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Aurel

La historiografía liberal española emergió en el siglo XIX como una disciplina científica del pasado, influenciada por el liberalismo y el romanticismo, destacando la exaltación de la historia nacional y la historia política. La Real Academia de la Historia se convirtió en el centro de esta historiografía, mientras que la Escuela Superior de Diplomática y el Cuerpo Facultativo de Archiveros promovieron la profesionalización de la historia. A finales del siglo XIX, la crítica regeneracionista y la necesidad de una reforma educativa llevaron a la profesionalización de la disciplina histórica en España.

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La historiografía liberal española emergió en el siglo XIX como una disciplina científica del pasado, influenciada por el liberalismo y el romanticismo, destacando la exaltación de la historia nacional y la historia política. La Real Academia de la Historia se convirtió en el centro de esta historiografía, mientras que la Escuela Superior de Diplomática y el Cuerpo Facultativo de Archiveros promovieron la profesionalización de la historia. A finales del siglo XIX, la crítica regeneracionista y la necesidad de una reforma educativa llevaron a la profesionalización de la disciplina histórica en España.

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La historiografía liberal española

A principios del siglo XIX la historia se fue desgajando en España de la literatura y el arte, y se
expandió a través del sistema educativo como estudio racional y científico del pasado.
Entonces, se la reconoció como una disciplina capaz de construir un discurso sobre la idea de
estado-nación surgida en el contexto de la guerra de la Independencia española frente a
Napoleón (1808-1814) (Fontana, 1991). La historiógrafa decimonónica española tiene como
referentes al liberalismo como orientación ideológica y al romanticismo como fundamento
intelectual (Moreno Alonso, 1979; Cirujano, Elorriaga y Sisinio Pérez, 1985). Este contexto
condiciona los temas de mayor interés entre los historiadores españoles durante el siglo XIX: la
exaltación de la historia nacional, la relevancia de la historia reciente, la recuperación de la
Edad Media como un tema histórico gracias a la divulgación de los postulados del
romanticismo, la prioridad de la historia política sobre la social o la económica y el auge del
género biográfico (Elorriaga Planes, 1965).

Después de unos años de inestabilidad política y aridez cultural, se fue desarrollando la


historiografía liberal moderada de la época isabelina, concretamente desde finales de la
primera guerra carlista a la restauración monárquica (1840-1875). Durante las décadas de los
treinta y los cuarenta, la estabilización económica y las transformaciones políticas dieron como
fruto una primera institucionalización de la cultura impulsada por el Estado liberal. De un
modo más voluntarioso que sistemático, todos estos organismos consiguieron materializar el
objetivo de los liberales de renacionalizar España a través de una relectura y redescubrimiento
de su pasado. La Real Academia de la Historia se convirtió entonces en el centro neurálgico de
la historiografía liberal. Por tratarse de un organismo oficial, contó durante la época isabelina
de una sede estable, una organización corporativa, fondos públicos para editar y difundir obras
históricas y, no menos importante, la legitimidad de elaborar informes para el Gobierno, en los
que se establecían los criterios que debían regir la investigación histórica y su divulgación
educativa. Durante el primer tercio del siglo XIX, destacaron entre sus académicos los que, de
hecho, eran los más cualificados exponentes de la historiografía española por aquel entonces,
la mayor parte de ellos representantes de la última ilustración o el primer romanticismo: Diego
Clemencín, Martin Fernández de Navarrete, Andrés Muriel, Martínez Marina, Manuel Pérez
Villamil y Cea Bermúdez, entre otros.

Durante la década de los cuarenta, se incorporó una nueva generación de historiadores


polifacéticos, que simultanearon sus tareas eruditas con la practica de la abogacía, la
literatura, el periodismo o la política. Hacia la década de los cincuenta, los historiadores
empezaron por fin a encontrar su lugar específico en la sociedad, sobre todo gracias a la
creación de la Escuela Superior de Diplomática en 1856 y el Cuerpo Facultativo de Archiveros,
Bibliotecarios y Anticuarios en 1858. La Escuela de Diplomática se convirtió pronto en el núcleo
germinal de una nueva clase de historiadores, los eruditos profesionales, que irían
convergiendo progresivamente con los historiadores liberales, acantonados por entonces en la
Real Academia de la Historia. Esta confluencia queda bien patente en la figura del que fue
nombrado el primer director de la Escuela: el prestigioso historiador generalista Modesto
Lafuente, autor de una Historia de España muy divulgada. La Real Academia, convertida en el
guardián de los fondos documentales y la cultura hist6rica de la burguesía liberal, dispensó
desde el primer momento una inequívoca protección a la Escuela Diplomática. Se
experimentaba así por primera vez una acertada simbiosis entre eruditos y académicos, el
precedente más claro del futuro historiador-profesional (Peiró y Pasamar, 1996).
La Escuela Diplomática se mantuvo, durante toda la segunda mitad del siglo, como el único
establecimiento de iniciación a la investigación histórica, ante la falta de madurez de los
investigadores en las universidades. La universidad liberal fracasó en España como soporte
institucional historiográfico porque ni se dieron las condiciones económicas adecuadas, ni las
voluntades políticas necesarias, ni las demandas sociales suficientes. Además, la carrera de
Historia estaba todavía demasiado asociada a otras disciplinas humanísticas y la universidad no
se había comprometido todavía con una seria tarea investigadora. La profesión docente, aun a
nivel universitario, se consideraba como una forma más de ganarse la vida, pero no como la
actividad adecuada para desarrollar una tarea erudita e investigadora. Como consecuencia, la
distancia entre el mundo de la divulgación histórica, practicado sabre todo por profesores
universitarios y aficionados a la historia, y el mundo de los historiadores-archiveros, los
eruditos profesionales y sus discípulos, se fue acrecentando. En este contexto, correspondió al
segundo grupo la labor de profesionalización capaz de llenar de contenido metodológico y
teórico a la historiografía académica isabelina y restauracionista.

La historia jurídico-institucional se convirtió ya por aquel entonces en una de las especialidades


más importantes de la historiografía española, lo que tuvo una influencia indudable cara a su
futura evolución. En el campo de la historia del derecho, destacaron Pedro José Pidal para
Castilla y Manuel Durán i Bas para Cataluña, quienes sentaron las bases para la implantación
de la importante escuela jurídico-histórica, cuyo primer eslabón sería Eduardo Hinojosa (1852-
1919), seguido por la egregia figura de Claudio Sánchez Albornoz (1893-1984). El medievalismo
tomó así la delantera como especialidad reina en la historiografía española, con atención
preferente a la historia jurídico-institucional y, concretamente, el arabismo, que se consolidó
como una especialidad de rigor y prestigio con figuras como el todavía ilustrado José Antonio
Conde y, ya en la época isabelina, el carlista Francisco Javier Simonet y el liberal Pascual de
Gayangos.

Destacaron también la edición de colecciones documentales, acopios estadísticos y estudios


monumentales, tomando como modelo los Monumenta germánicos, entre los que destacaron
los de Sainz de Baranda, Martín Fernández de Navarrete, Prósper de Bofarull, Pascual Madoz y
Manuel Colmeiro. Asimismo, esta generación, encabezada por Modesto Lafuente, Eduardo
Chao y Ángel Fernández de los Ríos, fue capaz de generar el caldo de cultivo necesario para
futura profesionalización de la disciplina. De una historia difuminada en la literatura, la
filosofía y la geografía, y tantas veces reducida y simplificada a sus propias disciplinas auxiliares
– cronología, archivística, arqueología, paleografía – a principios del siglo XIX, se pasó a una
disciplina con un estatuto claramente marcado a finales de siglo.

Otra nota muy característica de los historiadores liberales españoles es que buena parte de
ellos fueron políticos, y viceversa. La obra de Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897), el gran
protagonista de la Restauración y presidente del Gobierno, es la culminación de un maridaje
entre acción política y práctica historiográfica que estará también presente a lo largo del
panorama historiográfico español del siglo XX. La Historia general de España (1890-1894),
dirigida Cánovas, representó el esfuerzo supremo, canto del cisne académico historiográfico
liberal, donde se muestran tanto sus evidentes lagunas historiográficas como su capacidad
para convivir con las nuevas corrientes que estaban emergiendo en la España finisecular. Estas
nuevas tendencias procedían habitualmente de las historiografías periféricas, como la
catalana, o del ambiente académico y científico en formación como era el universitario, desde
donde llegará poco más tarde la regeneración del sistema academicista.
En la década de los ochenta del siglo XIX, ya en plena época de la restauración monárquica, la
vida académica se fue enriqueciendo metodológicamente, constituyéndose así en el primer
germen de la inminente profesionalización. La hegemonía de la erudición profesional,
representada fundamentalmente por los catedráticos de la Escuela Superior de Diplomática y
por algunos miembros del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios,
desenmascaró la mediocridad en la que se hallaba sumida la universidad. Apareció entonces
Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), cuya obra fue continuada por todo un grupo de
eruditos profesores de la Escuela y miembros del Cuerpo de Archiveros. Todos ellos
introdujeron temas e inquietudes para complementar las demandas culturales de la burguesía
y la clase política ilustrada.

En los años noventa, un reducido conjunto de historiadores formaban el grupo más activo de
la historiografía española. Entre ellos, empezaba a destacar Rafael Altamira (1866-1951) como
líder generacional y activo miembro de la Institución Libre de Enseñanza. Sin embargo, los
viejos académicos, que ejercían de «guardianes de la tradición», formaban una oligarquía
historiográfica y controlaban directamente los resortes del poder cultural, conservando un
monopolio casi exclusivo sobre la historia nacional. La situación empezó a cambiar en torno al
cambio de siglo (Pasamar, 1995). Por una parte, empezaba a dejarse notar la actividad iniciada
por los eruditos. Por otra, se iba abriendo paso un selecto grupo de catedráticos de
universidad con una concepción más modernizada de la disciplina histórica. La conjunción de
estos dos ámbitos -erudición archivística y actividad universitaria- iba a resultar decisiva para
que la historiografía académica favoreciera la evolución de aquellas corrientes que confluían
en una aspiración común: convertir a la historia en una ciencia autónoma separada del
concepto de «bellas letras» y crear la carrera del historiador (Pasamar y Peiró, 1987, 1991;
Peiró, 1998).

Durante los años finiseculares, fallecía un buen número de académicos identificados


plenamente con el sistema historiográfico restauracionista: el propio Antonio Cánovas del
Castillo, Luis Vidart, Pascual de Gayangos, Francisco Cárdenas, Pedro de Madrazo, Francisco
Coello, Vicente Barrantes y Antonio María Fabié. Esto facilitó, incluso vitalmente, la sucesión
generacional que experimentó la historiografía española en la época de entre siglos. El relevo
generacional fue unido al trauma colonial, con la dramática perdida de Cuba y Filipinas en
1898. Mientras la nación revisaba compulsivamente las causas históricas que habían
conducido al desastre, la Academia se mantenía como el armazón que custodiaba y legitimaba
el pasado glorioso de España. Sin embargo, la crítica regeneracionista aumentó
considerablemente, en ese preciso instante, su influencia. Unidos en su repulsa hacia la
historia narrativa de los hechos políticos, de las figuras más representativas y de las gestas
militares, un grupo de profesores y archiveros, regeneracionistas de cátedra, se convirtieron
en los portavoces de quienes consideraban un deber inaplazable realizar un juicio sumario de
la historia de España. Ellos sostenían que sólo a través de un análisis sereno de los errores y
aciertos del pasado se podían sentar las bases del progreso nacional y se podría reorientar el
rumbo político del país.

Hacia 1898, Altamira se refirió a la necesidad de restaurar el crédito de la historia con el fin de
devolver al pueblo español la fe en sus cualidades narrativas y en su aptitud para la vida
civilizada. El historiador alicantino denunciaba así la crítica situación de la universidad, de la
investigación histórica y de la enseñanza de la disciplina, con el objetivo de reclamar una
profunda reforma educativa, la apertura científica y la adopción de modelos europeos. Como
consecuencia, reclamaba la profesionalización del historiador y exigía el reconocimiento de su
propia función social. Él mismo sentó las bases para una verdadera profesionalización de la
disciplina histórica en España, que llegaría ya durante la primera mitad del siglo XX y generaría
historiadores de la talla de Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), Claudio Sánchez Albornoz,
Jaume Vicens Vives (1910-1960), Martí de Riquer (1914-) y Américo Castro (1885-1972).

Jules Michelet

Jules Michelet (1798-1874) es el representante más genuino de la historiografía romántica


francesa decimonónica. Autor de una gran Historia de Francia, publicada entre 1833 y 1873,
cuya parte central es la Historia de la Revolución francesa (1847-1853), su proyecto es
considerado un ingente esfuerzo por constituir la biografía nacional francesa como no se había
experimentado desde la publicación de las Grandes Chroniques del siglo XIII. Su retórica
romántica, llena de interpretaciones históricas apasionadas, otorga un fuerte magnetismo a su
obra, lo que le proporciona probablemente toda su grandeza.

Michelet aboga por una historia nacida en el seno de los archivos y centrada en el pueblo, no
en las individualidades. Su ferviente nacionalismo le lleva a proclamar la grandeza de su país,
llevado por el entusiasmo, culminando en determinados momentos de su obra con un
verdadero panegírico. Enfrentándose a la generación anterior de historiadores, proclama que
la Revolución francesa no tiene nada que envidiar a la inglesa, porque esta no había producido
más que una transformación superficial. El pueblo, para Michelet, es la encarnación de una
idea universal. Su tendencia al simbolismo le conduce a reducir la historia a unos valores
preconcebidos. Le sirve para explicar acontecimientos, pero no hay nada que los justifique al
margen de la mente del propio historiador. En Michelet, la tensión de la narración sustituye
cualquier limitación metodológica.

Michelet fue un historiador ligado a las ideas racionalistas e iluministas del siglo XVIII y a lo que
entendió que era su culminación: la Revolución francesa. Profesó una concepción de la historia
como totalidad. Su objetivo no consistía solo en el estudio de la política: también debía ampliar
sus márgenes a la religión, al arte, a la ciencia, al derecho, a la filosofía. De todas formas,
Michelet fue ante todo un narrador. Aun así, asimiló de manera notable las ideas de Vico sin
olvidar las de Herder y las del Romanticismo alemán. Michelet llegó a la obra herderiana a
través del influjo de su maestro, Víctor Cousin, cuyos cursos sobre la filosofía de la historia
marcaron toda una época entre los historiadores románticos franceses.

Thomas Macaulay

Thomas Babington Macaulay (1800-1859) procedía de la clase media alta. Fue un niño precoz,
que hablaba como un adulto y que estudió en Cambridge, ejerció la abogacía, fue miembro del
Parlamento y del Gobierno, y pasó cuatro años en la India como gobernador de la región. Fue
conocido también por sus ensayos y por los poemas que publicó bajo el título Lays of Ancient
Rome (1842). Escribió una Historia de Inglaterra (1848-) después de retirarse de la vida pública,
con la intención de cubrir el periodo de 1688 a 1832, pero murió antes de haber llegado a los
volúmenes finales.

Macaulay merece ciertamente ser considerado un “historiador whig”. Apoyó al partido whig
en el Parlamento y escribió para el diario whig, el Edinburgh Review, uno de los periódicos
lideres de la vida intelectual de la época victoriana. Su historia de Inglaterra empezó con una
victoria whig, la “gloriosa revolución” de 1688, que depuso al rey católico Jaime II para
reemplazarlo por el protestante Guillermo III, y había programado terminarla con otra, la
reforma parlamentaria de 1832. Al igual que otros whigs, Macaulay tenía una notoria creencia
en el progreso. De hecho, el vívido retrato del hombre de campo, citado arriba, es la
representación del grupo social que apoyaban los tories. Ese retrato es más satírico que
realista, y supone una reminiscencia de la imagen del escudero del Oeste, que aparece en la
novela de Henry Fielding, Tom Jones (1749). Con todo, hay que decir que el capítulo del que
este pasaje esta extraído siempre ha sido considerado un ensayo pionero en historia social.

Frederick J. Turner

Frederick Jackson Turner (1861-1932) fue probablemente el historiador más original y, al


mismo tiempo, más controvertido de su tiempo. Nació en el medio oeste americano, en
Wisconsin, y estudio ahí antes de trasladarse al este, primero a Johns Hopkins y finalmente
Harvard. Su famosa “tesis de frontera”, sintetizada en la cita, y desarrollada en el preciso
momento en el que la expansión hacia el oeste americano llegaba a su fin, representó, entre
otras cosas, un reclamo para que los historiadores del oeste del país se incorporaran al estudio
de la historia de Estados Unidos, hasta entonces monopolizada por los historiadores del este.

Cuando la historia política dominaba en Norteamérica y en todo Occidente, Turner, junto a su


colega algo más joven que él, Charles Beard, se interesó en la historia social y cultural,
considerando la frontera como “un punto de encuentro entre la barbarie y la civilización”.
Cuando la mayoría de los historiadores se centraban en el análisis de la nación, Turner, aunque
interesado en el carácter nacional americano, fijó su atención en la historia de las diferentes
regiones o, como él las llamaba, “secciones”. El interés de Turner por el medio ambiente, por
la geografía, en los valles de Ohio y de Misisipi, por ejemplo, y en los bosques del oeste le hizo
pionero de la historia ecológica -una vez escribió que “el problema nacional, no sería ya más la
limpieza de los bosques, sino “cómo salvar y usar sabiamente la madera disponible”-. Turner
fue frecuentemente criticado por sus colegas historiadores, entre otras cosas, por su
incapacidad de definir sus conceptos de modo preciso, pero sus obras y argumentaciones
incentivaron mucha investigación, no sólo en el ámbito de la historia norteamericana, sino
también en el análisis de la expansión en otras partes del mundo.

LA HISTORIOGRAFÍA POSITIVISTA: CIENTIFISMO Y PROFESIONALIZACIÓN

En el contexto de la historiografía, el término “positivismo” tiene dos significados muy


diferentes. En un sentido estricto, se refiere a la historia escrita según el modelo de la filosofía
“positivista” de Auguste Comte (1798-1857), quien desechó la metafísica por especulativa y
defendió que el único modo de conocimiento fiable era la experiencia. La filosofía de la historia
de Comte señaló las leyes generales del desarrollo o la evolución histórica, particularmente “la
ley de los tres estadios” -en otras palabras, la división del pasado de la humanidad en tres
edades: la religiosa, la metafísica y la científica. Un conocido ejemplo de obra histórica escrita
según el modelo comtiano es la Historia de la civilización en Inglaterra de Henry Buckle (1821-
1862), que no se centra solo en Inglaterra, sino que intenta indagar sobre los principales
factores que forjan la historia, a través de los ejemplos de Escocia y España. El libro de Buckle
atrajo un gran interés en el tiempo que fue publicado, en 1857, pero fue severamente criticado
por Lord Acton, y ha sido olvidado desde entonces. Otro ejemplo de la aplicación del modelo
comtiano a la historia es el libro Los orígenes de la Francia contemporánea, de Hipólito Taine.

En un sentido más genérico, el término “positivismo” hace referencia a la idea de que “la
historia es una ciencia, ni más ni menos”, tal como el historiador irlandés John B. Bury (1861-
1927) declaró en una ocasión; una ciencia porque es crítica, especialmente en el tratamiento
de las fuentes, y porque trata de ser objetiva. El ideal científico pretendía dejar de lado los
prejuicios nacionales y los exclusivismos de clase y, por tanto, dejar que los hechos hablaran
por sí mismos.

Todavía en un sentido más amplio, el término “positivismo” hace referencia a las formas más
extremas de empirismo histórico, el énfasis en los hechos a expensas de la teoría, excluyendo
no sólo a la metafísica, sino a la filosofía en general. Así, este tipo de positivismo se asocia con
el “individualismo metodológico”, esto es, la idea de que las afirmaciones sobre cultura y
sociedad pueden y deben ser reducidas a afirmaciones sobre individuos. Este tipo de
positivismo, que podría ser llamado “positivismo de archivo” para distinguirlo del más teórico
postulado por Comte, ha sido particularmente influyente en Inglaterra y Estados Unidos,
donde las ideas de Ranke, y especialmente su famosa frase acerca de la historia como el
estudio de “lo que realmente paso”, son interpretadas en este sentido. Un exponente de este
tipo de positivismo anglófono fue Geoffrey Elton (1921-1994), especialmente en su Práctica de
la historia. En Francia, este positivismo, que reaccionó en cierta medida frente a Comte, fue
denominado la “escuela metódica”.

La emergencia del positivismo o de la historia científica estuvo estrechamente relacionada con


el desarrollo de la profesionalización de la historia. En su larga carrera, la historia había sido
escrita por aristócratas, monjes, humanistas y políticos en su tiempo libre. Durante el siglo XIX,
por el contrario, como parte de lo que ha sido descrito como “el desarrollo de la sociedad
profesional”, se asiste a la emergencia de los historiadores dedicados al cien por cien,
empleados por las universidades, archivos o bibliotecas, trabajando codo con codo con otros
nuevos grupos profesionales como los ingenieros o los contables, y uniéndose a otras
profesiones más tradicionales como el derecho y la medicina. La reivindicación de escribir
“historia científica”, basada en documentación citada en las notas a pie de página, ha sido vista
como un intento de legitimación de una nueva profesión en un mundo en el que las ciencias
naturales gozaban de un creciente e incontestable prestigio.

Gracias a la labor historiográfica de Ranke y sus discípulos, las universidades alemanas se


convirtieron en el centro de la nueva historia profesional y “científica”. Historiadores de todo
el mundo occidental se trasladaron a Alemania para completar su formación y el modelo
historiográfico alemán, así como el sistema de “seminarios”, fue adoptado con más o menos
entusiasmo en toda Europa y América.

El historicismo clásico alemán

En este contexto de “conversión científica” de la historia, la historiografía alemana


decimonónica consiguió el surgimiento de la historia como disciplina autónoma, cuyo
fundamento es el estudio racional y sistemático de las fuentes primarias. Un tratamiento
metódico de esas fuentes proporciona al historiador la materia prima adecuada para construir
la narración de los hechos del pasado (“lo que realmente pasó”) y asegura una correcta
recuperación de este. Esta transformaci6n epistemológica se hace posible al converger los dos
principales modos que se habían practicado desde la edad antigua: la historia entendida como
narración de los hechos pasados y la que se asienta en el tratamiento científico de los
documentos legados por sus protagonistas. Por este motivo, para los historicistas, la filología
se convierte en una disciplina que necesariamente debe complementar a la historia.

Uno de los historiadores que mayor influjo han tenido en la evolución de la historiografía es,
sin duda, Leopold von Ranke (Krieger, 1977; Iggers, 1983). Una de las principales cualidades de
Ranke es que, por primera vez, el máximo representante de un movimiento historiográfico de
gran alcance era un historiador profesional y un historiador en sentido estricto, cosa que no
había sucedido con figuras de talante más filosófico como Hegel con el idealismo, Marx con el
materialismo histórico o Comte con el positivismo. En este sentido, el paralelismo entre Ranke
y Michelet, los abanderados del historicismo alemán y del romanticismo francés
respectivamente, es evidente. Por los años en que Comte formulaba el positivismo y Marx el
materialismo histórico, Ranke reafirmaba el historicismo y Michelet el romanticismo.

Leopold von Ranke (1795-1886) escribió una de las obras históricas más extensas, cualificadas
e influyentes de la historiografía de todos los tiempos, probablemente gracias a su larga vida y
a la estabilidad que consiguió por su prácticamente exclusiva dedicación a las tareas científicas
y académicas. Fue el autor de una ingente obra sobre la historia política y diplomática de la
Europa moderna, llevando a cabo un análisis exhaustivo de fuentes primarias y documentos
inéditos, usados después como base para su narración. Sus libros incluyen una historia de los
papas durante los cuatro siglos anteriores, una historia de Prusia durante los siglos XVII y XVIII,
una historia de Francia durante los siglos XVI y XVII y una historia de la Inglaterra del siglo XVII.
En el momento de su muerte, el nonagenario Ranke seguía plenamente activo, trabajando en
una historia del mundo.

Su notoriedad como historiador ha sido frecuentemente interpretada como una respuesta a su


frase más conocida, aunque no siempre bien interpretada: la finalidad de la historia es mostrar
las cosas tal como son (wie es eigentlich gewesen). Teóricamente, Ranke postulaba la
independencia entre el pasado que se analiza y el presente desde el que se analiza. Sin
embargo, en la práctica, tampoco él pudo abstraerse de los apasionados debates de su mundo
a la hora de escribir sus obras históricas. Para él, la actividad de los hombres se canaliza a
través de las naciones -el fondo nacionalista prusiano siempre estuvo presente en su obra- y
corresponde a Dios el último destino de la historia. Uno de los rasgos más característicos de su
obra es la personificación de las naciones, que han influido enormemente en la historiografía
posterior. Las relaciones que se establecen entre esos países, a través de la diplomacia y de la
guerra, son los principales temas de su obra histórica.

Ranke partía de que la investigación histórica debía ir encaminada a restablecer los hechos
mediante una reconstrucci6n objetiva y literal del pasado. Él fue quien más claramente expuso
los fundamentos filosóficos del historicismo: “Los hechos y situaciones pasados son únicos e
irrepetibles y no se pueden comprender en virtud de categorías universales, sino en virtud de
sus contextos propios y particulares”. Esta es una concepción que defiende la historicidad
radical de todos los fenómenos humanos; estos serían resultado de la razón humana
concebida ahora como histórica, en contraste con la razón atemporal de los ilustrados. Así,
asume la idea, en buena parte hegeliana, de que la actividad de los hombres se canaliza a
través de las naciones, ente fundamental de la sociedad. Cada una es distinta y peculiar, y no
valen las generalizaciones, con lo que de hecho identificaba estado y nación.

Resulta indudable la existencia de motivaciones políticas subyacentes a esta concepción


histórica. Esta tendencia tendrá como primera consecuencia la primacía de lo político-
diplomático sobre otros enfoques de investigación. El resultado de todo ello es la confianza
absoluta en la posibilidad de un conocimiento histórico objetivo, basado en una recuperación
racional del pasado a través de la documentación. De este modo, se instauró un nivel de crítica
autónoma potencialmente destructiva de los mitos y de las falacias y manipulaciones
históricas. A partir de entonces sería imposible hablar del pasado sin tener en cuenta los
resultados de una investigación histórica basada en el método de las ciencias experimentales.
La disciplina histórica ya no volvió a ser la misma después de Ranke. Las transformaciones
metodológicas introducidas por él y sus discípulos acabaron siendo definitivas para la
historiografía moderna, ahondando en su consolidación como disciplina científica y la
profesionalización de sus practicantes. El imperativo de poner a prueba las diferentes
tipologías documentales para dilucidar la realidad de los acontecimientos potenció la tarea
fundamental del historiador en descubrir y diseccionar los documentos diplomáticos Y
políticos, algunos de los cuales habían sido de hecho inaccesibles durante siglos. La
contrapartida fue un progresivo acantonamiento de las temáticas hacia el ámbito político y el
diplomático, que eran los más idóneos para la documentación privilegiada por los historicistas.
Pero gracias al esfuerzo de Ranke y sus discípulos, el proceso de modernización de la
historiografía y su adecuación con el nuevo marco científico general no tendría marcha atrás.

La escuela rankeana se sucedería a lo largo del siglo XIX, sobre todo en el contexto de la Prusia
anterior a la unificación alemana de 1870, destacando sobre todo Droysen, Treitschke y
Mommsen. Johann Gustav Droysen (1808-1884) es considerado el fundador de la escuela
prusiana. Autor de unas densas y celebres obras sobre el helenismo, en 1855 publico su
célebre Historia de la política Prusiana. Partiendo de las premisas ya expuestas medio siglo
antes por Fichte, Droysen sostenía que el bien general de un pueblo y su salud cultural
dependen del Estado. Sólo un Estado estable, y militarmente capaz, puede asegurar la
pervivencia de un pueblo. En realidad, estas ideas ya habían sido manifestadas por Droysen en
sus estudios previos dedicados al helenismo, en los que la política y la expansión exterior de
los estados habían adquirido una relevancia muy especial. Droysen dejó una importante
herencia historiográfica como helenista y, sobre todo, por sus ensayos sobre metodología
histórica, recogidos en Histórica. Sobre enciclopedia y metodología de la historia, donde se
enfrenta a la visión mecánica del positivismo.

Todavía más estatista que el propio Droysen lo fue su discípulo y continuador Heinrich von
Treitschke (1834-1896). Autor de una Historia de Alemania en el siglo XIX (1879), consideraba
que la historia era un arma ideológica de combate para afianzar y engrandecer el Estado
alemán, cuya primera misión era sobrevivir y protegerse. Treitschke, cuyas ideas contaron con
una amplia proyección, mantuvo sin ambages la idea de que la neutralidad y la independencia
no tenían cabida en la labor del historiador. Una de las consecuencias de su pangermanismo
militante fue la sacralización del Estado y el cultivo de las virtudes bélicas (Southard, 1995).

Otro de los discípulos de Ranke y de la escuela prusiana es Theodor Mommsen (1817-1903),


quien obtuvo el Premio Nobel de Literatura de 1902 por su apasionada obra histórica Historia
romana. Mommsen es un referente de primer orden para el estudio del mundo romano
gracias a su impresionante obra, que abarca, sobre todo, el análisis de la historia política y
jurisdiccional de Roma, así como de la publicación de fuentes primarias del periodo.

La línea más propiamente liberal del historicismo alemán fue preconizada por Karl von Rotteck
(1775-1840) y Friedrich Christoph Dahlmann (1785-1860), identificados con la idea de una
Alemania unificada en el marco de una monarquía constitucional, basada en el consentimiento
de sus gentes. La figura y obra de Ludwig Hauser (1818-1867) adquirió todavía mayor
resonancia que los anteriormente citados. Suya es una Historia de Alemania de gran

celebridad, manifestación de la situación mental de los liberales de la Alemania meridional. En


una posición marcadamente liberal-conservadora, si bien abiertamente contraria a la
Revolución francesa y a la democracia, se situó Heinrich von Sybel (1817 -1895). Sybel fue uno
de los grandes maestros de la erudición alemana y fundador en 1856 de la Historische
Zeitschrift, que todavía hoy sigue publicándose. Quizá el último eslabón del historicismo
alemán del siglo XIX, que enlaza ya con el tema crucial de la relación entre la historia y las
ciencias sociales, es Wilhelm Dilthey (1833-1911), para quien las ciencias de la naturaleza y las
ciencias del espíritu se distinguen no tanto por dedicarse a un campo distinto de la realidad,
sino más bien por su diferente comportamiento.

La historia profesional fuera de Alemania

La aproximación rankeana a la historia fue adoptada por muchos historiadores fuera de


Alemania, justo cuando la historia estaba naciendo como profesión. Muchas universidades
europeas establecieron departamentos o institutos de historia durante la segunda mitad del
siglo XIX, y asimilaron los métodos del seminario para la formación de sus futuros profesores e
investigadores. Los historiadores empezaron a reunirse entorno a asociaciones profesionales
como la Royal Historical Society (1868) en Gran Bretaña, el Czech Historicky Klub (1872) y la
todavía muy influyente American Historical Association (1884). También fundaron revistas
profesionales, siguiendo el modelo de la alemana Historische Zeitschrift, destacando la
francesa Revue Historique (1876), la sueca Historisk Tidskrift (1881) y la italiana Rivista Storica
Italiana (1884) (Boer, 1998; Lingelbach, 2003).

Muchos historiadores europeos se trasladaron a Alemania para formarse en los métodos y


técnicas historiográficas ahí enseñadas. Importantes historiadores franceses como Gabriel
Monod (1844-1912) y Ernest Lavisse (1842-1922) estudiaron en Gotinga con Georg Waitz
(1813-86), uno de los principales discípulos de Ranke. Entre los historiadores británicos, el
medievalista George G. Coulton (1858-1947) estudio en Heidelberg; Reginald Lane Poole
(1857-1939), otro medievalista, en Leipzig, y George P. Gooch (1873-1968) lo hizo en Berlín.
John Dalberg-Acton (Lord Acton, 1834-1902), de ascendencia alemana, estudio en Múnich y
mantuvo una estrecha amistad con los propios Sybel y Ranke. El norteamericano John Lothrop
Motley (1814-1.877), historiador de la república holandesa, estudió en Gotinga y Berlín. El
historiador chino Cao Yongwu también estudio en Berlín. Por fin, a principios del siglo XX, las
universidades españolas y algunas latinoamericanas iniciaron un fructífero programa de envío
de sus mejores estudiantes para formarse en los departamentos de historia alemanes más
prestigiosos.

En la época de entre siglos, dos iniciativas editoriales francesas e inglesas muestran muy bien
el cambio de aires que se estaba dando en la historiografía, consolidada ya como disciplina
científica practicada por profesionales. La primera de ellas es un libro sobre la metodología
histórica, la Introducción a los estudios históricos (1897) de Charles-Victor Langlois (1863-
1929) y Charles Seignobos (1854-1942), que ayudó a divulgar los métodos archivístico-
positivistas rankeanos. La segunda es el diseño de la famosa obra colectiva internacional,
coordinada por Lord Acton, The Cambridge Modern History, que constaba de doce volúmenes,
publicados entre 1902 y 1909.

La historiografía más activa e influyente en este contexto fue la francesa. Toda la segunda
mitad del siglo estuvo marcada allí por la implantación del cientificismo, el énfasis en las leyes
del comportamiento y el declive progresivo del misticismo romántico. La última generación de
historiadores franceses decimonónicos se puede enmarcar en el movimiento “cientifista” que
surgió en Francia después de la derrota de 1870 ante los prusianos. Una mezcla de exaltación
nacional y toma de conciencia de las limitaciones del panorama científico francés estaría en la
base de esta nueva generación. EI desarrollo científico conseguido por Alemania se tomó como
modelo en una Francia resentida y herida. La influencia de la ciencia alemana fue general. Se
experimentó en todas las ciencias de la observación, como la historia, la filosofía, la gramática,
la lingüística, la paleografía, la crítica de textos, la lexicografía, la arqueología, la jurisprudencia
y la exégesis. La irrupción de las clases populares en los espacios públicos propició también el
cambio: el pueblo se incorporaba a la política y también a la observación atenta de sociólogos,
filósofos e historiadores. La segunda mitad de siglo contempló asimismo una mutación del
clima ideológico. Un buen ejemplo de la nueva historia profesional, basada en un análisis
archivístico sistemático y riguroso, es la de Alphonse Aulard (1849-1928), quien en 1885 fue
nombrado el primer profesor de historia de la Revolución francesa en la Sorbona. La fundación
de esta cátedra tiene una doble relevancia. Por un lado, ilustra uno de los modos a través de
los que la Tercera Republica buscaba legitimarse; por otro, es un buen ejemplo de la
progresiva conexión entre profesionalización y especialización.

La consolidación de una nueva generación de historiadores, entorno a los acontecimientos de


1870, vino acompañada de una necesidad psicológica y vital de modificar los sistemas de ideas
vigentes hasta el momento. Los dos autores más relevantes de esta generación son Ernest
Renan (1823-1892) y Hipólito Taine (1828-1893). Gran parte de la fuerza como historiador de
Renan radica en su sólida formación filológica. En El porvenir de las ciencias -que se publicaría
en 1890-, propugnaba un optimismo en el futuro de la razón humana que en nada desdice del
de la Ilustración. Taine, por su parte, representa de modo bastante explícito el original
experimento que supone la aplicación de la terminología científica a la obra histórica, llegando
a comparar el paso del antiguo al nuevo régimen de Francia con la metamorfosis de un insecto
(Leger, 1980,1993; Pozzi, 1993). Suya es la frase de que “la obra de arte se halla determinada
por el conjunto que resulta del estado general del espíritu y las costumbres ambientales”, lo
que supone un magnífico vaticinio de las futuras corrientes en la historia del arte. Al mismo
tiempo, afirmaba con gran seguridad: “Lo creo todo posible para la inteligencia humana. Creo
que con los datos suficientes, los que pueden proporcionar los instrumentos perfeccionados y
la observación continuada, se podrá saber todo del hombre y de su vida. Ningún misterio
definitivo existe”. Estas palabras de Taine posiblemente sean suficientes para describir el perfil
del personaje y de su obra, tan relacionada ya con las corrientes positivistas finiseculares.

Entre los herederos de Taine destaca la figura de Ferdinand Brunetiére (1849-1906), en quien
la influencia de las ciencias naturales se hizo asimismo tan visible. Una segunda figura
vinculada a Taine fue Albert Sorel (1842-1906). Hostil a la revolución democrática, pero
partidario de la Revolución francesa, Sorel dedicó la mayor parte de su esfuerzo al estudio de
aquel magno episodio. La idea de la traición fue la premisa preconcebida mediante la cual se
acercó al estudio de la Revolución. El verdadero influjo de las ideas conservadores de Renan y
Taine -en el caso del primero, después de una verdadera “conversión” tras los acontecimientos
de 1870- pasará de la historia política a través de la característica polarización entre derechas e
izquierdas de la vida política francesa del siglo XX.

Pero el hecho más significativo del influjo de esta generación en la historiografía en su


tendencia a la reivindicación de una “ciencia histórica”, que conecta con los postulados del
positivismo comtiano. La idea de progreso, desarrollada con tanta convicción por los
pensadores de la escuela escocesa del siglo XVIII, renace en la Francia del siglo siguiente, sobre
todo a través de la obra de Auguste Comte. La sociedad ha sufrido una evolución a lo largo de
la historia que representa la marcha progresiva del espíritu humano. El historiador debe
hacerse cargo de esa evolución, aplicando los esquemas que le proporcionan los métodos
científicos (Pozzo, 1972).
Queda así planteado de modo explicito uno de los grandes debates de la historiografía de la
segunda mitad del siglo XIX: la relación entre las ciencias humanas y las ciencias naturales, que
Dilthey había formulado ya expresamente. Este debate fue progresivamente sustituido, a
principios del siglo XX, por el de la relación entre las ciencias sociales y la historia, a través de la
obra de sociólogos como Emile Durkheim y Max Weber -un nuevo debate que se prolongó
hasta la década de los ochenta del siglo XX-. El influjo del positivismo en la historia no es, pues,
el de la limitación de la narración histórica al establecimiento de una concatenación de
acontecimientos en búsqueda de una mecánica relación causa-efecto, sino más bien el de la
pretensión de la aplicación a la historia del método utilizado por las ciencias naturales y
sociales o, lo que es lo mismo, el establecimiento de las leyes generales de la historia.

La evolución de la historiografía francesa del siglo XIX demuestra, una vez más, la continua
interrelación que se produce entre el texto y el contexto histórico. Las diferentes generaciones
de historiadores franceses de este siglo se van sucediendo en el contexto de las sucesivas
revoluciones de esta centuria (1830, 1848 y 1870). De las tesis revisionistas y algo
atormentadas de un François Guizot de la primera generación se pasa a la recuperación del
orgullo francés a través de la historiografía de cuño romántico al estilo de Michelet de la
segunda generación, para finalizar con el realismo de la generación del setenta, que intenta
aplicar los postulados del positivismo para recuperar la fe en la historia y en la historiografía.
Este recorrido historiográfico muestra el influjo que irá adquiriendo la historiografía francesa,
que se verificará con la emergencia de la escuela de los Annales en 1929.

La historia alternativa: economía, sociedad y cultura

En la época de la historia nacional y profesional, el tema dominante, dentro y fuera de las


universidades, fue el de la “gran narrativa” de los eventos políticos, contada desde el punto de
vista de los dirigentes y sus gobiernos, que eran a su vez los creadores de los documentos que
los historiadores rankeanos descubrían en los archivos. Sin embargo, ya por aquel entonces
fueron emergiendo algunas aproximaciones alternativas, aunque todavía de modo marginal:
historias económica, social y cultural, producidas por algunos pocos académicos.

La historia económica fue practicada por el historiador alemán German Gustav Schmoller
(1838-1917), que fue a su vez maestro del belga Henri Pirenne (1862-1935), quien junto al
sueco Eli Heckscher (1879-1952), fue uno de los principales historiadores de la economía
durante la primera mitad del siglo XX. Otras importantes figuras en este ámbito fueron el
inglés William Cunningham (1849-1919) y el norteamericano Norman Gras (1884 )956),
profesor de la Harvard Business School.

La historia social y cultural, por su parte, ya había sido practicada, como se ha visto más arriba,
en la Francia de Voltaire y en la Escocia de David Hume y Adam Ferguson. Esta tradición fue
continuada por Guizot en su Historia de la civilización en Francia (1829) y por Macaulay en su
famoso tercer capítulo de su Historia de Inglaterra (1848). Taine fue otro practicante de la
historia social y cultural, particularmente en su historia de la literatura inglesa, en la que
enfatizó -como su contemporáneo, el novelista Emile Zola- la importancia del contexto social.
En Estados Unidos, Frederick Turner defendió, como Marx, que “es en los cambios en la
economía y en la vida social de la gente donde debemos buscar las fuerzas que finalmente
crean y modifican los órganos de acción política”.

Sin embargo, fue en Alemania y Escandinavia donde la aproximación sociocultural de la


historia tuvo más atractivo, porque ahí la historia fue asociada con el estudio del Volkskunde o
“folklore”. Por ejemplo, el alemán Gustav Klemm (1802-1867), librero en Dresden, publicó una
historia cultural de la humanidad, mientras que el danés Frederik Troels-Lund (1840-1921)
empezó a publicar en 1879 lo que llegó a ser un impresionante estudio de catorce volúmenes
sobre la vida cotidiana en la Escandinavia del siglo XVI.

La figura principal de la historia cultural en el siglo XIX fue el historiador suizo Jacob Burckhardt
(1818-1897), nacido en Basilea. Burckhardt es conocido sobre todo por su precoz incursión en
la historia cultural a través de su obra fundamental La cultura del Renacimiento en Italia
(1860). Allí define el concepto de cultura como “el conjunto de desarrollos espirituales que se
producen espontáneamente y que no reivindican una validez coercitiva universal”. Iniciaba así
un renovado planteamiento de la historia de la cultura, que iba más allá de la mera descripción
de las principales obras artísticas. También propugnó un retorno a los valores clásicos para
articular una visión global que incluía aspectos como el desarrollo de la individualidad o el
descubrimiento de la belleza del paisaje.

Las Reflexiones sobre la historia universal son algo así como el testamento intelectual de
Burckhardt. Allí advierte del peligro de acudir a la filosofía para realizar un planteamiento
verdaderamente histórico, ya que, si la historia es el reino de la coordinación, la filosofía lo es
de la subordinación. El Estado, la religión y la cultura son

las tres grandes fuerzas que rigen el discurrir de la historia. La tercera de ellas, la más variable,
corresponde a la necesidad material y espiritual en sentido estricto. Las crisis en la historia se
producen cuando las influencias y entrelazamientos de estas tres fuerzas no se producen de
modo gradual y duradero, sino de forma acelerada.

La obra de Burckhardt tuvo un excepcional y ulterior colofón a través del magnífico retrato que
Johan Huizinga (1872-1945) hizo de la cultura de la última Edad Media a través de su El otoño
de la Edad Media, una obra que, publicada en 1919, ha resistido bien el paso del tiempo y se
sigue reeditando en la actualidad. Quizá el logro más importante de la obra de Huizinga sea la
maestría con que conjuga el análisis y la interpretación de dimensiones tan diversas como el
arte, la literatura, la religiosidad y las formas de vida.

Hipólito Taine

Influido inicialmente por Spinoza y seguidor más tarde de la estela de Hegel, Hipólito Taine
(1828-1893) no fue, con todo, un puro idealista. Participo del espíritu de la época de
desentrañar el sentido material de las cosas. Pertrechado con unas dotes personales de
observación asombrosas había seguido cursos de medicina y de psicología experimental. Todo
ello pudo percibirse en su obra. Su concepción del mundo quedo perfilada con nitidez en una
de sus obras cumbres, Ensayo sobre la inteligencia (1870).

La historia, según Taine, era equivalente a la anatomía o a la mecánica. Como la primera, su


función consistía en explicar cómo son las cosas; como la segunda, ser vía para averiguar el
funcionamiento de las cosas. Mediante el estudio del pasado, Taine aspiraba a descubrir las
leyes eternas del comportamiento humano; es decir, a determinar unas leyes o constantes de
una extraordinaria virtualidad explicativa. Taine, no obstante, tuvo cuidado en afirmar que no
se trataba de unas leyes exactamente matemáticas. En su Historia de la literatura inglesa se
ocupó de aclarar estas nociones. Así, sostenía que, cuando cualquier autor u otro personaje
histórico es estudiado, resulta preciso determinar lo que denomino su “facultad maestra”, es
decir, la facultad dominante que ilumina el resto porque a ello todo lo demás está
subordinado.
A partir de 1870 en adelante, el Taine liberal y republicano -pero asimismo el Taine
horrorizado por el episodio de la Comuna- puso todo su empeño intelectual en la defensa del
Estado francés. Desde esa posición nutriría de munición de primera calidad a un
antiliberalismo reaccionario que iba en aumento, azuzado por el desencanto ante los
acontecimientos históricos que se iban sucediendo. El Taine defensor de las personalidades
poderosas, y de su influjo en la historia, comenzaba a cobrar forma. A pesar de sus
potencialidades antiilustradas -y eventualmente incluso racistas-, el papel de Taine desde el
punto de vista historiográfico puede catalogarse como el de un innovador.

La Revolución francesa se le aparece como una época de horror y de disturbios. Pero en ese
rechazo compulsivo abrió las puertas tanto a la psicología como a la sociología. Empeñado en
describir, con temor y con desprecio, los movimientos sociales, Taine supo señalar hasta qué
punto se trataba de un fenómeno de gran complejidad: que a los intereses y ambiciones hay
que añadirles otros factores, como las pasiones y el juego de un sinfín de percepciones
subjetivas. La psicología colectiva se convertía así en un auxiliar indispensable del historiador.

Leopold von Ranke

Hay un acuerdo casi unánime en considerar a Leopold von Ranke (1795-1886) el fundador y
máximo exponente del historicismo clásico alemán y uno de los historiadores más influyentes,
admirados e imitados de todos los tiempos. Nacido en Wiehe (Prusia), recibió una formación
basada en el conocimiento de las culturas clásicas, así como en la tradición protestante
luterana. En 1814, accedió a la Universidad de Leipzig, donde cursó estudios clásicos y
teológicos, especializándose en la disciplina filológica. Pronto se interesó por la disciplina
histórica, a través de la lectura de las novelas históricas de Walter Scott, cuyos relatos le
empujaron a indagar sobre historia real, para cotejarla con las narraciones ficcionales. Desde la
perspectiva propiamente historiográfica, Ranke recibió un gran influjo de Barthold Georg
Niebuhr (1776- 1831), uno de los primeros que buscó identificar a la disciplina histórica con el
método de las ciencias experimentales.

En 1824 publico su Historia de los pueblos romanos y germánicos (1494-1514), una obra que
se ha considerado el punto de partida del historicismo. Ranke analiza el conflicto entre la
monarquía francesa y la española por los territorios de Italia, lo que le posibilita defender que
Europa surge por la dialéctica entre pueblos románicos y germánicos. Explica en un apéndice el
método seguido, a la vez que intentaba superar a los autores anteriores que habían escrito
sobre esa historia, haciendo referencia, por ejemplo, a Guicciardini, en su Historia de Italia. En
1834-1836 publica Historia de los papas, un valioso estudio del Papado y sus representantes en
la Edad Media, desde el siglo XV a la primera mitad del XIX. Considerada en extremo crítica y
sustancialmente escéptica, fue contestada ampliamente desde la historiografía católica del
momento, en especial por el historiador Ludwig von Pastor (1854-1928) y su monumental
Historia de los papas desde fines de la Edad Media. Sin embargo, la obra de Ranke posee un
importante componente religioso, ya que la historia le interesaba porque creía ver en ella un
vehículo para encontrar a Dios. Sin llegar a defender el providencialismo agustiniano, entendía
que se puede encontrar a Dios en la historia cuando esta reconstruye sin artificios, sin teorías
ni concepciones preconcebidas.

Ranke postuló que el historiador debía conseguir que fuera el propio pasado el que hablara, lo
que garantizaría la objetividad histórica. Para ello, el historiador debía abandonar toda
pretensión de “autoría” y convertirse en un científico cuyo objeto de análisis fuera el pasado.
Enfatizó especialmente el estudio de la política internacional y de las relaciones diplomáticas, y
un compromiso para escribir historia “como realmente sucedió”. Realizó un uso
extraordinariamente amplio de fuentes, incluyendo memorias, diarios, cartas, expediciones
diplomáticas y testimonios de primera mano de testigos oculares. Ranke obtuvo un gran
reconocimiento ya en vida, y fue considerado el gran maestro de la historia en Alemania, sobre
todo gracias a su impresionante labor académica, que impulso desde la cátedra de la
Universidad de Berlín. Su influencia se extendió pronto por todo el mundo, favorecido sin duda
por el prestigio de la universidad alemana y concretamente gracias al celebre sistema de
seminario en que Ranke basaba su labor de investigación, docencia y, no de menor
importancia, la formación de sus discípulos. A través de esas reuniones, Ranke los formaba en
la práctica del uso crítico de las fuentes con el debate de ejemplos documentales. La obra de
Ranke es inmensa. Sus obras completas abarcan 54 gruesos volúmenes. Aunque no escribió
una historia universal propiamente dicha, sus intereses y temas tratados sí lo fueron: España,
Francia, Prusia, Inglaterra, el papado.

Jacob Burckhardt

Cuando la forma histórica predominante en Europa era la narración de los eventos políticos,
basada en documentos oficiales de archivo siguiendo el modelo impuesto por Ranke, Jacob
Burckhardt (1818-1897) se movió en otra dirección. Aunque había participado en el seminario
de Ranke en Berlín cuando era joven, Burckhardt se basó en la historia cultura en detrimento
de la historia política y combinó su catedra de historia en Basilea, su ciudad natal, con una
catedra de historia del arte. Privilegió la descripción sobre la narrativa, basada en fuentes
impresas más que manuscritas (junto con la evidencia de la cultura material), y presento sus
resultados en forma de ensayo escrito desde un punto de vista personal en temas tan diversos
como la Edad de Constantino (1853), la Cultura del Renacimiento (1860), la Historia cultural de
Grecia (publicada póstuma mente en 1898) y las Reflexiones sobre la historia del mundo,
editadas en 1905 basándose en algunas de las conferencias que impartió.

El famoso pasaje citado arriba ofrece un ejemplo típico de la aproximación histórica de


Burckhardt. Los seis capítulos de su libro tratan sobre diferentes aspectos del renacimiento
italiano: el sistema político de las ciudades-estado, el individualismo, el humanismo, “el
descubrimiento del mundo y del hombre”, la sociabilidad, la moralidad y la religión.
Previamente, algunos investigadores habían escrito sobre el renacimiento como un
movimiento artístico, literario e intelectual, pero Burckhardt extendió la idea al entero campo
de la cultura, por lo menos de la cultura urbana. En cada capítulo contrapone el renacimiento
con la Edad Media, como confirmación de la tesis general de que los italianos fueron los
primeros “modernos”. En cada capítulo ilustra su argumento con ejemplos y citas de las
fuentes. En el caso del individualismo, que acomete como una tendencia general y casi como
una moda, discute la personalidad y los logros de Alberti, Ariosto, Leonardo da Vinci, Lorenzo
de Médicis y otras figuras famosas. También se preocupa de mostrar el contexto político del
individualismo, en el ámbito de la competencia entre las pequeñas ciudades-estado italianas.

Los estudiosos que analizan este periodo, 150 años más tarde consideran la oposición de
Burckhardt entre el renacimiento y Edad Media demasiado exagerada, pero valoran su
magnánima aproximación a la idea del renacimiento, que es capaz de abarcar todos los
aspectos de la cultura, y continúan trabajando sobre los problemas que él puso de manifiesto.
ESQUEMA
Historiografía decimonónica
 El siglo XIX, “el siglo de la Historia”: importancia de la historia y la disciplina histórica
 La edad del historicismo, debido al incesante aumento de la conciencia de cambio
 Descubrimiento del pasado como “otro”
 Emergencia del nacionalismo y el positivismo
1. La época de las tradiciones nacionales: emergencia historias nacionales, influjo del
romanticismo e historicismo
 La vía ilustrada de la historiografía alemana: Schiller, Herder, Hegel
 La historiografía francesa: del romanticismo al positivismo
o La historiografía romántica: Guizot, Michelet, Quinet
o La historiografía liberal: Thiers, Mignet, Thierry, Guizot
o La historiografía liberal conservadora: Tocqueville y Fustel de Coulanges
 La vía empirista británica y la historiografía whig: Macaulay, Acton
 La historiografía liberal española
Entre la erudición y el nacionalismo: Lafuente, Hinojosa, Menéndez y Pelayo
Historia y política: Cánovas del Castillo
Los albores de la profesionalización: Altamira
2. La historiografía positivista: cientifismo y profesionalización
 Positivismo de Comte, historicismo de Ranke
 El historicismo clásico alemán
o La escuela rankeana: Droysen, Treitschke y Mommsen
o La vía liberal del historicismo alemán: Hauser, Sybel y Dilthey
- La historia profesional fuera de Alemania: Renan, Taine, Monod, Langlois y
Seignobos
 La historia alternativa: economía, sociedad y cultura: Burckhardt y Turner

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