Lectura ECONOMIA
Lectura ECONOMIA
Trab. soc. vol.23 no.38 Santiago del Estero ene. 2022 Epub 01-Ene-2022
GÉNERO, EDUCACIÓN, PANDEMIA
Tiempo, trabajo y familia. La crítica feminista a la Nueva Economía Doméstica
Time, work and family. The feminist critique of the New
Household Economics
Andrea Delfino1 *
Luisina Logiodice2 **
RESUMEN
Este trabajo propone una genealogía parcial del vínculo teórico entre los conceptos de tiempo
trabajó-familia dentro de la economía. Para ello, se detiene de forma particular en tres momentos
específicos. El primero revisa la primigenia conceptualización sobre el trabajo doméstico realizada
en la década del 30 por la investigadora canadiense Margaret Reid. En segundo lugar, explora la
reintroducción, hacia la década del 60, de la problemática de la producción doméstica dentro de la
economía ortodoxa. Finalmente, revisa la crítica realizada desde la perspectiva de la economía
feminista a los postulados centrales de la Nueva Economía Doméstica (NED), concentrándose en
los cuestionamientos realizados por la denominada “segunda revolución”. Los argumentos
centrales de esa crítica se articulan en torno a cuatro ejes: a) la crítica al modelo unitario de familia,
b) la crítica al
modelo de especialización femenina en el seno del hogar dadas las “ventajas comparativas”, c) la
crítica a los mecanismos de ajuste espontáneo y automático del mercado y d) el cuestionamiento a
la falta de consideración del Estado como determinante del comportamiento económico de las
familias.
Palabras clave: trabajo doméstico; familia; economía feminista; nueva economía doméstica
ABSTRACT
This paper proposes a partial genealogy of the theoretical link between the concepts of timework-
family within the economy. This involves a particular examination of three specific moments. It first
revises the initial conceptualization of household work done in the 1930’s by the Canadian
researcher Margaret Reid. It then explores the reintroduction of the household production problem
as part of the orthodox economy during the 1960’s. Lastly, it reviews the critique made by the
feminist economics perspective concerning the main premises of the New Household Economics
(NED), focusing on the questionings made by what has been called the "second revolution". The
main reasons used in these questionings revolve around four areas: a) criticism of a unitary family
type, b) criticism to the model of female specialization within the household given the "comparative
advantages", c) criticism towards the market's spontaneous and automatic adjustment mechanisms,
and d) challenging the lack of acknowledgement of the State as a determinant of the economic
behavior of families.
RESUMO
Este trabalho propõe uma genealogia parcial do vínculo teórico entre os conceitos de
tempotrabalho-família no interior da economía. Para isso, detem-se de forma particular emtrês
momentos específicos. O primeiro revisa a conceituação original do trabalho doméstico realizada
na década de 1930 pela pesquisadora canadense Margaret Reid. Em segundo lugar, explora a
reintrodução, cerca da década 1960, do problema da produção doméstica na economia ortodoxa.
Finalmente, revisa a crítica dos principios centrais da Nova Economia Doméstica (NED), a partir da
perspectiva da economía feminista, enfocando nos problemas destacados pela “segunda
revolução”. Os argumentos centraisdesta crítica articulam-se em torno de quatroeixos:
Palavras chaves: trabalho doméstico; familia; crítica feminista; Nova Economia Doméstica
INTRODUCCIÓN
Desde el punto de vista etimológico, el término “economía” proviene del griego antiguo
“oikonomía”. Sin embargo, desde la constitución de la Economía como ciencia algunos de los
contenidos centrales de esta noción griega son abandonados.
El vocablo “oikonomia” es una palabra compuesta, procedente del sustantivo oikos y del verbo nemo. La
traducción de este segundo término no presenta mayores problemas -nemo significa distribuir,
administrar-, sin embargo la mayoría de los autores concuerda que el primero se trata de un vocablo de
difícil traducción al castellano por conjugar una serie de elementos hoy diferenciados (Mirón Pérez,
2004).
Desde la perspectiva de Mirón Pérez (2004), al menos tres significados centrales podría contener la
noción de oikos. El primero de ellos es “casa” en el sentido más literal y material, es decir, como
vivienda, el espacio físico donde habita la unidad social básica, y pudo ser el significado original de la
palabra. La casa es un elemento esencial para el establecimiento de una familia y está relacionada con
el carácter agrícola y sedentario de la civilización griega, que hace necesaria la existencia de un techo
bajo el que albergar trabajos imprescindibles para la subsistencia: el almacenamiento y procesamiento
de alimentos, la elaboración del vestido y, sobre todo, la crianza de hijos. La casa, además, actúa como
un templo que alberga el fuego del hogar común, símbolo de la existencia del oikos.
El segundo significado de oikos es “propiedades”, que abarcan tanto bienes inmuebles como muebles,
tanto inanimados como animados. La fuente de riqueza fundamental en Grecia la constituía sobre todo la
tierra. No obstante, se señalan otras fuentes de riqueza, tales como la minería, la artesanía, el comercio
y la guerra.
Por último, el oikos también designaba a la primera y básica sociedad humana: la asociación de hombre
y mujer y el producto de dicha asociación, los hijos. En esencia, el oikos hacía referencia en la Grecia
antigua a la familia nuclear, compuesta por padre, madre e hijos, y accidentalmente por miembros de
generaciones anteriores, en contraposición con la familia extendida.
De este modo -y siempre desde la perspectiva de Mirón Pérez, 2004- el vocablo oikos, puede designar
cada una de estas significaciones pero también puede ser entendido como concepto que engloba esos
tres elementos (la casa, las propiedades y la familia nuclear) en un ente constituido para la
producción/reproducción de descendientes, así como de los soportes materiales e inmateriales que
garanticen el sustento de esta regeneración. El oikos es una entidad económica que supone la unidad
principal de producción y consumo. Por tanto, la oikonomia era el saber que trataba sobre la
administración de esta célula social básica.
Esta forma de entender lo económico dista bastante de la concepción que comienza a desarrollarse
hacia el siglo XVIII y que con algunas variantes permanece hasta nuestros días. Los temas que aborda la
economía al momento de su surgimiento como ciencia están vinculados con los problemas del cambio y
de la circulación. Posteriormente la atención se dirigirá al problema de la producción y de su crecimiento,
convirtiéndose dicha problemática en el centro de la disciplina. Tal como señala Bouldíng (1986 en
Nelson (2004 [1993]) para Adam Smith la economía se ocupa de un problema doble: 1.- la organización
de la sociedad a través del intercambio y 2.- el “abastecimiento” de la sociedad; sin embargo, la
economía moderna ha llevado hasta sus últimas consecuencias la concepción de la vida económica
como organización social a través del intercambio, al tiempo que perdía por completo el sentido del
proceso de abastecimiento de la raza humana.
Así, es posible señalar que al momento de constituirse la economía como ciencia la misma abandona
una cuestión central como objeto de estudio: el problema de la
reproducción material de la vida. En efecto, el aprovisionamiento por parte de los agentes de los medios
de subsistencia se abandona como tema a ser abordado cristalizando así la existencia de la producción y
de la reproducción como esferas “separadas” y sin sentido de relación. En esta dirección Nelson (2004
[1993]) señala que la economía no debería interesarse sólo por los bienes y servicios que se venden y se
compran en el mercado, sino también por lo que es necesario y conveniente para el sustento y el
progreso de la vida -la sostenibilidad de la vida en palabras de Carrasco-. Aquello que la economía se
pregunta y lo que se busca responder es, en definitiva, lo que define a la economía como ciencia (Dobb,
1938 [1932]).
En este sentido, este trabajo se propone revisar algunos momentos en los cuales la problemática
comienza a ser incorporada dentro de la disciplina a lo largo del siglo XX, para finalmente constituirse en
un campo central de abordaje dentro de la vertiente de la economía feminista. Para ello, el artículo
presenta una genealogía parcial del vínculo teórico entre los conceptos de tiempo-trabajo-familia dentro
de la economía deteniéndose de forma particular en tres momentos específicos en la línea genealógica.
Este abordaje se asienta en la hipótesis que la problemática de la reproducción social de la población es
introducida tibiamente en la economía allá por la década del 30 cuando se buscaba integrar la
producción doméstica a las cuentas nacionales a través de dotar de valor monetario al tiempo empleado
en ella. Recién hacia la década del 60
-y producto de la creciente incorporación de la mujer al mercado de trabajo en un contexto de incremento
de los ingresos por un lado y de mayor acceso a bienes y servicios que posibilitan disminuir en parte el
tiempo destinado al trabajo no remunerado realizado al interior de los hogares- se producen
reformulaciones al interior de la corriente ortodoxa que amplían el análisis económico incorporando
dimensiones relativas al trabajo doméstico no remunerado al análisis. Estas reformulaciones se
enmarcan dentro de la corriente conocida como Nueva Economía Doméstica o de la Familia en la cual la
obra de Gary Becker tiene un lugar destacado. La “fisura” -al decir de Benería (2003)- que se produce en
la corriente hegemónica de la economía “habilita” el ingreso de la temática al corazón de la disciplina
pero esa incorporación se produce con un fuerte sesgo biologicista y statusquista. Finalmente, la
problemática es reintroducida con fuerza al interior de la disciplina a partir de los cuestionamientos a las
bases teóricas y epistemológicas de los postulados ortodoxos construídos de forma dispersa por la
denominada “segunda revolución” dentro de la economía feminista. Recién aquí es que los
cuestionamientos centran sus argumentos en la crítica androcéntrica de la producción científica en la
economía.
En esta dirección el escrito se estructura en tres grandes apartados. El primero revisa la primigenia
conceptualización sobre el trabajo doméstico realizada en la década del
30 por la investigadora canadiense Margaret Reid. En segundo lugar, explora la reintroducción, hacia la
década del 60, de la problemática de la producción doméstica en el marco de la reformulación de
algunos postulados de economía ortodoxa propuesta por Gary Becker. Finalmente, sistematiza la crítica
realizada de forma dispersa desde la perspectiva de la economía feminista a los postulados centrales de
la Nueva Economía Doméstica (NED), concentrándose en los cuestionamientos realizados por la
denominada “segunda revolución” a la obra de Becker. En términos metodológicos, se utilizaron fuentes
secundarias para poder reconstruir esta genealogía, ya que se trabajó en base a la revisión de
bibliografía específica del tema y con autorías de referencia en el debate que se intenta aquí recuperar.
La primera conceptualización realizada desde la economía sobre el trabajo doméstico data de la década
del 30 y fue plasmada en la tesis doctoral de la investigadora canadiense Margaret Reid. Tomamos como
punto de partida la obra de Reid porque constituye la primera conceptualización sistemática sobre el
trabajo doméstico no remunerado y un antecedente central para reconstruir la génesis del vínculo entre
el tiempo, la familia y el trabajo en la teoría económica. Sin embargo, es posible rastrear ya a finales del
siglo XVIII trabajos de diferentes pensadoras que cuestionaron algunos postulados del pensamiento
clásico, que reivindicaron la igualdad de hombre y mujeres antes las leyes y la equiparación salarial,
entre otros. Asimismo, autoras como Heather-Bigg y Perkin Gilman habían discutido el tema del trabajo
doméstico no asalariado en el siglo XIX (Carrasco, 2013).
En la definición propuesta por la autora se rectifica la noción tradicional de la familia entendida como
unidad de consumo para considerarla también una unidad de producción. En esta dirección la noción de
trabajo doméstico que propone intenta distinguir entre consumo y producción dentro del hogar,
estableciendo los límites entre producción y actividades no productivas.
Reid (2016 [1934]) considera trabajo doméstico a aquellas actividades no remuneradas realizadas en el
hogar y que son llevadas a cabo por y para sus miembros. Asimismo, son actividades que podrían ser
reemplazadas por bienes del mercado o servicios pagados, si circunstancias tales como los ingresos, las
condiciones del mercado y las inclinaciones personales permiten que el servicio fuese delegado en
alguien fuera del grupo familiar. En este sentido, el trabajo doméstico no remunerado se define por el
denominado criterio de la tercera persona, esto es, por tratarse de un tipo de trabajo que podría ser
realizado remuneradamente por una persona externa al hogar.
Esta conceptualización mantiene una visión mercantil y, en este sentido, presenta una serie de
limitaciones. La primera de ellas es que se centra, fundamentalmente, en las transformaciones más
frecuentes y elementales del entorno físico del hogar y sólo incorpora una definición restringida de
cuidados, ciñéndose a la prestación concreta y activa de cuidados personales. La segunda limitación,
refiere a que muchas de las actividades contenidas en la noción de trabajo doméstico no remunerado
tienen difícil o nula sustitución de mercado a la vez que tienen objetivos distintos a los del mercado.
Finalmente, estas actividades tienen lugar bajo relaciones no capitalistas (Carrasco, 2016; Durán, 2005).
Reid continuó desarrollando su postura y ensayando mediciones. Consciente de las diferencias que
encontraba, explicó la “producción del hogar” como una función del ingreso, de diferencias geográficas,
de la educación, de la raza, de los gustos y de los estadios del ciclo de vida (Yun-AeYi, 1996 en Gálvez
Pérez, 2004).
Estos desarrollos conceptuales realizados por Reid se vinculan a una preocupación, existente entre los
economistas en Estados Unidos a principios del siglo XX, centrada en reconocer explícitamente la
conexión entre el trabajo doméstico no remunerado y el trabajo remunerado con el objetivo de integrar la
producción doméstica a las cuentas nacionales a través de dotar de valor monetario al tiempo empleado
en ella. El énfasis en esta cuestión parte de considerar al trabajo doméstico no remunerado como una
condición previa para el funcionamiento global de la economía (Carrasco, 2016; Pouw, 1998). El
denominado Movimiento para las Ciencias Domésticas centró sus esfuerzos en medir el trabajo
doméstico desde parámetros equivalentes al trabajo asalariado. Pretendía racionalizar el trabajo
doméstico asimilándolo a las lógicas de organización del trabajo que el taylorismo había impuesto en la
industria en un esfuerzo para hacer más “productivo” el trabajo del ama de casa (Carrasco, 2003; Martín
Palomo, 2014). Se puede observar así una coincidencia que para Chadeau (1994, en Moltó Carbonell,
s/d) no resulta casual, para la década del 20 aparecen los sistemas de cuentas nacionales así como la
necesidad de tomar en consideración el trabajo productivo no remunerado, ya que los primeros debieran
considerar la valoración de éste último.
Sin embargo, dentro de este debate se considera que el trabajo realizado en el hogar supone una
productividad diferente al trabajo realizado bajo relaciones mercantiles2. Este postulado terminaría
obturando la posibilidad de otorgarle un valor monetario a la producción doméstica (Carrasco, 2016), sin
lograr elevar las tareas domésticas a la categoría de profesión (Martín Palomo, 2014). En este sentido,
hay evidencias en la literatura (Carrasco, Borderías y Torns, 2011; Folbre, 1991; Gardiner, 1993) que
para esa misma época, las mujeres que realizaban trabajos domésticos para sus familias dejan de ser
clasificadas en los censos como “trabajadoras domésticas” y pasan a ser consideradas como
económicamente “inactivas”.
Desde la perspectiva de Gardiner (1993) los trabajos académicos vinculados a la producción dentro del
hogar tuvieron poco impacto dentro de la disciplina ya que eran percibidos como un tema propio de la
Economía Doméstica. Recién hacia la década del 60 los economistas neoclásicos comienzan a
reconocer la producción doméstica como un área legítima de estudio. Esto se debió a que la economía
ortodoxa no pudo explicar por qué un creciente número de mujeres casadas ingresaban al mercado de
trabajo, en momentos en que había crecientes ingresos en los hogares. Por su parte Carrasco (2016)
señala que hacia 1951 cuando Reid se incorpora como profesora titular de la Universidad de Chicago su
trabajo muestra un giro hacia la economía dominante.
Existe consenso en la literatura que el trabajo doméstico comienza a configurarse como objeto específico
de análisis recién hacia finales de la década del sesenta. Tal como señaláramos en el apartado anterior,
temáticas colaterales se venían desarrollando desde épocas tempranas pero son pocos los trabajos que
pueden considerarse como “precedentes” strictu sensu (Borderías y Carrasco, 1994).
A partir de ese momento se desarrolla, por un lado, el denominado “debate sobre el trabajo doméstico”,
el cual conjuga el análisis de la problemática adoptando categorías propias del marxismo con el
activismo feminista. Este debate se produce, fundamentalmente, en la prensa socialista inglesa y
estadounidense.
Por otro lado, en el campo disciplinar de la economía el desarrollo de la Nueva Economía Doméstica
(NED) de la Escuela de Chicago y, particularmente, la obra de
Gary Becker suponen un cambio en el tratamiento del trabajo doméstico considerado ahora como
categoría económica (Idem) y un pasaje de la temática de los márgenes al corazón de la disciplina.
En efecto, sólo a partir de fines de la década del 60 la ciencia económica comienza a considerar a la
producción doméstica como parte de la economía, cuando este tema ya venía siendo abordado desde la
sociología y la ciencia política. Este impulso viene dado por dos procesos interrelacionados: la creciente
incorporación de la mujer al mercado de trabajo en un contexto de incremento de los ingresos a los
hogares3 y el mayor acceso a bienes o servicios que sustituyen parcialmente actividades realizadas de
forma no remunerada en el hogar (Himmelweit, 2005 [1995]). Asimismo, es importante señalar que para
ese momento ya comenzaba a evidenciarse de forma relativamente clara cambios en el modelo
tradicional de familia (aumento de los divorcios, incrementos de los hogares de jefatura femenina,
reducción del tamaño de las familias). En este marco, el aumento de la participación laboral de las
mujeres casadas e incluso con hijos pequeños se presentaba como un motivo de preocupación en la
obra de Becker. El interés en poder explicar estas problemáticas hace que elementos teóricos presentes
en la obra de Reid “cuajen” (Borderías y Carrasco, 1994) en el programa de investigación de la NED.
La NED se integra dentro del paradigma neoclásico y, deudora de esa tradición, estudia el
comportamiento de los miembros de las familias utilizando el instrumental metodológico y conceptual de
la microeconomía. Sin embargo, pueden encontrarse diferencias entre el abordaje de la familia que
realiza la NED y la vertiente más tradicional dentro de la escuela neoclásica; de hecho la NED propone
una relectura “más realista” (Idem) de algunos tópicos ya presentes en esta tradición.
Humpheries y Rubery (1994), señalan que es posible identificar dos métodos distintos en el tratamiento
del sistema familiar dentro de la escuela neoclásica. Un primer enfoque que puede ser denominado de la
autonomía absoluta, dentro de esta perspectiva se considera a la reproducción social independiente del
sistema de producción. En tanto la familia aparece como algo “dado”, que evoluciona
independientemente de la economía. Por su parte, el segundo enfoque denominado
reduccionista/funcionalista considera a la reproducción social como una parte integrada y adaptable del
sistema de producción más amplio; mientras que la familia es una variable dependiente que forma parte
del sistema econó[Link] este apartado nos detendremos de forma particular en los aportes de dos de
las obras del premio Nobel de economía Gary Becker: “A Theory of the Allocation of Time” publicada en
1965 y “A Treatise on the Family” publicada más tardíamente en la década del 80. Las dos obras
plantean algunas de las líneas centrales del programa de investigación de la NED4 y podrían ser
ubicadas dentro del enfoque reduccionista/funcionalista planteado por Humpheries y Rubery (1994).
Esta mirada contiene en su interior la necesidad de modificar la clásica dicotomía entre trabajo y ocio
introduciendo una clasificación más compleja de los usos del tiempo.
Para Becker (1965), una familia debe concebirse como una unidad doméstica que produce
“mercancías” que generan utilidad. Estas mercancías que generan utilidad se producen combinando
bienes (bienes y servicios) y tiempo. En términos más generales, una familia puede utilizar el tiempo del
que dispone, al menos de tres formas básicas. Puede: 1).- venderlo en el mercado de trabajo para
obtener la renta monetaria necesaria para comprar bienes y servicios (tiempo en el mercado de trabajo),
2).- utilizarlo para la producción doméstica (tiempo dedicado a la producción doméstica), y 3).- emplearlo
en el consumo real de bienes y servicios (tiempos de consumo). Dado que la cantidad total de tiempo de
que dispone la familia es limitada, los distintos usos del tiempo compiten entre sí.
Dentro de este modelo las mercancías tienen dos características de considerable importancia para
cualquier análisis de cómo podría asignar una familia su tiempo. En primer lugar, algunas mercancías
son relativamente intensivas en tiempo, mientras que otras son relativamente intensivas en bienes. Las
mercancías intensivas en tiempo están formadas por una gran cantidad de tiempo y una pequeña
cantidad de bienes. Son ejemplos de este tipo de mercancías las actividades de ocio puro. Las
mercancías intensivas en bienes requieren cantidades bastante grandes de bienes y poco tiempo, por
ejemplo, un almuerzo en un restaurante de comida rápida. Esta distinción implica que a medida que el
tiempo de una persona es más valioso en el mercado, una familia puede sacrificar mercancías intensivas
en tiempo a favor de mercancías intensivas en bienes, con el fin de dedicar más tiempo al trabajo
remunerado. La segunda característica de las mercancías es que, dentro de algunos límites, el tiempo y
los bienes normalmente son sustituibles en su producción (Mc Connell y Brue, 1997). El esquema
presenta así una sustituibilidad sistémica entre el trabajo doméstico y el trabajo en el mercado.
Para Becker (1965; 1987), los integrantes de las familias asignan tiempos entre el hogar y el mercado a
partir de una decisión informada y racional con el objetivo de maximizar las utilidades. Esa
asignación/elección se explicaría mediante la “teoría de las ventajas comparativas” al interior del hogar,
en virtud de la cual cada miembro de la familia se especializa en aquellas tareas para las cuales está
mejor dotado. La eficiencia relativa explicaría, así, la asignación de los roles y tareas en el hogar de
forma armónica y englobando las preferencias individuales6.
La división sexual del trabajo está dada por dos elementos centrales: las diferencias biológicas y las
ventajas comparativas derivadas de las inversiones especializadas y las asignaciones del tiempo7.
Desde esta perspectiva las mujeres dedican voluntariamente tiempo y esfuerzo a la crianza de la
descendencia porque desean que las elevadas inversiones biológicas llevadas a cabo en la procreación
de hijos e hijas den un correspondiente fruto. Asimismo, consideran al trabajo de cuidados, al igual que la
procreación, una tarea biológica. Por su parte, y puesto que las inversiones especializadas dependen de
la asignación de tiempo, las inversiones de varones y mujeres refuerzan aún más sus diferencias
biológicas cuanto mayores sean las deferencias con respecto a las ventajas comparativas y más débiles
resulten las complementariedades.
capital doméstico. La nítida división del trabajo a que da lugar la asignación de tiempo implica una
división igualmente bien definida de la asignación de las inversiones. Así, las mujeres invierten
principalmente en el tipo de capital humano que aumenta la eficiencia en el hogar, especialmente en la
crianza y educación de los hijos, ya que las mujeres dedican mayor parte de su tiempo a estas
actividades. De igual manera, los varones invierten fundamentalmente en aquel capital que aumenta la
eficiencia en el mercado. Consecuentemente, el salario de mercado de los varones casados será
superior al de las mujeres casadas debido -en parte- a que las mujeres casadas asignan más tiempo al
hogar e invierten más en capital humano doméstico8.
Esta teorización sobre la división sexual del trabajo sin lugar a dudas se entronca con la perspectiva
desarrollada por Talcott Parsons en la década del 50. Sus escritos de esa época estaban basados en la
idea de modernización, entonces vigente. Esa idea asumía que los roles de género tenían una base
biológica y que el proceso de modernización había traído una racionalización de la asignación de roles.
Lo que Parsons entendía por racionalización era la definición de roles de género en términos de
funciones económicas y sexuales. Estos puntos de vista sobre la familia y los roles masculino y femenino
en las sociedades modernas daban forma a la opinión convencional (Conway, Bourque y Scott, 1996).
Este punto resulta nodal en las críticas que a continuación se desarrollan, ya que recuperan de la teoría
de género una concepción diametralmente opuesta. Las feministas de la segunda ola conciben el género
como la interpretación cultural de la diferencia sexual, pero esta clásica distinción sexo-género pretendía
además desestabilizar la concepción inmutable acerca de los roles sociales que garantizaban relaciones
jerárquicas y asimétricas entre mujeres y varones (Mattio,
2012)9.
Para cerrar este punto, y antes de introducir la crítica que desde la economía feminista se le realizó a
este enfoque, consideramos que es posible resaltar una serie de elementos relevantes en el tratamiento
de la problemática al interior de la economía ortodoxa. En primer lugar -y si bien la noción de familia
como unidad de productores y consumidores no es totalmente nueva hacia la década del 60- la mayor
parte de las y los autores concuerdan en que la obra de Becker inaugura la línea de investigaciones
económicas en las cuales las familias son consideradas unidades de producción, maximizadoras de
utilidad y sujetas a restricciones de presupuesto y tiempo. Al mantener la noción que el hogar es también
un espacio de producción supone que allí se realiza la vinculación entre las actividades mercantiles y no
mercantiles (Wanderley, 2003). Así, la constitución de este programa de investigación lleva de los
márgenes al corazón de la disciplina la problemática de la producción doméstica en el hogar.
Un último elemento relevante de la teoría de la producción en el hogar con sus posteriores desarrollos es
la introducción del concepto de “valor del tiempo” que se aplica en los estudios de uso del tiempo. Entre
el tiempo “monetizado” del trabajo remunerado y el tiempo gratuito o sin valor del trabajo para el hogar se
introduce este nuevo concepto, con connotación económica (Gálvez Pérez, 2004).
Finalmente, es posible señalar que, aun dentro de las restricciones que plantea el marco analítico
ortodoxo, los desarrollos teóricosde la NED
significaron la
A partir de la década del 7010 y con más fuerza desde los 90, estos postulados vienen siendo
cuestionados por los desarrollos teóricos producidos en la confluencia -parcial- de los estudios
comprometidos en mostrar las históricas desventajas impuestas contra las mujeres con la teoría
marxista11. Si bien la economía feminista no puede ser considerada un cuerpo teórico monolítico -
retomando a Carrasco (2005)-, este trabajo propone sistematizar y revisar la crítica realizada desde esta
perspectiva a los postulados centrales de la NED -fundamentalmente a las reformulaciones introducidas
por Becker-. Recupera para ello los cuestionamientos realizados por la denominada “segunda revolución”
(Coughlin, 1993 en Nelson, 1995) que ha tomado fuerza centralmente desde la década del 90. Buena
parte de estos cuestionamientos se encuentran dispersos atravesando un número importante de obras.
Los argumentos centrales de esa crítica pueden articularse en torno a cuatro ejes: a) la crítica al modelo
unitario de familia, b) la crítica al modelo de especialización femenina en el seno del hogar dadas las
“ventajas comparativas”, c) la crítica a los mecanismos de ajuste espontáneo y automático del mercado y
d) el cuestionamiento a la falta de consideración del Estado como determinante del comportamiento
económico de la familia.
En definitiva, a pesar de que la NED sostiene la noción que el hogar es también un espacio de
producción y que allí se produce la vinculación entre las actividades mercantiles y no mercantiles, los
cuestionamientos se centran en el individualismo metodológico -propio de la escuela neoclásica- y en la
explicación propuesta a la división sexual del trabajo (Wanderley, 2003).
Tal como fue señalado, la teoría neoclásica parte de la consideración que las personas producen y
maximizan utilidades combinando tiempo y bienes del mercado según una única función de
maximización de utilidades. Sin embargo, la propuesta de la NED ubica al hogar como unidad básica de
decisión y por ello presenta el desafío de resolver cómo se integran las funciones de utilidad de cada
individuo. La imposibilidad de agregar las funciones individuales para construir una función de utilidad
familiar, debido al teorema de la imposibilidad de Arrow12, da lugar al teorema del altruismo según el
cual el jefe de familia altruista incorpora en su propia función de utilidad las funciones de los demás
miembros (Borderías y Carrasco, 1994; Carrasco, 2006; Espino, 2012).
Esta propuesta perpetúa la dicotomía entre mercado y familia como esferas separadas en las cuales el
comportamiento humano se rige por motivaciones diferentes; el hogar como esfera que se rige por el
altruismo y el mercado por el interés individual - distinción que puede rastrearse a lo largo del
pensamiento económico hasta Adam Smith- (Gardiner, 1993).
Folbre y Hartmann (1999 [1988]) destacan de qué manera los supuestos de esta perspectiva mantienen
esa dicotomía. En particular, plantean que la función de utilidad conjunta en el hogar encubre los
posibles conflictos entre los miembros que componen la familia, en consecuencia, se idealiza la familia y
se imponen limitaciones a la intervención del
interés personal en ese contexto. En tanto el modelo integra las preferencias individuales en una única
función, tanto los gustos y preferencias individuales, como las capacidades y obligaciones permanecen
invisibles y, consecuentemente, las desigualdades familiares internas no se ponen de manifiesto (Pouw,
1998).
Asimismo, la idea de familia armónica implica la aceptación de un orden de preferencias colectivas como
las de un individuo representativo (las del “dictador benevolente”), figura que representa la traducción de
la forma patriarcal dominante de organización familiar (Carrasco, 2006). Las características de los
hogares y las múltiples configuraciones familiares en América Latina, hacen cuestionar el modelo único
de tipo de hogar -con un varón proveedor y una mujer ama de casa- que propone esta perspectiva
(Espino, 2012).
El criterio de eficiencia para la toma de decisiones sobre la distribución del tiempo y esfuerzo familiar
entre núcleo familiar y producción de mercado están determinados por el deseo racional de maximizar el
consumo y minimizar el tiempo y esfuerzo13. Siguiendo a Gardiner (1993), este planteo implica una
caracterización errónea del trabajo como desutilidad en la que las personas incurren por razones
instrumentales, ya que el trabajo además de aportar ingresos también brinda desarrollo personal,
independencia, contacto humano, etc. En definitiva, si el trabajo no se realiza sólo por razones
instrumentales, implicaría que tampoco su asignación estará dada únicamente por criterios de eficiencia.
De esa manera, al existir diferentes beneficios y sacrificios en relación con el trabajo realizado en el
hogar y en el mercado, serán las relaciones de poder en la familia las que determinen la forma en que se
asignen esos trabajos. El modelo de la NED desplaza así del análisis aspectos como el poder de
negociación relativo (Folbre y Hartmann, 1999 [1988]) y la distribución del poder entre los familiares, que
en general está en relación con los recursos individuales, y es fundamental en la adopción de las
decisiones (Strassmann, 2004 [1993]).
La limitación más marcada que las perspectivas constructivistas encuentran en el modelo de familia
neoclásico gira alrededor de la “teoría de las ventajas comparativas” al interior del hogar, en virtud de la
cual cada miembro de la familia se especializa en aquellas tareas para las que está mejor dotado (Pouw,
1998; Rodriguez Chaurnet, 2004). De este planteo resulta que las mujeres son más eficientes en el
trabajo doméstico debido a su condición de mujeres. La contraparte es que la maximización de la utilidad
en el hogar productor corresponde al jefe del hogar, "que por cariño se preocupa de los miembros de la
familia", lo cual exhibiría su carácter paternalista y altruista (Rodríguez Chauret,
2004). En definitiva, el modelo neoclásico da por supuestas ciertas características de género que
considera estáticas y a partir de allí explica la división sexual del trabajo dentro y fuera del hogar
(Benería, 2003).
Nuevamente la dimensión del poder emerge como un elemento central que no se considera, y menos
aún se explicita, en la perspectiva bekeriana. Su falta de consideración en términos de relaciones entre
agentes económicos resulta una mirada sesgada de la realidad social que moldea el andamiaje
epistemológico sobre los que se asienta dicha propuesta teórica.
Estos argumentos llevan a considerar una crítica nodal al enfoque neoclásico a partir de la consideración
de la categoría de género como una construcción socio-histórica, política y cultural de las relaciones
sociales entre mujeres y varones. Esta concepción implica desechar consideraciones biologicistas, así
como también esencialistas, acerca del comportamiento de los sujetos. La categoría de género remite a
“un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos,
y el género es una forma primaria de significar relaciones de poder” (Scott, 2000: 289). Así, la NED sólo
destaca la eficiencia de la especialización pero pasa por alto el problema del poder cuando analiza las
consecuencias de la división tradicional del trabajo y la falta de equidad que conlleva, así como también
el hecho de que la discriminación contra la mujer en el mercado reduce su capacidad de negociación al
interior de la familia (England, 2004 [1993]).
En ese sentido, se considera como un verdadero límite de los supuestos de la teoría neoclásica de la
familia, la afirmación sobre que las relaciones entre el funcionamiento de la producción, la distribución y
el intercambio de la riqueza, los comportamientos en materia de reproducción, y las relaciones
individuales y sociales, son de sentido unívoco, continuas, automáticas, interdependientes y previsibles
(Idem).
Asimismo, retomando el planteo del punto a) de la crítica y continuando con el análisis de la autora, los
criterios de elección abstractos permiten suponer que es posible alcanzar una solución de “equilibrio”, en
base a decisiones racionales de optimización del uso de recursos (ingreso y tiempo). La misma se
alcanza a partir de funciones matemáticas continuas que incluyen entre sus supuestos una sustitución
marginal entre el trabajo remunerado y no remunerado. El problema, sería entonces que la abstracción
teórica remite a una idealización de la realidad que conlleva a pensar que dichas elecciones son también
continuas y están determinadas por la variación de los precios relativos y los salarios. De esa manera,
cualquier fenómeno de la realidad que
no corresponda a la idealización del funcionamiento de los mercados previsto por la teoría se considera
una imperfección, una rigidez, un caso particular.
En relación a este punto, la teoría neoclásica no brinda explicaciones acerca de ciertas restricciones de
las elecciones de los individuos, tales como las pautas históricas de discriminación o estructuras
institucionales, ya que las mismas se consideran exógenas al ámbito económico y por tanto se presenta
como un modelo ahistórico (Carrasco, 2006) que no reconoce que el comportamiento económico de la
familia excede las orientaciones del mercado (Pouw, 1998).
Picchio (2001) reconoce, a partir del análisis empírico de los datos sobre el trabajo no remunerado, que
la sustitución entre ambos trabajos en función de los precios no constituye la norma y que en cambio las
convenciones sociales y las relaciones desiguales de fuerza -tanto en el plano social como el familiar-
tienen una influencia persistente y generalizada sobre las decisiones en materia de reproducción, de
nivel de vida y de comportamientos en el mercado de trabajo. Ello refuerza la crítica y dificultad de
considerar dichas convenciones sociales como infinitamente adaptables o como rigideces en relación
con el funcionamiento del mecanismo de los precios relativos. Por lo que la autora enfatiza, para el
abordaje del comportamientos dentro de la familia en relación con el reparto del trabajo, la necesidad de
estudiar la población, no sólo como una cantidad y un dato puramente demográfico, sino como el
resultado de un proceso social complejo que requiere bienes y trabajos, y que está regulado por normas
sociales que se han sedimentado a lo largo del tiempo y están connotadas por sus contextos locales.
Continuando con la línea argumentativa del punto anterior, se destaca que para el constructivismo la
familia interactúa e intercambia no sólo con los actores del campo del mercado sino también con los
actores del campo del Estado y otros actores de la sociedad civil (Picchio, 2001; Pouw, 1998; Rodriguez
Chaurnet, 2004). Es a través de estas interacciones que la familia es influenciada en sus procesos de
toma de decisiones económicas y en los modos de procurar su bienestar.
Las estructuras institucionales, en tanto factores que restringen las elecciones individuales, no son
consideradas en el modelo neoclásico por concebirlas exógenas y ajenas al ámbito económico
(Carrasco, 2006). Bergman (1995), no sólo critica la propuesta beckeriana por la escasez de factores que
considera en su análisis, sino también por su tendencia a idealizar como óptimo los fenómenos bajo
estudio y argumentar que la intervención estatal es una interferencia externa que tiende a socavar dicho
óptimo, cuando no necesariamente es así.
De acuerdo con el planteo de Carrasco (1999), los supuestos de la interacción en un mercado ideal en
donde los precios son la forma de comunicación genera límites para considerar la influencia de la
sociedad en el modelo. Un análisis más realista del funcionamiento social y económico necesita nuevos
modelos conceptuales que integren supuestos de individualidad e interrelación, ambos mediados por el
medio social. En ese sentido, la autora destaca que los estudios de género han podido desarrollar al
menos dos campos de estudio en ese sentido, uno de ellos vinculado a un enfoque macroeconómico que
considera la importancia del Estado como actor. Remite así al enfoque integrador que supera el
dualismo tradicional en la economía y la
Actualmente, la noción de organización social del cuidado sobre la que se asientan numerosos estudios
sobre el trabajo doméstico y de cuidado, permite reconocer la forma interrelacionada en que las familias,
el Estado, el mercado y las organizaciones comunitarias producen y distribuyen cuidado. Esta definición
se asocia a la de
`diamante del cuidado´ propuesta por Shahra Razavi, y no solo posibilita ubicar cuatro pilares claves de
la organización de los cuidados sino también destacar las relaciones que se establecen entre los mismos
(Rodríguez Enríquez, 2015).
Por otra parte, abonando a esta línea de análisis macro que integra y conoce la participación del Estado,
se puede identificar especialmente como área temática aquella que inició los estudios del desarrollo en
clave de género. Ester Boserup, con su trabajo de 1970 Women´s role in economic development, es una
autora de referencia que analizó tempranamente el papel de las mujeres en los procesos de desarrollo y
da cuenta de los sesgos de género en los mismos (Benería, 2003; Carrasco, 2006). Siguiendo a Benería
(2003), la mayor integración del enfoque de género en los modelos macroeconómicos surge con los
interrogantes por los sesgos e impactos de género de las políticas de desarrollo y los paquetes de ajuste
estructural. Las políticas de reestructuración económica, en los sistemas de bienestar y en el mercado de
trabajo, actúan imprimiendo una presión constante en el trabajo no remunerado (Benería, 2003;
Carrasco, 2006; Picchio, 2001; Rodriguez Chaurnet, 2004). Mientras que por un lado, la caída de los
salarios reales y el desempleo disparan la participación femenina en el mercado de trabajo, por el otro, la
tensión creciente entre los recursos distribuidos y disponibles en la familia y los niveles de vida
sedimentados en las costumbres, gustos y convenciones sociales suponen un aumento de las cargas
domésticas femeninas como forma de amortiguar el descenso en el nivel de vida de las familias.
A manera de cierre
Este trabajo se propuso revisar la forma en la cual la problemática de la reproducción material de la vida
-es decir, el aprovisionamiento por parte de los agentes de los medios de subsistencia- es introducido
tibiamente como tema de estudio en la economía allá por la década del 30 hasta convertirse en la
problemática central de una de las vertientes más originales al interior de la disciplina: la economía
feminista.
Para la década del 60 la confluencia de dos procesos: la creciente incorporación de la mujer al mercado
de trabajo en un contexto de incremento de los ingresos en los hogares y el mayor acceso a bienes o
servicios que sustituyen parcialmente actividades realizadas de forma no remunerada en el hogar
posibilitaron el abordaje y la problematización del trabajo doméstico al interior de la Escuela de Chicago.
A partir
de ese momento el tema pasa a constituir una categoría económica a la vez que se observa un pasaje
de la temática de los márgenes al corazón de la disciplina.
En este sentido, y tal como señala Benería (2003), el aparato conceptual desarrollado por la NED
significó una ampliación del análisis económico a temas relacionados con el trabajo no remunerado
ignorados hasta entonces. Dos cuestiones aparecen como centrales para ser destacadas en este punto.
La primera de ellas se vincula con la forma tardía en la cual estas temáticas se incorporan al campo
disciplinar de la economía; para ese momento la sociología, la historia y la ciencia política ya se habían
preocupado por temáticas relacionadas. Por el contrario la economía, y más específicamente, la rigidez
del paradigma dominante fueron poco dispuestos a aceptar fisuras en su interior (Borderías y Carrasco,
1994). El proceso de cambio recién pudo ser observado de forma más o menos clara hacia la década del
60. La segunda cuestión se vincula al hecho que la fisura al interior de la disciplina que constituyó el
abordaje de estas problemáticas fue “habilitada” por el paradigma ortodoxo, el cual actúa como
“autoridad disciplinar” imponiendo los criterios para determinar lo que constituye el análisis económico
(Benería, 2003).
Tal como ya esbozáramos, esta discusión desde la perspectiva que fue abordada por la NED,
particularmente por la obra de Becker, aporta dos elementos centrales a la genealogía de los estudios
económicos sobre la reproducción: 1.- postula la noción que el hogar es también un espacio de
producción y que allí se produce la vinculación entre las actividades mercantiles y no mercantiles
(Wanderley, 2003) y 2.- desarrolla el concepto de “valor del tiempo” que se aplica a los actuales estudios
de uso del tiempo. Así, entre el tiempo “monetizado” del trabajo remunerado y el tiempo gratuito o sin
valor del trabajo para el hogar se introduce este nuevo concepto, con connotación económica (Gálvez
Pérez, 2004). Sin embargo, los análisis quedaron atrapados en las restricciones del marco analítico y los
supuestos del modelo neoclásico, sin cuestionar el sesgo androcéntrico de esta perspectiva y sin
incorporar al análisis factores no económicos (Benería, 2003).
El punto de inflexión vinculado a la incorporación del género como categoría de análisis en las ciencias
sociales se produce recién hacia las décadas del 80 y 90. No obstante, la economía continuó
mostrándose reticente a esta incorporación a la vez que inhabilitaba cambios en la construcción del
conocimiento teórico y empírico. Estos cambios aparecían como el camino que abriría las puertas a una
transformación en la disciplina y a una deconstrucción de alguno de sus fundamentos. En este marco,
hacia la década del 90 la denominada “segunda revolución” (Coughlin, 1993 en Nelson, 1995) de los
estudios críticos del androcentrismo económico revisaron la producción de la década del 60. Esa crítica
constituyó el andamiaje teórico central para la reintroducción de la interdependencia entre la producción
y la reproducción -ya presente en la noción griega de oikos- en el debate económico.
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2Un ejemplo de estos desarrollos es la obra “The Backward Art of Spending Money” de Wesley Mitchell
de 1912. Uno de los aspectos centrales de este trabajo fue señalar la diferencia, en productividad y
desarrollo, entre el trabajo en la empresa y en el hogar, tomando como dato los diferentes trabajos
desarrollados por varones y mujeres, así como las desventajas del trabajo doméstico (Borderías y
Carrasco, 1994).
3Hasta ese momento las predicciones de la escuela neoclásica se centraban en considerar que la oferta
de mano de obra femenina disminuiría conforme aumentaban los ingresos; es decir, las explicaciones se
centraban en el “efecto renta”. La nueva respuesta a esta problemática se explicó por el “efecto
sustitución” generado por el coste de oportunidad de permanecer en el hogar. En este sentido, el
aumento de los salarios como resultado del crecimiento económico de ese período había creado un
incentivo económico para que las mujeres buscaran un trabajo remunerado. La escuela neoclásica
comienza a sostener la hipótesis que el “efecto sustitución” superaba al “efecto renta” que estimulaba a
las mujeres a permanecer en el hogar.
4Junto con estas dos obras Ferber y Nelson (2004 [1993]) señalan otros dos trabajos - “Economics on
the Family” editado por Theodore Schultz en 1974 y “Ocio, trabajo y producción doméstica” publicado en
1977 por Reuben Gronau- como la producción teórica central que se constituyen en los cimientos de lo
que posteriormente iba a ser denominado NED.
5En la medida en que las decisiones de uno de los integrantes del hogar influyen extraordinariamente en
las decisiones de los otros miembros, es posible considerar que la toma de decisiones está
interrelacionada (Mc Connell y Brue, 1997).
6Para la NED entre los miembros de la familia existe consenso en qué tipo de bienes y en qué
cantidades debe consumir cada uno de los miembros. A partir del principio del altruismo ninguno de los
miembros se apropiaría de una mayor cantidad de recursos de los acordados.
7Como los elementos descriptos en las teorizaciones iniciales no podían explicar la persistencia de la
segregación y la brecha salarial entre varones y mujeres, para la década del 70, Becker incorpora la
problemática de la discriminación en los análisis. Así, la segmentación aparece como el resultado de la
discriminación ya que los empresarios, como otros muchos individuos, poseen prejuicios respecto a
ciertos trabajadores, a quienes diferencian por características visibles como la raza, sexo, etc; debido a
ese prejuicio los empresarios soportarán un “gasto” si contratan a una persona del colectivo discriminado
(Anker, 1997). Como es posible observar, el análisis de las desigualdades entre varones y mujeres
estaba centrado en el estudio de las dinámicas del mercado.
8Este planteamiento marca una clara circularidad y/o tautología en la argumentación (Humphries y
Rubery, 1994).
9Cabe destacar que si bien este texto recupera centralmente el sistema sexo-género, los desarrollos
posteriores de la teoría de género y feminista han dado cuenta de alguno de sus límites, así como de
nuevos enfoques -como los post-estructuralistas-. Esto da cuenta que no hay una significación unívoca
respecto al concepto de género.
10Para Carrasco (2005) estos desarrollos teóricos son producto, fundamentalmente, del creciente
acceso de las mujeres al mercado de trabajo y a la academia y al desarrollo del pensamiento feminista
que recorre y presiona a las diversas disciplinas. De hecho, los postulados de la NED fueron
tempranamente cuestionados por contribuir a consolidar aquellas ideas vinculadas a la conducta
“natural” de los varones y de las mujeres. La producción de Bell, Ferber y Birnbaum y de Sawill de
mediados de la década del 70 son representativas de esta corriente (Ferber y Nelson, 2004 [1993]).
11Consideramos que esta confluencia no resulta ajena, y por el contrario podría ser tributaria, de las
voces del feminismo radical y marxista que discuten para la década del 70 la naturaleza del trabajo
doméstico.
12Mediante este teorema se demuestra que no existe una forma democrática satisfactoria de sintetizar
las preferencias individuales en un orden de preferencias que sea colectivo (Carrasco, 2006).
13Nelson (2004) realiza una crítica a la teoría neoclásica a partir del análisis de la idea de
´elección´, propone desplazar los estudios de la elección y el intercambio como núcleo de la economía
para centrarse en cambio en el estudio del abastecimiento.
14Si bien la propuesta de Sen no discute o integra las relaciones de género en sí, las mismas son
incorporadas en análisis posteriores por economistas mujeres que utilizan este enfoque bajo una
perspectiva feminista (Benería, 2003; Carrasco, 1999).
Contenido
1. Introducción
2. Sustrato teórico
3. Metodología: hacia la caracterización de la economía campesina
para la conformación de una economía social y solidaria
4. Resultados
5. Conclusiones Referencias
RESUMEN:
Se busca principalmente relacionar estos dos tipos de economía no convencional a formas que persisten
en la actualidad bajo realidades productivas que usualmente son clasificadas como capitalistas. Para
ello, se realizó una categorización de las realidades productivas de cinco municipios del oriente
Antioqueño que pudiera relacionar estos dos tipos de economía mediante metodología “Teoría fundada”
un estudio que permitió identificar los factores productivos trabajados por el profesor chileno Luis Razeto,
se constató como lo propone este investigador una relación profunda entre la economía social y la
economía campesina, con la participación principalmente, de la acción del Estado.
Palabras Clave: Economía social y solidaria, Economía Campesina, Ruralidad, Factores productivos.
ABSTRACT:
It seeks primarily relate these two types of unconventional ways that persist economy currently under
production realities that are usually classified as capitalist. To do this, a categorization of the productive
realities of five municipalities in eastern Antioquia that might relate these two types of economy through
methodology "Grounded Theory" was conducted a study that identified the factors of production worked
by the Chilean professor Luis Razeto, it was found as this research proposes a profound relationship
between the social economy and the rural economy, with the participation mainly of state action.
Keywords: Social and Solidarity Economy, Rural Economy, Rural Affairs, productive factors.
1. Introducción
Al continuar el camino por este siglo XXI, el horizonte que se observa no parece diferente a los paisajes
observados en los dos últimos siglos. El pensamiento ortodoxo y el modo de producción capitalista no
parecen tener competencia en la forma de organización social, política y económica de la sociedad que
se ha denominado así misma, como “posmoderna”.
Sin embargo, al observar algunos pequeños detalles del paisaje que se deja, surgen preguntas
inquietantes respecto a la verdadera organización de la sociedad. Es como si la realidad evidenciada en
el transitar se alejara un poco de lo percibido en el panorámico; la sociedad, en muchos aspectos, se
repliega a acomodarse a lo que los teóricos y pensadores ortodoxos promueven; hay evidencias de que
la sociedad no se organiza, en todos los casos, de acuerdo a la estructura capitalista, encontrándose una
diferenciación o contradicción entre el discurso y las formas de organización de las sociedades.
[Link] teórico
Es el Estado, en sus diferentes niveles que debe garantizar lo que normalmente se denomina desarrollo.
En efecto, el desarrollo se centra en el ser humano, es de ahí que se determina a partir de la gestión
pública y la capacidad de organización como estructuras de los enfoques locales. (Vélez-Tamayo, 2013:
33)
Las políticas públicas surgen ante una situación particular o coyuntural específica. Las condiciones
adversas de seguridad en el empleo, el desabastecimiento y los niveles preocupantes de pobreza
permiten, mediante la utilización de la política pública, la potencialización de la economía social y
solidaria; sin embargo, una política pública rara vez ve la posibilidad de desenvolvimiento en cuanto
intencionalidad y se ve truncada por la operatividad de los gobernantes de turno, que, en muchos casos,
sólo se disponen a una aplicación vaga y superflua de la norma.
A pesar de que desde los años 1990, se emprendió en Colombia un proceso descentralizador, este no se
realizó de manera gradual, lo que generó vacíos y fallas de mercado que no fueron suplidos con
instrumentos de política pública (PNUD, 2011)
Formas de organización productiva del campo antioqueño, economía campesina vs economía social y
solidaria el elemento patriarcal como común denominador:
Como se dijo, la realidad ha mostrado otras formas de organización que no se constituyen de la forma
ortodoxa de acuerdo al pensamiento imperante; es decir, existe una fuerza asociativa solidaria que
rompe paradigmas y que permite la persistencia en el tiempo de asociaciones de carácter solidario, muy
enraizadas en su condición campesina. La política pública, aún en la sola aplicación normativa se
justifica en cuanto garantiza el cumplimiento de unos objetivos para el logro del objeto social de la
economía solidaria: es el evento exógeno que garantiza la organización de la economía campesina a
condiciones de economía solidaria.
Las entidades de Economía Social y solidaria, dada su condición, permiten la incidencia en la calidad de
vida de los asociados. Intervienen, por tanto, en la localidad donde están, por lo que constituyen en un
elemento esencial desde el punto de vista cultural, social, económico y político; todo esto, para
establecer procesos de encadenamiento e intercooperación aún con entidades y organismos que se
escapan a la condición solidaria, esto son, el Estado y la empresa capitalista.
Con todo, se garantiza la existencia de una riqueza y acrecentamiento de esa riqueza “ad res-communia”
–hacia la cosa común-. Estableciendo una particularidad de lo “patriarcal”.
En efecto, los procesos de producción social están en función de la autogestión y la democracia
participativa. La Economía social y solidaria permite la estimulación de tejido social, desarrollo social, con
Podría decirse que si la estructura capitalista, está basado en el egoísmo fundamentado en "al buscar su
propio interés, el hombre a menudo favorece el de la sociedad mejor que cuando realmente desea
hacerlo" (Smith, 1776). La fundamentación para la economía social y solidaria desde una posición
axiológica distinta: la reciprocidad, lo comunitario, la cooperación.
Son precisamente, las características de reciprocidad, comunidad, cooperación evidenciadas en las
mingas, convites, el trabajo en “compaña” que lejos de establecer un propio interés, se busca el beneficio
de todos, dando, cooperando, sirviendo.
Fuente: Elaboración propia, con datos suministrados de las diferentes secretarías de despacho municipal
El aplicativo, buscó categorizar los seis factores económicos desarrollados por Razeto (1994): Medios
materiales, Medios Financieros, Tecnología, Trabajo, Gestión y Factor Comunidad; concibiéndolos como
ejes categorizadores de la estructura solidaria.
La zona objeto de estudio se caracteriza por estar cerca de la ciudad de Medellín, y se encuentra justo
en la vía que comunica esta capital con la capital del país, además de encontrarse muy cerca del
aeropuerto internacional José María Córdova de Rionegro. Su actividad económica es principalmente
agropecuaria, la forma de organización empresarial está determinada por formas asociativas en muchos
casos originadas por diversas unidades productivas familiares de carácter campesino.
Esta región es importante por el hecho de estar muy cerca de la capital del departamento de Antioquia
(Medellín), además, durante mucho tiempo ha sido la gran generadora de víveres para el Valle de Aburrá
y para gran parte del departamento.
De otro lado, los municipios objeto de estudio, han mostrado en los últimos años cambios culturales,
políticos y económicos que se podrían relacionar con las formas de cooperativismo y asociación de sus
pequeños y medianos agricultores y cómo estas formas de agremiación han generado fuentes de
financiamiento para su actividad económica teniendo en cuenta las ventajas de la región.
La población de estudio, principalmente fueron los usuarios campesinos y pequeños productores
agrícolas que conforman asociaciones y cooperativas que tienen su foco de acción tanto en las zonas
urbanas como rurales de los municipios en el oriente de Antioquia; para ello, se utilizó información
existente en la Cámara de Comercio de Oriente, así como los registros en las diferentes alcaldías
municipales e información que suministró la gobernación de Antioquia.
[Link]
4.1. Construcción de las Asociaciones
Se puede decir, que las asociaciones no se generan por la mera existencia de elementos que puedan
constituir lo que se denomina Factor Comunidad. Este factor se encuentra de forma innata o cuasi-
natural en los habitantes de la región caracterizados por una fuerte identidad cultural claramente
diferenciable con los modos de vida urbanos, sino que se constituyen como una medida ante una
necesidad urgida, surgida principalmente por crisis que arriesgan de una forma directa o indirecta la
sobrevivencia de los habitantes, de hecho, son iniciativas de carácter extra-campesino que permiten la
conformación de este tipo de organizaciones; se tiene por tanto, que el Estado, representado en su
unidad administrativa menor, como el Municipio, el que genera las condiciones iniciales de conformación
de lo asociativo a partir de la existencia previa de unidades productivas campesinas
De igual manera, la Iglesia y otras organizaciones no gubernamentales, apoyan y estimulan la
constitución de este tipo de organizaciones como mecanismo de intervención a las necesidades de la
población, es de esta forma que se potencializa el factor comunidad existente, y con éste se potencian
los demás factores.
Sin embargo, estos mecanismos, al resultar relativamente exitosos para la población objetivo, persisten
en el tiempo dado que garantiza de una u otra forma la permanencia del factor Comunidad, que, al
mismo tiempo, permite la visualización de los otros factores económicos.
En efecto, la existencia de la organización hace que la comunidad en particular, sienta la necesidad de
crear los medios materiales necesarios para la producción y al mismo, tiempo se mantenga o se creen
los medios financieros necesarios de tal manera que existan “fondos rotatorios” que puedan, desde el
punto de vista pecuniario, soportar las necesidades crecientes de la asociación misma, o en caso
particular, de una necesidad específica de alguno de los miembros.
Para comprender mejor esta condición, puede visualizarse el esquema que se presenta a continuación:
Esquema 2: conformación de Organizaciones de Economía Solidaria
[Link]
En términos generales, la existencia de las asociaciones y cooperativas de medianos y pequeños
productores agropecuarios, no está determinada por la “rentabilidad” de las mismas, sino por el interés
de los integrantes (socios) de éstas en cuanto la experiencia asociativa, les sirve para el aprendizaje
comprensivo de la realidad productiva.
Por otro lado, la participación del Estado en los procesos comunitarios es limitada. Aunque exista
participación de las alcaldías municipales, mediante los contratos de comodato, no se garantiza la
existencia de las asociaciones en cuanto están restringidas a la voluntad política del gobierno de turno.
Esto sin duda, no permite procesos de cohesión y reconocimiento de estas asociaciones y cooperativas,
ni tampoco permite procesos de crecimiento o acumulación del factor financiero y consolidación del
factor gestión. Sin embargo, profundiza los elementos constituyentes del Factor Comunidad, en cuanto a
pesar de las situaciones adversas, las organizaciones persisten en el tiempo y logran cumplir con su
objeto social.
En cuanto al factor financiero, es importante destacar que éste puede entenderse como la monetización
de los demás factores que intervienen en la teoría económica comprensiva que propone Razeto (1994).
De hecho, muchos de los procesos que se observan en el interior de la organización, no logran siquiera
monetizarse, en el sentido de que ni siquiera existen remuneraciones monetarias para la asignación de
muchas actividades (desgaste de trabajo) de los miembros de la organización que al mismo tiempo
hacen parte del núcleo familiar campesino.
Las relaciones de reciprocidad, muchas veces no es monetizada, en cuanto se adquiere
responsabilidades más que asignaciones. Estas responsabilidades están en ánimo de reciprocidad, esto
es, la obligación de retribuir el trabajo en otra oportunidad a quien le ha servido en la inicial.
En este sentido, la existencia de este factor está íntimamente relacionada con los demás factores
existentes, teniendo en cuenta el mismo factor Medios Materiales, Factor Gestión, Factor Tecnológico,
inclusive, el factor comunidad, tan profundamente desarrollado dentro de la teoría económica
comprensiva.
La producción campesina es la que mayor importancia productiva tiene los municipios, esto a pesar de la
existencia de organizaciones que tienen otro tipo de actividad económica
Sin embargo, la forma tradicional de explotación de los recursos naturales en el sector primario de la
economía, antes de ser un problema grande del desarrollo, podría posibilitar opciones de mejoramiento
continuo y alternativas hacia un desarrollo más humano y no tanto económico.
Empero el crecimiento del sector agrícola y las eventuales necesidades por productos de este sector,
podrían establecer una serie de ventajas comparativas que podrían ser explotables dada la cercanía del
municipio al Aeropuerto de Rionegro que redundarían en un mejoramiento de las condiciones de vida,
mediante la creación de empleo, la posibilidad de reinversión en tecnología que mejoren los procesos de
producción y la posibilidad de establecer un crecimiento económico importante que le permita incluirse
dentro de la dinámica de la ciudad metropolitana.
Existe predominio de Economía campesina de auto subsistencia y con algún tipo de vinculación con el
mercado; sin embargo, la producción de valor es escasa debido principalmente a la limitada utilización de
capital; sin embargo, el factor comunidad parece ser indispensable para el mantenimiento de estas
asociaciones en el tiempo; a la constante fluctuación de los precios de mercado de los productos y la
limitada productividad de este sector, además de las constantes variaciones de la población, que desde
el periodo de la violencia ha sido inconstante, no solo en el proceso de emigración hacia las grandes
ciudades, sino también por el arribo de nuevos habitantes, que muchas veces chocan con la realidad
productiva de la región.
Sin embargo, esto no ha redundado en una mejora sustancial de las condiciones de vida de los
habitantes, en cuanto no ha generado empleos de gran duración, así como el número marginal de
empleados que utiliza mayoritariamente son traídos de otra región.
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