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Tema 252

El tema 25 aborda las intervenciones y rescates en medio acuático en la Región de Murcia, centrándose en las técnicas, medidas de seguridad y equipos de protección utilizados por los bomberos en ríos, embalses y zonas inundadas. Se detallan los entornos de intervención, las medidas de seguridad necesarias durante las movilizaciones y el equipamiento específico, asegurando que todos los elementos cumplen con la normativa vigente. Además, se describen las técnicas de rescate, priorizando métodos de mínima exposición para garantizar la seguridad del rescatador y la víctima.

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Tema 252

El tema 25 aborda las intervenciones y rescates en medio acuático en la Región de Murcia, centrándose en las técnicas, medidas de seguridad y equipos de protección utilizados por los bomberos en ríos, embalses y zonas inundadas. Se detallan los entornos de intervención, las medidas de seguridad necesarias durante las movilizaciones y el equipamiento específico, asegurando que todos los elementos cumplen con la normativa vigente. Además, se describen las técnicas de rescate, priorizando métodos de mínima exposición para garantizar la seguridad del rescatador y la víctima.

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Tema 25. Intervenciones y rescate en medio acuático. Ríos.

Riadas e
inundaciones en la Región de Murcia
Intervenciones y rescate en medio acuático
Voy a desarrollar el tema 25, titulado “Intervenciones y rescate en medio
acuático. Ríos. Riadas e inundaciones en la Región de Murcia”. En este tema
se abordan las actuaciones de los bomberos en entornos acuáticos (ríos,
embalses, inundaciones e incluso rescates en mar), detallando las medidas
de seguridad, los equipos de protección, las técnicas de rescate específicas,
así como las particularidades de los ríos y de las inundaciones en la
Región de Murcia. Todo ello se expone de forma técnica pero adaptada a un
lenguaje adecuado para su presentación oral, incluyendo referencias a la
normativa vigente (como el Plan INUNMUR y estándares UNE aplicables)
cuando corresponda.
Entornos de las intervenciones y rescate en medio acuático
Comenzamos con el primer epígrafe, relativo a los entornos de las
intervenciones acuáticas. Las intervenciones en el medio acuático por
parte de bomberos pueden desarrollarse en diversos escenarios naturales o
artificiales: ríos, pantanos o marjales, embalses, zonas inundadas e
incluso en el mar. Cada entorno presenta características particulares que
condicionan la forma de intervención, por lo que es importante conocer sus
definiciones básicas y peculiaridades antes de adentrarnos en las técnicas
de rescate:
 Río: corriente natural de agua que fluye de forma continua por un
cauce definido. Es el entorno fluvial por excelencia y, en lo que
respecta a este tipo de medio, más adelante profundizaremos en
su clasificación y riesgos específicos en el apartado de Ríos.
 Pantano: masa de agua estancada, generalmente poco profunda,
donde suele crecer vegetación acuática densa. Son zonas en las que
el agua no tiene corriente apreciable, diferentes a los ríos en
dinámica y posibles riesgos (fangos, vegetación sumergida, etc.).
 Embalse: acumulación de agua retenida artificialmente mediante un
dique o presa en el lecho de un río o arroyo, alterando parcial o
totalmente su cauce. Los embalses presentan riesgos particulares,
como corrientes bajo la superficie cerca de la presa, variaciones de
nivel y accesos complicados a las orillas.
 Mar: masa de agua salada que cubre la mayor parte de la superficie
terrestre. Aunque el Consorcio de Extinción de Incendios y
Salvamento (CEIS) de la Región de Murcia actúa principalmente en el
ámbito terrestre, los parques de bomberos situados en zonas costeras
en ocasiones deben intervenir en rescates marítimos (por ejemplo,
rescate de personas arrastradas mar adentro o accidentes en zonas
de acantilados costeros). Estos rescates marítimos requieren
coordinación con medios náuticos y, a menudo, con otros organismos
especializados (Salvamento Marítimo).
 Zonas inundadas: áreas normalmente secas que han quedado
anegadas por agua de forma lenta o repentina. Una inundación se
define como la irrupción de agua en zonas donde habitualmente no la
hay (llanuras, poblaciones, etc.). Podemos clasificar las
inundaciones según su causa principal: por precipitación in situ
(lluvias torrenciales directamente sobre la zona), por escorrentía
(agua que llega desde cuencas cercanas), por rotura de
infraestructuras (fallo de presas, diques u otras obras hidráulicas) o
por acciones del mar (ejemplo: temporales costeros). Cada tipo de
inundación plantea situaciones distintas; en cualquier caso, ante una
zona inundada, se valorará confinar a la población en lugares seguros
o evacuarla, dependiendo de qué opción presente menor peligro para
las personas afectadas.
Medidas de seguridad durante la intervención
A continuación, proseguimos con el epígrafe de medidas de
seguridad, un aspecto crucial en las intervenciones acuáticas. Durante las
movilizaciones hacia y en la zona de intervención, es imprescindible adoptar
medidas de seguridad que reduzcan al mínimo los riesgos, tanto para los
intervinientes como para las víctimas. Vamos a detallar las más
importantes:
 Desplazamientos en vehículo: Los vehículos de bomberos que
acceden a zonas inundadas o ribereñas deben ser adecuados para
terrenos anegados: se procura utilizar vehículos con altura de chasis
elevada, componentes eléctricos estanques (protegidos contra el
agua) y tracción 4x4. La conducción debe realizarse con marchas
cortas, a baja velocidad y con técnicas específicas para evitar
quedarse inmovilizado en barro o corrientes. En lo que respecta a
atravesar cauces, se evitará cruzar áreas de aguas rápidas salvo
que sea absolutamente necesario, ya que incluso una depresión
aparentemente pequeña en la carretera puede ocultar gran
profundidad o corriente capaz de arrastrar el vehículo.
 Desplazamientos a pie: Se mantienen precauciones similares al
dejar el vehículo. Hay que recordar que corrientes de agua con
apenas 15 cm de altura pueden derribar a una persona debido a la
fuerza del arrastre. Por tanto, el personal debe progresar con extrema
precaución. Es útil el empleo de un bastón o pértiga para sondear
el camino al caminar por zonas inundadas o embalsadas,
comprobando la profundidad y la firmeza del terreno antes de cada
paso. (En el CEIS de Murcia, por ejemplo, se utiliza un bastón de unos
1,90 m con una marca a los 50 cm para evaluar la profundidad a
medida que se avanza). Asimismo, se debe evitar acercarse a
tendidos eléctricos o cables caídos, que pueden estar energizados,
y alejarse de bases de laderas inestables que pudieran desprenderse
con la humedad.
 Uso de maquinaria pesada: Si en la intervención se emplean
máquinas pesadas (p.ej., excavadoras para movimiento de tierras o
apertura de cauces), ningún bombero debe situarse cerca de los
ángulos muertos de esas máquinas. Debe mantenerse siempre una
distancia de seguridad y estar en el campo visual del operario,
usando si es posible equipos de comunicación. Si el trabajo se
desarrolla en una pendiente o talud, nunca posicionarse en la parte
baja (lado del valle) por debajo de la vertical de la máquina, ya que
existe riesgo de atropello o de ser alcanzado por desprendimientos.
 Operaciones con helicóptero: En rescates acuáticos de cierta
envergadura puede haber apoyo de helicópteros (por ejemplo, para
evacuar gente aislada por una riada). Sólo el personal autorizado
debe aproximarse al helicóptero, siempre por el frente (donde el
piloto pueda verlo) y únicamente cuando éste lo indique. Es
fundamental cumplir las órdenes del piloto y mantener la distancia
a las palas, agachándose al aproximarse y sujetando objetos ligeros
que pueda levantar el viento de las hélices.
Todas estas medidas siguen las directrices de seguridad en
emergencias marcadas tanto por protocolos internos del servicio de
bomberos como por la Dirección General de Protección Civil y Emergencias
a nivel nacional. El objetivo es garantizar que el personal interviniente no se
convierta en víctima y que la operación se desarrolle sin incidentes
añadidos.
Equipos de protección individual y material
Seguidamente, pasamos al equipamiento de protección individual
(EPI) y material específico utilizado en rescates acuáticos. Los bomberos
de las unidades de rescate acuático del CEIS deben ir equipados con EPI
adecuados a las condiciones de agua, los cuales cumplen con la normativa
de homologación vigente (UNE-EN e ISO correspondientes para cada
elemento, asegurando la calidad y seguridad). El equipo disponible y
reglamentario consta de:
 Casco de rescate acuático: en el Consorcio se emplea el modelo
Gallet F2, que protege la cabeza contra golpes con objetos flotantes
o rocas. Estos cascos cumplen normas de seguridad similares a las de
cascos de deportes de aguas bravas (por ejemplo, norma UNE-EN
1385).
 Protección de manos y pies: Guantes de neopreno para proteger
las manos del frío y cortes bajo el agua, escarpines (calcetines de
neopreno) y botas especiales de barrancos (como el modelo
Bestard Canyon Guide) que brindan agarre en superficies
resbaladizas y protegen los tobillos.
 Trajes de intervención en agua: El Consorcio dispone de dos
tipos de traje según el tipo de agua: para aguas tranquilas o poco
profundas se usan trajes de vadeo (tipo peto impermeable, que
permiten caminar en agua manteniéndose seco hasta cierta altura);
para aguas rápidas o intervenciones con inmersión se emplea un
traje de neopreno monopieza de 5 mm, que aísla térmicamente y
permite flotabilidad. Estos trajes están diseñados según estándares
internacionales (por ejemplo, los de neopreno suelen cumplir la
norma EN ISO 14225 para trajes de buceo).
 Chaleco de ayuda a la flotación: Es un chaleco salvavidas de nivel
N50 (50 Newtons de flotabilidad) que además está preparado para
rescate: incorpora un cinturón con sistema de zafa rápida
(liberación rápida) para poder soltar al rescatador de cuerdas o
obstáculos si queda enganchado, y accesorios como navaja (para
cortar cuerdas o redes en caso necesario) y silbato (para señales
acústicas). Estos chalecos deben cumplir la normativa UNE-EN ISO
12402 en sus distintas partes, asegurando una flotabilidad adecuada
y elementos de seguridad fiables.
 Bolsa de rescate con cuerda flotante: Es una bolsa que contiene
en su interior una cuerda especialmente diseñada para flotar (fibra
ligera), de longitud variable (en nuestro servicio se dispone de bolsas
con cuerdas de 10, 15 y 25 metros). En el extremo de la bolsa
sobresale un asa o lazo de cuerda; el rescatador sujeta ese extremo
mientras lanza la bolsa en dirección a la víctima, de modo que la
cuerda vaya saliendo libremente. Este equipo permite realizar
lanzamiento de cuerda hacia una persona en el agua para que se
agarre y pueda ser remolcada desde la orilla.
 Embarcaciones neumáticas: Cada parque de bomberos de zona en
Murcia cuenta con al menos una zodiac o embarcación neumática con
motor fuera borda de cuatro tiempos, apta para navegar en aguas
poco profundas o inundadas. Estas embarcaciones se despliegan
cuando la situación lo requiere (por ejemplo, para acceder a zonas
aisladas por agua extensa) y su uso viene regulado también por
procedimientos de seguridad náuticos (incluyendo la obligación del
chaleco para todos a bordo, uso de casco, etc.).
 Material auxiliar de buceo y salvamento: Además de lo anterior,
se tiene repartido por los parques diverso material como aletas de
buceo (aletas de rana) y gafas de buceo con tubo de snorkel (útiles si
hay que sumergirse brevemente para buscar a alguien bajo el agua),
boyas de rescate tipo torpedo (como las usadas por socorristas) para
apoyar la flotación de la víctima, entre otros.
En suma, este equipamiento personal y material garantiza que los
bomberos puedan operar en el medio acuático con la protección necesaria.
Como se mencionó, todos los elementos deben estar homologados
conforme a la normativa técnica (p. ej., marcado CE y normas UNE/EN
correspondientes), ya que la fiabilidad del equipo es fundamental para la
seguridad del rescatador y el éxito de la intervención.
Rescate en medio acuático
Tras haber descrito entornos, seguridad y equipo, continuamos con las
técnicas de rescate en medio acuático propiamente dichas. En
cualquier operación de salvamento acuático, se sigue un criterio de
mínima exposición: es decir, el rescatador debe adoptar la técnica que
conlleve menor riesgo para él, escalando a métodos más comprometidos
solo si los anteriores no funcionan.
Siguiendo ese criterio, se comienza intentando rescates desde fuera del
agua antes de entrar en ella. Por ejemplo, el primer recurso suele ser usar
cuerdas o elementos de alcance. Dentro de estas técnicas básicas está el
lanzamiento de cuerda ya mencionado: el bombero se sitúa en la orilla lo
más cerca posible de la víctima (pero en zona segura), prepara la cuerda
flotante sacando unos metros y, tras avisar gritando “¡cuerda!”, lanza la
bolsa en dirección a la víctima, apuntando justo donde está o un poco más
allá de ella para que la corriente le acerque la cuerda. Existen varias
modalidades prácticas de lanzamiento (por debajo del hombro, por encima
del hombro con el brazo doblado, por encima con el brazo extendido, o
lanzamiento lateral), y elegir una u otra depende de la distancia y precisión
requerida, así como de la comodidad del rescatador. Lo importante es que la
cuerda llegue a manos de la persona en apuros y que ésta pueda asirse
firmemente, tras lo cual el rescatador u otros compañeros en tierra irán
recogiendo la cuerda para arrastrarla hacia zona segura.
En rescates de personas arrastradas en ríos caudalosos, se puede emplear
una técnica específica con cuerdas llamada línea transversal diagonal
tensionada. Consiste en instalar una cuerda desembragable (que se pueda
soltar rápidamente si es necesario) fijada entre ambas orillas del río,
colocándola en diagonal respecto al sentido de la corriente. Cuando un
rescatador o una víctima alcanzan esa cuerda tensada, la corriente misma
los empuja a lo largo de la línea diagonal hacia la orilla baja, especialmente
si van sujetos a la cuerda mediante un mosquetón. De este modo,
aprovechando la fuerza del agua a favor, se llega a la orilla sin necesidad de
nadar contracorriente y con mínimo esfuerzo, actuando la cuerda como
“pasamanos” diagonal flotante. Esta técnica requiere coordinación y
calcular bien el anclaje y ángulo de la cuerda, pero es muy eficaz para
rescatar a alguien río abajo aprovechando la corriente de forma controlada.
Si los métodos anteriores no dan resultado y la situación lo demanda, el
rescatador tendrá que entrar en el agua. Una técnica de intervención directa
es el rescate a nado con amarre, también llamado cebo vivo. Es un
procedimiento de riesgo, especialmente en aguas bravas, por lo que debe
emplearse con muchas precauciones y preferentemente en aguas
relativamente tranquilas. Consiste en que un bombero, equipado con su
chaleco y cuerda flotante, se lanza al agua para nadar hasta la víctima:
previamente vacía la bolsa de rescate (saca toda la cuerda flotante) y ata el
extremo de la cuerda al punto de anclaje frontal de su chaleco (ese punto
de anclaje incorpora un mosquetón de seguro, diseñado para estas
maniobras). De este modo, el rescatador queda asegurado desde tierra por
sus compañeros mediante la cuerda. Una vez que logra alcanzar a la
víctima, los compañeros en la orilla comienzan a recoger la cuerda,
traccionando de ambos para arrastrarlos hacia tierra firme. Esta técnica,
insistimos, conlleva alto riesgo en corrientes fuertes, por lo que el
rescatador debe ser muy experto; en caso de apuro, puede soltar
rápidamente el amarre gracias al sistema de zafa del chaleco, evitando ser
arrastrado si la situación se descontrola.
Proseguimos con las técnicas propias del socorrista acuático (es decir,
las acciones una vez el rescatador está en el medio acuático junto a la
víctima). Un punto crítico es la entrada al agua: debe elegirse
cuidadosamente el lugar y la forma de entrar (saltando de pie, deslizarse,
etc.) para minimizar el impacto y evitar lesiones. Se debe conocer bien la
fuerza de la corriente antes de entrar; por ejemplo, entrar aguas arriba de la
víctima para que la corriente nos acerque a ella, y nunca saltar donde no
sepamos la profundidad o presencia de obstáculos sumergidos. Una entrada
controlada reduce riesgos desde el primer momento de la operación.
Una vez junto a la víctima, el rescatador aplica técnicas de presa y
zafadura: son maniobras para inmovilizar o asegurar a la víctima, evitando
que sus movimientos (especialmente si está presa del pánico) pongan en
peligro a ambos. Por ejemplo, abordar a la persona por detrás o por un lado,
sujetándola firmemente por el pecho o arneses, de forma que no pueda
abrazarse desesperadamente al bombero (lo cual ocurre a veces e impide
nadar). Al mismo tiempo, el rescatador debe estar preparado para zafarse
(soltarse) rápidamente si la víctima lo hunde o sujeta con fuerza: existen
agarres especiales y formas de liberación entrenadas que permiten
recuperar el control de la situación sin abandonar a la víctima.
Finalmente, se ejecutan las técnicas de arrastre o extracción para llevar
a la víctima a tierra firme o zona segura. El socorrista, dependiendo de la
situación de la persona (consciente, inconsciente, lesiones), puede
arrastrarla nadando de distintas maneras: por ejemplo, sujetándola por la
axila y nadando de espalda, o usando la boya torpedo colocada bajo su
pecho para remolcarla. El objetivo es trasladar al accidentado de la manera
más eficiente y rápida posible hacia la orilla, donde otros compañeros
pueden ayudar a sacarlo del agua. Una vez en tierra, se aplicarán los
primeros auxilios necesarios.
Ríos
A continuación, pasamos al epígrafe de Ríos, para profundizar en su
definición, características y la problemática que presentan en los rescates.
Un río se define, de forma general, como una corriente natural de agua que
fluye de manera continua por un cauce, pudiendo desembocar en otro río,
en un lago o en el mar. Sin embargo, bajo esta definición simple subyace
una gran variedad de tipos de ríos, por lo que es útil clasificarlos según
distintos criterios:
 Según su periodo de actividad: hay ríos perennes (fluyen todo el
año), estacionales (secas en alguna época, típicamente verano),
transitorios (solo llevan agua en episodios muy puntuales de lluvia) o
alóctonos (ríos que mantienen caudal en un clima seco gracias a que
nacen en zonas húmedas lejanas). En la Región de Murcia muchos
cauces son ramblas estacionales, secas la mayor parte del tiempo y
activándose solo con lluvias intensas.
 Según su morfología: podemos tener cauces rectilíneos, sinuosos,
con meandros muy marcados, ríos que forman islas o brazos en su
recorrido, etc. La forma del cauce influye en la velocidad del agua y
en las zonas de riesgo (por ejemplo, en un meandro la corriente
erosiona fuerte la orilla cóncava).
 Según su recorrido topográfico: hablamos de ríos de montaña
(curso alto con gran pendiente y corriente rápida), de falda de
montaña (tramos intermedios) o de llanura (curso bajo con poca
pendiente, corriente lenta pero cauce ancho).
De entre estas clasificaciones, la más relevante para comprender el
comportamiento de un río es la de su régimen de alimentación, es decir,
el origen de las aguas que alimentan su caudal a lo largo del año.
Atendiendo a este criterio, distinguimos principalmente cuatro tipos de
regímenes:
 Régimen glaciar: propio de ríos alimentados por el deshielo de
nieves perpetuas o glaciares. Su caudal máximo se produce en época
de calor (verano), cuando el hielo se derrite con mayor intensidad.
 Régimen nival: son ríos alimentados predominantemente por la
nieve acumulada en invierno que se funde en primavera. Pueden ser
nival de montaña (si nacen en alta montaña, con máximos caudales
en primavera tardía y verano por el deshielo) o nival de llanura
(propios de zonas más llanas con nieve estacional). En general, su
pico de caudal es en primavera o inicios de verano, coincidiendo con
el deshielo.
 Régimen pluvial: ríos cuyo aporte principal proviene de la lluvia.
Aquí podemos diferenciar entre pluvial oceánico (propio de climas
atlánticos, con lluvias repartidas y máximos en invierno) y pluvial
mediterráneo (climas como el levantino, donde las lluvias son más
irregulares, concentrando caudales máximos en otoño-invierno). En la
Cuenca del Segura, de régimen mediterráneo, los ríos suelen llevar
más caudal en otoño-invierno por las lluvias de esas estacionesfile-
5eugvy6dedct1uhmwzhp9mfile-5eugvy6dedct1uhmwzhp9m.
 Régimen mixto nival-pluvial: muchos ríos combinan fuentes de
alimentación. Por ejemplo, pueden tener alimentación nival en su
cabecera (deshielos) y pluvial en tramos inferiores. Este régimen
mixto hace que puedan presentar dos picos de caudal al año (uno
por lluvias y otro por deshielo), o un pico prolongado resultado de
ambas aportaciones.
Cabe destacar que un mismo río a lo largo de su curso puede atravesar
diferentes regímenes y comportamientos. Incluso a lo largo del año, el
régimen puede cambiar: por ejemplo, un río de montaña puede comportarse
como nival en primavera (por deshielo) y pluvial en otoño (por lluvias). Estas
variaciones se reflejan en los caudales mínimos y máximos
estacionales, que se registran en estaciones de aforo (puntos de medición
de caudal) para estudiar el comportamiento hídrico.
Desde el punto de vista geomorfológico, podemos dividir longitudinalmente
un río en tres partes: el curso superior (parte alta en montañas, donde el
río suele ser joven, con fuerte pendiente y erosión predominante; en climas
semiáridos estas partes altas suelen ser ramblas secas la mayor parte del
tiempo, que se activan cuando llueve); el curso medio (tramo intermedio
donde la pendiente disminuye, el cauce se hace más ancho y se deposita
sedimento, generalmente con recorrido más recto o de meandros amplios);
y el curso inferior (la parte baja cerca de la desembocadura, con cauce
muy ancho, poca pendiente y aguas más lentas, donde se deposita la mayor
carga de sedimentos antes de llegar al delta o desembocadura). Esta
división en curso alto, medio y bajo nos orienta sobre qué tipo de peligros
esperar: por ejemplo, en el curso superior habrá corrientes más violentas y
posibilidad de avenidas súbitas, mientras que en el inferior el riesgo está
más asociado a inundaciones por desbordamiento amplio.
Elementos de riesgo en un río
Dentro del medio fluvial, identificamos ahora los principales elementos
de riesgo que encontramos al realizar un rescate en ríos. Estos factores
físicos del río pueden poner en peligro tanto a las víctimas como a los
rescatadores, por lo que debemos ser capaces de leer el río y reconocerlos:
 Corriente principal: es el movimiento de traslación del agua dentro
del cauce, la “vena” central de agua que baja con más fuerza. Es la
zona de mayor velocidad y caudal. Cuanto más potente la corriente,
más difícil y arriesgado es oponerse a ella; por eso, en un rescate,
evitar la corriente principal o utilizarla a favor es fundamental. Una
persona atrapada en la corriente será arrastrada río abajo
rápidamente, y un rescatador en la corriente puede perder control si
no está asegurado.
 Rápidos: son tramos del río con pendiente pronunciada y fondo
irregular, que provocan aceleración y turbulencia del agua. Se
reconocen porque el agua “hierve” y aparecen zonas blancas de
espuma al golpear el agua contra rocas emergentes o sumergidas (lo
que coloquialmente se llaman aguas bravas o rápidos de aguas
blancas). En un rápido, la corriente es muy fuerte y hay riesgo de
choque contra rocas; navegar o nadar ahí requiere alta pericia. Los
rápidos suelen clasificarse en grados de dificultad (como veremos en
la escala internacional más adelante).
 Rebufos: también conocidos como remolinos o torbellinos
horizontales, son zonas donde el agua gira sobre sí misma en un eje
horizontal, creando un movimiento circular intenso. Suelen formarse
detrás de obstáculos sumergidos o pequeños desniveles donde el
agua al caer vuelve contra la corriente formando un bucle. El rebufo
se percibe porque el agua está muy agitada en ese punto, con
muchas burbujas y espuma giratoria en la superficie. Un rebufo
atrapa objetos o personas, manteniéndolos girando en el mismo
lugar; por eso es especialmente peligroso si alguien queda atrapado
en uno, ya que le costará salir sin ayuda.
 Crecidas (avenidas súbitas): se refiere a aumentos repentinos y
significativos del caudal del río. En una crecida, el nivel del agua sube
rápidamente por encima de su cauce normal; si el lecho no puede
contener toda el agua, ésta se desborda anegando las riberas e
inundando zonas adyacentes. Las crecidas en ríos de la Región de
Murcia suelen ocurrir tras lluvias torrenciales (dana, gota fría) y
pueden convertir una rambla seca en una corriente impetuosa en
minutos. Para los rescatadores, una crecida representa un peligro
máximo: puede sorprender durante una intervención, cambiar
totalmente las condiciones (corrientes donde antes no las había,
nuevos rebufos, arrastre de troncos) e incluso dejar aislado al
personal. Por eso, ante alertas de lluvia, se extrema la precaución y
se monitorea el nivel en todo momento.
 Contracorrientes: son flujos de agua en sentido contrario a la
corriente principal que se forman detrás de un obstáculo. Cuando la
corriente principal choca contra un obstáculo grande (por ejemplo, un
pilar de puente, una roca grande), el agua lo rodea y en la sombra
hidráulica detrás del obstáculo se genera un remolino o remanso
donde el agua vuelve hacia atrás para rellenar el hueco. Esta
contracorriente crea una zona de aparente calma justo detrás del
obstáculo, pero con un movimiento circular: puede succionar
objetos hacia el obstáculo y retenerlos allí. Para un nadador, quedar
atrapado en una contracorriente significa ser empujado hacia el
frente del obstáculo; hay que saber salir de ellas nadando
lateralmente hacia la corriente principal de nuevo.
 Zonas de batimiento (lavadoras): se producen cuando una
corriente fuerte choca directamente contra una pared o orilla casi
vertical del cauce. El agua al golpear de frente contra la pared se
desplaza en todas direcciones, formando un movimiento circular en
sentido vertical, como una lavadora, excavando incluso la base de la
pared. Si la corriente viene con mucha fuerza, puede generar una
oquedad en la orilla y remolinos verticales que succionan hacia
abajo. Estas “lavadoras” son extremadamente peligrosas: una
persona puede quedar atrapada en ese ciclo de agua giratorio contra
la pared, siendo hundida y vuelta a sacar repetidamente. La manera
de escapar es muy difícil si la fuerza es grande, por lo que la
prevención es clave: evitar esas zonas o rescatar desde fuera cuando
se identifican.
Conocimiento del río
Antes de adentrarse físicamente en un rescate fluvial, es fundamental la
lectura del río, es decir, observar e interpretar las señales que nos indican
el estado del agua y sus posibles peligros ocultos. Un bombero
especializado en rescate acuático debe ser capaz de “conocer el río”
sobre la marcha, para escoger rutas seguras y tomar decisiones adecuadas.
Veamos algunos indicadores prácticos:
 El color del agua es un indicador sencillo pero muy útil del caudal y
la situación del río. Si el agua está clara y permite ver el fondo,
suele indicar un caudal normal o bajo, sin mucha sedimentación; es
decir, el río no arrastra gran cantidad de fango o tierra y
probablemente no ha habido lluvias recientes río arriba. Si el agua
aparece turbia o marrón ligero, puede indicar el inicio o el final
de una riada: es señal de que ha llovido río arriba y el agua arrastra
sedimentos (subida de caudal), o bien que la avenida está remitiendo
pero aún trae barro. Ahora bien, si observamos el agua de un color
chocolate oscuro o verde muy oscuro, nos indica que estamos
ante una gran riada en curso, con muchísimo sedimento; es una
situación de mucho peligro, pues el río viene crecido de forma
extraordinaria. En la jerga, agua color chocolate es sinónimo de riada
significativa, y exige extremar precauciones o directamente
abstenerse de intervenir en el cauce hasta que disminuyafile-
5eugvy6dedct1uhmwzhp9mfile-5eugvy6dedct1uhmwzhp9m.
 Otros indicios: la presencia de restos flotando (troncos, maleza) en
cantidad y a gran velocidad señala que aguas arriba se ha producido
arrastre por lluvias fuertes. El ruido del río también comunica
información: un rugido creciente puede advertir que viene una
creciente aunque aún no la veamos. Del mismo modo, es importante
observar posibles cambios súbitos en el nivel durante la
intervención; por eso se establecen vigías en los puentes o puntos
altos para alertar si sube el agua bruscamente.
En resumen, conocer el río implica evaluar constantemente estas señales
del entorno. Una lectura correcta del río nos permite elegir el camino más
seguro hacia la víctima (por ejemplo, aprovechar contracorrientes o
remansos como “islas” de calma, evitar rebufos, etc.) y anticipar decisiones
(como retirarse a tiempo si viene una avenida). La formación de los
bomberos en rescate acuático enfatiza mucho este aspecto de lectura e
interpretación del medio.
Clasificación de los ríos
Para finalizar el apartado de ríos, mencionamos que existe una escala
internacional de dificultad para aguas bravas, utilizada habitualmente en
kayak y rescate, que clasifica los tramos de río según su nivel técnico y
peligro. Dicha escala va desde Grado I hasta Grado VI:
 Un río Grado I corresponde a agua prácticamente plana, sin apenas
corriente ni obstáculos, por lo que no presenta dificultad en
navegación o rescate (adecuado incluso para principiantes).
 En el otro extremo, un río Grado VI representa aguas
extremadamente difíciles y peligrosas, con pasos casi
intransitables incluso para expertos, donde el riesgo de muerte es
alto ante cualquier fallo.
Entre medias, el Grado II sería fácil (corrientes suaves con algunos rizos),
Grado III moderado (rápidos con olas pequeñas/medianas, requieren
maniobras pero con riesgo controlable), Grado IV difícil (rápidos fuertes, olas
grandes, se necesita mucha precisión técnica), Grado V muy difícil (aguas
blancas tumultuosas, caídas importantes, solo expertos altamente
entrenados). Es importante señalar que un mismo río puede tener
distintos grados de dificultad en diferentes tramos o en diferentes
épocas del año. Por ejemplo, un tramo que en estiaje es Grado II, durante
una crecida fuerte puede convertirse en un Grado IV o V debido al aumento
de velocidad y la mayor peligrosidad de los obstáculos sumergidos. Por eso,
los rescatadores evalúan el grado en el momento concreto de la
emergencia, no solo la clasificación preexistente. Esta escala nos orienta
sobre los medios necesarios: en Grados altos, las posibilidades de rescate
seguro desde dentro del agua son muy reducidas y se priorizan métodos
externos (tirolinas, helicóptero, etc.).
Riadas e inundaciones en la Región de Murcia
Finalmente, abordamos las riadas e inundaciones en la Región de
Murcia, epígrafe en el que veremos la particular incidencia de este riesgo
en nuestra comunidad y la planificación oficial existente al respecto.
España en general cuenta con numerosas áreas de riesgo significativo de
inundación. De hecho, según datos del Sistema Nacional de Cartografía de
Zonas Inundables (SNCZI) del Ministerio para la Transición Ecológica, la
cuenca del río Segura (que abarca gran parte de la Región de Murcia)
posee 44 Áreas de Riesgo Potencial Significativo de Inundación
(ARPSIs)file-5eugvy6dedct1uhmwzhp9mfile-5eugvy6dedct1uhmwzhp9m,
lo que da una idea de lo propensa que es nuestra región a sufrir
inundaciones graves. En la Región de Murcia, las riadas e inundaciones se
desencadenan principalmente por episodios de lluvias intensas y de corta
duración, típicamente asociadas a fenómenos de gota fría (hoy llamadas
DANA, Depresión Aislada en Niveles Altos). Los registros históricos y
meteorológicos señalan que la mayor incidencia de inundaciones se da en
otoño, siendo octubre el mes con más recurrencia de riadas significativas
desde que se tienen datosfile-5eugvy6dedct1uhmwzhp9m. Esto se debe a
una combinación de factores geográficos y atmosféricos propios de nuestra
zona:
 La temperatura del Mar Mediterráneo es más alta a finales del
verano y principios del otoño, lo que aporta gran evaporación y carga
de humedad en la atmósfera.
 La llegada de masas de aire tropical continentales, es decir, aire
muy cálido y seco proveniente del norte de África, que al entrar en
contacto con la masa de aire húmedo del Mediterráneo genera
inestabilidad.
 La presencia de relieves prelitorales (las sierras cercanas a la
costa) obliga a ese aire húmedo ascender bruscamente, enfriándose y
condensando la humedad en forma de lluvias torrenciales localizadas.
 En las capas altas de la atmósfera, la formación de vaguadas o
DANAs (depresiones aisladas en niveles altos) aporta el
ingrediente final: aire inusualmente frío en altura que potencia la
convección. La conjunción de aire mediterráneo cálido-húmedo en
superficie con aire frío en altura desencadena tormentas muy
intensas en zonas concretas, liberando enormes cantidades de agua
en pocas horas sobre cuencas pequeñas.
Este cóctel meteorológico explica las lluvias torrenciales típicas del levante
español. Cuando estas tormentas descargan, los cauces responden
rápidamente causando las riadas. Conviene señalar que las inundaciones no
son un fenómeno reciente en Murcia; existen crónicas y vestigios históricos
de riadas desde tiempos antiguos. Por ejemplo, la Riada de Santa Lucía en
1143 (Edad Media) es la primera documentada de nombre conocido,
aunque con pocos datos. Durante el siglo XVII ocurrieron dos avenidas
catastróficas: la Riada de San Calixto (1651) y la Riada de San Severo
(1694), en las cuales se estima que perecieron más de un millar de
personas y fueron destruidas más de 5.000 viviendas. En el siglo XVIII
destacan la Riada de San Leovigildo (en Murcia ciudad) y la Riada de San
Pedro Regalado de 1775, ambas con numerosas víctimas.
El siglo XIX también comienza con un evento trágico: en 1802 la rotura de
la Presa de Puentes (sobre el río Guadalentín, cerca de Lorca) tras lluvias
torrenciales causó una inundación devastadora aguas abajo, causando
oficialmente 608 muertos en Lorca y afectando gravemente a poblaciones
río abajo (Librilla, Alcantarilla, Murcia capital y hasta Orihuela en Alicante). A
finales de ese siglo, el 14 de octubre de 1879, tuvo lugar la riada más
famosa de la historia de Murcia, la Riada de Santa Teresa. Fue provocada
por una crecida extraordinaria del río Guadalentín (afluente del Segura), y
causó unos 761 fallecidos, arrasando además 22.000 cabezas de ganado y
miles de viviendas (las típicas barracas de la huerta)file-
5eugvy6dedct1uhmwzhp9mfile-5eugvy6dedct1uhmwzhp9m.
Ya en el siglo XX, cabe mencionar la Riada de Viernes Santo en 1946, y
especialmente la Riada de la Rambla de Nogalte en 1973, que afectó
sobre todo a Puerto Lumbreras causando 86 muertesfile-
5eugvy6dedct1uhmwzhp9m. Estos eventos impulsaron la construcción de
presas de laminación y otras obras de defensa. Sin embargo, en el presente
siglo XXI hemos seguido experimentando inundaciones severas. Destacan
las inundaciones de diciembre de 2016 en Los Alcázares (Campo de
Cartagena), donde en unas horas cayeron más de 100 l/m² provocando
inundación súbita: el casco urbano colapsó bajo el agua y el fango, falleció 1
persona y hubo daños millonarios con miles de viviendas y negocios
anegadosfile-5eugvy6dedct1uhmwzhp9m. Muy reciente y todavía en la
memoria colectiva está la DANA de septiembre de 2019, que en tres días
descargó casi el 40% de la precipitación media anual, ocasionando la
crecida de múltiples ramblas y ríos. Fue la inundación más catastrófica de
los últimos 70 años en la Región, con 7 víctimas mortales y cuantiosas
pérdidas materialesfile-5eugvy6dedct1uhmwzhp9m. Este evento de 2019
evidenció de nuevo la necesidad de planes de emergencia eficaces y
medidas preventivas.
En la actualidad, existe una planificación de Protección Civil muy
definida para afrontar el riesgo de inundaciones, alineada con las
directrices nacionales y europeas. A nivel nacional, contamos con el Plan
Estatal de Protección Civil ante el Riesgo de Inundaciones, que establece el
marco general de respuesta coordinada del Estado y Comunidades
Autónomas en grandes inundaciones. Este Plan Estatal y los autonómicos
derivan de la Directriz Básica de Planificación de Protección Civil
ante el Riesgo de Inundaciones, aprobada por Acuerdo de Consejo de
Ministros el 9 de diciembre de 1994boe.es, la cual marca las pautas
comunes que deben seguir los planes de inundaciones (actualizada
posteriormente para incorporar nueva normativa europea, como la Directiva
de inundaciones 2007/60/CE). En la Región de Murcia, el instrumento
principal es el Plan Especial de Protección Civil ante el Riesgo de
Inundaciones en la Región de Murcia, conocido por sus siglas Plan
INUNMURfile-5eugvy6dedct1uhmwzhp9m. Este plan autonómico, conforme
a la legislación estatal (Ley 17/2015 del Sistema Nacional de PC y normas
derivadas), organiza la respuesta regional: define niveles de alerta,
estructuras de coordinación y los grupos de acción encargados de
intervenir durante las emergencias por inundación. Finalmente, en el ámbito
local, muchos municipios tienen sus propios planes de emergencia
municipal frente a inundaciones, adaptados a sus riesgos particulares
(especialmente los municipios más expuestos, como los del Valle del
Guadalentín y litoral del Mar Menor).
Dentro de esta planificación, los Bomberos del CEIS desempeñan un papel
fundamental. Según las directrices de la Dirección General de Protección
Civil, en todos estos planes los bomberos quedan integrados en el Grupo
de Intervención (a veces llamado grupo de rescate o salvamento), que es
el encargado de ejecutar directamente las acciones de socorro. Esto
significa que, cuando se activa el Plan INUNMUR (por ejemplo, en una
Emergencia Nivel 1 o 2 por inundaciones), los Bomberos del Consorcio
asumen las competencias operativas de rescate: llevan a cabo las
evacuaciones, rescatan a personas aisladas o atrapadas, colaboran en el
control de incidentes secundarios (incendios, escapes) y en general aplican
las medidas necesarias para controlar, reducir y, en lo posible, eliminar las
causas del peligro. Estas funciones vienen reflejadas en el Plan
INUNMUR y en los protocolos de actuación conjuntos con otros grupos
(Fuerzas de Seguridad, Protección Civil municipal, personal sanitario, etc.),
de modo que la actuación sea eficaz y coordinada.
Para concluir, quiero resaltar que el rescate en medio acuático es una de
las intervenciones más complejas y peligrosas a las que se enfrenta un
bombero. Requiere no solo de una excelente condición física y formación
técnica continua, sino también de un conocimiento profundo del medio
(del comportamiento del agua, meteorología, hidrología local) y de una
estricta disciplina en el cumplimiento de medidas de seguridad y protocolos.
La Región de Murcia, con su climatología particular, nos recuerda
periódicamente la importancia de estar preparados para riadas e
inundaciones. Gracias a la planificación preventiva (Planes de Protección
Civil como el INUNMUR) y a la especialización de los equipos de rescate, se
busca minimizar el impacto de estos desastres y salvar el mayor número de
vidas posible cuando ocurren. En resumen, las intervenciones en medio
acuático abarcan desde rescates individuales en ríos o embalses hasta
grandes operativos en inundaciones, y en todos los casos el bombero debe
aplicar técnica, prudencia y coordinación bajo el marco normativo vigente
para lograr el éxito de la misión con la máxima seguridad.

Resumen de la adaptación y mejoras realizadas:


 Se han resumido o fusionado ciertas partes descriptivas, como la
lista de entornos acuáticos (ríos, pantanos, etc.) y la enumeración
histórica de riadas en Murcia. En lugar de exponer cada elemento en
frases aisladas, se han integrado en párrafos más fluidos
mencionando los ejemplos más relevantes. Esto reduce la longitud de
enumeraciones puramente listas, facilitando la escucha sin omitir
datos importantes.
 Esto se ha hecho para agilizar la exposición oral y mejorar la
cohesión, evitando interrupciones monótonas. Al combinar puntos
similares (p. ej., concatenar las definiciones de entornos en un
discurso continuo, o sintetizar la secuencia de riadas históricas), el
discurso resulta más claro y dinámico, manteniendo al tribunal
atento a las ideas clave sin saturarlo con datos excesivos o
repetitivos. También contribuye a mantener el texto por debajo del
límite de 2700 palabras, ajustándose al tiempo de exposición
previsto.
 Se han introducido mejoras en la claridad expositiva y
actualización normativa. Por ejemplo, se mencionan
explícitamente normativas oficiales actuales (el Plan Especial
INUNMUR, la Directriz Básica de 1994, normas UNE-EN para equipos
de rescate acuático) que enriquecen el contenido técnico y muestran
dominio del marco legal vigente. Asimismo, se han añadido
conectores y transiciones entre apartados (“proseguimos con…”,
“en lo que respecta a…”, “para concluir…”) para lograr una
estructura más cohesionada y oral, facilitando que el opositor
enlace cada epígrafe de forma natural. En conjunto, la redacción se
ha adaptado al lenguaje hablado, manteniendo rigor técnico pero con
frases más sencillas y explicativas cuando es oportuno, de modo que
la presentación resulte comprensible, ordenada y sólida
técnicamente.

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