538 Burckhardt
538 Burckhardt
JACOB BURCKHARDT
LA ÉPOCA
DE CONSTANTINO EL GRANDE
DEL PAGANISMO AL CRISTIANISMO
ÍNDICE
Prólogo a la primera edición............................................................................................................6
Prólogo a la segunda edición...........................................................................................................7
Prólogo a la edición mexicana.........................................................................................................8
SECCIÓN PRIMERA El poder imperial en el siglo tercero........................................................10
Se acaban los buenos emperadores. Cómodo y la locura imperial. La posición del senado. La precaria
sucesión al cetro imperial. Ultimas manifestaciones de la vieja arrogancia pretoriana; la subasta del
trono. Septimio Severo como consumador del despotismo militar. Posición delicada del senado. La
guardia personal. Decadencia de la disciplina. La superstición. Caracalla; su campaña dentro del
Imperio. Macrino. Heliogábalo. Alejandro Severo y los últimos intentos de un constitucionalismo
desde arriba. Maximino como emperador bárbaro. El senado asume desesperadamente el gobierno.
Nuevo dominio de los soldados. Gordiano y Misiteo. Filipo el Árabe. Decio. Carácter de los
emperadores procedentes de Iliria. Valeriano. La elección en manos de los generales. La época de los
treinta tiranos. Los salvadores del Oriente y el Occidente romanos. La situación de Galieno. Su
sentencia de muerte. Claudio Gótico. Aureliano: la nueva unificación del Imperio: el senado. Ultima
resolución del senado sobre el Imperio. Tácito. Probo. Caro. Diocleciano.
PRÓLOGO
a la primera edición
No fue otro el propósito del autor de la presente obra que el de describir el admirable medio
siglo que va desde la aparición de Diocleciano hasta la muerte de Constantino como una época de
transición. No se trataba, por lo tanto, de una historia de la vida y del gobierno de Constantino ni de
una enciclopedia de todo lo digno de saberse de esa época, sino, únicamente, de esbozar un cuadro
vivo con los rasgos característicos del mundo de entonces.
El libro no ha logrado tal propósito más que en un sentido limitado, y acaso el lector no quiera
reconocerle otro título que el de “estudios sobre la época de Constantino”. Han sido omitidas
aquellas circunstancias de la época que no era posible conocer de modo suficiente y que, por lo
tanto, no podían entretejerse de un modo vivo en el conjunto; así, por ejemplo, las circunstancias
referentes a la propiedad, a la vida de trabajo, a la hacienda pública y tantas otras cosas. No deseaba
el autor, en modo alguno, prolongar las controversias científicas aportando nuevos datos que
seguían sin resolverlas en lo esencial; no ha escrito pensando tanto en los académicos cuanto en
toda clase de lectores inteligentes que se interesan por seguir una exposición en la medida que es
ella capaz de ofrecer un cuadro de perfiles netos. De cualquier manera, mucho le agradará que los
nuevos resultados a que cree haber llegado en los aspectos tratados en la presente obra encuentren
aceptación entre los especialistas.
Prescindiendo de esta selección, no totalmente libre, del material, también el principio que ha
inspirado su elaboración y su exposición deja, sin duda, mucho que desear, y tampoco cree el autor
que en esto haya logrado lo mejor ni lo más justo. Tratándose de trabajos de historia universal se
puede discrepar sobre los primeros principios y los propósitos de suerte que un mismo hecho puede
parecer a uno como esencial o muy importante y a otro como insignificante del todo, mera bisutería.
Pero eso acepta el autor que su modo de tratar el asunto sea discutido como algo subjetivo. Hubiera
sido, sin duda, más seguro fabricar, por ejemplo, una nueva historia de Constantino a base de las ya
existentes, mediante un nuevo examen crítico, proveyéndola con el número correspondiente de citas
de las fuentes; pero semejante empresa no hubiera tenido para el autor aquel atractivo que es capaz
de compensar todos los desvelos. Con esto no queremos condenar los diversos modos de tratar esta
materia; nos contentamos con que también se conceda al nuestro su modesto lugar al sol.
En cuanto a las citas el autor se ha impuesto cierta medida. Los conocedores se darán cuenta
fácilmente en qué grado es deudor a Gibbon, Manso, Schlosser, Tzschirner, Clinton y otros
predecesores, pero también en qué medida se hallaba abocado a un estudio propísimo de las fuentes.
Digamos de pasada que el autor ha creído tener que desviarse por completo, en un aspecto, de la
excelente obra de Tzschirner: le parecía, en efecto, que estimaba demasiado la influencia del
cristianismo en el paganismo decadente y prefirió explicar los fenómenos correspondientes
mediante un desarrollo interno del paganismo, por razones cuyo examen no corresponde a este
lugar.
Las secciones (V y VI) dedicadas a este tema carecen, como se verá, de todo revestimiento
sistemático. Estaba convencido el autor de que, en este aspecto, más le convenía pecar por defecto
que por exceso. Pues en lo que se refiere al campo de las convicciones espirituales, especialmente
en los dominios de la historia de la religión, prefiere ser motejado de prudente que de atrevido.
J. B.
7
PRÓLOGO
a la segunda edición
Cuando hace cerca de treinta años se juntó el material de este libro y se comenzó su
elaboración, el propósito que albergaba el autor no era tanto el de un relato histórico completo como
de una descripción histórico-cultural completa de la importante época de transición abarcada por el
título. Tenía la conciencia de que en esa tarea se vería obligado a hacer una selección muy subjetiva
de todo aquello que pertenece a la imagen del mundo de aquellos días, pero el eco que ha tenido el
libro después le permite creer que ha dado con lo deseable para muchos lectores. Desde entonces,
esa época ha sido muy estudiada y ha sido descrita, especialmente en sus aspectos políticos e
histórico-eclesiásticos, de un modo nuevo; también esta segunda edición ofrecerá testimonio de
cuánto debemos a tantos nuevos investigadores de valía como Vogel, Hunziker, von Gorres y otros
muchos, y más que nada a la excelente obra de Preuss sobre Diocleciano. Pero el presente libro no
podía crecer demasiado y sus proporciones y la tendencia esencialmente histórico-cultural no
debían ser perturbadas insistiendo en el detalle político y biográfico; bastaba con rectificar
numerosos errores de hecho y completar en lo esencial la conexión histórica allí donde su
conocimiento ha sido mejorado.1 De este modo encomendamos nuestro trabajo, en su nueva forma,
a una generación de lectores en su mayor parte nueva.2
J. B.
1 En esta edición digital las Adiciones y rectificaciones se han incluido sucesivamente como notas al texto,
advirtiéndolo oportunamente, en lugar de al final de la obra. También se han incluido enlaces a aquellas fuentes
citadas por el autor que ya han sido comunicadas en Clásicos de Historia.
2 En la tercera edición (publicada en 1898, ya fallecido Burckhardt) la Editorial E. U. Seeman advierte que, dada la
peculiaridad del libro, juzgó conveniente no introducir cambio alguno debido a manos extrañas.
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PRÓLOGO
a la edición mexicana
Hemos utilizado esta tercera edición, publicada un año después del fallecimiento de
Burckhardt. La primera es de 1853 y la segunda, retocada por el autor, aparece unos treinta años
después. La “peculiaridad del libro” es también la que nos ha movido, no ya, sobra decir, a
respetarlo íntegramente, sino a publicarlo ahora en español, porque consideramos que el cuadro que
en él se ofrece, cuadro de conjunto de una época de transición —del paganismo al cristianismo—
tan decisiva en la historia del Occidente, no ha sido superado todavía, y tardará mucho, como obra
de rigurosa historia y, por lo tanto, de resurrección de un pasado que nos incumbe como pocos y que
se actualiza también como pocos al borde de nuestros días.
Esta historia rigurosa está erizada, sin embargo, de un desfile de reticentes “acaso” y
“probablemente” como sería difícil encontrar tan abundantes en cualquier ensayo de escéptica
filosofía. Es una paradoja que invita a la reflexión, como también la afirmación que hace
Burckhardt de no haber querido complicar con ningún dato nuevo las innumerables controversias
científicas de detalle y de haberse atenido a una revisión personal de las fuentes conocidas para
ofrecernos un resultado, sin duda, subjetivo, pero que reclama también, modestamente, su lugar al
sol.
Con esta timidez aparente se expresa el gran Burckhardt, tan seguro de sí mismo, para no
escandalizar demasiado los medios académicos, buscando el irónico rodeo del “lector inteligente” y
pordioseando casi su rinconcito al sol. Él se sabía muy bien por qué, pues todavía su famosa
Historia de la cultura griega (1898-1902) tardó bastante tiempo en ser tomada en consideración.
Pero nosotros, que tradujimos los dos primeros volúmenes de esa obra, quisiéramos ahora que con
ésta, y con la que no hace mucho salió de esta misma editorial —Reflexiones sobre la historia
universal— y con la que hace un poco más publicó la editorial Losada —La cultura del
Renacimiento en Italia— su fama, ya que no él, cobre entre la gente de habla castellana todo el
calor glorioso que reclama.
Fue escrita la obra que presentamos cuando Burckhardt estaba en plena posesión de sus
fuerzas, a los 35 años. Es su primera grande obra y en ella está ya todo él, con su preferencia por las
épocas de transición —Renacimiento— y por los cuadros culturales —Renacimiento y Grecia—,
con todas sus excelencias y también con sus limitaciones. Se diría que la gran pintura al fresco de
un Ranke se ha hecho, por voluntad de ahondamiento, casi impresionista y su trazo seguro un poco
deliberadamente vacilante, como si con los diversos toques imprecisos se lograra aquella justa “luz”
interior, esa atmósfera espiritual de una época que llega a ser asimilada por nosotros como el aire
que respiramos.
Por la concentración del cuadro —medio siglo— y por la juventud del pintor, parece que en
esta obra se nos da la mejor medida del vigor minucioso, casi puntillista, de su paleta. Cuando trate
de hacernos revivir el Renacimiento italiano y, más todavía, la cultura griega, acaso perderá en
profundidad lo que gane en extensión, cosa que, por otra parte, es bien natural y no hay que
achacarla al estrago de los años.
9
No sería oportuno insistir en las limitaciones que aparecen teóricamente confesadas en sus
Reflexiones. Si a algunos, como Croce, les parece floja la mano de Ranke porque se contenta con
destacar cada época nada más que en su relación directa con Dios y así su historia universal no
registra con suficiente energía el camino doloroso del hombre, a otros, que pueden ser los mismos,
les parecerá que Burckhardt lleva al extremo esa dirección contemplativa, estética del historiador,
que se afana por revivir eludiendo el tiro enérgico de la República en marcha de los hombres. Pero
de todo tiene que haber en la viña del Señor: crítica histórica depuradora de fuentes, contemplación
revividora y, finalmente, grandes relatos patéticos que pongan a nuestra conciencia en
comunicación con sus verdaderas raíces en el tiempo. Unos, que son los más, como tiene que ser, se
quedan en lo primero, y otros, que son ya menos, se quedan, como Huizinga, en lo segundo, o se
atreven, como Croce, con lo tercero.
E. I.
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SECCIÓN PRIMERA
El poder imperial en el siglo tercero
Se acaban los buenos emperadores. Cómodo y la locura imperial. La posición del senado. La
precaria sucesión al cetro imperial. Ultimas manifestaciones de la vieja arrogancia pretoriana; la
subasta del trono. Septimio Severo como consumador del despotismo militar. Posición delicada del
senado. La guardia personal. Decadencia de la disciplina. La superstición. Caracalla; su campaña
dentro del Imperio. Macrino. Heliogábalo. Alejandro Severo y los últimos intentos de un
constitucionalismo desde arriba. Maximino como emperador bárbaro. El senado asume
desesperadamente el gobierno. Nuevo dominio de los soldados. Gordiano y Misiteo. Filipo el
Árabe. Decio. Carácter de los emperadores procedentes de Iliria. Valeriano. La elección en manos
de los generales. La época de los treinta tiranos. Los salvadores del Oriente y el Occidente
romanos. La situación de Galieno. Su sentencia de muerte. Claudio Gótico. Aureliano: la nueva
unificación del Imperio: el senado. Ultima resolución del senado sobre el Imperio. Tácito. Probo.
Caro. Diocleciano.
En la exposición que sigue de la época que va desde la aparición del emperador Diocleciano
hasta la muerte de Constantino el Grande, cada una de las secciones requeriría su propia
introducción, pues se trata de describir las cosas no según la sucesión temporal y la historia de los
gobiernos sino teniendo en cuenta las direcciones dominantes de la vida. Pero si este libro ha de
necesitar, de todos modos, una introducción general, habrá de contener de modo preferente la
historia del poder estatal supremo del decadente Imperio romano en el siglo III después de Cristo.
No quiere esto decir que de esa circunstancia se puedan derivar todas las demás situaciones, pero,
de todos modos, ella nos proporciona la base para juzgar toda una serie de acontecimientos, tanto
externos como espirituales, de los tiempos posteriores. En ese período han sido vividas, en
sorprendente serie alternativa, todas las formas y grados que puede alcanzar la dominación, desde
las más terribles hasta las más benéficas.
Bajo los buenos emperadores del siglo II, desde Nerva hasta Marco Aurelio (86-180 de C.), el
Imperio romano conoció un período de tranquilidad que bien pudo haber sido una época de
felicidad si los arraigados achaques de las naciones senescentes fueran ya sanables por la buena
voluntad o la prudencia de los mejores gobernantes. La grandeza interior y exterior de un Trajano,
de un Adriano, de un Antonino y de un Marco Aurelio no deben cegarnos respecto a cosas y
circunstancias que ya por entonces se manifestaban a la luz del día. Las tres grandes potencias, el
emperador, el senado y el ejército tenían a la larga que enzarzarse y quebrantar aquella armonía
artificialmente sostenida; más tarde, la confusión llegó a extremos irremediables cuando se
añadieron, todavía, los ataques de los bárbaros, la rebelión de las provincias y espantosas catástrofes
naturales.
Un prenuncio lo tenemos ya en el gobierno de Marco Aurelio. Sería ocioso hablar de su
personalidad; entre las imperecederas figuras ideales de la antigüedad, este filósofo estoico, sentado
en el trono del mundo, si no la más bella ni la más juvenil sí es, por lo menos, una de las más
venerables. Sin embargo, ya pudo escuchar las aldabadas de los ominosos mensajeros de la futura
caída a las puertas del imperio. En primer lugar, por lo que se refiere al régimen imperial se pudo
ver en seguida que todo el sistema de las adopciones, que había trabado uno con otro a los cuatro
grandes emperadores, podía ser quebrantado por un golpe de mano. Es lo que intentó, aunque sin
éxito, el general más famoso del Imperio, Abidio Casio, después que, durante casi tres
generaciones, se había gobernado de manera excelente o, por lo menos, benévola. En cuanto al
ejército, cierto que Marco Aurelio lleva fama de “no haber lisonjeado con palabras a los soldados ni
11
haber hecho nada por temor a ellos”, pero se sometió en tal grado al abuso tradicional de hacerles
regalos gigantescos al ocupar el poder, que todo soldado (por lo menos los que formaban la guardia)
poseía una fortuna y la suma regalada por Marco Aurelio fue considerada después como la normal.
En el capítulo de desdichas exteriores tenemos la primera irrupción violenta de una liga germano-
sármata en el Imperio romano y una peste terrible. La peligrosísima guerra, las preocupaciones más
profundas ensombrecieron los últimos años del emperador. En su tienda de campaña en el Danubio
trató de elevarse por encima del momento angustioso y amenazador mediante el culto sereno de lo
moral, de lo divino en la vida del hombre.
Parece que instituyó una especie de regencia, “los mejores entre los senadores”, para su hijo
Cómodo (180-192); lo cierto es que el joven príncipe se dejó guiar en las primeras semanas por los
amigos de su padre. Pero con una rapidez vertiginosa se desarrolló en él aquella terrible “locura
imperial” de la que se había perdido ya la costumbre desde los tiempos de Domiciano. La idea de
mandar sobre el mundo entero, el temor a todos los que pudieran disputarle ese dominio, el remedio
desesperado de gozar rápidamente de lo presente y acallar así la preocupación incesante, todo esto
podía producir en un hombre no dotado de demasiado vigor aquella mezcla espantosa de sed de
sangre y de crápula. La ocasión pudo ser muy bien un atentado, al que no sería ajena la propia
familia, pero que se achacó al senado. Nada de extraño, pues, que muy pronto el prefecto de la
guardia, la personalidad más destacada del estado —que, como en los tiempos de Tiberio y de
Claudio, garantizaba la vida del emperador—, y los pocos miles a sus órdenes se sintieran señores
del Imperio. Uno de estos osados prefectos, Perenis, fue sacrificado, sin embargo, por Cómodo a
una delegación del descontento ejército británico, que había llegado sin obstáculo hasta Roma en
número de mil quinientos; al prefecto siguiente, Clender, lo entregó a la turbamulta famélica de
Roma, cierto que no sin su culpa, pues en su ciega codicia se había ganado el odio del populacho al
no contentarse con confiscaciones y ventas de altos cargos y echar mano también del monopolio de
granos.
Cuando este príncipe cobarde y cruel aparece en el anfiteatro para dejarse admirar, con sus
vestiduras de dios, por el senado, amenazado de muerte, se puede uno preguntar si este “senado
comódico” merecía todavía el viejo nombre, aunque conservara cierta intervención en el gobierno
de las provincias y en los derechos de nombramiento, dispusiera de una hacienda propia y gozara de
honores externos. Tampoco podía ser llamado “romano” en sentido estricto, ya que la mayoría de
sus miembros no eran siquiera italos sino gentes de las provincias en cuyas familias se había hecho
a veces hereditaria la dignidad senatorial. Es fácil condenar severamente a esta asamblea indigna
desde un punto de vista ideal, sobre todo porque no podemos figurarnos bien el efecto que una
constante amenaza de muerte, que pendía sobre familias enteras y corporaciones, podía producir.
Los contemporáneos juzgaban con menor rigor; cuando Clodio Albino no quiso aceptar la dignidad
de César de las manos sangrientas de un Cómodo, pensó que el senado poseía todavía vitalidad
suficiente para poderse declarar abiertamente ante sus tropas por el establecimiento de un régimen
republicano.3 Es lo mismo que hablara o no con sinceridad; nos basta saber que el senado (como
veremos más tarde) albergaba todavía muchos de los varones más nobles de aquellos días y en los
momentos difíciles dio muestras de fuerza y de resolución para el gobierno del estado; hasta las
mismas ilusiones en que veremos se halla prendido no alcanzan a deshonrarlo. Así se comprende
también que, a pesar de que a veces se introducían en él sujetos indignos, pasaba por ser la
representación, ya que no del Imperio, por lo menos de la sociedad romana, y era considerado como
la presidencia natural de los llamados senados o curias de las ciudades provinciales; 4 no era posible
imaginarse a Roma sin el senado, a pesar de que su campo de acción resultó a menudo secuestrado
por largo tiempo gracias a las violencias de otros.5
3 Hist. Aug. Clod. Alb. 13, 14.
4 Hist. Aug. Florian. 5.
5 No debe despistarnos en este capítulo el discurso de Septimio Severo en Dio Cass. 75, 8. El senado del tiempo de
los Antoninos no podía parecerse a esto, ni aun después del gobierno intermedio de un Cómodo.
12
Después que Cómodo obligó a los senadores a que aplacaran a la masa descontenta de la
capital mediante cuantiosos regalos, cayó víctima de una vulgar conjuración de palacio. 6
Lo más terrible en estos cambios de emperador radicaba en que nadie sabía a quién competía
propiamente el nombramiento del nuevo. No se podía constituir una dinastía porque la locura de los
emperadores —destino que conocieron, a tales alturas, todos los hombres no muy dotados—
empujaba con necesidad a revoluciones periódicas. Y aun sin éstas, también la falta de hijos de los
disolutos emperadores y aun de algunos de los mejores habría hecho imposible una sucesión
regular; pero las adopciones, tal como ya ocurrieron en la familia de Augusto, sólo tenían visos de
ser respetadas cuando tanto el padre adoptante como el hijo adoptivo poseían cualidades suficientes
para afirmarse.
Sin duda que el senado, al que el divino Augusto había ido acumulando un título de poder tras
otro, poseía el derecho histórico mayor para el nombramiento de un nuevo emperador. Pero tan
pronto como los emperadores empezaron a aborrecer el senado y confiaron únicamente en la
guardia, se adueñó ésta de la elección imperial; pero no transcurrió mucho tiempo, y ya los ejércitos
de las provincias compitieron con los cuarteles de la guardia pretoriana de Roma. Pronto vio ésta su
provecho en gobiernos breves, pues a cada nuevo nombramiento se repetían las donaciones.
Añádanse a esto los manejos turbios de osados intrigantes, cuyo interés bien podía ser apoyar a un
aspirante cuya rápida caída preveían y deseaban.
De este modo los asesinos de Cómodo levantaron sobre el pavés, como para justificar su
acción, al honrado Helvio Pertinax, que fue reconocido primero por los soldados y luego por el
senado (193). Luego, apoyando a un tal Triario Materno le sonsacaron a Pertinax un enorme
donativo, para cuyo pago se tuvo que enajenar el tesoro de Cómodo; la consecuencia natural fue un
segundo y rápido ensayo a favor del cónsul Falco; la tercera vez las guardias repitieron la comedia
con el asesinato del emperador. Y comenzó aquella inaudita subasta de la dignidad imperial; hubo
un rico loco, Didio Juliano, que, a costa de unos seis mil francos a cada soldado, compró unas
cuantas semanas de embriaguez y de miedo mortal. Pero ésta fue la última y más alta culminación
de la arrogancia pretoriana. Tres ejércitos provinciales se habían dado también el gusto de
proclamar como emperador a sus respectivos caudillos; entre ellos estaba el adusto africano
Septimio Severo. El infeliz Juliano ensayó primero con el envío de sicarios; había un oficial,
Aquilio, que ya se había distinguido en otras ocasiones por sus servicios en el asesinato de algunos
grandes7 y que acaso gozó de una fama parecida a la de Locusta en tiempos de Nerón. Por otra
parte, Juliano, a quien la dignidad le había costado sus buenos dineros, quiso llevar el asunto por la
vía comercial; por si fuera poco, acabó por nombrar a Severo corregente, al ir acercándose éste a
Roma; pero fue abandonado, escarnecido y ejecutado por disposición del senado cuando Severo se
encontraba todavía a muchas jornadas de la capital.
Con Septimio Severo (193-211) se halla representada por primera vez de modo puro la
dominación militar. Su arrogancia de militar y de caudillo, de que ya dio muestras como delegado, 8
tiene algo de no romano, de moderno. Pero cuán poco le importaba la dignidad del senado y en qué
grado la iba a respetar pudo experimentarlo la delegación de cien senadores que salió a saludarle a
Terni y que él mandó registrar por si llevaban armas ocultas. Pero siguió con la mayor lógica las
exigencias de su dignidad imperial cuando desarmó humillantemente a los pretorianos y los arrojó
de Roma. No compaginaba con su sistema semejante guardia mimada, corroída y llena de
pretensiones políticas. Al propio ejército suyo no le otorgó más que la quinta parte del donativo
pedido. Con igual consecuencia se comportó en la lucha contra sus competidores Pescenio Niger y
Clodio Albino; exterminó a todo su séquito; no podía comprender cómo cierto número de senadores
6 Una explicación honda, especialmente de las cuestiones políticas y dinásticas en el medio siglo que sigue a
Cómodo, en el artículo Gordianus, por Ersch y Gruber, de la Enciclopedia de Emil Müller.
7 Hist. Aug. Pescenn. 2 Aquilium centurionem motum caedibus ducum.
8 Hist. Aug. Sept. Sev. 2.
13
había mantenido correspondencia con aquellos y menos que nada que el senado se hubiera
mantenido neutral. “Yo soy, escribió al senado,9 quien procura trigo y aceite al pueblo romano, yo
soy quien hace la guerra por vosotros, y ahora ¿cómo me lo pagáis?... Desde los tiempos de Trajano
y Marco Aurelio os habéis deteriorado mucho”. Fue arrasada Bizancio, donde los partidarios de
Pescenio se defendieron durante más de un año, a pesar de su importancia decisiva como fortaleza
fronteriza contra los bárbaros del Ponto, y toda la guarnición y muchos vecinos fueron pasados a
cuchillo.10 El mundo tenía así un ejemplo de cómo había de irles a las ciudades y a las facciones que
no descubrieran a tiempo, entre los varios usurpadores, al que merecía la obediencia permanente.
No les fue mejor a los partidarios de Albino; Severo se hizo con su correspondencia y, como en otro
tiempo hiciera César con la correspondencia de los pompeyanos, pudo haberla mandado quemar sin
leerla. Esto hubiese sido muy noble pero un poco anacrónico, porque ya no se trataba de principios
y de su amalgama mediante la conciliación personal, sino de un sojuzgamiento puro y simple.
Fueron ejecutados toda una serie de senadores y gentes de rango de dentro y fuera de la capital; ante
el senado, el pueblo y los soldados pronunció el emperador encomios en honor de Cómodo, no
ciertamente por convicción sino para escarnecer al senado.
Durante la guerra se escuchó una vez en Roma, en los juegos del circo, una lamentación
repentina de la muchedumbre que un testigo11 no podía explicar más que por inspiración divina.
“¡Oh Roma! ¡Reina! ¡Inmortal! (Así exclamaron al unísono miles de voces.) ¿Cuánto tiempo
soportaremos esto todavía? ¿Cuánto tiempo va a durar esta guerra que se nos hace?” Mejor que no
supieran la suerte que les aguardaba.
Cuando se restableció la paz en el interior, se pudieron convencer las gentes que la
dominación militar se había convertido en un fin propio, con el ingrediente necesario de las guerras
exteriores. Su centro lo constituía Severo, y toda su familia, que él quería convertir en dinastía,
acaparaba los altos cargos; únicamente a su hermano, que muy a gusto hubiera sido corregente,
mantuvo decididamente a distancia. La medida indicada para la afirmación del poder era la
formación de una nueva guardia, que ahora fue cuatro veces más fuerte que la vieja; con esta
guardia personal, a su disposición permanente, era posible hacer cara a los ejércitos de las
provincias con otras perspectivas; como ocurrió más tarde, se la podía pasear por el Imperio,
asesinando y saqueando a mansalva. La guardia anterior se solía componer de italos y, sobre todo,
de gentes de los alrededores de Roma; Severo llenó a Roma con las figuras rudas y siniestras de los
bárbaros. Si fue parco en el donativo, incrementó la soldada como ningún emperador; el dispendio,
hecho de una vez, de unos cuantos millones, se convirtió en una explotación regular del Imperio a
favor de los soldados. Es posible que aquel consejo paternal que se nos cuenta dio Severo a su hijo
haya sido inventado por los contemporáneos, que se inspirarían en su estilo de gobernar, pero es
bastante característico: “¡Sé firme, enriquece a los soldados y desprecia a todos los demás!” 12
Se podría creer que esta casta de soldados, tan honrada y entrenada por un caudillo sin
escrúpulos, habría de hacer honor a los grandes recuerdos militares de Roma. Nada de esto. El
mismo Severo se lamenta abiertamente de la decadencia de la disciplina y en sus grandes campañas
asiáticas ocurrieron casos de insubordinación que no pudo sofocar más que con consideraciones y
regalos. ¿Podía ocultársele que su reforma no aseguraba más que a él y al tiempo de su gobierno
mientras que fatalmente había de acarrear la caída de un sucesor débil que no fuera al mismo
tiempo su propio prefecto? ¿O le era esto indiferente con tal de que se mantuviera la dominación de
los soldados?
No hay que olvidar en este caso, como, en general, en los últimos siglos del paganismo, que
los más poderosos obraban a menudo sin libertad, porque se entregaban a la astrología y a los
augurios. Sólo de este modo nos podemos explicar, por ejemplo, tratándose de Severo, tan amante
de la justicia, que sostuviera en la prefectura y en la más estrecha relación con su casa a un criminal
tan impudente como Plautiano. Muchas supersticiones rodean la vida de Severo, desde su juventud
hasta la tumba. Como la corona imperial se había convertido en el premio gordo de una lotería,
vemos a padres de todas las clases observar cuidadosamente la vida cotidiana de sus hijos mejor
dotados, para ver si no se anunciaba algún signo de su futuro señorío; se toma nota cuando el
muchacho pronuncia versos extraños, cuando se traen a la casa tortugas o aguiluchos o,
simplemente, un huevo purpurino de paloma, cuando se encuentran en ella amigables serpientes,
crecer laureles, etc.; y si una criatura viene al mundo con una corona marcada en la cabeza, o se
utiliza para cubrir al recién nacido un trozo de tela purpúrea, es que ya está decidido su porvenir
imperial.13 Semejantes preocupaciones acompañan a algunos emperadores durante todo el reinado y
orientan sus acciones en una forma de la que apenas podemos darnos cuenta. ¡Cómo
compadecemos al anciano Severo cuando, después de su última victoria sobre los britanos, se
alarma y enfurece por haber tropezado con un mauritano que lleva una corona de ciprés o porque se
le ha llevado para los sacrificios a un templo equivocado y se han traído víctimas propiciatorias de
color oscuro, que siguen tras las huellas del emperador hasta su morada!
Pero no necesitaba de los omina del palacio de York; el propio hijo, Caracalla, estaba
acechando abiertamente contra su vida. Con implacabilidad consciente, Severo había reprimido
toda idea de usurpación, pero en lo único que no había pensado era en la traición de su heredero, y
tampoco en que su guardia se entendiera tan desvergonzadamente con él. Suena como una
corroboración dolorosa de sus principios de mando cuando le dice a su hijo desnaturalizado: “Por lo
menos, no me mates a la vista de todos.” 14 Parece que también repitió a menudo estas palabras: “Yo
lo era todo, pero de nada sirve.”
Ahora ciñe la corona imperial esa espantosa calamidad que conocemos con el nombre de
Caracalla (211-217). Desde su entrada en la adolescencia da muestras de una arrogancia de mala
índole; se ufanaba de tener como modelo a Alejandro el Grande y hacía elogios de Tiberio y de Sila.
Más tarde, acaso después del asesinato de su hermano Geta, le viene encima todavía la genuina
locura imperial, que abusa de los medios y del poder de todo el imperio para urdir su propia y
segura caída. Su única medida de precaución, que a él le parecía bastante, fue la camaradería con
los soldados, de cuya vida desabrida participó por algún tiempo; como procedió lo mismo con los
gladiadores y cocheros, esto le granjeó la afición de la plebe romana; y para nada tenía necesidad de
agradar a los mejores y más cultos. Después del asesinato del hermano, cosa que los soldados
vieron al principio con malos ojos, Caracalla llega en su adulación a los últimos extremos; para
aplacarlos, tiene que recurrir a confiscaciones enormes y manda matar a veinte mil hombres por ser
partidarios de Geta, entre ellos a un hijo de Pertinax, cuando uno de los pocos rasgos simpáticos del
sistema usurpatorio romano es que, por lo menos, se respete la vida de los parientes de los
emperadores caídos. Por agradar a los soldados lleva a cabo Caracalla una campaña dentro del
propio imperio, completamente pacífico, mientras que compra la paz de los bárbaros vecinos. Los
asesinatos en masa de Alejandría muestran cómo se las arregla el despotismo con burlas más o
menos ingeniosas. El castigo propio de tales barbaridades se halla (prescindiendo de los
remordimientos de conciencia, mencionados por los autores) en la desconfianza creciente del tirano
frente a sus mismos soldados; acabó rodeándose de puros bárbaros, que nada entendían de las cosas
romanas, de celtas y sármatas, cuyas ropas vestía para que le cobraran afición. Solía decir a los
enviados de estas gentes:15 de ser asesinado, que lo fuera en Italia; Roma era fácil de conquistar.
Podemos decir, sin embargo, que fue abatido en medio de esta guardia por instigación de aquellos
que tenían que hacerlo desaparecer para no ser sus víctimas.
Los siguientes nombramientos de emperador habían de caer en manos del poderoso ejército.
Se proclamó primero a uno de los dos prefectos de la guardia, Macrino, sin saber que había sido uno
de los instigadores de la muerte de su querido Caracalla. Para alejar toda sospecha, adoptó su
nombre y lo hizo enterrar magníficamente; con taimado cinismo saludó al senado para que lo
confirmara y no sin vacilación recibió el título de emperador. Pero las primeras medidas rigurosas
para sujetar un poco al consentido ejército precipitaron su caída. Dos jóvenes sirios, parientes
colaterales de los Antoninos y de Severo, se pusieron a la cabeza del Imperio; eran los dos primos,
muy disparejos, Heliogábalo y Alejandro Severo, y con ellos sus madres, Soemia y Mammea, y la
abuela común, Julia Mesa.
El gobierno de Heliogábalo (218-222), a pesar de toda la repugnancia que inspira y la
enajenación que delata, no carece de interés para la historia del dominio romano; esa disolución
increíble, esa pompa asiática idolátrica, esa vida insensata a la luz del día, constituye una reacción
formal contra el militarismo consciente de Septimio Severo. El hecho de que Heliogábalo rompiera
con todas las formas romanas, introdujera en el senado a su madre y a su abuela, repartiera los
cargos más altos entre bailarines, corredores y barberos y vendiera numerosos empleos, no hubiera
ocasionado su caída; ni siquiera el abandono en que tuvo a la capital se le hubiera tomado tan a
pecho; lo que le perdió fue el sentimiento de vergüenza que se despertó entre los soldados, que
coincidió con una conjura de su familia a favor de Alejandro. Los soldados sabían que este último
estaba amenazado, y obligaron al tembloroso Heliogábalo a que limpiara su corte; nada le pasa
mientras expulsa al senado de la ciudad, cosa que honra a éste y nos indica que no se componía de
puros “esclavos con toga” como pretendía Heliogábalo. Por fin, la guardia acaba con él y proclama
a Alejandro Severo.
Ninguno de los muchos emperadores despierta la simpatía de la posteridad como este hombre,
figura incomprensible si pensamos en todo el ambiente que le rodea, un verdadero San Luis de la
antigüedad. Se entrega a fondo al empeño de encarrilar las cosas por las vías de la justicia y de la
moderación, atacando las degeneraciones del despotismo militar. También merece fama
imperecedera su excelente madre Mammea; pero el mérito del emperador es el mayor porque, con
un espíritu independiente, marcha por el camino iniciado y sabe hacer frente, por pura voluntad
moral, a infinitos intentos de despotismo. Encontramos, sobre todo, un respeto del senado que es
algo insólito desde los tiempos de Marco Aurelio, y ese considerar a la clase de los caballeros,
políticamente olvidada desde hacía mucho, como “seminario del senado”. Una comisión del senado
y un consejo de estado más reducido, compuesto de dieciséis miembros, toman parte en el gobierno;
no se omite ningún esfuerzo en preparar para la administración a gentes concienzudas y en ejercer
un control riguroso.16 Funcionarios venales, propicios al soborno, era lo único que sacaba de quicio
a Alejandro. Por lo que respecta a los soldados, no disimulaba que la suerte del estado dependía de
ellos, y los equipó y cuidó excelentemente; pero si pudo ufanarse de haber disminuido los
impuestos, también se atrevió a disolver una legión insubordinada.
Se nos cuenta de otras cosas que apenas si se compaginan con estos aspectos luminosos. En el
ejército se manifiesta una fermentación constante; cambian los prefectos en circunstancias violentas
y cuando, en el curso de una seria revuelta, fue asesinado el más destacado, Culpiano, el emperador
escatima el castigo; sabemos que en esta ocasión el pueblo y los pretorianos combatieron en las
calles de Roma durante tres días y que los últimos pudieron dominar al pueblo apelando al incendio.
Los tipos más incapaces osaron presentarse como usurpadores frente al excelente príncipe; en un
rasgo de irónica templanza, uno de ellos, Ovinio, fue nombrado corregente, pero perdió toda
oportunidad cuando tuvo que participar en todas las incomodidades de una expedición militar; otro,
proclamado por los soldados, huyó de ellos; un tercero, el esclavo Uranio, parece que fue castigado
por el emperador.17 Y como si Alejandro, lo mismo que su modelo Marco Aurelio, tuviera que ser
víctima de especial infortunio, surgió en la frontera oriental un nuevo reino persa lleno de ardor
bélico, el de los Sasánidas, al que hizo la guerra con un resultado más bien dudoso; entretanto, por
las fronteras se agitaban amenazadores los germanos. Parece que el ánimo del príncipe, todavía
joven, fue ensombreciéndose poco a poco; se pretendía notar en él una afición a juntar tesoros, lo
cual bien puede significar que la gente que le rodeaba no era ya capaz de dominar su voracidad ante
la caja militar. En la campaña del Rin, no lejos de Maguncia, los soldados asesinaron a él y a su
madre. Es completamente inútil tratar de examinar los motivos de esta acción, según suelen ser
expuestos; el sucesor de un Severo, de un Caracalla y de un Heliogábalo, que había destituido a
todos los funcionarios inicuos, se había mostrado serio con los soldados y, sin embargo, fue blando
en las ocasiones más peligrosas, se hallaba predestinado a ser abatido violentamente; la conjuración
era fruto del tiempo,18 diríamos que estaba en el aire. Alejandro se empeñó inútilmente en granjearse
el respeto en un siglo que no conocía más que el temor.
Subió al trono su presunto asesino, Maximino, un pastor tracio, hijo de un godo y de una
alana, completamente bárbaro por su ascendencia y, además, por educación (235-238). Pero el
ejército, que en esta ocasión abandonó todo escrúpulo, también se componía de puros bárbaros de la
frontera oriental, a los que no importaba poco ni mucho si su candidato descendía de los Antoninos,
si se había propasado con altos cargos o si había sido senador o no. 19 Maximino, con una talla de
ocho pies y medio, era un gigante hercúleo y esbelto, que no tenía igual en el ejército.
Su dominio, si no por los resultados, fue por principio más terrible que el de ningún otro
emperador. El viejo mundo con todos sus monumentos y bellezas, con toda su vida culta, excita en
el bárbaro, que se avergüenza de su origen, una furia perversa; su usurpación no hubiera podido
sostenerse con ponderación; tenía que recurrir a confiscaciones para contentar a sus soldados y he
aquí que el emperador romano comienza su tarea planeada de destrucción de todo lo romano. No le
gustaba dejarse ver en la odiada Roma; a su hijo, que en un principio había de residir en la capital,
lo retuvo en campaña, en el Rin y en el Danubio, desde donde regía el imperio. Con espanto se dio
cuenta Roma que un ejército fronterizo de bárbaros podía ser el cuartel general del imperio del
mundo, un ejército que recordaba bastante al de Espartaco o de Atenion en la guerra de los esclavos.
El odio más profundo de Maximino se dirigía contra todo lo que era distinguido, rico y educado, es
decir, contra el senado, del que se creía despreciado y ante cuya curia mandó colocar grandes
reproducciones de sus victorias alemanas; pero también había que fastidiar al pueblo de la capital
—que por su parte hubiese visto a gusto la ejecución de todo el senado— y se le molestó
disminuyendo las importaciones y retirando los fondos para los espectáculos públicos. Tampoco a
las ciudades de provincia les fue mejor; para enriquecer al ejército, se saqueó su hacienda municipal
y la hacienda de sus pudientes. Jamás se ha presentado en Occidente el dominio militar en una
forma tan descarnada y pura.
Siguió una época de confusión indescriptible, cuyo máximo interés se encuentra en la actitud
vigorosa y decidida del tan calumniado senado. 20 La desesperación provoca una rebelión de
campesinos y soldados en África, y, más bien forzados, figuran a la cabeza dos varones
prestigiosos, los Gordianos, padre e hijo. Al saber la noticia, también el senado se pone frente a
Maximino; se podía saber de antemano que algunos miembros indignos del senado habrían de
denunciar al tirano el acuerdo secreto; también eran muy osadas las invitaciones a la rebelión que el
17 Zosim. I, 12.
18 Aur. Vict. Caess.: Vitio temporum...
19 Cf. Sueton. Vespas. c. 6, cómo todavía en el año 69, las regiones rebeldes de Aquilea querían elegir su emperador
solamente de las filas de los legati consulares.
20 Cf. especialmente Hist. Aug. Gord. 13, Pupieno 1-3 y 10, Maximino, 23 etc.
17
senado envió a las provincias; había que temer, por otra parte, si otros países y ejércitos de
provincia no proclamarían su emperador junto a los Gordianos. El peligro culminó cuando un
comandante de África, Capeliano (que aspiraba en secreto al imperio), venció en nombre de
Maximino al joven Gordiano, sucumbiendo éste y ahorcándose su padre. Nombró el senado una
comisión de veinte miembros, avezados en cuestiones militares, y proclamó por propio derecho dos
emperadores, Pupieno y Balbino (238). El momento debió ser verdaderamente espantoso; el pueblo
que ayudó en seguida a la proclamación de los dos emperadores, se puso de pronto del lado de la
guardia que, molesta por la elección senatorial, pidió y consiguió el nombramiento de un tercer
emperador o corregente, el más joven de la familia de los Gordianos, próximo pariente de los dos
anteriores. Dada la confusión de las noticias que, por ejemplo, nos dan cuenta en pocas palabras de
una lucha de exterminio entre pretorianos, gladiadores y reclutas en medio de Roma, no es posible
emitir un juicio definitivo sobre la crisis; parece, sin embargo, que el senado dio muestras de un
valor extraordinario, pues pudo sostener a sus dos emperadores junto al tercero, el favorito de la
guardia pretoriana, mientras que tomaba sobre sí la lucha contra Maximino y sus comisarios
preparaban las defensas en todas las provincias.
De todos modos, favoreció estos esfuerzos la indignación de los provincianos con Maximino,
de suerte que éste se encontró, por ejemplo, con el país de Carintia vacío de hombres y de
provisiones y entró en la abandonada Hemona (Laybach) azacanado por un centenar de lobos. Sus
mauritanos y celtas se hallaban ya muy descontentos por este motivo cuando llegó ante Aquilea.
Mientras la ciudad se defendía desesperadamente bajo el mando de dos senadores, fue muerto por
su ejército, que entabló las paces con el nuevo emperador.
No podemos decir si se hizo bien al llevar la mayoría de estas tropas a Roma; también
hubieran sido peligrosas en las provincias. Pero, a causa del espíritu de cuerpo, eran de temer
choques violentos entre el ejército, predominantemente germánico, de los emperadores nombrados
por el senado y el ejército de Maximino; este último, siguiendo el estilo de tantos ejércitos y
partidos en derrota, tenía que dar salida en alguna forma a su descontento. Las víctimas fueron los
dos emperadores elegidos por el senado, tras cuyo asesinato los soldados y la plebe, en medio de un
tumulto espantoso, proclamaron Augusto al todavía tan joven Gordiano (238-244). El senado fue
dominado, pero no parece que se entregó; algunos soldados que penetraron en la asamblea (por
entonces en el Capitolio) fueron abatidos por los senadores ante el altar de la Victoria.
Lo que vino en seguida fue un gobierno palaciego: eunucos e intrigantes en torno a un joven
inexperto. Poco después se acerca a él un varón eminente, el orador Misiteo, quien despierta la parte
noble de su naturaleza. Se convierte, no sabemos cómo, en tutor, regente y hasta suegro de
Gordiano, quien le cede las dos prefecturas de la guardia y de la capital. La posición de Misiteo
recuerda, hasta por el título que le concedió el senado, “padre del príncipe”, 21 al Atabek del
sultanato de los Seléucidas del siglo XII. No sabemos si se puso de acuerdo con el senado; en todo
caso, este gobierno excelente duró poco. En una campaña, por lo demás afortunada, contra los
persas, sucumbió el tutor al veneno del presunto árabe Filipo quien mediante una artificiosa huelga
de hambre, provocó dificultades con la tropa, se impuso gracias a unos cuantos oficiales como
corregente del desvalido Gordiano y le fue arrebatando, poco a poco, toda posición, hasta que acabó
por quitarle la vida.
A la noticia de la muerte intervino rápidamente el senado, pero el emperador que nombró,
Marco el filósofo, murió en seguida y también un tal Severo Hostiliano, que se había apoderado, no
sabemos cómo, del cetro imperial. 22 Ahora es cuando se reconoció a Filipo (244-249) que,
entretanto, había llegado a Roma y se había ganado a los senadores de más viso con palabras
21 Su título completo era según. Hist. Aug. Gord. 27: Eminenti viro, parenti principum, praetori praefecto et totius
urbis, tutori reipublicae.
22 Zonaras XII, 18, debe ser preferido en este punto a la Hist. Aug. Gord. 31. Comp. también con Zosim. I, 19.
18
halagüeñas. Se hace demasiado honor a Filipo cuando se le considera como un sheik árabe;
procedía de la malfamada estirpe de los sirios meridionales, al este del Jordán.
Si no fuera por la virtud cegadora del poder imperial, no habría manera de comprender por
qué se figuraba éste que, dadas sus escasas dotes militares, podría dominar el imperio romano que le
había caído en las manos repartiendo los cargos principales entre parientes y gentes de confianza.
Mientras estaba celebrando en Roma el milenio de la ciudad, irrumpieron los bárbaros por diversos
sitios y dos ejércitos por lo menos proclamaron nuevo emperador. En Siria se levantó contra el
hermano de Filipo, Prisco, el aventurero Jotapiano, que se pretendía descendiente de Alejandro el
Grande, nombre al que se dedicaba todavía un culto casi supersticioso. 23 Contra el yerno de Filipo,
Severiano, se levantó en Mesia Marino, cuando ya se acercaban los godos.
El gran peligro del Imperio concitó una vez más el genio de Roma. La segunda mitad del
siglo tercero es una de esas épocas que habría de ganar en nuestra consideración si conociéramos las
personalidades y los motivos de su acción mejor de lo que nos informan las fuentes. Los dirigentes
no son en su mayoría romanos de la ciudad sino ilirios, es decir, de las regiones situadas entre el
mar Adriático y el Negro, pero la educación y la tradición romanas, especialmente en materia
militar, los ha capacitado para salvar una vez más el mundo antiguo. Ya no era ninguna tarea
agradable, sino una función llena de peligros, la de emperador romano; gentes indignas recibieron la
púrpura, casi siempre obligadas, y tampoco los mejores se ofrecían con gusto sino que la aceptaban
como deber o destino. No es posible desconocer cierto resurgimiento moral.
Los peligros ingentes pronto acabaron con Filipo. Completamente amedrentado, se dirigió al
senado pidiendo la abdicación; todos callaron, hasta que el valiente Decio se ofreció para someter a
Marino. Lo consiguió, pero pidió en seguida la abdicación del emperador porque previó que, dado
el general desprecio que se sentía por Filipo, el ejército trataría de nombrarle a él. No accedió Filipo
y ocurrió lo inevitable.24 Durante una batalla contra Decio, o luego de ella, fue muerto Filipo en
Verona por los soldados. El que su hermano Prisco pudiera ser todavía gobernador de Macedonia
muestra que Decio no tenía por qué avergonzarse de lo ocurrido. Prisco se lo agradeció más tarde
traicionándole.
Decio (249-251) es lo que se dice un idealista, con las ilusiones consiguientes. Sus planes
consistían en poner su poderosa fuerza bélica al servicio de un régimen senatorial ennoblecido, 25
restaurar las viejas costumbres y la religión romana y, mediante ellas, el poder del nombre romano,
fijándolo para siempre. Por esto se explica que persiguiera a los cristianos; sesenta años más tarde
quizás hubiera intentado con el mismo celo canalizar la capacidad de sacrificio de los cristianos
para la salvación del Imperio.
Pero no le fue dado el logro de esta meta; junto a las incursiones de los bárbaros en todas las
fronteras, tenemos el hambre y la peste, y estos factores tenían que producir cambios permanentes
en toda la vida romana, porque una nación en declive no aguanta estos golpes lo mismo que un
pueblo joven. La recompensa de Decio fue una muerte gloriosa en la guerra con los godos.
También esta vez afirmó el senado sus derechos; junto al emperador Galo, nombrado por los
soldados, el senado (251)26 nombra su propio emperador, Hostiliano, que pronto sucumbió a una
enfermedad. Cuando Galo compró la paz de los godos con un tributo, se encontró un general de las
tropas danubianas, el mauritano Emiliano, que habló a sus soldados del honor romano 27 y les
prometió, para el caso de victoria, pasarles el tributo que ahora se pagaba a los godos; vencieron
23 Hist. Aug. XXX. Tyr. 13.—Septimio Severo había mandado cerrar la tumba de Alejandro “para que nadie más viese
su cadáver”, Dio Cass. LXXV, 13.
24 No es posible poner de acuerdo la vaga exposición que hace Juan Antioqueño (Frag. 148) con las suposiciones que
se han hecho sobre estos acontecimientos.
25 Hist. Aug. Valerian. 1 y 2.
26 Aur. Vict. Epit.
27 Τὸ Ρωμαίων ἀξίωμα. Zosim. I, 22.
19
realmente y lo proclamaron emperador (253). Pero el espíritu de Decio seguía imperando, en tal
forma que Emiliano no quiso ser más que el general del senado, entregando a éste el gobierno. 28
Una laguna sensible en la Historia augusta nos impide cualquier enjuiciamiento decisivo de los
acontecimientos inmediatos. Emiliano retorna a Italia; Galo, que ha partido contra él, es asesinado
con su hijo por sus propias tropas; pero uno de sus generales, Valeriano, que se retira a los Alpes, se
gana misteriosamente al ejército del victorioso Emiliano, que cae víctima de sus soldados “porque
se trata de un soldado y no de un gobernante, porque Valeriano es mejor para emperador o porque
se quiere ahorrar a los romanos una nueva guerra civil”. 29 Se trasluce la verdadera realidad; parece
seguro que no se trata ya de partidas de soldados asesinos sino, sin duda, de una transacción entre la
alta oficialidad de los tres ejércitos. Sólo así fue posible la proclamación de Valeriano (253), quizá
el único romano que, tanto en los cargos públicos como en la guerra, se había distinguido de los
demás; los soldados por sí solos se hubieran apegado a su Emiliano o habrían echado mano de
algún esbelto gigante con talentos de suboficial.
De todos modos, de aquí en adelante la elección imperial adopta una nueva forma. Parece que
en las incesantes guerras con los bárbaros que conocemos a partir de Alejandro. Severo, se ha
formado un excelente generalato, dentro del cual se aprecian las figuras según su justo valor;
Valeriano, a lo menos como emperador, se nos presenta como el alma de ese generalato. 30 Su
correspondencia militar, que deliberadamente se ha salvado en parte en la Historia augusta,
demuestra su conocimiento preciso de las personas y de sus condiciones, y nos deja una elevada
idea del hombre que se dio cuenta del valor de un Póstumo, de un Claudio Gótico, de un Aureliano
y de un Probo, elevándolos de rango. De haber habido paz en las fronteras, acaso el senado habría
participado regularmente en el gobierno, en el sentido pretendido por un Decio y un Emiliano; pero
como los ataques fronterizos de los bárbaros amenazaban acabar con todo el imperio y hacía tiempo
que la verdadera Roma no radicaba ya en las siete colinas del Tíber sino en los atrincherados
campamentos de los caudillos romanos, era natural que el poder del estado se allegara cada vez más
a los generales. Estos constituyen como un senado en armas esparcido por todas las fronteras. Por
un breve espacio de tiempo el Imperio está fuera de sus goznes y la desbordada arbitrariedad de los
soldados y la desesperación de las provincias va invistiendo con la púrpura al primero que se
destaca; pero una vez pasado el primer golpe, los generales asientan en el trono a uno de sus filas.
No podemos más que presumir en qué forma se concilian, en cada caso, el cálculo y la reflexión con
la ambición y la violencia, y qué compromisos secretos aprietan las filas de esa junta. No vemos
enemistad contra el senado, al contrario, encontramos hasta respeto y llegará un momento en que el
senado podrá hacerse la ilusión de ser todavía el verdadero amo del Imperio.
Vale la pena de seguir al detalle estas notables transiciones.
Ya en tiempos de Valeriano había comenzado la separación de algunas regiones y cuando,
gracias a una violación de todas las leyes del derecho de gentes, cayó 31 (260) prisionero del rey de
los sasánidas Sapor en tanto que su hijo Galieno estaba ocupado en la guerra con los germanos, se
produjo una confusión total. Mientras la misma Roma se vio amenazada por la irrupción de unas
hordas innominadas y el senado se apresuró a formar un ejército de capitalinos, fueron apartándose
poco a poco las comarcas orientales del Imperio. Primeramente, el incapaz y parricida Ciriades, se
hizo presentar por Sapor como pretendiente al trono de Roma, hasta que, en calidad de salvador del
28 Zonaras XII, 21.
29 Zosim. I, 29; Zonar. XII, 22.
30 Podemos conocer una parte del estado mayor imperial en Hist. Aug. Aurelian. 12 y ss., con ocasión del solemne
consejo de guerra en las Termas de Bizancio. En él se encontraban (a pesar de la alusión en Aurel. Vict. Caess. sub
Valeriano) varios personajes de la antigua nobleza romana. Con esta ocasión se ve cómo el emperador entrega el
consulado como prebenda a un general pobre pero capaz, ayudándole de su propia bolsa para los gastos de los
juegos de circo y convenciendo a un romano rico para que lo adopte.
31 Lo que narra Zonaras XII, 23, da la impresión de una invención maliciosa de algún postergado; en qué medida
podemos creer a Dionisio cuando habla de Macriano (Euseb. Hist. Eccl. VII, 23), se ve bien claro por el tono de su
discurso.
20
Oriente romano, se levantó Macriano (260) con sus hijos y con su bravo prefecto Balista. Sapor
tuvo que huir y su harem quedó prisionero; mencionemos de pasada la magnífica defensa de
Cesárea en Capadocia.32 La disolución del Imperio; generales y altos funcionarios tenían que
proclamarse emperadores, nada más que por salvar su pellejo de otros usurpadores, lo que no
conseguían, sin embargo. Así en Grecia Valente el Tesalónico y Piso, enviado contra él por
Macriano; así, poco después (261), el mismo Macriano, cuando se dirigió contra Aureolo, general
de la región del Danubio afecto todavía a Galieno, al que parece abandonó una vez obtenida la
victoria. Para llenar el hueco de Macriano y su familia se presenta en Oriente (262) Odenato, rico
provinciano, uno de los muchos de este tipo que en la época aparecen como emperadores, aunque
ninguno con tanto talento y éxito como este patricio de Palmira, que desde esta ciudad y con la
ayuda de su heroica esposa Zenobia pudo fundar un gran reino oriental.33
Zenobia, descendiente de los Ptolomeos egipcios, también de la famosa Cleopatra, reinó más
tarde (267-273) con una abigarrada corte de caudillos asiáticos y en nombre de sus hijos hasta los
términos de Galacia y de Egipto, es decir, en regiones donde los generales de Galieno habían antes
eliminado con éxito a usurpadores de menor monta; en el sudeste del Asia Menor al pirata
Trebeliano, proclamado como señor por los salvajes isaurios; en Egipto, el que fuera comandante de
Alejandría, Emiliano, quien, viéndose amenazado de muerte por una sublevación popular, se
proclamó emperador (262-265) para escapar a la responsabilidad ante Galieno. Ya hemos nombrado
a Aureolo a propósito de las regiones danubianas, y a éste tuvo que reconocer Galieno durante
cierto tiempo como emperador. Pero ya mucho antes (258) las tropas del Danubio habían
proclamado emperador al gobernador Ingenuo con el fin de proteger mejor el país contra las
arremetidas de los bárbaros; fue vencido por Galieno, quien castigó severamente toda la región; los
provincianos, sedientos de venganza, proclamaron emperador al heroico dacio Regiliano (260), que
decía descender del rey dacio Decébalo, el famoso enemigo de Trajano; pero temiendo las tropas el
castigo del entonces tan cruel Galieno, lo abandonaron de nuevo. De un usurpador surgido en
Bitinia no se conoce ni siquiera el nombre; también en Sicilia campan por sus respetos
innumerables latrones.
Pero la serie más sorprendente de usurpadores la encontramos en Occidente, sobre todo en las
Galias, a las que se someten, de vez en cuando, España y Britania. Desde 259 y dada la situación
indescriptible producida por los bárbaros, se levantan en las Galias contra Valeriano y contra su hijo
y los generales de Galieno los poderosos defensores del país Póstumo, Leliano y Victorino; y no
sólo como criaturas de los soldados sino con la participación ardiente y casi regular de los
provincianos.34 Se constituye un verdadero Imperio trasalpino cuyos notables constituyen el senado
del emperador, que reside casi siempre en Tréveris; lejos de levantar como bandera la nacionalidad
gala, britana o ibérica, ya medio olvidadas, esas comarcas pretenden instaurar un Imperio romano
occidental, para proteger la cultura y las instituciones romanas frente a la barbarie, lo que no se
podría decir del gobierno de Zenobia. Y, cosa sorprendente, es también una mujer, Victoria, la
madre de Victorino, la que bajo este emperador introduce en Occidente adopciones y sucesiones y
la que, como “madre de los campamentos”, domina, como un ser sobrehumano, sobre los ejércitos.
Su hijo y su nieto son abatidos ante sus propios ojos por los soldados furiosos, pero el
arrepentimiento es tan grande que se le concede el nombramiento de un nuevo emperador. Por dar
gusto a los soldados nombra primeramente (267) al vigoroso armero Mario, pero después de su
asesinato, y en forma muy osada, a un varón desconocido para el ejército, su pariente Tétrico, cuyo
gobierno no militar fue tolerado por los soldados (desde 267) por lo menos hasta la muerte
repentina de Victoria.35
El último lugar de estas usurpaciones corresponde, sin duda, a la de Celso en África, pues fue
la menos justificada y la más insignificante por sus resultados. Sin el motivo o la excusa de un
ataque de los bárbaros, los africanos (probablemente sólo los cartagineses) proclamaron al tribuno
Celso por instigación de su procónsul y de un general; para encubrir la falta de derecho divino se
recurrió al manto de la “diosa celeste” que se veneraba en el famoso oráculo de Cartago,
revistiéndose con él al usurpador. También en este caso desempeña el papel principal una mujer; a
los siete días fue asesinado por instigación de un primo de Galieno, y su cadáver desgarrado por los
perros, lo que presenciaron impertérritos los habitantes de Sicca por lealtad al emperador. Todavía
se crucificó a Celso in effigie.
No parece que Galieno se comportara en esta situación inaudita —que no era, en gran parte,
culpa suya—, de la manera indolente y cobarde que nos insinúa la Historia augusta. A algunos de
los llamados “treinta tiranos” les reparte títulos de Césares y de Augustos pero a otros los combate
con ardor. Es posible que aquella famosa indolencia se apoderara de él en ocasiones, pero también
debía sacudírsela de pronto; ahora bien, una campaña en Persia para liberar a su padre, que era lo
que se pedía de él, hubiera sido imposible en aquellas circunstancias. Se puede parangonar su
relación con los emperadores de provincia reconocidos por él con la de los califas con las dinastías
rebeldes, con la diferencia de que no se le reservaron, siquiera, los regalos honoríficos y la
invocación de su nombre en los templos. Pero mantuvo a Italia con toda energía para sí solo;
además le fueron fieles varios de los generales más importantes de su padre. Parece que impidió
cuidadosamente al senado toda participación en el gobierno y hasta la mera visita a su ejército, pues
le dominaba, en estos tiempos antiparlamentarios, el miedo a un régimen senatorial militar. 36
Cuando Aureolo le ataca también en Italia, responde con energía, le obliga a concentrarse en
Milán, a la que pone sitio. Ya estaba Aureolo en situación desesperada cuando fue asesinado
Galieno (268). Fue el asesino un oficial de la caballería dálmata, los organizadores un prefecto de la
guardia y un general de las tropas danubianas; pero los verdaderos instigadores, Aureliano (más
tarde emperador), que se había juntado con su caballería al ejército sitiador, y el ilirio Claudio, un
favorito del senado y, además, uno de los caudillos más destacados de su tiempo, que no disimulaba
el disgusto que le causaba la indolencia de Galieno y que acaso por esto tenía su cuartel en Pavía.
Parece que hubo un consejo formal entre estos generales en el que se decidió de la vida de Galieno
y acaso se decidiera también la sucesión en favor de Claudio.37
Bien miradas las cosas, un complot semejante se disculpa en parte en esta época
extraordinaria; fue un tribunal de gentes no del todo incompetentes el que pronunció sentencia. Si el
Imperio había de recobrar su unidad, la figura de Galieno tenía que desaparecer de la escena, cosa
que no podía ocurrir por las buenas, puesto que éste no podía vivir sin el halago de ser emperador.
Además, es posible que Claudio previera la inminencia de la próxima irrupción de los godos, la más
terrible de aquel siglo, y era ésta una necesidad que no conocía ley. Aparte de esto, ya los alamanes
estaban en Italia mientras Galieno sitiaba a Milán, y su sojuzgamiento había de ser la acción más
perentoria de Claudio, luego de acabar rápidamente con Aureolo en la batalla de Pontirolo. En el
epitafio del último dice Claudio que le hubiera dejado con vida si no fuera por consideración a su
excelente ejército.38 No tenemos por qué dudar de la sinceridad de estas palabras.
35 En la moneda que eterniza su apoteosis, ella se titula Imperator, como la María Teresa se llamaba en Hungría
“Rey”.
36 Aur. Vict, Caess.
37 No podemos explicar aquí el valor de la obra de Aurelio Victor (Caessares) frente a otras fuentes.
38 Según Juan Antioqueño, que, como indica esta lápida, atribuye al ejército un odio especial contra la usurpación
como tal, los soldados mataron a Aureolo, que ya se había entregado, en las cercanías de Claudio.
22
Claudio (268-270) podía emprender ahora el trabajo gigantesco de restaurar el Imperio y para
ello tenía que dejar en la estacada a su partido de la Galia; pero fue sobre todo su victoria sobre los
godos en Naissus lo que rejuveneció al viejo mundo. Apenas si el Imperio pudo disfrutar de sus
otras cualidades excelentes, ya que murió casi al año; pero sería injusto dudar de esas cualidades
porque haya tenido la desgracia de caer en manos de los panegiristas. Su verdadero panegírico lo
tenemos en el orgullo que sentía la caballería ilírica de contarle entre sus paisanos, en su animosa
confianza para enfrentarse con los bárbaros, que se comunicó, tras su victoria, a algunas ciudades y
provincias postradas. España se había separado ya de Tétrico para someterse a él.
Tenía un excelente hermano, Quintilo, que el senado nombró emperador por consideración al
fallecido. Pero en su lecho de muerte el mismo Claudio había designado, ante los generales, 39 a
Aureliano, que fue reconocido en seguida por el ejército. Que Quintilo se suicidara en seguida,
abriéndose las venas, nada tiene de particular en aquellos tiempos.
Aureliano, originario de la región de Belgrado, se nos aparece como un poco más bárbaro que
su antecesor,40 pero, en lo esencial, apenas menos digno que él. En una brillante campaña (272)
sometió a Zenobia y al Oriente, lo que acrecentó extraordinariamente su fama de invencible.
Marcelino, gobernador de Mesopotamia, fue incitado a la usurpación por parte de su ejército, pero
lo comunicó él mismo al emperador. Aureliano perdonó a Antíoco, que había sido proclamado por
los insensatos ciudadanos de Palmira, pero castigó a éstos; ordenó que el acaudalado Firmo, que
pretendía Egipto, fuera crucificado como un ladrón, probablemente para hacer una demostración del
desprecio profundo, tradicional, que los romanos sentían por el carácter nacional egipcio.
Finalmente, otorgó un alto cargo a Tétrico, que se sentía terriblemente deprimido por su falsa
posición ante los soldados y en la batalla de Chalons (272) traicionó a su propio ejército. Si a estas
luchas por la restauración del Imperio añadimos las constantes victorias sobre los bárbaros,
podremos adivinar fácilmente qué incomparable escuela militar significó el gobierno de Aureliano;
las figuras más importantes entre sus sucesores se formaron a sus Órdenes y a las de Probo.
No son tan encomiables sus relaciones con el senado, que se nos pintan como similares a las
que mantuvo Septimio Severo. Le culpa de conjuraciones y revueltas de toda clase en la capital y
manda ejecutar a varios miembros.41 Como quiera que consideremos los escasos testimonios de
aquella época, no son bastantes para emitir un juicio definitivo y no podemos decir si es que
Aureliano pretendía extender a la vida civil la férrea disciplina del campamento o el senado no se
dio cuenta de los tiempos que corrían y pretendió compartir el gobierno con los rescatadores del
Imperio. Que Aureliano no era personalmente cruel y que gustó de evitar el derramamiento de
sangre, lo sabemos por rasgos muy característicos de su vida; tampoco se le llamaba el “asesino”
sino el “pedagogo del senado”. Pero es menester tener un alma bien templada para, en
circunstancias como las suyas, no endurecerse por desprecio a los hombres y no hacerse sanguinario
por cobardía y comodidad. No es fácil ponerse en la situación de aquellos emperadores y totalmente
imposible predecir cómo habría de comportarse a la larga, en tal situación, aun el hombre más
generoso. Más tarde nos ocuparemos del culto al sol de Aureliano, la religión que predomina entre
los soldados en esta última época pagana.
En su campaña contra los persas fue asesinado Aureliano por gentes de su propio séquito, no
lejos de Bizancio. Tenemos que suponer que, a lo sumo, sólo uno de los generales más prestigiosos,
Mucapor, participó en el hecho; los otros asesinos eran gente de la guardia, a los que un secretario
comprometido, que había de temer el castigo, supo meterles el miedo en el cuerpo valiéndose de
una firma falsa.
Inmediatamente se conciertan los generales para dirigirse al senado en estos términos: “Los
afortunados y valientes ejércitos al senado y al pueblo de Roma. Nuestro emperador Aureliano ha
sido asesinado por la trampa de un hombre y por el engaño de buenos y malos. ¡Honorables y
prepotentes padres! Elevadlo hasta los dioses y enviadnos un emperador de entre vosotros, uno que
vosotros consideréis digno. Porque no podemos soportar que uno de aquellos que, engañados o a
sabiendas, han hecho el mal, mande sobre nosotros.”
Esta carta honra a todos, a Aureliano, tan bellamente exculpado, al senado y a los ejércitos, en
cuyo nombre, seguramente, los generales han llegado a una transacción. 42 No podemos pensar que
sea un bello arrebato un documento firmado por quienes ayudaron a Aureliano a someter al mundo.
Pero el senado, cuyo sacrosanto prestigio tradicional es reconocido en forma tan
extraordinaria, rechazó el honor. Después de tantos gobiernos militares, como tuvieron que serlo los
últimos, el nombramiento de un emperador por el senado sería algo absolutamente inconveniente;
además, acaso pensaran en Roma que, en el espacio de dos meses, los que transcurrirían entre la
solicitud y la respuesta, muy bien podía cambiar la opinión del ejército de Oriente, fuera
espontáneamente o por intrigas. Pero el ejército se mantuvo firme en su decisión; se cambiaron
escritos por tres veces, hasta que por fin el senado se decidió por la elección. Durante este medio
año todos los altos funcionarios siguieron ocupando sus puestos; ningún ejército se atrevió a
anticiparse al de Oriente; en forma bien insólita, el temor o el respeto mantuvo a las diversas fuerzas
en equilibrio expectante.
Si después de un milenio y medio nos fuera permitido emitir un juicio a base de un
conocimiento tan deficiente de los documentos, tendríamos que reconocer que hizo bien el senado
en nombrar, por fin, emperador, pero debió haber elegido a uno de entre los famosos generales que
no habían participado en el crimen, por ejemplo, a Probo. En lugar de esto se decidió por un
anciano senador, Tácito, hombre honesto y experto militar, y se produjo un gran alborozo por el
maestro golpe constitucional. Se mandaron cartas entusiastas a las provincias comunicando cómo el
senado había rescatado su viejo derecho de elegir emperador, cómo en lo futuro dictaría leyes,
recibiría los homenajes de los príncipes bárbaros y decidiría sobre la guerra y la paz; los senadores
sacrificaron blancas víctimas, marcharon con sus albas togas y abrieron en los patios de sus palacios
los armarios que contenían las imágenes de los antepasados, mientras Tácito renunciaba a su vida
tranquila, regalaba al senado su fortuna colosal y se incorporaba al ejército. El senado, apoyándose
en una minucia reglamentaria, le negó el nombramiento de su hermano Floriano para cónsul, y se
nos dice que el emperador hasta se alegró con este síntoma de renovada conciencia constitucional,
cosa que no vamos a discutir.
En el Oriente luchó Tácito con fortuna contra godos y alanos, pero una facción de oficiales,
reforzada por los amenazados asesinos de Aureliano, acabó, primero, con el pariente cercano del
emperador, Maximino, comandante de Siria, y luego, por temor al castigo, con el mismo emperador,
en el país del Ponto. Su hermano Floriano cometió la torpeza de proclamarse sucesor en Tarso sin la
aquiescencia del senado ni del ejército, como si el Imperio fuera hereditario, en cuyo caso tendrían
derecho preferente, de todas maneras, los hijos de Tácito. A las pocas semanas pereció también a
manos de sus soldados.
Entre tanto, una elección por puros soldados había elevado al trono 43 al poderoso Probo,
paisano de Aureliano y designado por éste, como si dijéramos premonitoriamente, para sucesor. El
senado lo reconoció sin rechistar y Probo tuvo el tacto suficiente para apaciguar el humor un poco
sombrío de los padres de la patria distribuyendo algunos títulos honoríficos. Hizo que se le
presentaran los asesinos de Aureliano y de Tácito, y los mandó matar, señalándolos antes con su
desprecio. Dijo a los soldados, cuando lo eligieron, que no encontrarían en él a un adulador y
42 Lo que dice la Hist. Aug. Tac. 2, que el ejército habría actuado así contra la voluntad de los generales, apenas si
merece ser refutado.
43 Hist. Aug. Prob. 10. La elección se efectuó en campo abierto bajo la influencia de los oficiales, que anduvieron de
compañía en compañía.—No se puede probar ni negar la participación de Probo en la caída de Floriano. Según
Zosim. I, 64, se podía creer que Probo quiso tan sólo la destitución de Floriano.
24
cumplió lo que dijo. Con una férrea disciplina, los condujo a aquellas extraordinarias victorias que
limpiaron de germanos las Galias y costaron la vida a 400.000 bárbaros. Si con esto no se logró más
que la conservación del status quo, ni se consiguió, a pesar de la clara visión de Probo, la condición
fundamental de la seguridad de Roma, a saber, el sojuzgamiento de toda la Germania, no se le
puede achacar la culpa a él. Marcha desde el Rin y el Neckar hacia el Oriente y sus generales
vencen en el lejano sudeste. La rebelión de algunos usurpadores (Saturnino, Próculo, Bonoso) no se
debió al descontento de los soldados por su rigor sino a la desesperada osadía de los egipcios, al
temor de los lioneses y de su partido ante un castigo imperial y al miedo de una partida de
borrachos por abandono de servicio en la frontera. El señorío fue, cada vez, de corta duración.
Pero el gran príncipe, a quien fácilmente se consideraría como un emperador exclusivamente
militar, abrigaba un ideal muy diferente; no ocultaba su pensamiento de que, luego de vencer por
completo o de debilitar notablemente a los pueblos bárbaros, el estado romano no necesitaría de
más soldados y advendría un período de paz y de reconstrucción. Podemos seguir la descripción
nostálgica de este siglo saturnino en la Historia augusta;44 pero nos basta saber que tales
conversaciones llegaron a oídos de los mismos soldados, que ya estaban bastante fastidiados porque
el emperador los empleaba en la plantación de viñedos, en la construcción de caminos y canales.
Fue asesinado en su propia patria, con ocasión de la construcción del canal de Sirmio,
probablemente sin premeditación45, con súbito arrepentimiento. Su familia, como la de tantos
emperadores derrocados, abandonó Roma para ir a residir en la Italia superior.
Esta vez el ejército no pensó en el senado; también en esta ocasión podemos creer que fueron
los oficiales de alta graduación los que hicieron la elección o, por lo menos, la dirigieron, ya que fue
investido con la púrpura un anciano terriblemente duro, el ilirio Caro. Partió en seguida para
terminar con la guerra sármata y reanudar la guerra contra los persas, acompañado de su hijo mejor
y más joven, Numeriano; nombró corregente al terrible Carino y le encomendó el mando supremo
frente a los germanos; parece, sin embargo, que se arrepintió de este nombramiento y pensó
sustituir al insensato hijo por el eficaz y noble Constantino Cloro (el padre de Constantino); notable
emancipación de las ideas dinásticas si se hubiera verificado.46
Caro, primero, y, poco después, Numeriano (284), fallecieron en el Oriente en circunstancias
misteriosas. El último víctima de un ardid del prefecto de la guardia, Aper, que no se menciona
entre los generales de la gran escuela47 y que, probablemente, no contaba con mayores recursos para
su usurpación que su propia osadía.48 Cuando se tuvo noticia de la muerte del César parece que
Aper perdió la serenidad y se intimidó, presentándose ante un tribunal de guerra en presencia de
todo el ejército. Luego que, “por la elección de los generales y de los oficiales”, fue proclamado
emperador uno de los caudillos más destacados, Diocleciano, éste se arrojó contra Aper, que se
hallaba ante el tribunal para ser escuchado, y lo atravesó de parte a parte. Sería injusto atribuir a
Diocleciano participación en el crimen de Aper; la explicación sencilla del asombroso hecho la
tenemos en que una druida de las Galias había presagiado a Diocleciano la corona imperial después
que hubiera matado un jabalí (aper). Desde entonces, en todas las cacerías había estado
persiguiendo jabalíes; en aquél momento, le impaciencia movió su brazo al ver la anhelada ocasión.
44 Prob. 20 y 23.
45 Cf. para esto Juan Antioqueño, frag. 160, en que se nos dice que Caro había comenzado con una sublevación.
46 A los crímenes de Carino en Roma se refiere probablemente la acusación en v(1) Ecloge de Calpurnio Sículo, pp.
60 ss., sobre el encarcelamiento y el asesinato de muchos senadores y el completo desprestigio del consulado.
También se nos abre un abismo que no podamos aclarar. En la última égloga Carino es exaltado otra vez. De la gran
hambre y de los grandes incendios provocados por los que trabajaban en las obras públicas que arruinaron la región
entre el Palatinado y el Capitolio se informa sólo con unas palabras. Cf. Mommsen, edic. del cronógrafo del año
354 en las Actas de la Real Sociedad de Ciencias de Sajonia, vol. I, p. 648.
47 Hist. Aug. Prob. 22, los enumera nominalmente.
48 Ha sido siempre un misterio cómo Aper hizo del César su yerno y fue capaz de sacrificarlo después.
25
No había más obstáculo que Carino para quedarse con el imperio del mundo. Éste no carecía
de dotes militares; parece que, de camino en la Italia superior (285), venció fácilmente a un
usurpador Juliano; la guerra con Diocleciano duró medio año y en la batalla de Margo (no lejos de
Semendria), que pasa por ser la decisiva, venció acaso Carino. Pero las enemistades personales que
se había granjeado con sus excesos, le costaron la vida. El que Diocleciano fuera reconocido
inmediatamente por los dos ejércitos, que no destituyera a ninguno ni se quedara con la fortuna de
nadie y hasta que mantuviera en su puesto al prefecto de la guardia Aristóbulo, se podría explicar
por negociaciones previas llevadas a cabo con el ejército de Carino, pero preferimos atribuirlo, con
el viejo Aurelio Victor, a la templanza y la visión superior del nuevo emperador y de su séquito.
Según sus afirmaciones, tampoco deseó la muerte de Carino por ambición sino porque le dolía la
suerte de la república. A quien, por lo demás, procede con una contención tan extraordinaria, se le
debe creer también esto.
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SECCIÓN SEGUNDA
Diocleciano. El sistema de sus adopciones. Su gobierno.
Se cumplieron los presagios y quedaron corroborados los oráculos cuando el hijo de una
esclava dálmata que había pertenecido al senador romano Anulino, subió al trono a la edad de
treinta y nueve años. La madre y el hijo habían recibido su nombre del país de origen, de la pequeña
Dioclea, no lejos de Cataro; Diocles, “el famoso de Zeus”, se llamó ahora, por dar gusto a los
romanos, Diocleciano,49 sin por ello renunciar a la relación con el príncipe de los dioses, al que
recordaba también su nuevo apelativo latino, Jovius.
Ya nos ocuparemos de sus hechos de guerra, de su gobierno y de su carácter, tan discutido;
pero ahora nos interesa la forma peculiar en que concibió su poder imperial y cómo trató de
asegurarlo, de distribuirlo, de transmitirlo.
Los últimos emperadores no pudieron disponer del cetro en parte por causa de su muerte
violenta, pero también es cierto que abandonaron la decisión a los generales; el hecho de que Caro
nombrara heredero a su hijo fue acaso uno de los motivos más poderosos de su pérdida.
Diocleciano, a quien su esposa Prisca, a lo que parece, no le dio más que una hija, Valeria, tenía que
pensar en otro procedimiento. De haber estado el Imperio apaciguado acaso hubiera demorado toda
decisión, pero es el caso que en el exterior se multiplicaban las irrupciones y el interior, desde los
tiempos de Caro, hervía en usurpadores, sin que se librara el propio gobierno de Diocleciano que,
sin embargo, había sido reconocido por el senado. ¿Cómo remediar esta situación?
Lo llevado a cabo por Diocleciano nos lo revela, sin duda, como un espíritu superior,
penetrante, pero también nos aparece como un tanto particular y misterioso.
La experiencia de los últimos diez años había mostrado que tampoco los emperadores más
vigorosos, los salvadores del Imperio, podían escapar a la consabida muerte traicionera y a la
sublevación de los soldados. Los grandes generales que formaban su séquito no lo podían impedir y,
algunos, tampoco lo querían, porque su ambición apuntaba, con espanto y todo, hacia el trono. A la
larga, hubiera sido inevitable una situación como la de los tiempos de Galieno y los treinta tiranos,
lo que parecía muy verosímil por el año 285, y el Imperio se hubiera fragmentado de nuevo, acaso
para siempre. Diocleciano acudió al verdadero remedio; se rodeó de sucesores y corregentes. De
este modo se habían limado las uñas de la ambición y se había dificultado mucho el éxito de
cualquier sublevación militar. Porque si caía uno de los emperadores o Césares, y no se conseguía
acabar en el mismo día con los dos o cuatro corregentes de Nicomedia, Alejandría, Milán y
49 El nombre es en la obra de Orelli, Insc. lat. sel. Nr. 1052: Gaius Aurelius Valerius Diocletianus.—Había sido ya
anteriormente gobernador de Mesia, otra vez Consul suffectus, y había acompañado a Caro al Oriente, con el alto
cargo de Comes domesticorum.—Cf.: Theodor Preuss, Kaiser Diocletian und seine Zeit (Leipzig 1869) pp. 19 ss.
Volveremos a referirnos a esta excelente monografía.
27
Tréveris, por ejemplo, los actores tenían que contar, indefectiblemente, con uno o varios
vengadores; todas las gentes honradas sabían, en ese caso, a quién tenían que acudir, y ya no había
necesidad de abrazarse, con un miedo insensato, a la primera elección hecha por los soldados. La
segunda gran ventaja de la medida adoptada por Diocleciano radicaba en la repartición del gobierno
del Imperio, que ahora podría ser gobernado con tranquilidad y reflexión, según planes comunes y
sólidos y, en conjunto, de una manera gloriosa.
Pero no deja de parecernos misterioso el sistema artificioso de estas adopciones. Parece que el
remedio más sencillo hubiera consistido en que Diocleciano adoptara a una familia distinguida, con
varios hermanos, y repartiera entre ellos las provincias y las tareas de gobierno. Lo que le fracasó a
la familia de Caro, en parte por culpa de Carino, podía resultar bien ahora, es decir, el paso de un
cesarismo cambiante50 a una dinastía hereditaria, a la que tiende necesariamente toda dominación
monárquica. ¿O es que acaso temía ser eliminado por una familia elevada de esta forma? Una figura
de su categoría no se deja eliminar sin más. ¿O no atribuía ninguna eficacia moral al vínculo de la
sangre en esta época corrompida? El mismo ha convertido, después, a los Césares en yernos de los
emperadores: ¿Trataba quizá de aplacar la mayor cantidad de ambiciosos mediante la adopción o la
esperanza de ella? Sabía mejor que nadie que no hay manera de aplacar a los más peligrosos y
tampoco estaba en su carácter el esforzarse demasiado por aplacar y satisfacer a todos. Pero si
examinamos detenidamente cada hecho y los motivos demostrables o presumibles de ellos, las
lagunas de la tradición nos dejan, es cierto, algunas cosas sin explicación, pero esa tradición, en
conjunto, nos marca quizá la verdadera pista.
En vista de la guerra campesina de las Galias, Diocleciano inviste todavía en el año 285 a su
camarada Maximiano con el título de César y, al año siguiente, con el de Augusto; 51 la relación de la
adopción se expresa ya en su apelativo Herculio, que está tomado del hijo de Zeus. Después que,
durante seis años ininterrumpidos, combaten contra bárbaros, provincias en rebelión y usurpadores
por todos los rincones del Imperio, sin habérselo repartido formalmente, nombran como Césares
(292) a los generales Galerio y a Constancio Cloro, en cuya ocasión dice expresamente Diocleciano
que “de ahí en adelante habría dos mayores en el estado, como señores, y dos menores, como
auxiliares”.52 El hijo de Maximiano, Majencio, es pasado por alto sin muchas consideraciones, 53
pero se establece un nuevo vinculo artificioso de piedad al tener que casar los Césares con las hijas
de los emperadores, Galerio con Valeria, Constancio con Teodora, esta última, en rigor, nada más
que hija adoptiva de Maximiano.54 Los Césares habían sido formados en la escuela de Aurelio y de
Probo. Constancio era de elevada cuna y, por parte de madre, sobrino nieto de Claudio Gótico;
Galerio, un hijo de pastor con trazas de gigante, que tanto más fácilmente admitió ahora que su
madre había sido preñada por un ser divino en forma de serpiente o, como Rea Silvia, por Marte
mismo. Había ahora cuatro cortes, administraciones y ejércitos; Constancio gobernaba las Galias y
Britania, los países del Danubio y Grecia correspondieron a Galerio, a Maximiano Italia, España y
África, y al fundador de su poder, Tracia, Asia y Egipto. Más de doce años duró la más extraña
concordia entre hombres tan diferentes y, en parte, tan rudos, 55 tanto más inexplicable cuando se ve
cómo uno gobierna también en los dominios de otro y acaudilla ejércitos, y cuán poco se cuida, por
ejemplo, Diocleciano, de tener las consideraciones debidas con el apasionado Galerio en presencia
de todo el ejército. Lo que proviene de él, los planes de guerra más difíciles, las órdenes más
50 No puedo explicarme por qué la ciencia se resiste a aceptar esta expresión fijada por Romieu, pues indica la cosa
con gran exactitud.
51 Sobre el uso de estos dos títulos cf. la investigación de Preuss, ob. cit. pp. 147 ss.
52 De mortibus persecutorum 18.
53 El panegirista Mamertino había indicado ya a éste, en el mismo año, como presunto heredero de la corona
(Panegyr. III, 14).
54 Si sus mujeres anteriores, que fueron repudiadas por ellos, eran esposas legítimas, no ha podido ser averiguado en
el caso de la mujer de Galerio; la Elena de Constantino fue, seguramente, una mera concubina.
55 El tetracordio armónico, dijo Juliano en los Césares. En las monedas se ensalza constantemente esta concordia.
Sobre la personalidad y el origen de los dos Césares informa detalladamente Preuss ob. cit. pp. 48 ss.
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escabrosas, se realiza con una sumisión infantil; en ningún momento se duda que es él el alma del
todo. “Lo miraban, dice Aurelio Victor, como a un padre o como a un dios supremo; lo que esto
quiere decir se ve bien claro cuando se tiene en cuenta todos los asesinatos de familias ocurridos
desde Rómulo hasta nuestros días.”
La verdadera prueba de obediencia tuvo lugar en la sucesión del coemperador Maximiano,
cuando Diocleciano, después de veinte años de corregencia, le obligó a la abdicación común,
apalabrada mucho antes (305). Maximiano se sometió, 56 si bien con una gran desgana; también
permitió esta vez que, al nombrar dos nuevos Césares (en el lugar de Galerio y Constancio,
promovidos a emperadores), se pasara por alto de nuevo a su hijo Majencio, y que él mismo, el
viejo vencedor de los bagaudas, los germanos y los mauritanos, nada tuviera que ver en la elección
de los Césares; Diocleciano la había reservado a su hijo adoptivo Galerio, 57 quien promovió a un
oficial, confidente suyo, Severo, como César de Occidente, y a su sobrino, Maximino Daza, para
César de Oriente. A Constancio Cloro le ocurrió lo que a Maximiano: aunque fue promovido a la
dignidad imperial, tuvo que reconocer como César a Severo en lugar de a un hijo suyo, con cuyo
motivo los autores cristianos58 celebran, desplazadamente, su modestia.
En una obra redactada no mucho tiempo después59 se nos pintan dramáticamente los motivos
personales de estas medidas políticas. Ya Gibbon se dio cuenta que no nos hallamos en presencia de
una historia limpia sino ante el relato de un enemigo enconado que se equivoca, precisamente,
cuando nos presenta a los viejos emperadores que abdican aterrorizados por Galerio. Pero hay un
rasgo muy sorprendente que no ha sido inventado:60 se atribuye a Galerio la intención de abdicar
igual que Diocleciano, después de un gobierno de veinte años, una vez que se haya fijado la
sucesión del trono por un largo tiempo. El autor considera esto como una decisión voluntaria, de la
que nos da cuenta con muy poca gana debido a su ardiente odio contra Galerio; pero si todo no nos
engaña, nos hallamos en presencia de una ley capital impuesta por el sistema de Diocleciano y que
los coetáneos no pudieron adivinar sino en parte. Esta fijación de la duración del gobierno a veinte
años constituye la clave de bóveda reguladora de todo el sistema. Serviría para imprimir a las
adopciones y sucesiones en el trono el sello de lo ineductable, de lo necesario.
Al año siguiente (306) todo este sistema se quebranta y perturba de modo definitivo por la
usurpación de los hijos de los emperadores que se creía haber puesto de lado: Constantino (el
Grande) hereda, con ayuda de sus soldados, el gobierno de su padre, Majencio se proclama en Italia
y también el viejo Maximiano abandona su obligado reposo para juntarse con su hijo. Diocleciano,
que veía estropeada toda su obra ordenadora por esta irrupción del derecho hereditario, debió pensar
que, con ella, se perdía también el Imperio; 61 sus últimos años, que pasó enfermo y cansado de la
vida en su patria, en los patios de su palacio de Espalato, lo más parecido a un campamento,
estuvieron ensombrecidos, sin duda, por esta preocupación.
En realidad, su ideal de ordenamiento del Imperio había sido algo sorprendente. Y teniendo en
cuenta las consecuencias posibles de los gobiernos de generales, que eran los emperadores de
entonces, hay que estar preparados también para lo sorprendente; no sabemos qué clase de
experiencias reserva Europa a nuestros descendientes. Dos emperadores a veinte años, con
56 Panegyr. VI (Max. et Const. M.), 9: consilii olim inter vos placiti consrantia et pietate fraterna.
57 En el único caso análogo de tiempos anteriores hay precisamente en esto una diferencia; Adriano adoptó a Antonino
bajo la condición de que éste, por su parte, adoptase a Lucio Vero y a Marco Aurelio; Diocleciano deja en libertad
al futuro emperador supremo.
58 Orosius VII, 25. También en la obra de Eutrop. X, 1, esta suposición está basada en una equivocación.
59 De mortibus persecutorum. Anteriormente no creía que la obra fuera de Lactancio, pero ahora me adhiero a las
muchas y convincentes razones que Ebert (en las Actas de la Real Sociedad de Ciencias de Sajonia, 1870) hizo
valer con respecto a su origen.
60 Cap. 20. Las demás intenciones, dirigidas a un futuro probablemente lejano, que el autor presupone ya en Galerio el
año 305, no pasan de ser meras ficciones.
61 Según Aur. Vict. Caess., él esperaba: Intestinas clades et quasi fragorem quendam status romani.
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pastor procedente de Dacia o de Sárdica (la actual Sofía en Bulgaria); Maximino Daza es,
probablemente, de la misma región; Constancio Cloro habitaba, cuando le nació su hijo
Constantino, en Nissa de Serbia; el amigo de los galos, Licinio, que aparece más tarde, es un
campesino del bajo Danubio; se desconoce la patria de Severo. No podemos saber si alguna religión
o superstición local vinculaba todavía más estrechamente a los imperantes. De la abdicación de
Maximiano no conocemos más que las palabras que pronunció en el templo del dios capitolino
(probablemente en Milán): “Recobra, oh Júpiter, lo que prestaste.” 70 Diocleciano pretendería
sustituir con juramentos, sacrificios y consagraciones lo que a su combinación política le faltaba en
fuerza y solidez.
Quien no quiera aceptar esta explicación nuestra podrá suponer que Diocleciano tuvo que
nombrar a Maximiano porque no podía prescindir de su sumisión y de sus dotes de caudillo,
mientras que puso de lado a su hijo Majencio porque Galerio se hallaba enemistado desde siempre
con él.71 Pero pensemos un momento si tal manera de obrar se compagina con todo su carácter y con
todo el tamaño de sus dotes de gobernante, que nadie podrá negar a Diocleciano. Hay una seriedad
profunda en todos sus ordenamientos, hasta en ese rebajamiento de la dignidad imperial a una
función por tiempo determinado. Si otros iban a tomarla como asunto de disfrute, no era culpa suya;
la consideraba como un cargo terrible y lleno de responsabilidad, del que, para dicha de ellos y del
Imperio, había que eliminar a los niños y a los viejos. Pero al mismo tiempo se tenía en cuenta la
ambición legítima de los Césares; podían prever el día y la hora en que, de no fallecer entre tanto,
habrían de subir al trono. El emperador, con los sentimientos de un hombre que conoce el día de su
muerte, podía celebrar de cinco en cinco años las quinquenalias, las decenalias y las quindicenalias;
se acercaban irremisiblemente las vicenalias, en que habría de despojarse de la púrpura. Pues así lo
querían “las superpotentes diosas del destino”, que celebra en una moneda del año de la
abdicación.”72 También sabía Diocleciano que no se puede comprometer eternamente a los
sucesores, pero, a lo que parece, quería dar un ejemplo. Además, el plazo de veinte años impuesto a
la dignidad imperial garantizaba la exclusión de los hijos del emperador, cosa que, de ser vitalicia,
no se podría lograr. Cabe preguntar si se hacía bien en señalar un término fijo para que los enemigos
y los ambiciosos llevaran a cabo una rebelión victoriosa; pero también es cierto que podían
prepararse, de antemano, los medios de resistencia. Durante la enfermedad de Diocleciano que
precedió a su abdicación, el pueblo permaneció tres meses y medio con la incertidumbre de si
vivía73 y, sin embargo, nadie se movió en el estado bien sujeto.”74
Es cosa curiosa que las mismas cuestiones, los mismos acontecimientos se agitaban en el país
fronterizo enemigo, el reino de los Sasánidas. En tiempo de Bahram III, que no reinó más que
algunos meses del año 293, observaban los autores 75 por primera vez: el rey de Persia ha nombrado
al hijo o hermano destinado a sucederle, príncipe de una provincia, con el título de Schah, y el
mismo Bahram fue antes Schah de Segán o Sistán mientras vivía su padre Bahram II. Después de su
breve reinado, acompañado probablemente de circunstancias violentas, le sucede su hermano más
joven Narsi, y éste corona como sucesor a su hijo Hormuz, para en el año 301 retirarse a la vida
privada “bajo la sombra del buen Dios”. Según Mirkhond le movió a ello la idea de la muerte,
“cuyo momento se halla predeterminado por decretos eternos y es irremisible”. Posiblemente, los
magos le habían predicho el momento de su muerte y le habían privado así de todo gusto por la
vida; pero también se nos dice que Narsi quería sustraerse a las alternativas del destino real, que
había experimentado de modo suficiente en sus guerras con los romanos. “El camino es largo, solía
decir, y con frecuencia hay que subir y bajar.” No es improbable que este ejemplo hiciera alguna
mella en el ánimo de Diocleciano.
El incremento repentino del ceremonial de la corte guarda, sin duda, estrecha relación con la
solemnidad que rodea a la vida de Diocleciano, condicionada por la superstición. ¿O habrá que
pensar que, como ocurre con los advenedizos, no le bastara con la pompa tradicional, según opina el
viejo Aurelio Victor? Pero en tal caso sería extraño que ninguno otro de los grandes emperadores de
origen militar del siglo III se le anticipara en esto, pues casi todos habían llegado al trono desde las
condiciones más humildes. Vemos, por ejemplo, cómo el poderoso Aureliano alterna inocentemente
con sus viejos amigos, a los que equipa de tal suerte que ya no pueden llamarse pobres; pero los
vestidos de seda le parecen demasiado caros; no le gusta que el oro reluzca en los adornos de los
edificios y en los ropajes, y si permite que otros se aderecen con las joyas más costosas, él renuncia
a ellas; a sus criados no los viste mejor que antes de ser emperador; no se encuentra a gusto en los
magníficos palacios del Palatino, cuyas paredes de mármol tantas veces se mancharon con sangre
de emperadores; prefiere (como en otro tiempo Vespasiano) los jardines de Salustio, en cuyas
larguísimas avenidas se le ve a diario haciendo ejercicio y desbravando caballos. 76
Ahora cambió todo esto. Diocleciano tenía viejos amigos, pero la confianza había
desaparecido, acaso por ambos lados; temía, y no sin razón, que su intimidad con terceras personas
podría perturbar su artificial armonía con los colegas. En lugar de la simple púrpura con que se
habían contentado casi todos los emperadores anteriores (excepción hecha de los dementes) viste
(desde 293) ropajes de seda recamados de oro y salpica sus sandalias de piedras preciosas y perlas;
ciñe la cabeza con la diadema, una cinta blanca cubierta de perlas. Este era el uniforme oficial en
que se presentaba en las ocasiones solemnes; en sus rápidos viajes y en sus campañas militares, él y
su colega Maximiano debieron de presentarse de otra manera, y más los Césares, que andaban
siempre de un sitio para otro,77 sobre todo Constancio, el más sencillo de todos. Pero en Nicomedia
Diocleciano gustaba de lo solemne. El acceso a su sagrada persona se hizo cada día más difícil, a
causa del creciente ceremonial. En las salas y vestíbulos del palacio había colocados oficiales,
cortesanos y guardias; en el interior mandaban eunucos influyentes; quien, por el asunto o por el
rango, podía llegar hasta el emperador, tenía que prosternarse, a la manera oriental. Con ocasión del
encuentro de Diocleciano y Maximiano en Milán (291) el panegirista Mamertino 78 describe la
solemne corte como una “adoración escondida en lo más íntimo del santuario, que había de
asombrar únicamente los ánimos de aquellos a los que su rango les permitiera llegar hasta vos.” Y
no quedaban las cosas en formalismos mudos, pues también se pronunció la palabra escabrosa; el
75 Hamza Ispahanens, ed Gottwaldt, p. 36 seq.—Mirkhond, ed. Sacy, p. 299.—Cf. Clinton, fasti Rom. vol. I ad a. 301
y vol. II, p. 260.
76 Hist. Aug. Aurelian. 45-50, pero las noticias en Aur. Vict. Epit. y en Malalas sobre la diadema no autorizan
conclusiones generales.
77 “Como servidores siempre de viaje”, Ammian. XIV, 11. § 10.
78 Panegyr. III, 11.—Constantino entusiasmó más tarde a los obispos al dejarlos pasar “hasta los aposentos más
íntimos”. Euseb. V. C. III, 1.
32
emperador no se nombraba ya según los títulos, tan inocuos entonces, de la Roma republicana, el
cónsul, el poder tribunicio, etc.; se llamaba dominus, el señor.79
El sentimiento romano se había resistido pertinazmente al título de rex porque le evocaba
recuerdos muy desagradables; por el contrario, los griegos, que no habían perdido la costumbre del
título de rey en Esparta y en los países vecinos semibárbaros, y que lo habían utilizado durante
siglos bajo el dominio de los sucesores de Alejandro, no tuvieron empacho en llamar desde un
principio a los emperadores romanos Βασιλεῖς, reyes, pues el mantenimiento de la ficción
republicana hubiera carecido de sentido en ellos. 80 Ahora se sobrepasó este título y se introdujo uno
nuevo que expresaba la relación de señorío completo y de servidumbre. Pronto, no podría extrañar
un verdadero endiosamiento; hacía tiempo que el senado había ejercido derechos de canonización
con los emperadores fallecidos y, de hecho, se les habían rendido esos honores en vida mediante
sacrificios y juramentos ante sus estatuas, aunque se empleara en esas ocasiones la tan vaga
expresión, por eso mismo intraducible, de numen imperatoris. (Maximiano, siguiendo el ejemplo de
Cómodo y otros predecesores de la misma calaña, tuvo, por lo demás, la debilidad de acuñar
monedas con la piel de león de su héroe patronímico.)
Un hombre de la significación y de las experiencias de Diocleciano no toma sobre sí el peso
de una representación tan onerosa sin que tenga para ello motivos suficientes; además, sabemos que
se lamentaba a menudo de los inconvenientes de este hermetismo. 81 Sabía muy bien la gran ventaja
que supone el contacto personal con los súbditos, desde los altos funcionarios hasta el último
solicitante. “Cuatro o cinco de ellos se juntan para engañar al emperador; le presentan una
resolución; él, encerrado en su casa, no conoce la verdadera situación de las cosas; tiene que saber,
únicamente, lo que aquéllos le dicen: nombra funcionarios que mejor hubiera sido no emplearlos, y
destituye a los que debieran haber ocupado su lugar, y, de este modo, hasta el mejor emperador y el
más precavido resulta vendido.”
Podemos presentar una razón que, a pesar de esta visión tan clara, pudo haberle movido a
tomar las medidas que hemos señalado. Es posible que desde las guerras de Aureliano y Probo la
corte y, sobre todo, el estado mayor se llenara de un gran número de oficiales bárbaros que, dada su
abigarrada mezcla y su educación no romana, desafinara un poco con el tono de la corte imperial,
que más bien había sido de confianza y hasta de camaradería. Además, 82 hasta que se producen las
grandes persecuciones, encontramos en las diversas cortes muchos cristianos a los que, gracias al
ceremonial, se les evitan tantas discusiones desagradables. Es cierto que Diocleciano gustaba del
tono patético, hasta en los edictos, pero en cuán poco grado le inspiró una frívola vanidad y la
afición a la pompa se ve por el hecho de que fue demorando hasta los finales de su gobierno (303)
el único triunfo después de toda una serie tan formidable de victorias, celebrándolo entonces con
poco boato.83
De todos modos, Diocleciano había roto abiertamente, en más de un aspecto, con la tradición
romana. A esto se añade que, al comienzo de su dominio, no mantuvo ninguna relación con la
ciudad misma de Roma. Los emperadores del siglo III habían tenido su residencia normal en el
Palatino de Roma, menos, sin duda, por razones de piedad, por los recuerdos sagrados y los
santuarios de la urbe, que por razón de su situación central, de su magnificencia y de las ocasiones
de recreo que ofrecía, cosas que hacían de ella la mejor ciudad residencial, y, además, porque, junto
con sus viejas pretensiones, poseía todavía un resto de poder efectivo. En ella, en efecto, tenía su
79 En el tratamiento acostumbrado al emperador este título había sido utilizado ya desde hacía mucho tiempo, y
también de vez en cuando en inscripciones, por ejemplo, en Valeriano y Galieno; cf. Millin, Voyage dans les dép. du
Midi, III, p. 6. También luego en Aureliano.
80 Cf. el mito fabricado de Basileia y Tyrannis en el primer discurso de Dion Crisóstomo, probablemente dirigido a
Trajano.
81 Hist. Aug. Aurelian. 43.
82 Euseb. Hist. eccles. VIII, 1.
83 A estos juegos fueron llevados sólo 13 elefantes y 250 caballos.
33
sede el senado, quien no hacía mucho tiempo había destituido, elegido o reconocido emperadores.
Sólo un Heliogábalo se atrevió a expulsarlo de la ciudad, pero nadie antes ni después de él; otros
emperadores lo trataron en forma desconsiderada y procuraron desmoralizarlo. Pero los más
sagaces trataron de entenderse con él. Junto a esta razón, la preocupación por la plebe levantisca y
por el resto de las cohortes pretorianas ocupa un lugar secundario, por lo menos en el ánimo de un
emperador resuelto; para un príncipe débil, había en Roma tanto peligro como fuera de ella.
Pero si había que distribuir el poder imperial por consideración a la defensa de las fronteras,
era imposible que Roma fuera la residencia de los dos o de los cuatro corregentes. Tenía más
importancia la conservación de las fronteras que la amistad del senado y esta última siempre se
habría podido asegurar un príncipe de verdaderos sentimientos romanos. A Maximiano se le fijó
como residencia Milán, que, con las reiteradas incursiones de los alamanes que tienen lugar después
de la muerte de Probo, bien se podía considerar como puesto fronterizo; y además, había sido
elegida para el aseguramiento de las Galias, con todo el acierto que lo permitía el tratarse de un
punto al sur de los Alpes, pues, desde Milán, había que vigilar a un tiempo a Italia y estar presto a
intervenir en África. Al César Constancio, que anda de guerra, lo encontramos casi siempre en
Tréveris, más tarde también en York. Diocleciano sentó sus reales en Nicomedia de Bitinia, en el
centro de un profundo golfo del Mar de Mármara; desde ahí podía vigilar los movimientos de los
godos y otros pueblos del Ponto, es decir, dominar la amenazada zona del bajo Danubio, y no estaba
tampoco demasiado lejos de los campos del alto Eufrates, donde se solían decidir las guerras con
los persas. Por lo demás, en los primeros años no fue posible ninguna residencia fija; los dos
Augustos se apresuran de un campo de batalla a otro y también, después, los Césares. El afán
constructivo, un poco atormentado, de Diocleciano, no produjo, sin embargo, mucho daño, pues
convirtió el campo militar de Nicomedia en un palacio enorme que, como ocurrió después con el de
Salona, adoptó acaso la forma de un campamento. Había en él basílicas, un circo, una casa de
moneda, un arsenal, habitaciones particulares para su esposa y sus hijas. 84 Es natural que esta ciudad
creciera como suelen crecer las ciudades residenciales. A principios del siglo IV Nicomedia tenía el
aspecto de un barrio (regio) de Roma. 85 En Milán, Maximiano edificó acaso la mayor parte de lo
que celebra el poeta del siglo IV.86
Aunque Roma no sufriera ninguna pérdida exterior, sintió sin duda algún resquemor. La
fuente adversa ya citada nos informa: “El voraz Maximiano saqueó a ricos senadores, que fueron
acusados falsamente de aspirar a la máxima dignidad, y así se fueron apagando las luces del senado
y fueron cerrados sus ojos.”87 Cualquier intento de hacer justicia a una de las partes está abocado al
fracaso. En las obras de Zósimo, el único que al describir y juzgar el carácter y el gobierno de
Diocleciano trata de acercarse lo más posible a la verdad, hay en este punto una laguna de veinte
años. Quizá les pareciera a algunos cristianos celosos que la última gran persecución había sido
descrita demasiado a favor del perseguidor, y les fue más fácil mutilar la obra que refutarla; lo
mismo que hicieron por entonces los paganos, quienes mutilaron la obra de Cicerón De la
naturaleza de los dioses,88 para que los cristianos no encontraran argumentos en su polémica contra
el politeísmo.
Sin duda existe una tensión entre el senado y el emperador, pues Diocleciano se había
proclamado sin contar con aquél y lo mismo hizo al nombrar los corregentes. El senado no tuvo más
que reconocerlo todo y traspasar, por puro formalismo, la dignidad consular, con la cual tuvo
Diocleciano, más tarde, tan pocos miramientos que se ausentó de Roma unos días antes de su
inauguración solemne.89 En el encuentro ya citado de Milán (291) se hallaba también una diputación
senatorial, probablemente para testimoniar la sumisión del senado. El panegirista Mamertino
proclama en presencia de Maximiano:90 “El senado ha otorgado a la ciudad de Milán un reflejo de
su alteza, para que el lugar en que se han dado cita los dos emperadores tenga el aspecto de ser la
sede del Imperio.” Alusión, seguramente, muy poco amable y que no sabemos cómo fue acogida;
pero cuando menos podemos presumir que por esos años la relación del emperador con el senado no
fue de franca hostilidad. Es un misterio saber cuándo y cómo empeoraron las relaciones.
Maximiano era, por temperamento, cruel y artero, y tampoco Diocleciano evitaría siempre un
crimen provechoso; no le gustaban demasiado los romanos, con su manera de hablar, si no
desvergonzada, por lo menos bastante libre; 91 tampoco las aclamaciones preparadas, insistentemente
repetidas, con las que los senadores al recibirlo y el pueblo en el circo le hacían llegar, a la vez, sus
deseos y su pleitesía, podían ser del agrado del nuevo señor; pero los jefes del senado no las hacían,
cuando era llegado el momento, sin razón plausible, a no ser que ese autor nos haya convertido,
según su manera, una pequeñez en un desafuero.
Pero frente a los habitantes92 de Roma (para no emplear el nombre, ya desvirtuado, de “pueblo
romano”), Diocleciano y sus corregentes se mostraron, más tarde, deliberadamente lisonjeros; como
si no hubiera en Roma centros bastantes de recreo, construyeron en el Viminal las más grandes
termas romanas (299). Entre unas diez termas de emperadores anteriores y de personas particulares,
se hallaban las gigantescas de Caracalla, con cuyas bóvedas amplísimas ya no podía competir el arte
decadente; pero, por lo menos, esta vez se las ganó en tamaño, pues llegaron a abarcar más de 1.200
pasos con 3.000 cámaras, y el asombroso cuerpo central con sus columnas de granito de 15 pies de
contorno constituye ahora la parte mayor de la actual iglesia de los Cartujos, mientras el resto hay
que buscarlo en los claustros, viñedos y algunas calles. 93 En el mismo año94 empezó a construir
Maximiano unas termas en Cartago, posiblemente con igual propósito de congraciarse con los
habitantes. Hasta entonces Cartago había sido el escenario principal en la aparición de los
usurpadores. Entre otras construcciones llevadas a cabo por ese régimen en Roma se suelen
mencionar:95 la restauración del palacio senatorial, incendiado bajo Carino, del Forum Cæsaris, de
la basílica Julia y del teatro de Pompeyo; como construcciones nuevas, además de las termas, los
dos pórticos que llevan los nombres de Jovia y Hercúlea, tres ninfeos, un templo de Isis y otro de
Serapis y un arco de triunfo. Acaso la gran cantidad de magníficos edificios con que Diocleciano
regaló a los maldicientes y peligrosos antioqueños 96 no tuvieron otra finalidad que distraerlos de los
pensamientos políticos. Se mencionan un templo de Zeus olímpico, de Hécate, de Némesis y de
Apolo, un palacio en la ciudad y otro en Dafne, varias termas, comedores, un estadio, etc., en su
mayoría construcciones nuevas.
En Roma no se interrumpieron nunca las distribuciones públicas 97 ni los espectáculos; sólo
después del año 305 se atrevió Galerio a perder toda consideración por la vieja señora del mundo.
Pero ya Diocleciano había pasado por alto otro aspecto de Roma, ya indicado por nosotros. Detrás
de sus termas, rodeado en tres partes por las murallas urbanas de Aureliano, existe un gran majuelo,
que más tarde perteneció a los jesuitas, que presenta en sus muros cámaras abovedadas medio
derruidas. Se trata de los viejos cuarteles pretorianos, cuyos moradores tantas veces habían llevado
la púrpura imperial en la punta de sus espadas. A menudo se había tratado de disolverlos, de
sustituirlos, pero parece que fue en el curso del siglo III cuando se restableció la antigua condición,
es decir, que se agrupó en los alrededores de Roma y en otras regiones ítalas cercanas a unos pocos
miles que apenas si podemos considerar ya como guardia imperial y sí como guarnición de la
capital. Diocleciano disminuyó su número considerablemente, 98 no sólo por temor a los inquietos y
exigentes italos sino también por razones de economía y porque las circunstancias habían ido
creando un nuevo cuerpo en su lugar.
Una serie magnífica de emperadores ilirios, a partir de Decio, había salvado al Imperio; 99 nada
tiene de extraño que en el curso de treinta años de guerra se formara en torno a ellos una hueste
fidelísima de coterráneos, más próximos a ellos en todos los aspectos que aquellos latinos y sabinos
y que, por otra parte, se recomendaban por el uso de un arma nacional. Constituyen las dos
legiones, de seis mil hombres cada una, que en recompensa fueron designadas con los nombres de
Jovia y Herculia, apelativos de los emperadores; 100 antes se habían llamado los marquiabarbuli, en
razón del arma de plomo que llevaban cada cinco de ellos (¿cinco parejas?) sujeta a los escudos y
que disparaban con la celeridad y la potencia de una flecha. Gozaron de la preferencia oficial frente
a las demás legiones, sin que esto quiera decir que su guarnición permanente estuviera en los
alrededores del emperador. Si antes los pretorianos provocaban casi siempre el temor y el odio del
pueblo romano, en esta ocasión se consideró su disolución como un ataque a la majestad de la
capital; se fundieron antipatías comunes, y los pocos pretorianos que quedaron de guarnición en
Roma tomaron parte con el senado y con el pueblo en la rebelión contra Galerio.101
Bien podían los romanos lamentar y aborrecer este nuevo sesgo de las cosas pero, en el fondo,
no se cometió con ellos ninguna injusticia. Alguna vez tenía que cesar la gran ilusión de que el
emperador siguiera funcionando como el representante de la vida y del pueblo romano o itálico, en
cuyo nombre había de dominar sobre la tierra. Si Diocleciano no hubiera sellado visiblemente la
muerte de este prejuicio, cambiando de residencia, organizando la corte a la oriental, encarándose
con el senado y disminuyendo la guardia de pretorianos, poco después el cristianismo hubiera
tenido que realizar a su manera la misma faena, pues se había creado un nuevo centro de gravedad
del poder.
Ya relataremos las circunstancias terribles y violentas en medio de las cuales se fueron
imponiendo las reformas de Diocleciano, mientras él y sus corregentes defendían el Imperio en
todas las fronteras y lo rescataban de manos de los usurpadores, cosas que no habrá que olvidar al
enjuiciarlos. Por lo que se refiere al tono más estirado y al nuevo ceremonial de la corte, hubo sin
duda bastante gente que lo aceptó con gusto. En una época de transición, como era ésta, el
emperador siente todavía la necesidad de ser exaltado públicamente, ha menester de una especie de
reconocimiento del que el despotismo militar desarrollado puede prescindir y hasta despreciar y
evitar a toda costa. Se acababa apenas de salir del viejo mundo y de su atmósfera, lo público; toda la
educación era todavía retórica, y los discursos de circunstancias tenían una importancia en la vida
entera del hombre antiguo como no podemos figurarnos. A esto se añadían los panegíricos que, con
98 Aur. Vict. Caess.—Véase también De mort. pers. 26, donde esta medida se atribuye falsamente a Galerio.—
Actualmente este lugar se ha transformado otra vez en un Campo militare.
99 Panegyr. II (Mamert. ad. Max. Herc.), 2. Italia gentium domina gloriæ vetustate, sed Pannonia virtute.—Por otro
lado también la envidia había hecho circular un apodo sobre los ilirios; este apodo era sabaiarius, que quiere decir
tanto como “mocoso”. Ammian. Marc. XXVI, 8.
100 Vegetius de re milit. 1, 17.—Si su arma se componía de proyectiles de plomo, ligados cada dos por tiras de cuero,
se explican entonces los homicidios con proyectiles de plomo, que son mencionados por Zosim. V, 2.
101 Además, Diocleciano disminuyó el número de “las gentes armadas del pueblo”, in armis vulgi, según Aur. Vict.
Caess.—Más fácil parece referirse esto a la guardia cívica que, según Zosim. I, 37, fue instituida por el senado
durante la llamada invasión de los escitas, en tiempos de Galieno, y cuya existencia podía haberse utilizado muy
bien para la construcción de las murallas de la ciudad, en tiempos de Aureliano.—Otros aplican este decreto, de un
modo algo forzado, a las cohortes urbanæ, o leen: inermis vulgi.
36
ocasión de las fiestas anuales u otras ocasiones solemnes, eran recitados por el retórico de la ciudad
o de la localidad en presencia del emperador o de un alto funcionario. Se ha conservado el conocido
panegírico del joven Plinio en honor de Trajano; después de una gran laguna tenemos todo un haz
de panegíricos dirigidos a los corregentes de Diocleciano y otros pocos dirigidos a emperadores
posteriores.102
Hay que usar con precaución estos discursos si se les quiere tomar como fuentes históricas,
pero en ciertos aspectos son provechosos y literariamente no del todo despreciables. El estilo
lisonjero es, probablemente, el mismo que dominaba en los panegíricos perdidos del siglo III. Con
gran viveza, y casi con insolencia, se coloca el retórico en la persona, ennoblecida lo más posible,
del emperador presente, y le va adivinando, uno tras otro, sus pensamientos, planes y sentimientos,
que el resabiado cortesano compone artificialmente, pues en este terreno hasta la poesía
idealizadora es indiscreta, y no digamos la verdad. Pero esto está compensado por un fuerte aroma
de adulación directa, propia para regalar los oídos de un Maximiano, aunque difícilmente tuviera
éste la cultura suficiente para comprender tan alambicados conceptos. Se utiliza, sobre todo, 103 el
sobrenombre de Herculio para hacer un paralelo con la historia de Hércules, que se queda un poco
corta porque la victoria de Maximiano sobre los bagaudas es algo bien diferente de la victoria del
Alcida contra Gerión. El símil se encarama hasta Júpiter, comparación reservada, por lo general, al
viejo emperador; la infancia de Júpiter estuvo rodeada del estrépito de las armas, igual que la de
Maximiano, criado a orillas del Danubio.
Incansablemente amontona el orador imagen tras imagen para ensalzar el espíritu del
emperador, y su concordia con el viejo: el gobierno les es común como la luz del día a los dos ojos;
así como han nacido en el mismo día, así también es su Imperio un imperio de gemelos como el de
los reyes Heráclidas en Esparta; Roma es ahora más feliz que en tiempos de Rómulo y Remo, pues
uno mató a otro, y debe llamarse ahora, al mismo tiempo, Herculia y Jovia. Así como a Maximiano
se le aplica la leyenda de Hércules, a Diocleciano el mito de Zeus, hasta por lo que se refiere a la
omnipresencia, que encuentra su réplica en los rápidos viajes imperiales. Pero en la cadencia bien
medida de esas frases resuena una preferencia osada y hasta desvergonzada por Maximiano, quien
acaso oiría tales cosas sin pestañear. “Al hacerte cargo de la corregencia, has dado más a
Diocleciano que recibido de él... Tú imitas a Escipión el Africano y Diocleciano a ti.” Estas y
parecidas cosas se atrevía a proclamar Mamertino en el palacio de Tréveris, ante toda la corte. Es
cierto que la lluvia de flores alcanza a los dos. “Así como el Rin puede secarse muy bien después de
las conquistas de Maximiano, al otro lado, tampoco el Eufrates necesita bañar a Siria desde que
Diocleciano lo cruzó... Demoráis los triunfos porque esperáis nuevas victorias; os apresuráis a cosas
siempre mayores.” Hasta los hechos menores son exaltados artificiosamente. Con ocasión del
encuentro del año 291, cuando Diocleciano se apresura a llegar a Milán desde el Oriente y
Maximiano atraviesa los Alpes en medio del invierno, exclama Mamertino: “Quien no viajó con
vosotros podía creer que el sol y la luna os habían prestado su carro de día y de noche. Vuestra
propia majestad os protegió contra la rigurosa helada; todo se congelaba en torno pero a vosotros os
seguían los aires primaverales y la luz del sol. ¿Dónde queda Aníbal con su viaje de los Alpes?” Así
se explica también que, desde que rigen estos emperadores, hasta la misma tierra se ha hecho más
fértil.
En un tono parecido, sólo que más bucólico, unos años antes el poeta Calpurnio Sículo (en la
octava o cuarta égloga) había cantado al César Numeriano, en cuya presencia la selva se calla
reverentemente, los corderos se hacen valientes, abundan la lana y la leche, son más ricas las
cosechas y más “frondosos los árboles, porque tras su figura mortal se esconde un dios, acaso el
mismo Júpiter supremo.
102 Cito la edición de In usum Delph., París 1676. La numeración varía según se incluya o no el discurso de Plinio.—
La avidez de Constantino en este punto se deduce de Panegyr. (incerti) IX, cap. 1.
103 Panegyr. II (Mamertin. ad Max.) y III (Genethliacus), de los años 289 y 291 y, además, los dos de 292.
37
De una manera más fina procede el orador Eumenio con el culto César Constancio Cloro 104
cuando, por ejemplo, promete conducir a la juventud de las Galias ante el gran mapa que se halla
pintado en la basílica de Autun (entre el templo de Apolo y el Capitolio con el santuario de
Minerva): “Haznos ver cómo la ponderación de Diocleciano apacigua la salvaje sublevación de los
egipcios, cómo Maximiano destroza a los mauritanos, cómo bajo tu diestra, ¡oh Constancio! Batavia
y Britania asoman su preocupado rostro desde los bosques o cómo tú, César Galerio, derribas y
pisoteas carros y cocheros persas. Porque ahora proporciona alegría contemplar la tierra pintada,
pues ya nada hay en ella que no sea nuestro.” Junto a esta hiperbólica descripción de la renovada
edad de oro podemos seguir el simbolismo juguetón del orador a propósito del número cuatro de los
regentes. Se le aparece como base y fundamento del orden cósmico en los cuatro elementos, en las
cuatro estaciones, hasta en los cuatro continentes; 105 no por casualidad tenemos cada cuatro años un
lustro; en el cielo, un tiro de cuatro caballos con el carro del sol, y a los dos grandes astros, el sol y
la luna, se les da por compañía la estrella matutina y la vespertina. No habría de extrañarnos que en
algún lugar de la vieja Galia se desenterrara algún mosaico que tuviera por asunto esta magnífica
composición. Las artes plásticas y la retórica tendrían que recurrir, a menudo, a los mismos
argumentos para temas de este género. Eumenio no sólo se distingue de los demás panegiristas por
su tacto y su talento; se trata, también, de un patriota honorable, que no adula por provecho propio.
Aquí, como en otros mil casos, el juicio histórico tratará de separar cuidadosamente lo que la época
y el ambiente imponen a cada uno y lo que cada cual hace por propia iniciativa.
No sabemos si en la corte de Diocleciano el lenguaje no era todavía algo más servil y hasta
mezclado con frases de adoración. En todo caso, el ceremonial, por lo que se refiere a la persona
imperial, debió de ser todavía un poco inocente y no muy alambicado: de seguro que no se le puede
comparar con la corte bizantina, en la que en el siglo X, el emperador Constantino Porfirogeneta
actúa en persona de maestro de ceremonias de la corte para conducir con un hilo sistemático a los
contemporáneos y a la posteridad a través de aquel laberinto de prácticas sagradas, cuyo carácter
servil se va imponiendo poco a poco a los autócratas sacrosantos y divinos desde que se entrelazan
y se exaltan recíprocamente el ceremonial eclesiástico y el cortesano.
Si, del trono para abajo, el régimen de títulos y de rangos se fue apoderando poco a poco de la
sociedad romana, no hay que achacarlo, sin más, a Diocleciano. El proceso natural de
anquilosamiento de la vida antigua tenía que adoptar inevitablemente esta forma. Hacía largo
tiempo que el gobierno venía siendo casi por completo un gobierno de soldados; ahora bien, un
régimen semejante conformará siempre todo el aparato estatal a su imagen y semejanza, es decir,
con un orden riguroso y visible de grados y dignidades, porque su alma es la subordinación. Muchas
disposiciones externas de este tipo que se suelen atribuir a Diocleciano, posiblemente se presentaron
ya antes, pero la transformación definitiva de la vida estatal tuvo lugar bajo Constantino.
Cierto que Diocleciano aumentó considerablemente el número de funcionarios. Pero los
gastos se aumentaron más por las cuatro administraciones que por las cuatro cortes. Si escuchamos
a Lactancio106 tendríamos que hacer los siguientes cargos a su gobierno: “Cada uno de los cuatro
corregentes tenía más soldados para sí que nunca tuvieron emperadores anteriores. Los impuestos
aumentaron sobremanera; el número de los que recibían sobrepasaba en tal grado a los que daban
que los colonos esquilmados abandonaron los campos y la tierra labrantía se convirtió en matorral.
Para llenarlo todo de espanto, se dividieron las provincias en trozos y se cargó cada comarca, cada
ciudad, con enjambres de funcionarios, arrendadores de contribuciones, vicarios de los prefectos,
etc., con el resultado de que muy poco hubiera de provecho común y sí mucho de condenaciones,
confiscaciones, depredaciones, acompañadas de intolerables violencias.” A Diocleciano se le acusa
de tesaurizar sin medida.
104 Paneg. IV y V (pro scholis y ad Constantium), de los años 295 y 297.
105 Orbis quadrifariam duplici discretus Oceano, Paneg. V, 4. Palabras cuya explicación queda a cargo de los expertos
de los conceptos geográficos de antaño.
106 De mort. persec. 7.
38
Hagamos una pausa para escuchar a otro cristiano, no menos partidista. 107 “¡Qué palabras
bastarían, exclama Eusebio, para describir la abundancia de bienes y los benditos tiempos anteriores
a la persecución, cuando los emperadores vivían todavía con nosotros en paz y amistad, cuando se
celebraban sus vicenalias con fiestas, espectáculos, banquetes y toda clase de regocijos, en profunda
paz!” ¿Qué queda de todos aquellos lamentos?
El aumento de tropas por Diocleciano fue algo muy necesario, pues, como veremos, tuvo que
rescatar la mitad del Imperio de manos de los usurpadores y de los bárbaros. Nadie mejor que él
podía juzgar hasta qué grado había que acrecentar el poder guerrero. No poseemos ninguna
información precisa sobre la intensidad del aumento; que, por comparación con los ejércitos de un
Aureliano y de un Probo, representara más del cuádruplo, puede creérselo el que quiera a aquel
escritor de novelas.
Viene luego esa lamentación habitual contra la tesaurización, a la que no se puede sustraer
ningún príncipe. Realmente, muchos gobernantes han acumulado grandes tesoros por una falsa idea
del valor único de los metales nobles, y no han tenido arranque para gastarlos debidamente en el
momento oportuno. El despotismo oriental padece generalmente de este mal y los súbditos imitan al
déspota y entierran cada doblón. Pero difícilmente se puede hablar de algo semejante en el caso de
Diocleciano; los gastos que importaba la recuperación y restauración del Imperio tambaleante eran
demasiado cuantiosos para que pudiera quedar todavía en las cajas un excedente considerable. Las
fortificaciones fronterizas por sí solas, aquellos castillos que desde los Países Bajos llegaban hasta
el Mar Rojo, junto con sus guarniciones, impidieron el atesoramiento hasta en la última época, más
tranquila, de su gobierno.
Sin duda que el Imperio tuvo que extremar los recursos, pero cuando nos encontramos con
fines tan grandes, logrados casi siempre felizmente, no hay que tomar demasiado en serio las
acusaciones contra Diocleciano como si se tratara de un azote de la humanidad sin otro pensamiento
que devorar por sí solo el oro y la plata. Cierto que sus numerosas construcciones pueden despertar
la sospecha del derroche, pero la mayoría, según parece, tenían el propósito de halagar a ciertas
ciudades, con lo que se ahorraba más de una guarnición. Comparadas con las edificaciones de
Constantino, apenas si entran en consideración. El palacio de Espalato era un gran edificio
cuadrado, pero sus diversas construcciones no sobresalían ni por su altura ni por su tamaño ni
admitían comparación con las termas gigantescas de Roma. Es posible que al reconstruir Nicomedia
procediera violentamente, como solían hacer los diadocos al edificar ciudades y como se hizo más
tarde cuando se volvió a fundar Bizancio, pero que por todas partes —ubicunque— donde
Diocleciano veía una bella finca, un palacio elegante, se le incoara al propietario un proceso de pena
capital, puede creerlo quienquiera. Bastante lamentable es ya que, por la necesidad de hacerse con
dinero, se cayera sobre algunos pudientes, pero esto era, sin duda, la obra de funcionarios
desaprensivos, que ya mucho antes de Diocleciano infestaban el Imperio.108
La nueva división del Imperio en ciento once provincias y doce diócesis, no fue introducida,
como es obvio, por un gobierno como éste, sin que hubiera razones serias, y tampoco se aumentaría
el número de funcionarios sin necesidad. El mismo Diocleciano era el funcionario más celoso del
Imperio; fuera de sus campañas, lo encontramos a menudo en viajes incesantes, gobernando
siempre y resolviendo, de tal suerte que, por ejemplo, su itinerario de los años 293 y 294 lo tenemos
señalado semana por semana y hasta día por día en las fechas de los rescriptos; en las compilaciones
de derecho encontramos más de mil doscientos rescriptos (de derecho privado) que proceden de
él.109 Si buscamos un motivo plausible de esa nueva división del Imperio en pequeñas provincias y
107 Euseb. Hist. eccl. VIII, 13.
108 De mort persec. 71: Hoc enim usitatum et fere licitem consuetudine malorum.
109 Cf. sobre todo esto Preuss, ob. cit., pp. 43, 47, 68, 85, 288 ss. Y en parte en el trabajo de Mommsen sobre el orden
cronológico de los decretos de Diocleciano contenidos en las recopilaciones (Memoria de la Academia de Berlín,
1869). El registro exacto de las nuevas diócesis y provincias, con el escalafón de los funcionarios, se encuentra en
la obra de Preuss, pp. 91 ss.
39
110 Aur. Vict. Caess. 39, § 31. Se trataba del impuesto sobre la renta, cf. Preuss, p. 110 y notas.
111 De mort. persc. 7.
112 Completo en los apéndices de Antig. Rom. monum. legalia, de Haubold-Spangenberg.—Comentarios en Dureau de
la Malle, Economie politique des Romains, vol. I, y, después, en el ensayo de Th. Mommsen: El edicto de
Diocleciano de pretiis rerum venalium del año 301, prescindiendo de suplementos posteriores debidos a fragmentos
nuevamente descubiertos; cf. Preuss ob. cit., p. 115 y Vogel, Der Kaiser Diocletian, pp. 78 ss.—El edicto dictado en
nombre de los cuatro gobernantes, estaba destinado al Oriente y probablemente fue publicado solamente allí (entre
septiembre de 301 y marzo de 302).
40
Los motivos resultan tan misteriosos como la medida misma. Lo primero que uno piensa es
que, en el Oriente, una cofradía de especuladores elevó rápidamente el precio de los artículos de
primera necesidad, en forma tal que todos padecían por ello, pero los sufrimientos del ejército
amenazaban con los mayores peligros. El Imperio, cuyos ingresos consistían en su mayor parte en
especies, acaso no podría abastecer oportunamente a cada guarnición. Y como la medida de
emergencia fue adoptada, acaso, con prisas y de mal humor, se extendió la protección a todas las
clases de la sociedad y a toda clase de valores, pensando sobre todo en las masas urbanas.
La tabla de precios es un documento de primera categoría porque ofrece la relación entre los
valores de las cosas y de los trabajos, fijándola oficialmente para aquella temporada. Pero resulta
difícil convertir cada valor a nuestra unidad monetaria. Todavía no se han puesto de acuerdo los
autores acerca de la unidad que en el edicto es señalada con un asterisco; de suerte que unos fijan el
denario de plata (9 sous) y otros, por el contrario, 113 el denario de cobre (medio sou); en el primer
caso tendríamos unos precios enormes y en el segundo precios que no se apartan mucho de los
nuestros y que parecen los más probables si se tiene también una idea justa de las medidas y pesos
aludidos. Si se tratara efectivamente del denario de cobre, los resultados principales serían los
siguientes: los jornales parecen un poco inferiores a la media válida hace unos treinta años en
Francia, que era de un franco veinticinco céntimos; el siervo de la gleba recibía diariamente sesenta
y cinco céntimos, el albañil, el carpintero, el herrero, el panadero, el cocedor de cal, un franco
veinticinco, el mozo de mulas, el pastor, el aguador, el limpiador de cloacas, etc., la comida y de 50
a 65 céntimos; entre los maestros, el pedagogo recibía por cada pupilo un franco veinticinco al mes,
y lo mismo el que enseñaba a leer y a escribir; el que enseñaba a calcular y a escribir de prisa, un
franco noventa, el gramático de lengua griega, cinco francos, y lo mismo el de latín y el geómetra.
Un par de zapatos costarían: para aldeanos y acarreadores de animales, tres francos, para los
soldados, dos francos cincuenta, para los patricios, tres francos setenta y cinco, para las mujeres, un
franco cincuenta, variando en cada caso, como es natural, la forma y el trabajo requerido. Los
precios de la carne, calculados en libras romanas, eran de veinticuatro céntimos para la carne de
vaca y carnero, treinta y cinco para la carne de cordero y de cerdo; omitimos el capítulo de
legumbres, enumeradas muy circunstancialmente, y las golosinas. El vino corriente, calculando el
sextario como un medio litro, se fijó a un precio más bajo que el de ahora, veinte céntimos; el vino
añejo, sesenta céntimos; los vinos generosos italianos de Sabina y Falerno, setenta y cinco
céntimos; la cerveza (cervesia cami?) a diez céntimos, y una clase inferior (zythum) a cinco
céntimos. Hemos señalado estos precios, calculados acaso un poco por lo bajo (tomándolos de
Durau de la Malle), porque bastan para poner de manifiesto el único fin que, por ahora, podemos
perseguir, hacer resaltar la proporción entre los valores. Por desgracia falta por completo el precio
del trigo, que sería decisivo. En el edicto los precios se fijaron sin duda por lo alto, pues con precios
bajos nada se podría alcanzar, y no hay que dejarse despistar por aquella frase del anal idiatánico:
“mandaron los emperadores que hubiera baratura”.
De toda la administración de Diocleciano lo que más se le pueda reprochar sea acaso la
introducción de estos precios fijos. Por una vez el estado absoluto se había equivocado del todo al
confiar en sus medidas coactivas, pero tampoco se podrá desconocer por completo la buena
intención. También se revela esta intención en el nuevo catastro impuesto por Diocleciano a todo el
Imperio en el último año de su gobierno (305). Es cierto 114 que se nos dice que mandó medir la
tierra y la cargó de impuestos, pero no debió de ser ésta la única consideración sino también una
distribución fiscal más equitativa.
Teniéndolo todo en cuenta, acaso sea el gobierno de Diocleciano uno de los más eficaces y
mejor intencionados que conoció el Imperio. Si se libera uno de los espantosos cuadros de las
113 Así Dureau de la Malle. Más alta, pero todavía no bastante, es la valoración de esta unidad por Mommsen (10
céntimos) y por Waddington (6,2 cents.).
114 Joh. Lydus, De magistrat. Rom. 1, 4.
41
persecuciones a los cristianos115 y de las deformaciones y exageraciones de Lactancio, los rasgos del
gran príncipe cobran una expresión diferente. Acaso no se querrá reconocer como testimonio
valedero el de un contemporáneo que le dedicó una obra; de todos modos, no hay que olvidar que,
según el biógrafo de Marco Aurelio en la Historia Augusta (cap. 19), este noble príncipe fue, por
sus costumbres lo mismo que por su templanza, el modelo de Diocleciano, y que ocupó en su culto
doméstico un lugar de preferencia. Escuchemos a un hombre posterior. El viejo Aurelio Victor, que
en modo alguno es ciego para los aspectos sombríos y que, en tratándose de Italia, hasta resulta un
adversario, dice de él: “Se hizo llamar el señor, pero se comportó como un padre; el hombre
prudente quiso, sin duda, mostrar que lo que decide no son los nombres malos sino los hechos
malos.” Y, después de describir las guerras: “También se consolidaron las instituciones de la paz
mediante leyes justas... se trabajó con celo y aplicación para el abastecimiento, para Roma, para el
bien de los funcionarios, fomentando la inclinación al bien con la promoción de los probos y el
castigo de los abusones”... Finalmente, con ocasión de la abdicación, dice Victor: “En la
contradicción de las opiniones se ha perdido el sentido para la realidad de las cosas; pero nuestra
opinión es que fue menester una gran disposición116 para descender otra vez a la vida común con
desprecio de toda pompa.”
Y este señor absoluto que tuvo que arrancar poco a poco el país a los usurpadores, fue lo
bastante generoso para acabar con el espionaje político. 117 Probablemente, vio que su poder estaba
tan asegurado mediante la división que ya no necesitaba del espionaje. Además, el oficio de espía
había caído en manos de una corporación que podía resultar peligrosa hasta para el gobierno; se
solía emplear a los frumentarios, en un principio intendentes que se adelantaban al ejército, luego
utilizados como ordenanzas y, finalmente, encargados de la ejecución de órdenes escabrosas;
convertidos en una capilla cerrada, abusaban de las gentes distinguidas de las provincias lejanas
mediante falsas acusaciones y el temor que con ellas provocaban. No conocemos mucho más de
este asunto,118 pero hay que pensar que el abuso fue espantoso; una banda de forajidos bajo alta
protección, amparándose mutuamente, despertando en el alma del que mandaba toda clase de
recelos para explotarlos a su favor; frente a ellos, completamente desarmadas, las familias ricas y
prestigiosas de las Galias, de España o de Siria, amedrentadas y forzadas a los mayores sacrificios,
para no ser denunciadas como partícipes en conjuraciones fantásticas. Más tarde, a partir de
Constantino, que por lo demás odiaba a los soplones, 119 volvió la cosa, sólo que con otro nombre; de
nuevo fueron los empresarios del abastecimiento imperial quienes, como agentes in rebus, como
veredarii, desempeñaron aquel papel vergonzoso.
Por lo demás, el despotismo del emperador romano no se halla sobrecargado con esa
vigilancia penosa de todas las pequeñeces, con esa intervención ubicua ni con ese dictar y controlar
en asuntos del espíritu, cosas más propias del estado moderno. La malfamada dominación imperial,
que tan poco apreciaba la vida de los individuos, que estableció impuestos tan opresores, que se
cuidaba tan mal de la seguridad pública, se contentó, sin embargo, con los fines más estrictos, y
abandonó a las provincias que habían sido sometidas con ríos de sangre a su vida local. Y también
dejó pasar cosas donde pudo haber intervenido. Esto se ve no sólo a propósito de las diferencias
locales sino también de las clases, que dejó subsistir y hasta que se formaran nuevas. Por ejemplo,
se constituyó una aristocracia, exenta de impuestos, con las familias senatoriales, los maestros y
médicos empleados por el estado y otras categorías, a las que pronto se agregó la de los sacerdotes
cristianos. No podía ser cuestión de una nueva articulación viva de la vida pública; lo más que un
gobernante como Diocleciano podía esperar era la conservación del Imperio con sus fronteras y un
simple alivio de los males en el interior.120
120 Sobre las mejoras en el sistema monetario véase Preuss (según Mommsen), p. 112.—Para el índice de todas las
construcciones conocidas de este gobierno, véase pp. 117 ss.
43
SECCIÓN TERCERA
Algunas provincias y países vecinos. El Occidente
121 Cf. entre otros, Am. Thierry, Hist. de la Gaule sous I’administration rom., vol. 2.—Hallische Welthistorie, anejos,
vol. 6.
122 Este es el supuesto cronológico admitido hasta ahora; según Preuss, ob, cit. p. 65, la victoria de Vindonissa es muy
posterior, alrededor de 298, y después de la batalla de Langres.
123 Hist. Aug. Bonosus. c. 14.—Dexippi Fragm. 24. ap. Müller. Fragm. hist. graec. III.
44
Ahora los protagonistas son campesinos que, desde entonces, se han levantado más de una
vez, bruscamente y con una fuerza terrible, en las grandes crisis de la vieja Francia. Vivían en una
especie de esclavitud tradicional, aunque su estado no recibiera, por lo general, este nombre. 124
Cierto número de campesinos eran verdaderos siervos de la gleba, otros eran siervos corporales, y
había también colonos, es decir, modestos aparceros;125 tampoco faltaban arrendatarios de más
categoría; finalmente, encontramos toda una masa de trabajadores libres y de jornaleros. Pero todos
participaban en el mismo infortunio. Los propietarios, exprimidos por los gastos enormes que
reclamaba la insurrección en la esfera del gobierno, procuraban resarcirse con sus campesinos, lo
mismo que hizo la aristocracia francesa después de la batalla de Poitiers, cuando se trató de la suma
para el rescate de los caballeros hechos prisioneros con el rey Juan el Bueno.
Los levantiscos se llamaron, una vez, la Bagauda, y otra, la Jacquerie (1358). Campesinos y
pastores fueron abandonando, por enjambres, sus cabañas, para entregarse a la mendicidad.
Rechazados de todas partes y perseguidos por las guarniciones de las ciudades, formaron las
bagaudas, es decir, partidas o bandas. Sacrificaron el ganado y lo devoraron, se armaron con los
trebejos de labranza y, cabalgando sus caballerías, recorrieron la campiña, no sólo para aplacar el
hambre sino para devastarla en loca desesperación.126 Amenazaron a las ciudades, en las que, a
menudo, una plebe misérrima, ansiosa del saqueo, les abría las puertas. La desesperación general y
el gusto de la aventura, característico de los galos, hizo crecer su ejército en tal forma en poco
tiempo que hasta se atrevieron a proclamar emperadores a dos de los suyos, Eliano y Amando,
renovando así la pretensión de un imperio galo. La corte de estos emperadores rústicos debió
ofrecer un aspecto muy singular; es verdad que en el siglo III escalan el trono imperial bastantes
hijos de campesinos y de esclavos pero, por lo general, se trata de gentes que se habían
acostumbrado al mando en el ejército y en el estado mayor imperial. Eliano y Amando no tenían
esta condición, pero acaso poseyeron otras que compensarían la que les faltaba. La leyenda
cristiana, que podemos seguir a partir del siglo VII, los hace cristianos 127 y les presta así un derecho
frente a los emperadores idólatras. Podemos suponer, por lo menos, que entre los pobres y los
miserables que se juntaron a los bagaudas había muchos cristianos. También había perseguidos de
todas clases y hasta criminales.128
Parece que el sur y el oeste de las Galias no fueron tan afectados por el movimiento como el
norte y el este, donde la desesperación tenía que ser mayor a causa de los bárbaros. A una hora de
camino de Vincennes, el curso angosto del Marne forma, poco antes de desembocar en el Sena, una
península a cuyas espaldas se levantó más tarde la abadía benedictina de St. Maur-les-fossés. Ya los
viejos celtas habían preferido tales lugares para erigir sus fortalezas (oppida) y es cierto que en ese
lugar existían sepulcros y murallas de viejos tiempos 129 cuando Eliano y Amando convirtieron la
124 Guizot, Hist. de la civilisation en France, vol. I, p. 73.
125 Sobre el presunto origen de estos colonos, en primer lugar de los germanos asentados desde Augusto, cf. Preuss,
Kaiser Diocletian, pp. 25 ss. donde se describe al detalle toda la situación de la Galia.
126 Panegyr. II (Mamertin. ad. Max. H.), c. 4: cum arator peditem, cum pastor equitem, cum hostem barbarim suorum
cultorum rusticus vastator imitatus est.—Cf. también Paneg. IV y VIII (Eumenius pro rest. schol. y gratiar. actio) y
las pocas palabras en los historiadores. ¿Fue la guerra civil de las Galias que Eutropio IX, 4, coloca en tiempos de
Decio, un preludio de esta Bagauda?
127 Las monedas cuyos reversos paganos demostrarían lo contrario, son notoriamente monedas falsificadas a base de
monedas de emperadores anteriores a los que se les ha cambiado el nombre.
128 La leyenda del martirio de la legión tebana, que Máximo quería dirigir contra los bagaudas, fue destruida
totalmente por la crítica. Cf. Rettberg, Kirchengeschichte Deutschlands I, p. 94, y (contra el intento de Gelpke de
salvar en parte la veracidad de la leyenda): Hunziker, Zur Regierung und Christenverfolgung Diocletian’s, pp. 265
ss.—Vogel, Der Kaiser Diocletian, p. 93, menciona con ocasión de las bagaudas a los circumceliones africanos, que
surgieron treinta años más tarde como una secta cristiana y, al mismo tiempo, como un ejemplo de la
transformación de la vida campesina en una vida de vagabundeo.
129 La “vita S. Baboleni”, en Bouquet, Scriptores, vol. III, no deja ningún lugar a duda si a este respecto se la compara
con las fortificaciones celtas del Bremgarten, cerca de Berna, y de otras penínsulas. Como en todas partes, la
leyenda popular designó en S. Maur a César como constructor.
45
península en el “palacio de los bagaudas”, nombre que se ha conservado durante siglos, aunque no
podemos figurarnos que en el año que va de 285 a 286 pudieran construir lo más mínimo. Desde
este punto inexpugnable, al que no era posible acceder por ningún vado, arrancaban sus incursiones
por alrededores y lejanías; en él guardaban también su botín. Con el tiempo, se sintieron lo bastante
fuertes no sólo para arrasar pequeñas villas indefensas sino para sitiar a las fuertes. Se hicieron
dueños de la vieja Augustodunum (Autun), en la que no respetaron ni templos ni mercados ni
termas; saquearon y destruyeron todo, sumiendo a sus habitantes en la miseria.
Era menester acabar con los bagaudas antes de que, en esta forma, fueran destruyendo villa
tras villa y, con ello, todos los puntos de resistencia contra los bárbaros. Esta fue la misión del César
Maximiano Herculio, que se ganó así el título de Augusto. Sólo sabemos que dominó en seguida la
situación, ya acabando con las partidas, ya forzándolas a rendirse por hambre, en lo que le ayudó la
peste. Parece muy dudoso que se produjera ningún alivio directo de la situación que había
provocado la insurrección, pues las quejas contra la carga excesiva de los impuestos más bien
parecen aumentar. Sin embargo, mejoró la situación de un modo indirecto cuando, durante varias
décadas, se mantuvo en respeto a los germanos y cesaron las usurpaciones; pero en el siglo V, y
acaso ya en el IV, causas parecidas produjeron efectos semejantes; los bagaudas levantaron de
nuevo cabeza130 y hasta podemos presumir que no habían desaparecido por completo.
Pero volvamos a los tiempos de Diocleciano. Muchas tierras de las Galias siguieron largo
tiempo en barbecho; los endeudados terratenientes de Autun, por ejemplo, no se habían recuperado
todavía en tiempos de Constantino131 hasta el punto de poder hacer funcionar los viejos riegos y
drenajes, de suerte que se empantanó la tierra y se cubrió de abrojos; el ganado perecía; la boscosa
serranía se infestó de animales salvajes. “La llanura, hasta el Saona, fue en un tiempo alegre y rica
mientras se pudo mantener en orden el sistema de riegos, pero ahora las riberas se han convertido en
cauces o en pantanos; se han resecado los espléndidos viñedos de otros días y se han hecho
silvestres132 y ya no es posible plantar nuevos... Desde ese punto en que el camino nos lleva hacia la
Galia belga [casi en las inmediaciones de Autun] todo es yermo, árido y desolado; hasta las calzadas
son malas y están llenas de baches y se hace difícil el transporte tanto de los frutos como de los
suministros oficiales.” También en la Edad Media ocurrió una vez, allá por los tiempos de Juana de
Arco, que la situación fue tal que se solía decir que, desde la Picardía hasta la Lorena, ningún
caserío se mantenía en pie; pero lo que una nación llena de vida recupera en una veintena de años,
consume mortalmente a una nación en declive.
¿Para qué sirvieron los grandes y constantes esfuerzos de Maximiano y Constancio? Con la
ocupación del Rin, para la que pusieron a contribución todo su valor y todo su talento, no se tenía
más que la posibilidad de sanar al país, pero estaba todavía lejos la salud misma. De todos modos,
la actividad de estos dos príncipes produjo un efecto duradero, pues los germanos resintieron
durante mucho tiempo los golpes recibidos. Varias veces invade Maximiano la región del Rin, lo
mismo que Probo, y sujeta (287-288) a los burgundos, alamanes, hérulos y francos; 133 Constancio
libra de los francos el país de los batavos (294) y derrota en la terrible batalla de Langres (298, y no
300) a los obstinados alamanes, que pierden 60.000 hombres. Es verdad que les ayudó a los
romanos una crisis interna entre los germanos de la que, por desgracia, conocemos muy poco. “Los
ostrogodos, se nos dice,134 destrozan a los burgundos pero acuden en ayuda de éstos los alamanes;
130 Salvianus, De vero judicio et providentia Dei, I, V.—Marii Victoris ep. ad Salmonem, en Wernsdorf, Poëtae lat.
min. v. 11.—Zosim. VI, 2.
131 Paneg. VIII (Eumen. gratiar. actio), c. 6. Del año 311, mientras que Paneg. IV (pro rest. schol.), con su himno sobre
los nuevos cultivos en los campos y la reconstrucción de las ciudades, no puede servir de testimonio.
132 Todavía hoy, nos dicen, se encuentra en la Selva Negra, cerca de Pforzheim, entre los restos romanos de todas
clases, viñas salvajes, vitis labrusca. cf. Creuzer, Zur Geschichte der altrömischen Kultur am Oberrhein und
Neckar, p. 67.
133 Cf. Preuss, ob. cit. pp. 37 ss.
134 Panegyr. III (Mamert. genethl. ad Max. Herc.), 16-18.
46
los visigodos luchan contra los vándalos y los gépidas... los burgundos se han apoderado de la tierra
de los alamanes, pero a un alto precio, y los alamanes quieren recuperar lo perdido.” Aquí tenemos,
sin duda, la explicación de la extraña paz, interrumpida sólo de vez en cuando y por breve tiempo,
entre los romanos y los alamanes bajo Constantino el Grande; el cambio histórico-universal que él
habría de dirigir podría deslizarse sin grandes perturbaciones del exterior; a esto se añadiría la paz
del año 297 en el lejano Oriente y la menor edad del rey Sasánida Sapor II.
Maximiano y Constancio habían llevado a cabo, entre tanto, la fortificación fronteriza del Rin.
A estos “castillos con escuadrones de caballería y cohortes” en las proximidades del río, habrá que
reducir la pretendida reconstrucción de las “ciudades sumidas en la noche de los bosques, visitadas
por animales salvajes”, aunque el panegirista a quien debemos estas palabras 135 se apoye en ellas
para cantar el retorno de la edad dorada. Donde antes había ciudades, el siglo IV ve levantarse
castillos, y esto con vacíos patentes.136
Acaso se pueda hablar de la espléndida restauración de la residencia norteña de Tréveris. De
los escombros que había dejado tras sí la riada de los francos, y acaso también la de los bagaudas,
se levanta un gran circo, varias basílicas, un nuevo foro, un magnífico palacio y otros edificios
suntuosos.137 La desdichada Autun encontró un apasionado padrino en Eumenio, a quien en este
caso conocemos en su mejor aspecto. Había sido secretario (magister sacrae memoriae) de
Constancio y disfrutaba (probablemente a consecuencia de servicios importantes) de una pensión de
más de veintiséis mil francos suizos, además de la sinecura de la presidencia de las escuelas de
Autun, donde ya su abuelo, de origen ateniense, había enseñado. Toda su ambición se cifra ahora en
regalar su renta (aunque tenía familia) a estas escuelas y en ganarse, primero, la gracia de
Constancio y después la de Constantino en favor de sus edificios abandonados y de la ciudad en
ruinas. Se trata de ese viejo patriotismo local que en las descripciones de Filostrato nos reconcilia
con tantos sofistas griegos y asiáticos de los siglos I y II después de Cristo. Hay que aceptar esta
extraña mezcla de nobleza y adulación, tal como la produjo esa época. “Esta pensión, dice
Eumenio, la recibo con veneración por lo que respecta al honor que supone, pero la regalo yo
también... Pues ¿quién será tan miserable, tan sustraído a todo afán de gloria, que no quiera dejar un
recuerdo y una buena memoria?” En las escuelas restauradas se aprenderá a ensalzar, como es
debido, a los príncipes, y no puede hacerse un uso mejor de la elocuencia. Hasta el viejo Maximiano
aparece aquí en un paralelo desproporcionado con el Hércules Masageta, que preside a las Musas;
pues ha dado tanta importancia al nombramiento de un escolarca para Autun como si se tratara de
un escuadrón de caballería o de una cohorte pretoriana. 138 Pero tuvo que pasar todavía mucho
tiempo para que se restaurara toda la ciudad; sólo Constantino pudo ayudar de manera decisiva con
una importante exención de impuestos y con subvenciones. Eumenio describe su entrada en la
ciudad (311) en términos casi conmovedores: “Te hemos adornado pobremente las calles que
conducen a palacio; pero, por lo menos, hemos llevado también los símbolos de todos nuestros
gremios y corporaciones y las imágenes de todos nuestros dioses; varias veces habrás tropezado con
unos cuantos instrumentos musicales, con los que nos adelantábamos a ti por caminos laterales. Sin
duda, no te pasó inadvertida la bien intencionada vanidad de la pobreza.”139
En la parte norte y oriental de las Galias, tan desoladas, había que continuar, bien o mal, con
el sistema inaugurado en tiempos de Claudio y de Probo, colocando a los prisioneros germanos
como siervos de la gleba y a veces como campesinos libres y hasta como guardas de la frontera. Los
panegiristas140 celebran cómo los mercados se hallan repletos de prisioneros, que esperan que se
decida su suerte; cómo los chamavos, los frisios —antes ladrones de pie ligero— labran
sudorosamente la tierra y concurren a los mercados con ganado y cereales; cómo se tienen que
someter al reclutamiento y a la disciplina militar romana; cómo Constancio ha recogido a los
francos de las regiones bárbaras más apartadas para educarlos 141 en la agricultura y el servicio
militar en los yermos de las Galias; y así cuentan otras cosas por el estilo, pero, en realidad, no se
trata más que de otros tantos expedientes impuestos por la necesidad y hasta peligrosos, pues el
norte de las Galias ya estaba medio germanizado. Si no había transcurrido mucho tiempo, los
hermanos de estos prisioneros que irrumpieran de nuevo en las Galias podían encontrar en ellos
otros tantos aliados.
La fortuna, el talento y la crueldad de Constantino pudieron hacer frente a esta eventualidad
cuando, en el primer año después de la muerte de su padre (306), tuvo que combatir la liga de
diversas tribus francas que pertenecían a los que después se llamaron francos ripuarios
(probablemente chates y ampsivarios junto con brúcteros). Habían atravesado el Rin en vida de su
padre; los derrotó y cogió prisioneros a sus príncipes Ascarico y Merogaiso. 142 En el anfiteatro de
Tréveris, cuyos poderosos vestigios podemos buscar por entre los viñedos, fueron arrojados a las
fieras; lo mismo ocurrió con los brúcteros prisioneros, que eran demasiado inseguros para servir
como soldados y demasiado díscolos para tenerlos como esclavos; las bestias feroces acabaron con
la masa de sus víctimas. Todavía dos veces, en los años 313 y 319, se mencionan dos campañas
contra los francos pero con muy pocas palabras, lo que revela su poca importancia. 143 Constantino
se apoderó de nuevo de un trozo de la margen derecha del Rin y construyó en Colonia un gran
puente de piedra que subsistió hasta mediados del siglo X, pero en un estado tan lamentable que el
arzobispo Bruno, hermano de Otón el Grande, lo mandó derruir. 144 La cabeza de puente la formaban
los castra divitencia, la actual Deutz. Unas fiestas periódicas, los juegos francos (ludi francici),
eternizaron esta victoria. En la celebración de la victoria del año 313, los francos destinados a la
muerte se precipitaron con impaciencia hacia las fieras.
Es inútil pretender completar el cuadro de la vieja Galia en los tiempos de Diocleciano y de
Constantino, pues las fuentes más expresivas comienzan a correr en los tiempos de Valentiniano L
Por lo arriba expuesto podemos hacernos una idea aproximada de la suerte de la población, pero el
galo resentía su miseria más vivamente que otras poblaciones del Imperio. Físicamente aventajados,
duros y vigorosos, tenían en estimación su persona, amaban la limpieza y aborrecían la miseria. No
eran muy sobrios, y gustaban especialmente del vino y otras bebidas embriagadoras, pero poseían
todas las cualidades del soldado nato, que no conoce el miedo ni excusa ningún esfuerzo hasta muy
entrado en años. Se creía que esto tenía que ver con su temperamento sanguíneo, y se les comparaba
con aquellos meridionales resecos y degenerados que, si bien podían aplacar su hambre con una
cebolla, ahorraban en la guerra la poca sangre que tenían. 145 Tampoco las rubias mujeres galas, de
fuerte figura, tenían miedo a la pelea; eran terribles cuando levantaban sus blancos brazos y
140 Panegyr. V (Eumen. Constantio, del año 297) y VII (Constantio, del año 310), passim. Cf. Hist. Aug. Probus 15.
141 Existen pruebas de esto, por ejemplo, en los Vosgos, donde todavía en la Edad Media había una región de los
chamavos y otra de los chatuarios. Cf. para toda la invasión de los bárbaros: Zeuss, Die Deutschen und ihre
Nachbarstämme, y Wietersheim, Geschichte der Völkerwanderung.
142 Panegyr. VI (Eumen. Constantino), c. 11, 12.
143 Algo más detallado Panegyr. IX, 23 y X, 17 y 18, aquí con visible exageración. En una de estas campañas, se dice
que Constantino mismo, disfrazado, exploró el campo contrario y provocó al enemigo a un ataque convenciéndole
con adulaciones.
144 Fiedler, Römische Geschichte, 3ª. ed. p. 433.—Todavía en 1766 se podían ver algunos de estos pilares en los
momentos en que el nivel del Rin era bajo.
145 Veget., De re milit. 1, 2.
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repartían puñetazos y puntapiés “como disparos de catapulta”. 146 Un campesinado de este temple no
se hace mucho de rogar y bastaba cierto grado de miseria para que se levantara, como ocurrió por
entonces. Pero también en las ciudades reinaba la miseria y el hambre; en este país casi
exclusivamente agrícola la propiedad más importante del habitante de las villas era la tierra cedida
en arriendo o cultivada directamente por siervos, cuya desdicha compartía el propietario
íntegramente. Y en este país, lo mismo que en todo el Imperio, el estado oprimía a los pudientes con
el sistema de los decuriones, pues a los propietarios de más de veinticinco fanegas de tierra se les
hacía solidariamente responsables de los impuestos fijos del distrito, que a menudo se elevaban
arbitrariamente; situación a la que los individuos trataban de escapar a veces con medidas de
desesperación y, más tarde, hasta buscando refugio entre los bárbaros.
Si encontramos todavía ejemplos de mucho lujo y de gentes extraordinariamente ricas,
debemos explicárnoslo, en primer lugar, por la persistencia de las llamadas familias senatoriales,
miembros hereditarios del senado romano, y quienes, además del título de clarissimi y otros
derechos honoríficos, se sustraían a la ruina de los otros ciudadanos que formaban el decurionato.
Otra razón la encontramos en un rasgo extraño del viejo carácter nacional galo que, por afición a
partidismos de toda clase, y también más tarde por necesidad, tendía a entrar constantemente en
relaciones de clientela y ponerse bajo la protección de los poderosos. Ya César 147 tropezó, en este
aspecto, con una situación muy corrompida; la masa se encontraba en servidumbre de la nobleza.
Pero después de quinientos años se repite, casi en los mismos términos, idéntica queja; Salviano 148
lamenta la suerte de los propietarios modestos que, desesperados por la presión de los funcionarios
y la iniquidad de los jueces, se entregan con todo y bienes a los grandes del país. “¡Ya no poseen
más tierra que la calzada149 y son los colonos de los ricos! ¡El hijo no hereda nada porque su padre
tuvo necesidad de protección!” De este modo fue posible que algunas personas pudientes, los
grandes arrendatarios de tierras públicas, etc., pudieran juntar latifundios enormes y, al estilo
antiguo, ser muy generosos con su localidad o su provincia, por ejemplo, erigiendo magníficos
edificios públicos, mientras en su torno los demás se morían o vivían de su favor.
Si no nos es posible demostrar esto circunstancialmente por lo que se refiere a las Galias, el
caso es que resulta la única explicación del contraste que existe entre el aspecto magnífico de las
ciudades, cuando no es debido a la munificencia imperial, y la miseria innegable. Por lo que se
refiere a templos, anfiteatros, teatros, arcos de triunto, fuentes, termas, puertas dobles, las ciudades
meridionales de la Galia podían competir con las ciudades italas, como lo revelan sus ruinas, que
constituyen todavía hoy el ornato de esas localidades, como en otros tiempos encantaron, intactas,
al poeta Ausonio. Pero aparte de los donativos, es seguro que los decuriones tendrían que contribuir
a menudo a esos gastos con sus propios bienes y con los bienes municipales. Ya hablaremos luego
de las instituciones de enseñanza de las Galias. Gracias a ellas, el país mantuvo su importante
posición en la vida espiritual romana, de la que tan orgullosa estaba.
Porque ya no se pensaba en volver a la vieja vida céltica sino, por el contrario, romanizarse lo
más posible; así, por ejemplo, el pueblo trató de olvidar su vieja lengua 150 con verdadero celo, pues
la colonización y la administración romana, por sí solas, no la hubieran podido desplazar a tal
grado. La situación que en este aspecto ofrecía Alsacia sirve acaso para ilustrar la situación de todo
el país; la lengua vernácula se usa en la vida diaria pero al tratarse de la educación superior o de
algún asunto oficial se impone el latín, del que todo el mundo conoce lo suficiente, aunque sea de
mala manera. También la vieja religión de los galos tuvo que vestirse a la romana, y los dioses se
adaptaron al estilo romano no sólo, cuando fue hacedero, en el nombre, sino hasta en la
146 Ammian. Marc. XV, 12.
147 Bellum gall. VI, 13.
148 De vero iudicio et provid. Dei. I. V.
149 Si se puede traducir así fundos viarum quaerunt.
150 Dieffenbach, Celtica, II, 84. Todavía a principios del siglo III, algunos títulos fueron redactados en idioma celta.—
Cf. especialmente Panegyr. IX, c. 1.
49
representación plástica, si bien ofrecen un aspecto bastante provinciano y bárbaro si se los compara
con las viejas ciudades del sur, de tan alto sentido artístico. Pero en un caso, por lo menos, el
escultor clásico ha tenido que plasmar un ideal divino puramente celta, a saber, las misteriosas
matronas151 que aparecen sentadas en número de tres con su extraño casquete y su bandeja de frutas
en el regazo. De toda una serie de divinidades locales, cuyos nombres, por tal razón, no pueden
traducirse al latín, poseemos tan sólo las inscripciones votivas,152 sin imagen alguna.
Pero ¿qué pasó con el poderoso sacerdocio de esta religión, los druidas? En otros tiempos
habían constituido con la nobleza la clase dominante; la nobleza mandaba política y militarmente y
los sacerdotes hacían de jueces y cultivaban las ciencias secretas, las poderosas supersticiones con
que tenían envuelta toda la vida del pueblo. Su proscripción era el castigo más terrible; aquél a
quien excluían de los sacrificios se convertía en impuro y fuera de ley. Como consagrados a la
divinidad, estaban libres del servicio militar y de toda clase de contribuciones. Acaso sus santuarios
(o templos, si se pueden llamar así) poseían considerables dominios, y no hay duda de que
atesoraban metales preciosos en cantidades que se hicieron proverbiales.
Pero hacía tiempo que los druidas habían descendido de esta alta posición, sin que podamos
decir desde cuándo ni cómo. Las considerables extorsiones de César se cebaron, sin duda, en esos
tesoros de los templos, y con ello padeció el poder de los druidas, que fue mermando cada vez más
con la mezcla del culto romano y la introducción de su sacerdocio. En los tiempos de Augusto y de
Tiberio debió de haber alguna agitación; por lo menos, el último encontró ocasión para “suprimir a
los druidas galos y adivinadores y médicos semejantes”. 153 Pero perduraron aun después de que
Claudio “suprimió su cruel religión, cuya práctica había sido prohibida por Augusto a los
ciudadanos romanos”.154 Se alude con esto a los sacrificios humanos, a lo que en el caso de Claudio
se añadiría su repugnancia por los peligrosos amuletos, que seguían empleando los druidas, por
ejemplo, los huevos de ciertas serpientes, con los cuales se creía asegurar la victoria en toda lucha y
el acceso a los príncipes.155 La clase como tal tuvo que perder su conexión, tuvieron que desaparecer
poco a poco las asambleas druidas entre Dreux y Chartres, suspenderse las peregrinaciones de los
novicios druidas a Britania, que también se había romanizado, pues esa isla era considerada desde
tiempos remotos como la sede de la sabiduría druídica; pero, sin duda, siguió habiendo druidas
hasta los tiempos cristianos, pues el pueblo no quería renunciar en la vida cotidiana a la superstición
cultivada por ellos.
Es fácil hacerse una idea de su situación en el siglo tercero; la gente culta se ha entregado
hace tiempo a la vida romana y no mantiene ninguna relación con la vieja clase sacerdotal; así ha
perdido ésta su viejo prestigio sacro y de sacerdotes se han convertido en hechiceros, ensalmadores
y adivinos, cosa que ocurrió también en parte en Egipto. Las sacerdotisas druidas funcionan en la
antigüedad decadente como una especie de gitanas. Aureliano consultó a muchas de ellas —
posiblemente a todo un colegio de sacerdotisas—156 sobre la sucesión en el Imperio y no,
ciertamente, por broma, pues la broma en estas cuestiones era peligrosa. También ofrecían sus
151 Cf. H. Schreiber, Die Feen in Europa, Friburgo, 1842. También esta excelente monografía nos hacía desear que su
autor —fallecido entretanto—, al que estaba dedicada la primera edición de esta obra, enriqueciera la ciencia
alemana con una exposición general de la vida de los celtas.
152 Orelli, Inscr. lat. sel. I, cap. IV, § § 36 y 37.—Véase la sección V.
153 Plin. Hist. nat. XXX, 4.—Quedó totalmente a oscuras en qué grado el druidismo participó en las diversas
sublevaciones de las Galias.
154 Sueton. Claud. 25.
155 Plin. Hist. nat. XXIX, 12.
156 La existencia por lo menos de una Druis antistita (y cierto número de sacerdotisas subordinadas a ella) ha sido
demostrada por la inscripción de Metz, en Orelli h. 2200. Pero lleva el nombre griego de Areté y la consagración, a
la cual le “animó una visión en sueños” está dedicada a Silvano y las ninfas.—Lo siguiente es de la Hist. Aug.
Aurelian. 44, Alex. Sev. 59, Numerian. 14.—La exposición de Amiano sobre el druidismo (XV, 9) ha sido tomada
probablemente de fuentes mucho más viejas, que fueron al mismo tiempo las fuentes de Estrabón y no pueden
aplicarse al siglo IV.
50
predicciones sin ser consultadas, como aquella osada mujer que le espetó en galo a Alejandro
Severo: “¡Márchate, no esperes ninguna victoria y no confíes en tus soldados!” o como aquella
hospedera druida con la que se alojaba (cerca de Lieja) el entonces suboficial Diocles, más tarde
Diocleciano. “Eres demasiado avaro, demasiado ahorrador”, le dijo. “Seré generoso cuando sea
emperador”, contestó él. “No bromees —replicó la-mujer—; serás emperador cuando hayas abatido
un jabalí.”
Donde más largamente se conservó el sacerdocio druida fue en aquellas regiones que todavía
conservan, en parte, su idioma y nacionalidad celtas, es decir, en Bretaña y en el oeste de
Normandía. Todavía en el siglo IV, conocemos a una familia de druidas, procedente de esas
regiones, cuyos miembros se contaban entre los retóricos más instruidos de la escuela de Burdeos.
Gozaban de cierto prestigio sagrado porque se sabía que en su familia había sido hereditario el
sacerdocio del dios solar céltico Beleno. Pero, y esto es muy significativo, creyeron conveniente
helenizar toda esta circunstancia, adoptando los nombres de Febicio y Delfidio.157
Probablemente, allí donde había todavía druidas cuidarían en lo posible del culto que el
pueblo común estuvo dedicando hasta muy dentro de los siglos cristianos a esos poderosos e
informes monumentos de piedra del viejo celtismo, dólmenes, túmulos, menhires, etc., donde por
las noches se encendían luminarias, se quemaban víctimas y se celebraban grandes ágapes. Pero una
densa oscuridad cubre el ocaso de la paganía céltica; más tarde los druidas, crecidos con la
distancia, pervivirían como gigantes y las druidas como hadas y sobre los monumentos de piedra,
que no son santos lugares, lanzará la iglesia sus vanos exorcismos.158
Mientras Maximiano sometía a las Galias se produjo la separación de Britania, 159 que
constituye, por una parte, el eco de la usurpación salvadora de los treinta tiranos de los tiempos de
Galieno, pero, por otra, el preludio de la pérdida definitiva de Britania, que ocurrirá unos 140 años
más tarde.
Desde los tiempos de Probo, la isla, lo mismo que las costas galas, estaba infestada de piratas,
que unas veces son designados como francos (y después como salios) y otras como sajones. Hubo
necesidad de equipar una flota en Boulogne (Gessoriacum); su mando lo encomendó Maximiano al
gran Carausio, perito en cosas de mar y probado ya en la guerra de los bagaudas; era un menapio
(del Brabante) de origen oscuro, probablemente no romano. Carausio inauguró su mando con un
juego muy particular. Dejó que los piratas prosiguieran en sus incursiones y los capturó al regreso,
para apoderarse del botín. Su riqueza no pudo menos de llamar la atención y Maximiano, que se
había enterado de todo, dio órdenes de que lo mataran, pero Carausio supo esquivar a tiempo el
golpe. Gracias a su generosidad, se había ganado a sus soldados, lo mismo que a los francos y a los
sajones, a tal grado que pudo proclamarse emperador de las Galias (286), pero no para quedarse allí.
Marchó con toda su flota a Britania, donde las tropas romanas se pasaron a él, dominando así todo
el país, mientras que Maximiano carecía de los medios necesarios para su persecución. Durante
siete años dominó en la isla, entonces rica, defendiendo la frontera del norte contra los viejos
enemigos, los caledonios; también conservó Boulogne y sus inmediaciones como puerto de
embarque y base de sus piraterías, papel que en la Edad Media desempeñó el puerto de Calais.
Como señor de Britania trató de mantener la cultura y el arte romanos, pero, por consideraciones a
su alianza con los francos de los Países Bajos, él y sus romanos vistieron a la franca y tuvo en su
ejército y en su flota gente franca que pudo aprender toda la disciplina militar romana. No cabe
duda que Inglaterra, con el largo aislamiento que suponía el mando de un Carausio y de otros
sucesores parecidos, se hubiera barbarizado antes de poder asimilar la cultura romano-cristiana, que
representaba el legado más importante del viejo orbis terrarum. Por otra parte, tenemos como si
157 Auson. Proff. Burd. 4 y 10.
158 Cf. Schreiber ob. cit. p. 76.
159 Véase ante todo Gibbon, cap. 13, quien ha conservado lo comprobado de los relatos antiguos sobre Carausio, tan
fantásticos por lo demás.—El material se encuentra en el tratado de Genebrier, en el tomo VI de los apéndices a la
Welthistorie de Halle.—Las fuentes principales, Panegíricos, II hasta V.
51
dijéramos los prenuncios de los destinos de esta isla que parece darse cuenta de su futuro papel de
potencia marítima, pues un osado rebelde domina desde ella las desembocaduras del Sena y del Rin
y mantiene en espanto toda la costa del Océano. Su popularidad no podía descansar más que en el
hecho de que los piratas, ahora a su servicio, ya no asolaban las costas, y también en la defensa que
hacía de la costa norte.
Maximiano tuvo que equipar una nueva flota (289) pero parece que su empresa no conoció
buena fortuna; el usurpador tenía consigo a toda la experimentada gente de mar. Ante el temor de
que su señorío pudiera todavía extenderse, los emperadores decidieron (290) entrar en arreglos con
él; mantuvo la isla y el título de Augusto o, por lo menos, no se pudo impedir que siguiera
llamándose así. Pero en lo que menos se pensaba era en consentirle a la larga su usurpación. En
cuanto fueron adoptados los dos Césares se rompió con él, no sabemos con qué excusa, acaso a
propósito de Boulogne (293). Constancio Cloro tuvo que sitiar la ciudad; la guarnición del puerto
dejó tontamente que le cerraran la entrada y cayó en manos del sitiador. 160 Quizá la repercusión de
este acontecimiento en la opinión de Inglaterra fue la que animó a un compañero del usurpador,
Allecto, a asesinarlo, tras lo cual fue reconocido por el pueblo y los soldados. Constancio se tomó
tiempo para preparar una base firme para la futura conquista de la isla y trató de asegurarse el flanco
derecho sometiendo a los francos que ocupaban el país de los batavos. Los derrotó (294) y trasladó
a una gran parte a los dominios romanos, cerca de Tréveris y de Luxemburgo. Se equipó una nueva
flota y, dos años más tarde (296), todo estaba preparado para el ataque principal. Allecto había
colocado una escuadrilla de observación en la isla Wight, pero el almirante imperial, Asclepiodoto,
que había partido de la desembocadura del Sena, pudo zafarse entre la niebla y desembarcar en
algún lugar de la costa occidental, quemando en seguida las naves, seguramente porque no contaba
con gente suficiente para repartirla entre un ejército de ataque y un cuerpo de protección para la
flota. Allecto, que esperaba el ataque principal de la flota de Constancio en la región de Londres,
perdió la serenidad y marchó sin preparación alguna hacia el oeste, donde tropezó con
Asclepiodoto. Un encuentro seguramente insignificante, entre unos cuantos miles de hombres, en el
que perdió la vida Allecto, decidió la suerte de Inglaterra, en tal forma que, al desembarcar
Constancio en Kent, encontró todo el país sometido. El panegirista se consuela de la sangre
derramada en esta guerra porque no era sino sangre de bárbaros alquilados.
Constancio tuvo que conceder a la isla las mismas ventajas de que gozó bajo Carausio:
principalmente, la protección contra el exterior y, luego, la residencia frecuente. Lo primero no le
fue difícil, dada la reciente humillación del franco; para lo segundo, en los tiempos tranquilos
cambia de residencia entre Tréveris y York, donde murió (306).
Así se salvó la muy importante cultura romana que ya entonces hacía una diferencia tan
grande, sensible todavía hoy, entre Inglaterra y Escocia, situada más allá del muro de Adriano, e
Irlanda, situada al otro lado del estrecho. Los acontecimientos del siglo quinto llegaron demasiado
tarde para borrar por completo las huellas de este hecho.
Nos correspondería ahora describir el estado de los germanos, no sólo en los confines del
Imperio, sino en todos los puntos del Norte y Oriente donde puedan seguirse sus pasos. Como
futuros herederos del Imperio, merecen la consideración más atenta, aunque, por accidente, la época
de Constantino habría de ser para ellos una época de retroceso y de descomposición interna; hasta
las noticias e indicaciones más leves deberían poseer para nosotros un gran valor a los efectos de
trazar, en la medida de lo posible, el cuadro, siempre difuminado y roto, de ese gran haz de pueblos.
Pero el que esto escribe pierde el valor de semejante empeño al tener en cuenta la discusión
científica promovida estos últimos años en torno a las cuestiones capitales de la vieja historia
germánica, discusión en la que en modo alguno se cree autorizado a intervenir. Los resultados de la
Historia de la lengua alemana, de Jacobo Grimm, no sólo han cambiado en muchos aspectos lo que
160 Panegyr. V (Eumen. Constantio), c. 6, donde se han pasado por alto circunstancias sin las cuales no es posible
enjuiciar esta acción de guerra.
52
hasta ahora se venía creyendo acerca de los germanos de Occidente sino que, en un grado mayor o
menor, ha incorporado al tronco germánico a los pueblos del Danubio y del Ponto, sobre todo a los
dacios y a los getas y hasta a los mismos escitas, y ha identificado a los getas como los godos
posteriores. Así se ha cambiado todo el cuadro del poder y expansión de los germanos y también la
historia primitiva de los eslavos, a quienes tendríamos que figurarnos como los sármatas de la
antigüedad, viviendo entre los germanos o sometidos a ellos.
Pero aun concediendo que pudiéramos fijar con exactitud, cuando menos, la marcha de las
migraciones y de las mezclas de los pueblos fronterizos desde los Países Bajos al Mar Negro en el
medio siglo que va de Diocleciano hasta la muerte de Constantino, nos quedaría el misterio
indescifrable de su situación interna. ¿Quién nos ofrece alguna noticia sobre la fermentación y la
transformación de lo germánico desde los tiempos de Tácito? ¿Y de las causas de las grandes
alianzas? ¿O del repentino afán de conquista de los godos del Ponto, en el siglo tercero? ¿O de su
no menos sorprendente quietud161 en la primera mitad del siglo cuarto? ¿Dónde encontrar un patrón
para medir el grado de la introducción de las costumbres romanas en los pueblos germánicos
fronterizos? Conocemos muy poco acerca de las costumbres y estado de los germanos acogidos en
el Imperio romano, tanto de los soldados como de los colonos. Nos habremos de contentar, por lo
tanto, con mencionar brevemente, en paralelo con las luchas antes citadas de las fronteras del Rin,
las otras guerras en la zona norte del Imperio. No parece que estas últimas revistieron gran
importancia, a juzgar por las escasas referencias de las fuentes; 162 Y casi todas las circunstancias y
hasta el punto y lugar quedan completamente a oscuras.
“Los marcomanos fueron aniquilados.” Esto nos dice la única noticia que durante mucho
tiempo se tuvo sobre ese pueblo (299) que, en los tiempos de Marco Aurelio, había puesto en
peligro al Imperio funcionando de pivote de una gran liga.
Los bastarnos y carpos, probablemente godos del bajo Danubio, son vencidos (294-295) por
Diocleciano y Galerio, y toda la nación de los carpos es trasladada a suelo romano, después que
cien mil bastarnos habían conocido la misma suerte con Probo.
Los sármatas, probablemente eslavos del Danubio, fueron motivo de una preocupación
constante. Diocleciano luchó primero solo (289), luego con Galerio (294) y trasladó también a
muchos de ellos a tierras del Imperio. Irrupciones posteriores las castigó Constantino con una
campaña (319) que costó la vida a su rey Rausimodo; pero en los últimos años de su vida (334)
acogió, según se dice, no menos de trescientos mil sármatas en el Imperio, luego que éstos habían
sido arrojados de su patria por una rebelión de sus esclavos (probablemente un pueblo sojuzgado
antes). Por desgracia nos falta el conocimiento de todas las circunstancias que pudieran explicar
semejantes acogidas en masa de pueblos enteros, y no conociendo los límites entre lo necesario y lo
libre ni los cálculos militares y económicos que guiaron a los emperadores romanos en tales
acciones, mal podríamos juzgarlas debidamente. Un solo pacto que se conservara arrojaría mucha
más luz sobre estos asuntos que todas esas suposiciones que tratan de reconstruir el curso soterrado
valiéndose de analogías.163
También se menciona una irrupción de los godos (323), probablemente de un género distinto
de las anteriores y las posteriores, acaso la acción de una sola tribu que fue atraída por artes
romanas hacia la mal vigilada frontera. Al acudir Constantino se espantó el enemigo, que fue
derrotado y obligado a devolver los prisioneros. La conexión con el ataque contra Licinio (del que
hablaremos luego) arroja una luz sospechosa sobre toda esta guerra. Unos años después (332)
marcha Constantino, con su hijo de igual nombre, al país de los godos entre Moldavia y Valaquia, a
petición de los amenazados sármatas, y parece que en esta ocasión sucumbieron al hambre y al frío
cien mil hombres (probablemente de los dos bandos); entre los rehenes se contaba el hijo del rey
Ariarico. De aquí se siguió la intervención ya citada en los asuntos de los sármatas y su trasplante a
tierras del Imperio.
Queda siempre la cuestión de quiénes son los godos y sármatas de que se habla cada vez. 164
Porque estos nombres abarcan toda una serie de tribus primitivamente unidas pero hacía tiempo
separadas, cuyo estado de cultura representaba, acaso, todos los grados y matices que existen entre
una cultura urbana, casi romana, y una vida salvaje de cazadores. Las conclusiones a que, por
ejemplo, nos autorizan la existencia y la contextura de la Biblia gótica de Ulfilas (muy poco
después de Constantino) acusarían una gran cultura de las tribus correspondientes ya en los tiempos
de Constantino, mientras que otros vestigios nos hablan de una rudeza bárbara. Pero tratar de
construir con los rasgos dispersos un cuadro completo, excede a nuestras intenciones y también a
nuestras fuerzas.
Tampoco a la contrafigura de esto, los países danubianos romanos o que habían sido romanos,
Dacia (Transilvania, Hungría inferior, Moldavia y Valaquia), Panonia (Hungría superior, junto con
las regiones vecinas del oeste y el sur) y Mesia (servios y búlgaros), podemos prestarle la atención
que merece, porque el autor ignora los importantes descubrimientos llevados a cabo en estas
regiones. En la época de que se trata constituían una frontera militar, como lo son todavía en parte,
sólo que entonces contra el norte y no contra el sur; desde los tiempos de Filipo el Árabe no
sosegaban las armas en estas regiones 165 y Aureliano casi tuvo que abandonar la Dacia, peligrosa
conquista de Trajano, a los godos. Pero en las regiones menos amenazadas parece que antes y aun
después floreció una importante cultura romana cuyas huellas no han podido ser borradas en estas
tierras tan agitadas por las invasiones y, por ejemplo, los habitantes de la Valaquia conservan
todavía su idioma románico. Ciudades como Vindobona (Viena) Carnuntum (Santa Petronila),
Mursa (Essek), Taurunum (Semlin), Sirmium (Mitrovicz) sobre todo, más lejos, todavía, Naissus
(Nissa), Sárdica (Sofía), Nicópolis, y en general todo el rico itinerario del Danubio, nos hacen
sospechar un tipo de existencia que acaso estuviera muy por encima del de la frontera renana.
Cuando manos modernas lleguen a limpiar las viejas ciudades danubianas de la escombrera eslava y
turca, reaparecerá sin duda la vida romana de esas regiones. La historia universal pudo haber
tomado otro sesgo si un pueblo germánico, capaz de cultura, hubiera podido fundar en estas
comarcas, mezclándose con los vigorosos habitantes de la Iliria nórdica, un reino poderoso y
estable.
Finalmente, los germanos, junto con otros bárbaros, tropiezan en el Mar Negro con las
colonias griegas, en su mayoría milesias, 166 que, en calidad de avanzadas nórdicas del helenismo,
habían convertido desde hacía más de ocho siglos al Ponto en un “huésped” (euxeinos). Una parte
de esas colonias se había fusionado con algunas tribus bárbaras para formar el llamado reino
bosfórico que abarcaba más de la mitad de Crimea y la estribación del Cáucaso que comienza al
otro lado del estrecho de Kertsch, dominando también la entrada del Mar de Azof y acaso porciones
164 Lo que no está dicho, por ejemplo, en ningún lugar del famoso capítulo 21 de Jordanes.—Sobre si Constantino
erigió en la Curia de Constantinopla estatuas de reyes godos, cf. Richter, ob. cit., p. 230, siguiendo a Temistio.
165 Panegyr. III genethl. Max. c. 3: in quibus (provinciis) omnis vita militia est... Ya los señalamos como escuela de
héroes.
166 Para lo que sigue véase Böckh, Corpus inscrr. graecc. vol. II, pars. XI, especialmente la introducción.—Hallische
Welthistorie, apéndices, vol. IV.
54
considerables de su ribera. Monedas e inscripciones nos señalan una serie ininterrumpida de reyes
hasta los tiempos de Alejandro Severo167 y luego, con algunas lagunas, los nombres de Inintimeuos,
Teiranes, Totorses, Fareances y, en tiempos de Constantino (317-320), un rey llamado Radamsadis.
Cuando Roma fue convirtiendo sucesivamente en provincias los pequeños reinos de su frontera
oriental, quedaron fuera de su órbita únicamente Armenia y el Bósforo, que fueron desligándose
cada vez más y barbarizándose. En los tiempos de Diocleciano, los del Bósforo, aliados con los
sármatas, promovieron una desdichada guerra 168 contra sus vecinos de toda la parte oriental del
Ponto; Constancio Cloro, que se hallaba en campaña contra ellos al norte del Asia Menor, instigó a
los del Quersoneso para que irrumpieran desde el oeste en el país del Bósforo, lo que llevaron a
cabo con éxito. Los bosforeños se vieron obligados a celebrar un tratado por el cual tuvieron que
entregar casi toda la Crimea, hasta la región de Kertsch (Panticapaeum, la antigua capital del gran
Mitrídates.) La colonia griega había reconocido, por suerte suya, su condición de tributaria del
Imperio romano, mientras que el príncipe del Bósforo, viendo la situación del Imperio, se había
considerado desligado de toda obligación. En su relación con las ciudades marítimas griegas esos
reyes no llevaban más nombre que el de Arcontes, que en la Hélade solía ser título de los
funcionarios supremos; con respecto a los no griegos, se pudieron titular hasta “rey de reyes”, como
en otro tiempo los reyes persas.
Pero volvámonos otra vez de estos pequeños reinos hacia el oeste. En la rica teoría de viejas
colonias griegas cuyos hallazgos comienzan a enriquecer los museos de la Rusia meridional, dos
son las que despiertan, sobre todo, nuestro interés, por su celo en mantener la vida griega integra y
pura, a pesar del ambiente. El victorioso Quersoneso, ahora Sebastopol, era una colonia de Heraclea
en el Ponto y, de modo indirecto, de Megara. La ladera próxima, Parthenium, era sede de recuerdos
venerables; todavía se levantaba en ella el templo de la terrible Artemis Táurica, a la que hubo que
propiciar mediante sacrificios humanos hasta los tiempos del sacerdocio de Ifigenia; en las monedas
de la ciudad vemos la imagen de la diosa. Bajo la dominación romana renació Quersoneso y, como
dijimos, bajo Diocleciano amplió sus dominios urbanos, manteniendo en el interior todas las
instituciones griegas y consiguiendo, con la victoria, la completa exención de tributos. 169 Los
ciudadanos forman todavía un demos; entre los arcontes que se hallan a la cabeza del consejo, hay
uno a cuyo nombre se cuentan los años, como en Atenas; siguen cargos urbanos de todo género,
estrategas, agoranomos, gimnasiarcas, más que nada funcionarios honoríficos con la obligación de
ciertos servicios, que a veces habrían de costar mucho a los particulares. Así, una inscripción 170 de
la última época pagana celebra a Demócrates, hijo de Aristógenes, no sólo por sus excelentes
propuestas y discursos y por haber revestido dos veces la dignidad de arconte, sino por haber
viajado en varias ocasiones a su propia costa como embajador ante los emperadores (¿Diocleciano y
Constancio?), por haber sufragado fiestas y servicios públicos de todo género y administrado
honrosamente: “al conservador, al incomparable, al amigo de la patria, el honorable consejo y el
pueblo augusto como testimonio de su reconocimiento” Su recompensa fue esta inscripción y la
lectura anual, solemne, de un decreto honorífico especial. La ciudad disponía, como las ciudades
libres del Imperio en la Edad Media, de una excelente artillería; en la guerra contra las gentes del
Bósforo marchó con sus carros de guerra que llevaban aparatos de artillería; también sus balistas
eran famosos.
No se conservó menos helénica la en otros tiempos poderosa Olbia, 171 fundada por los
milesios (no lejos de la actual Oczakow). Los olbiopolitas delataban su origen jonio por su lenguaje
167 Varios príncipes de esta serie llevan extrañamente los mismos nombres que figuran entre los reyes de Tracia,
muertos hacía mucho; Cotys, Rhoemetalces, Rhescuporis.
168 Constantin. Porphyrog. De administr. imp. cap. 53, ofrece un relato cuyo valor queda en tela de juicio.
169 Bajo Constantino el Grande, a quien el Quersoneso ayudó una vez considerablemente, esta región recibió todavía
más derechos honoríficos, una estatua de oro del emperador, sellos especiales, inmunidad para los barcos, etc.
170 En la obra de Böckh, 1. c. N. 2099, Cf. también N. 2097.
171 Véase especialmente el discurso 36 de Dión Crisóstomo.
55
y costumbres; se sabían la Ilíada de memoria pero descuidaban en cambio a los poetas no jónicos;
muchos distinguidos escritores de la baja helenidad procedían de aquí. Su organización interna no
cedía a la del Quersoneso. La ciudad logró mantenerse casi siempre libre de los bárbaros, que la
rodeaban, aunque en ocasiones fue su tributaria. Todavía Antonino Pío les ayudó contra los escitas
del Tauro; pero no sabemos cómo se las arregló más tarde la ciudad con la gran potencia goda que
se agitaba en su torno.
Los griegos, que se enfrentaban con una permanente situación de amenaza, mantenían a todo
lo largo de sus colonias al norte del Ponto una veneración especial por el héroe máximo de su raza,
Aquiles. Es el verdadero señor del Ponto (ποντάρχης), como se le titula en muchas inscripciones; en
Olbia, como en todas las ciudades de la costa, florecían sus templos; se sacrificaba en su honor “por
la paz, la riqueza y la bravura de la ciudad”; 172 se celebraban agones públicos con lanzamiento de
disco y concursos musicales de flauta doble, pero eran célebres, sobre todo, las carreras de
muchachos en una duna cercana que llevaba el nombre de “pista de Aquiles” porque se suponía que
alguna vez el héroe mismo había corrido por ella. La duna estaba habitada por bárbaros de origen
asiático (los sinder) pero una isla del Ponto, Leuce, no lejos de la desembocadura del Danubio, era
dominio reservado por entero a la sombra de Aquiles.173 Un blanco promontorio (según relatan las
inscripciones) surge del mar, en parte con paredes cortadas a pico; ninguna morada humana,
ninguna voz humana en toda la isla, sólo bandadas de blancas aves que revolotean sobre el
acantilado. Un temor sagrado invade a los navegantes; quien penetra en la isla no se atreve a pasar
la noche en ella; una vez visitado el templo y el sepulcro de Aquiles y luego de haber contemplado
las ofrendas que se han venido depositando desde antiguo por otros visitantes, se retorna a la nave
antes de anochecido. Este fue el lugar recomendado por Poseidón a la divina Tetis para su hijo, pero
no como sepulcro tan sólo sino para que llevara en él una vida beata. No es Aquiles el único
morador, pues la leyenda le va dando por compañeros otros héroes y espíritus beatos que llevaron
sobre la tierra una existencia inocente y a los que Zeus no quiso entregar al tenebroso Orco. Con
veneración se contemplaban aquellas blancas aves que, por su aspecto, se parecían al alción; acaso
ésta era la figura visible de aquellas almas dichosas cuya suerte tanto anheló el paganismo tardío.
172 Böckh, 1. c. N. 2076 ss.—La descripción de las regiones del Ponto en la obra de Ammian. Marcell. XXII, 8.
173 Si hay que tomar a la letra las descripciones de los antiguos resulta tan difícil identificar en la actualidad esta Leuce
como las Islas Afortunadas y las de las Hespérides. Si no se trata más que de una localidad en general, en torno a la
cual tejían el mito y la poesía sus quimeras, basta con cualquiera de las pequeñas islas en la desembocadura del
Danubio, o con un punto cualquiera en cualquier duna de cualquier playa. Un autor como Amiano, que insiste en la
existencia de Leuce, debía estar enterado.—Los pasajes reunidos, entre otros, por Wernsdorf, Poetae latt. minores, a
propósito de Avieno, vol. V.—Una creencia parecida existe en lo que refiere a las islas alrededor de la Gran
Bretaña; cf. Plutarco, De defectu orac. 18.
56
SECCIÓN CUARTA
Algunas provincias y países vecinos. El Oriente
Los árabes. El nuevo Imperio persa de los Sasánidas. Presunto robustecimiento del viejo
imperio de los Aqueménidas. Los magos y su religión. Intentos de desmembración. El despotismo;
la nobleza; la dinastía del Imperio; los árabes; los hunos blancos. Política exterior. Conquista de
Armenia; Tiridates. Galerio contra los persas; el tratado de paz de Asprudo y sus consecuencias.
Los persas de entonces. Analogías con la Edad Media cristiana. Conversión de Armenia; Gregorio
“el iluminador”. Isauria y su conversión en un pueblo de bandidos. El capitán Lidio. Los romanos
abandonan Isauria y la rodean. Los isaurios vuelven a convertirse en piratas. Su barbarización.
Egipto; la opinión del mundo romano. Un pueblo enconado. La época de los Ptolomeos.
Alejandría. El dominio de Roma; impuestos e industria. Los bandidos de Bucolia; su habitáculo y
su suerte ulterior. El carácter de los egipcios; su afición a la burla; el fanatismo y los animales
sagrados. Revueltas y castigos; Emiliano; Galieno; Macriano; el reino de Palmira; Firmo;
Aureliano; Saturnino; los blemmyer; Aquileo. Campaña y disposiciones de Diocleciano; la
alquimia; cesan las usurpaciones. África del Norte. Juliano y los quincuagintianos.
Vamos a ocuparnos ahora de las regiones fronterizas orientales del Imperio romano. También
en ellas lucha éste por su existencia; Diocleciano recibe en herencia rebeliones y guerras muy
sangrientas; él y sus corregentes tienen que defender el Oriente con grandes esfuerzos y hasta
reconquistarlo en parte.
Cierto que duerme todavía el enemigo futuro más terrible, el árabe, que alguna vez se
adueñará del Oriente con la espada y el Corán; los árabes viven todavía a las espaldas de Siria y de
Palestina, dispersos en centenares de tribus, entregados al culto de los astros y de los ídolos, a la
adivinación y los sacrificios; algunos han ingresado en el judaísmo y, en el siglo siguiente, hasta
encontramos unas cuantas tribus cristianas. El centro de la nación lo constituye la Kaaba de la
Meca, fundada por Ismael; en las proximidades, en Ocadh, se celebra la feria anual de veinte días y,
junto al tráfico y a la piedad, tenemos las porfías poéticas cuyos restos —siete poemas, el Muallakat
— han llegado hasta nuestros días. Los contactos con Roma 174 son, en ocasiones, amistosos; jinetes
árabes sirven en el ejército romano y no raras veces gentes árabes visitan los viejos santuarios de
Palestina, que son al mismo tiempo mercados, como, por ejemplo, la encina de Abraham en
Mamre.175 Pero en su mayoría constituyen los peligrosos vecinos de este país. Sabemos que
Diocleciano cogió prisioneros a vencidos sarracenos,176 sin que se nos diga nada más. En las luchas
de los emperadores por Mesopotamia y Egipto se los nombra por primera vez hacia fines del siglo
IV; no había sonado todavía su hora.
Mucho mayor e inmediato era el peligro que representaba, desde la época de Alejandro
Severo, el reino de los Sasánidas. Si se tiene en cuenta su moderada extensión y su población no
muy densa, parece que todas las ventajas están de parte del Imperio romano. ¿No le será fácil
resistir a las poblaciones que se extienden desde el alto Eufrates hasta el Mar Caspio y hasta el
Golfo Pérsico, hasta el camino de Ormuz, por el este? En realidad, los ataques de los Sasánidas
ofrecían más carácter de bandidaje que de guerras de conquista, pero el peligro siguió siendo grande
y perturbador, pues los emperadores se hallaban amenazados siempre por los germanos y, a
menudo, por desmembraciones y usurpaciones, y no podían llevar a Oriente más que fuerzas
177 La época de los Sasánidas en leyendas fragmentarias, Firdusi, cf. Görres, Heldenbuch von Iran y von Schack,
Heldensagen, introducción.—Silvestre de Sacy, Mémoires sur diverses antiquités de la Perse, con la traducción
francesa de Mirkhond.—Hamzae Ispahanensis Annales, ed. Gottwaldt.—Ammian. XXIII, 6.—Agathias lib. II, III,
IV, passim.—Malcolm, Geschichte von Persien, I. Parte.
178 Incluso los 10.000 inmortales, como núcleo del ejército, son mencionados otra vez. Procop., Bell. pers. I, 10.
179 Ammian. Marc. XVII, 5.
180 Sozomenus II, 8 ss.
181 Otros de la misma clase se encuentran en Sapor y Nackschi-Redjeb.
182 Sobre los dos palacios que hizo construir Yezdegerd Alathim, alrededor del año 400, por el arquitecto griego
Sinmar, véase Mirkhond, pp. 324 ss.
183 Ritter, Erdkunde VI, pág. 770, parece considerar el edificio de Firuz-Abad como un templo del fuego.—El autor no
se siente en condiciones de decidir sobre esto.—Strabo XV, 3, utiliza la palabra de doble sentido σηκός, que puede
indicar tanto un lugar cercano como una verdadera capilla. Zonaras (en Heraclio) dice solamente τεμένη, es decir,
lugares sagrados. Otros, sin embargo, utilizan la palabra ἱερόν, νεώς, etc.
58
los pireos o altares del fuego constituían el hogar del culto; en sus peldaños encontramos, en
general, al rey rodeado de los magos.
La ortodoxia se había convertido en un principio político necesario. Es inútil que se presente
en Persia, con su tabla de símbolos pintados, el reformador Mani, quien, a base de la religión
cristiana, de la pársica y de la budista, pretendió componer algo superior; Bahram I lo refuta por
medio de sus doctores y luego lo hace descuartizar vivo, exponiendo su cabeza para escarmiento
general en la puerta de Djondischapur. 184 Pero una vez, por lo menos, un rey de su linaje trata de
libertar la dinastía de la opresión de los magos; Yezdegerd I Alathim (400-421) se las compone para
que su hijo Bahram-gur sea educado, lejos de la corte, por un árabe idólatra, más tarde convertido al
cristianismo, el cabecilla Noman de Hira; pero el príncipe no fue reconocido porque había adoptado
costumbres árabes y tuvo que disputar, literalmente, el trono a Kesra o Khosru, nombrado por los
grandes. No lejos de la residencia de Madain, es colocada la tiara del rey de los Sasánidas entre dos
leones hambrientos y se pregunta cuál de los dos aspirantes al trono será el primero en echar mano
de ella. Kesra hace pasar primero a Bahram-gur pero éste mata a los dos leones y se ciñe la tiara.
Mas la ortodoxia siguió imperando. Cuando más tarde (491-498) el rey Cobad se dio a la herejía de
Mazdak, que predicaba la comunidad de mujeres y el comunismo, hubo una rebelión general contra
él y tuvo que pasar cierto tiempo en el “palacio del olvido”. Sólo en los últimos días del Imperio se
puede notar un gran relajamiento religioso.
En el aspecto político tenemos el cuadro corriente del despotismo asiático. Lo único que
puede hacer el pueblo es adorar; cuando un nuevo rey ha pronunciado sus primeras palabras, 185 se
postran todos con el rostro en tierra y permanecen en esta posición hasta que el rey ordena que se
incorporen. Tuvo que pasar mucho tiempo para que este tipo de servilismo penetrara también en el
Imperio romano de Oriente; en tiempos de Diocleciano la veneración se limita al interior de palacio.
También encontramos ese gusto de los orientales por actos de gracia y de justicia llamativos, que
acusan una consoladora igualdad ante el despotismo. Pero el rey se ve rodeado de una aristocracia
de origen incierto, acaso las familias de los grandes traídos por Andeschir a Farsistán. Esta
aristocracia parece repartirse con los magos la influencia en la corte y ha ensayado más de una
revolución; ella es la que, de acuerdo con el archimago (el Mobed de los Mobed), fuerza a Bahram
II (296-301) a ceder, la que obliga a Bahram III a subir al trono contra su voluntad (301) y la que
corta la cuerda en la tienda de Sapor, o Shapur, III, de suerte que el rey sucumbe bajo su peso. Pero
en muchas cuestiones del trono ejerce su decisivo poder en sentido tan conveniente que el Imperio
romano bien podía envidiar a los persas este elemento de su vida política. Es que la aristocracia
tiene que proveer a la conservación de la dinastía, pues su propio prestigio se basa en el derecho
hereditario.186 ¡Qué contraste nos ofrece con los cambios violentos del trono imperial romano esa
anécdota de que los grandes de Persia coronan con la tiara el cuerpo encinta de una de las esposas
del difunto Hormuz II (310)! Afirmaban saber que la criatura sería varón y que el mismo Hormuz
sabía por los astrólogos que le habría de nacer un gran rey victorioso. Nació el muchacho y los
nobles le nombraron Sapor II; gobernaron el país hasta su mayor edad; diez veces al día se le rendía
en palacio pleitesía solemne. Por fortuna, se trataba de una naturaleza vigorosa, que se desarrolló
pronto y con independencia; su vida y su reino duraron setenta y dos años, los mismos que vivió
Luis XIV. Una semejanza casual con este último la tenemos también en que Sapor II obligó a su
nobleza a abandonar sus castillos campestres y a residir en la capital Madain (la antigua Tesifonte
de Seleucia).
Tampoco faltan sucesiones violentas al trono, aunque los reyes tratan de evitarlas coronando
en vida a un príncipe. Los grandes, y acaso los magos, tomaron partido con frecuencia por diversos
príncipes de la familia de los Sasánidas; también los reyes reconocidos temían una usurpación por
184 Mirkhond, p. 296; lo siguiente pp. 323 y ss. Del maniqueísmo, el cual se conservó a pesar de la muerte mártir de su
fundador en Persia y que se infiltró muy pronto en el imperio romano, seguiremos hablando.
185 Mirkhond, p. 304.
186 Una consecuencia lógica, cuyo desconocimiento se hará sentir.
59
parte de los suyos. Hormuz I, para disipar una sospecha de esta clase, envía a su padre Sapor I (con
esa transferencia, tan oriental, de lo simbólico a la realidad) su mano derecha cortada; pero el padre
no acepta esta heroica explicación de incapacidad para el trono.
En el interior, el gobierno persiguió fines más altos y con medios superiores que antes lo
hicieran los rudos partos. De varios reyes Sasánidas se nos cuentan esas buenas acciones que han
representado siempre el ideal de un príncipe oriental: protección de la agricultura, obras públicas y
suntuosas, por lo menos en las grandes calzadas reales, nuevas fundaciones de ciudades, mecenazgo
en favor de sabios y artistas de cerca y de lejos. Una poesía sentenciosa al estilo oriental nos revela
el prestigio exterior187 y la mentalidad de cada uno de los reyes.
La sentencia del fundador, Ardeschir I, parece marcar el destino de su reino: “No existe
realeza alguna sin soldados, ni soldados sin dinero, ni dinero sin población, ni población sin
justicia.” ¡Por este rodeo llega a reconocer el rey el fin moral del estado! De todos modos, la
protección militar constituye la misión primera. Porque este reino, que tantos quebraderos de cabeza
daba a los romanos, sufría de los mismos peligros exteriores que el Imperio. Por el sur se veía
amenazado por los árabes; parece que los magos sabían ya que alguna vez habrían de conquistar a
Persia.188 Sapor II, en cuya menor edad se perdieron porciones enteras del reino, emprende a los
dieciséis años una terrible campaña de venganza contra ellos (326); construye una flota en el Golfo
Pérsico y se dirige a Arabia; después de entrar a sangre y fuego en la isla Bahrein y entre las tribus
Temin, Becr-Ben-Waiel, Abdolkais y otras, manda que a los supervivientes se les perforen las
espaldas, atravesándoselas con unas cuerdas que sirven de riendas, por el mismo tiempo en que
Constantino se contenta con arrojar a las fieras a sus prisioneros germanos en el circo de Tréveris.
Otro enemigo peligroso amenaza por el norte, desde las regiones del Mar Caspio: los effalitas,
erróneamente llamados hunos blancos, una de aquellas tribus turcas que parecían nacidas para
ejecutar los decretos del destino sobre el próximo Oriente en los diversos siglos. La guerra
victoriosa que contra ellos condujo Bahram-gur (420-438) forma parte, con otras muchas aventuras,
de la novela de su vida; de todos modos parece ser verdad que rechazó a los nómadas más allá del
Oxus. Pero no mucho después (456) tuvieron ocasión de mezclarse en la disputa de los dos hijos de
Yezdegerd II, colocando en el trono de Persia al hermano mayor, Firuz, que había sido destronado y
se refugió entre ellos, ayudándole con un gran ejército. Desde ese momento ya no es posible evitar
su influencia ni su intervención y los Sasánidas les pagan a menudo un tributo anual.
No puede ocuparnos la suerte ulterior del reino, su último período de esplendor bajo Koshru
Nuschirvan. Detengámonos únicamente en los acontecimientos particulares que corresponden a la
época de Diocleciano y de Constantino.
En tiempos de Galieno y de los treinta tiranos, el reino de Palmira se había adelantado a Roma
en la lucha contra los persas; Odenato había derrotado a Sapor I, el vencedor de Valeriano, y lo
había perseguido hasta Tesifonte. Pero cuando más tarde Aureliano atacó a los de Palmira, la
política de los Sasánidas se puso de su parte para sostener al débil vecino; Bahram I envió a
Zenobia tropas de socorro que sucumbieron ante el emperador romano, lo mismo que el ejército de
la reina. Fue menester aplacar con regalos a Aureliano y después a Probo; el último se preparó para
una guerra contra los persas, que fue emprendida por su sucesor Caro; una vez más, brillantes
victorias llevaron al ejército romano hasta más allá del Tigris, pero no dieron fruto por la muerte
súbita de Caro y el retorno a la patria de su hijo Numeriano (283). Era de esperar que Bahram II,
187 Del “Libro de las imágenes”, exactamente indicado por Hanza de Ispahan, que hace de esto su misión esencial; por
ejemplo: Narsés I (abd. 301) está pintado con un traje rojo bordado, con pantalones azules bordados y con tiara
verde, las manos apoyadas en la espada; Hormuz II († 310) del mismo modo; Sapor II († 382) está retratado en traje
rosa bordado, con pantalones rojos bordados, en la mano un hacha; está sentado sobre un trono, su tiara, azul con
oro, tiene arriba dos puntas y una luna de oro.—Trajes a los cuales se agregó, según Ammian. XIX, 1, la cabeza de
oro de un carnero como adorno principal para la cabeza.
188 Mirkhond, p. 310. Así, por lo menos, se contó más tarde.
60
189 Los pasajes de Panegyr. II (Mamertin. Maxim.), c. 7, 9, 10, demuestran sólo que, todavía en el año 286, el rey de
Persia envió regalos a Diocleciano, que se encontraba a orillas del Eufrates.
190 Gibbon, cap. XIII, pp. 114 s.—Moses Chorenensis ed. Whiston, lib. II. cap. 73 ss. (la conquista del país se coloca
en tiempos de Artajerjes).
191 Contra esto, hay dudas justificadas en Preuss, ob. cit. p. 41, notas.
192 Que la cuestión llamó grandemente la atención, se ve porque la mencionan hasta los recopiladores más escuetos,
como Eutropio, Aurelio Victor, Sexto Rufo y, como precedente, Ammian. XIV, 11.
193 Como Constantino en una de las guerras del Rin.
61
en manos del vencedor, y también sus mujeres y muchos familiares. Galerio, que conocía muy bien
el valor de una prenda semejante, trató a estos prisioneros con mucha consideración. Si las noticias
sobre la guerra son tan escasas no ocurre así con las de las negociaciones de paz que se siguieron.194
Al abrirse las mismas con la visita de Farbán, confidente de Narsés, a Galerio, la adulación
soberbia de los asiáticos produce un efecto cómico. Roma y Persia son, para él, las dos luminarias,
los dos ojos del mundo, que no deben pelear entre sí; sólo un príncipe tan grande como Galerio
pudo haber vencido a Narsés; por lo demás, las cosas humanas cambian mucho. Cuán desesperada
debió de ser la situación de Persia podemos presumirlo por el hecho de que el rey abandona todas
las condiciones políticas a la “decisión filantrópica” de los romanos y sólo pide la devolución de su
familia. Galerio, que recibe al embajador con rudeza y le recuerda al emperador Valeriano, que los
persas atormentaron hasta la muerte, pronuncia por fin algunas palabras más consoladoras.
Poco después el emperador y el César”195 se encontraron en Nisibis, sobre el Eufrates; esta
vez Galerio fue recibido como triunfador con los máximos honores, pero una vez más sacrifica su
propósito a la visión superior de Diocleciano y renuncia a la fácil y segura conquista de la parte
anterior de Persia, de la que sólo se incorporarán los distritos fronterizos más valiosos. Un
secretario, Sicorio Probo, fue enviado a Narsés, que se había retirado hasta Media para ganar tiempo
y allegar tropas, cuyo aspecto debió de imponer un poco al fatigado embajador romano. Probo fue
recibido en audiencia en el río Asprudo y firmó un tratado en cuya virtud Narsés cedía cinco
provincias, es decir, el país de los curdos y la región superior del Tigris hasta el lago Wan. 196 De este
modo los romanos aseguraban su antigua posesión, el alto Eufrates, y erigían, a la vez, un valladar
que protegía al reino de Armenia, amparado por los romanos; claro que este valladar estaba hecho
de la tierra que antes de las conquistas de los partos había pertenecido a los armenios; además, se
les arrebató en el sudeste una porción no insignificante de territorio y se colocó a Tiridates como
rey. También el rey de Iberia tuvo que someterse como vasallo de Roma, medida muy importante,
porque esta región montañosa salvaje, situada al norte de Armenia (aproximadamente la actual
Georgia) podía funcionar, con sus belicosos habitantes, como una guardia fronteriza frente a los
bárbaros del otro lado del Cáucaso.197 En cumplimiento del tratado, se le devolvió a Narsés su
familia, que había sido custodiada en Antioquía.
Se instalaron fortalezas y guarniciones a lo largo de toda la frontera. El cercano Oriente
conoció una época de tranquilidad que duró casi cuarenta años, hasta los últimos días de
Constantino. No sospechaban los victoriosos emperadores que con estas grandes victorias habían
abierto el camino para la expansión pacífica del odiado cristianismo. Más tarde nos ocuparemos de
cómo Persia, por su parte, influyó también en sentido contrario sobre el Imperio romano gracias a
su maniqueísmo y a numerosas supersticiones.
A pesar de todas las mezclas ulteriores, a pesar también del mahometismo chiita y de la
cultura por él condicionada, todavía hoy podemos reconocer en parte la población y las costumbres
descritas por Amiano en el siglo IV y por Agatías en el VI. Se caracterizan los persas por su mirada
traicionera bajo unas cejas enarcadas que se juntan en el centro, y por su barba bien cuidada;
todavía rigen, como entonces, ciertas reglas de elegancia; algo queda, por lo menos, de la vieja fama
de moderación; esa mezcla extraña de disipación feminoide y de gran valor personal los caracteriza
todavía, lo mismo que la hinchada vanidad y la astucia egoísta. También llamó la atención de los
romanos su vestimenta abigarrada y su reluciente aderezo. 198 Lo que dependía de la religión, se ha
conservado, como es natural, allí donde todavía persiste el parsismo, por ejemplo, el abandono de
194 Excerpta de legationibus: Petrus Patricius, en la obra de Müller, Eragm. hist. graec. IV, p. 188.
195 Gibbon se desvía conscientemente de la sucesión de los hechos.
196 Cf. Spruner, Hist. Atlas, hoja 2, según Gibbon, difiere de Preuss, ob. cit. pp. 81 ss., quien supone una
desmembración de toda Mesopotamia.
197 La condición discutida por los romanos, que Nisibis, una ciudad también entregada a los romanos, debía convertirse
en τοπος τῶν συναλλαγμάτων, tampoco ha podido ser aclarada por Gibbon.
198 Strabo XV, 3.
62
los cadáveres a los perros y a las aves. Muchas supersticiones han sido extirpadas por el
mahometismo o fijadas en leyendas; para los persas del tiempo de los Sasánidas la vida de cada día,
cada paso que se daba estaba nimbado de encantamientos angustiosos o seductores y el fuego
sagrado de los pireos emitía constantemente oráculos. El gran Sapor II no se contentó con esto;
entre los magos había también nigromantes que, en ocasiones importantes, tuvieron que conjurarle
espíritus, como el de Pompeyo.199
Se ha observado a menudo que este régimen sasánida recuerda en alguno de sus rasgos a la
Edad Media occidental. Así, la abstinencia claustral de los magos; su posición junto a los nobles
como una especie de clero. Es lamentable que no conozcamos más detalles sobre el particular ni
siquiera sobre cómo se mantuvieron por esta época como un estamento. La nobleza misma, con su
ruda caballería, ofrece un carácter muy occidental. Probablemente, mantenía con los reyes una
relación formal de feudalismo, cuya obligación principal sería el servicio de guerra. En su
representación plástica estos caballeros persas, con sus armaduras y sus yelmos floridos, con sus
lanzas y espadas, con el magnífico enjaezamiento de sus caballos, se parecen a los caballeros
medievales. El alma de su vida la constituía también la aventura, sea en la guerra o en el amor, y la
leyenda plasmó muy pronto la figura de Bahram-gur como dechado de caballeros, aunque ya poseía
sus héroes de los tiempos míticos, un Rostem y un Feridún, muy venerados. Este romanticismo,
como todo lo que carece de plan, se halla en fuerte contraste con la vida romana.
Volvamos nuestra mirada a Armenia. Este país, con un pueblo bravo y apto para la cultura,
había atendido siempre a las influencias de fuera y había sido capaz de producir una cultura
relativamente modesta, pero pronto habría de conocer una indigencia y servidumbre duraderas.
Entretanto, tenemos como episodio brillante la época de Tiridates, que fue también la de la
conversión al cristianismo; y éste, cuando se forme la iglesia armenia, se convertirá en una de las
bases fundamentales de la nacionalidad armenia.
Moisés de Corene, cronista de la nación, cuenta lo siguiente: 200 Gregorio “el iluminador”,
descendiente de una rama colateral de la familia real de los Arsácidas, fue conducido, siendo niño,
por una extraña cadena de circunstancias, a la Capadocia romana y en ella educado por una familia
cristiana, casándose más tarde con una cristiana, María. Después de un matrimonio de tres años se
separaron para servir a Dios con voto de castidad; de sus dos hijos, el más joven se hizo anacoreta y
el mayor prolongó la familia. Gregorio volvió a Armenia con Tiridates, pagano todavía, y comenzó
a convertir el país, arrostrando los mayores peligros. Otras fuentes nos informan de que con él
actuaba una santa mujer, Ripsima, que padeció el martirio, progresando la conversión rápidamente;.
antes de la persecución de Diocleciano, el año 302, Gregorio bautizó a Tiridates y a una gran parte
del pueblo. Sobrevivió al concilio niceno, que por humildad no quiso visitar, y, a partir del año 332,
pasó su ancianidad de anacoreta en una montaña que lleva el nombre de “cueva de Mania”; como
sucesor en el episcopado o sacerdocio supremo colocó a su propio hijo, Aristaces. Murió
desconocido, y fue enterrado por pastores; sólo mucho más tarde fue descubierto su cadáver y
enterrado solemnemente en Tordán. Tiridates sobrevivió a Constantino y fue envenenado por
instigación de un partido aristócrata, en el año 342. Pronto las guerras civiles y las intervenciones
extranjeras llevaron la miseria y la confusión tanto a la realeza arsacídica como al sacerdocio
arsacídico, igualmente hereditario.201 Pero la acción de la conversión persistió bajo todas las
dominaciones y el cristianismo, petrificado en el monofisismo, agrupa aún a los armenios, que se
extienden hasta Austria, con excepción de los unidos a Roma, que parecen contar entre sus filas a
los mejores y más cultos de la nación.
Esta era la situación de las vecindades amigas y enemigas de Roma en el Oriente. Las
provincias asiáticas del Imperio gozaron en la época de Diocleciano y de Constantino de una paz
que sólo brevemente fue interrumpida por las grandes guerras de Roma. La descripción de la vida
de Siria y del Asia Menor en esta época constituiría el objeto de una investigación especial
considerable. Limitaremos nuestra atención a un punto vulnerable, que durante siglos significó una
vergüenza en el cuerpo del Imperio, el país de bandidos de Isauria, capítulo siempre presente en
todas las historias de la época imperial.
Todavía más famosa fue la piratería y la trata de esclavos, bastante anterior, de los cilicios,
que prosperan con la caída de los reinos de los diadocos y en el último siglo de la República son
vencidos por el gran Pompeyo, después de haber ofrecido refugio y apoyo, durante largo tiempo, a
toda la piratería del Mediterráneo. Ya por entonces202 se señala como uno de los nidos de piratería a
la vieja Isauria, nombre que se extendió a toda la región detrás de la propia Cilicia, una serranía
abrupta de formación volcánica y altas cumbres, cuyas ciudades podían pasar mejor por
fortalezas.203 Ya sea que en estas tierras se conservara el vestigio de los tiempos de las guerras de los
piratas o que la falta de vigilancia de la época imperial indujera a la población a reanudar su estilo
de vida, lo cierto es que los isaurios representan en el siglo tercero una de las calamidades efectivas
del Asia Menor meridional. En la época de los treinta tiranos, 204 creyeron conveniente proclamar
emperador a uno de sus caudillos, Trebeliano, que tuvo su corte en Isauria, acuñó moneda y se
sostuvo bastante tiempo en las abruptas montañas. No sabemos en qué forma uno de los generales
de Galieno, Causisoleo, logró echarle el guante, pero lejos de significar su muerte el sojuzgamiento
del país los isaurios resistieron con mayor firmeza por temor a la venganza del emperador romano.
Bajo Claudio Gótico se emprendió un nuevo ataque contra ellos, al parecer con mucho mayor éxito;
el emperador se proponía trasladar a los montañeses a Cilicia, mientras un servidor leal recibiría en
propiedad la desolada Isauria, haciendo imposible de este modo una nueva rebelión. Pero parece
que la muerte prematura de Claudio hizo vano el proyecto y los isaurios se rebelaron con la misma
osadía de antes.
En los tiempos de Probo,205 uno de esos capitanes piratas, Lidio, amenazó la seguridad de
Licia y Panfilia; y no sólo pudo resguardarse contra todo ataque en la inaccesible Kremna (en
Pisidia) sino también contra el hambre, sembrando y recolectando; a los desdichados moradores que
él había desalojado y que el comandante romano quiso imponerle de nuevo, los arrojó desde lo alto
de las murallas. Una vía subterránea conducía desde Kremna, por debajo del campamento romano,
a un lugar alejado y escondido; de este modo sus huestes llevaban a la ciudad el ganado y las
provisiones robadas, hasta que el enemigo cayó en la cuenta. Desde ese momento se vio obligado
Lidio a reducir violentamente su propia gente, hasta llegar al número imprescindible; también
quedaron unas cuantas mujeres, que eran propiedad común. Por último, su mejor artillero, con quien
había reñido, se pasó a los romanos y disparó desde el campamento contra el vano de las murallas
desde donde solía atisbar Lidio. El capitán de bandidos, mortalmente herido, hizo jurar a los suyos
que no entregarían la fortaleza, lo que no impidió que quebrantaran su palabra en cuanto exhaló el
último suspiro. Pero si con esta victoria quedó asegurada por cierto tiempo la Pisidia, la Isauria, que
lindaba con ella por el este, siguió, como antes, en manos de los bandidos. Una fuente del tiempo de
Diocleciano206 nos habla sobre el particular con toda la claridad posible: “Desde los tiempos de
Trebeliano se tiene a los isaurios por bárbaros y, como su país se halla enclavado en los dominios
romanos, han sido rodeados, como si se tratara de una frontera enemiga, con un nuevo género de
guardias fronterizas. El terreno es lo único que les protege, pues ellos mismos no poseen una fuerte
organización ni son peligrosos por su bravura, no se destacan por su armamento ni son
especialmente inteligentes; su única defensa es la inaccesibilidad de sus nidos de águila.”
En ocasiones diversas podemos enterarnos, en el curso del siglo IV, de ese nuevo género de
guardia fronteriza y de su táctica contra los bandidos. 207 El Imperio empleó para esta sola finalidad
no menos que tres legiones y, más tarde, por lo menos dos; el cuartel general se hallaba
probablemente en Tarso de Cilicia y en Side en Panfilia, la intendencia en Paleas, mientras que las
tropas estaban acuarteladas en las villas y castillos del interior o formaban columnas volantes. Pero
no se adentraban mucho por las montañas desde que se sabía que de nada servía la táctica romana
en las escarpadas en cuanto se arrojaban peñascos desde arriba. Había que esperar a los isaurios en
campo abierto, en el curso de sus correrías por Cilicia, Panfilia, Pisidia y Licaonia; entonces era
fácil vencerlos y aniquilarlos, o se les enviaba a las luchas con las fieras de los anfiteatros de las
grandes ciudades como, por ejemplo, Iconium. Pero ni siquiera fue posible asegurar del todo las
playas de Cilicia; se desató de nuevo el viejo temperamento pirata cuando los montañeses tuvieron
en su poder durante algún tiempo (por ejemplo, hacia 353) algunos trozos de costa, obligando a toda
la navegación a buscar refugio en la isla de Chipre, que se hallaba enfrente. No les pareció cosa
demasiado atrevida sitiar la importante Seleucia Traquea, la segunda ciudad de Cilicia; sólo una
fuerte tropa romana pudo forzarles la retirada. Pero se logró, por fin, encerrarlos en sus montañas
durante varios años, gracias a un sistema de trincheras y defensas campestres, hasta que en el año
359 irrumpen de nuevo en grandes bandadas y siembran el terror por el país con sus devastaciones;
parece que fueron sosegados con amenazas adecuadas más que con castigos.
Del año 368 se nos cuenta una nueva irrupción sobre Panfilia y Cilicia, donde asesinaron a
mansalva. Una formación de tropas ligeras romanas, que llevaba a su cabeza a uno de los supremos
funcionarios del Imperio, el neoplatónico Musonio, fue sorprendida en una garganta estrecha y
aniquilada. Después de esta hazaña se les persiguió sin tregua de lugar a lugar, hasta que tuvieron
que pedir la paz, que obtuvieron a cambio de rehenes. Una de sus localidades mejores,
Germanicópolis, llevó, como de costumbre, las negociaciones; no se habla de cabecillas o príncipes
importantes. Ocho años después, vuelven a levantar cabeza en tiempos de Valente; hacia el año 400
el general Fravito tiene que limpiar de bandidos Cilicia; en el año 404 el general Arbazacio vence a
los isaurios pero se deja sobornar por ellos y durante muchos años siguen haciendo de las suyas. Así
marchan las cosas hasta muy entrada la época bizantina, con ataques, defensas y sometimiento
aparente. La pequeña y poco poblada nación debió de ser completamente bárbara; los romanos se
acercaron a ellos, como es natural, únicamente como enemigos, si bien es de lamentar que no se
haya conservado ninguna descripción de la situación política, moral y religiosa de esta gente
singular. Su relación con Roma debía de ser parecida en muchos aspectos a la de los cherqueses con
Rusia pero diferente en los puntos principales. Isauria había sido helenizada por lo menos
superficialmente y más tarde fue rebarbarizándose poco a poco; pero que tal cosa pudiera suceder
sin más, es bastante revelador de la situación interior del Imperio romano en más de un aspecto.
Dirijámonos ahora a la ribera meridional del Mediterráneo.
Entre los países más desdichados del Imperio volvemos a encontrar a Egipto, donde
Diocleciano se ganara un triste renombre por la represión cruel de una de aquellas rebeliones en que
es tan rica la historia de Egipto desde que fue conquistada por el hijo de Ciro.
El sentimiento de los romanos con respecto a Egipto presenta una singular dualidad; al
desprecio profundo y la vigilancia rigurosa de los nativos —lo mismo de los egipcios que de los
griegos y judíos de las colonias— se une la veneración por los recuerdos y monumentos de la época
faraónica, vieja de milenios, y por los vestigios, todavía vivos, de la misma. Nos referimos a aquella
207 Notitia dignitatum etc. c. 26, con notas de Böcking. Ammian. Marcell, XIV, 2. 8; XIX, 13; XXVII, 9. Zosimo IV,
20; v, 20. 25.
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misteriosa religión sacerdotal, cuyo culto de Isis, cuyos símbolos, consagraciones y artes mágicas,
era de lo que menos podía prescindir el mundo romano tardío. El mismo prefecto epistratega
romano, que acaso gobierne al pueblo con crueldad y predatoriamente, peregrinará a la Tebas de
cien puertas y a File, y hará inscribir su nombre en el pedestal de la estatua de Memnón, 208 después
de asegurarnos que ha oído su voz famosa a la salida del sol. También la curiosidad profana de los
viajeros y de los arqueólogos, y el anhelo romántico de la gente culta estaban dedicados en gran
medida al país de antiquísima cultura. En estos lugares se desenvuelven las novelas de Jenofonte de
Éfeso y de Heliodoro; en las abigarradas historias de sus amantes Antia y Habrocomes, Teágenes y
Clariquea, las partidas de bandoleros egipcios desempeñan un papel parecido al que los escritores
modernos atribuyen a los bandidos italianos, para no hablar de la novela simbólica de Sinesio, que
recubre acontecimientos del tiempo de Arcadio con ropaje del viejo Egipto. “Todo lo que se cuenta
de los egipcios —dice Heliodoro— interesa muy especialmente a los oyentes helénicos.” 209
También en las artes plásticas se había puesto de moda lo egipcio, gracias especialmente a Adriano,
y todavía mucho más tarde gustaban los paisajes egipcios, poblados de animales maravillosos, de
embarcaciones, de jardines y monumentos en las playas animadas por el Nilo, poco más o menos
como nuestra moda se ha servido algunas veces de los asuntos chinos. De este tipo es el mosaico
famoso de Palestina.
Pero las relaciones efectivas eran serias y terribles. Viejos pueblos civilizados que, después de
un pasado glorioso, han caído en manos extranjeras, de conquistadores relativamente más bárbaros,
y que pasan durante siglos de mano en mano, cobran poco a poco una fisonomía que al dominador
extranjero se le figura de taimada maldad, aunque sólo en parte pueda merecer este nombre. El
comienzo lo representa la conquista persa, que amargó de manera espantosa y duradera a los
egipcios, no sólo por el sometimiento y la opresión sino por el desprecio de que fue objeto su vieja
religión. El sencillo culto de la luz de los persas chocó con el enorme mundo de divinidades
semianimales de los egipcios; para los persas era impuro lo que para los egipcios era sagrado. De
aquí aquellas insurrecciones sin cuento, que no podían contenerse con ríos de sangre. Los
dominadores griegos, que siguieron a los persas, no trajeron consigo ninguna escisión semejante; su
fe helénica no buscaba en el politeísmo del cercano Oriente y de Egipto las divergencias sino, por el
contrario, se aplicaba a encontrar afinidades. Para Alejandro Magno, Ammón es lo mismo que Zeus,
a quien considera como progenitor suyo; y si los griegos no habían dudado que su Apolo era una
misma cosa que el Horus egipcio, su Dionysos lo mismo que Osiris, y su Démeter lo mismo que
Isis, ahora se encuentra algo parecido para la mitad del Olimpo. Ptolomeo, el hijo de Lago, a quien
en el reparto de la gran herencia entre los generales le había correspondido el Egipto, y lo mismo
sus sucesores inmediatos, que instituyeron el Imperio Nuevo,210 se esforzaron por condescender con
los egipcios en algunos aspectos.
No les interesaba aquella brutal manera persa de pisotear, sin necesidad, toda característica
nacional, provocando así las sublevaciones más desesperadas; se apoyaron en un estado funcionario
y militar compacto, bien organizado, y ejerciendo toda la presión que fue necesaria para allegar a
las cajas del rey todo el dinero del país, en el que, a pesar de los trescientos mil soldados y los
cuatro mil navíos, quedaban todavía inactivas sumas increíbles. Se respetaron las viejas divisiones
agrarias del país en nomos; su mismo sistema de castas carecía de peligros, ya que no existía
ninguna casta militar de los nativos; se protegió y cuidó a los sacerdotes y sus jerarquías sagradas,
hasta con una solemne participación propia, pero haciéndoles pagar al mismo tiempo impuestos
considerables. Ptolomeo Evergetes construyó el magnífico templo de Esne, con un estilo que apenas
si se desvía del viejo; los reyes y su dinastía se hicieron embalsamar y hasta adorar, junto y por
208 Böckh, Corpus inscr. graec. III, fasc. 11, donde está indicado todo el álbum pétreo de la estatua de Memnon, etc.
Cf. también Nr. 4699.—Las más importantes inscripciones latinas en Orelli, Vol. I, § 8.—Sobre el interés de los
romanos por Egipto cf. especialmente Friedlaender, Sittengeschichte Rom’s, Vol. II, pp. 79 ss.
209 Aethiop. II, 27. Αλγύπτιον γὰρ ἂκουσμα πᾶν έλληνικῆς ἀκοῆς ἐπαγωγότατον.
210 Cf. Droysen, Geschichte des Hellenismus Vol. 2.
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encima de Isis y Osiris, como dioses “providentes”. Era éste el símbolo más claro de una amalgama
que se fue consolidando cada vez más, porque los griegos no se encerraron ya en factorías sino que
vivían dispersos por el país, en medio de los egipcios. De todos modos, la nueva ciudad
cosmopolita, Alejandría, fue predominantemente helénica; de ella irradiaba el helenismo, que se
había hecho ya cosmopolitamente comunicable, en todo su resplandor. Durante cierto tiempo no
hubo otra ciudad en el mundo que pudiera compararse a ella en magnificencia y en actividad
exterior intelectual, pero tampoco ninguna otra conocía un grado tal de corrupción como esta
Alejandría donde tres pueblos distintos (contando también a los judíos), perdida su vieja
idiosincrasia nacional, tenían que ser gobernados con medios policíacos.
Cuando después de la victoria de Accio Augusto tomó posesión 211 del país, que entre tanto
había decaído un poco, éste se vio reducido a la condición de granero y dominio rico de Roma.
Ninguna otra provincia fue tan vigilada tanto en razón del peligroso espíritu nacional y de los
escabrosos vaticinios como por su importancia extraordinaria. Ningún senador ni caballero romano
podía visitarla sin permiso imperial; el cargo de prefecto de Egipto era uno de los de máxima
confianza, porque en ninguna otra parte se trataba de evitar con mayor celo el desmembramiento y
la usurpación. Claro que había que concederle grandes poderes; su aparato exterior debía recordar a
los egipcios la vieja realeza, por lo menos en sus imponentes visitas oficiales. Se le veía seguido de
un gran cortejo, que comprendía también sacerdotes, navegando aguas arriba y abajo del Nilo en
aquellas naves doradas inventadas por el lujo de los Ptolomeos. A partir del prefecto, la jerarquía de
los funcionarios se ordena casi en la misma forma que en tiempos de los Ptolomeos; del pueblo
apenas si se habla, y no sabemos si elegía a los funcionarios más modestos y si se reunía para
alguna otra finalidad que no fuera la de acordar homenajes al emperador. Las tropas que tenían que
vigilar el país contra enemigos de dentro y de fuera, son muy pocas, aun teniendo en cuenta el
ahorrador sistema romano; muy poco después de Augusto tenemos, para ocho millones de
habitantes (entre ellos un millón de judíos), a lo más veinte mil soldados. Los romanos, lo mismo
que más tarde los árabes, reconocieron el extraordinario valor estratégico de la región en torno a la
vieja Menfis, allí donde el Nilo empieza a dividirse; por eso había siempre una legión acuartelada
en Babilonia, el viejo Cairo de ahora. En los períodos de paz los soldados tenían que dragar los
canales, secar los pantanos, etc.; Probo los empleó hasta para construir templos y otros edificios
suntuosos.
La administración del país no debía costar demasiado si había de rendir los beneficios
esperados. Roma los procuró a base de enormes contribuciones; había que entregar al estado, como
impuesto sobre la tierra, una quinta parte de toda la producción de trigo (como en los tiempos de los
faraones) o un equivalente en dinero (si no se trataba, conjuntamente, del diezmo doble y del
impuesto sobre la renta). Tampoco las propiedades de los templos se hallaban libres de esta
contribución. Además de los tres millones y medio de fanegas de trigo que salían anualmente del
país en esta forma, tenemos las capitaciones y grandes impuestos de aduanas, que aportaban más
que en tiempos de los Ptolomeos, porque poco a poco todo el Imperio romano se había
acostumbrado a ciertas mercancías de la India que, en su mayor parte, se transportaban a través de
Egipto. Se mencionan los castillos aduaneros desde la desembocadura del Nilo hasta el alto Egipto
y el Mar Rojo; los administradores eran egipcios, acaso porque nadie más apto que ellos para este
odioso menester. En cuanto a las minas, acaso sólo la más pequeña parte servía para el estado; los
minerales más preciosos de Egipto, la esmeralda de Coptos, el granito rojo de Siene, el pórfido de
las montañas claudianas, servían al lujo de los vestidos y de las construcciones; junto a los árabes,
que tenían una habilidad especial para encontrar las vetas, trabajaban miles de condenados.
Por lo que se refiere a las ocupaciones y a la situación económica del pueblo, hay que suponer
que el Egipto superior y el medio, en la medida en que estaban regados por el Nilo, se hallaban
dedicados a la agricultura, y que la animada fabricación de tejidos de toda clase y de artículos de
cristal y de alfarería se limitaba al bajo Egipto, donde el delta, con sus tierras adyacentes, ofrecía
además las condiciones mejores para la agricultura. Tenemos que figurarnos a las grandes ciudades
antiguas del alto Egipto como bastante abandonadas, y reducidas a sus templos y palacios
indestructibles;212 por lo menos la fundación tardía de Ptolemais (en Girgeh) llega a igualarlas y
estaba a la misma altura de la Menfis de entonces, lo que acaso no quiere decir mucho. En su mayor
parte, la población del bajo Egipto era, a lo que parece, gente asalariada, desposeída y de pocas
necesidades, y su laboriosidad, por lo menos en Alejandría, fue celebrada por el emperador
Adriano:213 “Aquí nadie está ocioso; unos fabrican cristal, otros papel; otros son tejedores; cada cual
pertenece a algún oficio y lo reconoce; también los ciegos y los atacados de la podagra encuentran
ocupación, y ni siquiera los que tienen las manos impedidas se hallan sin hacer nada.” No podemos
saber si a esto iba unida una gran fragmentación de la propiedad territorial o, por el contrario, su
acumulación en pocas manos, puesto que ignoramos, por ejemplo, cuál era la extensión de los
bienes de los templos y de los dominios imperiales en el bajo Egipto; por lo demás, aquellos
impuestos tremendos habían convertido también a la propiedad libre en sometida de hecho.
Junto a esto, se nos describe un distrito de los alrededores de la actual Damieta, la llamada
Bucolia,214 en la que una vieja población, acaso abandonada durante siglos, se había especializado
en el bandidaje. El Imperio consiente que en Italia misma prosperen las partidas de bandoleros; ante
la poderosa mirada de Septimio Severo215 y de su victorioso ejército, el genial Bulla Felix estuvo
devastando toda la Vía Apia durante dos años sin más que seiscientos hombres; hacia unos veinte
años más tarde,216 se nos menciona, como de pasada, una rica dinastía de bandidos en la ribera
genovesa, en Albenga, que podía tener a su servicio hasta dos mil esclavos armados. Ya hemos
hablado de Isauria y de la situación allí tolerada. Ya Marco Aurelio se vio obligado a hacer la guerra
a los egipcios de Bucolia. “Se rebelaron, dice Dión, e incitaron a los demás griegos a que se
separaran de Roma; estaban acaudillados por un sacerdote y por Isidoro. Sorprendieron a un capitán
romano cuando, disfrazados de mujer, se le acercaron a ofrecerle oro en rescate de sus maridos; le
asesinaron, lo mismo que a sus acompañantes, juraron una alianza sobre las entrañas y luego se las
comieron... Vencieron a los romanos en combate abierto y se hubieran apoderado de Alejandría a no
ser porque Avidio Casio, que acudió desde Siria, acertó a sujetarlos sembrando la división entre
ellos, pues no se podía pensar en una lucha contra toda la masa enloquecida.”
No eran acaso más de unos cuantos miles de bucolios y, tratándose de la historia del Imperio
romano, podríamos prescindir muy bien de esta anécdota si en tales materias lo decisivo fuera el
número. Si no fueran tan escasas las fuentes de la historia provincial, conoceríamos de seguro en
todo el Imperio a otras muchas poblaciones antiguas, oprimidas y rebarbarizadas. El nombre de
bucolios, pastores de vacas, nos hace sospechar que se trata de los restos de la vieja casta de este
nombre; pero, probablemente, ya no pastoreaban vacas, fuera de las que robaban. Uno de los brazos
centrales del Nilo alimentaba, no lejos del mar, un gran lago, cuya pantanosa junquera constituía la
sede o por lo menos el saliente habitado por estos parias, acaso el lugar más insano de Egipto, que
por eso nadie les disputaba. Aquí vivían, en barcas o en islotes con cabañas; ataban a los niños con
cuerdas, para que no cayeran al agua. Había caminos abiertos que dejaban paso a sus barcas y nadie,
fuera de ellos, podía acertar en aquel laberinto. También se nos informa de aldeas de bandidos,
212 Ya Germánico no encuentra de Tebas más que los magna vestigia. Tac. Ann. II, 60. Juvenal XV, 6. Ammian. Marc.
XVII, 4.
213 Hist. Aug. Saturnin. 8.—En la región mareótica cerca de Alejandría, Sócrates encuentra todavía en el siglo V (Hist.
eccl. I, 27): “muchas y muy pobladas aldeas con preciosas iglesias”.
214 Dio Cass. 71, 4. Heliodoro I, 5 ss., 28 ss.; II, 17 ss.; también VI, 13. El novelista que, sin duda, conocía Egipto, nos
puede servir en este caso como fuente. Escribió probablemente en el siglo cuarto y utiliza las concepciones de esta
época, a pesar de que la acción de su novela se desarrolla bajo el dominio de los persas. En una época muy anterior
se conoce al “rey del pantano” Amyrteos y la frase de Tucidides (I, 110): μαχιμώτατοί εἰσι τῶν Αἰγυπτίων οἱ ἔλειοι.
215 Dio Cass. 76, 10. La insolencia de los bandidos sirios, 75, 2. Un distrito de bandidos sirios alrededor de Apamea,
Ammian. Marc. XXVIII, 2.
216 Hist. Aug. Proculo 12.—Sobre los kostobocos en Grecia, Pausan. X, 34, 2.
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aunque es posible que se trate de estas instalaciones en el lago. A estos bucolios se solían juntar
todos los que tenían cuentas con las autoridades; la historia que nos refiere su rebelión en tiempos
de Marco Aurelio nos instruye sobre las costumbres que allí se criaron; ya el simple aspecto de la
gente, con sus cabellos hasta los ojos y por la espalda, era terrible. 217 ¡Qué contraste en un espacio
de pocas jornadas! La rica Alejandría industrial, el estado pantanoso de los bandidos y, por el oeste,
en el lago Mareótico, los últimos colonizadores judíos y, ya cerca de los desiertos nitrosos, los
primeros cristianos. Los bucolios nada quisieron saber del cristianismo; a fines del siglo IV no había
ningún cristiano entre estos bárbaros salvajes.218
Pero ya es hora que nos ocupemos del carácter y de la suerte especial que conocieron los
egipcios en los últimos tiempos de Roma.
Dice Amiano219 que los egipcios se avergüenzan cuando no pueden señalar en su piel seca y
morena las cicatrices ganadas por haberse resistido a pagar los impuestos. No se ha podido inventar
ninguna tortura física capaz de obligar a ningún endurecido ladrón egipcio a confesar su nombre.
Esta era la actitud de las clases bajas frente a las autoridades: en cualquier calamidad general, ya
fuera la guerra o la mala cosecha, la queja iba contra el gobierno; el estado de ánimo de la masa era
de perpetua revuelta y lo hubiera sido también contra mejores gobernantes. En tiempos normales
esto se manifestaba por una burla enconada, que estallaba en medio de las adulaciones más
desorbitadas. Una honorable matrona romana,220 que tuvo que vivir en Egipto como esposa de un
prefecto, no apareció en público durante trece años ni dejó entrar en su casa a ningún egipcio para
pasar así inadvertida; pero quien no supiera protegerse de este modo tenía que aguantar las palabras
y las coplas más procaces; cosas221 que a los alejandrinos podrían parecerles muy lindas pero que
eran muy molestas para los interesados. En tiempos de Caracalla llegaron a extremos odiosos; el
emperador se vengó con una matanza de varios miles, premeditada desde años. Augusto y Nerón 222
habían procedido con mayor prudencia, pasaron por alto las burlas de los alejandrinos y gozaron de
su talento para la adulación y el aplauso.
Pero no sólo frente a las autoridades sino también entre ellos mostraban los egipcios una gran
necesidad de disputa y de pelea, es decir, una afición sin par a los procesos. En tal ocasión se podía
ver a estos hombres tan correctos (moestoires) inflamarse de cólera y vomitar insultos por naderías
como la de no haber respondido a un saludo, no haber cedido sitio en los baños 223 o cualquier otra
presunta ofensa a su quisquillosa vanidad. Como la menor provocación podía servir para que
estallara la fermentación interna de miles de hombres enconados, siempre existía un peligro general
en estos negocios, y el funcionario que tenía a su cargo asegurar la tranquilidad y la obediencia
podía justificar fácilmente ante el emperador una represión completamente inhumana. Ya se sabía
que no se restablecería la tranquilidad si no se derramaba sangre. 224 Caracteriza muy bien a la
ciudad de Alejandría el que en ella, antes que en cualquier otro lugar, quizá en tiempo de los
Ptolomeos, las facciones en pro y contra de los corredores del hipódromo 225 solían derivar
regularmente en el asesinato.
Hay una cosa que, más que nada, puede incitar a viejas naciones incomprendidas y
maltratadas a una rebelión insensata: la vieja religión que, si bien degenerada y habiendo perdido
toda inspiración moral, ocupa, sin embargo, el lugar del perdido vínculo nacional. Así, entre los
217 Una alusión, de pasada, a analogías con las condiciones de la India moderna.
218 Hieronym. vita S. Hilarion. 43.
219 Ammian. Marc. XXII, 16, cf. XXVIII, 5 y XXI, 6.
220 Séneca, Consol. ad. Helv. 17.—Esta afición a la burla es también la queja que se repite constantemente en el
discurso 32 de Dión Crisóstomo, que trata del estado de Alejandría en el primer siglo después de Jesucristo.
221 Herodian. IV, 9.
222 Sueton. Aug. 97. Nero 20.
223 Hist. Aug. XXX. Tyr. 22, Firmus 3 s. Saturninus 7 s.
224 Sócrates, Hist. eccl. VII, 13.
225 Philostratus, Vita Apollon. V, 26.
69
egipcios, su paganismo primero, y más tarde su cristianismo, han sido el canal por donde ha
derivado su cólera difusa y reprimida. Había una necesidad de alboroto fanático; el tiempo y la
ocasión hacían el resto. La Roma pagana se guardaba muy bien de dar el menor pretexto; al visitar
el país, los emperadores asistían a las consagraciones y sacrificios; en sus estatuas se presentan
como los viejos reyes egipcios, con inscripciones: “el que vive eternamente”, “el amado de Isis”, “el
amado de Ptha”; construyeron o se les dedicaron templos, otros fueron terminados por ellos. 226 Pero
dentro de Egipto mismo había motivos suficientes para la cizaña religiosa por los celos entre templo
y templo, cosa que se manifestaba especialmente por los partidos en favor de los animales sagrados.
Juvenal y Plutarco nos han ofrecido con este tema cuadros de género que leeríamos con el mayor
placer si no fuera porque la sombra del pueblo civilizado más viejo de la tierra tiene siempre algo de
venerable que no se puede ver sin pena rodando por los suelos.227 En una ciudad, la ortodoxia no se
opone a que se coma el mismo animal que en otra es adorado; en Cinópolis (ciudad de los perros) es
matado un esturión, lo que los de la ciudad de Oxirinco (ciudad del esturión) desfacen sacrificando
un perro y comiéndoselo; por este motivo surge entre las dos localidades una guerra sangrienta que
los romanos tienen que dominar con mano dura. Hasta aquí Plutarco; en la descripción que nos hace
Juvenal del ataque de los tentiritas a la ciudad de Ombos, que se encuentra totalmente desprevenida,
entregada a la embriaguez de la fiesta, no sólo encontramos mutilaciones espantosas y asesinatos
sino que se distribuyen también los trozos de un cadáver, como en el caso de los bucolios antes
relatado.228 Fácilmente se podría formar la leyenda de que la sabiduría de un viejo rey había
impuesto diferentes cultos animales a las diversas localidades porque, sin las luchas promovidas por
este motivo, no hubiera sido posible sujetar a este pueblo inquieto y grande. Cuando nos ocupemos
del paganismo tendremos ocasión de referirnos a esta religión poderosa, a sus sacerdotes y magos y
a su orgullosa relación con el paganismo greco-romano.
El lenguaje egipcio,229 que pervive todavía, y que más tarde se prolongó en el idioma copto,
no era ya por entonces el vehículo esencial de esta religión. Gentes de todas las partes del Imperio
se entregaron celosamente a las supersticiones de moda. La Alejandría predominantemente griega,
contaba en sus factorías y en el puerto con una plebe tan fanática como cualquiera otra del Nilo,
como pronto experimentaron los cristianos. Un año se anticipó en esta ciudad la persecución de
Decio (251),230 pues un adivino había excitado a la población con bárbaras improvisaciones.
También tropezamos con ese refinamiento de la tortura propio de los pueblos oprimidos; se pica en
la cara y en los ojos a los perseguidos con punzantes hierros, se los arrastra por el suelo, se les
arrancan los dientes, se les quebrantan los miembros, etc., para no hablar del tormento judicial. 231
Los romanos sentían una repugnancia especial por todo el carácter de este pueblo; en
cualquier parte del Imperio que tropezara uno con viajeros egipcios 232 “se podía contar con la mayor
torpeza porque son de por sí mal educados”. Era intolerable su desvergonzado gritar ante los
funcionarios, así se tratara del emperador. Por eso, no se tenían muchas contemplaciones cuando se
trataba de hacerlos entrar en razón. Dentro del infortunio general del Imperio a partir de mediados
226 El uso de los jeroglíficos fue notorio hasta Caracalla; se seguían comprendiendo durante todo el siglo quinto.—Cf.
la introducción a la sección correspondiente en la obra de Böckh, Corpus inscr. graec. III, fasc. II.
227 Juv. Sat. XV.—Cf. Plutarco, De Iside et Os. 72.—Hieronym., Adv. Jovinian. n, 7.—Los dos animales, de los que se
habla aquí, pertenecen, según Estrabón XVII, 1, a los animales idolatrados en todo el país, y no a los animales
sagrados de un distrito.
228 Cf. los excesos de los judíos en Egipto y Cirenaica bajo Adriano, Dio Cass. LXVIII, 32.
229 Este era, todavía, el idioma dominante en el país. Cf. Hechos de los Apóstoles XXI, vers. 37 s. También los egipcios
de la nobleza se limitaron al uso de su idioma y utilizaban intérpretes para el trato con los griegos. Así, por ejemplo,
San Antonio, cuyo conocimiento de la Biblia nos permite hacer deducciones sobre la antigüedad de la traducción
egipcia de la Biblia. Cf. Athanas., Vita S. Anton. col. 473 s.
230 Euseb., Hist. eccl. VI, 41.
231 Detalladamente narra Sócrates, Hist. eccl. VII, 15, cómo todavía en la era cristiana, en el año 415, la filósofa
Hipatia fue lapidada y su cadáver descuartizado.
232 Eunap. Vitae philoss., sub Aedesio.
70
del siglo tercero, con el cúmulo de guerras y pestes que despoblaron la tierra, este país conoció
todavía una desdicha particular.
Ocurrió en tiempos de Galieno (254-268) que el esclavo de un funcionario alejandrino 233 fue
castigado a latigazos a la manera militar porque (sin duda, con sarcasmo egipcio) había dicho que
sus sandalias valían más que las de los soldados. La plebe tomó partido y se arremolinó una gran
masa ante la residencia del prefecto Emiliano, sin que se supiera al principio de qué se trataba.
Pronto cayeron piedras, salieron a relucir las espadas, y el tumulto y la furia crecieron sin límite; o
bien el prefecto era la víctima de la plebe o (si se hacía dueño de la situación con un gran esfuerzo)
tenía que temer la destitución y el castigo. En esta situación se proclamó emperador, a lo que parece
por petición de las tropas, que odiaban al indolente Galieno y necesitaban frente a los bárbaros que
amenazaban el país un caudillo que estuviera libre de pequeñas responsabilidades. Recorrió Egipto,
sometió a los pueblos en revuelta y cobró el impuesto de granos; había que esperar una salvación
como la que encontró por entonces el Occidente con Póstumo y sus sucesores. Pero cuando
Emiliano se preparaba a una expedición por el Mar Rojo, Egipto le entregó al general Teodoto,
enviado por Galieno, quien lo envió prisionero a su señor. Acaso fue estrangulado en la cárcel Tulia
de Roma, en el mismo lugar en que Yugurta sucumbió a la huelga de hambre.
No sabemos si el país sufrió todavía la venganza de Galieno. En todo caso, no le sirvió para
mucho, pues muy pronto vuelve a perder Egipto (261), 234 si bien por poco tiempo, pero en unas
circunstancias espantosas que no más podemos presumir. Durante un año es Macriano señor del
Oriente; tampoco conocemos las luchas que hubo por entonces en Alejandría y entre quiénes; pero
el obispo Dionisio describe cómo la ciudad ha quedado desconocida después de todos estos
horrores, y cómo la gran calzada, quizás aquella de treinta estadios de larga, se halla tan yerma
como los desiertos del Sinaí, y cómo en el puerto parado de la ciudad el agua se halla tinta en
sangre y el próximo canal del Nilo rebosando cadáveres.235
Otra vez vuelve Galieno a hacerse dueño de la situación, pero bajo sus sucesores Claudio
Gótico y Aureliano, la gran reina de Palmira, nieta de los Ptolomeos, se apodera de Egipto y de
Alejandría por lo menos dos veces.236 Como en otras provincias, es por entonces cuando se
manifiesta el último movimiento nacional de grandes proporciones de este pueblo, por lo demás
poco belicoso y envejecido; se toma partido en pro y en contra de Zenobia, milicias populares
refuerzan, según parece, a las tropas de ambos bandos. Resultan vencedores los de Palmira; pero no
mucho después cae su propio reino por la gran campaña de Aureliano (273). El partido palmirino,
enemigo de Roma, no podía esperar ya más que un duro castigo; apoyado probablemente en la
desesperación de este partido, un rico seléucida residente en Egipto se proclama emperador: Firmo.
El único escritor que se ocupa del asunto 237 nos promete no confundir a los tres Firmos que
figuraban por entonces en África; pero nos pinta al usurpador de Egipto con perfiles tan
fantásticamente dispares que creemos tener que distribuirlos entre varios hombres. Su Firmo
cabalga sobre avestruces y puede digerir todo un avestruz y carne de hipopótamo, para no hablar de
su familiaridad con los cocodrilos. Se deja colocar un yunque sobre el cuerpo para aguantar así los
golpes de martillo. Este mismo es el amigo y compañero de Zenobia y uno de los comerciantes y
fabricantes más ricos de Egipto. Con lo que le producen sus fábricas de papel podría, según dice,
sostener un ejército; tenía grandes contratas de suministro con los árabes, lo mismo que con los
blemmyer, que hacían de intermediarios en el comercio hacia el Mar Rojo y con el África interior;
sus navíos marchan con frecuencia a la India. Por todas partes la púrpura imperial es revestida por
233 Hist. Aug. XXX. Tyr. 22, y Gallien. 4. Los motivos casi siempre quedan obscuros.
234 Manso, Das Leben Constantin’s, p. 468, cree que la sublevación de Emiliano hay que colocarla en el año 263, y cita
para ello, seguramente por descuido, Hist. Aug. Gallien., cap. 9. Del cap. 4, ibid., se puede deducir lo contrario, es
decir, que este acontecimiento es anterior a 259, o sea anterior a la sublevación de Póstumo.
235 En Euseb., Hist. eccl. VII, 21 y 23.-Valesio refiere esta descripción a los acontecimientos de la época de Emiliano.
236 Zosim. I, 44.
237 Hist. Aug. Firmus 2 ss. y Aureliano 32.
71
oficiales, nobles de la provincia y aventureros de toda suerte y resulta muy característico de Egipto
que también el gran comerciante haga la prueba luego que la guerra incesante le ha puesto a punto
de la ruina.
Pero Aureliano quería acabar rápidamente con el “ladrón del trono”; ganó una batalla y lo
sitió en Alejandría.238 Parece que Firmo se mantuvo bastante tiempo con su partido en la región de
la vieja fortaleza real, Bruquion; por lo menos le pareció oportuno a Aureliano, después que apresó
y mató a Firmo, arrasar aquella magnífica fortaleza. 239 Cayó en escombros el palacio de los
Ptolomeos, el museo donde confluían todos los recuerdos espirituales de la baja helenidad y las
columnas gigantes de los propileos que sostenían una inmensa cúpula; para no mencionar los
teatros, mercados, jardines, etc. ¿Se trataba de pura venganza o se inspiró en razones estratégicas?
No hay que olvidar que algunas regiones del Imperio podían pasar hambre si el Egipto sublevado,
como ocurrió con Firmo, impedía la exportación. Pero siempre quedará como un triste signo de
dominadores y dominados el que haya que llegar a tales sacrificios extremados para arrebatar a una
ciudad la posibilidad de la rebelión y de la defensa.
Entre los egipcios esta acción operó como una provocación más. En tiempos de Probo (276-
282), o ya antes, llegó al país uno de los generales más capaces, el galo Saturnino, a quien los
atrevidos alejandrinos saludaron en seguida como emperador. Indignado Saturnino, se sustrajo a la
tentación marchando a Palestina; pero como no conocía la magnanimidad de Probo, 240 se consideró
perdido y se vistió entre lamentos el manto purpúreo de una imagen de Afrodita, mientras era
adorado por los suyos. Su consuelo sería que, por lo menos, no moriría solo. Probo tuvo que enviar
un ejército; contra su voluntad, el desgraciado usurpador fue estrangulado cuando cayó prisionero.
Más tarde Probo tuvo que hacer una vez más la guerra en Egipto, porque la tribu nubia de los
blemmyer, peligrosa desde hacía tiempo, se había apoderado de una parte del alto Egipto, es decir,
de la citada Ptolemais en el Nilo, de acuerdo con los habitantes, rebeldes pertinaces. Esa tribu, gente
morena y temible del desierto,241 tenía en sus manos el transporte desde los puertos del Mar Rojo
hasta el Nilo; había sido siempre imposible someterlos o aniquilarlos y no hubo más remedio que
entrar en componendas con ellos. También esta vez los generales romanos se hicieron dueños de la
situación, aunque no sin apelar a duros castigos.
Pero bajo Diocleciano se desmiembra de nuevo Egipto, esta vez por toda una serie de años;
mientras, los emperadores tratan de rescatar Britania desde la Galia, apenas dominada, luchan
contra un usurpador en Cartago, contienen los ataques de los mauritanos y sostienen la guerra en
todas las fronteras. Mientras los blemmyer se apoderan una vez más del alto Egipto, se proclama
Augusto, en Alejandría, un personaje por lo demás desconocido, L. Elpidio Aquileo (286). 242 Sólo
después de diez años (296) estuvo Diocleciano en situación de intervenir. Desde Palestina marchó a
Egipto, acompañado243 de Constantino, por entonces de veintidós años y con una figura mayestática
que eclipsaba la del emperador a los ojos de los hombres. Una vez más un largo asedio, de ocho
meses, de Alejandría, con la destrucción del acueducto y, luego de muerto Aquileo, un nuevo
castigo ejemplar. Se entrega la capital al saqueo del ejército, probablemente muy enfurecido, se
destierra a los partidarios del usurpador y se cuelga a toda una serie de personas. Al montar
Diocleciano a caballo, dice la leyenda, mandó matar hasta que la sangre llegara a las ancas; pero no
lejos de la puerta resbaló el animal sobre los cadáveres y sangró de las rodillas, con lo que se dio
orden de parar la matanza.244 Un caballo de bronce recordaba durante mucho tiempo el lugar. En el
Egipto medio se arrasó por completo la ciudad de Busiris. No le fue mejor a los del alto Egipto; en
él el rico emporio de Comtos, donde los blemmyer habían fijado sus residencias, padeció la misma
suerte que Busiris.245
Pero en esta ocasión Diocleciano (como dice Eutropio y lo calla su colaborador cristiano
Orosio) tomó muchas medidas sensatas que luego tuvieron validez permanente. Suprimió, sin duda
por alguna razón, la vieja división por distritos y la organización del país que procedía de Augusto,
y lo distribuyó en tres provincias, siguiendo la organización de los otros dominios del Imperio. 246 Se
cuidó de la seguridad del tráfico comercial trayendo desde el gran oasis otra tribu africana, los
nobatos, para enfrentarla a los blemmyer, poniéndola a sueldo del Imperio y concediéndole una
región poco rica más allá de Siene, donde habría de habitar como salvaguarda de la frontera. 247 No
era culpa de Diocleciano si medidas de este tipo se habían hecho necesarias por el agotamiento de
los ejércitos y de la caja pública y si había que pagar a los nobatos y a los blemmyer una especie de
tributo. Pero es muy al estilo de Diocleciano el modo como se los tomó a servicio; en la isla
fronteriza de File, que fue nuevamente fortificada, se construyeron templos y altares para
consagraciones comunes entre ellos y los romanos o se consagraron de nuevo los templos antiguos
y se colocaron sacerdotes de los dos cultos. Las dos tribus del desierto tenían la fe egipcia, los
blemmyer con especial propensión a los sacrificios humanos; recibieron o conservaron el derecho a
recoger durante ciertas fiestas sagradas la imagen de Isis de File para llevarla a su país y guardarla
allí cierto tiempo. Una inscripción248 nos describe el templo náutico que lleva la imagen de la diosa
navegando solemnemente por el río.
Surgió una nueva ciudad en el alto Egipto cerca de la arrasada Comtos, Maximinianópolis,
bautizada así por el emperador según el nombre de su corregente más viejo. Acaso no era más que
un cuartel militar y quizá se hallaba debajo la vieja Apolinópolis, rebautizada esta vez. 249
Hasta la misma arruinada Alejandría tuvo un pequeño consuelo; le concedió Diocleciano
algunos repartos de trigo, gracia que desde hacía largo tiempo disfrutaban muchas ciudades fuera de
Italia. Los alejandrinos empezaron a contar los años 250 por los de su reinado; el prefecto Pompeyo
erigió en el año 302 la columna que indebidamente lleva su nombre y que conserva todavía la
inscripción de su consagración: al “santísimo autócrata”, al “genio de la ciudad de Alejandría”, 251 al
“invicto Diocleciano”. Sustraído de algún edificio antiguo o destinado a un edificio que no fue
terminado, el gigantesco monolito se yergue entre los restos apenas reconocibles del Serapeum.
Finalmente, una fuente posterior252 y en parte adulterada, nos dice que Diocleciano fue
recogiendo las obras de los viejos egipcios sobre la producción de oro y de plata y las mandó
quemar, para que los egipcios no las utilizaran para crear riquezas y, con tal arrogancia, no se
levantaran contra Roma. Con razón se ha objetado que, de haber creído en la posibilidad de la
alquimia, Diocleciano hubiera guardado los libros para uso propio y del Imperio. Pero tampoco se
puede explicar esta acción como lo hace Gibbon por puros propósitos de ilustración. Acaso el
alquimismo egipcio guardaba relación con otras supersticiones execrables, con las que quería
acabar el príncipe, piadoso a su manera.
Con Diocleciano cesan de pronto las rebeliones de Egipto por un largo tiempo. ¿Acaso su
prudencia había sido capaz de ayudar considerablemente al país, de mejorar el carácter de sus
habitantes o de intimidarlos, por lo menos, duraderamente? ¿Bastó la nueva organización del
Imperio para hacerles la rebelión costosa e imposible? La explicación probable fue indicada ya por
nosotros: el reparto del poder imperial impidió, de todos modos, que surgieran usurpadores locales
en las provincias; además, a partir de Constantino la pasión egipcia encontró en las disputas
eclesiásticas un campo encizañado que se acordaba mejor con las fuerzas decadentes de la
desdichada nación que la lucha desesperada contra los funcionarios y el ejército romano. Las
disputas de los meletianos y de los arrianos inician esta larga serie de pugnas teológicas tan pronto
como se proclama el cristianismo; pero también los paganos defienden su religión mediante
sublevaciones sangrientas, como en ninguna parte del Imperio.253
En un aspecto era Egipto, como toda África, la posesión más segura del Imperio romano;
prescindiendo de un cierto número de naciones semisalvajes cuyos ataques se podían rechazar
fácilmente si se tenía cierta vigilancia, a sus espaldas no había más que el desierto. Mientras que las
fronteras del Rhin, del Danubio y del Eufrates estaban amenazadas por naciones poderosas, aquí
bastaban guarniciones relativamente poco numerosas, bien distribuidas. 254 Pues en aquel tiempo
nadie podía presumir que algún día saldría de Arabia un fanatismo religioso y conquistador que
absorbería en su marcha irresistible todo el sur y el este del Imperio romano y llegaría a
asimilárselos.255
La costa norte de África se hallaba mucho más poblada en el siglo tercero que lo haya podido
estar después. Los monumentos de Argelia, el gran número de diócesis que se han podido señalar
luego, el movimiento espiritual considerable y el lugar que le corresponde en la literatura de la baja
latinidad nos permiten presumir una situación que no se debe juzgar por la pobreza relativa de
acontecimientos externos. Sobre todo, la Cartago restaurada por César se había convertido, por su
situación, en una de las primeras ciudades del Imperio, 256 aunque también en una de las más
peligrosas. Pasaremos por alto las corrompidas costumbres, 257 que más tarde hicieron de esta ciudad
la Capua de los bravos vándalos; el templo de la diosa celeste, Astarté, fundado antes de Dido, fue
fatal para el Imperio, menos por los hieródulos que por los oráculos subversivos que dictaba 258 y por
la protección que prestó a más de un usurpador. El manto de púrpura que pendía de los hombros de
la imagen, asentada en un trono leonino, teniendo en sus manos el rayo y el cetro, ha cubierto las
espaldas de más de un usurpador.
También esta vez, al subir al trono Diocleciano, se le enfrenta en África un cierto Juliano, de
cuyo origen y vida no se sabe nada más;259 parece que encabezó a los quincuagintianos, a los que
tuvo que hacer frente Maximiano y de los que no sabemos mucho más. Sin duda se trataba de
mauritanos,260 es decir, de la mitad occidental del norte de África, donde el Atlas debía albergar,
como hoy en día, toda una serie de pequeños pueblos con los que era difícil acabar bélicamente; no
había que temer de ellos una ocupación seria si los funcionarios romanos no hacían dejación de sus
deberes.261 Pasados unos cuantos años, se ocupó Maximiano de esta guerra (297), por lo que
253 Sócrates, Hist. eccl. III, 2; V, 16. Sozom. V, 10.
254 Su actitud en tiempos posteriores en la Notitia imp. Rom. I, caps. 25, 28; II, caps. 23, 24, 29, 30.
255 ¿O barruntó aquel pagano tardío que conocemos con el nombre de Apuleyo, que los escitas, indios u otros bárbaros
habitarían el Egipto? Apul., De natura Deorum, ed. Bipont. vol. II, 307 s.—Su gran opinión sobre Egipto es que
éste sería imago coeli, translatio aut descensio omnium quae gubernantur atque exercentur in coelo; y hasta: totius
mundi templum.
256 Auson., Ordo nob. urb. Al lado de Roma y Constantinopla: tertia dici fastidit.
257 Salvian. I. c. lib. VII y VIII. Todavía en tiempos cristianos se conservó un culto secreto del daemon coelestis y entre
los cristianos mismos.
258 Cf. Hist. Aug. Macrin. 3. Pertinax 4.
259 La única mención en Aurel. Vict. Caess. y en las Epit.— Además, una moneda dudosa.
260 Lo demostró Manso, ob. cit. 325 ss. No tienen nada que ver con la Pentápolis libia.
261 Véase Ammian. Marc. XXVII, 9 y especialmente XXVIII, 6.
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podemos inferir que el peligro no era muy apremiante y que los suministros de trigo a Italia no
habían sido interrumpidos. Como la separación de Egipto había durado hasta el año anterior, el
Imperio podía prescindir menos que nunca del cereal africano.
75
SECCIÓN QUINTA
El paganismo y su mezcla de dioses
La última época de Diocleciano y Maximiano se ha ganado mala fama a causa de las torturas
y del derramamiento de sangre de la gran persecución contra los cristianos. Ha sido inútil tratar de
fijar la amplitud y el número de víctimas de esa persecución, siquiera de modo aproximado, pues
falta la base de todo posible cálculo, a saber, un dato seguro acerca del número de cristianos
existentes por entonces en el Imperio romano. Según Staudlin representarían la mitad de la
población, según Matter una quinta parte, según Gibbon una vigésima, nada más, según La Bastie
una doceava parte, lo que acaso se halle más cerca de la verdad. Pero, con más exactitud, habría que
suponer, para el Occidente, una quinceava, y, para el Oriente, una décima parte.262
Pero prescindamos de momento de la cuestión del número y consideremos la situación interna
de los dos grandes organismos en lucha, cristianismo y paganismo.
El cristianismo respondía en la tierra a una alta necesidad histórica, como término del mundo
antiguo, como ruptura con él y, al mismo tiempo, salvación parcial y trasmisión a los nuevos
pueblos quienes, en su condición de paganos, al enfrentarse con un Imperio puramente pagano,
acaso lo hubieran barbarizado por completo y destruido. Pero había llegado el momento en que el
hombre tenía que ponerse en una relación completamente nueva con las cosas naturales y
sobrenaturales y en que el amor de Dios y del prójimo y el despego por lo terreno habrían de ocupar
el lugar de la vieja concepción de lo divino y del mundo.
Tres siglos habían impreso una forma sólida a la vida y a la doctrina de los cristianos; la
amenaza constante y las frecuentes persecuciones habían evitado la decadencia prematura de la
comunidad y la habían capacitado para superar las más peligrosas escisiones. Había apartado de sí
victoriosamente tanto a los fanáticos ascetas, montanistas y otros, como a los fantasiosos y
especuladores que querían trasmutar el cristianismo dentro de los marcos de los filosofemas
platónicos y orientales (los gnósticos); apenas había empezado la lucha con el más reciente y
poderoso intento de esta clase, el maniqueísmo; los heraldos del arrianismo —disputa sobre la
segunda persona de la divinidad— parecían ya acallados; finalmente, las numerosas discrepancias
que existían en esta época de la ecclesia pressa en torno a diversos puntos de la disciplina
eclesiástica no eran todavía tan peligrosas como lo fueron más tarde, en los siglos de la iglesia
triunfante, que en estas cuestiones encontró ocasión para disensiones definitivas.
Había muchas cosas que encontraban todavía libre juego dentro del cristianismo y que más
tarde ya no se podrían conciliar con él. En los siglos IV y V se asombraban ya de cómo fue posible
tolerar en la iglesia la especulación y la interpretación simbólica del cristianismo de un Orígenes;
pero también en otras figuras que en los tiempos de la iglesia militante eran consideradas como
Padres se reconocerá más tarde a personalidades medio heréticas. Los catecúmenos acuden a la
iglesia desde lados demasiado diferentes, con una educación muy diversa y por motivos también
muy distintos para que fuera posible una igualdad completa de la doctrina y de la vida. Los tipos
ideales, llenos de una profundidad espiritual y en entrega completa, representaban, de seguro, la
pequeña minoría, como en todas las cosas humanas; la gran masa se había sentido atraída por el
perdón de los pecados, que figuraba en primer plano, por la inmortalidad prometida, por el misterio
que rodeaba a los sacramentos y que, para muchos, no era más que un paralelo de los misterios
paganos. A los esclavos les atraía la libertad y el amor fraternal de los cristianos, a muchos
indeseables las considerables limosnas que afluían a Roma desde las diversas comunidades, en una
proporción verdaderamente universal.263
El gran número de heroicos martirios que de tiempo en tiempo restablecían la tensión en las
degeneradas comunidades y volvían a plantar el desprecio a la muerte, demuestra menos la
perfección interna de la iglesia que la victoria futura prometida a una causa que es defendida con
tanto sacrificio. La creencia firme en una inmediata entrada en el reino de los cielos animaba, sin
duda, a muchos hombres, interiormente confusos y hasta caídos, a la entrega de sus vidas, cuyo
precio, por lo demás, era en aquella época de sufrimiento y de despotismo menor que en los siglos
del mundo germano-románico. A veces, solía reinar una verdadera epidemia de sacrificio; los
cristianos buscaban la muerte y tenían que ser amonestados por sus maestros para que ahorraran sus
vidas. Pronto se convierten los mártires en los ideales luminosos de la vida; surge un verdadero
culto en torno a sus sepulturas y su valimiento ante Dios representa una de las mayores esperanzas
de los cristianos. Su superioridad con respecto a los demás santos es algo obvio; entre todas las
religiones, ninguna ha enaltecido tanto a sus mártires como el cristianismo y de este modo ha
remachado tanto en la memoria el recuerdo de su expansión. Allí donde habían padecido los
mártires existía un lugar sacrosanto y las persecuciones de emperadores anteriores, hasta las de
Decio, ya se habían encargado de sembrar por todas partes lugares de esta clase. Con esta larga
persistencia del culto a los mártires la persecución de Diocleciano ofrecía, desde el primer
momento, los más graves inconvenientes políticos.
La constitución de la iglesia muestra ya en esta época los comienzos de una jerarquía. Cierto
que las comunidades podían elegir a sus sacerdotes o, por lo menos, confirmarlos, pero se fueron
separando, cada vez más, en calidad de clero, de los laicos; surgieron diferencias de rango entre los
obispos, según la categoría de sus ciudades y, sobre todo, la procedencia apostólica de algunas
iglesias. Los sínodos, que se reunieron por las causas más diversas, solían agrupar a los obispos
como una clase superior. Pero también entre ellos se manifestó en el siglo tercero una seria
degeneración; encontramos a varios entregados a la pompa mundana, como funcionarios romanos,
como comerciantes y hasta como usureros; con razón se piensa que el escandaloso ejemplo de
Pablo de Samosata no fue un caso aislado. 264 Claro que junto a la secularización tenemos también la
oposición más ruda: el retiro del mundo, del estado y de la sociedad a la soledad, a la vida
eremítica, cuyo origen nos ocupará todavía a la par de otros de los puntos mencionados.
Una bibliografía muy amplia, que abarca varias de las obras históricas modernas más
destacadas, expone todo lo anterior al detalle según el punto de vista adoptado por el autor y
reclamado por el lector. No se nos tomará a mal que nuestro punto de vista no sea el de la
edificación que, por ejemplo, no está nada desplazada tratándose de un Neander.
Tratemos de imaginarnos por un momento la fuerza verdadera de las iglesias cristianas a
comienzos de la última persecución y veremos que no se debía ni al número de sus miembros ni
tampoco a una elevada moralidad media de los mismos, ni tampoco a una disposición interior
especialmente íntegra, sino a la firme creencia en la beata inmortalidad, de la que acaso estaba
impregnado todo buen cristiano.265 Ya veremos cómo todo el afán del paganismo tardío anduvo tras
el mismo fin, pero siempre por rodeos más oscuros y laberínticos y sin aquella convicción
victoriosa; a la larga, no podría resistir la competencia del cristianismo, pues éste había simplificado
enormemente todo el problema. En segundo lugar, a la necesidad política del mundo antiguo, que
andaba tan despistado en todas las cuestiones de estado desde la dominación violenta de Roma, se
le ofrecía un nuevo estado, una nueva democracia, hasta una nueva sociedad civil, caso de que
hubiera podido conservarse pura. Mucha ambición antigua, que no encontraba ocupación en el
estado, que se sentía amenazada y obligada al silencio, ha penetrado en las comunidades de los
fieles, y hasta en las sedes episcopales, para hacerse valer de algún modo; por otra parte, las
comunidades ofrecían a los mejores y más humildes un asilo sagrado que los protegía de la invasión
del tráfago romano, que daba muestras de podredumbre.
Frente a estas poderosas ventajas encontramos a la gentilidad 266 en proceso de plena
disolución, en una situación que, aun sin la presencia del cristianismo, no hubiera podido perdurar
mucho. Supongamos, por ejemplo, que Mahoma hubiera podido fabricar su mahometismo fanático
sin ninguna influencia del lado cristiano, y de seguro que el paganismo del Mediterráneo hubiera
sucumbido a su primera acometida como sucumbió el paganismo del cercano Oriente. Se hallaba
mortalmente debilitado por un proceso de disolución interna y por la presencia de nuevos
ingredientes extraños.
La religión oficial del Imperio, de la que tenemos que partir, era el politeísmo greco-romano,
tal como se había constituido por la afinidad primitiva y la ulterior amalgama de estos dos cultos. A
base de divinidades naturales y de dioses protectores de todas las relaciones imaginables de la vida,
se había producido un círculo admirable de figuras sobrehumanas, en cuyo mito el hombre antiguo
reconocía por doquier su propia imagen. La relación de la moral con esta religión era libre,
encomendada al sentimiento de cada uno; los dioses debían premiar el bien y castigar el mal, pero
eran imaginados mucho más como donantes y protectores de la existencia y de la fortuna que como
potencias morales superiores. Lo que los diversos misterios de los griegos aportaban por encima de
la fe popular no era una religión más pura, y menos todavía una sabia iluminación de los iniciados,
sino solamente un rito secreto de adoración que harían al iniciado acepto a los dioses. Pero, por lo
menos, producían un efecto bienhechor con la condición que solían imponer de costumbres puras lo
mismo que con la avivación del sentimiento nacional que en ellos se producía con una fuerza sólo
comparable a la de los agones solemnes.
Frente a esta religión, la filosofía, tan pronto como se elevó por encima de las cuestiones
cosmológicas, había sostenido con mayor o menor claridad la unidad del ser divino. Con esto se
había abierto el camino a la religiosidad suprema, a los ideales morales más bellos, pero también al
panteísmo y hasta al ateísmo, que podían pretender la misma libertad frente a la fe popular. Quien
no negaba a los dioses los declaraba, panteístamente, como fuerzas fundamentales del universo o
los relegaba, como los epicúreos, a una ociosa vecindad del mundo. También la genuina ilustración
se mezclaba en el asunto; Euhemeros y sus adeptos hacía tiempo que habían convertido a los dioses
265 Lactantius, Divin. Inst. III, 12, termina sus investigaciones sobre el bien sumo con las palabras: Id vero nihil aliud
potest esse quam immortalitas.
266 De la bibliografía pertinente, se debe citar, en primer lugar, Tzschirner, Der Fall des Heidenthumes (ed. por
Niedner, incompleto); Beugnot, Hist. de la destruction du Paganisme en occident, 2 vol.; Eckermann, Lehrbuch der
Religionsgeschichte und Mythologie, Vol. II, pp. 205 ss. Y, por último, la gran exposición del estado religioso en el
siglo primero y segundo que encontramos en la obra de Friedlaender, Sittengeschichte Roms, Vol. III, pp. 423 ss.
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en antiguos estadistas, caudillos, etc., y habían explicado, racionalmente, los milagros por el engaño
y la incomprensión; un falso camino por el que se dejaron llevar también más tarde los Padres de la
iglesia y los apologistas al condenar el paganismo. Todo este estado de fermentación habían acogido
los romanos junto con la cultura griega, y el ocuparse de estas cuestiones fue, entre los cultos, cosa
tanto de convencimiento como de moda. En las clases altas de la sociedad se desarrolló también la
incredulidad, junto a toda clase de supersticiones, aunque los verdaderos ateos fueran pocos. Pero
esta situación cambió visiblemente en el siglo tercero bajo la acción de los grandes peligros del
Imperio y comenzó a prevalecer una cierta fe que benefició más a los cultos extranjeros que a la
vieja religión nacional. Por lo demás, en Roma el viejo culto se hallaba tan estrechamente fundido
con la vida estatal y la superstición correspondiente fundada tan vigorosamente 267 que tanto el
incrédulo como el creyente de otra religión tenían que ser oficialmente piadosos a la romana en
cuanto se tratara del fuego sagrado de las vestales, de las garantías misteriosas del dominio y de los
auspicios oficiales, pues la eternidad de Roma dependía de estas entidades sagradas. Los mismos
emperadores, no sólo eran pontífices máximos, con ciertas obligaciones rituales, sino que también
su apelativo de Augustos señala una consagración, una legitimidad y una inviolabilidad sagradas, y
no se trata de una pura adulación cuando la superstición última les atribuye la categoría de
demonios,268 luego que el cristianismo había puesto fin a sus tres siglos de apoteosis habituales, a
sus templos, altares y sacerdocios.
Pero tampoco se puede dudar que, en los últimos tiempos del paganismo, en muchos
individuos esta auténtica religión greco-romana no había sido desplazada por divinidades
extranjeras, no había sido sustituida por la magia y las encantaciones ni disuelta por la abstracción
filosófica. Esto es algo imposible de demostrar directamente, porque la adoración de los dioses
antiguos no excluyó la de los nuevos y porque, en la confusión de dioses de que hablaremos más
tarde, se podía adorar bajo el nombre de un dios antiguo a un dios nuevo y viceversa. Pero apenas si
podemos rechazar tal presunción cuando, en una u otra ocasión, vemos que irrumpe con fuerza
poderosa la vieja relación ingenua del hombre antiguo sano con los dioses y con el destino. “A ti te
venero —exclama Avieno,269 dirigiéndose a la Fortuna etrusca, Norcia—, yo, nacido de los
bulsinios, que habitan en Roma, dos veces honrado con el proconsulado, consagrado a la poesía, sin
culpa y sin deudas, dichoso con mi mujer Plácida, con mis numerosos y vigorosos hijos. Lo demás
puede cumplirse según la ley del Destino.”
En otros la vieja religión con su concepción del mundo se afirmaba muy expresamente junto a
los nuevos ingredientes. De este género pudo ser la fe de Diocleciano, por lo menos sabemos que
permaneció fiel a la aruspicina etrusca, a la que no le disputan el campo en la corte, como luego, en
tiempos de Juliano, los neoplatónicos conjuradores de demonios. 270 Su dios protector siguió siendo
Júpiter y el oráculo al que consulta en una cuestión importantísima es el Apolo Milesio. Su moral y
su religiosidad, tal como se revela, por ejemplo, en las leyes, a lo que más se parece es a la moral y
a la religiosidad de Decio;271 en cuanto al culto al “buen emperador”, 272 en la especie Marco Aurelio,
venerado como demonio, se asemeja a Alejandro Severo. Pero también tenemos que suponer que
267 Cf. Gerlach y Bachofen, Geschichte der Roemer, Vol. I, sección 2, pp. 211 ss.—Una extraña consulta de los libros
sibílicos en el Epítome de Aurel. Vict., con ocasión de Claudio Gótico.
268 Firmicus Maternus, Libri Mathesos I, c. 38.—Las curaciones milagrosas que se le piden en Alejandría a
Vespasiano. Tacit. Histor. I, 81.
269 En Wernsdorf, Poetae latt. min. V. par II.
270 De mort. pers. 10, 11. Su preocupación por los rayos ominosos, Const. M. orat. ad sanctor. coet. c. 25.
271 Una inscripción de Diocleciano consagrada a Mitra se menciona en Orelli Nª 1051, otra dirigida al Sol y otra más a
Beleno son citadas por Bertoli, Le antichità d’Aquileja Nº 71 y 643.—Los templos que mandó edificar en Antioquía
están consagrados a los dioses clásicos, a Zeus olímpico, a Némesis, a Apolo, y a Hécate; cf. Malalas XII. Sobre la
religión de Galieno, que en momentos de gran peligro para el Imperio invoca a todos los antiguos dioses como
“conservadores” en el reverso de las monedas, cf. Creuzer, Zur röm. Gesch. und Altkunde. El que adorara también
los antiguos dioses egipcios y orientales, que son visibles en las monedas de las ciudades de Alejandría y Asia con
su retrato y el de Salonina, no parece tan seguro como lo supone este excelente tratado.
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muchos elementos y consecuencias de la vieja religión habían fenecido hacía tiempo y estaban
olvidados. Así ocurrió, acaso, con toda aquella masa de pequeñas divinidades protectoras de cosas
triviales, pues por mucho que se escandalicen los autores cristianos 273 como de algo persistente, en
su mayor parte corresponde al dominio de las antigüedades. 274 De seguro ya no se pensaba, a
propósito del fuego del hogar, en el dios Laterano, de los ungüentos en Unxia, de los cinturones en
Cinxia, de los rodrigones en Puta, del nudo de los cereales en Nodutis, de la cría de abejas en
Mellonia, del umbral de la casa en Limentino, etc.; porque una idea distinta, más general, del
mundo de los genios y de los demonios se había apoderado desde hacía tiempo de los espíritus.
Muchas de esas cosas no habían pasado de ser creencias romanas puramente locales. Grecia
conservó por completo en la época imperial su predilección por los cultos locales y por los misterios
locales. Pausanias, que describe la Hélade en el siglo II, nos ofrece numerosos testimonios del culto
particular de dioses y héroes de cada ciudad y de cada comarca, junto con los sacerdotes más
diversos dedicados a su servicio; que nada dijera de los misterios se explica porque el mutismo
representaba para él un deber sagrado, cuya transgresión le hubiera agradecido, sin embargo, la
posteridad.
Así como el estado romano necesitaba de ciertos sacra para su perduración, de suerte que, por
ejemplo, las vestales velaron el fuego sagrado hasta muy entrada la época cristiana, también la vida
privada se hallaba impregnada, desde la cuna hasta la sepultura, de prácticas religiosas. En la casa
los sacrificios y los banquetes iban a la par; en las calles de la ciudad se tropezaba con aquellas
procesiones y manifestaciones, en parte bellas y dignas, en parte bacánticas y relajadas, que
llenaban el calendario griego y romano, y en el campo tampoco tenían fin los sacrificios en las
capillas, grutas, encrucijadas y viejos árboles poderosos. El neófito Arnobio nos cuenta cómo siendo
pagano había sentido devoción al pasar por delante de árboles encintados o de rocas con rastro del
óleo derramado.275 Resulta difícil destacar el contenido ético-religioso de este culto de apariencias
tan exteriores, a menudo tan frívolas, y muchos propenderán a negárselo. Sin embargo ¿no se
promueve la misma cuestión, después de un milenio y medio, ante las celebraciones de los católicos
meridionales? Una música completamente sensual, interrumpida por el disparo de salvas, rodea y
acompaña a la custodia; un animado mercado, comidas copiosas, algazara general y, al atardecer,
los inevitables fuegos de artificio, constituyen la segunda parte de la fiesta. Nada podemos hacer
contra el que se enfade por estas manifestaciones externas, pero no hay que olvidar que ellas no
constituyen toda la religión y que los sentimientos supremos suelen ser acogidos en cada pueblo de
manera diferente. Si sustraemos al mundo antiguo el sentimiento cristiano del pecado y la humildad,
de los que ese mundo no era capaz,276 acaso podamos apreciar mejor el culto pagano.
El detalle de la mitología, que nunca fue cosa de fe, había sido abandonado por completo aun
antes de que Luciano hubiera adoptado su actitud burlesca. Los apologistas cristianos, que van
seleccionando todo lo vergonzoso de los mitos más diversos y, debido a su incomprensión y a la
mezcla de lo más dispar, proyectan sobre la vieja fe el aura del ridículo, no son en este punto muy
honrados; tenían que saber muy bien que las lamentaciones de este tipo, que recogían de los viejos
poetas y mitógrafos, sólo en muy pequeña parte convenían a su siglo; con el mismo derecho, por
ejemplo, se podría hacer responsable al protestantismo de las indecencias de algunas leyendas. La
conciencia religiosa de las masas no tenía ya que ver mucho con el mito y se contentaba con la
272 Hist. Aug. Marc. Aurel. c. 19.—Vemos por un calendario de los últimos tiempos del siglo IV (Kollar, Analecta
Vindobon. I) que por entonces se celebraba todavía el día del nacimiento (natales, lo que puede significar también el
día de su entrada al gobierno) de los siguientes emperadores: Augusto, Vespasiano, Tito, Nerva, Trajano, Adriano,
Marco Aurelio, Pertinax (¿Septimio?) Severo, Alejandro Severo, Gordiano, Claudio Gótico, Aureliano, Probo, y,
naturalmente, Constantino y su linaje.—Por cierto, también el culto de Antinoó duró todavía hasta el siglo IV.
273 Arnob., Adversus Gentes I. I y IV, al comienzo.—Lactant. Inst. divin. I. 20.
274 No son mencionados ni en las inscripciones ni en los monumentos.
275 Cf. Apulejus, De magia oratio, p. 62. ed. Bipont. Vol. II, para ver cómo lapis unctus, ramus coronatus era lo
mínimo en un propietario rústico para demostrar su devoción.
276 La humildad de estoicos como Epícteto no hace sino demostrar la regla por excepción.
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existencia de las diversas divinidades como señoras y protectoras de la naturaleza y de la vida del
hombre. Ya nos ocuparemos del grado en que la filosofía de entonces disolvió los mitos. Pero los
paganos prestaban las mejores armas a la polémica cristiana con su representación dramática de
algunos mitos, que con frecuencia eran los más chocantes.
Pues había un dominio que pertenecía a la mitología y donde ella reinó hasta los últimos
tiempos: el del arte y el de la poesía. Homero, Fidias y los trágicos ayudaron a crear los dioses y los
héroes, y en la piedra, los colores, las máscaras, en la letra y en la música, pervivía lo que había ya
desaparecido de la fe. Pero con una vida cada vez más fantasmal. Nos ocuparemos todavía de la
suerte que le cupo a las artes plásticas y de las causas de su decadencia; pero ya podemos indicar
que, lejos de servir de refuerzo a la vieja mitología, se pusieron al servicio de la filosofía
mitificadora y hasta de los cultos extranjeros. El drama, en su mayor parte, si no por completo,
había sido desplazado por el mimo y por la pantomima, con música y danza, 277 con lo que toda
relación religiosa, que en otros tiempos pudo convertir en un acto de culto al viejo drama ático, se
fue disipando. La descripción del magnífico ballet corintio Paris en el monte Ida en el libro décimo
de Apuleyo, nos revela cómo en tiempo de los Antoninos el teatro, aun en la misma Grecia, no era
más que un placer de los ojos. En este caso podemos figurarnos que se hace alusión a una obra
artística noblemente estilizada, mientras que en las regiones latinas del Imperio y, sobre todo, en las
romanizadas a medias por las colonias militares, las representaciones debieron de desembocar en la
mayor grosería, si es que los teatros se ocuparon, en general, de alguna representación dramática y
no se dieron por contentos con luchas de gladiadores, de fieras y cosas parecidas. Salió a primer
plano el aspecto escabroso de la mitología; 278 se exhibieron, con la mayor algazara, todos los
adulterios de Júpiter, también cuando, a estos efectos, se metamorfosea en animal, y todos los
escándalos de Venus; hasta en los mimos corrientes se intercalaban figuras divinas, seguramente del
mismo género. Un público aristofanesco podía aguantar ese espectáculo sin menoscabo de su
creencia en los dioses, pero en una época enferma ello representaba el golpe de gracia para la vieja
religión.
Pasemos de esta esfera, en la que mandan el maestro de música y el escenificador, a la poesía
artística, en la medida en que podemos seguirla en lo poco que se nos conserva de fines del siglo
tercero, y veremos que muestra a veces un gran talento en el tratamiento de asuntos mitológicos que
encontrarán su representante más brillante, cien años más tarde, en Claudiano; pero ni rastro
encontramos ya de una convicción íntima. Así, por ejemplo, el poema de un cierto Reposiano, 279
que parece floreció hacia el año 300, describe el encuentro de Marte y de Venus con la misma
intención que hemos de suponer imperaba en las pantomimas: bonitas imágenes sensuales, para lo
que no importa una ordinariez más o menos. Venus, que espera al dios de la guerra, se entretiene
danzando y el poeta describe sus actitudes con un sentido muy refinado de la coquetería de su
tiempo; cuando Marte aparece invoca para que lo desvistan a Cupido, las Gracias y las muchachas
de Biblos. Pero ¡qué Marte!, tan rematadamente cansado como divertida está la diosa. Se deja caer
con la pesadez del plomo sobre el lecho de rosas y en la descripción de su sueño el lector no puede
reprimir la carcajada. Cuando, por ejemplo, Rubens se ocupa a su manera del mito antiguo,
podemos congraciarnos con él por la impresión de una energía poderosa, aunque equivocada; pero
ahora nos encontramos en el último escalón del rebajamiento de la vieja leyenda divina, sin otra
compensación que la de los bonitos versos. Un satírico cristiano no hubiese podido comenzar en
forma más apropiada y estaríamos dispuestos a una explicación de este tipo si no apareciera,
entretanto, la linda figura de Cupido, que inspecciona con curiosidad las armas de Marte, las
restriega con flores y se esconde tras el escudo cuando entra Vulcano con su pata coja.
277 Probablemente también con canciones.—Luciano, De saltatione, passim.—Meyer, Anthologia lat. ep. 954.
278 Cf. entre otros Arnobio, Adv. Gentes IV, p. 151 y VII, p. 238.—Firmicus, De errore, p. 10.
279 En Wernsdorf, Poëtae latt. m. IV, par. I.
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Pero también había poetas que ya no podían soportar la mitología como camino demasiado
trillado. “¡Quién no ha cantado ya —exclama Nemesiano— la lamentación de la desesperada Niobe
y de Sémele y...! (siguen treinta hexámetros de títulos de mitos). Todo esto ha ocupado a una
porción de grandes poetas y toda la leyenda del viejo mundo está ya gastada.” 280 El poeta se dirige,
por lo tanto, a los bosques y a los verdes prados, pero no para crear una poesía bucólica sino para
volver a su propio tema, la cría de los perros de caza. Después, cuando ha terminado con esto,
piensa también en los hechos de sus Mecenas, los Césares Carino y Numeriano. Un sentimiento
semejante había procurado hacía tiempo a la poesía didáctica romana aquella su posición ventajosa
frente a la poesía épica; pero no se había expresado todavía esta preferencia con tan secas
palabras.281 Podemos referirnos a un amable poema de contenido mitológico, el Baco de Calpurnio
Sículo (égloga III), porque depende, en forma sorprendente, de obras de arte plástico; nos recuerda
las descripciones de pinturas de Filostrato, al que sobrepasa, con mucho, en estilo. No falta el viejo
Sileno, quien mece en sus brazos al pequeño Baco, le hace reír, le divierte tocando las castañuelas y
se deja estirar bonachonamente de las orejas, del mentón y de los pelos del pecho; luego, el niño
aprende del sátiro la primera lección vinácea, hasta que se embriaga, se embadurna de mosto y
empieza a raptar Ninfas. Esta bacanal en la que el dios da de beber también de su copa a la pantera,
es una de las últimas obras antiguas de viva belleza.282
Después de todo esto habrá que reconocer que la mitología más bien representaba una carga
que un refuerzo para la religión clásica en decadencia. Ya nos ocuparemos después de la
interpretación filosófica con la que se trataba de conservar y justificar los mitos.
Pero esta religión clásica se hallaba adulterada y quebrantada de otra manera, a saber, por su
mezcla con los cultos de las provincias sometidas y del extranjero. Nos hallamos en la época de la
“teocracia” completa (mezcla de dioses).
Se produjo no por la mezcla de razas en el Imperio 283 o por pura arbitrariedad y moda, sino en
virtud del primitivo afán de las religiones politeístas en acercarse unas a otras, en buscar los
parecidos y convertirlos en identidades. En todas las épocas ha surgido de paralelos de este género
la idea arrebatadora de una primitiva religión común, que cada cual se figura a su manera, el
politeísta en forma diferente que el monoteísta. 284 Así, en parte inconscientemente, en parte con
conciencia filosófica, los creyentes de divinidades parecidas se buscaban y se encontraban ante los
mismos altares. Se reconocía con gusto a la Afrodita griega en la Astarté del Asia Menor, en la
Athyr de los egipcios, en la Diosa Celeste de Cartago, y lo mismo ocurrió con toda una serie de
divinidades. Esto es también lo que hay que tener más en cuenta en la época romana última; la
mezcla de dioses es, al mismo tiempo, una fusión; las divinidades extranjeras no sólo se extienden
junto a las aborígenes sino que las van sustituyendo según su afinidad interna.
Como una causa segunda de la teocracia se suele admitir el reconocimiento, por decirlo así
político, que los griegos y los romanos, y el politeísta en general, prestan a los dioses de otras
naciones. Para él son dioses, aunque no sean los suyos. Ningún sistema dogmático riguroso protege
las fronteras de la fe nacional; y aunque las supersticiones patrias se mantengan con rigor frente a
280 Nemes, Cynegeticon. Vs. 47. Omnis et antiqui vulgata est fabula secli. Del año 283.
281 Cf. Juvenal, Sat. I, al comienzo.
282 Sobre la extraña suerte ulterior de la mitología entre los poetas cristianos y su infiltración en el arte cristiano véase:
Piper, Mythologie und Symbolik der christlichen Kunst, vol. I. A partir de Ausonio los dioses se transforman cada
vez más en puros ornamentos y frases o en símbolos abstractos de las relaciones de la vida. Además de Marciano
Capella, es muy típico de esta transformación el Epithalamiun Auspicii et Aëllae, de un cierto Patricio, al que
Wernsdorf coloca en el siglo IV (IV, II) y Meyer (Anthol. lat.) probablemente con mayor razón en el siglo VI. En la
época constantiniana no era posible todavía manejar tan arbitrariamente el mito y, por ejemplo, presentar a Cupido
como hermana de Venus.
283 El cambio de las guarniciones, el comercio y la trata de esclavos habían llevado, por ejemplo, a egipcios y asiáticos
hasta las fronteras alemanas. Tac. Ann. XIV, 42, dice de los esclavos en Roma: nationes in familiis habemus quibus
diversi ritus, externa sacra aut nulla sunt...
284 Un monoteísmo primitivo de todos los pueblos es sostenido, por ejemplo, por Lactancio, Div. Inst. II, I.
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las extranjeras, más bien se siente inclinación que odio. Algunas trasmisiones solemnes de
divinidades de país a país hasta llegan a ser recomendadas por los oráculos y otras premoniciones
sobrenaturales; así ocurrió con la Serapis de Sinope, cuando fue trasladada a Alejandría en los
tiempos de Ptolomeo I285 y así también con la Gran Madre Pesinúntica, cuando fue trasladada a
Roma durante la segunda guerra púnica. Entre los romanos se había convertido en un principio casi
consciente, semipolítico, semirreligioso, el no agraviar a los dioses de las diversas naciones
sometidas sino, por el contrario, mostrarles más bien veneración y hasta acogerlos entre los propios
dioses. La conducta de las provincias en este particular fue muy diversa; las del Asia Menor, por
ejemplo, se acomodaban muy bien a esta práctica romana; el egipcio, por el contrario, se mantuvo
reservado y tradujo a su propio rito y a sus propias formas de arte lo que acogió de los Ptolomeos y
de los romanos, mientras que por su parte el romano le mostró la deferencia de adorar a los dioses
egipcios en una figura también egipcia, por lo menos aproximadamente. Por último, el judío no
quiso tener que ver nada con la religión romana, mientras que los romanos de buen tono observaban
su sábado y los emperadores solían orar en el templo de Moriah. Se estableció, como veremos en
seguida, una mezcla de dioses, unas veces más activa y otras más pasiva.
Una tercera causa del predominio que va adquiriendo el culto extranjero radica en el temor y
la angustia que se apodera de los paganos que se han hecho incrédulos de sus dioses. Ya no se dice,
con el bello sentido de siglos anteriores, “dioses por todas partes”, sino que el reflexivo busca cada
día nuevos símbolos, el insensato cada día nuevos fetiches, tanto mejor acogidos cuanto su origen
parecía más lejano y misterioso. La confusión se multiplicaba todavía por una razón particular. El
politeísmo de los viejos pueblos civilizados persiste, al mismo tiempo, con todas sus etapas de
desarrollo:286 como fetichismo ora ante los aerolitos y los amuletos, como sabeísmo ruega a los
astros y a los elementos, como antropomorfismo a los dioses de la naturaleza, en parte, a los
protectores de la vida, por otra, mientras que la gente culta se ha despojado hace tiempo
interiormente de estas envolturas y oscila entre el panteísmo y el monoteísmo. Y todas estas etapas
de las diversas paganías confluyen en el paganismo greco-romano como éste revierte en ellas. Se
nos da noticia de resultados sorprendentes, no raras veces del género más triste. Nerón había sido
educado en la religión romana; pronto la despreció y se apegó a la diosa siria; también abandonó a
ésta y trató su imagen con escarnio, y ya no creyó más que en un amuleto que le regaló un hombre
del pueblo y al que sacrificaba tres veces al día.287
Este ejemplo, que puede representar a muchos, nos abre una visión del culto de los dioses en
general. No se acercaban a ellos como a los viejos dioses olímpicos; arrancados de su contorno
nacional, sin conexión con la vida romana, con el régimen estatal y con el clima, no podían aparecer
a los romanos más que como potencias inquietantes, demoníacas, a las que no podía uno acercarse
más que por vía de misterio y de prácticas mágicas, y acaso también con gran dispendio. No sin
razón Luciano, en su Júpiter como trágico (cap. 8), al jerarquizar a los dioses concede los primeros
lugares a los extranjeros, fijándose en el material de sus imágenes; la superstición más medrosa se
apoyaba de preferencia en los metales más preciosos. “Los dioses griegos, como ves, son graciosos,
bellos de aspecto y fabricados artísticamente, pero no pasan de ser de piedra y, todo lo más, de
marfil y un poco dorados; por el contrario, Bendis, Anubis, Attis, Mitra y Men son de oro macizo,
pesados y muy caros.” Pero este género de culto desmoralizaba también la relación con los viejos
dioses nacionales.
Examinemos, en primer lugar, la mezcla activa de dioses (vista desde el punto de vista
romano), en la que los romanos más donaban que recibían.
Resulta obvio que esta situación se dio principalmente entre aquellos pueblos que Roma había
acogido en un estado semibárbaro y entre los que, junto a su religión, podía hacer valer el romano
285 El hecho de que anteriormente Serapis fuera adorado en Egipto no entra aquí en consideración.
286 Pueden proceder en parte de muy antiguas mezclas de pueblos.
287 Sueton. Nero, cap. 56.
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su cultura superior, por ejemplo, entre los galos, los hispanos y los britanos. Por desgracia, sólo
conocemos relativamente el estado religioso de las Galias, pero casi nada más que a través de
inscripciones votivas288 y de estatuas.
Los romanos últimos, en su superstición verdaderamente universal, practicaron en las Galias,
lo mismo que en otros lugares, el culto local mientras se mantuvo vivo; no sólo interrogaban a los
druidas por el porvenir, como indicamos antes, sino que participaron también en las consagraciones.
Así, el emperador Pescenio Niger celebró en las Galias un misterio al cual únicamente podían ser
invitados los castos.289 Pero no se llevó ningún dios galo a Italia, 290 al África o a Grecia. (Pues si,
por ejemplo, encontramos al dios solar celta, Beleno, en Aquilea, otras divinidades celtas en
Salzburgo y Estiria, a Apolo Grano en Lauingen de Suabia, etc., no se trata de trasmisiones de la
época de la teocracia sino de que la primitiva población celta de estas comarcas rinde un último
testimonio de su existencia antes de que los germanos, eslavos y ávaros trasmonten los Alpes.) En
las mismas Galias se esforzaron en cubrir la religión popular con un ropaje romano. No sólo los
dioses adoptan nombres romanos sino también la forma artística del antropomorfismo clásico. Tarán
tiene que llamarse Júpiter y ser modelado como tal, Teutates como Mercurio, Heso o Camulo como
Marte. Otras divinidades conservan, por lo menos, sus viejos nombres, exclusivamente o junto con
los romanos: Beleno o Apolo Beleno; con frecuencia también Apolo Grano, Marte Camulo,
Minerva Belisana, etc. Además, a los dioses romanizados se les juntan apelativos especiales, a veces
de origen local, a veces explicables sólo por presunción o de ninguna manera: Diana Abnoba
(designación de la Selva Negra); Diana Ardorinna (acaso las Ardenas); Marte Vincio (Vence, en el
mediodía de Francia); Hércules Magusano y Saxano (especialmente en los Países Bajos); Marte
Lacabo (en Nimes); Apolo Toutiorix (de Wiesbaden); o se empareja al dios romanizado una
divinidad no romanizada, acaso afín, así, a Apolo el Veringodumno (en Amiens), la Sirona (en
Burdeos y en el sur de Alemania), que habrá que considerar como una Diana o Minerva (como
ocurre con Belisana).
Pero la romanización no llega más allá; toda una serie de divinidades conservan sus nombres
celtas pero precedidos de Deus, Sanctus y hasta de Augustus, que en este caso no guarda ninguna
relación con el título imperial. De pronto uno se inclina a considerar a todos estos dioses como
dioses locales, y muchos lo son, sin duda, como el Vosego de Bergzabern, el Nemauso de Nimes, la
Aventia de Aventicum, el Vesoncio de Besancon, el Luxovio de Luxeuil, la Celeia de Cilly; pero
otros no llevan ninguna indicación semejante, por ejemplo, el Abellio de Convennes, la Acionna de
Orleans, el Agho de Bagneres, el Bemilucio de París, la Hariasa de Colonia, el Intarabo de Tréveris;
y algunos se nos presentan en localidades muy distantes, como Taranuco en Heilbronn y en
Dalmacia, la diosa marina Nehalennia en Francia y en los Países Bajos. Con qué gusto se romaniza
a las deidades cuando ello es hacedero, nos lo muestran esas designaciones latino-genéricas de las
numerosas divinidades colectivas: Madres, Matronas, Campestres (espíritus del agro) Silvanos
(espíritus del bosque) Bivias, Trivias, Cuadrivias (dioses de las encrucijadas) Proxumes y Vicanes
(genios de la vecindad), etc. Las Sulevias y Comedovas, que pertenecen al mismo género, se
debieron resistir a la traducción. El genio de la localidad, el genio de la comarca, no representan en
rigor más que modos romanos de adoración y sólo presuntamente célticos. Pero el dios más
poderoso, hasta muy entrado el siglo IV, sigue siendo Teutates-Mercurio, que todavía prestó la
mayor resistencia a San Martín de Tours, mientras que Júpiter se le presenta al santo como brutus
atque heves, como tonto y estúpido.291
288 Encontramos una selección en Orelli, Inscr. lat. sel. I, cap. IV, § § 36, 37.
289 Hist. Aug. Pescenius, c. 6. 29.
290 Las inscripciones de dioses galos que aparecen dispersas en las colecciones romanas pueden haber sido trasladadas
a Roma o erigidas en ella por galos, que vivían allí. Cf. Orelli, I, cap. N. 1960, 1978, 2001 y 2006. El hecho de que
Caracalla, según Dio, LXXVII, 15, adorara a Apolo Granno, tendría sus causas especiales en el encantamiento de
que le habrían hecho víctima unos supuestos celtas (en realidad alamanes).
291 Sulpic. Sever., Dial. II, al final.
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La repercusión de estas religiones occidentales sobre Roma fue, como dijimos, muy parca o
acaso nula.
Algo muy diferente ocurrió con los viejos pueblos civilizados del Oriente, persas, egipcios,
Asia Menor y semitas. A los últimos les sirvió mucho la expansión geográfica de sus
establecimientos; porque el romano no empezaba a conocer sus cultos en Siria; desde hacía muchos
siglos los fenicios y los cartagineses habían extendido por todo el Mediterráneo y hasta más allá de
las columnas de Hércules la religión semita; con la incorporación gradual de España, África y las
Islas, Roma acogió toda una masa de dominios púnicos y de culto púnico. Se había odiado a
Cartago pero no a sus dioses. Por el contrario, el dualismo persa, precisamente en su ulterior
restauración ortodoxa debida a los Sasánidas, se resistió a toda mezcla y componenda con el círculo
de divinidades greco-romanas, lo mismo que el monoteísmo judío; pero contó con una
metamorfosis del parsismo más vieja, degenerada, y de ésta tomó Roma el culto de Mitra.
El cercano Oriente, desde el Eufrates hasta el Mediterráneo, el archipiélago y el Ponto, con
los que se suele comenzar, no son en modo alguno de una misma estirpe pero sus religiones se
hallan desde los tiempos más primitivos tan entremezcladas que nosotros tenemos que considerarlas
en esta época tardía como una sola; la averiguación de los orígenes no corresponde a este lugar y,
además, nos llevaría demasiado lejos. Ya mucho antes de las victorias romanas sobre Antíoco el
Grande había tenido lugar otra mezcla de dioses, la del culto del Asia Menor con el culto helénico,
que ocurre después que se heleniza el Asia Menor y se incrementa en la época de los sucesores de
Alejandro; a esta mezcla acompañó la de la educación y la lengua de griegos y orientales. Las
magníficas ciudades griegas, que brotan en cantidad increíble en las tierras de los Diadocos,
conservan con su idioma, su régimen político y sus costumbres helénicas las deidades griegas; pero
en el campo, a cierta distancia del mar, se conserva con mayor o menor tenacidad la lengua
vernácula y cuando se produce el cansancio interno de los elementos civilizadores griegos cobra
nuevas fuerzas. En Palestina, claro que bajo la protección de una religión y un estilo de vida
altamente exclusivistas, se mantiene lo arameo a pesar de los más terribles avatares históricos; en
Siria, en cuanto se trata de efectividad popular y no ya de clásica elegancia, se recurre al idioma del
país, como sucede en el siglo I con el gnóstico Bardesane, en el rv con San Efrén y como lo muestra
suficientemente la traducción de la Biblia al siríaco. No conocemos muchos detalles de cómo
pasaron las cosas en el Asia Menor en lo que respecta al lenguaje. 292 Pero con el lenguaje popular se
conservaron también los dioses populares.
La base de estas religiones293 es, en conjunto, el culto de los astros, pero adulterado hasta lo
incognoscible por una idolatría que se debe en parte a ingredientes extraños y, en parte, corresponde
a un necesario desarrollo interior. Unos sacrificios muy circunstanciados trataban de aplacar a los
dioses inmolándoles principalmente vidas animales, comprendiendo también, en forma regular o
extraordinaria, sacrificios humanos. Estos últimos se mantuvieron con extraordinaria tenacidad en
las regiones de cultura fenicia y sobrevivieron mucho tiempo a la caída y a la reconstrucción de
Cartago, de suerte que el mismo Tiberio tuvo que intervenir apelando a los más duros castigos. 294 La
pareja divina suprema, Baal y Astarté (el sol y la luna, la estrella matutina y la vespertina) persistía
en la época romana en numerosos templos bajo los nombres y personificaciones más diversos,
como Señor y Señora de la vida toda. Conocemos, por el Antiguo Testamento, a Baal-Sebub, Baal-
Peor, Baal-Berith, etc., cuyos nombres se habrían olvidado hacía tiempo. Parece que en Palmira se
desdobló Baal en dos divinidades, para el sol y para la luna, como Aglibo y Malachbel, que
aparecen representados295 en un relieve muy posterior del museo capitolino con el nombre greco-
romano del donante: Lucio Aurelio Heliodoro, hijo de Antíoco Adriano. En el grandioso templo de
292 Cf. la importante indicación de los Hechos de los Apóstoles, 14, vers. 5, 11 y ss., por cierto sobre una ciudad muy
del interior.
293 Cf. C. Schwenck, Die Mythologie der Semiten.
294 Tertulian., Apolog. 9.
295 Si no es que, a pesar de la media luna, se trata sólo de los sacerdotes y no de las divinidades.
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Emesa se guardaba la “piedra negra”, un aerolito que pasaba por imagen del dios solar
Heliogábalo296 y que fue venerado como tal en una gran extensión. Su sacerdote se paseaba con una
larga túnica de púrpura recamada de oro y una diadema de piedras preciosas. En el templo de
Hierápolis tenemos, junto a la famosa diosa siria (de la que se hablará más tarde), la estatua de oro
de Baal, representado, como Zeus, sobre un carro tirado por toros.
En Heliópolis (Baalbek) se veneró a Baal en una personificación semirromana muy tardía. Su
estatua de oro no sólo llevaba el látigo del dios solar romano sino también el rayo de Júpiter.
Antonino Pío había edificado el nuevo templo sobre los cimientos colosales de un templo antiguo, y
ese nuevo templo justifica todavía con sus ruinas el título que entonces se le otorgó de “maravilla
del mundo”.297 El nombre de Zeus, al que Antonino dedicó el santuario, no debe despistarnos, según
lo que llevamos dicho, pues el viejo nombre local nos refiere a Baal y el griego a Helios. Este
templo, lo mismo que el de Emesa, era muy famoso por su oráculo, que se podía consultar también
por carta, circunstancia que no es rara en los oráculos asiáticos. Podemos pasar por alto algunos
vestigios más dudosos y menos importantes del culto de Baal en tiempo de los emperadores; nos
basta con saber que este culto, más o menos transformado, representaba todavía una de las
devociones principales del cercano Oriente, que a él estaban dedicados algunos de los templos más
importantes y probablemente otros muchos de los que no tenemos noticia. Acaso el dios Carmelo,
que poseía altar sobre la montaña del mismo nombre y pronunciaba oráculos, fuera también una
transformación de Baal.298 En las avanzadas de este culto hacia el sur tenemos a Marnas, el dios de
Gaza, si realmente se trata de una forma del gran dios. Fue él quien llegó a desesperar 299 a los
misioneros y eremitas cristianos de aquella región durante todo el siglo IV y quien convertía a la
región de Gaza en un reducto casi indestructible del paganismo. Tropezaremos con él como
enemigo personal de San Hilarión.
Este viejo dios semita penetró ciertamente en más de una forma en la religión romana.
Romanos que vivían o habían vivido en el Oriente le venerarían como Zeus, como Júpiter, pero la
adoración del dios solar, que tanto prevalecerá posteriormente, se ha debido repartir esencialmente
entre Baal y Mitra, mientras que se pensaba poco en el viejo Sol-Helios. Heliogábalo conoció por
unos cuantos años un lugar solemne en el panteón de los dioses romanos, gracias al insensato
adolescente que tomó el nombre del dios al subir al trono del mundo, y cuyo sacerdote había sido y
seguía siendo. Cuando este Antonino Basiano llevó a Roma (entre 218 y 222) la “piedra negra” de
Emesa se podía decir que la teocracia se acercaba a su culminación. El nuevo dios recibió un gran
templo y sacrificios colosales y pronto hasta una esposa. El emperador hizo traer la imagen y los
tesoros de la Diosa Celeste del templo de Cartago y la casó con Heliogábalo, a lo cual nada le
autorizaba mitológicamente. Roma e Italia tuvieron que celebrar estos desposorios jubilosamente.
También llevó al templo del nuevo dios, el Paladio, el fuego de Vesta y otros sacra romanos.
Después del asesinato del imperial sacerdote, la piedra debió de ser devuelta a Siria, probablemente
a causa de los espantosos recuerdos vinculados a ella.300
Pero en forma mucho más poderosa que el culto a Baal está representado en el Imperio
romano el culto de la gran diosa de los muchos nombres. En relación con el dios solar es la Luna,
pero en un sentido más amplio la Madre de toda vida, la Naturaleza; desde remotos tiempos el
cercano Oriente la ha celebrado con salvajes orgías, como correspondía a una divinidad despojada
de todos los atributos morales; gritos de júbilo y lamentaciones, danzas frenéticas y fúnebres sones
de flauta, prostitución de las mujeres y mutilación de los hombres, han sido siempre el cortejo de
296 No comparto las objeciones de Schwenck (p. 197) contra la cualidad solar de Heliogábalo.—Heliodoro se llama al
final de su Aethiopica un emesenio y τῶν ἀφ’ ‘Ηλιου γένος, de la estirpe de los hijos del Sol.
297 Malalas, XI, p. 119.—Cf. Macrob., Sat. I, 23. El culto procedería de Egipto.—El mayor de los templos se considera
hoy como templo de Baal, y el más pequeño como templo de Júpiter.
298 I Reyes 18, vers. 19. Tacit., Hist. II, 78.
299 Hieronym., Vita S. Hilarionis. 14, 20. Sozom. V, 9, 10; VII, 15.
300 Las fuentes conocidas: Herodiano, Dion Casio y la Hist. Aug.
86
este culto de la vida natural sensual; un mito no muy amplio, pero acuñado muy diversamente según
países y tiempos, se ha enroscado a estas fiestas y todavía muy tarde ha dado motivo a los romanos
para sorprendentes misterios.
Prescindimos de momento de la Isis egipcia, que no es más que una forma secundaria de esta
Gran Diosa, y perseguimos los vestigios de ésta en las figuras suyas señalables todavía en el siglo
tercero.
El Antiguo Testamento la conocía y la condenaba como Astharoth, y había todavía en Fenicia
templos dedicados a Astarté. Luciano conocía uno en Sidón. Nos habla de él, de pasada, en su
famoso libro sobre la diosa siria, que nos interesa primordialmente como fuente de hechos pero no
menos porque revela tan claramente la actitud de un sirio frívolo, helenizado, con respecto al culto
de su patria. Jamás se llevó la burla a tales extremos como en este caso en que se nos presenta e
imita ingenuamente el estilo y el dialecto jonio del venerable Herodoto para impresionarnos con
toda la gloriosa ridiculez de aquella idolatría. Y también nos enteramos de las imágenes que
rodeaban y dominaban la juventud del satírico, hasta que rompió con todos los cultos y religiones.
Un ateniense no hubiera sido capaz de escribir este libro.
Desde Fenicia se propaga ese mismo culto, bajo el nombre de la Diosa Celeste, más allá del
mar Mediterráneo, y se mezcla con el culto clásico; los griegos la reconocen como Afrodita Urania,
los romanos como Venus Celeste, y estos nombres prosperan también más tarde en los propios
países semitas. No se pensaba en Afrodita como diosa del amor y de la sensualidad sino como
Genitriz.301 La isla de Chipre, donde confluían la cultura griega y la semítica, se hallaba dedicada
preferentemente a esta diosa, y Pafos y Amatunte, literalmente a su culto. También la isla de Citerea
y el santuario de la montaña Eryx en Sicilia, estaban dedicados a Urania; en Cartago fue la
divinidad principal en su transformación posterior, y acaso en el mismo nombre de la ciudad de
Gades, Gadeira (Cádiz), apunte la localidad de un viejo templo de Urania. Estos templos se hallaban
instalados en forma muy diferente que los de los griegos; en un alto nicho 302 sin cubrir y a cielo
abierto estaba colocado el ídolo, a menudo no otra cosa que una piedra de forma cónica; celdas,
almacenes y patios, donde revoloteaban bandadas de palomas, rodeaban el santuario; también
encontramos columnas solitarias que nos hacen recordar los pilares de Jachin y Booz delante del
templo de Jerusalén.
Una transformación del nombre Astarté es el de Atargatis, la diosa con figura humana de
medio cuerpo para arriba y figura de pez de medio cuerpo para abajo. También poseyó, sin duda, un
templo que fue famoso, en Ascalón, en las proximidades del viejo dios pisciforme Filisteo Dagón y
en alguna otra parte. Con una forma posterior, helenizada, reinaba en el famoso templo de
Hierápolis, en el norte de Siria, templo que describe Luciano y parece que se conservó intacto hasta
el siglo cuarto. Detrás, en un espacio elevado, 303 que sólo los sacerdotes podían pisar, se veía, junto
al Baal-Zeus ya citado, la estatua de oro de la diosa sobre un carro tirado por leones. 304 Sus atributos
habían sido recogidos de las diosas griegas más diversas; en las manos el cetro y el uso, en el talle
el cinturón de Urania, en la cabeza rayos y una corona mural; junto a una piedra que, durante la
noche, iluminaba todo el espacio del templo.305 Además, estaban alojadas en el templo otras
divinidades griegas o helenizadas; así, un Apolo barbado y vestido, que se movía cuando se
solicitaba de él un oráculo; los sacerdotes, en ese caso, lo llevaban en andas por el camino que él les
guiaba; hacia adelante valía como sí, hacia atrás como no a las preguntas planteadas; parece que
sudaban copiosamente en esa faena. También había dentro un Atlas, un Hermes, una Ilitia y, fuera,
301 Sobre si Afrodita, en general, e incluso por su nombre, era de origen semita, cf. Schwenck, ob. cit., p. 210.
302 Un Sacellum de esta clase, como objeto usual en una de las pinturas pompeyanas Antichità di Ercol. III, 52. El
templo de Pafos se figura a menudo en las monedas de los emperadores romanos.
303 En el pequeño templo de Baalbek podemos encontrar todavía un tal coro o Thalamos.
304 Probablemente se encontraba sentada encima de los leones mismos, la expresión es poco clara.
305 Con el Semeion, que se encontraría en medio de los dos dioses, Luciano sigue bromeando (ob. cit., cap. 33), como
en otros muchos detalles cuyo sentido irónico salta a la vista.
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junto al gran altar que solía estar ante el pórtico, se solía ver toda una serie de estatuas de bronce,
reyes y sacerdotes desde los tiempos más antiguos hasta la época de los Seléucidas, y también en las
proximidades toda una serie de figuras de la leyenda homérica.
Pero lo más admirable no eran las estatuas sino el culto mismo, de cuyo bárbaro carácter
multitudinario podemos hacernos en esta ocasión una idea completa. En el gran patio del templo se
paseaban libremente toros y caballos sagrados, leones y osos domesticados; había un estanque lleno
de peces sagrados y en su centro un altar, al que se dirigían diariamente los devotos en
cumplimiento de sus promesas, nadando hasta coronarlo. En torno al templo vivía toda una
muchedumbre de flautistas, sacerdotes eunucos (galli) y mujeres en frenesí que pasaban el tiempo
con pomposas y alborotadas procesiones, con sacrificios y con toda clase de excesos. Las fiestas de
primavera, a las que concurría una enorme peregrinación de toda la Siria, parecían estar
consagradas por completo a la locura. En esta ocasión, no sólo se incendiaba medio bosque con
ofrendas de toda clase (animales, vestidos, objetos de valor) sino que parece que se reclutaba
también a los galli306 mientras el frenético tumulto hacía presa en muchos desdichados que se
consagraban a la diosa emasculándose. Este templo era uno de los más venerados del cercano
Oriente y a su tesoro habían contribuido Capadocia, Asiria, Cilicia y Fenicia. Situado en un altozano
y asentado sobre terrazas amuralladas con poderosos propileos, dominaba a toda la ciudad con sus
vistosas columnas jónicas. Y, cosa sorprendente, en el ámbito de este templo, donde pasan cosas tan
extravagantes, encontramos también el modelo de los futuros santos estilitas; de los propileos
emergían dos enormes símbolos de piedra307 (representaciones plásticas de la fuerza genésica)
parecidos a los que se veían por las regiones del Asia Menor donde se practicaba un culto
semejante, y sobre ellos montaba todos los años un hombre para orar durante siete días seguidos
con sus noches; quien deseara su patrocinio, depositaba una dádiva adecuada al pie de la columna.
¿Cabía acaso mejor procedimiento de purificación de estos monumentos de un culto abominable
que el que tuvo lugar en los días cristianos cuando un santo penitente se encaramaba en ellos para
servir a Dios, a su manera, no durante semanas sino durante años?308
Un culto especialmente abominable de esta diosa, que vuelve a ser designada como Afrodita,
lo encontramos en el solitario templo de Afaca en el Líbano. La prostitución y la procacidad de los
mutilados abandonaban todo freno; sin embargo, año tras año llegaban los devotos y arrojaban los
objetos más valiosos a la laguna de las proximidades y se sentaban a esperar el milagro, es decir, la
bola de fuego que aparecía en la cúspide de la montaña y descendía hasta el agua. Se creía que era
la misma Urania.309
Junto a esta Madre de la vida, tan multiforme, se presenta, también en las formas más
diferentes, una personificación de lo producido por ella, de lo que florece en primavera y muere en
invierno. Ora se trata de su hijo, de su hija, ora de su esposo y, más que nada, de su amante. Al
júbilo salvaje de la fiesta primaveral sigue más tarde el duelo y la lamentación por el ido, y al
mismo tiempo se celebra el dolor de la Gran Diosa. Así como en Egipto se lleva duelo por Isis y por
el asesinado Osiris, en Fenicia el duelo es por la Afrodita Celeste a causa de Adonis, el Señor, que
en la isla de Chipre será completamente popular y también penetrará mucho en el culto griego, a tal
punto que en Roma será recibido como un dios griego. Pero fue en Alejandría donde se celebró este
culto con mayor pompa y donde sobrevivió en un siglo a la introducción del cristianismo, aunque
difícilmente en la forma espléndida que nos describe Teócrito, bajo los primeros Ptolomeos, en sus
306 Ob. cit., pp. 49 y 50 donde Luciano quiere enlazar los dos fenómenos. La mayoría de los castrados, sin embargo,
parecen haber sido esclavos, que llegaron al templo regalados por sus dueños. Cf. Strabo, XI, final.
307 Los φαλλοὶ τριηκοσίων οργυιέων, ob. cit., p. 28, se basan en una exageración intencionada de Luciano o en una
falsa interpretación de la palabra τριάκοντα. Se puede uno imaginar el tamaño enorme de las columnas caso de
admitir un orgyje de 5 ½ pies.
308 No se toma en cuenta que los bizantinos representan más tarde a San Efrén encima de una verdadera columna o
pilar.
309 Euseb., Vita Const. III, 55. Zosim. I, 58. Sozom. II, 5.
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Adoniadas (idilio XV.) La fiesta terminaba con una procesión de mujeres que bordeaba la costa y
sumergía en el mar la imagen de Adonis. También en Antioquía fueron las celebraciones de Adonis
una de las fiestas paganas más pertinaces.310
Si este dios podía pasar por un greco-romano gracias a su posición excepcional en el círculo
clásico de los dioses, no ocurría lo mismo con otra figura suya, propia especialmente del Asia
Menor. En Frigia y países vecinos conocemos a la Gran Diosa como Cibeles, como Magna Mater,
como Acdestis, como Dindymene, como Berecintia, como Pesinuntis, etc., y, junto a ella, su amante
Atys o Attis,311 y se lamenta su mutilación y su muerte. El viejo templo de Pesinunte con sus
sacerdotes príncipes y sus grandes ingresos, había enviado hacía tiempo su ídolo y su culto a Roma
y, todavía antes,312 también los griegos habían adoptado a la diosa bajo diferentes nombres, en tal
forma que ya se estaba acostumbrado a su imagen con la corona mural y el carro tirado por leones,
y en Roma se acogió a los emasculados sacerdotes frigios. Pero en un principio se tuvo cuidado de
que este enjambre de eunucos, flautistas, trompeteros, cimbalistas, etc., no se aumentara con la
población de Roma; y si en lo sucesivo no se les permitió, como antes, el limosneo, también pudo
servir esto para mantener a este culto apartado de la auténtica vida romana. Había sido acogido por
recomendación de los libros sibilinos y del oráculo de Delfos; ni la Roma republicana ni durante
mucho tiempo la imperial estuvieron dispuestas a extenderlo libremente por las provincias. Juvenal
encuentra en una posada de mala nota a estos eunucos, bien borrachos y confundidos con
marineros, ladrones, esclavos fugitivos y asesinos; junto a ellos está el tamboril. Pero al socaire de
la mendicidad, los sacerdotes de la Gran Madre, de la Madre de los dioses, se cuelan con sus gorros
frigios en las casas de los ricos y explotan la superstición de las mujeres que, a cambio de regalos de
huevos y de vestidos usados, reciben consejos contra la fiebre otoñal. 313 No había más que un paso
desde esta presencia de los galli en el boudoir de las damas distinguidas a su acogida en la vida
familiar y en el trato personal.
Las supersticiones se extendían con tanta mayor celeridad cuanto más estrambóticas eran.
Pronto encontramos inscripciones de sacerdotes de la Gran Madre, archigallos y archisacerdotisas
de nombre romano; los santuarios de su culto comenzaron a extenderse por toda Italia y por las
Galias. Se forman sacerdocios ambulantes que, como un desecho de la sociedad, viajan por
enjambres de lugar en lugar y en nombre de la pequeña imagen que llevan sobre un asno practican
la pedigüeñería más desvergonzada. Vestidos femenilmente y empolvados, cantan y danzan
acompañados del tamboril y de la flauta, se disciplinan y hieren 314 para asegurarse la impunidad de
sus robos y excesos sin nombre. Así son descritos estos sacerdotes mendicantes en tiempos de los
Antoninos por Luciano y Apuleyo. Por lo menos en Roma, este culto de la Gran Diosa ha debido de
ofrecer más tarde un aspecto más honorable, detenida la castración, ya que no podríamos
explicarnos de otra manera la participación de muchas gentes distinguidas que se nos confiesa
públicamente en los monumentos. Más tarde hablaremos de los misterios propiamente dichos que, a
partir por lo menos del siglo tercero, se juntaron a esta diosa.
La gran fiesta del mes de abril solía escandalizar especialmente a los escritores cristianos 315,
por sus prácticas simbólicas, que ya no se comprendían. Comenzaba con una vigilia nocturna; se
derribaba un pino en el bosque —el árbol aquel bajo cuya sombra se había mutilado Atys— y era
llevado en procesión al templo de la diosa que, en Roma, se hallaba en el monte Palatino. Más tarde
310 Ammian. Marc. XXII, 9. La penetración de la adoración de Adonis en el Occidente, Firmicus, De errore etc., p. 14.
311 Cf. Zoega, Bassirilievi, XIII, con notas de Welcker.—Una muy antigua modificación de la Gran Madre de la vida
representa, como es sabido, la Artemisa de Éfeso, que es mencionada también más tarde, en ejemplares romanos,
“la naturaleza multiforme y la madre de todas las cosas”.
312 Según la opinión corriente en la época de la gran peste, a comienzos de la guerra del Peloponeso, 430 a. c. El
Metroon de Atenas servía al mismo tiempo de archivo del estado.
313 Juvenal, Sat. VI, 511; cf. con VIII, 172 s.
314 Cf. I Reyes 18, vers. 28.
315 Especialmente Arnob., Adv. gentes, V.—Los pasajes en Zoega, ob. cit.
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se menciona con frecuencia en las inscripciones una dignidad especial, la de los portadores del árbol
(dendroforos); los galli aparecían en esta ocasión con sus desmelenados cabellos y se golpeaban el
pecho como presas de un dolor frenético. En el segundo día se buscaba al perdido Atys con ruido de
trompetas; el tercer día se llama “día de sangre” porque los galli, en honor de la memoria de Atys,
se herían a la sombra del pino adornado con coronas de violetas y una imagen del infortunado
adolescente. Estos tres días son de duelo tétrico y salvaje, como una especie de cuaresma. Al cuarto
día, en las llamadas hilarias, se desata la alegría y en ella participa toda Roma, seguramente porque
se había fundido con esas celebraciones alguna vieja fiesta primaveral; la fiesta de ahora
simbolizaba la acogida de Atys entre los inmortales. El quinto día había una pausa; al sexto, la
imagen de la diosa —una cabeza de piedra negra engastada en una figura de plata— era inmersa,
junto con los adminículos sagrados, en el agua (en Roma en el arroyo Almo), lavada allí y retornada
al templo en una desbordada procesión de descalzos.
Si el Occidente no podía calar mucho en el sentido mitológico primitivo de esta celebración,
eso mismo favorecía la acción conjunta del hábito y de la ocasión del relajo. En lo sucesivo la
ceremonia fue una de aquellas a la que los paganos no querían renunciar fácilmente y, a pesar de ser
distinto el mes, el árbol colocado ante las iglesias, que en Italia se conoce con el nombre de Piantar
il Maggio, puede ser un último eco de la fiesta de la Gran Madre. Otra consecuencia de este culto la
podemos presumir en parte en esa adopción del séquito de eunucos por parte de los romanos y
romanas elegantes. En el siglo IV esta servidumbre de eunucos es algo obvio hasta en piadosas
familias cristianas,316 pero sin duda que no se hubiese impuesto esa costumbre como una mera moda
oriental si no se estuviera acostumbrado ya por el séquito de la diosa pesinúntica al aspecto nada
agradable de aquellos hombres mutilados.
Aludamos brevemente a otra forma de la Gran Diosa: la Anaitis (Enyo) del este del Asia
Menor, con un culto no menos relajado. A ella pertenecía el poderoso dominio sacerdotal de
Comana en Capadocia, con sus numerosos hieródulos de ambos sexos. Se creía reconocerla 317 en la
vieja diosa romana de la guerra, Bellona, cuyos sacerdotes se herían los brazos con furia salvaje
todos los años. Más tarde, en el siglo tercero, hubo bajo este nombre misterios en los que la sangre
de los sacerdotes de Bellona era recogida en un escudo y distribuida entre los iniciandos.318
No debemos pasar por alto, junto a estas dos grandes, una tercera divinidad semita, aunque su
inclusión en la religión greco-romana no pertenece a la época imperial sino que es antiquísima: a
saber, el Melkarte de los fenicios, del que no es más que un aspecto el Heracles griego. Su culto,
aunque ahora bajo nombre romano, se extendió en tiempos por todas las colonias fenicias y
cartaginesas, y uno de los templos más famosos era el de Gades (Cádiz). En Italia y en Grecia
pudieron contentarse con la versión clásica del hijo de Zeus y Alquemene, pero la mezcla de dioses
posterior acogió en su gran panteón expresamente al llamado Hércules Tirio. Le está dedicada una
inscripción de la baja Italia del tiempo de Galieno, poco más o menos como en la época moderna se
repiten en muchos altares los nombres y las copias de imágenes milagrosas muy dispares.
A pesar de todo lo relatado no nos hallamos en situación de esbozar un cuadro
verdaderamente vivo del estado religioso del Asia Menor y de Siria en la época imperial tardía. La
mezcla era en cada caso muy diferente según que se hubiera impuesto o se hubiera refrenado la vida
griega. Todavía producen una impresión turbia aquellos templos magníficos de estilo greco-
316 Hieronym., Vita S. Hilar. 14. Epist. 22. ad. Eustoch., c. 16 y 32.—Domiciano prohibió rigurosamente en toda la
extensión del Imperio cualquier clase de castración (Amiano, XVIII, 4) y el prefecto de la guardia de Septimio
Severo, Plautiano, sólo pudo adquirir un séquito de eunucos para su hija Plautilla en forma violenta. (Dio Cass.
LXXV 14 s.)
317 Schwenck, ob. cit., pp. 271 s.; donde, erróneamente, se traslada la fiesta de Bellona, que era el 3 de junio (Ovid.,
Fasti, VI, 199) al día de la sangre de la Gran Madre y se identifica con ella.
318 En la obra Metam. de Apuleyo, VIII, el sacerdote mendicante invoca cuatro personificaciones diferentes de la Gran
Diosa: Dea Syrie... et Bellona et mater Idaea, cum suo Adone Venus domina...
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romano319 construidos para no importa qué ídolo asiático informe, haciendo así que lo más noble y
bello se pusiera al servicio de lo más odioso, acaso porque los señores de un templo disponían de
bastantes dominios, dineros y limosnas para construir un suntuoso edificio de primer orden. Y la
superstición creciente iba empujando cada vez más a los griegos y romanos del Asia Menor hacia
esos altares de dioses orientales y hasta de divinidades de nuevo cuño; bastaba que el intérprete o el
sacerdote de los mismos tuviera suficiente desparpajo. Luciano nos da a conocer al farsante
Alejandro que con su pequeña divinidad serpentina pudo embaucar en el siglo II a los sencillos
paflagonios de Abonoteicos, primero, pero en seguida a toda el Asia Menor y a los funcionarios
romanos más encopetados.
Por desgracia nos faltan noticias suficientes sobre la persistencia de aquellos señoríos de
templos que Estrabón conoció en tiempos de Augusto en número bastante considerable. 320 Hasta en
lo que respecta a Palmira, no resulta clara la relación que guardaba la aristocracia bélica y mercantil
de la ciudad con el gran templo solar y sus tesoros. ¡Cuántas ruinas mudas esconde este cercano
Oriente de la época romana! Comenzando por la magnífica Petra de Arabia, por la ciudad de las
columnas, Gerasa, al este del Jordán, localidades ambas de las que apenas si se conocía más que el
nombre a través de los autores de la época imperial, y cuya magnificencia han podido describir con
asombro los viajeros.
En la acogida de las divinidades del cercano Oriente se trató, simplemente, de una nueva
superstición y de una ampliación del culto divino; pero con este culto no llegó a Roma ningún
nuevo elemento civilizador. Los dioses egipcios entran en la gran mezcla en forma más imponente.
Les acompañaba la vieja veneración de los griegos por la sabiduría sacerdotal egipcia en la que
creían culminaba la teología, la astronomía, la observación de la naturaleza, la medicina y la
mántica. No se trata de mutilados entregados al paroxismo sino de una casta sacerdotal que en un
tiempo dominó a los faraones y a su pueblo y que había dejado tras sí los más grandes monumentos.
Parece que esta casta se halla ya muy en decadencia en tiempo de los Ptolomeos y los bienes
de los templos contribuyen sin resistencia a soportar las cargas del estado. Había desaparecido el
viejo prejuicio en torno a su recóndita sabiduría desde que en las dunas del delta se levantó la
ciudad de Alejandro, donde sabios griegos y egipcios formados a la griega, establecieron los más
grandes talleres, modernos entonces, para la recopilación, la investigación y el saber críticos. El rey
macedónico, sus funcionarios y soldados no son ya guiados desde el templo, y ya no vale tampoco
la pena de conservar el viejo y grandioso sistema de la sabiduría sacerdotal. Nos cuenta Estrabón,
con ocasión de su visita a Heliópolis, en el bajo Egipto: 321 “Vimos también grandes casas, habitadas
por los sacerdotes, en otros tiempos filósofos y astrónomos; pero la corporación y la tradición han
desaparecido, por lo menos no vimos a ningún presidente de este género sino únicamente
sacrificadores y custodios que explicaban a los extranjeros las maravillas del templo.” Se mostraba,
entre otras cosas, el lugar en que Platón vivió durante trece años sin que lograra sonsacar a los
sacerdotes lo esencial de sus arcanos; pero quien pretendiera ahora dar importancia a estas cosas
provocaría la burla de la gente culta. Pero Egipto recobra por la vertiente de la superstición el
influjo que había perdido por el lado del saber.
En primer lugar, la vieja religión se sostiene muy firmemente en el campo. Acaso se deba esto
a la congénita obstinación de los egipcios, que no tenían mejor manera de proteger su nacionalidad
contra la dominación extranjera, y en parte se deba también a la persistencia del organismo
tradicional. Ningún pueblo del mundo antiguo había hecho depender su vida entera tan
completamente de sus doctrinas y prescripciones sagradas como el egipcio. Las mejores fuerzas de
la nación se han aplicado desde miles de años a magnificar, mediante símbolos, la relación con lo
319 La hermosa obra de Texier, Desc. de l’Asie mineure, ofrece, entre otras cosas, la construcción mejor conservada del
interior, el templo de Aizani.
320 Strabo, XI, 14; XII, 2, 3, 5, 8; XIV, 2, ob. cit.
321 Strabo I, XVII.
91
supraterreno; la construcción de templos, las fiestas, los sacrificios y los enterramientos ocupan un
lugar junto al cual la vida civil, la agricultura y el comercio no podían afirmarse más que
secundariamente. Semejante situación, que no había sido desarraigada o desplazada por algo
esencialmente nuevo, tenía que persistir con la mayor fuerza. La mayoría de los templos se
conservaba intacta; en la época romana se conservaba todavía vivo el recuerdo espantoso de la
destrucción llevada a cabo por Cambises y los persas. Los sacerdotes, que tenían sus palacios junto
a los templos, y dentro de ellos, hicieron sin duda todo lo posible para mantener la pompa de los
oráculos y sacrificios y para celebrar con todo esplendor las procesiones a través de los amplios
patios y avenidas, entre las hileras de esfinges. Si suponemos que la jerarquía se conservó con las
mismas proporciones que muestra en la época de los Ptolomeos, 322 nos hallamos, sencillamente,
ante un verdadero ejército de personas sagradas.
Cierto que se había enervado la fuerza de esta potencia peligrosa; los Ptolomeos habían
identificado al sumo sacerdote de su propia persona divinizada con el sumo sacerdote de todo el
Egipto y le habían fijado su sede en Alejandría: también los romanos supieron arreglárselas, pues,
por lo menos en tiempos de Adriano, el puesto de sumo sacerdote de Alejandría y de Egipto
correspondió a un romano, L. J. Vestino, que era al mismo tiempo director del museo de
Alejandría.323 Pero sin duda que la masa de sacerdotes se componía de egipcios; tenemos al profeta,
que emitía oráculos o realizaba ciertos sacrificios especiales; los hieróstolos, que cuidaban el
guardarropa de las imágenes sagradas; los pteróforos, que llevaban alas en la cabeza; los
hierogranmateos, que en tiempos manejaron toda la santa sabiduría pero que ahora habían
descendido al nivel de intérpretes de sueños; los horóscopos o astrólogos; los pastóforos, que
llevaban en las procesiones las arcas con las imágenes de los dioses; los cantantes; los cuidadores de
los animales para el sacrificio; los selladores de las víctimas; los guardianes de los animales
sagrados; las diferentes categorías de embalsamadores y celadores de las tumbas; finalmente,
numerosos esclavos de los templos de los que, unos, vivían como monjes en clausura voluntaria y
otros caminaban mendigando. En torno al templo de Serapis, es decir, en los alrededores de Menfis,
tenemos ya desde el siglo II antes de Cristo las celdas de aquellos reclusos que esperaban
purificarse por su encierro vitalicio en las cercanías del dios; por lo que se ve, son el modelo
innegable de los reclusi cristianos; recibían la comida por un ventanuco y morían en estos
agujeros.324 Conservada de manera completa o incompleta, toda esta muchedumbre no tenía más
que un interés; mantener en todo vigor las supersticiones egipcias y causar la mayor impresión
posible a los romanos.
Junto a un gran número de dioses de carácter más o menos local las divinidades egipcias
generales, Isis, Osiris, Anubis, poseían sus templos por todas partes. En Alejandría y otras varias
ciudades se añadía Serapis, procedente de Sipone, como dios de los muertos, probablemente
emparentado con Osiris, y su templo pasaba por una de las maravillas de la arquitectura antigua y se
hallaba rodeado de construcciones que, después de la destrucción del Museion en los tiempos de
Aureliano, albergaban los institutos científicos más importantes, entre otros una gran biblioteca.
Vale la pena que escuchemos las manifestaciones de Rufino, 325 aunque de aire tan fabuloso y
confuso, en lo que se refieren a estas construcciones extraordinarias, pues nos podremos dar cuenta
mejor que nunca en qué grados supo acomodarse el helenismo a la mentalidad nacional en esta
patria de todas las supersticiones. El Serapeion, que se erguía sobre una plataforma de más de cien
peldaños, parece haber sido una gigantesca construcción, abovedada, rodeada en sus cuatro
costados por cámaras, escaleras y pasillos secretos y, por arriba, de habitaciones para los sacerdotes
y de aquellas celdas de penitentes; un pórtico cuádruple corría en torno al edificio mismo o acaso en
torno a un patio. No se había escatimado el material más noble, hasta oro y marfil. En el gran
322 Para lo que sigue, véase Boeckh, Corpus inscr. graec. III, fasc. II, introducción.
323 Compárese con Estrabón, XVII, 1.
324 Weingarten; Der Ursprung des Moenchthums, pp. 30 ss., según Brunet de Presle y Letronne.
325 Hist. eccl. II, 23 s.—Ammian. XXII, 16.—Avieni orbis descr. Vs. 374.
92
ámbito central se hallaba la imagen del dios, tan colosal que sus brazos extendidos tocaban con los
muros colaterales;326 al estilo de las estatuas criselefantinas, había sido fabricado revistiendo un
núcleo de madera, seguramente sagrada, con diferentes metales. Las paredes se hallaban revestidas
de metal, y la fantasía alejandrina se imaginaba la existencia de un segundo revestimiento de plata y
un tercero de hojas de oro. Todo este gran ámbito estaba a oscuras y, seguramente, disponía de
iluminación artificial; sólo el día de la fiesta en que se llevaba la imagen del dios solar a visitar a
Serapis se descubría, por un momento, una pequeña abertura hacia el este, de la que descendían los
cálidos rayos de sol sobre los labios de la estatua, y esto se designaba como “beso del Sol”
No se nos describen con más detalles otros artificios ópticos y mecánicos para los que el
templo debió estar dispuesto como un teatro, o acaso se trata de puras fantasías, como esa historia
del imán en el techo, que mantenía, meciéndose en el aire, la imagen del Sol, compuesta de una
delgada lámina de hojalata, cosa que se nos contará también más tarde del sepulcro de Mahoma. El
templo era famoso, además, como todos los templos de Serapis, por la llamada “incubación”; los
enfermos dormían allí o enviaban a otras personas a dormir para que en el sueño 327 inspirado por la
divinidad conocieran la cura apropiada; un método que los griegos empleaban también en su templo
de Asclepios y que dio motivo para identificar casi a los dos dioses. Además, en toda la ciudad las
paredes y las puertas se adornaban con un símbolo del gran dios y por las calles se veía una
infinidad de templos, capillas y estatuas de todas las otras divinidades. 328 Se creía que los artificios
teatrales existían también en otros templos; así, en el templo de un dios que en la fuente romana es
señalado como Saturno,329 su imagen colosal, hueca, estaba apoyada en la pared, de modo que podía
colarse un sacerdote y hablar por su boca abierta; la iluminación del templo se podía apagar
instantáneamente. Muchas de estas cosas no eran un engaño intencionado sino un artificio, admitido
y conocido por todos, para realce de las grandes fiestas simbólicas que tanto abundaban desde
antiguo en Egipto; si en la ocasión el fanatismo de alguno le inducía a creer en el milagro, los
sacerdotes no le habrían de desengañar. Veremos que éstos manejaron la teurgia y la conjuración de
espíritus, pero ellos mismos son víctimas de la superstición o, por lo menos, no están por completo
al margen como unos embaucadores. Porque la superstición se había convertido en el aire que se
respiraba; todavía muy tardíamente, la familia egipcia de dioses acoge nuevas criaturas como, por
ejemplo, Serapis y al horrible Canopo, que era venerado en la ciudad del delta del mismo nombre
como una vasija de cabeza y miembros humanos. En tiempos de Estrabón, Canopo, con sus
posadas, era el lugar preferido por los alejandrinos para sus vacaciones; el canal del Nilo por el que
se navegaba se hallaba animado día y noche de barcas repletas de hombres y mujeres que danzaban
al son de las flautas y se entregaban a todos los excesos. 330 Por entonces existía todavía un templo
de Serapis, el edificio más importante de la ciudad, donde se practicaba también la cura del sueño;
más tarde el santuario de Canopo ocupara el primer rango y en el siglo cuarto se convertirá en una
alta escuela de toda clase de hechicerías.331
En la sección cuarta nos hemos ocupado ya de la persistencia y rivalidad de los diversos
cultos zoolátricos.332 Cada nomo o distrito veneraba su animal particular, la oveja, el lobo, el faisán,
el águila, el león, el macho cabrío, etc. Gozaban de un culto general los dos famosos animales:
Menfis, que, todavía en tiempos de Estrabón, era mantenido en una capilla del templo de
326 O podría haberlos tocado; en el Serapis estilizado como Zeus, unos brazos extendidos hubieran sido demasiado
llamativos.
327 Tacit., Hist. IV, 81.
328 Strabo XVII, 1: la ciudad está llena de lugares sagrados y de templos. Rufin. I c.
329 También Eutychius, Alex. p. 435 ed. Oxon. conoce un templo de Saturno con una gran estatua de bronce; sin
embargo, en este caso, como en el de Rufino, se puede tratar también de Serapis, que muchas veces es identificado
con Saturno.
330 Todavía Amiano XXII, 16, celebra las posadas alegres y el aire dulce. Adriano se hizo construir en su villa de Tibur,
entre otras maravillas del mundo antiguo, un Canopo en miniatura.
331 Rufin. Hist. eccl. II, 26.
332 Las diversas explicaciones resumidas por Plutarco: De Iside et Osiride, 72.
93
Heliópolis, y Apis, en el que sobrevivía el alma de Osiris, en la ciudad de Menfis. No siempre había
un toro negro con una pinta blanca en el testuz y una mancha de forma lunar a un lado; una vez, en
el siglo cuarto, se anduvo buscándolo durante mucho tiempo.333 Cuando se topó con él, fue llevado
hasta Menfis en procesión solemne con la vaca que lo había parido, y allí fue recibido por diez
sacerdotes que lo llevaron al templo que habría de servirle de establo. Aquí y desde el patio
inmediato lo observaban los forasteros, que adivinaban en cada uno de sus movimientos algún
presagio. Ocurrió una vez que no quiso comer de las manos de Germánico, lo que según las gentes
no pronosticaba nada bueno. En Arsinoe había todavía sacerdotes que se las entendían para
domesticar o por lo menos para alimentar al cocodrilo divino allí venerado. Entre los numerosos
seres naturales que recibían adoración divina no podía faltar el más poderoso de todos, al que
Egipto debía su existencia; el Nilo tenía su propio colegio sacerdotal de eunucos, que le dedicaban
ofrendas y sacrificios para que se portara bien con el país. Constantino, que según nos cuenta
Eusebio334 suprimió el colegio, se debió de quedar en el mero intento, pues siguió subsistiendo
mucho después. Lo que pudo hacer se limitaría acaso a trasladar el medidor del Nilo del Serapeum a
una iglesia cristiana.
De los demás sacerdotes egipcios, tal y como existen hasta la época de Trajano, Plutarco nos
describe335 a los sacerdotes de Isis con cierto exceso de veneración e interpreta sus usos y
ceremonias bastante plásticamente. Sus distintivos eran, sobre todo, vestidos de lino blanco y la
cabeza rapada. Vivían con cierta abstinencia y evitaban ciertos manjares para no engordar y por
toda otra clase de motivos simbólicos; evitaban hasta el mar y la sal. Pero su culto, a pesar del duelo
que retorna eternamente, está desprovisto de dignidad; tenemos en su lugar lamentaciones salvajes y
un comportamiento báquico; en unos sitios se precipitaba un asno desde la roca, en otros se pasea
un buey dorado cubierto de una negra gualdrapa; un aparato para producir ruido, el sistro, parecía
destinado a intimidar al malo Tifón (el principio destructor). Muchas cosas hay en este culto que
parecen llevar el sello de ser ociosa invención tardía o pura explotación; se viste a la imagen de Isis
de colores diversos, unas veces oscuros, otras claros, para personificar el día, la noche, el fuego, el
agua, la vida y la muerte; los inciensos son diferentes según las horas del día, por la mañana resina,
para ahuyentar los vapores de la noche, al mediodía mirra, por la noche un producto, kyphi,
compuesto con dieciséis ingredientes durante un rezo continuo, que también se obtenía en forma
potable; se trata de un específico cuyos componentes podrían interpretarse simbólicamente pero
cuyo efecto debió de ser el de un narcótico.
Plutarco, que trata el tema con seriedad, nos da a entender que también había entre los
egipcios gentes para quienes resultaba ya excesiva la superstición y, especialmente, el culto a los
animales. “Mientras los débiles y simples, nos dice, caen en una total superstición, hombres más
osados y obstinados tienen que desembocar en ideas ateas y bárbaras.” Habrá que ver ahora cuánto
de esta religión y con qué sentido se apropió la Roma floreciente y más tarde la decadente.
Prescindiendo de la acogida puramente artística por la cual se llevaron a Roma en los tiempos
de Adriano toda una serie de figuras y de formas decorativas egipcias, apenas si otra cosa que el
círculo de Isis encontró acogida desde siglos en la religión griega y en la romana.
Isis, la tierra y el bendito Egipto mismo, y Osiris, la corriente fertilizadora del Nilo, han sido
considerados ya por los egipcios como símbolos generales de toda vida y preparados así para su
entrada en el culto de otros pueblos. Una interpretación accesoria, que acaso le vino a esta pareja
del lado semitico, la de Luna y Sol, ya en tiempos de Herodoto había perdido importancia; los
griegos se ponen, como si dijéramos, de acuerdo para reconocer en Isis a Démeter y en Osiris a
Dionysos, sin renunciar por ello totalmente a la cualidad de Isis como diosa lunar; y va cobrando
participación en los asuntos de los seres divinos más diversos, 336 como diosa del mundo
subterráneo, de los sueños, del parto y hasta como señora del mar. Cuando después de la conquista
de Alejandro entra el Egipto en el gran horizonte de la vida greco-oriental, el culto de Isis se va
extendiendo todavía por todo el mundo helénico, 337 hasta pasar finalmente a Roma, donde aparece a
partir de Sila, no sin una gran resistencia pública en los primeros cien años. Entre los romanos Isis
se presenta unas veces acompañada de su esposo Osiris, pero con mucha mayor frecuencia por
Serapis, el Osiris del mundo subterráneo; otras de Anubis, el de cabeza de perro (un bastardo de
Osiris que fue identificado con Hermes como mensajero entre los dioses y el mundo subterráneo);
finalmente, de Horus, en griego Harpócrates, que fue dado a luz por Isis después de la muerte de
Osiris.
El significado mitológico primitivo de estos seres no nos bastaría, aun siendo indiscutible,
para dar con el sentido que los romanos ponían en todo esto. Serapis cobra, junto a su significación
de dios de la salud, la de un dios solar, 338 como toda una serie de dioses extranjeros y hasta
autóctonos que desembocaron en esto; pero no por eso pierde el señorío sobre las almas en la vida y
en la muerte. En forma parecida Isis y las otras divinidades se transforman en deidades de salvación
o de la simple salud, sin por eso perder su relación con el mundo subterráneo. En esta etapa es
difícil distinguir a Isis de la diosa subterránea de las tres figuras, Hécate, que reina en el cielo como
Luna, en la tierra como Diana y en el infierno como Proserpina. Entre los poetas elegíacos es, por el
contrario, la temible y a menudo aplacada señora de los negocios de amor. Cuantos más aspectos de
la vida se le van sometiendo, tanto más difícil será reducir su naturaleza, tal como la concibieron los
romanos en los últimos tiempos, a los términos de una definición; pues la encontramos, después de
las metamorfosis más varias, hasta en calidad de Fortuna o de Tyche, 339 para no hablar de la
interpretación puramente filosófica que acabó por descubrir en ella a la gran divinidad universal.
Hacía tiempo que la figura de la diosa se había romanizado y había abandonado los conocidos
atributos capilares egipcios; el ropaje de la sacerdotisa parece haber reemplazado a la de la vieja
diosa; un manto con flecos enlazado a la altura del pecho con la túnica y en la mano el sistro; estos
son los distintivos que encontramos en pinturas y estatuas.
Las armas romanas llevaron el culto de Isis hasta las fronteras del Imperio, a los Países Bajos,
Suiza y, en el sur, Alemania; penetró en la vida privada antes y más profundamente que el culto de
la Gran Diosa semita. Gozó del favor imperial a partir de Vespasiano, que rinde culto expreso en
Alejandría a Serapis; su hijo Domiciano edificó en Roma un Isium y Serapium, siendo así que hasta
entonces las dos divinidades se habían contentado con unos modestos templos dentro de las
murallas. Más tarde hubo en Roma varios santuarios de la diosa de bastante importancia. En el
templo de Isis encontrado en Pompeya, que había sido ya restaurado dieciséis años antes de la
catástrofe, existe una escalera secreta y un ahondamiento detrás del pedestal que soportaba la
imagen, y esto, junto con una edificación pequeña accesoria con subterráneo, nos permite algunas
conjeturas; pero ni el espacio ni las construcciones son apropiadas para grandes y deslumbrantes
fantasmagorías, lo que no ha impedido que la fantasía de arqueólogos y poetas haya montado
grandes pensamientos sobre estas edificaciones de poca importancia. Los sacerdotes de Isis, que en
las grandes ciudades formaban numerosos colegios (como pastoforos, etc.) gozaban todavía en el
siglo primero de bastante mala fama, entre otras cosas como zurcidores de voluntades en cuestiones
de amoríos, que, como vimos, también se colocaron bajo la advocación de Isis y de su templo.
Juvenal340 trata con el mayor desprecio al blanco y rapado enjambre que, con lamentaciones
sacerdotales, penetra en la cámara de la romana distinguida que acababan de abandonar los eunucos
336 Cf. Pauly, Realencyclopedie der klassischen Alter Welt, artículo Isis, de Georgii.
337 Cómo el culto de Isis se fue acercando al templo délfico, según Tithorea, en Pausanias XX, 32.
338 Numerosas inscripciones, entre otras en Orelli I, cap. IV, § 32.
339 Con lo que no está en contradicción en modo alguno la protección que a sus consagrados presta Isis contra la
Fortuna, imaginada como azar (Apul. Metam. XI).
340 Juvenal, Sat. VI, 522.
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de la Gran Diosa siria. Estos últimos se limitaban a mendigar, mientras que los sacerdotes de Isis,
vestidos con el indumento de Anubis, llegaban a amenazar y a imponer penitencias por ciertos
pecados agradables; y aunque mandaran un baño en el Tíber en medio del invierno, encontraban
obediencia, porque la dama tenía una fe ciega y pretendía haber oído en sueños la voz de Isis.
A partir del siglo II, el culto de Isis, junto con el de la Magna Mater, cobra un tono más digno
y probablemente también mayor solemnidad, debido a la participación del emperador y de las clases
altas.341 La diferencia en comparación con las prácticas anteriores fue tan grande, que casi se podría
pensar que fueron Cómodo o Caracalla los que introdujeron este culto en Roma. En las grandes
procesiones se hacen pausas, es decir, estaciones con instalaciones suntuosas. Cómodo mandó
representar en mosaico una de estas procesiones en los pórticos de unos jardines. Él mismo, que se
había hecho sacerdote, solía llevar la imagen de Anubis para aporrear con ella la cabeza de los
inmediatos sacerdotes de Isis. La descripción más detallada de una procesión de Isis, que puede
servir de modelo de esta clase de celebraciones en la época, nos la ofrece Apuleyo en el último libro
de sus Metamorfosis.
La escena transcurre en la relajada Corinto. Se inicia el cortejo con aires de carnaval, con las
máscaras abigarradas de soldados, cazadores, gladiadores, mujeres de vida alegre magníficamente
peinadas, magistrados, filósofos (con capa, bastón, sandalias y barbas de chivo) pajareros y
pescadores; sigue, portado en andas, un oso amaestrado vestido de vieja; luego un mono disfrazado
de Ganímedes, con una gorra y vestido color naranja, llevando en su mano un cáliz de oro, en
seguida, un asno alado remedando a Pegaso y, junto a él, un hombrecito lisiado en calidad de
Belerofonte. Pero ahora es cuando empieza la verdadera pompa; mujeres coronadas y vestidas de
blanco, que asisten a la toilette de Isis, esparcen flores y perfumes y gesticulan con espejos y peines;
sigue toda una muchedumbre de ambos sexos, con antorchas y cirios en honor de las divinidades
astrales; citaristas, flautistas y un albo coro; los flautistas de Serapis, que entonan una melodía
ritual, y los heraldos que abren paso. Llegan luego los iniciados de todas las clases y edades, con
blancas vestiduras de lino, las mujeres con los cabellos untados y con velos transparentes, los
hombres rapados; los sistros que agitan ruidosamente son de plata y de oro, según las posibilidades
de cada cual. Ahora es cuando aparecen los sacerdotes con los símbolos misteriosos de la diosa:
lámparas, altarcitos, palmeras, bastón serpentino, mano abierta y diversas vasijas de forma
particular; otros llevan las imágenes de los dioses, la de Anubis con su cabeza de perro medio negra,
medio dorada, una vaca sobre sus cuatro patas, una cesta mística; por último, el sumo sacerdote que
lleva la urna de oro de asas serpentinas que representa a la diosa apretada contra el pecho. En este
orden marcha la procesión desde la ciudad de Corinto hasta el mar. La “barca de Isis”, pintada con
jeroglíficos, es lanzada a las aguas, frente al santuario instalado en la playa, con muchas ceremonias
y luego de haber sido saturada de perfumes y ofrendas; la inscripción que lleva en las velas, “buena
navegación en el nuevo año” y el dato que conocemos por otra parte del navigium Isidis, que solían
festejar los romanos el cinco de marzo, nos indican que la fiesta celebraba la apertura del mar,
cerrado durante todo el invierno. 342 Pues precisamente en esta condición tardía, no egipcia, de
señora del mar, es venerada Isis en el Mediterráneo, y los corintios, con sus dos visitados golfos,
tenían que sentir debilidad por ella. La procesión torna al templo y, ante la puerta, un sacerdote
pronuncia desde un púlpito una salutación o bendición para el emperador, el senado, los caballeros,
el pueblo romano, la navegación y todo el Imperio; cierra con la fórmula λαοῖς ἄφεσις, que viene a
significar lo mismo que el ite missa est del culto cristiano. En toda esta fiesta se distinguen la
multitud alegre y piadosa y los iniciados en los misterios, de los que nos ocuparemos en la sección
siguiente.
Puede ser verdad lo que en ésta y otras ocasiones parecidas se nos cuenta de inscripciones
sagradas, en parte de tipo jeroglífico, en parte de otro tipo misterioso cualquiera; pero el sacerdote
de Isis, romano, griego o galo, que conservaba estas inscripciones y que acaso podía copiarlas y
leerlas, de seguro que no entendía una palabra. Muy lejos de acarrear del Egipto sacerdotal, cuyo
lado fuerte ya no era la doctrina, ninguna ciencia profunda, Roma acogió, sin gran fidelidad
teológica, a los susodichos dioses, con un sentido arbitrariamente cambiado. Ya lo hemos observado
por lo que respecta a Isis; otro ejemplo muy instructivo es el que nos suministra Harpócrates, cuyo
ademán (con el dedo hacia la boca) significa al amamantado por lsis; en la excelente estatua
capitolina de la época de Adriano encontramos, en lugar del ídolo egipcio, un amorcillo que impone
silencio llevándose el dedo a los labios, en calidad de Deus silentii. Por el contrario, Anubis, aunque
se le identificaba con Hermes, mantuvo su cabeza de perro, que produce una impresión bastante
detonante colocada sobre un cuerpo humano con vestimenta romana.
Encontramos todo un cúmulo de símbolos de este círculo en esas manos de bronce que se
conocen como exvotos de las paridas a su patrona Isis.343 Los dedos, en actitud de jurar, y la palma y
el dorso de la mano se hallan recubiertos de atributos, de adminículos del culto y de diminutos
bustos de Isis, Serapis, Osiris y Anubis, pero estos últimos en figura de Dionysos y Hermes. No
corresponde a este lugar la enumeración de esos símbolos; obedecían acaso a otros tantos ruegos
provocados por la necesidad.
Con las divinidades extranjeras citadas hasta ahora no hemos agotado, ni mucho menos, el
tema de la mezcla de cultos; mucha de la materia pertinente será tratada con mayor oportunidad en
la sección siguiente. Hasta ahora nos ocupamos de los sacra peregrina reconocidos oficialmente y
extendidos por todas partes; cada devoto disponía de la libertad de almacenar según su deseo las
imágenes y los símbolos de todos los países y religiones. ¡Cuán distinta y, al mismo tiempo, cuán
característica en este respecto la subjetividad de aquellos dos primos tan dispares, Heliogábalo y
Alejandro Severo! El primero se lleva a su casa ídolos semitas, el paladion de Roma y la piedra de
Orestes conservada en el templo de Diana de Laodicea, para agruparlo todo mecánicamente; y así
como celebra el matrimonio de la piedra negra de Emesa con la estatua de la Urania de Cartago, el
sacerdote imperial se casa con la vestal máxima; hasta parece que manifestó la intención de
convertir su santuario central en punto de convergencia del culto de los samaritanos, de los judíos y
de los cristianos. Todos los dioses tenían que ser servidores de su gran dios y todos los misterios se
tenían que concentrar en su sacerdocio. Por el contrario, Alejandro Severo celebra a los fundadores
de todas las religiones como ideales de la humanidad y junta sus imágenes en su capilla doméstica;
en ella encuentran lugar Abraham y Cristo junto a Orfeo, como presunto fundador de los misterios
griegos, y Apolonio de Tiana, como filósofo taumaturgo; también los mejores de entre los
emperadores344 estaban instalados allí, dedicándoseles, además, estatuas colosales en el foro de
Nerva; una segunda capilla contenía las estatuas de Virgilio, Cicerón, Aquiles y otros grandes
hombres; el noble y desdichado príncipe hace todo lo que puede para organizar un nuevo Olimpo.
Pero lo que ocurre en el palacio imperial de Roma de seguro que se repitió diversamente en
grado menor. Muchos de los más nobles hubieran acogido a gusto los aspectos del cristianismo que
les eran más comprensibles; pero con mayor anhelo todavía dirigiría su mirada hacia los misterios
cristianos la superstición general, que se sentiría atraída muy especialmente por el hecho de que sus
adeptos eran capaces de una actitud tan admirable en la vida y en la muerte. Es difícil imaginarse de
una manera viva este sentimiento, mezcla de repugnancia y de deseo, de algunos paganos, y apenas
si tenemos sobre el particular ninguna noticia directa, a no ser que consideremos como tal la historia
343 Véase en Montfaucon, Ant. expl. II, p. 330, edición pequeña, p. 78.
344 Se puede confrontar, en paralelo, la Hist. Aug., Tacit., cap. 9. Divorum templum fieri iussit, in quo essent statuae
principum bonorum, etc. Especialmente las estatuas de Marco Aurelio se encontraban todavía en tiempos de
Diocleciano en muchas casas debajo de los Dii penates. Hist. Aug. Marc. Aur., cap. 16, 5.
97
del mago samaritano Simón.345 Luego nos ocuparemos del acercamiento filosófico entre las dos
religiones.
Si, pues, había desaparecido por completo la repugnancia ante los dioses extranjeros y si en
los cultos orientales se sentía, sobre todo, el incentivo poderoso de lo misterioso, no era fácil prever
el punto en que habría de detenerse esta apropiación de lo extranjero. 346 Con la filosofía
neoplatónica y con el maniqueísmo penetran en el mundo romano no sólo principios religiosos
persas sino también de la India; era seguro que se acogería todo lo que de alguna manera presentara
un aspecto misterioso y ofreciera algún rasgo de afinidad con el panteón romano.
Conservamos, precisamente de esta época tardía, numerosas inscripciones dedicadas a “todos
los dioses y diosas”, a “todos los celestiales”, a la “asamblea de los dioses”, etc. Sin duda que en tal
ocasión se pensaba también en los dioses extranjeros y a ninguno de ellos se quería agraviar. A
menudo se transfirieron también los atributos de toda una serie de divinidades indígenas y
extranjeras a una sola figura, que era designada como Deus pantheus, como “Dios omnidivino” Así
tenemos a Silvarun Pantheus, a Liber Pantheus; en las estatuas de Fortuna vemos, además de la
rueda y el cuerno de la abundancia, que le corresponden, la coraza de Minerva, el loto de Isis, el haz
de rayos de Júpiter, la piel de ciervo de Baco, el gallo de Esculapio, etc. Acaso se trata de una
expresión compendiada de todo el enjambre de dioses, y habrá que distinguirla, por lo tanto, del
monoteísmo filosófico, que reconocía una identidad real de todos los dioses en un ser supremo.
Existe una conocida declaración del filósofo Temistio, 347 de época bastante tardía, según la
cual el emperador Valente persiguió rudamente, como arriano que era, a los cristianos ortodoxos.
“Las divergencias de fe entre los cristianos no deben extrañarnos —nos dice el filósofo—; apenas si
tienen importancia junto a la masa y confusión de las diversas creencias paganas. Pues en ellas
encontramos más de trescientas sectas, ya que la divinidad desea ser glorificada de diferentes
maneras y cada una disfruta de tanta mayor consideración cuantos menos son los que participan en
su conocimiento” La cifra que se nos ofrece acaso sea un poco exagerada y, por otra parte, tampoco
estas sectas paganas se excluyen como las cristianas, de suerte que se podía pertenecer a varias de
ellas. De todos modos, trescientas maneras diversas de adorar a los dioses, aunque no se
contradigan, testimonian una disolución del paganismo que no es posible fuera producto de la mera
admisión de divinidades extrañas. Ya veremos cómo tuvo que producirse una variedad infinita en la
decadente religión pagana, no sólo en virtud de la diversidad del culto sino merced, sobre todo, a los
principios internos del culto mismo, mientras que, por otra parte, se manifestaban grandes
tendencias simplificadoras.
345 Además de las indicaciones que nos da Euseb., Hist. eccl. II, 1. La secta de Simón existía todavía bajo Constantino
y se infiltraba “como la peste y la lepra” en la propia iglesia.
346 Roma como templum mundi totius, en Amiano XVII, 4. Cf. p. 132, nota 3, según la cual Egipto reclama los mismos
derechos.
347 Sócrates, Hist. eccl. IV, 32.
98
SECCIÓN SEXTA
La inmortalidad y sus misterios.
Los demonios invaden el paganismo
Carácter religioso del siglo III. El más allá y el cielo de los paganos. Faltan las condiciones
fundamentales de esta creencia. Los nuevos misterios como atajos para la inmortalidad. Amor y
Psique. Los misterios de Baco y de Hécate. Las consagraciones de Sabacios y las taurobolias. Las
promesas de Isis; sus revelaciones en sueños y sus misterios. ¿Ilusión o simbolismo? El culto de
Mitra; su origen y sus obras plásticas. La significación de Mitra como dios de los guerreros; como
conductor de las almas. Las pruebas y los grados en el culto de Mitra. Diferencias locales y
temporales. Las grutas de Mitra. Mezcla con otros cultos y con ideas especulativas. Sol invictus
comes. Aureliano. El maniqueísmo y su doctrina de la inmortalidad. La persecución. Nuevas
relaciones de lo divino con lo terrenal. La magia y su renovación. La astrología; un intento para
moralizarla. El pagano Fírmico; los astrólogos y la suerte del emperador. Algunos detalles del
sistema. Posición de la filosofía ante la crisis religiosa. Los neoplatónicos; su monoteísmo
condicionado; su teoría de las almas; la dirección ascética y sus ideales: Pitágoras y Apolonio de
Tiana. Influencia del Oriente. Los neoplatónicos como conjuradores; Plotino, Porfirio y Yámblico;
el sistema de las conjuraciones; jerarquía y modo de aparecer los espíritus. Doctrina de los sueños
y de las inspiraciones. Relación con la astrología. Algunos prodigios en la vida de estos filósofos.
El emperador Juliano. Los dioses y los héroes se van convirtiendo también en demonios en la fe
popular. El monoteísmo demonificado. Amiano Marcelino. Los devotos del Sol. Los sin carácter.
Otras supersticiones. La aruspicina. Los oráculos. Los presagios. La magia en la vida, en la corte
imperial, entre los filósofos. Creencia en los demonios entre los cristianos. Evocación de difuntos.
Conjuración de cadáveres entre paganos y cristianos. Empleo mágico de cadáveres; la mano del
muerto. Inspección de entrañas humanas. Poder de la conjuración. Conclusión. Los apologistas
cristianos. La disolución del paganismo abre la vía al cristianismo.
Junto al viejo culto y a los cultos extranjeros adoptados, tenemos que la gente instruida había
caído, como ya dijimos, en una incredulidad que, en el mejor de los casos, presentaba un cariz
filosófico. Pero en el siglo tercero y bajo la presión de las grandes calamidades del Imperio, se
había operado en las clases altas un notable cambio de opinión; una parte se sentía arrastrada por el
mismo afán de prodigios y por las mismas supersticiones que la demás gente, mientras que la otra
manejaba un nuevo instrumento espiritual tratando de conciliar la filosofía con la exaltada
superstición: el llamado neoplatonismo.
Así como en la vida de entonces no estaban muy separadas ambas direcciones, tampoco
podremos separarlas mucho en nuestra exposición. Es absolutamente imposible decir dónde acaba
la creencia popular y dónde empieza la superstición filosófica; la última reconoce, por lo general, a
la primera, para subordinarla dentro de su sistema, es decir, dentro de su demonología.
Los diversos fenómenos, esto es, el ansia creciente de prodigios y el fanatismo pagano, la
mística y la abstinencia fervorosa, los podemos reconocer claramente en cada página de la historia
del siglo tercero. Pero la impresión general es que toda la relación con lo sobrenatural se había
alterado y había cambiado por completo de sentido. Lo podemos observar, en primer lugar, si
consideramos las opiniones sobre el destino último del hombre.
Los enemigos del cristianismo le achacan constantemente que es una religión del más allá,
que considera la vida en el mundo como una estación de tránsito, turbia y llena de pruebas, para una
vida ultraterrena y eterna; le oponen la alegría de la vida del paganismo, que enseñó al hombre
99
antiguo a vivir en este mundo en la forma y con las disposiciones adecuadas para cada uno. Se
podría objetar que ya la concepción del mundo del helenismo más vigoroso no fue, en modo alguno,
algo tan sereno y alegre como suele creerse; de todos modos hay que subrayar que el paganismo del
siglo tercero no puede merecer de pleno esta alabanza, o como se la quiera considerar, pues se había
convertido también en una religión del más allá. La dogmática cristiana planta su doctrina de la
muerte y la inmortalidad al final de la vida del hombre y en el caso actual tenemos que comenzar
por aquí, pues toda la comprensión de la religión pagana tardía depende de este punto.
Cierto que la situación lamentable del estado y de la sociedad es responsable, en gran parte,
del desarrollo de esta allendidad, pero no lo explica por completo. Semejantes direcciones nuevas
suelen recoger su fuerza esencial de profundidades insondables; no es posible deducirlas como
meras consecuencias de estados anteriores. La idea pagana anterior reconocía a los hombres una
perduración tras la muerte, pero en forma de sombras, como una inerme vida de sueño; el que
pretendía ser más sabio hablaba, según la doctrina egipcia o asiática, de una transmigración de las
almas; sólo muy pocos amigos de los dioses moraban en el Elíseo o en las Islas Afortunadas. Con la
crisis del paganismo se amplía el círculo de estos privilegiados y pronto cada cual tendrá sus
pretensiones de beatitud. En numerosos sarcófagos encontramos representaciones de Tritones y
Nereidas de bastante belleza, en ocasiones, para estos tiempos tardíos; de esta suerte se alude al
viaje a las Islas Afortunadas.
Pero son los epitafios los que no permiten ninguna duda sobre el particular. 348 “Vosotros,
desdichados supervivientes, lloráis este caso de muerte; pero vosotros, ¡oh dioses y diosas! os
regocijáis con este nuevo ciudadano”. En otra ocasión se reconoce plenamente que la verdadera
vida comienza en el más allá. “Ahora es cuando vives tu tiempo feliz, y, libre de todos los azares de
la tierra, disfrutas con los dioses en la altura de los cielos del néctar y la ambrosía.” También para
los niños, para niñas de ocho años, se pretende esta inmortalidad. “Vosotras, ensalzadas almas
piadosas, conducid a vuestros aposentos a la inocente Magnilla, a través de las praderas del Elíseo.”
Hasta una criatura de diez meses nos habla en estos términos: “Mi alma celeste, divina, no se
detendrá en las sombras: el universo y las estrellas la acogen; la tierra sólo tiene mi cuerpo, la
piedra ha recogido únicamente mi nombre.” Una viuda quiere conocer el astro donde mora su
esposo, es la corona de Berenice, en las cercanías de Andrómeda. 349 La oración de un hijo es más
modesta: “¡Dioses del mundo subterráneo! Abrid a mi padre las praderas donde luce un día eterno.”
También se expresa la esperanza de volverse a ver, si bien en una lápida del siglo IV. 350 Tampoco
parece faltar otra consecuencia de la fe en la inmortalidad: la creencia en la protección para los que
quedan acá; un alto funcionario nos dice: “Así como os cuidé en la tierra me ocuparé de vosotros
entre los dioses.”351 Sin razón alguna se ha querido atribuir a muchas de estas inscripciones un
origen cristiano, presunción que se refuta fácilmente por los claros complementos mitológicos que
encontramos. El apóstrofe que dirige Arnobio 352 a los paganos nos demuestra que en la época de
Diocleciano la fe en la inmortalidad estaba generalizada: “No os hagáis ilusiones con vanas
esperanzas cuando vagamente os afirman que, habiendo nacido de Dios, no estáis sometidos a las
leyes del destino; luego de una vida decente, os estarían abiertas las moradas de Dios, y luego de la
muerte podríais ascender a ellas sin obstáculo alguno, como a la propia patria.” Lo mejor del caso
es que la idea, tan arraigada, de un fatum terrenal no se hallaba ya en hostilidad manifiesta con la
moralidad desde el momento en que se admitía el destino ultraterreno del hombre.
348 Cf. Meyes, Anthologia lat. N. 1182, 1195, 1246, 1252, 1265, 1282, 1318, 1329, 1401, 1402 y otros. Cuán limitadas
eran las esperanzas de los estoicos ulteriores en este aspecto lo indica M. Antonin. III, 3; X, 31; XII, 5, 14 y otros
pasajes.
349 Sobre esta significación de los astros se hablará todavía más tarde. Cf. S. Hieronym., Epist. 23, donde una viuda
coloca a su marido en la Vía Láctea.
350 Meyer, ob. cit., N. 1318.
351 In superis, quedando en este caso en duda si el que habla no es imaginado como dios.
352 Adversus gentes, II, p. 86.
100
Desde el punto de vista del paganismo, estas creencias piadosas no requerían más que un
monoteísmo ilustrado y una moralidad rigurosa, tal como se había dado, por ejemplo, entre los
estoicos, por lo pronto en cuanto a los principios y también parcialmente en la vida. Pero el
problema no se planteaba de una manera tan sencilla para los hombres de entonces; entre ellos y las
cuestiones supremas de la existencia se habían instalado numerosos dioses y sistemas de dioses y
era menester tratar con estos poderes demoníacos. Hasta en los casos en que, en esta época, el
pagano desemboca en un cierto monoteísmo, lo veremos vinculado, de manera sorprendente, a la
idea de estos seres divinos intermedios que tienen también que ser venerados y aplacados a su
manera. El ansia de inmortalidad, lejos de entregarse confiadamente en brazos de la eternidad en
virtud de un acto ético-religioso directo, tuvo que dar un largo rodeo. Desde siempre los cultos
antiguos habían conocido ciertos misterios que acercaban al iniciado al dios y contenían, al mismo
tiempo, indicaciones más o menos claras de una inmortalidad mejor que aquella vida de sombra del
Hades. En los misterios griegos de Démeter, lo mismo que en los de Dionysos, esta esperanza se
junta a las celebraciones de la muerte y resurrección de la naturaleza, sin que se presente en un
primer plano como algo esencial. Estos misterios siguieron celebrándose; emperadores y gentes de
calidad que viajaban a Grecia se iniciaban con gusto. Aquel famoso escrito del cristiano Fírmico al
hijo de Constantino353 denuncia las consagraciones de Eleusis, los misterios cretenses de Dionysos y
los sacra de las coribantes como cosas que subsistían todavía; y hasta acaso tendríamos que suponer
que todo aquel enjambre de misterios que pululan aún por la Grecia en tiempos de Pausanias 354
(siglo II) sigue manteniéndose en su mayor parte, aunque en forma deteriorada, hasta la época de
Teodosio.355
Pero por muy admirables que sean estos ritos místicos no tienen que ocuparnos mayormente
porque más bien nos remiten al helenismo anterior y, sobre todo, están afectados de una vinculación
local y hasta ciudadana y mal podían, por lo tanto, extenderse. Por la misma razón tenemos que
pasar por alto los misterios romanos de la Bona Dea y otros semejantes. Pero cosa muy distinta
ocurre con los misterios universales, extendidos por todo el mapa romano, de la época imperial, en
los que se celebraba de preferencia a los dioses extranjeros.
No es culpa de los investigadores modernos que en este punto ignoremos con frecuencia lo
esencial y muchas afirmaciones no pasen de meras conjeturas. Tenemos que indicar, por adelantado,
que sigue siendo un misterio la participación tanto cualitativa como cuantitativa en estos misterios
según las diversas regiones, clases y masas de población. Puede ser que los iniciados fueran unos
miles más o menos O también unos cientos de miles más o menos; algunas regiones han podido
aficionarse por casualidad o por motivos internos, o también puede ocurrir que los testimonios
correspondientes —-inscripciones y estatuas— se hallen todavía bajo tierra. Pero podemos sacar
una impresión general: estos misterios existen ya en Roma muy pronto, en parte en tiempos de la
República, sólo que en forma insignificante y hasta desdeñados; pero con el siglo tercero aumenta la
participación tanto en lo que concierne al número como a la calidad de las personas y, al mismo
tiempo, se insinúa un contenido nuevo y más profundo, cuyo centro lo constituye el anhelo de
inmortalidad.356
353 I. Firmicus, De errore profanarum religionum, passim.—Tratado antes que él por varios apologistas cristianos, y
con especial fervor en Arnob., Adv. gentes V.
354 Un ejemplo extraordinariamente interesante, que puede suplir a muchos, el oráculo de Trofonio en Lebadea,
Pausan. IX, 39.
355 Cf. Zosim. IV, 3, en el cual el procónsul de Acaya explica al emperador Valentiniano I cómo sin los misterios la
vida sería insoportable para los griegos.
356 Sólo la entrega especial a un “dios” lleva hacia la inmortalidad beatífica. Esto dice muy claramente el epitafio
griego de Aix, en la obra de Millin, Voyage dans les Départements du Midi II, p. 198: “Entre los muertos hay dos
grupos, unos vagan por la tierra, otros danzan con los astros etéreos: a los últimos pertenezco yo, porque recibí a un
dios como guía.”
101
A las puertas de este laberinto tropezamos con las dos bellas figuras de Amor y Psique, 357
alegoría inspirada en la representación que hace Platón del alma humana. Puede ser que esas dos
figuras se presenten ya antes en algunos monumentos, pero el hecho es que entre los mármoles
conocidos ninguno va más allá del siglo II y que ambos, separados o acariciándose, gozando o
padeciendo, se repiten con mucha frecuencia en los sarcófagos desde ese momento hasta la época
más tardía. Pero la al parecer única descripción circunstanciada del mito, que debemos a Apuleyo, 358
en la época de los Antoninos, sirve más bien para despistar al lector; se trata de una leyenda cuya
semejanza con la alegoría se reduce casi a que también en Apuleyo tenemos a dos amantes,
desgraciados por una larga separación, culpa de una de las partes, que se vuelven a encontrar para
siempre. Sólo de modo parcial y poco consecuente el poeta, al escoger los dos nombres, ha utilizado
en cierto grado la tendencia de la alegoría pero no ha transformado ni mucho menos el relato en ese
sentido. Sin tener nada que ver con su relato, persiste en aquella época la doctrina del alma humana.
De origen divino, ha caído, sin embargo, y es presa en la tierra del error; mediante pruebas y
purificaciones habrá de ser capacitada para una vida beata; el Eros celeste que se apodera de ella y
la conduce como novia es una revelación de la divinidad que se apropia de nuevo de la humanidad
perdida y la une consigo.
No sabemos si en la época romana se juntaban a este símbolo cultos o consagraciones
especiales. No hacía sino expresar de un modo general un cierto sentir. El círculo de las obras de
arte y de las alusiones poéticas se amplía todavía con ciertas figuraciones colaterales; Psique es
representada como mariposa a través de una serie de escenas como, por ejemplo, cuando Palas la va
enviando desde su cabeza a los hombres creados por Prometeo, y cuando sale del difunto y es
conducida por Hermes al mundo subterráneo, y en este punto se le junta, 359 como clara imagen de la
redención definitiva, el Prometeo aherrojado en la roca al que Heracles libra del águila de un
saetazo; de aquí en adelante vivirá divinamente en el Olimpo.
Pasemos de estos símbolos generales del tardío anhelo romano por la inmortalidad a aquellos
misterios en que podemos reconocer un contenido análogo.
Acaso tengamos que excluir los misterios de Baco, extendidos todavía entonces por el
Imperio. No nos es posible conocer su contenido por esta época; 360 se sabe únicamente que se
seguía comiendo, cruda y chorreante, la carne de un cabritillo, y que los iniciados se ceñían de
serpientes el cuerpo en su sagrada locura.
Más cerca de la creencia en la inmortalidad parecen estar los misterios de la diosa subterránea
de las tres figuras, Hécate (como Luna, Diana y Proserpina). Los autores no nos informan sobre el
particular; pero en las inscripciones este culto es mencionado paralelamente a los misterios más
importantes, los de Mitra y de la Gran Madre, así que no debió de carecer de importancia. En una
estatua de esta Diva trifornis que se encuentra en Hermannstadt (Transilvania) se pueden observar
vestigios de relieves que parecen representar toda clase de escenas y grados de iniciación. De la
disposición del templo de Hécate,361 construído por Diocleciano en Antioquía a una profundidad de
trescientos sesenta y cinco escalones, se puede inferir, caso de que la noticia sea cierta, qué recursos
considerables se destinaron a este culto secreto.
Tampoco conocemos la forma ulterior de los misterios de Venus, que aparecen mencionados
aquí y allá.362 Pero los misterios más importantes se refieren a algunos dioses extranjeros.
357 Cf. Creuzer, Symbolik, vol. III, pp. 536 ss.
358 Cf. el apéndice de la obra de Friedlaender, Sittengeschichte Roms, vol. I, pp. 431 ss.
359 En el famoso sarcófago de un niño, de la época tardía de Roma, en el Museo del Capitolio.
360 Arnob. V, habla de bacanales en general; L Firmicus, p. 9, habla especialmente de bacanales cretas y tebanas.—
Según Creuzer, vol. III, la doctrina mística de los partidarios de Baco se refiere a la transmigración de las almas,
pero no a la inmortalidad pura.
361 Malalas, I. XII.
362 Por ejemplo en Arnob., Adv. gentes, V.—En Ferreti, Musae lapidaviae, p. 240 se vanagloria un alma salvada: Nom
me sancta Venus sedes non nosse silentum Jussit, et in coeli lucida templa tuli(t).
102
Tenemos dos clases de misterios relacionados con el culto frigio. Una de sus formas, la más
antigua, que encontramos ya en el período del esplendor helénico, es el misterio de Sabazios, 363
quien acaso corresponda entre los antiguos tracios al dios solar, entre los frigios a Attys, pero que en
Grecia pasaba casi siempre por una personificación de Dionysos y gozó también en esta condición
de un culto público. Según el estilo asiático, las ceremonias principales se concertaban de cánticos
ruidosos con címbalos y tamboriles y la danza salvaje de sikinnis. Conocemos el rito externo por lo
que se refiere a la consagración misterial tal como se celebraba en la época griega: cubrirse con una
piel de ciervo y de ternera (negris), beber ciertos brebajes, purificaciones, etc., para terminar con la
vieja imprecación de los iniciados: “huí del mal y encontré el bien”, haciendo rodar una especie de
cuna. Pero nada sabemos acerca de la doctrina secreta (según Creuzer, cosmogónica) y tampoco
tenemos que formarnos una gran idea de la misma, pues, en fin de cuentas, para la mayoría la
finalidad de las consagraciones se concretaba en los excesos nocturnos del género más grosero, lo
que atrajo el desprecio más grande a todo el culto de Sabazios. Más tarde lo encontramos extendido
en el Imperio romano, posiblemente con un contenido filosófico-religioso nuevo; también se pone
en contacto con el culto de Mitra, del que hablaremos más tarde. Ahora, si es que no ocurría ya
antes, mientras se pronuncian fórmulas simbólicas se introduce por la ropa una serpiente de oro que
se recoge por debajo, probablemente en conmemoración de los amores de Zeus y Démeter. 364 Luego
el iniciado es llevado a lo más íntimo del santuario, mientras pronuncia las palabras: “he comido
sobre el tamboril”, “he bebido sobre el címbalo”, “ya soy un consagrado”, y otras fórmulas
incomprensibles. Podemos presumir que, por lo menos en los siglos tercero y cuarto, estas
consagraciones cobraron acaso una nueva significación y un aspecto más elevado. Los escritores
cristianos,365 quienes veían en la serpiente de oro una manifestación visible de Satanás, que por fin
se presenta con su propio nombre, no hubieran callado de seguro si la ceremonia hubiese terminado
en una orgía. Además, parece que participaron gentes muy distinguidas; Fírmico nos habla, hacia el
340, de personas de rango que, vestidas de púrpura y coronadas de oro y laurel, tomaban parte en
los misterios.
Mucho más interesante aunque, por desgracia, no mucho más conocida, es la segunda forma
que adoptan los misterios frigios en el Imperio romano: las taurobolias, que se vinculan
directamente a las figuras de la Gran Madre y de Attys y que contenían una promesa directa de
inmortalidad.366
Desde los Antoninos encontramos inscripciones según las cuales se presentan como ofrendas
a la Gran Madre y a Attys un taurobolium (sacrificio del toro) y un kriobolium (sacrificio del
carnero) el sacrificador se gloría de ser IN AETERNVM RENATVS, es decir, renacido eternamente. No
sabemos nada de la doctrina que ofrecía esta esperanza y muy poco de las ceremonias. El lugar
clásico de las consagraciones se encontraba en Roma, en el monte Vaticano, y desde aquí pudo
haber tenido lugar una comunicación constante con las provincias. La hora propicia solía ser la
media noche (mesonyctium) Después de haberse hecho una profunda excavación en la tierra y haber
sido cubierta con una especie de criba, se colocaba en ella el iniciado 367 cubierto con adornos de oro
y con un ropaje simbólico; se sacrificaban arriba el toro y el carnero, y a veces también un cabra, y
el iniciado procuraba recibir en la cara, el pelo y el vestido la mayor cantidad posible de sangre
363 Cf. Pauly, Real-Encyclap., vol. VI, art. Sebazius.
364 Arnob., Adv. gentes, V.
365 Cf. entre otros Arnob., Adv. gentes, V.—Iul. Firmicus, De errore, pp. 23 ss. y 34.
366 Las inscripciones, entre otros, en Orelli, I, cap. IV, 1899 s., cap. V, 2319 s.—La descripción principal en Prudencio,
Peristef. X, ver. 1011 s.—Un fragmento en Meyer, Anthol. lat. N. 605.—Cf. Marmora Taurinensia, vol. I.
367 Prudencio en la ob. cit., limita esto al Summus Sacerdos (¿de la Gran Madre?), sin duda injustificadamente, porque
las inscripciones mencionan a los adeptos al lado de los sacerdotes. También las mujeres recibían la consagración y
el sacerdocio. Además, encontramos en estos actos o en los sacerdocios de la Gran Madre, en general, colegios
enteros de quindecemviros, tanto en las inscripciones galas como en las italas.—De un rito etrusco, que intenta
lograr la inmortalidad por medio de la sangre del sacrificio de determinados animales y que está indicado en los
“libros aquerónticos” escribe Arnob., Adv. gentes, II, p. 87.
103
derramada.368 Pero no se limitaba todo a esta ceremonia repugnante; había que llevar públicamente
los empapados vestidos, exponiéndose así, durante mucho tiempo, a la veneración y a la burla.
Parece también que esta purificación por la sangre no valía más que para un plazo de veinte años y
había que repetirla. sin perjuicio, sin duda, de la eternidad antes lograda. Sin embargo, se trataba de
las consagraciones más extendidas y no se ejecutaban únicamente para uno mismo sino también
para otras personas, para la salvación de la familia imperial y hasta de toda la ciudad, por lo menos
en los siglos II y III.369 No sabemos cómo cambiaba la ceremonia cuando participaban en ella
corporaciones enteras. Solía ocurrir que la misma Gran Madre ordenaba semejantes consagraciones,
probablemente apareciéndose en sueños. Por mucho que nos resistamos a creer que a estas crudas
ceremonias podría vincularse algún pensamiento alto, lo cierto es que los Vires aeternae, la eterna
consagración por la sangre (del toro), representaba un consuelo para esta época alambicada. Un
iniciado, procónsul de África y prefecto de la ciudad de Roma, da las gracias 370 muy en serio a los
dioses porque, ahora, habrán de proteger su alma.
El que Attys aparezca a menudo en las piedras votivas, hasta en las más tardías, con el nombre
de Menotyrannus, demuestra su identidad primitiva o su identificación posterior con el dios lunar 371
del Asia Menor, Men, pero en nada más nos aclara estos misterios.
Más importantes, y en todo caso de un estilo más noble, fueron los misterios de Isis, que
también han dejado vestigios más claros en la literatura. Se buscaban prosélitos por medio de esos
libros que parecen escritos principalmente al servicio de este culto. Así, ante todo, las Metamorfosis
de Apuleyo e, igualmente, la novela de Jenofonte de Éfeso sobre los amores de Anthia y
Habrokomes, escrita en el siglo II. 372 En esta novela es Isis la divinidad que protege la suerte de la
pareja amorosa, que conoce infinitas aventuras. La misma Isis ha mejorado; ya no ofrece, como
anteriormente en tantos de sus templos, ocasión para el relajamiento, sino que asegura la castidad de
la muchacha, cuyo triunfo constituye el contenido loable de muchas de estas novelas tardías.
No vamos a ocuparnos de las viejas y genuinas fiestas de Isis en Egipto, en las que se buscaba
y se encontraba al despedazado Osiris, 373 sino que nos limitaremos a los misterios universales de
Isis de la época imperial. Es tanto más difícil rastrear el sentido y el contenido de estos misterios
cuanto que la misma creencia popular de los romanos en Isis ofrecía una forma fluctuante y diversa.
La única noticia un poco trabada nos la ofrece Apuleyo en el último libro de las Metamorfosis,
aunque con un sentido tal que no sabemos si por boca de Lucio habla el filósofo especulativo o el
iniciado creyente. Pero hay una cosa fuera de duda: también estos abigarrados misterios prometían
una beata inmortalidad. La “reina Isis”, que se da a conocer como madre naturaleza y como forma
fundamental de todo lo divino, reclama del desdichado Lucio, como precio de su retransformación
de asno en hombre, que no ha de olvidar que, de ahí en adelante, su vida le pertenece hasta que
exhale el último aliento. “Pero tú vivirás felizmente, lleno de gloria por mi protección; y cuando
haya pasado tu tiempo y te encamines al infierno, allí me encontrarás también, así como me ves
ahora, brillante en la oscuridad del Aqueronte, dominando sobre las profundidades estigias y, como
morador de los campos Elíseos, implorarás mi gracia sin descanso.” También, en el mismo
momento, le promete Isis una larga vida sobre la tierra si Lucio se le hace agradable por su culto
368 Habrá que entender este acto bajo la expresión vires excipere, que, por lo demás, se refiere a los testículos y a los
cuernos del toro.
369 Queda en duda en qué forma cambió el taurobolismo en el siglo cuarto.
370 En Orelli, ob. cit., 1900.
371 Strabo, XII, 3 y 8.—Se trata del mismo Deus Lunus, que tenía en Carrhae de Mesopotamia aquel templo
mundialmente famoso. Hist. Aug. Carrac. 6 y 7.
372 Las pruebas se encuentran en la Biographie univ., art. “Xénophon l’éphésien”.—Llamamos de paso la atención
sobre una indicación de Ammian. Marcell. (XVI, 12) que supone todavía como existentes a comienzos del siglo
cuarto los misterios de Isis en las Galias. Un alamano consagrado da a su hijo el nombre de Serapio.
373 En Egipto persistieron hasta muy entrado el siglo IV; I. Firmicus, De errore, pp. 3 ss.; Lactant., Divin. Inst. I. 21.
104
celoso y por sus mortificaciones, y luego el sumo sacerdote le promete protegerle contra el destino
corriente que depende de las estrellas. Parece que semejantes fantasmagorías encontraban todavía
creyentes.
Seguro que la enseñanza sagrada a que eran sometidos los iniciandos, probablemente a base
de libros jeroglíficos, no era muy profunda; el pomposo ceremonial externo ocupa demasiado lugar
para que se pudiera producir un elemento espiritual superior, un cambio de sentir y hasta un
ascetismo duradero del ánimo del iniciado (misto). ¿Era instruido, en verdad, acerca de que Isis era
la naturaleza y, al mismo tiempo, la suma de todo lo divino, 374 o se trata únicamente de la opinión
personal y tendenciosa de Apuleyo? Como dijimos no sabemos sino que estos misterios constituían
una de las formas preferidas entonces para asegurarse, mediante ciertas ceremonias y artes mágicas,
contra las desdichas en la tierra y una vida penosa en el más allá, o contra el aniquilamiento total
después de la muerte. Lo único que en estas consagraciones alude a un tratamiento sistemático del
hombre espiritual son los sueños constantes, sin duda, no del todo indeliberados, en los cuales se
llega a conocer la voluntad de Isis sobre toda clase de asuntos. Tenemos que pensar que, junto al
engaño auténtico, consistente en soplar algo al dormido durante el sueño, también sería posible una
excitación nerviosa duradera y artificiosamente sostenida.
Los ritos externos, o bien han sido recogidos de Egipto y comprendidos a medias, o se
practican con vistas a una imaginación peculiarmente excitable. Los preparativos durante la
instrucción eran los mismos que en la mayoría de los misterios: abstinencia del vino, de la carne y
de la voluptuosidad durante diez días, un baño, asperjes de agua bendita, etc.; los amigos y los
compañeros de iniciación traen regalos de padrino. En la noche de la consagración, dominada por
visiones oníricas, se permanece en el templo, al principio con un vestido de lino crudo, luego se
cambia por doce veces de indumento y se recibe, finalmente, una capa floreada y la estola olímpica,
pintada con las místicas figuras animales. De las revelaciones y apariciones en que participa el
iniciado Lucio, no puede comunicarnos otra cosa sino que tenía que morir simbólicamente y
resucitar por la gracia de Isis (precaria salus) “Traspasé las puertas de la muerte, miré el umbral de
Proserpina y, luego de haber viajado por todos los elementos, volví donde antes. En medio de la
noche vi el sol en todo su resplandor. Estuve ante los dioses de abajo y de arriba y oré en su
proximidad.” Son cosas sobre las que nunca se hará la debida luz.375
¿Habrá que pensar que, para cada consagración, se emplearon aquellas artes ópticas y
dioramáticas que serían necesarias, según nuestras medidas, hasta para producir un ilusión
superficial? Es cierto que, como lo veremos en otras circunstancias, se disponía de medios
suficientes para que los iniciandos creyeran en esta o aquella conjuración de espíritus o aparición,
pero el sentir de la época se hallaba todavía lo bastante impregnado del valor de todo lo simbólico
para que, mediante la presentación ritual e imponente de ciertos símbolos, se desatara un gran
efecto imaginativo. Nuestro mundo contemporáneo, por lo contrario, se halla infestado en tal
medida por la aversión y el desprecio de lo simbólico, que apenas si podemos comprender un punto
de vista diferente, y tantas formalidades y ceremonias provocan nuestra impaciencia. Pero lo peor es
que aplicamos este sentimiento al pasado. Antes de reconocer el efecto profundo producido por los
símbolos, propenderemos a suponer la existencia de costosas artes de ilusión óptica y mecánica, es
decir, de engaño efectivo.
Pero volvamos al templo de Isis en Corinto. Es por la mañana; Lucio, con sus abigarradas
vestiduras y una encendida antorcha en la mano, con una corona radiante, hecha de hojas de palma,
sobre la cabeza, se halla en un estrado de madera ante la imagen de la diosa; de repente, se descorre
el velo y la muchedumbre, agrupada fuera en la nave del templo, la mira como imagen viva del sol.
Cierran la fiesta ágapes solemnes.
374 Cf. con esto una inscripción en el museo de Nápoles (Inscr. sacrae, col. V): Te tibi, una quae es omnia, Dea Isis,
Arrius Balbinus. V. C.
375 Espanto que mantuvo alejados a los profanos, cf. Pausan. X, 32, c. 10,
105
Pero la verdadera sacrosanta civitas es, para el devoto de Isis, Roma misma, y Lucio marcha
a sentar sus reales en el templo de la Isis campensis. Al año siguiente, se le advierte en sueños que
no olvide a Osiris y que se dirija a un determinado pastoforo quien, como es natural, también había
soñado con Lucio. Después de toda clase de dificultades, en parte de tipo pecuniario, recibe el
paciente devoto la consagración de Osiris; éste, el “más grande de los más grandes dioses”, le
promete expresamente su bendición en la carrera de abogado que acaba de emprender y le destina,
también en un sueño, para miembro del colegio de los pastaforos. El autor no hace ninguna otra
descripción de estas consagraciones. Según sus propias manifestaciones, 376 había sido iniciado en
casi todos los misterios de Grecia, pero daba la mayor importancia a los misterios del círculo de
Isis.
Pero la religión misterial más poderosa, y también con promesa de redención e inmortalidad,
la tenemos en el culto de Mitra.377
La religión persa más antigua conoce un dios solar, Mitra, a quien más tarde la doctrina de
Zoroastro, al no poderlo eliminar, le atribuye la condición de un mediador entre Ormuz y Ahrimán,
o la luz y la tiniebla. Mitra se convierte en el primero de los Izid celestes y (por referencia a la
puesta del sol) también en un protector del reino de los muertos, y juzga a las almas en el puente
Dschinevat. Pero, sobre todo, es el protector de la tierra, de la agricultura, de la fertilidad, cuyo
símbolo —el toro— le corresponde desde tiempos remotísimos. En el Zendavesta se conservan
numerosas invocaciones.
Pero nos equivocaríamos si pretendiéramos encontrar los rasgos incambiados de este viejo
Mitra de los ortodoxos persas en el Mitra del Imperio romano decadente. Ya la fuerte influencia
posterior de la fe babilónica378 sobre la persa había convertido a Mitra en un dios solar, el jefe del
mundo planetario. Además, la tradición que había llegado a los romanos era herética, es decir, que
surgió de un partido religioso persa enemigo de los magos; por último, fue recibida de segunda
mano y probablemente muy alterada, a saber, con ocasión de la guerra de exterminio que emprendió
el gran Pompeyo contra los piratas procedentes, en su mayoría, de Cilicia. 379 Estos, se nos dice,
celebraban diversos misterios y proporcionaron también el de Mitra, que se conservó desde
entonces. De algún modo, este trozo de la creencia persa se había consolidado en el Asia Menor con
un aspecto semiasirio. Toda la investigación sobre el culto de Mitra padece de una acumulación de
hipótesis curiosas y tenemos que precavernos para no aumentar, sin necesidad, este montón de
hipótesis; pero el entendido puede permitirnos esta cuestión: ¿No adoptó acaso el culto de Mitra
entre los piratas cilícicos, como religión marcial de bandidos, la forma que le haría después
especialmente apto para la religión marcial romana? Lo cierto es que se habían esparcido mucho,
como traficantes de esclavos, y que habían traído consigo su culto.
Numerosos relieves, algunos de grandes proporciones, repartidos por la mayoría de los
museos arqueológicos de Europa, nos representan este misterio semita, pero sin explicarlo. Por lo
general, se trata de obras de arte insignificantes y que, en el mejor de los casos, no van más allá de
la época de los Antoninos. Se ve una gruta sobre la que se esbozan los carros solares ascendente y
descendente o, también, el sol y la luna. En la gruta un muchacho, vestido a la frigia —es Mitra—
cabalga sobre un toro a quien incrusta un puñal en la cerviz. Del rabo del animal crecen espigas; un
perro acomete al animal, una serpiente lame su sangre y un escorpión roe los testículos. A cada lado
hay un portador de antorcha, el uno la levanta, el otro la inclina. Pero sobre Mitra se cierne un
cuervo, como es sabido ave agorera, y acaso se ha de interpretar también como ave de los campos
376 De magia oratio, Obras, ed. Bipont, vol. II. p. 68.
377 Sobre esto, numerosos trabajos de Lajard, Hammer-Purgstall, Seel y otros. Especialmente indicamos la obra
Symbolik, de Creuzer, vol. I.—Das Mithreum von Neuenheim, del mismo autor;—Niclas Mueller, Mithras;—C.
Schwenck, Die Mythologie der Perser, pp. 185 ss.;— Stark, “Zwei Mithräen in der grossherzogl.
Alterthümersammlung in Carlsruhe.” (Festschrift des Jubiläums von Heidelberg, 1865.)
378 Herodot. I, 131.
379 Plutarch., Vita Pomp., c. 24.
106
de batalla. Un león o cabeza de león, que a veces es visible en la esquina derecha, sería un símbolo
de la luz, del sol. Pasamos por alto otros numerosos ingredientes que aparecen en diversos
relieves.380
Con bastante seguridad se ha interpretado el sentido original de estos símbolos; 381 en primer
lugar se trata de la victoria del héroe solar sobre el toro, símbolo lunar o del rápido cambio en el
tiempo, que tiene que morir para que nazca un nuevo año; las espigas representan la fertilidad del
año, el perro simboliza al voraz Sirio, el escorpión el otoño, es decir, la muerte de la naturaleza que
se aproxima; los portadores de antorchas (que se han solido explicar como estrella matutina y
vespertina) simbolizan los equinoccios. También los relieves a ambos lados y sobre la caverna, que
se presentan en algunos ejemplares especialmente ricos, se interpretan ahora, en parte, como
fenómenos astrales y elementales, mientras que antes se creía reconocer algunos momentos de las
consagraciones secretas; varias cosas quedan sin aclarar. Se comprende que, ya desde los viejos
tiempos de Persia, todo ello tuviera una trabazón superior.
Pero de esto al sentido que vinculó a esas imágenes la época romana tardía hay un gran
trecho. Por fortuna, las inscripciones nos ofrecen, por lo menos, una pequeña clave; dicen: al invicto
dios Mitra, al invicto Sol Mitra, al Sol, el compañero invicto, etc.; 382 esta última inscripción es una
de las más frecuentes en las monedas383 de Constantino el Grande, quien acaso no se desprendió en
toda su vida por completo de las exterioridades de la fe mitraica. El “invicto” era también, de
seguro, dispensador de la victoria y dios de la guerra por excelencia, una condición que, según
investigaciones recientes,384 se halla indicada asimismo, por lo menos secundariamente en el viejo
Mitra de Persia. Finalmente, Mitra es el conductor de las almas, a las que lleva de la vida terrestre,
en que han caído, otra vez hacia la luz, de donde partieron. En esto se apoya el sentimiento del
mundo romano tardío; no aprendió por primera vez de las religiones y de la sabiduría de orientales
y egipcios, y mucho menos del cristianismo, que la vida en la tierra no es más que un tránsito para
una vida superior; su propio dolor y su propia conciencia de envejecimiento le dicen con suficiente
claridad que la existencia terrestre no es más que lamentación y amargura.385
El culto de Mitra representa una de las religiones salvadoras más importantes, si no la más
importante, del paganismo senescente; pero el hombre antiguo tiene el sentimiento de la miseria sin
el del pecado; por esto, poco le alivia el perdón de los pecados por la palabra; necesita una
redención de un tipo especial. Para poder juntarse al dios salvador, cada uno tiene que ser su propio
salvador, en virtud de espantosos sufrimientos voluntarios, que, en estos misterios, eran cosas
bastante más serias que en los demás. Por eso surgieron en las consagraciones mitraicas las
llamadas “pruebas”, frente a las cuales el taurobolium y las pruebas de Isis no son más que juegos
de niños. Las cosas de que se trata no fueron mera invención para contener a los indignos y a la
masa, se denominan “disciplinas” y a muchos debieron de costar la vida. 386 Se cuentan ochenta
momentos diferentes de mortificación y entre ellos están: ayunos hasta de cincuenta días, natación
en grande, tocar fuego, yacer en la nieve hasta veinte días, espantos de toda clase, azotes por dos
días, acostarse en un lecho de tortura, aguantar posturas dolorosas, ayunar otra vez en el desierto,
etc. Se mencionan siete etapas diferentes de la consagración, aunque no es muy seguro el
ordenamiento, y sabemos de un grado de cuervo, otro de guerrero, otro de león; los que habían
380 Véase el aspecto general, casi completo en los detalles principales, en las ilustraciones de la obra Mithras, de N.
Müller.
381 Stark, ob. cit., pp. 42 s.
382 Cf. Orelli I. c. I, cap. IV, § 34 y cap. V, § 17.—Una inscripción, N. 1912, denomina a Mitra el dios inconcebible,
INDEPRENSIBILIS, lo que deben tener en cuenta también los comentadores modernos.
383 El auténtico Mitra de los relieves de las grutas no debía ser profanado en los reversos de las monedas; ocupa su
lugar la figura corriente del dios Sol, con corona radiante, globo o látigo.
384 Schwenck, ob. cit., p. 201.
385 Porphyrius, De antro nympharum, en la edición micílica del Homero, p. 235.
386 Los pasajes en la obra de Creuzer, D. M. von Neuenhcim, pp. 24 y 71.
107
alcanzado el grado supremo se llamaban padres. No sabemos a cuál de estos grados correspondían
aquellas consagraciones que los cristianos solían señalar como sacramento. Con ocasión del grado
de león, se untaban las manos de miel y se juraba mantenerlas puras de toda fechoría. 387 También se
solía presentar pan y un cáliz con agua y hasta un baño purificador; 388 al “guerrero de Mitra” se le
arrojaba con la espada una corona a la cabeza, que él arrancaba con sus manos y la oprimía contra
las espaldas, porque Mitra era su verdadera corona.
Considerando los muchos emperadores, cortesanos y poderosos de la tierra que participaron
en este culto, se ha supuesto insistentemente que las consagraciones y mortificaciones no se
tomaban tan en serio y que muchas prácticas se habrían convertido en mero símbolo y convención.
¿Quién podría, por ejemplo, ordenar a un Cómodo que se sometiera a aquellas torturas
extraordinarias? Por otra parte, sabemos cuán condescendientes eran los hierofantes de los diversos
misterios frente a los grandes personajes. Pero el caso es que las manifestaciones sobre la realidad
de aquellas mortificaciones son demasiado concretas para poderlas eliminar con hipótesis. 389 Sólo
una cosa podemos conceder; que el rito de un culto que no estaba protegido ni dirigido por una
jerarquía común tenía que adoptar formas muy diferentes en las diversas regiones del Imperio.
Hasta donde alcanzan los conocimientos del autor, las piedras de Mitra que contienen un gran
número de pequeñas representaciones en relieve a los lados y por encima de la caverna, se han
encontrado todas en el Rin, en Tirol y en Transilvania; se trata de las piedras de Heddernheim, no
lejos de Francfort, de Neuenheim en Heidelberg, de Osterburken entre el Neckar y el Tauber, de
Apuleum, no lejos de Carlsburgo, de Sarmizegethusa, igualmente en Transilvania, y la tan
importante de Mauls en Tirol, que ahora se encuentra en Viena; en ésta, dos series de relieves a los
lados del relieve principal, representan escenas en las que se creyó reconocer antes la representación
plástica de las diversas torturas de la iniciación: el mantenerse en la nieve y en el agua, el lecho de
tortura, el contacto con el fuego, etc., y que ahora se podrían explicar de otra manera; pero lo
interesante es que en estas regiones, y por motivos que nos son del todo desconocidos, se consideró
necesaria una representación circunstanciada. Por el contrario, las piedras encontradas en Italia no
ofrecen nada semejante. Cada una de las “logias” de la orden (con tal de que no se tomen
demasiado al pie de la letra estas expresiones equivocas) ha podido diferir mucho en cuanto a la
recepción, doctrina y culto. Además, los monumentos arriba señalados proceden en su mayoría del
siglo tercero, época de fermentación de la gentilidad que, por entonces, con el vivo sentimiento de
su disolución interna, trataba de recuperarse parcialmente y, a veces, desarrollaba un brusco
fanatismo. ¿Quién podría decir si, en este caso, junto a las diferencias locales no operan otras
debidas al tiempo?
Las piedras de Mitra del norte de los Alpes y del Danubio, mencionadas arriba, proceden
probablemente, y en parte comprobadamente, de soldados romanos. 390 ¿Qué importancia tenía la
consagración en la vida militar diaria? ¿Qué relación guardaba toda esta devoción con las tareas
militares y políticas de la alta oficialidad? ¿Constituía, acaso, un vínculo efectivo entre ellos? ¿Se
debió a ella, en parte, que la vida romana se recuperara todavía en la segunda mitad del siglo
tercero? Todas estas preguntas quedarán sin contestación mientras no conozcamos la doctrina de
Mitra más que por los escasos pasajes de autores en su mayoría cristianos. Los lugares donde se
encuentran las piedras de Mitra son cuevas naturales o artificiales, a veces edificaciones libres, a
menudo de pocos pies de extensión, cuya pared posterior estaba ocupada por los relieves; un
espacio que, todo lo más, puede abarcar a unos cuantos hombres; caso de reunirse una
muchedumbre, habría que pensarla fuera del recinto. Ni el mismo gran Mithreum de Heddernheim
es más de 40’ de largo y de sus 25’ de ancho no quedan, a causa de las cámaras adjuntas, más que 8’
de paso libre. En el pequeño Mithreum de Neuenheim, que es un cuadrado de 8’, el interior se
hallaba impedido con altares y estatuas de dioses afines, corno, por ejemplo, Hércules, Júpiter,
Victoria, y también se encontraban lámparas, vasijas y varios adminículos. Otros elementos
constructivos tales como columnas muy ornamentadas y cosas parecidas, nos indican que en modo
alguno estos santuarios trataban de sustraerse a las miradas del vulgo. Por otra parte, ¿quién se
hubiera atrevido a profanarlos? Los soldados que celebraban los misterios eran los señores del
mundo.391
La gruta de Mitra en Roma (en la colina Capitolina) 392 tenemos que figurárnosla más grande y
espléndida, y lo mismo ha de ocurrir con las de otras grandes ciudades. En Alejandría, el santuario
se hallaba a gran profundidad del suelo; 393 cuando fue puesto al descubierto en la época cristiana
para construir allí una iglesia, corrió todavía una turbia leyenda de los muchos asesinatos cometidos
en aquel recinto y, ciertamente, no es imposible que las “mortificaciones” hubieran costado la vida a
algunos; pero al encontrarse de verdad calaveras, se explicó el hallazgo erróneamente diciendo que
procedían de los asesinados para el examen de sus entrañas y para conjurar espíritus. El culto de
Mitra nada tenía que ver con esto, pero la fantasía de los egipcios se hallaba llena de tales
atrocidades, como vamos a ver.
Unos cien relieves e inscripciones394 demuestran la extensión de este culto por todo el
Imperio; acaso haya miles todavía escondidos bajo tierra y sólo es de desear que las excavaciones se
lleven a cabo por manos tan expertas como las de Heddernheim, Neunheim y Osterburken. Acaso lo
almacenado en una sola de estas cavernas bien conservada pueda arrojar una luz meridiana sobre el
más sorprendente de los misterios de esta época.
Pero tampoco este misterio se sustrajo a la gran corriente de todas las supersticiones del
tiempo. En primer lugar, había muchos que no se hartaban de misterios y que participaban al mismo
tiempo, para mayor seguridad, en la Diana de las tres figuras, en el taurobolium de la Gran Madre,
en los cultos báquicos, en el de Isis y en el de Mitra; fusión de todos los misterios paganos que se
convirtió en regla en el curso del siglo cuarto 395 pero que tampoco fue rara antes. Bajo la influencia
de la doctrina de la unidad de todo lo divino, tenía que producirse una indiferencia frente a
cualquier separación rigurosa de los diversos cultos, de suerte que cada uno fue tomando de los
demás. También la filosofía neoplatónica se mezclaba en la fe mitraica, como en todo lo misterioso,
y a uno de sus partidarios más famosos, Porfirio, debemos casi la única descripción pagana. Pero
esta obra sobre “las grutas de las Ninfas”,396 tantas veces aducida, no se interesa tanto por la
situación de entonces cuanto de su sentido original, y también en este aspecto sólo desde un punto
de vista unilateral, inspirado por la interpretación simbólica de la escuela. 397 Nos instruye esa obra
de que la gruta es una imagen del cosmos; por eso Zoroastro consagró en las montañas de Persia
una caverna florida y rica en aguas en honor del creador y gobernador del mundo, Mitra; a esta
391 Uno de los monumentos más extraños de Mitra, elevado sobre una fuente entre dos rocas, cerca de San Andeol, no
lejos de Viviers en el bajo Ródano, lo describe entre otros Millin, Voyage dans les dép. du midi II, p. 116, con
ilustraciones.
392 Que existían además otras grutas de Mitra en Roma se infiere de unas inscripciones de la obra de Orelli, N. 2346.
393 Κατὰ βάθους πολλοῦ, no mirae altitudinis, como dice el traductor, Sócrates, Hist. eccl. III, 2; V, 16. Sozom. V, 7.
Rufin, II, 22.
394 Véase Creuzer, ob. cit., p. 65.
395 Inscripciones occidentales de este contenido encontramos en Beugnot, vol. I, passim. y en Orelli, ob. cit. Ya en la
obra Metam. XI de Apuleyo, el pontífice de Isis se llama él mismo en Corinto, Mitra, igual que en la obra
Necyomantia, cap. 6. de Luciano, el taumaturgo babilónico Mithrobarzanes.
396 Además cf. Porphyr., De abstinentia, IV, 16.
397 Cf. Schwenck, ob. cit., p. 213.
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caverna prístina se llevaron los símbolos de los elementos y de las zonas del mundo; de aquí
surgieron todos los misterios cavernícolas. Pero, por otra parte, toda la obra se enlaza con la gruta
de Ítaca, cantada por Homero,398 y coloca el hogar del simbolismo en ella. Porfirio padece de esa
manía sin fundamento que se empeña por encontrarlo todo idéntico en los mitos y engarzar un
detalle en otro. Pero algunas indicaciones de pasada tienen gran valor, por ejemplo, cuando pone en
relación las puertas norte y sur de su gruta cósmica con las almas que descienden para encarnar en
la tierra y con las que suben, a través de la muerte, hacia los dioses, con la génesis, por lo tanto, y la
apogénesis, y las refiere varias veces a la vida y purificación de las almas.
Finalmente, tenemos una afinidad natural de Mitra con la persona del dios solar greco-
romano, ya nos lo imaginemos como Apolo o como Sol, Helios, distinto de aquél. No habrá manera
de conocer hasta qué punto Mitra se fundió con Helios; acaso a ese Sol invictus, que desde
mediados del siglo III va siendo cada vez más frecuente en las monedas e inscripciones, habrá que
considerarlo como Mitra,399 aunque siempre fue representado como dios solar únicamente. El culto
solar de emperadores anteriores pudo basarse en cultos semitas, y a propósito, por ejemplo, de
Heliogábalo y de Aureliano,400 quedamos totalmente a oscuras de cuál era propiamente su religión.
Su madre era sacerdotisa del Sol en una localidad del bajo Danubio, y si alguien quisiera
considerarla como una de aquellas devotas de Mitra de las que se nos habla en ocasiones, como una
“leona” por ejemplo, no hay en ello imposibilidad alguna. Cuando fue saqueado el templo solar de
Palmira, ordenó su reconstrucción a uno de sus generales y añadió: “voy a escribir al senado para
rogarle que envíe un pontífice que vuelva a consagrar el templo”, lo cual presupone el rito romano
corriente, aunque se trata del santuario de un Baal semita. Pero en Roma misma construye un
templo solar magnífico, en el que deposita quince mil libras de oro (pues esta noticia no se refiere a
ningún otro templo), y este edificio se apoya por detrás en el monte Quirinal, de suerte que no se
puede rechazar de un modo absoluto la idea de una alusión mitraica. 401 Pues Mitra sigue siendo el
“dios de las rocas”402 y por eso todos sus santuarios tenían que tener algo de gruta,
independientemente de que ésta fuera un símbolo del mundo visible. Ya dijimos que en las
representaciones plásticas la muerte del toro ocurre en una cueva. En las monedas de Aureliano
encontramos el Sol invictus. La relación de los emperadores siguientes con el culto de Mitra es
incierta;403 con ocasión de Constantino volveremos sobre este punto.
Acaso provoque reparos el que asociemos al culto de Mitra el maniqueísmo, que penetra en el
Imperio desde Persia y que no forma parte de los misterios. Pero tampoco debe ser considerado
como secta cristiana sino, más bien, como una religión de salvación predominantemente pagana.
Nada sabemos de si en manos romanas adoptó una forma más romano-pagana que la que poseía en
el reino de los Sasánidas y tampoco acerca de su tardía penetración en la iglesia cristiana. Con su
dualismo abarca y penetra toda la fe clásica, pues lo resuelve todo en puros símbolos, en los que se
manifiestan los dos grandes principios, la luz y las tinieblas, Dios y la materia. El ser supremo, el
Cristo de este sistema (con patente conexión con Mitra) es el alma del mundo, hijo de la luz eterna y
redentor, pero apenas si una persona; su aparición histórica es figurada en un cuerpo aparente.
Tampoco la redención es el acto de una sola vez, por ejemplo, una muerte en holocausto, sino
continua. Cristo ayuda constantemente a los hombres para que suban al reino de la luz desde el
estado, moralmente servil, de lucha entre el espíritu y la materia (o entre las buenas y malas almas).
Es difícil decidir en qué medida se pudiera hablar de una inmortalidad concebida en términos
personales rigurosos: la “carta fundamental” de la secta habla de todas maneras de una “vida eterna
y gloriosa” y esto era también, seguramente, lo que más halagaba a los prosélitos romanos.
No deben ocuparnos más detalles de este sistema sorprendente. El fundador, Mani, había
enviado apóstoles y, a pesar de todas las persecuciones, había dejado tras sí los gérmenes de una
jerarquía de la comunidad. Apenas diez o veinte años después de su martirio (272-275), su doctrina
se halla muy extendida por todo el Imperio. Un rescripto imperial (287 o, mejor, 296) dirigido al
procónsul de África, Juliano,404 lo prueba por lo que se refiere al Africa proconsularis. Parece que se
produjeron desórdenes de importancia con ocasión de la nueva secta y se sabía también que, al igual
de varias religiones orientales, el maniqueísmo se manifestaba frente a lo romano más bien
excluyente y, por si no bastara, se hacía doblemente sospechoso y odioso debido a su origen persa.
Diocleciano se hallaba en la peor disposición; ordenó quemar a los fundadores, junto con sus libros,
y a los adeptos, en parte matarlos, en parte (si se trataba de gentes del rango de los honorati o de
alguna otra dignidad) enviarlos a las minas, después de confiscarles sus bienes. El motivo es, en lo
esencial, la animadversión que la nueva religión siente por la vieja, que se considera titular de un
derecho sacratísimo como fundación remotísima de dioses y de hombres.
Después de esta mención excepcional perdemos de vista al maniqueísmo durante muchas
décadas. No parece que hasta la muerte de Constantino pudo desempeñar ningún papel importante,
por lo menos no es mencionado en el gran edicto contra los herejes. 405 Sólo en el siglo quinto volvió
a levantar cabeza por cierto tiempo como enemigo peligroso de la iglesia.406
La exposición anterior nos muestra que los paganos de la última época ya no rogaban a los
dioses Únicamente pidiendo la fecundidad, la riqueza y la victoria; se ha apoderado de ellos una
oscura preocupación por el más allá que les lleva hacia las doctrinas y consagraciones más extrañas.
Pero también el aquende aparece con otra iluminación. Ya indicamos a propósito de los
misterios de Isis cómo mediante la protección, penosamente granjeable, de una gran divinidad, no
sólo se esperaba escapar a la muerte del alma sino también a los turbios destinos que nos envían las
estrellas. Habrá que mostrar ahora cómo todo lo sobrenatural se encontraba en otra conexión con la
vida terrenal que antes, y cómo las relaciones astrológicas, mágicas y demoníacas fueron
predominando sobre los antiguos sacrificios, oráculos y expiaciones. Siempre existieron 407 tales
relaciones y ya Homero había retratado como arquetipo de toda magia a Circe. Platón nos habla de
milagreros ambulantes que con prácticas misteriosas pretendían atraer bendiciones o plagas; por
otra parte, encontramos también hechiceros que pretenden disponer del buen tiempo y de las
cosechas, de las tormentas y de las bonanzas. Tesalia sigue siendo, hasta muy entrada la época
imperial, el país clásico de los encantamientos de amor, tanto por conjuros como por medios
secretos. Pero la vieja Italia no cedía mucho en esto a Grecia, pues, por ejemplo, la conjuración de
espíritus, que fue tan fatal para Tulio Hostilio, tenía acogida en el viejo culto romano.
En qué forma la magia desembocó en todo un cúmulo de supersticiosos medios caseros para
curar enfermedades y otras cosas semejantes, nos lo muestran, de modo suficiente, el libro
404 Con abundantes variantes en la edición de Hänel del Cod. Theodos. y Cod. Gregor. XIV, IV. En la fecha y título son
falsos los nombres o los años y el lugar.
405 Euseb., Vita Const. III, 64. Sozom. II, 32. Que Constantino se hizo informar también sobre los maniqueos, lo indica
Amiano Marc. XV, 13.
406 Apenas si hace falta señalar que, al lado de estos cultos especiales, existía una infinidad de medios mágicos
encaminados a lograr la inmortalidad. Arnob. II, p. 87, habla de ellos: Neque quod Magi spondent, commendaticias
habere se preces, quibus emolitae nescio quae potestates vias faciles pbraebeant ad coelum contendentibus
subvolare... Otros misterios de inmortalidad en Marcian. Capella, L. II, p. 36, ed. Grotii.
407 Cf. Soldan, Geschichte der Hexenprocesse, pp. 23 ss., donde se demuestra que los antiguos magos persas no fueron
hechiceros y que los romanos les atribuyen falsamente su propia magia.
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veintiocho y el treinta de Plinio. Especialmente famosa era la magia de los etruscos, sabinos y
marsos, es decir, de casi todos los antiguos pobladores de la Italia central. Prescindiendo de las
curaciones mágicas de todo género, los romanos creyeron desde siempre que estas artes tenían
poder para asegurar las cosechas, provocar las lluvias, despertar el amor y el odio, metamorfosear y
para otras muchas cosas. Esta creencia se reflejaba en las figuras fantasmales más extrañas, por
ejemplo, las lamias y empusas, chupadoras de sangre. Le podía ir bien al que supiera protegerse con
abundantes remedios mágicos. A este propósito se llenaban el cuerpo de amuletos; y hasta existía
todo un gran sistema de defensa mágica, del que vamos a destacar, de pasada, algunos rasgos.
Al considerar todo el cúmulo de rasgos de este mundo mágico que nos ha sido trasmitido,
bien podríamos figurarnos que el mundo antiguo se hallaba totalmente infestado y que la vida diaria
padecía una opresión angustiosa. Y, sin embargo, estas viejas y prolíficas supersticiones no
perturbaban a la vieja religión, es decir, no quebrantaban la relación ingenua del hombre con la
divinidad, en el mismo grado, ni mucho menos, que la superstición sistemática de más tarde, que
empezó a dominar en la época imperial.
Examinemos, en primer lugar, la astrología, que pasaba como un viejo privilegio del Oriente y
cuyos adeptos se llamaban, por lo general, caldeos, aunque sólo una mínima parte procedía
realmente del país del bajo Eufrates. Por lo menos los más famosos de entre ellos, el Trasilo de
Tiberio, los Seleuco y Ptolomeo de los Otones llevan nombres griegos. Pero, además de a la
sabiduría babilónica, se acudía a la egipcia, que se enlaza con los nombres de Petosiris y Necepso,
que pasaban como autores de las obras astrológicas más extendidas.
Aun prescindiendo de que los astrólogos no siempre se contentaban con la mera astrología
sino que apelaban también a otros medios espantosos de escrutación del futuro, la astrología ofrecía
la ocasión más propicia para el ateísmo. El hombre astrológicamente consecuente tiene que burlarse
de toda consideración moral y de todas las religiones, pues no le pueden proporcionar mi consuelo
ni ayuda frente al destino que la interpretación de las estrellas le señala. La práctica de esta ciencia
secreta es la que, de modo preferente, ha acarreado las maldiciones más terribles a los emperadores
del siglo primero. Los caldeos son desterrados continuamente, porque su ciencia no se puede
convertir en un privilegio imperial, y todo el mundo acude a sus predicciones, y con la misma
frecuencia vemos que son llamados de nuevo porque ya no se puede prescindir de ellos. Quien en
esa ocasión volvía a Roma con las huellas de las ligaduras que había llevado en alguna isla del mar
Egeo, ya sabía que se lo iban a disputar. 408 El contenido de esta ciencia, en breves palabras, consiste
en que existe una indicación de un destino peculiar para todas las posiciones posibles de los
planetas con respecto a los signos del Zodíaco. La hora es lo decisivo; se pueden establecer
horóscopos para los asuntos más triviales, por ejemplo, un paseo, un baño, lo mismo que para la
vida entera de un hombre, con tal de que se conozca la constelación del momento de su nacimiento.
Quien tuviera la cabeza sobre sus hombros vería la indignidad de toda esta farsa y podía
desenmascararla.409 ¿Cómo era posible que las constelaciones tuvieran cualquiera significación
respecto al destino, puesto que en la misma hora ofrecían un aspecto diferente para el observador de
Mesopotamia y para el del Danubio o el del Nilo? ¿Y cómo es que hombres nacidos en la misma
hora no conocen el mismo destino? ¿Por qué la constelación natalicia debe ser preferida a la de la
concepción? ¿Cómo es que la mayor diferencia en la hora de nacimiento no evita una suerte pareja,
por ejemplo, en los terremotos, en las conquistas, en las catástrofes del mar, etc.? Y este destino
astral ¿se extenderá también a las moscas, a los gusanos y a otros insectos? Y hasta se llega a
preguntar si no habrá más planetas de los conocidos hasta entonces. En definitiva, todos los
hombres sensatos reconocen que no supone dicha alguna conocer el futuro y, en todo caso, es una
desdicha aprender algo falso sobre el particular.
Pero no había razones capaces de desarraigar esta pretendida ciencia en un pueblo que ya en
la época de esplendor de su cultura había sido extraño a la idea de un ordenamiento divino del
mundo, de un sistema moral que lo impregnara todo, y que en este momento, más que en ningún
otro, oscilaba en medio de la incertidumbre y de la angustia en todo lo referente al destino. La
superstición se hacía cada vez más necesaria a medida que iba disipándose la energía natural con la
que el individuo se había enfrentado en otros tiempos al destino. Pero en la época imperial tardía la
astrología trata de adecentarse, de la misma manera extraña que otros varios cultos misteriales
malfamados.410 Tenemos al particular un testimonio completo en los “ocho libros de Mathesis” del
pagano Fírmico Materno,411 quien los redactó poco después de la muerte de Constantino. Al final
del segundo libro de esta teoría completa de toda la astrología se hace una solemne advertencia al
astrólogo, advertencia que no tiene, sin duda, otro objeto que desligar el oficio de todo lo
comprometedor, inquietante, turbio.412 El “matemático” habrá de llevar una vida divina, ya que anda
en tratos con los dioses; habrá de ser abordable, leal y poco amigo del dinero; dé sus respuestas en
público y haga saber al interrogador que habrá de contestarle en voz alta para de este modo evitar
las preguntas indecorosas. Habrá de tener mujer e hijos y amigos honorables y conocidos; no tendrá
tratos secretos con nadie y se mostrará ante la gente, pero manteniéndose alejado de toda disputa y
sin dar acogida a ninguna cuestión que se encamine al daño o perdición de alguien, o a satisfacer el
odio y la venganza. Luzca siempre como hombre de honor y no junte a su oficio ningún negocio
usurario (cosa que los malfamados astrólogos practicaban, al parecer, con frecuencia). Juramento, ni
lo prestará ni lo pedirá, especialmente en cosas de dinero. Trate de influir benéficamente entre sus
conocidos, y no sólo con decretos formales procedentes de las estrellas, sino buscando también,
mediante el consejo amistoso, que los hombres apasionados vayan por el camino recto. Evite
sacrificios y ceremonias nocturnas, tanto en público como en secreto; también las fiestas del circo,
para que nadie crea que su presencia tiene algo que ver con el triunfo de algún partido, los verdes o
los azules. A la cuestión, siempre muy escabrosa, acerca de la genitura, el horóscopo de un tercero,
conteste siempre con reticencia y vergüenza, para que no parezca que quiere convertir en reproche
para alguien lo que estrellas malignas han determinado para él. La palabra decretum es la expresión
técnica que encontramos a cada paso.
La incriminación más peligrosa que se hiciera a los astrólogos y que en los dos primeros
siglos del Imperio a menudo les acarreó la desgracia a ellos y a sus clientes, era que solían inquirir
el destino del emperador. Una vez, Alejandro el Grande, lejos de tomar a mal que se indagara su
destino, lo alabó;413 ahora el asunto parecía más peligroso. El trono del César, sin dinastía, se
hallaba rodeado siempre de ambiciosos que pretendían saber por las estrellas cuándo y cómo
moriría el emperador y quién habría de sucederle. La teoría supo ampararse con un rodeo. Fírmico
Materno nos explica cómo no es posible saber nada sobre el destino del emperador, porque no está
sometido a los astros sino que depende directamente de la divinidad suprema. El emperador, como
señor del mundo, posee el rango de uno de los muchos demonios que han sido colocados sobre el
mundo por la divinidad como potencias creadoras y conservadoras y, por tal razón, las estrellas, que
representan una potencia inferior, nada pueden decirnos sobre ellos. En el mismo caso se
encuentran los arúspices, cuando tratan de conocer el destino del emperador inspeccionando las
entrañas de animales, y suelen trastornar las venas y las fibras intencionadamente para no tener que
dar una respuesta. Pero tales concesiones no le sirvieron de mucho a la astrología en el siglo cuarto;
confundida con todos los demás géneros de superstición, tenía en frente al trono y al cristianismo, y
410 La transición se muestra ya bajo Alejandro Severo, quien, según Hist. Aug. Al. Sev. 44, pagó a los astrólogos de
parte del estado y los reconoció así públicamente.
411 Firmici Materni Matheseos libri VIII, ed. Basil. 1551. (Algunas lagunas fueron llenadas por Lessing. Véase: Obras
completas de Lessing, Ed. de Lachmamn, vol. IX.) Se ha desistido de la identidad con el autor cristiano, del mismo
nombre, de la obra: De errore profanar. religionum.
412 Una intención parecida en Amiano Marc. XIX, 12.
413 Arrian. VII, 18.
113
sucumbió, junto con la magia y todas las demás artes similares, ante las prohibiciones y
persecuciones generales.
No contamos con espacio suficiente para hacer un extracto del libro de Fírmico y tampoco
creemos que haya nadie capaz de leerlo hoy por completo, fuera de quien se halle presa de la misma
insensatez o de quien trate de editar al autor, cosa que no parece importuna dada la rareza de las
ediciones más antiguas. Los verdaderos secretos para cuyo mantenimiento exige el autor al
personaje al que se lo dedica (Mavorcio Loliano, un alto funcionario) un juramento grave ante el
dios máximo, se encuentran en los dos últimos libros. Se trata de la indicación de aquellas
constelaciones que convierten a los hombres en asesinos, incestuosos, monstruos, o en gladiadores,
abogados, esclavos, expósitos, etc. A consecuencia de este sistema de predeterminación es natural
que cese toda imputación moral y, sin duda, esta fue la opinión de los caldeos anteriores, gentes sin
conciencia; pero la renacida moralidad ejerce la suficiente influencia para que el autor de la época
de Constantino tenga que buscar cierta compensación moral que, en él, sea acaso más que una pura
manera de hablar. Cree (por ejemplo, libro I, cap. 3.) que se puede resistir a los decretos más
terribles de los astros con muchas oraciones y un culto celoso por los dioses; así, Sócrates, tuvo por
las estrellas todas las pasiones y las llevaba retratadas en la cara, pero las dominó por fuerza del
hábito. “Porque a los astros pertenece aquello que padecemos y aquello que nos incita como con
botones de fuego [esto es, las pasiones], pero nuestra fuerza para resistir corresponde a la divinidad
del espíritu.” La desgracia de los buenos y la felicidad de los malos es, de modo preferente, acción
de las estrellas.
Pero esta rectificación del sistema parece algo pegadizo y tiene poca fuerza junto a la teoría
que, con un orden conveniente, se extiende por unos cuantos cientos de folios y comienza
repartiendo entre los siete planetas cada uno de los temperamentos y los miembros del cuerpo y
entre los doce signos del Zodíaco los colores, gustos, climas, regiones, posiciones en la vida y
enfermedades. El Cáncer, por ejemplo, significa un gusto salado muy acentuado, los colores claros
y blancos, los animales reptantes y acuáticos, el clima séptimo, las aguas tranquilas o en corriente,
los hombres medianos y todas las enfermedades del corazón y del diafragma. Por el contrario, el
astrólogo deja en libertad por lo que se refiere a las razas y a los caracteres nacionales; le basta con
que los individuos estén determinados por las estrellas. No podemos detenernos en examinar otros
miles de detalles curiosos esparcidos a lo largo de la obra.414
En este sistema muchas veces se habla de un Dios supremo al que están sometidos todos los
demás seres sobrehumanos como meras potencias intermedias. ¿No podría la filosofía apoderarse
de una vez de este Dios supremo y hacer valer un teísmo razonable?
Prueba bien brillante de la falta de libertad del espíritu humano frente a las grandes potencias
históricas la tenemos en el hecho de que la filosofía de entonces, representada en parte por
personalidades verdaderamente nobles y equipada con todos los conocimientos del mundo antiguo,
se perdió precisamente en este punto por los caminos más oscuros y, por lo menos en lo que se
refiere a los comienzos del siglo cuarto, no le podemos asignar otro lugar que el que le corresponde
entre dos supersticiones, aunque en el aspecto moral signifique un progreso.
Con el cambio espiritual415 que tiene lugar desde fines del siglo segundo marcha paralela la
extinción de las viejas escuelas de filosofía; epicúreos, cínicos, peripatéticos, etc., van
desapareciendo y hasta los mismos estoicos, cuyo sentir compagina tan bien con el lado mejor del
carácter romano, conocen la misma suerte. La burla franca de un Luciano había proclamado, junto a
un escepticismo teórico muy desarrollado, la insignificancia de todas las diferencias de secta, 416
mientras aguardaba a la puerta, como reacción, una nueva doctrina, más dogmática que todas las
anteriores y, en cierto modo, en armonía con el nuevo movimiento religioso. Se trata del
414 De la antigua literatura astrológica habla Fírmico, especialmente en II, Prooem. y IV, Prooem. 10, 11, 16.
415 Cf. H. Ritter, Geschichte der Philosophie, vol. IV.—Tzschirner, Fall des Heidenthums, pp. 404 ss.
416 Cf. entre otras, su obra: El banquete o los lapitas.
114
neoplatonismo. De él partió una alianza particular con las supersticiones orientales y un estudio
celoso de los vestigios de la vieja y hacía tiempo extinguida escuela de Pitágoras, cuya sabiduría se
consideró, también, de origen oriental; por lo demás se extrajo del sistema platónico lo esencial para
el nuevo sistema. El representante de la escuela a mediados del siglo tercero, Plotino, aparece como
un pensador de importancia y el sistema, con su ímpetu místico, como una ganancia posible frente
al estéril escepticismo que había reinado antes. Hay algo de verdad y todavía más de belleza poética
en la doctrina de la emanación de todas las cosas a partir de Dios, en grados sucesivos de existencia,
según la mayor o menor mezcla con la materia. Ningún sistema ha asignado al alma humana un
rango más alto; es una emanación directa del ser divino y puede unirse por momentos con Él, con lo
cual se cierne sobre toda vida y pensamiento corrientes. Pero nos interesa menos la doctrina de la
escuela que la posición práctica, tanto moral como religiosa, que el neoplatonismo señalaba o
permitía a sus discípulos. Se repitió el viejo y nuevo fenómeno de que un sistema especulativo,
contra lo que se cree, representa no más que el vínculo, el haz accidental, y en modo alguno el
centro dominante, de aquellas direcciones y fuerzas que también habrían de darse sin la presencia
suya.
Esta secta filosófica, la más tardía de la Antigüedad, no señala, como hay que advertirlo en
seguida, ningún avance desde el punto de vista del monoteísmo, que en muchos pensadores
anteriores aparece mucho más desarrollado que en el “Uno”, el “Uno puro y simple” o como quiera
que se llame la divinidad suprema o el protoser que, ciertamente, es pensado como consciente pero,
en forma panteísta, inherente al mundo. Además todo el politeísmo se incorporó al sistema en forma
de creencia en los demonios, que, en su condición de infradioses, habrían de representar a los
diversos países, a la naturaleza, a las relaciones de la vida. Los demonios existen desde siempre en
la religión griega, pero en una forma muy fluctuante, distinguiéndose, unas veces más, otras menos,
de los dioses y engarzados muy pronto en un sistema teológico por la filosofía, no sin alguna
arbitrariedad. Más tarde, la creencia popular les reviste, por lo general, de una forma inquietante,
espectral, y los considera como vengadores de maldades y como protectores, pero, sobre todo, como
nuncios de enfermedad.417 La filosofía neoplatónica los concibe, como vamos a verlo, como seres
demiúrgicos.
De esta suerte los viejos dioses son cosa superflua, a no ser que hubieran entrado en las filas
de los demonios. Ya no es posible hacer ningún uso de la mitología vulgar y por eso los mitos
fueron interpretados de manera simbólica, como encubridores de verdades físicas, religiosas y
morales, tarea en lo que florecen a veces las explicaciones más insensatas, como ocurre con el
euhemerismo, del que esta tendencia constituye el reverso. Por lo que se refiere a la doctrina del
alma humana, aunque ésta se halle colocada tan en alto como emanación divina, el sistema no llega
a la beatitud eterna sino tan sólo a la transmigración, que entre los mejores se modifica en el sentido
de una morada en determinadas estrellas; ya vimos cómo los que quedaban en la tierra creían
adivinar a veces la estrella en cuestión. Y ya en esta tierra los iniciados gozaban en muy raros
momentos de la beatitud, pues que creían contemplar a Dios.
Más importante que esta teosofía, ya que se trata de un rasgo importante de este siglo, es la
confluencia de los neoplatónicos con esa dirección de la época hacia la moral y el ascetismo. Suele
oponerse éste, como algo específicamente cristiano, a la libre moral antigua, lo mismo que se
contrapone la allendidad cristiana a la terrenidad antigua, pero con la misma falta de razón que nos
revela una consideración adecuada del paganismo del siglo tercero. También en este punto vemos
como un espejismo o anticipación sorprendente de aquello que el siglo siguiente había de traer
consigo.
Pues el neoplatonismo establece ideales paganos y elabora leyendas de amigos agraciados de
los dioses, que, viviendo con abstinencia absoluta, transitan por todos los pueblos de la antigüedad,
estudian su sabiduría y sus misterios y, por su trato continuo con la divinidad, se convierten en seres
417 La terrible historia del demonio de la peste en Éfeso, Filostrato, Vita Apollon. IV, 10.
115
que hacen prodigios y se hallan colocados por encima. de los hombres. No se fabricó semejante
leyenda con la persona, demasiado bien conocida históricamente, del divino Platón, aunque en la
escuela gozó de cierto prestigio de demonio; un cierto Nicágoras de Atenas, por ejemplo, que por la
época de Constantino visitó las maravillas de Egipto, hizo poner junto a su nombre, en la tumba de
Tebas, la advocación: “¡Séasme también aquí gracioso, Platón!” 418 Pero Pitágoras se hallaba
instalado en una lejanía mítica que invitaba a elaborar su vida en este sentido, cosa que se llevó a
cabo en tiempos de Constantino por Yámblico, después que su antecesor inmediato, Porfirio, había
descrito a Pitágoras en una forma histórica más sensata.
Por otra parte, la vida del milagrero Apolonio de Tiana, aunque pertenece al primer siglo
después de Cristo, había sido lo bastante oscura y extraordinaria para que pudiera ser trabajada en
este sentido tendencioso, y ya en tiempos de Septimio Severo se dedicó a la faena Filostrato. 419 No
es éste el lugar para analizar libro tan extraordinario y sólo debemos llamar la atención sobre el
extraño compromiso a que llegan en él la vieja subjetividad griega y la taumaturgia y el ascetismo
orientales. Ese mismo Apolonio que marcha descalzo con su túnica de lino, que no prueba la carne
y se abstiene del vino, que no tiene contacto con mujer, regala sus bienes y todo lo sabe 420 —hasta el
lenguaje de los animales— que aparece, como un dios, en medio de la calamidad, en cuanto es
llamado, hace milagro tras milagro, exorciza demonios y resucita muertos, es también el que
practica todo el culto griego de la personalidad y, en ocasiones, muestra la vana arrogancia de un
sofista rezagado. De buena familia, de bella figura, habla con un depurado acento ático y ya
muchacho está al cabo de la calle de todos los sistemas; recibe con la mayor gravedad homenajes de
todo género; pronto se da cuenta de que ha llegado el momento en que ya no tiene que investigar
sino comunicar lo investigado. De humildad no hay que hablar, el santo varón más bien trata de
humillar a los demás y a quien se ríe mientras perora lo declara poseso y le expulsa los demonios.
Algunos de los rasgos de este retrato los recoge cien años después Yámblico para adornar con ellos
su figura de Pitágoras que, por lo demás, se apoya en la vieja tradición más o menos auténtica.
También Pitágoras, para mostrarse como un alma conducida por Apolo y hasta como Apolo
encarnado, hecho hombre, no sólo tiene que vivir ascéticamente sino hacer milagros, pasearse por el
mar, conjurar fieras, mostrar ubicuidad y otras cosas por el estilo.
Los modelos del ascetismo personificado plásticamente en estas figuras ideales hay que
buscarlos, sin duda, en los penitentes de las diversas religiones orientales, desde los nasireos y
terapeutas judíos hasta los magos abstinentes de Persia y los faquires indios, que ya los griegos
conocían como gimnosofistas. Pero también la doctrina de la caída del alma humana, que conduce
teóricamente hacia la moralidad, de su polución por la materia y de su necesidad de purificación son
de origen oriental y, sobre todo, indio.421 Pero ni la penitencia ni su fundamento especulativo
hubieran podido entrar desde el Oriente si los ánimos no estuvieran ya de por sí agitados por el
mismo movimiento. Tampoco podían faltar algunos sorprendentes contactos del sistema con el
cristianismo y hasta influencias recíprocas.
Esta escuela, que luce el nombre de Platón, se deja llevar a las supersticiones más sórdidas y
desemboca, a veces de modo formal, en la magia y en la teurgia. En esa jerarquía de seres emanados
de Dios cada espíritu actúa sobre otro y sobre la naturaleza en forma mágica y las claves de esta
magia las posee el iniciado; lo que se creía respecto a aquellos taumaturgos semimíticos, de un
Pitágoras o de un Apolonio, esto mismo se arrogaba cada iniciado. Los neoplatónicos vivían como
maestros de retórica, sofistas, educadores, secretarios, lo mismo que los filósofos de la época
imperial anterior; pero en medio de esta actividad ejercen a veces la de conjuradores de dioses,
demonios y almas, la de curanderos prodigiosos y amigos misteriosos de los fantasmas.
En el egipcio Plotino (205-270), el más noble de la escuela, este aspecto no se destaca
mucho;422 su pureza moral y su ascetismo, de los que contagia también a muchos romanos
distinguidos, le proporcionan los dones de la adivinación; no acude a la conjuración más que
obligado por las circunstancias. De todos modos, gozó de un prestigio más que humano y mientras
hubo paganos “no se apagaron sus altares”. En su discípulo, el fenicio Porfirio (nacido el 233),
hasta notamos una aversión franca por la magia; duda de toda la demonología de su escuela y, por
eso mismo, despierta su desconfianza. Sus objeciones recibieron una respuesta que nos es conocida
con el título inexacto de “sobre los misterios de los egipcios” y que se atribuye, también acaso
injustificadamente, al celesirio Yámblico, que pasaba en tiempos de Constantino como el jefe de la
escuela.423 Conocemos por la vieja India y por la Edad Media germánica la mística, a veces
grandiosa, de un panteísmo más o menos consciente; pero en este caso se trata de una mística del
politeísmo cuyos dioses, es cierto, han descendido a la categoría de demonios de diversas
categorías, sin una personalidad determinada. El contenido de esta triste obra es, en pocas palabras,
el modo de adorar a los espíritus, de invocarlos, de distinguirlos, y cómo toda la vida del sabio
amado por los dioses tiene que desenvolverse en un culto semejante. La escuela del siglo cuarto
toma demasiadas veces este sesgo degenerado y llega a reconocer en la teurgia un arma esencial en
la lucha contra el cristianismo. Desde ese momento, su doctrina y especulación platónicas no eran
más que puro añadido.
No será impertinente dirigir una rápida ojeada a este sistema de la conjuración de los
demonios. La posibilidad para esta acción descansa en que el alma que la intenta se coloca en un
estado de falta absoluta de pasión y consigue una unidad interna con el espíritu correspondiente que
llega hasta la identidad; esto último no se consigue mediante conjuro o sortilegio sino que más bien
el alma se eleva a ese estado. Los objetos que se utilizan en el encantamiento no son mero símbolo
sino que guardan una afinidad mística con la divinidad en cuestión. También se habla del “Uno”,
del Dios supremo que se basta a sí mismo, pero la unión con Él está reservada a muy pocos y el
individuo que la consigue lo hace después que ha adorado a los demonios y se ha unido con ellos.
Las jerarquías de los seres espirituales a partir del Dios supremo, heredadas en parte de la
teología judía, son: dioses, arcángeles, ángeles, demonios, dominaciones, héroes, tronos y almas; 424
las últimas son totalmente individuales y, de ahí en adelante, los espíritus se van aproximando cada
vez más a la Unidad o Esencia. Las ocho jerarquías están clasificadas en una tabla según la forma,
la especie, el metamorfismo, la manera de presentarse, su belleza, rapidez, tamaño, esplendor, etc.
Tiene más importancia lo que respecta a sus disposiciones y dones para con los humanos. Los
dioses limpian las almas por completo y envían la salud, la virtud, la honradez, la longevidad; los
arcángeles, lo mismo pero no en tal cantidad ni tan duradero; los ángeles desatan las almas de las
ligaduras de la materia y distribuyen dones parecidos, pero en un sentido más especial; los
demonios tiran de las almas hacia las cosas naturales, apesadumbran el cuerpo, envían
enfermedades y castigos; los héroes conducen a las almas para que se ocupen con las cosas
sensibles y las estimulan para grandes y nobles hechos pero por lo demás se comportan como los
demonios; las dominaciones disponen de la marcha de las cosas mundanas y reparten los bienes
seculares; los tronos pertenecen por completo al orden material y no conceden más que cosas de la
tierra; las almas finalmente, cuando aparecen, incitan a la generación pero se comportan de muy
distinta manera según su valor. Cada espíritu aparece con un séquito de la jerarquía que le sigue, por
ejemplo, los arcángeles con ángeles, etc. Los buenos demonios aportan consigo las buenas acciones;
422 Cf. la vida de Plotino, de Porfirio, especialmente cap. 7.—Sobre lo siguiente, véase la Vitae philosophorum, de
Eunapio, ed. de Boissonade y Wyttenbach.
423 Según Ritter, ob. cit., la obra se apoya en el egipcio Abammón. Sin embargo, representa las concepciones oficiales
del neoplatonismo tardío y no puede ser considerada, completamente, como preponderantemente egipcia.
424 Tenían un reconocimiento general sólo los dioses, demonios, héroes y almas.
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los demonios de la venganza muestran plásticamente tormentos futuros; los malos demonios
aparecen con animales furiosos. Todos estos espíritus poseen también sus cuerpos pero son tanto
más independientes de ellos cuanto más altos estén de la escala.
Si falla algo en el ritual tendremos en lugar de los espíritus conjurados los malos espíritus, 425
que adoptan la forma de aquellos pero a quienes el sacerdote puede reconocer por su fanfarronería.
Pero un ritual bien conducido tenía siempre sus consecuencias aunque el conjurador fuera un
ignorante, pues no es el conocimiento el que une al sacrificador con el dios, ya que en tal caso los
meros filósofos se quedarían con todo el honor. Salta a la vista la contradicción entre esta
indiferencia sacramental de la persona con la apatía y otros preparativos del alma arriba indicados,
pero en este libro encontramos todavía mayores inconsecuencias. También aprendemos algo en lo
que toca al aparato externo y a las fórmulas. En oposición con el resto de la doctrina neoplatónica,
que no permite más que sacrificios incruentos, en este libro se reclama, seguramente por influencia
egipcia, que se sacrifique a cada dios aquel animal presidido por él y con el cual se halla
mágicamente emparentado. Por lo demás, valen piedras, yerbas, aromas y cosas parecidas. Se
previene expresamente contra las malas maneras de ciertos conjuradores egipcios, contra sus
groseras amenazas a los dioses; semejantes procedimientos tienen su efecto sobre ciertos demonios
de poca monta y los caldeos solían evitarlos. Tampoco los trazos mágicos de que se sirven algunos
conjuran más que fantasmas insignificantes y desmoralizan al conjurador, que es fácil víctima
entonces de demonios malignos y falaces.
Salgamos por un momento de estas nieblas para preguntar: ¿hasta qué punto se contaba en las
apariciones con la realidad misma? Porque no se puede hacer mucho con meras imágenes de la
fantasía. Como es sabido, los espiritistas del siglo XVIII se han debido servir preferentemente de la
linterna mágica, cuyas imágenes se reflejaban sobre espesos vapores, de efectos narcóticos además.
Algo parecido solía pasar entre los conjuradores de la época de Porfirio; se habla expresamente de
un arte que hacía aparecer las imágenes de los dioses en el aire en el momento oportuno sobre
ciertos vapores producidos con fuego. Yámblico o Abammon tampoco reconoce el engaño en este
género menor de conjuración; sin duda que tiene lugar un efecto mágico real pero, nos dice, figuras
aparentes de este género, que desaparecerán en cuanto se disipe el vapor, son poco estimadas por
aquellos sacerdotes que vieron alguna vez verdaderas figuras divinas; la magia no alcanza, esta vez,
más que la cáscara exterior, una imagen de sombra de la divinidad.
Pero tampoco cabe duda alguna que se practicó el embaucamiento desde siempre y en grandes
proporciones. No contamos en este renglón el empleo de un niño para contemplar la aparición y
para profetizar, aunque Apuleyo, a quien no tenemos por un embaucador, creía en ello; cree que el
espíritu infantil y sencillo es el más predispuesto para entrar en un estado semiconsciente (soporari)
mediante fórmulas y sahumerios, y de este modo se despierta su verdadera naturaleza, la divina,
hasta que llega a predecir el futuro; cita al efecto a Varrón, quien hizo que un muchacho predijera a
los habitantes de Tralles el resultado de la guerra contra Mitrídates, muchacho que vio en una vasija
de agua una imagen de Mercurio (no sabemos si colocada allí o si meramente reflejada) y describió
el futuro en ciento sesenta versos (puerum in aquam simulacrum Mercurii contemplantem).426 Pero
a principios del siglo tercero San Hipólito reveló toda una serie de trampas de los conjuradores en
su “refutación de las herejías”427 Con lo primero que tropezamos es con el muchacho que sirve,
como en el caso de Cagliostro en Mietau, muy intimidado y completamente trastornado por las
fantasmagorías. Pero a quienes se toma verdaderamente el pelo es a los clientes; sus preguntas a los
dioses, escritas con caracteres invisibles, según creen ellos, el conjurador puede leerlas utilizando
medios químicos y acomodar así las respuestas; pero cuando llega el momento de que se presente el
demonio deseado, se cuenta con que los mismos clientes, que acechan dentro de un aposento
425 Sobre esta llamada Antithei cf. Arnob., Adv. gent. IV, p. 134.
426 Apulejus, De magia oratio, Obras, ed. Bipont, vol. II, p. 47.
427 En el vol. IV, cap. 28-42. Desgraciadamente narrado de un modo muy desordenado, con tan poco sentido crítico
que en algunos pasajes hasta resulta incomprensible.
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oscuro, “agitando el laurel y dando gritos”, estarán muy contentos de que no se les aparezca;
visibilidad, se dice, no se puede pedir a los dioses, ya es bastante con que se hallen presentes. El
muchacho trasmitirá entonces lo que comunican los demonios, es decir, lo que el conjurador le
sopla a través de una artificiosa caña hueca. Bolas de incienso, que contienen materias explosivas o
que se encienden con un rojo vivo, alumbre sobre el que, tan pronto se funde, los carbones del altar
parecen danzar, todo esto ayuda a la ilusión y, finalmente, se dispone para los acuciosos de
cualquier sentencia oracular completamente ininteligible.
Muchas de las cosas que nos revelan no son exclusivas de los conjuradores sino que las
conocen también los prestidigitadores, hasta nuestros mismos días: huevos pintarrajeados por
dentro, jugar con fuego, metiendo la mano, andando sobre él, exhalando lumbre; ya son más
escabrosas las recetas para abrir, sin dejar huella, los sellos de los documentos secretos, y de cuando
en vez vuelve a aparecer claramente el conjurador propiamente dicho. Cabras y machos cabríos
caen muertos gracias a medios misteriosos y hasta los corderos se suicidan (?); una casa (restregada
con el jugo de cierto animal marino), se incendia; retumba el trueno a discreción. 428 En el hígado de
la víctima aparece una escritura (porque el embaucador la ha escrito antes con su mano izquierda,
en la que descansaba el hígado, valiéndose de un color fuerte y en dirección contraria). Una
calavera, que yace en tierra, habla y desaparece, aunque no es más que un núcleo modelado con
cera que se derrite por los efectos de algún carbón encendido; las palabras habían sido pronunciadas
por un ayudante escondido, a través de un tubo preparado con un cuello de grulla. Se tiene
preparada la luna para cuando se apaguen las luces; una luz escondida ilumina un recipiente de agua
colocado en tierra y éste se refleja, a su vez, en un espejo del techo; otras veces se abre un agujero
en el techo, que se cubre con un tambor, y el ayudante lo ilumina luego que, a una señal convenida,
retira una tapa; todavía es más sencillo el truco de una luz dentro de una vasija angosta, cuyo reflejo
en el techo produce por lo menos un círculo iluminado. El cielo estrellado se aparenta con escamas
de pescado colocadas en el techo, pues en la sorda iluminación del aposento fosforecen un poco.
Ahora vienen las verdaderas apariciones de dioses, no muy difíciles para el conjurador, pues
podía contar con el espanto y la obediencia de los clientes. Les mostraba en la oscuridad de una
noche sin luna a Hécate caminando por el cielo, para lo cual el ayudante, una vez pronunciado el
conjuro, soltaba un gallo infeliz envuelto en flecos encendidos; pero en el momento en que se veía
volar por los cielos un fuego, había que ocultar la cara y postrarse en silencio en el suelo. Más
complicada era, por ejemplo, la aparición de un Asklepios de fuego; en la pared había un Asklepios,
acaso de tamaño natural, modelado con fuerte relieve e impregnado de sustancias ígneas, que, en el
momento en que el conjurador soltaba su hexámetro, se encendía e iluminaba por un momento. Ya
resultaba más costosa la aparición de dioses que se movían como seres vivos. Para esto era
necesario disponer de una bodega por donde se movían comparsas disfrazados; arriba, los fieles
miraban a un pétreo recipiente de agua colocado sobre el suelo y cuyo fondo era de cristal.
Por lo tanto, se trata con frecuencia, no de alucinaciones y arrobos extáticos, sino de cosas que
suceden de verdad. Si además de embaucadores había también teurgos serios, que hacían uso,
ciertamente, del engaño pero como fraude piadoso, es cosa que no vamos a discutir y tampoco si
Yámblico (o quien quiera que sea el autor del libro citado) se dirigía a gentes de esta última especie.
Y no sólo nos da noticia de la conjuración de espíritus sino también de otros fenómenos
“sobrenaturales”. Nos cuenta, por ejemplo, de las inspiraciones de origen divino que no llegan en el
sueño profundo sino que, en un estado de duermevela o de perfecta vigilia, el hombre escucha unas
breves palabras: “haz esto o aquello”; se siente envuelto por un hálito espiritual y, a veces,
contempla una luz pura y serena. Por el contrario, no se estima en mucho el valor adivinatorio de
los sueños corrientes. De algunos divinamente inspirados se nos cuenta que vivían una vida divina y
no animal, y no sentían, por lo tanto, ni el fuego ni las punzadas ni otras torturas; por lo demás, la
presencia divina puede afectar solamente al alma o algunas partes del cuerpo, así que unos danzan y
428 Por desgracia no se conserva íntegramente en este manuscrito la receta para un terremoto.
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cantan, otros se mantienen en suspenso, se mecen por los aires o aparecen envueltos en llamas y se
escuchan voces divinas, fuertes o suaves.
En un plano más bajo se encuentra la excitación mágica mediante ciertos sahumerios,
brebajes o fórmulas, etc., de suerte que se adivina lo recóndito y lo futuro en el agua, en el puro aire
de la noche, en el sol, en ciertos muros cubiertos de signos sagrados. Pero el mundo visible entero
está atravesado por una corriente tan poderosa de adivinación y presagio, es decir, el sistema está
tan poco dispuesto a desprenderse de ninguna superstición popular, que hasta las mismas piedras,
las maderas, el trigo, etc., y hasta las palabras de los locos pueden revelar el futuro. También el
vuelo de las aves es dirigido por fuerzas divinas para que describan ciertos signos, de suerte que
hasta la pura libertad del vuelo se convierte en una falta de libertad. La astrología corriente es
rebajada a la categoría de un rodeo ocioso y hasta de un error, puesto que no son las constelaciones
ni los elementos los que deciden del destino sino toda la tónica del universo en el momento en que
el alma desciende a la tierra. Pero esto no ha impedido a los astrólogos ponerse en contacto con el
sistema, como nos lo muestra, por ejemplo, Fírmico Materno en muchos pasajes.
Hay un rasgo, notémoslo de pasada, que denota el origen nada griego y sí verdaderamente
bárbaro de esta teoría de conjuradores, a saber, la complacencia por el abracadabra de conjuros
extraños, sobre todo orientales, de los que no nos enteramos en Yámblico pero sí en otras fuentes, y
que se han conservado en gran parte en la actual literatura del género. Son preferidos tales nombres
extraños no sólo por más viejos o intraducibles, sino por su “énfasis”, es decir, porque suenan de un
modo impresionante y característico. La falta de fuerza de muchos conjuros, que se viene
lamentando últimamente, no tiene otra razón sino el afán griego por las novedades, que introduce
modificaciones en el viejo ritual. “Sólo los bárbaros conocen costumbres graves y son constantes en
sus fórmulas de oración y por eso, también, son amigos a quienes los dioses escuchan
atentamente.”429
Este sistema insensato, acaso sólo por muy pocos tomado a la letra, ha dominado, sin
embargo, en más o en menos a la filosofía del siglo cuarto y ningún pagano culto ha quedado
incontaminado. De la vida misma de los filósofos, tal como la describe Eunapio, rezuma la
superstición como una pesadilla. Yámblico, por ejemplo, hace creer a sus discípulos que al orar se
cierne diez codos sobre la tierra y aparece de un tinte dorado; en los baños termales de Gadara en
Siria, invoca en las dos fuentes a los genios Eros y Anteros, y éstos aparecen, por fin, con gran
asombro de los discípulos y circunstantes, en la forma de dos muchachos, uno de cabellos de oro,
otro de azabache, que se confunden con ellos hasta que los hace retornar a las fuentes. Su discípulo
Edesio, que ha olvidado los hexámetros que le había enseñado un dios en sueños, encuentra al
despertar que los tiene escritos en su mano izquierda, a la que, por esa razón, adora. La filósofa
Sosípatra de Éfeso es educada desde la niñez por dos demonios, que se colaron en su casa
disfrazados de campesinos; también toda su vida posterior es de inspiración mágica y adivinatoria.
Pasamos por alto otras historias, en parte muy pintorescas.
Se comprende que estos filósofos no estuvieran muy acordes ni en género de vida ni en
doctrina. Dentro de la escuela neoplatónica misma encontramos un ejemplo bastante antiguo de
conjuro maligno, que el alejandrino Olimpo trata de atribuir al gran Plotino. En presencia de
Yámblico y de otros muchos un conjurador evoca a Apolo, pero Yámblico demuestra que la
aparición no es más que la figura aparente (εἴδωλον) de un gladiador recientemente fallecido. Lo
que uno realiza, otro lo rebaja en lo posible. El filósofo Máximo logra en presencia de muchos en el
templo de Hécate en Éfeso que la imagen sonría y que las antorchas de su mano se enciendan por sí
solas, pero el cario Eusebio no encuentra en ello nada de particular. Más tarde, cuando el paganismo
en ocaso trata de concentrar todas sus fuerzas, tendrán que posponerse un poco estas discrepancias;
se formará aquella mezcla confusa de filosofía, magia y misterios que presta su fisonomía particular
429 Ya Aelian., Var. hist. 1, 31, dice con insistencia: Μηδεὶς τῶν βαρβὰρων ἄθεος.—En Jupiter Traegoedus, de Luciano
(cap. 53) consuela Hermes a los dioses, diciéndoles que todavía todos los bárbaros tienen fe en ellos.
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a la época de Juliano. Si en tiempos de Constantino y de sus hijos la teurgia tendrá que retirarse
cada vez más,430 se hace valer por breve tiempo en forma extremada después de haber acompañado
con su conjuro, desde la juventud, a aquel príncipe excelente pero abocado a la desgracia. Su
maestro Edesio le había dicho: “Cuando tomes parte en los misterios te avergonzarás de haber
nacido sólo hombre.” Hay para admirar que un tipo tan presa ya del mundo de los espíritus pudiera
dar luego una figura tal de gobernante y de guerrero.
En esta época tardía la graciosa Canopo, en la costa egipcia, se convirtió en una especie de
universidad de la magia,431 en “fuente del tráfico demoníaco”. La concurrencia fue extraordinaria,
especialmente cuando se asentó allí uno de los hijos de Sosípatra, Antonino, que no practicó
ninguna teurgia pero gozó de un prestigio sobrehumano como profeta y asceta. Quien llegaba a pie
o en barco a Canopo para cumplir con sus devociones, iba a interrogar a Antonino y a escuchar sus
vaticinios. “Estos templos, prorrumpía a menudo, pronto se convertirán en sepulcros”, cosa que se
cumplió cuando se rehabilitaron para conventos y fueron provistos de las reliquias de los mártires.
Un doble efecto sorprendente tenía que producirse con todo esto. Por un lado, el sistema
exigía una vida moral y abnegada: por otro, ya no era capaz de aprovechar los restos de la auténtica
moralidad y religiosidad paganas, fuera de este arte de conjuración para los iniciados, que se
desentendía del gran montón y hasta lo confundía en cuanto a sus viejos dioses y héroes. Pues
mientras se negaba o se interpretaba simbólicamente el mito, los dioses eran manejados como
demonios y hasta los mismos héroes se acomodaban en el sistema. Cuando en tiempos de
Constantino432 se registraron algunos templos, recogiéndose el oro y la plata de las imágenes para su
fundición, muchos paganos se asombraron de que en el corazón del templo y dentro de las imágenes
mismas no se encontrara ningún demonio, ningún ser vaticinador ni siquiera un vagoroso fantasma
de poco más o menos. Se llegó a separar la forma artística, bellamente humana, del dios, de su
naturaleza de demonio. Mención especial merece el culto de Aquiles en esta forma demoníaca, que
prosperó tanto en el siglo tercero.433 Se aparece a los habitantes de la llanura de Troya no ya como el
ideal de la belleza heroica sino con una forma espantosa, lo cual es muy significativo.
De todo lo dicho se desprende también lo que ocurre con el monoteísmo de la paganía tardía.
Cierto que había todavía almas puras y pensadores agudos que, siguiendo la inspiración de tiempos
mejores, mantuvieron la idea de la unidad de Dios. Pero, en la mayoría, esta conciencia se halla
enturbiada por los ingredientes demoníacos. Por ejemplo, no admiraremos bastante el paganismo de
un Amiano Marcelino, que es uno de los mejores entre los del siglo cuarto y que vio el juego de los
conjuradores filósofos de la corte de su héroe Juliano; pero ¡cuán limitado era su monoteísmo! Cada
uno de los dioses se convierte, si no directamente en demonio, en una cualidad de un carácter casi
personal: Némesis es un derecho sublime de la divinidad actuante, pero se llama también hija de
Justicia; Temis es la ley eterna, pero tiene que presidir los auspicios en forma personal; Mercurio se
llama mundi velocior sensus, es decir, algo así como el principio del movimiento del universo;
finalmente, es Fortuna quien dispone de los destinos humanos. La divinidad suprema tiene que
renunciar, entre estos paganos de la última época, a su primera cualidad, es decir, la personalidad,
en favor de los dioses inferiores y de los demonios, a los que se dedica el culto casi con
exclusividad. Acaso mantiene el mayor grado de personalidad entre los adoradores del sol, que
reconducen todos los dioses al Sol y consideran a este último como un principio físico y espiritual
430 Eunapio trasluce en varios pasajes, especialmente en la narración de la vida de Edesio, el temor que había por
entonces y cómo se sabía disimular.
431 Cf. Rufin. n, 26. Eunap. en Aedesio, p. 41 ss. (vet. ed., p. 73 ss.).
432 Euseb., Vita Const. III, 57.
433 Filostrato, Vita Apollon. IV, 11.—Maxim. Tyr., Or. 9.—Zosim. IV, 18; V, 6.—Un ejemplo colosal de la creencia en
los demonios lo encontramos en Dio Cass. LXXXIX, 18: en tiempos de Heliogábalo aparece sobre el Danubio un
demonio en figura de Alejandro Magno y marcha con una legión de 400 demonios báquicos (u hombres),
atravesando Bizancio, a Calcedonia, donde desaparecen todos, luego de haber ofrecido una serie de sacrificios.
121
de toda la existencia.434 Parece que Constantino estaba entregado a esta creencia, por lo menos
exteriormente, si bien la concebía en la forma mitraica, cosa de que hablaremos más por extenso. A
su padre Constancio Cloro se le atribuye muy expresamente el culto de un solo Dios verdadero, a no
ser que Eusebio435 vuelva a ser inexacto una vez más y haya idealizado el culto ordinario de Mitra
hasta darle proporciones de un monoteísmo puro.
En esta época de mezcla de todas las religiones encontramos a veces transiciones del
judaísmo al paganismo y al parsismo como, por ejemplo, entre los hipsistarios (adoradores de un
dios supremo) de Capadocia a comienzos del siglo cuarto, quienes eran verdaderos monoteístas
pero de los que no nos ocuparemos porque no rebasaron los límites provincianos. 436 Finalmente, se
manifiesta también un monoteísmo sin gran valor en aquellos que quieran navegar a todos los
vientos y evitar todo contratiempo cuando Constantino trastorna todos los puntos de vista con su
edicto de tolerancia. De este género es la oración de uno de aquellos panegiristas que hemos
caracterizado antes.437 “A ti te invocamos, exclama, causa suprema de todas las cosas, que tienes
tantos nombres cuantas lenguas has dado a las naciones, sin que sepamos cuál es el nombre que tú
propiamente quieres. Existe en ti una fuerza divina y una inteligencia mediante las cuales,
derramándote por todo el universo, te mezclas con todos los elementos y te mueves a ti mismo sin
ninguna fuerza exterior, o tú eres un poder que se cierne por encima de todos los cielos y
contemplas esa obra tuya como de un castillo encumbrado; a ti te invocamos e impetramos para que
nos conserves a este príncipe eternamente.” Como vemos, el orador deja libre la elección entre un
Dios inmanente al mundo o un Dios extramundano, y si luego atribuye la omnipotencia y la bondad
absoluta a este ser supremo indeterminado, se las anula con la frase final: “Si niegas la recompensa
a los méritos, entonces fallan o tu poder o tu bondad.” Este retórico de las Galias representa a un
número seguramente muy grande de indecisos y precavidos que acechaban el sesgo que iban a
tomar los acontecimientos.
434 A esta concepción consagra Macrobio un monumento, Saturn. I, 17 ss. El Fírmico cristiano, 14, atribuye al Sol un
discurso muy divertido dirigido a todos los fieles de todos los mitos aplicados a él: Algunos me ahogan en el Nilo,
otros me mutilan y lloran por mí, otros atraviesan mis miembros destrozados con siete lanzas; otros más me guisan
en una olla, etc. “¡Llorad a Liber!”, se dice, “Llorad a Proserpina! ¡Llorad a Atys! ¡Llorad a Osiris!” Pero que sea
sin menoscabar mi dignidad. ¡No me arrastréis por todas las tumbas! Dios me creó para andar de día, y esto me
basta.
435 Vita Const. 1, 17 y 27.
436 Cf. Ullmann, Gregorius von Nazianz, pp. 558 ss. Los eufemitas sirios, de que se habla en la p. 562, debieron ser una
secta monoteísta pagana, acaso bajo influencia persa que, reconociendo la existencia de varios dioses, sólo a uno le
dedicaban, como prepotente, un culto de fuego.
437 Paneg. IX (Incerti ad Const. M. del año 313), cap. 26.
438 Tacit., Annal. IX, 15. Y precisamente entonces “porque dominaban las supersticiones extranjeras”.
439 La demostración, por ejemplo, en las prohibiciones ulteriores, Cod. Theodos, XI, 16, del año 319.
440 Todavía utilizado contra Alarico y sus godos, Zosim. V, 41.—Una interesante respuesta del arúspice (después del
año 276), que se puede interpretar, un poco artificiosamente, como referente a la casa de Habsburgo, Hist. Aug.
Florian., cap. 2.
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ciudades, etc.; pero en el curso del tiempo se había mezclado con las otras supersticiones, hasta las
astrológico-caldeas, y tampoco los autores que tratan de estas materias se distinguen siempre
adecuadamente de los de otras ramas de la teurgia.
Tampoco los oráculos,441 esto es, las respuestas que se reciben en algunos santos lugares
cuando se preguntaba por el futuro, habían enmudecido, aunque los conjuradores ambulantes
suponían una competencia muy sensible. Las diversas religiones paganas del Imperio coincidían en
conocer la existencia de ciertos lugares agraciados donde se podía percibir la voluntad de los dioses
con más claridad que en ninguna otra parte, y así, había templos oraculares, fuentes oraculares,
grutas oraculares, etc., en todas las provincias, a menudo desde épocas remotas, prerromanas, con
toda clase de preguntas y respuestas. A este género corresponde aquel pasar la noche en los templos
de Esculapio y Serapis, para obtener sueños salutíferos, 442 ocasión en la cual solía reunirse a
menudo una sociedad muy distinguida. De todos modos habían cesado las grandes consultas
oficiales, políticas, o los interrogadores, amparados en el más profundo secreto, preferían dirigirse a
los conjuradores; y aunque ya no se aconsejó en hexámetros a ningún Creso que marchara a Halys,
los oráculos más famosos se siguieron sosteniendo gracias a peregrinos de todas las clases que
llevaban sus ofrendas; Pausanias fue visitando los oráculos de Grecia guiado por la piedad y por la
curiosidad.443 Por lo que se refiere a Delfos toda una serie de testimonios, si escasa no con grandes
lagunas, llega hasta Constantino y vuelve aparecer todavía más tarde. En una época relativamente
tardía encontramos todavía menciones aisladas de los oráculos helénicos y del Asia Menor, tales
como Abe, Delos, Mileto, Colofón, etc., y no hay que dejarse engañar por los autores eclesiásticos
en los que se ha convertido en una especie de dogma que los oráculos han enmudecido desde el
nacimiento de Cristo. Acaso se podría aplicar esto al antiquísimo oráculo de Dodona.
Roma poseía y consultaba los libros sibilinos, que representaban el oráculo supremo por lo
que se refiere a la suerte del estado; sin embargo, parece que la última vez que se consultaron esos
libros, cuando la invasión de los bárbaros en tiempos de Aureliano, protestó en el senado un partido
ilustrado o de otra creencia.444 El oráculo privado preferido, que también fue consultado por los
emperadores, se hallaba en las cercanías de Roma, en el magnífico templo de Fortuna de Preneste,
que dominaba la región desde un altozano. Junto a las revelaciones de este templo las de los
templos de Antium y Tibur, por lo demás famosos, tenían una categoría inferior. En la Italia superior
la fuente termal de Apono, no lejos de Padua, gozaba de un gran crédito, no sólo por sus virtudes
curativas sino también por su oráculo445, del que sabemos que respondió a Claudio Gótico en
hexámetros virgilianos. También la fuente de Clitumnus, no lejos de Espoleto, con sus encantadores
alrededores, seguía siendo un lugar sagrado hasta la época de Plinio el joven; 446 en los templos y
capillas que adornaban antes este lugar se pusieron en la época cristiana emblemas cristianos,
probablemente para exorcizar a los proféticos demonios.
En África, hasta la época de Diocleciano, la Diosa Celeste de Cartago goza de un gran
prestigio oracular. “Tampoco las Galias carecen de oráculo; por lo menos, tenemos la fuente termal
del templo de Apolo en Autun,447 que decide sobre juramentos y perjurios.
Por lo que se refiere a los oráculos de la parte oriental del Imperio encontramos algunas
noticias sueltas acerca del templo de Esculapio en Egea, de Apolo Sarpedónico de Seleucia y del
441 Ant. van Dale, De oraculis, Amstelod. 1683. Recopilación todavía utilizable; para una época más tardía
encontramos una exposición amplia en Wolf, De novissima oraculorum aetate.
442 El dios ordenaba a veces no remedios médicos, sino puramente supersticiosos, como se ve por la inscripción griega
del templo de Esculapio de la isla del Tíber en Roma, véase Gruter., Thes. inscr., p. 71.
443 Cómo cree que la profecía no se ha extinguido todavía, X, 12.
444 Hist. Aug. Aurel., cap. 19 ss. Majencio consulta esos libros abriéndolos al azar, Zosim, II, 16.—Una consulta
anterior, en la nota 6 de la sec. quinta.
445 Hist. Aug. Claud. Goth. cap. 10, donde en lugar de Apennino se debe leer Aponino.—Claudian., Eidyll. VI.
446 Plin., Epist. VIII, 8.
447 Panegyr. VII (Eumen. Constantino), cap. 21.
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templo de Mallos, los tres en Cilicia, y acaso del templo de Venus en Pafos, Chipre, el oráculo, sin
templo, del Monte Carmelo y varios santuarios de Egipto. De los grandes templos del interior del
Asia ninguno acaso dejaba de tener pretensiones de este tipo; 448 en el templo de Baalbek, todavía a
fines del siglo cuarto la imagen del dios solía ser paseada periódicamente y presagiaba (como el
Apolo de Hierápolis) por la dirección que comunicaba a sus portadores; otras respuestas de menor
importancia se recibían por carta y mediante símbolos. Es extraña la aplicación que muestran los de
Palmira en la interrogación de los dioses, dirigiéndose al Apolo Sarpedónico y a la Afrodita Celeste
de Afaca para informarse de la duración de su reino.
No será posible, por causas comprensibles, obtener una estadística segura del sistema oracular
en la época de Constantino. Junto al oráculo tenemos la escrutación cotidiana del futuro fijándose
en cualidades puramente exteriores a las que la superstición atribuía carácter omnímodo. Abrir, por
donde salga, el libro de Virgilio constituye uno de los recursos más elegantes; al ocuparnos de
Septimio Severo pudimos observar una sumisión de mucho peor gusto a supersticiones de este
género, pues Severo aceptaba, además de los omina, la interpretación de sueños, la astrología, la
magia, los misterios áticos, etc. A las viejas supersticiones romanas se añadieron con el curso del
tiempo la de los pueblos sometidos y las del Oriente; mientras que, a cada momento, los omina y
portenta asustaban a la gente o la decidían a obrar, por cada paso dado fuera de casa se consultaba
el libro de horas caldeo o egipcio. Eusebio nos cuenta de Maximino Daza que apenas si se atrevía a
mover un dedo sin antes acudir a la adivinación y el oráculo.449
¡Si las cosas no hubieran pasado de aquí! En parte por anticipar algo futuro, en parte para
operarlo mágicamente, el romano de los primeros tiempos imperiales apelaba no raras veces a los
medios más reprobables y, por lo general, se solía echar mano de los mismos caldeos que se
dedicaban a vaticinar por las estrellas. A menudo, los fines mismos eran criminales y, en cuanto a
los medios, no se tenía el menor reparo. Cuando Germánico fue envuelto con una magia mortal y
amedrentado, realmente, hasta la muerte,450 apenas si reparamos en que para cometer este crimen
hubo antes que perpetrar otros asesinatos a fin de proveer al mago con los necesarios despojos
humanos, pero también en los casos en que no se trataba de un encantamiento positivo, de un
hechizo, sino de la mera averiguación del porvenir o de esquivar una desgracia, las prácticas solían
ser a menudo del género más horrible. Mientras hubo paganismo no cesó por completo el escudriño
de entrañas humanas; el solicitar una muerte voluntaria para el emperador Adriano costó la vida a su
favorito Antinoo; el descuartizamiento de cadáveres para protegerse contra un hechizo, el
conjurarlos para una vida aparente y, finalmente, la conjuración de las almas seguían siendo viejos y
no raros medios de adivinación, para no hablar de otros encantamientos de menor cuantía,
especialmente los filtros amorosos. El miedo a los magos debió estar tan extendido que se podía
calumniar peligrosamente a gente prestigiosa y culta con acusaciones de este tipo. 451
¿Qué relación guardan estas prácticas mágicas con la nueva dirección del siglo tercero en el
sentido de la religiosidad y moralidad paganas y de la filosofía neoplatónica?
Lo que de las ciencias secretas no era precisamente criminal y repulsivo persistió sin ser
combatido y hasta fue protegido oficialmente, pues ya sabemos que el piadoso Alejandro Severo
asignó sueldos oficiales a los arúspices y astrólogos y les obligó a dar cursos de su especialidad.
Pero lo que sobrepasaba de esto y sólo se podía conseguir mediante crímenes, no fue utilizado por
la mayoría de los emperadores cuando una vida guerrera sin tregua prestó a la corte un tono más
vigoroso y sano, y Decio convirtió en meta política el restablecimiento de la vieja religión. Todavía
448 Sobre la fuente castalia de Dafne cerca de Antioquía, especialmente famosa por sus oráculos sobre los destinos de
la corona, cf. Amiano Marc. XXII, 12. De la cesación de estos oráculos trata entre otros Symmachus, Ep. IV, 33.
449 Euseb., Hist. eccl. VIII, 14.
450 Tacit., Ann. II, 69.
451 La demostración principal en el discurso que en defensa propia redacta Apuleyo, Obras, ed. Bipont., vol. I. Tuvo
que rechazar incluso la acusación de haber conquistado a su esposa debido a sus artes de magia, I. c. pp. 84, 93.
124
el supersticioso Diocleciano parece, por lo que sabemos, irreprochable en este respecto, mientras
que sus corregentes se sumen en el oprobio.
Por lo que se refiere a los neoplatónicos, su demonología tenía contactos demasiado directos
con algunas partes de la magia corriente, así que no se pudo evitar una estrecha complicidad; y su
conjuración de los espíritus no es, en parte, más que una derivación de la creencia mágica popular
de Oriente y Occidente.
Tenemos en tercer lugar que los cristianos con su fe, en parte judaizante, en parte popular, en
los demonios, marchan a una con los paganos y no dudan lo más mínimo de que existen numerosas
potencias intermedias que actúan en la vida de los hombres, que pueden ser conjuradas por éstos y
son pensadas como ángeles caídos o como gigantes, es decir, como hijos de los ángeles y de las
hijas de los hombres.452 Pero tales espíritus son siempre malignos, enemigos del reino de Dios y de
la salvación de los hombres; muchos los consideran como causantes de las calamidades naturales,
por ejemplo, terremotos y plagas y también de las desdichas del mundo moral; son los fautores de
todo el insensato y pecaminoso paganismo, a cuyos efectos han seducido al género humano para
tenerlo en sus garras y que no se pueda salvar. Eran viejas opiniones, heredadas en parte del
judaísmo, pero se fueron desarrollando todavía. Escuchemos a Lactancio, como testigo de la época
que sigue a la gran persecución diocleciana:453
“Estos demonios de sobre la tierra y de la tierra saben mucho del futuro pero no todo; no
saben el auténtico decreto de Dios. Ellos son los que se dejan conjurar por los magos y, bajo su
invocación, engañan los sentidos de los hombres con cegadoras prestidigitaciones, de suerte que las
gentes ya no ven lo que es sino que creen ver lo que no es... Producen enfermedades, sueños, locura,
para tener cada vez más sujetos a los hombres mediante el espanto... Pero no por esto habrá que
adorarlos por temor, pues sólo son dañinos cuando se los teme; en invocando a Dios tienen que huir
y el hombre piadoso hasta podrá obligarles a que digan su nombre... Han enseñado a los hombres a
hacer estatuas de los reyes, héroes, inventores, etc., muertos, y a adorarlos como a dioses; pero bajo
sus nombres se esconden ellos mismos, como tras una máscara. Los magos no invocan al demonio
con estos nombres de dioses con que se encubre, sino con su nombre verdadero, supraterreno…”
Reconoce además que los demonios moran realmente en los templos y que operan milagros, y
todo para tener más sujetos a los desdichados humanos; la presciencia, que poseían de hecho como
espíritus originariamente divinos, la emplearon en decir a veces la verdad a través del oráculo, para
ganar así el prestigio de ser ellos mismos los que habían realizado los hechos. De la misma época
son las manifestaciones de Arnobio,454 que admite la realidad objetiva de la magia con una gran
amplitud y, por ejemplo, encuentra una diferencia sustancial entre Cristo y los magos porque Aquél
realizó sus milagros por la fuerza de su propio nombre, mientras que éstos los han producido con la
ayuda de los demonios. Se refiere a los prodigios de Simón el Mago, especialmente a su carro de
fuego, como a algo conocido por todo el mundo. Cierto que no se puede saber si en todas estas
invocaciones y conjuraciones no aparece siempre el mismo ente, es decir, Satanás.
Teníamos que adelantar todo esto para caracterizar en cierto modo el grado de la creencia
mágica general que imperaba todavía. Acaso ni los mejores de la época se hallaban completamente
exentos. Los ejemplos de las diversas especies de magia nos harán entrar en mayores detalles.
Como dijimos antes, los conjuradores neoplatónicos conocían, como una categoría peculiar, la
conjuración de las almas de los hombres. Mucho tiempo antes, con independencia, pues, de su
sistema455 tropezamos a menudo con este tipo de conjuración, pues de los difuntos se espera siempre
comunicaciones importantes y el muerto es considerado como un genio en muchos viejos sistemas
452 Pasajes de los padres de la iglesia recopilados por L. Usteri, Entwickdung des paulin. Lehrbegriffs, apéndice.
453 Lactant., Divin. Institut. II, 14, 5.
454 Advers. gent. I, p. 25; IV, p. 134.—Pasajes parecidos muy fuertes en Tertuliano, Apolog. 22, 23.—Véase también
Euseb., Hist. eccl. VII, 10.
455 Como prácticas griegas muy antiguas y conocidas, en el libro XI de la Odisea.
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religiosos. En los dos primeros siglos se habla a menudo de conjuraciones de esta clase, realizadas
en parte en circunstancias espantosas, y basta con que recordemos a la Canidia de Horacio y a
Nerón. En el siglo tercero encontramos a Caracalla 456 que, en una fiebre delirante, se cree
perseguido con espadas por su padre Severo y su asesinado hermano Geta, y que invoca todo un
montón de almas para preguntarles por el remedio; Cómodo, el mismo Severo, concurren al
llamamiento, pero al último le acompaña el alma de Geta y el espantado conjurador no escuchó
consuelo alguno sino salvajes amenazas. Nada parecido se nos cuenta de los emperadores
posteriores,457 pero la invocación de las almas siguió en uso y los autores cristianos hablan a
menudo del asunto, con espanto, como de algo subsistente, y las lamentaciones y las prohibiciones
llegan hasta muy dentro de la época cristiana.458 Pero en la última época no siempre es fácil
distinguirlas de las lamentaciones y prohibiciones generales del llamado crimen veneficium, que
abarca, además de los envenenamientos, cualquier efecto ilegal obtenido por medios externos.
Entraban en este capítulo, por ejemplo, las brujerías con las que los aurigas del circo trataban de
asegurarse la victoria. Seguía habiendo en Roma maestros de magia negra y quien no se decidía a
enviarles su hijo procuraba que se les acercara un esclavo de su confianza. Todavía a mediados del
siglo cuarto encontramos una esclava sarda que es muy ducha en “conjurar almas malévolas y en
hacer vaticinar a los fantasmas”.
Pero el verdadero mago sabía también devolver la vida, por corto tiempo, a un cadáver y
hacerle hablar. Grecia había tenido desde antiguo su oráculo de los muertos, pero en la época tardía,
de la que nos ocupamos ahora, este arte espantoso tiene su sede principal en Egipto y aunque no
procediera de aquí adoptaba fácilmente en sus conjuros el tono egipcio. 459 Apuleyo nos coloca una
escena semejante, en el segundo libro de la Metamorfosis, en el foro de Larisa en Tesalia, donde,
por otra parte, tampoco escaseaban los magos nativos; pero se presenta un egipcio, Zachlas, con
blancas vestiduras de lino y la cabeza rapada, que colocando por tres veces ciertas hierbas en la
boca y el pecho del cadáver y musitando una oración, realiza el portento a la salida del sol. En
Heliodoro460 encontramos otra historia de esta clase, relatada con crudo detallismo egipcio y sin el
humor apuleyano; esta vez, es una madre quien conjura a un hijo muerto en la guerra y el cadáver
dice la verdad, mientras que en el caso anterior queda en el aire si el mago no habrá embutido al
cuerpo inerte una vida falaz y mentirosa. El autor, bajo la máscara del sabio sacerdote Calasiris,
rechaza esta conjuración de muertos y, en otra ocasión, 461 opone a esta mántica ínfima una sabiduría
superior, auténticamente egipcia, que mira al cielo, trata con los dioses, etc.; pero todo esto son
circunloquios propios del siglo cuarto, cuando el poder político ya no estaba para bromas en cosas
de magia, o quizás se trate de un eco de la noble doctrina plotínico-porfiriana, que se apartaba
decididamente de toda magia operativa. Pero ¿qué habremos de pensar cuando tropecemos con
algunos ejemplos de conjuración de muertos entre piadosos sacerdotes cristianos, y no ya en la
Edad Media sino en los siglos cuarto y quinto? San Espiridión, obispo de Trimitunte en Chipre, 462
que estuvo presente luego en el concilio de Nicea, tenía una hija Irene, a la que un conocido había
confiado un objeto de valor; murió ella entre tanto, y Espiridión, que tenía que devolver el tesoro y
no sabía dónde lo había guardado su hija, conjuró a ésta hasta que le dio la indicación requerida
desde el fondo de la tumba. Un relator posterior cohonesta el hecho con estas palabras: “Imploraba
para que Dios le mostrara, antes del tiempo, un ejemplo de la resurrección prometida”, cuando no es
otra cosa que un vestigio de la fe pagana. De los últimos años del Imperio romano occidental
conocemos una conjuración de muertos463 mucho más importante y que, teniendo en cuenta las
circunstancias, produce una gran impresión. San Severino, abrumado por la profunda miseria de su
feligresía en las márgenes del Danubio, invoca a un presbítero difunto para que resucite
repentinamente y le pregunta si permitirá que pida de nuevo a Dios su vida; el muerto implora que
se le deje en su paz eterna y vuelve a desplomarse, ya sin alma. Aquí tenemos, de todas maneras,
una idea psicológica muy distinta y esencialmente cristiana, de la que no podemos, sin embargo,
ocuparnos.
Finalmente, hemos de tratar del empleo de trozos de cadáver como instrumento mágico. Si
quisiéramos averiguar las formas primitivas de este conjuro particular, habríamos de descender muy
profundamente a los orígenes de toda magia; ya sabemos que en toda especie de magia se habla de
la carne y de los huesos humanos, tanto para escrutar el futuro como para embrujar. Es posible que
en un principio se pensara en la sombra de aquellos de cuyos cadáveres se habían tomado los trozos,
pero, más tarde, no siempre se destaca esta relación de un modo claro; se ha convertido en un medio
general y, a partir de la época griega, podríamos recopilar toda una serie de ejemplos diversos de su
aplicación. Sin embargo, un solo caso, muy característico, podrá ahorrarnos el paseo nada agradable
por estos tenebrosos vericuetos. Se recordará el famoso relato de Herodoto acerca del tesoro de
Rampsinit y de la mano cortada del ladrón, detalle en el que podemos figurarnos alguna
representación mágica: la mano derecha ha sido, después de la calavera, la parte más solicitada del
cadáver. Pues bien, en tiempos de Constantino y, una vez más, en Egipto, hogar de toda magia
espantosa, ocurre que se utiliza una mano cortada para fines mágicos 464 y nada menos que a
Atanasio de Alejandría se atribuye que, con fines mágicos, mandó matar, y cortar la mano, a un
obispo de la Tebaida, Arsenio, de la secta meletiánica. En el sínodo de Tiro, y en presencia de los
más famosos obispos del Imperio, los clérigos egipcios se enfrentan a su adversario, no con la
simple acusación sino con el presunto cuerpo del delito; una mano verdadera, y sólo Dios sabe si de
alguien asesinado exprofeso o de cualquier difunto, es expuesta ante los ojos de los Padres.
Atanasio destruye la acusación con un golpe de teatro, presentando en medio de la asamblea al
mismísimo Arsenio, vivo y con todos sus miembros cabales. De todos modos, el hecho de que se
pudiera hacer una afirmación semejante en una asamblea de esa categoría habla bastante claro sobre
la generalidad y la frecuencia de estas brujerías.
La inspección de las entrañas humanas, que parte de otro principio, fue ya practicada en los
viejos tiempos y entre pueblos muy diversos con los prisioneros de guerra. 465 Es esencialmente de
tipo adivinatorio, pero también le acompaña una magia operativa, o es supuesta, sin más, por los
informadores, pues la creencia popular en el valor mágico de los despojos de un cadáver se halla
demasiado arraigada para contentarse únicamente con la mera investigación del futuro. También nos
bastará un solo ejemplo para mostrar la persistencia de esta horrible práctica. Entre los príncipes,
casi todos supersticiosos, de esta época, Majencio, el hijo de Maximiano Herculio, es inculpado
especialmente de haber desventrado mujeres en cinta y hasta niños para inspeccionar las entrañas y
de haber conjurado demonios mediante prácticas secretas. Aunque esto nos lo cuenta Eusebio, 466
que no siempre tiene del paganismo el concepto más justo ni tampoco quiere decir siempre la
verdad, sin embargo, la perversa brutalidad de Majencio no nos permite ninguna duda fundada.
Tampoco nos puede extrañar ya lo que nos revela otra fuente, 467 que dos días antes de su muerte
abandonó el Palatium, manchado de sangre, y se fue a una casa particular, pues en aquél los
demonios de la venganza no lo dejaban conciliar el sueño. Cosas parecidas han ocurrido con
frecuencia, sin duda alguna, en todo el curso del siglo tercero. Por lo demás, estos dos géneros de
463 Eugippius, Vita S. Severini, cap. 16.
464 Sócrates, Hist. eccles. I, 27 s.—Sozomen. 11, 23.
465 Strabo. III, 3, cuenta esto, por ejemplo, de los lusitanos.
466 Euseb., Hist. eccl. VIII, 14 y Vita Const. I, 36.
467 Panegyr. IX, 16.
127
utilización mágica de los cuerpos humanos no agotan el asunto; se buscaban, por ejemplo, efectos
simpatéticos por medio de la sangre, en la que, según la opinión corriente, residía la genuina fuerza
vital. Una historia de este tipo se nos cuenta a propósito de Marco Aurelio, 468 que sería tan triste
como sucia si hubiera que tomarla en serio, pero que, en su mera condición de fábula, arroja una
cruda luz sobre la época cuya gente culta podía creer en semejantes patrañas.
En lo tocante a todo este sistema de magia la historia habrá de preguntar siempre por la
realidad objetiva. Paganos, judíos y cristianos se hallaban igualmente convencidos de que se podían
conjurar espíritus y muertos; no se trata, como en la brujería de los siglos pasados, de confesiones
arrancadas brutalmente a las gentes, sino de cientos de relatos implacables, libres y, por esto mismo,
de tenor muy diverso, procedentes, en parte, de autores muy sensatos y que merecen nuestro
crédito. Sigue siendo un misterio cuánto hay en todo esto de engaño consciente, cuánto de fraude
piadoso y cuánto de ilusión y de visión estática, lo mismo que en el caso de las conjuraciones
neoplatónicas. Pues cada siglo tiene su idea propia acerca de lo suprasensible dentro y fuera de los
hombres, idea en la que la posteridad no puede adentrarse por entero.
Con esta descripción del paganismo no nos proponíamos más que subrayar las direcciones
fundamentales de la creencia de entonces. Si tuviéramos que aludir a todos los detalles de que nos
informan las fuentes, referirnos a tantas concepciones divergentes del mundo de los dioses y
enumerar todos los cultos de amuletos y símbolos en un siglo en el que mucha gente se contentaba
con la adoración de una serpiente, en calidad de Agatodemonio, sin creer ya en ninguna otra cosa,
entonces habría que demostrar, por lo menos hipotéticamente, la existencia de las trescientas sectas
conocidas por el filósofo Temistio. El cristianismo tendrá que enfrentarse todavía, en una lucha
decisiva, con esta “locura politeísta”. 469 Esta lucha, por fortuna, ofrecía también un aspecto literario.
Los defensores racionales del cristianismo en esta época de crisis, los tan frecuentemente citados
Arnobio y Lactancio, cobran todavía una significación mayor por su descripción del paganismo en
ocaso. Cierto que se apoyan en sus predecesores, especialmente Clemente de Alejandría, pero
también aportan muchas cosas nuevas, muy características de la década de persecución y de las
opiniones en boga. El libro de Lactancio, interesante en extremo, se nos presenta como el resultado
de estudios amplios y profundos; la espontánea obra de Arnobio, en la que rezuma el descontento
ardiente y sombrío de un neófito, es testimonio directo del momento. La apasionada desfiguración
del paganismo en lo que se refiere a sus orígenes y a su desarrollo, ya no perturba al lector actual;
sabe a qué atenerse respecto al euhemerismo de estos escritores eclesiásticos, y recoge con ansiedad
todas las preciosas noticias que van entretejidas con ese error.
Resumiendo todo lo dicho hasta aquí, veremos que no sólo la disolución del paganismo
favorece, de un modo general, al cristianismo, sino que muchos de los síntomas de esa disolución
contienen como un prenuncio del cristianismo, se acercan a él. En primer lugar, la mezcla de dioses
era muy apropiada para preparar el terreno a una nueva religión. Desnacionalizaba lo divino y lo
hacía universal; quebrantó el orgullo de griegos y romanos por su viejo culto nacional; el prejuicio
en favor de todo lo oriental tenía que desembocar, a la larga, después de recorrer todos los
vericuetos de la insensatez, en ventaja del cristianismo.
Además, el contenido esencial de las ideas paganas tardías era bastante análogo al
cristianismo; el fin de la existencia no se limita ya a la vida de la tierra, a sus placeres y a sus
avatares, sino a un más allá y hasta a una unión con la divinidad. Algunos creen asegurarse la
inmortalidad mediante misteriosas consagraciones; otros pretenden sonsacarla a la divinidad
sumiéndose en las cosas más altas o apelando a la magia; pero todos respetan el concepto,
esencialmente nuevo, de la moralidad consciente, que se eleva a veces hasta la mortificación y si no
se practica en vida vale, por lo menos, como ideal teórico. El reflejo de esto lo tenemos en esa
eliminación o transformación filosófica de los mitos griegos que no se acomodaban a este punto de
vista. El paganismo senescente se acerca al monoteísmo, en algunos momentos, con prodigiosos
saltos, aunque pronto se enredaran sus pies con la fe en los demonios. Parece muy dudoso que los
paganos llegaran a tener una conciencia del pecado, pero los supuestos previos los encontramos,
con bastante claridad, en la doctrina neoplatónica, que considera la presencia de las almas en la
tierra como una caída y su salida de ella como una especie de salvación.
El cristianismo tenía que vencer a la larga porque contestaba a todas estas cuestiones por cuya
solución tanto se afanaba aquella edad en fermentación y las contestaba de un modo
incomparablemente más sencillo y con una conexión grandiosa e iluminadora.
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SECCIÓN SÉPTIMA
Envejecimiento de la vida antigua y de su cultura
Los malos tiempos. Lamentaciones de los paganos y respuesta de los cristianos. Muchos
autores silencian intencionadamente la época imperial. Roma aeterna. Concepto del
envejecimiento. Degeneración física; sus causas; su relación con la moral; degeneración del
vestido; las modas bárbaras. El arte y su posición entre los romanos. Se acaba la época de
esplendor. La decadencia y sus motivos visibles. La arquitectura; la materia como enemiga de la
forma; los nuevos temas; arte tendencioso. La escultura; materiales suntuosos; el mosaico; la
plástica al servicio de los dioses extranjeros; los sarcófagos; tendencia simbólica de sus
representaciones; los bustos; lo colosal como meta del arte. La pintura; su tendencia realista sin
refinamiento; su relación con el cristianismo es la de servicio. La pintura de retrato; la pintura
tendenciosa. Victoria sobre la escultura. Decadencia de la poesía. La novela; Longo; Heliodoro y
el asunto. La lírica; el juego gramatical de palabras y versos; Optatiano. El cristianismo y la
poesía. La retórica; su posición en el Imperio; relación con los emperadores. Los libros didácticos;
el virtuosismo retórico. Los últimos sofistas. Importancia del estilo en esta época.
Si en algún punto se manifiesta claramente la crisis vital del mundo antiguo es en el ocaso del
paganismo, que hemos tratado de describir con sus verdaderos colores. Nos preguntamos ahora si
no estará destinado el cristianismo a rejuvenecer las nacionalidades y a dar también un nuevo vigor
al sistema estatal; si no será capaz de refutar aquella acusación habitual entre los paganos del siglo
tercero:470 que el género humano no conoce ninguna bendición desde que esta religión sigue
progresando. Pues se afirmaba, con el mayor aplomo, que por causa del cristianismo habían
renunciado los dioses a gobernar los asuntos humanos, que habían huido (exterminatos) del mundo
miserable donde ahora campaban la peste, la guerra, el hambre, la sequía, las plagas, el granizo,
etc., mientras que los bárbaros acosaban al Imperio por todas partes. Los apologistas cristianos
tenían que abordar la refutación circunstancial de todos estos ataques. “¡Cuán poco honrosa sería
para vuestros dioses paganos una cólera tan infantil! ¿Y por qué no os dan ni salud ni felicidad si
tratan sólo de castigarnos a nosotros cristianos? La naturaleza no ha cambiado; el sol y la luna
siguen apareciendo, prospera la simiente, los árboles florecen, se recogen el aceite y el vino y la
vida civil marcha como antes; guerras las ha habido siempre desde los tiempos de Nino de Asiria y
después de Cristo hasta han disminuido. Las calamidades actuales, innegables, son procesos
cósmicos necesarios mediante los cuales las cosas de la tierra tratan de rejuvenecerse (rerum
innovatio).”
Pero esta esperanza, como lo comprendía el autor, era vana. Prescindamos por un momento de
la dirección unilateral que adoptó el cristianismo en cuanto se convirtió en religión del estado y que
no era adecuada, en modo alguno, para infundir nuevo vigor al Imperio. En esto reside precisamente
el gran privilegio de esa religión cuyo reino no es de este mundo y que no se propone dirigir un
determinado sistema estatal, una determinada cultura, como lo habían hecho las religiones del
paganismo, y que es capaz, más bien, de reconciliar los pueblos y edades diferentes, estados y
culturas diversas y mediar entre ellos. No podía, pues, el cristianismo insuflar una segunda juventud
al Imperio senescente, pero podía preparar a los conquistadores germanos hasta el punto, al menos,
de que no pisotearan, sin remedio, la cultura romana. Siglo y medio después, cuando en los campos
cataláunicos estuvo en litigio si los hunos habían de extender su manto de muerte sobre la vida
occidental, como más tarde lo hicieron los mongoles con la vida asiática, esta amistad con los
bárbaros dio sus frutos; romanos y visigodos estuvieron codo con codo y contuvieron la avalancha.
470 Arnob., Adv. gentes I.—Tertuliano en muchos pasajes.
130
471 Quaest. natur. III, Praef. Empleó la palabra latrocinia.—Las quejas sobre la corrupción de las diversas capas de la
vida intelectual a partir de la época imperial, ocuparían un lugar demasiado extenso. Lo que los Plinio, padre e hijo,
Petronio y otros dicen sobre el arte y la literatura, ha sido citado ya muchas veces. Plinio, hijo, reconoce en Ep. IV,
21, por lo menos, que la naturaleza no está agotada todavía y sigue produciendo hombres de talento. Cf. también
III, 21 y el proemio de Floro, que reconoce la edad senil del mundo romano, y que, sin embargo, habla en su
Trajano de un rejuvenecimiento.
472 Filostrato ofrece en su obra Vitae Sophistarum muchos ejemplos; véase por ejemplo, II, 9.
473 Νεωτέρων τε καὶ ἀδόξων . Dio Chrys., Orat. XXI, p. 271. Encontramos una indicación parecida también en la
narración de Dion Casio, LXVI, 25, de las fiestas con ocasión de la inauguración del Coliseo y de las Termas de
Tito; las batallas navales, efectuadas en las piscinas, no representan victorias romanas, sino las luchas entre
corcireos, siracusanos y atenienses, de la época de la guerra del Peloponeso.
474 Sat. VII, vers. 151.-—Sobre las alusiones hechas en el teatro véase Filostrato, Vita Apollon. VII, 5.
131
hace, únicamente, cuando habla de la educación de su época y de sus propios estudios; Eliano en
sus “historias pintorescas” casi nunca; Alcifrón sitúa sus epístolas (véase, especialmente, II, 3) en
los primeros tiempos macedónicos; Ateneo, en su gran enciclopedia acerca del bien vivir antiguo,
prescinde intencionadamente de la época imperial y todavía dos siglos más tarde, Macrobio nos
ofrece en sus Saturnalia, como última noticia, una recopilación de anécdotas y chistes de Augusto,
además de una breve mención de pasada de Trajano. Especialistas filólogos, más familiarizados con
esta literatura que el autor, podrían corroborar probablemente esta observación en términos más
amplios.
Esta época, así negada e ignorada, de la que huían los escritores para refugiarse en siglos
anteriores, recibió de pronto un nuevo contenido gracias al cristianismo. Una literatura cristiana
preparada de largo irrumpió como una inundación en el cauce vacío de este siglo y, en breve
tiempo, desbordó la masa de la literatura pagana conservada hasta entonces.
Pero Roma, sede y compendio del señorío universal, debía ser eterna; la Roma aeterna
aparece en todos los monumentos y monedas como el consuelo general, especialmente durante los
siglos II y III. Mientras Roma personificó el paganismo, la odiada Babilonia de la Revelación, esta
idea fue para los cristianos una locura; era, como dice abiertamente Arnobio, 475 nada menos que la
“ciudad creada para perdición del género humano y por cuyo imperio había sido subyugada la tierra
entera en un grado inmerecido”. Claro que sólo un africano podía hablar en estos términos; también
en la época pagana se hacía la distinción entre Roma y el Imperio y se oraba por el bien de ésta lo
mismo que por el del emperador pagano y sus ejércitos.476 Más tarde, con los emperadores
cristianos, la reconciliación con el señorío universal de Roma fue completa; Prudencio 477 ve en el
Imperio la suprema obra histórica de la Providencia: “¡Mirad cómo toda la especie de los mortales
se halla bajo el dominio de Rómulo, y cómo se han fundido las costumbres y mentalidades más
diversas; así se hallaba predeterminado para que la dignidad del nombre cristiano abarcara hasta los
confines de la tierra con un solo vínculo.” Pero lo más conmovedor lo encontramos en el cántico de
un pagano (hacia 417), Claudio Rutilio Numatiano, 478 que consuela a Roma, profundamente
sacudida, como a una madre vencida por el peso de los años y saca de su grandeza histórico-
universal la nueva esperanza de duración eterna.
En qué medida la organización estatal y la situación exterior podían justificar tales esperanzas
no es cosa que se pueda saber con seguridad por medio de meros razonamientos. Un régimen como
el romano puede mantenerse ilimitadamente a pesar de su creciente desvencijamiento, como lo
demuestra el imperio bizantino. Si la ciudad de Roma hubiera sido tan inexpugnable y apta para la
defensa como lo fue de intento, más tarde, Constantinopla, también el Imperio Occidental pudo
haber durado mucho más tiempo y rescatado más de una vez, desde la elevada urbe, las provincias
perdidas. El estado puede sobrevivir a la nacionalidad como ésta puede sobrevivir al estado. Por lo
tanto, no hay que entender el concepto de envejecimiento como una imposibilidad de pervivencia
sino como la mengua gradual de aquellas fuentes de vida que en un tiempo prestaron a la nación su
noble cuño espiritual y corporal.
Podríamos comenzar por las condiciones topográficas. A las gentes se les figuraba ya que los
ríos se iban secando y que las montañas se rebajaban; el Etna ya no era tan visible desde el mar
como antes y lo mismo se decía del Parnaso y del Olimpo. Atentos observadores de la naturaleza
llegaban a opinar que el mismo cosmos se hallaba en un proceso de decadencia.479
475 Arnob., Adv. gentes, VII, al final.
476 Así durante la persecución de Decio, cf. en Ruinart, Acta Martyrum sincera, la Diputatio S. Achatii.—También,
bajo Valeriano, la narración del obispo Dionisio de Alejandría. Pasajes de los apologistas cristianos, que hablan
muy claramente en este sentido, en Lasaulx, Der Untergang des Hellenismus, pp. 12 ss.
477 Prudent., Peristeph. Hymn. 1, estrofa 105 y ss.
478 Cf. Rutil. Numat., Iter in Gall, I, vers. 47 y ss. Completamente profético es el verso 133: Porrige victuras romana
in saecula leges.
479 Así Aeliano, VIII, 11, en la época de Adriano.
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Si miramos al tipo físico no podremos negar que en esta época se produce una degeneración
de la raza, por lo menos en las clases altas. El juicio no se basa únicamente en las manifestaciones
de autores que, en diversas ocasiones, aludieron ya muy pronto a algo parecido, 480 sino que es el arte
mismo quien nos proporciona la prueba más irrefutable en numerosos monumentos, hasta en
aquellos que no permiten ninguna excusa por virtud de la torpeza del artista.
En la mayoría de las esculturas de este tiempo domina, en parte, una fealdad natural, en parte,
algo enfermizo, escrofuloso, abotargado o decadente. Monumentos funerarios, monedas, mosaicos,
fondos de vaso, todo coincide en esto que decimos. Los corregentes de Diocleciano y sus sucesores
inmediatos, con sus rasgos a las veces verdaderamente repelentes, acaso no representan, por su
condición de ilirios, un buen término medio. Constantino, cuyo rostro conocemos muy bien por las
estatuas y las monedas, muestra, en general, un aspecto sano pero con cierto aire de perfidia y, sin
embargo, los panegiristas y los escritores eclesiásticos coinciden en admirar su belleza, lo que no es
mera adulación sino, también, un testimonio claro del bajo nivel del juicio. En la fisonomía de sus
hijos se observa un nuevo género de expresión, con el que tropezaremos con frecuencia; vemos lo
que, en un sentido peyorativo, se llama lo “clerical”; Constantino II presenta, como su padre, una
testa redonda, no muy agradable, y Constante y Constancio más bien alargada. Pero con más
claridad que estos rostros ilirios y acaso que todos los bustos, nos hablan las figuras ideales de la
época, en las que los artistas tratan de decantar lo más apreciable, poniendo así en evidencia el
empeoramiento del tipo humano de entonces. El arco de Constantino junto al Coliseo es, después de
todo, una obra apresurada, lo que excusa y explica, suficientemente, la rudeza de la ejecución
plástica, pero no la fealdad de las figuras y el encogimiento de los rasgos.
Cierto que hay épocas en las que el arte pretende encontrar su meta en lo característico en
lugar de lo bello, descendiendo hasta lo feo, sin que el mundo que rodea al artista sea culpable de
ello. Pero en esta ocasión no se puede hablar de esta debilidad por lo característico sino,
sencillamente, de la incapacidad de mantenerse, aunque sea superficialmente, en los ideales clásicos
de belleza cuando el mundo exterior ya no ofrece ningún punto de contacto con ellos. En el siglo
quinto los mosaicos nos muestran el mismo espectáculo. Y téngase en cuenta que el arte no busca
todavía la expresión de la santidad en el encanijamiento ascético, como más tarde los mosaicos
bizantinos; no son todavía figuras macilentas pero, por lo general, ofrecen rasgos fisiognómicos
feos e irregulares. Ni siquiera trabajos excelentes en los que todo el resto, vestiduras, ademanes,
acomodo en el espacio, etc., es tan bueno como se puede esperar de la época de Teodosio, por
ejemplo, los doce apóstoles del Baptisterio ortodoxo de Rávena, significan una excepción en este
aspecto.
El tipo humano del Imperio fue desde siempre muy diverso según las diferentes comarcas y la
suerte que conocieron; algunas poblaciones podemos figurárnoslas como espléndidas, otras como
esmirriadas. Pero la forma media que prevalece en las artes plásticas es, en esta época, la de Italia.
¿Cuándo y en virtud de qué acontecimientos ha empeorado el tipo humano aquí y, acaso, en todo el
Imperio?
La respuesta no hay que buscarla muy lejos. Dos pestes terribles en tiempos de Marco Aurelio
(167) y otra vez a partir de Galo (252) habían azotado de modo irremediable la población del
Imperio; la última de esas pestes481 parece haber durado quince años, sin que se escapara ninguna
región y habiendo sido vaciadas algunas ciudades. Si a esto se añaden las guerras incesantes, tanto
para disputarse el trono como contra los bárbaros, tendremos necesariamente el abandono de la
labranza y las hambres periódicas propicias a todas las enfermedades. En cuanto a las clases altas,
nunca se vieron libres de aflicciones y cuidados. Los asentamientos de bárbaros hicieron lo restante
para cambiar por completo el tipo humano, pero esto más bien en un sentido favorable.
480 De las extrañas manifestaciones en Dio Chrysost., Orat. XXI, pp. 269 ss., se desprende que se había observado una
disminución de la belleza masculina y un aumento de la belleza femenina.
481 Véase las partes en Clinton, Fasti rom. ad. a. 252.
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Pero en tiempos de tanta desdicha un tipo no se pierde sólo físicamente; van muriendo viejos
usos y costumbres, se apagan ideas nacionales, afanes espirituales de todo género. No quiere esto
decir que también la moral se hallara en bancarrota; más bien podríamos mostrar en la segunda
mitad del siglo tercero una recuperación en este sentido. En cuanto a los emperadores, difícilmente
se podrá negar; pasaron los tiempos de Caracalla y Maximino; Carino sucumbe porque representa,
en su década, una anomalía de otros tiempos. En las calamidades que luego aparecen, como ese
Majencio, la disolución y el crimen ofrecen un cariz pequeño-burgués al compararlos con lo
anterior. Aumenta la policía de costumbres482 y, con ella, la decencia exterior; Diocleciano se
esfuerza seriamente en arreglar las caóticas situaciones familiares, 483 oponiéndose a los matrimonios
dentro de la misma familia y entre parientes próximos. Los escándalos de gran envergadura
disminuyeron a ojos vistas. Teniendo en cuenta el silencio que a este respecto guardan los autores
que le son adversos, se ha concluido, con razón, que la vida privada de Constantino no se vio
contaminada en este respecto. El gobierno adopta cada vez más medidas humanitarias y reconoce el
deber de preocuparse por el bienestar de los súbitos mientras que, al mismo tiempo, tiene que
ejercer una gran presión, equivocándose muchas veces en las medidas a que recurre como, por
ejemplo, la de los precios topes de las subsistencias y las penas completamente bárbaras contra los
crímenes. Ya señalamos ciertos síntomas de este aumento de moralidad en el paganismo tardío y en
el idealismo ascético de los filósofos, pero tenemos que abordar una vez más el asunto en su
conjunto. Pues, acaso, esta vuelta a la sensatez y a la moderación fuera también un síntoma del
envejecimiento que ahora nos ocupa; por lo tanto, mal podía rejuvenecer al senescente mundo
antiguo.
Luego de haber constatado la mengua del tipo físico, observemos otras exterioridades y, en
primer lugar, el vestido. En este aspecto las artes plásticas no nos revelan la verdad, pues
mantienen, por lo general, los ropajes de las épocas florecientes del arte, ha tiempo fenecidas, y ya
sabemos que, desde un principio, eran de tipo ideal; así, por ejemplo, la teoría de las Panateneas del
Partenón no representa el atavío real de los atenienses de la época de Fidias sino elementos suyos
bellamente simplificados. Si, pues, en la plástica romana del tiempo de Constantino vemos que
dominan la toga y la túnica, junto con la clámide en las figuras desnudas, no debemos inferir que se
trata del indumento corriente. Será más conveniente seguir las indicaciones de los autores cristianos
que nos hablan de una vestimenta recargada, degenerada, que bien se podría llamar “rococó
romano”, si se nos permite el uso de esta expresión profana.
En lugar de trasladar a estas páginas una sección de la historia del vestido contentémonos con
unas cuantas indicaciones. Existe un poema484 de Arborio, tío de Ausonio, de la primera mitad del
siglo cuarto, dedicado a una “ninfa demasiado acicalada” en el que se nos describe a una muchacha
de las Galias. Sus cabellos, entreverados de cintas, lucen un gran moño en espiral (in multiplicem
orbem) rematado por un copete de oro; el collar parece de coral rojo; el vestido le llega hasta el
cuello y se halla ceñido de cintas que forman una especie de cotilla. Abundan las zarandajas y las
mangas son excesivas.485 Los moños en espiral eran cosa antiquísima y algunos bustos estaban
dispuestos de forma que se les podía cambiar el peinado según la marcha de la moda. Antes que
Arborio se lamenta Arnobio de las cintas, probablemente de oro, con que muchas damas se cubren
la frente, así como de sus cabellos quemados, a la manera de los hombres. Completamente
antipático resulta el maquillaje, que no sólo da una color distinta a la cara sino hasta le cambia la
forma. Se recargan tanto los colores rojo y blanco que las mujeres “parecen” ídolos y cada lágrima
que se desliza deja un verdadero surco en la mejilla. Así lo ve, por lo menos, San Jerónimo, quien
estaba bien enterado por su vida anterior. Un cambio importante, que acaso ocurre en este tiempo,
es la aparición de telas repujadas y floridas, en contraste con las telas de un solo color, únicas
482 Obsérvase lo que dice Aurel. Vict. Caess. 28 sobre Felipe el Árabe y los comentaristas.
483 Leyes del año 287 y 295, Cod. Gregor. V, 1.
484 En Wernsdorf, Poetae lat. min., vol. III.
485 Véase Hieronym. Ep. 38 ad Marcellam. y Ep. 130.
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dignas del hombre, porque no son más que masa y pliegues, y de este modo acusan la forma, el
ademán y el movimiento del cuerpo. Constantino recibió de unos embajadores extranjeros el
agasajo de unos “vestidos bárbaros recamados de oro y flores”; 486 poco después esta clase de
vestidos serán el traje de ceremonia de los mosaicos de las iglesias y no tardará mucho para que se
borden historias enteras en las vestiduras de los sacerdotes y en los manteles del altar. Lo exótico y,
en general, lo bárbaro, es lo preferido por la moda romana tardía por ser más caro y difícil de
conseguir. Bajo Teodosio el Grande, el famoso Símaco renuncia a un suntuoso coche oficial, de
estilo exótico, con el que el emperador creía dignificar las visitas de los prefectos urbanos. 487
Pero esta barbarización va más allá del vestido. La presencia de oficiales germanos,
especialmente godos y francos, en el ejército y en la corte, la influencia de la etiqueta y las
costumbres orientales, tenían que ir transformando poco a poco todo el aspecto exterior de la vida,
dándole un cuño no romano. Así, nada tiene de tradicional esa distribución de la sociedad en clases
y rangos que se lleva a cabo mediante el reparto de títulos; nada más contrario al concepto de
ciudadanía que había nutrido al mundo clásico. También el cristianismo, que fue consumiendo con
su poderosa llama tantos elementos de la educación antigua, influyó indirectamente en la
barbarización,488 como podremos ver en seguida si dirigimos una ojeada al arte y a la literatura de
esta época.
El arte, en el sentido más alto del vocablo, había sido el aliento del pueblo griego. Ninguna
otra nación pudo atreverse a jalonar su cronología con el desarrollo de lo bello a manos de poetas y
artistas, como ocurre, por ejemplo, con la crónica de mármol de Paros. Con las armas victoriosas de
Alejandro y de los Diadocos, marchó también el arte griego a través del Oriente y fue desplazando
las viejas formas nacionales de Alejandría en adelante, con la única excepción de la arquitectura y
de la escultura de Egipto. También los romanos lo acogieron en su servicio, no tanto como objeto de
lujo sino porque correspondía a la necesidad de belleza que les animaba pero cuyo
desenvolvimiento fue impedido por el predominio de lo marcial y lo político. Contribuyó en la
forma más grandiosa a prestar un aire nobilísimo a la magnificencia nacional y religiosa de Roma
aunque no sin padecer en su unidad orgánica. Desde Roma, todo el Occidente acogió este arte
romanizado como una ley del vencedor, y lo fue hablando a su manera, como hizo con el lenguaje.
Y donde por el Occidente se conservaron colonias de origen italo pudo obedecer también a una
necesidad.
Pero el arte no alcanzó en esta época del dominio de Roma la posición que tuvo en Grecia en
la época de su esplendor. Ya no oímos decir que la profanación de lo bello es una blasfemia, como
en aquella ocasión en que el poeta Estesicoro quedó ciego porque había injuriado a Elena, el
prototipo de toda belleza.489 Luciano, que no respeta ni a dioses ni a hombres, se atreve a burlarse de
los viejos ideales de toda belleza, aunque, por otra parte, su gusto artístico es tan seguro. Aquella
serie maestra de diálogos de los muertos en los que, con la máscara del cínico Menipo, da rienda
suelta a su sarcasmo, contiene una escena en el mundo subterráneo 490 en la que Hermes muestra a
Menipo los esqueletos de las famosas bellezas de otro tiempo, Narciso, Mireo, etc. “Pero ¡si no veo
más que huesos y calaveras! ¡Muéstrame a Elena!”—“Esta calavera es Elena”.—“¿Y por esto la
486 Euseb., Vita Const. IV, 7.—Las tiendas de campaña del príncipe Herodes de Palmira con figuras bordadas Hist.
Aug. XXX Tyr. 15 (16), son mencionadas todavía como algo típicamente persa. Trajes abigarrados con figuras de
animales forman ya la moda a mediados del siglo IV, cf. Amiano Marc. XIV, 6.—Trajes bordados y tejidos con
figuras menciona Claudiano, Epigr. 20 hasta 23.—En Prob. y Olybr. Cos. 224.—En VI, cos. Honor, 166. Rapt.
Proserp. I, 245; II, 44.—Laud. Stil. II, 230, 249, 340, 385.
487 Symmachi, Ep. X, 24. Considera que, desde los tiempos de Camilo, no se quiere en Roma tales externa miracula y
atribuye así, excepcionalmente, a la antigua metrópoli, un gusto más distinguido.—Carros frigios y celtas, como
artículos de moda, ya en el siglo segundo, Filostrato, Vitae soph. I, 25.
488 La palabra βαρβαροῦσθαι en Zosimo I, 58 y II, 7, parece indicar únicamente la dominación de comarcas imperiales
por tribus bárbaras; anteriormente tuvo también una significación ética.
489 Hesych. Miles, en Mueller, Fragm. hist. gr. IV p. 174.
490 Luciano, Dial. Mortuor. XVIII.
135
494 Como basílicas, por lo menos como construcciones alargadas, fueron descritas entre otras: la antigua iglesia de S.
Sofía, S. Agatónico y S. Isaac en Constantinopla. Anonym. Banduri, p. 55.
495 La catedral de Antioquía, Euseb., Vita Const. III, 50. La iglesia de los Apóstoles en Constantinopla IV, 58;
probablemente una cruz griega con cúpula. (Cf. Anonym. Banduri, p. 32). La iglesia del Santo Sepulcro en
Jerusalén, III, 25 hasta 40. Sócrates, I, 9. La construcción alta, τὸ ὑφοῦν, significa probablemente una gran
consideración, Euseb., V. C. I. 42; n, 45.
496 Véase antes. La iglesia de los Apóstoles “resplandeciente, desde el suelo hasta el techo, de piedras de colores... El
techo ¿abovedado? con finas cuadrículas de artesonado cubierto completamente de oro... La cubierta exterior de
bronce dorado, que resplandece a lo lejos... La parte superior cubierta de adornos, en forma de mallas, de bronce y
oro...” El edificio se levanta libremente en medio de un patio grande, a su alrededor grandes avenidas, cámaras
imperiales, baños, fondas y viviendas para los guardas, etc.
137
a todo género de derroche plástico, es natural que el número y hasta la profusión de las figuras, lo
mismo que en arquitectura la multiplicación de los miembros, disiparan todo efecto grande y
verdadero. Además, se mercantilizó la plástica de los sarcófagos, pues rara vez se trabajaba por
encargo y como era ofrecida en venta al público tenía que servir al mal gusto reinante, amigo de la
pompa. Finalmente, predominó el tema y con una concepción trascendental que iba en menoscabo
del arte. Los mitos son presentados como figuraciones simbólicas de ideas generales, con una
separación entre forma y contenido que, a la larga, tenía que corromper el arte. Tras las
representaciones míticas de Meleagro, Baco y Ariadna, Amor y Psique, Luna y Endimión, Plutón y
Proserpina, tras las luchas de centauros y amazonas, bacanales, teorías de Nereidas, etc., se
esconden ideas abstractas sobre el destino, la muerte y la inmortalidad. Semejante simbolismo
despierta, sin duda, la participación histórica y poética del espectador, pero el arte hace dejación de
otra misión suya: la de evocarnos en cada una de sus figuras, gracias a la excelencia de la forma, lo
eterno e imperecedero.
El cristianismo sustituyó las figuras paganas de los sarcófagos por las de Cristo y los
apóstoles o por ciertas escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, en forma paralela o aislada. No se
puede esperar ningún progreso en cuanto al estilo; vuelve a predominar lo “tendencioso”, la
expresión simbólica. Por la incapacidad creciente para representar un relato en marcha, que es
esencial al relieve, se divide el sarcófago, por medio de columnitas y arcadas, en tantos campos
como personajes o historias se representan. En este abigarramiento la ejecución degenera muy
pronto y denuncia una torpeza caquéxica e infantil.
A la escultura le quedó todavía como tema el retrato, en estatua o en busto y, especialmente, la
media figura en relieve. Encontramos a menudo en piedras conmemorativas y en sarcófagos esas
amables representaciones del esposo y la esposa en un nicho, con las manos entrelazadas; no deja
de tener importancia el que, como ocurre también en las monedas de la segunda mitad del siglo
tercero, se reproduzca la mitad superior del cuerpo. Los bustos propiamente dichos son raros, de
suerte que, por ejemplo, a los grandes emperadores ilirios los conocemos casi exclusivamente por
las monedas. Poseemos muchos testimonios de estatuas-retratos 502 pero apenas si se ha conservado
algo con excepción de algunas erigidas en honor de Constantino, las que, por sus formas pesadas y
zurdas, apenas si nos permiten lamentar lo perdido.
Lo mismo que el material, en otros casos fue objeto de pasmo lo colosal. Se apreciaba
sobremanera el efecto de los grandes monolitos; ya desde largo se estaba acostumbrado a ver los
obeliscos egipcios acarreados desde las orillas del Nilo; Heliogábalo había soñado con traer desde
Tebas un bloque de piedra que contenía una escalera de caracol y había de servir de escabel a sus
ídolos;503 Diocleciano, por su parte, mandó traer del Oriente para sus Termas las enormes columnas
de granito de quince pies de perímetro y Constantino trasladó el mayor de todos los obeliscos de
Heliópolis a Alejandría, el mismo que más tarde Constancio hizo traer a Roma. 504 El trozo más
grande de pórfido, una columna de cien pies, serviría para sostener la estatua del nuevo fundador de
la ciudad en Constantinopla. Estas proporciones cúbicas aplicaron también con gusto los siglos III y
IV a las creaciones de la plástica. Alejandro Severo mandó instalar en Roma toda una serie de
estatuas colosales;505 a estos efectos, reunió artistas de todos los rincones. Galieno se deja retratar
como dios solar a un tamaño de unos doscientos pies; 506 la lanza que su mano sostenía tenía que ser
lo bastante fuerte para que un niño pudiera trepar por dentro de ella, los caballos y el carro habían
de ser de la misma proporción y el conjunto debía coronar el punto más alto de Roma, el Esquilino.
Afortunadamente, parece que la obra quedó sin terminar. Más modestas fueron las dos estatuas de
mármol del emperador Tácito y de su hermano Floriano, 507 en Terni, cada una de treinta pies, que
fueron abatidas por el rayo poco después de haber sido montadas. Desde las estatuas gigantes de
Fidias y los cien colosos solares de Rodas, conocemos representaciones colosales de dioses y
hombres que no perjudican al arte, pero en una época de decadencia general, cuando el dibujo y el
modelado no están ya a la altura de su cometido en lo pequeño, las grandes proporciones adquieren
un aspecto monstruoso y estropean el gusto de generaciones enteras con su gigantismo
omnipresente. Esta gran profusión de estatuas-retratos tiene, por otra parte, su significación
especial, que guarda relación con la suerte que conoció la pintura.
La pintura nos muestra una ley interna o, por lo menos, su curso se da en tal forma que a los
períodos de representación idealista sigue una época realista, ya porque en la primera época no se
han estudiado bastante las formas de la naturaleza y hay que satisfacerse con lo general, o porque se
ha agotado el círculo de sus creaciones necesarias y se cree encontrar en un rudo naturalismo
nuevos medios para lograr un efecto. Una trayectoria semejante hace que muy pronto se desarrollen
con vida independiente artes menores, sobre todo los asuntos de género. Algo de esto ocurre en el
arte antiguo. Ya desde la época de esplendor tenemos gran cantidad de estatuas y cuadros de género;
escuelas enteras se habían caracterizado por su apego a la realidad pero todo el empeño iba
encaminado, en el fondo, a captar los últimos aspectos nuevos de lo bello y por eso el interés por la
figura concreta se mantuvo siempre a cierta altura. ¿No estaríamos en el siglo tercero muy próximos
a un verdadero naturalismo, a un pintoresquismo completo, a una búsqueda de una ilusoria realidad
viva? No faltan por completo los paralelismos, por ejemplo, en la literatura, como veremos luego.
Pero es el caso que el supuesto principal de toda desarrollada pintura de género, el fino y
agudo sentido de la naturaleza, lejos de ir en aumento se iba embotando; hacía tiempo que se había
olvidado de darle su lugar correspondiente entre el lujo del material y la pompa decorativa. Las
pocas pinturas míticas al fresco que se conservan nos señalan una torpe repetición de los viejos
temas y un anquilosamiento y empobrecimiento totales del antes tan gracioso sistema de arabescos.
Las pinturas de las catacumbas nos cautivan por la sencillez e inocencia de la representación y
también son admirables como primeros testimonios de los tipos de santos personajes, pero en la
disposición de las figuras no menos que en la ejecución de los detalles se acusa una gran torpeza
cuando no puras reminiscencias. Las nuevas figuraciones cristianas encienden con el oro del
crepúsculo los últimos días del arte antiguo, pero no aparece ninguna sustancia fresca junto al nuevo
contenido. Pronto se empleará el mosaico para ilustrar los programas poderosos de la fe triunfante y
todos los espacios disponibles de las iglesias se pueblan de figuras y relatos, con desconocimiento
tanto de las ideas arquitectónicas como de las pictóricas, y hay que asombrarse todavía al encontrar
unos cuantos trabajos excelentes hasta el siglo sexto. La significación eclesiástica y la
representación acabada constituyen, junto al lujo de la ejecución, lo único que importa. Apenas si se
puede hablar de una alegría personal del artista en su obra; el arte se había puesto al servicio de un
símbolo exterior al artista, que no había crecido con él, y el artista, aun con un talento destacado, no
era más que el ejecutante anónimo de una cosa general, como ocurrió en otros tiempos en Egipto.
En las miniaturas de los manuscritos, conocidos directamente o por copias posteriores,
sorprendemos a veces alegorías felices y buenas ocurrencias, lo que demuestra que, por lo menos el
arte no oficial, guarda todavía cierta vitalidad; en las estampas de un calendario pagano de la
segunda mitad del siglo cuarto se conservan algunas preciosas figuras de género con sus ropajes y
paisaje barrocos.508 Pero la dirección general se encaminaba, irremisiblemente, en un sentido bien
diferente.
De poder hablar, en algún aspecto, de un triunfo del realismo, lo haríamos a propósito del
auge de la pintura de retrato a partir del siglo tercero. 509 Ya vimos cómo el retrato colosal constituyó
un tema principal de la escultura; también en los sarcófagos la figura principal del mito llevaba, por
lo general, los rasgos del difunto. Pero por todo lo que sabemos podemos inferir que la afición de la
época, en lo que a la pintura se refiere, se encaminaba mucho menos a la representación veraz de los
caracteres que a la exaltación de las figuras, a veces la familia entera, con trajes de ceremonia y
ademanes solemnes y hasta con ingredientes simbólicos. Era natural semejante estilo tratándose de
los emperadores y altos funcionarios, y los particulares se pusieron a imitar. La importancia que
tenía en estas ocasiones el ropaje lo podemos ver por aquella tabla del palacio de los Quintilios 510
que representaba al emperador Tácito cinco veces con indumento diferente (toga, clámide, traje de
guerra, palio, traje de caza). Nada de extraño tiene que también en las monedas y en las pinturas
funerarias no sólo se exhibiera la cabeza sino la mitad superior del cuerpo, pues así se podían ver el
rango y la dignidad. Los dos Tétricos mandaron hacer un cuadro de mosaico en su palacio en el cual
aparece Aureliano en el medio recibiendo de ellos los símbolos de pleitesía, el cetro y la corona de
roble.511 En el palacio de Aquilea se encontraba en la pared de un comedor un retrato familiar que
exaltaba las circunstancias de las familias de Maximiano y de Constancio Cloro; se veía al todavía
joven Constantino recibiendo de la pequeña Fausta (su futura esposa) un casco de oro con plumas
de pavo real.512 En forma parecida podemos imaginarnos los retratos familiares en las mansiones
urbanas y campestres de las gentes distinguidas. 513 Un eco de este género, por lo demás
desaparecido, lo tenemos en los cuadros de los dípticos de marfil que rodean de signos simbólicos
al emperador o al funcionario, reproducidos realistamente y con el detallado traje oficial.
En esta época que no conoce la imprenta, la pintura tiene a menudo el cometido de presentar
al pueblo el poder de los imperantes en el sentido que incumbe hoy a los manifiestos y proclamas.
Lo primero que se hace en una ascensión al trono es enviar el retrato del nuevo emperador, 514 que es
recibido en todas partes con ceremonias. Se llevan a campaña retratos transportables, que se instalan
en el pretorio;515 hasta en los emblemas militares encontramos retratos hechos sobre metal. 516 Se
pintan las victorias en lienzos enormes y se exponen públicamente; 517 teorías de los embajadores de
pueblos extranjeros,518 fiestas y espectáculos,519 marchas triunfales y solemnidades de todo género 520
son representados en forma monumental en los frisos de los palacios. Constantino celebró su
victoria sobre Licinio con una gran pintura a la encáustica, 521 de contenido simbólico, que lucía ante
las puertas de la residencia; se le veía a él y a sus hijos y, a sus pies, el vencido, como dragón
flechado, y abajo el abismo; sobre el conjunto se cernía el signo de la cruz. Más tarde se hizo
representar en el frontis de una puerta de palacio en posición de orante. 522 Después de su muerte, se
509 Adiciones y rectificaciones: En la literatura romana tardía despierta a menudo un gran afán por la descripción
justa, y así tenemos retratos realistas minuciosos, sólo que en palabras. Cf. por ejemplo, Sidon. Apolinar. Epist. I, 2;
III, 13; IV, 20.
510 Hist. Aug. Florian 3. 4
511 Hist. Aug. XXX Tyr. 24 (25).
512 Panegyr. VI. (Incerti), cap. 6.
513 Simaco, Ep. I, 1, donde se enoja sobre las incorrecciones del indumento.—IX, 50, se menciona a un pintor Lucilo.
514 De mort. persec. 25.—Zosim. II, 9. 12 y otros.
515 Dexippi fragm. 24.
516 Euseb., Vita Const. I, 31.
517 Hist. Aug. Maximin. 12.
518 Euseb., Vita Const. IV, 7, compara por lo menos tales exposiciones con un cuadro.
519 Hist. Aug. Gordd. 3. Carus 19.
520 Hist. Aug. Pescenn. 6. Carac. 9.
521 Euseb., Vita Const. III, 1; cf. III, 3.
522 Euseb., 1, c. IV, 15.
141
exhibió en Roma523 una gran pintura en su honor que representaba una alegoría del cielo en el que
se le veía entronizado.
Improvisaciones de este tipo tenían poco que ver con el verdadero arte. Pero expresan un
aspecto del destino total del arte en la medida en que, ya en la época pagana, se había convertido en
servidor de la “tendencia” y con la victoria del cristianismo pudo cambiar de señor pero no de
actitud. Durante muchos siglos, dominado por los temas, no seguirá su propia ley interna o sólo de
modo imperfecto, y de esta suerte se expresa de modo efectivo una de las más fuertes negaciones de
la antigua concepción del mundo.
El predominio de los temas sobre la forma fue también lo que en el arte cristiano proporcionó
a la pintura lugar preferente con respecto a la escultura. El tipo plástico de los santos, por sí mismo,
aun ejecutado con los medios artísticos de un Fidias, hubiera parecido una idolatría; revestido con
las formas de la época decadente no era, comparado con las obras de la antigüedad, más que una
caricatura;524 por eso, cuando el cristianismo trató de impresionar por la vía artística, tuvo que
recurrir al arte simbólico, rico en figuras, y se vio abocado a la pintura o al género intermedio del
relieve. Eso sin tener en cuenta la falsa actitud personal con respecto a los escultores, que fueron
despreciados corno servidores de los ídolos.
Lo que las artes plásticas no pudieron aportar en esta época tampoco habría de traerlo la
poesía. Desligada de su conexión viva con el drama, repugnando el tratamiento épico de la materia
mítica por puro cansancio, despreciando la poesía histórica como toda la historia reciente, tenía que
buscar refugio en la lírica y en la novela. Cierto que se seguían cultivando académicamente, y a
sabiendas, casi todos los géneros, pero una literatura no puede vivir de las reminiscencias, cada vez
más pálidas, de tiempos mejores como, por ejemplo, las que ofrecían los bucólicos y didácticos del
siglo tercero, un Calpurnio Sículo, un Nemesiano, un Sereno Sammoniaco y otros, por mucho
talento que derrochen en algunas ocasiones. Pero la lírica, lo mismo que el corazón humano, puede
rejuvenecerse eternamente y hasta producir en épocas de postración general algunos magníficos
ramilletes, siquiera con deficiencias; por otra parte, la novela constituye el sustitutivo adecuado
cuando ya se acabó la fuerza popular de la epopeya y del drama.525
Por desgracia toda esta literatura de la paganía última ha llegado a nuestros días en forma muy
fragmentaria e inconexa, si bien por lo que respecta a la novela conservamos monumentos de
importancia.526 Por ejemplo, se han conservado “relatos pastoriles” en lengua griega, que se
atribuyen a un cierto Longo, nombre que bien pudiera ser resultado de un equívoco y que, por otra
parte, no se acierta a situar cronológicamente. El cautivador relato de Dafnis y Cloe habría de
ayudarnos a fijar el juicio estético sobre el siglo en cuestión, probablemente el tercero. Estas
descripciones con su minucioso ambiente naturalista, con su fina observación psicológica se
destacan mucho del horizonte bucólico legado por Teócrito; una época que pudo engendrar este
libro no estaba lejos, me parece, de una pintura de género y de paisaje muy desarrollada. 527 Pero es
el caso que esta obra aparece aislada y si la queremos comparar con otras novelas del helenismo
tardío también éstas y sus autores se sustraen en parte a una localización cronológica exacta. Por lo
que respecta al tan citado Heliodoro, el autor de la Etiópica, es dudoso si se trata del obispo de
523 Euseb. 1, c. IV, 69.
524 Véase, por ejemplo, las míseras estatuas del Buen Pastor en la galería del Laterano.
525 Sin embargo ¿por qué ni la edad de oro ni la de plata han podido acarrear un nuevo florecimiento de la comedia?
Las clases cultas de la nación poseían en alto grado la capacidad de observar críticamente el carácter de su época y
sus necedades y de plasmarlas de un modo cómico. ¡Cuántos trozos de Horacio, Juvenal y, entre los griegos, de
Luciano, podrían ser considerados como escenas perfectas de una comedia! Sin embargo, el teatro romano no ha
aprovechado la posibilidad de reflejar la sociedad romana, e incluso la bufonada (mimus) perece muy pronto.
526 Remitimos a la obra de Rohde, Der griechische Roman und seine Vorlaeufer, Leipzig 1876, en la que van unidas
una investigación profunda y una exposición completa.
527 Adiciones y rectificaciones: Con ocasión de las descripciones de paisaje hay que recordar la obra de H. Motz:
Ueber die Empfindung der Naturschönheit bei den Alten (Leipzig, Hirzel, 1865), que aúna un conocimiento
riquísimo de las fuentes con un sentimiento profundo y refinado para el tema.
142
Trica, en Tesalia, hacia el año 400, o si no será que al pagano emesénico de más de cien años antes
(como tal se presenta el autor) se le adscribió el título de obispo para dar entrada a su libro en las
bibliotecas cristianas. El tema del autor, lo mismo que en Jenofonte de Éfeso, es una embrollada
serie de aventuras, en lo que autores posteriores tratarán de competir con él; nada hay que recuerde
la primorosa descripción de caracteres ni la medida parquedad en lo tocante a vestidos y localidades
que encontramos en Longo; es lectura de entretenimiento y, a menudo, bastante aburrida.
Heliodoro se demora en ocasiones (por ejemplo, al principio de la obra) en las descripciones
de paisaje y también en Longo tropezamos con intentos semejantes. No me atrevo a resumir la
historia del sentimiento del paisaje528 trazada por Humboldt y me contento con remitir a esa
descripción incomparable que explica en forma magistral el asunto mismo y su relación con las
demás direcciones espirituales de la época tardía.529
No conservamos nada de la verdadera lírica de esta época, caso de que existiera; canciones
como Pervigilium Veneris (¿hacia 252?), Voto al Océano,530 difícilmente alcanzan más allá de la
mitad del siglo tercero. No pueden sustituirlas algunas muestras del género elegíaco y epigramático
que llegan hasta el siglo quinto. Lo que de este género encontramos en Ausonio tiene un excesivo
regusto escolar y se halla demasiado deliberadamente construido como ejemplo del género
correspondiente para que pudiera producirnos una impresión viva. Muy tardíamente tenemos
todavía al talentudo improvisador Claudiano, con sus panegíricos, relatos míticos e idilios (es decir,
poesías mixtas); un adulador indigno en una época estéticamente degenerada y que, sin embargo,
recuerda algo a Ovidio por la brillantez de la invención y la ejecución; advertencia eterna para que
la historia literaria no establezca límites demasiado rígidos entre sus períodos. Tampoco al citado
Rutilio Numantiano (hacia 417) le falta el aspecto noble y amable, pero su gigantomaquia resulta,
en conjunto, informe.
Lo que en la época de Constantino pasaba oficialmente por poesía y era admirado como tal es
precisamente lo peor, el juego de palabras y de versos. Desempeñaban un gran papel los centones
extraídos de Virgilio, es decir, la utilización fragmentaria de sus versos para fabricar nuevos poemas
de los más diversos temas. Mucha violencia tiene que sufrir el sentido de ese modo, pero, por lo
menos, son los versos romanos más sonoros con que contamos. Hay otras artificiosidades más
molestas todavía; así, la epanalepsis, que repite las palabras iniciales del hexámetro al final del
pentámetro;531 poemas-dibujos que, escritos cuidadosamente, representan, por ejemplo, un altar, una
flauta de pastor;532 aglomeración de todas las medidas en un solo poema; enumeración de voces
animales, versos anacíclicos, que lo mismo pueden leerse para adelante que para atrás, y cosas
parecidas. Un tal Publilio Optatiano Porfirio 533 ha llegado en estos virtuosismos a extremos
inauditos. Había sido desterrado por algún motivo y se propuso congraciarse a Constantino con
desesperadas proezas poéticas, cosa que consiguió. Tenemos veintiséis trozos de poseía, la mayoría
de veinte a cuarenta hexámetros, cada uno con el mismo número de letras, de tal suerte que cada
poema ofrece el aspecto de un cuadrado. Cierta serie de letras, distinguibles por su color rojo,
forman juntas una figura, una abreviatura, un adorno, y leídas juntas quieren decir también algo. La
tortura que sufre el lector permite adivinar la del poeta, que trata de expresar en formas tan penosas
el tema más banal, cumplidos dirigidos a Constantino y a Crispo. Al final tenemos cuatro
hexámetros cuyas palabras se pueden combinar entre sí de dieciocho maneras diferentes, de suerte
que siempre resulta algún sentido y algún metro. Constantino, en una amable carta a Optatiano,
considera la superación de tales dificultades como un verdadero progreso del arte y con cierto gesto
de protector le dice: “Mi oído propicio sigue como a un dulce hálito a quien en mi siglo escribe y
poetiza”. El artista fue llamado del destierro; 534 acaso el prefecto urbano de Roma del mismo
nombre que aparece por los años 329 y 333 sea el mismo poeta. Podríamos haber pasado por alto
esta anécdota si no revelara el gusto personal del emperador.
Con la irrupción del cristianismo en la poesía antigua no se gana tanto como podría figurarse.
Los relatos bíblicos no se prestan a la elaboración poética como el mito antiguo; éste, en su libre
multiformidad, se había convertido a través de la poesía en una revelación constante de lo bello; los
relatos de la Biblia, por el contrario, se entregan a la poesía como algo fijo y acabado cuya
ornamentación épico-plástica hubiera sido peligrosa en el aspecto dogmático. De aquí la sequedad
de las armonías evangélicas en verso, empezando por las del español Juvencio (329). Lejos de
compensar esto el elemento declamatorio, revela demasiado la propensión retórica de los poetas
cristianos de entonces. El más importante entre ellos, Prudencio (hacia el 400), español también,
ofrece buenos y hasta líricos pasajes de este género y en sus poesías de los mártires (Peristephanon)
se mueve con una libertad épica mayor que la que pudieran permitir los temas puramente bíblicos;
pero, en conjunto, su poesía produce una impresión retórica. Sin embargo, algunos excelentes
himnos de él y de su coetáno Ambrosio, pasan por ser, con razón, el germen de toda la lírica
cristiana. El predominio del acento sobre la cantidad, que aparece por primera vez sin restricción
alguna, significa un tránsito exterior pero de todos modos sorprendente hacia la poesía medieval,
que más tarde sabrá insuflar al latín anquilosado una nueva alma.
Pero dominaba la retórica. A ella estaba encomendada la educación. 535 De las llamadas siete
artes liberales, gramática, retórica, dialéctica, aritmética, música, geometría y astronomía, que
habían constituido antes la educación de los jóvenes distinguidos, las tres primeras seguían
manteniendo este lugar, mientras que las otras cuatro se habían convertido, por acumulación de la
materia, en ramas especiales de la instrucción. A las primeras se juntó en la época imperial lo que
todavía quedaba vivo de la filosofía y también los prácticos del derecho consideraban las escuelas
de los retóricos como su principal institución de enseñanza. Nos es difícil hacernos una idea de la
extensión e importancia de todo este negocio. Era imprescindible en la vida diaria la expresión fácil
y rica, y el triunfo máximo lo representaba un buen discurso. 536 Toda ciudad importante se
preocupaba por contar con uno o varios retóricos de valor; en Roma los griegos disputaban a los
nativos el primer puesto; encontramos institutos propios de estas disciplinas en Francia: Marsella,
Narbona, Tolosa, Burdeos, Autun, Tréveris y Reims; España: Córdoba; África: Cartago, Sicca,
Madaura, etc.; en Grecia y en el próximo Oriente los “sofistas” eran a menudo los personajes más
importantes de la ciudad, pues además de realizar su cometido pedagógico fungían, en cada
ocasión, como partidarios de una determinada secta filosófica, como abogados, como oradores
públicos.537 No pocas veces se dedicaban a estas tareas gentes muy ricas y venían a ser figuras tan
importantes como lo permitía un régimen como el romano.
Finalmente, el estado se decidió a tomar a su cargo, en ocasiones, la educación superior,
abandonada hasta entonces a las ciudades y a los particulares, nombrando al efecto, según el rango
de la ciudad, más o menos sofistas; pero las disposiciones de este género que encontramos a partir
de Adriano y Antonino Pío difícilmente han podido mantenerse en vigor durante mucho tiempo.
Todavía Constantino confirma a los profesores oficiales y a los médicos, también muy
privilegiados, junto con sus familias, la exención de cargos y servicios engorrosos, es decir, el
temido decurionato y el servicio militar. 538 Él mismo, como veremos después, era gran aficionado a
la retórica, cosa que se celebra también de una serie de antecesores suyos hasta Numeriano. Pero no
parece que en estas materias su gusto fuera mejor que en las poéticas. Todo lo que, a partir de
Diocleciano, sale del gabinete imperial, epístolas, edictos y leyes, ofrece un carácter torpe y
recargado; los emperadores solían nombrar secretarios y otros importantes funcionarios de la corte
de entre los retóricos539 y pronto se debieron fijar más en los talentos prácticos que en el estilo. De
todos modos, Eumenio, secretario de Cloro, figuraría como una excepción digna de nota.
¿Es que la Antigüedad no ha sobreestimado la retórica y el estilo? ¿No hubiera sido mejor
llenar las cabezas de los muchachos con conocimientos reales y útiles? La respuesta es que ya no
estamos en disposición de decidir sobre el asunto, pues ni al hablar ni al escribir nos cuidamos de la
forma y de entre cien personas instruidas apenas si una tiene idea de cómo se construyen los
períodos. La retórica con sus ciencias afines representaba para los antiguos el complemento
imprescindible de su bella y libre existencia, de su arte, de su poesía. Nuestra vida actual posee,
acaso, principios y metas superiores, pero es descompasada e inarmónica; lo más bello y delicado
convive junto a lo más bárbaro; nuestras múltiples ocupaciones no nos dejan tiempo para sentirnos
heridos.
Basta una ojeada a los manuales de la retórica tardía 540 para que nos sintamos profundamente
avergonzados. Estas obras de un Rutilio Lupo, Aquila, Rufiniano, Fortunatiano, Rufino, etc., no
son, en parte, producciones genuinamente romanas sino, acaso, recensiones premiosas de modelos
griegos, desde Gorgias y Aristóteles, pero, con todo, muestran a qué altura se mantenía todavía la
retórica en la época imperial más tardía. No sólo ocurre que todo modo sintáctico, toda figura del
lenguaje, todas las artes de la construcción —que sin la ayuda de los antiguos no conoceríamos
siquiera de nombre y que en nuestros actuales manuales apenas si utilizamos ni en una décima parte
— reciben en estos sistemas su nombre y lugar apropiados sino que tratan también detalladamente
sobre los géneros del estilo retórico, sobre la construcción y desarrollo del discurso. Una idea, por
ejemplo, de la extraordinaria finura de oído en aquellos días nos puede dar el hecho de que existe
una teoría minuciosa (en Rufino) que distribuye las diferencias métricas de las palabras,
imperceptibles para nosotros, entre las diversas partes de la oración, entradas, salidas, etc.; era una
cuestión importante saber en qué casos una frase tenía que comenzar anapésticamente,
espondéicamente, etc. El arte de hablar y de presentarse en general (en Fortunatiano) cierra toda
esta disciplina y nos da a conocer, una vez más, que nuestra manera retórica no es más que puro
naturalismo y que la belleza se logra en forma inconsciente y por dotes personales. Cada
movimiento de la mano, cada disposición de la toga tenía su norma; lo mismo que el escultor, el
orador sabía que no se pueden extender al mismo tiempo el pie y el brazo del mismo lado y cosas
semejantes. Sólo así fue posible convertir el arte retórica en un virtuosismo que abarcaba al hombre
íntegro.
Pero el inconveniente de éste como de todo virtuosismo fue la creciente indiferencia por el
contenido, y la vanidad personal. Los sofistas griegos de la primera época imperial, tal como los
retrata Filostrato, se exhiben con los temas que ya indicamos en una forma fanfarrona peculiar, y se
dejan agasajar poco más o menos como los músicos actuales, que tanto se les parecen en sus
pretensiones. No corresponde a este lugar mostrar cómo también en el Occidente la elocuencia
política desembocó en el panegírico y la elocuencia forense fue empeorando cada vez más. De la
época de Diocleciano y Constantino, los panegíricos de emperadores y Césares de que hemos
538 Cod. Theodos. XIII, 3, Leyes del año 321, 326 y 333.
539 Panegyr. IV (Eumen, pro Schol. rest.), cap. 5.—Panegyr. VII (Eumen, Constantino), cap. 23.
540 Antiqui Rhetores latini, ed. Capperonnerius, Argentorati 1796.
145
venido hablando acaso sean lo mejor; les sirven de compensación los edictos de la misma época con
su pésima redacción.
Entre los cristianos el estilo había sido hasta ahora cosa secundaria; 541 sólo unas décadas
después comenzará la serie de famosos predicadores en los que el nuevo contenido se revestirá, por
fin, con la forma tradicional, pero cambiada. Hubo que superar un notable dualismo, pues la
veneración por el estilo clásico iba emparejada con la prevención por las referencias paganas, y el
apego por el lenguaje bíblico, a su vez, con la conciencia de su impureza. Este dualismo se resuelve
en San Jerónimo con una espantosa visión soñada en la que el Juez del mundo le quería condenar
por ser un ciceronianus, non christianus.542
Pero para los paganos, y también para muchos cristianos, la retórica fue algo vital durante el
siglo cuarto. Algunas regiones, como las Galias y el África, se jactaban de poseer ciertas
peculiaridades de estilo543 y los retóricos se contaban entre sus gentes más distinguidas. En los
países griegos los sofistas trataban de mantener a todo precio el puesto que habían disfrutado en la
época de los Antoninos.544 Pero como al mismo tiempo funcionaban como filósofos y milagreros
neoplatónicos, su historiador Eunapio ha dedicado menos atención a sus actividades retóricas; lo
más que hace es describirnos su vitola exterior y admirar sus pretensiones. En la última sección del
libro nos ocuparemos de Atenas y en esta ocasión sólo nos referiremos a la competencia inevitable
entre los sofistas paganos y los predicadores cristianos. La lucha, a la larga, fue demasiado desigual,
teniendo en cuenta la participación pública. Pero no todos los retóricos se consolarían con el dicho
de Temistio:545 “Las palabras de los filósofos no valen menos porque se pronuncien solitariamente
debajo de un plátano y no las escuchen más que las cigarras.”
Aunque en casi todo lo que se nos conserva del siglo cuarto se trasluce la decadencia en la
forma rebuscada y retorcida, en la acumulación de sentencias, en el abuso de metáforas hasta para
lo sencillo y cotidiano, en la hinchazón para lo moderno y la artificiosa sequedad para lo antiguo,
sin embargo, algunos escritores brillan todavía con un destello de la época clásica. Muestran una
necesidad de estilo artístico, cosa que, por lo general, nos es ajena; que esto se dé de manera
consciente y rebuscada es culpa de la época decadente, que se sentía a sí misma y a su educación
como algo secundario y derivado, y que imitaba medrosamente los grandes modelos. No cabe
subestimar a escritores como, por ejemplo, Libanio y Símaco, que convierten cada epístola en una
pequeña obra de arte, aunque se den demasiada importancia y piensen más en el público lector que
en el destinatario, como en tiempos de Plinio y otros. Por lo demás, Símaco sabía muy bien que ya
habían pasado los días de Cicerón para el género epistolar.546
¿Es que la decadencia formal de la poesía y de la representación plástica significa siempre en
un pueblo una decadencia nacional? ¿No se trata de flores que han de caer antes de que pueda
madurar un fruto? ¿No puede, acaso, entrar lo verdadero en lugar de lo bello? ¿Lo útil en lugar de lo
agradable?
Quede sin respuesta la cuestión general, que acaso no sea posible reducir a una disyunción de
este género. Pero quienquiera se haya asomado a la antigüedad clásica, aunque sea en su hora
vespertina, siente que junto a la belleza y la libertad fue pereciendo también la verdadera vida
antigua, la parte más noble del genio nacional, y que la ortodoxia retorizante, lo único que quedó
del mundo griego, sólo puede pasar como una decantación muerta de la admirable existencia de
otros tiempos.
541 La clase de erudición de algunos obispos cristianos véase en Euseb., Hist. eccl. VII, 32 ss.
542 S. Hieronym. Ep. 22 ad. Eustoch., cap. 29. Cf. Ep. 70.
543 Símaco, Ep. IX, 88.
544 Eunapio tenía la convicción de que el linaje de los grandes filósofos llega únicamente hasta Septimio Severo ( Vet.
ed., p. 11), lo que no le impide adorar a los filósofos de épocas más modernas.
545 Themisti, Βασανισής.
546 Símaco, Ep. II, 35. Otros pasajes extraños sobre la epistolografía I, 45; IV, 28; V, 86; VII, 9.
146
SECCIÓN OCTAVA
La persecución de los cristianos. Constantino y el derecho al trono
En medio de las circunstancias más claras, históricamente conocidas, surge a veces un hecho
de la mayor importancia cuyas razones más hondas se escapan a la atención del curioso. Un hecho
semejante lo tenemos en la gran persecución de los cristianos por Diocleciano, la última guerra de
exterminio del paganismo contra el cristianismo. A primera vista nada parece extraño; muchos
fueron los predecesores de Diocleciano en el trono del mundo que habían pretendido, también,
aniquilar a los cristianos, y de un pagano tan celoso y tan tradicionalista como él era apenas si se
podía esperar otra cosa. Pero la cuestión cobra un aspecto bien diferente si tenemos en cuenta las
circunstancias. Desde los tiempos de Galieno, es decir, hacía más de cuarenta años, habían cesado
las persecuciones de cristianos y dentro de ese período caen los primeros dieciocho años del
régimen de Diocleciano. Después que hubo perseguido a los maniqueos con el fuego (296) dejó en
paz a los cristianos durante siete años. Parece que su esposa Prisca y su hija Valeria simpatizaban
con los cristianos; hasta toleró que en torno a su sagrada persona 547 se movieran pajes y
mayordomos cristianos a los que trataba como un padre; ante sus propios ojos, las gentes de la corte
podían entregarse a las prácticas cristianas con sus familias; algunos cristianos, enviados por él en
calidad de gobernadores a las provincias, fueron dispensados de los sacrificios solemnes vinculados
a estos puestos.
Con esta seguridad, la comunidad cristiana, prosperó mucho, hasta el punto que ya no
bastaban los antiguos centros de reunión. Por todas partes hubo que edificar nuevos centros; en las
grandes ciudades se alzaron sin reparo magníficas iglesias. De haber abrigado el gobierno la menor
idea de una futura persecución no hubiera permitido que los cristianos fueran cobrando poder en el
estado sin resistencia. Acaso se dirá que sólo más tarde, y poco a poco, se percató Diocleciano de
que el cristianismo, caso de ser tolerado, habría de afanarse por la hegemonía, 548 pero el emperador
no era un hombre tan ligero. Me parece imposible que la persecución surgiera sin un motivo
especial si partimos de su tolerancia inicial o paulatina. Para ponderar el juicio tenemos que partir
del supuesto de que se trata de uno de los emperadores romanos más grandes, uno de los salvadores
del Imperio y de la civilización, el crítico más penetrante de su época, cuya fama política sería muy
otra de haber fallecido en el año 302. “Era un hombre extraordinario, sagaz, celoso por el estado,
547 Euseb., Hist. eccl. VII, 1 y 6. Lo mencionado es dicho en relación a todos los regentes en general, sin distinción; sin
embargo, es comprensible que el emperador máximo diera aquí el tono, como en todas las demás cosas.
548 La posición del poder de los cristianos frente al imperio pagano ha sido bien expuesta aunque de un modo un poco
majestuoso por Preuss en su obra Kaiser Diocletian, pp. 136 ss.—Ya hablaremos antes de las diversas hipótesis
sobre su número.
147
celoso por los suyos, bien equipado para afrontar cualquier empresa, insondable siempre en sus
pensamientos, algunas veces equivocado pero, por lo demás, precavido; dominaba los movimientos
de su ánimo inquieto con una tenacidad poderosa.”549
Se trata de ver si la acción que empaña tan ilustre memoria fue la explosión de una crueldad y
brutalidad congénitas, una consecuencia de la superstición que hemos descrito antes, una
lamentable concesión a los corregentes, tan inferiores a él, o si, por el contrario, no se encontrará el
historiador ante el deber de buscar una explicación que le libre de todas estas alternativas. Los
cristianos han llenado de maldiciones el nombre de Diocleciano; tampoco los paganos de educación
greco-romana le podían ser muy afectos, pues introdujo el orientalismo en la vida política y social;
pero los únicos historiadores que probablemente ofrecían un trasunto fiel —Amiano y Zósimo—
nos han llegado incompletos en este punto, acaso por tal razón. En estas circunstancias es
completamente ocioso tratar de sonsacar a las fuentes de que disponemos lo esencial del asunto.
El testimonio que suele servir generalmente, a saber, la obra de Lactancio De mortibus
persecutorum, comienza550 con una falsedad notoria. Una importante inspección de entrañas en
presencia del emperador es perturbada porque los cortesanos cristianos hacen la señal de la cruz 551 y
expulsan de esta suerte a los demonios; se repite en vano el sacrificio, hasta que el presidente de los
arúspices presume la causa y la denuncia. Furioso Diocleciano, exige el sacrificio a los ídolos de
todos los cortesanos y hasta extiende la orden al ejército, bajo amenaza de expulsión, y ahí
quedaron las cosas por el momento. Esta leyenda se apoya en la opinión, desmentida
suficientemente por Eusebio, de que el emperador ignoraba que tenía cristianos a su alrededor y que
no los toleraba. Lo más probable es que los mayordomos y pajes cristianos no tuvieran que estar
presentes en los sacrificios y, de estarlo, se comportaran en forma conveniente; 552 una escena como
la descrita o debiera ya de haber ocurrido mucho antes, por ejemplo, en su ascención al trono, o es
totalmente imposible. Las convicciones paganas del emperador, que toleró durante dieciocho años
la existencia y el poder de los cristianos, no pudieron ser el motivo decisivo de la persecución,
aunque sabemos lo serias que eran esas convicciones.
La segunda falsedad del relato la tenemos en la medrosa dejación que hace Diocleciano frente
a Galerio, quien (procedente probablemente del Danubio) había llegado a Nicomedia para
convencerle de la necesidad de la persecución; por su parte, Galerio habría sido acuciado por su
madre Rómula. Era ésta una celosa servidora de la Magna Mater (que en la fuente es designada
como diosa de la montaña) y tomó muy a mal que los cristianos de la localidad no quisieran
participar, como los paganos, en sus sacrificios diarios. Todo este cuento que pretende hacernos
creer que ese gran hecho se explicaría por el humor de una mujer fanática se desvanece pensando
que Diocleciano no temía en modo alguno a Galerio y que el autor es víctima de los errores más
groseros en lo tocante al carácter del príncipe. 553 Tampoco podemos admitir las pretendidas
entrevistas que habrían tenido lugar en el invierno del 302 al 303 en Nicomedia, pues el autor se nos
revela en otro lugar como muy aficionado a las ficciones dramáticas. Trata de presentarnos a
Diocleciano como resistiéndose y siendo el más sensato, para concentrar así todo el odio contra el
espantoso Galerio. “Después que estuvieron discutiendo todo el invierno, sin que se admitiera a
549 Hist. Aug. Numerian., cap. 13. Probablemente el juicio más coherente sobre el carácter de Diocleciano.
550 De mortibus persecutorum, cap. 10 ss.—Las muy dudosas manifestaciones atribuidas a Constantino, Euseb., Vita C.
II, 50s.
551 O sujetaron a sus frentes verdaderas cruces, según se explique.
552 Su principio en estas cosas se refleja claramente en la ley contra los maniqueos: Neque reprehendi a nova vetus
religio debet. La polémica tiene que callar.
553 Así, con ocasión de la guerra persa, se dice de Diocleciano in omni tumultu meticulosus animique disiectus, cuando
mató a Aper delante del tribunal y mandó personalmente las batallas más terribles. Un hombre indeciso hubiera
aguardado probablemente, en el año 303, el término próximo de los 20 años de gobierno y la abdicación para dejar
la terrible empresa contra los cristianos en manos de nuevos emperadores y Césares.
148
nadie,554 creyendo todo el mundo que anduvieron tratando de negocios del estado, el viejo se
resistió largo tiempo a la furia de su colega, haciéndole ver cuán peligroso sería poner en agitación
el mundo y derramar sangre en abundancia. Los cristianos morían a gusto. 555 Bastaría con que
desistieran los cortesanos y los soldados de esta religión. Pero Galerio se mantuvo firme y
Diocleciano convocó un consejo secreto de juristas y oficiales para decidir sobre la cuestión de la
persecución. Pues este era su estilo, que cuando se trataba de medidas odiosas se dejaba aconsejar
para que la responsabilidad cayera sobre sus consejeros mientras que las buenas medidas las hacía
sin consejo alguno para acaparar todas las alabanzas.”
Pero por todo lo que sabemos de Diocleciano semejante manera de proceder es totalmente
inverosímil. La idea señorial que le inspira nada tiene que ver con la distinción popular entre lo
agradable y lo odioso y toma la responsabilidad aun de aquello que otros ejecutan, mal o bien, en su
nombre. Pues todo lo que ocurriera reconocidamente sin la voluntad del señor, habría de
menoscabar su poder, que constituía su primero y último pensamiento. Prosigamos. Una vez que el
consejo secreto ha decidido en sentido afirmativo todavía Diocleciano manda, sin necesidad alguna,
que se consulte al Apolo Milesio y, naturalmente, obtiene la misma respuesta, pero tampoco cede
más que bajo la condición de que no se derrame sangre, mientras que Galerio ardía en deseos de
quemar vivos a los cristianos. Pero acabamos de escuchar de labios de Diocleciano que preveía un
gran número de martirios y él mejor que nadie podía saber que, o había que dejar tranquilos a los
cristianos, o, de combatirlos, se tenía que recurrir a los medios más extremados, así que resultaba
una insensatez poner como condición un proceder incruento.
De esta clase es, pues, la única descripción congruente de la gran catástrofe. Lactancio estaba
por entonces en Nicomedia y nos pudo haber transmitido, si no las negociaciones secretas, por lo
menos el curso esencial de los sucesos; su obra nos es imprescindible para muchos detalles en la
medida en que puede serlo un escrito tan partidista. Eusebio considera oportuno no decir una
palabra de los motivos especiales de la persecución. Aurelio Victor, Rufo Festo, Eutropio y otros ni
siquiera la mencionan. Diocleciano no puede defenderse; sus edictos han desaparecido y los
consejos secretos bien pudieron haber sido, precisamente, lo contrario de lo que se dice de ellos.
En esta situación son legítimas las hipótesis, con tal que no se apoyen en el aire sino que
traten de aferrarse a los vestigios existentes y se acomoden al carácter de la época y de los actores.
En primer lugar se puede presumir que los regentes, como varios de sus antecesores, tuvieron que
ceder al odio popular contra los cristianos. Pero semejante cosa no se manifiesta ni una vez en el
curso de los acontecimientos y el poder del estado era lo bastante fuerte para no tener que plegarse a
tales sugestiones. Cierto que una vez, en los juegos del Circo Máximo de Roma, se le hizo oír a
Maximiano diez y doce veces aquel grito de Christiani tollantur! Christiani non sint! pero,
probablemente, esto ocurría cuando hacía tiempo que la persecución estaba en marcha 556 y
demostraciones de este género no querían decir gran cosa.
O también se podría suponer que los sacerdotes paganos exigieron bruscamente la
persecución y que el emperador se convenció de su necesidad por cualquier razón supersticiosa.
Diocleciano, a pesar de todo su talento, se encuentra en este aspecto lo bastante prisionero para
poder dar acogida a negras insinuaciones; en todo caso, no se podría demostrar lo contrario. Pero de
haber sucedido así, se nos hubiera nombrado a algunos sacerdotes poderosos, y la sola mención 557
del gobernador Hierocles de Bitinia (del que, por otra parte, sabemos que era un celoso
neoplatónico) entre los incitadores y cooperadores no es suficiente.
¿O estuvo en juego, acaso, su moral privada? En esto no era indiferente; la aruspicina, que
tenía que presagiarle constantemente el futuro y el destino, no le había alejado, sin embargo, de la
moralidad. Si hay en esto una inconsecuencia se trata de una inconsecuencia honorable; por otra
parte, esta mezcla de puntos de vista no es exclusiva de él sino común, como vimos, a los mejores
del siglo tercero, en los que la creencia en la inmortalidad si no había logrado conciliar el fatalismo
y la moral por lo menos los había obligado a convivir. La vida privada del emperador no ofrece
ningún blanco ni aun a la crítica de los escrupulosos cristianos y por eso poseía también un derecho
personal para poder proclamar al estado protector de la moralidad pública. Así lo hizo, por ejemplo,
en la ley matrimonial del año 295, con expresiones muy claras: “Los dioses inmortales seguirán
siendo, como hasta ahora, propicios al nombre romano, si nos cuidamos nosotros de que todos
nuestros súbditos lleven una vida piadosa, tranquila y moral... La magnificencia de Roma ha llegado
a tal altura con el favor de los dioses558 porque una vida piadosa y casta formó la clave de toda la
legislación, etc.” ¿Es que acaso dieron los cristianos algún motivo de índole moral?
Sabido es que en los siglos I y II andaban en lenguas entre los romanos los espantosos excesos
que tenían lugar con ocasión del culto cristiano. Pero esto ya no puede servirnos, pues hacía tiempo
que se habían acallado estos rumores559 y el mismo Diocleciano, que todos los días veía en la corte a
muchos cristianos, en ningún momento pudo haber prestado oídos a tales maledicencias.
Pero otra cosa ocurre con las lamentaciones de Eusebio 560 sobre la corrupción interna de las
comunidades cristianas, inmediatamente antes de la persecución, pues gran cantidad de gentes
indignas habían entrado en la iglesia y hasta se habían apoderado de las sillas episcopales. Entre los
males menciona, sobre todo, las disputas entre los obispos y entre las diversas comunidades, la
hipocresía y la simulación, la incredulidad, casi atea, las maldades (κακίας) y las riñas, envidias,
odios y ansias de poder de los clérigos.
Pero nada de esto llega a la categoría de inmoralidades como aquéllas que el estado se creía
en el deber de perseguir y que encontraba en grande entre los paganos. Pero, cosa sorprendente, uno
de los pocos documentos paganos conservados, el edicto de revocación de Galerio, 561 del año 311,
parece darnos a entender como motivo principal de la persecución las múltiples y graves
disensiones entre los cristianos. Habían abandonado la fe de sus mayores y constituido sectas; por
esto se les ordenó que volvieran a las costumbres de los antepasados, etc. Cierto que en este
documento cada palabra es tan señaladamente desmañada y equívoca que la mayoría de los
intérpretes pudieron entender con las palabras “mayores” y “antepasados” a los mismos paganos,
pero otras varias expresiones parecen reprochar a los cristianos el haberse desviado de sus propios
principios. Se dice en ese documento: “Vimos que ni rindieron el debido culto a los dioses ni
honraron tampoco al dios de los cristianos.” Esto nos haría recordar los principios que inspiraron al
partido católico en la Guerra de los Treinta Años y según los cuales se creía estar en el mismo
terreno jurídico que los luteranos, mientras que se aborrecía a los calvinistas como a una secta
contraria.
Pero tampoco esta pista parece muy segura. Es imposible que las rencillas y divisiones entre
los cristianos fueran de tal consideración que el estado se viera en la necesidad de acabar con todas
las comunidades. En cuanto pensaran un poco, nada podían desear mejor los paganos celosos que la
continuación de este proceso de disolución, que entregaba a los cristianos a su poder.
¿Qué explicación nos queda entonces? Creo que jugó un gran papel un importante
acontecimiento personal cuyas huellas se han hecho desaparecer luego con el mayor celo. Una
558 Textualmente Quoniam (maiestas rom.) omnes leges suas religione sapienti pudorisque observatione devinxit.
559 Acerca de esto una declaración formal en Euseb., Hist. eccl. IV, 7.
560 Euseb., Hist. eccl. VIII, 1.
561 De mort. persec., cap. 34. En griego en Euseb., H. e., VIII, 17.
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inscripción en honor de Diocleciano562 achaca a los cristianos que pretendían derrocar el estado,
rempublicam evertebant, expresión que, en tal forma, parece carecer de valor pero que muy bien
puede encerrar un núcleo de verdad. ¿Trataron acaso los cristianos, en la sensación que tenían de su
expansión creciente, de apoderarse de la dignidad imperial?
Tal cosa podía ocurrir muy bien por vía pacífica, convirtiendo al mismo Diocleciano. Y que
algo semejante se trató, casi se puede demostrar con rigor. Se conserva una carta que un obispo,
Theonas, dirige a un mayordomo cristiano, de nombre Luciano, 563 con indicaciones acerca de la
conducta procedente en la corte de un emperador pagano y, según la opinión general, alude a
Diocleciano. Luciano ha trabajado ya mucho en su medio y ha convertido a muchos que habían
ingresado en el servicio de la corte siendo todavía paganos; así, se han convertido al cristianismo
los inspectores del tesoro y del guardarropa imperial; y le parece a Theonas que sería muy
importante que, por ejemplo, un mayordomo cristiano se encargara de la biblioteca del emperador y,
con ocasión de conversaciones literarias,564 fuera persuadiéndole con cautela de la verdad de la
religión cristiana. Probablemente, la seriedad y el carácter moral del gran príncipe hacía gran
impresión en los cristianos, y se darían cuenta de que, ahora, con el enorme incremento de poder
que suponían las victorias sobre los bárbaros y los usurpadores y la reorganización de todo el
régimen interno, la conversión del emperador sería de más peso que nunca; pero apenas si hace falta
decir que, con un pagano de la calidad de Diocleciano, eran vanos todos los intentos de este género.
Pero consideremos cómo comenzó la persecución. Eusebio y Lactancio565 coinciden en
decirnos que, cierto tiempo antes de que se tomaran las grandes medidas, los cristianos habían sido
expulsados del ejército. Ya en el año 298,566 o quizá antes, tiene lugar una depuración en la cual se
da a elegir a los soldados cristianos entre hacerse paganos y conservar sus cargos o perder éstos,
alternativa en la que la mayoría prefiere lo último sin titubear; a algunos la decisión debió de
costarles la vida. Es claro que no se tomaría tal medida muy a gusto, pues los buenos soldados y
oficiales significaban entonces el mejor tesoro del Imperio. Podríamos, además, suponer que esta
depuración del ejército no obedeció a un motivo religioso sino, principalmente, político, pues en el
caso contrario, se pudo haber empezado lo mismo por otras profesiones, por ejemplo, encarcelando
de pronto a todos los obispos, como se hizo más tarde. Los emperadores no se sentían ya
personalmente seguros entre tropas cristianas, no creían poder contar con su absoluta obediencia en
la guerra como en la paz. Cuando se daba como razón la negativa a los sacrificios paganos, 567 no
pasaba de ser una excusa, pues durante quince años se había considerado como cosa obvia el
servicio militar de los cristianos.568 Claro que se puede insinuar que los emperadores depuraron el
ejército con la intención diabólica de utilizarlo sin dificultades contra los cristianos en la
persecución proyectada. Lo contrario es tanto más difícil de demostrar cuanto que no conocemos el
tiempo que transcurrió entre la depuración y la persecución. Pero, caso de que transcurrieran
562 Gruter, p. 280, N. 3.—En Muratori, t. III, p. 1797, esta inscripción se encuentra con algunas parecidas, sólo que
mucho más sospechosas, de Ascoli, entre las no auténticas.
563 Impreso en d’Achery, Spicilegium, etc., vol. III, p. 297.—Cf. Neander, Allgemeine Geschichte der christlichen
Religion und Kirche, II edición, vol. I, p. 244.
564 Diocleciano no era tan inculto como lo describe Gibbon, cap. XIII (segundo vol. p. 144); para su uso, por ejemplo,
fue escrita una gran parte de la Historia Augusta, y el romano Samonico escribió para él una obra histórica, con el
título de “Diversas investigaciones”. Cf. Joh. Lydus, De magistrat. III, 32.
565 De mort. pers. 10 y Euseb., Hist. eccl. VIII, 1 y 4.
566 Véase Euseb., Chron. ad. a. 301, refiriéndose al 298.
567 Cf. el martirio de Marcelo, en Neander, ob. cit., p. 252. Es de suponer que había cristianos que se negaron a prestar
servicios de guerra en general, porque la consideraban como algo malo; sin embargo, se trata de casos
excepcionales, muy aislados.—Sobre algunos martirios aislados anteriores al año 303 cf. los resultados críticos en
Hunziker, ob. cit., pp. 149 y 261.
568 El relato del martirio de Maximiliano (en Neander ob. cit., p. 249) contiene una demostración decisiva, a pesar de
su carácter negativo, de que a los soldados cristianos no se les obligó hasta entonces a participar en ceremonias
paganas.—Cf. también De mort. Persec. 10.
151
algunos años, también se disipa grandemente esta probabilidad. Se pueden proyectar y preparar con
gran anticipación acciones sangrientas pero no pueden hacerse preparativos tan claros a la luz del
día más que en el momento de la perpetración. En fin de cuentas, se trata de transiciones
difícilmente discernibles. Si Diocleciano deseaba disponer de un ejército totalmente pagano, sería
por razones de obediencia, y, probablemente, sin pensar demasiado en el empleo eventual de esa
fuerza en casos extremos. De todas maneras, es bastante sorprendente que Diocleciano mantuviera
toda su corte cristiana hasta una vez desatada la persecución, acaso porque en este terreno es donde
más tarde quiso renunciar a una tradicional confianza personal.
Confróntese con todo esto lo que Eusebio 569 reconoce a medias y a medias encubre, a saber,
que al comienzo de la persecución se produjeron rebeliones en dos lugares, en la comarca
capadócica de Melitene y en Siria. La sucesión de los acontecimientos no es muy segura en este
autor, pero no tenemos otro a quien recurrir. Ha relatado la publicación del edicto, luego el
comienzo de la persecución en Nicomedia y en el mismo palacio imperial; y ha descrito la muerte
ejemplar de los pajes y mayordomos cristianos; después nos cuenta el amago de incendio en el
palacio y los cristianos asesinados en esta ocasión y cómo son desenterrados los pajes que habían
sido ejecutados; llegado a este punto, añade: “Como poco después otros, en la región de Melitene, y
otros también en Siria, trataron de hacerse con el poder imperial, se siguió una orden imperial para
que se encarcelara a los presidentes de las comunidades y se los aherrojara.” Con razón o sin ella, el
caso es que se atribuyó a estos intentos usurpatorios un origen cristiano, y se puso mano a los
obispos; pero los actores directos debieron de ser, en parte, soldados —sin los cuales no podemos
figurarnos en esta época ninguna usurpación— y, tratándose de soldados cristianos, quienes estaban
ya fuera de servicio. Se puede objetar que tales usurpaciones surgieron por la desesperación causada
por la ordenada persecución, pero con la misma verosimilitud podemos sostener que muy bien pudo
tener noticia el emperador de la agitación reinante entre los soldados expulsados. Si las referencias
de Eusebio concernieran a épocas y acontecimientos que nos interesaran sólo científicamente y, por
lo demás, nos fueran indiferentes, sin duda que la crítica concedería sin dificultad que los
emperadores se encontraron en este caso con una hostilidad política armada y que la combatieron.
Finalmente el contenido del edicto, en la medida que lo conocemos, no se encamina a la
aniquilación de los cristianos sino a su degradación total, con la cual se les quería forzar a la
apostasía. Se prohibirían sus reuniones religiosas, se demolerían sus iglesias y se quemarían sus
libros sagrados; los que poseyeran dignidades y puestos de honor se verían privados de ellos; se
aplicaría el tormento en el proceso judicial contra los cristianos de todas las clases; les serían
negados los beneficios del derecho común y los esclavos cristianos no podrían ser emancipados
mientras fueran cristianos.570 Estas fueron, poco más o menos, las medidas que se hicieron públicas
el 24 de febrero del año 303, primero en Nicomedia, residencia de Diocleciano y Galerio, y luego
en todo el Imperio.
569 Hist. eccl. VIII, 6, que Valesio, puso sin razón, en relación con varios pasajes de los discursos del Libanio,
comprendidos todos en el primer volumen de la edición de Reiske, pp. 323 s., 644, 660 s. En estos discursos se
habla, de un modo algo obscuro, de disturbios producidos en Antioquía bajo el reinado de Diocleciano, que
probablemente se extienden a todo un año. Un tribuno de nombre Eugenio, que tuvo a su cargo al mando de 500
soldados la limpieza del puerto de la cercana Seleucia, no pudo resistir a su propia tentación y a las insinuaciones
amenazadoras de sus soldados, y tomó por asalto la desprevenida Antioquía. Vestido con el manto de púrpura de un
ídolo, sorprende con su pandilla de borrachos y salvajes a la ciudad, pero al día siguiente él y todas sus tropas
fueron aniquilados por los habitantes. Las autoridades, que se habían mostrado débiles, fueron objeto de severas
investigaciones criminales. Como éstas afectaron también a la familia pagana de Libanio, y éste no alude lo más
mínimo a partidos religiosos, podemos suponer que los disturbios sirios de que habla Euseb. fueron cosa muy
distinta, y más aún los de Capadocia.—Sobre los últimos existen relatos posteriores (Hunziker, ob. cit., p. 174,
notas), según los cuales sólo después del edicto “toda la Gran Armenia y la Capadocia” se habían preparado para la
separación. Pero esto presupone un estado de ánimo previo poco tranquilizador.
570 El texto del edicto no lo conocemos.—Sobre su contenido según Eusebio y Lactancio cf. Hunziker, ob. cit., p. 163.
152
571 De mort. persec., cap. 12. Se puede leer cómo los dos regentes discutían en palacio si la iglesia debía ser destruida
por fuego o por otros medios.
572 Cf. Hunziker, ob. cit., p. 168.
573 En el discurso Ad. Sanctorum coetum, inspirado directamente pero no redactado por él, cap. 25; de una época, por
cierto, en la que nadie osaba contradecirle, dijera lo que dijera.—Euseb. (H. e. VIII) no conoce la causa del
incendio.
153
emperadores.574 También es posible que, de hecho, Galerio tuviera noticias de lo que se tramaba
antes que Diocleciano y que éste se dejara convencer con dificultad.
En segundo lugar, tampoco se podrá negar que entre los cristianos de entonces había gentes
que no repugnaban tanto un golpe de estado. La caracterización que nos ofrece Eusebio habla, a este
particular, con bastante claridad. Y, por otra parte, nunca el poder en la tierra ha procedido
suavemente cuando se ha sentido en peligro.
La gran desdicha vino de que los emperadores generalizaron el suceso y comenzaron a
proceder contra los cristianos como partido comprometido y de que la ley de aquel tiempo
manejaba con tanta facilidad el tormento y las penas capitales más crueles. Pero tendríamos que
poseer mejores testimonios que pueden serlo, por lo general, las actas de los mártires, para poder
enjuiciar con rectitud cada uno de los casos. De todos modos, sabemos que una gran mayoría se
decidió, a la larga, a participar en los sacrificios y los últimos edictos de Diocleciano, de los que
hablaremos luego, quizás se apoyaban en el supuesto de que ya se había logrado el éxito en
conjunto y no había que vencer más que un resto de resistencia. Por otra parte, la entrega de los
libros sagrados trataría de sustraer para siempre a los comunidades su respaldo espiritual.
Pero quedaron rescoldos bastantes para mantenerlo todo en agitación. No es misión de este
libro describir al detalle el espantoso acontecimiento. Entre los corregentes, el Augusto Maximiano
prosiguió con celo la persecución, mientras que el moderado y monoteísta César, Constancio Cloro,
parece que se contentó en sus dominios de las Galias y Britania con desmantelar las iglesias; 575
sabemos, por lo menos, que mantuvo cristianos en su corte de Tréveris o de York, en los rangos
militares. Pero con tanto mayor rigor se procedió en las otras comarcas del Imperio. De los
innumerables tormentos y martirios se trasluce que la investigación correspondió, en parte, a manos
torpísimas, pero tampoco podemos olvidar que los jueces creían hallarse en presencia de un proceso
político en el que había que sonsacar como quiera las confesiones. Por lo demás, el comportamiento
de los funcionarios fue muy diverso. En África, donde acaso no contó la sospecha política y se trató,
por lo tanto, más que nada de la entrega de los libros sagrados, se dio a entender diversamente a los
cristianos que tampoco en esto las cosas iban tan en serio. Pero muchos declararon expresamente
que tenían en custodia libros sagrados que no entregarían jamás y sufrieron la muerte por este
motivo; otros los entregaron inmediatamente de dada la orden y fueron estigmatizados más tarde
con el nombre de traditores. Por todas partes se manifestaban temples muy diferentes, desde la
debilidad más cobarde hasta la provocación fanática, y tampoco faltaban magníficos ejemplos de
resistencia tranquila y serena. Conocemos en esta ocasión las capas bajas de las comunidades
cristianas; había gentes que tenían cuentas con la justicia y querían pagar sus deudas con un martirio
cristiano, completamente en el sentido de aquellos millares de ladrones y asesinos que tomaron
parte en la primera cruzada; otros debían enormes sumas al estado o tenían grandes deudas
privadas, y trataban de sustraerse a esta miseria con la muerte; o abrigaban la esperanza de que, con
su aguante en la tortura y en la prisión, incitarían en su favor la ayuda de cristianos ricos;
finalmente, había pobres gentes miserables que en las cárceles conocían una vida mejor que fuera,
porque los cristianos solían ayudar a sus hermanos prisioneros sin miedo alguno con más de lo
necesario. Frente a tales abusos el obispo de Cartago, Mensurio, tuvo el valor de pedir que no
fueran honrados como mártires los que buscaban el martirio sin necesidad.
Entre tanto, en poco más de un año, el proceso se había convertido en una verdadera
persecución de los cristianos. Después del segundo edicto, que ordenaba la prisión de los clérigos,
se decretó un tercero por el cual los encarcelados serían puestos en libertad si sacrificaban y, en caso
574 Sería una hipótesis seductora, pero más que osada, suponer un acuerdo entre estas gentes y el joven Constantino,
que se encontraba entonces en la corte. El odio de Galerio contra Constantino se explicaría más fácilmente.
575 Euseb., H. e. VIII, 13, no admite ni esto.—España nunca fue regida por Constancio; además, ocurren allí algunos
martirios muy conocidos, como el de San Vicente, Santa Eulalia, etc., a los cuales cien años más tarde dedica
Prudencio una gran parte de su libro Peristefano. En la crónica del Fl. Julio Dexter (ed. Bivarius, Lugd. 1627) se
mencionan por decenas los mártires españoles de aquellos años, pero sabemos que tal crónica es una falsificación.
154
contrario, serían obligados de todas maneras a sacrificar; 576 tenemos todavía en el año 304 un cuarto
edicto, que extendió esa última orden a todos los cristianos e implicaba, de hecho, una pena capital.
La persecución prosiguió en Oriente con este rigor durante cuatro años y, con ciertas oscilaciones,
otros cinco años más; en el Occidente cesó antes.
La historia eclesiástica ha considerado desde siempre como un deber sagrado conservar la
memoria de los más bellos y edificantes martirios de esta época sangrienta. Tenemos que
contentarnos con remitir para los detalles a Eusebio y a las compilaciones de leyendas. A pesar de
todo lo que la crítica histórica pueda decir sobre cada una de las circunstancias y, en especial, sobre
los milagros añadidos,577 constituye un espectáculo histórico de primera magnitud ver cómo esta
nueva sociedad, con su nueva religión y su nueva concepción del mundo, lucha y consigue la
victoria, a través de la derrota, frente al más poderoso de los estados con su paganismo y su cultura
milenaria.
Probablemente los perseguidores se desmoralizaron por completo cuando Diocleciano y el
otro emperador depusieron su dignidad (305), Galerio cobró el título de Augusto, junto a
Constancio, y Severo y Maximino Daza ocuparon su lugar de Césares. A partir de este momento, la
lucha se convierte en los dominios del último -—el sudeste del Imperio— en una verdadera guerra
de aniquilamiento, cuyas escenas de verdugo, demasiado espantosas, preferimos ahorrar al lector.
Tornemos hacia la historia política, que iba camino de las evoluciones más importantes.
Poco después de la persecución, en la primavera del 303, marchó Diocleciano hacia el
Occidente y retornó en otoño a Roma para celebrar, junto con Maximiano, el triunfo, tan largamente
demorado, por tantas victorias y, al mismo tiempo, las vicenalias de su gobierno. 578 Comparado con
la ostentación de un Carino, el fasto del triunfo y la duración de las fiestas fueron más bien parcos,
y como los romanos murmuraran, el emperador comentó irónicamente que no había que derrochar
mucho en los juegos en la presencia del censor. 579 Puso de manifiesto la poca consideración que le
merecían las habladurías romanas al abandonar, el 20 de diciembre, la capital sin esperar siquiera la
llegada del año nuevo y las ceremonias del cambio de consulado. Desde que era emperador sólo esa
vez había visitado Roma; no parece que se le agradeció mucho el que hubiera construido (desde
298) las Termas más gigantescas; tampoco cambió la disposición de la gente el fabuloso donativo
en dinero que hizo en esta ocasión a los romanos (un congiarium de 310 millones de denarios, unos
62 millones de táleros), como ninguno de sus predecesores: la gente esperaba circenses más
espléndidos y se sintió defraudada.
En el año nuevo (304) entró Diocleciano en Rávena. Enfermó gravemente en el viaje invernal
a Nicomedia y hasta el momento de la abdicación (1 de mayo 305) apenas si se dejó ver
públicamente. De esta gran ceremonia 580 nos ofrece Lactancio una descripción detallada, sólo que
no merece mucho crédito. Podemos aceptar el montículo a tres mil pasos de Nicomedia, la columna
con la imagen de Júpiter, las lágrimas del viejo emperador cuando se dirige a sus soldados, el carro
de viaje preparado para él; pero ponemos muy en duda que todo el mundo esperara la proclamación
de Constantino, allí presente, en lugar de la de Severo o de Maximino y que la aparición repentina
576 Se trata del decreto de amnistía general, promulgado en el año 303, con ocasión de las vicennalias; se aplicaba a
reclusos de cualquier clase; sin embargo, para los cristianos existía la restricción arriba mencionada. Cf. Euseb., De
mart. Palaest., cap. 2.
577 Punto en el cual Euseb., Hist. eccl. VII, 7, pide demasiado del lector. Su fe en los milagros postapostólicos, V, 7; VI,
9, 29 y otros de la ob. cit.
578 Contra la opinión admitida de que Diocleciano ya había ido a Roma a celebrar la victoria en el 302 y que volvió en
el 303 para las vicenalias. Cf. Preuss, ob. cit., p. 157, notas.
579 Hist. Aug. Caro. 20.
580 El que se escogiera el primero de mayo del año 305 como día de la abdicación de Diocleciano en Nicomedia y de
Maximiano en Milán se debía al hecho de que esta fecha señalaba el vigésimo aniversario del reinado del César
Maximiano. Véase Vogel, p. 118, y Hunziker, p. 202.
155
del hasta entonces desconocido Maximino causara el mayor asombro, en tal forma que se habría
pensado en sorprender a los soldados. ¿Qué sabía la gente de Nicomedia del sistema de adopción
del emperador supremo? ¿Y qué sabía acerca de su propósito de proclamar nuevas adopciones en
aquel punto y lugar? Cierto que pudo haber gentes que desearan la proclamación de Constantino,
aunque es dudoso que en el ejército, pues como mero tribuno de primera categoría difícilmente se
pudo haber granjeado una gran popularidad. No sabemos lo que por este tiempo pensaba
Diocleciano de él; antes le apreciaba por sus campañas, cosa que Constantino le agradeció más
tarde con discursos peyorativos581 y falseamientos arteros.
Antes, hemos tratado de poner en claro los motivos de la abdicación. Si no nos hemos
equivocado, el imperio tenía que ser limitado a una duración fija de veinte años para regularizar en
lo posible la sorprendente dinastía sin herederos y asegurar una sucesión tranquila de las
adopciones. Es probable que también la superstición haya tenido su parte, por lo menos en el grado
en que Diocleciano levanta su sistema contando firmemente con la obediencia de los corregentes.
Sin duda que trató de convencer a todos los sucesores de la necesidad de la medida apelando a
secretas razones fatalistas.
Sea como quiera, se sintió contento y feliz en su palacio marcial de Salona, por lo menos
durante cierto tiempo. Habla mucho en su favor que después de una larga vida guerrera y de un
gobierno de veinte años582 buscara los lugares y las ocupaciones de su juventud y trabajara con sus
propias manos en su huerto. ¿No podremos inferir de aquí que, a pesar del ceremonial oriental que
introdujo, siempre se mantuvo en su interior a gran altura? ¿Que muchas veces le acompañó en
Nicomedia la añoranza de su patria dálmata? 583 Será imposible separar en esta figura sorprendente
lo que en ella hay de ambición vulgar, de fe en el destino y de ímpetu del genio político. Sabía
cómo proporcionar al Imperio romano aquello que necesitaba para salvarse, a saber, la continuidad
del mando; esto debió llevarle irresistiblemente al trono, para dar cuerpo a sus pensamientos. Había
cumplido con su misión y volvió de nuevo a la vida apacible. Maximiano, que tuvo que abdicar al
mismo tiempo, muy contra su gusto, en Italia,584 marchó a una bella residencia campestre de
Lucania, mientras que su hijo Majencio prefirió como sede la despreciada Roma o sus alrededores.
Majencio, también despreciado, considerado indigno de mandar, reveló así sus intenciones, y es
difícil suponer que Galerio le permitiera habitar estos lugares de buena gana. Acaso hubo una
protesta pero, por las buenas, nada había que hacer. En el sistema de Diocleciano faltaba, como ya
dijimos, una última consecuencia: o había que promover a los hijos de emperadores o ejecutarlos.
Pero había sido evitada la dinastía hereditaria, “por razones que también hemos explicado, y nada
quería saber Diocleciano, a lo que parece, del puro sultanismo, como tampoco quiso saber nada de
las proscripciones después de la caída de Carino. Por lo demás, Majencio se había casado con una
hija de Galerio, posiblemente contra su propia voluntad y la de Galerio y para acomodarse a una
combinación del viejo emperador.
Durante unos meses la sucesión pareció marchar por la vía señalada, pero a comienzos del
año siguiente (306) aparece en este drama sorprendente un nuevo personaje. Constantino, a quien
con razón conoce la Historia con el sobrenombre de Grande, abandona la corte de Nicomedia y
aparece junto a su padre, Constancio Cloro, cuando éste se disponía a embarcar para Britania desde
el puerto de Gessoriacum (Boulogne).
La memoria de Constantino ha padecido en la Historia el mayor infortunio. Se comprende que
los escritores paganos tuvieran que serle adversos y esto no habría de perjudicarle ante los ojos de la
581 Entre otros Euseb., Vita Const. II, 49.—Detalles, más abajo.
582 Sobre la situación y la forma del palacio de Salona, además de la monografía de Lanza ( Dell’antico palazzo di
Diocleziano etc., Trieste 1855), la excelente descripción de Preuss, ob. cit., p. 163.
583 Miguel Glycas le atribuye el dicho de que “ya estaba harto de aventuras”, κόρος τῆς τύχης.—Tenía sólo 59 años.
584 Sin duda, entregó por el mismo tiempo la púrpura al nuevo César del Occidente, Severo. No Galerio, sino
Constancio Cloro fue el emperador máximo, que tenía que alternar el Imperio entre Oriente y Occidente, como se
deduce del hecho de que en el título común de los dos Augustos se antepuso el nombre de Constancio.
156
posteridad. Pero es el caso que ha caído en las manos del más antipático de todos los panegiristas,
que ha falseado por completo su imagen. Nos referimos a Eusebio de Cesárea y a su “vida de
Constantino”.585 Este hombre, poderoso e importante a pesar de todos sus defectos, hace figura de
un piadoso devoto cuando, por otra parte, tenemos noticia de tantas fechorías suyas. Y esta alabanza
equívoca es, en el fondo, desleal; Eusebio está hablando de la persona y a lo que se refiere,
propiamente, es a una causa, a saber, el interés de la jerarquía, establecida de modo tan fuerte y rico
por Constantino. A esto se añade, para no hablar ya del estilo verdaderamente odioso, un modo de
expresarse conscientemente equívoco, de suerte que el lector tropieza en los pasajes más
importantes con escotillones y trampas. Quien lo nota a tiempo, fácilmente propende a pensar en lo
peor, por lo mismo de que se le quiere ocultar algo.
La biografía comienza586 en términos de arrobo: “Cuando contemplo en espíritu a esta alma,
tres veces bienaventurada, unida con Dios, despojada de toda envoltura mortal, con su vestidura
centelleante y la radiante diadema, pierdo la voz y la razón y abandono a otro mejor que yo la tarea
de entonar una alabanza digna.” ¡Ojalá y que hubiera sido verdad! Si dispusiéramos de la
descripción de un pagano sensato, como Amiano,587 por ejemplo, la persona de Constantino, ya que
no salvada moralmente, estaría infinitamente más cerca de nosotros como una gran figura histórica.
Entonces podríamos ver lo que ahora sólo vislumbramos, a saber, que Constantino no se presentó a
lo largo de su vida como cristiano y que no comprometió hasta última hora la libertad de su
convicción personal. Que Eusebio era muy capaz de olvidar y de encubrir un hecho semejante, él
mismo lo demuestra con la caracterización que hace antes de Licinio, a quien nos presenta nada
menos que como un emperador cristiano y amado de Dios en lucha contra Maximino Daza, aunque
demasiado sabía que no era más que un pagano tolerante. Muy verosímilmente, no procedió mejor
con Constantino. Teniendo en cuenta esto, se disipa aquella repelente hipocresía que desfigura su
traza y no nos queda más que el calculador político que utiliza reflexivamente todas las fuerzas
físicas y espirituales de que dispone con una sola mira, afirmar su señorío, sin entregarse a nada ni a
nadie por completo. Claro que un egoísta de este calibre no por eso cobra un aspecto edificante,
pero la Historia encuentra ocasión bastante para habituarse con caracteres así. Por lo demás,
fácilmente podemos cerciorarnos de que Constantino, desde sus primeros pasos, obró ateniéndose
implacablemente a ese principio que la ambición enérgica ha titulado siempre “necesidad”. Es esa
maravillosa cadena de acciones y destinos que parece arrastrar con una fuerza misteriosa al
ambicioso de gran envergadura. Es inútil que el sentimiento de justicia levante su protesta, inútil
que millones de oraciones de los oprimidos se dirijan a Némesis; el gran hombre ejecuta, muchas
veces sin saberlo, decretos superiores, y en su persona encarna una edad del mundo mientras él
mismo cree dominar y dirigir su época.
En Constantino es decisivo el juicio que merece su primer paso. Galerio, según se dice, le
tenía preparada la muerte, primero en la guerra con los sármatas y luego en unas aparentes luchas
gimnásticas con animales salvajes, pero el héroe impertérrito triunfó sobre príncipes bárbaros y
sobre leones y rindió pleitesía al nuevo emperador supremo. 588 Galerio, a pesar de las repetidas
cartas en que Constancio Cloro le pide que le envíe a su hijo, mantiene a éste junto a sí como a un
prisionero y no cede sino cuando ya no puede oponerse más. Constantino, ya con el permiso, parte
antes de la fecha fijada con el mayor secreto y en las primeras estaciones inutiliza los caballos del
585 Para no hablar del panegírico del año 336: De laudibus Constantini. El material es el mismo que el de la Vita, pero
la elaboración es todavía peor.
586 Euseb., Vita Const. 1, 2.
587 Desearíamos tener las memorias de Constantino, citadas con frecuencia por Joh. Lydus. También son sensibles las
pérdidas de las descripciones de Praxágoras y de Bemarquio, e incluso Eunapio sería muy conveniente en algunos
puntos.
588 Además de por la mayoría de los autores cristianos estos hechos son mencionados en los fragmentos de Praxágoras
(en Mueller, 1, cap. IV, p. 2), que probablemente fue pagano. Sin embargo, Galerio debía disponer de otros medios
para matar a Constantino, de haberlo querido. Eumenio, Paneg. VII, 3, menciona el duelo con el bárbaro como una
hazaña para demostrar su valor. Euseb. calla este hecho.
157
correo imperial para que no le puedan seguir. 589 De todo esto lo único que se puede sacar en limpio
es que se sentía seriamente amenazado. Galerio tenía que odiarlo por su condición de hijo de
emperador pospuesto y, sin embargo, ambicioso, pero lo dejó marchar, aunque es muy probable que
Constantino estuviera muy comprometido en las intrigas de la corte desde los tiempos de la
persecución. De todas maneras, Constancio tenía derecho para llamar a su hijo a su lado.
Llegado donde su padre, le acompañó en su victoriosa campaña de Escocia contra los pictos.
No estaba Cloro a la muerte, como nos cuentan Eusebio y Lactancio para conmovernos, ni tampoco
había llamado a su hijo por esta razón, pero muy poco después de volver de la guerra murió
realmente (en York, el 25 de julio del 306). Según la disposición de Diocleciano, a quien todos los
interesados debían sus puestos, Galerio tenía que nombrar un nuevo Augusto y colocar, junto a éste,
un nuevo César. Pero si se quería aliar el derecho de herencia a este derecho imperial, los hijos de
Constancio y de la hija adoptiva del viejo Maximiano, Flavia Maximiana Teodora, Dalmacio
Anibaliano y Julio Constancio, poseían un derecho preferente. Pero eran todavía muy jóvenes, pues
apenas si el mayor llegaba a los trece.
En su lugar tenemos a Constantino. Es mucho pedir que nos apasionemos por este régimen
tan singular de Diocleciano, pero si existía legítimamente, Constantino es un usurpador. Era hijo de
Constancio y de una concubina, Elena, 590 nacido en Naissus de Servia el año 274, y no tenía
tampoco ningún título de sucesión si miramos con rigor el derecho hereditario. El panegirista
Eumenio lo convierte en hijo legítimo y opina que de camino había pedido permiso a los
emperadores abdicados, pero todo esto no son más que palabras.591 Sin embargo, este panegírico no
deja de tener cierta importancia, pues en él se defiende con verdadero ardor la santidad del derecho
sucesorio. Atendiendo a su descendencia de la familia del gran Claudio Gótico, le dice a
Constantino: “Tan alta es la nobleza de tu linaje que el imperio no te puede prestar una mayor
dignidad... No es el acuerdo accidental de otros, no es la fortuna repentina la que te ha convertido en
señor; por tu nacimiento merecías ya el señorío como un regalo de los dioses.”
Y, sin embargo, ese acuerdo y favor de los demás no fue tan insignificante para su elevación
al trono. No podemos saber, dada la unilateralidad de las fuentes, si su padre le nombró
efectivamente sucesor; acaso había llamado a su hijo, 592 entonces un decidido joven de treinta y dos
años, perito en materia militar, para que protegiera a la desamparada familia. Autores posteriores
como, por ejemplo, Zonaras, encuentran una bonita explicación: “Constancio Cloro estaba enfermo
y se lamentaba de que sus otros hijos valieran tan poco;593 se le apareció entonces un ángel y le
mandó que cediera el cetro a Constantino.” Otros, como Eusebio, Lactancio y Orosio ni siquiera se
molestan en buscar la motivación, sino que hacen como si la sucesión de Constantino fuera la cosa
más natural del mundo. El hecho es que los soldados de su padre le proclamaron Emperador
Augusto.594 La voz cantante la llevó un jefe de los alamanes a Croco (o Eroco), a quien Constancio
había tomado, junto con su gente, para el servicio de la guerra contra los pictos. Claro que la
589 Diferente y, probablemente mejor es la descripción del Anonym. Vales. 4. Sobre toda esta cuestión, véase Hunziker,
p. 212. Lactancio lo relata con gran vivacidad, cap. 24, 25. Sin embargo, no se le debió de ocurrir hacer llegar la
primera noticia de York a Nicomedia paucis post diebus.
590 Sobre su origen y su supuesto matrimonio véase el tercer apéndice a la obra de Manso, Das Leben Constantins des
Grossen. Además de los pasajes que aquí se mencionan se debe consultar Eutych. Alexandrin. ed. Oxon., pp. 408 y
456; Elena procedería de Cafar Facar, Mesopotamia, y sería cristiana. Según Hamza Isaphanens., p. 55, era de
Edessa y cayó allí mismo como prisionera en manos de Cloro.—Sirvió en una taberna de Naissus.—Es de esperar
que su hijo mayor no dictara pensando en ella la ley Cod. Teodos. IX, 7, 1 (del año 326), por la cual, y más por
desprecio que por misericordia, las dueñas de tabernas y sus sirvientas fueron excluidas de las leyes de adulteriis.
591 Panegyr. VII (Eum. Constantino, del año 310) especialmente cap. 2, 3, 8.
592 Suidas, S. v. Constantinus, dice: “El padre vio que era muy fuerte e hizo caso omiso de los hijos de Teodora.”
593 De los que no se sabe nada más.
594 Creo necesario hacerlo constar frente a la opinión de que hubiese sido elevado únicamente al rango de César
(Hunxziker, ob. cit., p. 215). Los soldados estaban mucho más acostumbrados al título de emperador. Sin embargo,
no podemos negar que Constantino se conformó al principio con el simple título de César o filius Augustorum.
158
595 Con expresiones parecidas Euseb., Vita C. I, 22 y 24, quien encuentra la diferencia entre Constantino y los demás
emperadores en el hecho de que aquellos fueron elevados a sus rangos por las votaciones de otros, mientras que
Constantino, “sólo por Dios”.
596 Sus propósitos anteriores, diferentes, De mort. pers., cap. 20.
597 Aurel. Vict., Caess. 40.
598 Sobre estos sucesos y los que siguen cf. Manso, Das Leben Constantins des Grossen, quinta edición, y Hunziker,
ob. cit., pp. 216 ss., donde se demuestra también que Severo fue asesinado por órdenes de Majencio y únicamente
después de la salida de Maximiano a las Galias.
159
presencia de una desviación sorprendente del principio imperial de Diocleciano y más si tenemos en
cuenta la hostilidad mencionada de Maximiano contra los senadores.
Cuando el inquieto anciano se vio defraudado en sus esperanzas de emperador máximo,
marchó a las Galias para tratar de conseguir con Constantino lo que le había fracasado con
Majencio. Tenía consigo una prenda, su hija más joven, Fausta; 599 la casó con Constantino y,
además, le invistió del título de Augusto. Se tenía pensado esperar por el momento, hasta que
Majencio se viera enredado en guerra con Galerio, quien estaba con ganas de pelear, para actuar
entonces con mayor vigor. Pero Constantino acogió la hija y el título, pero le negó a Maximiano
cualquier otra colaboración, con lo que no le quedó a éste otra salida que marchar de nuevo a Roma
y ponerse a disposición de su hijo.
Conservamos un discurso de ceremonias de aquellas bodas. 600 Acaso jamás un orador de
circunstancias ha tenido un tema más espinoso que este retórico galo desconocido, que tenía que
callarlo y decirlo todo, y hay que reconocer que salió airoso de su cometido. Nos interesa, sobre
todo (cap. 2), el parabién en razón de la fundación definitiva de una dinastía: “¡Ojalá que el imperio
universal de Roma y la posteridad de los emperadores sean igualmente eternos e inmortales!” Pero
en forma sorprendente se ignora la existencia de un hijo, Crispo, de un matrimonio anterior de
Constantino con Minervina, mientras que este mismo matrimonio es mencionado expresamente
(cap. 4) a cuenta de la fama moral de Constantino; en compensación, ensalza el orador la gran dicha
que supone el recibir en la familia Herculios, es decir, hijos de Fausta.
Mientras Galerio se armaba para ir contra Italia, Maximiano se enzarzó de nuevo con
Majencio; tuvieron una escena pública 601 en la que el padre quiso arrancar al hijo el manto de
púrpura. Una vez más, tuvo que salir de Roma.
En medio de esta confusión general apeló Galerio a la prudencia del viejo Diocleciano, que a
ruego suyo (307) acudió a una reunión en Carnuntum (Santa Petronila, no lejos de Hamburgo).
Lactancio nos refiere que unos años antes Diocleciano se había vuelto loco, pero parece que los
corregentes no habían perdido la confianza en sus fuerzas mentales cuando acudieron a orillas del
Danubio. En esta ocasión se nombró Augusto, en lugar del asesinado Severo, a un viejo compañero
de armas y amigo de Galerio, el ilirio Licinio. Pero se presentó también el viejo Maximiano, quien,
en lugar de encontrar apoyo y ánimos, fue obligado nuevamente a abdicar; Licinio habría de ser el
único emperador legítimo de Occidente. 602 Pero Maximiano estaba desatado y cuando perdió de
vista a los corregentes y volvió de nuevo a las Galias con Constantino, no pudo resistir a la
tentación de probar, a costa de su yerno, lo que le había fracasado dos veces con su hijo. En la
campaña que hizo Constantino contra los francos, se invistió por tercera vez de la púrpura, se
apoderó del tesoro y de las provisiones y se refugió en la amurallada Arelatum (Arlés), de donde
huyó hacia Massilia al verse perseguido por Constantino. A lo que parece, su propio ejército lo
entregó al yerno, que le regaló de nuevo vida y libertad. Pero Maximiano las utilizó una vez más
para peligrosas travesuras, de las que dio conocimiento a Constantino la propia Fausta. 603 No hubo
más remedio que hacer desaparecer de este mundo al peligroso viejo. Le cupo escoger el tipo de
muerte y prefirió el estrangulamiento (310). A comienzos del siglo XI se encontró su sepulcro en
599 Como es sabido, a la hija mayor, Teodora, la cedió en matrimonio 15 años antes a Constancio Cloro, cuando éste
fue nombrado César.
600 Panegyr. VI (Incerti Maxim. y Constantino, pronunciado en Tréveris en el año 307).
601 Acaso corresponde a este lugar lo antes mencionado de Zonaras.
602 Es posible que Galerio tuviera ya en el año 305 la intención de elevar a Licinio a la condición de Augusto, pero
Lactancio, que nos informa sobre esto (cap. 20) no podía estar mucho más enterado que nosotros. Lo que ya es una
invención es que Galerio quisiera conservar al mismo tiempo el título de César para su hijo Candidiano, entonces
de nueve años. Candidiano no era hijo habido con Valeria, sino un bastardo, aunque adoptado y educado por
Valeria.—Cf. Preuss, p. 170.
603 Manso, pp. 38 y 302, se deja engañar en este punto por un cuento absurdo de Lactancio (cap. 30).—La
comparación de las diversas narraciones, en Hunziker, ob. cit., pp. 235 ss.
160
quedó toda la península entre este mar y el Adriático. No sabemos nada de lo que pensaría
Diocleciano de semejante reparto.
Por la misma época los generales de Majencio sometieron al África insurrecta; fue derrotado
el usurpador Alejandro, perseguido y estrangulado, y la desventurada provincia castigada con mano
dura. La ciudad de Cirta padeció tanto que hubo de ser reconstruida bajo Constantino. 609 Majencio,
en el triunfo que se siguió en Roma, recordó la enemistad de la vieja Cartago.610
Tenemos así, otra vez, dos regentes occidentales y dos orientales, Constantino y Majencio,
Licinio y Maximino Daza. Pero sus relaciones distan mucho de ser las del armonioso tetracordio de
Diocleciano y sus corregentes. No se reconoce ninguna subordinación ni obligación recíproca, cada
uno es Augusto por propia cuenta y mira con recelo a los demás; sus dominios se hallan bien
delimitados y nadie pretenderá intervenir en el país del otro, pero tampoco nadie acorrerá al otro
antes de que una combinación egoísta les mueva a pactos particulares. El Imperio estaba partido en
cuatro y el primero que quebrantó la paz, Constantino, tuvo como tarea inmediata la de establecer
una nueva conexión en lugar de la antigua.
Vamos a repasar su vida empezando por el modo y manera como cumplió con esta misión.
Entre sus tres colegas escoge al más capaz y, al mismo tiempo, más legítimo y se alía con él;
Licinio se desposó con Constancia, hermana de Constantino. Con este motivo se produce la guerra
contra Majencio (312).611 Entre tanto, éste se había aliado con Maximino, primero contra Licinio, al
que pensaba arrebatar el país de Iliria; en vano trató Constantino de acercarse a él, pues Majencio
rechazó al “asesino de su padre” y se armó en contra suya. Queda en el aire a quién de los dos hay
que atribuir la ruptura franca; Eusebio atribuye la hazaña a Constantino, la celebra expresamente y
nos habla de su gran compasión por el pobre pueblo romano oprimido; “No hubiera tenido ningún
gusto en la vida de haber dejado a la capital del mundo padecer todavía.” 612 He aquí un rasgo que
difícilmente puede caracterizar la mentalidad de Constantino, pero sí el estilo de Eusebio. Majencio
disponía de fuerzas enormes,613 que no le traicionaron en el momento decisivo, y que le hubieran
llevado a la victoria a no ser por su incapacidad estratégica y por su cobarde indolencia. Las fuerzas
de Constantino no las componían, sin duda, las legiones celestiales mandadas por el beato
Constancio Cloro que le atribuyen los escritores de las dos religiones, 614 tampoco la simpatía de los
cristianos —ni siquiera la desesperación de la desbaratada Italia, pues las poblaciones apenas si
cuentan en estas luchas615— sino la eficiencia militar de sus cien mil hombres (britanos, galos y
bárbaros) y su propia personalidad. De no haber sido celebrada esta guerra por fuente tan
sospechosa, habría que admirarla como la campaña italiana del joven Napoleón, con la que quizá
tenga de común más de una batalla. El asalto de Susa, la batalla de Turín, donde fue aniquilada la
caballería pesada del enemigo —armadura de caballo y jinete— 616, la entrada en Milán, el encuentro
de las caballerías en Brescia, se parecen a los comienzos de la campaña de 1796; y los terribles
combates de Constantino por Verona pudieran parangonarse con la debelación de Mantua. Pero
tampoco los enemigos serían indignos de ser comparados con los enemigos de Napoleón; lucharon
con valor y aguante y no se pasaron a Constantino, de modo que, por ejemplo, tuvo que aherrojar a
todos los prisioneros de Verona para que no se fueran de nuevo con Majencio. La matanza no la
permitía ni la avanzada humanidad ni la conveniencia bien entendida del Imperio, pero tampoco
parece que se podía fiar en su palabra; no hubo más remedio que convertir sus espadas en grilletes.
609 Esta ciudad recibió el nombre de Constantina(e), que lleva todavía hoy.
610 Zosim. II, 14.
611 Además de Euseb. y Zósimo las fuentes principales al respecto, Panegyr. IX y X.
612 Euseb., Vita C. 1, 26 y 37, donde Constantino quiere devolver a los romanos hasta ¡la libertad de sus antepasados!
613 Según Zósimo, 170.000 infantes y 18.000 de a caballo.
614 Con mucha seriedad relata por ejemplo Nazario en Panegyr. X, cap. 14, su intervención.
615 Es cierto que las ciudades llaman a Constantino (Paneg. IX, 7) pero después de que ha vencido.
616 Los así llamados clibanarios o catafractos, copiados del arte militar de los persas.
162
Verona se entregó después que otra parte del ejército de Constantino se había apoderado por asalto
de Aquilea y de Módena.617
Así se logró una base firme para la conquista de toda Italia; fueron sorprendidos Majencio y
sus generales y lo que pudieron haber logrado fácilmente con la ocupación oportuna de los pasos de
los Alpes no lo pudieron conseguir con ríos de sangre al pie de los Alpes y en la llanura. Los
estrategas podrán decidir si Majencio tenía razones para dejar avanzar al enemigo hasta Roma. Los
autores nos lo describen unas veces como un sedentario cobarde, otras como un supersticioso
conjurador618 y ambas cosas pueden ser en parte verdad. Pero no es posible dudar que los habitantes
de Roma odiaban a Majencio; en una lucha con sus soldados habían caído seis mil hombres; su vida
desatada y sus confiscaciones tenían que crearle muchos enemigos; pero nada de esto es decisivo.
Disponía todavía de un gran ejército y, para el caso de un sitio, Roma contaba con abundantes
abastecimientos y fue rodeada de atrincheramientos en forma que se podría contener al enemigo y
hasta envolverlo rápidamente. Pero si la famosa batalla que comenzó en Saxa rubra, a catorce
kilómetros de Roma, y terminó en el puente mílvico, fue dispuesta en la forma que nos cuentan los
autores, apenas si cabe hablar de razones estratégicas. El ejército de Majencio fue colocado en
largas líneas con el Tíber a sus espaldas; pero este río de precipitada corriente no parecía disponer
de ningún otro puente que el mílvico y otro puente de barcas muy cerca. En estas condiciones, la
primera confusión tenía que ser funesta, y lo que no sucumbió ante la espada pereció en el río; los
pretorianos, que rodeaban a Majencio, que era su hechura, aguantaron, pero Majencio huyó y se
ahogó en la corriente; aquéllos, como en otros tiempos la cohorte de Catilina en Pistoria, se dejaron
matar en el sitio mismo que habían ocupado al comienzo de la batalla. Su aniquilamiento tuvo un
gran valor para el vencedor, pues, de lo contrario, habría tenido que enfrentarse de nuevo con ellos.
Cosa fácil, ahora, arrasar el campamento de los pretorianos.
Con esta batalla todo el Occidente recibe un señor; también el África y las islas corresponden
al vencedor. Entre dos ilegítimos, el talento superior y la resolución se aseguraron la victoria.
Constantino, conocido hasta entonces por las guerras de la frontera, se presenta ante la opinión
pública con todo el renombre del héroe. Ahora se trata de asentar en lo posible el nuevo poder sobre
otras bases que el puro poder de los soldados.
Si prestamos oído a los oradores oficiales, Constantino, después de haber acabado con los
peores abusos y persecuciones de Majencio, se apresuró a enaltecer al senado completándolo con
gentes de provincia. Pero no es menester una gran perspicacia para ver que, después de los
acontecimientos de los tres últimos años, no era posible la colaboración del senado en el gobierno.
Podía Constantino honrar externamente a la corporación para dar gusto a los romanos, pero mal
podía esperar de ella un apoyo decisivo, así que debía de serle bastante indiferente en el fondo;
acaso ya por ese tiempo abrigaba los planes que habrían de provocar una profunda hostilidad entre
los dos. Nueve años más tarde, un panegirista que acaba de calificar al senado de flor del mundo
entero y a Roma de fortaleza de todos los pueblos y reina de todas las comarcas, deja entrever la
verdad: “Esta alma honorable del pueblo romano, 619 restablecida al estado que tuvo desde siempre,
no muestra cínica arrogancia ni medroso acabamiento; advertencias constantes de los divinos
príncipes la han puesto en tales vías que inclináandose y moviéndose a sus señales, no se somete
ante la intimidación sino a la bondad.” 620 En otras palabras: el senado, compuesto en su mayoría de
paganos y sin influencia alguna en el gobierno, se encuentra en una posición equivoca frente al
emperador. Se reúne todavía regularmente y el calendario señala los días: senatus legitimus, día de
617 Panegyr. X, 26, donde la oppugnatio, se refiere también, sin duda, a estas dos ciudades. No nos debe desorientar el
silencio en Panegyr. IX, 11; el autor no quiere ser tan descomedido que vaya a hablar hoy de hechos de armas en
que no participó su héroe.
618 Así también Zósimo, II, 16.
619 Es decir, el senado.
620 Panegyr. X (Nazar. Constantino, del año 321) cap. 35.
163
sesión del senado, pero, fuera del mes de enero, tales reuniones no tienen lugar arriba de una vez al
mes.
Entre tanto, el emperador se había proclamado protector del cristianismo. Dejemos de lado,
por ahora, lo que se refiere a su religiosidad personal y preguntemos únicamente por las razones
políticas que pudieron mover a un emperador romano a dar semejante paso. Los cristianos seguían
siendo todavía una pequeña minoría,621 con la que no era menester contar; ¿cómo es posible que su
tolerancia pudiera parecer al ambicioso un recurso de poder o, por lo menos, un asunto de
conveniencia?
El enigma se aclara tan pronto como admitamos que la mayoría de aquellos paganos cuya
opinión importaba más desaprobaba la persecución, miraba con desgana la perturbación de la vida
civil y con temor la sed de sangre despertada en el pueblo, pues en los últimos años se habían hecho
significativas comparaciones entre la situación, si no floreciente por lo menos tranquila, de las
Galias, y el vértigo de ejecuciones en el oriente y el sur. Todo terrorismo se amortigua en cuanto la
masa media ha satisfecho su pasión y comienza a sentir las consecuencias desagradables; los
fanáticos que la pretenden perpetuar, o se hunden por su propia consecuencia o son echados a un
lado. Los mismos emperadores perseguidores habían implantado a veces la tolerancia, como medio
político o para mortificar a Galerio, y este mismo había dictado aquel sorprendente edicto de
tolerancia durante su última y espantosa enfermedad (311). Así, pues, Constantino no innovó
demasiado con sus dos edictos de tolerancia de Roma y de Milán (312 y 313) y tampoco explotó el
asunto en contra de los demás emperadores; al revés, en la ciudad de Milán (invierno 312-313) hizo
participar en aquellas medidas a Licinio, emparentado entre tanto con él, y ambos negociaron con
Maximino Daza para que se obligara en el mismo sentido, lo que sucedió también en un grado
menor. Con esto tenemos que la tolerancia con los cristianos habría sido, sencillamente, cosa de
necesidad y no haría falta ninguna otra explicación. El edicto de Milán, rubricado también por
Licinio, fue, sin embargo, demasiado lejos; por primera vez declaró la libertad absoluta de todos los
cultos, comprendidas las numerosas sectas cristianas; por lo que se refiere al reconocimiento oficial,
se colocó al cristianismo al nivel de las viejas creencias; recibió el carácter de una corporación y
recuperó las iglesias y propiedades que habían pasado al fisco o a manos de particulares.
Pero hubo un detalle que reveló la relación efectiva del nuevo señor de Occidente con la
religión romana oficial y, ciertamente, no pasaba de la indiferencia. Después de la batalla en el
puente mílvico el senado y el pueblo le habían acordado, junto con otros honores, un arco de
triunfo, que fue construido con bastante rapidez, aprovechando en parte bellos trozos de un arco de
Trajano. Acaso se sabía que Constantino llamaba a Trajano, en gracia a las numerosas inscripciones
en las que era eternizado su nombre, el “musgo de paredes” 622 y por eso mismo se procedería con tal
desparpajo. La inscripción actual del arco nos dice que Flavio Constantino Máximo ha triunfado
contra el tirano y todo su partido, etc., “por inspiración de la divinidad”; pero tras estas palabras
asoma el viejo epígrafe: “por la señal del sumo y bonísimo Júpiter”. 623 Probablemente, el cambio se
621 La tradición ofrece en este punto una laguna muy sensible. Inmediatamente después de la persecución las
conversiones al cristianismo deben haber aumentado extraordinariamente. Eusebio, Sulpicio Severo y otros no
pasan de ciertas generalidades, mirum est quantum invaluerit religio, etc., en lugar de dar cifras exactas.
622 Aurel. Vict., Epítome.
623 En lugar de la inscripción actual INSTINCTV. DIVINITATIS se decía NVTV. I. O. M. etc. Yo debo esta noticia a la
amable información del Dr. Henzen en Roma. Se descubrió esta corrección cuando en la época francesa se rodeó el
arco de andamiajes para copiar los relieves.
Adiciones y rectificaciones: La hipótesis de que las palabras en cuestión de la inscripción, en lugar de INSTINCTV.
DIVINITATIS se leían antes NVTV. IOVIS O. M. procede de Borghesi. Cierto que recientemente se ha puesto en duda
este cambio (Rossi en el Bullettino di Archeologia cristiana, 1863, p. 57) y se sostiene la originalidad de las
palabras INST. DIV. Pero el último comentador (Schultz en el Zeitschrift fur Kirchengesch., de Brieger, vol. III,
1879, p. 294) está convencido, sin embargo, que existe una corrección, puesto que han sido juntadas en ambos
frontispicios en forma irregular y que se desvía de modo visible de las restantes partes de la inscripción; pero
confiesa, también, que no se puede demostrar este supuesto.
164
realizó en el momento en que el emperador vio por primera vez la inscripción (redactada sin su
conocimiento) en su visita a Roma, en el año 315, cuando su posición religiosa era más clara. La
primera redacción nos indica que, inmediatamente después de la victoria, no se sabía otra cosa sino
que el emperador era un pagano romano. La rectificación no niega esto y mucho menos lo presenta
como cristiano; lo único que hace es evitar cualquier profesión directa de fe y le deja libre el
monoteísmo. Los relieves del arco representan, en parte, como sabemos, sacrificios paganos,
dedicados a Apolo, Diana, Marte y Silvano, junto con suovetaurilias.
Vemos, pues, que no sólo Eusebio sino un monumento oficial califica a Majencio de tirano, es
decir, en el sentido de entonces, de usurpador, de ilegítimo. Esta calificación convenía no menos a
Constantino, pero las gentes se decían que Majencio no era más que un hijo supuesto y que su
misma madre lo reconocía. En cuanto se puede escoger y no hay que someterse a un desalmado
príncipe de sangre se desea el derecho hereditario y se anhela una dinastía. El panegírico nos habla
de Constantino como del único legítimo y de los demás como tiranos.624
Diocleciano, con su sistema de adopciones, que descansaba en tantas renuncias, se había
equivocado frente a la ambición ingente. Se dio voluntariamente la muerte por este tiempo (313)
por hambre o con veneno.625 Constantino y el increíblemente ofuscado Licinio le quisieron preparar
una trampa y le invitaron a la boda de Constancia, en Milán, ciudad que, sin duda, ya no hubiera
podido abandonar con libertad o con vida. No les complació sino que se excusó con sus sesenta y
ocho años. Le enviaron cartas amenazadoras, reprochándole que andaba intrigando con Maximino
Daza como antes con Majencio. Diocleciano estaba demasiado cansado de la vida o demasiado
convencido del curso de su destino para arrojarse realmente en los brazos de Daza y tampoco quería
dejarse estrangular por aquéllos. Aunque murió como persona particular, se le acordó (seguramente
por el senado) el honor de la apoteosis, por última vez en el viejo sentido pagano. Probablemente el
gracioso templete en el palacio de Salona, Espalato, que antes sirvió de santuario de Esculapio, no
fue otra cosa que la tumba erigida en vida del gran emperador 626 y el sarcófago que se encuentra
todavía en las proximidades con los relieves de la cacería caledónica contuvo en otro tiempo su
cadáver. El Meleagro que persigue al jabalí no es otro que Diocleciano en un momento decisivo de
su vida. No todo el mundo podía ver estos relieves; todavía una generación después un tapiz de
púrpura cubría el sarcófago.627
¿Qué hubieran sido los emperadores de entonces sin él? A lo sumo, generales con mayores o
menores perspectivas de subir al trono y de ser asesinados por los soldados o los conspiradores.
Gracias, únicamente, a la estabilidad que había logrado en los asuntos del trono, gracias al golpe
decisivo que había dado al cesarismo desenfrenado, se había hecho posible de nuevo el hablar de un
derecho al trono y hasta, muy pronto, de un derecho hereditario, aunque no se había avanzado
mucho en esto. Sin Diocleciano no hubiera habido Constantino, es decir, ningún poder que hubiera
sido lo bastante fuerte para conducir el Imperio, sin conmoverlo, de la vieja situación a una nueva y
de desplazar el centro de gravedad del gobierno a otros puntos, a tenor de las necesidades del nuevo
siglo.
La próxima víctima en turno era Maximino Daza. Disipado, supersticioso en demasía, poseía,
sin embargo, aquella decisión osada que está tan bien en los que mandan y que es la que movió a
Galerio a adoptarlo; su gobierno, por lo demás, como se desprende de su comportamiento con los
cristianos,628 es cruel y artero, pero resulta difícil juzgarlo al detalle porque, lo mismo que más tarde
624 Este es el tenor de Euseb. También Juliano en su obra juvenil, Encomium ad Constantim, ed. Schaefer, p. 10.
625 Aur. Vict., Epit.—De mort. pers. 42, 43.—Sobre la inexactitud del año de la muerte 316, cf. Clinton I. c. ad. h. a.
626 Según el supuesto aclarado de Lanza, Dell’antico palazzo, etc., pp. 14 ss.
627 Ammian. Marcell. XVI, 8.
628 Euseb., Hist. eccl. VIII, 14, así como todo el libro noveno y el apéndice De martyr. Palaest.—La caracterización de
Maximino en Aurel. Vict., Epit. 40 es: Aunque pastor de origen y de educación, le gustaba el trato de los más
prudentes y educados; de temperamento sosegado, sentía, sin embargo, debilidad por el vino y en estado de
embriaguez dio muchas órdenes crueles; como solía arrepentirse luego, mandó que se aplazara su ejecución hasta
165
Juliano, había caído en una formal corregencia con sacerdotes y magos. Había accedido a la
petición de los otros dos emperadores para tomar parte en las medidas de tolerancia pero, a lo que
parece, obligado, de suerte que los cristianos, recordando su duplicidad anterior, no se atrevían a
descubrirse.629
Hacía años había sospechado que tendría que defender su existencia y por eso había
participado en aquella alianza secreta con el usurpador Majencio, lo mismo que Licinio con el
usurpador Constantino. Sin embargo, no socorrió a aquél en la hora del peligro, acaso porque sabía
que nada había que hacer; ahorró sus fuerzas para un nuevo y repentino ataque contra Licinio (313).
Con la rapidez del rayo, volvió de Siria a Europa a través del Asia Menor, y se apoderó, en los
dominios de su enemigo, de Bizancio y de Heraclea. Entre esta ciudad y la de Adrianópolis tuvo
lugar la batalla con el sorprendido enemigo. Contra la voluntad de los dos, se trataba en esta ocasión
de una pugna entre cristianismo y paganismo, pues ya se sabía que, de ser vencedor Maximino,
reanudaría las persecuciones en la forma más terrible; pero ya resulta más dudoso si los ejércitos en
lucha tenían conciencia de esto, a pesar de que Lactancio (cap. 46) hace que el ejército de Licinio
aprenda de memoria una oración que un ángel habría recomendado al emperador en sueños.
Maximino sucumbió, probablemente, a la superioridad técnica o a la popularidad guerrera de su
adversario, a quien se pasó una parte de su ejército. En su huida llegó hasta Capadocia y trató de
obstruir el paso del Tauro con atrincheramientos pero murió, probablemente de muerte natural, 630 en
Tarso de Cilicia. Licinio, que se había apoderado de nuevo de Nicomedia y había decretado un
nuevo edicto de tolerancia, se adueñó sin mayor resistencia de la herencia de Asia y de Egipto.
Sin duda que Constantino vería con agrado cómo los dos legítimos se combatían entre sí y, de
este modo, se libraba de uno de ellos. Además, Licinio le prestó el servicio de acabar con las
familias de Galerio, Severo y Maximino Daza (sucumbieron niños inocentes); también Prisca y
Valeria, viuda e hija, respectivamente, de Diocleciano, fueron apresadas en Salónica y decapitadas.
El sistema de Diocleciano hubiese hecho inútiles y hasta imposibles crueldades de este género. Pero
desde que en la cabeza de los hombres se dio otra vez una especie de derecho sucesorio, tales
príncipes y princesas podían ser peligrosos; el nuevo señor del Oriente encontró la compensación
más natural en el sultanismo corriente, que asesina hasta que ya no exista ningún posible
pretendiente.631 Parece que Licinio tiene algunos méritos como gobernante en lo que se refiere a la
clase campesina, de la que él mismo procedía, y también a la prosperidad de las ciudades; si
hablaba de la educación literaria como un veneno y una peste del estado, es que en la situación de
necesidad del Imperio desearía, con razón, que hubiera menos retóricos (es decir, administradores)
y más manos para el trabajo y la defensa; la mayor crueldad que se nos cuenta de él 632 (que hizo
matar en el circo a dos mil antioqueños para castigar sus burlas mordaces) no pasa de ser una
leyenda según la crítica moderna; pero es cierto que nunca retrocedió ante barbaridades
provechosas y acaso entren en este capítulo aquellas ejecuciones de gente rica de que se nos
habla.633 Además de las fortunas, también las mujeres debieron corresponder al disoluto viejo.
Entre tanto se recuerda de la época diocleciana que, para dar cierta seguridad al trono,
conviene designar sucesores o Césares. Constantino es el primero en proponer a un cierto Bassiano,
que se había casado con su hermana Anastasia. Pero el hermano de él, Senecio, un pariente de
Licinio, instiga a Bassiano contra Constantino y éste se ve obligado a acabar con su cuñado y a
que se le hubiera pasado el efecto.—Cosas parecidas se dicen de Galerio en Anon. Vales 11.
629 Más detalles en Hunxziker, ob. cit., pp. 247 ss. Entre otras cosas, Maximino creó puestos de sumos sacerdotes en
las provincias, nombrando a gente destacada, para reforzar así el paganismo.
630 Morte simplici, dice Aurel. Vict., Epit. 40.—Fortuita morte, en Eutrop. X, 4.
631 Sobre la suerte desdichada de esta familia cf. Lactancio 39, 40, 50, 51, quien, no obstante la compasión que se le
escapa en ocasiones, encuentra perfectamente que Dios destruya las familias de los perseguidores de su nombre.
632 En Malalas, L.XII, ed. Bonn., p. 314.
633 En Anonymus Valesii, cuyas afirmaciones en este punto admito, mientras que en lo demás sigo a Fr. Görres
(Kritische Untersuchungen ueber die licinianische Christenverfolgung, Jena 1875) pp. 92 ss.
166
reclamar de Licinio, su otro cuñado, la entrega de Senecio, cosa que se le niega abiertamente; las
cosas llegan al extremo de que en una ciudad fronteriza del occidente de los dominios de Licinio, en
Emona (Laybach), se arrojan al suelo las estatuas de Constantino. 634 Con estos acontecimientos, que
presuponen alguna intriga familiar implacable, estalla una terrible guerra en la que Constantino ha
debido de ser la parte atacante; por lo menos, sabemos que penetra en los dominios de su cuñado, lo
derrota (8 octubre 314) en Cibalis del Save (la actual Svilaja) y lo persigue hasta la Tracia, donde se
entabla una segunda batalla, probablemente menos decisiva, en la llanura márdica. Licinio había ya
nombrado por sí, en calidad de César, a un comandante de fronteras, de nombre Valente; la primera
condición de la paz que se negoció en seguida 635 fue su reintegro a la condición privada, para que no
surgiera una tercera dinastía; además, Licinio tuvo que desprenderse de todas sus posesiones
europeas, es decir, de los países al sur del Danubio y de toda la Grecia con excepción de Tracia y la
costa póntica.636
A este punto había llevado las cosas el legítimo gracias a su alianza anterior con el usurpador,
tan superior espiritualmente a él, y contra el cual tendrían que haberse unido todos, después de la
muerte de Galerio, para poder sostenerse. Cuanto menos seguro se halla un poder de su origen
legítimo, tanto más propende, necesariamente, a hacer la limpia de todos los legítimos. Era todavía
difícil aniquilar por completo a Licinio, pero ya la superioridad había pasado a manos de
Constantino. En apariencia tenemos un derecho igual para los dos señores; después de cierto tiempo
(317) ambos nombran como Césares a sus propios hijos, Constantino a Crispo y al joven
Constantino, Licinio a Liciniano. Pero si tenemos en cuenta la edad de estos Césares se nos revelará
la distinta posición de los emperadores; Crispo era un joven vigoroso, apto para mandar el ejército,
Liciniano un niño de veinte meses y, además, el hijo único de su anciano padre, que a su muerte
sería fácil de eliminar. Por eso el emperador legítimo, siguiendo el sistema de Diocleciano, quiso
adoptar como Césares a compañeros de armas, como Valente y, más tarde, Martiniano, pero
Constantino no se lo consintió. Pero él mismo se permite un segundo nombramiento; junto al hijo
mayor de su primer matrimonio, Crispo, coloca en reserva al hijo, todavía muy joven, tenido de
Fausta.
Esta situación la aguanta Constantino hasta el año 323, en que se incorporará los dominios de
Licinio. Dejó madurar el fruto hasta que casi le cayó a las manos.
Eran los años decisivos en que miraba atentamente al cristianismo para ver en qué grado
podía servir a un gobernante inteligente. Cuando se convenció, gracias al crecimiento de las
comunidades, a la naturaleza ya más desarrollada de su jerarquía, a la traza de su sistema sinodal y a
todo el carácter general del cristianismo, que esta poderosa fuerza se podía convertir en un apoyo
del trono o que, en todo caso, había que asegurarse oportunamente de ella, pues ya empezaba a
afirmar su poder, en ese momento encontró la palanca más fuerte contra Licinio. Este había
cometido la torpeza de hacer pagar a los cristianos su justificada inquina contra Constantino, 637
como si fueran culpables de la implacable ambición de éste (desde 319). Pero de haber poseído o
querido aplicar los medios para una renovación de la persecución, el terror tenía que ser su aliado y
pudo haberse desencadenado una guerra de principios en grande escala. Se limitó a expulsar a los
cristianos de su corte y a pequeños fastidios que, debido a la resistencia de la crecida muchedumbre
cristiana, asumieron pronto el carácter de una semipersecución. 638 Todo el elemento cristiano, de los
634 Por muy extraño que nos parezca esto que nos cuenta Anonymus Valesii, 14, 5, contiene, aunque en forma un poco
deformada, la verdadera causa de la guerra que sigue, mejor que las indicaciones generales de Zósimo y los demás.
Eusebio y Lactancio, quien, a juzgar por el cap. 51, escribió su libro no antes de fines del año 314, tienen sus
motivos para no mencionar la guerra.
635 Petrus Patricius, Legat. fragm. 15 en Mueller, ob. cit., vol. IV, p. 189. La cólera de Constantino contra “el mísero
esclavo” Valente, no deja de tener importancia.
636 Más detalles en Görres, pp. 29 ss.
637 La fecha del comienzo de la persecución y todo su curso, con mucha precisión en Fr. Görres, ob. cit.
638 Sulpic. Sever., Sacra hist. I. II. Sed id inter persecutiones non computatur, etc.
167
obispos para abajo, constituyó una propaganda natural en contra de él y a favor de Constantino, que
tampoco desaprovecha seguramente la ocasión de incitarlos; la situación mucho más favorable que
desde siempre había reconocido a los cristianos bastaría ya para irritar a éstos.
Todo sínodo, toda reunión de obispos resultaba, de hecho, peligrosa y Licinio las prohibió; las
prácticas de culto resultaban también sospechosas como asambleas y ordenó que hombres y mujeres
se reunieran aparte y desterró todo el culto de la ciudad al campo, donde el aire es mejor que en las
casas de oración; como los clérigos trataban de influir en los hombres a través de las mujeres,
ordenó que éstas serían instruidas en la doctrina por maestras. 639 Degradó a los oficiales cristianos;
algunos obispos, especialmente sospechosos, fueron asesinados y algunas iglesias desmanteladas o,
por lo menos, clausuradas. “¡No sabía (suspira Eusebio) que en estas iglesias se solía rogar por él;
creía que rogábamos sólo por Constantino!” Licinio no dictó ninguna orden general que estuviera
en contradicción con los edictos de tolerancia de tiempos anteriores, y hasta arrianos, como el
obispo Eusebio de Nicomedia, pudieron conservar su favor hasta última hora, pero se sucedieron las
confiscaciones, los destierros a islas desiertas, las condenaciones a las minas, las atimias de distinto
género, las ventas en calidad de esclavo, sin exceptuar las gentes distinguidas. El en otros tiempos
tolerante príncipe, que hasta ese momento había considerado provechoso mantener la duda de los
súbditos acerca de su creencia personal,640 se muestra ahora como el viejo pagano rodeado de magos
y sacrificadores egipcios; interroga a los intérpretes de sueños y a los oráculos, entre otros el Apolo
Milesio, que contesta con dos hexámetros ominosos; finalmente, según nos cuenta Eusebio, reúne a
sus amigos más íntimos y a su guardia en un prado ornado con estatuas de dioses; después de un
sacrificio solemne, les dirige un discurso cuyo sentido es que la lucha que se avecina supone una
decisión entre los viejos dioses y el nuevo dios extranjero.
¿Qué fue lo que movió a Licinio a dar este paso desesperado? No tenía que pensar mucho
para ver que le convenía, por el contrario, emular a Constantino en favorecer a los cristianos.
Probablemente le sacó de quicio el darse cuenta de la malignidad de su enemigo y renegó de su
condescendencia anterior con los cristianos, representados por un caudillo tan implacable. Pero un
ataque a los dominios de Constantino era tan inverosímil como en el año 314; Eusebio (II, 3) cree
honrar una vez más a su héroe haciendo que se arme por pura compasión de los desgraciados
súbditos de Licinio, es decir, sin que éste le haya dado el menor pretexto.641
De pronto irrumpen los godos a través del Danubio en los dominios de Licinio. Constantino
acude contra ellos, sin ser llamado, los rechaza y les obliga a entregar los prisioneros; Licinio se
queja, sin embargo, de esta intervención en sus dominios. 642 Hasta aquí la noticia de un recopilador
posterior, escueto pero muy importante, el llamado Anónimo Valesiano. Júntese a esto lo que nos
cuenta el conocido historiador de los godos Jordanes (cap. 21): “Ocurre a menudo que los godos
son invitados (por los emperadores romanos) y también su irrupción fue solicitada por Constantino;
arremetieron contra su cuñado Licinio y una vez vencido, cercado en Salónica y despojado de su
639 Así lo dice Euseb. Vita Const, donde en I, 49-50; II, 1-20 se habla de Licinio. Los obispos del imperio de Licinio se
proclaman, según I, 56, “amigos del gran emperador, amado de Dios”, es decir, de Constantino.—La amplitud de la
persecución liciniana nos la indica el edicto, en Euseb. II, 24-42. Pero los pretendidos mártires son, casi todos, de
dudosa autenticidad; cf. las investigaciones de Görres, ob. cit. De todos los martirios de soldados el único
completamente seguro es el de los 40 guerreros de Sebaste, ob. Cit., pp. 104 ss.
640 Así que Eusebio y Lactancio se pueden sentir defraudados. En la Hist. eccl. IX, 9, redactada anteriormente, Licinio
todavía es un emperador piadoso y amado de Dios, pero en la Vita Const. I, 49; II, 1 y 46; III, 3 se habla de él como
de un animal terrible, el demonio malo, la serpiente falsa, e incluso fue representado como dragón pisoteado por
Constantino. Ya en los añadidos e interpolaciones posteriores de la Hist. ecclesiastica se habla en el mismo tono de
Licinio, lo que se halla en completa contradicción con los anteriores elogios, no borrados. Cf. Hist. Eccles. X, 8 y 9.
641 Todavía en los suplementos a la Hist. eccl., añadidos probablemente en seguida de la guerra (X, 8, 9.), Euseb.
consideró necesario hablar de conatos de ataques y persecuciones de Licinio, y en la Vita Const. (1, 3) su héroe
tiene desde un principio la razón en todo lo que hace y no le son menester aquellos motivos, por lo que puede
empezar la guerra como quiera. Así se le enjuiciaba ya alrededor del año 340.
642 Lo que Zósimo II, 21, pone en su lugar, la historia de la guerra de Constantino contra los sármatas mandados por
Rausimodo, no puede confundirse con esta invasión y corresponde probablemente al año 319.
168
imperio, fue sacrificado por la espada del vencedor.” Quien sigue con atención a Constantino
presume que todo esto puede ser muy cierto. 643 En todo caso, la irrupción de los godos cuenta entre
los antecedentes más inmediatos de la guerra.
Pasamos por alto los diversos incidentes de esta segunda lucha por el imperio del mundo, esta
segunda guerra de Accio. Desde el 314 Constantino había aumentado en forma importante (con
Tesalónica y los demás puertos de Grecia) su poder marítimo y pudo armar doscientas naves,
mientras que Licinio, que disponía de las costas del Oriente, trescientas cincuenta. La misma
proporción se observa en lo restante, pues Constantino pudo equipar ciento treinta mil hombres
mientras que Licinio ciento sesenta y cinco mil. Desde los tiempos de Septimio Severo, en ninguna
guerra civil se habían enfrentado fuerzas tan considerables. Pero Constantino tenía una gran ventaja:
que las gentes de la provincia de Iliria marchaban bajo sus banderas. En Adrianópolis, donde venció
por primera vez Constantino, cayeron treinta y cuatro mil hombres; poco después su armada, al
mando de Crispo, derrotó a la de Licinio, mandada por Abanto (Amando), no lejos de la entrada del
Helesponto y una tormenta acabó con los restos; pero Licinio, que ya no se podía sostener en
Europa, marchó de Bizancio a Calcedonia y nombró César a Martiniano, uno de los funcionarios de
la corte. Esta medida pudo haber sido decisiva a comienzos de la campaña. El emperador legítimo,
valiéndose de oportunas adopciones en el sentido de Diocleciano, se podría haber ganado para su
causa, sin preocuparse de las pretensiones del usurpador, a los tres o cuatro generales más seguros.
Pero ahora, en medio del abandono y de la traición, la medida llegaba demasiado tarde.
Después de una pausa se reanuda la lucha; Martiniano, estacionado en Lampsaco para impedir
un desembarco del enemigo en el Helesponto, fue nombrado a toda prisa por Licinio jefe militar del
Bósforo, que Constantino había logrado atravesar. La suerte se decidió en la gran batalla de
Crisópolis en Calcedonia, en la que apenas si se salvaron treinta mil de los ciento treinta mil
soldados de Licinio (entre los que había también godos). 644 El desgraciado emperador huyó a
Nicomedia, donde fue cercado, mientras que Bizancio y Calcedonia abrían las puertas al vencedor.
Constancia, esposa de Licinio y hermana de Constantino, que llegó al campamento para negociar,
recibió, bajo juramento, la promesa de que se respetaría la vida de su esposo y, después de esto, el
viejo camarada de armas de Probo y de Diocleciano salió de la ciudad, se arrodilló ante el vencedor
y entregó su manto de púrpura. Fue enviado a Tesalónica y Martiniano a Capadocia. Pero al año
siguiente (324) pensó Constantino que era más conveniente matarle: “Había sido instruido por el
ejemplo de su suegro Maximiano Herculio y temía que Licinio pudiera investirse de nuevo con la
púrpura para perdición del Imperio.”645 Con esta motivación de innegable oportunismo, podría darse
por satisfecha la posteridad tratándose de un carácter como el de Constantino; pero es el caso que
más tarde se inventa una rebelión de soldados en Tesalónica a favor del emperador depuesto, 646 de
lo cual algo nos hubiera dicho Eusebio si hubiera ocurrido de verdad. Pero, con su manera
insuperable, sale del paso del perjurio y demás circunstancias con la fría observación de que el
enemigo de Dios y sus perversos consejeros han sido juzgados y castigados con arreglo al derecho
de guerra. Sabemos que el viejo emperador fue estrangulado y el César asesinado por la guardia.
Pronto nos ocuparemos de la suerte no menos triste de Liciniano.
Eusebio idealiza toda esta guerra convirtiéndola en una pura lucha de principios; Licinio es el
enemigo de Dios y lucha contra Él; Constantino, por el contrario, combate bajo la directa dirección
643 No debe confundirnos en esto la ley del 27 de abril de 323, Cod. Theodos. VII, 1, que condena a la muerte por el
fuego a los que dieran ocasión a los bárbaros para saquear a los romanos.
644 El Anonym. Vales. 27, dice que del ejército de Licinio perecieron 27.000 hombres por lo menos y que los demás
huyeron.—No sabemos si tras el nombre del jefe de los godos, Aluquaca, mencionado en esta versión, no se oculta
un alique causa. Euseb. reprocha a Licinio el haber reclutado para sus campañas a los bárbaros ( V. C. II, 15), sin
pensar en que su héroe hizo lo mismo.
645 Anon. Vales. 29.—Euseb., Vita Const. II, 18. Zosim. II, 28. Sócrates I, 4. Sozom. I, 7 y otros más.
646 En Zonaras son los soldados los que piden su muerte. Frente a esta petición, ¡el benévolo Constantino quiere
todavía consultar al senado!
169
divina que cobra figura visible en el Semeion, el conocido fetiche que es llevado a la batalla; no
faltan, como es natural, apariciones celestiales, ejércitos de espíritus que entran en las ciudades de
Licinio y cosas parecidas. Eusebio no es ningún fanático; conocía el alma profana de Constantino y
su fría y terrible ambición de poder, y conocía también, sin duda alguna, las verdaderas causas de la
guerra; pero se trata del primer historiador absolutamente insincero de la Antigüedad. Su táctica,
que tuvo un éxito extraordinario en su época y en toda la Edad Media, consistía en convertir a toda
costa al primer gran protector de la iglesia en un ideal de la humanidad en el sentido suyo, sobre
todo en un ideal para príncipes futuros. Con esto hemos salido perdiendo el retrato de un hombre
genial, que nada sabía en política de preocupaciones morales y que miraba la cuestión religiosa
únicamente desde el ángulo de su utilidad política. Veremos cómo después de esta guerra consideró
conveniente aproximarse todavía más a los cristianos y cómo de este modo se llevó a cabo la
elevación del cristianismo a religión del estado. Pero Constantino era más sincero que Eusebio; más
cosas ha dejado que sucedan que realizado efectivamente y, por lo que toca a sus convicciones
personales, no equivocó más la opinión de sus súbditos que Napoleón cuando firmó el concordato.
Por lo demás, hubiera sido demasiado hacerse pasar por cristiano. No mucho después del
concilio de Nicea manda matar en Pola de Istria (326) al excelente Crispo, hijo del primer
matrimonio, discípulo de Lactancio, y poco después manda ahogar en el baño a su propia esposa
Fausta, la hija de Maximiano; también Liciniano, apenas de 11 años, fue asesinado, probablemente
al mismo tiempo que Crispo. No podemos decidirnos entre las diversas hipótesis: si Fausta era una
Fedra con el hijastro o porque lo calumnió ante el padre, si le interesaba la elevación de sus propios
hijos o si, realmente, las lamentaciones de la vieja Elena por su nieto movieron al emperador. Pero
el asesinato de Liciniano nos hace pensar que estas espantosas crueldades no se debieron a meras
cuestiones de familia sino también a consideraciones políticas. 647 Con esta ocasión se suele hablar
de Felipe II y de Pedro el Grande, pero el verdadero paralelo lo ofrecen Solimán el Magnífico y su
noble hijo Mustafá, que sucumbe por las malas artes de Roxolane. 648 Con el derecho de sucesión se
presenta, inevitablemente, como complemento suyo, el sultanismo, es decir, que los emperadores no
se sentían seguros en ningún momento en medio de sus hermanos, hijos, tíos, sobrinos y primos,
presuntos herederos, si no se ayudaban a tiempo con los asesinatos convenientes. Constantino se
adelantó en esto y ya veremos cómo prosiguieron sus hijos.
Estos hijos, Constantino II, Constancio II y Constante han sido nombrados, entre tanto,
Césares;649 el linaje de los Herculios va subiendo al trono después que el padre ha hecho
desaparecer de este mundo a la madre, al abuelo materno, al tío Majencio y al hermanastro. La
simiente de tantas maldiciones habría de prosperar más tarde espléndidamente.
Descuidemos por el momento la conversión de Bizancio en Constantinopla, haciéndola
metrópoli del orbe. Tenía necesidad de una residencia y de una población sin historial, que todo se
lo debiera a él, que se tuviera que apoyar en él y pudiera funcionar como centro y patrón para tantas
cosas nuevas del estado y de la sociedad. Pues sin una tendencia expresa de este género, muy bien
podía haber continuado en Nicomedia. Se trata del acto más consciente de todo su gobierno.
Mucho más difícil resulta explicar la última gran decisión política de Constantino, es decir, el
reparto del Imperio.
647 Gibbon (en el volumen tercero) ofrece un cuadro hipotético de todo el suceso.—Vogel (Der Kaiser Diocletian, p.
71) sospecha que Crispo pudo haberse acarreado su propia caída por haberle recordado al padre la proximidad de
sus vicenalias, en las que tendría que abandonar el trono según el sistema diocleciano (tal como nosotros lo
suponemos).—-Es muy posible.
648 Cf. Ranke, Fürsten und Völker von Südeuropa I, p. 34.—Se podía deducir que la opinión de los cortesanos no
absolvía a Constantino, si recordamos que el prefecto de la guardia, Ablavio, pegó un epigrama a la puerta de
palacio, pero esta anécdota (en Sidon. Apollinar., Ep. V, 8) no está muy autorizada.
649 Habían nacido en 316, 317 y 323 y se convirtieron en Césares en 317, 323 y 333. Véanse los comentaristas a
Euseb., Vita C. IV, 40.
170
Entre los hermanos de Constantino, Dalmacio tenía dos hijos, Dalmacio y Anibaliano; Julio
Constancio también dos hijos, todavía niños, Galo y Juliano (el mismo que la posteridad ha
bautizado de apóstata). De estos cuatro sobrinos, Constantino nombró a Dalmacio, que ya había
poseído un consulado (333), César, dos años antes de su muerte (335). Ya había distinguido
especialmente a su padre, el viejo Dalmacio,650 y lo había enviado a la importante y acaso peligrosa
Antioquía (332) con el título poco significativo de Censor, del mismo modo que una generación
después Constancio estableció en esa ciudad a Galo, tanto para vigilar la vieja y abandonada capital
del Oriente como para favorecerla; y al viejo Dalmacio se le atribuyó más tarde (335) una especie
de realeza sobre Capadocia. El nombramiento de César por el mismo año de su hijo homónimo 651
tuvo acaso su motivo particular en la feliz dominación de una rebelión en Chipre, donde un
inspector de los dromedarios imperiales, Calocero, se presentó como usurpador; 652 el joven
Dalmacio pudo apresarlo y lo hizo quemar vivo en Tarso, “como a un esclavo y ladrón”.
Pero muy poco después, en el año 335 todavía, dos antes de la muerte de Constantino, tiene
lugar un reparto del Imperio en el cual Constantino II recibe los países de su abuelo Cloro, Britania,
las Galias y España, Constancio II, Asia, Siria y Egipto, y Constante, Italia y África; y todas las
tierras entre el Mar Negro, el Egeo y el Adriático, es decir, Tracia, Macedonia, Iliria y Acaya (con
Grecia) corresponderían a su sobrino Dalmacio, y hasta el hermano de éste, Anibaliano, que no se
había distinguido por ningún mérito especial, recibió la realeza sobre la Armenia romana, el Ponto y
las tierras cercanas, no sabemos si en forma ilimitada o bajo la soberanía de Constancio II, y casó
entonces, o acaso antes, con una hija de Constantino y hermana de su coheredero, Constancia. Este
testamento imperial fue, sin duda, un testamento público, conocido de todo el mundo. Pero su
contenido sólo el segundo Aurelio Víctor nos lo ofrece adecuadamente, mientras que los demás
autores lo mutilan, o lo silencian, como Eusebio, con su cuenta y razón.
La primera cuestión que surge es la siguiente: ¿por qué hizo este reparto Constantino cuando
la unidad del Imperio había costado la sangre de cientos de miles? Sorprende también que la región
central con su nueva capital la cediera a los sobrinos y no a los hijos. Acaso la respuesta la
tengamos en el carácter de estos últimos. Podemos leer en Eusebio 653 un capítulo conmovedor
acerca de su educación en el temor de Dios y en todas las virtudes imperiales, de lo que ya nos
ocuparemos más tarde; pero, en realidad, se trataba de una ralea despreciable, sin honor ni lealtad.
Si el padre hubiera nombrado a uno de ellos heredero único, en cuanto cerrara los ojos se produciría
el asesinato de los demás hermanos y parientes y ¿qué había de pasar en el Imperio si se encontrara
de pronto sin ningún miembro de la familia de los Herculios ni de la de Constancio? Constantino
tuvo que hacer el reparto para preservar a la dinastía. Previó, sin duda alguna, las guerras intestinas
entre sus hijos, pero podía abrigar la esperanza que de las tres o cinco familias principescas de su
linaje, quedaría por lo menos algún heredero con vida caso de que hubieran contado con tiempo
para casarse y procrear. No por nada dispersó a sus hijos en vida mandándolos a provincias
determinadas.
Pero el hecho de que atribuyera al sobrino toda la península grecoilírica junto con
Constantinopla se deba acaso a que pensó que de estar esta perla del Imperio en manos de uno de
los tres hijos se convertiría en seguida en el objeto de la envidia más terrible, como efectivamente
sucedió después. Se podría objetar que de este modo se colocó a Dalmacio en una posición
peligrosa. Pero los recursos estaban en proporción con el peligro, pues quien dispusiera entonces de
los países ilíricos, de sus generales y de sus soldados, podía resistir a todo el resto del Imperio.
650 Sobre esto, especialmente Sócrates I, 27, y la nota del editor. No es nada seguro cómo se deben repartir las noticias
entre padre e hijo.
651 Adsistentibus valide militaribus, como agrega Aurel. Vict., Caess. 41, de un modo algo enigmático.
652 Aurel. Vict., Caess. 41, califica a esta empresa de insensata; sin embargo, se plantea la cuestión de si Calocero no
podía esperar un apoyo.
653 Vita Const. IV, 51 s.—Algo parecido en Juliani Encomium, p. 14.
171
654 Eutrop. X, 6.
655 Odiaba, con fundada razón, a los hijos de Dalmacio y de Julio Constancio, que durante su vida fueron mantenidos
alejados de la corte. Eran los nietos de Teodora, por cuya causa había sido repudiada por Cloro.—Cf. Manso, p.
208, junto con las citas recogidas de Libanio.
656 Euseb., Vita. Const. II, 46, 47.—Las numerosas inscripciones de honor, recopiladas por Ang. Mai, Vett. Scriptt.
collectio, vol. V.—Sobre la fecha de su muerte véase Manso, ob. cit., pp. 292 ss.—Sobre su estatua, que hacia
pendant a la de Constantino en el Foro de Constantinopla, véase Suidas s. v. ‘Ελένη, et s. v. Μίλιον.
657 Euseb., Vita Const. IV, 63 s. La idea y la explicación causal, que Beugnot, ob. cit., I, pp. 133 ss., intercala en estos
acontecimientos, me parecen falsas y arbitrarias. No puedo recelar “una reacción del lado pagano, preparada hacía
mucho tiempo” en esta historia de asesinatos que hablan por sí solos.
658 Aún mucho más tarde, bajo Constancio, los soldados mencionaban con respeto los generosos donativos de
Constantino. Cf. Julian., Encom., p. 10.
172
demasiado poderosa la intriga tramada contra él? No lo sabemos. Acaso fue detenido
inmediatamente, acaso fue mantenido durante cierto tiempo con una sombra de corregencia. 659 Pero
a los pocos meses estalló (338) el gran golpe de estado del que algunos autores quieren exculpar
inútilmente a Constancio, diciendo que más bien lo consintió que lo incitó. 660 Los soldados, u otros
asesinos, despachan primero a Julio Constancio, hermano del gran Constantino; sus hijos Galo y
Juliano no fueron tocados, el primero porque se hallaba muy enfermo, el segundo por su misma
juventud. Pero se asesinó a Dalmacio y a Patricio Optato, luego 661 al antes poderoso prefecto de la
guardia Ablavio662 y finalmente a Anibaliano. No deja de ser una excusa decir que los soldados no
pretendían otra cosa que reconocer a los hijos; sin duda que lo más natural para ellos, en especial
para los germanos, podía ser muy bien el derecho de herencia, pero de no haber sido acuciados no
hubieran pasado a tales extremos. Para las gentes que todo lo tragan se inventó la historia 663 de que
el gran Constantino había sido envenenado por su hermano, pero que, habiéndose dado cuenta de la
fechoría, incitó en el último momento a la venganza al primero de sus hijos que tuviera ocasión para
ella. No es posible dar con un relato más simple.
No es objeto nuestro tratar de explicar la suerte ulterior y los repartos del poder supremo del
Imperio. Constantino lo había fortalecido extraordinariamente con su nueva organización del estado
y de la iglesia y por eso los hijos se pudieron permitir muchas cosas, hasta que todo el capital
heredado fue consumido por completo, del mismo modo que los hijos de Luis el Piadoso, cuya
historia nos evoca tantos sucesos de la presente, pudieron entregarse durante más de una generación
a sus guerras fratricidas hasta que la sombra de Carlomagno perdió toda su virtud mágica. La
primera disputa surgió, naturalmente, con ocasión de la sucesión de Dalmacio, en torno
especialmente a la posesión de Tracia y de Constantinopla; las otras compensaciones que debían de
seguirse, es decir, la corregencia de África e Italia exigida por Constante, condujeron a la guerra
(340), en la que sucumbió Constantino II sin dejar una dinastía. El vencedor, Constante, tendría que
repartir con Constancio de no estar éste retenido por la guerra contra los persas. De esto se daba
cuenta también la gente que rodeaba a Constante, en su mayoría germanos, entre los que se sentía
más seguro que entre los romanos en medio de sus fechorías.
Suponiendo que, pasara lo que pasara, el emperador del Oriente no podría intervenir en el
Occidente y en África, se levantó el franco Magnencio, en otros tiempos general de los Jovios y los
Herculios, en un banquete celebrado en Autun (350). Constante, que debía ser apresado en una
cacería, recibió aviso a tiempo pero se vio abandonado de pronto por los soldados y la población y
no le cupo más remedio que huir. Los asesinos, a cuya cabeza iba el franco Gaiso, le dieron caza en
el Pirineo. Mientras todo el Occidente caía en poder de Magnencio, las guarniciones del Danubio
pretendían el mismo derecho a la usurpación y proclamaron al viejo general Vetranio. Y para que no
faltara el capítulo cómico, un sobrino del gran Constantino por parte de su hermana Eutropia,
Nepotiano, se hizo proclamar emperador en Roma; pero este desdichado príncipe colateral, que
pretendía desempeñar otra vez el papel de un Majencio, no disponía como éste de una guarnición
pretoriana sino de los cuarteles de los gladiadores, así que el ejército enviado por Magnencio acabó
pronto con él.
Pero se equivocaron por lo que respecta a Constancio; interrumpió la guerra persa y trató por
todos los medios de acabar con sus enemigos. Encontramos en Zósimo la sorprendente noticia de
que Constancio supo entusiasmar a sus soldados por el principio dinástico, de suerte que
proclamaban que los emperadores ilegítimos tenían que ser aniquilados. 664 En todo caso, dio
659 Lo último si se quiere combinar a Sócrates II, 25, con Anonym. Vales. 35.
660 La autoridad de Zósimo II, 40, se ve apoyada por la mayor probabilidad.
661 La sucesión es diferente en Hieronym., Chron. ad. a. 341.
662 Sobre su muerte mayores detalles en Eunapio (sub. Aedesio). Los mensajeros de Constantino intentaron
comprometerle todavía más trasmitiéndole la púrpura, para tener así un pretexto.
663 Philostorgius II, 16.
664 Zosim., II, 44.
173
muestras en este tiempo de talento y resolución. Después de haber entretenido durante cierto tiempo
a Vetranio, lo expulsó, con una gran presencia de ánimo, delante de su propio ejército; envolvió
luego a Magnencio en una guerra que cuenta entre las más espantosas de estas luchas intestinas y en
ella se esparcieron por todo el Occidente un enjambre de espías y soplones para perseguir a los
partidarios del usurpador. Pero las ideas más negras acerca del futuro del Imperio debieron amargar
al vencedor a pesar de todos sus éxitos. Mientras que el ejército no quería ya tener ningún señor
ilegítimo, sus propios parientes, que no habían podido ser eliminados, le eran sospechosos o
mortalmente odiados;665 su matrimonio con Eusebia fue estéril y, así, el hijo de Constantino el
Grande se veía colocado, a consecuencia del sultanismo desatado de dos generaciones, en el mismo
punto del que partió Diocleciano: se veía forzado a apelar a las adopciones.
Tenía una hermana, digna de él, Constancia (o Constantina), la viuda del asesinado
Anibaliano, que fue utilizada luego para ganar la confianza de Vetranio, ofreciéndole su mano.
Cuando se trató más tarde de la perdición de la última rama, todavía viva, de la familia, los hijos de
Julio Constancio, asesinado en el año de 338, casó con el más viejo de ellos, Galo, y aunque murió
antes del asesinato de éste no podemos dudar de que tuvo también su participación. Cuando ya no
quedaba más que el hermano más joven, Juliano, al que el Imperio miraba con respeto como
salvador de las Galias y vencedor de los germanos, el malvado primo no le dejó más que la elección
entre la muerte y la usurpación, pero murió cuando estaba a punto de estallar la guerra, siendo
reconocido Juliano por todos. Con su memorable gobierno de dos años acaba la familia de
Constantino, pues de su matrimonio no tuvo hijos.
Las sucesiones inmediatas, las de Joviano y Valentiniano, fueron cosa del ejército, como la
mayoría de las del siglo tercero. Pero el derecho hereditario del trono imperial había hecho presa de
tal modo en el ánimo de las gentes que en seguida se volvió a este sistema y se quiso aferrarse a
él.666 Siguen la dinastía valentiniana y la teodósica, ésta por el entronque con aquélla, y ambas
escapan, por lo menos, al sistema sultánico de asesinatos familiares. Desde mediados del siglo
cuarto hasta mediados del quinto la posesión del trono o de ambos tronos se vio discutida
diversamente por la usurpación y por necesidades de todo género, pero en ningún momento se dudó
de la legitimidad de la sucesión. La convicción de los generales, en su mayoría germanos, y la
opinión de los cristianos, apoyada en el Antiguo Testamento, colaboraron en este triunfo tardío del
principio dinástico. Mantiene su valor en toda la época bizantina y, a pesar de todas las
interrupciones debidas al sultanismo y al pretorianismo, proporciona constantemente nuevas
dinastías, algunas de larga duración.
SECCIÓN NOVENA
Constantino y la Iglesia
667 De haber ocurrido esto, por ejemplo durante un sínodo, no nos faltarían, sin duda, noticias sobre ello.
175
pronunciaran la menor palabra de reproche contra el egoísta asesino que tenía el gran mérito de
haber comprendido al cristianismo como una potencia mundial y de haber obrado en consecuencia.
Podemos figurarnos muy bien la alegría que produciría el poseer, por fin, una garantía firme contra
las persecuciones, pero en modo alguno nos hallamos obligados a participar en el estado de ánimo
de entonces mil quinientos años después.
Como una de las reminiscencias que trajo consigo Constantino de la familia de Cloro se
presenta el monoteísmo tolerante,668 al que se había entregado éste. El primer testimonio religioso
vivo nos lo ofrece669 la visita de Constantino al templo de Apolo en Autun (308), antes de reanudar
el ataque contra los francos; parece que interrogó al oráculo y depositó ricas ofrendas. Este culto de
Apolo no se halla acaso en contradicción con aquel monoteísmo de la casa paterna, pues el mismo
Cloro concebía al ser supremo como un dios solar. También su sobrino Juliano 670 solía hablar de un
culto especial de su tío a Helios. Creemos que se trata de la personificación del sol como Mitra 671,
apoyándonos en el conocido reverso de la moneda constantiniana que representa al dios solar con la
inscripción SOLI. INVICTO. COMITI. Quien esté familiarizado con monedas antiguas sabe que de
entre cinco piezas constantinianas cuatro no tienen otro reverso, de donde resulta, con una gran
probabilidad, que este sello se conservó hasta la muerte del emperador. 672 Además, abundan sobre
todo Victorias, el Genius populi Romani, Marte y Júpiter con diversos apelativos, y toda una serie
de personificaciones femeninas. Por el contrario, las monedas con indudables emblemas cristianos
que nos dicen que mandó acuñar están todavía por encontrarse. 673 En la época en que gobernó con
Licinio aparece la figura del dios solar con la inscripción: COMITI. AVGG. NN., es decir, “al
acompañante de nuestros dos emperadores” y también muchas monedas de Crispo y de Licinio
presentan el mismo reverso. Continuamente se nombra a Constantino en inscripciones y en
monedas Pontifex maximus674 y se deja retratar en condición de tal con la cara velada; en las leyes
de los años 319 y 321675 reconoce como legítimo el culto pagano y prohíbe tan sólo el uso secreto y
peligroso de la magia y de la aruspicina, mientras que permite el ensalmo de la lluvia y el granizo, y
cuando cae el rayo en los edificios públicos reclama expresamente el informe del arúspice. Zósimo,
si hemos de creer a este pagano del siglo V, confirma esta solicitación de sacerdotes y sacrificadores
paganos en mucha mayor medida y la deja subsistir hasta el asesinato de Crispo (326) que, en su
opinión, indicaría la fecha verdadera de la supuesta conversión de Constantino.
Contra todo esto tenemos, sin embargo, que desde la guerra con Majencio (312) Constantino
no sólo tolera el cristianismo como una religión legal sino que extiende en el ejército una imagen
simbólica que cada uno podría interpretar a su manera pero que los cristianos tenían que entenderla
en su sentido. Las letras X y P entrelazadas, que constituyen el comienzo de la palabra Cristo en
griego (ΧΡΙΣΤΟΣ), se colocaron ya, como es sabido, antes de la guerra en los escudos de los
soldados.676 Al mismo tiempo, o quizá más tarde, se coloca en un gran estandarte el mismo
monograma, rodeado de oro y pedrería, y este lábaro fue objeto de un culto especial e imspiraba a
668 La inscripción en Orelli 1061 en honor de Mercurio no demostraría nada en contra, teniendo en cuenta la
concepción de los dioses en aquella época.
669 Panegyr. VII, 21.
670 Véase la cita de Orat. VII, Fol. 228, en la obra de Neander, Kirchengeschichte, vol. III, p. 13.—En los Césares, p.
144, Juliano se burla sobre la relación piadosa de Constantino con la diosa Luna (Selene).
671 Adiciones y rectificaciones: “El primer emperador que amnistió en masa a cristianos condenados, Cómodo, fue un
celoso adorador de Mitra” (Zahn, Constantin und die Kirche, p. 10.)
672 Adiciones y rectificaciones: En el tan ilustrativo ensayo de Brieger: Constantin der Grosse als Religionspolitiker
(Z. f. K. G. IV, cuaderno I, Gotha 1880) encontramos en las páginas 176 y 180 una recapitulación referente a las
monedas con reverso pagano y las (de los últimos años) que llevan el monograma cristiano. La frecuencia mucho
mayor de las monedas con el reverso citado por mí en el texto, parece indicar que siguió hasta la muerte del
emperador.
673 Especialmente las mencionadas por Euseb. I. c. IV, 15, donde el emperador estaría representado en oración.
674 Así también los emperadores siguientes hasta Graciano, Zosim. IV, 36.
675 Cod. Theodos. IX, 16; XVI, 10.
176
los guerreros la máxima confianza en la victoria. Muy pronto se preparan para todo el ejército
estandartes parecidos (labarum, semeion); su custodia en los combates se confía a una guardia
especial; hasta se le dedica una tienda propia, en la cual se recoge el emperador secretamente ante
cualquier asunto importante. ¿No tiene todo esto la significación de una conversión pública? 677
Obsérvese, en primer lugar, que Constantino no se dirige con estos emblemas a la población
sino al ejército. Este le conocía desde la guerra con los francos como un caudillo competente y
afortunado, procedía en parte de su padre y con él se había acostumbrado a toda clase de símbolos y
emblemas. Entre los galos y los britanos con que contaba ese ejército habría, sin duda, muchos
cristianos y muchos paganos indiferentes, y en cuanto a los germanos, la religión del jefe les traía
sin cuidado. Por su parte no se trataba más que de un ensayo, que no le comprometía por encima de
la tolerancia que ya reinaba de hecho en los dominios en que había mandado y que luego extendió a
los conquistados. Cristo podía pasar como un dios junto a los demás, y sus creyentes como súbditos
junto a los creyentes en los dioses paganos. No negamos la posibilidad que en Constantino surgiera
una cierta superstición en favor de Cristo, en tal forma que acaso estableciera una confusa
combinación entre ese nombre y su dios solar; pero lo que le importaba era el éxito; de haber
encontrado en Italia una resistencia obstinada contra el Χ Ρ, de seguro que lo habría mandado retirar
de escudos y estandartes. Pero parece que, por el contrario, se convenció de que la gran masa de los
paganos era hostil a la persecución y que no corría ningún riesgo erigiendo en Roma una estatua
suya con el lábaro en la mano678 y la inscripción al pie de que este signo salvador era la prueba
verdadera de todo valor.679 De haber pretendido ofrecer una genuina profesión de fe cristiana
hubiera sido menester una declaración bien diferente. Una ojeada al año 312 podría aclararlo todo si
estuviéramos mejor informados de las circunstancias generales. Nada más difícil de probar y, sin
embargo, nada más probable que en aquel momento crítico, al final de las persecuciones, el ánimo
de los paganos se hallara mejor dispuesto que nunca; no presumían, o lo olvidaron por un momento,
que el cristianismo, una vez tolerado, se convertiría rápidamente en la religión dominante.
Acaso tampoco lo presumía Constantino, pero dejó correr las cosas y mantuvo alerta la
mirada. Tan pronto como su claro entendimiento empírico le dijo que los cristianos eran buenos
súbditos, que eran muchos y que la persecución no podía tener ya ningún sentido en una
administración racional del estado, su decisión estaba tomada. Y, desde el punto de vista político, no
hay más remedio que admirar en alto grado su ejecución práctica. El lábaro en sus manos
victoriosas encarna, de una vez, el dominio, el mando militar y la nueva religión. El espíritu de
cuerpo de una tropa que ha vencido a uno de los ejércitos más poderosos de la historia antigua
presta al nuevo símbolo la consagración de lo irresistible.
Pero el famoso prodigio que Eusebio y los que escriben inspirándose en él nos cuentan que
ocurrió en la campaña contra Majencio hay que eliminarlo de la exposición histórica, porque ni
siquiera tiene el valor de una leyenda ni origen popular alguno sino que fue contado mucho después
por Constantino a Eusebio y descrito por éste en una forma deliberadamente enfática y confusa. 680
El emperador juró al obispo que no era cuento sino que vio de verdad aquella cruz en el cielo con la
inscripción “con este signo vencerás” y que Cristo se le apareció en sueños, 681 etc.; pero la Historia
no tiene mucho que hacer con un juramento de Constantino el Grande, pues entre otras cosas,
676 De mort. persec. 44.—Sobre abreviaturas muy parecidas, en tiempos precristianos, en estandartes del Oriente, como
abreviaturas del sol, cf. Zahn, Constantin der Grosse und die Kirche, p. 14.
677 Adiciones y rectificaciones: Acerca del monograma cuyas dos formas son sin duda de significación cristiana y
probablemente anteriores a Constantino, cf. la explicación de Brieger, pp. 194 ss.
678 Adiciones y rectificaciones: La estatua de Constantino no tendría, como se dice en el texto, el labarum sino una
cruz, según las palabras de Eusebio, cosa que me parece, como a Brieger (200), poco verosímil para aquel
momento.
679 Euseb., Vita C. I, 40. Hist. eccl. IX, 9. Probablemente traducido del latín de modo incorrecto.
680 Vita Const. I, 27 y s.
681 Et animam et mentem, cum qua Dii nocte loquantur! hubiera dicho Juvenal.
177
682 Adiciones y rectificaciones: Al señalar el contenido del edicto del año 324 debí haber destacado (como lo veo en
Brieger) que, junto a todas las expresiones de desprecio, se ordena expresamente la tolerancia del paganismo.
Constantino quiere una especie de paridad que, en la realidad, tenía que ceder en favor del cristianismo. Pero no
quiere precisarla demasiado y, por otra parte, resulta difícil captarla en forma de principio. Con este motivo séannos
permitidas unas palabras en torno al hecho histórico de Constantino en su conjunto. Osó una de las cosas más
atrevidas que se puedan imaginar y ante la cual más de un emperador acaso había retrocedido: desvincular al
Imperio de la vieja religión, que en su estado de disolución ya no ofrecía ayuda alguna para el poder estatal, a pesar
del obligado culto oficial. Esto presupone que ya en su juventud, y antes de la persecución, se hizo una idea clara
acerca de la iglesia cristiana. A pesar de la pequeña minoría que representaba frente a todo el mundo pagano,
constituía —prescindiendo del ejército— la única fuerza organizada del Imperio, mientras que todo lo demás era
polvo. El haber adivinado en esta fuerza un apoyo futuro para el Imperio y haberla tratado de este modo constituye
la gloria eterna de Constantino. Junto a una inteligencia superior y fría, junto a una total independencia interior de
toda sensibilidad cristiana, era menester también una decisión extraordinaria y un sentido político enorme;
Constantino, lo mismo que Enrique VIII de Inglaterra, supo adaptar cada una de sus medidas a las corrientes
imperantes y hasta el fin de sus días veía la situación lo bastante clara para ofrecer al paganismo, al mismo tiempo,
resistencia y un poco de favor.
683 Euseb., Vita C. II, 24-42 y 48-60.
684 Por esto en el encabezamiento del capítulo se corrigió παῖς por νέος. El redactor no sabía cuándo había comenzado
la persecución. Como Lactancio, califica a Diocleciano de cobarde, δείλαιος, habiendo convenido en esta palabra.
Pero se me hace muy difícil convenir con Hunziker (ob. cit., p. 156), que Constantino habría dado una edad falsa
para que el lector superficial no se preguntara porqué no había defendido a los cristianos.
178
que necesita de un dios para poder recurrir en todos sus golpes violentos a algo por encima de sí
mismo. “Partiendo yo del mar británico y de las regiones donde el sol se pone, dispersando y
aniquilando, gracias a un poder superior, el mal que todo lo domina, para que el género humano,
educado con mi ayuda, sea rescatado para el culto de la ley excelsa, etc., he llegado a las comarcas
del Oriente, que reclamaban con tanto mayor ahínco mi socorro cuanto más profunda era la
desdicha en que se veían sumidas. Todos vosotros veis cuál es el poder y la gracia que ha dispersado
y destruido a los hombres más ateos y temibles de toda la especie”. Son conceptos que también un
califa conquistador podía haber suscrito. Y el mismo Napoleón ha utilizado giros parecidos en sus
proclamas árabes en Egipto.
No es imposible que Constantino creyera poseer en su deísmo, apoyado en un principio en el
Sol y en Mitra, una forma fundamental de todas las religiones, más general y, por lo mismo,
superior. A veces ha buscado formas neutrales de vida en materia religiosa, a las que debían
someterse cristianos y paganos. A este género pertenecen el día de domingo común y el Pater
Noster común.685 “Instruyó a todos los ejércitos a honrar el día del Señor, que también es llamado
día de la Luz y del Sol... También los paganos tenían que marchar en domingo al campo y elevar las
manos pronunciando una oración, aprendida de memoria, en honor de Dios, autor de todas las
victorias: A ti sólo te reconocemos como Dios y como Rey, a Ti sólo te imploramos como socorro
nuestro. De Ti hemos recibido la victoria, gracias a Ti hemos vencido a los enemigos. A Ti te
agradecemos el bien que hemos recibido y de Ti esperamos el bien que ha de venir. A Ti te
imploramos y rogamos para que nos conserves incólumes y victoriosos, por muchos años, a nuestro
emperador Constantino y a sus hijos, amantes de Dios.” Esta fórmula podía gustar también a los
cristianos; los paganos a quienes podría chocar un monoteísmo tan explícito, eran antes que nada
soldados. Que también se pensó muy especialmente en los creyentes de Mitra, lo da a entender con
bastante claridad Eusebio con su día de la Luz y del Sol. ¡Y qué característica es, por lo demás, esta
pretendida oración! Emperador, ejército y victoria, y nada más; ninguna palabra que hable al
hombre moral, ninguna sílaba para los romanos.
Antes de proseguir adelante, examinemos también brevemente todo lo demás que Eusebio
aporta en favor del pretendido cristianismo de su héroe. Desde la guerra contra Majencio sacerdotes
cristianos le acompañan hasta en los viajes, como “comensales”; 686 en los sínodos se sienta entre
ellos. No son más que hechos fácilmente explicables; para él se trata, en lo esencial, de captar la
mentalidad de la iglesia y también cuenta con informadores que le instruyen de cada una de las
sectas. A uno de ellos, Estrategio, le apellida Musoniano,687 por el agrado que le producía su
elocuente exposición. Un emperador alerta y fuerte no podía abandonar la presidencia de los
sínodos, pues representaban una nueva potencia en la vida pública, imposible de abandonar.
Podemos, si queremos, condenar este egoísmo, pero un poder inteligente de origen equívoco actuará
siempre así. Cuando se nos informa, además,688 de las muchas veces que el emperador adoró
imágenes divinas, de cómo en la tienda donde se guardaba el lábaro ayunaba y oraba en secreto, de
cómo se encerraba todos los días para implorar a Dios de rodillas, de cómo entretenía a su guardia
nocturna con elevados pensamientos sobre cosas divinas, etc., tenemos que decir que todas estas
noticias precedentes de un Eusebio que conocía bien la verdad, no son más que patrañas
despreciables. Más tarde, Constantino se ha entregado todavía más a los obispos, y les ha concedido
trato de preferencia en la corte, probablemente porque veía que tenían el mayor interés en proteger
685 Euseb. Vita Const. IV, 18-20. Según el comienzo del cap. 19 se podía creer que la oración se refería sólo a los
paganos; sin embargo, después se habla otra vez de “todos los soldados”. Parece que la oración estaba adaptada
para servir a las dos religiones.—La prohibición del trabajo manual y de las sesiones de los tribunales los domingos
procede del año 321; cf. Manso, ob cit., p. 95 N. Los paganos no le hicieron mucho caso. Cf. Euseb. I, cap. IV, 23.
—Solían celebrar los Dies Saturni, cf. Tertullian., Apolog. 16.
686 Euseb. Vita Const. I, 36, 42, 44. Ya como “guardián de su alma” y como “patrono”, ibid, II, 4: IV, 14, etc.
687 Ammian. Marc. XV, 13.
688 Euseb. I. c. I, 47; II, 12, 14; IV, 22, 29. Uno de los más bonitos equívocos de este autor, IX, 22, θείας ἱεροφαντίας
ἐτελεῖτο, en una época en la que Constantino no podía ser un catecúmeno y no digamos cristiano.
179
al trono, de cualquier modo, y porque, ya al final, no podía hacer otra cosa. En las circulares se les
designa como “queridos hermanos”689 y él mismo se presenta como “obispo común”, como uno de
los suyos.690 En parte les abandonó la educación de sus hijos691 y llevó las cosas de modo que
pasaban como cristianos; toda su servidumbre, todo su séquito se componía de puros cristianos,
mientras que el padre, según lo confiesa indirectamente Eusebio, no tuvo inconveniente en
conservar junto a sí, como presidentes de las provincias, a altos dignatarios paganos, y esto hasta los
últimos tiempos.692 También la prohibición de las luchas de gladiadores fue, sin duda, una concesión
hecha a su cortejo de clérigos, a pesar de que la ley correspondiente 693 habla sólo de “la paz del país
y el sosiego doméstico” perturbados por los espectáculos sangrientos. Por lo demás fue una de
aquellas leyes que se dictaron para caer en olvido en seguida y ni el mismo Constantino la tuvo en
cuenta más tarde.
Completamente misteriosas parecen las prédicas que algunas veces sostuvo Constantino en
presencia de la corte y ante “muchos miles de oyentes” 694 Pretendía dominar también a sus súbditos
“hablándoles con fines educativos” y “hacer del gobierno un gobierno de palabra” (λογικὴν), Se
organizaron reuniones a este propósito; en ellas se presentaba el señor del mundo con gran
naturalidad, y hablaba; al tocar el punto de la religión, la voz y la expresión cobraban un tono de
profunda humildad; las aclamaciones las contenía señalando al cielo. Su tema solía ser, por lo
general, la refutación del politeísmo, el monoteísmo, la Providencia, la redención y el juicio de
Dios. Llegado a este punto (prosigue el obispo cortesano) trata de impresionar a los oyentes
apostrofando a los ladrones, a los violentos y a los codiciosos; sus palabras restallan en algunos de
los presentes, que miran a tierra... Su intención era buena, pero ellos eran sordos y obstinados;
aplaudían, sí, pero su voracidad no les permitía conmoverse. Constantino escribía estos sermones en
latín y los intérpretes los traducían al griego. 695 ¿Qué pensar de toda esta historia? Constantino, que
prosiguió con tanto celo en el estilo “representativo” de Diocleciano y que tanto cuidaba de su
majestad personal, se presenta, sin más, ante las masas de la capital. La crítica a la que se exponía
era lo de menos, y los oyentes renunciarían a ella con su cuenta y razón; pero ¿para qué discursos
cuando se posee el poder, es decir, el gran privilegio de actuar? Acaso se trasluzca un motivo. En
esta época de crisis religiosa el discurso público, limitado hasta entonces a ejercicios retóricos y a
panegíricos, debió de cobrar tan enorme influencia con los púlpitos que acaso tampoco Constantino
quiso prescindir de este instrumento de poder, poco más o menos como en la actualidad los
gobiernos más poderosos tienen que estar representados en los periódicos. Si a él, no bautizado, ni
catecúmeno, se le podía ocurrir dárselas de obispo, 696 también podía representar a un predicador
cristiano. No sabemos cómo habrá tratado en esa ocasión a los dogmas cristianos, pero ni siquiera
es probable que se haya presentado como cristiano. El mismo Eusebio nos delata la finalidad
secundaria de estos sermones; era la ocasión propicia para mostrar gracia y desgracia, para infundir
espanto a la corte697 y poder dar a conocer en forma deliberadamente equivoca todo un montón de
cosas que no se pueden decir ni en los edictos más prolijos. Son los discursos de Tiberio en el
senado, sólo que en otra forma. No hay que olvidar que Constantino mató, entre otros, “a toda una
serie de amigos suyos”, como dice el poco sospechoso Eutropio y que el más que sospechoso
Eusebio encuentra bueno callar.698
Todavía rodea a Constantino un cierto halo venerable porque muchos cristianos
respetabilísimos de todos los siglos lo han considerado como uno de los suyos. También este halo
tiene que desaparecer. La iglesia cristiana nada tiene que perder con este hombre terrible pero
políticamente grandioso, como tampoco el paganismo tenía nada que ganar. Por lo demás, también
los paganos cayeron en el error de ver en él una conversión real y no puramente externa. Zósimo
relata (II, 29) la conocida versión adversa 699 de su conversión: cuando la ejecución de Crispo y de
Fausta y el perjurio con Licinio los terribles remordimientos de conciencia le movieron a dirigirse a
los sacerdotes paganos (según Sozomeno al famoso neoplatónico Sopater) pidiéndoles una manera
de expiar; cuando se le contestó que no había ninguna expiación para tales atrocidades, un egipcio
(probablemente Osio), llegado a Roma desde España, logró aproximarse a él gracias a las damas de
la corte y le convenció de que el cristianismo podía limpiar toda clase de manchas; poco después
dio a conocer su conversión con las medidas contra la pagana indagación del futuro y edificando
además una nueva capital. Es posible que el relato contenga un núcleo de verdad, pero esta versión
no es seguramente la justa. Acontecimientos tan espantosos y en la propia familia tuvieron que
despertar sin duda en el alma de Constantino lo que había todavía en él de fe romana y, a pesar de
toda su cultura, era lo bastante rudo como para esperar una purificación, un alivio de la espantosa
presión apelando a exorcismos y conjuros, pero la conexión causal que sigue es probadamente falsa.
En los últimos diez años de su vida Constantino da señales muy claras de simpatías no
cristianas y hasta paganas. Mientras que él y su madre van enriqueciendo las grandes ciudades del
Imperio con magníficas iglesias, manda erigir en la nueva Constantinopla templos paganos; dos de
ellos, el de la Madre de los dioses y el de los Dióscuros pueden ser meros templetes de adorno para
las estatuas allí erigidas como obras de arte, pero el templo y la imagen de Tyche, personificación
divinizada de la ciudad, dispondrían de un culto propio. Al consagrar la ciudad se celebraron, como
es sabido, ritos misteriales paganos y la ocasión se acompaña de toda clase de supersticiones que en
vano autores posteriores tratan de conciliar con la devoción cristiana.
También en otros lugares permitió Constantino la edificación de templos paganos. Una
inscripción700 del pueblecito úmbrico de Spello (entre Foligno y Asís) que se ha considerado como
apócrifa por su extraño contenido y que parecía justificar este juicio por su redacción descuidada y
bárbara, representa con toda probabilidad un testimonio auténtico de ese favor con los paganos y,
por cierto, en los dos últimos años de su vida. Permite a los hispelatas, a su linaje, que él designa
como gens Flavia, la construcción de un templo magnífico 701 y pone como única condición que no
sea manchado por el “engaño de supersticiones contagiosas”, con cuya expresión cada uno se podía
figurar lo que quería. También nos da noticia del sacerdocio pagano del lugar y del traslado de los
juegos desde Bolsena a Spello, con mención expresa de los gladiadores. En el mismo año dispensa a
ciertos colegios paganos, los sacerdotes y los flamines vitalicios, de los cargos locales a los que,
especialmente en África, querían obligarles los cristianos. 702 Con su previo conocimiento, sin duda,
698 Se dice también que Constantino fue muy vanidoso, lo que no vamos a discutir. Además del don de la palabra,
poseía también el de escuchar pacientemente a los demás, Euseb. I, c. IV, 33, 46. Panegyr. IX, 1, acaso porque se le
adulaba de lo lindo en tal ocasión. Era muy capaz de despreciar a los oradores y considerar, sin embargo, que la
adulación era conveniente en esos tiempos tan retóricos.
699 La que trata de rebatir Sozomeno I, 5, con razones muy débiles.
700 En Muratori, Inscr. III, p. 1791, impreso entre los falsos.
701 En África, después de la victoria sobre Majencio, Constantino permitió la fundación de sacerdocios en honor de su
familia, Aurel. Vict., Caess. 40.
702 Cod. Theodos, XII, 1 y 5.
181
el senado manda reconstruir en el año 331 el templo de la Concordia, 703 para no hablar de algunos
altares de dioses en el año anterior.
En esta última época el paganismo hasta personalmente se halla cerca del emperador. El
neoplatónico Sopater, discípulo de Yámblico, asoma en su séquito con todas las pretensiones de un
orgulloso sofista griego; “los demás hombres le son poca cosa; se apresura hacia la corte imperial
para ejercer, sin más contemplaciones, una influencia preponderante sobre toda la acción y el
pensamiento de Constantino.704 El emperador se deja ganar muy pronto por él y le hace sentarse a su
derecha, despertando la envidia y el recelo de todos los cortesanos”. Hasta aquí Eunapio, del que
debemos fiarnos tan poco como de Filostrato cuando se pone a presumir de las grandes relaciones
de los filósofos. Pero en el caso actual hay algo de verdad; Sopater ha mantenido relaciones
importantes con Constantino.705 No sabemos si en efecto negó la posibilidad de expiación por la
ejecución de Crispo; pero no cabe duda que intervino en las ceremonias de consagración de
Constantinopla. Más tarde, en todo caso después del 330, cae por las malas artes del prefecto de la
guardia Ablavio, quien, se nos dice, con ocasión del hambre que aqueja a la nueva capital, hace
creer al emperador que es Sopater el que, con su gran ciencia, ha sujetado los vientos que habían de
empujar las naves cargadas con el trigo de Egipto. Lo cierto es que Constantino mandó ejecutar al
sofista. Pero es más que dudoso, por lo que revela una noticia de Suidas, que fuera la pura envidia
de Ablavio la que consiguiera este efecto:706 “Constantino, nos dice, mandó matar a Sopater para
demostrar que en cuestión de religión ya no era pagano. Pues antes había intimado mucho con
aquél”. Más adelante (al referirnos a Atanasio) insistiremos sobre nuestra presunción de que los
sacerdotes cristianos habían llegado a intimidar al senescente emperador, quien en sus últimos años
ya no pudo sostener tan abiertamente su libertad personal, largamente mantenida.
Algunos pretenden que Constantino hasta llegó a prohibir por completo los sacrificios
paganos;707 y si Eusebio (IV, 25) mereciera nuestra confianza, no sólo se habrían suprimido los
sacrificios sino también la interrogación de oráculos, la erección de estatuas a los dioses y las fiestas
de los misterios. El mismo Zósimo, (II, 29) nos confirma que alguna vez después del año 326 se dio
una ley contra la interrogación de los oráculos. Pero hay que andar con mucha cautela 708 en estas
cuestiones. Aunque el decreto para la ciudad de Spello fuera apócrifo, no escasean otros indicios.
Precisamente el testimonio principal de la subsistencia en masa de sacrificios y misterios, la obra
del cristiano Fírmico, procede de los años inmediatos a la muerte de Constantino, cuyos hijos son
instigados con las más violentas palabras a que hagan aquello que el padre habría hecho ya:
“¡Arráncalos de cuajo, con el hacha, todos estos ornatos de los templos! ¡A la fundición, a hacer
monedas con estos dioses! ¡Todas las ofrendas son vuestras, tomadlas y empleadlas!”709
Ya en vida de Constantino se han demolido templos y se han fundido estatuas de dioses. 710 Un
santuario como el de la Diosa Celeste de Afaca, en el Líbano, no mereció mejor trato que el que
fueran enviados soldados para arrasarlo (hacia 330); el lugar “no valía la pena que fuera iluminado
por el sol”. Ya era de más cuidado la destrucción del famoso templo de Asclepios en Aegae, Cilicia,
tan visitado por los peregrinos en busca de sueños medicinales. Probablemente el dios (el
“engañador de las almas” como lo llama Eusebio) había consentido también preguntas políticas. 711
En Heliópolis, donde tenía lugar un culto no menos escabroso que el de Afaca, no ocurrió más que
una sencilla prohibición y la institución forzada de un obispado, que luego, a fuerza de dinero, se
convirtió en comunidad.712 En otros lugares ocurrió que la población convertida destruyó por propio
impulso el templo pagano del lugar, pidiendo para ello el permiso imperial; Majuma, la ciudad
porteña de Gaza, recibió el nombre de Constancia y otra localidad fenicia el de Constantina,
probablemente en gracia a un servicio semejante.713
Además Constantino, por avaricia o por necesidad, mandó saquear varios templos. En este
caso Eusebio trasluce, contra su voluntad, la verdadera razón y la amplitud de estas expoliaciones.
No le preocupan tanto las estatuas de mármol como esas otras cuyo núcleo lo forma una materia
especial —Eusebio nos habla de cráneos, de fémures, de trapos, de paja, etc.— aunque seguramente
se trata del núcleo en madera o del armatoste vacío de las llamadas estatuas crisoelefantinas, es
decir, estatuas de oro y de marfil como la de Zeus Olímpico. En el panegírico de Constantino (cap.
8) se reconoce plenamente el hecho: “Las partes preciosas fueron fundidas y el resto informe se
abandonó a los paganos, para eterno recuerdo de su vergüenza.” 714 No sabemos cuántas y cuáles
obras (acaso del mejor arte griego) fueron afectadas por tan fatal destino debido a la nobleza de su
material. Pero también echó mano para el ornato de su nueva capital de estatuas de dioses de un
valor material no muy elevado, como vamos a ver; de las de bronce se nos dice, por ejemplo, en
otro pasaje: “Estos dioses de viejas fábulas fueron conducidos como prisioneros, tirados por
cuerdas.” Su desplazamiento fue confiado a comisarios de confianza conocidos de la corte. En
ningún lugar encontraron resistencia; los sacerdotes tuvieron que abrirles las cámaras más secretas.
Pero es muy probable que Constantino se atreviera a tanto en las ciudades predominantemente
cristianas y seguras de las proximidades de su residencia. Con gusto hubiera dejado sin tocar las
estatuas de oro y de plata pero el asunto era demasiado cómodo y la tentación demasiado fuerte
dada la apremiante necesidad de dinero, lo que en dominadores de este tipo prevalece sobre
cualquier otra consideración. A la misma categoría pertenece, sin duda, el arranque de puertas 715 y
frisos de varios templos; estas partes eran a menudo de bronce macizo y valía la pena fundirlas.
Habiéndose iniciado así la destrucción y estropeado el interior por derrumbamiento y por la acción
de la intemperie, no era fácil impedir después que los mismos vecinos se atrevieran con las
columnas y otras partes arquitectónicas, aunque no fuera más que para alimentar los hornos de cal.
Se halla confirmado oficialmente716 que esto ocurrió, por lo menos desde el año 333, con
monumentos funerarios paganos. Con anterioridad se había suspendido, mediante una ley, la
reparación de templos en mal estado o sin terminar. 717 No sabemos qué es lo que sucedió con los
bienes; seguramente que en algunos casos fueron confiscados, pero ya con los sucesores de
Constantino se trata de una acción general y planeada. En tiempos de Constantino no puede
hablarse de una ley que hubiera ordenado la destrucción total de los templos, como refiere la
crónica de San Jerónimo para el año 335. Lo que mandó o dejó hacer fue cosa ocasional, por frívola
avaricia y bajo la influencia oscilante de los clérigos y, por eso mismo, en forma irregular. Será
inútil pretender encontrar un sistema consecuente en un hombre que, en este terreno, fue
deliberadamente inconsecuente.
Quede a la apreciación de cada cual el juicio de su conversión cristiana y de su bautismo en el
lecho de muerte.718
Son bien conocidos los grandes cambios externos que experimentó la posición y, con ella, la
constitución de la iglesia cristiana por virtud de Constantino, y sólo brevemente nos ocuparemos de
ellos. Los clérigos (clerici) fueron reconocidos en la época del primer edicto de tolerancia como un
estamento o corporación, lo que habría de tener una importancia enorme para todo el desarrollo
ulterior de la iglesia. Ellos mismos se habían venido preparando para esta eventualidad, pues si, por
un lado, se apartaban de los laicos, por otro ejercían en común algunas funciones, las sinodales, por
ejemplo, que les daban carácter de corporación. Sin embargo, el estado, que por entonces no pasaba
de ser tolerante, no parece que tuviera necesidad de dar este paso. Podía ignorar al clero en cuanto
tal y dirigirse directamente a la comunidad de los fieles. Pero Constantino encontró al clero tan
políticamente organizado y tan realzado por la persecución que, o bien gobernaba a través de esta
corporación y de su prestigio o más tarde o más temprano ella se le enfrentaría. Por eso le aseguró
todo su favor hasta el punto de establecer una especie de corregencia con el clero y éste, por su
parte, fue el más celoso propagandista de su poder, llegando al extremo de pasar por alto el hecho
de que el emperador se apoyara todavía con un pie en el paganismo y que sus manos estuvieran
manchadas y muy manchadas de sangre.
Al adoptar esta medida aceptó también sus aspectos menos satisfactorios. La persecución,
además de sus nobles consecuencias morales, acarreó también un maligno espíritu de disputa; el
partido de la resistencia fervorosa se convirtió en oposición fanática no sólo contra los que durante
la persecución habían apostatado o entregado los escritos sagrados sino también contra los que se
habían salvado utilizando medios lícitos de sagacidad cristiana; así surgió en el África del Norte la
escisión de los donatistas y en Egipto la de los meletianos, casi durante la persecución misma.
Fueron primeras ocasiones para que el tolerante emperador interviniera en las disensiones
eclesiásticas, pues una vez puesto de acuerdo con la iglesia ya no se podía hablar de neutralidad. En
esta ocasión, lo mismo que después en el caso más importante de los arrianos, mostró por lo general
un gran tacto; se declaró por un partido pero no le permitió ninguna acción penal contra el otro. La
unidad de la iglesia le tenía que parecer, sin duda, cosa deseable, porque figuraba como un paralelo
de la unidad del poder; pero supo también componérselas con una iglesia escindida y estaba muy
lejos de comprometer el poder imperial mediante el rigor en pro o en contra de cosas y hombres que
no podían inspirarle a él ningún fanatismo. Había observado muy bien la actitud de los cristianos
ante las persecuciones de toda clase; precisamente las dos primeras disensiones mencionadas habían
sido extremadas gracias a los martirios. Claro que podía presumir que no todos sus sucesores
procederían con la misma independencia; una vez cristianos, se podía prever que serían
personalmente víctimas del celo en pro o en contra de las facciones en pugna dentro de la iglesia.
Sin embargo, los tiempos posteriores mostraron que el poder imperial se hallaba, por otra parte, lo
suficientemente fundado para no oscilar ni con los intentos más extremados (como, por ejemplo, la
cuestión de los iconoclastas en el siglo VIII).
Los clérigos, en su condición de corporación o estamento, fueron dispensados por
Constantino de todas las obligaciones públicas (munera)719 (313 y 319), que se componían, en parte,
de cargos onerosos, en parte de impuestos, o que juntaban ambas cosas, como el malfamado
decurionato. (Parece que ya al año siguiente, 320, se trató de poner coto, mediante una prohibición
general, a la afluencia de gente rica a la carrera eclesiástica, que se refugiaba en ella para liberarse
de las cargas, pero tal ley debió de ser burlada no pocas veces.) El segundo signo importante de su
reconocimiento corporativo lo tenemos cuando se le concede a la iglesia la capacidad de heredar
(321),720 y tampoco escasearon las herencias. Más tarde, probablemente después de la victoria sobre
Licinio,721 se le concedió una considerable pensión oficial, especialmente en tierras y rentas de
cereales. Con esto se aseguró una existencia desahogada y una propiedad territorial importante y,
718 Sobre la suerte ulterior del paganismo, de sus instituciones y de los bienes de los templos, bajo el reino de los hijos
de Constantino hasta Justiniano, Cf. Lasaulx, Der Untergang des Hellenismus, etc., Munich, 1854.
719 Cod. Theodos, XVI, 2.
720 Cod. Theodos, XVI, 2.
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por si fuera poco, todavía el estado le cedió parte de su poder; hasta entonces, los cristianos solían
acudir en sus pleitos a los obispos, como a una especie de jueces de paz, con preferencia a los
jueces paganos oficiales, aunque con un derecho de apelación; Constantino suprimió este derecho y
otorgó a las resoluciones de los obispos, una vez que se había acudido a ellos, fuerza de ley. De este
modo se redujo la competencia de los jueces seculares y, al mismo tiempo, se eliminó la ocasión de
una disputa entre los dos órdenes, que siempre hubiera sido peligrosa, fuera el juez oficial pagano o
cristiano. Esta consideración sola explica una concesión tan extraordinaria, tan obviamente
peligrosa para todo régimen estatal vigoroso. En esta ocasión, como en el tratamiento de las
cuestiones eclesiásticas en general, Constantino no ha innovado nada, sino que se ha limitado a fijar
y regular lo que existía de antemano. Es muy fácil, desde el punto de vista de las teorías modernas,
reprocharle que no separó debidamente la iglesia y el estado 722 pero ¿qué había de hacer si, por la
fuerza misma de los tiempos, la iglesia se le convertía en estado y el estado en iglesia, si cada
funcionario cristiano, en el ámbito de su competencia, cada juez cristiano en su jurisdicción, podía
tergiversar sus obligaciones mezclando puntos de vista religiosos y civiles y si la intercesión de un
obispo, o de un ermitaño723 tenido por santo, en favor o en contra de un hombre o de un asunto,
podía trastornarlo todo? La teocracia que se iba desarrollando no era obra del emperador, protector
de la iglesia, ni tampoco el resultado deliberado de la acción de algunos obispos astutos, sino
consecuencia necesaria de un proceso histórico-universal. Desde un punto de vista superior
podemos lamentar que el evangelio se convirtiera también en ley para aquellos que no creyeran en
él, y, además, gracias a un gobernante que no estaba él mismo tocado interiormente por la esencia
de la religión que imponía a los demás. “El cristianismo queda desnaturalizado cuando es
convertido en ley para los nacidos y no para los renacidos.” 724 Constantino quería una iglesia oficial,
y ello por razones políticas, pero es difícil saber si otro en su lugar, aunque de un carácter más puro
y convencido cristiano, no hubiera tenido que proceder lo mismo.
Sorprende el rápido aumento de las pretensiones teóricas que sostiene el clero una vez que ha
sido exaltado por encima de la sociedad. Pretensiones o exigencias para los suyos y frente a los
demás. Ya se empieza a hablar de celibato; el estado debería suprimir las sanciones a la soltería; 725 y
si en el concilio de Nicea no se hubiera levantado contra tal pretensión un asceta y conjurador de
demonios sin par, el viejo y ciego Pafnucio, 726 acaso se hubiera impuesto desde entonces el celibato
del clero. La ordenación fue cobrando un mayor valor místico y hasta mágico por relación a
hombres y cosas, siendo considerada como una comunicación de fuerzas sobrenaturales. Dentro de
la misma casta sacerdotal se agudizaron las antiguas distinciones y se crearon nuevas; el presbítero
se diferenció del diácono, el obispo del presbítero; también entre los obispos hubo diversos grados
de influencia según el rango de sus ciudades, influencia que acabó por concentrarse en los
patriarcados (posteriores) de Roma, Alejandría, Antioquía, Constantinopla y Jerusalén. Y para
mantener el cargo episcopal en un rango superior se suprimió, poco después de la muerte de
Constantino, el grado inferior, los llamados obispos rurales (χωρεπίσκοποι), es decir, los obispos de
lugares sin categoría de ciudad. Según la importancia de la localidad, la ambición del particular en
cuestión y las facciones existentes, la elección de obispo solía degenerar a veces en luchas violentas
que hasta llegaron a perturbar en ocasiones a toda la iglesia. La gente que escalaba esos puestos
pocas veces era la mejor; con demasiada frecuencia, los talentos retóricos y políticos, especialmente
financieros, y las influencias personales ganaron la partida a los verdaderamente dignos. Hacia
abajo, la jerarquía no se limitó, como hasta entonces, a la clase de celadores y acólitos, sino que se
721 Como se puede inferir de Sozom. I, 8. Cf. Euseb., Vita C. IV, 28.—Hist. eccl. X, 6, indica la dotación provisional de
las iglesias africanas.
722 Neander utiliza las acertadas expresiones: cristianización del estado y politización de la iglesia.
723 Un ejemplo de este último género en Sócrates I, 13.
724 Zahn, Constantin der Grosse und die Kirche, p. 32.
725 Ley del año 320, Cod. Theodos. VIII, 16. Cf. Euseb., Vita C. IV, 26.
726 Sócrates, Hist. eccl. I, 11. Sozom. I, 10. Athanas., Vita Anton. col. 468.
185
iglesia hubiese tenido menester, antes que nada, de un espíritu superior, de una mentalidad más alta.
Además, en los grandes sínodos del Imperio llevaba el emperador la ventaja, puesto que él fijaba
tiempo y lugar, y, más todavía, porque había muchos que trataban de adivinar su voluntad para
plegarse a ella. De no estar él mismo presente, enviaba sus comisarios con plenos poderes y retenía
la aprobación final, sin la cual no era válida ninguna resolución del concilio y con la cual se
convertía en ley del Imperio. Finalmente, los sínodos, con su igualdad de voto, eran un medio
excelente para contrarrestar el poderío de los obispados de más rango en cuanto le parecieran a la
corte un poco incómodos.
La idea del concilio, que ya se había desarrollado en los primeros siglos del cristianismo, era
elevada: que una asamblea de los que presiden a las comunidades cristianas está asistida por el
Espíritu Santo cuando se prepara fervorosamente para deliberar en común sobre asuntos
importantes. Una sentimiento de este género inspirará a toda asamblea que se ocupe de las cosas
más altas y cuyos miembros han ofrecido ya u ofrecerán acaso la vida por la causa. Pero los tiempos
de la iglesia triunfante y secularizada, cuyos concilios fueron cada vez más brillantes y más
numerosos, muy pronto nos ofrecerán el cuadro de la más triste degeneración.
La primera gran ocasión fue la del concilio de Nicea (325), cuya misión principal consistiría
en poner término a las disputas arrianas. Uno de los espectáculos más tristes de toda la historia es
ver que la iglesia, especialmente la de las regiones orientales del Imperio, apenas salida de las
persecuciones, fue presa de las más violentas disputas acerca de la relación de las personas de la
Santísima Trinidad. La obstinación oriental y la sofistería griega, bien repartidas en las sedes
episcopales, se engarabitan en torno a las palabras de la Escritura al objeto de lograr algún símbolo
que haga comprensible lo incomprensible y ofrezca alguna concepción que sirva para todos; la
disputa del homousios y homoiusios (“igual y parecido”) se prolonga a través de cien metamorfosis
distintas y de cientos de años y fragmenta a la iglesia oriental en sectas, una de las cuales se funde
con el Imperio Bizantino en calidad de iglesia griega ortodoxa. Toda una serie de otros intereses, en
parte muy mundanos, se entremezclan en la pugna y se encubren tras ella de tal suerte que va
cobrando el aspecto de un mero pretexto hipócrita. La iglesia se va vaciando por dentro, gracias a
esta disensión; deja secar al hombre interior a fuerza de ortodoxia y ella misma, desprovista de
savia moral, agota su efecto moral superior sobre los individuos. Y, sin embargo, ¡cuán alta
significación histórico-universal corresponde a todo este tráfago poco simpático! Esta iglesia, con
sus sectas colaterales, anquilosada y sustraída a todo desarrollo, durante un milenio y medio tendría
fuerza para mantener las nacionalidades bajo la presión de los bárbaros y hasta para representarlas,
pues era más fuerte que el estado y la cultura, y por eso sobrevivió a los dos; sólo en ella se alberga
la quintaesencia del bizantinismo, no desprovisto de porvenir; la ortodoxia constituye su alma.
Con esto hay que reconocer que aquellas pugnas en torno a la segunda persona de la
Santísima Trinidad tenían su amplia justificación histórica. Nos guardaremos muy bien de
interesarnos por la dogmática y nos limitaremos a algunas indicaciones en lo que se refiere a las
relaciones entre el gobierno y el clero, tales como se manifiestan en el concilio de Nicea y en los
acontecimientos que le siguen.729
Cuando el presbítero alejandrino Arrio sostuvo su doctrina de la subordinación del Hijo al
Padre se levantaron contra él el diácono alejandrino Atanasio y el obispo Alejandro. Este convocó
en el año 321 a un sínodo de los obispos de Egipto y Libia, que condenaron y proscribieron a Arrio.
Con esto se dio a su doctrina y a su postura una importancia que en sí mismas no tenían; el
partidismo aumentó sobremanera en los dos bandos mediante la predicación, el apostolado y la
comunicación epistolar. Como el obispo Eusebio de Nicomedia tomó partido por el extraño y
vanidoso pero práctico Arrio,730 pronto cobró la pugna el aspecto de una lucha entre las sedes de
729 Una reseña satisfactoria, por ejemplo, en Gfrörer, Allgemeine Kirchengeschichte, vol. II, pp. 199 ss.
730 Para introducir su doctrina en el pueblo, Arrio escribió canciones de marineros, molineros y canciones de marcha,
con melodías cantables. Philostorg. II, 2.
187
Alejandría y Nicomedia; también aquí, o en las proximidades, se reunió un sínodo que se declaró en
favor de Arrio. Por entonces, estaba también a su favor Eusebio de Cesárea, quien nos ofrecerá más
tarde, en la Vida de Constantino, una descripción de esta disputa que resulta única por su falta de
honradez y deliberada parquedad.
Así estaban las cosas (323) cuando Constantino se hizo amo del Oriente a consecuencia de su
última guerra contra Licinio. Heredó la disensión en todo su esplendor. Su interés y su inclinación
tenían que encaminarse, indefectiblemente, en el sentido de acabar con el asunto, ya fuera por una
mediación, o poniéndose al lado del partido más fuerte o más inteligente o jugando sagazmente con
los dos partidos.
Uno de los obispos destacados de los dominios de Licinio, aquel mismo Eusebio de
Nicomedia que ya antes gozó de mucha influencia con Constancia, la hermana del emperador y
esposa de Licinio, logró atraerlo, casi por completo, al lado arriano. Pero un teólogo cortesano del
Occidente, el obispo Osio de Córdoba, que veía en peligro su propia influencia con Constantino, se
entendió con el obispo de Alejandría y confundió las cosas de tal manera que el emperador no tuvo
más remedio que convocar a un concilio general; además, la ocasión le sería bienvenida para
conocer personalmente a las jerarquías de sus nuevos dominios, imponiéndose con su presencia
personal y dando término al peligroso desorden de los sínodos provinciales independientes. De los
trescientos dieciocho obispos que se encuentran en Nicea (junio de 325), 731 apenas si una media
docena son occidentales; el obispo Silvestre de Roma no estuvo personalmente, sino que envió en
representación a dos presbíteros, siguiendo la táctica acertada, que inspiró también a sus sucesores,
de no visitar los sínodos orientales. Por otra parte, de entre los obispos orientales, cuyo número se
elevaría acaso al millar, sólo fueron invitados, mediante un oficio imperial, 732 aquéllos cuyo voto se
necesitaba.
Constantino inauguró personalmente el concilio de Nicea cuando con la “corona sacerdotal
entretejida de abigarradas flores” se tuvo la “réplica de la asamblea de los apóstoles”, la “repetición
de la primer fiesta de Pentecostés”, encontrándose presentes, además de los obispos, un nutrido
acompañamiento de presbíteros y una muchedumbre de “laicos expertos en dialéctica”. Apenas
podía moverse a fuerza de púrpura, oro y pedrerías, y Eusebio lo compara con un ángel del Señor de
los cielos. Pero no quedaron las cosas en esta presencia personal imponente. En el curso de las
negociaciones se vio que Osio había predispuesto al emperador en contra de los arrianos y que con
su partido estaba trabajando por todos los medios a la gran masa de los indecisos, recordándoles el
favor imperial. No fueron, pues, los discursos de Arrio ni las réplicas de Atanasio en honor de la
eternidad del Hijo las que decidieron el resultado. Una orden del emperador puso fin a los debates,
declarándose Constantino en favor de la expresión homousios contra la voluntad de la mayoría, que
se sometió pacientemente. Sólo dos obispos se negaron a firmar y merecen, por lo tanto, ser
nombrados, aunque hayan obrado así por una obstinación poco religiosa: Teonas de Marmarica y
Segundo de Ptolemáis. Su recompensa fue la destitución y el destierro. Eusebio de Nicomedia
firmó, pero, como no fue depuesto, se pidió de él y de otros la firma de un artículo adicional por el
cual debían condenar sus opiniones anteriores; al negarse, fue desterrado a las Galias y lo mismo le
ocurrió a Teognis, obispo de Nicea. Arrio fue desterrado a Iliria.
Constantino conoció así a su clero oriental y aprendió también a despreciarlo en su mayor
parte. ¡En qué forma estos hombres, que podían levantar el Imperio sobre sus goznes, se habían
inclinado ante él! Muchos de ellos733 le mandaron acusaciones secretas; hizo quemar estos libelos y
los amonestó para la concordia. Antes de partir, se preparó un gran banquete en la corte; “un círculo
de guardias con relucientes espadas protegía las puertas de palacio, pero los hombres del Señor
731 Probablemente según la cifra de los 318 circuncisos de Abraham, Genes. XIV, 14; XVII, 26.
732 Euseb., Vita Const. III, 6 s.
733 Sócrates, I, 8.
188
pasaron sin miedo entre ellos y llegaron hasta la cámara interior”. 734 El emperador les dio para el
viaje regalos y advertencias de paz. Hizo que se escribiera a la comunidad de Alejandría: “lo que ha
placido a trescientos obispos no es otra cosa que la voluntad de Dios”.
Pero ahora es cuando comienza de verdad la lucha. Constantino, que no tenía ningún contacto
íntimo con el aspecto teológico de la cuestión, encontró tres años más tarde (328), posiblemente por
indicación de un presbítero arriano recomendado por Constancia en su lecho de muerte, que era
conveniente, y hasta acaso justa, una nueva fórmula. Se llamó de nuevo a Arrio y a todos los
depuestos; Osio fue destituido o, por lo menos, desapareció durante mucho tiempo de la vida
pública; el obispado de Antioquía fue tomado, por decirlo así, por asalto, y se colocó en la sede a un
arriano, ocasión en la que se desplegó un trapicheo repugnante y la población de la ciudad, ya de
por sí peligrosa, fue agitada profundamente. Eusebio de Nicomedia, que en todos estos sucesos
desempeñaba el primer papel, trató de dar el golpe a la odiada sede de Alejandría. Pero tropezó con
un enemigo fuerte, Atanasio. Es el primero de toda esa serie de caracteres consecuentemente
desarrollados que nos ofrecen los jerarcas medievales; impregnado desde la niñez 735 de la dignidad
del oficio sacerdotal, lleno de grandes ideas y fines como, por ejemplo, la conversión de Abisinia,
sin respetos humanos ni consideración alguna de las circunstancias que pudieran oponerse a sus
principios, dispuesto a cualquier sacrificio en favor de la causa y, al mismo tiempo, duro con los
demás como consigo mismo, incapaz de admitir el punto de vista de los otros, y no siempre
demasiado escrupuloso en cuanto a los medios. No se puede desconocer que el destino de la
ortodoxia en los tiempos inmediatos dependió, en la medida en que podemos juzgarlo, de su
persona. Constantino le pide la rehabilitación de Arrio; se niega y se la deja estar. A esto los
adversarios promueven contra él estúpidas calumnias políticas, pues no había manera de atizar a
Constantino con motivos religiosos; Atanasio se apresura a dirigirse a la corte y se gana
personalmente al emperador. Por fin, los adversarios creen haber encontrado un medio seguro;
acusan al obispo de intolerante, de perseguidor de la secta meletiánica, que había logrado en Nicea
la paz eclesiástica. Atanasio no era completamente inocente en este asunto, pero se había azuzado
deliberadamente a los meletianos contra él. El emperador ordena que un sínodo que habría de
reunirse en Cesárea de Palestina investigue el asunto; Atanasio declara (334) que no comparecerá
ante autoridades compuestas por sus enemigos mortales. Y nuevamente cede Constantino.
Sin embargo, pueden más las incesantes acusaciones, y al año siguiente (335) se reúne un
sínodo en Tiro, desde donde los padres tienen que marchar inmediatamente a Jerusalén, para
consagrar la iglesia del Santo Sepulcro. La presidencia correspondió a un distinguido funcionario de
la corte, de nombre Dionisio. Atanasio deshizo brillantemente las acusaciones más graves y, por lo
que respecta a las de menor monta, una comisión partidista marchó a Alejandría y, basándose en su
informe, se siguió la condenación; esta vez triunfaron los arrianos, como en Nicea los ortodoxos.
Pero casi en el mismo momento se presenta Atanasio en la corte; “Cuando yo entraba (escribía el
emperador) en Constantinopla, salió de pronto a mi encuentro con los suyos; Dios es testigo que ni
siquiera lo reconocí y que, en un principio, nada quería saber de él, etc.” La consecuencia de este
encuentro fue que Constantino convocó a los padres de Tiro para que acudieran a la capital a
explicar rápidamente su comportamiento y sus acuerdos. Aquí es cuando osaron la primera
desobediencia; en lugar de acudir todos, aparecieron sólo los seis jefes del partido y Constantino
cedió, aunque no de una manera absoluta, y desterró a Atanasio a Tréveris, pero dispuso que no se
ocupara la sede alejandrina, a lo que parece con la intención de guardarla para Atanasio en tiempo
oportuno.736 No es fácil adivinar si Constantino se asustó por la resistencia de los obispos o qué otra
cosa pudo inspirar su decisión; los acusadores le dijeron que Atanasio había amenazado con
sabotear la partida de la flota egipcia cargada de trigo, pero esto no lo creyó el emperador, aunque
les diera a entender que lo creía. A poco, llamó a Arrio a Constantinopla, al parecer con los
propósitos más santos, pero, después de una visita al palacio imperial (336), Arrio se sintió
repentinamente malo en la calle y falleció en una letrina pública de las inmediaciones, letrina que
cien años después se enseñaba todavía como cosa digna de verse. No sabemos si recibió veneno y
de quién; Constantino no tenía ningún interés en el asunto.737
Sin duda le hubiera gustado disponer de una iglesia oficial firme y concorde, pero ya se
habían anunciado las oscilaciones más fuertes. Dada su neutralidad íntima, no le fue difícil
mantener en la balanza a los partidos eclesiásticos y no entregarse definitivamente a ninguno. Por
eso los deja triunfar alternativamente y, mediante sus intervenciones vigorosas, busca tan sólo que
no se olvide su persona y su poder. Probablemente, comprendió, desde un principio, que la disputa
se mantenía, en su mayor parte, por la disputa misma y que cualquier intento de conciliación estaría
desplazado. Esto es lo que descuidaron sus sucesores, pues ellos mismos se hallaban seriamente
trabados por las cuestiones teológicas y dejaron mano libre para la violencia y la venganza al
partido favorecido por ellos.
Tenemos un vivo testimonio de esto en el conocido edicto contra los herejes, 738 del año
anterior a su muerte. El redactor eclesiástico zarandea de lo lindo a todos los herejes, novatianos,
valentinos, marcionitas, catafrigios, etc.; pero, a pesar de todos los insultos, todo se reduce a
despojarles de sus locales; Eusebio se exalta: “¡Fueron arrojados, dispersados como animales!”,
pero notamos que no le parece bastante. Expresamente nos dice de los novatianos que Constantino
quiso sólo asustarlos un poco; persecuciones de verdad las hubo, a lo que parece, sólo contra los
montanistas o catafrigios, que podían ser peligrosos por fanáticos, y aun éstos fueron tolerados por
lo menos en Frigia, tierra de la secta. Es cierto que Constantino adoptó algunas medidas
sorprendentemente inconsecuentes; después del destierro de Arrio dicta, por ejemplo, una orden 739 a
todas las iglesias para que quemen todas sus obras, con las palabras finales: “quien oculte un libro
será muerto. Dios os conserve”. Pero al mismo Arrio se le deja vivir tranquilamente en el destierro y
luego se le honra de nuevo.
A la muerte de Constantino, sus hijos se entregan personalmente a las facciones eclesiásticas;
habían sido educados en esa línea y la perversidad de su índole no podía detenerles en este camino.
Sócrates (II, 2) nos cuenta, por ejemplo, cómo fue ganado Constancio para el arrianismo; un
presbítero cuyo nombre desconocemos, que le entregó el testamento de su padre y que, con esta
ocasión, se afincó en la corte, ganó al partido arriano al gran mayordomo Eusebio, un eunuco, y
luego a los demás eunucos; estos y el presbítero se atrajeron luego a la emperatriz y, por fin, se les
pasó el mismo Constancio. Con este motivo se dividió toda la servidumbre de palacio, el cortejo
militar y la ciudad de Constantinopla. En palacio disputan eunucos y mujeres, mientras que en la
ciudad cada casa se convierte en escenario de una guerra dialéctica y la moda se extiende por todo
el Oriente, mientras que en el Occidente Constantino II y después Constante son atanasianos. En el
curso de los acontecimientos se llega pronto a las persecuciones más espantosas, a los destierros y
asesinatos; vuelven a aparecer todos los martirios y todos los géneros de tortura de la época de
Maximino;740 hasta la comunión y el bautismo se convierten en objeto de imposición policíaca y las
facciones se disputan violentamente las sillas episcopales.
Estas crisis se salen ya de nuestro campo. Junto a esta iglesia desgarrada por una obstinación
y una ambición incurables y por una dialéctica absurda, crece por entonces el muchacho Juliano,
737 Sócrates, I, 38, atribuye la muerte de Arrio a las oraciones del obispo ortodoxo Alejandro de Constantinopla y trata
de borrar con su relato de la muerte la sospecha de un envenenamiento. Sozom. II, 30.
738 Euseb. I. c. III, 63-66. Sozom. II, 32. Una ley del año 326, Cod. Theodos. XVI, 5, elimina a los herejes de todas las
emancipaciones, que se refieren a los fieles, y amenaza a aquellos con cargas civiles de todas clases, pero todo ello
de un modo muy vago.
739 Sócrates, I, 8.
740 Cf. por ejemplo, Sócrates II, 26, 27, 28, 38; IV, 16. Sozom. VI, 14.
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difícilmente salvado de la muerte general con la que Constancio abatió a la familia. Él y su hermano
Galo fueron criados en la villa Macellum, lejos, en Capadocia, para ser destinados al sacerdocio; su
diversión consistía en construir una capilla al mártir Mamas. Bajo estas impresiones se fue
formando el futuro reaccionario pagano.
Pero no hay que olvidar que, junto a esta iglesia tan rápidamente degenerada en medio de la
victoria, existía todavía una religión. Las bellas consecuencias morales que supuso la introducción
del cristianismo se sustraen fácilmente a la vista, mientras que se adelantan a un primer plano, en
forma desproporcionada, las disputas dogmáticas y jerárquicas. Los grandes hombres de esta década
y de las que siguen, Atanasio, Basilio, Gregorio Nacianceno, Jerónimo, Crisóstomo, llevan, junto a
su religiosidad, un cuño más o menos fuerte de eclesiástica exterioridad y se nos presentan, por lo
tanto, como más unilaterales y menos simpáticos que los grandes y enterizos hombres de la
Antigüedad, tan armónicos; pero, con todo, su principio vital es incomparablemente superior.
Sobre todo, no debemos medir las consecuencias morales que el cristianismo produce en las
naturalezas profundas por las ideas de un Eusebio, quien, sin más, cohonesta la conversión al
cristianismo con las promesas de la felicidad terrestre y del mando como recompensa divina. 741 Se
trata, por lo contrario, de una relación completamente nueva con las cosas terrenas, de la que se
tuvo unas veces más conciencia y otras menos. La gran masa se arregló su vida dentro del
cristianismo en forma tan placentera como era posible y lo permitía la policía de costumbres del
estado; pero los hombres de calidad renunciaron a muchos placeres; ya a fines del siglo tercero se
lamenta un escritor cristiano742 de que, en virtud de la vida separada de marido y mujer, se daña al
matrimonio; y por lo que se refiere a los bienes seculares, muchos se sintieron obligados a
repartirlos con los pobres y con las iglesias, o a renunciar a ellos por completo en lo que respecta a
su persona. Las dos grandes manifestaciones vitales del cristianismo de entonces son la
beneficencia y el ascetismo, si prescindimos de una tercera, las misiones entre los pueblos paganos,
por tratarse de una cuestión casi exclusiva de los clérigos.
Por lo que se refiere a la beneficencia, el cristianismo podía comenzar, como aconseja el
refrán, por su propia casa, con sus esclavos,743 ya fuera dándoles un trato más humano o
emancipándolos. La esclavitud, por sí misma, no pasaba por cosa injusta: hasta los monasterios
pudieron disponer, mucho más tarde, de esclavos; sin embargo, pronto se consideró como una
buena obra la manumisión y, así, ya en tiempos de Diocleciano el prefecto de la ciudad de Roma,
Cromacio, dejó en libertad a mil cuatrocientos esclavos. A fines del siglo cuarto tienen lugar
muchas emancipaciones en masa dentro del círculo devoto de San Jerónimo, si bien entre gentes
que habían renunciado al mundo; pero ya Crisóstomo pedía la supresión de la esclavitud. Martín de
Tours conservó su único esclavo mientras fue soldado, pero ejercitó la humildad descalzándole en
ocasiones y sirviéndole a la mesa.744 El mismo Constantino trató de suprimir 745 el derecho del amo a
disponer de la vida del esclavo pero la distinción jurídica entre la muerte del esclavo “después” de
los malos tratos y “a consecuencia” de ellos permitía siempre al amo buscar fácilmente una salida.
Hasta se admite el caso de que un esclavo puede morir de muerte natural bajo los golpes por “una
necesidad del destino”. Los paganos se mantuvieron teóricamente en sus viejas ideas sobre la
esclavitud; Temistio no atribuye al nacido esclavo ninguna capacidad para las inspiraciones
humanas superiores y Macrobio trata muy seriamente de si poseían categoría de hombres y de si
también los dioses se ocupaban de ellos.746 Pero en la realidad, el trato que recibían de la mayoría de
los paganos no era malo.
La beneficencia en sentido estricto, que se basaba, en parte, en la idea de la comunidad de los
bienes terrenos y, por otra, en el deber de aliviar la indigencia, ofrecía, como se manifestó en
seguida, grandes inconvenientes desde el punto de vista de la economía pública. Encomendada
hasta entonces, dentro de la iglesia, a los diáconos, se había prestado siempre a muchos abusos, pero
en aquella situación de guerra de la Ecclesia pressa tiene algo de grandioso que no se les concediera
mayor atención; era el resultado de un temple de ánimo superior, dispuesto a hacer frente a todo.
Además, los diáconos, dado el carácter local de su misión, podían conocer mejor a los necesitados.
Ahora, por el contrario, se repartieron limosnas en masa en las formas más diversas y sin
circunspección. Nuestra época, con su consigna del trabajo, no puede comprender ni aprobar esto,
pero la cuestión es si (prescindiendo de una ley agraria) había otro camino abierto en un Imperio
casi exclusivamente agrícola que había consentido que el reparto de la tierra adoptara formas de
máxima desigualdad, cuyas ciudades estaban ocupadas en su mayor parte por un proletariado
desposeído y cuya población rural había disminuido a tal grado que fue menester ayudarse con
colonias de bárbaros. Desde hacía siglos se hallaba en uso una limosna colosal en favor de los
habitantes de las ciudades, aunque no era considerada como tal; nos referimos a la distribución de
víveres, al principio limitada a la ciudad de Roma, cuyos habitantes se consideraban los señores del
mundo, pero extendida luego, por concesión imperial, a toda una serie de ciudades importantes y,
finalmente, a ciudades pequeñas. El Imperio, cuyos ingresos se componen en su mayor parte de
especies naturales, alimenta a las ciudades con el producto del campo. También en la época de
Constantino encontramos algunas concesiones de este tipo.
Con el reconocimiento del cristianismo la iglesia dispone, gracias a las donaciones, de medios
muy importantes; por esta doble razón se ve obligada, en mayor o menor grado, a encargarse de las
limosnas. Más arriba enumeramos las diferentes instituciones fundadas con estos fondos por
obispos y comunidades bien intencionadas, aquellos enodoquios, ptocotrofios, gerocomios,
nosocomios y orfanotrofios, cuyo ideal y compendio podemos considerar la Basilias, edificada a
fines del siglo cuarto, por obra de Basilio el Grande. 747 En su mayor parte se trataba de instituciones
en favor de gente verdaderamente desamparada y en tal sentido representaban una novedad muy
grande frente al viejo mundo pagano, aunque éste hacía tiempo que había comenzado a orientarse
en el sentido de la beneficencia pública.748
Como observamos arriba, el estado dejó que la iglesia actuara en este aspecto y disfrutara de
este medio de influencia; el mismo Constantino concedió, por ejemplo, a la iglesia de Alejandría
una annona especial (cosecha de trigo) para que la repartiera entre los pobres 749 y junto a ella
persistiría, sin duda, la annona general otorgada por Diocleciano a la ciudad. No se trataba de un
puro medio de proselitismo, aunque las donaciones de Constantino tienen el aspecto general de
“cajas de convertidos”. Cuando, por ejemplo, fundó en Heliópolis un obispado y la ciudad siguió
siendo casi íntegramente pagana, entregó grandes sumas para el sostenimiento de los pobres
cristianos “para que así se conviertan más a la Palabra”. 750 También sus limosnas y protecciones
personales eran, en muy gran parte, de índole política y sólo en apariencia arbitrarias; y también se
746 Themist. Βασανισής.—Macrob. Sat. I, 11.
747 Desde el punto de vista económico-estatal estas instituciones eran ya para el pagano Zósimo (V, 23) en el siglo
quinto causa de un gran disgusto: “Se apoderaron de las mejores haciendas bajo el pretexto de dar de todo a los
pobres; debido a esto todo el mundo se ha vuelto pobre.”
748 Debemos recordar en primer lugar los pueri et puellae alimentariae: Nerva, Trajano, Antonino, Marco Aurelio y
Alejandro Severo gastaron grandes sumas para la educación de niños pobres de los dos sexos, sin embargo, no en
sentido filantrópico general, sino únicamente para los niños de origen libre, y, a lo que parece, sólo para italianos,
con la intención de aumentar la población, muy escasa, de la metrópoli.—-Sobre la beneficencia privada cf. en
Pausan. I, 27, 7 la construcción de hospitales por el senador Antonino en Epidauro.
749 Sócrates I, 17.
750 Euseb., Vita C. III, 58; IV, 28.
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dejó guiar en esto, más tarde, por los sacerdotes. Cuando después de la victoria sobre Majencio se
quiso ganar el favor de Roma, repartió abundantemente entre ricos y pobres el dinero que trajo o
que encontró; gentes de rango venidas a menos recibieron sumas importantes y dignidades;
señoritas de la buena sociedad tuvieron un novio de su séquito y, además, una dote; a los mendigos
del foro se les distribuyó limosnas, comidas y ropas, éstas, probablemente, porque desagradaba el
desnudo.751 En los últimos años, la mañana de Pascua era ocasión de grandes regalos. 752 El obispo
de la corte cobra acentos patéticos en tales ocasiones, pero no hay que olvidar las incisivas palabras
de Amiano:753 “Como lo han demostrado claramente los documentos, Constantino fue el primero en
abrir el gaznate de la gente de su alrededor y Constancio lo alimentó luego con el tuétano de las
provincias.” Sin embargo, los regalos de un emperador no ofrecen ningún criterio cierto, pues pocas
veces se podrá aclarar por qué da y de dónde toma. Hasta las limosnas de la anciana Elena 754 tienen
algo de político y de equívoco. Cuando su excursión por Oriente, fue regalando grandes sumas a los
habitantes de las ciudades y todavía fue dando personalmente a quien se le acercaba; también
repartió grandes sumas entre los soldados; además, los pobres recibieron dinero y vestidos y a otros
les ayudó en sus deudas, en su destierro y en violencias de todo género. Sin duda Constantino había
considerado conveniente y a tono con el espíritu del Oriente semejante viaje circular del único
miembro completamente fiable de su familia.755 De su sistema financiero, en el que se apoyaba esta
generosidad, nos ocuparemos más tarde, aunque sea brevemente.
Abandonemos por el momento a este egoísta vestido de púrpura en el que todo lo que hace y
permite que se haga está calculado para aumentar su propio poder. Con este poder estatal,
íntimamente frívolo, contrasta la entrega entera de tantos que se desprendían en vida de toda su
fortuna para dedicarse al servicio de Dios; en estos casos la beneficencia se aliaba íntimamente con
el ascetismo. Hombres y mujeres, en parte pertenecientes a las clases más altas, acostumbrados a
todos los goces de la vida, toman al pie de la letra el consejo que dio Cristo al rico joven; vendían lo
que tenían y entregaban el producto a los pobres para, en medio del mundo, rodeados del rumor de
su capital, entregarse en pobreza voluntaria a la contemplación de las cosas más altas. A otros no les
basta con esto sino que huyen del mundo y de la civilización y mueren para él llevando vida de
anacoretas.
La Historia que, por lo demás, acostumbra a ocultarnos el origen de las cosas grandes, nos
transmite con bastante minuciosidad el modo y manera como surgió la vida de los anacoretas y, de
ella, el monacato. Apenas si hay otra dirección u otro acontecimiento que caracterice mejor los
últimos días del siglo tercero y, en general, el siglo cuarto.
Hay un rasgo de la naturaleza humana por el cual el hombre, al sentirse perdido en el ancho y
agitado mundo, trata de encontrarse a sí mismo en la soledad. Esta soledad habrá de ser tanto más
cerrada cuanto más profundamente se haya sentido el hombre íntimamente desgarrado. Si a esto la
religión añade el sentimiento del pecado y la necesidad de una unión imperecedera con Dios,
desaparecerá toda consideración terrenal y el anacoreta se convertirá en asceta, en parte para expiar,
en parte para no deber al mundo más que el puro vivir, finalmente, para mantener al alma en trato
constante con las cosas más altas. Naturalmente, tratará de defenderse de cualquier recaída en el
estado anterior mediante toda clase de votos; al coincidir en la soledad varios inspirados por el
mismo afán, tanto el voto como el tipo de vida cobrarán el carácter de algo común, de una regla.
Esta vida eremítica no presupone, claro está, un estado completamente sano de la sociedad y
del individuo; es más propia de las épocas de crisis, cuando muchas almas quebrantadas buscan el
sosiego y muchos corazones templados se desengañan de la vida y tienen que luchar por Dios lejos
751 Euseb. I, c. I, 43. Para otros repartos de ropa, que ya tuvieron lugar con emperadores anteriores, pero sólo como
regalos de lujo para los romanos de la urbe, cf. IV, 28, 44.
752 Euseb. I c. IV, 22.
753 Ammian. Marc. XVI 8.
754 Euseb. I. c. III 44.
755 Su pomposa presentación, Euseb. I. c. III, 45.
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del mundo. Pero quien, entregado al tráfago moderno de los negocios y a un concepto subjetivista
de la vida, gustara de encerrar a todos esos anacoretas en un instituto de trabajo, piensa que él
mismo se halla muy sano; pero no lo está más que muchas gentes del siglo cuarto, demasiado
débiles o frívolas para adivinar siquiera las fuerzas espirituales que empujaban a aquellas
naturalezas gigantes por los caminos de penitencia. Pero prescindiendo de la ganancia o pérdida
personal que podía obtener el asceta de la Tebaida o de las montañas de Gaza, queda siempre una
acción histórica enorme que el historiador tiene que apreciar a su manera. Esos eremitas han sido
los que han comunicado a todo el estamento clerical de los siglos siguientes la actitud superior,
ascética, ante la vida, o por lo menos la pretensión de ella; sin su ejemplo, la iglesia, es decir, el
único instituto de todos los intereses espirituales, se hubiera secularizado por completo y se habría
sometido al rudo poder material. Pero nuestra época, que disfruta de la bendición del trabajo y
movimiento espiritual libres, olvida con demasiada facilidad que sigue viviendo de los resplandores
del sobrenaturalismo con que la iglesia ungió a la ciencia en la Edad Media.756
Los primeros anacoretas cristianos son egipcios y palestinenses que llevan una vida solitaria,
o a lo menos retirada, en las inmediaciones de su patria, y que acogen a gente joven para
instruirla.757 Pero a caracteres como un Pablo (nacido en 235, muerto en 341), un Antonio (252-
357), un Hilarión (292-372), no les satisfacía esta vida solitaria a medias; para asegurarse por
completo de las seducciones del mundo y entregarse del todo a Dios, desaparecen del mundo y
viven sesenta, ochenta años en medio del desierto. Algunos entran en la vida eremítica huyendo de
las persecuciones de los romanos,758 pero la mayoría la busca por sí misma y no puede abandonarla
porque se le ha convertido en segunda patria y es incapaz de pensar sin espanto en la vida del siglo,
en la corrompida sociedad. Y “cuando el mundo se viste de cristiano, no son los miembros más
indignos de la sociedad cristiana los que se marchan al yermo por cierto tiempo o para siempre en
busca de la libertad que parece haber desaparecido de la iglesia triunfante. En el siglo primero de su
existencia, este monacato es un testimonio digno frente a la mentira de la creación
constantiniana”.759
Pablo el ermitaño vivía en un escondrijo rocoso, donde en tiempos de Cleopatra solían operar
falsificadores de moneda; habían cavado grutas en las rocas, y todavía se encontraban yunques,
756 Adiciones y rectificaciones: Toda la concepción acerca del desarrollo efectivo y cronológico del monacato ha sido
modificada considerablemente no ha mucho por la obra de Weingarten, Der Ursprung des Mönchthums in
nachconstantinischen Zeitalter, Jena 1877, donde se señala a la Vita Pauli como una novela de San Jerónimo, a la
Vita Antonii como no procedente de Atanasio, además de otros numerosos resultados críticos. Si a pesar de esto no
modifico esencialmente mi exposición, me justifico teniendo en cuenta que esas ficciones —caso de que lo sean—
tuvieron que ser fingidas con el espíritu de aquellos tiempos y comarcas y, por lo tanto, pueden pretender una
verdad histórico-cultural. (En lo que se refiere a la persona de Antonio creo muy posible la unión del ascetismo más
extremado con una formación teológica y filosófica anterior.) Por otra parte, creo que el anacoretismo tiene mucha
mayor importancia, como etapa previa del cenobitismo, de lo que da a entender el autor. Además, la demostración
ex silentio aplicada a Eusebio y a otros obispos (que apreciaban poco el monacato y tenían que hablar de cosas que
les parecerían mucho más importantes) me parece un poco peligrosa. Finalmente, considero al ascetismo en general
y hasta en sus grados más terribles como una consecuencia posible de la doctrina y la visión cristianas rigurosas.
No niego que esos sorprendentes reclusi del templo de Serapis pervivan en los reclusi de los tiempos cristianos,
pero estos últimos han sido casos raros y un reclusus y un eremita libre —viva con todo el rigor que se quiera— son
cosas mucho más diferentes de lo que supone el autor, p. 44.
757 Una institución semejante debió ser el ἀσκητήριον, en el cual, según Sócrates I, 11, fue educado ya en el siglo
tercero el famoso Pafnucio. Cf. también la obra de Atanasio Vita S. Antonii (únicamente en latín, ed. Commelin).—
Col. 445 indica como una costumbre, alrededor del año 270, que quien quería vivir en Dios, non longe a sua villula
separatis instituebatur. Sobre lo demás cf. Hieron. Vita S. Pauli y Vita S. Hilarionis; Regula S. Pachomii y sus
Praecepta. Todo en la edición veneciana de San Jerónimo; vol. II, pars. I.—De las epístolas de San Jerónimo,
especialmente Ep. 22, ad. Eustochium, cap. 33 hasta 36.—Sozomeno, Hist. eccles. I, 13; III, 14; VI, 20 y 28.—
Sócrates I, 11 y s.; rv, 23 y s.; VI, 7 y otros de la ob. cit.—Sulpic. Severo, Dial I.—Rufino, especialmente el
principio del segundo volumen.—Evagrio I, 21.—Cf. la nota al final de nuestro libro.
758 Cómo los destierros podían dar ocasión al anacoretismo se puede deducir de Euseb., Hist. eccl. VI, 11.
759 Zahn, Constantin der Grosse und die Kirche, p. 30.
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martillos y útiles de acuñación, todos enmohecidos; al amparo de una vieja palmera, un arroyuelo
regaba el seguro asilo. Antonio, que se preparó en un principio para la vida de anacoreta no lejos de
su patria (en Heracleópolis, en el Egipto central) y pasó luego largo tiempo en un sepulcro y vivió
más tarde en un castillo abandonado y lleno de serpientes, escapó de la importunidad de los devotos
a aquel oasis protegido por peñascos del que nos ocuparemos luego. Hilarión de Tabata, en Gaza,
busca deliberadamente, para servir a Dios, la malfamada ribera entre el mar y los pantanos,
habitáculo de ladrones, y vive sin cobija alguna, luego en una pequeña cabaña, por último, en una
celda de piedra de cinco pies de alto. Las privaciones a que se someten estos hombres criados en la
abundancia son tan terribles que sólo un organismo extraordinario podía aguantarlas; 760 más que la
escasez y mala calidad del alimento nos impresiona en la actualidad la suciedad espantosa y los
insectos, a cuya tolerancia se creían obligados estos hombres lo mismo que en el siglo XIV el
hermano Armando y otros. Una reacción de este tipo era, por lo demás, completamente natural,
luego que las generaciones precedentes se habían entregado a todos los lujos en las suntuosas
Termas. Y no tomamos en cuenta la privación mayor: el trato con los hombres; el único medio de
sostén espiritual era que los eremitas se sabían la Biblia de memoria.
Pero esto no les protegía contra las violentas luchas que a veces se exteriorizaban en peleas
con el demonio. Podríamos pensar en la personificación de todo lo espiritual, peculiar a la
Antigüedad, pero no es menester acudir a esto. Unas veces sus propios pecados, otras el recuerdo de
la vida anterior, además, el efecto del desierto y de sus horrores naturales, le fabrican al anacoreta
sus espantosas visiones. Bien famosa, aunque Jaques Callot la ha colocado para siempre en el plano
de lo burlesco, es la aparición del gran ejército infernal en el sepulcro que habitaba San Antonio: se
abrieron los muros y aparecieron los demonios en forma de serpientes, leones, toros, lobos,
escorpiones y osos, todos furiosos y amenazadores; otras veces se presentan con figura humana,
armando bulla, silbando y danzando, y golpean al santo hasta dejarlo medio muerto. Todavía son
más grotescas las visiones de San Hilarión; todas las noches se produce en su torno un fantasmal
alboroto hecho de gritos de niño, balidos de ovejas, bramidos de toros, pisadas de un ejército en
marcha; a la luz de la luna, un carro tirado por caballos salvajes se precipita sobre él, pero al gritar
de miedo ¡Jesús! es tragado por la tierra; aparecen mujeres desnudas y mesas bien provistas o
retozan los lobos y los zorros mientras el santo reza; una vez, llegó a ver con sus ojos una pelea de
gladiadores y uno que cae moribundo a sus pies le pide con su melancólica mirada el favor de la
sepultura. El espíritu del mal toma también las mañas espantosas que han hecho famoso al fantasma
en Sindbad el marino; cae sobre Hilarión, que un poco distraído, está rezando de rodillas, y le
sacude las quijadas y no se desprende por nada. El combate es más fácil con ciertos demonios que
se presentan honradamente con su verdadera figura, como sátiros y centauros, y hasta desean a
veces la conversión y el patrocinio. El gran San Jerónimo, que 761 en lo que se refiere a los centauros
no quiere decidir si son un mero disfraz del demonio o si realmente el desierto produce tales
criaturas, sostiene, por el contrario, la autenticidad de los sátiros, que le van señalando el camino a
San Antonio cuando va a visitar a Pablo e imploran su patrocinio; en tiempos de Constantino se
encontró una criatura semejante en el desierto, fue mandada viva a Alejandría y a su muerte, que se
siguió poco después, fue resecada y enviada a Antioquía, para que el emperador, que andaba por
allí, pudiera tener testimonio por sus propios ojos. El sátiro de San Antonio era, si nos fijamos en
sus patas de cabra y en sus cuernos, un panida que, además, había conservado su arqueada nariz de
los alegres viejos tiempos.762
Después de este período de espantos sigue otro en la vida del asceta que le produce un
sentimiento doble. El desamparado mundo le descubre, reconoce en él lo superior y extraordinario y
le sigue en el yermo. Se hace tan milagroso no gracias a misterios y fantasmagorías sino por la
simple oración. ¿Ha ganado algo con esto su alma? ¿No surgirá en él una soberbia espiritual? En
torno suyo se juntan los admiradores, que construyen su celda en las proximidades de la suya y a los
que, poco a poco, tiene que reconocer como discípulos, y de cuyos servicios no puede prescindir
ante la muchedumbre que le importuna; casi a regañadientes se convierte en un “padre”, en uno que
manda. Antonio, que aguantó esta nueva forma de existencia durante varias décadas, escapa en el
año 310 al pleno desierto y escoge (a un lado de Afroditópolis) una montaña rocosa cuyos
numerosos arroyuelos rodean un prado de palmeras; pero también aquí le descubren sus hermanos y
tiene que consentir a dos de ellos, Pelusiano y el intérprete Isaac, que habiten con él. Nuevamente se
inicia una gran peregrinación ininterrumpida; herejes y ortodoxos, altos funcionarios romanos y
sacerdotes paganos, sanos y enfermos, acuden en tal cantidad que vale la pena establecer un correo
de camellos desde Afroditópolis, a través del desierto, hasta su residencia. 763 No le queda más
remedio que instalar en la cumbre de la montaña, en lo alto de unas escarpadas escaleras, una celda
inaccesible, en la cual puede recogerse de tiempo en tiempo. El último suceso de su vida fue que
hubo que ocultar su enterramiento, pues un rico propietario de la vecindad estaba acechando su
cadáver con el propósito de erigir dentro de su finca, acaso con motivos de especulación, un
“martirio”, es decir, una iglesia con el sepulcro del santo. Los dos discípulos no dijeron una palabra,
ni siquiera acaso a San Hilarión.
Éste había emprendido un viaje hacia Egipto que tampoco era otra cosa que una huida de la
gente que se le allegaba y de la preocupación creciente por los miles de anacoretas que se le habían
juntado en el yermo de Gaza. Su biografía, una de las obras más interesantes de San Jerónimo,
describe vivamente el origen y el proceso de esta afluencia. Poco a poco se enteraron en Gaza y en
su puerto, Mayoma, que un santo varón habitaba en el yermo; una distinguida dama romana, que
andaba de viaje, y cuyos tres hijos sufrían de la fiebre, acude con sus sirvientas y sus eunucos donde
el santo varón y le convence, a fuerza de ruegos e imprecaciones, que venga a Gaza, donde
consigue curar a los niños. Desde ese momento,764 la peregrinación desde Siria y Egipto continúa
sin interrupción, pero tiene que defenderse con el mayor cuidado por hallarse en las fronteras del
paganismo. El gran dios Marnas, que tenía un templo en Gaza, comenzó a competir directamente
con San Hilarión, y en la alegre ciudad mercantil se produjo una división de la que apenas podemos
hacernos una idea.765 Se manifiesta sobre todo en aquel enjambre de posesos que solía ser llevado
donde San Hilarión y, de seguro, se trataba de hombres quebrantados mentalmente al verse atraídos
por dos religiones demoníacas. Teóricamente no se tenía conciencia de esto; el demonio, según las
ideas corrientes, entraba de propósito en los hombres y hasta en los animales o se dejaba llevar a
ellos malignamente por la acción de los magos y, una vez, el mismo Hilarión curó un camello que
estaba poseso. Se suele considerar al demonio como un doble, como una segunda persona diferente
del poseso y, por ejemplo, puede hablar sirio y griego cuando éste no sabe más que latín y franco.
Es una personificación de los malos dioses paganos y, esta vez, sobre todo de Marnas. De todas
maneras, también el santo se ha desviado de sus principios en su lucha con los ídolos y ha opuesto a
la magia pagana otra cristiana. Entre los empresarios del circo de Gaza, uno de ellos, un funcionario
pagano de la ciudad, era devoto de Marnas y contaba con un mago que aseguraba la victoria de sus
caballos mientras impedía la de los del contrario. Éste, un cristiano de nombre Itálico, acudió a San
Hilarión que en un principio se rió de él y le preguntó que por qué no vendía los caballos y
entregaba el producto a los pobres. Pero se dejó ablandar por la honradez del hombre, que prefería
recibir ayuda de un siervo del Señor que de un hechicero y afirmaba que estaba en juego el triunfo
del cristianismo en Gaza. Le ofreció un cubo lleno de agua, con la que roció los cabellos, los carros,
las cuadras, los aurigas y las vallas del circo. Cuando, ante la expectación general, tuvo lugar la
carrera, ganaron holgadamente los caballos del cristiano y los paganos exclamaron: “¡Marnas ha
sido vencido por Cristo!”, de suerte que en ese día se convirtieron muchos. Sin embargo, en otra
ocasión Hilarión había curado a un auriga mortalmente enfermo bajo la condición de que
renunciaría por completo a su oficio.766
Así como el ermitaño se convierte en taumaturgo casi contra su voluntad, así se convierte en
monje;767 las celdas de los que le han hecho compañía en el yermo forman poco a poco un
monasterium que se somete con el mayor fervor a su dirección.
En Egipto se contaba con el precedente no sólo de los “terapeutas” judíos, que habían llevado
una existencia de este género en el lago mareótico, sino con el de los que vivían encerrados en
celdas en el templo de Serapis; la forma más rigurosa de ascetismo, que había de encontrar en el
mundo cristiano una prolongación, si bien única. Además, el clima no sólo hace posible sino hasta
necesaria la mayor moderación, y el mismo carácter industrial del país facilitaba, como veremos, la
existencia de un proletariado soltero con ninguna o muy modesta propiedad. Ya en torno a las
diversas estaciones de Antonio se habían juntado numerosos anacoretas a los que dirigía mediante la
oración, el ejemplo y la admonición; pero en modo alguno veía la meta de su vida en darles una
constitución firme y en dirigirlos según un plan determinado. Esto es, más bien, un mérito que
corresponde a Pacomio, cuya vida abarca poco más o menos la primera mitad del siglo cuarto. En
su juventud había aprendido a apreciar el valor de la disciplina en su breve vida de soldado y la
realizó luego en el famoso distrito monacal de Tabenna, 768 en el alto Egipto, entre Tentyris y Tebas.
Ya durante su vida se reunieron varios miles de monjes y la regla que les otorgó fue recibida
también en otras colonias monacales que surgieron por entonces y más tarde. Son las más
importantes la de Arsinoe, en la región del lago Meris (en tiempos de Valente comprendía diez mil
habitantes); la gran colonia en el desierto nítrico, 769 al oeste del Delta; la llamada Eremica, no lejos
de Alejandría; finalmente, los monasterios dispersos y celdas solitarias en toda la playa del mar
interior770 y el lago mareótico, junto a algunas otras en el Mar Rojo y en el Sinaí. Pero a todas
superaba la susodicha Tabenna, donde en tiempos de San Jerónimo no menos de cincuenta mil
monjes solían celebrar allí la fiesta de Pascua, aunque no vivían todos en el monasterio central
(monasterium Maius) sino que venían de todos los monasterios de la congregación correspondientes
a Tabenna. Como vemos, no todas estas colonias están en el desierto; antes de terminar el siglo
cuarto hay monasterios en las ciudades, a los fines de luchar contra los vestigios y recuerdos del
paganismo como, por ejemplo, el templo de Canopo en la ciudad del mismo nombre, que fue
transformado en el monasterio Metanoia (penitencia). Por su disposición, los claustros egipcios son,
en parte, cenobios o monasterios, es decir, edificios grandes para muchos monjes y, en parte, lauros,
es decir, compuestos de muchas celdas a bastante distancia unas de otras y que, por lo tanto,
representan un verdadero eremitorio. En la época de que hablamos había en Egipto unos cien mil
hombres dedicados a este género de vida; junto a estos monasterios tenemos ya los primeros
conventos de monjas y uno de ellos contaba, hacia el año 320, con cuatrocientas bajo la dirección
de la hermana de Pacomio.
Un fenómeno histórico de tal amplitud tiene sus profundas razones histórico-nacionales y si
un pueblo sucumbiera en esta forma no sería más que la forma necesaria de su muerte. En Egipto,
toda la cuestión religiosa tenía que adoptar formas extremadas; salido del fanatismo pagano después
de terribles luchas, el egipcio no conocía límite alguno en su reacción y creía tener que entregar su
766 Hilarión en competencia con el sacerdote milagroso de Esculapio, es decir, de Serapis en Menfis, véase Vita, cap.
21.
767 La palabra monachus indica, como es sabido, al anacoreta; Únicamente más tarde significará también cenobita.
768 La cuestión de si se trata, en este caso, de una isla del Nilo, Tabena, o, más bien, de la población Tabeneso, la
aborda Valesio en Sozom. III, 14, decidiéndose en favor de la segunda hipótesis.
769 Se llama Nitria, a causa de las minas de nitrato, a toda la región montañosa alrededor de la ciudad Scetis o Scyatis.
Cf. especialmente Sozom. VI 31.
770 Sozom. VI 29 y 31. En Rhinocorura confluían con los monjes palestinianos.
197
vida a la nueva religión en un sentido análogo a la servidumbre simbólica de sus antepasados. Así
nació este sorprendente faquirismo, el último producto histórico-universal del viejo espíritu egipcio,
para el que, desde ese momento, comenzaron los siglos de pasividad.771
La regla que otorgó Pacomio a todo este enjambre era cosa de la mayor necesidad pero, al
mismo tiempo, significó el primer paso en el sentido de la desnaturalización y de la insinceridad;
desde ese momento, el ascetismo ya no es el resultado del libre entusiasmo individual, sino una ley
común que encadena a miles de hombres de índole distinta a una práctica uniforme. Y quien quiera
honrar la verdad tendrá que reconocer que Pacomio aceptó un término medio bastante bajo y que su
constitución presupone el predominio de una masa de no llamados, de indignos, que ante todo
quieren ser sujetados. Esto se consiguió al principio en forma conveniente mediante el trabajo de
que vivían los monasterios.772 Parece que con la aparición del monacato se produjo un gran cambio
en la industria egipcia. Desde que los monasterios no sólo producían cestas con los juncos del Nilo
sino que dominaron también la rama de los tejidos de lino y el curtido de pieles (para no hablar de
otros productos), muchas de las fábricas del país se vieron en mala situación, ya que los monjes
podían vender más barato en los mercados de Alejandría. El ecónomo de un gran monasterio, a
quien incumbía distribuir el trabajo y remitir los productos, tenía una posición parecida a la de un
gran fabricante. Los monjes que vivían solitarios podían vender directamente sus productos y, en
ocasiones, lograron una pequeña fortuna, contrariando la regla. Por lo demás, el principio
dominante era que el trabajo del monje no tanto se hacía por cubrir las necesidades de la vida como
por la salud del alma773 y que el excedente había que repartirlo entre los pobres. No se habla mucho
de agricultura; pero los monasterios instalados en el río cuidaron de los transportes en gran escala,
probablemente también por afán de lucro.
Junto al trabajo tenemos, además de mortificaciones de todo género, la oración y el culto
como elementos esenciales de esta vida artificiosamente unilateral. No podemos esperar
ocupaciones literarias, teniendo en cuenta el origen y la tendencia de esta gente; además ¿para qué
les podía servir, por ejemplo, la docta Alejandría con toda su sabiduría griega y oriental? El monje
perseguía fines e ideales que representaban la reacción más fuerte contra la supercultura y la
inmoralidad paganas, y si en otros terrenos nos tropezamos con puntos de entendimiento y hasta de
aproximación entre los dos mundos morales que se denominan paganismo y cristianismo, en este
terreno particular no encontramos más que una enemistad de principio y duradera. Cada línea de la
época anterior, desde los jeroglíficos hasta los escritos griegos, se hallaba impregnada de
paganismo, idolatría o magia, y no quedaban para la lectura (en la medida en que fuera permitida)
más que los libros edificantes cristianos, que en parte fueron redactados por estos monjes o
traducidos de otros idiomas al egipcio. Con el arte antiguo no se hallaban en mejores relaciones que
con la literatura; así, de la visita que hizo Amonio a Roma se celebra expresamente que no vio nada
fuera de las basílicas de San Pedro y San Pablo.774
La disciplina en sentido estricto 775 se propone sobre todo aislar sistemáticamente al monje de
todas sus conexiones anteriores, principalmente de las familias, impidiéndoselas con todo rigor y
conteniéndole por el trabajo. En virtud de este contenido predominantemente negativo la regla
produce una impresión seca y policíaca y ni de lejos se puede comparar con la regla de San Benito.
Los párrafos dedicados a la burla y a la diatriba entre monasterio y monasterio, a las riñas y al
encizañamiento nos recuerdan muy bien en qué país nos encontramos. Ninguna regla de Occidente
ha llegado al punto de hacer dormir a los monjes en asientos de madera cerrados como cajas.
También es genuinamente egipcio el secreto cultivado con un pretendido lenguaje místico que
habría enseñado un ángel a Pacomio y a sus discípulos Cornelio y Siro y que (a juzgar por los
771 Si no se quiere reconocer en la postura religiosa de los califas fatimitas una última aparición de este fenómeno.
772 Ἐξ οἰκείων ἱδρώτων, como lo deseaba San Serapio, Sozom. VI, 28.
773 Hieronymi Ep. 125 ad Rusticum.
774 Sócrates, Hist. eccl. IV, 23.
775 La Regula Pachomii y sus Praecepta, Monita, etc., deben ser completadas con Sozomenus III, 14.
198
ejemplos que encontramos todavía) no consistía en otra cosa que en una acordada designación de
algunas cosas y personas mediante las letras del alfabeto. Con el alfabeto habría jugado también
Pacomio al distribuir sus monjes según sus dotes y caracteres en veinticuatro clases, designándolas
por alfa, beta, gamma, etc. Pero resulta difícil creer que un hombre tan práctico haya actuado tan
poco psicológicamente.776
Sin duda que no debemos buscar ningún ideal de vida cristiana en estas colonias egipcias de
monjes. Pero junto a esto persistía el genuino espíritu anacoreta y tenemos que reconocerle una alta
legitimidad frente al mundo de entonces. Los más famosos eremitas del siglo cuarto pasan parte de
su vida en los monasterios, o por lo menos en los lauros, pero se retiran antes o después a la soledad
y el monasterio les provee de pan y de sal. Tampoco en esta situación se hallan siempre a resguardo
de la soberbia del espíritu, de tentaciones espantosas y de fervores fantásticos; sus penitencias son,
en parte, verdaderamente asesinas; pero no sólo se consideran, por lo general, contentos y como
habiendo llevado una vida digna, sino que también nos dejan algunas bellas y profundas palabras 777
que revelan que su dicha no era pura imaginación sino que surgía de una ocupación constante con
las cosas más altas. Los nombres de Ammón, Arsenio, Elías, los dos Macarios y otros muchos,
pertenecen por siempre a los recuerdos memorables de la iglesia.
Una tercera forma del monacato egipcio la tenemos en esos remoboth, un poco malfamados,
que vivían de a dos o tres en ciudades y castillos, sin sujeción a regla alguna y siguiendo su propia
“inspiración” y que, por lo mismo, se peleaban a menudo. Se mantenían de la artesanía, que les era
mejor pagada por su aparente santidad. Se dice que con sus ayunos buscan ganar fama y también
que en los días de fiesta se dan a la gula sin mayor inconveniente.
No corresponden a este lugar los desarrollos ulteriores del monacato egipcio, sus sectas y su
intervención en las disensiones eclesiásticas generales.
En Palestina, ya en tiempos de San Hilarión, el monacato adopta una posición distinta en el
aspecto económico y cobra así una fisonomía diferente. Predominan la labranza y los viñedos;
muchos monjes han conservado su peculio personal y apenas si son otra cosa que labradores célibes
con siervos retribuidos. El fundador seguía viviendo en el yermo y le pesaba bastante que éste se
fuera poblando por su causa. Las fincas de algunos de sus compañeros, donde prosperan la vid y los
frutos silvestres, conocieron una mejor situación. Parece que con el tiempo se formó en torno suyo
un monasterio pero, por lo demás, los monjes de Palestina constituyen un lauro muy disperso y
poco compacto. En Egipto, Pacomio podía reunir a todos los monjes de su congregación en la fiesta
de Pascua, y en la fiesta del perdón del mes Mesore (Agosto) podía citar a todos los directores y
empleados en Tabenna, mientras que en Palestina Hilarión tenía que emprender visitas periódicas de
inspección. Solía acompañarle un séquito de dos mil monjes, que en un principio llevaban sus
propias viandas pero que acabaron siendo provistos por los campesinos del trayecto. Como el santo
no quería descuidar ni la celda más solitaria, a menudo su visita le llevaba a las aldeas sarracenas,
donde se presentaba como apóstol.
En toda el Asia romana y hasta dentro del dominio de los Sasánidas hubo desde el comienzo
del siglo cuarto anacoretas sueltos778 y no mucho después monasterios e instalaciones parecidas a
los lauros egipcios. De este tipo es esa colonia de monjes de la montaña Sigorón, que llega hasta
Nisibis; se denominaba a estos monjes “los segadores” porque a la hora de la comida salían con una
hoz para recoger la hierba que componía todo su alimento. 779 Entre los monjes de Siria se hicieron
pronto famosos los de Edesa, gracias al gran conjurador de demonios Juliano. En Armenia,
Paflagonia y el Ponto tenemos al riguroso Eustacio, obispo de Sebastia, como fundador principal
776 Sobre el simbolismo infantil del hábito véase en Sozom. III, 14.
777 Mantenido en las diversas redacciones de las Vitae Sanctorum patrum, también en el Leimonarion de Johannes
Moschus.
778 Así, por ejemplo, el Olimpo bitínico, Eutiquio y Auxanon. Cf. Sócrates I, 13.
779 Esto lo generaliza Evagrius I, 21.
199
del monacato, en Capadocia y Galacia, más tarde, a Basilio el Grande, que estaba destinado a
moldear de modo durable la vida ascética oriental. En estas regiones frías, donde no era tan fácil
llevar una vida en celdas solitarias, los monjes formaron monasterios y la mayoría en villas o
aldeas.
En el Occidente, más sensato, este ejemplo extremado sólo fue imitado lentamente. Hasta la
segunda mitad del siglo cuarto no surgen monasterios dentro o en los aledaños de las ciudades, y las
pequeñas islas rocosas del Mediterráneo, que hasta entonces sirvieron de puntos de destierro, se
pueblan de eremitas. Occidentales entusiastas viajan al Oriente para conocer la vida ascética o para
terminar allí sus días. Hasta en medio del tráfago de las ciudades, hombres, vírgenes y viudas se
entregan a una vida tan rigurosa y fervorosa que nada tiene que envidiar a la de los monasterios. Es
la época de San Martín de Tours, de San Ambrosio, también de San Jerónimo, que conoció y
describió todo este régimen de vida con sus luces y sombras; al ocuparnos de Roma y de Palestina
volveremos brevemente sobre este tema. Las Galias pronto tuvieron el sentimiento triunfal de haber
alcanzado al Oriente y acaso de haberlo superado.780
Sería completamente desplazado en este lugar un examen general del valor ético-religioso y
de la necesidad histórica del monacato y de todo el ascetismo. Las opiniones al respecto tienen que
enfrentarse siempre sin conciliación posible. Una cierta disposición de ánimo sentirá aversión a
cosas semejantes en la vida y en la historia, pero habrá otra que las amará y las ensalzará. Pero
quien, desde el punto de vista cristiano, quisiera criticar a aquellos viejos héroes del yermo, cuídese
de no caer en la postura más inconsecuente. No existe todavía la doctrina de la expiación erogatoria
y el asceta se halla trabajando en su propio nombre; la penitencia le concede tan poco derecho a la
beatitud como cualquier otra obra buena y, sin embargo, se afana por una negación completa de los
sentidos y de todas las relaciones mundanas. ¿Por qué todo este rigor? Porque se ha cortado toda
relación con el mundo al tomar en serio ciertas palabras del Evangelio y de poco sirven las
componendas. Ahora bien, mientras perdure el cristianismo habrá comunidades, sectas y personas
que no se podrán sustraer a esta interpretación rigurosa.
SECCIÓN DÉCIMA
La Corte, la Administración y el Ejército.
Constantinopla, Roma, Atenas y Jerusalén
Constantino “el Grande”. Títulos y dignidades. Los “amigos” del emperador y sus
catástrofes. El régimen de hacienda. La nueva división del Imperio y la separación de poderes. El
régimen militar. Constantinopla y los motivos verosímiles de su fundación. La primera piedra y la
consagración de la ciudad como fiestas medio paganas. Tyche. Poblamiento forzado y saqueo
artístico. Sopater y Canonaris. Roma en el siglo IV. El obispado de Roma y su valor. Configuración
exterior de la ciudad. Los romanos. Degeneración de la comunidad cristiana; el ascetismo. La
plebe romana; panem et circenses. Las clases altas; el senado. La educación. La vida rústica.
Atenas, su población y su universidad. Palestina como patria de los peregrinos.
Solía decir Constantino: “Hacerse emperador es cosa del destino, pero aquél a quien la fuerza
del hado ha colocado en la necesidad de mandar, esfuércese por aparecer digno del Imperio.”781
Sopesándolo todo, él era, entre todos los contemporáneos y corregentes, el más digno del
Imperio, aunque a veces haya hecho un uso tan espantoso de él. El apelativo de “Grande” que, a
pesar de tanta adulación, quedará para tan pocos hombres, a él le corresponde sin disputa. 782 No es
la alabanza excesiva de parte de los escritores cristianos lo que decidió al respecto sino la impresión
poderosa que recibió el mundo romano de la figura de Constantino. Ese mundo primero fue
conquistado por él, después investido con una nueva religión y reorganizado en los aspectos más
importantes. Ante estas pruebas de energía habría que llamarle “Grande” aun en el caso de que todo
lo que hiciera se hubiera disipado en la sombra. En una época menos extraordinaria difícilmente
hubiese logrado Constantino semejante posición histórica, a pesar de todas sus dotes; tendría que
haberse contentado con la fama de un Probo o de un Aureliano. Pero como “la fuerza del hado”,
según él se expresa, le puso en el linde de dos edades del mundo y le prestó un ancho imperio, su
índole señorial pudo manifestarse en una incomparable diversidad de aspectos.
Pero tampoco es tarea nuestra describir la historia de su vida; también pasamos por alto todo
el retrato fantástico que la Edad Media trazó del héroe, su pretendido bautismo por el papa Silvestre
en Roma, la donación de Italia al Papa, etc. 783 Así como hasta ahora no ofrecimos más que el perfil
necesario de sus relaciones con el trono y con la iglesia, tampoco haremos más que ocuparnos
brevemente del resto de su gobierno. Por lo demás, el juicio histórico sobre la mayoría de las
cuestiones pertinentes no se halla firmemente establecido y hasta los mismos hechos son, no pocas
veces, discutibles.
Así en lo que se refiere al perfeccionamiento del ceremonial y de las dignidades de la corte.
La llamada notitia dignitatum, un calendario de la corte y del estado de principios del siglo quinto,
enumera completa una jerarquía de los cargos de palacio y del estado que es posible que, en general,
haya cobrado su forma de manos de Constantino, aunque es cosa que tampoco se puede demostrar
directamente.784 De las diversas dignidades sabemos que muchas de ellas existían ya bajo
781 Hist. Aug. Heliogab. 33.
782 Ya fue deliberadamente destacado por su contemporáneo Praxágoras, véase Müller, Fragm. hist. graec. IV, p. 2: τὸν
μέγαν Κωνσταντῖνον, τῆς μεγάλης ἀρχῆς τὸν ἄξιον ἐπιζητούσης, κ. τ. λ. si no se trata de una interpolación del
copilador Photius.—Pero de todos modos lo encontramos ya en Eutrop.: Vir ingens, etc.
783 La pequeña novela de un autor anónimo (¿del siglo trece?) De Constantino magno eiusque matre Helena no es
siquiera una leyenda sino —con excepción de la frase final— una pura invención poética completamente arbitraria.
784 Los datos accesibles de la Notitia, entre otros en Kortüm, Römische Geschichte, pp. 412 ss. Fiedler, Römische
Geschichte, en los apéndices.
201
Diocleciano, y aun mucho antes, desde Adriano.785 De todos modos la tabla, por lo mismo que no se
conocen estos antecedentes, tiene algo de sorprendente ya que revela la fastuosidad del despotismo.
Por todas partes resuena el adjetivo sacer cuando bastaría con decir “imperial”; varias dignidades
son designadas, por ejemplo, por sacrum cubiculum, etc. Pero para llegar a una conclusión firme,
para enterarnos de cómo marchaban las cosas en la corte tendríamos que saber cuáles de los
numerosos cargos tenían una competencia efectiva y cuáles eran meros títulos. Conocemos todavía
hoy cortes que, a pesar de mostrar una organización efectivamente económica y modesta, cuentan
con una cantidad extraordinaria de cargos honoríficos. Y en qué forma el mundo romano de
entonces se acostumbró al sistema de títulos como símbolos de una jerarquía nos lo dicen los títulos
corrientes de illuster, spectabilis, honoratus, clarissimus, perfectissimus, egregius y los tratamientos
de amplitudo, celsitudo, magnitudo, magnificentia, prudentia tua, etc., que eran, en parte, obligado
acompañamiento de ciertos cargos. A propósito de Diocleciano hablamos brevemente de la
importancia de estas innovaciones; tenemos que presumir también que en este caso los príncipes en
cuestión no innovaron tanto como corroboraron y dieron forma y regla a lo que se respiraba en el
ambiente. Cierto que Constantino se puso a la obra con plena conciencia; “Inventó (dice Eusebio,
IV, 1) diversos títulos de honor al objeto de honrar a muchos.”
Por otra parte, los privilegios de los cortesanos, manejados consecuentemente y ampliados,
tenían que producir poco a poco una nueva nobleza hereditaria; 786 no solamente han sido liberados
del abrumador sistema fiscal y de las cargas municipales y colocados en una esfera superior y
esclarecida, sino que también han sido protegidos contra la calamidad del común de los mortales,
las calumnias; los privilegios no eran sólo para ellos sino también para sus hijos y nietos y
persistían una vez resignadas las funciones. Ya se contaba con una aristocracia que descansaba en
una creación fiscal de carácter hereditario, la aristocracia de las familias senatoriales; y ahora todo
conspiraba en favor de la creación de una segunda aristocracia de palaciegos y altos funcionarios.
Pero Constantino supo mantener las cosas en equilibrio por lo que respecta a su persona. Su corte
era un terreno muy resbaladizo y quien por ella andaba tenía que hacerlo con precaución, cuidando
de no caer. Cerca de sí tenía toda una serie de “amigos”, “leales”, “gentes de confianza” y otras
especies parecidas. No era uno de esos tiranos herméticos; junto a su constante leer, escribir y
meditar787 sintió también las necesidades de un ánimo expansivo. Pero ello no excluía una gran
desigualdad y duplicidad; existen caracteres singularmente compuestos con una mezcla de entrega y
falsía, de necesidad de expansión y de egoísmo artero, cosa que un señor violento del tipo de
Constantino suele encubrir invocando la razón de estado.
Así vemos cómo Constantino eleva y enriquece a sus amigos 788 y hasta les permite
aprovecharse de la caja imperial; abusos éstos que arrancan profundos suspiros a Eusebio 789 y que
Amiano (XVI, 8) fustiga como cáncer del Imperio. Pero de pronto estallan las catástrofes que hacen
temblar a toda la corte; los “amigos” son ejecutados y —nos atrevemos a afirmar— sus fortunas
confiscadas. Acaso aquellas prédicas del emperador, de las que nos hemos ocupado antes, servían
de prenuncios o eran ya el anuncio directo de la caída. Quien fuera alerta podría estar advertido; en
la conversación Constantino prefería las burlas a la amabilidad: irrisor potius quam blandus.790 La
ley del año 325791 ha sido dictada con un humor bastante sombrío: “Quien, cualquiera sea su
procedencia, clase o rango, pueda demostrarme con verdad la injusticia de algún juez, de algún alto
785 Véase el famoso párrafo en Aurel. Vict., Epit. 14.—Cf. Preuss, Kaiser Diocletian, pp. 95 y ss.
786 Cf. Cod. Theodos. VI, 35. Leyes de los años 314, 319, 321, 328.
787 Aurel. Vict., Epit. 41.—Constantino tenía por lo menos una sana aversión contra los eunucos (Euseb., Vita Const.
IV, 25; Hist. Aug. Alex. Sev. 66), los que jamás pudieron prevalecer en su corte.
788 Eutrop. X, 7.—Cf, Jul., Césares, al final.
789 Euseb. Vita Const. IV, 29, 31, 54, 55, después de haber celebrado en IV, 1 la generosidad de Constantino de un
modo completamente infantil.
790 Aurel. Vict., Epitome.—Su apodo Tracala significa probablemente infexible, orgulloso.
791 Cod. Theodos. IX, 1.
202
funcionario, de algún amigo o cortesano mío, que venga sin temor y se dirija a mí; personalmente le
escucharé y me informaré de todo y, si se demuestra, yo mismo me vengaré...; me vengaré en el que
me ha engañado hasta ahora con una hipócrita inocencia. Pero quien aporte la denuncia y la
compruebe será recompensado con dignidades y bienes. Y así para que la divinidad suprema me sea
siempre propicia y me conserve para dicha y prosperidad del estado.” No sabemos si alguien prestó
oídos a estas apasionadas incitaciones y, en general, desconocemos toda la historia interna de la
corte. Pero no mejoraron las cosas. Precisamente en la última década de su vida se escarnece a
Constantino792 como pupillus, es decir, como alguien que necesita de tutor, a causa de la
prodigalidad del gobierno. Toda la situación tiene algo de misteriosa; un autócrata tan enérgico, que
está tan lejos de permitir un gobierno de favoritos y que, sin embargo, tolera y provoca
manipulaciones semejantes para intervenir de pronto con una espantosa justicia, ocurriendo en
ocasiones que se arrepiente de su precipitación y levanta estatuas a los ejecutados, 793 como en el
caso del asesinato de Crispo. Podemos suponer en estas cosas un plan calculado o un temple
disparejo y precipitado, pero sabemos demasiado poco de Constantino para decidirnos por una
explicación u otra y preferimos admitir, como señalamos, un proceder de típica duplicidad. 794 Con
un poco de pragmatismo y otro poco de fantasía sería fácil escribir una novela cortesana
aprovechando las noticias dispersas sobre Crispo, Elena, el prefecto Ablavio, el usurpador Calocero
y el sucesor al trono Dalmacio, novela que podría ser muy interesante, sin duda, pero también falsa
de punta a cabo. En todo caso existía la opinión general de que Constantino no fue, ni con mucho,
en el último decenio, el regente que había sido en la flor de su vida. 795 Acerca de la degeneración
completa de la corte bajo sus hijos nos ofrece Amiano (por ejemplo en XXII, 4) el testimonio más
completo.
Pasamos por alto el régimen fiscal, que estaría en estrecha relación con todos estos sucesos de
la corte, porque nos faltan los datos esenciales, pues, por ejemplo, no sabemos si los nuevos
impuestos creados por Constantino constituyeron en conjunto un alivio o una carga mayor. También
para esta época el verdadero balance del Imperio romano sigue siendo un misterio. Como dijimos,
en el sistema heredado había muchas cosas defectuosas; de lo que se introdujo probablemente en
tiempos de Constantino o prosperó grandemente bajo él, el monopolio de numerosas ramas
industriales que el estado se reservó para sí y trabajaba con sus propios siervos, es algo que hay que
rechazar. Pero no hay que olvidar que sólo nuestro actual conocimiento de la economía pública
acaba de suprimir este y otros capítulos parecidos. 796 La forma de cobro de las contribuciones, sobre
todo la solidaridad de los decuriones por las contribuciones de su distrito, era acaso mucho peor que
la voracidad de dinero del estado. Toda una serie de leyes 797 de Constantino nos instruye por qué
medios, en parte desesperados, trataba de sustraerse la gente al decurionato, casándose con esclavas,
refugiándose en el ejército, entrando en el senado, trasladándose a ciudades menos oprimidas,
ocultándose y, más tarde, hasta pasándose a los bárbaros. Durante cierto tiempo pudo también
salvarse uno entrando en el estado eclesiástico, pero una afluencia exorbitante provocó una
prohibición repentina. El estado se halla siempre interesado en impedir a todo trance que las gentes
escapen a esta responsabilidad fiscal. Las lamentaciones locales aumentaron cuando las iglesias
cristianas locales tuvieron que ser dotadas con los bienes municipales, lo que parece que ocurrió en
bastantes casos.798
792 En Aurel. Vict. Epit. 41.
793 Anonym. Bandurii, p. 61 y en la misma colección p. 83.
794 Podemos permitirnos una hipótesis. Cuando Constantino se hizo cargo de la corte y de los generales de Licinio, en
324, ¿trataría de asegurarse de esta gente por medio del soborno? Sus relaciones frente al clero del Imperio
liciniano no eran muy limpias, como hemos visto.
795 Eutrop. X, 7, y de un modo más fuerte Aurel. Vict., Epit. 41: en los primeros diez años es tratado de excelente, en
los siguientes doce de ladrón, y en los últimos diez de pupillus, debido a su prodigalidad.
796 Sobre el sistema de hacienda de Constantino cf. Manso, ob. cit., pp. 181 ss.
797 Cod. Theodos. XII, 1. De los años 317 a 331.
798 Según una manifestación, quizá demasiado general, de Sozomenus, V, 5. Cf. Manso, ob. cit., pp. 228 ss.
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También unas pocas palabras para la nueva división del Imperio. Ahora es cuando las diócesis
y el centenar y pico de provincias de Diocleciano se agruparon en cuatro grandes prefecturas, lo
que, visto desde fuera, admite toda clase de razones en pro y en contra; pero ya es una cuestión
diferente saber si, con tales razones, damos con los verdaderos motivos de Constantino en cada
caso,799 pues lo cierto es que no ha realizado este gran cambio por puro afán de novedades. Es de
suponer que el número de funcionarios aumentara grandemente con esta ocasión, pero en qué
medida fuera ello algo inútil y oprimente es cosa difícil de fijar. El juicio no tiene base suficiente
porque desconocemos casi siempre totalmente y otras veces de modo imperfecto la competencia, la
actividad y los sueldos de este mundo de funcionarios y no tenemos ninguna idea de la proporción
entre su número y el de los súbditos. Probablemente muchos y muy poderosos de entre ellos eran en
tiempos de Constantino gente venal y corrompida, lo mismo que en tiempo de sus predecesores y
sus sucesores.
Muy importante, y totalmente clara, es la separación entre las autoridades civiles y las
militares.800 Los antiguos praefecti praetorio, que en otro tiempo funcionaron como primeros
ministros y dominaron a menudo al emperador, conservaron su título, pero ya no son más que los
jefes máximos de la administración de las cuatro grandes prefecturas de Oriente, Iliria, Italia y
Galia; el nombre ha cambiado por completo de significado. En lo que respecta al ejército tenemos
dos grandes generales, el magister equitum y el magister peditum; el hecho de que fueran dos y que
sus atribuciones no se definieran localmente sino por la caballería y la infantería, revela la intención
de este cambio; se dificultó o se hizo imposible toda idea de usurpación, pues nada podía hacer el
uno sin el otro. Esta separación de la administración civil y militar penetraba en todos los aspectos;
ya no podían ser una preocupación para el trono aquellos grandes funcionarios provinciales que, en
calidad de procónsules, propretores, rectores, etc., disponían también del mando militar de su
circunscripción y sólo la tenían dividida con los legados, que les estaban subordinados. Las
consecuencias de esta separación para la suerte del Imperio hubieran sido todavía más patentes de
no haber sustituido la dinastía de Constantino la ausencia de usurpaciones militares 801 con sus
crueldades familiares.
En lo que se refiere al aspecto militar más parecen advertirse retrocesos que progresos, a pesar
de las dotes bélicas de Constantino. No corresponde a este lugar la disolución de los pretorianos
iniciada bajo Diocleciano y completada después de la victoria sobre Majencio; era una cuestión de
necesidad política y el Imperio no perdió mucho con aquellas gentes personalmente bravas pero
muy díscolas. Como es natural, se formó una nueva guardia, los palatinos. 802 El resto del ejército se
distribuyó, con los viejos nombres de legiones, auxilios, etc., por su acuartelamiento (según parece)
en comitatense, que tenía su guarnición en las ciudades del interior, y en seudocomitatense, al que
pertenecían principalmente las tropas de las fronteras y sus castillos. En el gran registro de los
pecados de Constantino con que cierra el pagano Zósimo la historia de su vida, se recrimina ese
acuartelamiento de los comitatenses en las grandes ciudades (II, 34); con esto las fronteras están
medio desguarnecidas y abiertas a los bárbaros, mientras que las ciudades son oprimidas
lamentablemente sin necesidad alguna y los soldados aprenden a gustar del teatro y de la buena
vida.803 Otra cosa sucedía cuando Diocleciano, pues todas las tropas estaban apostadas en la
frontera, de suerte que los ataques de los bárbaros fueron rechazados inmediatamente. No es posible
aceptar, sin más, ni tampoco rechazar la legitimidad de este reproche. Es posible que las grandes
ciudades necesitaran ser protegidas. Es poco probable que, según nos cuenta ese autor (II, 31), 804
Constantino se hiciera tan indolente al final de sus días que huyó con todo su ejército ante unos
799 En su última disposición sobre el reparto del Imperio parece que el emperador se orientó por las prefecturas.
800 Hasta qué punto fue iniciada ya por Diocleciano, cf. Preuss. ob. cit., p. 120.
801 Ya se produjo, bajo ciertas condiciones, la de Magnencio.
802 Lange, Hist. mutationum rei milit. Romanor., pp. 100 s. De un modo diferente, Manso 1. c., pp. 140 s.
803 Joh. Lydus, De magg. II, 10; III, 31, 40, lamenta de un modo especial el abandono de las fronteras del Danubio,
indicando que las tropas que defendían estas fronteras habían sido repartidas por el Asia.
204
cientos de taifales; sabemos, cuando menos, que hizo grandes preparativos poco antes de su muerte
para una guerra contra los persas.805 La barbarización creciente del ejército romano era el resultado
necesario del despoblamiento en el interior y del asentamiento de bárbaros 806 con que se le quería
hacer frente; también es cierto que a los pueblos libres del otro lado de la frontera se les despojó de
su juventud belicosa mediante el alistamiento. Sobre todo, parece que los francos ocuparon una gran
posición en su ejército;807 al menos ocurrió más tarde, bajo la dinastía constantiniana, que algunos
oficiales francos tuvieron gran valimiento en la corte. El interés de la conservación del estado
prevaleció sobre el de la nacionalidad romana, y también en lo que respecta a ésta se podía esperar
que poco a poco se asimilarían los elementos bárbaros incorporados, como sucedió ya en las
conquistas del tiempo de la República y en los primeros siglos del Imperio.
Tampoco podemos decidir si Constantino sentía realmente una preferencia por los bárbaros y
en qué sentido. Fue acusado de ser el primer emperador que elevó a los bárbaros al rango de
cónsules,808 pero es cosa que no se puede demostrar. En los registros de cónsules de su época no
encontramos —con excepción de personajes imperiales que se presentan a menudo— más que
puros ciudadanos romanos de alto rango. Es cierto que repartió otras dignidades entre bárbaros y
posible también que no fueran éstos sus nombramientos más discutibles. Compró por miles a sus
gentes victoriosas, en el mismo campo de batalla, soldados bárbaros cogidos prisioneros. 809 Es
posible que haya pensado en la eventualidad de llenar de bárbaros el despoblado Imperio y hasta en
convertirlos en casta dominante, sin perjuicio de aquél, pero no podemos encontrar indicaciones
claras al respecto. La negación más fuerte de la genuina naturaleza romana no radica en esta actitud
ante lo no romano sino en la fundación de la “nueva Roma” en el Bósforo. Vamos a ocuparnos de
esto.
¿Qué sentido podía tener la fundación de una nueva capital en aquellas circunstancias? No
tiene mucha importancia, en la ocasión, el simple cambio de residencia del príncipe. Se podía
presumir que la residencia del emperador tendría que orientarse a menudo y por largo tiempo, dada
la situación de guerra, hacia las diferentes fronteras. Y si bajo Constantino reinó en general una
tregua sorprendente, cierto es que los emperadores del siglo cuarto no pudieron gozar mucho de la
nueva capital y sus excelencias. Además, un mero cambio de residencia hubiera ofrecido un carácter
muy distinto; Constantino hubiera construido en Bizancio un nuevo palacio, como lo hizo
Diocleciano en Nicomedia,810 hubiera embellecido la ciudad y hasta la hubiera fortificado mucho,
dejando a sus sucesores el cuidado de hacer algo parecido en otro lugar. Pero en el caso actual la
gran ventaja consistía en la seguridad militar que ofrecía al gobierno central la situación
incomparable de la ciudad.
Pero toda la cuestión acerca de la elección del lugar se dificulta extraordinariamente a causa
de nuestra incertidumbre sobre los planes políticos últimos de Constantino. Derrama verdaderos
ríos de sangre para restablecer la unidad del Imperio y, sin embargo, lleva a cabo luego una
misteriosa división. ¿Había adoptado ya su resolución cuando fundó la nueva capital? He aquí una
cuestión cuya solución no podremos obtener nunca. El dueño del mundo no estaba ya en situación
804 Juliano considera en los Césares que Constantino hizo ridículamente poco contra los bárbaros y que los había
comprado con tributos.
805 Cuyos motivos, entretejidos con fábulas, pasamos deliberadamente por alto. Cf. Joh. Lydus 1, cap. III, 33. Algunos
pasajes en Pauly, Realencyclopedie VI, p. 794.
806 Euseb., una interpretación muy edificante, Vita Const., IV, 6.
807 Sobre el origen de muchas otras secciones bárbaras del ejército, que aparecen durante el siglo cuarto, cf. el
comentario de Boecking a las Notitia dignitatum in part. Orient., cap. 4-8, 25-39; in part. Occid., cap. 5-7, 24 ss.
808 Ammian. Marc. XXI, 10.—Que más de un bárbaro, revestido de honores romanos, olvidó volver a su tierra, nos lo
dice en general Euseb. Vita Const. IV, 7.
809 Euseb., Vita Const. II, 13.
810 Sobre la triste decadencia de esta ciudad después de Constantino, cf. Amiano Marc. XXII, 9.
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de asegurar la suerte de su dinastía porque se trataba, de un linaje bastante averiado. Tenía que dejar
las cosas de modo que no importa qué heredero se hiciera dueño del Imperio y de Constantinopla.
Las razones geográficas que se suelen hacer valer no deben ser sobreestimadas. Cierto que
Bizancio se halla más próxima que Roma de las fronteras más amenazadas; desde ella se podía
vigilar mejor a los godos del Danubio y del Ponto y a los persas. Pero tampoco se había liquidado a
francos y alamanes, a pesar de todas las victorias, al grado de poder considerar como
completamente seguras fronteras renanas tan lejanas. Además, cabe preguntarse si estaba bien que
la capital se asentara en una de las regiones más amenazadas del Imperio, en la que, hacía unos
cuantos años todavía, habían campado por sus respetos los piratas godos. Cierto que esta vez fue
fortificada en tal forma que durante nueve siglos se estrellaron ante sus muros innumerables
avalanchas de pueblos.
Pero Bizancio poseía una significación geográfica distinta que la de ser un reducto
inexpugnable. Recordemos qué papel desempeñó el llamado triángulo ilírico, es decir, la región
situada entre el Mar Negro, el Egeo y el Adriático, durante el siglo tercero; sus caudillos y soldados,
incluida la misma familia de Constantino, habían salvado y gobernado el Imperio; había de
pretender, pues, la residencia, y por eso Constantinopla no es sino la expresión y la corona de honor
de Iliria. Una manifestación de Zonaras autoriza esta suposición; parece que Constantino pensó en
un principio en una ciudad del interior, Sárdica (la actual Sofía de Bulgaria), 811 idea que le inspiró
seguramente la consideración por la nación preferida del Imperio.
La ciudad de Constantinopla, cualquiera fuera su emplazamiento, no habría de ser una mera
residencia sino la expresión de la nueva situación que se había establecido en el estado, en la
religión y en la vida.812 Sin duda que su fundador tuvo de esto una clara conciencia; hubo de crearse
un lugar neutral sin premisa alguna, pues no contaba con ninguno. La historia, merecida o
inmerecidamente, ha impreso a este hecho el sello de lo grande, de lo histórico-universal; ha
desarrollado en la ciudad de Constantinopla un espíritu político-eclesiástico peculiarísimo, un
género propio de cultura, el bizantinismo que, guste o no guste, hay que considerar, sin embargo,
como una potencia universal. Arriba, el despotismo, infinitamente reforzado por la unión del poder
eclesiástico y del secular; en lugar de la moralidad, la ortodoxia, en lugar de una vida natural
ilimitadamente degenerada, la hipocresía y la apariencia; frente al despotismo, una codicia que se
presenta con modestia y una profunda duplicidad; en el arte y la literatura religiosos, una tenacidad
increíble para la repetición de lo fenecido; en total, un carácter que recuerda mucho al egipcio y que
tiene de común con él una de las propiedades supremas: la resistencia. Pero no tenemos que
ocuparnos de las perspectivas históricas ulteriores sino de los comienzos.
Se suele suponer que Constantino sintió un expreso desvío por Roma y que los romanos lo
habían provocado o habían respondido a él con su indignación por el abandono de las ceremonias
paganas. Pero ya no necesitaba de los romanos. Desde Diocleciano eran cosas reconocidas la
necesidad de la división del Imperio y la inadecuación de Roma para residencia. El gobierno
intermedio de Majencio había mostrado, para gran daño de Roma, cuán peligrosamente se podía
abusar del viejo prestigio de la señora del mundo cuando los emperadores se alejaban por el Oriente
y por el Norte, pero bien sabía Constantino que una vez disuelta la guardia pretoriana nada grave
había que temer.813 Nadie esperaba en serio que trataría de residir en Roma. El centro de los asuntos
máximos del Imperio radicaba, desde hacía tiempo, en el gabinete de Diocleciano, es decir, de
preferencia en Nicomedia; más tarde, Constantino, señor de Occidente, había visitado de tiempo en
tiempo Roma, junto con Licinio, pero la mayor parte del tiempo había residido en las Galias o en
los campamentos. También puede ser que, después de su victoria sobre Licinio, no pudiera negar al
811 Cf. también el anónimo en Müller, Frag. hist. graec. IV, p. 199. Constantino acostumbraba decir por entonces: “Mi
Roma es Sárdica”. No se trata de la región de Sardes en la Asia Menor.
812 La poca importancia que daba a la idea de residencia, se deduce ya del hecho de que la nueva ciudad debería recibir
“el mismo rango de Roma” (Sozom. II, 3), mientras que Roma ya no era residencia.
813 La composición de la guarnición posterior de Roma, en Preller, Die Regionen der Stadt Rom, pp. 30, 31, 93 ss.
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Sagitario pero Cáncer dominaba la hora. Poco antes había sido ejecutado el heredero del trono y
acaso también ya la emperatriz. Era por el tiempo en que Constantino se había amigado con el
neoplatónico Sopater, y éste, efectivamente, actúa en la fiesta como telesta,821 es decir, que ejecuta
ciertas acciones simbólicas que habrían de asegurar mágicamente el destino de la nueva ciudad.
Además de él se menciona a un hierofante, Pretextato, probablemente un pontífice romano. Más
tarde se formó una leyenda822 que aseguraba que debajo de la columna de pórfido del foro de
Constantinopla que sostenía la estatua del fundador, se hallaba el paladion que había hecho traer
secretamente de Roma. Hubiera sido un verdadero telesma, parecido a tantos otros que se habían
practicado en la antigüedad para espantar calamidades y atraer la dicha; por ejemplo, según
Apolonio de Tiana, gracias a estos medios se había conjurado en Bizancio 823 el desbordamiento del
río Lico, y con ellos se remedió la plaga de pulgas y mosquitos, las enfermedades de los caballos y
otras calamidades por el estilo.
Pero esta vez no se trataba de tales pequeñeces sino del destino del mundo, que había que
encadenar a esta ciudad. Su vieja historia, que despertaba ahora tan gran interés, los viejos mitos y
oráculos, que parecían aludir a ello, todo parecía presagiar un gran porvenir, ahora a punto de
culminación. Bizancio había atraído ya las miradas del mundo al recuperarse poderosamente de su
desgracia en los tiempos de Septimio Severo y Galieno, especialmente con su defensa heroica frente
al primero, y ahora se hallaba destinada a ser la señora de ese mundo.
No intentaremos describir la ciudad vieja o la nueva; mencionaremos, brevemente, nada más
que lo característico de Constantino en esta gran empresa.
Él mismo señaló, con una lanza, el contorno de las murallas. Acaso no sea totalmente fútil una
leyenda que se enrosca a este hecho;824 sus acompañantes consideraron que se iba desviando y uno
se atrevió a preguntar: “¿Hasta dónde va a llegar, Señor?”, a lo que contestó: “Hasta que se pare el
que va delante de mí”, como si fuera viendo por delante algún ser divino. Es muy posible que le
pareciera conveniente que los demás creyeran en algo semejante o hicieran como que lo creían.
Dejemos estar si las demás ceremonias no fueron más que una repetición de las que tuvieron lugar
cuando la fundación de Roma, según las describe Plutarco en el capítulo 11 del “Rómulo”. 825 El 11
de Mayo del 330 tuvo lugar, con grandes fiestas y magníficos espectáculos en el circo, 826 la
consagración de lo construido y la imposición de nombre: Constantinopla. Que Constantino
consagrara la ciudad a María, Madre de Dios, es una invención posterior. A las claras, la consagró a
sí mismo y a su fama, por encima de todo. No le bastó con que le recordaran el nombre y cada
piedra de la ciudad y que le estuvieran dedicados numerosos monumentos, sino que todos los años,
en el día de la consagración, una gran estatua suya, sobredorada, llevando en su mano derecha
extendida a Tyche, es decir, el genio protector de la ciudad, sería paseada por el circo en solemne
procesión de antorchas, y en tal ocasión el emperador en turno se pondría en pie y se postraría ante
la imagen de Constantino y de Tyche.827 ¿Quién podría evitar que la citada columna de pórfido con
la estatua colosal de Constantino recibiera poco a poco un culto y se encendieran luces en ella, se
quemara incienso y se hicieran votos? El arriano Filostorgios culpa de esto (II, 17) a los cristianos y
820 El anónimo en Banduri, Imperium orientale. Vol. I, p. 3, de un modo diferente Codinus, ed. Bonn, p. 17.—Según
Glycas, pars. IV, había sido llamado un famoso astrónomo, Valente, para sacar el horóscopo de: la ciudad;
pronosticó a ésta una existencia de 696 años.
821 John. Lydus. De menss. IV, 2.
822 Chron. paschale, ed. Bonn, p. 526.—En el Anon. Banduri, p. 14, se agrega al paladion: καὶ ἕτερα πολλὰ
σημειοφορικά. También las doce cestas enterradas alli mismo tienen el valor de un telesma.
823 Malalas, 1, cap. X, ed. Bonn., p. 264.—Anon. Banduri, pp. 15, 36, 42. Apolonio gozó más tarde entre los bizantinos
de una fama mística; lo colocaron en la época de Constantino.
824 En Philostorg. II, 9.
825 La opinión de Gibbon., cap. XVI, nota 28.
826 Lo más exacto en los apéndices al Anonim. Banduri, p. 98.
827 Chrom. paschale, ed. Bonn, p. 530.
208
acaso tenga razón frente a todas las objeciones, pues cuando el señor del mundo se adelanta con un
ejemplo semejante bien podían cristianos y paganos expresar libremente su divinización en vida. 828
Este mismo espíritu se expresa en el modo y manera como fue poblada por la fuerza la nueva
ciudad y preferida a las demás. Se cumplió a la letra su equiparación con Roma y por eso conoció
las mismas instituciones, autoridades y privilegios; 829 poseía también siete colinas, como Roma en
el Tíber. Ante todo debía tener un senado, aunque no se sabía bien para qué, pues, todo lo más, lo
que la corte necesitaba era figurantes en las procesiones. Un grupo de senadores romanos se dejó
convencer, mediante algunas ventajas como palacios y fincas, para trasladarse a la ciudad; y de ser
verdad lo que cuenta una leyenda posterior, 830 el hecho habría sido posible gracias a la delicada
atención del emperador que los sorprendió con la reproducción exacta de sus villas y palacios en las
márgenes del Bósforo. Les construyó también un magnífico senado; 831 pero ni las estatuas de las
Musas, que procedían del Helicón sagrado, ni las del Zeus de Dodona y la Palas de Lindos, que
ahora lucían a las puertas del edificio, eran capaces de realzar la insignificancia de la nueva
corporación.
Además de cortesanos, oficiales, funcionarios y senadores, la nueva ciudad tenía que contar
con una masa de población digna de su categoría. Comenta San Jerónimo, a propósito del año de la
consagración: “Constantinopla es consagrada mientras que casi todas las demás ciudades son
desnudadas.” Esto se refiere, en primer lugar, a la población. Ya sea que Constantino aprovechara
los trastornos producidos en el vencido Oriente licínico para asentamientos forzados o que se
procurara una población mediante incentivos de cualquier género, el caso es que consiguió lo que
quería. Este deseo, según la pintura cruda y maligna del pagano Eunapio, 832 sería como sigue:
“Llevó a Bizancio una población sacada de las ciudades sometidas, para que hubiera así muchos
beodos en el teatro que alternaran el aplauso y el empinar el codo; le gustaban las aclamaciones de
gentes que no estuvieran en sus cabales y el ser aclamado por los que no piensan en ningún nombre
si no se les acostumbra diariamente a ello.” Estamos ante la espinosa cuestión de la vanidad y el
afán de loa de los grandes hombres, cuestión difícil de resolver si no se cuenta con fuentes de
primera. Es muy posible que en Constantino esta presentación vana y ostentosa de que nos hablan
varios autores encerrara una política consciente. 833 Seguro que en su interior despreciaba a los
constantinopolitanos.
Pero las palabras de San Jerónimo tienen también otro sentido. El Imperio tenía que ser
exprimido más o menos para cargar con los gastos de la nueva instalación. Parece que Constantino
gastó 60 millones (francos suizos)834, cantidad que más parece calculada por lo bajo si se consideran
las dimensiones y el lujo de las nuevas construcciones. Un gasto constante considerable lo
constituye el reparto de trigo, vino y aceite, fijado a partir del 332, y sin el cual esta población
urbana no hubiera podido existir. Eunapio se lamenta de que apenas si las flotas trigueras de Egipto,
Asia Menor y Siria podían abastecer a esta plebe. Cuando escribía, en el siglo quinto, la ciudad
contaba ya con más habitantes que Roma.835
828 Posiblemente la gente se podía disculpar, diciendo que Constantino había ocultado dentro del coloso un trozo del
auténtico crucifijo (Sócrates I, 17). ¡Abajo el paladion, arriba —como veremos— un Apolo metamorfoseado en
Constantino y, dentro de él, la reliquia! Cf. Lasaulx, Untergang des Hellenismus, pp. 47 ss.
829 Sozom. II, 3.
830 En el Anonim. Banduri, 1. c., p. 4.—En tiempos posteriores los bizantinos creyeron que Constantino había traído de
Roma todo el senado y había dejado allá sólo a los pobres plebeyos. Liudprandi Legatio, cap. 51. Según la leyenda
fue traída, para la construcción, auténtica tierra de Puteoli mezclada con la cal. Jovian. Pontan., De magnificentia.
831 Zosim. V, 24.
832 Eunap., Vitae philoss., sub Aedesio.
833 Entre sus hijos, Constancio aparecía en las ocasiones solemnes como un estatua brillante, tanquam figmentum
hominis, Ammian. Marc. XVI, 10.
834 El cálculo según Codino, en Manso ob. cit., p. 75 nota.
835 Como asegura, no mucho más tarde, Sozomeno II, 3.—Para estimular el afán de construcción Constantino atribuyó
a cada casa nueva una participación en los repartos anuales de trigo, cf. Manso ob. cit., p. 318.
209
Por último, a muchas ciudades del Imperio se les arrebató sus tesoros artísticos, cosa que pudo
ser muy dolorosa para gentes de educación griega. Ya hablamos antes del despojo y la refundición
de estatuas de materiales nobles; pero no hay que olvidar que se trata del despojo artístico más
colosal y desastroso de toda la historia con los fines de embellecer una nueva capital. En este
aspecto Constantino no es ni pagano ni cristiano —pues ofende a ambas religiones 836 al llevarse las
estatuas de los dioses hacia Bizancio— sino un saqueador egoísta que trata de exaltar su propio
nombre. Para los que conocen el arte antiguo apenas podrá darse una lectura más penosa que la del
catálogo de las obras de arte instaladas en Bizancio por obra de Constantino y a partir de él, 837 sobre
todo pensando en su destrucción con motivo de la cuarta cruzada. Claro que no siempre se trata de
los verdaderos originales de las estatuas correspondientes de los templos cuando, por ejemplo,
Eusebio nos habla del Apolo Pítico y del Esmíntico o de la Hera Sámica o del Zeus Olímpico, pero
la pérdida de cualquier obra de arte griega es irreparable y, además, tampoco se conservan los
originales. El amontonamiento de cosas heterogéneas, por ejemplo, esas 427 estatuas delante de la
iglesia de Santa Sofía, ha debido de producir un efecto espantoso; en algunos casos hasta se
hicieron bárbaros cambios en las estatuas838 y, así, Constantino mandó colocar sobre una estatua
colosal de Apolo una cabeza suya para que luciera en la columna de pórfido antes citada. 839 De
Roma se trajo, entre otras cosas, toda una serie de estatuas de emperadores; acaso sería casualidad
el que se encontrara entre ellas una de Majencio, y los paganos de la nueva capital comenzaron a
rendirle un culto tendencioso, por lo que Constantino retiró la estatua y mandó matar, según dicen, a
sus devotos.840 Pero la mayor parte procedía de Grecia y del Asia Menor. En otros tiempos los
procónsules y los emperadores romanos habían saqueado esas regiones y no se les puede tomar a
mal, porque Roma y su cultura se hallaban destinadas histórico-universalmente a completarse y
transfigurarse gracias al arte griego; 841 Bizancio, por el contrario, no quería más que apoderarse de
lo más bello con tal que no lo tuvieran las provincias; no es capaz de rendir a sus estatuas ningún
otro honor que el que suponen las explicaciones y anécdotas supersticiosas 842 y las insípidas
imitaciones de epigramas antiguos.
No podemos hacernos ninguna idea, a pesar de la abundancia de noticias, de los edificios de
Constantinopla, que también se levantaron en parte con ayuda del robo, especialmente de las
columnas de otros monumentos antiguos de los alrededores. La arquitectura se hallaba por entonces
en crisis; la construcción abovedada, con su organismo estático, relativamente nuevo, se hallaba
empeñada en una lucha decisiva con las formas ya impotentes y embotadas de la vieja construcción
griega de templos. El carácter principal de las construcciones constantinianas debió de ser una
suntuosidad abigarrada y asombrosa; cúpulas, nichos, salas circulares, incrustaciones costosas,
sobredorados, mosaicos, constituyen los elementos esenciales de este conjunto rico y desasosegado.
La propia impaciencia de Constantino843 se manifestó claramente en la ejecución rápida y frágil, que
se vengó con la pronta ruina de varios edificios y exigió reparaciones costosas.
836 Euseb. Vita Const. III, 54, se endulza el hecho de que se poblaran de estatuas paganas todos los lugares de la ciudad
diciendo que Constantino quiso exhibir toda la impotencia de la insensata superstición.
837 Véase especialmente el Anonim. Banduri, 1 c., pp. 4, 7, 14, 24, 28, 41 s. y 66, y en la misma colección, pp. 135-
174, los epigramas de la antología que se refieren a las obras de arte de Constantinopla.
838 Véase en Zósimo II, 31, la transformación de una estatua colosal de una Madre de los dioses en una orante.
839 No pudo compartir la desconfianza de Manso (p. 313) contra estas afirmaciones del Anon. Band. p. 14. Había
demasiados precedentes.
840 “De spectaculis”, en Banduri 1, c., p. 92.
841 ¿Qué hubiéramos salido ganando de haber Roma despreciado el arte de los vencidos helenos? Quien tenga en
cuenta esta posibilidad estará de acuerdo con nosotros en hablar de suerte.
842 Cómo el afán de prodigios substituye al interés por el arte, podemos verlo en el capitulo 8 del Liber memorialis de
Ampelio (probablemente de la época teodosiana).
843 También son características a este respecto las leyes del año 334 y 337 Cod. Theodos. XIII, 4, por las cuales se
exime de impuestos a los artistas y maestros de obras, porque hacían mucha falta.
210
844 Zosim. II, 31.—No queremos mencionar en este sentido un tercer templo, el de la Madre de los dioses, pues su
imagen debió de haber recibido sentido diferente mediante la transformación. Acerca de los templos paganos de la
antigua Bizancio, véase Ducange 1. cap. I, pp. 14 s. Las termas del Oeconomium recibieron siete nichos y 12
pórticos “en recuerdo” del número de los planetas y de los meses. Anon. Banduri, p. 3.
845 Anon. Banduri, pp. 9, 10, 13, 15. p. 10.
846 Los apéndices a Anon. Banduri, p. 98.—El hecho de que existía un auténtico templo de Tyche, se demuestra con la
lectura justa τυχείψ en lugar de τειχίψ en Sozom. V, 4.
847 Anon. Banduri, p. 10.
848 Véanse los apéndices al Anon. Banduri, p. 98.
849 Cf. el tercer canon del sínodo de Constantinopla en el año 381.
850 Niebuhr (Vorträge über alte Länder und Volkerkunde, p. 399) admite de todas las construcciones conservadas sólo
la antigua basílica laterana, y también en ésta la construcción primitiva es casi irreconocible.
211
obispo Silvestre en el baptisterio de la iglesia de Letrán es una pura leyenda, nacida del deseo de
sustituir al arriano Eusebio de Nicomedia por un bautizador ortodoxo. 851 Cuando las disensiones
arrianas, el obispado romano estuvo muy lejos de mantenerse a salvo de todos los ataques y de
poder afirmar una actitud puramente observadora y resolutiva; 852 también más tarde se vio
comprometido más de una vez, y de modo profundo, por las tormentas político-eclesiásticas, y sólo
poco a poco subió a la cima del poderío mundial.
La gran mayoría pagana de Roma significaba para la sede un obstáculo importante. La
fisonomía de la vieja capital del orbe siguió siendo, durante todo el siglo cuarto,
predominantemente pagana.
En primer lugar, en su aspecto arquitectónico. Fue menester luego una demolición prolongada
y una construcción tenaz para que la Roma cristiana sobresaliera de la Roma imperial con sus
basílicas, patriarquías y monasterios. Las construcciones del siglo tercero estuvieron consagradas,
en su mayor parte, a exaltar el paganismo, su cultura y sus goces. Las termas de Caracalla, de
Alejandro Severo, de Decio y de Filipo; más tarde, las de Diocleciano y Constantino, el ornato del
foro Trajano, la magnífica villa de los Gordianos, el templo solar de Aureliano, la basílica y el circo
de Majencio; finalmente, aquel proyecto del joven Gordiano, ampliado por Galieno pero no
realizado, de un suntuoso pórtico de columnas, con sus terrazas, que atravesaría todo el campo de
Marte y abarcaría luego la vía Flaminia hasta el puente mílvico; todo esto caracteriza el afán
constructivo de la época. Se nos han conservado de la segunda mitad del siglo cuarto los libros
urbanos que, por desgracia, son más parcos en su forma genuina 853 que en la interpolación que
correspondería a una época anterior,854 la que, entre otras cosas, menciona por su nombre más de
mil quinientos templos. Pero mediante una inferencia legítima se pueden lograr resultados enormes.
Estos libros catastrales (lo mismo el llamado Curiosum urbis que la Notitia) describen, no la riqueza
arquitectónica de los catorce barrios urbanos sino únicamente sus límites, pero con esta ocasión
mencionan un número extraordinario de templos, foros, basílicas, termas, jardines, pórticos,
edificios para juegos, estatuas, etc., pero ni una sola iglesia. Esto último intencionadamente; 855 pues
en la época de Constancio y de Teodosio debía de haber ya muchas iglesias importantes, que sólo el
pagano ignoraba. Pero aunque nos las figuremos tan grandes y hermosas como pudieran permitirlo
la riqueza y el poder de la feligresía romana, en ningún caso podían competir con la vieja
magnificencia pagana.
El resumen que al final de ambos libros se hace de las cosas más importantes, resulta incierto
en cuanto a las cifras y, sin embargo, quedaremos seguramente cortos si a las veintiocho bibliotecas,
los once foros, las diez grandes basílicas y las once gigantescas termas, añadimos nada más que dos
anfiteatros, dos teatros, dos circos, etc., pues estas últimas cifras son demasiado bajas para dar
cuenta de todo lo demás. A estos y otros monumentos colosales y espléndidos, la fantasía —que
sólo podrá seguir con fatiga— tendrá que añadir un cúmulo de otras construcciones magníficas, a
saber, los treinta y tres o treinta y seis arcos de triunfo de mármol e infinitas estatuas y grupos. Y
todo esto distribuido pintorescamente por el llano y las colinas, animado e interrumpido por jardines
y arboledas (luci), acompañado del rumor luminoso de las fuentes que procedían de las montañas a
través de diecinueve acueductos y mantenían frescos a hombres y animales y el aire y la hierba de la
poderosa ciudad.856 Muchos han sido los pueblos que han sabido construir colosalmente; pero la
figura de la Roma de entonces será única en la historia, porque ya nunca más se dará la confluencia
851 Otras leyendas sobre este bautismo, que proceden de los bizantinos posteriores, no pertenecen a este lugar, pues
corresponden a la Edad Media.
852 La polémica unilateral de Amiano contra la suntuosidad del obispado romano de entonces, XXVII, 3. Los obispos
conocían muy a fondo a Roma.
853 En Preller, Die Regionen der Stadt Rom, Jena, 1846.
854 Se encuentra también en Graevii Thesaurus, vol. III, bajo los nombres falsos: Publio Victor y Sexto Rufo.
855 Así Becker en Preller, ob. cit., p. 59.
856 Descrito por Claud. Rutil., Iter. I, versos 97 s.
212
del afán de belleza provocado por el arte griego y de los medios de ejecución y de la necesidad de
embellecimiento espléndido de la vida. Quien en aquellos días llegara a Roma con la impresión de
Constantinopla como, por ejemplo, Constancio en el año 356 cuando celebró su triunfo sobre
Majencio, habría de quedar asombrado y pensaría ante cada cosa que nada mejor había en el
mundo; pero se consideraba como la maravilla de las maravillas, según nos enteramos en esta
ocasión,857 al foro de Trajano con la basílica Ulpia.
Y toda esta magnificencia para una población cuya densidad es sobrepasada por muchas de
nuestras actuales capitales. La señora del Imperio, que en tiempos de Vespasiano abarcaba ciento
veinte millones de almas, nunca pasó del medio millón de habitantes. 858 La investigación moderna
ha rebajado mucho los cálculos anteriores, en gran parte desmesurados, trayendo a cuenta no sólo la
superficie de Roma y de sus suburbios, sino también la gran extensión del espacio deshabitado
dedicado al tráfico y a la ostentación y la proporción entre la densidad de las capitales modernas y
su superficie.859 Se puede uno preguntar de dónde venían las gentes que visitaban los templos,
teatros, circos, termas y jardines. Sólo el Coliseo podía albergar quizá la quinceava parte de toda la
población y el Circo Máximo más de una décima parte. 860 Para llenar tales espacios era menester un
pueblo que había sido educado durante siglos por sus gobernantes a estos fines, que vivía de
dádivas y no conocía ni pedía más que nuevas y mayores diversiones. La considerable
muchedumbre de célibes sin ocupación o con muy poca, la afluencia de provincianos ricos, el lujo,
la corrupción y, finalmente, la concentración de los grandes asuntos de gobierno y de dinero,
debieron acuñar un tipo urbano sin paralelo entonces.
Dentro de esta mezcla abigarrada, y atravesando todas sus capas, había dos sociedades
diferentes, la gentil y la cristiana. No corresponde a este lugar describir cómo se desarrolló y se
condujo esta última en los tres primeros siglos de la fe, en la época de las persecuciones; de la época
crítica de Constantino, en la que ciertamente creció y cambió interiormente, no tenemos noticias
bastantes; pero las descripciones que proceden de la segunda mitad del siglo cuarto, especialmente
las de San Jerónimo, nos la muestran ya muy degenerada. El mundo con sus placeres había
penetrado tanto en las clases superiores como en las inferiores de la feligresía romana; se podía ser
celosamente piadoso y, al mismo tiempo, muy inmoral. En ocasiones, esta comunidad fue presa de
crisis terribles; sabemos por Amiano que en la disputa entre Dámaso y Ursino por el episcopado
(366) hubo un día ciento treinta y siete muertos en la basílica sicínica.
Jerónimo, que fue secretario del obispo victorioso Dámaso, conoció en este puesto lo grande y
lo mezquino; sabía cuán frecuentes eran los abortos provocados; 861 vio casarse a dos gentes del
pueblo, y el marido había enterrado ya veinte mujeres y la mujer veintidós maridos; 862 en ningún
momento disimula la corrupción general. Pero describe con más detalles a las clases distinguidas y
a ciertos eclesiásticos en sus mutuas relaciones. La gran dama, la rica viuda, con colorete en las
mejillas,863 lleva tren de princesa y un enjambre de eunucos rodea su silla de mano. Con el mismo
acompañamiento se presenta en la iglesia y atraviesa majestuosamente una fila de mendigos
repartiendo limosnas. En su casa tiene Biblias de pergamino empurpurado con letras de oro y
moteado de piedras preciosas, pero los pobres pueden pasar hambre si su vanidad no es satisfecha.
Un pregonero recorre la ciudad cuando la dama quiere invitar a un ágape, o a un banquete de bodas.
Tiene mesa abierta y, entre otros aduladores, se presentan los clérigos, besan a la señora de la casa y
hacen un movimiento con la mano que pensaríamos era para bendecirla pero que, en realidad, es
para recibir una dádiva; mas nada envanece tanto a la dama como la dependencia de los clérigos.
Esta libertad de las viudas es más sabrosa que el mando de los hombres y, además, presenta una
apariencia de abstinencia864 de la que algunas se compensan con vino y golosinas. Tampoco son
mejores otras que vestidas con ásperos hábitos, tienen aires de búho y suspiran constantemente,
pero llevan a escondidas la mejor vida.
Las relaciones de parentesco espiritual, tan buscadas y que tanto perjudican a la vida familiar,
son especialmente sospechosas para el riguroso padre de la iglesia; 865 había hombres que
abandonaban a sus mujeres y, bajo pretextos piadosos, seguían a otras; mujeres que adoptaban
adolescentes como hijos espirituales y acababan por enredarse carnalmente con ellos y otras cosas
parecidas, pero, sobre todo, algunos devotos que anidaban en las casas de las damas como una
especie de confesores y vivían con ellas. Los propios clérigos no salen mejor parados. San Jerónimo
condena la costumbre de su convivencia con hermanas espirituales, las llamadas “agapitas” (en otra
forma “syneisactas”)866 y con mayor rigor todavía sus visitas a las casas elegantes para procurarse
legados,867 poderes y lujos. Algunos juegan al ascetismo, con largos cabellos, barbas de chivo,
manto negro y pies descalzos; engañan a las pecadoras con ayunos supuestos que reponen durante
la noche. Otros —en esto se pueden comparar con los abates del siglo XVIII—, se hacen consagrar
presbíteros y diáconos para ver a las mujeres con mayor libertad; estos tipos van bien vestidos y
acicalados, muy peinados y perfumados, y con los dedos ensortijados; para no estropear el calzado
andan sobre las puntas de los pies; más tienen aspecto de novias que de sacerdotes. Así debió
conducirse Joviniano con su “vestido de seda, finos aprestos de Arrás y Laodicea, las mejillas
sonrosadas, la piel brillante y los cabellos ondulados hacia atrás y sobre la frente”.868
Algunos se contentan con informarse de los nombres, domicilios y gustos de las damas. San
Jerónimo conocía a un clérigo de éstos que con sus habladurías de una casa en otra supo hacerse
temible en todas. Paseaba por la ciudad desde por la mañana en rápidos corceles y se le conocía con
el apodo de “el postillón de la ciudad” (veredarius urbis); muchas veces sorprendía a la gente en su
dormitorio; de lo que le gustaba hacía tales alabanzas y en tal tono que el que no era tonto se lo
regalaba en seguida. No falta el retrato de un clérigo disoluto del tipo más interesante; 869 con
encendida cólera nos cuenta San Jerónimo cómo entró el lobo en el rebaño, pero no podemos
ampliar un episodio, que ya nos ha llevado a la segunda generación después de Constantino, con
una secreta historia de amor.
La institución de los conventos de clausura, que separaba a los ascetas definitivamente de
todas las solicitaciones de la vida de la ciudad, fue entonces una verdadera necesidad. Porque el
ascetismo fue, sin duda, fruta del tiempo, pues eran muchos los que, en la confluencia de la vieja y
la nueva religión y de las viejas y nuevas costumbres, habían perdido su solidez y buscaban la salud
en una resolución extrema, sin poderse proteger, sin embargo, contra las recaídas. San Jerónimo
concentra todas sus fuerzas para convertir la renuncia total en principio de vida de aquellos círculos
piadosos que siguen sus inspiraciones. Es posible que el ejemplo y las admoniciones de este hombre
unilateral pero poderoso hayan dominado durante toda la vida los pensamientos de sus Paula,
Marcela, Eustaquio, y que los haya hecho insensibles frente a todos los incentivos de la tierra. El
celibato le parece la condición ineludible de toda vida superior, y por esta razón le fueron revelados
864 Et post coenam dubiam apostolos somniant. San Jerónimo escribe a una muchacha noble y piadosa. La magnífica
libertad con que dice las cosas con sus verdaderos nombres, es un reflejo de la ingenuidad antigua de que no
tenemos idea.
865 Ep. CXXV ad Rusticum, c. 6. San Jerónimo no se refiere siempre expresamente a Roma, pero, en general, describe
la sociedad romana.
866 Ep. XXIII, c. 14.
867 Ep. LII ad Nepotianum, c. 6.—Lo que sigue en Ep. XXII, c. 28 s.
868 Hieron., Adv. Jovinianum II, 21.
869 Se llamaba Sabiniano y pecó también en Belén. Cf. Ep. CXLVII.
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al apóstol virginal, Juan, misterios más grandes que a los demás, que estaban casados. 870 La invasión
de los bárbaros y la conmoción inminente de todos los cimientos —orbis ruit—871 reforzaron, sin
duda, de modo extraordinario, en él y en los demás, la idea de la renunciación. Había ya en Roma y
en todo el Occidente muchos hombres y mujeres para quienes el ascetismo era una cosa profunda y
permanente; las islas rocosas del Mediterráneo y las riberas solitarias de Italia se poblaron primero
de anacoretas872 y pronto de monasterios; algunas islas fueron visitadas como cementerios de
mártires como, por ejemplo, una de las islas Ponza. 873 Era posible vivir dentro de la Roma misma en
un verdadero retiro como, por ejemplo, la rica Asella, que vendió sus alhajas y vivió en una estrecha
celda a base de pan, sal y agua, no dirigió la palabra a ningún varón y sólo salía para visitar el
sepulcro de los apóstoles.874 Estaba separada por completo de su familia y se alegraba de que nadie
la conociera. San Jerónimo se atribuye la rara habilidad de poder distinguir exactamente a estas
verdaderas monjas de la ciudad de las falsas; lo que ciertamente no faltaba en la realidad, aunque
está ausente en las descripciones del celoso padre de la iglesia, es el cuadro de familias cristianas
sencillas, que vivían sin ascetismo una vida moderada. San Jerónimo prefiere entretenernos con lo
extraordinario y lo extremado.
Coloquemos entre esta sociedad cristiana y los paganos cultos y nobles del siglo cuarto la
descripción de la gran masa romana que nos ha transmitido Amiano Marcelino, cierto que no sin
alguna iluminación artificial.875
Comienza con ocasión de un levantamiento por falta de vino y nos hace conocer así que el
pueblo romano era muy aficionado a la bebida, y, hoy mismo, en Roma se bebe un poco más que en
Florencia y Nápoles. Ya no bastaban los repartos de vino introducidos a partir de Constantino, y el
que tenía algo que gastar se pasaba noches enteras en las tabernas. Como se le atribuyó al prefecto
Símaco que prefería apagar la cal con el vino que rebajar su precio, se le puso fuego a la casa.
Cuando se hablaba de Roma, en seguida salían a relucir los “tumultos y las tabernas”. Como ahora
la “morra” era entonces el juego de dados el entretenimiento de dentro y fuera de la taberna con que
se mataba el tiempo; el juego iba acompañado de un griterío bastante molesto. Si el juego con las
tesserae pasaba por más elegante que el juego con los aleae, Amiano nos aclara que la diferencia no
era mayor que la que existe entre un ratero y un salteador de caminos; por desdicha, las amistades
entabladas en el juego son las únicas que atan a las gentes. El romano medio era un tipo obstinado,
lleno de soberbia; a pesar de la gran afluencia de gente de todos los países desde hacía quinientos
años, había todavía muchas familias antiguas que estaban muy engreídas con sus nombres,
Cimessor, Statarius, Cicimbricus, Pordaca, Salsula, etc., aunque fueran descalzas. A veces, por lo
menos en el teatro, se oía el grito de ¡fuera los forasteros!, cuando los forasteros, al decir de
Amiano, constituían el único socorro de la ciudad. Pero el clamor principal era siempre panem et
circenses. Por lo que se refiere al pan, no había momento más angustioso que aquel en que las flotas
que venían del África cargadas de cereal eran retenidas por la guerra o por los vientos contrarios; un
prefecto de la ciudad, Tertulo (359), ofreció en una ocasión semejante a sus propios hijos como
prenda a la plebe enfurecida y la aplacó hasta el punto que pudo marchar a la isla siempre verde y
perfumada de rosas, con un templo de los Dióscuros, que se hallaba cerca de Ostia y donde
anualmente el pueblo de Roma solía celebrar una alegre fiesta; allí sacrificó Tertulo a Cástor y
Pólux, y se sosegó el mar y un suave viento sur empujó a toda la flota. 876 Quienes de entre esta
870 Advuersus Jovinian. I, 26. El apóstol, evangelista y profeta al mismo tiempo. Exposuit virginitas quod nuptiae scire
non poterant.
871 Ep. LX ad Heliodorum, c. 16. Cf. Ep. CXXIII ad Ageruchium, passim.
872 Ep. III y CXXVII. Cf. Claud. Rutil., Iter I, versos 439 s., 515 s., donde se polemiza contra el monacato de Capraya y
Gorgona.
873 Ep. CVIII ad Eustochium.
874 Ep. XXIV ad Marcellam.
875 Ammian. Marc. XIV, 6; XV, 7; XIX, 10; XXVII, 3; XXVIII, 4, ob. cit.
215
muchedumbre provista de pan, vino, aceite y carne de cerdo no estaban contentos, se ponían junto a
las ventanas de una cocina señorial y gozaban por lo menos del tufillo del asado y de otros platos.
Pero el romano era insaciable más que nada en todo lo que tuviera visos de espectáculo. En el
siglo cuarto ni con mucho se satisfacía esta necesidad con los dineros públicos 877 sino que se acudía
a la generosidad de los altos funcionarios recién nombrados y de los senadores. Estas gentes, no
siempre ricas, tenían con este renglón un gasto de consideración, pues cada cual había de superar al
antecesor, no sólo por ambición personal sino por la insaciabilidad del pueblo. Una gran parte de la
correspondencia de Símaco está llena de las preocupaciones que le produce el sufragar los
espectáculos cuando su propia promoción y la de sus parientes y en otras ocasiones. Desde los
tiempos de Diocleciano se había acabado con aquellos derroches imperiales en materia de juegos,
que en una ocasión habían inspirado a Carino la idea de ocupar toda la mitad de un barrio, en la
parte del Capitolio, con un anfiteatro de madera, adornándolo con toda clase de piedras preciosas,
oro y marfiles;878 y entre otras cosas se vieron animales raros como cabras monteses e hipopótamos
y lucharon osos con focas. Los emperadores se ocupaban de los edificios y sabemos que
Constantino restauró espléndidamente el Circo Máximo; pero los espectáculos mismos estaban a
cargo de los dignatarios ricos que pagaban en esta forma al estado su exención de impuestos y sus
emolumentos. De nada servía marcharse de Roma; parece que los funcionarios de hacienda
celebraban en tal caso los juegos en nombre de los ausentes. 879 Ya era bastante si se conseguía la
dispensa de aduana por los animales importados.880 Lo más importante fue siempre la selección de
caballos para el circo; en esta ocasión era cuando tanto el romano distinguido como el hombre de la
calle daban satisfacción a su supersticiosa pasión por las apuestas, y un auriga podía alcanzar el
máximo prestigio por su habilidad y hasta una especie de inviolabilidad. Pero el gusto romano se
había refinado tanto en este aspecto que había que cambiar constantemente las razas de caballos; 881
los tratantes recorrían medio mundo para encontrar algo nuevo y extraordinario y transportarlo
cuidadosamente a Roma; Símaco escribe a estos agentes con un tono tan deferente cual si se tratara
de personajes importantes. Para la lucha de fieras en los teatros y en el Coliseo, y para las cazas
(sylvae) en el Circo Máximo se tenía necesidad de gladiadores, una “gavilla de combatientes peor
que la de Espartaco”; también solían presentarse a veces bárbaros prisioneros, por ejemplo,
sajones,882 pero, a tenor del gusto de la época, debieron de dominar las luchas entre animales. Los
encargados de estas liturgias se encuentran siempre en grandes apuros para procurarse las fieras
necesarias; osos que llegan en plena consunción o que han sido sustituidos por peor género, leones
líbicos, colecciones de leopardos, perros escoceses, cocodrilos y hasta animales que en la actualidad
no podemos identificar con seguridad, como los addaces y los pygargi. Ocurre a veces que los
emperadores ayudan después de una victoria persa enviando unos cuantos elefantes, pero es la
excepción. Al espectáculo corresponde también una especial escenificación del circo o del teatro
correspondiente, a cuyo propósito Símaco hace venir una vez artistas de Sicilia. 883 Podemos suponer
que cumplía con lo que le imponía el cargo y que por dentro se hallaba por encima de todas estas
cosas; pero por entonces había entusiastas tan fanáticos de algunos gladiadores como en cualquier
otra época imperial anterior. Los espléndidos mosaicos, aunque ya un poco rudos, con luchas de
876 Symmachus (Ep. II, 6, 7; III, 55, 82; X, 29) eternizó también el ambiente de momentos de terror parecidos. En tales
épocas de hambre se intentó buscar ayuda por medio de la expulsión sin cuartel de todos los extranjeros —¡con
excepción del personal de los teatros!-—Amiano, XIV, 6, § 19.
877 Summa decreta populi voluptatibus. Symmachi Ep. II, 46.
878 Calpurn. Siculus, Ecloga VII (XI).—Hist. Aug. Carus, cap. 19.
879 Symmachi Ep. IV, 8.
880 Symmachi Ep. V, 62.
881 El romano distinguía, por ejemplo, las diversas razas españolas con gran exactitud, véase Symmachi Ep. IV, 63.
Además cf. IV, 8, 58, 59, 60, 62; V, 56, 82 83; VI, 42; VII, 100 y s.; IX, 20, 24.
882 Symmachi Ep. II, 46. Lo que sigue en II, 76, 77; IV, 12; VI, 43; VII, 59, 121, 122; IX, 125; X, 10, 13, 15, 19, 20, 26,
28, 29.
883 Symmachi Ep. VI, 33, 42.
216
gladiadores y de fieras, de la villa Borghese, proceden acaso del siglo cuarto y en ellos cada persona
que figura lleva inscrito su nombre; muchas veces el arte tenía que entretenerse en eternizar tales
espectáculos, adornando fachadas enteras y paredes con estas representaciones. 884 También el teatro
propiamente dicho contaba con sus fanáticos, sin que faltaran gentes de alcurnia, como aquel Junio
Messala que, en tiempos de Constantino, regaló a los “mimos” toda su fortuna y hasta los costosos
vestidos de sus padres.885 En Roma gozaba todavía de cierto prestigio la “comedia”, sobre todo
entre la gente del pueblo, cuyo mayor placer consistía en silbar, y contra esto se protegía el actor
acudiendo al soborno. Pero sospechamos que se trata más bien del “mimo”. 886 Era más importante,
sin embargo, la pantomima, es decir, el ballet, que, según una noticia acaso exagerada, daba
ocupación a tres mil bailarines y a un gran número de músicos.
Si en lo que se refiere al pan y a los juegos las fuentes históricas describen de modo suficiente
la realidad, en lo que respecta a otros mil detalles, que habrían de completar la imagen de la Roma
de entonces, nos hallamos completamente a oscuras. Ni siquiera por aproximación podemos
responder, por ejemplo, a la cuestión capital de la proporción entre el número de esclavos y la gente
libre, y los cálculos intentados887 son muy discrepantes. Alguna vez que otra se nos abre una
ventanilla que nos permite mirar en esa cosa media entre taller estatal y galera donde se trabajaba
para las necesidades públicas. Así, en las grandes panaderías para los repartos de pan; 888 sus
directores (mancipes) habían construido en su torno, con el trascurso del tiempo, tabernas y
burdeles, de los que algunas veces el desprevenido cliente era llevado al taller y colocado de por
vida como esclavo; a quien esto le ocurría estaba acabado y los suyos le tenían por muerto. Los
romanos debían de estar al tanto porque el accidente ocurrió sobre todo a los forasteros. Las
autoridades estaban tan enteradas como ciertos gobiernos modernos de la recluta de marineros, y si
Teodosio puso término a este abuso en cierta ocasión no hay que pensar que se descubriera la cosa
por entonces.
Lo que Amiano nos cuenta de la vida y trajines de las clases altas despierta la vehemente
sospecha de que este hombre veraz se entregó esta vez a un sentimiento de vanidad mortificada y
perdió los estribos. En todo caso, su condición de antioqueño no le da derecho alguno a rebajar a los
romanos; y como cortesano de Constancio y de Juliano tampoco creemos que fuera muy bien
acogido por las familias romanas más distinguidas. Muchas de sus recriminaciones se refieren a los
incapaces que siempre y en todas partes se suelen contar entre los ricos y distinguidos; otras se
refieren a la época. Se lamenta Amiano del afán por las gloriosas estatuas doradas mientras que la
misma gente se complace con las modas más fugaces y una vida reblandecida; condena la
afectación de no reconocer al forastero, que fue presentado, en un segundo encuentro y la de no
disimular que no se nos había echado de menos cuando se presenta uno después de una larga
ausencia. Describe la grosería de aquellos anfitriones que ofrecen los banquetes para no tener que
deber nada a nadie y en los que los nomenclatores (una especie de maestros de ceremonias
esclavos) introducen por una propina a gente desconocida. Ya en tiempos de Juvenal la vanidad de
muchos encontraba satisfacción en correr como locos con sus carros y perder la cabeza por los
caballos propios y por los del circo; también esto persistió.
Muchos no se presentaban en público sino rodeados de un gran cortejo de servidores y
clientes y “bajo el mando del mayordomo con su bastón, acompaña al carro todo un enjambre de
esclavos tejedores, luego, vestidos de negro, los esclavos cocineros, después el resto de la
servidumbre, mezclada con gente ociosa de la vecindad; el cortejo comprende un tropel de eunucos
de todas edades, desde ancianos hasta niños, y todos con unas figuras macilentas y deformes.”
Hasta en las mejores familias la música, como ocurre también ahora, servía para encubrir toda una
884 Hist. Aug. Gordd., cap. 3; Carus, cap. 19.
885 Hist. Aug. Carus., cap. 20.
886 Theatralem vilitatem las llama Amiano, XXVIII, 4, al final.
887 Cf. los cálculos ingeniosos en Dureau de la Malle, I, cap. I, 150 ss., que no convencerán a nadie.
888 Cf. Sócrates, Hist. eccl. V, 18.
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serie de fallas sociales. Resonaban sin cesar los cánticos y la cítara; “en lugar del filósofo se trae al
cantante, y en lugar del retórico al maestro de artes agradables; mientras las bibliotecas están
cerradas como sepulcros, se construyen liras y órganos hidráulicos tan grandes como cocinas
municipales”. También las clases altas se apasionaban por el teatro y la coquetería de muchas damas
consistía expresamente en imitar con versatilidad las actitudes teatrales. También los ademanes
tenían que ser una obra de arte; conocía Amiano a un prefecto urbano, de nombre Lampadio, que
tomaba a mal si no se reparaba en el estilo con que escupía. El mundo de clientes y parásitos no
debió de haber cambiado mucho desde los tiempos de Juvenal, como tampoco la caza de herencias
con los que no tenían hijos y muchos otros pecados de la época imperial anterior; pero hay que
hacer resaltar que, a pesar de la acrimonia con que Amiano trata del asunto, ni una palabra dice de
los vicios y crímenes colosales que zahiere Juvenal. No hay que atribuirlo al cristianismo; el gran
cambio de los sentimientos, que produjo un nuevo punto de vista moral, se había presentado ya en
el siglo tercero.
Esta sociedad distinguida se nos manifiesta todavía como pagana en primer lugar por sus
supersticiones; en cuanto se trata, por ejemplo, de testamentos y herencias se acude a los arúspices
para que informen después de escudriñar las entrañas de las víctimas; y gente totalmente incrédula
no se atreverá a salir a la calle, sentarse a la mesa o ir a los baños sin informarse antes en las
“efemérides”, el calendario astrológico, del horóscopo de las estrellas. 889 Sabemos por otras fuentes
que la gran mayoría del senado fue pagana hasta los tiempos de Teodosio. 890 Se hizo todo lo posible
para conservar los sacerdocios y las ceremonias ¡y cuántos esfuerzos y preocupaciones no costó
esto, por ejemplo, a Símaco!891 Pero junto a los sacra oficiales los romanos más distinguidos del
siglo cuarto practican con el mayor celo los cultos secretos y, ciertamente, como señalamos antes,
en una mezcla muy peculiar. Mientras el individuo participa en todas las iniciaciones posibles, trata
de fortalecerse contra la invasión del cristianismo.892
En fin de cuentas es posible que este senado pagano de Roma fuera la asamblea y sociedad
más respetable de todo el Imperio. A pesar de toda la maledicencia de Amiano, se encontrarían en él
muchos hombres de las provincias y de la urbe de temple romano genuino, en cuyas familias
reinaban ciertas tradiciones que hubiera sido inútil buscar en Alejandría o en Antioquía o en la
misma Constantinopla. Ante todo los senadores mismos respetaban al senado: asylum mundi
totius.893 Buscaban un estilo oratorio grave y sencillo, 894 exento de toda teatralidad; siempre se
procura mantener por lo menos la ficción, como si Roma fuera la de otros tiempos y el romano
todavía un ciudadano.895 No hay, si se quiere, más que grandes frases, pero las hay, y no es culpa
suya si ya no salen de ellas grandes cosas. 896 En el mismo Símaco vemos el valor para salir por los
fueros del oprimido,897 lo que es algo muy respetable y que compensa, como en el caso de
patriotismo de Eumenio, las inevitables formas adulonas a que se somete en otras ocasiones. Como
un gran señor independiente se hallaba personalmente por encima de los títulos 898 que a tantos
hacían felices.
889 Sobre la persistencia de la magia y sus beneficios, cf. 255. Sobre los diversos cultos de los dioses Prudent. en
Symm. I, 102, 116, 127, 218, 226, 237, 271, 344, 356, 379, 610, etc.
890 Cf. Zosim. IV, 59 y otros. Especialmente Prudentius, Peristephanon, Hymn. II, estrofa 112, 5; la conversión de los
senadores, Prudent. en Symm. I, 507, 552, 567, 612.
891 Para su punto de vista religioso son especialmente típicos las Epp. III, 52; IV, 33; VI, 40; VIII, 6; IX, 108, 128, 129;
X, 61, etc.
892 Las numerosas inscripciones con títulos de misterios de esta época, en Beugnot 1 c., vol. I.
893 Amiano XVI, 10.
894 Symmachi Ep. I, 89.—Se denominaban entre sí frater, ibid. V, 62.
895 Cf. entre otros Symmachi Epp. VI, 55; VIII, 41; X, 67 civicus amor... Romanum nomen, etc.
896 Un par de genuinos romanos, de la época de Constantino, fueron glorificados en epigramas; Symm. Ep. I, 2.
897 Especialmente Epp. III, 33-36 y X, 34 con una muy atrevida alusión a Valentiniano I.
898 Ep. IV, 42.
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No hay que juzgar de la cultura de estos círculos siguiendo a la letra las indicaciones de
Amiano, que no concede a los romanos más lectura que la de Juvenal y las Historias imperiales de
Mario Máximo, de las que, como es sabido, la primera mitad de la Historia augusta no es más que
un pobre remedo. Tampoco hay que dar demasiada importancia a las reuniones literarias en el
Templo de la Paz (donde se encontraba también una de las veintiocho bibliotecas públicas) donde
pudo presentarse hasta un Trebelio Polio con sus versos.899 Pero el círculo de amigos que se reúnen
en torno a Macrobio y el ambiente en que se mueve Símaco nos muestran que en las clases altas
había todavía mucha verdadera cultura. No hay que dejarse despistar por la pedantería (para
nosotros tan útil) del primero ni por la imitación de Plinio del último. De todos modos se trata de
una época literaria decadente, más capaz de recopilar y gozar que de crear; la epigonía se delata en
esa oscilación entre arcaísmos a lo Plauto y sustantivos abstractos a lo moderno; 900 creemos
reconocer ya la unilateralidad de los pueblos latinos que quisieran mantener una literatura a fuerza
de diccionario; hasta en las cartas y billetes, tan lindamente retorcidos, de un Símaco, encontramos
un arte muy consciente.901 Pero la adoración por la vieja literatura —a lo que acaso debamos su
conservación— tenía tanto valor para la vida espiritual de entonces como el culto de Ariosto y
Tasso para la Italia de hoy. El mayor regalo que Símaco puede hacer a un amigo es un manuscrito
de Livio;902 Virgilio era verdaderamente adorado, analizado sin cesar, explicado, aprendido de
memoria, preparado en centones y hasta arreglado como libro de pronósticos. Ya acaso en esta
época la leyenda de la vida del gran poeta empezó a entrar por los caminos de lo maravilloso y lo
mágico.
Echemos un vistazo a la vida campestre de estos romanos elegantes. El mismo señor que
quería para sus hijas el huso o, por lo menos, la vigilancia de las sirvientas hilanderas, 903 tenía
docenas de villas cuya administración enorme requería gerentes, notarios, recaudadores,
constructores, carreteros y postillones, y millares de esclavos labradores y de colonos. Con la
extinción de tantas familias ilustres, los latifundios, que desde hacía tiempo “habían hundido a
Italia”, debieron de concentrarse cada vez más. Nadie niega que esto fuera una gran calamidad y la
dependencia en que está Italia de las flotas africanas lo prueba de modo suficiente. Tampoco los
propietarios eran siempre felices; mirados con recelo por el gobierno, cargados de obligaciones
honoríficas, requeridos para acuartelamientos,904 enredados acaso por una gestión financiera
embrollada, sólo en medida limitada disfrutaban de su posición casi principesca. Pero quien tuviera
la suerte de poderla gozar encontraría gran placer en sus residencias campestres, que cambiaban con
las estaciones del año, y de las que las más antiguas recordarían las bellezas de las villas de Plinio.
Comenzando a contar por las inmediaciones de Roma, Símaco poseía residencias campestres en la
vía Apia y en el Vaticano, en Ostia, Preneste, Lavinia y el fresco Tibur, otra residencia en Formia,
una casa en Capua y fincas en Samnio, Apulia y hasta en Mauritania. En un rosario semejante no
habrían de faltar posesiones en las costas paradisíacas de Nápoles. Pero desde siempre los romanos
prefirieron el golfo de Baia, en forma incomprensible para nosotros; era un delicioso viaje de placer
navegar desde el lago avérnico sobre pintadas barcas hasta llegar al mar, en Puteoli; en la sosegada
navegación resonaban las canciones de las barcas y el rumor de la algazara que procedía de las
villas al borde del mar y, un poco más lejos, la animación de bravos nadadores. 905 El lujo de Lúculo
es el modelo de este estilo de vida y la pretendida soledad 906 tras cuya busca se iba no parecía
demasiado bien servida en este mirador de villas y palacios de una extensión de varias millas y
mejor encontraremos la auténtica vida rústica romana en las fincas dedicadas expresamente a la
explotación agrícola. En ellas celebraba el romano sus fiestas de otoño; “ya se ha obtenido el mosto
y confiado a las vasijas; escalas conducen hasta la copa de los árboles frutales; ahora se prensa la
oliva; entre tanto, el afán cazador persigue la caza mayor y perros de finísimo olfato siguen las
huellas del jabalí”.907 Por lo que se refiere a la caza, que según todas las presunciones debió de ser
excelente, opina Amiano que la blandura de muchos se contenta con el puro mirar, 908 pero para los
que estaban en posesión de sus fuerzas la caza con todos sus rigores representaría un asunto tan
vital como lo es hoy para el italiano. También en cuestiones cinegéticas se prefería el poema al libro
dividido en parágrafos; así como las “geórgicas” trataban artísticamente los temas rústicos, las
“cinegéticas” y las “haliéuticas”, que llegan en parte hasta el siglo cuarto, celebraban la caza y la
pesca. Unos cuantos versos de Rufo Festo Avieno, 909 de fines del siglo cuarto, nos ofrecen por
última vez la inspiración que animaba la vida campestre del pagano romano. “Al romper el alba
dirijo mi oración a los dioses, en seguida voy a visitar a los siervos y les distribuyo la faena del día.
Hecho esto, me pongo a leer e invoco a Febo y a las Musas hasta que llega el momento de untarme
de aceite y marchar a hacer ejercicio a la palestra, cubierta de arena. Alegremente, lejos de los
negocios de dinero, como, bebo, canto, juego, me baño y reposo después de la cena. Mientras el
pequeño candil va consumiendo su modesta provisión de aceite, sean estas líneas consagradas a las
Camenas nocturnas.”
Pocos habría que supieran gozar sin preocupaciones desde que la miseria del Imperio, la fe en
los demonios y la ansiedad por el más allá habían conmovido tan profundamente a los paganos. Se
iba apagando aquella peculiar concepción del mundo que había conciliado un epicureísmo noble
con el estoicismo y había logrado que los mejores configuraran la vida terrena en un todo digno y
amable. Todavía un eco tardío, de la época de Constantino, se encuentra, por ejemplo, en el pequeño
poema de Pentadio910 “sobre la vida beata”. Pero son puras reminiscencias de Horacio, que no
vamos a repetir aquí por lo mismo que no sabemos si el autor las tomaba en serio.
Había aún una ciudad en el viejo Imperio que acaso no es nombrada nunca en tiempos de
Constantino y por cuya vida y perduración tenemos que preguntarnos, sin embargo, con el mayor
interés.
Atenas, conmovida ya en su existencia desde las guerras del Peloponeso, a partir de la
conquista de Sila se había ido despoblando y reduciéndose 911 cada vez más. Pero la vieja fama de la
ciudad, la vida fácil, agradable, los magníficos monumentos, el respeto por los misterios áticos y la
conciencia que el mundo helénico tenía de todo lo que debía a Atenas, atrajo siempre a toda una
serie de gente libre y culta; acudieron filósofos y retóricos, seguidos de numerosos discípulos.
Desde Adriano —el nuevo fundador de Atenas, como le apellidó el agradecimiento—, los centros
de estudio cobraron proporciones de universidad, que fue asegurada con una dotación imperial y se
convirtió en la fuente de vida más importante de la empobrecida ciudad.912
Quien en esta época tardía conservara todavía la inspiración antigua tenía que amar sobre todo
a los atenienses. Luciano913 hace hablar en forma bella y conmovedora a su Nigrino sobre este
906 Symmachi Ep. I, 8. Campania... ubi alte turbis quiescitur...; Lucrina tacita... Bauli magnum silentes... Todavía
Statius (Sylvae V, 85) elogia a Nápoles por su tranquilidad.
907 Symmachi Ep. III, 33.
908 Los nobles de Roma se van al campo alienis laborius venaturi, XXVIII, 4, § 18.
909 En Wernsdorf, Poetae lat. min. V, II, Ad amicos de agro.
910 En Wernsdorf I, cap. III.
911 Vacuas Athenas, decía ya Horacio. Epist. II, 2, 81.
912 Para más detalles, la famosa disertación de Schlosser en el primer volumen del Archivo de Schlosser-Bercht.
913 Luciani Nigrin, cap. 12.
220
pueblo del que son prendas inseparables la filosofía y la pobreza, y que no se avergüenza de esta
última sino que se siente rico y feliz en su libertad, en su vida moderada y en su dorada ociosidad.
“Reinaba allí un clima completamente filosófico, lo más bello para hombres que piensan
bellamente; quien busque lujo, poder, adulación, mentira y servilismo, que vaya a Roma.” Pero no
es sólo el sirio de Samosata, que tan pocas cosas toma en serio, sino un Alcifrón, 914 un Máximo de
Tiro, un Libanio de Antioquía y otros que acudieron después los que se entusiasman al hablar de los
atenienses, aunque no sabemos si se piensa más bien en la vieja Atenas de los tiempos de oro o si
las virtudes de ella se encuentran realmente todavía en la población de entonces o se las da por
supuestas. Libanio dice, por ejemplo, acerca del perdón de las ofensas que se pudieran vengar que
es digna “de los griegos, de los atenienses, de los hombres semejantes a los dioses”. Heliodoro, el
emesenio, hace escribir a una ateniense, prisionera de los bandidos egipcios: “El amor bárbaro no
vale siquiera el odio ateniense.”915 Estos paganos de última hora, que no se encontraban a bien ni
con el régimen político romano ni con la iglesia cristiana, se apegan con verdadera ternura a los
lugares consagrados de la vieja vida helénica. Se considera dichoso quien puede vivir su vida en
este ambiente.
Pero los estudios por cuya razón se agrupaban en Atenas sofistas y discípulos llevan
demasiado visible la marca de la época. Así como Filostrato y Gelio son fuentes abundantes para
informarnos de las escuelas de Atenas en la primera época imperial, lo mismo ocurre con Libanio 916
y Eunapio917 en lo que respecta al siglo cuarto y no se puede decir que hubieran mejorado desde
entonces. La importancia que se da a la formación retórica, y la hinchazón y la mística de los
neoplatónicos, la vanidad de los docentes y el partidismo de sus secuaces, todo esto sazona la vida
tranquila de Atenas con un desasosiego y unas pugnas muy particulares. Ya la recepción de los
estudiantes es cosa que pone en peligro la vida; en el Pireo, cuando ya no en las laderas de Sunium,
había gente apostada para comprometer al estudiante en favor de este o de aquel auditorio
(didaskaleion) y para obligarle a desdecirse, mediante amenazas, de la decisión adoptada en casa;
algunos profesores aparecían de pronto en el puerto para asegurarse su botín. Si se había llegado
felizmente a Atenas, acaso bajo la protección del capitán de la nave, pronto se daba uno de bruces
con la agitada situación de la ciudad; no pocas veces había hasta asesinatos, con los
correspondientes procesos criminales, y todo por la competencia entre los maestros. El paisanaje
jugaba un gran papel en estos asuntos; cuando Eunapio estudiaba en Atenas, los orientales
mostraban su preferencia por Epifanio, los árabes por Diofanto, las gentes del Ponto por su paisano
Proeresio, semejante a los dioses, al cual seguían también muchos del Asia Menor, de Egipto y de
Libia. Pero uno no quedaba atado y, además, el trasiego de escuela a escuela mantenía encendidas
las hostilidades. La grey estudiantil se hallaba dividida en “coros” armados, con “prostatas” a la
cabeza; sus sangrientas escaramuzas les parecían “tan dignas como el pelear por la patria”. Las
cosas llegaron a tales extremos que dos partidos, con docentes y oyentes, tuvieron que marchar a
Corinto para responder ante el procónsul de Acaya, en cuya presencia se desarrolló una verdadera y
solemne porfía retórica, tanto más oportuna cuanto que el funcionario era “lo bastante culto para ser
un romano”.918 No había ninguna clase de colegialidad. Hacía tiempo que los estudiantes no se
atrevían a presentarse en los teatros y otros edificios públicos, para no provocar tumultos
sangrientos; los sofistas de buena posición se construían ellos mismos pequeños teatros domésticos.
Eunapio nos describe la habitación de Juliano, arreglada a estos efectos: “Una casa pequeña,
modesta, pero se respiraba a Hermes y las Musas, que tal era su aspecto de santuario, con las efigies
914 Alcifrón es considerado ahora como un coetáneo más joven de Luciano. Brotes de entusiasmo, en Ep. II, 3; III, 51.
La época fingida es la macedónica.
915 Heliodor. Aethiop. II, 10.
916 Liban. opera, ed. Reiske, vol. I. Περὶ τῆς ἑαυτοῦ τύχης.
917 Especialmente en las biografías de Juliano de Capadocia, de Proeresio y de Libanio.
918 Los sofistas seguramente no notaban siempre la ironía con que procedían algunos procónsules. Un ejemplo,
probablemente, en Vita Proäresii vet. ed. pp. 139 s.
221
de los amigos del dueño; el teatro era cuadrado, imitación en pequeño de los teatros públicos.” Pero
quien fuera tan pobre como Proeresio, que en un principio compartía con su amigo Hefestio la
propiedad de un vestido, un manto y unos cuantos sarapes, se las arreglaba como podía.
En los “coros” de estudiantes reinaban viejos abusos. A su llegada, los novatos eran obligados,
bajo fe de juramento, a dar una recepción brillante y a aportar otras contribuciones permanentes que
no pocas veces les forzaban a entrar en tratos con los usureros. Durante el día, se jugaba mucho a la
pelota; por la noche se deambulaba por las calles y se prestaba oídos a las sirenas de dulce canto;
algunos hasta entraban a saco en casas indefensas. 919 Cuando Libanio se pudo librar, no sin
esfuerzo, de estos compromisos, se contentó con excursiones pacíficas, sobre todo a Corinto.
Probablemente muchos visitarían los juegos olímpicos, ísmicos y otros, que en tiempos de
Filostrato y todavía entonces gozaban de gran prestigio. Pero lo más alto que un celoso pagano de
Atenas podía conocer eran las consagraciones de Eleusis.
Toda esta vida afanosa se agitaba entre los monumentos más excelsos del mundo, en los que
la forma más noble y los recuerdos históricos más grandes concurrían para producir una impresión
inefable. No sabemos lo que estas obras dirían todavía a los sofistas del siglo cuarto y a sus
discípulos.920 Era la época en la que se iban apagando poco a poco, uno tras otro, todos los intereses
vitales del espíritu griego, que iba desembocando en una dialéctica conceptista y en la recopilación
muerta. Con su venerable y acaso intacto señorío, el Partenón de Palas Atenea y los Propileos
seguían dominando la ciudad; a pesar de la irrupción de los godos en tiempos de Decio y de los
saqueos en los de Constantino, se conservaba la mayor parte de aquello que en el siglo segundo
había visto y descrito Pausanias. Pero ni la armonía pura de las formas arquitectónicas ni la libre
grandeza de las estatuas de los dioses hablaban ya con bastante claridad al espíritu de la época.
El siglo había arrancado con el intento de buscar un nuevo hogar para sus ideas y sus
sentimientos. Para los cristianos piadosos existía ya esta patria terrena y celestial: Palestina.
No queremos repetir lo que nos cuentan Eusebio, Sócrates, Sozomeno y otros acerca del
embellecimiento oficial de la comarca por manos de Constantino y Elena, acerca de las magníficas
iglesias de Jerusalén,921 Belén, Mamre, sobre el Monte de los Olivos, etc. Un motivo completamente
exterior movió a Constantino a estos dispendios; a lo más que llegaba en la veneración de objetos
sagrados era a una especie de fe en los amuletos, y por eso mandó convertir los clavos de la cruz en
bocado de caballo y en casco militar que le habrían de servir en la guerra.922
Pero en numerosos creyentes se despertó, irresistible, el afán natural por conocer en persona
los santos lugares. Es cierto que el hombre espiritual puede prescindir de tales peregrinaciones, que
enajenan en parte lo santo y hasta parecen “vincularlo al terruño”. Sin embargo, si no es demasiado
rudo, visitará por lo menos una vez aquellos lugares consagrados por los recuerdos del amor o de la
piedad. Al correr del tiempo, cuando un asunto del corazón se ha convertido en costumbre, el
sentimiento de los peregrinos fácilmente tomará el aspecto de una supersticiosa santidad de las
obras, pero nada quiere decir esto en contra de la belleza y pureza de los orígenes.
Ya desde los tiempos apostólicos debieron de sentirse las pisadas de piadosos peregrinos en
los lugares de Palestina donde anidaban los recuerdos de la vieja alianza entre Dios y los hombres
919 Posiblemente se puede comparar con esto la vida universitaria, tristemente célebre, de Padua en el siglo diecisiete.
920 Sobre Atenas alrededor del año 400 cf. Synesi Epistolae 54 (p. 190) y 135 (p. 272). En esta época se produjo una
completa decadencia de las escuelas.
921 Bastará con indicar la excelente monografía de T. Tobler Golgatha, que junto con la obra Bethlehem del mismo
autor resuelve una serie de cuestiones arqueológicas.
922 Sócrates I, 17. Sozom. II, 1. La discusión sobre el momento de la Invención de la Santa Cruz (que se cita por
primera vez por los autores que refundieron las obras de Euseb.) se encuentra, por ejemplo, en Sybel y
Gildemeister: Der heilige Rock von Trier, seg. ed., pp. 15 ss.
222
en una trabazón tan conmovedora con la nueva. Acaso la primera peregrinación larga 923 fue la del
obispo de Capadocia, Alejandro, quien visitó en tiempos de Caracalla a Jerusalén —entonces Aelia
Capitolina— “por razón de la oración y de la historia del lugar”. También acudió Orígenes para
seguir las huellas de Cristo, los apóstoles y los profetas. Pero en tiempos de Constantino el afán por
visitar Palestina coincide de manera muy clara con el culto creciente de los sepulcros de los mártires
y de las reliquias.924 Jerusalén es como la reliquia mayor y más santa, a la que, durante varios días
de camino, se le junta toda una serie de lugares sagrados de primer rango. Del librito de estaciones
de un peregrino de Burdeos,925 que visitó los santos lugares en el año 333, se puede colegir cómo ya
por entonces la leyenda sagrada, y acaso también la especulación, habían poblado todo el país de
lugares clásicos de cuya autenticidad tampoco dudó la Edad Media. Se enseñaba la cámara en la
cual Salomón escribió el libro de la sabiduría, las manchas de sangre del sacerdote Zacarías en el
suelo del antiguo templo, la casa de Caifás y la de Pilatos, el árbol sicomoro de Zaqueo y otras
muchas cosas que pueden provocar la burla de la crítica histórica. Unos cuantos años más tarde, al
describir San Jerónimo el viaje de Paula926 enumera mucho más circunstancialmente los lugares
sagrados desde Dan hasta Berseba. Él mismo, por lo demás tan desconfiado en cuestión de
reliquias, se ha afincado en Belén para el resto de sus días, siguiéndole todos los que de él
dependen. A fines del siglo cuarto Jerusalén y sus alrededores están poblados de una gran colonia de
gente piadosa que, procedente de todos los rincones del Imperio, vive en una profunda renuncia; 927
“hay casi tantos salmódicos coros como naciones diferentes”. Había occidentales de alto rango y
gran riqueza, que lo habían abandonado todo para vivir el resto de sus días con una alma pura, como
no podían hacerlo en ningún otro lugar. Quien por las circunstancias no podía tomar esta decisión,
se consumía por dentro; San Jerónimo escribió más de una epístola para tranquilizar a estas gentes y
decirles que la salud eterna no depende de la visita a Jerusalén.
Pero tampoco esta envidiada existencia era ideal. Prescindiendo del peligro exterior que
significaban los bandidos sarracenos, que llegaban hasta las puertas de Jerusalén, el paganismo se
sostenía con una desesperada obstinación en las proximidades, en la Arabia Pétrea, en Celesiria;
además, la demonología, de largo tiempo arraigada en Palestina, resurgió en forma más violenta que
nunca. Ya conocimos a San Hilarión como exorcista de demonios; el mismo San Jerónimo nos
conduce a los sepulcros de los profetas, no lejos de Samaria, donde toda una muchedumbre de
posesos esperaba la curación; desde lejos se oían sus gritos, como aullidos de animales diferentes.
Son como los espíritus perdidos que vagan en este campo de batalla de todas las religiones, el país
comprendido entre el Jordán, el desierto y el mar.
Una sorprendente coyuntura ha querido que lo que Constantino hizo por Palestina repercutiera
histórico-universalmente durante muchos siglos. Sin el esplendor que extendió sobre Jerusalén y los
alrededores la devoción del mundo romano y, consecuentemente, de la Edad Media no se hubiera
apegado con tanto ardor a estos lugares ni los hubiera liberado después de conocer quinientos años
de servidumbre bajo el Islam.
CLÁSICOS DE HISTORIA
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492 Joaquín del Castillo, Las bullangas de Barcelona o sacudimientos de un pueblo oprimido...
491 John Tanner, Narración de su cautiverio y aventuras con los indios de Norteamérica
490 Alphonse Daudet, Tartarín de Tarascón
489 Gustave de Beaumont, Estado Unidos en 1831: Esclavitud, racismo, religión, tribus indias...
488 William Jay, Causas y consecuencias de la guerra de 1847 entre Estados Unidos y Méjico
487 Manuel Gil Maestre, El anarquismo, hechos e ideas
486 Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
485 Richard F. Burton, Peregrinación a La Meca y Medina
484 Romualdo Nogués, Aventuras y desventuras de un soldado viejo natural de Borja
483 Vicente de la Fuente, La sopa de los conventos
482 John Leech, Grabados de la Historia cómica de Roma
481 José García de León y Pizarro, Memorias
480 Gustavo Adolfo Bécquer, Desde mi celda. Veruela. Costumbres de Aragón
479 Washington Irving, Cuentos de la Alhambra
478 Manuel de Galhegos, Obras varias al real palacio del Buen Retiro
477 Évariste Huc, Recuerdos de un viaje a la Tartaria, el Tíbet y la China en 1844, 1845 y 1846
476 Rafael Torres Campos, Esclavitud e imperialismo en el África árabe
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473 Crónica del rey de Aragón Pedro IV el Ceremonioso
472 Plinio el Joven, Cartas. Libro I al IX
471 Thomas Macaulay, Revolución de Inglaterra
470 Manuel Fraga Iribarne, Razas y racismo
469 Juan Bautista Pérez, Parecer sobre las planchas de plomo que se han hallado en Granada
468 G. Lenotre, Historias íntimas de la Revolución Francesa
467 Pierre Gaxotte, La España de los años treinta. Artículos de «Je suis partout»
466 Lucio Marineo Sículo, Crónica de Aragón
465 Gonzalo de Céspedes, Excelencias de España y sus ciudades
464 Plinio el Joven, Panegírico de Trajano y correspondencia con el emperador
463 Auca de l’Estatut de Catalunya
462 Thomas Macaulay, Constructores del imperio británico en la India
461 Los ilustrados y la esclavitud
460 José Pascasio de Escoriaza, La esclavitud en las Antillas
459 Alonso de Sandoval, Mundo negro y esclavitud
458 Claudio Claudiano, Elogio de Serena
457 Concilio IV de Toledo (año 633)
456 Pedro Bosch Gimpera, España, Para la comprensión de España, y otros textos
455 Ramón Menéndez Pidal, Lenguas y nacionalismos. Artículos y polémicas
454 Charles Van Zeller, Guerra civil en España. Esbozos y recuerdos
453 Antonio Pirala, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista (6 tomos)
452 Plinio el Viejo, Hispania antigua en la Naturalis Historia
451 Benvenuto Cellini, Su vida escrita por él mismo en Florencia
450 Propaganda y doctrina. Editoriales y oros textos de la revista Escorial (1940-1942)
449 Diego Abad de Santillán, Por qué perdimos la guerra
448 Nuño de Guzmán, Jornada de Nueva Galicia y otras cartas
447 Alfredo Chavero, Explicación del lienzo de Tlaxcala
446 Ramón Menéndez Pidal, Tres artículos sobre Bartolomé de las Casas
445 Américo Vespucio, Tres cartas sobre el Nuevo Mundo
444 Publilio Siro, Sentencias
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388 Jaime Balmes, De Cataluña (y la modernidad)
387 Juan Mañé y Flaquer, El regionalismo
386 Valentín Almirall, Contestación al discurso leído por D. Gaspar Núñez de Arce
385 Gaspar Núñez de Arce, Estado de las aspiraciones del regionalismo
384 Valentín Almirall, España tal cual es
383 Memoria en defensa de los intereses morales y materiales de Cataluña (1885)
382 José Cadalso, Defensa de la nación española contra la Carta Persiana... de Montesquieu
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375 Dominique Parennin, Sobre la antigüedad y excelencia de la civilización china (1723-1740)
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368 Los juicios por la sublevación de Jaca en el diario “Ahora”
367 Fermín Galán, Nueva creación. Política ya no sólo es arte, sino ciencia
366 Alfonso IX, Decretos de la Curia de León de 1188
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362 Louis Hennepin, Relación de un país que... se ha descubierto en la América septentrional
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360 Lilo, Tono y Herreros, Humor gráfico y absurdo en La Ametralladora
359 Julián Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles
358 Revolución y represión en Casas Viejas. Debate en las Cortes
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356 Diego de Ocaña, Ilustraciones de la Relación de su viaje por América del Sur
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288 Antonio Rovira y Virgili, El nacionalismo catalán. Su aspecto político...
287 José del Campillo, Lo que hay de más y de menos en España, para que sea lo que debe ser...
286 Miguel Serviá († 1574): Relación de los sucesos del armada de la Santa Liga...
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283 Henry David Thoreau, La desobediencia civil
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281 Guillermo de Poitiers, Los hechos de Guillermo, duque de los normandos y rey de los anglos
280 Indalecio Prieto, Artículos de guerra
279 Francisco Franco, Discursos y declaraciones en la Guerra Civil
278 Vladimir Illich (Lenin), La Gran Guerra y la Revolución. Textos 1914-1917
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276 Jerónimo de Blancas, Comentario de las cosas de Aragón
275 Emile Verhaeren y Darío de Regoyos, España Negra
274 Francisco de Quevedo, España defendida y los tiempos de ahora
273 Miguel de Unamuno, Artículos republicanos
272 Fuero Juzgo o Libro de los Jueces
271 Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII
270 Pompeyo Gener, Cosas de España (Herejías nacionales y El renacimiento de Cataluña)
269 Homero, La Odisea
268 Sancho Ramírez, El primitivo Fuero de Jaca
267 Juan I de Inglaterra, La Carta Magna
266 El orden público en las Cortes de 1936
265 Homero, La Ilíada
264 Manuel Chaves Nogales, Crónicas de la revolución de Asturias
263 Felipe II, Cartas a sus hijas desde Portugal
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261 Felipe II rey de Inglaterra, documentos
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256 Sergei Nechaiev, Catecismo del revolucionario
255 Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios y Comentarios
254 Diego de Torres Villarroel, Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras
253 ¿Qué va a pasar en España? Dossier en el diario Ahora del 16 de febrero de 1934
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251 Gonzalo de Illescas, Jornada de Carlos V a Túnez
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