Traducido por Ana Isabel Domínguez Palomo
y M.ª del Mar Rodríguez Barrena
Argentina • Chile • Colombia • España
Estados Unidos • México • Perú • Uruguay
Título original: The Au Pair Affair
Editor original: Avon, an Imprint of HarperCollinsPublishers
Traducción: Ana Isabel Domínguez Palomo y M.ª del Mar Rodríguez Barrena
1.a edición: mayo 2025
Todo el contenido del presente libro, incluidas las imágenes e ilustraciones de cubierta, es
original y se encuentra sujeto y protegido por las actuales normativas de Propiedad
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préstamo público.
© 2024 by Tessa Bailey
© de la traducción 2025 by Ana Isabel Domínguez Palomo
y M.ª del Mar Rodríguez Barrena
Los derechos de la traducción han sido cedidos mediante Taryn Fagerness Agency y Sandra
Bruna Agencia Literaria, SL.
© 2025 by Urano World Spain, S.A.U.
Plaza de los Reyes Magos, 8, piso 1.º C y D – 28007 Madrid
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ISBN: 978-84-10495-57-9
Fotocomposición: Urano World Spain, S.A.U.
1
Tallulah Aydin nunca había visto gotas de sangre surcando el aire
con tanta elegancia.
Giró el teléfono y amplió la imagen del partido de hockey a pantalla
completa al tiempo que pulsaba el botón del volumen para oír la voz
del comentarista:
—Abraham le ha dado un codazo muy fuerte a O’Hanlon en la
nariz. ¡Madre mía! Que alguien avise al preparador físico. O’Hanlon
acaba de aprender por las malas lo que ya sabemos desde hace años,
que los jugadores arriesgan huesos y cartílagos cuando vienen a casa
de Sir Salvaje, como acaba de demostrar una vez más esta noche…
Tallulah cerró el vídeo y soltó el móvil, con el estómago revuelto.
Tenía previsto empezar a convivir esa misma tarde con el jugador
de hockey con tendencias homicidas que había protagonizado ese
momento estelar de SportsCenter. Sir Salvaje. Si los dioses del
algoritmo no hubieran reconocido que se encontraba en Boston (algo
que le ponía los pelos como escarpias) y hubieran puesto en su
camino ese vídeo del partido de pretemporada que se jugó la noche
anterior, durante el cual le rompió la nariz a un jugador del equipo
contrario, ya habría salido de la tienda de batidos y habría entrado
en el emblemático edificio de enfrente, que tenía portero y todo, para
empezar a trabajar como niñera de su hija preadolescente.
Había aceptado trabajar de au pair hacía meses, cuando la idea no
le parecía tan inquietante. A esas alturas, sin embargo, la silla de
plástico blanco en la que llevaba sentada más de una hora le estaba
dejando marcas con forma de rombo en la parte posterior de las
piernas. El zumbido de las batidoras le atronaba los oídos. Se sentía
incapacitada para levantarse y cruzar la calle. Algo irritante,
teniendo en cuenta que acababa de pasar un año en la Antártida
estudiando los hábitos migratorios del pingüino Adelia.
Trabajar de niñera debería ser pan comido, ¿verdad?
Gracias a un giro del destino, había encontrado una elegante
vivienda en Beacon Hill para vivir mientras cursaba un máster en
Biología Marina en la Universidad de Boston. A cambio, lo único que
tenía que hacer era cuidar de una niña de doce años ya
autosuficiente, mientras su padre se dedicaba, al parecer, a aplastar
narices en perfecto estado sobre el hielo.
Eso último era lo que la mantenía pegada a la incómoda silla.
Cogió el vaso desechable que contenía su batido de mantequilla de
cacahuete y se dio cuenta de que le temblaba un poco la mano. Puso
los ojos en blanco con impaciencia y se llevó el vaso a los labios para
apurar lo que le quedaba de la bebida. El chico que atendía el
mostrador debió de oír que sorbía aire por la pajita, porque la miró
con ese gesto tan típico de Boston: cabeza ladeada, expresión
impaciente, una ceja levantada. Es decir: «¿Has terminado o también
quieres lamer el dispensador de servilletas?».
Estaba claro que había abusado de su hospitalidad en la Batidora
Alegre.
Mensaje recibido. Se levantó, cruzó hasta la papelera y tiró el vaso,
tras lo cual volvió a la mesa y agarró el asa de su maleta. Sin
embargo, se detuvo para mirar a través del ventanal el edificio de
ladrillo de diez plantas que se levantaba al otro lado de la calle y se
le cayó el alma a los pies. De entrada, no tenía razón para sentir la
alarma que le recorría las costillas.
Al fin y al cabo, Wells y Josephine, sus mejores amigos, respondían
por el capitán del equipo de los Bearcats de Boston, Burgess
Abraham, también conocido como Sir Salvaje. Según la búsqueda
que había realizado por internet, no tenía historial delictivo. De
hecho, era famoso por ser el más temido en la pista de hielo y
convertirse en un hombre serio y razonable en cuanto entraba en el
vestuario. Algo que ella había confirmado gracias a las entrevistas
que le hacían después de los partidos, durante las cuales consideraba
cada pregunta como si la respuesta fuera crucial, con el pelo negro
sudoroso pegado a la frente y esos ojos azul claro de mirada intensa.
Y no, no había buscado a propósito entrevistas sin camiseta. No,
señor.
Le habían aparecido en Google como sugerencia de búsqueda. Y,
claro, no podía pasar de ese tipo de providencia divina. Sería una
irresponsabilidad. Tampoco podía pasar de esos hombros tan anchos
como para sostener en ellos a un par de crías de morsa, y esos
bichos… ¡eran enormes!
Sin embargo, en ese momento, con una hora de retraso sobre el
tiempo acordado para su llegada al ático de Burgess con el propósito
de conocer su nueva vivienda y repasar los detalles del acuerdo, solo
veía ese codazo brutal y la expresión maliciosa que lo acompañaba.
¿Era aquello un atisbo de lo que ese hombre ocultaba por dentro?
Aceptar ese trabajo le pareció una gran idea cuando conoció a
Burgess en el torneo de golf de California durante el verano. Sin
embargo, no debería haber sido tan impulsiva tratándose de algo tan
importante como irse a vivir a la casa de un hombre al que apenas
conocía. Un hombre que podía tener un sinfín de problemas. La
experiencia le decía que los hombres podían mostrarse amables,
incluso ser un encanto. Simpáticos, amistosos.
Y, al mismo tiempo, ser volcanes inactivos a la espera del momento
adecuado para entrar en erupción.
Volvió a sentarse pasando por completo del suspiro que soltó el
chico que atendía el mostrador.
Mudarse con ese casi desconocido era una mala idea. Una mala
decisión.
Por suerte, todavía no se había mudado. Y si quería retractarse,
debía hacerlo ya. Antes de perder un tiempo valioso que Burgess
podría dedicar a buscar una nueva niñera. Podría reservar una
habitación en un hotel para pasar la noche y aprovechar la mañana
para buscar pisos compartidos. Con otras mujeres. Seguramente no
estarían en barrios tan bonitos como ese (eso lo tenía clarísimo) y
tampoco serían áticos lujosos, pero, por lo menos, podría dormir
tranquila.
Una vez tomada la decisión, se sacó el móvil del bolsillo delantero
del cortavientos y se preparó para llamar al capitán de los Bearcats
de Boston. Mostrarse tan poco profesional la irritaba. Debería
decírselo en persona, pero ¿y si él reaccionaba mal? ¿Y si se
enfadaba?
Una llamada telefónica era mejor. Más segura.
Antes de que pudiera marcar, se oyó el tintineo de la campanilla de
la puerta.
Y el mismísimo Burgess Abraham entró en la tienda de batidos.
Joder, se le había olvidado lo… corpulento que era. Metro noventa
más o menos. Ancho como un armario empotrado. Y con canas. Sir
Salvaje pasaba de los treinta y cinco, y las canas le salpicaban la
barba y las sienes. Exudaba confianza al andar, pero sin ese afán de
llamar la atención. O de atemorizar. Llevaba una mano en un bolsillo
y dejaba la otra caer a su lado, con la mirada al frente, y andaba sin
prisa, pero con decisión. No se molestó en detenerse delante de la
caja para pedir, se limitó a saludar al chico del mostrador.
—¿Lo de siempre, Salvaje? —le preguntó el susodicho mientras se
ponía manos a la obra y empezaba a echar fruta congelada en la
batidora transparente, tras lo cual añadió zumo y tres cucharadas
colmadas de proteína en polvo—. No pierdo la esperanza de que
algún día vengas y pruebes algo nuevo.
—Me gusta lo que me gusta —murmuró Burgess, que frunció el
ceño mientras miraba la pantalla de su teléfono.
¿Estaba comprobando si lo había llamado?
Seguramente. El retraso ya era de sesenta y siete minutos.
Tallulah pulsó «Llamar» mientras se llevaba el móvil a la oreja y
sintió un escalofrío en la espalda al oír la vibración del teléfono de
Burgess. Lo vio bajar la mano con la que lo sostenía mientras miraba
al frente un instante, y luego volvió a mirar el teléfono y tosió. Rotó
un hombro. Aunque solo podía verlo de perfil, alcanzó a ver que
movía los labios, como si estuviera practicando su saludo, y en ese
momento recordó por qué había aceptado el trabajo de niñera para
vivir en casa de un hombre al que casi no conocía.
Le resultó evidente que el tiempo había difuminado el recuerdo
que tenía de Burgess.
Irradiaba una energía que lo hacía parecer… fiable.
Muy fiable.
Protector.
Y recordó que había confiado en su instinto, además de confiar en
la palabra de sus amigos.
Sería una pena romper el acuerdo. Sin embargo, era lo mejor. No
había garantías de que ese hombre demostrara un comportamiento
civilizado fuera de la pista de hielo todo el tiempo. Aunque Wells y
Josephine creyeran al cien por cien que Burgess era un hombre con
buen carácter, ella se había fiado de muchas personas a lo largo de su
vida y después había pagado las consecuencias cuando revelaron su
verdadera personalidad.
Nunca se podía estar segura.
Vio que Burgess tocaba la pantalla y se llevaba el teléfono a una
oreja, al tiempo que se tapaba la otra para amortiguar el zumbido de
la batidora.
—Hola, Tallulah —dijo, clavando la mirada en el suelo.
Era mejor no hacerle ni caso al escalofrío que le subió por la cara
interna de los muslos al oír su nombre con esa voz de barítono.
Atribuyó esa reacción a su reciente falta de algo parecido a una vida
sexual.
Ver el apareamiento de los pingüinos no contaba.
—Hola, Burgess —replicó ella, esperando a que él captase el
zumbido de la batidora que tenía de fondo.
En cuanto lo hizo, volvió la cabeza hacia el lugar donde estaba
sentada y un gruñido le acarició el tímpano.
Cortaron la llamada a la vez mientras se miraban desde extremos
opuestos del establecimiento.
Era muy difícil saber lo que estaba pensando Burgess. Pero estaba
pensando. Saltaba a la vista. Esos intuitivos ojos azules se fijaron en
su maleta y volvieron a ella, y luego él frunció el ceño, aunque el
resto de su expresión parecía esculpida en piedra.
Sin dejar de mirarla, Burgess extendió un brazo y cogió el batido
que el chico le había dejado en el mostrador. Esa demostración tan
natural de confianza le resultó tan atractiva que reconoció lo
peligrosa que era. Por fin lo recordaba todo. La chispa de atracción
que sintió por ese hombre hacía tantos meses. Se había presentado
en California para darle una sorpresa a Josephine, su mejor amiga, el
día de su cumpleaños. Burgess estaba allí para asistir como
espectador al torneo de golf en el que competía su amigo, Wells
Whitaker, con Josephine como caddie. Lo acompañaba su hija, Lissa.
Los cinco disfrutaron de una cena improvisada y, cuando Burgess
se sentó a su lado a la mesa, se sorprendió al sentir cómo una
corriente eléctrica la recorría cada vez que oía su voz ronca y
retumbante. Mientras lo veía comer con otras personas, no tuvo
motivos para dudar de su aparente serenidad, pero no podía
descartar así como así la preocupación que le provocaba la idea de
quedarse a solas con él. En su casa. Día tras día. Sabiendo que era
capaz de romperle la nariz a alguien como quien estornudaba, como
si nada.
A medida que Burgess se acercaba a la mesa, el sonido de sus
pasos se amortiguó y sintió que el sudor le empapaba las palmas de
las manos, aunque no pudo evitar fijarse en cómo resaltaban los
vaqueros ceñidos esos muslos del Dios del Trueno. Llevaba un jersey
azul marino holgado, el típico atuendo de un hombre en pleno
domingo de relajación, y se preguntó si habría estirado a propósito el
cuello para dejar a la vista el hueco de la garganta y el inicio de las
clavículas.
El instinto le dijo que no. Que se lo había puesto sin más.
Claro que el instinto no siempre bastaba cuando se trataba de un
hombre, ¿verdad?
Una vez que Burgess estuvo a cinco metros de la mesa, Tallulah se
puso en pie con la sonrisa más deslumbrante que fue capaz de
esbozar y le tendió la mano para que se la estrechara.
—Burgess, me alegro mucho de volver a verte. —Encogió los
dedos de los pies dentro de los botines cuando sus manos se
encontraron, piel áspera contra piel suave, y presionó la planta del
pie contra el suelo, motivada por el peculiar choque entre el deseo y
el recelo. Peculiar y estruendoso. Porque se oyó a sí misma tragar
saliva. ¡Dios santo, qué alto era! Pinta de matón con un aura de
serenidad. Muy confuso todo—. Lo siento mucho, pero por
desgracia al final no puedo aceptar el puesto de au pair.
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—Lo siento mucho, pero por desgracia al final no puedo aceptar el
puesto de au pair.
Burgess estaba tan ocupado intentando disimular la reacción física
que le provocaba esa mujer que su cerebro casi ni registró lo que
decía. La frase tenía muchos obstáculos que superar, empezando por
el efecto que le provocaba su olor, que lo golpeaba en la barbilla
como si fuera un disco en la pista de hielo. Unos años antes se había
visto obligado a asistir a la boda de uno de sus compañeros de
equipo y brindaron con un cóctel de autor. Se sintió como un ogro
sujetando la ridícula copa de cristal entre el pulgar y el índice, más o
menos como se sentía con Lissa cuando jugaba a tomar el té, pero el
sabor de la bebida fue lo bastante inusual como para que se le
quedara grabado.
Naranja sanguina y albahaca.
Así olía Tallulah. Era un aroma fresco y sensual.
Mientras se daban la mano (aunque ella acababa de avisarlo de
que dejaba el trabajo antes incluso de haberlo empezado), saboreó la
naranja en el fondo de la garganta. Y hablando de gargantas, no
podía apartar los ojos de la suya, porque parecía que le costaba
mucho tragar, a juzgar por la postura rígida de su cuello. También
tenía la palma de la mano un poco húmeda, algo que no le
molestaba, ya que se pasaba horas y horas todas las semanas
rodeado de deportistas sudorosos y sus, casi siempre, apestosos
hedores. Joder, si su portero incluso tenía un suspensorio de la buena
suerte que se negaba a lavar durante las rachas de victorias. Las
palmas sudorosas de Tallulah eran un placer.
Claro que ¿por qué le sudaban las manos?
Su encuentro en California había pasado por tres etapas.
La primera: el asombro que le provocó su belleza. La forma
almendrada de esos insondables ojos marrones, enmarcados por
unas cejas oscuras, rebosantes de inteligencia, curiosidad y
amabilidad. Su tez bronceada y resplandeciente; el mohín que hacía
con la nariz mientras escuchaba lo que alguien decía. Toda ella.
Después se había enterado de sus orígenes turcos, de que nació en
Estambul, donde aún residía su familia…, y buscó en Google si en
Turquía se jugaba al hockey algo que lo llevó a sentirse como un
imbécil de forma automática.
La segunda: su sentido del humor y su capacidad para conectar de
inmediato con su hija, algo que no era fácil, aumentaron su asombro.
En aquel momento, estaba en una etapa en la que se planteaba la
idea de buscarse un asesor de paternidad. Porque Lissa, o pasaba de
él por completo, o no dejaba de llorar en plan histérica.
La tercera: cayó en la cuenta de que Tallulah era once años menor
que él, una futura estudiante de posgrado con planes para disfrutar
de la vida social de Boston (su polo opuesto, por tanto), y enseguida
la catalogó como una mujer a quien no sería apropiado perseguir con
fines románticos.
Sin embargo, ponerle la etiqueta de «no tocar» no le impidió
ofrecerle una habitación y un trabajo en su casa, pero… Sí, mejor
dejaba para otro día la impulsividad atípica que demostró aquella
noche. El tema que estaba sobre la mesa en ese momento era que ella
había decidido darle plantón, y después de pasarse una semana
debatiendo si una aspirante a bióloga marina prefería las almohadas
firmes o blandas, quería saber el motivo.
Dejó su batido de proteínas Avalancha en la mesa donde estaba
Tallulah y tomó asiento, esperando a que ella se sentara frente a él,
algo que hizo al cabo de un momento. Se percató de la rigidez de sus
hombros y de que seguía aferrada al asa de la maleta, y decidió que
no le gustaba nada lo que estaba pasando.
Así que carraspeó, se inclinó hacia delante y cruzó las manos sobre
la mesa.
—Has venido con maleta y te has detenido enfrente del edificio
donde vivo antes de decidir que no quieres el trabajo. ¿Qué ha
pasado?
Ella se sentó despacio, se humedeció los labios y posó los ojos un
instante en la pantalla de su móvil.
—Preferiría no decirlo.
—¿Es por el barrio? ¿No te gusta?
—El barrio es precioso —contestó ella con un resoplido mientras
miraba por la ventana hacia El Faro, en cuyo ático residía—. El
edificio también es precioso. Empiezo a arrepentirme de haber
elegido biología marina en vez del hockey profesional.
Soltó un gruñido que bien podía parecer una carcajada. Esa era la
mujer que recordaba del almuerzo. Directa e inteligente. Un poco
autocrítica. Única.
«Debería dejar que se fuera. Sería más fácil para mi cordura no
tener a esta chica tan guapa durmiendo bajo mi techo».
¿O más bien sería todo lo contrario?
—Entonces, ¿cuál es el problema? —le preguntó—. ¿No quieres ser
la niñera de Lissa?
—¡No, no! Qué va, no es eso. Lissa es un encanto y con la edad que
tiene prácticamente se cuida sola. —Agitó una mano y él se fijó en
los sencillos anillos de plata que tanto contrastaban con el tono
bronceado de sus dedos—. La oferta que me hiciste fue muy
generosa. Y Wells y Josephine hablan muy bien de ti. De verdad.
Burgess destapó el batido, bebió un sorbo y esperó.
—Será un placer ayudarte a encontrar a otra persona. Estoy segura
de que habrá una estampida cuando la gente se entere del puesto de
trabajo. Es una especie de sueño hecho realidad —dijo con una
sonrisa radiante que dejó a la vista un hoyuelo en una mejilla.
¡Joder! Era como una perturbadora mezcla de ternura y
sensualidad. Tenía el pelo oscuro y ondulado, tan largo que casi le
llegaba a los codos, los cuales había apoyado en la mesa y abrazaba
como si estuviera… ¿nerviosa?
Ese pelo actuaba como una especie de escudo protector, lo cual era
la parte sensual de la ecuación. Así que seguramente fuese mejor que
no pudiera ver mucho de ella desde el otro lado de la mesa, porque
ya le costaba bastante concentrarse con el olor de las naranjas
sanguinas en el cerebro y cada pestañeo de sus ojos
cortocircuitándolo. Eso fue lo que pasó en California. Una simple
cena dio lugar a meses de miradas perdidas intentando recordar el
color exacto de sus ojos.
«Concéntrate».
—Si tan codiciado es el trabajo, ¿por qué no quieres el puesto?
Ella tomó aire, se apretó más los codos y lo miró fijamente, como si
estuviera analizando su reacción.
—Me pone nerviosa vivir con un hombre al que no conozco muy
bien.
Aunque su respuesta le provocó una desagradable tensión en el
estómago, ya intuía que se acercaba una explicación difícil desde que
la vio al fondo de la tienda de batidos. Algo en la tensión que la
había invadido en cuanto se acercó a ella lo puso sobre aviso. ¿Se
sintió insultado? No. La verdad era que se sentía un poco tonto por
no haber caído en la cuenta de que podría ponerle nerviosa la idea
de vivir con un desconocido. Al parecer, Tallulah tampoco lo había
pensado.
Hasta el día que debía empezar a trabajar.
Estaba a punto de preguntarle si ese repentino cambio de actitud
se debía a un saludable miedo a los desconocidos o a otra cosa, pero
a ella le llegó un mensaje de texto. Tras murmurar una disculpa,
deslizó un dedo por la pantalla.
Tocó un icono.
Y apareció un vídeo que reconoció al instante.
Porque su representante se lo había enviado esa mañana.
Al parecer, el golpe que le había dado a O’Hanlon en la nariz se
había hecho viral.
¿Sería esa la razón por la que se había quedado varada en la tienda
de batidos? Sí. La respuesta era obvia. Lo había visto antes de que él
llegara. ¿Significaba eso que… le tenía miedo?
—Lo siento —le dijo mientras tanteaba en la pantalla para abrir los
mensajes—. Me he equivocado de aplicación.
—Tallulah, lo he visto. El vídeo. —Se preparó para la conversación
que se avecinaba. Podría tenerle miedo. La posibilidad se le asentó
en el pecho como si pesara una tonelada—. ¿Es eso lo que ha pasado,
que has visto un vídeo de un partido de pretemporada y… te has
puesto nerviosa? ¿Porque no te fías de mí?
Tardó un momento en responder:
—Mi instinto me dice que será seguro vivir contigo, pero me
cuesta mucho fiarme de él en lo que a los hombres se refiere. Vamos,
que no me fío ni un pelo. Porque nunca acierta. Pensaba que bastaría
con el respaldo de Wells y Josephine, y por eso he llegado hasta esta
tienda de batidos con estas sillas tan incómodas. Pero el vídeo…,
supongo que me ha recordado que la gente no siempre es lo que
parece.
—Entiendo. —Su explicación lo dejó aterrado, pero mantuvo las
manos relajadas sobre la mesa pese al impulso de querer cerrarlas.
¿Habría tenido Tallulah una mala experiencia con un hombre? Eso
parecía. Y justo entonces, mientras miraba esos ojos tan sinceros,
supo que si alguna vez descubría de quién se trataba, una nariz rota
no sería nada en comparación con lo que le haría—. Mi forma de
jugar al hockey no es un reflejo de quién soy en la vida real. Creo que
podría decirse lo mismo de cualquier jugador. Eso es el deporte. A
veces, es brutal.
—Soy consciente. Lo sé —se apresuró a replicar ella antes de
humedecerse los labios—. El vídeo no es la razón por la que rechazo
el trabajo. Ha sido más bien… un estímulo. Para dar un paso atrás y
analizar mis decisiones. A veces, soy muy impulsiva y luego me
arrepiento. Como ahora.
—¿Qué tipo de decisiones impulsivas tomas?
—Pedir un batido de mantequilla de cacahuete y café expreso con
el estómago vacío, por ejemplo.
Burgess no pudo ocultar su incredulidad.
—Por Dios, ¿has pedido eso? Creía que estaba en la carta como
broma.
—Debería ser así —susurró ella, que se llevó el dorso de una
muñeca a la frente—. Me siento como si estuviera apoyada contra
una valla electrificada.
—Ajá —replicó él—. Es el efecto de la cafeína.
Tallulah miró a su alrededor.
—¿Tú también lo ves todo muy brillante?
Se le escapó una carcajada ronca que se pareció un poco al chirrido
de un motor. Ese sonido cascado hizo que ella levantase la mirada y
estableciera contacto visual. Así estuvieron varios segundos. Ella,
curiosa; él, arrepentido. ¿Por qué no podía dejar el puto codo
quietecito, aunque fuera una vez?
—Yo no llamaría «impulsiva» a una persona que ha estado en la
Antártida durante un año estudiando a los pingüinos —replicó él,
consciente de que era patético intentar prolongar la conversación
para estar con ella, pero sin poder evitarlo—. La llamaría
«aventurera».
—Si yo te contara… —respondió ella.
—No te cortes, cuéntame.
Ella se dio unos golpecitos en los labios con un dedo, como si
estuviera decidiendo si lo mejor era abandonar la conversación e
irse, o seguir alegrándole un poco más el día.
—Me encantan las aventuras. En teoría, por lo menos. Me
encantaba probar cosas nuevas —confesó, despacio—. Pero en el
caso de la Antártida, fui a lo seguro. Sabía que iba vivir en un centro
de investigación aislado en un lugar gélido, que es donde me siento
más a gusto. Que vería las mismas cinco caras todos los días. Que
todos los días haría lo mismo: investigar y documentar. —Hizo una
pausa y clavó la mirada en la mesa—. Antes de eso, viví seis meses
en un barco, haciendo prácticas con una fundación dedicada a la
conservación de los arrecifes de coral en México. Antes de eso, en las
Seychelles. El caso es que me he estado escondiendo.
Consciente de que su voz sonaría poco natural si hablaba
enseguida, tragó saliva dos veces antes de preguntarle:
—¿De qué?
—Creo que debo irme.
Burgess se obligó a aceptar su decisión y asintió en silencio con la
cabeza.
—¿Puedo hacer algo para hacerte cambiar de opinión y que
aceptes el trabajo, Tallulah?
—No. —Apretó los labios hasta formar una línea recta—. De
verdad que siento habértelo dicho con tan poca antelación. Pero te
repito que te ayudaré a encontrar una sustituta.
Burgess prefirió pasar por alto esa oferta de momento. Era mejor
ocuparse de los problemas uno a uno.
—¿Qué planes tienes entonces?
—Buscar una habitación en un hotel para pasar la noche. Y
mañana ver ofertas de habitaciones en pisos compartidos.
De entrada, su plan no le gustaba nada. Dejaba muchos detalles al
azar.
Lo que hiciese Tallulah no era asunto suyo. En absoluto. Era una
adulta que, obviamente, sabía bien cómo cuidarse sola. Por
desgracia, el afán protector que empezaba a extenderse por su pecho
se fortalecía cuanto más la miraba. Era la mejor amiga de la futura
esposa de su mejor amigo, ¿no? Podría decirse que estaba velando
por su seguridad.
Haciéndole un favor.
Claro que sí.
Llevaba quince años viviendo en Boston y conocía la ciudad mejor
que nadie. No le gustaba ni un pelo que ella se conformara con un
lugar donde vivir que fuese menos seguro que El Faro. Pero nada de
nada. Sin embargo, pensó en su hija. En cómo quería que la trataran
cuando creciera, se independizara y fuera vulnerable a las idas y
venidas del mundo. Nada le gustaría menos que un jugador de
hockey se metiera a codazos en su vida como una especie de
protector. A menos que ella se lo pidiera.
«Imagina a esta preciosa mujer pidiéndote que seas su protector».
Tragó saliva.
—En un mundo ideal, ¿dónde te gustaría vivir?
Su pregunta pareció sorprenderla.
—Mmm… Bueno, en un mundo ideal, viviría con Josephine, pero
tu amigo, el golfista gruñón, me la ha robado.
El comentario hizo que a Burgess le temblaran los labios por la
risa.
—Teniendo en cuenta que esa no es una opción —siguió ella—,
buscaré a otra estudiante que alquile una habitación en un barrio con
buenas opciones de transporte público. Como ya estamos a finales
de septiembre, es posible que me cueste encontrar un sitio decente,
pero suelo tener suerte con este tipo de cosas.
—¿Tienes dinero ahorrado?
—No mucho, porque el sueldo de becaria es mínimo, pero puedo
permitirme una habitación por setecientos al mes. Durante una
temporada. Luego tendré que buscar trabajo de ayudante en algún
laboratorio para reponer los ahorros.
Burgess estuvo a punto de hacer una mueca de dolor, pero en
cambio asintió con la cabeza.
Setecientos dólares no la ayudarían a encontrar un lugar seguro en
Boston.
Aunque consiguiera encontrar una habitación, lo más probable era
que tuviese el tamaño de un armario escobero.
—¿Qué? —le preguntó ella.
No pudo evitar interferir, a pesar de que era evidente que Tallulah
quería alejarse de él. No debería luchar contra sus deseos. Debería
dejar que se marchara. Sin embargo, no soportaba la idea de
abandonarla en la jungla inmobiliaria de Boston. Tampoco se
imaginaba un mundo donde no volviera a verla. Si había alguna
forma de vigilarla sin tenerla delante, ¿no debería intentarlo, por el
bien de Tallulah y por su propia tranquilidad?
—Conozco a alguien que tiene una habitación para alquilar —dijo
antes de convencerse a sí mismo de dejar que extendiera las alas y
volara—. En un edificio como el mío, pero en el North End. Mi
compañero de equipo lo ha alquilado para su futura hermanastra.
Tallulah enderezó la espalda.
—¿Cuánto pide de alquiler?
—Está a tu alcance.
La vio entrecerrar un ojo, escéptica.
—¿Estás seguro?
—Sí —mintió, totalmente dispuesto a pagar de su bolsillo la
diferencia entre los setecientos dólares y el más que probable
astronómico alquiler—. Hablaré con mi compañero y te enviaré la
información, pero, Tallulah… —muy bien, esa parte no estaba
planeada. Las palabras le salieron sin más, acicateadas por la extraña
sensación de que nunca volvería a tener esa oportunidad—, si
cambias de opinión y quieres venirte a vivir a mi casa, haría lo que
fuese para que te sintieras segura conmigo. ¿De acuerdo? Instalaré
cerraduras en la puerta de tu dormitorio y te daré la única llave.
Pero… no pongas en peligro tu seguridad. No creo que pueda
dormir por la noche sabiendo que la has comprometido por mi
culpa. —Consciente de que ya la había presionado bastante, se
levantó, cogió el batido a regañadientes e intentó disimular mientras
la miraba para memorizar sus rasgos, por si acaso—. Buena suerte.
Ella se quedó mirándolo con cara de asombro.
—Gracias.
Burgess gruñó y se marchó, deseando con todas sus fuerzas
haberle dicho lo correcto a una mujer por primera vez en la vida…, y
esperando que esa no fuera la última vez que sus caminos se
cruzaran. En cuanto llegó al otro lado de la calle, se sacó el móvil del
bolsillo y llamó a Sig Gauthier, central de los Bearcats y uno de los
pocos compañeros de equipo que toleraba fuera de la pista de hielo.
Por lo menos, la mayor parte del tiempo.
—Hola, colega —lo saludó Sig con un bostezo—. ¿Qué pasa?
—¿No le alquilaste a Chloe un piso en el North End? —preguntó
Burgess, refiriéndose a la futura hermanastra de Sig.
Oyó el crujido de la cama cuando su compañero se incorporó.
—Sí. Está acostumbrada a lo mejor de lo mejor, así que he buscado
un lugar donde se sienta cómoda. —Se rio por lo bajo, un sonido que
casi resultó cariñoso—. No me había dado cuenta de lo que cuesta la
comodidad cuando se trata de Chloe.
—¿A qué te refieres?
—Al trato que hicimos. Quedamos en que ella pagaba la mitad del
alquiler. Y lo hizo. ¡Una vez! Eso sí, cada vez que voy, me encuentro
dieciocho mil millones de bolsas de Sephora en el cubo de la basura.
¿Sabes que las mujeres se ponen prebase en la cara? ¡Ya no es que
usen maquillaje, es que antes se ponen una puta prebase! Esto se nos
está yendo de las manos.
—¡Ay, madre! Lissa lleva un tiempo pidiéndome que la lleve a
Sephora.
La carcajada de Sig estuvo a punto de reventarle el tímpano.
—Bienvenido al principio del fin, tío.
Burgess gruñó y bebió un buen trago de batido.
—¿Chloe hace fiestas? ¿Qué tipo de amistades tiene?
Se produjo una larga pausa.
—¿Por qué lo preguntas?
—Tú contesta.
Sig suspiró.
—No es muy fiestera. Supongo que no puede permitirse ir de
copas cuando destina todo su dinero a la industria de los productos
de belleza.
—¿No sale con tipos de pinta dudosa? ¿No consume drogas?
—¿¡Crees que voy a dejar que Chloe salga con ese tipo de gente!?
—gritó su compañero—. Ni de broma. Y nada de drogas. Está en el
último curso del conservatorio. Deberías oírla tocar el arpa, colega,
es… —Aunque no lo veía, sabía que Sig estaba gesticulando a lo
grande, tal como hacía cuando discutía con el árbitro por alguna
falta. Si alguien se acercaba sin hacer ruido a él mientras contaba
alguna anécdota, se arriesgaba a acabar noqueado—. En fin, da
igual. ¿A qué viene esto?
Una de las ventajas de ser el capitán del equipo era que no tenía
que responder a las preguntas de nadie. Esa, quizás, era la mejor
parte del puesto.
—A lo mejor Chloe podría pagar la mitad del alquiler si tuviese
una compañera de piso.
—Eso le he dicho.
—¿Cuánto es el alquiler?
—Cinco mil. Cualquiera diría que viene con un dichoso
mayordomo.
Eso era justo lo que se temía. Claro que no era nada que no pudiera
solucionarse. La verdad, habría pagado diez veces esa cantidad con
tal de saber que Tallulah vivía en un lugar seguro.
—Así que su compañera de piso tendría que pagar dos mil
quinientos, ¿no?
—Sí. Es un dormitorio bonito. Con mucha luz natural y un buen
armario.
—Estupendo. —Contuvo el impulso de darse media vuelta y mirar
hacia la tienda de batidos. ¿Era esa su última oportunidad de verla?
—. Conozco a una chica que estaría interesada. Pero solo paga
setecientos.
—Pues te cuelgo ya.
—Relájate. Yo pongo el resto. Envíame la información. —Se frotó la
garganta, para librarse del objeto punzante que tenía alojado en ella
—. La verdad es que yo tengo la culpa de que tenga que buscarse
una habitación para alquilar. Es lo menos que puedo hacer por ella.
3
Tallulah se detuvo de golpe delante del edificio y se quedó tan
boquiabierta que la barbilla le llegó más o menos a los tobillos. ¿Allí
esperaba Burgess que alquilase una habitación? ¿No la había oído
bien y creía que su presupuesto era de siete mil al mes en vez de
setecientos?
Líneas modernas, exterior de piedra gris, crisantemos asomando
por las jardineras de las ventanas, faroles de gas a ambos lados de la
puerta de cristal. Ese sitio era una postal de Boston.
—Seguramente el piso sea una tapadera de una comuna de
payasos —murmuró al tiempo que entraba y buscaba el 3 F en la
columna del portero—. O Chloe es el nombre en clave de una banda
de ricos financieros que necesitan un lugar donde reunirse para
celebrar rituales paganos por la noche. Obviamente, yo soy el
sacrificio de hoy. —Pulsó el timbre—. ¿Es raro que todavía quiera
alquilar la habitación?
—No. ¡Es una habitación estupenda! —exclamó con entusiasmo
una voz al otro lado del portero—. Soy Chloe. Sube.
Tallulah hizo una mueca.
—¡Ya voy!
Chloe era un señuelo, estaba claro.
¿A cuántas personas habían atraído hasta ese lugar con la promesa
de un coste de vida asequible? Con un alquiler tan barato, ¿cómo no
lo habían alquilado ya?
No era la primera vez esa mañana que se preguntaba si había
cometido un gran error al rechazar la habitación que Burgess le
ofrecía gratis.
Burgess.
¿Seguía pensando en él por el sentimiento de culpa? ¿Porque se
sentía mal después de haber roto su trato? ¿O se debía a que la
actitud tan atenta que mostraba le resultaba… atractiva? A ella se le
daba muy bien la conversación trivial. Cuando se trabajaba en un
laboratorio de investigación en la Antártida y en otros sitios con un
montón de biólogos introvertidos, se aprendía a llenar los silencios.
Y había perfeccionado su labia en numerosas salidas nocturnas
mientras estudiaba en la universidad.
El día anterior con Burgess se había saltado la conversación trivial.
Se la habían saltado por completo…, y nada le pareció repentino.
Ni incómodo.
No había explicación, salvo que algo en su penetrante mirada la
hizo sentir que habían pasado el momento de la formalidad. Que sí,
que se habían visto una vez, meses antes, pero eso no debería haber
bastado para animarla a abrirse con tanta rapidez.
¿Qué tenía ese hombre?
Se desentendió de esas tonterías y subió la escalera, despacio, de
puntillas, con un dedo dispuesto para usar el espray de pimienta que
llevaba destapado en el bolsillo. Por encima, oyó el leve crujido de
una puerta al abrirse. De momento, no oyó cánticos, pero seguro que
los malévolos oligarcas financieros estaban trabajando. Alguien tenía
que pagar el alquiler de ese sitio. Y desde luego que no sería ella,
porque estaría muerta. Sacrificada al dios de la prosperidad o algo.
Dobló el último recodo del tramo final de escalera…
Y descubrió a una rubia etérea mirándola desde la puerta abierta
que había al final del pasillo, con parches de gel como medias lunas
debajo de los ojos.
—¿Eres Chloe?
—Sí —susurró la rubia—. Date prisa, antes de que el casero me
vea. Llamó a la puerta antes para pedirme el alquiler… y lo tengo.
Casi todo. Sig me dio un cheque para pagar septiembre y lo ingresé
como se suponía que tenía que hacer. Pero puede que haya sacado
un poquito para comprar algunos básicos.
Tallulah recorrió el pasillo.
—¿Como qué?
—Bueno, cositas. —Chloe se apartó para dejarla pasar, mientras la
deslumbrante sonrisa daba paso al miedo—. Uno de los servicios
que ofrece el edificio es la red inalámbrica. ¿Crees que el casero
puede ver lo que compro por internet?
—No lo sé —contestó con sinceridad.
—Seguro que puede. Madre mía. —Chloe se quitó los parches de
gel de los ojos y se dio unos toquecitos en la piel húmeda recién
descubierta, como si quisiera comprobar si los parches habían
surtido efecto—. Voy a enseñarte la habitación.
Tallulah echó un vistazo por el piso… y su recelo aumentó. Era un
palacio de techos altos, bañado por la luz del sol. Un diseño de
concepto abierto muy espacioso con una cocina profesional a un lado
y un salón a diferente altura en el otro. Muchísimas plantas.
Decorado con gran elegancia, incluyendo una cesta de mimbre llena
de mantitas para el sofá. Bueno, salvo por la camiseta de Gauthier y
las banderolas de los Bearcats de Boston que había sobre el sofá.
Chloe se alejó hacia el otro extremo del piso, donde había un corto
pasillo. Abrió la puerta con la punta del pie e hizo una reverencia.
—Sus aposentos, milady.
—¿Cuántos oligarcas se esconden ahí?
Chloe jadeó.
—¿Qué es eso?
—Da igual. —Tallulah no tuvo ni que pasar de la puerta para saber
que la habitación era un sueño hecho realidad, seguramente incluso
tuviera cuarto de baño propio—. Chloe, es imposible que vayas a
alquilar una habitación en este piso por solo setecientos dólares al
mes.
Su sonrisa no flaqueó.
—Sí, eso es lo que Sig me dijo que hiciera. —Dio un respingo y se
tapó la boca con una mano—. A ver… ¡Sí! Ese es el precio.
Tallulah seguía con la mosca detrás de la oreja.
—¿Estás segura? Porque sin verlo entero, me da que podrías
alquilarlo por cuatro veces más. —Le pareció que Chloe estaba
intentando hacer el cálculo mentalmente y no tenía pinta de que le
estuviera resultando fácil—. Estamos hablando de casi dos mil
ochocientos, guapa.
—Ya. —Chloe asintió con la cabeza como si las dos supieran de
qué iba todo aquello—. No sé. Yo solo vivo aquí y espero que la cosa
salga bien.
Ajá. Ni de broma.
Alguien podría fácilmente aprovecharse de esa chica… y no iba a
ser ella.
—Chloe, creo que deberías alquilar la habitación por más dinero,
¿vale? No sé a cuánto asciende el alquiler mensual total, pero
podrías encontrar sin problemas a otra persona dispuesta a pagar
más. ¿No te facilitaría eso las cosas?
—No sé —contestó despacio—. Ahora mismo todo es muy fácil.
A Tallulah le temblaron los labios por la risa.
—Me alegro por ti. —Titubeó, pero decidió que no sería capaz de
mirarse en el espejo si no le ofrecía un poco de ayuda—. Oye, voy a
darte mi número de teléfono. Cuando vuelvas a poner la habitación
en alquiler, llámame si necesitas ayuda para seleccionar los
candidatos.
Chloe bajó los hombros, derrotada.
—¿Eso quiere decir que no te la vas a quedar?
—Exacto.
—¡Madre mía! —exclamó la rubia, que empezó a andar de un lado
para otro, alejándose y dándose media vuelta con elegancia—. ¡Pero
si he hecho todo lo que Sig me dijo que hiciera…!
Empezó a sonar una alarma en la cabeza de Tallulah.
—Y lo que te dijo fue…
—Que yo te cobrara a ti setecientos y que Burgess le daba a él el
resto. —Suspiró después de mirar el techo un buen rato—. No
recuerdo si tenía que decirte eso o no. Sig sabe que es mejor no
llamarme durante mi rutina nocturna. Es como si quisiera que se me
obstruyesen los poros.
Mientras Tallulah se quedaba petrificada por la bomba que le
acababa de soltar, Chloe volvió al salón y se dejó caer en su sofá gris,
donde se abrazó las piernas contra el pecho.
—Sé que eres amiga de Burgess, pero Sig es el mejor del equipo,
aunque no sea el capitán. Debería serlo. Me da igual que se lo digas a
Burgess. —Hizo una mueca—. Bueno, no. Él me da más miedo que
mi casero.
—Espera, espera. —Tallulah agitó las manos, desesperada por
recuperar el control de la situación—. Vamos a empezar por el
principio. ¿Burgess iba a pagar mi alquiler?
—Gran parte, sí. —Chloe hizo un puchero—. Eso debería alegrarte,
¿no?
—¿Qué? ¡No!
—¿Por qué? —susurró la rubia.
—Porque quiero pagarme yo el alquiler —respondió, alterada—.
No quiero deberle nada.
—Pero se suponía que no te ibas a enterar. —Y después añadió en
voz muy baja—: Finge que no te has enterado.
—Chloe…
—A ver… —Su posible compañera de piso se quedó pensativa
durante un segundo— Sig me dijo que Burgess creía que era culpa
suya que no tuvieras un piso que alquilar. Y que asumir parte del
alquiler era lo mínimo que podía hacer.
Tallulah sintió que se le aceleraba el corazón y que se le secaba la
boca.
—No…, no me creo que hiciera eso.
—¿Te molesta?
—¡Debería molestarme, claro! —consiguió decir, pero se obligó a
tomar una honda bocanada de aire.
—Sigo sin saber por qué —replicó Chloe—. Es como un regalo.
Mensual. Y a todo el mundo le gustan los regalos.
Tallulah tampoco tenía muy claro por qué le molestaba. O si estaba
molesta siquiera, la verdad. Seguía esperando que la indignación se
apoderase de ella, pero solo sentía una especie de… conmoción. ¿No
era ridículo? ¡Sí! Sí que lo era. Pero no pudo evitar recordar que el
día anterior, cuando le explicó sus reservas a Burgess en la tienda de
batidos, él las aceptó sin hacer que se sintiera tonta o que estaba
exagerando. No intentó presionarla para que cambiara de opinión.
Se limitó a hacer algo para ayudar sin atribuirse el mérito.
—Estoy molesta porque Burgess… me manipuló —explicó, aunque
no lo dijo en serio—. No necesito su ayuda. Podría haber encontrado
un lugar adecuado yo solita.
—Pero…
—Es que ni iba a decírmelo.
—Seguro que a Sig se le olvidó comentarle a Burgess que soy una
bocazas.
—No eres una bocazas. Solo eres… inocente.
Chloe se llevó una mano al pecho.
—Gracias.
—De nada. Oye, Chloe, si de verdad intentas alquilar de nuevo la
habitación, llámame para echarte una mano. Pero no pienso
aprovecharme de ti de esta manera. Ni de Burgess, vamos. Es que no
puedo. —Atravesó la estancia y le tendió una mano para que se la
estrechara porque recordó que había jurado esforzarse más para ser
sociable—. De hecho, llámame aunque no necesites ayuda para
alquilar la habitación. Podríamos tomarnos algo, ¿no?
—¿En serio? —Chloe se puso en pie de un salto y le rodeó el cuello
con los brazos, haciendo que tuviera que retroceder un paso—. ¡Sí!
Me encantaría.
—A mí también. —Tallulah le dio unas palmaditas en la espalda
con sorna—. Me alegro de que no seas una oligarca.
Chloe se apartó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Sigo sin saber qué es eso.
—Son incluso más mandones que los jugadores de hockey. —Fue
andando de espaldas hasta la puerta, agitando una mano a modo de
despedida—. Pero solo un poquito.
Tallulah no recordaba haber bajado la escalera de lo absorta que
estaba en sus pensamientos. Ese hombre, casi un desconocido, había
intentado pagarle el alojamiento. Había estado dispuesto a soltar casi
dos mil dólares al mes por ella. ¿Porque se sentía culpable de su
situación?
Increíble.
Estaba molesta. O intentaba estarlo. Lo que sentía era más bien
desconcierto.
Y también… ¿qué? ¿Intriga?
Burgess se había esforzado por ayudarla incluso a su propia costa.
Al fin y al cabo, si ella no podía encontrar una habitación de alquiler
a un precio asequible, cabía la posibilidad de que tuviera que volver
arrastrándose a su casa y aceptar su ofrecimiento de una puerta
cerrada con llave, proporcionándole así una niñera y liberándolo de
la tediosa tarea de entrevistar a otras.
Sin embargo, ¿sería posible que lo impulsara un afán por
garantizar su seguridad? ¿Además del sentimiento de culpa?
De ser así, ¿los actos de Burgess era controladores o… un intento
fallido de ayudar?
No lo sabía, pero iba a averiguarlo.
Lo que quería decir que tendría que ver de nuevo a ese Goliat,
padre de una hija.
Y la idea no le provocaba mariposas en el estómago.
Pues claro que no.
4
Burgess estaba mirando el tutorial de la trenza de raíz en la pantalla
que tenía delante mientras se preguntaba cómo era posible que le
pareciera más confuso cada vez que reiniciaba el vídeo. Sus dedos
simplemente no funcionaban así. El pulgar sujetando la mayor parte
del pelo; el meñique cogiendo mechones de aquí, de allí y de más
allá; el corazón y el índice moviéndose arriba y abajo como si fueran
totalmente independientes de la mano. ¡Qué fuerte!
—Papá —protestó Lissa desde donde estaba, tumbada boca abajo
en el sofá—, como no empecemos pronto, voy a perder el autobús.
—Necesito verlo una vez más. —Arrastró el punto hasta el
principio—. Esto tiene que cobrar sentido en algún momento.
—¡No lo vas a entender! —La niña se sentó y lo fulminó con la
mirada. Tenía los hombros del uniforme mojados por las puntas
húmedas del pelo oscuro—. Has puesto la misma cara que cuando
intenté explicarte las tallas de sujetador.
—Alguien tendría que prenderle fuego a ese sistema y crear otro
desde cero.
—¡Nosotras lo entendemos!
—¿En serio? ¿Y por qué el ochenta por ciento de las mujeres lleva
una talla de sujetador incorrecta? —Pausó el vídeo—. Leí ese
detallito tan interesante en el folleto que mandaron con tu pedido de
sujetadores. El ochenta por ciento. Nadie lo entiende.
Lissa se pegó un cojín a la cara y gritó contra él.
Burgess deseó poder hacer lo mismo. Estaba agotado después de
un entrenamiento tardío, tras el cual tuvo que conducir hasta
Westford para recoger a Lissa de casa de su madre. Cuando por fin
volvió a casa, con su hija, estaba demasiado cansado como para
hablar con ella de cualquier cosa importante. Para conectar, como se
había prometido intentar. Parecía que el agotamiento mental y físico
siempre interfería en sus planes. Ya no se recuperaba de los
entrenamientos como cuando tenía veinte años. La recuperación a
esas alturas necesitaba de hielo e ibuprofeno, algo para lo que no
tuvo tiempo la noche anterior. El dolor que sentía en la base de la
espalda era un recordatorio constante de que había perdido
facultades.
De que seguramente perdería más con cada temporada hasta que
se retirase.
Suspiró por esos pensamientos intrusivos y empezó a reproducir
de nuevo el tutorial, aunque ya no lo estaba viendo. Estaba
pensando en Tallulah, otra vez, mientras se preguntaba si había
contactado con Chloe y estaría mudándose ya. Había buscado las
estadísticas de criminalidad del barrio y también le había echado un
vistazo al edificio gracias a Google Street View, de modo que se
quedó satisfecho al ver que era seguro.
Aunque ¿le gustaría a ella?
—Papá, ¿no puedes intentarlo y ya?
Se pasó las dos manos por la cara.
—¿A qué viene la repentina necesidad de este peinado tan
complicado?
—No es complicado. Hoy tengo partido de entrenamiento de
voleibol y todo el equipo va a llevar trenzas de raíz. Yo fui la única
que no llevó el pelo trenzado la última vez. —Le dio un tironcito a la
goma del pelo negra que llevaba en la muñeca—. No quiero sentirme
excluida otra vez.
La compasión se apoderó de su pecho.
—¿Lo planearon sin decirte nada?
Se puso colorada de repente y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Por qué me preguntas eso?
—No lo sé. Perdona. —¡Ay, Dios, no comprendía a su propia hija!
Cada vez que abría la boca, quedaba más claro. No tenía hermanas.
No había tenido a nadie mientras crecía. Su juventud había
consistido únicamente en hockey, al igual que toda la vida que la
siguió. Las trenzas de raíz, los sujetadores deportivos y el protocolo
entre las chicas de primaria eran un lenguaje alienígena que se hacía
más indescifrable a cada día que pasaba. Cada vez que le tocaba
quedarse con Lissa, su hija se volvía más inalcanzable. O él se volvía
más tonto. No lo tenía muy claro—. Vale, vamos a hacerlo. —Se
levantó y rodeó el sofá para aceptar el peine que ella le ofreció—. Es
evidente que voy a aprender por ensayo y error, porque Amigas de
las Trenzas en YouTube no me está ayudando.
Lissa se dio media vuelta y se colocó de nuevo con la espalda
apoyada en el brazo del sofá.
—No tiene que estar perfecta —masculló.
¿El problema? Era mentira.
Sí, tenía que estar perfecta, joder.
Burgess observó que sus dedos anchos y torcidos se movían
siguiendo un patrón antinatural en un intento por recogerle el pelo
en algo parecido a una trenza, pero siempre se le escapaba una
sección. Las tres partes no estaban bien repartidas, dejándolo sin
pelo suficiente para terminar la trenza. O con bultos. Los bultos
aparecían de la nada. Y protuberancias. Además, ella no dejaba de
sacarse mechoncitos de pelo en las sienes… a propósito.
—¿Por qué haces eso?
—Porque así queda más bonito.
—Eso no lo hacían en el vídeo.
—¡Por favor! ¿Qué más da?
Burgess cerró la boca y cogió la goma del pelo, sujetando las
puntas de las tres secciones mientras le rezaba al dios de los padres
solteros que estuviera lo bastante bien. Cuando oyó los sollozos
procedentes del cuarto de baño un minuto después, supo que la
trenza no estaba a la altura y agachó la cabeza, masajeándose los ojos
con el pulgar y el índice.
—No voy al colegio.
—Claro que vas al colegio —replicó con paciencia—. Tengo una
reunión con el director general del equipo esta mañana y
entrenamiento por la tarde. No estaré en casa para cuidarte.
—¿Puedo ir contigo?
La desesperación de su voz le activó el radar. ¿Pasaba algo en el
colegio con sus compañeras de clase? ¿Esa montaña rusa de
emociones se debía a algo más que a una trenza? De ser así, ¿estaba
cualificado para encargarse del problema?
—Lissa…
El timbre del portero automático lo interrumpió. Los dos miraron
hacia la puerta. No era raro que le llevaran paquetes. Le llegaban
cosas a todas horas. Muestras de equipo, cosas que tenía que firmar,
grabaciones de partidos que le mandaban los miembros del equipo
técnico. Sin embargo, normalmente el portero aceptaba abajo las
entregas para que él las recogiera más tarde. No había motivos para
que llamaran directamente a su casa.
—Espera un momento —dijo mientras cruzaba el salón hacia el
panel situado en la pared y pulsaba el botón que mostraría las
imágenes de seguridad del pasillo.
Tallulah estaba allí de pie, con los brazos cruzados.
Como todas las veces que veía a esa mujer, se le tensaron los
músculos del estómago de forma involuntaria y el pulso empezó a
hacerle algo ridículo en el cuello. Se puso a sudar sin estar sudando,
cosa que no tenía sentido. Aunque esa vez sintió un poquito de
miedo mezclado con el placer que obtenía por el mero hecho de
verla.
Porque esa mujer estaba muy cabreada.
Tal vez su vida amorosa fuera inexistente en ese momento, pero
había pasado por un divorcio.
Así que sabía de lo que hablaba.
Aunque Tallulah también parecía un poco indecisa, y con esa
combinación no tenía experiencia. El portero que estaba detrás de
ella haciéndole señas mientras se pasaba un dedo por la garganta
también debía de estar muy alarmado ante la presencia de una mujer
que no parecía segura de cuándo iba a estallar ni de qué manera. Por
lo menos no era el único.
Aun así…
—Mierda.
—¡Papá!
—Perdón.
—¿Quién es?
—Tallulah.
Lissa jadeó.
—¿En serio? ¿Está aquí? —Empezó a deshacer su patético intento
de trenza, que desapareció en cuestión de segundos—. ¿Crees que
podrá hacerme una trenza?
—Algo me dice que no está de humor para eso. —Con un largo
suspiro, Burgess apretó el botón que le permitía a ella entrar en el
vestíbulo, y no se sorprendió lo más mínimo cuando empezó a latirle
más deprisa el corazón. Porque, cabreada o no, quería verla. De
hecho, tenía muchas ganas de verla. Cuando se fue el día anterior, no
estaba seguro de si volvería a tener ese privilegio.
Apoyó un hombro en el marco de la puerta, cruzó los brazos por
delante del pecho y esperó a que se abrieran las puertas del ascensor.
En cuanto lo hicieron y su mirada se clavó en Tallulah, el corazón se
le disparó. Sí, tenía mucho que ver con que llevara unos vaqueros
ceñidos. Pero, joder, el rubor de sus mejillas, la delicada curva de su
garganta e incluso los movimientos decididos de sus brazos lo
fascinaban por completo. Aguas inexploradas…, eso era. Su exmujer
nunca le había provocado eso, ni siquiera cuando empezaron a salir.
Nadie lo había hecho.
Jamás.
«Deja de babear o acabarás poniéndote en evidencia».
Él estaba a punto de retirarse mientras que la vida de esa mujer
solo estaba empezando.
Se quedó muy quieto mientras Tallulah se acercaba con una
expresión indignadísima en esos preciosos ojos marrones. Ah, sí,
estaba claro que se había enterado de todo. Estaba a punto de abrir
esa boca perfecta y mandarlo a freír espárragos. De decirle que era
capaz de cuidarse sola. Que no tenía derecho a interferir. Y tendría
razón.
—¿Tallulah? —dijo Lissa a su espalda—. Oye, ¿sabes hacer una
trenza de raíz?
La mirada de Tallulah se suavizó al clavarla en la niña antes de
mirarlo de nuevo a él.
—Ya hablaremos luego del piso de Chloe.
—Cuando tú quieras.
Ella murmuró algo.
—¿Qué trenza quieres? ¿De espiga? ¿Dos trenzas? ¿O normal?
Se oyó un grito aliviado procedente del piso.
Lissa pasó junto a él para salir al pasillo y se quedó delante de
Tallulah con gesto titubeante. Sin embargo, en cuanto Tallulah abrió
los brazos, su hija se lanzó a ellos y le apoyó la mejilla en la clavícula.
Burgess se pasó los siguientes segundos fingiendo que la escena no
lo afectaba. Aunque sí lo hacía. No se había imaginado ese vínculo
inmediato entre Tallulah y su hija. Y se sentía tan celoso como
agradecido.
—Hola, guapa —dijo Tallulah—, ¿sigues bailando igual de bien?
Lissa se echó a reír.
—Puede. No he bailado desde la última vez.
—¿Ni siquiera en la ducha? —preguntó Tallulah.
—La gente no baila en la ducha —protestó Lissa, aunque sonreía.
Tallulah se apartó el pelo con un gesto exagerado.
—Yo sí.
Burgess iba a pasarse el resto del día dándole vueltas a ese
detallito.
El resto del mes.
Del año.
De la década.
A punto de empezar a pensar en piel húmeda y resbaladiza en el
peor momento posible, carraspeó con fuerza y se apartó de la puerta.
—¿Quieres entrar?
—Tienes que entrar —dijo Lissa, que cogió a Tallulah de la muñeca
—. Tengo que irme al colegio dentro de cinco minutos y no deja de
ver tutoriales, parece un zombi.
Burgess miró a Tallulah a los ojos mientras su hija la arrastraba al
interior, y su olor a naranja sanguina y albahaca fue como un
puñetazo en el estómago. Allí estaba. En su casa. Soltando el bolso,
quitándose la cazadora bomber y poniéndose manos a la obra. Se
quedó allí plantado, estupefacto, mientras la veía mover el peine con
rapidez y dividir el pelo de Lissa en tres partes iguales. A ver, que
hasta podía ver las líneas blancas del cuero cabelludo de su hija.
¡Guau! Existían de verdad.
—Para que conste en acta, lo he intentado —dijo, regañándose a sí
mismo por esa tendencia suya a quedarse callado delante de Tallulah
—. Una final a siete partidos es más fácil.
—¿Tienes que relacionarlo todo con el hockey? —protestó su hija.
—Sí.
—Hay que aprender a hacerlo. Todo el mundo tiene que empezar
por alguna parte —dijo Tallulah en voz baja—. ¿Quién te peina
normalmente? ¿Tu madre?
—La verdad es que nadie. Me hago una coleta o me lo dejo suelto,
pero todas las chicas de voleibol lo llevan así cuando hay partido y
yo soy la única que no.
Los dedos de Tallulah se pararon durante una milésima de
segundo.
—¿En serio? ¿Juegas al voleibol?
—Sí. Bueno, cuando el entrenador me saca. —Un segundo—. Soy
del equipo, pero no estoy en el equipo, ya me entiendes.
—Pues no. Si eres del equipo, estás en el equipo.
Lissa soltó el aire y sonrió mientras asentía con la cabeza.
—Sí.
Burgess supuso que ahí acabaría todo. Su hija solía cerrarse en
banda después de ofrecer un mínimo de información. Sin embargo,
se llevó una sorpresa al ver que seguía hablando después de una
larga pausa.
—Se me da fatal jugar al voleibol. Todas pusieron los ojos en
blanco cuando se enteraron de que había entrado en el equipo.
—Lo siento —dijo Tallulah, que añadió con el ceño fruncido y
concentrada en el movimiento de sus dedos—: creo que preferiría
que se me diera fatal jugar al voleibol a que se me diera fatal ser
amable con los demás. ¿Qué opinas?
A su hija se le escapó una carcajada llorosa y se limpió los ojos.
—Sí, yo igual.
Tallulah colocó la gomilla en la punta de la trenza más perfecta que
Burgess había visto en la vida, y no supo de qué maravillarse
primero: de lo rápido que había creado esa obra maestra o de la
facilidad con la que había transformado el problema de Lissa en algo
positivo.
—Ya estás, guapa. A lo mejor hoy no eres la del mejor saque, pero
con la trenza no te va a ganar nadie.
—Gracias, Tallulah.
—De nada.
El timbre volvió a sonar, seguido por la voz del portero a través del
interfono:
—El autobús está aquí, Sir Salvaje.
Lissa jadeó y se puso en pie de un salto, tras lo cual cogió la
mochila, que pesaba una tonelada, y salió a la carrera por la puerta
mientras gritaba por encima del hombro:
—¡Adiós, Tallulah! ¡Adiós, papá!
—Adiós —le dijo Burgess, con la sensación de haber presenciado
un milagro—. Gracias por lo que has hecho. —Dio un respingo por
el sonoro portazo antes de volverse hacia Tallulah, que había vuelto
a esa exclusiva combinación de irritación desconcertada. Sin
embargo, había algo en su cara que no estaba antes, y era miedo.
¿Por estar a solas con él en su casa?
Sintió un pinchazo en la yugular.
Sí, creía que ese podría ser el motivo.
«Haz que se sienta cómoda. Ya».
—Normalmente suelo bajar a tomarme un batido a esta hora. ¿Te
apetece uno?
Se oyó el tictac del reloj mientras ella recuperaba la compostura. O
a lo mejor era su propio pulso.
—Me da la impresión de que quieres testigos para el sermón que
voy a echarte sobre los límites personales —dijo ella con un hilo de
voz y conteniendo el aliento.
Valiente, pero sin mucha seguridad.
¿Se podía saber qué mala experiencia había sufrido esa chica y a
quién tenía que matar él?
—No te equivocas —replicó al tiempo que señalaba la puerta con
un gesto.
Tallulah asintió con la cabeza sin apartar la mirada de él mientras
recogía el bolso y la cazadora, que dobló sobre un brazo, antes de
precederlo para salir al pasillo. Se quedaron callados mientras él
cerraba la puerta, y el silencio fue más intenso durante el breve
trayecto en ascensor hasta el vestíbulo, pero Tallulah relajó los
hombros de forma evidente en cuanto salieron a la calle.
—Pase lo que pase —dijo ella, que se adelantó cuando le abrió la
puerta de la tienda de batidos para que entrase—, por favor, no dejes
que me pida de nuevo el batido de mantequilla de cacahuete y café
expreso.
—Creo que lo tienen en la carta a modo de broma.
—Si es así, me la tragué. Y mis papilas gustativas también. —Se
detuvieron en el mostrador, el uno junto al otro, mientras miraban la
carta, pegada a la pared más alejada—. Quiero el batido de
mantequilla de cacahuete y café expreso, por favor.
Burgess agachó la cabeza.
—Me temo que no puedo permitírtelo.
—Es que no puedo contenerme.
—Sé fuerte.
—Sé fuerte —repitió, imitándolo con un gesto adorable—. A ver,
eres incapaz de hacer una trenza de raíz, pero sí sabes planearlo todo
para que acabe viviendo de alquiler en un piso de tu elección, ¿no?
—¿No vas a esperar siquiera a que pidamos los batidos para
empezar a discutir?
—Que le estés quitando hierro al asunto…
—No le estoy quitando hierro a nada —se apresuró a contradecirla
—. Dicho lo cual, era consciente de que me odiarías si descubrías el
plan, pero por lo menos sabía que estarías en un lugar seguro. Fue
una decisión meditada.
—Ese… es el motivo de que me cueste cabrearme como me
gustaría. —Chasqueó la lengua con fuerza—. Es muy irritante.
—Mejor que estés irritada conmigo a que me odies, sí.
—No te odio. Y no es culpa tuya que esté buscando piso.
—Sí que lo es —la contradijo con voz muy ronca—. Te doy miedo.
—Me da muchísimo más miedo… —Tallulah cerró la boca de
golpe—. No eres solo tú.
Burgess experimentó el inapropiado impulso de rodearla con los
brazos y estrecharla con fuerza. No se le ocurría mejor manera de
usar su fuerza que envolverla con ella después de semejante
admisión. Aunque a ella no le gustaría, así que fue una suerte que el
chico que atendía la tienda apareciera al otro lado del mostrador en
ese preciso momento.
—¿En qué puedo ayudaros? —preguntó.
—Lo de siempre para mí —contestó él al cabo de un momento—.
Pero a ella no le pongas el batido de mantequilla de cacahuete y café
expreso.
—Pónmelo. —Tallulah se tapó la boca con la mano antes de
susurrarle al camarero—: Que el expreso sea doble, por favor.
Burgess sonrió y dejó un billete de veinte en el mostrador.
—¿Podemos sentarnos?
—Quizá. —Ella se lamió los dientes mientras lo miraba de camino
a una mesa—. ¿Te parece bien esta o quieres elegir una distinta sin
que yo me entere?
Él entrecerró un ojo.
—Estoy captando cierto sarcasmo.
—Bien.
Tallulah se sentó y cruzó las piernas…, y él oyó un crujidito
procedente de los ceñidos vaqueros que llevaba. El sonido se le clavó
en la nuez. Le costaría lo suyo bajarle los vaqueros por las piernas.
Tendría que darles un buen tirón para que le pasaran por las caderas,
y casi seguro que arrastrarían las bragas a su paso. Eso sí que era
capaz de hacerlo con sus propias manos sin necesitar un tutorial.
Porque llevaba desnudando a Tallulah en sueños desde que la
conoció el verano anterior.
Se sentó enfrente de ella mientras se ordenaba comportarse con
naturalidad, aunque ya estaba medio empalmado.
—Supongo que alquilaste la habitación de Chloe, pese a mi
intervención.
—Pues no —replicó ella, muy seca—. Esa habitación vale cuatro
veces lo que me pedía. Alquilarla por setecientos al mes sería un
crimen. Me estaría aprovechando de los dos.
—Un precio pequeño por…
Por Dios, se estaba yendo de la lengua. Tallulah había ido para
ponerlo de vuelta y media, y allí estaba él, dejando constancia de lo
mucho que le gustaba. Ya podría colgarse un cartel que pusiera
oxidado.
—¿Un precio pequeño por mi seguridad? —terminó ella en voz
baja.
Burgess gruñó con la mirada fija en la mesa, sin saber cómo
responder sin que pareciera una ridiculez.
Tallulah se mantuvo callada durante varios segundos.
—Entiendo que no tengo mucha experiencia con deportistas, sobre
todo con jugadores de hockey, pero eres toda una contradicción,
¿sabes? ¿Es posible tener tanta agresividad por dentro y aun así…
preocuparte por alguien a quien solo has visto dos veces?
Más que posible. Era muy real.
—Sí.
—Ojalá pudiera estar segura de eso —susurró y pareció
sorprenderse de que se le hubiera escapado—. Mmm…, ¿te
importaría decirme una cosa? Es que me pica la curiosidad.
—Dispara.
Tallulah entrecerró un ojo.
—¿Te sientes mal por haberle partido la nariz al tipo ese?
La pregunta lo pilló desprevenido.
—¿Que si me siento mal?
—Sí.
Burgess soltó el aire despacio, a sabiendas de que debía ser
totalmente sincero con esa mujer, en todo momento, aunque la
sinceridad no le beneficiara.
—Se pasó toda la noche levantando el palo más de la cuenta. Llevo
seis años enfrentándome a ese capullo…, ya debería conocerme lo
suficiente como para saber que se avecinaba una advertencia y que
debería protegerse mejor. —No se estaba haciendo ningún favor.
Ninguno. Claro que solo sabía decir la verdad, por más horrible que
fuera—. Supongo que no quería partírsela. Si con esto te sientes
mejor, que sepas que le mandé seis cervezas a su habitación de hotel
después del partido.
Eso hizo que se irguiera en la silla.
—¿En serio? ¿Cuáles?
—Sam Adams. Por supuesto.
Ella resopló al oírlo.
—Una cerveza hecha en Boston. Así que solo era otra pulla.
—A ver cómo lo explico… —Burgess tamborileó con los dedos
sobre la mesa—. Si le hubiera mandado una disculpa, solo habría
conseguido que la nariz rota le escociera más. Las Sam Adams eran
una forma de decir «lo siento», pero también «que te den». Así
mantiene su orgullo. Mucho mejor, ¿sabes?
Tallulah lo miró parpadeando.
—Los jugadores de hockey están hechos de otra pasta, ¿no?
—No sabes hasta qué punto.
Ella cogió su batido y bebió de la pajita. Él hizo lo mismo. Se
miraron por encima de la mesa como dos contendientes de un
debate que se preparan para la siguiente pregunta.
—Mira, Tallulah, voy a decirlo a las claras porque parece que tengo
que hacerlo. —Tal vez estaba corriendo un riesgo enorme, pero no
podía contener en su interior las palabras para tranquilizarla.
Siempre había sido directo y franco, a menudo en contra de sus
propios intereses, pero Tallulah era demasiado lista como para
tragarse una tontería y él tampoco quería soltarle una—. No le he
pegado a una mujer en la puta vida y no pienso hacerlo nunca.
A Tallulah se le hundió el pecho y volvió a subirle mientras
apretaba los dedos alrededor del vaso del batido. Empezó a decir
algo, pero no le salieron las palabras. Esa reacción tan elocuente lo
llevó a clavarse los dedos en un muslo con tanta fuerza que se hizo
daño al tiempo que el corazón le atronaba los oídos. «Dime quién te
hizo daño, porque es hombre muerto».
El esfuerzo de tragarse esas palabras era tal que le ardía la
garganta, porque sería ir demasiado lejos. Demasiado deprisa.
Aunque él se hubiera pasado los últimos meses recordando la noche
que pasaron juntos, no había motivos para creer que ella había hecho
lo mismo. Solo era un posible jefe para ella. No un amigo. No una
persona con la que quería confesarse.
Ni mucho menos una posible pareja romántica.
—Podría cenar con vosotros —dijo ella despacio, como si estuviera
midiendo sus palabras.
Burgess contuvo el aliento mientras una extraña sensación (¿era
esperanza?) le provocaba un cosquilleo en la coronilla. ¡Uf! ¿Se podía
saber qué estaba pasando?
—¿En serio?
—Sí. A ver, que de momento voy a seguir en el hotel, claro, pero
esta mañana he pasado poquísimo tiempo con Lissa y… —Ladeó la
cabeza—. ¿Te das cuenta de lo que le ocurre?
—Mmm…, ¿el qué? ¿De qué hablas?
—Me refiero a que a lo mejor sus compañeras de colegio no son
muy amables con ella.
—Sí. —El alivio hizo que casi se le escurriera el culo de la silla—.
¿Tú también lo crees?
Ella asintió con la cabeza de mala gana.
Burgess se llevó una mano al pecho por la punzada que sintió.
—¡Uf, por Dios, no me gusta esa posibilidad! No me gusta nada.
Tallulah siguió el movimiento de su mano, casi con curiosidad.
—No quiero meterme donde no me llaman…, seguramente sea un
trabajo para su madre, pero como antigua favorita y aduladora del
profe de Ciencias, sé mucho de compañeras desagradables.
El día anterior, se había preparado para que Tallulah rechazase el
trabajo de niñera, porque lo último que quería era obligarla a estar
en una situación que la incomodase. Sin embargo, si existía la
posibilidad de que cambiara de idea, estaba decidido a demostrarle
que su casa era el lugar más seguro para ella en Boston, quizá en el
mundo entero.
Empezando por la cena.
Solo había un problemilla.
—Tallulah, soy incapaz de freír un huevo. Sigo una dieta alta en
proteínas y baja en hidratos de carbono, así que básicamente como
carne y verdura cocida. Pescado dos veces a la semana. Esta noche
pensaba pedir a domicilio la cena de Lissa.
La vio hacer un mohín.
—¡Uf, Burgess! Necesitas ayuda, ¿a que sí?
—Ayúdame —dijo él con voz ronca—. No puedo hacer lo que tú
hiciste esta mañana. Le separaste el pelo haciéndole rayas rectas y
blancas. Mientras hablabas. Yo no puedo hacer nada de eso con ella.
Ni siquiera por separado.
—Me… lo estoy pensando. —Siguieron mirándose durante tanto
tiempo que Burgess sintió que su cuerpo respondía a ese prolongado
interés y tuvo que cambiar de postura. Por Dios, esa mujer lo tenía
agarrado por las pelotas y ni se daba cuenta. A lo mejor no era ético
permitir que se mudase a su casa. Aunque ganó la necesidad de estar
con ella. Al parecer, ahogaba todo lo demás, incluida su conciencia
—. Mientras tanto, tengo una reunión con la orientadora para
organizar mi horario. Supongo que nos veremos esta noche…
—Esta noche me parece genial —replicó él antes de añadir—:
iremos poco a poco. Para ver qué tal. ¿Vale?
Tallulah soltó el aire y se relajó un poco más.
—Vale. —Acto seguido, retiró la silla de la mesa y se puso en pie.
Burgess la imitó. No sabía qué hacer con las manos, así que le
tendió la derecha para un apretón. Tallulah se mordió los labios,
como si quisiera contener una sonrisa, y aceptó su mano. El contacto
de sus dedos le provocó una lenta descarga que le llegó a la planta
de los pies. Suave. Fuerte. Perfecta.
La vio colgarse el bolso del hombro y coger el batido, con toda la
intención de llevárselo. Antes de dejarlo atrás de camino a la salida,
se detuvo, titubeó un momento y le pegó la pajita a los labios.
—Anda, atrévete a probarlo y dime que no está increíble.
Burgess hizo una mueca.
—No bebo cafeína.
Ella fingió que se ahogaba durante un segundo.
—Un sorbito no te va a matar, Don Proteínas.
—¡Madre mía, vale! —Le agarró la muñeca con una mano y subió
más el vaso, de modo que no tuviera que agachar la cabeza. Y,
¡joder!, sintió que a Tallulah se le aceleraba el pulso en la muñeca. La
vio entornar un poco los párpados, sin apartar los ojos de su boca
mientras él tomaba un buen sorbo y soltaba la pajita antes de
lamerse los labios. Si no fuera una despampanante, inteligente y
jovencísima estudiante universitaria que podría elegir a cualquier
bostoniano de su edad, se habría preguntado si se sentía atraída por
él. Pero ni de broma.
—¿Y? ¿Cuál es tu veredicto? —le preguntó.
Con esa mujer solo podía decir la verdad.
—Está asqueroso, Tallulah.
Se quedó boquiabierta.
—¿No te gusta ni un poquito?
—Me gusta saber lo que te gusta a ti. —Tardó un segundo en darse
cuenta de lo que había dicho… y, sobre todo, de que lo había dicho
en voz alta. Ella lo miraba fijamente, en silencio y parpadeando, sin
duda también estupefacta por la declaración, así que se apresuró a
rectificar. Si quería que aceptara el puesto de niñera, lo último que
necesitaba era que se diese cuenta de que estaba loco por ella—. A
ver, que sabiendo que bebes comida para perros triturada y que
parece gustarte, ya no me sentiré tan cohibido por lo mal que cocino.
Ella esbozó una sonrisilla torcida.
—Hasta luego, Burgess.
—Adiós, Tallulah.
Aspiró su aroma a naranja y albahaca cuando pasó junto a él de
camino a la puerta y luego se dio media vuelta para verle el culo,
que se movía de izquierda a derecha con un contoneo hipnótico,
hasta que la perdió de vista. Una risilla procedente del mostrador lo
sacó del trance… y allí estaba el chico detrás de la caja registradora,
sonriendo con sorna mientras se secaba las manos con un paño
blanco.
—¡Mira tú qué cosas! Sir Salvaje está enamorado.
Le hizo la peineta mientras se iba, pero lo único que consiguió fue
que el tipo se riera con más ganas.
Solo se permitió sonreír cuando ya estaba en el ascensor.
Tallulah iría a su casa a cenar.
5
Tallulah seleccionó una bandeja de pechugas de pollo del expositor
refrigerado y la echó a la cesta roja de mala gana. Siendo
vegetariana, no acostumbraba a manipular carne cruda, pero podía
soportarlo si solo era por una vez, y en cuanto llegara a la sección de
hortalizas, pensaba coger berenjenas, calabacines, pimientos y
cebollas para prepararse un plato de verduras. La saksuka de su
madre, para ser exactos.
Cómo cambiaba la vida de un día para otro. De repente, estaba
haciendo la compra teniendo en cuenta las restricciones dietéticas de
un hombre. Alta en proteínas, baja en hidratos de carbono. «¡Puaj!».
De todos modos, ¿qué hacía ella comprando comida para
prepararles la cena a ese hombre y a su hija? No tenía respuesta.
Salvo que su mente seguía recordando su voz ronca cuando le pidió
que lo ayudara en la tienda de batidos…, y había acabado en el
supermercado más cercano a El Faro.
Una sola vez.
Cocinaría una sola vez.
Aunque ocurriera un milagro y cambiara de opinión sobre lo de
vivir con Burgess, entre sus obligaciones no estaría la de cocinar. Solo
era un favor. Un capricho por su parte. Ni más ni menos.
Salió de la sección de refrigerados y se encontró de frente con una
estantería llena de tarros de mantequilla de cacahuete. Como si
necesitara recordar a Burgess bebiendo un sorbo de su batido esa
mañana. No había podido pensar en otra cosa desde entonces.
Durante la reunión con su orientadora, había visto que la boca de la
mujer se movía sin parar, pero no consiguió registrar lo que decía
porque todos y cada uno de sus pensamientos estaban concentrados
en esos dientes tan blancos y saludables mordiendo la pajita de
papel y tirando de ella, un gesto que hizo que se le contrajeran
ciertos músculos internos de su cuerpo que hacía demasiado tiempo
que no ejercitaba. Esas imágenes ya eran motivo de distracción por sí
solas, pero si a eso le añadía el movimiento de su nuez al tragar y la
mirada intencionada y curiosa que le dirigió, acabó saliendo del
fresco interior del edificio de administración acalorada de la cabeza a
los pies.
Ya tenía dos motivos para no aceptar el puesto de niñera.
Uno: no quería vivir en un constante estado de preocupación por
la posibilidad de que el temperamento volátil de Burgess también
apareciera fuera de la pista de hielo.
Dos: de repente, ansiaba saber si usaría los dientes para arrancarle
las bragas.
La combinación era, por lo menos, alarmante. Se sentía atraída por
un hombre sin saber exactamente qué se ocultaba bajo su piel. Claro
que ¿era posible saber con seguridad lo que acechaba en el interior
de las personas? No, ¿verdad? Ya la habían engañado antes.
El monstruo se había escondido bien. Muy bien.
Apartó la mirada de la mantequilla de cacahuete, aunque, en
realidad, no estaba fijándose en ella, y se dirigió a la sección de
verduras y hortalizas. Ya había cogido el pollo. Echó en la cesta un
pimiento verde, una cebolla, un limón y una cabeza de ajo. También
eligió una patata, que no formaba parte de la receta de saksuka de su
madre y seguramente la repudiaría por semejante atrevimiento, pero
la necesidad de incorporar hidratos de carbono mitigó la vergüenza.
Con suerte, Burgess tendría algunos productos básicos en su cocina,
como aceite, azúcar y vinagre, o tendría que mandarlo a que les
pidiera un poco a los vecinos.
Una vez en la caja registradora, pagó la compra, rodeó con los
brazos la enorme bolsa de papel marrón y salió a la tarde bostoniana.
Se vio obligada a admitir que le gustaba el barrio de Burgess.
Mucho. Observar a la gente en los parques le encantaba, porque era
un entretenimiento relajante y gratuito, y en Beacon Hill había
muchos espacios verdes. Burgess vivía justo al final de la calle
paralela a un gigantesco parque público, por no mencionar que uno
de los factores por el que le gustó la idea original de trabajar de
niñera fue el parque de la azotea de su edificio.
Las farolas empezaban a encenderse, junto con los faroles de gas
que adornaban las entradas de los edificios de ladrillo de tres y
cuatro plantas. La hiedra verde trepaba por las paredes, y los
crisantemos florecían en las inmaculadas jardineras, alegrando las
fachadas. Muchos de los bajos ni siquiera tenían venecianas o
cortinas, así que veía a los niños haciendo los deberes en la mesa de
la cocina cuando pasaba por delante de las ventanas. Seguramente
Lissa estaría haciendo lo mismo en ese momento. ¿La estaría
ayudando Burgess?
De repente, vio un buzón en una esquina y eso le refrescó la
memoria, de manera que se detuvo y soltó la bolsa en la acera. Se
metió una mano en el bolsillo de la cazadora y sacó la postal que
había comprado ese mismo día en la zona más turística de la ciudad.
Era una foto del Quincy Market, con una frase que decía Saludos
desde Boston. Leyó el breve mensaje que le había escrito a su
hermana Lara, junto con la dirección de Estambul que se sabía de
memoria. Sintió un nudo en la garganta, pero metió la postal por la
ranura del buzón antes de que se le llenaran los ojos de lágrimas y
siguió adelante.
No volvió a detenerse hasta llegar a la esquina frente al bloque de
Burgess, y su mirada se dirigió al último piso. En realidad, no
esperaba ver a nadie, así que estuvo a punto de que se le cayera la
bolsa de la compra cuando vio la silueta de Burgess en la ventana.
Una figura del tamaño de Goliat que se paseaba de un lado para otro
con el teléfono pegado a la oreja. ¡Ay, madre! No encontró ninguna
excusa para la tensión que le invadió el abdomen.
Desde el incidente que tuvo lugar durante su último año en la
universidad, le resultaba muy difícil abandonarse a la atracción
física. O incluso experimentarla. Apreciar a los hombres por lo que
podían ofrecerle físicamente nunca había sido un problema en el
pasado. En absoluto. ¡Le encantaban los hombres antes de viajar por
todo el mundo para trabajar de becaria! También le encantaba
tontear con ellos. La excitación y el placer de una reacción biológica
provocada por un desconocido. La creciente tensión, el placer de la
liberación. Ahora, sin embargo, cuando se aventuraba a socializar, su
sistema nervioso se ponía en alerta máxima si había hombres
presentes. Era incapaz de funcionar por el temor de no estar viendo
la imagen completa. No paraba de preguntarse cómo eran en
realidad. Y lo más importante, de lo que serían capaces.
Quería liberarse del miedo. Tenía muchísimas ganas de hacerlo.
Había esperado superarlo con el tiempo o que un hombre le
pareciera diferente. Fiable. No un monstruo.
¿Por qué tenía que hacer su libido una reentrada triunfal con su
posible jefe?
¡Por favor!
Podían surgir un montón de complicaciones si vivía con un
hombre al que quería tirarse. Para empezar, Burgess tenía una hija.
Además, entre ellos había una importante diferencia de edad. Ella
quería volver a disfrutar de la vida y aprovechar al máximo antes de
cumplir los treinta. No quería sentar cabeza. ¡Ni hablar! Había
pasado años escondida trabajando como becaria en distintas
investigaciones, pero había llegado el momento de empezar a
cumplir la promesa que le había hecho a su hermana, Lara, que
estuvo a su lado durante el incidente y la vio destrozada a nivel
emocional. Un daño que había tardado mucho en superar, aunque ya
se sentía recuperada.
Había llegado el momento de salir y de ponerse manos a la obra.
Hasta que no empezara a cumplir su promesa, seguiría
comunicándose con Lara mediante postales. Le resultaba mucho más
fácil retrasar la decepción (o, lo que era peor, la lástima) que sabía
que oiría en la voz de su hermana si alguna vez se atrevía a llamarla.
Sin embargo, iría paso a paso, y el de esa noche era bien grande.
De más de metro noventa, concretamente.
—Es solo una cena —se dijo mientras soltaba el aire, mirando hacia
la izquierda en la calle de sentido único antes de cruzar.
El portero le señaló la entrada al vestíbulo con una enorme sonrisa,
como si la hubiera estado esperando, y ella subió en el ascensor
hasta la última planta, donde se detuvo nada más salir, porque oyó
la discusión procedente del interior del ático de Burgess.
—¡Cuelga, papá! No va a servir de nada.
—No puedo quedarme de brazos cruzados, Lissa.
—¡Sí que puedes! ¡Vas a empeorarlo todo!
Tallulah dio un paso vacilante. Luego otro. Y se detuvo. ¿De
verdad quería involucrarse? Porque ella no era de las que
abandonaban. Una vez que se involucraba con alguien, allí se
quedaba. Y se suponía que aquello solo era una cena. Una
oportunidad para transmitirle unas palabras de ánimo a Lissa y, a lo
mejor, (aunque ese «a lo mejor» lo decía con la boca pequeña)
reconsiderar la oferta de trabajo. Sin embargo, el instinto le decía que
involucrarse con esa familia no sería algo anecdótico. ¿Quería
hacerlo, teniendo en cuenta sus recelos?
Un sollozo entrecortado procedente del interior del ático la
impulsó hacia delante, ya que fue la compasión la que tomó la
decisión por ella. Se apoyó la bolsa en una cadera y llamó tres veces
a la puerta. Al otro lado se hizo el silencio.
Unos pasos.
Abrió la puerta un ceñudo Burgess con el teléfono pegado a la
oreja, descalzo, con el pelo mojado y vestido con un pantalón de
chándal negro y una camiseta blanca con el logotipo de los Bearcats
de Boston estampado en la parte delantera.
—No pensaba ir con estas pintas cuando llegaras, pero ha ocurrido
algo.
—Ya, se os oye desde el pasillo.
Lo vio cerrar un momento los ojos y luego los clavó en la bolsa de
papel marrón que ella sostenía.
—¿Qué hay ahí dentro?
—Ingredientes para hacer saksuka y un poco de pollo al limón.
Su ceño fruncido se acentuó mucho.
—¿Vas a cocinar para nosotros? ¿Vas a prepararnos esos platos?
—Sí.
—¡Por Dios bendito, entra!
Burgess se apartó para dejarle espacio, ella entró mientras se
esforzaba por no captar el olor del deportista profesional recién
salido de la ducha. Sin embargo, no lo consiguió. Olía… de
maravilla. Como si hubiera estado sudando cuando se metió en la
ducha y se le hubiera quedado parte de ese olor corporal. El
resultado era una combinación embriagadora de menta y hombre
que le encogió el estómago.
Por suerte, o por desgracia, se distrajo al instante al ver a Lissa
sentada en el sofá con la cara llena de lágrimas.
—Hola —la saludó mientras cruzaba la habitación y dejaba la
compra sobre la mesa del sofá—, ¿un día duro?
Lissa cruzó los brazos sobre el abdomen y asintió en silencio con
una expresión desolada en la cara.
Tallulah también asintió con la cabeza.
—Veo que te has quitado la trenza.
—Hoy no iba ninguna con trenza. Parecía una imbécil yo sola.
La compasión le provocó un nudo en la garganta.
—No creo que parecieras una imbécil. Eso es imposible. Pero, en
fin, mejor nos ocupamos del problema que tenemos entre manos,
¿vale? ¿Qué os pasa?
—¡Que mi padre está llamando al colegio para decir que me
acosan, pero no es cierto! —estalló Lissa—. No me están acosando…
No es eso. Es… complicado.
—Te acosan sin acosarte.
—¡Sí! —Estiró un brazo y señaló a su padre, que se paseaba de un
lado para otro por la cocina de estilo americano, a unos quince
metros de donde estaban ellas—. Va a meterlas en un lío por nada y
mañana lo pasaré mucho peor.
Tallulah se encogió por dentro, ya que entendía perfectamente a la
niña.
—A ver si puedo distraerlo.
Lissa se limpió las lágrimas de las mejillas con una expresión
esperanzada en los ojos. Después de respirar hondo, Tallulah cogió
la bolsa de la compra y echó a andar hacia la cocina, en cuya
encimera la apoyó.
—Oye —dijo, a la vez que sacaba la cebolla, el pimiento, el ajo y la
patata, y los ponía sobre la tabla de cortar que había junto al
fregadero—, ¿lo puedes cortar todo, empezando por la cebolla?
—¿Yo? —preguntó Burgess, clavándose un dedo gigante entre los
pectorales.
—Sí.
—Ahora mismo solo tengo una mano.
—Pues igual deberías colgar, ¿no? —Y añadió bajando la voz—:
Traducción: que cuelgues sí o sí.
Lo vio fruncir el ceño de tal manera que esas cejas oscuras casi se
unieron sobre su nariz, y el corazón empezó a latirle con fuerza.
Acababa de entrar en la cocina de ese hombre y le había dado una
orden. ¿Cómo reaccionaría?
Tuvo la impresión de que un objeto áspero se le atascaba en la
garganta mientras esperaba, con las uñas de la mano derecha
clavadas en la palma. En cuanto Burgess se fijó en su puño, frunció
todavía más el ceño.
Al final, dejó de mirarle la mano y sus ojos se encontraron.
—Ha llegado a casa llorando —dijo, con voz tranquila. Serena—.
¿Se supone que debo dejarlo pasar?
Lissa los miraba desde el salón y Tallulah sentía su esperanza sobre
los hombros, así que se mantuvo firme pese al nerviosismo.
—Creo que deberías hacerlo. De momento. —Bajó la voz y le dio la
espalda a la niña—. Comprendo la reacción instintiva de
solucionarle los problemas a tu hija. Creo que es algo normal y
saludable. Si fuera acoso escolar o la estuvieran amenazando, los
adultos tendrían que intervenir. Pero esto me parece la típica relación
jerárquica entre niñas. Tiene doce años y debe resolver este problema
ella sola.
—No me gusta que llore —replicó él, recalcando cada palabra.
—Eso también es normal y saludable.
Burgess gruñó.
—Así que quieres que cuelgue y corte una cebolla.
—Sí. Te toca llorar a ti, Sir Salvaje.
Burgess cortó la llamada con una mueca hosca y se metió el móvil
en el bolsillo del pantalón de chándal. La verdad, parecía
contrariado. Sin embargo, sacó el cuchillo del taco, examinó la
cebolla un momento y empezó a cortarla con un tic nervioso en una
mejilla. Tallulah soltó despacio el aire que había estado conteniendo
y sacudió la mano, en cuya palma vio las huellas en forma de
medialuna de sus uñas. Al sentir que la miraban, comprendió que
Burgess la observaba por encima del hombro y se obligó a ponerse
manos a la obra.
Mientras sacaba la bandeja de pollo de la bolsa, le guiñó un ojo a
Lissa por encima de la encimera del desayuno, y la niña se desplomó
hacia atrás en el sofá como una marioneta a la que le hubieran
cortado los hilos. Sacó una sartén que encontró en uno de los
armaritos inferiores, le echó aceite de oliva a otra y se dispuso a
trocear el pollo. Llevaba unos minutos trabajando en silencio cuando
Lissa apareció en la cocina.
—¿Puedo ayudar yo también?
—Pues claro. Empieza a dorar el pollo.
—¿Puedo hacerlo? —Se acercó a ella por la derecha con cara de
asombro—. ¿Cómo?
—Echa un poco de aceite de oliva en esa sartén y caliéntalo.
El silencio se prolongó.
—No sé cómo.
Tallulah dejó el cuchillo, se lavó las manos y le hizo un gesto a
Lissa para que se colocara a su lado delante de los fogones. Podía
sentir los ojos de Burgess clavados en su espalda mientras le daba
instrucciones a la niña para que encendiera el quemador a la
potencia adecuada. Salpimentaron todos los trozos de pollo y los
echaron a la sartén, junto con una cucharada de mantequilla y un
buen chorreón de limón.
—¿No ayudas a tu madre a cocinar?
—No, lo hace ella sola.
—Ajá —replicó Tallulah—. Pues a partir de ahora le va a encantar
tener una ayudante.
—Sí.
—Pero no te acerques a la cocina si no hay un adulto cerca. Tus
padres se enfadarán un pelín si les quemas la casa. —Buscó en el
cajón unas pinzas y se sorprendió cuando Burgess le pasó unas por
encima del hombro. Se giró e hizo contacto visual con el jugador de
hockey, que estaba de pie delante de un montón de cebolla
toscamente picada, mirándola con una mezcla de curiosidad y
gratitud—. En mi casa, siempre teníamos una regla cuando yo era
pequeña: cualquier enfado que hubiera se resolvería antes de comer.
Si te sientas a la mesa con la rabia en la garganta, te puedes
atragantar.
Padre e hija la miraron con ojos como platos.
—Yo no he hecho nada malo —replicó Lissa.
—Yo tampoco.
—Menos mal que sé hacer la maniobra de Heimlich —dijo Tallulah
con un suspiro—. Está clarísimo que a alguien se le va a quedar el
pollo en el esófago.
—Quería contarte lo que había pasado, pero te has asustado —
adujo Lissa, hablándole a su padre.
Burgess se masajeó el puente de la nariz.
—Y yo solo quería resolver la situación. Ese es mi trabajo. Soy tu
padre y te quiero.
A Lissa empezó a temblarle el labio inferior, pero recuperó rápido
la compostura.
—Vale. Yo también te quiero.
Tallulah descubrió que le costaba trabajo respirar.
—A lo mejor la próxima vez conseguimos escuchar primero y
resolver la situación después si es necesario. —Le rodeó los hombros
a Lissa para darle un apretón—. ¿Os parece bien?
—Sí —contestó Lissa con rotundidad.
Después de pensárselo un momento, Burgess asintió y dijo:
—Sí.
Tallulah les regaló una sonrisa.
—Enhorabuena, nadie va a morir atragantado esta noche.
Burgess necesitaba ayuda. Con urgencia.
Un hecho que quedó muy claro a lo largo de la cena.
Cuando miraba a su hija, el afecto en sus ojos era evidente. El
problema era que no tenía ni idea de cómo relacionarse con ella.
Lissa hablaba de su grupo favorito y él refunfuñaba porque las letras
eran demasiado maduras. Lissa confesaba entre risillas que estaba
enamorada del vocalista y Burgess casi echaba espumarajos por la
boca. Al oírla confesar que le gustaría ponerse un mechón morado en
el pelo, se bebió de golpe el vaso de agua. Y así todo el rato.
Al final de la comida, Tallulah había llegado a la conclusión de que
Lissa se había hecho mayor, pero para Burgess era como si siguiera
criando a una niña de cinco años.
—Me ha encantado la comida —comentó Lissa mientras los tres
recogían la mesa, enjuagaban los platos y cargaban el lavavajillas—.
¿Qué haremos mañana?
Tallulah sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Bueno…
Enfrentó la mirada penetrante de Burgess, que se encontraba en el
otro extremo de la cocina.
—Oye, Lissa —dijo con brusquedad—, ¿me dejas que hable un
momento a solas con Tallulah?
La niña los miró, consciente de lo que pasaba.
—Vas a volver, ¿verdad?
—Ya sabes cómo funcionamos los adultos —replicó Tallulah,
dándole largas—. Antes de tomar una decisión, tenemos que repasar
todos los detalles aburridos. —La miró a los ojos—. Pero somos
amigas, Lissa. De un modo u otro, nos veremos pronto.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Lissa la miró fijamente.
—Llévala al parque de la azotea para hablar con ella, papá. Tiene
que verlo, ¿vale?
—Ajá. —Burgess se llevó un puño a los labios y tosió. ¿Para
disimular la risa?—. Buena idea.
Tallulah lo miró con los ojos entrecerrados mientras Lissa salía
bailando de la cocina.
—Me está tendiendo una trampa. Recuerda que me encantan los
parques.
Él se encogió de hombros.
—Este no te gustará. Hay demasiadas fuentes.
—¿Demasiadas fuentes? —repitió ella con emoción.
—Sí, la cascada a veces hace mucho ruido. —Se estremeció—. Y
hay demasiada luz ahí arriba con todas esas guirnaldas.
Tallulah jadeó.
—¿Esas con bombillas retro de las grandes? —inquirió.
—¿Las has visto? —Burgess se estremeció—. Son horribles.
Espantosas. Si subes es para mirar las estrellas, no un montón de
bombillas, ¿no te parece? A ver, que las estrellas están justo ahí.
Se oyó una risilla procedente del pasillo por el que se accedía al
dormitorio de Lissa.
Burgess esbozó una sonrisa que fue vista y no vista. Sin embargo,
el simple destello de esos dientes le aceleró el corazón. ¿Desde
cuándo le gustaban los dientes? Además, en caso de que hubiera
desarrollado una repentina y malsana fijación por ellos, ¿por qué
tenía que ser con un jugador de hockey que podía perderlos
fácilmente si lo golpeaba un disco durante un partido? Cualquier
cosa relacionada con… fijarse en Burgess era inconveniente. No
debería seguirlo a una azotea romántica para tener una conversación
privada bajo las estrellas.
Aunque… ¡joder! Se moría de ganas de ver ese parque. Tanto como
para ir con un hombre a sabiendas de que iban a estar a solas, algo
impensable desde hacía mucho tiempo porque no se sentía segura.
¿Se sentía segura en ese momento?
—Suele haber vecinos —dijo Burgess en voz baja mientras se
secaba las manos con un paño de cocina—. No muchos, pero a la
perra de uno de ellos le apetece echarse unas carreras a esta hora y la
sube para que desfogue corriendo en círculos. —Soltó el paño y se
metió las manos en los bolsillos del pantalón de chándal—. Supongo
que estarán allí ahora.
Tallulah lo miró y recordó las palabras que le había dicho en la
tienda de batidos. «Mira, Tallulah, voy a decirlo a las claras porque
parece que tengo que hacerlo. No le he pegado a una mujer en la
puta vida y no pienso hacerlo nunca».
La cuestión era que empezaba a creerlo, aunque le pareciera
demasiado pronto. Demasiado pronto para conocer de verdad a un
hombre, sobre todo a uno con mal genio y mucha fuerza física. Sin
embargo, su hija no le tenía miedo; eso era muy evidente. Y había
algo más. Burgess ya tenía una idea aproximada de su problema,
pero no la había presionado para conocer los detalles. Estaba
demostrando paciencia y comprensión, estaba abordando sus
preocupaciones sin que ella tuviera que pedírselo, y no lo hacía con
condescendencia. Eso… era importante.
—En ese caso, supongo que deberías enseñarme ese parque tan
feo.
El alivio invadió de inmediato la cara de Burgess.
—Prepárate —dijo al tiempo que le hacía un gesto con la barbilla
para que saliera de la cocina delante de él.
—Me tiemblan las piernas.
El parque de la azotea no era horrible.
¡Era increíble!
Atravesaron una verja metálica emplazada en lo alto de una
estrecha escalera y salieron a una mullida zona de césped, momento
en el que tuvo que parpadear varias veces porque no se creía lo que
tenía delante. Efectivamente, había guirnaldas de bombillas
colgando en zigzag de una esquina a otra de la terraza. A un lado vio
unas coloridas sillas Adirondack dispuestas en círculos que
invitaban a sentarse para charlar. En el otro, un banco al lado del
muro de ladrillo cubierto de musgo. ¡Y las vistas! Desde allí se veían
las chimeneas desiguales que sobresalían de los tejados de casi todos
los edificios de Beacon Hill. Las calles adoquinadas y flanqueadas
por árboles. A lo lejos, se distinguían las luces del centro de la
ciudad. El viento fresco de septiembre agitaba las hojas de los
árboles sembrados en macetas, que ya rozaban el amarillo y que
pronto serían de color naranja.
La azotea era espectacular, no había otra palabra para describirla.
—Esto es jugar sucio —murmuró.
—¡Nooo! —replicó él, alargando la palabra—. Preparar ese pollo al
limón y… la ¿saksuka?
Tallulah asintió con la cabeza, impresionada por que él se acordara.
—Prepararnos una comida casera sí que ha sido jugar sucio —
siguió, al parecer aliviado por haber pronunciado bien el nombre del
plato—. Así que vamos cuesta abajo y sin frenos.
Ella lo miró con gesto elocuente.
—Aunque me quedara, cocinar no forma parte del trato.
—Por supuesto que no.
Era muy difícil no fijarse en el detalle de que la brisa le había
pegado la fina camiseta blanca a los pectorales.
—Lo digo en serio.
—Lo sé —replicó Burgess con una pose despreocupada y relajada,
pero ella vio con el rabillo del ojo que se llevaba los dedos a la base
de la columna vertebral y empezaba a masajearse la zona haciendo
una pequeña mueca de dolor que le tensó los labios.
Antes de que pudiera preguntarle si se había hecho daño de
alguna manera, un pequeño yorkshire pasó como una exhalación
delante de ella. Una fracción de segundo después, se precipitó en la
otra dirección.
—Lo siento, amigos —dijo entre risas un hombre que se acercaba
desde el otro extremo de la azotea—. Ya casi acaba, solo necesita dar
unas cuantas vueltas más. Tened cuidado, no vayáis a tropezaros con
ella.
—Tranquilo. —Burgess le tendió la mano a modo de saludo e
intercambiaron un firme apretón—. ¿Cómo vas, Hank?
—Bien. Bien.
Burgess la señaló con la cabeza mientras decía:
—Esta es Tallulah. Es una amiga.
—¿Sir Salvaje tiene amigos? —Hank se rio de su propio chiste—.
Creo que ya puedo morirme porque lo he visto todo. Encantado de
conocerte, Tallulah.
—Lo mismo digo. —Se estrecharon la mano—. Tu perrita es
preciosa.
—Gracias. Es un trasto, eso seguro. —Como si supiera el momento
exacto en que la perra iba a quedarse sin fuerzas, Hank se agachó y
la levantó con un brazo, donde ella siguió jadeando de alegría, con la
lengua rosada colgándole por un lado de la boca—. ¿Qué tal ves al
equipo para la temporada, Burgess? Ese par de novatos que has
fichado me tiene entusiasmado.
—Sinceramente, son insoportables, pero saben jugar, así que tengo
que aguantarlos.
Hank soltó otra carcajada y le dio una palmada a Burgess en el
hombro.
—A ti te queda mucha gasolina en el depósito todavía, hombre. No
podrían tener mejor veterano para enseñarles de qué va el tema.
Espero que lo sepan.
—Estoy seguro de que se lo gritarás desde las gradas durante el
primer partido de la temporada —replicó Burgess con sequedad.
—Ya te digo. —Le acarició la cabeza a su perra—. Bueno, os dejo.
Le gusta ver The Wheel cuando se queda sin pilas.
Burgess asintió con la cabeza, mirándola a ella.
—Buenas noches, Hank.
—Buenas noches.
En cuanto se cerró la puerta de la azotea, Burgess carraspeó.
—¿Te sigue apeteciendo quedarte aquí arriba?
Tallulah hizo un repaso y notó que tenía el pulso firme y que no
había ni rastro del miedo asfixiante que solía aparecer cuando existía
la posibilidad de quedarse a solas con un desconocido en el que no
confiaba. Había cierto recelo, pero no un miedo tan preocupante
como para querer regresar abajo. Además, necesitaba hablar con él.
Aún no había decidido si iba a mudarse o no, pero tomara la
decisión que tomase, esperaba que a Burgess no le importara que
saliese con Lissa a tomarse un helado de vez en cuando. La actitud
considerada de Burgess lo hizo ganar puntos de nuevo. ¿De verdad
empezaba a sentirse segura con él? ¿Tan pronto?
—Sí —respondió despacio—. Sin problemas. —Echó a andar hacia
el extremo más alejado de la terraza y apoyó los antebrazos en el
muro antes de cerrar brevemente los ojos para disfrutar de la
sensación del viento, que le levantaba el pelo y se lo alborotaba.
Cuando los abrió, Burgess estaba de pie a su izquierda, mirándola
con una expresión impenetrable que no tardó en disimular con su
habitual estoicismo—. ¿Qué es lo que no soportas de los novatos de
tu equipo? —le preguntó con la esperanza de no tener que elegir
entre mudarse o no en ese momento.
Burgess levantó un hombro que bien podría ser de un buey.
—Son jóvenes y se lo tienen muy creído. No les han bajado los
humos todavía, y eso se nota.
—Interesante. ¿Cómo se le bajan los humos a un jugador de
hockey?
Él se inclinó hacia delante, apoyándose en los codos, y pareció
reflexionar al respecto.
—Dejando que pase el tiempo.
Esa no era la respuesta que esperaba, así que guardó silencio para
invitarlo a que se explicara.
—Tienen que sufrir unas cuantas derrotas duras para apreciar la
victoria. Los mejores jugadores son grandes porque son capaces de
soportar las derrotas. Han pasado por la experiencia de quedar
segundos o terceros y eso los hace humildes. —Se encogió de
hombros—. Aunque te lleves a casa el trofeo por quedar en el primer
puesto, nunca lo apreciarás del todo a menos que alguna vez quedes
segundo. Y eso todavía no lo han vivido.
—¿Se lo has dicho a ellos?
Burgess soltó un gruñido que le recordó a un triturador de basura.
—No entiendo por qué la gente piensa que mi trabajo es llevar de
la mano a esos chicos.
—Porque eres…
—El veterano. —Soltó una carcajada carente de humor—. Créeme,
lo sé.
Tallulah lo miró fijamente, deteniéndose en el rictus de sus labios.
—No te gusta que te llamen veterano —dijo y él gruñó de nuevo a
modo de respuesta afirmativa—. ¿Por qué? ¿Es por… vanidad?
—¿¡Por vanidad!? —repitió él, con cara de haberse tragado un
bicho.
—¡Madre mía! Tranquilo.
Volvieron a mirar por encima de los tejados. Burgess tardó un rato
en hablar.
—No me gusta que me recuerden que pronto me retiraré. —Hizo
una pausa—. No me gusta preguntarme si a lo mejor debería haberlo
hecho ya. Creo que eso fue lo que me pasó en el partido de
pretemporada de la semana pasada. Antes de empezar, me
preguntaron si me sentía capaz de jugar con los jóvenes…, y no sé.
Creo que me pasé de la raya intentando demostrar que sí podía. Ya
sé que suena muy ridículo.
—A mí no me parece ridículo. No tengo la mentalidad de un
deportista, pero puedo ponerme en tu lugar…, en tus patines. —Se
sonrieron el uno al otro, y la desconfianza se disipó un poco más—.
Tener una carrera tan larga como la tuya es un logro en sí mismo.
Pero también estás en desventaja, ¿verdad? La gente te ha visto jugar
durante más de una década y pueden hacer comparaciones. Además,
cuentan con todas esas estadísticas a las que referirse…
—Eso me ayuda mucho, Tallulah.
—Lo siento. —Se rio—. Es que entiendo tu dilema.
Todavía apoyado en el antebrazo izquierdo, se llevó el derecho
hacia atrás y volvió a masajearse la parte baja de la espalda. El viento
arrastró su gemido, pero no antes de que ella lo oyera.
—¿Te duele la espalda?
—Estoy bien —refunfuñó él.
Tallulah levantó una ceja.
—¡Estoy bien! —Se enderezó hasta alcanzar su máxima altura y
separó las piernas. Luego cruzó esos musculosos brazos por delante
del pecho, haciendo que sus duros tríceps le guiñaran un ojo como si
estuvieran compartiendo un secreto—. Será mejor que hablemos del
trabajo de niñera.
Tallulah se apartó del muro y se colocó frente a él, cuadrando los
hombros.
—De acuerdo. Vamos a hablar.
—Haré todo lo que pueda para que funcione. —Lo dijo sin mirarla,
como si estuviera un poco avergonzado—. Apareciste esta mañana
y… ¡por Dios! Le hiciste la trenza tan rápido que era imposible
seguir la velocidad de tus dedos. ¿Y esta noche? —Meneó la cabeza
—. Sé que no es tu trabajo convertirte en nuestra asesora familiar,
pero tienes algo que consigue calmarlo todo. No me gusta que me
digan que deje de hacer el tonto, pregúntaselo a mis entrenadores,
pero si me lo dices tú, no me importa. Y no sé por qué.
Mientras Burgess hablaba, la tensión empezó a apoderarse del
pecho de Tallulah, como un globo que se llena de agua,
expandiéndose más y más. Ya sabía que él necesitaba ayuda para
conectar con su hija, y no, ese no era su trabajo. Sin embargo, ella no
era de las personas que hacían las cosas a medias. Era más bien de
todo o nada, un rasgo que había heredado de sus padres, que se
habían criado en un barrio muy unido de Estambul, educados para
intervenir y ayudar al prójimo en cualquier momento sin esperar
nada a cambio. Aunque hubieran pasado ocho años desde que dejó
de vivir con sus padres, siempre valoraría la idea de tenderle una
mano al necesitado y lo haría con las suyas cuando se le presentara
la oportunidad.
Sin embargo…, esa situación tenía pinta de acabar en el caos.
Ojalá pudiera dejar de pensar en el momento en el que él dijo en la
cocina que quería a Lissa y vio que a la niña le temblaba el labio
inferior en respuesta. ¿Quién no querría ser testigo del progreso de
esa relación entre padre e hija? Además, se le olvidaba el detallito de
que vivir en el ático de Burgess sería gratis… ¡y de que recibiría un
sueldo a cambio!
En ese momento, su cuenta bancaria estaba de capa caída.
—¿Estás preparada para decirme qué te impide aceptar el trabajo,
Tallulah? —le preguntó él, que tomó aire despacio y luego lo soltó—.
Cada vez me resulta más difícil no preguntarte lo que quiero saber.
Tallulah sintió que un hierro frío le presionaba el centro del
esternón.
—Burgess…
—¿Te ha hecho daño alguien? —preguntó él, y vio que se le
expandía el pecho—. Estoy seguro de que vas a decirme que no es
asunto mío. Y con razón. —Apretó los puños dentro de los bolsillos
del pantalón—. Pero ten por seguro que si me lo pides, lo convertiré
en asunto mío.
Era evidente que, durante sus dos últimos encuentros, él había
captado que su recelo hacia los hombres procedía de una mala
experiencia, y tenía razón. Al fin y al cabo, no iba a proceder de algo
bueno, ¿verdad? Pero era un trauma íntimo. ¿Quería compartirlo con
él? No estaba obligada a hacerlo, ni mucho menos. De todas formas,
se descubrió deseando que él lo supiera. Quería que comprendiera
su recelo y que no se hiciera una idea equivocada de lo ocurrido.
—Nadie me hizo daño… físicamente. No de forma literal.
Lo vio dar un respingo, luego se quedó quieto y al final acabó
soltando el aire de golpe.
—¿Ah, no?
—Por lo menos no de la forma que estás pensando. Es posible que
lo que ocurrió sea mejor que eso. O peor, no sé. Puede que nunca lo
sepa ni lo comprenda. —Las imágenes que quería olvidar pasaron en
tropel por su cabeza como una película a gran velocidad. La silueta
de las perchas, la rendija de luz debajo de la puerta, los murmullos
atropellados al otro lado—. Pero me habría hecho daño si hubiera
tenido la oportunidad. Y, en cierto modo, me siento… como si
llevara cicatrices.
Burgess cerró los ojos un momento al tiempo que estiraba los
dedos y abría los puños.
—Esto no me gusta nada. Por favor, cuéntamelo, sea lo que sea.
Tal vez porque su preocupación era tan tangible, se descubrió a sí
misma hablando en voz baja y contándole cosas que solo sabían su
familia y Josephine.
—Nos mudamos a Florida desde Estambul cuando yo tenía catorce
años. Mi padre era promotor inmobiliario y su empresa había
invertido en ciertas propiedades que querían que supervisara. A mi
madre le costó mucho adaptarse. Echaba de menos su antiguo
barrio. Pero a mi hermana Lara y a mí… nos encantó Florida.
Hicimos amigos con facilidad y venían a casa a todas horas. —Un
sabor metálico le cubrió la lengua solo al recordar su cara—. Mi
hermana era más selectiva a la hora de salir con chicos, yo tonteaba
con todos. Uno de mis novios ocasionales, como los llamaba mi
hermana, era Brett, y él parecía entender que nuestra relación era
informal. Éramos amigos más que nada. Y todo el mundo lo
adoraba, incluida yo. Formaba parte de nuestra familia. Me enseñó a
conducir un coche con cambio de marchas. Le encantaba la kofta de
mi madre. —Recordó a Brett acercándose a ella en el campus, con el
horario de las clases recién impreso en la mano, tan sorprendido de
verla como lo estaba ella de verlo a él—. Mis padres regresaron a
Estambul cuando yo iba a la universidad y me fui a vivir con
Josephine. Con el tiempo, conseguimos un piso fuera del campus.
Salía con chicos. Con muchos chicos. Brett y yo mantuvimos el
contacto por internet, pero nuestras conversaciones se fueron
espaciando cada vez más. Él parecía haber vuelto a casa para
trabajar en el concesionario de coches de su padre. Y entonces, un
día, en mi último año de universidad…, apareció sin más. Se había
trasladado a la Universidad Estatal de Florida y había alquilado el
piso contiguo al nuestro.
Burgess se llevó una mano a la cara y la mantuvo sobre la boca
para amortiguar un «¡ay, Dios!», aunque fue evidente que la
exclamación destilaba tanto pavor como el que ella sentía crecer
dentro del pecho.
—Incluso sabiendo lo que sé de él a estas alturas, no creo que
hubiese visto las señales que indicaban que era un monstruo. —
Respiró hondo—. Llevaba acosándome por internet desde… que
vivía con mis padres. Pero se intensificó cuando me fui a la
universidad. Las fotos que publicaba, divirtiéndome en fiestas o con
los chicos con los que salía…, empeoraban su obsesión. Después me
enteré por la policía de que tenía carpetas en su ordenador llenas de
fotos. Historias cortas en las que fantaseaba con lo que me haría
algún día como venganza por no haberlo tomado en serio.
Burgess se mantuvo en silencio. Escuchando. Observándola
fijamente. Su pecho subía y bajaba cada vez más deprisa a medida
que ella avanzaba hacia las peores partes del relato.
—Esperó a que Josephine se fuera a Palm Beach por Acción de
Gracias para visitar a sus padres. Mi familia no celebra esa
festividad, así que yo me quedé y… —Se humedeció los labios
resecos—. Estaba en el portal recogiendo el correo y sentí que
alguien se acercaba por detrás y me tapaba la boca con algo. Un olor
terrible y luego… todo se volvió negro. Perdí el conocimiento. Lo
siguiente que recuerdo es que me desperté en la oscuridad. No me di
cuenta hasta más tarde de que estaba encerrada en su armario. Él
estaba paseándose de un lado para otro por delante de la puerta. Lo
oía murmurar, diciendo cosas repugnantes sobre mí. Un chico que
había vivido en mi mismo barrio. Mi supuesto amigo. Creo que…,
basándome en algunas de las cosas que dijo, de verdad creo que el
plan era matarme antes de que me despertara, pero se echó atrás.
Burgess soltó un improperio. Puso los brazos en jarras y giró en
redondo, como si de repente se encontrara confinado, igual que
había estado ella dentro de aquel armario.
—¡Dios mío, Tallulah!
—Me mantuvo encerrada durante casi dos días. —Siete palabras
para resumir cuarenta horas de terror sostenido, incertidumbre,
miedo, incomodidad e impotencia. Sin embargo, Burgess pareció
captarlo de algún modo, porque dejó de moverse y la miró a los ojos,
como si quisiera absorber lo peor de sus recuerdos—. Era como si,
debido a la festividad, todo el edificio estuviera vacío salvo por
nosotros dos. Nadie me oyó por más que grité. Al final, ya no pude
ni gritar. Me quedé sin voz. Alguien llamó a la puerta, un amigo
suyo, y Brett se fue con él, seguramente porque temió que me oyera.
Tardé una hora en levantar una tabla suelta del suelo y, cuando por
fin abrió la puerta del armario, lo golpeé con todas mis fuerzas y lo
dejé inconsciente. Eché a correr. Corrí hasta que encontré a alguien
que salía de un restaurante y que llamó a la policía por mí. Todavía
no podía hablar, pero escribí lo que había pasado y… —Se detuvo
para recuperarse un poco, sorprendida de haber llegado hasta el
final de la historia—. Lo condenaron a cinco años de cárcel, pero no
llegó a cumplir la condena completa. Según tengo entendido, otro
recluso lo atacó mientras estaba en la cola de la ducha. —Su mirada
se tornó todavía más seria—. No celebro su muerte. Pero tampoco sé
cómo habría sido mi vida cuando lo soltaran, ¿sabes?
—Ya. No me imagino lo que has sufrido. Lo que es pasar por eso. Y
esperar a que lo liberaran. Pero… —Soltó un trémulo suspiro—. Por
lo visto, no soy tan buena persona como tú, porque ahora mismo me
encantaría estrecharle la mano a su asesino en señal de
agradecimiento.
Tallulah asintió con la cabeza, comprendiendo su reacción, porque
ella misma había pasado por esa fase. En cierto modo, ver su
indignación y su conmoción la reconfortó. Había decidido no revelar
su trauma, pero a veces le dolía ver que el mundo seguía como
siempre, como si aquello nunca hubiera ocurrido. Contarlo era
reconocer que ocurrió y que fue horrible. Y, en cierto modo,
suponía… un alivio. Un alivio que agradecía.
—No permitiré que el odio me invada por su culpa. Bastante he
tenido con el miedo. Pero… —se encogió de hombros— es agradable
ver que alguien se enfada por mí. No me apetece nada intentar que
cambies de actitud.
—No creo que pudieras conseguirlo.
Sin embargo, todavía no había llegado al final de su historia,
¿verdad? Había más. Y esa parte la avergonzaba.
—Le prometí a Lara, mi hermana, que no dejaría que lo ocurrido
me hiciera vivir con miedo…, pero no lo he conseguido. Viajé por el
mundo trabajando de becaria, encontrando consuelo en los
laboratorios y en la investigación. Me escondí. Hace… ¡por Dios!
Hace casi cuatro años que no veo a mi familia. No puedo
enfrentarme a Lara sabiendo que no he cumplido mi promesa. —
Decirlo en voz alta hacía que ese fracaso fuera todavía más atroz—.
Antes era valiente. Probaba cualquier cosa que se me pusiera por
delante, viajaba, salía de fiesta…, pero he dejado de vivir. De
experimentar. Desconfío de los hombres y de sus intenciones. Tengo
miedo de dejarme llevar y disfrutar, y que luego me sorprendan para
mal. Se suponía que debía intentarlo, y no lo he hecho. En absoluto.
Burgess hizo ademán de acercarse a ella… ¿para abrazarla? No lo
descubrió, porque cambió de opinión y se quedó donde estaba,
recorriendo los tejados de los edificios con una mirada impotente.
—Siento que hayas tenido que pasar por eso. Que hayas entrado
en mi casa habiendo sufrido esa experiencia es una prueba de lo
fuerte que eres. —Esperó a que ella lo mirara y añadió con la voz
rebosante de sinceridad—: Si te sirve de algo, eres la ganadora,
Tallulah. Esperaste tu momento, le diste en los dientes y te alejaste
todo lo que pudiste. Y no has dejado que te amargue. Yo no habría
reaccionado tan bien como tú.
En un primer momento, Tallulah ni siquiera pudo hablar, porque
esas palabras tan sinceras y bruscas se le habían alojado entre los
pulmones. ¿Cómo sabía Burgess que eso era justo lo que necesitaba
oír? ¡Si no lo sabía ni ella!
—Me alegro mucho de que estés aquí ahora —siguió él, que tomó
una honda bocanada de aire, como si se hubiera imaginado un
desenlace todavía peor—. Dame la oportunidad de demostrarte que
estás a salvo conmigo.
Esa tarde, cuando salió del ascensor y lo oyó discutir con Lissa a
través de la puerta, se sintió en una encrucijada. Había tomado a
conciencia el camino más complicado, y la verdad era que ya había
recorrido casi medio kilómetro, ¿no? Ya se había involucrado. ¿Había
pensado que abandonar a esas alturas sería fácil? Porque no lo era.
Mucho menos después de haber compartido tanto con él. De haberlo
compartido todo.
—¿Mañana tienes entrenamiento?
Burgess pareció contener la respiración.
—Sí. De dos a cinco.
—Y Lissa llega a las…
—Tres y media.
—Vale. —Aunque todavía tenía los nervios a flor de piel por la
traumática historia que le había contado, le tendió la mano—. Nos
veremos para la cena, aunque no cocinaré. Me siento en la necesidad
de repetírtelo.
Él le miró la mano con incredulidad.
—¿Aceptas el trabajo?
—¿Puedes tener instalada la cerradura de la puerta de mi
dormitorio para mañana?
—Sí —respondió él al instante, sin poder disimular el asomo de
compasión que apareció en su cara, aunque logró contenerlo al final.
Como si pudiera leerle el pensamiento y supiera que no le hacía ni
pizca de gracia.
—En ese caso, sí. Acepto el puesto. —Intentó mantener un tono
enérgico y serio, pero el alivio absoluto que asomó a la cara de
Burgess la hizo hablar de forma entrecortada—. Mañana traeré mi
horario de clases y me aseguraré de compaginarlo con el de Lissa.
Bajo el dosel de bombillas, mientras el viento les agitaba la ropa y
el pelo con suavidad, Burgess esbozó una de sus raras y arrolladoras
sonrisas.
—¿Ha sido el parque?
¿Por qué esas cuatro palabras hicieron que se le subiera el corazón
a la garganta?
No, no había sido el parque. Aunque resultara sorprendente, había
sido… él. Sí, era un gigante temperamental y gruñón, pero había
logrado tranquilizarla de alguna manera. Algo que no tenía mucho
sentido, por más que el instinto le dijera que confiase en él.
—¿Qué quieres que te diga? Me encantan las fuentes y las
cascadas.
Su carcajada fue ronca y fugaz, aunque se puso serio con la misma
rapidez.
—Gracias.
¿Por qué tenía la impresión de que no podía quedarse quieta? Ella
jamás se dejaba llevar por el nerviosismo hasta ese punto. Sus manos
y sus movimientos siempre tenían un propósito, pero en ese
momento no sabía si apoyarse en el muro o alisarse el pelo. Tal vez
se debía a la brevísima mirada que Burgess le había echado a sus
labios. Y al deseo contenido que vio en su cara y al que su cuerpo
respondió.
Sintió un cosquilleo entre los muslos, un anhelo doloroso que no
tenía por qué experimentar por ese hombre. Se acababa de convertir
en su jefe. Había una niña de por medio. Él tenía treinta y siete años,
ella veintiséis. Esa diferencia de edad no siempre era un factor
decisivo, pero había que pensárselo, porque no estaba preparada
para sentar cabeza. No, su objetivo era reemprender el vuelo.
Por tanto, se acabaron los paseos románticos por la azotea con su
jefe.
—Recojo mi bolso de tu casa y me voy —dijo—. Hasta mañana.
—Sí. —Burgess pareció darse cuenta de que lo había sorprendido
mirando y se llevó un puño a los labios para toser, tras lo cual cruzó
los brazos por delante del pecho—. Hasta mañana.
Tallulah fingió no sentir sus ojos clavados en la espalda durante
todo el trayecto hasta la escalera.
Y también fingió que no le gustaba.
6
Burgess patinó a toda velocidad tras el disco y mordió el protector,
frustrado, cuando Gauthier llegó primero. Por los pelos, pero lo
había hecho. Chocaron juntos contra las pantallas, intentando
hacerse con el control en una maraña de codos, hombros y palos de
hockey a la que se sumaron más jugadores de los Bearcats, lo que
provocó más golpes contra el plexiglás y el sonido de un silbato.
—Que estamos de entrenamiento, idiotas. —La voz del entrenador
McCarren atravesó el hielo con la misma fuerza con la que se corta el
metal—. Hacedme el favor de no lesionaros tres semanas antes de
que empiece la temporada si puede ser.
Se empujaron los unos a los otros a la vez, poniéndole fin a la
interrumpida refriega.
En cuanto dejó de sentir la presión de los cuerpos sobre él, Burgess
tuvo un bajón de adrenalina y fue muy consciente de la dichosa
punzada que sentía en la base de la espalda. Eso, junto con el hecho
de que Gauthier lo hubiera adelantado, hizo que la irritación se
derramase en su interior como aceite sobre el suelo, hasta el punto
de golpear la pantalla con la mano enguantada antes de poder
contenerse.
Nada más hacerlo, se arrepintió. A los novatos, Corrigan y Mailer,
les resultaba graciosísimo verlo perder el control, y de un tiempo a
esa parte les había estado proporcionando demasiado
entretenimiento.
—¡Mierda! —exclamó Corrigan—. Papá tiene un mal día hoy.
Mailer mordisqueó su protector.
—Como no seamos buenos, dará media vuelta y volveremos a
casa. Y nos quedaremos sin Disneylandia.
—Si fuera vuestro padre —replicó Burgess con sorna—, hace
mucho que os habría abandonado en un aparcamiento.
Los novatos se echaron a reír a la vez e hicieron chocar sus palos,
encantados de haberle arrancado una respuesta distinta a su habitual
mirada letal. Según tenía entendido, se habían conocido después de
que los seleccionaran para el equipo, pero de alguna manera se
habían convertido en gemelos. Esa tarde, habían entrado en el
vestuario con sudaderas a juego en las que se leía Donante de
Orgasmos y se habían puesto a hablar de sus citas de la noche
anterior sin que nadie les preguntara.
Quizá fuera demasiado mayor para el hockey, pero no era tan viejo.
De todas formas, no recordaba haber sido nunca tan joven y ridículo
como esos dos.
—A ver si os concentráis en el entrenamiento, payasos —dijo
mientras se ajustaba el guante derecho—. ¿O no lo hacéis porque, si
no, no podéis hablar del modelito que os vais a poner?
Corrigan soltó una carcajada.
—No te sientas excluido, papá. Te buscaremos una sudadera.
—Pero solo si has donado por lo menos un orgasmo en el último
mes —se apresuró a decir Mailer, golpeando a Corrigan en un
hombro con el suyo, lo que hizo que su compañero le devolviese el
gesto—. ¿Has hecho méritos?
¿Había donado algún orgasmo hacía poco?
Solo los propios.
—Corrigan, ya que soy tu padre, ¿por qué no le preguntas a tu
madre si hago méritos o no?
Mailer se dobló por las carcajadas y Corrigan perdió la sonrisa
despacio. Gauthier se colocó detrás de Burgess y chocaron los puños
sin mirarse siquiera. La verdad, le había puesto la pulla a huevo, y
aunque le gustaba creer que ya había dejado atrás la fase de hacer
chistes con las madres, soltar burradas de ese tipo era una parte vital
del estilo de vida del hockey que no iba a desaparecer así como así. Y
en lo que se refería a insultos, la mejor defensa siempre era un buen
ataque. A ver, ¿no se lo había ganado ese crío por haberse comprado
esa sudadera tan ridícula?
El silbato del entrenador McCarren sonó de nuevo y retomaron el
entrenamiento, pero a Burgess le costaba concentrarse en el juego.
Cosa que lo cabreó muchísimo. Porque no dejaba de pensar en que
no había donado un orgasmo en más de un año. ¿El último fue aquel
rollo de una noche cuando jugaron fuera de casa en Anaheim? Había
archivado el recuerdo prácticamente en cuanto sucedió, de modo
que intentar recordar la cara de la mujer solo le aportó un perfil
borroso. Tenía que reconocerlo: su vida amorosa era una mierda. Le
encantaba el sexo. ¿A quién no le gustaba el sexo? Los rollos de una
noche eran estupendos cuando se tenían, pero en cuanto terminaban
y tenía tiempo para reflexionar, solo le parecían un recordatorio de
que su matrimonio había fracasado. De que él había fracasado.
No había motivos para no tener otra relación. Joder, su ex ya estaba
comprometida con otro…, enhorabuena a los dos. La verdad era que
medio le caía bien el dentista al que su ex llamaba «prometido», que
ya era un logro en sí mismo, porque no le caían bien muchas
personas. Sin embargo, mantener una relación con otra mujer
implicaría presentársela a Lissa con el tiempo. Eso era lo que lo
frenaba. Ni siquiera tenía una relación bien establecida con su hija.
¿Qué seguridad tenía de que sería una buena idea añadir a alguien
más a la ecuación? No, siempre se quedaba en casa cuando tenía las
noches libres. No salía con nadie. Rechazaba los ofrecimientos de las
mujeres de los otros jugadores de emparejarlo con amigas, hermanas
o primas. Demasiado trabajo.
Prefería beber los vientos por su preciosa nueva niñera, a quien ya
le resultaba alarmante su agresividad en la pista y que tenía un grave
problema (y por una buena razón) a la hora de confiar en los
hombres. ¡Por Dios! Después de lo que le contó en la azotea la noche
que cenó con ellos, se pasó casi toda la noche despierto repasando la
espantosa experiencia de Tallulah, con el pulso disparado sin que
pudiera evitarlo, y consolándose con la idea de que Brett ya no
podría hacerle más daño. Si su agresor siguiera vivo, él estaría
subiéndose por las paredes a esas alturas. Esa mujer era muchísimo
más valiente de lo que creía. Además de sentir una atracción
descomunal por ella, admiraba muchísimo a esa alegre estudiante
universitaria que había accedido a vivir con él.
Eso era mucho más fácil que salir con alguien sin ataduras, ¿no?
Pues no. Las complicaciones no dejaban de aumentar…, pero
estaba encantado de recibirlas con los brazos abiertos.
Genial. ¡Hurra por las complicaciones!
Corrigan recibió un pase de Gauthier y salió disparado hacia él, sin
la menor precaución ni control. Sin proteger el disco. ¿De verdad era
así de arrogante o no temía que él pudiera ponerlo en su sitio?
Podía aprender la lección en ese momento o en un partido en el
futuro, cuando les costase la victoria.
Suspiró, consciente de que debía ser en ese momento.
Mordió con fuerza el protector de plástico y salió disparado
patinando, tras lo cual inclinó un hombro y le robó el disco con un
empujón al novato, que cayó al suelo. Se oyó un crujido. La caída no
le provocaría ningún daño, pero lo sacudiría lo justo para que
mantuviera la guardia y respetara a la defensa la próxima vez.
Durante un segundo, mientras el juego continuaba hacia la
portería contraria, Burgess pensó en explicarle la lección con
palabras, pero decidió no hacerlo. Si el novato no la había deducido
él solito, no tenía cabida en la liga.
Poco después, cuando terminó el entrenamiento, Burgess estaba
sentado en un banco del vestuario, con una toalla blanca alrededor
de la cintura y el pelo mojado por la ducha chorreándole sobre los
hombros desnudos, mirando con una mueca los analgésicos que
tenía en la mano y lamentando que se hubiera visto obligado a
añadir una cuarta pastilla. ¿Cuántas más añadiría antes de que le
dijera al preparador físico de los Bearcats que tenía una lesión?
El problema era que no se quedaría ahí. El preparador físico se lo
diría al entrenador, el entrenador hablaría con el dueño de la
franquicia, y él acabaría cedido, en el banquillo u obligado a
retirarse, a pesar de que el equipo había conseguido tres títulos de la
Stanley Cup bajo su liderazgo. Ya estaba empezando a perder
velocidad. Si a eso le añadía una lesión, lo llevaba crudo. ¿Qué otra
cosa iba a hacer con treinta y siete años? ¿Qué más había además del
hockey?
A esas alturas, nada.
De joven, había armado sus buenos escándalos. Nació con un flujo
constante de adrenalina. De determinación. Un amor por el deporte
que no parecía desaparecer. La energía que no gastaba en el hielo, la
volcaba en las mujeres y en las carreras de coches en carreteras
abandonadas. En competiciones de natación contra sus compañeros
de equipo en lagos de agua gélida medio congelados. Era el tipo más
grande, así que abría a patadas el gimnasio del colegio cuando
anochecía para darles a sus colegas más pequeños un sitio donde
celebrar fiestas. Era bueno… o, joder, a lo mejor era malo que su
habilidad para jugar al hockey llevara a sus entrenadores y a sus
profesores a hacer la vista gorda cuando se desmadraba o corría el
riesgo de ir por el mal camino.
Aunque no lo hizo. En cuanto llegó a la universidad y se dio
cuenta de que no podía depender solo de esa habilidad innata, se
enderezó y se concentró en sus estudios y en cumplir con su deber
en el hielo. Se esforzó más que nadie. Se graduó. Lo seleccionaron.
Buscó estabilidad y aprendió a desoír el zumbido de la adrenalina
extra que le corría por las venas.
Después del divorcio, se concentró todavía más en el deporte,
mental y físicamente. A esas alturas de su vida, sin el hockey… No
sabía qué sería de él. No sabía cómo ser útil, sobre todo a sabiendas
de que se le daba fatal la vida familiar. El hockey… se le daba bien.
Era lo único que se le daba bien. Y quería seguir siendo él mismo
todo el tiempo posible.
Gauthier se dejó caer en el banco a su lado, en silencio, mientras
rebuscaba en su bolsa de los Bearcats una camiseta para ponérsela.
—El ibuprofeno va a dejar de hacerte efecto dentro de poco.
—Ya no me lo hace.
—Que te vea un médico por lo menos, aunque sea de fuera del
equipo —dijo Sig—. Podrías estar empeorando las cosas.
—Déjalo —masculló en respuesta.
—¿Como tú has dejado sentado de culo a Corrigan?
—Exacto. Así mismo.
—Esas putas sudaderas…
—Propongo que las quememos.
Sig levantó una ceja y lo miró, como si quisiera averiguar si
hablaba en serio. Al ver que seguía impasible, Sig se puso en pie y se
acercó al final de la hilera de taquillas, seguramente para comprobar
que los novatos seguían en las duchas, como así era, porque ¿para
qué irse pronto a casa si no tenían responsabilidades familiares? El
restallido de una toalla resonó en el vestuario, seguido de un aullido
de dolor, lo que reforzó la teoría de Burgess. «¡Vaya par de
imbéciles!», pensó.
Satisfecho por la idea de que no iban a descubrirlo, Sig se acercó a
las bolsas de Corrigan y de Mailer, que estaban en el pasillo
adyacente, y regresó con las sudaderas envueltas en una toalla.
—Tú te llevas una y yo la otra.
Burgess aceptó la sudadera de Donante de Orgasmos y la guardó
en su mochila, debajo de los calcetines sucios.
—Soy demasiado viejo para esto —masculló.
—Pero para hacer bromas con las madres no, anda y que te den.
Nunca se es demasiado viejo para esto.
—Touché.
No habían pasado ni dos segundos, cuando Corrigan y Mailer
salieron de las duchas de camino a sus taquillas, hablando de
mujeres, cómo no.
—A ver, que tengo debilidad por las rubias —iba diciendo Mailer,
lo que hizo que Corrigan resoplara y le diera un empujón por la
espalda—. Espera, hablando de rubias —le dijo a Sig—. Gauthier, ¿tu
hermanastra va a venir al primer partido de la temporada? La vi en
tu Instagram y está muy buena. —Hizo un gesto con la barbilla—.
¿Me la vas a presentar?
—Como vuelvas a hablar de ella, lo que te voy a presentar es el
puto suelo —respondió Sig, fulminándolo con la mirada—. Y no es
mi hermanastra.
—Todavía —le recordó Burgess mientras se ponía los calzoncillos
por debajo de la toalla antes de quitársela.
—Todavía —repitió Sig con una calma forzada—. Las familias de
los compañeros de equipo no se tocan, a menos que se dé permiso
expreso, novato. De momento, no te lo he dado y no pienso hacerlo
en la vida.
—Acabas de decir que todavía no es familia —replicó Mailer.
—Sé muy bien lo que he dicho, joder —masculló Sig.
Mailer levantó una ceja.
—¿De verdad?
Sig miró a Burgess sin dar crédito.
—Voy a matar a estos putos niñatos.
Burgess contuvo una sonrisa.
—Tú eras igualito durante tu primer año en la liga.
—Ni de broma.
—Que sí. Eras incluso peor. —Burgess terminó de abrocharse los
vaqueros y señaló la salida con la cabeza antes de añadir en voz muy
baja—: Deberíamos irnos antes de que se den cuenta de que no
tienen las sudaderas esas.
—Te sigo.
Cerraron las taquillas a la par, se colgaron sus respectivas bolsas de
un hombro y echaron a andar hacia la puerta lateral del vestuario,
que daba al aparcamiento del equipo.
—Saluda a tu madre de mi parte, Corrigan —dijo Burgess por
encima del hombro y esbozó una sonrisa torcida al oír las carcajadas
que resonaron en el vestuario.
—Y una mierda que eres demasiado viejo —masculló Sig, que lo
siguió mientras salía al atardecer de septiembre. Sus coches estaban
aparcados el uno al lado del otro, así que metieron sus cosas en ellos
—. Oye…, hablando de Chloe —dijo después de meter la bolsa de
deporte dentro del coche y cerrar la puerta—. Me he enterado de que
no consiguió que Tallulah se tragara lo de la habitación barata. Al
parecer, la caló enseguida.
Burgess experimentó una punzada de orgullo que no tenía ningún
derecho a sentir.
—Debería haberlo sabido. Es más lista que el hambre.
Sig meneó la cabeza.
—Seguro que te montó una buena.
—Pues así empezó, pero resulta que se muda a mi casa esta noche.
—No me jodas.
Burgess lo confirmó con un monosílabo, todavía estupefacto por
ese hecho después del comienzo tan accidentado que habían tenido.
—Chloe dice que está cañón, B. ¿Te interesa esta chica como algo
más que una niñera?
—No voy a contestar esa pregunta.
—¿Por qué no?
Burgess lo miró con exasperación.
—¿De verdad vamos a quedarnos aquí plantados hablando de
mujeres como dos novatos?
—Mientras no usemos la expresión «mojar el churro» vamos bien.
—Sigue siendo «no».
—Acabaré sonsacándotelo.
Burgess echó a andar hacia el lado de conductor de su SUV y abrió
la puerta de un tirón.
—De eso nada.
Sig esbozó una sonrisa.
—¿Te brillan los ojos, capitán?
Burgess cogió las gafas de sol del salpicadero, donde las había
dejado, se las puso y le cerró la puerta a Sig en la cara, justo cuando
se abría la puerta lateral del vestuario y salían a la calle los dos
novatos con sendas toallas enrolladas en la cintura y descalzos.
—¡Devuélvelas! —gritó Mailer al tiempo que señalaba con un dedo
a Sig, que se metió en su vieja camioneta a la velocidad del rayo,
partido de la risa.
De esa manera, tocando el claxon y agitando las sudaderas de
Donante de Orgasmos por la ventanilla, salieron del aparcamiento
dos adultos muy maduros. En resumidas cuentas, un día normal en
un entrenamiento de hockey.
—Llego tarde a mi primer día de clase —susurró Tallulah mientras
recorría a toda prisa el pasillo vacío—. Genial.
Dobló la esquina para entrar en el laboratorio y esbozó una sonrisa
tensa cuando las miradas aburridas y hastiadas de los estudiantes se
posaron en ella. Había un asiento libre junto a un chico más o menos
de su edad al que reconoció de las jornadas de orientación. Gafas.
Sonrisa comprensiva. Encorvado y gruñón, como cualquier
estudiante universitario que se precie.
Por suerte, el asiento también estaba en la parte trasera, de modo
que se sentó sin que el profesor hiciera ningún comentario, y sacó
con tranquilidad un cuaderno y un bolígrafo de la mochila mientras
saludaba con la mano a algunas de las otras caras amigas que había
conocido un par de días antes.
Esa mañana había llevado sus cosas al ático de Burgess, porque
tenía que dejar la habitación del hotel a las once. No estaba dispuesta
a seguir acumulando gastos un día más, aunque el desvío la hubiera
hecho llegar tarde. Mientras estaba en el ático al que llamaría hogar a
partir de ese momento, habían comparado su horario con el de Lissa,
y habían descubierto que, por suerte, no se solapaba casi nada. El
acuerdo de custodia que Burgess tenía con su exmujer era muy
amigable y claro. Lissa estaba entre semana con él, y los fines de
semana con su madre y su prometido, lo que dejaba espacio para
encajar imprevistos, vacaciones o enfermedades.
Por ejemplo, ese día era viernes, pero la madre de Lissa tenía una
reunión de trabajo a última hora, así que recogería a Lissa el sábado
por la mañana en vez de hacerlo esa noche. Burgess le había
explicado que no querían que Lissa se sintiera como un acuerdo
comercial, y Tallulah lo aprobaba por completo. Estaban haciendo las
cosas bien.
«¿Cómo será su ex?», se preguntó, pasando del profesor, que
estaba leyendo la programación sin saltarse ni una coma. Aunque lo
que más le interesaba era cómo fueron Burgess y ella como pareja. A
ver, que no era asunto suyo. Y desde luego que no había buscado en
Google «Mujer de Burgess Abraham» en el trayecto en autobús hasta
el campus. Había encontrado unas cuantas fotos hechas en la entrega
de los premios ESPY de hacía unos años. Burgess guapísimo con su
esmoquin y su mujer con cara de alegría por estar allí.
No vio mucha química. Por lo menos, en las fotos. Bueno, lo había
admitido.
¿No era de amargada reconocer algo así?
¡No! Era una observación imparcial.
Que la había animado más que su café con leche triple.
¡Ufff!
—Como podréis leer en la página tres de la programación, habrá
tres trabajos individuales durante el semestre y un proyecto en el
que tendréis que trabajar por parejas. Espero que os esforcéis por
igual. —El profesor guardó silencio y los miró a todos a los ojos, para
que calara la orden.
—Sabe que no somos de primero, ¿verdad? —masculló su
compañero de mesa.
—Ya te digo.
—Para facilitar las cosas —siguió el profesor—, vuestro compañero
asignado es la persona con la que compartís mesa hoy. Sin duda
tendréis que reuniros fuera de clase al menos una vez para terminar
el trabajo, así que no os vendría mal conoceros un poco.
Tallulah controló la respiración e incluso le hizo un silencioso gesto
a su compañero de mesa, aunque, por dentro, su cabeza era un
hervidero de pensamientos. Tendrían que verse fuera de clase.
Tendría que reunirse con un desconocido.
«Todo va a salir bien».
«En algún momento tienes que volver a confiar en que hay buenas
personas».
No se dejaría arrastrar por eso. Durante las últimas semanas en la
Antártida, se juró que el miedo ya no la lastraría. Esa fase se había
acabado. El único problema era que no había esperado que la
pusieran a prueba tan pronto y tan a menudo. Pero quizás en eso
consistía la vida normal y, como llevaba escondiéndose tanto tiempo,
se le había olvidado.
El resto de la clase pasó volando, ya que solo se enteró de la mitad
de lo que dijo el profesor. Cuando dio por terminada la clase,
Tallulah recogió su cuaderno, el bolígrafo y la programación, y
esbozó una sonrisa forzada cuando tres compañeros de clase se
acercaron a su mesa.
—Hola, Tallulah. Feliz viernes —dijo Tisha, si no se equivocaba
con el nombre. Habían hablado un momento durante la orientación,
lo suficiente para saber que Tisha había crecido en India, que había
empezado a estudiar Medicina, pero que cambió a Biología al darse
cuenta de que el trabajo de laboratorio y la investigación le
apasionaban—. Se nos ha ocurrido empezar el semestre con buen pie
y hemos quedado para tomarnos algo esta noche. A eso de las nueve.
Ya sabes, para montar un círculo oficial de quejas.
Tallulah asintió con la cabeza.
—Negatividad. La única manera de afrontar las cosas.
—Apúntate —dijo con una carcajada el chico que estaba al lado de
Tisha. ¿Evan se llamaba?—. Tú también, Finn.
—Claro —contestó su compañero de mesa.
Eso era. Finn.
Estaba a punto de rechazar la invitación. Parecían muy amables y
no había nada raro en tomarse unas copas con otros estudiantes,
mucho menos si eran compañeros de clase. Pero ¿los conocía lo
bastante bien?
«Deja de rechazar oportunidades. Es hora de volver a aceptarlas».
—Vale —se apresuró a decir, antes de cambiar de idea—. Te doy mi
número y ya me dices dónde vais a estar. —Se le ocurrió una cosa de
repente—. ¿Os importa que lleve a mi amiga Chloe?
—Claro que no —respondió Tisha, que le dio su número de móvil
—, tráela.
—Estupendo.
Mientras salía del aula, Finn le rozó el codo con el suyo, y ella se
quedó quieta mientras le escribía su número a Tisha en el móvil.
—Nos vemos esta noche, Tallulah —dijo Finn mientras se subía las
gafas y le tocaba el codo, como a modo de disculpa por habérselo
rozado sin querer, algo que no tenía sentido y solo consiguió que su
alarma antidegenerados pitara con más insistencia—. Será mejor que
nos conozcamos, porque vamos a ser compañeros de trabajo, ¿no?
Tallulah soltó una carcajada al oírlo, pero le salió bastante seca.
—Claro. —Le devolvió el móvil a Tisha y se secó el sudor de las
palmas de las manos en los vaqueros—. Hasta esta noche.
7
Burgess podía afirmar sin temor a equivocarse que nunca se había
alegrado tanto de entrar en su casa.
A lo mejor hasta se estaba pasando de rosca. Y la culpa la tenía la
falda de Tallulah.
Cuando salió del ascensor, lo recibió la música en el pasillo. Si no
se equivocaba, eran los insoportables berridos del grupo favorito de
su hija, los Raskulls. Nunca le había gustado ese grupo de pop
británico que usaba en el escenario unas gigantescas cabezas falsas
con sonrisas estrafalarias pintadas en la cara. La primera vez que
Lissa los puso en el coche, se le pasó por la cabeza estamparse contra
un muro solo para ponerle fin a la tortura. Temía el día que le pidiera
que la llevase a un concierto.
No fabricaban tapones para los oídos lo bastante aislantes.
Al parecer, Tallulah era capaz de soportar los agudos gorgoritos
del vocalista, pero él solo aguantaría unos tres minutos una vez
dentro.
Metió la llave en la cerradura, la giró para abrir la puerta e hizo
una mueca de dolor cuando la peor música jamás creada sonó más
fuerte. Abrió la boca para quejarse, pero no le salió nada. Porque allí
estaba Tallulah, inclinada sobre la mesa de la cocina, con una
minifalda de cuero negro y unas medias transparentes que acababan
unos centímetros por debajo del culo. Llevaba un plato sucio en una
mano; estaba claro que Lissa le pidió ayuda con los deberes mientras
ella iba de camino a la cocina para meterlo en el fregadero. Parecía
estar inclinada sobre la mesa para ver un problema en el cuaderno
de matemáticas de Lissa y él no podía haber entrado en un peor
momento. O en uno mejor.
Las dos cosas.
Se quedó congelado en el sitio, aunque al mismo tiempo ardía de
fiebre.
Ella… Él… podía verle la curva inferior de las nalgas. Las bragas
de encaje negro. La suavísima porción de piel de la parte superior de
sus muslos. Era la mujer más excitante que había visto en la vida, sin
lugar a dudas. Sobre todo cuando se echó a reír y se cayó sobre la
mesa, apoyándose en el último momento en un brazo, y la tersa
curva de ese culo se marcó todavía más y se volvió… peligrosa.
Peligrosísima, joder. Porque se estaba imaginando el roce de esas
medias en los dedos, el peso de esas nalgas en las manos, sus
estremecimientos cuando lo mirara por encima del hombro al bajarle
las bragas hasta las rodillas.
No era la clase de pensamientos que debería tener cuando no
estaban solos en su casa. Joder, no debería pensar en quitarle la ropa
interior en ninguna circunstancia, ¿verdad? No le había dado señales
de estar interesada en él. Solo había aparecido en un momento
inoportuno, y a partir de dicho momento iba a pasarse la vida
atormentado por la fantasía de esas piernas con esas medias
alrededor de su cuello.
¿Adónde iba con ese modelito?
¿Iba a salir?
Una cosa tenía clara: ella no podía enterarse de que la había visto
de esa manera. Su relación como jefe y empleada ya era bastante
frágil, al igual que la capacidad de Tallulah de confiar en los
hombres en general. Que lo pescara comiéndose con los ojos ese
culazo no ayudaría en lo más mínimo. «No te la imagines
moviéndose encima de ti».
Demasiado tarde.
Salió del ático con la mayor discreción posible e hizo muchísimo
más ruido del necesario al volver a entrar, tosiendo y golpeándose la
rodilla con la puerta, sacudiendo las llaves mientras cerraba y abría
de nuevo. En esa ocasión, cuando entró, Tallulah y Lissa eran muy
conscientes de su presencia. Tallulah lo miró con una sonrisilla de
camino a la cocina y Lissa lo saludó con una mano desde la mesa de
la cocina.
—¡Papá! —gritó su hija por encima de la música—. ¡Ha hecho
pollo otra vez!
Burgess miró con una ceja levantada a Tallulah, que a su vez tomó
aire por la nariz muy digna… o eso creyó escuchar, porque el grupo
infernal estaba haciendo todo lo posible por silenciarla.
—Teníamos todos los ingredientes que sobraron de anoche. No
quería desperdiciarlos. —Abrió el grifo del fregadero para lavar su
plato mientras le dirigía otra miradita por encima del hombro—. Te
he dejado un poco si quieres.
Si quería. ¿Lo decía en serio? Lo único que le apetecía comerse más
que su pollo al limón con acompañamiento de saksuka era… a ella.
«Colega, eres asqueroso», se dijo. Saltaba a la vista que se le estaba
pegando de los novatos.
Soltó la bolsa de deporte junto a la puerta, se quitó la chaqueta y la
colgó del gancho.
—¿Qué tal hoy en el cole?
—Bien. No ha habido entrenamiento de voleibol. —Lissa estaba
concentrada de nuevo en sus deberes—. Tallulah se ha mudado, pero
va a salir.
—¿A salir? —preguntó él, con toda la indiferencia de la que fue
capaz, mientras se agachaba para desabrocharse las botas… y le
crujió la espalda. Era como si alguien le hubiera clavado un diapasón
en el riñón, una vibración dolorosa que se extendía por la parte
derecha en la base de la espalda. Se quedó sin aire en los pulmones y
tuvo que apoyar una mano a toda prisa en la pared para mantener el
equilibrio mientras se le escapaba un gemido gutural antes de que
pudiera ahogarlo. ¡Mierda!
—¿Papá? —dijo Lissa desde la mesa, alarmada.
La voz aterrada de su hija fue el motivo de que intentara
enderezarse de inmediato, aunque sus tensos músculos no
estuvieran preparados. Una pena. Apretó los dientes y pasó del
dolor para mirar a su hija con una sonrisa tensa.
—Estoy bien. Solo un poco dolorido. —Miró hacia la cocina y se
encontró que Tallulah lo miraba con detenimiento.
Con demasiado detenimiento.
Con esa minifalda y maquillada, arreglada para ver a alguien que
podría agacharse y desatarse las botas sin necesitar analgésicos.
Lissa todavía parecía preocupada, así que se tragó el dolor mientras
se inclinaba para recoger la bolsa de deporte y colgársela del hombro
de nuevo.
—Voy a meter la ropa sudada en el lavadero. Sigue con tus
deberes, ahora vuelvo.
Su hija se relajó un poco.
—Vale.
Atravesó el salón hacia el otro extremo del ático y enfiló el corto
pasillo donde estaban los dormitorios, junto con uno de los dos
cuartos de baño. El otro era el suyo. Pese a la cerradura que había
colocado esa mañana, la puerta del dormitorio de invitados estaba
entreabierta, de modo que, después de asegurarse de que nadie lo
veía, asomó la cabeza para echar un vistazo y vio que la maleta de
Tallulah estaba abierta sobre la cama; sus zapatillas deportivas,
desatadas en el suelo; y su cazadora, colgada del pomo del armario.
¿Habría probado las almohadas que le compró? ¿Eran demasiado
duras? ¿Demasiado blandas?
Estaban… en el suelo, la verdad.
En su lugar, había una sudadera hecha una bola.
¿Prefería dormir así?
Captó un levísimo aroma a naranja sanguina y albahaca, que
desvió sus pensamientos y lo hizo tragar saliva.
Tomó una honda bocanada de aire y siguió hasta la puerta de su
dormitorio, que abrió con el codo antes de encender la luz de la
misma manera. Una vez a solas, se permitió mascullar un
improperio mientras soltaba la bolsa en la cama para abrirla a toda
prisa, en busca del bote de ibuprofeno. La dichosa música seguía a
todo trapo en el salón…, razón por la que no oyó a Tallulah entrar en
el dormitorio a su espalda. No hasta que vio su sombra proyectada
en la cama y se dio media vuelta para verla entrecerrar la puerta
despacio, aunque dejó una rendija.
Vio que el pulso le latía errático en el cuello y que entrelazaba y
soltaba los dedos. Estar a solas con él todavía la ponía un poco
nerviosa, y no tenía claro que alguna vez fuera a dejar de odiar al
hombre que había convertido su mundo en un lugar peligroso, pero
iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que
no seguía así durante mucho tiempo. De todas formas, ni todo el
dolor del mundo lo distraería del hecho de que estaba a solas con
Tallulah en su dormitorio y de que ella estaba para comérsela.
Había tenido muy pocos rollos con mujeres después del divorcio,
básicamente porque lo hacían sentirse solo. Un patético y divorciado
viejuno. Pero, por Dios, si se hubiera cruzado con esa mujer en la
carretera, o en cualquier otro sitio, habría suplicado, habría robado o
engañado para llevársela a casa y acostarse con ella. No se le escapó
la ironía de que estaba en su casa…, pero fuera de su alcance.
—Oye —dijo ella, que miró el bote blanco que tenía en las manos
—, ¿va todo bien?
—Sí, es lo de siempre —respondió con tranquilidad—. Me gano la
vida dejando que me aplasten.
Vio que a Tallulah le temblaban los labios por la risa.
—Es verdad.
—Lissa parece más contenta hoy.
—Sí —su sonrisa hizo que se le encogiera el estómago—, lo está.
—Gracias por ayudarla con los deberes.
—No tienes por qué dármelas. Es mi trabajo.
—Y por cocinar.
—Eso sí que no es mi trabajo. Hoy ha sido la última vez.
—Entendido. —Intentó con todas sus fuerzas no mirar por debajo
de su cuello, pero el esfuerzo de contenerse durante más de treinta
segundos estaba haciendo estragos en su capacidad de autocontrol.
Hizo un trato consigo mismo. Solo las caderas. Memorizaría solo la
curva de sus caderas cubiertas por esa falda y después volvería a
mirarla a los ojos. Uno, dos, tres…
¡Por Dios!
La falda de cuero se la había diseñado el mismísimo diablo. Saber
que llevaba medias debajo era un tortura que le tensó las pelotas y le
provocó un hormigueo en las manos por las ganas de tocarla.
«Alza la vista».
—¿Vas a salir? —preguntó con voz ronca.
—Sí. De eso precisamente quería hablarte.
—¿Vas a contarme tus planes? —¿Iba a decírselo sin que tuviera
que preguntárselo? Increíble. Eso le ahorraba parecer demasiado
interesado. Que sí, lo estaba. Demasiado interesado en saber adónde
iba con bragas negras de encaje.
—A ver, ¿no? No iba a contarte mis planes. ¿Debería hacerlo? —Un
brillo travieso le iluminaba los ojos—. En realidad, me preguntaba si
podías darme unas llaves para no tener que dormir en el pasillo.
—Las llaves, claro. —No iba a ser tan sencillo como él creía—.
Están colgadas junto a la puerta…, las que tienen el espray de
pimienta.
Ella perdió parte de la sonrisa, aunque adoptó una expresión más
curiosa que otra cosa.
—¿Me has comprado espray de pimienta?
—¿He vuelto a pasarme de la raya?
—Creo que sí, ¿no? —Meneó la cabeza despacio—. Tienes un
montón de zonas grises, jefe. Y ya llevo espray de pimienta en el
llavero.
—Bien. —Sin duda había pronunciado con bastante énfasis la
palabra «jefe»—. Me gustaría que mi hija llevara espray de pimienta.
¿Por qué había dicho eso? Lo hacía parecer tan viejo como para ser
su padre, algo que, por suerte, no era, joder. Todavía. ¿Podía recalcar
un poco más los once años que los separaban?
—Ya que estamos con eso de las zonas grises, a lo mejor deberías
decirme adónde vas. Por si las moscas.
Tallulah lo miró con expresión divertida, pero también penetrante.
—He quedado con unos compañeros de clase en un club cerca del
puerto. Los conocí en las jornadas de orientación y tenemos una
asignatura en común. —Sonrió—. Y Chloe me va a acompañar.
Eso lo tomó desprevenido.
—Chloe. ¿Estamos hablando de la futura hermanastra de Sig?
—Sí.
—¿Cómo ha surgido el tema?
—En fin… —La expresión divertida se acentuó. ¿Por qué? No
recordaba haberle parecido gracioso a nadie antes de conocer a
Tallulah—. Cuando me invitaron, se me ocurrió que cuantos más
mejor, así que le mandé un mensaje de texto a Chloe para que se
apuntara. —No pudo evitarlo, esa mentalidad lo dejó fascinado.
¿Hacer planes con gente a la que acababa de conocer? ¿Mezclar a sus
amigos? ¿Dónde acababa el caos?—. Si dejo que pase demasiado
tiempo después de conocer a Chloe, nunca quedaremos. Hacer
amigos en un sitio nuevo implica tomar la iniciativa.
—¿Cómo lo sabes?
Ella ladeó la cabeza, de modo que el pelo oscuro le rozó el brazo
desnudo…, y, de repente, sintió que se le secaba boca.
—¿Me estás haciendo tantas preguntas para retrasarme y que no
salga, Burgess?
¿Eso estaba haciendo?
Quizá.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—No lo sé —dijo ella con voz más dulce que antes, casi como si
estuviera tonteando—. Dímelo tú. —Una milésima de segundo
después de que ese comentario saliera de su boca, dio un respingo,
casi sorprendida por lo que había dicho, y se apresuró a ponerle fin
al tenso silencio—. Supongo que estoy intentando reaprender a
crear… lazos sociales. Los necesito, ¿sabes? —Por un segundo, se le
ensombrecieron los ojos—. No puedo quedarme en casa y evitar el
mundo exterior para siempre.
—Es una grosería por tu parte echarme eso en cara. Y en tu primer
día de trabajo. ¿Voy a tener que aguantar este maltrato por tu parte?
A Tallulah le salió un hoyuelo en la mejilla.
—¿Eso es lo que haces tú, quedarte en casa y evitar el mundo
exterior, Burgess?
—Y tan feliz de la vida —contestó, sin saber si lo decía en serio o
no. Hasta hacía bien poco, habría estado más seguro de su respuesta.
Sí, evitar a la gente y las situaciones irritantes lo hacía muy feliz. O,
al menos, hacía que se sintiera cómodo. Pero no estaba seguro de
que «feliz» fuera la palabra que lo describía mejor a esas alturas. Se
podía decir que existía. Que iba tirando.
—Mmm. —Estaba claro que ella quería decir algo más, pero, de
repente, sus ojos se clavaron en algo que él tenía a su espalda—. ¿En
esa sudadera pone Donante de Orgasmos?
Tardó un segundo en comprender la pregunta, porque esos
increíbles labios lo distrajeron al moverse de una forma especial para
pronunciar la palabra «orgasmo». En su dormitorio. Con esa falda de
cuero tan sensual. ¿De verdad había aceptado de forma voluntaria
esa tortura continua?
—¡Joder! —masculló al tiempo que se pasaba una mano por la cara
—. Te lo puedo explicar.
—No hace falta. —Bajó la voz y susurró—: Ya sé cómo se donan los
orgasmos.
¿Alguien podría echarle la culpa a sus ojos por clavarse en esos
increíbles muslos? Su apetito sexual era más que saludable y llevaba
más de un año célibe. En ese momento, se enfrentaba a la
sobreestimulación que suponía que esa mujer extraordinaria
tonteara con él y se echara atrás al cabo de un momento. Su polla no
sabía qué hacer, así que se empalmó y ya.
—No sabes cómo los dono yo.
—Y tampoco creo que vaya a enterarme —replicó ella, a quien
parecía faltarle el aire—. ¿Verdad?
Madre del amor hermoso, quería arriesgarse a dar un paso al
frente, y estiró al máximo su fuerza de voluntad antes de recordarse
el motivo por el que Tallulah necesitaba límites. Y hasta qué punto
deseaba que se sintiera a salvo a su lado. Sin embargo, habría
cambiado su premio al mejor jugador de la liga con tal de poder
mirarla abiertamente a la cara mientras le decía:
—Eso tienes que decidirlo tú, Tallulah.
Porque, ¡joder!, estaba excitada.
Era imposible no darse cuenta de ese detalle.
Lo mismo daba que llevara sin sexo seis meses o seis años, sabía
perfectamente lo que significaba que una mujer lo mirase como lo
estaba mirando Tallulah. Como si estuviera imaginándoselo, incluso
en contra del sentido común. Ella bajó la mirada por su abdomen,
rozándole el botón de los vaqueros, y después volvió a subirla hasta
sus hombros y de vuelta a su cuello. Todo en cuestión de dos
segundos. Pero bastaron para que él se preguntase qué pasaría…
¿Qué pasaría si no se llevaran tantos años y si no fuera un divorciado
que ocultaba una lesión? ¿Quedaría claro que ella estaría a salvo con
él en cualquier circunstancia?
¿Sería él quien le quitase esa minifalda ceñida al final de la noche?
Sí, en fin. Tenía que dejar de pensar en eso antes de que la
situación entre sus piernas empeorase. La espalda no era lo único
que lo estaba matando.
—Por cierto, esa sudadera no es mía. Se las hemos quitado hoy a
los novatos.
—¿Quiénes?
—Sig, el futuro hermanastro de Chloe, y yo.
Tallulah esbozó una sonrisilla.
—¿Por qué se las habéis quitado?
Resopló antes de contestar:
—Porque han aparecido con sudaderas a juego, Tallulah.
—Técnicamente, todos lleváis ropa a juego cuando os ponéis la
equipación.
—En la equipación no pone Donante de Orgasmos.
—Pues debería. Piensa en los espectadores. —Imitó en voz baja el
sonido de una explosión, y a él le entraron ganas de echarse a reír. Y
de pedirle que se quedara en casa para seguir hablando con él de esa
manera. Toda la noche. El ático ya parecía mejor con ella allí, y eso
que se había mudado hacía pocas horas—. Mmm… —Parecía
sorprendida por seguir allí plantada—. Lissa casi ha terminado los
deberes de matemáticas. Los de inglés los hizo en el autobús. La
semana que viene tiene que entregar un trabajo de ciencias, así que
debería adelantar un poco esta noche… Me da un poco de rabia,
porque la ciencia es lo mío. —Se dio unos golpecitos en un muslo
con los dedos—. ¿Has roto alguna nariz esta noche?
—He estado a punto. —Se lo pensó un segundo—. La temporada
empieza dentro de tres semanas. Si no interfiere de ningún modo con
tu agenda, ¿podrías llevar a Lissa al primer partido?
Estaba clarísimo que la invitación la había pillado desprevenida.
—¡Oh!
Él también se había sorprendido ante su propia pregunta.
—No hace falta que me contestes ahora.
—Vale, me lo pensaré. —Tras titubear un poquito, retrocedió hacia
la puerta—. Hasta mañana.
—Buenas noches, Tallulah. —Mientras la veía perderse por el
pasillo, luchó contra el afán protector que empezó a agitarse en su
interior. Y aunque se dijo que era una adulta más que capaz de
cuidarse sola, perdió la batalla—. Ten cuidado.
—Lo haré.
«No añadas nada».
—Si no tienes cómo volver o pasa algo, puedes llamarme. A las dos
de la madrugada. A la hora que sea.
Tallulah se detuvo en la puerta, casi fuera del ático ya, y lo miró
fijamente.
—Buenas noches, Burgess.
8
Tallulah levantó los brazos por encima de la cabeza y absorbió la
música, con el cosquilleo de la emoción en el estómago y moviendo
las caderas como si trazara el símbolo del infinito. ¡Hacía muchísimo
tiempo que no salía de fiesta! No de esa forma. Dispuesta a perder la
noción del tiempo, porque cada canción era mejor que la anterior y
ella se sentía libre. Viva. Nada la retenía. No había reglas que seguir
que no fueran las suyas propias.
Gran parte de la razón por la que se sentía cómoda en ese
momento era Chloe, que estaba bailando cerca de ella con una falda
dorada de lentejuelas, un top blanco de un solo tirante y el pelo
rubio ondulado. Se abrazaron en la pista de baile justo cuando
empezaba a sonar la siguiente canción, y se pusieron a agitar las
manos, emocionadas porque era otro temazo. La luz azul
parpadeaba a su alrededor, y le recordaba al color del hielo por la
mañana en la Antártida nada más salir el sol. Un azul eléctrico tan
puro que parecía casi fuera de lugar en la naturaleza.
—Lo echo de menos —murmuró para sí misma, aunque la música
se tragó sus palabras al instante.
¿Era raro estar bailando en medio de una multitud y al mismo
tiempo recordar su estancia en la Antártida? ¿Estar pensando en
Kirk, su pingüino favorito, y echar de menos el impacto del viento
gélido, capaz de alcanzar en un instante más de noventa kilómetros
por hora y de filtrarse por cinco capas de ropa? Sí, era un poco raro,
pero ¿no estarían todos los que bailaban en la pista de baile echando
de menos algo o a alguien?
Así era la vida, ¿verdad? Se establecían vínculos, se creaban lazos
con personas y lugares, y después se seguía adelante sin ellos.
Aunque se los echaba de menos, su influencia se llevaba siempre
encima, como si fuera una capa de ropa. Su lugar de nacimiento era
una capa; su familia, otra. Su mejor amiga, Josephine. La Antártida.
En ese momento, Boston. A veces, le hacía daño ponerse otra capa,
hacer nuevos amigos y tener nuevas experiencias cuando sentía
añoranza por las más cercanas a la piel, pero seguiría persiguiendo
noches como esa, porque le había hecho una promesa a su hermana.
Le había prometido que no permitiría que el miedo a la tragedia la
mantuviera encerrada en sí misma. De lo contrario, sería como
seguir atrapada en aquel armario, viendo cómo se movía la sombra
de Brett al otro lado de la puerta. Aunque se había liberado
físicamente, su cabeza era otro cantar. Había tardado cuatro años en
cumplir la promesa que le había hecho a Lara, pero allí estaba. Al
menos no la había roto, ¿verdad?
Siguió bailando, disfrutando, aunque al mismo tiempo se sintiera
un poco triste por estar en un lugar desconocido, entrando en una
nueva fase de su vida a lo grande, con sus nuevas amistades de la
facultad saludándola desde la mesa y Chloe tomándole las manos
para girar entre carcajadas cuando la canción llegó al crescendo, tras
lo cual se detuvo por fin al borde de la pista de baile. El tema que
sonó a continuación era lento, un indicio de que en la barra se
estaban preparando para tomar nota de la última consumición, algo
que le provocó una mezcla de decepción y alivio. Se lo estaba
pasando muy bien con sus nuevos amigos, pero si empezaba a sentir
que esa inevitable melancolía empañaba la alegría del momento, a lo
mejor había llegado la hora de irse a casa.
A casa.
Donde vivía Burgess.
Su jefe, un padre divorciado que estaba cañón.
Donante de orgasmos.
—¿Quieres otro? —le gritó Chloe por encima del ruido, señalando
su cóctel de amaretto casi vacío—. Me toca pagar a mí.
—Claro, el último.
La rubia meneó un poco los hombros y se volvió para internarse
entre la multitud sin dejar de bailar. Aunque todo el mundo se
agolpaba en la barra para pedir la última copa de la noche, el
camarero se fijó enseguida en la radiante Chloe, atraído como una
polilla por una llama, y Tallulah se rio entre dientes.
Mientras su amiga pedía, ella se acercó a la zona elevada donde el
grupo se había sentado a una mesa durante toda la noche, y vio que
Finn, Tisha y Evan la recibían con una sonrisa. Solo quedaban ellos
tres de los seis estudiantes de posgrado que habían quedado para
verse en el Down. Hizo una mueca exagerada al ver la cantidad de
vasos y botellines de cerveza vacíos que había sobre la mesa,
arrancándole una carcajada a Finn…, y fue imposible no darse
cuenta de que se la comió con los ojos cuando ella se inclinó hacia
delante para añadir su vaso vacío a la colección. Vio que se
enderezaba de repente en el asiento y se volvía hacia ella.
Y se le encogió el estómago al instante.
Finn era guapo. Tendría unos veinte años. El típico estudiante que
sobresalía en todo y que era un clásico en la carrera de Biología.
Altura media, de complexión delgada, gafas redondas de montura
dorada y pelo castaño alborotado. El típico chico sexi de ciencias. ¿A
quién no le iba a gustar?
Donante de orgasmos.
Tallulah dio un respingo. Qué sudadera más horrorosa. Eso sí,
creyó a Burgess cuando le dijo que no era suya. Sin embargo, había
algo en la yuxtaposición de ese jugador de hockey grande y fuerte y la
palabra «orgasmo» que no dejaba de martillearle el cerebro. Aunque
estuviera mirando fijamente los ojos de Finn, que la observaba con
evidente interés.
«Ya sé cómo se donan los orgasmos».
«No sabes cómo los dono yo».
«Y tampoco creo que vaya a enterarme, ¿verdad?».
«Eso tienes que decidirlo tú, Tallulah».
Un cálido escalofrío le recorrió la columna vertebral. ¿Qué había
querido decir exactamente Burgess? ¿Que se lo demostraría si… se lo
pedía? ¿Su jefe estaba dispuesto a donarle un orgasmo?
Finn se acercó más a ella, distrayéndola de sus pensamientos sobre
el imponente jugador de hockey, y la fina capa de sudor de su espalda
se enfrió hasta convertirse en hielo, mientras la música se
amortiguaba en sus oídos y se distorsionaba. Eso era lo que sucedía
cuando un hombre demostraba interés por ella, y al parecer esa
noche no iba a ser una excepción. Claro que cuando Burgess se
acercaba no se congelaba, ¿verdad? ¡En absoluto! Todo lo contrario.
Se calentaba como una tetera al fuego. Sabía la velocidad a la que
debía acercarse, dándole la opción de detenerlo…, algo que solo
conseguía el efecto contrario, ya que aumentaba el deseo de que
invadiera su espacio todavía más. Finn, en cambio…
—Espero que la investigación se te dé tan bien como el baile —le
dijo él en ese momento, lo bastante cerca de la oreja como para que
sintiese su aliento en el cuello.
Contuvo un estremecimiento.
—¡Vaya, gracias! —Quería dejarlo así, enfatizar su falta de interés y
zanjar el tema, pero ¿por qué? Cuando el contrato de becaria en la
Antártida llegó a su fin, uno de los biólogos la invitó a cenar y ella lo
rechazó sin pensárselo. Aunque había sido muy simpático, como
Finn. Seguramente no era un monstruo.
Claro que ¿alguna vez iba a quedarse tranquila con ese
«seguramente»?
Quería conocer a alguien. O mostrarse abierta a conocer a alguien,
como mínimo. Hacía mucho tiempo que no experimentaba
satisfacción física con otra persona (desde que estaba en la
universidad, ¡qué fuerte!) y echaba de menos la anticipación, la
emoción, el acto egoísta y humano de volver a casa con alguien en
busca de placer. Sin pensar mucho, sintiendo y ya.
¿Volvería a ser capaz de eso alguna vez?
—¿Tú no bailas? —se obligó a preguntarle a Finn mientras miraba
con disimulo por encima del hombro para comprobar si Chloe se
acercaba con las bebidas.
Finn se encogió de hombros.
—A lo mejor lo haría si me lo pidiera la chica adecuada… —
Levantó una ceja, como si esperara una invitación.
—Creo que voy a irme pronto a casa —replicó ella—. Me tomo una
copa más con Chloe y ya.
La sonrisa de Finn no flaqueó.
—¿Dónde está tu casa?
Un sabor agrio se extendió por su boca.
—En Beacon Hill.
—Yo voy en esa dirección, por si quieres compartir un taxi.
El escalofrío que se extendía por su piel se coló hacia el interior.
Compartir un taxi no debería ser nada del otro mundo, ¿verdad? Iba
a ver mucho a Finn en la facultad. Y también fuera de clase, ya que
tendrían que hacer juntos un trabajo. Seguramente hasta saldrían
más veces por la noche. Pero ¿y si se bajaba del taxi al llegar a El
Faro y decidía acompañarla hasta la puerta? ¿Y si le decía al taxista
que se fuera? Era casi la una de la madrugada.
No habría nadie alrededor. Solo ellos.
De todas formas, llevaba mucho tiempo viviendo con miedo. Y
quería librarse de él.
—Mira, pues sí.
La sonrisa de Finn se ensanchó.
—Un amaretto sour para la señora —canturreó Chloe, que se acercó
por la derecha de Tallulah y le puso una copa fría en la mano. Luego
miró a Finn, la miró a ella y se acercó para decirle al oído—: ¿Quieres
que me vaya?
—No.
—Vale. ¿Quieres que se vaya él?
—Sí, creo que sí.
—Otra vez: vale. —Entrelazó un brazo con el de Tallulah y miró a
Finn haciendo un puchero—. Lo siento, guapo, te la robo porque voy
un poco achispada y necesito charla de chicas.
—Las charlas achispadas son las mejores —replicó Tallulah con
una sonrisa tensa, agradecida cuando Chloe tiró de ella para
acercarse a la barra—. Gracias. No estaba siendo baboso ni nada de
eso. Es que…
—No hace falta que me des explicaciones. No te apetecía y punto.
—Tienes razón. No hace falta que te lo explique. —Encontraron un
hueco en la barra y se acomodaron, apoyando los codos y mirándose
—. A lo mejor es que un biólogo marino que se llama Finn* me
resulta demasiado forzado.
Chloe echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Demasiado.
—Antes era mucho menos exigente con los hombres. Mientras no
tuvieran un cuchillo de carnicero ensangrentado en la mano, siempre
me planteaba lo de enrollarme con ellos.
—¡Ay, madre! Echo de menos lo de enrollarme con alguno —se
quejó Chloe.
—¡Yo te ayudo si quieres! —exclamó un chico que estaba detrás de
Tallulah.
Chloe levantó las manos.
—No sabes dónde te estás metiendo, en serio. Soy muy
problemática.
—¿Y tú? —le preguntó a Tallulah, que miró por encima del
hombro y descubrió a un sonriente universitario con una gorra de
béisbol hacia atrás—. ¿Te apetece enrollarte con alguien? Resulta que
estoy disponible.
—Mejor lo dejamos para otro día —respondió ella, mirando de
nuevo a Chloe con una mueca burlona, y el rápido movimiento de
cabeza hizo que todo le diera vueltas durante un instante. Sí, estaba
claro que esa era su última copa—. No eres problemática. ¿Por qué
dices eso?
Chloe se puso de puntillas y estiró el cuello para echar un vistazo
por encima de la multitud hacia la entrada del club.
—Ya lo descubrirás.
—¡Uy, qué enigmática!
Chloe volvió a mirarla.
—Me alegro mucho de que hayamos hecho esto —dijo,
agarrándola de un brazo—. Gracias por no guardarme rencor por
haber participado en lo del engaño del alquiler de setecientos
dólares. Si me hubieran dado un poco más de tiempo para pensarlo,
me habría dado cuenta de que era una violación del código entre
chicas.
—Por favor, no hace falta que te disculpes más. —Tallulah
entrecerró un ojo—. Si te digo la verdad, me resultó satisfactorio
descifrar el plan de Burgess en cero coma ocho segundos.
—¿Le echaste la bronca?
—Pues claro. —Tallulah bebió un sorbito del cóctel y lo dejó al
alcance de su mano, sin perderlo de vista—. Bueno…, en realidad
no. Pero fui muy sarcástica.
—El sarcasmo puede hacer daño. Mucho.
—¿A que sí? A mí me gusta.
—La gente subestima su poder.
—Creo que estamos un poco borrachas, Chloe.
—Yo estoy borrachísima. —Compartieron una carcajada—. Así que
¿te has mudado oficialmente con Sir Salvaje?
—Hoy mismo, sí.
—¿Cómo es en la vida real? —le preguntó Chloe al cabo de unos
segundos, tras lo cual fingió un escalofrío—. Es que da mucho
miedito. La temporada pasada me senté detrás del banquillo en
todos los partidos que jugaron en casa y se pasaba todo el rato
arrancándose el casco y gritándole a todo el mundo. Ni siquiera me
gritaba a mí, y casi me hice pis encima.
Tallulah recordó que Burgess la había invitado al primer partido de
la temporada, que se jugaba en casa.
Quizá fuera mejor evitarlo.
Aunque…
—Todavía estoy conociéndolo, pero de momento puedo decirte
que es… pasional y que tiene mal genio, sí, pero también es…
¿razonable? A veces. —Pensó en él en la cocina, cortando cebolla y
pimiento, con ese antebrazo flexionándose con cada movimiento del
cuchillo, aceptando órdenes de forma temporal—. Le dije que no
veía muy claro lo de vivir en casa de un hombre al que no conozco
muy bien y no me trató como si estuviera exagerando. Quiere a su
hija y no tiene miedo de decirlo. Tampoco disimula su afán protector.
—Está bueno.
—Ya te digo —replicó Tallulah—. Está buenísimo.
—En plan bruto cariñoso.
—Lo sé. Lo sé. —Tallulah apuró el cóctel—. Claro que tampoco me
importa. Es mi jefe.
—¡Claro! —exclamó Chloe por encima de la música—. Pero ¿no te
parece que eso aumenta su atractivo?
«Eso tienes que decidirlo tú, Tallulah». ¿Eso era una insinuación?
¿Por qué no podía dejar de pensar en el tema?
—Chloe, eres una influencia terrible.
—¡No! —protestó la susodicha, agitando el hielo de su copa—. Es
el vodka el que habla.
—Me lo creo. Dentro de nada me dirás que eres un biólogo marino
llamado Finn.
Chloe soltó una carcajada y espurreó su bebida en los zapatos de
Tallulah, que se unió a las risas y ambas acabaron apoyándose en la
barra. Unos seis chicos se acercaron para ofrecerles servilletas, que
agitaron delante de sus caras, empeorando el ataque de risa.
Y, justo en ese momento, el ambiente en el club cambió.
Chloe debió de sentirlo, porque la alegría desapareció al instante
de sus bonitas facciones mientras se ponía otra vez de puntillas y
elevaba el pecho al respirar hondo por lo que vio.
—No mires ahora, guapa —le dijo Chloe—. Pero la razón de que
sea problemática acaba de llegar.
Tallulah no registró las palabras «no mires», debido a la confusión
cerebral inducida por el alcohol, y se unió a Chloe para mirar por
encima de la multitud. Un hombre se abría paso en su dirección, con
una gorra de béisbol calada hasta los ojos. Sin embargo, eso no
impidió que la gente se volviera a mirarlo con la boca abierta. ¿Les
sorprendía su altura? Debía de ser solo un par de centímetros más
bajo que Burgess, y la anchura de sus hombros enfatizaba la
diferencia de tamaño entre él y el resto de los presentes en el club.
—¿Quién es?
—Ese es Sig. Mi futuro hermanastro.
—¿El tercer miembro del trío de sinvergüenzas de los alquileres
baratos?
—Sí —susurró Chloe.
—¿¡Sig Gauthier!? —gritó uno de los chicos que les estaban
ofreciendo servilletas.
—Sí —dijo Chloe subiendo la voz, al tiempo que aceptaba una y se
agachaba para limpiarle rápidamente los zapatos a Tallulah antes de
que ella pudiera decirle siquiera que no se molestara. Cuando se
enderezó, Sig había llegado a la barra y no parecía contento. En
absoluto. Su gélida mirada recorrió al grupo de chicos que las
rodeaba y fue volviéndose cada vez más fría. Por lo menos hasta que
Chloe exclamó—. ¡Sig! —Y le echó los brazos al cuello.
El jugador de hockey parpadeó un par de veces mientras el hielo de
su mirada se descongelaba un poco y después respondió al saludo
rodeándola con un musculoso brazo.
—Hora de irse, Chloe.
—Iba a llamar a un Uber.
—Yo soy tu Uber. ¿Dónde tienes el bolso?
—Mmm… Creo que solo he traído el móvil y la tarjeta de débito.
—¿¡Crees!? —Estuvo a punto de acariciarle la nuca con una mano,
pero se detuvo antes de hacerlo. Apretó el puño y se apartó de ella
—. Por eso no me quedo tranquilo cuando sales.
—Podrías quedarte tranquilo si quisieras. Soy una adulta
totalmente funcional.
—Le dije a tu madre que te echaría un ojo. —Volvió a mirar con el
ceño fruncido a los chicos que las rodeaban, ajeno por completo a la
evidente adoración con la que lo miraban, como si fuera su héroe—.
Es evidente que tenía buenas razones para pedírmelo.
La expresión de Chloe se ensombreció.
Le dio la espalda a Sig de forma cortante.
Él levantó las manos y puso los ojos en blanco.
—¿Me firmas esta servilleta? —le preguntó el universitario que
estaba detrás de Tallulah.
—No —contestó Sig de forma automática.
Chloe apretó los labios con fuerza un instante, pero luego su
expresión cambió en un abrir y cerrar de ojos.
—Tranquilo —le dijo al universitario con una sonrisa dulce—. En
vez de su autógrafo, te vas a llevar mi número de teléfono.
Sig resopló y cruzó los brazos por delante del pecho.
Hasta que el chico sacó un bolígrafo muy contento y se lo ofreció a
Chloe.
El jugador de hockey lo interceptó.
—Vale, un autógrafo. ¿Lo quieres personalizado?
Mientras Sig firmaba, Chloe miró a Tallulah con evidente
exasperación mientras señalaba a su futuro hermanastro.
—Ya sabes cuál es mi problema —dijo.
Chloe no parecía darse cuenta de que la relación con su futuro
hermanastro tal vez fuera más problemática de lo que pensaba,
reflexionó Tallulah, pero se le quedó la mente en blanco cuando Sig
terminó de firmar y la fulminó con una mirada inquisitiva.
—¿Tú eres Tallulah?
—¿Tú eres el que intentó engañarme para que pagara un alquiler
ridículo y compartiera piso con Chloe?
Sus palabras lo sorprendieron y retrocedió un poco.
—Un momento, que no fui solo yo.
—Pero eres el único que no se ha disculpado.
Eso pareció impresionarlo un poco, aunque nada más lejos de su
intención que impresionar a un hombre que creía que podía irrumpir
en el club y darle órdenes a su futura hermanastra, que era una
mujer hecha y derecha.
—En ese caso, te pido disculpas formalmente.
Tallulah inclinó la cabeza.
—Te avisaré formalmente cuando las acepte.
Sig esbozó algo parecido a una sonrisa.
—¿Tú también necesitas que te lleven?
Esa opción le gustaba. Chloe estaría con ellos.
—¿Vas en dirección a Beacon Hill?
—La verdad es que no, pero no pasa nada. —Señaló con la cabeza
hacia la salida—. A estas horas, ya no hay tráfico.
No podía hacerlo. No podía aceptar que se desviaran de su camino
por ella.
—Tomaré un taxi, pero gracias por ofrecerte.
—¿Seguro? Si aceptas, ganaré puntos con Sir Salvaje.
—Razón de más para pasar.
Sig se echó a reír, pero su alegría desapareció al instante, en cuanto
vio que uno de los tipos de la barra intentaba poner una servilleta y
un bolígrafo delante de Chloe, aprovechando que él estaba distraído.
Cogió el bolígrafo y lo arrojó por los aires.
—Vámonos —masculló al tiempo que tiraba de Chloe para sacarla
del club.
Tallulah se rio mientras se llevaba el vaso vacío a los labios y luego
lo dejó en la barra, con la intención de seguirlos, pero en cuanto se
volvió, descubrió a Finn entre ella y la salida, y la repentina alarma
que sintió le provocó un escalofrío en la espalda.
—Hola —soltó, sobresaltada—. Estoy a punto de irme. Nos
vemos…
—Creía que íbamos a compartir taxi —la interrumpió Finn, con
una sonrisa un poco infantil. ¿Estaba demasiado cerca o se lo estaba
imaginando?—. Me encantaría hablar de cómo vamos a abordar el
trabajo.
—Todavía no nos han dado el tema —le recordó Tallulah, que
empezaba a enfadarse. Y también a ponerse nerviosa, joder. Ya no
podía ver a Chloe ni a Sig y, de repente, no se sentía tan bien, allí
rodeada de desconocidos. Y al lado de ese compañero de clase que
parecía estar demasiado obsesionado con ella. Desesperada, miró
por encima del hombro de Finn, con la esperanza de establecer
contacto visual con Tisha o Evan, pero ya no estaban en la mesa—.
¿Se han ido todos?
—Sí —respondió él, que siguió su mirada—. Parece que solo
quedamos tú y yo. —Levantó el teléfono y lo agitó un poco—. Pediré
un Uber.
—En realidad, mi novio viene de camino —soltó sin inmutarse. No
sabía bien qué instinto la había impulsado a pronunciar esas
palabras, pero estaba claro que se sintió mejor de inmediato.
Ese tipo estaba siendo demasiado insistente. Como si ansiara
quedarse a solas con ella.
No eran imaginaciones suyas.
¿Verdad?
«Si no tienes cómo volver o pasa algo, puedes llamarme. A las dos
de la madrugada. A la hora que sea».
Burgess. Iría a por ella.
Finn apretó los labios, adoptando un rictus serio.
—No sabía que tenías novio.
—Sí. Esto…, vivimos juntos. Discúlpame. —Esquivó a Finn
mientras miraba el móvil y pasaba el dedo por las llamadas más
recientes. En cuanto se alejó lo bastante de él, se llevó el móvil a la
oreja. Sir Salvaje contestó al primer tono, con voz grave y alerta.
—¿Qué ha pasado?
—¿Puedes venir a buscarme? Te lo explicaré cuando…
—La dirección.
—Es un club que se llama Down.
—Lo encontraré. ¿Estás bien, Tallulah?
—Sí.
Algo en su tono debió de inspirarle dudas, porque se produjo una
larga pausa.
—Mándame la ubicación, ¿vale? Ya estoy en el ascensor.
9
Burgess le dejó una nota breve a Lissa explicándole que volvería
pronto, por si acaso se despertaba mientras no estaba, y luego le
pidió al portero que, durante su ausencia, estuviera más atento que
de costumbre para prohibirle la entrada a cualquiera que no fuese
residente del edificio. Acto seguido, condujo a toda velocidad hacia
el puerto como un corredor de Fórmula Uno en Mónaco, dispuesto a
saltar del coche en cuanto llegara y derribar de una patada la puerta
del club. Sin embargo, se desplomó en el asiento al ver salir a
Tallulah, lo que puso fin a su cruzada antes de que empezase
siquiera. Tallulah estaba bien. Viva, bien e ilesa, al menos a simple
vista. ¿Habría perdido la cartera o algo? Una posibilidad real,
porque…
Su niñera estaba borracha y andaba haciendo eses. No como para
caerse al suelo, ni como para ir doblada hacia delante, pero sí tenía
los ojos brillantes y el maquillaje un poco estropeado. Eso sí, estaba
tan guapísima como siempre.
Comprobó por el retrovisor si había tráfico en sentido contrario
antes de bajarse para abrirle la puerta. Cuando le abrió antes de que
ella pudiera siquiera alargar un brazo, la vio separar los labios con
un suspiro y mirarlo, parpadeando varias veces. ¿Y después?
Se lo comió con los ojos. Descaradamente. Sin disimulos. Allí
mismo, en mitad de la calle.
Con el diminuto bolso entre las tetas, esos ojos marrones se
desplazaron desde su torso hasta los bíceps, bajaron hasta los muslos
y, sí, se detuvieron en su paquete. No parecía darse cuenta de que lo
estaba haciendo, y decidió que le gustaba mucho la versión borracha
de Tallulah.
—Oye, gracias por venir —dijo con voz ronca y cálida, haciendo
que se le tensara el abdomen. Invadió su espacio personal, hasta el
punto de que sintió el roce de una rodilla en la parte superior de una
espinilla, y echó la cabeza hacia atrás para seguir mirándolo a los
ojos. ¡Joder! Sus manos deseaban acercarse y agarrarla por las
caderas o por los hombros para mantenerla firme, pero era
consciente hasta un punto doloroso de que eso sería traspasar todos
los límites, más aun teniendo en cuenta la experiencia traumática
que le había confiado—. ¿No te resulta gracioso que me alegre de
verte?
Le dio, como poco, nueve vueltas en la cabeza a esa pregunta.
—¿A ti te parece gracioso?
—Sí, porque hace unos días me ponías nerviosa.
—¿Y ya no? —preguntó, conteniendo la respiración.
Ella hizo un mohín con la nariz mientras le miraba la barbilla y la
garganta.
—No de mala manera.
—¿Hay una buena manera de poner nerviosa a una persona?
Tallulah soltó un resoplido burlón y guardó silencio, tras lo cual
fue evidente que acababa de hacer un esfuerzo mental para
recomponerse.
—Puedo subir a este coche yo sola, te lo prometo. No estoy
borracha.
Burgess disimuló el escepticismo.
—Vale, Tallulah. Me quedaré aquí por si acaso.
Ella levantó una mano, acercando el pulgar y el índice.
—Eso es un poquito condescendiente, ¿no te parece?
Se resistió a sonreír.
—Algunos dirían que es caballeroso.
—Caballeroso. —Repitió la palabra, como si nunca la hubiera oído
antes—. Eres un poco anticuado, ¿verdad? Abriéndome la puerta,
instalando cerraduras, quedándote ahí por si mis delicadas piernas
femeninas no son capaces de subirse a un coche…
—Podría decirse que estoy chapado a la antigua, sí.
—Es el bruto cariñoso que llevas dentro —susurró.
Burgess levantó las cejas hasta casi el nacimiento del pelo.
—¿El qué?
—¡Oooh! —Torció el gesto—. No debería haber dicho eso.
—Pues ahora que lo has hecho, tienes que explicarte.
Ella negó con la cabeza.
Él asintió.
—En fin —claudicó Tallulah, levantando un hombro—. Chloe y yo
estuvimos hablando de ti y… más o menos decidimos que estás
cañón en plan bruto cariñoso.
—Bruto cariñoso…
—No te ofendas, que es algo bueno. Para ti, no para mí. Yo ni
pincho ni corto, ¿sabes? —Cerró los ojos con fuerza—. Mañana me
arrepentiré de cada palabra de esta conversación.
—Pues que sepas que ya es mañana.
—Tú ya me entiendes. Me refiero a cuando haya sol y eso.
—Ajá —replicó él mientras intentaba memorizar esos rasgos
suavizados por el alcohol. Las mejillas resaltadas por el brillo del
iluminador, el rímel corrido a la altura del rabillo del ojo derecho.
Estaba a punto de decir algo más, pero pareció recordar de repente
algo más importante y miró hacia la entrada del club.
—En fin, deberíamos irnos.
Burgess siguió su mirada, con los sentidos en alerta máxima.
—Vale —dijo despacio—. ¿Dónde está Chloe? ¿Necesita que la
llevemos?
—No, Sig se la ha llevado.
—¿Sig ha venido? ¿Y te ha dejado aquí? —Sintió que estaba a
punto de gritar y no pudo controlarlo—. ¿¡Se puede saber por qué no
te ha llevado también a ti a casa!?
—Porque le dije que iba a pedir un taxi. A ver, es complicado. Más
o menos como la relación de Chloe y Sig. ¿Se puede saber de qué
van? —Gesticuló con las manos—. Vamos, te lo explicaré todo por el
camino.
Burgess apretó los dientes y se acercó a Tallulah por precaución
cuando la vio colocar el pie en la estribera del SUV para tomar
impulso. El movimiento de su falda lo dejó hipnotizado un
momento, porque dejó más visibles sus muslos, pero por suerte no
tanto como para ser incapaz de reaccionar si perdía el equilibrio,
cosa que, por supuesto, ocurrió. El tacón del zapato quedó justo al
borde y resbaló. Intentó enderezarse agarrando el cinturón de
seguridad, pero ya era demasiado tarde.
Iba directa al suelo.
En un abrir y cerrar de ojos, Burgess se colocó detrás de ella y usó
su cuerpo para interrumpir su descenso hacia el pavimento,
pasándole un brazo por delante de las caderas y pegándola contra su
pecho, contra el cual la atrapó antes de que sus pies pudieran
siquiera hacer contacto con el suelo. No hubo forma de contener el
gemido ronco que brotó de su garganta cuando sintió el roce de su
culo en la bragueta y la presión de su cuerpo, además de ese olor,
que le invadió los sentidos.
¡Madre del amor hermoso!
¿Cómo era posible que una persona fuera tan suave y tan fuerte al
mismo tiempo?
Porque Tallulah era fuerte, aunque en ese momento estuviera
débil, con la respiración entrecortada por el susto de la caída y la
cabeza apoyada en su hombro. Hacía mucho tiempo que no tocaba a
una mujer, sí, pero todavía hacía más que no abrazaba a ninguna de
esa manera, y no recordaba haber sentido nunca lo que estaba
experimentando en ese momento. Como si sus terminaciones
nerviosas estuvieran a punto de estallar y el pulso le latiera a mil por
hora.
Tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no
besarle el lateral del cuello. En esas estaban cuando oyeron unas
voces procedentes de la puerta del club y Tallulah volvió la cabeza
hacia el sonido al tiempo que tensaba la espalda. Empezó a moverse
indicándole que la dejara en el suelo, y la complació a regañadientes,
aprovechando el movimiento para ajustarse el paquete antes de que
ella lo mirara de frente y se diera cuenta de que estaba empalmado.
—¿Burgess?
—Dime.
—Sé que esta noche ya te he pedido un gran favor, pero voy a
pedirte otro. Sin preguntas, ¿vale? Luego te lo explico.
Le costó entender sus susurros, porque seguía procesando la
experiencia de tenerla entre sus brazos, sobre todo el contacto de la
parte posterior de sus muslos contra la delantera de los suyos y la
erótica curva de ese trasero. Un momento. ¿Qué acababa de decir?
¿Que iba a pedirle otro favor?
¿Era consciente de que en ese momento le diría que sí a cualquier
cosa?
Luchar contra un caimán. Hacer salto base. Teñirse el pelo de rosa
fosforito. ¡Lo que fuera!
Con el cerebro activo de nuevo (en cierto modo), se percató de que
ella seguía mirando al grupo de gente que acababa de salir del club.
Uno que llevaba gafas se separó del grupo y empezó a andar hacia
ellos. Cuanto más se acercaba, más nerviosa parecía ponerse
Tallulah.
De repente, empezó a hervirle la sangre y se le contrajeron los
músculos.
—¿Te ha molestado ese tipo?
—El caso es que no lo sé —respondió ella, que se colocó a toda
prisa un mechón de pelo suelto detrás de una oreja—. No sé si solo
estaba siendo amable. O si estaba tonteando. O si se pasó de la raya.
Porque siempre supongo lo peor. Siempre espero lo peor de los
hombres. Pero sí que tengo claro que no me interesa. Sin ninguna
duda. —El tipo estaba ya a unos quince metros—. Pero voy a verlo
en la facultad a diario, y no quería enrarecer las cosas, así que le dije
de forma impulsiva que mi novio iba a venir a recogerme. Va a
pensar que eres tú. ¿Podrías… mostrarte convincente?
Burgess empezó a vibrar de los pies a la cabeza.
—¿Convincente cómo?
—¿Podrías besarme? Una sola vez. Nunca te lo volveré a pedir.
Se lanzó a besarla como un oso al que acabaran de darle un tarro
de miel después de la hibernación. Tensión, sudor, deseo… Todo le
pasó a la vez, como si lo hubieran golpeado. Su cuerpo, sus manos y
su boca entraron en acción. Aprovechó la invitación. Acercó a
Tallulah, rodeándole la cintura con un brazo, de manera que ella
tuvo que ponerse de puntillas, y gruñó al saborearle la boca por
primera vez. Era un beso nacido del anhelo que llevaba dentro desde
que la conoció. Sin embargo, la explicación que le había dado
Tallulah había añadido dos ingredientes potentísimos a la mezcla:
afán protector y celos. En otras palabras, que era un puto polvorín.
«Tranquilízate».
«Vas a asustarla».
Era más fácil pensarlo que hacerlo.
Un simple piquito en los labios habría bastado para lograr lo que
ella necesitaba, y el tipo en cuestión ya había pasado de largo a su
lado por la acera, aunque había titubeado un poco antes de seguir
adelante. Lo único que oía era el poderoso bombeo de su corazón y
las bocanadas de aire que Tallulah tomaba cuando el asalto de su
boca se lo permitía. Y tal vez no debería haberlo hecho, pero que ella
siguiera separando los labios para aceptar su lengua y se aferrara a
la pechera de su camiseta y tirara de él para acercarlo más fue como
una invitación para ir más allá. En un abrir y cerrar de ojos, levantó a
Tallulah del suelo y la soltó en el asiento del acompañante,
echándola hacia atrás con su torso e inclinándose sobre ella para
seguir comiéndole esa boca tan preciosa que tenía y jadear de forma
entrecortada contra su cuello cuando ella se lo permitía, saboreando
la presión de sus muslos en torno a las caderas. Porque lo estaban
apretando. ¡Mierda, se la había puesto dura como una piedra!
—Burgess —susurró ella, dándole una palmada en un hombro con
mano temblorosa—. Vale. Ya está.
—¿El qué, preciosa? —murmuró con voz ronca.
Ella gimió mientras él le lamía un lado del cuello.
—Esto es… Se nos está yendo de las manos.
—Sí, no puedo controlarlas, se mueven solas.
—¡Uf…! Eso suena… ¡Ay, por Dios! —Se atacaron mutuamente la
boca en un frenesí de succión y labios abiertos. Lametones largos y
húmedos entre gemidos que le dejaron las manos temblorosas
mientras le acariciaba el borde de la falda—. Hacía mucho que no
bebía como esta noche y… estoy tomando decisiones precipitadas…
«Que no bebía…».
Tallulah había bebido.
¿¡Se podía saber qué estaba haciendo!?
Ella lo había llamado, confiando en que la llevaría a casa sana y
salva. Y él le estaba metiendo mano en la acera de una calle muy
pública, mientras intentaba recordar si todavía llevaba aquel
preservativo en la cartera.
«¿En serio?».
«Espabila o no volverá a llamarte para nada».
—Lo siento. —Le apartó las manos de la falda, apretó los puños
contra el techo del SUV y se quedó ahí, suspendido sobre ella
mientras recuperaba el aliento. Detenerse no le resultó fácil en
absoluto. De hecho, era una auténtica tortura, sobre todo cuando ella
seguía rodeándole las caderas con los muslos y sus tetas subían y
bajaban mientras intentaba respirar—. ¡Joder! Lo siento. Es que…
«Llevo meses pensando en ti a todas horas».
«Me pones tan cachondo que se me olvida hasta cómo respirar».
—No, tranquilo, he sido yo la que te he pedido que me beses.
—Me he pasado de la raya, esto ya no era un beso. Y tú has bebido.
Mi comportamiento es injustificable. —Echó mano de toda su fuerza
de voluntad para apartarse de su niñera, una chica once años menor
que él que le había pedido ayuda. ¡Guau! ¡Qué cabrón! Mantuvo la
mirada fija en un punto por encima del hombro de Tallulah mientras
le juntaba las piernas. Ella se volvió rápidamente para sentarse
derecha, mirando hacia el frente, algo que él interpretó como que
necesitaba un momento para recuperar la compostura.
Así que cerró la puerta del acompañante, rodeó el coche por
delante hasta llegar al lado del conductor, abrió la puerta y subió.
Hizo ademán de girar la llave en el contacto y soltó un taco porque
se dio cuenta de dos cosas. La primera, que le temblaban las manos.
La segunda, que había dejado el motor en marcha. Tallulah seguía
mirando al frente. ¿Porque el beso la había afectado tanto como a él o
porque pensaba que había cometido un terrible error al pedirle
ayuda? Esperar que se tratara de la primera opción seguramente
fuese absurdo.
Pisó el acelerador y se alejó del club, calculando que tenía unos
doce minutos antes de llegar a su casa, y que no iba a ser tiempo
suficiente ni mucho menos para que ella volviera a sentirse cómoda
con él.
—Lo siento, Tallulah.
—No te disculpes más. Yo te animé.
La confirmación de que su participación activa en el beso no había
sido producto de su imaginación hizo estragos en su cuerpo. Se
empalmó otra vez al recordar que le había tirado de la camiseta. Que
le había metido la lengua en la boca. Que sus gemidos habían sido
reales. Aunque…
—Sabía que habías bebido. Pero… —Se detuvo delante de un
semáforo en rojo, se pasó los dedos de una mano por el pelo y
decidió ofrecerle una versión modificada de la verdad (que la había
deseado desde que la conoció). Bastante asustada estaba ya como
para decírselo abiertamente. Solo quería explicarle las cosas para que
se le borrara la expresión desconcertada que tenía—. Es que hacía
tiempo que no estaba con una mujer, y tú eres preciosa, joder. Ya sé
que esa tampoco es una excusa. Ten por seguro que no volverá a
ocurrir.
Ella volvió la cabeza para mirarlo con los ojos como platos.
Sin embargo, no dijo nada.
—¿Qué? —le preguntó él.
—Que eres muy intenso —soltó ella por fin—. ¿Has mantenido
alguna vez una conversación trivial?
—¿Sobre qué?
—Eso es lo que pasa con las conversaciones triviales. No van de
nada. Pueden ser de cualquier cosa.
—¿Y para qué sirven, joder?
La vio clavar la mirada en el techo, como si estuviera pidiendo
paciencia.
—Es una conversación preliminar. Una forma de comprobar si la
otra persona está de humor para hablar de algo más profundo. Es
como los besos…
Estaba a punto de reventar la cremallera de los vaqueros.
—Por favor, no saques el tema de los besos. —«Mientras tienes las
piernas cruzadas a medio metro con esa faldita de cuero y esas
medias». ¡Por Dios bendito!
—Tienes razón, es un mal ejemplo. Tampoco es que tantees con los
besos. ¡Madre del amor hermoso!
Giró hacia la derecha con más brusquedad de la cuenta.
—¿Eso es una queja?
—No. Solo una observación.
—Vale. —«Pregúntaselo. Pregúntaselo directamente o parecerás
inseguro o patético»—. ¿Te hubiera gustado que te besara de otra
manera?
—Yo no he dicho eso —respondió ella al tiempo que negaba
también con las manos—. Supongo que me estoy planteando si tu
incapacidad para entablar conversaciones triviales tiene algo que ver
con…
—¿Qué?
—Con llevar tanto tiempo sin estar con una mujer. —Dio un
pequeño respingo, como si su propia franqueza la avergonzara, pero
de todas formas siguió hablando—: Las conversaciones triviales son
una parte importante cuando sales con alguien.
—¿Salir con alguien? —Torció el gesto sin querer—. ¿Quién ha
hablado de eso?
De repente, ella puso cara de que se le encendía la bombilla.
—Ya veo. En ese tema tampoco te andas con rodeos, por así
decirlo. Vas directo al grano.
—Si estás insinuando que no sé cómo conseguir que una mujer se
moje, estaré encantado de refutar tu teoría, preciosa. Solo necesito
una mano para conducir este coche.
Una fracción de segundo antes de apartar la mirada, el deseo veló
los ojos de Tallulah de forma inconfundible y le temblaron los
muslos, expuestos a la luz de la luna. Mientras él se criticaba por
haber vuelto a meter la pata con ese inapropiado comentario, ella
recuperó la compostura. Y si lo estaba haciendo era porque se sentía
incómoda con él, ¿verdad? No pensaba tolerarlo.
«Cambia de tema».
—¿Qué te ha hecho ese friki para que te enfades?
—No lo llames así. Es cruel. —Suspiró—. Aunque es un poco friki,
la verdad.
Burgess mantuvo una expresión pétrea.
—¿Qué te ha hecho?
La vio golpearse una rodilla con varios dedos, y le dio la impresión
de que estaba sopesando qué debía contarle. «Todo. Vamos», pensó
él.
—Quería que compartiéramos un taxi —dijo al final—. Le dije que
sí, aunque no quería. Luego me dejé llevar por el pánico y le dije que
mi novio vendría a recogerme.
—Vale. ¿Por qué aceptaste compartir el taxi si no querías hacerlo?
—Es complicado. En parte es porque voy a verlo en la facultad y
no me apetece enrarecer el ambiente, pero sobre todo…
—¿Sobre todo?
—Porque quiero dejar de sentirme como me siento —murmuró—.
Desconfiada e indefensa. Yo no soy así. Lo odio, y está claro que al
sentirme así soy incapaz de controlar cómo reacciono. Supongo que
estoy siendo impaciente conmigo misma. Que me estoy obligando a
comportarme como lo hacía antes. Pero siempre acabo descubriendo,
una y otra vez, que ya no soy la misma persona. —Tras lo cual
murmuró como si estuviera hablando consigo misma—: Ya no soy
valiente ni intrépida.
—¿En serio? Pues yo creo que eres el doble de intrépida. La
mayoría de la gente tiene la ventaja de ir por la vida con una venda
en los ojos, pensando: «A mí no me pasará eso». A ti te arrancaron la
venda y aquí sigues, avanzando. Viviendo. —Ella se volvió para
mirarlo en silencio, y se preguntó si habría metido la pata con ese
comentario—. Me resulta imposible pensar que alguien pudiera vivir
esa experiencia… sin sufrir secuelas después. Pero no estoy de
acuerdo en que no eres valiente e intrépida. Ahora que sé por lo que
has pasado, cada vez que pienso que entraste en mi casa como si tal
cosa, a pesar de mis gritos, porque querías ayudarme con Lissa… —
Carraspeó—. Eres muy valiente, ¿vale?
Tallulah soltó el aire de forma entrecortada y guardó silencio un
momento.
—Gracias por decirlo.
Burgess sintió un calor repentino en la nuca y solo atinó a soltar
una especie de gruñido.
—Ahora que estoy en Boston y me resisto a hacer cosas nuevas —
siguió ella—, la diferencia en mi comportamiento me resulta mucho
más evidente que cuando estaba en la Antártida. Aunque me ha
encantado salir con Chloe, no puedo usar su compañía como una
muleta. Y tampoco quiero llegar al punto de quedarme en casa, por
temor a enfrentarme a los riesgos. Que es una actitud que no tiene
nada de malo, pero es que yo no soy así. No lo era.
Su explicación le provocó un nudo en la garganta.
—¿Qué cosas te resistes a hacer?
Ella respiró hondo y luego soltó el aire despacio.
—Quiero ir a un espectáculo en el Paradise Rock Club. Quiero
trepar hasta colocarme debajo del cartel de Citgo en el campus y ver
un partido de los Red Sox. Quiero bañarme desnuda en el lago
Jamaica Pond.
—¡Madre mía! ¿Y no quieres ir a un partido de hockey?
—¡Me lo estoy pensando!
—¿Qué hay que pensar?
—No lo sé. Al principio, no sabía si quería ver en directo la ira de
Sir Salvaje. Ahora… no lo sé. —Su voz bajó hasta convertirse en un
susurro malhumorado—: A lo mejor no es buena idea verte en tu
salsa.
Esas palabras hicieron que se le encendiera una llamita de algo
parecido a la esperanza en las entrañas.
—¿Por qué?
—En fin. Ya sé que eres bueno besando. Añadir otra habilidad más
a lo mejor puede… distraerme. Tanto despliegue de capacidades
puede enturbiar la mente. —Nada más decirlo, torció el gesto, y él
comprendió que se arrepentía de haber dicho aquello. Pero, ¡joder!,
su confesión lo enorgullecía. Muchísimo—. Además, tampoco tengo
tiempo para aficionarme a los deportes. Es un pasatiempo muy
exigente. —Hizo un mohín—. Josephine intentó aficionarme al golf y
casi tuve que abandonarla para que me dejara tranquila.
—No lo harías ni de broma.
—Ya. —Se tapó la cara y gimió—. La quiero tanto que hasta me
duele. No me puedo creer que se vaya a casar con Wells Whitaker.
En una ocasión, durante un fin de semana muy loco en Nueva
Orleans, tuve que convencerla para que no se tatuara su nombre en
la ingle. Eso fue antes de que se conocieran. Ahora tendrán un
montón de niños golfistas. Mi corazón no va a resistirlo. —Se sentó
más erguida mientras suspiraba—. ¿Crees que seremos padrinos de
alguno?
Estar relacionado con Tallulah en algo que incluyera niños le
producía un extraño vértigo. Y él no era de los que se mareaba. De
hecho, esa podía ser la primera vez que le pasaba en la vida. Y la
última.
—Todavía no han fijado la fecha de la boda y ya estás viéndolos
con un recién nacido en brazos.
—Vale. —Descruzó las piernas y apoyó la espalda en el asiento de
cuero—. Lo sé.
«No le mires los muslos. Distráete con algo. Con cualquier cosa».
Burgess carraspeó con fuerza.
—Así que… quieres bañarte en bolas, ¿no?
«Perfecto. Lo has clavado».
Ya no podía dejar de pensar en ella desnuda.
—¿Tú serías capaz de hacerlo? —le preguntó ella—. ¿O entra en la
misma categoría que una conversación trivial? Algo que no tiene
sentido.
—Es que no se lo veo.
—Hablas como alguien que no se ha bañado nunca desnudo. Es
estimulante. El riesgo de que te pillen aumenta la emoción. —Se
quedó callada unos instantes—. O antes lo hacía, por lo menos. Ya no
sé si sería capaz. De correr el riesgo o de enfrentarme a una aventura.
De hacer cosas nuevas que no sé cómo van a acabar. Ahora todo es
distinto.
El nudo de la garganta de Burgess se expandía por momentos. Eso
no le gustaba. No le gustaba que Tallulah tuviera miedo de hacer las
cosas que le encantaba hacer. Estrangular al tipo que le había
provocado ese trauma a lo mejor podría haberlo calmado un poco,
pero lo que de verdad quería era verla realizada. Sin esconderse. El
hombre que le había hecho daño ya no estaba en el mundo para
molerlo a palos. Sin embargo, sí podía ayudarla a superar el miedo
que ese monstruo le había metido en el cuerpo.
—¿Y si tuvieras a alguien que te protegiera? —Mierda. Primero se
emocionaba y después se sentía vulnerable. Y todo en una noche.
¿Qué le pasaba? Tallulah podía rechazarlo en un santiamén—.
¿Mientras tú… haces esas locuras que te gustan tanto?
Aunque no apartó los ojos de la carretera, percibió que ella volvía
la cabeza en su dirección y sintió la sorpresa y la curiosidad que
irradiaba su mirada.
—¿De qué hablas?
—Hablo de mí. Quiero decir que te acompañaré y me aseguraré de
que no te ocurra nada malo. —Ese posible privilegio ya se estaba
convirtiendo en algo que deseaba. En algo que necesitaba—. En el
equipo juego de defensa, esa es mi especialidad.
—Sí, pero… ¿estás dispuesto a hacerlo?
Soltó una especie de gruñido a modo de respuesta.
Tallulah se enderezó de repente en el asiento, jadeando.
—¡Se me ha ocurrido algo que es mejor todavía!
10
Lo que se le ocurrió fue terrible.
Una idea pésima.
¿O fue una puta genialidad?
A ver, que estaba achispada, pero luego… ¡Uf, luego! El beso de
ese hombre le había puesto el cerebro patas arriba, como si lo
hubiera golpeado con una pelota de fútbol. ¿Quién iba a decir que
Burgess poseía esa… pasión dentro de ese corpachón de guerrero?
En la vida la habían besado de forma tan ardiente, mucho menos
estando vestida. En fin, que era un experto. Y a una parte de ella le
estaba costando muchísimo olvidar que Burgess comprendía el
concepto de «sensualidad».
Aunque los recuerdos de los hombres empezaban a difuminarse, sí
tenía claro que normalmente iban derechos a por el culo mientras
besaban. Sus manos lo buscaban como palomas mensajeras
volviendo al palomar. Lo de acabar con la lengua hasta la campanilla
mientras te magreaban el culo sin permiso era inevitable.
Con Burgess, en cambio…
Se suponía que su beso solo era una táctica para desviar el interés
de Finn, pero había conseguido mucho más de lo que pensaba.
Burgess le había acariciado las caderas con esas enormes manos, le
había recorrido la curva de la cintura con los nudillos, la había
lamido. Que sí, que quizá lo había pinchado un poco al decirle que
iba demasiado rápido, pero ese hombretón sabía bien lo que estaba
haciendo. ¿Quizá porque había estado casado? ¿Por qué le dejaba esa
correlación un mal sabor de boca?
Seguro que por el alcohol.
El asunto era que se trataba de su jefe. No podían repetir la jugada.
Sin embargo, en su cerebro se estaban tramando un sinfín de
planes, pese a la neblina creada por el cóctel de amaretto. Podía
ayudar a ese hombre a regresar al mundo, ¿no? A cambio de que la
protegiese mientras ella volvía a encontrar el equilibrio.
En ese momento, Burgess colocó un brazo sobre el respaldo de su
asiento y se inclinó hacia delante. Creyendo que iba a besarla de
nuevo, abrió la boca para regañarlo. ¡Ni hablar! La abrió para
humedecerse los labios y se preparó para que le pusiera el mundo
patas arriba. Sin embargo, aunque él observó el movimiento de su
lengua sobre los labios, siguió girando el cuerpo con una mano en el
volante… y entonces se dio cuenta de que estaba aparcando en línea
delante de El Faro. Habían llegado a casa.
Genial. Tenía que espabilarse, pero ya.
—¿Qué se te ha ocurrido? —le preguntó Burgess mientras
enderezaba el SUV.
Ese habría sido el momento perfecto para decir «da igual» y
olvidarse del tema. A lo mejor era una malísima idea pasar
demasiado tiempo con ese hombre, sobre todo teniendo en cuenta
que le resultaba muy atractivo. No estaba buscando nada serio con
él, así que ¿adónde podía conducir esa fascinación? ¿A vivir juntos y
coqueteando? No. Eso sería un desastre descomunal. Sobre todo
tratándose de Burgess, que estaba chapado a la antigua.
Seguramente esperaba que ella se quedase en casa cocinando,
incluso cuando tenía la noche libre. Antes de que se diera cuenta,
estaría encerrada con un jugador de hockey gruñón y terco…, y esa
no era la vida de absoluta libertad y nuevas experiencias que quería.
Sin embargo…, a lo mejor podía hacer a lo Ted Lasso y dejar a su
familia mejor de lo que se la había encontrado. Podía ayudar a
Burgess a retomar su vida social, consiguiendo por lo tanto que fuera
más feliz y mejor padre. A cambio, ella podría vivir sus aventuras
con seguridad.
«Dilo antes de que te eches atrás».
—Vale. —Se desabrochó el cinturón de seguridad y se giró en el
asiento para mirar a Burgess—. Antes que nada, gracias por ofrecerte
a acompañarme mientras hago mis locuras. Acepto.
Él la miró de reojo.
—¿En serio?
—Sí.
Parecía que le estaba costando lo suyo contener una sonrisa.
—¡Madre mía! Esto te encanta, ¿a que sí? —Tallulah soltó una
carcajada—. Puedes acompañarme y asustar a la gente. Esa es tu
especialidad. Ahí es donde te luces.
—Correcto.
—Eres un bicho raro.
Él cambió de postura en el asiento.
—También me siento… aliviado. No tengo que quedarme
despierto, preguntándome dónde estás o si estás a salvo…
—Vale, eso tiene más de padre que de otra cosa. No te confundas.
—Por Dios. Puedo ser protector sin ser… paternal.
—¿Te portarías así con cualquier otra niñera a la que hubieras
contratado?
—No.
¡Guau! A ver, culpa suya por haberle preguntado. Se había metido
ella solita en esa pegajosa red y, en ese momento, reinaba un tenso
silencio en el interior del SUV, aunque si aguzaba el oído, hasta
podría captar el tic nervioso que le había aparecido a Burgess en una
mejilla. «Pasa a otra cosa. Finge que ha sido una broma por su
parte».
—Mmm, espera, que todavía no te he contado el resto —dijo,
aunque le salió la voz un pelín más aguda de la cuenta—. Has dicho
que llevas un tiempo sin salir. Que vas del hockey a tu casa y de tu
casa al hockey. Pero ¿y si esta fuera tu oportunidad para volver al
mercado?
—¿A qué te refieres?
—A ver, que entiendo que tienes el carácter de un viejo gruñón,
pero en realidad solo tienes treinta y siete años. Hay estudiantes en
mi máster mayores que tú, guapo. En vez de acompañarme en mis
salidas con el único propósito de acojonar a los otros, podríamos
usar la experiencia como una oportunidad para hacerte socializar de
nuevo.
—¡Por Dios, Tallulah! Hablas como si hubiera estado viviendo con
una manada de lobos. Si no salgo es porque lo he decidido. La gente
es muy irritante, ¡joder!
—A lo mejor es porque no conoces a la adecuada.
Su expresión se endureció.
—¿De eso va todo? Vas a sacarme para que busque a mi
compañera…
—Más cosas de lobo. ¿Seguro que no echas de menos a tu manada?
—Muy graciosa. —Apoyó un puño en el volante—. Oye, soy un
deportista profesional rico. Si quisiera mantener una relación, la
encontraría. No necesitaría ayuda.
El mal sabor de boca regresó con fuerza al oírlo.
—Salir y aprender a pasárselo bien no tiene como fin meterte en
una relación, sino… tener algo emocionante que ofrecer cuando
conozcas a esa persona.
Burgess pareció darle vueltas a esas palabras mientras la miraba
con detenimiento y lo asimilaba todo.
—¿Me estás diciendo que mi vida es aburrida y que ninguna mujer
querrá relacionarse conmigo por eso?
—Yo no lo habría dicho de esa manera, pero el sentido es el mismo.
—Mmm…
Burgess apartó la mano del volante para acariciarse la barba, y el
gesto hizo que sus propios dedos se movieran sobre su regazo al
recordar el roce de esa barba en la cara, algo preocupante, porque se
preguntó qué tacto tendría si se la acariciara.
—¿Qué te parece mi plan, jefe? —le preguntó mientras se obligaba
a dejar de darle vueltas a la textura de su vello facial—. Tú me
acompañas en mis aventuras. Yo te enseño a conocer gente nueva. A
divertirte de nuevo. Y a ser divertido de nuevo. Suponiendo que
alguna vez lo hayas sido.
—Lo fui —replicó él con voz gruñona y una expresión un poco
tímida—. Si consideras que hacer el cafre es ser divertido. De
pequeño era famoso por no rechazar ningún desafío. Pero luego
crecí. Empecé a acumular responsabilidades…, y me gustan esas
responsabilidades. Claro que a lo mejor me pasé de frenada. Aunque
no saque otra cosa en claro, quizá… No sé. Quizá quiera aprender a
ser divertido por el bien de Lissa.
Esas palabras le desbocaron el corazón mientras una corriente
eléctrica le recorría el cerebro.
Un hombre que reconocía sus defectos. Un hombre que quería
mejorar.
Por lo visto, eso le resultaba muy atractivo.
En ese momento, se recordó que tenía que ir con cuidado. Que
debía pensar en Burgess como en un jefe. Un amigo. Pero nada más.
De lo contrario, el vínculo que la unía a él acabaría complicándose
mucho.
Y no quería complicaciones. Estaba aprendiendo a volar de nuevo.
—Si te sirve de algo, Lissa te quiere con locura.
Burgess frunció el ceño y volvió la cara.
—Es verdad. Lo oculta debajo de toda esa angustia y los
berrinches, pero… —Sonrió para sus adentros—. Cuando dice algo
durante la cena, siempre te mira a ti primero para ver tu reacción.
¿No te has dado cuenta?
Burgess la miró de nuevo, con el ceño más fruncido si cabía.
—¿En serio?
—Sí.
Una larga pausa.
—Mmm…
—Seguro que los novatos de tu equipo hacen lo mismo.
—¿Los gemelos Donantes de Orgasmos? —Burgess puso los ojos
en blanco—. Les da igual lo que digan los demás, solo atienden a lo
que sale de sus propias bocas.
—¿Seguro? Obsérvalos bien la próxima vez.
—No.
Ella se echó a reír.
—Has conseguido que acceda a muchas cosas esta noche. Ya has
llegado al límite.
—Me parece justo. Gracias por ir a buscarme. Te lo agradezco
mucho.
Antes de saber siquiera lo que estaba haciendo, deslizó la mano
por la consola central y le dio un apretón en el bíceps; la verdad, su
intención era que fuese un gesto amistoso sin importancia, pero
cuando se topó con el hormigón que era su brazo, frunció el ceño,
creyendo haber tocado algo distinto por error, porque ese brazo no le
parecía humano.
Sin dejar de fruncir el ceño, amoldó la mano al bulto, apenas
consciente de la sonrisilla burlona de Burgess.
—Supongo que también me voy a arrepentir de esto por la mañana
—masculló ella.
—Seguramente.
Lo seguía tocando. ¿Por qué lo seguía tocando? Recorrió con la
punta de los dedos el bulto con forma de arcoíris, de arriba abajo,
como una niña que se tira por un tobogán en el parque. ¡Yuju!
—Así que esto es… producto de una dieta alta en proteínas. Es
bueno saberlo. Es muuuy bueno saberlo.
—¿Tallulah?
—¿Sí?
Se inclinó hacia ella despacio. Y flexionó el brazo como si nada.
—Estoy así por todas partes.
—¡Oh!
Sus miradas se encontraron, se entrelazaron. Sus respiraciones se
aceleraron a la vez.
—Si quieres llevarme contigo en tus aventuras por Boston, bien.
Adelante. —Burgess le acercó más la cara, lo bastante como para que
sintiera su cálido aliento en la boca—. Dime si quieres que mi cama
sea una de ellas.
Ese hombre no había exagerado.
Sabía muy bien cómo excitar a una mujer.
Ella no tenía ningún problema para excitarse con sus propias
fantasías o algún que otro viajecito a la sección para adultos de
internet, pero había pasado mucho, muchísimo tiempo desde que un
hombre de carne y hueso le provocó esa cálida humedad entre los
muslos. Esa tensión ardiente y salvaje en la parte baja del abdomen.
La sangre le corrió más despacio por las venas y el pulso se le
aceleró, todo a la vez, mientras ese dolor provocado por el anhelo
que llevaba tanto tiempo sin satisfacer, ese que requería contacto con
otro cuerpo desnudo, iba en aumento en ciertos lugares que la
hacían retorcerse y… acercarse más. Se estaba acercando más a él,
deslizándole la mano desde el peligroso bíceps hasta el cuello de la
camiseta, retorciéndose para acercarlo más a ella…
Sus móviles sonaron a la vez.
El sonido fue tan inesperado en la silenciosa intimidad del SUV
que, en un primer momento, Tallulah creyó que los estaban
arrestando. Seguro que eran las sirenas de los equipos SWAT que los
habían rodeado para preguntarle por qué estaba a punto de besar a
su jefe por segunda vez esa noche.
Pero de eso nada. Eran los móviles.
¿Quién los llamaba?
—Lissa —dijeron a la par, separándose a la carrera en busca de sus
respectivos teléfonos.
Burgess fue el primero en sacar el suyo del sujetavasos y soltó un
suspiro aliviado al ver la pantalla.
—Menos mal. Es Wells. —Se incorporó—. ¿Por qué demonios me
llama a las dos y media de la madrugada?
Tallulah volvió la pantalla de su móvil para que él la viera.
—Seguramente por el mismo motivo por el que me está llamando
Josephine. —A esas alturas, el pulso le latía a toda velocidad por otro
motivo—. Ojalá no haya pasado nada.
Contestaron a la vez.
—¿Hola?
La querida cara de Josephine le sonrió desde la pantalla, una
imagen maravillosa de pelo castaño e inteligentes ojos verdes.
—¡Hola! Sabía que estarías despierta. ¿Dónde estás?
Tallulah se removió con gesto culpable.
—Eso da igual. ¿Qué pasa?
En vez de contestar, Josephine miró con expresión desconcertada
algo fuera de la pantalla y, de repente, Wells apareció al lado de su
novia, teléfono en mano con una sonrisilla ufana.
—Espera, espera. ¿Estáis juntos?
—Cuelgo —masculló Burgess, que procedió a hacer justo eso.
—¿Qué hacéis juntos a las dos de la madrugada? —quiso saber
Wells.
—Solo la he traído a casa —respondió Burgess desde el asiento del
conductor casi a voz en grito.
Josephine no consiguió contener una carcajada.
—¡Aaah! Que solo la has traído a casa.
Wells y Josephine chocaron los puños.
—Qué graciosos sois. Burgess ha tenido la amabilidad de
abandonar su sueño reparador para ir a buscarme —les explicó al
tiempo que se colocaba en el asiento de tal manera para que tanto
ella como Burgess salieran en la pantalla—. Así que, para abreviar,
nos tenéis a los dos. Bueno, ¿a qué viene esto?
—Bueno… —Josephine miró a Wells con estrellitas en los ojos—.
Por fin hemos elegido dónde vamos a celebrar la boda. Y la boda…
pues parece que por fin se va a celebrar. Y me he emocionado tanto
que tenía que llamarte para pedirte que seas mi dama de honor.
Sabía que estarías despierta y se me ha ocurrido que sería mejor…, a
ver, más gracioso, si te encontraba achispada. Es evidente que estoy
haciendo captura de pantalla ahora mismo.
—Dime que no soy tan predecible. —Tallulah miró fijamente la
pantalla a través de las lágrimas que se le acumulaban en los ojos—.
¿De verdad me estás pidiendo que sea tu dama de honor?
—Sí.
—Madre mía. ¡Madre mía! —exclamó al tiempo que se le
escapaban un par de lágrimas, que le resbalaron por las mejillas.
—¿Eso es que aceptas?
—Pues claro que sí. —Sintió un golpe en la rodilla y, cuando bajó la
mirada, descubrió que Burgess había abierto la guantera. Levantó el
manual, apartó unos documentos y encontró un paquetito de
pañuelos de papel, del que sacó uno para dárselo—. Gracias —dijo,
sorbiendo por la nariz.
Burgess la miró con el ceño fruncido, pero no era por la irritación;
denotaba más impotencia que otra cosa.
—Estoy bien —articuló ella con la boca en su dirección.
Obtuvo un gruñido a modo respuesta, algo que no sorprendió a
nadie.
De repente, se le encendió la bombilla y una extraña sensación se
apoderó de sus extremidades.
—Un momento, ¿estás llamando a Burgess también porque…?
—Ajá. —Wells tosió en un puño, con una expresión incomodísima,
pero parecía que agradecía los círculos que Josephine le estaba
trazando en la espalda con una mano—. ¿Quieres ser mi padrino, B?
Fue un auténtico placer ver al corpulento jugador de hockey
quedarse de piedra.
—¿Yo?
—No hagas que me repita, anda.
Se hizo el silencio más absoluto.
Josephine miró a Tallulah con una ceja levantada.
—Mmm… —murmuró ella al instante, apresurándose a llenar el
vacío dejado por la sorpresa de Burgess—. ¡Oye! Que ni siquiera nos
habéis dicho el sitio que habéis escogido.
Wells hizo un redoble de tambores sobre la rodilla de su novia.
—Costa Rica. En diciembre.
—¿¡En diciembre!? Pero… si solo faltan dos meses. ¡Josephine! —
Tallulah empezó a dar saltos en su asiento—. ¡Que me da algo!
—No te olvides del bañador —canturreó Josephine—. Sobre todo
si sigues teniendo aquel celeste de la universidad, porque es uno de
los colores de la boda.
—¡Lo tengo! ¡Todavía lo tengo! Puede que me quede un poquito
más ajustado de la cuenta, pero…
—Lo haré —dijo Burgess de repente—. Seré el padrino.
—Se te ha visto el plumero al aceptar ahora, colega —replicó Wells
con sequedad—. Pero no me queda más remedio que darlo por
bueno. Gracias.
—De nada —dijo Burgess al tiempo que cruzaba los brazos por
delante del pecho.
«Qué fuerte lo de este tipo», articuló Wells con los labios,
dirigiéndose a Josephine.
—Bueno, dejaremos que volváis a… lo que estuvierais haciendo
cuando os hemos interrumpido. —Josephine sonrió todavía más—.
Es que no podía esperar a mañana para preguntártelo.
—¡No sabes cuánto me alegro por vosotros! ¡Me muero de ganas
de que llegue el día!
—Ya somos dos —masculló Wells al tiempo que le dejaba un lento
reguero de besos a Josephine en el cuello, convirtiendo la llamada en
algo no apto para menores. Por no mencionar que a Josephine se le
estaban velando los ojos—. Me muero por poder decir que eres mi
mujer… —dijo el golfista con voz ronca.
—¡Vale, hablamos mañana! —se apresuró a decir Tallulah antes de
cortar la llamada—. ¡Guau! Costa Rica. Colores para la boda.
Ubicación. Parece que… la cosa marcha.
—Sí.
Se miraron durante tanto tiempo que el aire empezó a crepitar. La
expresión tensa de Burgess dejaba muy claro que recordaba lo que
había estado a punto de pasar antes de que los llamaran por
teléfono. Y que quería retomar el tema.
Sin embargo, aunque ella todavía experimentaba ese profundo
anhelo en la parte inferior del cuerpo, ese imprudente impulso de
aventurarse en aguas turbulentas con su jefe, la conversación con
Wells y Josephine solo había servido para recordarle lo que no
quería. Al menos, para sí misma.
Estar atada.
Y ese hombre que se había quedado despierto para asegurarse de
que volvía a casa sana y salva, ese padre divorciado, ese hombre
chapado a la antigua…, era de los que buscaban el compromiso. No
le cabía la menor duda.
—Voy a subir. He cambiado a los sábados algunas de mis clases
para poder estar con Lissa durante la semana. Empiezo mañana por
la tarde.
—Claro.
Salieron del coche, entraron en el edificio y subieron en el ascensor
sumidos en un silencio que crepitaba por la electricidad. Al día
siguiente, cuando estuviera totalmente sobria, no le palpitaría el
cuerpo por el anhelo de abandonar toda precaución con Burgess.
Volvería a tener el control y sus prioridades en orden.
Sin embargo, cuando se dio media vuelta delante de la puerta de
su dormitorio y lo vio observándola con los párpados entornados
desde el salón, se preguntó si no estaría sobreestimando su fuerza de
voluntad.
Se encerró en su dormitorio con una súbita determinación.
Y echó la llave despacio.
11
Burgess apretó los dientes y gruñó al hacer las tres últimas
sentadillas de su serie, tras lo cual colocó la barra de metal lastrada
en el soporte. Después de llevar a Lissa al colegio por la mañana,
tuvo que asistir temprano a una rueda de prensa y luego a un
almuerzo de trabajo con los dueños del equipo, todo seguido de un
entrenamiento de tres horas. Nadie le habría dicho nada si se
hubiera saltado la sesión de fuerza, pero nunca había tomado atajos
y no iba a empezar en ese momento, aunque su cuerpo se lo
estuviera pidiendo.
Apoyó una mano en la pared de bloques de cemento blanco e hizo
una torsión de tronco en un intento por aliviar con el estiramiento la
fuerte punzada de la base de la espalda. No sirvió de nada. Una serie
más y se iría a casa. No sería el entrenamiento agotador al que se
sometía normalmente, pero había hecho lo suficiente como para
mantener su fuerza.
«¿Mantener?».
¿Desde cuándo bastaba eso?
El recuerdo de lo sucedido una semana y media antes afloró en su
cabeza. Tallulah en el asiento del acompañante del SUV, tocándole el
bíceps con expresión sorprendida. Claro que, en su versión, ella le
bajaba la mano y les daba a sus muslos el mismo tratamiento,
jadeando al descubrir los duros músculos, y torturándolo hasta
acariciarle por fin el paquete para comprobar lo grande que la tenía.
Por ella.
Tres. Haría tres series más antes de volver a casa.
Se pasó una toalla por el pelo sudoroso, la lanzó a un banco
cercano y empezó a pasearse de un lado para otro con las manos en
las caderas. Mientras se sometía a otras tres series de sentadillas, no
veía su imagen en el espejo, ¡para nada! Solo veía a Tallulah. Llevaba
diez días viviendo en su casa. Tenía todas sus cosas encerradas en el
dormitorio. No había zapatos junto a la puerta. Ni abrigo en el
perchero. Sin embargo, su presencia estaba en todas partes.
En el aire.
En sus pulmones.
A veces, la sorprendía mirándolo fijamente desde el otro extremo
del ático y se le calentaba la sangre hasta que le hervía, ¡joder! Juraría
que a ella le estaba pasando lo mismo y que esa sería la noche en la
que Tallulah aparecería en su dormitorio, se desnudaría junto a su
cama y cederían por fin al deseo. Pero, pese a las miradas de anhelo,
mantenían un trato profesional. Y por profesional se refería a que ella
estaba transformando sus vidas con un cambio milagroso tras otro.
No solo conseguía que Lissa se calmara al llegar a casa del colegio
después de un mal día, sino que luego le explicaba a él por qué había
funcionado su método. Tenía acceso privilegiado al cerebro
adolescente.
Había descubierto por pura casualidad el puto Santo Grial.
Y sí, aunque dijo que no volvería a cocinar, Tallulah preparaba la
cena casi todas las noches entre semana y les pedía ayuda en la
cocina. Un par de días antes, tenía demasiadas tareas que hacer
como para preparar la cena, de modo que se encargaron Lissa y él.
Los dos solos. Hicieron un salteado siguiendo los pasos de Tallulah y
no quedó para tirarlo.
La vida le parecía distinta después de diez cortos días. Su hija era
más feliz. Y él estaba aprendiendo a comunicarse con ella con solo
observar a Tallulah. De modo que seguramente debería contentarse
con lo que tenía. Una casa en armonía. Una niñera supercompetente.
Claro que no dejaba de preguntarse qué habría pasado si los
móviles no los hubieran interrumpido la noche que la recogió en el
club. Cuando estuvo a punto de besarla por segunda vez en su
coche, mientras ella lo agarraba por la camiseta. A lo mejor el beso se
habría desmadrado. A lo mejor ella se habría quitado las bragas
negras de encaje, se habría sentado a horcajadas sobre él y lo habría
montado en el asiento del conductor hasta que se empañaran los
cristales. Con fuerza, deprisa, gimiendo con la vista clavada en el
techo…
—Hoy pareces un poco distraído —le dijo Sig, que se apoyó en la
pared de espejos delante de él. ¿De dónde había salido?—. ¿En qué
estás pensando?
—En el siguiente partido —contestó de mala manera—. En lo que
debería estar pensando todo el mundo.
Sig lo miró con una sonrisilla burlona.
—Se te olvida que conocí a tu au pair el viernes pasado.
Burgess lo miró con expresión elocuente.
—Mejor hablamos de eso luego.
—¿Por qué? No hay mejor momento que ahora.
—¡No me jodas! ¿Burgess tiene una au pair? —preguntó Mailer,
que salió de detrás de la pared de ladrillos de hormigón que
separaba la zona de pesas de las máquinas de cardio. Por supuesto,
Corrigan lo seguía de cerca, como dos tiburones que acaban de oler
sangre—. ¿Es francesa?
Burgess miró a Sig con cara de pocos amigos.
El susodicho se frotó la frente.
—Lo siento. Por eso no querías hablar de ella. Se me había
olvidado que los novatos se pasan el día revoloteando a tu alrededor.
Corrigan le dio una palmada a Burgess en un hombro.
—Como buitres rondando un cadáver putrefacto.
—No me obligues a arrancarte el brazo —dijo Burgess con toda la
calma de la que fue capaz.
El novato apartó la mano, con una sonrisilla nerviosa.
—Bueno, dime. —Mailer se frotó las manos—: ¿Es francesa?
Sig gimió con la vista clavada en el techo.
—No tiene que ser francesa para trabajar de au pair, imbécil.
—Vale —dijo Mailer—. ¿Y qué tal? ¿Es un bombón?
—Sí, Mailer —respondió Sig con sorna—. Es de la República de
Bombolandia. Queda justo debajo de Francia.
Corrigan le dio una palmada a su amigo en el pecho.
—Ser un bombón no es una nacionalidad.
—En mi mundo sí —le aseguró Mailer, que dejó la lengua
colgando.
—Tu mundo consiste en dibujar pollas por las esquinas —replicó
Burgess.
Mailer y Corrigan se doblaron de la risa.
Burgess soltó un gruñido más seco de la cuenta y apretó los
dientes.
—¿Os importa iros a la mierda un rato para que pueda terminar
el…?
—Yo tuve una niñera de pequeño —lo interrumpió Corrigan—.
Tenía sesenta y tantos. Pero algunos días estaba muy buena. Fue una
temporada muy confusa para mí.
—Todos los días son confusos para ti —dijo Sig.
Sin embargo, el novato estaba mirando a Burgess.
Los dos novatos lo miraban.
De hecho, siempre que uno de los dos decía algo, ambos se volvían
para ver cómo reaccionaba. Siempre, no fallaba. Tallulah tenía razón.
¿Qué quería decir eso exactamente? Le había dicho que Lissa lo hacía
porque su opinión le importaba muchísimo, y él se sintió… honrado
al saberlo. Pero ese no podía ser el caso con Donante de Orgasmos 1
y Donante de Orgasmos 2. Les importaba una mierda la opinión de
los demás, solo les importaba la suya propia. ¿Verdad?
No supo bien qué lo llevó a poner a prueba esa teoría. Quizá sentía
verdadera curiosidad. O quizá solo quería tener una excusa para
llamar a la puerta de Tallulah más tarde y decirle que se había
equivocado. Fuera como fuese, señaló a los dos con la barbilla y les
preguntó:
—¿Qué os parece la alineación 1-2-2 que estamos usando hasta
ahora?
Para su más absoluto asombro, Corrigan y Mailer se miraron entre
sí y se pusieron firmes y muy serios.
—Pues la cosa es que lo hemos estado hablando y es demasiado
pasiva para la velocidad que tenemos ahora.
—Estamos malgastando un defensa cuando tú tienes cubierto al
portero. Podríamos conseguir más cambios de posesión en la línea
azul con un 1-3-1.
Burgess estuvo a punto de contestarles con lo que había pensado
decirles antes de que esos dos payasos contestaran…, pero nunca
creyó que tuvieran un punto de vista válido. Lo bastante como para
cerrar la boca de golpe y pensar en lo que le habían dicho.
—No está mal. Se lo comentaré al entrenador.
Las caras que pusieron fue como si les hubieran dado la
oportunidad de beber cerveza de la Stanley Cup.
—Bien. Gracias. Genial —dijo Mailer, que estaba claro que no sabía
qué hacer con las manos—. Gracias, Sir Salvaje. —Hizo ademán de
darle una palmada a Burgess en un hombro.
Él cortó el gesto de raíz con un seco:
—Ni se te ocurra.
Sin embargo, cuando los novatos volvieron a la zona de cardio
cuchicheando entre ellos muy emocionados, Burgess no pudo evitar
sentir que… le habían dado una cura de humildad.
—¡Guau! —Sig se acercó a él—. Qué raro en ti. ¿Te encuentras
bien?
No. Sentía un dolor en la base de la columna que aumentaba a
cada segundo.
—¿Cuándo nos hicimos amigos? —le preguntó Burgess, que
supuso que la pregunta de Sig era retórica—. Me refiero a que
cuándo dejé de tratarte como un novato idiota.
—Durante mi segundo año —contestó su compañero sin titubear
—. Estábamos jugando en Pittsburgh y acabamos en los penaltis. —
Meneó la cabeza—. Aquella noche yo no estaba bien. Fallé por un
kilómetro, y supongo que tú estabas de buen humor, porque me
dijiste que no le diera más vueltas. Te contesté que te la picara un
pollo. Después de eso, nos llevamos bien.
A Burgess se le escapó una carcajada rara en él.
—Eso me cuadra.
—¿A que sí? —Sig levantó una ceja—. Imagínate la sorpresa que
me he llevado cuando les has dado voz y voto a los Donantes de
Orgasmos.
—Tallulah… —dijo sin pensar.
Sig entrelazó las manos y se las llevó a la barbilla con un jadeo.
—Tallulah, ¿qué?
Burgess suspiró al ver el gesto tan dramático.
—Nada, es que me dijo una cosa que me hizo pensar.
—Me cayó bien. A los dos segundos de conocerla, ya me estaba
cantando las cuarenta. Es el sueño de cualquier jugador de hockey. —
Levantó una ceja—. Estás intentando conquistarla, ¿no?
—Es complicado.
—Pues simplifícalo.
—Eso lo dice el tipo que salió a las dos de la madrugada para ir a
recoger a su futura hermanastra.
—Ese tema no se toca. —En la mandíbula de Sig apareció un tic
nervioso—. Volvamos a la niñera. ¿Por qué es complicado?
—¿Quieres que te haga una lista? Uno: trabaja para mí, así que le
pago, y además soy su casero. Esa dinámica de poder presenta un
problema muy gordo. Dos: no solo es once años más joven que yo,
sino que… su mundo es totalmente distinto. Sigue entusiasmada con
la vida. Para mí, la vida es solo algo que estoy obligado a soportar.
—Al menos, hasta que Tallulah llegó a Boston. Esa mañana, se había
despertado con ganas de salir de la cama. Estaba ansioso por saber
qué le depararía el día—. Tres: ha sufrido experiencias que yo no
tengo la sensibilidad ni las habilidades necesarias para… capear.
—¿Eso quién lo dice? ¿Tu ex? —replicó Sig con un resoplido—.
¡Menuda estupidez!
Burgess lo miró, incrédulo.
—¡Guau! ¿Cuánto tiempo llevas esperando para decir eso?
—Pues unos cuantos años, la verdad.
Burgess vio su expresión en el espejo y no se sorprendió al darse
cuenta de que llevaba el desconcierto pintado en la cara. ¿De qué
hablaba Sig?
—El divorcio fue amistoso. Nos llevamos bien.
Su compañero farfulló algo.
Burgess le dio un empujón en el hombro.
—¿Qué has dicho? Habla más alto.
—He dicho que puede que fuera amistoso… —cruzó los brazos
por delante del pecho, con cara de estar cabreándose—, pero fuiste
tú el que acabó cargando con toda la culpa.
—Siempre estaba ocupado con el hockey. Con la atención de la
prensa. La ruptura fue culpa mía.
—¿Qué dices? Yo no lo veo así.
—¿Qué? —Burgess empezaba a levantar la voz—. Tú no estabas
allí.
—Pero estaba a tu lado para ver la versión de antes y la de
después. No creo que estuvierais hechos el uno para el otro, pero el
divorcio en sí te dejó descolocado. —Le dio un empujón en el pecho
con las dos manos—. Joder, ¿dónde está tu confianza? El Burgess de
antes del divorcio se habría tirado a ese bombón de niñera sin
preocuparse siquiera.
—Empiezas a hablar como uno de los Donantes de Orgasmos. —El
fuego ya le subía por la columna—. Y como vuelvas a hablar de ella
de esa manera, te estampo la cabeza contra la pared.
Sig soltó una carcajada, encantadísimo con el estallido.
—Vale, no hablaré así de ella. —Su amigo lo miró con una sonrisa
lenta, sin duda para pincharlo…, y lo estaba consiguiendo—. Solo lo
pensaré.
—Está claro que tienes ganas de morir.
—Oye, lo único que digo… —señaló con la mano el cuerpo de
Burgess— es que todavía tienes lo que hay que tener. Y ella ya vive
contigo, ¿no? Así que ni siquiera tienes que inventarte una excusa
para ir a verla. Ya tienes la mitad hecha. Ahora digamos que se te
olvida ponerte una camiseta para desayunar. ¡Uy! De repente, ella
tiene los ciento treinta kilos de defensa del año mirándola por
encima de un tazón de cereales. —Tomó una pesa búlgara—. Solo
digo que podría resultar estimulante.
—Prometí llevarla a Jamaica Pond para bañarnos desnudos —
masculló Burgess, mirando a su amigo de reojo—. ¿Eso cuenta?
Sig soltó la pesa.
—¿¡Qué!?
Burgess fingió no darse por enterado.
—Nada.
—No me vengas con mierdas. Suéltalo.
—No.
Sig lo fulminó con la mirada.
—Mejor que no se le ocurra invitar a Chloe.
—Me aseguraré de comentárselo.
—¡Joder, qué imbécil eres! —Sig lo miró con un ojo entrecerrado—.
Empiezo a creer que esto de la niñera va a ser divertido de ver.
Burgess no sabía si se podía aplicar el adjetivo «divertido» a algo
que estuviera relacionado con él.
Sin embargo, tenía ganas de volver a casa esa noche. Más que
nunca.
El recuerdo de Tallulah acariciándole el bíceps atravesó su mente.
Y aunque no se le ocurriría admitirlo delante de Sig…
Quizá la idea de ir descamisado tenía su atractivo.
12
Tallulah se llevó una mano al pecho mientras sostenía el guion con la
otra.
—Temo que sea demasiado pronto, temo porque mi corazón
presiente la inminente desgracia que aún está suspendida en las
estrellas.
Lissa se dejó caer en el sofá y se tapó los ojos con un brazo en plan
dramático.
—¿Cómo esperan que un grupo de críos de doce años sepamos lo
que significan estas cosas?
No era la primera vez que Tallulah se preguntaba si Lissa era una
adulta atrapada en un cuerpo adolescente.
—Me has leído el pensamiento, cariño —dijo Tallulah al tiempo
que se sentaba a su lado—. Creo que la cuestión es que intentes
encontrarle el significado. A veces, el aprendizaje se reduce a eso. A
expandir la mente.
Lissa gimió.
—Te pareces a la señora DeSoto, mi profesora de Lengua y
Literatura.
—La señora DeSoto me parece una mujer muy lista y estilosa —
replicó ella con sorna.
Lissa resopló.
—Van a asignarnos durante la clase los papeles de Romeo y Julieta
para que representemos la obra. No tenemos que aprendernos los
diálogos ni nada de eso, podemos tener el guion en la mano
mientras lo hacemos. Pero todas las chicas quieren ser Julieta.
—¿Tú también?
Lissa pellizcó el borde del sofá.
—Es posible.
En otras palabras: «Sí, con desesperación».
—Es probable que elijan a Thad Durst para el papel de Romeo. —
La cara de Lissa empezó a ponerse de color rosa—. Es quien mejor
lee de los chicos, y el preferido de la señora DeSoto, aunque hace el
tonto en clase. Nunca levanta la mano, él suelta lo que quiere y todo
el mundo se ríe. No es justo, la verdad.
—Creo que en todas las clases hay un Thad. El mío se llamaba
Nolan. A ver si lo adivino, está todo el día colocándose el pelo. Así.
—Tallulah hizo un movimiento microscópico con la cabeza—. Una y
otra vez.
Lissa se echó a reír.
—¡Sí que lo hace!
—Todos lo hacen. Los chicos guays lo llevan en el ADN.
—Hay un montón de chicas enamoradas de él.
—Ajá.
—¡Yo no!
—Vale. —Tallulah observó con disimulo el rubor que teñía la tez
normalmente pálida de Lissa y supuso que dentro de poco llegaría a
la etapa de los enamoramientos. Quizá ya hubiera llegado, pero no
pensaba presionarla para que le hablara del tema. En cambio,
carraspeó y se colocó el guion delante de la cara—. Te toca, Benvolio.
—Yo también quiero hacer de Julieta —dijo Lissa en voz baja.
Tallulah le pasó un brazo por los hombros.
—En ese caso, espero que te elijan, pero, pase lo que pase, siempre
serás mi Julieta.
La niña esbozó una sonrisa pensativa.
—Creo que mis padres son un poco como Romeo y Julieta. Estaban
destinados a estar juntos.
El comentario fue como un ladrillazo en el estómago.
Se había besado con Romeo a la salida de un club unos diez días
antes. ¿En quién la convertía eso? ¿En Rosalina? ¿En otra mujer que
no aparecía en el guion?
—¿Qué quieres decir?
—Pues que su historia es un poco como la de Romeo y Julieta, que
tienen el destino en su contra. No se conocieron en el momento
adecuado. Mi padre era muy famoso cuando estaban casados, así
que siempre estaba haciendo entrevistas y grabando anuncios. Ahora
tiene más tiempo. Solo tienen que hablar para arreglar las cosas. —Se
encorvó un poco—. Le he estado suplicando a mi madre que me
lleve al primer partido de la temporada para que puedan verse, pero
me ha dicho que no.
Seguramente porque su madre estaba muy ocupada con su futuro
segundo marido.
O quizá no eran el tipo de pareja divorciada capaz de mantener
una relación amistosa, nada más. No todas las parejas podían
separarse de esa forma. A veces, las rupturas eran totales y no había
cabida para una amistad. Fuera cual fuese el motivo, le preocupaba
que Lissa deseara una reconciliación que no parecía ni remotamente
posible.
Claro que ¿le correspondía a ella hablar del tema con la niña? Ni
de broma.
Mucho menos teniendo en cuenta que la idea de una reconciliación
entre Burgess y su ex le provocaba algo… raro. Una especie de
malestar. ¿Y celos?
«¡Anda ya!», exclamó, riéndose para sus adentros.
Sin embargo, cuando oyó la llave en la puerta del ático y se le
aceleró el pulso como si fuera un caballo en plena carrera, la
posibilidad de ponerse celosa por culpa de Burgess no le pareció tan
descabellada.
Genial…
—¡Ya ha llegado papá! —exclamó Lissa, que se levantó del sofá de
un brinco con el guion en la mano y se detuvo en medio del salón
mientras su padre entraba—. Hola, papá.
—Hola, cariño. —Burgess se acercó a ella con la bolsa colgada del
hombro y la besó en la coronilla—. ¿Qué tal el día? —le preguntó
mientras sus ojos la buscaban al otro lado de la estancia y la
saludaba inclinando la cabeza.
Ella le respondió con el mismo gesto.
Se miraron fijamente un momento y después apartaron los ojos a la
vez.
Tallulah se secó las manos, que de repente tenía sudorosas, en las
mallas elásticas. Eso era lo que sucedía desde que se mudó hacía ya
diez días. Muchas miraditas, disimuladas, por supuesto, aunque
acababan pillándose el uno al otro. Y al final de la noche se daban
por vencidos.
Burgess acababa mirándola a los ojos en plan desafiante. Como si
le estuviera diciendo: «Ya sabes dónde estoy».
Sin embargo, de momento no había aparecido el macho alfa y su
expresión seguía siendo pétrea. No delataba nada en absoluto. Eso
sí, su forma de frotarse la parte baja de la espalda cuando soltó la
bolsa en el suelo fue… muy reveladora. Al igual que lo fue el rictus
dolorido que apareció en sus labios.
—Papá. Vamos a hacer Romeo y Julieta en clase. La señora DeSoto
va a asignar los papeles la semana que viene.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Se puso de puntillas, emocionada—. Tallulah me está
ayudando a leer los diálogos.
Estaba claro que el dolor de espalda lo tenía distraído.
—Estupendo.
Lissa observó el guion que tenía en las manos, luego la miró a ella.
Y, por último, llevó sus ojos hacia su padre.
—Espero que me toque Julieta. Todas quieren ser Julieta. —Miró
con detenimiento a su padre, sin respirar siquiera. Esperando su
reacción.
Tallulah unió las manos en el regazo con fuerza. «Di algo —pensó,
como si Burgess pudiera oírla—. Di algo». Sin embargo, y para su
decepción, él se limitó a gruñir y a hacer ademán de dejarlas en el
salón. No obstante, aminoró el paso antes de llegar a la cocina y
levantó la barbilla, como si se le hubiera ocurrido algo de repente. Se
volvió y miró de nuevo a Lissa.
—Se te daría bien hacer de Julieta, cariño.
Lissa toqueteó el guion con una expresión radiante en la cara antes
de disimular la alegría.
—Gracias. —No parecía saber qué hacer, así que al final salió
corriendo hacia su dormitorio—. Voy a ensayar.
—Espera. ¿Y la cena?
—¡Ya he comido con Tallulah! —La puerta del dormitorio se cerró
de golpe.
Burgess la miró con una ceja levantada, mientras ella intentaba
devolver a su sitio el corazón, que se le había quedado atascado en la
garganta.
—Mmm…, sí. Sí, perdona, he preparado lenguado a la plancha con
limón y alcaparras, y bimi salteado. —Y añadió, intentando no darle
importancia—: Tienes un plato en el frigorífico.
—Creía que ya no ibas a cocinar.
—Y no voy a hacerlo. Esta ha sido la última vez.
—Ajá —murmuró él de camino a la cocina, cojeando ligeramente.
Tallulah se volvió en el sofá para mirarlo mientras intentaba
identificar la sensación que experimentaba en el abdomen. Tal vez
fuera ese atractivo atlético, y que estaba recién duchado, lo que atraía
su mirada. O tal vez fuera porque estaba poniendo en práctica sus
consejos. Estaba claro que se había dado cuenta de lo mucho que
Lissa valoraba su opinión… y había decidido incorporarla a su
comportamiento. Eso. Eso le parecía…
Muy atractivo.
Demasiado atractivo, la verdad.
Porque tenía la absurda necesidad de recompensarlo de alguna
manera, ¡menuda ridiculez! ¿Por qué iba a recompensarlo por
demostrar que era un padre atento? Eso no estaba incluido en su
trabajo. Y se daba por sentado que debía mostrarse atento con su
hija. Sin embargo, allí estaba ella, poniéndose en pie y buscando
excusas para justificar la repentina necesidad de asegurarse de que
Burgess supiera que había causado un gran impacto con una
pequeña frase. A lo mejor porque no era moco de pavo que un
hombre de costumbres tan arraigadas estuviera cambiando poco a
poco. ¡Pues claro que no era moco de pavo!
Entró en la cocina despacio, intentando convencerse a cada paso
que daba de que debería dar media vuelta. Burgess estaba de pie
junto a la encimera, mirando el plato de comida que ella había
dejado, con guarnición y todo, un poco desconcertado. Sin embargo,
su llegada lo distrajo y giró la cabeza hacia la izquierda con
brusquedad.
—Hola —dijo con voz grave—. ¿Qué tal las clases de hoy?
—Divertidas.
—Eres una empollona —replicó con un deje divertido.
Tallulah sonrió.
—Y a mucha honra. Estoy hasta emocionada por los deberes que
tengo que hacer esta noche.
—¡Qué horror! —replicó antes de señalar el plato con la barbilla—.
Gracias por esto.
—De nada. —Se aventuró a acercarse, aunque el sentido común le
decía que volviera a encerrarse en el dormitorio. El sentido común y
el instinto de supervivencia. La actividad que tenía en mente era
muy poco profesional, aunque no pudo evitar detenerse justo detrás
de Burgess y ponerse de puntillas para estirar un brazo y alcanzar el
aceite de oliva del armario—. Lo que le has dicho a Lissa hace un
momento ha estado genial.
—¿Sí? —replicó él, moviendo un poco los pies—. Gracias.
Acordarse de decir lo adecuado… requiere concentración, ¿verdad?
Hay que estar preparado en todo momento.
Tallulah estaba a punto de destapar el aceite de oliva, pero se
detuvo. ¿Por qué le latía tan rápido el corazón? ¿Porque Burgess
estaba poniendo en práctica sus consejos?
—¿La paternidad y el hockey son más parecidos de lo que creías?
—Sí —respondió él soltando el aire de repente de forma
entrecortada—. Tengo que preguntártelo. ¿Qué haces detrás de mí,
Tallulah?
Buena pregunta.
—Me he dado cuenta de que te molesta la espalda —contestó al
tiempo que se echaba unas gotas de aceite de oliva en la yema del
pulgar que luego se frotó con el índice.
Su respuesta lo hizo tensar la espalda, tras lo cual cogió el plato y
lo metió en el microondas que tenía delante, cuya puerta cerró con
fuerza.
—No es nada.
Antes de que pudiera apartarse, Tallulah le levantó la parte
posterior de la camiseta y le hundió el pulgar en la base de la
columna, recorriéndola con firmeza hacia arriba. Burgess estuvo a
punto de desplomarse sobre la encimera con un gemido. En
realidad, fue una reacción mucho más exagerada de lo que ella
esperaba…, porque lo que esperaba como mucho era un gemido
masculino de satisfacción.
¿Eso? Eso era un hombre que acababa de atravesar las puertas del
paraíso.
—Hazlo otra vez —masculló—. Por favor.
Le clavó el dedo con más fuerza y trazó una línea sobre la base de
su columna vertebral, tras lo cual se desplazó hacia la cadera derecha
y empezó a masajearle en círculos el duro músculo.
—¡Por Dios! —exclamó él de forma entrecortada, apoyado por
completo en los antebrazos.
Sí, exactamente. ¡Por Dios! Porque era un dios de mármol con un
culo firme que en esos momentos ella tenía a medio metro por
debajo de la cara, cubierto por unos pantalones cortos de rejilla. Un
dios al que había puesto de rodillas clavándole un pulgar. Algo muy
estimulante. Y… muy preocupante también.
—¿Cuánto tiempo lleva doliéndote así?
—Ya ni me acuerdo de cuando no me dolía —respondió él con un
hilo de voz.
—¿Cómo lo estás tratando?
—Con analgésicos que no necesitan receta.
—¡Burgess!
Él se enderezó un momento. Y titubeó. Acto seguido, se quitó la
camiseta y la tiró al suelo de la cocina, tras lo cual se dejó caer de
nuevo sobre la encimera. El movimiento ondulante de sus músculos
fue hipnótico.
—Grítame todo lo que quieras, pero sigue haciendo lo que estás
haciendo, preciosa.
Nunca había sentido la presencia de su suelo pélvico con tanta
claridad, pero allí estaba, tensándose como si no hubiera un mañana.
¡Madre del amor hermoso, ese masaje había sido la peor idea de su
vida! Los músculos de su espalda eran… ¡muchísimos! Enormes.
Increíbles. En el hombro derecho tenía un tatuaje que le llegaba hasta
el centro de la espalda y cuya existencia ella desconocía hasta ese
momento. La tríada piel tatuada/ culo prieto/músculos estaba
ayudándola a llegar a la conclusión de que no trabajaba simplemente
para un padre divorciado. Trabajaba para un bombón. ¡Para un
seductor! Para un empotrador.
El más codiciado de los solteros.
¿Cómo era posible que ese hombre, ese deportista profesional
atractivo y fuerte, no saliera con nadie?
Sabía de primera mano que besaba de muerte. Y acababa de
descubrir que tenía un cuerpo contra el que pocos podrían competir.
Era un crimen que no saliera a ligar por ahí.
Necesitaba un empujón. Y era evidente que para eso la había
enviado el universo. Aunque imaginárselo rodeado de mujeres le
provocara un sarpullido por debajo de la ropa.
—¿Estás bien, Tallulah?
—Sí —respondió ella, clavándole el pulgar de nuevo y obligándose
a cerrar los ojos al oír su ronco gemido de satisfacción, que le
reverberó en el torso y le llegó a las yemas de los dedos. Su cuerpo
era caliente, duro y terso. Por todas partes. ¿Cómo haría el amor un
hombre así? Seguro que sería rápido e intenso. ¿O le gustaba más
hacerlo despacio? «Deja de preguntártelo. No te vas a enterar», se
dijo. Carraspeó—. Bueno, no sé muy bien cómo funcionan este tipo
de cosas, pero ¿no deberías decírselo a algún médico del equipo? ¿O
al preparador físico?
—Sí. —No debería haberlo hecho hablar, porque su voz destilaba
la satisfacción que sentía, y eso hizo que se le pusiera el vello de
punta por todo el cuerpo—. De hecho, tengo la obligación de
informarlos de cualquier lesión, así que si hilamos fino, estoy
incumpliendo el contrato.
—¿Por qué no lo dices?
—No es tan fácil.
—Supongo que tienen métodos más avanzados que el ibuprofeno
para tratar las lesiones.
—Sí. Infiltraciones, pastillas y fisioterapia. —Sintió la tensión de
esos músculos bajo sus dedos y trató de eliminarla de forma
instintiva—. No quiero nada de eso.
Tallulah frunció el ceño y se quedó callada. No hizo falta que le
preguntara por qué, ya que él percibió su curiosidad y después de
un largo minuto añadió:
—No quiero ser uno de esos veteranos que se mantienen en el
hielo como si estuvieran pegados con cinta adhesiva. Siempre me he
compadecido de esos jugadores. En las últimas, luchando contra
nueve lesiones distintas, aguantando el dolor gracias a las
infiltraciones que entumecen los músculos. Si tomo ese camino, no
habrá vuelta atrás. En cuanto mi cuerpo descubra que hay remedios
para todo, empezará a desmoronarse.
—¡Guau!
—¿Guau?
Le pasó el pulgar por la columna, y él siseó.
—No soy médica, pero estoy segura, hasta cierto punto, de que la
medicina no funciona así. Ni el cuerpo humano. No creo que las
distintas partes de nuestro cuerpo conspiren contra nosotros.
—Claro que no, solo tienes veintiséis años.
Tallulah puso los ojos en blanco.
—Deja de actuar como si tener treinta y siete años te convirtiera en
el guardián de la cripta. Voy a bajarte los calzoncillos un poquito,
¿vale? —Él gruñó y se tensó—. ¿Puedo contarte un secreto? La edad
dorada de los hombres es a partir de los treinta y cinco. —Le metió
los dedos por debajo del elástico de los calzoncillos y se los bajó,
revelando dos hoyuelos en la base de la columna… y la
impresionante curva de sus nalgas. Era solo el principio, ya que casi
ni le veía la raja, pero bastó para que se preguntara si la parte de su
cerebro que tomaba buenas decisiones se había visto gravemente
comprometida. ¿Por qué se sometía a semejante festival de carne
cuando no iba a ser ella quien lo disfrutara?—. Como te iba diciendo,
a partir de los treinta y cinco es vuestra mejor época. Las mujeres
buscan hombres de tu edad, porque ya no hacéis el tonto. La
madurez es atractiva.
—Creía que estábamos hablando de mi edad en términos de
hockey. —La miró de nuevo por encima del hombro, con una ceja
levantada—. Te has desviado un poco del tema, ¿no?
«¡Uf! Se te nota un pelín que lo estás cosificando», se dijo.
Tras darse una sacudida mental, le clavó los pulgares en esa zona
recién expuesta de la espalda y él volvió la cabeza al instante con un
gemido, aferrándose con fuerza a la encimera.
—¡Joder!
—Volviendo al hockey —se apresuró a decir ella—, ¿esa es la única
razón por la que no le cuentas al equipo lo de tu lesión? ¿Temes que
tenga un efecto dominó si te la tratas?
—Sé que eso es lo que pasará. Y… sí. Esa es la única razón.
—Has dudado.
—No he dudado.
—Reconozco una duda cuando la oigo.
Otro suspiro muy sufrido.
—Vale. Es que… me niego a que me consideren débil. Se supone
que no debo tener debilidades. ¿Por qué tenía que ser una puta
lesión de espalda? Ya puestos, mejor aparezco en la pista con un
bastón en lugar del palo de hockey.
—¡Madre mía, Burgess! Las lesiones de espalda son muy
habituales.
—Es la señal de que me queda poco. Es un rastro de sangre en el
agua. Lo entenderías mejor si hubieras practicado un deporte
profesionalmente durante quince años, como yo. Es despiadado e
implacable, y… la imagen es crucial.
Tallulah sopesó sus palabras.
—Puede que tengas razón, puede que no entienda del todo la
mentalidad de los deportistas, en concreto la de los jugadores de
hockey. Pero sé que si no te tratas esta lesión, empeorará. Eso lo tengo
clarísimo. —Le deslizó las palmas de las manos por la espalda y
empezó a masajearle los hombros, en plan distraído, olvidando por
el momento que su lesión no estaba ahí arriba—. Tienes una vida
que vivir fuera del hockey y necesitas la espalda para hacerlo.
—¿Que tengo una vida fuera del hockey? Yo no estoy tan seguro. —
Sus costados se dilataron y se relajaron—. En otra época, sí. Era
marido y padre. Creía que estaba haciendo lo que se esperaba de mí.
Mantener a mi familia. Estar presente en las fiestas de cumpleaños.
Pero ahora me falta un ingrediente. No sé lo que es, pero no lo tengo.
—No estoy de acuerdo. Todos los días te veo crecer y cambiar con
Lissa. Es posible que no lo tuvieras dominado entonces. ¡Nadie nace
sabiendo! Yo no tengo hijos, pero sé que es un proceso de
aprendizaje.
—El hockey me parece un lugar seguro. Terreno conocido.
—Un poco de inseguridad puede venir bien —dijo ella en voz baja,
interiorizando el sentimiento a medida que avanzaba, porque no
solo se aplicaba a él, ¿verdad?—. A lo mejor los dos deberíamos
empezar a buscar… algo más.
Burgess guardó silencio, aunque inclinó la cabeza hacia la derecha
para que ella pudiera acariciarle el lateral del cuello, que tenía tenso,
mientras sus costados se expandían y se contraían más rápido que
antes.
Ella también tenía la respiración agitada.
De hecho, estaba apretando los dientes para contener el impulso
de pegar los pechos a esa dura espalda.
«Imagina tu piel desnuda contra estos músculos». Deslizándose y
resbalando…
«No. No te lo imagines».
Debía mantener el rumbo. Esa conversación trataba de mucho más
de lo que ella había previsto. Había dolor e inseguridad acechando
en el interior de ese Hércules, algo que había estado soportando solo.
Ocultándoselo a todo el mundo. Que hubiera decidido abrirse con
ella era un gran paso, y no pudo evitar sentirse una privilegiada.
—Mi padre tenía un deportista favorito cuando yo era pequeña.
¿Sabes quién es Pedro Martínez?
—Tallulah, era un jugador de los Boston Red Sox. Por supuesto
que sé quién es. Lo conozco en persona.
—¿En serio?
Se hizo el silencio mientras él meneaba la cabeza.
—No tienes ni idea de nada relacionado con el deporte, ¿verdad?
—Solo me gusta porque se comen cosas ricas durante los partidos.
—Se rio por lo bajo al ver la indignación que irradiaba Burgess—.
Pero sé que Pedro Martínez jugó en los Boston Red Sox. En parte,
por eso me vine a Boston a hacer los estudios de posgrado, además
de que el programa de Biología Marina de la Universidad de Boston
es increíble. Cuando era pequeña, Boston era un lugar glamuroso en
mi casa.
—Por Pedro Martínez.
—Sí. Y ya que eres su mejor amigo, que sepas que sufrió muchas
lesiones durante su última temporada. Pero mi padre siempre lo vio
como un dios del béisbol. Siempre fue su jugador favorito. Sus
triunfos no eran menos por que sufriera un esguince o una rotura en
el manguito rotador. Las personas somos así. A veces, nos rompemos
un poco. —Le pasó los diez dedos por la espalda y presionó con los
pulgares sobre los hoyuelos de las caderas, disfrutando al oír que se
le aceleraba la respiración por el contacto—. ¿Irás por lo menos a un
médico privado? —le preguntó casi susurrando.
—No.
Hizo un mohín con la nariz, decepcionada.
—¿Y si prometo hacerte esto de vez en cuando?
—Si me prometes que vas a hacerlo todas las noches, hay trato.
—Hecho. Espera, ¿qué? —Tallulah apartó las manos con un jadeo
de incredulidad—. ¿Por qué tengo la sensación de que acabas de
engatusarme?
Burgess se dio media vuelta, sonriendo.
—Pediré cita mañana mismo.
«Dile algo. Vamos. Ya».
«Deja de mirarle ese pecho tan musculoso, similar al de Zeus».
«Y el abdomen. ¿De verdad eso es un abdomen? Porque parece
más bien un cartón de huevos de color carne».
«Padre nuestro, que estás en los cielos…».
Al parecer, alternar entre la mitología griega y el cristianismo era la
prueba definitiva de que se había sentido abrumada al verlo. Ese
metro noventa de músculo y belleza masculina que era Burgess
Abraham estaba delante de ella como si debiera estar sosteniendo
una roca sobre su cabeza. O aplastando un pueblo bajo sus pies.
—¿Qué significa tu tatuaje? —le preguntó, sin aliento, con la voz
de una universitaria pija que hubiera entrado por casualidad en un
bar de moteros. Humillante… ¡con mayúsculas!
Burgess tardó un poco en contestar, porque parecía estar
observando su reacción a su torso desnudo con… ¿sorpresa? ¿Nadie
le había dicho a ese hombre que las bragas se caían solas en su
presencia?
—Es… Bueno. —Se obligó a concentrarse—. Es el escudo del
equipo de Siracusa. Todos nos lo hicimos cuando ganamos el
campeonato estatal. —Rotó el hombro en cuestión, y Tallulah
imaginó el movimiento del tatuaje en su espalda—. En aquel
momento, nos pareció una gran idea.
—Es genial. A mí me parece genial.
—¿Estás bien, Tallulah? —Esos ojos le recorrieron la garganta antes
de clavarse en sus mejillas—. Estás un poco colorada.
—No. Quiero decir, ¡sí! Estoy bien. Es que me emociono un poco
cuando hablo de Pedro Martínez. —Decidió no hacerle caso al
asomo de sonrisa que apareció en los labios de Burgess.
«Tranquilízate, chica», se dijo—. Bueno, entonces, ¿vas a llamar
mañana a un médico y a pedir cita para que te miren la espalda?
Burgess se pasó la lengua por el interior del labio inferior.
—¿Vas a usar esas manos conmigo todas las noches?
Era la segunda vez que le mojaba las bragas. ¡Las tenía
empapadas! Lo de la otra vez no había sido casualidad. Ese hombre
la ponía cachonda, era inútil negarlo. Pero ¿qué mujer no se excitaría
con un hombre en plena forma física? ¡Estaba excusada!
—Si esa es la única manera de cuidar tu salud… —murmuró,
sintiendo todavía los contornos de los músculos de su espalda en las
palmas de las manos—, supongo que puedo hacer ese sacrificio.
En los ojos de Burgess apareció un brillo alegre, aunque no tardó
en desaparecer.
—Entonces llamaré al médico. —Se acercó despacio, tan despacio
que ella sintió que se le tensaban los tendones del abdomen con cada
centímetro de espacio que él eliminaba, hasta que tuvo su boca
prácticamente pegada a la frente—. Pero solo por ti.
De repente, se prendió una hoguera en su pecho, como si alguien
la hubiera encendido pidiendo socorro en una playa. Una analogía
bastante adecuada.
—Solo por mis masajes, querrás decir.
Su cálido aliento le bañó la frente. Un toro preparándose para el
momento en el que le abrieran la puerta.
—¿Eso es lo que quiero decir?
Se quedaron así, inmóviles, suspendidos en el tiempo y con las
respiraciones agitadas. Pero él no se movía, ¿verdad? No, estaba
esperando a que ella lo hiciera. A que… diera el primer paso. ¿Y qué
otra cosa se suponía que debía hacer cuando todavía sentía el calor
de su piel en las manos y lo tenía allí delante, tallado en granito,
diciendo cosas como «solo por ti»? Debería besarlo, ¿no?
—Ya hemos perdido un fin de semana —dijo él, muy concentrado
en su boca—. ¿Vamos a hacer planes para el próximo?
—¿Quiénes? ¿Mi guardaespaldas y yo? —murmuró.
—Ese es mi papel. —La miró de arriba abajo—. Te la guardaré
bien.
—¿Mejor que a tu portero? —consiguió decir a duras penas.
—Sí. Y ya es bastante, teniendo en cuenta que soy una bestia en
defensa. —Se mordió el labio inferior despacio y soltó un gemido
ronco—. Soy una bestia en todas partes, Tallulah.
—¡Ah! En todas partes. —El pulso le latía tan fuerte que le iban a
explotar las venas—. ¿O sea que tomas la ofensiva?
—No.
—Mmm… —Estaba tan tensa que le salió voz de pito al decir—:
Estás diciendo que ha llegado el momento de empezar nuestras
aventuras. Yo aprendo a soltarme de nuevo mientras tú te vas
preparando para volver al mercado…
Sus bocas se acercaron.
—Di la hora y el lugar.
Se devanó los sesos, en busca de las razones por las que no debería
echar la cabeza hacia atrás y ver qué pasaba. Sin embargo, solo se le
ocurrían razones para hacerlo.
«¡Aumentará su confianza con las mujeres! ¡Se dará cuenta de que
todavía la tiene!».
La verdad, no besarlo sería un poco egoísta, ¿no?
Aunque era consciente de que su razonamiento no era sensato,
todo pensamiento racional la abandonó en cuanto sintió el más leve
roce de sus labios en la frente. Echó la cabeza hacia atrás, invitándolo
con una mirada penetrante. Él soltó un gemido ronco de deseo,
apoyó una mano en la pared por encima de su cabeza, se humedeció
los labios y se inclinó despacio…
—¡Tallulah! —gritó Lissa, abriendo de golpe la puerta de su
habitación.
Se separaron de un salto como dos adolescentes culpables. Burgess
se dio media vuelta, tomó un trapo y fingió estar limpiando la
encimera. Tallulah se quedó congelada en el sitio.
—¿Qué? —«¡Espabila!», se dijo—. ¿Qué?
—Papá, ¿por qué no llevas camiseta?
—Esto…, he derramado una cosa —contestó Burgess, con la cara
descompuesta.
Qué casualidad. Seguro que era su sentido común, que se le había
salido por las orejas, pensó ella.
¿De verdad acababa de aceptar hacerle masajes nocturnos?
¿Por qué estaba deseando que llegara el siguiente?
Por extraño que pareciera, la expectación que sentía no solo
procedía de la alegría de tener contacto con la piel desnuda de un
hombre con el que se sentía segura. Estaba deseando hablar con él. Y
eso parecía un problema mayor que el masaje en sí.
—¡Ah! —Lissa estaba a medio camino del salón—. ¿Puedes venir
para ayudarme con las frases? Creo que ahora pronuncio mejor las
palabras.
—Claro, por supuesto.
—Creo que Tallulah tiene deberes, cariño. Yo te ayudo.
—¡Ah! Vale. —Claramente sorprendida, Lissa se quedó quieta un
momento antes de volver corriendo a su habitación—. Vamos.
Burgess dejó el trapo e inclinó la cabeza hacia delante un
momento. Luego se volvió para salir de la cocina, aunque no sin
antes detenerse junto a ella y soltar un suspiro entrecortado sobre
uno de sus hombros.
—Solo quería mencionar que no solo me gusta recibir, también me
gusta dar. De hecho, me encanta, Tallulah.
Ella lo miró parpadeando y sorprendida.
—¿Cómo dices?
—Masajes. —Le guiñó un ojo—. Estoy hablando de masajes. ¿De
qué otra cosa iba a hablar? —Luego continuó su alegre camino,
silbando. ¡Silbando!—. Hasta mañana.
Tallulah se quedó mirando a su gigantesco compañero de piso/jefe
mientras entraba en su dormitorio y salía con una camiseta, tras lo
cual entró en la habitación de Lissa, momento en el que Tallulah se
preguntó dónde se había metido… y otra cosa tal vez más
preocupante…
Por qué no quería salir de allí.
13
Sobrecarga muscular.
Nada más.
Lo que tenía era una sobrecarga muscular en la parte baja de la
espalda.
Esperaba que el médico entrase después de la serie de radiografías
y de pruebas para decirle que se había fracturado una vértebra o que
se había roto un ligamento. Pero el diagnóstico no era tan grave. Una
sobrecarga era aceptable. Una sobrecarga no era el fin de una carrera.
Hasta que el médico pronunció esas dos palabras mágicas,
«sobrecarga muscular», Burgess ni se había dado cuenta de la
tonelada de ladrillos con la que cargaba. ¡Joder! Le dolía la espalda a
rabiar, pero saber que no iba a necesitar una puta operación ni una
poción mágica para calmar el dolor…, el alivio hizo que se sintiera
como nuevo. Y no había mejor momento para enterarse que la
víspera del primer partido de la temporada de los Bearcats.
Tenía que darle las gracias a Tallulah.
En vez de ir a ciegas y de estar preocupado por la posibilidad de
que un solo golpe lo dejase fuera de juego, la confianza empezaba a
correrle de nuevo por las venas.
Claro que su antigua confianza había empezado su regreso triunfal
la noche anterior en la cocina, cuando su niñera estuvo a punto de
comérselo vivo.
Por más que le costase admitirlo, Sig tenía razón.
Ir descamisado tenía su atractivo.
Se bajó de la camilla, soltando una carcajada al oír que crujía bajo
su peso, y le tendió la mano al médico, que también se estaba riendo.
—Gracias por las buenas noticias. Ha sido un detalle que hayas
podido verme con tan poca antelación.
—Lo que sea por mi jugador preferido de los Bearcats de Boston.
—¿Por qué fruncía el ceño el médico después de haberle dado el
mejor diagnóstico del mundo?—. Oye, Burgess, me siento en la
obligación de decirte que no son buenas noticias, aunque podrían
parecerlo al lado de, no sé, una hernia discal. Si no guardas reposo,
podría empeorar. Cuanto estés en la pista, vas a compensar el dolor,
y eso podría provocar lesiones en otras partes del cuerpo. La rodilla,
el hombro…
—No, te entiendo y te haré caso.
Traducción: no iba a hacerle el menor caso.
«Sobrecarga muscular» era lo único que entendía. ¡Joder, sí!
—Te recomiendo encarecidamente que hables con los preparadores
físicos del equipo sobre fisioterapia para evitar que el músculo se
anquilose y para estirar los ligamentos que lo rodean —siguió el
médico—. Mientras tanto, puedo recetarte algo para mitigar el
dolor…
—No, gracias. De verdad que te lo agradezco, pero ya me ocupo
yo. —Le estrechó de nuevo la mano al médico, sin hacerle el menor
caso a su ceño fruncido por la preocupación. A los médicos se les
pagaba para que fueran más cautos de la cuenta, simple y
llanamente. No comprendían la capacidad de los deportistas para
sobreponerse a tonterías de ese tipo gracias al poder de la adrenalina
y de la fuerza de voluntad. Él contaba con ambas cosas en
abundancia, sobre todo en ese momento, a sabiendas de que el
cuerpo no le estaba fallando—. Muchas gracias.
Salió del edificio en Back Bay y se dio cuenta que tenía…
Muchas ganas de ver a Tallulah.
Era justo después de la hora del almuerzo. Lissa todavía estaba en
el colegio y no había entrenamiento esa noche, lo que quería decir
que no tenía que volver a casa corriendo para cambiarse. Estaba
libre.
Se sacó el móvil del bolsillo del abrigo y lo miro mientras se
preguntaba si era prudente llamar a Tallulah. Quizá lo mejor fuera
dejar que las cosas siguieran sucediendo tal y como lo estaban
haciendo. O sea seguir quitándose la camiseta delante de ella en la
cocina. Ese parecía el mejor plan de acción. Dejar que se
acostumbrase a él. Dejar que fuera ella quien lo buscase.
¡Ni hablar! Era un puto jugador de hockey.
Ella le había dado pie, e iba contra su instinto no aprovecharlo.
Aunque Tallulah aseguraba que quería ayudarlo a volver al mercado
sentimental, le había ofrecido su boca en la cocina. Y tal vez no fuera
un experto en el sexo opuesto, pero un masaje de esa mujer, que él
no le había pedido, parecía una buena señal, ¿no?
Antes de que pudiera echarse atrás, le mandó un mensaje de texto.
Burgess: Buenas noticias del médico.
Tallulah: ¿QUÉ? DÍMELAS?
Mierda, estaba sonriendo como un puto payaso. Un tipo que
pasaba en un coche blanco bajó la ventanilla del acompañante y sacó
la cabeza para gritar:
—¡Sir Salvaje!
Perdió la sonrisa y adoptó la expresión más aterradora de la que
fue capaz, granjeándose una estruendosa ronda de pitos y vítores
por parte de los ocupantes de los coches.
Cómo eran los bostonianos, joder.
Siempre apoyando al malo de la película.
Burgess: Solo una sobrecarga muscular. Estoy genial.
Tallulah: Eso es maravilloso. TRES HURRAS. Así que ya no
hacen falta más masajes.
Burgess: De hecho, el médico ha dicho que los masajes son
cruciales para mi recuperación.
Tallulah: Me huele mal.
Burgess: Nada, nada, es uno de los mejores.
Tallulah: Mmm. MMM.
Tantas mayúsculas por parte de otra persona le resultaban
irritantes.
¿Por qué le parecían divertidas y monísimas cuando lo hacía
Tallulah?
Burgess: Estaba pensando que si te apetece una de tus
aventuras por Boston hoy antes de que Lissa vuelva a casa, estoy
disponible para hacer de guardaespaldas malote.
Tallulah: JA JA.
Tallulah: Ahora mismo estoy en clase, pero… podría salir en
busca de aventura dentro de… ¿una hora?
Burgess: ¿Tienes algo concreto en mente?
Tallulah: … puede
Burgess: Dime dónde quedamos.
Tallulah: ¿Amory Park?
Burgess: Allí estaré.
Burgess se detuvo delante de la cafetería que había enfrente del
parque y se aseguró de que nadie miraba antes de inclinarse hacia el
cristal para arreglar lo que el viento de septiembre le había hecho en
el pelo, lamiéndose los dedos y alisándose un mechón de los de
arriba. En cualquier otro momento, podría pasarse un día entero sin
mirarse a un espejo ni comprobar cómo tenía el pelo, pero estaba a
punto de reunirse con Tallulah. En el parque. En plena tarde.
«No es una cita romántica».
Tenía que repetírselo una y otra vez.
Por desgracia, daba igual las veces que se lo recordara, porque no
podía relajarse. Fuera o no una cita, había quedado con una mujer
durante su tiempo libre. Ella había quedado con él durante su
tiempo libre. Que sí, que habían pasado más de diez años desde la
última vez que salió en ese plan con una mujer, pero ¿quedar en el
parque no reunía todos los criterios?
Según las tonterías que soltaban los Donantes de Orgasmos, a la
generación de Tallulah no le gustaban las etiquetas románticas. Se
usaba el término «pareja» en vez de «novia» y «novio». Salían en
grupo. Que dos personas estuvieran acostándose no implicaba que
mantuvieran una relación exclusiva. En resumidas cuentas, la clase
de vaguedades que a él le provocaría un derrame cerebral… si
tuviera algo que ver con ella.
Aunque lo aguantaría. De momento.
Tallulah iba a dedicarle parte de su tiempo libre. Confiaba en él
para que la acompañase mientras exploraba su ciudad. Las
incógnitas eran un precio justo a pagar por que se le acelerase el
pulso por otra cosa que no fuese un partido de hockey. Así que vale,
muy bien. Dejaría que la cosa fuese fluyendo. De momento.
Miró el reloj. Aún faltaba un cuarto de hora.
A lo mejor llamaba a Sig. Quizá su compañero de equipo podía
darle consejo sobre qué hacer con el hecho de que la mujer con la que
quería acostarse intentaba prepararlo para que volviera al mercado.
Para que saliera con otras. Sig lo hacía, ¿no? No hablaban de su vida
amorosa, pero siempre decía que estaba ocupado cuando los más
jóvenes del equipo quedaban para salir de marcha.
Su otra opción era Wells.
Sí, llamaría a Wells. El golfista había pasado por unos cuantos
baches intentando cazar a su caddie, algo que seguramente ofrecía el
mismo grado de dificultad que intentar cazar a su niñera. Por el
amor de Dios, ¿de verdad eso era lo que intentaba hacer?
La recordó trenzándole el pelo a Lissa.
Fulminándolo con la mirada por encima de un batido de
mantequilla de cacahuete.
Colorada como un tomate cuando se inclinó para besarla.
La primera noche que pasó en su casa, cuando él llegó y se la
encontró inclinada sobre la mesa de la cocina con una minifalda de
cuero.
Ajá.
Cazarla. Ese era el objetivo del plan.
Sacó el móvil y suspiró mientras pulsaba el nombre de Wells en
sus contactos. Eso iba a ser insufrible, así que ya podía conseguir
información de la buena.
—Burgess, ¿qué pasa?
—Wells. —Empezó a pasearse de un lado para otro en la acera, por
delante de la cafetería, y se llevó un disgusto al ver que volvía a
tener el pelo alborotado. Daría cualquier cosa por poder
encasquetarse un casco de hockey para tapar el desastre—. ¿Qué tal
van los planes de la boda?
Hubo una pausa.
—¿Me has llamado para hablar de la boda?
—No. Pero estoy preparándome para sacar el verdadero motivo de
la llamada.
—Por casualidad, el motivo no tendrá un nombre que rima con
«Awooga», ¿no?
—«Awooga» no rima ni un poquito con Tallulah.
—¡Aaah, pero llamas para hablar de ella! ¿Te has dado cuenta de lo
que he hecho?
—La he cagado llamándote.
—No cuelgues, espera. Josephine me matará si pierdo una
oportunidad de enterarme de la milonga.
—De… ¿qué?
—Del cotilleo, colega.
¡Oooh! «Milonga» era cotilleo. De repente, varios de los últimos
comentarios de Lissa tenían sentido.
—¿Estás a cargo de planear algo de la boda o solo tienes que
aparecer con cara ufana?
—Voy a aparecer con cara ufana y además estoy a cargo de la
música. Se llama «multitarea».
—¿Grupo o DJ?
—DJ. Pero estaba pensando en sorprender a Josephine con un
extra durante la ceremonia. Como… ¿un coro? O un arpa. No sé.
¡Algo romántico, joder!
—Arpa. —Burgess se paró en la acera mientras pensaba por qué se
le había ocurrido ese instrumento—. La futura hermanastra de Sig
Gauthier, Chloe, toca el arpa. Se supone que es muy buena. Una
especie de prodigio o algo así. Dime si te interesa.
—¡Guau! Mírate, dando recomendaciones de arpistas. Mándame
los datos.
—Para que no te tome desprevenido: si Chloe va a la boda, Sig
también.
—¿Por qué?
—No lo sé y tampoco lo pregunto. Pero si la contratas, asegúrate
de incluir dos invitados más a la lista. —Bueno, ya estaba bien de
cháchara insustancial. Le quedaban menos de diez minutos antes de
que Tallulah apareciera—. Voy a verme con Tallulah en el parque.
—Ahora sí que estamos hablando en serio. ¿Cuándo?
Burgess se apartó el teléfono de la oreja un segundo para ver la
hora.
—Dentro de ocho minutos.
—¿Es una cita?
—No. No lo sé.
—Esas son dos respuestas distintas.
—Vale. No. Es complicado.
—No sabes lo bien que te entiendo, yo también he pasado por eso.
—Por eso te he llamado. —Soltó un largo suspiro mientras miraba
hacia el parque por si Tallulah llegaba antes de tiempo—. Me
gustaría que fuera mi novia.
Wells soltó una risilla nostálgica.
—Eso también me suena.
—Sí, lo sé. Con Josephine. ¿Cómo lo hiciste?
—La despedí. No lo hagas. Eso fue algo específico de nuestra
situación, ¿vale? Repito: no despidas a Tallulah. —Se oía el traqueteo
de los palos de golf de fondo—. ¿Le gustas?
—¿Cómo voy a saberlo? —gruñó Burgess.
—¿Te está mandando señales?
—Anoche me dio un masaje en la cocina.
—Entonces te diría que tienes una buena oportunidad. Sobre todo
si te masajeó la polla.
—Me masajeó la espalda, idiota. ¡Por Dios! —Se lamió de nuevo
los dedos e intentó por todos los medios domar el mechón de pelo
que había elegido ese día para quedarse de punta—. ¿Qué significa
que quiera ayudarme a volver a salir con mujeres?
Wells se quedó callado varios segundos.
—Que sepas que podrías haber empezado por ahí. Porque es el
quid de la cuestión, ¿no te parece?
Burgess gruñó de nuevo.
—A ver, Sir Salvaje, esto me queda grande, pero te voy a decir una
cosa que sé por puro instinto de supervivencia. —Su amigo hizo una
pausa para darle un efecto dramático—: No dejes que te convenza
para volver a salir con otra, ¿me entiendes? Si siente el más mínimo
interés por ti y sales con otra, lo vuestro se hundirá más deprisa que
uno de mis palos en el estanque.
—Vale. Sí. —Empezó a asentir despacio con la cabeza—. Este es el
tipo de consejo que buscaba.
—Me alegro de haberte podido ayudar. Buena suerte.
Colgó, se guardó de nuevo el teléfono en el bolsillo y cruzó la calle
hacia el parque, aliviado al saber lo que no tenía que hacer. No era
un plan propiamente dicho. Aun así, era más de lo que tenía diez
minutos antes. Pero cuando vio a Tallulah acercarse por la acera con
una gabardina abierta que se agitaba detrás de ella y dejaba al
descubierto una minifalda y botas hasta las rodillas, todo lo que le
acababan de decir se le esfumó de la cabeza.
¡Madre del amor hermoso!
Tallulah lo vio y esbozó despacio una deslumbrante sonrisa
mientras levantaba una mano para saludarlo, haciendo que se
volvieran para mirarla a su paso. ¿De verdad estaba intentando que
hubiera algo serio entre esa mujer y él? Si por una casualidad del
destino conseguía mantener una relación con Tallulah, ¿cuánto
tiempo pasaría hasta que su carácter gruñón se impusiera y ella se
hartara de él, como le había pasado a su ex? ¿Tenía sentido intentarlo
siquiera?
La vio dar un saltito cuando llegó a su altura, y sintió que su
corazón la imitaba.
Sí.
Sí, merecía la pena intentarlo por ella.
—Felicidades por las buenas noticias.
—Gracias.
Sin mediar palabra, los dos echaron a andar hacia la verja de hierro
forjado del parque… y de inmediato Burgess se quedó de piedra.
Esperaba que el parque estuviera casi vacío, solo con niños y sus
padres a esa hora, pero había una reunión de lo que parecían jóvenes
profesionales deambulando por el césped, con vasos de limonada en
las manos.
—Seguro que es un pícnic de empresa o algo —comentó.
—Sí —susurró Tallulah, que titubeó un momento en el sendero de
piedra—. O algo.
La observó llevado por la curiosidad, pero lo que fuera que la
había hecho titubear parecía haberse solucionado solo.
—¿Qué te ha hecho querer venir aquí?
—Mmm… —Se mordió los labios—. El agua, claro.
—Pasa tú primero.
Siguieron por el camino hasta llegar al borde del estanque, y la vio
agacharse para observar la corta orilla, recorriendo con la mirada las
rocas, la hierba y el paisaje, todo a la vez y con una cálida expresión.
—¿No es precioso?
—Supongo que tú ves mucho más que yo cuando miras un
estanque.
—Le he entregado el corazón al océano, pero me encanta saber que
hay un ecosistema estructurado en las orillas de un estanque que no
siempre es visible al ojo humano. —Pasó un dedo por la superficie—.
Tienes a los productores, como las algas. A los consumidores, como
los peces, los insectos y, a veces, los crustáceos. Y a los
descomponedores, que son básicamente como la Roomba de la
naturaleza, que limpian todos los residuos. La luz y el calor actúan
como motor de todo. Todo funciona como un reloj, aunque no
podamos verlo.
—Es como un equipo. Cada uno tiene una tarea asignada…
—Exacto.
La necesidad de saber más sobre lo que la apasionaba era
demasiado grande como para reprimirla, aunque tuviera que luchar
contra el síndrome del impostor que le producía salir con una mujer
tan atractiva e incitante.
—¿Te está gustando lo que llevas del programa de posgrado?
—Sí y no —contestó ella con una especie de suspiro titubeante—.
Me encanta aprender y la información que nos enseñan es necesaria
y valiosa. Hoy, por ejemplo, hemos aprendido sobre la política de las
costas y la ley. Pero pasar de unas prácticas apasionantes en cuatro
grandes estudios de investigación a… un aula…
—Te gusta más la investigación de campo.
Hizo como que se secaba una lágrima.
—Muchísimo más.
Burgess soltó una risilla.
—Mmm…, no me has dicho por qué te decidiste por la biología
marina.
Tallulah se puso en pie de nuevo justo cuando una ráfaga de aire
atravesaba el estanque, alborotándole el pelo, de modo que él se
interpuso para bloquear el viento con el cuerpo y tuvo que contener
un gruñido cuando los mechones oscuros volvieron a rodearle los
hombros. Supuso que ella no se daría cuenta, pero lo miró
parpadeando mientras le recorría el torso con la mirada hasta llegar
a su cara.
—¿Acabas de bloquear el viento?
Burgess encogió un hombro.
—Soy defensa.
—Mmm. —Ella siguió observándolo con expresión pensativa
mientras apretaba esos increíbles labios—. Crecí en una casa ruidosa.
Creo que por eso me atrajo la biología marina.
Menos mal que ya habían dejado el tema de que la defendiera de
los elementos. ¿Podía dejar más claro que estaba loco por ella?
—No veo la relación entre esas dos cosas.
Tallulah miró la superficie del estanque.
—Mis padres se quieren, pero su forma de comunicación es
lanzarse pullas a pleno pulmón. Mi hermana siempre ponía la
música a tope. Vamos, que me hice una idea acertadísima de DJ
Khaled porque no dejaban de sonar intros suyas en casa. Había
muchísimo ruido. Era ensordecedor. Pero en cuarto de primaria, fui
a una excursión al zoo con el colegio. Me alejé del resto de la clase y
acabé en la sección de animales polares. Había una de esas pasarelas
subterráneas que me permitió ver por debajo del agua mientras
nadaban los osos polares. —Gesticuló como si intentara señalar la
forma de la estructura—. Al otro lado había pingüinos,
zambulléndose y buceando como torpedos. Y era muy silencioso.
Era como ese sonido amortiguado que te llega cuando metes la
cabeza debajo del agua en la bañera, ¿sabes? Un silencio glacial.
Desde entonces, siempre he asociado el frío al silencio. Quería estar
en el frío silencio.
Burgess le había hecho la pregunta para averiguar qué la
motivaba, pero no esperaba sentirse tan identificado.
—Lo entiendo. Lo de sentirse más cómodo en el frío. A mí también
me pasa.
—¡Ah, sí! Ya me he dado cuenta. —Le apareció un hoyuelo en una
mejilla—. Puede que sea la primera y la última vez que tengo algo en
común con un deportista.
—No puede ser lo único que tengamos en común.
—¿Lo averiguamos?
Él asintió con un gesto firme de la cabeza.
—Mmm… —murmuró Tallulah—. Me gusta probar cosas nuevas.
—A mí no.
—Me gusta hacer amigos nuevos.
—Paso.
—Podría pasarme horas bailando.
—Absoluta tortura.
Su carcajada resonó por el estanque, una contradicción total con la
mueca de Burgess.
—¿Debo suponer que sigues sin llevarte bien con los novatos?
—Pues la verdad… —respondió, aliviado al tener un motivo para
interrumpir la lista de las cosas que los hacían incompatibles—, hace
poco dejé que los novatos me hablaran durante el entrenamiento.
—¿Dejaste que te hablaran?
—Exacto. Les pedí su opinión sobre nuestra estrategia contra el
equipo al que nos enfrentaremos en el primer partido y… —se
encogió de hombros y se rascó la barba— la verdad es que no era tan
absurda como me esperaba.
Tras una breve pausa, ella ladeó la cabeza.
—¿Fuiste tan magnánimo de permitir que te hablaran por… lo que
te dije?
Soltó un gruñido que sirvió de afirmación.
—Supongo que podría decir que se me da bien escuchar. ¿Tenemos
eso en común?
—Supongo…
—Se me da bien trabajar en equipo. ¿Y a ti?
—Sí, eso también.
—Vamos por buen camino. Ya solo te falta corregir tu gusto
espantoso en batidos para que tengamos tres cosas en común.
Hacer reír a Tallulah era como darse una ducha de sol. Caía en
forma de calor sobre la coronilla, cubriéndolo por completo hasta los
pies. El sonido y la imagen ya eran perfectos, pero ella consiguió que
el momento fuera todavía mejor cuando extendió un brazo y le dio
un empujoncito en un hombro. Movió la mano de forma
involuntaria y le atrapó la muñeca, algo que ella no se esperaba… y
que la desequilibró. Se tambaleó e intentó enderezarse, pero acabó
pisando la orilla, justo al lado del agua.
Burgess la salvó de darse un chapuzón justo a tiempo, porque le
rodeó la cintura con un brazo y la pegó a su cuerpo, contra el que
chocó con tanta fuerza que soltó el aliento de golpe al exclamar por
la sorpresa. Y él la sintió en todas partes. ¡En todas partes! Los
muslos desnudos que se pegaban a los suyos, más largos y
enfundados en los vaqueros; las tetas aplastadas contra su torso, por
debajo de los pectorales.
Tenían las bocas tan cerca que sus alientos se mezclaron. Y empezó
a respirar cada vez más deprisa porque, joder, Tallulah y él encajaban
como un guante. Bastaría con que pestañeara una sola vez para que
le pidiera que le rodease la cintura con esos muslos. Para abrazarla
así, nada más, para soportar su peso, para sentirla.
Fue culpa suya que se rompiera el hechizo.
Soltó un gruñido anhelante, la pegó a él…
Sin embargo, ese elocuente sonido pareció sacarla de su aparente
trance y se zafó de sus manos, tras lo cual se enterró los dedos en el
pelo y tomó una honda bocanada de aire.
—Perdona. —Parecía que le costaba respirar, y él tuvo que cerrar
las manos para no cogerla de nuevo—. Pero…, esto…, ¿lo ves? Las
conversaciones triviales no se te dan tan mal como creías.
—A lo mejor es que se me dan bien contigo.
Tallulah empezó a ruborizarse, tal como él se lo imaginaba en
sueños.
—No lo sabrás a menos que lo intentes con otras personas, ¿no?
Empezaron a sonarle un montón de alarmas en la cabeza.
—¿Eso crees?
Ella enderezó los hombros, pero Burgess supo por su cara que algo
la desconcertaba. ¿Quizá la reacción a su cercanía? Aun así, replicó:
—Sí. —Las alarmas sonaron todavía más fuerte cuando Tallulah
desvió la mirada hacia la multitud de personas que estaba detrás de
él—. Por eso se me ocurrió que sería divertido traerte a una quedada
de solteros.
«Me cago en mi puta vida».
14
A ver, que sí, que llevar al hombre con el que se quería acostar a una
quedada de solteros seguramente se podría considerar un
autosabotaje, pero ya no había vuelta atrás. Había oído hablar de la
«Quedada de Jóvenes Profesionales» (frase en clave para «encontrar
a un ligue con trabajo remunerado y sin compañeros de piso») a
algunas de sus compañeras de clase esa mañana. En su momento, lo
catalogó como un evento que le provocaría pesadillas y siguió
tomando apuntes. Después, Burgess le mandó un mensaje de texto, y
ver su nombre en la pantalla del móvil hizo que se le pusiera la piel
de gallina, que el pulso se le disparase… y tecleó la invitación sin
pensar, actuando por puro instinto de supervivencia.
En fin, a medida que se acercaban al grupo de personas vestidas de
forma más o menos informal e intentaba identificar qué tipo de
mujer le gustaría a Burgess, empezó a invadirla el pánico por la idea
de cedérselo a otra, de manera que tragó saliva con dificultad.
Porque no le cabía la menor duda de que Burgess iba a ser el tipo de
todas. Ya había gente volviendo la cabeza, dándose codazos,
apurando limonadas para soltar los vasos y así tener las manos libres
con las que poder hacerse con la posesión de su jefe.
—¡Guau, ya estás causando sensación!
—Genial —replicó él con sequedad.
—¿A que sí? —convino ella con una carcajada aguda.
—¿Qué se supone que tengo que hacer, Tallulah?
—Acostumbrarte a relacionarte de nuevo con mujeres, nada más.
Puede que hoy no te interese ninguna de las que hay aquí, y no pasa
nada. Nada de nada. Pero al menos cogerás algo de práctica.
Burgess gruñó.
—No quiero una puta limonada.
—¿Odias todas las bebidas buenas o qué?
—No hace falta beber nada, solo agua.
—Cuando llegue el momento de charlar, no empieces diciendo eso.
Él se detuvo de repente, frunciendo el ceño.
—Espera. ¿Qué vas a hacer tú mientras yo practico? —Bajó la voz
—. No irás a hacer lo mismo, ¿verdad?
—No. Solo he venido de acompañante.
Burgess miró al grupo por encima de su cabeza mientras le
aparecía un tic nervioso en la mejilla.
—¿Y si uno de esos quiere entablar conversación contigo?
—Contestaré con monosílabos y una sonrisa gélida para darle
largas.
—No creo que sea un método infalible.
—Lo es. —Lo miró con una sonrisa tensa.
Se estremeció al verla.
—¡Por Dios! Tienes razón. Me has dejado helado.
—Reza para no recibirla nunca. —Se colgó de su brazo y tiró de él
—. Ahora deja de retrasar el momento. Solo será una lección. Así
identificaremos lo que necesitas trabajar.
—Como hables con uno de esos tipos, nos vamos.
Tallulah sintió que el pulso del cuello le latía desbocado.
—Eso no ayuda.
—Me da igual.
Todas las personas participantes en la quedada los estaban
observando mientras se acercaban al grupo, la mitad estupefactas y
la otra mitad más bien fascinadas.
—¡Hola a todos! Perdón por llegar tarde. —Tallulah le tendió la
mano a la persona que llevaba la chapa de Organizador y sonrió
cuando se la estrechó—. Me llamo Tallulah. Y este es mi amigo
Burgess.
—¡Lo sabía! —susurró alguien.
—Sir Salvaje —gruñó uno de los hombres, que se golpeó con un
puño el chaleco de rayas diplomáticas color rosa.
Burgess se golpeó el pecho sin titubear.
—¿Qué tal?
El de las rayas rosas dio un paso adelante, ya que se erigió como
portavoz del grupo.
—¿De verdad has venido a la quedada de solteros?
—Es una Quedada de Jóvenes Profesionales —protestó el
organizador.
—Que sí, hombre, lo que tú digas. —El de las rayas rosas miró al
grupo con una sonrisa divertida—. Lo que quiero saber es qué hace
Sir Salvaje aquí.
—Yo me pregunto lo mismo.
—Eres una leyenda de la liga profesional de hockey. ¿No puedes
salir con quien te dé la gana o qué?
Burgess miró a Tallulah con el ceño fruncido.
—Pues parece que no.
—A ver, gente, haced como si nada —se apresuró a decir Tallulah,
que rezó para no estar tan colorada como creía—. Fingid que es un
tipo normal y corriente, ¿vale?
—¿Quieres limonada? —preguntó el organizador.
—¡No! —gritó Burgess.
—Detesta cualquier expresión de alegría —explicó Tallulah en voz
baja.
Una chica con un vestido cruzado color azul se plantó delante de
Burgess con la mano tendida, y Tallulah vio, con el estómago
encogido, que él levantaba su manaza como a cámara lenta y tomaba
la mano que le ofrecían, haciendo que la chica sonriera de oreja a
oreja.
—Hola, soy Jeanine.
—Encantado de conocerte, Jeanine.
Tallulah se dio cuenta de que todavía estaba colgada del brazo de
Burgess e intentó soltarse, pero él se lo atrapó sin inmutarse. Jeanine
observó el gesto con una sonrisa desconcertada…, que imitaron las
otras dos chicas (Samara y Annie) que se habían unido a su grupito.
Burgess les estrechó la mano a todas con el entusiasmo de un
hombre que estuviera conociendo a la Parca.
—Bueno, ¿de qué os conocéis? —preguntó Annie, que los señaló
con su vaso de limonada.
Tallulah le dio un codazo a Burgess para que contestase, con la
idea de que se hiciera con el control de la conversación. No porque
ella tuviera un nudo tan grande en la garganta que no le permitiera
ni hablar, ¡de eso nada!
—Es la au pair de mi hija —contestó él al cabo de un rato.
—¡Guau! —Annie alargó la palabra mientras intercambiaba una
mirada elocuente con Samara y Jeanine—. Interesante.
Burgess gruñó por lo bajo.
—Esa es una forma de decirlo.
—Es un poco raro que un hombre sea tan buen amigo de la niñera
de su hija, ¿no? —terció Samara, con los labios pegados al vaso de
limonada—. Que te acompañe a algo que podría considerarse una
escapada romántica…
El organizador carraspeó.
—El objetivo es entablar una red de contactos profesionales…
—Tío —dijo el de las rayas rosas—, que no lo vas a conseguir.
Burgess ladeó la cabeza para mirar a Tallulah, sin duda a la espera
de que ella contestase la pregunta de Samara. ¿Parecía un pelín más
interesado de la cuenta en su respuesta? Además, ¿por qué se habían
acercado todas tanto a Burgess? Como se acercaran unos centímetros
más, esas tres mujeres se abrazarían a él como los mejillones al casco
de un barco.
—Como ya sabéis, es padre divorciado y jugador profesional de
hockey. Y, a ver…, que cuando no se tiene tiempo para la vida social,
a veces entran ganas de tirar la toalla por completo, pero solo tiene
treinta y siete años, y mucho que ofrecer…
—Como ese cuerpazo —gritó el de las rayas rosas, con el puño en
alto—. Ya visteis lo que le hizo al cabrón ese de los Huskies de
Pittsburgh…, le partió la nariz. No cabrees a Sir Salvaje. Ni
siquiera…
—Ese cabrón de los Huskies está bien —lo interrumpió Burgess sin
miramientos mientras apretaba con más fuerza el brazo de Tallulah
contra sus costillas—. No hay rencores entre nosotros. Le mandé dos
paquetes de seis cervezas.
Tallulah lo miró de repente.
—¿Dos?
Él cambió el peso del cuerpo del pie derecho al izquierdo y ya no
la miraba.
—Después de que habláramos, puede que… le mandase otro
paquete.
El nudo de su garganta estaba prácticamente cerrado a esas
alturas.
—¿También Sam Adams?
—No, eran Yuengling. Fabricadas en Pensilvania. Seguro que
ahora les anda diciendo a todos que me he ablandado. Ya estarás
contenta.
—Pues sí —susurró al tiempo que le pegaba la mejilla a un hombro
—. Qué gesto más bonito. ¿Pensabas decírmelo?
—No. Y no esperes que se repita.
Tallulah lo miró con una sonrisa deslumbrante. Él gruñó y le dio
un toquecito en la nariz con un dedo.
«Tiene unos ojos preciosos. ¿Y se le ve la barba más suave hoy?».
A su alrededor, todos se habían quedado callados.
¿Cuánto tiempo llevaba mirando a su jefe, a quien se suponía que
tenía que reintroducir en el mercado sentimental? Soltó una
carcajada nerviosa y le apartó la mejilla del musculoso hombro.
—Como iba diciendo, Burgess tiene mucho que ofrecer…
—Me vas a perdonar la franqueza, pero… —empezó Annie con un
ojo entrecerrado—, ¿hay algo entre vosotros dos?
—No —negó ella con énfasis—. En primer lugar, porque es mi jefe.
Y en segundo, porque somos muy diferentes.
Jeanine agitó un dedo entre Tallulah y Burgess.
—Vale, solo para dejar las cosas claras, ¿nunca ha pasado nada?
—Define eso de «pasar» —contestó Burgess, que parecía estar
disfrutando de lo lindo.
¿Por toda la atención que estaba recibiendo por parte de las chicas?
¿Por qué la ponía nerviosa esa posibilidad? Había sido idea suya.
—Si ha pasado algo… físico —concretó Samara.
—¡Oye, eso es muy personal! —protestó ella con algo a caballo
entre una carcajada y una mueca.
—Me da masajes en la espalda —dijo Burgess, contentísimo a esas
alturas—. ¿Eso cuenta?
Tallulah le pellizcó el codo, pero frunció el ceño cuando él se limitó
a mirarla con una sonrisa.
—Se supone que tienes que charlar —susurró ella antes de
concentrarse de nuevo en las tres chicas, a las que… se les habían
sumado todos los participantes de la quedada. Unas doce personas
más o menos—. Solo un masaje amistoso. Totalmente inocente.
Burgess levantó la mirada al cielo con los labios apretados.
—También está lo de aquella vez que nos enrollamos delante del
club ese. Te acuerdas de aquella noche, ¿verdad, Tallulah? Solo fue
hace dos semanas.
—Intentaba librarme de la atención no deseada de otro tipo —
explicó ella, mientras empezaba a arderle la cara—. Burgess solo me
estaba ayudando.
—Estaré encantado de ayudarte la próxima vez —se rio el de las
rayas rosas.
Burgess volvió la cabeza tan despacio que dio la impresión de que
el tiempo iba retrocediendo. Los pájaros volaban en el cielo, los niños
reían y chillaban en el parque infantil, los coches tocaban el claxon, la
Tierra giraba alrededor del Sol, y él seguía volviendo la cabeza.
—¿Qué has querido decir con eso, colega? —preguntó Burgess con
un deje peligroso.
Claro que había dicho «colega» como quien decía «futuro
cadáver».
El de las rayas rosas parecía estar atragantándose con un brazo
humano.
—¡Ay, Dios! No sé por qué he dicho eso. No sé por qué he abierto
la boca. Supongo que por eso sigo sin pareja. —Se frotó la nuca—. Lo
siento, Sir Salvaje.
En el mentón de Burgess apareció un tic nervioso.
—¿Por qué me pides disculpas? La insinuación sexual no ha sido
para mí.
—Tienes razón. —Miró a Tallulah, con las manos unidas como si
estuviera rezando—. Lo siento.
—Por favor. No pasa nada —replicó ella con una carcajada, porque
quería rebajar la tensión—. No ha sido nada.
—Pero volviendo al tema de antes… —Annie y Samara no dejaban
de darse codazos—. ¿No hay nada entre vosotros dos?
—Así que solo eres un hombre rico, atractivo y soltero que vive
con su guapísima au pair, que te da masajes en la espalda y con quien
te enrollas de vez en cuando. —Eso lo dijo Annie—. Como amigos.
Burgess miró a Tallulah con fingida concentración.
—La verdad es que suena sospechoso cuando lo dices de esa
manera —comentó con voz alegre.
—Vale. En fin, ha sido un placer… —dijo Tallulah.
—Yo sigo queriendo darle mi número —la interrumpió una mujer.
—Yo también. —Samara se secó una lágrima imaginaria—. La cosa
está muy mal.
Annie le ofreció su tarjeta de visita, a la que siguieron tres tarjetas
más, que le pusieron encima.
—Llámame si esta «amistad» —dijo, enfatizando la palabra— no
sale bien.
Burgess miró a Tallulah con una sonrisa mientras las coloridas
tarjetas se iban apilando en su mano.
Tallulah vio cómo el montón iba creciendo con una punzada en la
garganta.
—¿Ya hemos terminado? —preguntó Burgess en voz baja.
—Sí —contestó ella con un hilo de voz.
—Pues adiós a todo el mundo menos a ese tipo —dijo Burgess, que
fulminó por última vez con la mirada al de las rayas rosas antes de
hacer que Tallulah se diera media vuelta y de acompañarla por
donde habían llegado.
Sin embargo, cuando llegaron al sendero que los conduciría a la
salida, la llevó hacia el estanque, y allá fue ella, incapaz de reunir la
fuerza de voluntad necesaria para separarse de ese hombre rico,
atractivo y soltero que le provocaba un sinfín de emociones confusas.
Cada uno de los números de teléfono que llevaba en la mano era
como un pincho de kebab clavado en la yugular.
—En fin. —Burgess le dio un toquecito en las costillas—. ¿Cómo he
estado?
—Genial —contestó ella, que intentó parecer animada—. Has sido
tú mismo. No has fingido. Algo que es…, bueno, porque quieres
caerle bien a la gente por cómo eres, claro, no…
—Tallulah.
—¿Sí?
—Mírame.
Se detuvo al oírlo.
Burgess la miró fijamente a los ojos mientras rasgaba por la mitad
el montón de tarjetas de visita y las levantaba para dejar que el
viento se las llevara en todas direcciones.
—¿Ya queda la cosa clara?
—¡Oh! —susurró ella, que de repente sintió un alivio embriagador
—. No sé…
—A la única mujer a la que voy a llamar es a ti.
El mundo se tiñó de repente de color lavanda.
—Por cuestiones relacionadas con mi puesto de niñera. Y porque
soy tu amiga.
Él le puso una mano en la cabeza y tiró de ella para besarla en la
frente.
—Lo que tú digas, preciosa. —A Tallulah se le cerraron los
párpados cuando sintió que sus labios se quedaban sobre el
nacimiento del pelo—. ¿Tienes más clases hoy?
—Sí. Voy a tener toda la semana a tope. Trabajos, Lissa… —Adiós a
la luz del día. Había cerrado los ojos por completo—. Y el sábado por
la tarde tengo la primera sesión con el grupo de estudio. Supuse que
la fecha venía bien porque Lissa está con su madre. Pero después de
eso, no tengo planes…
—A lo mejor tenemos que remediarlo. —Burgess la acorraló contra
su cuerpo con un brazo y le dijo al oído—: Hasta entonces, ¿quién es
el único hombre al que vas a llamar si necesitas que te recojan? ¿O si
necesitas lo que sea esta semana?
—Tú.
Su cálido aliento le bañó la oreja.
—Eso es.
¡Uf! ¡Guau! Había vuelto a abrir los ojos, pero veía doble.
—Mmm.
La respuesta de Burgess a su murmullo atontado fue una risilla,
pero se puso serio enseguida.
—¿Estamos ya más cerca de que me permitas quedar contigo? A
solas.
—Sí —susurró ella, casi para sí misma—. Creo que sí.
—Hora de bañarse en cueros, Tallulah. —Otra caricia de sus labios,
seguida de las vibraciones de su torso—. ¿No te parece?
—Dicen que este fin de semana va a hacer mucho calor para la
época del año —susurró como si estuviera aturdida.
Burgess le rozó la oreja con los labios.
—Me muero de ganas. —La fue soltando poco a poco y después la
miró de arriba abajo por última vez antes de darse media vuelta y
salir del parque, con paso más decidido y resuelto de lo habitual, si
no le fallaban los ojos. ¿Esos vaqueros eran nuevos o su culo estaba
para comérselo con todos los pantalones que tenía? No fue
consciente de que lo seguía con la mirada hasta que lo vio
desaparecer al otro lado del pilar de ladrillos.
En ese momento, apartó los ojos de ese punto en concreto mientras
se alisaba el pelo con insistencia para distraerse del furioso aleteo de
las mariposas que sentía en el estómago. La esperanza de que nadie
hubiera presenciado cómo le comía el culo con los ojos se apagó en
cuanto desvió la mirada hacia la Quedada de Jóvenes
Profesionales… y vio que todos la observaban con una sonrisa,
algunos incluso la saludaron con los vasos vacíos de limonada.
Maravilloso.
Estaba claro que no les había vendido el cuento de que Burgess y
ella solo eran amigos.
Y empezaba a preguntarse si había conseguido vendérselo a sí
misma siquiera.
15
El sábado por la mañana, Burgess le entregó a Ashleigh la bolsa de
viaje de Lissa y miró a su exmujer con una mueca mientras la niña se
acomodaba en el asiento del acompañante del coche y ponía a los
Raskulls a todo volumen.
—¿Es demasiado tarde para escribir en el acuerdo de custodia que
estás obligado a llevar a Lissa a su primer concierto de los Raskulls?
—le preguntó su ex, fingiendo llorar.
—Sí —contestó él con rotundidad.
Ashleigh se echó a reír, pero las carcajadas desaparecieron
mientras lo miraba con expresión pensativa.
—A lo mejor puedes engatusar a la niñera para que haga horas
extra —sugirió con seriedad—. Según Lissa, es lo bastante joven
como para que le gusten los Raskulls.
Burgess gruñó al recordar que era el jefe de Tallulah. Y que era
joven.
Más todavía teniendo en cuenta que pensaba llevarla a bañarse
desnuda esa noche.
Aunque también conocía demasiado bien a su ex como para no
darse cuenta de que estaba intentando tirarle de la lengua.
—¿Hay algo que quieras preguntarme?
—¿Quién? ¿Yo? ¡No! —Hizo un mohín con los labios—. ¿También
se queda aquí los fines de semana?
—Sí, Ashleigh. Vive aquí. Esta es su casa. —«¡Gracias a Dios!»,
pensó—. No creerías que iba a mudarse todos los fines de semana…
Su ex hizo un gesto exagerado.
—¡Pues claro que no!
Burgess suspiró. Ashleigh le caía bien. De verdad que sí. Era una
madre estupenda. Lo apoyó cuando su carrera en el hockey no había
despegado. La relación entre ellos era lo bastante buena como para
que la copaternidad funcionara por el bien de Lissa, pero no le
gustaba el juego pasivo-agresivo al que parecía estar jugando con él
esa mañana. Claro que no era habitual en ella, así que lo dejaría
pasar.
—¿Quieres que recoja a Lissa mañana por la noche o la traes tú?
—Yo la traigo. —Abrió la puerta del conductor y le guiñó un ojo
antes de meterse en el coche—. Disfruta de tus planes. Sean cuales
sean.
Burgess frunció el ceño mientras el coche se alejaba de la acera y se
despidió de Lissa agitando la mano para que lo viese por la luna
trasera hasta que doblaron la esquina. Durante su matrimonio, le
había parecido normal que Ashleigh se sintiera insegura cuando él se
pasaba semanas fuera, aunque nunca le había preguntado
abiertamente si le era fiel. De haberlo hecho, él le habría dicho la
verdad: jamás le había puesto los cuernos. Pero ella se había limitado
a… insinuar esa posibilidad. Como acababa de hacer en ese
momento. Claro que era imposible que Ashleigh estuviera celosa de
Tallulah, ¿verdad? Ni siquiera la conocía. Además, se casaba dentro
de un año ¡y él estaba invitado!
Los supuestos celos seguramente fueran imaginaciones suyas.
De regreso al portal, miró por casualidad hacia la ventana del ático
y vio que las contraventanas de madera volvían a su sitio. Las del
dormitorio de Tallulah. ¿Los había estado observando?
Sumido en sus pensamientos, subió en el ascensor hasta el ático y
recorrió la corta distancia que lo separaba de su puerta, que había
dejado abierta, a sabiendas de que solo iba a tardar unos minutos en
llevar a Lissa hasta el coche de su madre. El salón y la cocina estaban
vacíos. Tenía entrenamiento dentro de una hora y necesitaba recoger
sus cosas rápido, aunque se descubrió delante de la puerta del
dormitorio de Tallulah.
¿Estaría cerrada?, se preguntó, aunque no quiso comprobarlo.
Tallulah tendría que dejarlo entrar.
Llamó a la puerta con un nudillo.
Dos segundos después, oyó el crujido de la cama y unos pasos
amortiguados. La puerta se abrió y apareció Tallulah con una
camiseta de tirantes, unos pantalones cortos y el pelo recogido en un
moño despeinado en la coronilla. No llevaba sujetador. ¡Joder!
Debería haberse ido a entrenar directamente. Así habría gastado
energía antes de verla esa noche. En ese momento, estaba a tope y
sería más que capaz de cogerla en brazos, tirarla sobre la cama
donde tenía los apuntes y los libros, y lamer el aroma a naranja y
albahaca de cada centímetro de su piel.
—Hola —dijo en voz baja.
—Hola —replicó ella con alegría. Con demasiada alegría.
Apoyó un antebrazo en el marco de la puerta y se alegró de que
ella se fijara en su bíceps derecho.
—¿Has estado mirándonos desde la ventana?
—¿Qué? —Parecía aturdida—. ¡Ah! Solo estaba… asegurándome
de que Lissa entraba bien en el coche.
—¿Te preocupaba que la metiera en el coche equivocado?
—No. —Soltó una carcajada y le dio una palmada en el hombro
izquierdo—. ¡Qué tontería!
—Desde luego —convino él, que se llevó la punta de la lengua al
interior de un carrillo—. Entonces, ¿por qué estabas mirando?
Tallulah parecía estar debatiéndose entre seguir fingiendo o no,
pero al final decidió ser sincera. Abandonó el engaño y puso los ojos
en blanco.
—Es natural sentir curiosidad por la ex de mi… amigo. Algo muy
normal.
—Vale.
—No digas «vale» así —protestó y adoptó una postura adorable,
cruzando los brazos por delante del pecho y sacando una de sus
sensuales caderas—. ¿Por qué, si no, iba a estar mirando?
—No lo sé. Supongo que quiero saber qué opinas del hecho de que
haya estado casado antes. De que mi ex siga formando parte de mi
vida. Yo, Burgess, quiero saber lo que piensas, Tallulah.
—¿Por qué? —susurró ella.
—Porque ahora formas parte de mi vida. En calidad de lo que tú
decidas, pero formas parte de ella. —Exhaló un suspiro—. Y, ¡joder!,
pagaría un millón de dólares por saber lo que estás pensando. Por
eso.
Ella miró de reojo hacia la ventana, como si estuviera recordando
lo que había visto.
—Creo que…
Tallulah dejó la frase en el aire, y él apartó el brazo del marco,
aunque siguió en el vano de la puerta.
—¿Puedo pasar?
—Sí —respondió ella, que asintió con la cabeza mientras empezaba
a ponerse colorada.
La satisfacción de que esa mujer confiara en él fue como si llevase
cien medallas prendidas en el pecho.
—Gracias. —Echó a andar hasta que Tallulah pegó la parte
posterior de las piernas a la cama e inclinó la cabeza para ponerse a
su altura y poder interpretar cada gesto, cada exhalación—. ¿Qué es
lo que crees?
—Creo… No. No lo creo, lo sé. Lissa mantiene la esperanza de que
os reconciliéis. Me lo ha dicho.
—¡Por Dios! —Eso no se lo esperaba. ¿Ashleigh y él habían sido
negligentes a la hora de mantener esa conversación tan importante
con ella? Si ese era el caso, tendrían que remediarlo cuanto antes—.
No hace falta que te diga que eso nunca va a ocurrir, ¿verdad?
—Mmm… —murmuró Tallulah.
—¿Qué significa ese murmullo? —masculló él.
—Solo es un murmullo.
—No, no lo es.
—Sí que lo es.
—¡Joder, Tallulah!
—¡Creo que no me gustaría que volvierais a estar juntos! —La
fuerza de su arrebato la hizo sentarse en la cama, de manera que dejó
la cara a la altura de su abdomen y tuvo que echar la cabeza hacia
atrás para poder seguir mirándolo a los ojos—. ¿Vale?
—¿Porque podrías quedarte sin trabajo? —Le rodeó el mentón con
la mano y le pasó el pulgar despacio por una mejilla, tras lo cual lo
trasladó al labio inferior. Después, por instinto, se lo metió en la
boca, y ella se lo permitió con un gemido ronco. Lo aceptó por
completo, y se le dilataron tanto las pupilas que se le oscurecieron
los ojos mientras se aferraba al edredón con las dos manos—. ¿O hay
alguna otra razón por la que no quieres que esté con otra mujer? —
siguió con voz ronca, sacando el dedo para acariciarle esos preciosos
labios, que quedaron húmedos y resplandecientes por su propia
saliva. Volvió a metérselo despacio. Hasta el fondo—. Chúpalo si la
respuesta es sí.
Pasó un segundo.
Y después ella lo succionó con fuerza, ahuecando las mejillas y
arrancándole un gemido de lo más profundo de su cuerpo. Un
sonido que se entrecortó cuando siguió chupándolo, cada vez con
más fuerza.
Tallulah soltó el edredón y apoyó las palmas de las manos en su
abdomen, mirándolas con fascinación, como si tuvieran vida propia.
Mientras tanto, él la observaba con los pulmones paralizados, a la
espera de su siguiente acción. Todo le daba vueltas por el simple
hecho de que lo estuviera tocando. De que estuviera admitiendo su
atracción. ¡Menos mal que había llamado a la puta puerta!
Acto seguido, Tallulah le levantó la camiseta blanca de algodón,
apartó la cara para sacarse despacio su pulgar de la boca y le pegó
los labios húmedos a los abdominales. Sintió su cálido aliento debajo
del ombligo y se estremeció. El deseo le tensó las pelotas y, por
debajo de los pantalones del chándal, le puso la polla dura como una
piedra, a la espera de una caricia. El gemido que le arrancó mientras
le lamía la piel desnuda en un sendero descendente hasta llegar al
bulto de los pantalones y lamérsela de abajo hacia arriba por encima
de la tela le dejó las cuerdas vocales en carne viva.
La incredulidad dio paso al asombro más absoluto, y se le
derritieron todas las neuronas.
—No creo que haya una mujer sobre la faz de la Tierra que no
echara de menos esto de vez en cuando después de haberlo perdido
—dijo ella antes de darle otro lametón por encima del pantalón
mientras se la aferraba con una mano, haciendo que le ardiera la
sangre en las venas, ¡joder!—. O, más bien…, todo el tiempo.
Todas… —lametón— las… —un suave mordisco que lo hizo rugir
con los dientes apretados— noches.
¿Eso estaba pasando?
Sí, estaba pasando de verdad.
—¿Quieres mi polla, Tallulah? —le preguntó entre jadeos—. A la
mierda con el entrenamiento. Me pasaré un día y medio
metiéndotela, pero será mejor que estés segura.
—¿Segura de qué? —susurró ella, chupándole la punta a través del
pantalón.
Tardó un momento en contestar, porque no podía parar de gemir.
—De mí.
Vio que el pánico zigzagueaba en su cara.
—¿Segura en qué sentido?
Consciente de que estaba a punto de correr un gran riesgo, se
arrodilló delante de ella y capturó sus labios antes de que tocara
siquiera el suelo con las rodillas. Fue un beso apasionado y frenético
mientras se inclinaba sobre ella, le enterraba los dedos en el pelo y le
deshacía el moño.
—No lo haré sin ataduras —le explicó, tras lo cual le dio otro beso
feroz en la boca, al tiempo que le acercaba el culo al borde del
colchón con un brazo para poder sentir la cara interna de sus muslos
en los costados y su coño ardiente en el pecho. ¡Dios, eso era
perfecto! ¿Merecía la pena correr el riesgo de extralimitarse? Sí, sin
ninguna duda—. Quiero ataduras, Tallulah —le dijo, hablando con
los labios pegados a los suyos—. Ya estoy más que obsesionado
contigo, ¿verdad? Si empiezas a gimotear mi nombre mientras te
provoco orgasmos uno detrás de otro, crearé ataduras. Y seré feliz.
Tan feliz como para partirle la crisma a cualquiera que intente
coquetear contigo. Tenlo claro.
Ella le acarició los pectorales con el dilema pintado en la cara,
como si se debatiera entre la idea de apartarlo o de tirar de él para
que se colocara encima.
—No estoy segura —susurró de repente.
La frustración lo consumió, pero lo disimuló en la medida de lo
posible. Inclinó la cabeza hacia delante y tomó aire por la nariz para
soltarlo por la boca mientras se obligaba a apartar las manos de esos
muslos separados. Eso dolía. Saber que ella estaba deseando que la
penetrara fuerte. Seguramente podía ponerla de rodillas, bajarle las
bragas y comérselo hasta que se corriera antes de metérsela por
detrás.
¡Dios! ¿Tan tonto era que estaba dispuesto a establecer
condiciones? ¿Mientras ella estaba tan cachonda que se le marcaban
los pezones contra la camiseta de tirantes? No le cabía duda de que
se le había ido la pinza.
Porque Tallulah estaba preparada. Dispuesta. Ruborizada, preciosa
y suya. Ese era el problema. Que algo en su interior no paraba de
repetir «mía, mía, mía» desde que la conoció. Si había algo entre
ellos, no podía ser sin ataduras. Y no pensaba fingir lo contrario,
porque eso los perjudicaría a los dos.
Pegó sus frentes.
—Soy demasiado viejo para jugar, Tallulah.
—Yo no —murmuró ella, que todavía respiraba con dificultad.
—Lo sé. —Le metió la lengua en la boca, disfrutando de su jadeo,
de la languidez que se apoderó de su cuello en cuanto lo hizo, de su
avidez por devolverle el beso, como si no pudiera evitarlo—. De
momento, te llevaré al partido de los Red Sox. Te llevaré a bañarte en
pelotas. Haremos cualquier locura que te apetezca. Y, mientras tanto,
seguirás conociéndome para ver si también quieres ataduras.
—Te lo advierto —balbuceó—. No… no voy a quererlas.
—Vale.
—No digas «vale» de esa manera. Como si no me creyeras. —Se
puso seria y lo miró a los ojos—. No es solo por el hecho de aprender
a vivir otra vez… sin miedo. Es que voy a tardar mucho tiempo en
dejar de preocuparme por la posibilidad de que todo el mundo lleve
a una persona distinta en su interior. Es posible que el miedo nunca
me abandone, sea racional o no. Es posible que estés perdiendo el
tiempo conmigo.
—Estar contigo nunca será una pérdida de tiempo. Solo un
privilegio.
Tallulah cerró los ojos y se echó hacia atrás para apoyarse en las
manos, regalándole una imagen sensual de esos muslos desnudos y
de esas tetas que se agitaban sin sujetador por debajo de la camiseta,
como si estuvieran torturándolo.
—Hablando de tiempo… —dijo, nerviosa de repente—. A lo mejor
tengo que retrasar un poco la hora de la aventura.
—¿Por qué?
—Tengo una reunión.
—Una reunión.
—Sí. Tengo que reunirme con un compañero de clase, porque
vamos a hacer un trabajo juntos y la semana que viene se va de viaje,
así que no tendremos otra oportunidad para planificar las cosas.
Luego podremos colaborar a distancia. Pero he quedado con él en
una cafetería esta tarde.
Burgess le levantó la barbilla y la miró fijamente, intentando
descubrir por qué sonaba tan ansiosa.
—Parece algo normal. ¿Qué problema hay?
—Mi compañero es el friki del club que insistía en compartir el
taxi.
—¡No! —gritó mientras el afán protector le retorcía las entrañas y
se las atravesaba como una cuchilla recién afilada—. ¡Y una mierda!
—No puedo mandarlo a la mierda. Y estaremos en público, así que
no hay motivos para estar nerviosa.
—¡Pero lo estás!
Cerró los ojos con fuerza.
—Odio estarlo. Hace que me sienta patética.
—Oye, no eres patética. —Tallulah necesitaba más de él. Estaba
claro. Así que intentó ponerse en su lugar, lo cual era casi imposible,
porque en la vida había tenido miedo de otro ser humano. No tenía
motivos. ¿Por qué nunca había pensado en lo injusto que era eso?
Siempre había dado por sentada su seguridad. Pero ¿y si no fuera
así?—. ¿Tallulah?
—¿Qué?
Tardó un momento en encontrar las palabras adecuadas.
—¿Qué te parece si le dices a ese payaso que te está incomodando
y que no se pase de la puta raya?
Ella soltó un suspiro.
—No sé. Prefiero superarlo.
—¿Y eso te sirve de algo? —Al ver que se limitaba a mirarlo
parpadeando, empleó otra táctica—. Cuando alguien invade mi
territorio en la pista, le dejo claro que eso no se hace. Supongo que…
nunca lo había pensado, porque es solo mi trabajo, pero también
supongo que eso otorga poder. Poner a alguien en su sitio. Tú
también tienes ese derecho.
—Ya lo sé. Pero ponerlo en práctica es difícil.
La entendía.
—¿Y si te acompaño?
Se le iluminaron los ojos.
—¿Vas a acompañarme a la cita?
—Un momento. ¿Por qué lo llamas «cita» de repente? Antes era
una puta reunión.
—Vale. A la reunión. ¡Joder! —Lo miró a la cara mientras respiraba
hondo y soltaba el aire—. ¿De verdad vas a acompañarme?
—Soy tu guardaespaldas, ¿no? —La besó en los labios para
tranquilizarla—. Y no siempre vas a necesitar uno.
Ella soltó una carcajada carente de humor.
—¿Estás seguro de eso?
—Al cien por cien.
Se miraron durante un buen rato. El tráfico se oía al otro lado de la
ventana, el ventilador de techo zumbaba y ellos se fundieron en un
beso mientras sus torsos se pegaban. Fue un beso húmedo y sin
aliento, sin límites, mientras ella le recorría los pectorales y los
hombros como si fuera un escultor moldeando una figura. El deseo
creció hasta hacerse doloroso, y le metió la lengua hasta la garganta,
saboreando su gemido desesperado mientras ella empezaba a mover
las caderas en el borde de la cama. En ese momento, comprendió que
debían parar. Porque aquello era mucho más que simple deseo, por
muy potente que fuera. La besaba para consolarla, para
tranquilizarla, para infundirle valor… ¡Y porque le gustaba, joder! Le
gustaba mucho.
Así que debía intentar que fuesen su corazón y su instinto los que
tomaran las decisiones. No su polla.
Le puso fin al beso con un improperio, y sus alientos se mezclaron.
¿De verdad iba a ser capaz de resistirse a una mujer que lo atraía
hasta un punto increíble?
—Mándame un mensaje con el lugar y la hora —dijo con voz ronca
al tiempo que se ponía en pie y salía del dormitorio antes de perder
el control por completo. Menos mal que iba a tener tiempo de sobra
para desahogarse antes de volver a verla. Sin embargo, nada más
pensarlo supo que eso no bastaría. ¿Podría convencerla de que se
arriesgara con él antes de que el deseo lo hiciera perder el control y
tirase la toalla?
16
Para ser justos, Burgess intentó pasar desapercibido. De verdad que
lo intentó.
Tallulah estaba sentada enfrente de Finn en la cafetería, con los
apuntes esparcidos sobre la mesa, cuando entró su famoso jefe,
acaparando toda la atención.
—¡Joder, es Sir Salvaje! —exclamó alguien desde la mesa de al
lado.
Todo el mundo se apresuró a sacar el teléfono y empezó a hacerle
fotos a Burgess, que se sentó en un reservado, con la gorra de béisbol
calada hasta los ojos. Había elegido un lugar desde el que ella
pudiera verlo, pero no demasiado cerca.
La gratitud se extendió por su cuerpo de inmediato, y empezó a
dolerle la garganta por la alegría que sintió al verlo. La alegría de
tener un aliado. Alguien que creía en ella, aunque ella todavía no
creyera en sí misma ni en su capacidad para volver a vivir con
normalidad. Sin embargo, había tenido todo el día para pensar en lo
que él le había dicho mientras estaba arrodillado entre sus piernas en
el dormitorio con una erección del tamaño de un tronco de árbol… y
había llegado a la conclusión de que Burgess tenía razón. Debía dejar
de esconderse y reclamar su poder. Si quería recuperar su propia
vida, iba a encontrarse con cosas feas por el camino, porque las cosas
feas sucedían.
Sin embargo, su forma de afrontarlo en esa ocasión determinaría
cómo lo haría en el futuro.
Quizá ni siquiera tuviera que poner a Finn en su sitio. Quizá ya
hubiera captado el mensaje cuando la vio besando a Burgess fuera
del Down.
Sin embargo, pasara lo que pasase, Burgess estaría allí.
«Y no siempre vas a necesitar un guardaespaldas».
Eso era lo que más la había afectado de la conversación de esa
mañana. A Burgess le encantaba mostrarse protector. Aun así, quería
ayudarla a que volviera a valerse por sí misma. Eso decía mucho de
su carácter.
¡Joder! ¡Joder, ese hombre le gustaba! Además de ponerla tan
cachonda que le encantaría darse un revolcón desnuda con él.
Claro que no le gustaba tanto como para ser su novia. No quería
ser la novia de nadie.
¿Verdad?
Se tranquilizó mirando a Burgess y respiró hondo, concentrándose
en el plan que Finn y ella estaban trazando. Los bostonianos de la
cafetería intentaban comportarse con naturalidad ante la presencia
de Sir Salvaje, pero el bullicio iba en aumento y un par de niños se le
acercaron para pedirle un autógrafo. El ruido acabó por llamar la
atención de Finn, que levantó la desgreñada cabeza morena del
cuaderno en el que estaba escribiendo.
—¿Me he perdido algo? —preguntó al tiempo que empezaba a
volverse en la silla—. ¿Qué pasa?
—Deberíamos seguir —se apresuró a decirle ella—. El papel que
desempeñan las señales acústicas en el cortejo de los peces.
Fascinante, ¿verdad?
—Sí, pero ¿aumentan las señales acústicas la probabilidad de éxito
reproductivo? —murmuró él—. Creo que deberíamos dividirnos. Tú
analizas los experimentos de reproducción acústica enlazados en el
artículo. Yo…
Alguien se detuvo justo al lado de su mesa con una sonrisa
aturdida en la cara mientras levantaba el móvil y grababa.
—En serio —dijo Finn, mirando por encima del hombro. Por
suerte, se estaba formando una multitud y, por mucho que estirase el
cuello, no podía ver a Burgess a través de tanta gente—. ¿A qué
viene tanto alboroto?
—¿En mi opinión? El alboroto se debe a la variabilidad del sonido
—dijo con una carcajada, mientras cogía un folio del montón y lo
agitaba en el aire—. Yo me encargo. Creo que no vamos a tener
problema con la división de tareas.
—Sí. —Todavía distraído, Finn volvió a mirarla, consciente de que
el encuentro estaba llegando a su fin—. Aunque me habría
encantado quedar una vez más por lo menos —añadió al tiempo que
apoyaba una mano en el respaldo de la silla de Tallulah mientras
pasaba las páginas del cuaderno con la otra, como si hubiera sido un
gesto involuntario y ella no debiera percatarse siquiera—. A lo mejor
podemos vernos a la vuelta de mi viaje.
Sintió un repentino peso en el estómago.
—Si es necesario para el trabajo…
Finn levantó la mirada y se encogió de hombros, con una sonrisa
pícara en las comisuras de los labios.
—O solo por diversión.
Tallulah abrió la boca para recordarle que tenía novio. Pero… no
quería mentir. No debería verse obligada a mentir ni a inventar una
excusa para dejarle claro que no le interesaba. No le debía ninguna
explicación. Su miedo se debía a la posible reacción de Finn si lo
rechazaba. ¿Dejaría de ser un chico tranquilo? ¿Se le demudaría la
cara y dejaría de fingir?
La tensión le atenazó el pecho.
—Aunque supongo que debería asustarme la posibilidad de que tu
novio, el gran deportista, venga a darme una paliza, ¿no? —se burló
él—. Tisha mencionó que trabajas de niñera para un jugador de los
Bearcats. ¿Es al que te vi besando en la puerta del Down?
El calor le subió por la nuca, acompañado de una buena dosis de
irritación. Esa forma tan despectiva de hablar de Burgess empezó a
debilitar su miedo.
—No creo que esta conversación sea apropiada. Hemos quedado
para hablar del trabajo.
—Vale —replicó él, pasando la página del cuaderno con más
fuerza de la necesaria—. Tienes que correr de vuelta a casa con tu
neandertal.
La indignación convirtió su columna vertebral en acero.
Algo se le atascó en la garganta e hizo que le escocieran los ojos.
Era curioso que un insulto dirigido a una persona que le importaba
le devolviera por fin la valentía, pero no iba a cuestionarlo. No
cuando se sentía tan bien.
—Mira, imbécil —masculló, volviéndose y apartándole la mano
del respaldo de la silla—, como vuelvas a insultar otra vez a Burgess,
te parto esas gafas de diseño por la mitad. A lo mejor sí que quiero
volver a casa con él. Sobre todo para alejarme de ti. Te he dejado bien
claro que no me interesas, y si eres tan tonto como para no darte
cuenta es que el neandertal eres tú. Y si te has dado cuenta y te da
igual, eres algo todavía peor. —¿Ese imbécil tenía el descaro de
insultar a Burgess cuando él la incomodaba tanto que hasta le
provocaba sudores fríos?—. Di algo más sobre él si te atreves. O
dime otra vez que quieres quedar conmigo cuando ya te he dado
largas. Verás que pronto te quedas sin gafas.
Finn la miró boquiabierto durante unos segundos antes de
empezar a recoger sus cosas. Y se alegró de ver que, en ese momento,
era él quien sudaba.
—También aceptaré una disculpa antes de que te vayas.
—Lo siento.
—Y otra para Burgess.
—Lo siento.
—Ajá.
Tuvo que cruzarse de brazos para no arrancarle las gafas de la
cara. Aunque solo fuera para celebrar el hecho de que podía hacerlo.
No era tan arrogante como para creer que se había curado por
completo del trauma y del miedo. Sin embargo, ese día había dado
un gran paso. ¿Se sentiría Lara orgullosa si pudiera verla? Esperaba
que así fuera con desesperación. En ese momento, sin embargo,
había una persona con la que quería compartir su triunfo, y dicha
persona estaba sentada en un reservado en el fondo de la cafetería,
conteniéndose seguramente para no intervenir.
Por si acaso, siguió con la mirada a Finn mientras se levantaba y
salía a toda prisa de aquel lugar; pero cuando desapareció, se puso
en pie con las piernas temblorosas. Dejó todas sus cosas en la mesa y
se internó entre la multitud para dirigirse al reservado del fondo,
aunque descubrió que Burgess también estaba ya de pie, mirándola
con expresión tensa. No supo qué la impulsó, pero echó a correr con
el único propósito de sentirse segura entre esos fuertes brazos lo
antes posible. Él ya los estaba abriendo.
Corrió, saltó y se descubrió envuelta en el abrazo más cálido y
seguro de la historia.
Se quedó allí quieta, rodeada de toda esa fuerza.
La gente les estaba haciendo fotos, pero le daba igual. Que hicieran
todas las que quisieran.
—¿Estás bien, Tallulah? —Burgess la aferraba contra su cuerpo
como un gigante que sujeta a un oso de peluche, mientras el torso le
subía y le bajaba por la fuerza de la respiración—. ¿Se ha…?
—Sí, se ha pasado. Así que le he dicho que es un imbécil y lo he
amenazado con romperle las gafas.
Una lenta carcajada se extendió por el pecho de Burgess mientras
sus brazos la apretaban más y le plantaba un beso en el nacimiento
del pelo.
—Esa es mi chica.
17
Burgess era incapaz de apartar la mirada de Tallulah.
Sus ojos ya tenían un brillo especial, pero después de lo que había
pasado en la cafetería, se dio cuenta de que la chispa siempre había
estado un poco apagada. Hasta ese momento. Estaba en la azotea de
un edificio con vistas a Fenway mientras el famoso cartel de Citgo
vibraba por encima de sus cabezas, y ella iluminaba más que
cualquier estrella del firmamento. Iluminaba más que los focos del
campo. El cartel de Citgo no le llegaba ni a la suela de los zapatos.
Tallulah refulgía, joder.
Quedarse sentado en aquella mesa de la cafetería casi acabó con él.
En un momento dado, se convenció de que iba a romper la mesa de
formica con la mano. El instinto le gritaba que destrozara el local y
volcara mesas a su paso, rugiéndole al friki ese que se alejara de su
chica, pero había conseguido controlarse, menos mal. Se quedó
quieto, aunque lo embargó la sensación de que le estaban aplastando
las costillas con unas tenazas.
Tallulah había superado algo.
Y se daba cuenta de que estaba mejor gracias a eso. Que se
enorgullecía de sí misma.
También seguía con el subidón de adrenalina, que la hacía tontear
mucho…, algo que no lo cabreaba en absoluto. Al contrario, la
verdad. Le encantaba lo cómoda que se sentía tocándolo desde que
lo abrazó en la cafetería, casi como si fuera tan natural como respirar.
En ese momento, ella estaba apoyada contra su torso, observando
el trocito de Fenway que se podía ver desde la azotea, con la
coronilla bajo su barbilla. Había puesto la retransmisión en directo
del partido de los Red Sox en el móvil, de modo que la voz del
comentarista flotaba en la fresca brisa nocturna.
El estremecimiento de Tallulah hizo que la rodease con los brazos,
dejándolos justo por debajo de sus clavículas, y soltó un suspiro al
comprobar que, en vez de protestar, se relajó todavía más contra él.
Lo suficiente como para apoyarle la parte posterior de la cabeza en el
torso.
¡Por Dios! No quería estar en ninguna otra parte.
Se oyó un crujido, seguido de la emocionada voz del comentarista.
El lejano rugido de la multitud. Tallulah lo miró con una sonrisa.
—Creo que lo tienen prácticamente ganado.
Que esa mujer le sonriera era casi demasiado, así que su respuesta
estuvo precedida por un montón de gruñidos.
—Que sepas que podría haber conseguido entradas para el
partido.
—No, no, así es muchísimo mejor —susurró ella.
Tuvo que darle toda la razón. Aunque hubiera conseguido
entradas en uno de los palcos acondicionados, habrían tenido a más
personas a su alrededor. Y, la verdad, no necesitaba a nadie más en
ese momento, solo a ella.
—¿En qué piensas? —le preguntó al tiempo que le pegaba los
labios al pelo.
Tallulah murmuró algo y se acurrucó más contra él, envolviéndolo
con su olor a naranja y albahaca, y también con la sensación de
felicidad.
—Estaba pensando en la que has montado en la cafetería. Aquí
eres todo un personaje. En Boston. Pero no siempre has vivido en
esta ciudad, ¿verdad? ¿De dónde eres?
El hecho de que quisiera saber cosas de él era una buena señal,
¿no?
—De Siracusa. En Nueva York. Mi madre se jubiló el año pasado
de su puesto en la universidad. Era profesora de Escritura Creativa.
—¡Guau! ¿Fue ella quien te moldeó para ser jugador de hockey?
—No, pero sí fui a la Universidad de Siracusa y jugué en el equipo.
Desde luego que ella influyó en esa decisión. —Soltó una carcajada
queda—. Mi madre no sabía qué hacer conmigo. Mi padre nunca
estuvo en nuestras vidas, aunque tuvo que ser un hombre grande,
porque mi madre casi no llega al metro cincuenta. Es una amante de
las artes muy delicada. En casa siempre sonaba música clásica y
había reuniones del club de lectura todas las semanas. Pero, de
repente, se encontró con un niño de once años y de un metro ochenta
pidiéndole entrar en el equipo de hockey. El asunto es que tuve que
moldearme yo solito para ser un jugador de hockey, con la ayuda de
mis entrenadores. —Otra carcajada—. Y menos mal que los tuve,
porque cuando llegué a la adolescencia y empecé a rebelarme, dieron
un paso al frente y la ayudaron a lidiar con eso también. Como
segundos padres.
—Ya me habías dicho que antes hacías muchas locuras —replicó
ella, que lo miró con los ojos entrecerrados y expresión pensativa—.
Me cuesta mucho imaginármelo. ¿Qué es lo peor que has hecho?
—¿Lo peor o la mayor locura?
—¡Ah! Pues la mayor locura, claro.
Inspiró hondo y soltó el aire antes de contestar:
—Seguramente fue cuando rompí el hielo en ambos extremos del
estanque local y buceé por debajo de una punta a otra. Del tirón. Por
una apuesta.
Tallulah lo miró boquiabierta.
—Vale, eso me deja helada.
—Lo sé. Imaginarme a Lissa haciendo algo así me provoca un
sarpullido. —Se quedó callado un segundo—. Mi madre
compensaba la ausencia de mi padre de muchas formas, pero a veces
creo que yo corría todos esos riesgos para castigarlo por no estar allí.
Ya ves tú qué tontería. Mi padre no podía saber lo que yo estaba
haciendo.
Tallulah sintió una punzada compasiva en el pecho.
—No es una tontería, sino una forma de expresar una necesidad.
Un dolor. —Le frotó el brazo—. Eso se puede hacer de muchas
maneras.
—Sí. Cuando echo la vista atrás, desearía haber valorado más a mi
madre. Lo mucho que se esforzó por entender el hockey. Una vez
hasta llevó a su club de lectura a un partido. Ese esfuerzo fue más
que suficiente. No necesitaba nada más.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—¿Vas a verla? Seguro que quiere a Lissa con locura.
—Lissa se parece mucho más a ella, desde luego. Nos reunimos en
Navidad, y pasan tiempo juntas con sus cosas de frikis.
El nudo que Tallulah sentía en la garganta se deshizo con una
carcajada mientras se estremecía por la risa.
—¿Qué le parece tu apodo a tu madre?
—Dice que la aliteración es agradable.
—¡Pues claro! Que estamos hablando de una profesora de
Escritura Creativa.
—De la cabeza a los pies.
Tallulah se quedó callada un segundo.
—¿Te molesta no haber conocido a tu padre?
Burgess le apoyó la barbilla en la cabeza y se lo pensó un
momento.
—De pequeño sí me molestaba. Sí. No tenía a nadie con quien ver
partidos de hockey en la tele del salón. Me quedaba allí sentado en
silencio, mientras intentaba no interrumpir la lectura de mi madre.
—¡Ah! Así que ahí fue donde aprendiste a ser el tipo callado y
fuerte.
—Es posible. ¿Me has metido en esa categoría?
—No tienes una categoría —respondió ella, que echó la cabeza
hacia atrás para mirarlo mientras pestañeaba de forma exagerada—.
Es necesario que haya dos cosas de algo para tener una categoría, y
dudo mucho que haya más de un Burgess.
Efectivamente.
Estaba tonteando.
¿O solo lo estaba haciendo para que él no le buscase un significado
más profundo a sus palabras? Aun así, calaron hondo. Todo lo que
ella decía y hacía calaba hondo. Aunque esa misma mañana, Tallulah
le había dicho que no quería nada serio. De momento, tenía que
hacer que se sintiera libre para decirle lo que quisiera, para tocarlo
como quisiera, sin preocuparse por la posibilidad de que él intentara
imponerle una relación. Eso solo conseguiría alejarla y, ¡joder!, no
quería que eso pasase de ninguna de las maneras.
No mientras la abrazaba a la luz de la luna y ella le decía que era
único en su especie.
—En tu caso, tampoco hay nadie como tú —repuso al tiempo que
le deslizaba la mano derecha por la cadera, acariciándosela mientras
la veía entornar los párpados—. ¿Vas a contarme qué te dijo ese tipo
en la cafetería?
—No creo que deba hacerlo.
Sintió que se le enroscaba alambre en la garganta al oírla.
—¿Tan malo ha sido? —consiguió preguntar.
—Sí.
A esas alturas, hasta le costaba respirar, y usó la mano que le había
puesto en la cadera para acercarla, protegiéndola aunque ya hubiera
pasado todo. Quizá no debería haberse quedado sentado. Quizá
debería haberse acercado a la mesa y lanzar a ese capullo contra el
ventanal de la cafetería.
—¿Qué te dijo? Puedo soportarlo.
Tallulah tomó una honda bocanada de aire.
¡Por Dios, iba a ser horrible!
—Dijo que eras un neandertal —susurró ella, rezumando rabia—.
Le conté a una de las amigas que tenemos en común que trabajo para
ti y supuso correctamente que eras el hombre con quien me besé
delante del club. Y te llamó… eso.
El magma caliente que le corría por las venas, preparado para
entrar en erupción por un insulto atroz a Tallulah, se enfrió de golpe.
—Espera, ¿y ya está?
Ella se dio media vuelta entre sus brazos.
—¿Cómo que «¿y ya está?»? ¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que me insultó a mí, no a ti, ¿es eso? ¿Eso es lo que
te cabreó tanto como para llamarlo «imbécil» y amenazarlo con
romperle las gafas?
—¡Sí! —Tallulah empezó a trazarle círculos en el pecho con las
manos—. ¡Ni siquiera te conoce!
¡Madre del amor hermoso, que estaba cabreada de verdad! Y…
¿estaba intentando calmarlo acariciándole el pecho? La simple
posibilidad hizo que se sintiera inmortal. Estaba acostumbrado a
defender a los demás, pero… ¿Tallulah había salido en su defensa?
Eso significaba mucho. Sin embargo, su prioridad en ese momento
era que ella se sintiese mejor. De inmediato.
—Tallulah.
—¿Qué?
—¿Sabes las cosas que me dicen cuando juego fuera de casa?
¡Joder! Mis propios compañeros me han llamado cosas peores.
Ella lo miró parpadeando.
—¿Y qué?
Le acarició la cara con una mano antes de contestar:
—«Neandertal» ni siquiera puede considerarse un insulto,
preciosa.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué me entraron ganas de sacarle los
ojos?
«Me voy a casar con esta mujer».
—No lo sé —contestó, casi sin aliento por la promesa que acababa
de hacerse—. Dímelo tú.
Quizás al percatarse de que había revelado más de la cuenta,
Tallulah se mordió el labio y se dio media vuelta, permitiéndole de
esa manera volver a pegársela al torso, sin protestar siquiera cuando
empezó a besarla en el nacimiento del pelo. Ese día había recuperado
el valor… ¿porque un empollón se había metido con él? ¿Qué quería
decir eso y por qué le provocaba la sensación de que se le estaba
desintegrando el pecho?
—Si alguien te insultase —dijo al tiempo que le cogía un mechón
de pelo y le daba un tironcito mientras la miraba a la cara, que ella
había levantado—, haría algo mucho peor que romperle las putas
gafas.
—Lo sé —susurró ella.
—Bien.
Podría besarla en ese momento. Ella quería que la besara. Pero el
caos que estaba teniendo lugar en su interior casi garantizaba que
sería incapaz de detenerse… y Tallulah no estaba preparada para
acostarse con nadie sin una cláusula que dijera que era algo sin
ataduras. Por lo tanto, aunque le dolía mucho, le soltó el pelo para
que ambos recuperaran la compostura mientras el partido seguía
jugándose a lo lejos.
—Sin importar lo que te haya hecho plantarle cara a alguien que te
hacía sentir incómoda, estoy orgulloso de ti, Tallulah. Ojalá que tú
también lo estés.
—Lo estoy… —Cambió de postura contra él—. Lo estoy, pero
todavía me queda mucho por andar. Creo que sabré que he superado
lo que pasó cuando…
—Cuando…
—Cuando ya no necesite ir de aventura sola todo el tiempo… Solo
quiero saber que puedo hacerlo. Sin tener miedo. En cuanto sea lo
bastante fuerte para eso, llamaré a mi familia. A Estambul. Podré
hablar con mi hermana sabiendo que mantuve mi palabra.
De repente, Burgess no podía tragar por el nudo del tamaño de un
huevo que tenía en la garganta.
—Creo que ese día está más cerca de lo que crees.
—Sí. Mientras tanto, tengo las postales.
—¿Postales?
Ella asintió con la cabeza y bajó una mano para abrir su bolso, que
llevaba en bandolera, sobre la cadera izquierda. Tras un brevísimo
titubeo, sacó una bolsa hermética con un montón de postales.
Burgess solo alcanzó a ver la primera, que era una imagen aérea del
puerto de Boston.
—Llevo cuatro años mandando postales a casa. Desde todos los
sitios en los que estoy. La mayoría son para Lara. Le digo que me lo
estoy pasando genial…, y tal vez sea cierto en parte, pero… no
estaba probando cosas nuevas y negándome a que el miedo me
frenara como le prometí que haría. Las postales son como un
recordatorio de lo que esperaba hacer según pasara el tiempo.
Seguro que ella sabe que lo estoy demorando. Me conoce muy bien.
Que esa mujer le permitiera conocer lo que había dentro de su
cabeza sería siempre el mayor honor de su vida. Era un lugar
precioso y complicado, y se moría por seguir explorándolo. Todo lo
que pudiera durante el tiempo que se lo permitiera.
—Entonces también sabe que cumplirás tu promesa cuando
puedas hacerlo.
—Gracias —susurró ella, que le acarició el hombro con la nariz.
Se quedaron así, en silencio, él abrazando a Tallulah por la espalda
y ella con la cabeza apoyada en su torso, mientras la brisa que
soplaba de vez en cuando en la azotea le agitaba el pelo y los latidos
del corazón de Burgess ahogaban la voz del comentarista.
Tallulah creyó que estaría más nerviosa por bañarse desnuda una
vez que llegara el momento, pero cuando Burgess aparcó el SUV a
unos cincuenta metros de Jamaica Pond, la embargaba una especie
de efervescencia. A lo mejor lo sucedido antes le había dado
confianza, o quizás era el hombre que tenía al lado, serio e
inconmovible, lo que le permitía sentirse emocionada en vez de
preocupada. O tal vez era por la oscuridad mitigada solo por los
faros del coche de Burgess y saber que el cielo nocturno ocultaría su
traviesa aventura.
Fuera cual fuese el motivo, prácticamente se bajó de un salto y casi
se le olvidó coger la toalla de playa que él le había prestado. El cricrí
de los grillos la envolvió de inmediato, mezclándose con el susurro
del viento. La noche la ocultaba.
La emocionaba.
—¿Seguro que no quieres acompañarme?
—Tú eres la que busca subidones, no yo. Solo he venido de apoyo.
Tallulah apretó los labios con un gesto pensativo.
—No sé si debería sentirme insultada o reconfortada por el hecho
de que vayas a desaprovechar la oportunidad de verme desnuda.
Burgess rodeó el SUV por delante, atravesando los haces de luz de
los faros. Cuando se acercó a ella, pudo verle la expresión, que decía
más o menos: «¿Estás de broma?».
—Tallulah, lo que quiero desaprovechar es que tú me veas
desnudo después de zambullirme en ese lago helado.
Se le encendió la bombilla.
—¿En serio? ¿Te lo vas a perder porque se encoge? —Se envolvió
con la toalla, sujetándose los extremos sobre el pecho, y empezó a
desnudarse por debajo. Se quitó los zapatos y los calcetines,
seguidos por la falda y las bragas…, y se percató de que a Burgess le
costaba trabajo tragar saliva, como si se le hubiera atascado un
huevo en la garganta mientras observaba cada uno de sus
movimientos—. Se te olvida que ya conozco lo que tienes ahí abajo.
—No como a mí me gustaría que lo conocieras.
Tallulah agradeció que la oscuridad ocultase su rubor.
—Lo que quiero decir es que ya sé que es…, en fin, tú me
entiendes.
Burgess se acercó a ella con una ceja levantada y se detuvo a
escasos centímetros.
—¿Cómo es?
—Considerable. —Le costó lo suyo, pero pasó por completo de esa
boca esculpida que tenía tan cerca mientras movía los brazos para
desabrocharse el sujetador negro de escote balconette, que cayó sobre
el montón de ropa que tenía a los pies—. ¿Eso es lo que querías oír,
Sir Salvaje?
—Dime un solo hombre a quien no le guste que digan la palabra
«considerable» referida a sus partes.
Se le escapó una carcajada estrangulada al oírlo.
—Pero…
—Pero —Burgess le levantó la mejilla y le frotó la hendidura que
tenía en el centro del labio con la yema del pulgar— después de que
conozcas lo que tengo ahí abajo, no te reirás cuando hables de ella.
Hablarás de mi polla en susurros, como si estuvieras en una iglesia.
El ambiente juguetón se esfumó de golpe. Tallulah sintió unas
punzadas por el torso que le endurecieron los pezones, le
sensibilizaron los muslos y despertaron sus terminaciones nerviosas
con una serie de descargas hasta el punto de tener que clavar los
dedos de los pies en el suelo, porque eso era lo único que la ataba a
la tierra. De repente, la oscuridad de la noche le daba permiso para
hacer mucho más que una sola travesura. Estaban solos allí fuera;
ella, desnuda; él, totalmente vestido. Y Burgess le había dicho que su
polla sería un punto y aparte en su vida. Y, ¡joder!, qué bien olía, qué
guapo estaba, allí tan alto, irradiando seguridad y afán protector, con
una invitación en los ojos.
—A lo mejor deberías reflexionar un poco mientras yo estoy
bañándome desnuda. —Le recorrió el torso con los dedos y le dio un
tironcito de la barba—. Sobre tus motivos para no acostarte conmigo.
Y sobre la necesidad de pensar en ti mismo como mi «novio» cuando
ya de entrada vas a hacer lo más divertido de serlo.
Él se llevó la lengua al interior de un carrillo y soltó una risilla que
sugería que le estaba doliendo algo.
—Tu argumento tiene peso, pero no cuela.
—¿Por qué no?
—Por unos cuantos motivos. El primero, que trabajas para mí. Eres
la niñera de mi hija, Tallulah. Parece una ridícula categoría de porno,
pero nada de lo que siento por ti es ridículo. El segundo… —se frotó
la nuca—, supongo que quiero ser importante para ti. Sería fácil para
ti fingir que no soy importante en cuanto me convierta en el hombre
con quien te estás enrollando. En vez de ser el hombre de quien…
podrías enamorarte algún día. Cuando nos acostemos por primera
vez, quiero que me mires a los ojos como si esa posibilidad existiera.
Como si pudieras…, a ver, enamorarte de mí. —Carraspeó con más
fuerza de la habitual—. Y el tercero, no voy a relajarme hasta estar
seguro de que no va a aparecer de repente algún niñato universitario
y te vas a ir con él.
Aunque estaba casi desnuda, con una toalla que se agitaba con la
fresca brisa, no sentía ni pizca de frío. De hecho, no sentía
absolutamente nada, salvo el corazón, que le latía desbocado en el
pecho. «Quiero ser importante para ti». Esas cinco palabras
destacaban en un mar de palabras muy parecidas, meciéndose como
boyas felices. Que sí, que esas boyas estaban rodeadas de tiburones
asesinos, pero aun así la dejaron sin aliento. La hicieron pensar: «¿Y
si este hombre es mi media naranja y simplemente lo he conocido
antes de lo que imaginaba?».
¿Aparecerían más hombres que la harían sentir lo mismo?
No lo creía posible, pero ¿qué sabía ella? Estaba empezando a
volar sola de nuevo.
—No sé qué decir… para contestar a todas esas cosas tan enormes
y vulnerables que acabas de decir…
—No hace falta que digas nada.
—Pero sé que ya eres importante para mí. —¡Guau! Admitir eso en
voz alta era como estar colgada de un precipicio, agarrada con una
mano a una piedra suelta. Sin embargo, la expresión de Burgess, que
levantó la mirada y apretó los dientes, la animó a seguir. Quería que
sintiera lo mismo que su sinceridad le provocaba a ella. Como si
fuese su prioridad—. En primer lugar, creo que sé que eres
importante desde hace mucho tiempo, no es algo reciente, pero no
recuerdo cuándo pasó. En segundo, creo que si un niñato
universitario me pidiera salir, decirle que sí me parecería… mal. Por
lo que tenemos entre nosotros, tú ya me entiendes. Lo de ser una
categoría de porno no puedo remediarlo de ninguna manera.
Burgess apartó la mirada y la bajó al suelo mientras se acariciaba la
barbilla. Cuando la miró de nuevo, estaba intentando contener una
sonrisa.
—Supongo que por algo se empieza.
—Es posible —susurró ella—. Ahora me voy a meter de cabeza en
esa agua helada.
—¿No es mejor que te metas despacito en esa agua helada,
Tallulah? No me haría ninguna gracia que te pegaras con una piedra
y te hicieras daño.
Ella se dio media vuelta sobre las puntas de los pies y lo miró por
encima del hombro con expresión sensual mientras se dirigía a la
orilla del lago.
—No es demasiado tarde para acompañarme —le dijo—. La
eternidad está compuesta de ahoras. Lo dijo Dickinson. Es lo único
que me llamó la atención de la clase de Literatura Inglesa.
Él esbozó una sonrisilla torcida.
—Estaré esperándote para ayudarte a entrar en calor de nuevo.
—¿No has dicho que hacerme entrar en calor va contra las reglas?
—Me refiero a envolverte en una toalla. Como una fajita.
—Seguro que eso también es una categoría de porno.
La ronca carcajada de Burgess le provocó una punzada entre los
muslos, y casi, ¡casi!, mandó a la mierda lo de bañarse en pelotas y,
en cambio, darse media vuelta, correr hacia Burgess, lanzarse a sus
brazos y acceder a ser su novia. Él la recompensaría de maravilla por
aceptar esas ataduras, pero su mente y sus entrañas todavía no
estaban convencidas del todo de ser la novia de un hombre en esa
etapa tan precaria de su vida. Su corazón era harina de otro costal,
pero pasaría de ese traidor de momento.
Se detuvo a poca distancia del agua e inspiró hondo. Miró hacia
atrás y vio a Burgess paseándose de un lado para otro delante de los
faros, con los brazos cruzados por delante del pecho. ¿El hombre
destinado a estar con ella para siempre… no querría también vivir
esas aventuras? ¿Se quedaría siempre en la orilla?
«Este momento es para ti. Vive el momento».
Antes de poder pensar demasiado en la temperatura del agua, dejó
las preocupaciones de lado y soltó la toalla para meterse en el agua.
—¡Madre del amor hermoso! —exclamó, aunque siguió avanzando
—. ¡Madre mía! ¡Madre mía! Solo tengo que meter los hombros. Así
dejaré de sentir que estoy muerta.
Siguió avanzando, concentrada en el subidón de adrenalina, en el
shock que estaba recibiendo su cuerpo. El pulso le latía a un millón de
kilómetros por hora mientras una especie de alegría le subía por la
garganta y la hacía apretar los dientes. Aceptó la sensación de
libertad, de estar haciendo una travesura, de estar al aire libre sin
más, viviendo, aspirando el aire nocturno y dejando a su miedo
morir en la orilla.
Se sumergió por completo y luego se puso de espaldas y flotó a la
luz de la luna, mientras se imaginaba desde arriba, con aspecto
tranquilo, libre de las ataduras del trauma. De lo que Brett le hizo.
En ese momento, no se sentía como una hipócrita que había hecho
promesas que todavía no había cumplido. Se sentía más despierta de
lo que se había sentido en mucho tiempo.
Se hundió bajo el agua, que amortiguó todos los sonidos salvo los
latidos que le atronaban los oídos, y se deleitó por el simple hecho de
que su corazón funcionara. De estar viva para meterse en un lago o
para ver un partido de béisbol. Para bailar, aprender y viajar.
Nunca más lo daría por sentado.
Al cabo de un momento, salió a la superficie y miró hacia la orilla,
donde se encontró a Burgess esperándola, con los brazos cruzados
por delante del pecho, abrazando su toalla. Aunque tenía una pose
despreocupada, algo le decía que se estaba preparando para saltar al
agua y salvarla en caso de ser necesario. ¡Qué hombre! Sin importar
cuál fuera el futuro de su relación, él la había acompañado mientras
daba esos primeros pasos para reencontrarse con su sentido de la
aventura. A juzgar por la reacción de su corazón al verlo tan regio,
enorme, tranquilizador y alentador a la luz de la luna, empezó a
preguntarse si a lo mejor Burgess no era uno de los destinos de su
viaje.
Aunque ¿era su media naranja?
Todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo parecían decirle
que sí. El corazón y sus fuertes latidos mientras nadaba hacia él
también eran muy elocuentes. Mucho.
—Pareces una sirena —dijo él con voz gruñona, aunque después
fue como si decidiera que sus palabras eran una tontería, porque
agachó la mirada y empezó a clavar la punta de un zapato en la
tierra.
—¿Crees en las sirenas, Burgess?
—Creo que he visto La sirenita cuatrocientas veces. —Se estremeció
—. Pero ¿en las de verdad? No. ¿Y tú?
Ella murmuró algo mientras se lo pensaba.
—Falta por explorar el noventa y cinco por ciento de los mares.
Creo que hay mucho sitio para los secretos. —Empezó a nadar hacia
la orilla despacio, disfrutando del roce del agua contra la piel
desnuda—. Pero creo que las sirenas se crearon para que los hombres
pudieran culpar a las mujeres de los naufragios o de la mala suerte
en el mar. Porque es imposible que esos accidentes fueran culpa de
los hombres. Tenían que ser culpa de una mujer con forma de pez.
Él esbozó una sonrisilla torcida.
—Lo que pasó en realidad fue que un explorador se negó a parar
para pedir indicaciones.
—¡Exacto! —Ya hacía pie, pero no se incorporó—. Dicho lo cual, la
idea de las sirenas me resulta muy romántica. Unas criaturas
preciosas que se les aparecen a los marineros. —Deslizó las puntas
de los dedos por el agua, delante de ella—. Hechizándolos hasta
desviarlos de su rumbo.
Burgess soltó el aire despacio.
—Ahora mismo, los entiendo perfectamente.
—¿Yo conseguiría que estrellaras tu barco, Burgess?
—Y que lo hiciera añicos.
—Mmm. —Fue consciente de que la admisión de Burgess la
excitaba más que bañarse desnuda. Más que… cualquier otra cosa
desde hacía bastante tiempo—. ¿Vas a portarte como un caballero y a
cerrar los ojos mientras salgo del agua?
—Sí —le aseguró él con firmeza, aunque se le había acelerado la
respiración a juzgar por el movimiento de su torso.
—¿Qué estarías dispuesto a hacer por echar una miradita?
—A la mierda —masculló, como un marinero que aceptaba que lo
habían tentado para desviar el timón de su barco hacia las rocas—.
Lo que sea.
Esa ronca confesión le provocó a Tallulah una descarga eléctrica
por todo el cuerpo.
—Si tuvieras que escoger algo de mí —dijo en un susurro—, ¿qué
sería?
—¿Te refieres a una parte de tu cuerpo para verla?
Ella asintió con la cabeza.
Pasaron varios segundos tensos.
—Seguro que sabes que es una decisión imposible.
Tallulah empezó a tararear la sintonía del concurso Jeopardy!
Burgess se pasó una mano por la cabeza.
—¡Madre del amor hermoso!
—Ve contándome lo que estás pensando —le sugirió ella, que se lo
estaba pasando en grande, con todo el cuerpo en llamas, a la
expectativa, como si estuviera conteniendo el aliento.
—Evidentemente, la cosa se reduce a… dos. Partes.
—Tetas y culo.
—Ya te digo —gruñó él, que parecía querer atravesar el agua con la
mirada—. A ver, por un momento se me ha pasado por la cabeza otra
cosa. Pero estoy segurísimo de que así acabarías a gatas en la hierba.
La parte del cuerpo a la que supuso que se refería se tensó de
forma involuntaria, dejándola sin respiración.
—Eres todavía más directo en la oscuridad.
—No sabes cuánto.
—Me doy por enterada. —Sin esperar a que él hablase, empezó a
nadar en un círculo lento—. ¿Qué parte de mí?
A Burgess se le hundió tanto el pecho que no tuvo claro que se le
fuera a levantar de nuevo.
—Déjame verte las tetas.
O le había subido la temperatura corporal, o el estanque se había
convertido en un jacuzzi.
—Cierra los ojos mientras salgo. No puedo permitir que lo veas
todo.
—¿Te preocupa que descubra que tienes cola?
Se le escapó una risilla tonta al oírlo.
—Creo que ya te habrías dado cuenta. Porque no dejas de mirar.
—Es que es imposible no hacerlo. —Movió el cuello un segundo y
se colocó en posición, sujetando la toalla abierta y cerrando los ojos
—. Anda, sal ya. Estoy cansado de fingir que no me provoca
ansiedad verte tiritar. Ven a estos brazos.
—Como desee, Sir Salvaje.
Confiando por completo en que mantendría los ojos cerrados, salió
del agua entre chapoteos, corrió derecha a la toalla abierta y gimió en
voz alta cuando la envolvió la calidez de la felpa y la fuerza de los
brazos de Burgess, que empezaron a moverse para hacerla entrar en
calor con la fricción. La adrenalina se abrió paso por su garganta,
convirtiéndola en una versión más ligera, animada y atrevida de sí
misma que le encantaba y que quería conocer. Explorar.
Burgess la había envuelto con la toalla de tal manera que la
abertura quedaba detrás, de modo que se dio media vuelta y se
envolvió con ella, sujetándosela entre los pechos. Después echó a
andar hacia el SUV, dejándolo totalmente hechizado y sin habla y
rozándole un brazo al pasar por su lado antes de lanzarle una
mirada sensual por encima del hombro. Las llamas que la consumían
aumentaron al ver que la seguía.
Fue la primera en llegar al coche, de modo que abrió la puerta del
acompañante del todo y se impulsó en la estribera para poder
subirse al asiento, en el que se acomodó de lado, de modo que las
piernas le quedaban colgando fuera del coche. De forma muy
parecida a como estaba la noche que se besaron delante del Down.
Burgess se acercó, mirándola con una intensidad que le indicaba que
quería cumplir el trato que habían hecho. Aunque no iba a pasar.
Todavía no.
—¿Recuerdas que te he preguntado qué estarías dispuesto a hacer
para echar una miradita?
Burgess siguió acercándose con la vista clavada en el nudo de la
toalla entre sus pechos, hasta que ella le rozó el abdomen con las
rodillas.
—¿No te parece bastante que tenga que llamar al médico por una
erección que no se baja después de verte las tetas?
—Mira, tiene su gracia que hables de médicos…
La miró a los ojos.
—Ya he ido, Tallulah.
—Pero sigue doliéndote. —Levantó los brazos por encima de la
cabeza, despacio, como una bailarina—. Si me prometes hablar con
el preparador físico del equipo para que trate la sobrecarga
muscular…, puedes mirar.
—Esta es la definición de juego sucio.
—Dejémoslo en que es un incentivo.
Burgess se llevó un puño a la boca y gimió.
—¡Joder! Vale. Trato hecho. Llámalo como quieras, no soy lo
bastante noble como para rechazarlo.
Ella arqueó un poco la espalda, con las manos en el asiento.
—Cuando estés preparado, Sir Salvaje. —Separó un poquito las
rodillas—. A menos que hayas cambiado de idea sobre lo que quieres
ver.
Burgess se pasó una muñeca por el labio superior para limpiarse el
sudor que se le estaba acumulando.
—Ya te he dicho cómo acabaría eso.
—Lo sé —susurró ella.
—¡Joder! —exclamó e incluso rechinó los dientes—. Sí que eres una
sirena. —Levantó las dos manos y le puso las puntas de los dedos en
el nudo antes de empezar a deshacerlo despacio, y a ella se le
endurecieron los pezones de inmediato mientras empezaba a ver
estrellitas—. Porque esto va a destrozarme, desde luego que sí.
—Y aun así no puedes detenerte.
—¡Qué va, joder!
Lo miró y le guiñó un ojo.
—Lo siento, marinero.
Burgess meneó la cabeza con la cara demudada por el deseo y le
abrió la toalla, dejándole al descubierto los pechos. Acto seguido,
soltó un gemido ronco y entrecortado antes de inclinarse hacia
delante para explorarlos con una larga mirada y la boca entreabierta,
como si no pudiera creer lo que veían sus ojos. Tardó un buen rato en
darse por satisfecho, y cuando lo hizo, soltó la toalla y golpeó el
techo del coche con ambas manos, agachando la cabeza como si
quisiera recuperar el control.
Quizás unas semanas antes esa respuesta tan visceral la habría
asustado, pero no con Burgess. Él le permitía sentirse segura al
mismo tiempo que se mostraba vulnerable por las necesidades y los
deseos de su propio cuerpo. De modo que, en ese momento, ni se
tapó ni sintió la más mínima timidez. Al contrario, se echó hacia
atrás y meneó los pechos para él, excitada al ver que Burgess
empezaba a jadear y bajaba la mano derecha, que titubeó un
segundo sobre la cremallera de sus pantalones antes de bajársela de
golpe y meter la mano.
Para cogérsela.
Gimiendo bajo la luz de la luna.
—No lo haría a menos que fuera necesario —le explicó él, que
pronunció las palabras con la respiración entrecortada, gruñendo a
medida que movía la mano más deprisa. Y más—. Pero o me la
casco, o te penetro antes de que hayamos aclarado las cosas, así que
tú sigue meneándolas.
Ese escandaloso momento en la absoluta oscuridad era como un
sueño. Un sueño en el que meneaba las tetas para su jefe mientras él
se masturbaba, y no quería que acabase. Su cuerpo había pasado del
frío al calor tan rápido que se sentía febril y mojadísima entre los
muslos, y no por el chapuzón, sino por la tensión constante de sus
músculos internos, por el atractivo de ese gigante que la hacía
sentirse traviesa y deseada, todo a la vez. Había obligado a ese
hombre de control férreo a masturbarse delante de ella, y el subidón
era como una erupción química en su interior que la destrozaba
también a ella. No solo a Burgess.
No interrumpieron el contacto visual en ningún momento
mientras ella metía una mano por debajo de la toalla, su gemido
apagado por los sonidos nocturnos y por los gruñidos de Burgess, y
deslizaba los dedos por esa parte de su cuerpo hinchada y mojada,
negándose a torturarse ni un solo segundo, antes de buscar
directamente el clítoris y acariciárselo arriba y abajo, arriba y abajo,
para después frotárselo con fuerza, soltando un jadeo tras otro.
—Si quieres meterte un dedo, preciosa, adelante. Pero ni se te
ocurra enseñármelo, porque tendrás que añadir diez cerraduras más
a tu puerta.
—Y aun así podrías echarla abajo —consiguió decir ella, aunque
tenía los dientes apretados—. ¿A que sí?
—Ya te digo. —Burgess movió las caderas, metiéndose entre sus
piernas, con los músculos del brazo derecho tensos a la luz de la luna
mientras se la cascaba sin parar, con el cuello tan tenso que se le
marcaban las venas, inclinado hacia delante, de modo que sus
frentes se tocaban y sus cálidos alientos se mezclaban—. Pero quiero
que la abras para mí, Tallulah. Ábrela y déjame entrar.
Tallulah sintió una opresión en el pecho. No sabía si buena o mala,
pero sí era intensa. Le estaba exigiendo que tomara una decisión
vital cuando tenía la cabeza en las nubes, impulsada por una
excitación tan poderosa que casi no podía respirar.
—¿Que la abra? —Le lamió los labios a Burgess, y repitió el gesto
cuando él le enseñó los dientes y gruñó—. ¿Así?
Separó los muslos, apartó la toalla y vio que a Burgess se le
nublaban los ojos cuando se metió dos dedos hasta el fondo y se
levantó sobre ellos, moviendo las caderas, penetrándose a sí misma
al tiempo que gemía su nombre al llegar al orgasmo.
—Burgess —jadeó.
—Joder… ¡Joder! —rugió él, que se tambaleó hacia delante sin
dejar de mover la mano, obligándola a separar más las piernas con
sus enormes caderas, tanto que le bañó el sexo desnudo al correrse,
un chorro tras otro de cálida humedad que cayó sobre ella mientras
sentía sus entrecortados jadeos en el cuello.
—Más —susurró ella al tiempo que le lamía la cara—. Lléname
entera.
—Los dos queremos más —replicó él, que volvió la cabeza para
hablarle justo sobre la boca—. ¿Estás dispuesta a admitir que
queremos lo mismo?
Tallulah sintió que la opresión regresaba a su pecho, acompañada
por el peso de la indecisión.
—Pues… —Pasaron varios segundos, y fue incapaz de continuar.
—Ajá —dijo él, que la miró a los ojos mientras le cubría la vulva
con una mano—. Cuando estés preparada para considerarme tu
hombre, escupiré en tu centro y diré que es mío antes de penetrarlo.
Vamos. Miénteme y di que no quieres que lo haga.
Un anhelo que no había experimentado jamás se apoderó de ella.
Fue inesperado, abrumador y la dejó sin fuerzas. La posibilidad de
que él no fuera a reclamarla por completo hizo que el estómago se le
encogiera.
—Hazlo —susurró haciendo un puchero.
—Cuando seas mía. —Esos ojos azules relampaguearon antes de
que los cerrara—. De momento, quiero que accedas a venir al
partido. No es mucho pedir. Quiero mirar a las gradas y saber que
estás allí por mí.
—Vale, iré. Iré. Pero escúpeme…
—Pronto.
Tallulah gimió en protesta mientras Burgess se incorporaba y se
alejaba de ella, retrocediendo a trompicones al mismo tiempo que se
abrochaba los vaqueros, con la frente cubierta de sudor. Se retiraron
a sus rincones unos minutos para recuperarse de lo que había
empezado siendo un juego, pero que no había tardado en convertirse
en algo mucho mayor. Más profundo y permanente.
Un lago en el que ella no sabía si estaba preparada para
zambullirse.
18
¡Oh! La energía en el estadio era increíble. ¡La gente estaba
entusiasmada!
Tallulah era muy consciente de que los bostonianos no hacían nada
a medias en lo referente al deporte. Al fin y al cabo, su padre era
seguidor de los Red Sox. Durante la temporada de béisbol, los
partidos servían de música de fondo mientras hacía los deberes. Por
eso sabía que cada partido de los Red Sox era cuestión de vida o
muerte. Pero ¿el hockey? Eso era otro nivel. Los aficionados no
estaban allí por estar, ¡joder!
Todo el mundo llevaba los colores del equipo. ¡Pero todos!
El código de vestimenta no era opcional.
Y allí estaba ella, con unos vaqueros, una camisa blanca de manga
larga y un abrigo. Y ni siquiera podía pasar desapercibida entre la
multitud, porque las entradas que acababan de recoger en taquilla
eran para la primera fila. Lissa y ella iban hacia los asientos,
sorteando a espectadores cargados con perritos calientes y cervezas
gigantes.
El estómago le rugía por los nervios. ¿Por qué?
¿Quizá porque la última vez que había estado a solas con Burgess
le había pedido que le escupiera? Se le ponía la carne de gallina solo
de pensarlo. Había estado muy ocupado toda la semana posterior a
la noche en el lago, preparándose para el primer partido de la
temporada, de manera que prácticamente vivía en el estadio, con el
equipo, haciendo entrevistas con la prensa y entrenando. Ella había
estado dividiendo su tiempo entre cuidar de Lissa y avanzar en su
parte del trabajo con Finn. La niña siempre estaba presente cuando
Burgess y ella coincidían, aunque su presencia no había logrado
sofocar las miradas intensas ni evitar que sus labios le rozaran la
nuca cuando se cruzaban en la cocina.
El escalofrío que sintió en esa ocasión no era precisamente por el
frío del estadio.
—¿Crees que debería ir a comprar una sudadera o algo? —le
preguntó a Lissa, que se había pasado todo el trayecto demasiado
callada. Esperaba que no hubiese tenido más problemas con sus
compañeras de clase—. Me siento… mal vestida o demasiado
arreglada, no acabo de decidirme.
Lissa bajó la mirada hacia el móvil y siguió mirando una serie de
coloridas fotos, consiguiendo de algún modo no chocarse con nadie.
—No, creo que vas bien.
—Claro, para ti es fácil decirlo. —Le dio un golpe juguetón con
una cadera—. La camiseta de los Bearcats que llevas con esas marcas
de garras en la manga es muy chula. ¿Te la ha comprado tu padre?
—Sí. —Lissa se puso blanca de repente y se quedó con la boca
abierta—. ¡Ay, no! Me he dejado la sudadera en el taxi.
—¡Oh, vaya! ¿Llamo para ver si el taxi sigue cerca o para ver cómo
podemos recogerla por la mañana?
—No tenemos tiempo. El partido va a empezar y no quiero
perderme la presentación de mi padre. —Encorvó los hombros—.
Me voy a congelar.
—¿Tanto frío hace aquí dentro? Es un estadio cubierto.
—En serio, hace muchísimo frío.
—Bueno, espera… —replicó al tiempo que estiraba el cuello para
ver lo que vendían en los distintos puestos—. Vamos a comprarte
una sudadera o algo.
Tres minutos y medio después…
—¿¡Setenta y cinco dólares!? —dijo Tallulah con voz aguda—. ¿Por
una sudadera?
—Te aseguro que nadie se ha escandalizado antes —replicó el
encargado, vestido con una camisa roja y que hablaba con un fuerte
acento bostoniano—. Eres la primera. ¡Guau!
—Su padre está en el equipo. ¿No le haces descuento?
El hombre puso los ojos en blanco, en plan exagerado.
—Sí, y mi madre es la entrenadora. Y mi schnauzer conduce la
Zamboni para pulir el hielo. ¡Siguiente!
Tallulah apartó a Lissa del mostrador mientras miraba al de la
camisa roja con expresión asesina.
—Lo siento, Liss. No cobro hasta dentro de una semana. Y crecí en
un hogar donde mi madre nos hacía la ropa. Si pagara eso por una
sudadera, no podría volver a mirarla a la cara. —Se apresuró a
quitarse el abrigo para ponérselo a la niña sobre los hombros—.
Ponte esto.
La incertidumbre de Lissa era evidente.
—¿Y tú?
—¿Se te ha olvidado que viví en la Antártida? —replicó con deje
burlón—. Puedo sobrevivir a un partido de hockey.
Tomaron asiento a unos metros de la pantalla protectora de
plexiglás justo cuando se apagaban las luces y empezaban a
proyectarse unas huellas azules sobre el hielo, que se movían en
espiral. Se oyó una voz masculina, y la multitud rugió el nombre del
equipo al tiempo que estampaban los pies contra las gradas. Los
árbitros salieron al hielo en primer lugar y la gente los abucheó, algo
que a ella no le pareció justo, ya que el partido ni siquiera había
empezado, aunque esa actitud negativa también le pareció un
poco… ¿simpática? Igual que los gritos de «¡Preparaos para perder,
cabrones!» que le dedicaron al equipo visitante.
Miró a Lissa con una ceja levantada.
—Recuérdame que nunca cabree a un aficionado al hockey.
La niña sonrió por primera vez desde que habían llegado.
—Pues todavía no has visto nada, verás cuando empiecen las
peleas durante el partido.
—Qué mal rollo.
—Sí.
¡Uf! Empezaba a hacer frío. Mucho frío, de hecho.
Intentó disimular que se soplaba en las palmas de las manos para
calentárselas.
—¡Y aquí salen los Bearcats de Boston…! —anunció el
comentarista.
¡Por todos los santos del hielo, hacía un frío que pelaba!
¿Estaba dentro de un aparato de aire acondicionado o qué? Era
lógico que tuvieran que mantener la temperatura del estadio muy
fría para que el hielo no se derritiera, pero, ¡joder! ¿No deberían
avisarlo o algo? Empezaba a tiritar, y solo habían salido unos
cuantos jugadores de los Bearcats, incluido Sig Gauthier, que fue
recibido con un estruendoso aplauso. Aunque… ¿se lo estaba
imaginando o no paraba de mirar hacia el asiento vacío que ella
tenía a la derecha mientras el comentarista seguía presentando a los
integrantes del equipo?
—Por último, los seguidores de los Bearcats lo conocéis como la
Plaga de Boston, la Amenaza de Massachusetts. ¡Aquí llega el
número cincuenta y nueve, Sir Salvaje en persona, Burgess Abraham!
Sucedió algo muy gracioso cuando Burgess apareció patinando
sobre el hielo con las protecciones y un aspecto gigantesco e irritable,
a pesar del entusiasmo con el que el público lo recibió. Sí, fue muy
gracioso. Ella había visto a Burgess jugar al hockey por la tele y
también en internet, pero al verlo en persona, se le olvidó por un
instante que se estaba muriendo de frío. Fue como si un motorcillo
empezara a vibrar y un par de manos invisibles le acariciaran los
costados.
¡Vaya! ¡Uuuf! Burgess parecía…
¿Valiente?
¿Peligroso?
Sexi.
Muy bien, estaba como un camión de bueno. Pero ¿por qué? Casi
no se le veía por culpa de todo lo que llevaba encima, y el protector
de la boca le desfiguraba los labios. Ella lo había visto sin camiseta.
Sin embargo…, no podía negar el atractivo de verlo así. La camiseta,
la mueca de la cara, la facilidad con la que patinaba, como si
estuviera andando, casi ajeno a los gritos de adoración del público
para el que era un héroe. Parecía casi… indiferente.
Por alguna razón, recordó que también sabía besar. Que besaba de
muerte, en realidad. Y esas manos que tenía. Tan grandes. Capaces
de sostener un palo de hockey, picar cebollas y romper tarjetas de
visita como si tal cosa. Además de secar el agua del lago de su
cuerpo y de deshacer los nudos de las toallas…
A lo mejor ya no tenía frío, pero sus pezones no se habían
enterado.
Los tenía duros como piedras.
Por supuesto, se dio cuenta de que tenía el equivalente a un par de
casquillos de bala en el sujetador justo cuando volvían a encenderse
las luces del estadio y los Bearcats rompían la formación y se
separaban para empezar a calentar. Con toda la naturalidad de la
que fue capaz, cruzó los brazos por delante de los pechos y volvió a
tiritar, aunque esa vez era más un temblor provocado por las
hormonas que por el frío.
El hielo estaba lleno de hombres sexis.
¿Lo sabía todo el mundo?
¿Cómo se las arreglaban los jugadores para pavonearse de esa
manera sobre los patines? Parecía imposible, pero lo estaba viendo
con sus propios ojos. Y resultaba muy preocupante que, con el
elevado número de especímenes superiores que tenía delante,
apenas fuera capaz de desviar la atención de Burgess ni un segundo.
¿Cómo conseguía equilibrar ese tremendo peso sobre dos pequeñas
cuchillas y hacerlo sin esfuerzo aparente?
Además, ¿por qué patinaba hacia ellas?
Seguramente solo era una coincidencia…
No. Allí estaba. A un metro de distancia, golpeando la pantalla
protectora con el extremo del palo, con pinta malhumorada e
intimidatoria… el famoso Sir Salvaje. Los aficionados que estaban
sentados detrás de ella se quedaron boquiabiertos por la sorpresa y
corrieron a sacar los móviles para grabar. Lissa soltó una risilla y
saludó a su padre con la mano, recibiendo a cambio el saludo de su
mano enguantada. Tallulah intentó saludarlo sin descruzar los
brazos, pero descubrió que los tenía pegados al torso, como cuando
se lamía el asta de una bandera en enero y se quedaba la lengua
pegada.
Burgess la miró con el ceño fruncido.
—Tienes frío —le dijo él, articulando las palabras con los labios.
—¿Tú crees? —replicó de la misma manera.
Él le hizo un gesto interrogante.
Los seguidores habían enloquecido y se amontonaban en torno a
ellas. Tallulah abrió la aplicación de bloc de notas de su teléfono y
tecleó rápidamente la respuesta, tras lo cual se puso en pie y acercó
el móvil a la pantalla de plexiglás.
«Las sudaderas cuestan 75 dólares». Y añadió un emoji con la
cabeza explotando para que quedara bien claro.
La exasperación de Burgess fue evidente.
En un abrir y cerrar de ojos, él se largó, y Tallulah se quedó
mirando el dorso de su camiseta, donde llevaba escrito su apellido,
Abraham, porque se alejó patinando hacia el banquillo para gritarle
algo a un hombre ataviado con un polo azul de los Bearcats que
parecía uno de los preparadores físicos. Acto seguido, Burgess volvió
al calentamiento, aunque parecía más distraído que antes y no
paraba de mirar en su dirección. Justo cuando sonaba el aviso del
comienzo del partido, un hombre se puso delante de ella (el
preparador físico de los Bearcats si no se equivocaba), y le ofreció
una sudadera doblada del revés.
—Burgess me ha pedido que te diga que por favor te la pongas
para que pueda concentrarse —le dijo el hombre, que la miró de
arriba abajo con curiosidad, mientras le entregaba la prenda.
—¡Ah! —Un hormigueo le recorrió los brazos y le llegó al cuero
cabelludo. Le palpitaba todo el cuerpo. Aceptó la sudadera, pero sin
apartar los brazos del torso—. Mmm…, gracias. A él y a ti.
El hombre asintió con la cabeza y miró a Lissa.
—Eres Lissa, ¿verdad?
La niña sonrió.
El preparador físico chocó un puño con ella y se alejó a la carrera
en dirección al banquillo.
Dado que no tenía más remedio que descruzar los brazos y dejar al
descubierto los pezones duros, Tallulah le dio la vuelta a la sudadera
lo más rápido que pudo y se la pasó por la cabeza para meter los
brazos, momento en el que podría haberse echado a llorar por lo
abrigada que se sentía.
Sin embargo, no fue solo el calorcito lo que impregnó sus huesos.
También percibió el olor de Burgess.
Nunca antes se había fijado en su olor, pero lo reconoció en cuanto
la envolvió como una fresca cascada en un bosque. En pocas
palabras, olía a invierno. Su estación favorita.
«¡Uf!».
En la pista, los Bearcats estaban preparados para empezar, y el
volumen de la multitud subió hasta un nivel ensordecedor cuando el
árbitro soltó el disco. La pista de hielo se convirtió en un frenesí de
actividad delante de Tallulah. En cuestión de segundos, esos cuerpos
gigantescos se chocaron contra la pantalla protectora y el disco se
convirtió en un borrón negro que se movía de un extremo a otro. Los
reflejos de Burgess eran rápidos y exactos, cada movimiento que
hacía tenía un propósito. No era un objeto inamovible sin más, era
rápido. Rapidísimo. Y no acababa de entender cómo era posible que
fuera esas dos cosas a la vez. En un momento dado, bloqueaba el
camino a la portería como si fuera una estatua de piedra y, al
siguiente, se estaba abriendo paso entre un mar de oponentes para
enviar el disco de un golpe al otro campo.
—¿Hay algo entre mi padre y tú?
Tallulah volvió la cabeza de golpe mientras una sensación de
alarma crecía en su estómago como si fuera una esponja.
—¿A qué te refieres?
Lissa la miró sin parpadear.
—¿Eres la novia de mi padre?
—No. —La respuesta negativa fue automática, porque era cierto,
¿no? Había rechazado ser la novia de Burgess, aunque él quería que
lo fuese. Sí que había algo entre ellos, por supuesto, y seguramente
solo era que ambos sufrían un picor que necesitaban aliviar. Pero no
estaban saliendo. Ni hablar. No—. No soy la novia de tu padre.
Somos amigos. Lo que soy es tu niñera —dijo al tiempo que le daba
un apretón en el brazo—. Y espero que también tu amiga.
El alivio suavizó las facciones de Lissa.
—Sí. Lo eres.
Tallulah soltó el aire.
—Bien.
—Porque sé que todavía le gusta mi madre. Hoy nos estaba
esperando en la acera y todo, como si la echara de menos. Ojalá no
fuera tan cabezón.
No era la primera vez que a Tallulah se le encogía el corazón ante
la confianza que tenía la niña en la reconciliación de sus padres.
Estaba clarísimo que eso no iba a ocurrir, pero, a sus doce años, Lissa
veía lo que quería ver con su enorme imaginación. Si ella le daba esa
mala noticia, se estaría extralimitando, así que no lo hizo, pero sí
decidió que debía comentarle de nuevo el tema a Burgess más tarde.
—Seguro que mi madre está viendo el partido por televisión —
añadió Lissa, sonriendo.
Tallulah sintió que se le revolvían las tripas. La madre de Lissa ya
estaba comprometida. A lo mejor no estaba de más prepararla con
delicadeza para la decepción que ocasionaría el hecho de que sus
padres pasaran página.
—Lissa…
—¡Hola! ¡Por Dios, qué tarde llego! —exclamó Chloe, y Tallulah se
volvió justo a tiempo para verla dejarse caer en su asiento, con el
pelo rubio ondulado y un jersey rosa con el nombre de Gauthier en
la espalda. Soltó el bolso para abrazarla—. Me alegro mucho de que
hayas decidido venir.
—Todavía no sé qué pensar del deporte en sí, ¡pero yo también me
alegro de verte! —Le devolvió el abrazo con una sonrisa cariñosa por
su muestra de emoción—. ¿Conoces a Lissa, la hija de Burgess?
—¡Sí! Nos conocimos en el palco del equipo la temporada pasada.
—Chloe se inclinó hacia delante para mirar a Lissa y jadeó—. ¡Vaya,
pero que monísima estás! ¡Has crecido mucho!
Alguien se golpeó contra la pantalla de plexiglás.
Un silbido estridente rasgó el aire.
Chloe se levantó como si tuviera un resorte y estampó un puño
contra la pantalla, justo delante del lugar donde el árbitro estaba
intentando separar a Sig de un adversario.
—¿Carga contra la barda? ¡Déjate de estupideces y gradúate la
vista! ¿¡Será imbécil el árbitro ese!? —Volvió a sentarse con una
sonrisa tierna—. ¿Habéis comido ya?
—¡Vaya! Veo que no te falta pasión, Chloe.
—Esto es solo el calentamiento. —Se frotó las manos—. Hablando
de calentamientos, ¿te ha dicho Burgess que su amigo me ha
contratado para tocar el arpa en la boda de tu amiga en Costa Rica?
Tallulah se sobresaltó y se volvió para mirarla.
—¿En serio? —Se apretaron las manos dando brincos en los
asientos—. ¡No me lo puedo creer!
—¡Tengo un montón de compras que hacer! Ya me imagino el
suspiro decepcionado de Sig —añadió sin dejar de sonreír—. Tendré
que recurrir a las lágrimas. Siempre se le pasan los enfados cuando
me ve llorar.
—Vale…
—Y ya hablando en serio, me muero de hambre —siguió la rubia,
que se inclinó por detrás de ella para darle un apretón a Lissa en el
hombro—. La comida basura es la mejor cuando se dicen burradas,
ese es mi lema.
A medida que avanzaba el partido, Tallulah llegó a la conclusión
de que los aficionados al hockey estaban locos.
Su comportamiento solo podía describirse como «violencia
educada».
Menos mal que ella no formaba parte de la afición.
Al final del segundo tiempo, ya le estaba gritando al árbitro que se
buscara otro trabajo.
Los Bearcats de Boston ganaron 2-1 en su primer partido en casa.
Tallulah llevó a casa a una somnolienta Lissa y la metió en la cama,
tras lo cual apagó la luz y cerró la puerta del dormitorio. Ella
también debería irse a la cama. No había motivo para esperar a que
Burgess llegara a casa después de la rueda de prensa posterior al
partido.
De hecho, era una mala idea en general.
Lo que necesitaba era darse una ducha fría.
Sin embargo, no le apetecía quitarse la sudadera de Burgess. Ni
dejar de olerle el cuello.
Cabreada consigo misma por el subidón que tenía, entró en su
dormitorio y cerró la puerta de golpe, echando la llave. Luego se
quitó los vaqueros, la sudadera, los calcetines, la camisa y el
sujetador. Sin embargo, en vez de coger un pijama del cajón, volvió a
ponerse la sudadera.
Mala idea.
La suave felpa le rozaba la piel desnuda como las yemas de los
dedos de un amante, y ese aroma invernal la estaba mareando. Se
tumbó en la cama, estiró las piernas por debajo de las sábanas y se
colocó de lado, la cual era su postura preferida para dormir, aunque
no conseguía ponerse cómoda por más vueltas que diera. Hasta que
se dio cuenta de que se movía a propósito, para sentir el roce de la
tela en la piel, que tenía muy sensible. Cada vez que parpadeaba,
veía a Burgess deteniendo en seco a dos adversarios tan solo con su
cuerpo inmóvil, y suspiraba rendida, deslizando los dedos por la
parte delantera de las bragas.
Como era de esperar, ya estaba mojada. Cachonda.
Llevaba así desde que empezó el partido, ¿no?
No había nadie en la cama con ella. Ninguna razón para mentir.
Burgess la excitaba (mucho), y su efecto sobre ella parecía
aumentar cuanto más tiempo se mantenía alejada de su cama. Con el
paso de los días, le estaba resultando cada vez más difícil mantener
una distancia amistosa y profesional, sin lanzarse a por él. El
esfuerzo que había hecho le había pasado factura, de manera que a
esas alturas su cuerpo le pedía alivio. Levantó las rodillas por debajo
de las sábanas mientras se acariciaba en círculos su sexo mojado…
¡por un partido de hockey!
No. Por un jugador de hockey.
Su pecho subía y bajaba de forma trémula mientras se frotaba el
clítoris y clavaba los talones en el colchón, encogiendo los dedos de
los pies por la tensión, que ya se había extendido por sus entrañas.
¡Uf! ¡Guau! Iba a ser rápido. Se mordió el labio y cerró los ojos,
imaginándose a Burgess en los vestuarios, desabrochándose esos
pantalones acolchados, subiéndose la sudorosa camiseta por la
cabeza. De repente, se vio también allí, después de haber burlado
todos los controles de seguridad, mientras él la inmovilizaba contra
la taquilla, se apoderaba de su boca y le acariciaba los pechos con las
manos, que luego le bajó por la espalda hasta detenerse en la curva
de su culo por encima de los vaqueros. Acto seguido, se lo agarraba
con fuerza y la levantaba del suelo.
La taquilla traqueteó.
No. Un momento.
El ruido era en la vida real.
La puerta del ático.
—¡Mierda! —susurró, poniéndose boca abajo para amortiguar sus
jadeos contra la almohada mientras se penetraba con dos dedos y
empezaba a moverlos una vez, dos…
Sin embargo, la eficacia de su fantasía se estaba agotando, porque
el hombre real estaba pasando por delante de la puerta de su
habitación, en carne y hueso.
¡Carne!
«No pienses en su carne».
Demasiado tarde.
La verdad era que quería ceder a esa atracción tan exigente. Solo
una vez, para desahogarse. Era de noche. Nadie se enteraría. Burgess
había dejado bien claro que le gustaría hacerlo con ella. Aunque eso
no ocurriría, porque el precio eran las ataduras sentimentales. Pero…
¿y si probaba? Hacía unos nueve mil años aproximadamente que no
deseaba a un hombre en concreto, y el deseo que experimentaba en
ese momento superaba con creces todo lo que había sentido antes. El
subidón, la prueba de que era capaz de confiar en él lo bastante
como para sentir atracción sexual, fue un alivio. Un alivio
embriagador y excitante… que deseaba explorar con desesperación.
Echó a andar hacia la puerta cerrada mientras intentaba
convencerse de volver a la cama.
Sin embargo, su cuerpo no le hizo caso.
19
Burgess se sentó a los pies de la cama, con las manos juntas entre las
rodillas.
Se quedó mirando la puerta, suplicando que se abriera.
No lo haría, pero la esperanza era lo último que se perdía,
¿verdad?
Estaba empalmado debajo de los vaqueros, como siempre le
pasaba después de una victoria. Pero haría lo de siempre y se
masturbaría en la ducha. Aunque, en esa ocasión, pensaría en
Tallulah, sentada en la banda con su sudadera. La recordaría
olisqueando el cuello, tal como la pilló durante el descanso entre el
segundo y el tercer tiempo. ¿Le gustaría su olor?
¿Le habría… gustado el partido? ¿Qué le había parecido su
actuación en la pista?
¿Se habría dado cuenta de que estaba perdiendo facultades, tal
como lo habían visto todos los demás en el mundo del hockey?
Solo de pensar en eso le ardía la garganta.
¿Tallulah lo veía como un hombre capaz de todo? Diez años antes,
podría haber sido su puto superhéroe. A esas alturas, ¿qué papel
podía desempeñar para ella?
¿Querría siquiera que desempeñara algún papel en su vida?
Se puso en pie, con los ojos llorosos por el doloroso tirón que tenía
en la espalda. Había cumplido su parte del trato con Tallulah y había
hablado con el preparador físico del equipo, que le había dado
analgésicos más potentes, pero el efecto se había ido pasando poco a
poco a lo largo del partido.
«Solo es una sobrecarga. Solo es una sobrecarga». Se repitió esas
palabras tranquilizadoras de camino al cuarto de baño, donde se
desnudó y se quitó la ropa que se había puesto una hora y media
antes para la rueda de prensa, dejándola amontonada en el suelo. Se
miró en el espejo que había sobre el lavabo y meneó la cabeza al
fijarse en su erección e intentar verse con los ojos de Tallulah. ¿Serían
una señal de advertencia para ella las canas en las patillas, en la
barba y en el vello del pecho?
«Aléjate de este tipo, ya va de capa caída».
«No tiene nada que te interese. No es espontáneo. Ni divertido. Ni
aventurero. Ni joven».
¿O le resultaría atractiva su experiencia por lo que podía aportar?
Cerró los ojos, se la agarró con un puño y empezó a masturbarse.
Sí.
Ese escenario le gustaba más.
Veía a Tallulah de pie delante de él…, en su imaginación, claro.
Desnuda.
«Demuéstrame lo que sabes», le susurró mientras se colocaba su
mano entre los muslos.
—Mmm… —murmuró él, ya jadeante, con el pulso atronándole los
oídos. Ni siquiera iba a llegar a la ducha. Iba a reventar allí mismo,
en el lavabo…
Oyó el crujido inconfundible de la puerta de su dormitorio al
abrirse.
Su mano se detuvo de repente y la fantasía estalló como una
burbuja.
—¿Burgess?
¡Joder! Esa era la voz de Tallulah. ¿Estaba en su dormitorio? ¿Por
qué?
—¿Qué? —dijo mientras intentaba que le saliera la voz normal,
aunque fracasó. Estrepitosamente. Más bien parecía una sierra
intentando atravesar metal—. ¿Qué pasa?
Silencio.
Tres segundos. Cuatro.
—¿No quieres tu masaje?
Se mordió el puño cerrado para no gemir. O para no correrse.
O para las dos cosas.
Tallulah solo quería cumplir su promesa.
No esperaría nada más. No hasta estar seguro.
Cogió una toalla con movimientos casi aletargados por el deseo y
se la enrolló en torno a las caderas, colocándosela de modo que
disimulara su erección. Luego respiró hondo y abrió la puerta del
cuarto, aunque se limitó a asomar el torso como medida de
precaución.
Una vez que sus ojos se adaptaron a la oscuridad del dormitorio, el
deseo aumentó de tal forma que empezó a dolerle todo el cuerpo.
Tallulah estaba en su dormitorio.
Y solo llevaba su sudadera.
—Tallulah, dime exactamente qué es lo que quieres —dijo con voz
ronca—. ¿A qué has venido?
—Por favor, ¿podemos llamarlo «masaje» y ver qué pasa? —
susurró.
Esa era la diferencia entre ellos. Ella podía presentarse sin un plan
de juego, llevada por un capricho o por un paréntesis en la toma de
buenas decisiones. Él no era así. Quería que su relación estuviera
bien definida. Quería tenerlo todo bien definido para poder dormir
por la noche con la seguridad de tenerla solo para él.
Si lo hacían, ¿se entendería que su relación era exclusiva, aunque
ella se negara a decirlo en voz alta? No tenía ni idea y quería
preguntárselo para que se lo dejara claro, pero la disciplina
empezaba a fallarle y no sobreviviría si ella volvía corriendo a su
dormitorio y cerraba la puerta, de manera que se mordió la lengua.
Estaba claro que su estrategia no funcionaba. Tendría que probar
con la de Tallulah durante una temporada.
—Sí —contestó con la voz cascada—. Lo llamaremos «masaje».
El alivio pareció inundarla, y vio que la tensión abandonaba sus
hombros. Tras asentir una vez con la cabeza, se acercó a la cama y se
subió al colchón a gatas, dada la altura de su cama de dos metros, de
tal modo que se la puso todavía más dura. La sudadera le quedaba
tan grande que apenas lograba verle gran cosa, pero se imaginaba
perfectamente la curva de su culo y esos muslos tersos. Sus bragas
bien apretadas. ¡Por Dios! Tragó saliva al verla arrodillada cerca del
borde, con las manos sobre las rodillas dobladas, con su sudadera, a
todas luces esperando a que él se sentara delante de ella. Parecía un
sueño. Pero sabía que no lo era, por el dolor que sentía en las pelotas
y porque tenía el corazón atascado en la garganta.
«¿Ya ni siquiera sabes dejarte llevar?».
¡Por Dios! No quería que su relación con Tallulah fuera algo
transitorio, porque nada de lo que sentía por ella era transitorio, y no
pensaba rechazar la oportunidad de lo que le estaba ofreciendo…,
fuera lo que fuese.
En lo referente a esa mujer, estaba perdiendo la batalla contra su
fuerza de voluntad.
Sin embargo, si solo había ido para echar un polvo sin ataduras y
él se acercaba jadeando como un perro a punto de entregarle su
corazón, quedaría claro que no se movían en la misma frecuencia y
Tallulah pisaría el freno. A lo mejor incluso ni siquiera volvía a entrar
en su dormitorio. No, esa noche renunciaría a su necesidad de
transparencia con la esperanza de que lo que hicieran en esa cama la
motivara a volver en busca de más.
Cogió un bote de hidratante corporal de la encimera del cuarto de
baño y se adentró despacio en el dormitorio, agradecido por la
oscuridad que guardaba su secreto. La única luz de la estancia era la
que se derramaba desde el cuarto de baño, que iluminaba
parcialmente a Tallulah, lo suficiente como para que la viera separar
los labios y recorrerle con la mirada el pecho y el abdomen
desnudos, y cerrar los puños sobre las rodillas dobladas. Esa prueba
de que se sentía atraída por él le dio cierta confianza, aunque no la
suficiente. No tanta como la que tenía antes.
¿Y si hubiera nuevas formas de ligar que él ni siquiera conocía?
¿Y si ella necesitaba que la tocaran de una determinada manera y
él no sabía interpretar las señales?
¿Sabía dónde se estaba metiendo?
«Tranquilízate».
«Es un masaje».
Así era como iban a llamarlo.
Se dio media vuelta mientras sentía algo del tamaño de un puño
alojado en la garganta y se sentó delante de la mujer más preciosa
que había visto en la vida, dándole el bote de loción hidratante por
encima del hombro, antes de darse cuenta de que podría ser un gesto
presuntuoso.
—No hace falta que la uses…
—No, quiero hacerlo. Así será mejor.
Iba a ponerle las manos encima. ¿Había algo mejor que eso?
La oyó apretar el bote y tuvo que cerrar los ojos, así de intensa era
la expectación por su contacto. Se concentró en mantener la
respiración profunda y uniforme, pero si las luces estuvieran
encendidas, ella le vería el pulso acelerado en la base del cuello y sus
manos tan apretadas entre las rodillas que no le llegaba ni la sangre a
los nudillos.
Oyó que dejaba de frotarse las manos para calentar la loción.
Y, acto seguido, las sintió sobre él. En el centro de la espalda,
moviéndose hacia abajo, donde tenía la lesión, allí donde
experimentaba un dolor palpitante, como el de una muela picada.
Tallulah la encontró con su habitual precisión y le clavó el pulgar a la
derecha de la columna, tras lo cual empezó a masajear la zona,
arrancándole un trémulo gemido.
—¿Bien?
—No sabes cuánto —consiguió decir.
—¿Qué tal sientes el músculo?
—Solo es una sobrecarga —respondió de modo evasivo.
—Ajá —murmuró ella a modo de reproche—. Como has ganado, a
lo mejor esta noche lo dejo pasar.
Estuvo a punto de darle las gracias porque, ¡joder!, ese pulgar
estaba haciendo maravillas. A lo mejor solo era un masaje. En ese
caso, debía dejar de pensar en darse media vuelta y tumbarla sobre
el colchón para averiguar si había ido a por algo más. Y dárselo.
Darle todo lo que sabía dar.
«Déjate llevar».
«Relájate y síguele la corriente».
—Hablando de la victoria de esta noche, no he podido evitar
darme cuenta de que estabas abucheando al árbitro como si te
pagaran por hacerlo. ¿Te hemos convertido en una aficionada al
hockey?
—Alego demencia temporal —respondió con un resoplido—.
Dicho esto, es posible que le haya echado un pequeño vistazo a la
página web para obtener información sobre los abonos de
temporada.
Burgess soltó una carcajada en la oscuridad, pero el sonido se
convirtió en un siseo cuando ella encontró un punto especialmente
dolorido justo debajo de la toalla.
—No necesitas ningún abono, me tienes a mí. Seguiré disponiendo
de entradas de pista incluso después de retirarme.
Ella siguió masajeándolo en silencio durante un momento.
—¿Crees que ocurrirá… pronto?
—¿Lo de retirarme?
—Sí.
Luchó contra el malestar que lo invadía cada vez que surgía el
tema de dejar el hockey. Algo que sucedía con más frecuencia de la
habitual porque Tallulah estaba allí. Quería que esa mujer creyera
que estaba hecho de acero, pero tal vez esa esperanza fuera tan poco
realista como ganar de nuevo el trofeo como mejor jugador de la liga
a los treinta y siete años.
—¿Te ha dado la impresión esta noche mientras me veías jugar de
que tal vez ha llegado la hora de que me retire?
Sus manos dejaron de moverse poco a poco.
Allí estaba. Había llegado el momento de que ella le dijera lo que
pensaba con delicadeza.
Esperó, tenso.
—¿Lo dices en serio? —Parecía aturdida, como si la respuesta
debiera ser obvia. ¡Mierda! Eso iba a ser peor de lo que pensaba—.
Has estado… ¡increíble en la pista! No sé nada de hockey, pero sé que
el otro equipo habría marcado un montón de goles si no te hubieras
plantado delante del portero como un muro. Nadie te superó. Me
tenías… —la oyó tragar saliva— hipnotizada. Y no solo porque te
conozco. Es que no podía entender cómo era posible que predijeras
los movimientos de los otros jugadores con tanta antelación. Las
futuras parejas de Lissa me dan mucha lástima.
Sus palabras lo dejaron sin aliento.
Experimentaba una extraña sensación en las costillas que no sabía
cómo manejar.
—Bueno… —carraspeó mientras resistía el impulso de acariciarse
la zona donde experimentaba esa sensación—, me superaron en una
ocasión. Marcaron un gol.
—¡Vaya por Dios! —exclamó ella con evidente sarcasmo—. El
portero de tu equipo se ha visto obligado a hacer su trabajo una vez.
Debería darte la mitad de su sueldo.
Eso le arrancó una carcajada.
—Tallulah… —dijo, sin saber qué hacer con las manos. Cruzó los
brazos por delante del pecho y los dejó caer, aunque luego levantó el
derecho para alisarse la barba, un gesto innecesario—. Vale. Yo…,
vale. No es tu trabajo arreglarme el ego.
—¿Se puede saber quién te ha dañado el ego? —La verdad, a esas
alturas parecía cabreada. Se volvió un poco para mirarla por encima
del hombro y sí, efectivamente. Tenía una cara de enfado que
resultaba adorable. El corazón le latió con más fuerza—. ¿Quién ha
sido, Burgess? ¿Quién te ha hecho esto?
—Estoy un poco fuera de forma. Todo el mundo lo sabe.
—¡Pues a lo mejor es que antes te pasabas de rosca! —exclamó ella.
Sus palabras estuvieron a punto de detenerle el corazón.
—¿Qué?
—Es posible que ahora los demás estén un poco más cerca de tu
nivel, pero todavía no te han alcanzado —añadió mientras le frotaba
los hombros casi con rabia—. Ya te dicho que no soy una fanática del
hockey, sobre todo cuando las sudaderas cuestan setenta y cinco
dólares, pero tengo ojos.
«¡Pues a lo mejor es que antes te pasabas de rosca!».
Ninguna charla motivacional ni ningún entrenamiento le habían
proporcionado tanta información sobre el funcionamiento de su
propio cerebro como esas once palabras improvisadas. Porque esa
frase no solo tenía todo el sentido del mundo para él, sino que
además le provocó un alivio inmediato. Como si no tuviera una
guillotina sobre el cuello, a punto de caer. Se preguntó por primera
vez si no estaría siendo demasiado duro consigo mismo, algo que le
resultaba difícil de admitir, porque vivía de ser duro consigo mismo.
Sí, desde luego. Así era como había triunfado.
—Gracias por decir eso, pero… —hizo un breve asentimiento de
cabeza— no voy a empezar a tomármelo con más calma a estas
alturas, Tallulah.
Ella dejó de mover las manos de nuevo.
Y después se las alejó del cuerpo.
¡Joder, había sido demasiado brusco! Había sido muy borde
cuando ella solo intentaba ayudarlo. ¿Qué le pasaba? Estaba a punto
de disculparse cuando Tallulah se bajó de la cama por su derecha, se
detuvo un momento y luego se colocó despacio delante de él. Muy
cerca. Entre sus muslos separados.
Lo dejó sin respiración.
—Si tú no estás dispuesto a hacerlo, a lo mejor necesitas a alguien
que te ayude.
Se quitó la sudadera.
Le pareció que el tiempo se detenía al ver que solo llevaba unas
bragas negras de seda. No había sujetador a la vista. Era muy
consciente de que su niñera estaba buenísima. Pero… ¿verla así?
«Sensual» no le hacía justicia a ese cuerpo, capaz de postrar de
rodillas a un hombre. No había ningún hombre vivo que hubiera
hecho el bien suficiente en su vida como para merecer la
oportunidad de tocarla, pero ya compensaría esa escasez de buena
voluntad más tarde, porque estaba demasiado ocupado mirando
esas tetas turgentes, doradas y preciosas, que lo tentaban para que
las mordisquease. Era casi doloroso dejar de prestarles atención para
memorizar el resto de su persona. Su estrecha cintura, la curva de
sus caderas, esas bragas tan ajustadas. ¡Y esos muslos!
¡Dios, estaba deseando metérsela!
—¿Quieres que me lo tome con calma? —le metió un dedo por el
elástico de las bragas y tiró para acercarla—. Voy a serte sincero, yo
no quiero tomármelo con calma contigo en absoluto.
El abdomen de Tallulah se ahuecó al respirar, y se le endurecieron
los pezones al instante, allí, delante de sus ojos. Contuvo la
respiración mientras la veía levantar la manos…
Para enterrarle los dedos en el pelo y acariciárselo.
El roce de sus uñas en el cuero cabelludo fue mejor que cualquier
orgasmo reciente que recordara. Necesitado de un ancla, le colocó las
manos en las caderas, tiró de ella para acercarla y soltó una trémula
bocanada de aire entre sus tetas.
—¿Por qué dudas de ti mismo? —le preguntó ella mientras le
acariciaba la cabeza, trazando lentos círculos.
—No sé, yo… —Esa piel suave y cálida olía a naranja y albahaca.
Le dio un lametón involuntario, ansioso como estaba por probar esos
ingredientes, los componentes que la formaban, que la hacían tan
perfecta. Pero, sobre todo, ese lametón le dio una pista de lo rápido
que le latía el corazón. Latía tan rápido como el suyo. ¡Joder!—. El
divorcio me ayudó a darme cuenta de lo imperfecto que soy. Y
también de lo rápido que pueden desaparecer las cosas en las que
confío. Así que me aferré más al hockey, pero cuando me miro en el
espejo, solo veo defectos por todas partes. En la pista de hielo. Fuera
de la pista. Me paso el día buscando indicios de que mi carrera ha
terminado.
—Tu carrera no ha terminado. —Sus pulgares le recorrieron las
orejas, masajeándole los lóbulos, y él se preguntó cuánto tiempo
podría sobrevivir a su contacto sin derretirse como la cera—. Y todo
el mundo tiene defectos, pero en tu caso, las virtudes los superan. Y
tienes un montón… —le tiró con delicadeza del pelo— de virtudes…
—se enroscó los putos mechones en los dedos, moldeándolo como si
fuera arcilla entre sus manos— maravillosas.
—Gracias —dijo, bastante conmovido.
—De nada —murmuró ella, y el contacto visual le provocó un
doloroso nudo en la garganta.
«¿Qué está pasando entre nosotros?», ansiaba preguntarle. Exigirle
una respuesta.
Sin embargo, el deseo lo consumía. ¡Lo devoraba, joder! Y si ella
huía en ese momento, acabaría en el suelo, aplastado por su peso.
Así que en vez de hacerle esa pregunta que lo carcomía por dentro,
le hizo otra.
—¿Qué quieres de mí esta noche, preciosa?
Sintió de nuevo la caricia de sus uñas y se le nubló la vista. El
placer le tensó el abdomen y se le acumuló en las pelotas con saña. Y
justo entonces Tallulah se inclinó hacia él y lo besó sin contenerse.
Con la boca abierta y húmeda, moviéndose sobre la suya hasta el
punto de que le ardía la mano por el deseo de meterla por debajo de
la toalla, agarrarse la polla y cascársela con esa deliciosa boca como
inspiración.
Ambos jadearon al unísono, tomando aire desesperados, tras lo
cual le recorrió con las manos los costados con avidez en dirección a
esas turgentes tetas. Ella le apoyó la frente en la suya y sus miradas
se encontraron. No le cabía duda de que sus ojos rebosarían deseo,
porque eso era lo que lo consumía. Un deseo doloroso y afilado. Y,
¡joder!, quizá también sentía cierta vulnerabilidad, porque que esa
mujer pensara que seguía siendo estupendo, que no pudiera apartar
los ojos de él, que lo tocara como si fuera perfecto de verdad, lo tenía
abrumado por completo.
Un segundo antes de que pudieran volver a sumergirse en otro
beso, ella susurró contra su boca:
—Quiero que me des lo que necesito… que es darte lo que quieres.
Se puso de rodillas.
Y sus putos ojos dejaron de ver.
Tallulah miró la toalla que tenía delante mientras se preguntaba
cómo no se había dado cuenta de la gigantesca erección que
presionaba la felpa, levantándola en un ángulo. La verdad, sí que se
había fijado en esos increíbles muslos que habían empezado a
tensarse en cuanto se puso de rodillas. Y en la tableta de chocolate
que tenía por abdominales. Y en esas manos gigantescas que
aferraban la colcha como si les fuera la vida en ello.
—Tallulah, por favor.
—Por favor, ¿qué?
—No tengo ni puta idea, pero por favor.
Un delicioso cosquilleo le bajó por los hombros hasta las yemas de
los dedos. Sentía las bragas mojadas por el deseo de lo que había
decidido hacer. Burgess le había preguntado qué quería de él esa
noche y, sí, la respuesta la había sorprendido un poco. Pero ese
hombre…
¡Qué hombre! Ardía en deseos de descubrir su sabor. De ver cómo
reaccionaba a su lengua y a sus labios. Con jadeos, gemidos o
tirándole del pelo mientras se la metía hasta la garganta. Se le hacía
la boca agua solo de pensar en ese regusto salado, en la plenitud de
su invasión, en el torrente de su placer en la boca. Lo deseaba. ¡No
aguantaba más!
Sin embargo, no solo la impulsaba el deseo por su cuerpo, había
algo más complicado.
Se moría por conseguir que Burgess se sintiera genial.
Quería que supiera que era poderoso e increíble.
Ese no era su trabajo, claro, pero…
No estaba segura de que él fuera consciente de su propio poder. De
hecho, acababa de revelar que existían bastantes grietas debajo de
esa fachada de confianza, y se sentía obligada a ayudarlo a
rellenarlas. Una mamada no era la única forma de hacerlo y, ¡por
Dios!, estaba a punto de complicar su relación de la peor forma
posible, pero en la oscuridad del dormitorio, rodeados por el silencio
de la medianoche y casi desnudos…, el mañana parecía estar a
millones de años de distancia.
Le fue imposible respirar despacio mientras deshacía el nudo de la
toalla que rodeaba la cintura de Burgess y… ni siquiera tuvo la
oportunidad de tirarla a un lado, porque se le cayó directamente de
la mano nada más verle la polla. Liberada de la toalla, se levantó
hasta rozarle el abdomen y allí se quedó. Tan grande. Tan gruesa.
Tan… ¡frustrada!
Avanzó un poco de rodillas y se la rodeó con delicadeza utilizando
los dedos, mirándolo a la cara mientras empezaba a acariciársela,
arriba y abajo, arriba y… ¡Ay, por Dios! Arrodillarse delante de ese
hombre era como hacerlo delante de un rey para jurarle lealtad. Esos
muslos tan musculosos. Ese torso que se movía con la respiración
agitada y que empezaba a cubrirse de sudor. Ese cuerpo en general,
mucho más grande que el suyo. Tan atrevido. Tan impactante. Tan
fuerte.
—Por favor —masculló él—. ¡Joder! Solo un minuto.
Incapaz de esperar un segundo más, se inclinó hacia él y lamió
toda esa lisa longitud, marcada por las venas, y se fijó en que le
temblaban los muslos cuando llegó a la gruesa punta.
—¿Por qué solo un minuto?
—Porque me correré en tu boca, Tallulah. Por eso. —Su expresión
se tornó dolorida, pero no apartó los ojos de ella—. ¡Por Dios, no me
mires así!
—¿Así cómo?
Burgess le puso una mano sobre la cabeza, en señal de rendición, e
inclinó el cuerpo un poco hacia atrás para permitirle un mejor
acceso.
—Como si hubieras estado soñando con comérmela.
Le pasó la lengua muy despacio por el glande.
—Es que es verdad.
—¡Joder! Yo también he soñado con esto. Por eso tienes que parar.
—Echó la cabeza hacia atrás y gimió con la boca cerrada—. Por
favor, estoy a punto de reventar y ni siquiera te la has metido en la
boca.
—¿Quieres que lo haga? —susurró, dándole un beso en la punta y
lamiéndosela mientras veía que su abdomen subía y bajaba con
rapidez.
—Sí —contestó él entre dientes—. Solo un par de veces.
Chúpamela fuerte. Dame algo en lo que pensar cuando esté en otra
ciudad, masturbándome en la habitación de algún hotel.
Un deseo palpitante se apoderó de su clítoris en respuesta a esa
súplica gutural. Fue una reacción instantánea. Ya estaba sensible
mientras le daba el masaje en la espalda, pero en ese momento…
Mmm. No pudo evitar tocárselo con la mano derecha a través de las
bragas, que tenía empapadas. Cerró los ojos y se imaginó a Burgess
desnudo en la cama de una habitación de hotel, acariciándosela con
un puño, mordiéndose el labio inferior y con los talones clavados en
el colchón. La imagen la excitó tanto que ni siquiera fue consciente
de lo fuerte que empezó a chupársela. Se la mantuvo firme con la
mano izquierda, acariciándole la base con el pulgar, por encima de
una vena que palpitaba de forma reveladora, mientras se la chupaba,
metiéndosela cada vez más en la boca hasta que le rozó la garganta,
y la mantuvo allí entre gemidos antes de liberarla despacio con un
chasquido de los labios.
—¡Mierda, sigue! —exclamó él, tirándole del pelo mientras elevaba
las caderas una y otra vez. Le encantaba sentirlo así. Le encantaba
esa polla tan grande y arrogante—. Puedo aguantar una o dos veces
más… ¡Joooder!
—¿Por qué? —susurró ella, dándole un lametón y moviendo la
mano con rapidez, asombrada por su tamaño y dureza. Por esos
testículos que subían y bajaban con cada uno de sus movimientos—.
¿Por qué solo dos?
—No te irás de aquí insatisfecha, Tallulah. Si crees que voy a
permitirlo, estás muy equivocada.
Elevó un poco las caderas, para que pudiera verla tocándose por
encima de las bragas.
—Puedo satisfacerme sola. Quería que este momento fuera solo
para ti.
—Este momento es para los dos —replicó, acariciándole un
pómulo con un pulgar.
Aunque no sabía por qué, esas palabras le provocaron un nudo en
la garganta y se asustó un poco, porque esa noche había sentido un
montón de cosas por ese hombre. Asombro, afán protector, deseo.
Además de gratitud, y de un vínculo emocional…, y tenía miedo de
añadir más. El destino final la asustaba, así que se la metió de nuevo
hasta la garganta, una y otra vez, y aunque estuvo a punto de
atragantarse, siguió hasta que sintió que el puño con el que le
aferraba el pelo empezaba a temblar.
—Tallulah, no. No, no, no. ¡Joder! ¡Joder! ¡Sigue! —A esas alturas,
le había cogido la cabeza entre las manos y la guiaba hacia abajo
para que siquiera chupándosela, dejando clara su fuerza en cada
movimiento de los abductores, de los pectorales y de los bíceps—.
Muy bien, ¿quieres tragarte mi semen? Pues trágatelo. Después de
habérmela comido entera, no voy a permitir que lo escupas. Dios, me
encanta esa boca tan bonita que tienes. Dime que está hecha para mí.
—Está hecha para ti —murmuró ella antes de que él se moviera
una última vez y todo el cuerpo se le empezara a estremecer con
fuerza. Sus músculos se tensaron y se relajaron entre violentos
temblores mientras ella sentía el sabor salado de su semen en la
garganta a medida que se la acariciaba. Sí, allí era donde debía
correrse. En su interior. Como si llevar una parte de Burgess dentro
fuera algo que debería haber sucedido hacía mucho tiempo. Gimió y
se la chupó con las mejillas huecas por el esfuerzo, suplicándole que
se lo diera todo.
Fue un momento tan brutal que cuando él le soltó la cabeza, se
cayó de culo al suelo mientras intentaba aspirar todo el aire posible
en cada bocanada, como si acabara de salir a la superficie desde el
fondo del puerto de Boston. ¿Qué le estaba pasando? La
habitación…, todo, le daba vueltas.
Solo pretendía hacerle una mamada y dejarle claro que le parecía
maravilloso. Sin embargo, se sentía emocionada. Como si quisiera
estar entre sus brazos. Además, su cuerpo estaba abrumado por la
intensidad del deseo que superaba con creces lo que había sentido en
cualquier experiencia anterior. Era tan potente que casi le daba
miedo reconocerlo, porque pondría el listón demasiado alto. O le
arrancaría el corazón del pecho.
Sin saber qué más hacer salvo huir, se puso en pie y corrió hacia la
puerta, olvidándose de la sudadera. La verdad era que se había
olvidado hasta de su propio nombre, pero antes de que pudiera girar
siquiera el pomo de la puerta, Burgess se plantó de pie detrás de ella,
colocó una mano en la puerta y le impidió abrirla. Su aliento le rozó
una oreja mientras le daba un beso en la unión entre el cuello y el
hombro y la inmovilizaba contra la puerta despacio, muy despacio.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó con la respiración todavía
acelerada—. Joder, ¿te he hecho daño?
—No —contestó ella, meneando la cabeza con firmeza.
—¡Menos mal! —Le dejó un reguero de besos en el pelo al tiempo
que le acariciaba los pechos y luego fue descendiendo por su torso
en dirección al pubis—. ¿Tanto te duele que no sabes qué hacer?
—Sí —contestó ella con un gemido, inundada por la alarma y el
alivio a partes iguales. ¿Cómo lo sabía?
—No pasa nada, preciosa. Sé lo que hay que hacer. —Burgess
detuvo las yemas de los dedos sobre el elástico de sus bragas—. ¿Me
dejas?
Ella asintió con la cabeza mientras susurraba:
—Por favor.
¡Joder! Le temblaban las rodillas y respiraba entre jadeos, pero se
sintió segura en mitad de la tormenta en cuanto la presionó con el
cuerpo por la espalda para pegarla a la puerta y siguió besándole el
cuello mientras le bajaba las bragas hasta medio muslo.
La penetró despacio con dos dedos. Sin detenerse, hasta el fondo,
hasta que ella jadeó y se vio obligada a ponerse de puntillas,
echando el trasero hacia atrás sin ver nada más que un montón de
estrellitas y con los oídos atronados por los latidos de su corazón
mientras él la penetraba con esos dos dedos de forma brusca y usaba
la palma de la mano para presionarle el clítoris de vez en cuando, de
manera que acabó abriendo la boca y clavando los dedos en la
puerta… Y, en ese momento, como si supiera que estaba al borde del
precipicio, Burgess se concentró en el clítoris y empezó a
acariciárselo con tres dedos a una velocidad que ella jamás podría
igualar con sus propios dedos.
—¡Dios! ¡Ay, Dios!
—¿Qué pasa en mi dormitorio?
—¿Que… qué?
—Aquí es donde vienes en busca de alimento, Tallulah. —El ritmo
de esos dedos se aceleró todavía más, arrancándole un gemido
mientras tensaba los muslos en torno a su mano—. No irás a ningún
otro sitio. A ninguno. Yo atiendo tus necesidades. Sobre todo
después de habérmela comido de esa manera.
Fueron esa voz tan ronca, esas palabras tan explícitas y la
repentina presión de sus tres dedos de nuevo en su interior lo que la
hicieron llegar al orgasmo, que fue demoledor en cuerpo, mente y
alma. La catapultó a un lugar desconocido. Un lugar hermoso,
reluciente, hecho con los colores del arcoíris, mientras se estremecía
y el orgasmo la asaltaba entre el cuerpo de Burgess y la puerta. Se le
escaparon un sinfín de sollozos y gemidos. Sentía las piernas
temblorosas y no paraba de golpear la puerta con las manos
mientras se retorcía contra ella, presa de un éxtasis tan demoledor
que la pilló por sorpresa.
Se desplomó en cuanto terminó, y Burgess la cogió antes de que
acabara en el suelo. La miró, allí entre sus brazos durante varios
segundos con una expresión de puro orgullo atávico, tras lo cual la
llevó a la cama, le subió las bragas y se las alisó (algo innecesario)
por encima del pubis. Después se puso a su lado, se tumbó, la atrajo
hacia el calor de su gigantesco cuerpo y soltó un gemido ronco que
se le clavó directo en el pecho.
«Lo tengo crudo».
Ese fue su último pensamiento antes de quedarse frita.
20
Burgess se despertó sabiendo que Tallulah no estaría en la cama a su
lado.
Sin embargo, no pudo contenerse y se colocó las manos por detrás
de la cabeza y empezó a sonreír, un pelín ufano. Porque ella había
estado allí dos horas antes. Se despertó y se la encontró con la nariz
pegada a su torso, con la sombra de esas largas pestañas en las
mejillas. Su idea era esperar hasta el ultimísimo momento para
llevarla de vuelta a su habitación, porque no creía que le gustase que
Lissa la encontrara en su cama, pero su calidez debió de sumirlo de
nuevo en el sueño.
Se permitió una última sonrisa, que dirigió al techo, aunque solo
veía los recuerdos de la noche anterior. Tallulah, tan generosa
cuando se la chupó que estaba seguro que había muerto e ido al cielo
dos veces. La resbaladiza presión de su boca, la vibración de su
garganta, esos ojos nublados por la pasión. Iba a costarle andar
erguido ese día con todas esas imágenes en la cabeza, pero la imagen
que se la estaba poniendo dura debajo de la sábana en ese momento
era el cuerpo tembloroso de Tallulah cuando se desplomó entre la
puerta y él para caer en sus brazos, el lugar donde debía estar.
«No me he quedado atrás».
Se pasó una mano por la cara y la barba, y la sonrisa de
satisfacción desapareció.
A ver, que sí, que no se había quedado atrás.
Aunque eso no quería decir que la hubiera conquistado. Todavía.
Ese pensamiento eliminó por completo la sonrisa, y apartó las
sábanas para levantarse. La espalda le dio un crujido tremendo al
ponerse en pie y lo asaltaron las náuseas hasta que las controló y el
dolor fue pasando hasta poder dominarlo. Algo que haría en ese
momento y a lo largo del día.
«Has estado… ¡increíble en la pista!».
«¡Pues a lo mejor es que antes te pasabas de rosca!».
Con la voz de Tallulah en la cabeza, que lo hacía sentirse como un
gigante, un tonto dolor de espalda no era nada. Ya no le parecía una
lesión que indicara el final de su carrera; solo era una preocupación
menor… y tenía una mayor de la que ocuparse.
Tallulah era su meta.
Necesitaba que ella lo entendiera.
Se lavó los dientes, se peinó con los dedos y se puso unos
pantalones de chándal. Hizo ademán de ponerse una camiseta, pero
luego recordó que sus músculos parecían obrar milagros y no se la
puso para salir del dormitorio y recorrer el pasillo. Oyó a Lissa y a
Tallulah antes de doblar la esquina que daba al salón, y tuvo que
pararse, porque la escena le parecía tan perfecta que se le atascó la
yugular. Le gustaban sus voces juntas. Le gustaba el chisporroteo de
las tortitas en la sartén y las risillas de su hija por algo que había
dicho Tallulah. Todo eso hacía que su ático pareciera un hogar por
primera vez desde que se mudó.
Además, no se sentía como un intruso cuando se adentró en el
salón. No se sentía culpable por aparecer e intentar encajar en la
unidad familiar después de estar ausente por culpa del hockey.
Su lugar estaba allí. Ella había conseguido que su lugar estuviera
allí.
Ya solo tenía que convencerla de que a ella le correspondía estar a
su lado.
Cuando la vio darse media vuelta con la expresión de un ciervo
asustado por los faros de un coche, supo que seguramente no iba a
ser fácil.
No pasaba nada. A la mierda con lo fácil.
—Hola, papá —lo saludó Lissa, que tenía la mochila a los pies. Le
bastó un rápido vistazo al reloj para saber que Ashleigh aparecería
dentro de diez minutos para recogerla. Mierda, debería haberse
levantado antes. La culpa era de la preciosa universitaria que le
había derretido los huesos la noche anterior—. Buen trabajo anoche.
Fuiste más malo que de costumbre.
Le temblaron los labios por la risa al oírla.
—¿En serio?
—El otro equipo se quedó muy triste al final.
—Perder viene bien de vez en cuando —replicó—. Hace que te
esfuerces más.
—¿Perder es bueno? —Su hija levantó una ceja—. ¿Para ti
también?
—De eso nada. Para mí no. Para los demás.
Lissa se echó a reír. Hizo ademán de pasar junto a ella, pero
decidió inclinarse para darle un abrazo y unas palmaditas en la
espalda.
—Traes buena suerte. Te lo dije.
Lissa agachó la cabeza, pero consiguió ver su sonrisa.
—Sí.
Burgess miró a Tallulah a los ojos mientras rodeaba la encimera del
desayuno para entrar en la cocina, ansioso de repente por recibir
algún tipo de reconocimiento de que se habían provocado orgasmos
el uno al otro y de que habían dormido en la misma cama. No quería
fingir que no había pasado.
—Buenos días.
—Buenos días —dijo ella, y el rubor tiñó sus bronceadas mejillas
—. Está lloviendo.
Él desvió la mirada hacia la ventana que estaba más cerca y vio el
cielo gris y las gotas que se pegaban al cristal.
—¿De verdad? —Le recorrió la cara con la mirada—. Aquí brilla el
sol.
Se le resbaló la espátula, pero la agarró antes de que pudiera
caérsele al suelo y se fijó en que el pulso le latía desatado por encima
de la clavícula de un modo muy elocuente.
—¿Quieres…, mmm…, quieres tortitas o vas a ceñirte a tu Dieta de
la Muerte?
—Tengo que ceñirme a ella. Sobre todo durante la temporada. —
Flexionó el bíceps mirando a Lissa con gesto juguetón—. Si me como
una tortita o un batido de mantequilla de cacahuete, se desinfla
como un globo.
Lissa resopló antes de empezar a comerse el plato de tortitas que
Tallulah le puso delante.
—No, de eso nada.
Tallulah echó más masa en la sartén, fingiendo, sin éxito, que no lo
miraba mientras flexionaba el brazo.
—Que sepas que la mitad de la alegría de comer tortitas es
compartirlas con otra persona. Nadie quiere ver a otro comerse
claras de huevo mientras le echa una segunda capa de sirope al
desayuno. Las disfrutas más cuando ves que otras personas también
las están disfrutando.
—Puede que cuando termine la temporada.
Lissa y Tallulah se miraron y pusieron los ojos en blanco.
Su hija casi había terminado de comerse la primera tortita cuando
sonó el telefonillo y la voz del portero inundó el ático.
—Señor Abraham, tiene visita.
—Esa es mi madre —dijo Lissa, que se bajó del taburete de un salto
mientras enrollaba la segunda tortita como un taco—. Gracias por las
tortitas, Tallulah.
—De nada, cariño. Nos vemos el lunes.
Lissa echó a andar hacia la puerta, pero se detuvo, se dio media
vuelta y volvió a la cocina para darle a Tallulah un abrazo.
—Adiós.
Aunque la pilló desprevenida, Tallulah se recuperó pronto y le
devolvió el gesto.
—Adiós.
Burgess cogió la mochila de su hija del suelo y la siguió hasta la
puerta, con una opresión en el pecho mientras se ponía las zapatillas
que tenía junto al perchero. Antes de que pudiera salir detrás de
Lissa, Tallulah carraspeó. De un modo que le indicó que quería decir
algo.
—Mmm… —murmuró al tiempo que agitaba la espátula en su
dirección—. ¿No te vas a poner una camiseta?
—Pues no pensaba hacerlo.
Ella le dio la espalda de nuevo, con la barbilla en alto.
—Ah.
—¿Quieres que me tape?
—Es cosa tuya.
—¿Seguro? Porque parece importante.
Tallulah soltó una carcajada aguda que parecía carente de humor.
—Seguro que tu ex ya te ha visto antes sin camiseta.
—Sí. —Cada vez era más difícil contener la sonrisa—. La verdad,
me cuesta recordar cualquier cosa que pasara antes de que te
mudaras a esta casa.
Tallulah se negaba a mirarlo.
Cogió una cazadora del perchero y se la puso, abrochándosela
hasta arriba, y sonrió para sus adentros cuando ella relajó los
hombros.
—Vuelvo enseguida. No te muevas de ahí.
Ella se encogió de hombros con un gesto elegante.
—Vale.
Al cabo de un segundo, Burgess se metió en el ascensor con Lissa
mientras intentaba que no se le notase lo ansioso que estaba por
volver al ático, pero, por Dios, el deseo le corría por las venas y su
mente no dejaba de inventar formas de eliminar esa expresión a
caballo entre la confusión y la sorpresa de la cara de Tallulah. Más
tarde, ese mismo día la llevaría a un sitio con el que llevaba soñando
llevarla desde… Joder, desde que se conocieron en California.
Por Dios, llevaba mucho tiempo loco por esa mujer.
Quería alianzas en los dedos. Compromiso. Futuro.
Todas las cosas que ella le había dicho que no quería. Desde el
principio.
Cuanto más intimaban, más quería fingir que ella no había dicho
esas palabras, pero sería imprudente. Como la noche anterior,
cuando continuó con su relación sin ponerle una etiqueta. Aunque
en su cabeza, ambos llevaban una etiqueta bien grande escrita con
rotulador indeleble.
En la de Tallulah ponía: «Mío».
En la que llevaba él: «Suyo».
Dejó a Lissa en el coche de su madre y metió la mochila en el
maletero antes de prácticamente volver corriendo al ascensor, donde
pulsó el botón de su planta con gesto impaciente. Mientras veía los
números cambiar en la pantalla, se pasó los dedos por el pelo y se
recordó que debía ser paciente. Que no debía meterle prisa a
Tallulah.
Aunque al mismo tiempo tenía que dejar claro que iba en serio.
Todo muy sencillo.
De camino a la puerta, empezó a desabrocharse la cazadora, que
dejó caer al suelo nada más entrar en el ático. Siguió andando hasta
llegar a la cocina, donde Tallulah estaba de pie delante de la
encimera del desayuno, a punto de darle un primer bocado a su
tortita. Soltó el tenedor cuando estaba a un metro de ella, y menos
mal, porque se lanzó al beso de cabeza, de tal forma que el culo de
Tallulah golpeó los armaritos inferiores cuando pegaron sus bocas,
gruñendo de un modo que esperaba que transmitiera una idea: «¡Así
es como quiero despertarme, joder!». Después de que pasara la
sorpresa inicial, y se le pasó deprisa, Tallulah le enterró los dedos en
el pelo y tiró de él, y su gemido le supo a gloria en la boca mientras
movía los labios sobre los suyos y el pulso le latía en las sienes.
—Dime que quieres ser la única que me vea el torso desnudo,
Tallulah, y así será. —Se enredó su pelo en un puño y le tiró de la
cabeza hacia atrás con la fuerza justa para que ella se quedara sin
aliento—. De hecho, así será y punto. Añádale unos cuantos
arañazos si quieres.
Su niñera se mostró escandalizada y puso una cara muy adorable.
—¡Burgess!
—¿Qué? Dime lo que quieres.
Tallulah respiró dos veces de forma superficial.
—Ahora mismo, quiero que me beses de nuevo.
Esa vez, cuando se apoderó de su boca, soltó un gruñido mientras
una sensación triunfal le recorría el pecho. Llevaba mucho tiempo
sin experimentar esa determinación, ¡joder!, como si tuviera algo
digno de ganar al alcance de la mano; de modo que la besó a
conciencia y usó su pelo para ladearle la cabeza hacia la izquierda,
avasallándola como un hombre hambriento, insistiendo hasta que
ella empezó a moverse, inquieta, entre la encimera y él.
—¿Qué más quieres? —le preguntó contra los labios hinchados—.
¿Quieres verme esta noche?
—Sí.
Menos mal. El corazón le latió desbocado en el pecho.
—¿Quieres venir de nuevo a mi dormitorio y decir que es un
masaje? ¿Y ver qué pasa?
Tallulah asintió con la cabeza, claramente agradecida.
—Sí.
—Pues eso vas a tener.
—A lo mejor dejo que me des tú el masaje esta vez —susurró ella al
tiempo que le rodeaba el cuello con los brazos y le acariciaba los
labios con la lengua—. No serás muy rudo conmigo, ¿verdad, Sir
Salvaje?
«Me cago en…».
El deseo le abrasó la parte inferior del cuerpo y se le movieron las
manos por voluntad propia para levantarla y sujetarla contra los
armaritos de cocina, con sus piernas desnudas, tan suaves como la
seda, alrededor de las caderas. Le cogió ese precioso culo con las
manos y embistió entre sus muslos con un gruñido, obsesionado de
inmediato al ver que el deseo le nublaba los ojos. La excitación.
—¿Más despacio? ¿O más fuerte? —le preguntó mientras le
masajeaba el culo—. Por si tengo que saberlo para después.
¡Ah, eso también le gustaba! Estaba claro que Tallulah agradecía
que no hubiera nada en firme. La falta de presión. A él no le iba la
espontaneidad, pero que su cuerpo lo recibiera cada vez con más
alegría y la euforia que se reflejaba en su cara cuando no le exigía
una respuesta, eso sí que le iba, ¡joder! Así que le seguiría la corriente
todo el tiempo que fuera necesario.
—¿Más fuerte, preciosa?
—¡Sí!
Embistió de nuevo, más fuerte en esa ocasión, aunque seguía
controlando sus movimientos, y ella le clavó las uñas en la nuca
mientras ambos se estremecían. En el punto álgido del envite, tocó
ese cálido coño y recordó todo lo que aprendió la noche anterior. Lo
suave y prieto que era. Lo mojado que se puso cuando él se corrió.
—¿Más fuerte? —susurró.
Ella asintió con un gesto vigoroso de la cabeza.
—No te contengas más.
—¡Aaah! Pero siempre tendré que contenerme un poquito,
Tallulah. Soy una bestia, ¿recuerdas? —A esas alturas, le iba a dejar
marcas en el culo de lo fuerte que se lo sujetaba, y su siguiente
embestida la estampó contra los armaritos—. Pero ¿qué te parece
eso?
—Bien. ¡Madre mía, me encanta! ¡Me encanta!
Burgess gimió y le enterró la cara en el pelo antes de embestir
varias veces más, por encima de la ropa, y los gemidos entrecortados
de Tallulah fueron música para sus oídos.
—Si no tuviera una reunión pospartido en un rato, me pasaría el
día así. Empotrándote contra todas las paredes de esta casa y
follándote por encima de las bragas hasta que digas que estás lista
para que te las arranque. —Le lamió el lateral del cuello—. ¡Joder, la
mamada de anoche fue una maravilla! Todavía siento tu boca en la
polla.
Ella le clavó las uñas en el cuello, y le empezaron a temblar los
muslos en torno a sus caderas.
—¡Por favor! Un poco más. Un poco más.
—¿Te quieres correr?
Ella se mordió el labio y dijo algo ininteligible que él interpretó
como un sí. Estaba tan mojada que le había humedecido los
pantalones de chándal, y también respiraba de forma entrecortada y
errática. Sin aliento.
—Dime que todavía tienes el sabor de mi semen en la garganta y
hago que te corras.
El gemido de Tallulah resonó en el ático.
—Todavía llevo el sabor de tu semen en la garganta.
El deseo le atravesó las entrañas al oírla.
—Así me gusta.
Solo necesitó tres embestidas más para que a Tallulah se le
nublaran los ojos, se estremeciera con violencia y empezara a
apretarlo con los muslos con fuerza, con muchísima fuerza, como si
quisiera cerrarlos por completo para combatir el placer, pero no
pudiera porque él se lo impedía y ya nada podría defenderla de su
asalto, así que dejó que la consumiera. Lo vio todo reflejado en esa
cara tan bonita, sin dejar de mirarla a los ojos, más conectado con
ella de lo que lo había estado con nadie.
Cuando los estremecimientos de Tallulah empezaron a remitir, la
tumbó de costado para levantarla en volandas contra su pecho y la
llevó a su propio dormitorio, donde la acostó en la cama deshecha.
Después de pensárselo un momento, fue hasta el dormitorio de
invitados (empalmado y todo) en busca de la sudadera enrollada
que ella usaba de almohada y gruñó por lo bajo para que ella
levantara la cabeza y así poder ponérsela debajo.
—Hasta luego —se despidió al tiempo que le acariciaba una
mejilla con los nudillos.
Ella asintió con la cabeza al cabo de un momento.
—Hasta luego.
—Bien.
Tallulah parpadeó, como si hubiera recordado algo de repente.
—Burgess.
—Dime.
Pasó un segundo.
—Creo que sería buena idea que hablaras con Lissa de forma
urgente. No sobre nosotros —se apresuró a explicar—. Todavía no. A
ver, que puede que nunca. Esto podría ser una aventura pasajera o
una locura transitoria…
—Me estás pidiendo que te embista de nuevo con las bragas
puestas, Tallulah.
—No, no. A ver…, que no lo rechazaría, pero lo que intento decirte
es que… —Se humedeció los labios con la lengua y se incorporó
sobre un codo—. Anoche dijo de nuevo que Ashleigh y tú vais a
volver. Y me preocupa que lo desee tanto que acabe llevándose un
chasco doloroso. Muy doloroso. Si lo que ella desea no pasa, me
refiero…
—No va a pasar.
Ella observó su expresión furiosa durante un momento.
—Lo sé.
—Bien. Me alegro de que lo sepas. —Le acarició la hendidura del
labio inferior con el pulgar—. Hablaré con Lissa del tema.
—Vale. —Ella bostezó, se tumbó de nuevo y rodeó la sudadera
enrollada con un brazo—. Hasta luego.
Vestirse y dejar a Tallulah allí, relajada y un poco desconcertada en
su cama, no fue fácil. Pero salió de casa con una sonrisa en la cara.
Porque esa noche tenía una cita con la mujer de la que se había
enamorado.
21
Tallulah tuvo la sensación de que entraba en un sueño.
Había estado en el New England Aquarium en varias ocasiones y
sus altos techos y su ambiente submarino nunca dejaban de
maravillarla. Casi siempre había muchísima gente que bloqueaba los
cristales o profesores gritándoles a sus alumnos que no corrieran,
pero a las nueve de la noche no había nadie.
Salvo por el guardia de seguridad nocturno que los había dejado
entrar, no había ni un alma en el acuario. Solo Burgess y ella. Libres
para deambular por todas partes sin ni siquiera pagar la entrada.
—¿Cómo lo has conseguido? —susurró mientras recorría el
enorme espacio y giraba sobre sí misma para verlo todo. Reinaba tal
silencio que oía sus pasos, el sonido de los filtros de los gigantescos
tanques llenos de peces de colores y el borboteo del agua.
—No acostumbro a usar mi nombre para que me hagan favores en
Boston, pero… —Burgess caminaba detrás de ella, con las manos en
los bolsillos de los pantalones— he encontrado un motivo estupendo
para hacerlo.
Tallulah se llevó las manos a la cara y se la apretó hasta que casi se
hizo daño.
—No me creo que lo hayas hecho. Es que no me lo creo. Ni
siquiera sé por dónde empezar. —Dando vueltas como una niña en
una tienda de chucherías, se detuvo al mirar a Burgess y se dio
cuenta de que sabía muy bien por dónde empezar. Sin reprimir el
impulso, dio tres zancadas y se lanzó sobre él, y ese conocido
gruñido le arrancó una sonrisa soñadora, sobre todo cuando esos
fuertes brazos la levantaron en volandas y él aspiró el aroma de su
pelo—. Gracias, Burgess. Acabamos de llegar, pero ya sé que no voy
a olvidarlo en la vida.
La besó en la sien.
—Ve a tu ritmo, Tallulah. Disfrútalo.
¡Ay, por favor! ¿A qué venía la tremenda presión que sentía detrás
de los ojos? ¿Se debía a que ese hombre había pensado en todo lo
que le importaba y se lo había ofrecido? ¿O era por la insufrible
presión cardiovascular que empezaba a ser habitual cuando estaba
con él? ¿De verdad podía seguir fingiendo que no quería ser su
pareja? Sin embargo, no podía pensar en todo eso en ese preciso
momento, con las emociones a flor de piel de puro éxtasis.
—¡Tú vas a disfrutarlo conmigo, porque voy a enseñártelo todo! —
Se retorció entre sus brazos hasta que él le permitió tocar el suelo con
los pies y después lo cogió de la mano y le dio un tirón—. Finge que
soy tu guía.
Burgess soltó un gruñido ronco, y Tallulah sintió su mirada en la
parte posterior de los muslos, que llevaba al descubierto porque esa
noche se había puesto un vestido corto morado.
—Llévame adonde quieras. Soy capaz de seguirte el ritmo.
Un escalofrío le subió por los brazos y se extendió por los pechos y
la curva de los hombros. No le hizo falta darse media vuelta para
recordar lo guapo que estaba esa noche, porque llevaría la imagen de
Burgess entrando en el salón con una camisa negra, unos pantalones
de pinza grises y un cinturón, grabada en el cerebro mientras viviese.
Sintió su mano grande y tranquilizadora alrededor de la suya, con
los dedos entrelazados como si fuera lo más normal del mundo.
Igual que estar con él con la guardia baja. Perfecto. Fácil. Como
respirar.
—No podemos ir a ver los pingüinos primero, porque no querré
moverme de allí —dijo, y no se sorprendió al comprobar que le salía
la voz casi sin aliento—. Empecemos por la tortuga verde. La última
vez que estuve aquí, Myrtle estaba pachucha. Ojalá ya esté bien… —
Jadeó al doblar la esquina y ver aparecer a la majestuosa criatura,
que nadaba muy contenta en su espacioso hábitat—. ¡Ahí está!
—¿Myrtle?
Tallulah captó la sonrisa en su voz.
—Sí, Myrtle. Aquí es una celebridad. —Lo llevó hasta el cristal y
no se resistió ni un poquito cuando él se colocó a su espalda y le
rodeó los hombros con los brazos para pegársela al torso—. Esto…
—¡Uf, empezaba a excitarse un poco! Todas las caricias, la atracción
que los llevaba a acercarse a la menor oportunidad, esa proximidad
que era cada vez más íntima…, todo eso hacía que sus bragas
parecieran…
Una molestia.
Ya las tenía mojadas por el simple hecho de ir cogidos de la mano,
por saber lo que se sentía al tener esas manos en los pechos, en el
pelo, acariciándoselo para animarla mientras se arrodillaba delante
de él. De modo que, en ese momento, en vez de mirar el cristal y ver
a la preciosa Myrtle, solo veía a su jefe rodeándola con afán
protector, empequeñeciéndola con su cuerpo atlético.
—¿Qué estabas diciendo, Tallulah?
«Deja de pensar en sexo».
—¡Ah, sí! Que Myrtle lleva en el acuario cincuenta años, ¿no te
parece alucinante? Una tortuga verde puede pesar unos ciento
treinta kilos de media, pero Myrtle pesa unos impresionantes
doscientos cincuenta. —Se le escapó una carcajada—. Es como la Sir
Salvaje del New England Aquarium.
El gran torso de Burgess retumbó a su espalda, y sintió que le
rozaba la curva del cuello con la barba y se la frotaba.
—No me gustaría enfrentarme a ella.
—Chico listo —consiguió decir al tiempo que ladeaba la cabeza
todavía más y se ponía de puntillas, suspirando cuando él le dio un
chupetón en la piel—. Muy bien. Estupendo. Sigue.
—Tengo que decir que, como guía turística, te distraes con
facilidad.
—A lo mejor deberíamos ir directamente a los pingüinos —soltó de
repente mientras se apartaba de él y se abanicaba la cara, para gran
regocijo de Burgess. Acto seguido, apretó los labios y lo cogió de la
muñeca para seguir avanzando, con la ruta hacia la colonia de
pingüinos grabada en la cabeza. Los pingüinos estaban en la
dirección por la que habían llegado, cerca del enorme tanque
oceánico, pero había que subir una rampa serpenteante desde la que
se podía ver el hábitat rocoso. En cuanto miró por encima de la
barandilla, la nostalgia y el sentimiento de pertenencia se
expandieron por su pecho.
—¡Oh! —susurró—. Ahí están.
Burgess no la tocó, como si se diera cuenta de que era un momento
emotivo para ella. Se limitó a apoyarse en la barandilla, a su lado.
—¿Estás bien?
—Sí. —Se colocó tres dedos debajo de una clavícula, donde se
había acumulado la presión—. A veces, durante un proyecto de
investigación, conectas de verdad con algunos animales en concreto.
No podemos tocarlos ni interactuar con ellos directamente, porque
alteraríamos el equilibrio de la colonia, pero sí observé con más
detenimiento a un pingüino llamado Kirk. —Señaló con una mano
—. Era un pingüino Adelia, como ese chiquitín de ahí abajo.
—No soy de usar mucho la palabra «adorable», pero si lo hiciera…
—Se encogió de hombros—. Diría que es adorable.
Se echó a reír al oírlo.
—Kirk les gastaba bromas a los demás pingüinos. Al principio,
creía que eran imaginaciones mías, pero había demasiadas
coincidencias. Colarse detrás de un amigo en un glaciar y tirarlo al
agua. O ese otro pingüino que se balanceaba de forma mucho más
exagerada que los demás y al que Kirk imitaba a su espalda. Nunca
he visto a un grupo de científicos reírse con tantas ganas. —Soltó un
suspiro anhelante—. Me cuesta no saber qué va a ser de él.
—Seguro que todavía le quedan muchos años por delante para
gastar bromas.
—Ojalá. —Observó el perfil de Burgess—. ¿Tuviste alguna mascota
de pequeño?
—Claro. —Se le suavizó la expresión—. Un husky llamado Remojo.
—¿En serio? —Intentó imaginarse con todas sus fuerzas a un
adolescente gigante con su fiel perro y descubrió que el pulso se le
había disparado—. ¿Por qué le pusiste Remojo?
—Le dimos una chuche cuando lo llevamos a casa después de
sacarlo de la protectora y la echó al bebedero antes de comérsela. Era
un perro ya mayor. Creo que pensó que el agua le facilitaría las
cosas.
—Qué listo —dijo ella en voz baja.
—Sí que lo era. Pero era imposible llevarlo a los partidos de la liga.
No dejaba de ladrar porque creía que todos intentaban atacarme.
—Debería haberse preocupado de los demás.
—Eso le decía yo. Pero no me hacía caso.
Tallulah esbozó una sonrisa y se dio cuenta de que echaba de
menos su contacto, las curvas de esos músculos contra su cuerpo
más blando, su aliento sobre la piel. Así que se plantó entre la pared
de hormigón y él, saboreando el roce de sus pechos contra su
abdomen, el de sus caderas con la parte superior de esos fuertes
muslos, y le rodeó el cuello con los brazos.
—No sabes lo feliz que me hace esto. Que me hayas traído aquí. —
Le enterró los dedos en el pelo, acariciándole el cuero cabelludo con
las uñas, y tal como pasó la noche anterior, a Burgess se le nublaron
los ojos.
—Tallulah —dijo él, con un deje formal que no ocultaba que le
faltaba el aliento—, estoy en situación de hacerte todavía más feliz.
—Intentó ponerse serio, como si estuviera haciéndole una propuesta
de trabajo, pero cuando le acarició las orejas con los pulgares,
abandonó esa actitud con un estremecimiento. Un enorme oso que
solo quería que lo acariciaran—. Te traeré aquí todas las noches si es
lo que quieres.
Al oírlo, ladeó la cabeza con gesto desinteresado, aunque por
dentro se le aceleró el pulso de forma dramática.
—¿Crees que prometiéndome excursiones al acuario conseguirás
que acceda a ser tu novia?
—Vale la pena intentarlo. —Burgess le tomó la cara con una mano
y observó sus facciones de una en una. Los labios, la nariz, la
barbilla, los ojos—. Y si eso no funciona, probaré con otra cosa. Y con
otra después…
La dejó sin aliento. No creía que algo así fuera posible, pero allí
estaba, incapaz de encontrar una sola molécula de oxígeno a su
alrededor.
No había ido a Boston con la intención de encontrar pareja
sentimental. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Todavía
estaba recuperando el equilibrio, aprendiendo a vivir en el mundo
real libre de desconfianza y de paranoia. Jamás se le habría ocurrido
acabar con un padre divorciado, once años mayor que ella, a quien
no le gustaba salir, ser espontáneo o saltar a lo desconocido. Burgess
era de ideas fijas, a diferencia de ella… o de quien ella quería ser.
Aun así, incluso a los veintiséis años, sabía que ese sentimiento no
se repetiría.
Y también sabía que no iba a encontrar a nadie más cariñoso, noble
y firme.
Ese hombre era un tesoro, y se arrepentiría durante muchísimo
tiempo si le daba la espalda. Tal vez durante el resto de su vida. Así
que no iba a hacerlo. Era físicamente incapaz de hacerlo. Burgess se
había entretejido poco a poco en la trama de su mismísima
existencia.
—¿Y si accedo a ser tu novia con o sin excursiones al acuario? —
replicó en voz baja, mientras notaba su pecho subir y bajar. Pasó las
manos por esos enormes pectorales y por su duro abdomen, y volvió
a subirlas, casi ronroneando por tener acceso a esa bestia perfecta,
para entrelazarlas por detrás del cuello. ¡Por Dios, no podía dejar de
tocarlo!—. ¿Qué te parece?
Burgess sintió un nudo en la garganta.
—Tallulah, ¿lo dices en serio?
—Sí —contestó al tiempo que se ponía de puntillas y lo besaba en
la barbilla—. Quiero ser tu novia. ¿Sigues queriendo ser mi novio?
—¿Que si…? —gruñó al tiempo que se estremecía—. ¡Sí!
—Pues supongo que ya está todo dicho. —Le rozó la boca con la
suya y le dio un lametón con gesto travieso—. ¿Necesitamos
camisetas para hacerlo oficial o algo?
—Tallulah —dijo él con voz entrecortada mientras la levantaba en
volandas sin avisar, arrancándole un gritito. Bueno, no, en realidad
la lanzó al aire y la atrapó con un brazo por debajo del culo, de modo
que lo tuvo muy fácil para rodearle la cintura con las piernas y tener
así la rara oportunidad de mirar desde arriba la cara de un gigante.
Tenía el corazón rebosante de felicidad, porque había tomado la
decisión correcta. Lo sabía al cien por cien. Mientras dejaba un
reguero de besos en su cara, Burgess la llevó hacia la derecha y luego
hacia la izquierda, sin saber por dónde ir—. ¿Se puede saber dónde
estamos? Ahora mismo no tengo el menor sentido de la orientación.
—¿Por qué no nos quedamos aquí? —murmuró ella al tiempo que
pegaba sus frentes y se quedaba quieta, memorizando la sensación
de su aliento, de lo unido que estaba al suyo.
—Vale, sí. Aquí mismo. Vale. Joder, que no me lo creo. —Burgess
estaba ronco—. Eres mi novia.
—Y tú eres mi novio. —Lo animó a abrir la boca con el roce de sus
labios, y cuando sus lenguas se tocaron, un gemido sacudió ese
pedazo de cuerpo—. ¿Deberíamos hablar de lo que eso implica?
—¿De verdad vas a darme detalles? —La miró a los ojos, rebosante
de esperanza—. ¿Vamos a dejar de fingir que es un masaje?
—Vamos a dejar de fingir que es un masaje. —Lo besó mientras el
alivio y la gratitud lo inundaban de forma evidente, y deseó
habérselos proporcionado antes—. Ser tu novia significa que ya no
eres mi guardaespaldas. Cuando vayamos a una aventura juntos,
será una cita romántica.
—Pero pienso seguir guardándote la espalda —protestó él.
—Lo sé.
El torso de Burgess vibró contra el suyo.
—¿Qué más implica lo de ser exclusivos?
—Pues justo eso, que somos exclusivos.
—Eres solo mía —jadeó él al tiempo que le ladeaba la cabeza y le
daba un fuerte chupetón en el cuello, como un bárbaro que reclama a
su pareja. Y, joder, la estaba poniendo muchísimo.
—Ajá. —Se deslizó un par de centímetros por su cuerpo hasta que
sintió su erección entre los muslos, y se frotó contra ella una vez, dos
—. Y tú eres solo mío.
—¡Uf, preciosa! Soy tuyo desde California.
La punzada que sintió en el corazón hizo que le diera vueltas la
cabeza.
—Iré a ver tus partidos.
—¿Y te pondrás mi sudadera?
—Puede que hasta ahorre para comprarme una camiseta oficial.
Burgess soltó el aliento de golpe y retrocedió un paso, como si esa
posibilidad fuera demasiado para él.
—Seré incapaz de concentrarme.
—A lo mejor la cosa se tranquiliza después de pasar varias noches
rebajando la tensión. —Se frotó de un lado a otro contra su erección,
dejando que su peso descansara sobre ella cada vez más, hasta que él
la sujetó del culo con tanta fuerza que seguro que le saldrían un par
de moratones y la colocó sobre ese punto, tras lo cual fue él quien
empezó a moverse contra ella.
—¿Ese es el punto? —le susurró ella al oído, y el deseo le provocó
un cosquilleo en los pezones y en los muslos cuando él gimió una
respuesta afirmativa—. Esta noche me los voy a aprender todos. Eso
es lo que significa ser mi novio. —Le dio un largo lametón en la oreja
—. Puedes llevarme a casa, desnudarme y penetrarme. Como te
apetezca. Sé todo lo bruto que quieras.
—¡Por Dios! —masculló él, que en ese momento le metió las dos
manos por debajo del vestido para colarse por sus bragas y
acariciarle las nalgas con gesto frustrado—. Me estás matando. Lo
digo en serio. No voy a llegar al coche.
—Claro que sí. Eres Sir Salvaje. Tu resistencia es mítica. —Lo besó
en la boca, entre jadeo y jadeo, moviendo las caderas adelante y
atrás, cada vez más deprisa, y tragándose los gruñidos que
escapaban de la garganta de Burgess—. Me muero por ponerla a
prueba.
Él soltó un improperio que resonó por todo el acuario mientras
echaba a andar con grandes zancadas hacia la salida.
—Anda, mira, acabo de recuperar el sentido de la orientación.
Ella le enterró la cara en el cuello y se echó a reír con la sensación
de estar borracha. O colocada. O ambas cosas. Totalmente abrumada
por la felicidad, el deseo y la conexión que tenía con ese hombre que
era capaz de tocarla con tanta ternura en un momento dado y, al
cabo de un segundo, hacerlo con agresividad. Su novio.
Y, ¡joder!, ya se había enamorado de él. Profundamente.
Burgess casi no recordaba el trayecto de vuelta a casa en coche.
Bueno, no. Lo recordaba con una claridad pasmosa, todos los
detalles, pero no recordaba por dónde habían pasado o si había
respetado alguna norma de tráfico. Porque Tallulah le puso la mano
sobra la polla, que ya la tenía tan dura que le dolía, y estuvo
acariciándosela todo el rato por encima de los pantalones, de modo
que había tenido que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no
correrse. O suplicarle que se la chupara.
«No».
«Ni se te ocurra hacer ninguna de esas dos cosas».
Esa noche le esperaba algo increíble. Acompañar a su novia a casa
habría bastado para hacerlo feliz, pero, en cuestión de minutos,
tendría una oportunidad entre un millón de metérsela hasta el fondo
a la mujer más guapa, inteligente, apasionada, graciosa, tierna,
interesante…
—¿Puedo bajarte la cremallera? —le susurró ella al oído, mientras
hacía… ¡Por Dios! ¿Eso era un puchero? Como si fuera a llorar si le
decía que no—. Solo quiero darle un besito.
¡Madre del…!
¿Qué acababa de pensar un momento antes?
Su cerebro se había convertido en una coliflor. Estaba inservible.
—¡Por Dios! Quiero hacerlo en mi cama —susurró con la voz
entrecortada, mientras intentaba calcular rápidamente lo que
tardaría en llegar a casa. «¿Dónde estamos? ¡Ah, ahí está el
restaurante!». Conocía ese restaurante. Faltaba menos de un minuto
para llegar—. Tallulah —gruñó al tiempo que le agarraba la muñeca
y le apartaba la mano—, te prometo que en menos de tres minutos te
voy a subir el vestido hasta las tetas. Si para entonces no estamos en
mi dormitorio, te la meto en el suelo.
Tallulah se apoyó en el respaldo de su asiento y cerró los ojos
mientras respiraba de forma superficial, inhalando y soltando el aire
con dificultad. Alucinante. No solo había convencido a esa mujer de
que fuera su novia, sino que estaba loca por él. ¿Cómo lo había
conseguido? ¡Joder, y él también estaba loco por ella! Quería mirarla
a los ojos mientras sus cuerpos estuvieran conectados, quería hacer
que se sintiera segura, guapa y satisfecha. Quería darle todo lo que
tenía dentro, exponerlo ante sus ojos, exponerse él, ser su mejor
amigo. Su adicción.
Quería muchísimas cosas con ella.
Admitir todo eso para sí mismo era un paso tan enorme que casi se
pasó El Faro. Pero allí estaba, junto con su plaza reservada de
aparcamiento…, y las ruedas chirriaron al maniobrar para aparcar,
carcomido por la expectación y desesperado por desnudarla
despacio con las manos y tocar cada centímetro de esa piel sedosa.
Besarla. Morderla. Lamerla.
Apagó el motor, salió y rodeó el coche a la carrera hacia el lado del
acompañante, tras lo cual estuvo a punto de arrancar la puerta de
cuajo para sacarla. Tallulah se dejó caer en sus brazos, y avanzaron
dando tumbos por la acera, ella de puntillas y él inclinado hacia
delante para besarla como si fuera la última vez. Y…
Alguien tocó el claxon. Dos veces.
Al principio, no prestó atención, porque estaba acostumbrado a
que le pitaran estando en Boston. Le daba igual que lo pillaran y lo
fotografiaran besando a su novia. Sin problemas. Ojalá acabase en la
portada del puto Boston Globe.
Sin embargo, tocaron el claxon más veces. Y dejaron la mano
clavada. Alguien que estaba… cerca. No era un conductor que
pasara por allí sin más.
—Burgess —dijo alguien…, y se tensó entero. Conocía esa voz.
Era Ashleigh. Su exmujer.
Después de eso, todo se fue al garete. Tan deprisa que no pudo
hacer nada para evitarlo.
Miró por encima del hombro y se encontró con lo último que
quería, que era a su ex de pie junto a su coche con una mueca
horrorizada en la cara. Y a Lissa al otro lado de la ventanilla del
acompañante, con el rostro bañado en lágrimas.
Oyó una campana de alarma en la cabeza.
Se le había olvidado hacer algo. La había cagado de alguna
manera, pero estaba demasiado desorientado en ese momento como
para averiguar qué había sido. Sin embargo, decidió que no había
problema, porque lo recordaría en breve… y de golpe.
—Siento aparecer así. He llamado, pero ha sido imposible
contactar contigo. Todd ha tenido una emergencia familiar y
tenemos que irnos a Vermont esta noche. Necesito que Lissa se
quede contigo. —Ashleigh se inclinó hacia un lado y saludó con una
mano a Tallulah, que estaba petrificada—. Supongo que es una
forma muy curiosa de conocer a la niñera.
—No la llames «la niñera» —protestó Burgess molesto, guiado por
el instinto—. Se llama Tallulah.
Ashleigh cruzó los brazos por delante del pecho.
—Es incluso más joven de lo que me esperaba. ¿No crees que te
estás pasando un poco liándote con una chica que convive con tu
hija?
—No es un lío. Ni mucho menos. Y no te debo ninguna
explicación.
—¿Que no me debes ninguna explicación? Tenemos una hija en
común. Parte de la paternidad compartida es…
—Ashleigh —la interrumpió al darse cuenta de lo afectada que
estaba Lissa al oírlos discutir—, mejor lo hablamos en otro momento.
Su exmujer siguió su mirada hasta el asiento del acompañante y
bajó los hombros, resignada y muy preocupada.
—Sí. Vale. —Asió el tirador de la puerta—. Oye, Liss…
Su hija saltó a la acera antes de que Ashleigh tuviera la
oportunidad de abrir del todo la puerta. Al ver que toda la furia de
Lissa recaía sobre Tallulah, no sobre él ni sobre su madre, recordó
con claridad meridiana lo que se le había olvidado hacer y se le cayó
el alma a los pies.
—¡Me dijiste que no eras la novia de mi padre! —gritó Lissa con
voz aguda y temblorosa—. ¡Eres una mentirosa!
—¡Lissa! —rugió Burgess, preso del asombro. ¿Acababa de
llamarla mentirosa?—. Vamos a calmarnos y a hablar del tema, pero
no hay motivos para que le hables así a Tallulah. Pídele perdón.
—No.
Él mismo se volvió para pedirle perdón a Tallulah y vio que esa
cara de tez dorada estaba muy blanca mientras miraba a Lissa.
Empezaron a latirle las sienes. Eso pintaba mal. La situación había
llegado a un punto en el que sería imposible no hacerle daño a
Tallulah o a su hija. ¿Cómo había podido fracasar de esa manera?
—Lo siento —le susurró Tallulah a Lissa—. Cuando te dije que tu
padre y yo no… Esto… Ha pasado sin más…
—Me da igual. Ahora ya no volverán a estar juntos. ¡Te odio!
Tallulah se puso más blanca si cabía.
—Lissa, ya está bien —la reprendió Ashleigh, que también parecía
un poco sorprendida—. Es posible que te haya preguntado más de la
cuenta por la vida sentimental de tu padre y te haya dado la
impresión equivocada. Quizás al principio fue un poco por celos,
pero ahora es mera curiosidad. Nada más. Lissa, tu padre y yo
estamos divorciados. Voy a casarme con Todd.
—Sí, pero todavía no lo has hecho. —Miró a Tallulah con una
expresión tan malévola que hasta Burgess dio un respingo—. Si ella
no hubiera aparecido, todavía sería posible que volvierais.
Burgess no supo qué más hacer, salvo seguir el instinto de proteger
a Tallulah del golpe emocional de las acusaciones de Lissa, de modo
que la rodeó con los brazos y le susurró una disculpa contra el pelo,
algo que seguramente fue lo peor que pudo hacer. Lissa empezó a
llorar y Tallulah… ¡Por Dios! Tallulah estaba totalmente rígida y se le
estaban llenando los ojos de lágrimas.
—Burgess, siento hacer esto, pero tengo que irme —dijo Ashleigh
en voz baja—. La madre de Todd está en el hospital por una
complicación después de una intervención quirúrgica y yo tengo el
coche. No puedo llevarme a Lissa.
—Me iré yo —terció Tallulah, mientras intentaba zafarse de sus
brazos—. Dormiré en casa de Chloe o algo.
—De eso nada —masculló él mientras le acunaba la cara entre las
manos y le secaba las lágrimas con las yemas de los pulgares—.
Vives aquí. Quédate. No has hecho nada malo.
—No, de verdad que creo que debo irme. Eso rebajará la tensión.
Es lo mejor.
—Tallulah, por favor.
Sin embargo, ella ya estaba pidiendo un Uber con el móvil, aunque
le temblaban los dedos mientras tecleaba con una expresión tan
desolada en la cara que a Burgess le entraron ganas de morir. Porque
no podía impedirle que se fuera y, en cierto modo, sabía que era la
única manera de actuar en ese momento. Sin embargo, mientras la
vio subirse a la parte trasera del coche negro poco después, la
desolación le provocó un nudo en la garganta, y se preguntó si su
relación sería demasiado nueva y demasiado frágil como para
sobrevivir al golpe que acababan de asestarle.
22
A la noche siguiente, Tallulah estaba en el sofá de Chloe, mirando
con los ojos irritados por las lágrimas a su amiga por encima de una
taza de chocolate caliente, hecha polvo. Llegó solo con el bolso la
noche anterior, pero estaba demasiado alterada como para explicarle
lo que había pasado. Chloe, tan atenta como siempre, se limitó a
conducirla al dormitorio de invitados, que seguía desocupado, la
ayudó a meterse en la cama y le dijo que hablarían por la mañana.
Sin embargo, debió de quedarse frita por la tristeza, porque no se
despertó hasta el mediodía y oyó a Chloe ensayando con el arpa.
Era la primera oportunidad que tenía para hablar con alguien de lo
ocurrido. Ni siquiera había hablado con Burgess, aunque él la había
llamado varias veces. Deseaba saber con desesperación si Lissa
estaba bien y tenía mucho miedo de descubrir que no lo estaba.
Todavía no le había devuelto las numerosas llamadas, pero ya lo
haría. Quizá. Seguramente.
En cuanto asimilara lo sucedido.
Y lo que estaba sucediendo. Porque eso no había cambiado.
—Creo que estoy enamorada de Burgess —susurró.
Chloe estuvo a punto de espurrear el chocolate caliente. En cuanto
se le pasó el susto, esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Ay, madre! ¿En serio?
—No pongas esa cara de felicidad.
—No puedo evitarlo. ¡Soy muy romántica! —Su sonrisa se atenuó
un poco—. ¿Me estás diciendo que es algo malo?
—Déjame empezar por el principio. —Le explicó brevemente que
Lissa albergaba esperanzas de una reconciliación entre sus padres y
que había sacado el tema varias veces desde que empezó a trabajar
como su niñera—. Anoche íbamos en el coche de vuelta de… —
Suspiró—. La verdad, fue la mejor noche de mi vida. Alquiló el
acuario, Chloe. ¡Para nosotros solos! Hubo ciertos… preliminares
interesantes. Nos estábamos besando en la acera, en plan «de esta no
te escapas» y… nos las encontramos allí mismo. A Lissa y a su
madre. Resulta que había una emergencia y llevaban un rato
esperando que volviéramos para que Lissa pudiera quedarse con su
padre mientras Ashleigh y su pareja se ocupaban del tema. Lissa se
lo tomó fatal. Peor de lo que esperaba. No podía quedarme en el
ático con ellos.
Chloe se quedó boquiabierta a medida que avanzaba la historia.
—¡Qué fuerte, por favor!
—Sí, tú lo has dicho.
—¡Qué fuerte!
El resoplido de Tallulah se convirtió en un gemido, y acabó
echando la cabeza hacia atrás, sobre el brazo del sofá.
—Lo peor es que le dije a Lissa que no había nada entre Burgess y
yo. Cuando me lo preguntó, yo estaba intentando convencerme de
que no lo había. Y ahora cree que le mentí, y en cierto modo sí que lo
hice…, pero solo porque me estaba mintiendo a mí misma.
—¿Sabes qué te digo? Que todo se va a solucionar. —Chloe le dio
un apretón en la rodilla por debajo de la manta polar con la que se
habían arropado—. A esa edad, todo es cuestión de vida o muerte.
Yo era la reina de las reinas del drama. Todavía lo soy a veces —
añadió antes de beber un sorbo de chocolate con gesto pensativo—.
Recuerdo que cuando mis padres se divorciaron y mi madre y yo
tuvimos que mudarnos, ¡otra vez!, y dejar atrás a todos mis amigos,
¡otra vez!, me escapé el primer día que pasamos en la casa nueva.
Estuve subida a un árbol durante seis horas. Mi madre tuvo que
llamar a la policía y todo.
Tallulah detuvo la taza a medio camino de los labios.
—¡Vaya! ¿Y al final te encontraron o volviste tú sola a casa?
—Volví sola. —Se encogió de hombros—. Me da miedo la
oscuridad.
—¿En serio? ¿Duermes con una luz nocturna?
—No. Dejo la tele encendida en el canal Home Shopping Network.
—Es injusto que esté tan infravalorado —replicó Tallulah, que le
hizo un gesto con la taza a modo de brindis.
—¡Exacto! —Chloe miró hacia la mesa del sofá, donde estaban sus
teléfonos, uno al lado del otro, recibiendo llamadas en silencio—.
Creo que deberíamos llamar a Sig. Él sabrá cómo arreglarlo.
Tallulah se incorporó de un salto.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Sig lo arregla todo —contestó Chloe sin más.
—¿Qué sabe él de la forma de pensar de una niña de doce años?
—No mucho seguramente, pero le he pedido ayuda con problemas
mucho más raros.
—¿Como qué?
—Bueno… —Chloe frunció los labios unos segundos con gesto
pensativo—, yo no sabía limpiar cuando me vine a vivir aquí. Nunca
había limpiado nada, así que él vino y me enseñó. Hasta creó una
mezcla casera para las manchas de cal del agua dura. ¡Es un genio!
—Un momento, que estoy intentando imaginarme a un jugador
profesional de hockey dando clases de limpieza.
—Yo lo hago a menudo. —De repente, se puso muy colorada—.
Porque fue muy gracioso, me refiero.
—Claro. —Tallulah no se perdió detalle de la reacción de Chloe—.
¿Cuándo dijiste que se casa tu madre con su padre?
—No lo sé. El año que viene, en algún momento —contestó de
forma atropellada, tras lo cual se incorporó para dejar la taza en la
mesita—. Pero retomando el problema que nos ocupa…, ¿no crees
que deberías llamar a Burgess? Seguro que está preocupado.
—Sabe que estoy aquí.
—Seguro que le preocupa que vayas a cortar con él.
—Creo que no tengo alternativa. No quiero ser la persona que
Lissa cree que se interpone en la reconciliación de sus padres. Las
cosas que me dijo… —Sintió una dolorosa punzada en el pecho—.
¿Cómo podemos recuperar lo que teníamos después de eso?
—Tal vez… no podáis. Tal vez encontréis otra cosa. —Chloe se
señaló la boca, muy satisfecha consigo misma—. ¡Eso ha estado
genial!
—Desde luego. ¿Chocamos los cinco?
Se golpearon los pies por debajo de la manta.
Tallulah se disponía a soltar un discurso en defensa del canal
Home Shopping Network, por distraerse más que nada, cuando
llamaron a la puerta.
—¿Chlo? —dijo una voz grave desde el otro lado—. ¿Estás en casa?
—Es Sig —susurró con cara de sorpresa.
—¿¡Qué dices!? —susurró Tallulah a su vez—. ¿Sabías que iba a
venir?
—¡No! —Chloe abrió los ojos de par en par—. Pero tiene una llave.
Ambas se tensaron y volvieron las cabezas despacio al oír que la
llave giraba en la cerradura de la puerta. Tuvieron la idea simultánea
de esconderse debajo de la manta y tiraron de ella para taparse la
cabeza justo cuando se oía el crujido de la puerta al abrirse…
Y los pasos de dos personas, no de una.
¡Madre del amor hermoso! Reconocería esos pasos en cualquier
parte. Burgess.
Se había hartado de llamar y se había plantado allí.
¿Por qué se sorprendía?
¿Y por qué la complacía tanto su aparición?
Sig se rio y después suspiró.
—¿Crees que la manta te hace invisible, Chlo?
—Es posible.
—Pues no.
De repente, les quitaron la manta de encima y ante ellas
aparecieron dos jugadores de hockey muy grandes y muy
mosqueados.
La mirada de Tallulah se clavó en Burgess, y absorbió su imagen
como una planta de interior que llevaba una semana sin que la
regasen. ¿De verdad habían pasado menos de veinticuatro horas
desde que lo vio por última vez? ¿Cómo era posible que tuviera tan
mal aspecto en tan poco tiempo? Tenía unas ojeras muy oscuras, y
tanto la preocupación como el agotamiento que sentía eran tan
evidentes que le daban ganas de tirar de él, tumbarlo a su lado en el
sofá y darle un beso para consolarlo. La culpa por no haber
contestado sus llamadas le perforó el estómago como un
lanzamiento de Pedro Martínez.
Descubrirse pensando referencias deportivas como si tal cosa
aumentó sus ganas de echarse a llorar.
—¿Podemos hablar? —le preguntó Burgess con voz ronca.
—No sé qué decir —susurró ella como pudo—. Lo siento.
—¡Por Dios! —exclamó él, frunciendo el ceño—. Soy yo quien tiene
que disculparse, Tallulah. No tú.
Sus palabras la dejaron sin aire en los pulmones y la invadió el
deseo de saltar del sofá y arrojarse a sus brazos, donde sabía sin
ninguna duda que se sentiría mil veces mejor.
El pecho de Burgess subía y bajaba con rapidez, como si supiera lo
que ella estaba pensando.
Como si quisiera… o, más bien, como si necesitara lo mismo.
Sig se agachó, agarró a Chloe por una muñeca y la levantó del sofá.
—Venga, vamos a sentarnos en mi coche mientras solucionan esto.
—No, Sig —protestó Chloe, tendiéndole la otra mano a Tallulah—.
No puedo abandonar a mi amiga.
Tallulah se sacudió para salir del trance que le había provocado
Burgess.
—¡Sí! No podéis entrar aquí y tendernos una emboscada de esta
manera.
Chloe señaló las tazas de chocolate.
—¡Mirad! Estamos haciendo un reconocimiento emocional.
—Pues hacedlo luego —replicaron Sig y Burgess al mismo tiempo.
—¡Guau! —exclamó Tallulah.
—¡Guau! —repitió Chloe—. Ni se te ocurra intoxicarme el
chocolate caliente con un arrebato de masculinidad.
Sig se dio unos golpecitos en la nariz.
—Tengo una tarjeta regalo de Sephora de quinientos dólares
esperándote en el coche, y un cuenco de plátano y açaí para que te lo
comas durante el trayecto.
Chloe se dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta.
—Buena suerte, Tallulah.
Observó con sorpresa y fascinación que Sig sacaba a su futura
hermanastra del piso y que la puerta se cerraba en silencio tras ellos,
aunque no antes de que Sig los mirara con una sonrisa burlona.
—Abandonada por un cuenco de açaí —murmuró Tallulah—.
Supongo que es cierto que es un superalimento.
Apenas había acabado de decir esas palabras cuando Burgess se
sentó a su lado en el sofá y la estrechó entre sus brazos sin perder un
segundo. Fue tan rápido que incluso se sorprendió a sí misma al
sentarse a horcajadas sobre él y aferrarlo como si fuera un mono,
abrazándole la cintura con las piernas y apoyando la cabeza en el
hueco del cuello, mientras sus brazos la envolvían como una
promesa física.
—Lo siento, Tallulah. Siento muchísimo lo que te dijo. —Le besó la
coronilla, la sien—. No te lo merecías. Llevo asqueado desde
entonces.
—Siento no haber contestado a tus llamadas. Creo que… que me
da vergüenza.
—No. Ni se te ocurra, ¡por favor!
—¿Cómo está Lissa? —le preguntó mientras levantaba la cabeza a
tiempo de ver pasar una sombra por sus ojos.
—Acabará entendiéndolo. Pero… puede que tarde un tiempo.
Esas dos frases fueron como dos golpes en el plexo solar.
—¿Sigue… muy enfadada?
Pasaron varios segundos, durante los cuales el silencio se hizo
muy pesado.
—Sí. No voy a mentirte. Está enfadada —contestó con seriedad—.
Es culpa mía por no haber hablado antes con ella.
—No pasa nada. Es una conversación difícil.
—Una conversación que te habría ahorrado el mal rato, Tallulah.
Una conversación que podría haber tenido hace meses y a estas
alturas estarías conmigo en casa, que es donde tienes que estar —dijo
entre dientes, acariciándole el pelo y apretándoselo con el puño,
tirándole de la cabeza hacia atrás para poder mirarla a la cara—. Sé
que esto, lo nuestro, es muy reciente. Pero te pido que superes este
bache conmigo. Ven a casa y hazlo. Ella lo aceptará con el tiempo.
¡Por Dios!
Burgess le estaba pidiendo algo monumental. No solo tener una
relación con él, algo que ya era un gran salto para ella, sino además
participar en la vida de Lissa y compartir su crianza… Ser el
equivalente a la madrastra de una niña que estaba resentida con ella.
Ese era un cambio enorme con respecto a la divertida posición de
flamante novia. ¿No habían pasado solo unos días desde que fingían
que iba a su dormitorio por la noche para darle un masaje
terapéutico?
—Burgess.
—Lo sé —replicó con brusquedad contra sus labios.
—Eso es demasiado. Me da miedo.
—Lo sé. —Le tiró todavía más del pelo y le pasó los labios por la
curva de la garganta—. ¡Dios, echo de menos tu olor, tu sabor y tu
contacto, joder! —Sin dejar de mirarla a los ojos, movió las caderas
hacia arriba para que ella sintiera su creciente erección entre los
muslos, arrancándole un vergonzoso gemido—. Me estoy volviendo
loco.
Tallulah separó más los muslos, afianzándose con las rodillas sobre
el sofá, y movió las caderas hacia delante, estremeciéndose por el
roce de las bragas contra los vaqueros.
—Solo ha pasado un día.
—Un día en el infierno sienta mucho peor después de pasar
semanas en el paraíso, Tallulah.
—¿Y yo soy el paraíso?
—Eres mi paraíso, sí.
El futuro incierto que les esperaba podría haber sido una tercera
persona allí con ellos, pero la necesidad de tocarlo, de deleitarse con
su enorme y tranquilizadora presencia, lo anulaba todo.
—Un beso y luego hablaremos del tema —propuso, hipnotizada
por sus labios, que parecían esculpidos. Por el olor a menta de su
aliento. Por el roce áspero de esas manos, que fueron subiendo con
afán posesivo por sus muslos hasta llegar a sus nalgas, colarse por
debajo de las bragas y agarrarle el culo como si le perteneciera.
Porque así era.
—Sí —accedió él, y sintió que se le aceleraba la respiración—. Un
beso. Vamos.
—A lo mejor no deberíamos. ¿Y si se convierte en algo más?
¡Estamos en el sofá de Chloe!
—Te comeré la boca donde me dé la gana. Eres mía.
—¡Guau! Sí, vale.
Sus labios se fundieron con avidez, pero con tanta naturalidad que
el suave choque fue como unos versos ásperos, y desde el centro de
su pecho se extendió la sensación de que eso era lo correcto. Una
sensación que bajó por sus muslos, le llegó a las yemas de los dedos
y subió por la parte posterior de los ojos, dejando un ardiente rastro
a su paso. Se devoraron mutuamente, o esa le parecía que era la
descripción adecuada. Su cuerpo se fundió contra la fuerza
masculina mientras se retorcía sobre su erección imitando los
movimientos de su boca, que parecía incapaz de saciarse de su sabor,
de su persona, de su presencia, de ese puente que se había tendido
entre sus pechos y que se había solidificado de la nada aunque era
imposible de cruzar.
¿O sí podía cruzarse?
Imposible pensar en eso, porque Burgess le estaba chupando el
cuello y acariciándole el culo como si fuera arcilla, empapándole las
bragas allí donde sus cuerpos se rozaban, suavidad contra dureza. Se
separaron menos de un milímetro para respirar y no se molestaron
en consultarse si otro beso era conveniente o no, decidieron sin más
que sí. Sin embargo, la decisión de lanzar por la borda el plan de
darse un solo beso los libró de todas las inhibiciones, y Tallulah
descubrió que sus manos habían cobrado vida propia de repente,
porque empezaron a descender por las montañas y los valles de ese
musculoso torso de camino a la bragueta de sus vaqueros, cuyo
botón superior desabrochó para bajarle la cremallera todo lo que la
postura le permitió.
Burgess interrumpió el beso para mirar hacia abajo, jadeante.
—¿Qué haces?
—Tengo que tocarte —contestó ella, que soltó el aire de golpe.
Él echó la cabeza hacia atrás con un gemido ronco.
—Tallulah, anoche íbamos a follar en cuanto llegáramos al ático. Te
advierto que estoy fatal.
—Yo me encargo —susurró ella, que le mordió el mentón mientras
seguía bajándole la cremallera hasta que pudo meter la mano para
localizar la fuente de su deseo, que rodeó con los dedos y empezó a
acariciar, tragándose al mismo tiempo el gemido gutural que se le
escapó a Burgess y besándolo con desenfreno. Sintió cómo se le
endurecía todavía más en su mano y cómo empezaba a palpitar—.
¿Estás mejor?
—No.
—¿Qué te apetece?
—Sabes muy bien lo que me apetece.
—¿Aquí?
La verdad era que a esas alturas ni se acordaba de dónde estaban.
Mucho menos con lo que tenía en la mano y con lo que ese momento
significaba para su relación, que estaba a punto de estallar y cuyos
pedazos iban a conformar un nuevo paisaje. Sus cuerpos se movían
con frenesí por la necesidad de continuar donde lo habían dejado la
noche anterior, cuando creyó que iba a morir si no echaban un polvo
guarro y a lo bruto.
Y, en ese momento, tenía claro que iba a morir si no lo hacían.
Los muslos le temblaban y el deseo que palpitaba en su sexo era
tan insistente que empezaba a dolerle e iría a peor como no se la
metiera pronto. Respiraba de forma superficial y empezaba a jadear
por el esfuerzo mientras aumentaba el ritmo de la mano con la que
se la estaba acariciando, hasta que Burgess echó la cabeza hacia atrás,
con los dientes apretados, presa de la agonía. Una agonía a la que
ella podía poner fin, librándose de la suya en el proceso.
«Ya te enfrentarás a las consecuencias después», se dijo. Eso era
imparable.
Intercambiaron una mirada abrasadora que le aceleró el corazón
mientras se ponía de rodillas sobre su regazo y aprovechaba su dura
erección para apartarse las bragas. El roce de ese acero pulido contra
su carne húmeda, de su glande sobre el clítoris, le arrancó un jadeo.
—¡Me cago en la puta! —exclamó Burgess, dándole un cachete en
el culo.
De repente, Tallulah descubrió un mundo de colores intensos a su
alrededor mientras un sinfín de placenteros escalofríos le recorría los
brazos, la espalda y la barriga. El cachete la hizo reaccionar de un
modo que jamás habría imaginado y catapultó su deseo hasta límites
insospechados. Se sintió como una niña a la que acababan de
regañar, y aunque lo normal sería que detestara sentirse así, su
cuerpo se decidió por la reacción contraria y sus músculos internos
se contrajeron como una flor que se cierra. Empezó a temblarle la
mano con la que acariciaba a Burgess por la desesperación de tenerlo
dentro, de acercarlo al lugar indicado…, y eso hizo. Se metió la
punta y empezó a contonear las caderas para seguir con el resto.
—Tallulah…
—¿Qué? —gimoteó.
—Yo también quiero metértela, pero tenemos que ir más despacio.
—¡No!
Burgess pareció dolorido mientras se reía y le pasaba los nudillos
de una mano por la parte delantera de las bragas, arrancándole un
gemido.
—Tenemos trabajo que hacer antes de meterla aquí. Ya te he
metido los dedos, ¿recuerdas, preciosa? —Soltó un gruñido—. Eres
muy estrecha.
El calor descendió en cascada por su sensible piel y el dolor
palpitante que se extendía por su sexo se volvió casi insoportable.
—Es increíble que me guste que me azoten y me digan que soy
estrecha. Es increíble que…
Burgess se levantó con un movimiento relámpago, manteniendo
con facilidad sus piernas en torno a la cintura, y avanzó con grandes
zancadas hacia el pasillo por el que se accedía a los dormitorios.
—Burgess, tu espalda…
—Me duele cuando choco con deportistas musculosos. —Abrió de
una patada la puerta de la habitación de invitados y miró a su
alrededor, como si estuviera decidiendo si estaban en el lugar
correcto. Lo que fuera que viese en la cama debió de confirmar que,
en efecto, era el lugar correcto, porque cerró la puerta con un
decidido golpe de cadera y siguió hacia la cama—. Soy más que
capaz de soportar el peso de una cosita tan diminuta y bonita como
tú.
La brusquedad de su voz la puso más cachonda. En fin, que de
repente se sentía muy sexi. Muy sensual.
—Es increíble que me guste que me llamen «cosita bonita».
—Si te sientes mejor, me la pusiste dura el día que me llamaste
«bruto cariñoso». Quítate la puta ropa ya. —La soltó sobre la cama y
se quitó la camiseta por encima de la cabeza, despeinándose en el
proceso. Ese poder tan tentador que ostentaba cuando iba
descamisado le dejó las manos temblorosas mientras se bajaba las
bragas y arqueaba la espalda para quitarse la camiseta de dormir
que llevaba. Y se quedó allí, tumbada en la cama, completamente
desnuda delante de él. Delante de ese dios del hockey de aspecto
rudo que estaba tan empalmado que casi se le salía por la bragueta
desabrochada de los vaqueros, con esos antebrazos llenos de
músculos y venas, el pecho subiendo y bajando, y un brillo casi
peligroso en los ojos por el deseo.
¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!
—¿Esa es tu forma de decirme que quieres que te llame «bruto»?
—susurró ella al tiempo que separaba las rodillas para que viera lo
mojada que la había puesto.
—Ni se te ocurra.
—A lo mejor lo hago —repuso ella, sin dejar de susurrar.
Burgess meneó la cabeza, aunque el cariño hizo que el azul de sus
ojos se volviera hipnótico, y se bajó los vaqueros del todo, tras lo
cual plantó una rodilla en la cama, y sintió el roce de su barba en la
cara interna de los muslos mientras bajaba y bajaba y bajaba…
Sin dejar de mirarla a los ojos, le escupió y se lo lamió.
—Mía.
Tallulah se quedó al borde del desmayo. Pero no quería perder el
conocimiento mientras él seguía lamiéndola con esa boca que hacía
una magia tan maravillosa. Tan perfecta. Le lubricó el clítoris con un
lametón animal y se lanzó a la conquista del lugar más sensible,
vulnerable y desatendido de su cuerpo. Cada pasada de su lengua
iba acompañada de un gemido gutural que surgía de lo más hondo
de su pecho.
—¡Joder! —masculló, mirándola a los ojos desde el lugar que
ocupaba entre sus muslos, con la mirada vidriosa y los dientes
apretados—. Abierta de piernas y con el coño empapado. Por eso sé
que eres mía. Ahora tendré que volver a casa todas las noches,
ponerte cachonda y conseguir que des las gracias por haberte
enrollado con este cabronazo tan grande. —Hundió la lengua entre
sus pliegues y le torturó el clítoris con la punta—. Y yo agradeceré
haber encontrado a esta chica tan preciosa a la que puedo metérsela
entera.
—Estoy lista —gimoteó, con el cerebro derretido. En cierto modo,
sabía que Burgess sería como un conquistador alfa en la cama, pero
no esperaba responder como una campesina temblorosa e
impaciente, excitada tan solo por su actitud dominante. Sin embargo,
allí estaba, separando las piernas como las puertas de unos grandes
almacenes la mañana del Black Friday, clavándole las uñas en el
cuero cabelludo, en esos enormes hombros, o clavándoselas ella
misma en las caderas, lo mismo daba—. ¡Estoy lista, estoy lista! —
masculló entre dientes, pero él siguió moviendo la lengua con
decisión, como si fuera una serpiente, presionando con más fuerza
sobre su clítoris, frotándolo de forma implacable hasta que su
espalda se arqueó por instinto y vio estrellitas detrás de los párpados
—. ¡Burgess, por favor! ¡Por favor, por favor, por favor!
En vez de detenerse, en vez de colocarse encima y aplastarla sobre
el colchón con su peso, que era lo que ella ansiaba, la penetró con
dos dedos al tiempo que le acariciaba el clítoris con los labios de lado
a lado, murmurando a la vez. Después la miró, torció un poco el
gesto al soltar un gruñido y añadió un tercer dedo, penetrándola
hasta el fondo y arrancándole un gemido. En ese momento, volvió a
escupirle y empezó a mover los dedos con fuerza, a retorcerlos
mientras la lamía una y otra vez hasta que ella acabó tirándole del
pelo, levantando las caderas y suplicándole casi a voz en grito.
Suplicando que acabara con ella, porque no podía soportar la
increíble tensión. No podía soportarla sin estallar.
Y, en ese instante, se corrió.
Con un grito.
Burgess apretó los labios contra su clítoris y la sujetó con fuerza
mientras ella se corría. A ver…, ¿cómo… cómo era posible que
supiera exactamente lo que debía hacer? ¿Eso era real? Sus músculos
internos empezaron a estremecerse en oleadas perfectas que lo
bañaron todo de dorado mientras el sudor le caía por las sienes y
apretaba los pies contra el colchón a medida que el orgasmo se
prolongaba y la consumía.
Todavía seguía perdida en la gloria del éxtasis cuando Burgess se
incorporó sobre ella, colocó las caderas entre sus muslos temblorosos
y se la acercó con un deseo arrollador pintado en la cara.
—¿Sigues queriendo esta polla, Tallulah?
—¡Sí! —consiguió decir ella entre dientes, incapaz de relajarse
todavía.
El cuerpo de Burgess se tensó y se la metió hasta el fondo,
golpeándole el culo con las pelotas al tiempo que soltaba un grito
desgarrado y el cabecero de la cama se estampaba contra la pared.
—¡Dios! ¡Joder, sí! —exclamó antes de unir sus bocas para besarla
con rudeza, tras lo cual siguió besándola con ternura y delicadeza—.
Mírame. Dime que nunca te han llenado tanto como yo te estoy
llenando. Necesito saberlo.
¿Necesitaba preguntárselo siquiera? ¡Si le estaba clavando las uñas
en el culo animándolo a que lo diera todo!
—Nunca —gimió ella, levantando las caderas—. Me llenas por
completo.
De todas formas, esos ojos azules recorrieron su cara varias veces,
aun cuando una capa de sudor apareció sobre su labio superior por
el esfuerzo de mantenerse quieto. Hasta que…
—Sí, ya veo que te gusta. —El alivio apareció en su expresión un
segundo antes de que le lamiera la boca al tiempo que embestía con
las caderas un par de veces y empezaba a moverse, sacándosela
brevemente antes de volver a enterrarse en ella—. Llevo tanto
tiempo deseando estar dentro de ti que no me lo puedo creer. No me
puedo creer que seas tan perfecta, ¡joder!
—Ya has estado antes dentro de mi boca —susurró ella contra sus
labios.
Él gimió al tiempo que la penetraba con una lenta embestida.
—No me recuerdes lo bien que me la chupas cuando estoy
intentando no correrme en ocho segundos.
Tallulah sentía la creciente humedad allí donde sus cuerpos se
unían. Sentía cómo se expandían sus propios pulmones, los de
Burgess; era capaz de localizar los átomos del aire, porque todos sus
sentidos estaban agudizados por el afán de seguir conectada a ese
hombre.
—Te hice una buena mamada, ¿verdad? —le susurró al oído,
incumpliendo sus deseos mientras se tensaba con fuerza en torno a
él, deseando que se reuniera con ella en la nube de placer en la que
ella flotaba gracias a su lengua, deleitándose con el olor de su sudor,
y con la plenitud de su penetración—. Te la chupé tan bien porque
me encanta.
La respiración de Burgess se agitó en respuesta y cerró los ojos un
instante.
—¡Dios, apriétamela así! —Se la sacó y se la metió de golpe. Una,
dos, tres, cuatro, cinco veces, con la boca abierta por el placer—.
¡Joder! —Aminoró el ritmo, jadeando, en un intento por retrasar el
orgasmo—. El día que nos conocimos podrías haberme pedido que
te entregara la luna en una bandeja y lo habría hecho —dijo con la
voz entrecortada—. Ahora pídeme galaxias. Te daré lo que quieras,
preciosa. Pero ábrete de piernas solo para mí.
—Me abriré todo lo que quieras —gimió ella contra su boca,
mientras su cuerpo absorbía con avidez las embestidas que
siguieron, los envites de sus poderosas caderas, la áspera fricción de
su polla sobre el clítoris, que lo frotaba y torturaba un poco antes de
volver a penetrarla con fuerza para su propia satisfacción, al tiempo
que mantenía la lengua ocupada en su cuello y miraba el
movimiento de sus tetas con expresión febril—. Solo para tu polla.
Los crujidos de la cama se intensificaron.
—Dilo otra vez.
—Solo para tu polla.
El gemido que soltó fue casi ensordecedor.
—Así me gusta. Así me gusta, ¡joder!
Burgess estaba disfrutando de su cuerpo al máximo, y verlo o,
mejor dicho, sentirlo era como un afrodisíaco para ella. Siguió
penetrándola con una serie de poderosas embestidas antes de
sacársela y colocarla en otra postura para experimentar en un ángulo
diferente, tras lo cual se rindió y volvió a metérsela como una bestia.
Ese frenesí descarnado de lujuria y deseo la excitó tanto que los
pezones se le pusieron duros otra vez y volvió a sentir el inicio de las
oleadas de placer extendiéndose desde su sexo. ¡Uf! ¡Por Dios! Fue
como si Burgess lo sintiera, como si percibiera el momento exacto en
el que comenzaba a gestarse su segundo orgasmo, porque esos ojos
azules la miraron con expresión penetrante sin parpadear siquiera y
con un tic nervioso en el mentón.
—Sí. Así. —Le aferró la cara con una mano—. ¿Estás dando gracias
por estar con este cabronazo tan grande, preciosa?
—¡Sí! —exclamó Tallulah, tanto para sus adentros como
vocalizándolo. La confianza que él demostraba ante las reacciones de
su cuerpo y la capacidad de emplear la fuerza justa hacían que se
sintiera segura, libre y deseada. Tanto que se mordió el labio y se
dejó llevar, levantando las caderas para ir al encuentro de sus
embestidas mientras él seguía hundiéndose en su sexo húmedo y sus
bocas soltaban el aire de forma entrecortada en el frenético afán de
llegar al éxtasis, a ese orgasmo perfecto los dos a la vez, para poder
saltar juntos al vacío.
—Ponme las piernas en los hombros y déjame correrme a lo bruto.
¿Cómo conseguía que una orden sonara como si le estuviera
pidiendo permiso? No lo sabía, pero era algo muy característico de él
y se sintió… agradecida. Agradecida en muchos sentidos, porque
percibía la gratitud de Burgess en el aire que los separaba, en el brillo
de sus ojos y en las muestras de adoración de su enorme cuerpo. ¡Por
Dios! Ese hombre era…
—Muy grande —gimió, aceptando su primera embestida después
de colocarle las piernas en los hombros y siendo testigo del deseo
que le demudaba las facciones. Lo vio apretar los dientes mientras
empezaba a mover las caderas a toda velocidad, proporcionándole
una fricción perfecta en el clítoris que la llevó a retorcer la colcha
entre las manos en su búsqueda del placer al final de esa espiral
ascendente, que estaba muy cerca, a juzgar por la tensión delatora de
sus músculos. El abandono total de las inhibiciones, sumado al
efecto embriagador que ejercía Burgess, hizo que su boca formara
palabras que no requerían la aprobación de su cerebro—. Eso me
gusta. Me encanta. Hazme daño.
—Nunca.
—¡Hazme daño! —gritó.
Él titubeó. Y luego claudicó.
—¡Joder!
Y, en ese momento, fue cuando Tallulah se dio cuenta de que solo
había empleado la mitad de su fuerza con ella, y la mitad que faltaba
era descarnada, brutal y maravillosa. Oyó los golpes del cabecero
contra la pared, los crujidos de los muelles de la cama que
conformaban una larga y continua protesta, y el grito que brotó de la
garganta de Burgess cuando cedió a su naturaleza y empezó a
metérsela a lo bruto, inclinado sobre ella, con los labios separados,
gruñendo, con el pecho cubierto de sudor y los músculos tensos.
Su imagen la sacó de la zona de confort en la que ni siquiera se
había dado cuenta de que vivía y la convirtió casi en una salvaje que
clavó las uñas en esa espalda musculosa al alcanzar el orgasmo bajo
ese cuerpo implacable, desmadejada y satisfecha, mientras sentía la
humedad que le corría por las nalgas.
Solo quería verlo correrse. Verlo ceder. Ser quien le proporcionara
el alivio.
Con aquel deseo bloqueando cualquier otro pensamiento en su
cabeza, tensó los músculos en torno a él y le mordió una oreja. Tras
lo cual susurró:
—Eres un bruto cariñoso —susurró, y en ese momento él se corrió
en su interior, como si lo hubiera succionado con esas palabras. Ese
cuerpo de Goliat empezó a estremecerse, sacudiendo la cama con él
mientras gritaba. Siguió apretándolo en su interior, deseando que
esos gritos y esos gemidos de placer fueran lo último que oía en la
vida—. Muy bruto —añadió con un puchero, retorciéndose debajo
de él para que se corriera del todo y animándolo a que le diera más,
mientras sentía la humedad de su semen corriéndole por la espalda.
Le daba exactamente igual. No podía importarle menos con todo
dándole vueltas, saciada como no lo había estado nunca en la vida y
con ese guerrero haciendo las veces de manta—. ¡Guau! —susurró
con la mirada clavada en el techo, que le pareció una nube blanca y
esponjosa.
—¡Dios! —exclamó Burgess con voz ronca contra su cuello—. ¡Por
Dios, Tallulah!
—Sí.
Vio que se le tensaban los músculos de los hombros.
—No te he hecho daño, ¿verdad? Por favor, dime…
—Todo lo contrario. Ha sido… No puedo…
Burgess levantó la cabeza y le rozó los labios con tanta ternura, con
tanta delicadeza, que la dejó sin respiración.
—No puedes ¿qué?
«Vivir… sin ti».
—No puedo creer que me haya… Dos veces.
—¿Ah, sí? —replicó él con una sonrisilla torcida y expresión ufana.
Su reacción estuvo a punto de arrancarle una carcajada.
—¿Estás pavoneándote o qué?
Él se encogió de hombros, se tumbó de costado y tiró de ella para
abrazarla con fuerza.
—A lo mejor es que me siento aliviado al ver que todavía sé lo que
hay que hacer. —Le dio un beso fuerte en la frente. Luego otro—.
Dos veces, ¿eh? —Un gruñido—. Pues claro que sí.
—No es justo. Yo solo puedo hacer que te corras una vez.
Burgess resopló mientras le pasaba las manos por la espalda y le
daba un buen apretón en el culo.
—Créeme, preciosa, aunque te provocara cien orgasmos seguidos,
correrme una puta vez contigo sería justo.
—Qué romántico —susurró ella, aunque acabó soltando una
carcajada contra sus labios mientras esa enorme mano le subía por la
espalda para acariciarle el pelo.
—Tallulah.
—¿Qué? —susurró ella, pegando sus frentes.
—Sin ti mi casa no es un hogar. —Tiró de ella para acercarla—. Ya
no lo es. Vuelve.
23
Hacía años que Burgess no estaba tan lúcido en la pista de hielo,
sobre todo jugando fuera de casa.
Esa noche jugaban en Pittsburgh. No perdió el norte en ningún
momento, ni siquiera después de chocar con dos rivales, lo que
provocó una batalla por el disco, que acabó robando él para
pasárselo a uno de los novatos. Concentrado y a tope de energía. Sin
pensar en sus problemas de espalda. Ni en cómo verían sus
movimientos los espectadores sentados en los asientos. Ni en si lo
habrían descartado, tachándolo como un jugador que había visto
días mejores. Ni en si tenían razón.
Sí, estaba concentrado, aunque por primera vez en su carrera
profesional, había una sensación subyacente de «¡me muero de
ganas de volver a casa, joder!». Sí, su hogar necesitaba ciertos
arreglos, pero lo solucionarían. Tallulah, Lissa y él habían
descubierto algo bueno juntos, y lucharía por recuperarlo. Como
nunca había luchado por nada.
Menos mal que veía las cosas desde la perspectiva de la madurez,
porque a los treinta y siete años se tenía todo muy claro. La felicidad
no aparecía de la nada; había que buscarla, cultivarla y protegerla a
toda costa. Era imposible que volviera a aparecer alguien como
Tallulah. Imposible. Había encontrado a una mujer que ralentizaba el
tiempo y lo hacía sentirse inmortal. Una mujer que creía en él. Una
mujer en quien él también creía. Llevaba años avanzando por la vida
entumecido y, de repente, lo embargaba la determinación de llevarla
a sitios, de enseñarle cosas…
De vivir la vida con ella.
De amarla.
Como si tuviera elección. El amor y Tallulah estaban
interconectados. No podía haber uno sin el otro. El amor era ella.
Ella era el amor.
Algún día cruzaría la puerta del ático y soltaría la bolsa de deporte
en el suelo. El olor sería increíble, ya fuera de comida para llevar o
de la cena que había preparado Tallulah, rompiendo otra vez la
norma de no cocinar. Lissa y Tallulah lo mirarían desde la mesa de la
cocina, a la que estaban sentadas haciendo las tareas, con papeles y
libros por todas partes. Besaría a Lissa en la coronilla y a Tallulah en
uno de sus hombros perfectos, y las miraría, las escucharía, las
absorbería.
Su hogar.
«Algún día».
El equipo rival avanzó por el hielo y se metió a la fuerza en el
partido, consciente de que se le echaban encima tres jugadores. No
perdió de vista el disco cuando se lo pasaron, y se colocó entre la
portería y el extremo izquierdo, que ya estaba lanzando. No tuvo
tiempo de detenerlo, pero bloqueó el avance con su cuerpo, de
manera que el disco rebotó sobre sus protectores y cayó al hielo. A
esas alturas, se encontraba de espaldas a la portería, donde todos se
habían concentrado. Su equipo intentaba sacar el disco de la zona de
peligro, el rival intentaba aprovechar la ventaja de haber superado a
la defensa.
Burgess encontró el disco entre el sinfín de patines y palos, buscó
un resquicio de luz por el que sacarlo, y lo golpeó para alejarlo de la
portería. El rugido decepcionado del público no hizo más que
alimentar su agresividad, de modo que patinó tras el disco, ya que
su trabajo distaba mucho de haber terminado. Experimentó un raro
momento de verse solo en la pista, sin nadie a su alrededor, mientras
el disco se deslizaba hacia un lateral y rebotaba. Echó el palo hacia
atrás y vio con el rabillo del ojo que Sig se acercaba. Ese era su
objetivo.
Sin embargo, su palo no llegó a conectar con el disco.
El defensa del equipo rival se abalanzó sobre él por detrás y lo
golpeó contra la pantalla, provocándole un dolor cegador en la parte
baja de la espalda. No fue una punzada, ni un pinchazo, ni una
contractura. Parecía una fractura. Una dislocación. Un dolor
insoportable que lo dejó sin aire en los pulmones y le entumeció
tanto las piernas que no pudo evitar dejarse caer. Al principio, el
jugador del otro equipo le proporcionó el apoyo suficiente para
mantenerse erguido, pero en cuanto echaron a patinar hacia el otro
extremo del hielo, no hubo nada que impidiera que la gravedad
hiciera su trabajo.
Cayó de rodillas y, aunque luchó al instante por volver a levantarse
y seguir jugando, porque eso era lo que le habían enseñado, fue
incapaz. No podía levantarse, joder.
Un sonido muy concreto le atronó los oídos. El torrente desolador
del viento invernal que le había encantado de niño, cuando era el
único que salía al estanque helado por la mañana. Un silencio
absoluto y reverente mientras rasgaba el hielo con las cuchillas y
sentía la agradable caricia del frío en la cara.
Y luego sintió calidez, porque las manos de Tallulah estaban en su
cara y tenía su sonrisa allí delante. Había imaginado el estanque de
su juventud miles de veces, siendo la perfecta soledad de aquellas
mañanas la parte que más lo atraía. Nunca había imaginado a nadie
allí con él. Nunca había querido hacerlo. Pero, en ese momento, ella
estaba incluida en su idea del paraíso. Ella era el paraíso.
Y estaba viendo toda esa pesadilla por la tele.
Estaba viendo ese momento de debilidad en directo, y eso lo estaba
matando.
No le importaba que lo viera todo el mundo, menos ella.
Sin embargo, era imposible.
«Levántate».
—¡Burgess! —gritó Sig a su derecha, pero ni siquiera pudo girar la
cabeza. El dolor era tan intenso que tensó todo el cuerpo y apretó los
dientes hasta que sintió el sabor de la sangre—. No te muevas. No
empeores las cosas. El preparador físico viene ahora mismo.
—¡No! —gritó mientras intentaba levantarse por segunda vez,
aunque fracasó de nuevo.
¡Por Dios, qué silencio había en el estadio mientras todos los ojos
estaban clavados en él!
Era un silencio horrible. Todos lo sabían. Sabían que sus días de
jugador de hockey se habían acabado.
Él también lo sabía, ¿verdad? Ese dolor que se extendía por debajo
del cuello, que subía despacio y lo ahogaba, no le dejaba lugar a
dudas. Era el dolor que señalaba el final de su carrera. El diablo le
estaba retorciendo la columna vertebral, una y otra vez, hasta que
empezó a perder la visión periférica y sintió que un sudor helado le
cubría cada centímetro del cuerpo.
En ese momento, no tuvo más remedio que cejar en sus intentos
por levantarse.
La humillación lo apuñaló por todos lados. Negación. Ira.
Resentimiento.
Se imaginó la cara preocupada de Tallulah y su compasión lo
cabreó todavía más, de manera que golpeó el hielo con un puño
mientras el preparador físico le hacía preguntas que le resultaban
imposibles de oír o de responder. No mientras ella, tan joven y tan
optimista, siguiera viéndolo… hecho una piltrafa. Un hombre que
había sido un triunfador.
Y que ya no podía serlo para ella.
En cuanto vio por la tele cómo se producía la lesión, Tallulah se puso
en marcha. Seguía en el piso de Chloe, pero todas sus cosas estaban
en casa de Burgess, lo que la obligó a ir a toda prisa para recoger lo
esencial, aunque le costaba mucho concentrarse. Le costó mucho
reunir las fuerzas necesarias para enviarle un mensaje de texto a
Ashleigh y confirmar que se encargaría de Lissa hasta que ella
volviera. Luego tuvo que comprar un billete para volar a Pittsburgh
con los ojos llenos de lágrimas, algo que no fue fácil, pero lo
consiguió. Pidió un Uber con las manos temblorosas y organizó el
vuelo de camino al aeropuerto, pero el móvil se le cayó varias veces
al regazo. No se paró a pensar que a lo mejor lo de subirse a un
avión para estar al lado de Burgess… era algo prematuro en su
relación. Se fue sin más.
Su corazón le exigía estar cerca de él, y lo obedeció a ciegas,
mientras el terror exhalaba fuego en su pecho como si fuera un
dragón.
Una vez en el aeropuerto, pasó el control de seguridad lo más
rápido posible y corrió hacia la puerta de embarque, porque su vuelo
ya estaba embarcando. Vio en todas las pantallas de televisión frente
a las que pasaba el momento de la lesión de Burgess. La gente se
agrupaba y miraba las imágenes en silencio o murmuraba mientras
hablaban por teléfono. Al fin y al cabo, estaban en Boston. Esa era su
ciudad. Aunque ver ese dolor tan evidente en la gente no la
reconfortó en absoluto. No. Todo lo contrario.
Si creían que Burgess estaba acabado…, ¿él también lo creía?
¿Sería cierto?
De ser así… ¡Por Dios! Burgess estaría hecho polvo.
No le cabía la menor duda.
Amaba el hockey por encima de todo. Lo llevaba entretejido en su
misma identidad. Y era un jugador espectacular. En cierto modo,
había previsto que surgirían más problemas con su lesión de
espalda, pero ¿eso? Un momento tan público, tan brutal y tan
doloroso de ver… No se lo merecía.
El vuelo solo duró una hora y media, pero le parecieron cinco. Se
pasó todo el trayecto mirando al frente, preparando la charla que iba
a darle en cuanto llegara… a dondequiera que estuviese. El hospital,
el hotel, el estadio. Ya le había mandado un mensaje a Chloe para
que se lo preguntara a Sig y esperaba tener esa información en
cuanto aterrizase. Estaría preparada. Lo abrazaría y le aseguraría que
el hockey no se había acabado. Que si quería seguir jugando, iría a
rehabilitación y saldría más fuerte; pero que si necesitaba dejar de
jugar, quedaba mucha vida por vivir.
Con ella.
Los dos juntos.
Había tomado la decisión de volver a vivir con Burgess y Lissa en
cuanto lo vio salir a la pista de hielo esa noche. Lo había visto de pie
durante el calentamiento, tan amenazador y autoritario, ajustándose
los guantes todo el rato. Y había pensado…
Que la vida no se ajustaba a lo que uno quería.
Había encontrado a su gente antes de estar preparada, sí, pero si
no aprovechaba ese momento con ellos, quizá no hubiera otro. Había
planeado sorprender a Burgess cuando regresara de Pittsburgh y
volver a vivir con él y con Lissa. Para siempre.
«Y eso es lo que vas a hacer».
Quería estar con Burgess más que nunca. Si verlo sufrir le partía en
dos el corazón, eso significaba que lo que sentía por él era enorme.
Huir de sus sentimientos por ese hombre no iba a hacerlos menos
reales.
El avión aterrizó y ella soltó el aliento que al parecer había estado
conteniendo durante todo el vuelo. Recibió un mensaje de Chloe con
el nombre de un hospital y un emoji llorando, pero se negó a
analizar por qué había elegido su amiga ese emoji en concreto, pidió
un Uber y se metió en él con el equipaje de mano en los brazos.
Media hora después, enfilaba un pasillo de hospital con suelo de
linóleo y olor a desinfectante en dirección a la habitación de Burgess.
Se encontraba en la planta de cirugía ortopédica y traumatología, y
la palabra «cirugía» repicó como un coro de campanas rotas en su
cabeza. «Vale, cirugía», se dijo. Si se hubiera parado a pensar, habría
llegado a la conclusión de que no había otro remedio. Era inevitable.
Pero el camino hacia la recuperación después de cualquier operación
era duro. Doloroso. Frustrante.
Claro que si alguien podía superarlo, ese era Burgess.
Un hombre fuerte, poderoso, resistente. Un gigante.
—Mi gigante —susurró al tiempo que se detenía al ver a cinco
hombres trajeados fuera de su habitación, todos con gesto adusto,
algunos hablando por teléfono. Seguramente eran de los Bearcats y
estaban informando a los poderes fácticos, a los medios de
comunicación. Sin embargo, nada de eso le importaba. Ella estaba
allí por el hombre. Se llevó un puño a la boca para toser mientras se
acercaba al trajeado grupo y señaló la puerta—. Hola, soy Tallulah…,
Burgess es mi…
Dos de ellos la miraron sin comprender, esperando a que
continuara, pero uno se acercó y le tendió la mano. El preparador
físico. Lo reconoció del partido al que había asistido.
—Hola, Tallulah, me alegro de volver a verte, aunque las
circunstancias no sean muy buenas.
—Yo también me alegro de volver a verte —replicó, con la
garganta seca como la arena del desierto—. ¿Está… despierto?
Por la cara del hombre pasó una expresión que solo podía
describirse como poco prometedora.
—Sí, está despierto. Lo están preparando para la operación.
Aunque ya esperaba oír la palabra «operación», la realidad la dejó
sin aliento.
—¿Qué le ha pasado?
El entrenador soltó un suspiro pesaroso.
—Hernia discal. Le van a poner una prótesis. Me gustaría decir
que solo estará de baja el resto de la temporada, pero dado el tiempo
que lleva jugando, lo complicada que puede ser la recuperación y
después evitar una recaída… —Miró hacia la puerta—. No sé si
volveremos a verlo sobre el hielo.
Su cuerpo entero rechazó esas palabras. Sintió miedo, pero recordó
que sobre todo tenía confianza. En Burgess.
—Si decide volver, lo hará.
El preparador físico esbozó una sonrisa fugaz.
—Lo conoces bien.
Sintió el calor húmedo de las lágrimas detrás de los ojos.
—Pues sí.
El hombre la miró un momento.
—Es tan reservado que cuando me pidió que le llevara su
sudadera a su novia no me lo podía creer. —Se rio entre dientes—.
Le pregunté dónde estabas sentada y me dijo: «Busca a la mujer más
guapa del estadio».
—¡Oh! —exclamó ella al borde de las lágrimas—. Si no te importa,
necesito verlo.
—Por supuesto. —El preparador físico titubeó y miró la puerta,
tras lo cual la miró a ella—. A ver, ten en cuenta que ahora no es él
mismo. Te lo digo para que estés preparada.
Y con esa funesta advertencia resonando en su cabeza, Tallulah
empujó la puerta de la habitación y la cerró al entrar, mientras sus
ojos se adaptaban a la sorprendente falta de luz. Normalmente, el
frío la reconfortaba, pero en ese momento solo consiguió ponerle la
piel de gallina en los brazos y aumentar sus nervios. Burgess ni
siquiera la miró cuando se detuvo junto a su cama, y eso que estaba
completamente despierto. Tan grande, imponente y extraordinario
como siempre, pero con una bata de hospital que casi seguro que en
su cabeza proclamaba lo contrario.
Diez segundos después seguía sin mirarla, con un tic nervioso en
el mentón.
«Está mal».
«Está peor de lo que esperaba».
Muy bien. Podía soportarlo. Burgess acababa de perder la parte
más preciada de su vida. Su ira era comprensible. No dejaría que la
venciera. Que lo venciera a él. A ellos.
—¿Vas a hacer como si no estuviera aquí?
—No deberías haber venido —le soltó, mirándola con unos ojos de
expresión hosca y brillante. Unos ojos irreconocibles—. No puedes
hacer nada. Nadie puede. Vuelve a Boston.
Las piedras golpearon su pecho, una a una, pero ella no permitió
que el impacto se le reflejase en la cara. Nunca le había hablado con
tanta frialdad. Jamás. «Él no es así».
—Siento que haya ocurrido esto. Lo siento. —Le cogió la mano y
entrelazó sus dedos.
Durante unos brevísimos segundos, él la apretó con fuerza, cerró
los ojos y exhaló por la nariz, pero luego la soltó con brusquedad.
—Te dije que esto iba a pasar, Tallulah. En cuanto le abriera la
puerta a los medicamentos, a los médicos y a los preparadores físicos
en vez de arreglármelas por mi cuenta, como siempre he hecho, se
produciría un efecto dominó. Te dije que todo eso acabaría conmigo.
—Su tono era duro, muy duro, y se clavó en ella como un bisturí—.
Pero tú llevabas la razón, ¿verdad?
«Mantente fuerte».
—Estás dolido y lo pagas conmigo, pero no pasa nada. Adelante.
—Sí, ahora hazte la dura. —Estaba mirando la pared, no a ella, con
la sábana apretada en la mano derecha, como si hablar le costara un
gran esfuerzo. O tal vez fuera fruto de las mismas palabras—. Pero
hace nada te fuiste porque una niña de doce años estaba enfadada
contigo.
¿Cuánto tiempo llevaba en esa habitación? Dos minutos y ya se
sentía rota. ¿Qué clase de dolor le producirían diez minutos más?
—Hice lo que me pareció lo mejor. Sigo pensando que tomé la
decisión correcta.
—Bien por ti, preciosa. La decisión correcta es mantenerte alejada.
—Clavó la mirada en la puerta—. Vete, por favor. Vete.
—¿Por qué?
—Porque odio que me veas así —gruñó—. Vete.
—No.
El dolor iría en aumento hasta que se rindiera y se marchara. A lo
mejor… ¿debería irse y volver más tarde? ¿Cuando Burgess hubiera
tenido la oportunidad de digerir el presente y el futuro? ¿Y si había
llegado en un momento demasiado descarnado? Cabía la posibilidad
de que esa noche solo le dijera cosas que luego no podría retirar, así
que debería irse antes de que eso sucediera.
—¿Pensabas que ibas a subirte a un avión y a aparecer aquí con
una frasecita inspiradora que lo cambiara todo? Pues no va a ocurrir.
—Se le movió la nuez al tragar—. Mi vida en el hockey ha terminado,
y los dos lo sabemos, Tallulah. Nunca ha sido tan evidente que eres
demasiado joven para mí. Si crees que voy a pedirle a mi novia
universitaria que me ayude a volver a andar después de la
operación, estás muy equivocada. Habría preferido morir en la pista.
—¿Crees que ahora te veo de otra forma o que ya no confío en ti,
porque estás lesionado? Eso es ridículo. La gente sufre heridas todo
el rato.
—Yo no. ¡A mí no me pasan estas cosas! —gritó—. Ni siquiera
puedo mirarte cuando estoy así. Vete, te lo suplico.
—No.
Lo vio torcer el gesto mientras los engranajes de su mente giraban
detrás de esos ojos enrojecidos y lo intuyó. Iba a asestarle el golpe
mortal. Pegó los pies al suelo como si fueran cemento y se mantuvo
en su sitio motivada por una curiosidad casi morbosa por descubrir
lo que él podría inventarse para obligarla a irse.
—No te quiero aquí.
—Necesito estar aquí —susurró ella, incapaz de disimular que le
temblaba la voz.
Burgess apartó la mirada con brusquedad al oírla y apretó los
dientes con fuerza.
Estaba segura de que esa indiferencia no era real. De que esas
cosas terribles que estaba diciendo no eran reales. Le faltaba poco
para hacerlo entrar en razón, lo sabía, y esa certeza la ayudó a
armarse de valor. No sabía de dónde procedía, pero se sintió
agradecida. Y se aferró a él con las dos manos.
—He venido a decirte que te quiero. —El corazón se le atascó en la
garganta a mitad de la frase, haciéndola pronunciar las palabras
todas de golpe, casi sin aliento. Decir esa verdad fue liberador. La
mayor aventura de todas. Y la más aterradora hasta ese momento—.
No me apartes de ti. Saldremos de esta.
Burgess se sobresaltó al oír su confesión. Su mirada azul se tornó
más profunda, y ese torso tan enorme empezó a subir y a bajar con
rapidez. Abrió la boca para hablar, pero la cerró de golpe.
Pasaron otros cuantos segundos.
—¿Te crees lo bastante fuerte como para sacarme de esto? No eres
una cobarde dada a la huida, ¿verdad? —dijo con una voz que no
parecía la suya, como si estuviera apresurándose a pronunciar las
palabras antes de echarse atrás—. Pero llevas en el bolso un montón
de postales que dicen lo contrario.
Esas palabras reverberaron con tanta fuerza en los oídos de
Tallulah que ni siquiera oyó a las enfermeras entrar en la habitación,
no las vio hasta que rodearon la cama para comprobar la tensión
arterial de Burgess y empezaron a hacerle preguntas. En vez de
contestarlas, siguió mirándola fijamente mientras ella retrocedía
hacia la puerta, casi sin sentir los pies sobre el suelo de linóleo.
Se sumió en un repentino estado de shock. Ese no era el Burgess del
que se había enamorado. Estaba irreconocible. Era un hombre
totalmente distinto. La había engañado. La había engañado
haciéndole creer que era diferente. La había sumido en una
sensación de complacencia que la había adormecido y, en ese
momento, acababa de quitarse la careta. Tal vez no fuera tan malo
como el que la encerró en un armario con intención de matarla, pero
la crueldad emocional también conllevaba heridas profundas. Y
mientras retrocedía hacia la puerta, esas nuevas heridas empezaron a
sangrar.
Cuanto más se alejaba de la cama, con más rapidez subía y bajaba
el pecho de Burgess, sin duda porque el pánico empezaba a hacer
mella en su firme resolución.
—¡Tallulah, por Dios! ¡Lo siento mucho, joder! —exclamó, justo
antes de que ella saliera al pasillo. Intentó levantarse de la cama,
zafándose de las manos de las enfermeras, pero soltó un alarido de
dolor y acabó tumbándose de nuevo con la cara muy blanca. Si solo
era una diminuta fracción de la agonía que ella estaba padeciendo en
su corazón, debía de ser insoportable—. ¡Tallulah!
El deje desesperado de su voz al llamarla no sirvió de nada.
Porque ella se dio media vuelta y se fue.
24
Burgess no tenía ni idea de qué día era. Después de ver una vez las
imágenes del momento en el que se lesionó, había prohibido
encender la televisión y había rechazado los repetidos intentos de las
enfermeras de abrir las venecianas de las ventanas. Si en el exterior
brillaba el sol, no quería saberlo, ¡joder! Cualquier cosa que no fuera
un postapocalipsis sería inaceptable. Y desconcertante. Le parecía
imposible que el mundo siguiera como si nada cuando a él le habían
reducido el pecho a un cráter humeante.
En ese momento, tenía la mirada clavada en la oscuridad mientras
se le pasaba el efecto del analgésico que le habían puesto, de modo
que ya no mitigaba el espantoso dolor de su espalda recién reparada,
pero no llamó a la enfermera como le habían dicho que hiciera. Ni
tampoco pulsó el botón para recibir otra dosis de morfina. No, se
quedó allí tumbado y dejó que empeorase poco a poco, rezando para
que el dolor se extendiera y se lo tragase entero.
Su disposición era espantosa. Como deportista, era muy consciente
de eso. Esa actitud derrotista daba pena. Debería reunirse con los
médicos y los preparadores físicos del equipo para planear su
recuperación. Para organizar la rehabilitación. Debería ponerse en
contacto con sus compañeros de equipo, asegurarles que no
perderían fuelle en su ausencia. Ese era su deber como capitán.
Luego estaba Lissa. Salvo por una breve llamada telefónica para
asegurarle que se encontraba bien, no había hablado más con ella.
Estaría preocupada. A lo largo del último mes, había descubierto lo
mucho que mejoraba su relación solo con hablar, y no debería dar
pasos atrás en ese momento. Sin embargo, se quedó allí tumbado en
la oscuridad, deseando la muerte.
«Solo quiero morirme. Dejadme morir».
Tener todo el tiempo del mundo para pensar se estaba
convirtiendo en una maldición. Porque podía ver lo sucedido
durante el último mes con muchísima claridad. Saber que su deber
como capitán englobaba darles apoyo emocional a sus
compañeros… era obra de Tallulah. Darse cuenta de que su hija
necesitaba una comunicación más fluida. Eso también era obra de
Tallulah. Todas esas cosas de las que se preocupaba en ese momento,
incluso mientras su mundo se desmoronaba, eran preocupaciones
porque ella le había abierto los ojos para que viera a las personas que
lo rodeaban. Sus relaciones, su legado, su enfoque.
Ella lo había cambiado todo para mejor.
Esa mujer había llegado a su vida y la había bañado de luz.
Y él le había dado la patada.
El tiempo se detuvo en cuanto ella se fue. Dejó que los médicos le
entumecieran el cuerpo y le quitaran la conciencia, que le realinearan
la columna, que le hablaran con esa jerga médica que le entró por un
oído y le salió por el otro. Sin embargo, seguía varado en el instante
de la marcha de Tallulah. Seguía allí, reviviéndolo una y otra vez, y
el estómago se le revolvía cada vez más por el dolor.
¡Por el amor de Dios! ¿Cómo había sido capaz de decirle algo tan
espantoso a lo mejor que le había pasado en la vida?
Veía el momento como si lo estuvieran proyectando contra la
pared de su habitación, su cara cada vez más pálida mientras
trastabillaba hacia atrás, totalmente sorprendida por su ataque con
esa arma en concreto… Y qué cabrón había sido al usarla contra ella.
Hizo bien en irse. Hizo bien en seguir alejándose mientras él gritaba
su nombre. Hacía bien en pasar de sus llamadas y de sus mensajes.
Hacía bien en no querer volver a verlo.
Estaba herido, destrozado por la pérdida del hockey. Pero, por
irónico que pareciera, la desolación por la pérdida de su carrera
acabó en cuanto ella se fue.
Era un puto desastre.
Porque cabía la posibilidad de que se recuperase de su lesión de
espalda, pero nunca, jamás de los jamases, se recuperaría de la
pérdida de Tallulah. No, viviría sin oxígeno el resto de lo que
quedaba de su desdichada vida.
La puerta de la habitación se abrió con un chirrido, dejando que la
luz artificial iluminase el interior, y volvió la cabeza hacia el otro
lado al tiempo que cerraba los ojos.
—¿Qué pasa ahora? —masculló—. No quiero los analgésicos. Ya
podéis quitarme la dichosa maquinita.
—¡Guau! ¿Así les hablas a las enfermeras?
—Son superheroínas, que lo sepas.
Burgess volvió la cabeza con rapidez cuando entraron Sig y Wells.
Uno de ellos encendió la luz, y el repentino y desagradable asalto lo
hizo entrecerrar los ojos.
—¿Qué demonios estáis haciendo aquí?
—Eso, ¿qué estamos haciendo aquí? —preguntó Wells, que miró a
Sig con una ceja levantada—. Tengo a mi preciosa novia en Florida,
que se pone cachonda con los planes para la boda. Debería estar allí.
Sig cruzó los brazos por delante del pecho y lo miró tumbado en la
cama del hospital sin un ápice de compasión. Al contrario, parecía
asqueado. Sin embargo, aun sumido en su desdicha y conmiseración,
Burgess apreció el gesto.
—Ya sabes por qué estamos aquí, golfista. Díselo.
—¡Ah, vale, sí! —Wells se quitó la gorra y se la llevó al centro del
pecho—. Bienvenido a tu intervención.
—¡A la mierda con las intervenciones! —El rugido le quemó la
garganta—. Ya podéis largaros por donde habéis venido.
—Lo siento, pero no —replicó Sig con calma—. Normalmente,
seguiría las órdenes del mítico Sir Salvaje, pero esta es mi única
oportunidad para decirte que te estás portando como un trozo de
mierda seca sin que me rompas la nariz.
Sintió que le palpitaban las sienes. Eso no le gustaba. Solo quería
seguir mirando la oscuridad fijamente.
—Sabes que me recuperaré un día de estos, ¿verdad?
—Los dos lo sabemos —contestó Wells—. ¿Y tú?
Sintió un tic nervioso en la parte posterior de un ojo.
—¿Qué quieres decir con eso?
Wells y Sig se miraron entre sí.
—Quiere decir que hace una semana que te operaron y que te
niegas a que te trasladen a la planta de rehabilitación. Estás ahí
tumbado, pudriéndote como una bolsa de basura vieja. —El golfista
agitó una mano delante de su nariz—. Con pescado dentro.
—Hemos venido para espabilarte de una patada en el culo.
¿Había pasado una semana entera?
Había supuesto que solo habían pasado un par de días desde la
operación…, pero ¿una semana?
Al parecer, aislarse de los amaneceres y los atardeceres le había
pasado factura.
No. Perder a Tallulah le había pasado factura. Por eso ya no le
importaba el tiempo.
—Ya iré. Pero hoy no.
—Lo siento, colega, vas a ir hoy. Están preparando el papeleo.
—Pues no lo pienso firmar.
—¿Por qué no?
—¡Porque me importa una mierda si me recupero o no! —les gritó,
irritado al verlos tan tranquilos—. Por eso. ¿Vale? ¿Debería pasar por
la rehabilitación para arañar un año más en la liga? ¿Dos como
mucho? Ya he perdido un poco de fuelle, pero ¿de qué voy a servir
después de la operación? Además, ¿qué mierda importa eso ahora?
Me ha…
Pasaron unos segundos.
—Te ha… ¿qué? —lo animó Wells.
Pronunciar las palabras en voz alta era como que le rajaran el
esófago con un piolet.
—Me ha dejado. Le… hice daño. Mucho. La obligué a salir de mi
vida. Así que me da igual si no vuelvo a salir de esta habitación. No
quiero volver a un mundo donde ella está sola y dolida por mi culpa.
Dejadme morir aquí.
Esas palabras cayeron como una roca de diez toneladas, y al golpe
lo siguió un tenso silencio.
—Burgess… —dijo Sig.
—No lo entiendes.
—Lo entiendo mejor de lo que crees —le soltó su amigo, que se
quitó la gorra de béisbol lo justo para pasarse los dedos por el pelo
antes de volver a ponérsela—. Estabas muy mal. Tallulah es una
persona comprensiva y compasiva…
—Deja de hablar de ella. Por favor. Me duele más que la lesión. —
Dejó caer la cabeza sobre la almohada mientras recuperaba la
compostura en la medida de lo posible—. ¿Está bien? ¿Sigue en casa
de Chloe?
—Sí —contestó Sig con voz gruñona—. Está con Chlo, pero…
—Pero… ¿qué pasa?
Su compañero parecía tener dudas sobre lo que podía contarle, y
eso le estaba creando cráteres en las arterias.
—Ha estado saliendo. Mucho —siguió por fin—. Lo último que
supe es que fue a hacer kayak en el Charles. Chloe me ha dicho que
mañana va a ir en autobús a New Hampshire para una excursión en
globo aerostático, pero no sé más detalles. El asunto es que no ha
parado mucho en casa.
Esas noticias lo golpearon como un derechazo.
Lo inundaron demasiadas emociones como para procesarlas de
una sola vez.
Lo invadió el miedo al saber que estaba haciendo todo eso sola,
seguramente asustada. Y nerviosa, por supuesto.
Sin él para protegerla. El pánico lo dejó sin aliento un segundo.
Aunque, sobre todo, sentía orgullo. Por ella. Un orgullo que se
triplicó y cuadriplicó. Había ganado la suficiente fuerza y confianza
como para llevar a cabo sus aventuras sola. El mensaje estaba claro.
Ya no lo necesitaba a su lado. Aunque eso lo destrozaba, se sentía
orgulloso de ella. Orgullosísimo.
Wells dio un paso al frente.
—Como bien sabes, Burgess, yo despedí literalmente a mi novia
cuando era mi caddie. La despedí. Créeme, después de eso, quise
emborracharme hasta morir, porque… —Fulminó con la mirada a
Sig—. No me dijiste que esta intervención supondría tener que
revivir mi propio trauma emocional.
—¿Por qué no lo hiciste? —le preguntó Burgess con voz ronca,
mientras seguía pensando en Tallulah, ascendiendo en el globo
aerostático.
Wells lo miró con un ojo entrecerrado.
—Por qué no hice ¿qué?
«Concéntrate».
—¿Por qué no te emborrachaste hasta morir en vez de venir a
tocarme las narices?
—Yo también te quiero, colega. No me emborraché hasta morir
porque cabía la remota posibilidad de que Josephine volviera. Y por
eso merecía la pena vivir. Ahora estamos planeando una boda en
Costa Rica. —Carraspeó con fuerza—. Y ya no pienso compartir
nada más. Cierro el pico.
—Buen trabajo —dijo Sig.
—Gracias.
Su compañero de equipo se concentró de nuevo en él.
—Tú no eres así. El Burgess que yo conozco no se queda tumbado,
autocompadeciéndose. Recupérate y ve a disculparte. Dile todo lo
que nos acabas de decir a nosotros.
—No va a funcionar. Le hice… mucho daño. —Otra oleada de
dolor lo asoló, clavándosele en el esternón—. Metí la pata hasta el
fondo.
—El partido no ha terminado todavía. Queda otro tiempo.
—No estamos en un partido de hockey.
—¿Y en uno de golf? —preguntó Wells—. Tenemos muchos
agujeros, por si buscas una metáfora.
Sig miró a Wells meneando la cabeza.
—A ver, Sir Salvaje, sabíamos que te ibas a poner terco durante
esta intervención, así que hemos preparado capas.
El tic nervioso que sentía detrás del ojo empeoró.
—¿A qué te refieres con capas?
Wells se llevó dos dedos a la boca y silbó.
Los novatos entraron por la puerta.
—¡Por el amor de Dios! —protestó Burgess, deseando estar más
cerca de la ventana para poder tirarse por ella. A lo mejor tenía
suerte y se empalaba con el mástil de una bandera o algo—. ¿Estáis
de coña o qué?
—Hola, capitán.
—¿Qué pasa, capi?
—¿De qué os reís?
—Es que nos alegra verte vivo.
—Aunque, si te digo la verdad, hueles a pescado podrido.
Wells apretó los labios para contener una sonrisa.
—Ya te lo he dicho.
—Nadie os ha pedido que vengáis —masculló Burgess,
dirigiéndose a los novatos.
—Sig y Wells sí —replicaron ellos a la vez.
—¿Hay comida? Me refiero a una cafetería —quiso saber Corrigan
—. Mi hermana tuvo un niño el año pasado y la cafetería era
increíble. Fui a ver al bebé y me quedé por el pudin de plátano.
Burgess miró a Wells y a Sig.
—Estaréis contentos, ¿no?
Sig resopló.
—Estaré contento cuando te levantes de esa cama motorizada,
niñato llorón.
Los novatos se quedaron boquiabiertos.
—No me gusta cuando papá y mamá se pelean.
—A mí tampoco.
La rabia, la tensión y el resentimiento le corrieron por las venas
hasta que creyó que iban a estallarle.
—¿Cómo me has llamado?
—Niñato llorón. ¿Qué vas a hacer? A ver, dímelo. —Sig levantó el
móvil y, sin apartar la mirada de Burgess, pulsó el icono verde de la
pantalla. El tono de llamada resonó con fuerza en la atestada
habitación—. Voy a sacar el armamento pesado.
Burgess era incapaz de tragar saliva y empezaban a sudarle las
palmas de las manos.
—¿A quién llamas?
Una voz conocida contestó al tercer tono.
—Sig. No tienen las Pop-Tarts de fresa en la tienda —dijo Chloe,
muy compungida—. ¿Qué voy a desayunar?
—Cuando vuelva, las busco y te las llevo.
—¿De verdad? —Chloe suspiró.
—Pues claro que sí. —Sig cambió de postura y tosió contra un
puño—. Oye, Chlo, tengo el altavoz puesto. ¿Recuerdas que te dije
que íbamos a hacer la intervención de Burgess hoy?
Al oírlo, puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi se quedó
bizco.
—Sí, me acuerdo —contestó Chloe con voz cantarina—. ¡Hola,
Burgess!
Él gruñó.
Sig le dio una patada a la cama, como para decirle: «Sé agradable
con ella o te mato».
Burgess lo fulminó con la mirada.
—Hola, Chloe.
Uno de los novatos se asomó por encima del hombro de Sig.
—Hola, Chloe —dijo Corrigan, que añadió un guiño—. Deja que
me presente formalmente…
Sig lo empujó hasta lanzarlo contra una silla, que se sacudió con
fuerza antes de quedarse quieta.
—De eso nada. —Inmovilizó al novato con una mirada asesina—.
No va a pasar. En la vida. Ni se te ocurra, vamos.
—Sig —lo regañó Chloe—, no seas tan malo.
—Eso, Sig —replicó Mailer—, no seas tan malo.
Sig cogió una caja de pañuelos de papel que había en la bandeja
pegada a la cama y se la lanzó al novato, que la frenó en el último
segundo con un movimiento defensivo del brazo.
—Esta intervención es una mierda —dijo Burgess.
—¿En serio? —preguntó Wells, que se apoyó en la pared—. Pues
yo creo que empieza a ponerse interesante.
—Siento mucho que mi dolor no te resulte lo bastante entretenido.
—Te perdono.
—Chlo —dijo Sig al tiempo que miraba a Burgess con una
expresión que no auguraba nada bueno—, ¿cómo le va a Tallulah?
—Ya vale —consiguió decir Burgess, que ya tenía el pecho a punto
de romperse como el cascarón de un huevo.
—Mmm. —Chloe hizo una pausa lo bastante larga como para que
Burgess sintiera que su cordura se deshilachaba, se tensaba y casi se
rompía—. Va tirando.
—¿Qué quieres decir con eso? —gritó Burgess.
—A ver, es que… va a clase y se mantiene ocupada con sus salidas,
pero no está… presente, supongo. Podría decirse que está muy
ausente.
Muy ausente. Que pusieran esas palabras en su lápida, porque lo
iban a enterrar. Ya podía oler la tierra recién removida.
—¿Por qué me hacéis esto?
—¿Por qué me lo hacéis a mí? —Wells se pasó las manos por la
cara—. Estoy reviviendo mi trauma.
Sig chasqueó la lengua.
—Porque necesitas un motivo para levantarte de esta cama. ¿Qué
harías si otro le hubiera hecho tanto daño a Tallulah?
Burgess apretó las manos con fuerza.
—Lo despedazaría.
—Sí, pero ¿y después?
—Intentaría… que se sintiera mejor.
—Exacto. Harías todo lo que estuviera en tu mano para arreglar lo
que se hubiera roto.
—Quedándote ahí tumbado no lo vas a conseguir —señaló
Corrigan.
—¿Crees que tendrán pudin de plátano? —le susurró Mailer a su
amigo.
—Admito que invitarlos ha sido una mala idea —dijo Sig.
Burgess levantó una ceja.
—¿En serio?
—Burgess —dijo Chloe—, ayer conseguí llevármela de compras,
para comprarnos bañadores y sandalias que ponernos en Costa Rica.
No es fácil encontrar eso en Boston en invierno, pero ¡lo
conseguimos! El asunto es que…
A Sig casi se le cayó el teléfono.
—¿Qué estás diciendo con eso de que necesitáis bañadores? No vas
a ir a Costa Rica.
—Sí que voy.
—Sí que va —terció Wells—. La he contratado para que toque el
arpa durante la ceremonia. Gracias a la recomendación de Burgess.
—¿No iba a decírmelo nadie? —preguntó Sig, cabreado.
—Yo estaba ocupadillo jodiéndome la espalda.
—Es verdad que Burgess también sugirió que te añadiéramos a la
lista de invitados —siguió Wells—. Y lo hemos hecho. Aunque siento
tener que decirte que vas a sentarte con Herb, el tío de Josephine. Un
nombre de lo más apropiado, porque fuma mucha hierba medicinal.
Glaucoma.
—¡Tendrías que haber venido de compras con nosotras, Sig! —se
lamentó Chloe—. Siempre sabes qué color me sienta mejor.
—Eso es fácil. Todo los colores te sientan… —Sig se interrumpió y
tomó una honda bocanada de aire para centrarse—. Volvamos al
tema, Chlo. ¿Qué fue lo que me contaste del tipo aquel que le dio su
número a Tallulah?
Burgess levantó la barbilla tan de repente que el cuello le crujió.
Los celos le causaron tantos destrozos en el pecho como un elefante
en una cacharrería, rompiendo platos y tazas a su paso.
—¿¡Qué!?
—¡Sí! —exclamó Chloe con alegría—. Pues fue un profesor. Pero da
clases a los de grado, así que no pasa nada. Tallulah no sabe si lo va a
llamar o no, pero le aconsejé que lo hiciera. Está cañón.
Tanto Burgess como Sig miraban el móvil como si quisieran
hacerlo añicos.
—También le dije que debería invitarlo a la boda. ¡Así lleva
acompañante!
—¡Ni de broma lo va a invitar! —Burgess ignoró el tirón que sintió
en la espalda al incorporarse un poco mientras señalaba con un dedo
al golfista que se hacía pasar por amigo suyo—. Wells. Elimina eso
del acompañante. Ahora mismo.
—Ya hemos mandado las invitaciones. —Fingió hacer una mueca
—. No puedo hacer nada.
Burgess tenía la cabeza a punto de estallar. No habría médicos
suficientes para ayudarlo a recuperarse si Tallulah se presentaba en
la boda con un profesor. ¿Cuántos años tenía ese tipo? No quería
saberlo.
—¿Cuántos años tiene el profesor ese, Chloe?
—Pues… ¿unos cuarenta? Sí. Y es sagitario, así que le encantan las
aventuras.
Burgess casi no veía de lo mucho que le latía la cabeza. ¿Unos
cuarenta años? ¿Aventuras? ¿Y todo eso había pasado en una
semana? ¿Tallulah ya estaba… pasando página? Porque él nunca lo
haría. En la vida. Era ella o nadie…, punto. Y, de repente, se sintió
más impotente y aterrado que en toda su vida. Eso no habría pasado
si lo hubieran dejado en la oscuridad, entumecido, furioso y
protegido para no sufrir más dolor.
—En cuanto me ponga mejor, ¡voy a daros una paliza a todos!
—¡Ajá! —Sig puso los ojos como platos—. ¿Eso quiere decir que
vas a ir a rehabilitación?
Burgess cruzó los brazos por delante del pecho.
—Yo no he dicho eso.
—Cabrón testarudo.
—¡Sig! —exclamó Chloe.
—Perdón. —Sig le dio un golpecito a la parte posterior del teléfono
—. Te veo luego con unas Pop-Tarts. Con cobertura, ¿verdad?
—¡Mi héroe!
De repente, Sig frunció el ceño.
—Tú no tienes acompañante para la boda, ¿verdad, Chlo?
—Sí que lo tengo.
A Sig le apareció un tic nervioso en el ojo izquierdo.
—Vale. Hasta luego —dijo a modo de despedida antes de colgar.
Los novatos no dejaban de darse codazos.
Burgess y Sig se comunicaron en silencio como solo podían hacerlo
dos deportistas que llevaban seis años anticipándose a los
movimientos del otro en el hielo. Sig apretó los dientes. Burgess
meneó la cabeza con un gesto casi imperceptible. Sig hizo una
mueca. Burgess suspiró.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Wells, que parecía casi
maravillado.
—Ahora te lo contamos. Pero antes tenemos otra invitada a esta
intervención que ha estado esperando muy pacientemente con un
iPad y un refresco Big Gulp. —Sig señaló con la barbilla a uno de los
novatos, que se puso en pie y abrió la puerta.
Para que entrase Lissa.
Burgess sintió tal nudo en la garganta que tuvo que apartar la
mirada un segundo para recuperar la compostura. Le ardía el pecho
como si fuera la superficie del sol. «Mi hija. Mi hija está aquí. Me está
viendo así». Era insoportable y, al mismo tiempo, su presencia casi
hizo que se doblara por el alivio y la alegría.
—Hola, Liss.
Ella se detuvo junto a la cama.
—Hola.
Extendió una mano y le alborotó el pelo.
—Estoy bien, cariño.
Aunque ¿lo estaba? Debería estar de pie, intentando mejorar.
Moverse. Recuperarse.
Si algo podía calificarse de motivación… era su hija. Ella lo
necesitaba. Tallulah había conseguido que se diera cuenta de eso,
¿no?
Lissa se mantuvo estoica unos segundos antes de que empezara a
temblarle la barbilla.
—¿Papá?
—¿Qué?
La niña tardó un buen rato en hablar.
—Lo he fastidiado todo —susurró al final—. No paro de pensar en
lo feliz que eras con Tallulah antes de… que yo le dijera todas esas
cosas horribles. Ni siquiera las dije en serio, solo estaba enfadada.
—Tallulah lo sabe, Liss.
La esperanza se abrió paso en la cara de su hija como una estrella
fugaz.
—¿Cómo lo sabes? ¿Has hablado con ella?
Burgess necesitó unos segundos para tomar aire.
—No desde hace un tiempo. Pero sabe que la quieres, Lissa.
—Tú también la quieres. Y yo hice que se fuera.
—Yo también soy culpable de que se fuera, cariño. En serio.
—¿Cuándo va a volver? —Se miró los dedos mientras los retorcía
—. Ni siquiera pude decirle que me han dado el papel de Julieta en
la clase de Lengua y Literatura.
—¿En serio? —consiguió decir—. ¡Guau! Enhorabuena. Estoy muy
orgulloso de ti. —Lo siguiente que dijo le quemó el esófago, porque
era verdad. Una verdad como un templo—. Tallulah también estaría
orgullosa de ti. Lo sabes.
—Por favor. No lo habría conseguido sin ella. Quiero decírselo en
persona.
Burgess solo atinó a menear la cabeza. Tallulah no iba a volver. Él
lo había fastidiado todo. No solo para él, sino también para Lissa. Si
le hubiera permitido quedarse y ayudarlo durante la operación y la
rehabilitación, la unidad familiar que habían formado seguiría
intacta. ¡Por Dios, eso lo destrozaba! Mataría por tenerla allí en ese
momento, oliendo a naranjas sanguinas y albahaca, con su energía
tranquilizadora animando a los que la rodeaban como una brisa
constante. En cambio, solo había aire viciado y desolación.
—Pero va a volver, ¿verdad? —insistió Lissa mientras se le
llenaban los ojos de lágrimas.
Burgess miró a Sig y a Wells, incluso a los idiotas de los novatos,
en busca de ayuda, pero se limitaron a devolverle la mirada,
expectantes. Y él conocía esa expresión. «O vas a por todas, o te
largas». ¿Qué otra cosa podía esperar de una sala llena de
deportistas profesionales? Y quizá, por más detestable e irritante que
hubiera sido esa intervención…, la había necesitado. Aunque le
jodiera admitirlo.
Podía quedarse tumbado en la cama del hospital, dejando que la
vida siguiera sin él, que Tallulah acabara pasando de él (aunque
quizá ya lo había hecho). Que acabara saliendo con un profesor.
Poniéndose bañadores en Costa Rica. Viviendo aventuras sin su
compañía.
Podía esconderse de su error en vez de afrontarlo. En vez de pedir
disculpas. En vez de enmendarlo.
Podía explicarle a su hija que Tallulah no iba a volver y esperar
que con el tiempo superase la pérdida.
O podía levantarse y luchar. Ir a rehabilitación para recuperar la
movilidad de la espalda, volver a estar como antes…
E ir a esa boda para recuperar a su mujer.
Miró a Sig.
Que asintió con la cabeza.
A continuación, le hizo un gesto a Wells.
—Iré a rehabilitación si eliminas el acompañante de las
invitaciones de Tallulah y de Chloe. Nada de parejas.
Wells se balanceó sobre los talones.
—¿De eso iba la conversación silenciosa de antes?
Tanto Sig como Burgess se encogieron de hombros, a la vez.
Uno de los Donantes de Orgasmos le dio al otro una palmada en
un hombro.
—¿Por qué no nos comunicamos nosotros de la misma manera?
—Sí que lo hacemos. A ver, ¿en qué estoy pensando ahora mismo?
—En pudin de plátano.
—¡Joder!
—Vale. —Wells suspiró, aunque esbozaba una sonrisilla torcida—.
Ha funcionado de lujo.
—Te odio —dijo Burgess con expresión seria.
—Josephine creyó que nos haría falta un recurso extraordinario.
Por eso es la mejor caddie que he tenido en la vida. —Se llevó un
puño a la boca—. ¡Por Dios, no veo la hora de casarme con ella!
—¿De qué habláis, papá?
—Lo siento, Lissa. —Titubeó antes de continuar, pero bien
pensado, no había alternativa. No sin perder su motivo para vivir.
¿Eso quería decir que… tenía uno en ese momento? Sí. Miró a su
hija, que era muchísimo más importante para él que el hockey. Pensó
en Tallulah y en la sensación de tenerla entre sus brazos, en el sonido
de su voz, como si hubiera estado destinada a él—. Ve a por los
papeles, Sig. —Le pasó una mano a Lissa por el pelo—. Iré a Costa
Rica para recuperar a Tallulah. Pero antes tengo trabajo que hacer.
25
Tallulah contempló las hojas naranjas y doradas de New Hampshire
desde cuatrocientos cincuenta metros de altura, con el fresco viento
secándole el rastro de las lágrimas en las mejillas. No eran lágrimas
de desolación, como las que había llorado durante más de una
semana, incluso mientras seguía con su día a día. Clases, dormir,
actividades. Moverse, moverse, moverse. No quedarse quieta con la
angustia el tiempo suficiente como para que la consumiera. No, eran
lágrimas de aprecio por el impresionante mundo que tenía debajo.
El paisaje se extendía hasta el infinito y desaparecía para fundirse
con un cielo azul brillante. Mucho más extenso que ella. Más extenso
que cualquier otra cosa, ¿verdad? Pero al igual que con muchas de
las frases de consuelo que se había estado diciendo desde lo
sucedido en Pittsburgh, decirse que sus problemas eran minúsculos
en comparación con el mundo… no ayudaba mucho a mitigar el
dolor. Sin embargo, haber recuperado el valor ella sola, haberlo
empleado para hacer kayak, para subirse a un globo aerostático, para
ir a restaurantes nuevos, para seguir existiendo con el corazón
destrozado…
Eso sí ayudaba. Muchísimo.
La verdad, no se sentía tan nerviosa por estar a cuatrocientos
cincuenta metros de altura como había esperado. Para empezar,
había mantenido la promesa que se hizo: había dejado de
esconderse. Había salido de la seguridad de los tranquilos
laboratorios de investigación en zonas remotas, lejos de las personas
y de cualquier recordatorio de lo sucedido con Brett, y se había
obligado a volver al mundo de los vivos. Había bailado, se había
bañado desnuda, había vuelto a las clases, había hecho amigos, se
había arriesgado en el amor.
Le habían destrozado el corazón en el intento, pero a ver. ¡A ver!
Que seguía caminando, seguía hablando y seguía respirando. Se dijo
que si era capaz de sobrevivir a lo sucedido en la habitación del
hospital con Burgess, sería capaz de hacer cualquier cosa, ¿no?
Incluso de llamar a su familia. Oír sus voces sin sentirse
avergonzada por haberse ocultado en la seguridad de la soledad,
como les juró que no haría.
Se acabaron las postales.
Se acabaron las mentiras.
Ese balón de oxígeno se había acabado.
Tal vez Burgess se equivocó al llamarla cobarde, al hacerle daño de
esa manera cuando ella le estaba ofreciendo su amor, su apoyo y sus
cuidados. Pero sus palabras no dejaban de ser menos ciertas por eso.
Antes de dar el último paso de llamar a Estambul, quería hacer algo
gordo. Algo que abriera en canal su zona de seguridad de una vez
por todas, así que allí estaba. Suspendida sobre los árboles, tan alta y
tan libre como un pájaro. Vulnerable al viento. Y no tenía miedo.
Burgess había acertado en más de un sentido. Le dijo que no
necesitaría un guardaespaldas para siempre, ¿no? Sí. Allí estaba ella,
dándole la razón. Demostrando que era capaz de hacerlo. Aunque
no pudo contener la punzada de dolor que le provocaban las ganas
de compartir el momento con él. Era un dolor que no cesaba.
Apoyó una mano en la cesta de mimbre bien urdida mientras el
corazón le daba uno de esos dramáticos vuelcos y se le caía a los
pies, tal como le pasaba siempre que pensaba en el jugador de hockey
más de la cuenta. ¿Estaría mejorando su espalda? ¿Sufría dolores?
¿Debería haberlo insultado por ser tan imbécil, pero quedarse a su
lado?
No.
No, la había perdido.
Le había mostrado cómo era en realidad y había tirado por la
borda la confianza que se había establecido entre ellos.
Nunca más le permitiría que se acercase tanto como para que
volviera a hacerle daño.
Jamás.
Animada por esa decisión, apartó la mano de la cesta y rebuscó en
el bolso. Sacó la bolsa de plástico con las postales que había estado
recopilando y se las pegó al pecho unos segundos. Al final, tomó una
rápida bocanada de aire que contuvo hasta que empezaron a arderle
los pulmones y abrió la bolsa para vaciar el contenido por el borde
de la cesta, dejando que el viento se llevara las postales y
consiguiendo así que se le volvieran a llenar los ojos de lágrimas. Las
postales cayeron conformando un remolino de color, hasta que las
perdió de vista.
Tirar esas postales, su muleta, fue duro, pero necesario al fin y al
cabo, porque en cuanto desaparecieron, se sintió más ligera que el
globo. Como si pudiera flotar sin ayuda.
Antes de soltar de nuevo el bolso, sacó el móvil.
Y con el corazón atronándole los oídos, llamó a Estambul.
—Hola, Lara, soy yo. —Prestó atención un momento, mientras la
calidez le inundaba las extremidades, la cara y el corazón conforme
las exclamaciones y las preguntas le llenaban los oídos—. Sí, estoy
bien. Voy… a estar bien.
Cinco semanas después, Tallulah estaba en la zona de recepción del
complejo hotelero pensando en cómo esas postales se precipitaron
hacia el suelo. En lo importante que fue aquel momento y en que se
había vuelto un poquito más fuerte desde aquel día, cuando empezó
a comunicarse de nuevo con su familia.
A esas alturas, nada podía alterarla. ¿Que su exnovio/jefe también
iba a asistir a la boda? ¿Y que debido a que eran los únicos miembros
del cortejo nupcial iban a pasar mucho tiempo juntos? Allí estaba
ella. Llevaba una cota de malla invisible, reforzada después de haber
pasado página en New Hampshire. Un jugador de hockey no iba a
traspasarla.
Estaba total y absolutamente convencida de que ver a Burgess no
la alteraría. Incluso se lo había jurado en el vuelo desde Boston,
durante el cual Chloe le estuvo comiendo la oreja sobre su anhelo
secreto de tener una empresa de peluquería canina porque ¿quién no
querría pasarse el día cortando esas «uñitas chiquititas»? Sig iba
sentado junto a su futura hermanastra, leyendo un libro sobre
estrategias de inversión financiera, una elección interesante para un
jugador de hockey profesional, pero no dijo nada.
Una vez en el autobús que los llevaría al complejo hotelero,
Tallulah se recordó que se había enfrentado a obstáculos mayores
que un deportista gigante que había decidido despedazarla en vez
de aceptar su amor. Su ayuda. No estaba nerviosa por ver a un
hombre al que ni siquiera le gustaba bailar. Un hombre que
desaprovechaba la oportunidad de bañarse desnudo o de conocer a
gente nueva. Un hombre que no le convenía…, para nada. Podría
estar mirándola en ese preciso momento, que no la afectaría. Ni se
inmutaría.
«Gracias, que pase el siguiente».
«Ya te he olvidado, Burgess Abraham».
Lo creyó justo hasta que lo vio delante del mostrador de recepción
del hotel…
Y el corazón intentó salírsele por la boca.
¡Madre del amor hermoso!
Bastó con un instante para que el dolor de su rechazo la embargara
de nuevo. El dolor que le creció en el centro del cuerpo mientras se
alejaba de la habitación del hospital cobró vida de nuevo, solo que en
más de una parte. Lo sentía detrás de los ojos, en las muñecas, en la
boca del estómago.
En todas partes.
Estaba para comérselo…, ese era el mayor problema.
No había ni rastro del ogro derrotado y arisco que se encontró en
Pittsburgh en aquella cama de hospital seis semanas antes. Pero ni
rastro. Lo vio aceptar la llave que le ofrecía la recepcionista y coger la
maleta sin esfuerzo alguno mientras se le movían los músculos de
los hombros como la superficie de un lago durante un día con
mucho viento. ¿Estaba más fuerte? ¿Ponerse el doble de fornido
formaba parte del proceso de rehabilitación de su espalda?
¡Guau! Y encima llevaba pantalones cortos. Pues claro que sí.
Estaban en Costa Rica, que tenía clima tropical, y aunque la brisa
marina mitigaba la humedad, seguía haciendo bastante calor. Los
pantalones cortos azul marino le llegaban a la parte superior de las
pantorrillas, y el tiempo se detuvo mientras lo veía atravesar la zona
de recepción, con los músculos de dichas pantorrillas contrayéndose.
Todo él, el paquete completo, era… incluso mejor que antes.
«Genial. Me muero por verlo con esmoquin».
Se quedó clavada en el sitio, con unas cuantas personas por
delante de ella en la cola, con la esperanza de que Burgess no la
viera; pero, cómo no, Sig fue incapaz de mantener la boca cerrada y
le silbó a su amigo con dos dedos antes de gruñir:
—Capi.
Burgess se dio media vuelta, y clavó esos ojos azules en Sig, pero
permanecieron poco tiempo en su amigo antes de mirarla a ella
mientras el pecho le subía y le bajaba despacio y apretaba con fuerza
el asa de la maleta. Las conversaciones que la rodeaban
desaparecieron, y se le hincharon las glándulas del cuello.
Necesitaba apartar la mirada de él, pero parecía incapaz de dejar de
catalogar las cosas nuevas de su aspecto y las ya conocidas. Llevaba
la barba arreglada, más corta que antes. Ya no tenía la complexión
pálida del hockey. De hecho, tenía la cara morena, como si hubiera
estado pasando tiempo al aire libre. Quizás en el parque de la azotea.
Lo único que no tenía buen aspecto eran sus ojos.
Los tenía hundidos. Vacíos. Como si llevara meses sin dormir.
—¿Estás bien, compi? —le preguntó Chloe en un susurro.
—No lo sé —contestó, con voz aturdida—. No me esperaba verlo
tan pronto. Habría preferido ducharme antes.
—Ducharte y ponerte tu vestido de la venganza, ¿no?
—Eso mismo.
—¿Qué es un vestido de la venganza? —preguntó Sig con
expresión precavida.
—Es un vestido que te pones cuando quieres que alguien se
arrepienta de haberte perdido.
—¿Más de lo que ya lo hace? —Sig le hizo un gesto a Burgess para
que se acercara—. Dudo que sea posible.
Sintió una descarga en mitad del pecho por la indirecta de que
Burgess había estado sufriendo, pero la ignoró. Durante las últimas
seis semanas, ella había sufrido lo suyo. Quiso a ese hombre, corrió a
su lado y se lo confesó, pese a todos los miedos que acumulaba. A
cambio, él roció sus sentimientos con gasolina, les prendió fuego y le
dijo que se largara. Si se arrepentía de su comportamiento en ese
momento…, pues genial. Debería hacerlo.
Sin embargo, la indignación y su determinación no evitaron que le
temblasen las piernas mientras Burgess se acercaba, sin apartar la
mirada de ella en ningún momento.
—Tallulah. —Su nombre le resonó en el pecho—. Estás preciosa.
«¡Ah, ahora lo entiendo! Van a ser los tres peores días de mi vida».
—Hola. —Como le costaba hablar, lo saludó con un gesto seco de
la cabeza.
Pasaron varios segundos mientras su mirada la recorría de la
cabeza a los pies, y de vuelta a la cabeza, y de nuevo a los pies. Ella
solo atinó a quedarse allí plantada y a fingir que no se sentía a salvo
y calentita por primera vez en un mes y medio. No del todo
completa, porque le faltaba un trozo de corazón, pero sí más…
entera. Más viva.
Algo que era peligroso.
Dejar que se acercara a ella, aunque fuera un milímetro, solo
conduciría a más dolor la próxima vez que se lesionara. La próxima
que se hiciera daño y lo pagara con ella.
—Que nosotros también estamos aquí, colega —protestó Sig con
sorna al cabo de un rato.
Burgess salió de su ensimismamiento y extendió el brazo por
encima del hombro de Tallulah para estrecharle la mano a Sig, pero
no dejó de mirarla a la cara.
—Sig —dijo con voz ronca—. Chloe.
—Hola, Burgess —canturreó la rubia—. Parece que la
rehabilitación ha sido un éxito.
Él aceptó esas palabras con un gesto de la cabeza.
—Sí. —Hizo una pausa, como si de repente le doliera hablar—. La
cirugía y la rehabilitación me arreglaron la espalda. Pero todavía
quedan muchas cosas por reparar.
Tallulah no estaba segura de lo que esperaba ver cuando se
encontraran de nuevo. Incomodidad. Mea culpa. Otra discusión. Pero
ese… evidente arrepentimiento debía de ser el peor escenario
posible. Burgess quería retractarse de todo lo que le había dicho. Eso
quedaba claro. Sin embargo, a lo largo de las últimas seis semanas,
ella había llegado a la conclusión de que su ruptura no solo se debía
a una frase hiriente dicha en un mal momento. Sí, su miedo de
aceptar a alguien para después descubrir que ocultaba una faceta
desagradable se había exacerbado en el hospital. Y era cierto que la
confianza que había depositado en él salió muy mal parada, pero su
distanciamiento se debía a algo más.
Eran demasiado distintos.
Ella quería aventuras. Él no daba saltos de fe.
Mientras ella bailaba en la cocina, él se quedaba sentado.
Cuando ella se metió en el lago desnuda, él la esperó en la orilla.
La magia que hubieran creado juntos ya era cosa del pasado, y allí
se quedaría. No iba a mentirse diciendo que el hechizo que los había
unido había desaparecido por completo, pero se había pasado más
de cuarenta días aprendiendo a controlarlo y seguiría haciéndolo.
«La cirugía y la rehabilitación me arreglaron la espalda. Pero
todavía quedan muchas cosas por reparar».
—Si te refieres a nuestra relación, por más corta que fuera… —dijo
ella en voz baja al tiempo que extendía una mano, aterrada por la
idea de que él se la cogiera, de que su contacto destrozara la
serenidad que tanto le había costado conseguir—. ¿Por qué no
quedamos en… perdonar y olvidar?
Burgess bajó la mirada hacia su mano muy despacio antes de
restablecer ese contacto visual impasible que le estaba destrozando
los nervios.
—¿Olvidar?
—Sí.
—No podría olvidar un solo minuto contigo ni aunque lo
intentara, ¡joder!
Tallulah apartó la mano mientras tomaba una rápida bocanada de
aire.
—Burgess…
—¡Bienvenidos! —Un hombre con unos pantalones cortos de color
caqui y un polo crema apareció delante de ellos—. Me han
informado de que habéis venido por la boda Whitaker-Doyle. Me
llamo Carlos y soy el encargado de atender a los invitados al evento.
Si no os importa salir de la cola, me encantaría hablaros del itinerario
ahora que estáis todos juntos.
—¿Itinerario? —preguntó Sig.
—¿Ha llegado mi arpa? —quiso saber Chloe mientras contenía el
aliento.
—¡Ah, eres la arpista! —Carlos esbozó una sonrisa indulgente—.
Sí, llegó anoche y la he guardado hasta la mañana de la ceremonia.
—¿Está en un sitio seguro? —preguntó Sig, granjeándose de ese
modo una mirada agradecida de Chloe.
—Claro, por supuesto.
Mientras hablaban de todos esos detalles, Burgess y Tallulah
seguían mirándose sin pestañear. ¿A qué venía lo de «no podría
olvidar un solo minuto contigo ni aunque lo intentara, ¡joder!»? ¿Qué
estaba pasando? ¿Intentaba… reconquistarla o algo? ¿En la recepción
del hotel?
—Pues ya puedes esforzarte —sugirió con voz acaramelada.
—Perdona, ¿qué has dicho? —le preguntó Carlos.
Agitó una mano delante de los pectorales de Burgess.
—Estoy hablándole a él.
—¡Menos mal! —exclamó Burgess con voz gruñona—. Una batalla
menos.
—¿Una? ¿Cuántas hay?
—Las que hagan falta.
—¿Algún problemilla en la comitiva nupcial del que deba estar al
corriente? —preguntó Carlos, nervioso.
Chloe enderezó los hombros.
—Estuvieron saliendo. Más o menos.
—Fue mucho más que salir —replicó Burgess sin apartar la mirada
de ella.
—Ahora ya da igual. —Tallulah le sonrió a Carlos—. Es agua
pasada.
—De acuerdo. —Carlos se quedó callado un momento, pero
después empezó a hablar el doble de emocionado—. ¡En fin, me
muero por ver cómo esto lo arruina todo! —De inmediato, sacó unos
itinerarios plastificados de la carpeta que llevaba debajo del brazo y
los repartió—. La boda es dentro de dos días y medio y,
evidentemente, están los ensayos, pero, a ver, ¡estamos en Costa
Rica! —Señaló la frondosa vegetación que rodeaba el vestíbulo
abierto—. Josephine y Wells quieren asegurarse de que todos tengáis
entretenimiento de sobra… Opcional, claro. También podéis
quedaros sentados en la piscina y beber mojitos. Sin embargo, si
queréis aprovechar la gran variedad de actividades al aire libre del
complejo hotelero, nos encantaría que volvierais a casa cargados de
recuerdos inolvidables.
—¿Dónde están Wells y Josephine? —preguntó Burgess.
—Están aprovechando el tiempo antes de decir sus votos para
conectar como pareja… —se apresuró a explicarles Carlos.
—Están jugando al golf, ¿verdad? —dijeron Burgess y Tallulah a la
vez.
—Desde que amaneció —confirmó el hombre con un suspiro.
—¿A qué actividades al aire libre te refieres? —preguntó Tallulah,
intrigada.
—¡Ah, veo que te ha picado el gusanillo! —exclamó Carlos al
tiempo que se frotaba las manos—. Mañana por la mañana tenemos
planeada una actividad en la tirolina, seguida de salto desde un
acantilado. Y…
—Me apunto. A todo. —Tallulah reconocía un salvavidas cuando
lo veía. Estar ocupada y activa la mantendría alejada de Burgess, de
beber demasiados mojitos y de una cama de hotel. Por no mencionar
que las actividades le parecían una oportunidad increíble y única
que jamás se le pasaría por la cabeza rechazar—. ¿Dónde nos
reunimos para…?
—Yo también me apunto —la interrumpió Burgess—. A todo.
—¿Vas a… vas a tirarte en tirolina? —preguntó Tallulah casi
atragantándose—. ¿Y a lanzarte al agua desde un acantilado?
—Ajá.
Sintió que el corazón se le aceleraba un poquito antes de
desbocarse por completo. Allí estaba pasando algo. Nunca lo había
visto tan decidido. Ni cuando jugaba al hockey.
—¿Y qué pasa con tu espalda? ¡Te acabas de operar! —protestó.
—Me operaron hace casi dos meses. He estado haciendo
rehabilitación con los mejores fisioterapeutas del país desde
entonces. Día y noche. Mi espalda está más fuerte que nunca. —
Burgess ladeó la cabeza—. Supongo que lo demostraré mañana.
¡Ah, pues vale! Ese hombre tenía un plan.
Y estaba relacionado con ella de alguna manera, eso estaba claro.
«No te quiero aquí. Vete».
Las palabras que él le dijo en el hospital acudieron a su mente,
enderezándole la espalda.
Reafirmando su determinación.
—¿Alguien más se apunta? —preguntó Carlos con expresión
astuta.
Sig meneó la cabeza mirando a Chloe.
—Te lo pido por favor, Chlo. Me provocarías un infarto.
La arpista se encogió de hombros.
—Pues mojitos.
—Dos participantes de momento. Fantástico —dijo Carlos, que dio
una palmada y se concentró en Burgess y en Tallulah—. Os reuniréis
con vuestro guía aquí mismo mañana a las seis en punto de la
mañana.
—Genial —replicó ella con una sonrisa tensa.
—Genial —repitió Burgess al tiempo que recogía su maleta y se
alejaba retrocediendo, sin perderla de vista hasta que, al parecer,
llegó a la esquina del sendero que conducía a su habitación.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Tallulah, que seguía mirando
con expresión desconcertada el lugar por el que había desaparecido,
mientras la emoción chocaba con el mal presentimiento que tenía en
la boca del estómago.
—Creo que es evidente —contestó Chloe.
—¿En serio?
—Claro. Parece que Sir Salvaje está preparado para la lucha.
Sig guio a Chloe para que volviera a la fila, con una sonrisilla
torcida en los labios.
—A riesgo de decir una obviedad, luchar es lo que mejor se le da,
así que…
—¡Ay, compi! —susurró Chloe—. Creo que el vestido de la
venganza se va a quedar corto.
Tallulah tragó saliva con fuerza. Si Burgess había decidido ir a
Costa Rica para demostrarle que no eran tan distintos y pensaba
hacerlo buscando emociones fuertes con ella…, mucho se temía que
no habría suficientes vestidos de la venganza en el mundo entero.
O, peor todavía, que todos ellos acabarían a los pies de Burgess.
26
Burgess avanzó a grandes zancadas por el sendero de piedra que
conducía a la terraza donde se celebraba la cena de bienvenida, con
el corazón todavía en la puta garganta desde el encuentro con
Tallulah en la recepción del hotel. ¿Encuentro? Bueno, más bien una
emboscada.
No había empezado con buen pie.
Unas enredaderas le impidieron ver el espacio exterior iluminado
que tenía delante y las apartó de un manotazo, echándose la bronca
otra vez por ser demasiado impulsivo. Había escrito y planeado de
forma meticulosa un discurso en el que le declaraba su amor y le
señalaba los motivos por los que no podría vivir sin ella. Su
intención era soltárselo la primera vez que la viera; pero, en cuanto
la tuvo delante, las palabras que había ensayado durante los
ejercicios de rehabilitación, en la ducha y en el avión se convirtieron
en algo ridículo e indigno de ella.
¡Madre del amor hermoso, había dejado escapar a la mujer más
bella que existía sobre la faz de la Tierra!
Y había descubierto que estaba más guapa si cabía, porque se
maquillaba los ojos de otra forma. Llevaba unas sandalias nuevas
que nunca le había visto. En tan solo seis semanas, se había perdido
un montón de detalles que podría haber notado mientras sucedían,
no después. ¿Cómo era posible que hubiera metido tanto la pata? Y
por si eso no bastaba, iba y la metía todavía más al desafiarla esa
tarde en vez de arrodillarse a sus pies y pedirle clemencia.
Debían de ser los efectos secundarios de la anestesia.
¡Por Dios! Qué bien le iría en ese momento que le anestesiaran el
pecho, porque todo eso era una herida abierta que debía adormecer,
aunque solo fuera para poder respirar. «¡Concéntrate!».
Debía concentrarse en lo que tenía que hacer.
Pedir perdón. Demostrarle a Tallulah que podía ser el hombre
adecuado para amarla.
Y quizás incluso demostrárselo a sí mismo en el proceso.
Recuperarla.
Amarla hasta el último latido de su corazón.
Se detuvo en el camino cuando llegó a la terraza donde se
celebraba la cena. Unos cuarenta invitados se habían reunido bajo la
luz de la luna creciente y bebían champán en copas de cristal,
mientras las velas parpadeaban entre la frondosa vegetación
salpicada de hibiscos blancos. La música de los Beach Boys flotaba
con suavidad en el aire húmedo de la noche…, y él solo podía ver a
Tallulah.
Con un vestido rosa.
Claro que no era un rosa cualquiera. Era fucsia, recordaba el
nombre de cuando Lissa jugaba con las Barbies. Sin embargo, no
había nada plástico en Tallulah. ¡Por Dios! Jamás había visto a nadie
con un aspecto tan suave y natural, con el pelo suelto y un poco
rizado debido a la humedad tropical. El vestido lo afectaba como un
rodillazo en las pelotas. Aunque solo de mirarla ya le dolía todo. A lo
bestia.
Y el mensaje era claro como el agua: «Mira lo que te estás
perdiendo».
Pese a la agonía que supondría estar a su lado, no pudo evitar
gravitar hacia la fiesta, porque la necesidad de estar cerca de ella era
más fuerte que nunca. Pero, ¡uf!, seguía con la mandíbula
desencajada por el asombro. ¡Joder! Ese culo y esos muslos
enfundados en ese vestido fucsia acabarían siendo la causa de la
muerte en el informe de su autopsia. Le brillaba la piel por la
humedad ambiental. Se había pintado los labios a juego con el
vestido. Y los hombres se fijaban en ella. ¡Golfistas!
¡Y una mierda!
Hizo una mueca y salió a la luz de la luna atravesando el césped a
grandes zancadas en dirección a la verja por la que se accedía a la
terraza. La cerró con fuerza de forma intencionada al tiempo que
miraba a todos los golfistas presentes y les enviaba un mensaje bien
claro: «El que la toque es hombre muerto». Y lo decía en serio.
«Contrólate».
La había perdido por ser un idiota. Y así no volvería a ganársela,
estaba claro.
—¡Hola, colega! —lo saludó Wells, que apareció delante de él con
un impecable polo blanco y un vaso de whisky en la mano—. Tienes
mejor aspecto que la última vez que te vi. Aunque no mucho.
Burgess miró fijamente a Tallulah por encima del hombro de su
amigo.
—¿No mucho?
—Todavía parece que te estén torturando en uno de esos chismes
medievales, pero por lo menos te has levantado y andas. En mi
mundo, eso se llama «progreso».
—Ese no es el progreso que me interesa ahora mismo. —Suspiró y
le dio una palmada en el hombro a Wells—. Por cierto, enhorabuena
por la boda.
—¡Qué sentimental! Se me saltan las lágrimas y todo —replicó
Wells con sorna antes de inclinarse y bajar la voz para añadir—: He
oído que te has apuntado a lanzarte desde un acantilado y a tirarte
por la tirolina mañana.
—Sí. —Tallulah por fin hizo una pausa en la conversación que
mantenía con un grupo de mujeres y lo miró, lo que le provocó una
opresión en la garganta que lo obligó a tirarse con fuerza del cuello
de la camisa—. Espero que tengamos ocasión de hablar.
—No debería ser difícil. Sois los únicos que vais a participar.
—¿En serio?
—A ver, pues sí. —Wells bebió un sorbo de whisky—. Sois los
únicos a los que Carlos les dijo que había un programa de
actividades al aire libre. Si Chloe y Sig se hubieran apuntado
también, les habría dado una hora y un lugar falsos, y luego me
habría echado la culpa a mí. De nada.
Eso lo dejó pasmado del todo.
—Gracias.
—Necesitas ayuda. Josephine me dijo no sé qué de un vestido de la
venganza. —Wells se estremeció—. No sabes lo que me alegra la idea
de casarme.
«Vestido de la venganza».
Burgess observó la curva del culo de Tallulah, que le pedía a gritos
que lo azotara, y el bajo del vestido, que lo cubría lo justo.
Sí.
La expresión «vestido de la venganza» tenía mucho sentido.
Y se merecía cada segundo de tortura.
Volvió a mirar a Wells de mala gana.
—¿Las mujeres casadas no pueden recurrir a un vestido de la
venganza?
Wells se puso blanco.
—No pienso darle a Josephine motivos para que recurra a uno.
—Ya —soltó Burgess.
El golfista entrecerró los ojos.
—A lo mejor no es demasiado tarde para añadir una cláusula a
nuestros votos.
—Buena suerte con eso.
—Mejor la guardas para ti —replicó Wells mientras cogía una copa
de champán de la bandeja de un camarero que pasaba para dársela
—. Tú la necesitas más que yo.
Mientras se movía entre los invitados, Burgess miró con mala cara
la diminuta flauta de cristal en su gigantesca mano y acabó
dejándola sobre un velador alto sin haber probado siquiera el
champán. Tenía muchas cosas que decir esa noche y quería estar
sobrio cuando llegara el momento, porque la simple presencia de
Tallulah después de seis semanas sin verla bastaba para
emborracharlo. En ese momento, la antigua niñera de su hija lo
miraba con evidente recelo mientras se acercaba a ella, cambiando el
peso del cuerpo de un lado al otro sobre sus sandalias color rosa de
pedrería y tacón alto. ¿A juego con el vestido?
¡Joder! Estaba claro que quería hacerlo sufrir, sí.
Pasó junto a Chloe y Sig, que estaban discutiendo en voz baja
sabría Dios sobre qué, pero su destino era Tallulah. Cuando llegó al
grupo de mujeres del que formaba parte, carraspeó con la intención
de interrumpir la conversación. Las mujeres, a las que no conocía, lo
miraron y luego miraron a Tallulah.
—¿Podemos hablar? —le preguntó.
—Más tarde mejor —contestó ella, que lo miró con una sonrisa
forzada.
Que era su forma de quitarse de encima a los moscones. Lo
recordaba perfectamente de la tarde que participaron en la quedada
de solteros en Amory Park. Pues con él no funcionaría.
—¿Más tarde? Claro, ¿en tu habitación o en la mía?
—En realidad, ahora me parece bien —se apresuró a responder,
poniéndose colorada—. Chicas, si me disculpáis…
Se apartó para dejarla pasar y se le hizo la boca agua cuando pasó
a su lado, tan sensual con ese vestido rosa y perfumando a su paso el
aire con ese olor que lo perseguía en sueños. Naranja sanguina y
albahaca. ¿Cuántas veces había entrado en su dormitorio durante el
último mes para intentar resucitar ese olor de sus sábanas y del
propio aire? Ni se imaginaba lo cerca que estaba en ese instante de
que la devorase de un bocado.
Tallulah siguió caminando hasta salir de la zona iluminada por la
luz de las velas y enfiló el sendero de piedra que rodeaba la parte
trasera del complejo turístico. Estaban solos. Por fin estaba de nuevo
a solas con su chica. Ansiaba atraparla contra la pared de madera y
pegarse a ella como si fuera mantequilla fundida, besarle el cuello y
subirle el vestido hasta la cintura, aunque eso no podía ocurrir
todavía. Ni siquiera estaban a punto de reconciliarse. Y quería ir
directo a las disculpas, porque una vez que empezara, no estaba
seguro de poder parar hasta que ella las aceptara, así que lo mejor
era ir despacio.
—Me han dicho que has disfrutado de algunas aventuras desde la
última vez que te vi.
—Pues sí —replicó ella rápidamente, volviéndose hacia él.
Mirándolo, pero sin verlo.
—¿Algún problema para ir sola? —le preguntó con voz ronca.
Incapaz de ocultar la preocupación que todavía lo embargaba.
Vio que parte de la rigidez abandonaba el cuerpo de Tallulah y que
tragaba saliva antes de contestar:
—Me fue resultando más fácil poco a poco. Hasta que descubrí que
no tenía ningún problema. Me sentí orgullosa de mí misma. Vuelvo a
ser… la persona que era.
En su interior, se unieron el alivio y el orgullo por ella.
—Eres muy valiente.
A esas alturas, Tallulah lo miraba fijamente. Y supo lo que estaba
viendo. Él también lo vio. Se vio a sí mismo en la cama del hospital.
Llamándola cobarde.
Quería arrancar ese momento del pasado y aplastarlo en un puño,
pero no podía. Era imposible cambiar el pasado. Solo se podía
avanzar.
—Tallulah… —dijo antes de carraspear para arrancarse el óxido de
la garganta—. No debería haberte hablado así… antes. En la zona de
recepción. Tenía una disculpa preparada, pero en cuanto te vi y te
olí, las palabras que había preparado perdieron todo su valor.
Su disculpa pareció sorprenderla, y la vio abrir y cerrar la boca.
—Vale. Pues ahórratela si quieres. He venido para asistir a la boda
de mi mejor amiga. Recordar todo lo que pasó hace un mes y medio
no forma parte del plan.
—¿Solo ha pasado un mes y medio? —le preguntó con voz ronca,
mientras le recorría las facciones con la mirada—. Parece un año.
—¿Puedes dejar de…?
¿Estaba nerviosa?, se preguntó. Porque le temblaban las manos.
—No es necesario que reabramos la herida, Burgess. Deja que siga
cerrada.
—La mía sigue abierta. Nunca se cerrará, ¡joder! —Sin poder
evitarlo, dio un gran paso hacia delante y se inclinó para aspirar una
mínima parte de su olor, ansioso por tocarla y pegarla a su cuerpo,
por abrazarla—. No me creo que la tuya esté cerrada. Tenemos que
hablar de lo ocurrido.
—A ver, si te empeñas, te digo desde ya que no vamos a volver y
así nos ahorramos la pérdida de tiempo, ¿vale? Me dejaste y no
llevábamos juntos ni cinco minutos como quien dice.
Hizo una mueca de dolor al oír sus palabras, porque el
remordimiento se le clavó en el pecho como un cuchillo. Lo que
Tallulah viese en su cara la llevó a añadir de forma atropellada:
—Es que… creo que lo mejor es que intentemos ser amigos por el
bien de Wells y de Josephine. Solo son tres días.
—Amigos —masculló como si fuera un insulto.
—Exacto.
Se acercó un paso más, obligándola a echar la cabeza hacia atrás, y
se sintió aliviado al comprobar que no parecía tan decidida cuando
estaba tan cerca de ella. De manera que dejó salir la verdad de su
corazón sin cortarse un pelo. Si ella estaba sugiriendo que solo
fueran amigos, no podía permitirse el lujo de ser delicado. Ni de ir
despacio.
—Tallulah, renunciaría a todo lo que poseo para retroceder en el
tiempo y decirte que yo también te quiero. Le entregaría mi alma al
diablo con una sonrisa si me ofreciera esa oportunidad. —Unió sus
frentes y la vio separar los labios, aunque no supo si lo hacía por la
sorpresa o para protestar—. Te quiero. Y siento haber sido cruel
contigo. Me sentía débil y, en aquel momento, solo quería que me
vieras fuerte. La imposibilidad de que eso sucediera me nubló la
razón y por eso lo pagué contigo. Creí que te estaba haciendo un
favor, pero me cargué la mejor parte de mi vida. Lo siento.
Pasaron varios segundos en silencio.
—¿Ese es el discurso que has preparado? —susurró ella, con los
ojos cerrados.
—¿Me crees capaz de recordar un discurso con tu boca tan cerca de
la mía? —¡Por Dios si le temblaba hasta la voz!—. Ahora mismo, no
me acuerdo ni de cómo se llama el actual presidente de Estados
Unidos.
Tallulah retrocedió a trompicones, como si alguien hubiera cortado
las cuerdas invisibles que los mantenían unidos, mientras intentaba
mantener una expresión serena. Respirando hondo hasta que lo
logró. ¿Había conseguido endurecer su coraza para enfrentarse a él?
Después de una semana llamándola sin obtener respuesta, dejó de
hacerlo y se prometió que volvería a andar y lo intentaría de nuevo
en persona. Cuando se hubiera recuperado físicamente.
¿Y si había llegado tarde?
—¿A qué viene esto así de repente? —le preguntó Tallulah por fin,
con la voz entrecortada y temblorosa, alejándose más de él.
La siguió despacio, con pasos medidos. Decidido a hacerla cambiar
de opinión para volver a estar juntos. Era imposible que fuese
demasiado tarde para ellos. De ser así, no sobreviviría.
—¿Crees que se me ha ocurrido esto así de repente? Vivo, como y
respiro por ti, Tallulah. Tú fuiste quien me ayudó a sobrellevar la
rehabilitación y los agotadores ejercicios. Antes de curar lo nuestro,
tenía que curarme yo.
—En otras palabras, necesitabas que me fuera. No me querías allí.
Pero no puedes alejar a las personas y después decidir que quieres
que regresen. En el futuro, volverás a echarme.
—No lo haré.
—Te estás contradiciendo.
—Si hay una próxima vez, me aferraré a ti con las dos manos. En
serio. Pero ya tenía claro que tendría que currármelo cuando
volviera a verte. Para arreglar lo que me cargué. Si huías de mí,
tendría que alcanzarte a la carrera, y para eso necesitaba las piernas.
Necesitaba ser capaz de levantar los brazos para abrazarte y decirte
lo arrepentido que estoy, ¡joder! Necesitaba poder mantenerme en
pie sin ayuda mientras me enfrentaba a tus dudas. La próxima vez,
si la hay, seremos un equipo.
—Pero eso no cambiará lo que hiciste la primera vez, que fue
privarme de la oportunidad de estar en tu equipo —susurró ella.
Se le hundió el pecho.
—¡Lo siento!
—Te creo. De verdad que sí. Pero no volveré a arriesgarme.
—Eso no es lo que me han dicho. —Sintió que unos cristales rotos
le rasgaban el pecho por dentro, destrozándolo al verse obligado a
decir eso en voz alta—. Según tengo entendido, hay un profesor que
es sagitario interesado en ti, ¿no? ¿Es verdad? ¿Estás… saliendo con
él? Porque llevo más de un mes despertándome por las noches
porque en mis pesadillas te veo con otro. —Apretó los dientes con
tanta fuerza que le pareció notar el regusto de la sangre—. Si
hubieras venido con él, lo habría matado, te lo juro por Dios.
La vio fruncir el ceño, totalmente perpleja.
—Un profesor me dio su número, sí, pero no lo he llamado. ¿Crees
que podría meterme de cabeza en otra relación de…?
El alivio lo golpeó en el centro de la frente con fuerza y quiso más,
quiso oírla decir que seguía enamorada de él, tal como él estaría
siempre enamorado de ella, pero Tallulah se encogió de hombros y
añadió de forma atropellada:
—A ver, no te debo ninguna explicación. Te agradezco las
disculpas y entiendo lo que dices, pero… creo que estaremos mejor
como amigos.
La miró con tanta intensidad que fue un milagro que no la tirara al
suelo. Después de varios segundos de silencio, asintió despacio con
la cabeza.
—Supongo que tendré que demostrarte que te equivocas. —Siguió
avanzando hasta atraparla entre él y la pared, y tanto él como sus
terminaciones nerviosas volvieron a la vida con un gemido en
cuanto la tuvieron cerca—. Y perdona que te lo diga, preciosa —
añadió con voz ronca, hablándole al oído—, pero si no quisieras que
te lo demostrara, si solo quisieras ser mi amiga, creo que no te
habrías puesto un vestido tan corto que casi no hace falta levantarlo
para metértela.
«Te quiero. Y siento haber sido cruel contigo. Me sentía débil y en
aquel momento solo quería que me vieras fuerte».
Esa confesión le llenó los ojos de lágrimas, aunque la guarrada que
acababa de decirle al oído hizo que se le contrajeran los músculos
internos y que apretara los muslos. Era demasiado. Todo a la vez era
demasiado, y la marea de emociones que había estado conteniendo
con todas sus fuerzas durante el último mes y medio rompió el
dique, abriéndolo de par en par.
Su aliento en la cara le provocó una abrasadora sensación en la piel
sensible del cuello, endureciéndole los pezones hasta tal punto que le
resultó doloroso y la dejó tan sensible que arqueó la espalda por
instinto para frotarlos contra ese torso tan musculoso. La fricción le
arrancó un trémulo suspiro de agradecimiento después de todas esas
interminables semanas de sequía. ¡Madre del amor hermoso! El
dolor y la desesperación la consumieron como un torrente, y jadeó
en busca de aire, reclamando su boca sin pronunciar palabra.
Aunque él la entendió a la perfección.
Burgess le recorrió los labios entreabiertos de derecha a izquierda,
dejando un reguero húmedo a su paso, y ella gimió por ese gesto tan
carnal que no había compartido con ningún otro hombre. Y por la
libertad animal de arañar, de exigir, de mostrarse brusca, de gemir.
¿Cómo había conseguido ahogar ese anhelo durante seis semanas?
La herida del corazón debía de haber aniquilado su capacidad de
hacer otra cosa que no fuera sobrevivir.
—Te quiero, Tallulah —dijo, besándola con ardor y mirándola a los
ojos con tal intensidad que le oprimió los pulmones—. Quiero que te
quede muy claro.
—Sí, ya te he oído —susurró con un hilo de voz.
—¿Qué te parece?
—No lo sé. Estoy abrumada.
Él frunció el ceño al oírla y cerró con fuerza los ojos como si le
hubieran hecho daño.
—No. No, preciosa. Abrumada, ¿por qué?
—Por lo mucho que he echado de menos que me tocaras. No
puedo respirar. No puedo… Te necesito, pero no quiero verme
obligada a decidir lo que significa.
Soltó un resoplido entrecortado, como si su confesión le hubiera
garantizado un aplazamiento de la ejecución, pero no supiera si
debía aceptarlo.
—Me tienes a mí. Estoy aquí para darte lo que necesitas. Dime qué
es —le exigió antes de dejarle un húmedo rastro con la lengua por el
cuello y acariciarla con los dientes mientras descendía, lo que hizo
que se le contrajeran los músculos internos todavía más—. ¿Quieres
que te la meta?
Tallulah se movió por instinto. Se volvió hacia la pared, apoyó las
palmas de las manos y movió el trasero sobre su erección, que había
ido aumentando desde que sus labios se tocaron. O quizá desde
antes.
—Sí, sí, métemela.
Le arrancó un gemido al bajarle las bragas hasta medio muslo
mientras le pasaba la mano con rudeza por las piernas, arriba y
abajo. Y empezaba a subir…
Muy despacio, introdujo el dedo corazón en sus pliegues mojados,
aunque no tardó en sumar un segundo y acariciarla trazando lentos
círculos.
—Usaré los dedos antes de meterte la polla, para prepararte —dijo,
bañándole la sien con su cálido aliento.
—Sí —susurró ella, que clavó las uñas en la pared como si fueran
garras—. Por favor.
Sintió su gemido dolorido en el cuello.
—Eres una escandalosa cuando te penetran, pero me arriesgaré a
que nos pillen si así puedo oírte gritar mi nombre. —Le metió dos
gruesos dedos, que empezó a mover como si quisiera ensancharla—.
Te has puesto este puto vestido pensando en que te den fuerte por
detrás, ¿a que sí?
El deseo se apoderó de ella por completo. La enloqueció. La
posibilidad de que los pillaran era algo secundario, muy por detrás
de la necesidad de aliviar esa tensión que se había ido acumulando
en su interior desde la última vez que Burgess se la metió.
—Sí. Sí. Me lo he puesto para ponerte cachondo.
—Pues ha funcionado. Seguramente me corra en tu culo antes
incluso de metértela.
La crudeza de su tono, su falta de control, hizo que se diera la
vuelta y se pusiera de puntillas y echara las caderas hacia atrás,
suplicándole con un gemido que se la metiera.
—Incluso de puntillas, eres más baja que yo. —En ese momento,
alternaba entre acariciarle el clítoris y penetrarla con los dos dedos,
metiéndoselos hasta el punto de hacerla golpear la pared con las
manos y de llenarle los ojos de lágrimas, antes de sacarlos de nuevo
para acariciarle el clítoris más rápido, cada vez más rápido, tanto
que empezaron a temblarle los muslos.
—Yo te sostengo, ¿vale, preciosa?
—Sí, sí.
Se quedó mirando a la pared, jadeando, mientras Burgess se
agachaba y se acercaba a ella con la polla en la mano, guiándola
entre sus muslos. ¡Por Dios! Cuando se la metió a medias, se
enderezó por completo y la levantó del suelo unos quince
centímetros.
—¡JODER! —exclamó él con voz ronca mientras rotaba las caderas
con meticulosidad—. Solo te la he metido una vez antes, pero
recuerdo este coño perfectamente. Mojado, estrecho y mío. —La
penetró con una embestida salvaje y soltó un gruñido por encima de
su cabeza—. Necesitas un buen polvo, ¿verdad, preciosa? ¿Sin
ataduras?
—Por favor. ¡Sí, por favor!
—Ahora mismo. Voy a darte justo lo que necesitas de mí. —Le
pasó la boca abierta por la nuca hasta llegar a una oreja, con las
manos plantadas en la pared, dejándola totalmente empalada y a
merced de los envites de sus caderas—. Sabías muy bien que ibas a
conseguir esta polla cuando te pusiste este puto vestido. Pues aquí la
tienes. Disfrútala. —Le dio un mordisco en el lóbulo de la oreja antes
de bajar y morderle el cuello—. Pero con este polvo no se te va a
pasar el calentón si eso es lo que crees que va a suceder.
Su corazón se estremeció al oírlo, no porque la acusación la
ofendiera, sino porque…
En cierto modo, eso era justo lo que había intentado hacer. Quería
echar un polvo para que se le pasara el deseo que sentía por él y así
intentar pasar página de verdad. Pero Burgess la había calado.
Estaban tan en sintonía que él se había dado cuenta de sus
intenciones. Lo oyó soltar un improperio al sentir que ella se tensaba
porque la había pillado en su intento de echar un último polvo con él
antes de seguir adelante con los pedazos rotos de su corazón.
Burgess no iba a permitirle de ninguna de las maneras que se
saliera con la suya.
Sus caderas continuaron con un ritmo lento y tortuoso. Lo sentía
tan hondo que la cara se le puso como un tomate. Hacía mucho que
había bajado los pies, intentando tocar el suelo de piedra, y ya estaba
gimiendo cuando él apartó la mano derecha de la pared, porque
sabía lo que estaba a punto de hacer y, aun así, gritó entre dientes
cuando empezó a jugar con su clítoris, gruñendo y frotándose contra
ella mientras movía las caderas con frenesí y esos dedos la
torturaban.
—Córrete, Tallulah. Olvídame. Sigue adelante. Grita y tiembla
hasta que me olvides. Tú puedes. —La penetró más deprisa, y oyó
los golpes de sus muslos contra el culo, mientras le pegaba la boca
abierta al cuello—. Pero te quiero. Te quiero. Te quiero, joder, y vas a
sentirlo hasta que me muera. El amor no se va a ninguna parte.
Córrete con mi polla mientras te digo que te quiero. Te reto a que te
alejes de mí después de eso.
Era inútil intentar detener el torrente de placer. La presión era
demasiado grande, y cada órgano de su cuerpo parecía estar
implicado, cantando en armonía, llevándola hacia un impacto
emocional y físico que nunca le permitiría volver a ser la misma.
—¡Burgess…!
—Córrete.
—Pero…
—Ya estás ahí. Vamos.
Tenía razón. El orgasmo empezaba a apoderarse de ella. Sentía que
el placer se extendía por sus entrañas, concentrándose antes de
volver a expandirse. Empezó a moverse sobre él, arrancándole un
gemido contra la nuca y, en ese momento, se corrió y empezó a
estremecerse como la última hoja de un árbol en invierno. El cuerpo
se le transformó en gelatina y se relajó, pero solo un instante,
mientras disfrutaba de la plenitud de su penetración, de la
satisfacción absoluta, porque enseguida se tensó, a la espera del
orgasmo de Burgess.
Sin embargo, él no se corrió.
Volvió a dejarla en el suelo con delicadeza y le besó un hombro
mientras le subía las bragas y le bajaba el vestido para taparle el
culo.
—¿Y… y tú? —susurró, todavía sin aliento. Empezaba a sentirse
confusa.
—¿Yo? —La volvió y le tomó la cara con una mano, levantándosela
para que viera el arrepentimiento y el deseo que se mezclaban en sus
ojos, vestigios del daño que le había hecho al intentar erradicarlo de
su vida—. No quiero hacerlo para olvidarte. —La besó con ardor,
una vez, dos, prolongando el momento de separarse de ella—.
Quiero desearte siempre. Y punto.
Extendió un brazo hacia él, pero Burgess retrocedió para alejarse
de ella mientras se cubría con los pantalones y se los abrochaba con
un siseo.
—Eso sí, si tú quieres hacerlo otra vez para que se te pase el
calentón…, puedes volver a intentarlo mañana. Aquí me tendrás.
—¡Burgess!
Le dirigió una última mirada dolorida, cargada de pesar y de
deseo insatisfecho, y se alejó por el sendero.
—Buenas noches.
27
Burgess se paseaba de un lado para otro de la recepción del hotel,
con la camisa sudada por culpa de la humedad. Les habían dicho
que debían reunirse con el instructor de la tirolina a las seis en punto
de la mañana, pero al parecer era el único al que le funcionaba el
reloj. Ni el instructor ni Tallulah habían aparecido todavía.
Y debía controlar su mal humor cuanto antes o ese día y el resto
del poco tiempo del que disponía para recuperar a Tallulah se irían
al traste. Claro que ¿quién demonios podía estar contento la mañana
después de que el amor de su vida le dijera que quería hacerlo con él
para olvidarlo? ¿Mientras él estaba tan sumergido en el momento, en
el tacto de su cuerpo, en el aroma de su piel, en la caricia de su voz,
que no veía nada más? Al borde del orgasmo más cegador de su
vida…, que se había negado y que, a esas alturas, doce horas
después, su cuerpo seguía pidiéndole a gritos.
A esas alturas, el dolor de huevos que tenía era insoportable.
Así que, sí. Más que pasearse de un lado para otro, daba zancadas
y de vez en cuando miraba hacia la recepcionista con expresión
asesina.
Se le ocurrió una cosa y se paró en seco.
¿Se habría echado Tallulah atrás?
¿Y si había decidido no tirarse en tirolina ni saltar desde el
acantilado porque él también iba a hacerlo?
Era posible que la noche anterior, después de que él se fuera,
Josephine le hubiese contado que los únicos participantes en las
actividades eran ellos dos y que Tallulah se hubiera negado porque
no quería estar a solas con él.
Sin pensárselo dos veces, echó a andar hacia su habitación. Sería
una decepción enorme que no quisiera pasar el día con él (por
decirlo suavemente), pero no iba a permitir de ninguna manera que
Tallulah dejara de vivir aventuras por su culpa. Ni hablar. Había
trabajado demasiado para recuperar la confianza en sí misma y
probar cosas nuevas, y él no iba a ser el causante de que diera un
paso atrás. Renunciar a la oportunidad de tenerla para él solo todo el
día iba a matarlo, pero negarle esas experiencias sería peor.
Llegó a su puerta y se detuvo un momento para cerciorarse de que
su oído no le fallaba y efectivamente se escuchaban ruidos al otro
lado. Por lo menos estaba despierta. ¿Y si solo iba con retraso?
Levantó la mano para llamar y la bajó de nuevo, haciendo una
mueca al ver el sudor que le empapaba el centro de la camiseta, justo
entre los pectorales. Como si hubiera salido de la pista de hielo
después del tercer tiempo.
«Quítate la camiseta», pensó.
Ya había funcionado antes, ¿no?
Se apartó de la puerta con los brazos en jarras y echó la cabeza
hacia atrás, preguntándose en qué momento se había torcido su vida
hasta tal punto. Volvía a sentirse como uno de los Donantes de
Orgasmos, quitándose la camiseta para lucir músculo delante de una
mujer. Sin embargo, no podía negar que desnudarse de cintura para
arriba le funcionó muy bien la primera vez.
Se apresuró a pasarse los dedos de una mano por el pelo y se
agarró la parte posterior del cuello de la camiseta para pasársela por
la cabeza, cuando se abrió la puerta de la habitación de Tallulah. Al
oír el chasquido metálico del pestillo y el sonido de la puerta al
abrirse, suspiró para sus adentros, porque ya era demasiado tarde
para cambiar de idea. Y, la verdad, cuando la camiseta dejó de
obstruirle la vista, la expresión hipnotizada de Tallulah le dijo que
había hecho lo correcto al quedarse medio desnudo.
—Buenos días —la saludó con brusquedad, sintiendo que se le
tensaban las pelotas al verla con unos pantalones vaqueros cortos
deshilachados, la parte superior de un bikini color amarillo chillón y
unas sandalias. Cierto que llevaba una camiseta blanca de tirantes
holgada encima del biquini, pero fue como si la prenda fuese
invisible para él. En un abrir y cerrar de ojos, el objetivo de su vida
era ver a Tallulah con ese puto bikini amarillo.
—Buenos días —replicó ella, que contempló aturdida su torso
desnudo antes de seguir hacia abajo, detenerse en su abdomen y
luego levantar la vista hacia el techo, aunque se dio por vencida y
acabó mirándolo abiertamente, recorriendo con sus ojos el camino
desde la garganta hasta el vello de debajo del ombligo—. ¿Por qué te
quitas la ropa delante de mi puerta? No le he pedido al servicio de
habitaciones que me traiga pastel de carne.
Aunque reírse de uno de sus chistes le provocaba un dolor físico,
por todo el tiempo que había pasado desde la última vez, lo hizo, y
la carcajada reverberó en la pared de piedra.
—Pues deberías hacerlo. Este hotel es famoso por tener la mejor
empanada de carne de la ciudad.
Tallulah inhaló por la nariz.
—No me gusta la carne, ¿no te acuerdas?
—Anoche te encantó.
Se puso como un tomate y esos ojos descendieron hasta su paquete
(si no se equivocaba) antes de volver a subir.
—Si esto es un indicio de cómo va a ir el día, creo que mejor paso.
—Retrocedió para volver a su habitación, y la mano invisible del
pánico agarró a Burgess del cuello, lanzándolo de forma instintiva
hacia delante para impedirle que cerrase la puerta.
El movimiento los dejó a unos centímetros de distancia y, por un
momento, solo acertó a maravillarse por esa piel dorada a la luz del
amanecer, por la exquisita forma de su boca y por el intenso marrón
de sus ojos. «¡Joder, Tallulah, cómo te echo de menos!».
Abrió la boca para disculparse por haber empezado con mal pie.
En su defensa, le estaba viendo los cordones amarillos del bikini por
encima de los pantalones cortos, y eso le estaba derritiendo el
cerebro. Pero antes de que pudiera pronunciar palabra, se fijó en la
cama deshecha y, en ese instante, vio la sudadera azul oscuro hecha
una bola. Su sudadera de los Bearcats.
¿Se la había traído a Costa Rica para utilizarla como almohada?
¿Había… estado usándola todo el tiempo que llevaban separados?
Tragó saliva con dificultad, incapaz de hablar durante diez
segundos, mientras su nuez subía y bajaba por culpa del doloroso
nudo que se le había formado. Por el alivio. Por la emoción. Por el
agradecimiento. Por la sorpresa.
Tallulah siguió su mirada, con las mejillas cada vez más rojas.
—Es la sudadera más grande que tengo. Obviamente, es la mejor
almohada.
Mucho más animado de repente, decidió dejarla salirse con la
suya. La sudadera significaba algo. Seguro. Así que rebuscó en su
interior en busca de sus reservas de paciencia y recurrió a ella con
todas sus fuerzas.
—¿Cómo te gustaría que fuera el día entonces, Tallulah? —Luchó
contra el impulso de colocarle un mechón de pelo suelto detrás de la
oreja, y dejó los dedos tensos sobre la cara externa del muslo—.
Dímelo y me encargaré de que sea así.
Ella subió y bajó un hombro con un suspiro, y Burgess percibió su
alivio al ver que no había continuado la conversación sobre la
sudadera que había visto en su cama. Si supiera que iba a pasarse el
día pensando en eso…
—Ya no necesito protección —dijo por fin—. Me siento más…
segura. Yo sola.
—Desde luego. —Ladeó la cabeza mientras la miraba—. Un paseo
en globo aerostático y todo.
Tallulah parpadeó y separó los labios.
—¿Te has enterado?
Asintió con la cabeza.
—Que no me hayas visto no significa que no me haya estado
informando. Constantemente. A estas alturas, ya me he ofrecido a
comprarle a Chloe nueve arpas y toda la sección de cuidado de la
piel de Sephora.
Tallulah inspiró por la nariz y levantó un hombro.
—Supongo que crees que lo que me dijiste en el hospital…,
supongo que crees que eso fue lo que me dio el empujón final para
empezar a probar cosas nuevas sin guardaespaldas. Tal vez fuera así.
O a lo mejor ya estaba preparada, pero… —Se detuvo para respirar
—. Lo de llamar a mi familia por primera vez desde hacía años y oír
sus voces… Eso lo hice yo sola.
Un rayo le atravesó la yugular al oírla.
—Los has llamado.
—Sí. —Tallulah le dirigió una mirada furtiva, fugaz, pero muy
poderosa, porque le hizo ver, brevemente eso sí, lo mucho que había
significado para ella esa llamada. Lo hizo partícipe de su alivio y,
¡por Dios!, en la vida se había sentido tan agradecido por algo. Ella le
había hablado de su familia, de las postales, y él se lo había echado
en cara. Sin embargo, con una breve mirada le había hecho saber que
seguía recordando los momentos que habían pasado juntos. Su
insensibilidad no los había borrado. No del todo.
Aunque eso no significaba que el presente no siguiera siendo un
puto misterio.
—¡Joder, Tallulah, qué valiente eres! —Sentía que le habían
succionado el pecho hacia la columna vertebral. Lo inundaba la
gratitud solo por tener la oportunidad de decirle esas cosas en voz
alta y que ella lo escuchara, tanto si lo merecía como si no—. Me
equivoqué al insinuar que las postales significaban que eres cobarde
o incapaz. El cobarde fui yo aquel día. —Se había ido acercando sin
darse cuenta, y acabaron en el vano de la puerta, cada uno apoyado
en un lado del marco. Puso un antebrazo sobre la cabeza de Tallulah
y se inclinó, corriendo un gran riesgo al unir sus frentes y dejando
que ella sintiera el roce de su aliento en los labios, y se aferró a la
esperanza de que entendiera que solo respiraba por ella.
—Burgess…
—Sí.
—Anoche no te corriste —siguió ella, que soltó el aire con una
carcajada—. Es como si yo tampoco lo hubiera hecho.
—Lo hiciste —replicó al tiempo que contenía un gemido—. Te
estremeciste como si…
—¿De verdad estás intentando que vuelva a ceder a la tentación?
—lo interrumpió—. Si es eso, muy mal por tu parte.
—No voy a mentirte, espero que vuelvas a desearme. Pero sobre
todo… —Fue tan inesperado descubrir la verdad que se quedó sin
palabras.
Tallulah lo miró con el ceño fruncido.
—¿Qué?
Sintió que le ardía la parte posterior del cuello.
—Supongo que…, mmm…, no podía permitir que me arrastraras
cuando tu corazón no estaba implicado al cien por cien. Nunca me
he sentido tan débil por nada, nunca he sido tan vulnerable por nada
ni por nadie como lo soy contigo. Me habría dolido estar tan débil
mientras tú te resistías… a sentir algo serio por mí. ¡Joder, ni siquiera
sé si eso tiene sentido!
Sus palabras parecieron sorprenderla un momento.
—Sí —susurró ella, levantando la cara.
De modo que sus bocas quedaron a unos centímetros de distancia.
El corazón empezó a latirle tan fuerte que los dos lo oyeron.
Seguramente hasta los huéspedes del hotel lo oyeran desde el otro
lado del complejo. ¿Iba a besarlo? ¿Sin que él la besara primero?
«¡Que me bese, por favor, Señor!». Ojalá hubiera entendido la
explicación incoherente que le había dado sobre por qué no se corrió
la noche anterior.
Su cuerpo se movió por instinto y la presionó contra la puerta,
arrancándole un gemido y haciendo que acercara las caderas para
frotarse contra él. Ese fue el único estímulo que necesitó para
plantarle la boca en el cuello y dejarle un reguero de besos hasta la
oreja, al tiempo que le tocaba el culo por encima de los pantalones
vaqueros. Si se la llevaba a la cama con las piernas abiertas y su
sudadera allí a la vista, nada le impediría correrse en esa ocasión.
—¡Aquí estáis! —exclamó una voz conocida.
Era Carlos, que hizo añicos el momento como una pelota de
béisbol a un cristal. Tallulah retrocedió con tanta brusquedad que se
golpeó la cabeza con el marco de la puerta, y Burgess sintió que se le
caía el alma a los pies y atravesaba la madera del suelo. Sin darse
cuenta, le colocó la palma de una mano en la nuca.
—¡Ay, preciosa! —murmuró, mirándola fijamente en busca de
alguna señal de dolor—. ¿Estás bien?
—No creo que lo de hoy sea una buena idea —dijo ella.
—¿Por qué?
—Porque estás siendo… maravilloso. Y yo… —Cerró los ojos—. Ya
había pasado página. De verdad que sí.
Burgess hizo caso omiso del cuchillo de carnicero que acababa de
atravesarle el pecho.
—Permíteme que te pregunte otra vez: ¿cómo te gustaría que sea el
día?
—¡Hola, amigos! —Carlos estaba junto a ellos, agitando las manos
—. ¡Subámonos al tren de la aventura! El instructor os espera en la
recepción.
Tallulah no apartaba los ojos de él y viceversa.
—¿Te parece bien compartir la aventura sin expectativas, por
favor? —le pidió ella a la vez que se humedecía los labios—. Cada
vez que te acercas a mí así, siento pánico. Y lo peor es que antes eras
tú quien me ayudaba a combatirlo. Me haces mucho daño, ¿vale? —
Cerró los ojos—. Es obvio que sigo sintiendo algo por ti, eso no ha
desaparecido de la noche a la mañana; pero no… no creo que
volvamos a estar juntos.
—Os esperaré allí —murmuró Carlos antes de alejarse.
Burgess no fue consciente hasta ese momento de todo el daño que
le había hecho. De la magnitud del golpe que había sufrido su
confianza en él, a la que había arrollado como si fuera un coche. Y de
repente, se sintió como un idiota. Un idiota arrogante que había ido a
esa boda pensando que podría enseñar los pectorales y volver a
conquistar a esa mujer perfecta. ¿Después de lo que le dijo en el
hospital?
¿Después de romper con tanta crueldad el vínculo que habían
construido?
«No puedo ser más idiota».
Tallulah sufría cuando estaba cerca de él. El daño que le había
causado debía de ser irreversible.
Y si había algo peor que vivir sin ella era la posibilidad de herirla
todavía más.
Tuvo que echar mano de todas sus fuerzas para hablar, pero
cuando lo hizo, pronunció cada palabra como si las estuviera
cincelando en una tabla de piedra.
—Podemos pasar el día de hoy sin expectativas.
«Ya puedes desterrar el pánico, Tallulah. Te estoy liberando»,
pensó.
28
—¿Quién quiere ser el primero?
Burgess y Tallulah se miraron por primera vez desde que salieron
del complejo hotelero. El viaje en furgoneta había sido breve, pero
tranquilo, aunque su guía (Apolo) no había dejado de hablar sobre la
flora y la fauna locales a medida que avanzaban dando tumbos por
la selva tropical hasta la tirolina. Burgess parecía descompuesto allí
sentado a su lado, mientras ella se mordía la lengua para no
disculparse, recordándose una y otra vez que no tenía nada de lo que
arrepentirse.
Y no se arrepentía.
Fue aterrador establecer un vínculo con Burgess, pero había
aprendido a confiar en él y todavía sentía el agujero que le había
abierto en el pecho con sus palabras. A esas alturas, se activaba su
respuesta de lucha o huida cada vez que se tocaban. Por desgracia,
ni siquiera el deseo que seguía sintiendo por él era capaz de superar
el instinto de supervivencia, de evitar que la volvieran a herir.
Estaban en lo alto de una plataforma con vistas a un interminable
mar verde formado por las copas de los árboles que parecía perderse
en el horizonte, sobre el cual se extendían unos gruesos cables
negros que descendían hasta desaparecer en un claro…, y lo percibía
con claridad.
¡Lo sentía!
Burgess había decidido respetar sus deseos y dejarla marchar.
Las piernas le flaquearon de tal manera que hasta la más leve brisa
podría tirarla de la plataforma. Habría caído entre los árboles como
un avión de papel mal doblado. Todo lo que le había dicho a Burgess
era cierto, eran palabras surgidas del corazón.
Sin embargo, en cuanto las soltó, la posibilidad de que pudiera
sanar fue algo tangible por primera vez desde que todo se fue al
traste. El pánico que había sentido por su contacto esa mañana no
fue nada comparado con el que sintió cuando la miró con expresión
interrogante y luego apartó la vista, como si se estuviera obligando a
mantener las distancias.
—Me gustaría que Tallulah fuera primero, solo para comprobar
con mis propios ojos que está bien atada y que el trasto este es
seguro —contestó Burgess con brusquedad, sin mirarla.
Le dio un vuelco el corazón.
Seguía protegiéndola. No podía evitarlo.
Sin embargo, no estaría a su lado mucho más tiempo para
preocuparse por su seguridad, ¿verdad?
Ella misma le había cortado el suministro de aire a su esperanza.
—Ahora que lo pienso, seguramente Burgess debería ir primero —
dijo Apolo con su voz alegre, pese a la tensión reinante en la
plataforma—. Tendré que aflojar el arnés para ajustarlo a alguien de
su tamaño y luego me resultará más fácil ajustárselo a Tallulah.
La explicación hizo que sus pensamientos dispersos se detuvieran
de golpe.
—Un momento. —Miró los anchos hombros de Burgess de un lado
a otro—. ¿Cuál es el límite de peso?
—Ciento veinticinco kilos.
—¡Uf! —Burgess se señaló con gesto distraído—. Por poco.
¿Quién le había prendido fuego en el esófago?, se preguntó
Tallulah.
—Un momento. ¿Es seguro? Para él, quiero decir.
—Siempre compruebo tres veces el equipo.
—Sí, pero ¿cuándo fue la última vez que alguien de su tamaño usó
la tirolina?
Apolo se rio.
—Nunca, la verdad.
—Burgess —susurró, casi a punto de que se le estrujara el pecho.
Su antiguo jefe esbozó una sonrisa torcida.
—¿Qué pasa? ¿Ahora tú eres mi guardaespaldas? —le preguntó
mientras intentaba disimular el deje cariñoso. Con un gran esfuerzo
—. Si me pasa algo, puedes quedarte con mi colección de sudaderas,
Tallulah.
Sintió una explosión de calor detrás de los ojos.
—Eso no tiene gracia.
Burgess señaló con la cabeza el arnés que Apolo tenía en las
manos.
—Me gustaría que ella se tirara primero. Necesito ver que está
segura.
—Bueno, pues a mí me gustaría esperar a que traigan un arnés
más grande —dijo ella, que cruzó los brazos por delante del pecho
—. Para él.
Apolo negó con la cabeza.
—No los hay más grandes.
Burgess le guiñó un ojo.
—¿Dónde he oído eso antes?
—Qué gracioso. —Era raro sentirse así, atrapada entre las lágrimas
y la risa—. Creo que quiero que él se tire primero. No disfrutaré
hasta saber que ha llegado bien al otro lado.
Apolo no paraba de mover la cabeza, mirándolos mientras
hablaban.
—¿Y si lo echamos a suertes con una moneda?
Tallulah calculó la probabilidad de ganar contra la tozudez de
Burgess frente a la de ganar contra una moneda. Cincuenta por
ciento.
—Vale, lo echamos a suertes —contestó ella, al tiempo que se
balanceaba sobre las puntas de los pies—. Cruz, yo me tiro la
primera. Cara, se tira él. Burgess, tienes que acatar lo que salga.
¿Vale?
Lo oyó soltar un gruñido gutural.
—Si acepto lo de la moneda es solo porque me preocupa el cable
tanto como el arnés. No sé qué es mejor comprobar primero para
asegurarme de que estás a salvo.
Apolo levantó las manos.
—¡Os digo que es seguro!
—Necesito tener las cosas claras cuando se trata de ella. —Dejó de
mirarla con aparente dificultad y con un tic nervioso en una mejilla
—. Lánzala.
Apolo se sacó una moneda del bolsillo, la lanzó al aire y la atrapó
contra la muñeca.
—Cara.
Tallulah sintió que le fallaban las piernas.
El aire se enrareció mucho a su alrededor. ¿Estaba tomando la
decisión correcta al permitir que Burgess se tirara en primer lugar o
debería ser al revés? De repente, no lo tenía tan claro.
Apolo ya estaba abriendo el arnés para que Burgess se lo pusiera, y
las correas de color beige se le ceñían muchísimo a la musculosa
espalda. Estaba a punto de pasar. Tendría que ver a Burgess
descender entre las copas de los árboles. Y solo había ido por ella.
Para demostrarle que podía ser tan aventurero como ella. Para
demostrarle que podía funcionar una relación entre los dos.
—Burgess, no hace falta que lo hagas.
—¿Ah, no? Yo… creo que quiero hacerlo. —Miró hacia el horizonte
un momento y luego acortó la distancia que los separaba y se detuvo
justo antes de que sus cuerpos se rozaran, pero lo bastante cerca
como para que ella pudiera ver la determinación que asomaba a su
rostro—. No lo creo, lo tengo claro. Quiero hacerlo. Creo que si
hubiera vivido más cosas, experimentado más cosas, como tú, no
habría tenido tanto miedo de perder el hockey. No te habría echado
de mi lado ni me habría destrozado… —Se interrumpió y apretó los
dientes—. Te preocupa que me pase algo y que tú seas la
responsable, porque eres la razón por la que estoy aquí arriba. No te
preocupes. Soy yo quien está tomando esta decisión. Ojalá hubiera
tomado antes las decisiones correctas. Debería haberme bañado en
pelotas contigo. Debería haber bailado en la cocina, por muy mal que
lo haga. —Tragó saliva y miró hacia atrás para ver cómo Apolo le
apretaba las últimas correas en los hombros—. Entiendo que te haya
perdido. Entiendo que haya tirado mi oportunidad por la borda,
pero no pienso tirar por la borda la lección que intentaste enseñarme.
Si eso es lo único que me queda de ti, no pienso perderlo.
—Muy bien —dijo Apolo—. Lo he comprobado todo tres veces. El
arnés aguanta bien tu peso. Tienes que echarte hacia atrás y ponerte
como si estuvieras sentado en una silla. Sujétate a la cuerda, tal como
te he enseñado, y lo más importante, disfrútalo. Mi colega Ozzie
estará al otro lado para ayudarte a bajar.
—Comprueba bien que Tallulah esté segura antes de soltarla o
desearás no haber nacido nunca —replicó Burgess, mirando al
instructor con expresión letal. Y saltó.
Ni siquiera dejó que Apolo respondiera, saltó sin más, y ella vio
cómo ese cuerpo tan atlético surcaba el aire brumoso del amanecer a
lo que parecían mil kilómetros por hora sobre la exuberante selva
tropical. La verdad, se quedó sin aliento y sintió que los pulmones se
le llenaban de hormigón. Porque fue el peor momento posible para
darse cuenta de que seguía locamente enamorada de ese hombre. A
pesar de lo que creía, no había pasado página en absoluto. Se había
limitado a existir, a seguir las rutinas, a fingir que no buscaba su cara
entre la multitud. ¿Verdad?
Sin embargo, lo que él acababa de decir, seguido de ese salto tan
decidido, había dejado bien claro que… era él quien había pasado
página. Por respeto a sus deseos, a su dolor.
Que era justo lo que ella quería.
Ajá.
Burgess vio a Tallulah saltar de la plataforma a lo lejos y se clavó las
uñas en las palmas de las manos, apretándolas hasta que se hizo
daño. El corazón le dio un vuelco en el pecho, y el aire húmedo le
pareció más dulzón y difícil de inhalar. Llegaría adonde él estaba en
diez segundos. En ocho. Si la cuerda aguantaba su peso, el de ella
sería pan comido. A menos que él hubiera debilitado la estructura al
bajar en primer lugar.
¡Por Dios!
Apoyó las manos en las rodillas mientras un sudor frío le cubría
cada centímetro del cuerpo, sin sentir nada en las manos ni en los
pies. «¡Tranquilízate, joder!», se dijo. Ella aterrizaría pronto y no
podía verlo así, hiperventilando por la posibilidad de que sufriera
algún daño. Los sentimientos tan enormes, trágicos e irreductibles
que Tallulah le provocaba no podían seguir afectándolo. No cuando
a ella sus caricias le provocaban pánico.
Quererla de cerca ya no era una opción. Tendría que hacerlo de
lejos.
Más tarde, cuando estuviera solo, dejaría que la añoranza y el
arrepentimiento lo quemaran vivo. Pero no iba a permitir que
Tallulah se sintiera culpable además de todo el daño que le había
hecho. Mucho menos ese día, que seguramente sería la última vez
que estarían solos.
El sonido sibilante de la tirolina se interrumpió de repente y se oyó
la risa más hermosa que se había oído sobre la faz de la Tierra, y él se
enderezó, obligándose a componer una expresión serena y a secarse
rápidamente el sudor de la frente. Allí estaba Tallulah, viva, a salvo,
dejando que Ozzie, el chico que lo había ayudado a él, le quitara el
casco. La necesidad de hacerse cargo de la tarea le provocó un
hormigueo en los dedos. Odiaba que otro estuviera tan cerca de la
mujer que todavía consideraba suya, que la tocara aunque fuera de
forma superficial; pero ese era el infierno al que se había apuntado
por haber sido incapaz de reconocer el tesoro que una vez tuvo entre
las manos.
—¿¡A que ha sido increíble!? —exclamó Tallulah, mirándolo.
—Sí. —Su voz era como la bisagra oxidada de una puerta—. Ha
sido increíble.
Tallulah se soltó por fin del arnés y saltó hacia él, impulsada por el
subidón de adrenalina y dispuesta a arrojarse a sus brazos. El
corazón se le subió a la garganta, con una emoción tan grande que
sintió las piernas tan pesadas como si fueran de cemento. Sin
embargo, cuando estaba a solo un par de pasos, la euforia
desapareció de la cara de Tallulah y se detuvo, levantando una mano
para chocar los cinco. Burgess aceptó su contacto como un hombre
sediento que bebiera agua.
—He visto un mono asomándose por encima de las copas de los
árboles —dijo ella—. ¿Tú has visto algo?
—Pájaros —mintió. Sus ojos no se habían movido del punto B.
¿De verdad estaba aprendiendo de Tallulah como había afirmado
en la plataforma?
No, de eso nada. Tenía que hacerlo mejor.
Tal como le había dicho antes, si lo único que le quedaba de ella
era el deseo de hacer más cosas, de experimentar la vida más allá del
hockey, necesitaba centrarse en eso. Tenía que valorar lo que ella
había intentado enseñarle.
—He sentido el viento —dijo, regresando mentalmente a la tirolina
—. Estoy acostumbrado al viento, pero no a que haga tanto calor.
Parte de la tensión abandonó los hombros de Tallulah.
—No, somos más de frío, ¿verdad?
—Sí. No estoy seguro de que Josephine y Wells pensaran en
nosotros al planear la boda.
—Yo tampoco lo tengo claro —replicó ella, con un brillo divertido
en los ojos—. Estamos en diciembre. Se supone que deberíamos
llevar abrigos y manoplas.
—¿Te pones manoplas?
Menuda forma de parecer un imbécil ñoño.
Sin embargo, no pudo evitarlo. De repente, lo asaltó una imagen
suya, caminando una mañana nevada por Beacon Hill, con su
sudadera debajo de la parka, echándose aire en las manos cubiertas
por unas manoplas.
—Sí —contestó ella—. Son mejores que los guantes.
—¿En qué sentido? No puedes usar los dedos. Básicamente eres
una langosta.
¿Sabría que su sonrisa le estaba provocando una erupción
volcánica en el pecho?
—Porque puedes saludar así —respondió ella, haciendo una
demostración de saludo con cuatro dedos tan adorable que lo dejó
sin fuerza en las rodillas.
—¿Esa es la única razón? —le preguntó con voz ronca—. ¿Para
saludar?
—Y porque los dedos se mantienen calientes los unos a los otros
por el calor corporal que desprenden. Son como personitas ahí
dentro, acurrucados para sobrevivir a una tormenta.
—No quiero pensar que mis dedos son personas.
Su risilla le agujereó la garganta.
—Pues no sabes lo que te pierdes —dijo ella con firmeza—. Tienes
que probar las manoplas. —El gruñido que él soltó solo consiguió
ensancharle la sonrisa—. No me puedo creer que estemos hablando
de ropa de abrigo en medio de una selva centroamericana.
—No estamos hechos para este clima. Tenía la camiseta empapada
de sudor antes de llegar a tu habitación esta mañana.
La mirada de Tallulah recorrió su pecho y su abdomen con el
inconfundible brillo del deseo en las profundidades de los ojos antes
de clavarse en el suelo.
—¡Ah! ¿Por eso te estabas desnudando cuando abrí la puerta? Creí
que era para tentarme.
Empezó a empalmarse sin más y se le secó la boca. Entonces,
¿Tallulah quería seguir acostándose con él, aunque así les resultara
más difícil pasar página? Eso podría excitarlo, colmarlo de
satisfacción y gratitud, pero no pensaba tocarla. No sería el culpable
de que ella se convirtiera en su peor enemiga. Aun así, no pudo
evitar empeorar la situación, porque su deseo de estar dentro de ella
era mayor que el de ver el día siguiente. Y en ese estado se
mantendría perpetuamente hasta el día que muriera.
—Estoy bastante seguro de que aquí la única tentación eres tú con
esos cordones amarillos por encima de los pantalones cortos,
preciosa —dijo y observó el movimiento de su cuello mientras
tragaba saliva con los ojos cerrados, como si quisiera saborear el giro
íntimo de la conversación.
—En el trayecto hasta aquí, se me ha ocurrido que este bikini a lo
mejor no es lo más apropiado para lanzarme desde un acantilado,
pero en mi defensa diré que no sabía que habría un día de aventuras
al aire libre cuando hice la maleta. Y no he traído bañador.
—Yo saltaré primero. Si se te desabrocha al llegar al agua, te
protegeré y lo encontraremos juntos. No debería ser tan difícil, con
este tono de amarillo, ¿verdad? —Experimentó un potente afán
posesivo en el pecho que se negó a ser contenido, de modo que
rebosó—. Me importa una mierda si estamos juntos o no —añadió—.
Nadie más que yo va a verte desnuda.
No descubrió cuál habría sido su reacción, porque Apolo entró en
el claro montado en un quad y el ruido del motor acabó con el
silencio de la mañana.
—Anda, ¿quién lo iba a decir? Los dos habéis sobrevivido.
Tallulah pareció hacer un gran esfuerzo para apartar la mirada de
él, pero decidió que no iba a darle importancia a ese detalle. Ni
tampoco se la daría a lo que ella había dicho sobre el bikini o sobre
que quería tentarla. Le había hecho demasiado daño como para que
pudiera recuperarse. Eso le había dicho, sin rodeos, y todavía
reverberaba en sus oídos. El afán posesivo que sentía por esa mujer
lo había llevado a dar un traspié, pero no volvería a suceder. A
menos, claro, que otro intentase verla desnuda. En ese caso,
arrancaría el sol del cielo para que se hiciera la oscuridad y nadie
pudiera verla.
—Pues sí —replicó Tallulah, que miró a Apolo con una sonrisa—.
Supongo que nos sumaremos a las críticas de cinco estrellas de
Tripadvisor.
—Pues claro que son todas de cinco estrellas —dijo Burgess—. Los
que no sobreviven no pueden dejar valoraciones de una estrella.
Apolo echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—Los muertos no se van de la lengua.
Tallulah tosió.
—De repente, no tengo tan claro lo de saltar desde el acantilado…
—¡Venga ya! Será tan seguro como la tirolina. —Ozzie se subió a
otro quad—. Vamos al acantilado, aprovechando que es temprano. A
la hora del almuerzo está demasiado concurrido. Subid a la parte
trasera de…
—No —lo interrumpió Burgess. Aquello era demasiado y su afán
posesivo no iba a tolerarlo—. Tallulah va conmigo. He superado que
se tire en la tirolina, pero tengo que recuperarme antes de que salte
de un puto acantilado. —Meneó la cabeza—. Y no me recuperaré si
se sube en otro quad.
Ozzie y Apolo se miraron con sorna.
—¿Sabes conducir uno de estos, amigo? —le preguntó Apolo.
—Sé conducir una moto de nieve. La idea es la misma.
—Si tú lo dices… —Ozzie suspiró mientras se bajaba del quad para
subirse al de Apolo—. ¿No vienes, Tallulah?
Burgess la buscó con la mirada y descubrió que ella lo estaba
observando con una expresión rara.
Pues claro. Habían cortado, pero él seguía actuando como si
tuviera algún tipo de derecho sobre ella.
—Protegerte es un hábito —se excusó, con la nuca ardiendo—.
Supongo que no me será fácil cambiarlo. —Como no quería oír su
bronca, echó a andar hacia el quad vacío y se subió, con la atención
dividida entre el cuadro de mandos y Tallulah. ¿Se acercaría ella
después de su exagerado arrebato?
En cuanto Tallulah se colocó junto a su codo y deslizó una pierna
para subirse al asiento trasero antes de rodearle la cintura con los
brazos, Burgess inclinó la cabeza hacia delante y soltó el aire que
había estado conteniendo, embargado por un alivio que lo recorrió
de los pies a la cabeza, aunque bien era cierto que el roce de sus
muslos desnudos hacía que el bañador le pareciera incómodo.
—Lista —murmuró ella contra su espalda.
Por lo menos uno de los dos lo estaba.
Si él sobrevivía a lo que quedaba de mañana, sería un milagro.
29
El acantilado era mucho más alto de lo que Tallulah esperaba.
Aunque no tenía miedo.
Ya nada le daba miedo…, salvo quizá la posibilidad de haber
alejado a Burgess antes de estar segura de que era lo correcto. La
había ayudado a bajar del quad con todo el cuidado de un repostero
mientras saca una tarta nupcial de su camioneta, ¿y en ese
momento? En ese momento, estaba mirando la laguna, evaluando el
peligro con los brazos cruzados por delante del pecho, mientras la
luz se reflejaba en esos poderosos músculos y el viento le alborotaba
el pelo oscuro, salpicado de canas, apretando los dientes.
Burgess era el hombre más apuesto del mundo. Y punto.
Siempre había sido un semental (¡un bruto cariñoso!), pero la
atracción que sentía por él había llegado a un punto casi…
insoportable. Como si tuviera que contenerse para no lamerle la
espalda calentada por el sol de camino al acantilado. O para no
ponerle la mano en el regazo y sentir el contorno de su pene contra
la palma. Acariciárselo hasta ponérselo duro. Y el subidón de deseo
no solo era físico. Estaba… emocionalmente cachonda. ¿Eso era
posible?
Tal vez.
No, lo era. Porque en cuanto Burgess se apartó de ella, la
desesperación de sentir de nuevo su contacto la asaltó como un
terremoto de magnitud diez. Absorbió todo su afán protector como
una esponja ávida, porque parecía… que era lo único que quedaba.
Eso era lo único que él se permitía darle después de que hubiera
cometido el error de ponerle fin a las cosas posiblemente antes de
tiempo.
Así que ¿qué le impedía acercarse en ese preciso momento y
preguntarle si podían retroceder en el tiempo? Volver a esa mañana,
cuando se desahogó con él, estando asustada y nerviosa. Aterrada
por la idea de que le hiciera daño de nuevo. Quizá si hubiera sabido
que él actuaría tan deprisa y lo cortaría todo de raíz, habría
mantenido la boca cerrada…, pero guardarse sus sentimientos
tampoco estaba bien. ¿Verdad?
—Bueno —dijo Apolo—, cuando lleguéis abajo, no os olvidéis de
explorar. Hay varias orillas y miniplayas. También hay una cueva
detrás de aquella cascada…
—Yo salto primero aquí también —dijo Burgess al tiempo que se
llevaba la lengua al interior de un carrillo—. Tengo que juzgar la
profundidad por mí mismo antes de que tú saltes.
Ozzie y Apolo levantaron las manos.
—De verdad que eres la persona más desconfiada que he conocido
en la vida —dijo Apolo.
—Pues muy bien. No…
—No corres riesgos en lo que a ella se refiere. Lo sabemos. —Ozzie
suspiró y se quitó las chanclas mientras mascullaba entre dientes
sobre los cientos de turistas que saltaban desde ese sitio todos los
días—. Saltaré yo primero para que veas lo seguro que es.
Antes de que Burgess o Tallulah pudieran protestar, Ozzie
retrocedió varios pasos, gritó y ejecutó un salto que lo mantuvo en el
aire uno, dos, tres segundos antes de caer al agua cristalina que
había debajo. Tallulah contuvo el aliento hasta que salió a la
superficie poco después, agitando una mano… y tal vez haciendo
una peineta.
—Y ¿seguro que no podemos saltar juntos? —le preguntó Burgess
a Apolo.
—No, eso es peligroso —contestó él.
Burgess asintió con la cabeza, apretando los dientes.
—Vale.
Él cerró los ojos. No se movió.
Pasaron veinte segundos.
—Burgess —dijo ella—, ¿estás bien?
—Sí, solo estoy intentando recordar lo que dijiste la noche que te
llevé a bañarte desnuda.
—El lago estaba helado. Creo que me pasé todo el rato gritando
«¡madre mía!» .
—Antes de eso.
Tallulah hizo memoria y dejó que los preciosos recuerdos de
aquella noche aflorasen en su cabeza como un lazo que se deshace.
Hubo un momento concreto que quedó congelado en el tiempo,
como si hubiera parado la reproducción de un vídeo, e hizo zoom
para oír sus propias palabras, con su propia voz, pronunciadas
varias semanas antes.
—«La eternidad está compuesta de ahoras» —dijo—. Dickinson. Te
dije que era lo único de la clase de Literatura Inglesa que me llamó la
atención.
—Eso. Sí.
—¿Por qué estás pensando en eso ahora mismo?
—Seguramente porque me voy a tirar desde un acantilado.
Se echó a reír al oírlo.
—No sé, estoy intentando disfrutar de esto, no solo salir vivo. La
cita… tiene ahora mucho más sentido. Si solo te limitas a sobrevivir,
¿estás disfrutando?
Su interpretación hizo que el corazón le diera un vuelco.
—Eso mismo.
—Vale. —Burgess retrocedió unos pasos y la miró—. Lánzate al
mismo sitio donde caiga yo, ¿vale? Si salgo a la superficie.
¿Por qué tenía el corazón como una de esas máquinas de palomitas
de los cines, crepitando, saltando y rebosando?
—Lo haré, te lo prometo. Nos vemos ahí abajo.
Fue esa promesa, solo esa promesa, lo que hizo que Tallulah lo
mirara. Tal como descubrió en la tirolina, no le resultaba fácil ver a
ese hombre hacer algo un pelín peligroso sin estar justo a su lado, y
esa impotencia la asaltó de nuevo en ese momento, pero se alegró
muchísimo de no perderse detalle, porque Burgess soltó un grito de
pura alegría y salpicó más de lo que creía posible al caer en el agua.
Cuando su cara reapareció con una sonrisa renuente y se apartó el
pelo, el suelo desapareció bajo sus pies y se sumergió en otra caverna
de amor, mucho más profunda.
«Sí, ahora hazte la dura. Pero hace nada te fuiste, porque una niña
de doce años estaba enfadada contigo».
¿Cómo podía ser el mismo hombre que le había dicho algo tan
horrible?
El miedo a que aquel hombre volviera a hacerle daño persistía, y
eso le arruinó el momento…, algo que la cabreó muchísimo. La
cabreó tanto que eclipsó el miedo a saltar, de modo que lo hizo: sus
pies abandonaron la dura piedra y la gravedad tiró de su cuerpo tan
deprisa que casi no le dio tiempo a tomar una bocanada de aire. Pero
sí tuvo tiempo de ver la cara de Burgess mientras estaba en el aire.
De verlo enseñar los dientes por el terror de estar presenciando cómo
caía.
Él también la quería.
La quería con todo su ser, sin límites.
Esa fue la verdad que se le reveló mientras se hundía en el agua
cálida y la rodeaban las burbujas, llevándola hacia la superficie,
donde respiró hondo y se echó a reír con todas sus ganas…, pero se
interrumpió y soltó un gemido al darse cuenta de que sentía
demasiado el agua en los pezones. Y en todas partes.
No notaba el bikini. En absoluto.
—¡Burgess! —susurró—. Ha pasado.
—¡Mierda! —Nadó en su dirección mientras echaba un vistazo
para localizar a Ozzie, que ya estaba subiendo por el empinado
sendero para volver a lo alto del acantilado, dándoles la espalda—.
Ven aquí.
Ella asintió con la cabeza y nadó para reunirse con él. Bajo la
superficie, Burgess le aferró las caderas desnudas con las manos y la
hizo girar para que quedase de frente a él, cubriéndole el pecho con
su calidez y la conocida textura de su musculoso torso, salpicado de
vello.
—¿No ha dicho que había una cueva detrás de la cascada?
—Sí.
—Pues vamos hacia allí. —Burgess echó un vistazo a su alrededor,
los dos lo hicieron, pero no vieron nada amarillo cerca—. Puedes
esconderte allí mientras busco el bikini.
—Ha sido increíble —susurró ella con la cabeza echada hacia atrás
para ver el acantilado desde el que habían saltado y sonrió en
respuesta al saludo de Apolo—. Quiero repetirlo.
—La verdad es que yo también —replicó Burgess despacio,
sorprendiéndola—. Pero quizá deberíamos buscarte un traje de
neopreno para la próxima vez.
Tallulah resopló contra su hombro mojado.
—¿En qué has pensado durante la caída?
Durante un brevísimo momento, Burgess adoptó una expresión
tímida muy rara en él.
—En que me gustaría que Lissa pudiera verme. No se lo creería.
Tallulah sonrió para ocultar las ardientes lágrimas que empezaban
a acumulársele en los ojos.
—Yo creo que sí. Creo que incluso esperaría que volases. Eres su
superhéroe.
La nuez de Burgess subió y bajó al tragar saliva mientras seguían
avanzando hacia la cascada.
—¿En qué has pensado tú durante la caída?
Al parecer, lanzarse desde un acantilado había aclarado las cosas o
quizá le había quitado el filtro, porque confesó la verdad, que le salió
a borbotones, como agua de un dique roto. Al menos, la verdad en lo
que a ella se refería. No tenía muy claro en qué estado se encontraba
su relación con Burgess…, no era terreno firme, solo sabía que no
estaba preparada para un adiós definitivo.
—En que no sé si quiero cortar contigo —soltó, con el cuerpo
convertido en gelatina. Gelatina temblorosa e insustancial—. He
pensado en que… esta mañana solo necesitaba desahogarme y
sacarme la frustración de encima. Vamos, que no necesitaba una
solución inmediata. Solo quería que supieras por lo que he pasado.
No era necesario que lo arreglaras en dos segundos, Burgess.
Habían llegado al borde de la cascada, de modo que, a esas alturas,
estaba gritando para hacerse oír por encima del estruendo. Mientras
tanto, él la miraba con expresión inescrutable, pero estaba claro que
no respiraba, que no tomaba ni un poquito de aire.
—¿Estás diciendo que quieres estar conmigo, Tallulah?
—Estoy diciendo que… —«¡Sí!», gritaron su cabeza y sus entrañas.
Sin embargo, su corazón, que había recibido casi todo el daño, se
resistía—. Lo que digo es que todavía no lo sé —siguió con voz
estrangulada, porque así era como se sentía. Como si no le pasara el
aire—. Pero es demasiado pronto para dejarte marchar, no puedo
hacerlo.
El pecho de Burgess subió y se hundió deprisa. Acto seguido, se
coló por debajo de la cascada para llegar al espacio que había detrás,
y Tallulah lo siguió. El mundo se volvió más oscuro y silencioso de
inmediato.
—¿Por qué? —le preguntó él, con voz entrecortada, al tiempo que
la cogía de los brazos. Su intensidad hizo que el estómago se le
encogiera. Con fuerza.
Una vez más, intervino su corazón herido, sujetando con fuerza el
«te quiero» para que no saliera de su garganta. La decepción de que
ella no pronunciara esas palabras fue un golpe visible para él.
Burgess cerró los ojos, y ella lo imitó, aunque al mismo tiempo le
rodeó el cuello con los brazos y las caderas con los muslos, mientras
el agua los lamía a ambos.
—¿Puedo demostrártelo en vez de decírtelo?
—Todavía no estás conmigo del todo, Tallulah. —Sus frentes se
tocaron y él le deslizó las manos por la espalda mojada para sujetarla
por las nalgas y acercarla todavía más, colocando las caderas de tal
forma que le arrancó un gemido ronco—. Por favor, preciosa, no me
destroces así.
—Te necesito.
No estaba bien usar esas dos palabras, porque sabía que él acabaría
cediendo.
Sabía que conseguiría lo que necesitaba con desesperación: volver
a estar conectada a él. Solo habían pasado unas horas desde que
Burgess empezó a alejarse, y la herida ya sangraba a chorros. ¿Él no
se daba cuenta o qué? ¿No podía bastar esa intimidad de momento?
—¿Me necesitas? ¿Solo eso? —Burgess salió del agua, llevándola
consigo hasta la entrada de la cueva, con los dientes pegados a su
boca—. Mi supervivencia depende de ti.
—Me entrego a ti —susurró ella, frotándole el sexo desnudo contra
el bulto de su bañador, ansiosa por que la llenara con su fuerza, su
pasión, su ansia y su urgencia.
—No te entregas a mí por completo. ¿Crees que a estas alturas no
sé interpretar tus señales? —Aunque el seco comentario destilaba
frustración, bajó una mano para desatarse el bañador—. Pero a la
mierda, ¿no? Vamos a decir que es un masaje.
—No. —Le separó despacio los labios con la lengua,
succionándoselos con ternura antes de lanzarse a un largo y húmedo
beso en el que sus lenguas se encontraron y se alejaron, llegando
cada vez más hondo hasta que Burgess empezó a gemir mientras la
golpeaba entre los muslos con su dura erección, acariciándosela con
un puño que también la golpeaba a ella en las piernas mientras lo
movía, deprisa y sin miramientos—. Hicimos el amor, los dos lo
sabemos —le susurró junto a la boca—. Cada vez que nos tocábamos
era eso.
Burgess soltó un gemido mientras todo su cuerpo se estremecía.
—¿Y ahora? —le preguntó con voz ronca y cargada de emoción.
—Ahora me da miedo confiar en lo que siento.
—¿Cómo puedo arreglarlo? —replicó Burgess, metiéndole la punta
y parándose un momento antes de enterrarse en ella hasta el fondo
con una embestida certera que los dejó jadeando contra la boca del
otro—. Dime cómo consigo que me quieras de nuevo —susurró él al
tiempo que le cogía el culo con fuerza y la hacía subir y bajar sobre
su erección, derramándole el aliento en los labios—. Nunca volveré a
hacerte daño, Tallulah. Jamás. Antes me tiro de un acantilado mucho
más alto.
No le dio oportunidad de responder, porque se apoderó de su boca
y la destrozó para siempre, besándola con tanta pasión que se le
llenaron los ojos de lágrimas mientras empezaba a mover las caderas
y la penetraba hasta el fondo, exigiendo más y más, al ritmo que
imponían sus manos. Sus cuerpos húmedos se frotaban y sus
gemidos fueron aumentando hasta que se impusieron al rugido de la
cascada, y él tuvo que cubrirle la boca con la suya mientras se la
follaba a lo bestia y ella le clavaba los dedos de los pies en algún
punto cercano a las rodillas.
—Por Dios, Tallulah, nena, tengo que correrme ya.
—Córrete. Quiero que te corras. —Dejó un reguero de besos en esa
cara perfecta, sin dejar de mover las caderas arriba y abajo, aunque
empezaban a temblarle los muslos, junto con el resto del cuerpo. Por
la intensidad de lo que estaban haciendo y por la vorágine de
emociones que se estaban liberando y que corrían como presos
fugados dentro de su pecho—. No me lo niegues otra vez, por favor.
—No puedo. No soy lo bastante fuerte. —La miró a los ojos, que
tenía nublados por la pasión, y le lamió el cuello de un modo
maravilloso y obsceno antes de apoderarse de sus labios y lamerle el
interior de la boca con un gruñido—. Tengo hambre y tu cuerpo es lo
único que me alimenta.
—Pues devórame. —Tensó los músculos internos y vio que la cara
de Burgess se transformaba por el placer agónico, y el suyo propio lo
siguió con grandes palpitaciones y músculos tensos, con los
movimientos frenéticos de sus caderas—. Yo también voy a
devorarte. ¿Lo sientes?
—¿Que si lo siento? —Burgess perdió el ritmo de sus embestidas y
empezó a respirar de forma superficial mientras le clavaba todavía
más los dedos en el culo—. Tallulah, basta con que me sonrías, para
saber que voy a sentirlo durante siglos. No tienes ni idea de lo que
esto me provoca. Metértela. Hacerte el amor. Ver que mi polla te fríe
el cerebro. No tienes ni puta idea —dijo antes de mascullar—: ¡Mía!
Ella le mordió los labios.
—Mío.
—¡Mía!
El inminente orgasmo les transformó la cara a ambos, ya muy
cerca del final, el principio, el todo; sus bocas se fundieron, y
Tallulah lo atrapó dentro de ella de un modo casi insoportable que lo
llevó a estallar en su interior y a llenarla con su cálida humedad al
tiempo que le enterraba los labios en el cuello y ahogaba un grito,
sujetándola en todo momento con violencia para frotarse contra ella
de una forma que era necesaria, perfecta y agónica, porque prolongó
su propio orgasmo hasta que empezó a golpearlo en los hombros y a
retorcerse sobre su duro miembro, excitándolo todavía más y
excitándose ella más al mismo tiempo, mientras la humedad le corría
por la cara interna de los muslos y la cascada los convertía en los
únicos seres humanos sobre la faz de la Tierra. En ese momento, eso
era justo lo que quería.
No tener que tomar decisiones.
No tener que lidiar con los sentimientos.
Simplemente… ser. Quedarse allí, ser y perderse en lo que solo ese
hombre era capaz de provocarle.
Sin embargo, en cuanto terminaron el descenso a la normalidad
entre jadeos y caricias tranquilizadoras, Burgess le leyó el
pensamiento y la soltó despacio para abrazarla y dejarle un reguero
de besos en las sienes, las mejillas y los párpados.
—Sí. Estamos hechos el uno para el otro. Y punto. Pase lo que pase.
Solo tienes que decidir si quieres que estemos juntos o separados,
Tallulah. —La miró a la cara un buen rato, con los ojos rebosantes de
adoración y luego le dio un largo beso en los labios, le apartó el pelo
mojado de la cara y unió sus frentes una última vez, mirándola a los
ojos de tal manera que se le aflojaron las rodillas—. Voy en busca del
bikini.
30
Burgess estaba sentado en un banco con vistas a las aguas turquesas
del mar Caribe, protegiéndose los ojos mientras el sol se ocultaba
despacio tras el horizonte. Cuando desapareció por completo, se
apoyó en el respaldo de madera y clavó la mirada en la pérgola
adornada con gasa blanca donde se oficiaría la ceremonia de la boda
de Wells y Josephine al día siguiente. Había llegado una hora antes
al ensayo porque no sabía qué hacer consigo mismo y quedarse en
su habitación solo había conseguido ponerlo todavía más nervioso.
Con una miradita al reloj, descubrió que todavía faltaban diez
minutos para que el cortejo nupcial se reuniese con Carlos y así
repasar la ceremonia, tras lo cual tendría lugar la cena del ensayo.
Eso quería decir que iba a ver pronto a Tallulah.
El pulso le latía errático, como un reloj desacompasado.
Podía decir sin temor a equivocarse que nunca se había sentido así.
Era una extraña mezcla de lucidez y confusión. De alegría máxima y
absoluta tristeza. Al principio, se había apuntado a la tirolina y al
salto desde el acantilado para pasar tiempo con Tallulah, pero, joder,
algo había cambiado en su interior ese día. Se había dejado llevar.
Había aprendido que todavía podía hacer cosas fuera de su zona de
confort sin que pasase nada. No, de hecho, le había encantado el
subidón de lanzarse al agua, la satisfacción que se apoderó de su
cuerpo después, como si hubiera satisfecho algo en su interior que
llevaba mucho tiempo sin existir. Quizá su sentido de la aventura
había estado agazapado bajo la superficie todo ese tiempo, a la
espera de que ella lo sacara a la superficie de nuevo.
Cuando menos, ya no era solo Sir Salvaje.
Todavía tenía fuelle para más.
Sin embargo, no era capaz de verlo en ese momento. No sin ella.
Se desabrochó el botón del cuello de la camisa y se dio un tirón de
la corbata para aflojarla. A la mierda con la vestimenta formal de esa
noche. ¿Se les había pasado por alto a Wells y a Josephine que
estaban en Centroamérica? Había sudado más en los últimos dos
días que en toda su carrera como jugador de hockey. Aunque el sudor
que se le empezaba a acumular en el labio superior tenía mucho que
ver con saber que Tallulah iba a aparecer en menos de cinco minutos.
Sí, a esas alturas no veía las aguas cristalinas. La veía totalmente
desnuda, rodeándole las caderas con las piernas, suplicándole que se
corriera. Veía esa sonrisa deslumbrante y reparadora después de
saltar a la laguna, y recordaba cómo se le había subido el corazón a
la garganta en respuesta. Veía la conflictiva respuesta de Tallulah
después de haber hecho el amor detrás de la cascada. El dolor
todavía lo acompañaba, como la metralla de una bomba que se le
hubiera clavado bajo la piel y que requiriera de un cirujano para
extirparla.
Durante los dos últimos días, había luchado en una guerra…, y era
posible que la hubiera perdido.
En realidad, más que posible. ¿No era cierto que perdió a Tallulah
aquel día en el hospital?
Tal vez nunca fue realista creer que podía recuperarla.
La idea de volver a casa y lidiar con la realidad de vivir sin ella…
lo acojonaba. A lo largo de las últimas seis semanas, se había
obligado a curarse, a entrenar y a luchar contra el dolor y las
molestias, animado por un objetivo: que Tallulah volviera a su vida.
Y a la de Lissa.
Si fracasaba…, ¿qué iba a hacer? ¿Despertarse por las mañanas
sabiendo que ella estaba allí fuera, en el mundo, pero no con él? Y
que nunca lo estaría porque, en un momento de debilidad, no había
valorado su presencia lo suficiente. Le parecía el infierno en la tierra.
Sin embargo, tendría que seguir poniendo en práctica las lecciones
que le había enseñado Tallulah de alguna manera, porque lo
ayudaban a ser mejor persona. Mejor padre. Viviría por ella a través
de sus propias acciones y palabras, aunque no lo acompañase
físicamente. Cada segundo sería una tortura, pero no iba a dar un
paso atrás.
Solo hacia delante.
Aunque solo tuviera su recuerdo para impulsarlo.
Oyó que se acercaban pasos y tragó saliva para aliviar el escozor
que sentía en la garganta antes de ponerse de pie y volverse,
momento en el que descubrió a Wells, a Josephine, a Tallulah y a
Carlos avanzando por el sendero de piedra iluminado, y el pulso se
le aceleró a lo bestia de inmediato.
—¡Por Dios! —masculló. Cuando creía que Tallulah no podía estar
más guapa, ella se superaba. En vez del vestido corto ceñido de la
venganza que se puso la primera noche, llevaba uno largo de color
morado que se agitaba con la brisa, con un brazalete dorado y el pelo
suelto y ondulado, seguramente todavía impregnado del agua
salada después de la excursión. Tenía un aspecto exquisito, con el
efecto del sol sobre la piel; era perfecta. En todos los sentidos.
—Hola, colega —lo saludó Wells al tiempo que le agarraba la
mano para tirar de él y darle un breve abrazo y un golpecito en la
espalda—. ¿Llevas mucho tiempo esperando?
Él se encogió de hombros y se inclinó para darle a Josephine un
beso en la mejilla.
—Me apetecía ver el atardecer.
La pelirroja lo miró con expresión risueña.
—¿No están echando la repetición de ningún partido de hockey por
la tele?
—El hockey no lo es todo —replicó él sin pensar y se dio cuenta de
que lo decía en serio. Lo dijo con más convicción si cabía con
Tallulah allí delante, mirándolo con una expresión contrita en los
ojos… y supo de inmediato que se había acabado. Que ella había
decidido cortar de verdad. Que había estado pensando durante las
horas que habían pasado separados esa tarde y había llegado a la
conclusión de que… no. No a él. No a la vida que habían creado
juntos un aburrido padre divorciado, una dinámica y sensata niñera
y una confusa niña de doce años. No iban a averiguar lo que
sucedería a continuación.
Lo llevaba escrito en la cara.
Se le cayó el alma a los pies, se le entumecieron los dedos y su
corazón se rindió por completo.
Ya ni siquiera lo sentía latir.
—¿Podemos hablar? —susurró Tallulah.
—Luego —consiguió decir pese al enorme nudo que tenía en la
garganta, a sabiendas de que necesitaba tiempo para centrarse, para
controlar sus propias emociones. Necesitaba hacer acopio de fuerza,
prepararse. Aunque nunca estaría preparado para oír que ella había
decidido que formase parte de su pasado, ¿verdad?
—¡Ah! Claro, vale —murmuró ella, que titubeó un momento antes
de pasar a su lado para reunirse con Wells y Josephine bajo la
pérgola blanca que daba al mar.
Burgess cerró los ojos cuando pasó junto a él y aspiró su aroma
mientras se preguntaba si le diría qué perfume usaba antes de
separarse para siempre.
Compraría todos los botes que pudiera para que le durasen hasta
su último día en la tierra.
—Muy bien, vamos a hacer un ensayo corto y bonito, dado que la
cena empezará en breve. Solo sois dos en el cortejo nupcial, así que
no deberíamos tardar mucho —dijo Carlos, que se colocó debajo de
la pérgola, como si hiciera de sacerdote. Señaló la zona que tenían
delante, trazando un rectángulo en el aire—. Ahí habrá sillas blancas
por la mañana. A ambos lados del pasillo central. Josephine, ya te he
enseñado la habitación en la que esperarás con tu padre. También he
repasado con él lo que debe hacer mientras te acompaña por el
pasillo para llevarte hasta Wells, que te estará esperando. Burgess, tú
estarás a su derecha. —Carlos avanzó unos pasos, guiándolo del
codo para llevarlo al lugar indicado—. Te pondrás aquí.
—Podrías haberme pedido que me moviera sin más.
El coordinador pasó de él.
—Tallulah, tú estarás a la izquierda, al lado de la radiante novia.
Pero antes de que eso pase, claro está, recorrerás el pasillo con
Burgess.
—Perdona, ¿qué has dicho? —preguntó él mientras el comentario
se le clavaba en el pecho como un cuchillo y se daba cuenta de que
Tallulah lo miraba con una expresión rara en la cara.
¿Por qué no se le había pasado por la cabeza que tendría que
recorrer el pasillo junto a Tallulah? ¡Pues claro que tendría que
hacerlo! Era el padrino. Ella era la dama de honor. Eso era lo que se
hacía en las bodas. Por Dios, eso iba a destrozarlo.
—Los dos habéis estado fuera esta tarde —siguió Carlos, que
parecía ajeno al caos que le había provocado en el esternón—, no he
podido enseñaros el lugar donde esperaréis mi señal, así que voy a
enseñároslo ahora. Acompañadme, por favor.
Burgess vio con el rabillo del ojo que Tallulah lo observaba
fijamente, pero era incapaz de mirarla. A partir de ese momento, no
podría ni mirarla de reojo. El recuerdo de recorrer el pasillo se le
quedaría grabado en la cabeza y ya sería bastante malo de por sí sin
necesidad de recordar sus ojos, su pelo agitándose por la brisa
tropical o el contacto de su brazo con el suyo. No. Activó el modo
supervivencia.
—Burgess —dijo Tallulah mientras seguían a Carlos por el sendero
en dirección a un pequeño edificio ubicado junto al complejo
principal—, ¿estás… bien?
Siguió andando sin contestar.
¿Que si estaba bien?
¿Lo preguntaba de verdad?
—Muy bien, ya hemos llegado. —Carlos sacó un llavero y abrió
una puerta marcada con un letrero que ponía Reservado con un
rápido gesto de la muñeca, tras lo cual encendió la luz por dentro—.
Tendréis que estar aquí a las tres y media de la tarde. A mi señal,
saldréis por la puerta y echaréis a andar cogidos del brazo hacia el
lugar donde se oficiará la ceremonia. Así… —Hizo una señal para
que se cogieran del brazo, pero no se movieron—. Así.
—No hace falta que lo ensayemos todo. Tres y media, cogidos del
brazo, ponernos debajo de la cosa esa blanca. Entendido.
Tallulah frunció el ceño. Quizá. No podía verla, pero captó su
sorpresa y su reproche cuando dijo:
—Burgess…
Carlos inspiró por la nariz.
—A lo mejor no te parece importante que todo salga a la
perfección, pero tus amigos sufrirán si algo sale mal.
Muy bien, tenía razón. Lo último que quería era estropear la boda
de dos personas que habían conseguido que su relación saliera
adelante. Dos personas a las que se podía decir que quería.
Burgess gruñó.
Carlos lo tomó como una señal para hacer que se pusieran en
marcha.
—Así —insistió.
Mantuvo la vista clavada al frente en todo momento mientras
caminaban despacio hacia la pérgola donde se oficiaría la ceremonia,
mientras el olor a naranja y albahaca de Tallulah le destrozaba los
sentidos. Cuando llegaron a la zona de césped donde estarían las
sillas a la mañana siguiente, sentía una opresión en las costillas, de
modo que empezó a revivir su último partido en Siracusa, como
hacía a menudo, pero el recuerdo del clamor de la multitud no
consiguió calmarlo en absoluto. Cuando llegó al final del «pasillo»,
se sentía como un colador.
—Genial —dijo Carlos a su espalda—. Ahora podéis ocupar
vuestros lugares y esperar a que los novios también recorran el
pasillo. Wells, ¿le has dado ya el anillo a Burgess para mañana?
No obtuvo respuesta.
Wells estaba demasiado ocupado mirando a Josephine a la luz de
la luna, hechizado por completo.
Su futura esposa lo miraba con la misma devoción mientras
entrelazaban los dedos.
Burgess se emocionó por primera vez al ver lo que tenían. Incluso
lo anheló.
—Wells —dijo, y luego carraspeó—, ¿el anillo?
—Sí, lo tengo, colega. Te lo doy mañana.
—Genial. —Burgess se apartó del grupo, aunque le resultó
imposible no mirar por última vez a Tallulah, hambriento de
contacto visual después de llevar tanto tiempo sin él, pero descubrió
que ella se estaba mirando las manos—. Nos vemos en la cena.
Tallulah hizo lo que pudo para no perder la sonrisa durante la cena,
pero estaba entumecida de la cabeza a los pies. Burgess se había
sentado al otro lado de la estancia, aunque la tarjeta con su nombre
estaba justo delante de ella. Su lugar lo ocupaba un hombre mayor,
al parecer un amigo de los padres de Josephine, que parloteaba
encantado sobre el tiempo que hacía en Florida y si se parecía o no al
de Costa Rica, pero ella solo se estaba enterando de un tercio de lo
que decía.
No dejaba de revivir el momento en el que recorrió el pasillo con
Burgess.
Lo distante que le había parecido.
Porque Burgess no había cortado con ella mentalmente, ¿verdad?
Al menos, no por voluntad propia.
Lo había obligado ella.
Admitir eso hizo que el corazón le diera un vuelco y que se le
cayera el estómago a los pies, al tiempo que el martini se le agriaba
en la boca. Burgess le había dicho que hacer el amor con ella cuando
no estaba totalmente segura de lo que quería, de su relación, lo
destrozaría. Y saltaba a la vista que así había sido. Mientras intentaba
protegerse para que no volviera a hacerle daño, ella se lo había
hecho a Burgess.
No le hizo caso cuando le pidió que tuviera en cuenta sus
sentimientos, aunque él no lo hubiese hecho en el pasado. ¿Cómo
había sido capaz de algo así? No se percató hasta mucho después, ya
tumbada en la cama de su habitación, de lo egoísta que había sido.
Esa tarde había ido al ensayo con la intención de disculparse, pero él
la había evitado. Se había distanciado.
Sobre todo en ese momento, sentado lo más lejos que podía de ella.
Hizo ademán de coger la copa de agua y se dio cuenta de que le
temblaba la mano, de modo que se la puso en el regazo y respiró
hondo varias veces.
—Me temo que a lo mejor llueve mañana. Un chaparrón para que
todo siga verde —dijo el hombre de Florida desde el otro lado de la
mesa mientras se metía una gamba en la boca—. Pero ya sabes lo que
dicen, que la lluvia el día de la boda trae suerte.
—Es verdad —replicó en un intento por parecer interesada, pero
miró a Burgess, en la otra mesa, y todo el cuerpo le palpitó, como un
latido gigante. Tenía tantas ganas de estar sentada a su lado que se le
formó un nudo en la garganta—. Eso dicen. De la lluvia y las bodas.
—Hacía un sol radiante cuando yo me casé. Eso debió de darme
una pista.
Tallulah se obligó a reír.
—¡Ay, lo siento!
—Más lo siento yo. Dejé que se me escapara una buena mujer. —El
hombre soltó una risilla—. Se casó de nuevo y tiene dos hijos. Ya
adultos. Eso es lo que no termino de creerme. Tengo la sensación de
que fue ayer mismo cuando estábamos casados, pero no puede ser,
porque, en ese caso, no llevaría casada con otro tanto tiempo como
para tener hijos que ya van a la universidad, ¿sabes? El tiempo vuela,
¿a que sí?
Los últimos meses habían pasado en una serie de colores y
sonidos.
—Sí.
Se oyó el ruido de una silla al arrastrarse por el suelo y alguien
golpeó una copa con una cucharilla para pedir silencio. Tallulah miró
en dirección al sonido y vio al padre de Josephine de pie con una
copa de champán en la mano.
—Siento la interrupción, pero esta es mi única oportunidad para
decir algo. Mañana durante el banquete, le tocará el turno al padrino
y, en fin…, no puedo desperdiciar la oportunidad de decirle a mi
futuro yerno que lo quiero. Que mi mujer y yo lo queremos. Cuando
tienes una hija, nunca crees que haya alguien lo bastante bueno para
ella. Pero Wells demostró que me equivocaba. No solo es lo bastante
bueno para ella, sino que es el único. —Levantó la copa—. Y quiero
darle la bienvenida oficial a la familia.
Unas cuantas sillas más allá, Wells tiró de Josephine para
sentársela en el regazo y le enterró la cara en el cuello mientras los
demás aplaudían.
—Mira eso —dijo el hombre con el que había estado hablando
Tallulah, con una expresión tierna—. Ojalá se cuiden el uno al otro.
El amor no aparece dos veces. Y aunque lo haga, será distinto. No
hay dos amores exactamente iguales, ¿sabes? Cuando dos personas
se aman, crean una especie de copo de nieve, pero de amor, uno que
nunca se podrá recrear con otra persona.
Ella cogió la servilleta y se secó los ojos, casi sin poder hablar por
las piruetas que el corazón le estaba haciendo en el pecho.
—Vale, ¿quién te ha mandado para que me destroces?
El hombre dejó el tenedor a medio camino de la gamba que iba a
pinchar.
—¿Cómo dices?
—¿Para quién trabajas?
La miró sin comprender.
—¿En serio? ¿Es pura coincidencia que yo haya… cortado con el
hombre del que sigo enamorada… y que él esté aquí y que todo lo
que tú digas me parezca un ataque?
El hombre bajó el tenedor.
—¿Has cortado con un hombre al que sigues queriendo? ¿¡Por
qué!?
—Es complicado.
—No lo es. —Meneó la cabeza—. Si piensas en el problema, si lo
analizas bien, verás que no es más complicado que aprender a vivir
sin alguien a quien quieres. Te lo prometo.
Tallulah sintió que le escocían los ojos, miró al otro lado de la
estancia y vio que Burgess le devolvía la mirada, con el anhelo
pintado en la cara, pero la apartó antes de que ella pudiera
absorberlo todo. El hombre de Florida siguió su mirada y se volvió
hacia ella con la boca abierta.
—No me digas que es el jugador de hockey. ¿Sir Salvaje?
¿Qué sentido tenía fingir?
—Sí —susurró—. Es él.
—¿Eres la mujer del artículo?
—¿Que si soy… quién?
El hombre se frotó las manos antes de volverse y rebuscar en la
bolsa que tenía colgada del respaldo de la silla para sacar una revista
de cubierta brillante que llevaba enrollada.
—Me he traído mi ejemplar de Sports Illustrated con la esperanza
de que Sir Salvaje me lo firme. Quería que Jim nos presentara, pero
está muy ocupado casando a su única hija. —Dejó la revista en mitad
de la mesa. Una jugadora de la selección estadounidense de fútbol la
miró desde la cubierta hasta que su compañero de mesa empezó a
pasar páginas—. Espera, tengo marcado el artículo…
Cuando volvió a extender las páginas, Tallulah se encontró con
una foto de Burgess, todo pertrechado en el hielo. Mordiendo el
protector de un modo que la conmovía por su familiaridad, aunque
solo lo hubiera visto hacerlo una vez. Había fotos más pequeñas,
capturas del momento en el que su lesión pasó de ser una molestia a
ser horrorosa, e hizo una mueca al verlas mientras sentía un peso en
el estómago. Hizo ademán de ofrecerse a ayudarlo a que le firmara el
artículo, pero el hombre pasó la página una vez más… y allí estaba
Burgess en rehabilitación.
Sudoroso, pálido, tirando de una cuerda mientras un fisioterapeuta
le daba instrucciones desde atrás.
Y en la pared justo delante de Burgess estaba… ella.
Una foto suya.
Las conversaciones que la rodeaban se apagaron, el sonido de su
corazón se aceleró y le atronó los oídos hasta que ahogó todo lo
demás. Todo su mundo se redujo a esa fotografía. A su forma de
mirarla mientras se ejercitaba.
Ella había sido su incentivo.
—Lo entrevistaron para el artículo, claro. No menciona el nombre
de la mujer, pero… a ver si lo encuentro… —Acercó la revista a una
vela para leer un pasaje—. Dijo: «¿Me motiva volver al hockey? Claro.
Pero, sobre todo, hay una mujer. Hay una mujer increíble. Pensar en
ella es lo que me hace avanzar. Lo que me cura más que cualquier
medicina».
Tallulah sintió que tenía la tráquea llena de hormigón cuando él
terminó de leer. La mesa iluminada por las velas se convirtió en una
mancha borrosa delante de ella, pero se secó los ojos con rapidez;
quería ver a Burgess, pero él estaba de pie junto a la mesa, hablando
por teléfono. Lo vio salir de la estancia al patio, y sintió su repentina
ausencia en la forma de un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.
Se puso en pie, aunque sentía las piernas flojísimas, y se apoyó en
el respaldo de la silla mientras se aclaraba las ideas. ¿Por qué se
había levantado? ¿Qué pensaba hacer?
Si se paraba a pensarlo, solo había una respuesta.
Estaba enamorada de un hombre que durante un mal día le había
dicho algo lamentable, pero ese momento no lo definía. A lo mejor
sus palabras pusieron el dedo en la llaga, sí. Pero también le había
dicho muchas cosas que la hicieron sentir… viva, segura y querida,
¿verdad? No quería pasar más tiempo, mucho menos el resto de su
vida, sin oír su voz, sin ver su cara, sin sentir sus manos y su aliento
en el cuerpo. Sin quererlo. Sin que él la quisiera a su vez.
—Me vas a tener que perdonar… —dijo al tiempo que obligaba a
sus piernas a cruzar el comedor.
Burgess se había alejado hasta el extremo del patio y se había
sentado en una de las tumbonas, cerca de una fogata que le
iluminaba las facciones. Había tanto ruido procedente del comedor
que no debió de oírla llegar, y ella tuvo que acercarse varios pasos
para oír lo que estaba diciendo al teléfono, aunque al final lo
consiguió.
—Lo sé, Liss. —Burgess se masajeó el centro de la frente—. Lo he
hecho. Lo he intentado.
Tallulah se detuvo en seco, con las manos pegadas al pecho para
evitar que el corazón se le saliera.
—Pues claro que le he dicho que la quiero. Créeme, ya lo sabe. —Él
escuchó un momento—. No es tan fácil. No siempre se puede
arreglar algo que se rompe. —Lo que su hija le dijera lo hizo echarse
hacia atrás y suspirar hacia el cielo nocturno—. Sí, claro que le diré
que la quieres. Pero a lo mejor…
—A lo mejor me lo puede decir ella misma.
Burgess se quedó inmóvil y tardó un segundo en volver la cabeza.
Tenía una expresión cautelosa en los ojos y, ¡por Dios!, eso la
destrozó. No quería que tuviera que mostrarse cauteloso con ella en
ninguna circunstancia. Jamás.
—¿Quieres hablar con Lissa?
Se moría por hacerlo, la verdad. Pero…
—Bueno, esperaba que pudiera decírmelo en persona… —Esas
palabras le provocaron tal oleada de esperanza y de fe en el futuro
que casi fue incapaz de pronunciarlas en voz alta por el dolor—. En
Boston.
Un trocito del muro que Burgess había erigido a su alrededor
desapareció y la esperanza le cruzó la cara como un cometa antes de
apagarse.
—Puedes venir cuando quieras…
—Burgess —lo interrumpió, exasperada y con el corazón en un
puño—, lo que intento decirte es que quiero volver de forma
permanente. —Dio otro paso hacia él. Y otro más, hasta que le rozó
el muslo con una rodilla—. Quiero volver a casa.
La mano que sujetaba el teléfono cayó como una piedra y él tuvo
que esforzarse por llevársela de nuevo a la oreja, como si se hubiera
quedado sin fuerza de repente. En cuanto lo consiguió, escuchó un
rato con la nuez subiéndole y bajándole por la garganta a una
emocionada niña de doce años chillar al otro lado de la línea.
—Te ha oído —dijo él, mirándola, todavía con esa expresión un
poco cautelosa, pero acercándose cada vez más y más—. Lissa, luego
te llamo. —Hizo una pausa—. Luego te llamamos. —Acto seguido,
soltó el teléfono y se levantó de un salto de la tumbona para
estrecharla con fuerza entre sus brazos y levantarla en volandas con
un gruñido entrecortado antes de pasarle las manos por todo el
cuerpo, bajándole por la coronilla y la espalda para pegarla a él todo
lo que pudo y susurrarle al oído—: Creía que ya no querías saber
nada de mí. Que me habías olvidado.
—Nunca. Es imposible. —Le rodeó el cuello con los brazos y se lo
apretó, absorbiendo la bienvenida, la seguridad y la sensación de
culminación que él representaba—. Me habría pasado la vida
queriéndote.
A Burgess le flaquearon las rodillas.
—Me quieres. Todavía me quieres.
—Pues claro que sí. —Tallulah tenía la cara bañada en lágrimas—.
No creerás que uso la sudadera de cualquiera como almohada,
¿verdad?
Burgess se apartó un poco, acariciándole el pelo con los dedos y la
mejilla con los nudillos una y otra vez.
—No volveré a hacerte llorar, Tallulah. Te lo juro por lo más
sagrado. He estado muerto en vida desde que te fuiste de la
habitación del hospital…
—Burgess… —Se devanó los sesos en busca de las palabras
adecuadas, de esas palabras que los pondrían en el camino correcto.
En el mismo camino. Unas palabras que brotaban de su corazón en
ese momento, como si hubieran estado esperando a que algo las
liberase—. A lo mejor lloro de nuevo. A lo mejor gritamos y nos
enfadamos o nos tocamos las narices. Pero nuestro amor será mayor
que esos malos momentos. Y ahora sabemos cómo es. Lo de estar
alejados. Distanciados. Así que la próxima vez vamos a luchar
juntos, no separados. La próxima vez recordaremos que nuestro
amor siempre vence y pasaremos de la indecisión… directamente a
la reconciliación.
—Me apunto, Tallulah. No quiero volver a estar sin ti —dijo
Burgess con la voz cargada de emoción mientras meneaba la cabeza
y la miraba fijamente, deteniéndose en cada rasgo de su cara—. ¡Por
Dios! No merezco otra oportunidad, pero ya verás lo que voy a hacer
con ella. —Le acarició los labios con los suyos, dándole un beso lento
y arrollador—. Voy a llevarte a vivir aventuras, porque vivo para
hacerte feliz. Y porque también me has enseñado a disfrutar de ellas.
Pero te digo muy en serio que nunca habrá una aventura que esté a
tu altura. —La miró a los ojos—. Quiero quedarme en ella para
siempre.
—Me apunto —susurró ella—. Pero no pienso cocinar.
* Finn es similar en la pronunciación a «fin», que significa «aleta». (N. de las T.)
Epílogo
Burgess se ajustó los AirPods en las orejas mientras la lista de
reproducción pasaba a la siguiente canción. Cuando sonó el familiar
aullido de los Raskulls, puso los ojos en blanco, pero no pasó a la
siguiente. Ni hablar. Disfrutaría cada minuto de la lista de canciones
que Tallulah y Lissa le habían preparado juntas. Se habían pasado
dos horas riéndose mientras la creaban, acurrucadas en el sofá con el
portátil de Tallulah, y desde entonces la había estado escuchando en
bucle. Le recordaba a ellas. Le recordaba a su hogar.
Libros de texto sobre la mesa. Tres personas chocándose en la
cocina mientras preparaban helados. El crujido de una bolsa de
papel llena de bagels el domingo por la mañana. Un montón
desordenado de botas de invierno junto a la puerta de entrada. El
olor a menta, zumaque y comino en el aire.
Estar tumbados de espaldas en el parque de la azotea mirando el
cielo nocturno mientras hablaban de todo y de nada.
Las risas. La música. El baile.
Ese era su hogar.
Y la persona que había aparecido para crear su brillante y colorido
nuevo mundo se encontraba en ese momento en el edificio de
ladrillo que tenía a la derecha, haciendo un último examen antes de
obtener su máster en Biología Marina, tras lo cual iban a reunirse con
Lissa para un desayuno tardío en un restaurante cercano al instituto.
Su hija, que casi había terminado el primer curso, era muy
independiente y le iba de maravilla a esas alturas. Aunque Lissa
todavía prefería quedarse leyendo en casa antes que socializar, se
había encontrado a Tallulah arrodillada delante de la mesita del sofá
haciéndole la manicura a un grupito de adolescentes en un par de
ocasiones.
Sí, su hija ya tenía amigas, pero, lo más importante, tenía buen
criterio. Agallas. Era capaz de ver la imagen completa en vez de
quedarse estancada en los minúsculos contratiempos. Por supuesto,
gran parte era fruto del trabajo de su madre (con quien cenaban a
menudo, junto con su flamante marido), pero también mucho era
fruto de la influencia de Tallulah. Y, a ver…, a lo mejor él también la
había ayudado al transformarse al mismo tiempo. Al convertirse en
una persona que aceptaba el cambio y las nuevas experiencias en vez
de darles la espalda.
Empezó a oír los acordes de una canción de rap que Tallulah
aseguraba que lo prepararía para los partidos, y suspiró con una
sonrisa sin apartar la mirada de la puerta del edificio. Desde luego
que su novia era fan del hockey. Una fan absoluta. Casi lo tentaba la
idea de añadir otra temporada más a su carrera solo para verla
animando desde los asientos reservados a la familia con su camiseta.
Pero… no. Esa sería la última. Se había recuperado de la lesión de
espalda y había demostrado de qué pasta estaba hecho. Había
probado que era un integrante vital de los Bearcats, pero había
llegado el momento de pasarle el testigo a Sig para que fuera él el
capitán.
Al fin y al cabo, lo esperaban aventuras. A él y a su familia.
Alguien le tocó un hombro, de modo que se dio media vuelta y se
encontró con un veinteañero que lo miraba y al que su sonrisa
pareció pillarlo desprevenido, porque fue como si dudara de estar
dirigiéndose al hombre correcto, así que decidió fruncir el ceño.
El chico se relajó.
—¿Qué pasa? —preguntó Burgess al tiempo que se quitaba un
auricular.
—Sir Salvaje, soy Irving Randell, del Boston Globe. Por curioso que
parezca, he venido al campus para escribir un artículo sobre la
victoria del torneo estatal del equipo de lacrosse, pero te he visto aquí
sentado. Me encantaría hacerte unas preguntas si tienes tiempo. Así
quedaría bien con el editor de la sección de deportes.
Burgess miró de nuevo hacia el edificio y después comprobó la
hora.
—Vale. Soy tuyo hasta que mi novia salga por esa puerta. En
cuanto la vea, seguramente no oiga una sola palabra que salga de tu
boca.
—¿Estás esperando a la au pair?
—Antigua au pair. Actual… todo.
No había otra forma de describir a Tallulah. Lo era todo. El amor
de su vida y el motivo por el que abría los ojos por la mañana. Su
mejor amiga y la persona con la que educaba a su hija. Su
animadora. Su inspiración. Su corazón. La vida no había sido igual
desde que volvieron de Costa Rica hace casi un año y medio y se
reunieron con una llorosa Lissa en la acera delante de El Faro. Sin
embargo, de alguna manera parecía que Tallulah siempre había
estado allí. Como si hubiera existido un hueco en sus vidas que solo
ella podía ver o llenar. Menos mal que le había salvado la vida al
llenar ese vacío. Menos mal que Tallulah existía… Y esa era una idea
recurrente cada vez que la veía despertarse a la brillante luz del
amanecer, a su lado en la cama.
El periodista carraspeó, recordándole sutilmente que se le había
ido el santo al cielo.
Burgess frunció el ceño con más ganas.
—¿Vas a preguntarme por ella?
Irving titubeó.
—A ver…, es el tema que más le gustaría a mi editor. Siempre te
niegas a hablar de tu relación con la niñera de tu hija.
—Eso es porque no le incumbe a nadie.
—Por supuesto que no.
De todas formas, Irving levantó una ceja para ver si hablaba de
Tallulah… y tal vez fuera el morro que le echaba lo que hizo que
quisiera hablar. O tal vez simplemente era incapaz de controlarse,
porque la felicidad que lo embargaba era enorme y se desbordaba
como una presa después de un año y medio de lluvia continua.
—Como ya sabes, me retiro al final de esta temporada… —empezó
él antes de carraspear—. Lo primero que voy a hacer es llevar a mis
chicas a Estambul. Tallulah echa de menos a su familia, y Lissa y yo
queremos conocerlos a todos. —Levantó una ceja—. Después de eso,
me voy a sacar el certificado de buceo.
—Vale. Eso… no me lo esperaba.
Burgess señaló el edificio con la cabeza.
—Tallulah es bióloga marina. Quiero que me lleve al fondo del mar
y que me enseñe todo lo que ama. Quiero conocer el nombre de
todas y cada una de las cosas que ama en el mundo, y eso incluye el
mar. —Hizo una pausa al imaginarse a su mujer rodeada de
atardeceres y de mercados, serpenteando entre rascacielos,
bañándose desnuda por todo el planeta…, pero en esa ocasión, él la
acompañaría. Le diría que sí a todo—. Algo me dice que el próximo
capítulo va a ser mejor que el anterior.
Irving lo miró parpadeando.
—No te pareces en nada a lo que me esperaba.
—Hace un par de años, seguramente lo habría sido.
—Pero…
—Llegó ella.
—Vale. —El periodista cambió de postura con una expresión
desconcertada en la cara—. Espero que no te importe que te lo diga,
pero, por tu forma de hablar de ella, me extraña que no le hayas
pedido ya que se case contigo.
Burgess aceptó ese comentario con un gruñido.
—Ella quería esperar hasta terminar sus estudios. De lo contrario,
se habría convertido en la señora Abraham hace un año y medio.
—Ya. —Irving se frotó el pecho—. De repente me han entrado
ganas de llamar a mi novia.
—Llámala.
—No soy lo bastante temerario como para decirte que no. —El
periodista abrió la boca y titubeó de nuevo—: Ya que hablamos de
relaciones personales, supongo que no querrás comentar la situación
de Sig Gauthier. Ya sabes, lo de su herma…
—Es cosa suya —lo interrumpió Burgess, meneando la cabeza—.
No me corresponde a mí hablar.
—Estupendo.
Burgess vio movimiento en el edificio y entrecerró los ojos
mientras intentaba vislumbrar la figura de Tallulah detrás de los
cristales. Allí. Con los libros pegados al pecho y ese leve contoneo,
como si estuviera recorriendo una pasarela propia, con el pelo
recogido en una trenza que le caía por encima del hombro izquierdo.
Allí estaba su Tallulah. Reconocería ese cuerpo con los ojos
vendados. Encajaba a la perfección contra el suyo. Esos muslos
siempre se le ceñían a los costados, permitiéndole entrar en su
cuerpo con una embestida de las caderas mientras ahogaban los
gemidos con sus besos a primera hora de la mañana; y la fricción de
su piel, la respiración acelerada y el leve crujido de los muelles eran
sus sonidos preferidos, muy por encima del que hacía el palo de
hockey al golpear el disco.
¡Por Dios, esa mañana había sido increíble!
Intensa.
Ella había acabado encima, frotándole el sudoroso torso con las
tetas, para correrse con un grito ahogado contra su cuello.
Genial, ya se le había disparado el pulso.
Tallulah salió por fin del edificio, lo vio y esbozó una sonrisa
deslumbrante que le desbocó todavía más el corazón.
¡Joder, quería a esa mujer con locura!
¡Mierda!
—Apaga la grabadora y prepara la cámara —le aconsejó a Irving
con voz ronca.
Al periodista casi se le cayó el móvil.
—¿Por qué?
—Hazme caso.
Y así fue como Burgess acabó en la portada del Boston Globe a la
mañana siguiente, con una rodilla hincada en el suelo delante de
Tallulah y una cajita abierta en la mano, bajo el titular: «Sir
Comprometido».
Agradecimientos
¡Me siento muy agradecida y tengo que expresarlo! Es raro trabajar
con una editorial que confíe tan plenamente en una autora, que le
permita pasar del golf al hockey, según lo que le apasione escribir a
continuación, sin hacerle preguntas. Tengo suerte de que las cosas
sean así en Avon Books. Nicole, mi editora de toda la vida, me dejó
en buenas manos con mi nueva editora, May Chen, y estoy
encantada de que trabajemos juntas en libros de deportes, ¡aunque
sospecho que nuestros deportes preferidos son el almuerzo y el vino!
Gracias por haberme permitido divertirme con Au pair Affair y
enviaros mensajes de correo electrónico sin venir a cuento con
preguntas sobre personajes secundarios como «¿De verdad me
dejaríais publicar esto?». (Ya sabréis de qué personajes hablo cuando
terminéis de leer este libro). Así que gracias a mi editora. Gracias
también a DJ, a Danielle y a Shannon por el gran trabajo que hacéis.
Os lo agradezco. Y gracias a vosotras, LECTORAS. Os debo la
felicidad que experimento todos los días por haber hecho de esto mi
trabajo, así que nunca daré por hecho vuestro apoyo.