3º E.M.S.- FILOSOFÍ[Link] SÁNCHEZ-2025.
TEORÍAS ÉTICAS
Y SU PROYECCIÓN SOCIAL
[Link]éctica entre ética y moral
[Link] morales: ¿Qué debo hacer?
[Link] problema: ¿Cómo alcanzar la felicidad?
I. Aristóteles: Ética a Nicómaco
II. Ahmed, Sara: La promesa de la felicidad.
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1.ÉTICA y MORAL
A menudo se utiliza la palabra “ética” como sinónimo de lo que anteriormente hemos llamado” lo moral”,
es decir, ese conjunto de principios, normas, preceptos y valores que rigen la vida de los pueblos y de los
individuos. La palabra “ética” procede del griego ethos, que significaba originariamente “morada”, “lugar
en donde vivimos”, pero posteriormente pasó a significar” el carácter”, el “modo de ser” que una persona
o grupo va adquiriendo a lo largo de su vida. Por su parte, el término “moral” procede del latín
“mos,moris” que originariamente significaba ”costumbre”, pero que luego pasó a significar también
“carácter” o “modo de ser”.
De este modo, “ética” y “moral” confluyen etimológicamente en un significado casi idéntico: todo aquello
que se refiere al modo de ser o carácter adquirido como resultado de poner en práctica unas costumbres o
hábitos considerados buenos.
Dadas estas coincidencias etimológicas, no es extraño que los términos “moral” y “ética” aparezcan como
intercambiables en muchos contextos cotidianos: por ejemplo, de una “actitud ética” para referirse a una
actitud “moralmente correcta” según determinado código moral; o se dice de un comportamiento que “ha
sido poco ético”, para significar que no se ha ajustado a los patrones habituales de la moral vigente.
(..)Pero conviene que seamos conscientes de que tal uso denota, en la mayoría de los contextos, lo que
aquí venimos llamando “la moral”, es decir, la referencia a algún código moral concreto.
No obstante (…) podemos proponernos reservar-en el contexto académico en que nos movemos aquí-el
término “Ética” para referirnos a la Filosofía moral, y mantener el término “moral” para denotar los
distintos códigos morales concretos. Esta distinción es útil, puesto que se trata de dos niveles de reflexión
diferentes, dos niveles de pensamiento y lenguaje acerca de la acción moral, y por ello se hace necesario
utilizar dos términos distintos si no queremos caer en confusiones. Así, llamamos “moral” a ese conjunto
de principios, normas y valores que cada generación transmite a la siguiente en la confianza de que se
trata de un buen legado de orientaciones sobre el modo de comportarse para llevar una vida buena y
justa. Y llamamos “Ética” a esa disciplina filosófica que constituye una reflexión de segundo orden sobre
los problemas morales. La pregunta básica de la moral sería entonces” ¿qué debemos hacer?”, mientras
que la cuestión central de la Ética sería más bien” ¿por qué debemos?”. Es decir, “¿qué argumentos avalan
y sostienen el código moral que estamos aceptando como guía de conducta?”
Cortina, A; Martínez, E. (1996): Ética, España Ed. Akal (selección pp. 21 a 28)
Aun así, la distinción no es muy clara: la Ética no parece haber sido a lo largo de su historia una disciplina
puramente teórica, sino que connotaba en todos los casos un modo de vida coherente con la teoría-lo
explicitaran o no los filósofos-. Tan ligada a la acción-y a la voluntad como ejecutora de la acción- se les
aparecía, que varios pensadores la designaron con el término “filosofía práctica” (praxis=acción) por
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oposición a una “filosofía especulativa” más ligada a la Metafísica o a la Gnoseología. Un ejemplo claro de
ello es la figura de Sócrates, filósofo griego que vivió en el siglo V a.C., para quien el análisis de conceptos
éticos era inseparable de una línea de conducta que él mismo habría de mantener a lo largo de toda su
vida.
Frassinetti y Salatino. (2008) Filosofía, esa búsqueda reflexiva. P 153.
[Link] MORALES
“¿Qué hago?”. Esta pregunta la rumiamos en nuestro interior más veces de las deseadas (…) En el fondo, bajo
esta pregunta se esconden otras tantas como: ¿Qué debo hacer?, ¿Qué quiero realmente hacer?, ¿Qué esperan
de mí los demás? Algunas veces tendremos clara la respuesta, otras muchas no. Es entonces cuando
seguramente nos habremos topado con un dilema. Los hay de diversas clases. Puede ser cotidiano, banal, clave,
transcendental, pero, al fin y al cabo, es un dilema, y como tal, nos remite a una tensión en nuestra conciencia
moral que deberemos resolver.
Un dilema no es más que una tensión entre dos cosas que queremos o defendemos, o dos ideas que no
acabamos de compartir plenamente (…)
También hay quien diferencia entre dilemas impersonales y personales. Quienes sostienen esta distinción
entienden que el dilema impersonal es aquel que, decidas lo que decidas, afectará a otros. Por ejemplo, si no
sabes si contratar al candidato a o al candidato b para una determinada empresa, puesto de trabajo, proyecto de
investigación. Sin embargo, un dilema personal sería aquel en el que uno se siente más directamente implicado
en la toma de decisión.
Sin embargo (…) todos los dilemas son, al final, personales e interpersonales. Surgen de nuestra relación con
los demás, remiten a un deber de reciprocidad y, en definitiva, muestran cómo las decisiones de una persona
afectan a otras (…) Junto a los principios y las posiciones más destacables de las corrientes dominantes en la
actualidad (consecuencialismo y deontologismo) también existen aspectos relevantes de problemas suscitados
en el mundo interpersonal e intrapersonal, tan necesarios de esclarecer como la cooperación, la motivación, la
vergüenza, la compasión, el miedo, la confianza, el riesgo, la supervivencia o la identidad individual.
¿Cabe alguna circunstancia en la que podamos justificar causar un daño a otras personas? ¿Tienen todos los
humanos el mismo valor? ¿Debo favorecer a mis amigos o debo ser imparcial? ¿He de competir con el otro o
cooperar? ¿Qué debo hacer cuando hay un choque entre principios, derechos o valores? ¿Qué hago cuando mi
cabeza me dice una cosa y mi corazón - ¡o incluso mi intuición! - me dice otra?
E. Bonete Perales, Catedrático de Filosofía Moral, Universidad de Salamanca, en “Dilemas morales”, de M. Cabezas.
DILEMA: ¿Amor de esposo?: Justicia y cuidado
En Europa, una mujer estaba a punto de morir de cáncer. Un medicamento podría salvarla, una forma de
radio que un farmacéutico de la misma ciudad había descubierto recientemente. El farmacéutico lo vendía
a 2000 dólares, diez veces más de lo que le ha costado fabricar el medicamento. El marido de la mujer
enferma, Heinz, fue a pedir prestado dinero a todo aquel que conocía, pero sólo consiguió reunir cerca de
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la mitad de lo que costaba. Él le contó al farmacéutico que su mujer se estaba muriendo, y le pidió que se
lo vendiera más barato o que le permitiera pagar más tarde. Pero el farmacéutico dijo que no. El marido se
desesperó y forzó el almacén del hombre para robar el medicamento para su mujer. ¿Debería el marido
haber hecho eso? ¿por qué?
Actividad:
1. Responde a las preguntas planteadas al final del dilema
2. Reflexiona y registra:
a) Otras opciones para este dilema.
b) Las posibles razones que pudo haber tenido el farmacéutico para negarse vender la medicina a
menor costo.
c) Preguntas que te surgen de este dilema.
[Link] PROBLEMA ÉTICO: ¿CÓMO ALCANZAR LA FELICIDAD?
¿En qué consiste ser feliz? ¿Depende de mis elecciones o es cuestión de suerte o azar? ¿Puedo
alcanzar la felicidad si actúo acorde al bien? ¿Puedo ser feliz si no soy una buena persona? ¿Qué papel
juega la moral en el alcance de la felicidad?
Actividad:
Responde a las preguntas planteadas.
3.1 LA ÉTICA DE ARISTÓTELES
La ética de Aristóteles puede agruparse con la de otros autores, como Epicuro, que tratan de
orientarnos para que seamos capaces de alcanzar el mayor bien posible en nuestra vida. Por eso
decimos que la ética aristotélica es una ética del bien, ya que pretende servirnos de guía para
que podamos lograr ese objetivo.
Sin embargo, no existe acuerdo a la hora de determinar cuál es el bien supremo que debemos
perseguir. ¿Se trata del placer? ¿Será acaso la calma y la tranquilidad del espíritu? ¿O consistirá
más bien en la salvación eterna de nuestra alma?
De acuerdo a Aristóteles, el bien supremo que perseguimos los seres humanos (recordemos la
causa final) es la felicidad. El término griego para referirse a la felicidad es eudaimonia. Por eso
suele decirse que la ética de Aristóteles es una ética eudemonista.
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ÉTICA A NICOMÁCO
Selección de texto
“Todo arte y toda investigación, y del mismo modo toda acción y toda elección, parecen tender
hacia algún bien; por eso se ha dicho con razón que el bien es aquello a que tienden todas las
cosas. Si realmente existe algún fin de nuestros actos que nosotros que nosotros queremos por
sí mismos, mientras que los demás fines por él, y no elegimos todo por otra cosa, pues así se
procedería hasta el infinito, de tal manera que el deseo sería vano y vacío – es evidente que ese
fin será el bien y el bien supremo. Si esto es así, hemos de precisar e intentar comprender de
forma general en qué consiste este bien, y a qué ciencias o facultades implica.
Podría parecer que depende de la más principal y más directiva u organizativa de las ciencias.
Esta es manifiestamente la ciencia política. En efecto ella es la que regula qué ciencias son
necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno y hasta qué extremo.
Dado que la política legisla qué es lo que se debe hacer y qué es lo que se debe evitar, su fin
constituye el bien supremo del hombre.
Y aunque el bien del hombre se identifica con el bien de la ciudad (polís), parece evidente que
alcanzar el bien de la ciudad es mucho más grande y perfecto, porque si el bien es deseable
conseguirlo cuando afecta a un solo individuo, es más hermoso y divino conseguirlo para un
pueblo y las ciudades (“ello es así dado que el hombre es, por naturaleza un ser o una realidad
social). Este
es, pues, el objetivo de nuestra investigación presente, que es de alguna manera, una cierta
disciplina política.
Volviendo a nuestra cuestión inicial, puesto que todo conocimiento y toda elección tienden a
algún bien, ¿cuál es el bien que aspira a conseguir la política, y cuál es el bien supremo entre
todos los bienes que pueden realizarse en nuestras actividades?
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Existe un consentimiento general en relación a su nombre, pues en tanto la multitud como los
hombres cultivados dicen que es la felicidad y creen que vivir bien y obrar bien es lo mismo que
ser feliz. Pero acerca de la naturaleza misma de la felicidad no hay consentimiento ni
unanimidad entre la multitud y los hombres cultivados. Unos creen que es alguna de las cosas
visibles y manifiestas, como el placer o la riqueza o los honores; otros dan repuesta distinta a la
cuestión.
Pero algunos creen que, por encima de todos estos bines, hay otro bien que es bueno por sí
mismo y que es la causa de que todos aquellos bienes sean tales. Este bien parece de forma
especial la felicidad y ello es así porque la elegimos siempre por ella misma y nunca por otra
cosa. Así pues, según el parecer general, la felicidad es algo perfecto y autosuficiente
(autárquico), por ser el fin de los actos. Parece oportuno mostrar con mayor claridad y
precisión qué es realmente la felicidad. Quizás llegaríamos a esa claridad y precisión si
comprendiéramos plenamente la función del hombre.1
Si la función propia del hombre es la actividad del alma según la razón, o parte según la razón y
afirmamos por otra parte que esta función es específica del hombre y del hombre bueno; si ello
es así, afirmamos que la función del hombre es un tipo de vida, y que este tipo de vida es la
actividad del alma acompañada de las acciones razonables, y que la vida del hombre bueno
consiste en las mismas cosas hechas de un modo perfecto y bello, y realizadas cada una de
ellas, según la virtud adecuada.
El bien propio del hombre, entonces es la actividad del alma en conformidad con la
virtud, y si las virtudes son varias, en conformidad con lo mejor y más perfecta, y además a lo
largo de la totalidad de la vida. Pues una golondrina no hace verano, ni un solo día, y así
tampoco ni un solo día ni un instante (bastan) para hacer venturoso y feliz.
Nuestro razonamiento está de acuerdo con los que pretenden que la felicidad consiste en la
virtud, en general, o en alguna virtud particular, pues la felicidad según nuestra opinión es la
actividad del alma conforme a la virtud. Las acciones conformes a la virtud son agradables por sí
mismas.
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Argumento del Ergon
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La vida de los hombres virtuosos no necesita el placer como un añadido de su vida, es
esta vida, la que es placer por sí misma.
Sin embargo, es evidente que la felicidad no puede prescindirse de los bienes exteriores. Pues
es, efecto, imposible, al menos difícil, hacer el bien cuando se carece de recursos. Muchas
acciones exigen, como instrumento de su realización, los amigos, la riqueza o un cierto poder
político.
Aceptando que la felicidad es una actividad del alma conforme a la virtud perfecta, debemos
tratar ahora, de la virtud. Llamaremos virtud humana no a la del cuerpo, sino a la del alma, y
afirmamos que la felicidad es una actividad del alma.
Las virtudes del alma son unas dianoéticas; las otras éticas y así la sabiduría, la
inteligencia y la prudencia son dianoéticas; y la libertad y la templanza éticas. En efecto; cuando
hablamos del carácter (ethos) no decimos que alguien es sabio o inteligente, sino que es amable
y sobrio, y al sabio lo alabamos también por sus hábitos, y a los hábitos dignos de elogio los
llamamos virtudes.
Ninguna de las virtudes éticas se produce en nosotros por naturaleza y ello es así, porque
ninguna cosa natural puede ser modificada por costumbre. Por lo tanto, las virtudes no se
originan en nosotros por naturaleza, ni contra la naturaleza sino por estar dotadas por una
actitud natural para adquirirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre.
Las virtudes éticas adquiridas desde un principio mediante el ejercicio. La prueba de esto está en
lo que ocurre en la polís; los legisladores hacen buenos a los ciudadanos haciéndoles adquirir
buenas costumbres, y esta es la intención de todo legislador y se equivocan todos aquellos
legisladores que no actúan así. Por consiguiente, adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no
solo tienen importancia o mucha importancia, sino una importancia total.
Es necesario actuar según la recta razón2, es un principio aceptado comúnmente y que damos
por admitido como supuesto. Las acciones éticas deben realizarse con conocimiento,
voluntariamente y con una actitud firme. A continuación, debemos investigar qué es la virtud.
Las virtudes son hábitos. Llamo hábito a todo aquello en virtud de lo cual nos comportamos
correcta o incorrectamente respecto de las pasiones (lo que nos afecta en el alma); por ejemplo,
nos
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Deber ser
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comportamos incorrectamente respecto de la ira, si nuestra actitud es desproporcionada o parca
y correctamente si obramos con medida, y lo mismo puede decirse respecto al miedo, envidia,
alegría, deseo, celos, compasión, etc., y otras pasiones.
Sin embargo, no basta con decir que la virtud es un hábito, es necesario además aclarar qué
clase de hábito. La virtud del hombre será también el hábito por el cual el hombre se vuelve
bueno y por el cual realiza su función propia.
La virtud (ética) tiene que ver tanto con pasiones como con acciones, y en ellas es posible tanto
el exceso como el defecto y el término medio. El término medio es un acierto y es propio de la
virtud y el exceso y el defecto son una equivocación.
La virtud, por tanto, es un hábito voluntario o electivo, que consiste en un término medio
respecto a nosotros, determinado por la razón y por aquélla (razón) por la cual decidiría el
hombre prudente.
Llamo término medio de una cosa al que dista lo mismo de amobos extremos, y éste
es uno y el mismo para todos; y en relación con nosotros, al que ni exceed ni se queda
corto, y éste no es ni uno ni el mismo para todos…Así pues, todo conocedor Evita el
exceso y el defecto, y busca el término medio y lo prefiere; pero no el término medio
de la cosa, sino el relative a nosotros.
Sin embargo, ni toda acción ni toda pasión admite el término medio, pues el mero nombre de
alguna de ellas implica maldad, tal sucede con la malignidad, la desvergüenza y la envidia entre
las pasiones; el adulterio, el robo, el homicidio, entre las acciones.
Ahora bien, no es suficiente con decir esto en general, sino que debe aplicarse a los casos
particulares. Así pues, respecto del miedo y la temerario, y el que excede por el miedo y tiene un
deficiente atrevimiento es un cobarde.
La indignación es término medio entre la envidia y la malignidad. Así el que se indigna lo que
hace es sufrir por la prosperidad de los que no merecen; el envidioso, yendo más lejos, se aflige
por la prosperidad de todos, y el maligno hasta se alegra.
Por todo ello es trabajoso ser bueno, y ello es así porque es trabajoso hallar el término
medio en todas las cosas. Por eso, el bien no abunda y por eso es una cosa hermosa y
laudable.”
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Reglas prácticas para alcanzar el término medio (LIBRO II P.9)
Hemos tratado ya suficientemente que la virtud es un término medio, en qué sentido, y qué es
término medio entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto, y que es tal virtud por
apuntar al término medio en las pasiones y en las acciones.
Por todo ello, es tarea difícil ser bueno, pues en todas las cosas es trabajoso hallar el medio; por
ejemplo: hallar el centro del círculo no es factible para todos, sino para el que sabe; así también
el irritarse (…)
Debemos, por otra parte, tomar en consideración aquellas cosas hacia las que somos más
inclinados (pues unos lo somos por naturaleza hacia unas y otros hacia otras). Esto lo conocemos
por el placer y el dolor que sentimos, y entonces debemos tirar de nosotros mismos en sentido
contrario, pues, apartándonos lejos del error llegaremos al término medio, como hacen los que
quieren enderezar las vigas torcidas. En toda ocasión hay que guardarse principalmente de lo
agradable y del placer, porque no lo juzgamos con imparcialidad. (…)
Ahora, no es fácil determinar mediante la razón los límites y en qué medida sea censurable,
porque no lo es para ningún objeto sensible. Tales cosas son individuales y el criterio reside en la
percepción.