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05 La Creacion Del Hombre. La Caida Catecismo

El documento aborda la creación del hombre a imagen de Dios, destacando su dignidad como persona capaz de conocer y amar a su Creador, así como su naturaleza corporal y espiritual. También se discute la caída y el pecado original, que afecta a toda la humanidad, y la necesidad de reconocer la dignidad humana en un contexto técnico y científico. Se enfatiza la unidad de la humanidad y la importancia de preservar la dignidad moral del hombre frente a las tentaciones de la modernidad.

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05 La Creacion Del Hombre. La Caida Catecismo

El documento aborda la creación del hombre a imagen de Dios, destacando su dignidad como persona capaz de conocer y amar a su Creador, así como su naturaleza corporal y espiritual. También se discute la caída y el pecado original, que afecta a toda la humanidad, y la necesidad de reconocer la dignidad humana en un contexto técnico y científico. Se enfatiza la unidad de la humanidad y la importancia de preservar la dignidad moral del hombre frente a las tentaciones de la modernidad.

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LA CREACIÓN DEL HOMBRE. LA CAÍDA.

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

LA CREACIÓN DEL HOMBRE

Dios creó al hombre a su imagen

"Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer


los creó" (Gn 1,27). El hombre ocupa un lugar único en la creación: "está hecho
a imagen de Dios"; en su propia naturaleza une el mundo espiritual y el mundo
material (II); es creado "hombre y mujer"; Dios lo estableció en la amistad con
él [CCE 355]

Llamados a participar en la vida de Dios


De todas las criaturas visibles sólo el hombre es "capaz de conocer y amar a su
Creador" (GS 12,3); es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado
por sí misma" (GS 24,3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y
el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón
fundamental de su dignidad [CCE 356]

El ser humano es persona


Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad
de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de
poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es
llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta
de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar [CCE 357]

Un ser corporal y espiritual


La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y
espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico
cuando afirma que "Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus
narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente" (Gn 2,7). Por tanto,
el hombre en su totalidad es querido por Dios [CCE 362]

El cuerpo humano
«Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, reúne en
sí los elementos del mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos

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alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del Creador. Por
consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el
contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha
sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día» (GS 14,1) [CCE
364]

La unidad de cuerpo y alma


La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al
alma como la "forma" del cuerpo (cf. Concilio de Vienne); es decir, gracias al
alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y
viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas,
sino que su unión constituye una única naturaleza [CCE 365]

Hombre y mujer los creó


El hombre y la mujer son creados, es decir, son queridos por Dios: por una
parte, en una perfecta igualdad en tanto que personas humanas, y por otra, en
su ser respectivo de hombre y de mujer. "Ser hombre", "ser mujer" es una
realidad buena y querida por Dios: el hombre y la mujer tienen una dignidad
que nunca se pierde, que viene inmediatamente de Dios su creador
(cf. Gn 2,7.22). El hombre y la mujer son, con la misma dignidad, "imagen de
Dios". En su "ser-hombre" y su "ser-mujer" reflejan la sabiduría y la bondad del
Creador [CCE 369]

El hombre en el paraíso
El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino también constituido en
la amistad con su Creador y en armonía consigo mismo y con la creación en
torno a él: amistad y armonía tales que no serán superadas más que por la
gloria de la nueva creación en Cristo [CCE 374]

LA CAÍDA. EL PECADO ORIGINAL.

Para leer el relato de la caída


El relato de la caída (Gn 3) utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma
un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la
historia del hombre (cf. GS 13,1). La Revelación nos da la certeza de fe de que
toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente
cometido por nuestros primeros padres (cf. Concilio de Trento) [CCE 390]

La prueba de la libertad
Dios creó al hombre a su imagen y lo estableció en su amistad. Criatura
espiritual, el hombre no puede vivir esta amistad más que en la forma de libre
sumisión a Dios. Esto es lo que expresa la prohibición hecha al hombre de
comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, "porque el día que
comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2,17). "El árbol del conocimiento del

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bien y del mal" evoca simbólicamente el límite infranqueable que el hombre en
cuanto criatura debe reconocer libremente y respetar con confianza. El hombre
depende del Creador, está sometido a las leyes de la Creación y a las normas
morales que regulan el uso de la libertad [CCE 396]

El hombre quiso ser Dios


En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello
despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias
de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien. El hombre,
constituido en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente
"divinizado" por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso "ser como
Dios" (cf. Gn 3,5), pero "sin Dios, antes que Dios y no según Dios" (San
Máximo el Confesor) [CCE 398]

Las consecuencias del primer pecado


«Lo que la Revelación divina nos enseña coincide con la misma experiencia.
Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal
e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es
bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su principio,
rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo,
toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros hombres y
con todas las cosas creadas» (GS 13,1) [CCE 401]

Todos estamos implicados


Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán. San Pablo lo
afirma: "Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos
pecadores" (Rm 5,19): "Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo
y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por
cuanto todos pecaron..." (Rm 5,12). A la universalidad del pecado y de la
muerte, el apóstol opone la universalidad de la salvación en Cristo: "Como el
delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también
la obra de justicia de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación
que da la vida" (Rm 5,18) [CCE 402]

La inclinación al mal y la muerte


Aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene, en ningún
descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la
santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está
totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida
a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado
(esta inclinación al mal es llamada "concupiscencia"). El Bautismo, dando la
vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a
Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal,
persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual [CCE 405]

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COMENTARIO

La creación del hombre

¿Qué es el hombre? Esta pregunta se plantea como una imposición a cada


generación y a cada hombre en particular; pues, a diferencia de los animales,
la vida no nos ha sido sin más trazada hasta el final. Lo que es el ser humano
representa también para cada uno de nosotros una tarea, una llamada a
nuestra libertad. Cada uno debe interrogarse de nuevo por el ser humano,
decidir quién o qué quiere él ser como hombre. Cada uno de nosotros en su
vida, lo quiera o no, debe responder a la pregunta de qué es el ser humano.
¿Qué es el hombre? El relato de la Sagrada Escritura nos sirve como indicador
del camino que nos conduce al misterioso país del ser humano. Nos sirve de
ayuda para reconocer lo que es el proyecto de Dios con el hombre. Nos ayuda
a dar creadoramente la respuesta nueva que Dios espera de cada uno de
nosotros.

El hombre, formado de la tierra.

¿Qué quiere decir exactamente esto? En primer lugar, se nos informa de que
Dios formó a los hombres del barro, lo que constituye al mismo tiempo una
humillación y un consuelo. Humillación porque nos dice: no eres ningún Dios;
no te has hecho a ti mismo y no dispones del Todo; estás limitado. Eres un ser
para la muerte como todo ser vivo, eres sólo tierra. Pero también supone un
consuelo, pues además nos dice: el hombre no es ningún demonio, como hasta
entonces había podido parecer, ningún espíritu maligno; no ha sido formado a
partir de fuerzas negativas, sino que ha sido creado de la buena tierra de Dios.
Aquí resplandece algo aún más profundo, pues se nos dice que todos los
hombres son tierra. Más allá de todas las diferencias creadas por la cultura y
por la historia, permanece la constatación de que nosotros, en definitiva, somos
lo mismo, somos el mismo. Este pensamiento que en la Edad Media, en la
época de las grandes epidemias de peste, se acuñó bajo la forma de “danzas
de la muerte” a causa de las horribles experiencias vividas por el gran poder
amenazador de la muerte, se pone de manifiesto en que emperador y mendigo,
señor y esclavo, son, en última instancia, uno y el mismo hombre, formado de
una y la misma tierra y destinado a volver a ella. En todas las tribulaciones y
apogeos de la historia el hombre permanece igual, como tierra, formado de ella
y destinado a volver a ella.

De esta manera, se pone de manifiesto la unidad de todo el género humano:


todos nosotros procedemos solamente de una tierra. No hay “sangre y suelo”
de diferentes clases. Y por la misma causa no hay hombres diferentes, como

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creían los mitos de muchas religiones y también se manifiesta en concepciones
de nuestro mundo de hoy. No hay castas ni razas diferentes, en las que los
hombres posean un valor diferente. Todos nosotros somos la única humanidad,
formada por Dios de la única tierra. Esta concepción del hombre es un
pensamiento dominante tanto en el relato de la Creación como en la Biblia
entera. Frente a todas las segregaciones y envanecimientos del hombre, con
los que quiere colocarse por encima de y frente a los otros, la humanidad se
explica como la única Creación de Dios, procedente de una sola tierra. Y lo que
se ha dicho al principio, volverá a repetirse después del diluvio: en la gran
genealogía del capítulo décimo del Génesis aparece de nuevo la misma
concepción de que sólo hay un hombre en los muchos hombres. La Biblia
pronuncia un No decidido contra todo racismo, contra toda división de la
humanidad.
El hombre, imagen de Dios

Pero para que el hombre sea tal, debe acontecer una segunda cosa. La
materia prima es la tierra, de ella saldrá el hombre porque al cuerpo formado
con ella Dios le insufla su aliento en la nariz. La realidad divina entra en el
Universo. El primer relato de la Creación, que ha sido objeto de las
meditaciones anteriores, dice lo mismo con otra imagen más profunda. Dice
así: El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gen 1,26 y
ss.). En él se tocan el cielo y la tierra. Dios entra a través del hombre en la
Creación; el hombre está dirigido a Dios. Ha sido llamado por El. La Palabra de
Dios de la Antigua Alianza sigue teniendo valor para cada hombre en particular:
“Te llamo por tu nombre, eres mío”. Cada hombre es conocido y amado por
Dios; ha sido querido por Dios; es imagen de Dios. En esto precisamente
consiste la profunda y gran unidad de la humanidad, en que todos nosotros,
cada hombre cumple un proyecto de Dios que brota de la idea misma de la
Creación. Por eso dice la Biblia: Quien maltrata al hombre, maltrata la
propiedad de Dios (Gen 9, 5). La vida humana está bajo la especial protección
de Dios, porque cualquier hombre, por pobre o muy acaudalado que sea, por
enfermo o achacoso, por inútil o importante que pueda ser, nacido o no nacido,
enfermo incurable o rebosante de energía vital, cualquier hombre lleva en sí el
aliento de Dios, es imagen suya. Esta es la causa más profunda de la
inviolabilidad de la dignidad humana; y a ello tienden, en última instancia, todas
las civilizaciones. Porque allí donde ya no se ve al hombre como colocado bajo
la protección de Dios, como portador él mismo del aliento divino, allí es donde
comienzan a surgir las consideraciones acerca de su utilidad, allí es donde
surge la barbarie que aplasta la dignidad del hombre. Y donde sucede al
contrario, allí aparece la categoría de lo espiritual y de lo ético.

Nuestro destino depende por completo de que logremos defender esta dignidad
moral del hombre en el mundo de la técnica y de todas sus posibilidades. Pues
en esta época técnico-científica se está dando una clase de tentación especial.

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La actitud técnica y científica ha traído consigo un tipo especial de certeza,
aquella que puede confirmarse a través del experimento y de la fórmula
matemática. Esto efectivamente ha proporcionado al hombre una liberación
expresa del temor y de la superstición y le ha dado un determinado poder sobre
el Universo. Pero ahí radica precisamente la tentación, en considerar
solamente como racional, y por lo tanto serio lo que puede comprobarse por el
experimento y el cálculo. Lo cual supone, por consiguiente, que lo moral y lo
sagrado ya no cuentan para nada. Han quedado relegados a la esfera de lo
superado, de lo irracional. Pero cuando el hombre hace esto, cuando
reducimos la ética a la física, entonces disolvemos lo característico del hombre,
ya no lo liberamos, sino que lo destruimos. Hemos de distinguir de nuevo lo
que ya Kant conocía y sabía muy bien: que hay dos formas de razón, la teórica
y la práctica, como él las denominaba. Digámoslo tranquilamente: la razón
científico-física y la moral-religiosa. No se puede explicar la razón moral como
un irracionalismo ciego o como una superstición, sólo por el hecho de que se
ha originado de una manera distinta o porque su conocimiento se representa
de un modo no matemático. Es una y la más grande de las dos formas de
razón, la que precisamente puede conservar la categoría humana de la ciencia
y de la técnica y preservarlas de convertirse en la destrucción del hombre. Kant
habló ya de la primacía de la razón práctica sobre la teórica, de que lo más
grande, las realidades más profundas y decisivas son aquellas que la razón
moral del hombre reconoce en su libertad moral. Y ahí, añadimos nosotros,
está el espacio del “ser imagen de Dios”, eso que hace al hombre ser algo más
que “tierra”.

Demos ahora otro paso. Lo esencial de una imagen consiste en que representa
algo. Cuando yo la miro, reconozco por ejemplo al hombre que está en ella, el
paisaje, etc. Remite a otra cosa que está más allá de sí misma. Lo
característico de la imagen, por lo tanto, no consiste en lo que es meramente
en sí misma, óleo, lienzo y marco; su característica como imagen consiste en
que va más allá de sí misma, en que muestra algo que no es en sí misma. Así,
el ser-imagen-de-Dios significa sobre todo que el hombre no puede estar
cerrado en sí mismo. Y cuando lo intenta se equivoca. Ser-imagen-de-Dios
significa remisión. Es la dinámica que pone en movimiento al hombre hacia
todo lo demás. Significa, pues, capacidad de relación; es la capacidad divina
del hombre. En consecuencia, el hombre lo es en su más alto grado cuando
sale de sí mismo, cuando llega a ser capaz de decirle a Dios: Tú, De ahí que a
la pregunta de qué es lo que diferencia propiamente al hombre del animal y en
qué consiste su máxima novedad se debe contestar que el hombre es el ser
que Dios fue capaz de imaginar; es el ser que puede orar y que está en lo más
profundo de sí mismo cuando encuentra la relación con su Creador. Por eso,
“ser imagen de Dios” significa también que el hombre es un ser de la palabra y
del amor; un ser del movimiento hacia el otro, destinado a darse al otro, y
precisamente en esta entrega de sí mismo se recobra a sí mismo.

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La Sagrada Escritura nos posibilita dar todavía otro paso adelante, si seguimos
una vez más nuestra norma fundamental de que el Antiguo y el Nuevo
Testamento deben leerse juntos, ya que es precisamente a partir del Nuevo de
donde se entresaca el más profundo significado del Antiguo. En el Nuevo
Testamento Cristo es denominado el segundo Adán, el definitivo Adán y la
imagen de Dios (p. ej., 1 Cor 15,44-48; Col 1,15). Esto quiere decir que
precisamente en Él se pone de manifiesto la respuesta definitiva a la pregunta:
¿qué es el hombre? Sólo en Él aparece el contenido más profundo de este
proyecto. Él es el hombre definitivo, y la Creación es en cierto modo un
anteproyecto de Él. Así que podemos decir: el hombre es el ser que puede
llegar a ser hermano de Jesucristo. Es la criatura que puede llegar a ser una
con Cristo y en El con Dios mismo. Esto es lo que significa esa remisión de la
Creación a Cristo, del primero al segundo Adán, que el hombre es un ser en
camino, en tránsito. Todavía no es él mismo, tiene que llegar a serlo
definitivamente. Y aquí, en medio de la reflexión sobre la Creación, nos
aparece ya el misterio pascual, el misterio del grano de trigo que muere. El
hombre debe convertirse con Cristo en el grano de trigo que muere para poder
verdaderamente resucitar, para levantarse verdaderamente, para ser él mismo.
El hombre no se comprende únicamente desde su origen pasado ni desde una
parte aislada que llamamos presente. Está dirigido hacia el futuro que es el que
precisamente le permite adivinar quién es él. Tenemos siempre que ver en el
otro hombre a aquél con el que yo alguna vez participaré de la alegría de Dios.
Debemos contemplar al otro como aquél con el que estoy llamado a ser en
común miembro del Cuerpo de Cristo, con el que yo algún día me sentaré a la
mesa de Abrahán, de Isaac, de Jacob, a la mesa de Jesucristo, para ser su
hermano y, junto con él, hermano de Jesucristo, hijo de Dios.

[Joseph Ratzinger. “Creación y pecado”, EUNSA, Pamplona 2005, p. 67-74]

PREGUNTAS PARA EL TRABAJO PERSONAL


1. ¿Qué significa que, según el relato del Génesis, “Dios creó al hombre a su
imagen?

2.- ¿Qué quiere decir que la persona humana es un ser corporal y espiritual?

3.- Comente el significado antropológico de la frase “hombre y mujer los creó”

4.- Cómo debe entenderse la afirmación “el hombre quiso ser Dios”?

5.- Consecuencias para toda la humanidad del pecado original

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ESQUEMA TEMA 5

LA CREACIÓN DEL HOMBRE

Dios creó al hombre a su imagen

"Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer


los creó" (Gn 1,27). El hombre ocupa un lugar único en la creación.

Llamados a participar en la vida de Dios


Solo el hombre está llamado a participar en la vida de Dios. Para este fin ha
sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad.

El ser humano es persona


El hombre es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar
en comunión con otras personas; y es llamado a una alianza con su Creador.

Un ser corporal y espiritual


"Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de
vida y resultó el hombre un ser viviente" (Gn 2,7).

El cuerpo humano
El hombre tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha
sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día» (GS 14,1).

El alma, “forma” del cuerpo


En el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que
su unión constituye una única naturaleza: la persona humana.

Hombre y mujer los creó


El hombre y la mujer son, con la misma dignidad, "imagen de Dios". En su "ser-
hombre" y su "ser-mujer" reflejan la sabiduría y la bondad del Creador.

El hombre en el paraíso
El primer hombre fue constituido en la amistad con su Creador y en armonía
consigo mismo y con la creación en torno a él.

LA CAÍDA. EL PECADO ORIGINAL.

Una historia marcada por el pecado

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La Revelación nos da la certeza de que toda la historia humana está marcada
por el pecado original cometido por nuestros primeros padres (Concilio de
Trento).

La prueba de la libertad
El árbol del conocimiento del bien y del mal evoca que el hombre está sometido
a las leyes del Creador y a las normas morales que regulan el uso de la libertad

El hombre quiso ser como Dios


El hombre quiso "ser como Dios" e hizo una elección contra las exigencias de
su estado de criatura y, por tanto, en contra de su propio bien.

Las consecuencias del primer pecado


El hombre, al examinar su corazón, se descubre inclinado al mal e inmerso en
muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno.

Todos estamos implicados


San Pablo afirma: "Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y
por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por
cuanto todos pecaron..." (Rm 5,12).

La inclinación al mal y la muerte


Aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene carácter de falta
personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales.

Los efectos del Bautismo


El Bautismo borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las
consecuencias del pecado son una naturaleza debilitada e inclinada al mal
(concupiscencia)

ORACIÓN.

Oh Dios, que con acción maravillosa creaste al hombre y con mayor


maravilla lo redimiste, concédenos resistir a los atractivos del pecado,
guiados por la sabiduría del Espíritu, para llegar a la alegría del cielo. Por
nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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