es un texto de apenas siete versos que
contrapone distancia y encuentro, y sugiere la salvación del
hombre por la esperanza y el amor. “Margarita” es un
poema rebosante de luz, de epifanía; es una trova a los
ciclos de belleza en la naturaleza. Luego, es el turno del
capitán del Psicoanálisis, en los versos titulados
“Melancolías de Sigmund Freud”. Singular y valioso poema
que sintetiza la visión personal del autor respecto a Freud.
Citamos apenas estos versos: “conocía el secreto de los
sueños / y llevaba un as, moneda romana, / cuando viajó en
la barca de Caronte”. “Poco supo de amor y mucho del deseo”.
En el poema “Neblina”, aparece el amor prohibido, y la
neblina como cómplice. Neblina adquiere un sentido
simbólico de lo instintivo, de la razón que hace posible la
sinrazón; dicho de otro modo: la pasión derrotando a la
razón. “Oro de Indias” es un texto en prosa referido a
Chocano, a su ilusa obsesión por hallar un tesoro, a cierta
superstición numérica, y a su muerte causada por Enrique
Bruce Padilla “a quien luego la justicia motejó
esquizofrénico”. “País de sombras” es un poema doloroso y
sombríamente onírico. Los hombres han adquirido casi la
condición de fantasmas: “Hablan solos, a veces, o llegan al
mutismo absoluto. / Dicen verdades terribles o cuentan
328
historias / de fantasmas y tesoros, de amores intensos /
congelados en la bruma de los años”. Al mismo tiempo,
plantea la disyuntiva entre la oscura libertad o la
racionalidad.
El poema “Sombra” expone, con buena dosis
didáctica, el reconocimiento de la realidad del
subconsciente. Y el antagonismo permanente que establece
en el hombre: “El prisionero pide comida cada día, libros, /
satisfacción de placeres prohibidos. / Debo quedar bien con
los señores del juzgado y no ganar la inquina del ladino.
Tengo que engañarlo, / con los sabios recursos de la cultura”.
“Tótem” es un texto poético donde hay también una
contraposición: el tótem oso (“es que eres un oso, un
individuo del bosque en las calles”) versus tótem serpiente
(“la muy hermosa”). Gracias al segundo tótem, parece
augurarse una mejor vida: “y cuando estás arriba, si acaso
quieres, te transformas / en un pájaro de múltiples colores”.
¿Invitación a la irracionalidad, a explorar lo diferente? Tal
vez. Y alude al mundo shamánico, a los médicos de almas
que curan a los osos perdidos “en los barrios siniestros de
las capitales”. ¿Qué significado, entonces, se atribuye al
tótem serpiente? Es un misterio que el lector ha de
resolver. En el texto “Un desconocido”, Marco Martos
presenta al hombre consciente de su inconsciente:
“Abatimiento de la conciencia, / hace lo que quiere, siempre
lo hace, / y desaparece”. Pero, encuentra un algo generoso
en el desconocido: “y generoso. / Ama la belleza, sí la ama”.
Y retorna al asunto de su origen: “tal vez venga de los tigres,
de los caballos, / del fondo del mar viene”. En “Una vela que
regresa”, hay, una vez más, contraposiciones: en lo alto de
la terraza / abajo el mar. En la terraza, acaso, la felicidad.
Abajo el mar, las velas que regresan. Dolor y felicidad. Y la
329
felicidad es, entonces, concluye el poeta: “una vela que
regresa”.
Hemos hecho una toma panorámica de los treinta y
nueve poemas de El piano negro. Por supuesto, apenas
hemos esbozado un afán interpretativo. Lo que queda claro
es la sombra del inconsciente. La conciencia del
subterráneo, la certeza de hilos invisibles que forman parte
del complejo entramado de nuestra existencia. Así pues, a
lo largo de toda nuestra vida, oiremos notas de un piano
que no vemos, pero que existe. En última instancia, el libro
de Marco Martos Carrera es un llamado a conocernos, a
saber que la naturaleza del hombre tiene un halo de
misterio. Y que esa caja de Pandora, llamada inconsciente
forma parte de nuestra diaria existencia. Acaso, la tarea
perentoria consista en saber armonizar biología y espíritu,
impulso y cultura. Sin que se agredan. Sin que perdamos. Es
entonces cuando la brisa del Shalom que nos regala el poeta
Kahlil Gibrán en sus palabras, quiere soplar suavemente en
nuestros oídos:
Vuestra alma es, a veces, un campo de batalla sobre el
que vuestra razón y vuestro juicio combaten contra
vuestra pasión y vuestro apetito.
Desearía poder ser el pacificador de vuestra alma y
cambiar la discordia y la rivalidad de vuestros
elementos en unidad y melodía. Pero, ¿cómo lo haré a
menos que vosotros mismos seáis también los
pacificadores, no, los amigos, de todos vuestros
elementos?
Vuestra razón y vuestra pasión son el timón y las
velas de vuestra alma viajera. Si vuestras velas o
330
vuestro timón se rompieran, no podríais más que
agitaros e ir a la deriva o permanecer inmóviles en
medio del mar. Porque la razón, gobernando sola, es
una fuerza limitadora y la pasión, desgobernada, es
una llama que se quema hasta su propia destrucción.
Por, lo tanto, haced que vuestra alma exalte a vuestra
razón a la altura de la pasión, para que cante.
Y dirigid vuestra pasión con el razonamiento, para
que ella pueda vivir a través de su diaria resurrección
y, como el ave fénix, se eleve de sus propias cenizas.
331
Pedagogía en la Literatura
Y la poesía es
un relámpago maravilloso,
una lluvia de palabras silenciosas,
un bosque de latidos y esperanzas,
el canto de los pueblos oprimidos,
el nuevo canto de los pueblos
liberados.
y la poesía es entonces
el amor, la muerte,
la redención del hombre
-Arte poética-
Javier Heraud
Estos versos del recordado
Poeta Joven del Perú, de
manera general, expresan la
riqueza multidimensional de
la literatura, dentro de la
cual, su aspecto pedagógico
es uno de los principales. En esa perspectiva, tenemos que decir
que la literatura que nos han dejado los grandes maestros ha
sido enormemente pedagógica; no, en un sentido puramente
académico; sino en una visión mucho más amplia y trascendente.
Todas las obras que han traspasado la prueba del tiempo son
aquellas que han tenido un mensaje fundamental e
imprescindible para la humanidad. Se dice que la historia cuenta
la realidad como es; pero la literatura vislumbra cómo debería
ser. En tal sentido, los escritores son pedagogos de la sociedad.
No en vano decía Víctor Hugo que “el poeta debe marchar por
332
delante de los pueblos como una luz” que los guíe. La literatura
ayuda a encontrar lo esencial de la vida humana. Nos concede
una visión esclarecida del mundo y de las cosas. Hay en la
literatura una de las mayores reservas de humanismo, de
cuestionamiento profundo de la condición social y humana y, sin
duda, la absoluta convicción de que otro mundo es posible. Pero
hay que entender lo pedagógico no en la acepción limitada de un
quehacer técnico, curricular y burocrático; sino en lo que Paulo
Freire sugería como una visión liberadora del hombre. Los
artistas ‒y los escritores entre ellos‒ suelen ser espíritus libres.
Es desde esa valiosa condición que construyen una visión
personal de las cosas, una propuesta estético-literaria y un
mundo posible. Lo testimonian tantos; por ejemplo, Eduardo
Galeano, uno de los cuestionadores más sólidos de la sociedad
contemporánea y uno de los visionarios de otra sociedad posible.
Una de las lecciones permanentes de la literatura es el atreverse
a desarrollar una visión propia del mundo y de las cosas. La
poesía, en especial, tiene la capacidad de ver lo que,
generalmente, no se ve. Y de verbalizar lo que todos sienten;
pero no todos pueden expresar. La literatura, además, ejerce
cátedra en el manejo del idioma. Es significativo encontrar que
Gardner, el promotor de las Inteligencias Múltiples, sitúe a los
poetas como los máximos exponentes de la Inteligencia
Lingüística. Así que hay en la literatura también lo que
podríamos llamar una pedagogía del buen decir y del buen
escribir, que implica, por supuesto, el ejercicio del buen pensar.
Y, tal como decía el pedagogo ruso Vasili Sujomlinski respecto de
los cuentos, es en la diversa narrativa que los seres humanos
encontramos, desde niños, las primeras lecciones de ética, la
batalla incesante del bien y el mal. Siendo las obras literarias
representaciones artísticas de la vida misma, hay en ellas un
potencial educador implícito. De la lectura de los libros, se
extraen aprendizajes tan extraordinarios que, no pocas veces,
influyen, inspiran y transforman vidas. Es una conocida verdad
que muchos grandes hombres de la historia han sido grandes
lectores. La obra literaria condensa tantos aspectos esenciales
del ser humano que termina impactando poderosamente el
333
pensamiento, la sensibilidad y el espíritu del lector. Los
escritores saben que su trabajo inevitablemente tocará al lector.
No se puede leer una gran obra literaria y seguir siendo la misma
persona. Algo ha cambiado en uno. De todas maneras, nos hemos
enriquecido. Y así lo testimonian innumerables libros a través de
la historia. La vida es sueño, de Calderón de la Barca, es la
pedagogía de la toma de conciencia de la vida humana. Romeo y
Julieta, de Shakespeare, es la pedagogía del amor que derrota al
odio y las rivalidades. La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher
Stowe, es la pedagogía de la justicia y del respeto a la diversidad
racial. El principito, de Antoine de Saint Exupéry, es la pedagogía
de la ternura y la amistad. Heidi, de Juana Spyri, es la pedagogía
de la vida del campo. Corazón, de Edmundo de Amicis, es la
pedagogía de la fraternidad universal. María, de Jorge Isaacs, es
la pedagogía del amor. Así se templó el acero, de Nikolái
Ostrowski, es la pedagogía de la colosal batalla de mujeres y
hombres por la construcción de una nueva sociedad. El profeta,
de Kalhil Gibrán, es la pedagogía de la trascendencia humana. El
cartero del rey, de Rabindranath Tagore, es también la pedagogía
de la ternura y, además, de la comprensión del espíritu infantil.
Mi planta de naranja-lima, de José Mauro de Vasconcelos, es la
pedagogía de la realidad social y afectiva del niño pobre en
Sudamérica. España, aparta de mí este cáliz, de César Vallejo, es
la pedagogía de la defensa de la paz y del ser humano frente al
monstruo voraz y genocida de la guerra. Los perros hambrientos,
de Ciro Alegría, es la pedagogía de la reivindicación de los
derechos y la dignidad del mundo andino. La palabra del mudo,
de Ribeyro, es la pedagogía del cuestionamiento de la condición
humana en el Perú. Son algunos ejemplos.
La literatura educa al lector en la soledad de su habitación;
pero, al mismo tiempo, educa a toda una sociedad. No en vano la
literatura es una de las artes más antiguas del mundo. Su
dimensión pedagógica, humanizadora, filosófica es una de las
grandes razones que le concede su permanencia en el espacio y
el tiempo. Recorrer las páginas de una obra literaria es ir
mirándose en un largo espejo. Igual sucede con el cine. Nos
334
vamos cotejando con los protagonistas. Puesto que todo lo que
leemos, escuchamos y vemos pasa a integrar nuestra vida
interior. Aquí, todo se procesa, todo se decanta y, como producto
de ello, lo esencial encontrado pasa a enriquecer nuestro ser
para siempre. Leer un libro es como hacer un viaje. Nadie podrá
quitarnos lo que hemos conocido, disfrutado y vivido. Mientras
más libros leamos, más riqueza interior tendremos. Y así, como
diría Mario Alonso Puig, el excelente conferencista español,
dejaremos de ser insignificantes y amargas pepitas de cobre,
para convertirnos en brillantes y felices pepitas de oro. Y la
piedra de toque no será otra que la Literatura.
Chiclayo, 03 de julio del 2020.
I Conversatorio Virtual “La literatura nos educa”
I.E.S.P.P. INTERNACIONAL ELIM
335
La novia del viento,
de Marco Martos
Compartiré una breve exposición
a la manera de un testimonio de
lector y un poco, también, desde mi
condición de escritor. Ciertamente,
en literatura, los temas son
eternos; así que el desafío del
artista parece ser trabajar con los
matices, con la visión propia, con
las singularidades. En las
producciones de intención estética
se cumple el conocido lema: “La
magia está en los detalles”.
Plantearse el objetivo de hacer un libro con buenos poemas
de amor es, cada vez, más complicado. Y es que, sobre el
amor, se ha dicho prácticamente todo. Pero, ¿por qué
seguimos escribiendo y publicando poemas de amor? Año
tras año, siglo tras siglo, nacen y se esparcen los poemarios
de esta humanísima temática. Sin duda, la respuesta está en
las diferentes circunstancias, en la visión propia, en las
nuevas historias vividas, escuchadas o imaginadas. Un
problema frecuente que ha de resolver el poeta en la
escritura de poemas románticos radica en el lenguaje.
Puesto que campean las frases trilladas, las emociones
fáciles, las metáforas desgastadas, el autor ha de hilar fino
para lograr un tejido verbal propio, incuestionablemente
original y dignamente memorable. Como se sabe, escribir
336
un poema implica, entre otras cosas, un sustrato afectivo,
una atención extraordinaria a la sonoridad (hacer un
poema es como escribir música), una habilidad notable para
jugar con las infinitas variaciones de las palabras y las
frases en el plano semántico. Pero, hay una dimensión un
poco enigmática también en el quehacer poético. Tal vez,
por eso, Neruda creyó que no puede enseñarse a escribir
poesía. Que no tanto puedes elegir hacerla; sino que, más
bien, ella te elige. Pasa como en el amor. Es la dama quien
tiene la decisión final. La verdad es que los escritores
solemos acercarnos con escepticismo ante un nuevo
poemario de amor. Es el tema más fácil y, al mismo tiempo,
uno de los más difíciles. No pocas veces, quedamos
descontentos; con la discreta certidumbre de estar leyendo
intentos fallidos como los hay tantos. No en vano Marco
Aurelio decía que la calidad es una cosa muy rara. Así que la
cuestión, entonces, es ésta: ¿cómo afrontar, exitosamente, la
tarea de escribir un libro con poemas de amor? Quien
quiera obtener una excelente respuesta tiene que leer, de
todas maneras, La novia del viento, del poeta Marco Martos
Carrera.
El primer motivo de asombro estético ya aparece en el
título. Podría hacerse un largo ejercicio interpretativo,
ensayar hipótesis, proponer sentidos a un título tan bello,
tan aparentemente sencillo; pero tan afortunadamente
polisémico. Y son cuatro palabras simples. Y es, como se
sabe, el título del famoso lienzo testimonial del pintor
austriaco Oskar Kokoschka, con huellas también en estos
versos. Hay en La novia del viento una feliz abundancia de
sorpresas permanentes. El poeta ha querido hacer un
forado en el tiempo para traernos el espíritu medieval
cantando al amor. He aquí una audaz estrategia para
plantear una obra poética dedicada al amor. Pero, cuidado,
337
habremos de encontrar la travesura y el corazón de los
trovadores y la pasión de las noches intensas de los
amoríos; pero no, la mentalidad medieval. La escenografía,
los personajes; pero no, el severo prejuicio ni el encadenado
pensamiento de esos siglos. Estamos ante un poeta que
pone un pie en la vieja tradición para elaborar un discurso
poético moderno. Será sabroso tema de análisis la
premeditada elección de mitos y leyendas de amantes que
han trascendido el tiempo. La presencia más fuerte: Eloísa y
Abelardo. Y aparecen, poema tras poema, Dante, Petrarca,
Juan Ruiz, Cavalcanti, Dino Campana, cada uno con su dama
y su fortuna o su drama; a veces, el delirio; también, el
éxtasis; y cómo no, el sufrimiento.
Cada poema es un lienzo, un cuadro con aromas
comunes y exóticos; por ejemplo, de lavanda. Y el amor
fluye, se realiza, se frustra, se desea. Y uno se queda
convencido de estar ante la presencia de la poesía. Porque
el artista ha considerado el riesgo del tema y ha tomado
sabias precauciones y ha ejercido sus experimentados
talentos y habilidades. Y ahí tenemos, por ejemplo, una
pulcritud de lenguaje que ya quisiéramos tener todos, una
bien calculada extensión del poema. Los adjetivos (un
asunto muy serio en poesía) diestramente administrados.
De cuando en cuando, el final del poema es un verso
inesperado. Esta decisión aparece desde el primer poema:
“Laurel de Apolo”, cuando la ensalzada dama sustrae del
embeleso al admirador casi aguijoneándole: “¿Mudo sois,
caballero?”. Un toque de ironía que ya anticipa decisiones
muy inteligentes en la composición de los poemas
sucesivos.
La poesía de La novia del viento aparece nutrida de
elementos literarios diestramente manejados por el autor
338
para el propósito del libro. El dolce stil novo está presente,
el amor cortés con sus damas idealizadas, populares
historias de amor, pintores notables (Botticelli, Magritte,
Kokoschka), transitan por los predios de este magistral
trabajo poético cuyos textos nos inducen a pensar que no
es exagerado afirmar que una lengua se reinventa en cada
libro de poesía. Es eso lo que sucede en este poemario, un
recordarnos que, en la poesía, las palabras renacen, se
reagrupan, se muestran en sintaxis insólitas para alcanzar
un maravilloso efecto estético. Estoy convencido de que
Marco Martos, dada su larga travesía por el mundo de la
poesía, sabe exactamente qué hacer desde el primer
vocablo con que construye un poema. Sabe a dónde va. Sabe
en qué momento subir o bajar el tono, en que preciso
instante la voz ha de susurrar, contar o sugerir. No es
concesivo con el lector puesto que disfruta de sembrar
enigmas. Parece que, en Marco Martos, se cumple
espléndidamente la receta de Plácido Domingo para el
canto de ópera: Equilibrio entre la mente y el corazón.
Aparece el amor en distintos tonos y gradaciones:
desde la fresca y gentil frase del cumplido, hasta el vórtice
del Eros desplegado. Como en la poética de Eguren, aparece
el medioevo aunque de modo distinto. En Eguren, es mítica
reminiscencia y bruma y difuminado lienzo; en Martos, es
fotograma, escena de película, pasiones que remontan los
tiempos y llegan hasta nosotros, sorprendidos lectores,
complacidos huéspedes de sus líricos recintos, convencidos
invitados de que el amor existe, la poesía es real, la magia es
posible. En este punto, nos viene la seguridad de que el
poeta ya no sólo es el hechicero de la tribu; sino que,
además, resulta un virtuoso alquimista del lenguaje. El
plomo es la palabra común de las frases comunes y el oro es
tales palabras elevadas a la extraordinaria condición de
339
poesía. La novia del viento es un testimonio de alquimia
verbal. Y es la radiografía del amor humano que es de uno y
de todos, delicado coqueteo, ironía de fiesta, alcobas de
vuelos siderales y éxtasis perfectos. Hay una suerte de
mixtura temporal en este poemario, idilios de leyenda,
episodios de cualquier momento, afanes de siempre. O es
que el amor tiene la virtud de la atemporalidad y, por eso,
nos conquista sin poder defendernos. Es Arcadia, es utopía
y es, reiteramos, ucronía. Neruda, Salinas, Benedetti ‒por
poner unos raudos ejemplos‒ supieron poetizar el amor
desde sus eficaces y conocidas perspectivas; hoy, Marco
Martos propone otra lúcida manera de abordar líricamente
la poesía amatoria. Con otros recursos; de la mano de
Abelardo y Eloísa (dama de múltiple presencia a lo largo del
poemario), de Tristán e Isolda, de Dino Campana y Sibila
Alheramo, de los aedas provenzales y Dante con Beatrice,
Petrarca y Laura de Noves, Garcilaso e Isabel Freire.
No puede excluirse de una atenta valoración, las
alusiones a Grecia, en su geografía, islas, mitos, dioses
traviesos, Olimpo; en una especie de celebración hedonista
a lo Zorba, a lo Dionisio. Tampoco ha de obviarse el exótico
y nutrido léxico que favorece la atmósfera deseada, la
presencia de la mítica flor azul, los poemas de homenaje a
Fray Luis de León (“Nieblas de Salamanca”) y al autor de La
divina comedia (“Dante Alighieri y el motor de las
estrellas”), seguido de una bella ilustración que parece
basarse en la óptica plástica del gran Gustavo Doré; el
poema referido a Pedro Salinas (“Rendido amor”); la
significativa referencia también a Homero y Rilke. Y nos
viene, por último, el deseo de elogiar las ilustraciones del
libro (de Amaro Serruche Agurto) que suman el efecto
visual al concepto del libro, con imágenes que remiten a
lejanos tiempos, a los apuntes de Leonardo, al Doré que ya
340
dijimos, a las acuarelas tristes de Eguren, y uno que parece
salido de la paleta de Gibrán, entre otros. Suelen cerrarse
los comentarios con un elogio. Esta vez, me parece decisión
mejor concluir con un hermoso poema tomado del céfiro de
la misma novia de este gran libro que hoy nos reúne.
Nenúfares
Consagrado a la verdad,
a la búsqueda del conocimiento,
el sabio permanece célibe,
ensimismado entre papeles.
Nada lo inmuta, ninguna
de las estaciones.
Vive en la alta montaña,
más arriba, solo el cielo azul,
alguna nube insólita.
Para no perder conexión
con el mundo real,
cada día baja al valle
para buscar sus alimentos
y vuelve presuroso
a su morada solitaria
para meditar sobre el origen
de las plantas y animales,
las aguas y los vientos gélidos.
¿Por qué son tan bellas
las aguas del mar encrespado?
¿Por qué los amaneceres
colman de alegría
el corazón de los hombres?
¿Por qué me he turbado
esta mañana mirando
a una muchacha
341
que recogía nenúfares amarillos
en el estanque del pueblo?
Chiclayo, septiembre, 2020.
342
Confrontación de los tiempos y gratitudes,
en la poesía de Fernando Cañola Camacho
El final de la historia lo dirán
mis compañeros,
arriba, abajo, encima de la historia,
y contarán a mis hijos
historias verdaderas,
y para siempre vivirá la esperanza.
JAVIER HERAUD
Hay, en la vida, clarísimos
instantes que nos interpelan; frías
noches que nos enrostran el nítido
balance; nutridos recuerdos que
nos retratan en lo que fuimos, en lo
que somos y en toda el agua corrida
bajo el puente que conecta ambos
tiempos. Y esta concurrencia de
sucesos en la mente, el corazón y la
memoria resulta más tumultuosa
cuando son distintas, variadas y
hasta opuestas las realidades.
Fernando Cañola Camacho trasmite ese humano acaecer
interno en este poemario. La utopía social, la reflexión
ontológica, la familia, la ciudad de Chiclayo, el amor de
pareja, la Luna, los amigos, la presencia intimidante de la
muerte, integran, principalmente, este polícromo viaje
poético en donde los contrastes y matices del tiempo
parecen marcar un ayer virtuoso y un ahora nostálgico;
343
ratificando, a veces, el viejo y recurrido concepto del aeda
Jorge Manrique: “Como a nuestro parescer, / cualquiera
tiempo pasado / fue mejor”.
Abre el poemario, y en significativa decisión, el texto
“Mi ciudad”, que nos lleva a la cordial dimensión de la
chiclayanidad, de imaginar los plácidos afanes del ayer, de
pensar en las gentes ponderadas de antes, en esta querida
ciudad de José Eufemio Lora y Lora, de Alfredo José
Delgado Bravo, de Alfonso Tello Marchena. Y leemos el
epígrafe: A Chiclayo, ciudad a la que debo / la mejor parte de
mis vivencias. Es la evocación del chiclayano poeta que sabe
del amor a esta ciudad variopinta, que la conoce de antes;
como dijo el Gabo, de ‘cuando era feliz e indocumentado’.
Entonces, forja estos versos: “A esta ciudad mía, / que ya no
es mía, / la sigo amando tercamente / con sentimiento / de
enamorado abandonado. / Esta ciudad / se fue tornando
hostil / hasta ser irreconocible. / Ha perdido espacios
añorados. / Y no importó / cambiar su rostro de estrechas /
calles allí / donde debían permanecer intactas”. Hay, desde
la memoria feliz, un reproche al presente, un llamado a re-
humanizar la vida social, la valoración de tiempos mejores,
la esperanza de reivindicar a una querida ciudad den
hermoso nombre: ¡Chiclayo!
Nostalgia de la utopía social
Uno de los ejes temáticos de mayor énfasis lo
constituye la nostalgia de la utopía social, del caro ideal
feliz y comunitario. Como un golpe de viento, irrumpe la
evocación de los años tumultuosos, agitados, de hondo
compromiso social. Y se contrasta el antes y el ahora. Un
panorama no sólo contradictorio; sino, además, desolador.
Harto conocidos son estos tiempos de retórica farisea, de
344
ladinos ‘progresistas’ de tribuna (chillón oportunismo,
claramente). Por todo ello, es grato encontrar una voz
sincera que se auto-cuestiona, que confronta el ayer y el
hoy, axiomas que se enarbolaron, destinos que sucedieron.
¿Fue el ideal apenas un bizantino episodio juvenil? ¿Se vive
hoy y se trabaja con sentido y coherencia? Otra vez, la
colisión entre la ostentosa prédica y la realidad concreta.
Hay, también, la evocación de los afines en varios aspectos.
Lejanos amigos; afectos de batallas brumosas. Un pasado
de reminiscencia y sentir poético, que incluye al cóndor,
mítico elemento ancestral de nuestras sociedades
primigenias; e invoca a Inkari (Inkarrí), del mito andino
que se refiere al retorno de la felicidad perdida. Esta visión
(de un ideal que hace implícita una firme convicción que,
incluso, testimonia reafirmarse) se patentiza en los poemas
“Ofrenda” (con manifiesto epígrafe: A los pueblos oprimidos
/ e insumisos), “Libertad secuestrada”, “Pensares”, “Alerta”,
“Deprecaciones”, “La tarde llegó temprano”, “Cóndor”. No
está ausente el cuestionamiento a la sospechosa jerarquía
de las instituciones religiosas que, fieles a intereses
extraños, oscurecen el camino de la genuina evolución
espiritual. Leamos:
Desde aquí,
desgastando calendarios para sobrevivir;
desde esta paz
a la que no tengo derecho y he renunciado,
te entrego voluntariamente
mis manos y también mis brazos,
mis pies y también mis pasos
―Ofrenda―
Libertad,
amada Libertad,
345
que naces y creces espontáneamente,
caminas presurosa y otras calmada
en el torrente íntimo que cruza y se nutre
en el alma propia del Hombre.
‒Libertad secuestrada‒
Juntaré el dolor, los gritos de desesperación
que recorren las calles polvorientas y sin
desagües, donde no hay
mañanas ciertas,
y los dejaré en las puertas de los que lucran
con la pobreza.
‒Pensares‒
Aquí estoy,
y he de volver,
en la confianza que Tu grey
alcance la plenitud de su libertad
en la doctrina que legaste
para que todos seamos iluminados
y no vuelvan a entronizarse
jerarquías que enturbiaron
el camino hacia Ti.
‒Deprecaciones‒
El poema “Yo, culpable” ‒en el que nos detendremos
más tiempo‒ revela una exacta aproximación respecto del
valor que representa el compromiso social en Fernando
Cañola: todo tiempo es bueno para clamar en pro de la
justicia; todo tiempo es válido para denunciar la
desigualdad, los desniveles económicos, la corrupción del
poder. Significa levantar la voz ‒contrario a tantos que
optan por el cómodo silencio‒ para recordar que las cosas
no están bien, que urge hacer algo por los que más sufren,
346
que es urgente sanar las profundas heridas de una sociedad
tan fracturada, tan plagada de inequidad y antivalores
como la sociedad peruana.
Cómo me dueles,
cómo me dueles, país.
¿Quién llenó tu casa de miserables?
El yo poético siente la agitación del compromiso. Sabe
que no es posible estarse anónimo, silenciado, impertérrito.
Siente que no es de hombres humanos callar la realidad. Y,
más allá de la nostalgia, más cerca de la batalla, proclama:
¡Oh, mar,
dame un poco de tu furia!
¡Oh, volcanes,
vengan y apodérense de mi corazón!
El poeta se abre paso entre las metáforas porque
siente el exacto deber de decir claro y directo:
Mira, Tú,
cuántas voces suplicantes,
cuántas manos humilladas,
cuántos cuerpos a la intemperie
esperando el pan que les fue negado.
Ahora mismo,
ahora mismo, una joven mujer
ha pasado por mi lado
ocultando el rostro sus cabellos,
tiritando,
arrastrando su cuerpo donde él la lleve,
desnuda,
con la lucidez secuestrada por el hambre,
347
solitaria,
y he maldecido…
Como un personaje de Vallejo, Cañola siente que las
heridas del mundo son sus heridas y que hay también en él
parte de responsabilidad. Esa percepción le hiere, le
increpa y le conduce irremediablemente a autoinculparse.
Y quise darle abrigo y no he podido.
Y mi corazón palideciente
ha salido a mi encuentro
y me ha señalado… me ha señalado.
Tal es el peso del compromiso social en Fernando
Cañola. Memorias, juventudes, amistades de entonces y de
ahora: no basta la contemplación, la actitud retrospectiva;
es necesario seguir bregando para que la utopía sea menos
utopía y se vislumbre la sociedad justa y fraterna que tanto
necesitamos. Así que, hablando del otoño activo del poeta,
nos viene también la convicción brechtiana: ¡los que luchan
toda la vida son los imprescindibles!
Acento filosófico
La reflexión ontológica aparece en los poemas
“Equilibrio”, “Respóndete”, “Dicotomía”. Esta misma línea
temática se extiende cuando el yo poético expresa angustia,
soledad y desazón humana en los poemas “Soliloquio”,
“Desolación”, “Malanoche” (de algún modo, anexo, es un
poema que fusiona crisis y esperanza).
no basta,
tampoco la melodía
si no la acompaña atenta
348
la pulsación del ritmo.
‒Equilibrio‒
Somos menos que un grano de arena
en el confín del Universo; y tú
solo un elemento prescindible
e infinitesimal en el conjunto.
Entonces,
¿de qué te ufanas?
‒Respóndete‒
Hoy, les cuento,
decidí salir
a pasear conmigo
‒Dicotomía‒
Cañola discurre holgadamente en los versos de índole
filosófica. Le favorece su actitud meditativa, la lucidez que
otorgan los años y un saber mirar las cosas con cierto
distanciamiento ponderado. Tiene frases y motivos
filosóficos que muy bien recuerdan al Tao Te King. Y, de
seguro, experiencias, raciocinio y lecturas que le han
afinado el criterio para bien construir poemas en esta línea
temática.
Poesía del hogar
Hay un grupo de poemas bellos y especiales,
dedicados a la familia, elaborados con finura y pulcritud de
orfebre, donde destellan el sublime sentimiento filial (“Tus
manos”, “Madre omnipresente”), la poética del abuelo
(“Hay en tu mirada”, texto dedicado a la nieta María Paula),
la valoración de las mascotas (“Lo inesperado”), la
sensibilidad del nieto (“A contrapaso”, dedicado al nieto
349
Diego), la gris melancolía (“Estoy triste”). Este conjunto de
poemas muestra también la ambarina atmósfera de la
añoranza, del recuerdo, del mirar hacia atrás para
encontrar sublimes afectos y atesoradas memorias del
corazón.
Esas manos,
las tuyas, madre nuestra,
que Dios las tiene bendecidas,
con ellas labraste con paciencia
de artesana iluminada,
el camino que teníamos
que recorrer para que sea más suave
a las pisadas de los hijos
que antes acunaste en tu vientre santo.
‒Tus manos‒
Hay en tu mirada
misterio que deseo develar:
¿Es acaso el sello de la paz
que transmites a mi espíritu,
y algo más?
Mirada de agua dulce y cristalina,
mecida por suave brisa,
‒Hay en tu mirada‒
Veo llegar a mi memoria
el recuerdo de mis padres, el de la abuela
Carmen, sin muletas,
sin interrogación en sus ojos iridiscentes.
Y mi tristeza crece sin orillas,
me cubre los ojos, ciega mi respiración
‒Estoy triste‒
350
Poética del Eros
El amor de pareja acontece de varias formas:
añoranza, reproche, celebración del cuerpo de la amada,
factor de bienestar, distancia, elogio de los encantos
femeninos, la elegida, el goce del encuentro; en los poemas
“Cuando cierro mis ojos”, “Mírame ahora”, “Aires de
nostalgia”, “Petición”, “El adiós”, “Cuando te ausentas”,
“Algo he visto en tu rostro”, “Éxtasis” (Eros venciendo a
Tánatos), respectivamente. Son textos que sorprenden por
la vitalidad, fuerza expresiva, logradas imágenes y fresca
libertad. Sin duda, son poemas que muestran un manejo
inteligente de las emociones, del lenguaje (alcanza
momentos brillantes, poco frecuentes en la poesía amatoria
lambayecana) y, cómo no, de las imágenes.
Cuando cierro mis ojos…
es cuando más te tengo, sin sombras,
y camino en el presente plácidamente
en abandono
‒Cuando cierro mis ojos‒
Cascada de vida, renovada,
tu vientre;
amor a raudales, inagotable,
tus manos.
‒Aires de nostalgia‒
Déjate ver
para que a mis ojos no venga
a rondar la tristeza,
‒Petición‒
Hay un sol refugiado en mi vientre
351
y esta sed que inunda mi boca
solo puede ser aplacada en tus labios.
‒Éxtasis‒
La magia de Selene
De pronto, irrumpe un elemento poético clásico como
es la Luna (reforzado, incluso, por el color azul, otro gran
símbolo literario) que, en el arte poético de Cañola,
adquiere una visión de tierna fantasía, no exenta también
del factor tiempo, de un antes y un ahora.
La Luna se siente sola;
en el velo azul de la noche
flota la Luna,
y en sus cuatro formas
aunque solloza…
nadie la escucha.
‒La Luna‒
Camino sobre plomiza vereda
con la mirada en el azul luna
y en su andar pausado,
converso con ella de cuitas
pasadas, y en su mudo hablar
me cuenta en celeste
las que habrán de venir.
‒Luna azul‒
El poema “Inspiración” es un testimonio de la
vocación literaria, de la perenne pasión por el maravilloso y
liberador mundo de la palabra poética:
Nunca olvidaré,
352
poesía, la inmensidad de la noche
en que liberadora y eterna
diste horizonte a mi vida.
Un poema para los poetas de la plazuela
Con el poema “El árbol de la plazuela” (inspirado, sin
duda, en el fornido ceibo frente a la Ex Mutual Chiclayo),
Fernando Cañola comunica su aprecio por los poetas que
frecuentan la conocida estancia de los artistas
lambayecanos, la Plazuela Elías Aguirre. Este es uno de los
textos que bien puede representar el estilo del autor: frases
cuidadas, sonoridad cadenciosa, léxico preciso.
a través del roce de sus hojas,
deja caer para los escogidos,
cual maná imperceptible, las vivencias
que en él quedaron impregnadas,
para que sean recogidas, en ese recóndito
misterio, por los poetas de la Plazuela.
Pandemia
Fernando Cañola quiere también referirse al doloroso
asunto de la pandemia. ¿Creada o espontánea?, extiende la
polémica interrogante. Y muestra algunas sombrías
imágenes de esta intimidante y doliente realidad nacional y
planetaria.
La muerte ronda:
El silencio desnudo
con las manos vacías,
recorre las calles;
el aire a sus anchas vaga,
353
renovado en ellas.
‒Ausencias‒
La espada de Damocles de Tánatos
Acude también, a los impredecibles rumbos del poeta,
el complejo asunto de la muerte. Empero, no ha de
encontrar el lector un discurso acongojado ni temeroso;
antes bien, aparece un diálogo tranquilo, casi conciliador,
una mirada afable ante este seguro epílogo de toda entidad
viviente, y (a la manera de un filósofo estoico) la
sorprendente consciencia del instante postrero:
dime,
¿qué designios para mí te dieron,
acaso fuiste tú quién aligeró mi caída
y enderezó mi cuerpo acomodando
mis pies para que sean ellos, y no mi cabeza,
los que descendieran raudo
‒Constataciones‒
¿Quién fue el primero que osó llamarte como te llaman?:
Si eres la contracara de la Vida, tu hermana gemela,
pues no hay vida sin ti y sin ti la vida no existiera.
‒Muerte‒
Y una vez más, el tiempo atraviesa inevitable,
impávido, la condición humana, cuando se recuerda a los
amigos ausentes:
El tiempo se precipitó
escalinatas abajo, inconsciente de la orfandad
en que quedé.
Ahora
camino por las mismas calles
354
que antes recorrimos
pero, en verdad, sea dicho,
otras son las casas y sus habitantes,
otros también
los que transitan por ellas ignorando
sus historias, las nuestras, cuando las edades
que tuvimos, despreocupados, las entregábamos
al tiempo risueñamente.
‒Nostalgia‒
Tal es el recorrido por la geografía poética de
Soliviantando deseos, un espacio donde aparecen
confrontados los estados del ayer y el ahora, en las
convicciones sociales, en la condición humana, en la familia,
en las amistades, en el sentimiento amoroso, en la ciudad,
en los afectos, etc. Hay, queda claro, una contraposición de
tiempos que conllevan circunstancias opuestas, donde
aparece un ayer de bienestar y un hoy de nostalgia, un ayer
de ilusión y un hoy de realidades adversas; como cuando se
mira un mundo de joviales y radiantes primaveras desde el
umbrío balcón de los días otoñales, desde la necesaria
conciencia de la temporalidad humana. Empero, más allá de
esta contrariedad de cosas, hay afectos, consuelos y
espléndidas gratitudes que reconfortan al poeta: el amor,
los buenos recuerdos, la balsámica familia, la poesía de
toda la vida.
Una cuestión que cabe resaltar es el diestro manejo
del lenguaje en este poemario. Estamos ante un enunciador
que, en todo momento, trabaja la idea, la frase, los
símbolos, con un cuidado y una responsabilidad lingüística
encomiables. El producto es una voz lírica con acento
propio, con marca personal efectiva y con poemas de
notable factura que habrán de sorprender al zahorí lector.
355
Un abrazo, estimado Fernando. Ha sembrado con
entusiasmo esta obra poética. Toca ahora la cosecha de
lectores, aprecios y demás algarabías, con la seguridad de
estar, a través de su poesía, armonizando sus propios
tiempos y abrazando, con el mismo calor de antes, los
sueños, las convicciones inclaudicables y los motivos para,
incluso desde los pacíficos campos del otoño, seguir
amando y defendiendo el maravilloso don de la Vida, con la
misma certeza de los años juveniles; más aún, en estos
aciagos meses de pandemia que es el tiempo en que las
artes, de todas maneras, han de erigir un sólido y unánime
testimonio de Fe, Amor y Esperanza.
Chiclayo, octubre del 2020.
356
El manejo de la lengua española
en la narrativa de Ribeyro
Una de las razones esenciales
por las cuales trasciende la
cuentística de Ribeyro radica en
su magistral manejo de la
lengua española. Se ha dicho
que Ribeyro tiene un estilo
clásico, si por ello entendemos
un manejo consistente, riguroso
y estético de las palabras. Pero,
al mismo tiempo, la lengua española adquiere en sus
cuentos una atmósfera de acuarela, un aire de familiaridad
y, al mismo tiempo, una sonoridad poética. La prosa de
Ribeyro es perfectamente asequible. No hay en sus textos
vanas ostentaciones de pirotecnia verbal. Sus cuentos son
esencialmente cuentos, historias que le urgen y deleitan
compartir. Leerlos es casi como sentir al narrador cerca,
tan sencillo y tan mágico, al mismo tiempo. Tampoco ha de
pensarse que hay un facilismo expresivo. Por el contrario,
la transparencia de sus cuentos es el resultado de mucho
trabajo y batalla con el lenguaje. Es el testimonio del
fabulador persistente, emocionado, autoexigente. Como un
dotado músico ante el querido instrumento, Ribeyro toca la
lengua española con inspiración, con inteligencia y con
afecto. Todo aquél que ha leído sus cuentos, con la mente y
el corazón juntos, lo sabe. El escritor, en general, trabaja
como frente a un espejo. Escribe lo que piensa y,
simultáneamente, piensa lo que escribe. Cuando leemos
357
una prosa fluida, limpia, incluso, melódica, tenemos que ser
conscientes de todo el trabajo que hubo detrás. Los lectores
sólo vemos el producto. Pero, en verdad, hay mucho
esfuerzo anterior. Y perseverancia. Y el consabido trabajo
de corrección. Y es que, similar a la oratoria, en el terreno
de la literatura importa lo que se cuenta; pero, acaso,
mucho más, el cómo se cuenta. Eso conduce al escritor a un
estado de autoexigencia puesto que aquello que se publica
queda allí para siempre y pone en evidencia todos los
cuidados en la escritura y la negligencia, las virtudes y los
defectos. Ribeyro, por supuesto, supo hacer de la lengua
española una excelente aliada para la escritura de sus
cuentos.
Desde la perspectiva de narrador y corrector de
textos, ensayo un grupo de indicadores que auscultan el
manejo de la lengua española que tuvo Ribeyro:
Longitud de la oración
Adjetivación
Manejo de los circunstanciales
Puntuación
Frases poéticas
Léxico
Credibilidad de los diálogos
Adecuación del registro
Calidad de las descripciones
Uso original del código
Sinonimia pertinente
Consistencia de lenguaje
Cuentos para este breve estudio: “Los Merengues”,
“Doblaje”.
Cuento: “Los merengues”
Muestra del inicio del cuento:
358
Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del
colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los
pasos que se iban alejando por el largo corredor.
Cuando se hubieron definitivamente perdido, se
abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de
las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la
bolsita de cuero, contó una por una las monedas ‒había
aprendido a contar jugando a las bolitas‒ y constató,
asombrado, que había cuarenta soles.
Comentario: Se observa uso frecuente de circunstanciales
(referencias que nutren al relato), oraciones largas (propias
de quien tiene dominio idiomático), léxico del habla
familiar y popular, incluyendo el uso de un hipocorístico
(Perico), registro que se corresponde con la historia
presentada. Es notoria la consistencia del lenguaje por la
precisión de las frases, la sintaxis bien cuidada y la no
existencia de palabras innecesarias (deficiencia habitual en
los escritores principiantes). El léxico de Ribeyro puede ser
sencillo; pero su maestría narrativa se evidencia en la
construcción impecable de las oraciones y párrafos. La
puntuación (el punto débil de no pocos escritores), en las
dos primeras oraciones, impecable; en las dos siguientes,
aceptable, puesto que pudo separarse mediante comas el
circunstancial de cantidad “una por una”. Vale mencionar
que la puntuación, uno de los aspectos cruciales en la
escritura de un texto literario, suele asumirse desde dos
opciones: el apego estricto a las normas ortográficas y el
darse una cierta libertad.
Muestra del Intermedio del cuento:
Perico, lejos de obedecer, se irguió y con una
expresión de triunfo reclamó: ¡veinte soles de
359
merengues! Su voz estridente dominó en el bullicio de
la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos lo
miraban, intrigados, pues era hasta cierto punto
sorprendente ver a un rapaz de esa calaña comprar tan
empalagosa golosina en tamaña proporción. El
dependiente no le hizo caso y pronto el barullo se
reinició. Perico quedó algo desconcertado, pero
estimulado por un sentimiento de poder repitió, en
tono imperativo:
― ¡Veinte soles de merengues!
Comentario: Nuevamente, oraciones largas (compuestas).
En la adjetivación, recurre a palabras del léxico común: voz
estridente, silencio curioso, empalagosa golosina, etc. Todo
el fragmento muestra un vocabulario del uso cotidiano;
excepto, quizá, por los términos estridente, rapaz,
dependiente, barullo. Una vez más, queda evidente la
fluidez y consistencia de la narración.
Muestra de diálogo:
El dependiente lo observó esta vez con cierta
perplejidad pero continuó despachando a los otros
parroquianos.
― ¿No ha oído? ―insistió Perico excitándose―
¡Quiero veinte soles de merengues!
El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.
― ¿Estás bromeando, palomilla?
Perico se agazapó.
― ¡A ver, enséñame la plata!
Sin poder disimular su orgullo, echó sobre el
mostrador el puñado de monedas. El dependiente
contó el dinero.
― ¿Y quieres que te dé todo esto en merengues?
360
― Sí ―replicó Perico con una convicción que
despertó la risa de algunos circunstantes.
― Buen empacho te vas a dar ―comentó alguien.
Comentario: Estamos ante un diálogo de tremenda
credibilidad en cuanto el español presentado pues
corresponde a la edad y pensamiento de los personajes.
Nótese cómo el autor contrapone muy bien las psicologías
del adulto vendedor y del niño Perico. Ello genera dos
lenguajes muy contrapuestos. Se lee este diálogo y uno
siente estar en cualquier bodeguita de barrio escuchando
esas mismas palabras: el registro propio de un barrio, el
registro que Ribeyro ha sabido elegir y utilizar.
Cuento: “Doblaje”
Muestra del inicio:
En aquella época vivía en un pequeño hotel cerca
de Charing Cross y pasaba los días pintando y leyendo
libros de ocultismo. En realidad, siempre he sido
aficionado a las ciencias ocultas, quizás porque mi
padre estuvo muchos años en la India y trajo de las
orillas del Ganges, aparte de un paludismo feroz, una
colección completa de tratados de esoterismo. En uno
de estos libros leí una vez una frase que despertó mi
curiosidad. No sé si sería un proverbio o un aforismo,
pero de todos modos era una fórmula cerrada que no
he podido olvidar: «Todos tenemos un doble que vive
en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil
porque los dobles tienden siempre a efectuar el
movimiento contrario».
361
Comentario: Nuevamente, Ribeyro inicia con un
circunstancial de tiempo. Las oraciones, extensas. La
segunda contiene 39 palabras. Reiteramos que a mayor
extensión de las oraciones, mayor competencia lingüística.
Siendo este cuento, lejano al anterior por su temática y
público de interés, resulta interesante poner la lupa en el
léxico a ver si encontramos palabras no tan comunes.
Podría decirse que las hay: ocultismo, Ganges, esoterismo,
proverbio, aforismo, antípodas. Sí, estamos ante un cuento
que exige un lector más culto. Lo que significa que Ribeyro
ha sido capaz de manejar varios registros, dependiendo de
la temática de sus cuentos. “Los merengues” puede ser
fácilmente entendido por un niño de seis años; pero ya no
va a suceder lo mismo con “Doblaje”. Notamos la falta de la
coma hiperbática en la primera y tercera oración (a no ser
que haya sido mal transcrito el original). En El sueño del
celta, de Vargas Llosa, hay frecuentes omisiones de la coma
hiperbática. ¿Trasgresión de la norma o la libertad de
estilo? Asunto de polémica.
Muestra del intermedio:
Llegué entrada la noche y del aeródromo fui
directamente a mi hotel. Estaba realmente fatigado,
con unos enormes deseos de dormir y de recuperar
energías para mis trabajos pendientes. ¡Qué alegría
sentirme nuevamente en mi habitación! Por momentos
me parecía que nunca me había movido de allí. Largo
rato permanecí apoltronado en mi sillón, saboreando
el placer de encontrarme nuevamente entre mis cosas.
Mi mirada recorría cada uno de mis objetos familiares
y los acariciaba con gratitud. Partir es una gran cosa,
me decía, pero lo maravilloso es regresar.
362
Comentario: Resalta la fluidez, la no existencia de
“baches”, la destreza de lenguaje. Nuevamente, predominio
de un léxico común; pero, en conjunto, una prosa bien
construida, sintáctica y semánticamente hablando, lo que
no sucedería con una persona que maneja el mismo léxico;
pero carece del talento para hacer una narración. Hay
omisión de comas hiperbáticas; por ejemplo, después del
circunstancial Largo rato.
Muestra del final:
—Lo han llamado del Mandrake Club. Dicen que
ayer ha olvidado usted su paraguas en el bar. ¿Quiere
que se lo envíen o pasará a recogerlo?
—Que lo envíen —respondí maquinalmente.
En el acto me di cuenta de lo absurdo de mi
respuesta. El día anterior yo estaba volando
probablemente sobre Singapur. Al mirar mis pinceles
sentí un estremecimiento: estaban frescos de pintura.
Precipitándome hacia el caballete, desgarré la funda: la
madona que dejara en bosquejo estaba terminada con
la destreza de un maestro y su rostro, cosa extraña, su
rostro era de Winnie.
Abatido caí en mi sillón. Alrededor de la lámpara
revoloteaba una mariposa amarilla.
Comentario: Aquí, se aprecian algunas oraciones menos
extensas. Tiene una razón de efecto narrativo. El diálogo,
creíble, por el léxico, el modo de dirigirse al interlocutor.
Ausencia de varias comas hiperbáticas. Adjetivación
sencilla: cosa extraña, mariposa amarilla.
363
Conclusiones
De las muestras de ambos cuentos puede concluirse, muy
parcialmente, por supuesto, que Ribeyro no era dado a las
adjetivaciones frecuentes, como sí ocurre en Borges y en
García Márquez, por ejemplo (ambos, maestros en el difícil
arte de adjetivar). Esta actitud sobria ante los adjetivos no
es una deficiencia; es un estilo. Puede afirmarse que
hallamos en Ribeiro un español austero, de construcciones
largas, con mucha fluidez y consistencia. Sí gusta de colocar
circunstanciales. Tiene los diálogos convincentes. El léxico
no es el de un Eguren, por ejemplo, muy dado a
terminología inusual, incluso, a los arcaísmos. Pero,
reiteramos, son estilos. En todos ellos, hay magia, hay arte,
hay estética literaria. Sabe adecuar y utilizar los registros
según los personajes. La puntuación oscila entre ceñirse a
la normatividad y en el concederse cierta libertad; por
ejemplo, para prescindir de las comas hiperbáticas. En las
muestras presentadas, hay una que otra frase poética. Por
ejemplo: Partir es una gran cosa, me decía, pero lo
maravilloso es regresar. Las descripciones no caen en
detallismo, son ágiles; propias de la narrativa moderna. La
sinonimia queda evidente cuando no se repiten los mismos
sustantivos, verbos o adjetivos. Hay, sin duda, un uso
original, creativo, de la lengua española que, amparada por
una gran solidez y consistencia en la narración, sumado a
sus otras virtudes narrativas, hacen de Ribeyro un maestro
en el arte de escribir cuentos.
Chiclayo, 27de noviembre del 2020.
II Conversatorio Virtual
“Julio Ramón Ribeyro y la Narrativa Urbana en el Perú”.
I.E.S.P.P. INTERNACIONAL ELIM
364
Una novela-retrato del Perú actual
El reconocido docente Oswaldo
Sánchez Antón ha publicado la
novela Y la sombra se hizo luz
(noviembre, 2020). Esta
publicación viene a sumarse,
meritoriamente, a las ya conocidas
del escaso conjunto de novelas
lambayecanas contemporáneas
(nuestros escritores son más
dados al cuento y la poesía).
Sobresale la vocación realista del
autor quien ha decidido optar por
una representación objetiva, ajustada al entorno social y
nacida de experiencias concretas. Darío Zurita, el
protagonista, realiza un sufrido tránsito por la compleja y
difícil realidad peruana, de injusticia, pobreza y corrupción.
Pero, al mismo tiempo, Darío es símbolo de dignidad y
resiliencia, de batalla por la vida a pesar de los pesares. La
novela aparece como una implacable radiografía de los
estratos sociales de la realidad local y nacional: la pobreza
de las barriadas (representada por “Buena Esperanza”), la
explotación laboral (ejercida por el ingeniero Martinelli), la
conciencia obrera (expresada en la convicción sindicalista
de Darío y del viejo Petronio), la violencia política (Darío es,
tramposa y cruelmente, acusado de terrorista), la
solidaridad vecinal, la corrupción que deviene transversal
en las instituciones del Estado, la heroica resistencia ética
(del juez probo apellidado Mimbela, del propio Darío, del
365
arrepentido Simón Monteza, etc.). Hay, entonces, la resuelta
intención de denunciar la oscura y profunda crisis
axiológica de la sociedad peruana. Significativa, también, la
intención de sensibilizar al lector con las logradas y
conmovedoras escenas de Darío e hijo, el fallecimiento de
la esposa, las inhumanas torturas. El hijo de Darío aparece
como brillante símbolo de otro mundo posible: con amor,
justicia y paz. Los hechos se narran fluidamente, usando
párrafos compactos, en un lenguaje ceñido a estricta lógica
y al preciso discurrir de la historia. Los personajes tienen
un desempeño lingüístico que se corresponde con su
estatus social y cultural. Mención aparte merecen las
alocuciones en las que el autor recrea el lenguaje jurídico.
Esta novela sintoniza perfectamente con la situación actual.
Pone bajo lupa la tenebrosa crisis moral que destroza al
país y ante la cual nuestra heroica juventud libra histórica
batalla. El autor parece recordarnos la certera frase
atribuida a Platón: “Desentenderse de la política hace que
nos gobiernen los peores hombres”. La motivación
profunda de Oswaldo Sánchez (contraponiéndose a cierta
narrativa actual, que suele perderse en el nihilismo, en la
anomia y en lo que Hildebrandt llama “autismo estético”, de
espaldas a su tiempo y realidad) es haber concebido una
novela de cara a nuestra lamentable condición de país
secuestrado por la corrupción, fragmentado por acerbas
desigualdades sociales, precarizado por un Estado que es
presa fácil de codicias nefastas y maquiavélicas. Frente a
ello, Sánchez erige, cual bíblica imagen de David contra
Goliat, la esperanza en la gente honesta y trabajadora (seres
de luz, define la lúcida interpretación de Tomás Serquén
Montehermozo), simbolizada por Darío, por el viejo líder
del barrio, por el juez probo, por los vecinos solidarios que
representan la esperanza en una sólida fuerza moral,
ciudadana y transformadora que, poco a poco, irá gestando
366
el magnífico ideal que predicaba el gran demócrata Gustavo
Mohme Llona: La República Superior; esto es una sociedad
digna y solidaria, con progreso y felicidad para todos los
peruanos. Congratulaciones, escritor Sánchez, por este
valioso aporte en beneficio de la novelística lambayecana.
367
Breve retrato
de Miguel Reynoso Córdova
Hablar de Miguel Reinoso Córdova es
hablar de lo que el sorprendente y
polémico filósofo hindú Osho llama,
refiriéndose al futuro, de un hombre
multidimensional. Ya ustedes, que
habrán leído alguna nota biográfica
referida a nuestro polifacético Miguel,
saben a lo que me refiero. En mi caso, la
primera imagen que me viene es la del
entrañable amigo, del gran ser humano,
dispuesto al servicio y al bien de los
demás, siempre ponderado en sus
palabras, con clara conciencia del saber llevar “con buen tino la
jornada” de la vida como diría el poeta español Jorge Manrique.
Mágicamente, confluyen, en Miguel, el cordial amigo, el buen hijo,
el sobresaliente policía (acaso, el más culto de la región si no es
que del Perú entero), el políglota, el ejecutante de varios
instrumentos musicales, el ameno conversador y, especialmente,
el extraordinario decimista y trovador repentista.
Se llama a sí mismo, y con feliz concepto, “Juglar de los
juglares”. Personalmente, por su increíble facilidad para hacer
décima brillante y repentina, con la rima bien puesta, la métrica
bien calculada y la coherencia impecable, yo le llamo “El
ingeniero de la décima”.
Lo recuerdo en tantos eventos, fiel guitarra en mano,
amplio sombrero de chalán, poncho blanco de la paz, la mirada
estoica y lejana, la voz firme que expande las trovas, los versos,
368
las décimas que brotan precisas, geniales; acaso, perfectas. Y el
deslumbramiento de los públicos, de toda la buena gente que lo
escucha, que se queda admirada, sorprendida preguntándose:
¿Cómo hace para crear con ritmo, métrica y rima, en el instante
mismo, poesía, tan buena poesía, con las palabras exactas, con el
mensaje siempre claro y convincente? Sin duda, hay un don, hay
un talento especialísimo en Miguel. Pero, y aquí continúa la
sorpresa, no uno sino múltiples dones. Y todos para
compartirlos, a manos llenas, con el corazón amable del amigo,
del hermano del arte y de una personal filosofía que lo conduce
al buen vivir, al bien trabajar, a su dedicación perenne a todas las
artes y demás pericias que le caracterizan.
La amistad de nuestro apreciado juglar nos conduce a
tantos lugares y vivencias, de las que, por ejemplo, quisiera
recordar los espléndidos momentos en la mítica Plazuela Elías
Aguirre, el mágico espacio de reunión de los artistas chiclayanos.
Lo recuerdo dándonos algunas pautas acerca de la sintaxis
quechua y del chino mandarín, por ejemplo. Y cogiendo su
guitarra, cantando en francés, allí, entre las palmeras y los ceibos
plazueleros, canciones de Charles Aznavour y Francis Cabrel. O
después, contándonos la zozobra que produjo en el auditorio
castrense con su picarísima décima referida a las esposas del
policía. Ya le preparaban, seguramente, la sanción disciplinaria,
hasta que vertió el desenlace del poema mostrando las piezas
metálicas que sirven para atrapar a los malhechores, generando
la risa y la aclamación general, incluso del general o coronel ahí
presente. La singular experiencia de dedicarle una décima en
francés al filósofo Edgar Morin, en evento académico realizado
en la UNPRG. El agrado de Morin fue tan grande que, en posterior
documental acerca de su vida, llegó a incluir el poema de Miguel
Reynoso. No dejo de contar la anécdota del helicóptero cuando
Miguel, por equivocación, fue confundido con un militar de alto
rango, lo que le facilitó hacer un viaje urgente. De alegre
recordación, también, es aquella vez que, junto a Gilbert Delgado,
en una de las aulas del ex Colegio Privado Aman Atinm, nos
pasamos varias horas cantando a golpe de guitarra, con todo el
369
entusiasmo de la fraterna amistad que debiera haber entre todos
los artistas. Esa noche descubrimos que Miguel es un excelente
imitador del argentino Leonardo Favio. Algún tiempo después,
en la celebración, no me acuerdo bien si de Navidad o Año
Nuevo, reunidos en el local de la Academia de Bellas Artes de
Chiclayo, de otro gran amigo, Carlos Briones Rojas, nos
congregamos un buen número de artistas e invitados para
confraternizar en esa fecha especial. Al final, nos quedamos
varios sólo por el gusto de cantar con el acompañamiento del
acordeón que tocaba muy bien nuestro juglar de los juglares. Allí,
compartimos canciones mexicanas, francesas, hasta de Rusia,
amenizadas con algunas copas de vino. Nosotros pedíamos ésta u
otra canción y Miguel, atento, espléndido, nos hacía el gusto. Por
supuesto, Miguel siempre sobrio, casi abstemio. Miguel, no sólo
por su condición de ejemplar policía, sino por sobriedad y estilo
de vida, es más de embriagarse con la buena conversa, con las
anécdotas que le fluyen fácilmente, con la música y, por
supuesto, con la poesía. A veces, hemos hablado de cuán valiosa
y exitosa sería una amplia compilación de sus décimas. Procuro
animarle. Y sé que ya pronto; con las características especiales
que me ha conversado. Ese libro, por el bien de la décima
lambayecana y nacional, tiene que nacer más temprano que
tarde. Ahora que las reuniones en la plazuela están suspendidas
por la pandemia, no quiero obviar la gratitud de las veces que me
ahorraba el taxi cuando, con esa generosidad seguramente
propia de su tierra piurana, me decía: Vamos, te llevo en mi
motocicleta, su conocido medio de transporte con que se
trasladaba a cuanto evento había en nuestra ciudad.
Por supuesto, no puede omitirse que Miguel Reinoso es
bien conocido por haber estar ligado al sector del Turismo y por
ser el comisionado especial para recibir en el aeropuerto y dar
seguridad a distinguidas personalidades del Perú y del mundo,
con su dominio de varios idiomas y con el buen tacto y la genuina
diplomacia que le fluyen naturalmente. Al mismo tiempo, ya en
el plano familiar, Miguel es un hijo amoroso y ejemplar. Sabemos
que tiene a cargo el cuidado de su dignísima madrecita.
370
La trayectoria de Miguel Reinoso está llena de
reconocimientos, premios y distinciones que él comenta con una
sencillez y naturalidad de quien parece decir: bueno, llegaron,
sin buscarlo; pero ahí están como simpáticos recuerdo. No para
inflar el ego; sino para recordar la persistencia y la
responsabilidad de nuestro camino. Y bueno, el mayor tesoro de
Miguel Reinoso está en su poesía, en su pletórica y genial
condición de decimista. La décima en él adquiere una prestancia,
una consistencia y una finura que lo distingue, que lo enaltece y
le hacer merecedor de un sitial bien ganado en la literatura
lambayecana y nacional.
La calidad humana, la trayectoria artística y la generosidad
de Miguel Reynoso Córdova enaltecen la literatura lambayecana
contemporánea. Miguel nos hace pensar y nos inspira en el
desafío de ser poeta, una elevada condición tan difícil de
alcanzar. Alguien dijo: Para ser poeta no basta con escribir
poemas; hay que vivir poéticamente. Creo que la vida de Miguel,
en muchos aspectos, es una vida poética. Y es un entender la
misión trascendente del arte y la condición de artista como la de
un hombre comprometido no con un grupo ni con una consigna;
sino con la humanidad entera. Saludos fraternos, “Juglar de los
juglares”, amigo, hermano. Larga vida y nuevas y abundantes
cosechas líricas para nutrir el corazón y para alumbrar los
arduos y, a veces, sombríos caminos de la Vida. Porque la poesía
es, en varios sentidos, una forma de aclararnos la existencia y
una manera de ser felices.
371
Las agridulces saetas
del inmortal Cupido
He aquí el andino efebo de
nombre Nilson Fustamante
experimentando la audacia de
ganarse el esquivo favor de las
Musas, pulsando su flamante lira
que toca, con ansias, variopintos
sueños y persistentes ilusiones. Ha
decidido hablar del amor. Necesita,
como todo hombre en su mocedad,
aclararse, comunicarse, entenderse
respecto de este sentimiento que es
sutil céfiro y también vorágine, felicidad extrema y,
también, motivo de lágrimas.
Los versos de Nilson son una entusiasta y doble
exploración: del lenguaje y del amor. ¿Cómo poetizar un
tema tan fácil y tan difícil al mismo tiempo? ¿De cuáles
experiencias, propias y ajenas, aferrarse para enunciar
poemas que le muestran el lector nuevos destellos,
imágenes de estreno y emociones profundas y sinceras?
Nilson ‒cuyo elegante nombre de marca parece sugerir que
ha decidido crear su propio sello en la poesía regional;
tiempo, voluntad y juventud le sobran‒ hace batalla con las
frases, con la imaginación, con la visión juvenil y personal
que tiene del amor. Uno lee poemas de amor de un poeta
sexagenario, por ejemplo, y encuentra, tantas veces,
mordacidad, erotismo desmesurado, resentimiento. Pero, la
372
ventaja y la virtud de la mocedad radica en la visión
idealista, en la inocencia inevitable y en ese natural
optimismo de creer, contra viento y marea, que el amor
existe, que el amor está a la vuelta de la esquina y es muy
fácil atraparlo y que es, siempre y siempre, una vivencia
altamente positiva. Parece que los amargos desengaños
comienzan después de los treinta. Para leer Susurros del
corazón, hay que hacerse cómplices de un lenguaje y de una
visión que pueden estar en la antípoda de muchos lectores.
Lo que sucede es que uno lee poesía en paralelo con la
propia experiencia. Es un reflejarse en el poemario que
funciona como espejo. Sin duda, los lectores jóvenes
sintonizan más rápido con los poemas de un autor también
joven. Los mayores suelen ser críticos severos; a veces,
implacables. Un libro puede generar elogios y diatribas,
aplausos y desaires. Pero, un libro es un libro y, en poesía,
ningún comentario o análisis tiene la última palabra. Como
se sabe, el arte es un camino personal. En este punto,
provoca citar al eterno Poeta Joven del Perú, Javier Heraud,
en varios tramos de su querido poema “Arte poética”:
En verdad, en verdad, hablando,
la poesía es un trabajo difícil,
que se pierde o se gana
al compás de los años otoñales.
Uno puede alardear y decir:
“Yo escribo y no corrijo;
los poemas salen de mi mano
como la primavera que derrumbaron
los viejos cipreses de mi calle”.
Pero conforme pasa el tiempo
y los años se filtran entre las sienes
373
la poesía se va haciendo
trabajo de alfarero,
arcilla que se cuece entre las manos,
arcilla que moldean fuegos rápidos”.
Un poemario es como un bosque. Te encuentras con
formas y sonidos diversos. A veces, el trino feliz de las aves.
De pronto, el gris rumor de la melancolía. O un claro de
Luna que incita el romanticismo clásico. O la pintura del Sol
que ilumina para tener un claro sentido de la Vida y de las
cosas. En aquella dimensión de palabras y sentimientos, va
caminando el corazón del poeta y va mostrando su arte y su
utopía. En esta arboleda de versos, Susurros del corazón,
uno se encuentra con destellos que ya anuncian lo que ha
sido, es y será el hontanar poético que proyecta el camino
de Nilson en tanto buceador de los mares de la palabra. Y
todo ello nos recuerda la infinita batalla de los poetas por
hacer mérito, por acceder, un privilegiado instante siquiera,
a ese, como diría Pablo Guevara, iceberg llamado poesía,
una realidad sutil, callada; pero también enérgica como el
relámpago. Nuestro joven escritor ha sido capaz de generar
destellos poéticos como los siguientes:
El destello de la pareja que fusiona dos mundos
lejanos, aparentemente disímiles. En apariencia, porque
sabemos que, en el amor, se cumple la atracción de los
contrarios. Es la dialéctica unidad del Yin-yang. Los
universos de ambos se juntan en la mar, metáfora de la
integración y la eternidad. Entonces, el poeta dice:
374
ORIENTE Y OCCIDENTE
sin saber por qué, un día,
ambos se hicieron a la mar.
Y cuando ya el sol pensaba despedirse
y la luna, de su sueño profundo, despertar,
sus barcos, luego de que terminase la tormenta,
como en un sueño,
juntos, de la calma pudieron disfrutar...
La simbología romántica del mundo marino aparece
en otro poema. El amor es un viaje, una experiencia de
navegación que se vuelve mágica cuando se vive entre dos,
mujer y hombre, que realmente se aman y están listos para
afrontar los desafíos.
NAVEGANTES
Deja que mi corazón navegue junto al tuyo
sin temer la furia de los mares;
deja que aborde tu mismo viaje;
deja que me atreva a hacerte compañía,
deja que recorra los mismos lugares,
platicando en silencio.
El poema “Lila” es, sin duda, un poema especial;
especial porque nos recuerda la poesía del color. Así como
hay una poesía del atardecer, de la Luna, de la mirada
femenina; hay también, en la literatura de todos los
tiempos, una poesía del color. Rubén Darío tituló Azul a uno
de los libros fundamentales del Modernismo Literario. En
Eguren, por poner un ejemplo peruano, el cromatismo es
un aspecto esencial de su arte poética. “Los reyes rojos”, “La
niña de la lámpara azul”, son poemas donde el color
375
adquiere protagonismo. No es mera coincidencia encontrar
poetas que fueron también pintores: el mismo Eguren,
Khalil Gibrán, entre otros. El color lila adquiere, en este
buen poema de Nilson Fustamante, un valor extraordinario.
Así como para el narrador Manuel Beingolea la felicidad era
el perfume del Jabón Windsor, para Nilson, el lila es el color
del amor; lila es la amada, lila es el universo entero.
Apreciemos:
LILA…
Yo amo el lila,
por ser el color de su mirada,
color del crepúsculo,
color de las flores de alfalfa,
del amanecer veraniego
en el Agropecuario que amo;
lila, el color que me encanta.
Lila es el color de sus venas,
de su sonrisa,
de sus cabellos,
de su piel;
lila el color de sus pasos,
de sus sueños,
de sus noches estrelladas.
Lila, sus abrazos,
sus besos,
tal vez sus alegrías
y sus penas,
sus estados de ánimo.
Lila es su ser entero.
Lila el color de su canto,
de su sinfonía,
de su aroma.
376
Lila es el color que amo…
La poética del color ‒ahora, más diverso‒ aparece
también en el poema “Renacimiento”. Veamos:
RENACIMIENTO
Tenía los labios color ciruela,
la sonrisa perlada que hablaba maravillas,
su cutis era tan delicado como la nieve
y dulce y fino.
El sol se iba y brillaba ella,
coloreando todo a su manera.
No podía faltar un elemento del romanticismo clásico:
la Luna. Y junto con ella, la historia de una casita del otro
lado del río. Como en tantas canciones, leyendas, cuentos o
demás fantasías, se entabla un fascinante diálogo que
anuncia, acaso, una desventura.
LUNA, DÉJAME CONTARTE…
Luna,
déjame contarte
lo que en la casa del otro lado del río sucedió,
la casita colorida
y brillante que del otro lado del río se construyó.
Tal vez te duela saberlo,
pero es mejor que lo sepas
y mejor si te cuento yo.
Pero, de la Luna, el aeda se traslada, fácilmente, a la
constatación de la circunstancia actual. ¿Cuántos cortejos e
idilios han pasado a la obligatoria condición de virtualidad?
377
Una pantalla es la que une, ahora, a los enamorados. La
tecnología es la alfombra voladora que lleva frases,
declaraciones, besos y emociones que palpitan a la
distancia. Abrazos virtuales, emoticones, fotografías y
vídeos, el WhatsApp, el Facebook, los mensajes de voz y de
textos, son los preciados recursos masivamente usados por
las parejas ahora que la pandemia impone la distancia.
Tantos susurros del corazón, vertidos y por verter, se
realizan y realizarán este domingo, Día de San Valentín,
gracias a la virtualidad que, como ahora mismo, permite
comunicarnos.
AMOR VIRTUAL...
Una pantalla los une,
un cristal
que hace de tiempo y distancia,
un rincón diminuto
que hace de calles anchas
o rectas y estrechas;
de parques de mil colores
o simplemente desiertos
No hay poesía romántica sin el tema del adiós. Y este
poemario no es una excepción. El alejamiento de la amada
motiva un llamado a la memoria. Y la memoria ha de ser fiel
a los sentimientos y guardar la imagen, las palabras;
incluso, el silencio del ser amado. El silencio que puede
parecerse al de los ríos en sus plácidas aguas.
RECUERDOS DEL ADIÓS...
Quédate ahí, tan dentro de mí,
en mis suspiros y en los latidos de mi corazón,
378
tan dentro, tan notoria, tan indeleble,
tan imprescindible.
Quédate tan en silencio como te pueda yo escuchar,
como hacen las aguas que
por su sonido sabes cómo están.
En el poema “Renacer”, se siente un aire becqueriano:
Hoy, la tierra y los cielos me sonríen; / hoy llega al fondo de
mi alma el sol; / hoy la he visto…, la he visto y me ha
mirado… / ¡Hoy creo en Dios! Es una de las rimas más
famosas del español Gustavo Adolfo Bécquer, poeta
romántico por antonomasia.
Todo el mundo adquiere brillo y sentido porque se
ha visto al ser amado.
RENACER
Hoy los pájaros de nuevo cantan,
hoy el sol vuelve a salir,
el céfiro vuelve a perfumarse,
el cielo a su límpido azul.
Hoy la miel vuelve a ser dulce,
la yerba y árboles a florecer,
el crepúsculo a su arrebol encendido,
y a brillar el amanecer.
Hoy las montañas vuelven a elevarse,
los mares a su incesante trajín,
las gacelas a sus brincos juguetones
los rostros tristes a sonreír.
Hoy la vida reemprende su marcha,
los ríos empiezan a correr,
hoy mi corazón vuelve a latir,
porque te he vuelto a ver.
379
Pero, hay también un momento en que el yo poético
hace una pausa. Voltea su mirada a la realidad circundante
y constata la alienación y la falsedad del mundo.
QUISIERA…
He visto cómo corren tras la nada
y esconderse frente a la realidad;
…………………………………………………..
He visto un mundo plagado de hipocresía
hablar de estabilidad inexistente,
llamarte hermano cuando estás presente
y distante decirte villano.
Más adelante, el enunciador dirige su atención a sí
mismo para exponer un autorretrato. Aparece, entonces, el
caminante con rasgos bien definidos. Parecen las frases de
una carta escrita pensando en la amada. Mira, soy esto. He
aquí mis virtudes y carencias. Este soy yo. Si vas a amarme,
fíjate pues en quién soy.
CAMINANTE…
Soy un andante de pies descalzos,
sintiendo las espinas y el calor del suelo,
los altibajos, la arena ardiente, las piedras.
Soy un caminante, sin abrigo,
que tiembla en invierno,
que se muere de frío,
que también llora
y se cobija a orillas de los caminos.
Soy un caminante, un buen caminante,
un foráneo completo
uno casi extinto
380
y en sus lares todo un extranjero.
Soy un caminante que no le teme a la tormenta,
ni a los días escasos,
porque de por ellos he enfrentado
y a todo he sobrevivido.
Soy un caminante, sí,
un piloto de su propia nave,
un caminante tal vez olvidado,
pero que resurge del olvido,
cual fénix fortalecido.
Soy un caminante que talla
en frágiles memorias la tinta de sus versos,
pintando con el iris
las cavernas más oscuras,
llenándolas de luz y de vida.
Soy un caminante, tal vez un poco extraño;
que ama la verdad,
y conoce de buenos amigos,
que ha visto en tierras infértiles
las plantas germinar y dar al ciento por uno.
Soy un caminante,
al que a veces llaman loco,
al que algunos miran de soslayo.
Soy un caminante,
quizá fino, quizá medio,
aunque creo soy plebeyo
y amo y señor de lo que hace…
Soy un caminante, sí,
en el sendero de la vida…
En el poema “Somos”, hay una definición de ambos,
una caracterización del binomio romántico, de lo que son
dos que se aman, cerca o lejos del mundo. Deciden ser lo
que son, con sus sueños y batallas, con sus derrotas y
381
conquistas. Lo esencial es estar juntos, es realizar el amor
cantado. Lo que venga será una lucha de dos que saben que,
en el camino de la vida, hay una alternancia de derrotas y
victorias; pero que, siempre, se debe seguir adelante, hacia
donde brillan los rayos del Sol.
SOMOS...
Somos dos aguas que hablan de paz,
dos niños perdidos que se hallan
que muestran la realidad en su mirar.
Dos intentando sortear ideas,
dos intentando hallar equilibrio,
dos universos buscando igualdad
Aquí termina un primer viaje por el río de palabras de
Nilson Fustamante. Hemos auscultado por un momento los
latidos y esperanzas de un bosque de versos juveniles. Y
arribamos a la conclusión de estar ante un escritor que es
lo que es y, al mismo tiempo, constituye una promesa
literaria. El camino de la poesía es una ruta muy larga. Es,
de todas maneras, una profunda inmersión en la poesía de
los maestros. Es un tener la sensibilidad a flor de piel para
todo lo que sucede a nuestro alrededor, para el amor y el
desamor, para la realidad y la fantasía, para la música de
afuera y de adentro. Y es un desafío ante el lenguaje, un
aprendizaje perenne, un saber elegir la palabra y la frase
exacta, un concebir el poema como una pieza de orfebre,
donde cada elemento y detalle ha de estar bien forjado. Y
Nilson, desde su nobleza y humildad lo sabe. Hay mucho
camino por recorrer. Pero, es feliz porque, en sus manos,
tiene ya ofrenda de versos para el viaje. Saludos, joven y
entusiasta Nilson. Que tu oído y tu corazón no dejen de
estar atentos a los susurros de la poesía que son las voces
382
leales del Amor y la Vida. Siempre adelante entre los
vientos y las olas de las palabras. Y que el Sol y la Luna de la
poesía te alumbren para que des testimonio, en tus versos,
del poeta que va creciendo y madurando en un presente y
futuro poéticos. Siempre adelante con los susurros del alma
y del corazón y la mirada puesta en las alturas de la
siempre maravillosa poesía.
11 de febrero del 2021.
383
Los universos mágicos
del Séptimo Arte
El tiempo y el espacio
no tienen otra opción
sino la de relativizarse
y la verdad
o la realidad
abrir espacio para nuevas
verdades y realidades,
más libres y más felices,
cuando muestra su encanto
y los universos mágicos
este prodigio llamado CINE.
384
Ternura y fortaleza en Rocky II
Ya sé que Silvester Stallone, para la
crítica especializada, es un actor de
dudosa valía. Y que, desde el análisis
sociológico, constituye apenas un icono
de la propaganda norteamericana. Y,
sin embargo, hace un par de días (en
abril de 2012), gracias al telecable, vi
buena parte de esa ya casi vieja
película. Yo había visto, años atrás,
algunos fragmentos de Rocky (I o II, no lo recuerdo). Pero,
esta vez, he notado varios elementos y escenas
emocionantes que paso a comentar.
1º) El feliz contraste entre la tierna fragilidad y la
fortaleza corporal de la esposa y de Rocky,
respectivamente. Cualidades que, en cierta medida, tienen
ambos. Es decir: la fortaleza interior de ella y la ternura de
él en cuanto esposo. Creo que ese binomio, en un contexto
de apremios económicos, le concede a la película un fondo
de humanismo emocionante que va a tener varios
momentos de intensidad en la película.
2º) El contraste entre el físico impresionante de
Rocky y su lento desenvolvimiento mental que adquiere, a
ratos, la simplicidad y la nobleza de un niño.
3º) El rostro del anciano entrenador es la metáfora
del hombre largamente golpeado por la vida, de alguien
385
que deseó mucho; pero recibió muy poco. Genera
desasosiego en el espectador ver que el entrenamiento del
otrora grandioso Rocky, ahora dañado de un ojo y fuera de
forma, recaiga en las manos de aquel viejo instructor. Por el
otro lado, el fornido moreno que tiene todo a su favor.
4º) La oposición de la abnegada esposa al retorno de
Rocky al ring. Momento de tensión narrativa en cuanto
colisionan la vocación y el desafío del deportista y la
angustia y legítima preocupación de la esposa por el
tremendo riesgo que afrontaba Rocky.
5º) La ternura que sorprende del musculoso Rocky
ante la convaleciente esposa que yace en una cama de
hospital. Las palabras que le dice, la mirada conmovedora
(tal vez, el mejor recurso expresivo que tiene Stallone es su
mirada, sus ojos de hombre llorón y bueno, a pesar de su
físico de gladiador).
6º) La preocupación del entrenador (y de los
espectadores) por el deficiente entrenamiento de Rocky,
por su escasa concentración (afectada no solo por la frágil
salud de su esposa; sino, también, por la negativa de ella en
relación al choque pugilístico).
7º) La escena de la iglesia, con Rocky en silenciosa
plegaria por su esposa y por el hijo por venir. Escena, en mi
opinión, inesperada y, obviamente, de profundo significado.
8º) Luego del feliz nacimiento del pequeño, la
sorpresiva y definitoria petición de la esposa: “Hay algo que
puedes hacer por mí: gana”. Este pedido armoniza todo el
mundo interior de Rocky. Tiene la aprobación del ser que
más ama, su esposa; ha nacido su primogénito; necesita
386
dinero para darle lo mejor a su familia; lo han desafiado
hasta ofenderlo; tiene a un entrenador que también se
juega su propio honor en ese choque de pesos completos;
quiere probarse a sí mismo que puede hacer una gran
pelea, y que necesita ganar. Ahora, sólo hay un camino:
entrenar fuerte, muy fuerte, porque el contrincante lo
espera con mucho ego y odio; y tiene todas sus armas
completas; en cambio él, tiene un ojo lastimado que le
afecta la visión; en particular, la periférica.
9º) Hay algo que olvidaba: es encomiable la relación
entre Rocky y su esposa. ¡Con cuánto respeto y amor la
escucha! “Tal vez, tengas razón”, es la frase serena y mágica
que le dice cuando muchos hombres, fácilmente,
impondrían su criterio.
10º) El instante simbólico, cristiano, de humildad, de
fe, en que Rocky, minutos antes de subir al ring, acude a un
sacerdote para pedirle la bendición, para que, si lo golpean,
no lo dañen mucho; y pensando, sin duda, en el triunfo, algo
que se ve nada fácil.
11º) Los instantes duros, temibles, sólo de valientes,
de guerreros, que ocurren durante la pelea. Es cuando el
cuerpo, vencido, lastimado hasta el vértigo, sólo se
mantiene de pie por la fuerza del espíritu y por el sueño
férreo de un gran objetivo: ganar, ganar; no para las
portadas de los diarios; sino, por el beneficio para la
economía familiar, algo que, para nosotros, los peruanos, es
una lucha de casi todos (de todos los que trabajan
honestamente). Y el triunfo, después de darlo todo, y
después de terribles golpes, le favorece a Rocky. El efecto
visual es lo esperado: el rostro casi irreconocible,
torturado; pero la emoción profunda, el éxtasis del que ha
387
ganado. Y es un rostro que conmueve más, en el caso de
Rocky, por su físico de hombre musculoso, hercúleo; pero
con ojos, como ya se ha dicho, de hombre llorón y bueno.
De verdad, conmueven tales escenas. Y son, claro, más
los momentos especiales de esta película; pero mi
comentario es algo breve y apurado. No debo dejar de
mencionar la escena de Rocky trotando, en medio de la
gente que lo saluda y lo quiere, y con un grupo de
muchachos que lo sigue hasta la plataforma final, donde,
para coronar el ejercicio, Rocky da unos buenos puñetazos
al aire. Y la canción principal, tan conocida, y tan plena de
energía y entusiasmo. En cuanto al competidor, no voy a
afirmar que haya una insinuación de racismo (tampoco se
puede descartar). Por ahora, veamos el filme como puro
boxeo. Más bien, el moreno tiene, al final de la pelea, un
bonito gesto de saludo y de hidalgo reconocimiento de su
derrota ante Rocky.
No sé qué diría, o habrá dicho, sobre Rocky II un
especialista en cine como Federico de Cárdenas o un
talentoso como Ricardo Bedoya. Yo solo soy un anónimo
amante del cine que se emociona, fácilmente, con sus
historias; un peruano sentimental que, cuando puede,
escribe sus impresiones con el ingenuo propósito de que
otros se fijen y disfruten de lo mismo que yo he disfrutado.
388
Interrogante acerca de lo humano
El día que la Tierra se detuvo es el
título de la película cuya parte final
he visto anoche. Keanu Reeves
interpreta a un extraterrestre que
indaga acerca de la naturaleza
humana. No sé la historia completa y
aunque podría leerla aquí, en
Internet, evito hacerlo porque, con
lo visto, ya estoy suficientemente
motivado para escribir este pequeño
comentario.
Lo primero que destaco es que, de todo lo que he visto
de Reeves, podría concluir que cada papel que encarna, me
inspira respeto. Sea como Neo, en Matrix; como Siddharta,
en Little Buddha; como Johnny Utah, en Punto de quiebre. Y,
como Klaatu, en el filme que comento.
En cuanto a lo observado del filme, digo que Reeves
impone su personalidad con ese habitual rostro serio que
nos recuerda a Clint Eastwood. Aunque aquél tenga rasgos
más estilizados. Hace bien su papel de alienígena. Emana
ese aire. Tiene la mirada acuciosa y preocupada de quien
sabe que la Tierra tiene los días contados a causa de la
inconciencia de la raza humana respecto de su propio
planeta. Impresiona el uso de poderes especiales (lo que
nos recuerda que se trata de ciencia-ficción) y el afecto que
le tiene al pequeño chiquillo de la historia. Inquietante
389
resulta la expansión de aquella nube negra (que se revela
ser de insectos extraños y letalmente depredadores) que
arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Esa nube
mortífera es el castigo decretado por fuerzas exteriores a la
humanidad entera por su equivocado proceder ante la
Naturaleza y la Vida. Y, sin embargo, la coprotagonista le
ruega a Klaatu por una nueva oportunidad para los
humanos. Según creo entender, el extraterrestre sólo
accede al final, cuando descubre una “nueva faceta”, en los
humanos, referida ‒infiero‒ al amor y la ternura.
La película te plantea el crucial tema de la naturaleza
humana y de cuánto daño se han hecho los humanos entre
sí. Plantea, también, el asunto de si hay poderes exteriores
que vigilan la Tierra (Sixto Paz no tiene ninguna duda de
que así sea). Klaatu es tajante en aseverar que los humanos
no tienen conciencia. Y hay un hombre que opina en ese
sentido. Afirma que “los humanos sólo cambian cuando
están al borde del precipicio”, lo que, pensándolo bien,
parece cierto.
Es conmovedor constatar cómo Klaatu accede a
ayudar a la humanidad gracias al pedido de la muchacha.
Primero, evita la muerte del pequeño moreno y su madre. Y
luego, indica que intentará frenar a la nube negra, que
busca acabar con todo lo humano, dejando la Tierra
desolada y baldía. Se despide desde una especie de puente,
anunciando que, para ayudar a la humanidad, debe pagar
un precio muy alto (¿su propia vida?; parece que sí). Klaatu
debe alcanzar una gigantesca esfera que parece ser su
fuente de energía. Tras un enorme esfuerzo, logra llegar a
dicha esfera, alarga su mano. Y entonces, sucede una
impactante expansión de energía, tan poderosa que logra
neutralizar a la nube negra, volviendo todo a su relativa
390
normalidad. Se ven escenas en que todo está detenido (de
allí, el título de la película): barcos, fábricas, tráfico,
aviones, etc. Y se pierde de vista a Klaatu. La esfera se eleva
y, poco a poco, desaparece en el espacio, alejándose de la
Tierra. La humanidad tiene una nueva oportunidad para
vivir en armonía con su propio planeta, conforme es el
deseo de los otros seres, no terrestres, que se supone
observan el transcurso de la vida en la Tierra.
La película plantea el tema de la naturaleza humana y
de su proceder a lo largo de la historia. Entristece hacer el
balance. Baste mencionar las dos Guerras Mundiales y los
millones de seres humanos muertos por obra de los
mismos humanos. ¿Aprenderán las naciones a vivir en paz
y respetando su propio planeta? ¿Dejarán los países
capitalistas de privilegiar la riqueza material antes que la
Vida? Difíciles, las respuestas.
En todo caso, la película conduce a la reflexión. Lo de
la intervención extraterrestre es, para la gran mayoría,
simple y vieja ficción. No tanto para quienes creen en la
vida de fuera. Se pudiera pedir a la NASA su opinión
sincera, en base a la información hecha pública y la secreta,
respecto a la vida fuera de nuestro conflictivo planeta.
No digo más; excepto que es un poco triste ver a
Klaatu sacrificándose por una nueva oportunidad a los de la
Tierra, a los humanos. Y yo recordando a Marco Aurelio
Denegri y su visión pesimista ‒¿o realista?‒ de la
humanidad. «Los seres humanos –dice, citando a otro
estudioso cuyo nombre no capté‒ “son un espantoso error
biológico”». Idea que, por su parte, también espanta. O me
viene a la memoria la idea del irónico Mark Twain, menos
trágica y más risueña (pero, también, dura) que, más o
391
menos, dice: Cuando me presentan a una nueva persona, no
me interesa si es rica o pobre, negra o blanca. Me basta con
saber que es un ser humano. Peor cosa no puede haber.
Por mi lado, diré que, si se trata de hacer el balance,
habría que ampliar la visión y afirmar que no todo lo
humano es sombrío. Hubo un Hitler, un Herodes, un
Francisco Franco, un Pinochet. Pero, también, han existido
un San Francisco de Asís, un Mahatma Gandhi, un Dante
Alighieri, un Luther King. Tal vez, sucede, como decía Fresia
Castro, que las caricias son silenciosas; pero los golpes
suenan o que un árbol que cae hace más ruido que todo un
bosque que crece. Lo que da la impresión de que el mal
predomina; pero, en realidad, el bien es mayor. Al menos,
resulta esperanzador pensar que sea así.
392
Más allá de lo meramente político
El filme White nights tiene otras
lecturas, más allá de lo político. Me
interesa, sobremanera, el estudio
del perfil psicológico del artista. El
bailarín (Mikhail Baryshnikov)
muestra una densa personalidad y,
sin duda, un talento extraordinario.
La película lo muestra como un
desertor; pero, más que por
ideología, por la necesidad de
sentirse libre en su arte que es, en
realidad, la necesidad de todo
artista. Así que Nikolái (el personaje encarnado por
Baryshnikov) representa la lucha del artista por ser libre
para vivir su arte, para trabajar como su espíritu lo impulsa
a hacerlo. Es una lucha que trasciende lo ideológico y que
ingresa a la dimensión ontológica del ser. El dharma, en el
argumento fílmico, colisiona con el contexto adverso. Y esa
es la lucha de Nikolái. El problema técnico del avión frustra
su experiencia de libertad ya iniciada y lo retorna al espacio
que lo subyuga. Ese espacio está ligado al pasado como la
representación de sus viejas cadenas. Entonces, el bailarín
lucha por desprenderse de ese pasado.
El contrapeso es el bailarín norteamericano (Gregory
Hines), excelente bailarín moderno que pretende
convencer a Nikolái de que la vida, así como se le presenta,
es posible de ser vivida. Y que Norteamérica fue muy dura
393
con él. Defiende a la Rusia soviética porque lo cobijó y
porque le dio a una hermosa mujer (interpretada por
Isabella Rossellini). Es innegable que la película resultó
antisoviética; empero, ahora, en el 2012, habremos de
buscar otros sentidos. En mi caso, interesa por la rebeldía
del artista como una actitud bastante común dada la
entraña indoblegable del ser humano dedicado al arte.
Nikolái representa la inconformidad del artista y la
sed permanente por hallar nuevos sentidos y formas en su
arte. Es, además, la constatación de la capacidad de
“contagio” que tiene un espíritu libre ante los conformistas.
Nikolái lo logra respecto del moreno estadounidense. Es
cierto que el país que ama Nikolái no es La Arcadia, ni
mucho menos. Pero, resulta, creo, una metáfora del mundo
imaginario, del oasis que anhela todo creador para poder
liberar su inspiración y ofrecer lo que le nace ofrecer.
Hay, en la trama, un viejo amor. Pero es un amor que
está ligado al pasado. Ella le reprocha el haber desertado. Él
le habla de su sueño de libertad. Ella y él recuerdan el amor
que se tuvieron; pero ambos siguen destinos diferentes.
Pobres corazones, pobre amor que nace donde los senderos
se bifurcan. Y, sin embargo, el sentimiento que hubo puede
hacer algo por ambos; en especial, por quien más anhela
volar. El corazón que ha amado, aún después de tanto
tiempo, puede hacer un sacrificio más; en especial, el
corazón femenino. El bailarín norteamericano tiene, por su
lado, una personal lucha de amor. “Contagiado” por Nikolái
ha de contagiar a su vez a su bella esposa. Ella accede. Y se
inicia, entonces, un crucial momento para lograr la huida.
Nikolái es hábil y lúcido, como genial bailarín que es.
Hace todo lo debido. Hay cosas del azar; pero, en general, es
394
la férrea voluntad de volar, de conquistar un nuevo
espacio-tiempo para su espíritu lo que le da los recursos y
la energía necesarios para tan riesgosa aventura.
Al final, lo logran. Al final, hallan lo que buscan. ¿Hay
perdedores? Sí: el pasado y los límites para el arte. No
importa el nombre del país. No importa el sistema político.
El arte necesita ser arte. El artista ama visceralmente su
libertad puesto que es desde esa libertad que puede
realizar su arte.
Esa ha sido la lucha de los artistas en todos los lugares
y tiempos. Y se trata de una libertad elemental. Porque,
desde esa condición, el artista ha de construir los símbolos,
los sueños que ayuden al espíritu propio y de todos a
despertar hacia esa otra gran libertad que es la de construir
el Mundo de la Belleza y el Amor que todos los artistas
sueñan para sí mismos y para toda la humanidad.
395
Hacia el conocimiento
de Albert Einstein
Siempre creí que la vida de Einstein
había sido una vida exenta de
pasiones terrenales y de dolor. Lo
supuse el típico genio que sorprende a
temprana edad con su prodigioso
talento y que no vive sino para la
ciencia y la sociedad. Que su familia es
sumamente estándar en todo, familia
holgada, conservadora quizá, cuyo
centro es el gran físico del siglo XX. Pero, Einstein, la
película ‒un filme que dura tres horas y unos cuantos
minutos más‒ me ha demostrado, contundentemente, que
yo estaba lejos de la verdad. La película tampoco es la
realidad real (para usar una categoría vargasllosiana); no
obstante, cuenta mucho de lo que la mayoría no sabíamos.
Por ejemplo, que Einstein se casó por segunda vez y que no
fue el padre ejemplar y bonachón que todos pensábamos;
puesto que le resultó muy difícil asumir ese rol y tuvo, más
bien, una relación tensa con Hans y Eduard, sus hijos. Pero,
sigamos un orden.
Lo que yo trato de hacer es, principalmente,
reconocer las escenas u otros elementos básicos que, en mi
opinión, hacen de la película un trabajo fílmico memorable.
Lo primero es reconocer en el actor ‒cuyo nombre
desconozco‒ una actuación bastante meritoria. Con este
396
artista sucede lo que con Ben Kingsley, el actor que
interpreta a Gandhi: uno piensa que no puede haber otro
actor que asuma ese papel. Nuestro consciente, o
inconsciente, valida fenotipo y genotipo: los ojos, el pelo, el
lenguaje, la sonrisa, los bigotes, el carácter, las emociones,
su alegría, su tristeza. Todo es el personaje. Y la duda
resulta incómoda. Cierto es que, tras bambalinas, hay la
conjunción de esfuerzos de maquillador, diseñador de
vestuario, peinador, libretista, director de cine, etc.
Destacan la ambientación y el vestuario. Los trajes de
Einstein son elegantes y de la época. Las calles y los diarios
y la atmósfera y los autos y los edificios son el espacio-
tiempo de Einstein. Creo que ha sido una película muy bien
pensada. Los diálogos, inteligentes y estéticos. Cada escena,
relevante desde su propia circunstancia.
La actriz que hace de Mileva, la compañera de
estudios y pareja sentimental de Einstein, ayuda en la
concepción de su teoría y después, como esposa, sigue
cumpliendo un rol intelectual muy importante. Mileva es
autónoma, inteligente, de carácter y mujer muy enamorada
de su esposo. Es la cómplice perfecta que comparte todos
los aspectos de la vida del físico alemán de origen judío. Las
conversaciones que sostienen suscitan interés. Es el
lenguaje de dos apasionados de las ciencias exactas. Pero,
los coloquios amorosos tienen también lo suyo. Me resulta
muy agradable observar el vestuario, los ternos, los
sombreros de las damas, los coches de la época (Ford o
Chevrolet, supongo), las calles azuladas (ese tono que le
confiere austeridad o, al menos, seriedad a los ambientes),
los empedrados, los peinados de los caballeros, las corbatas
anchas, los brillantes zapatos (¿de charol?). Y me agrada,
también, la consistencia de los diálogos, las miradas
directas, escrutadoras, el lenguaje lógico, conciso, sólido,
397
sin vacilaciones ni ambigüedades. Lo que nos hace pensar
en la brillantez y profundidad del pensamiento alemán.
Me interesa, al mismo tiempo, destacar la generación
de esa atmósfera de genialidad cuando los científicos se
reúnen para tratar los asuntos de la ciencia, en relación a
las propuestas heterodoxas de Einstein. Sobresale, cómo
no, la reunión histórica en que nuestro personaje expone,
por primera vez, ante una pléyade de científicos, su
propuesta teórica. Allí está el genio con su pelo revuelto,
con su bigote nutrido y su mirada de muchacho bueno.
Detrás, la pizarra llena de símbolos matemáticos y físicos,
con la célebre y exasperante fórmula: E = mc2. La
disertación ha de ser einsteniana; pero la reacción, opuesta.
Le preguntan si hay experimentos que respalden su teoría.
Responde que no hay ninguno. Pero su fe se basa en que es
el pensamiento lógico el que lo ha llevado a las
conclusiones expresadas. Una de ellas: que una pequeña
cantidad de masa puede convertirse en una enorme
cantidad de energía, y viceversa. Escepticismo y
menosprecio. Tal como Vallejo los sufrió respecto de su
poesía. Igual fue con Einstein. Pero, el tiempo les dio, a
ambos, la razón. La teoría de Einstein triunfó. Las
experimentaciones posteriores validaron su teoría. Y
Einstein es un hombre feliz. Tanto esfuerzo brinda
resultado. Y la Física tradicional es remecida y ya se avizora
toda una revolución científica. Los cambios de paradigma,
diría Thomas Kuhn.
Y, sin embargo, la película es mucho más que solo el
aspecto científico en la vida de Einstein. Los realizadores
han sido muy audaces. Inquietantemente, audaces. Han
explorado, y a profundidad, el lado sentimental, el amor
extramatrimonial, la relación conflictiva con sus hijos y con
398
su esposa, el doloroso cuadro clínico de su hijo Eduard, el
amor por la música (incluso el detalle de la compra de un
precioso violín con parte del premio económico del Nobel),
en fin.
Lo más probable que uno espera de una película
acerca de Einstein es la dimensión cognitiva, el
pensamiento científico del personaje. Pero, debo decir que
ver esta película emociona doblemente al revelarse datos
insospechados por la mayoría de nosotros. El amor es uno
de ellos. El amor en un genio de la Física no es, claro, un
amor común. Hubo oposición familiar respecto de su idilio
con Mileva. Pero Einstein estaba decidido. Y su amor
triunfó. Era un amor nacido en los claustros académicos. Un
amor nacido en medio del pensamiento científico. Y ese
amor prosperó. Dio hijos. El más enojado con Einstein:
Hans. El más frágil: Eduard. Con el primero, hay un cruce de
palabras, hay comprensibles reproches. El legítimo reclamo
de un hijo desatendido. El triste sentimiento de culpa de un
genio que no puede ser buen padre. Con el segundo, hay
escenas conmovedoras y tristes. La primera crisis. La
angustia de Einstein por su hijo, buen pianista y, sin
embargo, paciente de una enfermedad difícil. Pese a todo,
hay momentos hermosos entre Einstein y Eduard: cuando
este, junto a su hermano Hans, viaja a EE.UU., para ver a su
padre sorpresivamente. Y Einstein lo encuentra tocando,
tiernamente, el piano. Y la escena de ambos en que el padre
le pregunta si sigue enfadado. Y dialogan y el hijo le
responde que se siente bien mientras él lo acompaña; pero
que tiene miedo de que, otra vez, lo abandone. Einstein le
promete que nunca más lo abandonará. Instante
hondamente humano en que un hijo, emocionalmente frágil
y quebradizo, hace ver cuánto necesita del amor de su
padre. Es el comprender cuánto necesita una familia de
399
afecto y cuánto cariño esperan los hijos de los padres. ¿Fue
la enfermedad de Eduard el resultado del conflicto entre
Mileva y Einstein? En parte, puesto que ha de haber un
componente genético en su dolencia. De todo ello, puede
surgir en el espectador una emoción intensa en cuanto se
explora el lado más sensiblemente humano del científico,
no exento de las tristezas y dolores del mundo. Lo que nos
orienta a comprender que, ante todo, el ser humano es
precisamente eso: humano.
El otro aspecto que me impresiona es el amor de
pareja en Enstein. Por supuesto, yo me estoy guiando de lo
observado en la película. Me produce tristeza el cómo debió
separarse de Mileva, la mujer que amó entrañablemente a
Einstein. Y cómo, inesperadamente para los espectadores,
surge Elsa Loewenthal, prima suya. Los sentimientos que
surgen ocasionan la separación de la pareja original y el
ulterior matrimonio Elsa-Albert (1919). Causa tristeza en
varios sentidos. Uno de ellos porque a Elsa le tocó,
injustamente, estar al lado de Albert cuando recibe los
honores del mundo incluido el Nobel de Física (1921). Hay
una escena, mucho después, en que Mileva, justamente, le
hace ver la ingratitud de la vida en cuanto a Elsa le tocó
cosechar lo que Mileva con Einstein habían sembrado.
Claro que la relación posterior con Elsa fue bastante
dispareja. Según la película, Elsa era vanidosa y se deprimió
profundamente cuando el genio tuvo que emigrar a EE.UU.
Ella murió pocos años después. El sabor que nos deja es el
de comprobar cuán complejo es el corazón humano y
cuánto tiene que experimentar, muchas veces, para
alcanzar el equilibrio y la serenidad. Por supuesto que la
película nos orienta a pensar que la heroína en esta historia
es Mileva. Por su inteligencia, por su amor, por su lealtad,
por su lucha a favor de los hijos, por su apoyo intelectual a
400
Einstein. La parte románticamente dolorosa: cuando
Mileva, después de visitar a Einstein, regresa a Europa sin
despedirse dejando a aquél con el frustrado deseo de
recomponer su relación (para animarla, le dijo que las
partículas de carga contraria de su organismo siempre se
sentirían atraídas hacia él, ante lo cual Mileva manifiesta
que era la declaración de amor más bella que Einstein le
había dicho). Él se apresura en ir hasta el lugar del barco
que llevaría a Mileva; pero ya había zarpado. Doloroso
suceso en el corazón de Einstein que, según la película, lo
sume en una depresión de la cual le resulta difícil
recuperarse. Poco después, vendrá el problema del
aneurisma y la agonía de Einstein.
Antes de llegar a la parte final de esta emocionante
historia, hay que decir que la película ofrece material
valioso para el estudio sicoanalítico, tanto de la relación de
Einstein con Mileva como con su prima Elsa. Freud hubiera
tenido mucho que decir. Asimismo, el tema de Eduard. Me
resulta increíble ver cómo Einstein, con toda la carga
emotiva que debió llevar en relación a su familia y a sus
amores, pudo tener la suficiente lucidez mental para
desarrollar su teoría tan compleja e innovadora. Como
también merece considerarse el amor por la música de
parte de Einstein, aspecto heredado por el frágil Eduard: el
padre en el violín; el hijo en el piano. Hermoso vínculo que
pudo haber unido mucho más a ambos; y, sin embargo, la
doliente historia que nos entristece. Creo que una de las
grandes virtudes de la película es la hondura psicológica de
los personajes, empezando por Einstein. Mileva,
igualmente. Y creo que la única debilidad del filme está en
el maquillaje (en el esfuerzo de mostrar la vejez de ambos
esposos). Pero destaco, creo que con cierta redundancia, el
desempeño actoral de quien hace de Eduard. En verdad,
401
impresiona el trabajo realizado con el personaje. Genera
inquietud y empatía. Reproduce el dolor y la compleja
circunstancia de su personaje. Me recuerda ese otro
extraordinario trabajo actoral (por supuesto, mucho más
amplio) de Russel Crowe interpretando al genio
matemático Jhon Nash, en la película The beatiful mind
(Una mente brillante). Son roles que nos conmueven por el
fuerte contenido de humanidad que nos brindan; tal vez, en
un hermoso intento de recordarnos cuán indefenso puede
estar el hombre ante la adversidad. Y cuánto nos
necesitamos los unos a los otros para apoyarnos y para
hacer los esfuerzos necesarios de lograr construir una
sociedad más fraterna. Lo que me hace evocar la escena de
la película en la cual aparece Einstein luchando por la paz,
en contra de las armas nucleares. La verdad es que esta
película pasa a ser un trabajo cinematográfico de antología;
entre otras razones, porque produce un abanico de
reflexiones en torno a la humanidad, al amor, a la ruptura
de paradigmas, a la familia, a la ciencia, al tema de las
armas nucleares, a la paternidad, a la física, al desarrollo
del pensamiento científico, a la paz mundial, etc.
No se puede terminar este comentario sin recordar
las imágenes finales de Einstein cuando, desde su lecho de
hospital, dicta a la Enfermera de turno algunas ideas
finales. Me parece que alguna de ellas relacionada con el
tema de la armonía final que, tal vez, exista en el Universo y
la otra idea, clásica en el ideario einsteniano, en cuanto a
que el Universo no se rige por el azar, puesto que: “Dios no
juega a los dados”.
Hermosa película esta, referida a Einstein. Yo, desde
hace tiempo, he admirado a este genio de la Física
moderna. Luego de ver tan valioso filme, ya lo considero
402
como a un viejo conocido, entrañable científico que nos ha
regalado no solo la genialidad de su pensamiento científico;
sino, además, la sensible identidad de su condición humana
que incluye su honda preocupación por lograr un mundo
más sabio y, por ende, más tranquilo y alegre.
403
Soñar para vivir
En torno al libro Mariposa de sueños,
de Javier Villegas Fernández
“Todavía cantamos,
Todavía soñamos”.
Víctor Heredia
“Atados a cuanta cadena impusieron,
todavía nos quedan libres los sueños”.
Pedro Manay Sáenz
El mundo infantil representa,
siempre, un mundo superior.
Quizá, fue Borges quien dijo: “El
niño es el padre del hombre”. Lo
que es el niño anticipa lo que
será el adulto. Por supuesto, sin
fatalismo; siempre cabe el
espíritu de resiliencia y de
cambio. En general, cada uno de
nosotros sigue siendo el
chiquillo que, cronológicamente,
fuimos. Los gnósticos asumen
que el alma de los infantes tiene un máximo de potencial
que, con el paso de los años, se va perdiendo. Sabemos,
también, que el niño tiene gran facilidad para aprender
idiomas. Por ejemplo, hay entornos familiares donde puede
desenvolverse, tan fácil, entre el español, el francés y el
quechua. Algunos místicos de India aseguran que las
posibilidades comunicativas y de interpretación de los
404
niños son enormes. La mente infantil funciona, con
múltiples e insospechados recursos cerebrales. Todas las
opciones de aprendizaje están activadas. De ello, surge su
admirable capacidad de asombro, que le hace vivir su
propio realismo mágico, lo real maravilloso. Sin duda, el
niño es holístico: todo lo conjuga, todo lo integra. Su
inocencia no sólo resulta una cualidad espiritual; es, al
mismo tiempo, la fuente de su mundo de prodigio y uno de
los pilares de su universo interno. Su visión privilegiada
funde la magia con la realidad, puede mezclar los tiempos
sin perderse el presente y tiene, asimismo, una misteriosa
forma de captar la energía de su entorno. Le caracteriza
una sensibilidad muy fina. Tiene la facultad de sentir lo
genuino y sincero. Es intuitivo. Cree en la palabra de sus
mayores, de sus maestros, de sus amistades. Tal vez, por
eso, algunos atribuyen simplicidad a la niñez. Es una
creencia que está muy lejos de la realidad. El mundo
interior del niño es increíblemente complejo, poblado de
emociones, inquietudes, fantasías, memorias, ilusiones,
alegrías y tristezas; no pocas veces, dolor; temores, apegos
y desapegos, felicidades y frustraciones. Todas las clases de
inteligencias, las identificadas por Howard Gardner y las
que se descubran más adelante están latentes,
ejercitándose según las oportunidades del contexto
familiar, escolar y social. ¿No es cierto también que los
niños tienen habilidad sorprendente para la tecnología? Y
causa desconcierto comprobar cómo, a tan poca edad,
pueden apreciar historias cinematográficas complejas
como Harry Potter, por poner un caso. El niño, en suma,
representa todos los talentos humanos en estado germinal.
Y bien, luego de este breve retrato de la niñez, surge
la crucial pregunta: ¿Cómo perciben los niños la
denominada literatura infantil? Y es entonces que entramos
405
a un terreno de bastante polémica. Puede y debe
suponerse, tras lo expuesto, que escribir para la mente
infantil es, en verdad, un asunto de mucha exigencia. A lo
largo del tiempo, han ido decantándose libros y autores que
la humanidad considera clásicos. Ahora, con motivo de la
presentación de Mariposa de sueños, de Javier Villegas
Fernández, necesitamos recordar estas cosas. Felizmente,
el Perú ha tenido y sigue teniendo autoras y autores que
han logrado plasmar una valiosa obra que ha sabido
ganarse la mente y el corazón de los niños. Hacer literatura
infantil exige, en primera instancia, tener todavía el
corazón de niño; cosa difícil en una sociedad regida por el
imperio del capital que deshumaniza y genera lo que la
Sociología denomina proceso de alienación del hombre.
Escribir para niños requiere ‒es un primer y esencial
elemento‒ de sensibilidad auditiva. Los cuentos y los
poemas habrán de tener melodía. ¿Cuál será el léxico, la
sintaxis, el tema y mensaje más adecuados? El desafío es
este: con palabras comunes y ordinarias, lograr escribir
algo especial y extraordinario. Sí, es un buen axioma. A
quien piense todavía que escribir para niños es tarea
simple, hay que advertirle que nunca lo ha sido, lo es ni lo
será. El niño, como se ha dicho, es una inteligencia notable,
una visión muy clara y, sobre todo, un corazón que sabe
distinguir lo meritorio y realmente estético. Pueden
equivocarse los críticos literarios; pero el niño lector,
difícilmente. Pienso, entonces, en Christian Andersen y su
cuento “La vendedora de fósforos”; en Rabindranath
Tagore y su libro El cartero del rey, todo un sublime canto a
la ternura humana; en Juan Ramón Jiménez y su inmortal
Platero y yo; en nuestro Francisco Izquierdo Ríos y su
memorable cuento “Ladislao, el flautista”; en Mario Florián
y su maravilloso poema “Venadito de los montes”; en
Gabriela Mistral y sus universales poemas para niños.
406
Cuento y poesía que nace de sensibilidades excepcionales,
de un dominio de lenguaje que nos hace pensar en la
alquimia, en convertir el plomo en oro y transformar el
carbón en diamante. Estoy convencido que la buena
literatura infantil atrapa, en primer lugar, a los lectores
adultos. Es más, buena parte de la literatura infantil no fue
pensada para niños. Ha sido el tiempo el que ha
determinado tal destino. Por supuesto, el autor que, con sus
cuentos y poemas, se gana el corazón de los niños es un
escritor enormemente afortunado.
Y bien, basten estas digresiones para entrar más
directo al tema de esta reunión. Se nos pidió, también, una
visión panorámica de la obra literaria de Javier Villegas
Fernández. En general, creo que Javier puede sentirse ‒
aunque es una palabra prohibida en el camino del arte‒
satisfecho; y, sin duda, exitoso. Ha poetizado temáticas
diversas: el mundo infantil, especialmente, con sus
elogiados libros La luna cantora, Rimando la alegría, La
flauta del agua, principalmente y, ahora, con Mariposa de
sueños. Pero, también, la lucha existencial, en Trasgresor de
sombras; el aporte didáctico para la creatividad literaria de
niños y adolescentes, con Caza palabras; celebración de la
mujer, amor y erotismo con El amor es más y Anochéceme…
amanéceme. Ha viajado mucho, en los años de la pre-
pandemia, por supuesto. Ha recibido premios y
distinciones nacionales e internacionales. Ha sido tallerista
de creatividad literaria en varias ciudades del Perú y del
extranjero; principalmente, Ecuador, donde se le conoce y
valora ampliamente. Asimismo, conduce talleres de
Oratoria. Es un escritor que sabe del impacto y del valor de
la palabra. Es, haciendo una síntesis, un escritor no tanto
programático; sino, más bien, pragmático. Por ejemplo,
organizador de eventos como La poesía se eleva, con varias
407
ediciones. Organizador de diversas jornadas literarias y
educativas. Jurado en numerosos concursos. Dirige el
Colectivo Cuarto Menguante. Está ligado, de muchos años
atrás, a la APLIJ, Asociación Peruana de Literatura Infantil y
Juvenil, con varios cargos importantes. Como escritor, yo le
encuentro el estilo bien definido y la solidez de lenguaje
que se forjan con los muchos años de trabajo literario;
facilidad para la creación de imágenes poéticas; una
imaginación fluida y traviesa; una forma muy sagaz de
plantear el poema. Sabe seducir al lector y, mucho más, a
las lectoras. Su discurso poético discurre a paso firme. A
veces, puede parecer sencillo; pero, sabe también nutrirlo
con metáforas audaces de incuestionable originalidad. Veo
en Javier al escritor pragmático. No le inquieta mucho la
intención ideológica; pero sí cuestiona al sistema. No
pretende hondura filosófica; pero, esgrime sus propias
verdades, sus certezas ontológicas. Tiene, y lo sabe,
facilidad para los títulos. Y escribe y escribe como el pez
que nada en el agua. He leído algunos cuentos suyos (“El
hombre que hablaba para sí mismo”, por ejemplo) y creo
que debiera migrar, por un tiempo, al menos, hacia la
aventura narrativa con mayor decisión. Sabido es que el
tránsito de la poesía a la prosa es más posible y fructífero
que a la inversa. Pero hay, además, en Javier una fuerte
identidad andina. No en vano su revista de poesía y
artículos para niños se llama Poroporo, que es el nombre de
un popular y ácido fruto de la serranía. No es casual que
haya organizado eventos literarios en su tierra. La raíz
andina suele ser, en los poetas, manantial y fibra inagotable
para el arte. Sucede con varios pintores y poetas de nuestra
localidad y, más específicamente, de los reunidos en
nuestra mítica plazuela Elías Aguirre. Aquí, en los infinitos
y ardorosos debates “plazoleros”, Javier ha optado, las más
de las veces, por un discreto o perspicaz silencio. Pareciera
408
que guarda sus criterios para verterlos en su poesía, en sus
cuentos, en sus quimeras. Sé que tiene varios libros
inéditos; siempre con títulos interesantes: Apología del
hombre, El muchacho de los ojos altos, Conspiración de la
palabra, etc. Y, como todo escritor, ha de sentir el
imperativo de reinventarse, de dar saltos cuánticos en la
dimensión creadora. Los escritores solemos quedarnos en
nuestras zonas de confort. Pero los maestros nos enseñan
que hay que ir por más, que hay que volverse críticos
severos de uno mismos. Levantar la mirada hacia nuevos
horizontes. Ir hacia lo más profundo del lenguaje (como lo
hizo el eterno Vallejo), hacia mayores alturas del universo
poético, de la experiencia creativa. Decía que satisfecho es
una mala palabra en el arte. Siempre es mejor la perenne
insatisfacción respecto de lo trabajado. A veces, se siente la
desazón de haber podido ser mejores. Es entonces que
debemos seguir abriendo camino, cuidarnos de los laureles,
de la adulación y la complacencia, de nuestro pretencioso
ego. Cuando se ha trajinado muchos años en la creación
literaria, es indispensable el balance, el desacomodo, el
terrible ‒pero liberador‒ espejo. Es, como diría Antonio
Machado, aligerar la carga para continuar el viaje. “Puede
volar solamente quien tiene libres las alas”, enseña también
el filósofo-cantor Facundo Cabral.
Siendo compañeros de ruta, celebramos todo libro
que nace porque es una derrota del oscuro pesimismo, del
para qué conformista, del silencio estéril. Un nuevo libro es
una flor entre las piedras y los espinos. Mariposa de sueños
nos recuerda, como decíamos al comienzo, las sutiles
cualidades de la poesía que tiene el alto ideal de convertirse
en poesía para niños: la sonoridad que puede trabajarse
como se hace una canción, por ejemplo, o desde el interés
del escenario. Los poemas de Javier, claramente, están
409
hechos para ser recitados. La fluidez del lenguaje es otro
aspecto esencial. Las palabras que lee el niño han de fluir
como agua de arroyo: libres, musicales, sin trabas de
ninguna índole. Uno de los cuidados consiste en evitar la
reiteración de un fonema; más aún, de los que suenan
fuerte. Viene aquí el asunto de la rima. Javier no pretende el
verso clásico, con estricta rima, métrica y ritmo. Lo que él
hace es una poesía más libre, con rima casi intuitiva, con
coincidencias fonéticas que parecieran fruto de la
casualidad; pero, no. El autor busca, no la rima perfecta del
modernismo literario que cultivaba, por ejemplo, José
Martí; sino la necesaria y suficiente para conquistar el oído
infantil contemporáneo. Aparece, siempre, la Naturaleza y
sus personajes radiantes y simpáticos. El Sol y la Luna
también se suman para participar del mundo mágico y
onírico de la mariposa. Las frases son claras y ágiles. Lo
que se cuenta sorprende, encandila. Y el yo poético camina
en cada una de las estancias. A veces, se confunde con las
fantasías de sapos, pingüinos, pececillos, arañas, ciempiés,
arco iris, gotas de lluvia, etc. Eso es bueno. El personaje
autor ha de fundirse en sus propias invenciones, como un
errante panteísta, como un espíritu que se entrega, por
igual, a la vigilia y al sueño porque, similar a Calderón de la
Barca o a los sabios de la India, asumen que todo es maya o
ilusión, que somos una realidad soñada por una Voluntad
Suprema. Claro, pudiera suceder como en el poema aquel
del hombre que ya no sabía si él había soñado o es que lo
habían soñado. Mariposa de sueños nos recuerda también el
hambre de ficción que tiene el ser humano. Necesitamos,
como de agua y aire, de la fantasía, de la música, de la
pintura. Y es por eso que el cine, con su infinita maravilla,
tiene tanto éxito. La poesía de Javier está hecha para los
niños más pequeños; pero, reiteramos, y aunque el autor no
lo haga explícito, aunque suene paradójico, el éxito de la
410
poesía para niños es que sea del agrado también de los
adultos. Después de todo, el niño que fuimos sigue siendo. Y
es desde ese niño que leemos, valoramos, aceptamos o
rechazamos lo leído. Creo que la mariposa del sueño
fabulador de Javier tiene virtud y vida propias. Como él
bien sabe, no es fácil que un escritor convenza a otro
escritor; mucho más complicado aún, si el susodicho
literato es también corrector de textos, que es la fastidiosa
condición de quien se fija, queriendo o sin querer, en la
coma ausente, en la palabra que no conviene, en el adjetivo
equivocado, en el fonema redundante que quiebra la
eufonía. Pero, esta vivaz y colorida mariposa tiene lo suyo.
No es gratuito que Javier Villegas goce de reconocimiento
nacional e internacional, principalmente, en el terreno de la
literatura infantil. Conoce bien este oficio. No sabemos
hasta dónde evolucionará su poesía para niños; pero, con lo
que aquí muestra, le alcanza para certificar que el mundo
lírico de esta publicación hace mérito suficiente para
ganarse la atención de los niños, de la esperanza del mundo,
como dice el poeta y pensador cubano José Martí. Sería
injusto terminar este comentario sin manifestar que las
hermosas ilustraciones de Wilbur Tirado Pérez acentúan,
en gran medida, el mágico ensueño de esta aventura
poética. Resulta parecido a una obra de ballet. En la
escenografía, está buena parte del triunfo estético.
Felicitaciones para ambos. Más aún, porque tienen la
voluntad de soñar alegrías en estos tiempos de dolor y
tristeza causados por la despiadada y mortal pandemia. Es
una manera de ratificar la fe y la esperanza en tiempos
mejores y es la firme convicción de que el arte siempre es y
será un testimonio de amor inclaudicable por la humanidad
y la Vida.
Chiclayo, 27 de febrero del 2021.
411
La iluminadora poética
de Khalil Gibrán
Creo, con justa valoración, que
Khalil Gibrán es Poeta de poetas; es
lo más cerca que hay entre sabio,
poeta y profeta si entendemos por
profeta al hombre que vislumbra
dimensiones de infinita libertad
que los hombres comunes no
alcanzamos a ver. El polémico
Osho, filósofo de la India, fue un
crítico realmente severo del arte
contemporáneo. Pero, decía que el
poeta libanés Khalil Gibrán era una
extraordinaria excepción. A su juicio, Khalil Gibrán era el
poeta más grande que había dado la humanidad. La
poesía de Gibrán es planetaria, es para toda la
humanidad, para todos los espíritus. Como se sabe,
Líbano es una tierra mística. Y él bebió de la poesía árabe
y admiró a William Blake, a Nietzsche y a Leonardo da
Vinci. Cuando niño, era dichoso mojándose bajo la lluvia.
Ya adolescente y joven, solía contemplar durante horas
las pinturas de Leonardo da Vinci. Tal vez, por ello, se
hizo pintor también. Hace poco, se realizó una película
acerca de él. Vivió durante varios años en EE.UU. Así que
escribió en árabe y en inglés. Todos sus libros tienen un
valor atemporal: Espíritus rebeldes; Los dioses de la
tierra; El vagabundo; El loco; Alas rotas; Jesús, el Hijo del
412
Hombre; etc. Los especialistas coinciden en señalar que
su obra maestra es El profeta. Gibrán tiene una poesía tan
sólida, tan profunda y elevada al mismo tiempo, y tan
mística que, en EE.UU., llegaron a considerarlo una
reencarnación de Jesucristo a quien él consideraba
Príncipe de poetas. El personaje principal de El profeta,
un libro donde se fusiona, en crisol poético, la filosofía y
la sabiduría, es un errante llamado Almustafá, el bien
amado, el que era un amanecer en su propio día. Creo
que Almustafá no es otro que el mismo Gibrán. Leo y
releo a Khalil Gibrán con la alegría de un discípulo. Hace
varios años, un hermano mío tuvo la extraña suerte de
llegar al Líbano, que es tierra con historia bíblica. Y desde
la patria de Gibrán, tuvo la hermosa idea de traerme el
libro El profeta en lengua árabe. No lo puedo leer; pero lo
guardo como una reliquia bibliográfica. El profeta está
hecho en prosa altamente poética y cuenta de Almustafá
que, debiendo alejarse de Orfalís, la ciudad que lo cobijo
por mucho tiempo, sube a una colina y, a pedido del
pueblo, vierte su sabiduría, a la manera de los maestros
antiguos, con radiante verbo de profeta, hablando sobre
cada aspecto esencial de la vida humana con tanta
profundidad, con tanta lucidez, con tanta poesía, que uno
no puede sino sentirse deslumbrado. Es como si nos
alumbrara dulcemente el brumoso camino de la vida.
Desde El profeta, nos comparte su pensamiento alado
acerca del amor, la amistad, el matrimonio, la muerte, el
enseñar, las leyes, el hablar, y demás cuestiones
fundamentales de la existencia. Muchos escritores han
bebido de él. Suele ser citado, con frecuencia, por
escritores de muchas partes del mundo. Y por eso es que
se lee este maravilloso libro y uno siente no sólo la fresca
brisa del Shalom; sino, también, el esplendor del
pensamiento de un hombre que vive, piensa y habla
413
poéticamente desde otra dimensión, donde el Amor es el
centro, el alfa y omega de la experiencia humana.
Les comparto apenas un destello del capítulo
referido al trabajo:
Te han dicho que la vida es oscuridad y en
tu cansancio, repites lo que dijeron los
cansados.
Y yo te digo que la vida es oscuridad
cuando no hay un impulso.
Y todo impulso es ciego cuando no hay
conocimiento.
Y todo conocimiento es vano cuando no
hay trabajo.
Y todo trabajo es vacío cuando no hay
amor.
Y cuando trabajas con amor, te unes
contigo mismo, con los otros y con Dios.
Termino diciendo que pueden nutrirse de la poesía
de El profeta en un audiolibro fácil de encontrar en
YouTube y nada menos que en la voz del filósofo, cantor y
cosmopolita Facundo Cabral, un hombre que, de muchas
maneras, tuvo un brillante espíritu gibraniano.
Día Mundial de la Poesía.
Chiclayo, 21 de marzo del 2021.
414
ÍNDICE
Viento y horizonte / A manera de prólogo / 5
La discreta y sublime estancia del corazón / 9
El cartero del rey: Cuando la ficción nace del corazón / 14
Agonía y éxtasis del arte en “El alfarero”, de Valdelomar / 16
El Réquiem de Rodríguez / 19
Libros que alumbran como faros: Una ayuda para los educadores / 21
Condensación y contrastes en un poema de Eguren / 38
Las crónicas de un explorador / 46
El maravilloso arte de la poesía / 53
Poesía y trascendencia humana / 59
El dedo sobre la llaga: una visión crítica de nuestra educación actual
/ 66
Arguedas o la inconclusa reivindicación del mundo andino / 87
Arguedas y su Primer Centenario / 96
Inevitable canto al compás de los días / 100
El árbol o el visceral deseo de la originalidad narrativa / 121
Fenómenos paranormales en nuevo libro de Gilbert Delgado / 147
Un enigma llamado poema / 154
Prólogo del libro Madre, Crisol de Humanidad / 157
La lira silvestre de Kichi Berger / 159
Las múltiples y silenciosas batallas del poeta / 162
Luzmán Salas: Poeta y Maestro ejemplar / 167
Hemos sembrado y cosechado / 170
Los invasores, una novela felizmente compleja / 172
Una noche lírica para recordar siempre / 177
La Risoterapia: un libro para vivir riendo / 184
El cielo de Bianca o el amor en tiempos del Perú oligárquico / 187
Sinfonía para la mujer del campo: una poética de conciencia y
sensibilidad / 198
15 de abril o la eterna presencia de Vallejo / 206
La voz y las palabras del docente / 208
Prólogo para el libro Perú, crisis y esperanza / 211
El libérrimo y temerario vuelo de Luciano Berger / 215
La musical batalla de Manuel Rivas Sandoval / 222
415
La Quinua - Reina de los Cereales / Prólogo a la Tercera Edición
/ 232
Hacia una consciencia de la Vida / 240
Siete lecciones vallejianas / 250
Salud: Un tema que nos concierne a todos / 257
César Vallejo: Una obra poética multidimensional / 270
Palabras de agradecimiento / 273
Estimados paisanos, estimados concursantes / 277
Raíces, lirios y estrellas del Apu Mishahuanga / 280
Dos maestros / 285
Convertir el carbón en diamante o el trabajo de la poesía / 288
Homenaje / 312
Prólogo para el libro Mujeres luchadoras nacidas para el éxito / 315
Salutación por el Día del Poeta / 318
El piano negro o la escondida realidad del inconsciente / 321
Pedagogía en la Literatura / 332
La novia del viento, de Marco Martos / 336
Confrontación de los tiempos y gratitudes en la poesía de Fernando
Cañola Camacho / 343
El manejo de la lengua española en la narrativa de Ribeyro / 357
Una novela-retrato del Perú actual / 365
Breve retrato de Miguel Reynoso Córdova / 368
Las agridulces saetas del inmortal Cupido / 372
Los universos mágicos del Séptimo Arte / 384
Ternura y fortaleza en Rocky II / 385
Interrogante acerca de lo humano / 389
Más allá de lo meramente político / 393
Hacia el conocimiento de Albert Einstein / 396
Soñar para vivir: En torno al libro Mariposa de sueños, de Javier
Villegas Fernández / 404
La iluminadora poética de Khalil Gibrán / 412
416
Pedro Almanzor Manay Sáenz
Nació en el Centro Poblado San Antonio,
Distrito San Juan de Licupís, Provincia de
Chota, el año 1965. Cultiva la poesía, el
ensayo y la narrativa. Profesor de Lengua
y Literatura, egresado del I.S.P. “Sagrado
Corazón de Jesús”, de Chiclayo. Miembro
fundador de la Asociación Cultural
“Estación de Brujos”, ACEDEB, Chiclayo y
editor de la Revista de Arte y Cultura
Choza de papel de esta asociación. Trabaja,
también, como corrector de textos;
especialmente, de obras literarias.
Miembro Honorario del Programa “Crecer Leyendo”, que dirige el
Profesor Ronald Gastelo Paz. Es prologuista y comentarista de
obras literarias. Antes de la pandemia, ha participado en tertulias
literarias escolares, eventos académicos, recitales y como jurado de
concursos de declamación y creatividad literaria. También, como
organizador de eventos culturales con la ACEDEB. Actualmente,
participa en eventos literarios virtuales. Recientemente, viene
incursionando en la producción de vídeos literarios (cuento y
poesía). Desde hace dos décadas aproximadamente, influido por
cierta filosofía de India, se hizo vegetariano. Realizó un Diplomado
en Literatura con docentes de la UNMSM, siendo autor de la
monografía La interpretación literaria como un espacio de libertad.
Ha publicado:
En busca de un Oasis (poesía, 1996)
Claro de Luna /por la senda del haiku (poesía, 2009)
Para crear poemas (propuesta didáctica, 2011)
417
El canto del mirlo (cuentos, 2012)
La historia de Urano (cuento, 2013)
En tu reino de Sol (poesía para niños, 2014)
Al pie de la Luna (cuentos, tres ediciones, la última, en 2017)
La bruma y el Arco Iris (cuentos, 2015)
Volver al Amor (poesía, 2017)
El templo de Bangú (cuentos, 2017)
Mosaico (cuentos, 2018)
La clase del adiós (novela, 2019)
Nostalgia (poesía, 2020)
Publicaciones en coautoría:
Madre, Crisol de Humanidad / Homenaje lírico a la Madre
Lambayecana (2014)
Padre, raíz y eternidad (2016)
Perú: crisis y esperanza (2017)
Salud, ¿adónde vas? (2017)
Lirios de Mishahuanga (2019)
En elaboración:
Una aventura musical (novela)
418
Cuaderno de navegante
Libro digital
Chiclayo - Perú
419
Nada más diré que no sean palabras de gratitud a
los lectores, esperando sea de algún provecho su
visita por estas carillas que corroboran mis
apacibles, espléndidas y también tumultuosas
aventuras estéticas y bibliográficas. Del viento
somos, en él bogamos y con él cantamos. Al final,
sólo sé que he navegado, como un espíritu errante y
encantado, entre libros que fueron siempre
lamparines aladinescos. Y aquí les comparto, como
se hace con el pan, las canciones y las memorias: lo
que pude escribir tras cada vuelo. Acógelo en tu
afecto como una visión de horizonte azul y mágico
para que, en su lectura, puedas sentir también el
perfume, la canción y la brisa de los mares, de las
islas y los vientos.
420