Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 1
CATEQUESIS
DEL
SANTO PADRE
JUAN PABLO II
Sobre los Salmos
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 2
Salmo 5
Señor, escucha mis palabras, y a mi queja pon atención. Presta oído
a mi clamor, ¡oh mi rey y mi Dios! Pues a ti te imploro, Señor. Desde la
mañana oyes mi voz. Desde la mañana te hago promesas y me quedo
a la espera. Tú no eres un Dios al que le gusta la maldad, ni el malvado
tiene en ti acogida. Los insensatos no aguantan tu mirada, detestas a
los que obran la maldad. A los que hablan mentiras los destruyes: Odia
el Señor a violentos y embusteros. Pero yo por tu inmensa bondad pue-
do entrar en tu casa; frente a tu santo templo me prosterno con toda re-
verencia. Señor, tú que eres justo, guíame: Frente a los que me espían
abre ante mí un camino llano. Pues nada de sincero hay en su boca y
sólo crímenes hay en su interior. Para halagar tienen buena lengua,
mas su garganta se abre para tragar. Castígalos, oh Dios, como culpa-
bles, haz que fracasen sus intrigas; échalos por sus crímenes sin cuen-
to, ya que contra ti se han rebelado. Que se alegren cuantos a ti se aco-
gen, que estén de fiesta los que tú proteges, y te celebren los que aman
tu nombre. Pues tú, Señor, bendices al justo y como un escudo lo cubre
tu favor.
La oración de la mañana para obtener la ayuda del Señor. " Por la
mañana escucharás mi voz; por la mañana te expongo mi causa y me
quedo aguardando". Con estas palabras, el salmo 5 se presenta como
una oración de la mañana y, por tanto, se sitúa muy bien en la liturgia
de las Laudes, el canto de los fieles al inicio de la jornada. Sin embargo,
el tono de fondo de esta súplica está marcado por la tensión y el ansia
ante los peligros y las amarguras inminentes. Pero no pierde la confian-
za en Dios, que siempre está dispuesto a sostener a sus fieles para que
no tropiecen en el camino de la vida. "Nadie, salvo la Iglesia, posee esa
confianza". Y san Agustín, refiriéndose al título que se halla al inicio del
salmo, un título que en su versión latina reza: "Para aquella que recibe
la herencia", explica: "Se trata, por consiguiente, de la Iglesia, que reci-
be en herencia la vida eterna por medio de nuestro Señor Jesucristo, de
modo que posee a Dios mismo, se adhiere a él, y encuentra en él su
felicidad, de acuerdo con lo que está escrito: "Bienaventurados los man-
sos, porque ellos heredarán la tierra". Como acontece a menudo en los
salmos de súplica dirigidos al Señor para que libre a los fieles del mal,
son tres los personajes que entran en escena en este salmo. El primero
es Dios, el Tú por excelencia del salmo, al que el orante se dirige con
confianza. Frente a las pesadillas de una jornada dura y tal vez peligro-
sa, destaca una certeza. El Señor es un Dios coherente, riguroso en lo
que respecta a la injusticia y ajeno a cualquier componenda con el mal:
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 3
"Tú no eres un Dios que ame la maldad". Una larga lista de personas
malas -el malvado, el arrogante, el malhechor, el mentiroso, el sangui-
nario y el traicionero- desfila ante la mirada del Señor. Él es el Dios
santo y justo, y está siempre de parte de quienes siguen los caminos de
la verdad y del amor, mientras que se opone a quienes escogen "los
senderos que llevan al reino de las sombras". Por eso el fiel no se sien-
te solo y abandonado al afrontar la ciudad, penetrando en la sociedad y
en el torbellino de las vicisitudes diarias. En los versículos 8 y 9 de
nuestra oración matutina, el segundo personaje, el orante, se presenta
a sí mismo con un Yo, revelando que toda su persona está dedicada a
Dios y a su "gran misericordia". Está seguro de que las puertas del tem-
plo, es decir, el lugar de la comunión y de la intimidad divina, cerradas
para los impíos, están abiertas de par en par ante él. Él entra en el tem-
plo para gozar de la seguridad de la protección divina, mientras afuera
el mal domina y celebra sus aparentes y efímeros triunfos. La oración
matutina en el templo proporciona al fiel una fortaleza interior que le
permite afrontar un mundo a menudo hostil. El Señor mismo lo tomará
de la mano y lo guiará por las sendas de la ciudad, más aún, le
"allanará el camino", como dice el salmista con una imagen sencilla pe-
ro sugestiva. En el original hebreo, esta serena confianza se funda en
dos términos (hésed y sedaqáh): "misericordia o fidelidad", por una par-
te, y "justicia o salvación", por otra. Son las palabras típicas para cele-
brar la alianza que une al Señor con su pueblo y con cada uno de sus
fieles. Por último, se perfila en el horizonte la oscura figura del tercer
actor de este drama diario: son los enemigos, los malvados, que ya se
habían insinuado en los versículos anteriores. Después del "Tú" de
Dios y del "Yo" del orante, viene ahora un "Ellos" que alude a una masa
hostil, símbolo del mal del mundo. Su fisonomía se presenta sobre la
base de un elemento fundamental en la comunicación social: la pala-
bra. Cuatro elementos -boca, corazón, garganta y lengua- expresan la
radicalidad de la malicia que encierran sus opciones. En su boca no
hay sinceridad, su corazón es siempre perverso, su garganta es un se-
pulcro abierto, que sólo quiere la muerte, y su lengua es seductora, pe-
ro "está llena de veneno mortífero". Después de este retrato crudo y
realista del perverso que atenta contra el justo, el salmista invoca la
condena divina en un versículo, que la liturgia cristiana omite, querien-
do así conformarse a la revelación neotestamentaria del amor miseri-
cordioso, el cual ofrece incluso al malvado la posibilidad de conversión.
La oración del salmista culmina en un final lleno de luz y de paz, des-
pués del oscuro perfil del pecador que acaba de dibujar. Una gran sere-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 4
nidad y alegría embarga a quien es fiel al Señor. La jornada que se abre
ahora ante el creyente, aun en medio de fatigas y ansias, resplandecerá
siempre con el sol de la bendición divina. Al salmista, que conoce a fon-
do el corazón y el estilo de Dios, no le cabe la menor duda: "Tú, Señor,
bendices al justo y como un escudo lo cubre tu favor".
Salmo 8
¡Oh Señor, nuestro Dios, qué grande es tu nombre en toda la tierra!
Y tu gloria por encima de los cielos. Hasta bocas de niños y lactantes
recuerdan tu poder a tus contrarios y confunden a enemigos y rebeldes.
Al ver tu cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has fijado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él? ¿qué es el hijo de
Adán para que cuides de él?. Un poco inferior a un dios lo hiciste, lo co-
ronaste de gloria y esplendor. Le has hecho que domine las obras de
tus manos, tú lo has puesto todo bajo sus pies: ovejas y bueyes por do-
quier, y también los animales silvestres, aves del cielo y peces del mar,
y cuantos surcan las sendas del océano. ¡Oh Señor, Dios nuestro, qué
grande es tu Nombre en toda la tierra!
El hombre. . . , en esta empresa, nos parece un gigante. Nos parece
divino, no en sí mismo, sino en su principio y en su destino. Honor, por
tanto, al hombre, honor a su dignidad, a su espíritu, a su vida. Con es-
tas palabras, en julio de 1969, Pablo VI confiaba a los astronautas esta-
dounidenses que partían para la luna el texto del Salmo 8, que acaba-
mos de escuchar, para que penetrara en los espacios cósmicos. Este
himno es, de hecho, una celebración del hombre, pequeña criatura
comparada con la inmensidad del universo, una frágil caña, utilizando
una famosa imagen del gran filósofo Blaise Pascal. Y, sin embargo, es
una caña que piensa, que puede comprender la creación, por ser señor
de lo creado, coronado por el mismo Dios. Como sucede con frecuencia
en los himnos que exaltan al Creador, el Salmo 8 comienza y termina
con una solemne antífona dirigida al Señor, cuya magnificencia es dise-
minada por el universo: Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nom-
bre en toda la tierra. El contenido del canto parece hacer referencia a
una atmósfera nocturna, con la luna y las estrellas que se encienden en
el cielo. La primera estrofa del himno está dominada por una confronta-
ción entre Dios, el hombre y el cosmos. En la escena aparece ante todo
el Señor, cuya gloria es cantada por los cielos, y por los labios de la hu-
manidad. La alabanza que surge espontánea de los labios de los niños
cancela y confunde los discursos presuntuosos de los que niegan a
Dios. Éstos son definidos como adversarios, enemigos, rebeldes, pues
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 5
se engañan pensando que desafían y se oponen al Creador con su ra-
zón y con su acción. De este modo, inmediatamente después, se abre
el sugerente escenario de una noche de estrellas. Ante este horizonte
infinito surge la eterna pregunta: ¿Qué es el hombre?. La primera e in-
mediata respuesta habla de nulidad, ya sea en relación con la inmensi-
dad de los cielos, ya sea sobre todo en relación con la majestad del
Creador. El cielo dice el Salmista es tuyo, la luna y las estrellas son
obra de tus dedos. Esta expresión, diferente a la más común obra de
tus manos, es particularmente bella: Dios ha creado estas realidades
colosales con la facilidad y la finura de un bordado o del cincel, con el
ligero toque de quien acaricia las cuerdas del arpa con los dedos. La
primera reacción es, por ello, de turbación: ¿cómo se puede acordar
Dios y cuidar de esta criatura tan frágil y pequeña? Pero entonces surge
la gran sorpresa: Dios ha dado al hombre, criatura débil, una dignidad
estupenda: le ha hecho poco inferior a los ángeles, o como podría tra-
ducirse del original hebreo, poco inferior a un Dios. Entramos así en la
segunda estrofa del Salmo. El hombre es visto como lugarteniente del
mismo Creador. Dios, de hecho, le ha coronado como a un virrey, desti-
nándolo a una soberanía universal: todo lo sometiste bajo sus pies y la
palabra todo resuena mientras desfilan las diferentes criaturas. Este do-
minio, sin embargo, no es conquistado por la capacidad del hombre,
realidad frágil y limitada, y tampoco es alcanzado con una victoria sobre
Dios, como pretendía el mito griego de Prometeo. Es un dominio dona-
do por Dios: confía a las manos frágiles y con frecuencia egoístas del
hombre todo el horizonte de las criaturas, para que conserve su armo-
nía y belleza, para que la use pero no abuse de ella, descubra sus se-
cretos y desarrolle sus potencialidades. Como declara la Constitución
pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, el hombre ha sido
creado "a imagen de Dios", capaz de conocer y amar a su propio Crea-
dor, y ha sido colocado por él por encima de todas las criaturas terrenas
como señor de las mismas para gobernarlas y servir a la gloria de Dios.
Por desgracia, el dominio del hombre, afirmado en el Salmo 8, puede
ser mal entendido y deformado por el hombre egoísta, que con frecuen-
cia se ha convertido más bien en un loco tirano y no en un gobernador
sabio e inteligente. El Libro de la Sabiduría alerta ante desviaciones de
este tipo, cuando precisa que Dios formó al hombre para que dominase
sobre los seres creados, administrase el mundo con santidad y justicia y
juzgase con rectitud de espíritu. En un contexto diferente, también Job
recurre a nuestro Salmo para recordar en particular la debilidad huma-
na, que no merecería tanta atención por parte de Dios: ¿Qué es el hom-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 6
bre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu corazón,
para que le escrutes todas las mañanas y a cada instante le escudri-
ñes?. La historia documenta el mal que la libertad humana disemina en
el mundo con las devastaciones ambientales y con las tremendas injus-
ticias sociales. A diferencia de los seres humanos, que humillan a sus
semejantes y a la creación, Cristo se presenta como el hombre perfec-
to, coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por
la gracia de Dios experimentó la muerte para bien de todos. Él reina so-
bre el universo con ese dominio de paz y de amor que prepara el nuevo
mundo, los nuevos cielos, y la nueva tierra. Es más, ejerce su autoridad
soberana -como sugiere el autor de la Carta a los Hebreos aplicándole
el Salmo 8- a través de su entrega suprema en la muerte para bien de
todos. Cristo no es un soberano que se hace servir, sino que sirve, y se
entrega a los demás: el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino
a servir y a dar su vida como rescate por muchos. De ese modo, recapi-
tula en sí todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. Desde esta
perspectiva cristológica, el Salmo 8 revela toda la fuerza de su mensaje
y de su esperanza, invitándonos a ejercer nuestra soberanía sobre la
creación no como dominadores sino con el amor.
Al meditar en el Salmo 8, admirable himno de alabanza, se concluye
nuestro largo camino a través de los salmos y de los cánticos que cons-
tituyen el alma de la oración de la Liturgia de Laudes. Durante estas ca-
tequesis nuestra reflexión se ha detenido en 84 oraciones bíblicas, de
las que hemos tratado de destacar en particular su intensidad espiritual,
sin descuidar su belleza poética. La Biblia, de hecho, nos invita a co-
menzar el camino de nuestra jornada con un canto que no sólo procla-
me las maravillas realizadas por Dios y nuestra respuesta de fe, sino
que además lo haga con arte, es decir, de una manera bella, luminosa,
dulce y fuerte al mismo tiempo. Espléndido como ninguno es el Salmo
8, en el que el hombre, sumergido en la noche, cuando en la inmensi-
dad del cielo se iluminan la luna y las estrellas, se siente como un grani-
to de arena en la infinidad y en los espacios ilimitados que lo envuelven.
En el corazón del Salmo 8, de hecho, emerge una doble experiencia.
Por un lado, la persona humana se siente como aplastada por la gran-
diosidad de la creación, obra de tus dedos divinos. Esta curiosa expre-
sión sustituye a las obras de tus manos, como queriendo indicar que el
Creador ha trazado un designio o un bordado con los astros resplande-
cientes, arrojados en la inmensidad del cosmos. Por otro lado, sin em-
bargo, Dios se inclina sobre el hombre y le corona como si fuera su vi-
rrey: lo coronaste de gloria y dignidad. Es más, a esta criatura tan frágil
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 7
le confía todo el universo para que pueda conocerlo y sustentarse. El
horizonte de la soberanía del hombre sobre las criaturas queda circuns-
crito, en una especie de evocación de la página de apertura del Géne-
sis: rebaños, manadas, animales del campo, aves del cielo y peces del
mar son entregados al hombre para que les dé un nombre, descubra su
realidad profunda, la respete y la transforme a través del trabajo y se
convierta en fuente de belleza y de vida. El Salmo nos hace conscientes
de nuestra grandeza y de nuestra responsabilidad ante la creación. Re-
leyendo el Salmo 8, el autor de la Carta a los Hebreos percibe una com-
prensión más profunda del designio de Dios para el hombre. La voca-
ción del hombre no puede quedar limitada en el actual mundo terreno;
al afirmar que Dios ha puesto todo bajo sus pies, el salmista quiere de-
cir que le somete también el mundo venidero, un reino inconmovible. En
definitiva, la vocación del hombre es la vocación celestial. Dios quiere
llevar a muchos hijos a la gloria. Para que se pudiera realizar este pro-
yecto divino era necesario que la vocación del hombre encontrara su
primer cumplimiento perfecto en un pionero. Este pionero es Cristo. El
autor de la Carta a los Hebreos ha observado en este sentido que las
expresiones del Salmo se aplican a Cristo de manera privilegiada, es
decir, más precisa que para el resto de los hombres. De hecho, en el
original el Salmista utiliza el verbo rebajar, diciendo a Dios: Lo rebajaste
a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad. Para cualquier persona
este verbo es impropio; los hombres no han sido rebajados a los ánge-
les, pues nunca han estado por encima de ellos. Sin embargo, en el ca-
so de Cristo, este verbo es exacto, pues en cuanto Hijo de Dios, él se
encontraba por encima de los ángeles y se hizo inferior al hacerse hom-
bre, después fue coronado de gloria en su resurrección. De este modo,
Cristo cumplió plenamente la vocación del hombre y la cumplió, precisa
el autor, para bien de todos. Desde esta perspectiva, san Ambrosio co-
menta el Salmo y lo aplica a nosotros. Comienza con la frase en la que
se describe la coronación del hombre: lo coronaste de gloria y dignidad.
En esa gloria, él vislumbra el premio que el Señor nos reserva cuando
hemos superado la prueba de la tentación. Estas son las palabras del
gran padre de la Iglesia en su Tratado del Evangelio según San Lucas:
El Señor ha coronado también de gloria y magnificencia a su amado.
Ese Dios que desea distribuir las coronas, permite las tentaciones: por
ello, cuando seas tentado, recuerda de que te está preparando la coro-
na. Si descartas el combate de los mártires, descartarás también sus
coronas; si descartas sus suplicios, descartarás también su dicha. Dios
prepara para nosotros esa corona de justicia con la que recompensará
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 8
nuestra fidelidad que le demostramos incluso en los momentos de tem-
pestad que sacuden nuestro corazón y nuestra mente. Pero en todo
momento él está atento para ver qué es lo que le pasa a su criatura pre-
dilecta y quiere que en ella brille para siempre la imagen divina de modo
que sea en el mundo signo de armonía, de luz y de paz.
Salmo 10
En el Señor he puesto mi refugio; ¿cómo dicen a mi alma: "Huye,
cual un pájaro, hacia el monte, porque los impíos tensan su arco, y
ajustan sus flechas a la cuerda para herir en la sombra a los de recto
corazón. Si han cedido los cimientos, ¿qué puede hacer el justo?". El
Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo. Sus
ojos están observando y fija su mirada en los hijos de Adán. El Señor
explora al justo y al impío, y su alma odia a quien ama la violencia. Hará
llover sobre los malvados carbones encendidos y azufre y un viento
abrasador les tocará en suerte. Porque el Señor es justo y ama la justi-
cia, los que son rectos contemplarán su rostro.
Continúa nuestra reflexión sobre los Salmos, que constituyen el texto
esencial de la Liturgia de las Vísperas. Acaba de resonar en nuestros
corazones el Salmo 10, una breve oración de confianza que, en el origi-
nal hebreo, está salpicada por el nombre divino sagrado Adonai, el Se-
ñor. En la apertura se escucha el eco de este nombre, aparece en tres
ocasiones en el centro del Salmo y vuelve a aparecer en el final. El tono
espiritual de todo el canto está bien expresado por el versículo conclusi-
vo: el Señor es justo y ama la justicia. Este es el motivo de toda confian-
za y el manantial de toda esperanza en el día de la oscuridad y de la
prueba. Dios no es indiferente ante el bien y el mal, es un Dios bueno y
no un hado oscuro, indescifrable y misterioso. El Salmo se desarrolla
esencialmente en dos escenas. En la primera, se describe al impío en
su triunfo aparente. Es descrito con imágenes de carácter bélico y de
caza: es el perverso, que tensa su arco de guerra o de caza para dispa-
rar violentamente contra su víctima, es decir, el fiel. Este último, por es-
te motivo, se siente tentado por la idea de evadirse y liberarse de un
ataque tan implacable. Quisiera huir como un pájaro al monte (versículo
1), lejos del remolino del mal, del asedio de los malvados, de las flechas
de las calumnias lanzadas a traición por los pecadores. Se da una es-
pecie de desaliento en el fiel que se siente sólo e impotente ante la
irrupción del mal. Tiene la impresión de que se sacuden los fundamen-
tos del orden social justo y que se minan las bases mismas de la convi-
vencia humana. Viene entonces el gran cambio, descrito en la segunda
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 9
escena. El Señor, sentado en su trono celestial, abarca con su mirada
penetrante todo el horizonte humano. Desde esa posición trascenden-
tal, signo de la omnisciencia y de la omnipotencia divina, Dios puede
escrutar y valorar a cada persona, distinguiendo el bien del mal y con-
denando con vigor la injusticia. Es sumamente sugerente y consoladora
la imagen del ojo divino, cuya pupila analiza fija y atentamente nuestras
acciones. El Señor no es un soberano remoto, cerrado en su mundo do-
rado, sino una presencia vigilante que está de la parte del bien y de la
justicia. Ve y provee, interviniendo con su palabra y su acción. El justo
prevé que, como sucedió en Sodoma, el Señor hará llover sobre los
malvados ascuas y azufre, símbolos del juicio de Dios que purifica la
historia, condenando el mal. El impío, golpeado por esta lluvia ardiente,
que prefigura su suerte futura, experimenta finalmente que hay un Dios
que juzga en la tierra. El Salmo, sin embargo, no concluye con esta
imagen trágica de castigo y condena. El último versículo abre el hori-
zonte a la luz y a la paz destinadas para el justo, que contemplará a su
Señor, juez y justo, pero sobre todo liberador misericordioso: los buenos
verán su rostro. Es una experiencia de comunión gozosa y de serena
confianza en el Dios que libera del mal. Una experiencia así la han he-
cho innumerables justos a través de la historia. Muchas narraciones
describen la confianza de los mártires cristianos ante los tormentos, así
como su firmeza, que no rehuía de la prueba. En las Actas de Euplo,
diácono de Catania, asesinado en torno al año 304 bajo Diocleciano, el
mártir pronuncia espontáneamente esta secuencia de oraciones: Gra-
cias, Cristo: protégeme porque sufro por ti. . . Adoro al Padre y al Hijo y
al Espíritu Santo. Adoro a la Santa Trinidad. . . Gracias, Cristo.
¡Ayúdame, Cristo! Por ti sufro, Cristo. . . ¡Tu gloria es grande, Señor, en
los siervos que te has dignado en llamar!. . . Te doy gracias, Señor Je-
sucristo, porque tu fuerza me ha consolado; no has permitido que mi
alma pereciera con los impíos y me has concedido la gracia de tu nom-
bre. Confirma ahora lo que has hecho en mí para que quede confundida
la soberbia del Adversario.
Salmo 14
Señor, ¿quién entrará bajo tu tienda y habitará en tu montaña santa?.
El que es irreprochable y actúa con justicia, el que dice la verdad de co-
razón y no forja calumnias; el que no daña a su hermano ni al prójimo
molesta con agravios; el que menosprecia al criminal, pero honra a los
que temen al Señor; y si bien al jurar se perjudicó, no se retracta de lo
que ha dicho; el que no presta dinero a interés ni acepta sobornos para
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 10
perjudicar al inocente. Quien obra así jamás vacilará.
¿Quién es justo ante el Señor?. Los estudiosos de la Biblia cla-
sifican con frecuencia el salmo 14, objeto de nuestra reflexión de hoy,
como parte de una "liturgia de ingreso". Como sucede en algunas otras
composiciones del Salterio, se puede pensar en una especie de proce-
sión de fieles, que llega a las puertas del templo de Sión para participar
en el culto. En un diálogo ideal entre los fieles y los levitas, se delinean
las condiciones indispensables para ser admitidos a la celebración litúr-
gica y, por consiguiente, a la intimidad divina. En efecto, por una parte,
se plantea la pregunta: "Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y
habitar en tu monte santo?". Por otra, se enumeran las cualidades re-
queridas para cruzar el umbral que lleva a la "tienda", es decir, al templo
situado en el "monte santo" de Sión. Las cualidades enumeradas son
once y constituyen una síntesis ideal de los compromisos morales fun-
damentales recogidos en la ley bíblica. En las fachadas de los templos
egipcios y babilónicos a veces se hallaban grabadas las condiciones
requeridas para el ingreso en el recinto sagrado. Pero conviene notar
una diferencia significativa con las que sugiere nuestro salmo. En mu-
chas culturas religiosas, para ser admitidos en presencia de la divini-
dad, se requería sobre todo la pureza ritual exterior, que implicaba ablu-
ciones, gestos y vestiduras particulares. En cambio, el salmo 14 exige
la purificación de la conciencia, para que sus opciones se inspiren en el
amor a la justicia y al prójimo. Por ello, en estos versículos se siente vi-
brar el espíritu de los profetas, que con frecuencia invitan a conjugar fe
y vida, oración y compromiso existencial, adoración y justicia social. Es-
cuchemos, por ejemplo, la vehemente reprimenda del profeta Amós,
que denuncia en nombre de Dios un culto alejado de la vida diaria: "Yo
detesto, desprecio vuestras fiestas; no me gusta el olor de vuestras
reuniones solemnes. Si me ofrecéis holocaustos, no me complazco en
vuestras oblaciones, ni miro a vuestros sacrificios de comunión de novi-
llos cebados. (. . . ) ¡Que fluya, sí, el juicio como agua y la justicia como
arroyo perenne!". Veamos ahora los once compromisos enumerados
por el salmista, que podrán constituir la base de un examen de concien-
cia personal cuando nos preparemos para confesar nuestras culpas a
fin de ser admitidos a la comunión con el Señor en la celebración litúrgi-
ca. Los tres primeros compromisos son de índole general y expresan
una opción ética: seguir el camino de la integridad moral, de la práctica
de la justicia y, por último, de la sinceridad perfecta al hablar. Siguen
tres deberes que podríamos definir de relación con el prójimo: eliminar
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 11
la calumnia de nuestra lengua, evitar toda acción que pueda causar da-
ño a nuestro hermano, no difamar a los que viven a nuestro lado cada
día. Viene luego la exigencia de una clara toma de posición en el ámbi-
to social: considerar despreciable al impío y honrar a los que temen al
Señor. Por último, se enumeran los últimos tres preceptos para exami-
nar la conciencia: ser fieles a la palabra dada, al juramento, incluso en
el caso de que se sigan consecuencias negativas para nosotros; no
prestar dinero con usura, delito que también en nuestros días es una
infame realidad, capaz de estrangular la vida de muchas personas; y,
por último, evitar cualquier tipo de corrupción en la vida pública, otro
compromiso que es preciso practicar con rigor también en nuestro tiem-
po. Seguir este camino de decisiones morales auténticas significa estar
preparados para el encuentro con el Señor. También Jesús, en el Ser-
món de la montaña, propondrá su propia "liturgia de ingreso" esencial:
"Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de
que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante
del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y
presentas tu ofrenda". Como concluye nuestra plegaria, quien actúa del
modo que indica el salmista "nunca fallará". San Hilario de Poitiers, Pa-
dre y Doctor de la Iglesia del siglo 4, en su Tractatus super Psalmos,
comenta así esta afirmación final del salmo, relacionándola con la ima-
gen inicial de la tienda del templo de Sión. "Quien obra de acuerdo con
estos preceptos, se hospeda en la tienda, habita en el monte. Por tanto,
es preciso guardar los preceptos y cumplir los mandamientos. Debemos
grabar este salmo en lo más íntimo de nuestro ser, escribirlo en el cora-
zón, anotarlo en la memoria. Debemos confrontarnos de día y de noche
con el tesoro de su rica brevedad. Y así, adquirida esta riqueza en el
camino hacia la eternidad y habitando en la Iglesia, podremos finalmen-
te descansar en la gloria del cuerpo de Cristo".
Salmo 15
Guárdame, oh Dios, pues me refugio en ti. Yo le he dicho: "Tú eres
mi Señor, no hay dicha para mí fuera de ti. Los dioses del país son sólo
mugre, ¡malditos sean los que los escogen y que corren tras ellos! Tan
sólo penas cosecharán. No les ofreceré libaciones de sangre ni llevaré
sus nombres a mis labios. El Señor es la herencia que me toca y mi
buena suerte: ¡guárdame mi parte!. El cordel repartidor me dejó lo me-
jor, ¡magnífica yo encuentro mi parcela!. Yo bendigo al Señor que me
aconseja, hasta de noche me instruye mi conciencia. Ante mí tengo
siempre al Señor, porque está a mi derecha jamás vacilaré. Por eso es-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 12
tá alegre mi corazón, mis sentidos rebosan de júbilo y aún mi carne
descansa segura: pues tú no darás mi alma a la muerte, ni dejarás que
se pudra tu amigo. Me enseñarás la senda de la vida, gozos y plenitud
en tu presencia, delicias para siempre a tu derecha.
Tenemos la oportunidad de meditar, después de haberlo escuchado
y convertido en oración, en un salmo de una fuerte tensión espiritual. A
pesar de las dificultades del texto, que se aprecian en el original hebreo
sobre todo en los primeros versículos, el Salmo 15 es un luminoso cán-
tico místico, como sugiere la profesión de fe del inicio: yo digo al Señor:
"Tú eres mi bien". Dios es visto como el único bien y, por este motivo, el
que ora decide formar parte de la comunidad de todos aquellos que son
fieles al Señor: los santos que hay en la tierra. Por este motivo, el sal-
mista rechaza radicalmente la tentación de la idolatría con sus ritos san-
guinarios y con sus invocaciones blasfemas. Es una opción clara y deci-
siva, que parece hacer eco a la del Salmo 72, otro canto de confianza
en Dios, conquistada a través de una fuerte y difícil opción moral:
¿Quién hay para mí en el cielo? Estando contigo no hallo gusto ya en la
tierra. . . Para mí, mi bien es estar junto a Dios; he puesto mi cobijo en
el Señor. Nuestro salmo desarrolla dos temas que son expresados a
través de tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la heredad, término
que cimienta los versículos 5 y 6: se habla de lote de mi heredad, mi
copa; suerte. Se usaban estos términos para describir el don de la tierra
prometida al pueblo de Israel. Nosotros sabemos ahora que la única tri-
bu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, pues el
Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara: El Señor es el
lote de mi heredad y mi copa. . . me encanta mi heredad. Por tanto, da
la impresión de ser un sacerdote que está proclamando la alegría de
estar totalmente entregado al servicio de Dios. San Agustín comenta: El
salmista no dice: "Dios, ¡dame una heredad! ¿Qué me darás como he-
redad?". Dice por el contrario: todo lo que me des fuera de ti no vale na-
da. Sé tu mismo mi heredad. Eres tú a quien yo amo. . . Buscar a Dios
en Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te
puede bastar. El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua
con el Señor. El salmista expresa la firme esperanza de se preservado
de la muerte para poder permanecer en la intimidad de Dios, pues ésta
no es posible en la muerte. Sus expresiones no ponen, sin embargo,
ningún límite a esta preservación; es más, pueden ser entendidas en la
línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna
con Dios. El orante utiliza dos símbolos. Ante todo, evoca el cuerpo: los
exegetas nos dicen que en el original hebreo se habla de riñones, sím-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 13
bolo de las pasiones y de la interioridad más escondida; de derecha,
signo de fuerza; de corazón, sede de la conciencia; incluso de hígado,
que expresa emotividad; de carne, que indica la existencia frágil del
hombre; y por último de aliento de vida. Se trata por tanto de la repre-
sentación de todo el ser de la persona, que no es absorbido ni aniquila-
do en la corrupción del sepulcro, sino que es mantenido en una vida
plena y feliz con Dios. Aparece, así, el segundo símbolo del Salmo 15,
el del camino: Me enseñarás el sendero de la vida. Es el camino que
conduce al gozo en tu presencia divina, a la alegría perpetua a tu dere-
cha. Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que
amplía la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá
de la muerte, en la vida eterna. De este modo, es fácil comprender por
qué el Salmo ha sido tomado por el Nuevo Testamento para hacer refe-
rencia a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pente-
costés, cita precisamente la segunda parte del himno con una luminosa
aplicación pascual y cristológica: Dios le resucitó [a Cristo] librándole de
los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su do-
minio. San Pablo hace referencia al Salmo 15 en el anuncio de la Pas-
cua de Cristo durante su discurso en la sinagoga de Antioquia de Pisi-
dia. También nosotros lo proclamamos desde esta perspectiva: No per-
mitirás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, des-
pués de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se
reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio aquel a
quien Dios resucitó [Jesucristo], no experimentó la corrupción.
Salmo 18
Los cielos cuentan la gloria del Señor, proclama el firmamento la
obra de sus manos. Un día al siguiente le pasa el mensaje y una noche
a la otra se lo hace saber. No hay discursos ni palabras ni voces que se
escuchen, mas por todo el orbe se capta su ritmo, y el mensaje llega
hasta el fin del mundo. Al sol le fijó una tienda en lontananza, de allí sa-
le muy alegre, como un esposo que deja su alcoba, como atleta, a co-
rrer su carrera. Sale de un extremo de los cielos y en su vuelta, que al-
canza al otro extremo, no hay nada que se escape a su calor. La ley del
Señor es perfecta, es remedio para el alma, toda declaración del Señor
es cierta y da al sencillo la sabiduría. Las ordenanzas del Señor son
rectas y para el corazón son alegría. Los mandamientos del Señor son
claros y son luz para los ojos. El temor del Señor es un diamante, que
dura para siempre; los juicios del Señor son verdad, y todos por igual se
verifican. Son más preciosos que el oro, valen más que montones de
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 14
oro fino; más que la miel es su dulzura, más que las gotas del panal.
También son luz para tu siervo, guardarlos es para mí una riqueza. Pe-
ro, ¿quién repara en sus deslices? Límpiame de los que se me esca-
pan. Guarda a tu siervo también de la soberbia, que nunca me domine.
Así seré perfecto y limpio de pecados graves. ¡Ojalá te gusten las pala-
bras de mi boca, esta meditación a solas ante ti, oh Señor, mi Roca y
Redentor!
Himno a Dios creador. El sol, con su resplandor progresivo en el
cielo, con el esplendor de su luz, con el calor benéfico de sus rayos, ha
conquistado a la humanidad desde sus orígenes. De muchas maneras
los seres humanos han manifestado su gratitud por esta fuente de vida
y de bienestar con un entusiasmo que en ocasiones alcanza la cima de
la auténtica poesía. El estupendo salmo 18, cuya primera parte se aca-
ba de proclamar, no sólo es una plegaria, en forma de himno, de singu-
lar intensidad; también es un canto poético al sol y a su irradiación so-
bre la faz de la tierra. En él el salmista se suma a la larga serie de can-
tores del antiguo Oriente Próximo, que exaltaba al astro del día que bri-
lla en los cielos y que en sus regiones permanece largo tiempo irradian-
do su calor ardiente. Basta pensar en el célebre himno a Atón, com-
puesto por el faraón Akenatón en el siglo 14 a. C. y dedicado al disco
solar, considerado como una divinidad. Pero para el hombre de la Biblia
hay una diferencia radical con respecto a estos himnos solares: el sol
no es un dios, sino una criatura al servicio del único Dios y creador.
Basta recordar las palabras del Génesis: "Dijo Dios: haya luceros en el
firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales
para solemnidades, días y años; (. . . ) Hizo Dios los dos luceros mayo-
res; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para
el dominio de la noche (. . . ) y vio Dios que estaba bien". Antes de repa-
sar los versículos del salmo elegidos por la liturgia, echemos una mira-
da al conjunto. El salmo 18 es como un dístico. En la primera parte -la
que se ha convertido ahora en nuestra oración- encontramos un himno
al Creador, cuya misteriosa grandeza se manifiesta en el sol y en la lu-
na. En cambio, en la segunda parte del Salmo hallamos un himno sa-
piencial a la Torah, es decir, a la Ley de Dios. Ambas partes están uni-
das por un hilo conductor común: Dios alumbra el universo con el fulgor
del sol e ilumina a la humanidad con el esplendor de su Palabra, conte-
nida en la Revelación bíblica. Se trata, en cierto sentido, de un sol do-
ble: el primero es una epifanía cósmica del Creador; el segundo es una
manifestación histórica y gratuita de Dios salvador. Por algo la Torah, la
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 15
Palabra divina, es descrita con rasgos "solares": "los mandatos del Se-
ñor son claros, dan luz a los ojos". Pero consideremos ahora la primera
parte del Salmo. Comienza con una admirable personificación de los
cielos, que el autor sagrado presenta como testigos elocuentes de la
obra creadora de Dios. En efecto, "proclaman", "pregonan" las maravi-
llas de la obra divina. También el día y la noche son representados co-
mo mensajeros que transmiten la gran noticia de la creación. Se trata
de un testimonio silencioso, pero que se escucha con fuerza, como una
voz que recorre todo el cosmos. Con la mirada interior del alma, con la
intuición religiosa que no se pierde en la superficialidad, el hombre y la
mujer pueden descubrir que el mundo no es mudo, sino que habla del
Creador. Como dice el antiguo sabio, "de la grandeza y hermosura de
las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor". También
san Pablo recuerda a los Romanos que "desde la creación del mundo,
lo invisible de Dios se deja ver a la inteligencia a través de sus obras".
Luego el himno cede el paso al sol. El globo luminoso es descrito por el
poeta inspirado como un héroe guerrero que sale del tálamo donde ha
pasado la noche, es decir, sale del seno de las tinieblas y comienza su
carrera incansable por el cielo. Se asemeja a un atleta que avanza in-
cansable mientras todo nuestro planeta se encuentra envuelto por su
calor irresistible. Así pues, el sol, comparado a un esposo, a un héroe, a
un campeón que, por orden de Dios, cada día debe realizar un trabajo,
una conquista y una carrera en los espacios siderales. Y ahora el sal-
mista señala al sol resplandeciente en el cielo, mientras toda la tierra se
halla envuelta por su calor, el aire está inmóvil, ningún rincón del hori-
zonte puede escapar de su luz. La liturgia pascual cristiana recoge la
imagen solar del Salmo para describir el éxodo triunfante de Cristo de
las tinieblas del sepulcro y su ingreso en la plenitud de la vida nueva de
la resurrección. La liturgia bizantina canta en los Maitines del Sábado
santo: "Como el sol brilla, después de la noche, radiante en su luminosi-
dad renovada, así también tú, oh Verbo, resplandecerás con un nuevo
fulgor cuando, después de la muerte, dejarás tu tálamo". Una oda (la
primera) de los Maitines de Pascua vincula la revelación cósmica al
acontecimiento pascual de Cristo: "Alégrese el cielo y goce la tierra,
porque el universo entero, tanto el visible como el invisible, participa en
esta fiesta: ha resucitado Cristo, nuestro gozo perenne". Y en otra oda
(la tercera) añade: "Hoy el universo entero -cielo, tierra y abismo- rebo-
sa de luz y la creación entera canta ya la resurrección de Cristo, nuestra
fuerza y nuestra alegría". Por último, otra (la cuarta) concluye: "Cristo,
nuestra Pascua, se ha alzado desde la tumba como un sol de justicia,
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 16
irradiando sobre todos nosotros el esplendor de su caridad". La liturgia
romana no es tan explícita como la oriental al comparar a Cristo con el
sol. Sin embargo, describe las repercusiones cósmicas de su resurrec-
ción, cuando comienza su canto de Laudes en la mañana de Pascua
con el famoso himno: "Aurora lucis rutilat, caelum resultat laudibus,
mundus exsultans iubilat, gemens infernus ululat": "La aurora resplande-
ce de luz, el cielo exulta con cantos de alabanza, el mundo se llena de
gozo, y el infierno gime con alaridos". En cualquier caso, la interpreta-
ción cristiana del Salmo no altera su mensaje básico, que es una invita-
ción a descubrir la palabra divina presente en la creación. Ciertamente,
como veremos en la segunda parte del Salmo, hay otra Palabra, más
elevada, más preciosa que la luz misma: la de la Revelación bíblica.
Con todo, para los que tienen oídos atentos y ojos abiertos, la creación
constituye en cierto sentido una primera revelación, que tiene un len-
guaje elocuente: es casi otro libro sagrado, cuyas letras son la multitud
de las criaturas presentes en el universo. San Juan Crisóstomo afirma:
"El silencio de los cielos es una voz más resonante que la de una trom-
peta: esta voz pregona a nuestros ojos, y no a nuestros oídos, la gran-
deza de Aquel que los ha creado". Y san Atanasio: "El firmamento, con
su grandeza, su belleza y su orden, es un admirable predicador de su
Artífice, cuya elocuencia llena el universo".
Salmo 23
Del Señor es la tierra y lo que contiene, el mundo y todos sus habi-
tantes; pues él la edificó sobre los mares, y la puso más arriba que las
aguas. ¿Quién subirá a la montaña del Señor? ¿quién estará de pie en
su santo recinto?. El de manos limpias y de puro corazón, el que no po-
ne su alma en cosas vanas ni jura con engaño. Ese obtendrá la bendi-
ción del Señor y la aprobación de Dios, su salvador. Así es la raza de
los que Le buscan, de los que buscan tu rostro, ¡Dios de Jacob!. ¡Ea
puertas, levanten sus dinteles, elévense, portones eternos, y que pase
el Rey de la gloria!. Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, el fuerte,
el poderoso, el Señor, valiente en la batalla. ¡Puertas, levanten sus din-
teles, elévense, portones eternos y que pase el Rey de la gloria!.
¿Quién es ese Rey de la gloria? Es Yahvé, Dios de los Ejércitos, él es
el Rey de la Gloria.
El Señor entra en su templo. El antiguo canto del pueblo de
Dios, que acabamos de escuchar, resonaba ante el templo de Jerusa-
lén. Para poder descubrir con claridad el hilo conductor que atraviesa
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 17
este himno es necesario tener muy presentes tres presupuestos funda-
mentales. El primero atañe a la verdad de la creación: Dios creó el mun-
do y es su Señor. El segundo se refiere al juicio al que somete a sus
criaturas: debemos comparecer ante su presencia y ser interrogados
sobre nuestras obras. El tercero es el misterio de la venida de Dios: vie-
ne en el cosmos y en la historia, y desea tener libre acceso, para enta-
blar con los hombres una relación de profunda comunión. Un comenta-
rista moderno ha escrito: "Se trata de tres formas elementales de la ex-
periencia de Dios y de la relación con Dios; vivimos por obra de Dios,
en presencia de Dios y podemos vivir con Dios". A estos tres presu-
puestos corresponden las tres partes del salmo 23, que ahora tratare-
mos de profundizar, considerándolas como tres paneles de un tríptico
poético y orante. La primera es una breve aclamación al Creador, al
cual pertenece la tierra, incluidos sus habitantes (vv. 1-2). Es una espe-
cie de profesión de fe en el Señor del cosmos y de la historia. En la anti-
gua visión del mundo, la creación se concebía como una obra arquitec-
tónica: Dios funda la tierra sobre los mares, símbolo de las aguas caóti-
cas y destructoras, signo del límite de las criaturas, condicionadas por
la nada y por el mal. La realidad creada está suspendida sobre este
abismo, y es la obra creadora y providente de Dios la que la conserva
en el ser y en la vida. Desde el horizonte cósmico la perspectiva del sal-
mista se restringe al microcosmos de Sión, "el monte del Señor". Nos
encontramos ahora en el segundo cuadro del salmo. Estamos ante el
templo de Jerusalén. La procesión de los fieles dirige a los custodios de
la puerta santa una pregunta de ingreso: "¿Quién puede subir al monte
del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?". Los sacerdotes -
como acontece también en algunos otros textos bíblicos llamados por
los estudiosos "liturgias de ingreso"- responden enumerando las condi-
ciones para poder acceder a la comunión con el Señor en el culto. No
se trata de normas meramente rituales y exteriores, que es preciso ob-
servar, sino de compromisos morales y existenciales, que es necesario
practicar. Es casi un examen de conciencia o un acto penitencial que
precede la celebración litúrgica. Son tres las exigencias planteadas por
los sacerdotes. Ante todo, es preciso tener "manos inocentes y corazón
puro". "Manos" y "corazón" evocan la acción y la intención, es decir, to-
do el ser del hombre, que se ha de orientar radicalmente hacia Dios y
su ley. La segunda exigencia es "no mentir", que en el lenguaje bíblico
no sólo remite a la sinceridad, sino sobre todo a la lucha contra la idola-
tría, pues los ídolos son falsos dioses, es decir, "mentira". Así se reafir-
ma el primer mandamiento del Decálogo, la pureza de la religión y del
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 18
culto. Por último, se presenta la tercera condición, que atañe a las rela-
ciones con el prójimo: "No jurar contra el prójimo en falso". Como es sa-
bido, en una civilización oral como la del antiguo Israel, la palabra no
podía ser instrumento de engaño; por el contrario, era el símbolo de re-
laciones sociales inspiradas en la justicia y la rectitud. Así llegamos al
tercer cuadro, que describe indirectamente el ingreso festivo de los fie-
les en el templo para encontrarse con el Señor. En un sugestivo juego
de llamamientos, preguntas y respuestas, se presenta la revelación pro-
gresiva de Dios, marcada por tres títulos solemnes: "Rey de la gloria;
Señor valeroso, héroe de la guerra; y Señor de los ejércitos". A las
puertas del templo de Sión, personificadas, se las invita a alzar los din-
teles para acoger al Señor que va a tomar posesión de su casa. El es-
cenario triunfal, descrito por el salmo en este tercer cuadro poético, ha
sido utilizado por la liturgia cristiana de Oriente y Occidente para recor-
dar tanto el victorioso descenso de Cristo a los infiernos, del que habla
la primera carta de san Pedro, como la gloriosa ascensión del Señor
resucitado al cielo. El mismo salmo se sigue cantando, en coros que se
alternan, en la liturgia bizantina la noche de Pascua, tal como lo utiliza-
ba la liturgia romana al final de la procesión de Ramos, el segundo do-
mingo de Pasión. La solemne liturgia de la apertura de la Puerta santa
durante la inauguración del Año jubilar nos permitió revivir con intensa
emoción interior los mismos sentimientos que experimentó el salmista al
cruzar el umbral del antiguo templo de Sión. El último título: "Señor de
los ejércitos", no tiene, como podría parecer a primera vista, un carácter
marcial, aunque no excluye una referencia a los ejércitos de Israel. Por
el contrario, entraña un valor cósmico: el Señor, que está a punto de
encontrarse con la humanidad dentro del espacio restringido del santua-
rio de Sión, es el Creador, que tiene como ejército todas las estrellas
del cielo, es decir, todas las criaturas del universo que le obedecen. En
el libro del profeta Baruc se lee: "Brillan las estrellas en su puesto de
guardia, llenas de alegría; las llama él y dicen: "Aquí estamos". Y brillan
alegres para su Hacedor". El Dios infinito, todopoderoso y eterno, se
adapta a la criatura humana, se le acerca para encontrarse con ella, es-
cucharla y entrar en comunión con ella. Y la liturgia es la expresión de
este encuentro en la fe, en el diálogo y en el amor.
Salmo 26
A ti, Señor, elevo mi alma, a ti que eres mi Dios. En ti he confiado,
que no quede avergonzado ni se rían de mí mis enemigos. Los que es-
peran en ti no serán confundidos, pero sí lo serán quienes te mienten.
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 19
Haz, Señor, que conozca tus caminos, muéstrame tus senderos. En tu
verdad guía mis pasos, instrúyeme, tú que eres mi Dios y mi Salvador.
Te estuve esperando todo el día, sé bueno conmigo y acuérdate de mí.
Acuérdate que has sido compasivo y generoso desde toda la eternidad.
No recuerdes las faltas ni los extravíos de mi juventud; pero acuérdate
de mí según tu amor. El Señor es bueno y recto; por eso muestra el ca-
mino a los que han pecado. Dirige los pasos de los humildes, y muestra
a los sencillos el camino. Amor y lealtad son todos sus caminos, para el
que guarda su alianza y sus mandatos. ¡Rinde honor a tu nombre, Se-
ñor, y perdona mi deuda, que es muy grande!. En cuanto un hombre
teme al Señor, él le enseña a escoger su camino. Su alma en la dicha
morará, y sus hijos heredarán la tierra. El secreto del Señor es para
quien lo teme, le da el conocimiento de su alianza. Mis ojos nunca se
apartan del Señor, pues él saca mis pies de la trampa. Mírame y ten
compasión de mí, que estoy solo y desvalido. Afloja lo que aprieta mi
corazón y hazme salir de mis angustias. Contempla mi miseria y mi fati-
ga y quítame de encima todos mis pecados. Mira cuántos son mis
enemigos y con qué odio violento me persiguen. Defiende mi vida, líbra-
me: no quede confundido de haber confiado en ti. Integridad y rectitud
me guardarán, en ti, Señor, he puesto mi confianza. Oh Dios, redime a
Israel de todas sus angustias. Nuestro recorrido a través de las Víspe-
ras se reanuda hoy con el Salmo 26, que la liturgia distribuye en dos
pasajes. Reflexionaremos ahora en la primera parte de este díctico poé-
tico y espiritual que tiene como telón de fondo el templo de Sión, sede
del culto de Israel. De hecho, el salmista habla explícitamente de la ca-
sa del Señor, del templo, de la morada. En el original hebreo, estos tér-
minos indican más precisamente el tabernáculo y la tienda, es decir, el
corazón mismo del templo, en el que el Señor se revela con su presen-
cia y palabra. Se evoca también la roca de Sión, lugar de seguridad y
de refugio, y se alude a la celebración de los sacrificios de acción de
gracias. Si la liturgia es la atmósfera espiritual en la que está sumergido
el Salmo, el hilo conductor de la oración es la confianza en Dios, ya sea
en el día del gozo, ya sea en momentos de miedo. La primera parte del
Salmo, que ahora meditamos, está marcada por una gran serenidad,
basada en la confianza en Dios en el día tenebroso del asalto de los
malvados. Las imágenes utilizadas para describir a estos adversarios,
que son el signo del mal que contamina la historia, son de dos clases.
Por un lado, parece presentarse una imagen de caza feroz: los malva-
dos son como fieras que avanzan para agarrar a su presa y desgarrar
su carne, pero tropiezan y caen (versículo 2). Por otro lado, se presenta
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 20
el símbolo militar de un asalto de toda una armada: es una batalla que
estalla con ímpetu sembrando terror y muerte (versículo 3). La vida del
creyente es sometida con frecuencia a tensiones y contestaciones, en
ocasiones también al rechazo e incluso a la persecución. El comporta-
miento del hombre justo fastidia, pues resuena como una admonición
para los prepotentes y perversos. Lo reconocen sin ambigüedades los
impíos descritos por el Libro de la Sabiduría: el justo es un reproche de
nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida dis-
tinta de todas y sus caminos son extraños. El fiel es consciente de que
la coherencia crea aislamiento y provoca incluso desprecio y hostilidad
en una sociedad que escoge con frecuencia como estandarte la ventaja
personal, el éxito exterior, la riqueza, el goce desenfrenado. Sin embar-
go, él no está solo y su corazón mantiene una paz interior sorprendente,
pues -como dice la espléndida antífona de apertura del Salmo -El Señor
es mi luz y mi salvación. Repite continuamente: ¿a quién temeré?. . .
¿quién me hará temblar?. . . mi corazón no tiembla. . . me siento tran-
quilo. Parece ser un eco de las palabras de san Pablo que proclaman:
Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?. Pero la tranquilidad
interior, la fortaleza de espíritu y la paz son un don que se obtiene refu-
giándose en el templo, es decir, recurriendo a la oración personal y co-
munitaria. El orante, de hecho, se pone en las manos de Dios y su sue-
ño queda expresado también por otro Salmo: habitaré en la casa del
Señor por años sin término. Entonces podrá gozar de la dulzura del Se-
ñor, contemplar y admirar el misterio divino, participar en la liturgia del
sacrificio y elevar sus alabanzas al Dios liberador. El Señor crea alrede-
dor del fiel un horizonte de paz, que excluye el estruendo del mal. La
comunión con Dios es manantial de serenidad, de alegría, de tranquili-
dad; es como entrar en un oasis de luz y de amor. Escuchemos como
conclusión de nuestra reflexión las palabras del monje Isaías, de origen
sirio, quien vivió en el desierto egipcio y murió en Gaza hacia el año
491. En su Asceticon, aplica nuestro Salmo a la oración en la tentación:
Si vemos que los enemigos nos rodean con su astucia, es decir, con la
acidia, debilitando nuestra alma en el placer, ya sea porque no contene-
mos nuestra cólera contra el prójimo cuando actúa contra su deber, o si
tientan nuestros ojos con la concupiscencia, o si quieren llevarnos a ex-
perimentar los placeres de gula, si hacen que para nosotros la palabra
del prójimo sean como el veneno, si nos hacen devaluar la palabra de
los demás, si nos inducen a diferenciar a los hermanos diciendo: "Este
es bueno, este es malo", si nos rodean de este modo, no nos desalente-
mos, más bien, gritemos como David con corazón firme diciendo: "El
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 21
Señor es la defensa de mi vida".
La Liturgia de las Vísperas ha dividido en dos partes el Salmo 26, si-
guiendo la estructura misma del texto que es parecida a la de un dícti-
co. Acabamos de proclamar la segunda parte de este canto de confian-
za que se eleva al Señor en el día tenebroso del asalto del mal. Son los
versículos 7 a 14 del Salmo: comienzan con un grito lanzado al Señor:
ten piedad, respóndeme; después expresan una intensa búsqueda del
Señor con el temor doloroso de sentirse abandonado por él; por último,
presentan ante nuestros ojos un horizonte dramático en el que los mis-
mos afectos familiares desfallecen, mientras aparecen enemigos, ad-
versarios, testigos falsos. Pero también ahora, como en la primera parte
del Salmo, el elemento decisivo es la confianza del que ora en el Señor
que salva en la prueba y ofrece su apoyo en la tempestad. En este sen-
tido, es bellísimo el llamamiento que se dirige a sí mismo al final el sal-
mista: Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.
También en otros Salmos estaba viva la certeza de que del Señor se
obtiene fortaleza y esperanza: a los fieles protege el Señor. . . ¡Valor,
que vuestro corazón se afirme, vosotros todos que esperáis en el Se-
ñor!. El profeta Oseas exhortaba así a Israel: espera en tu Dios siem-
pre. Nos limitamos ahora a destacar tres símbolos de gran intensidad
espiritual. El primero de carácter negativo es el de la pesadilla de los
enemigos. Son descritos como una bestia que acecha a su presa y,
después, de manera más directa, como testigos falsos que parecen re-
soplar violencia por la nariz, como las fieras ante sus víctimas. Por tan-
to, en el mundo hay un mal agresivo, que tiene por guía e inspirador a
Satanás, como recuerda san Pedro: vuestro adversario, el Diablo, ronda
como león rugiente, buscando a quién devorar. La segunda imagen ilus-
tra claramente la confianza serena del fiel, a pesar del abandono inclu-
so por parte de los padres: Si mi padre y mi madre me abandonan, el
Señor me recogerá. También en la soledad y en la pérdida de los afec-
tos más queridos, el orante nunca está totalmente solo porque sobre él
se inclina Dios misericordioso. El pensamiento se dirige a un célebre
pasaje del profeta Isaías que atribuye a Dios sentimientos de compa-
sión y de ternura más que materna: ¿Acaso olvida una mujer a su niño
de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque
ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido. A todas las personas ancianas,
enfermas, olvidadas de todos, a las que nadie dará nunca una caricia,
recordemos estas palabras del salmista y del profeta para que sientan
cómo la mano paterna y materna del Señor toca silenciosamente y con
amor sus rostros sufrientes y quizá regados por las lágrimas. Llegamos
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 22
así al tercer y último símbolo, repetido en varias ocasiones por el Sal-
mo: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu ros-
tro. El rostro de Dios es, por tanto, la meta de la búsqueda espiritual del
orante. Al final emerge una certeza indiscutible, la de poder gozar de la
dicha del Señor (versículo 13). En el lenguaje de los salmos, buscar el
rostro del Señor es con frecuencia sinónimo de la entrada en el templo
para celebrar y experimentar la comunión con el Dios de Sión. Pero la
expresión comprende también la exigencia mística de la intimidad divina
a través de la oración. En la liturgia, por tanto, y en la oración personal,
se nos concede la gracia de intuir ese rostro que nunca podremos ver
directamente durante nuestra existencia terrena. Pero Cristo nos ha re-
velado, de manea accesible, el rostro divino y ha prometido que en el
encuentro definitivo de la eternidad -como nos recuerda san Juan- le
veremos tal cual es. Y san Pablo añade: Entonces veremos cara a cara.
Al comentar este Salmo, el gran escritor cristiano del siglo 3, Orígenes,
escribe: Si un hombre busca el rostro del Señor, verá la gloria del Señor
de manera desvelada y, al hacerse igual que los ángeles, verá siempre
el rostro del Padre que está en los cielos. Y san Agustín, en su comen-
tario a los Salmos, continúa de este modo la oración del salmista: No he
buscado en ti algún premio que esté fuera de ti, sino tu rostro. "Tu rostro
buscaré, Señor". Con perseverancia insistiré en esta búsqueda; no bus-
caré otra cosa insignificante, sino tu rostro, Señor, para amarte gratuita-
mente, ya que no encuentro nada más valioso. . . "No te alejes airado
de tu siervo" para que buscándote no me encuentre con otra cosa.
¿Qué pena puede ser más dura que ésta para quien ama y busca la
verdad de tu rostro?.
Salmo 28
¡Tributen a Yahvé, hijos de Dios, tributen a Yahvé gloria y poder!. De-
vuelvan al Señor la gloria de su Nombre, adoren al Señor en solemne
liturgia. ¡Voz del Señor sobre las aguas! retumba el trueno del Dios de
majestad: es el Señor, por encima del diluvio. Voz del Señor, llena de
fuerza, voz del Señor, voz esplendorosa. Voz del Señor: ¡ha partido los
cedros! El Señor derriba los cedros del Líbano. Hace saltar como un no-
villo al Líbano, y al monte Sarón como búfalo joven. Voz del Señor: ¡se
ha tallado relámpagos!. Voz del Señor que sacude el desierto; estreme-
ce el Señor el desierto de Cadés. Voz del Señor: ¡ha doblegado encinas
y ha arrancado la corteza de los bosques! En su templo resuena una
sola voz: ¡Gloria!. El Señor dominaba el diluvio, el Señor se ha sentado
como rey y por siempre. El Señor dará fuerza a su pueblo, dará a su
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 23
pueblo bendiciones de paz.
El Señor proclama solemnemente su palabra. Algunos estudio-
sos consideran el salmo 28, que acabamos de proclamar, como uno de
los textos más antiguos del Salterio. Es fuerte la imagen que lo sostiene
en su desarrollo poético y orante: en efecto, se trata de la descripción
progresiva de una tempestad. Se indica en el original hebraico con un
vocablo, qol, que significa simultáneamente "voz" y "trueno". Por eso
algunos comentaristas titulan este texto: "el salmo de los siete truenos",
a causa del número de veces que resuena en él ese vocablo. En efecto,
se puede decir que el salmista concibe el trueno como un símbolo de la
voz divina que, con su misterio trascendente e inalcanzable, irrumpe en
la realidad creada hasta estremecerla y asustarla, pero que en su signi-
ficado más íntimo es palabra de paz y armonía. El pensamiento va aquí
al capítulo 12 del cuarto evangelio, donde la muchedumbre escucha co-
mo un trueno la voz que responde a Jesús desde el cielo. La Liturgia de
las Horas, al proponer el salmo 28 para la plegaria de Laudes, nos invi-
ta a tomar una actitud de profunda y confiada adoración de la divina
Majestad. Son dos los momentos y los lugares a los que el cantor bíbli-
co nos lleva. Ocupa el centro la representación de la tempestad que se
desencadena a partir de "las aguas torrenciales" del Mediterráneo. Las
aguas marinas, a los ojos del hombre de la Biblia, encarnan el caos que
atenta contra la belleza y el esplendor de la creación, hasta corroerla,
destruirla y abatirla. Así, al observar la tempestad que arrecia, se des-
cubre el inmenso poder de Dios. El orante ve que el huracán se despla-
za hacia el norte y azota la tierra firme. Los altísimos cedros del monte
Líbano y del monte Siryón, llamado a veces Hermón, son descuajados
por los rayos y parecen saltar bajo los truenos como animales asusta-
dos. Los truenos se van acercando, atraviesan toda la Tierra Santa y
bajan hacia el sur, hasta las estepas desérticas de Cadés. Después de
este cuadro de fuerte movimiento y tensión se nos invita a contemplar,
por contraste, otra escena que se representa al inicio y al final del sal-
mo. Al temor y al miedo se contrapone ahora la glorificación adorante
de Dios en el templo de Sión. Hay casi un canal de comunicación que
une el santuario de Jerusalén y el santuario celestial: en estos dos ám-
bitos sagrados hay paz y se eleva la alabanza a la gloria divina. Al ruido
ensordecedor de los truenos sigue la armonía del canto litúrgico; el te-
rror da paso a la certeza de la protección divina. Ahora Dios "se sienta
por encima del aguacero (. . . ) como rey eterno", es decir, como el Se-
ñor y el Soberano supremo de toda la creación. Ante estos dos cuadros
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 24
antitéticos, el orante es invitado a hacer una doble experiencia. En pri-
mer lugar, debe descubrir que el hombre no puede comprender y domi-
nar el misterio de Dios, expresado con el símbolo de la tempestad. Co-
mo canta el profeta Isaías, el Señor, a semejanza del rayo o la tempes-
tad, irrumpe en la historia sembrando el pánico en los malvados y en los
opresores. Bajo la intervención de su juicio, los adversarios soberbios
son descuajados como árboles azotados por un huracán o como cedros
destrozados por los rayos divinos. Desde esta perspectiva resulta evi-
dente lo que un pensador moderno, Rudolph Otto, definió lo tremendum
de Dios, es decir, su trascendencia inefable y su presencia de juez justo
en la historia de la humanidad. Esta cree vanamente que puede oponer-
se a su poder soberano. También María exaltará en el Magníficat este
aspecto de la acción de Dios: "Él hace proezas con su brazo: dispersa a
los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos". Con todo,
el salmo nos presenta otro aspecto del rostro de Dios: el que se descu-
bre en la intimidad de la oración y en la celebración de la liturgia. Según
el pensador citado, es lo fascinosum de Dios, es decir, la fascinación
que emana de su gracia, el misterio del amor que se derrama sobre el
fiel, la seguridad serena de la bendición reservada al justo. Incluso ante
el caos del mal, ante las tempestades de la historia y ante la misma có-
lera de la justicia divina, el orante se siente en paz, envuelto en el man-
to de protección que la Providencia ofrece a quien alaba a Dios y sigue
sus caminos. En la oración se conoce que el Señor desea verdadera-
mente dar la paz. En el templo se calma nuestra inquietud y desaparece
nuestro terror; participamos en la liturgia celestial con todos "los hijos de
Dios", ángeles y santos. Y por encima de la tempestad, semejante al
diluvio destructor de la maldad humana, se alza el arco iris de la bendi-
ción divina, que recuerda "la alianza perpetua entre Dios y toda alma
viviente, toda carne que existe sobre la tierra". Este es el principal men-
saje que brota de la relectura "cristiana" del salmo. Si los siete "truenos"
de nuestro salmo representan la voz de Dios en el cosmos, la expresión
más alta de esta voz es aquella con la cual el Padre, en la teofanía del
bautismo de Jesús, reveló su identidad más profunda de "Hijo amado".
San Basilio escribe: "Tal vez, más místicamente, "la voz del Señor so-
bre las aguas" resonó cuando vino una voz de las alturas en el bautis-
mo de Jesús y dijo: "Este es mi Hijo amado". En efecto, entonces el Se-
ñor aleteaba sobre muchas aguas, santificándolas con el bautismo. El
Dios de la gloria tronó desde las alturas con la voz alta de su testimonio
(. . . ). Y también se puede entender por "trueno" el cambio que, des-
pués del bautismo, se realiza a través de la gran "voz" del Evangelio".
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 25
Salmo 29
Te alabaré, Señor, porque me has levantado y muy poco se han reí-
do mis contrarios. Señor, Dios mío, clamé a ti y tu me sanaste. Señor,
me has sacado de la tumba, me iba a la fosa y me has vuelto a la vida.
Que sus fieles canten al Señor, y den gracias a su Nombre santo. Por-
que su enojo dura unos momentos, y su bondad toda una vida. Al caer
la tarde nos visita el llanto, pero a la mañana es un grito de alegría.
Cuando me iba bien, decía entre mí: "Nada jamás me perturbará". Por
tu favor, Señor, yo me mantenía como plantado en montes poderosos;
apenas escondiste tu rostro, vacilé. A ti clamé, Señor, a mi Dios supli-
qué.
"¿Qué ganas si me muero y me bajan al hoyo? ¿Podrá cantar el pol-
vo tu alabanza o pregonar tu fidelidad?. ¡Escúchame, Señor, y ten pie-
dad de mí; sé, Señor, mi socorro!. Tu has cambiado mi duelo en una
danza, me quitaste el luto y me ceñiste de alegría. Así mi corazón te
cantará sin callarse jamás ¡Señor, mi Dios, por siempre te alabaré!
Una intensa y suave acción de gracias se eleva a Dios desde el cora-
zón de quien reza, después de desvanecerse en él la pesadilla de la
muerte. Este es el sentimiento que emerge con fuerza en el Salmo 29,
que acaba de resonar en nuestros oídos y, sin duda, también en nues-
tros corazones. Este himno de gratitud posee una gran fineza literaria y
se basa en una serie de contrastes que expresan de manera simbólica
la liberación obtenida gracias al Señor. De este modo, al descenso a la
fosa se le opone la salida del abismo; a su cólera que dura un instante
le sustituye su bondad de por vida; al lloro del atardecer le sigue el júbi-
lo de la mañana; al luto le sigue la danza, al sayal luctuoso el vestido de
fiesta. Pasada, por tanto, la noche de la muerte, surge la aurora del
nuevo día. Por este motivo, la tradición cristiana ha visto este Salmo co-
mo un canto pascual. Lo atestigua la cita de apertura que la edición del
texto litúrgico de las Vísperas toma de una gran escritor monástico del
siglo IV, Juan Casiano: Cristo da gracias al padre por su resurrección
gloriosa. El que ora se dirige en varias ocasiones al Señor -al menos
ocho veces-, ya sea para anunciar que le alabará, ya sea para recordar
el grito que le ha dirigido en tiempos de prueba y su intervención libera-
dora, ya sea para invocar nuevamente su misericordia. En otro pasaje,
el orante invita a los fieles a elevar himnos al Señor para darle gracias.
Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la
pesadilla pasada y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro
que ha quedado atrás es grave y todavía provoca escalofríos; el recuer-
do del sufrimiento pasado es todavía claro y vivo; hace muy poco tiem-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 26
po que se ha enjugado el llanto de los ojos. Pero ya ha salido la aurora
del nuevo día; a la muerte le ha seguido la perspectiva de la vida que
continúa. El Salmo demuestra de este modo que no tenemos que ren-
dirnos ante la oscuridad de la desesperación, cuando parece que todo
está perdido. Pero tampoco hay que caer en la ilusión de salvarnos so-
los, por nuestras propias fuerzas. El salmista, de hecho, está tentado
por la soberbia y la autosuficiencia: Yo pensaba muy seguro: "no vacila-
ré jamás". Los Padres de la Iglesia también reflexionaron sobre esta
tentación que se presenta en tiempos de bienestar, y descubrieron en la
prueba un llamamiento divino a la humildad. Es lo que dice, por ejem-
plo, Fulgencio, obispo de Ruspe, en su Carta 3, dirigida a la religiosa
Proba, en la que comenta este pasaje del Salmo con estas palabras: El
salmista confesaba que en ocasiones se enorgullecía de estar sano,
como si fuera mérito suyo, y que así descubría el peligro de una enfer-
medad gravísima. De hecho, dice: ¡"Yo pensaba muy seguro: 'no vacila-
ré jamás'"! Y, dado que al decir esto, había sido abandonado del apoyo
de la gracia divina, y turbado, cayó en su enfermedad, siguió diciendo:
"Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste
tu rostro, y quedé desconcertado". Para mostrar que la ayuda de la gra-
cia divina, aunque ya se cuente con ella, tiene que ser de todos modos
invocada humildemente sin interrupción, añade: "A ti, Señor, llamo, su-
plico a mi Dios". Nadie pide ayuda si no reconoce su necesidad, ni cree
que puede conservar lo que posee confiando sólo en sus propias fuer-
zas. Después de haber confesado la tentación de soberbia experimen-
tada en tiempos de prosperidad, el salmista recuerda la prueba que le
siguió, diciendo al Señor: escondiste tu rostro, y quedé desconcertado.
Quien ora recuerda entonces la manera en que imploró al Señor: gritó,
pidió ayuda, suplicó que le preservara de la muerte, ofreciendo como
argumento el hecho de que la muerte no ofrece ninguna ventaja a Dios,
pues los muertos no son capaces de alabar a Dios, no tienen ya ningún
motivo para proclamar la fidelidad de Dios, pues han sido abandonados
por Él. Podemos encontrar este mismo argumento en el Salmo 87, en el
que el orante, ante la muerte, le pregunta a Dios: ¿Se anuncia en el se-
pulcro tu misericordia, o tu fidelidad en el reino de la muerte?. Del mis-
mo modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y después curado, de-
cía a Dios: El Seol no te alaba ni la Muerte te glorifica. . . , El que vive,
el que vive, ése te alaba. El Antiguo Testamento expresaba de este mo-
do el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y
hacía referencia a los numerosos casos en los que fue alcanzada esta
victoria: personas amenazadas de morir de hambre en el desierto, pri-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 27
sioneros que escaparon a la pena de muerte, enfermos curados, mari-
neros salvados de naufragio. Ahora bien, se trataba de victorias que no
eran definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba imponerse. La as-
piración a la victoria se ha mantenido siempre a pesar de todo y se con-
virtió al final en una esperanza de resurrección. Es la satisfacción de
que esta aspiración poderosa ha sido plenamente asegurada con la re-
surrección de Cristo, por la que nunca daremos suficientemente gracias
a Dios.
Salmo 31
Dichoso el que es absuelto de pecado y cuya culpa le ha sido borra-
da. Dichoso el hombre aquel a quien Dios no le nota culpa alguna y en
cuyo espíritu no se halla engaño. Hasta que no lo confesaba, se consu-
mían mis huesos, gimiendo todo el día. Tu mano día y noche pesaba
sobre mí, mi corazón se transformó en rastrojo en pleno calor del ve-
rano. Te confesé mi pecado, no te escondí mi culpa. Yo dije:" Ante el
Señor confesaré mi falta". Y tú, tu perdonaste mi pecado, condonaste
mi deuda. Por eso el varón santo te suplica en la hora de la angustia.
Aunque las grandes aguas se desbordasen, no lo podrán alcanzar. Tú
eres un refugio para mí, me guardas en la prueba, y me envuelves con
tu salvación. "Yo te voy a instruir, te enseñaré el camino, te cuidaré, se-
ré tu consejero. No sean como el caballo o como el burro faltos de inteli-
gencia, cuyo ímpetu dominas con la rienda y el freno. " Muchos son los
dolores del impío, pero al que confía en el Señor lo envolverá la gracia.
Buenos, estén contentos en el Señor, y ríanse de gusto; todos los de
recto corazón, canten alegres.
Dichoso el que está absuelto de su culpa. Esta bienaventuranza, con
la que comienza el Salmo 31 que se acaba de proclamar, nos permite
comprender inmediatamente el motivo por el que ha sido introducido
por la tradición cristiana en la serie de los siete salmos penitenciales.
Tras la doble bienaventuranza del inicio, no nos encontramos ante una
reflexión genérica sobre el pecado y el perdón, sino ante el testimonio
personal de un convertido. La composición del Salmo es más bien com-
pleja: tras el testimonio personal, se presentan dos versículos que ha-
blan de peligro, de oración y de salvación, después viene una promesa
divina de consejo y una advertencia. Por último, se enuncia un dicho
sapiencial antitético y una invitación a alegrarse en el Señor. En esta
ocasión, retomaremos sólo algunos elementos de esta composición.
Ante todo, el que ora describe la penosa situación de conciencia en que
se encontraba cuando callaba: habiendo cometido graves culpas, no
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 28
tenía el valor de confesar a Dios sus pecados. Era un tormento interior
terrible, descrito con imágenes impresionantes. Se le consumían los
huesos bajo la fiebre desecante, el calor asfixiante atenazaba su vigor
disolviéndolo, su gemido era constante. El pecador sentía sobre él el
peso de la mano de Dios, consciente de que Dios no es indiferente ante
el mal perpetrado por la criatura, pues él es el guardián de la justicia y
de la verdad. Al no poder resistir más, el pecador decide confesar su
culpa con una declaración valiente, que parece una anticipación de la
del hijo pródigo en la parábola de Jesús. Dice con corazón sincero: con-
fesaré al Señor mi culpa. Son pocas palabras, pero nacen de la con-
ciencia; Dios responde inmediatamente con un perdón generoso. El
profeta Jeremías dirigía este llamamiento de Dios: Vuelve, Israel após-
tata, dice el Señor; no estará airado mi semblante contra vosotros, por-
que piadoso soy, no guardo rencor para siempre. Tan sólo reconoce tu
culpa, pues contra el Señor tu Dios te rebelaste. Se abre de este modo
ante todo fiel arrepentido y perdonado un horizonte de seguridad, de
confianza, de paz, a pesar de las pruebas de la vida. Puede llegar toda-
vía el momento de la angustia, pero el oleaje del miedo no prevalecerá,
pues el Señor conducirá a su fiel hasta un lugar seguro: Tú eres mi refu-
gio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación. En este
momento, el Señor toma la palabra para prometer que guiará al peca-
dor convertido. No es suficiente con purificarse; es necesario caminar
por el camino recto. Por eso, al igual que en el libro de Isaías, el Señor
promete: Te enseñaré el camino que has de seguir y hace una invita-
ción a la docilidad. El llamamiento se hace apremiante y algo irónico
con la llamativa comparación del mulo y del caballo, símbolos de la obs-
tinación. La verdadera sabiduría, de hecho, lleva a la conversión, dejan-
do a las espaldas el vicio y su oscuro poder de atracción. Pero sobre
todo, lleva a gozar de esa paz que surge de ser liberados y perdonados.
San Pablo, en la Carta a los Romanos, se refiere explícitamente al inicio
de nuestro Salmo para celebrar la gracia liberadora de Cristo. Nosotros
podríamos aplicarlo al sacramento de la Reconciliación. En él, a la luz
del Salmo, se experimenta la conciencia del pecado, con frecuencia
ofuscada en nuestros días, y al mismo tiempo la alegría del perdón. Al
binomio delito-castigo, le sustituye el binomio delito-perdón, pues el Se-
ñor es un Dios que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado. 5. San
Cirilo de Jerusalén (siglo IV) utilizará el Salmo 31 para mostrar a los ca-
tecúmenos la profunda renovación del Bautismo, purificación radical de
todo pecado. También él exaltará con las palabras del salmista la mise-
ricordia divina. Concluimos nuestra catequesis con sus palabras: Dios
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 29
es misericordioso y no escatima su perdón. . . El cúmulo de tus pecados
no será más grande que la misericordia de Dios, la gravedad de tus he-
ridas no superará las capacidades del sumo Médico, con tal de que te
abandones en él con confianza. Manifiesta al médico tu enfermedad, y
dirígele las palabras que pronunció David: "Confesaré mi culpa al Se-
ñor, tengo siempre presente mi pecado". De este modo, lograrás que se
haga realidad: "Has perdonado la maldad de mi corazón".
Salmo 32
Buenos, festejen al Señor, pues los justos le deben alabar. Denle
gracias, tocando la guitarra, y al son del arpa entónenle canciones. En-
tonen para él un canto nuevo, acompañen la ovación con bella música.
Pues recta es la palabra del Señor, y verdad toda obra de sus manos.
El ama la justicia y el derecho, y la tierra está llena de su gracia. Por su
palabra surgieron los cielos, y por su aliento todas las estrellas. Jun-
ta el agua del mar como en un frasco, y almacena las aguas del
océano. Tema al Señor la tierra entera, y tiemblen ante él sus habitan-
tes, pues él habló y todo fue creado, lo ordenó y las cosas existieron.
Malogra los proyectos de los pueblos y deshace los planes de las nacio-
nes. Pero el proyecto del Señor subsiste siempre, sus planes prosiguen
a lo largo de los siglos. Es feliz la nación cuyo Dios es el Señor, el pue-
blo que él escoge como herencia. Mira el Señor de lo alto de los cielos,
y contempla a los hijos de los hombres. Del lugar en que vive está ob-
servando a todos los que habitan en la tierra; él, que solo formó sus co-
razones, él, que escudriña todas sus acciones. No salva al rey lo inmen-
so de sus tropas, ni su gran fuerza libra al que combate. No es verdad
que un caballo sirva para triunfar, no salvará al jinete ni con todo su
brío. Está el ojo del Señor sobre los que le temen, y sobre los que espe-
ran en su amor, para arrancar sus vidas de la muerte y darles vida en
momentos de hambruna. En el Señor nosotros esperamos, él es nues-
tra defensa y nuestro escudo; en él se alegra nuestro corazón, en su
santo nombre tenemos confianza. Venga, Señor, tu amor sobre noso-
tros, como en ti pusimos nuestra confianza.
Un himno a la providencia de Dios. El salmo 32, dividido en 22
versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un
canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregna-
do de alegría desde sus primeras palabras: "Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cí-
tara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 30
nuevo, acompañando los vítores con bordones". Por tanto, esta aclama-
ción (tern'ah) va acompañada de música y es expresión de una voz in-
terior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es "nuevo",
no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina dentro de la
creación y de las situaciones humanas, sino también porque anticipa la
alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva,
cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa. San Basilio,
considerando precisamente el cumplimiento final en Cristo, explica así
este pasaje: "Habitualmente se llama "nuevo" a lo insólito o a lo que
acaba de nacer. Si piensas en el modo de la encarnación del Señor, ad-
mirable y superior a cualquier imaginación, cantas necesariamente un
cántico nuevo e insólito. Y si repasas con la mente la regeneración y la
renovación de toda la humanidad, envejecida por el pecado, y anuncias
los misterios de la resurrección, también entonces cantas un cántico
nuevo e insólito". En resumidas cuentas, según san Basilio, la invitación
del salmista, que dice: "Cantad al Señor un cántico nuevo", para los cre-
yentes en Cristo significa: "Honrad a Dios, no según la costumbre anti-
gua de la "letra", sino según la novedad del "espíritu". En efecto, quien
no valora la Ley exteriormente, sino que reconoce su "espíritu", canta
un "cántico nuevo". El cuerpo central del himno está articulado en tres
partes, que forman una trilogía de alabanza. En la primera se celebra la
palabra creadora de Dios. La arquitectura admirable del universo, se-
mejante a un templo cósmico, no surgió y ni se desarrolló a consecuen-
cia de una lucha entre dioses, como sugerían ciertas cosmogonías del
antiguo Oriente Próximo, sino sólo gracias a la eficacia de la palabra
divina. Precisamente como enseña la primera página del Génesis: "Dijo
Dios. . . Y así fue". En efecto, el salmista repite: "Porque él lo dijo, y
existió; él lo mandó, y surgió". El orante atribuye una importancia parti-
cular al control de las aguas marinas, porque en la Biblia son el signo
del caos y el mal. El mundo, a pesar de sus límites, es conservado en el
ser por el Creador, que, como recuerda el libro de Job, ordena al mar
detenerse en la playa: "¡Llegarás hasta aquí, no más allá; aquí se rom-
perá el orgullo de tus olas!". El Señor es también el soberano de la his-
toria humana, como se afirma en la segunda parte del salmo 32, en los
versículos 10-15. Con vigorosa antítesis se oponen los proyectos de las
potencias terrenas y el designio admirable que Dios está trazando en la
historia. Los programas humanos, cuando quieren ser alternativos, in-
troducen injusticia, mal y violencia, en contraposición con el proyecto
divino de justicia y salvación. Y, a pesar de sus éxitos transitorios y apa-
rentes, se reducen a simples maquinaciones, condenadas a la disolu-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 31
ción y al fracaso. En el libro bíblico de los Proverbios se afirma sintética-
mente: "Muchos proyectos hay en el corazón del hombre, pero sólo el
plan de Dios se realiza". De modo semejante, el salmista nos recuerda
que Dios, desde el cielo, su morada trascendente, sigue todos los itine-
rarios de la humanidad, incluso los insensatos y absurdos, e intuye to-
dos los secretos del corazón humano. "Dondequiera que vayas, hagas
lo que hagas, tanto en las tinieblas como a la luz del día, el ojo de Dios
te mira", comenta san Basilio. Feliz será el pueblo que, acogiendo la re-
velación divina, siga sus indicaciones de vida, avanzando por sus sen-
deros en el camino de la historia. Al final sólo queda una cosa: "El plan
del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad
en edad". La tercera y última parte del Salmo vuelve a tratar, desde dos
perspectivas nuevas, el tema del señorío único de Dios sobre la historia
humana. Por una parte, invita ante todo a los poderosos a no engañar-
se confiando en la fuerza militar de los ejércitos y la caballería; por otra,
a los fieles, a menudo oprimidos, hambrientos y al borde de la muerte,
los exhorta a esperar en el Señor, que no permitirá que caigan en el
abismo de la destrucción. Así, se revela la función también
"catequística" de este salmo. Se transforma en una llamada a la fe en
un Dios que no es indiferente a la arrogancia de los poderosos y se
compadece de la debilidad de la humanidad, elevándola y sosteniéndo-
la si tiene confianza, si se fía de él, y si eleva a él su súplica y su ala-
banza. "La humildad de los que sirven a Dios -explica también san Basi-
lio- muestra que esperan en su misericordia. En efecto, quien no confía
en sus grandes empresas, ni espera ser justificado por sus obras, tiene
como única esperanza de salvación la misericordia de Dios". El Salmo
concluye con una antífona que es también el final del conocido himno
Te Deum: "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo
esperamos de ti". La gracia divina y la esperanza humana se encuen-
tran y se abrazan. Más aún, la fidelidad amorosa de Dios (según el va-
lor del vocablo hebraico original usado aquí, hésed), como un manto,
nos envuelve, calienta y protege, ofreciéndonos serenidad y proporcio-
nando un fundamento seguro a nuestra fe y a nuestra esperanza.
Salmo 35
Sólo el pecado habla al impío en el fondo de su corazón; ¡ningún te-
mor de Dios ante sus ojos!. Se mira con tan buen concepto, que se nie-
ga a admitir su culpa. Sus palabras son fraude y maldad; renunció a ser
sensato, a obrar el bien. Hasta en su lecho rumia sus maldades; se obs-
tina en el camino que no es bueno, no renuncia al mal. Señor, tu amor
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 32
está sobre los cielos y tu fidelidad pasa las nubes. Como los altos mon-
tes es tu justicia, y tus decretos como los abismos; Señor, tú ayudas a
hombres y animales: ¡qué valiosa es tu gracia! A ti acuden los hijos de
Adán debajo de tus alas se refugian; se sacian con lo mejor de tu casa,
y le quitas la sed en tu río de delicias. En ti se halla la fuente de la vida,
y es por tu luz que vemos la luz. Conserva tu amor a los que te cono-
cen, tus premios a los de recto corazón. Que no me aplaste el pie del
orgulloso, ni me atrape la mano del impío. ¡Ahí están, cayeron los mal-
hechores, fueron tumbados y no pueden levantarse!
Malicia del pecador, bondad del Señor. Cada persona, al iniciar
una jornada de trabajo y de relaciones humanas, puede adoptar dos ac-
titudes fundamentales: elegir el bien o ceder al mal. El salmo 35, que
acabamos de escuchar, presenta precisamente estas dos posturas anti-
téticas. Algunos, muy temprano, ya desde antes de levantarse, traman
proyectos inicuos; otros, por el contrario, buscan la luz de Dios, "fuente
de la vida". Al abismo de la malicia del malvado se opone el abismo de
la bondad de Dios, fuente viva que apaga la sed y luz que ilumina al fiel.
Por eso, son dos los tipos de hombres descritos en la oración del salmo
que acabamos de proclamar y que la Liturgia de las Horas nos propone
para las Laudes del miércoles de la primera semana. El primer retrato
que el salmista nos presenta es el del pecador. En su interior -como di-
ce el original hebreo- se encuentra el "oráculo del pecado". La expre-
sión es fuerte. Hace pensar en una palabra satánica, que, en contraste
con la palabra divina, resuena en el corazón y en la lengua del malvado.
En él el mal parece tan connatural a su realidad íntima, que aflora en
palabras y obras. Pasa sus jornadas eligiendo "el mal camino", comen-
zando ya de madrugada, cuando aún está "acostado", hasta la noche,
cuando está a punto de dormirse. Esta elección constante del pecador
deriva de una opción que implica toda su existencia y engendra muerte.
Pero al salmista le interesa sobre todo el otro retrato, en el que desea
reflejarse: el del hombre que busca el rostro de Dios. Eleva un auténtico
himno al amor divino, que concluye pidiendo ser liberado de la atracción
oscura del mal y envuelto para siempre por la luz de la gracia. Este can-
to presenta una verdadera letanía de términos que celebran los rasgos
del Dios de amor: gracia, fidelidad, justicia, juicio, salvación, sombra de
tus alas, abundancia, delicias, vida y luz. Conviene subrayar, en particu-
lar, cuatro de estos rasgos divinos, expresados con términos hebreos
que tienen un valor más intenso que los correspondientes en las traduc-
ciones de las lenguas modernas. Ante todo está el término hésed,
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 33
"gracia", que es a la vez fidelidad, amor, lealtad y ternura. Es uno de los
términos fundamentales para exaltar la alianza entre el Señor y su pue-
blo. Y es significativo que se repita 127 veces en el Salterio, más de la
mitad de todas las veces que esta palabra aparece en el resto del Anti-
guo Testamento. Luego viene el término 'emunáh, que deriva de la mis-
ma raíz de amén, la palabra de la fe, y significa estabilidad, seguridad y
fidelidad inquebrantable. Sigue, a continuación, el término sedaqáh, la
"justicia", que tiene un significado fundamentalmente salvífico: es la acti-
tud santa y providente de Dios que, con su intervención en la historia,
libra a sus fieles del mal y de la injusticia. Por último, encontramos el
término mishpát, el "juicio", con el que Dios gobierna sus criaturas, incli-
nándose hacia los pobres y oprimidos, y doblegando a los arrogantes y
prepotentes. Se trata de cuatro palabras teológicas, que el orante repite
en su profesión de fe, mientras sale a los caminos del mundo, con la
seguridad de que tiene a su lado al Dios amoroso, fiel, justo y salvador.
Además de los diversos títulos con los que exalta a Dios, el salmista uti-
liza dos imágenes sugestivas. Por una parte, la abundancia de alimen-
to, que hace pensar ante todo en el banquete sagrado que se celebraba
en el templo de Sión con la carne de las víctimas de los sacrificios.
También están la fuente y el torrente, cuyas aguas no sólo apagan la
sed de la garganta seca, sino también la del alma. El Señor sacia y apa-
ga la sed del orante, haciéndolo partícipe de su vida plena e inmortal.
La otra imagen es la del símbolo de la luz: "tu luz nos hace ver la luz".
Es una luminosidad que se irradia, casi "en cascada", y es un signo de
la revelación de Dios a su fiel. Así aconteció a Moisés en el Sinaí y así
sucede también al cristiano en la medida en que "con el rostro descu-
bierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, se va transfor-
mando en esa misma imagen". En el lenguaje de los salmos "ver la luz
del rostro de Dios" significa concretamente encontrar al Señor en el
templo, donde se celebra la plegaria litúrgica y se escucha la palabra
divina. También el cristiano hace esta experiencia cuando celebra las
alabanzas del Señor al inicio de la jornada, antes de afrontar los cami-
nos, no siempre rectos, de la vida diaria.
Salmo 41
Como anhela la cierva estar junto al arroyo, así mi alma desea, Se-
ñor, estar contigo. Sediento estoy de Dios, del Dios de vida; ¿cuándo iré
a contemplar el rostro del Señor?. Lágrimas son mi pan de noche y día,
cuando oigo que me dicen sin cesar: "¿Dónde quedó su Dios?". Es un
desahogo para mi alma, acordarme de aquel tiempo, en que iba con los
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 34
nobles hasta la casa de Dios, entre vivas y cantos de la turba feliz.
¿Qué te abate, alma mía; ¿por qué gimes en mí? Pon tu confianza en
Dios que aún le cantaré a mi Dios Salvador. Mi alma está deprimida,
por eso te recuerdo desde el Jordán y el Hermón a ti, humilde colina. El
eco de tus cascadas resuena en los abismos, tus torrentes y tus olas
han pasado sobre mí. Quiera Dios dar su gracia de día, y de noche a
solas le cantaré, oraré al Dios de mi vida. A Dios, mi Roca, le hablo:
¿Por qué me has olvidado? ¿Por qué debo andar triste, bajo la opresión
del enemigo?. Mis adversarios me insultan y se me quiebran los huesos
al oír que a cada rato me dicen: "¿Dónde quedó tu Dios?". ¿Qué te aba-
te, alma mía; por qué gimes en mí? Pon tu confianza en Dios que aún le
cantaré a mi Dios salvador.
Una cierva sedienta, con la garganta reseca, lanza su lamento ante
el árido desierto, anhelando las aguas frescas de un riachuelo. Con esta
célebre imagen comienza el Salmo 41, que acaba de ser entonado. En
ella, podemos constatar una especie de símbolo de la profunda espiri-
tualidad de esta composición, auténtica joya de fe y poesía. En realidad,
según los expertos en el Salterio, nuestro Salmo debe ser relacionado
íntimamente con el sucesivo, el 42, del que fue dividido cuando los Sal-
mos fueron colocados en orden para formar el libro de oración del Pue-
blo de Dios. De hecho, ambos Salmos --además de estar unidos por el
tema y el desarrollo-- están salpicados por la misma antífona: ¿Por qué
te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios que vol-
verás a alabarlo: "Salud de mi rostro, Dios mío". Este llamamiento, repe-
tido dos veces en nuestro Salmo, y en una tercera ocasión en el sucesi-
vo, es una invitación que se dirige a sí mismo el orante para superar la
melancolía por medio de la confianza en Dios, que ciertamente se mani-
festará de nuevo como Salvador. Pero volvamos a la imagen de inicio
del Salmo, que podría meditarse con agrado con el fondo musical del
canto gregoriano o de esa obra maestra polífónica, el Sicut cervus de
Pierluigi da Palestrina. La cierva sedienta es, de hecho, el símbolo de
quien reza, que tiende con todo su ser, cuerpo y espíritu, hacia el Se-
ñor, experimentado como lejano y al mismo tiempo necesario: mi alma
tiene sed de Dios, del Dios vivo. En hebreo, una sola palabra, nefesh,
indica al mismo tiempo el alma y la garganta. Por tanto, podemos decir
que el alma y el cuerpo de quien reza quedan involucrados en el deseo
primario, espontáneo, substancial de Dios. No es casualidad el que se
haya dado una larga tradición que describe la oración como respiración:
como algo originario, necesario, fundamental, aliento vital. Orígenes,
gran autor cristiano del siglo III, explicaba que la búsqueda de Dios por
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 35
parte del hombre es una empresa que no termina nunca, pues en ella
siempre son posibles y necesarios nuevos progresos. En una de sus
Homilías sobre el libro de los Números, escribe: Quienes recorren el ca-
mino de la sabiduría de Dios no construyen casas estables, sino tiendas
de campaña, pues viven de viajes continuos, progresando siempre ha-
cia adelante, y cuanto más progresan, más camino se les abre ante sí,
descubriendo un horizonte que se pierde en la inmensidad. Tratemos
de intuir ahora la trama de esta súplica, como si estuviera dividida en
tres actos, dos de los cuales forman parte de nuestro Salmo, mientras
que el último se desarrollará en el Salmo siguiente, el 42, sobre el que
meditaremos sucesivamente. La primera escena expresa la profunda
nostalgia suscitada por el recuerdo de un pasado en el que se vivía la
felicidad de las bellas celebraciones litúrgicas hoy inaccesibles: Recuer-
do otros tiempos, y desahogo mi alma conmigo: cómo marchaba a la
cabeza del grupo, hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y ala-
banza, en el bullicio de la fiesta. La casa de Dios con su liturgia es ese
templo de Jerusalén al que en el pasado iba el fiel, pero es también la
sede de la intimidad con Dios manantial de agua viva, como canta Jere-
mías. Ahora, sólo mana de sus pupilas el agua de las lágrimas por la
lejanía de la fuente de la vida. La oración festiva de entonces, elevada
al Señor durante el culto en el templo, es sustituida ahora por el llanto,
el lamento, la imploración. Por desgracia, un presente triste se opone a
aquel pasado gozoso y sereno. El Salmista se encuentra ahora lejos de
Sión: el horizonte que lo circunda es el de Galilea, la región septentrio-
nal de la Tierra Santa, como sugiere la mención a los manantiales del
Jordán, de la cumbre del Hermón de la que mana este río, y de otra
montaña para nosotros desconocida, el Monte Menor. Nos encontra-
mos, por tanto, más o menos en el área en la que se encuentran las ca-
taratas del Jordán, pequeñas cascadas con las que comienza el recorri-
do de este río que atraviesa toda la Tierra Prometida. Estas aguas, sin
embargo, no quitan la sed como las de Sión. A los ojos del Salmista,
son más bien como las aguas caóticas del diluvio, que lo destruyen to-
do. Siente como si se le echaran encima, como un torrente impetuoso
que aniquila la vida: tus torrentes y tus olas me han arrollado. En la Bi-
blia, de hecho, el caos y el mal e incluso el mismo juicio divino son re-
presentados como un diluvio que genera destrucción y muerte. Esta
irrupción se explica después con su significado simbólico: el de los per-
versos, los adversarios del orante, los paganos quizá, que viven en esta
región remota en la que el fiel es relegado. Desprecian al justo y se ríen
de su fe preguntándole irónicamente: ¿Dónde está tu Dios?. Y lanza a
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 36
Dios su angustiosa pregunta: ¿por qué me olvidas?. Ese porqué dirigido
al Señor, que parece ausentarse en el día de la prueba, es típico de las
súplicas bíblicas. Ante estos labios secos que gritan, ante este alma
atormentada, ante este rostro que está a punto de quedar sumergido
por un mar de fango, ¿podrá quedar enmudecido Dios? ¡Claro que no!
El orante se anima, por tanto, y recobra de nuevo la esperanza. El ter-
cer acto, constituido por el Salmo sucesivo, el 42, será una invocación
confiada dirigida a Dios y utilizará expresiones gozosas y llenas de re-
conocimiento: Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría.
Salmo 42
Hazme justicia, oh Dios, y defiende mi causa del hombre sin piedad;
de la gente tramposa y depravada líbrame, tú, Señor. Si tú eres el Dios
de mi refugio:¿por qué me desamparas? ¿por qué tengo que andar tan
afligido bajo la presión del enemigo?. Envíame tu luz y tu verdad: que
ellas sean mi guía y a tu santa montaña me conduzcan, al lugar donde
habitas. Al altar de Dios me acercaré, al Dios de mi alegría; jubiloso con
arpa cantaré al Señor, mi Dios. ¿Qué tienes alma mía, qué te abate, por
qué gimes en mí? Confía en Dios, que aún le cantaré a mi Dios salva-
dor.
En una audiencia general de hace algún tiempo, comentando el Sal-
mo que precede al que acabamos de cantar, decíamos que está íntima-
mente unido al Salmo sucesivo. Los Salmos 41 y 42 constituyen, de he-
cho, un único canto, separado en tres partes por la misma antífona:
¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en
Dios, que volverás a alabarlo: "Salud de mi rostro, Dios mío". Estas pa-
labras, parecidas a un soliloquio, expresan los sentimientos profundos
del Salmista. Se encuentra lejos de Sión, punto de referencia de su
existencia por ser la sede privilegiada de la presencia divina y del culto
de los fieles. Siente, por ello, una soledad hecha de incomprensión e
incluso de agresión por parte de los impíos, agravada por el aislamiento
y por el silencio por parte de Dios. El Salmista, sin embargo, reacciona
ante la tristeza con una invitación a la confianza, que se dirige a sí mis-
mo, y con una bella afirmación de esperanza: confía en poder alabar
todavía a Dios, salud de mi rostro. En el Salmo 42, en vez de dirigirse
sólo a sí mismo, como en el Salmo precedente, el Salmista se dirige a
Dios y le pide que le defienda contra los adversarios. Retomando casi al
pie de la letra una invocación anunciada en el otro Salmo, el orante diri-
ge esta vez su grito desolado a Dios: ¿por qué me rechazas?, ¿por qué
voy andando sombrío, hostigado por mi enemigo?. Sin embargo, experi-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 37
menta ya que el paréntesis oscuro de la lejanía está a punto de acabar
y expresa la certeza del regreso a Sión para volver a encontrar la mora-
da divina. La ciudad santa ya no es la patria perdida, como sucedía en
el lamento del Salmo precedente, sino la meta gozosa hacia la que ca-
mina. El guía hacia el regreso a Sión será la verdad de Dios y su luz. El
mismo Señor será el final último de su viaje. Es invocado como juez y
defensor. Tres verbos marcan su llamamiento de imploración: Hazme
justicia, defiende mi causa, sálvame. Son como tres estrellas de espe-
ranza que se encienden en el cielo tenebroso de la prueba y señalan la
inminente aurora de la salvación. Es significativa la relectura que san
Ambrosio hace de esta esperanza del Salmista, aplicándola a Jesús, en
la oración de Getsemaní: No quiero que te maravilles si el profeta dice
que su alma está convulsionada, pues el mismo Señor Jesús dice:
"Ahora, mi alma está turbada". Quien ha cargado con nuestras debilida-
des, ha asumido también nuestra sensibilidad, y por este motivo siente
una tristeza de muerte, pero no por la muerte. No habría podido provo-
car amargura una muerte voluntaria, de la que dependía la felicidad de
todos los hombres. . . Por tanto, estaba triste hasta la muerte, en espera
de que la gracia llegara a su cumplimiento. Lo demuestra su mismo tes-
timonio, cuando dice al hablar de su muerte: "Hay un bautismo en el
que debo ser bautizado: y ¡qué angustia siento hasta que se cumpla!".
Ahora, en el Salmo 42, el Salmista está a punto de descubrir la satisfac-
ción tan suspirada: el regreso al manantial de la vida y de la comunión
con Dios. La verdad, es decir, la fidelidad amorosa del Señor, y la luz,
es decir, la revelación de su benevolencia, son representadas como
mensajeras que Dios mismo enviará desde el cielo para llevar de la
mano al fiel y conducirlo hacia la meta deseada. Sumamente elocuente
es la secuencia de las etapas de acercamiento a Sión y a su centro es-
piritual. Primero aparece el monte santo, la colina en la que se eleva el
templo y la ciudadela de David. Después se presenta la morada, es de-
cir, el santuario de Sión con todos los edificios que lo componen. Luego
viene el altar de Dios, la sede de los sacrificios y del culto oficial de todo
el pueblo. La meta última y decisiva es el Dios de la alegría, es el abra-
zo, la intimidad recuperada con Él, antes lejano y silencioso. En ese
momento, todo se convierte en canto, alegría, fiesta. En el original he-
breo se habla del Dios que es alegría de mi júbilo. Es una expresión se-
mítica para expresar el superlativo: el Salmista quiere subrayar que el
Señor es la raíz de toda felicidad, es la alegría suprema, es la plenitud
de la paz. La traducción griega de Los Setenta ha recurrido, según pa-
rece, a un término equivalente en arameo que indica la juventud y ha
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 38
traducido al Dios que alegra mi juventud, introduciendo así la idea de
frescura y de intensidad de la alegría que da el Señor. El salterio latino
de la Vulgata, que es una traducción hecha del griego, dice por tanto:
ad Deum qui laetificat juventutem meam. De este modo, el Salmo era
recitado a los pies del altar, en la precedente liturgia eucarística, como
invocación introductiva al encuentro con el Señor. El lamento inicial de
la antífona de los Salmos 41 y 42 resuena por última vez ya al final. El
orante no ha llegado todavía al templo de Dios, está todavía envuelto
en la oscuridad de la prueba; pero en ese momento en sus ojos brilla ya
la luz del encuentro futuro y sus labios perciben ya la tonalidad del can-
to de alegría. Al llegar a ese punto, el llamamiento se caracteriza sobre
todo por la esperanza. Observa, de hecho, san Agustín al comentar
nuestro Salmo: "Espera en Dios", responderá a su alma quien se siente
turbado por ella. . . Vive mientras tanto en la esperanza. La esperanza
que se ve no es esperanza; pero si esperamos lo que no vemos es gra-
cias a la paciencia de lo que esperamos. El Salmo se convierte, enton-
ces, en la oración de quien peregrina sobre la tierra y se encuentra to-
davía en contacto con el mal y con el sufrimiento, pero tiene la certeza
de que el punto de llegada de la historia no es el abismo, la muerte,
sino el encuentro salvífico con Dios. Esta certeza es todavía más fuerte
para los cristianos, a quienes la Carta a los Hebreos proclama: Voso-
tros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad de Dios
vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y
asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez uni-
versal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a
Jesús, mediador de una nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de
una sangre que habla mejor que la de Abel.
Salmo 44
Lleno me siento de palabras bellas, recitaré al rey, yo, mi poema: mi
lengua es como un lápiz de escritor. Tú eres el más hermoso entre los
hombres, en tus labios la gracia se derrama, así Dios te bendijo para
siempre. Cíñete ya la espada, poderoso, con gloria y con honor. anda y
cabalga por la causa de la verdad, la piedad y el derecho. Haces
proezas con armas en la mano: tus flechas son agudas, los pueblos se
te rinden; los enemigos del rey pierden coraje. Tu trono, oh Dios, es fir-
me para siempre. Cetro de rectitud es el de tu reinado. Amas lo justo y
odias lo que es malo; por eso Dios, tu Dios, te dio a ti solo una unción
con perfumes de alegría como no se la dio a tus compañeros. Mirra y
áloe impregnan tus vestidos, el son del arpa alegra tu casa de marfil.
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 39
Hijas de reyes son tus muy amadas, una reina se sienta a tu derecha,
oro de Ofir en sus vestiduras luce. Ahora tú, hija, atiéndeme y escucha:
olvida a tu pueblo y la casa de tu padre, y tu hermosura al rey conquis-
tará. El es tu Señor: los grandes de Tiro ante él se postrarán. Ahí vienen
los ricos del país a rendirte homenaje. La hija del rey, con oro engalana-
da, es introducida al interior, vestida de brocados al rey es conducida.
La siguen sus compañeras vírgenes que te son presentadas. Escolta-
das de alegría y júbilo, van entrando al palacio real. En lugar de tus pa-
dres tendrás hijos, que en todas partes príncipes serán. Gracias a mí yo
quiero que tu nombre viva de una a otra generación y que los pueblos
te aclamen para siempre.
Recito mis versos a mi rey: estas palabras del inicio del Salmo 44
orientan al lector sobre el carácter fundamental de este himno. El escri-
ba de la corte que lo compuso nos revela inmediatamente que se trata
de un canto en honor del soberano judío. Es más, al recorrer los ver-
sículos de la composición, se puede ver que se está en presencia de un
epitalamio, es decir, un cántico nupcial. Los estudiosos han tratado de
identificar las coordenadas históricas del Salmo, basándose en indicios,
como la relación de la reina con la ciudad fenicia de Tiro, pero sin lograr
identificar de manera precisa a la pareja real. Es de destacar que habla
de un rey judío, pues esto ha permitido a la tradición judía transformar
el texto en un canto al rey Mesías, y a la cristiana releer el salmo en cla-
ve cristológica y, a causa de la presencia de la reina, también en una
perspectiva mariológica. La Liturgia de las Vísperas nos presenta este
salmo como oración, dividiéndolo en dos partes. Acabamos de escu-
char la primera que, tras la introducción del escriba autor del texto ya
evocada, presenta un espléndido retrato del rey que está a punto de ce-
lebrar su boda. Por este motivo, el judaísmo ha visto en el Salmo 44 un
canto nupcial, que exalta la belleza y la intensidad del don del amor en-
tre los cónyuges. En particular, la mujer puede repetir con el Cantar de
los Cantares: Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado. Yo soy
para mi amado y mi amado es para mí. Se traza el perfil del esposo real
de manera solemne, recurriendo a una escena de corte. Lleva las insig-
nias militares, a las que se añaden suntuosos vestidos perfumados,
mientras en el fondo brillan los edificios revestidos de marfil con sus sa-
las grandiosas en las que resuena la música. En el centro, se eleva el
trono y se menciona el cetro, dos signos del poder y de la investidura
real. Quisiéramos subrayar dos elementos. Ante todo, la belleza del es-
poso, signo de un esplendor interior y de la bendición divina. Eres el
más bello de los hombres (versículo 3). Precisamente en virtud de este
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 40
versículo, la tradición cristiana representó a Cristo en forma de hombre
perfecto y fascinante. En un mundo, que con frecuencia está marcado
por la fealdad y la degradación, esta imagen constituye una invitación a
volver a encontrar la vía de la belleza, en la fe, en la teología, y en la
vida social para elevarse hacia la belleza divina. Ahora bien, la belleza
no es un fin en sí misma. La segunda característica que quisiéramos
proponer afecta precisamente al encuentro entre la belleza y la justicia.
De hecho, el soberano, su cabalga por la verdad y la justicia; ama la
justicia y odia la impiedad, y de rectitud es tu cetro real. Hay que armo-
nizar la belleza con la bondad y la santidad de vida para que resplan-
dezca en el mundo el rostro luminoso de Dios bueno, admirable y justo.
En el versículo 7, según los expertos, el apelativo Dios, estaría dirigido
al mismo rey, pues era consagrado por el Señor y, por tanto, pertenecía
en cierto sentido al área divina: Tu trono, oh Dios, permanece para
siempre. O quizá podría ser una invocación al único rey supremo, el Se-
ñor, que se inclina sobre el rey Mesías. Lo cierto es que la Carta a los
Hebreos, al aplicar este Salmo a Cristo, no duda en atribuir la divinidad
plena y no simplemente simbólica al Hijo, que ha entrado en su gloria.
Siguiendo esta interpretación cristológica, concluimos haciendo referen-
cia a la voz de los Padres de la Iglesia, que atribuyen a cada uno de los
versículos valores espirituales. De este modo, al comentar la frase del
Salmo que dice el Señor te bendice eternamente, haciendo referencia al
rey Mesías, san Juan Crisóstomo hizo esta aplicación cristológica: El
primer Adán fue colmado de una maldición grandísima; el segundo por
el contrario de una duradera bendición. Aquél escuchó: "maldito sea el
suelo por tu causa", y de nuevo: "Maldito quien haga el trabajo del Se-
ñor con dejadez", y "Maldito quien no mantenga las palabras de esta
Ley, poniéndolas en práctica" y "Maldito el colgado del madero". ¿Ves
cuántas maldiciones? De todas estas maldiciones te ha liberado Cristo,
al hacerse maldición: al humillarse para elevarte y al morir para hacerte
inmortal, se convirtió en maldición para llenarte de bendiciones. ¿Qué
puedes comparar a esta bendición, que por medio de una maldición te
imparte una bendición? Él no tenía necesidad de bendición, pero te la
entrega. El dulce retrato femenino que se nos ha presentado constituye
el segundo pasaje del díctico que compone el Salmo 44, un sereno y
gozoso canto nupcial, que nos propone leer la Liturgia de las Vísperas.
Después de haber contemplado al rey que está celebrando su boda,
nuestros ojos se concentran ahora en la figura de la reina esposa. Esta
perspectiva nupcial nos permite dedicar este Salmo a todas las parejas
que viven con intensidad y frescura interior su matrimonio, signo de un
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 41
gran misterio, como sugiere san Pablo, el del amor del Padre por la hu-
manidad y el de Cristo por su Iglesia. Ahora bien, el Salmo ofrece otro
horizonte. En la escena aparece el rey judío en el que la tradición judía
sucesiva ha visto el perfil del Mesías davídico, mientras que el cristia-
nismo ha transformado el himno en un canto en honor de Cristo. Nues-
tra atención se concentra ahora, sin embargo, en el perfil de la reina
que el poeta de la corte, autor del Salmo, presenta con gran delicadeza
y sentimiento. La indicación de la ciudad fenicia de Tiro permite suponer
que se trata de una princesa extranjera. Se entiende así el llamamiento
a olvidar al pueblo y a la casa del padre, de los que ha tenido que ale-
jarse la princesa. La vocación nupcial constituye un giro en la vida y
cambia la existencia, como ya se puede ver en el libro del Génesis: Por
eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se
hacen una sola carne. La esposa reina avanza ahora, con su cortejo
nupcial que lleva los regalos hacia el rey prendando de su belleza. Es
significativa la insistencia con la que el salmista exalta a la mujer: es be-
llísima y esta magnificencia es expresada por el vestido de novia, de
perlas y brocado. La Biblia ama la belleza como reflejo del esplendor
del mismo Dios, incluso los vestidos pueden ser signos de una luz inte-
rior resplandeciente, del candor del alma. El pensamiento se dirige pa-
ralelamente, por un lado, a las admirables páginas del Cantar de los
Cantares y, por otro, al pasaje del Apocalipsis que describe las bodas
del Cordero, es decir, de Cristo con la comunidad de los redimidos, en
las que se subraya el valor simbólico de los trajes de bodas: han llega-
do las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha
concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura - el lino son las
buenas acciones de los santos. Junto a la belleza, se exalta la alegría
que se refleja en el séquito de vírgenes compañeras, las damas que
acompañan a la novia entre alegría y algazara. El gozo genuino, mucho
más profundo que la simple alegría, es expresión del amor, que partici-
pa en el bien de la persona amada con serenidad de corazón. Ahora,
según los auspicios conclusivos, se perfila otra realidad radicalmente
inherente al matrimonio: la fecundidad. Se habla, de hecho, de hijos y
de generaciones. El futuro, no sólo de la dinastía, sino de la humanidad,
tiene lugar precisamente porque la pareja ofrece al mundo nuevas cria-
turas. Se trata de un tema importante y actual en Occidente, a menudo
incapaz de asegurar su propia existencia en el futuro a través de la ge-
neración y cuidado de las nuevas criaturas que continúen la civilización
de los pueblos y realicen la historia de la salvación. Como es sabido,
muchos Padres de la Iglesia han aplicado el retrato de la reina a María,
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 42
comenzando por el llamamiento inicial: Escucha, hija, mira: inclina el
oído…. Así sucede, por ejemplo, en la Homilía sobre la Madre de Dios
de Crisipo de Jerusalén, un capadocio que fue en Palestina uno de los
monjes iniciadores del monasterio de san Eutimio y que, una vez sacer-
dote, fue guardián de la santa Cruz en la basílica de la Anástasis en Je-
rusalén. Te dedico mi discurso -afirma dirigiéndose a María-, esposa del
grande soberano; te dedico mi discurso a ti que vas a concebir al Verbo
de Dios, del modo que Él sabe. . . "Escucha, hija, mira: inclina el oído";
de hecho, se verifica el grandioso anuncio de la redención del mundo.
Inclina tu oído y lo que escucharás levantará tu corazón. . . "Olvida tu
pueblo y la casa paterna": no prestes atención a la parentela terrena,
pues serás transformada en una reina celeste. Y escucha -dice- para
darte cuenta de cómo te ama el Creador y Señor de todo. "Prendado
está el rey de tu belleza", dice: el mismo Padre te escogerá por esposa;
el Espíritu dispondrá todas las condiciones necesarias para este matri-
monio. . . No creas que darás a luz un niño humano, pues "te postrarás
ante él, que él es tu señor". Tu creador se ha convertido en tu niño; lo
concebirás y lo adorarás junto a los demás como a tu Señor.
Salmo 45
Dios es nuestro refugio y fortaleza, socorro siempre a mano en mo-
mentos de angustia. Por eso, si hay temblor no temeremos, o si al fon-
do del mar caen los montes; aunque sus aguas rujan y se encrespen y
los montes a su ímpetu retiemblen: El Señor Sabaot está con nosotros,
es nuestro baluarte el Dios de Jacob. Un río, sus brazos regocijan a la
ciudad de Dios, santifica las moradas del Altísimo. Dios está en ella, no
puede ceder, Dios la socorre al despuntar la aurora. Los pueblos bra-
maban, los reinos en marcha se ponían … El eleva su voz y el mundo
se hunde. El Señor Sabaot está con nosotros, es nuestro baluarte el
Dios de Jacob. Vengan a ver las hazañas del Señor, y los estragos que
causó a la tierra. Pone fin a la guerra en todo el país, rompe el arco y en
dos parte la lanza y consume los carros en el fuego. Paren y reconoz-
can que soy Dios, muy por encima de los pueblos y muy alto sobre la
tierra. El Señor Sabaot está con nosotros, es nuestro baluarte el Dios
de Jacob.
Acabamos de escuchar el primero de los seis himnos a Sión que
contiene el Salterio. El Salmo 45, al igual que otras composiciones
análogas, es una celebración de la ciudad santa de Jerusalén, la ciudad
de Dios, donde el Altísimo consagra su morada, pero expresa sobre to-
do una confianza inquebrantable en Dios que es nuestro refugio y nues-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 43
tra fuerza, poderoso defensor en el peligro. El Salmo evoca las más tre-
mendas catástrofes para afirmar la fuerza de la intervención victoriosa
de Dios, que da plena seguridad. A causa de la presencia de Dios, Je-
rusalén no vacila; Dios le socorre. Recuerda al oráculo del profeta Sofo-
nías que se dirige a Jerusalén y le dice: ¡Lanza gritos de gozo, hija de
Sión, lanza clamores, Israel, alégrate y exulta de todo corazón, hija de
Jerusalén! [. . . ] El Señor tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso sal-
vador! Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con
gritos de júbilo, como en los días de fiesta. El Salmo 45 está dividido en
dos grandes partes por una especie de antífona, que resuena en los
versículos 8 y 12: El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro
alcázar es el Dios de Jacob. El título Señor de los ejércitos es típico del
culto hebreo en el templo de Sión y, a pesar de su aspecto marcial, liga-
do al arca de la alianza, hace referencia al Señorío de Dios en el cos-
mos y en la historia. Este título es, por tanto, manantial de confianza,
porque el mundo entero y todas su vicisitudes están bajo el supremo
gobierno del Señor. Este Señor está, por tanto, con nosotros, como si-
gue dice la antífona, con una implícita referencia al Emmanuel, el Dios-
con-nosotros. La primera parte del himno se centra en el símbolo del
agua y tiene un doble significado contrastante. Por un lado, de hecho,
se desencadenan las aguas tempestuosas que en el lenguaje bíblico
son símbolo de las devastaciones del caos y del mal. Hacen temblar las
estructuras del ser y del universo, simbolizadas por montes, azotados
por una especie de diluvio destructor. Por otro lado, sin embargo, apa-
recen las aguas refrescantes de Sión, ciudad colocada sobre áridos
montes, pero regada por acequias. El salmista, si bien alude a las fuen-
tes de Jerusalén, como la de Siloé, ve en ella un signo de la vida que
prospera en la ciudad santa, de su fecundidad espiritual, de su fuerza
regeneradora. Por este motivo, a pesar de las zozobras de la historia
que hacen temblar a los pueblos y que sacuden a los reinos, el fiel en-
cuentra en Sión la paz y la serenidad que proceden de la comunión con
Dios. La segunda parte del Salmo esboza de este modo un mundo
transformado. El mismo Señor desde su trono en Sión interviene con el
máximo vigor contra las guerras y establece la paz que todos anhelan.
El versículo 10 de nuestro himno -Pone fin a la guerra hasta el extremo
del orbe, rompe los arcos, quiebra las lanzas, prende fuego a los escu-
dos- recuerda espontáneamente a Isaías. También el profeta cantó el
final de la carrera de armamentos y la transformación de los instrumen-
tos bélicos de muerte en medios para el desarrollo de los pueblos: For-
jarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levan-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 44
tará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra. La
tradición cristiana ha ensalzado con este Salmo a Cristo, nuestra paz y
nuestro liberador del mal a través de su muerte y resurrección. Es suge-
rente el comentario cristológico de san Ambrosio al versículo 6 del Sal-
mo 45, que describe el auxilio ofrecido a la ciudad del Señor al despun-
tar la aurora. El célebre Padre de la Iglesia percibe en él una alusión
profética a la resurrección. De hecho, explica, la resurrección matutina
nos procura la ayuda celeste. Habiendo rechazado la noche, nos ha
traído el día, como dice la Escritura: Despierta, álzate y sal de entre los
muertos! Y resplandecerá en ti la luz de Cristo. ¡Observa el sentido mís-
tico! En el atardecer tuvo lugar la pasión de Cristo. . . En la aurora la re-
surrección. . . En el atardecer del mundo es asesinado, cuando fenece
la luz, pues este mundo yacía en tinieblas y hubiera quedado sumergido
en el horror de tinieblas todavía más oscuras si no hubiera venido del
cielo Cristo, luz de eternidad, para volver a traer la edad de la inocencia
al género humano. El Señor Jesús sufrió, por tanto, y con su sangre
perdonó nuestros pecados, refulgió la luz con la conciencia más limpia y
brilló el día de una gracia espiritual.
Salmo 46
Aplaudan, pueblos todos, aclamen a Dios con voces de alegría. pues
el Señor, el altísimo, es terrible, es un gran rey en toda la tierra. Bajo
nuestro yugo pone a las naciones y los pueblos a nuestros pies; él eligió
para nosotros nuestra herencia, orgullo de Jacob, su muy amado. Dios
sube entre fanfarrias, para el Señor resuenan los cuernos; canten, can-
ten a Dios; entonen salmos a nuestro rey; a Dios que es el rey de toda
la tierra, cántenle un himno de alabanza. Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su santo trono. Los jefes de los pueblos se han unido
con el pueblo del Dios de Abrahán; porque él es el señor de los grandes
de la tierra, él es Dios y es muy excelso.
El Señor, Rey del universo. " El Señor es sublime y terrible, em-
perador de toda la tierra". Esta aclamación inicial es repetida con tonos
diferentes en el Salmo 46, que acabamos de escuchar. Se presenta co-
mo un himno al señor soberano del universo y de la historia. "Dios es el
rey del mundo. . . Dios reina sobre las naciones. Este himno al Señor,
rey del mundo y de la humanidad, al igual que otras composiciones se-
mejantes del Salterio, supone una atmósfera de celebración litúrgica.
Nos encontramos, por tanto, en el corazón espiritual de la alabanza de
Israel, que se eleva al cielo partiendo del templo, el lugar en el que el
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 45
Dios infinito y eterno se revela y encuentra a su pueblo. Seguiremos es-
te canto de alabanza gloriosa en sus momentos fundamentales, como
dos olas que avanzan hacia la playa del mar. Difieren en la manera de
considerar la relación entre Israel y las naciones. En la primera parte del
Salmo, la relación es de dominio: Dios "nos somete los pueblos y nos
sojuzga las naciones"; en la segunda parte, sin embargo, es de asocia-
ción: "Los príncipes de los gentiles se reúnen con el pueblo del Dios de
Abraham". Se constata, por tanto, un progreso importante.
Dios sublime… En la primera parte se dice: "Pueblos todos, batid
palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo". El centro de este aplauso
festivo es la figura grandiosa del Señor supremo, a la que se atribuyen
títulos gloriosos: "sublime y terrible". Exaltan la transcendencia divina, la
primacía absoluta en el ser, la omnipotencia. También Cristo resucitado
exclamará: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra". En el
señorío universal de Dios sobre todos los pueblos de la tierra el orante
descubre su presencia particular en Israel, el pueblo de la elección divi-
na, "el predilecto", la herencia más preciosa y querida por el Señor. Is-
rael se siente, por tanto, objeto de un amor particular de Dios que se ha
manifestado con la victoria sobre las naciones hostiles. Durante la bata-
lla, la presencia del arca de la alianza entre las tropas de Israel les ase-
guraba la ayuda de Dios; después de la victoria, el arca se subía al
monte Sión y todos proclamaban: "Dios asciende entre aclamaciones; el
Señor, al son de trompetas".
. . . Dios cercano a sus criaturas. El segundo momento del Sal-
mo se abre con otra ola de alabanza y de canto festivo: "tocad para
Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad". También ahora se alaba al
Señor, sentado en su trono en la plenitud de su realeza. Este trono es
definido "santo", pues es inalcanzable por el hombre limitado y pecador.
Pero también es un trono celeste el arca de la alianza, presente en el
área más sagrada del templo de Sión. De este modo, el Dios lejano y
trascendente, santo e infinito, se acerca a sus criaturas, adaptándose al
espacio y al tiempo.
Dios de todos. El Salmo concluye con una nota sorprendente por su
apertura universal: "Los príncipes de los gentiles se reúnen con el pue-
blo del Dios de Abraham". Se remonta a Abraham, el patriarca que se
encuentra en el origen no sólo de Israel sino también de otras naciones.
Al pueblo elegido, que desciende de él, se le confía la misión de hacer
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 46
converger en el Señor todas las gentes y todas las culturas, pues Él es
el Dios de toda la humanidad. De oriente a occidente se reunirán enton-
ces en Sión para encontrar a este rey de paz y de amor, de unidad y
fraternidad. Como esperaba el profeta Isaías, los pueblos hostiles entre
sí recibirán la invitación a tirar las armas y vivir juntos bajo la única so-
beranía divina, bajo un gobierno regido por la justicia y la paz. Los ojos
de todos estarán fijos en la nueva Jerusalén, donde el Señor "asciende"
para revelarse en la gloria de su divinidad. Será una "muchedumbre in-
mensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y len-
guas. . . Todos gritarán con fuerte voz: "La salvación es de nuestro
Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero". La Carta a los Efe-
sios ve la realización de esta profecía en el misterio de Cristo redentor,
cuando afirma, al dirigirse a los cristianos que no provienen del judaís-
mo: "Así que, recordad cómo en otro tiempo vosotros, los gentiles se-
gún la carne. . . estabais a la sazón lejos de Cristo, excluidos de la ciu-
dadanía de Israel y extraños a las alianzas de la Promesa, sin esperan-
za y sin Dios en el mundo. Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los
que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la
sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos
hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad". En Cris-
to, por tanto, la realeza de Dios, cantada por nuestro Salmo, se ha reali-
zado en la tierra en relación con todos los pueblos. Una homilía anóni-
ma del siglo VIII comenta así este misterio: "Hasta la venida del Mesías,
esperanza de las naciones, los pueblos gentiles no adoraban a Dios y
no sabían que Él existía. Hasta que el Mesías no les rescató, Dios no
reinaba sobre las naciones por medio de su obediencia y de su culto.
Ahora, sin embargo, Dios reina sobre ellos con su palabra y su espíritu,
pues les ha salvado del engaño y les ha hecho sus amigos".
Salmo 47
Grande es el Señor y muy digno de alabanzas, en la ciudad de nues-
tro Dios, en su monte santo de hermosa altivez, alegría de toda la tierra.
¡Monte Sión, morada divina, ciudad del Gran Rey!. Dentro de sus to-
rreones está Dios, se ha revelado como su baluarte. Los reyes se ha-
bían unido, y juntos avanzaban, hasta que la vieron. . . y quedaron pas-
mados, presas de pánico, se dieron a la fuga. Allí mismo los agarró un
temblor, un escalofrío como de mujer en parto; así es como el viento del
oriente estrella a los navíos de Tarsis. Tal como lo oímos, así lo vimos
en la ciudad del Señor Sabaot, en la ciudad de nuestro Dios: él la ha
asentado para siempre. Oh Dios, recordamos tus favores en los patios
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 47
de tu Templo; que iguale, oh Dios, tu alabanza a tu nombre, y alcance
los confines de la tierra. Impone tu diestra tu justicia; se alegra el monte
Sión; los pueblos de Judá saltan de gozo al presenciar tus juicios. Re-
corran Sión y den la vuelta, cuenten sus torres y contemplen sus defen-
sas recorran uno a uno sus palacios; y digan a las nuevas generacio-
nes: ¡así es nuestro Dios! Nuestro Dios por los siglos de los siglos, él
nos conducirá.
El Salmo que se acaba de proclamar es un canto en honor de Sión,
"la ciudad de nuestro Dios", que entonces era sede del templo del Se-
ñor y lugar de su presencia en medio de la humanidad. La fe cristiana lo
aplica ahora a la "Jerusalén de lo alto", que es "nuestra madre". La to-
nalidad litúrgica de este himno, la evocación de una procesión festiva, la
visión pacífica de Jerusalén, que refleja la salvación divina, hacen del
Salmo 47 una oración para comenzar el día y hacer de él un canto de
alabanza, aunque haya nubes que oscurezcan el horizonte. Para com-
prender el sentido del Salmo, nos pueden servir de ayuda tres aclama-
ciones que aparecen al inicio, en medio y al final, como ofreciéndonos
la clave espiritual de la composición e introduciéndonos así en su clima
interior. Estas son las tres invocaciones: "Grande es el Señor y muy
digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios"; "Oh Dios, meditamos
tu misericordia en medio de tu templo"; "Este es el Señor, nuestro Dios.
Él nos guiará por siempre jamás". Estas tres aclamaciones, que exaltan
al Señor, así como "la ciudad de nuestro Dios", enmarcan dos grandes
partes del Salmo. La primera es una gozosa celebración de la ciudad
santa, la Sión victoriosa contra los asaltos de los enemigos, serena bajo
el manto de la protección divina. Se ofrece una especie de letanía de
definiciones de esta ciudad: es una altura admirable que se yergue co-
mo un faro de luz, una fuente de alegría para todos los pueblos de la
tierra, el único y auténtico "Olimpo" en el que el cielo y la tierra se en-
cuentran. Utilizando una expresión del profeta Ezequiel es la ciudad del
Emanuel, pues "Dios está allí", presente en ella. Pero en torno a Jerusa-
lén se están agolpando las tropas de un asedio, casi un símbolo del mal
que atenta contra el esplendor de la ciudad. El enfrentamiento tiene un
resultado obvio y casi inmediato. Los potentes de la tierra, de hecho,
asaltando la ciudad santa, provocan al mismo tiempo a su Rey, el Se-
ñor. El salmista muestra cómo se disuelve el orgullo de un ejército po-
tente con la imagen sugerente de los dolores de parto: "Allí los agarró
un temblor y dolores como de parto". La arrogancia se transforma en
fragilidad y debilidad, la potencia en caída y fracaso. Este mismo con-
cepto es expresado con otra imagen: el ejército atacante es comparado
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 48
con una armada naval invencible sobre la que sopla un terrible viento
de Oriente. Queda, por tanto, una certeza para quien está bajo la som-
bra de la protección divina: no es el mal quien tiene la última palabra,
sino el bien; Dios triunfa sobre las potencias hostiles, incluso cuando
parecen grandiosas e invencibles. Entonces, el fiel celebra precisamen-
te en el templo su acción de gracias a Dios liberador. Eleva un himno al
amor misericordioso del Señor, expresado con el término hebreo
"hésed", típico de la teología de la alianza. Llegamos así a la segunda
parte del Salmo. Tras el gran canto de alabanza al Dios fiel, justo y sal-
vador, tiene lugar una especie de procesión en torno al templo y a la
ciudad santa. Se cuentan los torreones, signo de la segura protección
de Dios, se observan las fortificaciones, expresión de la estabilidad ofre-
cida a Sión por su Fundador. Los muros de Jerusalén hablan y sus pie-
dras recuerdan los hechos que deben ser transmitidos "a la próxima ge-
neración" con la narración que harán los padres a sus hijos. Sión es el
espacio de una cadena ininterrumpida de acciones salvadoras del Se-
ñor, que son anunciadas en la catequesis y celebradas en la liturgia,
para que los creyentes mantengan la esperanza en la intervención libe-
radora de Dios. En el versículo conclusivo se presenta una de las más
elevadas definiciones del Señor como pastor de su pueblo: "Él nos guia-
rá". El Dios de Sión es el Dios del Éxodo, de la libertad, de la cercanía
al pueblo esclavo de Egipto y peregrino en el desierto. Ahora que Israel
se ha instalado en la tierra prometida, sabe que el Señor no le abando-
na: Jerusalén es el signo de su cercanía y el templo es el lugar de su
esperanza. Al releer estas expresiones, el cristiano se eleva a la con-
templación de Cristo, nuevo y viviente templo de Dios, y se dirige a la
Jerusalén celeste, que ya no tiene necesidad de un templo ni de una luz
exterior, pues "el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su San-
tuario. . . la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero". San
Agustín nos invita a hacer esta relectura "espiritual" convencido de que
en los libros de la Biblia "no hay nada que afecte sólo a la ciudad terre-
na, pues todo lo que se dice de ella simboliza algo que puede ser referi-
do también por alegoría a la Jerusalén celeste". Le hace eco san Pau-
lino de Nola, que precisamente al comentar las palabras de nuestro Sal-
mo exhorta a rezar para que "podamos ser piedras vivas en los muros
de la Jerusalén celeste y libre". Y contemplando la firmeza y solidez de
esta ciudad, el mismo Padre de la Iglesia sigue diciendo: "De hecho,
quien habita esta ciudad se revela como el Uno en tres personas. . .
Cristo ha sido constituido no sólo su fundamento, sino también su to-
rreón y puerta. . . Por tanto, si se funda sobre él la casa de nuestra alma
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 49
y se eleva sobre él una construcción digna de un fundamento tan gran-
de, entonces la puerta de entrada en su ciudad será para nosotros pre-
cisamente Aquel que nos guiará en los siglos y nos colocará en el lugar
de su grey".
Salmo 48
Oigan esto, pueblos todos, habitantes del mundo entero, escuchen:
gente del pueblo y gente de apellido, ricos y pobres, todos en conjunto.
Mi boca va a decir sabiduría y lo que pienso sobre cosas hondas; dejen
que me concentre en un refrán, lo explicaré luego al son del arpa. ¿Por
qué temer en días de desgracia, cuando me cercan el mal y la traición
de los que en su fortuna se confían y hacen prevalecer su gran rique-
za?. Mas, comprada su vida nadie tiene, ni a Dios puede, con plata, so-
bornarlo, pues es muy caro el precio de la vida. ¿Vivir piensa por siem-
pre, o cree que no irá a la fosa un día?. Pues bien, verá que los sabios
se mueren, que igual perecen el necio y el estúpido, y dejan para otros
su riqueza. Sus tumbas son sus casas para siempre, por siglos y siglos,
sus moradas, por más que su nombre a sus tierras hayan puesto. El
hombre en los honores no comprende, es igual que el ganado que se
mata. Hacia allá van los que en sí confían, ese será el fin de los que les
gusta escucharse. Abajo, cual rebaño la muerte los reúne, los pastorea
y les impone su ley. Son como un espectro desvaído que a la mañana
vuelve a su casa abajo. Pero a mí Dios me rescatará, y me sacará de
las garras de la muerte. No temas cuando el hombre se enriquece,
cuando aumenta la fama de su casa. Nada podrá llevar él a su muerte,
ni su riqueza podrá bajar con él. Su alma, que siempre en vida bende-
cía: "Te alaban, porque te has tratado bien", irá a unirse con la raza de
sus padres, que jamás volverán a ver la luz. El hombre en los honores
no comprende, es igual que el ganado que se mata.
Nuestra meditación sobre el Salmo 48 se dividirá en dos etapas, co-
mo hace la Liturgia de las Vísperas, que nos lo propone en dos momen-
tos. Comentaremos ahora de manera esencial la primera parte, en la
que la reflexión toma pie de una situación difícil, como en el Salmo 72.
El justo tiene que afrontar días aciagos, pues le acechan los malvados,
que confían en su opulencia. La conclusión a la que llega el justo es for-
mulada como una especie de proverbio, que volverá a aparecer al final
del Salmo. Sintetiza nítidamente el mensaje de esta composición poéti-
ca: El hombre rico e inconsciente es como un animal que perece. En
otras palabras, las inmensas riquezas no son una ventaja, sino todo lo
contrario. Es mejor ser pobre y estar unido a Dios. El proverbio parece
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 50
hacerse eco de la voz austera de un antiguo sabio bíblico, el Eclesias-
tés o Cohélet, cuando describe el destino aparentemente igual de toda
criatura viviente, la muerte, que hace totalmente inútil el apego frenético
a los bienes terrenos: Como salió del vientre de su madre, desnudo vol-
verá, como ha venido; y nada podrá sacar de sus fatigas que pueda lle-
var en la mano. Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte:
muere el uno como la otra. . . Todos caminan hacia una misma meta.
Una profunda ceguera se adueña del hombre cuando cree que evitará
la muerte afanándose por acumular bienes materiales: de hecho, el sal-
mista habla de una inconciencia comparable a la de los animales. El te-
ma será explorado también por todas las culturas y todas las espirituali-
dades y será expresado de manera esencial y definitiva por Jesús,
cuando declara: Guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundan-
cia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes. Después narra la
famosa parábola del rico necio que acumula bienes sin medida sin dar-
se cuenta de que la muerte le está acechando. La primera parte del Sal-
mo está totalmente centrada precisamente en esta ilusión que se apo-
dera del corazón del rico. Está convencido de que puede comprar inclu-
so la muerte, tratando así de corromperla, como ha hecho con todas las
demás cosas de las que se ha apoderado: el éxito, el triunfo sobre los
demás en el ámbito social y político, la prevaricación impune, la avari-
cia, la comodidad, los placeres. Pero el salmista no duda en calificar de
necia esta ilusión. Recurre a una palabra que tiene un valor incluso fi-
nanciero, rescate: Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bas-
tará para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa. El rico, apegado a sus
inmensas fortunas, está convencido de que logrará dominar incluso la
muerte, tal y como ha dominado a todo y a todos con el dinero. Pero por
más dinero que pueda ofrecer, su destino último será inexorable. Al
igual que todos los hombres y mujeres, ricos o pobres, sabios o igno-
rantes, un día será llevado a la tumba, tal y como les ha sucedido a los
poderosos y tendrá que dejar su tierra y ese oro tan amado, esos bie-
nes materiales tan idolatrados. Jesús insinuará a quienes le escucha-
ban esta pregunta inquietante: ¿de qué le servirá al hombre ganar el
mundo entero, si arruina su vida?. No se puede cambiar por nada pues
la vida es don de Dios, que tiene en su mano el alma de todo ser vivien-
te y el soplo de toda carne de hombre. Entre los Padres de la Iglesia
que han comentado el Salmo 48 merece particular atención san Ambro-
sio, que amplía su significado gracias a una visión más amplia, a partir
de la invitación inicial que hace el salmista: Oíd esto, todas las nacio-
nes; escuchadlo, habitantes del orbe. El antiguo obispo de Milán co-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 51
mentaba: Reconocemos aquí, precisamente al inicio, la voz del Señor
salvador que llama los pueblos para que vengan a la Iglesia y renuncien
al pecado, se conviertan en seguidores de la verdad y reconozcan la
ventaja de la fe. De hecho, todos los corazones de las diferentes gene-
raciones han quedado contaminados por el veneno de la serpiente y la
conciencia humana, esclava del pecado, no era capaz de desapegarse.
Por esto el Señor, por iniciativa suya, promete el perdón con la genero-
sidad de su misericordia, para que el culpable deje de tener miedo y,
con plena conciencia, se alegre de poder ofrecerse como siervo al Se-
ñor bueno, que ha sabido perdonar los pecados, premiar las virtudes.
En estas palabras del Salmo se escucha el eco de la invitación evangé-
lica: Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os
daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo. Ambrosio sigue dicien-
do: Como quien visita a los enfermos, como un médico que viene a cu-
rar nuestras dolorosas heridas, así nos prescribe el tratamiento, para
que los hombres lo escuchen y todos corran con confianza a recibir el
remedio de la curación. . . Llama a todos los pueblos al manantial de la
sabiduría y del conocimiento, promete a todos la redención para que
nadie viva en la angustia, para que nadie viva en la desesperación. La
Liturgia de las Vísperas nos presenta el Salmo 48, de carácter sapien-
cial, del que se acaba de proclamar la segunda parte. Al igual que en la
anterior, en la que ya hemos reflexionado, también esta sección del Sal-
mo condena la ilusión generada por la idolatría de la riqueza. Esta es
una de las tentaciones constantes de la humanidad: apegándose al di-
nero por considerar que está dotado de una fuerza invencible, se cae
en la ilusión de poder comprar también la muerte, alejándola de uno
mismo. En realidad, la muerte irrumpe con su capacidad para demoler
toda ilusión, barriendo todo obstáculo, humillando toda confianza en
uno mismo y encaminando a ricos y pobres, soberanos y súbditos, igno-
rantes y sabios hacia el más allá. Es eficaz la imagen que traza el sal-
mista al presentar la muerte como un pastor que guía con mano firme el
rebaño de las criaturas corruptibles. El Salmo 48 nos propone, por tan-
to, una meditación severa y realista sobre la muerte, fundamental meta
ineludible de la existencia humana. Con frecuencia, tratamos de ignorar
con todos los medios esta realidad, alejándola del horizonte de nuestro
pensamiento. Pero este esfuerzo, además de inútil es inoportuno. La
reflexión sobre la muerte, de hecho, es benéfica, pues relativiza muchas
realidades secundarias que por desgracia hemos absolutizado, como es
el caso precisamente de la riqueza, el éxito, el poder. . . Por este moti-
vo, un sabio del Antiguo Testamento, Sirácida, advierte: En todas tus
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 52
acciones ten presente tu fin, y jamás cometerás pecado. En nuestro
Salmo se da un paso decisivo. Si el dinero no logra liberarnos de la
muerte, hay uno que puede redimirnos de ese horizonte oscuro y dra-
mático. De hecho, el salmista dice: Pero a mí, Dios me salva, me saca
de las garras del abismo. Para el justo se abre un horizonte de esperan-
za y de inmortalidad. Ante la pregunta planteada al inicio del Salmo -
¿Por qué habré de temer?, versículo 6-, se ofrece ahora la respuesta:
No te preocupes si se enriquece un hombre. El justo, pobre y humillado
en la historia, cuando llega a la última frontera de la vida, no tiene bie-
nes, no tiene nada que ofrecer como rescate para detener la muerte y
liberarse de su gélido abrazo. Pero llega entonces la gran sorpresa: el
mismo Dios ofrece un rescate y arranca de las manos de la muerte a su
fiel, pues Él es el único que puede vencer a la muerte, inexorable para
las criaturas humanas. Por este motivo, el salmista invita a no preocu-
parse, a no tener envidia del rico que se hace cada vez más arrogante
en su gloria, pues, llegada la muerte, será despojado de todo, no podrá
llevar consigo ni oro ni plata, ni fama ni éxito. El fiel, por el contrario, no
será abandonado por el Señor, que le indicará el camino de la vida, har-
tura de goces, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre.
Entonces podremos pronunciar, como conclusión de la meditación sa-
piencial del Salmo 48, las palabras de Jesús que nos describe el verda-
dero tesoro que desafía a la muerte: No os amontonéis tesoros en la
tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que soca-
van y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay
polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Por-
que donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. Siguiendo las
huellas de las palabras de Cristo, san Ambrosio en su Comentario al
Salmo 48 confirma de manera clara y firme la inconsistencia de las ri-
quezas: No son más que caducidades y se van más rápidamente de lo
que han tardado en venir. Un tesoro de este tipo no es más que un sue-
ño. Te despiertas y ya ha desaparecido, pues el hombre que logre pur-
gar la borrachera de este mundo y apropiarse de la sobriedad de las
virtudes, desprecia todo esto y no da valor al dinero. El obispo de Milán
invita, por tanto, a no dejarse atraer ingenuamente por las riqueza de la
gloria humana: ¡No tengas miedo, ni siquiera cuando te des cuenta de
que se a agigantado la gloria de algún linaje! Aprende a mirar a fondo
con atención, y te resultará algo vacío si no tiene una brizna de la pleni-
tud de la fe. De hecho, antes de que viniera Cristo, el hombre estaba
arruinado y vacío: La desastrosa caída del antiguo Adán nos dejó sin
nada, pero hemos sido colmados por la gracia de Cristo. Él se despojó
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 53
de sí mismo para llenarnos y para hacer que en la carne del hombre de-
more la plenitud de la virtud. San Ambrosio concluye diciendo que preci-
samente por este motivo, podemos exclamar ahora con san Juan: De
su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia.
Salmo 50
Ten piedad de mí, oh Dios, en tu bondad, por tu gran corazón, borra
mi falta. Que mi alma quede limpia de malicia, purifícame tú de mi peca-
do. Pues mi falta yo bien la conozco y mi pecado está siempre ante mí;
contra ti, contra ti sólo pequé, lo que es malo a tus ojos yo lo hice. Por
eso en tu sentencia tú eres justo, no hay reproche en el juicio de tus la-
bios. Tú ves que malo soy de nacimiento, pecador desde el seno de mi
madre. Mas tú quieres rectitud de corazón, y me enseñas en secreto lo
que es sabio. Rocíame con agua, y quedaré limpio; lávame y quedaré
más blanco que la nieve. Haz que sienta otra vez júbilo y gozo y que
bailen los huesos que moliste. Aparta tu semblante de mis faltas, borra
en mí todo rastro de malicia. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, re-
nueva en mi interior un firme espíritu. No me rechaces lejos de tu rostro
ni me retires tu espíritu santo. Dame tu salvación que regocija, y que un
espíritu noble me dé fuerza. Mostraré tu camino a los que pecan, a ti se
volverán los descarriados. Líbrame, oh Dios, de la deuda de sangre,
Dios de mi salvación, y aclamará mi lengua tu justicia. Señor, abre mis
labios y cantará mi boca tu alabanza. Un sacrificio no te gustaría, ni
querrás si te ofrezco, un holocausto. Mi espíritu quebrantado a Dios
ofreceré, pues no desdeñas a un corazón contrito. Favorece a Sión en
tu bondad: reedifica las murallas de Jerusalén; entonces te gustarán los
sacrificios, ofrendas y holocaustos que se te deben; entonces ofrecerán
novillos en tu altar.
Miserere (ten piedad). Hemos escuchado el " Miserere" , una de
las oraciones más célebres del Salterio, el Salmo penitencial más inten-
so y repetido, el canto del pecado y del perdón, la meditación más pro-
funda sobre la culpa y su gracia. La Liturgia de las Horas nos lo hace
repetir en las Laudes de todos los viernes. Desde hace siglos y siglos
se eleva hacia el cielo desde muchos corazones de fieles judíos y cris-
tianos como un suspiro de arrepentimiento y de esperanza dirigido a
Dios misericordioso. La tradición judía ha puesto el Salmo 50 en labios
de David, quien fue invitado a hacer penitencia por las palabras severas
del profeta Natán, que le reprochaba el adulterio cometido con Betsabé
y el asesinato de su marido Urías. El Salmo, sin embargo, se enriquece
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 54
en los siglos sucesivos con la oración de otros muchos pecadores que
recuperan los temas del "corazón nuevo" y del "Espíritu" de Dios infun-
dido en el hombre redimido, según la enseñanza de los profetas Jere-
mías y Ezequiel. El Salmo 50 presenta dos horizontes. Ante todo, apa-
rece la región tenebrosa del pecado, en la que se sitúa el hombre desde
el inicio de su existencia: "Mira, en la culpa nací, pecador me concibió
mi madre". Si bien esta declaración no puede ser asumida como una
formulación explícita de la doctrina del pecado original tal y como ha si-
do delineada por la teología cristiana, no cabe duda de que es coheren-
te: expresa de hecho la dimensión profunda de la debilidad moral innata
en el hombre. El Salmo se presenta en esta primera parte como un aná-
lisis ante Dios del pecado. Utiliza tres términos hebreos para definir esta
triste realidad que procede de la libertad humana mal utilizada. El pri-
mer vocablo "hattá" significa literalmente "no dar en el blanco": el peca-
do es una aberración que nos aleja de Dios, meta fundamental de nues-
tras relaciones, y por consiguiente también nos aleja del prójimo. El se-
gundo término hebreo es "awôn", que hace referencia a la imagen de
"torcer", "curvar". El pecado es, por tanto, una desviación tortuosa del
camino recto; es la inversión, la distorsión, al deformación del bien y del
mal, en el sentido declarado por Isaías: "¡Ay, los que llaman al mal bien,
y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad". Precisa-
mente por este motivo, en la Biblia la conversión es indicada como un
"regresar" (en hebreo "shûb") al camino recto, haciendo una corrección
de ruta. La tercera palabra con la que el Salmista habla del pecado es
"peshá". Expresa la rebelión del súbdito contra su soberano, y por tanto
constituye un desafío abierto dirigido a Dios y a su proyecto para la his-
toria humana. Si por el contrario el hombre confiesa su pecado, la justi-
cia salvífica de Dios se demuestra dispuesta a purificarlo radicalmente.
De este modo, se pasa a la segunda parte espiritual del Salmo, la lumi-
nosa de la gracia. A través de la confesión de las culpas se abre de he-
cho para el orante un horizonte de luz en el que Dios actúa. El Señor no
obra sólo negativamente, eliminando el pecado, sino que vuelve a crear
la humanidad pecadora a través de su Espíritu vivificante: infunde en el
hombre un "corazón" nuevo y puro, es decir, una conciencia renovada,
y le abre la posibilidad de una fe límpida y de un culto agradable a Dios.
Orígenes habla en este sentido de una terapia divina, que el Señor rea-
liza a través de su palabra mediante la obra sanadora de Cristo: "Al
igual que Dios predispuso los remedios para el cuerpo de las hierbas
terapéuticas sabiamente mezcladas, así también preparó para el alma
medicinas con las palabras infusas, esparciéndolas en las divinas Escri-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 55
turas. . . Dios dio también otra actividad médica de la que es primer ex-
ponente el Salvador, quien dice de sí: "No tienen necesidad de médico
los sanos; sino los enfermos". Él es el médico por excelencia capaz de
curar toda debilidad, toda enfermedad". La riqueza del Salmo 50 mere-
cería una exégesis detallada en todas sus partes. Es lo que haremos
cuando vuelva a resonar en las Laudes de los diferentes viernes. La mi-
rada de conjunto, que ahora hemos dirigido a esta gran súplica bíblica,
nos revela ya algunos componentes fundamentales de una espirituali-
dad que debe reflejarse en la existencia cotidiana de los fieles. Ante to-
do se da un sentido sumamente vivo del pecado, percibido como una
decisión libre, de connotaciones negativas a nivel moral y teologal:
"contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborre-
ces" (versículo 6). No menos vivo es el sentimiento de la posibilidad de
conversión que aparece después en el Salmo: el pecador, sinceramente
arrepentido, se presenta en toda su miseria y desnudez ante Dios, su-
plicándole que lo le rechace de su presencia. Por último, en el
"Miserere", se da una arraigada convicción del perdón divino que
"borra", "lava", "limpia" al pecador y llega incluso a transformarlo en una
nueva criatura de espíritu, lengua, labios, corazón transfigurados.
"Aunque nuestros pecados fueran negros como la noche -afirmaba san-
ta Faustina Kowalska-, la misericordia divina es más fuerte que nuestra
miseria. Sólo hace falta una cosa: que el pecador abra al menos un po-
co la puerta de su corazón. . . el resto lo hará Dios. . . Todo comienza
en tu misericordia y en tu misericordia termina".
Miserere (ten piedad). Cada semana la Liturgia de los Laudes
marca el viernes con el Salmo 50, el Miserere, el Salmo penitencial más
amado, cantado, y meditado, himno al Dios misericordioso elevado por
el pecador arrepentido. Tuvimos ya la oportunidad en una catequesis
anterior de presentar el marco general de esta gran oración. Ante todo,
se entra en la región tenebrosa del pecado para llevar la luz del arre-
pentimiento humano y del perdón divino. Se pasa después a exaltar el
don de la gracia divina, que transforma y renueva el espíritu y el cora-
zón del pecador arrepentido: es una región luminosa, llena de esperan-
za y confianza. En nuestra reflexión de hoy, nos detendremos a hacer
algunas consideraciones sobre la primera parte del Salmo 50 profundi-
zando alguno de sus aspectos. Para comenzar, sin embargo, propon-
dremos la estupenda proclamación divina del Sinaí, que supone casi el
retrato del Dios cantado por el Miserere: el Señor es el Señor, Dios mi-
sericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 56
mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el
pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los pa-
dres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta ge-
neración. La invocación inicial se eleva a Dios para alcanzar el don de
la purificación de modo que, como decía el profeta Isaías, haga los pe-
cados -que en sí mismos son semejantes a la grana o rojos como el
carmesí-, blancos como la nieve y como la lana. El Salmista confiesa su
pecado de manera clara y sin dudas: Reconozco mi culpa. . . contra ti,
contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces. Entra, por tanto,
en escena la conciencia personal del pecador, que se abre a percibir
claramente su mal. Es una experiencia que involucra la libertad y la res-
ponsabilidad, y lleva a admitir que ha roto un lazo para construir una op-
ción de vida alternativa a la Palabra divina. La consecuencia es una de-
cisión radical de cambio. Todo esto está comprendido en ese recono-
cer, un verbo que en hebreo no comprende sólo una adhesión intelec-
tual, sino una opción de vida. Es el paso que, por desgracia, no dan mu-
chos, como advierte Orígenes: Hay algunos que, después de haber pe-
cado, se quedan totalmente tranquilos y no se preocupan por su pecado
ni les pasa por la conciencia el mal cometido; por el contrario viven co-
mo si no hubiera pasado nada. Éstos no podrían decir: " tengo siempre
presente mi pecado". Sin embargo, cuando tras el pecado uno se aflige
por su pecado, es atormentado por el remordimiento, se angustia sin
tregua y experimenta los asaltos en su interior que se levanta para re-
batirlo, y exclama: "no hay paz para mis huesos ante el aspecto de mis
pecados". . . Cuando, por tanto, ponemos ante los ojos de nuestro cora-
zón los pecados cometidos, los miramos uno por uno, los reconocemos,
sonrojamos y nos arrepentimos por lo que hemos hecho, entonces, con-
movidos y aterrados decimos que "no hay paz en nuestros huesos fren-
te al aspecto de nuestros pecados". El reconocimiento y la conciencia
del pecado es, por tanto, fruto de una sensibilidad alcanzada gracias a
la luz de la Palabra de Dios. En la confesión del Miserere se subraya un
aspecto particular: el pecado no es concebido sólo en su dimensión per-
sonal y psicológica, sino que es delineado sobre todo en su calidad teo-
lógica. Contra ti, contra ti sólo pequé, exclama el pecador, a quien la
tradición le dio el rostro de David, consciente de su adulterio con Betsa-
bé, y de la denuncia del profeta Natán contra este crimen y el del asesi-
nato del marido de ella, Urías. El pecado no es, por tanto, una mera
cuestión psicológica o social, sino un acontecimiento que afecta a la re-
lación con Dios, violando su ley, rechazando su proyecto en la historia,
alterando la jerarquía de valores, cambiando la oscuridad por la luz y la
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 57
luz por la oscuridad es decir, llamando al mal bien, y al bien mal. Antes
de ser una posible injuria contra el hombre, el pecado es ante todo trai-
ción de Dios. Son emblemáticas las palabras que el hijo pródigo de bie-
nes pronuncia ante su padre pródigo de amor: Padre, he pecado contra
el cielo -es decir contra Dios- y contra ti. En este momento, el Salmista
introduce otro aspecto, ligado más directamente a la realidad humana.
Es la frase que ha suscitado muchas interpretaciones y que ha sido re-
lacionada con la doctrina del pecado original: Mira, en la culpa nací, pe-
cador me concibió mi madre. El que reza quiere indicar la presencia del
mal en el interior de nuestro ser, como es evidente en la mención de la
concepción y del nacimiento, una manera de hacer referencia a toda la
existencia, comenzando desde su origen. El Salmista, sin embargo, no
relaciona formalmente esta situación con el pecado de Adán y Eva, es
decir, no habla explícitamente de pecado original. De todos modos,
queda claro que, según el texto del Salmo, el mal se anida en las pro-
fundidades mismas del hombre, es inherente a su realidad histórica y
por este motivo es decisiva la petición de la intervención de la gracia
divina. La potencia del amor de Dios es superior a la del pecado, el río
destructor del mal tiene menos fuerza que el agua fecundante del per-
dón: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. De este modo, se
evocan indirectamente la teología del pecado original y a toda la visión
bíblica del hombre pecador con palabras que dejan al mismo tiempo en-
trever la luz de la gracia y de la salvación. Como tendremos la oportuni-
dad de descubrir en el futuro al volver a meditar sobre este Salmo y sus
versículos sucesivos, la confesión de la culpa y la conciencia de la pro-
pia misericordia no acaban en el terror o en la pesadilla del juicio, sino
más bien en la esperanza de la purificación, de la liberación, de la nue-
va creación. De hecho, Dios nos salva no por obras de justicia que hu-
biésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del
baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó
sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador.
Cada semana la Liturgia de los Laudes presenta el Salmo 50, el fa-
moso Miserere. Nosotros lo hemos meditado ya en otras ocasiones en
algunas de sus partes. También ahora nos detendremos de manera
particular en una sección de esta grandiosa súplica de perdón: los ver-
sículos 12-16. Es significativo, ante todo, constatar que, en el original
hebreo, en tres ocasiones resuena la palabra espíritu, invocado por
Dios como don y acogido por la criatura arrepentida de su pecado: Re-
nuévame por dentro con espíritu firme. . . No me quites tu santo espíri-
tu. . . Afiánzame con espíritu generoso. Se podría decir -recurriendo a
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 58
un término litúrgico- que se trata de una epíclesis, es decir, una triple
invocación al Espíritu que, al igual que en la creación aleteaba por enci-
ma de las aguas, ahora penetra en el alma del fiel infundiendo una nue-
va vida e elevándola del reino del pecado al cielo de la gracia. Los Pa-
dres de la Iglesia, con el espíritu invocado por el Salmista, ven aquí la
presencia eficaz del Espíritu Santo. De este modo, san Ambrosio está
convencido de que se trata del único Espíritu Santo que enfervorizó a
los profetas, que fue insuflado [por Cristo] a los apóstoles, que quedó
unido al Padre y al Hijo en el sacramento del bautismo. La misma con-
vicción es expresada por otros padres, como Dídimo el Ciego de Alejan-
dría de Egipto y Basilio de Cesarea, en sus respectivos tratados sobre
el Espíritu Santo. Y san Ambrosio, al observar que el Salmista habla de
la alegría que invade al alma una vez que ha recibido el Espíritu gene-
roso y potente de Dios, comenta: El gozo y la alegría son fruto del Espí-
ritu y el Espíritu Soberano es aquello sobre lo que nos cimentamos. Por
ello, quien está revigorizado por el Espíritu Soberano no queda someti-
do a la esclavitud, no es esclavo del pecado, no es indeciso, no vaga
por aquí y por allá, no duda en las decisiones, sino que, asentado sobre
la roca, está firme y sus pies no vacilan. Con esta triple mención del es-
píritu, el Salmo 50, después de haber descrito en los versículos prece-
dentes la prisión oscura de la culpa, se abre al horizonte luminoso de la
gracia. Es un gran cambio, comparable al de una nueva creación: como
en los orígenes Dios había insuflado su espíritu en la materia y había
dado origen a la persona humana, de este modo ahora el mismo Espíri-
tu divino recrea, renueva, transfigura y transforma al pecador arrepenti-
do, lo vuelve a abrazar, le hace partícipe de la alegría de la salvación.
De este modo, el hombre, animado por el Espíritu divino, se encamina
por la senda de la justicia y del amor, como se dice en otro Salmo: En-
séñame a cumplir tu voluntad, ya que tú eres mi Dios. Tú espíritu, que
es bueno, me guíe por tierra llana. Una vez experimentado este renaci-
miento interior, el orante se transforma en testigo; promete a Dios ense-
ñaré a los malvados tus caminos, de modo que puedan, como el hijo
pródigo, regresar a la casa del Padre. Del mismo modo, san Agustín,
después de haber recorrido los caminos tenebrosos del pecado, había
experimentado la necesidad en sus Confesiones de testimoniar la liber-
tad y la alegría de la salvación. Quien ha experimentado el amor miseri-
cordioso de Dios se convierte en su testigo ardiente, sobre todo para
quienes están todavía atrapados en las redes del pecado. Pensemos en
la figura de Pablo, que, fulgurado por Cristo en el camino de Damasco,
se convierte en incansable peregrino de la gracia divina. Por último, el
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 59
orante mira a su pasado oscuro y grita a Dios: Líbrame de la sangre, oh
Dios, Dios, Salvador mío. La sangre a la que se refiere es interpretada
de diferentes maneras en la Escritura. La alusión, puesta en labios del
rey David, hace referencia al asesinato de Urías, el marido de Betsabé,
la mujer que se había convertido en la pasión del soberano. En sentido
más genérico, la invocación indica el deseo de purificación del mal, de
la violencia, del odio siempre presentes en el corazón humano con fuer-
za tenebrosa y maléfica. Ahora, sin embargo, los labios del fiel, purifica-
dos por el pecado, cantan al Señor. El pasaje del Salmo 50, que hemos
comentado, termina precisamente con el compromiso de proclamar la
justicia de Dios. El término justicia que, como sucede con frecuencia en
el lenguaje bíblico, no designa propiamente la acción de castigo de Dios
ante el mal, sino que indica más bien la rehabilitación del pecador, pues
Dios manifiesta su justicia haciendo justos a los pecadores. Dios no
busca la muerte del malvado, sino que desista de su conducta y viva.
Es la cuarta vez que escuchamos, durante nuestras reflexiones sobre
la Liturgia de los Laudes, la proclamación del Salmo 50, el famoso Mi-
serere. De hecho, es presentado todos los viernes de cada semana pa-
ra que se convierta en un oasis de meditación en cual descubrir el mal
que se anida en la conciencia e invocar del Señor purificación y perdón.
Como confiesa el Salmista en otra súplica, no es justo ante ti ningún vi-
viente, Señor. En el libro de Job se puede leer: ¿Cómo un hombre será
justo ante Dios? ¿cómo puro el nacido de mujer? Si ni la luna misma
tiene brillo, ni las estrellas son puras a sus ojos, ¡cuánto menos un hom-
bre, esa gusanera, un hijo de hombre, ese gusano!. Frases fuertes y
dramáticas que quieren mostrar con toda seriedad el límite y la fragili-
dad de la criatura humana, su capacidad perversa para sembrar el mal
y la violencia, la impureza y la mentira. Sin embargo, el mensaje de es-
peranza del Miserere, que el Salterio pone en labios de David, pecador
convertido, es éste: Dios borra, lava, limpia la culpa confesada con co-
razón contrito. Con la voz de Isaías, el Señor dice: Así fueren vuestros
pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos
como el carmesí, cual la lana quedarán. En esta ocasión, nos detendre-
mos brevemente en el final del Salmo 50, lleno de esperanza pues el
orante es consciente de haber sido perdonado por Dios. Su boca está a
punto de proclamar al mundo la alabanza del Señor, atestiguando de
este modo la alegría que experimenta el alma purificada del mal y, por
ello, liberada del remordimiento. El orante testimonia de manera clara
otra convicción, relacionada con la enseñanza reiterada por los profe-
tas: el sacrificio más grato que se eleva hasta el Señor como delicado
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 60
perfume no es el holocausto de toros o de corderos, sino más bien el
corazón quebrantado y humillado. La Imitación de Cristo, texto suma-
mente querido por la tradición espiritual cristiana, repite la misma admo-
nición del Salmista: La contrición de los pecados es para ti sacrificio
grato, un perfume mucho más delicado que el perfume del incienso. . .
En ella se purifica y se lava toda iniquidad. El Salmo concluye de mane-
ra inesperada con una perspectiva totalmente diferente, que parece in-
cluso contradictoria. De la última súplica de un pecador se pasa a una
oración en la que se pide la reconstrucción de toda la ciudad de Jerusa-
lén, transportándonos de la época de David a la de la destrucción de la
ciudad, siglos después. Por otra parte, tras haber expresado en el ver-
sículo 18 el rechazo divino de las inmolaciones de los animales, el Sal-
mo anuncia en el versículo 21 que a Dios le agradarán estas mismas
inmolaciones. Está claro que este pasaje final es un añadido posterior
de tiempos del exilio, que en cierto sentido quiere corregir o al menos
completar la perspectiva del Salmo de David. Lo hace en dos aspectos:
por una parte, no quiere que el Salmo se reduzca a una oración indivi-
dual; era necesario pensar también en la situación penosa de toda la
ciudad. Por otra parte, quiere redimensionar el rechazo divino de los sa-
crificios rituales; este rechazo no podía ser completo ni definitivo pues
se trataba de un culto prescrito por el mismo Dios en la Torá. Quien
completó el Salmo tuvo una válida intuición: comprendió la necesidad
en que se encuentran los pecadores, la necesidad de la mediación de
un sacrificio. Los pecadores no son capaces de purificarse por sí mis-
mos; no son suficientes los buenos sentimientos. Se necesita una me-
diación exterior eficaz. El Nuevo Testamento revelará en sentido pleno
esta intuición, mostrando que, con la entrega de su vida, Cristo ha reali-
zado una mediación de sacrificio perfecto. En sus Homilías sobre Eze-
quiel, san Gregorio Magno comprendió bien la diferencia de perspectiva
que se da entre los versículos 19 y 21 del Miserere. Propone una inter-
pretación que podemos hacer nuestra, concluyendo así nuestra refle-
xión. San Gregorio aplica el versículo 19, que habla de espíritu contrito,
a la existencia terrena de la Iglesia, mientras que refiere el versículo 21,
que habla de Holocausto, a la Iglesia en el cielo. Estas son las palabras
de aquel gran pontífice: La santa Iglesia tiene dos vidas: una en el tiem-
po y otra en la eternidad; una de fatiga en la tierra, otra de recompensa
en el cielo; una en la que se gana los méritos, otra en la que goza de
los méritos ganados. Tanto en una como en la otra vida ofrece el sacrifi-
cio: aquí el sacrificio de la compunción y allá arriba el sacrificio de ala-
banza. Sobre el primer sacrificio se ha dicho: Mi sacrificio a Dios es un
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 61
espíritu quebrantado; sobre el segundo está escrito: entonces aceptarás
los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos… En ambos casos se
ofrece la carne, pues aquí la oblación de la carne es la mortificación del
cuerpo, mientras que allá arriba la oblación de la carne es la gloria de la
resurrección en la alabanza a Dios. Allá arriba se ofrecerá la carne co-
mo holocausto, cuando transformada en la incorruptibilidad eterna, ya
no se dé ningún conflicto ni haya nada mortal, pues perdurará totalmen-
te encendida de amor por Él, en la alabanza sin fin.
Salmo 61
En Dios sólo descansa el alma mía, de él espero mi salvación. Sólo
él es mi roca y mi salvador, si es mi fortaleza, no he de vacilar. ¿Hasta
cuándo se lanzan todos contra uno, para juntos demolerlo como se
echa abajo un muro, como se derriba una cerca?. Todos sus proyectos
son sólo engaños, su placer es mentir; con lo falso en la boca ellos ben-
dicen, y en su interior maldicen. Sólo en Dios tendrás tu descanso, alma
mía, pues de él me viene mi esperanza. Sólo él es mi roca y mi salva-
dor, si es mi fortaleza, no he de vacilar. En Dios están mi salvación y mi
gloria, él es mi roca y mi fuerza, en él me abrigo. Pueblo mío, confíen
siempre en él, abran su corazón delante de él, Dios es nuestro refugio.
El vulgo no es más que una pelusa, y de los de arriba no se puede fiar.
Si en la balanza se pusieran todos, ni un soplo pesarían. No vayan a
contar con la violencia ni se hagan ilusiones con la rapiña; el corazón no
apeguen a las riquezas cuando se acrecientan. Una vez Dios habló, dos
cosas yo entendí: Que de Dios es la fuerza, y tuya es, oh Señor, tam-
bién la gracia. Que eres tú quien retribuye a cada cual según sus obras.
Acaban de resonar las dulces palabras del Salmo 61, un canto de
confianza, que comienza con una especie de antífona, repetida en la
mitad del texto. Es como una jaculatoria fuerte y serena, una invocación
que es también un programa de vida: Sólo en Dios descansa mi alma,
porque de Él viene mi salvación; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi
alcázar: no vacilaré. El Salmo, sin embargo, más adelante pone en con-
traposición dos formas de confianza. Son dos opciones fundamentales,
una buena y otra perversa, que comportan dos conductas morales dife-
rentes. Ante todo, está la confianza en Dios, exaltada en la invocación
inicial, donde aparece un símbolo de estabilidad y seguridad, la roca, es
decir, una fortaleza y un baluarte de protección. El Salmista confirma:
De Dios viene mi salvación y mi gloria, él es mi roca firme, Dios es mi
refugio. Lo dice tras haber evocado las confabulaciones de sus enemi-
gos que sólo piensan en derribarme de mi altura. Pero está también la
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 62
confianza de carácter idólatra, ante la que el orante fija con insistencia
su atención crítica. Es una confianza que lleva a buscar la seguridad y
la estabilidad en la violencia, en el robo y en la riqueza. Entonces, se
hace un llamamiento sumamente claro: No confiéis en la opresión, no
pongáis ilusiones en el robo; y aunque crezcan vuestras riquezas, no
les deis el corazón. Evoca tres ídolos, proscritos como contrarios a la
dignidad del hombre y a la convivencia social. El primer falso dios es la
violencia a la que la humanidad sigue recurriendo por desgracia tam-
bién en nuestros días ensangrentados. A este ídolo le acompaña un in-
menso cortejo de guerras, opresiones, prevaricaciones, torturas y asesi-
natos execrables, cometidos sin remordimiento. El segundo falso dios
es el robo, que se manifiesta en la extorsión, en la injusticia social, en la
usura, en la corrupción política y económica. Demasiada gente cultiva la
ilusión de satisfacer de este modo su propia codicia. Por último, la ri-
queza es el tercer ídolo al que se apega el corazón del hombre con la
esperanza engañosa de poderse salvar de la muerte y asegurarse el
prestigio y el poder. Al servir a esta tríada diabólica, el hombre olvida
que los ídolos no tienen consistencia, es más, son dañinos. Al confiar
en las cosas y en sí mismo, olvida que es un soplo, apariencia, es más,
si se pesa en la balanza, sería más leve que un soplo. Si fuéramos más
conscientes de nuestra caducidad y de nuestros límites como criaturas,
no escogeríamos el camino de la confianza en los ídolos, ni organizaría-
mos nuestra vida según una jerarquía de pseudo-valores frágiles e in-
consistentes. Optaríamos más bien por la otra confianza, la que se cen-
tra en el Señor, manantial de eternidad y de paz. Sólo Él tiene el poder;
sólo Él es manantial de gracia; sólo Él es plenamente justo, pues paga
a cada uno según sus obras. El Concilio Vaticano II dirigió a los sacer-
dotes la invitación del Salmo 61 a no apegar el corazón a la riqueza. El
decreto sobre el ministerio y la vida sacerdotal exhorta: han de evitar
siempre toda clase de ambición y abstenerse cuidadosamente de toda
especie de comercio. Ahora bien, este llamamiento a rechazar la con-
fianza perversa y a escoger la que nos lleva a Dios es válido para todos
y debe convertirse en nuestra estrella polar en el comportamiento coti-
diano, en las decisiones morales, en el estilo de vida. Es verdad, es un
camino arduo, que comporta incluso pruebas para el justo y opciones
valientes, pero siempre caracterizadas por la confianza en Dios. Desde
este punto de vista, los Padres de la Iglesia vieron en el orante del Sal-
mo 61 una premonición de Cristo y pusieron en sus labios la invocación
inicial de total confianza y adhesión a Dios. En este sentido, en el Co-
mentario al Salmo 61, san Ambrosio argumenta: Nuestro Señor Jesús,
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 63
al asumir la carne del hombre para purificarla con su persona, ¿no de-
bería haber cancelado inmediatamente la influencia maléfica del antiguo
pecado? Por la desobediencia, es decir, violando los mandamientos di-
vinos, la culpa se había introducido, arrastrándose. Ante todo, por tanto,
tuvo que restablecer la obediencia para bloquear el foco del pecado. . .
Asumió con su persona la obediencia para transmitírnosla.
Salmo 62
Oh Dios, tú eres mi Dios, a ti te busco, mi alma tiene sed de ti; en pos
de ti mi carne languidece cual tierra seca, sedienta, sin agua. Por eso
vine a verte en el santuario para admirar tu gloria y tu poder. Pues tu
amor es mejor que la vida, mis labios tu gloria cantarán. Quiero bende-
cirte mientras viva y las manos en alto invocar tu Nombre. Mi alma está
repleta, pingüe y blanda, y te alaba mi boca con labios jubilosos. Cuan-
do estoy en mi cama pienso en ti, y durante la noche en ti medito, pues
tú fuiste un refugio para mí y salto de gozo a la sombra de tus alas. Mi
alma se estrecha a ti con fuerte abrazo y tu diestra me toma de la
mano. Los que en vano quieren perderme irán a parar debajo de tierra.
Serán muertos al filo de la espada, servirán de festín a los chacales. El
rey se sentirá feliz en Dios, y cuantos juran por él se gloriarán: "Por fin
se acalló a los mentirosos".
El alma sedienta de Dios. El salmo 62, sobre el que reflexionare-
mos hoy, es el salmo del amor místico, que celebra la adhesión total a
Dios, partiendo de un anhelo casi físico y llegando a su plenitud en un
abrazo íntimo y perenne. La oración se hace deseo, sed y hambre, por-
que implica el alma y el cuerpo. Como escribe santa Teresa de Ávila,
"sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace tan
gran falta que, si nos falta, nos mata". La liturgia nos propone las prime-
ras dos estrofas del salmo, centradas precisamente en los símbolos de
la sed y del hambre, mientras la tercera estrofa nos presenta un hori-
zonte oscuro, el del juicio divino sobre el mal, en contraste con la lumi-
nosidad y la dulzura del resto del salmo. Así pues, comenzamos nues-
tra meditación con el primer canto, el de la sed de Dios. Es el alba, el
sol está surgiendo en el cielo terso de la Tierra Santa y el orante co-
mienza su jornada dirigiéndose al templo para buscar la luz de Dios.
Tiene necesidad de ese encuentro con el Señor de modo casi instintivo,
se podría decir "físico". De la misma manera que la tierra árida está
muerta, hasta que la riega la lluvia, y a causa de sus grietas parece una
boca sedienta y seca, así el fiel anhela a Dios para ser saciado por él y
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 64
para poder estar en comunión con él. Ya el profeta Jeremías había pro-
clamado: el Señor es "manantial de aguas vivas", y había reprendido al
pueblo por haber construido "cisternas agrietadas, que no retienen el
agua". Jesús mismo exclamará en voz alta: "Si alguno tiene sed, venga
a mí, y beba, el que crea en mí". En pleno mediodía de una jornada so-
leada y silenciosa, promete a la samaritana: "El que beba del agua que
yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se conver-
tirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna". Con respecto a
este tema, la oración del salmo 62 se entrelaza con el canto de otro es-
tupendo salmo, el 41: "Como busca la cierva corrientes de agua, así mi
alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo". Ahora
bien, en hebreo, la lengua del Antiguo Testamento, "el alma" se expresa
con el término nefesh, que en algunos textos designa la "garganta" y en
muchos otros se extiende para indicar todo el ser de la persona. El vo-
cablo, entendido en estas dimensiones, ayuda a comprender cuán
esencial y profunda es la necesidad de Dios: sin él falta la respiración e
incluso la vida. Por eso, el salmista llega a poner en segundo plano la
misma existencia física, cuando no hay unión con Dios: "Tu gracia vale
más que la vida". También en el salmo 72 el salmista repite al Señor:
"Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra. Mi carne y mi corazón se
consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre! (. . . )
Para mí, mi bien es estar junto a Dios". Después del canto de la sed, las
palabras del salmista modulan el canto del hambre. Probablemente, con
las imágenes del "gran banquete" y de la saciedad, el orante remite a
uno de los sacrificios que se celebraban en el templo de Sión: el llama-
do "de comunión", o sea, un banquete sagrado en el que los fieles co-
mían la carne de las víctimas inmoladas. Otra necesidad fundamental
de la vida se usa aquí como símbolo de la comunión con Dios: el ham-
bre se sacia cuando se escucha la palabra divina y se encuentra al Se-
ñor. En efecto, "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive
de todo lo que sale de la boca del Señor". Aquí el cristiano piensa en el
banquete que Cristo preparó la última noche de su vida terrena y cuyo
valor profundo ya había explicado en el discurso de Cafarnaúm: "Mi car-
ne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi
carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él". A través del ali-
mento místico de la comunión con Dios "el alma se une a él", como dice
el salmista. Una vez más, la palabra "alma" evoca a todo el ser humano.
No por nada se habla de un abrazo, de una unión casi física: Dios y el
hombre están ya en plena comunión, y en los labios de la criatura no
puede menos de brotar la alabanza gozosa y agradecida. Incluso cuan-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 65
do atravesamos una noche oscura, nos sentimos protegidos por las
alas de Dios, como el arca de la alianza estaba cubierta por las alas de
los querubines. Y entonces florece la expresión estática de la alegría: "A
la sombra de tus alas canto con júbilo". El miedo desaparece, el abrazo
no encuentra el vacío sino a Dios mismo; nuestra mano se estrecha con
la fuerza de su diestra. En una lectura de ese salmo a la luz del misterio
pascual, la sed y el hambre que nos impulsan hacia Dios, se sacian en
Cristo crucificado y resucitado, del que nos viene, por el don del Espíritu
y de los sacramentos, la vida nueva y el alimento que la sostiene. Nos
lo recuerda san Juan Crisóstomo, que, comentando las palabras de san
Juan: de su costado "salió sangre y agua", afirma: "Esa sangre y esa
agua son símbolos del bautismo y de los misterios", es decir, de la Eu-
caristía. Y concluye: "¿Veis cómo Cristo se unió a su esposa? ¿Veis
con qué nos alimenta a todos? Con ese mismo alimento hemos sido for-
mados y crecemos. En efecto, como la mujer alimenta al hijo que ha en-
gendrado con su propia sangre y leche, así también Cristo alimenta
continuamente con su sangre a aquel que él mismo ha engendrado".
Salmo 64
En Sión, oh Dios, conviene alabarte y en Jerusalén cumplir nuestras
promesas, pues tú has oído la súplica. Todo mortal viene a ti con sus
culpas a cuesta; nuestros pecados nos abruman pero tú los perdonas.
Feliz tu invitado, tu elegido para hospedarse en tus atrios. Sácianos con
los bienes de tu casa, con las cosas sagradas de tu Templo. Tú nos
responderás, como es debido, con maravillas, Dios Salvador nuestro,
esperanza de las tierras lejanas y de las islas de ultramar, tú que fijas
los montes con tu fuerza y que te revistes de poder. Tú calmas el brami-
do de los mares y el fragor de sus olas; tú calmas el tumulto de los pue-
blos. Tus prodigios espantan a los pueblos lejanos, pero alegran las
puertas por donde el sol nace y se pone. Tú visitas la tierra y le das
agua, tú haces que dé sus riquezas. Los arroyos de Dios rebosan de
agua para preparar el trigo de los hombres. Preparas la tierra, regando
sus surcos, rompiendo sus terrones, las lluvias la ablandan, y bendices
sus siembras. Coronas el año de tus bondades, por tus senderos corre
la abundancia; las praderas del desierto reverdecen, las colinas se re-
visten de alegría; sus praderas se visten de rebaños y los valles se cu-
bren de trigales, ¡ellos aclaman, o mejor ellos cantan!
Nuestro viaje por los Salmos de la Liturgia de las Horas nos lleva hoy
a meditar en un himno que nos conquista sobre todo por el fascinante
paisaje primaveral de su última parte, una escena llena de frescura y
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 66
colores, compuesta por voces de alegría. En realidad, el Salmo 64 tiene
una estructura más amplia, cruce de dos tonos diferentes: emerge, ante
todo, el histórico tema del perdón de los pecados y de la acogida por
Dios; después hace referencia al tema cósmico de la acción de Dios
con los mares y los montes; desarrolla al final la descripción de la pri-
mavera: en el desolado y árido panorama de Oriente Próximo, la lluvia
fecunda es la expresión de la fidelidad del Señor a la creación. Para la
Biblia la creación es la sede de la humanidad y el pecado es un atenta-
do contra el orden y la perfección del mundo. La conversión y el perdón
vuelven a dar, por tanto, integridad y armonía al cosmos. En la primera
parte del Salmo, nos encontramos dentro del templo de Sión. Allí llega
el pueblo con sus miserias morales para invocar la liberación del mal.
Una vez obtenida la absolución de las culpas, los fieles se sienten hués-
pedes de Dios, cercanos a él, dispuestos a ser admitidos a su mesa y a
participar en la fiesta de la intimidad divina. El Señor, que se ensalza en
el templo, es representado después con un perfil glorioso y cósmico. Se
dice, de hecho, que es la esperanza del confín de la tierra y del océano
remoto; afianza los montes con su fuerza. . . reprime el estruendo del
mar, el estruendo de las olas y el tumulto. . . Los habitantes del extremo
del orbe se sobrecogen ante sus signos, desde oriente hasta occidente.
En esta celebración de Dios Creador, encontramos un acontecimiento
que querría subrayar: el Señor logra dominar y acallar incluso el tumulto
de las aguas del mar, que en la Biblia son símbolo del caos, en oposi-
ción al orden de la creación. Es una manera de exaltar la victoria divina
no sólo sobre la nada, sino incluso sobre el mal: por este motivo, el es-
truendo del mar y el estruendo de las olas es asociado al tumulto de los
pueblos, es decir, la rebelión de los soberbios. San Agustín lo comenta
de manera eficaz: El mar es imagen del mundo presente: amargo a
causa de la sal, turbado por tempestades, donde los hombres, con sus
ambiciones perversas y desordenadas, parecen peces que se devoran
unos a otros. ¡Mirad este mar proceloso, este mar amargo, cruel con
sus olas! No nos comportemos así, hermanos, pues el Señor es la
"esperanza del confín de la tierra". La conclusión que nos sugiere el
Salmo es sencilla: ese Dios, que acaba con el caos y el mal del mundo
y de la historia, puede vencer y perdonar la malicia y el pecado que el
orante lleva en su interior y que presenta en el templo con la certeza de
la purificación divina. En este momento, irrumpen en la escena otro tipo
de aguas: las de la vida y las de la fecundidad, que en primavera irrigan
la tierra y que representan la nueva vida del fiel perdonado. Los versícu-
los finales del Salmo, como decía, son de extraordinaria belleza y signi-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 67
ficado. Dios quita la sed a la tierra agrietada por la aridez y el hielo in-
vernal, con la lluvia. El Señor es como un agricultor, que hace crecer el
trigo y las plantas con su trabajo. Prepara el terreno, riega los surcos,
iguala los terrones, rocía todas las partes de su campo. El salmista utili-
za diez verbos para describir esta amorosa obra del Creador con la tie-
rra, que se transforma en una especie de criatura viviente. De hecho,
todo aclama y canta de alegría. En este sentido, son también sugeren-
tes los tres verbos ligados al símbolo de las vestiduras: las colinas se
orlan de alegría; las praderas se cubren de rebaños, y los valles se vis-
ten de mieses. Es la imagen de un prado salpicado por el candor de las
ovejas; las colinas se ciñen con el cinturón de las viñas, signo de la
exultación de su producto, el vino, que alegra el corazón del hombre;
los valles se visten con la capa dorada de las mieses. El versículo 12
evoca también la corona, que podría hacer pensar en las guirnaldas de
los banquetes festivos, colocadas sobre la cabeza de los invitados. To-
das las criaturas juntas, como en procesión, se dirigen hacia su Creador
y Soberano, danzando y cantando, alabando y rezando. Una vez más la
naturaleza se convierte en un signo elocuente de la acción divina; es
una página abierta a todos, dispuesta a manifestar el mensaje trazado
en ella por el Creador, pues de la grandeza y hermosura de las criatu-
ras se llega, por analogía, a contemplar a su Autor. Contemplación teo-
lógica y abandono poético se funden en este pasaje poético, convirtién-
dose en adoración y alabanza. Pero el encuentro más intenso, hacia el
que tiende el Salmista con todo su cántico, es el que une creación y re-
dención. Como la tierra resurge en primavera por la acción del Creador,
así el hombre resurge de su pecado por la acción del Redentor. Crea-
ción e historia están, de este modo, bajo la mirada providente y salva-
dora del Señor, que vence a las aguas tumultuosas y destructoras y da
el agua que purifica, fecunda y quita la sed. El Señor, de hecho, sana a
los de roto corazón, y venda sus heridas, pero también cubre de nubes
los cielos, prepara lluvia a la tierra prepara, hace germinar en los mon-
tes la hierba. El Salmo se convierte así en un canto a la gracia divina.
San Agustín vuelve a recordar, al comentar nuestro salmo, este don
trascendente y único: El Señor Dios te dice al corazón: yo soy tu rique-
za. No hagas caso a lo que promete el mundo, sino a lo que promete el
Creador del mundo! Presta atención a lo que Dios promete, si observas
la justicia; y desprecia lo que te promete el hombre para alejarte de la
justicia. ¡No hagas caso, por tanto, a lo que te promete el mundo! Con-
sidera más bien aquello que promete el Creador del mundo.
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 68
Salmo 66
¡Que Dios tenga piedad y nos bendiga, nos ponga bajo la luz de su
rostro!. Para que conozcan en la tierra tu camino, tu salvación en todas
la naciones. Que los pueblos te den gracias, oh Dios, que todos los
pueblos te den gracias. Que los poblados se alegren y te canten. Pues
tú juzgas los pueblos con justicia, tú riges a los pueblos de la tierra. Que
los pueblos te den gracias, oh Dios, que todos los pueblos te den gra-
cias. Ha entregado la tierra su cosecha, Dios, nuestro Dios, nos dio su
bendición; que nos bendiga Dios, y sea temido hasta los confines de la
tierra.
Acaba de resonar la voz del antiguo salmista que elevó al Señor un
gozoso canto de acción de gracias. Es un texto breve y esencial, pero
que abarca un inmenso horizonte hasta alcanzar a todos los pueblos de
la tierra. Esta apertura universal refleja probablemente el espíritu profé-
tico de la época sucesiva al exilio en Babilonia, cuando se auspiciaba el
que incluso los extranjeros fueran guiados por Dios a su monte santo
para ser colmados de alegría. Sus sacrificios y holocaustos habrían sido
gratos, pues el templo del Señor se convertiría en casa de oración para
todos los pueblos. También en nuestro Salmo, el 66, el coro universal
de las naciones es invitado a asociarse a la alabanza que Israel eleva
en el templo de Sión. En dos ocasiones, de hecho, se pronuncia la antí-
fona: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te ala-
ben. Incluso los que no pertenecen a la comunidad escogida por Dios
reciben de Él una vocación: están llamados a conocer el camino revela-
do a Israel. El camino es el plan divino de salvación, el reino de luz y de
paz, en cuya actuación quedan asociados también los paganos, a quie-
nes se les invita a escuchar la voz de Yahvé. El resultado de esta escu-
cha obediente es el temor del Señor hasta los confines del orbe, expre-
sión que no evoca el miedo sino más bien el respeto adorante del mis-
terio trascendente y glorioso de Dios. Al inicio y en la conclusión del
Salmo, se expresa un insistente deseo de bendición divina: El Señor
tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros. . . Nos
bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga. Es fácil escu-
char en estas palabras el eco de la famosa bendición sacerdotal ense-
ñada, en nombre de Dios, por Moisés y Aarón a los descendientes de la
tribu sacerdotal: Que el Señor te bendiga y te guarde; que el Señor ilu-
mine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te muestre su ros-
tro y te conceda la paz. Pues bien, según el Salmista, esta bendición
sobre Israel será como una semilla de gracia y de salvación que será
enterrada en el mundo entero y en la historia, dispuesta a germinar y a
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 69
convertirse en un árbol frondoso. El pensamiento recuerda también la
promesa hecha por el Señor a Abraham en el día de su elección: De ti
haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé
tú una bendición. . . Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra. En
la tradición bíblica, uno de los efectos de la bendición divina es el don
de la vida, de la fecundidad y de la fertilidad. Nuestro Salmo hace refe-
rencia explícitamente a esta realidad concreta, preciosa para la existen-
cia: La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Esta
constatación ha llevado a los expertos a poner en relación el Salmo con
el rito de acción de gracias por una abundante cosecha, signo del favor
divino y testimonio para los demás pueblos de la cercanía del Señor a
Israel. La misma frase llamó la atención de los Padres de la Iglesia, que
del horizonte agrícola pasaron a un nivel simbólico. De este modo, Orí-
genes aplicó el versículo a la Virgen María y a la Eucaristía, es decir, a
Cristo que proviene de la flor de la Virgen y se convierte en fruto que
puede ser comido. Desde este punto de vista, la tierra es santa María,
que procede de nuestra tierra, de nuestra semilla, de este fango, de es-
te barro, de Adán. Esta tierra ha dado su fruto: lo que perdió en el paraí-
so, lo ha vuelto a encontrar en el Hijo. La tierra ha dado su fruto: prime-
ro produjo una flor. . . , después esta flor se convirtió en fruto para que
pudiéramos comerlo, para que comiéramos su carne. ¿Queréis saber
qué es este fruto? Es el Virgen de la Virgen, el Señor de la esclava,
Dios del hombre, el Hijo de la Madre, el fruto de la tierra. Concluimos
con las palabras de san Agustín en su comentario al Salmo. Identifica el
fruto germinado en la tierra con la novedad provocada en los hombres
gracias a la venida de Cristo, una novedad de conversión y un fruto de
alabanza a Dios. De hecho, la tierra estaba llena de espinas, explica.
Pero se acercó la mano de aquel que quita las raíces, se acercó la voz
de su majestad y de su misericordia; y la tierra comenzó a cantar ala-
banzas. Ahora la tierra ya sólo da frutos. Ciertamente no daría su fruto,
si antes no hubiera sido regada por la lluvia, si no hubiera venido antes
de lo alto la misericordia de Dios. Pero ahora asistimos a un fruto madu-
ro en la Iglesia gracias a la predicación de los Apóstoles: Enviando la
lluvia a través de sus nubes, es decir, a través de los apóstoles que han
anunciado la verdad, la tierra ha dado su fruto más copiosamente, y es-
ta mies ha llenado ya al mundo entero. La tierra ha dado su fruto, excla-
ma el Salmo que acabamos de proclamar, el 66, uno de los textos intro-
ducidos en la Liturgia de las Vísperas. La frase nos hace pensar en un
himno de acción de gracias dirigido al Creador por los dones de la tie-
rra, signo de la bendición divina. Pero este elemento natural está ínti-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 70
mamente ligado al histórico: los frutos de la naturaleza son considera-
dos como una ocasión para pedir repetidamente que Dios bendiga a su
pueblo, de modo que todas las naciones de la tierra se vuelvan a Israel,
tratando de llegar a través de él al Dios salvador. La composición ofre-
ce, por tanto, una perspectiva universal y misionera, tras las huellas de
la promesa divina hecha a Abraham Por ti se bendecirán todos los lina-
jes de la tierra. La bendición divina pedida por Israel se manifiesta con-
cretamente en la fertilidad de los campos y en la fecundidad, es decir,
en el don de la vida. Por ello, el Salmo se abre con un versículo, que
hace referencia a la famosa bendición sacerdotal del Libro de los Nú-
meros: El Señor te bendiga y te guarde; ilumine el Señor su rostro sobre
ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz. El
eco del tema de la bendición resuena al final del Salmo, donde reapare-
cen los frutos de la tierra. Ahí aparece este tema universal que confiere
a la espiritualidad de todo el himno una sorprendente amplitud de hori-
zontes. Es una apertura que refleja la sensibilidad de un Israel que ya
está dispuesto a confrontarse con todos los pueblos de la tierra. La
composición del Salmo debe enmarcarse, quizá, tras la experiencia del
exilio de Babilonia, cuando el pueblo comenzó a experimentar la Diás-
pora entre las naciones extranjeras y en nuevas regiones. Gracias a la
bendición implorada por Israel, toda la humanidad podrá experimentar
la vida y la salvación del Señor, es decir, su proyecto salvífico. A todas
las culturas y a todas las sociedades se les revela que Dios juzga y go-
bierna a los pueblos y a las naciones de todas las partes de la tierra,
guiando a cada uno hacia horizontes de justicia y paz. Es el gran ideal
hacia el que estamos orientados, es el anuncio más apremiante que
surge del Salmo 66 y de muchas páginas proféticas. Esta será también
la proclamación cristiana que delineará san Pablo al recordar que la sal-
vación de todos los pueblos es el centro del misterio, es decir, del de-
signio salvífico divino: los gentiles sois coherederos, miembros del mis-
mo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por me-
dio del Evangelio. Ahora Israel puede pedir a Dios que todas las nacio-
nes participen en su alabanza; será un coro universal: Oh Dios, que te
alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben, se repite en el Sal-
mo. El auspicio del Salmo precede al acontecimiento descrito por la
Carta a los Efesios, cuando parece hacer alusión al muro que en el tem-
plo de Jerusalén separaba a los judíos de los paganos: En Cristo Jesús,
vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar
cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los
dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemis-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 71
tad. . . Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos
de los santos y familiares de Dios. Hay aquí un mensaje para nosotros:
tenemos que abatir los muros de las divisiones, de la hostilidad y del
odio, para que la familia de los hijos de Dios se vuelva a encontrar en
armonía en la única mesa, para bendecir y alabar al Creador para los
dones que él imparte a todos, sin distinción. La tradición cristiana ha in-
terpretado el Salmo 66 en clave cristológica y mariológica. Para los Pa-
dres de la Iglesia, la tierra que ha dado su fruto es la virgen María que
da a luz a Jesucristo. De este modo, por ejemplo, san Gregorio Magno,
en el Comentario al primer Libro de los Reyes, glosa este versículo,
comparándolo a otros muchos pasajes de la Escritura: María es llamada
y con razón "monte rico de frutos", pues de ella ha nacido un óptimo fru-
to, es decir, un hombre nuevo. Y al ver su belleza, adornada en la gloria
de su fecundidad, el profeta exclama: "Saldrá un vástago del tronco de
Jesé, y un retoño de sus raíces brotará". David, al exultar por el fruto de
este monte, dice a Dios: "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos
los pueblos te alaben. La tierra ha dado su fruto". Sí, la tierra ha dado
su fruto, porque aquel a quien engendró la Virgen no fue concebido por
obra de hombre, sino porque el Espíritu Santo extendió sobre ella su
sombra. Por este motivo, el Señor dice al rey y profeta David: "El fruto
de tu seno asentaré en tu trono". De este modo, Isaías afirma: "el ger-
men del Señor será magnífico". De hecho, aquel a quien la Virgen en-
gendró no sólo ha sido un "hombre santo", sino también "Dios podero-
so".
Salmo 71
Oh Dios, comunica al rey tu juicio, y tu justicia a ese hijo de rey, para
que juzgue a tu pueblo con justicia y a tus pobres en los juicios que re-
claman. Que montes y colinas traigan al pueblo la paz y la justicia. Juz-
gará con justicia al bajo pueblo, salvará a los hijos de los pobres, pues
al opresor aplastará. Durará tanto tiempo como el sol, como la luna a lo
largo de los siglos. Bajará como la lluvia sobre el césped, como el chu-
basco que moja la tierra. Florecerá en sus días la justicia, y una gran
paz hasta el fin de las lunas. Pues domina del uno al otro Mar, del Río
hasta el confín de las tierras. Ante él se arrodillará su adversario, y el
polvo morderán sus enemigos. Los reyes de Tarsis y de las islas le pa-
garán tributo; los reyes de Arabia y de Etiopía le harán llegar sus cuo-
tas. Ante él se postrarán todos los reyes, y le servirán todas las nacio-
nes. Pues librará al mendigo que le clama, al pequeño, que de nadie
tiene apoyo; él se apiada del débil y del pobre, él salvará la vida de los
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 72
pobres; de la opresión violenta rescata su vida, y su sangre que es pre-
ciosa ante sus ojos. Que él viva, que le den oro de Arabia, y que sin tre-
gua rueguen por él; lo bendecirán el día entero. ¡Abundancia de trigo
habrá en la tierra, que cubrirá la cima de los montes; que abunde en fru-
to como el Líbano, se multiplicarán como hierba de la tierra!. Que su
nombre permanezca para siempre, y perdure por siempre bajo el sol.
En él serán benditas todas las razas de la tierra, le desearán felicidad
todas las naciones. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, pues sólo él
hace maravillas. Bendito sea por siempre su nombre de gloria, que su
gloria llene la tierra entera. ¡Amén, amén!. Aquí terminan las plegarias
de David, hijo de Jesé.
La Liturgia de las Vísperas, que estamos siguiendo a través de la se-
rie de sus salmos, nos propone en dos etapas distintas el Salmo 71, un
himno real-mesiánico. Después de haber meditado en la primera parte,
se nos presenta ahora el segundo movimiento poético y espiritual de
este canto dedicado a la figura gloriosa del rey Mesías. Ante todo hay
que subrayar que el final de los últimos dos versículos es en realidad un
añadido litúrgico sucesivo al Salmo. Se trata, de hecho de una breve,
aunque intensa bendición que tenía que sellar el segundo de los cinco
libros en los que la tradición judía había dividido la colección de los 150
salmos: este segundo libro comenzaba con el Salmo 41, el de la cierva
sedienta, símbolo luminoso de la sed espiritual de Dios. Ahora, este
canto de esperanza en una era de paz y justicia concluye esa secuen-
cia de salmos y las palabras de la bendición final son una exaltación de
la presencia eficaz del Señor ya sea en la historia de la humanidad,
donde hace maravillas, ya sea en el universo creado, lleno de su gloria.
Como ya sucedía en la primera parte del Salmo, el elemento decisivo
para reconocer la figura del rey mesiánico es sobre todo la justicia y su
amor por los pobres. Éstos sólo le tienen a Él como punto de referencia
y manantial de esperanza, pues es el representante visible de su único
defensor y patrono, Dios. La historia del Antiguo Testamento enseña
que los soberanos de Israel, en realidad, desmintieron con demasiada
frecuencia este compromiso suyo, prevaricando con los débiles, con los
indigentes y los pobres. Por este motivo, ahora la mirada del salmista
se dirige hacia un rey justo, perfecto, encarnado por el Mesías, el único
soberano dispuesto a rescatar a los oprimidos de la violencia. El verbo
hebreo utilizado es el jurídico del protector de los últimos y de las vícti-
mas, aplicado también a Israel, rescatado de la esclavitud cuando esta-
ba oprimido por la potencia del faraón. El Señor es el rescatador-
redentor primario que actúa visiblemente a través del rey-Mesías, de-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 73
fendiendo la vida y la sangre de los pobres, sus protegidos. La vida y la
sangre son la realidad fundamental de la persona, son la representación
de los derechos y de la dignidad de cada uno de los seres humanos,
derechos con frecuencia violados por los potentes y por los prepotentes
de este mundo. El Salmo 71 concluye, en su redacción original, antes
de la antífona final mencionada, con una aclamación en honor del rey-
Mesías. Es como una trompeta que acompaña un coro de auspicios y
buenos deseos dirigidos al soberano, a su vida, a su bienestar, a su
bendición, a la permanencia de su recuerdo en los siglos. Son elemen-
tos que pertenecen al estilo de formas de una corte, con su énfasis pro-
pio. Pero estas palabras alcanzan su verdad en la acción del rey perfec-
to, esperado y deseado, el Mesías. Según una característica de los cán-
ticos mesiánicos, toda la naturaleza queda involucrada en una transfor-
mación que ante todo es social: el trigo de la mies será tan abundante
que se convertirá como en un mar de espigas cuyas olas llegan hasta
las cumbres de los montes. Es el signo de la bendición divina que se
difunde en plenitud sobre una tierra pacificada y serena. Es más, toda la
humanidad, dejando caer y cancelando toda división, convergirá hacia
este soberano de justicia, realizando de este modo la gran promesa he-
cha por el Señor a Abraham: que lo proclamen dichoso todas las razas
de la tierra. En el rostro de este rey-Mesías la tradición cristiana ha in-
tuido el retrato de Jesucristo. En su Comentario al Salmo 71, san Agus-
tín hace una lectura en clave cristológica en la que explica que los indi-
gentes y los pobres a los que Cristo sale en su ayuda son el pueblo de
los creyentes en Él. Es más, recordando los reyes mencionados prece-
dentemente por el Salmo, aclara que en este pueblo se incluyen tam-
bién los reyes que lo adoran. No han desdeñado hacerse indigentes y
pobres, es decir, confesar humildemente sus pecados y reconocerse
necesitados de la gloria y de la gracia de Dios para que ese rey, hijo del
rey, les liberase del potente, es decir, de Satanás, el calumniador, el
fuerte. Pero nuestro Salvador humilló al calumniador, y entró en la casa
del fuerte, llevándose sus riquezas después de haberle encadenado; él
"ha liberado al indigente del potente, y al pobre que no tenía a nadie pa-
ra ayudarle". Ninguna potencia creada hubiera podido hacer esto, ni la
de cualquier hombre justo, ni siquiera la de un ángel. No había nadie
que fuera capaz de salvarnos; por eso vino Él, en persona, y nos salvó.
Salmo 76
En voz alta clamo a Dios, en voz alta para que me escuche. Busqué
al Señor, en el momento de la prueba, de noche sin descanso, hacia él
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 74
tendí mi mano y mi alma se negó a ser consolada. No me acuerdo de
Dios sin que no gima, si medito, una duda acosa mi espíritu. No me per-
mite dormir, me perturbo y me faltan las palabras. Es que pienso en los
días de otrora, en los tiempos antiguos. . . Y me acuerdo, y por la noche
mi corazón se atormenta, medito y mi espíritu se interroga: ¿Nos recha-
zará Dios para siempre y no reabrirá el tiempo de sus favores?. ¿Ha
clausurado su gracia para siempre, y encerrado su palabra para el futu-
ro?. ¿Se ha olvidado Dios de su compasión o la cólera ha cerrado sus
entrañas?. Y me dije: "Lo que me traspasa es que ha cambiado la dies-
tra del Altísimo". Recuerdo las hazañas del Señor, recuerdo tus mila-
gros de otros tiempos,. En tus obras medito, una a una, y pienso en tus
hazañas. ¡Oh Dios, en tus obras todo es santo! ¿qué dios es tan grande
como nuestro Dios?. Tú eres el Dios que hace maravillas, tú demues-
tras tu fuerza entre los pueblos. Por tu brazo, a tu pueblo rescataste, a
los hijos de Jacob y de José. Oh Dios, las aguas te vieron, te vieron y
se estremecieron, y hasta sus honduras enmudecieron. Las nubes des-
cargaron aguaceros, las nubes hicieron oír su voz, mientras tus flechas
se arremolinaban. Se oía de tu trueno el retumbar, tus relámpagos el
mundo iluminaban, la tierra se asombraba y estremecía. Tu camino cru-
zaba por el mar, por aguas profundas corrían tus senderos, y nadie su-
po dar cuenta de tus huellas. Tú guiabas a tu pueblo, a tu rebaño, por la
mano de Moisés y de Aarón.
Al poner en los Laudes de una mañana el Salmo 76 que acabamos
de proclamar, la Liturgia quiere recordarnos que el inicio de la Jornada
no siempre es luminoso. Así como surgen días tenebrosos, en los que
el cielo se cubre de nubes y amenaza con la tempestad, así nuestra vi-
da experimenta jornadas densas de lágrimas y miedo. Por eso, ya en la
aurora, la oración se convierte en lamento, súplica, invocación de ayu-
da. Nuestro Salmo es precisamente una súplica que se eleva a Dios
con insistencia, animada por la confianza, es más, por la certeza en la
intervención divina. Para el Salmista, de hecho, el Señor no es un em-
perador impasible, alejado en sus cielos luminosos, indiferente a nues-
tras vicisitudes. De esta impresión, que en ocasiones nos atenaza el
corazón, surgen interrogantes tan amargos que ponen en crisis la fe:
¿Ha desmentido Dios su amor y su elección? ¿Ha olvidado el pasado
en el que nos apoyaba y hacía felices?. Como veremos, estas pregun-
tas serán disipadas por una renovada confianza en Dios, redentor y sal-
vador. Sigamos, entonces, el desarrollo de esta oración que comienza
con un tono dramático, en la angustia, y que después poco a poco se
abre a la serenidad y la esperanza. En primer lugar, ante nosotros, se
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 75
presenta la lamentación sobre el triste presente y sobre el silencio de
Dios. Un grito de ayuda que es lanzado a un cielo aparentemente mu-
do, las manos se elevan en la súplica, el corazón desfallece por el des-
aliento. En el insomnio de la noche, entre lágrimas y oraciones, un can-
to vuelve al corazón, como un refrán desconsolado salta continuamente
en lo profundo del alma. Cuando el dolor llega al colmo y se querría ale-
jar el cáliz del sufrimiento, las palabras estallan y se convierten en una
pregunta lacerante, como antes decía. Este grito interpela al misterio de
Dios y de su silencio. El Salmista se pregunta por qué le rechaza el Se-
ñor, por qué ha cambiado su rostro y su actuar, olvidando el amor, la
promesa de salvación y la ternura misericordiosa. La diestra del Altísi-
mo, que había hecho los prodigios salvadores del Éxodo parece ahora
paralizada. Es un auténtico tormento que pone en crisis la fe de quien
reza. Si así fuera, Dios sería irreconocible, se convertiría en un ser cruel
o en una presencia como la de los ídolos, que no pueden salvar pues
son incapaces, indiferentes, impotentes. En estos versículos de la pri-
mera parte del Salmo 76 está todo el programa de la fe en el tiempo de
la prueba y del silencio de Dios.
4. Pero hay motivos de esperanza. Es lo que emerge de la segunda
parte de la súplica, parecida a un himno destinado confirmar valiente-
mente la propia fe incluso en el día tenebroso del dolor. Es un canto a la
salvación actuada en el pasado, que tuvo su epifanía de luz en la crea-
ción y en la liberación de la esclavitud de Egipto. El presente amargo se
ilumina con la experiencia salvadora del pasado, que es una semilla co-
locada en la historia: no ha muerto, sólo ha sido enterrada, para germi-
nar después. El Salmista recurre, por tanto, a un importante concepto
bíblico, el del memorial que no es sólo una vaga memoria consoladora,
sino certeza de una acción divina que no desfallecerá: Recuerdo las
proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos. Profesar la fe en
las obras del salvación del pasado lleva a la fe en lo que el Señor es
constantemente y, por tanto, también en el presente. Dios mío, tus ca-
minos son santos. . . Tu eres el Dios que hace maravillas. De este mo-
do, el presente que parecía sin salida y sin luz es iluminado por la fe en
Dios y se abre a la esperanza. Para apoyar esta fe el Salmista cita pro-
bablemente un himno más antiguo, cantado quizá en la liturgia del tem-
plo de Sión. Es una estupenda teofanía en la que el Señor entra en el
escenario de la historia, trastocando la naturaleza y en particular las
aguas, símbolo del caos, del mal y del sufrimiento. Es bellísima la ima-
gen del camino de Dios sobre las aguas, signo de su triunfo sobre las
fuerzas negativas: Tú te abriste camino por las aguas, un vado por las
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 76
aguas caudalosas, y no quedaba rastro de tus huellas. El pensamiento
nos lleva a Cristo que camina sobre las aguas, símbolo elocuente de la
victoria sobre el mal. Al recordar al final que Dios guió como a un reba-
ño a su pueblo por la mano de Moisés y de Aarón, el Salmo nos lleva
implícitamente a una certeza: Dios regresará para llevarnos a la salva-
ción. Su mano poderosa e invisible estará con nosotros a través de la
mano visible de los pastores y de los guías por él constituidos. El Sal-
mo, que se abrió con un grito de dolor, suscita al final sentimientos de fe
y de esperanza en el gran pastor de nuestras almas.
Salmo 79
Escucha, pastor de Israel, que guías a José como un rebaño, tú que
te sientas en los querubines resplandece delante de Efraín, Benjamín y
Manasés. ¡Despierta tu valentía, ven y sálvanos!. ¡Oh Dios, retómanos
en tus manos, haz brillar tu faz y sálvanos!. ¿Hasta cuándo, Señor, Dios
de los ejércitos, vas a desconsiderar las oraciones de tu pueblo?. Le
diste por comida un pan de lágrimas, han bebido sus lágrimas hasta sa-
ciarse. Somos la presa que se arrebatan nuestros vecinos, y nuestros
enemigos se burlan de nosotros. ¡Oh Dios de los ejércitos, restabléce-
nos, haz brillar tu faz y sálvanos!. Tenías una viña que arrancaste de
Egipto, para plantarla, expulsaste naciones. Delante de ella despejaste
el terreno, echó raíces y repletó el país. De su sombra se cubrieron las
montañas y de sus pámpanos, los cedros divinos. Extendía sus sar-
mientos hasta el mar y sus brotes llegaban hasta el río. ¿Por qué has
destrozado sus cercos? Cualquier transeúnte saca racimos, el jabalí de
los bosques la devasta y los animales salvajes la devoran. ¡Oh Dios Sa-
baot, es hora de que regreses; mira de lo alto del cielo y contempla, vi-
sita esa viña y protégela, ya que tu derecha la plantó!. Los que le pren-
dieron fuego como basura, que perezcan al reproche de tu mirada. Que
tu mano apoye al hombre que hace tus obras, al hijo de hombre que
has hecho fuerte para ti. Ya no nos apartaremos más de ti, nos harás
revivir y tu nombre invocaremos. ¡Señor, Dios Sabaot, restablécenos,
haz brillar tu faz y sálvanos!
El Salmo que acabamos de escuchar tiene el tono de una lamenta-
ción y de una súplica de todo el pueblo de Israel. La primera parte utili-
za un célebre símbolo bíblico, el pastoral. El Señor es invocado como
pastor de Israel, el que guía a José como a un rebaño. Desde lo alto del
arca de la alianza, sentado sobre querubines, el Señor guía a su reba-
ño, es decir, su pueblo, y lo protege en los peligros. Así lo había hecho
durante la travesía del desierto. Ahora, sin embargo, parece ausente,
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como adormecido o indiferente. Al rebaño que debía guiar y alimentar
sólo le ofrece un pan amasado con lágrimas. Los enemigos se ríen de
este pueblo humillado y ofendido; y sin embargo Dios no parece quedar
sorprendido, no se despierta, ni revela su potencia en defensa de las
víctimas de la violencia y de la opresión. La repetición de la invocación
de la antífona parece como si quisiera sacudir a Dios de su actitud ale-
jada para que vuelva a ser pastor y defienda de su pueblo. En la segun-
da parte de la oración, cargada de tensión y al mismo tiempo de con-
fianza, encontramos otro símbolo sumamente querido por la Biblia, el
de la viña. Es una imagen fácil de entender, pues pertenece al panora-
ma de la tierra prometida y es signo de fecundidad y de alegría. Como
enseña el profeta Isaías en una de sus más elevadas páginas poéticas,
la viña encarna a Israel. Ilustra dos dimensiones fundamentales: por un
lado, dado que es plantada por Dios, la viña representa el don, la gra-
cia, el amor de Dios; por otro lado, requiere el trabajo del campesino,
gracias al cual se produce la uva, que después puede dar el vino. Re-
presenta así la respuesta humana, el compromiso personal y el fruto de
obras justas. A través de la imagen de la viña, el Salmo evoca las eta-
pas principales de la historia judía: sus raíces, la experiencia del éxodo
de Egipto, la entrada en la tierra prometida. La viña había alcanzado su
nivel más amplio de extensión por toda la región de Palestina y más le-
jos todavía con el reino de Salomón. Se extendía, de hecho, desde los
montes septentrionales del Líbano, con sus cedros, hasta el mar Medi-
terráneo y casi hasta llegar al gran río Éufrates. Pero el esplendor de
este florecimiento se desgarró. El Salmo nos recuerda que sobre la viña
de Dios pasó la tempestad, es decir, Israel sufrió una dura prueba, una
terrible invasión que devastó la tierra prometida. Dios mismo demolió,
como si fuera un invasor, la cerca de la viña, dejando así que en ella
irrumpieran los saqueadores, representados por el jabalí, una animal
considerado como violento e impuro, según las antiguas costumbres. A
la potencia del jabalí se asocian todas las alimañas salvajes, símbolo de
una horda enemiga que todo lo devasta. Entonces dirige a Dios un lla-
mamiento apremiante para que vuelva a ponerse en defensa de las víc-
timas, rompiendo su silencio: Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde
el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña. Dios será entonces el protector de la
cepa vital de esta viña sometida a una prueba tan dura, expulsando a
todos los que habían tratado de talarla y quemarla. Al llegar a este mo-
mento, el Salmo deja espacio a una esperanza de colores mesiánicos.
El versículo 18, de hecho, reza así: Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste. El pensamiento se dirige ante todo al rey
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davídico que con el apoyo del Señor guiará la recuperación de la liber-
tad. De todos modos, aparece implícita la confianza en el futuro Mesías,
ese hijo del hombre que será cantado por el profeta Daniel y que Jesús
asumirá como título predilecto para definir su obra y su persona mesiá-
nica. Es más, los Padres de la Iglesia indicarán con unanimidad en la
viña evocada por el Salmo una representación profética de Cristo au-
téntica vid y de la Iglesia. Para que el rostro del Señor vuelva a brillar es
necesario ciertamente que Israel se convierta en la fidelidad y en la ora-
ción al Dios salvador. Lo expresa el Salmista afirmando: No nos alejare-
mos de ti. El Salmo 79 es, por tanto, un canto intensamente marcado
por el sufrimiento, pero también por una inquebrantable confianza. Dios
siempre está dispuesto a regresar a su pueblo, pero es necesario que
también el pueblo regrese a Él con la fidelidad. Si nos convertimos del
pecado, el Señor se convertirá de su intención de castigar: es la convic-
ción del Salmista, que encuentra eco también en nuestros corazones,
abriéndolos a la esperanza.
Salmo 80
¡Aviven a Dios, nuestra fuerza, aclamen al Dios de Jacob!. Entonen
los salmos y toquen los tambores, la melodiosa cítara y la lira!. Que
suene el cuerno para el primero del mes, para la luna llena, el día de
nuestra fiesta. Pues es una ley en Israel, una ordenanza del Dios de Ja-
cob; un decreto que impuso a José, cuando salió de la tierra de Egipto.
Oyó, entonces, una voz desconocida: "Yo quité la carga de su espalda,
sus manos han dejado la canasta. " En la angustia gritaste y te salvé, te
respondí en el secreto de la nube, te puse a prueba en las aguas de
Meriba: "Escucha, pueblo mío, te lo advierto, ojalá me escucharas, Is-
rael: No tengas en tu casa un dios extraño, ni te prosternes ante un dios
de afuera: Yo soy Yavé, tu Dios, que te hice subir de la tierra de Egipto.
Abre tu boca y te la llenaré". Pero mi pueblo no me quiso oír, e Israel no
me obedeció. Los dejé, pues, que siguieran sus caprichos y caminaran
según su parecer. "Ah, si mi pueblo me escuchara, si Israel fuera por
mis caminos, sometería en un instante a sus enemigos, volvería mi
mano contra sus opresores. Los enemigos del Señor le adularían y su
espanto jamás terminaría. Pero a él, con flor de trigo lo alimentaría y
con miel de la roca lo saciaría".
Tocad la trompeta por la luna nueva, por la luna llena, que es nuestra
fiesta. Estas palabras del Salmo 80, que acabamos de proclamar, re-
cuerdan una celebración litúrgica según el calendario lunar del antiguo
pueblo de Israel. Es difícil definir con precisión la festividad a la que se
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 79
refiere el Salmo; lo cierto es que el calendario litúrgico bíblico, si bien
parte del ciclo de las estaciones, y por tanto de la naturaleza, se pre-
senta profundamente anclado en la historia de la salvación, y en parti-
cular, en el acontecimiento capital del éxodo de la esclavitud egipcia,
ligado a la luna llena del primer mes. Allí, de hecho, se reveló el Dios
liberador y salvador. Como dice poéticamente el versículo 7 de nuestro
Salmo, Dios mismo quitó de las espaldas del judío esclavo en Egipto el
cestaño lleno de ladrillos necesarios para la construcción de las ciuda-
des de Pitom y Ramsés. Dios mismo se había puesto del lado del pue-
blo oprimido y con su potencia había quitado y cancelado el signo amar-
go de la esclavitud, la cesta de los ladrillos cocidos al sol, expresión de
los trabajos forzados a los que habían sido obligados los hijos de Israel.
Veamos ahora la manera en que se desarrolla este canto de la liturgia
de Israel. Comienza con una invitación a la fiesta, al canto, a la música:
es la convocación oficial de la asamblea litúrgica según el antiguo pre-
cepto del culto, establecido ya al salir de Egipto con la celebración de la
Pascua. Después de este llamamiento, se eleva la misma voz del Señor
a través del oráculo del sacerdote en el templo de Sión y sus palabras
divinas conformarán el resto del Salmo. El discurso es sencillo y gira en
torno a dos polos. Por un lado, aparece el don divino de la libertad, que
se ofrece a Israel, oprimido e infeliz: Clamaste en la aflicción, y te libré.
Se hace referencia también al apoyo que el Señor ofreció a Israel,
cuando caminaba por el desierto, es decir, el don del agua de Meribá,
en un contexto de dificultad y de prueba. Por otro lado, junto al don di-
vino, el salmista introduce otro elemento significativo. La religión bíblica
no es un monólogo solitario de Dios, una acción inerte. Es, más bien, un
diálogo, una palabra seguida por una respuesta, un gesto de amor que
pide adhesión. Por eso se reserva amplio espacio a las invitaciones diri-
gidas por Dios a Israel. El Señor le invita, ante todo, a observar fielmen-
te el primer mandamiento, apoyo de todo el Decálogo, es decir, la fe en
el único Señor y Salvador, y el rechazo de los ídolos. El ritmo del discur-
so del sacerdote, en nombre de Dios, está marcado por el verbo escu-
char, muy querido por el libro del Deuteronomio, que expresa la adhe-
sión obediente a la Ley del Sinaí y es signo de la respuesta de Israel al
don de la libertad. De hecho, en nuestro Salmo se repite: Escucha, pue-
blo mío. . . ¡Ojalá me escuchases Israel!. . . Pero mi pueblo no escuchó
mi voz, Israel no quiso obedecer. . . ¡Ojalá me escuchase mi pueblo!. . .
. El pueblo sólo puede recibir plenamente los dones del Señor a través
de la fidelidad a la escucha y a la obediencia. Por desgracia, Dios tiene
que constatar con amargura las numerosas infidelidades de Israel. El
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 80
camino en el desierto, al que alude el Salmo, está lleno de estos actos
de rebelión y de idolatría, que alcanzan su culmen en la representación
del becerro de oro. La última parte del Salmo tiene un tono melancólico.
Dios, de hecho, expresa un deseo que hasta ahora no ha sido satisfe-
cho: ¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!.
Esta melancolía, sin embargo, está inspirada en el amor y ligada a un
vivo deseo de colmar de bienes al pueblo elegido. Si Israel caminara
por los caminos del Señor, Él podría darle inmediatamente la victoria
sobre sus enemigos, y alimentarlo con flor de harina y saciarlo con miel
silvestre. Sería un banquete gozoso de pan fresquísimo, acompañado
por miel que parece manar de las rocas de la tierra prometida, repre-
sentando así la prosperidad y el bienestar pleno, como con frecuencia
se repite en la Biblia. Al ofrecer esta perspectiva maravillosa, el Señor
trata evidentemente de obtener la conversión de su pueblo, una res-
puesta de amor sincero y efectivo a su amor generoso. En la relectura
cristiana, la ofrenda divina revela su amplitud. Orígenes nos ofrece esta
interpretación: el Señor les ha hecho entrar en la tierra prometida, no
les ha alimentado con el maná del desierto, sino con el trigo caído en
tierra, que ha resucitado… Cristo es el trigo; es también la roca que en
el desierto ha saciado con agua la sed del pueblo de Israel. En sentido
espiritual, le ha saciado con miel y con agua para que todos los que
crean y reciban este alimento sientan miel en su boca. Como siempre
sucede en la historia de la salvación, la última palabra en el contraste
entre Dios y el pueblo pecador no es nunca el juicio y el castigo, sino el
amor y el perdón. Dios no desea juzgar y condenar, sino salvar y liberar
a la humanidad del mal. Sigue repitiéndonos las palabras que leemos
en el libro del profeta Ezequiel: ¿Acaso me complazco yo en la muerte
del malvado y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?.
. . ¿Por qué queréis morir, casa de Israel? Yo no me complazco en la
muerte de nadie, sea quien fuere, palabra del Señor. Convertíos y vivi-
réis. La liturgia se convierte en el lugar privilegiado en el que se puede
escuchar el llamamiento divino a la conversión y a regresar al abrazo de
Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fideli-
dad.
Salmo 83
Qué amables son tus moradas, Señor Sabaot!. Mi alma suspira y
hasta languidece por los atrios del Señor; mi corazón y mi carne gritan
de alegría al Dios que vive. Hasta el pajarillo encuentra casa, y la alon-
dra un nido, donde dejar sus polluelos: cerca de tus altares, Señor Sa-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 81
baot, ¡oh mi Rey y mi Dios!. Felices los que habitan en tu casa, se que-
darán allí para alabarte. Dichosos los hombres cuya fuerza eres tú y
que gustan de subir hasta ti. Al pasar por el valle de los Sauces, beben
allí de la fuente ya bendita por las primeras lluvias; pasan por las mura-
llas una a una, hasta presentarse a Dios en Sión. ¡Oh Señor, Dios Sa-
baot, escucha mi plegaria, oye con atención, Dios de Jacob!. Mira, oh
Dios, nuestro escudo, contempla la cara de tu ungido. Vale por mil un
día en tus atrios, y prefiero quedarme en el umbral, delante de la casa
de mi Dios antes que compartir la casa del malvado. El Señor es un ba-
luarte y un escudo, el Señor dará la gracia y la gloria a los que marchan
rectamente: ninguna bendición les negará. ¡Oh Señor Sabaot, feliz el
que confía en ti!
Continúa nuestro itinerario a través de los Salmos de la liturgia de
Laudes. Ahora hemos escuchado el Salmo 83, atribuido por la tradición
judaica a "los hijos de Coré", una familia sacerdotal que se ocupaba del
servicio litúrgico y custodiaba el umbral de la tienda del arca de la Alian-
za. Se trata de un canto dulcísimo, penetrado de un anhelo místico ha-
cia el Señor de la vida, al que se celebra repetidamente con el título de
"Señor de los ejércitos", es decir, Señor de las multitudes estelares y,
por tanto, del cosmos. Por otra parte, este título estaba relacionado de
modo especial con el arca conservada en el templo, llamada "el arca del
Señor de los ejércitos, que está sobre los querubines". En efecto, se la
consideraba como el signo de la tutela divina en los días de peligro y de
guerra. El fondo de todo el Salmo está representado por el templo, ha-
cia el que se dirige la peregrinación de los fieles. La estación parece ser
el otoño, porque se habla de la "lluvia temprana" que aplaca el calor del
verano. Por tanto, se podría pensar en la peregrinación a Sión con oca-
sión de la tercera fiesta principal del año judío, la de las Tiendas, me-
moria de la peregrinación de Israel a través del desierto. El templo está
presente con todo su encanto al inicio y al final del Salmo. En la apertu-
ra encontramos la admirable y delicada imagen de los pájaros que han
hecho sus nidos en el santuario, privilegio envidiable. Esta es una re-
presentación de la felicidad de cuantos, como los sacerdotes del tem-
plo, tienen una morada fija en la Casa de Dios, gozando de su intimidad
y de su paz. En efecto, todo el ser del creyente tiende al Señor, impul-
sado por un deseo casi físico e instintivo: "Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo". El
templo aparece nuevamente también al final del Salmo. El peregrino
expresa su gran felicidad por estar un tiempo en los atrios de la casa de
Dios, y contrapone esta felicidad espiritual a la ilusión idolátrica, que im-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 82
pulsa hacia "las tiendas del impío", o sea, hacia los templos infames de
la injusticia y la perversión. Sólo en el santuario del Dios vivo hay luz,
vida y alegría, y es "dichoso el que confía" en el Señor, eligiendo la sen-
da de la rectitud. La imagen del camino nos lleva al núcleo del Salmo,
donde se desarrolla otra peregrinación más significativa. Si es dichoso
el que vive en el templo de modo estable, más dichoso aún es quien
decide emprender una peregrinación de fe a Jerusalén. También los
Padres de la Iglesia, en sus comentarios al Salmo 83, dan particular re-
lieve al versículo 6: "Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al pre-
parar su peregrinación". Las antiguas traducciones del Salterio habla-
ban de la decisión de realizar las "subidas" a la Ciudad santa. Por eso,
para los Padres la peregrinación a Sión era el símbolo del avance conti-
nuo de los justos hacia las "eternas moradas", donde Dios acoge a sus
amigos en la alegría plena. Quisiéramos reflexionar un momento sobre
esta "subida" mística, de la que la peregrinación terrena es imagen y
signo. Y lo haremos con las palabras de un escritor cristiano del siglo
VII, abad del monasterio del Sinaí. Se trata de san Juan Clímaco, que
dedicó un tratado entero --La escala del Paraíso-- a ilustrar los innume-
rables peldaños por los que asciende la vida espiritual. Al final de su
obra, cede la palabra a la caridad, colocada en la cima de la escala del
progreso espiritual. Ella invita y exhorta, proponiendo sentimientos y ac-
titudes ya sugeridos por nuestro Salmo: "Subid, hermanos, ascended.
Cultivad, hermanos, en vuestro corazón el ardiente deseo de subir
siempre. Escuchad la Escritura, que invita: "Venid, subamos al monte
del Señor y a la casa de nuestro Dios", que ha hecho nuestros pies ági-
les como los del ciervo y nos ha dado como meta un lugar sublime, para
que, siguiendo sus caminos, venciéramos. Así pues, apresurémonos,
como está escrito, hasta que encontremos todos en la unidad de la fe el
rostro de Dios y, reconociéndolo, lleguemos a ser el hombre perfecto en
la madurez de la plenitud de Cristo". El salmista piensa, ante todo, en la
peregrinación concreta que conduce a Sión desde las diferentes locali-
dades de la Tierra Santa. La lluvia que está cayendo le parece una anti-
cipación de las gozosas bendiciones que lo cubrirán como un manto
cuando esté delante del Señor en el templo. La cansada peregrinación
a través de "áridos valles" se transfigura por la certeza de que la meta
es Dios, el que da vigor, escucha la súplica del fiel y se convierte en su
"escudo" protector. Precisamente desde esta perspectiva la peregrina-
ción concreta se transforma, como habían intuido los Padres, en una
parábola de la vida entera, en tensión entre la lejanía y la intimidad con
Dios, entre el misterio y la revelación. También en el desierto de la exis-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 83
tencia diaria, los seis días laborables son fecundados, iluminados y san-
tificados por el encuentro con Dios en el séptimo día, a través de la litur-
gia y la oración en el encuentro dominical. Caminemos, pues, también
cuando estemos en "áridos valles", manteniendo la mirada fija en esa
meta luminosa de paz y comunión. También nosotros repetimos en
nuestro corazón la bienaventuranza final, semejante a una antífona que
concluye el Salmo: "¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre que con-
fía en ti!".
Salmo 84
Señor, has sido bueno con tu tierra: hiciste volver a los cautivos de
Jacob. Suprimiste la deuda de tu pueblo, perdonaste totalmente su pe-
cado. Depusiste todo tu furor, y volviste del ardor de tu cólera. Restablé-
cenos, Dios, salvador nuestro, pon fin a tu resentimiento con nosotros.
¿Estarás siempre irritado con nosotros, de edad en edad proseguirá tu
cólera?. ¿No volverás, acaso, a darnos vida para que tu pueblo en ti se
regocije?. ¡Haz, Señor, que veamos tu bondad y danos tu salvación!.
Quiero escuchar lo que dice el Señor, pues Dios habla de paz a su pue-
blo y a sus servidores, con tal que en su locura no recaigan. "Cerca está
su salvación de los que le temen y habitará su Gloria en nuestra tierra.
La Gracia y la Verdad se han encontrado, la Justicia y la Paz se han
abrazado; de la tierra está brotando la verdad, y del cielo se asoma la
justicia. El Señor mismo dará la felicidad, y dará sus frutos nuestra tie-
rra. La rectitud andará delante de él, la paz irá siguiendo sus pisadas. "
El Salmo 84 que acabamos de proclamar es un canto gozoso y lleno
de esperanza en el futuro de la salvación. Refleja el momento entusias-
mante del regreso de Israel del exilio de Babilonia en la tierra de los pa-
dres. La vida nacional vuelve a comenzar en aquel amado hogar, que
había sido destruido en la conquista de Jerusalén por parte de los ejér-
citos del rey Nabucodonosor, en el año 596 a. c. De hecho, en el origi-
nal hebreo del Salmo, se siente resonar repetidamente el verbo shûb,
que indica el regreso de los deportados, pero significa también el regre-
so espiritual, es decir, la conversión. El renacimiento, por tanto, no afec-
ta sólo a la nación, sino también a la comunidad de los fieles, que ha-
bían sentido el exilio como un castigo por los pecados cometidos y que
veían ahora la repatriación y la nueva libertad como una bendición divi-
na por la conversión que habían experimentado. Puede seguirse el sal-
mo en su desarrollo según dos etapas fundamentales. La primera, salpi-
cada por el tema del regreso con todos los significados que mencioná-
bamos. Se celebra, ante todo, el regreso físico de Israel: Señor. . . , has
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 84
restaurado la suerte de Jacob; restáuranos, Dios Salvador nuestro. . . ;
¿No vas a devolvernos la vida?. Este es un precioso don de Dios, que
se preocupa de liberar a sus hijos de la opresión y se empeña por su
prosperidad. Él, de hecho, ama a todos los seres. . . , Mas tú con todas
las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida.
Junto a este regreso, que concretamente unifica a los dispersos, hay
otro regreso más interior y espiritual. El Salmista le da amplio espacio,
atribuyéndole una particular importancia, que es válida no sólo para el
antiguo Israel, sino también para los fieles de todos los tiempos. En este
regreso el Señor actúa eficazmente, revelando su amor a la hora de
perdonar la iniquidad de su pueblo, de cancelar todos su pecados, de
deponer todo su desaire y de poner fin a su ira. Precisamente la libera-
ción del mal, el perdón de las culpas, la purificación de los pecados,
crean el nuevo pueblo de Dios. Esto ha sido expresado a través de una
invocación que ha entrado también en la liturgia cristiana: Muéstranos,
Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Pero a este regreso de Dios
que perdona le debe corresponder el regreso, es decir, la conversión
del hombre que se arrepiente. De hecho, el Salmo declara que la paz y
la salvación son ofrecidas a los que se convierten de corazón. Quien se
pone decididamente en el camino de la santidad, recibe los dones de la
alegría, de la libertad y de la paz. Es sabido que con frecuencia los tér-
minos bíblicos sobre el pecado evocan un error en el camino, un fraca-
so a la hora de llegar a la meta, una desviación del recorrido recto. La
conversión es precisamente un regreso al camino derecho que lleva a
la casa del Padre, quien nos espera para abrazarnos, perdonarnos, y
hacernos felices. Llegamos así a la segunda parte del Salmo, tan queri-
da por la tradición cristiana. Se describe un mundo nuevo, en el que el
amor de Dios y su fidelidad, como si fueran personas, se abrazan; del
mismo modo también la justicia y la paz se besan al encontrarse. La
verdad germina en una nueva primavera y la justicia, que para la Biblia
es también salvación y santidad, se asoma desde el cielo para comen-
zar su camino en medio de la humanidad. Todas las virtudes antes ex-
pulsadas de la tierra a causa del pecado vuelven a entrar ahora en la
historia y, al cruzarse, dibujan el mapa de un mundo de paz. Misericor-
dia, verdad, justicia y paz se convierten como en los cuatro puntos car-
dinales de esta geografía del espíritu. Isaías canta también: Destilad,
cielos, como rocío de lo alto, derramad, nubes, la victoria. Ábrase la tie-
rra y produzca salvación, y germine juntamente la justicia. Yo, el Señor,
lo he creado. Las palabras del salmista, fueron leídas ya en el siglo II
por san Ireneo de Lyón como el anunció de la gestación de Cristo por la
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 85
Virgen. La venida de Cristo es, de hecho, el manantial de la misericor-
dia, el retoño de la verdad, el florecimiento de la justicia, el esplendor de
la paz. Por este motivo, el salmo, sobre todo en su parte final, es releído
en clave navideña por la tradición cristiana. Así lo interpreta san Agus-
tín, en su discurso de Navidad. Dejemos que concluya él nuestra refle-
xión: "La verdad ha surgido de la tierra": Cristo dice: "Yo soy la verdad"
ha nacido de una Virgen. "Y la justicia se ha asomado desde el cielo":
quien cree en Él que ha nacido no se justifica por sí mismo, sino que es
justificado por Dios. "La verdad ha surgido de la tierra": porque "el Ver-
bo se ha hecho carne". "Y la justicia se ha asomado desde el cielo":
porque "toda gracia excelente y todo don perfecto descienden de lo al-
to". "La verdad ha surgido de la tierra", es decir, ha tomado cuerpo de
María. "Y la justicia se ha asomado desde el cielo": porque "el hombre
no puede recibir nada si no le viene dado del cielo".
Salmo 85
Escúchame, Señor, y respóndeme, pues soy pobre y desamparado;
si soy tu fiel, vela por mi vida, salva a tu servidor que en ti confía. Tú
eres mi Dios; piedad de mí, Señor, que a ti clamo todo el día. Regocija
el alma de tu siervo, pues a ti, Señor, elevo mi alma. Tú eres, Señor,
bueno e indulgente, lleno de amor con los que te invocan. Señor, escu-
cha mi plegaria, pon atención a la voz de mis súplicas. A ti clamo en el
día de mi angustia, y tú me responderás. Nadie como tú, Señor, entre
los dioses y nada que a tus obras se asemeje. Todos los paganos ven-
drán para adorarte y darán, Señor, gloria a tu nombre. Porque eres
grande y haces maravillas, tú solo eres Dios. Tus caminos enséñame,
Señor, para que así ande en tu verdad; unifica mi corazón con el temor
a tu nombre. Señor, mi Dios, de todo corazón te daré gracias y por
siempre a tu nombre daré gloria, por el favor tan grande que me has he-
cho: pues libraste mi vida del abismo. Oh Dios, me echan la culpa los
soberbios, una banda de locos busca mi muerte, y son gente que no
piensan en ti. Mas tú, Señor, Dios tierno y compasivo, lento para enojar-
te, lleno de amor y lealtad, vuélvete a mí y ten piedad de mí, otórgale tu
fuerza a tu servidor y salva al hijo de tu sierva, y para mi bien haz un
milagro. Humillados verán mis enemigos que tú, Señor, me has ayuda-
do y consolado.
El Salmo 85, que acabamos de proclamar y que será el motivo de
nuestra reflexión, nos ofrece una sugerente definición del orante. Se
presenta ante Dios con estas palabras: soy tu siervo e hijo de tu escla-
va. La expresión puede pertenecer ciertamente al lenguaje ceremonial
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 86
de la corte, pero se usaba también para indicar al siervo adoptado como
hijo por el jefe de una familia o tribu. En este sentido, el Salmista, que
se define también como fiel del Señor, siente que está ligado a Dios no
sólo por un vínculo de obediencia, sino también de familiaridad y de co-
munión. Por este motivo, su súplica está llena de abandono confiado y
esperanza. Profundicemos en esta oración que la Liturgia de los Laudes
nos propone al inicio de una jornada que probablemente traerá consigo
no sólo compromisos y cansancio, sino también incompresiones y difi-
cultades. El Salmo comienza con un llamamiento intenso que dirige el
que ora al Señor confiando en su amor. Al final, expresa nuevamente la
certeza de que el Señor es un Dios clemente y misericordioso, lento a la
cólera, rico en piedad, leal. Estas afirmaciones reiteradas y llenas de
confianza revelan una fe intacta y pura, que se abandona en el Señor
bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. En me-
dio del Salmo se eleva un himno, que mezcla sentimientos de acción de
gracias con una profesión de fe en las obras de la salvación que Dios
realiza ante los pueblos. Contra toda tentación de idolatría, el orante
proclama la unidad absoluta de Dios. Después expresa la audaz espe-
ranza de que un día todos los pueblos adorarán al Dios de Israel. Esta
perspectiva maravillosa encuentra su cumplimiento en la Iglesia de Cris-
to, pues Él ha invitado a sus apóstoles a enseñar a todos los pueblos.
Sólo Dios puede ofrecer la liberación plena, pues de él dependen todos
como criaturas y ante él es necesario dirigirse en actitud de adoración.
Él, de hecho, manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admira-
bles, que testimonian su señorío absoluto. Al llegar a este momento, el
Salmista se presenta ante Dios con una petición intensa y pura: Ensé-
ñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón
entero en el temor de tu nombre. Es realmente bella esta petición de
poder conocer la voluntad de Dios, así como la invocación para alcan-
zar el don de un corazón entero, como el de un niño, que sin doblez ni
cálculos confía plenamente en el Padre para adentrarse en el camino
de la vida. Sale entonces de los labios del fiel la alabanza al Dios mise-
ricordioso, que no le deja caer en la desesperación y la muerte, en el
mal y en el pecado. El Salmo 85 es un texto sumamente querido por el
judaísmo, que lo ha introducido en la liturgia de una de las solemnida-
des más importantes, el Yom Kippur o día de la expiación. El libro del
Apocalipsis, a su vez, cita un versículo, colocándolo en la gloriosa litur-
gia celeste dentro del cántico de Moisés, siervo de Dios, y del cántico
del Cordero: Todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, y el
Apocalipsis añade: porque han quedado manifiestos tus justos desig-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 87
nios. San Agustín ha dedicado a nuestro Salmo un largo y apasionado
comentario en sus Comentarios sobre los Salmos, transformándolo en
un canto de Cristo y del cristiano. La traducción latina, en el versículo 2,
conforme a la versión griega de los Setenta, en lugar de fiel, utiliza el
término santo. Custódiame porque soy santo. En realidad, sólo Cristo
es santo. Sin embargo, explica san Agustín, también el cristiano puede
aplicarse estas palabras: Soy santo, porque tú me has santificado; por-
que lo he recibido [este título], y no porque lo tuviera por mí mismo; por-
que tú me lo has dado, y no porque me lo haya merecido. Por tanto,
que lo diga cada cristiano, o mejor, que todo el Cuerpo de Cristo lo grite
por doquier, mientras soporta las tribulaciones, las diferentes tentacio-
nes, los innumerables escándalos: "¡Guarda mi alma porque soy santo!
Salva a tu siervo, Dios mío, pues espera en ti". Mira, este santo no es
soberbio, pues espera en el Señor. El cristiano santo se abre a la uni-
versalidad de la Iglesia y reza con el Salmista: Todos los pueblos ven-
drán a postrarse en tu presencia, Señor. Y Agustín comenta: Todas las
gentes en el único Señor son una sola persona y constituyen la unidad.
Al igual que está la Iglesia y las iglesias, y las iglesias son la Iglesia, así
ese "pueblo" es el mismo que los pueblos. Antes eran pueblos varios,
gentes numerosas; ahora es un solo pueblo. ¿Por qué es un solo pue-
blo? Porque sólo tiene una fe, una esperanza, una caridad, una expec-
tativa. Por último, ¿por que no debería ser un sólo pueblo, si sólo hay
una patria? La patria es el cielo, la patria es Jerusalén. Y este pueblo se
extiende de Oriente a Occidente, del norte hasta el mar, por las cuatro
partes del mundo. Desde el punto de vista de esta luz universal, nuestra
oración litúrgica se transforma en un gesto de alabanza y en un canto
de gloria al Señor, en nombre de todas las criaturas.
Salmo 86
La ciudad que fundó en los montes santos, las puertas de Sión, ama
el Señor más que todas las moradas de Jacob. De ti se dicen cosas ad-
mirables, ciudad de Dios. Hablamos entre amigos de Egipto y Babilonia,
luego, de Tiro, Filistea y Etiopía: tal y cual han nacido aquí o allá. Mas
de Sión se dirá: "Es la madre, porque en ella todos han nacido y quien
la fundó es el Altísimo". El Señor inscribe a los pueblos en el registro:
"Este en ella nació, éste también". Mientras tanto en ti todos se alegran
con cantos y con bailes.
El canto de Jerusalén, ciudad de la paz y madre universal, que ahora
hemos escuchado, está por desgracia en contraste con la experiencia
histórica que está viviendo la ciudad. Pero la oración tiene por tarea
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 88
sembrar confianza y generar esperanza. La perspectiva universal del
Salmo 86 puede recordar el himno del Libro de Isaías, en el que se ve
cómo convergen hacia Sión todos los pueblos para escuchar la Palabra
del Señor y redescubrir la belleza de la paz, forjando de las espadas
azadones y de las lanzas podaderas. En realidad, el Salmo se presenta
en una perspectiva muy diferente, la de un movimiento que, en vez de
converger hacia Sión, sale de Sión; el salmista ve en Sión el origen de
todos los pueblos. Después de haber declarado el primado de la ciudad
santa no por méritos históricos o culturales sino sólo por el amor de
Dios por ella, el Salmo celebra precisamente esta universalidad que
hermana a todos los pueblos. Sión es cantada como madre de toda la
humanidad y no sólo de Israel. Una afirmación así es de una audacia
extraordinaria. El Salmista es consciente y lo subraya: Glorias se dicen
de ti, ciudad de Dios. ¿Cómo es posible que la modesta capital de una
pequeña nación pueda ser presentada como el origen de pueblos mu-
cho más potentes? ¿Cómo puede tener Sión esta inmensa pretensión?
La respuesta se ofrece en la misma frase: Sión es madre de toda la hu-
manidad, pues es la ciudad de Dios; está por tanto en la base del pro-
yecto de Dios. Todos los puntos cardinales de la tierra se encuentran en
relación con esta Madre: Ráhab, es decir, Egipto, el gran estado Occi-
dental; Babilonia, la conocida potencia oriental; Tiro, que personifica al
pueblo comercial del norte; mientras que Etiopía representa al profundo
sur; y Palestina, el área central, también es hija de Sión. En el registro
espiritual de Jerusalén aparecen todos los pueblos de la tierra: tres ve-
ces se repite la fórmula uno por uno todos han nacido en ella. Es la ex-
presión jurídica oficial con la que entonces se declaraba que una perso-
na era originaria de una determinada ciudad y, como tal, gozaba de la
plenitud de los derechos civiles de aquel pueblo. Es sugerente observar
cómo incluso las naciones consideradas hostiles a Israel suben a Jeru-
salén y son acogidas no como extranjeras sino como familiares. Es
más, el salmista transforma la procesión de estos pueblos hacia Sión en
un canto coral y en una danza gozosa: ellos vuelven a encontrar sus
manantiales en la ciudad de Dios de la que mana una corriente de agua
viva que fecunda a todo el mundo, como proclamaban los profetas. To-
dos vienen a Jerusalén a descubrir sus raíces espirituales, a sentirse en
su patria, a volver a encontrarse como miembros de la misma familia, a
abrazarse como hermanos, de regreso a casa. Página de auténtico diá-
logo interreligioso, el Salmo 86 recoge la herencia universalista de los
profetas y anticipa la tradición cristiana que aplica este Salmo a la Jeru-
salén de arriba de la que san Pablo proclama que es libre y es nuestra
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 89
madre y tiene más hijos que la Jerusalén terrena. Del mismo modo ha-
bla el Apocalipsis cuando ensalza la Jerusalén que bajaba del Cielo, de
junto a Dios. Siguiendo la línea del Salmo 86, también el Concilio Vati-
cano II ve en la Iglesia universal el lugar en el que se reúnen todos los
justos descendientes de Adán, desde Abel el justo hasta el último elegi-
do. Tendrá su cumplimiento glorioso al fin de los tiempos. Esta lectura
eclesial del Salmo se abre, en la tradición cristiana, a una relectura en
clave mariológica. Jerusalén era para el Salmista una auténtica metró-
polis, es decir, una ciudad-madre, en cuyo interior estaba presente el
mismo Señor. Desde esta perspectiva el cristianismo canta a María co-
mo la Sión viviente, en cuyo seno fue engendrado el Verbo encarnado
y, por consecuencia, fueron engendrados los hijos de Dios. Los Padres
de la Iglesia --desde san Ambrosio de Milán hasta Atanasio de Alejan-
dría, desde Máximo el Confesor hasta Juan Damasceno, desde Croma-
cio de Aquileia a Germán de Constantinopla-- concuerdan en esta relec-
tura cristiana del Salmo 86. Nosotros nos ponemos ahora en escucha
de un maestro de la tradición armenia, Gregorio de Narek (950?-1010),
quien en su Discurso panegírico a la beatísima Virgen María se dirige
así a la Virgen: Refugiándonos bajo tu dignísima y poderosa interce-
sión, quedamos protegidos, o santa Progenitora de Dios, encontrando
alivio y descanso bajo la sombra de tu protección como si estuviéramos
resguardados por un muro bien fortificado: muro adornado, un muro con
brillantes purísimos engarzados; muro envuelto de fuego, y por tanto,
inexpugnable por los ladrones; un muro llameante, centelleante, inal-
canzable e inaccesible para los crueles traidores; un muro rodeado por
todas las partes, según David, cuyos cimientos fueron puestos por el
Altísimo; muro imponente de la ciudad suprema, según Pablo, donde
acogiste a todos como habitantes para que a través del nacimiento cor-
poral de Dios hicieras hijos de la Jerusalén de arriba a los hijos de la
Jerusalén terrena. Por ello sus labios bendicen tu seno virginal y todos
te proclaman casa y templo de Aquél que es de la misma esencia del
Padre. Por tanto, con razón te es apropiado lo que dijo el profeta:
"Fuiste para nosotros refugio y fortaleza, un socorro en la angustia".
Salmo 89
Señor, tú has sido para nosotros un refugio a lo largo de los siglos.
Antes que nacieran las montañas y aparecieran la tierra y el mundo, tú
ya eras Dios y lo eres para siempre, tú que devuelves al polvo a los
mortales, y les dices:"¡Váyanse, hijos de Adán!". Mil años para ti son
como un día, un ayer, un momento de la noche. Tú los siembras, cada
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 90
cual a su turno, y al amanecer despunta la hierba; en la mañana viene
la flor y se abre y en la tarde se marchita y se seca. Por tu cólera somos
consumidos, tu furor nos deja anonadados. Pusiste nuestras culpas
frente a ti, nuestros secretos bajo la luz de tu rostro. Hizo correr tu cóle-
ra nuestros días, y en un suspiro se fueron nuestros años. El tiempo de
nuestros años es de setenta, y de ochenta si somos robustos. La mayo-
ría son de pena y decepción, transcurren muy pronto y nos llevan volan-
do. ¿Quién conoce la fuerza de tu cólera y quién ha sondeado el fondo
de tu furor?. Enséñanos lo que valen nuestros días, para que adquira-
mos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?. . . Compa-
décete de tus servidores. Cólmanos de tus favores por la mañana, que
tengamos siempre risa y alegría. Haz que nuestra alegría dure lo que la
prueba y los años en que vimos la desdicha. Muestra tu acción a tus
servidores y a sus hijos, tu esplendor. Que la dulzura del Señor nos cu-
bra y que él confirme la obra de nuestras manos.
Los versículos que acaban de resonar en nuestros oídos y en nues-
tro corazón constituyen una meditación sapiencial que tiene, sin embar-
go, el tono de una súplica. El orante del Salmo 89 pone en el centro de
su oración uno de los temas más explorados por la filosofía, más canta-
dos por la poesía, más sentidos por la experiencia de la humanidad de
todos los tiempos y de todas las regiones de nuestro planeta: la caduci-
dad humana y el devenir del tiempo. Basta pensar en ciertas páginas
inolvidables del Libro de Job en las que se presenta nuestra fragilidad.
Somos como los que habitan en casas de arcilla, que hunden sus ci-
mientos en el polvo y a los que se les aplasta como a una polilla. De la
noche a la mañana quedan pulverizados. Para siempre perecen sin ad-
vertirlo nadie. Nuestra vida sobre la tierra es como una sombra. Y Job
sigue confesando: Mis días han sido más raudos que un correo, se han
ido sin ver la dicha. Se han deslizado lo mismo que canoas de junco,
como águila que cae sobre la presa. Al inicio de su canto, parecido a
una elegía, el salmista opone con insistencia la eternidad de Dios al
tiempo efímero del hombre. Esta es su declaración más explícita: Mil
años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna. Como
consecuencia del pecado original, el hombre vuelve a caer por orden
divina en el polvo del que había sido tomado, como se afirma en la na-
rración del Génesis: ¡Eres polvo y al polvo tornarás. El creador, que
plasma en toda su belleza y complejidad la creatura humana, es tam-
bién el que reduce el hombre a polvo. Y polvo, en el lenguaje bíblico, es
también la expresión simbólica de la muerte, de los infiernos, del silen-
cio sepulcral. En esta súplica es intenso el sentimiento del límite hu-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 91
mano. Nuestra existencia tiene la fragilidad de la hierba que despunta al
alba; enseguida oye el silbido de la hoz que la convierte en un haz de
heno. A la frescura de la vida muy pronto le sigue la aridez de la muer-
te. Como sucede con frecuencia en el Antiguo Testamento, a esta debi-
lidad radical, el Salmista asocia el pecado: en nosotros se da la finitud,
y también la culpabilidad. Por este motivo nuestra existencia parece que
tiene que vérselas también con la cólera y el juicio del Señor: ¡Cómo
nos ha consumido tu cólera y nos ha trastornado tu indignación! Pusiste
nuestras culpas ante ti. . . y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera.
Al comenzar el nuevo día, la Liturgia de los Laudes sacude con este
Salmo nuestras ilusiones y nuestro orgullo. La vida humana es limitada,
aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, afirma
el salmista. Además, el pasar de las horas, de los días y de los meses
está salpicado por la fatiga y dolor y los mismos años se parecen a un
soplo. Esta es la gran lección: el Señor nos enseña a contar nuestros
días para que, aceptándolos con sano realismo, entre la sabiduría en
nuestro corazón. Pero el salmista pide a Dios algo más: que su gracia
sostenga y alegre nuestros días, aun frágiles y marcados por la prueba.
Que nos haga gustar el sabor de la esperanza, aunque la ola del tiempo
parezca arrastrarnos. Sólo la gracia del Señor puede dar consistencia y
perennidad a nuestras acciones cotidianas: Baje a nosotros la bondad
del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos. Con la ora-
ción pedimos a Dios que un reflejo de la eternidad penetre en nuestra
breve vida y en nuestro actuar. Con la presencia de la gracia divina en
nosotros, una luz brillará sobre el devenir de los días, la miseria se con-
vertirá en gloria, lo que parece no tener sentido adquirirá significado.
Concluimos nuestra reflexión sobre el Salmo 89 dejando la palabra a la
antigua tradición cristiana, que comenta el Salterio manteniendo en el
fondo la figura gloriosa de Cristo. De este modo, para el escritor cris-
tiano Orígenes, en su Tratado sobre los Salmos, que nos ha llegado en
la traducción latina de san Jerónimo, la resurrección de Cristo nos da la
posibilidad bosquejada por el salmista de que toda nuestra vida sea ale-
gría y júbilo. Porque la Pascua de Cristo es el manantial de nuestra vida
más allá de la muerte: Después de haber recibido la dicha de la resu-
rrección de nuestro Señor, por la que creemos que hemos sido redimi-
dos y de resurgir también un día, ahora, transcurriendo en la alegría los
días que nos quedan de nuestra vida, exultamos por esta confianza, y
con himnos y cánticos espirituales alabamos a Dios por medio de Jesu-
cristo, nuestro Señor.
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 92
Salmo 91
Es bueno dar gracias al Señor y celebrar tu nombre, Dios Altísimo,
proclamar tu amor por la mañana y tu fidelidad durante la noche, con
liras de diez cuerdas y cítara y un suave acompañamiento de arpa.
Pues me alegras, Señor, con tus acciones; yo exclamo al ver las obras
de tus manos:"¡Cuán grandes son tus obras, oh Señor, y cuán profun-
dos son tus pensamientos!". El de corazón torpe de esto nada sabe y el
insensato nada de esto entiende. Si brotan como hierba los impíos o
florecen aquellos que obran mal, es para que sean por siempre destrui-
dos. Mas tú, Señor, dominas para siempre. ¡Mira cómo perecen tus
contrarios, cómo mueren, Señor, tus enemigos, y se dispersan todos los
que hacen el mal!. Levantas mi cornamenta como levanta el búfalo la
suya, me haces masajes con aceite fresco; miro con desprecio a los
que me espían y oigo, sin temor, a esos criminales. "El justo crecerá co-
mo palmera, se alzará como cedro del Líbano. Los plantados en la casa
del Señor darán flores en los patios de nuestro Dios. Aún en la vejez
tendrán sus frutos pues aún están verdes y floridos, para anunciar cuán
justo es el Señor: El es mi Roca, en él no existe falla".
La antigua tradición judía reserva un puesto particular al Salmo 91,
que acabamos de escuchar, como canto del hombre justo a Dios crea-
dor. El título que se le ha dado al Salmo indica, de hecho, que está des-
tinado a entonarse el sábado. Es, por tanto, el himno que se eleva al
Señor eterno y excelso cuando, en el ocaso del viernes, se entra en el
día santo de la oración, de la contemplación, de la tranquilidad serena
del cuerpo y del espíritu.
Dios. En el centro del Salmo se eleva, solemne y grandiosa, la
figura del Dios altísimo, en cuyo alrededor se delinea un mundo armóni-
co y lleno de paz. Ante él se presenta la persona del justo que, según
una concepción muy utilizada por el Antiguo Testamento, es colmado
de bienestar, alegría y larga vida, como consecuencia natural de su
existencia honesta y fiel. Se trata de la así llamada teoría de la retribu-
ción, según la cual, todo delito tiene ya un castigo en la tierra y toda ac-
ción buena una recompensa. Si bien en esta visión hay un elemento de
verdad, sin embargo -como intuirá Job y como confirmará Jesús- la
realidad del dolor humano es mucho más compleja y no puede ser tan
fácilmente simplificada. El sufrimiento humano, de hecho, debe ser con-
siderado en la perspectiva de la eternidad.
Pero examinemos ahora este himno sapiencial con aspectos litúrgi-
cos. Está constituido por un intenso llamamiento a la alabanza, al gozo-
so canto de acción de gracias, a la fiesta de la música tocada por el ar-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 93
pa de diez cuerdas, por el laúd y por la cítara. El amor y la fidelidad del
Señor deben ser celebrados a través del canto litúrgico con arte. Esta
invitación es válida también para nuestras celebraciones, para que re-
cuperen esplendor no sólo en las palabras y ritos, sino también en las
melodías que las animan.
El impío. Después de este llamamiento a no apagar nunca el hilo
interior y exterior de la oración, auténtico aliento constante de la huma-
nidad fiel, el Salmo 91 propone como en dos retratos el perfil del impío y
del justo. El impío aparece frente al Señor, excelso por los siglos, que
hará perecer a sus enemigos y dispersará a todos los malhechores. Só-
lo se puede comprender en profundidad bajo la luz divina el bien y el
mal, la justicia y la perversión. La figura del pecador es delineada con
una imagen vegetal: germinan como hierba los malvados y florecen los
malhechores 8). Pero este florecer está destinado a secarse y desapa-
recer. El Salmista, de hecho, multiplica los verbos y los términos que
describen la destrucción: serán destruidos para siempre. . . tus enemi-
gos, Señor, perecerán, los malhechores serán dispersados. En el origen
de este final catastrófico se encuentra el mal profundo que se apodera
de la mente y del corazón del perverso: El ignorante no lo entiende ni el
necio se da cuenta. Los adjetivos utilizados pertenecen al lenguaje sa-
piencial y denotan la brutalidad, la ceguera, la cerrazón de quien cree
obrar el mal en la faz de la tierra sin que tenga consecuencias morales,
pensando que Dios está ausente o es indiferente. El que ora, sin em-
bargo, tiene la certeza de que el Señor aparecerá antes o después en el
horizonte para hacer justicia y doblegar la arrogancia del insensato.
El justo. Aparece después la figura del justo, trazada como en
un cuadro con muchos y densos colores. También en este caso recurre
a una fresca y verde imagen vegetal. A diferencia del impío, que es co-
mo la hierba de los campos lozana pero efímera, el justo se eleva hacia
el cielo, sólido y majestuoso, como una palmera, como un cedro del Lí-
bano. Los justos son plantados en la casa del Señor, es decir, tienen
una relación sumamente sólida y estable con el templo y, por tanto, con
el Señor, que en él ha establecido su morada. La tradición cristiana ju-
gará también con el doble significado de la palabra griega phoinix, utili-
zada para traducir el término hebreo palmera. Phoinix es el nombre
griego de la palmera, pero también del ave que llamamos fénix. Es sabi-
do que el ave fénix era el símbolo de inmortalidad, pues se imaginaba
que renacía de sus cenizas. El cristiano hace una experiencia parecida
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 94
gracias a su participación en la muerte de Cristo, manantial de nueva
vida. Dios. . . estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó
juntamente con Cristo dice la Carta a los Efesios, y con él nos resucitó.
Hay otra imagen tomada del mundo animal para representar al justo
que tiene por objetivo ensalzar la fuerza que Dios otorga, incluso cuan-
do llega la vejez: me das la fuerza de un búfalo y me unges con aceite
nuevo. Por un lado, el don de la potencia divina hace triunfar y da segu-
ridad; por otro, la frente gloriosa del justo es consagrada con aceite que
irradia una energía y una bendición protectora. El Salmo 91 es por tanto
un himno optimista, potenciado también por la música y el canto. Cele-
bra la confianza en Dios que es manantial de serenidad y de paz, inclu-
so cuando se asiste al aparente éxito del impío. Una paz que permane-
ce intacta en la vejez, estación vivida todavía en la fecundidad y en la
seguridad. Concluimos con las palabras de Orígenes, traducidas por
san Jerónimo, que hacen hincapié en la frase del Salmista que dice a
Dios: me unges con aceite nuevo. Orígenes comenta: Nuestra vejez tie-
ne necesidad del aceite de Dios. Al igual que nuestros cuerpos cansa-
dos recobran vigor ungiéndolos con aceite, al igual que la llama de la
lámpara se extingue si no se le añade aceite, así también la llama de mi
vejez necesita el aceite de la misericordia de Dios. También los apósto-
les subieron al monte de los Olivos para recibir luz del aceite del Señor,
pues estaban cansados y sus lámparas necesitaban el aceite del Señor.
. . Por ello, pidamos al Señor que nuestra vejez, nuestro cansancio, y
todas nuestras tinieblas sean iluminadas por el aceite del Señor. Se nos
acaba de proponer el cántico de un hombre fiel al Dios santo. Se trata
del Salmo 91, que como sugiere el antiguo título de la composición, era
utilizado por la tradición judía para el día del sábado. El himno comien-
za con un llamamiento generalizado a celebrar y alabar al Señor con el
canto y la música. Es un filón de oración que parece no interrumpirse
nunca, pues el amor divino debe ser exaltado en la mañana, cuando
inicia la jornada, pero debe ser proclamado también durante el día y du-
rante el largo transcurrir de las horas nocturnas. Precisamente la refe-
rencia a los instrumentos musicales, que hace el Salmista en la invita-
ción de la introducción, provocó en san Agustín esta meditación, que
aparece dentro de su Exposición sobre el Salmo 91: ¿Qué significa,
hermanos, entonar himnos con la cítara? La cítara es un instrumento
musical de cuerdas. Nuestro salterio es nuestro obrar. Aquel que realiza
obras buenas con las manos eleva himnos a Dios con la cítara. Quien
confiesa con la boca, canta a Dios. ¡Canta con la boca! ¡Pronuncia sal-
mos con las obras!. . . Pero, entonces, ¿quiénes cantan? Quienes reali-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 95
zan el bien con alegría. El canto, de hecho, es signo de alegría. ¿Qué
dice el apóstol? "Dios ama al que da con alegría". Hagas lo que hagas,
hazlo con alegría. Entonces haces el bien y lo haces bien. Si, por el
contrario, actúas con tristeza, aunque a través tuyo se obre el bien, no
eres tú quien lo realiza. A través de las palabras de san Agustín, pode-
mos entrar en el corazón de nuestra reflexión y afrontar el tema funda-
mental del Salmo: el del bien y el mal. Tanto el uno como el otro son
sopesados por el Dios justo y santo, excelso por los siglos, el que es
eterno e infinito, a quien no se le escapa ninguna de las acciones del
hombre. Se confrontan, de este modo, de manera reiterada, dos com-
portamientos opuestos. La conducta del fiel está dedicada a celebrar las
obras divinas, a penetrar en la profundidad de los pensamientos del Se-
ñor y por este camino su vida irradia luz y alegría. Por el contrario, el
hombre perverso es descrito en su cerrazón, incapaz de comprender el
sentido escondido de las vicisitudes humanas. La fortuna momentánea
le hace ser temerario, pero en realidad es íntimamente frágil y tras el
efímero éxito se encamina hacia el fracaso y la ruina. El salmista, si-
guiendo el modelo de interpretación frecuente en el Antiguo Testamen-
to, el de la retribución, está convencido de que Dios recompensará a los
justos ya en esta vida, dándoles una vejez feliz y pronto castigará a los
malvados. En realidad, como afirmará Job y enseñará Jesús, la historia
no se puede interpretar de una manera tan lineal. La visión del Salmista
se convierte, por tanto, en una súplica al Dios justo y excelso para que
entre en los acontecimientos humanos para juzgarlos, haciendo res-
plandecer el bien. El contraste entre el justo y el malvado es retomado
de nuevo por el que ora. Por un lado, presenta a los enemigos del Se-
ñor, los malhechores, una vez más destinados a la dispersión y al fraca-
so. Por otro lado aparecen en todo su esplendor los fieles, encarnados
por el Salmista, que se describe a sí mismo con imágenes pintorescas,
tomadas de la simbología oriental. El justo tiene la fuerza irresistible de
un búfalo y está dispuesto a desafiar toda adversidad; su frente es con-
sagrada con el aceite de la protección divina, que se convierte en una
especie de escudo, que defiende al elegido dándole seguridad. Desde
lo alto de su potencia y seguridad, el que ora ve cómo los inicuos se
precipitan en el abismo de su ruina. El Salmo 91 rezuma, por tanto, feli-
cidad, confianza, optimismo: dones que tenemos que pedir a Dios preci-
samente en nuestro tiempo, en el que se insinúa con facilidad la tenta-
ción de la desconfianza e incluso de la desesperación. Nuestro himno,
en la estela de la profunda serenidad que lo atraviesa, echa al final una
mirada a los días de la vejez de los justo y los prevé también serenos.
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 96
Cuando lleguen esos días, el espíritu del que ora seguirá siendo vivaz,
alegre y operante. Se siente como las palmeras o los cedros, que han
sido plantados en los patios del templo de Sión. Las raíces del justo se
hunden en el mismo Dios de quien recibe la savia de la gracia divina. La
vida del Señor lo alimenta y lo transforma, haciéndolo floreciente y fe-
cundo, es decir, capaz de darse a los demás y de testimoniar la propia
fe. Las últimas palabras del salmista, en esta descripción de una exis-
tencia justa y operante y de una vejez intensa y activa, están ligadas al
anuncio de la perenne fidelidad del Señor. Podemos concluir, por tanto,
con la proclamación del canto que se eleva al Dios glorioso en el último
Libro de la Biblia, el Apocalipsis: un libro de lucha terrible entre el bien y
el mal, pero también de esperanza en la victoria final de Cristo: Grandes
y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso; justos y ver-
daderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones!. . . Porque sólo tú eres
santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque han
quedado de manifiesto tus justos designios.
Salmo 92
Reina el Señor, vestido de grandeza, el Señor se revistió de poder, lo
ciñó a su cintura, el mundo está ahora firme e inamovible. Tu trono está
erigido desde siempre, pues tú eres, Señor, desde la eternidad. Los ríos
levantan, Señor, los ríos levantan su voz, los ríos levantan su fragor.
Pero más que el fragor de las aguas, más grandioso que el oleaje de la
mar es el Señor, grandioso en las alturas. Nada hay más seguro que
tus palabras, tu casa es el lugar de la santidad, oh Señor, día tras día y
para siempre.
El contenido esencial del Salmo 92, en el que hoy nos detenemos,
queda expresado sugestivamente por algunos versículos del Himno que
la Liturgia de las Horas propone para las Vísperas del lunes: Creador
inmenso, que marcaste el curso y el límite del curso de las aguas con la
armonía del cosmos, diste a la áspera soledad de la tierra sedienta el
refrigerio de torrentes y mares. Antes de entrar en el meollo del Salmo,
dominado por la imagen de las aguas, percibamos su tono de fondo, su
género literario. Al igual que los Salmos sucesivos, nuestro Salmo es
definido por los expertos en la Biblia como el canto del Señor rey. Exal-
ta ese Reino de Dios, manantial de paz, de verdad y de amor, que no-
sotros invocamos en el Padrenuestro, cuando imploramos ¡Venga a no-
sotros tu Reino!. De hecho, el Salmo 92 comienza precisamente con
una exclamación de júbilo que suena así: El Señor reina. El Salmista
celebra la realeza activa de Dios, es decir, su acción eficaz y salvadora,
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 97
creadora del mundo y redentora del hombre. El Señor no es un empera-
dor impasible, relagado en su cielo alejado, sino que está presente en
medio de su pueblo como Salvador potente y grande en el amor. En la
primera parte del himno de alabanza aparece el Señor rey. Como un
soberano, se sienta en un trono de gloria, un trono que no puede de-
rrumbarse y que es eterno. Su manto es el esplendor de la trascenden-
cia, el cinturón de su túnica es la omnipotencia. La realeza omnipotente
de Dios se revela en el corazón del Salmo, caracterizado por una ima-
gen impresionante, la de la aguas tumultuosas. El Salmista hace refe-
rencia en particular a la voz de los ríos, es decir, al estruendo de sus
aguas. En efecto, el fragor de grandes cascadas produce, en quien
siente su ruido ensordecedor y experimenta en todo el cuerpo su esca-
lofrío, una sensación de tremenda fuerza. El Salmo 41 evoca esta sen-
sación, cuando dice: Una sima grita a otra sima con voz de cascadas:
tus torrentes y tus olas me han arrollado. Ante esta fuerza de la natura-
leza, el ser humano se siente pequeño. El Salmista, sin embargo, la uti-
liza como un trampolín para exaltar la potencia del Señor, que es aún
más grande. Ante la repetición en tres ocasiones de la expresión Levan-
tan los ríos su voz, responde repitiendo tres veces la afirmación de la
potencia superior de Dios. A los Padres de la Iglesia les gustaba co-
mentar este Salmo aplicándolo a Cristo, Señor y Salvador. Orígenes,
según la traducción al latín de san Jerónimo, afirma: El Señor ha reina-
do, se ha revestido de belleza. Es decir, quien antes había temblado en
la miseria de la carne, ahora resplandece en la majestad de la divinidad.
Para Orígenes, los ríos y las aguas que elevan sus voces, representan
las aguas de los profetas y de los apóstoles, que proclaman la alabanza
y la gloria del Señor, anuncian su juicio por todo el mundo. San Agustín
desarrolla aún más ampliamente el símbolo de los torrentes y de los
mares. Como ríos caudalosos de agua, es decir, llenos de Espíritu San-
to, los apóstoles ya no tienen miedo y alzan finalmente su voz. Pero,
cuando Cristo comenzó a ser anunciado por tantas voces, el mar co-
menzó a agitarse. En la consternación del mar del mundo -escribe
Agustín- la nave de la Iglesia parecía ondear con miedo, enfrentada a
amenazas y persecuciones, pero el Señor es admirable, ha caminado
sobre el mar y ha aplacado las aguas. Dios, soberano de todo, omnipo-
tente e invencible está siempre cerca de su pueblo, al que le ofrece sus
enseñanzas. Esta es la idea que el Salmo 92 ofrece en su último ver-
sículo: al trono de los cielos le sucede el trono del arca del templo de
Jerusalén; a la potencia de su voz cósmica le sigue la dulzura de su pa-
labra santa e infalible: Tus mandatos son fieles y seguros; la santidad
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 98
es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término. Concluye así un
himno breve pero lleno de sentido de oración. Es una oración que gene-
ra confianza y esperanza en los fieles, que con frecuencia se sienten
turbados, ante el miedo de ser arrollados por las tempestades de la his-
toria y golpeados por fuerzas oscuras. Un eco de este Salmo se puede
percibir en el Apocalipsis de Juan, cuando el autor inspirado, al describir
la gran asamblea celeste que celebra la caída de la Babilonia opresora,
afirma: Y oí el ruido de una muchedumbre inmensa, como el ruido de
grandes aguas, como el fragor de fuertes truenos. Y decían: "¡Aleluya!
Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopodero-
so". Concluimos nuestra reflexión sobre el Salmo 92 dejando la palabra
a san Gregorio Nazianceno, el teólogo por excelencia entre los Padres
de la Iglesia. Lo hacemos con un bello canto en el que la alabanza a
Dios, soberano y creador, asume un aspecto trinitario. Tú, [Padre,] has
creado el universo, le has dado a todo el puesto que le compete y le
mantienes en virtud de tu providencia. . . Tu Verbo es Dios-Hijo: es con-
substancial al Padre, igual a él en honor. Él ha armonizado el universo
para reinar sobre todo. Y, al abrazarlo todo, el Espíritu Santo, Dios, cui-
da y tutela todo. Te proclamaré, Trinidad viviente, único soberano. . .
fuerza perdurable que rige los cielos, mirada inaccesible a la vista, pero
que contempla todo el universo y conoce toda la profundidad secreta de
la tierra hasta los abismos. Padre, sé benigno conmigo: . . . que yo pue-
da encontrar misericordia y gracia, pues tuya es la gloria y la gracia
hasta la edad sin fin.
Salmo 95
¡Canten al Señor un canto nuevo, canten al Señor toda la tierra!.
Canten al Señor, bendigan su nombre, su salvación anuncien día a día.
Cuenten su gloria a las naciones y a todos los pueblos sus maravillas.
Porque el Señor es grande y muy digno de alabanza,. más temible que
todos los dioses. Pues son nada esos dioses de los pueblos, mas el Se-
ñor es quien hizo los cielos. Honor y Majestad van precediéndole, y en
su santuario están Fuerza y Esplendor. Ríndanle al Señor tribus y pue-
blos, ríndanle al Señor gloria y poder, ríndanle al Señor la gloria de su
nombre. Traigan la ofrenda y entren en su templo, adoren al Señor en el
atrio sagrado, tiemblen ante él, pueblos de toda la tierra. "El Señor
reina", anuncien a los pueblos, él fijó el universo inamovible, él juzgará
a los pueblos con justicia. ¡Gozo en los cielos, júbilo en la tierra, brami-
do del mar y del mundo marino!. Muestren su júbilo el campo y todos
sus frutos, lancen vivas los árboles del bosque. delante del Señor, por-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 99
que ya viene, porque ya viene a juzgar a la tierra. Al mundo con justicia
juzgará, y a los pueblos, según su verdad.
Decid a los pueblos: "el Señor es rey". Esta exhortación del Salmo
95, que acabamos de proclamar, presenta por así decir el tono con el
que se modula todo el himno. Se trata de uno de los así llamados Sal-
mos del Señor rey, que comprenden los Salmos 95 a 98, además del 46
y el 92. En el pasado, ya tuvimos la oportunidad de comentar el Salmo
92, y sabemos que estos cánticos se centran en la grandiosa figura de
Dios, que rige todo el universo y gobierna la historia de la humanidad.
También el Salmo 95 exalta tanto al Creador de los seres, como al Sal-
vador de los pueblos: Dios afianzó el orbe, y no se moverá; juzga a los
pueblos rectamente. Es más, en el original hebreo el verbo traducido
por juzgar significa, en realidad, gobernar: de este modo se tiene la cer-
teza de que no quedamos abandonados a las oscuras fuerzas del caos
o de la casualidad, sino que estamos siempre en manos de un Sobe-
rano justo y misericordioso. El Salmo comienza con una invitación festi-
va a alabar a Dios, invitación que se abre inmediatamente a una pers-
pectiva universal: Cantad al Señor, toda la tierra . Los fieles son invita-
dos a contar la gloria de Dios a los pueblos y después a dirigirse a to-
das las naciones para proclamar sus maravillas. Es más, el salmista in-
terpela directamente a las familias de los pueblos para invitar a dar glo-
ria al Señor. Por último, pide a los fieles que digan a los pueblos: el Se-
ñor es rey, y precisa que el Señor juzga a los pueblos. Es muy significa-
tiva esta apertura universal por parte de un pueblo pequeño aplastado
entre grandes imperios. Este pueblo sabe que su Señor es el Dios del
universo y que los dioses de los gentiles son apariencia. El Salmo está
encuadrado por dos panoramas. El primero comprende una solemne
epifanía del Señor en su santuario, es decir, el templo de Sión. Esta
precedida y seguida por los cantos y los ritos de sacrificio de la asam-
blea de los fieles. Discurre apremiante el flujo de la alabanza frente a la
majestad divina: Cantad al Señor un cántico nuevo. . . cantad. . . can-
tad. . . bendecid. . . proclamad su victoria. . . . contad su gloria. . . sus
maravillas. . . aclamad su gloria. . . entrad en sus atrios trayéndole
ofrendas. . . postraos. El gesto fundamental frente al Señor rey, que ma-
nifiesta su gloria en la historia de la salvación es, por tanto, el canto de
adoración, de alabanza y de bendición. Estas actitudes deberían estar
presentes también en nuestra liturgia cotidiana y en nuestra oración
personal. En el centro de este canto coral, nos encontramos ante una
declaración contra la idolatría. La oración se convierte, así, en un ca-
mino para alcanzar al pureza de la fe, según la conocida máxima lex
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 100
orandi, lex credendi: la norma de la verdadera oración es también nor-
ma de fe, es una lección sobre la verdad divina. Ésta, de hecho, puede
descubrirse precisamente a través de la íntima comunión con Dios al-
canzada en la oración. El Salmista proclama: Grande es el Señor, y
muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues los dio-
ses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el
cielo. A través de la liturgia y la oración, se purifica la fe de toda dege-
neración, se abandonan aquellos ídolos a los que sacrificamos con faci-
lidad algo de nosotros mismos durante la vida cotidiana, se pasa del
miedo ante la trascendente justicia de Dios a la experiencia viva de su
amor. Llegamos así al segundo panorama abierto por el salmo, que co-
mienza con la proclamación de la realeza del Señor. Ahora se dirige al
universo, incluso en sus elementos más misteriosos y oscuros, como el
mar según la antigua concepción bíblica: Alégrese el cielo, goce la tie-
rra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay
en ellos, aclamen los árboles del bosque, delante del Señor, que ya lle-
ga, ya llega a regir la tierra. Como dirá san Pablo, incluso la naturaleza,
junto con el hombre espera impacientemente. . . ser liberada de la servi-
dumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hi-
jos de Dios. Al llegar a este momento, quisiéramos dejar espacio a la
relectura cristiana de este Salmo, realizada por los Padres de la Iglesia,
que en él han visto una prefiguración de la Encarnación y de la Crucifi-
xión, signo de la paradójica realeza de Cristo. De este modo, al inicio
del discurso pronunciado en Constantinopla en la Navidad del año 379
o del año 380, san Gregorio Nacianceno retoma algunas expresiones
del Salmo 95: Cristo nace, ¡glorificadle! Cristo baja del cielo, ¡salid a re-
cibirle! Cristo está sobre la tierra, ¡lavaos! "Cantad al Señor, toda la tie-
rra", y para unir los dos conceptos, "que se alegre el cielo y exulte la tie-
rra" con aquél que es celestial, pero que se ha hecho terrestre. De este
modo, el misterio de la realeza divina se manifiesta en la Encarnación.
Es más, aquel que reina, haciéndose terrestre, reina precisamente en la
humillación de la Cruz. Es significativo el que muchos en tiempos anti-
guos leyeran el versículo 10 de este Salmo con una sugerente asocia-
ción cristológica: El Señor reinó desde el madero. Por este motivo, ya la
Carta de Bernabé enseñaba que el reino de Jesús está sobre el madero
y el mártir san Justino, citando casi íntegramente el Salmo en su Prime-
ra Apología, concluía invitando a todos los pueblos a exultar porque el
Señor reinó desde el madero de la Cruz. En este ambiente floreció el
himno del poeta cristiano Venancio Fortunato, Vexilla regis, en el que
exalta a Cristo que reina desde lo alto de la Cruz, trono de amor, no de
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 101
dominio: Regnavit a ligno Deus. Jesús, de hecho, en su existencia terre-
na ya había advertido: El que quiera llegar a ser grande entre vosotros,
será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será
esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servi-
do, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.
Salmo 96
La luz, la alegría y la paz, que en el tiempo pascual inundan a la co-
munidad de los discípulos de Cristo y se difunden en la creación entera,
impregnan este encuentro nuestro, que tiene lugar en el clima intenso
de la octava de Pascua. En estos días celebramos el triunfo de Cristo
sobre el mal y la muerte. Con su muerte y resurrección se instaura defi-
nitivamente el reino de justicia y amor querido por Dios. Precisamente
en torno al tema del reino de Dios gira esta catequesis, dedicada a la
reflexión sobre el salmo 96. El Salmo comienza con una solemne pro-
clamación: "El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumera-
bles" y se puede definir una celebración del Rey divino, Señor del cos-
mos y de la historia. Así pues, podríamos decir que nos encontramos en
presencia de un salmo pascual. Sabemos la importancia que tenía en la
predicación de Jesús el anuncio del reino de Dios. No sólo es el recono-
cimiento de la dependencia del ser creado con respecto al Creador;
también es la convicción de que dentro de la historia se insertan un pro-
yecto, un designio, una trama de armonías y de bienes queridos por
Dios. Todo ello se realizó plenamente en la Pascua de la muerte y la
resurrección de Jesús. Recorramos ahora el texto de este salmo, que la
liturgia nos propone en la celebración de las Laudes. Inmediatamente
después de la aclamación al Señor rey, que resuena como un toque de
trompeta, se presenta ante el orante una grandiosa epifanía divina. Re-
curriendo al uso de citas o alusiones a otros pasajes de los salmos o de
los profetas, sobre todo de Isaías, el salmista describe cómo irrumpe en
la escena del mundo el gran Rey, que aparece rodeado de una serie de
ministros o asistentes cósmicos: las nubes, las tinieblas, el fuego, los
relámpagos. Además de estos, otra serie de ministros personifica su
acción histórica: la justicia, el derecho, la gloria. Su entrada en escena
hace que se estremezca toda la creación. La tierra exulta en todos los
lugares, incluidas las islas, consideradas como el área más remota. El
mundo entero es iluminado por fulgores de luz y es sacudido por un te-
rremoto. Los montes, que encarnan las realidades más antiguas y sóli-
das según la cosmología bíblica, se derriten como cera, como ya canta-
ba el profeta Miqueas: "He aquí que el Señor sale de su morada (. . . ).
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 102
Debajo de él los montes se derriten, y los valles se hienden, como la
cera al fuego". En los cielos resuenan himnos angélicos que exaltan la
justicia, es decir, la obra de salvación realizada por el Señor en favor de
los justos. Por último, la humanidad entera contempla la manifestación
de la gloria divina, o sea, de la realidad misteriosa de Dios, mientras los
"enemigos", es decir, los malvados y los injustos, ceden ante la fuerza
irresistible del juicio del Señor. Después de la teofanía del Señor del
universo, este salmo describe dos tipos de reacción ante el gran Rey y
su entrada en la historia. Por un lado, los idólatras y los ídolos caen por
tierra, confundidos y derrotados; y, por otro, los fieles, reunidos en Sión
para la celebración litúrgica en honor del Señor, cantan alegres un
himno de alabanza. La escena de "los que adoran estatuas" es esen-
cial: los ídolos se postran ante el único Dios y sus seguidores se cubren
de vergüenza. Los justos asisten jubilosos al juicio divino que elimina la
mentira y la falsa religiosidad, fuentes de miseria moral y de esclavitud.
Entonan una profesión de fe luminosa: "tú eres, Señor, altísimo sobre
toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses". Al cuadro que des-
cribe la victoria sobre los ídolos y sus adoradores se opone una escena
que podríamos llamar la espléndida jornada de los fieles. En efecto, se
habla de una luz que amanece para el justo: es como si despuntara una
aurora de alegría, de fiesta, de esperanza, entre otras razones porque,
como se sabe, la luz es símbolo de Dios. El profeta Malaquías declara-
ba: "Para vosotros, los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia".
A la luz se asocia la felicidad: "Amanece la luz para el justo, y la alegría
para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su
santo nombre". El reino de Dios es fuente de paz y de serenidad, y des-
truye el imperio de las tinieblas. Una comunidad judía contemporánea
de Jesús cantaba: "La impiedad retrocede ante la justicia, como las ti-
nieblas retroceden ante la luz; la impiedad se disipará para siempre, y la
justicia, como el sol, se manifestará principio de orden del mundo". An-
tes de dejar el salmo 96, es importante volver a encontrar en él, además
del rostro del Señor rey, también el del fiel. Está descrito con siete ras-
gos, signo de perfección y plenitud. Los que esperan la venida del gran
Rey divino aborrecen el mal, aman al Señor, son los "hasîdîm", es decir,
los fieles, caminan por la senda de la justicia, son rectos de corazón, se
alegran ante las obras de Dios y dan gracias al santo nombre del Señor.
Pidamos al Señor que estos rasgos espirituales brillen también en nues-
tro rostro.
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 103
Salmo 97
Entonen al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas, la sal-
vación provino de su diestra, de su brazo de santidad. El Señor dio a
conocer su salvación, les hizo ver a los paganos su justicia, se acordó
de su amor y fidelidad en favor de la casa de Israel. Todos, hasta los
confines del mundo, han visto la salvación de nuestro Dios. ¡Aclamen al
Señor, toda la tierra, estallen en gritos de alegría!. ¡Canten con la cítara
al Señor, con la cítara y al son de la salmodia, al son de la trompeta y
del cuerno aclamen el paso del Rey, el Señor!. ¡Rujan el mar y todo lo
que contiene, el mundo y todos los que lo habitan!. Aplaudan los ríos y
los montes griten de alegría delante del Señor, porque ya viene, porque
ya viene a juzgar la tierra. Juzgará al mundo con justicia y a los pueblos
según su derecho.
El Salmo 97 que acabamos de proclamar pertenece a un género de
himnos con el que ya nos hemos encontrado durante el itinerario espiri-
tual que estamos realizando a la luz del Salterio. Se trata de un himno
al Señor, rey del universo y de la historia. Es definido como un cántico
nuevo, que en el lenguaje bíblico significa un cántico perfecto, rebosan-
te, solemne, acompañado por música festiva. Además del canto del co-
ro, de hecho, se evoca el sonido melodioso de la cítara, la trompeta y el
son del cuerno, así como una especie de aplauso cósmico. Además,
incesantemente resuena el nombre del Señor (seis veces), invocado
como nuestro Dios. Dios, por tanto, está en el centro del escenario en
toda su majestad, mientras realiza la salvación en la historia y es espe-
rado para juzgar al mundo y los pueblos. El verbo hebreo que indica el
juicio significa también gobernar: hace referencia por tanto a la acción
eficaz del Soberano de toda la tierra, que traerá paz y justicia. El Salmo
se abre con la proclamación de la intervención divina dentro de la histo-
ria de Israel. Las imágenes de la diestra y del brazo santo se refieren al
Éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto. La alianza con el pue-
blo de la elección es recordada a través de dos grandes perfecciones
divinas: amor y fidelidad. Estos signos de salvación son revelados a las
naciones y a los confines de la tierra para que toda la humanidad sea
atraída por Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvadora.
La acogida reservada al Señor que interviene en la historia está marca-
da por una alabanza común: además de la orquesta y de los cantos del
templo de Sión, participa también el universo, que constituye una espe-
cie de templo cósmico. Los cantores de este inmenso coro de alabanza
son cuatro. El primero es el mar con su fragor, que parece un contraba-
jo de este grandioso acto de alabanza. Le siguen la tierra y el mundo
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 104
con todos sus habitantes, unidos en una armonía solemne. La tercera
personificación es la de los ríos que, al ser considerados como brazos
del mar, parecen batir palmas con su flujo rítmico. Por último, aparecen
las montañas que parecen bailar de alegría ante el Señor, a pesar de
ser las criaturas más macizas e imponentes. Un coro colosal, por tanto,
que tiene un único objetivo: exaltar al Señor, rey y juez justo. El final del
Salmo, como se decía, presenta de hecho a Dios que llega para regir
(juzgar) la tierra. . . con justicia y los pueblos con rectitud. Esta es nues-
tra gran esperanza y nuestra invocación: ¡Venga tu reino!, un reino de
paz, de justicia y de serenidad, que restablezca la armonía originaria de
la creación. En este Salmo, el apóstol Pablo reconoció con profunda
alegría una profecía de la obra del misterio de Cristo. Pablo se sirvió del
versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el
Evangelio la justicia de Dios se ha revelado, se ha manifestado. La in-
terpretación de Pablo confiere al Salmo una mayor plenitud de sentido.
Leído en la perspectiva del Antiguo Testamento, el Salmo proclama que
Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al verlo, quedan admi-
radas. Sin embargo, en la perspectiva cristiana, Dios realiza la salva-
ción en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a
aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio es potencia de
Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y
también del griego, es decir el pagano. Ahora los confines de la tierra
no sólo han contemplado la victoria de nuestro Dios, sino que la han re-
cibido. En esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo 3, en
un texto citado después por san Jerónimo, interpreta el cántico nuevo
del Salmo como una celebración anticipada dela novedad cristiana del
Redentor crucificado. Escuchemos entonces su comentario que mezcla
el canto del salmista con el anuncio evangélico. Cántico nuevo es el Hi-
jo de Dios que fue crucificado -algo que nunca antes se había escucha-
do-. A una nueva realidad le debe corresponder un cántico nuevo.
“Cantad al Señor un cántico nuevo. Quien sufrió la pasión en realidad
es un hombre; pero vosotros cantáis al Señor. Sufrió la pasión como
hombre, pero redimió como Dios”. Orígenes continúa: Cristo “hizo mila-
gros en medio de los judíos: curó a paralíticos, purificó a leprosos, resu-
citó muertos. Pero también lo hicieron otros profetas. Multiplicó los pa-
nes en gran número y dio de comer a un innumerable pueblo. Pero tam-
bién lo hizo Eliseo. Entonces, ¿qué es lo que hizo de nuevo para mere-
cer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió
como hombre para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue
crucificado para elevarnos hasta el cielo.
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 105
Salmo 98
El Señor reina, tiemblan los pueblos; monta en querubines, la tierra
se estremece. En Sión el Señor es muy grande, exaltado por encima de
todos los pueblos. Que celebran tu nombre grande y terrible: "¡El es
Santo!". Rey poderoso, amante de la justicia, tú has establecido la recti-
tud, tú ejerces en Jacob el derecho y la sentencia justa. Ensalcen al Se-
ñor, nuestro Dios, póstrense ante la tarima de sus pies: ¡El es Santo!.
Moisés y Aarón eran sus sacerdotes, Samuel también invocaba su
nombre: invocaban al Señor y él les respondía. De la columna de nube
les hablaba, guardaban sus órdenes, las leyes que les dio. Oh Señor,
nuestro Dios, tú les respondías, tú eras para ellos un Dios tolerante, pe-
ro no les dejabas pasar nada. Ensalcen al Señor, nuestro Dios, póstren-
se ante su santo monte: ¡Santo es el Señor nuestro Dios!
El Señor reina. Esta aclamación, inicio del Salmo 98 que acabamos
de escuchar, revela su tema fundamental y su género literario caracte-
rístico. Se trata de un canto del pueblo de Dios al Señor, que gobierna
el mundo y la historia como soberano trascendente y supremo. Se rela-
ciona con otros himnos análogos -los Salmos 95-97-, sobre los que ya
hemos reflexionado, que la Liturgia de los Laudes presenta como ora-
ción ideal para la mañana. De hecho, al comenzar el día, el fiel sabe
que no está abandonado a la merced de la casualidad ciega y oscura,
ni abocado a la incertidumbre de su libertad, ni dependiente de las deci-
siones de otro, ni dominado por las vicisitudes de la historia. Sabe que,
por encima de toda realidad terrena, está el Creador y Salvador en su
grandeza, santidad y misericordia. Los expertos presentan varias hipó-
tesis sobre el uso que se hacía de este Salmo en la liturgia del templo
de Sión. De todos modos, tiene el sabor de una alabanza contemplativa
que se eleva hacia el Señor, sentado en su gloria celeste ante los pue-
blos y la tierra. Y, sin embargo, Dios se hace presente en un espacio y
en medio de una comunidad, es decir, en Jerusalén, mostrando que es
Dios-con-nosotros. El salmista atribuye a Dios siete títulos solemnes en
los primeros versículos: es rey, grande, encumbrado, terrible, santo, po-
deroso, justo. A continuación, Dios es presentado también con el califi-
cativo de paciente. Se subraya la santidad de Dios: en tres ocasiones
se repite -como en forma de antífona- que es santo. El término indica,
en el lenguaje bíblico, sobretodo la trascendencia divina. Dios es supe-
rior a nosotros, y está infinitamente por encima de cualquier otra criatu-
ra. Esta trascendencia, sin embargo, no hace de él un soberano impasi-
ble y extraño: cuando es invocado, responde. Dios es aquel que puede
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 106
salvar, el único que puede liberar a la humanidad del mal y de la muer-
te. De hecho, administra la justicia y ejerce el derecho en Jacob. Los
Padres de la Iglesia han reflexionado mucho sobre la santidad de Dios,
ensalzando la inaccesibilidad divina. Sin embargo, este Dios trascen-
dente y santo se ha hecho cercano al hombre. Es más, como dice san
Ireneo, se acostumbró al hombre en el Antiguo Testamento, manifes-
tándose con apariciones y hablando por medio de los profetas, mientras
que el hombre se acostumbraba a Dios aprendiendo a seguirle y obede-
cerle. Es más, san Efrén en uno de sus himnos subraya que a través de
la encarnación el Santo puso su morada en el vientre [de María] de ma-
nera corporal / ahora toma su morada en la mente de manera espiritual.
Además, por el don de la Eucaristía, en analogía con la encarnación, la
Medicina de Vida ha bajado de lo alto/ para morar en aquellos que son
dignos.
Después ha entrado,
ha tomado su morada en nosotros,
de este modo nos santificamos a nosotros mismos dentro de él.
Este profundo lazo entre santidad y cercanía de Dios es desarrollado
también en el Salmo 98. De hecho, después de haber contemplado la
perfección absoluta del Señor, el Salmista recuerda que Dios estaba en
contacto continuo con su pueblo a través de Moisés y Aarón, sus me-
diadores, así como con Samuel, su profeta. Hablaba y era escuchado,
castigaba los delitos pero también perdonaba. El signo de esta presen-
cia en medio del pueblo era el estrado de sus pies, es decir, el trono del
arca del templo de Sión. El Dios santo e invisible se hacía, por tanto,
disponible a su pueblo a través de Moisés el legislador, Aarón el sacer-
dote, Samuel el profeta. Se revelaba en palabras y hechos de salvación
y de juicio, y estaba presente en Sión a través del culto celebrado en el
templo. Se podría decir, entonces, que el Salmo 98 se realiza hoy en la
Iglesia, sede de la presencia del Dios santo y trascendente. El Señor no
se ha retirado en el espacio inaccesible de su misterio, indiferente a
nuestra historia y a nuestras expectativas. Viene a juzgar la tierra. Juz-
gará el orbe con justicia y a los pueblos con equidad. Dios se ha hecho
presente entre nosotros sobretodo en su Hijo, hecho uno de nosotros
para infundir en nosotros su vida y santidad. Por este motivo, ahora no
nos acercamos a Dios con terror, sino con confianza. Tenemos en Cris-
to al sumo sacerdote santo, inocente, sin mancha. Puede salvar perfec-
tamente a los que por él llegan a Dios, ya que está siempre vivo para
interceder a su favor. Nuestro canto, entonces, se llena de serenidad y
de alegría: exalta al Señor rey, que mora entre nosotros, enjugando las
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 107
lágrimas de nuestros ojos.
Salmo 99
¡Aclame al Señor la tierra entera, sirvan al Señor con alegría, lleguen
a él, con cánticos de gozo!. Sepan que el Señor es Dios, él nos hizo y
nosotros somos suyos, su pueblo y el rebaño de su pradera. ¡Entren por
sus puertas dando gracias, en sus atrios canten su alabanza. Denle
gracias y bendigan su nombre!. "Sí, el Señor es bueno, su amor dura
por siempre, y su fidelidad por todas las edades".
La tradición de Israel ha dado al himno de alabanza que acabamos
de proclamar el título de Salmo para la todáh, es decir, para la acción
de gracias en el canto litúrgico, por lo que se presta muy bien a ser en-
tonado en las Laudes matutinas. En los pocos versículos de este gozo-
so himno se pueden identificar tres elementos significativos, capaces de
hacer fructuosa su recitación por parte de la comunidad cristiana orante.
Ante todo aparece el intenso llamamiento a la oración, claramente des-
crita en dimensión litúrgica. Basta hacer la lista de los verbos en impe-
rativo que salpican el Salmo y que aparecen acompañados por indica-
ciones de carácter ritual: Aclamad. . . , servid al Señor con alegría, en-
trad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios. . . Entrad
por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dán-
dole gracias y bendiciendo su nombre. Una serie de invitaciones no sólo
a penetrar en el área sagrada del templo a través de las puertas y los
patios, sino también a ensalzar a Dios de manera festiva. Es una espe-
cie de hilo conductor de alabanza que no se rompe nunca, expresándo-
se en una continua profesión de fe y de amor. Una alabanza que desde
la tierra se eleva hacia Dios, pero que al mismo tiempo alimenta el espí-
ritu del creyente. Quisiera hacer una segunda y breve observación so-
bre el inicio mismo del canto, en el que el Salmista hace un llamamiento
a toda la tierra a aclamar al Señor. Ciertamente el Salmo centrará des-
pués su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte abarcado por la
alabanza es universal, como con frecuencia sucede en el Salterio, en
particular en los así llamados himnos al Señor rey. El mundo y la histo-
ria no están en manos del azar, del caos, o de una necesidad ciega.
Son gobernados por un Dios misterioso, sí, pero al mismo tiempo es un
Dios que desea que la humanidad viva establemente según relaciones
justas y auténticas. Él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los
pueblos rectamente. . . regirá el orbe con justicia y los pueblos con fide-
lidad. Por este motivo, todos estamos en las manos de Dios, Señor y
Rey, y todos le alabamos, con la confianza de que no nos dejará caer
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 108
de sus manos de Creador y Padre. Desde esta perspectiva, se puede
apreciar mejor el tercer elemento significativo del Salmo. En el centro
de la alabanza que el Salmista pone en nuestros labios se encuentra de
hecho una especie de profesión de fe, expresada a través de una serie
de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo esencial
contiene las siguientes afirmaciones: el Señor es Dios: el Señor es
nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es bueno, su amor
es eterno, su fidelidad no tiene límites. Ante todo nos encontramos fren-
te a una renovada confesión de fe en el único Dios, como pide el primer
mandamiento del Decálogo: Yo soy el Señor, tu Dios. . . No habrá para
ti otros dioses delante de mí. Y, como se repite con frecuencia en la Bi-
blia: Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el
único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro.
Se proclama después la fe en el Dios creador, manantial del ser y de la
vida. Sigue después la afirmación expresada a través de la así llamada
fórmula de la alianza, de la certeza que tiene Israel de la elección divi-
na: somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. Es una certeza que
hacen propia los fieles del nuevo Pueblo de Dios, con la conciencia de
constituir el rebaño que el Pastor supremo de las almas las lleva a los
prados eternos del cielo. Después de la proclamación del Dios único,
creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor ensalzado por nues-
tro Salmo continúa con la meditación en tres cualidades divinas con fre-
cuencia exaltadas en el Salterio: la bondad, el amor misericordioso
(hésed), la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza de
Dios con su pueblo; expresan un lazo que no se romperá nunca, a tra-
vés de las generaciones y a pesar del río fangoso de pecado, de rebe-
lión y de infidelidad humanas. Con serena confianza en el amor divino
que no desfallecerá nunca, el pueblo de Dios se encamina en la historia
con sus tentaciones y debilidades diarias. Y esta confianza se convierte
en un canto que no siempre puede expresarse con palabras, como ob-
serva san Agustín: Cuanto más aumente la caridad, más te darás cuen-
ta de lo que decías y no decías. De hecho, antes de saborear ciertas
cosas, creías que podías utilizar palabras para hablar de Dios; sin em-
bargo, cuando has comenzado a sentir su gusto, te das cuenta de que
no eres capaz de explicar adecuadamente lo que experimentas. Pero si
te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que sientes,
¿tendrás por eso que callarte y no cantar sus alabanzas?. . . Por ningún
motivo. No seas tan ingrato. A Él se le debe el honor, el respeto, y la
alabanza más grande. . . Escucha el Salmo: "¡Aclama al Señor, tierra
entera!". Comprenderás la exultación de toda la tierra si tú mismo exul-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 109
tas con el Señor. En el clima de alegría y de fiesta, que se prolonga en
esta última semana del tiempo navideño, queremos retomar nuestra
meditación sobre la Liturgia de los Laudes. Nos detenemos hoy en el
Salmo 99, recién proclamado, que constituye una gozosa invitación a
alabar al Señor, pastor de su pueblo. Siete imperativos salpican toda la
composición y llevan a la comunidad fiel a celebrar, en el culto, al Dios
del amor y de la alianza: aclamad, servid, presentaos, sabed, entrad por
sus puertas, dadle gracias bendecid. Hace pensar en una procesión li-
túrgica que está a punto de entrar en el templo de Sión para realizar un
rito en honor del Señor. En el Salmo se entrecruzan algunas palabras
características para exaltar el lazo de alianza que existe entre Dios e
Israel. Aparece ante todo la afirmación de una plena pertenencia a Dios:
somos suyos, su pueblo, afirmación llena de orgullo y al mismo tiempo
de humildad, pues Israel se presenta como ovejas de su rebaño. En
otros textos, encontramos expresiones de esta relación: El Señor es
nuestro Dios. Encontramos, después, expresiones de la relación de
amor, la misericordia y fidelidad, unidas a la bondad, que en el original
hebreo se formulan precisamente con los términos típicos del pacto que
une a Israel con su Dios. Pasa revista también a las coordenadas del
espacio y del tiempo. Por un lado, se presenta ante nosotros toda la tie-
rra, involucrada con sus habitantes en la alabanza a Dios; después el
horizonte se reduce al área sagrada del templo de Jerusalén con sus
atrios y sus puertas, donde se recoge la comunidad en oración. Por otro
lado, se hace referencia al tiempo en sus tres dimensiones fundamenta-
les: el pasado de la creación, el presente de la alianza y del culto y, por
último, el futuro en el que la fidelidad misericordiosa del Señor se ex-
tiende por todas las edades, haciéndose eterna. Detengámonos ahora
brevemente en los siete imperativos que constituyen la larga invitación
a alabar a Dios y que abarcan casi todo el Salmo antes de encontrar, en
el último versículo, su motivación en la exaltación de Dios, contemplado
en su identidad íntima y profunda. El primer llamamiento consiste en la
aclamación festiva que involucra a toda la tierra en el canto de alabanza
al Creador. Cuando rezamos, tenemos que sentirnos en sintonía con
todos los que rezan, quienes en idiomas y formas diferentes, exaltan al
único Señor. Pues -como dice el profeta Malaquías- desde el sol levan-
te hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo
lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pu-
ra. Pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice el Señor de los
Ejércitos. Vienen después unos llamamientos de carácter litúrgico y ri-
tual: servir, presentarse y cruzar las puertas del templo. Son verbos
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 110
que, aludiendo también a las audiencias reales, describen los diferentes
gestos que los fieles realizan cuando entran en el santuario de Sión pa-
ra participar en la oración comunitaria. Después del canto cósmico, ce-
lebra la liturgia el pueblo de Dios, ovejas de su rebaño, su propiedad
personal entre todos los pueblos. La invitación a entrar por sus puertas
con acción de gracias y con himnos nos recuerda un pasaje de Los mis-
terios de san Ambrosio, donde se describen a los bautizados acercán-
dose al altar: El pueblo purificado se acerca a los altares de Cristo di-
ciendo: "Llegaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría". Desprendido de
los restos del error inveterado, el pueblo renovado en su juventud como
un águila se dispone a participar en este convite celeste. Llega y al ver
el altar sacrosanto convenientemente preparado, exclama: "El Señor es
mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba me apacienta. Ha-
cia las aguas de reposo me conduce". Los demás imperativos, que sal-
pican el Salmo, vuelven a presentar actitudes religiosas fundamentales
de quien ora: saber, alabar, bendecir. El verbo saber expresa el conteni-
do de la profesión de fe en el único Dios. De hecho, tenemos que pro-
clamar que sólo el Señor es Dios, combatiendo toda idolatría y toda so-
berbia y potencia humana contrapuesta. El objetivo de los demás ver-
bos, es decir, alabar y bendecir es también el nombre del Señor, es de-
cir, su persona, su presencia eficaz y salvadora. Desde esta perspectiva
el Salmo concluye con una solemne exaltación de Dios, una especie de
profesión de fe: el Señor es bueno y su fidelidad no nos abandona nun-
ca, pues siempre está dispuesto a apoyarnos con su amor misericordio-
so. Con esta confianza, el que ora se abandona en el abrazo de su
Dios: Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se
cobija en él, dice el Salmista en otro lugar.
Salmo 100
Quiero cantar lo que es bueno y justo; para ti, Señor, será mi salmo.
Me entrenaré en el camino perfecto; pero tú, ¿vendrás a mí? No tendré
más que rectas intenciones para actuar en mi casa. Nada tendré en vis-
ta que pueda ser malvado. Odio el proceder de los extraviados, no per-
mitiré que se me pegue. Lejos de mí el corazón perverso, desconozco
al malvado. Al que denigra en secreto a su prójimo yo lo haré callar; al
de ojos altaneros y corazón engreído no lo soportaré. Buscaré a los lea-
les del país para que vivan conmigo; al que sigue el camino perfecto lo
pondré a mi servicio. No morará en mi casa el que trama el engaño; el
que anda con mentiras no comparezca en mi presencia. Cada mañana
acabaré con todos los malvados del país, para suprimir de la ciudad del
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 111
Señor a todos los que hacen el mal.
Propósitos de un príncipe justo. Después de las dos catequesis
dedicadas al significado de las celebraciones pascuales, reanudamos
nuestra reflexión sobre la liturgia de las Laudes. Para el martes de la
cuarta semana nos propone el salmo 100, que acabamos de escuchar.
Es una meditación que pinta el retrato del político ideal, cuyo modelo de
vida debería ser el actuar divino en el gobierno del mundo: un actuar
regido por una perfecta integridad moral y por un enérgico compromiso
contra las injusticias. Ese texto se vuelve a proponer ahora como pro-
grama de vida para el fiel que comienza su día de trabajo y de relación
con el prójimo. Es un programa de "amor y justicia", que se articula en
dos grandes líneas morales. La primera se llama "senda de la inocen-
cia" y está orientada a exaltar las opciones personales de vida, realiza-
das "con rectitud de corazón", es decir, con conciencia totalmente recta.
Por una parte, se habla de modo positivo de las grandes virtudes mora-
les que hacen luminosa la "casa", es decir, la familia del justo: la sabidu-
ría, que ayuda a comprender y juzgar bien; la inocencia, que es pureza
de corazón y de vida; y, por último, la integridad de la conciencia, que
no tolera componendas con el mal. Por otra parte, el salmista introduce
un compromiso negativo. Se trata de la lucha contra toda forma de mal-
dad e injusticia, para mantener lejos de su casa y de sus opciones cual-
quier perversión del orden moral. Como escribe san Basilio, gran Padre
de la Iglesia de Oriente, en su obra El bautismo, "ni siquiera el placer de
un instante que contamina el pensamiento debe turbar a quien se ha
configurado con Cristo en una muerte semejante a la suya". La segunda
línea se desarrolla en la parte final del salmo y precisa la importancia de
las cualidades más típicamente públicas y sociales. También en este
caso se enumeran los puntos esenciales de una vida que quiere recha-
zar el mal con rigor y firmeza. Ante todo, la lucha contra la calumnia y la
difamación secreta, un compromiso fundamental en una sociedad de
tradición oral, que atribuía gran importancia a la función de la palabra
en las relaciones interpersonales. El rey, que ejerce también la función
de juez, anuncia que en esta lucha empleará la más rigurosa severidad:
hará que perezca el calumniador. Asimismo, se rechaza toda arrogan-
cia y soberbia; se evita la compañía y el consejo de quienes actúan
siempre con engaño y mentiras. Por último, el rey declara el modo co-
mo quiere elegir a sus "servidores", es decir, a sus ministros. Los esco-
ge entre "los que son leales". Quiere rodearse de gente íntegra y evitar
el contacto con "quien comete fraudes". El último versículo del salmo es
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 112
particularmente enérgico. Puede resultar chocante al lector cristiano,
porque anuncia un exterminio: "Cada mañana haré callar a los hombres
malvados, para excluir de la ciudad del Señor a todos los malhechores".
Sin embargo, es importante recordar que quien habla así no es una per-
sona cualquiera, sino el rey, responsable supremo de la justicia en el
país. Con esta frase expresa de modo hiperbólico su implacable com-
promiso de lucha contra la criminalidad, un compromiso necesario, que
comparte con todos los que tienen responsabilidades en la gestión de la
administración pública. Evidentemente, esta tarea de justiciero no com-
pete a cada ciudadano. Por eso, si los fieles quieren aplicarse a sí mis-
mos la frase del salmo, lo deben hacer en sentido analógico, es decir,
decidiendo extirpar cada mañana de su propio corazón y de su propia
conducta la hierba mala de la corrupción y de la violencia, de la perver-
sión y de la maldad, así como cualquier forma de egoísmo e injusticia.
Concluyamos nuestra meditación volviendo al versículo inicial del sal-
mo: "Voy a cantar el amor y la justicia. . . ". Un antiguo escritor cristiano,
Eusebio de Cesarea, en sus Comentarios a los Salmos, subraya la pri-
macía del amor sobre la justicia, aunque esta sea también necesaria:
"Voy a cantar tu misericordia y tu juicio, mostrando cómo actúas habi-
tualmente: no juzgas primero y luego tienes misericordia, sino que pri-
mero tienes misericordia y luego juzgas, y con clemencia y misericordia
emites sentencia. Por eso, yo mismo, ejerciendo misericordia y juicio
con respecto a mi prójimo, me atrevo a cantar y entonar salmos en tu
honor. Así pues, consciente de que es preciso actuar así, conservo in-
maculadas e inocentes mis sendas, convencido de que de este modo te
agradarán mis cantos y salmos por mis obras buenas".
Salmo 107
¡Oh Dios, listo está mi corazón, quiero cantar, quiero tocar para ti con
todo mi corazón!. Despierten, arpa y cítara, despertaré a la aurora. Te
alabaré, Señor, entre los pueblos, tocaré para ti en las provincias, pues
tu amor va más allá de los cielos y tu verdad alcanza hasta las nubes.
Oh Dios, muéstrate por encima de los cielos, que brille tu gloria sobre
toda la tierra. ¡Que sean liberados tus muy amados. Sálvanos con tu
diestra y respóndenos!. Dios habló desde su santuario: "Estoy en forma,
repartiré Siquem, y lotearé el valle de Sucot. Mío es Galaad, mío Mana-
sés, Efraín es el casco para mi cabeza, y Judá, mi bastón de mando.
Moab es la vasija en que me lavo, sobre Edom arrojo mi sandalia, con-
tra Filistea lanzo el grito de victoria". ¿Quién me llevará a la ciudad fuer-
te, quién me guiará hasta Edom?. Sólo tú, oh Dios; pero nos has recha-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 113
zado y ya no sales más con nuestras tropas. Danos tu ayuda contra el
opresor, pues la ayuda humana es ilusoria. ¡Con Dios maravillas obten-
dremos y él pisoteará a nuestros adversarios!
El Salmo 107, que nos acaban de recitar, forma parte de la secuen-
cia de los Salmos de la Liturgia de los Laudes, objeto de nuestras cate-
quesis. Presenta una característica sorprendente a primera vista. La
composición está formada por la fusión de dos fragmentos de Salmos
preexistentes, uno tomado del Salmo 56 y el otro del Salmo 59. El pri-
mer fragmento tiene el tono de un himno, el segundo tiene el carácter
de una súplica pero contiene un oráculo divino que infunde en el que
ora serenidad y confianza. Esta fusión da origen a una nueva oración y
este hecho se convierte en un ejemplo para nosotros. En realidad, la
liturgia cristiana también funde con frecuencia pasajes bíblicos diferen-
tes transformándolos en un nuevo texto, destinado a iluminar situacio-
nes inéditas. Permanece, sin embargo, el nexo con la base original. De
hecho, el Salmo 107 (aunque no es el único, basta pensar por ejemplo
en otro testimonio, el Salmo 143) muestra cómo Israel, en el Antiguo
Testamento, volvía a utilizar y actualizaba la Palabra de Dios revelada.
El Salmo que resulta de esta combinación es, por tanto, algo más que
una simple suma o yuxtaposición de dos pasajes preexistentes. En vez
de comenzar con una humilde súplica, como el Salmo 56, Misericordia,
Dios mío, misericordia, el nuevo Salmo comienza con un anuncio deci-
dido de alabanza a Dios: Dios mío, mi corazón está firme, para ti canta-
ré. Esta alabanza toma el lugar del lamento que conformaba el inicio del
otro Salmo, y se convierte así en la base del oráculo divino sucesivo y
de la súplica que lo circunda. Esperanza y pesadilla se funden y se con-
vierten en materia de la nueva oración, totalmente orientada a sembrar
confianza en el tiempo de la prueba vivida por toda la comunidad. El
Salmo se abre, por tanto, con un himno gozoso de alabanza. Es un can-
to matutino acompañado por el arpa y la cítara. El mensaje es claro y
está centrado en la bondad y en la fidelidad divina: en hebreo hésed y
emèt, son términos típicos para definir la fidelidad amorosa del Señor
hacia la alianza con su pueblo. En virtud de esta fidelidad, el pueblo es-
tá seguro de que no será abandonado nunca por Dios en el abismo de
la nada o de la desesperación. La relectura cristiana interpreta este Sal-
mo de manera particularmente sugerente. En el versículo 6, el Salmista
celebra la gloria trascendente de Dios: Elévate sobre el cielo (es decir,
sé exaltado), Dios mío, y llene la tierra tu gloria. Al comentar este Sal-
mo, Orígenes, el célebre escritor cristiano del siglo III, hace referencia a
la frase de Jesús: Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos ha-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 114
cia mí, aludiendo a la crucifixión. Ésta tiene como resultado la afirma-
ción del versículo sucesivo: para que se salven tus predilectos. Enton-
ces, Orígenes concluye: ¡Qué significado tan estupendo! El motivo por
el que el Señor es crucificado y exaltado consiste en que sus amados
sean liberados. . . Lo que hemos pedido se ha cumplido: Él ha sido
exaltado y nosotros hemos sido liberados. Pasemos ahora a la segunda
parte del Salmo 107, cita parcial del Salmo 59, como decíamos. En la
angustia de Israel, que siente que Dios está ausente y distante, se ele-
va la voz del oráculo del Señor que resuena en el templo. En esta reve-
lación, Dios se presenta como Árbitro y Señor de toda la tierra santa,
desde la ciudad de Siquén hasta el valle transjordánico de Sucot, desde
las regiones orientales de Galaad y Manasés, pasando por las centro-
meridionales de Efraín y Judá, hasta llegar también a los territorios va-
sallos pero extranjeros de Moab, Edom y Filistea. Con imágenes colori-
das de tono militar o de carácter jurídico se proclama el señorío divino
sobre la tierra prometida. Si el Señor reina, no hay que tener miedo: no
nos sacuden las fuerzas oscuras del hado o del caos. En todo momen-
to, incluso en los momentos tenebrosos, siempre hay un proyecto supe-
rior que rige la historia. Esta fe enciende la llama de la esperanza. Dios
indicará de todos modos una salida, es decir, una ciudad fortificada co-
locada en la región de Edom. Esto quiere decir que, a pesar de la prue-
ba y del silencio, Dios volverá a revelarse, a sostener y guiar a su pue-
blo. Sólo de Él puede venir la ayuda decisiva y no de las alianzas milita-
res externas, es decir, de la fuerza de las armas. Sólo con él se alcan-
zará la libertad y se harán proezas. Con san Jerónimo recordamos la
última lección del Salmista, interpretada en clave cristiana: Nadie debe
desesperarse por esta vida. Tienes a Cristo y, ¿tienes miedo? Él será
nuestra fuerza, Él será nuestro pan, Él será nuestro guía.
Salmo 109
Palabra del Señor a mi señor: "¡Siéntate a mi derecha y ve cómo ha-
go de tus enemigos la tarima de tus pies!". Desde Sión extenderá el Se-
ñor el cetro de tu mando: domina en medio de tus enemigos. "Tuyo es
el principado desde el día de tu nacimiento; de mí en el monte sagrado
tú has nacido; como nace el rocío de la aurora". Juró el Señor y no ha
de retractarse: "Tú eres para siempre sacerdote a la manera de Melqui-
sedec". A tu diestra está el Señor, aplasta a los reyes en el día de su
cólera; juzga a las naciones: está lleno de cadáveres, y de cabezas ro-
tas a lo ancho de la tierra. El bebe del torrente, en el camino, por eso
levanta su cabeza.
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 115
Tras las huellas de una antigua tradición, el Salmo 109, que acaba-
mos de proclamar, constituye el componente primario de las Vísperas
dominicales. Aparece en cada una de las cuatro semanas en las que se
articula la Liturgia de las Horas. Su brevedad, acentuada por la exclu-
sión en el uso litúrgico cristiano del versículo 6, de carácter imprecato-
rio, no implica una ausencia de dificultades exegéticas e interpretativas.
El texto se presenta como un salmo real, ligado a la dinastía de David, y
probablemente hace referencia al rito de entronización del soberano.
Sin embargo, la tradición judía y cristiana ha visto en el rey consagrado
el perfil del Consagrado por excelencia, el Mesías, el Cristo. Desde esta
perspectiva, el Salmo se convierte en un canto luminoso elevado por la
Liturgia cristiana al Resucitado en el día festivo, memoria de la Pascua
del Señor. El Salmo 109 tiene dos partes, ambas caracterizadas por la
presencia de un oráculo divino. El primer oráculo está dirigido al sobe-
rano en el día de su entronización solemne a la derecha de Dios, es de-
cir, junto al Arca de la Alianza en el templo de Jerusalén. La memoria
de la generación divina del rey formaba parte del protocolo oficial de su
coronación y tenía para el rey un valor simbólico de investidura y de tu-
tela, al ser el rey lugarteniente de Dios en la defensa de la justicia 3). En
la relectura cristiana, esta generación se hace real al presentar a Jesu-
cristo como auténtico Hijo de Dios. Así sucedió en el uso cristiano de
otro famoso salmo regio-mesiánico, el segundo del Salterio, en el que
se lee este oráculo divino: Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy. El
segundo oráculo del Salmo 109 tiene, por el contrario, un contenido sa-
cerdotal. El rey también desempeñaba antiguamente funciones de culto,
no según la línea del sacerdocio levítico, seno según otra relación: la
del sacerdocio de Melquisedec, el rey-sacerdote de Salem, Jerusalén
preisraelita. En la perspectiva cristiana, el Mesías se convierte en el mo-
delo de un sacerdocio perfecto y supremo. La Carta a los Hebreos, en
su parte central, exaltará este ministerio sacerdotal a semejanza de
Melquisedec, viéndolo encarnado en plenitud en la persona de Cristo.
El primer oráculo es citado en varias ocasiones por el Nuevo Testamen-
to para celebrar el carácter mesiánico de Jesús. El mismo Cristo ante el
sumo sacerdote y ante el Sanedrín judío retomará explícitamente este
Salmo, proclamando que se sentará a la diestra del Poder divino, como
se dice en el Salmo 109. En nuestro itinerario por los textos de la Litur-
gia de las Horas volveremos a comentar este salmo. Para concluir
nuestra breve presentación de este himno mesiánico queremos subra-
yar su interpretación cristológica. Lo hacemos con una síntesis de san
Agustín. En el Comentario al Salmo 109, pronunciado en la Cuaresma
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 116
del año 412, presentaba el Salmo como una auténtica profecía de las
promesas divinas sobre Cristo. El famoso padre de la Iglesia decía: Era
necesario conocer al único Hijo de Dios, que vendría entre los hombres
para asumir al hombre y para convertirse en hombre a través de la na-
turaleza asumida: moriría, resucitaría, ascendería al cielo, se sentaría a
la derecha del Padre y cumpliría entre las gentes lo que había prometi-
do … Todo esto debía ser profetizado y preanunciado para que no ate-
morizara a nadie si acontecía de repente, sino que, siendo objeto de
nuestra fe, lo fuese también de una ardiente esperanza. En el ámbito de
estas promesas se enmarca este Salmo, que profetiza en términos par-
ticularmente seguros y explícitos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo,
en quien no podemos dudar ni siquiera un momento que haya sido
anunciado el Cristo. Dirigimos ahora nuestra invocación al Padre de Je-
sucristo, único rey y sacerdote perfecto y eterno, para que haga de no-
sotros un pueblo de sacerdotes y de profetas de paz y de amor, un pue-
blo que cante a Cristo rey y sacerdote, quien se inmoló para reconciliar
consigo, en un solo cuerpo, a toda la humanidad, creando al hombre
nuevo.
Salmo 114
¡Aleluya! Amo al Señor porque escucha el clamor de mi plegaria; In-
clinó hacia mí su oído el día en que lo llamé. Me envolvían los lazos de
la muerte, estaba preso en las redes fatales, me ahogaban la angustia y
el pesar, pero invoqué el nombre del Señor: "¡Ay, Señor, salva mi vida!"
El Señor es muy bueno y justo, nuestro Dios es compasivo; El Señor
cuida de los pequeños, estaba débil y me salvó. Alma mía, vuelve a tu
descanso, que el Señor cuida de ti. Ha librado mi alma de la muerte, de
lágrimas mis ojos y mis pies de dar un paso en falso. Caminaré en pre-
sencia del Señor en la tierra de los vivos. Tenía fe, aun cuando me de-
cía: "Realmente yo soy un desdichado". Pensaba en medio de mi confu-
sión:"¡Todo hombre decepciona!" ¿Cómo le devolveré al Señor todo el
bien que me ha hecho?. Alzaré la copa por una salvación e invocaré el
nombre del Señor, cumpliré mis promesas al Señor en presencia de to-
do su pueblo. Tiene un precio a los ojos del Señor la muerte de sus fie-
les: "¡Mira, Señor, que soy tu servidor, tu servidor y el hijo de tu esclava:
tú has roto mis cadenas!" Te ofreceré el sacrificio de acción de gracias
e invocaré el nombre del Señor. Cumpliré mis promesas al Señor en
presencia de todo su pueblo, en los atrios de la casa del Señor, en me-
dio de ti, Jerusalén.
En el Salmo 114, que se acaba de proclamar, la voz del salmista ex-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 117
presa su amor agradecido al Señor, después de que escuchara una in-
tensa súplica: Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque
inclina su oído hacia mí el día que lo invoco. Tras esta declaración, se
ofrece una sentida descripción de la pesadilla mortal que ha atenazado
la vida del orante. Se representa el drama con los símbolos habituales
de los salmos. Las redes que enredan la existencia son las de la muer-
te, los lazos que la angustian son la espiral del infierno, que quiere
atraer a su interior a los vivientes sin nunca saciarse. Es la imagen de
una presa caída en la trampa de un inexorable cazador. La muerte es
como un mordisco que aprieta. El orante ha dejado a sus espaldas el
riesgo de la muerte, acompañado por una experiencia psíquica doloro-
sa: caí en tristeza y angustia. Pero desde ese abismo trágico lanza un
grito hacia el único que puede tender la mano y sacar al orante angus-
tiado de este ovillo imposible de deshacer: Señor, salva mi vida. Es una
oración breve pero intensa del hombre que, encontrándose en una si-
tuación desesperada, se agarra a la única tabla de salvación. Del mis-
mo modo gritaron en el Evangelio los discípulos en la tormenta, del mis-
mo modo imploró Pedro cuando, al caminar sobre las aguas, comenza-
ba a hundirse. Una vez salvado, el orante proclama que el Señor es be-
nigno y justo, es más, misericordioso. Este último adjetivo, en el original
hebreo, hace referencia a la ternura de la madre, evocando sus vísce-
ras. La confianza auténtica siempre experimenta a Dios como amor, a
pesar de que en ocasiones sea difícil intuir el recorrido de su acción.
Queda claro que el Señor guarda a los sencillos. Por tanto, en la mise-
ria y en el abandono, se puede contar con él, padre de los huérfanos y
tutor de las viudas. Comienza después un diálogo entre el salmista y su
alma, que continuará en el sucesivo Salmo 115, que debe considerarse
como parte integrante del que estamos meditando. Es lo que ha hecho
la tradición judía, dando origen al único Salmo 116, según la numera-
ción hebrea del Salterio. El salmista invita a su alma a recuperar la paz
serena tras la pesadilla mortal. Invocado con fe, el Señor ha tendido la
mano, ha roto las redes que rodeaban al orante, ha secado las lágrimas
de sus ojos, ha detenido su descenso precipitado en el abismo infernal.
El cambio es claro y el canto concluye con una escena de luz: el orante
regresa al país de la vida, es decir, a las sendas del mundo para cami-
nar en presencia del Señor. Se une a la oración comunitaria del templo,
anticipación de esa comunión con Dios que le esperará al final de su
existencia. Al concluir, retomemos los pasajes más importantes del Sal-
mo, dejándonos guiar por un gran escritor del siglo 3, Orígenes, cuyo
comentario al Salmo 114 nos ha llegado en la versión latina de san Je-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 118
rónimo. Al leer que el Señor inclina su oído hacia mí, afirma: nos damos
cuenta de que somos pequeños, no podemos levantarnos, por esto el
Señor inclina su oído y se digna escucharnos. Al fin y al cabo, dado que
somos hombres y que no podemos convertirnos en dioses, Dios se hizo
hombre y se inclinó, según está escrito: "Él inclinó los cielos y bajó". De
hecho, sigue diciendo poco después el Salmo, el Señor guarda a los
sencillos: Si uno es grande, si se exalta y es soberbio, el Señor no le
protege; si uno se cree grande, el Señor no tiene misericordia de él; pe-
ro si uno se abaja, el Señor tiene misericordia de él y le protege. Hasta
el punto de que llega a decir: "aquí estamos yo y los hijos que me ha
dado". Y también: "Me humillé y Él me salvó". De este modo, quien es
pequeño y miserable puede recuperar la paz, el descanso, como dice el
Salmo y como comenta el mismo Orígenes: cuando se dice: "Vuelve a
tu descanso", es señal de que antes había un descanso que después
se ha perdido… Dios nos ha creado y nos ha hecho árbitros de nues-
tras decisiones, y nos ha puesto a todos en el paraíso, junto a Adán.
Pero, dado que por nuestra libre decisión perdimos esa beatitud, termi-
nando en este valle de lágrimas, el justo exhorta a su alma a regresar
allí donde cayó… "Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno
contigo". Si tú, alma, regresas al paraíso, no es porque eres digna, sino
porque eres obra de la misericordia de Dios. Si saliste del paraíso, fue
por tu culpa; sin embargo, el regresar es obra de la misericordia del Se-
ñor. Digamos también nosotros a nuestra alma: "Recobra tu calma".
Nuestra calma es Cristo, nuestro Dios.
Salmo 116
¡Aleluya!. ¡Alaben al Señor en todas las naciones, y festéjenlo todos
los pueblos!. Pues su amor hacia nosotros es muy grande, y la lealtad
del Señor es para siempre.
1. Este Salmo, el más breve de todos, está compuesto en el original
hebreo por tan sólo diecisiete palabras, de las cuales nueve son particu-
larmente relevantes. Se trata de una pequeña doxología, es decir, un
canto esencial de alabanza, que podría servir como broche final para
himnos de oración más amplios. Así se hacía, de hecho, en algunas
ocasiones en la liturgia, como acontece con nuestro Gloria al Padre,
que pronunciamos al concluir la recitación de cada Salmo. En verdad,
estas pocas palabras de oración se revelan significativas y profundas
para exaltar la alianza entre el Señor y su pueblo, dentro de una pers-
pectiva universal. Desde este punto de vista, el primer versículo del Sal-
mo es utilizado por el apóstol Pablo para invitar a todos los pueblos del
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 119
mundo a glorificar a Dios. Escribe a los cristianos de Roma: Los gentiles
glorifican a Dios por su misericordia, como dice la Escritura: "Alabad,
gentiles todos, al Señor y cántenle himnos todos los pueblos". El breve
himno que estamos meditando comienza, por tanto, como sucede con
frecuencia con este tipo de Salmos, con una invitación a la alabanza,
que no es dirigida sólo a Israel, sino a todos los pueblos de la tierra. Un
aleluya debe surgir de los corazones de todos los justos que buscan y
aman a Dios con corazón sincero. Una vez más, el Salterio refleja una
visión de amplios horizontes, alimentada probablemente por la expe-
riencia vivida por Israel durante el exilio en Babilonia en el siglo VI a. C.
El pueblo judío encontró entonces otras naciones y culturas y experi-
mentó la necesidad de anunciar su propia fe a aquéllos entre los que
vivía. En el Salterio se da la consciencia de que el bien florece en mu-
chos terrenos y puede ser orientado hacia el único Señor y Creador.
Podemos, por eso, hablar de un ecumenismo de la oración, que abarca
en un abrazo a pueblos diferentes por su origen, historia y cultura. Nos
encontramos en misma línea de la gran visión de Isaías que describe al
final de los días la afluencia de todas las gentes hacia el monte del tem-
plo del Señor. Caerán, entonces, de las manos las espadas y las lan-
zas; es más, se convertirán en arados y hoces, para que la humanidad
viva en paz, cantando su alabanza al único Señor de todos, escuchan-
do su palabra y observando su ley. Israel, el pueblo de la elección, tiene
en este horizonte universal una misión que cumplir. Tiene que procla-
mar dos grandes virtudes divinas, que ha experimentado viviendo la
alianza con el Señor. Estas dos virtudes, que son como los rasgos fun-
damentales del rostro divino, el binomio de Dios, como decía San Gre-
gorio de Niza, se expresan con términos hebreos que, en las traduccio-
nes, no logran brillar con toda la riqueza de su significado. El primero es
hésed, un término utilizado en varias ocasiones en el Salterio sobre el
que ya me detuve en otra ocasión. Indica la trama de los sentimientos
profundos que tienen lugar entre dos personas, ligadas por un vínculo
auténtico y constante. Abarca, por tanto, valores como el amor, la fideli-
dad, la misericordia, la bondad, la ternura. Entre nosotros y Dios se da,
por tanto, una relación que no es fría, como la que tiene lugar entre un
emperador y su súbdito, sino palpitante, como la que se da entre dos
amigos, entre dos esposos, o entre padres e hijos. El segundo término
es ’emét y es casi sinónimo del primero. También es sumamente privile-
giado por el Salterio, que lo repite casi la mitad de las veces en las que
resuena en el resto del Antiguo Testamento. El término de por sí expre-
sa la verdad, es decir, el carácter genuino de una relación, su autentici-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 120
dad y lealtad, que se mantiene a pesar de los obstáculos las pruebas;
es la fidelidad pura y gozosa que no conoce doblez. No por casualidad
el Salmista declara que dura por siempre. El amor fiel de Dios no desfa-
llecerá y no nos abandonará a nosotros mismos, a la oscuridad de la
falta de sentido, de un destino ciego, del vacío y de la muerte. Dios nos
ama con un amor incondicional, que no conoce cansancio ni se apaga
nunca. Este es el mensaje de nuestro Salmo, tan breve casi como una
jaculatoria, pero intenso como un gran cántico. Las palabras que nos
sugiere son como un eco del cántico que resuena en la Jerusalén celes-
tial, donde una muchedumbre inmensa de toda lengua, pueblo y nación,
canta la gloria divina ante el trono de Dios y ante el Cordero. La Iglesia
peregrina se une a este cántico con infinitas expresiones de alabanza,
moduladas con frecuencia por el genio poético y el arte musical, Pense-
mos, por poner un ejemplo, en el Te Deum del que generaciones ente-
ras de cristianos se han servido a través de los siglos para cantar ala-
banzas y acción de gracias: Te Deum laudamus, te Dominum confite-
mur, te aeternum Patrem omnis terra veneratur. Por su parte, el peque-
ño Salmo que hoy estamos meditando es una eficaz síntesis de la pe-
renne liturgia de alabanza de la que se hace eco la Iglesia en el mundo,
uniéndose a la alabanza perfecta que Cristo mismo dirige al Padre.
¡Alabemos, por tanto, al Señor! Alabémosle sin cansarnos. Pero antes
de expresar nuestra alabanza con palabras, debe manifestarse con la
vida. Seremos muy poco creíbles si invitáramos a los pueblos a dar glo-
ria al Señor con nuestro salmo y no tomáramos en serio la advertencia
de Jesús: Brille vuestra luz delante de los hombres para que vean vues-
tras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
Cantando el Salmo 116, como sucede con todos los Salmos que acla-
man al Señor, la Iglesia, Pueblo de Dios, se esfuerza por convertirse
ella misma en un cántico de alabanza.
Continuando con nuestra meditación sobre los textos de la Liturgia
de los Laudes, volvemos a considerar un Salmo ya propuesto, el más
breve del Salterio. Es el Salmo 116, recién escuchado, una especie de
pequeño himno, o de jaculatoria que se convierte en una alabanza uni-
versal al Señor. Expresa lo que quiere proclamar con dos palabras fun-
damentales amor y fidelidad. Con estos términos, el Salmista ilustra sin-
téticamente la alianza entre Dios e Israel, subrayando la relación pro-
funda, leal y confiada que existe entre el Señor y su pueblo. Escucha-
mos aquí el eco de las palabras que el mismo Dios había pronunciado
en el Sinaí, al presentarse a Moisés: Señor, Señor, Dios misericordioso
y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad. A pesar de su
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 121
carácter breve y esencial, el Salmo 116 penetra en el corazón de la ora-
ción, que consiste en el encuentro y en el diálogo vivo y personal con
Dios. En este acontecimiento, el misterio de la divinidad se revela como
fidelidad y amor. El Salmista añade un aspecto particular de la oración:
la experiencia de oración debe irradiarse en el mundo, transformándose
en testimonio para quien no comparte nuestra fe. De hecho, al inicio, el
horizonte se amplía a todas las naciones y todos los pueblos, para que
ante la belleza y la alegría de la fe se dejen también conquistar por el
deseo de conocer, encontrar y alabar a Dios. En un mundo tecnológico
minado por un eclipse de lo sagrado, en una sociedad que se complace
en una cierta autosuficiencia, el testimonio de quien ora es como un ra-
yo de luz en la oscuridad. En un primer momento, puede que sólo des-
pierte curiosidad, después puede inducir a la persona reflexiva a plan-
tearse el sentido de la oración y, por último, puede suscitar un creciente
deseo de hacer la experiencia. Por este motivo, la oración no es nunca
un acontecimiento solitario, sino que tiende a dilatarse hasta involucrar
al mundo entero. Acompañamos ahora el Salmo 116 con las palabras
de un gran Padre de la Iglesia de Oriente, san Efrén el Sirio, quien vivió
en el siglo 4. En uno de sus Himnos sobre la fe, el decimocuarto, expre-
sa el deseo de no dejar de alabar nunca a Dios, involucrando también a
todos aquellos que comprenden la verdad divina. Este es su testimonio:
¿Cómo puede dejar de alabarte mi arpa, Señor? ¿Cómo podría enseñar
a mi lengua la infidelidad? Tu amor ha dado confianza a mis dudas, pe-
ro mi voluntad es todavía ingrata. Es justo que el hombre reconozca tu
divinidad, es justo que los seres celestes alaben tu humanidad; los se-
res celestes se sorprendieron al ver que te habías aniquilado, y los de la
tierra al ver hasta qué punto te has exaltado. En otro himno, san Efrén
confirma su compromiso de alabanza incesante, y explica el motivo en
el amor y en la compasión de Dios por nosotros, precisamente como
sugiere nuestro Salmo. Que en ti, Señor, mi boca te alabe desde silen-
cio. Que nuestras bocas no dejen de pronunciar tu alabanza, que nues-
tros labios no dejen de profesarte; que tu alabanza pueda vibrar en no-
sotros!. Dado que la raíz de nuestra fe está hundida en nuestro Señor;/
a pesar de que está lejos, está cerca en la fusión del amor. / Que las
raíces de nuestro amor se unan a él,/ que la plenitud de su compasión
se difunda sobre nosotros.
Salmo 117
Den gracias al Señor, pues él es bueno, pues su bondad perdura pa-
ra siempre. Que lo diga Israel: ¡su bondad es para siempre!. Que lo diga
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 122
la casa de Aarón: ¡su bondad es para siempre!. Que lo digan los que
temen al Señor: ¡su bondad es para siempre!. Al Señor, en mi angustia,
le clamé, y me respondió sacándome de apuros. Si el Señor está con-
migo, no temo, ¿qué podrá hacerme el hombre?. Cuento al Señor entre
los que me ayudan, y veré a mis enemigos a mis pies. Más vale refu-
giarse en el Señor que confiar en los poderosos. Todos los paganos me
rodeaban, pero en el nombre del Señor los humillé. Me rodeaban, me
tenían cercado, pero en el nombre del Señor los humillé. Me rodeaban
como avispas, cayeron como zarza que se quema, pues en nombre del
Señor los humillé. Me empujaron con fuerza para botarme, pero acudió
el Señor a socorrerme. El Señor es mi fuerza, el motivo de mi canto, ha
sido para mí la salvación. Clamores de alegría y de triunfo resuenan en
las tiendas de los justos: "¡La diestra del Señor hizo proezas, la diestra
del Señor lo ha enaltecido, la diestra del Señor hizo proezas!". No, no
moriré sino que viviré y contaré las obras del Señor. El Señor me corri-
gió mucho, pero no me entregó a la muerte. "¡Ábranme las puertas de
justicia para entrar a dar gracias al Señor!". "Esta es la puerta que lleva
al Señor, por ella entran los justos". ¡Te agradezco que me hayas escu-
chado, tú has sido para mí la salvación!. La piedra rechazada por los
maestros pasó a ser la piedra principal; ésta fue la obra del Señor, no
podían creerlo nuestros ojos. ¡Este es el día que ha hecho el Señor, go-
cemos y alegrémonos en él!. ¡Danos, oh Señor, la salvación, danos, oh
Señor, la victoria!. "¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor!
desde la casa del Señor los bendecimos: el Señor es Dios, él nos ilumi-
na". Formen la procesión con ramos en la mano hasta los cuernos del
altar. Tú eres mi Dios, te doy gracias; ¡Dios mío, te digo que eres gran-
de!. Den gracias al Señor, pues él es bueno, pues su bondad perdura
para siempre.
Cuando el cristiano, en sintonía con la voz orante de Israel, canta el
Salmo 117, que acabamos de escuchar, siente en su interior un particu-
lar estremecimiento. En este himno, descubre dos frases de intenso ca-
rácter litúrgico cuyo eco se escucha en el Nuevo Testamento con una
nueva tonalidad. La primera aparece en el versículo 22: La piedra que
desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Esta frase es ci-
tada por Jesús, quien la aplica a su misión de muerte y de gloria, des-
pués de haber narrado la parábola de los viñadores asesinos. La frase
es evocada también por Pedro en los Hechos de los Apóstoles: Jesús
es la piedra que vosotros los constructores habéis despreciado y que se
ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nom-
bre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos. Co-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 123
menta Cirilo de Jerusalén: Decimos que uno solo es el Señor Jesucristo
pues su filiación es única; uno solo para que tú no creas que hay otro. .
. De hecho, es llamado piedra, pero no una piedra tallada por manos
humanas, sino una piedra angular, para que quien crea en él no quede
decepcionado. La segunda frase que el Nuevo Testamento toma del
Salmo 117 es proclamada por la muchedumbre en la solemne entrada
mesiánica de Jesús en Jerusalén: ¡Bendito el que viene en el nombre
del Señor!. La aclamación queda enmarcada por un Hosanna, hoshiac
na’, deh, ¡sálvanos!. Este espléndido himno bíblico se enmarca en la
pequeña serie de Salmos, del 112 al 117, llamada el Hallel pasquale, es
decir, la alabanza salmódica utilizada en el culto judío para la Pascua y
las principales solemnidades del año litúrgico. El rito de procesión pue-
de ser considerado como el hilo conductor del Salmo 117, salpicado
quizá por cantos para solista y para coro, con la ciudad santa y su tem-
plo como telón de fondo. Una bella antífona abre y cierra el texto: Dad
gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. La
palabra misericordia traduce la palabra judía hesed, que designa la fide-
lidad generosa de Dios hacia su pueblo aliado y amigo. Tres categorías
de personas son involucradas en el cántico de esta alabanza: todo Is-
rael, la casa de Aarón, es decir, los sacerdotes, y quien teme a Dios,
una locución que indica a los fieles y sucesivamente también a los pro-
sélitos, es decir, los miembros de otras naciones que desean adherir a
la ley del Señor. La procesión parece avanzar por las calles de Jerusa-
lén, pues se habla de las tiendas de los justos. De todos modos, se ele-
va un himno de acción de gracias, cuyo mensaje esencial es: incluso en
la angustia es necesario conservar la llama de la confianza, pues la
mano potente del Señor lleva a su fiel a la victoria sobre el mal y a la
salvación. El poeta sagrado utiliza imágenes fuertes y vivas: los adver-
sarios crueles son comparados a un enjambre de avispas o a una co-
lumna de fuego que avanza dejando todo hecho cenizas 12). Pero la
reacción del justo, apoyado por el Señor, es vehemente: en tres ocasio-
nes repite: en el nombre del Señor los rechacé y el verbo hebreo pone
de manifiesto una intervención destructiva del mal. En el origen, de he-
cho, está la diestra poderosa de Dios, es decir, su obra eficaz, y no pre-
cisamente la mano débil e incierta del hombre. Por este motivo la ale-
gría por la victoria sobre el mal deja lugar a una profesión de fe muy su-
gerente: el Señor es mi fuerza y mi energía, Él es mi salvación. La pro-
cesión parece llegar al templo, a las puertas del triunfo, es decir, a la
puerta santa de Sión. Aquí se entona un segundo canto de acción de
gracias, que comienza con un diálogo entre la asamblea y los sacerdo-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 124
tes para ser admitidos al culto. Abridme las puertas del triunfo, y entraré
para dar gracias al Señor, dice el solista en nombre de la asamblea en
procesión. Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella,
responden otros, probablemente los sacerdotes. Una vez atravesada la
puerta, comienza el himno de acción de gracias al Señor, que en el
templo se ofrece como piedra estable y segura sobre la que se edifica
la casa de la vida. Una bendición sacerdotal desciende sobre los fieles,
que han entrado en el templo para expresar su fe, elevar su oración y
celebrar el culto. La última escena que se abre ante nuestros ojos está
constituida por un rito gozoso de danzas sagradas, acompañadas por
un festivo agitar de palmas: Ordenad una procesión con ramos hasta
los ángulos del altar. La liturgia es alegría, encuentro de fiesta, expre-
sión de toda la existencia que alaba al Señor. El rito de los ramos re-
cuerda la solemnidad judía de las Chozas, memoria de la peregrinación
de Israel en el desierto, solemnidad en la que se realizaba una proce-
sión con ramas de palmera, arrayán y sauce. Este mismo rito, evocado
por el Salmo, se vuelve a proponer en la entrada de Jesús en Jerusa-
lén, celebrada en la liturgia del Domingo de Ramos. Cristo es ensalzado
como hijo de David por la muchedumbre que había llegado para la fies-
ta. . . y tomando ramos de palmera salió a su encuentro gritando:
"Hosanna. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor y rey de Israel!.
En aquella celebración festiva, que sin embargo es el preludio de la pa-
sión y muerte de Jesús, se aplica en sentido pleno el símbolo de la pie-
dra angular, propuesto al inicio, alcanzando un valor glorioso y pascual.
El Salmo 117 alienta a los cristianos a reconocer en el acontecimiento
de la Pascua de Jesús el día en que actuó el Señor, en el que La piedra
que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Con el sal-
mo pueden cantar llenos de gratitud: Mi fuerza y mi canto es el Señor,
Él es mi salvación; Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra
alegría y nuestro gozo.
En todas las festividades más significativas y gozosas del antiguo ju-
daísmo -en particular en la celebración de la Pascua- se cantaba la se-
cuencia de los Salmos que va desde el 112 al 117. Esta serie de him-
nos de alabanza y de acción de gracias a Dios era llamada el Hallel
egipcio, pues en uno de ellos, el Salmo 113 A, se evocaba de manera
poética y casi visiva el éxodo de Israel de la tierra de la opresión, el
Egipto de los faraones, y el maravilloso don de la alianza. Pues bien, el
último Salmo que sigla este Hallel egipcio es precisamente el 117, que
acabamos de proclamar, y que ya habíamos meditado en un comenta-
rio precedente. Este canto revela claramente su uso litúrgico dentro del
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 125
templo de Jerusalén. En su trama, de hecho, parece desarrollarse una
procesión, que comienza en las tiendas de los justos, es decir, en las
casas de los fieles. Éstos exaltan la protección de la mano divina, capaz
de tutelar a quien es recto y confía incluso cuando irrumpen los adver-
sarios crueles. La imagen utilizada por el Salmista es expresiva: me ro-
deaban como avispas, ardiendo como fuego en las zarzas, en el nom-
bre del Señor los rechacé. Ante este peligro superado, el pueblo de
Dios estalla en cantos de victoria en honor de la diestra del Señor que
es poderosa. Se da, por tanto, la conciencia de no estar nunca solos, a
merced de la tormenta desencadenada por los malvados. La última pa-
labra, en verdad, es siempre la de Dios que, si bien permite la prueba a
su fiel, sin embargo no le entrega a la muerte. Al llegar a este punto, pa-
rece que la procesión llega a la meta evocada por el Salmista a través
de la imagen de las puertas del triunfo, es decir, la puerta santa del tem-
plo de Sión. La procesión acompaña al héroe a quien Dios ha dado la
victoria. Pide que se le abran las puertas para que pueda dar gracias al
Señor. Con él los vencedores entran por ella. Para expresar la dura
prueba que ha superado y la glorificación que de ella resulta, se compa-
ra a sí mismo con la piedra desechada por los arquitectos convertida
ahora en la piedra angular. Cristo asumirá precisamente esta imagen y
este versículo, al final de la parábola de los viñadores homicidas para
anunciar su pasión y su glorificación. Al aplicarse a sí mismo este Sal-
mo, Cristo abre el camino a la interpretación cristiana de este himno de
confianza y de gratitud al Señor por su hesed, es decir, por su fidelidad
amorosa, de la que se hace eco todo el Salmo. Los símbolos adoptados
por los Padres de la Iglesia son dos. Ante todo, el de la puerta del triun-
fo, que san Clemente Romano en su Carta a los Corintios comentaba
de este modo: Muchas son las puertas abiertas, pero la de del triunfo
está en Cristo. Bienaventurados todos los que entran por ella y dirigen
su camino en la santidad y en la justicia, cumpliendo tranquilamente con
todo. Otro símbolo, unido al precedente, es precisamente el de la pie-
dra. Nos dejaremos guiar ahora en nuestra meditación por san Ambro-
sio en su Exposición sobre el Evangelio según Lucas. Comentando la
profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo, recuerda que Cristo es
la piedra y que Cristo tampoco negó este bello nombre a su discípulo,
de modo que también él sea Pedro, para que en la piedra tenga la fir-
meza de la perseverancia, la inquebrantabilidad de la fe. Ambrosio in-
troduce entonces la exhortación: Esfuérzate tú también por ser una pie-
dra. Pero para esto, no busques la piedra fuera de ti, sino dentro de ti.
Tu piedra son tus acciones, tu piedra es tu pensamiento. Sobre esta
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 126
piedra se edifica tu casa para que no sea flagelada por ninguna tempes-
tad de los espíritus del mal. Si eres una piedra, estarás dentro de la
Iglesia, pues la Iglesia está sobre la piedra. Si estás dentro de la Iglesia,
las puertas del infierno no prevalecerán contra ti.
Salmo 118
Dichosos los que sin yerro andan el camino y caminan según la Ley
del Señor. Dichosos los que observan sus testimonios y lo buscan de
todo corazón, que sin cometer injusticia caminan por sus sendas. Tú
eres quien promulgó tus ordenanzas para que las observen totalmente.
Ojalá sea firme mi conducta en cumplir con tus preceptos. Entonces no
tendré vergüenza alguna en respetar todos tus mandamientos. Te daré
gracias con rectitud de corazón cuando vaya aprendiendo tus juicios
justos. Tus preceptos, yo los quiero guardar, no me abandones, pues,
completamente. ¿Cómo un joven purifica su camino? Basta con que ob-
serve tus palabras. ¡Con todo mi corazón te he buscado, no me desvíes
de tus mandamientos!. En mi corazón escondí tu palabra para no pecar
contra ti. ¡Bendito seas, Señor, enséñame tus preceptos!. Con mis la-
bios he enumerado todos los juicios de tu boca. Me he complacido en
seguir tus testimonios más que en tener toda una fortuna. Quiero medi-
tar en tus ordenanzas y tener ante mis ojos tus senderos. En tus pre-
ceptos me deleitaré, jamás me olvidaré de tus palabras. Sé bueno con
tu servidor y viviré, pues yo quisiera guardar tu palabra. Abre mis ojos
para que yo vea las maravillas de tu Ley. En la tierra soy sólo un pasa-
jero, no me ocultes pues tus mandamientos. Mi alma se consume
deseando tus juicios en todo tiempo. Tú amenazas a los arrogantes
malditos, que desertan de tus mandamientos. Ahórrame el desprecio y
la vergüenza pues tus testimonios he guardado. Aunque príncipes se-
sionen en mi contra, tu servidor meditará en tus maravillas. Tus testimo-
nios son también mis delicias, tus preceptos son mis consejeros. Mi al-
ma está adherida al polvo, vivifícame conforme a tu palabra. Te expuse
mis proyectos y me respondiste: enséñame tus preceptos. Haz que to-
me el camino de tus ordenanzas para que medite en tus maravillas. Mi
alma está deprimida de pesar, levántame de acuerdo a tu palabra. Aleja
de mí el camino engañador, y dame la gracia de tu Ley. He elegido el
camino de la verdad, y tus juicios he deseado. Me he apegado, Señor, a
tus testimonios, que no me decepcione. Corro por el camino de tus
mandamientos, ahí me ensanchas el corazón. Señor, enséñame el ca-
mino de tus preceptos, que los quiero seguir hasta el final. Dame la inte-
ligencia para guardar tu Ley, y que la observe de todo corazón. Guíame
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 127
por la senda de tus mandamientos, pues en ésa me complazco. Inclina
mi corazón hacia tus testimonios y no hacia la ganancia. Guarda mis
ojos de mirar cosas vanas, me darás vida en tus caminos. Cumple con
tu siervo tu promesa dirigida a aquellos que te temen. Aparta de mí el
desprecio que temo pues tus juicios son para mi bien. Mira cómo deseo
tus ordenanzas, tú que eres justo, vivifícame. Que venga a mí, Señor, tu
gracia y tu salvación, conforme a tu palabra. Entonces responderé a los
que se burlan, que puedo confiar en tus palabras. Que no se me olvide
la palabra de verdad, pues espero en tus juicios. Quiero observar tu Ley
constantemente, por siempre jamás. Estaré a mis anchas en todos mis
caminos, pues tus ordenanzas he buscado. Ante reyes hablaré de tus
testimonios y no tendré vergüenza. Me he deleitado en tus mandamien-
tos a los que amaba mucho. Alzaré mis manos hacia ti y meditaré en
tus preceptos. Recuerda tu palabra a tu servidor, ella ha mantenido mi
esperanza. Este es mi consuelo en mi miseria que tu palabra me vivifi-
cará. Los soberbios se burlaban mucho de mí, pero no me he movido
de tu Ley. Me acuerdo de tus juicios de otros tiempos y eso, Señor, me
da aliento. Al ver a los impíos me da rabia: ¿por qué abandonan tu
Ley?. Tus preceptos son salmodias para mí en la casa donde me reci-
ben. Por la noche me acuerdo de tu nombre, oh Señor, y observo tu
Ley. Por lo menos esto me quedará, haber guardado tus ordenanzas.
Lo que escojo, Señor, yo lo he dicho, es observar tus palabras. Con to-
do mi corazón he procurado que tu rostro se enternezca, ten piedad de
mí según tu palabra. He reflexionado en mis caminos, a tus testimonios
readecuaré mis pasos. Me he apresurado, no me he retardado en obe-
decer tus mandamientos. Las pecadores intentaron seducirme, pero no
me olvidado de tu Ley. A medianoche me levanto, te doy gracias por tus
justos juicios. Me he aliado con todos los que te temen y que observan
tus ordenanzas. De tu bondad, Señor, está llena la tierra, enséñame tus
preceptos. Has sido bueno con tu servidor, Señor, de acuerdo a tu pala-
bra. Enséñame el buen sentido y el saber pues tengo fe en tus manda-
mientos. Antes de ser humillado me había alejado pero ahora yo obser-
vo tu palabra. , Tú que eres bueno y bienhechor, enséñame tus precep-
tos. Los soberbios me recubren de mentira, mas, con todo el corazón,
guardo tus ordenanzas. Su corazón está obstruido como de grasa, pero
para mí tu Ley es mi delicia. Fue bueno para mí que me humillaras para
que así aprendiera tus preceptos. La ley de tu boca vale más para mí
que millones de oro y plata. Tus manos me han hecho y organizado,
dame la inteligencia para aprender tus mandatos. Se alegrarán los que
te temen al ver que he esperado en tu palabra. Sé, Señor, que tus jui-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 128
cios son justos y que con razón me has afligido. Que tu gracia me asista
y me consuele, conforme a tu palabra dada a tu siervo. Que venga a mí
tu ternura y me dé vida, porque mis delicias son tu Ley. Confunde a los
soberbios que me calumnian, mientras yo medito en tus ordenanzas.
Que se vuelvan a mí los que te temen y que saben de tus testimonios.
Que cumpla mi corazón sin falla tus preceptos para que no quede aver-
gonzado. Mi alma se desgastó anhelando tu salvación, espero en tu pa-
labra. Mis ojos se cansaron por tu palabra, ¿cuándo vendrás a confor-
tarme?. Aunque parezco un cuero ahumado, no he olvidado tus precep-
tos. ¿Cuál será la suerte de tu servidor? ¿cuándo harás justicia con mis
perseguidores?. Los soberbios me han cavado trampas, lo que estaba
en contra de tu Ley. Todos tus mandamientos son verdad: me persi-
guen sin razón, ¡ayúdame!. Por poco no me dejaban en el suelo, pero
yo no abandoné tus ordenanzas. Por tu bondad dame vida, para que
observe el testimonio de tu boca. Tu palabra, Señor, es para siempre,
inmutable en los cielos. De generación en generación tu verdad; igual
que la tierra que tú fundaste y que se mantiene por tu decisión, pues el
universo es tu servidor. Si en tu Ley no hubiera puesto mis delicias ha-
bría perecido en mi miseria. Jamás olvidaré tus ordenanzas pues por
ellas me haces revivir. Tuyo soy, sálvame, ya que he buscado tus orde-
nanzas. Los malvados me espían para perderme, pero estoy atento a
tus testimonios. He visto el fin de todo lo perfecto, ¡cuánto más amplio
es tu mandamiento! . ¡Cuánto amo tu Ley! En ella medito todo el día.
Me haces más sabio que mis enemigos por tu mandamiento que es
siempre mío. Soy más agudo que todos mis maestros, merced a tus
testimonios que medito. Superé a los ancianos en saber pues guardo
tus ordenanzas. Aparté mis pasos de todo mal camino, pues quería ser
fiel a tu palabra. De tus juicios no me he apartado, pues tú me los ense-
ñas. ¡A mi paladar son dulces tus palabras, más que la miel para mi bo-
ca!. Tus ordenanzas me han dado la inteligencia, por eso odio cualquier
ruta mentirosa. Para mis pasos tu palabra es una lámpara, una luz en
mi sendero. He hecho un juramento y lo mantendré de guardar tus jus-
tos juicios. He sido hasta el colmo afligido vivifícame, Señor, según tu
palabra. Acepta, Señor, la ofrenda de mi boca, y enséñame tus juicios.
Expongo mi vida a cada instante, pero jamás me olvido de tu ley. Los
malvados me han tendido una celada pero no me alejé de tus ordenan-
zas. Tus testimonios han sido siempre mi herencia, son la alegría de mi
corazón. Incliné mi corazón a cumplir tus preceptos, siempre y total-
mente. Odio los corazones repartidos y amo tu Ley. Tú eres mi refugio y
mi escudo, he puesto en tu palabra mi esperanza. Apártense de mi,
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 129
agentes del mal, para que guarde los mandamientos de mi Dios. Sos-
tenme según tu palabra, y viviré que no sea en vano mi esperanza. Sé
mi apoyo y estaré salvado, que tus preceptos sean siempre mis deli-
cias.
Desprecias a los que abandonan tus preceptos, sus proyectos no son
más que mentira. Los malos del país son para ti la escoria, por eso yo
amo tus testimonios. Ante ti mi carne tiembla de miedo, tus juicios me
llenan de temor. He actuado con derecho y con justicia, no me entre-
gues a mis opresores. Defiende la causa de tu servidor, no dejes que
me opriman los soberbios. Por tu salvación mis ojos languidecen, y por
tu justa palabra. Según tu amor actúa con tu siervo, y enséñame tus
preceptos. Soy tu servidor, dame la inteligencia para que conozca tus
testimonios. Señor, es tiempo de que actúes, pues se viola tu Ley, al
verlo amo más tus mandamientos, los aprecio más que el oro fino. Me
regulo por todos tus preceptos y odio cualquier camino de mentira. Ma-
ravillosos son tus testimonios por eso mi alma los guarda. Exponer tus
palabras es dar luz y abrir la inteligencia de los sencillos. Abro una boca
grande para aspirar pues estoy ávido de tus mandamientos. Vuélvete a
mí y ten de mí piedad, como los que aman tu nombre lo merecen. Afir-
ma con tu palabra mis pasos, no dejes que me domine algún mal. Líbra-
me de la opresión del hombre, para que pueda observar tus ordenan-
zas. Haz brillar tu faz sobre tu siervo y enséñame tus preceptos. De mis
ojos han brotado ríos de lágrimas al ver que no se observa tu Ley. Tú
eres justo, Señor, y rectos son tus juicios. Has dictado tus testimonios
con justicia, y con toda verdad. Me consumo de indignación pues mis
adversarios olvidan tus palabras. Tu palabra está totalmente comproba-
da por eso tu servidor la ama. Aunque soy poca cosa y despreciable, no
me olvido de tus ordenanzas. Tu justicia es justicia eternamente y tu
Ley es verdad. Si me asaltan la angustia y la ansiedad, tus mandamien-
tos aún son mis delicias. Tus testimonios son justicia eterna, dame la
inteligencia y viviré. Te invoco, Señor, con todo el corazón, respónde-
me, pues quiero observar tus preceptos. Yo a ti clamo, sálvame, pues
quiero guardar tus testimonios. Me adelanto a la aurora para clamarte,
espero en tus palabras. Mis ojos se adelantaron a las horas y volví a
meditar en tu palabra. Por tu amor, Señor, oye mi voz, hazme vivir se-
gún tus juicios. Mis perseguidores se adhieren al crimen, pero se alejan
de tu Ley. Tú estás cerca, Señor, y todos tus mandamientos son ver-
dad. Lo que hace tiempo sé de tus testimonios es que los fundaste para
siempre. Mira mi miseria y líbrame, pues no me he olvidado de tu Ley.
Defiende mi causa y líbrame, que me vivifique tu palabra. La salvación
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 130
está lejos de los impíos, pues no se interesan en tus preceptos. Fre-
cuentes son, Señor, tus misericordias, hazme vivir según tus juicios. Mis
perseguidores y mis enemigos son sin cuento, pero no me aparté de tus
testimonios. Vi a los traidores y me dieron asco, pues no respetan tu
palabra. Mira cuánto amo tus ordenanzas, Señor, hazme vivir según tu
gracia. El principio de tu palabra es la verdad, tus juicios son justos para
siempre. Si bien los príncipes me perseguían sin razón, mi corazón te-
mía más a tus palabras. Tu palabra me llena de gozo como quien en-
cuentra un gran tesoro. Detesto la mentira, la aborrezco, pero eso sí
que amo tu Ley. Siete veces al día yo te alabo por tus juicios que son
justos. Una paz grande para los que aman tu Ley, nada podrá hacerlos
tropezar. Espero, Señor, tu salvación, y pongo en práctica tus manda-
mientos. Mi alma toma en cuenta tus testimonios, los amo totalmente.
Observo tus ordenanzas, tus testimonios, a tu vista están todos mis ca-
minos. ¡Que mi grito se acerque a tu faz, Señor, según tu palabra, dame
la inteligencia!. ¡Que mi súplica llegue hasta tu presencia, líbrame de
acuerdo a tu palabra! . ¡Que mis labios publiquen tu alabanza, pues tú
me enseñas tus preceptos!. ¡Que mi lengua celebre tu palabra, pues
son justos todos tus mandamientos!. ¡Que tu mano venga a socorrerme,
pues yo elegí tus ordenanzas! . He ansiado, Señor, tu salvación, y tu
Ley ha sido mi delicia. ¡Que mi alma viva para alabarte, y tus juicios
vendrán en mi ayuda!. Iba errante como oveja perdida, ven a buscar a
tu servidor, pues bien sabes que no olvidé tus mandamientos.
La liturgia de las Laudes nos propone en el sábado de la primera se-
mana una sola estrofa tomada del Salmo 118, una monumental oración
de 22 estrofas, que corresponden al número de letras del alfabeto he-
breo. Cada estrofa se caracteriza por una letra del alfabeto, con la que
comienzan cada uno de los versículos. El orden de las estrofas sigue el
del alfabeto. La que acabamos de proclamar es la estrofa número 19,
que corresponde a la letra Coph. Esta premisa, algo exterior, nos permi-
te comprender mejor el significado de este canto en honor de la Ley di-
vina. Es semejante a una música oriental, cuyas modulaciones sonoras
no parecen acabar nunca y subir al cielo con una repetición que se apo-
dera de la mente y los sentidos, del espíritu y el cuerpo del que ora. En
una secuencia que va de la Aleph a la Tau, es decir, de la primera a la
última letra del alfabeto, de la a a la zeta diríamos con nuestro alfabeto,
el orante se entrega a la alabanza de la Ley de Dios, que usa como
lámpara para sus pasos en el camino con frecuencia oscuro de la vida.
Se dice que el gran filósofo y científico Blaise Pascal recitaba diaria-
mente este Salmo, que es el más amplio de todos; mientras que el teó-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 131
logo Dietrich Bonhoeffer, asesinado por los nazis en 1945, lo convertía
en oración viva y actual escribiendo: Indudablemente el Salmo 118 es
largo y monótono, pero nosotros tenemos que ir palabra por palabra,
frase por frase, lenta y pacientemente. Descubriremos entonces que las
aparentes repeticiones son en realidad aspectos nuevos de una misma
realidad: el amor por la Palabra de Dios. Como este amor no puede te-
ner nunca fin, tampoco tienen fin las palabras que lo confiesan. Pueden
acompañarnos por toda nuestra vida. En su sencillez se convierten en
la oración del niño, del hombre, del anciano. El hecho de repetir, ade-
más de ayudar la memoria con el canto coral, se convierte en un ca-
mino para estimular la adhesión interior y el abandono confiado entre
los brazos de Dios invocado y amado. De las repeticiones del Salmo
118 queremos señalar una que es sumamente significativa. Cada uno
de los 176 versículos que conforman esta alabanza de la Torá, es decir
de la Ley y la Palabra divina, contiene al menos una de las ocho pala-
bras con las que se define la Torá misma: ley, palabra, testimonio, jui-
cio, dicho, decreto, precepto, orden. Se celebra así la Revelación divina,
que es revelación del misterio de Dios, así como guía moral para la
existencia del fiel. Dios y el hombre están, de este modo, unidos en un
diálogo compuesto de palabras y de obras, de enseñanzas, de escu-
cha, de verdad y de vida. Pasemos ahora a nuestra estrofa, que se
adapta muy bien a la atmósfera de las Laudes matutinas. De hecho, la
escena que aparece en el centro de estos ocho versículos es nocturna,
pero abierta al nuevo día. Después de una larga noche de espera y de
vigilia en oración en el templo, cuando aparece en el horizonte la aurora
y comienza la liturgia, el fiel está seguro de que el Señor escuchará a
quien ha pasado la noche rezando, esperando, y meditando en la Pala-
bra divina. Consolado por esta convicción, frente al día que se abre an-
te él, ya no teme los peligros. Sabe que no será arrollado por sus perse-
guidores que traicionándole le asedian, porque el Señor está a su lado.
La estrofa expresa una intensa oración: Te invoco de todo corazón: res-
póndeme. . . me adelanto a la aurora pidiendo auxilio, esperando tus
palabras. . . . En el Libro de las Lamentaciones se lee esta invitación:
En pie, lanza un grito en la noche, cuando comienza la ronda [del centi-
nela]; como agua tu corazón derrama ante el rostro del Señor, alza tus
manos hacia él. San Ambrosio repetía: ¿No sabes, hombre, que tienes
que ofrecer todos los días a Dios las primicias de tu corazón y de tu
voz? Apresúrate para llevar a la iglesia al alba las primicias de tu pie-
dad. Al mismo tiempo, nuestra estrofa es también la exaltación de una
certeza: no estamos solos, pues Dios escucha e interviene. Lo dice el
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 132
orante: Tú, Señor, estás cerca. Lo confirman otros Salmos: Acércate a
mí, rescátame, líbrame de mis enemigos; El Señor está cerca de los
atribulados, salva a los abatidos.
En nuestro ya largo recorrido por los Salmos que propone la Liturgia
de los Laudes, llegamos a una estrofa -exactamente la decimonona- de
la oración más amplia del Salterio, el Salmo 118. Se trata de una parte
del inmenso cántico alfabético: el Salmista distribuye su obra en veinti-
dós estrofas que corresponden a la sucesión de veintidós palabras he-
breas que comienzan todas con una misma letra del alfabeto. La estrofa
que acabamos de escuchar está caracterizada por la letra hebrea Coph,
y representa al orante presentando a Dios su intensa vida de fe y de
oración. La invocación al Señor no conoce descanso, pues es una res-
puesta continua a la propuesta permanente de la Palabra de Dios. Por
un lado, se multiplican los verbos de la oración: Te invoco, a ti grito, pi-
do auxilio, escucha mi voz. Por otro lado, se exalta la palabra del Señor,
que propone leyes, decretos, palabras, promesas, la voluntad, manda-
mientos, preceptos y testimonios de Dios. Juntos forman una constela-
ción que es como la estrella polar de la fe y de la confianza del Salmis-
ta. La oración se revela, por ello, como un diálogo que se abre cuando
ya es de noche y cuando la aurora no ha salido y continúa durante todo
el día, en particular en las dificultades de la vida. De hecho, el horizonte
es en ocasiones oscuro y tempestuoso: ya se acercan mis inicuos per-
seguidores, están lejos de tu voluntad. Pero el que ora tiene una certe-
za inquebrantable, la cercanía de Dios con su palabra y su gracia: Pero
Tú, Señor, estás cerca. Dios no abandona al justo en las manos de los
que le persiguen. Una vez delineado el sencillo pero incisivo mensaje
de la estrofa del Salmo 118 -mensaje apto para el inicio de una jornada-
, nos apoyaremos en nuestra meditación en un gran Padre de la Iglesia,
san Ambrosio, quien en su Comentario al Salmo 118 dedica 44 párrafos
a explicar precisamente la estrofa que acabamos de escuchar. Reto-
mando la invitación a cantar la alabanza divina desde las primeras ho-
ras de la jornada, se detiene en particular en los versículos 147-148: Me
adelanto a la aurora pidiendo auxilio. . . Mis ojos se adelantan a las vigi-
lias de la noche. En esta declaración del Salmista, Ambrosio intuye la
idea de una oración constante, que abraza todo momento: Quien clama
al Señor, tiene que actuar como si no conociera la existencia de un mo-
mento particular dedicado a las súplicas al Señor; por el contrario, debe
permanecer siempre en actitud de súplica. ¡Ya sea que comamos, ya
sea que bebamos, anunciamos a Cristo, rezamos a Cristo, pensamos
en Cristo, hablamos de Cristo! ¡Que Cristo esté siempre en nuestro co-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 133
razón y en nuestra boca!. Haciendo referencia después a los versículos
que hablan del momento específico de la mañana, y aludiendo también
a la expresión del libro de la Sabiduría que prescribe adelantarse al sol
para dar gracias a Dios (16, 28), Ambrosio comenta: Sería grave el que
los rayos del sol naciente te sorprendieran desperezándote en la cama
con descaro y si una luz más fuerte te hiriera los ojos soñolientos, sumi-
dos todavía por la galbana. Para nosotros es una vergüenza pasar tanto
tiempo sin la más mínima práctica de piedad y sin ofrecer un sacrificio
espiritual en una noche sin nada qué hacer. Después, san Ambrosio, al
contemplar el sol que sale -como había hecho en otro himno famoso
durante el canto del gallo, el Aeterne rerum conditor, que ha pasado a
formar parte de la Liturgia de las Horas-, nos interpela con estas pala-
bras: ¿Acaso no sabes, hombre, que todos los días estás en deuda con
Dios por las primicias de tu corazón y de tu voz? La mies madura todos
los días; todos los días madura el fruto. Corre por tanto al encuentro del
sol que sale. . . El sol de justicia quiere ser anticipado y no espera otra
cosa. . . Si te adelantas a la salida de este sol, recibirás como luz a
Cristo. Será Él precisamente la primera luz que brillará en lo secreto de
tu corazón. Será Él precisamente quien. . . hará resplandecer para ti la
luz de la mañana en las horas de la noche, si meditas en las palabras
de Dios. Mientras meditas, sale la luz. . . A primera hora de la mañana,
vete rápidamente a la iglesia y lleva como homenaje las primicias de tu
devoción. Y después, si el compromiso del mundo te llama, nadie te im-
pedirá decir: " Mis ojos se adelantan a las vigilias, meditando tu prome-
sa", y con la conciencia tranquila te dedicarás a tus asuntos. ¡Qué bello
es comenzar el día con los himnos y los cantos, con las Bienaventuran-
zas que lees en el Evangelio! ¡Qué provechoso es el que descienda pa-
ra bendecirte la palabra del Señor; que tú, mientras repites cantando la
bendición del Señor, se apodere de ti el compromiso de realizar alguna
virtud, si quieres encontrar en tu interior algo que te haga sentirte mere-
cedor de esa bendición divina! (ibídem, op. cit. , pp. 303. 309. 311. 313).
Acojamos también nosotros el llamamiento de san Ambrosio y que to-
das las mañanas abramos la mirada sobre la vida cotidiana, con sus
alegrías y pesadillas, invocando a Dios para que esté cerca de nosotros
y nos guíe con su palabra, que infunde serenidad y gracia
Promesa de cumplir los mandamientos de Dios. Después de la
pausa con ocasión de mi estancia en el Valle de Aosta, reanudamos
ahora, en esta audiencia general, nuestro itinerario a lo largo de los sal-
mos que nos propone la liturgia de las Vísperas. Hoy reflexionamos so-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 134
bre la decimocuarta de las veintidós estrofas que componen el salmo
118, grandioso himno a la ley de Dios, expresión de su voluntad. El nú-
mero de las estrofas corresponde a las letras del alfabeto hebreo e indi-
ca plenitud; cada una de ellas se compone de ocho versículos y de pa-
labras que comienzan con la correspondiente letra del alfabeto en suce-
sión. En la estrofa que hemos escuchado, las palabras iniciales de los
versículos comienzan con la letra hebrea nun. Esta estrofa se encuentra
iluminada por la brillante imagen de su primer versículo: "Lámpara es tu
palabra para mis pasos, luz en mi sendero". El hombre se adentra en el
itinerario a menudo oscuro de la vida, pero repentinamente el esplendor
de la palabra de Dios disipa las tinieblas. También el salmo 18 compara
la ley de Dios con el sol, cuando afirma que "la norma del Señor es lím-
pida y da luz a los ojos". En el libro de los Proverbios se reafirma que "el
mandato es una lámpara y la lección una luz". Precisamente con esa
imagen Cristo mismo presentará su persona como revelación definitiva:
"Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará en la oscuridad,
sino que tendrá la luz de la vida". El salmista continúa su oración evo-
cando los sufrimientos y los peligros de la vida que debe llevar y que
necesita ser iluminada y sostenida: "¡Estoy tan afligido, Señor! Dame
vida según tu promesa. (. . . ) Mi vida está en peligro; pero no olvido tu
voluntad".
Toda la estrofa está marcada por un sentimiento de angustia: "Los
malvados me tendieron un lazo", confiesa el orante, recurriendo a una
imagen del ámbito de la caza, frecuente en el Salterio. El fiel sabe que
avanza por las sendas del mundo en medio de peligros, afanes y perse-
cuciones. Sabe que las pruebas siempre están al acecho. El cristiano,
por su parte, sabe que cada día debe llevar la cruz a lo largo de la
subida a su Calvario. A pesar de todo, el justo conserva intacta su fideli-
dad: "Lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos (. . . ). No
olvido tu voluntad (. . . ). No me desvié de tus decretos". La paz de la
conciencia es la fuerza del creyente; su constancia en cumplir los man-
damientos divinos es la fuente de la serenidad. Por tanto, es coherente
la declaración final: "Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría
de mi corazón". Esta es la realidad más valiosa, la "herencia", la
"recompensa", que el salmista conserva con gran esmero y amor ar-
diente: las enseñanzas y los mandamientos del Señor. Quiere ser total-
mente fiel a la voluntad de su Dios. Por esta senda encontrará la paz
del alma y logrará atravesar el túnel oscuro de las pruebas, llegando a
la alegría verdadera. A este respecto, son muy iluminadoras las pala-
bras de san Agustín, el cual, comentando precisamente el salmo 118,
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 135
desarrolla al comienzo el tema de la alegría que brota del cumplimiento
de la ley del Señor. "Este larguísimo salmo, desde el inicio, nos invita a
la felicidad, la cual, como es sabido, constituye la esperanza de todo
hombre. En efecto, ¿puede haber alguien que no desee ser feliz? ¿ha
habido o habrá alguien que no lo desee? Pero si esto es verdad, ¿qué
necesidad hay de invitaciones para alcanzar una meta a la que el cora-
zón humano tiende espontáneamente? (. . . ) ¿No será tal vez porque,
aunque todos aspiramos a la felicidad, la mayoría ignora el modo como
se consigue? Sí, precisamente esta es la lección de aquel que dice:
"Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor".
"Al parecer, quiere decir: Sé lo que quieres; sé que buscas la felicidad.
Pues bien, si quieres ser feliz, lleva una vida intachable. Lo primero lo
buscan todos; pero son pocos los que se preocupan de lo segundo, sin
lo cual no se puede conseguir aquello que es la aspiración común.
¿Cómo llevar una vida intachable si no es caminando en la voluntad del
Señor? Por tanto, dichosos los que con vida intachable caminan en la
voluntad del Señor. Esta exhortación no es superflua, sino necesaria
para nuestro espíritu". Hagamos nuestra la conclusión del gran obispo
de Hipona, que reafirma la permanente actualidad de la felicidad prome-
tida a quienes se esfuerzan por cumplir fielmente la voluntad de Dios.
Salmo 134
¡Aleluya! Alaben el nombre del Señor, alábenlo, servidores del Señor,
que sirven en la casa del Señor, en los atrios de la casa de nuestro
Dios. Alaben al Señor porque él es bueno, cántenle a su nombre porque
es delicioso. Porque el Señor se escogió a Jacob, a Israel, para que
fuera su propiedad. Yo sé que el Señor es grande, que nuestro Señor
supera a todos los dioses. Todo lo que quiere, lo hace el Señor, en los
cielos y en la tierra, en los océanos y en todos los mares. Del confín de
la tierra hace subir las nubes, produce con relámpagos la lluvia, saca de
sus depósitos el viento. Hirió a los primogénitos de Egipto, a los hom-
bres igual que a los ganados. Envió señales y prodigios en medio de ti,
Egipto, en contra del Faraón y de todos sus siervos. A numerosas na-
ciones les pegó y dio muerte a reyes poderosos: a Sijón, rey de los
amorreos, a Og, rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán. Y su tie-
rra la entregó en herencia, en herencia a su pueblo de Israel. Señor, tu
nombre dura para siempre, Señor, y tu recuerdo por generaciones.
Pues el Señor hará justicia a su pueblo, y se apiadará de sus servido-
res. De oro y plata son los ídolos de las naciones, obra de las manos de
los hombres, tienen boca y no hablan, ojos, pero no ven; tienen orejas,
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 136
pero no oyen, ni siquiera un suspiro hay en su boca. Que sean como
ellos sus autores y todos los que en ellos se confían. Casa de Israel,
bendigan al Señor, casa de Aarón, bendigan al Señor, casa de Leví,
bendigan al Señor, los que temen al Señor, que lo bendigan. Bendito
sea el Señor desde Sión, él, que reside en Jerusalén. ¡Aleluya!
La Liturgia de los Laudes, que estamos siguiendo en su desarrollo a
través de nuestras catequesis, nos propone la primera parte del Salmo
134, que acaba de resonar en el canto del coro. El texto presenta una
serie de alusiones a otros pasajes bíblicos y la atmósfera que lo envuel-
ve parece ser la de Pascua. De hecho, la tradición judía ha unido nues-
tro Salmo al sucesivo, el 135, considerando el conjunto como el gran
Hallel, es decir, la alabanza solemne y festiva que se eleva al Señor con
motivo de la Pascua. El Salmo destaca con fuerza el Éxodo, con la
mención de las plagas de Egipto y con la evocación de la entrada en la
tierra prometida. Pero sigamos ahora las etapas sucesivas que el Sal-
mo 134 muestra en el desarrollo de los primeros 12 versículos: es una
reflexión que queremos transformar en oración. En la apertura nos en-
contramos con la característica invitación a la alabanza, elemento típico
de los himnos dirigidos al Señor en el Salterio. El llamamiento a cantar
el aleluya está dirigido a los siervos del Señor, que en el original hebreo
son presentados como los erguidos en el espacio sagrado del templo,
es decir, en la actitud ritual de la oración. Quedan involucrados en la
alabanza ante todo los ministros de culto, sacerdotes y levitas, que vi-
ven y trabajan en los atrios de la casa de nuestro Dios. Sin embargo, a
estos siervos del Señor se les asocian idealmente todos los fieles. De
hecho, inmediatamente después se menciona la elección de todo Israel
para ser aliado y testigo del amor del Señor: Porque él se escogió a Ja-
cob, a Israel en posesión suya. En esta perspectiva, se celebran dos
cualidades fundamentales de Dios: es bueno y es amable. El lazo que
existe entre nosotros y el Señor está marcado por el amor, la intimidad,
la adhesión gozosa. Tras la invitación a la alabanza, el Salmista conti-
núa con una solemne profesión de fe, comenzada por la típica expre-
sión: Yo sé, es decir, yo reconozco, yo creo. Un solista, en nombre de
todo el pueblo reunido en asamblea litúrgica, proclama dos artículos de
fe. Ante todo, se exalta la acción de Dios en todo el universo: Él es por
excelencia el Señor del cosmos: El Señor todo lo que quiere lo hace: en
el cielo y en la tierra. Domina incluso a los mares y océanos que son el
emblema del caos, de las energías negativas, del límite y de la nada. El
Señor forma las nubes, los relámpagos, la lluvia, los vientos recurriendo
a sus silos. El antiguo hombre de Oriente Próximo imaginaba, de hecho,
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 137
que los agentes climáticos estaban custodiados en unas reservas, co-
mo cofres celestes de los que Dios se servía para diseminarlos por la
tierra. La otra parte de la profesión de fe afecta a la historia de la salva-
ción. El Dios creador es reconocido ahora como el Señor redentor, evo-
cando los acontecimientos fundamentales de la liberación de Israel de
la esclavitud egipcia. El Salmista cita, ante todo, la plaga de los primo-
génitos, que resume todos los signos y prodigios realizados por el Dios
liberador durante la epopeya del Éxodo. Inmediatamente después se
recuerdan las clamorosas victorias que permitieron a Israel superar las
dificultades y los obstáculos que encontró en su camino. Por último, se
perfila en el horizonte la tierra prometida, que Israel recibe en herencia
del Señor. Pues bien, todos estos signos de alianza que serán más am-
pliamente profesados en el Salmo sucesivo, el 135, atestiguan la ver-
dad fundamental, proclamada en el primer mandamiento del Decálogo.
Dios es único y es una persona que actúa y habla, ama y salva: Grande
es el Señor, nuestro Dios más que todos los dioses. En la estela de es-
ta profesión de fe, también nosotros elevamos nuestra alabanza a Dios.
El Papa san Clemente I, en su Carta a los Corintios nos dirige esta invi-
tación: Dirijamos la mirada hacia el Padre y Creador de todo el univer-
so. Aferrémonos a los dones y beneficios de la paz, magníficos y subli-
mes.
¡Comtemplémoslo con el pensamiento y miremos con los ojos del al-
ma su gran voluntad! Consideremos cómo es ecuánime con toda criatu-
ra. Los cielos que se mueven según el orden que les ha dado le obede-
cen en la armonía. El día y la noche cumplen el curso que les ha esta-
blecido y no se entorpecen mutuamente. El sol y la luna y los coros de
las estrellas, según su dirección, giran en armonía, sin desviación para
las órbitas que se les han asignado. La tierra, fecunda por su voluntad,
produce alimentación abundante para los hombres, para las fieras y pa-
ra todos los animales que viven de ella, sin ofrecer resistencia, y sin
cambiar su propio ordenamiento.
Clemente I concluye observando: El Creador y Señor del universo
dispuso que todas estas cosas fueran benéficas en la paz y en la con-
cordia para todo y particularmente para nosotros que recurrimos a su
piedad por medio de nuestro Señor Jesucristo. A Él la gloria y majestad
por los siglos de los siglos. Amén.
Salmo 135
¡Den gracias al Señor, porque él es bueno, porque su amor perdura
para siempre!. Den gracias al que es Dios de los dioses, porque su
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 138
amor perdura para siempre. Den gracias al Señor de los señores, por-
que su amor perdura para siempre al único que ha hecho maravillas,
porque su amor perdura para siempre al que con sabiduría hizo los cie-
los, porque su amor perdura para siempre al que puso la tierra sobre las
aguas, porque su amor perdura para siempre al que creó las grandes
luminarias, porque su amor perdura para siempre al sol para que go-
bierne el día, porque su amor perdura para siempre la luna y las estre-
llas para que manden la noche, porque su amor perdura para siempre
al que hirió a Egipto en sus primogénitos, porque su amor perdura para
siempre y a Israel lo sacó de en medio de ellos, porque su amor perdu-
ra para siempre con mano fuerte y brazo levantado, porque su amor
perdura para siempre al que separó en dos el Mar de Juncos, porque su
amor perdura para siempre y condujo a Israel por medio de él, porque
su amor perdura para siempre allí tumbó a Faraón y a su ejército, por-
que su amor perdura para siempre al que guió a su pueblo en el desier-
to, porque su amor perdura para siempre al que aplastó a reyes podero-
sos, porque su amor perdura para siempre y dio muerte a monarcas
respetables, porque su amor perdura para siempre a Sijón, rey de los
Amorreos, porque su amor perdura para siempre y a Og, rey de Basán,
porque su amor perdura para siempre y traspasó sus tierras como he-
rencia, porque su amor perdura para siempre como herencia a Israel,
su servidor, porque su amor perdura para siempre. Se acordó de noso-
tros en nuestro abatimiento, porque su amor perdura para siempre y
nos libró de nuestros opresores, porque su amor perdura para siempre.
El da su pan a todo ser carnal, porque su amor perdura para siempre.
Den gracias al que es Dios de los cielos, porque su amor perdura para
siempre.
En estos días de la octava de Pascua es grande el júbilo de la Iglesia
por la resurrección de Cristo. Después de sufrir la pasión y la muerte en
cruz, ahora vive para siempre, y la muerte ya no tiene ningún poder so-
bre él. La comunidad de los fieles, en todas las partes del mundo, eleva
al cielo un cántico de alabanza y acción de gracias a Aquel que ha libra-
do al hombre de la esclavitud del mal y del pecado mediante la reden-
ción realizada por el Verbo encarnado. Es lo que expresa el Salmo 135
que se acaba de proclamar y que constituye un espléndido himno a la
bondad del Señor. El amor misericordioso de Dios se revela de forma
plena y definitiva en el Misterio pascual. Después de su resurrección, el
Señor se apareció en repetidas ocasiones a los discípulos y se encontró
muchas veces con ellos. Los evangelistas refieren varios episodios, que
ponen de manifiesto el asombro y la alegría de los testigos de aconteci-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 139
mientos tan prodigiosos. San Juan, en particular, destaca las primeras
palabras dirigidas por el Maestro resucitado a los discípulos. ¡Paz a vo-
sotros!, dice al entrar en el Cenáculo, y repite tres veces este saludo.
Podemos decir que la expresión: ¡Paz a vosotros!, en hebreo shalom,
contiene y sintetiza, en cierto modo, todo el mensaje pascual. La paz es
el don que el Señor resucitado ofrece a los hombres, y es el fruto de la
vida nueva inaugurada por su resurrección. Por lo tanto, la paz se iden-
tifica como novedad introducida en la historia por la Pascua de Cristo.
Nace de una profunda renovación del corazón del hombre. Así pues, no
es el resultado de esfuerzos humanos, ni se puede conseguir sólo gra-
cias a acuerdos entre personas e instituciones. Más bien, es un don que
hay que acoger con generosidad, conservar con esmero y hacer fructifi-
car con madurez y responsabilidad. Por más complicadas que sean las
situaciones y por más fuertes que sean las tensiones y los conflictos,
nada puede resistir a la eficaz renovación traída por Cristo resucitado.
Él es nuestra paz. Como leemos en la carta de san Pablo a los Efesios,
él con su cruz derribó la enemistad haciendo las paces, para crear, en
él, un solo hombre nuevo. La octava de Pascua, impregnada de luz y
alegría, se concluirá el domingo próximo con el domingo in Albis, llama-
do también domingo de la “Misericordia divina”. La Pascua es manifes-
tación perfecta de esta misericordia de Dios, que se compadece de sus
siervos. Con la muerte en cruz, Cristo nos ha reconciliado con Dios y ha
puesto en el mundo las bases de una convivencia fraterna de todos. En
Cristo el ser humano frágil, y que anhela la felicidad, ha sido rescatado
de la esclavitud del maligno y de la muerte, que engendra tristeza y do-
lor. La sangre del Redentor ha lavado nuestros pecados. Así hemos ex-
perimentado la fuerza renovadora de su perdón. La misericordia divina
abre el corazón al perdón de los hermanos, y con el perdón ofrecido y
recibido es como se construye la paz en las familias y en todos los de-
más ambientes de vida. Renuevo de buen grado mi más cordial felicita-
ción pascual a todos vosotros, a la vez que os encomiendo, juntamente
con vuestras familias y vuestras comunidades, a la protección celestial
de María, Madre de la Misericordia y Reina de la paz.
Salmo 140
En las catequesis precedentes, hemos hecho un repaso de la estruc-
tura y del valor de la Liturgia de las Vísperas, la gran oración eclesial
del anochecer. Ahora nos adentramos en su interior. Será como pere-
grinar por esa especie de tierra santa que constituyen los Salmos y los
Cánticos. Nos detendremos cada vez ante cada una de las oraciones
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 140
poéticas, que Dios ha sellado con su inspiración. El mismo Señor desea
que se le dirijan estas invocaciones. Le gusta escucharlas, sintiendo vi-
brar en ellas el corazón de sus hijos amados. Comenzaremos con el
Salmo 140, con el que comienzan las Vísperas del domingo de la pri-
mera de las cuatro semanas con las que, tras el Concilio, ha quedado
articulada la oración del anochecer de la Iglesia.
Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis ma-
nos como ofrenda de la tarde. El versículo 2 de este Salmo puede con-
siderarse como el signo distintivo de todo el canto y la justificación evi-
dente del motivo por el que ha sido colocado dentro de la Liturgia de las
Vísperas. La idea expresada refleja el espíritu de la teología profética
que une íntimamente el culto con la vida, la oración con la existencia.
La misma oración, hecha con corazón puro y sincero, se convierte en
un sacrificio ofrecido a Dios. Todo el ser de la persona que reza se con-
vierte en un acto de sacrificio, anticipándose a lo que sugerirá san Pa-
blo, cuando invitará a los cristianos a ofrecer sus cuerpos como sacrifi-
cio viviente, santo, grato a Dios: este es el sacrificio espiritual que él
acepta. Las manos alzadas en la oración son un puente de comunica-
ción con Dios, como el humo que se eleva de la víctima con su olor sua-
ve durante el rito de sacrificio vespertino. El Salmo continúa con el tono
de una súplica, que nos ha llegado a través de un texto que en su origi-
nal hebreo presenta muchas dificultades y obscuridades interpretativas.
De todos modos, es posible identificar su sentido general y transformar-
lo en meditación y oración. Ante todo, el orante pide al Señor que impi-
da que sus labios y los sentimientos de su corazón sean atraídos e in-
ducidos a cometer crímenes y delitos. Palabras y obras son, de hecho,
la expresión de la opción moral de la persona. Es fácil que el mal ejerza
una atracción tal que lleve incluso al fiel a participar en banquetes que
ofrecen los pecadores, sentándose en su mesa, es decir, participando
en sus acciones perversas. De este modo, el Salmo adquiere por así
decir el sabor de un examen de conciencia, al que le sigue el compromi-
so de escoger siempre los caminos de Dios. Al llegar a este momento,
el orante experimenta un vuelco que le hace pronunciar una apasionada
declaración de rechazo de toda complicidad con el impío: no quiere ser
de ningún modo huésped del impío ni permitir que el aceite perfumado
reservado a los comensales de honor testimonie su connivencia con
quien hace el mal. Para expresar con mayor vehemencia su radical di-
sociación del malvado, el salmista proclama después una condena in-
dignada, expresada con el colorido recurso a imágenes de un juicio
vehemente. Se trata de una de las típicas imprecaciones del Salterio,
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 141
que tienen por objetivo afirmar de manera plástica e incluso pintoresca
la hostilidad ante el mal, la opción por el bien y la certeza de que Dios
interviene en la historia con su juicio de severa condena de la injusticia.
El Salmo concluye con una última invocación confiada: es un canto de
fe, de gratitud y de alegría, en la certeza de que el fiel no quedará invo-
lucrado por el odio que sienten por él los perversos y de que no caerá
en la trampa que le tienden, tras comprobar su decidida opción por el
bien. De este modo, el justo podrá superar indemne todo engaño, como
dice otro Salmo: hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa
del cazador: la trampa se rompió, y escapamos. Concluyamos nuestra
lectura del Salmo 140 regresando a la imagen del inicio, la de la oración
del anochecer, sacrificio grato a Dios. Un gran maestro espiritual, que
vivió entre el siglo 4 y 5, Juan Casiano -procedía de Oriente y transcu-
rrió en Galia centro-oriental la última parte de su vida-, interpretaba es-
tas palabras en clave cristológica: En ellas, de hecho, se puede percibir
de manera espiritual la alusión al sacrificio del anochecer, realizado por
el Señor y Salvador durante su última cena, y entregado a los apósto-
les, cuando sancionaba el inicio de los santos misterios de la Iglesia, o
también (se puede percibir una alusión) a ese mismo sacrificio que él, al
día siguiente, ofreció en la noche, al ofrecerse a sí mismo, elevando las
propias manos, sacrificio que durará hasta el final de los siglos para la
salvación de todo el mundo.
Salmo 141
La noche del 3 de octubre de 1226 san Francisco de Asís estaba fa-
lleciendo: su última oración fue precisamente el Salmo 141, que acaba-
mos de escuchar. San Buenaventura recuerda que Francisco exclamó
con el Salmo: "A voz en grito clamo al Señor, a voz en grito suplico al
Señor" y lo rezó hasta el versículo final: "Me rodearán los justos cuando
me devuelvas tu favor". El Salmo es una súplica intensa, salpicada por
una serie de verbos de imploración al Señor: clamo al Señor, suplico al
Señor, desahogo ante Él mis afanes, expongo ante Él mi angustia. En
la parte central del Salmo destaca la confianza en Dios que no es indife-
rente al sufrimiento del fiel. Con esta actitud, Francisco se encaminó ha-
cia la muerte. Se dirige a Dios con un Tú, como quien se dirige a una
persona que da seguridad: Tú eres mi refugio. Tú conoces mi vida, es
decir, el itinerario de mi vida, un recorrido marcado por la opción por la
justicia. En este camino, sin embargo, los impíos han tendido una tram-
pa: es la típica imagen tomada de las escenas de caza, frecuente en las
súplicas de los Salmos, para indicar los peligros y las insidias a las que
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 142
es sometido el justo. Ante esta pesadilla, el Salmista lanza una señal de
alarma para que Dios se dé cuenta de su situación e intervenga: Mira a
la derecha, fíjate. Según la costumbre oriental, a la derecha de una per-
sona estaba su defensor o el testigo favorable en un tribunal; o en la
guerra, el guardia de cuerpo. El fiel, por tanto, está solo y abandonado,
nadie me hace caso. Por este motivo expresa una constatación angus-
tiosa: No tengo adónde huir, nadie mira por mi vida. Inmediatamente
después, un grito revela la esperanza del corazón del que ora. En esa
situación, la única protección y la única cercanía eficaz es la de Dios:
Tú eres mi refugio y mi lote en el país de la vida. El lote, en el lenguaje
bíblico, es el don de la tierra prometida, signo de amor divino por el pue-
blo. El Señor se convierte en el último y único fundamento sobre el que
se puede apoyar, la única posibilidad de vida, la suprema esperanza. El
salmista lo invoca con insistencia, pues estoy agotado. Le suplica que
intervenga para romper las cadenas de su cárcel de la soledad y de la
hostilidad y sacarle del abismo de la prueba. Al igual que en otros sal-
mos de súplica, la perspectiva final es la de la acción de gracias que se
ofrecerá a Dios por haberle escuchado: Sácame de la prisión, y daré
gracias a tu nombre. Cuando sea salvado, el fiel irá a dar gracias al Se-
ñor en la asamblea litúrgica. Le rodearán los justos, que experimentarán
la salvación del hermano como un don que también se les ha hecho a
ellos. Esta atmósfera debe darse también en las celebraciones cristia-
nas. El dolor de cada uno debe encontrar eco en el corazón de todos; al
mismo tiempo, la alegría de cada uno debe ser vivida por toda la comu-
nidad en oración. De hecho, Qué bueno, qué dulce es habitar los her-
manos todos juntos y el Señor Jesús dijo: Donde están dos o tres reuni-
dos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. La tradición cristiana
ha aplicado el Salmo 141 a Cristo perseguido y sufriente. En esta pers-
pectiva, la meta luminosa de la súplica del Salmo se transfigura en un
signo pascual, que se basa en el final glorioso de la vida de Cristo y de
nuestro destino de resurrección con él. Así lo afirma san Hilario de Poi-
tiers, famoso doctor de la Iglesia del siglo IV, en su Tratado sobre los
Salmos. Comenta la traducción latina del último versículo del Salmo,
que habla de recompensa para el que ora y de la espera de estar junto
a los justos: Me expectant iusti, donec retribuas mihi. San Hilario expli-
ca: El apóstol nos muestra cuál es la recompensa que le dio el Padre a
Cristo: "Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre
todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los
cielos, en la tierra y en los abismos, y toda a lengua confiese que Cristo
Jesús es Señor para gloria de Dios Padre". Esta es la recompensa: al
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 143
cuerpo se le da la eternidad de la gloria del Padre. "Nosotros somos ciu-
dadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesu-
cristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo
glorioso como el suyo". Los justos, de hecho, le esperan para que los
recompense, haciéndoles conformes a la gloria de su cuerpo, que es
bendito por los siglos de los siglos. Amén.
Salmo 142
Señor, escucha mi oración, atiende a mis plegarias, respóndeme tú
que eres fiel y justo. No llames a juicio a tu siervo pues no hay quien
sea justo en tu presencia. El enemigo corre tras mi vida, me aplasta
contra el suelo, y me manda de vuelta a las tinieblas junto a los muertos
sin edad ni tiempo. Mi espíritu en mí desfallece, mi corazón se asusta
en mi interior. Me acuerdo de los días de otro tiempo, medito en todas
tus acciones, en la obra de tus manos reflexiono. Alargo a ti mis manos,
mi alma es una tierra sedienta de ti. Apresúrate, Señor, en responder-
me, porque me estoy quedando sin resuello, no me escondas tu cara,
que no sea de los que bajan a la fosa. Hazme sentir tu amor desde la
mañana, pues en ti yo confío; haz que sepa el camino que he de seguir,
pues levanto a ti mi alma. Líbrame, Señor, de mis enemigos, pues me
escondí cerca de ti. Enséñame a que haga tu voluntad ya que tú eres
mi Dios; que tu buen espíritu me guíe por un terreno plano. Por el honor
de tu nombre, Señor, haz que yo viva, tú que eres justo, sácame del
aprieto. Por tu amor aniquila a mis contrarios, y destruye a mis opreso-
res, pues yo soy tu servidor.
Se acaba de proclamar el Salmo 142, el último de los llamados Sal-
mos penitenciales, que forman parte de las siete súplicas distribuidas
en el Salterio. La tradición cristiana los utiliza para invocar del Señor el
perdón de los pecados. A san Pablo le gustaba particularmente el texto
en el que hoy queremos profundizar, pues había llegado a la deducción
de una radical pecaminosidad de toda creatura humana: ningún hombre
vivo es inocente frente a ti, Señor. Esta frase es tomada por el apóstol
como fundamento de su enseñanza sobre el pecado y sobre la gracia.
La Liturgia de los Laudes nos propone esta súplica como propósito de
fidelidad e imploración de la ayuda divina al comenzar la jornada. El
Salmo, de hecho, nos hace decir a Dios: En la mañana hazme escuchar
tu gracia, ya que confío en ti. El Salmo comienza con una intensa e in-
sistente invocación dirigida a Dios, fiel a las promesas de salvación
ofrecidas al pueblo. El orante reconoce que no tiene méritos que hacer
valer y por tanto pide humildemente a Dios que no asuma la actitud de
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 144
un juez. Después describe la situación dramática, como la de una pesa-
dilla mortal, en la que se debate: el enemigo, que es la representación
del mal en la historia y el mundo, le ha llevado hasta el umbral de la
muerte. Ahí está, postrado en el polvo de la tierra, que es una imagen
del sepulcro; presenta las tinieblas, que son la negación de la luz, signo
divino de vida; y menciona, por último los muertos ya olvidados, entre
los cuales le parece que ha quedado relegado. La misma existencia del
Salmista queda devastada: le falta la respiración y siente el corazón co-
mo un pedazo de hielo, incapaz de seguir latiendo. Al fiel, aterrado y
pisoteado, sólo le quedan el movimiento de las manos, que se levantan
al cielo en un gesto que es al mismo tiempo de imploración de ayuda y
de búsqueda de apoyo. El pensamiento se dirige al pasado, en el que
Dios realizó prodigios. Esta chispa de esperanza calienta el hielo del
sufrimiento y de la prueba en la que el orante se siente sumergido y a
punto de quedar arrastrado. Si bien la tensión sigue siendo fuerte; un
rayo de luz parece perfilarse en el horizonte. Pasamos así a la segunda
parte del Salmo. Comienza con una nueva, apremiante invocación. El
fiel, sintiendo que se le escapa la vida, lanza su grito a Dios: Escúcha-
me en seguida, Señor, que me falta el aliento. Es más, tiene miedo de
que Dios haya escondido su rostro y se aleje, abandonando y dejando
sola a su criatura. La desaparición del rostro divino hace que el hombre
se hunda en la desolación, es más, en la misma muerte, pues el Señor
es el manantial de la vida. Precisamente en esta especie de última fron-
tera florece la confianza en el Dios que no abandona. El orante multipli-
ca sus invocaciones y las apoya con declaraciones de confianza en el
Señor: confío en ti. . . levanto mi alma a ti. . . me refugio en ti. . . tú eres
mi Dios. . . . Pide ser librado de sus enemigos y liberado de la angustia,
pero repite otra petición que manifiesta una profunda aspiración espiri-
tual: Enséñame a cumplir tu voluntad, ya que tú eres mi Dios. Tenemos
que asumir esta admirable petición. Tenemos que comprender que
nuestro bien más grande es la unión de nuestra voluntad con la volun-
tad de nuestro Padre celestial, pues sólo así podemos recibir todo su
amor, que nos lleva a la salvación y a la plenitud de la vida. Si no es
acompañada por un intenso deseo de docilidad a Dios, la confianza en
Él no es auténtica. El orante es consciente y expresa por tanto este de-
seo. Eleva una auténtica profesión de confianza en Dios salvador, que
arranca de la angustia y vuelve a dar gusto de la vida, en nombre de su
justicia, es decir, de su fidelidad amorosa y salvadora. Surgida de una
situación particularmente angustiosa, la oración desemboca en la espe-
ranza, en la alegría y en la luz, gracias a una sincera adhesión a Dios y
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 145
a su voluntad, que es una voluntad de amor. Esta es la potencia de la
oración, regeneradora de vida y de salvación. Fijando la mirada en la
luz de la mañana de la gracia san Gregorio Magno, en su comentario a
los siete Salmos penitenciales, describe así el alba de la esperanza y
de la alegría: Es el día iluminado por ese auténtico sol que no se pone,
al que las nubes no pueden hacer tenebroso y que no es oscurecido por
la niebla. . . Cuando aparezca Cristo -nuestra vida- y comencemos a ver
a Dios con el rostro descubierto, entonces desaparecerá toda ofusca-
ción de las tinieblas, se disipará el humo de la ignorancia, se levantará
la niebla de toda tentación. . . Será el día más luminoso y resplande-
ciente, preparado para todos los elegidos por aquel que nos ha arreba-
tado del poder de las tinieblas y nos ha llevado al reino de su Hijo ama-
do. La mañana de ese día es la resurrección futura. . . En esa mañana
brillará la felicidad de los justos, aparecerá la gloria, será la exultación al
ver a Dios enjugando toda lágrima de los ojos de los santos, cuando
quedará destruida la muerte, cuando los justos resplandecerán como el
sol en el reino del Padre. En esa mañana, el Señor hará experimentar
su misericordia. . . diciendo: Venid a mí, benditos de mi Padre. Enton-
ces se manifestará la misericordia de Dios, imposible de concebir por la
mente humana. De hecho, el Señor ha preparado para aquellos que le
aman lo que el ojo no puede ver, ni el oído escuchar, ni lo que puede
entrar en el corazón del hombre.
Salmo 143
Bendito sea el Señor, Roca mía, que mis manos adiestra para el
combate y mis dedos para la batalla, él es mi refugio y mi baluarte, mi
fortaleza y mi libertador, mi escudo en que me amparo, él humilla los
pueblos a mis pies. Señor, ¿qué es el hombre para que de él te acuer-
des? ¿qué es el hijo de Adán para que en él pienses?. El hombre es
como un soplo, sus días como la sombra que pasa. Señor, inclina tus
cielos y desciende, toca los montes para que echen humo. Envía tus
relámpagos, dispérsalos, tira tus flechas y cáusales estragos. Desde lo
alto tiéndeme tus manos, sálvame sacándome de las aguas profundas y
de manos de los hijos de extranjeros, cuya boca dice falsedades y su
diestra es una diestra de perjurio. Oh Dios, quiero cantarte un canto
nuevo, y tocar para ti en la lira de diez cuerdas, a ti que das a los reyes
la victoria, que salvas a David, tu servidor de la espada que mata. Aquí
están nuestros hijos como plantas que van creciendo desde su niñez,
nuestras hijas son columnas angulares esculpidas en el frontis de un
palacio. Están nuestros graneros muy repletos, rebosantes de toda cla-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 146
se de cosechas; nuestras ovejas se cuentan por miles, por millares se
ven en nuestros campos; nuestras bestias viajan muy cargadas. No hay
hoyos en los muros ni rendiciones, ni gritos de lamento en nuestras pla-
zas. Dichoso el pueblo que esta suerte tiene, dichoso el pueblo cuyo
Dios es el Señor.
Acabamos de escuchar la primera parte del Salmo 143. Tiene las ca-
racterísticas de un himno real, entretejido por otros textos bíblicos, que
dan vida a una nueva oración. Quien habla en primera persona es el
mismo Rey David, que reconoce el origen divino de sus éxitos. El Señor
es representado con imágenes marciales, según el antiguo uso simbóli-
co: aparece, de hecho, como instructor militar, fortaleza inexpugnable,
escudo protector, triunfador. De este modo, se quiere exaltar la perso-
nalidad de Dios, que se compromete contra el mal en la historia: no es
una potencia obscura o una especie de hado, ni un soberano impasible
e indiferente ante las vicisitudes humanas. Las citas y el tono de esta
celebración divina están influenciadas por el himno de David conserva-
do en el Salmo 17, y en el capítulo 22 del Segundo Libro de Samuel.
Ante la potencia divina, el rey judío reconoce su fragilidad y debilidad,
propias de todas las criaturas humanas. Para expresar esta sensación,
el rey orante recurre a dos frases presentes en los Salmos 8 y 38, y las
entrecruza dándoles una nueva y más intensa eficacia: Señor, ¿qué es
el hombre para que te fijes en él? ¿Qué los hijos de Adán para que
pienses en ellos? El hombre es igual que un soplo; sus días, una som-
bra que pasa. Emerge aquí la firme convicción de que somos frágiles,
como el soplo del viento, si el Creador no nos conserva en vida, Él -
como dice Job- tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo
de toda carne de hombre. Sólo con la ayuda divina podemos superar
los peligros y las dificultades que salpican todos los días de nuestra vi-
da. Sólo si contamos con la ayuda del Cielo podemos comprometernos,
como el antiguo rey de Israel, a caminar hacia la libertad de toda opre-
sión. La intervención divina es presentada con las tradicionales imáge-
nes cósmicas e históricas con el objetivo de ilustrar el señorío divino so-
bre el universo y sobre las vicisitudes humanas. Entonces aparecen los
montes que echan humo en imprevistas erupciones volcánicas. Apare-
cen los rayos como saetas lanzadas por el Señor y dispuestas a aniqui-
lar el mal. Aparecen, por último, las aguas caudalosas que, en el len-
guaje bíblico, son símbolo del caos, del mal y de la nada, en una pala-
bra, de las fuerzas negativas en la historia. A estas imágenes cósmicas
se asocian otras de carácter histórico: son los enemigos, los extranje-
ros, los mentirosos, los que juran en falso, es decir, los idólatras. Es una
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 147
manera muy concreta y oriental de representar la malicia, las perversio-
nes, la opresión y las injusticia: realidades tremendas de las que nos
libera el Señor, mientras nos adentramos en el mundo. El Salmo 143,
que nos propone la Liturgia de los Laudes, concluye con un breve
himno de acción de gracias. Surge de una certeza: Dios no nos abando-
nará en la lucha contra el mal. Por este motivo, el orante entona una
melodía acompañándola con su arpa de diez cuerdas, convencido de
que el Señor da la victoria a su consagrado, y salva a David, su siervo.
La palabra consagrado en hebreo es mesías: nos encontramos, por tan-
to, ante un Salmo real que se transforma, en el uso litúrgico del antiguo
Israel, en un canto mesiánico. Nosotros los cristianos lo repetimos po-
niendo la mirada en Cristo, que nos libera de todo mal y nos sostiene en
la batalla. Ésta, de hecho, no se combate contra la carne y la sangre,
sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominado-
res de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en
las alturas. Concluyamos con una consideración que nos sugiere San
Juan Cassiano, monje del siglo 4 - 5, que vivió en Galia. En su obra, La
Encarnación del Señor, basándose en el versículo 5 de nuestro Salmo,
Señor, inclina tu cielo y desciende, ve en estas palabras la espera de la
entrada de Cristo en el mundo. Y sigue así: El salmista suplicaba que [.
. . ] el Señor se manifestara en la carne, apareciera visiblemente en el
mundo, entrara visiblemente en la historia y que finalmente los santos
pudieran ver, con los ojos del cuerpo, todo lo que había sido previsto
espiritualmente por ellos. Precisamente esto es lo que testimonia todo
bautizado en la alegría de la fe.
Salmo 145
¡Aleluya! ¡Alaba al Señor, alma mía!. Mientras viva yo quiero alabar
al Señor, quiero salmodiar para el Señor mientras exista. No pongas tu
confianza en los que mandan, ni en el mortal, que no puede salvarte; no
bien se le va el alma, vuelve al polvo, y ese día se acaban sus proyec-
tos. Dichoso aquel que al Dios de Jacob tiene de ayuda y pone su espe-
ranza en el Señor, su Dios, en el que hizo los cielos y la tierra, el mar y
todo cuanto ellos encierran. El su lealtad conserva siempre, y su justicia
da a los oprimidos, proporciona su pan a los hambrientos. El Señor deja
libres a los presos el Señor da la vista a los ciegos, el Señor endereza a
los encorvados, el Señor ama a los justos; da el Señor protección al fo-
rastero, y reanima al huérfano y a la viuda, mas desvía el camino de los
malvados. El Señor reina para siempre, tu Dios, Sión, de generación en
generación. ¡Aleluya!
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 148
El Salmo 145, que acabamos de escuchar, es un aleluya, el primero
de los cinco Salmos que cierran el Salterio. La tradición litúrgica judía
ya utilizaba este himno como canto de alabanza para la mañana: alcan-
za su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la histo-
ria humana. Al final del Salmo se declara, de hecho, que El Señor reina
eternamente. De ahí se deriva una verdad consoladora: no estamos
abandonados a nosotros mismos, las vicisitudes de nuestros días no
están dominadas por el caos o el hado, los acontecimientos no repre-
sentan una mera sucesión de actos sin sentido y meta. A partir de esta
convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, exaltado
con una especie de letanía en la que se proclaman las atribuciones de
amor y de bondad que le son propias. Dios es el creador del cielo y de
la tierra, es el custodio fiel del pacto que lo une a su pueblo, es el que
hace justicia a los oprimidos, da el pan a los hambrientos y libera a los
cautivos. Abre los ojos a los ciegos, levanta a los caídos, ama a los jus-
tos, protege al extranjero, sustenta al huérfano y a la viuda. Trastorna el
camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y sobre
todos los tiempos. Se trata de doce afirmaciones teológicas que -con su
número perfecto- quieren expresar la plenitud y la perfección de la ac-
ción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino
que queda involucrado en su historia, luchando por la justicia, poniéndo-
se de parte de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infe-
lices. El hombre se encuentra, entonces, frente a una opción radical en-
tre dos posibilidades opuestas: por un lado, está la tentación de confiar
en los potentes, adoptando sus mismos criterios inspirados en la mali-
cia, en el egoísmo, y en el orgullo. En realidad, se trata de un camino
resbaladizo y que conduce al fracaso, son senderos tortuosos y llenos
de revueltas, que tiene como meta la desesperación. De hecho, el sal-
mista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como lo ex-
presa el mismo nombre Adán que en hebreo hace referencia a la tierra,
a la materia, al polvo. El hombre, repite con frecuencia la Biblia, es co-
mo una casa que se derrumba, como una tela de araña que desgarra el
viento, como la hierba verde en la mañana que se seca en la noche.
Cuando la muerte cae sobre él, todos sus proyectos se deshacen y
vuelve a convertirse en polvo: exhala el espíritu y vuelve al polvo, ese
día perecen sus planes. Sin embargo, el hombre tiene otra posibilidad
ante sí, exaltada por el Salmista con una bienaventuranza: Dichoso a
quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios. Este
es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, verbo he-
breo de la fe, significa precisamente basarse en la solidez inquebranta-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 149
ble del Señor, en su eternidad, en su potencia infinita. Pero significa so-
bre todo compartir sus opciones, ilustradas por la profesión de fe y de
alabanza antes descrita. Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad
divina, ofrecer el pan a los hambrientos, visitar a los prisioneros, apoyar
y consolar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicar-
se a los pobres y míseros. En la práctica, es el mismo espíritu de las
Bienaventuranzas: decidirse por esa propuesta de amor que nos salva
ya en esta vida y que después será objeto de nuestro examen en el jui-
cio final, que sellará la historia. Entonces seremos juzgados por la op-
ción de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero,
en el desnudo, en el enfermo, en el encarcelado. Cuanto hicisteis a
unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis, dirá
entonces el Señor. Concluyamos nuestra meditación sobre el Salmo
145 con una reflexión que nos ha ofrecido la tradición cristiana sucesi-
va. Orígenes, gran escritor del siglo 3, al comentar el versículo 7 de es-
te Salmo, en el que se dice: el Señor da pan a los hambrientos. . . , li-
berta a los cautivos, percibe una referencia implícita a la Eucaristía: Te-
nemos hambre de Cristo, y Él mismo nos dará el pan del cielo. "Danos
hoy nuestro pan de cada día". Quienes dicen esto están hambrientos;
quienes sienten la necesidad del pan, están hambrientos. Este hambre
es plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el
hombre se alimenta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Salmo 146
Alaben al Señor porque él es bueno, canten a nuestro Dios porque
es amable, porque a él le conviene la alabanza. Reconstruye el Señor
Jerusalén, reúne a los exiliados de Israel, sana los corazones destroza-
dos y venda sus heridas. El cuenta las estrellas una a una y llama a ca-
da una por su nombre. Grande es nuestro Señor, todo lo puede, no se
puede medir su inteligencia. Reanima el Señor a los humildes, pero hu-
milla hasta el polvo a los malvados. Entonen al Señor la acción de gra-
cias, para nuestro Dios toquen en sus arpas. Porque él cubre de nubes
los cielos, y prepara las lluvias de la tierra, hace brotar la hierba en las
colinas y las plantas que el hombre ha de cultivar; él entrega a las bes-
tias su alimento y a las crías del cuervo cuando graznan. No le atraen
los bríos del caballo, ni un hombre por sus músculos le agrada; se com-
place el Señor en los que le temen, en los que esperan en su amor.
¡Glorifica al Señor, Jerusalén, a tu Dios alaba, oh Sión!. El refuerza las
trancas de tus puertas y bendice a tus hijos en tu seno; guarda en paz
tus fronteras, te da del mejor trigo en abundancia. Si a la tierra envía su
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 150
mensaje, su palabra corre rápidamente; esparce la nieve como lana y
derrama la escarcha cual ceniza. En trocitos arroja su granizo, ¿a su
frío quién puede resistir?. Envía su palabra y los derrite, sopla su viento
y corren las aguas. A Jacob le revela su palabra, sus leyes y sus juicios
a Israel. Con ningún otro pueblo ha actuado así, ni les dio a conocer sus
decisiones. ¡Aleluya!
El Salmo que se acaba de entonar es la primera parte de una compo-
sición que comprende también el Salmo sucesivo, el 147, que el original
hebreo mantiene en su unidad. Las antiguas versiones griega y latina
dividieron el canto en dos Salmos distintos. El Salmo comienza con una
invitación a alabar a Dios y después enumera una larga serie de moti-
vos de alabanza, expresados todos en presente. Se trata de obras de
Dios consideradas como características y siempre actuales; sin embar-
go son de naturaleza muy diferente: algunas afectan a las intervencio-
nes de Dios en la existencia humana y en particular a favor de Jerusa-
lén y de Israel; otras afectan al universo creado y de manera especial a
la tierra con su vegetación y animales. Describiendo a aquel en quien
se complace el Señor, el Salmo nos invita a una doble actitud: de temor
religioso y de confianza. No estamos abandonados a nosotros mismos
o a las energías cósmicas; estamos siempre en las manos del Señor,
según su proyecto de salvación. Después de la invitación festiva a la
alabanza, el Salmo se desarrolla en dos movimientos poéticos y espiri-
tuales. En el primero se introduce ante todo en la acción histórica de
Dios, presentado con la imagen de un constructor que está reedificando
Jerusalén, que ha vuelto a la vida tras el exilio de Babilonia. Pero este
gran artífice, el Señor, se revela también como un padre que se inclina
sobre las heridas interiores y físicas, presentes en su pueblo humillado
y oprimido. San Agustín, en la Exposición del Salmo 146, pronunciada
en Cartago, en el año 412, comentaba así esta frase: El señor cura al
que tiene el corazón roto. Quien no tiene el corazón roto no puede ser
curado. . . ¿Quiénes tienen el corazón roto? Los humildes. Y, ¿quiénes
son los que no lo tienen? Los soberbios. El corazón roto es curado; el
corazón lleno de orgullo es abatido. Es más, con probabilidad, si se
abate es precisamente para que, una vez roto, pueda ser enderezado,
pueda ser curado. . . "Él sana los corazones destrozados, venda sus
heridas". . . Es decir, cura a los humildes de corazón, a los que se con-
fiesan, a los que expían, a los que se juzgan con severidad para poder
experimentar su misericordia. A ése le cura. Sin embargo la salud per-
fecta sólo se podrá alcanzar al final del estado mortal presente, cuando
nuestro ser corruptible se revista de incorruptibilidad y nuestro ser mor-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 151
tal se revista de inmortalidad. Pero la obra de Dios no se manifiesta sólo
cuando cura al pueblo de los sufrimientos. Él, que rodea de ternura y
cariño a los pobres, es juez severo de los impíos. El Señor de la historia
no es indiferente ante los prepotentes que creen ser los únicos árbitros
de las vicisitudes humanas: Dios hunde en el polvo de la tierra a quie-
nes desafían el cielo con su soberbia. La acción de Dios, sin embargo,
no se agota en su señorío sobre la historia; es también el rey de la crea-
ción, todo el universo responde a su llamamiento de creador. No sólo es
capaz de contar toda la incontable serie de las estrellas, sino que puede
atribuirles a cada una un nombre, definiendo por tanto su naturaleza y
características. El profeta Isaías cantaba: Alzad a lo alto los ojos y ved:
¿quién ha hecho esto? El que hace salir por orden al ejército celeste, y
a cada estrella por su nombre llama. Los ejércitos del Señor son las es-
trellas. El profeta Baruc añadía: brillan los astros en su puesto de guar-
dia llenos de alegría, los llama él y dicen: ¡Aquí estamos!, y brillan ale-
gres para su Hacedor. Después de una nueva invitación gozosa a la
alabanza, comienza el segundo movimiento del Salmo 146. En la esce-
na vuelve a aparecer la acción creadora de Dios en el cosmos. En un
paisaje con frecuencia árido, como el oriental, el primer signo del amor
divino es la lluvia que fecunda la tierra. De este modo, el Creador pre-
para la mesa para los animales. Es más, se preocupa de dar de comer
a los seres vivientes más pequeños, como las crías de cuervo que graz-
nan de hambre. Jesús nos invitará a mirar las aves del cielo: no siem-
bran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las
alimenta. Pero una vez más, la atención se dirige a la creación de la
existencia humana. De este modo el Salmo se concluye mostrando al
Señor que se inclina sobre el que es justo y humilde, como ya se había
declarado en la primera parte del himno. A través de dos símbolos de
potencia, el caballo y los jarretes del hombre, se presenta la actitud divi-
na que no se deja conquistar ni atemorizar por la fuerza. Una vez más
la lógica del Señor ignora el orgullo y la arrogancia del poder, poniéndo-
se más bien de parte de quien es fiel y confía en su misericordia, es de-
cir, quien se abandona a la guía de Dios, en su actuar y pensar, en sus
planes y en su vida cotidiana. Entre éstos tiene que colocarse también
el orante, fundando su esperanza en la gracia del Señor, seguro de es-
tar envuelto por el manto del amor divino: Los ojos del Señor están so-
bre quienes le temen, sobre los que esperan en su amor, para librar su
alma de la muerte, y sostener su vida en la penuria. . . En él se alegra
nuestro corazón, y en su santo nombre confiamos.
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 152
Salmo 147
El Lauda Jerusalén que acabamos de proclamar es particularmente
querido por la liturgia cristiana. Con frecuencia entona el Salmo 147 pa-
ra referirse a la Palabra de Dios, que corre veloz sobre la faz de la tie-
rra, pero también a la Eucaristía, auténtica flor de harina donada por
Dios para saciar el hambre del hombre. Orígenes, en una de sus homi-
lías, traducidas y difundidas en Occidente por san Jerónimo, al comen-
tar este Salmo, ponía precisamente en relación la Palabra de Dios con
la Eucaristía: Nosotros leemos las sagradas Escrituras. Yo pienso que
el Evangelio es el Cuerpo de Cristo; yo pienso que las sagradas escritu-
ras son sus enseñanzas. Y cuando dice: "Quien no coma de mi carne y
beba de mi sangre", si bien puede referirse también al Misterio
[eucarístico]; sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdade-
ramente la palabra de la Escritura, y la enseñanza de Dios. Si al recibir
el Misterio eucarístico dejamos caer una brizna, nos sentimos perdidos.
Y al escuchar la Palabra de Dios, cuando nuestros oídos perciben la
Palabra de Dios y la carne de Cristo y su sangre, ¿en qué peligro tan
grande caeríamos si nos ponemos a pensar en otras cosas?. Los ex-
pertos señalan que este Salmo está relacionado con el precedente,
constituyendo una composición única, como sucede precisamente en el
original hebreo. Es, de hecho, un sólo y coherente cántico en honor de
la creación y de la redención realizadas por el Señor. Se abre con un
gozoso llamamiento a la alabanza: Alabad al Señor, que la música es
buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. Si prestamos
atención al pasaje que acabamos de escuchar, podemos descubrir tres
momentos de alabanza, introducidos por una invitación a la ciudad san-
ta, Jerusalén, a glorificar y alabar a su Señor.
Dios actúa en la historia. En un primer momento entra en escena
la acción histórica de Dios. Es descrita a través de una serie de símbo-
los que representan la obra de protección y de apoyo del Señor a la ciu-
dad de Sión y a sus hijos. Ante todo, hace referencia a los cerrojos que
refuerzan y hacen infranqueables las puertas de Jerusalén. El Salmista
se refiere probablemente a Nehemías que fortificó la ciudad santa, re-
construida después de la experiencia amarga del exilio de Babilonia.
Entre otras cosas, la puerta es un signo que indica a toda la ciudad en
su compacidad y tranquilidad. En su interior, representado como un
seno seguro, los hijos de Sión, es decir, los ciudadanos, gozan de paz y
serenidad, envueltos en el manto protector de la bendición divina. La
imagen de la ciudad gozosa y tranquila es exaltada por el don altísimo y
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 153
precioso de la paz que hace seguros los confines. Pero precisamente
porque para la Biblia la paz-shalôm no es un concepto negativo, evoca-
dor de la ausencia de la guerra, sino un dato positivo de bienestar y
prosperidad, el Salmista habla de saciedad al mencionar la flor de hari-
na, es decir, el excelente trigo de espigas repletas de granos. El Señor,
por tanto, ha reforzado las murallas de Jerusalén, ha ofrecido su bendi-
ción, extendiéndola a todo el país, ha donado la paz, ha saciado a sus
hijos.
Dios crea. En la segunda parte del Salmo, Dios se presenta so-
bre todo como creador. En dos ocasiones se relaciona la obra creadora
con la palabra que había dado origen al ser: Dijo Dios: "Haya luz" y hu-
bo luz. . . Manda su mensaje a la tierra. . . Manda una orden. Por indica-
ción de la Palabra divina irrumpen y se establecen las dos estaciones
fundamentales. Por un lado, la orden del Señor hace descender sobre
la tierra el invierno, representado por la nieve blanca como la lana, por
la escarcha parecida a la ceniza, por el granizo comparado a las miga-
jas de pan y por el hielo que todo lo bloquea. Por otro lado, otra orden
divina hace soplar el viento caliente que trae el verano y que derrite el
hielo: las aguas de la lluvia y de los torrentes pueden discurrir libres e
irrigar la tierra, fecundándola. La Palabra de Dios está, por tanto, en la
raíz del frío y del calor, del ciclo de las estaciones y del flujo de la vida
de la naturaleza. Se invita a la humanidad a reconocer y dar gracias al
Creador por el don fundamental del universo, que la circunda, y permite
respirar, la alimenta y la sostiene.
Dios ofrece su Revelación. Se pasa entonces al tercer y último
momento de nuestro himno de alabanza. Se vuelve a hacer mención
del Señor de la historia con quien se había comenzado. La Palabra divi-
na lleva a Israel un don todavía más elevado y precioso, el de la Ley, la
Revelación. Un don específico: con ninguna nación obró así, ni les dio a
conocer sus mandatos. La Biblia es, por tanto, el tesoro del pueblo ele-
gido al que hay que acudir con amor y adhesión fiel. Es lo que dice, en
el Deuteronomio, Moisés a los judíos: Y ¿cuál es la gran nación cuyos
preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os ex-
pongo hoy?. Así como se constatan dos acciones gloriosas de Dios en
la creación y en la historia, así existen también dos revelaciones: una
escrita en la naturaleza misma y abierta a todos; la otra ha sido donada
al pueblo elegido, que tendrá que testimoniarla y comunicarla a toda la
humanidad y que está comprendida en la Sagrada Escritura. Dos reve-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 154
laciones distintas, pero Dios es único como única es su Palabra. Todo
se ha hecho por medio de la Palabra -dirá el prólogo del Evangelio de
Juan- y sin ella nada de lo que existe ha sido hecho. La Palabra, sin
embargo, también se hizo carne, es decir, entró en la historia, y puso su
morada entre nosotros.
El Salmo que se acaba de proponer a nuestra meditación constituye
la segunda parte del precedente Salmo 146. Las antiguas traducciones
griega y latina, seguidas por la Liturgia, lo han considerado, sin embar-
go, como un canto independiente, pues su inicio lo distingue claramente
de la parte anterior. Este inicio se ha hecho famoso en parte por haber
sido llevado con frecuencia a la música en latín: Lauda, Jerusalén, Do-
minum. Estas palabras iniciales constituyen la típica invitación de los
himnos de los salmos a alabar al Señor: Jerusalén, personificación del
pueblo, es interpelada para que exalte y glorifique a su Dios. Ante todo
se menciona el motivo por el que la comunidad orante debe elevar al
Señor su alabanza. Es de carácter histórico: ha sido Él, el Liberador de
Israel del exilio de Babilonia, quien ha dado seguridad a su pueblo, re-
forzando los cerrojos de las puertas de la ciudad. Cuando Jerusalén se
derrumbó ante el asalto del ejército del rey Nabucodonosor en el año
586 a. c. , el libro de las Lamentaciones presentó al mismo Señor como
juez del pecado de Israel, mientras decidió destruir la muralla de la hija
de Sión. . . Él deshizo y rompió sus cerrojos. Ahora, el Señor vuelve a
construir la ciudad santa; en el templo resurgido vuelve a bendecir a sus
hijos. Se menciona así la obra realizada por Nehemías, quien restable-
ció los muros de Jerusalén para que volviera a ser oasis de serenidad y
paz. De hecho, la paz, shalom es evocada inmediatamente, pues es
contenida simbólicamente en el mismo nombre de Jerusalén. El profeta
Isaías ya había prometido a la ciudad: Te pondré como gobernantes la
paz, y por gobierno la justicia. Pero, además de reconstruir los muros
de la ciudad, de bendecirla y de pacificarla en la seguridad, Dios ofrece
a Israel otros dones fundamentales: así lo describe el final del Salmo.
Se recuerdan los dones de la Revelación, de la Ley de las prescripcio-
nes divinas: Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a
Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.
De este modo, se celebra la elección de Israel y su misión única entre
los pueblos: proclamar al mundo la Palabra de Dios. Es una misión pro-
fética y sacerdotal, pues ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y nor-
mas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?. A tra-
vés de Israel y, por tanto, también a través de la comunidad cristiana,
es decir, la Iglesia, la Palabra de Dios puede resonar en el mundo y
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 155
convertirse en norma y luz de vida para todos los pueblos. Hasta este
momento hemos descrito el primer motivo de la alabanza que hay que
elevar al Señor: es una motivación histórica, ligada a la acción liberado-
ra y reveladora de Dios con su pueblo. Hay, además, otra razón para
exultar y alabar: es de carácter cósmico, es decir, ligada a la acción
creadora de Dios. La Palabra divina irrumpe para dar vida al ser. Como
un mensajero, recorre los espacios inmensos de la tierra. E inmediata-
mente hace florecer maravillas. De este modo, llega el invierno, presen-
tado en sus fenómenos atmosféricos con un toque de poesía: la nieve
es como lana por su candor, la escarcha recuerda al polvo del desierto,
el granizo se parece a las migajas de pan echadas al suelo, el hielo
congela la tierra y bloquea la vegetación. Es un cuadro invernal que in-
vita a descubrir las maravillas de la creación y que será retomado en
una página sumamente pintoresca por otro libro bíblico, el Eclesiástico.
Ahora bien, la acción de la Palabra divina también hace reaparecer la
primavera: el hielo se deshace, el viento caluroso sopla y hace discurrir
las aguas, repitiendo así el perenne ciclo de las estaciones y, por tanto,
la misma posibilidad de vida para hombres y mujeres. Naturalmente no
han faltado lecturas metafóricas de estos dones divinos: La flor de hari-
na ha hecho pensar en el don del pan eucarístico. Es más, el gran es-
critor cristiano del siglo III, Orígenes, vio en esa harina un signo del mis-
mo Cristo, y en particular, de la Sagrada Escritura. Este es su comenta-
rio: Nuestro Señor es el grano de trigo que cae a tierra y se multiplicó
por nosotros. Pero este grano de trigo es superlativamente copioso. La
Palabra de Dios es superlativamente copiosa, recoge en sí misa todas
las delicias. Todo lo que quieres, proviene de la Palabra de Dios, como
narran los judíos: cuando comían el maná sentían en su boca el sabor
de lo que cada quien deseaba. Lo mismo sucede con la carne de Cristo,
palabra de la enseñanza, es decir, la comprensión de las santas Escri-
turas: cuanto más grande es nuestro deseo, más grande es el alimento
que recibimos. Si eres santo, encuentras refrigerio; si eres pecador, tor-
mento. Por tanto, el señor actúa con su Palabra no sólo en la creación,
sino también en la historia. Se revela con el lenguaje mudo de la natura-
leza, pero se expresa de manera explícita a través de la Biblia y a tra-
vés de su comunicación personal por medio de los profetas y en pleni-
tud por medio del Hijo. Son dos dones de su amor diferentes, pero con-
vergentes. Por este motivo todos los días debe elevarse hacia el cielo
nuestra alabanza. Es nuestro gracias, que florece desde la aurora en la
oración de Laudes para bendecir al Señor de la vida y de la libertad, de
la existencia y de la fe, de la creación y de la redención.
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 156
Salmo 148
¡Aleluya! Alaben al Señor desde los cielos, alábenlo en las alturas,
alábenlo todos sus ángeles, alábenlo todos sus ejércitos. Alábenlo el sol
y la luna, alábenlo todos los astros de luz; alábenlo cielos de los cielos y
las aguas por encima de los cielos. Alaben el nombre del Señor, pues lo
ordenó y fueron creados; los puso por los siglos de los siglos bajo una
ley que nunca cambiará. Alaben al Señor desde la tierra, monstruos del
mar y todos sus abismos, fuego y granizo, nieve y neblina, huracán que
ejecuta su palabra, las montañas y todas las colinas, árboles frutales y
todos los cedros, animales salvajes y domésticos, reptiles y aves que
vuelan, reyes de la tierra, todas las naciones, príncipes y los que gobier-
nan la tierra, jóvenes y muchachas, ancianos con los niños. Alaben el
nombre del Señor pues su Nombre es el único sublime, su majestad ex-
cede tierra y cielo. Levantó la cornamenta de su pueblo, causa de orgu-
llo para todos sus amigos, para Israel, el pueblo que a él se acerca.
El Salmo 148, que se acaba de elevar a Dios, constituye un auténtico
cántico de las criaturas, una especie de Tedeum del Antiguo Testamen-
to, un aleluya cósmico que involucra todo y a todos en la alabanza divi-
na. Así lo comenta un exégeta contemporáneo: El salmista, al llamarlos
por su nombre, pone en orden los seres: en lo más alto del cielo, dos
astros según los tiempos, y aparte las estrellas; a un lado los árboles
frutales, al otro los cedros; a otro nivel los reptiles y los pájaros; aquí los
príncipes y allá los pueblos; en dos filas, quizá dándose la mano, jóve-
nes y muchachas … Dios los ha creado dándoles un lugar y una fun-
ción; el hombre los acoge, dándoles un lugar en el lenguaje; y así los
presenta en la celebración litúrgica. El hombre es el "pastor del ser" o el
liturgista de la creación. Unámonos también nosotros a este coro uni-
versal que resuena en el ábside del cielo y que tiene por templo todo el
cosmos. Dejémonos conquistar por la respiración de la alabanza que
todas las criaturas elevan a su Creador. En el cielo, nos encontramos
con los cantores del universo estelar: los astros más lejanos, los ejérci-
tos de los ángeles, el sol y la luna, las estrellas lucientes, los espacios
celestes, las aguas superiores que el hombre de la Biblia imagina con-
servadas en recipientes antes de caer como lluvia sobre la tierra. El ale-
luya, es decir, la invitación a alabar al Señor, se deja oír al menos ocho
veces y tiene como meta el orden y la armonía de los seres celestes:
Les dio consistencia perpetua y una ley que no pasará. La mirada se
dirige, después, al horizonte terrestre, donde aparece una procesión de
cantores, al menos veintidós, es decir, una especie de alfabeto de ala-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 157
banza, diseminado sobre nuestro planeta. Se presentan entonces los
monstruos marinos y los abismos, símbolos del caos de las aguas so-
bre el que se cimienta la tierra según la concepción cosmológica de los
antiguos semitas. El padre de la Iglesia san Basilio observaba: Ni si-
quiera el abismo fue considerado como despreciable por el salmista,
que lo ha colocado en el coro general de la creación, es más, con su
lenguaje particular completa también de manera armoniosa el himno al
Creador. La procesión continúa con las criaturas de la atmósfera: los
rayos, el granizo, la nieve, la niebla y el viento tempestuoso, considera-
do como un veloz mensajero de Dios. Aparecen después los montes y
las colinas, vistos como las criaturas más antiguas de la tierra. El reino
vegetal es representado por los árboles frutales y por los cedros. El
mundo animal, por el contrario, es personificado por las fieras, los ani-
males domésticos, los reptiles y los pájaros. Por último, aparece el hom-
bre, que preside la liturgia de la creación. Está representado según to-
das las edades y distinciones: niños, jóvenes y ancianos, príncipes, re-
yes y pueblos del orbe. Dejemos ahora a san Juan Crisóstomo la tarea
de echar una mirada de conjunto sobre este inmenso coro. Lo hace con
palabras que hacen referencia también al Cántico de los tres jóvenes en
el horno ardiente, que meditamos en la pasada catequesis. El gran Pa-
dre de la Iglesia y Patriarca de Constantinopla afirma: Por su gran recti-
tud de espíritu los santos, cuando van a dar gracias a Dios, tienen la
costumbre de convocar a muchos para que participen en su alabanza,
exhortándoles a participar junto a ellos en esta bella liturgia. Es lo que
hicieron también los tres muchachos en el horno, cuando exhortaron a
toda la creación a alabar por el beneficio recibido y a cantar himnos a
Dios. Este Salmo hace lo mismo al convocar a las dos partes del mun-
do, la que está arriba y la que está abajo, la sensible y la inteligente.
Isaías hizo lo mismo, cuando dijo: "¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra!
Prorrumpan los montes en gritos de alegría, pues el Señor ha consola-
do a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido". El Salterio vuelve
a expresarse así: Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob de un
pueblo bárbaro. . . , los montes brincaron igual que carneros, las colinas
como corderillos. E Isaías, en otro pasaje, afirma: Derramad, nubes, la
victoria. Ábrase la tierra y produzca salvación, y germine juntamente la
justicia. De hecho, los santos, considerando que no se bastan para ala-
bar al Señor, se dirigen a todas partes involucrando a todos en un
himno común. De este modo, nosotros también somos invitados a aso-
ciarnos a este inmenso coro, convirtiéndonos en voz explícita de toda
criatura y alabando a Dios en las dos dimensiones fundamentales de su
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 158
misterio. Por un lado tenemos que adorar su grandeza trascendente,
porque sólo su nombre es sublime; su majestad resplandece sobre el
cielo y la tierra, como dice nuestro Salmo. Por otro lado, reconocemos
su bondad condescendiente, pues Dios está cerca de sus criaturas y
sale especialmente en ayuda de su pueblo: él acrece el vigor de su pue-
blo. . . , su pueblo escogido, como sigue diciendo el Salmista. Frente al
Creador omnipotente y misericordioso, acojamos, entonces, la invita-
ción de san Agustín a alabarle, ensalzarle y festejarle a través de sus
obras: Cuando observas estas criaturas, te regocijas, y te elevas al Artí-
fice de todo y a partir de lo creado, gracias a la inteligencia, contemplas
sus atributos invisibles, entonces se eleva una confesión sobre la tierra
y en el cielo. . . Si las criaturas son bellas, ¿cuánto más bello será el
Creador?.
Salmo 149
¡Aleluya! Canten al Señor un canto nuevo: su alabanza en la asam-
blea de los santos. Alégrese Israel de quien lo hizo, festejen a su rey,
hijos de Sión. Su nombre alaben en medio de danzas, el arpa y el tam-
bor toquen para él. Pues el Señor se siente bien con su pueblo, con su
salvación reviste a los humildes. De júbilo triunfante rebosan sus fieles,
de sus esteras gritan de alegría; en su garganta están los elogios de
Dios y en su mano, la espada de dos filos, para ejercer venganza entre
los pueblos y dar a las naciones el castigo, para atar con cadenas a sus
reyes y con grillos de hierro a sus notables, para aplicarles la sentencia
escrita: eso es un honor para todos los suyos.
Fiesta de los amigos de Dios. "Que los fieles festejen su gloria, y can-
ten jubilosos en filas". Esta invitación del salmo 149, que se acaba de
proclamar, remite a un alba que está a punto de despuntar y encuentra
a los fieles dispuestos a entonar su alabanza matutina. El salmo, con
una expresión significativa, define esa alabanza "un cántico nuevo", es
decir, un himno solemne y perfecto, adecuado para los últimos días, en
los que el Señor reunirá a los justos en un mundo renovado. Todo el
salmo está impregnado de un clima de fiesta, inaugurado ya con el Ale-
luya inicial y acompasado luego con cantos, alabanzas, alegría, danzas
y el son de tímpanos y cítaras. La oración que este salmo inspira es la
acción de gracias de un corazón lleno de júbilo religioso. En el original
hebreo del himno, a los protagonistas del salmo se les llama con dos
términos característicos de la espiritualidad del Antiguo Testamento.
Tres veces se les define ante todo como hasidim, es decir, "los piado-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 159
sos, los fieles", los que responden con fidelidad y amor (hesed) al amor
paternal del Señor. La segunda parte del salmo resulta sorprendente,
porque abunda en expresiones bélicas. Resulta extraño que, en un mis-
mo versículo, el salmo ponga juntamente "vítores a Dios en la boca" y
"espadas de dos filos en las manos". Reflexionando, podemos com-
prender el porqué: el salmo fue compuesto para "fieles" que militaban
en una guerra de liberación; combatían para librar a su pueblo oprimido
y devolverle la posibilidad de servir a Dios. Durante la época de los Ma-
cabeos, en el siglo 2 a. C. , los que combatían por la libertad y por la fe,
sometidos a dura represión por parte del poder helenístico, se llamaban
precisamente hasidim, "los fieles" a la palabra de Dios y a las tradicio-
nes de los padres. Desde la perspectiva actual de nuestra oración, esta
simbología bélica resulta una imagen de nuestro compromiso de cre-
yentes que, después de cantar a Dios la alabanza matutina, andamos
por los caminos del mundo, en medio del mal y de la injusticia. Por des-
gracia, las fuerzas que se oponen al reino de Dios son formidables: el
salmista habla de "pueblos, naciones, reyes y nobles". A pesar de todo,
mantiene la confianza, porque sabe que a su lado está el Señor, que es
el auténtico Rey de la historia. Por consiguiente, su victoria sobre el mal
es segura y será el triunfo del amor. En esta lucha participan todos los
hasidim, todos los fieles y los justos, que, con la fuerza del Espíritu, lle-
van a término la obra admirable llamada reino de Dios. San Agustín, to-
mando como punto de partida el hecho de que el salmo habla de "coro"
y de "tímpanos y cítaras", comenta: "¿Qué es lo que constituye un co-
ro? (. . . ) El coro es un conjunto de personas que cantan juntas. Si can-
tamos en coro debemos cantar con armonía. Cuando se canta en coro,
incluso una sola voz desentonada molesta al que oye y crea confusión
en el coro mismo". Luego, refiriéndose a los instrumentos utilizados por
el salmista, se pregunta: "¿Por qué el salmista usa el tímpano y el salte-
rio?". Responde: "Para que no sólo la voz alabe al Señor, sino también
las obras. Cuando se utilizan el tímpano y el salterio, las manos se ar-
monizan con la voz. Eso es lo que debes hacer tú. Cuando cantes el
aleluya, debes dar pan al hambriento, vestir al desnudo y acoger al pe-
regrino. Si lo haces, no sólo canta la voz, sino que también las manos
se armonizan con la voz, pues las palabras concuerdan con las obras".
Hay un segundo vocablo con el que se definen los orantes de este sal-
mo: son los anawim, es decir, "los pobres, los humildes". Esta expresión
es muy frecuente en el Salterio y no sólo indica a los oprimidos, a los
pobres y a los perseguidos por la justicia, sino también a los que, sien-
do fieles a los compromisos morales de la alianza con Dios, son margi-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 160
nados por los que escogen la violencia, la riqueza y la prepotencia.
Desde esta perspectiva se comprende que los "pobres" no sólo consti-
tuyen una clase social, sino también una opción espiritual. Este es el
sentido de la célebre primera bienaventuranza: "Bienaventurados los
pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". Ya el pro-
feta Sofonías se dirigía así a los anawim: "Buscad al Señor, vosotros
todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia,
buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el día de la cólera del Se-
ñor". Ahora bien, el "día de la cólera del Señor" es precisamente el que
se describe en la segunda parte del salmo, cuando los "pobres" se po-
nen de parte de Dios para luchar contra el mal. Por sí mismos, no tie-
nen la fuerza suficiente, ni los medios, ni las estrategias necesarias pa-
ra oponerse a la irrupción del mal. Sin embargo, la frase del salmista es
categórica: "El Señor ama a su pueblo, y adorna con la victoria a los hu-
mildes (anawim)". Se cumple idealmente lo que el apóstol san Pablo
declara a los Corintios: "Lo plebeyo y despreciable del mundo ha esco-
gido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es". Con esta con-
fianza "los hijos de Sión", hasidim y anawim, es decir, los fieles y los po-
bres, se disponen a vivir su testimonio en el mundo y en la historia. El
canto de María recogido en el evangelio de san Lucas -el Magnificat- es
el eco de los mejores sentimientos de los "hijos de Sión": alabanza jubi-
losa a Dios Salvador, acción de gracias por las obras grandes que ha
hecho por ella el Todopoderoso, lucha contra las fuerzas del mal, soli-
daridad con los pobres y fidelidad al Dios de la alianza.
Salmo 150
¡Aleluya! ¡Alaben a Dios en su santuario, alábenlo en el firmamento
de su poder!. Alábenlo por sus hechos portentosos, alábenlo por toda
su grandeza!. ¡Alábenlo con el fragor del cuerno, alábenlo con arpas y
con cítaras, alábenlo con danzas y tamboriles, alábenlo con mandolinas
y flautas, alábenlo con platillos sonoros, alábenlo con platillos triunfa-
les!. ¡Alabe al Señor todo ser que respira! ¡Aleluya!
El himno que acaba se servir de apoyo para nuestra oración es el úl-
timo canto del Salterio, el Salmo 150. La palabra final que resuena en el
libro de la oración de Israel es el aleluya, es decir, la alabanza pura a
Dios, y por este motivo el Salmo es propuesto en dos ocasiones por la
Liturgia de los Laudes, en el segundo y en el cuarto domingo. El breve
texto está salpicado por la sucesión de diez imperativos que repiten la
misma palabra hallelû, ¡alabad!. Como música y canto perenne, pare-
cen no apagarse nunca, como sucederá también en el célebre aleluya
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 161
del Mesías de Händel. La alabanza a Dios se convierte en una especie
de respiración del alma sin pausa. Como se ha escrito, esta es una de
las recompensas del ser humano: la tranquila exaltación, la capacidad
de celebrar. Está bien expresada en una frase que el rabino Akiba diri-
gió a sus discípulos: "Un canto cada día / un canto para cada día". El
Salmo 150 parece desarrollarse en tres momentos. Al comenzar, en los
primeros dos versículos, la mirada se fija en el Señor, en su templo, en
su fuerte firmamento, en sus obras magníficas, en su grandeza. En un
segundo momento -como si se tratara de un auténtico movimiento musi-
cal-, en la alabanza queda involucrada la orquesta del templo de Sión,
que acompaña el canto y la danza sagrada. Al final, en el último ver-
sículo del Salmo aparece el universo, representado por todo viviente o,
recalcando el original hebreo, todo ser que alienta. La vida misma se
hace alabanza, una alabanza que sube desde las criaturas hacia el
Creador. Nosotros, ahora, en nuestro primer encuentro con el Salmo
150, nos conformaremos con detenernos en el primer y último momento
del himno. Sirven de marco para el segundo momento, corazón de la
composición, y que examinaremos en el futuro, cuando la Liturgia de los
Laudes vuelva a proponer este Salmo. La primera sede en la que se
desarrolla el canto musical y de oración es el templo. El original hebreo
habla de área sacra, pura y transcendente en la que habita Dios. Hace
referencia, por tanto, al horizonte celeste y paradisíaco donde, como
precisará el libro del Apocalipsis, se celebra la eterna y perfecta liturgia
del Cordero. El misterio de Dios, en el que los santos son acogidos para
participar en una comunión plena, es un ámbito de luz y de alegría, de
revelación y de amor. No por casualidad, si bien con cierta libertad, la
antigua traducción griega de los Setenta y la misma traducción latina de
la Vulgata propusieron, en vez de templo, la palabra santos: Alabad al
Señor entre sus santos. Del cielo, el pensamiento pasa implícitamente a
la tierra, subrayando las obras magníficas de Dios, que manifiestan su
inmensa grandeza. Estos prodigios son descritos en el Salmo 104, en
donde se invita a los israelitas a meditar en todos los prodigios de Dios,
a recordar las maravillas que hizo, sus prodigios, las sentencias de su
boca; el salmista recuerda entonces la alianza sellada con Abraham, la
extraordinaria historia de José, los prodigios de la liberación de Egipto y
la travesía del desierto y, por último el don de la tierra. Otro Salmo ha-
bla de situaciones angustiosas de las que el Señor libera a quienes le
gritan; las personas liberadas son invitadas repetidas veces a dar gra-
cias por los prodigios realizados por Dios: Den gracias al Señor por su
misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Se puede
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 162
entender así, en nuestro Salmo, la referencia a las obras fuertes, como
dice el original hebreo, es decir, los prodigios poderosos, que Dios dise-
mina en la historia de la salvación. La alabanza se convierte en profe-
sión de fe en Dios Creador y Redentor, celebración festiva del amor di-
vino, que se despliega creando y salvando, dando la vida y la liberación.
Llegamos así al último versículo del Salmo 150. El término hebreo utili-
zado para indicar a los vivientes que alaban a Dios hace referencia a la
respiración, como antes decía, pero también a algo íntimo y profundo,
innato en el hombre. Si bien se puede pensar que toda la vida de lo
creado es un himno de alabanza al Creador, es más preciso, sin embar-
go, considerar que una posición de primacía en este coro es reservada
a la criatura humana. A través del ser humano, portavoz de toda la
creación, todos los vivientes alaban al Señor. Nuestra respiración de
vida, que quiere decir también autoconciencia, consciencia y libertad, se
convierte en canto y oración de toda la vida que palpita en el universo.
Por ello, recitemos entre nosotros salmos, himnos y cánticos inspirados;
cantando y salmodiando al Señor de todo corazón. Al transcribir los ver-
sículos del Salmo 150, los manuscritos hebreos reproducen con fre-
cuencia la Menorah, el famoso candelabro de siete brazos, colocado en
el Santo de los Santos del templo de Jerusalén. Sugieren así una bella
interpretación de este Salmo, que desde siempre ha sido un auténtico
Amén a la oración de nuestros hermanos mayores: todo hombre, con
todos los instrumentos que su ingenio ha inventado trompetas, arpas,
cítaras, tambores, danzas, trompas, flautas, platillos sonoros, como dice
el Salmo, pero al mismo tiempo también todo viviente es invitado a ar-
der como la Menorah frente al Santo de los Santos, en constante ora-
ción de alabanza y de acción de gracias. Unidos con el Hijo, voz perfec-
ta de todo el mundo por Él creado, convirtámonos también nosotros en
oración incesante ante el trono de Dios.
Resuena por segunda vez en la Liturgia de los Laudes el Salmo 150,
que acabamos de proclamar: un himno festivo, un aleluya a ritmo de
música. Es el sello ideal de todo el Salterio, el libro de la alabanza, del
canto, de la liturgia de Israel. El texto es de una sencillez y transparen-
cia admirables. Sólo tenemos que dejarnos atraer por el insistente lla-
mamiento a alabar al Señor: Alabad al Señor. . . , alabadlo. . . alabadlo.
Al inicio, se presenta a Dios en dos aspectos fundamentales de su mis-
terio. Es sin duda trascendente, misterioso, sobrepasa nuestro horizon-
te: su morada real es el santuario celeste, el fuerte firmamento, fortale-
za inaccesible para el hombre. Al mismo tiempo, está cerca de noso-
tros: está presente en el templo de Sión y actúa en la historia a través
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 163
de sus obras magníficas que revelan y permiten experimentar su inmen-
sa grandeza. Entre la tierra y el cielo se entabla, por tanto, una especie
de canal de comunicación en el que se encuentran la acción del Señor
y el canto de alabanza de los fieles. La Liturgia une los dos santuarios,
el templo terreno y el cielo infinito, Dios y el hombre, el tiempo y la eter-
nidad. Durante la oración, realizamos una especie de ascensión hacia
la luz divina y al mismo tiempo experimentamos un descenso de Dios
que se adapta a nuestro límite para escucharnos y hablarnos, para en-
contrarnos y salvarnos. El salmista nos ofrece inmediatamente una ayu-
da para este encuentro de oración: el recurso a los instrumentos musi-
cales de la orquesta del templo, como la trompetas, las arpas, las cíta-
ras, los tambores, las flautas, y los platillos sonoros. El movimiento de la
procesión también formaba parte del ritual de Jerusalén. Del mismo lla-
mamiento se hace eco el Salmo 46, 8: tocad con maestría. Es necesa-
rio, por tanto, descubrir y vivir constantemente la belleza de la oración y
de la liturgia. Es necesario rezar a Dios no sólo con fórmulas teológica-
mente exactas, sino también de manera bella y digna. En este sentido,
la comunidad cristiana debe hacer un examen de conciencia para que
vuelva cada vez más a la liturgia la belleza de la música y del canto. Es
necesario purificar el culto de deformaciones, de formas descuidadas
de expresión, de música y textos mal preparados, y poco adecuados a
las grandeza del acto que se celebra. Es significativo, en este sentido,
el llamamiento de la Carta a los Efesios a evitar la falta de moderación
para dejar espacio a la pureza de la alabanza litúrgica: No os embria-
guéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíri-
tu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad
y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente
y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo. El sal-
mista termina invitando a la alabanza a todo viviente, literalmente a todo
respiro, expresión que en hebreo quiere decir todo ser que alienta, es-
pecialmente todo ser humano vivo. En la alabanza divina queda involu-
crada, por tanto, la criatura humana con su voz y su corazón. Con ella
son convocados idealmente todos los seres vivientes, todas las criatu-
ras en las que hay un aliento de vida, para que eleven su himno de ac-
ción de gracias al Creador por el don de la existencia. San Francisco
seguirá esta invitación universal con su sugerente Cántico del Hermano
Sol, en el que invita a alabar y bendecir al Señor por todas las criaturas,
reflejo de su belleza y de su bondad. En este canto deben participar de
manera especial todos los fieles, como sugiere la Carta a los Colosen-
ses: La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; ins-
Audiencias sobre los salmos - Juan Pablo II 164
truíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y
cánticos inspirados. En este sentido, san Agustín, en sus Comentarios a
los Salmos, ve un símbolo de los santos que alaban a Dios en los ins-
trumentos musicales: Vosotros, santos, sed la trompeta, el arpa, la cíta-
ra, el coro, los instrumentos de cuerdas, y el órgano, los timbales de jú-
bilo que emiten bellos sonidos, es decir, que tocan armoniosamente.
Vosotros sois todo esto. Al escuchar el salmo no hay que pensar en co-
sas de poco valor, en cosas pasajeras, ni en instrumentos teatrales. En
realidad, voz de canto a Dios es todo espíritu que alaba al Señor. La
música más elevada, por tanto, es la que se eleva de nuestros corazo-
nes. Dios quiere escuchar precisamente esta armonía en nuestras litur-
gias.