exportación no dependían del modesto índice natural de crecimiento de cualquier demanda
interior del país. Podían crear la ilusión de un rápido crecimiento por dos medios principales:
controlando una serie de mercados de exportación de otros países y destruyendo la competencia
interior dentro de otros, es decir, a través de los medios políticos o semipolíticos de guerra y
colonización.
El país que conseguía concentrar los mercados de exportación de otros, o monopolizar los
mercados de exportación de una amplia parte del mundo en un período de tiempo lo
suficientemente breve, podía desarrollar sus industrias de exportación a un ritmo que hacía la
Revolución Industrial no solo practicable para sus empresarios, sino en ocasiones virtualmente
compulsoria. Y esto es lo que sucedió en Gran Bretaña en el siglo XVIII.
(…)
La conquista de mercados por la guerra y la colonización requería no solo una economía capaz
de explotar esos mercados, sino también un gobierno dispuesto a financiar ambos sistemas de
penetración en beneficio de los manufactureros británicos. Esto nos lleva al tercer factor en la
génesis de la Revolución Industrial: el gobierno.
Aquí la ventaja de Gran Bretaña sobre sus competidores potenciales es totalmente obvia. A
diferencia de algunos (como Francia), Inglaterra estaba dispuesta a subordinar toda la política
exterior a sus fines económicos. Sus objetivos bélicos eran comerciales, es decir, navales. A
diferencia de otros países (como Holanda), los fines económicos de Inglaterra no respondían
exclusivamente a intereses comerciales y financieros, sino también, y con signo creciente, a los del
grupo de presión de los manufactureros: al principio la industria lanera, de gran importancia fiscal;
luego, las demás.
Esta pugna entre la industria y el comercio (que ilustra perfectamente la Compañía de las Indias
Orientales) quedó resuelta en el mercado interior hacia 1700, cuando los productores ingleses
obtuvieron medidas proteccionistas contra las importaciones de tejidos de la India.
(…)
Finalmente, a diferencia de todos sus demás rivales, la política inglesa del siglo XVIII era de
agresividad sistemática, sobre todo contra su principal competidor: Francia. De las cinco grandes
guerras de la época, Inglaterra solo estuvo a la defensiva en una.
El resultado de este siglo de guerras intermitentes fue el mayor triunfo jamás conseguido por
ningún Estado: los monopolios virtuales de las colonias ultramarinas y del poder naval a escala
mundial. Además, la guerra misma, al desmantelar los principales competidores de Inglaterra en
Europa, tendió a aumentar las exportaciones.
(…)
La guerra —y especialmente aquella organización de clases medias fuertemente mentalizada por
el comercio: la flota británica— contribuyó aún más directamente a la innovación tecnológica y a la
industrialización.
La guerra era, por supuesto, el mayor consumidor de hierro, y el tamaño de empresas como
Wilkinson, Walkers y Carron Works obedecía en buena parte a contratos gubernamentales para la
fabricación de cañones, en tanto que la industria de hierro del sur de Gales dependía también de las
batallas.
El papel de los tres principales sectores de demanda en la génesis de la industrialización puede
resumirse como sigue: las exportaciones, respaldadas por la sistemática y agresiva ayuda del
gobierno, proporcionaron la chispa y —con los tejidos de algodón— el "sector dirigente" de la
industria. Dichas exportaciones indujeron también mejoras de importancia en el transporte
marítimo. El mercado interior proporcionó la base necesaria para una economía industrial
generalizada y —a través del proceso de urbanización— el incentivo para mejoras fundamentales
en el transporte terrestre, así como