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La Decisión

Juanita, cansada del maltrato y la indiferencia de su esposo Aníbal, decide dejarlo y escapar de su vida miserable. Mientras ella se aleja, Aníbal, en estado de embriaguez, sufre un colapso y se da cuenta de su arrepentimiento, pero ya es demasiado tarde. La historia culmina con Juanita sintiendo la urgencia de liberarse y vislumbrando un futuro mejor en la ciudad.

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La Decisión

Juanita, cansada del maltrato y la indiferencia de su esposo Aníbal, decide dejarlo y escapar de su vida miserable. Mientras ella se aleja, Aníbal, en estado de embriaguez, sufre un colapso y se da cuenta de su arrepentimiento, pero ya es demasiado tarde. La historia culmina con Juanita sintiendo la urgencia de liberarse y vislumbrando un futuro mejor en la ciudad.

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La decisión

La cristalina gota corrió por el rostro pequeño y delgado


de la mujer y, deslizándose en medio del mentón, osciló
un momento antes de caer al piso terrizo en el cual desapa-
reció, dividida en mil fragmentos brillantes.
Una lágrima, sólo una apagada lágrima, había brotado
de los ojos de Juanita. Unos ojos vueltos pequeños y secos,
a fuerza de tanto llorar y tragar amarguras.
Dentro de ella había sentimientos encontrados. ¿Estaba
obrando bien? Sentía algo de temor a lo que pronto iba a
hacer. Suspiró hondo. En la cama, su cama, echado de cos-
tado y dándole la espalda, Aníbal dormía indolente a sus
preocupaciones o sufrimientos. Juanita lo había ayudado a
llegar hasta la cama, cayendo dos veces en el trayecto, ya
que era muy pesado y ella, sola, no podía con él.
La luz sobre el espejo la hizo ver pálida y enferma. El
cabello le colgaba sobre sus ojos. Lejos estaban los días en
que, como hija única, era la engreída de sus padres. Lejos
estaban, también, los días que la enamoraron de Aníbal.
Muchas veces soñó con irse cuando Aníbal no estuviera
pero en el fondo sabía que si llegaba a realizar esa acción,

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él la buscaría y la traería a rastras hasta la casa.
Cogió un jarrón, vertió agua fría en el cuenco de su ma-
no y así se lavó la cara y mojó el cabello, que recogió hacia
atrás. El rumor ocasionado por un camión en la carretera
hizo vibrar suavemente la estructura de la casa. Deseó po-
der estar en uno de esos camiones, alejándose sin rumbo,
el timón firme en sus manos y el pie apretando el acelera-
dor a fondo, yendose lejos para cambiar su destino.
La felicidad de vivir con el hombre amado le duró poco,
apenas unos días. El sexo consentido y los galanteos de A-
níbal dieron paso a sus extraños gustos y la violencia ex-
trema. Muchas veces deseó con todas sus fuerzas estar
muerta. Siempre tenía una excusa para golpearla por eso
su cuerpo estaba lleno de hematomas y los ojos morados.
Se sabía bonita pues en la calle y en las tiendas, muchos
hombres volteaban a mirarla haciendo que Aníbal reaccio-
nara furioso ante esa atención masculina. Durante algún
tiempo ella justificó de esa manera las golpizas que recibía
y el encierro al que fue sometida. Su belleza se fue ajando
frente al espejo y las lágrimas que derramaba.
Con el paso de los años su deseo de vivir le bastaba para
no reparar en la vida que llevaba. Sin embargo, ese mismo
deseo hizo que el amor hacia su marido mudara a cariño,
de cariño a indiferencia, de indiferencia a rencor.
Había aprendido a no llorar ni quejarse cuando el desea-
ba maltratarla o cuando la llevaba a la cama sin reparo. Si
ya no contaba con su virginidad al menos quería mantener
el orgullo, necesitaba algo que supiera él no tomara.

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Casi con pesar, destapó el frasco que tenía entre las ma-
nos y lo dejó así, sin tapa, en el piso térreo que ella había
barrido esa mañana antes de que llegara Aníbal. No quería
darle ninguna excusa para que él la tocara.
Su casa era de las más pobres de la zona con apenas tres
columnas para sostener las gastadas e irregulares planchas
que hacían de paredes y el techo cargado de excrementos
de ave. En su soledad podía oír el ruido del viento, las aves
en el techo o el ocasional ladrido de un perro.
El viento que se filtraba, llevando frío y humedad, era
como una suave caricia que la invitaba a abrir la puerta y
salir. Sin hacer ruido, cogió su chal, el maletín pequeño
que contenía sus escasas pertenencias y se alejó de la casa
por el áspero camino que la llevaría lejos dejando tras de
sí a aquel que había sido parte de su vida.
Intentaría volver a ser quien era antes pero no volvería
a confiar en ningún hombre. Preferiría morir a tener que
volver a pasar nuevamente por lo mismo.
Oscurecía.

Del frasco dejado en el piso, lentamente comenzaron a


asomar las largas patas delanteras de una enorme y peluda
araña; era una de aquellas temibles arañas silvestres que
devoran, previamente haberlos inoculado con su poderoso
veneno, a pequeños animales como: monos, roedores, ra-
nas y pichones que quedan solos en el nido.
Su boca ponzoñosa pareció señalar el voluminoso cuer-
po de Aníbal y hacia él se dirigió atraída por el fuerte olor

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que emanaba su cuerpo, con los efluvios del licor y por el
brazo que caía desgarbadamente de la cama.
El arácnido, al avanzar, movía armoniosamente sus pa-
tas tal como un pianista virtuoso mueve los alargados y de-
licados dedos al ejecutar una triste melodía.

Era tarde cuando Aníbal se levantó de la cama para ori-


nar. Sentía la vejiga a punto de estallar.
Renqueaba, pues la pierna izquierda estaba entumecida
por la mala postura al dormir. Se dirigió a la pequeña divi-
sión, sin puerta, que hacía de baño y donde al llegar, había
vomitado todo el licor y la comida ingeridos en el día. To-
davía se podían ver las salpicaduras de vómito maloliente
en sus zapatos y las botas del pantalón.
Hubiera querido comer o beber algo pero sólo vio sobre
la única mesa, una botella de vidrio que derramaba sus úl-
timas gotas demostrando haber sido bebida sin mesura.
Quiso cogerla al pasar pero la botella resbaló de sus torpes
dedos y cayó al piso en donde se destrozó expandiéndose
en varios pedazos que volaron como astillas cortantes. Dio
una mirada ligera a los fragmentos y siguió caminando.
Sudaba excesivamente, le dolía ligeramente la cabeza,
los párpados le pesaban como si no hubiera dormido lo su-
ficiente y un débil pero persistente malestar en el estóma-
go, por momentos parecía alcanzar su garganta con un a-
grio sabor. Eructó, tragó saliva y le sobrevino una arcada
de espuma blanca. Todo el malestar que padecía, lo atri-
buía a la mala calidad del licor ingerido.

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“Tengo que cuidarme” atinó a pensar ante el malestar
estomacal y la gran sequedad en la boca. Se pasó el reverso
de la mano para secar el sudor de la frente.
Era una noche más y una borrachera más.
Siempre había sido delgado y su figura era atlética pero,
con los años y la vida en convivencia, el licor parecía aco-
modarse alrededor de su cintura. A pesar de no contar con
un trabajo fijo, cualquier ingreso extra lo usaba para acudir
a bares o prostíbulos. Su mala borrachera había hecho que
en algunos locales prohibieran su ingreso.
La pesadez del sueño entorpecía su caminar al cruzar la
diminuta cocina comedor. No había preocupaciones en su
alma, no después del alcohol. La palabra responsabilidad
había sido borrada de su vocabulario y de su vida. Era su
esposa la que tenía la obligación de llevar la casa, él no.
Su frente comenzó a sudar. No sólo la vejiga lo estaba
matando, también un prurito en su brazo que se hacía in-
tolerable. La mugre salía en cada rascada que se daba. Los
días anteriores habían sido muy fríos y por eso no se había
bañado. No debía ser más de una semana del último baño.
Las punzadas que sentía en la parte baja de su espalda
le servían de aliciente para seguir avanzando. A oscuras se
abrió la bragueta, separó las piernas y un arco de orina sa-
lió en varios sentidos hasta que un sonido metálico le hizo
dar con la ubicación exacta de la bacinica.
“Tengo que cuidarme” se repitió colocando una mano
en la cintura, cerca a la espalda. Apoyó la cabeza contra la
pared sin estucar pero cubierta con hojas de periódicos.

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Mientras el alcohol abandonaba su cuerpo y disfrutaba
sintiendo que su tensión disminuía, recordó a las chicas de
Coquetas, ese local especial donde había pasado muy bue-
nas noches y perdido, de paso, todo su dinero.
Sus bajos instintos le generaron una breve erección.
Separó más las piernas y siguió orinando. En ese estado
meditó la posibilidad de haber tratado mal a Juanita cuan-
do llegó a casa. “¡Bah!” exclamó finalmente no queriendo
juzgar su proceder. Era cierto que ya había prometido va-
rias veces no beber ni tampoco volverla a golpear pero ella
era su mujer y ¡carajo, tenía que aguantarlo!
“Vaya forma de orinar” se dijo sintiendo como su veji-
ga se vaciaba haciendo temblar la bacinica.
Su mano húmeda tocó la pared para buscar, a tientas, el
interruptor que sabía encendería una bombilla eléctrica
que se sujetaba al techo con su propio cable. Cuando la luz
se hizo presente en aquel ambiente pequeño, las cucara-
chas corrieron asustadas y él estuvo ciego por unos según-
dos. Recién, entonces, pudo ver, con enorme espanto, que
la bacinica a sus pies estaba totalmente teñida de rojo. ¡Sus
riñones exudaban sangre en abundancia!
–¡Juanita! ¡Juanita! –llamó desesperadamente a su mu-
jer, repitiendo su nombre a cada instante, en tanto un esca-
lofrío le recorría las piernas hasta llegar a la columna. No
recordaba haberla maltratado ni golpeado, sólo que era su
mujer y que ella tenía la obligación de ayudarlo, estaba a-
costumbrada a eso. Sus gritos siguieron retumbando en la
casa pero Juanita ya no estaba para responderle, en tanto

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que a él la sangre parecía brotarle incontenible por todos
los poros de la piel. Las piernas le flaquearon y cayó al pi-
so con la cara mirando hacia el techo, encima de los frag-
mentos de botella. Desde esa posición siguió llamando con
insistencia a su mujer. Varios pedazos puntiagudos de vi-
drio se le clavaron muy hondo en la espalda pero él no se
percató de nada hundido en el profundo sopor causado por
el veneno y el alcohol. Sí descubrió, con horror, que su
cuerpo se iba paralizando siendo los ojos lo único que su
mente podía controlar. Cerca de él, exhibiendo dos mandí-
bulas con forma de medias lunas, una enorme araña iba a
su encuentro pasando con cuidado por encima de los peda-
zos de vidrio y de la sangre que empezaba a coagular.
Aníbal vio muy distante la luz del foco que, colgando
del techo, lo miraba como un ojo amarillo y se estremeció.
Por primera vez, en tantos años de convivencia, se sintió
arrepentido de su vil proceder hacia su mujer.
Su mente ya casi no podía relacionar ideas ni elaborar
pensamientos, parecía envuelta en una tupida y pegajosa
telaraña que atrapaba todo razonamiento suyo. Su quijada
temblaba sin control y sus labios repetían maquinalmente
el único nombre que le venía a la mente: Juanita.
Sintió el suave toque de unos dedos que se posaban sua-
vemente sobre su piel, enrojecida y abultada como si fuera
una fruta madura. Esos dedos recorrían su brazo como si
jugaran a tocarlo y luego lo punzaban sin reparo. Una tone-
lada de frío avanzó por todo su cuerpo y su voz, falta de
aliento, pronto fue tragada por el silencio de la casa.

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–Nunca más, ya nunca más –murmuró Juanita lejos de
la casa, del maltrato de Aníbal y de esa miseria en la que
ya no podía, ni quería vivir. Sentía la urgencia de alejarse
para sentir que podía respirar. Miró sus manos, alguna vez
jóvenes y delicadas. ¡Cuánto habían sufrido! La vida que
dejaba atrás, ya no existía como tampoco ella era ya esa
persona. Aspiró profundo y miró todo en derredor, admira-
da, como quien no ha visto nunca otra cosa.
A lo lejos, el resplandor de la ciudad aparecía como la
mejor oportunidad para poder realizar sus sueños.

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