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Júpiter

Júpiter es el planeta más grande del sistema solar, un gigante gaseoso compuesto principalmente de hidrógeno y helio, y conocido por su Gran Mancha Roja. Tiene una masa que equivale a 2.48 veces la suma de las masas de todos los demás planetas y una rápida rotación que dura menos de diez horas. Su atmósfera presenta características dinámicas complejas y una magnetosfera extensa, siendo un objeto brillante en el cielo nocturno.

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Júpiter

Júpiter es el planeta más grande del sistema solar, un gigante gaseoso compuesto principalmente de hidrógeno y helio, y conocido por su Gran Mancha Roja. Tiene una masa que equivale a 2.48 veces la suma de las masas de todos los demás planetas y una rápida rotación que dura menos de diez horas. Su atmósfera presenta características dinámicas complejas y una magnetosfera extensa, siendo un objeto brillante en el cielo nocturno.

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Júpiter es el planeta más grande del sistema solar y el quinto en orden de lejanía al Sol.

[3] Es
un gigante gaseoso que forma parte de los denominados planetas exteriores. Recibe su
nombre del dios romano Júpiter y los antiguos griegos le daban el nombre Fenonte.[4] Es uno de
los objetos naturales más brillantes en un cielo nocturno despejado, superado solo por
la Luna, Venus y algunas veces Marte.[5]

Se trata del planeta que ofrece un mayor brillo a lo largo del año dependiendo de su fase. Es,
además, después del Sol, el mayor cuerpo celeste del sistema solar, con una masa casi dos
veces y media de la de los demás planetas juntos (con una masa 318 veces mayor que la de
la Tierra y tres veces mayor que la de Saturno, además de ser, en cuanto a volumen,
1321 veces más grande que la Tierra). También es el planeta más antiguo del sistema solar,
siendo incluso más antiguo que el Sol; este descubrimiento fue realizado por investigadores de
la universidad de Münster en Alemania.[6][7]

Júpiter es un cuerpo masivo gaseoso, formado principalmente por hidrógeno y helio, carente
de una superficie interior definida. Entre los detalles atmosféricos es notable la Gran Mancha
Roja (un enorme anticiclón situado en las latitudes tropicales del hemisferio sur), la estructura
de nubes en bandas oscuras y zonas brillantes, y la dinámica atmosférica global determinada
por intensos vientos zonales alternantes en latitud y con velocidades de hasta
140 m/s (504 km/h).[8][9]

Características principales

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Júpiter es el planeta con mayor masa del sistema solar: equivale a unas 2.48 veces la suma de
las masas de todos los demás planetas juntos. A pesar de ello, no es el planeta más masivo que
se conoce: más de un centenar de planetas extrasolares que han sido descubiertos tienen
masas similares o superiores a la de Júpiter.[10][11] Júpiter también posee la velocidad
de rotación más rápida de los planetas del sistema solar: gira en poco menos de diez horas
sobre su eje. Esta velocidad de rotación se deduce a partir de las medidas del campo
magnético del planeta. La atmósfera se encuentra dividida en regiones con fuertes vientos
zonales con periodos de rotación que van desde las 9 h 50 min 30 s, en la zona ecuatorial, a las
9 h 55 min 40 s en el resto del planeta.

El planeta es conocido por una enorme formación meteorológica, la Gran Mancha Roja,
fácilmente visible por astrónomos aficionados dado su gran tamaño, superior al de la Tierra. Su
atmósfera está permanentemente cubierta de nubes que permiten trazar la dinámica
atmosférica y muestran un alto grado de turbulencia.

Tomando como referencia la distancia al Sol, Júpiter es el quinto planeta del sistema solar. Su
órbita se sitúa aproximadamente a 5 unidades astronómicas (au), unos 750 000 000
(setecientos cincuenta millones) de kilómetros del Sol.

Masa

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La masa de Júpiter es tal que su baricentro con el Sol se sitúa en realidad por encima de su
superficie (1.068 de radio solar, desde el centro del Sol).[12] A pesar de ser mucho más grande
que la Tierra (con un diámetro once veces mayor), es considerablemente menos denso. El
volumen de Júpiter es equivalente al de 1321 tierras, pero su masa es solamente 318 veces
mayor. La unidad de masa de Júpiter (Mj) se utiliza para medir masas de otros planetas
gaseosos, sobre todo planetas extrasolares y enanas marrones.

La enana roja más pequeña que se conoce tiene solo un 30 % más de radio que Júpiter, aunque
tiene cientos de veces su masa. Si bien el planeta necesitaría tener unas quince veces su masa
para provocar las reacciones de fusión de ²H (deuterio) para convertirse en una enana marrón,
Júpiter irradia más calor del que recibe de la escasa luz solar que le llega. La diferencia de calor
liberada se genera por la inestabilidad Kelvin-Helmholtz mediante contracción
adiabática (encogimiento).[13] La consecuencia de este proceso es una paulatina y lenta
reducción de su diámetro en unos dos centímetros cada año.[14] Según esta teoría, tras su
formación, Júpiter era mucho más caliente y presentaba casi el doble de su actual diámetro.

Si fuese tan solo cuatro veces más masivo, el interior podría llegar a comprimirse mucho más a
causa del incremento en la fuerza gravitacional, lo que en la proporción adecuada disminuiría
su volumen a pesar del aumento de masa. Como resultado de ello, se especula que Júpiter ha
alcanzado uno de los diámetros más amplios que un planeta de estas características y
evolución puede lograr. La reducción del volumen por un aumento de la masa durante la
formación planetaria podría continuar hasta que se alcanzara la presión suficiente para iniciar
procesos de fusión nuclear, como en las enanas marrones, con unas pocas decenas de veces la
masa joviana.[15] Esto ha llevado a algunos astrónomos a calificarlo como «estrella fracasada»,
aunque no queda claro si los procesos involucrados en la formación de planetas como Júpiter
se asemejan a los procesos de creación de sistemas estelares múltiples.

Este corte transversal ilustra un modelo del interior de Júpiter, con un núcleo rocoso recubierto
por una capa profunda de hidrógeno metálico líquido.

Atmósfera

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Artículo principal: Atmósfera de Júpiter


Júpiter visto por la sonda espacial Voyager 1.

La atmósfera de Júpiter no presenta una frontera clara con el interior líquido del planeta; la
transición se va produciendo de una manera gradual.[16] Se compone en su mayoría
de hidrógeno (87 %) y helio (13 %), además de contener metano, vapor de
agua, amoníaco y sulfuro de hidrógeno, todas estas con < 0.1 % de la composición de la
atmósfera total.[17]

Bandas y zonas

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El astrónomo aficionado inglés A.S. Williams hizo el primer estudio sistemático sobre la
atmósfera de Júpiter en 1896. La atmósfera de Júpiter está dividida en cinturones oscuros
llamados bandas y regiones claras llamadas zonas, todos ellos alineados en la dirección de los
paralelos. Las bandas y zonas delimitan un sistema de corrientes de viento alternantes en
dirección con la latitud y en general de gran intensidad; por ejemplo, los vientos en el ecuador
soplan a velocidades en torno a 100 m/s (360 km/h). En la Banda Ecuatorial Norte, los vientos
pueden llegar a soplar a 140 m/s (500 km/h). La rápida rotación del planeta (9 h 55 min 30 s)
hace que las fuerzas de Coriolis sean muy intensas, siendo determinantes en la dinámica
atmosférica del planeta.[18]

La Gran Mancha Roja

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El científico inglés Robert Hooke observó en 1664 una gran formación meteorológica que
podría ser la Gran Mancha Roja (conocida en inglés por las siglas GRS, del Great Red Stain).[19]
Sin embargo, no parecen existir informes posteriores de la observación de tal fenómeno hasta
el siglo XX. En todo caso, varía mucho tanto de color como de intensidad. Las imágenes
obtenidas por el Observatorio Yerkes a finales del siglo XIX muestran una mancha roja alargada,
ocupando el mismo rango de latitudes, pero con el doble de extensión longitudinal. A veces, es
de un color rojo fuerte, y realmente muy notable, y en otras ocasiones palidece hasta hacerse
insignificante. Históricamente, en un principio se pensó que la Gran Mancha Roja era la cima
de una montaña gigantesca o una meseta que salía por encima de las nubes. Esta idea fue, sin
embargo, desechada en el siglo XIX al constatarse espectroscópicamente la composición de
hidrógeno y helio de la atmósfera y determinarse que se trataba de un planeta fluido. El
tamaño actual de la Gran Mancha Roja es aproximadamente unas dos veces y media el de la
Tierra. Meteorológicamente, la Gran Mancha Roja es un enorme anticiclón muy estable en el
tiempo. Los vientos en la periferia del vórtice tienen una velocidad cercana a los 400 km/h.

La Pequeña Mancha Roja

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En marzo de 2006, se anunció que se había formado una segunda mancha roja
aproximadamente de la mitad del tamaño de la Gran Mancha Roja. Esta segunda mancha roja
se formó a partir de la fusión de tres grandes óvalos blancos presentes en Júpiter desde los
años 1940, denominados BC, DE y FA, y fusionados en uno solo entre los años 1998 y 2000,
dando lugar a un único óvalo blanco denominado Óvalo blanco BA,[20]cuyo color evolucionó
hacia los mismos tonos que la Gran Mancha Roja a comienzos del 2006.[21]

La coloración rojiza de ambas manchas puede producirse cuando los gases de la atmósfera
interior del planeta se elevan en la atmósfera y sufren la interacción de la radiación solar. Las
mediciones en el infrarrojo sugieren que ambas manchas se elevan por encima de las nubes
principales. El paso, por tanto, de óvalo blanco a mancha roja podría ser un síntoma de que la
tormenta está ganando fuerza. El 8 de abril de 2006, la cámara de seguimiento avanzada del
Hubble tomó nuevas imágenes de la joven tormenta.

Estructura de nubes

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Las nubes superiores de Júpiter están formadas probablemente de cristales congelados de


amoníaco.[22] El color rojizo viene dado por algún tipo de agente colorante desconocido,
aunque se sugieren compuestos de azufre o fósforo. Por debajo de las nubes visibles Júpiter
posee muy posiblemente nubes más densas de un compuesto químico llamado hidrosulfuro de
amonio, NH4HS. A una presión en torno a 5-6 Pa existe posiblemente una capa aún más densa
de nubes de agua. Una de las pruebas de la existencia de tales nubes la constituye la
observación de descargas eléctricas compatibles con tormentas profundas a estos niveles de
presión.[23] Tales tormentas convectivas pueden en ocasiones extenderse desde los 5 Pa hasta
los 300-500 hPa, unos 150 km en vertical.

Desaparición del cinturón subecuatorial

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Antes de la desaparición del cinturón (julio de 2009).


En junio de 2010.

A finales de abril de 2010, diferentes astrónomos aficionados[¿quién?] advirtieron que Júpiter


había alterado el color del cinturón subecuatorial, tradicionalmente oscuro, apareciendo la
parte sur completamente blanca y muy homogénea.[24][25] El fenómeno tuvo lugar cuando
Júpiter estaba en oposición con el Sol, siendo por lo tanto, observable desde la Tierra. Se
barajan varias hipótesis para explicar este cambio, la considerada más probable es un cambio
en la coloración de las nubes sin cambios sustanciales en la altura o cantidad de partículas que
las forman. Este fenómeno de desaparición aparente de una banda ocurre de manera semi
cíclica en Júpiter habiéndose observado con anterioridad en varias ocasiones, en particular en
el año 1993 cuando fue estudiado en detalle.

Galería de imágenes de las nubes de Júpiter

Imagen del telescopio espacial Hubble mostrando las dos manchas rojas de Júpiter.

Imagen de alta resolución de la Gran Mancha Roja de Júpiter tomada por la sonda Voyager 1 en
1979.


Fotografía de Júpiter obtenida por la misión Cassini en diciembre de 2000.

Hemisferio sur de Júpiter capturado el 17 de febrero de 2020, durante un acercamiento de la


sonda espacial Juno.

Proyección del planeta desde el polo sur hecha por la sonda Cassini.

Estructura interna

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Interior de Júpiter.

En el interior del planeta el hidrógeno, el helio y el argón (gas noble que se acumula en la
superficie de Júpiter) se comprimen progresivamente. El hidrógeno molecular se comprime de
tal manera que se transforma en un líquido de carácter metálico a profundidades de unos
15 000 km bajo la superficie. Más abajo se supone que existe un núcleo rocoso formado
principalmente por materiales helados y más densos, de unas siete masas terrestres (aunque
un modelo reciente aumenta la masa del núcleo central de este planeta entre 14 y 18 masas
terrestres,[26] y otros autores piensan que puede no existir tal núcleo,[27] además de existir la
posibilidad de que el núcleo fuera mayor en un principio, pero que las corrientes convectivas
de hidrógeno metálico caliente le habrían hecho perder masa). La existencia de las diferentes
capas viene determinada por el estudio del potencial gravitatorio del planeta, medido por las
diferentes sondas espaciales. De existir el núcleo interno, probaría la teoría de formación
planetaria a partir de un disco de planetesimales. Júpiter es tan masivo que todavía no ha
liberado el calor acumulado en su formación, y posee, por lo tanto, una importante fuente
interna de energía calórica que ha sido medida de manera precisa y equivale a 5.4 W/m². Esto
significa que el interior del planeta está mezclado de manera eficaz por lo menos hasta niveles
cercanos a las nubes de agua a 5 bar.

El mismo modelo mencionado antes, que da una masa mayor al núcleo del planeta, considera
que este tiene una estructura interna formada por cilindros concéntricos que giran a distinta
velocidad —los ecuatoriales (que son los externos) más rápido que los internos—, de modo
similar al Sol; se espera que la misión Juno, que fue lanzada el 5 de agosto de 2011[28] y que
entró en órbita alrededor del planeta el 4 de julio de 2016,[29] pueda determinar con sus
mediciones de la gravedad joviana la estructura interna del planeta.

Magnetosfera

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Artículo principal: Magnetosfera de Júpiter

Auroras observadas en el UV en Júpiter.

Imagen esquemática mostrando el toro de partículas


ionizadas atrapadas en la magnetosfera del planeta. Es de destacar la interacción de la
magnetosfera con partículas cargadas provenientes de los satélites interiores Ío y Europa.

Júpiter tiene una magnetosfera extensa formada por un campo magnético de gran intensidad.
[30]
El campo magnético de Júpiter podría verse desde la Tierra ocupando un espacio
equivalente al de la Luna llena a pesar de estar mucho más lejos. El campo magnético de
Júpiter es de hecho la estructura de mayor tamaño en el sistema solar después del campo
magnético del Sol. Las partículas cargadas son recogidas por el campo magnético joviano y
conducidas hacia las regiones polares donde producen impresionantes auroras. Por otro lado
las partículas expulsadas por los volcanes del satélite Ío forman un toroide de rotación en el
que el campo magnético atrapa material adicional que es conducido a través de las líneas de
campo sobre la atmósfera superior del planeta.
Se piensa que el origen de la magnetosfera se debe a que en el interior profundo de Júpiter, el
hidrógeno se comporta como un metal debido a la altísima presión. Los metales son, por
supuesto, excelentes conductores de electrones, y la rotación del planeta produce corrientes,
las cuales a su vez producen un extenso campo magnético.

Las sondas Pioneer confirmaron la existencia del campo magnético joviano y su intensidad,
siendo más de diez veces superior al terrestre conteniendo más de veinte mil veces la energía
asociada al campo terrestre. Los Pioneer descubrieron que la onda de choque de
la magnetosfera joviana se extiende a 26 millones de kilómetros del planeta, con la cola
magnética extendiéndose más allá de la órbita de Saturno.

Las variaciones del viento solar originan rápidas variaciones en tamaño de la magnetosfera.
Este aspecto fue estudiado por las sondas Voyager. También se descubrió que átomos cargados
eran expulsados de la magnetosfera joviana con gran intensidad y eran capaces de alcanzar la
órbita de la Tierra. También se encontraron corrientes eléctricas fluyendo de Júpiter a algunos
de sus satélites, particularmente Ío y también en menor medida Europa.

Satélites

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Imagen de Júpiter y los satélites


galileanos: Ío, Europa, Ganímedes y Calisto.

Satélites galileanos

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Los principales satélites de Júpiter fueron descubiertos por Galileo Galilei el 7 de enero de
1610, razón por la que se les llama satélites galileanos. Reciben sus nombres de la mitología
griega si bien en tiempos de Galileo se los denominaba por números romanos dependiendo de
su orden de cercanía al planeta. Originalmente, Galileo bautizó a los satélites como
«Mediceos», en honor a Cosme de Médici, duque de Florencia. El descubrimiento de estos
satélites constituyó un punto de inflexión en la ya larga disputa entre los que sostenían la idea
de un sistema geocéntrico, es decir, con la Tierra en el centro del universo, y la copernicana (o
sistema heliocéntrico, es decir, con el Sol en el centro del sistema solar), en la cual era mucho
más fácil explicar el movimiento y la propia existencia de los satélites naturales de Júpiter.

Los cuatro satélites principales son muy distintos entre sí. Ío, el más interior, es un mundo
volcánico con una superficie en constante renovación y calentado por efectos de marea
provocados por Júpiter y Europa.[31] Europa, el siguiente satélite, es un mundo helado bajo el
cual se especula la presencia de océanos líquidos de agua e incluso la presencia de vida.
[32]
Ganímedes, con un diámetro de 5268 km, es el satélite más grande de todo el sistema solar.
Está compuesto por un núcleo de hierro cubierto por un manto rocoso y de hielo. Calisto se
caracteriza por ser el cuerpo que presenta mayor cantidad de cráteres producidos por impactos
en todo el sistema solar.

Principales Satélites naturales de Júpiter

Radio orbital medio


Nombre Diámetro (km) Masa (kg) Período orbital
radio (km)

Ío 3643.2 8.94 × 1022 421 600 1.769138 días

Europa 3122 4.8 × 1022 671 100 3.551181 días

Ganímedes 5262 1.48 × 1023 1 070 400 7.154553 días

Calisto 4821 1.08 × 1023 1 882 700 16.68902 días

Satélites menores

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Además de los mencionados satélites galileanos, las distintas sondas espaciales enviadas a
Júpiter y observaciones desde la Tierra han ampliado el número total de satélites de
Júpiter hasta 92.[33] Estos satélites menores se pueden dividir en dos grupos:

 Grupo de Amaltea: son cuatro satélites pequeños que giran en torno a Júpiter en
órbitas internas a las de los satélites galileanos. Este grupo está compuesto (en orden
de distancia) por Metis, Adrastea, Amaltea y Tebe.

Tebe un satélite del grupo de Amaltea.


 Satélites irregulares: es un grupo numeroso de satélites en órbitas muy lejanas de
Júpiter; de hecho, están tan lejos de este que la gravedad del Sol distorsiona
perceptiblemente sus órbitas. Con la excepción de Himalia, son satélites generalmente
pequeños. A su vez, este grupo se puede dividir en dos, los progrados y los
retrógrados. La mayoría de estos objetos tienen un origen muy distinto al de los
satélites mayores, siendo posiblemente cuerpos capturados y no formados en sus
órbitas actuales. Otros pueden ser los restos de impactos y fragmentaciones de
cuerpos mayores anteriores. Miembros de este grupo incluyen
a Aedea, Aitné, Ananké, Arce, Autónoe, Caldona, Cale, Cálice, Calírroe, Carmé, Carpo, C
ilene, Elara, Erínome, Euante, Eukélade, Euporia, Eurídome, Harpálice, Hegémone, Heli
ké, Hermipé, Herse, Himalia, Isonoe, Kallichore, Kore, Leda, Lisitea, Megaclite, Mnemea
, Ortosia, Pasífae, Pasítea, Praxídice, Sinope, Espondé, Táigete, Telxínoe, Temisto, Tione,
Yocasta y otros 17 que no tienen aún nombre definitivo.

Asteroides troyanos

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Además de sus satélites, el campo gravitacional de Júpiter controla las órbitas de numerosos
asteroides que se encuentran situados en los puntos de Lagrange precediendo y siguiendo a
Júpiter en su órbita alrededor del Sol.[34] Estos asteroides se denominan asteroides troyanos y
se dividen en cuerpos griegos y troyanos para conmemorar la Ilíada. El primero de estos
asteroides en ser descubierto fue 588 Aquiles, por Max Wolf en 1906. En la actualidad se
conocen cientos de asteroides troyanos. El mayor de todos ellos es el asteroide 624 Héctor.

Sistema de anillos

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Imagen del anillo principal de Júpiter obtenida por la


sonda Galileo.

Júpiter posee un tenue sistema de anillos que fue descubierto por la sonda Voyager 1 en marzo
de 1979.[35][36] El anillo principal tiene unos 6400 km de anchura, orbita el planeta a 122 800 km
de distancia del centro y tiene un espesor vertical inferior a la decena de kilómetros. Su
espesor óptico es tan reducido que solamente ha podido ser observado por las sondas
espaciales Voyager 1 y 2 y Galileo.

Los anillos tienen tres segmentos: el más interno denominado halo (con forma de toro en vez
de anillo), el intermedio que se considera el principal por ser el más brillante y el exterior, más
tenue, pero de mayor tamaño. Los anillos están formados por polvo en vez de hielo como
los anillos de Saturno. El anillo principal está compuesto probablemente por material de los
satélites Adrastea y Metis; este material se ve arrastrado poco a poco hacia Júpiter gracias a su
fuerte gravedad. A su vez se va reponiendo por los impactos sobre estos satélites que se
encuentran en la misma órbita que el anillo principal. Los satélites Amaltea y Tebe realizan una
tarea similar, proveyendo de material al anillo exterior.

Formación de Júpiter

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Las teorías de formación del planeta son de dos tipos:

 formación a partir de un núcleo de hielo de una masa en torno a diez veces la masa
terrestre capaz de atraer y acumular el gas de la nebulosa protosolar,

 formación temprana por colapso gravitatorio directo como ocurriría en el caso de una
estrella.

Ambos modelos tienen implicaciones muy distintas para los modelos generales de formación
del sistema solar y de los sistemas de planetas extrasolares. En ambos casos los modelos tienen
dificultades para explicar el tamaño y masa total del planeta, su distancia orbital de 5 au, que
parece indicar que Júpiter no se desplazó sustancialmente de la región de formación, y la
composición química de su atmósfera, en particular de gases nobles, enriquecidos con
respecto al Sol. El estudio de la estructura interna de Júpiter, y en particular, la presencia o
ausencia de un núcleo interior permitiría distinguir ambas posibilidades.

Las propiedades del interior del planeta pueden explorarse de manera remota a partir de las
perturbaciones gravitatorias detectadas por una sonda espacial cercana.

Actualmente existen propuestas de misiones espaciales para la próxima década que podrían
responder a estos interrogantes.

Impacto del cometa SL9

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