INFORMACIÓN CORRESPONDIENTE A DANTE ALIGHIERI Y “DIVINA COMEDIA”
EDAD MEDIA
Alta Edad Media
Se podría llamar a este período de la Edad Media “oscurantismo”, ya que el mismo se vio marcado por la
caída del imperio romano, una la permanente amenaza de los bárbaros y una supremacía religiosa de un
cristianismo católico que pone énfasis en la vida ultraterrena. Lo que importa en esta época no es la vida
en esta tierra, sino la promesa de una vida mejor luego de la muerte. Pero a esa vida mejor no resulta fácil
de acceder, porque se pone énfasis en las obras del hombre, por esto el hombre se sienta culpable por el
hecho de ser tal y estar siempre pecando a causa de sus deseos carnales, se sienta abrumado por la
amenaza del fin del mundo y con la casi inevitable perdición de sí mismo.
San Agustín, teólogo de la época, ve a la historia del hombre como una manifestación de la voluntad de
Dios y de su plan divino. El hombre, que es imperfecto por naturaleza, es salvado únicamente por la
gracia divina, y ella sólo elige a unos pocos, mientras que la mayoría será condenada al infierno.
Según Hauser, historiador actual, esta época se caracteriza porque en ella la idea del progreso es
desconocida. Esta es una época que busca conservar fielmente lo antiguo y lo tradicional. Los valores
supremos están fuera de duda, y se encuentran encerradas en formas eternamente válidas. La posesión de
estos valores es el objeto de la vida.
Esta es una época de tranquilidad, segura de sí misma, robusta en su fe, que no duda de la validez de su
concepción de la verdad, ni de sus leyes morales, no conoce el conflicto espiritual, ni tiene problemas de
conciencia, y no siente deseos de novedad ni se cansa de lo viejo.
Su arquitectura usa el estilo románico, también llamado “fortalezas de Dios”, que son edificaciones
caracterizadas por su pesadez, sus gruesas paredes, escasas aberturas, y que hablan de un hombre
encerrado, temeroso de lo externo y agobiado por la presencia de un dios distante y duro.
Baja Edad Media
Esta es una época de renacer en todos planos de la actividad humana. Nacen la ciudades, como lugar de
encuentro y puesta a punto con el mundo. Comienza la economía monetaria y mercantil. Aumenta la
producción. Los caminos se llenan de mercaderes y viajeros. Las clases altas descubren el placer de
aparentar, de brillar en los acontecimientos mundanos y el lujo, que comienza a ser un signo de poder y
una forma de disfrutar de lo terrenal y lo cotidiano.
La Iglesia intenta acompañar este movimiento disciplinando al clero y a la actividad de los laicos. La
visión de la divinidad cambia, y ahora el hombre se siente protegido por un amoroso ser supremos al cual
puede llegar a través de la invocación de los santos o de la virgen. Ahora el representante religioso de la
baja Edad Media es Santo Tomás de Aquino, quien manifiesta su confianza en la posibilidad del hombre
de comprender las verdades mediante la razón y planteaba el destino de salvación de los mortales,
confiando en un racional plan divino.
La educación se va independizando del poder de la Iglesia: aparecen las Universidades laicas.
En arquitectura aparece el estilo gótico. La catedral ya no se aferra a la tierra sino que se lanza a la
búsqueda de las alturas, con torres que terminan en agujas, muros que se adelgazan y luz que entra a
raudales. El hombre se yergue sobre la tierra, pero aunque no olvida la posibilidad de castigos en el más
allá, ahora la vida lo invita a disfrutar. El culto a la Virgen María pasa a un primer plano y se la ve como
la intermediaria ideal entre el hombre y Dios.
La literatura
La lengua se desprende del latín y evoluciona hacia lo que hoy conocemos (español, francés, italiano)
como lengua romances, aunque el latín seguirá conservando su puesto como lengua erudita, aunque estas
nuevas manifestaciones lingüísticas irán ganando terreno.
Los primeros frutos de la literatura fue en la épica, donde surgen los “cantares de gesta”, que son
narraciones poetizadas de las aventuras de los héroes. Pero es en la lírica donde se marcan las bases de la
sensibilidad de Occidente.
Tres grandes pasos podremos hallar a este respecto: la lírica trovadoresca, la escuela de Sicilia y el Dolce
Stil Novo donde encontramos a Dante.
LA LÍRICA TROVADORESCA
A partir del siglo XII apareció una poesía lírica de tema amoroso y separada del asunto religioso. Sus
orígenes se ubican en la región sur de Francia – Provenza-, por lo cual se habla de poesía provenzal.
Esta lírica tuvo un origen culto, era acompañada de música y se alejó de las formas populares que habían
difundido los juglares. Era cantada por poetas profesionales (trovadores) en la lengua vernácula de oc,
que se hablaba en la Provenza. Sin embargo, no se limitó exclusivamente a esa área geográfica, sino que
siguió desarrollándose en el resto de Europa.
Los trovadores fueron muy respetados tanto por los señores y damas que les recibían en sus castillos
como por el público común.
Los trovadores provenían de estamentos nobles y contaban con una importante cultura que les permitió
elaborar los textos y la música en un estilo refinado, difícil y sujeto a técnicas muy rigurosas de
composición.
La soledad (por la ausencia continua del esposo a causa de las guerras) y el desamor (los matrimonios
eran alianzas políticas) propiciaron que las damas se rodearan en sus castillos de poetas que cantaban a su
servicio sobre el tema que más les interesaba: el amor. De esta manera, surgió un nuevo modelo poético
del amor: el amor cortés o gentil.
En esta poesía se idealizó la figura femenina. La mujer era vista como alguien inalcanzable, adúltera en
sus relaciones y que exigía una entrega absoluta por parte del amante. Éste se sometía devota y
completamente a la dama, a cambio de la esperanza (muchas veces realizada) de recibir de ella el favor
de amarlo.
En este sentido, la relación entre el enamorado y su amada reproducía el mismo esquema que se
establecía socialmente entre el señor feudal y sus vasallos.
Originalmente, los trovadores cantaban sus poemas en la corte y a menudo celebraban competiciones o
torneos musicales; aunque muchas veces pagaban a juglares para interpretar sus obras. Además del tema
amoroso, también escribieron sobre caballería, religión, política, guerra, la muerte y la naturaleza.
LA LÍRICA SICILIANA
El emperador Federico II (1194-1205) y sus sucesores -Manfredo y Enzo – promovieron el desarrollo
artístico, especialmente de la poesía y llegaron a componer algunas obras.
En su corte se desarrolló la que se considera primera escuela poética italiana: la escuela siciliana. Recibió
este nombre porque el emperador era – entre otros títulos rey de Sicilia.
Si bien esta escuela no fue enteramente original, ya que continuó el modelo de la poesía provenzal,
introdujo algunos elementos importantes en la lírica:
En lo temático, se sustituye el ambiente feudal de la poesía trovadoresca por el mundo cortesano y
galante de la burguesía naciente. Además, se inicia la transformación de la temática amorosa: el amor
pasa a ser materia de reflexión; los poetas se cuestionan qué es el amor y por qué vías logra penetrar en el
alma.
El aporte más significativo de la escuela siciliana se dio en las innovaciones estilísticas:
Eliminación de la música en la poesía- Ello tiene como consecuencia que el contenido adquiere mayor
importancia: si el poema está destinado a la lectura, se puede hacer más complejo y el lector puede
releerlo cuantas veces sea necesario o lo desee.
Empleo del verso endecasílabo (once sílabas) y creación de la forma soneto.
La invención del soneto se atribuye a Giacomo da Lentini. Su forma (dos cuartetos seguidos de dos
tercetos) lo hace apto para el debate, según el modelo escolástico de razonamiento: en los cuartetos se
plantea una cuestión y en los tercetos la conclusión o explicación del asunto desarrollado.
Otros representantes de esta escuela fueron Enzo (rey de Sardinia), Pier della Vigna y Jacopo d’Aquino.
EL DOLCE STIL NUOVO
El impulso dado por la lírica siciliana abrió el camino hacia la poesía cortés de la segunda mitad del siglo
XIII. En Italia, ésta tuvo su centro en la región de Toscana, donde se desarrolló la escuela poética del
dolce stil nuovo (o novo).
El nombre dolce stil nuovo apareció por primera vez en el canto XXIV del Purgatorio, en la Divina
Comedia : “Di qua dal dolce stil novo ch' i' odo.”
El grupo estuvo integrado por Guido Guinizzelli, Guido Cavalcanti, Lapo Gianni, Cino da Pistoia, Dino
Frescobaldi y Dante Alighieri.
Los orígenes del dolce stil nuovo se relacionan con diversas tradiciones poéticas y filosóficas europeas:
la poesía trovadoresca – especialmente la poesía provenzal- de la que toma el tema del amor cortés y el
empleo de la lengua vulgar; la lírica siciliana de principios del siglo XIII, de tema amoroso, que le
proporcionó el modelo del uso de formas poéticas como el soneto y el verso endecasílabo; el
pensamiento franciscano, que proyectó en los Cánticos de San Francisco de Asís el ideal del vínculo
armónico entre el ser humano y la naturaleza; el culto mariano (culto a la Virgen María), impulsado
especialmente por San Bernardo de Claraval, que contribuyó a la idealización de la figura femenina; los
ideales caballerescos de la orden de los Templarios, defensores de la fe y que utilizaban un lenguaje
simbólico.
Características del dolce stil nuovo
Dentro de la lírica italiana de finales de la Edad Media, el dolce stil nuovo presentó características
novedosas: es una poesía escrita en lengua vulgar (dialecto toscano) y no en latín; tiene un carácter laico
pero marcadamente intelectualista, es decir que conjuga el tema amoroso y sensual (heredado de la
poesía trovadoresca y siciliana) con el ideal del amor espiritual; emplea un lenguaje cargado de imágenes
sensoriales y símbolos que insisten en mostrar cómo la belleza externa de la amada es una manifestación
de su virtud espiritual; los stilnovistas se ven a sí mismos como una nueva forma de aristocracia cultural
y espiritual: la nobleza del espíritu del amante (su gentileza) no proviene de su sangre, sino del cultivo
del conocimiento.
Este movimiento sostiene la correspondencia entre el amor y el corazón gentil. Esta gentileza espiritual
debe entenderse como la posesión de cualidades imprescindibles para sentir amor. Sólo hay verdadero
amor si hay un corazón gentil. Esta unión es indisoluble y va más allá de la voluntad o cualquier otro
poder. Esta “obligatoriedad” del sentimiento amoroso será la que llevará a Francesca a decir en el Canto
V “el amor, que se apodera pronto de los corazones gentiles, hizo que este se prendase de la hermosa
figura que me fue arrebatada del modo que todavía me atormenta. El amor, que al que es amado obliga a
amar, me infundió por éste una pasión tan viva, que, como ves, aún no me ha abandonado”.
La figura de la dama idealizada también llamada la “donna angelicata” (la mujer ángel) llega con el
Dolce Stil a su punto culminante, y su belleza física y espiritual es el estímulo para hacer vibrar el noble
corazón del amante, que encuentra, a través de ella, el camino a la perfección y a la verdad.
En el corazón gentil irrumpe el amor ante la visión de la dama, esa fuerza amable pero feroz y enajenante
produce un registro de particulares sensaciones, pensamientos, placeres y dolores. El poeta del Dolce Stil
se vuelca complacido a la contemplación de sí mismo y a la recreación poética de todo lo que pasa dentro
de su pecho. Amar, sufrir, gozar, complacerse en el sentimiento, recrearlo, analizarlo, he ahí uno de los
grandes hallazgos del movimiento. Mientras que la mujer aparece como una sonrisa o una mirada
distante, los estremecimientos del alma que ella produce son seguidos punto por punto, hay un
enamoramiento de verse amar que se explota poéticamente.
Ser víctimas de “Amor” significa el ingreso a un mundo extraño, casi sobrenatural, y si es un signo de
distinción de espíritu poder sentir de esta forma, también es una condena, un terrible dolor que se vincula
con la muerte.
En la Divina Comedia, el poeta se proyecta a lo universal, propone un tratado moral y filosófico, pero
también, el peregrino llega a la perfección a través del amor y eso es un principio del Dolce Stil.
Florencia y las luchas políticas
Durante los siglos XIII y XIV la organización social de Italia es diferente a la del resto de Europa: un
número importante de ciudades alcanza un gran desarrollo económico y autonomía política. En el
momento de Dante hay un gran florecimiento económico, financiero y cultural. Hay un auge del
humanismo, un ansia de renovación, una exaltación de la personalidad.
Sin embargo, no todo se desarrolla armónicamente. Existe en esta época permanentes luchas políticas
entre los güelfos y los gibelinos. Dante participó intensamente de estas luchas.
Dante nace en el seno de una familia güelfa. Los güelfos son en la Edad Media los partidarios del Papa y
los gibelinos lo son del emperador. El güelfismo se divide en dos tendencias: “los negros” representados
en esa época por Carlos de Anjou y el Papa Bonifacio VIII, que adquiere un cariz oficialista y cortesano
que ostentaban antes los gibelinos y “los blancos” de los que Dante forma parte, que se oponen al poder
temporal del papado. Dante participa en una misión diplomática que tiene como fin reconciliar los dos
bandos y mientras parlamentaban con el pontífice, éste mandó a Carlos de Valois, quien entró en
Florencia apoyado por “los negros”, lo que provocó la expulsión de “los blancos” y por supuesto, de
Dante que conocerá la persecución y el destierro.
La Divina Comedia: estructura
“La Comedia”, nombre dado por Dante a su obra, fue conocida por el nombre de “La Divina Comedia” a
partir del siglo XVI. Quienes agregaron el calificativo de “Divina” fueron sus admiradores posteriores,
refiriéndose a su calidad estética así como a su sustancia religiosa. Se atribuye a Bocaccio la inclusión de
este adjetivo.
“Comedia” es uno de los subgéneros del drama, sin embargo, la composición de Dante no tiene la
estructura formal de ese género. Lo que sucede es que en la época en que la escribe se ponía mayor
atención al contenido para dictaminar la pertenencia a un género, más que en la forma. Es así que para
que una obra fuera considerada “comedia” debía comenzar en la tristeza y terminar en la alegría y el viaje
del personaje central comienza perdido y en un momento doloroso y termina en la mayor de las
felicidades, ver a Dios y obtener la salvación del alma.
Si leemos la Comedia y nos quedamos con lo literal tendremos que es la narración de un viaje realizado
por el propio autor, Dante, que asume las condiciones de narrador y personaje, por los tres reinos de
ultratumba (infierno, purgatorio y paraíso) según eran concebidos por la Iglesia de la época. La obra
comienza con el personaje central perdido en la “selva oscura” (el pecado) y acorralado por las tres fieras
que impiden la salida de ese paraje; gracias a la intervención de la sombra de Virgilio (poeta latino)
emprenderá el viaje que lo sacará de esta situación primera y en cuyo recorrido verá los castigos eternos a
los que son sometidas las almas de los condenados, los suplicios de aquellos que, habiéndose salvado aún
deben someterse a un proceso de purificación, y, por último, habiendo sido dejado por Virgilio que cede
su lugar de guía a Beatriz, Dante verá la alegría de los bienaventurados, los que han logrado la salvación
eterna.
La idea de localizar la acción en el mundo de la muerte no es nueva, ya otros autores anteriores a Dantes
lo han propuesto. Dentro del plano de la narración, los cambios introducidos por Dante son el proponer la
experiencia como algo real, un viaje, y no una visión, y elegirse a sí mismo como protagonista. Dentro
del plano de las ideas, una fuerza totalizadora que organiza el otro mundo según claras normas morales y
la idea de perfeccionamiento del hombre que le conduce a la salvación, diferencia esta obra de las que le
precedieron.
Estructura formal
El poema contiene 14.733 versos distribuidos en tres partes llamadas cantigas ocánticas que se
corresponden con cada uno de los tres reinos de ultratumba: Infierno,Purgatorio, Paraíso.
Cada cantiga está formada por cantos. En total, son cien cantos que se distribuyen en treinta y cuatro
cantos en Infierno, treinta y tres en Purgatorio y también treinta y tres en Paraíso.
El viaje en sí mismo abarca noventa y nueve de esos cien cantos, pues el canto I del Infierno es la
presentación de la situación inicial del protagonista. Recién en el último verso de ese canto Dante y
Virgilio comienzan a caminar:
“Allor si mosse, e io li tenni retro.” (“Comenzó a moverse y yo le seguí.”)
Los cantos están escritos en un tipo de estrofa llamada terza rima, que está formada por tres versos
endecasílabos (once sílabas) encadenados según una rima que sigue el esquema ABA-BCB-CDC. Para
que al final de cada canto no quede un verso suelto (es decir, sin rimar con ningún otro), la última estrofa
es un cuarteto.
Si se observa atentamente la organización formal de la obra, se percibe que hay un equilibrio entre todas
sus partes; este equilibrio se apoya en tres números a los que Dante atribuía una significación importante:
1, 3 y 10. Como en toda alegoría, los símbolos pueden tener diferentes interpretaciones. Algunas
significaciones posibles de los números en la Divina Comedia podrían ser: el 1 alude al ser humano (la
unidad sería el individuo); el 3 se vincula simbólicamente con la Trinidad (Dios padre, Dios Hijo y Dios
Espíritu Santo).
A partir de estas cifras se desarrollan otras combinaciones numéricas que se reiteran en la obra (33 y
100). Por ejemplo: 3 cantigas de 33 cantos cada una, más 1 canto inicial (total 100 cantos); estrofas de 3
versos; cada rima se reitera 3 veces (excepto la primera del canto): ABA-BCB-CDCDED…
Además de la curiosidad que despiertan estas reiteraciones numéricas, queda en evidencia la
preocupación de Dante por el cuidado de los detalles y, a la vez, la importancia que se daba en la Edad
Media a la construcción de alegorías. Esto no se ve únicamente en la literatura, sino también en otras
expresiones medievales como por ejemplo la arquitectura de las catedrales, que estaba colmada de
detalles simbólicos cuyo significado podía ser entendido por algunos iniciados (seguramente las
cofradías de constructores).
Los reinos
Para ubicar los reinos de ultratumba, Dante se apoyó en la creencia común en su tiempo de que en el
hemisferio norte se agrupaban todas las tierras, en tanto que el sur estaba cubierto por agua.
Con la ciudad Santa de Jerusalén como Norte, Dante ubica el Infierno debajo de ella. En el punto opuesto
–en medio del inmenso océano del hemisferio sur- se levanta la montaña del Purgatorio. Finalmente,
fuera de la Tierra se halla el Paraíso, formado por las órbitas de los astros y el Empíreo.
La ubicación de los reinos tiene un claro valor simbólico: el Infierno y el Purgatorio permanecen ligados
a la dimensión material, así como las almas que se encuentran allí no lograron desprenderse de las
limitaciones terrenas; sin embargo, el Paraíso pertenece a una dimensión espiritual pues quienes lo
habitan se separaron totalmente de las ataduras corporales.
El Infierno y el Purgatorio están en la tierra, el uno en forma de cono invertido que llega hasta el centro
mismo, y el otro en forma de montaña altísima en cuya cúspide está el Paraíso terrenal.
El Infierno
El Infierno es presentado como un inmenso cono hueco cuyo vértice está en el centro de la Tierra.
Según se explica en el canto XXXIV del Infierno, este embudo se habría formado al principio de los
tiempos (mucho antes de la creación del ser humano), cuando Lucifer – el ángel rebelde- se levantó
contra Dios. Al ser arrojado del Paraíso, cayó sobre la Tierra y fue penetrando en ella. En su trayecto, la
tierra y las rocas se separaron para evitar tener contacto con él, hasta que finalmente quedó clavado en el
centro mismo del planeta con medio cuerpo en cada hemisferio y hundido en el hielo eterno.
El abismo infernal está formado por nueve círculos concéntricos ordenados según la gravedad de la falta
cometida. Esto significa que los pecados son más graves cuanto más abajo en el Infierno nos
encontramos. A mayor gravedad, se corresponden también mayor oscuridad, menor espacio (por la forma
cónica del recinto) y penas más terribles.
La primera zona del Infierno es el vestíbulo, al que se accede a través de una puerta. Sobre ella están
grabadas terribles palabras que dan la nota general de este reino: el dolor, la eternidad del castigo y la
desesperanza.
En el vestíbulo hay dos tipos de almas: las de los indiferentes -que permanecerán eternamente en ese
lugar puesto que nunca tomaron partido por nada y por eso son rechazados por el Infierno y el Paraíso- y
las de los condenados que deben atravesar el vestíbulo para ingresar a los círculos infernales.
Se puede observar que Dante estableció un paralelismo entre las dos regiones extremas del Infierno, el
vestíbulo y el último círculo. En ellas se ubican los seres que el poeta debía despreciar más: los
indiferentes, que nunca se jugaron por nada y por lo tanto no merecen ni siquiera el recuerdo; los
traidores, que con la deslealtad a su patria, sus amigos, su sangre y sus bienhechores, negaron el calor del
amor divino y ahora están condenados al frío terrible del hielo.
Para pasar del vestíbulo a los círculos infernales, los pecadores son llevados en la barca que conduce el
anciano Caronte sobre las aguas del río Aqueronte. Este río es el primero de los muchos accidentes
geográficos del Infierno (lagunas, abismos, ríos y montículos).
Entre los tres reinos, el Infierno es el que presenta mayor riqueza de paisaje, así como gran variedad de
fenómenos atmosféricos (relámpagos, granizo, vientos huracanados), animales (gusanos, serpientes,
perros, insectos), elementos arquitectónicos (murallas, tumbas, puertas) y seres mitológicos (arpías,
centauros, demonios, gigantes).
También se destaca en el Infierno la diversidad de tormentos a que son sometidas las almas condenadas.
Si bien son espíritus, sienten el sufrimiento como una experiencia corporal. Esto persigue una doble
finalidad: provocar espanto en el lector y mostrar simbólicamente cómo el pecado aleja a la persona de la
espiritualidad y la mantiene atada a lo más bajo de su naturaleza terrena.
Los castigos que Dante imagina para los condenados no son caprichosos, sino que mantienen relación
con la culpa cometida. En algunos casos el castigo es semejante al pecado. Por ejemplo, los homicidas
(círculo séptimo) están hundidos en un río de sangre hirviente, que se asemeja a la que derramaron
violentamente del prójimo. Otro ejemplo son los lujuriosos (círculo segundo), condenados a ser
arrastrados por un viento huracanado, del mismo modo que fueron empujados por Dante y Virgilio en el
Infierno
La otra forma de establecer los castigos es por contraste con la culpa cometida, como por ejemplo los
brujos, astrónomos y falsos profetas (círculo octavo): ya que en la vida pretendieron que podían ver hacia
adelante, en la muerte están obligados a mirar hacia atrás y por eso su castigo es tener la cabeza vuelta
hacia la espalda.
Para establecer la gravedad de los pecados, Dante siguió las ideas de Aristóteles en la Ética a Nicómaco,
que clasifica las debilidades humanas en incontinencia, bestialidad y malicia.
La incontinencia supone que la persona ha sido arrastrada por la fuerza del instinto. Estos pecados son:
lujuria, glotonería, avaricia, prodigalidad, ira y acidia (la flojedad del ánimo que impide gozar de la
existencia). Bestialidad significa que las acciones cometidas fueron contrarias a lo que corresponde a la
naturaleza humana. Por eso se encuentran aquí los herejes (negaron la verdad revelada por Dios y
manifestada a través de la Iglesia) y los violentos contra el prójimo (ladrones, incendiarios y homicidas),
contra sí mismos (suicidas), contra Dios (blasfemos) y contra la naturaleza (sodomitas).
Los pecados por malicia se cometen con uso de la razón; es decir que hay una intencionalidad previa y
por eso son los más graves. Estos pecados son el fraude y la traición (ambos con una gama muy amplia
de manifestaciones). Un caso especial son las almas de los niños que murieron sin bautismo. Por no
haber recibido agua bautismal, no pueden acceder al Paraíso, ya que no llegaron a conocer la doctrina
cristiana y llevan el pecado original que sólo se borra con ese sacramento; tampoco pueden ir al
Purgatorio por las mismas razones.
Para resolver el destino de estas almas, Dante se basó en la doctrina de San Agustín y la modificó
levemente al incluir también a los justos de la antigüedad que vivieron antes de Cristo: su condena no
podía ser terrible ya que la culpa no provenía de sus propias acciones sino de la herencia humana; por
otro lado, era imposible que accedieran a la contemplación de Dios.
Ubicadas en el Limbo (primer círculo), las almas no sufren pena corporal sino que están sumidas en una
serena tristeza que les provoca la visión de un lejano resplandor, mientras deambulan por una pradera
verde en medio de la cual se levanta el castillo de los grandes espíritus de la antigüedad: Homero,
Aristóteles, Platón, Horacio. Ovidio y el mismo Virgilio, entre otras muchas figuras.
El Purgatorio
Dante llega al canto XXXIV del Infierno, a contemplar lo más profundo de la degradación espiritual y
desde allí comienza a ascender hacia la perfección. En el Purgatorio las almas sufren tormentos similares
a los infernales, sin embargo éste es el reino de la esperanza, ya que los que allí habitan se han salvado,
aspiran con certeza a ver a Dios, y el sufrimiento es para ellos una vía de purificación que acelerará el
tránsito a la gloria.
Convencidos ya de la vanidad de las cosas terrenas, aspirando a gozar la gloria, las almas se hacen aquí
menos corpóreas, más puras en su calidad de espíritus, y su registro emotivo deja de lado la violencia
pasional de las almas infernales para teñirse de dulce melancolía. Los gritos son sustituidos por el canto
y, en particular por el canto a coro; en el Infierno las almas están encerradas en su individualidad, aquí,
unidas en el amor, trascienden sus límites para unirse en la alabanza al creador. Los demonios son
sustituidos por visiones angélicas que hablan de la proximidad del Paraíso.
Geográficamente el Purgatorio se ubica en una isla inaccesible del hemisferio austral. Concebido como
una montaña trunca está dividido en tres zonas: en la base una zona rocosa, de difícil acceso es el
Antepurgatorio; en el cuerpo del monte está el Purgatorio propiamente dicho, dividido a su vez en siete
terrazas donde el alma se purifica de los siete pecados capitales (soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia,
gula y lujuria); y por fin en la cúspide una planicie que es el Paraíso terrenal.
En este lugar termina la función encomendada a Virgilio, al que está vedado entrar en el reino de los
bienaventurados. En la etapa intermedia del Paraíso terrenal, Virgilio desaparace y ante los asombrados
ojos de Dante aparece Beatriz, símbolo de la Teología o la Gracia divina, únicas guías posibles para
entrar en el Paraíso.
El Paraíso
Del Paraíso terrenal Dante asciende al Paraíso verdadero atravesando los nueves cielos, esferas
concéntricas luminosas y transparentes, sobre las cuales está el cielo empíreo, fijo, sede del mismo Dios,
y en torno a Él, las jerarquías celestiales y la rosa de los bienaventurados, iluminada directamente por el
propio Señor de la creación.
Los nueve cielos son:
1 ) Cielo de la Luna, donde se ubican los espíritus que quebraron sus votos.
2 ) Cielo de Mercurio que es la ubicación de los espíritus activos y bienhechores.
3 ) Cielo de Venus donde están los espíritus amantes.
4 ) Cielo del Sol, donde se encuentran los espíritus de los teólogos y doctores.
5 ) Cielo de Marte, donde están los espíritus que combatieron la fe.
6 ) Cielo de Júpiter, donde se encuentran los espíritus justos y sabios
7 ) Cielo de Saturno, donde se ubican los espíritus contemplativos.
8 ) Cielo de las Estrellas, donde están los espíritus triunfantes
9 ) Cielo Cristalino, donde se ubica el Empíreo donde está Dios iluminando la rosa de los
Bienaventurados y rodeado de nueve círculos de jerarquías angélicas que son: ángeles, arcángeles,
principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines
El criterio utilizado por el autor para colocar las almas en distintas esferas no está en el Paraíso,
explicitado en la obra, lo único obvio es que cuando más cerca de Dios se encuentre el almas, más
perfecta es.
Este es el reino del espíritu absolutamente liberado de la carne, el reino de la contemplación y de la más
absoluta alegría emanada de la visión de Dios, las almas nada lamentan de lo terreno, nada ansían, están
completas en sí mismas. Las almas son puras de luz y puro amor y de allí que los trazos particulares se
disuelven en mística unión; los elementos terrestres que reaparecen en este reino son sólo imagen de
aquello que intentan transmitir. Lanzado a la contemplación de la unidad misma de Dios, Dante exclama:
“¡Oh cuán insuficiente es la palabra y cómo es débil para expresar mi concepto!”
Argumento de la obra
Al inicio de la obra Dante se ubica como el personaje central del relato y cuenta que se encontraba
perdido en una selva oscura. Si bien llega a divisar la luz del sol sobre la cima de una montaña, al intentar
ascender se le aparecen tres fieras (pantera, león y loba) que le cortan el camino; la sombra del poeta
Virgilio le socorre y ambos inician un viaje a través del Infierno y el Purgatorio. Durante su descenso por
el Infierno, Dante conoce los suplicios a que son sometidas las almas de aquellos que murieron en pecado
y dialoga con algunos de estos desgraciados condenados. Desde el fondo del Infierno, y siempre guiado
por la sabiduría de Virgilio, ambos salen nuevamente a la superficie y ascienden por la montaña del
Purgatorio, donde los espíritus se purifican de sus errores para poder entrar al Paraíso celestial.
En la cima del Purgatorio Virgilio se despide de Dante y regresa a su lugar en el primer círculo del
Infierno (el Limbo). El alma de Beatriz le acompañará de ahí en adelante, hasta los últimos círculos del
Paraíso.
Al llegar al centro luminoso en que se encuentran las almas puras (el Empíreo), Beatriz vuelve a ocupar
su sitio entre los bienaventurados que rodean a Dios. Finalmente, San Bernardo de Claraval intercede a
través de la Virgen María para que se le conceda a Dante el don de contemplar la luz divina, con lo cual
culmina el viaje.
Posibles lecturas del texto
Para Dante todo enunciado tiene cuatro sentidos: literal, alegórico, moral y analógico.
El sentido literal no es otro que el que expresa la palabra en su sentido más directo; desde este ángulo la
obra no es más que una narración de un viaje por los reinos de ultratumba.
En la alegoría, lo particular vale únicamente como ejemplo de lo general. La palabra se llena así de
significaciones nuevas que la trascienden, y Dante se convertirá así en un representante de la humanidad,
y su viaje, en el camino de purificación que debe seguir la misma para alcanzar la eterna salvación.
Más difícil de deslindar se nos presenta el sentido moral y analógico de la obra; el primero refiere a la
misión edificante que cumple el texto, mientras que analogía, en teología, es la elevación del alma a Dios
y, por extensión, la revelación de un misterio eterno. Ambos planos tienen muchos puntos de contacto. La
Divina Comedia insiste en el tema moral, planteándonos la universalidad de la justicia divina que, si bien
es dura cuando castiga, ofrece siempre al hombre la posibilidad de salvación guiado por dos fuerzas, una
natural, la razón, otra otorgada directamente por Dios, la gracia.
Los guías de Dante
VIRGILIO
Virgilio es, después de Dante, el personaje que más tiempo está en la obra. Su elección como primer guía
no es casual. La primera razón es la admiración que Dante Alighieri sentía hacia la obra del poeta latino,
como se manifiesta en las palabras del protagonista:
“Entonces, ¿eres tú aquel Virgilio, aquella fuente de la que nace tan caudaloso río de elocuencia? (…)
¡Oh, tú, honra y luz de los poetas! ¡Válganme el largo estudio y el profundo amor que me hicieron
disfrutar de tu obra! Tú eres mi maestro y mi autor; de ti solo aprendí el bello estilo que me ha dado
gloria.” (Infierno I, 79-87)
Pero, además del sentimiento personal del autor, Virgilio venía a representar en las creencias de la Edad
Media la potencia de la sabiduría humana.
Esto se explica del siguiente modo: por haber vivido antes de la era cristiana, Virgilio no recibió el
bautismo ni pudo conocer la fe católica, razón por la cual su alma se encuentra en el Limbo. Sin
embargo, en una de sus obras (Égloga cuarta) anunció la llegada de un niño que debía traer el
advenimiento de una era dorada. Aunque Virgilio lo escribió como homenaje al emperador, algunos
autores cristianos posteriores le atribuyeron un carácter profético y pretendieron que gracias a su
inteligencia había entendido que debía existir una divinidad verdadera, distinta de los “dioses falsos y
engañosos” del mundo pagano, como le hace decir Dante en Infierno I (v.72).
Virgilio representa en la alegoría a la razón humana, la primera capacidad que se precisa para enfrentar al
pecado e iniciar el camino de la redención. Pero esta facultad sólo puede conducir al hombre hasta un
grado limitado de felicidad; el verdadero goce eterno está más allá de la razón. Por eso se precisa otro
guía para Dante y así es como aparece Beatriz.
BEATRIZ
Como sucede con los demás personajes que le acompañan, su presencia en el poema se justifica por
varios motivos: en el plano personal, Beatriz es el amor idealizado de Dante desde su infancia; en lo
poético, ejemplifica el concepto de dama angelical de la poesía del dolce stil nuovo; en cuanto alegoría,
es el símbolo de la teología.
El conocimiento teológico es el que permite comprender la esencia divina y está por encima de la ciencia
de las cosas terrenas. Se precisa de su auxilio para acercarse más a Dios, pues se basa en los datos de la
revelación y abre el camino hacia la verdadera doctrina de fe. Es decir que la teología y la fe están
estrechamente unidas, por lo cual el personaje de Beatriz viene a encarnar ambas inteligencias en esta
alegoría.
BERNARDO DE CLARAVAL
Aunque san Bernardo de Claraval interviene recién en los últimos cantos del Paraíso (canto XXXI), tiene
un papel muy importante pues simboliza el estado de contemplación y gracia que necesita el alma para
entregarse completamente al goce de la visión de Dios. Este monje que vivió en el siglo XII era llamado
"Mellifluous Doctor" (boca de miel) por su elocuencia. Fue también famoso por su gran amor a la Virgen
María y compuso muchas oraciones en su alabanza.
A Dante también le interesó el culto mariano que había promovido Bernardo. Por su condición de madre
virginal de Jesús, la virtud de la Virgen María la elevó a un plano superior de perfección y prodigio que
nutrió aún más la idealización de la figura femenina y consecuentemente de la dama angelical en los
stilnovistas.
“Virgen madre, hija de tu hijo, la más alta y la más humilde de todas las criaturas, término fijo de la
eterna voluntad, tú eres quien la humana naturaleza ennobleciste, de modo que su hacedor no desdeñó
convertirse en su hechura. En tu vientre se encendió el amor, por cuyo calor, en eterna paz, esta flor
germinó. Aquí eres, entre nosotros, meridiana luz de caridad y allá abajo, entre los mortales, fuente viva
de esperanza. Mujer,eres tan grande y tanto vales, que quien desea una gracia y no recurre a ti, quiere que
su deseo vuele sin alas. Tu benignidad no sólo socorre a quien pide, sino que muchas veces libremente se
anticipa a la petición. En ti la misericordia, la piedad, la magnificencia, se reúnen con toda bondad que se
pueda encontrar en la criatura…”
(Paraíso XXXIII, 1-21)