En Naguanagua la comunidad se decidió por el arte
“La acción cultural debe inundar las comunas”
Un activista social propicia la revolución a través del teatro, la música y las artes plásticas.
Oswaldo Ramos es Licenciado en Artes, diseñador, docente, titiritero, actor y animador
cultural. Pero el quehacer que mejor lo define es el de militante por la transformación
social, fe y pasión que es el motor de todas sus labores como creador estético y maestro.
Nacido y formado en Caracas, se trasplantó en Naguanagua (Carabobo), donde ahora
lidera un proyecto cultural ejemplar en la intensa movida comunal venezolana. Con él
conversamos, para conocer su experiencia, como también los entresijos del arte y el
trabajo cultural para propiciar el protagonismo comunitario.
¿Cómo y cuándo comenzó su labor artística?
Mis inicios fueron en el Liceo Luis Espelosín , en Caracas, durante las luchas estudiantiles
de 1975-76. Con actos culturales y también lanzando piedras, buscábamos una educación
más justa, científica y de acceso para todos. Allí me incorporé al teatro gracias a un joven
apodado “El Monje", combinando danza, actuación y humor. Descubrí mis raíces afros y
aprendí a bailar tambor. Pronto entendimos que actividades culturales tales como
funciones de títeres, pintar murales o parodias teatrales, tenían más impacto que los
panfletos o mítines para transmitir mensajes políticos.
¿Cómo evolucionó su trabajo político-cultural?
Primero me uní a los CLER (Comité de Luchas de Estudiantes Revolucionarios), luego al
MRT (Movimiento Revolucionario de los Trabajadores). Entendíamos la cultura como un
contrapeso a los medios de manipulación masiva. Organizábamos eventos en todo tipo de
espacios, presentando audiovisuales con diapositivas y grabadoras, grupos de danza,
teatro en los liceos y barrios. Incluso cargábamos un pesadísimo proyector de 16mm para
mostrar el cine de Chaplin o cine de dibujos animados en las comunidades, al margen del
cine comercial.
¿Por qué decide entrar en la universidad?
En los 80, siendo padre ya de dos hijos, entré a la UCV por ser accesible, además de que
muchos amigos estudiaban allí. Quise mejorar las actividades que tenía años realizando,
profundizando en los conocimientos, la historia y los conceptos estéticos. Quería estudiar
la plástica y el muralismo: pero me apliqué en la animación cultural que es un área de
trabajo más amplia. Enseñanzas de profesores como Gloria Martín concordaban bastante
con mi visión del arte. Poco después, me integré al teatro de calle como titiritero con el
grupo caraqueño La Casa del Arcoíris y, para mi sorpresa, aprendí a montar zancos. En ese
grupo pude trabajar como actor en espacios abiertos desde el teatro panfleto hasta farsas
francesas y pasos del Siglo de Oro español; viajamos por todo el país mostrando nuestro
trabajo ante un público que no conocía el teatro. Otros maestros como Alberto Ravara,
fueron claves para mis prácticas escénicas.
¿En qué consiste su labor actual en Carabobo?
Dirijo el proyecto de Formación de Animadores Socioculturales (A.S.C.) en la Comuna 5
Raíces de Bárbula (Naguanagua). Buscamos articular consejos comunales y formar a
jóvenes en diversos tópicos como el análisis sociopolítico, la escritura colectiva, la danza,
el teatro, la música, los zancos y la artesanía. El proyecto, que fue votado en segundo
lugar en la Consulta Popular Nacional, actualmente es financiado por la Alcaldía de
Naguanagua El que la comunidad haya seleccionado en una votación el financiamiento es
un logro especial, pues tuvimos que competir con otras propuestas que siempre son vistas
como más necesarias. La oferta de talleres para el desarrollo artístico fue más importante
para la comunidad que el arreglo de las cloacas, las escaleras, la vialidad…. El gran
objetivo es contrarrestar la hegemonía de los valores neoliberales, ese contenido tóxico
que, como una plasta, embrutece a la gente para poder ejercer su control. Queremos
vincular la cultura a la dignidad del barrio y la lucha de clases, como diría Gloria Martín:
desde una "Morfología Relacional". La acción cultural debe inundar las comunas.
¿Qué desafíos enfrentó en este proyecto?
R: ¡Muchos! Durante la campaña para la elección de los proyectos, algunos criticaban que
se invirtieran finanzas (10.000 dólares) en el arte y la cultura, en lugar del cemento o las
cloacas de otros proyectos. Hubo intentos de boicot por contradicciones internas en la
comuna, más algunos funcionarios equivocados que desinformaban a la población. Aun
así, reclutamos a 14 entusiastas animadores entre jóvenes, cultores y vecinos. Dividimos la
comuna en tres corredores culturales para hacer un inventario de las necesidades en el
área cultural; también realizamos tres tomas, invitando a colegas artistas de otros lares.
Cerramos la campaña con una obra teatral bastante exigente sobre José Leonardo Chirino,
con la participación de 20 actores y música en vivo.
¿Cómo ve actualmente el panorama cultural en Carabobo?
R: Se avanza, como lo demuestra el ejemplo anterior, pero hay cosas que preocupan. En
busca de votos, se hacen eventos espectaculares de gran gasto que solo son "fiesta"
(como dice Serrat): al amanecer, "vuelve el pobre a su pobreza". Una revolución, en última
instancia, debe ganar las conciencias. Los votos hacen falta, pero si no hay conciencia, son
votos que como llegaron igual se van. Tradiciones como las burriquitas o las fiestas de San
Juan son de gran vigencia patrimonial, pero sin vinculación con la construcción del poder
popular, terminan vaciándose de contenido, separándose de las bases locales que las
promueven, sirviendo al poder hegemónico para finalmente desaparecer. Urge debatir el
“para qué, cómo y dónde” del quehacer cultural. La cultura debe ser un camino de
transformación, no folclore vacío ni simple diversión evasiva.
Por Oscar Acosta
Fotos: José Sarría