El poema escogido para el análisis es “Para que yo me llame Ángel González” de Ángel
González, perteneciente a su primer libro Áspero Mundo (1956). Para comenzar con este
análisis, es menester ubicar el poema dentro de un contexto social.
En la fecha de publicación de la obra, se estaba viviendo en España un momento complejo
de posguerra, no había libertades democráticas, por lo que había mucha censura y
represión política e ideológica. A partir de los años 50, el país comenzó a integrarse
lentamente en el contexto internacional, pero, igualmente, la situación seguía siendo
compleja. En este entorno, los escritores estaban en busca de una literatura humana y
honesta que pudiera expresar el sufrimiento individual y colectivo.
Con ello, aparece la generación del 50, a la que pertenece Ángel González. Estos poetas
nacieron alrededor de la Guerra Civil y fueron testigos de la represión, el miedo y la
injusticia que se vivió. Una de las características de esta generación es que rechazan la
poesía evasiva o decorativa. Además, su lenguaje es más directo y su poesía se
compromete con la realidad.
En cuanto al autor, Ángel González fue un poeta español perteneciente a la Generación
del 50, como ya hemos mencionado anteriormente. Vivió una infancia y una juventud
complicadas, lo que influyó profundamente en su obra, donde se mezclan la melancolía,
la ironía y la denuncia social. Su poesía destaca por un lenguaje claro y cargado de
emoción, buscando conectar con la realidad cotidiana del lector.
Áspero mundo es el primer libro de poemas de Ángel González, publicado en plena
dictadura franquista. Esta obra marca el inicio de su carrera literaria y se inscribe dentro
de la poesía de posguerra, especialmente la de la Generación del 50. Abre la primera de
las dos etapas del autor, donde vemos una poesía desarraigada. El libro refleja la
desesperanza del individuo en un entorno marcado por la muerte, la injusticia y el
sinsentido. En sus versos hay conciencia del paso del tiempo y de la fragilidad de la vida.
El poema del que vamos a hablar abre el libro y funciona casi como un manifiesto vital y
poético. En él, el autor reflexiona sobre su propia existencia, marcada por la guerra, la
muerte de seres queridos y el azar. El hablante poético se presenta como un ser que ha
llegado a la vida “por los pelos”, como resultado de múltiples pérdidas, casualidades y
sufrimientos previos. El poema expresa la culpa de haber sobrevivido, la conciencia del
dolor heredado y el sufrimiento colectivo como temas principales. La identidad del yo
poético aparece diluida, casi confundida con la del ser humano. Sin embargo, no se puede
hablar aún de poesía de carácter social o comprometida, se trata en general de una poesía
intimista.
Comenzaremos analizando la estructura externa del poema. Está compuesto por 26 versos
con rima asonante en los versos pares y libre en los versos impares. Son en su mayoría
endecasílabos, a excepción de los versos cuatro, ocho, quince, diecinueve, veinticuatro y
veintiséis que son heptasílabos, por lo que diríamos que es una silva asonantada o
arromanzada. El verso veinte que es pentasílabo y el último que es dodecasílabo son
excepciones dentro de la métrica del poema. Este autor está acostumbrado a trabajar con
libertad en la métrica, por lo que no siempre se ajusta a las estructuras fijas de la tradición
clásica. Por ello, este poema refleja bien su estilo más característico. Opta por una métrica
que le permite expresarse con libertad sin limitarse el pensamiento.
Con ello llegamos a la estructura interna, en la que dividiremos el poema por ejes
temáticos. Podemos verlo como dos partes, subdivididas cada una en dos subpartes. La
primera parte del poema abarcaría desde el primer verso hasta el duodécimo. A su vez,
dividiríamos esta parte desde el primer verso hasta el cuarto, donde se identifica el yo
poético con su origen ancestral. Aquí, la identidad personal surge como fruto de una
memoria colectiva extensa. El otro subapartado lo fijaríamos desde el verso cinco hasta
el doce, donde se comenta la idea que se expone en los versos anteriores.
Respecto a la otra mitad del poema, encontramos el verdadero tema del poema, que es el
representación del yo como una prolongación sufriente del destino de la humanidad. Se
presenta el contenido de forma condensada. Aquí también se dividen dos partes, del verso
trece al veinte se presencia una visión pesimista de ese sufrimiento colectivo que genera
angustia individual. Por último, desde el verso veintiuno hasta el último, el eje central del
poema es la presentación del yo como símbolo de la absurda naturaleza de la existencia
humana. Se muestra a un individuo dividido entre el peso de su destino inevitable y su
inútil deseo de encontrar un propósito y perdurar.
Este poema tan reflexivo se construye a partir de una intensa carga simbólica y estilística,
por lo que a continuación analizaremos diferentes figuras literarias presentes en los
versos. En primer lugar, el encabalgamiento está presente a lo largo de todo el poema,
como por ejemplo en los versos tercero y cuarto /fue necesario un ancho espacio/ /y un
largo tiempo:/ (vv. 3, 4). El encabalgamiento aporta fluidez al poema y refleja un hilo
conductor del pensamiento acorde con el contenido reflexivo y existencia. También
aporta un tono más meditativo al romper la rigidez métrica y rítmica.
Otra figura presente es la anáfora, que es la repetición de una misma palabra o estructura
al inicio de los versos: /hombres de todo mar y toda tierra/ /fértiles vientres de mujer, y
cuerpos/ /y más cuerpos…/ (vv. 5, 6, 7). Se repite “y” al inicio de varios versos, lo que
refuerza la acumulación, destacando la cantidad de seres y generaciones necesarias para
que el poeta exista. Además, también destaca el esfuerzo colectivo de la humanidad que
culmina en su nacimiento. Cabe destacar que esta sería una anáfora sutil dentro de la
estructura.
Un ejemplo muy común de figura literaria es la metáfora, que es la transformación de una
idea de manera figurada. En /el viaje milenario de mi carne/ (v. 11) la vida del sujeto es
el resultado de un viaje ancestral que recorre siglos y generaciones. Otro ejemplo es /El
éxito/ /de todos los fracasos/ (vv. 24, 25), que es una metáfora paradójica que sugiere que
su existencia es fruto de derrotas anteriores, transformadas en una forma de triunfo
existencial. Estas metáforas elevan el tono del poema y lo dotan de una dimensión
filosófica y simbólica.
Además, a partir de la hipérbole el poeta exagera las dimensiones de tiempo y espacio,
destacando la irrepetibilidad e insignificancia del yo frente al universo: /fue necesario un
ancho espacio/ /y un largo tiempo:/ (vv. 3, 4).
El paralelismo es la repetición de estructuras sintácticas similares y con ello, el autor
acentúa en los siguientes versos la humildad del yo poético y su visión como remanente
de todo lo anterior: /yo no soy más que el resultado, el fruto, / /lo que queda, podrido,
entre los restos/ (vv. 17, 18). Además, también encontramos una contraposición de ideas
donde dice /El éxito/ /de todos los fracasos/ (vv. 24, 25), expresando así una visión irónica
de su propia existencia.
Una figura literaria muy común también es la personificación y la vemos en los versos
22, 23, y 24 /lucha contra el viento, / /que avanza por caminos que no llevan/ /a ningún
sitio/. Aquí, el escombro se presenta como una entidad viva, resistente, con voluntad, lo
que intensifica la sensación de esfuerzo inútil pero tenaz. Además, el poema utiliza
elementos visuales como la luz cambiante para crear un ambiente cíclico y universal,
vinculado a la naturaleza y el tiempo: /solsticios y equinoccios alumbraron/ /con su
cambiante luz/ (vv. 9, 10).
También vemos una paradoja muy clara en los dos últimos versos /La enloquecida/ /fuerza
del desaliento…/ (vv. 25, 26). Es contradictorio que el desaliento tenga fuerza, se refiere
a que incluso en la desesperanza hay una energía vital que empuja al sujeto a resistir.
En el verso sexto encontramos también aliteración /fértiles vientre de mujer y cuerpos/
(v. 6). La repetición del sonido “v” y “m” le da una musicalidad suave que se vincula al
ritmo biológico, al nacimiento y a lo maternal. Por último, encontramos un caso de elipsis
/de su huida hasta el fin, sobreviviendo/ /naufragios…/ (vv. 14, 15), pues se omiten partes
de la oración, dejando espacios vacíos que el lector debe completar.
Todas estas figuras literarias refuerzan su tono filosófico y existencialista. A través de
encabalgamientos, anáforas y más figuras, el poema reflexiona sobre la fragilidad del yo
y sobre cómo cada ser humano es el resultado de un largo proceso.
Tras este análisis del poema “Para que yo me llame Ángel González”, vemos que se
construye como una meditación sobre la existencia individual en relación con la
humanidad y el sufrimiento colectivo. A través de un mensaje cargado de imágenes
simbólicas, recursos estilísticos como el encabalgamiento, la metáfora, la anáfora o el
polisíndeton, y un tono entre resignado y resistente, el autor presenta al yo poético como
el resultado de un largo y doloroso proceso humano. El poema transforma la aparente
insignificancia del individuo en una forma de grandeza silenciosa: la de quien persiste
pese al fracaso y desaliento.
Para acabar con esta actividad académica, me gustaría dar una breve reflexión personal,
pues este poema me ha hecho pensar en lo frágiles y a la vez valiosos que somos como
humanos. Además, me gustaría destacar la manera en la que el escritor convierte el
fracaso en una especie de éxito, lo que me lleva a reflexionar sobre la importancia de
resistir, pues a veces solo queda “la enloquecida fuerza del desaliento”.