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Memoria, violencia lineal y pena moral : narrativas de la masacre de Trujillo Titulo

Andrade Salazar, Jose Alonso - Autor/a; Acevedo Nossa, Stefanía - Autor/a; Autor(es)
González Ríos, Daniela - Autor/a; Buitrago Saldarriaga, Laura Michel - Autor/a;
Medellín Lugar
Editorial Kavilando Editorial/Editor
2019 Fecha
Colección
Comisión de Verdad y Justicia; Conflicto armado interno; Memoria colectiva; Temas
Reparación; Colombia; América Latina; Trujillo;
Libro Tipo de documento
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Conselho Latino-americano de Ciências Sociais (CLACSO)
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www.clacso.edu.ar
ISBN ONLINE: 978-958-56924-4-2

Memoria, violencia lineal


y pena moral:
Narrativas de la masacre
de Trujillo

Autores
Jose Alonso Andrade Salazar
Stefania Acevedo Nossa
Daniela Gonzalez Rios
Laura Michel Buitrago Saldarriaga
Memoria, violencia lineal
y pena moral:
narrativas de la masacre de Trujillo

José Alonso Andrade Salazar


Stefanía Acevedo Nossa
Daniela Gonzalez Ríos
Laura Michel Buitrago Saldarriaga

© Colombia 2019
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Línea de investigación:
Territorio y despojo
ISBN ONLINE: 978-958-56924-4-2

Autores:
José Alonso Andrade Salazar; Stefanía Acevedo Nossa; Daniela González Ríos,
Laura Michel Buitrago Saldarriaga
(Creative Commons)

Coordinación Editorial:
Alfonso Insuasty & Eulalia Borja

Revisión de estilo:
Elena Maken, Leider Restrepo

Con el apoyo de:


Grupo Kavilando.org (Colombia)
Grupo GIDPAD (Colombia)
Red Interuniversitaria por la Paz -REDIPAZ- www.redipaz.weebly.com

Agradecimientos especiales a:
Universidad de San Buenaventura Medellín extensión Armenia
Fundación Universitaria del Área Andina sede Pereira
AFAVIT (Asociación de Familiares de las Víctimas de Trujillo)
Grupo GIDPAD (Colombia)
Grupo Kavilando.org (Colombia)
REDIPAZ (Colombia)

Diseño y Diagramación:
Piermont, Leider Restrepo

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Primera edición
Medellín, febrero de 2019

Este libro es resultado de la investigación: Memoria, violencia y pena moral: narrativas de las víctimas de
la masacre de Trujillo, realizada en la Universidad de San Buenaventura Medellín extensión Armenia.
Contenido
Prólogo ................................................................................................ 5
Introducción ........................................................................................ 7

Capítulo I.
Algunas aproximaciones explicativas a la violencia en Colombia ......... 13
Miradas explicativas acerca del origen del conflicto armado .......................... 13
Características de la violencia en el conflicto armado .................................... 21
Acerca de las Masacres .............................................................................. 26
Ubicación geoespacial de Trujillo y antecedentes de la masacre ...................... 30
Crónica de una violencia originaria ............................................................. 37
Una violencia esquelética y letal ................................................................. 49
Causas de la masacre de Trujillo .................................................................. 54
Las consecuencias lineales de la violencia en Trujillo ...................................... 64
Verdad, Justicia, reparación y garantías de no repetición de las
víctimas de la masacre de Trujillo ................................................................ 76

Capítulo II
Violencia lineal y pena moral ........................................................................ 89
La violencia en Trujillo como violencia lineal ................................................ 89
Violencia lineal: evidencias y crónicas de las víctimas .................................. 102
Pena Moral: manifestaciones lineales de lo violento .................................... 107
Pena moral en Trujillo ............................................................................... 115
Acerca de la reparación de las víctimas de Trujillo ........................................ 123

Capítulo III
Resistencia comunitaria y memoria: la organización colectiva ................... 135
La resistencia de las víctimas ..................................................................... 135
Memoria: aspectos y usos sociopolíticos ..................................................... 140
La memoria y el hecho de «ser víctima» ..................................................... 144
Memoria, comunidad y resistencia ante la política del olvido ....................... 148
Memoria y perdón .................................................................................... 153

Conclusiones ................................................................................................ 159


Referencias bibliográficas ........................................................................... 169
Prólogo
La memoria se ha ido constituyendo en un lugar de disputa que se profundizado
luego de la firma del Acuerdo de Paz entre las FARC-EP y el Estado colombiano, la
implementación de lo acordado se ha ido traduciendo en un nuevo escenario de
debate y fortín de las fuerzas hegemónicas en el poder.
El poder establecido (fuerzas políticas y económicas dominantes) pretende
capturar la esencial tarea de no solo narrar lo ocurrido, sino de enmarcarlo en una
explicación que, en últimas, busque justificar a unos actores, deslegitimar a otros y
establecer culpas según su necesidad política.
Ante esta realidad, de no querer transitar hacia una sociedad capaz de superar
sus maneras violentas de relacionarse, e imponer intereses y arraigar el poder en
pocas manos, se debe insistir en la construcción de una verdad liberadora, desde
abajo, que nos permita vernos al espejo y desde allí mover la voluntad de toda una
sociedad hacia decisiones que posibiliten la no repetición, es un reto ético y político
indelegable, necesario y justo.
Narrar la vida, el dolor, el sufrimiento de miles de personas profundamente
afectadas por el largo conflicto armado que vive Colombia, es necesario para dar
cuenta de lo ocurrido, dejar la constancia histórica de la existencia de esos hechos y
más aún, ante una sociedad y un establecimiento negacionista.
Pero allí no concluye la tarea, debemos transitar hacia la comprensión de lo
ocurrido, indagar por las razones reales, por qué y para qué, las razones últimas de que
los beneficiados sean personas, empresas, sectores políticos, militares. Comprender
para transformar esa sociedad, develar sus autores, identificar esas dinámicas que
como sociedad debemos evitar, una verdad que permita reconciliarnos como acción
ético-política de no permitir que esas condiciones, lógicas y dinámicas se repitan.
Esa es la razón última de vernos la cara, reconocer y acordar el nunca más.
Hoy la realidad parece girar pendularmente hacia constantes picos de violencia,
que parecieran no tener explicación, nuevos ciclos de asesinatos de líderes,
exterminio de procesos, reorganización de grupos armados, el posicionamiento de
una cultura del miedo, del engaño, de la negación; hoy regresan estas condiciones
aún y habiendo logrado firmar un importante Acuerdo de Paz.
Pareciera ser entonces, que no se ha logrado hacer la tarea de indagar por lo
esencial, por esas causas, por esas explicaciones de fondo, por esa verdad-verdadera
que permita mover la voluntad decidida para transformar las lógicas que han
permitido un país inequitativo, injusto, desigual, violento.
5
Ahora bien, la presente obra, derivada de una investigación en territorio, resalta
el lugar central de los relatos de los protagonistas, de las víctimas, en tanto la obra
nace y se estructura desde dichos relatos. Los autores centran su mirada en un hecho
emblemático y lamentable en Colombia, la masacre de Trujillo, Valle, presentando
hallazgos importantes de su proceso de investigación, resaltando categorías no
ahondadas como la “violencia lineal” y la “pena moral”, ese padecimiento que persiste
como certeza de muerte y desesperanza ante la vida, sobre ese deterioro físico y mental
que siguen sufriendo los sobrevivientes de esta dura y sostenida guerra interna, esos
diversos malestares trenzados de forma dañina en la vida cotidiana.
Resalta, además, lo relativo del perdón asociado este, a la elección y no a la
obligación, por el hecho de confrontar al perpetrador. En este sentido, se va tejiendo
un relato que permite al lector afirmar, sin lugar a dudas, que la masacre en Trujillo es
la representación de una violencia anterior y lineal, adherida a las representaciones
del poder y estructurada desde una lógica excluyente en el ámbito político.
Acá, como en casi todo el país, la relación poder-intereses y violencia, es esencial
en tanto el lugar que en los hechos, tienen las castas gamonales que extendieron, a
través del tiempo, su influencia y poder en nuevos caudillos y asesinos, por el origen
inusual-delictivo de los fundadores del municipio de Trujillo, así mismo, resalta
la violencia y sevicia instalada por dichos grupos armados al servicio de poderes
regionales y del narcotráfico, todo bajo el amparo y empuje de unas fuerzas armadas
roídas por la corrupción. Se suma a ello la lógica del olvido social y la generación de
una cultura que naturalizó lo inaceptable.

La violencia en el municipio de Trujillo instaló un terror flotante en el


ambiente, inscribiendo la muerte como consecuencia directa de la violencia,
al tiempo que, una creciente crisis económica y moral, aspectos que marcan
las vidas de las víctimas, pero que también los alientan a resistir en, a través y
más allá de sus crónicas y experiencias vitales. (p.168)

Será entonces, un imperativo ético-político y académico, seguir ahondando en


lo que nos ocurre como sociedad, el por qué nos ocurre, esto para caminar sobre
verdades verdaderas que nos cohesionen como sociedad y desde una perspectiva
crítica, desde cada lugar, cada territorio, cada apuesta, transformar nuestro pendular
retorno a la violencia.

Alfonso Insuasty Rodríguez

6
Introducción

Este libro es resultado de una investigación cualitativa de tipo


exploratoria, que tiene como objetivo reflexionar acerca de aspectos
como la memoria, el perdón, la violencia y la pena moral en víctimas
sobrevivientes a la masacre de Trujillo – Valle del Cauca (Colombia),
para lo cual se realizó una revisión documental en libros y textos de
centros de documentación, además, de entrevistas semiestructuradas
a víctimas sobrevivientes. Para el análisis de las condiciones asociadas
a los hechos victimizantes se implementó la categoría violencia lineal,
la cual es asociada a las secuelas permanentes en la memoria y la
existencia de las víctimas de los actos de lesa humanidad. Este tipo de
violencia suele ser percibida como inevitable, persistente y continua, y
en ella prima la eliminación, inequidad e injusticia, logrando encarnarse
bajo la forma de pena moral en muchas de las víctimas. Ergo, la pena moral
es identificada como una de las expresiones más nocivas de la violencia lineal.
En las víctimas la pena moral se revela a través del firme desinterés por la
vida, y una excesiva desesperanza matizada de incredulidad y desconfianza en
sí mismos, en otras consecuencias, que suelen decantarse paulatinamente en
afectaciones somáticas permanentes que afectan su calidad y expectativa de
vida.
Colombia presenta históricamente una tradición paradojal de
conflictos armados internos, y en todos ellos, a razón del miedo y el
horror de la violencia, las víctimas prefieren callar a denunciar. Cabe
mencionar que el conflicto armado tiene como actores principales de la
violencia, a guerrillas como las ahora desmovilizadas Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia - Ejército del Pueblo (FARC-EP); el Ejército
de Liberación Nacional (ELN) , el Ejército Popular de Liberación (EPL),
el narcotráfico, los paramilitares, los clanes subversivos, las bandas
criminales y el mismo Estado con sus Fuerzas Armadas y de Policía

7
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

(CNMH, 2016; De Zubiría, 2014). De allí que a Colombia el mundo lo lea


a menudo, como un país en guerra donde los enfrentamientos bélicos
terminan y dan paso a otros, con un Gobierno y estado de derecho
incipiente, incapaz de lograr una paz duradera y equitativa, en el que
las estrategias para contener y evitar los conflictos bélicos no han sido
apropiadamente implementadas.
Asimismo, la desigualdad de clases, las oligarquías y hegemonías
político-económicas colombianas y la falta de programas equitativos
de educación, salud, agro, industria, ciencia-tecnología y minería han
limitado el desarrollo industrial y social, a la vez que han aumentado
la inseguridad, desigualdad e impunidad en diferentes contextos,
aspecto que permea las praxis de los diferentes actores sociales: víctimas,
victimarios, fuerzas armadas del estado y una sociedad apática que
sabe del conflicto, pero que en raras ocasiones suma esfuerzos, para
cooperar en la creación conjunta de soluciones en contexto, que los
incluyan como actores solidarios de cambio. La sociedad ha vivido con el
conflicto armado adherido a sus narrativas y sentidos, y en cierta medida
esto ha creado un anestésico histórico, que se sostiene sobre la apatía y la
costumbre.
Así, unos lo miran a lo lejos y saben de su existencia por los medios
de comunicación, mientras otros llevan la peor parte, y lo sufren
directamente, a través de la expulsión-desplazamiento, el acoso, el
silenciamiento, la inequidad, los abusos, desapariciones forzadas, el
exterminio, y los desarraigos de tierra, misma que no suele recuperarse
porque el conflicto persiste aun después que los actores armados
abandonan el territorio. Los desplazamientos, violaciones a mujeres
y niños, asesinatos selectivos y colectivos –masacres–, y un estado de
derecho que solo se auto-justifica por su ineficacia para defender a las
sociedades más golpeadas, constituyen el panorama que da forma a la
impunidad y la violación de los derechos.

8
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Es preciso anotar que el hábitat natural compuesto por montañas,


ríos, quebradas, bosques y toda clase de especies o seres vivientes
que componen la biodiversidad, ha sido también, afectado por la
guerra. Es decir, aquello llamado reparación del daño de la violencia,
igualmente, debe implementarse en la biodiversidad; y también, en la
parte física y material, logística y estructural de los pueblos, sociedades
y comunidades, y en sus construcciones simbólicas, a fin de resignificar
el sentido de seguridad y confianza, perdido por efecto de la violencia
y la impunidad. Es preciso restituir a modo de recuperación, trabajar
colectivamente por devolver a comunidades como la de Trujillo los
vínculos solidarios y cohesionantes de lo que significa comunidad,
hospitalidad, amparo, seguridad, sostén y protección, lo cual implica
asegurar el mantenimiento de las garantías de no repetición de los
hechos que victimizan.
Se demanda algo más que una actitud, deseo o interés, es decir,
transitar a reformas políticas con sentido de globalidad, que no omitan
lo local del conflicto y sus variantes-derivas, que produzcan programas
claros y equitativos, enfocados en restablecer el sentido de vida, la
estabilidad a todo nivel, la salud física, mental, individual y colectiva
de las múltiples comunidades, y que también haga parte activa de
la reparación, para lo cual se requiere inspeccionar la memoria de lo
vivido y reconocer-clasificar-valorar las experiencias comunitarias y
sus narrativas.1 En gran medida Colombia ha vivido durante casi siete
décadas, una especie de “guerra de guerrillas”, compuesta por grupos
que defienden sus territorios, como alzados en armas, o guerrilleros,
cuyas manifestaciones de defensa del pueblo, contra el pueblo, y con

1
Conviene señalar que “la victimización que se hace del sujeto por parte del Estado,
y recalca que en esa pura repetición a la que se ve sometido el sujeto en instituciones
que buscan la inmutabilidad del lugar de víctima, el amo se perpetúa y el sujeto queda
relegado a un lugar de objeto de goce del amo” (Ramos, 2011, p. 11)
9
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

el pueblo como escudo y bastión de la guerra, van en contravía de


sus presupuestos libertarios, situación que de igual forma acopia a
paramilitares y miembros de las fuerzas armadas, muchos de ellos
patrocinados por el narcotráfico.
En este escenario emerge la narco-política y la para-política, las cuales
revelan la fuerza tentacular del poder económico y político de los grupos
insurgentes y narcotraficantes, además de la debilidad corruptiva de las
ramas del poder estatal (Andrade, 2014; Insuasty, Balbín, et al., 2010;
Insuasty y Vallejo, 2012). En este caldo de condiciones contradictorias y
antiéticas, nace la impunidad, la política del olvido y los silenciamientos,
es decir, en medio de una guerra multidimensional, de cuyo accionar
bélico resultan victimizadas personas, grupos y familias colombianas.
Lo anterior revela una de las manifestaciones de la violencia lineal: un
régimen violento o estado del terror, y grupos-asociaciones que asumen la
violencia y el horror como dispositivo de lucha, que a su vez promueven
en las sociedades la desconfianza, el individualismo, la anti-ética o ética
manoseada, además de anti-valores, y la resimbolización destructiva de
la violencia, la destrucción y el terrorismo intencionado a gran escala.
En gran medida, lo que busca cada víctima al demandar una
reparación dignificante, es la consolidación de una paz –tregua construida
colectivamente por la sociedad, los grupos insurgentes emancipados
de las armas, y el estado emancipado del odio, la represión y el horror
de la guerra, que brinde garantías para no repetir la violencia, y genere
una pedagogía para la paz, viable para transformar la apatía que suele
provocar en muchos el conflicto armado. En gran medida los testimonios
de las víctimas de Trujillo revelan que se vive una sociedad que ha cerrado los
ojos, que no quiere tener memoria. De suyo, es posible pensar en múltiples
formas de paz –pazes–, de compromisos verificables y voluntad social,
con lo cual se promueve la reconstrucción de las instituciones, y la
reconstrucción conjunta de un tejido social no-hostil que vea el perdón

10
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

como una posibilidad y elección real. Visto de esta forma, la paz se


convierte en un derecho que se debe vivir en la cotidianidad, enseñar con
el ejemplo y reproducir en toda interacción, y antes que defenderla debe
ser puesta en escena, de allí que sea una responsabilidad colectiva de la
cual todos los ciudadanos resultan garantes.
En Trujillo la población fue víctima de manera global de abusos
a la integridad perpetrados por fuerzas oficiales (Ejército y Policía),
narcotraficantes, delincuencia organizada y grupos al margen de la ley.
Ello sucedía en Trujillo en medio de fricciones y anhelos de poder por
parte de quienes manejaban estos grupos, espacio en el que la sevicia
encarnada en la tortura, el acoso, el señalamiento, los secuestros, las
desapariciones, el enjuiciamiento y los silenciamientos a la memoria,
constituyeron conjuntamente las principales estrategias y recursos de
reorganización y reproducción del terror. Esta masacre resulta imposible
borrarla de la memoria, dada la serie continua de eventos violentos
que durante más de una década sacudieron la paz y estabilidad de sus
pobladores, y que a la fecha sigue teniendo efectos lineales, expresos
en las diversas vulnerabilidades psicosociales que allí se presentan, y
también en la reaparición y reapropiación territorial de nuevos actores
armados. Cabe anotar que en Trujillo los muertos y familias “borradas”
se contaron por centenares, puesto que, en la lógica del exterminio,
muchas familias, legados, historias, sueños de religare y de unión
familiar, se perdieron bajo el fuero de las alianzas, las balas y los intereses
narcopolíticos.
Conviene mencionar que la historia de la violencia descarnada vivida
en Trujillo no se cuenta solamente en el número de víctimas afectadas,
o en la cantidad de desaparecidos, remanentes y estructuras destruidas,
pues a ella hay que agregar: las acciones violentas perpetradas por
diferentes actores armados legales e ilegales; la continuidad de formas
diversas de lo violento; los actos de barbarie y sevicia; la complicidad del

11
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Estado a través de la fuerza pública para perpetrar los hechos; y todos


aquellos actos de lesa humanidad que generaron la emergencia de una
subcultura del horror, donde matar al otro se convirtió en un ejercicio
válido, en el marco de las nuevas representaciones armadas-subversivas
de lo político-legal.
En Trujillo a modo de sentencia, la violencia se arraigó como estigma
e imprinting anulativo, así sus orígenes remontan a la guerra bipartidista
entre pájaros y chulavitas en los años 50 (liberales vs conservadores y más
tarde entre Holguinistas y Lloredistas). No obstante, se puede rastrear
más atrás, en conflictos y antecedentes fundacionales, y la violencia
que generó el expansionismo territorial de los primeros colonos. A lo
anterior debe sumarse eventos de violencia posteriores que, social y
políticamente afectarían el sentido de convivencia y comunidad de la
región. Conviene referir, que los hechos de Trujillo son clara evidencia
de un gobierno ungido de impunidad, ausente a través del abandono,
con una notable desorganización, y con un estado, social, democrático y
de derecho embrionario, en formación e impune, que en dicho periodo
favoreció la dinámica anulativa y paradójicamente legitima de la
barbarie.

Ph.D. José Alonso Andrade Salazar

<cuadrado> <cuadrado> <cuadrado>

12
Capítulo I.
Algunas aproximaciones explicativas
a la violencia en Colombia

Miradas explicativas acerca del origen del conflicto armado

Según Renán Vega (2015), el conflicto armado en Colombia presenta


aspectos importantes a partir de 1948, sin embargo resalta que en el
país hubo una especie de contrainsurgencia nativa que operaba desde
1920, misma que antecedió a la emergencia de una contrainsurgencia
moderna, que responde y resiste a los conflictos provocados por un
Estado represivo apoyado por el poder de las clases dominantes. Cabe
mencionar, que la contrainsurgencia colombiana es aquella que se
basa en la respuesta de fuerza ante el anticomunismo primario, y se
manifiesta en la supremacía conservadora y la república en la posición
del partido conservador. La resistencia civil acusada desde mediados de
1940 de gaitanista, fue combatida, estigmatizada y asesinada a “sangre
y fuego”. Sería reduccionista señalar que el conflicto armado se deriva
específicamente de dicha persecución, puesto que, eventos graves de
la década de los 20 como, por ejemplo, la “masacre de las bananeras”
dan cuenta de una permanencia del conflicto Estado-Sociedad y de las
tensiones políticas como base estructural de la violencia posterior. Dicha
masacre reveló el alto nivel de represión e impunidad, ante las protesta
y huelgas que se venían presentando durante casi un mes en la zona
bananera (Vallejo, 2017).
Vega señala que en el camino político las clases dominantes se
fueron identificando con el anticomunismo norteamericano, es decir,
con la política exterior de los Estados Unidos, hecho que comienza a
definir la postura derechista del Estado al tiempo que, la influencia de

13
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

dicho modelo en las decisiones políticas del país. Eventos como el del
nueve de abril “el Bogotazo” que propiciaron hechos de violencia dada la
muerte del líder político liberal Jorge Eliécer Gaitán, fueron el caldo de
cultivo de contiendas reactualizadas, bajo el agravante de una relación
amigo-enemigo, en el que alianzas anticomunistas, contrainsurgencias
y políticas represivas de Estado, dieron forma al “terrorismo de estado”
como herramienta represiva a gran escala en contra de la población y
de cualquier ideología no acorde a los lineamientos del Estado. Dicho
terrorismo del estado desde entonces, legitima y fomenta prácticas
sistemáticas, permanentes, planificadas y violentas, enfocadas en
criminalizar la sociedad colombiana (Semana, 2015).
De forma complementaria a lo destacado por Vega, Sergio de
Subiría Samper (2014), señala que existe una multicausalidad inherente
al conflicto, y destaca causas como; 1) la no reforma agraria y la
indiferencia hacia los campesinos; 2) el régimen político, poder social,
económico y político; 3) los limitados procesos de la modernización –
modernidad; y 4) el tipo y proceso histórico de construcción del estado,
apoyado de la violencia y del terrorismo de estado, escenario en el que
concuerda con Vega (2015) y con Pécaut (1987). Señala también, que
existe una aglomeración progresiva de estas causas –interrelación- y
que, además, no hay intención propia por parte del Estado para una
mejoría. Asimismo desde una perspectiva histórica Giraldo (2015),
advierte que en Colombia existe la guerra civil desde 1980 cuyos efectos
han trascendido dada la continuidad de las condiciones sociopolíticas
de inequidad, insatisfacción general con el estado e insurrección de
diversos grupos insatisfechos con las políticas de Estado. Según Giraldo,
al igual que antes, la guerra se identifica por ser larga, compleja, cruel
–priman los excesos-, intermitente, al tiempo que, con claros intereses
políticos y económicos de base (El Heraldo, 2015).

14
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

De forma análoga, María Emma Wills, refiere que la guerra que se


presenta en Colombia es en realidad un conflicto democrático, debido
a la imposibilidad que tiene la sociedad de entender que la democracia
hace parte de la aceptación de la incertidumbre, factor, que referencia
igualmente, la dificultad política global de reconocer que posturas
políticas distintas como las que propone la izquierda, pueden también
aportar al desarrollo democrático, de modo que pueden suscitar debate,
para lograr acuerdos a pesar de las diferencias. Esta apuesta revela que el
conflicto es el emergente de políticas de exclusión de cualquier posición
divergente a la de la clase dominante que gobierna, que encuentran en
la represión e imposición de ideologías políticas, el escenario propicio
para legitimar la guerra y la violencia como actos de defensa a la
democracia. Ergo, en Colombia se generaría una especie de democracia
deficitaria, misma que resulta manifiesta tanto en la inseguridad política
recreada por los partidos, en los problemas territoriales derivados del
conflicto y del abandono estatal, en la exclusión de minorías políticas
de los espacios de decisión política, al tiempo que, en la emergencia y
permanencia de grupos insurgentes, y en el estado de crisis sociopolítica
del país (Wills, 2015).
En estas posturas la definición del conflicto armado como un
problema que tiene como referente principal el territorio, constituye el
eje principal sobre el que se montan las explicaciones acerca de su origen
y permanencia; en este tenor, Francisco Gutiérrez (2015), plantea que la
guerra en Colombia se inicia en pleno, a raíz del comienzo de los grupos
de guerrilla entre los años sesenta y setenta, puesto que la militarización
del campo –urbano–, la extensión de grupos insurgentes hacia ciudades
y universidades, las dificultades de negociación presentes en la mayoría
de los gobiernos, y la falta de reconocimiento de dichos grupos como
actores políticos, aumentaron las brechas y distanciamientos entre
bandos, generando alianzas y contrainsurgencias cada vez más

15
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

especializadas en el exterminio, y en algunas ocasiones en la llamada


“limpieza social”. Asimismo, se pregunta: “¿Por qué en Colombia pasó
esto y en otros países no?”, a lo que responde, que en Colombia existe
una especie de herencia fatal de dictaduras homicidas, en la cuales se ha
legado a otros gobernantes la legitimidad de la represión y la guerra
como herramienta de control social e ideológico; así, la primacía de la
guerra, tiene como base una puesta en escena del poder del Estado –
cuestionado por lo grupos insurgentes emergentes–, al tiempo que,
la reapropiación de la tierra, especialmente ante la poca presencia del
Estado en zonas de conflicto, y la expropiación de la misma por diversos
actores armados.
De lo anterior se deduce que en Colombia, se produjo la reapropiación
violenta de la propiedad campesina y pública, para volverla privada
a cualquier costo, aspecto que, según Gutiérrez, sigue vigente en los
conflictos territoriales actuales. De la misma forma, Gustavo Duncan
(2015), manifiesta que el conflicto en Colombia se genera por varias
causas, entre las que se destacan las siguientes: 1) el esparcimiento de
la población en un territorio sumamente amplio con existencia de una
población colona; 2) la debilidad del Estado, puesto que, nunca ofreció
sus medios para incluir en las instituciones gran parte del territorio.
En esta posición al igual que en las anteriores, el conflicto tiene como
centro el territorio y las consecuencias y acciones de resistencia que la
reapropiación del mismo suscita. Al respecto, Daniel Pécaut (1987) desde
una mirada sociológica de la violencia, indica que la esta actualmente se
presenta como un correlato de las violencias pasadas, pero no se reduce
a esas, porque ha asumido características propias y trayectorias diversas.
Gran parte de la motivación a explicarla en términos de afectación al
campesinado, se debe a que sus orígenes tienen una condición rural,
ya que casi el 70% de las víctimas eran campesinos, y en ella –al inicio–
estuvieron muy poco involucradas las élites sociales y políticas. Hoy

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

en día, la violencia que se vive tiene como tinte central las relaciones
políticas y económicas en el marco del poder político y del control
territorial, de modo que, los principales actores de lo violento resultan
ser: el Gobierno, el Ejército, las Guerrillas y los narcotraficantes (Pécaut,
1987b).
Conviene señalar que, en las explicaciones en torno a la violencia, se
puede apreciar que existe una propensión a considerar la violencia actual
en el marco de una continuidad de la violencia del pasado, apreciación
que puede resultar limitante y reduccionista, si no se exploran las
condiciones multidimensionales que propician la reaparición de estos
modos y motivaciones para ejercer la violencia. Al respecto Daniel
Pécaut (1987a) señala:

Para el investigador existe siempre el recurso de intentar establecer


una continuidad con los fenómenos del pasado. No han faltado las
tentativas por demostrar que La Violencia se inscribe en la línea de
continuidad con las guerras civiles del siglo xx o con los conflictos
agrarios de los años 1925-1935. Es indudable que existen algunas
formas de continuidad de los hechos mencionados. No obstante, el
problema subsiste, ya que, se trata de saber por qué, en un momento
dado, vuelven a resurgir antiguos conflictos (p.36).

Pécaut (1987) considera que la violencia en Colombia ha persistido,


debido a la inseguridad que las instituciones políticas le brindan a la
sociedad puesto que, el Estado ha tenido poca presencia para controlar los
conflictos sociales y, además, han sido incapaces de ofrecer a las víctimas
una adecuada reparación. Teniendo en cuenta lo anterior, expresa que
llevar a cabo reparaciones es un proceso difícil dada la multiplicidad de
efectos que el conflicto suscita, a lo cual debe agregarse, que este no es
un problema que se viva solo en Colombia, pues en algunos países de
América Latina se presentan estas dificultades por la constante crisis

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

de legalidad del sistema político. Asimismo, Pécaut (1995) distancia


a Colombia de los demás países, dado que no es una nación que
económicamente se está hundiendo, ni tampoco presenta crisis de
mayor gravedad como en otros, pues Colombia, es un país donde sus
probabilidades de restablecerse económicamente son más altas, pues
ha habido un incremento en la industria. No obstante, refiere que la
desigualdad social es un problema que en otros países no es tan agudo
como lo es en Colombia, y es probable que apuntale la persistencia del
conflicto.
En este tenor, Pécaut (2001) afirma que consecuencias directas
como el desplazamiento forzado, afectan especialmente a poblaciones
campesinas, mismas que han sufrido con mayor crueldad la violencia
de los bandos en conflicto. Dichas poblaciones suelen ser víctimas de
masacres, abusos de poder, silenciamientos, expulsiones, chantajes,
secuestro, y también de reclutamiento forzado, factor que incrementa
aún más la duda en las posibilidades del Estado de proteger a los
ciudadanos, al tiempo que aumenta la insatisfacción social global frente
a las medidas que el gobierno implementa para la terminación del
conflicto y la defensa de los derechos de las víctimas (Pécaut, 1987b).
Un ejemplo de lo que plantea Pécaut (1997, 2001, 2003) fue visible
en Trujillo-Valle del Cauca, municipio donde el narcotráfico, en
complicidad de los agentes armados –incluidos algunos miembros
del estado policía y ejército–, provocaron desplazamientos masivos,
violaciones continuas a los derechos humanos, ejecuciones, torturas,
desapariciones, y múltiples actos de lesa humanidad, que en conjunto
generaron una violentización de la vida cotidiana, y el aumento de la
impunidad y de la violencia en contra de la población civil. Aunque este
no es el único caso en el que dicha alianza sucede, sí constituye uno de
los que mayor evidencia tiene, dado los testimonios y declaraciones de
los sobrevivientes y de las familias,

18
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Según Daniel Arcila los paramilitares estaban matando gente inocente


y que trabajaban con el mayor Urueña. El grupo de autodefensa está
compuesto por unos 40 hombres y sus cabecillas son Diego Montoya
y Henry Loaiza, alias ‘Foraica’, quien es narcotraficante y dueño de
laboratorios que tienen en otras fincas (Semana, 1995, p.5).

Respecto a la participación de miembros del ejército en actos de lesa


humanidad uno de los casos más graves es el del Mayor Alirio Urueña
del ejército, quien en compañía del jefe de las autodefensas apodado
“el Tío” retuvieron a varias personas en la vereda La Sonora y las llevaron
a una bodega ubicada en la Hacienda Las Violetas, y “ya en la mañana
del 1 de abril, el jefe de las autodefensas, identificado con el remoquete
de “el Tío”, el Mayor Urueña y algunos miembros del grupo armado
procedieron a torturarlas” (CNMH, 2008, p.50).

En la ejecución de su traslado y torturas estuvo presente el Mayor


Alirio Urueña, comandante del Puesto de Mando Adelantado (PDMA)
del Ejército Nacional quien coordinaba las operaciones ofensivas del
grupo localizador como parte de la ejecución del Plan Pesca. En estas
circunstancias, el presunto guerrillero señaló a varios pobladores de la
región como colaboradores del ELN de una lista que le presentaron los
miembros de la alianza criminal. Además, hizo referencia a numerosos
hechos delictivos en los que habría participado la guerrilla. Con base
en este interrogatorio, el Mayor Urueña y el paramilitar apodado el
Tío planearon un operativo en el corregimiento La Sonora. Según el
testimonio de Daniel Arcila, cómplice y luego delator de lo sucedido,
Wilder Sandoval iba a ser entregado a un escuadrón contraguerrilla
(Centro de Memoria Histórica - CNMH, 2008, p.49).

Existe evidencia de la presencia del Estado en múltiples actos de lesa


humanidad, pero también, de otros actores armados ilegales que, en
alianza con grupos de poder legales e ilegales, perpetraron toda clase
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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

de vejámenes en contra de población civil especialmente campesinos,


de allí que al momento de ofrecer explicaciones en torno al conflicto
y sus diversas variantes bélicas, resulte importante tomar en cuenta la
presencia del Estado como agente violento y victimizante. Al respecto
Villa, Tejada, Sánchez, y Téllez (2007) señalan que la sociedad debe
aprender a mirarse más que en torno a los efectos de la guerra, en clave
de reconciliación, dado que, “el conflicto en Colombia no son solamente
las armas y los abusos que los grupos armados ilegales y, en muchos
casos, las mismas fuerzas del Estado, han cometido contra la población
civil” (p.22).
Conviene señalar que de las explicaciones aquí expuestas sobre
el conflicto armado en Colombia, es clara la tendencia a señalar la
emergencia de diversos conflictos sociopolíticos, que dan forma a nuevos
escenarios de violencia y disputa política, económica y territorial, a la
vez que las posibles trayectorias que este asume, dada la característica a
explicar la continuidad de los fenómenos, su reedición y reaparición de
viejos conflictos, en la figura y operatividad de motivaciones e intereses
de los nuevos actores armados. Dicha permanencia podría estar muy
relacionada con la persistencia del abandono estatal, y en el déficit
respecto a la formación de una identidad global, que surta de identidad
la noción de patria, ciudadano o sujeto de derechos. Hasta entonces dicho
vacío de representatividad y reconocimiento, podría seguir alimentando
la idea de abandono, anulación o represión que caracteriza los
pensamientos de las víctimas (Insuasty, Balbin, et al., 2010; Insuasty y
Vallejo, 2012; Villa, 2007). Al respecto, una de las víctimas sobrevivientes
a la masacre de Trujillo opina:

(..) mientras la población, la sociedad civil no tenga formación no tenga


educación, difícilmente podrá salir adelante de sus problemáticas
sociales que se encuentra en todas partes, es muy difícil plantearle a

20
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

una joven o un joven, una niña, posibilidades de salir adelante, si no


tenemos un centro educativo, o una universidad, la mayoría, uno aquí
se queda aterrado, todo lo hacemos al revés en los pueblos, si uno dice
¿la problemática solo se ve en las ciudades? no, pero aquí la mayoría
de las jovencitas antes de salir de once ya salen con su hijo (Víctima
1, 2017).

En contraste a las versiones anteriores sobre el conflicto armado,


sus orígenes y trayectorias, el Centro de Memoria Histórica (CNMH,
2013) señala que este, presenta una serie de factores influyentes tales
como, “la persistencia del problema agrario; la irrupción y la difusión del
narcotráfico; las limitaciones y posibilidades de la participación política;
las influencias y presiones del contexto internacional; la desintegración
institucional y territorial del estado” (p.111), mismos que han permanecido
vinculados a: los cambios y alteraciones de la guerra; los efectos de los
procesos de alianza entre grupos armados; y los cambios políticos y
democráticos, es así que,

Una de las particularidades más notorias del conflicto colombiano es la


enorme importancia que reviste el análisis de la relación entre guerra
y justicia. Esta es una relación compleja y central por tres elementos:1)
la tradición legalista colombiana, 2) la tradición de independencia
relativa de la rama judicial, y 3) las formas diferenciales de presencia
territorial de las instituciones judiciales (Giraldo, 2014, p.197)

Características de la violencia en el conflicto armado


Según el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH, 2013a),
la violencia en Colombia es resultado de operaciones premeditadas
mediadas principalmente por acciones bélico-militares y políticas, que
incluyen alianzas, coaliciones, enfrentamientos, y múltiples intereses
territoriales, escenarios donde las consecuencias de la devastación

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

provocada, suele recaer sobre miles de víctimas. En este tenor Colombia


vive uno de los conflictos armados más brutales de la historia actual de
América Latina. Conviene señalar que existen barreras para recolectar
información que dé cuenta de las verdaderas dimensiones de la guerra,
al tiempo que, prevalecen facciones, intereses y grupos políticos con
una limitada intención y aptitud para indagar, recolectar evidencias
y reflexionar dialógicamente acerca del conflicto, la reparación y las
posibilidades integrativas de confrontar unificadamente los procesos de
paz, motivo por el cual es dable considerar que el conflicto armado no ha
sido reconocido políticamente en sus magnitudes reales.
En Colombia gran parte de la violencia insurgente y también, de
la violencia de Estado «perpetrada por actores armados del gobierno» se ha
concentrado en la población rural y otra parte en poblaciones urbanas,
sin embargo, existen diferencias en los modos de ejercer la violencia,
ya que, en las zonas rurales prevalecen acosos, reclutamiento forzado,
zonas minadas, cultivos ilegales, desplazamientos y masacres, dada
las lógicas destructivas asociadas a los movimientos subversivos, la
persistencia de la sevicia en algunos grupos, la inhospitalidad de los
territorios y valga el oxímoron, la notable ausencia del Estado y las pocas
garantías de protección y de no repetición de hechos victimizantes.
Por otra parte, en escenarios urbanos son frecuentes los atentados,
secuestros, asesinatos, persecución, extorsiones y demás actos delictivos
notablemente aparados, cuando no, camuflados bajo la premisa de
“delincuencia urbana”. Dichas formas de anulación, operan como
estrategias de dominación y control territorial, y con ellas se suele sentar
un precedente de terror en los habitantes de una región determinada,
así, a causa del temor a la violencia algunos se desplazan, mientras otros
resisten en el territorio y corren riesgo de ser asesinados por los líderes
subversivos. En este sentido,

22
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Los asesinatos selectivos son la expresión de una estrategia criminal


que busca enmascarar las dimensiones de las acciones de violencia
contra la población civil. Esto se debe a que su carácter de acción
individual y su patrón de ataque dificultan la identificación de los
perpetradores. La estrategia se complementa con un régimen de terror
diseñado para silenciar a las víctimas y garantizar así la impunidad del
crimen (Giraldo, 2014, p.43).

Cabe señalar que en ambos territorios –rural y urbano-, cada grupo


usa formas de violencia particulares, por ejemplo, los paramilitares suelen
atentar contra la integridad física de los individuos, es decir, fomentan
más asesinatos, masacres y ejecuciones; la guerrilla infringe contra la
libertad y los bienes, causando más secuestros (CNMH, 2013), mientras
que, en los casos de violaciones al DIH donde algunos miembros de la
fuerza pública participan, se opera a través de ejecuciones extrajudiciales
o mal llamadas «falsos positivos», tortura, silenciamientos, expulsiones
del territorio, y operan tanto como grupo o en alianza con otros grupos
delictivos ( Giraldo, 2014; Giraldo, 2008; Organización de las Naciones
Unidas - ONU, 2011).

“Trujillo estaba a merced y a expensas de una gran empresa criminal


de narcotraficantes (…) de ella participaban muchos que estaban en
la nómina de los narcotraficantes” (Víctima 1, 2017); “acá hubo mucho
actor armado, policía, ejercito, guerrilla, delincuentes, narcotraficantes
y cada uno tiene su responsabilidad en los hechos sucedidos (…) todos
son culpables y todos deberían ser castigados, pues las formas de
matar fueron atroces” (Víctima 3, 2018) “yo estuve secuestrado, fui
torturado, después de que fui liberado no podía ni dormir ni vivir (…)
la mayoría de las personas que han sido vinculadas al proceso (…)
han sido juzgados y sólo algunos han sido condenados; uno que está
pagando por sus hechos es Henry Loaiza uno de los narcotraficantes
(…) el mayor Alivio Urueña y el teniente de la policía de esa época, ellos

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

fueron condenados como reo ausentes y claro es dudosa la posibilidad


de ser atrapados y claro, que tengan la disposición a pagar por los
hechos, hay un vacío en el tema de la justicia y también acciones muy
lentas (Víctima 5, 2018).

Asimismo, el reagrupamiento militar de grupos armados es frecuente


en estos territorios, especialmente, cuando no se aseguran social y
políticamente, y si persiste el escaso posicionamiento estatal en la zona,
lo cual trae como consecuencia la reincursión gradual de antiguos y
nuevos actores armados. Ejemplo de lo anterior es notable en una de las
narrativas de las víctimas de la masacre en Trujillo:

“Acá se nos habló y ustedes lo saben de qué los grupos paramilitares


desarticularon, hubo una dejación de armas o se desintegraron, pero
acá en el caso nuestro es algo que continúa, que están, cambiaron de
nombre, se reformularon, yo que sé, cambiaron de territorio o de sitio,
de estrategias, pero ahí están” (Víctima 1, 2017).

Cabe señalar, que los crímenes cometidos por los múltiples actores
armados, establecen una forma de violencia esquemática que opera
bajo diversas formas de anulación, y suele ser implementada como
mecanismo para imponer el estado de dominación a través del terror que
suscita la violencia. Ello sucede ante la ausencia de un Estado de derecho
robusto «equitativo, leal, justo, reparador, no-cooptado, etc.», que opere
a través del debido proceso, y tenga presencia constitucional práctica y
real en los territorios. Regularmente, en estos escenarios impera la “ley
del silencio”, de modo que el ejercicio de conversarle al otro, se convierte
en un privilegio para quienes ocultan, su derecho al libre pensamiento
en la intimidad de sus hogares o en relaciones que consideran seguras:

24
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

“Uno aprende a quedarse en silencio para que no lo maten, es mejor


no decir nada así haya visto cosas” (Víctima 1, 2017); “A uno lo silencian
todo el tiempo, se desconfía de todos, es mejor saber con quién se
comentan las cosas, aun después de todo lo que ha pasado uno no se
siente seguro de nada” (Víctima 4, 2018).

La mayoría de víctimas sobrevivientes referencian los asesinatos


selectivos, ejecuciones y masacres como los actos de lesa humanidad de
mayor impacto porque,

“al fin de cuentas cuando te desplazas sabes que de pronto regresas,


pero el asesinato le quita a uno todo, y nada se puede recuperar
después de eso (…) es igual con las desapariciones, uno ya sabe que le
mataron a alguien valioso para uno” (Víctima 2, 2017).

También, se referencian diferentes tipos de víctimas: los que sí tenían


algo que ver y estaban involucrados como auxiliadores de ciertos grupos;
los que no tenían nada que ver con las acusaciones y se les sentenció
injustamente; y aquellos que estaban en el “lugar y hora equivocados”
es decir, víctimas indirectas que se vieron implicados por la violencia de
los hechos,

“A la larga hay unos contextos muy particulares que surgieron y fueron


muy emblemáticos, que uno puede decir que eso trae consecuencias,
[aquí] como en muchos lugares ocurrió una cosa bárbara y dura de
contar (…) se mata a unas personas por estar relacionadas con el poder
de un grupo, también asesinaron y desaparecieron y torturaron a unas
personas que no tenían nada que ver con ese conflicto, simplemente
encuentra uno con testimonios de las víctimas (…) que como decimos
estaban en el lugar equivocado, porque estaban en un tiempo y lugar
que no les convenía ver y que no les convenía” (Víctima 5, 2018); “mucha
gente inocente murió, gente que uno sabía que era buena y que solo

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se dedicaban a sus labores, también otros fueron ejecutados porque


estaban involucrados y seguro habían hecho algo (…) la verdad fueron
más los inocentes los que cayeron asesinados o que fueron y son en la
actualidad perseguidos” (Víctima 1, 2017).

Acerca de las Masacres


Las masacres se definen como asesinatos en una población
específica, donde los hechos suelen ser perpetrados por grupos armados,
delincuentes, sicarios, entre otros. En los últimos tiempos, Colombia ha
permanecido en un duelo constante, puesto que, tanto las masacres como
otras formas de violencia en contra de grupos y comunidades, todas ellas
con numerosas dimensiones, sentidos, propósitos y consecuencias, han
ennegrecido la existencia de la población en general, generando a su
vez, impactos a nivel nacional e internacional. En los años 1982 y 2007, el
Centro de Memoria Histórica estableció un registro de 2 505 masacres en
las que hubo 14 660 víctimas. En este sentido, la nación colombiana no
solo ha sobrellevado una lucha entre batallas; una guerra de guerrillas;
sino también, una guerra de masacres, que tiene como elemento
agregado, la apatía generalizada ante las víctimas y un estado creciente de
impunidad. Según lo informa el Centro de Memoria Histórica de la Comisión
Nacional de Reparación y Reconciliación, contrariamente a lo esperado en
tanto resistencia a la violencia, solidaridad con las víctimas y acciones
reparatorias colectivas, “la respuesta de la sociedad no ha sido tanto el
estupor o el rechazo, sino la rutinización y el olvido” (CNMH, 2008, p.11).

La impunidad sigue siendo la norma en la mayoría de los casos de


abusos de derechos humanos en Colombia, según afirman varias
organizaciones nacionales e Internacionales (…) Delegados de
Amnistía Internacional insisten en que el conflicto armado interno
que tiene lugar en Colombia enfrenta a las fuerzas de seguridad y a los
grupos paramilitares contra los grupos guerrilleros (pp. 1-3).

26
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Pese a ello la respuesta de las víctimas en gran medida se ha


orientado a la participación y reconocimiento de su condición humana,
para lo cual reclaman reparación, reivindicación de la memoria, no-
olvido, además de justicia, verdad, restauración y garantías de no
repetición de hechos victimizantes. Estos elementos en realidad son
escasamente cumplidos por las instituciones del Estado, quienes suelen
ser gravemente cuestionadas por su complicidad directa e indirecta en los
hechos de barbarie. De allí que exista en el imaginario la idea que, cuando
no se condena al Estado colombiano este no reconoce su implicación en
hechos de violencia, y por ello son corresponsables, tanto por omisión
como por complicidad directa en dichas acciones.

“Finalizando el año 94 se da una condena contra el Estado colombiano,


empezando el año noventa y cinco; el presidente de la época Ernesto
Samper Pizano públicamente acata este fallo; luego la comisión
entrega un informe (…) conocido como la masacre de Trujillo, el cual
viene acompañado de doce conclusiones y diez recomendaciones y,
por supuesto, condena al Estado colombiano por acción u omisión
de los hechos ocurridos en Trujillo entre los años 88 al 94” (Víctima
1, 2017); “es tan injusto que el Estado sabiendo que sus fuerzas
han cometido masacres y todo tipo de violencia, se empeñe en
no reconocer y dignificar a las víctimas, o en entorpecer o dilatar la
reparación, esa también es otra forma de violentarnos, es impunidad
del Estado” (Víctima 2, 2017).

Es importante señalar de que incluso cuando el Estado en cabeza


del presidente Samper pidió perdón por lo sucedido en Trujillo, al ser
presionado por las víctimas aparadas por la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos, dichas palabras solo constataron en el imaginario
la idea de abandono y poca credibilidad del Estado colombiano “incluso
con todo y perdón manifestado, no quedaba más remedio que sentirse

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

incrédulo ante las palabras del Estado (…) y lo que pasó después fue
que no cumplieron lo prometido” (Víctima 4, 2018); asimismo expresan
que, “si el Estado no es condenado no asume su culpa, eso es lo que
duelo, y eso se venía venir, las disculpas no bastan sino el compromiso
de verdad, sentido, sincero por la reparación” (Víctima 2, 2017). Para
las víctimas la poca credibilidad del Estado colombiano se constituye
a través de actitudes represivas y de rechazo, y acciones evasivas de su
responsabilidad, lo cual es muestra de su poca intensión de acabar con
la guerra, al continuar ralentizando los procesos jurídicos, y aumentar la
impunidad cuando no condena adecuadamente a los perpetradores de
los actos de lesa humanidad,

(…) pese a que por esta “Masacre de Trujillo”, en 1997 el Presidente de


Colombia, Ernesto Samper Pizano, pidió perdón y reconocimiento
ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, por sólo
34 víctimas de las 342, a casi 20 años de los trágicos sucesos, aún no
hay ninguna persona condenada, es decir sigue en la impunidad (…)
A pesar de que estos crímenes, considerados de lesa humanidad y
denunciados como la “Masacre de Trujillo”, en donde Colombia fue
condenada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos,
aún los paramilitares, miembros de la fuerza pública y narcotraficantes
implicados en esta “barbarie”, no han sido capturados o condenados
(Díaz, 2009, párr.2-11)

En Colombia, de los enfrentamientos entre el estado, grupos armados


como el ELN, las FARC, milicianos, narcotraficantes y paramilitares se
han cometido múltiples masacres, en las cuales suelen ser ejecutadas
personas inocentes, pero especialmente, personas civiles y campesinos
acusados de informantes, simpatizantes, o colaboradores de uno o varios
bandos en disputa. En dichos escenarios el conflicto es permanente
y, la sospecha se convierte en una habilidad defensiva que alimenta

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

la desconfianza, y rompe antiguos lazos que sostenían simbólica y


colectivamente las comunidades. Esto es precisamente lo que buscan
acciones de terror como las masacres, sembrar la desconfianza y la
cooperación, para que, sin el apoyo entre pares, y bajo la noción de
desvalimiento, aquello que se torne legítimo sea la violencia como
herramienta defensiva ante el ataque real o probable del otro. En Trujillo
las ejecuciones por sospecha constituyeron gran parte del panorama de
impunidad y sevicia que caracteriza el conflicto armado y sus excesos.

“La gente la mataban por sospecha de colaborar con la guerrilla, o


de colaborar con el ejército, o de cooperar con los narcotraficantes, o
de ser un delincuente con la limpieza social, de cualquier forma uno
podía morirse” (Víctima 1, 2017) “El asesino de inspector de policía en la
Sonora: bueno hay muchos rumores de eso, decían que era colaborador
de la guerrilla y entonces eso es lo que dicen las autoridades. Pero lo
que sí no sé y no logro entender es: y si estaba implicado ¿porque no
hubo una detención y un juicio?” (Víctima 2, 2017).

Una de las particularidades del proceso de violencia en Trujillo,


especialmente en 1990, fue la generalización de la sevicia o crueldad
extrema como mecanismo de terror. A la secuencia que se estableció
entre la desaparición forzada y el posterior homicidio, propia de la
guerra sucia, se sumaron la tortura y la mutilación de los cuerpos de
las víctimas. (Melo, 2008, p.7).

Conviene señalar que las masacres han dejado una huella indeleble
en la memoria de los colombianos dada la letalidad, sevicia, número de
muertos e implicancia de diversos actores armados incluidos miembros
del estado, fueron: la masacre de Trujillo (Valle del Cauca); la masacre
de Bojayá (Chocó); la masacre de El salado (Bolívar); la masacre de la
Rochela (Santander); la masacre de Bahía Portete (Guajira), y la masacre
de Mapiripán (Meta). A continuación, el siguiente cuadro expone
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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
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algunas de las masacres condenadas y en sentencia parcial en Colombia,


y que en gran medida permanecen impunes a la fecha, ya que, no se
han reparado a todas las víctimas, existen indicios de reapropiación
territorial por nuevos o antiguos actores armados; no se han esclarecido
los hechos en su complejidad inherente; se han dilatado los proceso de
verdad, justicia; y reparación, y existen pocas garantías de no repetición
de hechos victimizantes, entre otros elementos.

Tabla 1.
Masacres Condenadas y en sentencia parcial - Permanecen impunes aún

MASACRES - Trujillo 1986-1994 352 personas asesinadas Narcoparamilitarismo; ejército


CONFLICTO El Salado 2000 100 personas asesinadas Paramilitares
ARMADO
COLOMBIA Las Bananeras 1928 800 a 3mil asesinados Ejército
Mapiripán 1997 Más de 50 campesinos asesinados Paramilitares y ejército
La Rochela 1989 12 funcionarios judiciales asesinados Paramilitares
San José Apartadó 2005 8 personas asesinadas Ejército, paramilitares
Jamundí 2006 11 policias asesinados Ejército
Chengue 2001 27 personas asesinadas Paramilitares
El Aro 1997 15 muertos Paramilitares
El Nilo 1991 21 indígenas asesinados Policía
Segovia 1988 43 personas asesinadas Paramilitares
Macayepo 2000 16 campesinos asesinados Paramilitares
Caño Sibao 1992 5 personas asesinadas Paramilitares
La Mejor Esquina 1998 27 campesinos Paramilitares
El Tomate 1998 16 campesinos Paramilitares
Alto Naya 2001 37 campesinos asesinados Paramilitares
Caño Jabón 1998 29 personas Paramilitares
San Carlos 1998-2010 33 masacres 219 asesinatos Paramilitares

Fuente: (Elaboración propia)

Ubicación geoespacial de Trujillo y antecedentes de la masacre


Trujillo, es un municipio ubicado al noroccidente de la Cordillera
Occidental; es un territorio que emerge a comienzos del siglo xx como
fruto de la colonización paisa. Se cree que fue conformado por personas
ex convictas y desmovilizadas de la guerra civil de la guerra de los Mil
Días, la cual entre 1899 y 1902 devastó Colombia y Panamá que en ese
entonces, era parte de Colombia (Díaz, 2009). En el año 1930 Trujillo
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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

se convierte en municipio, y hace parte del departamento del Valle del


Cauca; fue fundado en el año 1924, y es reconocido por el cultivo de
productos como la yuca, café, banano, maíz y fríjol. Esta región goza de
un angosto y plano territorio al extremo occidental del río Cauca, además
de estar rodeado por numerosas quebradas y ríos, que en su generalidad
desaguan en el río Cáceres. Los ríos Cauca, Cuancua, Culebras, Blanco y
Cáceres son los más populares de la zona. Al norte Trujillo limita con el
municipio de Bolívar, al oriente con Tuluá, Andalucía, Bugalagrande y el
río Cauca, con el departamento de Chocó al occidente y con el municipio
de Riofrío al sur (alcaldía de Trujillo, 2016). Por vía terrestre, Trujillo se
manifiesta a través de la troncal de Occidente (asfaltada) con el resto
del departamento y con corregimientos como La Herradura, El Ricaurte,
La Primavera y La Tulia, entre otros, y con múltiples veredas a través de
rutas no pavimentadas. Por vía acuática, Trujillo accede al cabotaje por
medio de pequeñas embarcaciones en el área que le pertenece del río
Cauca, por tanto, posibilita la entrada y salida del narcotráfico, grupos
armados y suministros de diversa índole.

Ilustración 1. Trujillo - Valle del Cauca. Coordinates 4° 12’ 51” North, 76° 19’ 21” West.
Tomado de Google earth (2018)

Este territorio fue afectado por elevados grados de violencia


directa entre 1986 y 1994, que dejaron un aproximado de 342 personas
asesinadas, fruto del accionar terrorista de múltiples actores armados,
que individual o colectivamente descargaron sucesivamente acciones

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

de exterminio a través de asesinatos, ejecuciones, secuestros,


desapariciones, torturas y masacres. Cabe anotar que las masacres
tienen un impacto emocional permanente, que se instala en la memoria
grupal con fuerza destructiva y simbólica. Ergo, las víctimas, reviven en
su memoria el dolor de las pérdidas y los abusos, de allí que el trauma
encuentre en la repetición dolorosa de dichas acciones, la potencia
sintomática necesaria para reproducir el dolor asociado a la violencia.
En torno a ello, en el imaginario colectivo, la violencia puede mostrarse
como una potencia destructiva inevitable, que afecta especialmente a la
población campesina, y también en baja medida a personas del casco
urbano y algunas que viven en las ciudades, siendo los campesinos las
víctimas mayoritarias (Pérez, 2014; Wills, 2015; Wolf, 1969), de allí que,
afrodescendientes, comunidades indígenas y mestizos asentados en
zonas de conflicto y territorios ancestrales, constituyan el grupo que
más resiste a los ataques y vejaciones de las que son objeto (Hernández,
2004; López, 2017).
En este orden de ideas, el Estado, suele ser visto en dicho imaginario
como una institución incipiente, inequitativa e impune, la cual no
garantiza la defensa de los derechos de los ciudadanos, y que difícilmente
reconoce su implicación en los actos de maldad, salvo cuando se trata de
condenas amparadas bajo estamentos internacionales; al respecto, el
siguiente testimonio expone lo aquí señalado,

“(…) la comisión Trujillo, empieza a indagar sobre lo que había


ocurrido, y durante una investigación que no duró más de seis meses
alcanzan a recoger entre las personas que se atrevieron a hablar, a
denunciar, 107 casos que fueron los primeros argumentos con los que
se logró instaurar una denuncia y lo que se ha conocido como el caso
Trujillo” (Víctima 1, 2017, p.4). “(…) Todo nace en el año 84-85 cuando
el Estado colombiano es condenado por los hechos conocidos como:
la masacre de Trujillo, y donde a su vez se le dice que debe de cumplir

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

unas recomendaciones de la Comisión Interamericana de derechos


humanos, donde a su vez, el Estado colombiano se responsabiliza y
se compromete a reparar a las víctimas, entonces ya por lo menos hay
un reconocimiento de unos hechos que han ocurrido acá en Trujillo y
había también reconocimiento para un grupo grande porque no eran
pocas víctimas” (Víctima 5, 2018).

En Trujillo la violencia, las amenazas, la presión, la zozobra y la sevicia,


se usaron a modo de herramientas de control territorial y mental, en la
población campesina y del casco urbano. A diferencia de otras masacres
que tienen eliminaciones directas, comúnmente realizadas en una
sola incursión terrorista, en Trujillo fue notable la desestructuración
gradual –durante más de 8 años– de las instituciones que sostenían
multimodalmente a las comunidades, además, de la eliminación
progresiva y sistemática de quienes eran acusados de contradictorios
–en contra–, y de aquellos de quienes se presumía colaboradores –a
favor– del “enemigo”. Es así, que se produjeron numerosas desapariciones
forzadas, ejecuciones extrajudiciales, actos de tortura y extrema
crueldad “sevicia”, homicidios y desapariciones selectivas –personas y
familias enteras–, silenciamientos, detenciones arbitrarias y variedad de
masacres, especialmente en los municipios de Riofrío, Bolívar y Trujillo.

“Trujillo estaba a merced de una gran empresa criminal organizada


por un grupo de narcotraficantes del Norte del Valle, ¡Sí¡, entre ellos
estaba Iván Urdinola, estaba Henry Loaiza alias “el Alacrán”, le llamaban
el “jabón”, bueno, y como cosa rara Trujillo está ubicado dentro de un
corredor estratégico, geográficamente hablando, que da salida al
cañón de Garrapatas y por supuesto, pues a la Costa Pacífica, aquí
uno toma un vehículo y en dos horas está pisando el litoral pacífico”
(Víctima 1, 2017).

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Otro hecho inusual de esta masacre es la alianza entre actores


sociales armados al margen de la ley, y muchos integrantes de las fuerzas
armadas colombianas, es decir, la asociación entre Diego Montoya
denominado como “Don Diego” y Henry Loaiza apodado “el Alacrán”,
ambos ex empleados del narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha,
con miembros de la policía y el ejército Colombiano, coalición que tuvo
como impronta desatar el terror, implantar la ley marcial, justificar
acciones violentas contrainsurgentes –que a menudo se decantaban
en campesinos–, ejecuciones colectivas de manifestantes y testigos,
“limpieza social” (asesinato de drogadictos, prostitutas, ladrones,
consumidores de sustancias psicoactivas, etcétera), al tiempo que la
amenaza a campesinos y otros; a fin de generar desplazamientos y con
ello el robo-apropiación de terrenos, la legitimidad de la impunidad y la
imposición de la ley del silencio, entre otras acciones (Melo, 2008). Éste
enunciado es reafirmado por las víctimas sobrevivientes de la masacre,
donde comentan que:

“(…) aquí confluyeron una cantidad de actores que quizás quisieron


pescar en río revuelto como decimos, y paso algo macabro, cuando
se empieza a construirse una gran empresa criminal ya vienen
unos grandes terratenientes dueños de las grandes haciendas, muy
poderosos y fuera de eso narcotraficantes, buscaron aliados y con
quienes se aliaron fue con el ejército y con la policía, y con algunos
funcionarios del Estado colombiano” (Víctima 1, 2017).

La tendencia era mostrar ante la autoridad central (Gobierno)


que los asesinatos eran hechos aislados, y para ello ocultaron
información y manipularon pruebas, generando períodos de asesinatos,
desapariciones, persecuciones, entre otros, en diferentes momentos
(Centro Nacional de Memoria Histórica, 2013). La entidad señala que en
los 90 se crearon los mayores picos de terror y sevicia, lo cual aumentó las

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

desapariciones, homicidios y silenciamientos; en este periodo muere el


padre Tiberio Fernández Mafla, al defender públicamente los intereses
y derechos de la comunidad, la que se convertiría posteriormente, en
estandarte de los movimientos de resistencia, ulteriores al periodo de
las masacres en Trujillo (CNMH, 2013). Cabe mencionar que en Trujillo
se han generado dos versiones de los hechos: una centrada en la
experiencia de las víctimas que incluso es testigo de más violaciones a
los derechos que las que se han registrado o visibilizado, y la del Estado
que limita el acceso a la información y menoscaba la reparación integral
de las víctimas (verdad, justicia, reparación, garantías de no repetición);
en tal sentido,

las brechas entre la memoria de las víctimas y la del Estado, nos


dan cuenta de dos interpretaciones de lo acontecido. Primero, la de
las víctimas y sus voceros que apunta a demostrar la sistematicidad
política de la violencia ejercida en dicha zona del país, de la cual el
homicidio del sacerdote Tiberio Fernández, la desaparición de sus
acompañantes, las desapariciones de la Sonora, y de los ebanistas,
constituyen sólo sus eventos centrales o su clímax. Segundo, la
perspectiva del Estado, que restringe los hechos y su responsabilidad
anterior y posterior a los procesos de victimización ya mencionados,
ocurridos entre el 29 de marzo y el 17 de abril de 1990, en el municipio
de Trujillo (CNMH, 2008, p.33).

En Trujillo más que acontecimientos centrales, existieron eventos de


violencia previos, que marcaron el inicio de múltiples masacres, dado que,
se presentaron asesinatos de dos, tres y hasta cinco personas en espacios
de tiempo cada vez más cortos. Cabe anotar que la sevicia (ensañamiento
con el cuerpo) y la crueldad extrema caracterizaban dichos asesinatos, en
este sentido, a la secuencia que se estableció entre la desaparición forzada
y el posterior homicidio, propia de la guerra sucia, se sumaron la tortura y la

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

mutilación de los cuerpos de las víctimas. Esta última práctica se realizaba


sobre las víctimas aún con vida, para luego arrojar los fragmentos de los
cuerpos al río Cauca. Así el río se convirtió, simultáneamente, en fosa
común y en mensajero del terror (Melo, 2008, p.5).
El interés de los grupos armados al margen de la ley, los
narcotraficantes y otros grupos insurgentes, no estaba solamente en los
suministros que podía otorgar la tierra, sino además, en las dinámicas
que la monopolización del territorio podía generar en beneficio de sus
empresas bélicas. En dicho aspecto, Trujillo no sólo era un escenario de
expropiación territorial, sino también, el lugar en el que podrían confluir
la dominación sociopolítica, el abandono estatal, la violencia, el terror,
la sevicia, así como también, múltiples intereses económicos, logísticos,
políticos, bélicos e instrumentales. Su posición geográfica permitía un
paso estratégico de tropas, además, de la movilización sin controles,
restricciones o cateos estatales de la droga, misma que podía llegar
hasta la Costa Pacífica en menor tiempo del esperado; lo expuesto se
encuentra plasmado en el siguiente testimonio:

“Trujillo está ubicado dentro de un corredor estratégico,


geográficamente hablando, que da salida al cañón de Garrapatas y
por supuesto, pues a la Costa Pacífica, aquí uno toma un vehículo y
en dos horas está pisando el litoral pacífico, es una zona inhóspita yo
la conozco porque la he recorrido he sido campista y scout por más
de 25 años y pues tuve la fortuna de conocer esta geografía desde
muy pequeño, y pues que en estos momentos ya no se puede hacer
lógicamente por los agravantes que hay, fue tomada toda esta zona
para los cultivos ilícitos y para lo que llamamos como “las cocinas”,
también se convirtió en un corredor estratégico para grupos al margen
de la ley que hacen sus recorridos tanto para entrar como para sacar
armas, drogas, tránsito de personas, de milicianos, etc.” (Víctima 1,
2017).

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Crónica de una violencia originaria

Trujillo en la década de los 40 y 50 en el periodo llamado: la violencia


de los años 50, fue impactada por las confrontaciones gamonales
bipartidistas entre conservadores y liberales (Pájaros y Chulavitas),
aunque lo que prevaleció fueron dos corrientes del conservatismo.
Posterior a esta violencia la situación política de Trujillo fue de tensa-
calma, la cual emergió como un presagio previo a la inevitable tormenta.
Ello marcó un periodo de violencia, que perduró hasta 1980, y que tuvo
en su primera década un alto número de personas asesinadas a causa
de contiendas políticas, cuyo fundamento era el monopolio del dominio
político municipal y provisional, de modo que, desde sus inicios, en Trujillo
se instauró una lógica del despojo, el asesinato y el desplazamiento.
Tras la violencia de los años 50, muchos gamonales quedaron con
poder sectorizado y entre ellos estaba el gamonal Leonardo Espinosa
Saldarriaga, quien consolidó su poder en Trujillo. Lo anterior, marcó el
inicio de una contienda generacional con los hermanos Giraldo (José
y Juan), quienes después de la muerte de Espinosa, se convirtieron en
«dueños y señores de la región», y en los principales actores políticos y
terratenientes.
Pese al cambio de liderazgo, al igual que en el periodo de Espinosa
las muertes no mermaron, aunque sí tuvieron un mayor espaciamiento,
selectividad y visibilidad, aspecto que construyó “en la base social un
vacío de credibilidad y un abandono a la esperanza, que abrió las puertas
al ingreso de nuevos actores” (El Tiempo, 1995, p.1). Esto en gran medida
reveló la linealidad de una violencia endémica marcada por la sevicia,
adherida al poder político y, a intereses económicos de base. Entre los
nuevos actores sociales hacia los años 70, estuvieron Rogelio Rodríguez
–opositor declarado de Espinoza– quien se reinstaló en Trujillo e hizo
vida política bajo el apoyo de Rodrigo Lloreda. De los gamonales que

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dejó la violencia durante estos periodos, surgieron líderes que más tarde
serían los contactos del Ejército de Liberación Nacional (ELN), a los que
se sumaron “obreros, empleados despedidos de empresas vallecaucanas,
perseguidos políticos y estudiantes universitarios de Medellín y Cali”
(p.2), quienes constituyeron el frente Luis Carlos Cárdenas Arbeláez, y se
instalaron en el cañón del río Garrapatas. En los 90 “Trujillo tenía en ese
entonces unos siete mil habitantes, dependía del monocultivo cafetero
y era disputado políticamente por dos corrientes del conservatismo:
lloredistas y holguinistas” (Álvarez, 2010, p.7).
Ante el abandono notable del Estado colombiano de esta zona,
la guerrilla encontró un escenario propio para situar su ideología y
consolidar el poder territorial, mental, militar y económico, para lo
cual suscitaron formas de organización comunitaria, cooperaron en la
productividad del agro, motivaron el trabajo colectivo entre la comunidad
y administraron justicia, al solucionar problemas de linderos, regular el
consumo de licor y de otras drogas, y generar reglas de conducta en las
relaciones de pareja. Posteriormente, arriba a Trujillo el padre Tiberio de
Jesús Fernández Mafla, cuyos pensamientos acerca de la autosuficiencia
comercial y la cooperación comunitaria, transformaron la mirada del
campesino sobre su rol en los procesos comerciales y políticos de la
región. Cabe anotar que a menudo, al padre se le tildaba de guerrillero,
dada la coincidencia inusitada entre sus ideas sobre el campesinado,
y las ideas de la guerrilla del ELN acerca de procesos productivos
campesinos. En general, cooperó en el desarrollo de asociaciones y
cooperativas campesinas, organizaciones pertenecientes a la comunidad
campesina fundadas para promover la solidaridad y el empoderamiento
campesinos. Al respecto las víctimas opinan

“(…) el padre Tiberio acá ubicado en Trujillo, una persona que


lideraba proyectos comunitarios, cooperativos, y había organizado 24

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

cooperativas las cuales se encontraban funcionando y había agrupado


a la mayoría de las comunidades tanto urbanas como rurales por sus
oficios (Víctima 1, 2017)”; “aun después de muerto su trabajo y su lucha
siguen aquí, así como la vida y obra del padre Tiberio a pesar de que ya
no lo tenemos sus enseñanzas; y muchas de sus acciones después de
muerto siguen y persisten y se niegan a morir, se niegan a quedar en el
olvido” (Víctima 5, 2018).

En Trujillo, el sacerdote “comenzó a alentar a los trujillenses para que
se unieran en torno a lo que llamó Empresas Comunitarias, unidades de
producción dirigidas por campesinos: panaderías, ebanisterías, tiendas,
cerrajerías, cultivos de mora, lulo, café, entre otros” (Álvarez, 2010, párr.5).
Conviene subrayar que a pesar de la mediación que el padre Tiberio
realizaba con la guerrilla, para dejar a los campesinos por fuera del
conflicto, y el hecho que la fuerza pública no ejercía medidas represivas
en contra de los narcotraficantes, la violencia seguía intensificándose
por obra de los diversos actores armados y sus intereses territoriales.
Con el paso de los años, los asesinatos reflejaron la permanencia de
viejas contiendas territoriales, las cuales gravitaban en torno al deseo
de control y poder económico y político. Ya intensificado en los 80 el
poder territorial se vio ligado a un proceso de desarrollo económico,
sostenido sobre el narcotráfico y prácticas comerciales manejadas por
capos y gamonales, proceso de desarrollo que comenzó a girar en torno
a objetivos bélicos y de monopolización de la violencia,

El proceso se desarrollaba en medio de numerosos asesinatos


selectivos no sólo en Trujillo, también en Riofrío, Bolívar, el Dovio, Toro
y municipios cercanos del centro y norte del Valle. Buena parte de los
crímenes, manifestaciones del naciente cartel de la región. Como en el
resto del país, líderes de la Unión Patriótica eran ultimados. A lo largo
de la cordillera occidental varias células del ELN estaban fusionándose

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con pequeñas escuadras del Jaime Bateman Cayón —disidentes del


M-19 opositores a los diálogos de paz— y en televisión, todos los
días, se veían carros bombas estallando en Bogotá, Medellín y Cali.
La década del ochenta se despedía con los magnicidios de Bernardo
Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro y Luis Carlos Galán (Álvarez, 2010,
párr.6).

El padre Tiberio logró acuerdos tácitos con el ELN, sin que ello suscitara
una alianza –y logró pactos humanitarios para refrenar la violencia–;
detuvo algunas de sus incursiones o “tomas”, y con ello “en solo tres
años (…), había formado diez empresas comunitarias e impulsaba otras
tantas. A su alrededor giraban más de quinientas personas organizadas
y dirigidas por él en acciones solidarias y cristianas” (El Tiempo, 1995,
párr.6). En Trujillo crecía el poder popular y la independencia económica
del campesino, al tiempo que, el poder territorial del ELN, y en paralelo
también, crecía la fortuna de “el Alacrán” y de “Don Diego”. Posteriormente,
el movimiento 19 de abril o M-19 se instala en Riofrío y secuestra a
Rogelio Rodríguez, gamonal lloredista que fue llevado por este grupo al
departamento del Cauca. Bajo estas condiciones el municipio de Trujillo
y sus habitantes se vieron envueltos en acciones violentas dado que
muchos fueron acusados de colaboradores de la guerrilla, auspiciadores
del narcotráfico, informantes de grupos, entre otros calificativos que los
convirtieron en objetivos militares de los diferentes grupos y actores
sociales en conflicto. El ELN al igual que el M-19 se financiaban de los
secuestros a terratenientes y el robo de remanentes, de propiedad en su
mayoría de narcotraficantes como Iván Urdinola Grajales alias “el Enano”,
Diego León Montoya alias “Don Diego” y Henry Loaiza alias “el Alacrán”.
A finales de abril de 1989, un aproximado de 3 000 campesinos
motivados por el amparo de Asociación Nacional de Usuarios
Campesinos de Colombia, ANUC, realizaron una caminata para
protestar por las insuficientes condiciones de vida en tanto salud,
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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

seguridad, trabajo y educación; por la enorme desigualdad económica;


y la violencia descarnada vivida en el municipio y sus veredas; sin
embargo, al momento de la marcha, la ANUC nunca apareció, motivo
por el cual solicitaron que el padre Tiberio fuera su vocero. En la marcha
se infiltraron guerrilleros del ELN, al tiempo que el ejército y la policía
tildaban de guerrilleros los campesinos que protestaban, ante lo cual el
padre Tiberio abogó por ellos, pues conocía que en realidad solo eran
campesinos. Con todo y ello, la marcha se produjo y aún con las diferencias
entre holguinistas –partidarios de Carlos Holguín Sardi representante
del conservadurismo– y lloredistas –simpatizantes de Rodrigo Lloreda
Caicedo, representante del liberalismo oficial–, dos grupos que
próximos a campañas electorales se disputaban el poder político. Con
todo y lo expuesto es posible considerar, que debido al cansancio de la
población por el monopolio del poder de los holguinistas, y la simpatía
del padre Tiberio por los lloredistas, los seguidores de Holguín sentían
que perderían las elecciones y por ello corrieron el rumor que la marcha
era fruto de las guerrillas y que estaba amparada por estas (CINEP, 2013).

El escenario era más o menos este: los traquetos, burlados por la


guerrilla, alistaban la venganza; los holguinistas, heridos en el orgullo,
querían propiciar la caída del nuevo establecimiento; y las fuerzas del
Estado no toleraban mucho tiempo más que la guerrilla les jugará a
dos bandas: en la cordillera con fusiles y granadas, y en el pueblo con
discursos y agitación ideológica. Para estallar, sólo se necesitaba el
detonante adecuado (Álvarez, 2010, párr.11).

Acusando al lloredismo de elenista y por efecto del rumor de una


“marcha orquestada por la guerrilla”, y de la infiltración del ELN en
dicha marcha, las fuerzas armadas de ejército y policía señalaron la
movilización como guerrillera. Las votaciones se llevaron a cabo y como
se esperaba, ganó el lloredista Rubén Darío Agudelo. Con todo y lo

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expuesto Trujillo postergaba lo inevitable: la explosión de una violencia


estructural teleológica y contenida, cuya intencionalidad destructiva
se vertió en los campesinos. El polvorín que la desató, fue el combate
ocurrido a finales de marzo del año 1990, entre una patrulla del ejército
con el ELN en las afueras de la Sonora, corregimiento de Trujillo, en
el que perdieron la vida un civil y siete militares, dejando también,
múltiples heridos. Seguidamente el 30 de marzo, se produjeron capturas
arbitrarias, persecuciones, asesinatos y desapariciones selectivas tanto
en el campo como en la zona urbana de Trujillo, a ello se sumó la
aparición de cuerpos lanzados al cauce del río Cauca.

El detonante fue un enfrentamiento entre el ELN y una patrulla del


Ejército en inmediaciones del corregimiento de la Sonora el 29 de
marzo de 1990, que dejó siete militares y un civil muerto, y varios
heridos entre guerrilleros, militares y civiles. Al otro día, 30 de marzo,
comenzaron las detenciones arbitrarias, asesinatos selectivos en el
casco urbano de Trujillo y en la zona rural, desapariciones forzadas y
cuerpos mutilados arrojados a las aguas del río Cauca (Álvarez, 2010,
párr.11). [Asimismo] De las aguas del río Cauca, por décadas, han sido
rescatados cadáveres no solo de la violencia en el Valle del Cauca,
sino que allí han ido a parar muertos del conflicto colombiano de los
departamentos de Risaralda, Antioquia, Caldas y Bolívar, que cruza el
cauce (Díaz, 2009, párr.44).

Un testimonio de dichos eventos es relatado por Daniel Arcila


Cardona quien “había sido incorporado como guía por los militares
luego de que denunciara que durante el combate que ocurrió en Playa
Alta y los subsiguientes enfrentamientos, un grupo de guerrilleros lo
pararon para pedirle sus documentos de identificación” (El Tiempo, 1995,
párr.11). Posteriormente se convertiría en el testigo clave en los hechos de
Trujillo, ya que declaró de lo que fue testigo antes de ser desaparecido el

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

5 de mayo de 1990 a manos de un grupo de hombres uniformados y de


civil, mientras caminaba por el parque principal de Trujillo. Respecto a
los hechos de Trujillo Arcila afirmó:

Yo estaba charlando con varios suboficiales por ahí a las 10 y 30 de


la mañana cuando uno de ellos vio a un hombre que bajaba en una
mula. Entonces él les dijo a unos soldados que estaban parados
en la carretera que lo requisaran, yo volteé a mirar y vi que él era el
guerrillero que el día del combate me pidió los papeles a mí (el testigo
se refiere a un enfrentamiento ocurrido el 29 de marzo de 1990, en
el cual guerrilleros del ELN dieron muerte a siete miembros de las
Fuerzas Especiales del Ejército), entonces yo le dije eso a mí cabo y le
echaron mano, lo bajaron y lo amarraron con el mismo rejo de la mula
y lo recostaron contra el barranco. El guerrillero tenía 17 años. Luego
nos fuimos a donde estaba mi capitán y le entregamos al guerrillero
(Semana, 1995, párr.2).

Encaja indicar que cuando Daniel Arcila –testigo clave en los eventos
de Trujillo– realizó su declaración, los hechos por su carácter extremo
en tanto sevicia, fueron asumidos como poco creíbles o fantasiosos, no
obstante, cuando estos son cruzados con nuevos datos y testimonios, por
las comisiones de la verdad, la información comenzó a cobrar sentido y
veracidad. Al respecto opinan

“es el caso de Daniel Arcila el principal testigo, que lo llamamos nosotros


el testigo estrella porque él fue, gracias a él, casi que únicamente a él
es que se logra conocer de primera mano y muy concretamente lo que
había ocurrido, quién, cómo, cuándo y por qué de los hechos” (Víctima
1, 2017).
“(…) como ya conocemos todos como es que opera la justicia en este
país, lo de Arcila fue declarado como no confiable, ya que las pruebas
no obedecían supuestamente a la realidad de los hechos; los testigos la

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mayoría de ellos fueron catalogados como locos, personas que lo que


habían contado o narrado en sus declaraciones no correspondían a la
realidad y simplemente al inicio archivan el caso, dicen que es un caso que
no tiene nada que ver con la realidad, que es un caso que no corresponde
y por tanto, pues lo archivan” (Víctima 2, 2017); “Daniel Arcila porque es
como un ejemplo de resistencia, él fue un testigo ocular de todos esos
hechos, él manejaba el carro en el que los llevaba entonces él sintió el
cargo de consciencia y decidió demandar a los responsables que eran
en ese entonces a Henry Loaiza alias “el Alacrán” y el teniente Fernando
Berrío, entonces decidió denunciar y fue declarado loco por psicólogos,
por entes de la fiscalía decían que “eso no era posible” pero a pesar de eso
él no se dió por vencido y siguió buscando a quien narrarle esos hechos
y se pudo una declaración y eso ayudó mucho para que se realizara un
proceso judicial, y fue descuartizado y lo echaron al río Cauca, entonces
fue algo que deja gran impacto porque es ver como querían esconder la
realidad, como de una forma tan horrible decidieron esconder lo que
habían hecho” (Víctima 3, 2018).

En Trujillo el enfrentamiento entre ejército y ELN en la Sonora, abrió


paso a acciones de violencia deliberada por parte del ejército nacional,
las que en relatos posteriores evidencian que la tortura, el asesinato y
la sevicia se instauraron como medio y fin para obtener información,
ejecutar venganza, presionar a las poblaciones –asumidas como
enemigas– y aterrorizar a la comunidad; en este tenor Arcila declara:

Estábamos parados ahí cuando subió un campero Toyota con ocho


personas y se detuvo más adelante. Entonces un teniente les dijo a
unos soldados que miraran a esa gente para ver qué querían y si iban
armados. Del carro se bajó un sargento del batallón y unos tipos con
fusiles R-15 y pistolas. Como los soldados reconocieron al sargento
entonces no hicieron nada: Los que venían en el campero fueron
hasta donde estábamos nosotros y hablaron con el capitán, quien les

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

preguntó quiénes eran y ellos le respondieron que venían del puesto


de mando adelantado (Arcila se refiere a una base militar instalada
provisionalmente en una zona rural de Andinápolis, cerca de Trujillo,
para perseguir a los guerrilleros que emboscaron a los militares días
atrás. El encargado de las operaciones era el mayor del Ejército Alirio
Urueña Jaramillo) (Semana, 1995, párr.3).

El testimonio de Arcila resulta importante porque, evidencia


el alcance de la tortura, manifiesta en los excesos sobre el cuerpo
perpetrados contra el prisionero capturado, y que se han presentado a
lo largo de la guerra en el país y que representan la dimensión macabra
de la creatividad anulativa, propia de la violencia y sus manifestaciones
destructivas. Dichas formas anulativas han estado presentes en los
actores armados del conflicto –legales e ilegales– y han tenido intereses
diversos en momentos específicos de la confrontación. Para el caso de
las fuerzas militares, priman los falsos positivos asumidos por muchos
como una política de estado (Durán, 2012), mientras que para otros el
asesinato, la tortura y las ejecuciones son parte del récord criminal que
auspicia ascensos, entrega menciones y regala comisiones acordes al
número de bajas (Cotrina, 2014). Para el caso de Trujillo el elemento
motivador fue la venganza ante las bajas de militares, el exceso de
autoridad, y el ansia de poder y control económico-territorial, en el
marco de alianzas entre narcotraficantes y muchos integrantes de las
fuerzas armadas. En cuanto a la tortura Arcila comenta:

En una parte del interrogatorio me hicieron acercar para que el


guerrillero me reconociera y le preguntaron que si me conocía. Luego
de mirarme me dijo: “Este fue al que yo le pedí los papeles en La
Sonora”. Yo no me quería dejar ver del guerrillero porque de pronto lo
soltaban y me quedaba reconociendo, pero uno de las autodefensas
dijo “tranquilo, déjese ver que a este de todas maneras lo matamos”. Él

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me dijo que fresco, que en esa hacienda llevaban tiempo haciendo lo


mismo y me contó del caso de otro hombre al que mataron y le decían
“el Mocho” y quien no aguantó la tortura. Me dijo que no cantó nada
y que le colocaron el soplete en los testículos y que no aguantó nada.
Luego, me dijo, calentaron una varilla con el soplete y se lo introdujeron
por el ano al rojo vivo, y después le levantaron las uñas con una navaja.
Debido a eso no aguantó y se murió (Semana, 1995, párr.6).

Después del 30 de marzo en la zona agrícola y en la zona urbana


de Trujillo, los militares emprendieron interrogatorios, detenciones
arbitrarias, desapariciones, asesinatos selectivos, torturas, y masacres,
siendo uno de los referentes de dichos crímenes, la aparición de
cuerpos mutilados en el río Cauca. Era claro que el ejército había
desaparecido campesinos en las veredas especialmente, en la Sonora
y, que el terror inundaba de espanto las interacciones y los espacios de
relación ciudadana. Entre los amenazados de muerte estuvo el padre
Tiberio quien ante sus feligreses en el sermón acusó de dañar la paz a
narcotraficantes, paramilitares y militares, finalmente parafraseando
la frase de Simón Bolívar que reza: “Si mi muerte contribuye para que
cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”
(Gómez, 2001, p. 60), el padre afirmó: “Si mi sangre contribuye para que
en Trujillo amanezca y florezca la paz que tanto estamos necesitando,
gustosamente la derramaré” (Álvarez, 2010, párr.14). Al otro día de estas
palabras asesinaron al mejor amigo del padre Tiberio en Tuluá, y cuando
este regresaba de su entierro el 17 de abril de 1990 en la ruta que une
a Tuluá y Trujillo, fue secuestrado y desaparecido junto a su sobrina y
dos personas más que lo acompañaban. La sobrina de Tiberio fue
descuartizada frente a él, y luego este fue asesinado y descuartizado.

“(…) cuando paraban el carro y empezaban a verificar con cédula en


mano el documento usted quién es, cómo se llama, muéstreme la

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

cédula y vamos a ver, era doloroso muy triste porque uno sabía que
la mayoría, que la mayoría no, todas las personas que eran retenidas
o bajadas de estos vehículos, no volvían a aparecer vivos, y nadie
volvía a aparecer diciendo no es una equivocación me llevaron por
una bobada pero aquí estoy otra vez, no o todos los encontraban
después tirados flotando en las aguas del río Cauca o asesinados por
las principales vías” (Víctima 1, 2017); “las personas que retuvieron allá
en la Sonora, fueron sacados de allá de la Sonora y llevados a una de
las fincas de Diego Montoya, llamada las violetas, para ver si había
una relación directa con este grupo (…) desafortunadamente fueron
masacrados en esa finca, otro grupo corrió con la misma suerte y pues
fue llevado a la finca de Henry Loaiza, la Pink en la “Y” eso ocurrió en
un tiempo, podría decirse que en un mismo lapso de tiempo, como
para sacarle información, buscar cómplices, luego sus cuerpos eran
desmembrados y arrojados al río cauca (Víctima 5, 2018)

Para los habitantes de Trujillo la muerte del padre Tiberio fue un


hito que marcó su historia dada la influencia y multiplicidad de roles
que este tenía en la comunidad, y aunque para algunos era tildado
de liberal y auxiliador de la guerrilla –guerrillero–, lo cierto es que su
visión de autosuficiencia económica del campesinado, despertó en los
menos favorecidos, ideas de equidad, igualdad y libertad; de allí que
su muerte dejara en el colectivo la idea de desamparo, abandono y
desprotección, que ya persistía a razón del abandono estatal, el auge del
narcotráfico y la creciente impunidad. Según refiere el Centro Nacional
de Memoria Histórica (CNMH, 2008) la masacre tuvo como objetivos: el
impedimento a las maniobras insurgentes; la interrupción y control en
los campesinos de su gestión y organización colectiva; y, por último, el
establecimiento de un poder laminar que persiste hasta la actualidad.
Por tanto, la violencia se mantiene y diversifica en nuevos actores
sociales, aun cuando han pasado más de dos décadas de los eventos, y

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Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

una década de aceptación de la responsabilidad estatal, al tiempo que


las obligaciones adquiridas con las víctimas por el Estado, permanecen
inconclusas.
Como evidencia de la persistencia de la violencia, su reproducción
y mantenimiento por diversos actores armados, existen indicios del
reagrupamiento en la actualidad de bandas criminales como:
“los Machos” y “los Rastrojos” (El Espectador, 2018). Dicho esto, la
persecución a líderes y lideresas que defienden territorios y derechos, se
ha constituido en una constante en la región y en el país, de allí que la
memoria continúe desvalorizada y aturdida por la impunidad. Ejemplo
de esto es que, “cuatro atentados han sufrido el Parque Monumento a
las Víctimas. El último de ellos fue la profanación de la tumba del padre
Tiberio Fernández, considerado el gran pastor y líder comunitario de
la zona” (CNMH, 2008, pp.12–13). Asimismo, los habitantes de Trujillo
refieren que hubo más de 342 víctimas, muchas de ellas desaparecidas,
ejecutadas-asesinadas, torturadas y descuartizadas, que fueron
arrojadas al río Cauca por efecto de alianza macabra entre Diego
Montoya y Henry Loaiza (El Tiempo, 2014). Algunas de estas muertes
también son adjudicadas al grupo subversivo ELN. Para muchos el padre
Tiberio fue asesinado por alias “el Alacrán” como respuesta a su secuestro,
al considerar que el padre era un auxiliador de la guerrilla, para otros fue
el Estado quien lo desapareció, dada la alianza entre miembros de las
fuerzas armadas, policía, paramilitares y narcotraficantes.

Son setenta entre los escoltas del cabecilla, que es Henry Loaiza, alias
Foraica, y los que quedan en la finca y Diego Montoya y cuentan con
la ayuda del mayor Urueña... los interrogatorios los dirige El Tío, las
torturas las dirige el mayor Urueña y las practica él mismo, mientras
no está Diego Montoya, allá dirige todo El Tío. (…) Con estas palabras,
Daniel Arcila Cardona relató la forma cómo él vio a los miembros del
grupo paramilitar que dirigía Henry Loaiza, El Alacrán , perpetrar, en

48
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

1990, la matanza de 107 campesinos de Trujillo, en la que también


intervino un oficial del Ejército (El Tiempo, 1995, párr.4-5).

Las masacres fueron legitimadas por estos actores violentos como


medidas contrainsurgentes, en las cuales bajo el argumento de «limpieza
social» se consumaron asesinatos para validar la reapropiación de tierras,
sentar precedentes de horror en la población, silenciar a testigos y ejercer
poder territorial y político. El especial interés en la región por parte del
ELN y de otros grupos insurgentes, era el paso estratégico de tropas,
secuestrados e insumos para la guerra por el cañón del Garrapato,
mientras que, para los narcotraficantes fue el paso indispensable de
estupefacientes por dicha zona, ya que este brinda un camino más corto
y sin regulaciones a la costa pacífica, lugar desde el cual era posible,
enviar drogas ilícitas a otros países. El crimen contra el Padre Tiberio
y los campesinos víctimas de las masacres da cuenta del abandono
estatal y de la consternación causada por el narco paramilitarismo
(Álvarez, 2010), al tiempo que la desprotección en la que se encuentran
estas comunidades, a merced de los actos de lesa humanidad que estos
ejecutan, no pueden más que sentir que su existencia es un continuo
viaje hacia la muerte, la desolación, la impunidad y la pena moral.

Una violencia esquelética y letal


En contraste con lo observado en la masacre en los años 1994 y 1999,
en Trujillo se evidencia una disminución significativa de homicidios entre
el 2000 y 2001, descenso que inicia a partir de la publicación del informe
final de la Comisión Investigadora de los sucesos violentos de Trujillo
(CISVT), y que dio inicio a una especie de “acuerdo amigable” entre las
partes en conflicto. Sin embargo, aunque la violencia principalmente
física se había debilitado, las víctimas continuaron señalando que la
masacre no llegaba a su fin, pues señalaban que la violencia continuaba

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

en el “ambiente” transformada en algo que solo aquellos que vivieron


la tragedia en su magnitud pueden entender. Por ello, sienten que la
violencia persiste y, aunque ya no se encuentren en el territorio los
responsables directos de la masacre, la violencia cambia de formas y de
actores sociales, aspecto que referencia en todo sentido la emergencia
de una violencia lineal (Andrade, 2017), es decir,

La violencia-lineal referencia todos aquellos ejercicios del poder


encaminados a perpetuar la dominación, bajo una praxis que se torna
cada vez más imperceptible para los sujetos, y que es en gran medida
el efecto de la lógica totalitarista, que mantiene su halo de acción bajo
diversas formas de simbolización –aun en gobiernos democráticos–,
en cuyo caso pretende normalizar su ejercicio a través de sus prácticas
e ideologías (...) La linealidad de la violencia conlleva a sesgarla
como unidireccional en tanto destrucción del tejido social (Andrade,
2017c, p.2)dada su amplitud conceptual, las diversas situaciones que
pueden darle origen, y las convergencias-divergencias teóricas que
su exploración suscita (Blair, 2009; Platt, 1992. La violencia lineal se
escala en muchos niveles de relación social, y de este modo la guerra
también se extiende a otros ámbitos, y encuentra en la manifestación
del autoritarismo «que no-negocia sino que impone», el caldo de
cultivo para reproducir la linealidad irrevocable de su ejercicio violento
(Andrade, 2017b, p.979).

Dicho perfil de descenso permanece en los años 2002 y 2006,


registrándose una notable reducción de acciones y muertes violentas,
lo cual no representó la legitimidad de una paz definitiva en Trujillo,
sino una violencia leve, lineal, coterránea, subliminal y constante, una
violencia omnipresente.
En Trujillo, sus habitantes, tienen presente la violencia de diferentes
formas especialmente a través de los asesinatos selectivos, aun cuando
no se presenten a le fecha masacres. Desde 1986 persiste hasta la
50
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

actualidad, la memoria de una tragedia que, en sus dimensiones más


amplias, hace evidente la crisis de gobernabilidad y de reparación
presente en el Estado y en las instituciones de gobierno. A la fecha no
se cuenta con el número exacto de víctimas desaparecidas, violentadas,
asesinadas, forzadas a dejar su hogar, y vulneradas de diferentes maneras,
y a cambio de ello el imaginario se reduce a la idea de que no existe, o
es mínima la violencia e influencia de grupos en la región. Conviene
señalar que acorde a los datos-testimonios recuperados, compartidos y
analizados por las mismas víctimas, el Estado no tuvo otra salida que
aceptar actos violentos registrados por la Comisión de investigación de
los sucesos violentos de Trujillo (CISVT), es así que el presidente Samper
reconoce la responsabilidad del Estado en la masacre de 107 personas,
lo cual sucedió entre el 29 de marzo y el 17 de abril de 1990, junto a
las declaraciones de Daniel Arcila Cardona –testigo de la masacre de
Trujillo–, lo que demostró inconsistencias entre el número de víctimas
declaradas como bajas en el conflicto.

Uno de los testigos del genocidio fue Daniel Arcila Cardona, quien
después de fugarse denunció el hecho ante las autoridades. Medicina
Legal lo declaró enajenado mental. Su testimonio era tan horripilante
que desafió la credibilidad y no fue tenido en cuenta. Arcila desapareció
en 1991, presuntamente asesinado (…) ( Semana, 1995, párr.1).

En respuesta a dichas disparidades, fue necesario la creación por


medios propios de asociaciones de las víctimas, como la Asociación de
familiares de las víctimas de los hechos violentos de Trujillo (AFAVIT),
la cual gestionó la realización de un comité interinstitucional con la
finalidad de aclarar los hechos violentos no reconocidos, ya que el
número de víctimas reveladas no-registradas por el Estado alcanzan
un numero de 342. Así pues, se fundó el Comité de Evaluación de
Casos de Trujillo (CECT), que en su acta final de los hechos recientes y
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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

los reconocidos por el Estado, AFAVIT concluye con el CECT, que el


número de víctimas de la masacre de Trujillo, no son de 342 sino de 245,
junto a las 34 víctimas distinguidas por la CISVT, las 131 víctimas nuevas
identificadas por la CECT y las 80 víctimas agrupadas –en estudio–
por esta misma entidad. En este sentido, las víctimas en su lucha y
resistencia, se esforzaron por demostrar políticamente la necesidad de la
memoria de la violencia vivida en Trujillo, representada en el homicidio
del sacerdote Tiberio Fernández; la pérdida-asesinato de sus familiares;
la desaparición paulatina de habitantes en la Sonora, y demás eventos
que constituyen actos de lesa humanidad y de elevada impunidad, que
incrementan la indignación generalizada, estos hechos no se ajustan a
las explicaciones minimizadas por un gobierno que los limita, cuestiona
las fechas y el número de víctimas, además, de confinar el compromiso
de investigación y reparación en el municipio de Trujillo.
En relación a las primeras masacres denunciadas las víctimas
expresan:

“Gracias a testigos y a denuncias se deja ver claramente de que sí, sí


y que las personas que retuvieron allá en la Sonora, fueron sacadas
de allá de la Sonora y llevados a una de las fincas de Diego Montoya,
llamada las violetas” (Víctima 5, 2018).

La violencia generó la opinión negativa de Trujillo por parte de


diversas regiones, partidos y medios de comunicación, además de
estigmatización y también, el señalamiento de “mentirosos” a las
víctimas por sus declaraciones, lo que, a su vez condicionó la posibilidad
de recibir reparación y justicia acorde a las dimensiones reales de lo
ocurrido. Esta evasión de la reparación por parte del Estado frente a
los sucesos, y el informe de la CECT, trajo consigo para las familias la
violación de los derechos a la verdad, justicia y reparación. Cabe anotar,
que, desde la dimensión del reconocimiento del sentido, el terror vivido
52
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

en el caso Trujillo no fue reconocido por el Estado en su totalidad, puesto


que en realidad las descripciones y conteos estatales no retratan o se
acercan a la mitad de los hechos y personas victimadas. En respuesta,
dicha necesidad de visibilidad se ha transformado en un objetivo de
resistencia y preservación de la memoria.
De hecho, muchas personas, rechazan los datos revelados en la
publicación ¡Basta ya! del Grupo de Memoria Histórica, ya que no
se destacan los sucesos acaecidos entre el 29 de marzo y el 17 de abril
de 1990, de allí que después del horror vivido, sientan que no se han
expuesto las verdaderas dimensiones y desmanes de lo acontecido.
Ejemplo de algunos detalles no contados y vividos por las víctimas se
revelan en el siguiente testimonio:

“(…) el padre Tiberio lo que hace es entonces después de esa gran


balacera, que se va el fluido eléctrico, el padre abre la puerta de la
Iglesia se organiza un poco, no sé ni como lo hicieron los de la Defensa
Civil y empiezan a salir al parque y a recoger los heridos y a llevarlos
hacia la Iglesia, y a empezar pues como a darles un poco de auxilio, de
atención a toda esta gente, eso no se escuchaba sino gritos y quejidos,
eso estaba era lleno de niños, bueno, de gente herida y ahí empezaron
los problemas, porque la gran mayoría, o no la gran mayoría no, todos
los que habían participado de esa gran marcha que apenas estaba
empezando, tenían la idea de que “vamos a tomarnos el parque y hasta
que no nos paren bolas sino fijemos unos acuerdos o unos compromisos
no levantamos el paro”, decían: no le levantamos esta toma pacífica,
pues resulta que esa toma pacífica se convirtió fue en un conflicto, en un
ataque de la fuerza militar hacia estos campesinos” (Víctima 1, 2017); “a
través de los relatos vivos de matriarcas que a pesar de su edad pudieron
palpar, conocer y ser testigos en muchos casos de lo que había ocurrido
en Trujillo, pudimos descubrir de que las víctimas no era las 20 ó 30 ó
50 de las que había hablado el Estado, nos dimos cuenta de que las
víctimas eran muchas más de las que inicialmente se habían contado,

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

pudimos darnos cuenta de los instrumentos utilizados para aniquilar,


para desaparecer y torturar, y así con los instrumentos utilizados por los
victimarios nos podemos dar cuenta de quiénes, cómo, cuándo y dónde
ocurrieron los hechos (Víctima 5, 2018).

En este orden de ideas, la Comisión Investigadora de los sucesos


violentos de Trujillo CISVT en 1995, con la aprobación de la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos CIDH, concuerda en adjudicar el
nombre: “La masacre en Trujillo” para referirse a los hechos violentos del
municipio de Trujillo-Valle, título que el GMH no refutó y dio su apoyo,
considerándolo pertinente para el reconocimiento y simbolización de
los crímenes de lesa humanidad en los habitantes de dicho municipio,
y sus impactos en la dignidad de las víctimas, no solo en tanto individuo
sino como colectivo.

Causas de la masacre de Trujillo


De acuerdo con el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH,
2008) la masacre de Trujillo fue una de las más cruentas en la historia
colombiana dada las características de permanencia de la violencia,
diversidad de grupos armados legales o ilegales, además de las
asociaciones bélicas entre dichos actores sociales. Las secuelas de la
guerra aún persisten entre las víctimas sobrevivientes de los actos de
lesa humanidad, y para muchos de ellos, la violencia ha dejado huellas
imborrables que permanecen a modo de estigmas en su existencia. Así,
las consecuencias de la violencia se tornan lineales porque al igual que
antes, cuando la violencia era la mediadora entre grupos, instituciones
y personas, en las comunidades actuales permanecen ideas acerca
del abandono estatal, manifiesto en un escaso número de personas
reparadas; pocas medidas interinstitucionales para contrarrestar los
elevados índices de pobreza; múltiples problemáticas sociales en

54
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

aumento; presencia de otros tipos de violencia, y el apartamiento


territorial de comisiones de verificación de las funciones públicas y de
seguridad,

“Miren, en el año dos mil doce, nos mataron quince jóvenes entre los
doce años y los quince y dieciséis años, que eran utilizados, todos
lo sabemos que una persona que está bien formada bien educada
difícilmente va a caer en estas redes, difícilmente y a esto le sumamos
el abandono por parte del Estado, como les digo acá no tenemos
empresas, no hay fuentes de empleo, aquí no tenemos nada, entonces
qué hago yo” (Víctima 1, 2017).

Para las víctimas en Trujillo - Valle, entre los años 1986 y 1994
se presentaron crímenes de lesa humanidad que dejaron huellas
imborrables, cuyos efectos aún persisten en los sobrevivientes y en
sus familias, tales como, desapariciones forzadas, torturas, homicidios
y masacres (Fernández, 2016). Una de las principales causas de esta
tragedia, como se ha nombrado, fue la marcha de 1988 organizada
por los campesinos del pueblo junto con el padre Tiberio Fernández,
la cual tenía como propósito solicitar la mejoría de vías rurales,
especialmente, de las veredas Venecia, la Sonora y Puente Blanco, sin
embargo, más que ello la marcha representaba el cansancio del pueblo
por la inequidad y la constante presión de los grupos armados respecto
al dominio territorial. Es así, que la falta de alimentos, las dificultades
de las empresas campesinas para ser legitimadas por el gobierno, el
rótulo de subversivas –colaboradoras del ELN– que pesó sobre dichas
asociaciones, las contiendas políticas, las luchas por el territorio
entre terratenientes, grupos al margen de la ley, y narcotraficantes,
configuraron un entramado de elementos que detonaron el inicio de
una violencia que ya se gestaba de forma silenciosa, y que encontró en la
protesta un pretexto para hacerse manifiesta.
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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Se presume que algunas personas hicieron caso omiso a las órdenes


de los agentes de mantener el orden, y por ello se presentaron conflictos
durante la marcha, entre oficiales de la ley, habitantes del pueblo y
campesinos, a ello debe sumarse la falta de respuesta sobre su petición
de equidad social y política. Posteriormente, se presentó la desaparición
de algunas personas que participaron en la marcha, las cuales fueron
torturadas en la finca “las Violetas” (Fernández, 2016). Los grupos
campesinos que requerían el mejoramiento de vías en los sectores
agrícolas y rurales, también, reclamaban derechos sobre el territorio
y debido a la presión que la comunidad ejercía, emergieron ataques
violentos en su contra (Estrada y Bonilla, 2010).

“(…) fueron, la retuvieron a ella y a diez personas más esa noche, una
noche de terror, muchas personas ojo se salvaron porque simplemente
ya estaban como tomando algunas acciones de autoprotección y
cuando fueron de puerta en puerta, ya con lista en mano, aquí vive
fulano aquí vive zutano, y que tal y contaban con unas personas, que
eran los guías y quienes iban allá les decían fulano vive aquí y este vive
acá, esos si eran auxiliares porque trabajaban con ellos, todas estas
personas fueron retenidas, sacadas esa noche y llevados a la hacienda
las violetas, otro grupo posteriormente fueron llevados allí a la finca o
la hacienda villa” (Víctima 1, 2017).

Cabe anotar que el ELN utilizó la zona montañosa como lugar de


resguardo, y posteriormente, establecieron arreglos con la comunidad
del municipio para librar a determinada sociedad de las agresiones, y
para afrontar el impacto que causaría la llegada de Henry Loaiza y Diego
Montoya cabecillas del narcotráfico, los cuales pretendían comprar
los territorios de los campesinos con el fin de insertar sus empresas
ilegales en dicho lugar (Estrada y Bonilla, 2010). Encaja resaltar que
la percepción de la guerrilla por la población es generalmente vaga,

56
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

refieren que su influencia era escasa y que fue visible en los sucesos del
parque o movilización campesina que posteriormente haría manifiesta
la violencia y la tortura en Trujillo,

“(…) si hacemos una evaluación exhaustiva en pocas palabras la


guerrilla en Trujillo no hizo nada, aquí no tenemos, ojo no se me
vayan a confundir ya les explico bien aquí no tuvimos presencia de
guerrilla en el pueblo que venía, que hacía retenes, que mataba
gente, que secuestraba, que extorsionaba, no, lo que pasa es que en
la zona alta montañosa corregimiento de la Sonora y Playa alta había
un reducto muy pequeño del ELN ellos tenían allá como su campo
de entrenamiento que lo llamaban también el descansadero, ellos
llegaban allá y siempre decíamos cada mes llegan veinte, treinta
cuarenta de paso y muchos decían llegan es a descansar y los estaban
relevando continuamente, pero allá esa gente nunca bajaba aquí,
nunca teníamos antecedes de que hayan hecho cosas como ya les
acabe de contar (terrorismo), en algún momento cuando se alborota
todo lo de la toma aquí del parque y todo, si se pudo evidenciar que
estos milicianos que se encontraban en la parte alta, participaron de
la marcha campesina” (Víctima 1, 2017).

Otra de las causas estuvo relacionada con el control territorial y la


siembra de coca durante el año 1990, puesto que en algunos lugares se
asentaron grupos de mercenarios, financiados por los narcotraficantes
para proteger sembrados de cocaína pertenecientes a Diego Montoya
y Henry Loaiza, al tiempo que se presentaron hostigamientos mutuos
entre ELN, paramilitares y dichos mercenarios (Fernández, 2016). Así, si
uno de estos colectivos exigía a los habitantes del pueblo comida, quienes
cedían por temor a que les hicieran daño, eran culpados por otros grupos
de auxiliadores, colaboradores o cómplices de sus enemigos. A partir
de allí, se presentaron nuevamente, desapariciones forzosas, torturas
y asesinatos en Trujillo. Fue tanta la sevicia que muchas extremidades
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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

desmembradas flotaban a diario en el río Cauca, donde también fue


encontrado el cuerpo del padre Tiberio, quien “fue descuartizado y lo
echaron al río Cauca, entonces fue algo que deja gran impacto porque es
ver como querían esconder la realidad, como de una forma tan horrible
decidieron esconder lo que había hecho” (Víctima 3, 2018); las víctimas
indican que “por los testimonios de Daniel Arcila usted se da cuenta que
fueron llevados a Villa Paola, desmembrados y arrojados al río el Cauca”
(Víctima 2, 2017).
Las muertes de varios miembros de una familia eran parte del ritual
de tortura al que iban sometiendo a las víctimas, así, el terror y el horror
suscitado por la sevicia formaron parte de las dinámicas elegidas para
sentar precedentes de horror, dominio, oposición, soberanía y despojo.
En torno a los hechos acaecidos, es importante mencionar que,

En horas de la noche del 23 de marzo de 1990 en la hacienda Argelia


ubicada en la vereda la Sonora de Trujillo, una de las víctimas vio cómo
un grupo de 15 soldados y de paramilitares llegaron a la hacienda de
su familia buscando supuestamente información que los vinculara
con el ELN, según testigos la víctima estuvo presente en las torturas
a las que fueron sometidos tres de sus hijos. Antes de ser asesinados
los tres hermanos y un trabajador sufrieron mutilaciones. Tres meses
después, el padre de las víctimas murió por causa de una úlcera, ya
que dejó de comer y se la pasaba bebiendo alcohol (Radio Nacional de
Colombia, 2012, p. 1).

Por otra parte, se estima que entre las problemáticas causantes de la


masacre, estuvo el narcotráfico, y el comercio y consumo de sustancias
psicoactivas, puesto que aquellas personas que consumían o vendían
la droga no podían ser denunciadas ante la ley porque terminaban
asesinadas por actores armados; sin embargo, incluso aunque muchos
de ellos se escondieron o huyeron, finalmente, fueron asesinados a razón

58
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

de la «limpieza social» causada –supuestamente– por agentes policiales


de Trujillo, quienes eliminaron a personas involucradas con la droga.
En este tenor, una de las víctimas expresa que existe una repetición y
permanencia de hechos victimizantes como las “limpiezas” ya que en
la actualidad aún se presentan; al respecto opina: “(...) están haciendo
la llamada “operación limpieza” ahí están repitiendo lo mismo y eso es
del Estado, bandas criminales todo es el del Estado, entonces ahí no hay
garantía a la no repetición” (Víctima 3, 2018).

Según relata el Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP,


2013) “numerosos jóvenes adictos a la droga o ladronzuelos aparecieron
muertos en Trujillo y sus alrededores entre 1988 y 1989” (p.13). De
esta manera, era común escuchar que en Trujillo había por parte de
las autoridades un grupo de “limpieza social”; donde una multitud
de integrantes de la inteligencia de la fuerza pública (F2) de Tuluá
extinguían a los criminales en las noches, sin embargo, ninguna persona
intentaba declarar los sucesos, aun si lo hubiesen visto, elegían callar
para sobrevivir. La tragedia de Trujillo tuvo una serie de consecuencias
que causó una sucesión de eventos violentos y transgresiones que aún
no desaparecen del todo, dada la continuidad de sucesos violentos,
como en el año 1994 donde se registraron homicidios y desapariciones
consumadas por homicidas, los cuales –al parecer– continúan
ejerciendo actualmente con libertad en el área. Así, en Trujillo, más de
342 vidas fueron sacrificadas, torturas, forzadas a abandonar sus tierras y
episodios de detenciones arbitrarias. Escenarios donde están envueltos
varios actores armados tales como, traficantes de estupefacientes, la
guerrilla del ELN, los paramilitares, policía y el ejército de Colombia.
Respecto a las causas asociadas a los hechos de violencia en Trujillo, una
de las víctimas sobrevivientes de las torturas del 16 de marzo de 1990
refiere en su testimonio lo siguiente:

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

“(…) llegaron a mi casa unos hombres armados pertenecientes al F2


y allanaron mi casa, empezaron a buscar que yo era un auxiliar de la
guerrilla, creían que yo tenía anexos que me vinculaban directamente
con ellos, que yo era un gran jefe y que en mi casa tenía un armamento
y uniformes, por supuesto que mi casa la revolcaron buscando en
armarios, colchones por toda parte y nunca encontraron nada,
igualmente fui detenido en compañía de otras 11 personas de aquí de
Trujillo, fuimos sometidas a toda clase de tortura a una cantidad de
oprobios, que nosotros para la edad que teníamos no entendíamos
qué era lo que pasaba.” Finalmente, fue liberado, una suerte diferente
corrió por lo menos 80 desaparecidos cuyos cadáveres al parecer
fueron lanzados al río Cauca (Radio Nacional de Colombia, 2012, p. 2).

Lo anterior muestra que la violencia era desplegada como


estructura de control territorial para causar terror en la población, de
modo que las marcas del horror permitieran a modo de imprinting,
identificar en los espacios, personas, comunidades, relaciones e
intercambios sociales, las múltiples implicaciones violentas asociadas al
conflicto, mismas que por vía represiva, se instalaron en la colectividad
de formas cada vez más nocivas. Ergo, la violencia distanció a través del
miedo a las personas, los hizo desconfiar uno del otro y alejarse, así, lo
señala una de las víctimas:

“Desconfianza, por ejemplo después de todo eso yo no he vuelto a


tener confianza ni en la mejor amiga, la mejor amiga que yo tenía la
creía mi enemiga, me parecía que todo eso que le habían hecho a mi
hijo también creía que me lo podían hacer a mí y a mis otros hijos”
(Víctima 4, 2018).

Otro hecho lamentable, es que la creatividad destructiva se revela en


la implementación de artefactos de tortura, ya que,

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

“el uso de instrumentos como la motosierra, para la mutilación de los


cuerpos, se hace presente allí por primera vez en el contexto del conflicto
armado. Se puede advertir en este caso un modelo de reproducción de
las prácticas de terror empleadas por los narcotraficantes en el sur del
país” (Uribe, 1978, p.6).

que surge a la vez como correlato de prácticas anulativas


implementadas en la violencia de los años 50 como el descuartizamiento,
las desapariciones y la sevicia perpetrada a los cadáveres (Uribe, 1978).
La situación humanitaria resulta tan grave, que “no sólo deben
superar el dolor de la pérdida, sino también la crisis económica que
sobreviene a la ausencia de los que generaban los ingresos del núcleo
familiar. Ergo, la pobreza se agrava como consecuencia de la violencia”
(CNMH, 2008, p. 79); en este sentido para las víctimas la reparación no
debe reducirse a una ayuda económica, pues las afectaciones van más
allá de lo material, y se ubican en lo que toca a lo moral, la justicia, lo
afectivo, es decir lo irreparable,

“Qué bueno sería que en esas ayudas económicas fueran invertidas


nos entregaran al final de un proceso formativo donde se invite a
las comunidades de las víctimas a estudiar y a prepararse” (Víctima
5, 2018); “lo que más exijo es esto, la verdad, justicia y reparación, no
tanto reparación económica sino una reparación con justicia social,
una reparación que sea una reparación en salud, reparación en
educación, una reparación donde los hijos puedan tener un mejor
vivir un trabajo estable” (Víctima 4, 2018); “el Estado colombiano fue
muy culpable por omisión y acción entonces debe reparar porque
no cumplió con su deber y propicio que esos hechos victimizantes,
sangrientos, crímenes ocurrieran porque había abandonado el pueblo
en manos de grupos criminales” (Víctima 2, 2017); “una de las mayores
reparaciones que podría dar a las víctimas, sería una verdad concisa
una verdad concreta, donde el Estado le pudiera brindar a uno la

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

oportunidad de tener a la persona que realizó los hechos de frente


narrándole los hechos personalmente, eso sería como una reparación
moral que sería un descanso” (Víctima 3, 2018).

Desde esta perspectiva el Estado colombiano no realizó un verdadero


reconocimiento de su responsabilidad, y por ello brindó su ayuda al verse
obligado por sanciones internacionales, pero no por el deseo de reparar
y reconocer sus equivocaciones, aspecto que limita la percepción de una
reparación integral-integrada-efectiva en las víctimas. En este imaginario
–muy cercano a la realidad– Trujillo fue abandonado por el gobierno y
puesto a merced de grupos criminales, mientras que, a la par, las distintas
fuerzas políticas involucradas con narcotraficantes, intentaron por todos
los medios posibles, instalar el olvido y la impunidad, ex profeso, como
medida y ley unilateral. En contraste a estos intentos de linealización
de la vida cotidiana, las víctimas decidieron unirse y conformar grupos
de resistencia organizados, a fin de ayudarse entre sí, tal es el caso de
AFAVIT o Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo (Valle del
Cauca - Colombia), conformada por las mismas personas afectadas por
la masacre.
Dichas personas reorganizaron otras víctimas, compartieron
la vivienda, alimentos y cobijas, y, además, de ayudar a restituir la
confianza y la esperanza, permitiendo con ello trabajar en la memoria y
la responsabilidad que trae consigo el recordar y narrar lo sucedido, todo
con la finalidad de evitar la creciente impunidad y luchar con el olvido
impuesto como norma social y política. De esta manera, levantaron
monumentos, placas y recordatorios, crearon cooperativas y fundaciones
como Afavit, Asomiteca, y realizaron marchas peregrinas organizadas por
una ONG. Todo en conjunto permitió el fortalecimiento comunitario
y la resistencia social ante los violentos, incluidos entre ellos, algunos
actores sociales del gobierno.

62
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

“(…) congregadas y apoyándose, las víctimas tienen la posibilidad de


hablar de lo ocurrido desde otro punto de vista y no desde lo narrado
por el Estado, lo que dijeron terceros no siempre es lo que sucedió, y
ello desató indiferencia e incredulidad, la solución ante el desprecio
y abandono estatal, fue brindarnos ayuda entre nosotros, por eso se
generaron asociaciones y talleres de pintura, escritura, encuentros,
conversatorios, poesía, como una forma de aprender a vivir juntos y
sobrevivir ante los efectos de la tragedia, y también con esto tratar
de prevenir trastornos mentales como la ansiedad, la pena moral, la
depresión y el estrés postraumático” (Víctima 1, 2017).

Cabe asentar que actualmente existen personas y grupos que


continúan haciendo daño, pues en varias ocasiones han atentado contra
algunos monumentos, logrando destruirlos, con el fin de desaparecer
las organizaciones que las víctimas crearon como resistencia ante el
abandono del Estado, pero gracias a la resiliencia, han podido seguir en
pie con sus proyectos, siendo reconocidos y admirados por instituciones,
grupos y personas interesadas por la reparación de los hechos
victimizantes. Grosso modo, en las víctimas existe una baja percepción
de seguridad, lo cual se extiende hasta los parques y monumentos, al
respecto una de las víctimas señala:

“(…) no han habido garantías todos sabemos los diferentes ataques que
han habido en el parque monumento, los atentados que han recibido
algunos miembros de AFAVIT, los asesinatos que se han repetido,
se han ocasionado en otros momentos, hemos tenido después de
esto dos hechos, dos masacres más, donde han caído familiares de
las primeras víctimas que hubo en los años noventa, entonces, son
problemas que se dificultan” (Víctima 1, 2017).

De suyo, la impunidad y la injusticia representan formas lineales de


representación del hecho violento, en tal sentido, según opina el Centro

63
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Nacional de Memoria Histórica (CNMH, 2008), “el dolor de la masacre


se prolonga con el dolor de la injusticia” (p.21), al tiempo que el horror y
la desesperanza, se prolongan indefinidamente en, a través y más allá
de la imposibilidad de recuperar la tranquilidad, la justicia y en gran
medida cuando los cuerpos permanecen desaparecidos y, no es posible
en palabras de las víctimas, puesto que demandan “darles cristiana
sepultura a los muertos; uno necesita un indicio, una parte o una señal
de los restos (…) mientras haya impunidad será difícil creer en que puede
haber reparación” (Víctima 1, 2017).
En el este sentido de la verdad, justicia y reparación, las víctimas
anhelan conocer los motivos por los cuales fueron violentados, que la
justicia condene a los responsables, y, además, hallar los cuerpos –o
partes de ellos– de los familiares desaparecidos a fin de darle un último
adiós, y un entierro digno “yo solo pido saber dónde está para enterrarlo
dignamente, y poder visitarlo allí” (Víctima 4, 2018), es decir, para
completar el rito mortuorio acorde a las creencias religiosas que otorgan
sentido de trascendencia y esperanza en el futuro a las familias.

Las consecuencias lineales de la violencia en Trujillo


En el marco de la presente investigación, una de las consecuencias extremas de
la violencia a mediano y largo plazo es la pena moral, que se constituye según los
hallazgos en uno de los efectos más nocivos de la violencia lineal.2 Dicha violencia
lineal se expresa en acciones como: el silencio de las personas del pueblo

2
En esta investigación la Pena Moral, se define como la condición existencial
resultante «vivenciada personalmente o trasmitida generacionalmente», de la articulación
reticular entre las múltiples experiencias de dolor, perdida, silenciamiento, despojo,
destierro, impotencia, desesperanza, impunidad etc., derivados de toda afectación
a la dignidad humana y la moral en el marco del conflicto armado y la violencia. De
allí que, en el contexto de la guerra, se asocie a las atrocidades implementadas por
los diversos actores armados, tales como, «reclutamientos, amenazas, persecuciones,
torturas, asesinatos, ejecuciones, desapariciones, sevicia, entre otros», y también,
64
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

ante los hechos, la dificultad para identificar perpetradores, la evasión


de la memoria, la ilegitimidad de algunos hechos y la no reparación de
algunas víctimas, además de otros elementos que ejemplifican dicha
linealidad, como por ejemplo, estructuras físicas derruidas o viviendas
en deterioro constante, lenguaje guerrerista entre jóvenes, silencios
narrativos acerca de la guerra, temor al contacto visual con el forastero,
entre otros, que en mayor o menor grado simbolizan la continuidad o
linealidad de la violencia, la cual asume manifestaciones variadas y surte
de terror la existencia de las comunidades vulneradas. Al respecto una
víctima expresa: “aquí la gente ya no se mira a los ojos... todos tenemos
miedo que nos identifiquen aun sin haber hecho nada… nadie quiere
invertir en Trujillo, el pueblo se cae a pedazos” (Víctima 4, mayo 11 de 2018).

[En Trujillo persiste] la linealidad de una violencia permanente que


transforma sus espacios y contextos, que recodifica sus experiencias
vitales y otorga contra-valor a la existencia (…) La linealidad aquí
referenciada implica que la violencia permanece como intención,
herramienta y mecanismo de control social y eliminación selectiva,
pues opera en torno a ideas maniqueistas, donde quien no es amigo se
convierte en enemigo, lo cual instaura una bidireccionalidad anulativa y
reductora per se. La violencia-lineal conlleva la linealización del ejercicio
violento, es decir, las acciones que suscitan la subsistencia del terror, la
memoria permanente del dolor, y la incredulidad ante los mecanismos
de seguridad que ofrece el estado (Andrade, 2016b, pp.7-9).

La violencia en Trujillo presenta una linealidad innegable, expresa


en el hecho que los asesinatos, aunque se presentaron más espaciados,

a una esperanza-desesperanzadora, que permite la reificación de la supervivencia,


incredulidad y desconfianza en sí mismos y en otros, limitando así, las posibilidades
de ajuste gradual a las nuevas condiciones vitales que el posconflicto propicia. La pena
moral como categoría en construcción, permite constelar alrededor de sí, parte de las
muchas consecuencias vivenciadas y expresas por las personas de Trujillo en este libro.
65
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

continuaron activos y aunque los actores violentos maticen sus


responsabilidades, existe en la población el sentido, memoria o intuición
acerca de quiénes son los perpetradores y bajo qué condiciones se
despliegan dichos asesinatos; en relación a esto se encuentra que,

El asesinato de 3 menores de edad en menos de una semana es para


los habitantes de Trujillo, la prueba de que la masacre que hace dos
décadas conmocionó al país continua, ya no se trata de homicidios
sino de hechos supuestamente ya aislados al parecer llamada
limpieza social como lo explica un líder comunitario (Radio Nacional
de Colombia, 2012, p. 1).

En el municipio de Trujillo se han desarrollado acciones violentas


de carácter múltiple y duradero, al tiempo que, procesos que intentan
linealizar toda la posibilidad e integralidad de la restitución para las
víctimas, «proceso denominado linealización»3. Ejemplo de estas formas
de linealización son: la elevada amnesia política y social respecto a
los hechos «olvido forzado y desinterés histórico»; una creciente apatía e
indolencia de los habitantes e instituciones por la memoria «resistencia
a recordar»; la notable relentización de las acciones reparatorias
«revictimización por vía de la no-reparación»; el re-silenciamiento y
persecución de toda resistencia «represión a lo divergente»; la re-
estigmatización de las víctimas por obra de miembros de la comunidad
y de nuevos actores armados; entre otros elementos. En gran medida,
la permanencia de la violencia ha afectado, la interacción con otras
regiones y la inversión, al punto que perciben una especie de «amnesia
3
La linealización es el proceso teleológico y programado que a nivel social, intenta
controlar toda desviación emergente en una organización o colectivo que resiste o
genera cierto de grado de oposición, en este sentido, “La violencia-lineal conlleva la
linealización del ejercicio violento, es decir, las acciones que suscitan la subsistencia
del terror, la memoria permanente del dolor, y la incredulidad ante los mecanismos de
seguridad que ofrece el estado” (Andrade, 2016b, p.7).
66
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

generalizada» dado que, “ya la gente especialmente jóvenes no quieren


saber de lo que aquí pasó (…) con el tiempo la gente de adentro y de afuera se
ha ido olvidando de la violencia y de la masacre” (Víctima 1, 2017); asimismo,
opinan que “ya nadie quiere venir a Trujillo a visitar, les sigue dando miedo de
la violencia que ya pasó” (Víctima 3, 2018); “Trujillo se encuentra devastado,
no hay inversión social ni económica, a la larga será un pueblo que muera en el
olvido” (Víctima 4, 2018).
Según la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNMH,
2008), aproximadamente 20 años de tragedia y 10 años de compromiso
del Estado respecto a los daños causados, ha tardado el reconocimiento
de las magnitudes de la masacre; en este tenor, la violencia se hace
lineal y evidencia de ello es que, “la violencia en Trujillo continúa, y los
compromisos del Estado con la comunidad local y de víctimas siguen
inconclusos” (p.12). Lo anterior exhibe indicios de una tendencia a
generar en el colectivo de víctimas directas e indirectas, la idea de una
guerra sin fin, ilimitada, inacabada, polarizada entre buenos: –Estado– y,
malos: –subversivos–, que a costa de la defensa de la democracia legitima
una barbarie, con la cual es posible sustentar la elevada inversión
dedicada a la guerra, el descuido de otras necesidades apremiantes para
las comunidades, las hegemonías de poder, la impunidad, la cooptación
estratégica de los cargos públicos, o la manipulación de las leyes y de la
justicia a favor de la impunidad, todos estos elementos que claramente
muestran la linealidad que quiere ser impuesta como credo irrefutable
en el imaginario colectivo,

La violencia-lineal es estructural, estructurada y estructurante, y


por ello edifica modos estratégicos de concentrar el poder como
probabilidad de ruptura de la equidad, de validación del exterminio
y la sevicia, de legitimidad del absurdo. Dicha linealidad aboga por la
re-simbolización negativa de las acciones de resistencia, favoreciendo
las disidencias y rupturas de las organizaciones, además de incubar la
67
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

apatía que impone la amnesia como recurso, dispersando las luchas


por la dignidad, constriñendo cada emergencia creativa, limitando la
reparación, al tiempo que, impulsa la lógica-ilógica de la degradación
de lo humano, la multi-victimización aun en la reparación, y la nulidad
del poder estatal que en su doble negación «no estoy de acuerdo con
ninguna violencia» termina validando la violencia como ejercicio
«estoy de acuerdo con todas» (Andrade, 2016b, pp.7-9).

Dicha condición aumenta las expectativas negativas en la población


de tal forma que, algunos suelen creer que no es posible la paz, la
reconciliación o la reparación integral de los afectados por la matanza
en Trujillo. Lo irreparable de las secuelas se asocia a la ilegalidad, la falta
de compromisos para la no reproducción de hechos victimizantes a la
colectividad del crimen a través de tropas armadas dominando la zona,
y la incapacidad de nombrar en términos narrativos las dimensiones del
dolor que experimentan «lo inefable». Al respecto una persona víctima de
la violencia opina,

“Lo que nunca se podrá reparar es el tejido social, la tranquilidad, la


paz, todo eso no se podrá reparar, se podrá amortiguar, atenuar, se
podrá hacer algo pues para que tengamos más tranquilidad, pero no
será lo mismo, es como cuando se rompe un espejo nunca quedará
igual, aunque se peguen en perfectas condiciones” (Víctima 2, 2017).
“No creo que haya palabras para decir lo que se siente cuando se viven
estas cosas, y lo que se sigue sintiendo después”(Víctima 2, 2017); “Una
cosa es superar el dolor ¿sí o no?, otra cosa que el dolor este reparado,
entonces yo pienso que el Estado nunca podrá reparar el dolor y las
consecuencias” (Víctima 3, 2018).

Conviene resaltar que en gran medida las víctimas sobrevivientes


a la masacre de Trujillo - Valle, se encuentran propensas a padecer
de pena moral, es decir, de toda «condición vital de profundo dolor
68
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

e insatisfacción global con la historia vital, la ética, la memoria, las


experiencias de dolor, las instituciones y el sentido de la vida, manifiesta
de forma multidimensional en la existencia de las víctimas, y que en
algunos casos puede ocasionar la muerte». La pena moral, –categoría
que será ampliamente desarrollada en otro apartado de este libro– se
relaciona con la experiencia de los hechos de violencia y la progresión
de las consecuencias en todos los ámbitos de su existir. Conviene señalar
que esta condición existencial, constituye evidencia de una violencia
lineal, adherida al existir de las personas, recodificada bajo graves
consecuencias orgánicas, psicológicas, y social-comunitarias, y entre
cuyas manifestaciones se encuentran: la permanencia de múltiples
secuelas biopsicosociales y antropoéticas, que afectan reiterativamente
la vida de personas, grupos y comunidades; ideas de estar condenados
a vivir la violencia; la impotencia continua e incredulidad en las
instituciones del estado; entre otras.
Dicho sea de paso, estos elementos invitan a indagar la forma en que
las personas lograron sopesar y aprender a vivir con el dolor de la pérdida-
desaparición-tortura de algún familiar o de sus bienes y remanentes, así
como también, el grado de afectación multidimensional causado por
dichos eventos, las consecuencias lineales de estas experiencias, y la
dificultad permanente para enfrentar la adversidad asociada emergente
casi siempre en el desplazamiento, el asentamiento, y el posconflicto.
En este tenor, la ausencia de algún miembro de su familia, el despojo
de la propiedad, el desplazamiento forzado, el destierro, el olvido social
y cultural, entre otras vivencias dolorosas, constituyen experiencias
que individualmente o en conjunto, tornan proclives a las personas a
generar dilemas vitales, desesperanza y pérdida del sentido de la vida,
condiciones que al agravarse son causa de infelicidad y muerte. Ejemplo
de ellos es que algunas personas fallecen esperando volver a ver a sus
familiares; haciendo tiempo para recibir una explicación del gobierno o

69
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

del victimario; exigiendo justicia y dignificación de su historia; o pidiendo


la reparación económica, lo que quiere decir que “murieron en la espera”
(Andrade, 2016b). El testimonio de una víctima en búsqueda constante
de su padre, revela la importancia simbólica del cuerpo en la reparación
y la elaboración del duelo causado por la anulación sistemática,

(..) Lo que hago yo es buscarles a mis hijos su abuelo, y yo creo que,


que eso es lo que hago yo, ojalá que algún día resulte porque mis hijos
no tuvieron la oportunidad de conocerlo, y qué bueno que de pronto
pudiéramos recuperar esos cuerpos para darle santa sepultura y estar
completos, pues nosotros venimos aquí –al parque monumento– y
allí está la tumba –osario– de Orlando Cardona que es mi suegro, pero
nosotros sabemos que él no está ahí (Radio nacional de Colombia,
2012, p.1).

La pena moral emerge de la mutua implicación «religare» de un


pasado doloroso imbricado en cada vivencia, cuyas revelaciones de dolor
extremo en el aquí y el ahora de las víctimas «retroacción», se extienden de
forma progresiva y dañina a cada área de desarrollo, afectando la vivencia
de un futuro donde la esperanza y el porvenir resultan cada vez más
inciertos. De allí que la pena moral sea nutrida por duelos no elaborados,
experiencias de horror, traumas, secuelas emocionales y físicas, e
interpretaciones dolorosas, fraccionadas y en ocasiones fatalistas de
los actos de lesa humanidad de los cuales fueron objeto. Estos traumas
se encuentran asociados a pérdidas, violaciones, maltratos, amenazas,
ataques, expulsiones, destierros, persecuciones, mutilación, asesinatos,
entre otros elementos. En dicha condición, las víctimas que no logran
tramitar adecuadamente los traumas con la ayuda psicológica, material,
social-comunitaria, o religiosa, suelen revivir constantemente el dolor
«inter-retroacción», de un modo tal, que invade y resignifica su existencia
a través de bucle inter-retro-activo, en el que se amplifican los síntomas

70
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

asociados a su vulnerabilidad. Esta condición se manifiesta tanto a


nivel individual como grupal, y suele afectar la estabilidad, sentido
y expectativa de vida de familias grupos y comunidades (Andrade y
Sicachá, 2012).
Las víctimas a menudo recuerdan a sus seres queridos en situaciones
de compartir, y a menudo esto les genera sentimientos de profundo
dolor, llanto frecuente, nerviosismo, impotencia, negación, rencor hacia
los victimarios, sentimientos de pérdida irreconciliables, desilusión
del Estado colombiano por el incumplimiento de la restitución de los
derechos. Asimismo, identifican su historia de vida personal, acorde a
dos momentos: el antes –pasado–, donde se describen como personas
que fueron felices y socializaban con los demás, y el después –presente–
donde se definen como personas heridas, desconfiadas, alertas, en pena
constante, con sentimientos frecuentes y flotantes de tristeza, pérdida
del sentido de su vida, y de sus formas de vida,

Antes era muy alegre, muy amiguera, me gustaba mucho compartir


en grupo. Pero desde que quedé viuda me he alejado mucho de las
amistades. Estoy dedicada al trabajo. Yo vivo pendiente del oficio de
la casa, de tener todo limpio, de esperar a que mis hijos lleguen de
estudiar, despacharlos...eso es lo que yo hago: estar pendiente de
la casa y del trabajo [...] ahora vivo triste, ya no soy como antes. Yo
cambié mucho (CNMH, 2008, p.213).

La guerra destroza las identidades haciendo creer a las víctimas que


se encuentran condenadas a vivir y transitar por escenarios de violencia,
es así como la violencia se instala en el lenguaje y en el cuerpo, pero
también en el “alma” de las personas, corrompiendo sus motivaciones
y sentidos vitales. De este modo, las identidades, la solidaridad y la
confianza, el sentido de pertenencia, aceptación y trascendencia pasan
a un segundo plano, y en las víctimas, la energía se concentra en la

71
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

supervivencia, estado del cual es difícil salir una vez quedan enganchadas
a la maquinaria destructiva de la guerra, es decir, cuando sienten que la
guerra, la violencia y la sevicia los persiguen, aun cuando se encuentran
asentados en escenarios sin conflicto armado.
Otra de las secuelas que ha dejado esta violencia en las víctimas de
Trujillo, es la desestructuración familiar, casi siempre por la muerte de
un miembro de la familia que asumía los gastos del hogar, por ende,
suele emerger una inestabilidad que suscita diversos conflictos, dada la
reasignación de roles y el aumento de necesidades, especialmente porque
“la persona ha seguido teniendo afectaciones emocionales y de salud,
económicas, y todo eso ha conllevado a que esa persona tenga un proyecto
de vida familiar sin dirección, sin ningún orden” (Víctima 5, 2018). A esto
se agrega los conflictos emocionales que produce en el sobreviviente la
fragmentación familiar, el aumento de necesidades, el abandono temporal
de los hijos, y el encargo de crianza en algún familiar consanguíneo, al
menos hasta que el grupo familiar tenga un equilibrio económico relativo,
y todo el conjunto de afectaciones a la salud mental se regulen.

“Las afectaciones psicológicas que han llevado al deterioro de


salud, los problemas emocionales que no ha permitido que las
personas perdonen, y ver ese odio o ese rencor que tienen frente a
los victimarios es para pensar entonces: qué futuro, de qué podemos
buscar una reconciliación” (Víctima 2, 2017); “ lo que se siente es ira,
dolor, desesperación, decepción, intriga, y es como, o sea lo que más lo
trabaja uno psicológicamente es el saber cómo... tener esa incógnita
de qué hubiera pasado si no hubiera pasado eso” (Víctima 3, 2018);
“cuando mataron a mi hijo fue una cosa muy diferente porque empezó
a deteriorarse mi salud, estuve dos años muy enferma, me tenían que
amarrar, por eso yo muchas veces comprendo a las personas que están
enfermas porque yo estuve igual, eso es muy horrible (…) yo no puedo
sentir algún susto o algo porque yo siento en mi espalda una cosa tan

72
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

horrible, yo no puedo oír que maten a alguna persona porque me da


mucha depresión y comienza a darme en el cuerpo como si me fuera
como a paralizar el cuerpo. Yo he estado hospitalizada también por
eso por los nervios” (Víctima 4, 2018).

El Centro Nacional de Memoria Histórica - CNMH (2013) afirma que


entre las consecuencias plausibles de la violencia descargada en Trujillo
se encuentran: a) el empobrecimiento general de la población –asesinato o
reclutamiento, disminución de mano de obra productiva, de relaciones
comerciales, aumento de monopolios mediados por presiones bélicas,
entre otros–; b) la ruptura y reconfiguración de las relaciones sociales –efecto
de la viudez repentina, atomización o desaparición familiar, desarraigo,
desplazamiento, asesinato de líderes comunitarios como el párroco
Tiberio–; c) una creciente desconfianza extendida entre la población la cual
fue proporcional al accionar violento de las autoridades (ejército, policía)
quienes en el imaginario colectivo representan la impunidad, la sevicia
y criminalidad. De allí que “en el municipio de Trujillo un alto porcentaje
de las personas considera que los conflictos se resuelven pasándolos
por alto y olvidándolos” (CNMH, 2013, p.10); d) y a ello debe sumarse, la
legitimidad de la violencia como herramienta/estrategia de control y medicación
en el conflicto, acción que demuestra la linealidad del fenómeno en
tanto persistencia de los actos de maldad o de evasión de la memoria,
al tiempo que las bifurcaciones que dicha linealidad proscribe en el
imaginario social y la cotidianidad de los sobrevivientes.

“(…) o sea, digo a nivel familiar eso trae como traumas, ¿si me entiende?
quizá mi papá no lo demuestre pero se nota si me entiende como esa
falta y esa resequedad que hay ahí por falta de una figura paterna y
hubo una tía que se estaba como enloqueciendo porque ella se ponía
a llorar y decía que “mi papá lléveme porque se fue”, entonces sí trae
muchas consecuencias” (Víctima 3, 2018).

73
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

La sevicia fue parte importante de los delitos cometidos y en


gran medida, un componente de uso indefinido por quienes usaron
la violencia como medio y fin para justificar el control territorial y
poblacional. Es así como se trasladaban cadáveres, mientras a otros se
les aplicaba el descuartizamiento, incluso delante de sus familias; otros
eran desaparecidos, ya que la incertidumbre de los familiares y amigos
podría obrar a modo de recurso violento, lineal y permanente en la
condición vital de quienes conservaban la esperanza de encontrarlos. Un
ejemplo de lo anterior es visible en el testimonio de una víctima quien
refiere sucesos análogos en Trujillo,

La hermana Maritza Trigos organizadora de la peregrinación destacó


que los cadáveres de dos de las víctimas aparecieron en Tuluá estos
dos jóvenes que habían desaparecido el martes en Trujillo a medio día
fueron hallados sin vida, atados de pies y manos, metidos entre cobija
y en un costal, apareció en un callejón en el barrio de las delicias,
corregimiento aguas claras (Radio Nacional de Colombia, 2012, p.1).

En el imaginario de la población resulta inapropiado en todo sentido,


que Trujillo sea conocido más por las acciones de quienes sentaron las
bases del terror, que por los logros y condiciones socio-culturales que le
son propias como región y sociedad, ya que pesa más el trauma, el estigma
y la degradación de lo vivido –efecto de la sevicia y la teleología del terror–,
y la intención de enterrar la memoria a fin de no revivir los fantasmas
del pasado plagados de crueldades y excesos bélicos. La violencia y la
forma gradual de esta masacre, no solo diezmó la población, sino que
también, degeneró la proyección positiva de la región, sumiéndolos en
el luto, la impunidad asociada a la no-reparación y el terror de las nuevas
formas de reapropiación territorial, de los nuevos actores armados que
emergen, se asocian e incursionan en la zona. De allí la importancia
de la memoria, de su restitución, de la enunciación de los eventos y la
74
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

reparación dignificante. Al respecto, es cardinal reconocer que desde el


marco jurídico toda reparación se da entre niveles:

(…) La seguridad, la protección y la educación de las víctimas en derechos


humanos y Derecho Internacional Humanitario (..) elementos que la
instancia internacional ha mantenido constantes en sus sentencias
con el fin de lograr la reparación integral de las víctimas, además de
las indemnizaciones y los pagos que debe realizar a las mismas por
concepto de las vidas perdidas de sus familiares, y los monumentos
que deben levantarse al igual que las placas, en memoria de tales
víctimas y con el fin de evitar que estos casos se queden únicamente en
las memorias de sus familias y se puedan volver a presentar (Estrada y
Bonilla, 2010, p.13).

Otro de los efectos es la des-individualización, muy frecuente en el


género femenino, ya que muchas mujeres dado su rol de consejeras,
cuidadoras, convocantes de la comunidad y la familia, fueron seleccionadas
como objetivos militares así, “a las mujeres se las llevaban, disque podían
ser amantes o mozas de los guerrilleros, las señalaban de colaboradoras
y eran asesinadas” (Víctima 5, 2018) de este modo consideran que “no
solo se corría peligro de ser esposa de alguien a quien buscaban, sino de
ser mujer” (Víctima 3, 2018). Las consecuencias de la violencia de género
aún permean la existencia de las mujeres y de sus hijos, algunos de ellos
huérfanos a razón del asesinato de sus padres, así lo expresa una persona:
“alcancé a conocer a mi madre, pero la recuerdo muy poco, solo tengo
algunas fotos, pero el recordar su asesinato me hace también, querer
olvidar como murió” (Víctima 4, 2018), asimismo se identifica que “para
muchas mujeres vivir es difícil porque sigue habiendo machismo con y sin
guerra, de cualquier forma somos perseguidas, por ejemplo las “matronas”
quedan pocas y son asesinadas” (Víctima 4, 2018), al respecto el Centro
Nacional de Memoria Histórica opina:

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Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Las mujeres no aparecen en sus propias memorias como individuos,


sujetos de derechos, sino en su calidad de madres, esposas, hermanas
de, parientes de víctimas que han sido asesinadas en eventos
desencadenados sobre todo por hombres (…) A muchas de las madres,
esposas o hijas y parientes sobrevivientes no solo les tocó afrontar
la desaparición o asesinato de sus seres queridos, sino también
presenciar torturas y vejámenes de una crueldad extrema (CNMH,
2008, pp. 218-221).

A causa de la violencia, fue habitual que las familias abandonaran


Trujillo, debido a las amenazas de grupos armados y del narcotráfico, así
el desplazamiento se constituyó en otra de las consecuencias estimables
de la guerra, y del estado de tensión que aún reina en la región a causa
de la reaparición de nuevos actores armados, que se disputan como en
el pasado, el poder del territorio, sus rutas y la movilidad estratégica. De
suyo, las consecuencias de los delitos de lesa humanidad persisten en la
memoria colectiva y alteran la cohesión reticular de la comunidad,

Cuando ocurre la masacre no solamente sufren las víctimas , sino que


hay una desestructuración total del tejido social. La mayoría de las
madres repartieron los hijos, los dejaron con la abuela, la tía, la familia
del papá (…) En los noventa, empieza la masacre. Desapariciones,
torturas. Las madres quedaban solas para levantar a esos hijos. Les
tocaba desplazarse porque las amenazaban. Se sabe que, si se quedaba
la viuda y los hijos, iban a acabar con la familia. Nosotras salimos porque
teníamos que defender a nuestras familias (CNMH, 2013, p.224).

Verdad, Justicia, reparación y garantías de no repetición de las víctimas


de la masacre de Trujillo
El Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición
(SIVJRNR) ejemplifica la mirada del estado de la reparación de las
víctimas y en gran medida, recoge los intereses sociopolíticos de
76
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

quienes se encuentran directamente afectados por la violencia que el


conflicto armado desencadena. El SIVJRNR está compuesto por diversos
mecanismos de orden judicial y extra judicial, que operan conjunta y
concertadamente «integral» para conseguir la restitución óptima de
los derechos de las víctimas, al tiempo que, reafirmar la rendición de
cuentas de los victimarios, ofrecer garantías de seguridad jurídica,
fortalecer la convivencia, la reconciliación y la no repetición de los hechos
victimizantes4. Sin embargo más allá de dicho andamiaje, la exigencia
de estos derechos es el resultado de esfuerzos conjuntos enfocados en
superar conjuntamente los daños permanentes de la guerra, escenario
en el que la violencia se implementa como medida de exterminio,
dominación y control poblacional, de allí que una repuesta-reparación
integral para las víctimas implique el reto de convocar, participar y
propiciar acciones enfocadas en la protección de personas, la promoción
y respecto de los derechos a la verdad, justicia, reparación y no repetición
de hechos victimizantes.
Es importante anotar que los procesos de verdad, justicia y reparación
emergen acorde a las dimensiones y peculiaridades de cada contexto
socio-cultural, de allí que no sea posible estandarizar procedimientos
rígidos, monolíticos o escritos en piedra, dado que dichas acciones deben
ajustarse en la medida que las declaraciones, testimonios y evidencias
abren paso a la confrontación de los hechos a través de argumentos,
pruebas y, exista conformidad con la verdad construida lo cual, permite la
inclusión, legitimidad y reconocimiento al interior del proceso. De allí que
todo acto de reparación conlleve el reconocimiento y no-justificación de
4
El SIVJRNR se compone de: “la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad,
la Convivencia y la No Repetición; la Unidad para la Búsqueda de Personas dadas por
Desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado; la Jurisdicción Especial
para la Paz; y las medidas de reparación integral. Los distintos componentes del SIVJRNR
deberán operar de manera coordinada y articulada, y contribuirán a la No repetición.”
(OACP, 2018, p. 2)
77
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

lo atroz, así como también, su respectiva consecuencia jurídica, es decir, la


investigación, esclarecimiento y sanción de los victimarios, y la restitución
de las víctimas a través de la verdad, la dignificación de la existencia y el
restablecimiento de los derechos y la tranquilidad. En este tenor,

La verdad, la justicia y la reparación se entrelazan y forman un


tejido que permite a las víctimas y a la sociedad avanzar hacia la
reconstrucción de sus vidas y hacia la convivencia social. Si no hay
verdad, la justicia es incompleta. Sin verdad, no es posible establecer
quiénes son responsables de las violaciones a los derechos humanos
y de las infracciones al derecho internacional humanitario. Sin justicia
no hay reparación y sin reparación no hay suficientes posibilidades de
evitar que las atrocidades vuelvan a ocurrir” (Comisión Colombiana de
Juristas - CCJ, 2007, p.10).

Acorde a los tres derechos de las víctimas reconocidos en el derecho


internacional: verdad, justicia y reparación, la percepción que estos tienen
de las acciones implementadas para cumplirlos es de insuficiencia
e impunidad, de tal modo que, existe la imagen de revictimización-
reviolentización asociada la reparación per se. Dicha dualidad es sentida
como dañina en extremo, y se halla manifiesta en la tendencia a dilatar
los procesos; no autorizar las indemnizaciones o ralentizarlas; suprimir
la memoria y contarla como se ajusta a las dimensiones e intereses
políticos del momento; ejercer presiones e inducir a las víctimas a un
perdón obligatorio, como si el hecho de confrontar a un victimario fuese
condición de perdón inmediato; archivar procesos jurídicos, postergarlos
o darlos de baja dada la escasa evidencia o la poca atención que hay
sobre algunos hechos victimizantes; proteger identidades políticas
o policiales/militares en pos de mantener la impunidad y la legalidad
de los violentos, entre otros aspectos claramente identificables en las
siguientes narrativas:

78
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

“muchas personas no han sido indemnizadas aún, y siguen esperando


que les valgan sus derechos, algunos han muerto esperando (…)
muchos procesos se archivan y descartan por falta de evidencia sólida
pero todos sabemos que eso es impunidad” (Víctima 1, 2017); “el Estado
trata de olvidarse de reparar y hacer que nos olvidemos que tenemos
derecho a la verdad (…) aún protegen a ciertas personas (…) hay gente
que no ha pagado cárcel o que les dan casa, hacienda, hectáreas por
cárcel” (Víctima 3, 2018); “pareciera que quieren que muramos de
tristeza para no repararnos como es debido (…) es injusto! que si no son
presionados de alguna forma no reparan” (Víctima 4, 2018); “aún hay
mucho miedo a denunciar por eso hay cosas que no se han esclarecido
y que permanecerán enterradas” (Víctima 5, 2018).

Para Estrada y Bonilla (2010) ante los hechos violentos acontecidos


en el municipio de Trujillo - Valle entre los años 1986-1994, es
fundamental tener en cuenta el esclarecimiento de las causas que
posibilitaron que estos sucesos se reprodujeran en una población
cansada de la hostilidad y agresividad de los grupos al margen de
la ley, las presiones de los narcotraficantes y, el acoso selectivo de la
fuerza pública. De ello se debe considerar que existe la particularidad,
que dichos actores armados se enfrentaban entre sí, al tiempo que se
agrupaban como colectivo para legitimar la violación de derechos, y
extender lazos de conveniencia, mediados por intereses económicos y
bélicos. Para las víctimas los procesos de verdad, justicia y reparación,
asumen una condición de arbitrariedad y olvido, ya que, hoy, casi tres
décadas después de los sucesos, la impunidad y los impedimentos para
la reparación de las víctimas y de sus familias son cada vez más patentes.
Conviene señalar que hacia el año 2009 dichas dificultades se hicieron
mayormente manifiestas puesto que, “aunque parezca increíble, a casi
20 años de la desaparición y muerte de 342 personas en el Municipio de
Trujillo, aún hay familias que esperan el regreso de su ser querido” (Díaz,

79
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

2009, párr.18), y ello también implica, que la verdad sea dicha por los
victimarios, y que se generen explicaciones sobre la evidencia de causas
reales de los sucesos, la ubicación de los cuerpos desaparecidos y los
implicados subversivos y del Estado en los actos de lesa humanidad; al
respecto las víctimas opinan:

“debe haber una compensación a las víctimas, a los que estamos


esperando una reparación, a los que estamos esperando que nos hagan
justicia, a los que esperamos una verdad” (Víctima 5, 2018); “la verdad se
exige, no se mendiga, es nuestro derecho conocer, la ignorancia ante eso
es otra forma de silenciar nuestras voces” (Víctima 2, 2017).

En torno a ello y con miras a la reparación y reconciliación, las


comisiones de la verdad y de los procesos de justicia, se esforzaron por
esclarecer los hechos y dar cuenta de los impactos de los eventos, no
siempre de forma ajustada a la realidad de las víctimas y sus necesidades
reparatorias. En la memoria se encuentran los esfuerzos “bajo cuerda”
de personas que pese al temor de preguntar y recolectar la información
realizaron el trabajo de preservar la memoria de los hechos para las
futura generaciones,

“¿qué es lo que está pasando en Trujillo? y para ello entonces se crea


una comisión llamada Comisión Trujillo, encabezada por el gran
defensor de Derechos Humanos Javier Giraldo, padre jesuita muy
conocido a nivel nacional, cuando ellos deciden empezar a indagar
sobre lo que había ocurrido en Trujillo, pues se llevan la sorpresa de
que no había sido ni la muerte ni la desaparición de dos, cuatro o diez
personas, empezaron a llegar una cantidad de familiares a denunciar,
a querer hablar, a pesar de que en ese momento las garantías eran
mínimas para iniciar por así decirlo, un proceso judicial frente a los
hechos que se estaban presentando. Esta comisión llega y empieza a
indagar casi que “bajo cuerda” porque en ese entonces era prohibido

80
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

hablar de ese tema en Trujillo, Trujillo estaba a merced de una gran


empresa criminal organizada por un grupo de narcotraficantes del
Norte del Valle, ¡Sí¡, entre ellos estaba Iván Urdinola, estaba Henry
Loaiza alias “el Alacrán”, le llamaban el “Jabón” (…)” (Víctima 1, 2017).

Asimismo, ante la precariedad del sistema de justicia colombiano,


dichas comisiones revelan la necesidad de colaboración de entidades
internacionales de defensa de los derechos humanos, y de la misma
comunidad en el desarrollo de una reparación como proceso continuum,
superando las dimensiones de impunidad –respecto a condenas
(laxas), manipulación de la verdad, testimonios coartados o ajustados
a intereses, etc.– para los victimarios, y también, cooptación del poder
que podría en algunos casos, caracterizar su ejercicio (Andrade, 2017b;
Gaviria, 2014; Insuasty, Balbín, et al., 2010). Al respecto Villa e Insuasty
(2016b) señalan que existen notables contradicciones entre los
discursos de las víctimas y los discursos estatales, siendo estos últimos
reacomodados a lógicas que podrían favorecer intereses económico-
políticos, además, de problemas para conocer los beneficios de la ley por
parte de las víctimas, y en la implementación de la misma, lo cual eleva
el estado de insatisfacción con los procesos de reparación y aumenta la
vulneración de los derechos de verdad, justicia y reparación, lo cual tiene
un efecto en la creencia y legitimidad de las garantías de no repetición
de hechos victimizantes.

Aun cuando las instituciones del Estado afirmen estar haciendo todo
para evitar esta confusión entre ayuda humanitaria, política social y
reparación, en el imaginario de la gente sigue siendo muy fuerte (…)
la clave del proceso de reparación no está en lo que se haga: si se da
una indemnización o se construye un monumento o se hace alguna
restitución; la clave está en la forma: que la indemnización no sea una
compra ni una transacción, que los monumentos no sean una forma
de pasar la página rápido (Villa e Insuasty, 2016b, p.167)

81
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

En el imaginario de las víctimas la construcción del parque monumento


a las víctimas, es una de las formas de preservar la memoria, y mostrar
a la sociedad que los hechos no pueden ser borrados, manipulando la
memoria o reescribiendo la historia a favor de las ideologías políticas:
“aunque con el parque nos identifiquen y podamos ser víctimas directas
nuevamente, el parque nos ayuda a preservar nuestra lucha” (Víctima 3,
2018); asimismo señalan que “el parque permite recordar, y recordarle a
otros que hemos sobrevivido” (Víctima 4, 2018); “es también una forma
de resistir, de preservar nuestros muertos y nuestras historias” (Víctima 2,
2017). No obstante, existen voces que cuestionan su validez o que dudan
de su efectividad como acto de resistencia,

“(…) hemos estado indagando mucho si quizás para el caso Trujillo o


para muchos otros municipios del país, es quizás lo más importante
de construir un memorial o un parque monumento, porque en la
mayoría de los territorios donde ha habido masacres, lo primero que
dice la comisión interamericana es: “constrúyase un parque”, pero
luego, han surgido de muchos catedráticos y estudiosos, ¿qué tan
viable es construir un espacio de memoria, será que eso si aporta a
la reconstrucción? ¿a la reparación? porque nos hemos encontrado
con una infinidad de problemas que surgen como consecuencia
de la construcción de un parque” (Víctima 1, 2017); “(…) la primera
recomendación es: construye, hace un parque monumento para el
perdón de las víctimas; pero nunca nos han podido contar o demostrar
con argumentos válidos de que esa es una de las maneras mejores o
quizás la mejor, de poder reconocer, entender y reparar a un grupo
de víctimas; hoy en día acá tenemos un dilema porque creo que la
mitad del pueblo no conoce y no le interesa mucho el tema del parque
monumento” (Víctima 5, 2018).

Es importante anotar que La Asociación de Familiares de Víctimas


de Trujillo AFAVIT, como representantes de la comunidad vulnerable,

82
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

reconoce el valor simbólico y en tanto acto de resistencia del parque


monumento, ya que, a través de este, tienen la oportunidad de relatar
la historia de la masacre, y poner en escena su fortaleza y resistencia,
aspecto que apuntalan a través de narrativas testimoniales, con las
cuales recuperan y difunden la verdad y la memoria. No obstante, y
pese al reconocimiento de su valor, también manifiestan que de lo
que prometió el gobierno en el año 1995, ha sido muy poco lo que el
Estado colombiano ha cumplido, de allí que refieran con desconfianza,
resentimiento y dolor que los recursos destinados a la reparación
material fueron robados.

(…) surge a partir del años noventa y cinco lo que se ha conocido


como el plan de inversión social para el municipio de Trujillo donde
allí estaba incluido por supuesto todo lo del tema de indemnización
para las víctimas directas, y aparece un nuevo capítulo que es lo de la
construcción del parque monumento, con problemas agravantes por
ejemplo, cuando el Estado nos dice a nosotros les entrego cien millones
de pesos para la construcción del parque monumento, y en realidad
“escasitamente” entrega el mero lote, luego, donde estaba el parque valió
ochenta y cinco millones de pesos, entonces luego la pregunta era ‘¿Con
qué vamos a construir el parque? (Víctima 5, 2018) “al parecer muchos
recursos fueron robados por funcionarios, aunque no hay evidencia
plena de ello, eso se piensa porque a la hora de construir el parque, no
había como hacerlo, y la comunidad tuvo que recurrir a la autogestión y
a procesos jurídicos para obtener ayuda” (Víctima 4, 2018).

Pese a ello, la mayoría de las víctimas concuerda con la idea que los
parques y centros de memoria, son también, una puesta en escena de
los dramas sociales a los que las víctimas se vieron enfrentados. Así, como
estructuras cargadas de sentido, logran estructurar y re-estructurar el
sentido de los hechos, y con ello enseñan a comprender la condición vital
del otro, su legitimidad como víctima y a la vez, como sujeto de resistencia
83
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

y de cambio. En este tenor la verdad supera las declaraciones de los


victimarios, y en gran medida se instala en la posibilidad de confrontarlo,
de verlo cara a cara y encontrar en la respuesta elementos de claridad –
en la exposición de los hechos–; sinceridad –en lo que argumenta y las
disculpas que ofrece–; y justicia –en el arrepentimiento y las medidas que
se implementarán como castigo–. Dadas las condiciones del proceso
en tanto dilataciones de las sentencias, dificultades de aceptación de
cargos, investigaciones y declaraciones para corroborar los hechos en
muchas víctimas gravita la idea de una verdad manipulada, ejecutada
por efecto de una sentencia u obligación penal, más que por el deseo o
un verdadero arrepentimiento:

“Si yo tuviera al frente mío al victimario y que él pudiera decirme


mirándome a los ojos “mira lo que pasa es que tu abuelo nos decía que
lo dejáramos quieto pero es que nosotros teníamos una orden de tal
persona y debíamos hacerlo por esto y esto, y nos llevó ese impulso,
entonces es como una forma de sanar ese dolor de saber por qué”
(Víctima 3, 2018); “ (…) en los últimos tres o cuatro años es que hemos
venido a un poco a sentir la presencia del Estado colombiano, de
nuevo ha habido una sentencia contra el Estado colombiano, se han
hecho dos, o se han solicitado dos perdones a la comunidad de Trujillo
pero que eso no, que obedece a unas sentencias de la Corte Suprema
de Justicia, el año pasado tuvimos la última, pero ahí también, surgen
las preguntas y las inquietudes ¿Cómo creerle al victimario que me
está pidiendo perdón cuando él está viniendo acá a hacer ese gesto de
perdón es porque una sentencia lo está obligando? (Víctima 1, 2017).

Incumbe especificar que, para la defensa de estos derechos y las


garantías de protección social, la comunidad se ha valido de algunos
mecanismos internacionales a través de instituciones como la Corte
Penal Internacional, los tribunales ad-hoc de Ruanda y la Ex Yugoslavia, la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Internacional
84
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

de Justicia, entre otras entidades, cuyo objeto es amortiguar-mitigar


la corrupción e impunidad presente en muchos de los tribunales de
algunos países. De esto se puede decir, que en Trujillo los problemas
para reparar a las víctimas, se vinculan a un elevado grado de corrupción
en las instituciones, al tiempo que, a una inapropiada percepción de la
función del estado en tanto garante de los derechos, lo cual revela en
gran medida, los vacíos jurídicos en la ley de justicia y paz, tales como,

El laberinto de la morosidad judicial, las confesiones a retazos y


el enrevesado camino de buscar que a los principales artífices del
paramilitarismo les quede alguna voluntad para colaborar con la
justicia colombiana (…) En el interior del país la Ley de Justicia y Paz
sigue a la espera de que se produzcan sentencias y que se masifique la
divulgación de las confesiones para fortalecer el objetivo de la verdad (…)
la Ley de Justicia y Paz continúa en un limbo extenuante, eternamente
sometido a los cíclicos escándalos de aquellos desmovilizados que
equilibran el juego de sus confesiones con descontextualizados y
oportunistas señalamientos en los medios de comunicación (…) no
es tarde para que la Ley de Justicia y Paz recobre su importancia en
escenarios de reconciliación y verdad. Como instrumento jurídico
aporta elementos válidos para la desmovilización de combatientes y
ya existe un camino andado que será de mucha utilidad en términos
de reconstrucción de memoria (El Espectador, 2009, párr.3-6).
La verdad y la demanda de justicia y reparación de las víctimas de
la tragedia de Trujillo asume sus particularidades en cuanto: tiempo de
sostenimiento de los hechos de violencia; alianzas Estado-insurgencia-
narcotraficantes-delincuencia local, en contra de la población civil; el
uso de la sevicia y todo acto de crueldad extrema para con las víctimas;
el estado de vulnerabilidad de toda la población, quienes fueron
usados como escudos humanos y señalados de colaboradores en todo
momento; la ilegitimidad de la protesta y la resistencia; el elevado

85
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

estado de impunidad y corrupción de las instituciones estatales; el


silenciamiento de todo acto encaminado a defender los derechos
humanos, entre otros aspectos; en este tenor la CNRR (2008) señala
que “La Comisión Intereclesial de Justicia y Paz afirma que la impunidad
es una estrategia planeada y pensada, que pretende dejar un mensaje
tanto en el individuo como en la sociedad para seguir manteniendo un
orden establecido” (CNMH, 2008, p.6). Al respecto se concluye que la
masacre de Trujillo es una de las más graves de la historia de violencia en
Colombia, motivo por el cual la sociedad y el Estado deben enfocar sus
esfuerzos en reparar sus efectos reales.

Según concluye el informe, «la historia y la memoria de Trujillo se


pueden reconstruir y narrar hoy como un testimonio de impunidad
acumulada y tolerada por el Estado y la sociedad colombiana. Han
aflorado fragmentos de verdad y se han desvelado los mecanismos
de terror que marcaron la cadena de violaciones perpetradas, se ha
impartido algo de justicia y algún resarcimiento de sus derechos han
recibido los centenares de víctimas de la masacre. Pero el Estado, el de
ayer y el de hoy, sigue en deuda con ellas» (CNMH, 2008, p.5)

Es primordial considerar que el establecimiento de los mecanismos


de reparación internacionales y nacionales no solo busca lograr la
reconciliación, sino también, brindar a las víctimas verdad, justicia,
reparación y seguridad a la no repetición de los hechos, especialmente
aquellas víctimas que no han obtenido alguna restauración por parte
del Estado colombiano, o que no han sido favorecidas y respaldadas por
mecanismos que garanticen la no repetición de hechos victimizantes. De
allí que dichos mecanismos continúen siendo ineficaces para integrar las
exigencias en tanto seguridad, reparación, y restauración. Dado que la
gran mayoría de las víctimas de Trujillo y sus familiares no han recibido
hasta la fecha una reparación justa por parte del Estado, la masacre de
Trujillo aún sigue en la impunidad.

86
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

“Escasamente 100 personas de 342 víctimas han sido reparadas, ojo,


solo económicamente, si en 28 años sólo se han podido reconocer
100, ¿entonces las otras personas para cuándo? habrá que esperar
otros 26 años para que las otras personas también sean reparadas, es
un caminar muy largo, y no todos tenemos miedo de ese tiempo, ni
esa discusión, ni mucho menos las ganas, ni fuerzas para decir “haga
la que ellos”, pero esperar otros 26 años y más cuando muchas de esas
víctimas ya son personas de avanzada edad de 70 u 80, y tenemos
personas de 94 y 95 años que ya uno dice: esa señora sigue esperando
una reparación de que el Estado colombiano haga algo; y dice el
Estado que van a ser reparados, pero pues la persona se pregunta
¿para cuándo? y el Estado dice que no tienen el dinero en el momento
como para indemnizarlo, o para repararlo de alguna forma, y hay que
hacer filas para preguntar lo mismo: ‹para cuando van a reparar mi
daño›” (Víctima 5, 2018).

87
88
Capítulo II.
Violencia lineal y pena moral

La violencia en Trujillo como violencia lineal


La violencia lineal está compuesta por el entramado de todas aquellas
acciones anulativas de tipo teleológico, encaminadas a destruir, diezmar,
deteriorar, silenciar, cosificar, etcétera, la existencia de una persona, grupo
o comunidad, y que actúan de formas potenciales-latentes, manifiestas-
reales y, simbólicas-imaginarias, a través de complejos dispositivos de
interacción destructiva, de modo que tiende a perpetrarse a través del
lenguaje, las prácticas, acciones, sucesos, territorios e interdicciones,
y forma parte crucial del funcionamiento represivo y violento de
personas y grupos en el marco de la guerra. Por ello, logra instalarse
asiduamente en los encuentros, percepciones, ideas, y también, en las
ideologías, movilizaciones y políticas, redefiniendo así, la legitimidad de
lo vivo, la individualidad cooperativa, los intereses políticos, y motilidad-
intencionalidad de los cuerpos, llegando a tornarse cada vez más diversa
e imperceptible (Andrade, 2016a; 2017a; 2017b). La violencia lineal hace
alusión a cierta continuidad imperceptible por la mayoría, de sucesos de
violencia, sevicia y barbarie, que con el paso del tiempo asume diversas
formas de manifestación, y una de ellas es la vivencia de un estado de
pesadumbre y dolor emocional permanente que se acrecienta con el
recuerdo de las pérdidas y la violencia,

¡Huy mija! casi me muero de eso, de eso de recordar lo malo, eso es una
enfermedad muy horrible y aun cuando tengo muchas preocupaciones
y todo aun siento ese dolor, que yo prefiero tener 10 hijos y no tener
un dolor de esos. El nervio ciático es una enfermedad, yo siento que
fue por eso, porque yo anteriormente trabajaba mantenía muy alegre,
después de la muerte de mi hijo, es que a mí me contaban mucho de
la muerte de mi padre (Víctima 4, 2018).
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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

La violencia lineal está constituida por el entramado reticular entre el


conjunto de acciones individuales y colectivas encaminadas a perpetrar
el terror, la violencia y las secuelas dolorosas de la guerra de forma
indefinida en la memoria gráfica, emocional, espacial, cultural y vital
de los colectivos. Dicha linealidad es visible también, en la persistencia
de las organizaciones delincuenciales aún después de la captura de
los cabecillas, en este sentido, parece haber una especie de «legado
generacional de poder y de maldad» inscrito a la lógica de los colectivos
armados insurgentes, los cuales, en aras de la reivindicación del poder
territorial, económico y social, dan continuidad a los actos de lesa
humanidad que han caracterizado la guerra y la violencia en Colombia.
Al respecto se encuentra que,

Andrés Suárez investigador del Centro Nacional de Memoria Histórica


explica que Trujillo está en medio de constantes confrontaciones
entre narcos que quieren asumir el control del narcotráfico, caen
los cabecillas de las estructuras, entonces al caer las estructuras, la
violencia sigue teniendo que ver dentro de las competencias del
narcotráfico (Radio Nacional de Colombia, 2012, p.2).

Es preciso anotar que en toda expresión de violencia existen


manifestaciones de resistencia individual y colectiva, con las cuales
las comunidades aprenden a defender su integridad y dignificar su
existencia. De allí que las víctimas durante décadas, se hayan esforzado
por demostrar que la violencia ha afectado su calidad y expectativa de
vida, ya que la guerra y sus vertientes destructivas, los ha tenido inmersos
en una violencia-lineal manifiesta en la reincidencia generacional
del conflicto, en sus mutaciones-transformaciones a favor de los
beligerantes, y en la emergencia de diversas formas de destrucción de
la cultura y la memoria, al tiempo que, de la masificación del exterminio
y la ilegitimidad del otro (Andrade, 2016b), así como también, en

90
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

la persecución de generaciones de líderes y lideresas, y aun años


después de la masacre se producen nuevas masacres, persecuciones,
silenciamientos, desapariciones y asesinatos selectivos,

“(…) no han habido garantías todos sabemos los diferentes ataques


que han habido en el parque monumento, los atentados que han
recibido algunos miembros de AFAVIT, los asesinatos que se han
repetido, se han ocasionado en otros momentos, hemos tenido
después de esto dos hechos, dos masacres más, donde han caído
familiares de las primeras víctimas que hubo en los años noventa,
entonces, problemas que se dificultan, todos los que ustedes quieran
o aun así, es un proceso que ya lleva más de veinticinco años que sigue
en construcción” (Víctima 1, 2017).

A la sucesiva demanda de grupos que resisten la crueldad de


una violencia mediadora de las relaciones sociales, siguen sucesivos
brotes de violencia estatal es decir de una contra-resistencia que resulta
válida, acorde a los ordenamientos represivos, en tanto defensa de la
democracia (Andrade, 2018). Esto es en todo sentido un hecho discutible,
pues las protestas o resistencias constituyen un derecho que asiste a los
ciudadanos en el marco mismo de un estado de derecho. No obstante,
de forma paradójica, es el mismo Estado –y a veces en alianza con otros
grupos armados– quien desestima acciones como protesta y resistencia,
a través del uso de la fuerza y la contención violenta. En este tenor, la
violencia lineal se escala en todos los niveles de relación social, y de
esta forma, la guerra se ensancha a otros ámbitos hasta normalizarse
como contenido en lenguaje y a modo de acción en la praxis. La violencia
lineal encuentra en el autoritarismo de los regímenes y ordenamientos
bélicos, formas legitimadas para reproducir la linealidad de lo violento
(Andrade, 2018a).

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

La violencia en Colombia tiene características lineales, en cuando


afectación histórica de víctimas –especialmente habitantes de zonas
rurales donde el conflicto se hizo más intenso–, mientras que por otra
existen sujetos menos aptos de percibir este tipo de violencia, pues
habitan en zonas de menor tensión bélica, y que están relativamente
a salvo de una experiencia directa con la guerra. En ellos, la violencia
lineal opera como dispositivo-ceguera, es decir, como elemento que
gatilla la indiferencia, la apatía, una actitud monolítica ante la guerra
y el sufrimiento del otro, produciendo a su vez el enquistamiento
ideológico-político que linealiza las ideas y el sentido generalizado de la
guerra (Andrade, 2017b; 2018c; 2018a).
Esta desigualdad genera polarizaciones inter-excluyentes, es
decir, dos estados «insurgencia vs contrainsurgencia», dos estructuras
«gubernamentalizada vs estructuras ilegales», dos condiciones «legalidad vs
ilegalidad», entre otros, que son mutuamente excluyentes, y delimitan y
ensanchan las fronteras entre relaciones entendidas como monopolares:
territorios usurpados y propiedad tradicional, impunidades y justicia,
equidad y desigualdad, cooptación y transparencia política, lo cual
aumenta la apatía e individualismo en todos los estaños donde el poder
se une, bifurca, teatraliza o es manipulado a favor de quien estructura las
lógicas de la guerra (Andrade, 2016b; 2017c).
La linealidad se manifiesta también, en la precaria información
suministrada a estas comunidades, la cual es sesgada, limitada y
manipulada, poniendo en evidencia la desigualdad informativa-social
que aumenta la impunidad y la apatía indolora. A ello se deben sumar
otros males como, por ejemplo, las castas políticas que se heredan
entre sí el poder político, al tiempo que la manipulación de la pobreza
creciente y la discriminación socio cultural, ambas constituyentes de
formas excluyentes de violencia lineal (Andrade, 2017a). Estos modos
son matizados en el colectivo social a través de ideologías reforzadas

92
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

en una educación que privilegia el saber y los insulariza, victimizando


el derecho al saber y la generación de pensamiento crítico en las nuevas
generaciones. La violencia lineal también está presente en la sevicia, es
decir, en el ensañamiento con los cadáveres, y la mutilación que estos
sufrían, dado el abuso cometido sobre el cuerpo (Andrade, 2016b); esta
suerte de prácticas referencia la creatividad anulativa emergente de las
derivas lineales de la guerra, es decir, de las manifestaciones destructivas
latentes en los actos de lesa humanidad,

“(…) lo peor que es lo que aparece en los registros, en las declaraciones


de los testigos, después de ser torturados, sus cuerpos eran
desmembrados con motosierras y otros fusilados y pues como aquí
tenemos la fortuna de que limitamos con el río Cauca la mayoría
de estos cuerpos una vez asesinados y mutilados eran arrojados a
las aguas del río Cauca, luego convirtieron el río Cauca en un gran
cementerio” (Víctima 1, 2017).

Comúnmente, se identifica la violencia cuando se habla de tortura,


discriminación, abuso o cualquier daño físico hacia el otro, aspecto que
es reforzado por los medios masivos de comunicación, que diariamente
facilitan información acerca de los violentos, y más que enseñar una
pedagogía para prevenir la guerra, la muestran como un drama social
permanente, en el que revelan las necesidades y penurias de quienes
que han sido víctimas, pero ciertamente, y en escasas ocasiones exploran
el sentido de la violencia en su experiencia vital. Las víctimas han
experimentado tragedias, torturas, masacres, etcétera, acontecimientos
que suelen ser sepultados-olvidados por la sociedad y el Estado, y
aunque al saber de ellas emerge el asombro, al poco tiempo –sin el
refuerzo visual– pasa desapercibido, lo cual revela una de las formas de
linealización de la solidaridad, en apatía, desinterés e indolencia con el
dolor ajeno. En Trujillo - Valle, persistió una violencia enquistada en las

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

instituciones y actores armados, que se enfocó en destruir a la población


campesina y los habitantes del casco urbano, quienes, acusados de
auxiliadores, colaboradores o partidarios de grupos subversivos, fueron
condenados a sufrir los peores vejámenes imaginados,

“(…) los guerrilleros intentan nuevamente secuestrar al “Alacrán” y lo


siguen extorsionando y todo, entonces que dice “el Alacrán” yo no pago
un peso más a nadie ni a guerrilla ni a nadie y le declara la guerra a
todos los auxiliadores o guerrilleros que se encuentren en el municipio
de Trujillo y les declara una guerra abierta, arma su empresa criminal
y da la orden que todos los que sean auxiliadores, guerrilleros o
colaboradores de la guerrilla me los desaparecen (Víctima 1, 2017);
un hecho trágico fue el asesinato de Albeiro Sánchez, señalado
colaborador de la guerrilla, él era motorista por supuesto trasportaba
a quien necesitara el carro, lo acusaron de ser amigo o relacionado
con la guerrilla, lo detuvieron, lo mataron y lo torturaron (Víctima 2,
2017); los supuestos auxiliadores o colaboradores de la guerrilla eran
asesinados, de formas viles, y querían que eso fuera público para sentar
precedentes de horror (Víctima 3, 2018); sobre la detención arbitraria
del presunto guerrillero Wilder Sandoval; el asesino de inspector de
policía en la Sonora: bueno hay muchos rumores de eso, decían que
era colaborador de la guerrilla y entonces eso es lo que dicen las
autoridades (…) en la calle y en el pueblo se regaba el cuento de que
“X” o “Y” personas de una finca eran colaboradores de tal fuerza o tal
grupo armado, y con eso ya era simplemente decir: que estos están
colaborando, o que los están ayudando, para que sufrieran lo peor, por
tanto se creaba un “plan pesca” donde se iban y venían estos personas
(acusados) y eran enjuiciadas externamente, no como manda la ley,
no sé si a un juicio justo, ni siquiera se puede catalogar como juicio, era
una ejecución” (Víctima 5, 2018).

Dicha violencia marcada por la impunidad se instaló en la memoria


colectiva como un episodio amargo de la historia colombiana, que con
94
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

el paso del tiempo tendió a normalizarse en el lenguaje de quienes


no fueron víctimas directas. Sin embargo, lo que más les generó
incertidumbre fue preguntarse: “¿por qué a ellos? (…) ¿Qué sucedía para
que fueran tomados como el blanco principal de la violencia?” (Víctima
2, 2017). Dichos interrogantes aún siguen sin respuesta para muchas
víctimas, aunque lo que sí resulta claro, es la permanencia de una
violencia desde los años 50, marcada por bipartidismos y luchas políticas
teñidas de muerte, desapariciones y torturas, situación que tuvo su
renovación en los años 80 por efecto del narcotráfico, las alianzas entre
estos y las fuerzas del orden público, al respecto una víctima comenta:

“(…) a partir del año ochenta y ocho, empezaron aparecer los asesinatos
selectivos las desaparición, pero pues también mucha gente
empezaba como ahí, como cuando, todos sabemos cuándo se reboza
la copa, bueno aquí está pasando algo y una población tan humilde
tan sencilla, campesina donde pasan y pasan las cosas y como que
nos acostumbramos a que se los llevaron desaparecieron, mataron y
mucha gente lo ve como normal, lo mataron quién sabe por qué sería
o qué es que dicen, los comentarios que aparecen siempre, dicen que
era vicioso, dicen que como que era ratero” (Víctima 1, 2017, p. 12).

La violencia lineal emerge como consecuencia de la relación dialéctica


de no-reparación integral e integrada –en contexto, dignificante, equitativa,
histórica, con base en la memoria– por parte del gobierno, y debido a la
continuidad real de los actos de lesa humanidad contra la población
civil, tomada a modo de escudos de guerra, cuando no, acusada de
participante activa de las acciones insurgentes. La injusticia como
sensación flotante en las víctimas de Trujillo, ha generado estados de
incredulidad, desprotección y apatía permanentes frente al Estado que
identifican como garante de la omisión de la reparación, y actor armado
partícipe de la violación de sus derechos. Tal desacompañamiento

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

permitió gestar un comportamiento muy particular en una parte


significativa de la población víctima de la violencia, y es precisamente
un temor a la memoria o al recuerdo de lo vivido, convirtiéndose en un
tema el cual muchos prefieren callar.

“Se condena al Estado colombiano por acción u omisión de los


hechos ocurridos en Trujillo (…) es importante poder exigir al Estado
colombiano el cumplimiento de esas recomendaciones y de los
programas de reparación que tenían que iniciarse en pro de las
víctimas directas e indirectas, y que muchos de ellos no se han dado
(…) en realidad, nunca hemos tenido el acompañamiento eficaz por
parte del Estado colombiano y por supuesto mucho menos recursos
para afrontar todo este tema (Víctima 1, 2017); da miedo recordar, pues
implica también ser víctima de nuevos ataques, porque la memoria
puede ser peligrosa para la vida cuando debería ser al contrario”
(Víctima 4, 2018).

En las víctimas la linealización del miedo es tan nociva, que el silencio


hacia el recuerdo transita del “querer recordar y contar los hechos” al
“debo callar lo que he visto o vivido para sobrevivir” (Víctima 3, 2018), es
decir, que la población se auto-silencia de forma obligatoria por temor,
lo cual expresa un terror inefable al victimario aun cuando no sea una
amenaza evidente, dicha omnipresencia es parte de las secuelas de la
violencia-lineal, la cual infesta de inseguridad los recuerdos y vivencias
de los sobrevivientes. Así, la existencia se construye también sobre una
presunción de ataque, es decir, existir en la advertencia que emana de
miedo enquistado en sus memorias como estigma. El horror permanente,
y la deshumanización del conflicto, constituyen estructuras complejas
de sentido que movilizan la amenaza hacia lo manifiesto, es decir, tornan
el temor en terror generalizado. La anulación entre victimario-víctima
conlleva la linealización del recurso de la negociación, e instala en la

96
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

imagen general de dicha relación, la ausencia de un tercero incluido que


podría ser, en palabras de Maturana (1991) la legitimidad del otro como
legítimo otro en la relación de convivencia.
Una forma de linealizar la memoria es visible en la evasión de la ayuda,
la indiferencia socio-estatal, el abandono académico y comunitario de las
víctimas, así como también, en la espera de la muerte como posibilidad
y la impunidad como certeza. Para muchas personas la reparación no
puede ser lineal, es decir, dar cuenta de una obligación material que
olvide el peso de la memoria, los afectos y sentidos dados a la guerra,
además de su relevancia para la reconstrucción de la historia (Andrade,
2018b). El abandono social de las víctimas es manifestación expresa de
la linealización del recuerdo y la hegemonía del olvido, ambas instaladas
como medidas políticas de recolonización ideológica y narrativa de las
víctimas, de allí que la falta de dignificación de los relatos y vivencias
sea otra de las formas de violentar a quienes ya han sido violentados de
múltiples maneras,

“Es indispensable ayudar a entender el por qué, el cuándo y el cómo


de las cosas, de los hechos, pero también, les hacíamos la pregunta
–al Estado– ¿ustedes creen muy conveniente, beneficioso y oportuno
que después de 28 años nos vengan a preguntar qué si necesitamos
acompañamiento psicosocial?, ¿usted no cree que eso debió haber
sido inmediato al otro día después del hecho? Entonces, es allí donde
quedan los grandes vacíos de lo que el Estado colombiano tenía que
hacer y nunca hizo, esa ayuda psicológica siempre han estado allí,
latente en las víctimas que viven esperando sedientas de que alguien
venga y escuche, y entable un diálogo y acompañe, hay muchas
viejitas víctimas que cuando vamos a sus casas y las encontramos
totalmente solas o solos, y cuando empezamos a hablar y a decirle
que quiero acompañarlo, saber un poco de su historia, usted qué hace
etc., terminan llorando y desahogándose, y luego al último terminan

97
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

diciendo: gracias por haber venido no saben lo bien que me sentí el


que me hayan escuchado, el que me haya hecho cualquier clase de
pregunta, que haya tenido la oportunidad de hablar de desahogarme
de contar mi historia” (Víctima 5, 2018).

La violencia lineal implica la devastación de espacios simbólicos, y la


recurrente imagen del poder como algo marginal para las víctimas; esta
subyugación está representada en miedo, silencio y la desesperanza,
elementos que suelen dar forma a la pena moral. En las víctimas el
dolor, la memoria que filtra principalmente la tragedia y el sufrimiento
ante lo perdido, demarcan una línea de intimidación permanente
que transmuta sus vivencias, relaciones y espacios, recodificando
sus vivencias al conceder contravalor a la vida, así, “la violencia-lineal
conlleva la linealización del ejercicio violento, es decir, las acciones que
suscitan la subsistencia del terror, la memoria permanente del dolor y
la incredulidad ante los mecanismos de seguridad que ofrece el estado”
(Andrade, 2016a, p.2) La violencia lineal emerge casi siempre, cuando en
una situación de alteridad, el tercero incluido o “diálogo” es excluido por
el peso y potencia destructiva de las interpretaciones y circunstancias,
instaurando linealidades inscritas a decisiones extremas y absolutistas,
y también, debido a la reificación de modos de pensamiento lineal que
reducen cualquier relación a la lógica de causas y consecuencias cíclicas.
En este tenor,

La violencia-lineal referencia todos aquellos ejercicios del poder


encaminados a perpetuar la dominación, bajo una praxis que se torna
cada vez más imperceptible para los sujetos, y que es en gran medida
el efecto de la lógica totalitarista, que mantiene su halo de acción bajo
diversas formas de simbolización –aun en gobiernos democráticos–,
en cuyo caso pretende normalizar su ejercicio a través de sus prácticas
e ideologías (Andrade, 2017b).

98
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Las víctimas, además de sentir dolor por alguna pérdida o algún daño
físico, se sienten frustradas, agobiadas y abandonadas, pues rara vez
reciben lo que solicitan. El olvido y el silencio estatal constituyen modos
de violencia lineal, pues las víctimas están esperanzadas en recibir
alguna reparación, pero son ignoradas y la reparación es mediatizada
por burocracias, leyes o medidas que postergan el acceso a recursos e
información. Es así que “para las víctimas esta es la peor de las violencias
porque es, otra de las formas de impunidad (...) quizás la peor de todas”
(Andrade, 2016b, p.3).
Otra forma de violencia-lineal se encuentra en el hecho de “esperar
aun cuando se tiene la certeza de la injusticia, esperar en la desesperanza,
en el antagonismo de lo no complementario (impunidad-restauración),
y existir en la negación absoluta que sostiene la expectación, o sea en la
“violencia del no-olvido” (Andrade, 2016b, p.3). Lo anterior se evidencia en
la masacre de Trujillo – Valle, pues muchos esperan la reparación de bienes,
el apoyo por parte de otros, y el reconocimiento social de esta tragedia.
No obstante, aún hay personas que continúan sin reparación, y algunas
de ellas mueren de pena moral o de enfermedades, con la esperanza de
ser reparados, escuchados y atendidos. Cabe mencionar que “la verdadera
reparación para las víctimas de Trujillo y para la comunidad en general,
no es la económica, es la formativa, es la de emprendimiento, es la de
acompañar, es la de solidarizarnos, es la de no sentirnos solos” (Víctima
1, 2017). En Trujillo la violencia lineal se ve marcada por censura y olvido
del valor reparatorio de la memoria, lo que quiere decir, que la mayoría
de las personas no buscan recordar lo que pasó allí, pues son muy pocas
las que por medio del recuerdo ayudan a las demás personas a superar un
poco esa tragedia. Es así como, el silenciamiento del pasado que persiste
en el pueblo, es otra manera de violencia, ya que por medio de este se
identifica que el dolor sigue intacto, al igual que la indiferencia, el horror y
la desconfianza en el Estado.

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

En gran medida el abandono se extrapola a los espacios, pues en


muchas calles las casas proyectan y expresan el rostro de la tristeza
de quienes las habitaron, de los caídos y torturados, de las paredes y
resquicios que se niegan a filtrar el olvido (Andrade, 2016b, p.2). De este
modo, la creciente indiferencia estatal y comunitaria; la desconfianza
reiterada en el otro; la incredulidad en el gobierno; y la creciente apatía
frente a la memoria por parte de las nuevas generaciones, son muestra
de otro de los rostros de la linealidad de la violencia, con lo que, según los
relatos de las víctimas, se puede confirmar que “la masacre de Trujillo ha
dejado secuelas de violencia, ya que la indiferencia y desconfianza son
los sentimientos que hoy en día poseen los habitantes de este municipio”
(Víctima 4, 2018). Se puede afirmar que antes de la masacre en Trujillo,
los habitantes creían en la palabra del Estado y que sus derechos serían
respetados “antes de la violencia uno creía en proyectos políticos, se
confiaba en el otro, había esperanza en la palabra, ahora se desconfía
de todo, no hay a quien seguir realmente” (Víctima 5, 2018). Del mismo
modo, confiaban en sus representantes e ideales políticos, pero su
percepción cambió inmediatamente en el momento de la violencia,
gracias a la colaboración y complicidad entre las fuerzas paramilitares y
la policía, debido a que existieron algunos servidores públicos cómplices
de estos frentes armados que solo buscaban bienestar y dinero.
Actualmente las personas de Trujillo expresan dudas frente a la labor
del Estado y la autoridad que los representa, lo que tiene como efecto, un
temor mantenido y latente, además de una elevada incredulidad ante
la labor protectora y transparente del ejército y la policía, al respecto
señalan:

“lo que hicieron con nosotros fue perverso, por eso uno aprende
a desconfiar de lo que hacen ahora (…) no existen garantías de no
repetición de la violencia” (Víctima 1, 2017); “es difícil volver a creer en

100
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

que no nos harán daño, se desconfía de todo y de todos, al final de


cuentas todos terminan torciéndose, solo se salvan algunos pocos que
son honestos y quieren ayudar” (Víctima 2, 2017); “uno siempre va a
tener miedo, eso no es como algo que se vaya de la noche a la mañana
(…) tener miedo es como no tener paz, porque acá nada terminó del
todo, aún hay hostigamientos” (Víctima 5, 2018).

A pesar del tiempo, todavía está en proceso la recuperación de la


confianza en los habitantes, es decir, que para ellos ha sido arduo y
duro el proceso, pero a pesar de la experiencia traumática tienen el
deseo de recuperarse, cambiando su vida y la de otras personas por
medio de su propia historia y sus memorias. En las víctimas en gran
medida, los sentidos, saberes, apoyos, las resistencias, la esperanza y la
orientación hacia paz, los mantiene a flote ante la impunidad y fomenta
en ellos la resistencia que obra como mecanismo emancipador ante la
censura sobre la memoria, en este tenor una víctima expresa: “El sentido
cristiano –nos mantiene a flote–, es que realmente tenemos que decir
que protestamos ante todo hecho de violencia que trata precisamente
de empañar el ámbito de la paz que hemos querido establecer” (Radio
Nacional de Colombia, 2012, p.7).

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Violencia lineal: evidencias y crónicas de las víctimas


Evidencias narrativas y manifestaciones de la Violencia Lineal/Dimensiones

Dimensión biológica
DA: [existió un ensañamiento con el cuerpo muerto, mutilaciones,
sevicia, prácticas de horror y torturas] “Él me dijo que fresco, que en
esa hacienda llevan tiempo haciendo lo mismo y me contó del caso de
otro hombre al que mataron y le decían ‘El Mocho’ y quien no aguantó
la tortura. Me dijo que no cantó nada y que le colocaron el soplete
en los testículos y que no aguantó nada. Luego, me dijo, calentaron
una varilla con el soplete y se lo introdujeron por el ano al rojo vivo,
y después le levantaron las uñas con una navaja. Debido a eso no
aguantó y se murió” (Semana, 1995, párr. 5).

V1: “Las masacres dejaron mucha muerte, soledad y también traumas,


padecimientos y enfermedades, mucha gente aún vive muy enferma
por causa de sus traumas y de recordar lo que vivieron, yo mismo
estoy enfermo, y me enfermo a cada rato porque la violencia siempre
debilita así ya haya pasado lo peor, pero debo callar mis dolores al
igual que ocultar mis dolencias”.

V2: “Tuve un problema de infarto porque las preocupaciones lo llevan


a uno a enfermarse, hay presión sanguínea, uno esta tenso y eso
ocasiona los infartos, afecta todo el organismo por supuesto (…) El
temor, la inquietud siempre deja un lastre porque uno no está seguro
de que le vayan a respetar la vida, así como mataron a mi hermano
uno espera que también atenten contra uno, y desde luego hubo
amenazas contra mi persona, eso lo pone a uno en mal estado y afecta
la salud, de hecho, yo tengo problemas de infarto, tuve un infarto”.
V3: “Existen traumas que afectan la salud, y que permanecen, la
violencia, los duelos, la fe en lo imposible, son también, formas de la
violencia representarse, de continuar dando de qué hablar, pero en el
propio cuerpo”.

102
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

V4: “La violencia continua a través de las enfermedades de las víctimas,


no es casualidad que después de la violencia uno se enferme más, que
sienta pocas ganas de vivir y que con el paso del tiempo se agrave esta
situación”.

Dimensión psicológica
V1: Después de algunos homicidios y desapariciones se inicia una
carrera en la búsqueda de la verdad y la justicia, la Comisión Trujillo
empieza a indagar sobre lo que había ocurrido y durante una
investigación que no duró más de seis meses alcanzan a recoger
entre las personas que se atrevieron a denunciar 107 que fueron los
primeros casos con los que se logró instaurar una denuncia y lo que
se ha conocido como el caso Trujillo. Esta recopilación de todas
estas declaraciones y testimonios es llevada a la Fiscalía General de
la Nación, y como se conoce la justicia que opera en Colombia, fue
declarado el caso como no confiable, que las pruebas no obedecían a
la realidad de los hechos, la mayoría de los testigos fueron catalogados
como locos y simplemente archivan el caso.
“(…) Toda una comunidad religiosa que asombrada pues no podía
asimilar lo que estaba ocurriendo en este pueblo de que unas
personas eran retenidas, torturadas y la forma tan vil de que luego
fueron asesinadas, los cuerpos desmembrados, cuando uno escucha
los casos tan crueles, de los oprobios, de los vejámenes de las torturas
que a las cuales fueron sometidas la mayoría de las víctimas uno se
queda súper aterrado cuando encuentra y se deja ver claramente lo
que uno ve de estas narraciones tan duras, tan tristes, tan dolorosas”.

V2: “Se dieron muchos cambios por ejemplo, la gente que vivía
tranquila en el campo disfrutaba de su paz en el campo buscando una
tranquilidad y una seguridad se asignaron en la parte urbana, en las
cabeceras de los pueblos, entonces la gente se trastorno porque el que
es del campo no está adaptado a vivir en las cabeceras municipales,
si uno ve y puede distinguir quien vivía en el campo en el momento

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

que ocupa el baño para bañarse en la ducha, en el campo se deja que


corra el agua porque no llega un recibo, en la ciudad hay que bañarse
con preocupación, cerrar el grifo mientras se enjabona, esos son los
cambios que uno siente y los campesinos no estaban preparados para
vivir en las cabeceras municipales, esto los obligo a irse de allá, y ser un
trastorno de su vida”.
“En tanto consecuencias… Dejó efectos materiales, emocionales,
sociales, pues la emocional fue la que más me impacto porque se
perdió la paz”.

Dimensión social
V1: “En el año 1988 empezaron a darse las desapariciones forzadas y
asesinatos selectivos, por lo cual muchas personas se acostumbraron
a estos hechos y fueron vistos como algo normal, apareciendo
comentarios como: “lo mataron quien sabe por qué sería”, “es que era
vicioso”, “es que era ratero” o “es que como que trabaja con la mafia”, los
cuales posiblemente afectaron psicológicamente a familias de estas
víctimas”.
“En Trujillo no existen fuentes de empleo. Cada año se gradúan del
colegio más de 200 jóvenes y no hay una empresa que les brinde a los
jóvenes una oportunidad de trabajo, tampoco hay presencia de una
universidad y las pocas que están cerca son caras o están muy lejanas
… es muy difícil plantearles a los jóvenes de Trujillo posibilidades de
salir adelante, si hay un abandono por parte del Estado, puesto que
no hay centros educativos, universidades ni empresas que les brinden
oportunidades para su formación académica o laboral”.
“De los 200 jóvenes graduados solo 10 de ellos logran obtener un
estudio superior, pero el resto de los jóvenes se quedan en el pueblo
y muchos de ellos ya no quieren trabajar en el campo porque les da
pereza trabajar bajo al agua y sol o porque según ellos pagan muy
barato, por lo tanto, caen en las redes del microtráfico o se convierten
en consumidores de sustancias psicoactivas”.

104
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

V2: “Lo que nunca se podrá reparar es el tejido social, la tranquilidad,


la paz, todo eso no se podrá reparar, se podrá amortiguar, atenuar, se
podrá hacer algo pues para que tengamos más tranquilidad, pero no
será lo mismo, es como cuando se rompe un espejo nunca quedara
igual, aunque se peguen en perfectas condiciones”.
“Es que una acción por el Estado colombiano para reparar las víctimas
paquidérmica, morosa, como si no quisiera reparar, ha sido muy
lento, hay personas ya muriendo, han pasado años esperando una
reparación que nunca llega, eso ha sido poca diligencia del Estado”.
“Después de los hechos de violencia los vecinos ya no iban con
tranquilidad y confianza para visitar a otros vecinos, el esposo tenía
que huir, para evitar que fuera masacrado, entonces dejaba una
familia sola eso claro rompe un tejido social los hechos de violencia”.

Dimensión política
V1: “Algunas víctimas de Trujillo tienen cartas y cheques de hace
más de un año las cuales no han podido hacer efectivas, puesto que
la unidad de víctimas no tiene presupuesto, entonces parece ilógico
pensar que mientras unas víctimas o familiares de víctimas ya tienen
80 o 90 años esperando que sean reparadas, por lo que el gobierno se
escuda en su creencia en que muchos son eternos y que pueden seguir
esperando otros 20 años”.
“Acá se nos habló y ustedes los saben de que los grupos paramilitares
desarticularon, hubo una dejación de armas o se desintegraron,
pero acá en el caso nuestro es algo que continua están, cambiaron
de nombre, se reformularon, yo qué sé, cambiaron de territorio o de
sitio, de estrategias pero ahí están y cosa curiosa la fuerza pública, si
ha intentado hacer, han cogido una cantidad de cabecillas otros los
han asesinado, pero más se demoran en coger uno o asesinarlo para
que al otro día ya esté el reemplazo, muy difícil combatir, los informes
que nos está mostrando hoy el país, miren el incremento tan grande
que hay en estos momentos del narcotráfico a nivel nacional en estos
últimos cinco años”.

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

V2: “El Estado colombiano fue muy culpable por omisión y acción
entonces debe reparar porque no cumplió con su deber y propició que
esos hechos victimizantes, sangrientos, crímenes ocurrieran porque
había abandonado el pueblo en manos de grupos criminales”.
V3: “ya no creemos en lo político, hay desconfianza, eso nos ha
quedado, pero aun así hay algo de esperanza”.
V5: “Antes de la violencia uno creía en proyectos políticos, se confiaba
en el otro, había esperanza en la palabra, ahora se desconfía de todo,
no hay a quien seguir realmente”.

Dimensión ética
V1: “Muchas de las víctimas, testigos o familiares tuvieron que salir
en exilio, por ejemplo, hay personas en Holanda, Canadá, España,
y en otros países de Latinoamérica, las cuales nunca han podido
retornar porque al dar sus declaraciones se les brindaba programas de
protección, pero renunciando a regresar a Colombia”.
“Nunca podrán reparar nuestras memorias y afectos, lo que se daño
fue el sentido de lo bueno y lo malo, de la justicia y la verdad”.
“(…) Algunas de las jóvenes cuando se gradúan del colegio tienen la
oportunidad de trabajar o continuar estudiando en otras ciudades
porque tienen familiares fuera de Trujillo. Pero para las que no tienen
esta posibilidad se quedan en el pueblo vendiendo minutos o se
prostituyen ante los soldados”.
“(…) También ocurrió aquí en varias partes se rehusaba a ser subido
en estos vehículos simplemente pues lo asesinaban ahí mismo y ahí
lo dejaban, cosa también dolorosa y fea, los mismos vehículos donde
retenían la gente, se los llevaban, como el caso que yo padecí en carne
propia, eran los mismos vehículos de la Policía”.

V2: “Todas las pérdidas son muy sensibles, muy sentidas, son muy
lamentables, pero indudablemente la pérdida del sacerdote por
la manera de sevicia que aplicaron en esa persona, lo mutilaron,
le cortaron las manos, le cortaron los pies, le cortaron la cabeza,

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

entonces esa fue una perdida lamentable porque representó a Trujillo,


era un líder social, además de ser sacerdote que había organizado 23
cooperativas para darle vida al pueblo”.

V5: “La pena moral es una consecuencia grave de la guerra, tiene que
ver con lo moral que se rompe, las perdidas horribles, y es irreparable,
la persona no puede superarlo, sus consecuencias le resultan
irreversibles”.

Pena Moral: manifestaciones lineales de lo violento.


Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE, 2001), la
palabra pena etimológicamente proviene del lat. poena, en cuyo caso
significa “castigo impuesto conforme a la ley por los jueces o tribunales a
los responsables de un delito o falta (…) Cuidado, aflicción o sentimiento
interior grande (…) Dolor, tormento o sentimiento corporal” (RAE, 2001,
pp. 1-3), asimismo puede indicar el estado por el que alguien puede
pasar como “pasar alguien la pena negra. 1. loc. verb. Padecer aflicción
grave física o moral” (p.28). Por su parte la palabra moral deriva del lat.
morālis, que referencia a lo que concierne a las acciones de las personas,
desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y
en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva” (RAE, 2001,
pp.1-7). También, sugiere aquello que “concierne al fuero interno o al
respeto humano, y no al orden jurídico (…); estado de ánimo, individual
o colectivo. (…) Ánimo para afrontar algo” (pp.7-10). Desde ambos
puntos de vista estas palabras revisten connotaciones interaccionales,
lo cual quiere decir, que son relativas al contexto y gravitan en torno a
la interacción entre personas, sea la pena como resultado de una acción
a modo de castigo o autocastigo, o cuando emerge como referente de
dolor, suplicio, padecimiento y desconsuelo; o si lo moral es asumido
como la dimensión ética y axiológica que determina dichas acciones,
en cuyo caso estaría subordinada a las condiciones situacionales e
históricas con que es interpretado y asumido.

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

En todo caso, cuando se reúnen ambas acepciones, su significación


se transforma acorde al marco violento y los excesos que el conflicto
armado suscita. De allí que, la pena moral, sea vivida como una condición
humana, emergente de un dolor multidimensional, entramado en el
existir y manifiesto a través de una grave aflicción física, emocional, y
moral, que atañe aspectos de índole espiritual, familiar, comunitario,
sociopolítico y convivencial, y que, además, es considerada dañina,
inevitable e irreversible. Su asociación con el castigo impuesto a la
existencia, la complicada afectación al bienestar personal y social, al
dominio interno de la propia vida y al respeto por la legitimidad, se
suman a una larga cadena de eventos previos y posteriores relacionados
con la memoria, la impunidad, la delincuencia, persecuciones,
silenciamientos, terror, desarraigo, y un horror adherido a cada recuerdo
vinculado a sus pérdidas y experiencias traumáticas, lo cual en conjunto
hacen de la pena moral una de las más graves afectaciones al bienestar
individual y colectivo de personas grupos y comunidades.
La pena moral, se considera un dolor tanto físico como mental, derivado
de la interrelación nociva entre la incertidumbre vital, la desolación,
el desconsuelo, elevados niveles de angustia, tristeza permanente,
desesperanza, además de otras sensaciones y emociones, connotadas
por las víctimas como “insufribles”, ya que, pueden afectar múltiples áreas
de la salud, y la vida laboral, personal, familiar y colectiva-comunitaria
de una persona, perjudicando a su vez el pensamiento, las emociones,
la efectividad, el autocontrol, el comportamiento, las expectativas
positivas de futuro y la salud global. Las personas con pena moral no
suelen ser conscientes de su estado, y se enganchan constantemente al
dolor asociado a sus pérdidas y pesares, de modo que dichos elementos
se constituyen en el centro regulador de sus vidas. Existe en la pena
moral la esperanza de lo imposible, es decir, del regreso de aquello que
se perdió “un familiar desaparecido, la tranquilidad, las vivencias del

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

pasado, etc.”, aun cuando se tiene noción de dichas imposibilidades, a


dicha condición de la espera de lo inesperable se le denomina en este
libro: “esperanza desesperanzadora”

“ella no se daba cuenta pero cada día estaba peor, abatida, había
perdido toda esperanza de vida, a veces ni siquiera hablada del tema
que le preocupaba, porque el dolor lo tenía por toda parte, era parte de
su vida ya” (Víctima 3, 2018); “mi prima sobrellevó un dolor indecible,
desconsolada, ya no quería vivir y se murió sufriendo de pena,
esperando el regreso de los hijos que nunca iban a regresar porque
estaban muertos”(Víctima 4, 2018); “hubo un anciano de apellido
Vargas que murió en una banca del parque esperando el regreso de
sus hijos que eran transportistas en los Willis, él iba todos los días a
esperarlos aun sabiendo que los habían asesinado y desaparecido,
sufrir eso es muy verraco” (Víctima 1, 2017).

Un concepto tradicional de pena moral es referido por De Olive y


López (1843), en el Diccionario de sinónimos de la lengua castellana el cual
la señala como, “la mayor desgracia de todas es encontrarse al hombre
sin consuelo, hallarse desconsolado, que es como abandonado de
todos. Es una pena una angustia, una tristeza que abate y llega a causar
amarguísima muerte” (Olive y López, 1843, p.155). La pena moral en
las víctimas se relaciona con el abandono del Estado, la imposibilidad
de aceptar y tolerar la ausencia de las perdidas, el desconsuelo y
desesperanza frecuentes, sensación permanente de incertidumbre y
abandono, y el desinterés por interactuar con otro más allá de lo habitual,
un ejemplo de ello es referido de la siguiente manera: “ella se limitó a
vivir porque le tocaba, no estaba motivada, se la no estaba motivada, se
la pasó esperando morirse así le invitáramos a otras cosas, perdió todo
sentido de su vida” (Víctima 4, 2018).
La pena moral genera dolor psicógeno de carácter insoportable,
pero no es en sí misma una enfermedad, ya que es descrito como un
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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

peso intolerable y de carácter diverso, que en ocasiones no le brinda


tranquilidad a la persona, “yo mismo he sentido que no puedo más y que
la pena me embarga, cuando recuerdo como torturaron a mi hermano
delante mío, y como todos mis seres queridos fueron eliminados, eso es
insoportable y está conmigo todo el tiempo” (Víctima 1, 2017). Conviene
señalar que, en estos casos, es preciso una atención adecuada y oportuna,
ya que posiblemente se puede convertir en alguna enfermedad psíquica
o afectar la salud física, como, por ejemplo, problemas gastrointestinales,
cefalea tensional, migrañas, problemas cardíacos, insomnio, tensión
alta, diabetes, pruritos, además de ocasionar irritabilidad, depresión,
nerviosismo, desesperanza, paranoia ante otras sintomatologías.

Aunque nos enseñaron que es imposible desde lo físico que el


corazón como órgano duela por sí solo, que el dolor en el alma no es
diagnosticable, que la tristeza no es una enfermedad, que los hombres
no deben llorar y que ya nadie se muere de “pena moral”, poco se
conoce que existen en el mundo más de ocho mil enfermedades
consideradas como “raras”, muchas de ellas asociadas a la salud mental
y las emociones que nacen del sistema nervioso y se manifiestan de
distinta manera en cada persona (Martínez, 2015, p.1).

De acuerdo con la Revista Semana (Gaviria, 2014) en Colombia existe


una dimensión de padecimiento y dolor la cual no ha sido atendida
adecuadamente, por lo tanto, hay muchas huellas imborrables en la
mente y en la existencia de los individuos víctimas de la violencia, y la
tragedia que esta genera. Estas huellas reflejan un sufrimiento que no es
producido por ninguna enfermedad, sino que se manifiesta como peso
emocional y moral que en ocasiones no permite vivir adecuadamente,
y que, además, puede transformarse en malestar físico, mental y
relacional. Asimismo, las enfermedades padecidas anteriormente
pueden aumentar y alterarse debido a la pena moral causada por la
inseguridad, inestabilidad e inequidad social que dejó la violencia.
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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Las víctimas de Trujillo suelen padecer de pena moral además de


contar con referencia a la pena moral en sus familiares y amigos; la
identifican como una condición vital asociada a varias enfermedades
y estados de ánimo, relacionados con la incapacidad para perdonar, la
secuencia de matanzas y desapariciones y la violencia lineal presente en
muchos escenarios de interacción sociopolítica; al respecto señalan:

“(...) para perdonar tengo que primero superar los obstáculos que
tengo en mi vida, porque si yo hubiera seguido así yo ya me hubiera
muerto de pena moral, de tristeza, que no solamente la perdida
de mi hijo sino seguir, porque en el 2002, 2004, 2005 han seguido
sucediendo hechos, la perdida de mi sobrino, mi hermanita hace unos
seis meses o 7 se murió de pena moral, esperando ese hijo, entonces yo
le decía a ella “mija para que no siga con su enfermedad, mírese como
esta y recupérese un poco, usted se va morir, eso da mucho cáncer”
(Víctima 4, 2018).

Cabe anotar que las narraciones de los afectados por enfrentamientos


armados, manifiestan la manera de como ellos mismos o algún
miembro de su familia soportaron las enfermedades que se fueron
desencadenando o aquellas que se fueron complicando después de que
sucedieran los hechos violentos e inhumanos (Guana, 2008), además,
comentan que muchos de los que estaban sanos, dejaban de comer, se
enfermaban y finalmente morían, siendo esto una manifestación de
lo que se considera como pena moral, puesto que se logra vivir la pena
como un dolor emocional indescifrable, que puede alterar gravemente
la salud física y mental del individuo. En este sentido la angustia y el duelo
–muy vinculados a la pena moral– pueden generar cambios bruscos en
el cuidado personal, desde la perturbación en los hábitos alimenticios
y de sueño, hasta el incremento del consumo de cafeína o sustancias
psicoactivas, de este modo, estos cambios pueden afectar el desarrollo de

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

vida del individuo, y también, sus relaciones interpersonales, provocando


problemas familiares, conyugales y bajo rendimiento escolar o laboral.
Con todo y lo expuesto, resulta inapropiado reducir la pena moral
al duelo o la melancolía, aunque es acertado incluir ambas como parte
de las dimensiones que experimenta quien padece de pena moral.
Correlativamente, la pena moral afecta el sistema inmunológico,
escenario en el que la psiconeuroinmunología (PNI), señala que el
cuerpo y la mente están unidos en interrelación significante (Ortega,
2011), de modo que aquello que perturba la una lo hace también con la
otra. Esta disciplina también ha permitido conocer la difícil relación que
existe entre el cerebro y los sistemas nerviosos como el inmunológico y
endocrino.

Estos tres sistemas no son aislados, sino que forman un sistema


neuro-inmune-endocrino cuya función es mantener la homeostasis
o equilibrio de nuestro cuerpo regulando la capacidad adaptativa,
defensiva y de supervivencia de la persona en relación consigo mismo
y con el ambiente. De hecho, los sistemas neuroendocrino e inmune
juegan un importante papel en nuestra adaptación al medio. Así
cualquier factor estresante amenaza al estado de homeostasis, es
contrarrestado por una respuesta adaptativa (Chrousos & Elenkov,
2001, p.22).

La psico-neuro-inmunología plantea una concepción biopsicosocial,


la cual no solo toma la enfermedad desde un sistema, sino que la asume
a modo de totalidad, porque al afectarse un sistema se ven afectados los
demás, lo que quiere decir, que cada sistema está en conexión y receptivo
de los otros. El objetivo adaptativo radica en que todos los sistemas se
encuentren bien estructurados para que el bienestar de la persona sea
completo, puesto que, cuando entre ellos no hay una buena conexión,
surgen las enfermedades graves, como respuesta a una merma en la

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

actividad defensiva –glóbulos blancos– del individuo. En las personas


con pena moral, se producen declives emocionales frecuentes que
son vividos por estos como estados frecuentes de tristeza, soledad,
desasosiego, desesperanza, incredulidad, abandono, entre otros, que
suelen emerger en conjunto y afectan la capacidad de la persona para
sentir y comprender que su vida emocional, espiritual, física y social se
pueden estabilizar.
Por otro lado, el estrés es uno de los factores que afectan el sistema
endocrino e inmunológico, de allí que muchas personas con pena
moral sientan mociones disfuncionales, elevados niveles de ansiedad,
irritabilidad, labilidad, además de descontrol y desajustes personal,
familiar y social, los cuales se ven afectados por un elevado estrés que
resulta incontrolable para los afectados y que, desata crisis existenciales
reiteradas –crónicas y de elevada intensidad psicosomática–. En este
sentido, todo evento agudo, de elevada intensidad, y muy estresante
en el orden físico, ambiental, situacional o emocional logra inducir
respuestas fisiológicas alteradas, las cuales tienden a afectar la
funcionalidad del sistema inmune y socio-familiar, logrando disminuir
en el individuo la capacidad de afrontar esa situación, además de
potenciar la vulnerabilidad a una serie de enfermedades de alto riesgo.

El estrés y las alteraciones emocionales mediante diferentes tipos de


estímulos nerviosos pueden afectar al sistema inmune y de este modo
facilitar el desarrollo de las enfermedades como infecciones, cáncer,
alergias, problemas gastrointestinales y enfermedades autoinmunes, o si
estas ya existen pueden complicarse con un curso fatal (Guana, 2008, p.4).

En este aspecto, Martínez (2015) señala que, aunque la comunidad


se haya convertido antipática con las personas que han padecido
acontecimientos amargos y dolientes, la realidad es que cada día se
producen actos de lesa humanidad que afectan múltiples dimensiones
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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

del existir de las personas, las cuales suelen ser poco reconocidas por
quienes reparan a estas personas, e incluso, en ocasiones por los mismos
afectados. Ergo, para algunos actores sociales puede resultar absurdo
reconocer que el conflicto trascienda a dimensiones emocionales –miedo,
angustia, tristeza, desesperanza, abulia, debilidad, etc.–; corporales –
inapetencia, dolor físico, mareo, cefaleas, tensión corporal, problemas
gastro-intestinales y cutáneos, etc. –; sociales –aislamiento, irritabilidad,
conflictos, desconfianza, incredulidad, sensación de abandono e
inadecuación ambiental, etc.–, y que ello represente un aspecto que
deba ser atendido a fin de evitar la pena moral que suele acompañar
la conjunción polisintomática entre dichos aspectos y las situaciones de
terror e inseguridad vividas.
Dicho así, si la salud es vista como interrelación de factores, psicológicos,
biológicos y sociales, en el momento que se presentan afectaciones en
uno de esos componentes a la vez se afectan correlativamente las otras
áreas causando el deterioro general del individuo (Guana, 2008). La pena
moral es tan grave, que las afectaciones suelen permanecer manifiestas
en todos los contextos de la vida del ser humano, y uno de los que se ve
mayormente perjudicado es la interacción comunitaria, al respecto cabe
anotar que por efecto de la pena moral “en la mayoría de los casos [las
víctimas] se pierden grupos de referencia, constituye la destrucción de
las bases de identidad personal y familiar, se establece la soledad física
y afectiva vivida como muerte en vida” (Serna, Duque, y Carmona, 2006,
p.60). Asimismo, cuando hay alteraciones a nivel emocional se puede
presentar la aparición o el incremento de enfermedades. Algunas víctimas
de la violencia manifiestan que ellos mismos o algún miembro de su
familia han padecido diferentes enfermedades, las cuales se presentaron
en el momento, o poco después de que sucedieron los hechos violentos,
por lo demás, refieren que algún miembro de sus familiares se enfermó,
dejo de comer y murió (Guana, 2008).

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Pena moral en Trujillo


Respecto a la pena moral, es común encontrar que quienes la
padecen no la reconocen como un resultado de los eventos vividos, y las
múltiples dimensiones dolorosas de su historia vital, razón por la cual,
se suele identificar más como una enfermedad con múltiples facetas
orgánicas, que acorde a las consecuencias de actos de lesa humanidad.
También, es frecuente que en las víctimas subsistan dificultades para
reconocer los efectos biopsicosociales de la pena moral, su permanencia
y propensión auto-anulativa, y que a menudo, como mecanismo de
defensa, las personas se amparen en imaginarios relacionados con la
hombría, el patriarcalismo, la postergación de soluciones y denuncias,
y la evitación de las secuelas emocionales, todo ello usado a modo de
estrategia de ajuste. Tómese como ejemplo, las siguientes frases usadas
por víctimas con pena moral: “los hombres no pueden llorar (…) son cosas
que pasan y se olvidan (…) el tiempo lo cura todo (…) si dios quiere esto
se arregla” (Víctima 2, 2017); “la mujer debe callar y no opinar porque así
le va mejor (…) es mejor no denunciar, porque esto nunca va a cambiar”
(Víctima 4, 2018), “a veces lo mejor es evitar los recuerdos y tratar de
vivir el presente sin recordar (…) muchísimas de las víctimas o testigos o
familiares tuvieron que salir en exilio” (Víctima 1, 2017).
En suma, la pena moral es detallada por muchas personas como
causante de muerte y soledad, una soledad que representa también,
la soledad que produce el abandono del Estado en esta y en muchas
otras zonas de conflicto. Ejemplos de la pena moral y su vinculación con
otras enfermedades comórbidas; el siguiente testimonio grafica el dolor
extendido que dicha relación puede tener,

En el caso de una mujer a quien le asesinaron a su hijo en la masacre de


Trujillo, se le desarrolló una enfermedad en el nervio ciático, la cual es
una enfermedad que le genera a la persona un dolor desde la espalda

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Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

baja, hasta una o ambas piernas, la víctima refiere que anteriormente


era una mujer trabajadora y alegre, pero después de la muerte de su
hijo, su salud se fue deteriorando, por otro lado, la víctima sustenta
que su sobrino también fue víctima de la desaparición forzada, hecho
por el cual le generó una enfermedad a su hermana hasta el punto de
llevarla a la muerte (Víctima 4, 2018, p.2).

La pena moral aumenta en los sobrevivientes cuando no se tienen


noticias del familiar desaparecido, ya que el efecto permanente es el
de una esperanza desesperanzadora, que incluye la fe de esperar que
regrese, pero la certeza relativa de considerar su muerte. En contraste,
a modo de elemento que ayuda a elaborar el duelo y sirve de aliciente
paliativo a la pena moral, las familias esperan recuperar algo del cuerpo
a fin de completar a través del rito de la sepultura, el proceso de duelo
del que quedan “colgados”, por así, decirlo. Tómese como ejemplo el
siguiente testimonio,

“(…) el problema más horrible que hay es la desaparición forzada, eso


es un flagelo que eso nunca y por eso es que ahora estamos luchando
porque muchos de los familiares esperan a ver si de pronto recuperan
siquiera esos huesitos o los restos porque eso es muy horrible, por
ejemplo si yo no hubiera encontrado a mi hijo ya en estos ventipicos
de años estuviera todavía esperando que apareciera mi hijo, y pensar
de qué está pasando dónde se encontrará, estará con hambre, son
muchas situaciones difíciles, porque cuando a mí me dijeron que lo
habían asesinado yo lo estaba esperando 7 meses de llegar a la casa,
y por eso yo le digo no es lo mismo como poder rescatar esos huesitos
como decimos nosotros, poderle dar una cristiana sepultura que tal
vez queden por allá sin saber qué pasa” (Víctima 4, mayo 11 de 2018).

Es por esto, que las personas en medio de su tristeza alteran sus


hábitos alimenticios y de sueño, lo cual puede generar enfermedades y

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

así, causar la muerte. Pero a más de lo biológico, existe algo emocional


que mueve totalmente a la persona de manera negativa. En este sentido
“la tristeza y los procesos de duelo también hacen que se produzca
deterioro en el cuidado personal (…) afectan el desarrollo de la vida
normal y las relaciones interpersonales causando, por ejemplo, despidos
en el trabajo, conflictos conyugales o bajo rendimiento escolar” (Guana,
2008, p.2). Al respecto una de las víctimas de Trujillo revela que muchos
de sus compañeros viven en pena moral cuando se quedan amparados
en un regreso que no va a darse, o si los hechos vividos por sus familiares
son de tal magnitud, que, al imaginar y recordar los sucesos, reviven la
impotencia y desesperación por no poder evitar tal sufrimiento, aspecto
que puede darse tanto en una víctima directa como en una indirecta,

“una de las víctimas indirectas de la masacre de Trujillo comentó que


su bisabuelo murió tres meses después de que torturaron y mataron
a su hijo mayor, en el momento que se enteró sobre la tortura que fue
sometido su hijo entró en un estado depresivo el cual la llevó a no
alimentarse bien y a no dormir lo suficiente, por lo tanto, esto le causó
una enfermedad que le produjo hasta la muerte” (Víctima 3, 2018, p.1).

Existen antecedentes de personas que han sufrido debido a la


violencia u otro tipo de masacres, conflictos armados, algún tipo de
violencia o desplazamientos forzados, y en ellos manifiestan que a
pesar que algunos lograron sobrevivir y superar gradualmente aquellos
sucesos traumáticos, otros presentan en la actualidad un elevado grado
de afectación emocional, ya que, perdieron algún familiar, fueron
despojados de lo que tenían, además de amenazados, perseguidos
y cosificados. En consecuencia, muchos empezaron a padecer graves
enfermedades biológicas y mentales que a causa de su agravamiento
por falta de atención especializada ocasionaron pena, dolor y en algunos
casos la muerte; dichos elementos diezman de forma paulatina a través
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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

de los años la capacidad de tolerancia, resiliencia y respuesta de las


víctimas, quienes “después de muchos años (…) empiezan a padecer
de síntomas como angustia, cansancio físico y un deterioro a nivel
emocional, en el peor de los casos causándoles la muerte por un dolor
que ni ellos mismos pueden describir” (Álvarez et al., 1999, p.64).

La “Masacre de Trujillo”, además de causar horror, desolación y


sufrimiento entre los habitantes de esta población del Norte del
Departamento del Valle del Cauca, no solo causó la muerte y
desaparición de 342 personas, si no que aún sigue causando víctimas.
Diez han sido las personas que han muerto de “pena moral”, esperando
el regreso de sus seres queridos (Díaz, 2009, párr.13).

Asimismo, otras personas que viven el conflicto armado, al percibir


la violencia como problema o como una especie de condena inevitable,
decidieron quitarse la vida como forma de implementación de una
salida rápida para evitar el dolor causado por las pérdidas y los actos
de lesa humanidad (Pérez, 2014; El Espectador, 2017). De acuerdo con
la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) citado por
Periódico El Tiempo (2008), la muerte por pena moral o “muerte por
causas emocionales” está relacionada con las afectaciones a la salud
mental y física de las personas víctimas de hechos violentos, y afirma:

El estrés y los problemas emocionales pueden afectar al sistema inmune


y facilitar así el desarrollo de cáncer, infecciones, alergias, problemas
gastrointestinales y enfermedades autoinmunes, o complicar las que
ya existen hasta llevarlas a un curso fatal. Condiciones mentales como
la depresión y los trastornos de ansiedad pueden asociarse igualmente
con el deterioro de la salud física, el origen y evolución del cáncer y
enfermedades cardiovasculares, e incluso incrementan sobremanera
el riesgo de muerte (El Tiempo, 2008, p.13).

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Algunos relatos de testigos acerca de los casos de las víctimas que


fallecieron a causa de pena moral, están ilustrados en el Periódico
El Tiempo (2008) por la Corte Interamericana de Derechos Humanos
(CIHD). El caso del niño de 9 años, Belarmino Durango que se suicidó,
“puesto que no soportó la muerte de su hermano mayor, Camilo” relata
su madre, debido a que fue asesinado por parte de los paramilitares
quienes también desaparecieron a 37 campesinos, hecho el cual se
presentó en el año 1990, pasaron 15 días de la masacre de Puerto Bello,
Urabá. Otro caso es del señor Gilberto Morales Téllez de 72 años, quien
perdió a su hija Mariela en la masacre de la Rochela en el año 1989
donde fueron asesinados por parte de los paramilitares, 12 miembros
de un grupo judicial entre ellos su hija. Gilberto entró en una profunda
depresión puesto que los medios de comunicación publicaron una foto
de Mariela muerta con las manos amarradas a su espalda, entonces,
esa imagen quedó guardada en su memoria, causándole demasiado
dolor y poco tiempo después, cayó en una enfermedad que finalmente
lo llevó a la muerte. Otro evento estremecedor que revela la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sucedió después de la
masacre de Trujillo – Valle, donde murieron 342 personas entre los años
1988 y 1994, allí el padre de los hermanos Vargas, falleció por pena moral,
debido a que diariamente se quedaba en una banca sentado frente al
parque de la Alcaldía con alguna esperanza de que sus hijos iban a
regresar.
La pena moral es vivida como un estado permanente de dolor,
y de espera dolorosa en medio de la angustia, pero también de
esperanza desesperanzadora; al respecto un testimonio muestra que sus
consecuencias pueden llegar hasta la muerte:

“(…) la muerte del papito fue una tortura, entonces fue algo que le
impactó mucho, entonces de mi bisabuelo cuentan de que se sentó en

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

una silla y no volvió a comer ni nada, desilusionado y con dolor de saber


de lo que había sucedido, hasta que se murió a los tres meses, murió ahí
en una silla todo el tiempo, ni se acostaba ni nada, todo el tiempo era
sentado en una silla, no hablaba no decía nada” (Víctima 3, 2018).

Los efectos de la guerra no acaban con la muerte de las personas,


puesto que, al parecer, las familias de las víctimas heredan un dolor
insoportable ante la pérdida de sus seres queridos, que puede durar
muchos años: “el dolor de mis familiares se me trasmitió en la crianza,
uno sabe que algo no está bien, que nadie puede ser feliz, es difícil no
sufrir si a quien uno quiere también sufre” (Víctima 3, 2018).
Del mismo modo, muchas personas empiezan a padecer
enfermedades cardiovasculares y respiratorios, a deteriorarse ya sea por
la edad o por la muerte de un ser querido, y finalmente, algunos mueren
de pena moral porque ya no soportan el dolor y la ausencia (Martínez,
2015), al respecto opinan: “la más que me ha afectado es mi salud mental
y el nervio ciático” (Víctima 4, 2018); “la salud es lo primero que se afecta,
uno se puede morir de tanto pensar y eso afecta toda la vida, la mente
puede jugar una mala pasada” (Víctima 3, 2018); “la gripa, la tos, el
corazón herido, moribundo, y la pena, uno esperando lo peor siempre,
sentirse perseguido y sin una ayuda o protección real, en eso resumo las
peores consecuencias” (Víctima 2, 2017).
Son múltiples los ejemplos que abordan esta problemática: “Por
ejemplo, aquí vivía mi abuela, acá sacaron a mi tío y lo desaparecieron,
nunca encontramos nada. Y mi abuela también murió a los nueve
meses, como él vivía con ella, de pena moral” (CNMH, 2008, p.203) al
respecto agrega,

Es doloroso porque ella muere de pena moral [...] Y muere de pena


moral por el asesinato de su hijo, Henry García, motorista, él todo el
día recogía la leche, porque era lechero. La mamá le tenía la arepa con

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

su café y se iba a repartir, porque por ahí era el camino por donde él
recogía la leche (p.204).

Las personas que han estado expuestas a la guerra, a la violencia, a la


no reparación, al recuerdo constante de un mismo hecho no reparado,
y las que han sido olvidadas por el Estado colombiano, son aquellos
individuos que presentan un dolor fuerte, intenso, que se convierte
por decirlo de algún modo, en manifestaciones físicas y psicológicas
(Libreros, 2017). Existen personas sumamente afectadas por las
secuelas que el conflicto armado imprime en su existencia, dicho sea
de paso, algunas han muerto por las consecuencias emocionales y la
desesperanza que dichas experiencias suscitan. Lo anterior es evidente
las siguientes narrativas:

“ella era mi prima y estaba muy mal por la muerte de su hijo, y más
porque vio como lo asesinaban, ella de ahí en adelante se dedicó
a no vivir, a irse muriendo de a poco hasta que se murió de tristeza”
(Víctima 4, 2018), y también “tuve una afectación muy notoria, fue la
parte nerviosa, tuve una especie de desequilibrio, no sé cómo llamarlo,
unos traumas, en la noche tenía muchas pesadillas, me soñaba que
me estaban atacando” (Víctima 5, 2018).

La pena moral es uno de los emergentes de la sevicia y la impunidad que


rodea el conflicto armado y en el caso de Trujillo y de otras regiones del país,
es una condición que requiere atención inmediata, dada la vulnerabilidad
de los sobrevivientes y la trasmisión del dolor a nivel generacional, el cual
no sólo se expresa a través de depresión, melancolía o enfermedades
mentales, sino también, a partir del desinterés por la historia, la evasión de
la memoria y la fragmentación de las comunidades en torno a la cohesión
social que requieren las comunidades, para constituirse como un colectivo
que resiste y defiende conjuntamente sus derechos.

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Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Al respecto, el grupo de memoria histórica opina que es preciso


“volver la mirada a Trujillo es entonces un primer ejercicio en la misión
de convocar la solidaridad ciudadana y mostrarle al país que los hechos
de Trujillo pertenecen al pasado nacional (CNMH, 2008, p.11), además
de cuestionar al Estado por la desprotección, el abandono, el silencio y
el olvido, porque

en Trujillo los homicidios, torturas y desapariciones produjeron


el desplazamiento y desarraigo de pobladores; la destrucción e
incluso liquidación de núcleos familiares; la desarticulación de las
organizaciones campesinas y hasta la muerte (incluso por ‘pena
moral’) de sobrevivientes y sus familias (CNMH, 2008, p.12).

De acuerdo con la revista Semana (2014a) no todas las personas


suelen terminar enfermas hasta llegar a la muerte, pues muchas víctimas
que sufrieron por el conflicto armado a pesar de no olvidar aquel dolor y
daño que les causó la violencia, han logrado por sus propios medios en
la mayoría de los casos, superar aquellas tragedias ya que encontraron
un motivo más por el cual existir. Así, “algunos lo llaman crecimiento
postraumático pues se han levantado para estudiar, trabajar y ayudar a
su comunidad. Estas historias reflejan esa variedad de reacciones y cómo
cada uno de los afectados ha tratado de sobrevivir a tanta pena” (p.1).
Por ejemplo, el caso de Manuel Ceballos un campesino de
Aquitania, Antioquia, quien perdió su pierna derecha al ser víctima de
minas antipersona mientras caminaba con su esposa por los alrededores
del municipio de San Francisco, Antioquia, en el año 2005. Poco tiempo
después de lo ocurrido, Manuel se sintió frustrado e impotente, ya que
tenía una responsabilidad muy grande la cual eran sus siete hijos. En
algún momento Manuel deseó morir, tuvo una penal moral intensa, pues
sentía que sin su pierna no podría ser productivo, y por ello sintió pena
moral. Pero para él, la familia constituyó un gran apoyo, que además del
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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

acompañamiento emocional, le proporcionaron un pequeño negocio


para que no se sintiera una carga para otros. Gracias a eso, Manuel y su
familia alcanzaron a superar gran parte de sus dificultades, y quizás sin
dichos apoyos la pena moral hubiera generado una crisis mayor en la
familia. De acuerdo a lo anterior, puede decirse que:

El dolor de humanidad, la enfermedad de la tristeza y la pena moral


sí existen cuando sobrevivir en este mundo depredador, insensible
e individualista conlleva a que la existencia se convierte en una
carga pesada e insoportable en la que un poco de ayuda, un gesto
de solidaridad, una manifestación de afecto o una palabra pueden
ayudar a sobrellevarla (Martínez, 2015, p.7).

Aunque las personas atraviesen por difíciles momentos, sean


víctimas de este indiferente país solo por ser vulnerables, han alcanzado
a desarrollar un potencial llamado resiliencia, que les permite afrontar
aquellos conflictos, donde no han dejado que ellos ni su familia se
resignen, ante la lucha permite afrontar aquellos conflictos. De este
modo, la resiliencia entonces es una facultad que tiene un individuo o un
conjunto de personas para crecer o superar alguna dificultad (Cyrulnik,
Manciaux, Vanistendael y Lecomte, 2001).

Acerca de la reparación de las víctimas de Trujillo


Colombia ha sido considerada como un país donde persiste el
conflicto armado, violencia y narcotráfico, caracterizado, además, con
un gobierno y estado inexperto que muchos lo llaman “en construcción”
(Bustamante, 2011; Herrera, 1999; Jursich, 2010; Parada, 2010; Zuleta,
1980). De allí que muchas de sus medidas económicas, especialmente,
de aquellas encaminadas a la reparación, no surtan el efecto requerido
en tanto equidad, igualdad, legitimidad, restitución de derechos y
cambio en la perspectiva de abandono e impunidad del estado que
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tienen las víctimas. Por ello uno de los retos que enfrenta Colombia, sea
la reparación integral e integrada de los individuos que han sido víctimas
de la violencia. En este sentido conviene señalar lo que se entiende en
esta investigación por reparación integral-integrada:

(…) aquello que llamaríamos una reparación integral debe ser también
“integrada” es decir, acogedora de una interrelación entre reparación-
restitución-reintegración global de los sistemas bióticos y socio-políticos.
Cabe anotar que se trata de una Reparación como reorganización de los
elementos físico-materiales, logístico-estructurales que dan seguridad
a la existencia de las víctimas; Restitución a modo de recuperación y
resignificación de los vínculos cohesionantes y solidaridades, de la idea
de comunalidad y de protección estatal, de las garantías de seguridad y
de no-repetición de los hechos victimizantes; y de una Reintegración de
la memoria, es decir, de la idea de perdón como proceso y elección, del
sentido de comunidad, de la vivencia de una salud física y de la salud
mental individual y comunitaria estable, además, de la experiencia y
reconocimiento de la memoria de lo vivido (Andrade, 2017b, pp.977-978).

Según Portilla y Correa (2015) en el año 2011 se aprobó la Ley 1448,


distinguida como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, con el
propósito de conceder una reparación digna e integral a las personas
afectadas por el conflicto. La reparación se estableció con el motivo
de dar respuesta al tema de la indemnización económica y, además,
ofrecer otras medidas reparatorias distintas a lo material, tales como,
apoyo psicosocial, educativo, en salud, religioso, comunitario y viviendas
dignas. Pese a ello, en Trujillo no se ha dado completamente el proceso de
restitución especialmente el de tierras, ya que, al parecer dichos terrenos
se dan por perdidos al ser abandonadas a causa de la persistencia del
conflicto armado. En consecuencia, en Trujillo, posterior a los hechos,
los paramilitares implementado su poder e influencias corruptas, se

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

valieron de funcionarios del Estado para legalizar el despojo y usurpar


por vía legal las tierras de las víctimas (CNMH, 2008). De lo anterior es
posible considerar que la recuperación de las tierras se ha enturbiado de
impunidad, y muchos afectados han preferido “dejar así” sus demandas
y sepultar la memoria, por el temor a sufrir ataques por disidencias,
nuevos terratenientes y grupos al margen de la ley, y también, porque
consideran que existe injusticia en la asignación de tierras dado que,
muchas personas –se hacen pasar–por víctimas sin serlo.

“yo estuve en el exilio anduve muchísimos años por fuera de sin retornar
y no retorné por capricho, retorné porque sentí que mi vida no tenía
sentido estando por fuera el arraigo de mi tierra, de mi gente, de mi
familia, pero al regresar ya no tenía tierra” (Víctima 2, 2017); “yo mandé
a acción social y que tristeza de saber que meter la casa a restitución de
tierras y que el abogado se niega venir a la vereda para saber si sí había
sido desplazada, acción social el Estado colombiano muchas veces
ayudan a personas que no tiene nada que ver” (Víctima 4, 2018).

En gran medida los efectos de la violencia han afectado directamente


a víctimas y comunidades, quienes por medio de diversos procesos de
dignificación de sus derechos, reclaman al Estado la reivindicación de
su condición humana, desde dicho escenario emerge la Ley de Víctimas
y Restitución de Tierras 1448 del 2011, “con el objeto de establecer
medidas que permitan el goce de los derechos, la verdad, la justicia
y la reparación, en el marco de la Justicia Transicional, pero ¿qué es la
justicia transicional? ¿cuál es la importancia para las víctimas?” (Vargas,
2017, p.4), además de interrogar sobre la viabilidad comprensiva del
concepto y la aceptación social-global de las concesiones que la justicia
transicional tiene para los victimarios, que pueden ser comprendidas
por la mayoría y especialmente por los afectados, en clave de inequidad,
impunidad o colaboración entre Estado-insurgencia desmovilizada.
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Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Esta Ley generó muchas expectativas en las víctimas puesto que fue
anunciada como una herramienta que anhelaba reparar pero también,
diferenciar las vidas de las víctimas, no obstante, el cumplimiento
de estas propuestas ha sido totalmente desprovisto de igualdad y de
verdad, ya que aún las víctimas se encuentran en situaciones de extrema
pobreza y marginalidad, por tanto, es visible la poca capacidad que tiene
la ley para lograr en las víctimas un impacto positivo, causando en ellas
más frustración que beneficios.
La no reparación es vista como uno de los dramas vividos por una
madre que visita asiduamente la tumba de sus dos hijos, incluso cuando
sabe que en ellas no hay cuerpos, sino féretros vacíos. Todo comenzó en
1990 cuando los dos menores de 14 y 16 años desaparecieron en Trujillo
a manos de los paramilitares y soldados que pactaron la ejecución de
delitos de lesa humanidad en la zona, todo con la finalidad de perseguir
a supuestos colaboradores del ELN,

(…) ambos fueron torturados por estos grupos armados pero sus
cuerpos nunca fueron hallados. Aunque perdió a sus dos hijos y a
su esposo, esta mujer no ha sido indemnizada económicamente,
sobrevive gracias a su trabajo como jardinera en el parque monumento
y en el cementerio de las víctimas de la masacre. Las esperanzas para
ser reparada son pocas, puesto que ni ella ni los familiares de los 350
campesinos que entre 1986 y 1994, murieron y desaparecieron fueron
incluidos en la ley de atención a víctimas expedida en el año 2011 por el
presidente Juan Manuel Santos, ya que según Paula Gómez directora
para el Valle del Cauca de la atención de unidad de víctimas, esta ley
solo fue hecha para los afectados por la guerrilla y las autodefensas,
y como la masacre de Trujillo fue ejecutada por el ejército y por una
banda de narcotráfico conocida como “los machos” no cobija las
víctimas de esta (Radio Nacional de Colombia, 2012, p.1).

126
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

De acuerdo a la Ley 1448 se debía ofrecer asistencia psicosocial,


entrega de viviendas dignas y la restitución de tierras en aquellos
lugares donde el terror se sembró debido a la violencia derivada del
conflicto armado, lo cual no se ha cumplido y se mantiene la impunidad
generalizada (Portilla y Correa, 2015). En Trujillo, por ejemplo, aún las
víctimas no han sido reparadas de manera psicológica y material, según
el Centro de Memoria Histórica (2008), algunas personas sobrevivientes
de la masacre de Trujillo, han tenido que proporcionarse su propia
reparación psicológica, por medio de la red de apoyo Asociación de
Familiares de las Víctimas de Trujillo (AFAVIT), en la que se da el “proceso de
recuperación de la confianza, de fortalecimiento de la cohesión interna
de las víctimas, en suma, la creación de una comunidad de duelo que
asume por sí misma tareas básicas de reparación” (CNMH, 2008, p. 22).
Por otro lado, la reparación económica y material-ambiental tampoco
fue una realidad, ya que tanto las estructuras de las casas como las calles
del pueblo, siguen teniendo un aspecto que comunica la presencia de la
violencia.
Caso similar ha sucedido por ejemplo en el municipio de San Carlos en
Antioquia, lugar en el que se ejecutó una masacre, y donde el Estado ha
prevalecido por su poca presencia y las dificultades de reparación de las
consecuencias generadas por la violencia. Al respecto Villa (2016) señala
que desde el punto de vista de las víctimas, no existe claridad sobre “la
perspectiva y el enfoque psicosocial” que se implementa como base de
las acciones reparatorias, por lo que a cambio de ello, lo que priman son
las acciones orientadas al cumplimiento de objetivos de intervención,
la tecnificación de las acciones y una burocracia que busca legitimar
el recurso a través de proyectos de escasa profundidad y adherencia
poblacional, lo cual según expresan las víctimas “termina generando más
daño en la población… [dada] la invisibilización, o minusvaloración de
que ha sido objeto por parte de las instituciones” (p.81). La investigación

127
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

acerca de la reparación en las víctimas de San Carlos revela que existe


una contradicción percibida por las víctimas entre el discurso oficial
y las narrativas de las víctimas en torno a los procesos de reparación
integral-integrada, por lo que abundan explicaciones contradictorias
e irregulares respecto a la vulneración de los derechos, insatisfacción
respecto a la reparación asignada, las necesidades básicas insatisfechas,
así como también “una alta confusión en la implementación de la Ley.
Estos resultados, entre otros, permiten afirmar que, la reparación hoy,
dista mucho de ser un proceso que aporte a la reconstrucción del tejido
social, a la paz y la reconciliación” (Villa y Insuasty, 2016b, p.165).
En este espectro de situaciones cabe incluir entre las categorías de
víctimas tanto a las personas que en carne propia o indirectamente han
vivido la violencia, como a los ecosistemas y especies afectadas por el
conflicto. Asimismo, desde una perspectiva de reconocimiento de la
multiplicidad de actores afectados por el conflicto, se suele adjudicar
la categoría de víctima a los combatientes dado que “se considera
que los victimarios también son víctimas, y las dinámicas del conflicto
no permitirían diferenciarlos de estas, por lo que también necesitan
soporte y apoyo para reinsertarse a la vida civil, aún sin que tengan
que responder por sus acciones” (Villa et al., 2007, p.11), argumento que
puede resultar controversial en el imaginario popular dado que existe
un sesgo interpretativo que generaliza en el imaginario en torno a dos
extremos equidistantes y mutuamente excluyentes: víctima-victimario,
y que además, no permite la emergencia de un tercero incluido que
los agrupe bajo una mirada dialógica, como por ejemplo la idea que
muchos victimarios fueron víctima de reclutamiento, violaciones,
vejámenes y actos de lesa humanidad al interior de sus organizaciones,
o que permanecieron en ella bajo parámetros de presión y amenazas,
entre otras circunstancias.

128
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Para Etxeberría (1999) el horizonte ético de la reconciliación y de


suyo, de la reparación, va más allá de nociones personales de justicia
engranadas a convicciones o anhelos de padecimiento equitativo, tales
como “ellos deben sufrir o peor, vivir lo que vivimos como víctimas (…) yo
decido si quiero perdonar o no, mi pasado no se puede borrar” (Víctima 1,
2017), de modo que una posible articulación a modo de tercero incluido,
puede ser construida con base en la responsabilidad personal y colectiva
con la verdad, y con ello transitar de la posición extremista –perdón o no
perdón, dolor o no dolor, verdad o impunidad– construida en una ética
de las convicciones, hacia miradas dialógicas donde el antagonismo
complementario construya colectivamente procesos paulatinos de
reconocimiento de la historia, vivencias, percepciones y sentires que
surgen de la relación compleja víctima-victimario, relación de la cual
debe surgir la elección por el acuerdo y desacuerdo, la reconciliación
como proceso y una idea reconstruida de paz como deriva posible del
encuentro.
Cabe mencionar, que todos los seres vivos, que han sido afectados
por la guerra, ya sean animales o personas, deben ser reparadas
tanto de manera integral como integrada, lo que quiere decir, que es
preciso enlazar los procesos de reparación, restitución y reintegración
al pensamiento ecologizado y a ecología de las acciones en pro de la
convivencia y la reconciliación. En este sentido, la reparación conlleva
el aseguramiento y garantías de restitución multimodal, frente a los
eventos trágicos que afectan permanentemente la vida de los afectados;
ello implica a la vez, considerar procesos y los recursos integrales e
integrados para reparar las víctimas perjudicadas por el conflicto
armado. Así, la reparación es considerada como “la reorganización de los
elementos físico – materiales, lógico – estructurales que dan seguridad
en la existencia de las víctimas” (Andrade, 2017a, p.2). Las personas que
han sido víctimas de la violencia o que han perdido a algún miembro de

129
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

su familia por los actos inhumanos de la guerra, como el desplazamiento


forzado, masacres, violencias, homicidios, desapariciones forzadas o por
minas antipersonas, además de ser resarcidos con un bien material,
tienen el derecho de saber la verdad de los hechos y tener la seguridad
de la no repetición (Molano, 2015),

la reconciliación, en un horizonte ético de la responsabilidad


(Etxeberría, 1999, p. ?); no puede identificarse ni con impunidad ni
con castigo y que toma en cuenta otras perspectivas y horizontes, que
exigen de la sociedad, de las víctimas, de los ofensores y del Estado
una responsabilidad muy amplia y un compromiso muy claro con la
transformación del conflicto violento para la generación de espacios
de convivencia (Villa et al., 2007, p.13).

Por otro parte, la restitución es una forma de reparación la cual se


entiende como “un modo de recuperación y resignificación de los
vínculos cohesionantes y solidaridades, de la idea de comunalidad y de
protección estatal, de las garantías de seguridad y de no-repetición de
los hechos victimizantes” (Andrade, 2017, p.2). Es a la vez, una forma de
restauración donde Estado y sociedad tienen un papel trascendental, no
reducido al apoyo material, la recolección de demandas y testimonios o
la devolución de las tierras perdidas, sino también, garantizar un soporte
psicosocial permanente en el que se fortalezca la seguridad a todo nivel,
y la no repetición de los hechos victimizantes, como columna y estrategia
colectiva de equidad y recuperación de la confianza, las solidaridades y
la cooperación global. En suma, toda reparación busca mitigar, prevenir,
contener, y resignificar de forma digna y multidimensional los efectos
nocivos de violencia.
De suyo, el acompañamiento psicosocial es fundamental en el
proceso de reparación, y este “se da en el marco de considerar a las
personas como sujetos de derechos, con la capacidad y dignidad de

130
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

exigir sus derechos, la reparación integral, y con la facultad de promover


cambios en la vida” (Arévalo, 2010, p.6). No obstante, la reparación
se debe extender a las víctimas indirectas hijos, u otros familiares de
las personas asesinadas quienes suelen luchar por los derechos de las
víctimas afectadas gravemente por la violencia, al tiempo que tienen una
mirada crítica a las medidas económicas en tanto reparación material

Para las víctimas indirectas la mayor reparación es que sean


reconocidos como familiares de las víctimas, donde les brinden una
verdad, justicia y reparación, no tanto una reparación económica sino
más bien una reparación de justicia social, una reparación en salud y
reparación en educación (…) Esa reparación del Estado colombiano,
eso no es reparación eso es como callarle la boca a una persona con
10 pesos, por ejemplo, dan una indemnización de 22 millones y son
para las personas y que les toque de un millón, eso no es reparación.
Con eso no va a sobrevivir una persona ni siquiera para comprarse
una vivienda digna, entonces eso no es reparación, eso es únicamente
un acto como de callarle la voz a una persona (Víctima 4, 2012, p.5);
“Jummm cuál reparación, si lo único que ha dado es este terreno y ya
(Afavit), esa es la única reparación” (Víctima 3, 2018).

Es importante mencionar que, a través de las narrativas, las


víctimas del conflicto armado colombiano “permiten un proceso de
reconstrucción del sentido de vida a través de un ejercicio de memoria,
favoreciendo un espacio de reconocimiento social desde las experiencias
vitales” (Cardona, 2015, p.105). Así, como se dijo anteriormente, tanto
la memoria como el perdón constituyen puntos fundamentales dentro
de la reparación, proceso que implica que los victimarios reconozcan el
daño, ofrezcan a las víctimas la verdad y, además, brinden la seguridad
de la no repetición, pero también, cabe resaltar que este es un tema
personal, puesto que, cada una de las víctimas sobrevivientes decide
perdonar o no.
131
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Correlativamente, reparar materialmente a las personas


sobrevivientes de la violencia de Trujillo no debe ser un pretexto para
perdonar obligatoriamente al perpetrador del crimen, es decir, no es
correcto sentirse obligado a perdonar, por el hecho que esa persona o
grupo logró dar información sensible sobre los hechos o el destino de
los cadáveres. De suyo, la reintegración de la memoria implica la idea
de perdón tomado a modo de proceso y elección vital, de reparación
del sentido de comunidad, al tiempo que, de la experiencia de una
salud física-mental individual y comunitaria estable, donde se tenga un
reconocimiento digno y dialógico de la memoria de lo vivido (Andrade,
2017). En este tenor, las víctimas no solo demandan la reparación de
elementos materiales, ya que, según lo expresa una víctima de Trujillo,
“la verdadera reparación de las víctimas es la que empieza desde lo
simbólico y no como ellos lo querían plantear en términos materiales
específicamente” (Víctima 5, 2018, p.5).
Dicho esto, la memoria dignifica y se construye con base en la
reconstrucción y reconocimiento de las narraciones y significados,
mismos que cuentan con una variedad de individuos y grupos que
hacen memoria desde las experiencias y contextos diferentes (CNMH,
2013). La memoria del sufrimiento, se condensa en narrativas que
registran el dolor en la vida de las personas y de las comunidades. Uno
de sus sentidos centrales es dar testimonio del sufrimiento o protestar
ante la crueldad, por la desaparición de un ser querido o la pérdida de su
entorno o su tierra por culpa de la violencia. Según lo expresa una de las
víctimas el hecho de hablar de los sucesos y dialogar sobre sus causas y
consecuencias, es ya en sí misma una reparación, dado que,

“(...) cuando contamos y contamos y recordamos lo que nos ocurrió los


hechos fuertes y trágicos que padecimos, y allí toma sentido entonces
los convertimos en una memoria viva, y quiere trascender que se

132
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

niega al olvido, por eso no callamos porque justamente eso era lo


que querían los victimarios callarnos y que nuestra memoria quedara
sepultada en el olvido” (Víctima, 5, 2018, p.4).

133
Capítulo III.
Resistencia comunitaria y memoria:
la organización colectiva

La resistencia de las víctimas


La resistencia es una de las respuestas de las personas, grupos y
comunidades en torno a situaciones complejas en el orden de lo político y
socio-ambiental que surgen a razón de la incomodidad e insubordinación
ante la represión, la violencia y todo abuso a su integridad. No existe
una resistencia sino, formas diversas de resistencia, y no todas las
resistencias en ambientes de presión social y política implican el paso a
prácticas de movilización colectiva, o medidas de inequidad, exclusión,
discriminación o represión (Andrade, 2018c), de modo que una persona
puede resistir aun cuando no está siendo oprimida. Para las víctimas de
la masacre de Trujillo resistir constituye una posición emergente ante la
impunidad, a la vez que, en una estrategia y herramienta para subvertir
el dolor,

“(…) lo que me ha ayudado a superar para seguir adelante, es reflexionar


de que podemos estar unidos y vencer y seguir en la lucha y resistencia
para que estos hechos no vuelvan a suceder, este es el sentido de
este lugar, y ahora que estamos aquí pues he podido superar mucho”
(Víctima 4, 2018).

La resistencia de las víctimas de Trujillo revela la tenacidad de la


comunidad para tratar –por sus medios disponibles– de sobrellevar
el dolor de una tragedia que demarca su linealidad e interinfluencia,
en la continuidad-persistencia de nuevas formas de organización de
lo violento, aspecto que tiñe de impunidad a menudo, las acciones
reparatorias, y que disemina paulatinamente la resistencia instalada

135
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

y su legado a las nuevas generaciones. Las víctimas sobrevivientes y su


descendencia han sido testigos de las transformaciones sociales de su
territorio, y con tristeza observan la puesta en escena del “memoricidio”
de los hechos, es decir, del creciente olvido de las nuevas generaciones,
de la historia y contexto de la violencia allí sucedida. Sin embargo, en ello
existe cierta rebeldía e insubordinación al silenciamiento, una resistencia
ante el olvido que les permite combatir por el reconocimiento de la
memoria como un instrumento de lucha y defensa de sus derechos, lo
que consiente preferir perdonar o, no perdonar, elegir recordar y declarar
su inconformismo, además de suscitar el interés por la preservación de
la memoria.
La resistencia permite también reconocer los aportes e identificar
a líderes, héroes y mártires por ejemplo “el padre Tiberio porque es
como un ejemplo, las personas que quieren ayudar a la comunidad o a
la población civil vulnerable, ellos son asesinados y vulnerados de sus
derechos” (Víctima 3, 2018),

“Daniel Arcila porque es como un ejemplo de resistencia, él fue un


testigo ocular de todos esos hechos, él manejaba el carro en el que los
llevaba entonces él sintió el cargo de consciencia y decidió demandar
a los responsables que eran en ese entonces a Henry Loaiza alias “el
Alacrán” y el teniente Fernando Berrío, entonces decidió denunciar y
fue declarado loco por psicólogos, por entes de la fiscalía decían que
“eso no era posible” pero, a pesar de eso, él no se dió por vencido y siguió
buscando a quién narrarle esos hechos y se pudo una declaración y
eso ayudó mucho para que se realizara un proceso judicial, y fue
descuartizado y lo echaron al río Cauca, entonces fue algo que deja
gran impacto porque es ver como querían esconder la realidad, como
de una forma tan horrible decidieron esconder lo que habían hecho”
(Víctima 3, 2018).

136
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

La finalidad de la memoria y de la resistencia es la de educar en el


conflicto, para que dichos aprendizajes propicien la construcción de
formas diferentes de comprender, confrontar y dar sentido al conflicto
armado y la violencia que este promueve, para lo cual es preciso enfrentar
creativa, colectivamente y en el marco de los derechos, toda represión
política-estatal e insurgente. Este tipo de resistencias se denominan
“resistencia no-lineales” (Andrade, 2018c), y a partir de ellas es posible
propiciar elementos de contención del poder hegemónico, a través de
contra propuestas de reorganización de lo político y lo social. Igualmente
es preciso señalar que aquellas formas de contrapoder amparadas por el
Estado, que sirven a los regímenes y manipulan a líderes, lideresas y a
la población en general a favor de intereses políticos preprogramados,
llevan el nombre de “contrapoderes lineales o resistencias lineales”
(Andrade, 2018c). En este sentido aquellas resistencias que subvierten
el poder hegemónico y propenden por la defensa y emancipación
de la memoria, son resistencias no-lineales, dado que permiten a
las comunidades objetivar la memoria, es decir, hacerla parte de su
quehacer, además de discurrir en, a través y más allá de ella, haciendo de
dicha memoria una trans-memoria desde la cual se pueda reconstruir la
historia incluyendo los sujetos excluidos de las narrativas legitimadas
como válidas. En este sentido la resistencia lineal es,

(…) la resistencia que busca desviar toda acción de cambio y


transformación conjunta del sistema, contener el desequilibrio
manteniendo equilibrado el régimen, estado, gobierno y todo el
conjunto de recursos, procesos y acuerdos que sustentan las prácticas
de dominación, además de controlar a su favor la reorganización de
cualquier desviación –recursiva, recurrente y organizacional– del
sistema socio-político (Andrade, 2018c, p. 126).

No obstante, las resistencias pueden verse linealizadas por el


régimen, cuando incluso en un afán de generar contrapoder terminan

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

favoreciendo o legitimando la lógica del opresor. Es preciso anotar que el


proceso de linealización implica el conjunto de acciones para retornar el
“equilibrio” que un régimen demanda como garantía de subsistencia de
su doctrina, incluso y aunque ello implique una deformación práctica e
ideológica de lo democrático,

La resistencia social suele ser implementada a modo de herramienta


de subversión política, y en muchos casos su manipulación, puede
favorecer la lógica lineal del opresor, generando en las poblaciones la
ilusión de resistir libremente, cuando en realidad se opera a favor de
un régimen totalitario; esta resistencia está linealizada y responde a
la praxis de la violencia-lineal que inscribe el conflicto en una lógica
destructiva (Andrade, 2018c, p.5).

La trans-memoria implica la trans-resistencia, o sea, un ir más allá


de los límites impuestos a la validez del saber sobre el conflicto; la
generación de formas creativas e incluyentes del resistir, además, de la
toma de posición de sujeto y la comunidad respecto a la reconstrucción
de su memoria histórica. Cabe anotar que los habitantes de Trujillo
conservaron la expectativa por una pronta reparación y reconocimiento
histórico de lo sucedido, no obstante, la gravedad de sus necesidades
reparatorias no daba espera, haciendo apremiante una solución por sus
propios medios, lo que desembocaba a menudo en protestas y acciones
de resistencias. Al pasar el tiempo y no recibir apoyo del gobierno, las
víctimas perciben el abandono estatal respecto a la tragedia, motivo por
el cual toman medidas para generar reparación y alivio entre ellos. No
obstante, mientras que terceros extraños a la masacre proporcionaban
sus opiniones –a menudo convenientes– de los hechos, los criterios de
verdad y justicia se distorsionaron paulatinamente, llegando al punto
de contradecir sin justificación a los habitantes por sus pérdidas y en
ocasiones, dando por sentado, que solo estaban dramatizando sus
pérdidas (CNMH, 2008).

138
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Dicho sesgo se convirtió en otra forma de violentización de las


víctimas, ahora en el plano de la memoria y la experiencia de horror
vivida por las familias, en gran medida motivado por la insipiencia de la
reparación y, la lógica lineal que busca instalar en el colectivo una sola
forja para escribir las memorias de la violencia, situación apuntalada por
medidas de olvido, no-reparación, estigmatización, manipulación y re-
señalamiento de personas inocentes. Caso similar sucedió en San Carlos,
Antioquia, escenario donde “no se están desarrollando plenamente
procesos reparadores, por el contrario, en algunos casos se evidenciaron
acciones re-victimizantes, lo cual, según nuestro concepto, podría
implicar barreras en la transición de la guerra a la paz, la reconciliación
nacional y la recuperación de las víctimas” (Villa y Insuasty, 2016a, p.453).
En contraste a los hechos de impunidad, la reaparición de nuevos
actores armados, las amenazas y persecuciones pasadas y actuales, y
la deficiencia en la reparación ofrecida por el gobierno, las víctimas de
Trujillo han mostrado a través de los años una elevada fortaleza ante la
vulnerabilidad de las secuelas y la reparación mediatizada-manipulada,
al tiempo que, resistencia a la violencia, el silenciamiento y la objeción
cooptada del Estado. Por ello, al denunciar, generan una memoria re-
vitalizada, además de asociaciones, interlocuciones, posicionamientos
y redes de apoyo, con las cuales dignifican la existencia y su memoria.
Señalan también, que la historia de la violencia vivida en Trujillo no debe
limitarse a narrativas publicadas, sino trascender hacia acciones en pro
de la conservación de la memoria, que permitan aprender del pasado,
defender los derechos, reivindicar al sujeto, la comunidad y la sociedad,
y con esto difundir la resistencia y la movilización colectiva:

“No queremos ir a un periódico que se toma la palabra sin leer una


noticia Trágica, y ya pasó a la historia y que quedé como archivo y
que difícilmente se puede ver con un elemento valioso. Nosotros

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

hemos podido como sobrevivientes, tener la oportunidad de ser


una memoria muy valiosa, y que nos ayuda a sanar, a reparar de
una manera simbólica” (Víctima 5, 2018); “mientras se pueda resistir
lo haremos, eso hacemos en AFAVIT, ayudar a otros a lidiar con su
pena y ayudarles a defender sus derechos, a movilizarse” (Víctima 2,
2017); “hemos aprendido a resistir, y aunque estamos amenazados y
corremos peligro por denunciar, esta es nuestra lucha, la memoria, la
gente no debe olvidar lo que aquí pasó porque un pueblo sin memoria
está condenado al olvido” (Víctima 4, 2018).

Memoria: aspectos y usos sociopolíticos

El ser humano utiliza la memoria para recordar lo que ha acontecido


en su vida personal, comunitaria y social, y en todas las ocasiones los
recuerdos se asocian afectivamente a dichas vivencias, generando a
su vez, sentimientos de alegría, tranquilidad, comodidad y también,
de ambivalencia, tristeza, ira, e impotencia. Algunos de ellos pueden
ser relatados de forma espontánea y otros cuya connotación es
traumática, difícil de confrontar o problemática, requieren de ayuda o
de habilidades psicológicas que le permitan a la persona hacer frente
a los efectos adversos que ello conlleva, tal es el caso de las víctimas de
delitos de lesa humanidad, quienes suelen presentar resistencias para
recordar, dado el temor y las derivaciones emocionales implicadas
(Andrade, 2017a; Villa, 2014).
La memoria es una manifestación relacional de rebeldía frente a la
guerra y la impunidad, que instala un lugar donde se logra enfrentar,
mediatizar y resolver los conflictos. La memoria muestra los rasgos
simultáneos de una población gravemente afectada, la cual implementa
estrategias para superar paulatinamente los impactos de la guerra.
Con la memoria se pretende evitar el olvido de los hechos al tiempo
que generar, un instrumento de resistencia y de reivindicación de los

140
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

derechos. En este tenor, las víctimas sobrevivientes buscan a través de su


memoria, que los actores victimizantes del conflicto armado, reconozcan
y asuman su culpa, de manera que puedan reparar y dignificar a las
víctimas. Además, la memoria de las víctimas es utilizada como una
forma de afrontar el anonimato y el silenciamiento. Por otro lado, la
memoria se organiza por medio de tres ejes:

1) (…) Un eje narrativo que registra el horizonte del dolor y de la crueldad


humana desde el que los testigos y sobrevivientes recuerdan lo que
pasó; 2) un eje interpretativo que ubica a la complicidad y el estigma
como memorias emblemáticas desde las que las víctimas explican los
orígenes y las causas del conflicto armado en su territorio, o sea, el por
qué pasó lo que pasó; y c) un eje de sentido que registra las respuestas
y recursos de las personas frente a la violencia armada con sus
numerosos actos de protección, solidaridad, rescate, desobediencia y
resistencia directa e indirecta (CNMH, 2013, p.329).

Las víctimas del conflicto armado tienen como arma de lucha


y herramienta de resistencia la memoria, la cual da forma a los
hechos, significancias y afectos asociados, por ello recordar es de gran
importancia, porque les da sentido en tanto sujetos, ubicándolos en el
contexto real de su condición existencial,

En este sentido, la memoria es sobre todo acto, ejercicio, práctica


colectiva, que se conecta casi invariablemente con la escritura (…) La
memoria opera como puente que, articulando dos orillas diferentes,
sin embargo, las conecta. Al hacerlo nos permite, como acto central,
recordar aquello que se borra del pasado, o bien se confina en
él, precisamente por sus incómodas resonancias con el presente
(Calveiro, 2006, p.377).

La memoria como resistencia ayuda a las víctimas a confrontar


situaciones y recuerdos difíciles de procesar en el momento que
141
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

sucedieron, pero debe acompañarse de las narrativas, las cuales dan


sentido a la memoria en tanto eventos, actores sociales, perpetradores
y acciones conjuntas de resistencia (Paz, 2013; Soto, 2014). Cuando se
trata de recordar las personas hacen acopio de todas sus habilidades
para contar a otros, lo sucedido y lo que se siente o piensa de la situación
traumática constituyéndose a menudo, en su única herramienta para
rememorar y adquirir con ello el principio de elección y de libertad
(Calveiro, 2006). Conviene señalar que el relato histórico es una
construcción dada a través de documentos y fuentes escritas, propia
del archivo documental, mientras que la memoria dada a través de la
experiencia referencia la vida cotidiana, su percepción, las dimensiones
otorgadas a los eventos, y la dimensionalidad que se inscribe a los
fenómenos experimentados.
Es así, que la cualidad de la memoria reside en que es capaz de
trascender la experiencia, y asignar a cada vivencia un recuerdo y
afectos particulares, lo cual la hacen transitar de una experiencia única
e intransferible a algo transmisible, o sea comunicable, que se puede
compartir y legar a otros individuos (Calveiro, 2006). Para las víctimas
no existe una memoria sino varias memorias entrelazadas, que se
comunican e interinfluencian entre sí. De suyo, la memoria escuchada es
en todo sentido una memoria llegada (Soto, 2014; Villa, 2014), que tiene
como finalidad resistir el olvido y silenciamiento a menudo impuesto
por los actores armados del conflicto.

Por partir de la experiencia directa, la memoria es múltiple como lo


son las vivencias mismas. Por ello, parece más adecuado hablar de las
memorias, en plural, que de una memoria única (…) La multiplicidad
de experiencias da lugar a muchos relatos distintos, contradictorios,
ambivalentes que el ejercicio de memoria no trata de estructurar,
ordenar ni desbrozar para hacerlos homogéneos o congruentes”
(Calveiro, 2006, p.378).

142
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

La memoria de las víctimas se instala en sus discursos como un


mecanismo capaz de hacer y deshacer invariablemente la narración, por
lo que posibilita reestablecer varias veces los recuerdos, ello conlleva a
pensar que el uso político de la memoria tiene una estabilidad relativa,
y que a medida que se cuentan los hechos y realizan acciones para
afianzar la verdad de los hechos, más se arraiga el sentido que dichas
memorias tienen en las víctimas. De este modo si dicho sentido es
declarativo, motiva la lucha y la resistencia, o defiende los derechos y las
acciones reparatorias, dicha memoria puede generar cambios políticos
innegables, que remodifiquen la estructura de la violencia lineal, que
hace de la restricción a la memoria o de su manipulación mediática, un
instrumento de linealización de la reparación sociopolítica demandada
por las víctimas. El cambio inherente de la memoria y sus sucesivas
transformaciones, son parte fundamental de los procesos de declaración
de los hechos victimizantes, al tiempo que revelan pautas explicativas
acerca de la necesidad de registrar los hechos y hacer registro de los
cambios que las narrativas sufren a través del tiempo, grosso modo, la
metamorfosis social y narrativa se constituye en el elemento central de
la memoria (Calveiro, 2006).
La memoria reclama un doble movimiento político, con base
en: 1) el hecho de recuperar los sentidos que el pasado tuvo para
sus protagonistas de la violencia, al tiempo que, revelar los nuevos
sentidos que dichas memorias tienen en su presente. De esta forma
las connotaciones políticas, sociales, históricas y culturales, preservan
elementos centrales relacionados con la intensidad de las vivencias,
interpretaciones y saberes coligados, mientras que, en su “periferia”
cambian acorde a las transformaciones sociales propias del devenir de
la comunidad en los escenarios políticos. Se trata de una conexión que
en las víctimas permita examinar los sentidos dados a la masacre y la
violencia, y que a la vez posibilite reconocer y vincular otras perspectivas,

143
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

tomando en cuenta las continuidades, dislocaciones, estancamientos,


religares y rupturas. Se trata de una memoria dialógica, es decir, de una
trans-memoria, capaz de ir más allá del recuerdo y generar subversión
del horror para convertirlo en aprendizaje, y no solo la rememoración
lineal, monolítica y maquinal de acontecimientos, mismos que pueden
ser entendidos como sucesos extraordinarios o aislados de un contexto
sociopolítico real (Calveiro, 2006).
En Trujillo la connotación política de la memoria hizo que muchos
contenidos fueran silenciados, manipulados o levemente expuestos en
los testimonios, dado que su reconocimiento podría generar un cambio
no solo en las dinámicas de la guerra, sino en la forma como se podía
entender el conflicto y los castigos para los perpetradores, en especial
porque gran parte de ellos pertenecían a la fuerza pública (ejército y
policía). Cabe señalar que “los procesos económicos, políticos, militares
potencian la destructividad del sistema que se despliega contra la
naturaleza, la sociedad y el ser humano, alimentando el mecanismo del
miedo” (Calveiro, 2006, p.380), que prevalece antes, durante y después
de actos de lesa humanidad tales como

ejecución extrajudicial, la desaparición forzada y la tortura; y los


crímenes de guerra tales como: el homicidio, la tortura, los tratos
crueles en personas protegidas, los ataques contra la población civil,
el desplazamiento, el reclutamiento de niños, el saqueo y la toma de
rehenes (Fundación País Libre y Konrad Adenauer Stiftung, 2004, p.18)

La memoria y el hecho de «ser víctima»


Las víctimas de Trujillo expresan su dolor profundo a través de la
memoria, ya que, recuerdan los momentos fatales vividos con familiares,
conocidos y amigos víctimas de la masacre; pese a ello recordar puede
ayudar a calmar el terror que dejó la tragedia. Mediante la memoria, las
víctimas construyen y narran los eventos trágicos de la guerra, a la vez
144
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

que evidencian en su emocionar, los impactos multidimensionales que


deja la violencia, a nivel psicológico, físico, emocional y socio-cultural, y
aun así, logran persistir en sus resistencia e instalar su proyecto de vida
acorde a las vivencias pasadas y actuales (CNMH, 2008). En este sentido
“navegar el terreno de las memorias sociales, de los modos de recordar
de las víctimas o testigos del terror, posibilita acercarse a la cara humana
de situaciones extremas como las masacres” (p.173).
Al respecto, las víctimas expresan que ser víctima, es una condición
avalada por la memoria, pues lo que cambia es la dimensión política,
afectiva y social que se otorga al término, al tiempo que reconocen a la
memoria como un instrumento de lucha y resistencia, porque a través
de ella pueden enseñar a las futuras generaciones las consecuencias de
la maldad de la que fueron objeto, y también, las opciones existentes
para evitarla. Ejemplo de ello es visible en el siguiente testimonio,

“(…) seguiré siendo víctima y me moriré siendo víctima nunca dejaré


de ser víctima incluso en cierta parte aún después de morir seguiré
siendo víctima donde mi memoria quedará allí un legado una
historia parte de este pueblo y aun así seguiré siendo un recuerdo
vago de una historia donde se contará o se narrará una víctima”
(Víctima 5, 2018, p.3-4).

Para las víctimas sobrevivientes y familiares, los símbolos, fechas


y narraciones de la guerra son elementos que permiten revivir a sus
familiares perdidos a través de la memoria, y no solo recordar lo malo o
la tragedia, sino también, las cosas que se compartieron positivamente:
“la gente suele recordar lo malo, pero la violencia también, nos muestra
la no-violencia con los que amamos, es decir, lo que vivimos con
ellos antes de la masacre” (Víctima 4, 2018). En este tenor, el parque
monumento construido en memoria de las víctimas permite una
memoria viva de los hechos, y con ello una posición política de lucha ante
145
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

la impunidad, porque no se trata del monumento a la guerra, sino a los


caídos impunemente en un conflicto que arrasó su historia. No obstante,
para otros habitantes, no es necesario recordar el dolor de dichos actos
criminales, y consideran que es mejor olvidar el terror y el sufrimiento,
es decir, no están de acuerdo que exista el parque en memoria de las
víctimas.
Dicho esto, es importante mencionar que ser una víctima implica
que “en el terreno de las memorias, de los modos como se recuerda,
narra y olvida, en Trujillo existen posiciones y memorias múltiples, que
están a favor y también, en discrepancia, aunque en todas ellas persiste
principalmente “la presencia permanente de un pasado doloroso”
(CNMH, 2008, p.198). Pese a ello, las víctimas se convierten a sí mismos
en memorias vivas ya que, a través de compartir sus relatos cargados de
vitalidad y resistencia, encuentran alivio a la violencia linealizada que los
aqueja, aspecto que tiene a la vez un efecto catártico y resiliente, ejemplo
de ello se encuentra plasmado en el siguiente relato:

“(…) nos convertimos en una memoria viva que quiere trascender, que
se niega al olvido, por eso no callamos, porque justamente eso era lo
que querían los victimarios, callarnos y que nuestra memoria quedara
sepultada en el olvido, inclusive también, el mismo Estado quiere
que la memoria no sea revelada, que la memoria no se comparta,
que la memoria no trascienda, que se quede aquí, que no se hable
y justamente, poco a poco hemos ido entendiendo de que para que
logremos nuestro objetivo de sanar y de entender, y que me sirva
toda esa memoria que yo tengo para poder sentarme a reconstruir
mi proyecto de vida, si no lo hablo, si no lo cuento, si no lo comparto,
difícilmente voy a poder entender y difícilmente, voy a poder plasmar
en un proyecto nuevo eso que quiero y necesito para mi proyecto de
vida” (Víctima 5, 2018, p.5).

146
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

La memoria sociopolítica de la violencia guarda relación con la


trágica experiencia de las víctimas del conflicto armado, pero no todas
las memorias implican victimización, ya que persisten también, las
memorias afectivas y agradables, aunque en el caso de las víctimas
sobrevivientes de delitos de lesa humanidad, las memorias suelen
teñirse especialmente de sufrimiento. La memoria es motivo de una
práctica del recuerdo que se transmite en lugares conmemorativos,
peregrinaciones y otro tipo de rituales, que buscan mantener vivo el
recuerdo de las víctimas que fallecieron a causa de la masacre. En este
sentido opinan: “Creemos que la memoria es el tesoro más valioso que
tenemos y esa memoria no se compra ni se vende, la memoria vale
mucho más que esa reparación que el Estado colombiano nos quiere
vender o que nos quiere ofrecer” (Víctima 5, 2018, p.5). Relatan, además,
que aun después de tantos años, muchas de ellas no han elaborado el
duelo adecuadamente, es decir, que no han trabajado esas situaciones
traumáticas dejadas por la violencia años atrás, por lo que siguen
afectadas en su salud mental.
Muchas personas requieren un acompañamiento a nivel psicológico
para poder sanar las secuelas emocionales causadas por el conflicto
armado, pero en ocasiones no tienen acceso a este tipo de atención
porque la entidad prestadora de salud (EPS) no autoriza servicios de este
tipo, o se demoran para otorgar una cita: “parece que por ser víctimas
todo es más demorado, y no quisieran atendernos, a veces ir al psicólogo
puede ser más traumático porque la espera es demasiado larga”
(Víctima 4, 2018). Algunas víctimas que reciben reparación económica,
de alguna manera sienten mejoría en su vida, pero suelen cuestionar si
la reparación material sustituye el dolor del ser humano desaparecido o
asesinado, o si lo que sucede es una indulgencia de la confrontación de
la realidad vivida.

147
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Memoria, comunidad y resistencia ante la política del olvido


El ser humano de forma multidimensional está tejido de experiencias,
afectos y sentidos que registra en su memoria y le dan forma a lo que
considera su sentido de vida, así, las vivencias y la noción de realidad
emergen y se mantienen acordes a los contextos en que cada persona
desarrolla sus actividades; debido a ello, los recuerdos permanecen
en la mente y en el cuerpo, resistiendo al olvido y la eliminación por
vías políticas, legislativas o guerreristas. En este tenor, cada persona
acumula y registra los recuerdos de lo vivido a fin de poder evocarlos y
transmitirlos a otros. De suyo, la memoria contada, instaura un principio
emancipador: la actitud contra-hegemónica ante la política del olvido,
ejemplo de ello son las experiencias del padre Tiberio ya que,

“(…) aún después de muerto su trabajo y su lucha siguen aquí,


así como la vida y obra del padre Tiberio, a pesar de que ya no lo
tenemos sus enseñanzas, muchas de sus acciones después de
muerto siguen, persisten y se niegan a morir, se niegan a quedar en
el olvido” (Víctima 5, 2018).

Para una persona y para una comunidad humana, la memoria es


tan importante como lo es el territorio, la caza o las interacciones con
otros, pues sin ella, dejarían de tener experiencia y conciencia con su
pasado (Scott, 2000), de modo que los aprendizajes del presente se
pueden tornar vacíos o sin sentido (Kral & MacLean, 1973). Es así que
las narrativas constituyen medidas para difundir el pensamiento y las
experiencias, a fin de ampliar las posibilidades que dichas nociones
adquieran nuevos sentidos, figuraciones y emocionalidad, logrando
con ello persistir en la trasmisión oral, a pesar de que el tiempo o las
presiones busquen diseminarlas, de allí que la memoria otorgue sentido
al quehacer humano, permitiéndole compararse en su ayer para mejorar
la visión de futuro que puede ser creada colectivamente, de este modo,
148
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

la comunidad humana que somos adquiere sentido en la memoria;


memoria que nos enlaza, fundamentalmente, con la experiencia
del aprendizaje de lo humano en relación con el mundo de la
vida material y cósmica (…) La memoria no es recuerdo, no es sólo
evocación de lo experienciado; la memoria se configura en la trama
de sentidos y significados que los sujetos concretos le otorgamos a
las experiencias que vivimos desde el presente que transitamos (…)
Memoria, historia y olvido significan el modo particular del fluir
siempre complejo de sujetos históricos que, como lo he señalado,
en su narrarse construyen imaginarios simbólicos que condicionan,
desde las experiencias del presente, una comprensión particular
tanto del pasado como del futuro. Es este fluir el que hace que el
sujeto histórico sea, por su propia naturaleza creador de realidades,
un sujeto político (Quintar, 2015, p.390).

La memoria es función, sentido y a la vez construcción simbólica-


colectiva de narrativas y experiencias que dan cuenta de las múltiples
variaciones socio culturales que tiene cada evento en la cognición
individual, de esta forma aunque existan ideales compartidos, cada
sujeto tiene una idea particular de lo que ha vivido en el marco de
la guerra; a partir de ello cada víctima construye y relata su historia,
imprimiendo su opinión particular en un contexto sociopolítico global,
en este sentido la memoria es una vía de expresión política de lo vivido, a
la vez que un medio y fin para configurar una actitud de lucha.
Asimismo, la memoria es estetizante, lo que quiere decir que hace
referencia a los juicios sobre las cualidades y transformaciones de los
eventos vividos, y en gran medida en el plano del conflicto, es dable
considerar una estética del horror, pero también de la resistencia
y la resiliencia. Mucha de esta estética se encuentra centrada en la
descripción de lo sucedido en situaciones de terror, que cobran sentido
en el lenguaje y sus diversas manifestaciones (Assoun, 1987; Burke, 1807;

149
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

Freud, 1914), por ejemplo, las representaciones artísticas que surgen en


torno a la opresión política, la apreciación social sobre la violencia, la
tortura, y el conflicto armado, así como también, el arte como rebeldía y
resistencia (Agüero, 2004; Zaldívar, 2004).
Estos aspectos en gran medida dan forma a los dispositivos con que
personas y comunidades definen sus acciones de aceptación, oposición
y resistencia (Agamben, 1998). Este tipo de memoria utiliza diferentes
estilos artísticos que muestran de múltiples maneras su pasado que
dejó dolor, pero que aún sigue latente en la memoria (Calveiro, 2006).
En relación con la memoria estetizante, se puede transmitir por medio
del arte ya sean exposiciones fotográficas, carteles alusivos al dolor, fotos
de las personas fallecidas por la violencia, objetos significativos de las
víctimas, esculturas, esto con el fin de generar un espacio de aceptación
y una elaboración de un duelo expresado a través de lo artístico, de modo
que, “el arte es un vehículo y vector para la conservación, transmisión
y expresión de memorias subalternas” (Villa y Avendaño, 2017, p.502)
lo cual define acciones políticas en contra de la política del olvido y la
segregación forzada de la memoria, tómese como ejemplo el siguiente
relato:

“Las víctimas de la masacre de Trujillo han expresado su dolor


con el arte, han creado afiches, frases, carteles que expresan las
consecuencias de una guerra que los afecta constantemente, eso es
para disminuir el dolor que ha causado la guerra por muchos años.
Logramos con esas actividades culturales, elaborar un poco el dolor y
el duelo, y se espera aceptar poco a poco que es parte del pasado y que
hay que seguir” (Víctima 2, 2017).

La conservación de fiestas populares y de celebraciones comunitarias


es también una puesta política de la resistencia, y aunque en algunas
ocasiones no haga alusión al arte como se conoce tradicionalmente, la

150
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

diversidad de contenidos permite a la población usar la fiesta y el jolgorio


como paliativo, ante la presión que ejerce la misma memoria inscrita en
los espacios y narrativas de violencia, al respecto un entrevistado afirma:

“(…) nunca se han suspendido las fiestas aniversarios del pueblo,


en el caso nuestro las fiestas de Trujillo se desarrollan en el mes de
noviembre, casi siempre se hacen en el primer puente, noviembre
tiene dos puentes festivos, casi siempre se hacen las fiestas en el
segundo puente festivo de noviembre, pero no sé si será en todos los
municipios del país, las fiestas de Trujillo son tarima, artistas y abajo
ponchos, sombreros y borrachos, acá no hay eso “cultural”, se llaman,
saben cómo se llaman las fiestas, fiestas populares del café, café,
pero cosa rara acá no hay exposiciones de la cultura cafetera, aquí no
hay nada que vea que guste, que vamos a mostrar un recorrido por
las fincas, yo que sé, no, acá todo el mundo es mirando que quién se
presenta, quién canta y vamos a ver cómo hacemos para el Botello y,
párese en la tarima” (Víctima 1, 2017).

Muchas víctimas de violencia acuden al arte como estrategia de


preservación de la memoria, así, exponer las experiencias traumáticas
en objetos estéticos obras de arte, esculturas, cantos, pintura, etcétera˗
con lo que buscan preservar lo ocurrido para generar una posición
política, propiciando así un proceso de sublimación temporal del
impacto que esto causó en las familias, vecinos, amigos, y en toda la
población afectada por el conflicto armado. Este tipo de resistencia no-
lineal empodera a las comunidades, y ofrece elementos para reconstruir
colectivamente la identidad y el arraigo, ambos afectados gravemente
por el conflicto y sus trayectorias destructivas, de allí que la resistencia
pueda reconstruir el tejido social y con ello las dimensiones políticas
de la reparación y la memoria, en este sentido la resistencia no lineal se
manifiesta a través de,

151
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

(…) las acciones de resistencia civil como modos no-destructivos de


enfrentar la violencia y los abusos de poder (Calveiro, 2008), y también
las formas de la violencia expresas en el arte de Tucumán en Argentina
(Agüero, 2004), la sátira gráfica puesta al servicio de la lucha política
(Zaldívar, 2004) entre otros ejemplos. Dicho esto, las expresiones
artísticas se movilizan en un panorama ambiguo y subversivo, porque
denuncian la violencia a la vez que la estetizan artísticamente (De
Diego et.al. 2005; Andrade, 2018c, p.7).

Acorde a lo expuesto la memoria traumática no puede ser vista


solamente desde un plano destructivo, pues también, referencia a la
vivencia de experiencias de elevado contenido estresante, capaces de
transformar a los sujetos y sus representaciones en cada evocación, por
esta razón implica a la vez, una reorganización de lo vivido manifiesto
en las narrativas, relatos, dibujos, canciones, entre otros, y se caracteriza
por preservar en ella, un escenario emocional de temor, dolor y horror,
subrepticio al recuerdo formal, pero latente en el terror de recordar lo
vivido,

La memoria se va registrando así, en narraciones descriptivas de


las experiencias y hechos frente a lo increíble, fragmentándose y
desarticulándose de las redes de relaciones del contexto que las
produjo. Es una fijación que intenta, en la repetición de la experiencia,
metabolizar lo indescifrable a la vez que exorcizar lo indecible
(Quintar, 2015, p.382).

Las víctimas de Trujillo y las organizaciones que les brindan apoyo,


han logrado conservar vivo el recuerdo de los difuntos quienes fueron
asesinados, torturados, desaparecidos, y a través de actividades en
memoria, expresan su resistencia y elaboran una apuesta política
pacífica y constructiva. La memoria en estos casos se convierte en un
instrumento de lucha del cual se pueden extraer saberes acerca de la
152
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

guerra, sus variantes, formas de expresión y también, las estrategias


para prevenir su reincidencia. Construir historia a partir de la memoria,
implica devolver a las personas su condición de sujetos históricos,
permitiendo en palabras de Boaventura De Sousa (2004) construir
espacios decoloniales, y con ello acceder a la emancipación de los
saberes y de la memoria.

Considerar como condición de conocimiento y forma de construir


conciencia histórica a la memoria e historia, lo que implica recuperar
al pensamiento y a los pensadores latinoamericanos como sustrato
de nuestro estar siendo y la propia historia, como texto necesario
para comprendernos a nosotros mismos y las coordenadas de
época donde actuamos, asumiendo que somos lo que recordamos
(Quintar, 2015, p.389).

Memoria y perdón
Es preciso señalar que el perdón por parte de las víctimas es un
perdón que se otorga, y es íntimo, personal, subjetivo, no constituye
un deber moral, no es exigible, debe ser provocado por la memoria y es
incompatible con la justicia (Villa, 2016b); por otra parte, se encuentra el
perdón que se pide y se solicita, o sea aquello que realiza el victimario o
el Estado en escenarios públicos de perdón y que fortalece el derecho a la
verdad de las víctimas, ya que permite el reconocimiento-esclarecimiento
de las acciones perpetradas por los actores, siendo un elemento
cardinal para concebir la razón de los hechos violentos, y así vislumbrar
la multidimensionalidad del sufrimiento sentido por las víctimas;
asimismo, está el perdón político-jurídico o socio-jurídico que concierne
a la implementación de medidas donde el Estado concede perdón a
los perpetradores de violencia, tales como, el indulto, la amnistía, y las
rebajas de penas. De suyo, existen brechas y distanciamientos entre el
perdón y la reconciliación, dado que uno no es garantía absoluta del
153
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

otro, de modo que no se pueden exigir ni el perdón ni la reconciliación


en los procesos de conciliación, porque el perdón emerge de la plena y
consciente disposición de abandonar posiciones de dolor asociadas a
retaliaciones, no-olvido y justicia por mano propia.
En este sentido Palanski (2012) señala que un impedimento para el
inicio del perdón, es considerar que de este solamente puede emerger la
restauración de la relación víctima-victimario, por ello para que el perdón
comience a emerger, el perpetrador y las instituciones garantes de los
procesos de perdón en escenarios públicos, deben ofrecer garantías y
el compromiso de la no repetición de los hechos victimizantes, solo así
según Palansky la víctima puede comenzar a confiar y a creer que el
perdón vale la pena. Se debe comprender que el no perdonar no pone
en riesgo la paz y que es preciso instalar el perdón en la lógica de la
elección, así, como decisión íntima y personal, propicia el ejercicio de
la libertad y con ella, la restauración de otros derechos, al respecto una
de las víctimas de Trujillo señala, “yo decido si perdono o no, puede que
perdone, pero no me podré reconciliar con quien me hizo tanto daño,
eso no es así no más, que lo llamen y me cuente y que yo le perdone
así no más” (Víctima 4, 2018). Los procesos de perdón no se dan de la
noche a la mañana, pueden duran muchos años y están asociados a una
condición moral sumamente afectada, que gravita entre la injusticia, la
venganza, el rencor, la impotencia e intranquilidad, lo ético y delictivo,
entre otros elementos,

el perdón, para que la paz perdure, debe emanar con convicción y


generosidad de las víctimas, y ello no es fácil. Se trata de un proceso
largo y tormentoso, en el cual el ser humano, invadido de justificable
rencor y odio, se esfuerza por deponer el dolor moral que causa el
delito. Ese dolor no se tasa económicamente para cumplir con un
mandato legal, se valora por la grandeza espiritual que significa
perdonar, sepultando la retaliación (Martínez, 2015, p.1).

154
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

Según Bernuz y García (2015) el perdón se relaciona con la memoria


específicamente hablando, en la reconfiguración de la relación víctima-
perpetrador. De suyo, la memoria como concepto y práctica tiene una
estrecha relación con el perdón, puesto que, para perdonar hay que
recordar, ya que sería absurdo perdonar algo que no es recordado o
identificado, así no sea reconocido políticamente. No obstante, si olvidar
fuera el ejercicio legítimo, ya no habría necesidad de perdonar, dado
que, sin la memoria no se tendría noción de la reparación requerida. Así
mismo, el dolor de aquella experiencia también se borraría, siendo algo
suprimido de la biografía de vida del individuo, lo cual no es razonable
porque dicho dolor forma parte de su identidad personal y colectiva
(Bernuz y García, 2015). De suyo, el perdón para las víctimas de Trujillo
no es una obligación, pues es considerado como una elección, en cuyo
caso para algunas personas no es conveniente hacerlo, pero para otras,
resulta mejor perdonar para aprender a seguir adelante sin el peso de
la incertidumbre, que emerge de no escuchar las razones por las cuales
fue asesinado y desaparecido el familiar. Se destaca la diferencia entre
perdonar y olvidar, pues, aunque se perdone, el olvido es un riesgo en el
que no pueden comprometer la memoria.

“Hay muchas cosas que me han sucedido en la vida, uno dice que
perdona pero no olvida, uno siempre tiene esa paz porque es que
uno si puede perdonar sin odio, porque yo conozco una persona que
me hizo mucho daño en mi vida y hoy la trato como una persona
pero no como un amigo porque ahí desconfianza, y es la verdad,
puede llegar a la casa pero no le tengo confianza, puedo atenderla
pero no le tengo la confianza que le tenía antes, uno puede perdonar
y tratar reconciliarse con esa persona, para llegar al perdón y la
reconciliación” (Víctima 4, 2018).

La intensidad de los hechos vividos en Trujillo fue de tal magnitud


y agravio, que la percepción de las víctimas acerca del perdón puede
ser polimorfa, e incluso concebir que son obligados a perdonar por
155
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

decreto-ley, o que deben reconciliarse cuando perdonen, cuando desde


su lógica, en realidad incluso cuando el Estado ofrece disculpas públicas,
o el perpetrador narra los hechos de violencia y solicita ser perdonado,
el perdón puede venir después o no darse, lo cual sucede igualmente
con la reconciliación; al respecto una víctima señala: “aunque se haga
público nada nos devuelve lo que perdimos, lo que más pesa es la falta
de voluntad para hacerlo sin presiones, así uno no perdona, porque ese
perdón solicitado no es como un acto de corazón”(Víctima 3, 2018).

“Aquí en Trujillo se han vivido dos actos de perdón por parte del
Estado colombiano con las víctimas, pero ese acto de perdón ha
sido lo que la Corte Suprema de Justicia lo ha obligado a que venga
y pida perdón a las víctimas, no es un perdón que nace del corazón,
no es un perdón que nace de un arrepentimiento por haber cometido
unos hechos, entonces cuando usted va a pedirle perdón a otro que
cometió una falta o algo por el estilo, pero ese perdón obedece a que
nos han obligado a que pida perdón, pues ahí es cuando uno dice eso
realmente no me sirve ese perdón, para que eso aparezca en cámaras,
publicidad, prensa y todo, y llega a toda la gente que el Estado le pide
perdón a las víctimas y la foto y todos los medios, y dicen: “un avance
más pues para el Estado”, y para todos sus cosas seguro que puede ser
un aporte, y que está cumpliendo pero para nosotros como víctimas
no es así” (Víctima 5, 2018).

Las víctimas no perciben al Estado como una organización


transparente o auténtica en su petición de perdón, tampoco crean que
ellos deben perdonar, pues eso debe provenir de los victimarios directos,
es decir, de los actores armados causantes de la masacre, ejemplo de ello
es visible en el siguiente testimonio:

“Yo no hice nada, yo no fui el que cometió los hechos, ni atentó contra
nadie, por tanto, no tengo nada que perdonar, yo no cometí ninguna

156
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

falta, yo no quise ser invitado a ser parte de una masacre, ni a participar


en un Universo de víctimas a nivel país, eso nadie lo desea ni lo quiere,
entonces a mí me dicen mañana: va haber un acto de perdón aquí que
también se le planteó varias veces al Estado” (Víctima 5, 2018).

Consideran, además, como inapropiado unir o creer idénticos los


procesos de perdón y olvido, es decir, apreciar las políticas de perdón
hacia la verdad de los sucesos, como políticas duras de olvido. La
memoria es una técnica esencial para lograr un adecuado proceso
del perdón, ya que entre víctima y perpetrador, en el momento de la
reconciliación o perdón, sucede a través de la memoria. En el caso de
la víctima el dolor recordado se intensifica frente a su victimario, y en
el victimario la identificación del delito cometido, puede llevarlo a una
posición de mayor empatía con el dolor generado en otros. Aunque el
evento no puede ser cambiado, si logra ser reformulado y con ello, la
percepción de la vivencia al igual, que el estilo de vida presente y futura
de la víctima y del victimario (Castrillón et al., 2018; RCN Noticias, 2014).

“Perdonar no solamente aliviana el problema si no que da tranquilidad


se libera uno de un mal, odiar es un mal que carcome sin uno darse
cuenta, el estar buscando una venganza eso afecta igualmente que
la tensión de la desconfianza en la guerra, perdonar es liberarse de
problemas” (Víctima 2, 2017).

De acuerdo con esto, otorgar el perdonar no es un deber de cada


víctima, se es libre de tomar la decisión de no perdonar. Cuando la
víctima toma la decisión de perdón, es debido a la afirmación personal
de soltar el dolor, conocer las razones reales del acto de lesa humanidad,
y acceder a una reconfiguración ética, por lo que abandona la memoria
del odio, y accede a una transformación voluntaria de sí mismo (Alzate
y Dono, 2017; Bernuz y García, 2015). Existe una creciente incredulidad

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José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

ante la petición de perdón del perpetrador, ora porque no sienten que sea
legítimo en sus deseos de reconciliación, ora porque en cada petición de
perdón existen beneficios legales para los perpetradores y no se siente
verdadero o auténtico el acto de encuentro para el perdón.
Esta resistencia a los procesos públicos para pedir perdón, no debe
juzgarse de forma peyorativa o a través de juicios de valor destructivos,
pues es natural que en la memoria se reúnan la experiencia, afectos
contradictorios, demandas, deseos, necesidades e imaginarios, además
de elementos antropoéticos y socioculturales, lo cual puede dar como
resultado resistencias y desconfianza frente al perpetrador:

“¿Cómo creerle al victimario que me está pidiendo perdón cuando


él está viniendo acá a hacer ese gesto de perdón es porque una
sentencia lo está obligando? mas no porque es que él tiene un
arrepentimiento de cambiar de querer corregir o enmendar ese daño
que le ha ocasionado a una comunidad y entonces el viene y dialoga
y dice oiga yo reconozco lo que hice, me comprometo a reparar estos
daños y entonces sentémonos y construyamos entre todos algunos
planes o programas o proyectos para reparar a todos los afectados”
(Víctima 1, 2017).

158
Conclusiones

En los municipios de Trujillo, Riofrío y Bolívar, muchos de


sus habitantes fueron violentados de diversas formas a causa
de enfrentamientos y alianzas entre ejército, paramilitares y
narcotraficantes. Lo anterior refiere específicamente los hechos
ocurridos entre 1986 y 1994, en los cuales se destaca una secuencia
lineal de formas de violentización de la vida cotidiana tales como,
desapariciones forzadas, homicidios, torturas, persecución, amenazas,
secuestros, silenciamientos, estigmatización, manipulación, chantaje,
violaciones, desplazamiento, ejecuciones extrajudiciales entre otros,
denominada como “La Masacre de Trujillo”. Dicha aniquilación fue el
producto de una alianza macabra entre narcotraficantes, fuerzas del
Estado -policía- ejército, y grupos criminales de la región, quienes
fueron responsables individual y conjuntamente, de acciones dirigidas
a la eliminación de personas y grupos acusados de colaboradores,
participantes, auxiliadores, o simpatizantes de la guerrilla. Posterior a
la masacre otros fueron suprimidos y perseguidos, al ser declarados
como objetivos militares y enemigos, a razón de acusárseles de
“supuestos testigos” de los hechos, de esta manea la violencia se
extendió anulativamente en el tiempo, generando a su vez la idea de
una violencia in-interminable.
La persecución, amenazas y el despojo violento de la tierra, fue causa
de un elevado desplazamiento forzado, al tiempo que, de abandono de
tierras, persecuciones selectivas, muertes, masacres, desapariciones,
muchas de ellas ejecutadas bajo la impronta de una “limpieza social”
impunemente asociada a acciones necesarias para el avance social
y político del municipio. En Trujillo sucedieron diversas masacres en
diferentes lapsos de tiempo y no una sola masacre, de allí que el nombre
más apropiado para estos eventos sea “las masacres de Trujillo”; a ello

159
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

se suma el hecho que la violencia se perpetuó dos décadas después


aunque con un espaciamiento mayor de los asesinatos y desapariciones,
lo cual no disminuyó el terror flotante entre los habitantes, ni tampoco
naturalizo la violencia, como se suele pensar de los grupos que conviven
en escenarios de horror constante. En ese sentido una de las víctimas
señala: “no solamente en ese tiempo en el 90 sino que todavía seguimos
sufriendo en flagelo de la violencia, por ejemplo, en el 92 asesinaron a
mi hijo, en el 2010 se iban a llevar a mi hija para reclutamiento de esos
paracos, en el 2012 ya nos tocó salir para Bogotá” (Víctima 5, 2018).
Los actores armados persisten en Trujillo, ya que se perpetúan
las amenazas, se incrementan los silenciamientos y se visibilizan las
persecuciones, lo cual eleva el mutismo de muchas víctimas respecto a
los hechos, además del veto a la memoria y el olvido como estrategia
violenta y lineal para legitimar la impunidad. La continuidad de
la violencia y la supresión por vía anulativa de cualquier forma de
resistencia, protesta y defensa de los derechos de las víctimas; las
dificultades y moratorias en los procesos de verdad, justicia y reparación;
las escasas garantías para la no repetición de hechos victimizantes; la
supresión de la memoria como estrategia para garantizar la impunidad,
el silenciamiento y la corrupción; y la anulación paulatina y espaciada
de líderes, liderezas y defensores de derechos humanos en la región,
revela la presencia de un tipo de violencia directa-lineal, cuyo marco
espacial de continuidad acopló nuevas formas anulativas, al tiempo que,
matizó-conservó las viejas presiones, intereses y despojos territoriales
que han caracterizado la lógica del exterminio en el marco del conflicto
armado colombiano. De allí que, en las narrativas de las víctimas se logre
interpretar la sensación matizada del dolor de lo irreversible, ideas de
condena e inevitabilidad de los sucesos de violencia, incredulidad ante
las fuerzas, procedimientos y acciones estatales y, un débil sentido de
estado democrático y de derecho, en el que la violencia se camufla,

160
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

disfraza y entreteje, a modo de mediador en las relaciones, misma que


se encuentra presente en, a través y más allá de las causas, trayectorias y
consecuencias estimables de la masacre.
La propensión al mantenimiento de múltiples trayectorias de lo
violento o violencia lineal, es vivido por la población actual Trujillense, en
casos como la violencia intrafamiliar; el bullying y otras manifestaciones
de la violencia entre pares, mismas que operan bajo una modalidad
guerrerista y se expresa en clave de lenguaje bélico-militar, ejemplo de
ello es el siguiente testimonio: “ya los muchachos han llevado la guerra a
las aulas, hablan como enemigos, se odian intensamente, a la salidas de
colegios hay enfrentamientos, la guerra se ha desplazado a estos lugares”
(Víctima 2, 2017); el embarazo a temprana edad asociado a un déficit en
el plan de vida de las nuevas generaciones, puesto que, los trujillenses,
“niños y niñas que terminan su grado once, no saben qué hacer para
desempeñarse laboralmente, no hay empresas que ofrezcan trabajo,
generando aumento de la prostitución y el consumo de drogas” (Víctima
1, 2017), a ello debe sumarse que “no se cuenta con dinero para estudiar
en otros lugares, lo que aumenta el embarazo a temprana edad” (Víctima
2, 2017); asimismo, se impuso la marginalidad de un territorio roto en su
institucionalidad; absorto por el temor a lo político; estigmatizado como
violento y, preso del memoricidio, es decir de la prohibición a recordar y
trasmitir la resistencia a las nuevas generaciones.
Otras formas lineales de presentación de la violencia son: el
reclutamiento forzado –vigente aún en veredas campesinas-; el escaso
acceso a la educación superior y las pocas oportunidades laborales;
el impacto negativo del narcotráfico en la mentalidad productiva y
educativa de las nuevas generaciones; el reposicionamiento de grupos
violentos en la región, que trae consigo el narcotráfico, delincuencia,
insurgencia diversa; acciones de cooptación del poder, impunidad,
inequidad, silenciamiento, persecución, hostigamiento y amenazas

161
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

frecuentes a líderes y lideresas de la región; entre otros elementos.


Otro aspecto a resaltar es la violencia de acuerdo con el género, ya que
las víctimas hombres estaban vinculados a roles políticos y religiosos,
mientras que las mujeres asesinadas, desempeñaban en su gran mayoría
labores relacionadas con el cultivo y cuidado del campo, además de
madres de familia (en su mayoría esposas de sujetos perseguidos y
sentenciados), labores de limpieza, entre otras ocupaciones. De suyo,
“el papel en la esfera pública de las mujeres victimizadas es así de bajo
perfil frente al desempeñado por varias de las víctimas hombres que
eran inspectores de policía, concejales, políticos y religiosos” (CNMH,
2008, p.42). La persecución en Trujillo estaba estrechamente vinculada a
relaciones de pareja, comerciales o ideológicas.
Dentro de esta lista de mujeres violentadas, existe la condición
de etnia, tómese como ejemplo una mujer indígena llamada Esther
Cayapu Trochez, que fue asesinada al tratar de defender a su hijo de ser
azotado por la policía, y también, por ser líder comunitaria de “la Sonora”
y protestante en la marcha de campesinos en el año 1989. La violencia
reconocida por las víctimas se asocia al exterminio de líderes y otras
personas acusadas de auxiliadoras de la guerrilla, tanto en zonas rurales
como urbanas,

“No solamente en Trujillo sino en la vereda, porque en la vereda


Sonora, Puente Blanco y una cosa es ponerse a contar aquí, ha haber
sentido y haber sufrido ese flagelo tan horrible de uno levantarse, de
uno saber que se están llevando toda la gente de la vereda, eso es muy
horrible, porque entre esos se habían llevado a doña Esther y también,
de escuchar los sonidos de los carros los aullidos de los perros, a mí
me daban tantos nervios (Víctima 5, 2018). “De las 21 mujeres víctimas
casi la mitad (10) desempeñaba roles tradicionales de género en la
esfera doméstica, como amas de casa y campesinas, mientras que
las otras (11) se desempeñaban en la esfera laboral como vendedoras

162
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

ambulantes, empleadas y comerciantes. (…) La única excepción era


la señora Esther Cayapu Trochez, indígena, líder comunitaria de La
Sonora y quien se había enfrentado a la Policía en la marcha campesina
del 29 de abril de 1989 cuando un agente golpeaba brutalmente a su
hijo” (CNMH, 2008, p.42).

A parte del reclutamiento forzado, la adherencia a los grupos


armados también responde a u proceso de reideologización de la
población, que surte un efecto de pertenencia cuando las ideas socio
familiares acerca de lo político se tornan difusas, espacio que suele ser
complementado por miradas de subversión que calan en la conciencia
individual y colectiva, entre muchas cosas, bajo el halo de la igualdad y
la defensa del derecho al acceso al poder. Así narran por ejemplo, “el hijo
de mi comadre se unió al grupo armado porque no soportaba el alegato
en la casa, la cantaleta (…) también porque buscaba otras ideologías y
quería sentir poder” (Víctima 4, 2018). Estas consecuencias se asocian al
hecho, que los grupos armados en la región se han fortalecido a través
de la delincuencia y el narcotráfico, lo cual ha incrementado el flujo de
capital para financiar la subversión al tiempo que, la efectividad de la
violencia para acrecentar su impacto en el territorio. Ergo, el surgimiento
de nuevos grupos armados y la reorganización de disidencias, son
fenómenos que dan cuenta de la linealidad de la violencia, en tanto
permanencia de un orden violento capaz de reproducirse bajo diversas
formas de codificación, praxis e ideología.
La violencia lineal esta pues, manifiesta en el conjunto de acciones
individuales y colectivas encaminadas a perpetrar la violencia, el terror,
y las secuelas dolorosas de la guerra. De suyo, la guerra es vivida como
una forma de violencia lineal, y contrasta con el dolor y sufrimiento
experimentado de formas multidimensionales, y es allí donde la pena
moral emerge del entramado de circunstancias que le dan forma física,
psicológica y social a lo inefable, constituyendo reticularmente un dolor
163
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

interno, que se escala a todas las áreas de relación de las personas, de


modo que da forma a un pliegue de dolor tan profundo, que se vincula
a un dolor del alma, que a la vez es físico, emocional, y da forma a un
sentimiento difícil de expresar o definir por quien la padece. En las
víctimas se puede manifestar por medio de una inagotable melancolía,
llanto, desasosiego, pero sobretodo, por una esperanza fallida, es
decir, por una esperanza desesperanzadora. En la actualidad no hay
una explicación científica o clínica sobre la pena moral, ya que pocos
autores se han arriesgado a investigar sobre este concepto, de allí que,
a nivel general lo poco que se ha investigado sobre ella, no constituya
un corpus de argumentos suficientes para señalar sus causas, procesos
degenerativos, consecuencias a corto, mediano y largo plazo, y, reconocer
una sintomatología específica, dado que en la mayoría de los casos se le
asocia a la depresión mayor, el duelo, o a los trastornos del humor.
La pena moral es frecuente en personas que han vivido o sufrido el
conflicto armado directamente -en carne propia-, y a la vez han sido
víctimas de situaciones de elevado estrés y perdidas, escenarios que
resultan generadores traumas y secuelas imborrables, que persisten
asociativamente en y a través de las múltiples esferas vitales. Un aspecto
importante en las víctimas al momento de hablar de pena moral, es la
relación con problemas cardiovasculares, gástricos, tensión arterial,
diabetes, nerviosismo, inapetencia, desesperanza, cáncer en alguna
parte específica del cuerpo o complicaciones respiratorias que altera
la calidad de vida de las personas, y que en algunos casos pueden
desencadenar la muerte. La pena moral es mayormente señalada como
una condición mórbida, de carácter multidimensional, características
inefables, polisintomática, compuesta por melancolía, impotencia,
tristeza, y dolor somato-psíquico-moral que afecta globalmente a
los sujetos, desgasta la vida personal, familiar y comunitaria, y que
produce de forma gradual e intensa la muerte. Dichas manifestaciones

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Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

prevalecen en víctimas directas de violencia, y también puede trasmitirse


a las víctimas indirectas –familiares, amigos cercanos, pareja, etcétera-,
mismos que se perciben como sobrevivientes de un conflicto que los
sucede y estigmatiza.

“Por ejemplo, de pena moral yo tengo pero de sobrinos, de mis


hermanas que han muerto de pena moral, pero de mi hijo no lo
encontré, pero pena moral no solamente es que uno se muere sino
que seguimos en esa lucha, pero me parece que de pena moral
somos todos aquellas personas que hemos sufrido el flagelo de la
violencia y que no podemos ver el ser querido que está desaparecido”
(Víctima 4, 2018).

En general, la pena moral es una de las más graves manifestaciones


de la violencia lineal, misma que persiste y se reproduce bajo diversas
formas de expansión de lo violento, ejemplo de ello es que se revela
en la emergencia de nuevos actores armados, el reposicionamiento
territorial y, también, en la actitud de espasmo y desinterés de un Estado
que es percibido por las víctimas como sordo y autista cuando se trata
de la dignificación de la memoria. De allí que la memoria juegue un
papel importante en las víctimas que presentan pena moral, ya que, la
no resignificación del recuerdo doloroso, produce un deterioro global y
paulatino de su condición vital a lo largo del tiempo, todo ello, sostenido
por una desesperanza alimentada en cada recuerdo a la vez que, por
la esperanza de lo imposible, como consecuencia, y en el peor de los
escenarios, la persona llega a creer que nunca tendrá alivio, y muere
agobiado por sus propios horrores. Para las víctimas la memoria es una
herramienta que alienta el esfuerzo mutuo de no permitir el olvido
de los hechos, es decir, un esfuerzo en conjunto para luchar por el
reconocimiento y dignificación de la vida, y la reparación de los daños
causados por la guerra, aun cuando el algunos casos, como lo es cuando
165
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

las víctimas sufren de pena moral, algunas veces el recordar los hechos
trágicos, no genere parcial o totalmente la recuperación o superación
de la violencia, puesto que rememorar también, puede propiciar la
transformación de dicha tragedia en otra, actualizada, más nociva o
alimentada por el dolor de otras víctimas, los cual suele suceder cuando
no se abordan dichos traumas bajo apoyos y medidas psicoterapéuticas.
Los cambios suscitados por la violencia son visibles en las narrativas,
ejemplo de ello se encuentra en testimonios que indican que en Trujillo
“todo era paz y calma, se podía dormir con las puestas abiertas y no tenían
problemas relacionados con la seguridad del municipio” (Víctima 5, 2018);
y también, existe la percepción que con el paso del tiempo la violencia se
hizo cada vez más visible y manifiesta en actos de crueldad: “había una
tensa calma, pero se podía vivir, habían muertos pero era menos visibles”
(Víctima 5, 2018); “es innegable que se trataba de muertes programadas,
en la actualidad eso también se da, pero también se hace de formas
oscuras” (Víctima 3, 2018). En gran medida la huella de violencia tiende
a perdurar en el imaginario, y parte de ello se consolida y alimenta por
el olvido estatal, y la imposibilidad de configurar una memoria colectiva
y dignificante, que restituya a las víctimas su capacidad de confrontar
y hacerse cargo adecuadamente de la memoria de su historia, y de las
derivas o trayectorias que el dolor asume en su existencia.
Las víctimas aún no sienten que la reparación sea real, sincera y
dignificante, dado que quienes los intervienen no entienden las secuelas
desde las múltiples dimensiones entrelazadas, de allí que demanden
una reparación no-insularizada, compleja y reticulada en el entramado
de acciones, ideas, categorías, percepciones y sentidos sociopolíticos
que tienen del conflicto. De allí que la reparación en términos materiales
sea sentida como impunidad, ya que a la fecha muchas víctimas, no
han resuelto sus inconformidades y demandas. Con lo anterior se da
continuidad a una violencia lineal, endémica y enquistada a la estructura

166
Memoria, violencia lineal y pena moral: narrativas de la masacre de Trujillo

vital, impermeable a la dignidad y la defensa de los derechos, resistente


a la memoria, y en gran medida, imperceptible para los habitantes
de Trujillo, lo cual aumenta gravemente el sentimiento creciente de
indiferencia y abandono estatal. Para los trujillenses –en su imaginario
y en su sentir como comunidad– no ha habido reparación integral, ni
integrada, y ello es evidente en que el proceso de paz no ha logrado traer
la paz, y por el contrario la violencia en Trujillo ha persistido.
La masacre de Trujillo generó alteraciones estructurales –casas
derruidas, cayéndose, con huellas de violencia– que son a su vez sitios
de memoria, pues en ellas se narran mudos la violencia lineal y la sevicia
que caracterizó la masacre. Las afectaciones somáticas y psicológicas
sumadas a dimensiones espirituales y la idea de irreparabilidad de
las secuelas, hacen de la pena moral un padecimiento que persiste
como certeza de muerte y desesperanza ante la vida. Según los relatos
de las víctimas el sufrimiento lleva a un deterioro físico y mental que
genera diversos malestares entrelazados entre sí, y trenzados de forma
dañina en la vida cotidiana. En este sentido, la masacre en Trujillo es la
representación de una violencia anterior, adherida a las representaciones
del poder, y estructurada desde una lógica excluyente en el ámbito
político.

“Ayyy la perdida de los seres queridos eso nunca se va a recuperar, a


uno le pueden dar indemnizaciones simbólicas, le pueden hacer todo
lo que quieran por ejemplo que dicen que le van a pagar que le van a
dar indemnizaciones, pero ese ser querido por ejemplo a mi hija, a mi
hermana, a mi hijo a mi hermanita eso nunca porque es muy triste ver
los hijos que quedaron solitos sin el papá y sin la mamá, entonces eso
nunca se podrá recuperar, ese ser querido desaparecido, asesinado,
nunca va recuperar porque uno siempre está recordando ese ser
querido” (Víctima 4, 2018).

167
José Alonso Andrade Salazar, Stefanía Acevedo Nossa,
Daniela Gonzalez Ríos y Laura Michel Buitrago Saldarriaga

De allí que el perdón sea algo relativo, es decir asociado a la elección


y no a la obligación, por el hecho de confrontar al perpetrador. En Trujillo
las castas gamonales que extendieron a través del tiempo su influencia
y poder en nuevos caudillos y asesinos; el origen inusual-delictivo
de los fundadores; la territorialidad y asociaciones delictivas entre
actores armados; la violencia y sevicia instalada por dichos grupos; el
narcotráfico; unas fuerzas armadas roídas por la corrupción; el olvido,
la inequidad, el silenciamiento social y la impunidad política; las
trayectorias de la violencia en nuevas formas de violencia social y des-
memorización de los hechos; y los crecientes conflictos territoriales,
caracterizaron la violencia lineal en Trujillo. La violencia en el municipio
de Trujillo instaló un terror flotante en el ambiente, inscribiendo la
muerte como consecuencia directa de la violencia, al tiempo que, una
creciente crisis económica y moral, aspectos que marcan las vidas de las
víctimas, pero que también los alientan a resistir en, a través y más allá de
sus crónicas y experiencias vitales.

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