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07-2 Ii

En la antigua Grecia, la mujer era considerada un ser inferior, sometida al poder de hombres y relegada a tareas domésticas, con una visión que la asociaba a la emotividad y la debilidad moral. Carecía de derechos políticos y su participación en la vida pública era prácticamente inexistente, siendo su papel principalmente el de esposa y madre, mientras que la religión ofrecía un espacio limitado para su visibilidad. A pesar de su exclusión, las mujeres desempeñaban funciones esenciales en la estructura familiar y social, aunque siempre bajo la tutela de un hombre.
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07-2 Ii

En la antigua Grecia, la mujer era considerada un ser inferior, sometida al poder de hombres y relegada a tareas domésticas, con una visión que la asociaba a la emotividad y la debilidad moral. Carecía de derechos políticos y su participación en la vida pública era prácticamente inexistente, siendo su papel principalmente el de esposa y madre, mientras que la religión ofrecía un espacio limitado para su visibilidad. A pesar de su exclusión, las mujeres desempeñaban funciones esenciales en la estructura familiar y social, aunque siempre bajo la tutela de un hombre.
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02/07/25 FEyC – 2 II – Prof.

Sonia Laura Juncos


Consigna: Leer los textos dados y realice una síntesis sobre la mirada que se tenía
sobre la mujer en esta época antigua.
Concepción filosófica de la mujer en el Mundo Clásico
Que la mujer se vea sometida al poder de un esposo, al poder de su padre o, en el
mejor de los casos, a tutela, no era nada extraño. La razón hay que buscarla en la
consideración de la mujer como un ser inferior. Pero ¿De dónde viene esta idea?
Como no podía ser de otra manera, tratándose de ideas del pensamiento griego, se
consideró que la forma de actuar de la mujer no se regía por la razón, sino por las
pasiones y la emotividad, junto con ello se asumió su inferioridad intelectual;
Veámoslo en algunos de sus principales autores: Sócrates atribuye la inferioridad
femenina a su propia naturaleza y a la falta de educación, siendo deber del marido
proporcionársela; en el mismo sentido, Platón abunda en la referida subordinación al
varón; Aristóteles , basándose en la pasividad de la mujer en la reproducción, justifica
su sometimiento social y jurídico en que «el macho es más apto para el mando que la
hembra» y por consiguiente, es necesario que ésta sea tutelada . Ya en las primeras
manifestaciones literarias encontramos que la mujer no se regiría por el logos, sino
por el instinto, como hemos mencionado, lo cual conllevaría una debilidad moral que
la incapacita para tener sentimientos duraderos, equilibrio y sentido de la medida,
generándose en ella la ambigüedad como nota dominante. Por lo tanto, la mujer no
sería digna de confianza, quedando relegada a las tareas domésticas, de reproducción
y conservación del grupo familiar. Así pues, lo que los romanos llamaron Impotentia
Muliebris, o endeblez moral femenina, aparece abundantemente constatada en la
literatura griega. Por cierto, también en estos primeros textos aparece formulado el
tópico de la maldad innata de la mujer, debido a la antes mencionada debilidad moral,
que la empuja a actuar por medio de engaños y artimañas.

Derechos Políticos
El papel de la mujer en la antigua Grecia se marcaba, de un modo u otro, como en el
caso de los hombres, por nacer o no en el seno de una familia ciudadana. La
ciudadanía griega no comprendía el total de la población de la Polis, ni siquiera incluía
completamente a las propias mujeres, que estaban excluidas de igual modo que lo
estaban los niños, los esclavos y los extranjeros; pero de alguna manera ellas poseían
la capacidad de transmitir la ciudadanía heredada de sus padres. Dicho de otro modo,
un ciudadano griego solo podía casarse con una «ciudadana» griega. La paradoja se
da en la exclusión del mismo concepto de ciudadano a la mujer, en cuanto a
participación activa en la vida de la Polis.
Una mujer griega no podía votar, no podía acudir a las reuniones de la Eklesía, por lo
que no tenía ni voz ni voto. No podían ocupar cargos administrativos o ejecutivos, no
podían formar parte de un jurado, ser miembro de concilios, pronunciar discursos en
público, etc.; en pocas palabras, no tenían derechos políticos. Así, el silencio es la
cualidad más deseable frente a esta construcción discursiva de la exclusión de la vida
pública, como claramente lo dice Sófocles en su Áyax: «Mujer, en las mujeres, el
silencio es adorno» Y las mujeres callan. Los griegos consideraron el callar, no solo
una virtud, sino también un deber para las mujeres. Así, en esta paradoja, si
asumimos el sentido griego de la palabra, no eran ciudadanas. Fueron personas que
junto con los niños, era necesaria su existencia para el desarrollo dela vida social,
pero no era importante su parecer. Eterna menor de edad, jurídicamente hablando, es
considerada un ser inferior. Y no es esta la visión que el hombre griego tiene de la
mujer. Se discrimina al esclavo, que es un hombre que por avatares del destino le ha
tocado vivir en esa condición, pero no se discrimina a la mujer, quien ya de por sí es
un ser inferior. «Y también en la relación entre macho y hembra, por naturaleza, uno
es superior y otro inferior, uno manda y otro obedece» Curiosamente Aristóteles se
refiere en términos muy similares a los esclavos, constituyendo lo que en la
actualidad conocemos como la doctrina aristotélica de la esclavitud. De esta manera,
la democracia no sería más que una invención del hombre para el hombre y sin la
mujer, esto no hizo sino acentuar más la disparidad entre ambos. El espacio de la
ciudad, se encuentra dividido en un espacio público y uno privado: el primero, las
calles, el mercado, el ágora de la ciudad, estaba reservado para los hombres; a las
mujeres pertenecía el espacio cerrado del hogar, del oikos. Así las tareas domésticas
y la industria del tejido eran las actividades realizadas por las mujeres griegas libres y
«ciudadanas» principalmente. Sin embargo las mujeres eran fundamentales en la
organización y estructura de la polis, incluso si su papel era pasivo.

Familia y matrimonio «Tenemos a las hetairas para el placer, a las concubinas para
que se hagan cargo de nuestras necesidades corporales diarias y a las esposas para
que nos traigan hijos legítimos y para que sean fieles guardianes de nuestros hogares.
El papel preponderantemente doméstico que tenía la mujer griega cambio muy poco
a los largo de los distintos periodos de la historia griega antigua, debido a que seguían
prevaleciendo las actividades domésticas y estaban muy poco incorporadas a
actividades fuera de su casa.
La mujer desde su nacimiento, estaba bajo la tutela de su Kyrios, su Señor, que
normalmente era su padre, salvo en los casos de la muerte de este, llevaba a que
estuviera bajo tutela de alguno de sus hermanos, convirtiéndose en su nuevo Kyrios,
quien se encargaría, llegado el momento de acordar su matrimonio. El Kyrios de una
familia tenía autoridad sobre ellos y también responsabilidades sobre su
mantenimiento. Las leyes griegas reconocían que la sociedad no se componía
solamente de individuos, sino también de Oikos o núcleos familiares, que incluía las
tierras que mantenían dicha familia, además de la casa y todo ello en manos del
Kyrios. Sirvientes, concubinas y niños ilegítimos no eran parte del Oikos, aunque
vivían en la misma casa. El Oikos, lo integraban el Kyrios, su esposa legítima, sus hijos
legítimos, la madre del Kyrios, si esta era viuda y sus hermanas solteras. Si las hijas o
hermanas se casaban, abandonaban el Oikos y pasaban al Oikos de su marido. El
matrimonio estaba rodeado en una trasferencia de propiedades. Durante el periodo
homérico, también llamado periodo oscuro, el elemento más importante de la
transacción era el mantenimiento de la novia, que consistía en regalos que llevaba el
novio al padre de la novia cuando el matrimonio se acordaba. Ya durante la época
clásica, esta situación se invirtió y fue la novia quien aportaría en forma de dote los
regalos, los cuales consistirían en una cantidad económica destinada a pasar al
primer hijo del matrimonio y que podía ser reclamada en caso de divorcio. Dar una
dote a una hija se convirtió en algo esencial a la hora de acordar un matrimonio
durante el periodo clásico y distinguió a los griegos de otros pueblos contemporáneos,
distribuidos por el continente europeo, tales como los celtas y los germanos, quienes
pagaban por sus esposas. Las cualidades que se admiraban en las mujeres eran el
silencio, la sumisión y la abstinencia respecto de los placeres masculinos. En estas
virtudes eran educadas, era suficiente para ellas el que se les instruyera en los
trabajos domésticos, tarea que era realizada por sus madres. Las niñas aprendían a
hilar y tejer, así como algo de música y danza, pero por lo general, las mujeres no
continuaban su formación tras haber contraído matrimonio. Los distintos papeles que
pudo desempeñar una mujer griega fueron el de esposa (gyné), concubina (pallaké),
prostituta (porné) o cortesana (hetaira). Todas estas funciones son legítimas y están
aceptadas socialmente, lo cual explica por qué en Grecia nunca hubo objeción a la
existencia de la monogamia. De esos cuatro papeles, el que proporciona mayor
independencia y libertad es, curiosamente, el último. La cortesana o hetaira, siempre
extranjera, es un término medio entre la prostituta y la mujer de compañía, con
libertad para salir a la calle, participar en banquetes masculinos e incluso tener
propiedades.
La mujer y la vida social
Confinadas a estar en casa y a esmerarse en las labores del telar, las mujeres griegas
contaban con solo escasos derechos en otras áreas de la vida social. Durante gran
parte de la historia antigua griega, el papel de la mujer se relegaba únicamente a la
casa. Las excepciones a esta convención social rígida eran bodas, los nacimientos y
los funerales en los cuales su participación como plañideras alcanzaba, en ocasiones,
grados de profesionalidad. Dadas esas condiciones, las reuniones femeninas más
comunes y diarias, sucedían cuando se encontraban las mujeres de un mismo sector
en el pozo de agua. Las ocasiones de distracción para las mujeres se las brindaban
determinadas fiestas en la que su presencia era admitida y en celebraciones de
carácter oficial. Las fiestas propias de las mujeres eran las Tesmoforias, en honor a
Deméter y Perséfone. En el trascurso de la vida de una mujer, el único día en que se
convertía en protagonista social, era el día de su boda, programado de acuerdo con
unos tradicionales preparativos y ceremonias organizadas con el consentimiento
paterno. En las bodas, el principal rito era el baño de la novia, para lo que había una
procesión de mujeres que transportaban el agua desde el manantial. La novia era
rociada con ungüentos por sus asistentes, mujeres también y durante la ceremonia,
se sentaba al lado de la Nimfeutria, una mujer cuya tarea era guiar a la novia a lo
largo de la ceremonia. La novia era dirigida a casa del novio en carroza, seguida por
sus parientes y amigos, hombres y mujeres, cantando canciones de matrimonio y con
la madre de la novia llevando la antorcha. Para las mujeres, una boda era
probablemente uno de los acontecimientos sociales más importantes al que podían
acudir y uno en el que no solo eran parte del público sino también parte activa
La responsabilidad primordial de las mujeres era cuidar de las posesiones domésticas;
excluidas de las actividades públicas, trabajaban en la casa13, se ocupaban de
supervisar las faenas de los esclavos, intervenían ellas directamente en algunas
tareas como cocinar o preparar la ropa y, sobre todo, atendían a los hijos. Según el
nivel socioeconómico, la mujer participaba de las tareas domésticas o simplemente
mandaba a las esclavas. Las mujeres de clase baja, en caso de mucha necesidad,
podían establecer algún puesto humilde en el Ágora, por lo general dedicado a la
venta de verduras, frutas, perfumes o coronas de flores para las ceremonias o
banquetes, ejercer como parteras, participar en determinadas tareas artesanales y en
el trabajo de los campos. Ejerciendo siempre tareas consideradas para mujeres, pero
que les permitieran subsistir.

Las Mujeres y la religión


Del mismo modo que en otras sociedades antiguas, las mujeres encontraban un
mecanismo de escape en la religión. Recordemos que la religión era la única
institución griega donde el número de mujeres era realmente importante, desde su
jerarquía hasta su base. Que una mujer aparezca demasiado por el mercado, puede
ser motivo de rebaja social para ella y de cuestionamiento a su marido; todo lo
contrario de aparecer en los actos religiosos. Comprar, vender y prestar, eran
operaciones en las que la mujer se veía muy limitada, porque era trabajo de su
esposo, sin embargo, la dedicación a los sacrificios religiosos era una tarea de ambos.
El único terreno en que la mujer adquiría relevancia en la vida cotidiana de la polis, y
por tanto visibilidad equiparable a la de los hombres, que se traducía en su salida del
hogar, era el aspecto religioso. En resumen, las mujeres podían ser mujeres virtuosas,
silenciosas e invisibles, cumpliendo roles de esclavas o prostitutas y sacerdotisas. La
religión se manifestaba de diferentes maneras, desde el ámbito privado del oikos,
hasta los festivales y celebraciones organizados por la Polis. Había dos maneras de
participar en las actividades religiosas: la primera relacionada con la participación en
rituales religiosos por parte de una comunidad, y la segunda los sacerdotes o
sacerdotisas que supervisaban un culto a una deidad determinada y cuyo género se
solía establecer a partir de la naturaleza de las tareas que tuvieran que hacerse. Así,
las tareas de sacrificio de animales se llevaban a cabo por hombres, mientras que las
de tejido de ofrendas serían responsabilidad de mujeres. En la Grecia clásica el único
cargo público que podía tener una mujer era el sacerdocio y más de cincuenta cultos
tenían mujeres vinculados a su desarrollo. El más importante de estos cultos fue el
dedicado a la patrona de la ciudad de Atenas, Atenea. La sacerdotisa era la única
mujer respetable que se conocía en público por su propio nombre personal y esto es
indicativo de su importancia, incluso en algún momento tuvo alguna importancia
política, revestida de una cierta autoridad por su función religiosa, que puede
participar visiblemente en la vida de la Polis.

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