TELEPATIA
TELEPATIA
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Telepatía
El “honorable” fenómeno 11
N
— Un siglo de experimentos debidamente
registrados 18
Mis primeras lecciones de transmisión
mental .29
¿Mensajes procedentes de otros mundos? 38
Somos estaciones de radio 45
La estructura de la nueva fuerza 50
DAS
La transmisión del pensamiento en el
mundo animal 63
Experimentos científicos modernos 69
Experimentos radiobiológicos 81
Fotografía del pensamiento 92
Cómo transmitir y recibir 103
Relájese, transmita o reciba 108
Telepatía y posesión, ¿realidad o
fantasía? 114
El hipnotismo o la voluntad de otra
persona 122
1. El «honorable» fenómeno
11
que la hace aceptable tanto para el lego en la materia, como
para el estudioso de, o aficionado a, los fenómenos psíquicos y
aun para el científico. Hasta los más empedernidos escépticos,
a quienes el ocultismo asusta, no dejan de prestar atención a la
telepatía. Ñ
No resulta difícil comprender el porqué de ese tan genera-
lizado interés por tal actividad mental. El hombre de la calle
acepta con toda naturalidad tal fenómeno, quizá porque fuera
iniciado en la experimentación del mismo con ocasión de alguna
reunión O juego, O tal vez por haber estado contemplando la
actuación televisada de algún experto en telepatía. Y ese hom-
bre les habla a sus amistades de lo que ha visto en la tele; y
en el curso de la conversación surgen nuevas ideas acerca de
la transmisión del pensamiento a nivel personal. Ello ya le
parece a nuestro hombre cosa de tejas abajo, y, sin necesidad
de músicas místicas ni de ningún especial condicionamiento, se
dispone a hacer alguno que otro experimento. En una sociedad
en que las familias se envanecen de haber acudido repetidas
veces al consultorio del psiquiatra (al que afectuosamente llaman
“nuestro escamoteador”), no cabe duda de que en ella existe
una miajilla de esnobismo intelectual en lo que hace referencia
a la telepatía.
Las psicopáticas llevan ya muchos años salpicando su fra-
seología in con la palabra “telepatía”. Y, en muchos casos, éstas
todavía siguen cubriendo al fenómeno telepático con el velo del
misticismo. Cuando el parapsicólogo y el científico se adentran,
aunque siempre con extrema precaución, en la periferia del ocul-
tismo generalmente lo hacen en sus encuentros con la telepatía.
Y bastantes veces les ocurre que, para dar con ella, se ven
obligados a pasar a través de los efluvios de la caza de fantas-
mas, del espiritismo o de la psicometría. Y una vez que han
conseguido acercarse a ella, el parapsicólogo y el científico
se
encuentran con que la telepatía es capaz de producirles un trau-
ma corporal, una especie de golpe “bajo”. Porque la telepat
ía,
aunque revestida de cierto carácter misterioso, por asociársela
con algunas formas de ocultismo, en su naturaleza tiene tam-
bién un reverso : el desafío que lanza a la curiosa mente
del
científico, simplemente porque, en su forma de transmisión
del pensamiento, se halla más íntimamente ligada a la mente
del
hombre que cualquier otra cosa.
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Por más que la ciencia declare que su cometido consiste
en
la búsqueda de lo tangible, puede muy bien ser que lo intan-
gible de los fenómenos psíquicos resulte ser la última fron-
tera de la investigación médica. El derribo de la valla que tal
frontera supone puede redundar en la mayor comprensión del
hombre como ser unívoco y revelar el singular mecanismo de su
cerebro y los secretos de su mente, acerca de los que, hasta la
hora actual, no hemos hecho más que esbozar una serie de teo-
rías. La telepatía, es decir, la comunicación de mente a mente,
0
SY
2 puede contribuir grandemente a la solución de los problemas
—problemas cargados de tensión— de un mundo cada día más
incapaz de comunicación a través de los medios tangibles. Día
vendrá en que el hombre que se lamenta de la falta de huma-
nidad del ser humano para con el ser humano y que no ve en
sus semejantes sino a enemigos; día vendrá en que este hombre
comprenda que la mayoría de los actos inhumanos son debidos
a la falta de comprensión; incomprensión que, a su vez, es de-
bida a la falta de comunicación. Mientras el hombre no deje
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de pensar que el prójimo es su enemigo, el instinto de conser-
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vación aflorará en su mente y descargará, automáticamente, el
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golpe sin esperar a entablar un previo diálogo. Eso es lo que ha
ocurrido en numerosas ocasiones durante las guerras, cuando
la falta de comunicación fue la causante de la muerte de un
hombre que quizá lo único que quería era expresar sus senti-
mientos de amistad o sus deseos de paz. Careciendo de esa co-
municación, sin esa forma de diálogo, es posible que la tensión
vaya aumentando cada día más, a menos que algo venga a lle-
nar ese vacío. Y ese “algo” será sin duda la comunicación tele-
pática. Comunicación esta que se da en muy grata forma cuan-
do, por ejemplo, desde el primer momento de conocerse, dos
personas quedan mutuamente prendadas; porque con los ojos
y con la mente se han transmitido mensajes que resisten toda
explicación lógica, pero a los que aceptamos porque en el amor
estamos viendo una fundamental e íntima unión.
Aceptamos el hecho de estar en posesión de unos órganos
vocales que nos permiten hablar; modulamos palabras que un
mecanismo del cerebro —órgano de la mente— nos permite
emitir; y la persona que está cerca de nosotros recibe, a través
del ídolo, las palabras puestas en marcha por el pensamiento.
Entonces entra en acción una nueva fuerza, que actúa sobre el
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mecanismo mental de esa otra persona, y algo intangible ocurre
entre las dos. Ha nacido una emoción, emoción que unas veces
resulta ser edificante y otras no; mas lo cierto es que una emo-
ción ha sido creada —por mediación, esta vez, del obviamente
tangible mecanismo de las cuerdas vocales, la lengua y el oído
transformados en la intangible fuerza de la emoción—. Puede
que esa comunicación no resulte lo suficientemente operante,
por lo que muy a menudo la voz y el oído tienen que ser re-
forzados por otra fuerza tangible, fuerza que podríamos llamar
“atracción”, y que, a su vez, intensifica o disminuye la de la
emoción. Y ésa no es una cosa estática. Algo acontece. Algo
llamado comunicación con correspondencia tiene lugar. La ma-
yoría de las áreas de comunicación son susceptibles de ser ex-
plicadas por la ciencia médica así como determinados hombres
de ciencia, y la mayoría de ellas son aceptadas por la gente
como fenómenos habituales. Con todo, actualmente vemos como
algunos de esos aceptados patrones de comunicación van su-
friendo una degradación, incluido entre ellos el de la conver-
sación entre una y otra persona y el de la atracción generadora
de emoción. Estamos inmersos en una sociedad en donde van
surgiendo por doquier carteles amonestadores —-“Silencio” o
“No tocar”-— que nos están condicionando para la obediencia.
El arte de la comunicación está menguando a todos los niveles;
es más, va desapareciendo ante la irrupción de nuevas formas
de comunicación específicas de nuestra era. Ello puede verse en
la palabra escrita así como en muchas formas de arte creativo
que están invadiendo sutilmente comunidades enteras, de for-
ma que el mecanismo de la mente y las consiguientes emociones
se ven únicamente provocados por determinadas formas de arte
o de la palabra escrita.
Existen muchos miles de seres humanos inteligentes cuyo ce-
rebro —el órgano de la mente— no vive sino para recibir la
mayoría de comunicaciones y de emociones a través —indirec-
tamente— de la palabra escrita, del televisor o de alguna oca-
sional visita al cine. También, según todos los indicios, puede
afirmarse que cada vez son más las personas cuyas únicas comu-
nicaciones se efectúan a través del televisor. Cuando la fuerza
de cada comunicación mecánica alcanza su máxima perfección,
diríase que el medio natural de comunicación del hombre ha
quedado contraído. Conque debemos poner sumo cuidado en
14
que la conversación no se nos llegue a atrofiar. Si ésta está tam-
bién sometida a las tensiones y fricciones de un constante sín-
drome de Caín y Abel —síndrome que tiene su origen y arran-
que en muchas familias y que a continuación se ve multiplicado
en la escena nacional por las luchas raciales—, tendremos que
los progresivos efectos de la comunicación se verán aún más
restringidos por el color de la piel de los hombres y por lo que
éstos piensan, dicen, escuchan y sienten.
Debido a encontrarnos ahora en un punto peligroso, con
las comunicaciones normales a punto de desaparecer, la idea
de la telepatía, o transmisión del pensamiento, está siendo ob-
jeto de la atención de muchas personas. En todas las grandes
guerras, la ruptura del sistema de comunicaciones del enemigo
mediante la desmoralización ha constituido una de las armas
estratégicas más efectivas. En la sociedad normal —ahora siem-
pre en guerra, aunque no oficialmente, y sin saber muchas veces
quién es el enemigo—, las vacilaciones y los temores de los
hombres están siendo manipulados al objeto de hacer sospechar
a todos de su vecino. Y sabido es que un miedo engendra otro
miedo. Ya no sólo está verboten la conversación entre vecinos,
sino que existe también una regla —determinada por genera-
ciones de desconfianza— que prohíbe el hablar con los extra-
ños. Estamos caminando rápidamente hacia un mundo en el
que la falta de comprensión, el alienar al hombre de su seme-
jante, va a ser el arma más adecuada para la destrucción de la
humanidad; debido a que el hombre no es un organismo uni-
celular capaz de sobrevivir en la soledad.
Parece ser que hacemos uso de las palabras como si se tra-
tara de las cosas más caras del mundo. Olvidamos que toda
causa tiene su efecto, incluso las negativas (tales como la ca-
rencia de comunicación, cuyo efecto es el de engendrar la vio-
lencia). La ley universal de causa y efecto es justamente apli-
cable lo mismo al uso de las palabras que a cualquier otra cosa.
Puede provocarse una guerra mediante unas palabras pronun-
ciadas antes de que se descargue el golpe físico.
La palabra “mente” como sinónimo de razón, intelecto, in-
teligencia, entendimiento, conciencia, espíritu o psique se halla
muy frecuentemente usada en muchos miles de libros. Si exa-
minamos analíticamente dicha palabra, echamos de ver que
“mente” no es precisamente sinónima de ninguna de esas otras;
15
y, con todo, seguimos aceptando tales palabras como si tavie-
ran el mismo significado que aquélla.
Muchos escritores ocultistas echan a un lado la mente por
considerarla como un área de segunda clase del alma. Algunos
de tales escritores' identifican la mente únicamente con el espí-
ritu, mientras que otros la conciben como una mera parte del
alma-espíritu o psique. Como siempre, los cobardes eluden iden-
tificar una palabra con la definición que de ella nos da el dic-
cionario. La “mente” —dice Webster, el mejor amigo del es-
critor cobarde— es la fuerza intelectual del hombre, el enten-
dimiento del pensamiento y de los sentimientos”. Para todo
aquel que estudie la telepatía, tal definición de la mente resulta
ser de muy poca utilidad, conduciéndole, además, al terreno
en donde se halla la explicación de algo que se acepta y que se
sabe que está ahí, pero que en manera alguna constituye una
explicación adecuada. Si se aceptan las definiciones del Webster
como materia que da que pensar, no estará demás mirar lo que
dicho diccionario dice acerca de la telepatía.
“La telepatía —define sucintamente Webster— es la comu-
nicación de sentimientos o impresiones entre personas situadas
a distancia una de otras.” Creo que puede mejorarse esta defi-
nición diciendo que “la telepatía es la comunicación de impre-
siones de toda clase desde una mente a otra, independientemente
de los conocidos canales de los sentidos”.
Como sea que hemos dado en aceptar el pensamiento, la
conciencia y la percepción como formando parte de la vida, sin
que de tal aceptación nos sobrevenga ningún mal, puede que
con el tiempo demos en comprender que la telepatía es una
combinación de todas esas parcelas. Después de todo, la acep-
tación es siempre mejor que esa confusión de definiciones que
hallamos en el diccionario. Porque, ¿cómo puede éste definir la
telepatía si ésta no ha sido todavía totalmente investigada? Eso
es como si un doctor recetara un tratamiento para una enfer-
medad cuyo diagnóstico todavía no conoce del todo. Si existe
confusión acerca del pensamiento, de la percepción y de la con-
ciencia, cuando abordemos el tema de la transmisión del pen-
samiento lo más probable es que nos veamos con el agua al
cuello. No podemos estar de acuerdo con una confusa defini-
ción de la mente cuando lo que esencialmente necesitamos es
establecer un punto de referencia para que la telepatía se asiente
16
sobre el hecho de que el cerebro es el órgano de la mente,
Este Órgano tangible, área de arranque de las fuerzas intangi-
bles, puede recibir y transmitir mensajes. Es posible que todo
ser viviente posea una mente. Sabido es que la tienen los ani-
males, y sabido es también que la del hombre puede afectar a
organismos vivos tales como las plantas. De la misma manera,
la mente tiene que ser capaz de ejercer su influencia sobre las
cosas inanimadas.
Mucho es lo que se sabe acerca del cuerpo humano: pue-
den realizarse injertos, engastar huesos y trasplantar Órganos,
pero siempre topamos con el hecho de que el hombre no es
sólo un cuerpo; el hombre posee también una mente y un es-
píritu. Hasta que seamos capaces de conocer a fondo cada una
de las fibras que integran el cerebro no podemos congratular-
nos de los asombrosos progresos de la ciencia médica. Ésta
sólo ha conseguido llevar a cabo una parte de su tarea. La
parte más difícil de realizar empezará cuando la investigación
penetre en el reino de la mente. Y una de las áreas de investi-
gación de la mente consiste en la transmisión del pensamiento:
en la telepatía.
Por más que seamos capaces de reconstituir muchas de las
piezas de que se compone el hombre, a base de otras piezas
de su cuerpo o del de otra persona, ¿qué es lo que hemos con-
seguido realizar si no disponemos de una mente que acompañe
al cuerpo reconstituido? El hombre debe además poder comu-
nicarse si es que tiene que conocer lo que significa el estar vivo.
Aunque sea con imperfecciones físicas, debe poder comunicarse
SO)» con los miembros de su especie. Si no sabe conocerse a sí mis-
mo, el hombre tiene que saber que hay alguien que le conoce
y comprende; y tiene que intentar llenar el vacío si es que quiere
ser feliz.
Es muy posible que la telepatía nos brinde algunos de los
supuestos, necesarios para componer el rompecabezas del cuer-
po humano, de la mente y del espíritu y, por ende, facilitarnos
la comprensión del concepto total del hombre así como el lugar
que éste ocupa en el universo.
2. TELEPATÍA
2. Un siglo de experimentos
debidamente registrados
EA AAA A
18
tención de datos informativos. La fundación de la Sociedad
constituyó, pues, la necesaria apertura del camino de la investi-
gación. Pero lo lamentable del caso fue que, a medida que
fueron transcurriendo los años, la libertad de investigación que
había hecho posible la fundación de dicha Sociedad fue decre-
ciendo cada vez más, así como fue disminuyendo el impacto
causado por sus trabajos.
Los primeros experimentos de transmisión del pensamiento
metódicamente registrados fueron los realizados en 1871 por
el reverendo P. H. en unión de la señora Newnham. Tales ex-
perimentos fueron continuados, con notable éxito por cierto,
por espacio de unos ocho meses; pero los llevados a cabo ulte-
riormente no obtuvieron resultados evidentemente positivos. Al-
guños años más tarde, el profesor W. F. Barrett logró despertar
el interés de la Sociedad Británica de Investigaciones Psíquicas
por el tema de la telepatía. El año de 1882 fue, pues, un año
decisivo para tales estudios, y a partir de dicho año, los miem-
bros de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas fueron reali-
zando múltiples experimentos de índole telepática. Hubo quien
calificó dichos experimentos de “el juego del hipnotismo”; y
ciertamente se produjeron bastantes desviaciones del primigenio
camino científico, desviaciones que se extendieron desde el puro
estudio a las divertidas funciones celebradas en las ferias y en
los circos de toda Europa. Bien fuera por el prurito de investi-
gar, por el afán de ganar dinero o bien con la sola intención de
divertirse, lo cierto es que “el juego del hipnotismo” constituyó
una faceta popular de la vida victoriana; algo así como lo que
en nuestros días representa la astrología. “El juego del hipno-
tismo” tuvo sus vivanderos, sus escépticos y sus críticos, pero,
a decir verdad, siempre se atuvo a una de las reglas básicas de
la ininterrumpida popularidad. Todo el mundo hablaba del po-
pular fenómeno. Los charlatanes mentalistas eran populares en
las ferias, y, a cambio de los cuartos que sacaban a la gente, le
proporcionaban a ésta un buen entretenimiento; y quien sabe
si también le suministraban algo para ir rumiando después de
terminada la función. En los centros de estudios europeos se
realizaban investigaciones sistemáticas a lo largo de dos líneas
principales. Primeramente se experimentó con personas en es-
tado hipnótico, con el objeto de transmitir a dichas personas
imágenes seleccionadas, para después comparar los resultados
19
obtenidos con las posibilidades de la mera casualidad. En se-
gundo lugar se llevó a cgbo la recopilación y el debido examen
de los fenómenos registrados. Fenómenos que iban desde las
apariciones —generalmente ocurridas en el momento de la
muerte— hasta los casos espontáneos en los que existía una
correspondencia entre los estados físicos de dos individuos por
lo general situados en lugares geográficos muy alejados el uno
del otro.
Los problemas suscitados por ambos tipos de investigación
son numerosísimos y muy diferentes entre sí. En el primer tipo
de investigación raramente se topa con algún elemento alucina-
torio; pero en el segundo tipo tales elementos aparecen en am-
plio número. En el primer caso, la transmisión de una imagen
de pensamiento es una imagen fijamente mantenida ante la men-
te. De ordinario, para eso se requiere un consciente deseo de
retener la imagen en cuestión y de transmitirla. En el caso de
una persona moribunda ese factor consciente no se halla siem-
pre presente; y, con todo, se sabe de cierto que la proyección
de una imagen ha tenido lugar alguna vez. La discernible ca-
racterística del primer tipo de casos es la exclusión de los mé-
todos normales de percepción, mientras que la del segundo es
la eliminación de la coincidencia como explicación de los he-
chos. Resulta más fácil llevar un registro de los éxitos y de los
fracasos de los sujetos del primer caso que en el caso de la
persona moribunda, toda vez que el testimonio procede por lo
regular, en tal coyuntura, de segunda mano, y está por tanto
sujeto al debilitamiento o a la exageración determinados por
factores emocionales.
A lo largo de su clara experimentación, la Sociedad de In-
vestigaciones Psíquicas recogió testimonios de observación de
primera mano en relación con apariciones ocurridas a la hora de
la muerte o dentro de las doce horas de ocurrido el óbito. “Tales
observaciones y la discusión y estudio de las pruebas experl-
mentales vieron la luz pública, en 1886, bajo el título de Fan-
tasmas de seres vivos. Vale la pena que todos los estudiosos
de la telepatía lean dicho libro, aunque no sea más que por el
hecho de que su contenido viene a reflejar el primer deliberado
intento de condensar y fomentar la idea de que los fenómenos
psíquicos son susceptibles de ser documentados. En su tiempo,
dicho libro fue una obra gigantesca, y es una verdadera lástima
20
que tal obra no haya sido reeditada en los últimos veinticinco
años. Vuelvo a repetir que una de las mayores necesidades de
la hora presente es la de que los investigadores presenten, pro-
fesional y oficialmente, testimonios documentados, para que no
se tenga que recurrir”a las obras de determinados individuos
que llegan a manos del público a través de las librerías. Resulta
verdaderamente admirable el que ciertos individuos particulares
inviertan su tiempo y su dinero en la investigación; aunque di-
Cha investigación resultaría más efectiva de estar realizada a
nivel de una nutrida cooperación, a escala nacional, primero, y
luego en el plano internacional.
No contentándose con los resultados de Fantasmas, Edmund
Gurney emprendió un estudio estadístico acerca de las apari-
ciones coincidentes. En una época en que las comunicaciones
postales eran por demás deficientes, fueron examinadas nada
menos que cinco mil y pico de personas. Por supuesto, en am-
bos trabajos se notan deficiencias. El defecto de Fantasmas ra-
dica en que en su texto no viene debidamente reflejado el pro-
gresivo empeoramiento del testimonio a causa de la mucha edad.
Ningún relato es considerado, por la Sociedad, como probatorio
a menos de haber sido redactado antes de los tres años del acon-
tecimiento o de que esté basado en notas tomadas en el momento
de producirse tal acontecimiento.
Un segundo intento sistemático de recogida de material y
de compilación de datos estadísticos basados en el primer exa-
men de Gurney sobre las alucinaciones fue el iniciado en el
es
Ki
KR
73
Y
Congreso de Psicología mental celebrado en 1889; trabajo que
fue encomendado al profesor Henry Sidgwick. La respuesta a
este segundo intento señaló el creciente interés del público —y
no ya sólo de una mera curiosidad— por el tema en cuestión.
Respondió un total de 17.000 personas, 1.684 de las cuales
aseguraron que habían experimentado uno o más casos de alu-
cinación. El análisis de tales respuestas puso de manifiesto que
en 330 de tales casos fue admitida la aparición. Tras tomar en
consideración los posibles errores, el comité de inspección
halló que 30 de las 350 apariciones admitidas coincidieron con
la muerte. La probabilidad de que una persona determinada
vaya a morir en un determinado día es sólo de uno a diez mil.
Por consiguiente, de intervenir solamente la casualidad, una de
cada diez mil apariciones coincidiría con la muerte. En otros
21
términos, los casos de telepatía prima facie fueron cuatrocien-
tas cuarenta veces más numerosos que lo que señala el cálculo
de probabilidades. De consiguiente, el comité informó que
entre la muerte y la aparición de las personas en trance de
muerte existe una conexión no atribuible solamente a la casua-
lidad. Incluso hoy el tipo más corriente de comunicación tele-
pática experimentada es la de “prever” la muerte de algún
pariente o amigo antes de que ésta ocurra. Y éste es probable-
mente el suceso menos temible así como el más aceptable.
Pregúntenles ustedes a sus amigos y conocidos si han experi-
mentado alguna vez ese fenómeno, y seguramente se quedarán
sorprendidos de las muchas respuestas positivas que obtendrán.
Pero el hablar acerca de tales vivencias como tema de conver-
sación es una cosa, mas el proceder a su debido registro y dar
luego a conocer los resultados obtenidos es otra; que fue lo
que hizo precisamente la Sociedad de Investigaciones Psíquicas
mediante un notable esfuerzo de trabajo, trabajo muy avanzado
en relación con aquellos tiempos, o quizá necesario para los
usos de aquella época.
La demostración experimental en relación con la telepatía
viene parcialmente compuesta de los resultados de las pruebas
de la transmisión directa de pensamientos, imágenes y sensa-
ciones, así como de los éxitos del hipnotismo a distancia. Los
sueños suministran igualmente ciertos materiales, y en una re-
ducida aunque importante clase de casos —la transición entre
las apariciones y los casos experimentales ordinarios— el agente
ha provocado la aparición de su fantasma al recipiente. Hoy
los investigadores están llevando a cabo un claro esfuerzo para
penetrar en el reino de los sueños e investigar su impacto tele-
pático; pero personalmente creo que antes de entrar en este
altamente dramático estudio del mundo de los sueños es nece-
sario poner en práctica un amplio plan básico. Qué duda cabe
que los sueños han de revelarnos muchas cosas y abrirnos nue-
vas puertas hacia la información telepática; pero a eso hay que
considerarlo desde el punto de vista del estudio, y los princi-
piantes tienen que aprender a andar antes que a correr.
Varios nombres de experimentadores han llegado, con di-
ferente grado de admiración y respeto, hasta los tiempos
actuales. Los más destacados de ellos son el profesor Dessoir,
F. Guthrie, el profesor Sidgwick y el formidable sir Oliver
22
Lodge. Al analizar los trabajos de esos experimentadores, se
echa de ver que todos ellos realizaron funciones específicas.
Dessoir y Sidgwick llevaron a cabo numerosos y útiles experi-
mentos, poniéndose ellos mismos en plan de cobayos. Guthrie
hizo gran acopio de pruebas, mientras que sir Oliver Lodge
se distinguió como excelente hombre de relaciones públicas y
muy hábil promotor de la idea de la telepatía, llevado a cabo
todo ello con la dignidad y el aplomo de una persona de
gran categoría consagrada a la abogacía. Su status de gigante
literario y su reputación social contribuyeron a hacer de él un
formidable y leal campeón de la causa. Con la fuerza de su
prestigio y de su magnífica personalidad, repelió todos los ata-
ques de la oposición, y, cuando menos, consiguió que los opo-
nentes escucharan todo lo que él tenía que decir. En líneas
generales, sir Oliver expresó siempre perfectamente bien sus
ideas, con énfasis y sin ambigiiedad alguna. Sus declaraciones
estaban hechas con el tono y la actitud del “tómelo o déjelo”,
sin arrogancia, pero con la firme creencia de que el público era
lo suficientemente inteligente como para poder emitir su propio
veredicto. Se le confió la presentación de los hechos, y, a este
respecto, realizó una formidable tarea: escribió multitud de en-
sayos, cartas particulares, informes y obras verdaderamente
maratonianas, redactadas en plan de escritor eminentemente
popular.
El profesor Sidgwick y su esposa llevaron a cabo numero-
sos experimentos en Brighton, Inglaterra. Creo que mi padre
estuvo familiarizado con esos experimentos, pues mis recuer-
dos infantiles corren parejas con los experimentos realizados
por la señora Sidgwick. Ésta se distinguió por su facultad de
saber lo que iba a suceder. En un total de 617 pruebas reali-
zadas con un agente o con un receptor dentro de la misma
habitación consiguió un número de éxitos, oscilando entre 10
y 90 por cada 100 ensayos. De haber sido debidos a la mera
casualidad, tales resultados no habrían pasado de un 8 por 100.
En una serie de pruebas llevadas a cabo por la señora
Sidgwick, fue registrada análoga proporción de éxitos. Cuando
el agente y el receptor se hallaban situados en diferentes habi-
taciones, los resultados descendían a un nivel sólo un poco
superior al del establecido por el cálculo de probabilidades.
Por tal motivo, los resultados totales fueron objeto de las críti-
23
cas de un tal profesor Lehmann; aunque, a decir verdad, no
salieron de tales críticas muy malparados. No sin alguna lógica,
se señaló que los fallos habidos en los experimentos realizados
a distancia pudieron haberse debido a causas psicológicas. Y tan
razonable era el admitir esto como el desaprobar los experi-
mentos y llegar a la extraordinaria conclusión de que con la
distancia desaparecía la posibilidad de comunicación a través
de los medios normales. Sin embargo, y pese a las múltiples
series de experimentos ulteriormente realizados, se llegó a idén-
ticos decepcionantes resultados cuando el agente y el receptor
fueron alejados el uno del otro.
Los experimentos efectuados a distancia con sujetos hip-
notizados proporcionaron algunos dramáticos resultados y de-
terminaron algunos de los primigenios testimonios decisivos
sobre la transmisión del pensamiento. En 1885, la doctora
Janet Richet y el profesor Richet llevaron a cabo varias prue-
bas. De veinticinco experimentos realizados, la doctora Richet
registró diecinueve de ellos totalmente positivos, al tiempo que
el profesor Richet obtuvo dos éxitos plenos y cuatro parciales
de un total de nueve pruebas. Lo más sorprendente fue que el
trance hipnótico coincidió, o siguió, siempre tras un corto in-
tervalo, al intento de hipnotizar al paciente. Éste es sin duda
un aspecto de gran importancia a tener en cuenta cuando se
examina la posibilidad de coincidencia o de autosugestión.
No hay necesidad de esforzarse mucho para echar de ver
que es generalmente imposible el probar que una persona en
trance de muerte ha estado pensando en el receptor. Y más
difícil todavía resulta el demostrar que, por parte del agente,
existió la idea de provocar la aparición de su propio fantasma.
Son numerosos los casos registrados de personas conscientes
de que alguien está a punto de morir. Generalmente se trata de
alguien estrechamente relacionado con el receptor; y yo me
atrevería a decir que éste es el caso en que interviene el subcons-
ciente, transmitiendo mensajes telepáticos a la persona que se
sabe está dentro de la misma longitud de onda mental.
Afortunadamente se conocen unos pocos casos en que han
sido experimentalmente provocadas apariciones del agente o de
alguna otra persona telepática prima facie. Un ejemplo de ello,
especialmente interesante, es el registrado por J. Wesermann,
quien realizó el experimento a principios del siglo xIx. Weser-
24
mann quiso provocar la aparición del fantasma de cierta dama
a un teniente residente a varias millas de distancia de donde
ella residía. Por suerte, en el momento en que tuvo lugar el
experimento el teniente no estaba solo y su compañero pudo
ver también la aparición. Muchos son los relatos de apariciones,
narrados por testigos oculares; pero lo mejor es disponer de
dos o más personas capaces de registrar la misma visión. Tam-
bién se hallan registrados varios casos en que la figura del
agente fue vista por el receptor. Indudablemente, esos casos
recíprocos constituyen otras tantas pruebas evidenciales de in-
calculable importancia. Porque parece ser que, en cada caso,
cada una de las dos personas recibe un impulso telepático de
la otra, de manera que ambas reciben recíproca información
o ven sus recíprocos fantasmas.
Mi hijo Julián y yo hemos tenido muchas visiones, a doble
imagen, de numerosísimas apariciones. Una de ellas resultó ser
especialmente interesante, puesto que cuando ocurrió la doble
imagen telepática no nos hallábamos en el mismo lugar y ni
siquiera en el mismo país. Cierta noche me encontraba yo en
Florida platicando con un afamado decorador de interiores, de
Houston. Con nosotros se hallaban igualmente dos jóvenes
estudiantes. En el curso de la conversación alguien se acordó
de mi hijo y dijo que era una lástima que Julián no se hallara
en nuestra compañía. Éste llevaba ya dos semanas en Ingla-
terra, en casa de mi madre, y decidimos recoger la imagen tele-
pática de lo que él estaba haciendo en aquel momento.
Mi amigo el decorador y la muchacha estudiante captaron la
impresión al mismo tiempo que yo. No hicimos comentario al-
guno acerca de nuestras impresiones; solamente tomamos nota
de ellas, cada uno por su cuenta. En su próxima carta, Julián
me decía que se hallaba en Londres cuando tuvo lugar el expe-
rimento y que había estado deseando que le hubiéramos acom-
pañado en aquellos momentos. Sus pensamientos nos fueron,
pues, transmitidos, y tres de nosotros los captamos. El único que
se halló completamente fuera de la sintonía fue el muchacho
que se encontraba con nosotros, por lo que no recibió impresión
alguna, cosa que sintió mucho.
A lo largo de mi vida, he tenido interesantísimas comunica-
ciones telepáticas con mis padres, incluso la de saber que mi
padre me estaba diciendo que se estaba muriendo y me instaba
23
que telefoneara a mi madre. Por aquellas fechas yo me encon-
traba en Nueva York y mi padre en el New Forest. Aquella
mañana me desperté bastante tarde, y mi primer pensamiento
consciente fue el de que tenía que aparecer aquel día en la fun-
ción de Mike Douglas. Normalmente yo habría estado pensando
un ratito en el show de aquella noche; pero aquella mañana oía
en mi cerebro las insistentes llamadas de mi padre. Precisamente
aquel día no me hallaba muy bien de fondos, y estaba aguar-
dando un cheque (que tardó dos semanas en llegar a mi poder);
así que lo último que deseaba era gastarme una parte del dinero
que me quedaba en una conferencia telefónica a larga distancia.
No obstante lo cual, puse la conferencia. Fue mi madre la que
me contestó, y, por encima del dolorido tono de su voz, pude
captar cierto matiz de satisfacción.
—Tu padre me ha estado diciendo que llamarías —-“£fue lo
primero que me dijo. Y, tras una momentánea pausa, continuó
hablándome, advirtiéndome que le estaba pasando el auricular a
mi padre, pero que dudaba de que éste fuera capaz de hablar.
Y entonces oí la voz de mi padre que me decía:
—Supe que eras tú... Adiós.
Tras lo cual, el teléfono se quedó mudo. Mi madre se puso
nuevamente al aparato para comunicarme que mi padre acababa
de morir, inmediatamente después de dirigirme aquellas pocas
palabras. Mi madre añadió que mi padre había estado visible-
mente luchando para demorar el momento de su muerte, insis-
tiendo, hasta el último aliento, en que yo llamaría. Aquella fue,
pues, su última comunicación telepática; comunicación que re-
sultó ser tan positiva como cualquier otra de las muchas habidas
entre nosotros dos desde los días de mi infancia.
Si creo enteramente en la telepatía es porque la he estado
experimentando a lo largo de toda mi vida y me he servido de
ella como medio de comunicación, completamente normal, con
mi familia. Y también, en los años de mi infancia y primera ju-
ventud actué de cobayo para numerosos experimentos. Las teo-
rías sobre la telepatía vienen y se van, pero lo que siempre per-
manece en todo su vigor es la necesidad de examinar las pruebas,
sin desaprobar o censurar aquello que no se comprende del
todo.
Todas las teorías acerca de la telepatía parecen estar
de acuerdo sobre esa falta total de experimentación exacta.
26
Es una lástima que el magnífico trabajo iniciado en los días de
sir Oliver Lodge no haya tenido continuación en lo que va
de siglo Xx. En términos generales, las teorías pueden ser
divididas en experimentos físicos y en experimentos psíquicos.
Sir William Crookes súgirió que la transmisión era efectuada
mediante ondas de menor magnitud y mayor frecuencia que las
que constituyen las de los rayos X. Las ondas que emiten los
centros nerviosos fueron adoptadas como explicación por el
reputado profesor Fleurney, a quien tendríamos que recordar
más de lo que le recordamos, aunque no fuera más que por el
hecho de haber realizado investigaciones acerca de una médium
llamada Helene Smith, cuyos críticos decían de ella que si bien
producía los fenómenos de “buena fe”, las palabras pronunciadas
en sus trances eran, empero, producto de su propia mente. Las
aludidas palabras hacían aparecer a Helene Smith como la reen-
carnación de María Antonieta y de una princesa hindú. El fenó-
meno más sorprendente de sus trances era el llamado idioma
marciano, idioma que más tarde se vio que no era sino una deri-
vación del francés, pero de un francés algo así como el lenguaje
que usan los niños pequeños, aunque bastante más elaborado.
No deja de sorprendernos el que tales fenómenos no hayan sido
aprovechados como clave para ulteriores investigaciones sobre
la transmisión del pensamiento. Existen pocos testimonios por
los que poder llegar a comprobar si Helene Smith conocía algo
acerca de la vida de esa princesa hindú o de la de María Anto-
nieta. Tampoco dio una explicación clara acerca de su nuevo
idioma, aun cuando éste fuera el usado por los críos franceses.
Los hechos prueban que Helene Smith captaba alguna extraña
información; la explicación de tal hecho parece ser la de que
dicha información procedía de la transmisión del pensamiento y
de la captación, por sintonía, de una serie de vibraciones. F. W.
H. Myers estuvo al frente de un grupo empeñado en la tarea de
presentar algún caso que viniera a constituir una completa expli-'
cación contra una causa física del fenómeno en cuestión.
La principal dificultad estriba en que, en los casos espontá-
neos, la fuerza del impulso cerebral no varía con la distancia,
cuando todas las leyes físicas afirman lo contrario.
Se ha observado un curioso fenómeno en los experimentos
en que el receptor está mirando con fijeza un naipe de los
llamados tarot con la cabeza vuelta hacia la derecha. Existe una
27
desproporcionada tendencia a ver la flecha o la carta invertidas.
Ello igualmente ha ocurrido muchas veces en casos de telepatía
entre gemelos. Sin embargo —y con toda probabilidad—, tal
hecho resulta todavía más importante por la luz que arroja sobre
el mecanismo de las alucinaciones más que sobre el de la trans-
misión. A menudo se recurre a la telepatía para explicar el fenó-
meno mediumnístico e incluso la posesión por espíritus, pero éste
parece ser una explicación insuficiente, a menos que demos por
supuesto que el médium posee un poder de lectura del pensa-
miento mucho mayor de lo que hasta ahora se ha venido de-
mostrando a través de las pruebas experimentales.
Por experiencia propia, sé que el poder de la lectura del
pensamiento es posible, pero eso no constituye la explicación
de mi propio trance mediumnístico. En más de una sesión he
aparecido con una gran cantidad de artículos que tenían que ser
averiguados por personas ausentes de la reunión. En muchos
casos, el parapsicólogo —con frecuencia Hans Holzer— no
acertó a dar una explicación personal de las descripciones que
yo le había proporcionado y que quedaban registradas en cinta
magnetofónica, y que, además, habían sido observadas personal-
mente por muchas personas. Solamente cuando las transcrip-
ciones de las cintas, así como las notas personales, fueron envia-
das a otros investigadores para que revisaran los relatos, se logró
ver explicada toda la historia. Conque yo dudo en realidadsi la
telepatía es empleada por un médium en trance. Pero de lo que
estoy segura es de que las personas como yo entran en sintonía
con las vibraciones telepáticas dejadas en el éter, viendo así y
sintiendo todo lo que hace referencia a dichas impresiones.
Si algún lector quiere estudiar los primeros experimentos
sobre la telepatía puede intentar hacerse con Phantasms of the
Living, de Edmund Gurney, Frederic Myers y Frank Podmore y
con Thought Transference, de N. W. Thomas, ambos libros pu-
blicados en 1905. Existen, por supuesto, muchos y muy impor-
tantes artículos sobre el tema, artículos a menudo publicados por
las Sociedades Inglesa y Americana de Investigación Psíquica.
Los funcionarios de ambas organizaciones están siempre dispues-
tos a ayudar a los estudiantes, y, además, el coste de esos libros
y artículos no es elevado. Pero si ello le resulta factible, sería
mucho mejor que el estudiante dispusiera de dichas obras en pro-
piedad al objeto de poder usarlas como referencia.
3. Mis primeras lecciones
de transmisión mental
EOI
29
jeron al día de hoy, es decir, a mi edad actual. Y lo que empecé
a comprender fue, sobre todo, por qué ciertas cosas que ocurrie-
ron durante mi infancia determinaron mi receptividad en rela-
ción con los acontecimientos del presente.
En edad todavía muy temprana, empecé a interesarme por
la transmisión del pensamiento. Nacida en el seno de una fami-
lia de ocultistas, de brujas y de astrólogos, con unos pocos acto-
res y músicos por añadidura, acepté, como la cosa más natural
del mundo, la idea de la transmisión del pensamiento. No re-
cuerdo que nadie usara entonces la palabra telepatía, pero hay
que advertir que sólo contaba cuatro años de edad cuando em-
pecé a familiarizarme con la transmisión del pensamiento. Parece
como si toda mi familia se hubiera puesto de acuerdo para edu-
carme, de la manera más familiar y sencilla, iniciándome, de
buenas a primeras, en unos conocimientos que hoy interesa a
medio mundo poseer o investigar.
Mi padre fue un hombre de múltiples inquietudes: se inte-
resaba por el arte, la música, la ingeniería y muchas otras cosas,
sobre todo por las cosas intangibles del mundo; siendo, pues, la
exploración de las áreas de la mente su principal ocupación.
Nunca hasta el presente he conocido a otro hombre que haya
atesorado tan gran acervo de conocimientos acerca de esta úl-
tima materia ni que haya admitido la posibilidad de todas las
cosas que después yo he podido ver admitidas o realizadas: el
desembarco en la Luna, la posibilidad de moverse en otras di-
mensiones del tiempo y del espacio, la reencarnación y la facul-
tad del hombre de poner en comunicación y de regir muchas
áreas de la vida mediante la electrónica y la transmisión del
pensamiento.
Mi padre admitió esas cosas como lo más natural del mundo,
y me las transmitió de una forma asaz sencilla. Si algún roce se
produjo en la vida familiar durante el transcurso de mi feliz in-
fancia, tal roce fue motivado por las interminables discusiones
habidas entre mi padre y mi memorable abuela, la cual, por otra
parte, estaba de lleno, y en una manera científica, inmersa en el
ocultismo. Mi abuela estaba convencida de que el mundo podía
ser regido por la magia. En el centro de aquellas discusiones
estaba yo: el objeto del amor y de las atenciones de ambos.
Mi padre ponía en acción todas sus artes de seducción para con-
seguir que le ayudara en sus experimentos, y mi abuela me re-
30
quería para enseñarme muchas cosas acerca de los Hitos y y prác
ticas de la magia. Con todo,, fui capaz de superar aquel pería lo
en plan de alumna de ambos maestros; lo que no deja de cons-
tituir un tributo de admiración a sus enseñanzas... y a mi capa-
cidad de resistencia.
En resumidas cuentas, parece ser que absorbí un 50 por 100
del uno y otro 50 por 100 de la otra. Y lo que no deja de ser
sorprendente es que ello no supuso ningún gran esfuerzo para
mí. Al contrario, ello vino a ser algo así como una diversión,
como un juego. Últimamente, cierto parapsicólogo trató de de-
mostrar que yo tenía que ser una mujer en extremo aturdida por
causa de esas vicisitudes de mi primera infancia. A lo que yo
sólo puedo contestar que no recuerdo haber tenido ni un solo
momento de tristeza ni de estolidez en toda mi vida. A mi modo
de ver, aquéllos fueron unos comienzos bastante buenos para
una saludable y vigorosa vida adulta, como en realidad ha sido
la mía, puesto que yo creo en la ciencia por lo que ésta vale, y
en las prácticas y ritos mágicos también por idéntica razón. En el
mundo hay sitio para ambas cosas, pues en realidad no existe
diferencia, ni mucho menos oposición, entre ellas. Ambas tratan
de desentrañar lo desconocido, hasta que ello deja de serlo.
Y cuando tal ocurre, algo realmente importante tiene lugar.
La nueva verdad revelada transforma la vida en una bella expe-
riencia y hace que aquélla deje de ser un penoso ajetreo entre
la cuna y la tumba.
Aunque mi abuela y mi padre solían discutir acerca de mu-
chas cosas —por supuesto siempre en forma correcta y hasta de
buen humor—, ambos coincidían en que la transmisión del pen-
samiento era un hecho real y verdadero. Puede que las razones
de tal admisión fueran diferentes para ambos. Probablemente mi
padre entendía a la mente como una serie de impulsos de índole
eléctrica; en tanto que mi abuela quizá se contentara con saber
que poseía la virtud de conseguir efectos mentales poniendo sólo
su empeño en conseguirlos. Mientras los dos esperaban, por un
lado, que yo captaría prontamente las situaciones y mostraban
poca disposición en tolerar la lentitud en el aprendizaje de las
cosas, por el otro lado tenían muy en cuenta mis cortos años y
eran lo suficientemente inteligentes como para convertir sus en-
señanzas en verdaderos juegos.
A nadie de mi familia se le ocurrió nunca sentarse y, de una
31
manera metódica y consciente, darme lección. Las cosas que yo
aprendí me fue dado aprenderlas, simplemente, como algo que
del
está sucediendo todos los días. Todos los días se hablaba
Y mis
cielo y de las estrellas, así como también de la astrología.
y de
primeras lecciones” de telepatía tuvieron el cariz de juegos
diversiones familiares.
Recuerdo aquellos primeros años de mi vida con toda cla-
calen-
ridad, recordando incluso los olores de la casa; de la casa
tada con el fuego de leña ardiendo en el hogar, llena de la fra-
gancia de las enormes ollas de cobre repletas de sabroso potaje;
el recuerdo de los días estivales llenos de rosas. Y una de las
cosas más sorprendentes es que en aquella casa se oía más el
“sonido” del silencio que los demás sonidos, por más que en
ella vivían varias familias: numerosas tías, tíos y un enjambre
de niños. Allí los mayores se reían, los pequeños jugaban, los
animales nacían y morían; todo ello en medio de un adecuado
acompañamiento de ruidos. Y siempre había un ir y venir de
gente. De gentes que ahora sé que eran famosas... O todo lo
contrario. Y, de manera especial, recuerdo los tranquilos juegos.
Los ruidos pertenecían a otro mundo, al mundo al que me tras-
ladé cuando ya estuve bastante crecida.
El primero de los juegos que recuerdo fue uno al que jugué
a la edad de cuatro años. Un día mi padre entró en la salita de
estar con una gran bandeja en las manos. Dicha bandeja estaba
llena de cosas diferentes, escogidas al objeto de atraer la aten-
ción de una niña de cuatro años. Como es natural, mi vista se
dirigió en seguida hacia aquellas cosas que mi padre seguía
sosteniendo. Tras unos breves instantes, mi padre se llevó la
bandeja, con su abigarrado cargamento, pero volvió a entrar de
inmediato. Naturalmente intrigada, le empecé a hablar acerca
de aquel montón de cosas. Y entonces mi padre me preguntó
qué cosas recordaba haber visto.
—Una pluma —respondí—. Oh, y también varias horquillas
y tu cortaplumas.
—¿Y eso es todo?
No supe contestarle; y él entonces me dijo:
—Vamos a ver si piensas un poco. En la bandeja había
muchas más cosas, y algunas de ellas eran tuyas.
Pero yo no pude recordar nada más. El juego de la bandeja
continuó por espacio de varios días, hasta que llegué a estar
32
acostumbrada a ver entrar cada día a mi padre con un nueyo a
cargamento de objetos y a seguir el mismo ritual. Mi capacidad
de retentiva iba aumentando, pero sin realizar demasiados pro-
gresos. Un día, hablando con mi abuela del “juego” de la ban-
deja, ésta me dijo: ”
—Vamos a dar una sorpresa a tu padre. Esta noche, cuando
entre, no tienes que mirar hacia el centro de la bandeja, porque
así no vas a recordar nada. Fíjate solamente en lo que veas
colocado en los bordes. Tu vista se dirige hacia las cosas gran-
des situadas en el centro, pero no son tus ojos quienes recuerdan
las cosas, sino tu mente. Todos miran al centro de todas las co-
sas, como si se tratara del centro de mesa del comedor; pero lo
que nosotros usamos son esos vasitos y esos saleros que están
colocados alrededor del centro, ¡y son esas cositas las que im-
porta mirar!
Conque, siguiendo el consejo de mi abuela, la próxima vez
que volvimos a jugar al juego de la bandeja me puse a mirar
tranquilamente alrededor de los bordes, y así pude recordar nu-
merosas cositas con gran facilidad.
—Lo has hecho muy bien esta vez —me dijo, entusiasmado,
mi padre—. Te ha sido fácil hoy, ¿verdad?
1gué Aquella noche mi padre se estuvo ufanando ante mi abuela
a de de mis grandes progresos, puesto que yo había logrado recor-
taba dar nada menos que hasta cincuenta objetos. Al oírlo, mi abuela
iten- se desternilló de risa, y me guiñó un ojo.
a se Aquel juego de la bandeja fue el primero de toda una larga
guía serie de otros juegos parecidos. Después me estuve ejercitando
ó la en lo que en la actualidad es una forma de fotografía del pen-
r de samiento. Hoy se ha puesto de moda el hablar de la fotografía
'erca psíquica, y sobre este tema se han escrito varios libros. Cada vez
untó que leo uno de esos libros o se me habla de ellos, siento deseos
de decir que yo hice cosas de ésas antes de la edad de diez años.
llas Tales observaciones por mi parte me han valido la fama de
respondona. Pero lo cierto es que la fotografía psíquica estuvo
siendo mi diversión por espacio de muchos años. Sólo que en-
tonces no sabía que aquello no era sino una de las hábiles arti-
rabía mañas de mi padre para que, a la larga, me aficionara a la
telepatía.
deja En aquellos ya lejanos días, mi padre me solía entregar un
estar pedacito de vidrio recubierto de una sustancia amarillenta, que
33
3. TELEPATÍA
supongo sería una especie de emulsión toda vez que él hacía sus
fotos con una enorme cámara en la que metía placas de vidrio.
La primera vez que realicé el experimento, mi padre me pidió
que me colocara la pequeña placa encima de la frente y que la
mantuviera allí pegada por unos momentos, con los ojos cerra-
dos. Yo recuerdo todavía perfectamente bien que estuve pen-
sando en que había una hoja de helecho en la placa y no veía
llegado el momento de quitármela de encima de la frente.
Pues bien, al serme retirada la placa, en el vidrio apareció
la clara impresión de un helecho; y entonces mi padre explicó
que aquello era debido a que él pensaba en algo y que ese algo
aparecía grabado en la placa; pero que para que el experimento
saliera bien yo tenía que estar completamente relajada. Y llegué
a hacer mi papel tan bien, que logré captar siempre el pensa-
miento de mi padre y registrar en la placa la cosa en que él
había estado pensando.
Si bien mi abuela nunca se alegró de los fallos sufridos por
mi progenitor en sus numerosos experimentos, nunca fue tam-
poco capaz de alabarle por sus éxitos, y así la pacífica pugna
iba siguiendo su ininterrumpido curso. No crean ustedes que yo
fuera una especie de cojín amortiguador o un balón de fútbol
colocado entre los dos. Sin embargo, parecía como si lo que el
uno pretendía enseñarme fuera lo que el otro ya había empezado
a ponerme en vías de aprender. El juego de la bandeja fue una
buena idea de mi padre, pero fue mi abuela quien me dio la
clave de dicho juego. A medida que iba yo creciendo iban inter-
viniendo cada vez más personas en el juego. En una nueva ver-
sión del mismo, mi madre o mi abuela se quedaban conmigo en
la habitación mientras que mi padre se situaba en la suya, acom-
pañado de mi madre o viceversa. El fin que con ello se perseguía
era el de que yo anotara los artículos en el momento en que
éstos eran colocados en la bandeja por mi padre. Mi madre,
que estaba junto a mi padre, iba haciendo una lista de las cosas
puestas en la bandeja y mi abuela llevaba el control de las mis-
mas. Yo, ni qué decir tiene, desempeñaba mi papel con verda-
dero gusto, y cada vez fui volviéndome más eficiente.
Y así, a medida que iba creciendo en edad, iba aumentando
también el grado de nitidez en la transmisión de pensamiento
entre mi padre y yo. Por supuesto, durante toda la vida existió
una íntima relación entre los dos. La telepatía basada en la rela-
34
ción entre dos personas es fácilmente realizable; si bien ahora
sé que la transmisión del pensamiento es posible sin que una de
las dos personas sepa que tal fenómeno está ocurriendo. Llegados
a este punto, tenemos que considerar si la telepatía ha dejado de
ser una agradable comiunicación para convertirse en una dicta.
dura mental. Pero tal pensamiento se me ocurrió mucho más
adelante, cuando ya era bastante mayor,
Recientemente, mi gatita siamesa tuvo seis gatitos. Y ello me
hizo recordar aquellos lejanos días de mi niñez en que nunca
dejé de estar rodeada de animales. Éstos fueron mis verdaderos
juguetes. Bastará con decir que aprendí a andar agarrándome a
la cabellera de una leona llamada Nellie. Los cisnes y los ánades
americanos me ayudaron a aprender a nadar, y una serie de
cuervos y de cornejas me enseñaron que las cosas vivas pueden,
ciertamente, entrar en otra dimensión. Por supuesto, en casa no
faltaba la usual colección de perros y gatos que toda familia
europea mantenía en su finca de campo. Nosotros nos dedicá-
bamos a la cría de animales de pura raza: caballos, perros, va-
cas, cabras; y de todas las especies que teníamos en la granja se
me daba un ejemplar, al que tenía que cuidar yo misma. Recuer-
do que nuestros visitantes se echaban a temblar cuando me veían
rodar por el suelo con la gentil Nellie —la leona— o galopar a
lomos de perros o de caballos. Pero sé muy bien que todo eso
formaba parte del método para enseñarme que el miedo es algo
que impide, o que echa a perder, cualquier afinidad o relación
amistosa con otro ser, lo mismo si se trata de bestias, de pája-
ros O de personas.
Mi animal favorito era un enorme perro de aguas llamado
Roger. Aquel perro había nacido el mismo día que yo, y vivió
constantemente conmigo hasta que tuve la edad de dieciocho
años. A donde iba yo venía el perro conmigo, y los dos vivíamos
libres como el viento en aquel singular ambiente campesino.
Roger fue para mí algo más que un grato animal favorito. Él
también tomó parte en los experimentos por los que hube de
pasar en mi juventud.
En aquellos tiempos la electricidad era algo que yo descono-
cía por completo, por más que disponíamos de un aparato de
radio y, casi milagrosamente, de luz eléctrica en la casa, cuando
en la mayoría de las del pueblo sólo se disponía de candiles y
velas. Ahora que estoy familiarizada con las excitaciones eléc-
35
tricas y que conozco las maravillas del control a distancia, me
explico perfectamente el porqué de la telepatía, cosa que a los
diez años de edad desconocía por completo.
Mi padre se entretuvo en explicarme que Roger no com-
prendía las palabras que yo le dirigía, pero que respondía a las
vibraciones del sonido que yo le transmitía. Su mente captaba
esas vibraciones y las convertía en formas de pensamiento.
—Roger vendría a ti aunque no le hablaras —me dijo mi
padre—. Para ello no tienes más que concentrar tu pensamiento
en él, y entonces tu mente se convertirá en una estación emisora.
Tienes que pensar en que Roger tiene que venir a ti.
Uno de los primeros principios que hay que comprender y
aceptar en telepatía es que si en todas las cosas existe una fuerza
vital, existe también en ellas la posibilidad de respuesta a la
transmisión del pensamiento. Y Roger tenía ciertamente mucha
vitalidad. Un día le estaba yo diciendo a un huésped, que quería
y admiraba a Roger, que éste comprendía todas las palabras que
yo le dirigía; y mi padre, que se hallaba algo alejado de nos-
otros, frunció el ceño y meneó la cabeza, pero yo creí que su
gesto estaba motivado por la decepción que se había llevado al
ver que sus queridas plantas no habían crecido como él espe-
raba. Una vez que el huésped hubo abandonado el jardín, mi
padre me explicó la lección más difícil de aprender por mí.
Roger, me explicó, no comprendía todas las palabras que yo
le dirigía, y que aunque yo no le dijera nada, el perro compren-
dería mis deseos y se vendría para mí. Con un tacto exquisito,
me explicó que antes de que sea pronunciada una palabra, hay
en nuestra mente un pensamiento puesto en marcha, y que este
pensamiento provoca la acción, exactamente lo mismo que
cuando al pulsar una palanquita ponemos en marcha una fuerza
eléctrica que nos enciende la luz. La conferencia aquella duró
bastante rato, y la sustancia de dicha charla ha constituido mi
ulterior interés por la telepatía.
En el pensamiento hay que distinguir dos aspectos: la emi-
sión de una vibración y una forma de pensamiento. Lo primero
actúa con gran precisión, cual si se tratara de las excitaciones
eléctricas que el sonido provoca y transforma cuando tiene lugar
una emisión de radio. Dichas excitaciones son entonces transfor-
imadas nuevamente en sonido al incidir en un aparato receptor
de radio sintonizado en la misma longitud de onda con que
36
aquellas excitaciones son lanzadas al éter. De la mism
a manera,
la vibración causada por el pensamiento tiende a reproducirse al.
incidir en una adecuada estación receptora. La persona cuya
mente está funcionando en una longitud de onda análoga a la
de la mente de la persona causante de la vibración de un pen-
samiento, queda, en efecto, convertida en una radio humana.
Así, pues, volvemos a la idea original de que en la telepatía están
involucradas dos mentes: una transmisora y otra receptora.
- En contraste con esto, el ESP no exige dicha combinación de
transmisor-receptor: es una vibración espontánea emitida por
una estación ignorada y captada por una mente determinad
a.
A mí eso no me parecía posible; y cavilando, cavilando,
me vino
súbitamente la idea de ir a ver lo que en aquellos momentos
estaba haciendo mi abuela. Sentí un decidido impulso de diri-
girme inmediatamente al armario de la ropa blanca, que estaba
situado en el segundo piso, y en donde hallé, esperándome,
a mi
abuela, Ésta, que en aquel momento estaba ocupada en apreta
r
una pila de toallas para poder cerrar la puerta del armario, se
dirigió a mí sin volverse para mirarme:
—No quise bajar al jardín para llamarte, pero necesito que
te vistas y me acompañes a casa de la señora Cartledge.
38
En el año 1968 me hallaba viajando desde Nueva Jersey a
Florida, en compañía de un amigo ingeniero, persona de carác-
ter práctico —o más bien prosaico—, que nunca alimentó nin-
guna clase de ideas acerca de los fenómenos psíquicos, y menos
aún acerca de esos tam llevados y traídos objetos volantes no
identificados. Pues bien, a las dos cuarenta de la tarde íbamos
rodando por una larga y solitaria carretera a través de South
Carolina y a lo largo del Dead Canal. Nuestro coche, un Kar-
mann Ghia de color rojo, dio de pronto un brusco viraje, como
si se nos hubiera empujado hacia un lado de la carretera. Al mis-
mo tiempo de sentirnos como “chupados” por un poderoso
imán, una forma ovoidal —nos fue difícil calcular su longitud—
pasó planeando, carretera adelante, y luego despegó del suelo
y desapareció.
A nuestra llegada a Florida, interrogué a diversas personas
sobre ese particular, y, en efecto, se me dijo que aquel OVNI
había sido visto también por aquellos mismos alrededores, ubi-
cados a muchos kilómetros de distancia de cualquier aeropuerto.
Muchos años atrás había visto ya cosas análogas, frente a las
costas de Francia; pero en aquellos días todavía no se hablaba
de los OVNIS. En Norteamérica fue donde pude enterarme de
bastantes cosas acerca de tales fenómenos. A partir de aquel |
viaje a Florida he ido conociendo a muchas personas —todas
ellas mentalmente sanas y completamente normales, las cuales
no tenían nada que ganar facilitándome falsas informaciones—
que me han referido sus experiencias en relación con la visión
de los llamados OVNIS en distintas partes del país. Yo me he
limitado siempre a escucharles sin preocuparme demasiado por
el contenido de sus relatos, en parte porque yo tengo bastantes
cosas en que ocuparme y en parte también porque no deseo
verme envuelta en ese asunto de los OVNIS. Quizás ello también
se deba a que, por mi carácter y modo de ser, sienta un poquitín
de envidia, porque me gustaría mucho mantener una comuni-
cación con alguien procedente de otro planeta. Y, como tengo
fama de ser capaz de entrar en comunicación con cualquier
clase de ser viviente, el no haber recibido nunca noticias directas
de algún hombrecillo de Marte hace sentirme casi como una
personalidad olvidada. A menudo he venido diciendo que estoy
siempre esperando con los brazos abiertos toda clase de comu-
nicaciones; pero hasta la fecha nada me ha ocurrido en el plano
39
a dl comunicación directa. Con todo, y de manera extraña, la
e idea de los OVNIS se ha ido infiltrando cada vez más en mi vida.
Casi no pasa semana sin que reciba o bien la visita o la carta
de alguien participándome sus experiencias al respecto. A fuer de
escritora, siempre»he lamentado no haber podido escribir la
historia de esas dos personas que tan gran impacto causaron
con motivo de ser publicado el libro titulado The Exeter Affair,
y que, ya desde el principio, me habían presentado su relato.
Pero ni uno solo de mis conocidos editores mostró el más mí-
nimo interés en ello, no obstante ser una historia altamente
recomendable y totalmente veraz, ya que no podía ser achacada
a la imaginación de aquellas dos personas toda vez que se gas-
taron bastante dinero en un empeño de someterse a la hipnosis
al objeto de que pudiera descubrirse si en realidad habían visto
o no un OVNI. Desde que entré en relación con dichas per-
sonas, mi interés por el tema ha ido intensificándose cada día
más.
Ahora parece que voy a poder incrementar el acervo de
datos relativos a la aparición de OVNIS; pero los detalles inci-
dentales y las cuestiones secundarias tienen para mí mayor
in-
terés que la noticia que cualquiera pueda darme sobre que
ha
visto algo extraño en el cielo de México. Recientemente
he
tenido noticias de Inglaterra relativas a cierto hombre llama
do
Bernard Byron. Se trata de un individuo de una cincuenten
a
de años, de suaves modales y de oficio “pizarrero y tejero
”.
Es natural de Denver, Norfolk, Inglaterra, y dice ser lingiiista
del espacio: a la edad de seis años ya hablaba marciano y
venusiano. | |
Las últimas referencias que tengo del señor Byron me las
trajo el “Sunday Times” del 8 de febrero de 1970. Según dicho
periódico, el señor Byron asegura que habla y escribe los idio-
mas de siete planetas diferentes, y que, por transmisión del
pensamiento, está actuando como portavoz de los más cons-
picuos personajes marcianos, así como de otros visitantes inter-
estelares. Afirma que nos está visitando a menudo una clase
de
gente —por él llamada los krxyzcs—, de cuello largo como el
de la jirafa, grandes ventanas en la nariz, como las del gorila,
y de ojos ardientes. Son —según él— “gentes hermosas”, que
proceden del planeta Kruger 60.B y que vienen para ayudarnos
a “salvarnos de nosotros mismos”. Todo eso no deja de
so-
40
nar a monserga; pero yo siempre he considerado al “Sunday
Times” de Londres como una de las publicaciones periódicas
más serias. Cuando este periódico dice que ha llegado la pri-
mavera, es que la primavera está realmente aquí. Y, por consi-
guiente, si dice que los marcianos nos están visitando, puede
muy bien que ello resulte, en su día, ser verdad.
Uno de los reporteros del “Sunday Times” refiere que
ese señor Byron hizo ante él una demostración de las varias
hablas planetarias que él domina, y describe los sonidos de la
lengua de los krxyzcs como los que emite un chino irritado
hablando a 100 r. p. m. Los sonidos del idioma marciano son
siseantes o sibilantes, mientras que los del venusiano son idén-
ticos a los que emitiría un serbo-croata ebrio. (Tales descrip-
ciones son del “Sunday Times”, no mías.) Por más extraño y
hasta descabellado que ello se nos antoje, los tripulantes de los
OVNIS toman a Byron muy en serio. Por lo demás, también
éste ha sostenido largas conversaciones con Patrick Moore,
científico y astrónomo europeo.
Las cintas magnetofónicas grabadas por Byron están siendo
ahora estudiadas en la universidad de Cambridge (Inglaterra),
y el conocido escritor Arthur Shuttlewood, especializado en los
OVNIS, conversa a menudo con él.
Para mayor complicación de la presente información, hay
que decir que Byron es un habitante de Norfolk (condado cu-
yos moradores no se distinguen precisamente por la exagera-
ción en su hablar ni por su excesiva credulidad), típicamente
reticente. Byron se muestra testarudo al sostener que atribuye
todo eso al hecho de que una de sus tatarabuelas fue una india
sioux. Y sabido es que los sioux han sido siempre —según él —
gentes místicas, que han estado en contacto con los habitantes
de otros planetas desde que los venusianos aterrizaron por vez
primera en la perdida ciudad de las amazonas. En la actualidad
—sigue afirmando Byron— están planeando alrededor de la
tierra seres de veintinueve planetas diferentes. Y el mismo By-
ron habla sin reserva de las transmisiones de pensamiento que
está captando de los aludidos seres extraterrestres. Y parece
ser que entre los unos y el otro existe un margen de mutua
confianza. Y sigue diciendo Byron:
—Con quienes estoy más frecuentemente en contacto es
con los krxyzcs, los cuales insisten en anunciarme un terrible
41
desastre, además de fortísimos terremotos. En la superficie de
la Tierra existe una profunda grieta, que se extiende desde
México hasta el mismo polo Norte. Tal fractura puede ser la
causa de grandes y desastrosas conmociones en todo el sistema
solar, toda vez qué puede correrse el peligro de que una explo-
sión atómica divida la tierra en dos grandes pedazos. Y ante
semejante perspectiva, todos los planetas habitados se sienten
muy inquietos. A algunos de éstos no les somos nada simpá-
ticos: creen que debería dársenos una severa lección. Pero afor-
tunadamente tenemos de nuestro lado a Venus, Plutón, Kru-
ger 60.B y Volcania, los cuales mantienen a raya a los demás
y esperan lograr, con el tiempo, persuadirnos.
A fuer de terrícola, creo que es una cosa estupenda que
alguien procedente del cosmos pueda valerse de la transmisión
del pensamiento, y espero que ello redunde en beneficio nues-
tro. Si en algún lugar del espacio hay verdaderamente seres
conscientes, lo más probable es que quieran comunicarse con
los demás seres por medio de la mente. La gran dificultad es-
triba en que, puesto que los terrícolas ni siquiera comprendemos
todos el francés, va a resultarnos imposible comprender, por
ejemplo, el venusiano.
No deja de parecerme incomprensible el que precisamente
un “pizarrero y tejero” de Norfolk haya sido escogido como
emisario para “conducir los seres espaciales a nuestro jefe”,
según él mismo proclama. La entrevista con Byron termina
con el deseo formulado por éste de conducir a sus amigos de
pensamiento ante alguien revestido de autoridad, “incluso ante
Harold Wilson, el actual primer ministro”.
Mientras tanto, en este lado del Atlántico la gente está
tomando en serio la idea de que existen comunicaciones en el
éter y de que nos van llegando mensajes desde otros planetas.
Durante el tiempo que viví en California trabé amistad con
dos científicos que tenían instalado un laboratorio allá en el
fondo del desierto de Mohave, en donde llevan ya varios años
captando extrañas vibraciones. Mediante una serie de botes de
aluminio, están observando que el tono procedente de tales vi-
braciones —así como también ciertas frecuencias— pone en
vibración los referidos botes. Llevan ya varios años grabando
en cinta magnetofónica esas vibraciones. Parece ser que última-
mente se ha descubierto en dichas cintas algo así como una
42
especie de clave, que parece indicar que las vibraciones vienen
a constituir un idioma, es decir, que no se trata de una serie de
sonidos inconexos captados al azar. Tengo en mi poder una
de esas cintas en que se hallan registrados bastantes de esos
experimentos, y espero” que pronto vamos a recibir alguna sor-
prendente noticia de aquel laboratorio instalado allá en el fondo
del desierto de Mohave. Siento haber prometido a esos amigos
guardar, por el momento, el secreto de sus nombres. Pero, en
cambio, me es dado brindar, a quien tenga interés en estudiarla,
la cinta magnetofónica de referencia.
Ni el señor Byron ni mis dos amigos, los científicos, tienen
nada que ganar con los estudios emprendidos, y sí mucho que
perder. Pese a lo cual, fin de semana tras fin de semana, siguen
efectuando con verdadero tesón, encerrados en su reducido la-
boratorio, sus experiencias, grabando incesantemente sonidos y
frecuencias y comparando pautas. También cuesta dinero el
sostener un laboratorio, por pequeño que éste sea; y esos dos
amigos míos están sosteniendo el suyo con sus ingresos perso-
004]
nales; sin contar las horas pasadas en la soledad del desierto.
A
a Lo que acabo de referir suena a algo tremendamente raro
079|
y extraño; pero bien mirado no lo es tanto como lo era, hace
a
veinticinco años, la idea de que el hombre pudiera poner los
BN!
al
pies en la superficie lunar. Toda invención, todo adelanto cien-
tífico han parecido punto menos que cosas estrafalarias cuando
se ha hablado de ellos por primera vez; pero, llegado su día,
lo que antes parecía imposible convertirse en realidad.
Posiblemente se tarde todavía muchos años en obtenerse
una prueba científica que permita dar crédito a la idea de las
comunicaciones interplanetarias; pero mientras tanto, se está lle-
vando a cabo, y al parecer con bastantes buenos resultados, otro
género de investigaciones: éste consiste en el descubrimiento y
consiguiente aprendizaje del lenguaje de los delfines. El doctor
John C. Lilly ha realizado grandes progresos en el terreno de la
comprobación de que esas bellas criaturas marinas poseen un
lenguaje interpretable, y cuyos puntos clave parece ser que po-
drán, en su día, ser debidamente traducidos. Esos seres pululan
abundantemente en el mar, y algunas de sus especies viven igual-
mente en los grandes ríos, por ejemplo en el Amazonas. Cuando
yo residía en Florida, a orillas del Indian River, dos delfines ve-
nían hasta delante de la misma puerta de casa a buscar su comida
43
diaria. Su noción del tiempo era fantástica: por espacio de dos
meses estuvieron llegando puntualmente a las seis de la tarde,
dispuestos siempre a realizar largas demostraciones de sus habi-
lidades ante nuestros asombrados visitantes. Los delfines son
animales gregarios, y frecuentemente se les ve siguiendo, en nu-
tridas manadas, a los barcos; y a veces sus saltos fuera del agua
son tan altos que aterrizan en el puente de las embarcaciones.
Sus retozos y su evidente afecto hacia los seres humanos han
atraído la atención de los marineros de todas las épocas, dando
origen a numerosas fábulas.
El doctor Lilly se cree capaz de elaborar una especie de alfa-
beto delfínico. Para todo aquel que se dedica al amaestramiento
de delfines o los ha tratado con frecuencia, como yo he podido
hacerlo, eso parece totalmente factible, toda vez que sabemos
que la comunicación telepática es más fácil de establecer con
estas criaturas que con los mismos animales domésticos. Los ocul-
tistas sostienen la teoría de que si se investigase debidamente
el lenguaje de los delfines, tal lenguaje nos podría proporcionar
la clave de algunos de los misterios relacionados con el hundi-
miento del continente de la Atlántida, puesto que, según aqué-
llos, los delfines constituyen un vínculo entre aquel continente
y el hombre de nuestros días.
Por más traídas de los pelos que tales teorías se nos antojen
—Ateorías que van desde la transmisión espacial del pensamiento
hasta las comunicaciones telepáticas con los océanos—, no po-
demos permitirnos el desdeñar su hipotética posibilidad. En el
peor de los casos, tras haber perdido el tiempo en tales inves-
tigaciones, habremos de aguantar la rechifla de quienes toman
siempre a broma todo aquello que no son capaces de compren-
der; pero, a lo mejor, el hombre, desalentado por su incapa-
cidad para comunicarse con los seres de su propia especie y
viviendo en un planeta contaminado a causa de sus propios
yerros, encuentre su salvación en la posibilidad de comunicarse
con las criaturas que emerjan de otros elementos. Y ésta es
probablemente la razón por la que, en esta segunda mitad del
siglo veinte, tengamos que emprender el estudio de todas y cada
una de las facetas de la transmisión del pensamiento y dejar,
de una vez para siempre, de intentar demostrar la existencia de
tal transmisión para seguir trabajando, dando por descontada
la premisa de tal existencia.
5. Somos estaciones de radio
45
gris viene constituida por innúmeras neuronas, o sean, micros-
cópicas células que forman la base del tejido nervioso. Contiene
también, la materia gris, billones de sutiles células en forma de
árbol —y llamadas, por eso, dendritas—, que convierten el cere-
bro en una inmensa red de antenas orientadas en todas direccio-
nes. Ésta es, pues, la versión humana de la radio direccional. Si
tienen ustedes un aparato de radio o de televisión con antena
interior sabrán que cambiando ésta de su acostumbrada posición
cambia también la calidad y la intensidad de la recepción, aunque
la estación emisora, o radiodifusora siga emitiendo en la misma
longitud de onda y el aparato receptor continúe estando en la
misma posición. Como se ve, una pequeña antena es capaz de
determinar grandes variaciones en la recepción de la emisión.
En los primeros tiempos de la radio, las antenas tenían que
estar orientadas, en ángulo exactamente recto, en dirección de la
estación radiodifusora. Además de que la estación emisora y
la receptora deben funcionar perfectamente, también la pequeña
antena tiene gran importancia para una perfecta recepción. Y lo
mismo ocurre con nuestra mente. Á menos que se tengan todas
las dendritas sintonizadas con la dirección y la receptividad, los
mensajes que se reciban se verán deformados, y resultará defec-
tuosa la traducción emocional de los mismos. La alineación entre
el consciente y el inconsciente aparece nuevamente aquí en toda
su importancia.
La punta de un pararrayos es sensible, indiscriminadamente,
a todas las cargas eléctricas cercanas al mismo. Y aquí es donde
el cerebro y la mente poseen una ventaja sobre el pararrayos,
pues si el potencial positivo de la corteza cerebral se mantiene
alerta y erizado en las puntas de las móviles fibras, la unidad de
carga necesita solamente un pequeñísimo impulso para ser dis-
parada. Ese necesario impulso es el pensamiento formulado.
Así, pues, todo está sutilmente dispuesto en la estación emi-
sora como en la receptora del cerebro humano; y tenemos que
concluir que existe un continuo intercambio de cargas eléctricas
entre los cuerpos humanos así como también entre éstos y su
entorno. En nuestro cerebro hay una carga positiva, lo que hace
que éste sea uno de los mejores servicios que tenemos a nuestra
disposición, con tal de que seamos capaces de ejercer aunque
no sea más que un mínimo de control sobre dicho órgano. Y aún
sin ese control, el proceso de emisión y de recepción sigue te-
46
niendo lugar. Finalmente, conviene tener en cuenta que el cerebro
es el área en donde se asienta la más elevada carga positiva,
mientras que el hígado constituye el punto de más bajo nivel
negativo.
Ésa es la forma más clara de explicar, de manera lógica, el
mecanismo de la telepatía. Los cincuenta billones de neuronas
y dendritas hacen las veces de un maravilloso ordenador electró-
nico capaz de realizar un inimaginable número de cálculos. Por
consiguiente, ¿por qué no ha de ser posible el formular todos los
pensamientos y todos los eventos que ha conocido la raza hu-
mana y, a través de ello, penetrar en otra dimensión del tiempo
y del espacio, mediante lo cual los acontecimientos del pasado
puedan ser captados —y archivados— por un ser humano del
siglo xx con la misma fuerza con que estamos viendo las
imágenes de la televisión; o echar una mirada al futuro y con-
templar los venideros acontecimientos mediante la simple mani-
pulación de las antenas del cerebro hasta dejarlas sintonizadas
con el acontecimiento en cuestión; o también, y de modo más
sencillo, enviar, desde una mente determinada, una vibración
A
para que sea recogida por otra mente y llamar a esto telepatía?
El cerebro es una central eléctrica que suministra electricidad
de signo positivo a cada impulso mental. No todos los pensa-
mientos pueden ser almacenados en el cerebro, porque éste dis-
pone de billones de filamentos que hacen las veces de ideales
antenas de radio que no pueden dejar de emitir y de recibir
corrientes. Los pensamientos son lanzados a la atmósfera —-—<que
está cargada de electricidad negativa—, y tienen que obedecer
a una excitación; lo cual constituye una irresistible fuerza de
atracción.
Los pensamientos están siendo continuamente difundidos en
la atmósfera. Y al decir pensamientos nos referimos a todos los
pensamientos. Cuando algunos de los nuestros se transforman en
vibraciones y en ondas de longitudes determinadas, entonces re-
sultan ser pensamientos armónicos y perfectamente interpre-
tables, mientras que los pensamientos confusos y caóticos resul-
tan difíciles y aun imposibles de ser interpretados.
En un mundo que raciocina con pensamientos lógicos, resulta
verdaderamente chocante el leer que existen personas que captan
programas de radio por medio del empaste de su dentadura.
Hacia el año 1950, leí la noticia de que en Rahway, Nueva Jer-
47
sey, había un hombre que afirmaba no poder parar los progra-
mas de radio que constantemente estaban llegando a su cerebro.
En el preciso momento de ser entrevistado, dijo que estaba
oyendo a Bing Crosby cantar determinada canción. Y lo bueno
fue que tal afirmación se vio más tarde confirmada al compro-
barse que, en efecto, el inimitable Bing Crosby había estado
cantando la canción de referencia, por radio, precisamente cuan-
do la entrevista se estaba desarrollando. Fuera como fuese,
nuestro hombre había sintonizado sus ondas telepáticas con de-
terminada onda atmosférica, onda que luego no fue capaz
de desincronizar.
Cuando yo era niña, en la finca de mis tíos, sita en Norfolk,
Inglaterra, vivía un hombre que se alojaba en una pequeña ca-
baña en la que no existía ninguna clase de aparato receptor de
radio. Sin embargo, aquel hombre me decía a menudo que estaba
oyendo música, indicándome siempre la clase de música de que
se trataba. Generalmente mi padre se dedicaba a comprobar la
verdad de dichas afirmaciones, que siempre resultaron total-
mente exactas. Aquel amigo nuestro era lo que en aquella parte
del país se llama un “chiflado”; pero la verdad era que todas sus
afirmaciones acerca de la música estaban perfectamente ajustadas
a la realidad, lo que le colocaba en la categoría de las personas
que son meramente diferentes de las demás, pero de ninguna
manera “chifladas”.
Me acuerdo perfectamente del viejo José, bondadoso cam-
pesino que cuidaba el amurallado jardín de mis tíos. Él me en-
señó muchas cosas relativas a la horticultura. Por ejemplo, que
no podía esperarse que, por más cuidados que se les prodigara,
las higueras rindieran buenas cosechas todos los años. Las plan-
tas, me decía, necesitan descansar, porque son seres vivos no
muy diferentes de nosotros, aunque no tan estúpidos ni bullicio-
sos. Me enseñó también que a las plantas les gusta ser bien tra-
tadas: que se desarrollan y fructifican mejor si se sienten felices.
Años más tarde, leí en los periódicos norteamericanos que
se estaban realizando grandes experimentos científicos con las
plantas y hasta con el ganado de las granjas, los cuales estaban
siendo sometidos al mismo tratamiento que mi “chiflado” amigo
de Norfolk había practicado en los días de mi juventud.
Como suplemento de su trabajo en el jardín, el viejo José
se dedicaba a la cría de varias docenas de conejos, y ayudó a
48
mi tía a poner en marcha una de las primeras granjas profesio-
nales de conejos de Angora que existieron en Inglaterra. Como
solíamos pasar largas temporadas en la casa de Norfoik, a todos
los niños se nos entregaba varios conejos para que los cuidá-
ramos. Yo seguí el cónsejo de José acerca de los métodos de
alimentación y cuidado de tales animales; pero los dos teníamos
nuestro secreto acerca del particular. Los conejos que mi tía
solía presentar a la exposición adquirieron pronto fama por su
_ lana de Angora, lo cual la complació enormemente por el renom-
bre y prestigio que ese raro tipo de explotación daba a su gran-
ja. Pero en cuanto a la cantidad y calidad de la lana producida,
José y yo éramos los primeros de la granja. Y ello no podía
ser atribuido a mera coincidencia toda vez que si se nos encar-
gaba del cuidado de algún conejo caracterizado por su deficiente
producción, es decir, que no alcanzara el nivel de los cortes
normales, pronto le poníamos en condiciones de aumentar su
producción de lana en un 25 por ciento. Mi tía no tardó en
intentar sonsacarme preguntándome por si José poseía algún se-
creto al respecto.
Y el secreto no era otro que el hablar al deficiente produc-
tor de lana en un cariñoso e insinuante tono.
—Vamos, chico, sólo te pido otra media pulgada de linda
lana. Fíjate en la que ha producido Euforia... ¡qué excelentes
cortes ha dado! Y tú puedes hacer lo mismo que ella. Estoy
seguro. Vamos, chico, danos la misma cantidad de lana que
ella...
Y los conejos, al tiempo que escuchaban, le estaban dando
sin descanso a sus mandíbulas. Y cuando llegaba la temporada
del esquileo, José cogía a su conejo y, con unas grandes tijeras,
le cortaba el primer mechón de pelo, que luego medía con el
calibrador que se empleaba para ver si la fibra era normal, y
nunca fallaba: el nuevo corte resultaba inmejorable.
Si José estaba o no “chiflado”, eso no lo sé; lo que sí sé es
que mi amigo sabía cómo hacer producir higos muy gordos a
sus higueras y hacer dar más lana, por animal, a los conejos
de Angora que cualquier otro criador de todo el país.
4. TELEPATÍA
6. La estructura
de la nueva fuerza
SO
samiento me llevó a estudiar la curación psíquica en el New
Forest de Inglaterra, en donde las comunicaciones telepáticas
" estaban siendo usadas para convencer al enfermo de que podía sa-
narse mediante las vibraciones transmitidas de una mente a otra.
Más adelante, me puse en contacto con astronautas y cien-
tíficos del programa espacial, que tampoco creían en el poder de
la mente ni en la posibilidad de que ésta moviera objetos que se
desplazaran sobre el tiempo y el espacio, permitiendo así el po-
der prescindir de toda esa pesada maquinaria que hoy necesita-
mos para lanzar a los astronautas al espacio. También existe la
posibilidad de que la fuerza de la transmisión del pensamiento
sea aplicada a la práctica de la medicina, así como de que esa
misma fuerza sea utilizada, políticamente, para el lavado de
cerebro de inmensas multitudes.
Las razones de la enorme importancia que se concede a la
telepatía son realmente impresionantes; y me desazona el pen-
sar que cosas que yo veo tan claramente no son vistas por las
personas que están en condiciones de hacer uso de esa fuerza
y de ponerla en acción. Mas, por otra parte, es ciertamente
alentador el saber que a medida que nos vamos adentrando en
la gran era de Acuario la telepatía va adquiriendo cada día
más crédito. Aunque todavía falta mucho camino por andar.
Antes de que se pueda realizar algún progreso en ese campo del
conocimiento, es decir, en el estudio de la telepatía, hay que
desarraigar muchos prejuicios; hay que poner en marcha nuevas
formas de filosofía.
Con todo, y aunque de manera bastante imperceptible a
veces, vemos que los intangibles están siendo utilizados, como
por ejemplo en el caso del tratamiento psiquiátrico, de manera
consciente, en el caso de las personas de mente creativa, como
son los escultores, los pintores y hasta los músicos. Los intan-
gibles —es decir, las cosas que no se pueden palpar— son sus-
ceptibles de provocar sentimientos que determinan nuestra res-
puesta. Cuatro muchachos se ponen a tocar la guitarra y a can-
tar. Y algo ocurre inmediatamente entre esos cuatro jóvenes y
los millares de personas que les están escuchando. Pocos son los
sabios que puedan explicar dicho fenómeno: el milagro de la:
comunicación entre esos muchachos y las masas. Esas cuatro
mentes están “radiando” pensamientos al mismo tiempo que
van emitiendo los sonidos de la música que están interpretando
51
y de ..palabras que van pronunciando. Y esos pensamientos
provocan otras tantas vibraciones que van siendo captadas por
miles de mentes, tras haber sido éstas sintonizadas en virtud de
la música y de las palabras difundidas. Cuatro gordinflones mu-
chachos de no muy hermoso aspecto no deberían ser lógica-
mente capaces de influir en la mente de millares de personas. En-
focada desde el ángulo de la razón, tal cosa parece inacepta-
ble. Y pocos son los que la aceptan y reconocen.
Con todo, unas pocas personas se dan cuenta de que han
estado presenciando el milagro de la telepatía: cuatro mentes
difundiendo vibraciones dirigidas a influir a las masas que tie-
nen enfrente. Y, paralelamente al reconocimiento de la existen-
cia de la telepatía, llega el reconocimiento de que ésta va a
convertirse, en el futuro, en una fuerza real puesta en manos
de aquellas personas que acepten el hecho de que la mente es
el más potente de todos los órganos que jamás el hombre ha
conocido. Las personas más poderosas del mundo van a ser aque-
llas que se sirvan de la mente para proyectar las vibraciones de
ésta hacia sus fines particulares. El amor ha intentado gobernar
el mundo; pero la fuerza del amor se halla hoy totalmente de-
bilitada. Y el dinero se ha ido convirtiendo en el amo de la tie-
rra. Mas éste ya dejó de tener sentido para una generación que
desprecia las riquezas acumuladas por sus padres y que atribuye
a los billetes de banco el mismo valor que a un sencillo collar
de cuentas de vidrio. Los patriarcas intentaron gobernar el
mundo a base de creer que sus propias creencias tenían que
ser aceptadas por todos sus gobernados. En América hemos
visto surgir una sociedad matriarcal. La mujer consiguió impo-
nerse a base de la castración del varón, cuyos pantalones se ha
puesto; disfrutando, al principio, de echar al mundo hijos varo-
nes y eludiendo, más tarde, la procreación, en la creencia de
que la hembra tiene que andar siempre en busca de la fuente
de la juventud en orden a mantenerse en el poder. También
hemos estado viviendo unos tiempos en que ciertas fuerzas de
índole religiosa han sido realmente poderosas al tener controla-
das a las masas en virtud del miedo al fuego del infierno y a la
eterna condenación. A medida que nos vamos adentrando en la
era de Acuario, nos vamos despidiendo de las antiguas estruc-
turas, hasta ahora dominantes, sin dejar de reconocer, empero,
que el poder es un elemento necesario en el mundo.
32
Lo único que queda de un mundo que ha estado explotan-
do el cuerpo y prostituido el espíritu del hombre es esa intan-
gible parte del mismo hombre: la mente. En el perfecto cono-
cimiento y en el buen uso que haga de su mente, puede el hom-
bre hallar su salvación. En los tiempos de peligro, el instinto
humano de conservación supera a todos los demás instintos del
hombre. Y éste ya empieza a rechazar las tradiciones y las ru-
tinas que se han estado interponiendo entre él y el último bas-
tión de su defensa. Estamos viendo ya ejemplos de total recha-
zO; pero, por desgracia, ha venido todo eso tan de súbito, que
se ha producido un gran vacío entre la fase en que son repu-
diados los viejos valores y aquella en que todavía no han sido
experimentados y puestos a prueba los nuevos.
Los parapsicólogos tienen que aprovechar las equivocacio-
nes cometidas por los científicos al no haber éstos explicado el
impacto causado, por ejemplo, por la fisión del átomo, por la
bomba atómica y de hidrógeno y, en general, el uso de la ener-
gía nuclear en sus fases positiva y negativa, así como el verda-
dero valor y sentido del envío de hombres a la luna; deben
aprovechar, repito, tales equivocaciones para empezar a expli-
car, en lenguaje sencillo, todo cuanto va implicado en cosas
tales como la “caza de fantasmas”, los trances mediúmnicos y
—lo más importante de todo— la transmisión del pensamiento
o telepatía.
La telepatía tiene hoy intrigadas a muchísimas más perso-
nas que antes; y ese interés y afición, que ya se está convirtiendo
en popular, hace necesaria una bien orientada investigación y
estudio. Porque una pistola puede a la vez ser un arma de de-
fensa y un instrumento de destrucción y muerte. Y no es el
arma la que determina tal distinción; son las motivaciones de
la persona que se sirve de ella y, en ciertos casos, las circuns-
tancias en que se hace uso de tal arma, quienes determinan tal
diferencia. Lo mismo ocurre, pues, con la telepatía empleada
como medio de comunicación entre los hombres. Es necesario
estar seguros de que detrás de dicha comunicación existe en el
hombre el deseo de vivir en armoniosa relación con los demás
hombres. La telepatía, concebida y usada por mentes megaló-
manas, puede llenar la historia futura de manchas y de críme-
nes tan innobles y perversos como la obra de Adolfo Hitler. La
única forma de contrarrestar el mal uso de la telepatía por men-
53
tes interesadas únicamente en el poder personal sería el estable-
cimiento, a través de todo el mundo, de unos centros en los que
pudiera efectuarse el estudio científico y a todos los niveles, de
la telepatía, dando luego a conocer los resultados de tales es-
tudios. :
Años atrás hice unas manifestaciones a la prensa acerca
de que la URSS llevaba veinticinco años de ventaja a los Esta-
dos Unidos en lo que se refiere al conocimiento del valor de la
telepatía. Y nada ha ocurrido desde entonces para hacerme cam-
biar de parecer al respecto, pese a que sé que ahora existen
más personas interesadas en esas cuestiones que antes. Así que
puede muy bien suceder que un buen día nos despertemos con
la noticia de que en otro país se ha hallado la total respuesta
del “por qué” y del “cómo” debe ser empleada la telepatía en
orden a la estructuración del poder en un mundo nuevo.
El área del pensamiento tiene que ser explorada, pues, pese
a lo mucho que ya se ha investigado sobre la cuestión, nadie es
todavía capaz de definir el pensamiento. Existen muy variadas
formas de pensamiento. Son muchos los profesores que han
lanzado la idea de que el pensamiento positivo puede ser bene-
ficioso para la humanidad; y, con todo, las leyes generales están
conectadas con la polaridad. Posiblemente la respuesta a todo
ello esté en que no hay pensamientos enteramente positivos ni
negativos.
Y voy a entrar ahora en un área totalmente desatendida y
abandonada. El pensamiento consciente que no se graba en el
subconsciente tiene escasísimo valor, es decir, no produce efec-
to alguno, siendo ésta una de las tantas razones porque mucha
gente no puede interpretar ciertos mensajes telepáticos. Son le-
gión las personas que poseen la facultad de expresarse por me-
dio del habla y que tienen, empero, muy pocas cosas importan-
tes que decir. Y lo propio ocurre con los pensamientos emitidos
únicamente a nivel consciente y sin impacto alguno en el subcons-
ciente. Sin la debida vinculación del consciente con el sub-
consciente no hay comunicación telepática posible.
Si el pensamiento va impregnado de una profunda sinceri-
dad, la mente subconsciente se lo incorpora; y así tal pensa-
miento es susceptible de permanecer en estado latente, cual
semilla que, depositada en la tierra, espera que vengan los ele-
mentos, con su calor, a despertarla a la vida y a impulsarla a
54
crecer y desarrollarse. Más ahora pueden ocurrirle varias cosas
al pensamiento: puede éste ser aniquilado por otra forma de vi-
bración mental puesta deliberadamente en marcha para destruir-
lo, o bien puede morir por falta de utilización. Pero si el pensa-
miento se ve reforzado, a intervalos, por la fe, entonces es ca-
paz de seguir su camino hacia otra mente y poner en movimiento
una cadena de acciones y reacciones, o bien atraer a las perso-
nas O las cosas.
En el conocimiento del pensamiento en todas sus fases
——“formas, vibraciones, influencias— yace el secreto del anima
mundi. Ciertas personas —hombres y mujeres— se han consa-
grado a esa búsqueda con apasionamiento, a veces teñido de
romanticismo, como en las historias del Santo Grial o como en
el mito de Jason y el Vellocino de Oro.
Aquellas personas que, en la Antigiledad, estuvieron en po-
sesión de la secreta sabiduría y que fueron capaces de alinear
el consciente con el inconsciente, haciendo luego uso de las vi-
braciones para influenciar los acontecimientos y las personas,
fueron llamadas brujos o brujas, o bien fueron miembros de
los ahora ya fenecidos cultos al sacerdocio. Los antiguos cono-
cieron el valor de la telepatía, pero también supieron que el
anima mundi, asequible en todos los tiempos a los hombres
sinceros, no podía sin embargo hacerse extensiva a todos aque-
llos que estuvieran poseídos por el afán de adquirir bienes ma-
teriales y se vieran en el caso de vivir a costa de las violencias
ejercidas sobre otros hombres. Así, pues, la verdad, cual una
púdica virgen, aparecía por unos momentos, era desflorada por
aquellos hombres que la querían conocer mejor, pero que no
podían apreciarla en su esencia, y desaparecía nuevamente. La
verdad, empero, no podía morir, porque la antigua sabiduría era
y es indestructible, y el porqué y el cómo de la telepatía per-
tenece a las perdidas áreas de esa verdad. Así como los plane-
tas Urano, Neptuno y Plutón fueron en su día descubiertos y su
aparición fue saludada por el mundo expectante como si se tra-
tara de unos astros recién creados; de la misma manera la tele-
patía permanece ahora a la espera de ser descubierta por la
humanidad, por los hombres que necesitan saber que el cons-
ciente y el inconsciente pueden estar mutuamente sincroni-
zados.
Mientras muchos practicantes de las cosas psíquicas se apar-
353
tan de la ciencia por considerarla como enemiga de todo lo
que ellos sostienen O creen haber conseguido, yo saludo a esta
nuestra altamente científica época en que tenemos la suerte de
vivir. Un vasto campo permanece abierto a las investigaciones
de los científicos, que tantas cosas maravillosas han realizado y
que ahora les es dado bucear en el virgen yermo de la mente.
Posiblemente nos hallemos en un período histórico en el
que la telepatía. como parte integrante que es del anima mundi,
no tenga que volver a ser conceptuada como de la competencia
de las sociedades secretas o de la jurisdicción del sacerdocio. Es
posible que la telepatía esté al alcance de todo ser humano que
sea capaz de transigir con la naturaleza y pague el precio de la
sinceridad y de la tolerancia. Y, sobre todo, puede que el hom-
bre tenga que hacer, ante sí mismo y ante el mundo, una decla-
ración de que la fuerza invisible existe realmente y que puede
ser utilizada por el hombre mismo.
La telepatía tiene intrigados ya a los científicos, pues aun-
que éstos estén acostumbrados a tratar con calidades y canti-
dades confusas así como con incógnitas, la mayoría de los in-
vestigadores parten de una premisa que luego los científicos
tratan de comprobar. La premisa de la telepatía podría ser ésta:
Si dos hombres tienen un cerebro cada uno, esos dos cerebros
son los órganos de dos mentes distintas. Porque si para empe-
zar existe un órgano —es decir, un objeto tangible—, es lógico
suponer que este Órgano sea capaz de realizar algo, a la manera
como el oído es capaz de oír y como el ojo es capaz de ver.
Por consiguiente, ¿cuál es la función del órgano llamado cere-
bro, además de hacer las veces de almacén y de generador? El
cerebro puede ser tocado, examinado, visto, y es también sus-
ceptible de ser operado. Pero lo que el cerebro hace, en tanto
que órgano de la mente creador de pensamientos, los cuales son,
a su vez, convertidos en vibraciones que luego crean una acción,
constituye un colosal enigma.
En ciertos círculos está hoy en boga el considerar al hom-
bre como un mono desnudo. Y hasta cierto punto hay que acep-
tar tal concepción. Pero ella no constituye sino una explicación
parcial, porque el hombre es en realidad un animal capaz de
razonar y de aprender. Su cerebro le capacita para almacenar y
para transmitir conocimientos. En la actualidad, un niño de es-
cuela de primera enseñanza sabe explicar la ciencia espacial de
56
una manera bastante racional, lo que un sabio de hace nove-
cientos años era incapaz de hacer. Sin embargo, en el aspecto
moral no parece que hayamos avanzado un solo paso más que
los hombres más primitivos. Incluso las enseñanzas de Jesucristo
y de Buda parecen hallarse hoy fuera de los límites de nuestra
comprensión. Puede que aceptemos tales enseñanzas por prin-
cipio, pero cuando se trata de llevarlas a la práctica prescindimos
absolutamente de ellas.
El hombre realiza su desarrollo de una manera desigual, y
ello no siempre de acuerdo con el vigente modelo de la educa-
ción. El hombre normal y corriente sabe más cosas acerca de su
coche que acerca de su propio cuerpo, y no digamos acerca de
su mente, a la que desconoce por completo. La mujer corriente
es por regla general una enciclopedia viviente en todo lo que hace
referencia a vestidos y a tratamientos de belleza, pero ignora
todo cuanto atañe a su cuerpo y a su mente. Hemos realizado
increíbles progresos en el campo de la ciencia, y tenemos la
facultad de hacerlo y de valorarlo todo, salvo la mente. En todas
las áreas que el hombre no ha sido capaz de comprender, los
expertos han llegado generalmente, en cada generación, a brin-
dar respuestas al respecto. Y, con todo, vamos muy retrasados
en cuanto a indagar el porqué de hallarse la mente intelectual
tan separada de la mente moral.
Una explicación —por demás sencilla— de eso podría ser
la de que en todo ser humano funcionan dos tipos de inteligen-
cia, dos mentes. Una dirige el cuerpo en todas sus actividades
conscientes relacionadas con su medio ambiente, es decir, con
el mundo exterior. Ésta es la mente objetiva. Pero es que en el
cuerpo humano suceden otras cosas, se verifican actividades de
índole inconsciente en las que el hombre no está en ningún mo-
mento del día pensando. En el interior del hombre existe un
mundo en el que se van realizando, como formando parte de la
mente subjetiva, cosas tales como el ritmo de los latidos del
corazón, la digestión de los alimentos, así como también la re-
constitución de las células agotadas. Si el ser humano corriente
y normal fuera capaz de aceptar el carácter dual de la inteligen-
cia humana, entonces podría adecuarse al lógico desarrollo de
las cualidades científicas de la mente. Y tal vez podría incluso
llegar a aceptar el que —toda vez que el pensamiento es lo que
hace funcionar la capacidad creativa— el hombre crea, por
57
ende, su propio mundo y las condiciones interiores y exteriores
de su vida, simplemente, mediante la fuerza del pensamiento.
La fuerza de éste, actuando primero sobre uno mismo y
luego sobre otras personas, debe constituir el camino hacia una
nueva idea de la vida. Por medio de pensamientos, palabras y
actitudes mentales, uno puede formarse su propio estilo, su ca-
rácter, así como el tamaño del molde, de la matriz en la que
la ley universal va vertiendo la sustancia de nuestras experien-
cias y de nuestra manera de vivir. Al comprender uno su pro-
pia mente puede suceder que no le guste ser como es o que no
le guste lo que tiene; seguidamente, uno puede utilizar la fuerza
de la mente para construirse un nuevo patrón de vida. Y en-
tonces podrá decirse que se ha topado con la ciencia mental.
La fuerza del pensamiento no se limita a ser utilizada por
uno mismo. Al pensar en esa fuerza del pensamiento actuando
sobre los demás es cuando debemos asegurarnos de nuestras
motivaciones para hacer uso de dicha fuerza. Si ésta actúa sobre
nuestra vida, permitiéndonos cambiar nuestro patrón vital por
otro nuevó o incluso influir sobre la vida de otro ser humano
——como ocurre a menudo cuando dos personas se enamoran
mutuamente, entonces esta maravillosa, a la par que peligrosa,
fuerza de la mente es susceptible de ser dirigida hacia el mal
o lanzada en la dirección de una masa de gente.
Dicha fuerza de la mente —una forma de sutil telepatía—
puede compararse con ei muñeco del vudú. El hecho de clavar
alfileres en el cuerpo del muñeco no significa nada de por sí;
mas si la fuerza de la mente es proyectada contra dicho mu-
ñieco —quien hace realmente las veces de la persona a la que
se trata de causar mal-—, las vibraciones de los pensamientos
resultantes viajan por el éter hasta que van a dar con la mente
de la víctima. Con lo que resulta lógico el comprender que los
pensamientos malignos son verdaderamente capaces de afectar
la vida de otra persona. Y eso mismo puede ocurrir si los per-
niciosos pensamientos o ideas destructivas son expedidos en di-
rección de verdaderas masas humanas.
Hoy en día se está hablando mucho de “lavado de cerebro”;
y la gente tiene bien metida en su interior la idea de que tal
operación es siempre realizada por “el otro campo”. Cuando
la realidad es que en una sociedad carente de seguridad en la
telepatía, o temiéndola acaso, estamos constantemente sujetos
58
| a fuerzas telepáticas en un gigantesco y sutil lavado de cerebro.
Y a eso le llamamos publicidad, cuando de lo que realmente
se trata es de un caso de telepatía potenciada en donde una
mente está transmitiendo pensamientos a otras muchas men-
tes. Ahora, en lugar de "una telepatía consistente en un cerebro
que transmite pensamientos a otro cerebro que hace las veces
de estación receptora, tenemos un producto telepático sintético,
el televisor, y distraemos —realmente distraemos— nuestras
mentes prestándonos al gran truco, a la gran estafa ideada por la
nueva escuela de sumos sacerdotes que tiene sus dorados tem-
plos en Madison Avenue.
Sí, la telepatía ha dejado de ser un juego de niños. Ahora
es un velatorio para la muerte de la original estación emisora
y receptora del hombre. Cuanto más se tiña la telepatía con la
aureola del misticismo, tanto más mortíferas serán las formas de
pensamiento irradiadas para destruir la mente de las masas y
crear un desequilibrio de poder. Y es nuestro mundo interior
el que está siendo destruido, destruido de la misma manera
como las termitas destruyen un edificio: completa y concien-
zudamente.
Dentro de la euforia determinada por la posesión de bienes
materiales, las formas y vibraciones de los pensamientos emitidos
por la publicidad telepática han venido remoldeando una nueva
generación. El hombre es un animal lógico y no puede por tanto
creer realmente que determinada marca de pasta dentífrica tenga
la virtud de potenciar su atractivo sexual, de que comiendo unos
cuantos platos de determinado cereal se va a ver revigorizado
para toda una intensa jornada de trabajo, o de que una determi-
nada clase de peluca va a rejuvenecer a la mujer. Por más ilógico
que ello se nos antoje, esas cosas están sucediendo a diario; y las
personas a quienes se estimula para que se rían de los fenómenos
psíquicos y de la telepatía creen verdaderamente en los mensajes
que día tras día van recibiendo a través de la publicidad.
- Ciertamente existen más fundamentos para creer en la tele-
patía y aceptarla como un hecho —un hecho plenamente válido
en la vida actual— que en el aceptar que determinada pasta den-
tífrica va a ser la llave que nos abra la puerta de una maravillosa
experiencia sexual.
Hace años que los escritores de ciencia ficción tenían aterro-
rizados a sus lectores contándoles historias de zombies y de ro-
59
bots actuando a las Órdenes —ciegamente obedecidas— de un
individuo ávido de poder. A dicho individuo le bastaba con sólo
apretar un botón para que toda una legión de servidores se pusie-
ra inmediatamente a trabajar para él. Y hoy tenemos máquinas
electrónicas que se dirían nuevas formas de magia mediante las
que un solo hombre controla el destino de miles de cifras y de
números hasta el punto de hacerle casi olvidar que tales cifras
y números son seres humanos.
Recuérdese que la computadora tiene su contrapartida en el
cerebro humano, y que una persona o varias pueden controlar
a grandes masas sin el impedimento de los controles electrónicos.
En toda generación han aparecido personas realmente excepcio-
nales que tuvieron la virtud de saber emplear convenientemente
la fuerza generadora del cerebro para crear formas y fuerzas de
pensamiento. Tales personas pudieron mantenerse en el poder
porque la masa no tuvo oportunidad de descubrir los secretos de
la mente ni de saber cómo funciona ésta. Hoy ya no pueden suce-
der tales cosas; pero todavía hemos tenido ocasión de ver du-
rante el curso de nuestra vida surgir dictadores y quizás hemos
conocido a otros individuos de la misma índole, aunque de me-
nor talla, en nuestra propia casa o en nuestra vida profesional.
La respuesta a ello estriba en luchar a brazo partido con la
mente, empezando con la nuestra propia, y contribuir con' las
fuerzas telepáticas al mejoramiento de la vida. Si uno puede lu-
char con una pistola en la mano, posee una gran ventaja sobre
el enemigo que no dispone de ningún arma de fuego. Así, pues,
la debelación de los dictadores y la esperanza de los oprimidos
es posible que estribe en hacer uso de esas mismas armas con
que los dictadores se hicieron con el poder: la facultad de trans-
mitir potentes pensamientos que vayan a dar en el blanco de la
mente de los demás, y, mediante tales formas de pensamiento,
influir lo mismo los acontecimientos que las personas.
Por más aterrador que este pensamiento nos parezca, hay
que afrontarlo decididamente. Tenemos que comprender que
nuestra salvación, así como también la de la raza humana —en
la que el individuo conserva su rango de unidad dentro de una
unidad mayor, estriba en ir aumentando, cada vez más, nuestros
conocimientos acerca de la mente en general y de la telepatía en
particular.
Es cierto que en el mundo existe un amplio movimiento ten-
60
dente al desarrollo del estudio colectivo de la telepatía; pero en
esos grupos de estudiosos falta la necesaria coordinación en
orden a valorar sus estudios. Como siempre, en los llamados
temas sobrenaturales, y pese al cada vez mayor entusiasmo y a
la cada vez más firme Voluntad de reunir a los pequeños grupos
de estudio, hay falta de organización. Carente de la necesaria
fuerza: cohesiva que mantenga aglutinados a los diferentes grupos:
y falta de las personas más indicadas al frente de los estudios de
valoración, la telepatía seguirá yendo muchos años a la zaga
de los tiempos científicos. Siempre he tenido reparo en el em-
pleo de la palabra “sobrenatural”, porque todo lo existente me
parece, en términos generales, muy natural. Conque si-me valgo
de ella es porque tal palabra es hoy en día de uso por demás
corriente. Ella es la gigantesca pieza central de una rueda desde
la que parten muchos radios, cada uno de los cuales realiza su
propia función y posee sus propias características: telequinesia,
clarividencia y telepatía. En tanto que, todas esas cosas deben
fusionarse al fin, en el centro de la rueda —cel eje—, cada una
de ellas es justificadamente susceptible de ser juzgada en sí
misma hasta que llegue el día en que la palabra “sobrenatural”
se nos aparezca en su real significado. Lo sobrenatural no es
sino una prolongación de todo lo natural. Para muchas personas,
interesadas ya en el estudio de la telepatía, lo sobrenatural viene
a ser algo así como el cielo nocturno de la mente, la cara som-
bría de nuestra “luz del día” mental, de la razón y de la realidad
positiva. Si sólo somos capaces de pensar en términos de negro y
blanco (literalmente) o del día y la noche, comprendamos enton-
ces, por lo menos, que lo sobrenatural contiene tantos elementos
de placer y de maravilla como la luz del día. Son muchas las
personas que hallan en la cara sombría misterio, belleza y en-
canto y algunas veces también miedo y horror. Lo que princi-
palmente todo el mundo encuentra hoy en esas cosas es un
poderoso atractivo; pues, en una o en otra forma, nos hallamos
todos involucrados en algo que no comprendemos, pero que no
tenemos más remedio que admitir que ello está ahí.
Por muy escépticos que seamos, y aun de espíritu completa-
mente práctico, y hablemos de estos tiempos actuales como de
una época en la que impera el materialismo, el racionalismo, los
adelantos científicos y técnicos, lo sobrenatural desempeña cierta-
-0- mente un importantísimo papel en el mundo en que vivimos.
61
Con todo, tenemos que desprendernos de ciertas imágenes anti-
cuadas, y si nos parece que la mente tiene su cara sombría, tene-
“brosa, en la que los viejos terrores están entremezclados con las
viejas verdades, afrontémoslos con el mismo valor de que hemos
epide-
dado muestras en el pasado cuando hemos superado las
r,
mias y hemos realizado cosas que parecían imposibles de realiza
el
tales como los vuelos espaciales. Empecemos por eliminar
miedo a la palabra sobrenatural, sabiendo como sabemos que
tal palabra no es sino un término del que, por comodidad, nos
servimos para designar un extenso ámbito de especulación hu-
mana sobre cosas que se cree existen más allá del umbral de
nuestra cotidiana existencia. ¿No aceptamos la palabra amor por
más que ella se refiera a una fuerza fortuita e intangible y que
nunca se halla en el mismo nivel? Lo sobrenatural nos envuelve
por todos lados. Los milagros referidos en la Biblia pueden, de
acuerdo con ciertos patrones, ser considerados como cosa sobre-
natural; mas para Jesucristo, que los realizó, fueron la cosa
más natural del mundo. El famoso san José de Copertino, que
vivió en el siglo xvH, fue considerado persona sobrenatural por-
que, venciendo la ley de gravedad, se elevaba en el aire, demos-
trando con ello poseer la facultad de la levitación, con gran asom-
bro, como es de suponer, de sus superiores eclesiásticos. En
tiempos pasados se creyó que el rayo era un fenómeno sobre-
natural. Al principio, el rayo fue tenido por la manifestación de
la cólera de los dioses; de la misma manera que hoy se cree
que la telepatía es algo perteneciente al reino de la magia.
Aún no hace cien años, las personas que observaron la exis-
tencia de ese extraño poder yacente en la mente humana, al que
llamamos telepatía, creyeron haber descubierto algo sobrenatu-
ral. Exceptuando nuestro entusiástico interés, no hemos progre-
sado mucho en los últimos cien años en el incremento del acervo
de nuestros conocimientos acerca de la telepatía.
Nuestro entusiasmo ahora debe ser enfocado hacia la misma.
sencilla valoración con que todos los demás fenómenos han sido,
a su vez, enfocados. Hoy disponemos de una adecuada explica-
ción del rayo; y posiblemente más adelante dispondremos de
otra análoga sobre la telepatía.
7. La transmisión del pensamiento
en el mundo animal
A e ti
63
se deben a una acción refleja engendrada por el miedo y el ins-
tinto de conservación. Que yo sepa, nunca las serpientes, tan
temidas por el ser humano, han perseguido al hombre. Lo que
ocurre es que la natural reacción del hombre al ver una ser-
piente, aunque ésta se halle tomando tranquilamente el sol, es
matarla o, cuando menos, atacarla. Conque, si el hombre
es lo suficientemente despistado como para meter el pie encima
de una serpiente de cascabel —que probablemente se halla en su
propio territorio, de forma que el hombre resulta ser un invasor
del mismo—, nada tiene de extraño que el animal reaccione
acometiendo al intruso.
El miedo neutraliza los sentimientos de respeto y de amor
y amortigua y desvirtúa la buena crianza así como las más deli-
cadas emociones. Nadie es capaz de captar las comunicaciones
telepáticas engendradas por el miedo como el animal, puesto
que en él no existe conciencia alguna que, a modo de factor
razonante, determine sus acciones, ni tampoco ningún factor de
disuasión de las básicas vibraciones del pensamiento emitidas por
una mente dominada por el miedo. Ei estudio del miedo es
por demás intrigante, y yo siempre me he estado preguntando
cuántos hombres que en el fondo no eran sino unos cobardes se
han visto condecorados por su valentía. Y ello es fácilmente ex-
plicable si se tiene en cuenta que el miedo puede ser una fuerza
condicionada, emitida por el cerebro, como es el caso de todo
soldado bien disciplinado y adiestrado de forma que sea delibe-
radamente capaz de refrenar las esencias de la emoción.
El adiestramiento de las fuerzas armadas inglesas constituye
un ejemplo clásico de condicionamiento, a gran escala, mediante
la racionalización de tales enseñanzas a base de imbuir en el
soldado la idea de que ellas son necesarias para asegurar la su-
pervivencia. Algo tenemos que hacer para excitar el deseo de
matar; deseo que ha venido siendo amortiguado por las artifi-
ciales condiciones de vida. Así, cuando el hombre se halla des-
plazado de su ambiente natural, normal, ese instinto de conser-
vación tiene que serle artificialmente imbuido y fomentado
mediante un rígido adiestramiento por el cual las rutinas, los
hábitos y las emociones aceptadas sean desnaturalizadas y la
mente de un hombre sea puesta bajo el control de varias docenas
de otros hombres. Los animales salvajes no se hallan sujetos a
semejante condicionamiento; en tanto que el comportamiento de
64
los animales favoritos constituye a menudo el resultado de las
comunicaciones telepáticas entre el dueño y el animal querido.
Ni el perro ni el gato comprenden todas las palabras que les son
dirigidas, pero sus dendritas cerebrales están ondeando en su
cerebro y éste recibe unas impresiones a las que luego responde
el animal.
El arte del jinete que monta su caballo favorito es la médula
de una estrecha relación mental entre el animal y el hombre.
- Ciertos excepcionales adiestradores de animales de circo poseen
dicha facultad. Por desgracia, muchos de ellos recurren a inhu-
manos trucos al objeto de no tener que invertir el tiempo nece-
sario para que una mente se ponga en contacto con la otra para
el recíproco descifre de los mensajes mentales. Una de las for-
mas más rápidas del adiestramiento de los perros consiste en
darles claras y bien definidas órdenes. Es indiferente el empleo,
para ello, de unas o de otras palabras; lo único que interesa es
la formación de un pensamiento conciso. Hay que proceder,
pues, exactamente de la misma manera que en las invocaciones
de la brujería o de la magia negra, donde el pensamiento es diri-
gido hacia el punto considerado como el pararrayos situado en
la mente de otra persona.
Los caricaturistas provocan a menudo la hilaridad con dibu-
jos de viejecitas encariñadas con sus perros o sus gatos favoritos.
Generalmente, la estrecha relación existente entre la anciana
señora y su animal mimado obedece a una sencilla causa, y ésta
es que la señora no piensa ya en que ella es un ser superior a su
perro o a su gato; por lo que, desde el momento en que su
mente consciente no pone barrera alguna entre ella y su animal
mimado, queda establecida entre los dos una línea de comuni-
cación. Naturalmente, existe en ellos una armonía, una simpatía,
una afinidad... Y ahí tienen ustedes una lección más sobre
comunicaciones telepáticas. E idéntico mensaje se desprende de
todos cuantos experimentos llevo realizados a lo largo de mi
vida. Hay que concentrarse, pues, en el mensaje que se pretende
transmitir, reduciéndolo a una simple denominación y no permi-
tiendo que nada de lo que ha sido urdido por la educación del
hombre ponga en desorden el centro transmisor desde el cual el
mensaje es difundido para que sea captado por la antena de la
mente de otra persona.
Los mejores médiums del mundo son aquellos que en el
65
5. TELEPATÍA
momento de ir a caer en trance no abrigan la menor duda acerca
de la posibilidad de tal trance ni se preguntan qué es lo que les
va a ocurrir. Su subconsciente permanece alerta mientras que el
consciente queda amortiguado, pudiendo así, la mente del mé-
dium, transmitir mensajes con mayor facilidad que la de otras
personas. Una de las cosas que menos me gustan en relación
con la “enseñanza” del arte mediúmnico es la de que la mayo-
ría de los cursos empiecen a darse a un nivel demasiado elevado
para que puedan resultar provechosos. Aun antes de que se pro-
ceda a la realización de algo que tenga el más mínimo parecido
a una sesión de trance, el médium tiene que conocer su propia
mente y aceptarla como receptora o transmisora, exactamente
como si fuera una estación de radio. El médium debe estar ente-
rado de todo lo relativo al consciente y al inconsciente. Y, si se
trata de una médium que al sentarse en la silla pregunta si el
peinado que lleva le sienta bien, puede asegurarse que ésta no
legará nunca a desprenderse de su conciencia el tiempo sufi-
ciente para poder caer en un profundo trance, en un trance
capaz de revelar nítidos y valiosos mensajes. Las mejores mé-
diums se despojan literalmente de su personalidad en el momento
de ir a entrar en trance, como si únicamente se quedaran con
el cerebro, Órgano mediante el cual la mente recibe todas sus
impresiones.
A los estudiantes interesados en la comunicación telepática
les aconsejo que empiecen con las sencillas y nada complicadas
formas de vida animal antes de intentar la transmisión de pen-
samiento con seres humanos. Si poseen ustedes algún animal fa-
vorito, traten de “pensar” que éste vaya hacia ustedes, pero
formulen directa y simplemente este pensamiento, sin más aña-
diduras, tales como, por ejemplo: “Quiero que Linda venga para
acariciarle la cabeza o para darle la comida.” El ProSaIento
formulado debe ser: “Quiero que Linda venga hacia mí”, es
decir, tiene que consistir en una vibración directa, no iniéenda
por ninguna otra. En una semana serán ustedes capaces de
hacerlo correctamente. Uno de los secretos de la gran afinidad
entre mi persona y “Mr. Hotfoot Jackson” —mi querida cor-
neja, un diminuto miembro de la familia de los cuervos— era
que los dos poseíamos un fantástico potencial de comunicación
telepática. Y, en efecto, así lo demostramos en nuestras apari-
ciones en la televisión. No me cabe la menor duda de que los
66
telespectadores creerían que se trataba de algo ciertamente sobre-
natural. Y, en puridad, aquel fenómeno era posible porque yo
era capaz de concentrar mi mente y emitir un pensamiento cate-
górico, pensamiento que el pájaro estaba acostumbrado a reci-
bir. Así, cuando yo “pensaba” en hacerle bajar de un árbol
o de un tejado, toda la magia de que me valía para el caso,
consistía en emitir una excitación eléctrica normal. Me costó
algún tiempo el conseguir la armonía mental que, con el tiempo,
- nos dio —al pájaro y a mí— fama en la prensa mundial.
Las historias de animales son numerosas y todas tienen su
importancia. Los fotógrafos se sienten especialmente atraídos
por ellos; y los periódicos, principalmente en la temporada vera-
niega, dedican buena parte de su espacio a las historias acerca
de las armoniosas relaciones entre los animales y los seres huma-
nos. Pero es una lástima que tales historias no expliquen el por-
qué de la existencia de una afinidad enfocada desde el ángulo
de la comunicación telepática y basada en las corrientes eléc-
tricas cerebrales.
Hace siete u ocho años, el nombre de Fred Kimball hizo su
aparición en los titulares de la prensa, dándose a conocer como
el hombre que sabía leer el pensamiento de los animales. Por
supuesto, Kimball hubo de arrostrar las acostumbradas tonterías
de una prensa que casi nunca da en el quid de la sencilla y
franca historia objeto de su atención; y mucho menos si se trata
de una historia realmente complicada y que tiene sus raíces pro-
fundamente hincadas en la ciencia. Conque muchas fueron las
personas que se rieron de Kimball, pensando que quizá se tra-
tara de un chalado como José, mi amigo de la infancia. Pocos
fueron los periódicos que dieron con el quid de la cuestión.
Posiblemente Fred Kimball había encontrado algo perdido desde
cuando Androcles sacó la espina de la pata del león. No puedo
explicarme por qué nos asombramos tanto al descubrir, de sú-
bito, que los animales piensan. Por supuesto, hay que aceptar
que su poder de razonamiento es muy diferente del nuestro, y
ello sencillamente porque los animales logran sobrevivir en unas
condiciones naturales, en constante estado de alerta y siempre
atentos a las necesidades de su supervivencia antes que a cual.-
quier otra cosa. Con todo, puesto que tienen un cerebro, tienen
que tener también una mente. Las cuestiones del cómo esta
mente funciona y del qué se realiza en relación con otras fuerzas
67
condicionantes son igualmente aplicables a los animales y a los
seres humanos.
La armonía o simpatía existente entre Fred Kimball y sus
animales era verdaderamente notable; aunque, por otro lado,
éstos no pudieran corroborar las afirmaciones de aquél con res-
pecto a la lectura de su mente. Con todo, lo que Kimball inició
se ha puesto ahora, al parecer, de moda. Muchos dueños de ani-
males favoritos me han confiado, con toda seriedad, que su
animal mimado no se tiene por un gato o un perro, sino que se
cree una persona, igual que el propio dueño. Y ésta era precisa-
mente la actitud de Fred Kimball respecto de sus amigos cua-
drúpedos, a los cuales consideraba otras tantas personas. Lo que
desconcierta a los periodistas entrevistadores es que la informa--
ción de Kimball sobre sus perros y demás animales favoritos sea
demasiado precisa para poder ser considerada como meramente
accidental. La gente solía llevar su abigarrada colección de ani-
males favoritos a Fred, y éste explicaba el concepto que del
mundo tenía cada uno de esos animales, dando incluso una des-
cripción de sus dolencias. Según Fred, los animales que más se
parecen a los seres humanos son los perros, por cuanto a éstos
les gusta “hablar” sobre el tema de las operaciones quirúrgicas
de que han sido objeto.
Fueron bastantes los casos en que Kimball manifestó a la
concurrencia que el animal favorito tenía cuenta corriente ban-
caria; y no sólo eso, sino que hasta dio el saldo exacto de dicha
cuenta. Mas, cabe preguntarnos ahora: ¿recibía Kimball tal in-
formación desde la mente del dueño, o bien desde la del perro
en cuestión, por asociación de ideas? o creo que lo más probable
es que el pensamiento captado procediera del dueño, toda vez
que pongo en duda el que un perro sea capaz de todo razona-
miento que vaya más allá de pensar que un paseo hasta el banco
sea diferente de otro cualquier paseo hasta no importa que otro
edificio. Opino que lo más seguro es que Kimball estuviera en
comunicación telepática con el dueño del animal cuando hablaba
acerca de las operaciones sufridas por el perro o acerca de deter-
minadas idiosincrasias únicamente conocidas del propio perro
o de su amo.
8. Experimentos científicos
modernos
in
A
69
que los investigadores saben que este órgano emite diseños de
actividad eléctrica de acuerdo con lo que el sujeto esté reali-
zando. El dormir, el soñar, la actividad y la somnolencia, todo
Se ha
eso tiene su característico diseño de ondas cerebrales.
pocas
tomado el EEG dé ciertos médiums en pleno trance, pero
o,
son las noticias publicadas acerca de los resultados obtenidos
, en
cuando menos, no se han utilizado los suficientes sujetos
plan de cobayos, para que con tales experimentos se haya podido
obtener un mínimo de información al respecto. Parece lógico
pensar que si los ciclos oníricos determinan unos diseños especí-
ficos, también un trance producirá su propio diseño, el cual
podría ser identificado para ulteriores usos —quizá valiendose
para ello de sujetos sometidos actualmente al tratamiento de no
identificados padecimientos mentales—. Insisto especialmente en
que sólo los médiums pertenecen a esta clasificación debido a su
actividad mental desarrollada en estado de trance; pero mis ob-
servaciones no deben ser interpretadas como relacionadas con
cualquier posible asociación del médium con un estado de en-
fermedad mental. La mayor parte de los médiums que conozco
son personas completamente sanas, de cuerpo y espíritu, listas y
bien instruidas, pero que tienen, eso sí, una mentalidad resuelta-
mente diferente de la de los demás, y que, por esta misma razón,
sus diseños de ondas deben ser lógicamente diferentes.
La comunicación telepática entre gemelos ha venido descon-
certando, fascinando, intrigando y a veces hasta aterrando a gen-
tes pertenecientes a todas las generaciones. Á menudo nos es
dado observar el clásico ejemplo de dos mentes actuando bajo
un único pensamiento; pero hasta ahora no se había empezado
a estudiar dicho fenómeno con toda la seriedad debida. La uni-
dad de los gemelos es de sobra conocida, no sólo por el hecho
de que los gemelos idénticos parecen ser una misma persona,
sino porque sus patrones de comportamiento son a menudo
idénticos y, las más de las veces, hacen la misma cosa al mismo
tiempo. Esto es un hecho; pero tal hecho no ha obtenido hasta
la fecha, y pese a toda la habilidad de que la ciencia es capaz,
una respuesta adecuada al porqué eso ocurre. La explicación
más lógica de ello parece ser la de que esos gemelos idénticos
ofrecen un ejemplo casi perfecto de comunicación telepática
mantenida en un plano que ningún experimento ha logrado toda-
vía provocar. Lo más notable de la actuación de dos gemelos
70
como si fueran una sola persona es que tal actuación,
tal com-
portamiento, no ha sido previamente tramado. La naturaleza
que parece generalmente empeñada de enseñarn
,
os una salida a
los problemas que ella misma nos va planteando,
ha ideado al
parecer un perfecto prototipo de radiocomunicación
biológica:
seres humanos que andan por ahí atrafagados,
que trabajan, que
charlan y hablan en un mundo que ignora o
que prefiere no
aceptar la posibilidad de la transmisión del
pensamiento.
Muchos somos los que personalmente conocemos
bastantes
casos de gemelos cuyo comportamiento puede
calificarse de idén-
tico; como somos también muchos los que hemo
s leído fantás-
ticas historias acerca de otros casos ocurrido
s en este mundo
proclive a la lógica y al pensamiento cient
ífico. Y cuando lee-
mos algo acerca de experimentos llevados
a cabo a tal efecto,
entonces aquellos hechos vienen a constituir
, para nosotros, prue-
bas irrefutables de la verdad de la telepatía.
Hace tres años se llevó a cabo un experimento
que llamó
poderosamente la atención de los estudiosos.
Dicho experimento
fue dirigido por los doctores T. D. Duane y Tho
mas Behrendt,
ambos pertenecientes al Jefferson Medical College
de Filadelfia.
El experimento consistió en situar a dos geme
los idénticos en
habitaciones separadas y adaptar a cada uno
de ellos unos elec-
trodos al objeto de captar sus ondas cerebral
es. Se mantuvo a
uno de los dos con los ojos cerrados, de manera
que se produjese
en él el ritmo alfa característico de tal activida
d cerebral. Los
investigadores manifestaron, a través de la publicac
ión periódica
“Science”, que en dos de cada quince parejas de
gemelos inves-
tigadas aparecía el ritmo alfa en el registrador
electrónico del
otro gemelo, aunque éste no hubiera recibido la
invitación a ce-
rrar los ojos. Los aludidos doctores calificaron
tal fenómeno de
inducción extrasensorial de ondas cerebrales entre
dos individuos
separados el uno del otro. Al ser realizado este
mismo experi-
mento con dos personas no emparentadas, en
ninguno de los
casos el ritmo provocado en el primer sujeto se
reflejó en el
otro. A la vista de semejantes resultados, parece
indicada la ne-
cesidad de realizar más investigaciones acerca de
sujetos gemelos;
investigaciones que no me cabe la menor duda habr
ían de evi-
denciar la existencia de una relación telepática subc
onsciente.
En mi familia existen bastantes casos de gemelos. Una
de
mis primas dio a luz cuatrillizos, consistentes en
dos parejas
71
de gemelos idénticos. Por ello, he tenido la oportunidad de rea-
lizar algunas observaciones personales en mi propia familia. Su-
pongo que tendría unos diez años cuando me di cuenta de que
algo extraordinario estaba ocurriendo. Ello fue en ocasión de
que las dos niñas “gemelas tenían que venir a pasar una tempo-
radita con nosotros, pero que en el último momento el plan de
viaje preestablecido sufrió una modificación. Mi tía llegó acom-
pañada de una de las dos niñas, diciendo que la otra llegaría
tres días más tarde, en compañía de mi tío. Una tarde, mientras
estábamos jugando un partido de tenis, mi primita recibió un
pelotazo un poco más arriba de la sien izquierda, lo que le hizo
lanzar un fuerte grito, como si se le hubiera causado un gran
dolor; pero, como se trataba de una niña, no hicimos gran caso
del accidente, limitándonos a coger unas hojas de lampazo del
jardín y aplicárselas en la sien contusionada, en la que al poco
rato apareció un chichón del tamaño de un huevo, por lo que
nos vimos obligados a explicar a mi madre y a la tía lo ocurrido.
En aquella misma tarde recibimos una llamada telefónica de mi
tío diciéndonos que la otra niña gemela estaba en cama “por una
causa inexplicable”, llorando por el dolor que le producía una
igualmente “inexplicable contusión, del tamaño de su manita, en
su sien izquierda”.
Otros percances de esa misma clase fueron ocurriendo a lo
largo de la vida de mis primas gemelas. Si una de las dos se hacía
daño, la otra se ponía a chillar; si una se compraba un vestido
nuevo, cuando llegaba con él a casa, se encontraba con que la
otra se había comprado uno igual. Al llegar a la edad de veinti-
tantos años, una de ellas vino a verme para comunicarme, con
gran secreto, que se hallaba enamorada de un famoso deportista.
Poco después, me visitó la otra para hacerme la confidencia de
que se había enamorado de un famosísimo deportista. Y así
fueron sucediéndose cosas como ésta hasta el día en que una de
ellas dio a luz dos niñas gemelas. Mas, poco después, ocurrió
algo grave. La otra prima, que se hallaba también encinta, per-
dió a sus dos gemelos. Otro golpe cruel que el destino descargó
sobre la familia fue el fallecimiento repentino de la prima Gloria.
Su hermana adoptó. a las dos gemelas huérfanas. Y se continuó
la tradición familiar. Una de éstas vino recientemente a verme
para hacerme saber que iba a comprar un perro boxer a su her-
mana, y poco después llegó esta última para comunicarme que
12
tenía el propósito de regalarle un perrito boxer a la otra gemela.
Mi otra prima —la que había dado a luz los cuatrillizos——
que tuvo más adelante dos gemelos, quienes constituyeron un exce-
lente tema de estudio ¿n vivo para un interesado en la telepatía.
Ambos resultaron ser” tremendamente traviesos. Pero pronto se
vio que la niña tenía un carácter más dominador que su herma-
no, diferencia ésta que se fue acentuando a medida que los me-
llizos fueron creciendo. El chico estaba siempre metido en líos, y
cuando se le preguntaba que por qué había hecho aquello res-
pondía invariablemente: “Marian me dijo que lo hiciera.” A me-
nudo se le reñía porque como frecuentaban distinto colegio, mal
podían haber hablado juntos. Con todo, él no dejó nunca de afir-
mar que Marian tenía la culpa.
Yo me propuse investigar el caso, y, con toda clase de mira-
mientos, le insinué a Marian que le pidiera a su hermano que hi-
ciera algo fuera de lo que él solía hacer en su vida normal. Lo
único que yo quería era que ella “pensara” —no que la formu-
lara verbalmente— una sugerencia dirigida a su hermano. Tal
sugerencia había de ser la de que éste se fuera al corral de los
conejos de Angora y que limpiara determinada jaula aun cuando
ésta estuviera ya limpia. A primera hora de la mañana, yo misma
me fui a limpiar aquella jaula —la número once por cierto—, y
dejé a todas las demás de la misma fila obviamente sucias.
Durante toda aquella mañana estuve acompañando a mi pri-
mito, y, allá alrededor de las once, éste se dirigió hacia el corral
de los conejos. Sin vacilar, se fue derecho a la jaula que yo había
limpiado y empezó a limpiarla de nuevo. Al volver Marian, le
conté a ésta lo ocurrido. La niña no mostró la más mínima sor-
presa.
—Eso es muy fácil —me manifestó en un tono casi arro-
gantemente desdeñoso para con mi experimento—. Continua-
mente estoy haciendo con él cosas como ésta.
Así, pues, resultaba que lo de que “Marian me dijo que lo
hiciera” era realmente un hecho y no una ficción salida de la
mente del chico.
Cierto día éste se cayó de un árbol, fracturándose la pierna
izquierda, y casi inmediatamente bajó Marian de su habitación
llorando y quejándose de que sentía fuertes dolores en la pierna
izquierda. Y lo más extraño fue que durante todo el tiempo
que el chico llevó la pierna escayolada la chica anduvo cojeando.
73
Pero, después de aquel episodio, Marian dejó de “pensar”, casi
por completo, que su hermano hiciera cosas raras.
Cuando últimamente vi a Marian, ésta insistió en pregun-
tarme cosas acerca del hipnotismo, diciéndome que ella estaba
enterada de todo lo que había que hacer para hipnotizar a una
persona; y me lo demostró prácticamente. Pero no tenía nece-
sidad de demostrármelo, porque su fuerza telepática era increí-
blemente enorme.
El más pequeño de mis hijos —Julián— es un verdadero
maestro en telepatía, tanto si se trata de transmitir como de
recibir. Cuando chiquitín, era de la misma tremenda índole que
Marian. Afortunadamente, ahora es plenamente consciente de
la seriedad de la transmisión del pensamiento y de la necesidad
de practicar la telepatía a un nivel más elevado que cuando
ésta era tomada por él como uno más de sus juegos infantiles;
si bien, como me señaló recientemente, “aquello fue una exce-
lente práctica para mí”.
No hace sino unas pocas semanas que un buen amigo mío,
residente en Houston, me rogó encarecidamente procediéramos
a la celebración de una sesión, y yo, en contra de mi aversión
para tales cosas, accedí a ello. Si existe un especial motivo para
la celebración de una sesión, no dejo de prestar de buena
gana mi colaboración, pero nunca me ha gustado practicar tales
cosas en plan de juego o de diversión de tertulia. En el caso de
referencia, la sesión estaba justificada, de acuerdo con determi-
nada información que ambos poseíamos. Fijamos, pues, la fe-
cha. Mi hijo Julián debía tomar parte en el experimento; mos-
traba gran interés por la mitad de la historia que ya habíamos
conseguido conocer, y sentía verdadero entusiasmo por la ob-
tención del resto de la misma. Pero en el último momento le
fue imposible reunirse con nosotros a causa de cierto encargo
fotográfico que le fue urgentemente hecho. Telefoneó para comu-
nicarnos lo ocurrido, rogándonos que aplazáramos la reunión.
Yo le dije que podríamos continuarla sin su presencia, a lo que
él me respondió, riéndose: “Si continuáis, os mandaré pensa-
mientos en cantidad suficiente como para embrollarlo todo.”
A la hora prefijada, nos juntamos en nuestro comedor unas
siete personas, entre las que reuníamos bastante fuerza psíquica
para comunicarnos con todo el mundo. Pese a lo cual, la sesión
terminó en un completo fracaso. Lo único que logramos captar
74
-asl en nuestra mente fue una serie de imágenes de lo que Julián
estaba haciendo en aquellos momentos, y, finalmente, una lla-
mada, dirigida a todos los reunidos, anunciándonos que nos tele-
fonearía a las 9.40 de la noche para preguntarnos qué tal nos
sentíamos. Dos o tres de las personas presentes captaron simul-
táneamente idénticas imágenes, y todos anotamos nuestras im-
presiones con el fin de poder analizarlas más tarde. A las 9.40
llegó la anunciada llamada telefónica, acompañada de la alegre
voz de Julián informándonos que él se consideraba como el
mejor agente embrollador, ofreciéndonos toda clase de garan-
tías para el malogro de cualquier sesión.
Y, en efecto, sus bravatas tuvieron un éxito pleno respecto
de nosotros, que hubimos de reconocer que habíamos sido tes-
tigos de excepción de un ejemplo de ondas de pensamiento uti-
lizadas en plan de obstrucción.
Podría seguir aduciendo interminables recuerdos personales
en relación con la telepatía; recuerdos no sólo referentes a mi
familia, sino concerniendo igualmente a otras personas. Quizá
se haga demasiado hincapié en los experimentos de laboratorio,
sobre todo, habida cuenta de la existencia, en nuestro entorno,
de tantísimas pruebas de transmisión del pensamiento. Parale-
lamente a los artículos y comunicaciones absolutamente técnicos
y eruditos, es necesario el testimonio de la gente común. E igual-
mente necesario es que se dé la máxima publicidad a los nota-
bles experimentos científicos que estén llevando a cabo en todo
el mundo sobre el particular. No basta con leer cosas acerca de
la telepatía, cosas que se limiten a hablarnos de ella como si se
tratara de un recién descubierto juego sobrenatural. Los cientí-
ficos son demasiado reticentes con respecto a la puesta en cono-
cimiento del público en general de aquello que se está investi-
gando.
Soy de la opinión de que el público hay que tenerle infor-
mado. Hay muchísima gente a quien le gusta saber lo que está
sucediendo en el mundo. Un clásico ejemplo de ello lo tenemos
en el programa de la NASA. Nadie se tomó nunca la molestia
de explicar al hombre de la calle qué es lo que se trataba de
conseguir con ese programa espacial. Qué de extraño tiene,
pues, que ciertos sectores de la comunidad se quejen amarga-
mente de la falta de información sobre el porqué se gastan
tantos millones en enviar hombres y equipo al espacio.
75
A las redacciones de los periódicos suele llegar ocasional-
mente alguna noticia espectacular sobre telepatía, pero sólo muy
rara vez consigue los honores de los grandes titulares. Me aven-
turo a predecir que en los próximos años tendremos la oportu-
nidad de leer frecuentes noticias acerca de la telepatía, pero aun
así será preciso que alguien las explique en términos inteligibles
para todo el mundo.
Los experimentos sobre comunicación telepática durante el
sueño pueden dar pie a interesantes temas de lectura. Dos inves-
tigadores neoyorquinos, Montague Ullman y Stanley Krippner,
del Maimonides Hospital, han realizado profundas investigacio-
nes sobre la telepatía y los sueños. Uno de sus experimentos
consistió en tener a una persona contemplando la reproducción
de un famoso cuadro colocado en una sala distante 130 me-
tros de donde se hallaba otra determinada persona durmiendo.
Cada vez que esta última daba señales de estar soñando se la
despertaba y se la invitaba a contar lo que de su sueño recor-
dara. Pues bien, en un considerable número de casos se vio que
existía una estrecha relación entre la naturaleza del cuadro y
el contenido del sueño.
Yo misma emprendí algunos experimentos sobre el sueño
telepático mientras estuve residiendo en casa del profesor Euge-
ne Lundholm, el cual siente un gran interés por toda clase de
fenómenos, aparte de su gran afición a la música y a la litera-
tura. Gene Lundholm se halla actualmente al frente de una bi-
blioteca de investigación adscrita a la universidad de Wiscon-
sin. Nosotros dos poseemos probablemente la mejor afinidad
telepática por mí conocida desde los tiempos en que llevé a
cabo, en colaboración con mi padre, numerosos experimentos
de índole telepática. Una noche acordamos comprobar si nos
era posible comunicarnos a través de un sueño. Yo desempeñé
el papel de agente transmisor mientras Gene actuó como re-
ceptor.
Me acosté aquella noche pensando en mi viejo hogar del
New Forest y soñé que se lo estaba enseñando a Gene, hacién-
dole notar ciertos rasgos arquitectónicos del edificio. En deter-
minado momento del sueño opté por “cambiar de casa”, y
entonces se inició una secuencia onírica en la que le fui descri-
biendo la casa en donde transcurrió mi infancia al lado de mis
padres. |
76
Cuando Gene despertó procedió inmediatamente a tomar
nota del sueño que él también había tenido, indicando que du-
rante el mismo yo le había estado enseñando una extensa casa
de campo, que, vista desde cierto ángulo, ofrecía un soberbio
aspecto. Describió los "árboles y las personas que se hallaban
en las inmediaciones de la casa, así como también la vecindad
de ésta con una fábrica. No mencionó la primera casa en que
yo había soñado, sino que concentró exclusivamente su aten-
ción en la casa de mi niñez. Y la descripción de los detalles de
la misma fue exacta. (Aquí es conveniente decir que yo nunca
le había hecho mención alguna acerca de tal casa.)
La noche siguiente decidimos realizar un difícil experimento,
consistente en soñar en serie. Yo tenía que actuar de transmi-
sora en la primera parte y Gene en la segunda, pero luego en
la tercera tenía que ser otra vez yo la transmisora. De nuevo
opté por transmitirle una imagen relacionada con el hogar de
mi infancia y en la que aparecería mi viejo perro de aguas.
Debo decir que cuando éste desaparecía de la casa era para ir
a esconderse en determinado sitio del extenso jardín. Y tenía la
manía de llevarse a su voluntario retiro grandes pedazos de
carbón. En eso estaba yo pensando cuando de repente todo
cambió, viéndome obligada a levantarme y dirigirme al jardín
para recoger un gran pomelo que se había caído al suelo. Una
vez hecho esto, regresé a casa, me metí en la cama y empecé
de nuevo a soñar en el viejo Roger, el cual esta vez se estaba
rascando junto al fuego del hogar: algo completamente natural
en todo perro que vive en una casa de campo; pero lo que en
ninguna manera era natural es que un conejillo que tuve, y al
que llamaba Horacio Nelson, fuera un buen amigo del perro,
quien le solía coger suavemente con la boca y lo metía luego de
contrabando en la casa.
Cuando a la mañana siguiente me desperté, Gene había
apuntado los detalles de la casa, amén de que yo tenía un gran
pomelo en mi mesita de noche. Lo que más me sorprendió fue
el excelente dibujo que de un gran perro de aguas con un gra-
ciosísimo gazapo entre las patas había trazado.
En el tiempo que estuve viviendo en Los Angeles, una es-
tudiante de psicología, Thelma Moss, estaba realizando experi-
mentos en la universidad californiana UCLA con el propósito de
suministrar pruebas de que algo así como el fenómeno de la tele-
17
circuns-
patía puede darse entre dos personas que se hallan en
tancais extraordinariamente difíciles.
Al objeto de crear dicha situación, la señora Moss situó a
un sujeto transmisor en una habitación separada de la ocupada
por un individuo réceptor, de manera que éstos no pudieran ver-
se ni oírse. La persona transmisora fue entonces sometida a una
violenta serie de estímulos calculados para provocar todo un
surtido de fuertes emociones. Tales estados emocionales fueron
suscitados mediante la presentación al transmisor de fotografías
de las islas de Hawai al tiempo que se estaba escuchando una
música de ensueño, o bien haciéndole meter los pies en agua
helada por espacio de medio minuto. Uno de los episodios más
dramáticos consistió en la proyección de un film de los últimos
momentos que precedieron al asesinato del presidente Kennedy.
A renglón seguido, después de cada uno de tales episodios, se
pedía al transmisor que expresara sus reacciones emocionales
ante lo visto u oído. Y al receptor se le requería igualmente
para que contara lo que al mismo tiempo había cruzado por su
mente. Hasta treinta equipos experimentales como el descrito
pasaron por el laboratorio de pruebas. Además, se hizo actuar
a diez sujetos en plan de control. Cada uno de esos controles fue
invitado a permanecer relajado en una habitación en la que rei-
naba un silencio absoluto y a comunicar las impresiones que el
transmisor iba experimentando “en la habitación de al lado”.
En realidad, la habitación de al lado estaba vacía. Pero, como es
natural, dicha circunstancia no le fue revelada a ninguna de las
personas afectas al grupo de control ni tampoco a los asistentes
al experimento hasta que éste hubo terminado. Y resultó que el
56 por 100 de los auténticos receptores habían experimentado
sensaciones de frío y de cierta incomodidad, pero ni uno solo
de los sujetos del grupo de control experimentaron la más mí-
nima impresión. Ciertas descripciones de aguas y de olas de mar
fueron dadas por el 83 por 100 de los auténticos receptores, aun
cuando éstos no nombraron a Hawai; se limitaron solamente a
hablar de impresiones de agua. Sólo un 33 por 100 de los con-
troles recibieron alguna que otra impresión, la cual varió desde
una sensación de algo mojado a una o dos verdaderas impresiones
de olas. Lo más notable de todo —según la señora Moss— fue
que cinco de los receptores se refirieron expresamente al pre-
sidente Kennedy, pero ninguno de los del grupo de control re-
78
cibió impresión alguna acerca de este nombre ni de ningún dra-
mático acontecimiento. |
Hasta la fecha no puede decirse que se haya obtenido un
solo experimento de carácter decisivo; éstos sólo pueden ser
considerados como un estalón más en el camino del completo
estudio de la mente. Yo diría que hoy aún nos hallamos en la
fase del Kindergarten de la transmisión del pensamiento. Toda
persona que lleve a cabo algún experimento, bien por iniciativa
propia, o bien oficialmente, es desde luego digna de la mayor
consideración. Y la mejor forma de recibir respuestas a las cues-
tiones formuladas sería el poder disponer de determinadas áreas
centrales de recepción en donde fuera factible la valoración de
los experimentos. La ciencia parece estar hoy empeñada en tra-
tar de hallar explicaciones de las actividades de la mente, siendo
imposible el excluir la telepatía de tal estudio completo sobre
la materia. Todos los exploradores mentales, en sus intentos de
conocer los mecanismos de la memoria, la fisiología de los sue-
ños y el significado de las múltiples formas de la patología men-
tal, se hallan cada vez más encarados con extrañas situaciones
desafiantes de la lógica y que atraen a los científicos hacia el
reino de la telepatía y, algunas veces, a la asociación de ésta
con la percepción extrasensorial. Así como a veces el oasis del
desierto resulta ser un simple espejismo, así también la telepatía
va a tener una explicación física convencional, aunque siempre
existe el temor de que la cualidad psíquica se halle también
presente y que trastorne ancestrales religiones y viejas filosofías.
Son muchas las cosas que vienen a demostrar la existencia real
de la telepatía; todo alrededor nuestro está lleno de pruebas.
Lo mejor que podríamos hacer sería decidirnos de una vez a
seguir la pauta establecida por los científicos rusos y tratar de
comprender todo lo que con la telepatía puede hacerse, cómo
puede ser utilizada y qué es en realidad.
El doctor Joseph B. Rhine y algunos otros están siendo
cada vez más instados a que publiquen sus descubrimientos en
el campo de la parapsicología y de los experimentos telepáticos,
Y lo que constituye un claro índice del creciente interés de los
científicos por la telepatía. Mientras unos científicos trabajan
imbuidos de la idea de que como la telepatía “no tiene derecho
a existir, luego no existe”, otros hombres de ciencia piensan que
sí “puede existir”, y aun hay otros pocos que están dispuestos a
o
19
rar todas cuantas áreas puedan conducir a la mayor com-
de la humanidad que les rodea. Es posible que el hom-
orensión
bre pronto vea su cuerpo cogido en una trampa y fuertemente
- sujetado a ras de tierra; pero si su mente y su espíritu perma-
e en siendo libres, es decir, en libertad de comunicarse con los
81
6. TELEPATÍA
deliberadamente ese tipo de recordación; facultad que les per-
mite invalidar o desechar aquello que les resulta desagradable.
Otras, en cambio, sólo logran concentrarse para rememorar di-
ficultades y aprietos, así como también para evocar sentimien-
tos de índole masoquista. Lo esencial es que los acontecimientos
tuvieron lugar en el pasado, al cual pertenecen ya, siendo por
tanto irrecuperables por cualquier procedimiento lógico. Y sa-
bido es que la mente no es, en manera alguna, lógica. Una de
las peculiaridades de la mente es la de desafiar a toda lógica,
haciendo sólo lo que se le antoja, siguiendo a veces ciertas lí-
neas de orientación, y utilizando, otras, la ilógica clave de una
flor azul y conectando con determinada longitud de onda.
Lo que puede hacerse en relación con el pasado puede tam-
bién hacerse con vistas al futuro. La única diferencia entre lo
uno y lo otro radica en que, con respecto a los acontecimientos
telepáticos futuros, el sujeto, al igual que las personas que de-
sean analizar el experimento, tiene que vivir el tiempo sufi-
ciente para que el evento futuro pueda tener lugar. Entre otras
cosas, la médium que se halla en trance constituye un gran
exponente de la telepatía, y, como sea que ella se pone general-
mente en comunicación con el futuro, puede llegar a adquirir
fama de profetisa. Juana de Arco oía voces, y, mediante sus
comunicaciones telepáticas, le fue posible discernir el camino
de los destinos de Francia y de su amado Delfín. La llamada
Doncella de Orleans constituyó la estación receptora terminal
de una comunicación telepática; y los más recientes experimen-
tos prueban que resulta mucho más fácil la tarea del transmisor
que la del receptor. En mi opinión, los pensamientos son indes-
tructibles. Lo que ocurre es que algunos de ellos se quedan
engastados cual abejas en el ámbar, quedándose en esta situa-
ción hasta que otros pensamientos más conscientes vienen a dar
con ellos y rompen su encajonamiento. Juana de Arco rompió,
guiada por sus voces, la barrera del pensamiento, siguió escu-
chándolas y obedeciendo sus instrucciones; y convirtióse, por
ende, en una de las figuras más señeras de la historia.
Las formas del pensamiento pueden ser captadas más fá-
cilmente que los mensajes telepáticos transmitidos por medio de
voces. La puerta de la mente de acceso a millones de perspec-
tivas. No es necesario soñar para verse metido de pronto en
una calle de Roma, como no resulta difícil tampoco, desde
este
82
punto de arranque, ver las fantasmales escenas de los leones ru-
giendo en la arena del Coliseo en donde eran sacrificados los
cristianos. Y no puede decirse que la persona que experimenta
esa visión la recuerde por haberla vivido alguna vez, a menos
que se crea en la reentarnación. Posiblemente la persona en
cuestión haya leído algo sobre los espectáculos celebrados en el
Coliseo romano. Pero supongamos que no sea así y que, sin
embargo, esa persona asista, in mente, al desarrollo de uno de
aquellos espectáculos. Puede que quien experimente tal visión
no se pregunte el porqué de ello; pero si se plantea tal cuestión,
la respuesta a la misma debe seguramente hallarse en el reino
de la transmisión del pensamiento, de donde fueron captadas
las imágenes que en su día quedaron impresas en el éter. Todos
cuantos ayeres en el mundo han sido se hallan en el túnel de la
mente, cuyo mecanismo —el cerebro— se halla en nuestro
interior, permitiéndonos explorar el pasado así como también
el futuro. Ahora bien, la forma de conseguir controlar dicho
mecanismo es el secreto cuyo desvelamiento andamos buscando
todos.
Aquellas personas que aceptan la conciencia psíquica con-
sideran bastante probable la exploración de los túneles de la
mente mediante una todavía desconocida máquina exploradora
del tiempo. En los países primitivos, en donde la ciencia no ha
contribuido a aumentar la confusión, se pueden obtener bastan-
tes éxitos, debido, precisamente, a esa mayor aceptación. Todo
parece repetirse en la naturaleza; y eso mismo es lo que se debe-
ría hacer si la investigación sobre la transmisión del pensamiento
descansara sobre una base ideal. La mente de la gente hace con-
tinuas aportaciones al almacén universal del saber, de manera
que las sucesivas generaciones pueden ir sirviéndose de tal acer-
vo de conocimientos, devolviendo después lo utilizado, mejorado
e incrementado.
Creo que muchos de los llamados niños prodigio son en
realidad individuos capaces de sintonizar telepáticamente con el
almacén general. En el caso de niños como Mozart, quien to-
caba el piano a la temprana edad de cuatro años, es dudoso
que hubiera habido, por parte suya, algún deseo consciente de
realizar tal sintonía. Aquel niño nació con las bandas de ondas
ya en su justa posición. Yo puedo decir que he pasado por la
experiencia de obtener información telepática que me ha sido
83
de gran utilidad para mi trabajo; información que recibí, lo
mismo de manera consciente como inconscientemente, en el
momento en que tuve necesidad de ella, pero sin poner a con-
tribución mi deseo de obtenerla. La manera de servirse o de
utilizar la voluntad del hombre va a constituir la parte más di-
fícil de investigar en los futuros lances telepáticos.
Douglas Dean, de cincuenta y tres años de edad, y el pro-
fesor John Mihalasky, de treinta, electroquímicos adscritos al
“Newark College of Engineering”, están actualmente realizando
experimentos para poder demostrar que los elementos provo-
cadores de la telepatía van cambiando en el cuerpo humano.
Los dos aludidos científicos —que iniciaron sus trabajos en el
año 1962— se sirven de un aparato liamado plethismógrafo,
tan sensible que es capaz de medir la circulación de la sangre a
través del cuerpo. El aparato de referencia fue construido por
dichos colaboradores según los diseños del fisiólogo checo, doc-
tor Stephen Figar.
El profesor Mihalasky —oprofesor adjunto de ingeniería in-
dustrial— cree que está realizando la primera prueba de la me-
dición electrónica demostrativa de que los pensamientos pueden
ser telepáticamente captados por ciertas personas debidamente
sintonizadas.
Miles de experimentos telepáticos, tales como los efectuados
en la Duke University bajo los auspicios del doctor Joseph Rhi-
ne, han sido realizados; en estos experimentos el sujeto se valía
de naipes y otros objetos a manera de elemento de prueba para
transmitir y recibir. El profesor Mihalasky no cree —bastante
justificadamente por cierto— que el empleo de naipes pueda
suministrar pruebas lo suficientemente convincentes, porque
ciertos sujetos son capaces de atinar muy bien mientras que
otros no pueden hacerlo así debido a estar por debajo de lo
normal en el manejo de los naipes, si bien experimentando, en
cambio, comunicaciones telepáticas en la vida ordinaria. Así
que los dos científicos optaron por ensayar la reacción incons-
ciente, empezando en 1970 a sentirse animados por los resul-
tados obtenidos. Sucintamente reseñados, dichos experimentos
fueron realizados de la siguiente manera. Se hizo permanecer
sentadas en habitaciones distintas a dos personas. Una de ellas
debía transmitir pensamientos que la otra tenía que recibir. Y se
descubrió que al ser “radiado” un nombre con el que están
84
familiarizados algunos sujetos, dicho nombre provoca en éstos
una subida de sangre a la cabeza, así como una anormal acti-
vidad mental. Pero si se trata de algún nombre con el que los
sujetos no están familiarizados, no se produce alteración alguna
en la persona receptora. En determinados experimentos, los
sujetos que en ellos intervinieron no sabían siquiera que estaban
siendo utilizados como receptores de mensajes; con todo, tales
mensajes fueron captados, y los pensamientos provocaron la
inmediata e inconsciente respuesta en su organismo. Entre esos
sujetos utilizados como cobayos se hallaban varios centenares
de personas, algunas de las cuales eran estudiantes, amas de
casa y hombres de negocios. Pero los mejores resultados obte-
nidos fueron siempre aquellos en que los propios investigadores
intervinieron en calidad de sujetos. Lo que, al parecer, viene a
corroborar mi idea de que la existencia de una estrecha relación
entre las personas que intervienen en una experimentación fa-
vorece grandemente el éxito del experimento.
Cuando los experimentadores de referencia intervienen per-
sonalmente en calidad de cobayos, el profesor Mihalasky faci-
lita a Douglas Dean los nombres de cinco personas muy cono-
cidas por este último o acerca de las que siente especial afecto.
Dean escoge luego cinco nombres al azar de la lista de teléfonos
y apunta los diez nombres en diez diferentes tarjetas. Después
añade cinco tarjetas más, pero estas últimas están en blanco.
En total, tiene ahora, pues, quince tarjetas. Tras lo cual, el
profesor Mihalasky se conecta el plethismógrafo; lo que hace
introduciendo un dedo en una especie de enchufe. De esta ma-
nera, el movimiento de la circulación de la sangre es electró-
nicamente medido. Cuando la persona objeto del experimento
se asusta, O experimenta alguna reacción mental específica, la
sangre afluye desde las extremidades al cerebro, movimiento
que es debidamente registrado por la máquina.
Al quedar Mihalasky conectado al plethismógrafo, Dean se
encamina a otra habitación y empieza a “radiar” —a intervalos
de veinte segundos— pensamientos, al tiempo que va contem-
plando las tarjetas. Mihalasky no sabe cuándo esa transmisión
de pensamiento empieza a funcionar, pero dice que los resul.
tados obtenidos por el procedimiento reseñado son asombrosos.
Cuando Dean transmite un pensamiento concerniente a un nom-
bre con el que está familiarizado, la máquina señala que Miha-
85
lasky experimenta una reacción inconsciente. Hasta la pea
esos dos investigadores han cosechado un 80 por 100 de éxi-
tos; y las probabilidades de que tales resultados sean debidos
a la casualidad son astronómicamente remotas.
Operando cón extraños, se consigue un patrón de éxitos
bastante menos considerable. Probablemente ello se deba a que
la mayoría de las personas no pueden relajarse al hallarse so-
metidas a las condiciones de la prueba. Es obvio que la sobre-
excitación de la mente sume al sujeto en un estado poco propicio
a la comunicación telepática. Yo diría que con eso pasa lo mis-
mo que si se tratara de enseñar a la gente a meditar. Es sen-
cillamente imposible que una mujer llena de preocupaciones
acerca de sus hijos y de su marido pueda concentrarse. Los
asuntos mundanos, así como los temores experimentados, cons-
tituyen el mayor obstáculo para el éxito de los tests oficiales.
Y hago hincapié en ello toda vez que, como se sabe, la tele-
patía funciona en la vida ordinaria aun cuando el sujeto haya
estado bajo el peso de alguna tensión. El fallo en cuestión debe
de estribar en el hecho de que los tests son, como podríamos
decir, demasiado clínicos. Estoy convencida de que los trabajos
llevados a cabo en la Duke University hubieran resultado más
fructíferos de haberse realizado en unas condiciones más natu-
rales. De haberse estudiado la telepatía en relación con las
formas en que ésta se manifiesta en la vida ordinaria, habría
resultado, creo yo, más fácil la obtención de las respuestas bus-
cadas. Pero eso no quiere decir que los tests de laboratorio no
tengan valor alguno. Tienen, qué duda cabe, su valor; pero lo
que ocurre es que probablemente no brinden la respuesta total
en relación con los trabajos llevados a cabo sobre la transmi-
sión del pensamiento.
El profesor Mihalasky nos dice que a consecuencia del ase-
sinato del presidente Kennedy se vio precisado a suspender, por
espacio de varias semanas, sus experimentos. Todos se sentían
tan afectados por la tragedia, que su máquina registraba más
que ningunas otras las emociones provocadas por aquel trágico
suceso. Al igual que les sucede a todos los que se dedican al
trabajo de investigación telepática, los dos científicos repetida-
mente aludidos se lamentan de que éste no pueda ser realizado
sino en privado. | |
En el mes de julio de 1969, el señor Dean manifestó: “Si
86
]
lográramos que otros científicos emprendieran un trabajo aná-
logo al nuestro, así como que se nos asignara alguna ayuda
financiera, nos sentiríamos muy satisfechos.” Si fuéramos capa-
ces de controlar las emisiones de pensamientos, nuestras pers-
pectivas serían sencillamente fantásticas. Cuando menos, los
experimentos llevados a cabo hasta ahora ya nos han demos-
trado que la distancia no afecta para nada a ciertos sujetos así
como a determinados receptores. Hasta que dispongamos de los
servicios adecuados al estudio del tema —de cabo a rabo—,
no cabe esperar que nos situemos a la altura de aquellos países
en donde ha sido ya comprendida y aceptada la potencialidad
de la telepatía como forma apta y cómoda de comunicación a
escala nacional.
En 1965, y bajo la dirección de 1. M. Kogan, la URSS fun-
dó una “Sección de Bioinformación adscrita a la Sociedad
Científico-técnica de Radiotecnia y Electrocomunicación”. Des-
pués de la inauguración de dicha sección, se han venido creando
varias sucursales de la misma en muchas ciudades de la URSS,
entre las que se cuentan Leningrado, Novosibirsk, Odesa, Zapo-
rozhye y Taganrog. Cierto miembro de la embajada de la
URSS me dio a entender, en Nueva York, que en su país ya
nadie pierde el tiempo en demostrar la existencia de la telepatía;
cada día se emprenden allí nuevas investigaciones, partiendo
todas ellas de la premisa de la existencia, real y verdadera, de
tal fenómeno.
La Academia de Ciencias de Ucrania publica frecuente-
mente libros y artículos acerca de la percepción extrasensorial
y de la telepatía. Oleg Gusev, reportero de la “Rabochaya
Gazeta”, interrogó recientemente a Alex Gubko, miembro del
Instituto Ucraniano de Psicología, y parapsicólogo de fama
mundial, sobre ciertas cuestiones de la telepatía. El señor Gub-
ko declaró a Gusev que, por espacio de siglos, los científicos
han venido considerando a la telepatía como el fenómeno de la
influencia psicofísica, a distancia, de algunos organismos vivos
sobre otros; influencia que en la URSS es conocida bajo la
denominación de “comunicación radiobiológica”. Entre los
partidarios del ESP y de la telepatía se cuentan muchos cientí-
ficos rusos — Alejandro Butlerov, Vladimir Bajterev, Constan-
tin Tsiolkovsky, A. N. Leontiev y Illia Metchnikov, entre
otros—. Todos ellos consideran a la comunicación radiobioló-
87
gica como una fascinante rama de la ciencia que ha venido des-
arrollándose a partir de los primeros experimentos realizados
durante el transcurso del pasado siglo XIX hasta llegar a las
complicadas investigaciones llevadas actualmente a cabo en ins-
titutos especializados en esta clase de trabajos. Conviene tener
muy en cuenta que esta complicada investigación se está llevan-
do a cabo en la URSS y no en los Estados Unidos. Quizás en
ello se encierre algún mensaje para nosotros los americanos;
por lo que espero que alguna que otra universidad llegue con
el tiempo a comprender la necesidad de contar con nuestras
propias comunicaciones radiobiológicas.
Gusev le preguntó también a Gubko si había que conside-
rar como accidentales los frecuentes ejemplos de la rara coinci-
dencia de la interpretación del pensamiento a distancia. Y este *
último respondió: “Esto es improbable dada la gran frecuencia
y la asombrosa precisión de tales coincidencias.” La “Rabo-
chaya Gazeta”, en su número de julio de 1968, publicó una
información acerca del actor ruso Mijail Kuni. Éste, en su ju-
ventud, estuvo viviendo en Moscú, mientras que su madre resi-
día en Vitebsk, Bielorrusia. Cierta noche Kuni soñó que una
rata había mordido a su madre en un pie y que, a consecuen-
cia de la mordedura, se había presentado la gangrena. El joven
se despertó, presa de gran agitación, pero sus amigos le tranqui-
lizaron diciéndole que “sólo se trataba de un sueño”. Kuni re-
cibió el mismo día un telegrama en el que se le comunicaba
que su madre se había puesto enferma. Por lo que el joven
salió inmediatamente para Vitebsk, en donde halló a su madre
afectada de gangrena en un pie a consecuencia del mordisco de
una rata.
Oleg Gusev, al igual que ciertos reporteros norteamericanos,
posee una especial aptitud para reseñar los fenómenos psíquicos,
y, aparte de su cometido como escritor, manifiesta un especial
interés en esa materia. Tras la entrevista hecha a Gubko, en
1968, se decidió a realizar, personalmente, experimentos sobre la
telepatía. A tal objeto, fue a visitar a Vladimir Durov, notable
amaestrador de animales que propugna la telepatía como parte
del proceso del amaestramiento de los animales de su circo.
Gusev le pidió a éste que le provocara el deseo de realizar al-
gún movimiento, a lo que Durov respondió: “Eso es fácil. No
tiene más que permanecer tranquilamente sentado.” Y, co-
88
giendo un lápiz, escribió rápidamente unas palabras en una hoja
de papel, que luego colocó, boca abajo, encima de la mesa,
cubriéndola con la palma de la mano. Gusev, que había per-
manecido observando lo que Durov estaba haciendo, sintió en-
tonces un irresistible deseo de rascarse la oreja, cosa que inme-
diatamente efectuó. Una vez que hubo bajado el brazo, este
último le tendió el papel, en el que estaban escritas estas pala-
bras: “Rásquese la oreja derecha.” Como es de suponer, seme-
jante demostración despertó la curiosidad de Gusev, quien pidió
a Duroy le diera una explicación de semejante
—Es una cosa muy fácil —contestó Durov— Empecé maz,
ginándome que la piel de la parte posterior de mi oreja derecha
me estaba aga y que tenía que llevarme la mano a ese > sitio
89
personas que llevan a cabo tareas que les han sido ordenadas
por la transmisión del pensamiento efectuada por la que los
escritores de ciencia ficción llaman “mente de amo”?
El control de la mente es completamente factible, y sería
de necios el creer que los habitantes de un país determinado
no puedan ser algún día controlados por una verdadera “mente
de amo”. Todos nosotros estamos siendo condicionados para
ello mediante el cotidiano lavado de cerebro llevado a cabo por
ciertas formas de educación y por las compactas fuerzas de la
publicidad. De año en año, este condicionamiento empieza a
una más temprana edad. Aun desde antes de saber hablar y
andar, el niño norteamericano se ve ya compelido a seguir las
instrucciones que le son voceadas a todas horas del día desde la
radio y la televisión. Y recibe el impacto de ese lavado de cere-
bro a todo lo largo de su período de crecimiento, con lo que
va aficionándose a leer los periódicos y los libros cuya lectura
se le ha estado sugiriendo; y, en términos generales, está apren-
diendo a seguir con borreguil frialdad las instrucciones de:
“Tuerza a la izquierda”, “Mire hacia la derecha”, “No pisar la
hierba”, “No tocar”, etc., etc. Tanto si creemos en la telepatía
como si no, ha llegado la hora de encarar la realidad futura de
una nación de robots humanos. A menos —por supuesto— que
vayamos dándonos cuenta de que los pensamientos son algo
tan importante que no debe ser desperdiciado y que la mente
debe estar de tal manera condicionada que el ser humano sea
capaz de controlarla. Aprendemos el condicionamiento del
cuerpo, el control de los músculos, pero nada hacemos con rela-
ción a la mente; y luego nos envanecemos de que somos los
verdaderos dueños de nuestra alma.
En el Museo Politécnico de Moscú está instalada la “Zna-
niye”, o sea “La Sociedad del Saber”. Según cuenta Boris
Yakovliev en su libro Vechevnyaya Moskva, el biólogo Yuri
Kamensky experimentó, ante un nutrido público, una sesión de
transmisión del pensamiento entre Moscú y Novosibirsk, Sibe-
ria. El propio Kamensky actuó de inductor, es decir, de mé-
dium transmisor. La transmisión tuvo lugar en Moscú, y el
objetivo perseguido era el de enviar mensajes, en forma de
pensamientos, a miles de kilómetros de distancia: a Novosi-
birsk. Los mensajes de Kamensky fueron debidamente recibidos
por Karl Nikolayev, en la sede de la Academia de Ciencias de
90
I
/
esta última ciudad. Nikolayev tiene fama de ser un excelente
receptor de señales biológicas. Su comportamiento durante todo
el tiempo que duró la sesión de referencia fue observado por
un grupo de científicos de aquella sucursal de la Academia de
Ciencias de la URSS. ”
Karl Nikolayev empezó a sentirse receptivo a la medianoche
en punto, hora local. Su misión era describir los objetos que
mentalmente le iba mostrando Yuri Kamensky desde Moscú,
es decir, desde más de tres mil kilómetros de distancia. A las
ocho de la tarde, allá en Moscú, unos miembros de una comi-
sión nombrada al efecto le presentaron a Kamensky el primer
objeto: un muelle de acero. Quince minutos después le fue
presentada una cafetera. Sucesivamente le fue exhibido un total
de seis objetos diferentes escogidos al azar —es decir, sin sa-
berlo Kamensky— por los miembros de la comisión nombrada
al efecto. Y allá en Novosibirsk, Nikolayev empezó a describir
los objetos en cuestión. Una cosa interesante es que se tomó
nota del momento exacto en que cada uno de los objetos era
mostrado al agente transmisor. El retraso registrado entre el
envío y el recibo de los mensajes fue insignificante.
La mayoría de los científicos soviéticos opinan que toda
persona es capaz de transmitir y de recibir mensajes, pero que,
como todas las demás cosas, ello es susceptible de ser mejo-
rado con la práctica. La telepatía tiene, pues, que perfeccio-
narse con la preparación, cosa que seguramente se está
haciendo en la Unión Soviética. Nadie espera que todas las
personas que se sometan a tal preparación consigan iguales re-
sultados al mismo tiempo en igual período de estudio; pero lo
importante es que los científicos soviéticos saben y aceptan que
tal preparación puede realizarse; y en esta premisa basan sus
actividades.
e a Ye,
10. Fotografía del pensamiento
92
e con los dos socios de marras el oro y las joyas que en vida
—poseyera, por lo que estos se vieron obligados a abandonar sus
experimentos, aunque sólo fuera por el tiempo que tardaran en
hallar algún otro medio de hacerse con el botín soñado. El me-
dio del que más tarde $e valieron forma ahora parte de los
- asombrosos hechos documentales de la historia oculta. Johan-
“nes sugirió a Sirios la idea de intentar fotografiar todas las
visiones que tuviera acerca del lugar en donde se hallara escon-
dido algún tesoro. Fotografía esta que tenía que ser tomada
con una cámara “Polaroid” sujeta a la frente del sujeto. Fiel
a la admitida tradición de la búsqueda de tesoros, Johannes no
abandonó la idea de hacerse con el codiciado botín. Ted Serios
no compartía, en cambio, la obsesión de su amigo. Ya desde
el principio había tomado la cosa a broma, y sólo pretendía
seguirle el humor. Pero, con gran sorpresa, y aun alarma, se
encontró con que en las fotos aparecían remotos edificios así
como otros lugares desconocidos para él. Con el tiempo descu-
brió que no tenía necesidad de ser hipnotizado para tomar esas
extrañas fotos —consistentes en iglesias de Roma, coches, es-
cenas callejeras y cosas raras tales como un vehículo espacial
ruso, tipo Vostok, flotando en un espacio totalmente negro.
En 1963, el doctor Jule Eisenbud, psicoanalista y profesor
clínico de psiquiatría de la Medical School de la universidad de
Colorado, recibió un artículo en el que se reseñaban los expe-
rimentos de Serios; artículo basado en una comunicación pre-
sentada a la Sociedad de Illinois para la Investigación Psíquica
por una religiosa de la orden paulina. Serios se había prestado
a toda una serie de tests llevados a cabo por la aludida sociedad
y, bajo una estricta observación, había conseguido impresionar
imágenes en la película con una simple mirada al objetivo de
la cámara. El vicepresidente de la Polaroid Company declaró,
por escrito, que, en las condiciones reinantes en los aludidos
tests, no veía posibilidad alguna de fraude. De mala gana, y
tras una larga y escéptica correspondencia, Fisenbud se avino
a tener una entrevista con Serios. Pues bien, a resultas de tal
entrevista, se fue desarrollando una inverosímil colaboración
para la redacción de un libro que ha llegado a ser considerado
como una de las obras clásicas de la literatura acerca de la in-
vestigación psicológica así como un valioso auxiliar para los
estudiosos de la telepatía.
93
o en
El primer encuentro entre el sabio doctor y el sujet
ue Serios es
cuestión debió de ser bastante incongruente. Porq
ivo, con una extra-
un hombre de temperamento bastante agres
y con una fuerte
ordinaria capacidad para la bebida alcohólica
más
inclinación por el llamado sexo débil. Su historial es de lo
ambiciones y nada
anodino que darse puede. Con muy pocas
que a la sazón
inclinado al trabajo, los únicos conocimientos
ellos sobre los
poseía —si es que tenía alguno— versaban todos
la primera
fenómenos psíquicos. La única nota destacable de
que
sesión celebrada en el Palmer House Hotel de Chicago fue
todas
Ted trasegó una enorme cantidad de whisky, se desnudó de
la
sus ropas en plena entrevista y se fue corriendo después para
Ted
«ducha. Pese a la ausencia de una normal comprensión, entre
ática,
y el doctor Eisenbud se estableció cierta comunicación telep
de que
toda vez al final de la entrevista, éste persuadió a aquél
o-
se prestara a ser su cobayo. Y, a pesar de las numerosas Ocasi
mero
nes en que el doctor tuvo que hacer las veces más de enfer
un
que de investigador, el resultado final de tal asociación fue
-
libro basado en el peregrino mundo de la “fotografía del pensa
miento”.
Al parecer, las relaciones entre Eisenbud y Ted fueron bue-
nas por espacio de mucho tiempo, debido a que el doctor hizo
alarde de una gran paciencia, así como de una gran tolerancia,
con respecto a Ted; lo que sin duda contribuyó al creciente mejo-
ramiento de las sesiones de fotografía del pensamiento. Al prin-
cipio, las imágenes obtenidas fueron bastante borrosas, pero poco
a poco fueron haciéndose más y más claras. Además Eisenbud
interrogó a muchas personas residentes en Chicago con el fin de
enterarse de si alguien, además de él, había estudiado antes a
Serios. Un profesor de psicología de una gran universidad Cer-
cana manifestó haber realizado ciertas pruebas con Serios, pero
que tales pruebas le habían defraudado. Añadió que en cierta
ocasión le pidió a Ted que le sacara la fotografía de determinado
hospital de Miami y que éste le había presentado la de otro edi-
ficio. En su día, Eisenbud consiguió que Serios se personara en
Denver. Serios, fiel a su costumbre, se presentó completamente
borracho y, además, de un talante de mil demonios. Tras sufrir
un reconocimiento médico, por el que se demostró que Ted se
hallaba en buen estado de salud, éste se empeñó en irse por ahí
de juerga.
94
Al objeto de que presenciaran aquel primer experimento,
Eisenbud invitó a algunos de sus colegas, entre
los que se en-
contraban un físico, un ingeniero electrónico y un
biólogo.
Tampoco los primeros experimentos dieron un gran resul-
tado. Además, el doctor Fisenbud hubo de hacer
ahora frente a
una barrera de hostilidades académicas. Para colmo
, hubo de
realizar sus trabajos con un sujeto no sólo reacio a cooperar,
sino
grandemente excitable y buscador de camorras en los bares
más
céntricos. En una de las sesiones experimentales, Ted inten
tó
“rodar” estando conectado a un electroencefalógrafo
con los ca-
bles pegados a su cuero cabelludo. Uno de los docto
res que pre-
senciaban el test hizo desdeñosos comentarios acerca
del sujeto,
lo que tuvo por efecto que éste se pusiera en extre
mo furioso,
arrancándose los cables, junto con mechones de pelo,
y saliendo
bufando de la habitación. Más tarde se le encontró
dormido en
el sótano... dentro de un cubo de basuras. Ulteriores sesio
nes de
encefalograma vinieron a demostrar que en los gráficos
de Ted
no se observaba ninguna apreciable diferencia entre cuando con-
seguía obtener fotografías y cuando no lo lograba. Ni la más
mínima vibración aparecía registrada en los contadores de radia
-
ción ni en los detectores de calor, rayos X, luz ultravioleta,
y ni
siquiera en los contadores de la luz.
De vez en cuando, Ted solía producir notables fotos de edi-
ficios, así como de diversos tipos de vehículos, y también imá-
genes en el interior de una caja de Faraday, que filtra todos los
campos magnéticos y todas las radiaciones electromagnéticas; e
incluso era capaz de obtenerlas a través de un cristal recubierto
con una capa de plomo de casi dos centímetros de espesor, insta-
lada en una sala de rayos X. Igualmente «consiguió. grabar
imagen, estando la cámara sostenida por otra persona y limitán-
ose él a “pensar” en fijar aquella imagen en la película. Ted
sacó también fotos en video tape en los dios de televisión de
la KOA, de Denver, en donde apareció, sobrepuesta a otra
foto, la imagen de su propio globo del ojo.
Eisenbud escribió un libro controvertible sobre un tema igual-
mente discutible. Por supuesto, siempre hay personas inclinadas,
por temperamento, a no creer en nada; pero a esas personas
nadie les pide creer en Ted Serios ni en el doctor Eisenbud.
Éste dirige, en su libro, muy inteligentemente, una invitación al
lector escéptico para que, si así lo desea, deseche toda posibilidad
95
de fotografiar el pensamiento. Pero acto seguido desarma a ese
mismo lector presentándole toda una serie de fotos tomadas por
Ted Serios sin usar ni una sola vez el disparador de la cámara
fotográfica, y exhibiéndole pruebas documentales de las condi-
ciones en que tales fotos fueron obtenidas, con nombres, fechas
y lugares.
Naturalmente, siempre hay la posibilidad de fraude. Pero
hay que tener en cuenta que Eisenbud no tenía nada que ganar
con la publicación de su libro. Además, siempre tuvo mucho
éxito en el ejercicio de su profesión médica; conque hubiera sido
necesario ser un masoquista para meterse en tantos afanes como
él se metió, y exponerse, por otra parte, a los insultos y a los
rugientes malhumores del alcohólico Serios, persona sin ética ni
modales. Por lo que a este último se refiere, cabe preguntarse
qué interés podría tener en ser sometido a unos experimentos
completamente en desacuerdo con su capacidad de com-
prenderlos.
Si fuera posible realizar un experimento masivo con agentes
del tipo psíquico de Ted, todos los cuales intentaran obtener
fotografías de temas impuestos a sus respectivas mentes por
otros agentes o bien captándolos del éter, podría conseguirse
una mejor valoración de la validez de este tipo de fotografía.
Dicha actividad me interesa grandemente por la relación que
guarda con los “juegos” a que yo solía jugar en mi niñez,
cuando aún no sabía lo que era la telepatía y me limitaba a
sacar una hoja de helecho en un pedazo de cristal, bajo los
efectos del pensamiento de mi padre acerca de un helecho. Cier-
tamente, el tema de la fotografía del pensamiento es digno de
que se le dedique más de un libro.
Si el doctor Fisenbud hubiera contado con una mayor coo-
peración por parte de sus colegas, habríamos ahora dispuesto
de muchos experimentos registrados, y todos los conatos de
charlatanismo habrían sido sofocados antes de nacer.
Aunque el doctor Joseph B. Rhine sea considerado la máxi-
ma autoridad en el estudio de los fenómenos psíquicos, Oliver
Reiser, de la universidad de Pittsburg, y Ernest Hunter Wrignt,
de la universidad de Columbia, han llevado a cabo, en los últi-
mos veinte años, una gran labor de recopilación de datos clíni-
cos sobre la telepatía. Yo considero irrecusables todos los
testimonios acerca del hecho de que la mente humana, y
96
ty
yz
e
97
7... TELEPATÍA
fue.la de que “sus mejores resultados fueron conseguidos cuando
desasosegado, ue todo jugador..con
e no se sentía o
proyectando toda la fuerza de la. mente
98
debía a la gran tensión que domina a la gente de nuestros días,
lo cual impide o dificulta que las fuerzas psíquicas se mani-
fiesten en toda su pujanza. Y añadió que era de esperar que la
fuerza de la conciencia psíquica renaciera cuando las tensiones
de la vida ya no se vieran embargadas por el miedo que las
actuales condiciones de existencia engendran en el individuo.
Samuel L. Clemens, más conocido por el seudónimo
de Marc Twain, fue el creador de la frase “telegrafía mental”;
y a lo largo de toda su vida tuvo plena conciencia de lo que
también denominó “pruebas psíquicas”. Por suerte, a Mark
Twain le seducían los detalles, por lo que casi nunca dejó de
tomar nota de todas las ideas así como de cuantas observacio-
nes se le ocurrían acerca de los fenómenos psíquicos.
Su biógrafo oficial, Albert Bigelow Paine, apunta que “las
teorías y los fenómenos psíquicos siempre atrajeron el interés
de Mark "Twain, y de manera especial la transmisión del pensa-
miento. Interés alimentado por ciertos fenómenos o manifesta-
ciones psíquicas, como solemos llamarlas”.
Mark Twain consideraba la “telegrafía mental” tan impor-
tante, que merecía que se escribiera largo y tendido sobre ella.
Y cada año veía más y más corroboradas sus convicciones de
que el cerebro puede transmitir y recibir mensajes.
Ni aún los norteamericanos saben —por lo general— que
Mark Twain fue socio de la Sociedad de Investigaciones Psí-
quicas desde 1885 hasta 1903. Y, como sea que tal sociedad
fue fundada en 1882, Mark Twain debió de ser uno de sus
primeros miembros de ultramar. Desde Hartford, Connecticut,
y en el mes de octubre de 1884, escribió aceptando su calidad
de miembro de aquella sociedad pionera. Dicha carta figura en
el volumen 1 (1884-1885) del Journal for the Society for Psy-
chical Research. |
“La Telegrafía Mental —dice Mark Twain en esta carta—
viene a ser la misma cosa alrededor de la cual la Sociedad Psí-
quica de Inglaterra empezó a agruparse y a trabajar cuatro o
cinco años ha, y a la que bautizó con el nombre de «Telepatía
Mental».
”En dos o tres años de trabajos, la Sociedad ha penetrado
hasta el mismo centro de la materia objeto de sus estudios y ha
puesto de manifiesto que la mente puede actuar sobre otra
mente (...) a través de vastos espacios de tierra y de mar. Y ha
99
do hacer, a su mayor gloria e influencia, lo que yo
unca conseguí. Ha convencido al mundo de que la telegrafía
- mental no es ninguna ficción ni cosa de juego y entretenimiento,
sino que se trata de un hecho real y verdadero, hecho que, ade-
más, se produce con harta frecuencia. La Sociedad ha prestado,
pues, en mi opinión, un gran servicio a nuestra era.”
En dos trabajos literarios —Mental Telegraphy y Mental
Telegraphy Again—, escritos a lo largo de un período de se-
tenta años, Mark Twain ofrece un importante informe sobre los
testimonios acerca de los casos de telepatía entonces conocidos;
informe que prueba, al parecer, que él nunca se desprendió de
su idea original, es decir, de que es posible la comunicación
de una mente a otra.
Lo más interesante en esa búsqueda de todos los datos de
Mark Twain sobre la telepatía es que ante los ojos del compi-
lador se despliega toda la historia del uso que el escritor hizo
de la telepatía en su vida diaria. Mark Twain escribió: “Cuando
estoy cansado de esperar noticias de alguien, me siento y, tanto
sl ese alguien quiere como si no, le fuerzo a escribirme. He. quí
lo que a este propósito hago: Me siento y le escribo una cart
que luego rompo, en la seguridad de que mi acción le ha obli
gado a escribirme en aquel mismo momento. No necesito, DUES
», echar la carta al correo: lo esencial es el acto de esc:
En los escritos de Mark Twain se hallan muchos ejemplos de
como éste recibió cartas en las que se le comunicaba —según
confirmaron los testigos en cuya presencia fueron abiertas y
leídas— dichas cartas exactamente lo mismo que él había ase-
gurado de antemano que dirían.
El ejemplo más destacado de sus comunicaciones mentales
fue el caso de William H. Wright, periodista de la ciudad de
Virginia, Nevada. Dicho periodista firmaba sus escritos con el
seudónimo de Don Quille. Twain pensó que había llegado
el momento de que se escribiera un libro sobre las minas de
plata de Nevada, cuando la “Gran Bonanza” (flón lucrativo)
llenaba las columnas de los periódicos. Conque redactó un
borrador de carta dirigida a Wright, en la que incluso se bos-
quejaba el libro proyectado, y se sugería que el tema esencial
del libro en cuestión fuera la historia de la Gran Bonanza.
Twain, al abrir la carta que Wright le mandó, se halló con
que ésta contenía casi todo lo que el primero había escrito en
100
su borrador. El escritor manifestó luego: “En aquella mañana
de marzo la mente de Wright y la mía estuvieron en franca
comunicación a través de tres mil millas de desierto y de mon-
tañas. Creo que tal sucesión de ideas no fue producto de ambas
mentes a la vez, sino que una mente las formuló y, simplemente,
las telegrafió a la otra. Siempre tuve gran curiosidad por saber
qué cerebro fue el que actuó de telegrafista y cuál de los dos
fue el receptor.”
- A continuación, Twain escribió a Wright preguntándole so-
bre cuándo había concebido la idea del libro: parece ser que
Wright fue quien la concibió, telegrafiándola después a Mark
Twain, quien consignó en su carta-borrador todos los pensa-
mientos de William Wright. Total, que poco después fue publi-
cado un libro titulado The Big Bonanza.
Una vez que Mark Twain hubo comprobado enteramente el
hecho de que una mente puede ponerse, con toda precisión, en
comunicación con otra, empezó a preguntarse si existiría la
posibilidad de inventar algún dispositivo que facilitara la tele-
grafía mental. Y el resultado de tales especulaciones fue el in-
vento del llamado “frenófono”, “método según el cual una
mente comunicándose con otra puede ser sometida a control y
reducida a exactitud y sistematización..., habida cuenta de que
ese algo que lleva nuestros pensamientos de un cerebro al otro
a través del aire es una sutil forma de electricidad. Por tanto,
lo que hay que hallar es la manera de captar esa forma de elec-
tricidad y hacer que ella trabaje al igual que la corriente
eléctrica trabaja para nosotros”.
Dicha idea fue, en principio, justa; pero nada práctico re-
sultó de la invención. Ante semejante resultado, cabe pregun-
tarse que si la necesidad es la madre del ingenio, es decir, del
invento, no será que la invención de Mark Twain hizo su apa-
rición antes de que existiera la necesidad de la misma. Ahora
bien, lo más probable es que tal necesidad surja en nuestros
días.
Mark Twain tenía plena confianza en su descubrimiento de
la “telegrafía mental”, y, poseyendo como poseía el ego y la
vanidad inherentes a todo escritor, es natural que hiciera gala
de ello. "Tras haber publicado un artículo al respecto, escribió:
“Vean ustedes como desde entonces el mundo ha cambiado de
opinión sobre el particular. Aquellos pequeños experimentos
101
míos fueron demasiado avanzados para aquellos tiempos como
para poder verse insertos en una revista seria. Y ahora resulta
que si tales experimentos se refieren simplemente a algo situado
más allá de unos meros «accidentes» O «casualidades», la mis-
ma revista los considera —gracias a la larga serie de inteligentes
trabajos llevados a cabo por la Investigación Psíquica, de Lon-
dres, y que, cual impetuoso torrente de luz, han iluminado el
ámbito de la telegrafía mental— como meras insignificancias,
como simples perogrulladas. Pero, con todo, yo considero que
los experimentos de referencia merecen los honores de la publi-
cación; cuando menos para que sirvan para demostrar que tales
materias —tenidas por terriblemente peligrosas e increíbles sólo
ocho o diez años ha— resultan, para el público de hoy, de lo
más inocuo y cotidiano.”
Parece ser que el mundo actual ha empezado a comprender,
en toda su profundidad, el gran genio de Mark Twain, quien, al
igual qientodos los, enios, tuvo la facultad de calar en la natu-
Ls
Ejuó
103
persona. Cada sujeto debe tener, pues, a su lado, un asistente,
el cual, cuando menos, sirva para registrar el acontecimiento.
Conviene advertir a tal asistente que su cometido es el de cen-
trarse exclusivamente en la grabación o registro, porque se han
dado casos en que el sujeto receptor captó pensamientos prece-
dentes del cerebro del asistente. Lo cual, por más útil que resulte
de cara a la investigación, puede complicar grandemente las
grabaciones o registros en las lecciones iniciales. Hay que enseñar
a todos los sujetos la técnica del relajamiento. Y si el profesor
ha realizado de antemano un buen trabajo de iniciación en las
primeras lecciones, no hay duda de que los alumnos sabrán ya
relajarse automáticamente a la hora de entrar en acción.
agente transmisor debe dirigir la idea de su mensaje.tele-
pático+a la mente de.su asistente, a fin de registrarlo, y luego
centrará la atención enfocando el pensamiento hacia el cerebro
del receptor.. El transmisor. tratará de--“visualizar” la. cabeza de
aquél como si sehallara sentado enfrente de él..A veces, cuando
los alumnos se sientan el uno frente al otro, cada uno de ellos
siente un fuerte impulso de extender las manos para tocar la
frente del otro. La mayoría de alumnos experimentan una sensa-
ción de cosquilleo. Pero yo he descubierto que eso sólo ocurre
entre los principiantes. Es probable que también se perciba la
sensación de una aureola de calor alrededor de la frente, sensa-
ción que posiblemente vaya seguida de otra de irritación en la
misma zona.
A medida que el sujeto transmisor vaya “bombardeando”
la mente del otro sujeto con pensamientos, este último irá mani-
festando de palabra, o bien por escrito, a su asistente todo cuanto
crea que se refiera a la transmisión de pensamiento que se está
experimentando.
La telepatía es una percepción del sexto sentido; por lo que,
tras unas pocas sesiones, el receptor —consciente de haber cap-
tado la imagen (si es que se usan naipes en la sesión), o las pala-
bras— se halla bastante indeciso a la hora de manifestar lo que
le ha sido transmitido. El tomar inmediatamente nota de tales
impresiones incumbe al asistente, toda vez que los resultados del
experimento deben ser lo más espontáneos posible, si es que
tienen que surtir algún efecto en la investigación emprendida.
Hay que registrar todas cuantas sensaciones y emociones se ex-
perimenten, como también hay que abstenerse de formular jui-
104
cios al respecto hasta que se hayan efectuado varias sesiones,
correspondientes a otras tantas lecciones de telepatía.
Tanto si uno cree en la telepatía como si no, las lecciones
conducentes a la comprensión de ésta tienen una doble finalidad.
Ante todo contribuyeñ grandemente a mejorar el estado de la
mente y por ende el de la salud, e incluso a menudo el propio
genio, toda vez que la tolerancia y la paciencia son las virtudes
más indicadas para la obtención de buenos resultados telepáticos.
La gradual adquisición de una fe firme en uno mismo constituye
igualmente un importante factor. Importa grandemente la.
105
integrante del curso, siempre me he encontrado con que hay
ciertos alumnos que actúan mejor en determinadas horas del día.
Conviene tener esto muy en cuenta, |
Si resulta que usted es un buen alumno, entonces el profesor
le manifiesta que acaba usted de adquirir una nueva forma de
poder y que ahora ha llegado la hora de atemperar su filosofía
y su conducta vital con el mejor uso de su nuevo poder, de ma-
nera que éste no sea empleado de forma destructiva ni perjudi-
cial para nadie. Cosa que sucede en la práctica del llamado vudú,
en cuya actividad la telepatía desempeña un papel esencial.
ho. cuidado en. no envolver. a. o .-
samientos de índole ofensiva, ,habida cuenta de que tales per-
sonas están expuestas a captar sus pensamientos cuando usted
se halla transmitiendo en un estado de pésimo talante. Tenga cui-
dado también en no convertirse en recipiente del veneno de otras
personas. No es bueno andar por la vida disparando los proyec-
tiles que otras personas han estado fabricando.
En buena parte de su trayectoria histórica, la telepatía estuvo
puesta al servicio del mal. Las plegarias de la muerte, tan usadas
en la Polinesta, son realmente efectivas, como también lo son la
magia negra y el vudú. Lo más lamentable es que todas las lec-
ciones sobre los fenómenos psíquicos —especialmente la tele-
patía— llega a un estadio en el que el estudiante tiene que estar
completamente seguro de sus propias motivaciones, porque, al
igual que lo que ocurre con la bomba atómica, .toda-fuerz
poder puede ser empleado tanto para el bien como para el mal,
para fines constructivos como para objetivos destructivos. Tal
poder no es que sea intrínsecamente malo ni intrínsecamente
bueno: es sencillamente neutral. Somos nosotros quienes, según
nuestro “libre albedrío”, decidimos la clase de uso que de dicha
fuerza hacemos. Y ésta es probablemente la causa de que el
mundo no esté todavía preparado para comprender del todo los
fenómenos psíquicos, y entre ellos la telepatía; porque. tal vez
necesitemos adecuar nuestra vida a las normas de una nueva
filosofía, de la que no forman parte muchas de las cosas que se
tienen hoy por moneda corriente entre nosotros.
Conozco a un hombre de Houston que me manifestó no po-
der desprenderse de las ideas que acerca de la magia negra posee.
Al preguntarle que por qué se sentía tan atraído por ese poder,
es decir, por esa forma de adquirir poder, me contestó: “Con
106
eso consigo rápidamente ver realizados mis deseos.” Y ésta es
precisamente la razón por que tanta gente se siente atraída por
ese mal usado poder.
Constituye una gran equivocación el pensar que, ya desde los
inicios de la Era Acuafiana, el hombre va a transformarse en
una especie de ser angelical que nunca ha experimentado un mal
pensamiento. El hombre, por el contrario, va a verse todavía
envuelto en muchas de las mismas cosas en que actualmente se
ve inmerso: habrá ladrones, soldados, fautores de guerras y usu-
reros hasta bien entrada la Era Acuariana. Pero eso sí, pronto se
notarán cambios en el sentido de que el hombre será más tole-
rante, aunque no siempre más comprensivo, acerca de los fenó-
menos psíquicos; y aquellas personas que más hayan evolucio-
nado hallarán más facilidades para practicar con tales fenómenos
en su propio mundo.
El desarrollo de caracteres plenamente íntegros, y conscien-
tes de la enorme potencialidad de los fenómenos psíquicos, se
halla todavía bastante alejado de nosotros. Vendrá día, claro
está, en que serán muchas las personas conscientes de la poten-
cialidad de cosas tales como la telepatía, pero también existirán
otras personas espiritual y mentalmente desnutridas.
Debemos asegurarnos de que en la estructura del nuevo
poder, la ciencia y la facultad de comunicación telepática estén
en manos de personas que no hagan mal uso de dicha fuerza, es
decir,, comportamiento sea análogo. del -que,-en general,
«preside. entre. los- profesionales de la medicina. Tal vez llegue el
día en que, antes de iniciar sus actividades como tales, los tele-
patistas tengan que prestar un juramento similar al de Hipó-
crates.
Todavía existen hoy personas que emulan a los siniestros
personajes del pasado, llamados Svengali o Rasputín. Tales per-
sonas ejercen su poder sobre determinadas familias o sobre el
público de ciertos espectáculos, con el único fin de sacar de ello
egoístas beneficios materiales.
Y ahora, una última advertencia: «pil
le los pensamientos mitan- usted. 1 E
O olvidan nunca que la fuerza de la trans-
misión del pensamiento tiene a veces un efecto de retroceso aná-
logo al del bumerang, es decir, que ese pensamiento vuelve al
punto desde donde ha sido disparado.
a]
||
;
12. Relájese, transmita o reciba
108
dentes hereditarios que les predisponen al ejercicio de la telepatía,
Otros alumnos míos trabajaban de firme y terminaban consi-
guiendo algunos éxitos, pero, finalmente, y pese a mis esfuerzos
en alentarles y tratando de ayudar a los más retrasados de mi
clase, cada uno de esos alumnos no iba adelantando en sus estu-
dios más allá del ritmo que su naturaleza le había señalado.
En una clase de una treintena de alumnos, cinco de ellos sobre-
salieron muy por encima de los demás, diez lo hacían extraor-
—dinariamente bien en ciertos días, mientras que en otros sólo
obtenían regulares resultados, y otros diez pusieron al principio
todo su entusiasmo e interés en aprender, pero luego les entró
tal desasosiego que al final se vieron obligados a abandonar los
estudios.
Al principio del curso siempre les explico a mis alumnos
que mi teoría de la telepatía está relacionada con la idea de que
1 despide varios millares de excitaciones o impul :
tricos que provocan. ciertas vibraciones en el óter Pudiéndo
tener entonces lugar la. transmisión del. pensamiento» mediante
un-mensaje directo. o una imagen que se está observando. Es po-
sible que en nuestro televisor contemplemos a un hombre y una
mujer haciéndose el amor. Ahora bien, esa imagen que estamos
viendo es una imagen, diríamos, de segunda clase. De encon-
trarnos en el estudio emisor, podríamos ver a ese hombre y a
esa mujer en carne y hueso. Pues bien, esos principios de la
televisión pueden aplicarse a la imagen que nos llega telepática-
mente; imagen que a veces aparece deformada por la interfe-
rencia de nuestros propios pensamientos o por no hallarnos
completamente sintonizados.
Me place explicar también' a mis alumnos que las respuestas
completas a esos, al parecer, misterios de la mente, vendrán
dadas cuando se investiguen a fondo esas corrientes y campos
eléctricos cerebrales de orden infinitesimal. El estudiante no
tiene por qué sentirse defraudado al ver que las imágenes o los
mensajes que recibe pueden ser sencillamente explicados en un
sentido exclusivamente físico y que no proceden en manera al-
guna del más allá ni de ninguna divinidad. Sé por experiencia
que casi todos los estudiantes de telepatía preferirían una expli-
cación en términos de magia. En ciertas ocasiones, el llamarle al
pan, pan y al vino, vino, no resulta del todo agradable al inter-
locutor. Pero día vendrá en que todos tengamos que afrontar la
109
realidad; y ese día será cuando se nos ofrezca la gran revelación
acerca de los fenómenos psíquicos.
Siempre fui de la opinión de que al poner en contacto a dos
personas a quienes siempre les ha sonreído el éxito se produce
algo que podríamos calificar de magia simpática. Así que el
mezclar en una clase a personas que han tenido éxito en sus ex-
perimentos y experiencias puede servir de mucha ayuda a los
alumnos menos adelantados. Yo suelo emparejar a una persona
afortunada o a dos igualmente afortunadas en sus prácticas, pero
nunca dejo que dos personas desafortunadas operen juntas o que.
estén en estrecho contacto.
El primer paso importante hacia el éxito consiste en la eli-
minación de la ansiedad, del desasosiego. La clase debe aprender
¿a relaj Porque la condición sine qua non de la telepatía es
ss
110
life está invadiendo peligrosamente el mundo actual. Yo no
dejo
de recordar aquellos tiempos cuando la noche del viernes
nos
anunciaba dos días de completo asueto, contrariamente a la
idea
que de los mismos tienen los norteamericanos, quienes no bus-
can sino un motivo pará estar ocupados haciendo algo.
El relajamiento no sólo consiste en permanecer ocioso física- .
mente. El relajamiento es, en efecto, un estado mental. Vean
sino lo que hace el felino: se tiende, parpadea y se queda com-
pletamente relajado. Sin embargo, tan luego recibe un mensaje,
salta como un rayo, con todos los sentidos en tensión.
Fuera del local en donde se dan las clases, es decir, en su
casa, el estudiante debe seguir poniendo sucesivamente en acti-
vidad todas y cada una de las partes del cuerpo, empezando por
las áreas más reducidas del mismo, tales como un brazo o una
pierna. Cuando se es capaz de relajar un miembro en la posición
que sea, es decir, cuando éste se caiga como si fuera un saco de
arena, puede decirse que se domina el primer truco del relaja-
miento. Se empiezan los ejercicios “viendo” a un determinado
miembro completamente laxo, o sea, que cuando se piense en el
mismo, se le vea, y entonces la cosa sucede. Los niños son capa-
ces de “relajar: ión d undos, y lo mismo sucede
entre unos pocos —muy pocos— adultos. Cuando se ha apren-
dido a relajarse desde el cuello para abajo, se es capaz de man-
tener el cuerpo relajado todo el tiempo que se quiera. Yo les
garantizo a ustedes que en cuestión sólo de unas semanas van
a sentirse mucho mejor en cuanto a su salud.
Tras haber aprendido a dominar, mediante el relajamiento, el
cuerpo, falta todavía aprender otra cosa: la sintonización de
la mente. Y esto se consigue mediante la eliminación de toda
imagen mental perturbadora y su substitución por otras más
armónicas, tales como las de la sensación que produce en el or-
ganismo el contacto de la arena tibia, la de la música o la del
nadar tranquila y pausadamente, sintiendo el cuerpo flotar, sin
ASI relajamiento del cuerpó y%.de
111
susceptible de sensibilizarse a diferentes grados de inspiración
y de visión; sensibilización que llegan a alcanzar muchos de los
llamados psíquicos, y posiblemente sea éste el estado experi-
mentado por los místicos, el cual, constituye una de las mayores
contribuciones a la curación psíquica, y que yo misma he po-
dido constatar.
Aprendan también los alumnos a relajar los ojos: los múscu-
los orbitales y el globo del ojo. Estando cerrados, los ojos sue-
len ver unas corrientes de naturaleza eléctrica que van fluctuan-
do cual si el ojo estuviera realmente siguiendo el movimiento
de imágenes visuales. Pronto dominarán los estudiantes el
truco de dirigir la atención a todas y a cada una de las pequeñas
partes del cuerpo y hacer que éstas vayan sucesivamente rela-
jándose. Al posarse una mosca sobre la punta de nuestra nariz
somos especialmente conscientes de la existencia de dicho apén-
dice corporal. Pues bien, hay que adquirir también la misma
conciencia con respecto de los dedos, del codo y hasta de uno
de los ojos. En este profundo estado de relajamiento, la natu-
raleza tiene la virtud de obrar curas realmente intensivas, ha-
bida cuenta de que, en tal estado, los tejidos del organismo se
ven libres de toda tensión nerviosa. Ésta es también una ocasión
en la que, debido a la ausencia de toda sensación ordinaria,
todas las áreas del cuerpo y de la mente se hallan en un estado
ideal para recibir y registrar nuevas sensaciones. Cuando el re-
lajamiento es completo, la mente permanece despejada, si bien
sus Operaciones se van realizando pausadamente. Tal estado es
bien conocido de los médiums. Dicha especie de relajamiento
resulta especialmente útil cuando se está en el despacho del
dentista para hacerse extraer una muela.
En la proyección, a voluntad, del pensamiento en dirección
o en sentido contrario a una parte determinada del cuerpo o de
la mente consiste el buen éxito de una sesión.
Algunos alumnos me han hecho saber que la primera vez
que han transmitido un mensaje mental han experimentado cier-
ta inequívoca sensación. En los casos más agudos, el cuero ca-
belludo se les va calentando hasta volverse, a veces, totalmente
caliente, lo que les produce la sensación de tener la cabeza
rodeada de fuerte calor. Yo quisiera poder descubrir una ma-
nera de efectuar la medición de las áreas afectadas por ese calor
del que me hablan mis alumnos. Los médiums en trance expe-
112
rimentan, al contrario, una sensación más bien de frío. La idea
de establecer científicamente que esos cambios de temperatura
existen realmente, me tiene verdaderamente intrigada.
En las clases masivas, los experimentos tienen que ser lle-
vados a cabo de manera que todos los alumnos tomen parte
en ellos, de preferencia por parejas. También es bueno dejar que
los propios alumnos proyecten la realización de experimentos,
puesto que semejante método contribuye al desarrollo de su
sentido de iniciativa y les ayuda a sentir el deseo de investigar
el porqué ocurren las cosas. La única regla a que hay que ate-
nerse cuando se sigue ese método es mirar que el alumno vaya
tomando nota de todas las incidencias de la sesión y hacer que
dicha relación esté debidamente atestiguada por otra persona
que le acompañe, a cuyo efecto se debe encargar a alguien que
lleve el control del alumno o que supervise el experimento en
: cuestión. Igualmente debe estimularse al alumno para que rea-
]i
lice algún trabajo en su casa, sugiriéndole que su primer in-
1
:
h
tento consista en la transmisión del pensamiento emparejado
Í
con alguien con quien ya esté en estrecha relación. También, en
este caso, insisto en que todos los experimentos sean, en la me-
dida de lo posible, debidamente documentados por la presencia
de testigos. Las tranquilas horas de la noche son generalmente
las mejores para experimentar en casa, así como también
para las más sencillas comunicaciones telepáticas. Después, el
alumno puede expandir el pensamiento hacia fuera de casa, in-
tentando transmitir y recibir mensajes cuando ello se le ocurra
espontáneamente, es decir, cuando la otra persona con la que
trabaja no se halle presente.
Si bien ciertas personas reciben mejor que otras, a todos
los alumnos se les debe hacer experimentar lo mismo la trans-
misión que la recepción, empezando los ejercicios con perso-
nas que ellos conozcan muy bien, practicando después con ideas
y con sujetos espontáneos. Resultado de ello es que, como se
verá, la distancia no supone ninguna diferencia; salvo, natural-
mente, en la etapa inicial y con alumnos completamente nuevos.
Por último, el profesor debe procurar que aquellos alumnos
que prometen llegar muy lejos no vayan demasiado aprisa en
su desarrollo, no sea cosa que pronto les falle el entusiasmo y se
queden parados a mitad camino.
8. TELEPATÍA
13. Telepatía y posesión,
¿realidad o fantasía?
114
mediante la posesión de un mecanismo especialmente sensible
sintoniza con idéntica longitud de onda.
A mí no me cabe la menor duda de que la posesión puede
ser explicada por la transmisión de un tipo menos sutil de pen-
samiento. Entre el médium en trance, el políglota, el místico en
éxtasis, el embelesado admirador del arte y la persona poseída
por un espíritu, existe determinado vínculo. Todas esas perso-
nas están en contacto con una realidad existente más allá del
mundo normal; y lo que parece ser una fantasía, al medirse
con la regla de la lógica puede resultar otro de los rasgos de la
comunicación telepática, es decir, de la transmisión del pen-
samiento.
El diccionario define el trance como “un estado de sueño
mórbido, diferente del reposo natural en cuanto a duración,
profundidad de la sensibilidad, y sintomático de enfermedad
del sistema nervioso, particularmente de histeria o de catalep-
sia”. Tal definición resulta por demás ambigua y no especial-
mente indicativa de las muchas formas que los estados de tran-
ce pueden adoptar. Harto conocido es el que los estados de
trance pueden darse como resultado de un golpe o shock, o
bien ser inducidos mediante el uso de drogas; en determinados
casos, los tumores y las lesiones del cerebro pueden provocar
también dicho estado. Por otra parte, tenemos las alucinaciones
provocadas por el dolor o por el miedo, pero, además, se dan
trances no inducidos por un súbito golpe, por un shock o por
una enfermedad. Y este último y legítimo estado de trance cons-
tituye actualmente un tema de gran interés entre los parapsicó-
logos. Los estados de trance se dan en los éxtasis de los místi-
cos, cuando la mente se halla intensamente concentrada en una
potente imagen, incluso en una imagen divina. En cierto punto,
sucede que el vínculo entre la mente intangible y el mundo tan-
gible se rompe.
Existe también otro fenómeno, llamado posesión, consisten-
te en que un espíritu —bueno o malo— toma posesión de de-
terminado ser humano. Dicho espíritu puede hablar por medio
de la boca de ese ser humano, así como le es también dable
actuar a través de los miembros del mismo. Tal posesión puede
sobrevenir cuando la persona se halla bajo los efectos de alguna
forma de trance, o bien durante el sueño, o también en estado
de hipnosis; la duración de dicho fenómeno es susceptible de
115
8 * TELEPATÍA
colar ente o rato y varios días. La posesión no debe ser
a empre interpretada como algo de indole
maléfica, puesto que
en muchas religiones existen puntos doctrina
les encaminados a
propiciar una ligazón entre el hombre y su dios; y el sumo sacer-
dote o sacerdotiza de tal religión interpreta el fenómeno en cues-
tión como una demostración de su elevada participación espi-
ritual.
Consecuentemente, en todo el mundo el trance o el estado
de posesión ha sido utilizado para inculcar
o para corroborar
toda una serie de creencias. En el Tibet,
antes de la invasión
china, el Dalai Lama no tomaba ninguna dete
rminación ni adop-
taba ninguna decisión política sin haber cons
ultado previamente
a un joven, quien para ello entraba en tran
ce y hablaba extra-
ñas palabras, que eran debidamente interpretada
s por los sacer-
dotes. Y aquí surge un inevitable interrogante
. ¿Poseían aque-
llos sacerdotes la facultad de la transmisión
del pensamiento,
mediante la cual transmitían sus propios dese
os al joven en
trance, al que utilizaban para despistar o enga
ñar a la gente?
En el mundo antiguo, cuando el gobierno de los
sacerdotes —-la
teocracia— era un sistema autocrático, si las cosas salían mal
no se podía echar la culpa de ello a nadie más
que a los mis-
mos sacerdotes que habían pronunciado el orác
ulo. Es posible,
pues, que más adelante los sacerdotes transfir
ieran la respon-
sabilidad de los oráculos a alguna otra persona.
Y si tal persona
cometía alguna equivocación, quien cargaba
con la culpa era
el joven que hacía las veces de oráculo; así
los sacerdotes se
hallaban siempre al abrigo de toda protesta
contra ellos. El
oráculo fue ya conocido en los primeros
tiempos de la historia.
El más famoso de ellos, fue, quizás, el
del templo de Apolo,
en el que una sacerdotiza era la que entr
aba en trance. Pese
a lo ambiguo de sus respuestas, eran much
os los políticos que
acudían a consultar al oráculo y que, cons
ecuentemente, ponían
en ejecución su consejo. Puede ser muy bien
que la sacerdotisa
captara los pensamientos emitidos por
la mente de aquellos
políticos, repitiéndolos luego, y, por
consiguiente, comunicando
a sus consultantes la seguridad de poner
en acción aquello que
ya estaba formulado en su mente.
Siempre resulta interesante el observar el
fenómeno de las
circunstancias del trance de masas, y su
transmisión del pensa-
miento debe de jugar aquí un gran pape
l. La danza de los der-
116
viches del norte de África guarda estrecha relación con los fre-
néticos trances que formaban parte de las prácticas religiosas
de la antigua Grecia. En ciertas famosas ánforas guardadas en
los museos, y que datan de unos 500 años antes de Jesucristo,
aparecen los adoradóres de Dionisos en pleno éxtasis y dan-
zando al son de la flauta tocada por un sátiro. La actividad
sexual es muy frecuente en los trances de masas; y en las primi-
tivas comunidades el que espera verse satisfecho es el varón,
teniendo la hembra poca importancia. Así como el sacerdote
puede ser absuelto de sus pronósticos fallidos, así también los
graves miembros de toda comunidad pueden verse absueltos de
toda idea de culpabilidad o pecado si sus acciones pecaminosas
son realizadas en el curso de un trance.
¿Cómo surgió la idea de la danza masiva en esa circuns-
tancia de trance? ¿Dimanó acaso tal idea de la mente de una
persona que se había propuesto controlar a la gente que le ro-
deaba? Tal idea debe de haber salido de algún lado; tiene que
haber habido un inicio del pensamiento que forja la idea y
que a su vez la transmite para que ésta devenga una actividad
determinada. Yo creo sinceramente que la actividad del trance
masivo está dominada por la transmisión del pensamiento de una
especie de maestro de ceremonias dictando mentalmente el de-
sarrollo de la danza así como también su motivación. Con segu-
ridad vamos a saber algún día más cosas acerca de esos extra-
ños trances; y las iremos sabiendo a medida que vayamos cono-
ciendo más cosas acerca del cerebro humano y de sus funciones
como órgano que es de la mente. Pero siempre nos hallaremos
con el hecho de que el hombre es susceptible de ser elevado o
degradado a través de su subconsciente lo mismo que a través
de su consciente, siendo lo más probable que la fuerza empleada
en ello sea la propia telepatía.
No existe duda alguna de que los resultados del vudú vienen
explicados por las fuerzas telepáticas. Nadie que esté en sus ca-
bales puede admitir que el hecho de clavarle alfileres a un mu-
ñeco engendra la enfermedad, causa la aflicción o el agotamiento
físico. Y todavía se nos antoja más grave la cosa cuando cons-
tatamos que en la ejecución del vudú se hace un verdadero
derroche de concentración mental. El agente que ejecuta la cere-
monia no tiene en su mente otro pensamiento más que el que
quiere proyectar hacia fuera, de manera que dicho pensamiento
117
sale “disparado” con enorme
fuerza, yendo a incidir exacta-
mente en el sitio sobre el que se quiere que surta su efecto.
Es de lamentar que el vudú se halle casi siempre asociado con
el mal y que sus fuerzas destructivas sean tan enérgicas, porque
tal actividad constituye un corriente
mente sobre la materia. ¿
lá requiere,
ET vudú mo vemos, una tremenda concentración
mental, y tal proceso no puede efectuarse a la ligera. Los sacer-
dotes y sacerdotisas que poseen la virtud de proyectar la fuerza
del vudú mediante la transmisión del pensamiento son personas
consagradas a tal actividad, que tienen una misión que cumplir
y que la cumplen de acuerdo con determinadas prácticas ri-
tuales.
El vudú está siendo practicado en África, pero en ese con-
tinente no siempre surte los drásticos efectos que en América,
pues entre las tribus africanas el vudú constituye una religión,
oS lote, está. puesto...al.servicio..del bie /
1b 1 y no sólo para dar satisfacción a un mero rencor personal.
En Australia se da muy frecuentemente el caso de una per-
sona “cantada a muerte”. Los aborígenes australianos dominan
a la perfección la magia mental y no vacilan en emplearla cuan-
do creen que existe un motivo justo para ello. Por otra parte,
lo que justifica el que un hombre sea “cantado a muerte” es
que éste haya causado un gran mal a la tribu. Son muchas las
personas que creen, equivocadamente, que el hombre que se
sabe víctima de tal maldición empieza, a consecuencia del efec-
to psicológico que ello le causa, a cometer desatino tras desatino
hasta que al fin sucumbe. En Australia, el hombre que ha sido
sentenciado a muerte no siempre conoce dicha sentencia; sucum-
be meramente a efectos del “canto” a que ha sido condenado y
ejecutado. El proceso en cuestión es casi demasiado extraordi-
nario como para ser creíble. El brujo, o su asistente, tras haber
expuesto que el acusado ha cometido un crimen contra la tribu,
decide, por votación, si éste tiene que pagar con la vida dicho
crimen. Una vez pronunciada la sentencia, se efectúa una sen-
cilla ceremonia, en la que el brujo, solo o ayudado por sus asis-
tentes, inicia, en voz baja, la salmodia. Alguien me ha dicho
que algunas de estas salmodias empiezan con un tonillo como
de canción de cuna. Los participantes en el “canto de la muer-
te” inician la ceremonia estando completamente relajados, pero,
118
de una manera gradual, van entrando en trance. El ritmo y las
vibraciones del canto de la muerte varían de acuerdo con la
índole del crimen que se pretende castigar y según la naturaleza
de la persona sentenciada.
A medida que la ceremonia va transcurriendo, el monótono
canto va subiendo de tono y suele durar horas y horas, siempre
con la misma intensidad y el mismo designio, Ningún ejemplo
mejor que ése para poner en evidencia que ]
siento”. El resultado final del canto de la muerte es el
amiento de un individuo que quizá se halle a miles de
kilómetros lejos del sitio en donde ha tenido lugar su “ejecu-
ción”. Y esto ha sido plenamente testificado por personas que,
en muchos casos, eran francamente escépticas respecto de toda
clase de fenómenos psíquicos. A muchas personas les resulta
desagradable el hablar de la “muerte cantada” de los aboríge-
nes. Por supuesto, según el criterio más generalizado, no existe
ninguna razón a para que muera un individuo a consecuen-
cia de haber sido “cantado”; si bien hay quien opina que si
existe una razón psicológica para la muerte de un hombre si
éste sabe que sus enemigos lo han sentenciado a morir y que ya
lo han “ejecutado” in mente. Sin embargo, ¿cómo explicar
aquellos casos en que el hombre condenado no sabe que sus
enemigos le han estado “cantando a muerte”? La única expli-
cación acaso sea la transmisión del pensamiento; una transmisión
en la que la mente humana —al igual que lo que sucede en
una normal estación emisora de radio— desarrolla una fuerza
equivalente a muchos miles de kilovatios. d
A través de miles de años, se ha venido hablando —-—con el
aliento entrecortado por el miedo— de las maldiciones. Lo más
interesante acerca de las antiguas maldiciones es que quienes
vivimos en estos años del siglo xx tenemos la posibilidad de
analizar, en retrospectiva, la peripecia, y comprobar si tales
maldiciones han sido efectivas. En efecto, la eficacia de muchas
de las antiguas maldiciones ha sido plenamente comprobada.
Una cosa es decir, “Te maldigo: ojalá nunca conozcas el calor
de otro ser humano y que tus primogénitos mueran siempre”
y otra muy distinta el que esta maldición salga verdadera. Mu-
chas familias europeas han sido hechizadas y está plenamente
comprobado que todas las generaciones posteriores, pese a las so-
fisticadas formas de la vida moderna, han caído víctimas de las
119
. .?
ideas originales de la maldición. Parece ser que ello sucede in-
dependientemente de que el sujeto de la maldición crea o no
que sus antepasados fueron víctimas de un hechizo. Al llegar
el día señalado, dicho sujeto caerá, a su vez, fulminado por la
maldición formulada muchos años ha, y nada existe en la vida
civilizada que sea capaz de impedir o neutralizar la realización
de la misma. El rasgo esencial de la maldición es que ésta ha
: tal intensidad.que, a la hora de formu-
larla —y empezando por el pensamiento emitido—, el individuo
está poseído de un odio tan integral que, para él, nada existe
en el mundo excepto el específico pensamiento impulsor de la
maldición lanzada. Recientemente estuve hablando con Hans
Holzen, destacado escritor y parapsicólogo. Hablamos acerca
de la visita que esperábamos realizar a la ciudad de Viena, en
donde vivía un común amigo, en cuya familia existía una mal-
dición consistente en que, al cumplir cierta edad, todo miembro
varón de la misma tenía que morir. Nuestro común amigo había
casi ya alcanzado la edad límite señalada en la maldición. Pero
como éste vivía en una sociedad altamente refinada, el “mito
de la maldición familiar” se le antojaba una solemne tontería.
Cuando Hans le visitó en el verano de 1967, nuestro amigo se
hallaba en plena salud. El especial cumpleaños debía acaecer
en 1969, el año en que precisamente teníamos que ir a verle.
Pero nunca llegamos a realizar el proyectado viaje. Antes de
emprender la marcha, nos enteramos de que nuestro amigo
yacía en su cripta familiar de Viena.
Supongo que soy una de las personas que más relatos poseen
acerca de las maldiciones, 2 a través de los cuales he podido
comprobar que
ese alguien. tiene q rsona-i: ÍA:
y más si procede de una 1 familia que desde antiguo viene te-
niendo fama de tal. Una maldición especialmente interesante fue
la presentada últimamente en un programa de la televisión in-
glesa. En el año 1800, y en un pueblecito del sur de Irlanda,
llamado Doneraile, vivía el señor de la Casa Grande, el viz-
conde Doneraile. Los pueblos de Irlanda llevan a menudo el
nombre de la familia local que tradicionalmente ha estado man-
dando en la comunidad. Pues bien, el vizconde Doneraile tuvo
un lance amoroso con una bruja, tras el cual la dejó abando-
nada. Ahora bien, ninguna bruja que se estime puede tolerar
120
; y más si este engaño es de índole
amorosa. Así que nuestra bruja maldijo a su burlador. La his-
toria dice que ella protestó amargamente, como una mujer nor-
mal, contra semejante proceder; pero, como bruja, le maldijo
anunciándole que moriría rabiando como un perro: como el
perro que había demostrado ser en su comportamiento con ella;
que moriría, pues, boqueando y jadeando, y que en su familia
no habría heredero varón por espacio de siete generaciones. Es-
pantosa maldición ésa, dada la importancia que, según la tra-
dición reinante en el sur de Irlanda, tiene la continuación del
linaje de la familia. En efecto, el vizconde Doneraile murió
como un perro, víctima de uno de los casos de rabia más espan-
tosos que se hayan conocido. Y después de que el varón original
muriera de rabia, no volvió a haber ningún primogénito ni he-
redero varón durante varias generaciones. En 1969, el último
vizconde bajó a la tumba sin haber dejado descendencia, y los
albaceas de su testamento anunciaron en la prensa mundial que
toda aquella persona que estuviera emparentada con la familia
se personara en casa del notario. Uno de los pretendientes a la
herencia resultó ser un lejano pariente, un camionero de Cali-
fornia. Hace poco, éste llegó, junto con su mujer —una funam-
bulista de circo— y cinco hijos, a Doneraile. Parece ser que,
por fin, la maldición de la bruja se ha extinguido.
La mayoría de las brujas juegan limpio cuando formulan
una maldición. Porque, en todos los casos, a la maldición se le
fija un término, cumplido el cual, la justicia se considera pagada.
Por otra parte, no guardan rencor alguno a nadie después de
que la cosa ha terminado. Y me cuesta tener que admitir que
uno de los miembros de mi familia pronunciara la aludida mal-
dición. Pero le puedo asegurar al camionero de Los Angeles
que no siento animosidad alguna hacia su familia. Me alegro
mucho de que aquella maldición se haya agotado; pero que
nadie me diga que las maldiciones no hacen efecto.
122
ración hipnótica “no puede causarles ninguna clase de ma”.
Cierto que en determinadas circunstancias la hipnosis no resulta
. perjudicial, pero si ésta se lleva a efecto de una manera impru-
a dente por meros aficionados, entonces sí puede ser altamente
o perniciosa. Yo considero a la hipnosis bajo dos diferentes luces.
La hipnosis puede ser eficazmente útil si las motivaciones del
agente son honestamente sinceras, pero si se hace de ella un
uso indebido, entonces se convierte en la más peligrosa de las
“armas conocidas. Sabia y honradamente empleada, la hipnosis
puede ser un excelente medio terapéutico; es decir, podemos
servirnos de ella para curar muchas enfermedades, así como
también para hacer que una persona tímida se vuelva resuelta
y animosa, pero conviene tener presente que la hipnosis, como
sucede en todas las más importantes actividades de la mente
sobre la materia, puede ser lo mismo un gran bien que un
gran mal.
La mente puede ejercer su influencia sobre varias otras men-
tes; y si una persona llega a convertirse en la única receptora
de las formas del pensamiento de otra mente, ese pensamiento
actuará sobre ella hasta el punto de sujetarla, por el hecho de
ser la más débil, al dominio absoluto de la mente del agente.
Si a todos nos movieran los mismos elevados ideales, nada malo
ocurriría; pero, ay, el hombre es, en resumidas cuentas, un ser
débil y, por ende, hambriento de poder, y se serviría de cual-
quier medio con tal de poder alardear de poseer una persona-
lidad encantadora, de estar en posesión de inmensas riquezas
o de cualquier otra forma de poder.
Mientras que pocas son las personas que confiesen creer
en el conde Drácula, en los hombres-lobo, en los vampiros o en
las doncellas controladas por las fuerzas del mal, ahí están,
ante nuestros propios ojos, muchos misterios que hoy todavía
resultan inexplicables. Uno de los más notorios es el caso de
Lee Oswald, acusado de dar muerte al presidente John Kennedy.
Son muchísimas las personas que nunca han creído que Oswald
tuviera madera de asesino. Su historial nos convence precisa-
mente de que en él no había un asesino en potencia, y, sin em-
bargo, disparó el fusil que causó la muerte de un popularísimo
presidente. Tras este hecho, y en medio de una serie de extra-
ños incidentes, el mismo Oswald fue asesinado; nadie pudo com-
parecer ante un tribunal en donde se dilucidara todo lo relativo
123
a la violenta muerte del presidente de los Estados Unidos. Mu-
on
chas de las personas implicadas en tan luctuoso suceso hallar
de manera
la muerte de forma asaz extraña y aun inverosímil;
. La mo-
que no quedó nadie vivo que pudiera servir de testigo
sido inspirada
tivación de tal asesinato pudo muy bien haber
por transmisión del pensamiento: por una comunicación tele-
a un verda-
pática O hipnótica realizada por alguien que tuvier
Kennedy.
dero motivo para desear la desaparición física de John
per-
Alguna “mente de amo” pudo haber planeado un crimen
paseando
fecto; y ahora el verdadero autor del crimen se estará
tranquilamente por ahí.
El hipnotismo de masas, en el caso de la publicidad por
sugestión hipnótica, consiste en tentar al sujeto ofreciéndole
cosas materiales que ejerzan una gran atracción sobre su vani-
dad, a cambio de su dinero; el cual se gasta en la adquisición
de cosas que en realidad no se necesitan, y que en muchas oca-
siones no se desea adquirir.
El hipnotismo constituye quizás el control más completo so-
bre la mente humana. En ciertas tribus del África Oriental no
es infrecuente el hecho de que los habitantes de un pueblo sean
puestos en estado de trance, quedando, por consiguiente, a la
merced de un hechicero. Este mismo método es utilizado en
ciertas zonas para hacer realizar ciertos trabajos a gentes que
en circunstancias normales son poco inclinadas a trabajar. Mu-
cha gente asocia la idea de los zombies con las prácticas ritua-
les del “Baron Samedi”, consistentes en sacar un cadáver de la
tumba y de volverle a la vida mediante las manipulaciones de
un experto en vudú. Un nativo de África me aseguró que, en
efecto, eso se hacía en su tierra, pero con la variante de que a
las personas seleccionadas para la “operación zombi” se les
administraba cierta droga a fin de que se las creyera muertas;
luego se las enterraba, para más tarde desenterrarlas y adminis-
trarles una nueva droga que las dejaba en un estado de com-
pleta imbecilidad. Una vez puesto el sujeto en tal estado, el
experto en vudú le va instruyendo, por medio del hipnotismo y
de la transmisión del pensamiento, sobre su comportamiento
para el futuro.
El hipnotismo ha existido en todas las épocas. A veces, el
agente hipnotizador fue el propio sumo sacerdote de ciertas ya
fenecidas religiones, el cual, al dirigirse a los hombres, no les
124
hablaba como hombre, sino como quien encarnaba la misma
divinidad. Hoy al hipnotismo de masas se le da el nombre de
“Carisma”, nombre que aplicamos, como un cumplido, a aque-
llos políticos que impresionan a la masa de electores con su
“encanto personal” más que con cualquier otra cosa.
Svengali, el intrigante personaje creado por George Du Mau-
rier durante la era victoriana, causó la admiración del mundo
por su completo control sobre un ser humano. Transmitía sus
propios pensamientos, sus ambiciones y sus energías a la mente
de una mujer llamada Trilby; y así, mediante el control ejercido
sobre ella, la condujo al pináculo de la perfección como can-
tante de Ópera y la convirtió en el ídolo de la sociedad pari-
siense. La fuerza de Trilby, en tanto que gran novela, estriba
en el hecho de que antes de que el lector se haya adentrado
mucho en la lectura del libro, la historia que en éste se cuenta
se le antoja tan creíble, que él mismo es objeto del hipnótico
hechizo que Svengali ejerciera sobre Trilby. Y ésta es la demos-
tración de la suma manifestación del poder de la mente sobre
otras mentes.
Trasplantemos ahora el tipo de Svengali a la época actual y
en el campo, precisamente, del espectáculo. Parece ser que un
buen agente de negocios artísticos suministra a su clienta algo
más que ideas acerca del acicalamiento y de la preparación para
llegar al estrellato. Yo misma he podido ver más de una vez.
cómo un famoso agente estaba escudriñando, con suma con-
centración, todos y cada uno de los movimientos y gestos de
“su” estrella mientras ésta permanecía en escena, y acabando,
al final de la representación, en un estado de total agotamiento.
El poder de la voluntad y la transmisión del pensamiento, ejer-
cicios desde detrás de los bastidores, han sacado adelante a más
de una estrella durante su actuación, de la misma manera que
Svengali usaba del dominio de su mente sobre Trilby.
La transmisión del pensamiento a través del hipnotismo pro-
voca un peculiar estado de disociación mental, distinguible por
algunos bien definidos síntomas, siendo el más destacado e in-
variable la terriblemente incrementada susceptibilidad del suje-
to. El estado hipnótico puede ser inducido, bien a individuos
aislados, o bien a muchas personas a la vez, en especial a seres
humanos totalmente normales. Comete una gran equivocación
quien diga “nadie es capaz de hipnotizarme”, pues esas son
125
ser hipnoti-
precisamente la clase de personas susceptibles de
pensamiento
zadas sin darse cuenta de ello. La transmisión del
sciente que a tra-
puede efectuarse lo mismo a través del incon
parezca la conciencia. La
vés del voluntario deseo de que desa
a cabo alguna actividad
persona que realmente quiera llevar
ser, por lo general,
relacionada con la dominación mental suele
cer el área vulne-
lo suficientemente inteligente como para cono
a la sugestión hip-
rable de la persona que opone resistencia
sional que estu-
nótica. El hipnotizador es como el cazador profe
víctima. El es-
dia anatomía antes de apuntar con el fusil a su
sueño normal,
tado hipnótico presenta cierta afinidad con el
se igualmen-
con el que puede ser confundido por relacionar
ismo, el éxtasis,
te con estados anormales tales como el sonambul
Bajo una
los trances de los faquires hindúes y el curanderismo.
cido a lo
u otra de estas formas, el hipnotismo ha sido cono
mundo. Hoy
largo de miles de años en todos los lugares del
como algo
todas esas formas han dejado ya de ser consideradas
sigue per-
oculto. Pero, pese al status conseguido, la hipnosis
ismo. La
maneciendo inextricablemente entrelazada con el ocult
yo deseo
cosa mejor que jamás le ocurrió al hipnotismo —y
al— fue su
que siga el mismo camino la percepción extrasensori
ingreso en las áreas científica y médica.
ia-
Los hombres de ciencia del siglo Xv1 observaron y estud
diversos
ron constantemente los fenómenos del hipnotismo. Los
los fenóme-
campos de la curación psíquica tienen su origen en
esa clase
nos del hipnotismo. La “imposición de manos” es, en
a esta-
de curaciones, un símbolo. Mediante tal contacto qued
lo que en
blecido un vínculo entre el curandero y el enfermo,
del curan-
gran manera facilita la tarea del primero. El secreto
sus Ora-
dero no radica en sus “mágicos ensalmos”, ni aun en
en que
ciones, la cura empieza a obrarse en el preciso momento
amiento
su mente entra en acción, es decir, antes de que el pens
e la mirada
haga fluir la palabra. El curandero psíquico dirig
amiento
a la parte enferma del cuerpo, y luego concentra el pens
parte total-
hasta que en su mente aparece la imagen de dicha
nuevos
mente sana y hermosa. El curandero transmite la idea de
general
tejidos, de un perfecto bienestar y de un mejor estado
captar
de salud al sujeto, quien al principio quizá no pueda
inter-
tales ideas. El dolor es uno de los principales obstáculos
do el
puestos entre el curandero psíquico y el sujeto. Y, cuan
126
dolor es muy intenso, puede incluso acontecer un proceso de
transmisión a la inversa: el curandero capta el dolor del pacien-
te, especialmente si a consecuencia del esfuerzo de concentra-
ción mental realizado, o por cualquier otra causa, su organismo
se halla agotado. ]
No cabe duda de que los antiguos conocían el aludido me-
dio de tratamiento de la enfermedad, dándose perfecta cuenta
de la potencialidad de la mente como transmisora de la atrac-
tiva imagen de un cuerpo sano. Entre otros personajes de aque-
lla época, Agrippa von Nattesheim, alquimista y astrólogo-filósofo
medieval, habla francamente de eso cuando dice, en su Occulta
Philosophia: “Hay una ciencia solamente conocida de unos
pocos, una ciencia de iluminar e instruir la mente para que ésta
sea elevada, de un solo salto, desde la oscuridad de la ignorancia
a la luz de la sabiduría. Lo cual se logra principalmente a través
de una especie de sueño artificial en el que el hombre olvida el
presente y percibe el futuro mediante la inspiración divina. Los
malvados incrédulos pueden ser desposeídos de este poder por
medios secretos.”
La curación de los enfermos, verificada, en primer lugar,
mediante el establecimiento del vínculo de la imposición de ma-
nos, y seguidamente por la transmisión del pensamiento, ha
sido conocida por los pueblos primitivos, y la historia de la
misma puede ser rastreada especialmente a través de las civili-
zaciones india y egipcia. Igualmente nos topamos con dicho sis-
tema curativo en la historia de los hebreos, contenida en el An-
tiguo Testamento, en donde los casos de curación psíquica son
tan nutridos que es imposible enumerarlos en las presentes pá-
ginas. En las esculturas egipcias puede observarse como aparece
el agente curandero con una de sus manos aplicada sobre el
estómago y la otra sobre la espalda del enfermo; así como tam-
bién existen relatos acerca de los primeros misioneros en tierras
de China, algunos de los cuales curados por medio de procedi-
mientos no ortodoxos.
No hace mucho estuve de viaje por la península de Yucatán,
con objeto de ponerme en contacto con un hombre que conocí
hace muchos años: un hechicero. Siempre tuve un vivo deseo
de ir registrando las peripecias de la hechicería tal como ésta
se practica en esta segunda mitad del siglo xx. Camino de la
cabaña de paja en donde vive mi amigo el hechicero, a varias
127
millas de Noona, estuvimos departiendo con muchos pueblerinos
de aquella región, quienes nos manifestaron que el hechicero
era tenido en gran estima, principalmente por su benemérito
trabajo como curandero. Luego pasé muchas horas en conver-
sación con él, el cuál me dijo que, para sus curaciones, única>
mente se servía de hierbas y de su mente, precisando quese.
128
discípulos, destacó Mary Baker Eddy, la cual se aferró a la pre-
misa de que ena puede
dadEA ser ES
Mary Baker Eddy és precisamente el mayor exponente mo-
le derno del poder de la mente sobre la enfermedad. Dicha señora
a es la verdadera madre de la Ciencia Cristiana, ciencia que sos-
tiene que la mente humana tiene la facultad de vencer comple-
tamente la enfermedad.
El Nuevo Pensamiento es otra religión emparentada con la
Ciencia Cristiana, de la que no obstante difiere, por cuanto no
rehúye el empleo de medicamentos en la curación de las enfer-
medades. Uno de los devotos del Nuevo Pensamiento, Ralph
Waldo 'Trine, proclama que las enseñanzas de esa especie de
religión van encaminadas al reconocimiento de nuestra propia
divinidad y de nuestra íntima relación con el universo: “Tene-
mos que enganchar —dice— la correa de nuestra máquina hu-
mana a la central cósmica. Y la mente es el medio más impor-
tante para realizar esa operación.” Los miembros del Nuevo
Pensamiento han obrado sinnúmeras curaciones a distancia, las
129
tra Señora de Lourdes son miradas por todo el mundo con el
máximons es digo yo, ¿por qué, entonces, no aceptar la
oniosas dima-
nantes de una mente que na a tiene que ganar por consagrarse
a este tipo de trabajo? Yo no puedo menos que admirar a quie-
nes poseen esa virtud de la curación masiva, pero tal facultad
está más allá de mis posibilidades mentales.
Todo cuanto es posible por medios meramente tangibles
tiene su contrapartida en lo intangible. Pero hoy todavía se
tiende a calificar de magia todo lo que haga referencia al reino
de lo intangible. No obstante, está próximo el día —que llegará
cuando vayamos adentrándonos en la Era de Acuario— en que
lo intangible será considerado como algo totalmente natural y
corriente.
Este libro trata de los experimen-
tos más antiguos que se conocen,
así como de las investigaciones
más modernas y recientes: el
vudú, la curación a distancia, el
hipnotismo, los OVNIS y los men-
sajes interplanetarios, las maldi-
ciones, la comunicación psíquica
entre el hombre y los animales,
la fotografía del pensamiento,
la posesión y el médium, Mark
Twain y las manifestaciones psí-
quicas, el papel de la telepatía en
las sociedades primitivas, en las
civilizadas, en las antiguas y en
las modernas, la relación de la te-
lepatía con el ESP, amén de la
manera en que la telepatía actúa,
de cómo transmitir y recibir, de
cómo practicar, etcétera.
De todo lo cual se desprende la
necesidad de leer, de relajarse,
de escuchar y de tener la mente
siempre alerta, porque, como va
a decirles Sybil Leek, «puede ocu-
rrir que los intangibles fenóme-
nos psíquicos nos den a conocer
la última frontera...».