Ciclon
Ciclon
Por
Carlos Amado Martínez-Malo García
Una lluvia ligera y persistente molestaba. A medio día las emisoras radiales y
los canales televisivos interrumpieron sus programaciones habituales para dar
lectura al primer boletín meteorológico de la temporada.
A partir de un disturbio tropical en el sur del golfo de México, Alberto se
consolidaba como ciclón. Enseguida lo clasificaron como un evento anormal.
Según las estadísticas la mayoría de los meteoros nacidos por esa fecha tenían
su cuna en el este, al otro lado de las antillas menores y algunos más lejos.
Nominalmente no parecía ser amenazador. Los especialistas no podían
recordar ningún personaje histórico notablemente malo bautizado o
simplemente registrado con ese nombre. De todas formas, alertaron, era
recomendable observarlo de cerca porque el recién nacido mostraba un
comportamiento inusual.
Como para dar constancia de su originalidad, al día siguiente Alberto
alcanzó la categoría de Huracán y rápidamente llegó a tener vientos máximos
de 140 kilómetros por hora.
Los modelos de pronóstico hacían pensar en un avance en dirección noreste
dirigiéndose a la Florida.
La población hizo lo mismo de los últimos años, acudió a los mercados,
donde la siempre desinteresada y solidaria ayuda de la Unión Soviética
permitía mantener una moderada oferta de productos liberados.
Según la capacidad de sus bolsillos, compraron velas, galletas, refrescos,
carne rusa, sardinas y otros enlatados menos demandados, como los pimientos
rellenos.
La urgencia por adquirir los productos normados mediante la tarjeta de
abastecimiento, temiendo que el agua los echara a perder en las bodegas, hizo
crecer largas colas frente a los comercios. Almacenaron agua potable en
cuanto depósito tuvieron a mano. Por aquí y por allá, con clavos, sogas,
alambres y maderos de todo tipo improvisaron trancas para tratar de asegurar
puertas y ventanas, aunque, como el ciclón se anunciaba con poco viento,
pusieron más empeñó en protegerse de las aguas y esperaron.
En la mañana del 3 de junio la fuerza aérea de los Estados Unidos
programó un vuelo de reconocimiento para viajar dentro de la tormenta. El
gobierno de la isla, vivía una de las cíclicas etapas de tensión con el vecino del
norte y no aprobó la operación argumentando que esta violaría su espacio
aéreo.
Ese día y al siguiente, Alberto paseo próximo a la costa noroccidental de
Cuba. Sus franjas de nubes produjeron fuertes precipitaciones y rápidas
inundaciones.
En el pueblo la gente esperaba una crecida del río de quizás algo más de
dos cuadras a partir de la orilla, como había sucedido casi siempre. Corriente
arriba, cerca del faldeo de las lomas, los troncos de palmas reales arrastrados
por la fuerza de las aguas se trabaron en una cañada creando un embalse
natural. La lluvia de cuatro días elevó el nivel de las aguas y al aumentar la
presión el dique se rompió. El torrente bajó devastando todo a su paso. Al
atravesar el pueblo la avalancha encontró un obstáculo en el puente de la
calzada que llevaba al paradero. El agua indetenible golpeó contra la mole de
hierro y tablas torciéndola, desprendiendo la estructura de su base por varios
lugares, el choque y un meandro del río proyectaron la corriente hacia el
interior del pueblo arrasando un insignificante caserío con el curioso nombre
de El Derrumbe. En la catástrofe hubo muertos, heridos y no quedó una casa
en pie.
Más abajo hacia el oeste por la carretera panamericana, el aluvión arranco
de sus cimientos dos puentes, interrumpiendo por meses la comunicación con
las poblaciones más occidentales.
En Isabel Rubio el río crecido penetró y desbordó los depósitos de la
estación de venta de combustible, el líquido derramado fluyó hacia el centro
del pueblo donde alguna chispa de origen desconocido provocó el incendio
del vertimiento, las aguas contaminadas ardieron durante varias horas y sólo la
pericia de los bomberos evitó daños mayores.
El las horas siguientes el ciclón se debilitó con rapidez debido a la
aproximación de corrientes en niveles superiores y giró bruscamente hacia el
oeste, vagando erráticamente durante varios días a través del golfo de México
antes de disiparse el 6 de junio
En El Derrumbe, de la mayoría de las casas no quedaron ni los escombros.
Una tras otra fueron arrancadas y en algunas ni siquiera los cimientos lograron
permanecer.
Los sobrevivientes fueron ubicados en albergues y refugios improvisados
hasta que el gobierno liberó recursos de la reserva y comenzó la construcción
priorizada de un nuevo asentamiento. Las casas se proyectaron en lo alto de
una loma, al fondo del antiguo y destruido caserío. Las viviendas tendrían
paredes de mampostería y techos de tejas de fibrocemento. Mucho después,
los beneficiados se percatarían de que además de la insuficiencia de agua
corriente y alcantarillado, ausencia de aceras, calles sin asfaltar, el nuevo
barrio tenía otro problema: se concibió como una serie de baterías de seis
casas, agrupadas en torno a un patio común, lo que en la convivencia exacerbó
la promiscuidad de una población que originalmente se había formado en la
recolección de desechos tanto humanos como materiales.
En la primera noche oficial del nuevo Derrumbe, en medio de la fiesta y
con el incentivo del alcohol, la rumba y el calor, se armó una bronca
monumental. Entre la policía y las tropas especiales lograron aplacar los
ánimos, mientras los bomberos llamados con urgencia, tras ardua jornada,
lograron controlar y extinguir un incendio a punto de convertir El Derrumbe
en El Horno, desde entonces la sabiduría popular bautizó el caserío como la
Loma de la Candela y así pasó a la historia.
El Derrumbe había ido creciendo en la periferia de manera espontánea. El
terraplén conectaba al Rancho con el pueblo. Sus moradores eran
mayoritariamente inmigrantes de otras provincias, especialmente orientales y
campesinos cansados del campo, todos buscando mejores oportunidades de
vida. Nacía al final de la Calle del Cementerio, cruzaba el río a través de un
viejo puente y terminaba en una pequeña estación telegráfica perteneciente en
una época al servicio de Ferrocarriles de Occidente.
Con el tiempo, el paradero, como le decía la gente, quedó prácticamente
abandonado y solo se activaba en tiempo de zafra, venía una brigada, daba
mantenimiento y mejoraba las condiciones de vida. Durante los próximos
cinco meses un operario fijaba allí su morada.
Visitación Acanda era una negra bien plantada, tenía elegancia natural y
desenfado para tratar con los demás, esas armas utilizadas con habilidad le
abrían los caminos en su bregar de mujer sola y madre soltera. La suya, era
una de las 6 familias que a pesar del deterioro y el abandono que sufría el
enclave aun vivían en El Paradero. De Visitación se decían muchas cosas,
oficiaba de partera en trances dudosos, era lleva y trae de hombres en celo y
colchonera de jovencitas fogosas, pero a pesar de la mala fama que le
atribuían, la popularidad le sobraba, la conocía todo el mundo y se paseaba por
las calles del pueblo contoneando su figura y prodigando saludos a las dos
manos.
Por la época de la llegada del Nene al paradero, Rosita, la hija de Visitación
tenía poco más de quince años, era alta, con cuerpo de diosa mestiza y cara de
muñeca, se destacaba además por los grandes ojos claros visibles desde
cualquier lugar.
Los Bosa eran una familia con una historia arraigada en el pueblo. El
abuelo, isleño de verdad, había venido en el Márquez de Comillas gracias a
una colecta hecha en la aldea. Con mucha voluntad y trabajando como un
mulo hizo su dinerito en la compra y venta de mercancías, hasta lograr instalar
primero una bodega, después una carnicería, un puesto de frutas, viandas y
vegetales y una tienda de ropas y enseres menores, a todos les puso por
nombre Los Bosa.
A la muerte del viejo, los cuatro hijos se repartieron los negocios y al padre
de Nene le tocó la tienda de ropas y ferretería.
En séptimo grado una maestra avispada detectó las inclinaciones
intelectuales del Nene y lo estimuló a desarrollarlas. Desde muchacho su padre
lo llevaba todos los domingos un kiosco que vendía todo tipo de impresos,
para que escogiera lo que le interesaba leer, así fue desarrollando el habito y
leía cuanto texto le caía en las manos.
No mucho tiempo después del triunfo de los rebeldes las cosas comenzaron
a cambiar. Los amigos del viejo llegaban furtivamente y se encerraban en el
cuarto para hablar. Estimulada su curiosidad de joven precoz veló la
oportunidad para registrar y en una gaveta del escaparate encontró dos libros,
que rodeados de misterio, habían traído hacia unos días, lo sabía por el papel
en que habían llegado envueltos y que aun los custodiaba. La Nueva Clase y
La Gran Estafa fueron pasto de su avidez, pero esas cosas parecían ocurrir
muy lejos y no le preocuparon.
En su pequeño mundo particular las cosas siguieron más o menos igual
hasta principio de los sesenta, de pronto el gobierno cambió el dinero y
después intervino los comercios en manos particulares. Entre una y otra cosa
el viejo lo perdió todo y volvió a ser, como al principio de su llegada a Cuba,
un simple empleado.
A partir de ahí el Nene que veía por los ojos del padre, se hizo arisco y
bocón.
Estando en segundo año del instituto lo amenazaron, a pesar de sus buenas
calificaciones, con la expulsión por problemático, pequeño burgués y niño
bitongo. En medio de la reunión, se cagó en la madre de todos, los mandó al
carajo y se fue para la casa.
A la semana le llegó un telegrama comunicándole su reclutamiento para el
servicio militar obligatorio.
Ese paso por el inframundo, decía, le había permitido aprender técnicas de
supervivencia, el manejo de armas y a cortar caña. Tres años y unos meses
después, al terminó de su corta vida militar y según sus propias palabras, era
telegrafista, rebelde a toda disciplina, sordo a los concejos, enemigo de los
discursos didácticos y hombre de mundo. Borracho, mujeriego y vago,
justificaba su estilo de vida acusando al gobierno de haber sido la ruina de su
familia y del país.
Durante varios años, ayudado por amigos que había encontrado en el
camino, se mantuvo merodeando por la Habana y solo venia al pueblo en
contadas ocasiones.
Estoy en negocios, le decía al padre si preguntaba.
Nunca le faltaba el dinero y vestía buena ropa.
Al implantarse la Ley Contra la Vagancia, salió huyendo de la capital donde
la cosa se había puesto mala y regresó al pueblo.
A mucha insistencia del viejo y para acabar con la presión de la policía
aceptó la plaza de telegrafista en El Paradero y allí conoció a Rosita Acanda.
Con el desvió de la línea central, el paradero quedó aislado del tráfico
diario y muchas familias se fueron en busca de mejor fortuna.
Visitación Acanda vivía en una casucha al final de la calle del Cementerio.
Durante un temporal, reclutó a varios negros deudos suyos y entre todos, en
medio de la lluvia, el viento y la noche, tumbaron la casa. Al amanecer
Visitación y Rosita formaban parte del grupo de damnificados albergados en el
Circulo Social, local de una antigua y tradicional asociación cultural que
durante años ostentó con dignidad el nombre de un ilustre patriota, venido
ahora a menos, nadie sabía por qué.
Como el local de la estación del paradero estaba fuera de uso, Visitación se
valió de sus artes y a los pocos días la Brigada de Construcciones del
Gobierno Municipal, armada de lo necesario, dividió en dos la vieja estación
y le entregó las llaves de una de las mitades y desde entonces esa fue su
vivienda.
La estación permanecía abandonada más de la mitad del año. Con el tiempo
Visitación fue moviendo paredes, ganando terreno, ampliando su morada y
acomodándose.
A la primera persona que el Nene vio al llegar al paradero fue a Rosita
Acanda. Nunca le habían gustado las negras, a lo más mulaticas claras, decía
en medio de sus borracheras.
Nada más vi a Rosita, me enamoré, le confesó a su padre mucho tiempo
después.
El día de la toma de posesión del empleo, llegó a las siete de la mañana.
Abrió el local, revisó los equipos y esperó el arribo del primer tren cargado de
caña. A las nueve de la mañana aun esperaba. Aburrido y cansado de la
inacción salió al andén, Rosita de espaldas, barría el portal de su casa.
Joven, le dijo el Nene, y ella se volvió sorprendida. Frente a los ojos claros
de la muchacha él se sintió mareado.
Usted dirá, le respondió ella muy seria, sin saber por qué por dentro todo le
temblaba.
Estuvieron un rato sin decir nada, mirándose sin verse, pensando en cosas
bonitas, que no sabían si habían pasado o estaba por pasar.
Cuando pudieron hablar, el Nene supo lo que era habitual.
Muy rara vez cruza un tren con caña antes de las nueve de la mañana.
Y los días como hoy, los lunes, dijo la muchacha, a veces son las doce y no
han pasado.
Nada, la caña cortada en el día casi nunca da para más, agregó, ante la
mirada desorientada de él.
Con el tiempo el Nene se dio cuenta del carácter medio salvaje de Rosita,
criada como dicen los guajiros suelta y sin mancuerna. Estuvo en la escuela
hasta el sexto grado. En la secundaria su figura le trajo complicaciones y
aunque nunca se lo dijo a nadie, por huirle al acoso de un profesor comenzó
primero a dejar de asistir a los turnos de la asignatura de él y después a
sesiones enteras, Un buen día le comunicó a la madre su decisión de no ir más
a la escuela. Porque yo no tengo cabeza para eso, le dijo.
Visitación no le hizo mucho caso al problema, la asistencia de su hija a la
escuela era una obligación impuesta por el gobierno y la dejó vivir un poco
por la libre.
Lo importante es la escuela de la vida, le dijo, para que aprendas a no
dejarte joder por nadie.
El Nene no era bien parecido, pero tenía un trato fácil. Hablador y
cuentista, como su tío Jesús, con quien había aprendido a tomar y a jugar al
cubilete, le gustaba bailar casino y cantar la música de la década prodigiosa,
peleaba gallos en vallas clandestinas y ganaba. En el ambiente del paradero
estaba en su salsa.
La conversación con Rosita la interrumpió el timbre insistente del teléfono
de manigueta enlace con el puesto de mando. Una voz cansada y mecánica
anunció la rotura del centro encargado de abastecer de caña limpia al central
por aquella vía. Ni ese día ni al siguiente iban a circular trenes, le informó el
controlador.
A partir de ese momento el Nene Bosa dedicó su primera jornada de
telegrafista a pensar en como llegarle a Rosita Acanda.
Un estudio en detalle del terreno y el informe de los socios del paradero, lo
puso al corriente de los movimientos diarios de las dos mujeres.
La muchacha pasaba mucho tiempo sola, iba únicamente y contadas veces,
a las prácticas del equipo de pelota del central, salida que aprovechaba para
vender allí “mojón de negro” un dulce de coco amelcochado con melado de
caña, especialidad culinaria de su madre.
Visitación salía poco, casi siempre a media tarde y regresaba por la noche.
Del paradero el Nene se fue para el bar del Moro, entre trago y trago de
aguardiente trató de elaborar un plan de acción y tarde ya, al verle el fondo a
la segunda botella, se levantó. Con paso inseguro pero con la idea clara y se
llegó hasta la casa de Imaginada Flores.
Ima, como le decía la gente, era una mulata casi blanca, experta en artes
adivinatorias y trabajos por encargo.
Aunque solo para hacer el bien y resolver problemas, aclaraba con orgullo.
Su vida amorosa era mítica, se acostaba con cuanto hombre le gustara.
Si me gusta, reafirmaba al hablar del tema. Porque eso de comer bueno y
comer malo, no va conmigo. Si comes malo por comer, no eres más que una
tiñosa. Además, de uno en uno, porque estar con dos o tres al mismo tiempo es
un descaro, la fidelidad evita problemas, mientras me gusta le soy fiel, si ya no
me gusta lo dejo.
Donde Ima ponía el ojo ponía la bala, no se conocía de hombre alguno
resistente a sus encantos y todos, después de consumido el espacio
correspondiente continuaban siendo sus amigos.
Al Nene comenzar a espigar el viejo Bosa, al estilo de antaño, se propuso
iniciarlo en las artes de hombre.
Una noche lo invitó y se fueron hasta casa Nati. La madre de Ima había
sido uno de los amores de juventud del viejo.
Con los años bien llevados y el porte de las negras de raza, examinó al
muchacho parado frente a ella, lo sobó, lo calentó y aquilató el calibre de su
equipo.
Está bueno, dijo finalmente, pero ya no es para mí, llévaselo a Ima, ella
sabe como hacerlo. Así el Nene tuvo la primera mujer en su vida.
Pero como el hombre propone y Dios dispone, entre Ima y el Nene las
cosas funcionaron más allá de lo previsto. Eran almas gemelas, alegres,
fiesteras, bailadoras y para colmo, ella descubrió en él una mediunidad no
explotada. Se sobresaltaba, tenia premoniciones, veía venir las cosas aunque
aun estuvieran lejos.
Se acostaban riéndose, se desnudaban riéndose y hacían el amor riéndose.
A ver, explícame qué cosa somos tú y yo, le requirió una noche, en el
descanso entre dos encuentros.
Amantes no somos, continuó como si conversara con ella misma. Porque ni
tu me amas ni yo te amo. Coño, pero me siento tan bien si estamos juntos. Tú
eres el tipo que más rápido se quita la ropa, el que más rápido me hace sentir,
el que más rápido me cansa. Nada más de tocarme me sacas del mundo.
Él la oía sin contestarle, no tenia respuesta, nunca había pensado en eso. La
risa, alegre y casi vulgar de ella, lo devolvió a la realidad.
Somos templantes, gritó, eso somos, tu me tiemplas y yo te tiemplo. Y
después que siga la vida.
Y así será, por los siglos de los siglos, amen, aprobó él, siguiéndole la
corriente.
Con el tiempo la pasión se fue acomodando. Se encontraban y
desencontraban sin un plan previo. Estaban meses enteros sin acostarse, o se
pasaban la noche hablando hasta quedarse dormidos y despertaban al día como
llegados a una vida nueva, entonces hacían el amor.
El Nene se confesó con Ima, le contó de Rosita.
Estoy enamorado, le dijo, y quiero casarme.
Ima fue hasta el altar de los santos, tiró los cocos, los recogió, los volvió a
tirar, repitió la operación en silencio, mirando cada vez más seria a la cara del
Nene.
Qué pasa, le preguntó él.
Ella le cogió las manos y los dos se estremecieron.
No se, ahora no te puedo decir. Hay otras cosas. Ven mañana. Y se puso de
pie, llevándolo hasta la puerta.
El Nene volvió al bar del Moro y se tomó otra botella. Recostó la cabeza a
la mesa y no pudo volver a enderezarse, el Moro lo levantó en vilo y como si
fuera un saco de papas lo llevó hasta su casa.
Entre su hermano Pancho y María Ensoñación, la madre, lo acostaron tal y
como estaba, solo le quitaron los zapatos de dos tonos herencia del abuelo
Bosa.
Se levantó a media mañana y no fue a trabajar. Se curó la resaca con un
plato de dulce de cascos de guayaba hechos por su madre. Bañado y afeitado
se sentó en el patio, debajo de la mata de naranjas, hasta que se hizo de noche,
entonces volvió a la casa de Ima.
La mulata parecía agotada, como si hubiera estado trabajando en el campo.
Lo besó y lo abrazó, después se fueron hasta el cuarto. Sentados en la cama
tuvieron la conversación más seria de sus vidas.
El caso es difícil, le dijo la mujer. Esa muchacha está protegida y puede
hacer daño, la madre la prometió a una fuerza oscura para poder manipularla,
eso a la larga se paga, si quieres será tuya, pero nunca tendrán descanso, la
tranquilidad llegará cuando ya no haya cuerpo.
Y ella, preguntó el Nene,
Ella hará lo que tú quieras, te la puedes ganar sin ayuda de nadie, pero eso
no cambiará las cosas, al final será lo que tiene que ser.
El Nene se quedó serio. La mulata salió y al rato volvió con un vaso de
agua y una taza de café hirviendo.
Está amargo, le dijo, tómatelo así sales de esa borrachera, peor que la del
aguardiente.
Después lo ayudó a ponerse de pie, se tocaron y el sintió una descarga
recorriéndole el cuerpo.
Vete, descansa y piensa, yo se que estas decidido, pero debes hacer las
cosas con cuidado. Ve poco a poco, no alteres el ritmo natural, deja a las
fuerzas trabajar ayúdates que yo te estaré ayudando.
En la casa, su madre lo esperaba. En el portal oscuro, lo abrazo,
apretándolo contra su pecho como si fuera un niño, el Nene se dejó hacer y así
recostado a ella, le contó todo.
Esa noche Ensoñación imaginó la vida que quería para su hijo. En el sueño
lo vio casándose con Rosita, viviendo en una hermosa casa en el Paradero,
rodeados de hijos, todos en familia. Agregó y quito detalles al sueño,
perfeccionó la obra, buscó armonías y contrastes, al final, satisfecha con la
obra, quiso despertarse pero no pudo.
Al principio no le dio importancia, eso le había pasado ya con otros sueños
buenos que había fabricado. A la hora de salir, el sueño se negaba a dejarla
libre. Como en las veces anteriores, buscó una vía de escape, pero no la
encontró, el sueño era más fuerte que ella. Examinó otras posibles salidas y
fracasó también. Entonces comenzó a preocuparse y después a desesperarse, a
medida que pasaba el tiempo el sueño se fue oscureciendo y finalmente se
apagó.
Clara Bosa, la hija, la encontró acostada en el piso del cuarto, sin
conocimiento y casi sin pulso, en el hospital el médico diagnosticó infarto y la
reportó de muy grave.
Pasaron la mañana en un sobresalto. A media tarde el Nene se acordó de
Ima y fue a verla. La encontró de bruces frente al altar, cantando en un
lenguaje que no entendió, no quiso interrumpirla pero no tuvo fuerzas para
regresar al hospital. Se fue para el cuarto de ella, y se acostó en la cama donde
tantas veces habían gozado juntos.
Ya de noche abrió los ojos, estaba desnudo. Sintió el calor del cuerpo de
Ima a su lado. Se volteó, le acarició la espalda desde el cuello hasta las nalgas,
se le subió encima y la poseyó. Se poseyeron varias veces de forma agresiva y
casi animal, después no supieron en que momento se durmieron.
Despertaron. El sol estaba alto. Tan desnuda como había dormido Ima se
puso de pie. Vamos, le dijo, mientras salía para la cocina. Levántate. Se hace
tarde.
En la cocina, tomaron café y templaron sobre la mesa de comer, después
Ima fue al cuarto y regresó con la ropa de él. Vístete, ahora estás listo para el
combate. Ve para el hospital ya Ensoñación despertó y te espera.
El Nene no dijo nada, confiaba en ella.
En el hospital supo que su madre había salido del estado de coma y
preguntaba por él. El médico, estaba asombrado, nunca había tenido un caso
así.
Al otro día llegó temprano al Paradero. Había caña y los trenes estuvieron
pasando toda la mañana. El trabajo le impidió ver a Rosita, la oía cantar
mientras limpiaba, o eso imaginaba él, aquella voz lo desesperaba, le pedía a
Dios que los trenes se descarrilaran o que se secara la caña.
A las dos de la tarde el centro de limpieza reportó que el trabajo se
normalizaba, a partir de esa hora los trenes demorarían en pasar.
No bien hubo confirmado con el puesto de mando la situación, salió a
buscar a Rosita. La mulata estaba en el patio, vestida con un short mezclilla
corto, una blusa casi inexistente, si nada debajo y descalza. Lavaba un puñado
de ropa intima en una batea de cemento, a la sombra de un cedro.
El Nene se recostó a la cerca y la estuvo mirando hasta que ella se dio
cuenta.
A la muchacha le impresionó aquella mirada casi hipnótica.
El Nene se recuperó. Rápido y cortés la saludó.
Buenas, respondió la muchacha de mala gana. Para rectificar a
continuación. Aunque no muy buenas.
Qué le pasa, siguió el Nene imperturbable. No se siente bien hoy.
No, dijo ella. Me molestan los moscones.
El se rió de buena gana, era la primera vez en dos días.
Está bien, está bien, si usted no me quiere yo no le puedo hacer nada a eso,
solo estaba esperando, para no interrumpirla, necesito una escoba para barrer
la oficina porque no se donde está la de aquí. Si usted me la pudiera prestar.
La muchacha lo miró recelosa, pero la cara de infeliz del otro la desarmo.
Con la naturalidad que había cautivado al Nene desde el primer momento y
olvidado ya el malestar, dejó la batea cantando “si yo tuviera una escoba, si yo
tuviera una escoba, cuantas cosas barrería”, entró en la parte de la estación que
le servia de casa y regresó al momento escoba en mano.
Al día siguiente el Nene se apareció con un ramo de rosas blancas, esperó
que Rosita estuviera sola y entonces, la llamó por la cerca. Ella se acercó
silenciosa, sin saber bien que hacer.
Él Nene sacó el ramo que escondía detrás de la espalda y se lo ofreció.
Si yo te dijera que son rosas para una rosa seria un tonto, eso lo dice todo el
mundo. Eran rojas, pero te vieron, les dio tristeza porque tú eres más bonita
que ellas y se pusieron blancas.
Rosita lo miró, cogió el ramo y riéndose, corrió hacia la casa.
Guanajo, lo que tu eres es un guanajo, le gritó, llegando a la puerta.
Nene entró a la oficina y se puso a trabajar, al poco rato la oyó por la cerca
Señor, oiga señor.
Se levantó y salió al patio. Ella riéndose le mostró la escoba.
Señor, ¿ hoy no le hace falta la escoba?
No, le respondió. Me hace falta la muchacha de la escoba.
Ah, pues a esa hay que ganársela, no es tan fácil como parece, y riéndose
se volvió para entrar en la casa.
A último momento él reaccionó.
Y para la próxima, me llamo Roberto y me dicen Nene.
Con el paso de los días y la insistencia de él, se estableció entre ellos una
relación magnética. Se buscaban. Ella lo rechazaba como si de pronto el imán
cambiara de polaridad. Él la asediaba y ella se dejaba asediar, coqueteaba, se
insinuaba y se replegaba al sentir la caldera a punto de explotar, entonces una
inocencia perturbadora, peor que la más atrevida insinuación la envolvía.
De lejos Visitación Acanda veía las cosas y dejaba pasar. En el momento en
que aquello pareció coger volumen y previendo males mayores decidió
intervenir.
Una noche esperó al Nene en el puente del paradero.
El terminaba el turno. Aunque estaban en junio se seguía cortando caña. La
zafra no había sido buena y a última hora se hacían esfuerzos por fabricar un
poco más de azúcar, trayendo la materia prima de donde quiera que hubiera y
las labores se prolongaban más allá de la resistencia de la gente.
En el puente el ambiente era tétrico. Casi no había luna. Aquella
construcción de la época de los españoles, parecía un animal prehistórico.
Hecho de vigas de hierro y tablas de madera, constituía el único paso para el
paradero por encima del río. El tiempo, el golpe de Alberto y el abandono lo
habían convertido en una ruina peligrosa. Por el día no era problema
atravesarlo, pero de noche los huecos, los tablones faltantes y la pobre luz de
un solitario bombillo, hacían de la operación una aventura riesgosa.
Escoltada de cerca por una partida de sus secuaces, más dados a la guapería
y a la bulla que a la acción real, lo enfrentó.
Al principio la conversación fue protocolar. Le habló de moral, de
decencia, de gente pobre pero honesta.
Había criado a su única hija con mucho trabajo. La virginidad era el único
tesoro de una muchacha pobre.
El era gente de dinero y la iba a desgraciar por puro capricho.
El Nene protestó, juró.
Estaba enamorado. La quería.
Después de muchos estira y encoges, Visitación accedió a que él la
cortejará.
Está bien. Para que después no digan que yo tuve la culpa. Pero no se te
olvide, Rosita es virgen y menor de edad, no se te olvide.
Saliendo ya del arco del puente se volvió.
Bueno, como parece que vamos a estar en la familia y me hacen falta cien
pesos para arreglar un poco la casa, si tu me los prestas no me pongo brava, le
dijo, con una mirada que él nunca supo si era de picardía o de maldad.
A partir de ese momento, Rosita fue menos arisca. Si el Nene no la
buscaba, ella lo llamaba con cualquier pretexto, se dejaba coger las manos y
hasta algún beso furtivo contribuyó a avivar la hoguera, pero de eso no
pasaron. Ella como todos, le temía a su madre, sabía que era capaz de
cualquier cosa para hacer que su voluntad se cumpliera al pie de la letra.
Por ese tiempo, Visitación no llegaba a cuarenta años, tenía una figura de
admirar y unas espuelas del tamaño de una palma real. En su andar por el
mundo se enredó con un viejo carpintero, con fama de mujeriego, pero muy
trabajador y buscavida.
Carlos Peón era carpintero de oficio y jefe de la brigada de construcciones
del gobierno municipal, tenia buena casa, mujer e hijos en la parte alta de la
Alameda del Hospital.
Desde que lo conoció, Visitación lo envolvió con sus mañanas y el hombre
comenzó a aparecer casi a diario por el paradero, a hacerle algunos trabajos de
carpintería y plomería que cobraba en especies de las que Visitación tenía en
abundancia. Arreglaron la red hidráulica y sanitaria, el patio y el baño, que de
madera y tejas paso a concreto y fibras y solo porque la mujer del carpintero
se enteró de la aventura, el tiempo no les alcanzó a los amantes para la placa.
Carlos era una mina, bien explotado podía dar mucho, por eso la negra se
tragó su altanería y aceptó pasar a la clandestinidad.
Como jefe de la brigada, él inventaba y se la llevaba en el jeep que el
gobierno le había asignado. Cada dos o tres días se perdían para la Playa, con
la excusa de preparar las condiciones para la próxima temporada. En cada
viaje uno de los secuaces de Visitación se quedaba de guardia por los
alrededores de la estación hasta que ella regresaba.
El Nene también tenía su pandilla. Poco a poco entre peleas de gallos y
borracheras en el bar del Moro, había reclutado un pequeño grupo de
seguidores, mi escuadra, decía él. En poco tiempo tenían en su haber algunas
operaciones de sacrificio ilegal de ganado vacuno, mercancía que pasó al
mercado negro, desde que los víveres fueron racionados. El consumo de carne
de res, fuera del control estatal aunque penado por la ley con fuertes sanciones
de privación de libertad y multas nunca ha dejado de ser una oferta importante
del mercado negro a la mesa doméstica.
El Nene y su tropa de matarifes, leales al jefe hasta las últimas
consecuencias, eran la pesadilla de Doble Nueve, el jefe de la policía
municipal, un gigante de dos metros y casi trescientas libras, cuya humanidad
desbordaba la moto Ural que habitualmente tripulaba y de quien se rumoraba
que no había sospechoso que no hablara si le ponía la mano encima.
La escuadra se dedicaba al abastecimiento a las vallas clandestinas, donde
los guajiros peleaban sus gallos y ganaban o perdían sumas fabulosas. Vendían
alcohol de destilación artesanal y comestibles. Comerciaban ilegalmente con
cualquier cosa.
El Nene había aprendido a matar con su hermano Jesús que era el carnicero
de los Bosa. Al regresó de La Habana, como no tenía trabajo, se le ocurrió la
idea de meterse en el negocio de la carne y desde entonces sufragaba el gasto
de sus aficiones, mujeres, gallos, juego y bebida, con los recursos que dejaban
estas operaciones.
En su desesperación pensó en utilizar sus mañas para burlar la vigilancia
que Visitación había puesto sobre la casa del paradero, pero fue inútil, los
negros estaban entrenados y le tenían miedo a la matrona. No hubo forma de
comprarlos. De sus posiciones de guardia no se movían hasta que la doña
regresaba.
El tiempo pasaba y él tenía que hacer algo. Rosita cada día era más mujer y
más apetecible y él más loco.
Volvió a consultar a Ima y la mulata le dijo que ya todo estaba en sus
manos. Solo él podía resolver ese problema.
Una tarde calurosa, Visitación no estaba y el centro de limpieza paró por
mantenimiento. El Nene decidió jugarse todo a un tiro, como hacia en el
cubilete.
A las tres de la tarde Rosita trajinaba en la casa. Él subió a la mata de
chirimoya cercana al baño, buscando una posición desde donde dominar el
campo de acción y no fuera detectado por el enemigo.
Era hora de poner en práctica lo que tanto trabajo le había costado
aprender en el servicio militar.
Al rato Rosita entró al baño con la idea de darse una buena ducha. Carlos
Peón había conectado la instalación hidráulica de la casa al tanque elevado del
paradero y la presión de agua hacia del baño una delicia en medio del calor.
El Nene se movió en su puesto de observación buscando una posición que
le permitiera ver por la ventana, en realidad no sabia lo que iba a hacer.
Dentro del baño, Rosita colocó la toalla en el toallero. El sol que penetraba
por la ventana le molestaba, se volvió para cerrarla y vio cruzar una sombra,
no cerró la ventana, su instinto le dijo que era el Nene. Con una sonrisa que
conocía por primera vez se situó en el lugar en el que él la podía ver de cuerpo
completo y comenzó a desnudarse. Saber que él la miraba la excitó.
Encima del árbol el Nene no creía lo que pasaba, la muchacha lo había
visto, estaba seguro, además aquella sonrisa lo intrigaba.
El esplendor del cuerpo que se descubría lentamente lo desesperó.
Veía a Rosita de perfil. La curva de la espalda, el arco de las nalgas, el
relieve de los senos.
La muchacha terminó de desnudarse se puso de frente a la ventana y abrió
la llave del agua.
La piel estaba caliente y al chocar con ella el agua parecía evaporarse.
Encima de la mata él se corrió por una rama apoyada sobre el baño, bajó al
techo de fibra, se tiró al piso. Al presionar la puerta pensó encontrar la
resistencia de un pestillo, pero se abrió suave y silenciosamente.
Abrazó a la muchacha desnuda, la beso larga, lenta y profundamente. Pasó
un rato antes de salir del beso, entonces ella le dijo en voz baja que cerrara la
puerta. Él se volvió para contemplar de cerca aquella desnudes que tanto había
soñado. La muchacha lo cogió de la mano y lo atrajo hacia ella, el chorro los
empapó, se rieron, lo desnudó y comenzaron a lamerse mutuamente como si
tuvieran mucha sed y quisieran atrapar toda el agua que caía constante sobre
los cuerpos, finalmente se tendieron en el piso mojado y terminaron de
conocerse.
A partir de aquel día, el camino desde el árbol a la casa pasando sobre el
techo del baño fue la ruta más transitada del mundo, por suerte la zafra estaba
en baja. En cuanto había un chance, el Nene llamaba al centro de limpieza y
averiguaba la situación. Poco a poco y con el incremento de la pasión esas
incursiones furtivas, se fueron haciendo insuficientes.
Visitación se enteró casi tres meses después, para entonces la pareja era
cliente habitual del Hotel Italia.
El Chino Vigoa y el Nene habían sido compañeros y buenos amigos en el
servicio militar. Se licenciaron juntos y cada uno cogió por su rumbo. Cuando
se volvieron a ver, el chino era el administrador del Hotel.
Una vez por semana, Rosita iba a la peluquería, colindante con el Hotel,
para hacerse un tratamiento que le mejoraba el pelo.
Mientras un sicario de Visitación se quedaba en el portal, la muchacha daba
dos vueltas al salón, saludaba a Lupe, la más famosa de las peluqueras de la
comarca, separaba un turno para las cuatro de la tarde, salía por el fondo como
quien iba a los baños y sin perder tiempo, utilizando el pasillo entre los dos
edificios, pasaba al parqueo del Hotel a través de un portón en el muro que el
Nene o Vigoa dejaban abierto, era la hora de entrada y salida de los huéspedes
y difícilmente alguien se fijaría en ella. A las cuatro menos cinco, por la
misma ruta, Rosita hacia el viaje de regreso, se daba un enjuague suavizante y
volvía al paradero.
Con veinticinco años bien aprovechados Berta Moreno alta, rubia, de ojos
verdes y con una cara preciosa, paraba el tránsito dos veces al día, al salir del
Hotel donde ocupaba un cuarto que le servia de albergue y al regresar por la
tarde después de terminar su trabajo en la clínica dental. Nunca como entonces
el servicio de estomatología fue tan demandado por los hombres del pueblo.
Había llegado al pueblo para hacer el servicio social poco antes del regreso del
Nene y se había aclimatado fácilmente.
Desde su primer verano, se hizo asidua visitante de la Playa, allí fue donde
conoció al Nene. El muchacho estaba en su mejor etapa, los negocios, lícitos e
ilícitos iban bien, tenía dinero y ganas de comerse el mundo. Ella no era muy
selectiva en sus gustos, los hombres la deslumbraban fácilmente, cualquier
cosa que los destacará los situaba en la categoría de “lo máximo” que era en su
escala de valores, un peldaño muy ocupado.
Un domingo la playa estaba repleta de gente y no había ni donde pararse.
Ambos coincidieron en la oficina preguntando por el administrador,
desaparecido oportunamente como por arte de magia.
En temporada, el administrador de la playa es un personaje importante,
siempre reporta diez o doce cabañas menos en la lista de disponibles, las
mantiene en su reserva personal y las distribuye a su conveniencia entre los
nuevos ricos y los poderosos que habitualmente las demandan para fines tanto
honestos como deshonestos.
El Nene esperaba para recoger la llave de una cabaña pagada a precio de
privilegio. Su escuadra llegaría en cualquier momento y quería tenerlo todo
listo.
Berta esperaba por una caja de cervezas. “Corazón” como le decía ella se la
había prometido, en retribución a sus favores.
Ni corto ni perezoso el joven llamó a la carpetera y le pidió una cabaña lo
más cerca posible de la ocupada por la muchacha.
Berta sentada en una butaca playera y con un short mínimo, hacia que
cualquiera dedicara el resto de su vida a adivinar lo poco que no se veía.
Tú no pierdes tiempo, le dijo la empleada que en más de una ocasión había
servido de intermediaria en sus aventuras.
De verdad eres un tipo de suerte, la cabaña al fondo de la de ella, se
desocupó, es más pequeña que la tuya, pero si quieres.
Eso ni se pregunta, dijo, quitándole la llave de la mano al tiempo de
entregarle furtivamente un billete de veinte pesos.
Ya tu sabes, si quieres hacer un poco de ejercicio ve por allá, para ti
siempre hay en la reserva, dijo él y caminó hacia la salida como para irse, al
parar por el lado de Berta se detuvo.
Me perdona si la interrumpo, le dijo. Según el ama de llaves usted espera al
administrador para una caja de cerveza. Él se va a demorar, está con una visita
del nivel superior. Si usted no tiene inconveniente yo le presto una de las mías
y después me la devuelve.
Bueno, si no le causo muchas molestias.
Vamos, venga, eso no es molestia.
Por el camino el preguntó el número de la cabaña de ella y se mostró
asombrado porque iban a ser vecinos.
Como sintió buena acogida le celebró los short de una manera que a ella le
pareció lo más original del mundo.
Que bien le quedas a esos shorts, dijo y ella se rió con deseos.
Llegaron a la cabaña, la invitó a pasar, entraron y cerró.
Ahora quiero saber si tengo buena imaginación, dijo el Nene.
Hace rato me estoy imaginando como luces sin short, pero me gustaría
comprobarlo.
Ella volvió a reírse. Se quito el pulóver, el short y quedó desnuda.
Dime, ¿soy como imaginaste?
No, ninguna imaginación puede igualar a la realidad.
Y no eres capaz de imaginar todo lo que esa realidad te puede sorprender,
dijo, tirándose boca arriba en la cama.
Salieron bastante avanzada la noche, estaban cansados como si hubieran
cortado un campo de caña y totalmente satisfechos.
Tres meses y varios encuentros devastadores después, Berta le dijo que
estaba embarazada.
Pero no de mí, fue la respuesta del Nene y la dejó en medio de la calle para
meterse con la escuadra en el bar del Moro. Fue la última vez que hablaron y
en realidad al Nene se le olvidó que ella existía.
Una tarde, Berta fue hasta el Hotel para buscar un paquete, quería enviarlo
a su hermana aprovechando un viaje de la ambulancia. Al llegar al pasillo de
la segunda planta vio al Nene entrando en una habitación, se pegó a la puerta y
oyó voces adentro. No regresó a la clínica hasta mucho después de las cuatro.
Desde su cuarto montó guardia. Con la puerta entre abierta vio como salía
primero la muchacha y después el Nene, la siguió hasta el patio y entonces se
dio cuenta de que en el asunto podía haber algo interesante. Sin perder tiempo
salió del hotel, entró en la peluquería y averiguó lo que le hacia falta.
A Visitación Acanda faltó poco para que le diera una cosa. Aquel hijo de
puta no se iba a salir con la suya, lo iba a joder para toda la vida. Esa noche
estuvo largo rato pensando en lo que iba a hacer, tarde ya salió y tocó a la
puerta de todo el que le debía algo. Al amanecer tenía lista su venganza.
Se apostó desde temprano frente a la oficina. Él llegó apurado por abrir
pero la negra no lo dejó, a toda voz, lo insultó, lo amenazó, le dijo que estaba
muerto.
Te voy a denunciar por corruptor de menores y violador y voy a pagarle a
una gente en la cárcel para que te haga mierda, hijo de puta, gritó, para que
todos la oyeran.
Mi hija era señorita y la has desgraciado.
Hasta ese momento el Nene no había reaccionado, no podía comprender
que había salido mal, todo estaba tan bien preparado. Los últimos gritos de la
mujer lo sacaron de la parálisis, fue una reacción instintiva, algo que no
hubiera querido decir y que estuvo pesándole el resto de la vida.
Eso no, cuando se acostó conmigo ella no era señorita.
La furia de la mujer se frenó en seco, se volvió para la muchacha que
lloraba recostada a la puerta de la casa.
Él tiene razón.
¿Y quién carajo fue?, preguntó Visitación casi sin voz.
Porfirio Espinosa.
¿Y quién carajo es Porfirio Espinosa?, volvió a preguntar la mujer con lo
último que le quedaba de fuerzas.
El pitcher, el jabao que a ti te gusta.
El Nene vio a la mujer ablandarse como un merengue al sol y se lanzó al
ataque.
Y deje que le diga una cosa, yo no tengo interés en joderla y estoy
enamorado de ella, pero si usted se pone en esa, yo también le se a usted y al
carpintero que la está manteniendo con el dinero que le roba al gobierno y que
le hizo el cuarto en el camino del cementerio que usted alquila a las puticas
del pueblo para que hagan su trabajo y los huecos que le alquila a los mirones
para que las vean trabajar
Eso es mentira.
Yo tengo testigos, además usted no trabaja y vive como le da la gana y se
buscó esta casa con marañas y la arregló con marañas y vive con marañas,
¿cómo va a justificar eso?
Está bien, dijo la mujer. Ni para ti ni para mi, yo también te se. Se donde
están enterrados los huesos de la vaca de anoche, a quien se la robaste, a quien
le vendiste la carne, se donde están ocultos los cuchillos y quienes fueron los
carniceros. Si yo hablo se acaban los Bosa.
Ni para ti ni para mi, te olvidas de Rosita, desapareces del pueblo y yo no
hablo, pero si te vuelvo a encontrar en mi camino, ni para ti ni para mi, nos
morimos los dos. Y empujando a la muchacha para adentro, cerró la puerta.
Ima escuchó al Nene sin interrumpirlo. Cuando terminó estaba seria,
parecía más vieja.
Te lo advertí. Te dije que estabas en algo muy peligroso. Esa mujer hace
daño, cuando se dispara nada la detiene y ahora estas enredado. Quédate aquí,
no salgas, dame un chance para hacer lo mío.
Él no fue a su casa, le mando un recado a su madre con Natí. Se baño, se
acostó y se quedó dormido. Al regreso Ima no lo despertó, se fue hasta el altar
y comenzó su trabajo.
Todo está en camino, le dijo por la mañana. Ve a ver a tu padre y habla con
él, díselo todo, después haces lo que entiendas, tienes que hilar fino, Visitación
es fuerte y tiene gente que sabe trabajar para hacer daño, generalmente camina
para lo oscuro, pero está asustada y con eso ganas. Habla con el viejo, óyelo y
piensa, después veremos que pasa.
El viejo Bosa y el Nene se encerraron en la habitación que servia de oficina
y donde siempre se habían despachado los negocios. El padre habló a media
voz, despacio, como acariciando al hijo con las palabras.
Montano es mi amigo, me lo ha demostrado muchas veces. Cuando la gente
de Batista buscaba a tu tío Jesús por darle candela a las casas de tabaco de la
Cuban Land, el mandó uno de sus camiones para sacarlo, se lo llevó para el
cabo y hasta que no lo dejó montado en un barco rumbo a Méjico no regresó.
Una semana antes del cambio de moneda, vino y me alertó.
Esto es una locura, me dijo, es el fin de la economía, a la larga ni van a
tener dinero ni clase media.
Me propuso sacar lo que quisiera junto con el dinero que él iba a mandar
para fuera, pero yo todavía tenía esperanzas de que esto fuera por otro camino
y no me decidí.
Antes de irse me trajo una caja con joyas y pedazos de oro fundido, que no
podía sacar y me dijo que hiciera con ellas lo que quisiera. Con el dinero de
esa venta hemos podido vivir con dignidad hasta hoy. Ese día supe que te
habías acostado con su hija, no estaba dolido, ella lo había hecho por amor y
eso lo desarmaba, solo quería que yo lo supiera. Era un lazo más para unirnos.
El no es malo, me dijo. Es un poco alocado, cosas de muchacho, pero tiene
buen corazón. Su hija se lo había dicho.
Se iba de Cuba, ya tenia bastante dinero afuera, Se iba pero su hija se
quedaba, ella no podía irse si tu estabas aquí, estaba atada a ti aunque tú no lo
estuvieras a ella.
Si algún día querías casarte él estaba de acuerdo y los ayudaría en todo,
hasta a sacarlos del país y ponerles casa y negocio allá, eso era decisión tuya,
solo tenias que ir a su hija y decírselo y él se encargaba de todo.
Piensa en eso y haz lo mejor. Estamos de acuerdo con cualquier decisión, lo
único bueno que hemos heredado de generación en generación, desde hace
mucho, es el amor a la familia, eso es muy importante. Dios y la Familia, esa
no es una frase, es el fundamento de los valores, fe en Dios y amor a la familia
y lo demás va después, nunca lo olvides.
El Nene se fue a su cuarto y se tiró en la cama. Durante toda la noche pensó
en la conversación con su padre. Nunca lo hubiera creído del viejo Montano, a
veces uno se equivoca. Siempre le había parecido un señorón engreído. Isabel
Montano era muy dócil, muy sumisa, muy amante, no era buena para un tipo
como él, si se casaba iba a tener una vida muy aburrida, pero al parecer no
había remedio.
Por la mañana se bañó, se afeitó y se fue para el Bar del Moro. Con uno de
los miembros de la escuadra le mando un papel a Rosita explicándole lo que
pasaba.
Me tengo que ir, le decía. En cuanto me levante te saco de aquí, todo es
cuestión de tiempo y de ser fuertes.
Del bar fue para la casona de los Montano. A Isabel no le extraño nada de
lo que él le dijo, lo sintió sincero. Él no le prometió, solo le preguntó si quería
casarse.
Siempre me has gustado, le respondió.
Estas en tu derecho de negarte y no me molesto, no he sido el mejor
contigo.
Contrario a lo que esperaba ella aceptó.
Sabia que vendrías, mi padre me lo dijo y él se equivoca poco, también me
dijo que la vida contigo seria difícil, pero yo tengo valor para eso.
Ese día le pasaron un cable al viejo y al finalizar el mes estaban casados.
Poco antes de terminar la zafra un abogado de la capital, contratado por el
suegro se presentó en la casa de los Bosa-Montano para hablar con el Nene.
Traía el encargo de arreglar los papeles y sacar del país a todos los de la
familia, sólo Isabel y el Nene estuvieron de acuerdo.
Inmediatamente presentaron la solicitud de salida definitiva del país. En las
oficinas locales del ministerio del trabajo le entregaron la reubicación, lo
mandaban a cortar caña. “Hasta que se gane el derecho a irse”, le dijo el
militar que lo atendió en el campamento.
A partir de aquel momento venia al pueblo generalmente cada 45 días y en
ocasiones demoraba hasta 3 meses. Compraba una botella y se encerraba en su
casa hasta la hora de irse. En el albergue no pensaba, del la siembra pasaba a
la limpia y de la limpia al corte y así en ese ciclo ininterrumpido se le iba el
tiempo, enterraba los recuerdos y sobre todo los remordimientos. Para vivir
aquella pesadilla tenía que desconectarse del mundo.
Pasados dos años les autorizaron la salida. El día antes del viaje se
presentaron los funcionarios de inmigración, hicieron inventario de todas las
pertenencias confiscadas y sellaron la vivienda. Esa noche durmieron en la
casa de los padres de él y al otro día partieron.
Cuando el viejo Bosa murió, el Nene no pudo venir, estaba metido en
problemas. Los negocios con el suegro no habían marchado bien, logró
independizarse y se enredó en varias empresas poco seguras, hizo una
declaración de impuestos no muy clara y tuvo que pagar para que arreglaran
los papeles y poder escapar del acoso de los inspectores. Durante algún tiempo
trabajó en lo que fue apareciendo. Diez años después de haber dejado su tierra,
con la ayuda de Isabel logró poner un rumbo a su vida al parecer definitivo,
era padre de dos niñas, tenia un negocio modesto pero rentable, casa y carros
propios y todo hacia prever que estaba otra vez en el camino del futuro.
Salvo fuerza mayor, los viernes a las cuatro de la tarde, ponía rumbo a los
cayos. Estando en el negocio con los Montano, reservó un poco de dinero y
compró un pequeño yate, lo puso a nombre del patrón, con un acta notarial,
guardada en su caja de valores. El documento lo autorizaba a disponer del yate
en cualquier momento. El hombre, un viejo marinero de La Coloma le salió
bueno. Durante todos esos años cuidó el barco, utilizándolo para hacer
excursiones con turistas y mejorar así la subsistencia.
El viaje por aquella carretera sobre el mar y la expectativa de un fin de
semana casi solitario y casi salvaje, era una de las pocas cosas estimulantes en
la vida del Nene.
Con el viejo marinero aprendió a navegar. Durante el fin de semana, de la
mano de Ramón El Ima se movia al borde del golfo, buscando pesqueros.
En Cuba al viejo prefería La Cubera, la buscaba por los manglares de la
costa sur. Con él también aprendió a conocer los peces, pero sobre todo a
comer pescado. Le gustaba directo del mar al sartén sin pasar por el agua
dulce. Durante dos días y dos noches, pescaban, comían, tomaban cerveza fría
y él miraba las estrellas
Una noche, estando en medio del mar, con la brújula y la carta náutica en la
mano y con el faro de Cayo Hueso a la popa, buscó en la oscuridad el punto a
proa donde debía estar el faro de La Gobernadora en Bahía Honda, seguro de
haber ubicado el barco correctamente llamo al viejo.
Esta, según dicen es la vía más segura para venir desde allá. Si algún día se
puede ir y venir sin problemas, vamos y regresamos por aquí, pero coño, no se
te ocurra hacer el viaje solo, porque te busco y te mato, y la seriedad de su
rostro alarmó al viejo, al verlo asustado el Nene se echó a reír y le golpeó
cariñosamente el hombro.
Si encontraban un lugar que les parecía bueno tiraban el ancla. El Nene se
acostaba en la proa y estaba horas y horas mirando las estrellas.
Una noche se quedó dormido y soñó con su madre, Ensoñación estaba igual
a la última vez que la había visto.
Ha pasado mucho tiempo, no puedes estar igual, le dijo en medio del sueño.
No te preocupes por esas cosas, le respondió ella.
Ya es hora de regresar, para los hombres el tiempo tiene principio y fin y no
se debe malgastar más de lo necesario, todos tenemos que hacerle frente a lo
que tiene que suceder, no lo demores más.
Cuando Ramón lo despertó con una fuente de pescado frito, lo recordaba
todo.
No esperó. Al aclarar pusieron rumbo al Cayo y al final de la tarde llegó a
Miami.
Volver a Cuba lo ponía nervioso. A la salida del aeropuerto el carro tomó
camino a la ciudad para cumplir un encargo.
Había venido solo. Con el pretexto de lo caro del viaje y de no querer dejar
su dinero a los comunistas, convenció a su mujer y a las niñas.
Entraron en la Habana Vieja, pasaron por la Estación Central.
¿Todo está así?, le preguntó al chofer, inclinándose sobre el asiento
delantero.
¿Así cómo?, preguntó a su vez el hombre.
Así, tan destruido, tan deteriorado.
¿Cuánto hace que usted no venia?
Tal vez quince, veinte años, no se, respondió impreciso.
Bueno, entonces está viendo las cosas mejoradas. Hace algunos años todo
estaba peor. Esto es zona turística. Ahora tratan de salvar las construcciones de
valor histórico. Vienen los turistas, disfrutan y dejan un poco de dinero. Así
podemos seguir.
En Centro Habana fue el desastre. Los derrumbes, la suciedad, el mal olor.
Se recostó al respaldo del asiento y cerró los ojos. Si la capital estaba así,
como estaría lo otro, la gente, su madre, sus hermanos, los amigos.
Aunque tenia intención de dedicarse a la familia, nada más abrazó a su
madre y a los hermanos, salió para la casa de Ima.
Recordaba El Maguey como un caserío de construcciones de madera y
guano, esparcido entre el pueblo y el río. Ahora lo descubrió crecido hacia
fuera, casi unido al pueblo, con una calle flanqueada por varios edificios de
cuatro plantas. La urbanización mezcla de viejas casas casi en ruinas y
modernas construcciones de mampostería y placa, pintadas en su mayoría con
colores chillones, pasaba junto a la casa de Ima y seguía más allá metiéndose
en lo que antes era una vega de tabaco.
La madurez había convertido a la mulata en una hembra real. Se abrazaron
y besaron con los deseos del tiempo transcurrido.
Le preguntó por lo cambios en aquella parte del pueblo.
Los edificios los construyó el estado, todos son iguales, incómodos y con
miles de defectos pero le resolvían el problema a la gente. Muchos jefes
robaron y se hicieron sus buenas casas. Después que los rusos se fueron todo
se paralizó.
La mayoría de las casas de ahora pertenecen a los generales y doctores de
los nuevos tiempos, como aquella novela que una vez me regalaste, o de gente
que recibe dinero de fuera, tienen algún negocio o lo buscaban de otra forma,
igual que hacías tu antes, le dijo riéndose.
Las pintan con colores escandalosos para presumir, es puro alarde, como
cuando tus amigos de allá vienen cargados de cadenas de oro, o alquilan el
carro más caro, o cuando los que salen a trabajar y regresan con un poco de
dinero se pasean envueltos en gangarrias, se toman las cervezas o los refrescos
caminado por las calles y se gastan en una semana lo que ganaron en dos o tres
años, para quedarse peor que antes, porque conocieron lo que es tener.
Vamos para el Hotel, dijo él y ella respondió con aquella risa natural que
siempre lo había abrumado.
Ya no hay Hotel, esta cerrado por reparaciones hace más de 5 años, pero no
te preocupes, yo se de un cuarto. Está bueno, tiene aire acondicionado y todo.
Si tú me llevas, yo pago.
Vamos, andando se quita el frío.
El “Rancho de Monguito” era un restauran particular. Alquilaba dos cuartos
muy bien acondicionados. Tenia un acceso público, para los que solo iban a
comer y tomar y otro disimulado por un pasillo lateral, menos visible desde la
calle y por donde entraban y salían discretamente las parejas furtivas.
Monguito, era amigo de Ima y los atendió personalmente. Comieron
buenos bistés de puerco y plátanos verdes a puñetazos, tomaron cerveza
Cristal de botella casi congelada, la preferida del Nene y se fueron para el
cuarto.
Entraron a las tres de la tarde y salieron a las once de la mañana. Como le
sucedía siempre después de acostarse con Ima, el Nene se sintió nuevo y
limpio, parecía que le hubieran quitado de encima el peso de la vida.
En el recorrido de vuelta a la casa, pasaron por el bar. Ahora era una
cafetería. Ese día tenía en el menú buñuelos sin almíbar, croquetas al plato y
dulce de masa con merengue.
El Moro, según cálculo del Nene, debía pasar de los setenta pero
conservaba el porte y aspecto de su época de dueño.
Ya nadie toma por tragos, le dijo, la gente compra la botella y se va para el
parque, se sientan en la esquina o se la llevan para la casa. La mayoría ni
compra ron, la guarfarina casera es mucho más barata.
Cerraron los bares y tiraron a los borrachos para la calle, paso igual que con
las putas que ahora se llaman jineteras.
En la cafetería casi nunca hay agua para fregar y hay que vender cosas
secas, así no hay quien escape mi hermano, sentenció
En el ambiente refrescante de la sala de Ima, el Nene se sintió aliviado,
tomó café, encendió un cigarro y la miró serio.
Estás loco por preguntarme por ella, le dijo la mulata cogiendo el toro por
los cuernos.
No le contestó, siguió mirándole a los ojos.
¿Para que darle la vuelta, si tú me conoces, con el tiempo las cosas pueden
salir muy bien o muy mal, pueden empezar bien y joderse por el camino, o
pueden empezar mal y arreglarse, tu sabes de eso tanto como yo?.
Cuando te fuiste, se tiró a morir. La vieja caminó para la maldad, hizo y
deshizo hasta lograr casarla con Porfirio Espinosa. El muchacho no era malo,
estaba en una buena racha, prometía como pitcher, hizo el equipo juvenil, fue
a Panamá, trajo ropa, cosas para vender y algo de dinero y eso decidió a
Visitación. El mismo día que se hizo público el equipo provincial de pelota
para la serie nacional, donde Porfirio seria segundo pitcher, ella anunció el
casamiento.
En la boda ella andaba rara, estaba en otro mundo, la ponían para aquí, la
ponían para allá y se dejaba hacer sin hablar, era como un muñeco.
En los primeros tiempos él hizo todo lo posible por sacarla de aquello, se
había enamorado, pero no pudo, se aburrió, cuando eso tenia veintiún años,
seis pies dos pulgadas, doscientas libras de peso, era popular y bien parecido.
Ese año le fue bien, gano ocho juegos y perdió uno, al terminar la serie de
regreso para el pueblo se la pasaba de fiesta en fiesta y se templó a toda la que
le pasó por delante.
En el segundo año hizo el equipo Cuba B. Fue a una cuadrangular en
Holanda, no era un gran torneo, pero le ganó a la novena americana y eso lo
lanzó a la fama. Le dieron la casa de una gente que se había ido del país y
enseguida se mudaron, ahí fue donde se acabó la historia. Un día Visitación
mandó Rosita temprano para la playa a buscar pescado, la guagua no salió,
después de una hora esperando, regresó a la casa, sintió ruido en su cuarto y
abrió la puerta, sobre la cama, encuera y en cuatro patas su madre aullaba
como una perra en celo, mientras Porfirio la clavaba por detrás. La gritería de
Rosita fue grande. Hasta el Jefe de Sector, dos casas más abajo desenfundó la
pistola y corrió como si hubieran llegado los americanos.
Visitación se fue para el paradero y estuvo como dos años sin venir al
pueblo.
La muchacha se tiró por la calle del medio y se acostó con todo el que se lo
propuso.
A Porfirio le dio por tomar. En un juego de la serie nacional, mientras hacia
los movimientos para lazar, levantó un pie sin acordarse de que tenía el otro en
el aire y calló sentado en el terreno, en un estadio repleto de gente.
Ella fue al entierro de tu padre. La vi de lejos y traté de acercarme, pero con
la cabeza me dijo que no y desapareció. Creo que tu madre también la vio,
porque a los pocos días nos encontramos y me preguntó por ella
Mientras oía hablar a Ima, el Nene pensaba en lo mierda que había sido y
un dolor mezclado con desesperación se le fue subiendo a la cabeza y le nubló
la vista.
Ima se dio cuenta y dejó de hablar.
Fue un momento, le dijo, me dio un mareo, ya paso.
Seguro, preguntó.
Si, no te preocupes, estoy cansado, solo eso. Por favor sigue y acaba de
contármelo todo.
Al comienzo de los trabajos de construcción en El Derrumbe, la mano de
obra escaseaba y la Federación de Mujeres reclutó amas de casa, jóvenes sin
vínculo laboral o de estudio y en el grupo cayó Rosita. Además de las charlas
de siempre, hubo presión, algunas temieron ser acusadas de prostitutas y
aceptaron.
La pusieron a trabajar con un viejo colorao, peliblanco y alardoso. Tenía
fama de pasarse a cuanta mujer le caía en la brigada, todo el mundo lo sabía
pero él era el jefe, tenía el control de los recursos y estaba metido de lleno en
los negocios. El tipo se encapricho en Rosita, ella no le hizo caso y él la fue
acorralando. Un día la bomba explotó, a él se le soltó la mano delante de la
gente y ella le dio una galleta, se armó el escándalo y los jefes para apaciguar
la cosa la mandaron a trabajar en la cocina. Pero el tipo siguió, porque estaba
picado en su orgullo. Porfirio se enteró y una noche un grupo encuadrilló al
colorao. Dormía solo en el almacén de la obra, se metieron por el techo y le
dieron tantos golpes que por poco lo matan. La policía investigó pero no pudo
averiguar nada porque el tipo era un hijo de puta y nadie quiso hablar.
El escándalo mayor vino al dar por terminado el nuevo Derrumbe. Las
cosas andaban mal desde el principio. Se habían robado los materiales, las
casas tenían mala terminación, faltaban cosas por hacer. La primera bronca se
armó el día de la entrega de las llaves. Hubo favoritismo, arbitrariedad, falta
de preparación. Pusieron a vivir de vecinos a gente que se habían pedido la
cabeza durante toda la vida, pero al final, igual, no pasó nada.
En el momento del incendio, ya Porfirio era un alcohólico y lo habían
botado del equipo. Esa noche, en medio de la fiesta se metió borracho en una
nave de madera que había sido el almacén de los constructores, con una
muchachita de 18 años pero loca como el diablo. La gritería de ella se oía por
encima del ruido de la gente y la música
El lo hacia al descaro y Rosita lo estaba velando. Sin decir nada se fue para
la casa, cogió un galón con gasolina del patio y le dio candela al almacén. Así
fue como empezó el fuego.
Visitación sabía muchas cosas, le sabía a mucha gente. Se movió rápido y
le echaron tierra al asunto.
Ellos siguen viviendo en la casa, pero aquello es un desastre. Allí no se
limpia, hay una peste que da a dos leguas, cada uno anda en lo suyo, Porfirio
borracho y ella jineteando.
Ha estado presa varias veces pero siempre Visitación logra sacarla.
Se va, está un tiempo por ahí, si la cosa se pone mala regresa, se vuelve a ir
y así.
Ima le cogió las manos y no sintió el estremecimiento de siempre. Sin decir
nada el Nene se puso de pie, le dio un beso y se fue.
Esa noche no pudo dormir. Como a las dos de la mañana, la madre se
levantó para tomar agua y lo sintió en el patio, estaba sentado en una banqueta
debajo de la mata de limón criollo, con la cabeza entre las manos.
Hay momentos que no son de pensar mucho, el tiempo no da para eso y tú
lo tienes contado, le dijo. La noche que estabas en el barco y te soñé, era
porque sabía que te quedaba poco tiempo, lo que vayas a hacer, hazlo, pero ya,
si te demoras no vas a poder hacer nada.
Nada mas amaneció fue a la casa de Ima. Regresaba. Iba a preparar las
cosas, a hablar con su mujer, con sus hijas y explicárselo. En realidad no sabia
como lo iba a hacer, pero estaba decidido. Le hacia falta que Ima se hiciera
cargo de ella mientras tanto.
Te voy a dejar dinero, para que no le falte nada, cuídala, llévala al médico
si es necesario, pero por favor, no te separes de ella, cuando todo esté listo te
llamo por teléfono y te digo lo que vamos a hacer.
Le pidió localizar a Rosita y se quedó a esperarla.
Se demoraron en llegar. La muchacha parecía un guiñapo.
Ima les dejó el cuarto y estuvieron hablando toda la noche, al amanecer se
bañaron y se acostaron, durmieron muchas horas, abrazados, como nunca lo
habían hecho.
Cuando dejó de llover la zona asemejaba el escenario de una cruenta
batalla.
En su corta vida Alberto provocó lluvias que alcanzaron 1012 mm, la
cuarta marca de precipitación en el país en 19 años. Las crecidas fueron
descritas como las peores de la región noroeste desde 1950. Cientos de
cubanos perdieron su hogar y más de 50.000 fueron evacuados.
En total se reportaron entre 24 muertos, 17 desaparecidos y más de 178
millones de dólares en pérdidas materiales
A pesar de los daños y las muertes que ocasionó, el nombre de Alberto no
fue retirado; se utilizó nuevamente en 1988, 1994, 2000 y 2006.