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Lust Rabota S

El relato narra la vida de un niño huachano de doce años que enfrenta la pérdida de su padre tras un terremoto en 1966. A medida que lidia con su dolor y la nueva realidad de su familia, se ve obligado a buscar trabajo para ayudar a su madre y hermanos. A través de su experiencia, el niño aprende sobre la vida, la responsabilidad y la superación personal en medio de la adversidad.

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Lust Rabota S

El relato narra la vida de un niño huachano de doce años que enfrenta la pérdida de su padre tras un terremoto en 1966. A medida que lidia con su dolor y la nueva realidad de su familia, se ve obligado a buscar trabajo para ayudar a su madre y hermanos. A través de su experiencia, el niño aprende sobre la vida, la responsabilidad y la superación personal en medio de la adversidad.

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FERNANDO VALLE BUENDIA

EL LUSTRABOTAS

TENGO DOCE AÑOS. No he creado mucho, por ese motivo en mi casa


me dicen «Rechico». En la escuela «Chango». Soy huachano. Vivo en las
afueras del pueblo. Al borde de 13 campiña. A poca distancia del Hospital del
Seguro Obrero.
Mi 'apá me se murió en el terremoto de 1966 que derribó un montón de
cosas. Recuerdo que fue, creo, antes de las cinco de la tarde. El día no lo
olvido, porque después del 17 de Octubre quedé huacho. Cuando salimos de la
escuela, a toda carrera me jui a mi casa. En las calles varias gentes lloraban y
algunas corrían a no sé ondi parecían corno locas. Todo era polvo. Vi un
choque y, si mal no me recuerdo, manchas de sangre en uno de los carros. No
me detuve a ver bien. Fue a la pasada y pensaba en los míos.
Por el camino me iba diciendo: ¿quién de mi casa habrá muerto? ...
¿capaz mi'amá? ¿mi'apá? ... ¿mi'ermanita?... ¿cómo será?. Estando pa'llegar,
mi'ermana, saltando la cequia ciuiay dentrel callejón y la casa, me abraza
llorando y me dice a gritos: ¡Rechico, mi'apá siá mueto, le cayó la paré de la
cocina! ... ¡Ya no tenimos apá! Me quedé como si mi cuerpo juera de hielo. En
la garganta me se hizo un nudo. No podía llorar. Me aparté de Luz Relinda y
como pude me acerqué a onde estaba mi madre que, junto con otras mujeres,
le limpiaban el rostro a mi' apá que le tenía sucio e' tierra y de sangre. Estaba
encima de la cama.
— ¡Sobre de la mesa que comimos! .. ¡¡Diosito!!-dije-y me santigüé.
Todos lloraban, Mi' ama al divisarme me dijo: ¡Fíjate, ya sia'cabó tu apa,
tú tendrás quiá' cer las veces del!. Ahí, recién me se vino el llanto. En un
rincón, y apartao e' los otros, lloré hasta que se hizo bien de noche, noche.
Mia' cordaba del primer día que jiji a la Escuela, la primera vez a estudiar la
transición. Mi padre me llevó de la mano, hasta ahora siento su calor. Era de
mañana, me había levantado timprano con la ilusión de dir al colegio. Todos
mis hermanos, mayores Que de mí, hijos de otra mamá, iban.
Llegamos al local. El salón donde que iba a estudiar taba lleno e' padres
y madres con sus hijos, iguales que de mi tamaño. El profe me dio miedo y
creo que los otros niños tamién sentían miedo: tenían care' susto. Cuando
llamó mi nombre, con voz juerte, yo no contesté: golvió a ensestir y jue mi
padre el que lo respondió. A medida quel maestro llamaba, los padres y las
madres abandonaban la sala dejando a sus niños. El mío diba hacer lo mismo:
—Te quedas mi'jito — dijo mi'apá. .
Yo no me desprendí de su mano, puel contrario, la apreté más juerte y
más mia'pegué a él.
— ¡Quédate hijito! — golvió a decir.
Yo nada de disprenderme.
— ¡Quédate nomá, si te quedas, a la tarde te compro – bastante
caramelos!.
— Yo no quiero niún caramelo. Quiero dirme contigo a la casa. El
maestro lo tiene care'malo — lo dije po'lo bajo y medio llorando. ¡Fíjate!
— Quédate nomá hijito, ¿no lo ves como se quedan los otros y no
lloran?
— No papacito, si tú me quieres, llévame — dije y me prinché de su
brazo. En eso el maestro nos escuchó:
— Siel niño no quiere quedarse — lo dijo — no lia'ga juersa, que venga
cuando él quiera, decuando sea su volunta. Llévelo. Al oír esto casi me
quedo ... ¡Caray, quel profe no era malo!.
El maestro lo añadió: aprecure mandarlo con algún pariente, pa que no
se sienta tan sólito y extrañe.
Teniya un primo que diba a estudiar la transición. Era repetidor. Con él
me vine diyas después.
Tuesto me lo arrecordaba. No lo sé por qué. Tal vez porque yastaba
muerto y no golvería a verlo ni más. Ahora, como en aquella vez de la escuela,
que mia'pegué a su cuerpo, así ahora, mia'pretaba a su recuerdo. Lo sentiya
vivo, agarrando mi mano y pasándome puel pelo la otra, dura, seca y callosa.
Al pasar bien mi año, por Navidá me regaló un carrito. De seguro que no
liancalzó pa más.
— Mete la mano pal bolsío! — me dijo, cuando llegó a la casa con unos
juguetes.
— ¡Mete la mano pa'que lo veas! — repitió cariñoso.
Lo obedecí. Saqué un paquetico engüelto en un papel de regalo. Lo
desengolví con pacencia y con los ojos mu'abiertos. Al terminar apareció un
autito rojo y brillante, chillando de nuevito. Era el primer regalo que me lo
llegaba en todos mis años.
— ¡Dalo cuerda!
Lo di.
— Aura, suéltalo en el suelo.
El carrito arrancó a todo correr y tras del diban mis ojos yel gatito
«Michino».
De todo esto me recordaba ahora, y las lágrimas me se hundían en la
sombra.
Cuando me dieron la voz pa'comer, no teniya ganas. Taba sin hambre.

Muy tarde, casi de madrugada, me jui a dormir. Luego ni mía cuerdo de


que lo soñé en la oscuridá. Jue puro no dormir sino llorar dentre dormido.
Pa' enterrarlo juimos todos al pantíón, más mi'ermana y «Chachi»,
questuvo aullando en diyas atrás. En la casa, pa compañarnos, se nos quedó
un tiyo, algunos diyas. Luego se lo jue, dejándonos solos. Viajó a «Ron-toy»,
onde que vive. Su señora, taba po dar a luz. Mi madre ya no lloraba, lua'bían
dao agua ele azahar. Mi'ermana ques más chica que de mí, se. estaba
olvidando. Yo no, teniya a mi padre punzándome el corazón. A veces po'ratos,
me doliya tuel cuerpo. Se lo dije a mi mamá, ella me respon¬dió: es de la pena
que tienes, no pienses mucho en él po'que acabarás muñéndote tú tamién, y
yo y tus hermanas nos vamos a quedar muy sólitas. Y las lágrimas lo crecían a
medida que lo hablaba. Yo no soportaba más y lo acompañaba en el llanto.
Pero jueron pasando los diyas.
La Escuela, que taba media derrumbada y con harto desmonte, per-
maneció cerrada durante ocho diyas hasta que lo terminaron de limpiar.
Mi madre, comenzó a levantarse temprano y mi'ermana Husquarna (así
se lo llama) y yo, hacimos lo propio. El tiempo lo repartíamos en atender a los
animales que pronto marcharían al mercado: los patos, los cuyes, los conejos,
los pollos, etc.
— Rechico, aura estamos solos — me dijo mi madre una mañana, al pie
del fogón, antes de dir a la escuela — vas a tener que ayudarme, es decir que
lo vas a trabajar.
— ¿Quiere decir que ya no iré ni más al colegio? — lo pregunté algo
triste, además, ¿en qué voy a trabajar?, ni siquiera me van a recebir
comuayudante dial'bañil.
— Tú verás... en lo que puedas. Lo cierto es que tienes que traer unos
centavos. Menos robando, ¿entiendes?. Me dijo con su cara seria y arrugada.
— ¡Güeno, iré a buscar trabajo mamá!

En la sección onde que estudio, hay varios niños de mi edad que se


ganan la vida vendiendo pedióricos, loterías o lustrando «tabas». Dentre'llos
tan: «Loco Chico», «Llora porgusto», «Loco Valdez», «El Tarta». Estos me
habían dicho: ¿po'qué no te metes a lustrar uá'vender diarios? El «Pato», uno
de ellos, me dijo un día: si quieres yo te llevo onde non Jonás y te «garanto»
pa'que te dé pedióricos. Eso núes difícil —. Si no, te compras un cajón de
lustrar y te «chambeas» en la Plaza de Armas, ahí se gana güeña plata, hasta
treinta soles los domingos, pero tienes que ser bien «machito» — me deciba el
Loco Valdez...No lo hacía caso. ¿Pa qué diba a trabajar si tenía a mi padre?
Al llegar a la escuela, y en la hora del recreo, le hablé al «Pato», ques mi
mayor y más alto que de mí:
— «Pato» — lo dije — mi'apá me sia muerto…
— Sí, ya sé — me interumpió —, habrás llorao mucho.
— ¡Claro que si!. Al decirle ésto quería nuevamente llorar, pero sólo dije
pami adentro: (¡Qué pato tan bruto! A ver siel día que muera su padre no va
llorar igual quiún chivo). Sí Pato, he llorado como nunca, así es cuando se le
muere el papá a uno. Pato, quería decirte que me lleves onde non Jonás
— Tú quieres que te presente — otra vez me quitó la palabra de la boca
— que te garantice, ¿núes lo que quieres?.
— Si, Pato. No seas malo.
— Sí, pero no me sigas diciendo tanto Pato, porque me voy a amargar y
no te llevo.
— Güeno, ya no te diré más Pato.
— A las doce que salimos me vienes a buscar pa'que vas como es el
negocio de la venta, pa'quia'prendas. Tienes que ser bien vivo, saber dar el
güelto y correr po'las calles aprecurando que no te ganen los clientes los otros
canillitas. Ya sabes.
— Güeno Pato, lo golví a decir, po la costumbre que todos teñirnos en
llamarlo así. Se nos había apegao la «chapa», franco. El Pato, se calentó y me
largó una patada que se le jue en caldo felizmente. Amenazándome, di¬jo: ora
verás, no te llevo. Y lo blanquaron los ojos.
Me hice el desentendido. Además lo hice una mueca. Pero llegó la hora
de la salida y (González, que así se apellida), el mismo me pasó la voz:
— Vamos, pero no me güelvas a decir nunca más Pato, porquiai sí, que
de en verdá no te «garanto». Me lo dijo accionando las manos, pero sin poner
los ojos en blanco, señal de que estaba tranquilo; mas, no se rió. Lo vi serio.
— ¡Güeno, no más te lo güelvo a decir!. ¡A palabra diombre!.
— ¡Yaque, apalabra!. ¡Chócala!
— ¿Ora ta bien? — lo pregunté.
— ¡Claro, así deben de ser los hombres!

***
— ¡Güenos días non Jonás! ... ¿Los pedióricos?.
— ¿Quiay? — dijo el tal Jonás, quera bajito, panzón y bigotudo, además
medio liso; porque cuando el Pato lo saludó, al decirlo: quiay, le añidió a esta
palabra, una grocedad.
— ¡Aquistan los diarios!. ¡Tómalos!. Van cincuenta. Si quieres cuéntalos
«Curruta» (Ah caracho, también lo dicen Gumita, yo no sabía).
Y al fijarse en mi lo preguntó: yéste, ¿a quiá venido?, ¿qué vende que no
pregona?, ¿qué quiere?.
— Sabe non Jonás — prencipió mia'migo tartamudiando, mientras el tal
lo miraba burlón - quería dicirle: si le puede usté dar pedióricos pa que él
tamién venda. Yo lo garanto. Su padre sia muerto y deseya trabajar...
— Y a tí, ¿quién te garantiza? — le cortó en seco al Pato, que se puso
colorao común camarón hervido.
— ¿A mi?. Mi trabajo — repuso altanero — llevo dos años y no lúe robao
lo que se dice niún chico partido po la mita.
—Jejejejejejéeeee. ¡Güeno, no te calientes Curruta
Su padre sia muerto —. Golvió a ensestir.
— Y yo ¿qué vua'cer conque siayga muerto?. Y los bigotes se lo
movieron como si se lubiera atracao una espina. —No sea malo non Jonás, yo
lo vua'enseñar.
— ¡Güeno! ... como tú lo vas enseñar y tú lo vas a responder por él, que
venga a la tarde a eso de las cinco. Lo vua dar veinte «crónicas>>- Está, bien
que prencipie con poco. ¿No te parece?. No lo veo cara e' vivo.
— Si, pero tampoco toy muerto — dijo algo temeroso.
— ¡Dispertó el cholo con su cara e' rata culincha! - y se rió.
El Pato peló los dientes sin mucho entusiasmo. Yo no dije nada. Taba
medio asustao.
A la salida del colegio, recogimos las crónicas de la tarde, las contamos.
Lo primero que hizo González, jue indicarme el modo de cargar los diarios pa'
que no se me malograran ni disparramaran y, estando ya en la calle (tomamos
por Veintiocho de Julio), la forma de vocearlos. Lo de la venta jue facilito. Al
llegar a mi casa, le di la noticia a mi mamá. Ella se puso contenta,
alvirtiéndome: ¡cuidao que te dejes inga'^a1' 'a §ente $s mu viva, afíjate cuando
des el güelto! No mamá, ya mestá iriseñando un amigo, lo respondí. Me pagan
el diez por ciento. Y mañana po la tarde me van a dar cincuenta Crónicas y
cuando aprienda me darán más. El Pato se gana ¡cómo veinte soles
vendiendo!
A las cinco ni bien salí, (no veía la hora destar ajuera de la escuela me
jui al «puesto» de pedióricos, questá en Veintiocho e' Julio casi al frente del
cine «Popular». Me dieron los diarios y haciendo así, igual que me había
insiñao el Pato, me arranqué por' onde mejor pude. Recorrí diarriba pa' bajo, la
calle onde questá el puesto, dispués Echenique, el Mercado, la Plaza de
Armas, me zambullí en los chifas, los restaurantes y las cantinas como la
«Cámara de Gas». Total que por ai, me se terminó la venta. Tuve suerte al no
equivocarme. Luego diun rato que me senté a descansar, mia cerqué al puesto,
me dieron mi porcentaje, y muy contento me jui a mi casa, entregándole el
dinero a mi mamá. Esa noche dormí feliz.
El Pato me preguntaba algunas veces qué cómo iba la venta y yo, muy
sobrao, lo contestaba: bien, gracias a la gauchada que miacistes. El pato,
torcía el hocico haciendo una mueca alegre. Así ande varios días, hasta quiuna
tarde el dentrar en el bar «Panamá», un borracho, dispues de pedirme el
pediórico y tratar de leerlo, se aburrió y haciendo una pelota con él, lo botó a la
calle. Como le exigiera la paga, me largó mi patada, diciéndome: ¡ai tá tu paga
y juera diaquí, si no quieres que tia rree otra!. La patada se le jue al desvío.
¡Choborra desgraciao, ojalá que te lleve el diablo!. Lo grité de la acera y con las
mismas me'ché a correr. El diario quedó malogrado.

Diciendo po'la calle me se venían unas ganas de llorar, ya no quería


seguir vendiendo. ¿Pa'qué?. Más mejor degüelgo las Crónicas que me quedan
y listo. Pero a lo mejor me perdona el sol, dicía entre de mí. Pero, más mejor
sigo. ¡Qué caray!. Lo malo es que de mi comisión voy a tener que pagar el sol,
de manera que voy a recibir menos dinero. ¡Borracho perverso, como lo
machucase un auto, no, más mejor un camión!. ¿Cómo haré? ¿Qué cuento lo
invento a mi mamá?... Capaz no me va creer lo del zampao. A esto'ra, ¿ontará
el Pato?. A él no liacen esto. Y si liacen, de seguro les chapa el sombrero o
cualquier cosa y se las pica. Pero es más grande que de mí. ¿Cuándo
creceré?, y ser del tamaño de Hermoso, que es el más grande de la sección pa
que nadies me friegue la paciencia. Concluí de vender los pedióricos. Yal dir a
entregar la cuenta:
— Cómo: ¿ondestá la plata? ... ¡Aquí nuestá completa! — dijo non
Jonás, medio nojao. Así, nonononoooooooo ... no j... No me convienes.
— Sabe... un borracho ...
— Yo no tengo nada quiacer con borrachos — me reviró — salta con el
otro «fierro» y asunto arreglao.
— Non Jonás, tenga pena, no seya malo, mia'má ques bien «nojona» de
seguro me va «tandiar» — lo dije ya medio lagrimiando. Non Jonás, me miraba
con ojos amargos parecidos a los de un chancho caliente.
¡Qué pena ni qué pena c...!. Yo no tengo nada quiacer y si tu mama te
chicotea, te da tu fianga, allá tú, será pa'quiotro día no seas zonzo; pero dijo
una mala lisura.
Non Jonás...
— Yaya, salta con el otro «fierro»... salta y deja destarme quitanduel
tiempo que nuestoy pa'eso. ¡Ya! ... ¿Entendites?
— Pero, non Jonás ...
— ¡Nada! ... Ya, rápido. Y me miraba con sus ojos de maldito.
Con lentitud y lleno de pena, saqué el sol del bolsío y se lo di.
— Tenga su sol —, estiré la mano cerrada y la abrí, poco a poco,
haciendo que el sol dimorara dentro mis dedos con la esperanza que se
quedara. Lo sentí duro. Don Jonás lo chapó de tal modo que me rasguñó la
palma de la mano.
— ¡Orititita mismo te me largas y no güelgas más pua'cá!.
¡A fregar a otra parte!. ¡Torcido e'miéchica! — dijo dospué que tuvo el
«tronco».
En la casa, como me lo temía, mi madre me tiró unos riendazos no muy
juertes. Me los cabrié.
— Segurito, fijo, tú tias gastao la plata y te vienes haciendo el tonto...
¡Qué un borracho! ¡Toma!, y juácata po las patas. Ni lloré de puro amargo.
Pero, no le avisé que mia'bían botao, si no la chicotera hubiera sido pa pior.
Al día siguiente, le conté al Pato lo que mia'bía sucedido.
— Ya me lo contó non Jonás. Le supliqué que no te dejara sin los
diarios.
Mias traído un güeso, un ensarte — dijo caliente —, así cualquier rato se
tira la plata y no lo güelvo a ver ni más la pinta. ¡No, no y no! ... No me
conviene. Ya lo arrié ayer po la tarde.
— ¿Sabes? — me propuso González — mejor te compras un cajón y
lustras tabas en la Plaza o en la calle Veintiocho de Julio.
— Y ... ¿diónde saco la plata pa cómpralo?.
— Ayúdame a vender loterías po las tardes. Vas a ir conmigo. ¿Ya?
— ¡Güeno, gracias Patito!.
¡Yaya!. ¡No te sobres! ¡Desengancha!. Y peló los ojos.
Pasaron las semanas, mi madre me guardaba una parte del dinero.
Cuando llegué a juntar más de treinta soles, compré mi cajón, pomada,
escobillas y trapo- Muy contento y campante, dentré una tarde a la escuela con
mi cajón nuevo, nuevito, al hombro. Ahí nomá, a la hora del recreo se hicieron
lustrar varios niños y hasta el Director.
A las cinco abandoné la escuela, questá frente al Correo, en Alfonso
Ugarte. Al llegar a la esquina, torcí por Grau, estando frente a la Plaza de
Armas, doblé por Echenique y junto a la farmacia del mismo nombre, esperé a
«Llora Porgusto» ques así de mi tamaño y tamién lo dicen «Llorallora». Entre
de los dos, nos juimos a la Plaza.
— ¡Lustrada señor! ... ¡Lustrada patita! ... ¡Ya primo lustrada!. Decía a
todo el que pasaba. ¡Lustrada bien merfi! — repetía y me los ponía pualante
con el cajón. Unos me rempujaban con malos modos, otros me miraban mal y
me decían una mala grosería; pero, no faltaba quien quisiera hacerse lustrar.
Ese día gané por una semana en el otro trabajo. Me quedé hasta más de las
nueve chambiando. Fue un jueves, recuerdo mucho, porque «Lloraporgusto»,
me dijo: Chango, vamos a comernos una sopa con pollo al chifa. Accecté. Era
la primera vez que la probaba. Estaba rica y casi repito. Nos fuimos muy
alegres. Mi madre me alvirtió que no llegara tarde.
La cosa ando bien mientras no estuvo por ahí «Mascarón». Como todas
las tardes, desde que vendía «La Crónica», mandé mis libros con el «Llorón»,
ques mi vecino. Y ya sin esperar a «Lloraporgusto», me jui sólito. En el acto se
me acercó a la banca a donde estaba arreglando el interior del cajón, un
muchachote feo, blanquinoso, pelo sucio, bizco, con un corte en la cara, y me
dijo, a la vez que con el píe me daba en la canilla, no muy juerte:
—¿Tú quién eres, ah?. ¿Quiáces aquí?. ¡Anda vete pa otro lau!. Yo
mando aquí. Tienes que pagarme algo pa que puedas lustrar en la Plaza, todos
los nuevos me pagan. Ya sabes o me pagas o te mandas mudar. Si no, te
rompa la ñata. Y me apretó la nariz con sus dedos sucios hasta hacerme saltar
las lágrimas.
Yo lo miré asustao. No le dije nada. Esperé a que viniera
«Lloraporgusto», él debía saber. Ya no tardaría. Entretanto empecé a lustrar. Al
terminar con un cliente ya había llegao y lo estaba contando. No hagas caso,
me dijo, es por gusto, para asustarte. A ver si tú lo das, nadies lo paga nada
aquí, a veces a los zonzos. Yo no lo pago, aistá. El es así, abusativo con los
chicos. A mí me quiso hacer lo mismo y mi primo lo pegó su güeña chancada y
ni más me molestó. Mi primo lustraba aquí hace tiempo. El jue el que me
enseñó y me ocsequió el cajón con todo.
No tardó en allegarse el «Mascarón» y me pidió que le diera un
cincuentón.
— ¡Dame mi cincuentón si quieres seguir lustrando! — me dijo con voz
de burro, o, te pego — agregó.
— ¡Zafa, zafa diaquí, espeso!. ¡No fastidies quiaquí nadies te paga!.
— ¡Güelve a repetir, a ver güelve!. ¡Pa'que veas!. ¡Te lo das de
mumachito! ¿no?. ¡A ver di algo!. Y mientras me nojaba, rne diba pegando en
las posaderas. Estaba yo sentado sobre del cajón. Ya iba a prencipiar a llorar.
En eso llegó «Lloraporgusto»:
— ¡Yaya, no fastidies al muchacho que nada tiace!. ¡No seas abusativo!.
— ¡Tú no te metas, que contigo núes! ... ¡Quitimporta!.
— ¡Dame auritita mismo un sol, ya no quiero el cincuentón!. ¿Mio'yes o
sigues sordo?
— ¡Yaya, despréndete!. ¡No friegues... ah! — dije gimotiando.
Los demás muchachos se diban acercando, nos rodeaban. —¿No me
quieres dar no?. ¡Ora verás! —. Al decir esto, chapó el cajón tumbándome al
suelo de un rempujón y partió la carrera. Yo, entre asustado y sorprendido,
arranqué en su detrás, llorando y diciéndole: dame mi cajoncito no seyas malo,
dame mi cajón. Si me lo das, te doy el sol ... ¡Dámelo!. A medida que corría, se
sacaba el dinero questaba guardado en su interior ... ¡Alcánzame si puedes!,
me dicía y se reía ... ¡Alcánzame, no seyas maleta!. Una vez que no quedó
nada, ni una plata, tiró el cajón a la pista. En ese mismo rato pasó, un camión
cargado y lo aplastó.
El cajón quedó como una tortilla, las cajas de pomada machucadas, las
escobillas partidas. Todo lo recogí llorando.
El se me acercó riendo:
— ¡Eres bien ensarte, nuas hecho más que diez soles! — y se alejó jugando
con el dinero, riéndose y saltando en un pie. Los otros muchachos, lo gritaron:
¡Mascarón care'diablo! ¡Abusativo! ¡Judas! ¡Desgraciao!. El, ni caso que los
hizo. Siguió pa'delante, como si nada, sacándoles la lengua. j
Me limpié las lágrimas, boté pal tarro de la basura lo que ya no servía,
quedándome con los trapos solamente. «Lloraporgusto», me consolaba:
— ¡No llores «Chango», no llores!. Con los chicos nomá sianda
metiendo, dicía. Lo voy a avisar a mi primo, pa'que venga con nosotros lo'tra
tarde. No llores, yo te voy a emprestar plata y mi cajón pa'que te cachueles.
Ese día la tristeza pisó mi sombra, pensando en que mi madre me iba a
moler a golpes. No tenía ni un chico porque lo gasté todo en hacer componer
mis zapatos y en comprarle unos cuadernos a Luz Kelinda. Total, el Mascarón
maldito, no se había conformáo en quitarme el dinero, sino que hizo destruir mi
cajoncito que tanto lo cuidaba... «Llorallora», caminaba a mi lado silencioso.

* * *

— ¿Qué tian quitau la plata... no? — mia'menazó mi'amá cuando lo


conté.
— Si amacita, Pordiosito amacita, me la arranchó el Mascarón. Si
amacita, se lo juro por mi papacho questá en los cielos — lo dije temblando
cuando lo vide en su mano el trenzao. Sí, me lan quitao — ensestí. Pero nada.
Alcancé a decir: Ayayayayicito, nononoooo!. .
— Tú, que dijiste, ya, pero no. Yo te vua crer el cuento de que te lan
quitau, así nomá. Fijo quias'estao jugando, o las perdido o las gastau en
golosinas. ¡Toma, toma, toma y toma pa'quia'priendas!.
No sé cuantos latigazos rne llovieron po'la barriga, po'las espaldas,
po'las piernas, po'la cabeza... No sé.
«Lloraporgusto», sia'bía quedau a poca distancia de mi casa, pero
cuando vido que mi'ama mestaba dando dial'ma y sin compasión con la rienda,
se jue acercando. Nuestra madres se conocen porquiá'veces venden juntas en
el mercado.
— Sí señora, no le pegue más a Chango. Mascarón, lo sacó el dinero
del cajón.
— Seya como seya — dijo la javie — paquiotro diya no se deje quitar.
¿Hasta cuando no va aprender a ser hombre?. Y me siguió dando a su gusto,
mientras me revolcaba en el suelo gritando: ¡toma, toma, toma y torna, pa'que
no te dejes quitar la plata!... ¿Diónde vua'sacar pa'darles que tragar y
pa'comprarte otro cajón?. ¡Ah!... ¿Diónde? ... ¿contesta? ... No te quedes ay
con el hocico cerrado y gimiendo como un marica. ¡Toma, toma, toma
pa'quiotra vez seyas hombre!. Otro diya chapas lo quen'cuen-tres, más que
seya una piedra y se la zampas ponde seya, ponde lo caiga ... ¡Ya sabes!
Por fin descansó mi cuerpo. El llanto me sacudía y atoraba la garganta,
las lágrimas bañaban mi cara y humedecían el cuello de la camisa. Estaba todo
empolvado por los revolcones. Gómez o sea «Lloraporgusto», me se acercó y
se puso a limpiarme la ropa llena de tierra. Su mano tenía el calor de la
fraternidá... Yo te vua'yudar a comprar tu lustrador. Ya no llores más. Pero, yo
no luacía caso, seguía llorando. Los riendazos me ardían. Mi cuerpo me picaba
y ya mestaba calentando con el Llorallora. Como a él no luabian caido, si no a
mí, por eso miandaba diciendo: que no llorara más; que ya no llorase, que me
callara; que aguantase; que hay que ser hombre; que ya basta; ya cállate, deja
de llorar — me repetia. Ya liba'sampar su trompada, cuando mi madre:
— ¿Quiácesai, llorando tuavia? ... ¡Vaya a trer pasto pa los cuyes! ...
¿O es que quiere su yapita? Yel otro — dijo aseñalando a «Llorallora» —
ques'pera pa largarse a su casa...
— Yo le vua'ayudar a «Rechico», señora a ter el pasto — le contestó el
«Llorallora» con calenda. ¿Qué güeno es el carreta! — dije.
— ¡Vayan los dos intonces y diuna vez! ... ¡Rápido! ... ¡Yastán aqui!. —
hablaba como si otra vez juera a golpiarme.
Por el camino andaba, suspirando y sollozando. De vez en cuando me
sorbía los mocos. El «Llorallora», picaba a mi lado con cara de asustado —
recién se la veía — como si a él le hubieran caído los látigos. Nada dicía.

* * *

En silencio comí, Mi madre conversaba con un tío mío. El questuvo para


el velorio de mia'pá. Tarde la noche, me dispertó el rumor de voces que venían
de la salita. Era mi tío, que lo nojaba a mi madre: que por qué mia'bía castigao
tanto. Que si núes tuijo; quia lo mejor luera verdá; que pobrecito... Las lágrimas
nuevamente corrieron po mi cara. Me quemaban ¿No estaría sudando mi
alma? Sentí sollozar a la vieja. Lloré con más ganas tapándome con la
fresada... Me desconocí — dijo. El «pandero» no me luán pagau. ¿Piensa con
qué los vua mantener esta semana?. Lo poco que trai nos ayuda a «parar la
oya». No es mucho, pero al menos alcanza para comprar mañana y tarde el
pan y a veces para el «recao» ... Tú eres ... dospués me lúa dau pena! ... ¡Mia
dolido en el alma pegarle así! ... ¡Pobre mi'jito!. Y siguió llorando.
No sé quioras me golví a quedar dormido, pero cuando luice, tenía un
enorme peso en el corazón. Luego, soñé: mechándome con el Mascarón, que
me pone en tranca y me tira al suelo, se sube sobre mí y'aparte de pegarme
con una mano, con l'otra trata diorcarme. Desesperado llamo a mia'pa que lo
veo acercarse a mi llamado, pero intonces, sale un viento y lo engüelve, se
safa del y ya sus manos están para pillar puel pescuezo al Mascarón, cuando
otra vez el viento se lo enrosca de los pieses como una soga y se lo lleva
arrastrando, lo oigo dicir: ¡M'ijo!. Sigo pataliando y gritando. Yd te salvo
Chango, suena la voz de «Llorallora» — en mi oreja —, que con su cajón
comienza a propinarle de cajonazos al «Mascarón» que se las pica corriendo y
se pierde en les'curídá. Uno de los golpes lo recibo yo. Me dispierto en el suelo
bañado de sudor. Me agarro el cuello, lo muevo, no me duele nada. Está bien.
Todos duermen.

* * *

Al diya siguiente al dentrar a la escuela, «Llorallora», les ha chismiau


todo, hasta de los riendazos que mia dau mi mama. Lo tiene el Director
lim¬piando y barriendo la Dirrección.
— ¿Tiayudo? — lo pregunto al devisarlo.
— No, gracias, ya vua terminar — me responde.
Y en el salón de clases:
— ¿Cierto tian pegao Chango? — me pregunta el «Tarta» (chapa de
Bullón), luego de poner los ojos en 'blanco, estirar el cuello y golpiarse la
barriga con el puño de la mano derecha.
— No mian pegao... Ese que lo dicen «Mascarón», me quitó el dinero y
al tirar el cajón de lustrar al medio de la pista, un camión lo chancó.
— ¡Ah, pero ése, es güeña gente!.
— ¡Pa'ti será güeña gente! —, salta el Pato. Yo sé ques un ladrón. —
Yaya Pato, ques mia'migo.
— A mí, que mimporta que sea tu amigo — insistió González. — Lo
gusta meterse con los chicos nomá — asegura el «Loco Valdéz». — Yaya...
«Loco», despréndete, que nadies tia llamao, —Tú que lo defiendes — dice
cachaciento el «Loco» — segurito que contigo más han ido a robar fruta a la
campiña o, a las fruteras en el mercado en «combina» ... ¿no?. El «Tarta», se
rió.
— No ves ... no ves ¿qué dije yo?. Pueso lo defiende el tartamudo éste...
¡Cantinflón! — dijo riéndose el Loco —, para averiguarlo: A ver, ¿cómo sabes
tú ques güeña gente?.
— Yo sé ques güeña gente — afirmó Bullón — porque una vez lo robé
varios pedióricos al ciego Pino questaba recostao y medio «chato» en la es-
quina del Banco de Crédito en Veintiocho de Julio, el «Mascarón», me los
arranchó de la mano y se los degolvió.
— Nuagas eso «Cantinflas», no lo ves ques ciego — me reprendió. —
Eso habrá sido una vez, nada más que unita — dijo González - aquí nomá lúe
visto lotro día arrebatarle el dinero de la venta de las loterías a ese que lo dicen
«Ojitos», tirándolo al suelo. A mí me quiso hacer lo mismo, y a pedradas lo
corrí. Dicen quiastau en Maranga.
— Eso es cierto. Se escapó e'lotruaño — se entrometió «Lluvia», quia
estao escuchando.
Estaban discutiendo, cuando dentro el Maestro al salón: — ¿Qué
sucede? ... ¿Por qué tanto alboroto? — dijo riéndose. —Nada... lian pegao a
Chango en la Plaza de Armas, un grandazo — habló el «Loco Valdez».
El Profe se interesó y preguntó todo. Luego nos echó un discursito. Oi
dentre lágrimas.
— «En el mundo — dijo — hay dos clases de seres humanos: los juertes
y los débiles. Los juertes basan su poder en la juerza bruta o en el dinero, y, los
débiles en el espíritu o en la enteligencia. Son astutos. La Historia ta llena de
ejemplos. Tal el caso de David y Goliat. El arma de David, era la honda por ser
pastor de profesión y la de Goliat la espada, por ser guerrero.. Un día antes de
desafiar a los ejércitos de Israel. Goliat había obtenido muchos triunfos. Se
creía invencible...
Todos los niños escuchaban con atención... «cuando David respondió al
desafío, sin armadura, sin lanza, con un bastón y un morral, el gigante se
encolerizó sin sospechar que sería derrotado. Una piedra arrojada
diestramente por la honda de David, y Goliat pasó a dormir el sueño eterno. Sin
ir muy lejos, ahora mismo, el pueblo de Israel, bastante pequeño ha vencido a
Egipto que es más grande. Lo mismo le sucede a Vietnam, pequeñito (luernos
chispiao en el mapa) con Estados Unidos que es enorme (tamién luernos
chispiao, es grandazo). Pese a su tamaño no puede vencer a Vietnam. Terminó
diciendo: más peligrosa que el arma, es la mano que la maneja».
Yo pensaba.
Todos los niños aplaudimos.
* * *

Por la tarde, Gómez (Lloraporgusto) cumple con su palabra dándome


parte del dinero. La cooperativa de ¡a Sección (en mi aula del Quinto Año
funciona una cooperativa de consumo de la que soy socio) me empresta otro
tanto. Con Hermoso (Lluvia) que sabe hacer cajones de lustrar, porque él ha
hecho cuatro para la sección, mando hacer el mío. Para que no me cueste
mucho, le pido al maestro unas tablas viejas de unas carpetas desvencijadas y
el Profe, ques bien derecho, consiente y las llevo. El sábado, por la mañana,
estreno el cajón, lustrándole a los niños. Es tosco, pesado y sin cepillar mucho,
pero, en fin, qué voy hacer. Lo dejo guardado en la casa de Gómez. Al llegar a
mi casa, lo digo a mi madre:
— ¡Ya tengo cajón nuevo!.
— ¡Vaya, está bien!. ¡Ojalá que no te lo rompan!. ¡Cuídalo mucho!.
Fue todo lo que contestó. Dospué de almorzar me jui a la casa de
«Lloraporgusto» y junto con él y su primo más, ques medio «maceta», nos
marchamos a la Plaza de Armas. Iba pa cuidarnos de «Mascarón», pero el tal
no apareció en toda la tarde. «Pecho e'buque», que así lo dicen a la familia de
Gómez, estuvo un güen rato con nosotros, luego se jue para golver un rato más
tarde. Timprano me recogí ese día. Lo degolví el dinero que lia'bía prestado a
Gómez y lo dejé mi cajón a guardar en su casa.
El domingo, luego de tomar el desayuno, paso a buscar a Gómez a su
casa. Los dos en compañía de «Pecho e'buque» nos vamos. Al llegar a la
Plaza de Armas, vemos que los lustradores han aumentado y a varios peliando.
Intonces decedimos largarnos pa Veintiocho de Julio. Nos colocamos en la
esquina, ondestá el Banco de Crédito. Pua'yí nuay quien lustre, además nunca
se lo ve por estos sitios al Mascarón. El primo nos dejó ai y él se jue a
«chamuyar» con unas jilas.
— Aquistaremos más mejor quen la Plaza — me decía Gómez — caen
muchos «uruguayos» (gentes de la sierra) y tamién los pasajeros que se van
pa Lima. Vamos estar hasta bien tarde pa ganar harta «mosca».
— ¿Y sieí hambre nos rasca las tripas?. ¿Quiá'cimos? — le contesto.
— Te tragas una gutifarra de gaína o un cebiche con su yuquita más en-
cima onde la mamá de Puma que vende en el paradero del cuatro.
— Oye, no digas «tragas» — le retruqué — lo'tro diya el Profe, lo llamó
la atención al Pato porque dijo esa palabra.
— El Profe — refunfuñó — y, ¿cómo se la oí dicir a un señor questaba
bien «tisa» con ropa bacán: por haber tragao — dijo —=- un cebiche de pato
bien picante, toy con el estómago que miarde?.
— Será pues ese «señor» que dice así, pero al Profe no le gusta.
— Güeno tia'limentas con un sánguche. ¿Ta bien?.
— Claro, asi se dice. Así sia'bla, pero más mejor sería: comes.
— Oye, miolvidaba dicirte que mi javie, en el desayuno me puso un
güevo bien grande de dos yemas y mestuvo pasando la mano por mi cabeza.
Tienes el pelo largo, tas pelucón, chamoso. Hástelo cortar. Y me dio un beso.
— Sabe mucho tu vieja, quiere pasarte la mano — dijo el «Llorallora»,
riéndose y moviendo los ojos.
— ¿Verdá no?, recién las paro.
— ¡Lustro! ... ¡Lustro! ... ¡Lustro patita!. íbamos diciendo ala vez que
señalábamos el calzado. Gómez, encontró chamba, y al poco rato yo tamién.
— «Llorallora», ¿en qué lo trabaja tu apa? — le pregunto luego que
concluímos.
— ¿Cómo ... no sabes?. Mi padre ta'preso.
— Mia'bía olvidao.
— En la cana, tiene un puesto onde vende fruta y prepara comidas.
Yastá pa salir. Gana su güeña plata.
— ¿Creo que mató a un hombre, no?
— Sí. Inmediato de su mariadez. Se puso a peliar con otro, y, que lo
pasaría, le zampó su cuchillazo acá — se señala la barriga —, y lo enfriyó. Si
núes po mi agüelito, qué vida hubiéramos pasao al prencipio. Pero mi'apá, se
portó bien de arranque y yastá pa salir.
— ¡Lustro! ... ¡Lustro! ... ¡Lustro bien merfi! ... ¡Lustra primo!. ¡Una
lustrada al duco!.
Hasta más de la una de la tarde, habíamos ganao como setenta soles,
que nos repartimos, mita y mita.
— ¡Sernos unos «tromes» «Llorallora»! — lo dije, frotándome las manos.
Gómez, me dijo: Chango, paga los cebiches y yo pongo la cocacola. ¿Qué te
parece?. ¿Qué dices?.
— ¿Sapo, no?. El «Llorallora», al oír lo que le dije se sonrió estirando la
jeta.
— Tias avivao Chango — y siguió riéndose.
— ¡Claro pue, los cebiches cuestan seis soles y la coca-cola dos, más
mejor pagamos a medias.
Medios aforraos de la barriga, cada cual se jue a su casa. De tarde
iríamos alcine, juntos.

* * *

Al llegar el lunes a la escuela, pagué a la Cooperativa y también a


Hermoso, a quien le debía tres soles.

Luego de hacer el aseo del salón en la tarde (nos toca por turnos) me
adelanté a Gómez. En la Plaza de Armas, habían algunos lustradores
timbiando a plata, otros saltaban por encima de las bancas, oíros se revolcaban
en los jardines, y, uno que otro lustraba, hablando cuanta mala corrompidez se
le ocurría o inventaba su boca. Molestaban a las niñas que salían de ¡os
colegios a e'sora, a uno de ellos, una chica, le aventó su cachetada. A veces se
meten con las señoritas. De «Mascarón», ni el rastro. Al poco rato, luquié a
«Lloraporgusto», que andaba lustrando en la esquina de la Plaza, mientras su
primo, todo panudo ciriaba. Cuando se acercó a onde yostaba, le dije:
— Tas de suerte... ¡Te manyé como «rayabas».'. —Y, tú... ¿cuántos vas
chambiando? —Tuavía niún par cae.
Luego de más diún rato, dos señores que pasan por junto de nuestro lao
nos llaman para lustrarles las tabas. Eran dos bolicheros. Nos pagaron
bien ... Mia cuerdo cuando era «churre», dijo uno de ellos, y'acía lo mismo.
No le pidas el güelto ... y se jueron. i
— ¡Ojalá ... siempre nos tocaran así — resolló Gómez, metiéndose el
dinero en el bolsillo, dándole las gracias al hombre.
El «Pecho d'buque» se aburría y, al no ver allí al capazote, se jue a
quitarse la peluca diciendo que golvería.
Serían más de las cinco y media, cuando devisé al «Mascarón».
Desembocaba por la calle Colón. Culebritas me recorrieron por todo el cuerpo.
El diablo ese, venía silbando y paliando una canasta vieja. Más dospué, al ver
venir en su dirección a un churre, se agachó y cuando pasaba a su lado, con
un fuerte manotazo, se la puso de sombrero, partiendo luego la carrera a todo
reírse. Antes de llegar a donde estaban el grupo de lustradores, de-atropellada,
le ganó un cliente a «Hueco», quien se desquitó diciéndole un montón de
malas lisuras y corrompideces, que despertaron la risa del maloso. Lo dicen
«Hueco» porque lo respira por un tubito que creo que tiene incarnao en el
cuello.
— Ay'tá «Mascarón» — me dijo «Lloraporgusto» quien recién se había
dado cuenta.
— Sí, ya lo terifié.
— ¡Qué lástima que siaiga ido el primo Lucho ... pero no ha de tardar en
volver.
— ¡Jummm! — nomás dije yo, casi temblando. ¡Ojalá que se apure!.
Terminaba de lustrarle las tabas a un profesor de media, que lo conozco de de
vista, cuando me se acercó «Mascarón» y me dijo amenazante:
— ¿Ontá la plata piricote? ... Salta si no quieres que te pase lo del otro
diya. Mientras mia'menaza me da patadas en el fundió. Yo lo «chiniaba».
Sentado sobre de mi cajón. Unas patadas me caen a mí y otras van al
artefacto. Lo miraba con el rabillo del ojo, de medio lao; manyé questaba algo
encorvado con la cara un poco doblada hacia mí. Las patadas empezaban a
dolerme y el zonzonazo de «Pecho e'buque», onde sia'bría refundido que no
llegaba ahora que se lo necesitaba. Seguía paliándome. La rabia me se subía y
me se bajaba. Hasta que diún redepente, siento que los riendazos que me
mandara mi mama por culpa déste, comienzan a dolerme y a levantar una
nube de candela.
Yo lo seguí terifiando. Luestaba midiendo.
— No te metas con el muchacho que no tiace nada. No seas abusativo.
¡Espérate nomá, que ya no tarda en venir mi primo — lo amenazó
«Lloraporgusto».
— Y, a mí quimimporta el espeso e'tu primo. ¡Qué venga pa que veyga
si no me lo llueve tupido!. Me lo tiendo diunos cuantos golpes... ¡Y tú, cállate
ma'bien que te puede costar caro po'sacá la cara! — lo basurió a mi párcero.
— No me lo da la gana de callarme, abusativo — lo gritó Gómez.
Sentados en la banca, estaban «Huequito», «Lloraporgusto», «Bo-quesapo»,
«Caballo Loco», «Potro pinto». Este último se tira al suelo para verla a las
muchachas y a las señoritas por debajo del traje, eso se lúa enseñao
«Mascarón». Las gentes pasan y ni siquiera nos miran o no les im¬porta lo que
ven. Unos apurados, otros conversando y riéndose, etc. Yo seguía en mi cajón,
pensando, calculando...
— ¡Dame mi cincuentón o .... Me dijo con su cara de maldito, a la vez
que me arrecostaba una patada más juerte que las diantes. No terminó. En ese
rato sentí que veía algo rojo y que la cabeza me ardía. Y como lo pensé lo hice.
Chapé el cajón, lo bolié con las dos manos y lleno de rabia, lo pegué en su
cara. El golpe lo dio de lleno, seguí dándole. Lo ataranté. Oía las palabras de
mia'má: «otro diya chapas una piedra y se la tiras por onde seya, pon'de lo
caiga». No había piedras, pero tenía mi lustrador.
— ¡Dalo Chango, dalo duro, dalo! ... ¡Rómpele el alma! ... ¡Mátalo! ...
¡Así pa'quiotro diya no sea abusativo! ... ¡Sácalo la chochoca! ... ¡No te dejes!
— me guapiaban Gómez, «Huequito» y «Boquesapo». «Mascarón», se quinció,
ni en sueños pensó que yo lo iba a pegar. Así es que medio aturdido, se tapaba
la cara de los golpes mientras que con los pies me quería pegar. Todo jue
común relámpago. Ai'nomá «Lloraporgusto», le clavó una patada justo detrás
de la rodía que luizo tambaliar y lo dobló un poco. Yo aproveché. «Mascarón»,
alsentir el golpe, dijo: ¡Entre de los dos no, so maricones!. «Me descobro la
patada que me daste lotro diya» — lo requintó el «Lloraporgusto». «Huequito»,
dándose velocidá, lo huaraquió una feroz patada, en el mismo sitio que pegó
Gómez. Lo tumbó. «Esto es po lo que miaciste endenantes ... ¡Toma cara
e'muerto!». ¡Entre de tres no, mariconasotes!. Protestó casi lloriquiando el
«Mascarón». Yo seguí pegán¬dole con más cólera que nunca, taba corno
ciego. En el suelo aproveché de zamparle varios cajonazos más, que me
luícieron salir corriendo, llorando y gritando: ¡Auxilio mis guardias! ... ¡Auxilio!.
Embaló por la vedera del jardín que está en frente del diario «La Verdad», y yo
en su detrás, llorando y con mi cajón bien chapao. Me seguían: Gómez y el
«Huequito». De pronto mis ojos trompensaron con una pierda e'regular tamaño,
me incliné a la carrera, la recogí y acomodé en Ja mano, aceleré la yeíocidad
hasta ponerme lo más cerca del «Mascarón», me entreparé y se la tiré con mis
juerzas. La pierda al darle en la cabeza luizo gritar. La sangre lo saltó y
comenzó a chorriarlo puel cogote. No me le desprendía. Seguía en su detrás,
sin despegarme de sus talones. Agarré la pierda de nuevo para aventársela
otra vez, pero un auto lo salvó. Cruzó la pista a todo correr, ganando al auto.
Me quedé en la esquina del parque, junto al semáforo, mirando como corría a
carrera tendida, como alma que lleva el diablo. Se perdió de mi vista, gritando y
llorando.
«Lloraporgusto», me dijo: ya no lo persigas más. Déjalo que se vayga. Al
anochecer nos juimos «Lloraporgusto», «Hueco» y yo a un chifa a comernos
una sopa de pollo y reírnos un poco del capazote.

***
— Mamá, lo pegué al «Mascarón» — lo dije apenas llegué y puse pie en
la puerta.
— ¿A sí? ... ¡Ta bien! — jue tocio su comentario.
La cama y las sombras de la noche velaron mi sueño.
Al ingresar al salón de clases, el día lunes, dentré justo a las nueve, ya 3a
gallada sabía. Me abrazaban y palmiaban la espalda y por último el «Loco
Valdez», que es el más palomilloso, me cargó en hombros y me hizo aplaudir.
— ¡Aplausos pa «Arco Iris» (También me lo dicen así) ... ¡Aplausos
pa'Chango, que lia pegao al capazote e'la Plaza de Armas! ... ¡Aplausos! ...
¡Jajajajajáaaaaa!.
Llegó el Profe. Prencipió la clase. Yo seguía pensando en mi triunfo. Así
debía ser la vida... No sé.

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