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Diapositiva Laoconte

El descubrimiento del grupo escultórico 'Laoconte' en 1506 marcó un cambio significativo en el arte del Renacimiento italiano, transformando el estilo del Quattrocento al manierismo del Cinquecento. La obra, esculpida por Hagesandro, Polidoro y Atenodoro, representa la muerte de Laoconte y sus hijos, simbolizando el castigo divino por la desobediencia y reflejando la tensión emocional y dramática del relato. Su influencia en el arte posterior es notable, inspirando a artistas como Miguel Ángel y El Greco.

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Diapositiva Laoconte

El descubrimiento del grupo escultórico 'Laoconte' en 1506 marcó un cambio significativo en el arte del Renacimiento italiano, transformando el estilo del Quattrocento al manierismo del Cinquecento. La obra, esculpida por Hagesandro, Polidoro y Atenodoro, representa la muerte de Laoconte y sus hijos, simbolizando el castigo divino por la desobediencia y reflejando la tensión emocional y dramática del relato. Su influencia en el arte posterior es notable, inspirando a artistas como Miguel Ángel y El Greco.

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FUNDAMENTOS HAGESANDRO, POLIDORO Y ATENODORO

ARTÍSTICOS «Laoconte» (44 a. C.-77 d. C.) Museo Pío Clementino, Roma.

El 14 de enero de 1506 marcó un antes y un después en arte del Renacimiento italiano. El hallazgo fortuito
del dramático grupo escultórico que representa la muerte de Laoconte y sus hijos constituyó un punto de
inflexión en la praxis artística del momento; supuso, parafraseando a Vasari, la transformación estética del suave
estilo del Quattrocento en el misterioso, erudito, enérgico y fascinante manierismo del Cinquecento. Este grupo
escultórico era famoso desde la Antigüedad. Conocemos a sus autores y su ubicación gracias a la «Historia
Natural» de Plinio el Viejo, en donde se afirma que estaba en la casa del emperador y que fue esculpida por los
excelentes artistas rodios Hagesandro, Polidoro y Atenodoro. Plinio afirma que el Laoconte estaba tallado en
un solo bloque de mármol, pero hoy sabemos que se ejecutó en siete bloques. Seis de estos bloques son de
mármol blanco de Rodas, mientras que el séptimo bloque, el que forma la mesa de altar, es de mármol de Luni,
en Carrara, una cantera cuya explotación comienza en 44 a. C. Dado que Plinio termina de escribir su Historia
Natural en el año 77 d. C., podemos fijar una cronología absoluta para el Laocoonte en 121 años, es decir, fue
esculpido entre 44 a.C. y 77 d.C.

El tema iconográfico del grupo escultórico es la muerte del sacerdote Laoconte y sus hijos. Existen dos
versiones sobre este: la griega y la latina. En la versión griega, Laoconte es castigado por desafiar a Apolo.
Laoconte era sacerdote de «Apolo Vengador», portador del arco y de la lira, y temido porque cuando tensaba
las cuerdas se ignoraba si de ellas iba a salir suave música o flechas con negra muerte. Apolo era, por tanto, un
dios dual, unas veces era traedor de armonía y luz, mientras que otras aparece como dador de guerra y muerte.
Laoconte había recibido de Apolo el don de la clarividencia, poder profético que perdió al romper su celibato y
tener dos hijos: Antífantes y Thimbreo. La irreverencia fue castigada por Apolo con el envío de unas serpientes
que matan a Laoconte y a Antífantes, pero dejan vivo a Thimbreo, que heredará el don oracular del padre y
anunciará la caída de Troya. La versión latina la aporta Virgilio en la «Eneida». Durante mucho tiempo se ha
afirmado que la escultura que alberga el Museo Pío Clementino es un brillante ejemplo de fiel traducción al
lenguaje pétreo de la tensión narrativa que presenta la versión virgiliana, pero lo cierto es que la escena
representada en la escultura vaticana es más bien una plasmación artística del relato original griego, una
alegoría del castigo divino a la desobediencia. En la Eneida mueren los tres protagonistas del mito y queda
clarísimo el orden en que mueren, un hecho que no coincide en absoluto con lo que evidencia la escultura, en
donde sobrevive, fiel al relato griego, uno de los hijos. Esta obviedad literaria se refleja también en los valores
plásticos de la propia obra. La tensión psicológica y dramática es la esencia estética más genuina del Laoconte.
La inmolación del sacerdote y de su hijo Antífantes atenazados por serpientes, ambos agitados en convulso
movimiento a medida que el veneno, inoculado por los reptiles, hace su efecto mortífero en la sangre, simboliza
la pérdida del apoyo de los dioses a Troya y es preludio de la destrucción de la ciudad. Las serpientes, después
de matar a Antífantes, que cae desplomado e inerte sobre el altar, atacan a Laocoonte: una se dirige al costado
derecho y otra, que no ha llegado a nuestros días, debía dirigir su ataque directamente a la cara del sacerdote,
de ahí su gesto horrible, cuyo grito, casi sonoro, traduce a la piedra el dolor físico de verse morir, el dolor
moral de ver morir a uno de sus hijos y el dolor social de percibir la inmediata destrucción de Troya. Es la
naturaleza en supremo dolor esculpida, es la imagen de un hombre que lucha por acumular toda la fuerza de su
espíritu para sobrellevar su angustia. Esta nobleza es patente en un rostro que refleja un terrible esfuerzo por
dominar el dolor y la expansión de sus sentimientos, una expresión que clama, pero no grita, y unos ojos que,
mirando al cielo, buscan una ayuda sobrenatural que no va a llegar. Pese al padecimiento físico, Laocoonte
parece más preocupado por el terror de un paralizado Thimbreo, el hijo que contempla impotente el destino
cruelmente trazado por Apolo, para su progenitor, para su hermano y para la ciudad. Esta ternura paterna
queda reflejada en esos ojos llenos de desesperación, impotencia y tensión. Esta misma tensión se aprecia en la
poderosa musculatura del cuerpo del sacerdote, un cuerpo en donde destaca el costado izquierdo, el lado del
corazón, la parte que más sufre a causa de la furiosa y mortal mordedura de la serpiente. Es ahí donde se ha
expresado el mayor sufrimiento, y es ahí también donde hallamos también la mayor perfección del grupo
escultórico; tanta que podemos considerar este costado izquierdo como uno de los mayores prodigios de toda
la Historia del Arte Universal.

Si hay algo que destaca en el Laoconte es la versatilidad artística de sus autores. Siguiendo la más pura
tradición ecléctica helenística, ejecutaron la obra eligiendo un lenguaje diferente para cada una de las figuras
que la componen. Para Antífantes se inspiraron en modelos de belleza praxilélica y andrógina propios del arte
del siglo IV a. C.; para Laoconte optaron por el ideal heroico y musculoso de la escuela de Pérgamo, propio del
arte del siglo II. a. C.; y para Thimbreo se prefirió un ideal de belleza más sereno y elegante, próximo a modelos
anatómicos policléticos y fidiacos del siglo V a. C. La excelente formación clasicista de los escultores se
demuestra también en la composición general de la obra, que se configura como un grupo centrípeto, es decir,
cerrado sobre sí mismo, concebido para ser observado desde un único punto de vista. Los autores lo
concibieron así porque el grupo iba ubicado en nicho.

Una serie de esculturas del siglo I a. C. se relacionan formalmente con el Laoconte y con el desarrollo de la
filosofía estoica. La Gigantomaquia de Pérgamo, el castigo de Marsias y el grupo del Toro Farnesio son, como el
Laoconte, expresión de sufrimiento físico y moral. Son grupos escultóricos que se relacionan no sólo en los
aspectos formales y estilísticos, sino también en los aspectos ideológicos, filosóficos y simbólicos. El estoicismo
educaba los espíritus para no sentir ni dolor, ni miedo, ni deseo, ni placer, elementos considerados estigmas del
hombre malvado. El hombre proclive a ellos, lo estaría también, irremediablemente, respecto del mal. El deseo,
la búsqueda de aquello que parece erróneamente bueno, era el máximo signo de debilidad del ser humano. La
idea de que el deseo es siempre incorrecto y nos conduce a inmensos sufrimientos parece ser el fundamento del
Laoconte. De este modo, el deseo se convierte en signo de debilidad y justificación de un merecido castigo.

Valorar la influencia del Laoconte en el arte desde su descubrimiento no es tarea fácil. Vasari dice que esta
obra hizo posible el misterioso, enérgico y fascinante manierismo del Cinquecento, influyendo decisivamente en
su obra maestra, los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Su poder de atracción sobre los artistas
manieristas fue indudable, como demuestra que el propio Greco, en su única pintura mitológica conocida,
pintara en 1610 la «Muerte de Laocoonte y sus hijos», hoy en la National Gallery de Washington.

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