Aurel
Aurel
A principios del siglo XIX la historia se fue desgajando en España de la literatura y el arte, y se
expandió a través del sistema educativo como estudio racional y científico del pasado.
Entonces, se la reconoció como una disciplina capaz de construir un discurso sobre la idea de
estado-nación surgida en el contexto de la guerra de la Independencia española frente a
Napoleón (1808-1814) (Fontana, 1991). La historiógrafa decimonónica española tiene como
referentes al liberalismo como orientación ideológica y al romanticismo como fundamento
intelectual (Moreno Alonso, 1979; Cirujano, Elorriaga y Sisinio Pérez, 1985). Este contexto
condiciona los temas de mayor interés entre los historiadores españoles durante el siglo XIX: la
exaltación de la historia nacional, la relevancia de la historia reciente, la recuperación de la
Edad Media como un tema histórico gracias a la divulgación de los postulados del
romanticismo, la prioridad de la historia política sobre la social o la económica y el auge del
género biográfico (Elorriaga Planes, 1965).
Otra nota muy característica de los historiadores liberales españoles es que buena parte de
ellos fueron políticos, y viceversa. La obra de Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897), el gran
protagonista de la Restauración y presidente del Gobierno, es la culminación de un maridaje
entre acción política y práctica historiográfica que estará también presente a lo largo del
panorama historiográfico español del siglo XX. La Historia general de España (1890-1894),
dirigida Cánovas, representó el esfuerzo supremo, canto del cisne académico historiográfico
liberal, donde se muestran tanto sus evidentes lagunas historiográficas como su capacidad
para convivir con las nuevas corrientes que estaban emergiendo en la España finisecular. Estas
nuevas tendencias procedían habitualmente de las historiografías periféricas, como la
catalana, o del ambiente académico y científico en formación como era el universitario, desde
donde llegará poco más tarde la regeneración del sistema academicista.
En la década de los ochenta del siglo XIX, ya en plena época de la restauración monárquica, la
vida académica se fue enriqueciendo metodológicamente, constituyéndose así en el primer
germen de la inminente profesionalización. La hegemonía de la erudición profesional,
representada fundamentalmente por los catedráticos de la Escuela Superior de Diplomática y
por algunos miembros del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios,
desenmascaró la mediocridad en la que se hallaba sumida la universidad. Apareció entonces
Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), cuya obra fue continuada por todo un grupo de
eruditos profesores de la Escuela y miembros del Cuerpo de Archiveros. Todos ellos
introdujeron temas e inquietudes para complementar las demandas culturales de la burguesía
y la clase política ilustrada.
En los años noventa, un reducido conjunto de historiadores formaban el grupo más activo de
la historiografía española. Entre ellos, empezaba a destacar Rafael Altamira (1866-1951) como
líder generacional y activo miembro de la Institución Libre de Enseñanza. Sin embargo, los
viejos académicos, que ejercían de «guardianes de la tradición», formaban una oligarquía
historiográfica y controlaban directamente los resortes del poder cultural, conservando un
monopolio casi exclusivo sobre la historia nacional. La situación empezó a cambiar en torno al
cambio de siglo (Pasamar, 1995). Por una parte, empezaba a dejarse notar la actividad iniciada
por los eruditos. Por otra, se iba abriendo paso un selecto grupo de catedráticos de
universidad con una concepción más modernizada de la disciplina histórica. La conjunción de
estos dos ámbitos -erudición archivística y actividad universitaria- iba a resultar decisiva para
que la historiografía académica favoreciera la evolución de aquellas corrientes que confluían
en una aspiración común: convertir a la historia en una ciencia autónoma separada del
concepto de «bellas letras» y crear la carrera del historiador (Pasamar y Peiró, 1987, 1991;
Peiró, 1998).
Hacia 1898, Altamira se refirió a la necesidad de restaurar el crédito de la historia con el fin de
devolver al pueblo español la fe en sus cualidades narrativas y en su aptitud para la vida
civilizada. El historiador alicantino denunciaba así la crítica situación de la universidad, de la
investigación histórica y de la enseñanza de la disciplina, con el objetivo de reclamar una
profunda reforma educativa, la apertura científica y la adopción de modelos europeos. Como
consecuencia, reclamaba la profesionalización del historiador y exigía el reconocimiento de su
propia función social. Él mismo sentó las bases para una verdadera profesionalización de la
disciplina histórica en España, que llegaría ya durante la primera mitad del siglo XX y generaría
historiadores de la talla de Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), Claudio Sánchez Albornoz,
Jaume Vicens Vives (1910-1960), Martí de Riquer (1914-) y Américo Castro (1885-1972).
Jules Michelet
Michelet aboga por una historia nacida en el seno de los archivos y centrada en el pueblo, no
en las individualidades. Su ferviente nacionalismo le lleva a proclamar la grandeza de su país,
llevado por el entusiasmo, culminando en determinados momentos de su obra con un
verdadero panegírico. Enfrentándose a la generación anterior de historiadores, proclama que
la Revolución francesa no tiene nada que envidiar a la inglesa, porque esta no había producido
más que una transformación superficial. El pueblo, para Michelet, es la encarnación de una
idea universal. Su tendencia al simbolismo le conduce a reducir la historia a unos valores
preconcebidos. Le sirve para explicar acontecimientos, pero no hay nada que los justifique al
margen de la mente del propio historiador. En Michelet, la tensión de la narración sustituye
cualquier limitación metodológica.
Michelet fue un historiador ligado a las ideas racionalistas e iluministas del siglo XVIII y a lo que
entendió que era su culminación: la Revolución francesa. Profesó una concepción de la historia
como totalidad. Su objetivo no consistía solo en el estudio de la política: también debía ampliar
sus márgenes a la religión, al arte, a la ciencia, al derecho, a la filosofía. De todas formas,
Michelet fue ante todo un narrador. Aun así, asimiló de manera notable las ideas de Vico sin
olvidar las de Herder y las del Romanticismo alemán. Michelet llegó a la obra herderiana a
través del influjo de su maestro, Víctor Cousin, cuyos cursos sobre la filosofía de la historia
marcaron toda una época entre los historiadores románticos franceses.
Thomas Macaulay
Thomas Babington Macaulay (1800-1859) procedía de la clase media alta. Fue un niño precoz,
que hablaba como un adulto y que estudió en Cambridge, ejerció la abogacía, fue miembro del
Parlamento y del Gobierno, y pasó cuatro años en la India como gobernador de la región. Fue
conocido también por sus ensayos y por los poemas que publicó bajo el título Lays of Ancient
Rome (1842). Escribió una Historia de Inglaterra (1848-) después de retirarse de la vida pública,
con la intención de cubrir el periodo de 1688 a 1832, pero murió antes de haber llegado a los
volúmenes finales.
Macaulay merece ciertamente ser considerado un “historiador whig”. Apoyó al partido whig
en el Parlamento y escribió para el diario whig, el Edinburgh Review, uno de los periódicos
lideres de la vida intelectual de la época victoriana. Su historia de Inglaterra empezó con una
victoria whig, la “gloriosa revolución” de 1688, que depuso al rey católico Jaime II para
reemplazarlo por el protestante Guillermo III, y había programado terminarla con otra, la
reforma parlamentaria de 1832. Al igual que otros whigs, Macaulay tenía una notoria creencia
en el progreso. De hecho, el vívido retrato del hombre de campo, citado arriba, es la
representación del grupo social que apoyaban los tories. Ese retrato es más satírico que
realista, y supone una reminiscencia de la imagen del escudero del Oeste, que aparece en la
novela de Henry Fielding, Tom Jones (1749). Con todo, hay que decir que el capítulo del que
este pasaje esta extraído siempre ha sido considerado un ensayo pionero en historia social.
Frederick J. Turner
En un sentido más genérico, el término “positivismo” hace referencia a la idea de que “la
historia es una ciencia, ni más ni menos”, tal como el historiador irlandés John B. Bury (1861-
1927) declaró en una ocasión; una ciencia porque es crítica, especialmente en el tratamiento
de las fuentes, y porque trata de ser objetiva. El ideal científico pretendía dejar de lado los
prejuicios nacionales y los exclusivismos de clase y, por tanto, dejar que los hechos hablaran
por sí mismos.
Todavía en un sentido más amplio, el término “positivismo” hace referencia a las formas más
extremas de empirismo histórico, el énfasis en los hechos a expensas de la teoría, excluyendo
no sólo a la metafísica, sino a la filosofía en general. Así, este tipo de positivismo se asocia con
el “individualismo metodológico”, esto es, la idea de que las afirmaciones sobre cultura y
sociedad pueden y deben ser reducidas a afirmaciones sobre individuos. Este tipo de
positivismo, que podría ser llamado “positivismo de archivo” para distinguirlo del más teórico
postulado por Comte, ha sido particularmente influyente en Inglaterra y Estados Unidos,
donde las ideas de Ranke, y especialmente su famosa frase acerca de la historia como el
estudio de “lo que realmente paso”, son interpretadas en este sentido. Un exponente de este
tipo de positivismo anglófono fue Geoffrey Elton (1921-1994), especialmente en su Práctica de
la historia. En Francia, este positivismo, que reaccionó en cierta medida frente a Comte, fue
denominado la “escuela metódica”.
Uno de los historiadores que mayor influjo han tenido en la evolución de la historiografía es,
sin duda, Leopold von Ranke (Krieger, 1977; Iggers, 1983). Una de las principales cualidades de
Ranke es que, por primera vez, el máximo representante de un movimiento historiográfico de
gran alcance era un historiador profesional y un historiador en sentido estricto, cosa que no
había sucedido con figuras de talante más filosófico como Hegel con el idealismo, Marx con el
materialismo histórico o Comte con el positivismo. En este sentido, el paralelismo entre Ranke
y Michelet, los abanderados del historicismo alemán y del romanticismo francés
respectivamente, es evidente. Por los años en que Comte formulaba el positivismo y Marx el
materialismo histórico, Ranke reafirmaba el historicismo y Michelet el romanticismo.
Leopold von Ranke (1795-1886) escribió una de las obras históricas más extensas, cualificadas
e influyentes de la historiografía de todos los tiempos, probablemente gracias a su larga vida y
a la estabilidad que consiguió por su prácticamente exclusiva dedicación a las tareas científicas
y académicas. Fue el autor de una ingente obra sobre la historia política y diplomática de la
Europa moderna, llevando a cabo un análisis exhaustivo de fuentes primarias y documentos
inéditos, usados después como base para su narración. Sus libros incluyen una historia de los
papas durante los cuatro siglos anteriores, una historia de Prusia durante los siglos XVII y XVIII,
una historia de Francia durante los siglos XVI y XVII y una historia de la Inglaterra del siglo XVII.
En el momento de su muerte, el nonagenario Ranke seguía plenamente activo, trabajando en
una historia del mundo.
Ranke partía de que la investigación histórica debía ir encaminada a restablecer los hechos
mediante una reconstrucci6n objetiva y literal del pasado. Él fue quien más claramente expuso
los fundamentos filosóficos del historicismo: “Los hechos y situaciones pasados son únicos e
irrepetibles y no se pueden comprender en virtud de categorías universales, sino en virtud de
sus contextos propios y particulares”. Esta es una concepción que defiende la historicidad
radical de todos los fenómenos humanos; estos serían resultado de la razón humana
concebida ahora como histórica, en contraste con la razón atemporal de los ilustrados. Así,
asume la idea, en buena parte hegeliana, de que la actividad de los hombres se canaliza a
través de las naciones, ente fundamental de la sociedad. Cada una es distinta y peculiar, y no
valen las generalizaciones, con lo que de hecho identificaba estado y nación.
La escuela rankeana se sucedería a lo largo del siglo XIX, sobre todo en el contexto de la Prusia
anterior a la unificación alemana de 1870, destacando sobre todo Droysen, Treitschke y
Mommsen. Johann Gustav Droysen (1808-1884) es considerado el fundador de la escuela
prusiana. Autor de unas densas y celebres obras sobre el helenismo, en 1855 publico su
célebre Historia de la política Prusiana. Partiendo de las premisas ya expuestas medio siglo
antes por Fichte, Droysen sostenía que el bien general de un pueblo y su salud cultural
dependen del Estado. Sólo un Estado estable, y militarmente capaz, puede asegurar la
pervivencia de un pueblo. En realidad, estas ideas ya habían sido manifestadas por Droysen en
sus estudios previos dedicados al helenismo, en los que la política y la expansión exterior de
los estados habían adquirido una relevancia muy especial. Droysen dejó una importante
herencia historiográfica como helenista y, sobre todo, por sus ensayos sobre metodología
histórica, recogidos en Histórica. Sobre enciclopedia y metodología de la historia, donde se
enfrenta a la visión mecánica del positivismo.
Todavía más estatista que el propio Droysen lo fue su discípulo y continuador Heinrich von
Treitschke (1834-1896). Autor de una Historia de Alemania en el siglo XIX (1879), consideraba
que la historia era un arma ideológica de combate para afianzar y engrandecer el Estado
alemán, cuya primera misión era sobrevivir y protegerse. Treitschke, cuyas ideas contaron con
una amplia proyección, mantuvo sin ambages la idea de que la neutralidad y la independencia
no tenían cabida en la labor del historiador. Una de las consecuencias de su pangermanismo
militante fue la sacralización del Estado y el cultivo de las virtudes bélicas (Southard, 1995).
La línea más propiamente liberal del historicismo alemán fue preconizada por Karl von Rotteck
(1775-1840) y Friedrich Christoph Dahlmann (1785-1860), identificados con la idea de una
Alemania unificada en el marco de una monarquía constitucional, basada en el consentimiento
de sus gentes. La figura y obra de Ludwig Hauser (1818-1867) adquirió todavía mayor
resonancia que los anteriormente citados. Suya es una Historia de Alemania de gran
En la época de entre siglos, dos iniciativas editoriales francesas e inglesas muestran muy bien
el cambio de aires que se estaba dando en la historiografía, consolidada ya como disciplina
científica practicada por profesionales. La primera de ellas es un libro sobre la metodología
histórica, la Introducción a los estudios históricos (1897) de Charles-Victor Langlois (1863-
1929) y Charles Seignobos (1854-1942), que ayudó a divulgar los métodos archivístico-
positivistas rankeanos. La segunda es el diseño de la famosa obra colectiva internacional,
coordinada por Lord Acton, The Cambridge Modern History, que constaba de doce volúmenes,
publicados entre 1902 y 1909.
La historiografía más activa e influyente en este contexto fue la francesa. Toda la segunda
mitad del siglo estuvo marcada allí por la implantación del cientificismo, el énfasis en las leyes
del comportamiento y el declive progresivo del misticismo romántico. La última generación de
historiadores franceses decimonónicos se puede enmarcar en el movimiento “cientifista” que
surgió en Francia después de la derrota de 1870 ante los prusianos. Una mezcla de exaltación
nacional y toma de conciencia de las limitaciones del panorama científico francés estaría en la
base de esta nueva generación. EI desarrollo científico conseguido por Alemania se tomó como
modelo en una Francia resentida y herida. La influencia de la ciencia alemana fue general. Se
experimentó en todas las ciencias de la observación, como la historia, la filosofía, la gramática,
la lingüística, la paleografía, la crítica de textos, la lexicografía, la arqueología, la jurisprudencia
y la exégesis. La irrupción de las clases populares en los espacios públicos propició también el
cambio: el pueblo se incorporaba a la política y también a la observación atenta de sociólogos,
filósofos e historiadores. La segunda mitad de siglo contempló asimismo una mutación del
clima ideológico. Un buen ejemplo de la nueva historia profesional, basada en un análisis
archivístico sistemático y riguroso, es la de Alphonse Aulard (1849-1928), quien en 1885 fue
nombrado el primer profesor de historia de la Revolución francesa en la Sorbona. La fundación
de esta cátedra tiene una doble relevancia. Por un lado, ilustra uno de los modos a través de
los que la Tercera Republica buscaba legitimarse; por otro, es un buen ejemplo de la
progresiva conexión entre profesionalización y especialización.
Entre los herederos de Taine destaca la figura de Ferdinand Brunetiére (1849-1906), en quien
la influencia de las ciencias naturales se hizo asimismo tan visible. Una segunda figura
vinculada a Taine fue Albert Sorel (1842-1906). Hostil a la revolución democrática, pero
partidario de la Revolución francesa, Sorel dedicó la mayor parte de su esfuerzo al estudio de
aquel magno episodio. La idea de la traición fue la premisa preconcebida mediante la cual se
acercó al estudio de la Revolución. El verdadero influjo de las ideas conservadores de Renan y
Taine -en el caso del primero, después de una verdadera “conversión” tras los acontecimientos
de 1870- pasará de la historia política a través de la característica polarización entre derechas e
izquierdas de la vida política francesa del siglo XX.
La evolución de la historiografía francesa del siglo XIX demuestra, una vez más, la continua
interrelación que se produce entre el texto y el contexto histórico. Las diferentes generaciones
de historiadores franceses de este siglo se van sucediendo en el contexto de las sucesivas
revoluciones de esta centuria (1830, 1848 y 1870). De las tesis revisionistas y algo
atormentadas de un François Guizot de la primera generación se pasa a la recuperación del
orgullo francés a través de la historiografía de cuño romántico al estilo de Michelet de la
segunda generación, para finalizar con el realismo de la generación del setenta, que intenta
aplicar los postulados del positivismo para recuperar la fe en la historia y en la historiografía.
Este recorrido historiográfico muestra el influjo que irá adquiriendo la historiografía francesa,
que se verificará con la emergencia de la escuela de los Annales en 1929.
La historia económica fue practicada por el historiador alemán German Gustav Schmoller
(1838-1917), que fue a su vez maestro del belga Henri Pirenne (1862-1935), quien junto al
sueco Eli Heckscher (1879-1952), fue uno de los principales historiadores de la economía
durante la primera mitad del siglo XX. Otras importantes figuras en este ámbito fueron el
inglés William Cunningham (1849-1919) y el norteamericano Norman Gras (1884 )956),
profesor de la Harvard Business School.
La historia social y cultural, por su parte, ya había sido practicada, como se ha visto más arriba,
en la Francia de Voltaire y en la Escocia de David Hume y Adam Ferguson. Esta tradición fue
continuada por Guizot en su Historia de la civilización en Francia (1829) y por Macaulay en su
famoso tercer capítulo de su Historia de Inglaterra (1848). Taine fue otro practicante de la
historia social y cultural, particularmente en su historia de la literatura inglesa, en la que
enfatizó -como su contemporáneo, el novelista Emile Zola- la importancia del contexto social.
En Estados Unidos, Frederick Turner defendió, como Marx, que “es en los cambios en la
economía y en la vida social de la gente donde debemos buscar las fuerzas que finalmente
crean y modifican los órganos de acción política”.
La figura principal de la historia cultural en el siglo XIX fue el historiador suizo Jacob Burckhardt
(1818-1897), nacido en Basilea. Burckhardt es conocido sobre todo por su precoz incursión en
la historia cultural a través de su obra fundamental La cultura del Renacimiento en Italia
(1860). Allí define el concepto de cultura como “el conjunto de desarrollos espirituales que se
producen espontáneamente y que no reivindican una validez coercitiva universal”. Iniciaba así
un renovado planteamiento de la historia de la cultura, que iba más allá de la mera descripción
de las principales obras artísticas. También propugnó un retorno a los valores clásicos para
articular una visión global que incluía aspectos como el desarrollo de la individualidad o el
descubrimiento de la belleza del paisaje.
Las Reflexiones sobre la historia universal son algo así como el testamento intelectual de
Burckhardt. Allí advierte del peligro de acudir a la filosofía para realizar un planteamiento
verdaderamente histórico, ya que, si la historia es el reino de la coordinación, la filosofía lo es
de la subordinación. El Estado, la religión y la cultura son
las tres grandes fuerzas que rigen el discurrir de la historia. La tercera de ellas, la más variable,
corresponde a la necesidad material y espiritual en sentido estricto. Las crisis en la historia se
producen cuando las influencias y entrelazamientos de estas tres fuerzas no se producen de
modo gradual y duradero, sino de forma acelerada.
La obra de Burckhardt tuvo un excepcional y ulterior colofón a través del magnífico retrato que
Johan Huizinga (1872-1945) hizo de la cultura de la última Edad Media a través de su El otoño
de la Edad Media, una obra que, publicada en 1919, ha resistido bien el paso del tiempo y se
sigue reeditando en la actualidad. Quizá el logro más importante de la obra de Huizinga sea la
maestría con que conjuga el análisis y la interpretación de dimensiones tan diversas como el
arte, la literatura, la religiosidad y las formas de vida.
Hipólito Taine
Influido inicialmente por Spinoza y seguidor más tarde de la estela de Hegel, Hipólito Taine
(1828-1893) no fue, con todo, un puro idealista. Participo del espíritu de la época de
desentrañar el sentido material de las cosas. Pertrechado con unas dotes personales de
observación asombrosas había seguido cursos de medicina y de psicología experimental. Todo
ello pudo percibirse en su obra. Su concepción del mundo quedo perfilada con nitidez en una
de sus obras cumbres, Ensayo sobre la inteligencia (1870).
La Revolución francesa se le aparece como una época de horror y de disturbios. Pero en ese
rechazo compulsivo abrió las puertas tanto a la psicología como a la sociología. Empeñado en
describir, con temor y con desprecio, los movimientos sociales, Taine supo señalar hasta qué
punto se trataba de un fenómeno de gran complejidad: que a los intereses y ambiciones hay
que añadirles otros factores, como las pasiones y el juego de un sinfín de percepciones
subjetivas. La psicología colectiva se convertía así en un auxiliar indispensable del historiador.
Hay un acuerdo casi unánime en considerar a Leopold von Ranke (1795-1886) el fundador y
máximo exponente del historicismo clásico alemán y uno de los historiadores más influyentes,
admirados e imitados de todos los tiempos. Nacido en Wiehe (Prusia), recibió una formación
basada en el conocimiento de las culturas clásicas, así como en la tradición protestante
luterana. En 1814, accedió a la Universidad de Leipzig, donde cursó estudios clásicos y
teológicos, especializándose en la disciplina filológica. Pronto se interesó por la disciplina
histórica, a través de la lectura de las novelas históricas de Walter Scott, cuyos relatos le
empujaron a indagar sobre historia real, para cotejarla con las narraciones ficcionales. Desde la
perspectiva propiamente historiográfica, Ranke recibió un gran influjo de Barthold Georg
Niebuhr (1776- 1831), uno de los primeros que buscó identificar a la disciplina histórica con el
método de las ciencias experimentales.
En 1824 publico su Historia de los pueblos romanos y germánicos (1494-1514), una obra que
se ha considerado el punto de partida del historicismo. Ranke analiza el conflicto entre la
monarquía francesa y la española por los territorios de Italia, lo que le posibilita defender que
Europa surge por la dialéctica entre pueblos románicos y germánicos. Explica en un apéndice el
método seguido, a la vez que intentaba superar a los autores anteriores que habían escrito
sobre esa historia, haciendo referencia, por ejemplo, a Guicciardini, en su Historia de Italia. En
1834-1836 publica Historia de los papas, un valioso estudio del Papado y sus representantes en
la Edad Media, desde el siglo XV a la primera mitad del XIX. Considerada en extremo crítica y
sustancialmente escéptica, fue contestada ampliamente desde la historiografía católica del
momento, en especial por el historiador Ludwig von Pastor (1854-1928) y su monumental
Historia de los papas desde fines de la Edad Media. Sin embargo, la obra de Ranke posee un
importante componente religioso, ya que la historia le interesaba porque creía ver en ella un
vehículo para encontrar a Dios. Sin llegar a defender el providencialismo agustiniano, entendía
que se puede encontrar a Dios en la historia cuando esta reconstruye sin artificios, sin teorías
ni concepciones preconcebidas.
Ranke postuló que el historiador debía conseguir que fuera el propio pasado el que hablara, lo
que garantizaría la objetividad histórica. Para ello, el historiador debía abandonar toda
pretensión de “autoría” y convertirse en un científico cuyo objeto de análisis fuera el pasado.
Enfatizó especialmente el estudio de la política internacional y de las relaciones diplomáticas, y
un compromiso para escribir historia “como realmente sucedió”. Realizó un uso
extraordinariamente amplio de fuentes, incluyendo memorias, diarios, cartas, expediciones
diplomáticas y testimonios de primera mano de testigos oculares. Ranke obtuvo un gran
reconocimiento ya en vida, y fue considerado el gran maestro de la historia en Alemania, sobre
todo gracias a su impresionante labor académica, que impulso desde la cátedra de la
Universidad de Berlín. Su influencia se extendió pronto por todo el mundo, favorecido sin duda
por el prestigio de la universidad alemana y concretamente gracias al celebre sistema de
seminario en que Ranke basaba su labor de investigación, docencia y, no de menor
importancia, la formación de sus discípulos. A través de esas reuniones, Ranke los formaba en
la práctica del uso crítico de las fuentes con el debate de ejemplos documentales. La obra de
Ranke es inmensa. Sus obras completas abarcan 54 gruesos volúmenes. Aunque no escribió
una historia universal propiamente dicha, sus intereses y temas tratados sí lo fueron: España,
Francia, Prusia, Inglaterra, el papado.
Jacob Burckhardt
Cuando la forma histórica predominante en Europa era la narración de los eventos políticos,
basada en documentos oficiales de archivo siguiendo el modelo impuesto por Ranke, Jacob
Burckhardt (1818-1897) se movió en otra dirección. Aunque había participado en el seminario
de Ranke en Berlín cuando era joven, Burckhardt se basó en la historia cultura en detrimento
de la historia política y combinó su catedra de historia en Basilea, su ciudad natal, con una
catedra de historia del arte. Privilegió la descripción sobre la narrativa, basada en fuentes
impresas más que manuscritas (junto con la evidencia de la cultura material), y presento sus
resultados en forma de ensayo escrito desde un punto de vista personal en temas tan diversos
como la Edad de Constantino (1853), la Cultura del Renacimiento (1860), la Historia cultural de
Grecia (publicada póstuma mente en 1898) y las Reflexiones sobre la historia del mundo,
editadas en 1905 basándose en algunas de las conferencias que impartió.
Los estudiosos que analizan este periodo, 150 años más tarde consideran la oposición de
Burckhardt entre el renacimiento y Edad Media demasiado exagerada, pero valoran su
magnánima aproximación a la idea del renacimiento, que es capaz de abarcar todos los
aspectos de la cultura, y continúan trabajando sobre los problemas que él puso de manifiesto.
ESQUEMA
Historiografía decimonónica
El siglo XIX, “el siglo de la Historia”: importancia de la historia y la disciplina histórica
La edad del historicismo, debido al incesante aumento de la conciencia de cambio
Descubrimiento del pasado como “otro”
Emergencia del nacionalismo y el positivismo
1. La época de las tradiciones nacionales: emergencia historias nacionales, influjo del
romanticismo e historicismo
La vía ilustrada de la historiografía alemana: Schiller, Herder, Hegel
La historiografía francesa: del romanticismo al positivismo
o La historiografía romántica: Guizot, Michelet, Quinet
o La historiografía liberal: Thiers, Mignet, Thierry, Guizot
o La historiografía liberal conservadora: Tocqueville y Fustel de Coulanges
La vía empirista británica y la historiografía whig: Macaulay, Acton
La historiografía liberal española
Entre la erudición y el nacionalismo: Lafuente, Hinojosa, Menéndez y Pelayo
Historia y política: Cánovas del Castillo
Los albores de la profesionalización: Altamira
2. La historiografía positivista: cientifismo y profesionalización
Positivismo de Comte, historicismo de Ranke
El historicismo clásico alemán
o La escuela rankeana: Droysen, Treitschke y Mommsen
o La vía liberal del historicismo alemán: Hauser, Sybel y Dilthey
- La historia profesional fuera de Alemania: Renan, Taine, Monod, Langlois y
Seignobos
La historia alternativa: economía, sociedad y cultura: Burckhardt y Turner