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El Abuelo

En 'El abuelo' de Mario Vargas Llosa, un anciano llamado don Eulogio se obsesiona con una calavera que encuentra en su huerta, llevándola a casa y limpiándola con entusiasmo. A medida que se prepara para sorprender a su nieto con un truco aterrador, su ansiedad y emoción crecen, culminando en un momento de horror cuando la calavera se ilumina con fuego. La historia explora temas de la vejez, la soledad y la búsqueda de conexión familiar a través de un acto de creación macabra.

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El Abuelo

En 'El abuelo' de Mario Vargas Llosa, un anciano llamado don Eulogio se obsesiona con una calavera que encuentra en su huerta, llevándola a casa y limpiándola con entusiasmo. A medida que se prepara para sorprender a su nieto con un truco aterrador, su ansiedad y emoción crecen, culminando en un momento de horror cuando la calavera se ilumina con fuego. La historia explora temas de la vejez, la soledad y la búsqueda de conexión familiar a través de un acto de creación macabra.

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única señal ágil en su rostro fláccido, descolgado en bolsas, iban

El abuelo- Mario Vargas Llosa


deslizándose distraídamente sobre el borde del canal paralelo a la
Cada vez que crujía una ramita, o croaba una rana, o vibraban los
carretera, cuando de pronto, casi por intuición, le pareció
vidrios de la cocina que estaba al fondo de la huerta, el viejecito
distinguirla.
saltaba con agilidad de su asiento improvisado, que era una piedra
— “¡Deténgase!”— dijo, pero el chófer no le oyó—. “¡Deténgase!
chata, y espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no
¡Pare!” Cuando el auto se detuvo y en retroceso llegó al montículo
aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a la pérgola,
de piedras, don Eulogio comprobó que se trataba, efectivamente, de
veía en cambio las luces de la araña, encendida hacía rato, y bajo
una calavera. Teniéndola entre las manos, olvidó la brisa y el paisaje,
ellas, sombras movedizas y esbeltas, que se deslizaban de un lado a
y estudió minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura, terca y
otro con las cortinas, lentamente. Había sido corto de vista desde
hostil forma impenetrable, despojada de carne y de piel, sin nariz,
joven, de modo que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si ya
sin ojos, sin lengua. Era pequeña, y se sintió inclinado a creer que era
cenaban, o si aquellas sombras inquietas provenían de los árboles
de un niño. Estaba sucia, polvorienta, y hería su cráneo pelado una
más altos.
abertura del tamaño de una moneda, con los bordes astillados. El
orificio de la nariz era un perfecto triángulo, separado de la boca por
Regresó a su asiento y esperó. La noche pasada había llovido y la
un puente delgado y menos amarillo que el mentón. Se entretuvo
tierra y las flores despedían un agradable olor a humedad. Pero los
pasando un dedo por las cuencas vacías, cubriendo el cráneo con la
insectos pululaban, y los manoteos desesperados de don Eulogio en
mano en forma de bonete, o hundiendo su puño por la cavidad baja,
torno del rostro, no conseguían evitarlos: a su barbilla trémula, a su
hasta tenerlo apoyado en el interior: entonces, sacando un nudillo
frente, y hasta las cavidades de sus párpados llegaban cada
por el triángulo, y otro por la boca a manera de una larga e incisiva
momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El entusiasmo y la
lengüeta, imprimía a su mano movimientos sucesivos, y se divertía
excitación que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril durante el
enormemente imaginando que aquello estaba vivo.
día habían decaído y sentía ahora cansancio y algo de tristeza. Tenía
frío, le molestaba la oscuridad del vasto jardín y lo atormentaba la
Dos días la tuvo oculta en el cajón de la cómoda, abultando el
imagen, persistente, humillante, de alguien, quizá la cocinera o el
maletín de cuero, envuelta cuidadosamente, sin revelar a nadie su
mayordomo, que de pronto lo sorprendía en su escondrijo. “¿Qué
hallazgo. La tarde siguiente a la del encuentro se mantuvo en su
hace usted en la huerta a estas horas, don Eulogio?” Y vendrían su
habitación, paseando nerviosamente entre los muebles opulentos y
hijo y su hija política, convencidos de que estaba loco. Sacudido por
lujosos de sus antepasados. Casi no levantaba la cabeza: se diría que
un temblor nervioso, volvió la cabeza y adivinó entre los bloques de
examinaba con devoción profunda los complicados dibujos, entre
crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto sendero que llegaba
sangrientos y mágicos, del círculo central de la alfombra, pero ni
a la puerta falsa esquivando el palomar. Se tranquilizó apenas, al
siquiera los veía. Al principio, estuvo indeciso, preocupado: podrían
recordar haber comprobado tres veces que la puerta estaba junta,
ocurrir imprevistas complicaciones de familia, tal vez se reirían de él.
con el pestillo corrido, y que en unos segundos podía escurrirse
Esta idea lo indignó y tuvo angustia y deseo de llorar. A partir de ese
hacia la calle sin ser visto.
instante, el proyecto se apartó sólo una vez de su mente: fue cuando
de pie ante la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de agujeros, y
“¿Si hubiera venido ya?”, pensó, intranquilo. Porque hubo un
recordó que en una época cercana aquella casita de madera con
instante, a los pocos minutos de haber ingresado cautelosamente en
innumerables puertas no estaba vacía, sin vida, sino habitada por
su casa por la entrada casi olvidada de la huerta, en que perdió la
animalitos pardos y blancos que picoteaban con insistencia cruzando
noción del tiempo y permaneció como dormido. Sólo reaccionó
la madera de surcos y que a veces revoloteaban sobre los árboles y
cuando el objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se desprendió de
las flores de la huerta. Pensó con nostalgia en lo débiles y cariñosos
sus manos, y le golpeó el muslo. Pero era imposible. El niño no podía
que eran: confiadamente venían a posarse en su mano, donde
haber cruzado la huerta todavía, porque sus pasos asustados lo
siempre les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión
habrían despertado, o el pequeño, al distinguir a su abuelo, encogido
entornaban los ojos y los sacudía un débil y brevísimo temblor.
y dormitando justamente al borde del sendero que debía conducirlo
Luego no pensó más en ello. Cuando el mayordomo vino a
a la cocina, habría gritado.
anunciarle que estaba lista la cena, ya lo tenía decidido. Esa noche
durmió bien. A la mañana siguiente olvidó haber soñado que una
Esta reflexión lo animó. El soplido del viento era menor, su cuerpo
perversa fila de grandes hormigas rojas invadía sorpresivamente el
se adaptaba al ambiente, había dejado de temblar. Tentando los
palomar y causaba desasosiego entre los animalitos, mientras él, en
bolsillos de su saco, encontró el cuerpo duro y cilíndrico de la vela
su ventana, miraba la escena con un catalejo.
que compró esa tarde en el almacén de la esquina. Regocijado, el
viejecito sonrió en la penumbra: rememoraba el gesto de sorpresa
Había imaginado que limpiar la calavera sería un acto sencillo y
de la vendedora. Él permaneció muy serio, taconeando con
rápido, pero se equivocó. El polvo, lo que había creído que era polvo
elegancia, batiendo levemente y en círculo su largo bastón
y tal vez era excremento por su aliento picante, se mantenía soldado
enchapado en metal, mientras la mujer pasaba bajo sus ojos cirios y
a las paredes internas y brillaba como una lámina de metal en la
velas de sebo de diversos tamaños. “Esta”, dijo él, con un ademán
parte posterior del cráneo. A medida que la seda blanca de la
rápido que quería significar molestia por el quehacer desagradable
bufanda se cubría de lamparones grises, sin que disminuyera la capa
que cumplía. La vendedora insistió en envolverla, pero don Eulogio
de suciedad, iba creciendo la excitación de don Eulogio. En un
se negó y abandonó la tienda con premura. El resto de la tarde
momento, indignado, arrojó la calavera, pero antes de que ésta
estuvo en el Club, encerrado en el pequeño salón de rocambor
dejara de rodar, se había arrepentido y estaba fuera de su asiento,
donde nunca había nadie. Sin embargo, extremando las
gateando por el suelo hasta alcanzarla y levantarla con precaución.
precauciones para evitar la solicitud de los mozos, echó llave a la
Supuso entonces que la limpieza sería posible utilizando alguna
puerta. Luego, cómodamente hundido en el confortable de insólito
sustancia grasienta. Por teléfono encargó a la cocina una lata de
color escarlata, abrió el maletín que traía consigo, y extrajo el
aceite y esperó en la puerta al mozo, a quien arrancó con violencia la
precioso paquete. La tenía envuelta en su hermosa bufanda de seda
lata de las manos, sin prestar atención a la mirada inquieta con que
blanca, precisamente la que llevaba puesta la tarde del hallazgo.
aquél intentó recorrer la habitación por sobre su hombro. Lleno de
zozobra, empapó la bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad,
A la hora más cenicienta del crepúsculo había tomado un taxi,
después acelerando el ritmo, raspó hasta exasperarse. Pronto
indicando al chófer que circulara por las afueras de la ciudad: corría
comprobó entusiasmado que el remedio era eficaz: una tenue lluvia
una deliciosa brisa tibia, y la visión entre grisácea y rojiza del cielo
de polvo cayó a sus pies durante unos minutos, mientras él ni
sería más enigmática en medio del campo. Mientras el automóvil
siquiera notaba que se humedecían sus dedos y el borde de los
flotaba con suavidad por el asfalto, los ojitos vivaces del anciano,
puños. De pronto, puesto en pie de un brinco, admiró la calavera que de inmediato que no lo había visto, que su nieto no podía ver otra
sostenía sobre su cabeza, limpia, resplandeciente, inmóvil, con unos cosa que aquel llameante rostro de huesos. Sus ojos estaban
puntitos como de sudor sobre la ondulante superficie de los inmovilizados, con un terror profundo y eterno retratado en ellos,
pómulos. La envolvió de nuevo, amorosamente; cerró su maletín y firmemente prendidos al fuego. Todo había sido simultáneo: la
salió del Club. El automóvil que ocupó en la puerta lo dejó a la llamarada, el aullido espantoso, la visión de esa figura de pantalón
espalda de su casa. Había anochecido. En la fría semioscuridad de la corto súbitamente poseída de horror. Pensaba, entusiasmado, que
calle se detuvo un momento, temeroso de que la puerta estuviese los hechos habían sido más perfectos incluso que su plan, cuando
clausurada. Enervado, estiró su brazo y dio un respingo de felicidad sintió cerca voces y pasos que avanzaban y entonces, ya sin cuidarse
al notar que giraba la manija y la puerta cedía con un corto chirrido. del ruido, dio media vuelta y a saltos, apartándose del sendero,
destrozando con sus pisadas los macizos de crisantemos y rosales
En ese momento escuchó voces en la pérgola. Estaba tan que entreveía en la carrera a medida que lo alcanzaban los reflejos
ensimismado, que incluso había olvidado el motivo de ese trajín de la llama, cruzó el espacio que lo separaba de la puerta. La
febril. Las voces, el movimiento, fueron tan imprevistos que su atravesó junto con el grito de la mujer, estruendoso también, pero
corazón parecía el balón de oxígeno conectado a un moribundo. Su menos puro que el de su nieto. No se detuvo, no volvió la cabeza. En
primer impulso fue agacharse, pero lo hizo con torpeza, resbaló de la la calle, un viento frío hendió su frente y sus escasos cabellos, pero
piedra y se cayó de bruces. Sintió un dolor agudo en la frente y en la no lo notó y siguió caminando despacio, rozando con el hombro el
boca un sabor desagradable de tierra mojada, pero no hizo ningún muro de la huerta, sonriendo satisfecho, respirando mejor y más
esfuerzo por incorporarse y continuó allí, medio sepultado en las tranquilo.
hierbas, respirando fatigosamente, temblando. En la caída había
tenido tiempo de elevar la mano que conservaba la calavera, de
modo que ésta se mantuvo en el aire, a escasos centímetros del
suelo, todavía limpia.

La pérgola estaba a unos cincuenta metros de su escondite, y don


Eulogio oía las voces como un delicado murmullo, sin distinguir lo
que decían. Se incorporó trabajosamente. Espiando, vio entonces en
medio del arco de los grandes manzanos cuyas raíces tocaban el
zócalo del comedor, una silueta clara y esbelta y comprendió que era
su hijo. Junto a él había otra, más nítida y pequeña, reclinada con
cierto abandono. Era la mujer. Pestañeando, frotando sus ojos trató
angustiosamente, pero en vano, de distinguir al niño. Entonces lo
oyó reír: una risa cristalina de niño, espontánea, integral, que
cruzaba el jardín como un animalito. No esperó más: extrajo la vela
de su saco, a tientas juntó ramas, terrones y piedrecitas y trabajó
rápidamente hasta asegurar la vela sobre la piedra y colocar a ésta,
como un obstáculo, en el sendero. Luego, con extrema delicadeza
para evitar que la vela perdiera el equilibrio, colocó encima la
calavera. Presa de gran excitación, uniendo sus pestañas al macizo
cuerpo aceitado, se alegró: la medida era justa; por el orificio del
cráneo asomaba el puntito blanco de la vela, como un nardo. No
pudo continuar observando. El padre había elevado la voz y aunque
sus palabras eran todavía incomprensibles supo que se dirigía al
niño. Hubo como un cambio de palabras entre las tres personas: la
voz gruesa del padre, cada vez más enérgica; el rumor melodioso de
la mujer, los cortos grititos destemplados del nieto. El ruido cesó de
pronto. El silencio fue brevísimo: lo fulminó el nieto, chillando: “Pero
conste: hoy acaba el castigo. Dijiste siete días y hoy se acaba.
Mañana ya no voy.” Con las últimas palabras escuchó pasos
precipitados.

¿Venía corriendo? Era el momento decisivo. Don Eulogio venció el


ahogo que lo estrangulaba y concluyó su plan. El primer fósforo dio
sólo un fugaz hilito azul. El segundo prendió bien. Quemándose las
uñas, pero sin sentir dolor, lo mantuvo junto a la calavera, aún
segundos después de que la vela estuviera encendida. Dudaba,
porque lo que veía no era exactamente la imagen que supuso,
cuando una llamarada sorpresiva creció entre sus manos con brusco
crujido, como de un pisotón en la hojarasca, y entonces quedó la
calavera iluminada del todo, echando fuego por las cuencas, por el
cráneo, por la nariz y por la boca. “Se ha prendido toda”, exclamó
maravillado. Había quedado inmóvil, repitiendo como un disco: “Fue
el aceite, fue el aceite”, estupefacto, embrujado, ante la fascinante
calavera enrollada por las llamas.

Justamente en ese instante escuchó el grito. Un grito salvaje, un


alarido de animal recién atravesado por muchísimos venablos. El
niño estaba delante de él, con las manos alargadas frente al cuerpo y
los dedos crispados. Lívido, estremecido, tenía los ojos y la boca muy
abiertos y estaba ahora mudo y rígido pero su garganta,
independiente, hacía unos extraños ruidos, roncaba. “Me ha visto,
me ha visto”, se decía don Eulogio, con pánico. Pero al mirarlo supo

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